© Libro N° 8732. Un Sueño. Andréiev, Leonidas. Emancipación. Junio 19 de 2021.
Título
original: © Un Sueño. Leonidas
Andréiev
Versión Original: © Un Sueño. Leonidas Andréiev
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Leonidas Andréiev
Un Sueño
Leonidas Andréiev
Hablamos luego de esos sueños en los que hay tanto
de maravilloso y he aquí lo que me contó Sergio Sergueyevich cuando nos
quedamos solos en la gran sala semioscura.
—No sé que pudo ser aquello. Desde luego, fue un
sueño. Dudarlo sería un delito de leso sentido común, pero hubo en aquel sueño
algo demasiado parecido a la realidad.
No me había acostado. Permanecía de pie, paseando
por mi celda con los ojos bien abiertos. Lo que soñé —si es que lo soñé— quedó
grabado en mi memoria como si en efecto hubiese sucedido.
Llevaba dos años encerrado en la cárcel de San
Petersburgo por cuestiones políticas y, como estaba incomunicado y no sabía
nada de mis amigos, una negra melancolía se iba apoderando de mi corazón. Todo
me parecía muerto. Ni siquiera me preocupaba en contar los días que iban
transcurriendo.
Leía muy poco y pasaba buena parte del día y de la
noche paseando arriba y abajo de aquella celda que apenas medía tres metros.
Andaba despacio, para no marearme, y recordaba muchas cosas…
Sin embargo, poco a poco, las imágenes se iban
borrando de mi memoria.
Solo una permanecía fresca y viva, a pesar de ser
en aquel entonces la más lejana e inaccesible: la de María Nicolayevna, mi
novia, una muchacha encantadora. Lo único que sabía de ella era que no había
sido detenida y, por ello, la suponía sana y salva.
En aquel triste atardecer de otoño, su recuerdo
llenaba mi pensamiento. En mi lento caminar sobre el suelo asfaltado de la
celda, en medio de aquel tétrico silencio, veía deslizarse a derecha e
izquierda, desnudos y monótonos, los muros… De pronto, me pareció que yo
permanecía inmóvil y eran los muros los que se deslizaban.
¿Estaba en efecto inmóvil? No. Seguía andando
lentamente… pero ya no era por la celda sino por la calle Trevskaia de Moscú en
dirección a los grandes bulevares.
Era una hermosa tarde de invierno, hacía un sol
espléndido y todo era animación y ruido de coches. Consulté el reloj. Marcaba
las tres y media. «A esta hora —pensé— en Petersburgo empieza a anochecer».
Sentí una súbita inquietud. Había llegado aquella mañana a Moscú con María
Nicolayevna, llevado por motivos políticos y nos habíamos inscrito en el hotel
como marido y mujer. Ella se había quedado sola y, pese que le había indicado
que cerrase con llave y no abriera a nadie, me asaltó el temor de que pudieran
tenderla una trampa. ¡No había tiempo que perder!
Tomé un coche de punto. Al llegar, subí la escalera
a toda prisa y en seguida me vi ante la puerta de nuestra habitación. No
habiendo visto la llave en el vestíbulo, pensé que María no había salido.
Llamé del modo que habíamos convenido y esperé:
silencio absoluto. Volví a llamar y empujé sin lograr abrir… ¡Nada!
Sin duda había salido o de lo contrario algo le
había ocurrido. Entonces vi a Vasili, el camarero de nuestro piso.
—Vasili —le pregunté—. ¿Ha visto usted salir a mi
mujer? ¿Ha venido alguien a visitarla?
El camarero titubeó… ¡Había tanto movimiento en el
Hotel!
—¡Ah, sí, ya recuerdo! —dijo al fin—. La señora ha
salido. La he visto guardarse la llave en el bolsillo.
—¿Iba sola?
—No. Acompañada por un señor alto con gorro de
pieles.
—¿Ha dejado algún recado?
—No, Sergio Sergueyevich.
—No es posible, Vasili, no se debe acordar usted…
—No. No me ha dicho nada. Tal vez el portero…
Bajé a la portería seguido por el camarero que se
había apercibido de mi inquietud que, por lo demás, no era inmotivada: no
conocíamos a nadie en Moscú y aquel caballero alto del gorro de piel me
inspiraba angustiosos recelos.
Tampoco al portero le había dejado María recado
alguno. Mi desasosiego iba en aumento.
—¿No recuerda usted en que dirección se han ido?
—Se han ido en un coche de punto de la parada de
enfrente… ¡Mire usted, ese que llega ahora!
Estábamos en la misma puerta y el portero llamó al
cochero.
—¿A dónde has llevado a los señores?
—No recuerdo el nombre de la calle. Es una calle
muy apartada en la que nunca había estado. El caballero me ha guiado.
—No te será difícil volver a encontrarla —insistió
el portero—, tú no eres un novato.
—¡Claro que la encontraría! Pero el caballo está
tan cansado…
—Te daré una buena propina —dije para animarle.
Logré convencerle. El portero abrió la portezuela y subí al carruaje.
Estaba ya más tranquilo. Dentro de media hora o una
hora, a lo más, estaría en la casa a la que el misterioso caballero había
conducido a María. En las calles reinaba gran animación y, aunque no se habían
encendido todavía los faroles, las tiendas ya estaban iluminadas. El tránsito
era tan compacto que, de vez en cuando, teníamos que detenernos y entonces
sentía yo en la nuca el cálido aliento del caballo del carruaje de atrás.
De pronto recordé que era Nochebuena. ¡Cómo se me
había podido olvidar! En la plaza del Teatro se alzaba en medio de la nieve un
verdadero bosque de pinos jóvenes y verdes de una fragancia deliciosa. Muchos
hombres, envueltos en abrigos de pieles, paseaban alrededor oliendo a campo y a
selva.
No tardaron en encender los faroles y mi corazón se
sintió cada vez más tranquilo. Luego de recorrer varias calles, algunas de las
cuales me parecieron muy largas, penetramos en una parte de la ciudad que yo no
conocía.
Al principio, el cochero me iba diciendo los
nombres de las calles por las que pasábamos —unos nombres raros que nunca había
oído—, pero luego empezamos a zigzaguear por un dédalo de callejuelas tan
desconocidas para el cochero como para mí.
Resulta muy desagradable recorrer de noche una
ciudad o un barrio que no se conoce. Cada vez que se dobla una esquina se teme
haber penetrado en un callejón sin salida. Debido a que ello me ocurría en
Moscú, ciudad que yo creía conocer palmo a palmo, mi desasosiego aumentaba. Me
parecía que, en cada callejuela, me acechaban traiciones y emboscadas.
Al pensar en María y en el individuo del gorro de
pieles me entraban impulsos de echar a correr en su búsqueda. El caballo
marchaba muy despacio y, de vez en cuando, volvía sobre sus pasos. Yo
contemplaba la espalda inmóvil del cochero y me parecía como si siempre la
hubiese estado viendo, como si se tratase de algo inmutable y fatal.
Los faroles eran cada vez más escasos. Casi no se
veían tiendas ni ventanas iluminadas. Todo se hundía en el sueño nocturno.
Al doblar una esquina el coche se detuvo.
—¿Por qué paras? —pregunté al cochero lleno de
angustia.
No contestó. De pronto, hizo volver grupas al
caballo de modo tan brusco que por poco no me lanza al arroyo.
—¿Te has perdido?
—Ya hemos pasado por aquí —repuso tras unos
instantes de silencio—. Fíjese usted.
Me fijé, en efecto, y recordé el paraje, aquel
farol junto al montón de nieve, aquella casa de dos pisos… ¡Ya habíamos pasado
por allí!
Aquello fue el comienzo de un nuevo e insoportable
tormento: comenzamos a pasar por calles y callejuelas en las que ya habíamos
estado, sin poder salir de aquel laberinto. Luego atravesamos una amplia
avenida, alumbradísima y muy animada, por la que ya habíamos pasado. Poco
después, volvimos a atravesarla.
—Deberíamos preguntar a alguien…
—¿Qué vamos a preguntarles? —contestó secamente el
cochero—. Si no sabemos a dónde vamos…
—Pero tú decías…
—¡Yo no he dicho nada!
—Haz por orientarte. Se trata de algo muy
importante para mí.
No contestó. Cuando hubimos recorrido unos cien
metros más en zigzag, dijo:
—Ya ve usted que hago todo lo posible…
Por fin alcanzamos una calleja en la que no
habíamos estado. El cochero, sin volverse, dijo:
—¡Ya empiezo a orientarme!
—¿Llegaremos pronto?
—No sé.
Mi suplicio no había concluido. Nos envolvía una
densa oscuridad y solo veíamos interminables tapias, tras las que se alzaban
corpulentos árboles, cuyas ramas casi se cruzaban con las del lado opuesto, y
casas sin ventana alguna iluminada. En una de ellas debía estar María
Nicolayevna. Sin duda había caído en una trampa siniestra y terrible. ¿Quién
sería el hombre alto que la había llevado allí?
Las tapias seguían deslizándose a ambos lados del
coche. Ya empezaba a sospechar que estábamos pasando otra vez por las mismas
calles, cuando, de pronto, el cochero exclamó:
—¡Ahí es!
—¿Dónde?
—¿Ve usted esa puertecita en la tapia?
Vi la puertecita pese a la oscuridad. Nos detuvimos
y bajé del coche. Me acerqué a la puerta y estaba cerrada. No había aldaba.
Reinaba un profundo silencio.
Se me doblaron las piernas al preguntarme para qué
habrían llevado allí a María.
Di unos golpecitos con los nudillos. Silencio.
Sobre mi cabeza, las ramas cubiertas de nieve parecían serpientes blancas.
A través de una rendija pude ver un largo sendero
que conducía a la escalera de una casa sin luz alguna, tétrica, terrible. Allí
había alguien. Algo ocurría. Lo denunciaba la negrura hipócrita de sus
ventanas.
Enloquecido empecé a dar tremendos puñetazos en la
puertecita y a gritar.
—¡Abran!
Los golpes se fundían en un ruido sordo y continuo
que resonaba en toda la calle y me impedía oír mi propia voz.
Las manos me dolían, pero seguía golpeando cada vez
con más fuerza. La puerta, la tapia, la calle entera trepidaban como un viejo
puente al paso de un escuadrón.
Por fin, una luz débil y amarillenta brilló en una
rendija. Temblaron algunas ramas. Alguien se acercaba con una linterna y se
oían voces ahogadas.
Un profundo temor me embargó. Había algo terrible
en aquellas voces, en la luz trémula y débil.
Los faros se detuvieron ante la puerta. Al cabo de
unos instantes, que se me hicieron siglos, se oyó el tintineo de las llaves, el
ruido de una cerradura y una luz cegadora hirió mis ojos.
En la puerta estaban… mi carcelero y otro
funcionario.
—¿Qué es esto? —grité—. ¿Qué hace aquí mi
carcelero? ¿Dónde estoy? ¿A qué puerta he llamado?
Los dos empleados, inmóviles en el umbral, me
miraban asombrados.
—¿Por qué llama usted de ese modo, Sergio
Sergueyevich? —me dijo el carcelero—. Tome el quinqué, ahora le traeré el
samovar.
Tomé el quinqué. Estaba en mi celda.
Leonidas Andréiev

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