© Libro N° 8729. La Historia De Un Error Histórico. Zweig, Stefan. Emancipación. Junio 19 de 2021.
Título
original: © La Historia De Un Error
Histórico. Stefan Zweig
Versión Original: © La Historia De Un Error Histórico. Stefan
Zweig
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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LA HISTORIA DE UN ERROR HISTÓRICO
Stefan Zweig
La Historia De Un Error
Histórico
Stefan Zweig
CONTENIDO
§ 1. La historia de un error histórico
§ 2. La situación histórica
§ 3. Treinta y dos páginas de inmortalidad
§ 4. Un mundo recibe su nombre
§ 5. Comienza la gran disputa
§ 6. Los documentos se entremezclan
§ 7. ¿Quién era Vespucio?
§ 1.
La historia de un error histórico
¿Quién fue el hombre que dio el nombre de «América»
a América?
Cualquier estudiante, sin ningún reparo, podría
contestar a esta pregunta: Américo Vespucio.
Mas ante la siguiente pregunta, incluso los adultos
se sienten inseguros y vacilan: ¿Por qué se bautizó a esta parte del mundo,
precisamente con el nombre de pila de Américo Vespucio? ¿Porque Vespucio
descubrió América? ¡Jamás lo hizo! ¿O quizá, porque fue el primero en pisar
tierra firme en lugar de poner el pie sólo en las islas situadas delante?
Tampoco sería ésta la razón puesto que no fue Vespucio el primero en poner pie
en el continente sino que lo fueron Colón y Sebastián Cabot. ¿Acaso porque sostiene
falsamente haber echado amarras el primero en este lugar? Vespucio nunca
reclamó este título ante instancia legal alguna. Siendo erudito y cartógrafo
¿acaso propuso con toda ambición su nombre para este continente? No, ni lo hizo
ni, probablemente, tampoco se enteró en vida de la elección de tal nombre.
Pero, si no hizo nada de todo esto ¿por qué, precisamente, se le honró a él
inmortalizando su nombre para siempre? Y ¿por qué América no se llama Colombia
sino América?
El cómo sucedió es un verdadero desbarajuste de
casualidades, errores y malentendidos. Es la historia de un hombre que, gracias
a un viaje que nunca emprendió y el cual tampoco nunca sostuvo haber
emprendido, alcanzó el inmenso honor de dar su nombre propio a una cuarta parte
de nuestra Tierra. Desde hace cuatro siglos, este nombre sorprende y fastidia
al mundo al mismo tiempo. Una y otra vez se acusa a Américo Vespucio de haber
conseguido capciosamente este honor a través de maquinaciones oscuras y desleales;
y este proceso a causa del «engaño por declaración dolosa» fue tratado por
eruditas y diferentes autoridades en la materia. Unos declararon a Vespucio
inocente, otros le condenaron a deshonra perpetua y cuanto más categóricamente
le declaraban sus defensores, inocente, con más pasión sus detractores le
acusaban de mentir, falsificar y robar. Hoy en día, todas estas polémicas con
sus hipótesis y pruebas a favor y en contra ocupan ya una biblioteca entera.
Para unos, el padrino de América es un amplificador mundi, uno
de los grandes amplificadores de nuestra Tierra, un descubridor, un navegante,
un erudito de alto rango; para otros es el estafador y timador más impertinente
de la historia de la geografía.
¿De qué lado está la verdad, o dicho con más
cautela: la mayor probabilidad?
En la actualidad, el caso Vespucio ya no es un
problema geográfico o filológico. Es un juego de lógica que cualquier curioso
puede intentar solucionar. Además, se trata de un juego que es posible abarcar
con facilidad al tener tan pocas fichas, puesto que toda la obra escrita de
Vespucio que se conoce, con todos sus documentos incluidos, llega a sumar entre
cuarenta y cincuenta páginas. Así que yo también me he permitido volver a
colocar las piezas para repasar de nuevo, jugada tras jugada, esta famosa partida
maestra con todas sus sorprendentes campañas.
La única condición de naturaleza geográfica que
exige mi exposición al lector es olvidarse de todo lo que sabe de geografía
gracias a nuestros atlas completos y, de entrada, borrar por completo de su
mapa interior la forma, la configuración e incluso la existencia de América.
Sólo el que sea capaz de sumergir su alma en la oscuridad, en la incertidumbre
de aquel siglo, podrá comprender en su totalidad la sorpresa, el entusiasmo de
aquella generación cuando los primeros contornos de una Tierra insospechada empezaron
a dibujarse, emergiendo de lo que, hasta ese momento, carecía de orillas. Pero
la humanidad quiere poner un nombre a todo lo nuevo. Cuando siente entusiasmo,
quiere gritar de júbilo y expresar su gozo. Así que fue un afortunado día
cuando, de pronto, el viento de la casualidad le lanzó un nombre; y sin
preguntarse por la justicia o injusticia, acogió con impaciencia esta palabra
sonora y vibrante y saludó a su Nuevo Mundo con el nombre eterno de América.
§ 2.
La situación histórica
Anno 1000. Un profundo sueño turbador pesa sobre el
mundo occidental. Los ojos están demasiado cansados para velar por el entorno,
los sentidos demasiado agotados para que surja la curiosidad. El espíritu de la
humanidad está paralizado, ya no quiere saber nada más del Mundo. Y aún llega a
ser más extraño: incluso lo que ya sabía, lo olvida de manera incompresible. Se
olvidó de leer, escribir, calcular, ni siquiera los reyes y emperadores de
Occidente son capaces ya de firmar con su nombre propio un pergamino. Las
ciencias se convirtieron en momias. La mano terrenal ya no sabe reproducir el
propio cuerpo mediante dibujos y esculturas. Sobre todos los horizontes se
extiende, en cierto modo, una niebla impenetrable. Ya no se viaja, ya no se
sabe nada acerca de otros países. Se atrinchera en las fortalezas y ciudades
protegiéndose contra los pueblos salvajes que irrumpen una y otra vez desde
Oriente. Se vive en la angostura, se vive en la oscuridad, se vive sin coraje…
un pesado sueño aturde al mundo occidental.
A veces, a esta pesada somnolencia aturdidora le
sobreviene el incierto recuerdo de un mundo diferente, más amplio, de más
colores, más luminoso, más animado, lleno de acontecimientos y aventuras.
¿Acaso todos los países no tenían vías por las que desfilaban las legiones
romanas y, detrás de aquellas, los lictores, los guardianes del orden, los
hombres de la justicia? ¿Acaso no existía un hombre llamado César que conquistó
Egipto y Bretaña a la vez? ¿No fueron las trirremes a los países más allá del
Mediterráneo donde, desde hace tiempo ya no se atreve a navegar barco alguno
por miedo a los piratas? ¿Acaso no avanzó el rey Alejandro hasta la India,
aquel país maravilloso, y volvió por Persia? ¿No había antiguamente sabios
capaces de leer las estrellas, que conocían la configuración del mundo y los
secretos de los seres humanos? Acerca de ello, deberíamos leer en los libros.
Pero ya no hay libros. Deberíamos viajar y ver otros países. Pero ya no hay
vías ni caminos. Quizá, todo fue sólo un sueño.
Y entonces: ¿para qué esforzarse? ¿Para qué reunir
fuerzas si todo ha llegado a su fin? El año 1000, así se proclama, será el año
del fin del mundo. Dios les ha condenado por haber cometido demasiados pecados,
según predican los sacerdotes desde el púlpito, y el primer día del nuevo
milenio será el día del comienzo del Juicio Final. Consternados, con la ropa
hecha jirones, la gente acude en masa a las procesiones con velas encendidas.
Los campesinos abandonan los campos, los ricos venden y despilfarran sus bienes.
Porque mañana vendrán los jinetes del Apocalipsis con sus pálidos corceles; se
acerca el Día del Juicio. Y miles y miles de personas se arrodillan en las
iglesias esperando ser arrojadas a la eterna oscuridad.
Anno 1100. No, no fue el fin del mundo. De nuevo,
Dios fue misericordioso con la Humanidad. Puede seguir viviendo. Mas, debe
seguir viviendo para atestiguar su bondad, su grandeza. Hay que darle las
gracias por su clemencia. Hay que elevar las gracias hacía el cielo y así se
levantan las iglesias y las catedrales, aquellos pilares de piedra de la
oración. Y hay que manifestar su amor por Jesucristo, el mediador de su
benevolencia. ¿Acaso puede tolerarse que el lugar de su sufrimiento y su
sagrada sepultura siga en las manos desalmadas de los paganos?
¡Arriba, caballeros de Occidente, arriba, todos los
creyentes hacia el Oriente! ¿No escuchasteis la llamada? «¡Es la voluntad de
Dios!» ¡Salid de las fortalezas, de los pueblos, de las ciudades! ¡Poneos en
marcha, adelante, comienza la Cruzada por tierra y por mar!
Anno 1200. Conquistaron el Santo Sepulcro y lo
perdieron de nuevo. Una Cruzada en vano, pero no del todo. Porque con este
viaje, Europa despertó. Sintió su propia fuerza, midió su propio coraje, volvió
a descubrir cuántas novedades y otredades tienen su lugar y su hogar en esta
Tierra de Dios: otros espacios, otros frutos, otras telas y personas y animales
y costumbres bajo un cielo diferente. Sorprendidos y avergonzados, los
caballeros y sus campesinos y sus siervos se dieron cuenta de la vida tan aturdida
que llevaban en su región, en Occidente y cuan ricos, cuan refinados eran los
sarracenos. Aquellos paganos que desde la lejanía eran despreciados, tienen
unas telas suaves, lisas y frescas de seda india, unos frondosos tapices de
colores brillantes de Bujara, tienen especias, hierbas y aromas que estimulan y
animan los sentidos. Sus barcos navegan hacia los países más lejanos para traer
esclavos y perlas y minerales relucientes. Sus caravanas desfilan por los
caminos en viajes infinitos. No, no se trata de gente salvaje como se creía.
Conocen la Tierra y sus secretos. Tienen mapas y tablas donde todo queda
escrito y registrado. Tienen sabios que conocen el curso de las estrellas y las
leyes por las que se mueven. Han conquistado mares y tierras, se han apropiado
de todas las riquezas, de todos los comercios, de todos los placeres de la vida
aún sin ser mejores guerreros que los de la caballería alemana o francesa.
Pero ¿cómo lo hicieron? Han estudiado. Tienen
escuelas y en sus escuelas están las escrituras que todo lo transmiten y
explican. Están versados en la sabiduría de los antiguos eruditos de Occidente
a la que añadieron sus propios conocimientos. Porque hay que estudiar para
conquistar el mundo. No se deben malgastar las fuerzas en torneos y comilonas.
También hay que tener una mente flexible, aguda y ágil como un acero toledano.
O sea ¡aprender, pensar, estudiar, observar! En impaciente carrera, las universidades
se suceden la una a la otra, las de Siena y de Salamanca, de Oxford y de
Toulouse. Cada país quiere adueñarse de la ciencia. Después de muchos siglos de
indiferencia, el hombre occidental vuelve a ahondar en los secretos de la
Tierra, del cielo y del ser humano.
1300. Europa se ha liberado de la cogulla teológica
que le impidió la libre mirada sobre el mundo. No tiene sentido alguno pensar
siempre en Dios, no tiene sentido interpretar una y otra vez los antiguos
escritos escolásticos y discutir sobre ellos. Dios es el creador y dado que
creó al hombre a su imagen y semejanza, lo quiere creativo. Los griegos y
romanos han dejado sus modelos en todas las artes, todas las ciencias. Quizá
pueda alcanzarse, pueda saberse lo que, antaño, supo la Antigüedad. Tal vez, incluso,
pueda superarse. Una audacia desconocida se desata en Occidente. Vuelven a
escribirse poemas, a pintar, a filosofar y ¡vaya! lo consiguen. Les sale de
maravilla. Nace un Dante y un Giotto, un Roger Bacon y los maestros de las
catedrales. Apenas movió por vez primera las alas deshabituadas desde hace
tanto tiempo, la mente liberada se abre camino impetuosa en todas las
direcciones.
Pero ¿por qué la Tierra sigue siendo tan estrecha?
¿Por qué el mundo terrestre y geográfico está tan limitado? Por todas partes no
hay más que mar y mar y más mar por todas las costas y con ello lo desconocido
y prohibido, este Océano inalcanzable con la vista, ultra nemo scit
quid contineatur, del que nadie sabe qué es lo que esconde. Sólo en el
Sur, pasando por Egipto, hay un camino que conduce a los países de ensueño de
las Indias. Pero está cortado por los paganos. Y ningún mortal debe atravesar
las columnas de Hércules, el estrecho de Gibraltar. Según las palabras de Dante
será por toda la eternidad el fin de todas las aventuras:
…quella foce stretta
Ov’Ercole segnò li suoi riguardi
Acciocchè l’uom piu oltre bon si metta.
¡Ay! Ningún camino lleva al mare tenebrosum, ningún
barco que encauce su quilla hacia este desierto tenebroso volverá. El hombre ha
de vivir en un espacio que no conoce; está encerrado en un mundo cuya extensión
y configuración, difícilmente descubrirá.
1398. Dos ancianos barbudos acompañados por un
hombre joven que parece ser hijo de uno de ellos, atracan con su barco en
Venecia. Van vestidos con ropa extraña que nunca se había visto en el Rialto:
largos mantos gruesos guarnecidos con pieles y insólitos adornos. Pero más
extraño aún resulta ser que estos tres amigos hablen el dialecto veneciano más
auténtico y aseguren proceder de Venecia, llamarse Polo y Marco Polo el más
joven. Naturalmente no hay que tomar en serio lo que cuentan.
Que hace más de dos décadas viajaron desde Venecia
hasta Mangi, hasta la China pasando por los imperios moscovitas, por Armenia y
Turkestán y que vivieron allí en la corte de Kubla Khan, el soberano más
poderoso del Mundo. Dicen que viajaron por todo su reino gigantesco que en
comparación con Italia, sería como un clavel al lado del tronco de un árbol.
Que habían llegado hasta el límite del Mundo donde, de nuevo, está el Océano.
Cuando, después de muchos años, el gran Khan les dispensó de sus servicios dándoles
abundantes regalos, volvieron a su patria por este Océano. Primero dicen haber
pasado por Zipangu y por las Islas de las Especias y la gran isla Tapropane
(Ceilán) y después por la bahía persa para regresar felizmente vía Trapezunt.
Los venecianos escuchan a los tres hombres y se
ponen a reír. ¡Vaya cuentistas más divertidos! ¡Hasta ahora, nunca un cristiano
llegó a toparse con aquel Océano por el otro extremo, ni puso el pie en las
islas de Zipangu y Tapropane! Imposible. Pero la familia Polo invita a la gente
a su casa y muestran los regalos y las piedras preciosas. Los escépticos, que
juzgaron a la ligera, reconocen con asombro que sus compatriotas llevaron a
cabo los descubrimientos más audaces de su tiempo. Su reputación se expande a
los cuatro vientos por todo Occidente y hace renacer de nuevo la esperanza: sí
que es posible llegar a la India. Puede llegarse hasta estas regiones, las más
ricas de la Tierra y, desde allí, seguir entonces al otro extremo del Mundo.
1400. Llegar hasta la India se ha convertido ahora
en el gran sueño del siglo. Y resulta ser también el sueño de la vida de un
solo hombre: del príncipe Enrique de Portugal que la Historia llama Enrique el
Navegante aunque él mismo nunca navegó por el Océano. Pero dedica su vida y su
ambición a este sueño único de pasar a donde nacen las especerías,
a las islas Indicas, de llegar a las Molucas donde crecen la canela, la
pimienta y el jengibre tan valiosos que, en aquellos tiempos, los comerciantes
italianos y flamencos cobraban a peso de oro. Los otomanos han cerrado el Mar
Rojo, el camino más cercano, a los «rumis», los «paganos», quedándose como
monopolio con este lucrativo negocio. ¿Acaso no sería un acto beneficioso y, a
su vez, una cruzada cristiana dejar en la estacada a los enemigos de Occidente?
¿Acaso no podría darse la vuelta por África para llegar a las Islas de las
Especias? Los libros antiguos hablan de la extraña historia de un barco fenicio
el cual, hace cientos de años, regresó de un viaje de dos años desde el Mar
Rojo a Cartagena, doblando el cabo africano. ¿Sería posible conseguirlo de
nuevo?
El príncipe Enrique convoca a los eruditos de aquel
tiempo. En la punta más extrema de Portugal, el Cabo Sagres, donde el infinito
mar Atlántico cubre los arrecifes con su espuma, se construye una casa en la
que tiene una colección de mapas y mucha información náutica. Cita a astrónomos
y pilotos, uno tras de otro. Para los viejos eruditos, atravesar el Ecuador es
una empresa imposible. Se remiten a Aristóteles y Strabo y Ptolomeo, los sabios
de la Antigüedad. Cerca del Trópico el mar se vuelve espeso, mare
pigrum, y el sol perpendicular quemaría los barcos. Nadie puede vivir
en estas zonas, ningún árbol, ni una brizna de hierba crecería allí. Los
navegantes se morirían de sed en el mar y en tierra se morirían de hambre.
Pero hay otros eruditos, judíos y árabes, que van
en contra de esas afirmaciones. Vale la pena arriesgarse. Los comerciantes
moriscos debieron inventar esos cuentos para desanimar a los cristianos. Hace
tiempo que el geógrafo Edrisi descubrió que en el Sur hay un país fructífero,
Bilad Ghana (Guinea), donde, atravesando el desierto, los moriscos iban a
buscar sus esclavos negros.
Y que habían visto mapas, mapas árabes, que indican
el camino alrededor de África. No hay nada que se oponga a navegar a lo largo
de la costa, precisamente ahora que los nuevos instrumentos permiten determinar
las latitudes y las brújulas procedentes de la China indican las dirección del
Polo. No hay nada que se oponga siempre y cuando se construyan barcos más
grandes y en mejores condiciones para la navegación. El príncipe Enrique da las
órdenes. Y la gran proeza toma su rumbo.
1450. La gran proeza tomó su rumbo: esta gran e
inmortal hazaña portuguesa. En 1419 se descubrió Madeira o, mejor dicho, se
redescubrió. En 1435 se conocen las insulae fortunatae de la
Antigüedad que durante tanto tiempo fueron un enigma. Casi cada año aporta un
nuevo avance. Dieron la vuelta al Cabo Verde, en 1445 se llegaron al Senegal y
¡vaya! en todas partes hay palmeras y frutos y seres humanos. Ahora, la nueva
era ya sabe más que los sabios de los tiempos anteriores y Nuno Tristão, con
tono triunfante, pudo anunciar «con permiso de su majestad Ptolomeo» que había
descubierto tierras fructíferas donde el gran griego había negado toda
posibilidad. En un milenio, un navegante se atreve por vez primera a mofarse
del sabio de los sabios de la Geografía. Los nuevos héroes se superan uno a
otro. Diego Cam y Diniz Díaz, Cadamosto y Nuno Tristão: en las costas vírgenes
hasta el momento, cada uno de ellos coloca orgullosamente la piedra
conmemorativa con la cruz portuguesa en señal de toma de posesión. El mundo sigue
con asombro los avances por el mundo desconocido de este pueblo pequeño que
cumple en soledad el feito nunca feito, la hazaña nunca
realizada.
1486. ¡Triunfo! ¡Han dado la vuelta a África!
Bartolomé Díaz ha doblado el Cabo Tormentoso, el Cabo de la Buena Esperanza.
Desde allí, el camino ya no sigue hacia el sur. Sólo navegando con ayuda de los
mozones favorables hacia el este por el océano, según la ruta que ya consta en
los mapas que dos emisarios judíos llevaron al Preste Juan, rey cristiano de
Abisinia, y que él hizo llegar al rey de Portugal, entonces se llega a la
India. Pero la tripulación de Bartolomé Díaz está agotada y esto le priva del placer
de una hazaña que, más adelante, Vasco da Gama llevará a cabo. ¡Por ahora ya
hay suficiente! Han descubierto el camino. Ya nadie podrá anticiparse a
Portugal.
1492. ¡Sí puede! Alguien se anticipó a Portugal.
Había ocurrido algo increíble. Un tal Colón o Colom o Colombo —Christophorus
quidam Colonus vir Ligurus según Petrus Martyr—, un hombre totalmente
desconocido, una persona que ninguna persona conocía, según nos
informa otro, se fue bajo bandera española por el océano abierto en dirección
oeste en lugar de pasar por África en dirección este y ¡no hay mayor milagro!
llegó, según dice, por este brevissimo cammino a la India. Es
cierto que no dio con el Kubla Khan de Marco Polo pero, según nos informa,
atracó primero en la isla Cipango (Japón) y luego aterrizo en Mangi (China).
Estaba a pocos días del río Ganges.
Europa quedó asombrada cuando Colón regresó con
unos indios de un extraño color rojizo, con papagayos y otros animales curiosos
y dilatadas historias que hablaban del oro. Parece raro, muy raro —así que el
globo terráqueo es más pequeño de lo que habían pensado y Toscanelli había
dicho entonces la verdad—. Desde España o Portugal, navegando en dirección
oeste, sólo se tarda tres semanas en llegar a la China o al Japón y a las
proximidades de las Islas de las Especias. Entonces, si la India y sus tesoros
están a las puertas de España ¿por qué dar la vuelta por África durante seis
meses? ¡Vaya tontería! Lo primero que hace España es asegurarse mediante una
bula papal este camino hacia el oeste y hacia todos los países que allí quedan
por descubrir.
1493. Colón, que ahora ya no es un quidam sino
un gran almirante de Su Majestad Real y el virrey de las provincias recién
descubiertas, va a la India por segunda vez. Lleva consigo unas cartas de la
reina para el gran Khan al que esta vez espera encontrar con certeza en la
China. Le acompañan mil quinientos hombres, guerreros, marineros, pobladores e
incluso músicos para entretener a los autóctonos. Además de
abundantes cajas con herrajes para el oro y las piedras preciosas que tiene
previsto traer a casa desde Cipango y Calicut.
1497. Sebastián Cabot, otro navegante, atravesó el
Océano partiendo de Inglaterra. Y ¡vaya! él también llegó a tierra firme.
¿Acaso se trata del viejo «Vinland» de los vikingos? ¿O de China? Pero de todas
formas es maravilloso que se haya vencido al Océano, el mare tenebroso y
ahora, poco a poco, hay que entregar su secreto a los valientes.
1499. ¡Portugal prorrumpe en júbilo, en Europa
causa sensación! Vasco da Gama regresó de la India doblando el peligroso cabo.
Había elegido el otro camino, el más difícil, pero atracó en Calicut donde
están los riquísimos zamorin y no, como Colón, en unas islas
pequeñas y en tierra firme remota: él vio el corazón de la India y sus tesoros.
Enseguida se moviliza una nueva expedición al mando de Cabral. España y
Portugal compiten ahora por la India.
1500. Un nuevo acontecimiento. Al doblar el cabo
africano, Cabral se desvió demasiado hacia el oeste y dio otra vez con tierra
en el sur, al igual que Cabot en el norte. ¿Acaso se trata de la isla Antilla,
la legendaria Antilla de los mapas antiguos?
1502. Pasan demasiadas cosas para poder entender,
comprender o abarcarlas todas. En una sola década hubo más descubrimientos que
en todo el milenio anterior. Un barco tras otro sale del puerto y todos
regresan con novedades. Parece como si la niebla hechicera se hubiera
desgarrado de súbito: en el norte, en el sur, a dondequiera que vaya la quilla
rumbo al oeste, en todas partes hay tierra e islas. El almanaque con todos sus
santos ya no tiene suficientes nombres para bautizarlas a todas. Ya sólo el almirante
Colón afirma haber descubierto unas mil y haber visto unos ríos que nacen en el
Paraíso. ¡Pero qué cosa tan extraña! ¿Por qué razón ignoraban los antiguos y
los árabes la existencia de todas estas islas, de estos países tan extraños de
las costas de la India? ¿Por qué no los mencionó Marco Polo? ¿Y cuán distinto
es lo que él cuenta de Cimpango y de Zaitun de lo que encontró el almirante?
Todo aquello es tan confuso y contradictorio y lleno de enigmas que ya no se
sabe a qué atenerse con respecto a estas islas al oeste. ¿Es verdad que ya
dieron la vuelta al mundo? ¿Es verdad que Colón, como dice, estuvo tan cerca
del Ganges? ¿Qué viniendo del oeste podría haberse encontrado con Vasco da Gama
que avanzaba desde el este? La redondez de la Tierra ¿será menor o mayor de lo
pensado? Ahora que los tipógrafos nos han facilitado el acceso a los libros
¡ojalá alguien se prestara a explicarnos todos estos milagros! Los eruditos,
los navegantes, los comerciantes, los duques aguardan con impaciencia, como
toda Europa. Después de estos descubrimientos, la Humanidad quiere por fin
saber lo que se descubrió. Todos sienten que se llevó a cabo la proeza del
siglo pero aún carece de sentido e interpretación.
§ 3.
Treinta y dos páginas de inmortalidad
En 1503 aparecen casi simultáneamente en las más
diversas ciudades —Paris, Florencia, no se sabe en cuál de ellas primero— unos
folletos impresos, entre cuatro y seis en total y con el título de Mundus
Novus. Al poco tiempo se sabe que el autor de este tratado escrito en
lengua latina es un tal Albericus Vespucius o Vesputius. Éste informa a modo de
carta a Laurentius Petrus Franciscus de Medici acerca de un viaje que emprendió
por encargo del rey de Portugal hacia unos países hasta ahora desconocidos. En
aquel entonces, este tipo de relato epistolar sobre los viajes de exploración
era relativamente frecuente. Todas las importantes casas de comercio alemanas,
holandesas e italianas, los Fugger, los Welser, los Medici y, además la Señoría
de Venecia tienen sus corresponsales en Lisboa y Sevilla que, con el fin de una
orientación comercial, les ponen al corriente de todas las empresas a la India
dotadas de éxito. Estas cartas de los agregados comerciales son muy solicitadas
porque, en realidad, contienen secretos comerciales y las copias al igual que
los mapas —los portulanos— de las costas recién descubiertas se ponen a la
venta como si fueran objetos de valor. A veces, una de estas copias cae en
manos de un tipógrafo ducho en los negocios quien, acto seguido, la multiplica
en su imprenta. Estos volantes que significan para el gran público lo que más
tarde sería el periódico, por su voluntad de facilitar rápidamente el acceso a
las novedades interesantes, se venden en las ferias al igual que las
indulgencias y las recetas médicas. Los amigos se lo mandan mutuamente junto a
una carta o un paquete. De esta forma, una carta originalmente de carácter
privado de un factor a su jefe adquiere a veces la publicidad de un libro
impreso.
Desde la primera carta de Colón en 1493 donde
anunciaba su llegada a las islas «cerca del Ganges» ninguno de los boletines de
la época causó tanta sensación general ni tan trascendente como estos cuatro
folletos de un tal Albericus del que hasta ahora nadie había oído hablar.
El texto en sí ya proporciona una cierta impresión.
Esta carta, así indica su autor, fue traducida del italiano al latín —ex
italica in latinam linguam— «para que todos los eruditos se apercibiesen de
cuantas cosas maravillosas iban a descubrir este mismo día» (quam multa
miranda in dies reperiantur), cuantas tierras hasta ahora incógnitas
encontrarían y cuántas cosas albergarían (cuanto a tanto tempore quo mundus
cepit ignota cit vastitas térrea et quod continetur in ea). Esta
notificación a bombo y platillo es ya de por sí un buen señuelo para un mundo
ávido de noticias. Por consiguiente el pequeño volante tiene muchísima salida.
Se reimprime en las ciudades más lejanas; se traduce al alemán, al holandés, al
francés y al italiano y se incluye en todas las colecciones de relatos de
viajes que a la sazón empiezan a publicarse en todos los idiomas. Se trata de
un hito, o incluso del fundamento de la geografía moderna para un mundo todavía
ignorante.
El gran éxito del librito se comprende
perfectamente. Porque ese desconocido Vespucius es el primero de todos los
navegantes que tiene el don de redactar bien y de forma divertida. Todo lo
demás que se encuentra en este tipo de embarcaciones aventureras son raqueros,
soldados y marineros que ni siquiera saben firmar con su nombre o como mucho
algún que otro escribano, un jurista aburrido que sólo sabe acumular los hechos
con impasibilidad, o un piloto que anota los grados de longitud y de latitud.
Así que al final del siglo, el gran público aún no ha sido instruido acerca de
los descubrimientos en aquellas tierras lejanas. Y entonces aparece un hombre
fidedigno e incluso erudito que no exagera ni se inventa cosas sino que informa
honradamente de cómo, el día 14 de mayo de 1501 y por encargo del rey de
Portugal, surcó el océano durante dos meses y dos días bajo un cielo que estaba
tan oscuro y tempestuoso que no podía verse ni el sol ni la luna. Hace
partícipe al lector de todos los terribles acontecimientos, cuenta cómo habían
perdido ya toda esperanza de un desembarco feliz puesto que los buques,
perforados por la carcoma, hacían agua. Gracias a su habilidad de cosmógrafo
divisaron, por fin, el día 7 de agosto de 1501 —la fecha no siempre es la misma
en todas las relaciones pero no queda más que acostumbrarse a las imprecisiones
de este hombre erudito— ¡tierra, tierra de promisión! Allí el hombre no tiene
que trabajar ni afanarse. Los árboles no precisan cultivo; dan frutos en
abundancia, los ríos y los manantiales tienen agua pura y cristalina, el mar
está repleto de peces y la tierra increíblemente fructífera y rebosante de
sabrosos frutos totalmente desconocidos. Frescas brisas soplan en estas tierras
exuberantes y los bosques tupidos hacen que incluso los días más calurosos se
vuelvan agradables. Hay miles de animales y pájaros de cuya existencia Tolomeo
no tenía la menor idea. Los indígenas viven todavía en un estado de inocencia
absoluta. Tienen la piel de color rojizo debido a que, según el viajero, andan
desnudos desde que nacen hasta la muerte, de manera que el sol tuesta su piel.
No poseen ropa, ni joyas, ni propiedad alguna. Lo que hay es de todos, incluso
las mujeres de cuya sensualidad, siempre complaciente el erudito trae a cuenta
unas anécdotas harto picantes. A estas criaturas de la naturaleza la vergüenza
y el deber moral les son completamente ajenos. El padre duerme con la hija, el
hermano con la hermana, el hijo con la madre. No hay complejo de Edipo ni
escrúpulos y, sin embargo, alcanzan la edad de ciento cincuenta años a no ser
que —y esto es la única característica desagradable— se devoren antes unos a
otros como los caníbales. En otras palabras «si hay un paraíso terrestre en
algún lugar, no puede estar muy lejos de aquí». Antes de que Vesputius se
despida de Brasil —porque allí se encuentra el paraíso del que habla— se explaya
todavía sobre la belleza de las estrellas que resplandecen en constelaciones y
signos diferentes en este Hemisferio bendito y promete seguir contando más
adelante cosas de este u otros viajes en un libro «para que el recuerdo de él
siga vivo en la posteridad» (ut mei recordatio apud posteros vivat) y
que «sea conocida la milagrosa obra de Dios también en esta parte de la Tierra
desconocida hasta ahora».
No es difícil entender la sensación que causó este
relato vivido y pintoresco entre los contemporáneos. Puesto que no sólo se
estimula y se satisface a la vez la curiosidad por estas regiones desconocidas,
sino que Vespucio toca, inconscientemente, una de las esperanzas más
misteriosas de la época al decir que «si hay un paraíso terrestre en algún
lugar, no puede estar muy lejos de aquí». Hacía tiempo que los padres de la
Iglesia, especialmente los teólogos griegos, habían formulado la tesis de que,
después del pecado de Adán, Dios, en modo alguno, había destruido el Paraíso.
Sólo lo había trasladado al «anticton», a la punta opuesta de la tierra, a un
espacio inaccesible para el hombre. Según la teología mítica, no obstante, este
«anticton» debería situarse más allá del Océano, es decir, al otro lado de una
zona infranqueable para los mortales. Pero ahora que, gracias a su audacia, los
descubridores han cruzado este Océano inaccesible hasta ahora alcanzando el
hemisferio de otras estrellas ¿acaso no podría realizarse el viejo sueño de la
humanidad de recuperar el Paraíso? Es, pues, natural que el relato de Vespucio
de aquel mundo inocente, que, extrañamente, tiene mucha semejanza con el mundo
antes del pecado original, emocionara a una época que, como la nuestra, vivía
en medio de catástrofes. En Alemania se inicia el levantamiento de los
campesinos porque ya no aguantan la servidumbre feudal, en España manda la
Inquisición y ni siquiera deja en paz a la persona de más fiar, Italia y
Francia han quedado devastadas por las guerras. Cansadas de esta congoja diaria
y por repugnancia a aquel mundo sobreexcitado, miles y miles de personas ya han
buscado refugio en conventos y monasterios. No hay calma, ni descanso ni paz
para «el hombre de a pie» que sólo pretende vivir sosegadamente sin ser
molestado.
Y de repente les llega la noticia, pasando de
ciudad en ciudad escrita en pequeños volantes: que un hombre fidedigno, ningún
estafador, ningún Simbad, ningún mentiroso sino un hombre instruido enviado por
el rey de Portugal, había descubierto un país mucho más allá de todas las
regiones conocidas donde reina todavía la paz entre los hombres. Un país donde
las almas no se destruyen en la lucha por el dinero, la propiedad y el poder.
Un país que no conoce los príncipes, los reyes, las sanguijuelas y los jefes de
prestaciones personales, donde no hay que matarse trabajando por el pan de cada
día, donde la tierra alimenta con complacencia a los hombres y donde el hombre
no es enemigo del hombre. Con su relato, Vespucio, aquel desconocido, desata
una antigua esperanza religiosa, una esperanza mesiánica; ha llegado al más
profundo anhelo de la humanidad, al sueño de la libertad de la moral, del
dinero, de la ley y de la propiedad. Ha llegado a aquel deseo insaciable de
alcanzar una vida sin fatiga, sin responsabilidades, que yace secretamente en
el alma de todo ser humano como un vago recuerdo del paraíso.
Al parecer, esta extraña circunstancia debió ser la
idónea para que estos pocos volantes pequeños y mal impresos tuvieran un efecto
histórico mucho mayor que todos los demás relatos, los de Colón incluidos. Pero
la fama y el significado histórico mundial de aquel diminuto volante no se debe
al contenido ni a la tensión anímica. El éxito propiamente dicho de esta carta
no es, curiosamente, la carta en sí, sino su título, las dos palabras, las
cuatro sílabas Mundus Novus las que provocaron una revolución
sin precedentes en el modo de contemplar el Cosmos. Hasta ahora, para Europa,
el gran acontecimiento geográfico de la época había sido que la India, el país
de los tesoros y de las especias, fue alcanzado por dos caminos distintos en el
término de una década: por Vasco da Gama que había navegado hacia el este
doblando África y por Cristóbal Colón yendo hacia el oeste y cruzando el Océano
infranqueable hasta ahora. La gente admiraba los tesoros que Vasco da Gama
trajo de regreso de los palacios de Calicut, tenía curiosidad por saber de
todas esas islas que según el gran almirante del rey de España, Cristóbal
Colón, se situaban delante de la costa de China. Es decir, según su extática
afirmación, él había pisado también el país del Gran Khan descrito por Marco Polo.
Así pues parecía que se había dado la vuelta al mundo: por ambos caminos se
había llegado a la India que durante mil años había sido inaccesible.
Pero ahora llega otro navegante, aquel hombre raro
llamado Albericus y anuncia algo mucho más asombroso. Afirma que, en su viaje
hacia el oeste, no llegó a la India sino a un país nuevo, completamente
desconocido que se sitúa entre Asia y Europa. Vespucio escribe textualmente que
se puede llamar tranquilamente Nuevo Mundo a aquellas regiones que él descubrió
por encargo del rey de Portugal —Novum Mundum appellare licet— y apoya
su opinión con abundantes razones. «Porque nadie de nuestros antepasados
conocía estos países que vimos, ni sabía lo que hay en ellos». Nuestros
conocimientos van mucho más allá que los suyos. La mayoría de ellos creían que
no hay tierra firme al sur del Ecuador sino sólo un mar infinito que llamaron
Atlántico. Y también aquellos que admitían allí la posible existencia de un
continente, por diversas razones, defendían la idea de que era inhabitable. Con
mi viaje demostré que se trata de una opinión absurda y que se opone
radicalmente a la verdad puesto que encontré un continente al sur de la línea
ecuatorial donde hay algunos valles mucho más poblados por hombres y animales
que Europa, Asia y África y que, además, posee un clima más agradable y suave
que los demás continentes que conocemos.
Estas palabras, pocas pero decisivas convierten
al Mundus Novus en un documento memorable para humanidad.
Representan la primera declaración de independencia de América formulada
doscientos setenta años antes que la otra. Colón, que hasta la hora de su
muerte vive en la ilusión de haber llegado a la India, al poner pie en
Guanahaní y en Cuba, hace, de hecho, que el Cosmos se presente más pequeño a
sus contemporáneos. Cuando Vespucio invalida la hipótesis de que ese nuevo
continente sea la India afirmando de un modo claro y terminante que se trata de
un Nuevo Mundo, introduce a su vez una nueva medida, válida hasta nuestros
días. Rompe con la ceguera que impidió al gran descubridor ver su proeza con
claridad y aunque no sospecha, ni de lejos las dimensiones de este continente,
conoce al menos la autonomía de la parte meridional. En este sentido, Vespucio
concluye realmente el descubrimiento de América, puesto que todos los
descubrimientos, todos los inventos, no sólo cobran valor por aquellos que los
hacen sino que incrementan el valor para quienes reconocen su sentido y su
eficacia. Si Colón tiene el mérito de la acción, Vespucio, tiene el mérito
histórico de la interpretación por aquellas palabras suyas. Cual intérprete de
sueños nos hizo ver lo que su precursor encontró como en estado sonámbulo.
La sorpresa que causa la noticia de Vespucio, hasta
ahora completamente desconocido, es inmensa. Influye profundamente en la
conciencia general de la época, más profunda y duraderamente que el
descubrimiento del genovés. Que se hubiera encontrado un nuevo camino hacia la
India, que pudiera llegarse desde España por el mar a estos países descritos
por Marco Polo hace mucho tiempo, desde el punto de vista comercial, sólo había
preocupado a un grupo reducido, directamente interesado en este descubrimiento:
a los comerciantes, a los mercaderes de Amberes, de Augsburgo y Venecia que,
con mucho empeño, ya empezaban a hacer sus cálculos para averiguar cuál del los
caminos resultaría más económico —el de Vasco da Gama por Oriente, o el de
Colón por Occidente— para transportar las especias, la pimienta y la canela.
Mas la noticia de este Albericus de que se había encontrado una parte nueva del
mundo en medio del Océano, actúa con fuerza irresistible sobre la imaginación
de las masas. ¿Acaso se trata de la fabulosa isla Atlántida de los antiguos? ¿O
de las islas Afortunadas, las pacíficas? Crece milagrosamente el amor propio de
la época por la sensación de que la tierra es más grande y entraña más asombro
del que, incluso los hombres más sabios de la antigüedad habían podido
sospechar y que son ellos, esta generación, al que queda reservado el derecho
de revelar los últimos misterios del globo terráqueo. No es difícil entender
cuán impacientemente los eruditos, los geógrafos, los cosmógrafos, los
tipógrafos y la muchedumbre de lectores aguardan el día en el que aquel
desconocido Albericus cumpla su promesa de contar más de sus investigaciones y
viajes que, por vez primera, instruyen al mundo y a la humanidad sobre las
dimensiones del globo terráqueo.
Los impacientes no han de esperar demasiado tiempo.
Dos o tres años más tarde, un tipógrafo de Florencia que, con buen motivo,
silencia su nombre —más adelante sabremos el porqué— publica un delgado librito
de dieciséis páginas en lengua italiana con el título de Lettera di
Amerigo Vespussi delle isole nuovamente trovate in quattro suoi viaggi (carta
de Américo Vespucio acerca de las islas encontradas durante los cuatro viajes)
Al final de este opúsculo encontramos la fecha: Data in Lisbona a di 4
septembre 1504. Servitore Amerigo Vespucci in Lisbona.
Ya sólo por el título el mundo sabe, por fin, algo
más de este hombre misterioso. Primero que se llama Américo Vespucio y no
Albericus Vesputius. La introducción, dirigida a un ilustre señor, nos revela
más datos vitales. Vespucio dice haber nacido en Florencia y haber viajado a
España en calidad de viajante (per tractare mercantie). Cuatro años
ejerció esta profesión. Durante este tiempo se percató de la inestabilidad de
la fortuna que reparte mal a sus bienes efímeros e inestables, que un
día encumbra al hombre para derrocarlo al día siguiente. Pero puesto
que al mismo tiempo pudo observar los peligros y disgustos de esta caza por la
ganancia, decidió abandonar el comercio proponiéndose una meta más sublime y
honesta: la de ver parte del mundo y sus maravillas (mi disposi d’andare a
vedere parte del mondo e le sue maraviglie). Para ello tuvo buena
ocasión puesto que el rey de Castilla había equipado cuatro naves para
descubrir nuevas tierras en Occidente y él fue aceptado para formar parte de la
expedición y ayudar a descubrir (per aiutare a discoprire). Pero
Vespucio no sólo habla de este primer viaje sino también de los tres restantes
(entre ellos también de aquel descrito ya en Mundus Novus), es
decir, él emprendió —la cronología es importante—:
·
un primer
viaje del 10 de mayo de 1497 al 15 de octubre de 1498, bajo pabellón español,
·
el segundo
del 16 de mayo de 1499 al 8 de septiembre de 1500, también por encargo del rey
de Castilla,
·
- el tercero
(Mundus Novus) del 10 de mayo de 1501 hasta el 15 de octubre de
1502 bajo pabellón portugués,
·
el cuarto del
10 de mayo de 1503 hasta 18 de junio de 1504, también para los portugueses.
Con estos cuatro viajes, el comerciante desconocido
se convirtió en uno de los grandes navegantes y descubridores de su época.
En la primera edición de la Lettera, de
la carta, no se hace mención alguna para saber a quién iba dirigida; sólo en
las posteriores se dice que era para el gonfaloniere Pietro
Soderini, para el gobernador de Florencia, pero aún falta un documento válido
para la comprobación; pronto encontraremos otros puntos oscuros en la
producción literaria de Vespucio. Pero con excepción de algunas fórmulas de
cortesía al principio, la forma de la redacción es tan fluida, divertida y tan
variada como la de Mundus Novus. Vespucio no sólo aporta nuevos
detalles acerca de la «vida epicúrea» de aquellos pueblos desconocidos sino que
describe también los combates, los náufragos y los episodios dramáticos con los
caníbales y las serpientes gigantes. Gracias a él, muchos animales y objetos
(como, por ejemplo, el hammock, la hamaca) pasan por vez
primera a la historia de la civilización. Los geógrafos, los astrónomos, los
comerciantes encuentran allí una valiosa información; los eruditos una serie de
tesis sobre las que poder debatir y explayarse; y el gran público de curiosos
también puede estar muy satisfecho con la lectura. Al final, Vespucio promete
de nuevo una gran obra, propiamente dicha, sobre aquellos nuevos mundos la cual
pretende escribir en su ciudad natal tan pronto se haya retirado a la vida
privada.
Pero la obra nunca vio la luz o bien, al igual que
los diarios de Vespucio, nunca llegaron hasta nosotros. Treinta y dos páginas
(de las cuales el tercer viaje sólo representa una variante del Mundus
Novus) comprenden toda la producción literaria de Américo Vespucio, un
bagaje menudo y de poco peso para el camino de la inmortalidad. Sin exagerar
podríamos decir que nunca jamás un escritor se hizo famoso con una obra de tan
corta extensión. Una casualidad tras otra, un error tras otro tenía que pasar
para que se colocara a tanta altura sobre su época y que aún la nuestra ha de
recordar aquel nombre que con la bandera estrellada se eleva hacia las
estrellas.
La primera casualidad y, a su vez, el primer error
pronto siguen en un sentido más amplio de la palabra a esas treinta y dos
páginas insignificantes. En 1504 un ingenioso tipógrafo italiano ya había
tenido el fino olfato para saber que el tiempo sería favorable a la publicación
de colecciones de relatos de viajes. Albertino Vercellese de Venecia es el
primero que recoge en un pequeño volumen todos los relatos de viajes a los que
tiene acceso. Aquel Libretto de tutta la navigazione del Rè de Spagna e
terreni novamente trovati que contiene las relaciones sobre Cadamosto,
Vasco da Gama y la primera empresa de Colón tiene tan alto índice de ventas
que, en 1507, un tipógrafo de Vicenza decide publicar una antología más
voluminosa (126 páginas) que abarca las expediciones portuguesas de Cadamosto,
Vasco da gama, Cabral, las tres primeras empresas de Colón y el Mundus
Novus de Vespucio. Desgraciadamente no se le ocurre nada mejor que
titularlo Mondo novo e paesi nuovamente retrovati da Alverico Vesputio
florentino (Nuevo Mundo y nuevas tierras encontradas por Alberico
Vespucci de Florencia). Y con ello comienza la gran comedia de las confusiones.
Porque aquel título es peligrosamente ambiguo. Es fácil pensar ahora que
Vespucio no sólo pone el nombre de Mundus Novus a las nuevas
tierras sino que estas nuevas tierras fueron también descubiertas por él. Con
sólo dar un breve vistazo a la portada, inevitablemente se cae en este error.
Este libro reimpreso muchísimas veces pasa por miles de manos y divulga con peligrosa
rapidez la noticia errónea de que Vespucio es el descubridor de aquellas nuevas
tierras. La mera casualidad de que un tipógrafo inocente de Vicenza escribe el
nombre de Vespucio en lugar del de Colón en la portada de su antología, otorga
a Vespucio, que tampoco sospecha nada, una fama de la que no sabe nada y, sin
quererlo ni saberlo, le convierte en el usurpador de un mérito ajeno.
Huelga decir que este error solo no hubiera sido
suficiente para tener tan trascendental alcance a través de los siglos. Pero no
es más que el primer acto o, mejor dicho, el comienzo de esta comedia de
confusiones. Las casualidades tienen que seguir encadenándose laboriosamente
antes de que este fantasma engañoso se descubra. Y, cosa extraña, es justo
ahora cuando, a pesar de que Vespucio terminase ya su obra literaria con estas
pobres treinta y dos páginas, empieza su ascenso hacia la inmortalidad, quizás el
más grotesco que jamás haya conocido la historia de la fama. Y empieza en otra
parte del mundo, en un lugar donde Vespucio nunca puso su pie y, probablemente,
de cuya existencia el comerciante marino no tuvo la menor idea: en la pequeña
ciudad de Saint-Dié.
§ 4.
Un mundo recibe su nombre
El que nunca ha oído el nombre de la pequeña ciudad
de Saint-Dié, no tiene que reprocharse nada por falta de conocimientos
geográficos. Incluso los sabios han tardado más de dos siglos para averiguar
dónde, en el fondo, se encontraba este Sancti Deodati oppidum que
influyó tan decisivamente en la definición del nombre de América. Escondido al
abrigo de los Vosgos y perteneciente al ducado de Lorena, desaparecido hace
tiempo, este pequeño lugar no pudo atribuirse mérito alguno para atraer la
curiosidad del mundo. En aquel entonces, el soberano René II, al igual que su
ilustre abuelo le bon roi René, lleva, efectivamente, los
títulos de rey de Jerusalén y de Sicilia y conde de Provenza, pero, en realidad
no es más que duque de este pequeño trozo de tierra que gobierna honradamente
con mucho amor al arte y a las ciencias. Es extraño que —y al parecer la
Historia ama el juego de las pequeñas analogías— en la pequeña ciudad se
hubiese publicado ya un libro con anterioridad que influyó en el descubrimiento
de América puesto que, justamente aquí, el obispo de Ailly escribió aquella
obra llamada Imago Mundi. A su vez, la carta de Toscanelli dio
el impulso decisivo para que Colón buscara el camino de las Indias en dirección
oeste. Hasta su muerte, esta obra acompañó al almirante en todos sus viajes y
este ejemplar que todavía se conserva hoy en día contiene muchísimas notas
marginales de su propio puño y letra. Así pues, no puede negarse una cierta
relación precolombina entre América y Saint-Dié. Pero sólo bajo el reinado del
duque René se produce allí aquel extraño acontecimiento —o error— al cual
América debe su nombre. Bajo el protectorado de René II —al parecer también con
su apoyo económico—, se juntan en esta ciudad diminuta de Saint-Dié algunos
humanistas para formar una especie de colegio llamado Gymnasium
Vosgianum con el fin de enseñar o divulgar la ciencia por medio de la
impresión de libros valiosos. En esta academia diminuta se reúnen los legos y
los sacerdotes con el fin de una cooperación cultural. Pero, probablemente,
nunca nos hubiéramos enterado de sus discusiones eruditas si, alrededor de
1507, un tipógrafo llamado Gauthier Lud no se hubiera decidido a instalar allí
una prensa tipográfica para imprimir libros. De hecho, había elegido un buen
sitio porque, gracias a esta academia diminuta, Gauthier Lud tuvo a mano la
gente adecuada: editores, traductores, correctores e ilustradores. Además,
Estrasburgo con su Universidad y sus buenos ayudantes no estaba lejos. Y puesto
que el generoso duque actúa como patrocinador prestando su apoyo, en esta
pequeña ciudad retirada del mundo puede atreverse uno con una obra de mayor
calibre.
¿Pero qué tipo de obra? Desde que año tras año, los
descubrimientos amplían los conocimientos acerca del mundo, la geografía ocupa
toda la curiosidad de la época. Hasta ahora sólo existía un libro clásico de
geografía, la Cosmografía de Tolomeo cuyas explicaciones y
mapas eran considerados por los eruditos europeos inmejorables y perfectos
desde hacía siglos. Desde 1475 una traducción al latín había puesto al alcance
de todos los eruditos este código general de la Cosmografía y convertido en
imprescindible: lo que afirmaba Tolomeo, o lo que exponía a través de sus
mapas, se consideraba demostrado en virtud de la autoridad de su nombre. Pero,
justamente en estos veinticinco años, los conocimientos del cosmos se habían
ampliado más que en los siglos anteriores y aquél sabio que durante un milenio
sabía más que todos los cosmógrafos y geógrafos, de repente fue desmentido y
aventajado por unos navegantes y aventureros audaces. El que ahora quiera
volver a publicar la Cosmografía, habrá de corregirla y
completarla. Habrá de introducir en los mapas antiguos las costas e islas
nuevas descubiertas en el oeste. La experiencia tiene que rectificar a la
tradición. Con todo respeto ante la obra clásica, la humilde corrección ha de
otorgar una nueva fiabilidad si se quiere seguir considerando a Tolomeo como
sabio de los sabios y a su obra indiscutible. A nadie antes que a Gauthier Lud
se le había ocurrido completar la obra incompleta. Es una tarea de gran
responsabilidad pero, a su vez, una labor halagüeña a propósito para un grupo
de personas dispuestas a trabajar conjuntamente.
Gauthier Lud, que no es sólo un simple tipógrafo
sino también, en su calidad de secretario del duque y de capellán, una persona
culta y, además, acomodada, examina su pequeño grupo y ha de reconocer que no
habría podido encontrar mejor constelación. Para el dibujo y el grabado de
mapas queda a disposición un excelente matemático y geógrafo joven llamado
Martin Waldseemüller que, según el uso de la época, traduce al griego en las
obras de erudición adoptando el nombre de Hylacomylus. Con veintisiete años y estudiante
de la Universidad de Brisgovia, une la frescura y la audacia de la juventud con
los buenos conocimientos y un gran talento para el dibujo que, durante muchas
décadas aseguran a sus mapas el lugar preferencial en la historia de la
cartografía. También se ofrece un joven poeta, Matthias Ringmann, que se
llamará Philesius, capaz de prologar una obra con epístola poética y pulir con
elegancia los textos latinos. Tampoco faltará el traductor adecuado; lo
encuentran en la persona de Jean Basin quien como buen humanista, no sólo
conoce las lenguas antiguas sino también las modernas. Con un gremio de
personas tan instruidas, se puede emprender la revisión de esta famosa obra con
toda tranquilidad. ¿Pero dónde buscar las bases para la descripción de las regiones
recién descubiertas? ¿Acaso no fue aquel Vespucio quien mencionó primero el
«mundo nuevo»? Al parecer fue Matthias Ringmann quien ya publicó en 1505 en
Estrasburgo el Mundus Novus con el título De Ora
Antarctica. Fue él quien aconsejó añadir como suplemento natural a la
obra de Tolomeo en lengua latina la Lettera italiana
desconocida todavía en Alemania
Hubiera sido un comienzo honrado y digno de
gratitud, pero la vanidad de los editores juega una mala pasada a Vespucio y
así se hace el segundo nudo gordiano que la posterioridad utiliza en contra del
desprevenido. En lugar de decir con toda franqueza la verdad, o sea, decir que
habían traducido directamente del italiano al latín la Lettera, los
relatos de Vespucio acerca de sus cuatro viajes tal como habían sido publicados
en Florencia, los humanistas de Saint-Dié se inventan una historia novelesca,
ya para dar importancia a su publicación, ya para hacer honra en especial y
ante todo el mundo, a su mecenas, el duque Renato. Hacen creer al público que
Américo Vespucio, el descubridor de estas nuevas tierras, aquél muy célebre
cartógrafo es un particular amigo y admirador del duque y que había enviado a
éste la Lettera directamente a Lorena y que esta edición era
la primera publicación. ¡Qué homenaje más grande para el duque! El sabio más
ilustre de la época, un hombre eminente, envía el relato de sus viajes sólo al
rey de España y ¡a este régulo! Para mantener esta ficción piadosa, se modifica
la dedicatoria a la Magnificenza italiana de modo que vaya
dirigida al illustrissimus rex Renatus; y para borrar todo
rasgo revelador de que no se trata más que de la traducción de un original
italiano publicado hace tiempo, se incluye una nota diciendo que Vespuccio
había enviado la obra en lengua francesa y que Johannes Basinus (Jean Basin), insignis
poeta, lo había traducido del francés, ex gallico, en
un latín elegante (qua pollet elegantia latina interpretavit). Vista
de cerca, esta impostura basada en la ambición se muestra como bastante
transparente porque el insignis poeta ha trabajado demasiado
deprisa para hacer desaparecer todos los pasajes que dejan entrever el origen
italiano. Hace que Vespucio cuente cosas al rey Renato de Lorena que, a lo
sumo, hubieran interesado a Médici o Sonderini como, por ejemplo, que los dos
estudiaron juntos en Florencia con su tío Antonio Vespucio. O le hace hablar de
Dante como poeta nostro, lo cual, desde luego, sólo era
explicable al escribir un italiano a otro. Pero pasarán siglos hasta que se
descubra este engaño del que Vespucio tiene tan poca culpa como de todo lo
demás. Y en centenares de obras (aun en nuestros días) se considera que estos
cuatro relatos de viaje son dirigidos realmente al duque de Lorena; toda la
gloria y toda la ignominia de Vespucio se levantan sobre el fundamento de aquel
libro impreso, sin saberlo él, en un rincón de los Vosgos.
Pero todo eso son tramas y prácticas comerciales
que se ignoran en aquella época. Los libreros, los eruditos, los duques, los
comerciantes sólo ven aparecer un buen día en la feria del libro del 25 de
abril de 1507 una obra de 52 páginas con el título de: Cosmographiae
introductio: Cum quibusdam geometriae ac astronomiae principiis ad eam rem
necessariis. Insuper quatuor Americi Vespuccii navigationes. Universales
cosmographiae descriptio tam in solido quam plano eis etiam insertis quae in
Tolomeo ignota a nuperis reperta sunt. (Introducción a la cosmografía
con los principios de geometría y de astronomía necesarios para ella. Además
los cuatro viajes de Américo Vespucio, así como una descripción [mapa] del
cosmos, tanto en forma plana como en la de globo de todas las partes ignoradas
por Tolomeo y que han sido descubiertas hace poco tiempo).
El que abra este pequeño libro, tendrá que aguantar
primero la vanidad poética de los editores que hacen ostentación de su talento
poético. Un breve poema en latín de Matthias Ringmann dedicado al emperador
Maximiliano y un prólogo de Waldseemüller Hylacomylus dirigido al emperador a
cuyos pies pone la obra. Sólo después de haber podido satisfacer su vanidad los
dos humanistas, comienza el texto erudito de Tolomeo a cuya continuación,
después de una breve notificación, siguen los cuatro viajes de Vespucio.
Con esta publicación en Saint-Dié, el nombre de
Américo Vespucio ha vuelto a subir muchos escalones aunque no haya alcanzado
todavía la cima de la gloria. En la portada de la antología italiana Paesi
nuevamente retrovati su nombre figuraba todavía de forma ambigua como
descubridor del «nuevo mundo» y en el texto sus viajes cobraban la misma
importancia que los de Colón y de otros navegantes. En la Cosmographiae
Introductio el nombre de Colón ya ni siquiera se menciona —tal vez una
casualidad debida a la ignorancia de los humanistas de los Vosgos— pero que
resulta ser una casualidad fatal, puesto que toda la gloria, todo el mérito del
descubrimiento recaen enteramente en Vespucio, y sólo en Vespucio. En el
segundo capítulo, en la descripción del mundo conocido por Tolomeo, se dice que
si bien las dimensiones de aquél fueron extendidas por otros, sólo ahora han
sido realmente dadas a conocer a la humanidad por Américo Vespucio (nuper
vero ab Americo Vesputio latius illustratam). En el capítulo número cinco
se le reconoce de manera expresa como descubridor de estas tierras nuevas et
maxima pars Térrea semper incognitae nuper ab Americo Vesputio repertae. Y
de repente, en el séptimo capítulo, aparece por vez primera aquella propuesta
que habrá de ser determinante para los siglos venideros. Al mencionar la cuarta
parte del mundo, quarta orbis pars, Waldseemüller añade, a
modo de propuesta personal, quam quia Americus invenit Amerigem quasi
Americi terram, sive Americam nuncupare licet, que, puesto que fue
descubierto por Américo, podría llamarse en adelante tierra de Américo o
América.
De hecho, estas tres líneas son la verdadera
partida de bautismo de América. En aquella página en cuarto consta por vez
primera el nombre en letras de molde y reproducidas por medio de la imprenta.
Si el 12 de octubre de 1492, día en que Colón divisa desde la cubierta de la
Santa María el resplandor de la costa de Guanahaní, se considera el día del
nacimiento del Nuevo Continente, el 25 de abril de 1507, día en que Cosmographiae
Introductio sale de la imprenta, ha de ser designado como día de su
bautismo. Bien es cierto que sólo se trata de una propuesta que hace un
desconocido humanista de veintisiete años en esta pequeña ciudad remota, pero
él está tan encantado con la idea que la repite con más insistencia. En el
capítulo noveno, Waldseemüller dedica todo un párrafo entero a esta sugerencia.
Hoy en día, estas partes del mundo (Europa, África y Asia) están exploradas por
completo y una cuarta parte del mundo fue descubierto por Américo Vespucio.
Puesto que Europa y Asia recibieron nombres de mujeres, no veo inconveniente
alguno en llamar a esta nueva región Américo, tierra de Américo o América en
honor al hombre sabio que la descubrió. O con sus propias palabras
latinas: Nunc vero et hae partes sunt latius lustratae et alia quarta
pars per Americum Vesputium (ut in sequentibus audietur) inventa, quam non
video cur quis iure vetet ab Americo inventore sagaces ingenii viro Amerigem
quasi Americi terram sive Americam dicedam; cum et Europa et Asia a mulieribus
sua sortita sunt nomina. Al mismo tiempo, Waldseemüller hace imprimir
la palabra «América» en el margen del párrafo y la hace figurar, además, en el
mapa que va adjunto a la obra. A partir de este momento, Américo Vespucio,
hombre mortal, tiene sin sospechar nada la cabeza rodeada de la aureola de la
inmortalidad. A partir de este momento, América se llama por vez primera
América y así se llamará para siempre jamás.
«Pero ¡esto es absurdo!» se indignaría, tal vez, un
lector exaltado. «¿Cómo es posible que este geógrafo provinciano de veintisiete
años se atreva a atribuir la gloria de que todo un continente lleve su nombre a
un hombre que jamás descubrió América y que, en suma, redactó sólo treinta y
dos páginas de un informe bastante sospechoso?». Pero esta indignación es
anacrónica; no está pensada desde la perspectiva histórica sino desde un punto
de vista actual. Hoy en día, los contemporáneos cometemos instintivamente el
error, al pronunciar la palabra «América», de pensar, sin querer, en este
continente poderoso que va desde Alaska hasta Patagonia. En 1507, ni el bueno
de Waldseemüller ni cualquier otro mortal tenía la menor idea de la extensión
del Mundus Novus recién descubierto y basta una ojeada a los
mapas de principio del siglo dieciséis para saber lo que la cosmografía de la
época entendía más o menos bajo el concepto de Mundus Novas. En
medio de una sopa oscura que es el Mar Océano flotan unos pedazos informes de
tierra, mordisqueados sólo en los bordes por la curiosidad de los
descubridores. El diminuto trocito de Norteamérica donde aterrizaron Cabot y
Cortereal queda todavía pegado a Asia de modo que, según la idea de entonces,
sólo se tardaba unas pocas horas en llegar de Boston a Pekín. La Florida se
representa como una isla grande que se ubica al lado de Cuba y Haití. Y en el
lugar del istmo de Panamá que une América del Norte con América del Sur aparece
un mar inmenso. Al sur de aquello queda trazada, pues, está nueva tierra
desconocida (el actual Brasil) como una isla grande y redonda, semejante a
Australia: en los mapas constan los nombres de Terra Sancta Crucis o Mundos
Novas o Terra dos Papagayos —todos ellos nombres incómodos, poco prácticos para
una nueva tierra—. Es verdad que Vespucio no la descubrió primero —cosa que,
por cierto Waldseemüller ignora— pero fue el primero en describirla y en darla
a conocer en Europa, así que al proponer el nombre de Américo sólo sigue una
vieja costumbre. Las islas Bermudas llevan el nombre de Juan Bermudez, Tasmania
el de Tasman, Fernando Po el de Fernando Po. ¿Por qué no llamarse el nuevo
mundo según su primer vulgarizador? Se trata de un gesto amable de
agradecimiento frente a un erudito que fue el primero —y este es el mérito
histórico de Vespucio— en defender la tesis de que la tierra recién descubierta
no pertenece a Asia sino que, quartam pars mundi, representaba una
parte nueva del mundo. Que con esta asignación hecha de buena fe, Waldseemüller
va a atribuir a Vespucio no solamente la supuesta isla de Terra Sancta Crucis
sino que todo un continente, desde Labrador hasta la Patagonia y, que de esta
forma priva a Colón, al verdadero descubridor de este continente, de su
propiedad, de todo ello, Waldseemüller no tenía la más remota idea. ¿Pero cómo
sospechar algo si ni siquiera Colón lo sabe sino que jura y perjura que Cuba es
la China y Haití el Japón? Esta denominación de América es un nuevo hilo de
error que se enreda en el ovillo bastante enredado ya, y todo el que ha
abordado con la mejor intención el «problema Vespucio» ha entrelazado un nuevo
nudo y hecho todavía más difícil la solución.
De hecho, sólo es debido a un malentendido que
América se llame América y, por añadidura, a un malentendido por partida doble.
Porque si Jean Basin, el insigni poetae, hubiera querido traducir
al latín el nombre Amerigo por Albericus en lugar de por Americus como los
demás, hoy en día, Nueva York y Washington estarían en Alberica en lugar de en
América. Pero ahora el nombre se compone por vez primera de siete letras fundidas
que forman una palabra para siempre jamás pasando de libro en libro, de boca en
boca, sin poder contenerla ni olvidarla. La nueva palabra existe, subsiste, no
solamente por la casual propuesta de Waldseemüller, ni por la lógica o la falta
de la misma, ni con razón o sin ella, sino por una fuerza fonética inherente.
América -la palabra comienza y termina con la vocal más sonora de nuestra
lengua, incluyendo las demás con variación. Sirve para una exclamación
entusiasta, es fácil recordarla, es una palabra vigorosa, henchida, varonil,
idónea para un joven país, para un pueblo fuerte con un gran empuje. Con su
error histórico, el pequeño geógrafo ha creado sin querer algo inteligente al
designar el mundo emergido de la oscuridad con esta palabra hermana de Asia,
Europa y África.
Es una palabra conquistadora. Es una palabra
potente que expulsa impetuosamente todas las demás denominaciones. A los pocos
años de la publicación de la Cosmographiae Introductio quedan
borradas de los libros y de los mapamundi los nombres de Terra dos
Papagaios, Isla de Santa Cruz, Brasil e Indias Occidentales. Una
palabra conquistadora; de año en año se extiende más, mil veces, cien mil veces
más de lo que imaginara el bueno de Martin Waldseemüller. En 1507, «América»
sólo designa la costa norteña del Brasil y el sur, con Argentina incluido, se
llama todavía Brasilia Inferior. Si (en el sentido de
Waldseemüller) sólo la costa descrita por Vespucio primero y aun todo el Brasil
hubiera recibido el nombre de Américo, nadie le culparía de un error. Pero al
cabo de pocos años, el nombre «América» se ha extendido por toda la costa
brasileña apoderándose también de Argentina y Chile, es decir, de regiones que
el florentino nunca alcanzó ni vio. Todo cuanto se descubre a mano derecha e
izquierda, arriba y debajo de la línea ecuatorial se convierte en tierra de
Vespucio. Finalmente, unos quince años después de la publicación del libro de
Waldseemüller, el nombre de América se aplica ya a toda América del Sur. Todos
los grandes cartógrafos —Simon Gryneus en su Orbis Novas y
Sebastián Münster en sus mapamundi— han capitulado ante la voluntad del pequeño
maestro de Saint-Díe. Pero el triunfo no está completo todavía. La grandiosa
comedia de confusiones sigue aún.
En los mapas, América del Norte figura todavía como
un mundo aparte, separado de América del Sur, ya atribuido a Asia debido a la
incorregibilidad de la época, ya separado del continente de Américo por un
istmo imaginario. Pero, finalmente, la ciencia comprende que este continente es
una unidad, desde un mar glacial hasta otro mar glacial, que le corresponde un
solo nombre para designar el conjunto. Y entonces, la palabra orgullosa e
invencible se levanta poderosamente. Este bastardo, producto de un error y de
una verdad, se apodera del botín inmortal. Ya en 1515, el geógrafo Johannes
Schöner de Nürenberg, da en un pequeño escrito que acompaña a su globo
públicamente por hecho que Americam sive Amerigem es novum Mundum et
quartam orbis, es la cuarta parte del mundo. Y en 1538, Mercator, el
rey de los cartógrafos, traza, en nuestro sentido, todo el continente como
conjunto en su mapamundi y escribe el nombre de América en ambas partes, AME a
la del norte, RICA a la del sur. Y desde entonces, no hay palabra que valga más
que ésta. En treinta años, Vespucio conquistó la cuarta parte del mundo para sí
y para su gloria póstuma.
Este bautizo sin el conocimiento ni el
consentimiento del padre es un episodio sin igual en la historia de la gloria
mundana. Con dos palabras, Mundos Novas, un hombre adquiere la
gloria, con tres líneas de un pequeño geógrafo, alcanza la inmortalidad.
Difícilmente la casualidad y el error hayan logrado una semejante comedia
audaz. Pero en esta comedia de las confusiones, la Historia, tan grandiosa en las
tragedias cuan imaginativa en sus comedias, crea todavía un remate
especialmente sutil. Apenas la propuesta de Waldseemüller alcanza al público,
éste la acepta con entusiasmo. Las ediciones aparecen una tras otra, en todas
las obras nuevas de geografía se adopta el nombre nuevo de «América» derivado
de Américo Vespucio, su inventor, y, sobre todo, los cartógrafos
son los que lo registran en obediencia. El nombre de «América» aparece en todas
partes, en todos los globos, en todos los grabados sobre acero, en todos los
libros, en todas las cartas, menos en un solo mapa de 1513, es decir, seis años
después de aquel primero de Waldseemüller con el nombre de América. Pero ¿quién
es este cartógrafo que se opone indignado al nuevo nombre? No es otro ¡qué cosa
más grotesca! que el que inventó el nombre: el mismo Waldseemüller. ¿Acaso
tenía miedo, como el aprendiz de brujo en el célebre poema de Goethe que, con
tan sólo una palabra convierte la escoba consumida en un enfurecido ser rabioso
y que entonces no recuerda la otra palabra para detener al espíritu evocado?
¿Acaso recibió una advertencia —tal vez por parte del propio Vespucio— que le
hizo recapitular dándose cuenta que había sido injusto con Colón al atribuir la
proeza de éste al que reconoció el verdadero valor de ella? No se sabe. Nunca
se sabrá por qué precisamente Waldseemüller quiso quitar al nuevo continente el
nombre de «América» que él mismo había inventado. Pero ya es demasiado tarde
para una corrección. Pocas veces la verdad vuelve a alcanzar la leyenda. Una
palabra, una vez echada al mundo, extrae fuerza de este mundo y existe libre e
independientemente de aquél que la dio a luz. Es inútil que aquél hombrecillo
que pronunció primero la palabra de «América», quiera callarla y suprimirla por
un sentimiento de vergüenza. Ya emprendió el vuelo, salta de una letra de molde
a otra, de un libro a otro, de boca en boca, sobrevuela el espacio y el tiempo,
sin poder detenerla e inmortal porque es, a la vez, realidad e idea.
§ 5.
Comienza la gran disputa
1512. Un ataúd, acompañado de poca gente, sale de
una de las iglesias de Sevilla en dirección al campo santo. No es un entierro
llamativo, pomposo, no es de un hombre adinerado ni de un noble. Es el sepelio
de un funcionario cualquiera del rey, del piloto mayor de la Casa de
Contratación. Un tal Despuchy o Vespuche. Nadie en esta ciudad extraña sospecha
que se trata del mismo hombre cuyo nombre recibirá la cuarta parte del mundo.
Ni los historiógrafos ni los cronistas dijeron una sola palabra sobre aquella muerte
insignificante. Aun treinta años más tarde se leerá en los libros de historia
que Américo Vespucio se murió en 1534, en las Islas Azores. El padrino de
América fallece de forma completamente inadvertida igual que el Adelantado y
Almirante de las Indias, Cristóbal Colón que fue llevado a su última morada en
Valladolid en 1506 sin que fuera acompañado ni por rey ni duque alguno y cuya
defunción a los cronistas de aquél entonces tampoco les pareció digna de ser
proclamada al mundo.
Dos tumbas silenciosas, una en Sevilla, otra en
Valladolid. Dos hombres que se encontraron muchas veces en vida sin evitar el
encuentro ni odiarse el uno al otro. Dos hombres, animados por el mismo
espíritu de curiosidad creadora y que se ayudaron el uno al otro en sus caminos
con rectitud y con cordialidad. Pero sobre sus tumbas se levanta la más amarga
disputa. Sin sospecharlo ellos, la gloria de uno luchará contra la del otro, el
error, la falta de comprensión, las ganas de investigar y el espíritu de contradicción
personal, avivan una y otra vez una rivalidad entre estos dos grandes
navegantes que nunca existió durante su vida. Pero los dos percibirán tan poco
de este altercado y esta bulla como del viento que sopla por encima de sus
tumbas con palabra ininteligible.
En esta lucha absurda por una gloria contra la
otra, sucumbe al principio Colón. Se murió vencido, humillado y medio olvidado.
Como hombre de una única idea, de una única proeza, tuvo su momento inmortal a
la hora en que ésta idea se hizo realidad; a la hora en que desembarcó la Santa
María en la playa de Guanahani porque se atravesó por vez primera el
Océano Atlántico hasta entonces infranqueable. Hasta aquel momento, el mundo
había tenido al gran genovés por loco, por iluso, por soñador confuso y poco
realista.
Y a partir de aquel momento el mundo, otra vez,
vuelve a tenerlo por tal. Porque no puede liberarse de la ilusión que le
empuja. Cuando, por vez primera, da parte de «haber pisado los reinos más ricos
del mundo», cuando promete traer oro y perlas y especias de las Indias, adonde
dice haber llegado, el mundo le da todavía crédito. Una flota poderosa es
equipada, mil quinientos hombres se disputan el honor de poder embarcar para
viajar a Ofir y a El Dorado, países que dice haber visto con sus propios ojos.
La Reina le entrega cartas envueltas en seda para el «Gran Khan» de Quinsay.
Pero entonces regresa de este largo viaje y ¿qué es lo que trae? Unos
centenares de esclavos medio muertos de hambre a los que la piadosa reina se
niega a vender. Unos centenares de esclavos y la ilusión de haber estado en la
China, en el Japón. Y esta ilusión se vuelve cada vez más confusa, más
fantástica a medida que resulta menos cierta. En Cuba reúne a su gente y, bajo
la amenaza de cien azotes, les hace jurar ante un escribano, un
notario, que Cuba no es una isla sino la tierra firme china. Los marineros
indefensos se encojen de hombros y firman sin tomarle en serio y uno de ellos,
Juan de la Cosa, no haciendo caso al juramento, dibuja a Cuba en forma de isla
en su mapa. Pero Colón no cesa en mandarle cartas a la reina diciendo que «sólo
un canal le separa todavía del Quersoneso de Oro de Tolomeo» (la península de
Malaca) y que «Panamá no está más lejos del Ganges que Pisa de Genua». Al
principio, la Corte acoge con sonrisa todas estas promesas fantásticas pero
poco a poco el asunto provoca el enojo. Las expediciones valen muchísimo dinero
y ¿a cambio de qué? Unos esclavos famélicos y extenuados en lugar del oro
prometido, la sífilis en lugar de las especias. Las islas que la Corona ha
confiado a su administración, se convierten en terribles mataderos y campos
salvajes repletos de cadáveres. Sólo en Haití muere un millón de indígenas en
una década; los inmigrantes empobrecen y se rebelan; todas las cartas y los
colonizadores decepcionados que regresan de este «paraíso terrenal» traen
noticias terribles sobre crueldades inhumanas. Pronto en España se dan cuenta
de que aquel iluso sólo sabe soñar pero no gobernar. Lo primero que avista el
nuevo gobernador Bobadilla desde el navío son unas horcas donde, movidos por el
viento, cuelgan cadáveres de sus compatriotas. Es necesario repatriar a los
tres hermanos atados con cadenas e incluso cuando, arrepentido, se le devuelve
la libertad, el honor y el título a Colón, su nimbo, sin embargo, ha
desaparecido por completo en España. Al atracar, su navío ya no es acogido con
expectación. Cuando quiere ser recibido en la Corte, hay respuestas evasivas y
el hombre viejo tiene que presentar una solicitud suplicando poder hacer el
viaje en mula. No para de hacer promesas y de hablar de cosas cada vez más
fantásticas. Promete a la reina que encontrará el paraíso en su próximo viaje y
al Papa que «liberará a Jerusalén» en una cruzada por un nuevo camino, más
corto. En su Libro de Profecías anuncia a la humanidad
pecadora que dentro de ciento cincuenta años llegará el fin del mundo.
Finalmente, ya nadie hace caso al fallador (charlatán) y a
sus imaginacôes com su Ilha Cipangu (ilusiones acerca de la
isla de Cipango). Los comerciantes que perdieron dinero con él, los eruditos
que desprecian sus errores geográficos, los colonizadores que decepcionó con
sus grandes promesas, los funcionarios envidiosos de su elevado rango empiezan
a hacer frente común contra el «Almirante de la tierra de los mosquitos». Al
viejo hombre se le arrincona cada vez más y, arrepentido reconoce: «Dije haber
pisado los reinos más ricos. Hablé de oro, perlas, piedras preciosas, especias
y cuando nada de eso llegó de inmediato, caí en deshonra». Alrededor de 1500,
Cristóbal Colón es un hombre acabado en España y en 1506, año de su muerte, ya
casi nadie le conoce.
Tampoco en las décadas siguientes apenas se le
recuerda: son tiempos que pasan de forma acelerada. Cada año hay una proeza
nueva, un descubrimiento, nombres nuevos, nuevos triunfos y en tales tiempos,
las empresas de ayer se pasan por alto más rápidamente. Vasco da Gama y Cabral
regresan de las Indias y no sólo traen unos cuantos esclavos desnudos y vagas
promesas sino todas las preciosidades del este. El rey Manuel, el Afortunado,
será el monarca más rico de Europa gracias a este botín de Calicut y Malaca.
Brasil ha sido descubierto, desde las alturas de Panamá, Núñez de Balboa
divisa, por vez primera, el Océano Pacífico. Cortés conquista México, Pizarro
Perú: por fin afluye oro verdadero a la cámara del tesoro. Magelhaes da la
vuelta por América y al cabo de tres años, su buque almirante Victoria —¡la
proeza marina más grandiosa de todos los tiempos!— regresa a Sevilla habiendo
dado la vuelta al mundo. En 1545 empiezan a explotarse las minas de plata de
Potosí. Año tras año, las flotas regresan a Europa con abundante cargamento.
Sólo en medio siglo, se atravesaron todos los mares, se dio la vuelta a todos o
casi todos los países del planeta: ¿qué significa entonces el individuo con su
proeza en esta epopeya homérica? Todavía no se publicaron los libros que hablan
de su vida y de su solitaria previsión; pronto, el viaje de Colón se considera
sólo como uno entre tantos viajes gloriosos de los nuevos argonautas y, debido
a que él aportó el beneficio menos palpable, le juzga mal y le olvida la época
que, como todas las épocas sólo se rige por sus propios cánones y no por
aquellos de la historia.
Entretanto, crece con poderío la gloria de Américo
Vespucio. Cuando, ofuscado por la ilusión de haber descubierto las Indias en el
oeste, todo el mundo estaba aún en el error, él descubrió la verdad: que se
trata de un Mundos Novas, un nuevo mundo, otro continente.
Siempre dijo la verdad: no prometió oro ni piedras preciosas sino que informó
con modestia que según los indígenas hay oro en aquellas tierras pero que él,
igual que Santo Tomás, no presta fe fácilmente: el tiempo lo diría. Y que no
salió por amor al oro y al dinero como los demás sino por el placer ideal del
descubrimiento. No había torturado a seres humanos ni destruido reinos como
todos los otros conquistadores agresores: él, como humanista, como erudito, ha
observado aquellos pueblos desconocidos, ha descrito sus usos y costumbres sin
ensalzarlos ni censurarlos. Como sabio discípulo de Tolomeo y de los demás
grandes filósofos ha observado el transcurso de las nuevas estrellas, explorado
los mares y países por amor a sus maravillas y misterios. No se ha dejado guiar
por el puro azar sino por la estricta ciencia matemático astronómica —¡sí, es
uno de los suyos!—, ponderan los eruditos, homo humanus, un
humanista. Sabe escribir incluso en latín que para ellos es la única lengua
válida para los asuntos del intelecto. Ha salvado el honor de la ciencia porque
sólo está al servicio de ella y no de la ganancia y del dinero. Cada uno de los
historiadores contemporáneos —Peter Martyr y Ramusio y Oviedo— hace primero una
reverencia antes de pronunciar el nombre de Vespucio. Y dado que no son más de
una docena de eruditos los que ilustran su época, a Vespucio lo tienen por el
navegante más grande de su tiempo.
Este extraordinario prestigio dentro del mundo
erudito lo debe, pues, a la casual circunstancia que sus dos obras pequeñitas
—¡ay! tan delgadas y prestas a poner en duda— hayan aparecido en lengua latina,
en la lengua de los eruditos. Sobre todo la edición de la Cosmographiae
Introductio es la que le otorga la imponente autoridad sobre todos los
demás. Sólo por haberla descrito primero, los eruditos para los que la palabra
es superior a los hechos, celebran a Vespucio como descubridor del Nuevo Mundo
sin reparo alguno. El geógrafo Schöner es el primero en trazar la línea
divisoria: Colón no descubrió más que unas islas, pero Vespucio el nuevo mundo.
Una década más tarde, por repetición hablada o impresa ya se convierte en
axioma: Vespucio es el descubridor del nuevo continente y con mucha razón
América se llama América.
A lo largo de todo el siglo dieciséis reluce clara
y puramente aquella gloria errónea de Vespucio como descubridor del nuevo
mundo. Tan sólo una vez se formula tímidamente una ligera protesta. La formula
Miguel Servet, un hombre singular, que más adelante adquirió la trágica fama de
haber sido la primera víctima de una inquisición protestante de Calvino en
Ginebra que fue arrojado a la hoguera. Servet es un extraño carácter de la
historia del pensamiento, medio genio, medio loco. Un espíritu descontento semejante
al fuego fatuo que todo lo critica y que cree tener que opinar de forma más
rotunda sobre cualquier ramo de la ciencia. Pero este hombre, en el fondo poco
productivo posee un instinto muy peculiar al tocar en todas partes los
problemas decisivos. En la medicina, casi ya formula la teoría de Harvey de la
circulación de la sangre; en la teología toca el punto más débil de Calvino. Un
curioso don de presentimiento le ayuda a dar con los problemas aunque no los
soluciona. También en el campo de la geografía toca el problema decisivo:
proscrito por la Iglesia huye a Lyon, trabaja allí de médico bajo un nombre
falso y, en 1535 publica, a su vez, una nueva edición de Tolomeo con
acotaciones propias. A esta edición le acompañan los mapas de la edición de Tolomeo
de Laurent Frisius de 1522, que, según la propuesta de Waldseemüller designan
la parte sur del nuevo continente con el nombre de «América». Pero mientras que
Tomas Ancuparius, el editor de Tolomeo de 1522, entona, en su prólogo, un himno
para Vespucio sin mencionar siquiera a Colón, Servet es el primero que se
atreve a poner un cierto reparo a la exagerada veneración de Vespucio y a la
denominación propuesta del nuevo continente. Dice que Vespucio, en definitiva,
partió de mercader —ut merces suas comutaret y multo post Columbum—,
mucho después de Colón. Aún se trata de un comentario con mucha reserva, en
cierto modo un carraspeo de protesta. Servet no piensa en quitarle la fama a
Vespucio como descubridor pero no quiere tampoco que Colón quede por completo
en el olvido. No queda, pues, formulada todavía la antítesis Colón o Vespucio;
todavía no se ha suscitado la disputa sobre la prioridad. Lo único que insinúa
Servet es que se debería decir: Vespucio y Colón. Sin tener pruebas
contundentes entre manos, sin unos conocimientos más exactos de la situación
histórica, sólo guiado por este instinto suspicaz de sospechar los errores y de
enfocar los problemas desde otra perspectiva, Servet es el primero en insinuar
que hay gato encerrado en la gloria de Vespucio que sobrevino al mundo con la
vehemencia de un alud.
Una protesta, claro está, sólo puede elevarla aquél
que no depende, como Servet en Lyon, de los libros ni de las noticias inciertas
sino que tiene acceso al conocimiento fiable de los acontecimientos históricos
reales.
Y será una voz de mucho peso que se rebela contra
la gloria exagerada de Vespucio, una voz que obligó al emperador y a los reyes
a doblegarse y cuya palabra procuró consuelo a miles y miles de hombres
humillados y torturados: la voz del gran obispo Las Casas quien, con una fuerza
tan estremecedora, reveló las atrocidades de los conquistadores cometidas
contra los indígenas que hoy en día aún los relatos ponen el corazón en un
puño. Las Casas, que llegó a la edad de noventa años, fue testigo presencial de
toda una época de descubrimientos y, gracias a su amor a la verdad, a su
imparcialidad sacerdotal, un testigo abonado. Su gran relato de América, Historia
general de las Indias, que, en 1559 empezó a escribir a la edad de ochenta
y cinco años en el monasterio de Valladolid, puede considerarse hoy todavía
como la base más sólida de la historiografía de aquella época. Nacido en 1474,
llegó en 1502 a Hispaniola (Haití), por tanto en tiempos de Colón todavía. A
excepción de unos cuantos viajes a España, pasó prácticamente toda su vida,
hasta llegar a la edad de setenta y tres años, en el nuevo continente como
sacerdote y más tarde como obispo. Nadie, por tanto, era más facultado ni
competente para emitir un juicio objetivo y válido sobre los acontecimientos de
la época de los descubrimientos.
En uno de sus viajes de las «Nuevas Indias» a
España debió dar con uno de aquellos mapas o libros extranjeros en que las
nuevas tierras estaban designadas con el nombre de «América». Y, probablemente
tan sorprendido como nosotros, se preguntaría: ¿por qué América? La respuesta
de porque lo había descubierto Américo Vespucio, habría, como es natural,
despertado su desconfianza y provocado su rabia puesto que quien si no él estaba
al corriente de las cosas. Su padre había acompañado personalmente a Colón en el
segundo viaje y por tanto, él mismo podía dar fe de que Colón, según sus
propias palabras, «fue el primero que abrió las puertas de aquel Océano cerrado
hacía tantos siglos». ¿Cómo era posible, pues, que Vespucio se vanagloriara o
fuese vanagloriado de ser el descubridor de este nuevo mundo? Al parecer, se
topó con este argumento típico de por entonces de que Colón sólo había
descubierto las islas de América, las Antillas. Vespucio, sin embargo,
descubrió la verdadera tierra firme y, por tanto, se le atribuía con razón el
descubrimiento del continente.
Las Casas, un hombre normalmente muy afable, monta
ahora en cólera. Si Vespucio afirma tal cosa, es un mentiroso. Nadie más que el
Almirante había pisado en 1498 la tierra firme en Parias, en su segundo viaje.
Esto, además, quedó confirmado por el juramento solemne de Alonso de Hojeda en
el proceso del fisco contra los herederos de Colón en el año 1516. Además,
nadie de más de un centenar de testigos en aquel proceso se atrevió a negar
aquel hecho. Con buen derecho, este país debería llamarse «Columba». ¿Cómo
puede Vespucio «usurpar el honor y la gloria que corresponden al Adelantado y,
atribuirse a sí solo el mérito»? ¿Dónde y cuándo y con qué expedición estuvo
antes que el Almirante en la tierra firme de América?
Ahora, Las Casas se pone a estudiar el relato de
Vespucio tal como queda impreso en la Cosmographiae Introductio para
impugnar esta supuesta pretensión sobre la prioridad de Vespucio. Y ahora, esta
comedia de confusiones vuelve a tener un nuevo giro absurdo que da un nuevo
empujón en dirección equivocada a este ovillo ya sobradamente enredado. En la
edición original italiana donde queda relatado el primer viaje de Vespucio en
1497, se dice que tocó puerto en un lugar llamado «Lariab». A raíz de un error
de imprenta o de una corrección caprichosa, la edición latina de Saint-Dié
convierte «Lariab» en un lugar llamado «Parias». Esto induce a creer que fue el
propio Vespucio quien afirmó haber estado en Parias en 1497, es decir, un año
antes que Colón aterrizara en la tierra firme. Por tanto, para Las Casas no hay
duda alguna de que Vespucio es un falsario que, aprovecha la buena ocasión
después de la muerte del Almirante para presumir de descubridor del nuevo
continente en «los libros extranjeros» (puesto que en España le hubieran mirado
demasiado las manos). Y ahora Las Casas demuestra que, Vespucio, en realidad,
se fue a América en 1499 y no en 1497 y que, con buen motivo, no mencionó el
nombre de Hojeda. «Lo que ha escrito Américo» —se encoleriza el honrado hombre—
«para hacerse famoso al usurpar tácitamente el descubrimiento de la tierra
firme» lo hizo de mala fe y, por tanto, Vespucio es un impostor.
De hecho, sólo se trata de una errata en la edición
latina —que dice «Parias» en lugar de «Lariab» de la edición original— lo que
provoca la rabia de Las Casas por un engaño supuestamente intencionado. Pero,
sin querer, Las Casas ha tocado un punto delicado: en todas las cartas y todos
los relatos de Vespucio hay una extraña oscuridad acerca de las intenciones y
los objetivos realmente alcanzados en sus viajes. Vespucio nunca dice con
claridad los nombres de los comandantes de la flota. Las fechas varían según
las diferentes ediciones. Las mediciones de longitud no son correctas. A partir
del momento en que se empezó a averiguar las bases de sus viajes, tiene que
surgir la sospecha de que aquí, por las razones que sean —de las que más
adelante nos ocuparemos— se haya encubierto expresamente el estado de las cosas
claro y sencillo. En este punto, nos acercamos, por vez primera, al misterio de
Vespucio, propiamente dicho, que, durante cientos de años ocupó a los eruditos
de todas las naciones: en sus relatos ¿cuánto hay de verdad y cuánta invención
(o, dicho con más dureza: impostura)?
Esta incertidumbre afecta, sobre todo, al primero
de los cuatro viajes, aquel del 10 de mayo de 1497, el que Las Casas ya puso en
duda y que, a lo sumo, le hubiera podido asegurar una cierta prioridad como
descubridor del continente. No se menciona este viaje en escrito histórico
alguno; ciertos elementos han sido tomados, sin duda, del segundo viaje con
Hojeda. Incluso los defensores más fanáticos de Vespucio no encontraron ninguna
comprobación para esta expedición marítima en aquel año, y han de contentarse
con las hipótesis para darle un ligero tinte de verosimilitud. Enumerar aquí
con todo detalle las pruebas y pruebas en contra, alegadas en estas infinitas
discusiones, harto contradictorias, de los ilustres geógrafos, llenaría de
sobra un libro entero. Basta con que tres cuartas partes de ellos rechace este
primer viaje como imaginario mientras que el resto de los defensores ex officio
de Vespucio hacen que, en esta ocasión, sea él el primero en descubrir, una vez
La Florida, otra el Amazonas. Pero puesto que la inmensa gloria de Vespucio se
basa en este primer viaje, harto dudoso, toda esta torre de Babel levantada
sobre el error, la casualidad y la repetición maquinal irá perdiendo terreno
tan pronto como el hacha de la filología tocara sus cimientos.
Este golpe decisivo lo asesta Herrera en 1601 con
su Historia de las Indias Occidentales. El historiógrafo
español no necesita mucho tiempo para reunir argumentos puesto que tiene acceso
al libro de De Las Casas inédito todavía por entonces y, en el fondo, sigue
siendo Las Casas que levanta la voz contra Vespucio. Herrera explica y comprueba,
con las razones de Las Casas, que la datación de las Quatuor
Navigationes no es cierta, que Vespucio salió con Hojeda en 1499 y no
en 1497 y, —sin que el acusado pueda tomar la palabra— llega a la conclusión de
que Américo Vespucio había falsificado astuta y premeditadamente sus relatos
con la intención de robar a Colón el honor de ser el descubridor de América.
La repercusión de esta revelación es enorme. ¿Cómo?
Se sobresaltan los eruditos ¿Acaso Vespucio no es el descubridor de América?
Aquel hombre sabio cuya manera comedida en su modestia consideramos como
ejemplar ¿un mentiroso, un impostor un Mendez Pinté, uno de esos infames
embusteros que engañan con los relatos de sus viajes? Aunque sólo hubiera
mentido sobre un viaje ¿por qué creerse los demás? ¡Qué vergüenza! El nuevo
Tolomeo no es otra cosa que un Eróstrato infame que entra a hurtadillas,
maliciosamente al templo de la gloria para obtener la inmortalidad al precio de
un vil engaño. ¡Qué vergüenza para todo el mundo erudito! ¡Qué vergüenza, que,
seducido por su arrogancia, se haya bautizado al nuevo continente con su
nombre! ¿No sería hora de corregir este error vergonzoso? En 1627, fray Pedro
de Simón propone con toda seriedad «suprimir el uso de todas las obras
geográficas y de todos los mapas en que figure el nombre de América».
El péndulo se ha movido en sentido opuesto.
Vespucio es un hombre acabado y, en el siglo XVII, reaparece glorioso el
nombre, medio olvidado, de Colón. Su figura resurge tan grande como el Nuevo
Continente. De todas las proezas sólo queda la suya porque los palacios de
Moctezuma han sido saqueados y reducidos a ruinas, las arcas del Perú han sido
vaciadas, todos los hechos y todas las vilezas de los conquistadores
individuales han sido olvidados: la única realidad es América, una joya del
mundo, una patria para todos los perseguidos, una Tierra, la Tierra del futuro.
¡Cuán injusto se fue con aquel hombre? ¿Cuán injusto se fue en su época y en
los siglos posteriores? Colón se convierte en figura heroica. Quitan de su
imagen toda la infravaloración, todos los rasgos sombríos. No se habla de su
mala administración, de sus fantasías religiosas sino que se idealiza su vida.
Todas las dificultades cobran acentos dramáticos: cómo, imponiendo su fuerza de
voluntad, hace seguir adelante a los amotinados, cómo regresa encadenado
acompañado por un miserable canalla, cómo encuentra refugio para él y su hijo
medio famélico en el monasterio de Rábida. Lo que antes dejaron de hacer para
ensalzar su proeza, ahora, debido a la eterna necesidad de heroizar, casi se
hace en demasía.
Pero según la antigua ley de lo dramático y también
melodramático, todas las figuras heroizadas necesitan de un rival como la luz
necesita a la sombra, como Dios al Diablo, como Aquiles a Tersites y como el
gran soñador Don Quijote a Sancho Panza, realista de cabo a rabo. Para realzar
al genio, hay que denigrar a su contrario. La resistencia humana, las bajas
fuerzas de la irreflexión, la envidia, la traición. Por tanto, los enemigos de
Colón —Bobadilla, un insignificante funcionario honesto y justo, y el cardenal
Fonseca, un buen calculador sagaz— son tildados de miserables y malvados. Pero
el verdadero rival resulta ser ahora Américo Vespucio ¡Qué suerte! Y junto a la
leyenda de Colón nace la de Américo Vespucio. He aquí que en Sevilla hay un
pequeño comerciante, un sapo venenoso hinchado por tanta envidia, al que le
gustaría ser tomado por erudito, por un explorador, pero es demasiado cobarde
para atreverse a subir a un navío. Desde su ventana segura, observa a
regañadientes cómo el gentío aclama al gran Colón en su regreso. ¡Despojarle de
la gloria! ¡Hacerse uno con la gloria! Mientras el noble Almirante retorna
encadenado, aquel, con astucia, escribe unos relatos de viaje reuniendo pasajes
tomados de otros libros. Y apenas se ha enterrado a Colón, ya no puede
defenderse, aquella hiena de la gloria, con un afán enfermizo, enviará las
cartas y los relatos a todos los potentados del mundo diciendo que es el
primero, el verdadero descubridor del nuevo mundo y, manda imprimirlos en
lengua latina y, por motivos de precaución, en el extranjero. Ruega y suplica a
los desprevenidos eruditos de cualquier lugar del otro extremo del mundo que
den su nombre al nuevo continente, llamándolo América. A hurtadillas se acerca
al enemigo jurado de Colón, a su hermano en la envidia, al obispo Fonseca y le
persuade para que le nombre a él, que no entiende nada de navegación, allí, en
su despacho, piloto mayor, presidente de la Casa de
Contratación, con el único propósito de tener a su cargo la inspección de los
mapas. Así, pues, tiene finalmente —y de ello se le imputa efectivamente a
Vespucio— la posibilidad para la gran impostura. En su calidad de piloto
mayor que manda trazar los mapas puede ordenar, sin control alguno,
que se incluya en todas partes, en los mapas y los globos terráqueos América,
América, América, ese nombre impío, para designar al nuevo continente. De esta
manera, aquel genio vil del engaño roba y engaña una vez más a aquel muerto que
durante su vida fue atado con cadenas; el nombre del ladrón, no el suyo, sirve
ahora de adorno para al nuevo continente.
Es esta la imagen que se tenía en el siglo XVII de
Vespucio: un difamador, un falsificador y mentiroso. El águila que, con audaz
mirada abraza el mundo, se convierte, de repente, en un topo repugnante, en un
profanador de cadáveres y ladrón. Es una imagen injusta pero se incrusta
profundamente en los siglos. Durante décadas y siglos, el nombre de Vespucio
queda sepultado por la inmundicia. Bayle y Voltaire, cada uno por su cuenta,
escupirán sobre su tumba y en todos los libros de texto se cuenta a los niños
la historia de su infame captación de la gloria. E, incluso un hombre tan sabio
y reflexivo como Ralph Waldo Emerson escribirá tres siglos más tarde aún
(1856), cautivado por aquella leyenda, lo siguiente: Strange that broad
America must wear the name of a thief. Amerigo Vespucci the pickledealer at
Seville, whose highest naval rank was boatswain's mate in an expedition that
never sailed, managed in this lying World to supplant Columbus and baptize half
the earth with his own dishonest name.
§ 6.
Los documentos se entremezclan
En el siglo XVII, Américo Vespucio es un hombre
acabado. La disputa por su nombre y por su proeza o fechoría parece
definitivamente resuelta. Le han expulsado del trono, probado su engaño y —si
América no tuviera su nombre— destinado al infamante olvido. Pero comienza otro
siglo que no está dispuesto a dar fe a meras habladurías de los contemporáneos
y a los rumores transmitidos. Poco a poco, la historiografía se transforma de
una simple tarea de cronista en una ciencia con afán crítico que tiene el propósito
de comprobar todos los hechos, de revisar todos los testimonios. Se rescatan,
investigan y comparan los documentos de todos los archivos, así que es
inevitable que se retome también el antiguo litigio Colón versus Vespucio,
aparentemente resuelto desde hace tiempo.
El primer paso lo dan sus compatriotas. No quieren
aceptar que el nombre de aquel florentino cuya gloria hizo conocer al mundo la
de su ciudad natal durante tanto tiempo, quede clavado en la picota. Son los
primeros que exigen una revisión exhaustiva e imparcial. El abad Angelo Maria
Bandini publica en 1745 la primera biografía del navegante florentino, Vita
e lettere di Amerigo Vespucci. Consigue sacar a luz una serie de
documentos; Francesco Bartolozzi le sigue en 1789 con nuevos Ricerche
istorico-critiche y, al parecer, los resultados son para los
florentinos tan alentadores para la rehabilitación de su compatriota que, en
una academia, el Padre Stanislas Canovai hace un solemne discurso laudatorio —Elogio
d'Amerigo Vespuccio— a favor del difamado celebro navigator. Simultáneamente
se empieza a hurgar en los archivos españoles y portugueses, se levanta mucho
polvo de actas y cuanto más polvo se levanta con menos claridad se ve.
Los archivos portugueses son los menos fecundos. No
hay una sola palabra sobre una de las dos expediciones en que Vespucio había
participado. Tampoco se menciona su nombre en los libros de gastos. Ni rastro
de aquel zibaldone, su diario de viaje que, según dice, entregó al
rey Manuel de Portugal. Nada. Ni una sola línea. Ni una sola palabra. Y uno de
los adversarios más feroces de Vespucio, no tarda en declarar enseguida como
prueba fehaciente que Américo, por lo tanto, mintió sobre sendos viajes auspiciis
et stipendio Portugallensium, «bajo los auspicios y con la ayuda
económica de Portugal». Pero se trata, lógicamente, de una prueba que carece de
fundamento si al cabo de trescientos años no se encuentran actas sobre un
hombre aislado que no organizó ni condujo expedición alguna. El portugués más
grande, la gloria de su nación, Luiz de Camões, estuvo durante dieciséis años
al servicio de Portugal, fue herido durante el servicio al rey y ni una sola
línea oficial da testimonio de ello. Fue detenido y encarcelado en la India
pero ¿dónde están los documentos? o incluso ¿dónde constan los hechos del
proceso? Sobre sus expediciones tampoco se encuentra nada escrito y el diario
de Pigafettas que hizo durante una expedición, más memorable aún, a Magalhães,
también desapareció. Si en Lisboa, por tanto, el resultado documental sobre la
época más importante de la vida de Vespucio es igual a cero, sólo nos queda
recordar que es exactamente tan grande como lo que sabemos por los archivos de
las aventuras africanas de Cervantes, de los años de viaje de Dante o la época
teatral de Shakespeare. Y, sin embargo, Cervantes luchó, Dante fue de un país a
otro y Shakespeare salió al escenario centenares de veces. Incluso los
documentos no son, por lo tanto, una prueba válida y, menos aún, la ausencia de
ellos.
Más importantes son los documentos florentinos.
Bandini y Bertolozzi encuentran en el archivo nacional tres cartas de Vespucio
para Lorenzo de Medici. No son originales sino copias posteriores de una
colección reunidas por un tal Vaglienti que copió o mandó copiar por orden
cronológico todas las noticias, cartas y publicaciones acerca de los nuevos
viajes de descubrimientos. Una de estas cartas se escribió directamente al
regreso del Cabo Verde de la tercera expedición y primera por encargo del rey
de Portugal. La segunda carta contiene un informe exhaustivo sobre el así
llamado tercer viaje y, por consiguiente, todo lo sustancial que se publicó a
posteriori en Mundos Novas, con excepción de una cierta
presentación literaria (muy sospechosa) de aquella publicación. Todo esto
parece ser una justificación espectacular del amor por la verdad de Vespucio:
por lo menos su llamado tercer viaje, aquel que primero le hizo famoso a través
del Mundus Novas, queda ahora indiscutiblemente confirmado y
ya se podía ensalzar a Vespucio como víctima inocente de una difamación sin
fundamento. Pero entonces aparece todavía una tercera carta dirigida a Lorenzo
de Medici en la que —¡pero qué hombre más torpe!— relata el primer viaje de
1497 como si fuera el de 1499, admitiendo justamente lo que le reprochan sus
adversarios, es decir, que, en la edición impresa adelantó en dos años la fecha
de su viaje. Este informe de su puño y letra demuestra de forma irrefutable que
él o cualquier otra persona convirtió este viaje en dos y que aquella
pretensión de haber sido el primero en pisar tierra firme americana era un
engaño descarado, además de poco hábil. La furiosa sospecha de Las Casas se
convierte ahora en un hecho concluyente. A aquellos que quieren salvar a
Vespucio como amante de la verdad —sus defensores más rigorosos y sus
compatriotas en la Raccolta Colombiana—, ya no les queda otra
salida que la última y la más desesperada: declarar esta carta como una
falsificación posterior.
Los documentos florentinos nos ofrecen de nuevo la
doble imagen familiar de Vespucio, hombre eternamente entre dos luces. Topamos,
por un lado, con un hombre que, en sus cartas de carácter privado dirigidas a
su empresario Lorenzo di Medici, relata honesta y modestamente los hechos
verdaderos. Y con un segundo Vespucio de los libros impresos, con aquel hombre
de gran prestigio y de grandes contrariedades que, a modo de mentira, se
vanagloria de descubrimientos y viajes que nunca hizo y que, con esta ostentación
consigue que fuese bautizado todo un continente con su nombre. Cuanto más
avanza el ovillo de los errores en el tiempo, tanto más se enreda.
Cosa extraña: exactamente la misma divergencia de
los hechos evidencian los documentos españoles. Por ellos sabemos que Vespucio,
en 1492, no vino a Sevilla siendo un gran erudito ni navegante con muchos
viajes en su haber sino que era un empleado insignificante, un factor del
almacén de Juanoto Beraldi que era una especie de sucursal del Banco Medici en
Florencia y que solía ocuparse del equipamiento de los barcos y de la
financiación de las expediciones. Esto, por lo pronto, no concuerda con el
prestigio de un Vespucio que, al parecer, ya había salido en 1497 desde España
capitaneando audaces expediciones. Y queda todavía lo peor: de este,
supuestamente primer viaje con el que se hubiera adelantado a Colón en el
descubrimiento de la tierra firme, no hay ni el menor rastro en todos los
documentos y, por lo tanto, se puede asegurar casi con toda seguridad que en el
año 1497, en lugar de explorar las costas americanas tal como lo afirma en
su Quatuor Navigationes, estaba en realidad trabajando como
comerciante diligente en su despacho de Sevilla.
Todas las acusaciones contra Vespucio parecen
nuevamente justificadas a base de documentos. Pero, cosa extraña: en los mismos
documentos españoles hay, a su vez, unas pruebas que, de forma convincente,
hablan a favor de la rectitud de Vespucio como las otras de su descarada
jactancia. Allí se encuentra un documento de naturalización que, el 24 de abril
de 1505, convierte a Vespucio en ciudadano español a raíz de «los buenos
servicios que prestó a la corona y los que le seguirá prestando en un futuro».
Allí se encuentra el nombramiento como piloto mayor de la casa
de Contratación, el 22 de marzo de 1508, como director de todo el servicio
náutico español asignándole la tarea de «instruir a los timoneros en el uso de
los instrumentos de medida, del astrolabio y de los cuadrantes y de comprobar
si son capaces de compaginar, de modo competente, la teoría con la práctica».
Allí está el encargo por parte de la casa real de hacer un padrón real,
un mapamundi, donde consten, de manera definitiva, todas las costas nuevamente
descubiertas y que debe ser completado y mejorado de continuo. ¿Es posible
pensar ahora que la Corona española que dispone de los navegantes más
extraordinarios de la época, llamaría a alguien para un puesto de tanta
responsabilidad que carece por completo de fiabilidad moral a causa de su fanfarronería
y de los libros sobre unas expediciones inventadas? Si Vespucio no hubiera
adquirido con anterioridad el prestigio de experto en asuntos de navegación,
¿es probable que el rey vecino de Portugal hiciese venir a su país precisamente
a este hombre para acompañar a dos flotas a América del Sur? ¿Y no será un
testimonio de su honradez si Juanoto Beraldi en cuya casa trabajó durante
muchos años y el que, por lo tanto, debería poder juzgar como nadie la
fiabilidad humana de éste, si aquél, en su lecho de muerte, le constituye
ejecutor de su testamento y liquidador de su empresa? De nuevo topamos con la
misma contrariedad: dondequiera que haya un documento sobre la vida de Vespucio
le elogian por ser un hombre sincero, digno de confianza y muy instruido. Y
dondequiera que tomemos por la mano un impreso suyo encontramos jactancia,
mentiras e inverosimilitudes.
¿Pero no se puede ser un navegante excelente y, a
su vez, farolero y exagerado? ¿No es posible ser un buen cartógrafo y tener, a
su vez, un carácter envidioso? ¿Acaso los cuentos no son desde hace siglos un
vicio de los marineros y el sentimiento de envidia por los méritos vecinos una
verdadera enfermedad típica de los eruditos? Por consiguiente, todos los
documentos no serían de ayuda contra la terminante acusación de haber
escamoteado vilmente al gran almirante el descubrimiento de América.
Pero, entonces, se levanta una voz desde la tumba
para hablar a favor de la rectitud de Vespucio. Y en el proceso Colón versus
Vespucio, le defiende, precisamente, aquél colocándose como testimonio de su
parte del que menos se hubiera esperado que fuera su paritario: el propio
Cristóbal Colón. Poco antes de su muerte, el 5 de febrero de 1505 —es decir, en
una época que Mundus Novus se conocía en España hacía mucho
tiempo— el admirante, después de haberse considerado feliz ya en un escrito
anterior por tener como amigo a Vespucio, dirigía la siguiente carta a su hijo
Diego:
5 de febrero de 1505
Mi querido hijo,
Diego Méndez se marchó de aquí el lunes, día tres de este mes. Después de su
viaje hablé con Amerigo Vespucci el cual irá a la Corte a dónde ha sido
llamado, para que puedan pedirle consejo respecto a unos objetos propios de la
navegación. Ha manifestado siempre el deseo, de ser agradable conmigo (él
siempre tuvo deseo de me hacer placer), es un hombre honesto (mucho hombre de
bien). La suerte no ha estado a su lado como tampoco al de mucha otra gente.
Sus esfuerzos no le han traído el beneficio que, con razón, podía haber
esperado. Va allá (a la Corte) con el vivo deseo de lograr, en cuanto esté en
sus manos (si a sus manos está), algo que redunde en mi provecho (que redunde a
mi bien). Desde aquí no sé indicar con más precisión en qué nos podría ser de
provecho por no saber qué es lo que quieren de él. Pero está decidido a hacer a
mi favor todo lo que le sea posible.
Esta carta constituye una de las escenas más
sorprendentes en nuestra comedia de las confusiones. A estos dos hombres que la
insensatez de nada menos que tres siglos había presentado siempre como dos
rivales encarnizados, que, con los dientes apretados, luchaban por la gloria de
saber designado el nuevo continente con su nombre, ¡eran, en realidad,
cordiales amigos! ¡Colón cuyo carácter desconfiado le puso en conflicto con
casi todos sus contemporáneos, elogia a Vespucio como hombre que le había
ayudado durante muchos años y le concede el papel de intercesor en la Corte!
Por lo tanto, los dos —tal es sin duda alguna el estado de las cosas— no tenían
la menor idea de que diez generaciones de eruditos y cartógrafos enfrentaran
sus sombras, una contra la otra, en una lucha por la sombra de un nombre; de
que iban a ser contrincantes en una comedia de confusiones, uno en el papel del
genio sincero a quien roba el otro, él del papel del canalla. Ninguno de los
dos, claro está, conocía la palabra «América» por la que se había armado la
disputa. Colón no sospechaba que sus islas, ni Vespucio que la costa de Brasil,
escondían detrás de sí este gigantesco continente. Hombres del mismo oficio,
poco favorecidos por la suerte, sin ser conscientes los dos de su inmensa gloria,
se entendían mejor que la mayoría de sus biógrafos que, con poca psicología,
les atribuían una consciencia de sus hazañas que, por aquel entonces, era
completamente imposible: aquí, una vez más, la realidad destruye nuevamente a
la leyenda.
Los documentos han comenzado a tomar la palabra.
Pero, justamente debido a su hallazgo e interpretación, vuelve a encenderse con
más vehemencia aún la gran discusión en torno a Vespucio. Nunca jamás unas
treinta y dos páginas de texto han sido estudiadas con tanta precisión a nivel
psicológico, geográfico, cartográfico, histórico y tipográfico para investigar
su credibilidad, como los relatos de viaje de Vespucio. No obstante, resulta
que los geógrafos beligerantes defienden respectivamente con la misma seguridad
y con las mismas pruebas supuestamente infalibles el sí y el no, el blanco y el
negro, al descubridor y al impostor. A modo de divertimiento general resumiré
brevemente lo que las diferentes autoridades sostenían en sus tesis sobre
Vespucio durante el siglo pasado: hizo su primer viaje con Pinzón. Hizo el
primer viaje con Lepe. Hizo su primer viaje con una expedición desconocida. No
hubo un primer viaje, todo es mentira. En su primer viaje descubrió La Florida.
No descubrió nada en absoluto porque no hubo tal viaje. Fue el primero en
divisar el Amazonas. No lo divisó hasta su tercer viaje confundiéndolo
anteriormente con el Orinoco. Recorrió y bautizo todas las costas del Brasil
hasta el estrecho de Magalhães. Sólo recorrió la parte menor de esta costa que
había sido bautizada mucho antes de su llegada. Fue un gran navegante. No,
nunca estuvo al mando de un barco ni de una expedición. Fue un excelente
astrónomo. Jamás. Todo lo que escribió sobre las constelaciones de estrellas
son tonterías. Sus datos son exactos. Sus datos son erróneos. Fue un importante
piloto. No fue más que un «beefcontractor» y un ignorante. Sus indicaciones son
creíbles. Es un estafador profesional, un impostor y un embustero. Es, después
de Colón, el primer descubridor y navegante de su época. Es el honor —no la
vergüenza— de la ciencia. Todo esto se dice con la misma vehemencia en los
escritos a su favor y en su contra y se afirma, se verifica y se argumenta con
un sinfín de supuestas pruebas. De este modo, al igual que hace trescientos
años, estamos exactamente ante la misma pregunta: «¿Quién era Américo Vespucio?
¿Qué es lo que hizo y qué dejó de hacer?» ¿Hay respuesta posible? ¿Puede
resolverse el gran enigma?
§ 7.
¿Quién era Vespucio?
Hemos intentado narrar en orden cronológico la gran
comedia de las confusiones que se desarrolló en torno a la vida de Américo
Vespucio durante tres siglos y que llevó, finalmente, a la designación del
nuevo continente con su nombre. Un hombre se hizo famoso y, de hecho, no se
sabe exactamente por qué. Cada uno, según su albedrío, puede decir, con razón o
sin ella, que fue debido a sus méritos o sus imposturas. Porque, en realidad,
la gloria de Vespucio no existe, es sólo un nimbo porque no surgió tanto de sus
hazañas como de una apreciación equivocada de aquello que hizo.
El primer error —acto primero de la comedia— fue la
inclusión de su nombre en el título del libro Paesi retrovati por
lo que el mundo tuvo que creer que fue Vespucio y no Colón quien había
descubierto las nuevas tierras. El segundo error —acto segundo de la comedia—
fue un error de imprenta en la edición latina —«Parias» en lugar de «Lariab»—
en virtud del que se afirma que fue Vespucio y no Colón el primero en poner pie
en la tierra firme americana. El tercer error —acto tercero— fue el error de un
pequeño geógrafo de provincias quien, basándose en las treinta y dos páginas de
Vespucio, propuso bautizar América con el nombre de éste. Como en una auténtica
comedia de impostores, Vespucio sigue siendo el héroe hasta el final del acto
tercero; domina la escena como héroe impecable, como carácter heroico. En el
cuarto acto despierta, por vez primera, sospechas y ya no se sabe exactamente
si se trata de un héroe o de un estafador. El quinto y último acto, que se
desarrolla en nuestro siglo, ha de traer, por tanto, todavía un punto
culminante inesperado para que se afloje el nudo ingeniosamente atado y, al
final, todo se resuelva de forma placentera y definitiva.
Afortunadamente, la Historia es una dramaturga
extraordinaria y, al igual que para sus tragedias, también sabe encontrar para
las comedias un brillante desenlace. Desde aquel cuarto acto ya sabemos:
Vespucio no descubrió América, no fue el primero en pisar tierra firme, no
emprendió jamás aquel primer viaje que por mucho tiempo le convirtió en rival
de Colón. Pero mientras los eruditos siguen debatiendo en el escenario acerca
de los viajes que verdaderamente emprendió o dejó de emprender, aparece, de repente,
un hombre en escena formulando la desconcertante tesis que ni siquiera estas
treinta y dos páginas fueron escritas por Vespucio; que este documento que
conmovió al mundo entero, no es otra cosa que unas recopilaciones ajenas,
irresponsables y voluntariosas en las que se abusó groseramente del material
manuscrito de Vespucio. Este deus ex machina —el profesor
Magnaghi— plantea el problema, por tanto, desde una perspectiva totalmente
nueva al colocarlo, en un primer momento, decididamente patas arriba. Mientras
los demás habían dado por hecho que Vespucio tenía la autoría, por lo menos, de
los libros que llevaban su nombre sólo poniendo en duda que también había
emprendido los viajes, Magnaghi dice que Vespucio, efectivamente, hizo algunos
viajes pero la autoría de los libros tal como se nos presentan deja mucho lugar
a la duda. Mas, no fue él quien se vanagloria de las proezas contrarias a la
verdad sino que se hicieron disparates en su nombre. Si, con tal motivo,
queremos formarnos un juicio correcto sobre Vespucio, lo mejor será apartar
sendos famosos escritos impresos, Mundus Novus y los Quatuor
Navigationes y abalanzarnos exclusivamente sobre las tres cartas
originales que, sin explicación concluyente alguna, fueron tildadas de
falsificaciones por parte de sus defensores.
La tesis de que no se puede responsabilizar en su
totalidad a Vespucio de los escritos que circulan con su nombre, tiene, al
principio, un efecto desconcertante. Porque ¿qué es lo que queda de la gloria
de Vespucio si ni siquiera es el autor de los libros? Pero, mirándolo de cerca,
la tesis de Magnaghi no resulta tan nueva. En realidad, la sospecha de que la
falsificación de aquel primer viaje no fue llevado a cabo por Vespucio sino
contra él, es tan antigua como la primera acusación misma. Se recordará que fue
el obispo Las Casas quien primero acusó a Vespucio de apoderarse del nombre de
América simulando un viaje que, en realidad, nunca se realizó. Le inculpó de
una «gran infamia», de un «engaño astuto» y de una grave injusticia. Pero
revisando el texto más detenidamente, se advierte siempre, en medio de todas
estas acusaciones, un reservatio mentalis. Bien es verdad que
Las Casas censura el engaño pero, muy precavido, habla siempre de un engaño
cometido por Vespucio o por aquellos que publicaron sus Quatuor
Navigationes. Por lo tanto, admite la posibilidad de que la
apreciación equivocada de Vespucio puede haberse producido sin que él
participara. También Humboldt que, frente a los teóricos especializados, no
consideraba cualquier libro impreso como un evangelio, admitiendo claramente la
duda de que Vespucio acaso había quedado envuelto en toda esta controversia
igual que Poncio en el credo. «¿No sería posible —pregunta— que los
coleccionistas de las descripciones de viajes hayan cometido este engaño sin
que se enterara Américo? ¿O acaso sólo resulta ser la consecuencia de una
confusa descripción y de unas indicaciones poco precisas?»
La llave ya estaba, pues, forjada. Magnaghi sólo
abrió con ella la puerta para una nueva perspectiva. Desde el punto de vista
lógico, su explicación me parece, hasta ahora, la más convincente porque diluye
de modo completamente natural todas las contradicciones que preocupaban a tres
siglos. Desde un principio era psicológicamente poco probable que el mismo
hombre, en un libro, se inventa una expedición realizada en el año de 1497 y,
simultáneamente, aplaza este mismo viaje al año de 1499 en una carta manuscrita.
O que haya mandado a Florencia a dos personas diferentes de aquel estrecho
círculo donde las cartas pasan de mano en mano, las descripciones de los viajes
con fechas diferentes y unos detalles contradictorios. Además era inverosímil
que un hombre que vivía en Lisboa, enviase estos informes precisamente al
régulo de Lorena y mandase a imprimir su obra en una pequeña ciudad tan
apartada del mundo como Saint-Dié. Si hubiera querido publicar o hubiera
publicado él mismo sus «obras», por lo menos no hubiera omitido el pequeño
esfuerzo de borrar, antes de imprimatur, las incongruencias
más graves que, en seguida, saltan a la vista. ¿Podría, por ejemplo, pensarse
que el propio Vespucio, hubiera relatado en el Mundus Novus en
tono solemne —que difiere por completo de las cartas manuscritas— anunciando a
Lorenzo de Medici que llamaba a aquella expedición su tercer viaje «porque ya
emprendí dos viajes rumbo oeste por encargo del excelentísimo rey de España». (Vostra
Magnificenza saprà come per commisione de questo Rè d’Ispagna mi partì.)
Porque ¿a quién comunica esta novedad asombrosa de haber realizado ya dos
viajes? Nada menos que al dueño de la empresa donde trabajó de empleado y
corresponsal durante diez años y que, por lo tanto, tenía que saber hasta el
día y la hora si y cuándo su factor había realizado aquellos viajes de muchos
años y en cuyos libros de caja debían figurar hasta el último centavo todos los
gastos de su equipo y su producto. Esto sería tan absurdo como si un autor
comunicase por sorpresa a su editor que desde hace una docena de años publica
continuamente sus libros y salda cuentas con él con regularidad, que, al
remitirle el manuscrito de su nuevo libro, ese no era su primer trabajo sino
que se había publicado con anterioridad.
En casi todas las páginas de los textos impresos se
encuentran unos disparates y unas divergencias semejantes que, en modo alguno,
pueden tener su origen en el mismo Vespucio. Por lo tanto, todas las
probabilidades hablan a favor de la tesis de Magnaghis en el sentido de que las
tres cartas manuscritas de Vespucio encontradas en los archivos y que, hasta el
momento fueron rechazadas por los defensores de Vespucio precisamente por falta
de autenticidad, son, en realidad el único material digno de fe que poseemos de
la mano de Vespucio. Mientras que tenemos que juzgar como publicaciones dudosas
las celebérrimas obras de Mundos Novus y Cuatro Viajes debido
a las adiciones, modificaciones y alteraciones ajenas.
Pero juzgar, sólo por esta razón, los Cuatro
Viajes de falsificación sería, en cambio, una tosca exageración porque
no cabe duda de que se basan en material auténtico de la mano de Vespucio. Lo
que hizo el editor anónimo es, más o menos lo mismo que ocurre en el comercio
de antigüedades cuando se transforma una auténtica arca del Renacimiento
mediante el empleo hábil de su material agregándole trozos reproducidos y así
se hacen dos o tres cajas o incluso un juego completo de muebles lo que da por
resultado que aquel que insiste en la autenticidad de las piezas tiene tanta o
igual razón como aquel que las toma por falsificaciones. No cabe duda alguna de
que aquel tipógrafo que, por precaución, encubre su nombre en la portada, tenía
en las manos las cartas —las tres conocidas y, probablemente otras
desconocidas— que Vespucio dirigió al Banco Medici. El tipógrafo conocía el
éxito asombroso que la carta de Vespucio sobre el tercer viaje, el Mundus
Novus, había cosechado. ¡No menos de veintitrés reediciones en todos
los idiomas en muy pocos años! Por lo tanto, no hubo nada más natural que aquel
hombre que también conocía los demás informes ya sea por el original, ya sea
por la copia, se sintiese atraído por la idea de editar los Viajes
Completos de Vespucio en un pequeño tomo nuevo. Pero, puesto que el
material existente no bastaba para oponer a los cuatro viajes de Colón los
cuatro viajes de Vespucio, aquel editor desconocido decidió «estirarlo».
Dividió, sobre todo, en dos viajes el informe conocido acerca del viaje de
1499, apareciendo uno y fechado en 1497 y el otro en 1499 sin tener ni la más
remota sospecha que, debido a aquel engaño, el propio Vespucio sería tachado de
impostor y mentiroso por espacio de tres siglos. Además incluyó detalles de
otras cartas e informes de otros navegantes hasta que quedó felizmente acabado
este mixtum compositum de verdades y mentiras que luego
provocó durante siglos el dolor de cabeza de los eruditos y debido al cual
América se llama América.
Alguien podría dudar de la tesis de si acaso es
concebible una intromisión tan descarada al alargar, sin previa consulta, la
obra de un autor con invenciones arbitrarias. Da la casualidad que,
precisamente en el caso de Vespucio, podemos demostrar la posibilidad de un
procedimiento tan poco escrúpulo. Resulta que sólo un año después, en 1508, un
tipógrafo holandés falsifica un quinto viaje de Vespucio y, por cierto, del
modo más primitivo. Así como las cartas encontradas en el manuscrito de
los Cuatro Viajes fueron el material para el editor anónimo,
al tipógrafo holandés se le brinda para su falsificación la ocasión anhelada de
la descripción del viaje que circula en un manuscrito de un tirolés llamado
Baltasar Sprenger. Donde el original pone ego, Baltasar Sprenger, él
lo cambia por ick, Alberigus, yo, Américo, para hacer creer al
público que aquella descripción de viaje procede de la mano de Vespucio. Y,
efectivamente, esa atribución petulante engaña todavía cuatrocientos años más
tarde a la junta directiva de la Sociedad de Geógrafos en Londres que, en 1892,
proclama con gran ostentación el descubrimiento de un quinto viaje de Vespucio.
Caben, por lo tanto, pocas dudas —y esto aclara la
situación confusa hasta ahora— de que aquel informe inventado sobre el primer
viaje y de todas las demás discrepancias por cuya culpa Vespucio fue acusado de
un engaño doloso, no deban cargarse en su cuenta sino en la del editor y
tipógrafo sin escrúpulos que, sin pedirle permiso, adornaron los informes
privados de Vespucio sobre sus viajes con toda clase de ingredientes falsos
dándolos luego de esta guisa a la imprenta. Pero los adversarios hacen una última
objeción respecto a este modo de ver que, sin embargo, explica claramente la
situación. ¿Por qué —se preguntan— Vespucio nunca protestó públicamente por
esta atribución? Tenía que estar enterado antes de su muerte en 1512 —agregan—
de la existencia de estos libros con su nombre que le atribuían la autoría de
un viaje jamás emprendido. ¿Acaso no hubiera sido su deber principal lanzar al
mundo un rotundo No? ¿No soy el descubridor de América y esta tierra lleva mi
nombre injustamente? ¿Acaso no es cómplice de un engaño aquél que no formula
una protesta porque éste le beneficia?
A primera vista, esta objeción parece convincente.
Pero ¿dónde —hay que preguntarse— podría haber protestado Vespucio? ¿Ante qué
instancia hubiera podido reclamar? En aquellos tiempos, el concepto de la
propiedad literaria no existía. Todo lo impreso y todo lo escrito pertenecía a
todos y cualquiera podía utilizar el nombre y la obra de otro a su gusto.
¿Dónde podía reclamar Albrecht Dürer porque una decena de grabadores en cobre
empleaban las iniciales «A.D.» de fácil salida para sus obras mal hechas? ¿Y dónde
los autores del primer Rey Lear y del Hamlet originario
porque Shakespeare tomó sus obras y las modificó a su antojo? ¿Y dónde podía ir
a quejarse Shakespeare porque aparecían obras ajenas con su nombre? ¿Dónde
podía recurrir el mismo Voltaire porque cualquiera que quería que se leyese su
mediocre panfleto ateo o filosófico lo mandaba imprimir bajo aquel nombre
célebre? De qué manera hubiera podido proceder, por lo tanto, Vespucio contra
las decenas y más decenas de ediciones de las obras recopiladas que arrastraban
su fama injusta por el mundo con unos textos redactados de nuevo una y otra
vez. Lo único que le quedaba a Vespucio era probar su inocencia de viva voz en
su círculo personal.
Está fuera de toda duda que así lo hizo. Porque en
1508 o 1509 habían llegado por lo menos algunos ejemplares aislados a España.
¿Acaso podría pensarse que el rey hubiera elegido a alguien que publica
informes falsos sobre los descubrimientos para el responsable puesto de inducir
a sus pilotos a redactar informes exactos y seguros si aquel hombre no hubiera
podido liberarse personalmente de cualquier sospecha con anterioridad? Y más
aún. Uno de los primeros poseedores de la Cosmographiae Introductio en
España era, según consta, Fernando Colombo, hijo del Almirante (el ejemplar con
sus anotaciones existe todavía). No sólo leyó el libro donde se confirma,
contra toda verdad, que Vespucio puso antes que Colón pie en tierra firme sino
que, además, llenó de anotaciones este mismo libro en el que, por vez primera,
se propone dar a las nuevas tierras el nombre de América. Pero, cosa extraña:
mientras que Fernando Colón tacha en la biografía de su padre todos los nombres
posibles de envidiosos de su padre, no menciona a Vespucio con una sola palabra
descortés. Ese silencio asombró ya a Las Casas. «Estoy sorprendido —escribe—
porque Fernando Colón, el hijo del Almirante y hombre de juicio certero quien,
según sepa, poseía las Navigationes de Américo, no hizo ni una
anotación sobre la injusticia y la usurpación que Américo Vespucio cometió en
la persona de su ilustre padre». Pero no hay nada más evidente que hable a
favor de la inocencia de Vespucio que el silencio del hijo frente a esa
atribución desafortunada que escamotea a su padre la gloria de ver el mundo
descubierto por él designado con su nombre. Está claro que sabía que esa
atribución se hizo sin el conocimiento ni voluntad de Vespucio. Siguiendo el
origen cronológico y con todas sus desagradables consecuencias se intentó
narrar con la mayor objetividad posible la Causa Vespucci que
pasó por santísimas instancias. La principal complicación a resolver consistía
en la curiosa discrepancia entre un hombre y su fama, entre un hombre y su
nombre.
Puesto que, como ya sabemos, el mérito fáctico de
Vespucio no corresponde a su fama ni su fama a su mérito. Entre aquel hombre
que fue y aquel por el que le tomaba el mundo había una distancia tan abismal
que era imposible conciliar ambas imágenes, el retrato de su vida y el retrato
literario. Sólo teniendo en cuenta que su fama era un producto de intromisiones
ajenas y de casualidades embrolladas, será posible considerar su verdadera
proeza y su vida como una unidad y hablar de ello en un contexto natural.
Y de allí se da al lado de esta gloria inmensa el
resultado más modesto que la vida de aquel hombre que, como pocos suscitó la
admiración y la indignación del mundo, no fue, en realidad, grandiosa ni
dramática. No es la biografía de un héroe ni la de un impostor sino tan sólo
una comedia del azar en la que queda enredado sin sospechar nada. Como tercer
hijo del notario Cernastasio Vespucio, Américo Vespucio nace en Florencia el 9
de mayo de 1451, es decir, ciento treinta años después de la muerte de Dante. Procede
de una familia distinguida, aunque empobrecida, y recibe la formación humanista
del Renacimiento Primitivo, habitual en aquellos círculos. Estudia latín sin
dominarlo nunca, sin embargo con soltura literaria. Con su tío Fra Giorgio
Vespucio, un fraile dominicano de San Marco, adquiere ciertos conocimientos
científicos, de matemáticas y astronomía. Nada remite en el joven a unas dotes
o unas ambiciones especiales. Mientras sus hermanos van a la universidad, él se
conforma con un cargo mercantil en el establecimiento bancario de los Médicis
que, en aquel entonces, está bajo la dirección de Lorenzo Piero di Medici (que
no se debe confundir con su padre Lorenzo Piero il Magnifico). Por tanto,
Américo Vespucio no pasaba por ser un gran hombre y menos todavía por un gran
erudito. Las cartas que escribía a sus amigos le muestran metido en pequeños
negocios y asuntos privados sin relevancia. En el sentido comercial, tampoco
parece haber llegado lejos en la casa de los Médicis y sólo el puro azar le
trae a España. Los Médicis, al igual que los Welser, los Fúcares y los demás
comerciantes alemanes y flamencos, tienen en España y Lisboa sus sucursales.
Procuran fondos para las expediciones hacia las nuevas tierras, tratan de
obtener informaciones y, sobre todo, de invertir su dinero allí donde con más
urgencia se necesite. Al parecer, un empleado en el despacho de los Médicis en
Sevilla cometió irregularidades con el dinero y como tienen a Vespucio por un
hombre especialmente recto y de fiar, mandan a aquel humilde empleado el 14 de
mayo de 1491 a España donde asume un puesto en la sucursal de los Médicis, en
el almacén de Juanoto Beraldi. En la casa Beraldi que se dedica principalmente
al equipamiento de los navíos, su cargo es del todo de carácter subordinado. Aunque
en sus cartas consta Merciante florentino, no es ningún
comerciante independiente con capital y campo de acción propios sino sólo
el factor de Beraldi quien, a su vez, está adscrito al campo
de acción de los Médicis. A pesar de no ocupar un alto cargo, Vespucio se gana
la confianza e incluso la amistad de sus superiores. Cuando Beraldi, en 1495,
siente llegar la muerte, nombra en su testamento a Américo Vespucio ejecutor de
su última voluntad y en él recae la tarea de liquidar la empresa una vez fallecido
su dueño.
Con ello y cercano ya a los cincuenta años, Américo
Vespucio, de repente, vuelve a estar con las manos vacías. Al parecer le falta
o bien el capital o bien la vocación de seguir adelante con el negocio de
Beraldi por cuenta propia. Ya no podemos averiguar lo que hizo durante los años
1497 y 1498 por falta total de documentación. Pero de ninguna manera —como
queda comprobado en la carta posterior de Colón— le fue especialmente bien y
este fracaso da respuesta al repentino giro en su vida. Veinte, casi treinta
años malgastó el pequeño florentino inteligente y aplicado como empleado
insignificante con negocios ajenos. No tiene casa ni mujer ni hijos. Está solo,
el cambio de la vida se aproxima y aun no tiene seguridad ni amparo. Ahora, en
cambio, el tiempo de los descubrimientos brinda al hombre resuelto dispuesto a
arriesgar su vida una ocasión única para hacerse de golpe rico y famoso. Es una
época de aventureros y proezas como el mundo jamás ha vuelto a ver desde
entonces. Como cientos y miles de otros fracasados, Américo Vespucio, hasta
ahora un comerciante pequeño y, así parece, también insolvente, prueba suerte
en un viaje a la Nueva India. Cuando en mayo del 1499 Alonso de Hojeda organiza
una expedición por encargo del cardenal Fonseca, Américo Vespucio se embarca
con él.
No queda muy claro cuáles eran las condiciones para
ser admitido por Alonso de Hojeda. Sin lugar a dudas, el factor de la empresa
armadora Beraldi había adquirido ciertos conocimientos profesionales en el
trato diario con los capitanes, ingenieros navales, proveedores de mercancía.
Conoce los detalles de un barco desde la quilla hasta el tope. Además, como
florentino ilustrado intelectualmente cien veces superior a la mayoría de sus
compañeros de viaje, ya había aprovechado el tiempo antes para adquirir conocimientos
náuticos. Aprende a manejar el astrolabio, los nuevos métodos de cálculo de
longitudes, se dedica a la astrología, se ejercita en la confección de mapas de
modo que hay que suponer que no acompaña a esta expedición como simple agente
comercial sino que viaja en calidad de piloto o de astrónomo.
Pero incluso si, en aquel entonces, Américo
Vespucio aún no participó en calidad de piloto sino como simple comerciante,
vuelve, de todas formas, convertido en un consumado experto de este viaje que
duró muchos meses. Una cabeza inteligente, un buen observador, un calculador
experimentado, un alma curiosa, un hábil cartógrafo, así que tiene que haber
adquirido en aquellos largos meses unos conocimientos especiales que atraen la
atención, sobre todo en los círculos náuticos. Puesto que ahora el rey de Portugal
prepara una nueva expedición hacia las regiones del Brasil recién descubiertas
por Cabral, y en cuya costa norteña había estado Vespucio en su viaje con
Hojeda, se dirige directamente a Vespucio solicitando su participación en su
calidad de piloto, astrónomo y cartógrafo. Que el rey del país vecino que, en
efecto, no carece de pilotos ni navegantes extraordinarios, llame justamente a
Vespucio a su país, demuestra irrefutablemente el especial aprecio de que goza
aquel hombre desconocido hasta ahora.
Vespucio no vacila demasiado. El viaje con Hojeda
no le aportó ningún beneficio. Después de tantos esfuerzos y peligros durante
muchos meses regresa tan pobre a Sevilla como había sido a la hora de partir.
No tiene trabajo, ni profesión, ni negocio, ni
bienes. Por lo tanto, no significa ninguna deslealtad hacia a España si
corresponde a este llamamiento honroso.
Pero este nuevo viaje tampoco le reporta beneficio
y ni siquiera honor. Porque en ninguna parte se menciona su nombre, como
tampoco se menciona el del comandante de la flota. La misión encomendada a esta
expedición fue la de recorrer exclusivamente la costa hasta todo lo más al sur
posible y encontrar el paso tan anhelado a las Islas de las Especias. Puesto
que se sigue aferrado a la ilusión de pensar que esta Terra de Santa Cruz con
la que se topó Cabral, no es más que una isla de medianas dimensiones y, una
vez dada la vuelta felizmente a ella, se llegara a los Molucas, a la fuente de
toda riqueza, a El Dorado de las especias. El mérito histórico de esta
expedición en la que participa Vespucio, será el de rectificar ese error antes
que nadie. Los portugueses recorren la costa hacia los treinta, cuarenta,
cincuenta grados de longitud. Y todavía la tierra no toca a su fin. Hace mucho
que se alejaron de las zonas tórridas. Hace frío, cada vez más frío y,
finalmente, tienen que renunciar a la esperanza de poder dar la vuelta a esta
gigantesca Tierra Nueva que se mete como un travesaño en la ruta de la India.
Pero de este viaje que desde luego representa una de los más audaces y
grandiosos, y del que Vespucio puede afirmar con orgullo que con él se había
tomado medida a la cuarta parte del mundo, aquel hombre desconocido aporta un
inmenso provecho para la ciencia geográfica: Vespucio trae a Europa el
conocimiento de que esta tierra recién descubierta no es la India ni tampoco
una isla sino un mundus novus, un nuevo continente, un mundo
nuevo.
El siguiente viaje que Vespucio también emprende
por encargo del rey de Portugal y con el mismo objetivo de hallar la ruta este
hacia la India e intentar, por lo tanto, la hazaña que más adelante queda
reservada a Magalhães, tampoco alcanza su meta. Es verdad que la flota, en esta
ocasión, baja aún más hacia el sur y parece haber ido mucho más allá del Río de
la Plata pero, debido a las tormentas, se ve obligado regresar. Ahora, a la
edad de cincuenta y cuatro años, Vespucio desembarca de nuevo en Lisboa como un
hombre pobre, decepcionado y —así lo cree— totalmente desconocido. Como uno de
tantos que probaron suerte con la Nueva India pero que no la encontraron.
Mientras tanto, sin embargo, sucedió algo que
Vespucio, bajo aquellas otras estrellas del otro hemisferio del globo no pudo
soñar ni sospechar: él, aquel pequeño y pobre piloto anónimo había despertado
la inquietud de todo el mundo ilustrado de Europa. Cada vez que regresaba de un
viaje, informaba fiel y lealmente al que había sido su patrono y amigo
personal, Lorenzo de Medicís, mediante cartas sobre aquello que había visto en
sus viajes. Además había llevado un diario que entregaba al rey de Portugal y
que, al igual que las cartas, no eran sino documentos de carácter privado
destinados exclusivamente a la información política o comercial. Pero nunca se
le hubiera ocurrido hacerse pasar por erudito o escritor, ni de considerar
estas cartas privadas como un producto literario o incluso científico. Dijo
expresamente que encuentra todo lo que escribe di tanto mal sapore, que
no podía decidirse a publicarlo en esta forma provisional y si alguna vez habla
del proyecto de publicar un libro añade enseguida que sólo quiere redactarlo
«con la ayuda de los hombre doctos». Sólo si alguna vez llegara a
descansar, quando sarò de reposo, intentaría con la ayuda de
los hombres doctos redactar un libro sobre sus viajes para alcanzar un poco de
gloria, qualche fama, después de su muerte. Pero sin que él lo
supiera o, ciertamente, sin que él se lo propusiera alcanzó en aquellos meses
de navegación, a sus espaldas como quien dice, la fama del geógrafo más
ilustrado de la época y de un grandioso escritor. Bajo el título Mundus
Novus se tradujo al latín, probablemente de forma muy libre y
estilizada, en tono científico aquella carta destinada a Lorenzo de Médicis que
había escrito a mano sobre su tercer viaje y que, cuando apareció impresa,
produjo una enorme sensación. Desde que estas cuatro hojas impresas circulan
por el mundo, en todas las ciudades y en todos los puertos se sabe ahora que
estas nuevas tierras no son la India, como dijo Colón, sino un mundo nuevo y
que es Américo Vespucio el primero en proclamar esta verdad maravillosa. Pero
el mismo hombre, que en toda Europa es considerado como gran erudito y el más
audaz de todos los navegantes, no sabe nada de su gloria y se esfuerza
simplemente en conseguir por fin un empleo que le permita llevar una vida
modesta y tranquila. Como hombre mayor se ha casado y cansado ya
definitivamente de los negocios, las aventuras y los viajes. Por fin, a la edad
de cincuenta y siete años ya, satisface un deseo suyo. Consigue lo que anhelaba
durante toda su vida: una humilde existencia tranquila, pacífica y burguesa
como piloto mayor en la Casa de Contratación, con un sueldo primero de 50.000 y
más delante de 75.000 maravedíes. Desde entonces, el nuevo Tolomeo es en
Sevilla uno entre muchos otros funcionarios respetables del rey: nada más y nada
menos.
¿Acaso Vespucio se enteró en los últimos años de su
vida de toda la fama que, mientras tanto, se había adherido a su nombre debido
los malentendidos y errores? ¿Acaso sospechó alguna vez que existió la
propuesta de bautizar las tierras nuevas más allá del océano con su nombre de
pila? ¿Se opuso a esta gloria injustificada? ¿La acogió con una sonrisa? ¿O
acaso sólo hizo saber, tranquila y modestamente, a sus amigos más íntimos que
no todo era así tal como constaba en aquellos libros? A ese respecto sólo sabemos
que, aquella inmensa fama que como un huracán sobrevoló las montañas, los
mares, los países y los idiomas y que ya pasa a ser noticia en el mundo nuevo,
no reportó a la existencia de Vespucio el menor beneficio concreto. Vespucio
siguió tan pobre como el primer día que vino a España. Tan pobre que cuando
muere el 22 de febrero de 1512, su viuda solicita implorante que se le conceda
una pensión, apenas suficiente, de diez mil maravedíes al año. La única cosa de
valor de su herencia, los diarios de sus viajes, los únicos que pueden revelar
toda la verdad, pasan como legado a manos de su sobrino quien los guarda tan
mal que se pierden para siempre como muchas otras anotaciones valiosas de la
época de los descubrimientos. Del esfuerzo de aquella existencia silenciosa y
reservada no queda nada más que una fama dudosa que ni siquiera le pertenece
del todo.
Se evidencia que aquel hombre que durante cuatro
siglos ha dado en resolver uno de los problemas más complicados, ha llevado, en
el fondo, una vida sin complicaciones ni problemas. Resignémonos, por lo tanto,
a constatar: Vespucio no era más que un hombre mediocre. No el descubridor de
América, no el amplificador orbis terrarum, pero, por otro
lado, tampoco aquel mentiroso e impostor por el que fue tomado. Ni un gran
escritor pero tampoco nadie que presumía de serlo. Ni un gran erudito, ni
filósofo virtuoso, ni astrónomo, ni Copérnico, ni un Tico Brahe. Quizá incluso
sería atrevido colocarlo en la primera fila de los grandes navegantes y
descubridores. Porque una suerte adversa no le permitió nunca tomar una real
iniciativa en alguna parte. En contraste con Colón y Magalhães, nunca se le
confió ninguna flota. En todas las profesiones y en todos los empleos estuvo en
posición subalterna, incapaz de encontrar, descubrir, mandar o dirigir. Siempre
en segunda fila, siempre en la sombra de los demás. Si, sin embargo, recae la
luz brillante de la gloria precisamente sobre él, no se debe a un mérito
especial ni a una culpa particular sino a una fatalidad, a un error, a un azar,
a un malentendido. La gloria podría haber alcanzado de la misma manera a otro
autor de cartas de aquel mismo viaje o al piloto del navío de al lado. Pero la
Historia no permite discusión alguna. Lo eligió precisamente a él y, sus
decisiones, por muy erróneas e injustas que fueran, son irrefutables. Gracias a
dos palabras —Mundus Novus— con las que él o aquel editor anónimo
encabezó sus cartas y debido a los cuatro viajes —los
realizara todos o no— entró en el puerto de la inmortalidad. Su nombre ya no
puede borrarse del libro más glorioso de la humanidad y, en el marco de la
historia de los descubrimientos de nuestro mundo, quizá, se circunscribe de
modo más acertado su proeza con la paradoja de que Colón descubrió América pero
no la reconoció. Vespucio no la descubrió pero fue el primero en reconocerla
como América, como un nuevo continente. Este único mérito queda adherido a su
vida, a su nombre. Porque nunca decide solamente el hecho sino también el
reconocimiento y el efecto. El que narra y explica resulta a veces más
importante para la posterioridad que el que la realizó y en el dinamismo de las
fuerzas de la historia, el impulso más pequeño, a menudo provoca las consecuencias
más prodigiosas. Quien de la Historia espere justicia, exige más de lo que está
dispuesta a dar: a menudo concede la proeza e inmortalidad al hombre mediocre y
arroja al mejor, al más audaz y sabio a la oscuridad sin mencionarlo siquiera.
Sin embargo, América no tiene que avergonzarse de
su nombre. Es el de un hombre honrado y valiente que, con cincuenta años de
edad, osó todavía atravesar tres veces en una nave diminuta el océano
inexplorado rumbo a lo desconocido como uno de los «marineros anónimos» que, en
aquel entonces a centenares, arriesgaron su vida en aventuras y peligros. Y,
quizá, el nombre de un hombre tan mediocre, el nombre de un hombre de la
multitud anónima de los valientes es incluso más apropiado para un país
democrático que el de un rey o conquistador y, ciertamente más justo que si
América se hubiera llamado India Oriental o Nueva Inglaterra o Nueva España o
Tierra de Santa Cruz. No fue la voluntad de un hombre la que elevó este nombre
mortal a la inmortalidad. Fue la voluntad del Destino que siempre tiene la
razón incluso cuando parece cometer una injusticia. A los mandatos de esta
voluntad mayor, tenemos que someternos. Y así utilizamos hoy la palabra que un
puro azar ideó alegremente, ya con toda naturalidad como la única verdadera e
imaginable. La vibrante, sonora: «América».

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