© Libro N° 8725. Once Minutos. Coelho, Paulo. Emancipación. Junio 12 de 2021.
Título
original: © Once Minutos. Paulo
Coelho
Versión Original: © Once Minutos. Paulo Coelho
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Paulo Coelho
Once Minutos
Paulo Coelho
CONTRAPORTADA:
María es de un pueblo del norte de Brasil. Todavía
adolescente, viaja a Río de Janeiro, donde conoce a un empresario que le ofrece
un buen trabajo en Ginebra. Allí, María sueña con encontrar fama y fortuna pero
acabará ejerciendo la prostitución. El aprendizaje que extraerá de sus duras
experiencias modificará para siempre su actitud ante sí misma y ante la vida.
Once Minutos es una novela que habla del amor, esa palabra tan gastada, cuya
esencia es maltratada cotidianamente por las acciones humanas.
Es un libro que explora la naturaleza del sexo y
del amor, la intensa y difícil relación entre cuerpo y alma, y cómo alcanzar la
perfecta unión entre ambos. Once Minutos ofrece al lector una experiencia
inigualable de lectura y reflexión.
Paulo Coelho (Río de Janeiro, 1947) se inició en el
mundo de las letras como autor teatral. Después de trabajar como letrista para
los grandes nombres de la canción popular brasileña, se dedicó al periodismo y
a escribir guiones para la televisión. Con la publicación de sus primeros
libros, El Peregrina (Diario de un mago) (198 7) y El Alquimista (1988), Paulo
Coelho inició un camino lleno de éxitos que lo ha consagrado como uno de los
grandes escritores de nuestro tiempo.
Publicadas en más de ciento cincuenta países, las
obras de Paulo Coelho han sido traducidas a cincuenta y seis idiomas, con más
de cuarenta y tres millones de libros vendidos. Además de recibir destacados
premios y menciones internacionales, en 1996 el ministro de Cultura francés lo
nombró Caballero de las Artes y las Letras. Es consejero especial de la Unesco
para el programa de convergencia espiritual y diálogos interculturales. En 1999
recibió el Premio Crystal Award que concede el Foro Económico Mundial, la
prestigiosa distinción Chevalier de l'Ordre National de la Légion d'Honneur del
gobierno francés y la Medalla de Oro de Galicia. Su obra literaria es lectura
recomendada en varias universidades y desde octubre de 2002 es miembro de la
Academia Brasileña de las Letras.
Oh, María, sin pecado concebida, rogad por
nosotros, que recurrimos a Vos . Amén .
El día de 29 de mayo de 2002, horas antes de
ponerle el punto final a este libro, fui hasta la gruta de Lourdes, en Francia,
para llenar algunas botellas de agua milagrosa en la fuente que hay allí. Ya
dentro del recinto de la catedral, un señor de aproximadamente setenta años me
dijo: «Sabe que se parece usted a Paulo Coelho? ». Le respondí que era yo. Me
abrazó, me presentó a su esposa y a su nieta. Me habló de la importancia de mis
libros en su vida, y concluyó: «Me hacen soñar». Ya había oído esta frase
varias veces antes, y siempre me alegraba. En aquel momento, sin embargo, me
asusté mucho, porque sabía que Once minutos hablaba de un asunto delicado,
contundente, conflictivo. Caminé hasta la fuente, llené las botellas, volví, le
pregunté dónde vivía (en el norte de Francia, cerca de Bélgica) y anoté su
nombre.
Este libro está dedicado a usted, Maurice
Gravelines. Tengo una obligación para con usted, con su mujer, con su nieta, y
para conmigo: hablar de aquello que me preocupa, y no de lo que a todos les
gustaría escuchar. Algunos libros nos hacen soñar, otros nos acercan a la
realidad, pero ninguno puede huir de aquello que es más importante para un
autor: la honestidad para con lo que escribe.
Porque soy la primera y la última,
yo soy la venerada y la despreciada,
yo soy la prostituta y la santa,
yo soy la esposa y la virgen,
yo soy la madre y la hija,
yo soy los brazos de mi madre,
yo soy la estéril y numerosos son mis hijos,
yo soy la bien casada y la soltera,
yo soy la que da a luz y la que jamás procreó,
yo soy el consuelo de los dolores del parto,
yo soy la esposa y el esposo,
y fue mi hombre quien me creó,
yo soy la madre de mi padre,
soy la hermana de mi marido,
y él es mi hijo rechazado.
Respetadme siempre,
porque yo soy la escandalosa y la magnífica.
Himno a Isis, s. III o IV (?), descubierto en Nag
Hammadi
Y he aquí que llegó una mujer pecadora que había en
la ciudad, la cual, sabiendo que Jesús estaba comiendo en casa del fariseo,
tornó un frasco de alabastro de ungüento, se puso detrás de él, junto a sus
pies, llorando, y comenzó a lavárselos con lágrimas en los ojos; le enjugaba
los pies con los cabellos de su cabeza, los besaba y los ungía con el ungüento.
Viendo esto, el fariseo que lo había invitado dijo para sí: «Si éste fuera
profeta, conocería quién es la mujer que lo toca, porque es una pecadora». Tomando
Jesús la palabra, le dijo: «Simón, tengo algo que decirte». Él dijo: «Maestro,
habla». « Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios;
el otro, cincuenta. No teniendo ellos con qué pagar, le condonó la deuda a
ambos. ¿Quién, pues, lo amará más?», y Simón respondió: «Supongo que aquel a
quien condonó más». Dijo: «Bien has respondido. -Y señalando a la mujer, le
dijo a Simón: - ¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua en los
pies; mas ella los ha regado con sus lágrimas y los ha enjugado con sus
cabellos. No me diste el ósculo; pero ella, desde que entré, no ha cesado de
besarme los pies. No ungiste mi cabeza con óleo, pero ella ha ungido mis pies
con ungüento. Por lo cual te digo que le son perdonados sus muchos pecados,
porque amó mucho. Pero a quien poco se le perdona poco ama».
LUCAS, 7, 37-47
Érase una vez una prostituta llamada María.
Un momento. «Érase una vez» es la mejor manera de
comenzar una historia para niños, mientras que «prostituta» es una palabra
propia del mundo de los adultos. ¿Cómo puedo escribir un libro con esta
aparente contradicción inicial? Pero, en fin, como en cada momento de nuestras
vidas tenemos un pie en el cuento de hadas y otro en el abismo, vamos a
mantener este comienzo:
Érase una vez una prostituta llamada María.
Como todas las prostitutas, había nacido virgen e
inocente, y durante su adolescencia había soñado con encontrar al hombre de su
vida (rico, guapo, inteligente), casarse (vestida de novia), tener dos hijos
(que serían famosos cuando creciesen) y vivir en una bonita casa (con vista al
mar). Su padre era vendedor ambulante; su madre, costurera, su ciudad en el
interior del Brasil tenía un solo cine, una discoteca, una sucursal bancaria,
por eso María no dejaba de esperar el día en que su príncipe encantado llegara
sin avisar, arrebatara su corazón, y partiera con él a conquistar el mundo.
Mientras el príncipe encantado no aparecía, lo que
le quedaba era soñar. Se enamoró por primera vez a los once años, mientras iba
a pie desde su casa hasta la escuela primaria local. El primer día de clase
descubrió que no estaba sola en su trayecto: junto a ella caminaba un chico que
vivía en el vecindario y que asistía a clases en el mismo horario. Nunca
intercambiaron ni una sola palabra, pero María empezó a notar que la parte que
más le agradaba del día eran aquellos momentos en la carretera llena de polvo,
la sed, el cansancio; el sol en el cenit, el niño andando de prisa, mientras
ella se agotaba en el esfuerzo por seguirle el paso.
La escena se repitió durante varios meses; María,
que detestaba estudiar y no tenía otra distracción en la vida que la
televisión, empezó a desear que el día pasase rápido, esperando con ansiedad
volver al colegio y, al contrario que el resto de las niñas de su edad,
pensando que los fines de semana eran aburridísimos. Como las horas de un
pequeño son mucho más largas que las de un adulto, ella sufría mucho, los días
se le hacían demasiado largos porque solamente pasaba diez minutos con el amor
de su vida, y miles de horas pensando en él, imaginando lo maravilloso que
sería si pudiesen charlar.
Entonces sucedió.
Una mañana, el chico se acercó hasta ella para
pedirle un lápiz prestado. María no respondió, mostró un cierto aire de
irritación por aquel abordaje inesperado, y apresuró el paso. Se había quedado
petrificada de miedo al verlo andar hacia ella, sentía pavor de que supiese
cuánto lo amaba, cuánto lo esperaba, cómo so-ñaba con tomar su mano, pasar por
delante del portal de la escuela y seguir la carretera hasta el final, donde,
según decían, había una gran ciudad, personajes de la tele, artistas, coches,
muchos cines y un sinfín de cosas buenas que hacer.
Durante el resto del día no consiguió concentrarse
en la clase, sufriendo por su comportamiento absurdo, pero al mismo tiempo
aliviada, porque sabía que él también se había fijado en ella y que el lápiz no
era más que un pretexto para iniciar una conversación, pues cuando se acercó
ella notó que llevaba un bolígrafo en el bolsillo. Esperó a la próxima vez y
durante aquella noche, y las noches siguientes, empezó a imaginar las muchas
respuestas que le daría, hasta encontrar la manera oportuna de comenzar una
historia que no terminase jamás.
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Pero no hubo próxima vez; aunque seguían yendo
juntos al colegio, algunas veces María unos pasos por delante con un lápiz en
la mano derecha; otras, andando detrás para poder contemplarlo con ternura, él
no volvió a dirigirle la palabra, y ella tuvo que contentarse con amar y sufrir
en silencio hasta el final del curso.
Durante las interminables vacaciones que siguieron,
María se despertó una mañana con las piernas bañadas en sangre y pensó que iba
a morir. Decidió dejarle una carta diciéndole que él había sido el gran amor de
su vida y planeó internarse en la selva para ser devorada por alguno de los dos
animales salvajes que atemorizaban a los campesinos de la región: el hombre
lobo o la mula sin cabeza1. Así, sus padres no sufrirían con su muerte, pues
los pobres mantienen siempre la esperanza, independientemente de las tragedias
que siempre les suceden. Pensarían que había sido raptada por una familia rica
y sin hijos, pero que tal vez volvería un día, en el futuro, llena de gloria y
de dinero; mientras, el actual (y eterno) amor de su vida se acordaría de ella
para siempre, sufriendo todas las mañanas por no haber vuelto a dirigirle la
palabra.
No llegó a escribir la carta, porque su madre entró
en el cuarto, vio las sábanas rojas, sonrió y dijo: «Ya eres una mujer, hija
mía». María quiso saber qué relación había entre ser mujer y el hecho de
sangrar, pero su madre no supo explicárselo, simplemente afirmó que era normal
y que de ahora en adelante tendría que usar una especie de almohada de muñeca
entre las piernas, durante cuatro o cinco días al mes. Luego preguntó si los
hombres usaban algún tubo para evitar que la sangre les corriese por los pantalones,
pero se enteró de que eso sólo les ocurría a las mujeres. María se quejó a
Dios, pero acabó acostumbrándose a la menstruación. Sin embargo, no conseguía
acostumbrarse a la ausencia del niño y no dejaba de recriminarse por la actitud
estúpida de huir de aquello que más deseaba. Un día, antes de empezar las
clases, fue hasta la única iglesia de su ciudad y juró ante la imagen de San
Antonio que tomaría la iniciativa de hablar con él.
Al día siguiente, se arregló de la mejor manera
posible, poniéndose un vestido que su madre había hecho especialmente para la
ocasión, y salió, agradeciéndole a Dios que por fin las vacaciones hubiesen
terminado. Pero el niño no apareció. Y así pasó otra angustiosa semana, hasta
que supo, por algunos amigos, que se ha-bía mudado de ciudad. «Se fue lejos»,
dijo alguien.
En ese momento, María aprendió que ciertas cosas se
pierden para siempre. Aprendió también que había un lugar llamado «lejos», que
el mundo era vasto, su aldea, pequeña, y que la gente interesante siempre
acababa marchándose. A ella también le habría gustado irse, pero todavía era
demasiado joven; aun así, mirando las calles polvorientas de la pequeña ciudad
en la que vivía, decidió que algún día seguiría los pasos del niño. Los nueve
viernes siguientes, conforme a una costumbre de su religión, comulgó y le pidió
a la Virgen María que algún día la sacase de allí.
También sufrió durante algún tiempo, intentando
inútilmente encontrar la pista del chico, pero nadie sabía adónde se habían
mudado sus padres. María empezó a creer entonces que el mundo era demasiado
grande, el amor, algo muy peligroso, y la Virgen, una santa que vivía en un
cielo distante y que no escuchaba lo que los niños pedían.
Pasaron tres años, María aprendió geografía y
matemáticas, empezó a seguir las telenovelas, leyó en el colegio sus primeras
revistas eróticas, comenzó a escribir un diario en el que hablaba de su
monótona vida y de las ganas que tenía de conocer aquello que le enseñaban en
clase: océano, nieve, hombres con turbante, mujeres elegantes y llenas de
joyas... Pero como nadie puede vivir de deseos imposibles, sobre todo cuando la
madre es costurera y el padre no para en casa, en seguida entendió que debía
prestar más atención a lo que pasaba a su alrededor. Estudiaba para superarse,
al mismo tiempo que buscaba a alguien con quien poder compartir sus sueños de
aventuras.
A los quince años se enamoró de un chico que había
conocido en una procesión de Semana Santa. No repitió el error de la infancia:
charlaron, se hicieron amigos y empezaron a ir al cine y a las fiestas juntos.
También se dio cuenta de que, tal como había sucedido con el niño, el amor
estaba más asociado a la ausencia que a la presencia de la persona: vivía
echándolo de menos, pasaba horas imaginando lo que iba a decirle en la próxima
cita y recordaba cada segundo que habían estado juntos, intentando descubrir lo
que había hecho bien y en qué había errado. Le gustaba verse a sí misma como a
una chica experimentada que ya había dejado escapar un gran amor; sabía el
dolor que eso causaba. Ahora estaba dispuesta a luchar con todas sus fuerzas
por este hombre, por el matrimonio, porque éste era el adecuado para el
matrimonio, los hijos, la casa junto al mar. Fue a hablar con su madre, que
imploró:
-Aún es muy pronto, hija mía.
-Pero tú te casaste con papá cuando tenías
dieciséis años. La madre no quería explicarle que había sido a causa de un
embarazo inesperado, de modo que usó el argumento «eran otros tiempos», para
zanjar así la cuestión.
1 En Brasil,
según la creencia popular, es la concubina de cura que, transformada en mula
sin cabeza después de su muerte, sale a galopar ciertas noches, asustando a los
supersticiosos. (N. de la T.)
5
Al día siguiente fueron a caminar por los
alrededores de la ciudad. Charlaron un poco, María le preguntó si no le
apetecía viajar, pero, en vez de responder, él la agarró entre sus brazos y le
dio un beso.
¡El primer beso de su vida! ¡Cómo había soñado con
aquel momento! Y el paisaje era especial, las garzas volando, la puesta de sol,
la región semiárida con su belleza agresiva, el sonido de una música a lo
lejos. María fingió reaccionar contra el impulso, pero después lo abrazó y
repitió aquello que había visto tantas veces en el cine, en las revistas y en
la tele: restregó con violencia sus labios contra los de él, moviendo la cabeza
de un lado a otro, en un movimiento medio rítmico, medio descontrolado. Notó
que, de vez en cuando, la lengua del chico tocaba sus dientes, y lo encontró
delicioso.
Pero él dejó de besarla de repente. -¿No quieres?
-preguntó.
¿Qué debía responder?, ¿que quería? ¡Claro que
quería! Pero una mujer no debe comportarse de esa manera, sobre todo ante su
futuro marido, o se pasará el resto de la vida desconfiado porque ella lo
acepta todo con mucha facilidad. Prefirió no decir nada.
Él la abrazó de nuevo, repitiendo el gesto, esta
vez con menos entusiasmo. Volvió a parar, sorprendido, y María sabía que algo
iba muy mal, pero tenía miedo de preguntar. Lo tomó de la mano y caminaron
hasta la ciudad, charlando sobre otros asuntos, como si nada hubiese pasado.
Aquella noche, escogiendo algunas palabras
difíciles -porque creía que todo lo que escribiese sería leído algún día- y
segura de que algo muy grave había ocurrido, anotó en su diario:
Cuando conocemos a alguien y nos enamoramos,
tenemos la impresión de que todo el universo está de acuerdo; hoy sucedió en la
puesta de sol. ¡Sin embargo, aunque algo salga mal, no sobra nada! Ni las
garzas, ni la música a lo lejos, ni el sabor de sus labios. ¿Cómo puede
desaparecer tan de prisa la belleza que allí había hace unos pocos minutos?
La vida es muy rápida; hace que la gente pase del
cielo al infierno en cuestión de segundos.
Al día siguiente fue a hablar con sus amigas. Todas
la habían visto salir a pasear con su futuro «novio»; después de todo, no es
suficiente tener un gran amor, también es necesario hacer que todos sepan que
eres una persona muy deseada. Sentían muchísima curiosidad por saber qué había
pasado, y María, muy orgullosa, dijo que la mejor parte había sido cuando su
lengua le tocaba los dientes. Una de las chicas se rió.
-¿No abriste la boca?
De repente, todo estaba claro, la pregunta, la
decepción.
-¿Para qué?
-Para dejar que la lengua entrase.
-¿Y cuál es la diferencia?
-No tiene explicación. Se besa así.
Risitas escondidas, aires de supuesta compasión,
venganza conmemorada entre las chicas que jamás habían tenido un pretendiente.
María fingió que no le daba importancia, también rió, aunque su alma llorase.
Secretamente blasfemó contra el cine, donde había aprendido a cerrar los ojos,
a agarrar la cabeza del otro con la mano, a mover la cara un poco hacia la
izquierda, un poco hacia la derecha, pero que no mostraba lo esencial, lo más
importante. Elaboró una explicación perfecta («no me quise entregar ya, porque
no estaba convencida, pero ahora he descubierto que tú eres el hombre de mi
vida») y aguardó a la próxima oportunidad.
Pero no vio al chico hasta tres días después, en
una fiesta en el club de la ciudad, tomado de la mano de una de sus amigas, la
misma que le había preguntado sobre el beso. María de nuevo fingió que no tenía
importancia, aguantó hasta el final de la noche charlando con sus compañeras
sobre artistas y otros chicos de la ciudad, fingiendo ignorar algunas miradas
compasivas que de vez en cuando una de ellas le lanzaba. Al llegar a casa, sin
embargo, dejó que su universo se derrumbase, lloró toda la noche, sufrió
durante ocho meses seguidos, y concluyó que el amor no estaba hecho para ella,
ni ella para el amor. A partir de ahí, empezó a considerar la posibilidad de
hacerse monja y dedicar el resto de su vida a un tipo de amor que no hiere ni
deja marcas dolorosas en el corazón, el amor a Jesús. En el colegio hablaban de
misioneros que se iban a África, y ella decidió que allí estaba la solución a
su vida vacía de emociones. Hizo planes para entrar en el convento, aprendió
primeros auxilios (ya que, según algunos profesores, moría mucha gente en
África), se dedicó con más ahínco a las clases de religión, y comenzó a
imaginarse como santa de los tiempos modernos, salvando vidas y conociendo la
selva donde vivían tigres y leones.
Pero aquel año, el de su decimoquinto aniversario,
no sólo le había reservado el descubrimiento de que el beso se da con la boca
abierta, o que el amor es sobre todo una fuente de sufrimiento. Descubrió una
tercera cosa: la masturbación. Fue casi por casualidad, jugando con su sexo
mientras esperaba que su madre volviese a casa. Acostumbraba a hacerlo cuando
era niña, y le gustaba mucho lo que sentía, hasta que un día el padre la vio y
le dio una paliza, sin explicarle el motivo. Jamás lo olvidó: aprendió que no
debía tocarse delante de los demás. Como no podía hacerlo en medio de la calle,
y como en su casa no tenía una habitación para ella sola, se olvidó de esa
sensación agradable.
Hasta aquella tarde, casi seis meses después de
aquel beso. Su madre tardaba, ella no tenía nada que hacer, el padre acababa de
salir con un amigo, y a falta de un programa interesante en la tele, comenzó a
examinar su cuerpo con la esperanza de encontrar algún pelo no deseado, que en
seguida sería arrancado con una pinza. Para su sorpresa, notó una pequeña
pepita en la parte superior de su vagina; se puso a juguetear con ella y ya no
pudo parar; la sensación era cada vez más placentera, más intensa, y to-
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do su cuerpo, sobre todo la parte que estaba
tocando, se estaba poniendo rígido. Poco a poco fue entrando en una especie de
paraíso, la sensación fue aumentando de intensidad, notó que ya no veía ni oía
bien, todo parecía haberse vuelto amarillo, hasta que gimió de placer y tuvo su
primer orgasmo.
¡Orgasmo! ¡Gozo!
Fue como si hubiese subido hasta el cielo, y ahora
bajase en paracaídas, lentamente, a la tierra. Su cuerpo estaba bañado en
sudor, pero ella se sentía completa, realizada, llena de energía. Entonces, ¡el
sexo era aquello! ¡Qué maravilla! Nada de revistas pornográficas, en las que
todo el mundo hablaba de placer pero ponía cara de dolor. Nada de necesitar
hombres, a los que les gustaba el cuerpo pero despreciaban el corazón de una
mujer. ¡Podía hacerlo todo solita! Repitió una segunda vez, ahora imaginando que
era un actor famoso el que la tocaba, y de nuevo fue hasta el paraíso y bajó en
paracaídas, todavía más llena de energía. Cuando iba a comenzar por tercera
vez, su madre llegó.
María fue a hablar con sus amigas sobre su nuevo
descubrimiento, esta vez evitando decir que había probado por primera vez hacía
pocas horas. Todas, excepto dos, sabían de qué se trataba, pero ninguna de
ellas había osado tocar el tema. En ese momento, María se sintió
revolucionaria, líder del grupo, e inventando un absurdo «juego de confesiones
secretas», le pidió a cada una de ellas que contase su manera preferida de
masturbarse. Aprendió varias técnicas, como hacerlo debajo de las mantas en
pleno verano (porque, decía una de ellas, el sudor ayudaba), usar una pluma de
ganso para tocarse en ese sitio (ella no sabía el nombre de ese sitio), dejar
que un chico lo hiciese (a María eso le parecía innecesario), usar la ducha del
bidet (en su casa no tenían, pero en cuanto visitase a una de sus amigas ricas,
probaría).
En cualquier caso, al descubrir la masturbación, y
después de usar algunas de las técnicas sugeridas por sus amigas, desistió para
siempre de la vida religiosa. Aquello le daba mucho placer, y por lo que
insinuaban en la iglesia, el sexo era el mayor de los pecados. Se enteró de
algunas leyendas al respecto por sus propias amigas: la masturbación llenaba la
cara de espinillas, y podía conducir a la locura o al embarazo. Aun así,
corriendo todos esos riesgos, continuó dándose placer al menos una vez a la semana,
generalmente los miércoles, cuando su padre salía a jugar a las cartas con los
amigos.
Al mismo tiempo, se sentía cada vez más insegura en
su relación con los hombres, y más ansiosa por marcharse del lugar en el que
vivía. Se enamoró una tercera vez, y una cuarta, ya sabía besar, tocaba y se
dejaba tocar cuando estaba a solas con sus novios, pero siempre sucedía algo, y
la relación terminaba justo en el momento en que por fin estaba convencida de
haber hallado a la persona adecuada para pasar con ella el resto de su vida.
Después de mucho tiempo, terminó concluyendo que los hombres sólo aportaban
dolor, frustración, sufrimiento, y con la sensación de que los días se
arrastraban. Una tarde, mientras observaba en el parque a una madre jugando con
su hijo de dos años, decidió que podía llegar a pensar en marido, hijos y en la
casa con vista al mar, pero que jamás volvería a enamorarse de nuevo, porque la
pasión lo estropeaba todo.
Y así pasaron los años de la adolescencia de María.
Se fue poniendo cada vez más atractiva, con su aire misterioso y triste, y la
pretendieron muchos hombres. Salió con uno, con otro, soñó y sufrió, a pesar de
la promesa que había hecho de no volver a enamorarse. En una de esas citas
perdió la virginidad en el asiento trasero de un coche; ella y su novio se
estaban tocando con más ardor que de costumbre, el chico se entusiasmó, y ella,
cansada de ser la última virgen de su grupo de amigas, permitió que él la
penetrase. Contrariamente a la masturbación, que la llevaba al cielo, aquello
sólo la dejó dolorida, con un hilo de sangre que manchó la falda y que le costó
limpiar. No tuvo la sensación mágica del primer beso, las garzas volando, la
puesta de sol, la música... no, no quería acordarse más de aquello.
Hizo el amor con el mismo chico algunas veces más,
después de amenazarlo, diciendo que su padre sería capaz de matarlo si
descubría que habían violentado a su hija. Lo convirtió en un instrumento de
aprendizaje, intentando entender a toda costa dónde estaba el placer del sexo
con una pareja.
No lo entendió; la masturbación daba mucho menos
trabajo, y muchas más recompensas. Pero todas las revistas, programas de
televisión, libros, amigas, todo, ABSOLUTAMENTE TODO, decía que un hombre era
importante. María empezó a creer que debía de tener algún problema sexual
inconfesable, se concentró aún más en los estudios y olvidó por algún tiempo
esa cosa maravillosa y asesina llamada Amor.
Del diario de María, cuando tenía diecisiete años:
Mi objetivo es comprender el amor. Sé que estaba
viva cuando amé, y sé que todo lo que tengo ahora, por más interesante que
pueda parecer, no me entusiasma.
Pero el amor es terrible: he visto a mis amigas
sufrir, y no quiero que eso me suceda a mí. Ellas, que antes se reían de mí y
de mi inocencia, ahora me preguntan cómo consigo dominar a los hombres tan
bien. Sonrío y callo, porque sé que el remedio es peor que el propio dolor:
simplemente no me enamoro. Cada día que pasa veo con más claridad qué frágiles
son los hombres, inconstantes, inseguros, sorprendentes... algunos padres de
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estas amigas llegaron a hacerme proposiciones, yo
las rechacé. Antes me sorprendía; ahora creo que forma parte de la naturaleza
masculina.
Aunque mi objetivo sea comprender el amor, y aunque
sufra por culpa de los hombres a los que entregué mi corazón, veo que aquellos
que tocaron mi alma no consiguieron despertar mi cuerpo, y quienes tocaron mi
cuerpo no consiguieron llegar a mi alma.
Cumplió diecinueve años, terminó la escuela
secundaria, encontró un empleo en una tienda de tejidos y su jefe se enamoró de
ella; pero María a esas alturas ya sabía cómo usar a un hombre sin ser usada
por él. Jamás dejó que la tocase, aunque siempre se mostraba insinuante,
conocedora del poder de su belleza.
El poder de la belleza: ¿y cómo sería el mundo para
las feas? Tenía algunas amigas en las que nadie se fijaba en las fiestas, nadie
les decía: «¿Cómo estás?». Por increíble que parezca, esas chicas valoraban
mucho más el poco amor que recibían, sufrían en silencio cuando eran
rechazadas, e intentaban enfrentarse al futuro buscando otras cosas además de
arreglarse para alguien. Eran más independientes, más dedicadas a sí mismas,
aunque María imaginaba que el mundo debía de parecerles insoportable.
Ella, sin embargo, era consciente de su propia
belleza. Aunque casi siempre olvidaba los consejos de su madre, había por lo
menos uno que no se iba de su cabeza: «Hija mía, la belleza no dura». Por eso,
continuó manteniendo una relación ni cercana ni distante con su jefe, lo que se
tradujo en un considerable aumento de sueldo (no sabía hasta cuándo conseguiría
mantenerlo con la simple esperanza de llevársela un día a la cama, pero
mientras tanto ganaba bastante), además de la comisión por trabajar horas extras
(al fin y al cabo, a él le gustaba tenerla cerca, temiendo tal vez que, si
salía por la noche, encontrara un gran amor). Trabajó veinticuatro meses sin
parar, pudo darles un mes de sueldo a sus padres, y ¡finalmente lo consiguió!
Ahorró dinero suficiente para pasar una semana de vacaciones en la ciudad de
sus sueños, el lugar de los artistas, la postal de su país: ¡Río de Janeiro!
El jefe se ofreció a acompañarla y a pagar todos
sus gastos, pero María mintió, diciéndole que la única condición que su madre
le había impuesto era dormir en casa de un primo suyo que practicaba jiu-jitsu,
ya que iba a uno de los lugares más peligrosos del mundo.
-Además -continuó-, no puede usted dejar la tienda
así, sin una persona de confianza a cargo.
-No me trates de usted -dijo él, y María notó en
sus ojos aquello que ya conocía: el fuego de la pasión. Eso la sorprendió,
porque creía que aquel hombre sólo estaba interesado en el sexo; sin embargo,
su mirada decía exactamente lo contrario: «Puedo darte una casa, una familia, y
algún dinero para tus padres». Pen-sando en el futuro, resolvió alimentar la
hoguera.
Dijo que iba a echar mucho de menos aquel empleo
que tanto le gustaba, a la gente con la que adoraba convivir (evitó mencionar a
nadie en particular, dejando el misterio en el aire: «la gente», ¿lo incluiría
a él?), y prometió tener mucho cuidado con su cartera y con su integridad. La
verdad era otra: no quería que nadie, absolutamente nadie, estropease aquella
primera semana de libertad total. Le gustaría hacer de todo, bañarse en el mar,
hablar con extraños, ver las vidrieras de las tiendas, y estar disponible para
que un príncipe encantado apareciese y la raptase para siempre.
-¿Qué
es una semana,
al fin y
al cabo? -dijo
con una sonrisa
seductora, deseando estar
equivocada-.
Pasa de prisa, y pronto estaré de vuelta,
atendiendo mis responsabilidades.
El jefe, desconsolado, resistió un poco pero acabó
aceptando, pues para entonces ya estaba haciendo planes secretos para pedirle
matrimonio en cuanto volviese y no quería precipitarse demasiado y estropearlo
todo.
María viajó cuarenta y ocho horas en autobús, se
hospedó en un hotel de quinta categoría de Copacabana (¡ah, Copacabana! Esa
playa, ese cielo...), e incluso antes de deshacer las maletas, cogió un biquini
que se había comprado, se lo puso, y aun con el cielo nublado, se fue a la
playa. Miró el mar, sintió pavor, pero al final entró en sus aguas, muriéndose
de vergüenza.
Nadie en la playa notó que aquella chica estaba
teniendo su primer contacto con el océano, la diosa Iémanja2, las corrientes
marítimas, la espuma de las olas, y la costa de África con sus leones, al otro
lado del Atlántico. Cuando salió del agua, fue abordada por una mujer que
intentaba vender sandwiches naturales, por un guapo negro que le preguntó si
estaba libre para salir aquella noche, y por un hombre que no hablaba ni una
palabra de portugués, pero que hacía gestos y la invitaba a tomar agua de coco
con él.
María compró el sándwich porque tuvo vergüenza de
decir «no», pero evitó hablar con los otros dos extraños. Y súbitamente se
sintió triste, ahora que finalmente tenía la posibilidad de hacer todo lo que
quería, ¡.por qué reaccionaba de manera tan absolutamente reprobable? A falta
de una buena explicación,
2 Según el
candombe ortodoxo, divinidad de las aguas saladas, reina del mar. (N. de la T.)
8
se sentó a esperar a que el sol saliese de detrás
de las nubes, todavía sorprendida por su propio coraje, y por la temperatura
del agua, tan fría en pleno verano.
El hombre que no hablaba portugués, sin embargo,
apareció a su lado con un coco y se lo ofreció. Contenta de no verse obligada a
hablar con él, María bebió el agua de coco, sonrió y él le devolvió la sonrisa.
Durante un rato permanecieron en esa cómoda comunicación que no quiere decir
nada, sonrisa por aquí, sonrisa por allá, hasta que él sacó un pequeño
diccionario de tapas rojas del bolsillo y dijo, con un acento extraño:
«bonita». Ella volvió a sonreír; claro que le gustaría encontrar a su príncipe
encantado, pero al menos debía hablar su lengua y ser un poco más joven.
El hombre insistió, hojeando el pequeño libro:
-Cenar hoy?
Y después comentó: -¡Suiza!
Y completó la frase con palabras que suenan a
paraíso en cualquier lengua en que sean pronunciadas:
-¡Empleo! ¡Dólar!
María no conocía el restaurante Suiza, pero ¡.acaso
eran las cosas tan fáciles y los sueños se realizaban tan de prisa? Mejor
desconfiar: «Muy agradecida por la invitación, estoy ocupada, y tampoco estoy
interesada en comprar dólares».
El hombre, que no entendió una sola palabra de su
respuesta, empezaba a desesperarse; después de muchas sonrisas por aquí,
sonrisas por allá, la dejó durante algunos minutos, y volvió después con un
intérprete. A través de él le explicó que era de Suiza (no era un restaurante,
era el país), y que le gustaría cenar con ella, pues tenía una oferta de
empleo. El intérprete, que se presentó como asesor del extranjero y agente de
seguridad del hotel en el que éste se hospedaba, añadió por su cuenta:
-Si yo fuera
tú, aceptaría. Este
hombre es un
importante empresario artístico,
y ha venido
a descubrir
nuevos talentos para trabajar en Europa. Si
quieres, puedo presentarte a otras personas que aceptaron la invitación, se
hicieron ricas, y hoy están casadas y con hijos que no tienen que sufrir
asaltos ni problemas de desempleo.
Y, completó, intentando impresionarla con su
cultura internacional:
-Además, en Suiza
hacen excelentes chocolates
y relojes. La
única experiencia artística
de María se
reducía a haber
interpretado a una
vendedora de agua,
que entraba muda
y salía callada, en la
obra
sobre la Pasión
de Cristo que
el ayuntamiento representaba
durante Semana Santa. No había
conseguido dormir bien
en el autobús,
pero estaba entusiasmada
con el mar, cansada de comer
sandwiches naturales y antinaturales, y
confusa porque no conocía a nadie y necesitaba
hacer un amigo
en seguida. Ya había pasado por este tipo de
situaciones antes, cuando un hombre lo promete todo y no cumple nada, de modo
que esa historia de ser actriz no era más que una manera de intentar
interesarla en algo que fingía no querer.
Pero, segura de que la Virgen le había dado aquella
oportunidad, convencida de que tenía que aprovechar cada segundo de su semana
de vacaciones, y conocer un buen restaurante significaba tener algo muy
importante que contar cuando volviese a su tierra, resolvió aceptar la
invitación, siempre que el intérprete la acompañase, pues ya se estaba cansando
de sonreír y de fingir que entendía lo que el extranjero decía.
El único problema era, sin embargo, su mayor
problema: no tenía ropa adecuada. Una mujer jamás confiesa estas intimidades
(es más fácil aceptar que su marido la ha traicionado que confesar el estado de
su armario), pero como no conocía a aquellos hombres, y tal vez jamás volviese
a verlos de nuevo, resolvió que no tenía nada que perder.
-Acabo de llegar del nordeste, no tengo ropa para
ir a un restaurante.
El hombre, a través del intérprete, le dijo que no
se preocupase, y le pidió la dirección de su hotel. Aquella tarde, María
recibió un vestido como jamás había visto en toda su vida, acompañado de un par
de zapatos que debían de haber costado tanto como lo que ella ganaba durante un
año.
Sintió que allí comenzaba el camino que tanto había
ansiado durante su infancia y su adolescencia en la selva brasileña,
conviviendo con la sequía, los chicos sin futuro, la ciudad honesta pero pobre,
la vida repetitiva y sin interés: ¡estaba a punto de transformarse en la
princesa del universo! ¡Un hombre le había ofrecido trabajo, dólares, un par de
zapatos carísimos y un vestido de cuento de hadas! Le faltaba el maquillaje,
pero la recepcionista de su hotel, solidaria, la ayudó, no sin antes prevenirla
de que ni todos los extranjeros son buenos, ni todos los cariocas son
delincuentes.
María ignoró la advertencia, se vistió con aquel
regalo del cielo, se pasó horas delante del espejo, arrepentida de no haber
llevado consigo una simple cámara de fotos para registrar el momento, hasta que
finalmente se dio cuenta de que ya llegaba con retraso a su cita. Salió
corriendo, cual Cenicienta, y fue hasta el hotel donde estaba el suizo.
Para su sorpresa, el intérprete dijo que no iba a
acompañarlos y se fue:
-No te preocupes por el idioma, lo importante es
que él se sienta bien a tu lado.
-Pero cómo, si no va a entender nada de lo que
digo. -Justamente por eso. No tienen que hablar, es una cuestión de energía.
María no sabía qué significaba eso de «una cuestión
de energía». En su tierra, la gente necesitaba intercambiar palabras, frases,
preguntas, respuestas, siempre que se veían. Pero Maílson, que así se
9
llamaba el intérprete/agente de seguridad, le
garantizó que en Río de Janeiro, y en el resto del mundo, las cosas eran
diferentes.
-No tiene que entender, simplemente haz que se
sienta bien. Es viudo, sin hijos, dueño de una discoteca, y está buscando
brasileñas que quieran presentarse en el extranjero. Yo le dije que tú no dabas
la talla, pero él insistió, diciendo que se había enamorado en cuanto te vio
salir del agua. También dijo que tu biquini era bonito.
Hizo una pausa.
-Sinceramente, si quieres encontrar un novio aquí,
tendrás que cambiar de modelo de biquini; aparte de este suizo, creo que a
nadie más en el mundo le va a gustar; es muy anticuado.
María fingió que no lo escuchaba. Maílson continuó.
-Creo que no desea una simple aventura contigo;
cree que tienes talento suficiente como para convertirte en la principal
atracción de su discoteca. Claro que no te ha visto cantar, ni bailar, pero eso
se puede aprender, mientras que la belleza es algo con lo que se nace. Los
europeos son así: llegan aquí, creen que todas las brasileñas son sensuales y
que saben bailar samba. Si es serio en sus intenciones, te aconsejo que le
pidas un contrato firmado, con firma reconocida en el consulado suizo, antes de
salir del país. Mañana estaré en la playa, frente al hotel, búscame si tienes
alguna duda.
El suizo, sonriendo, la tomó del brazo y le mostró
el taxi que los esperaba.
-Sin embargo, si su intención es otra, y la tuya
también, el precio normal de una noche es de trescientos dólares. No lo dejes
en menos.
Antes de que pudiese responder, ya estaba camino
del restaurante con el suizo, que ensayaba las palabras que deseaba decir. La
conversación fue muy simple:
-¿Trabajar? ¿Dólar? ¿Estrella brasileña?
María, sin embargo, todavía pensaba en el
comentario del agente de seguridad /intérprete: ¡trescientos dólares por una
noche! ¡Qué fortuna! No tenía que sufrir por amor, podía seducirlo como había
hecho con el dueño de la tienda de tejidos, casarse, tener hijos, y dar una
vida cómoda a sus padres. ¿Qué tenía que perder? Él era viejo, tal vez no
tardase mucho en morir, y ella sería rica; a fin de cuentas, parecía que los
suizos tenían mucho dinero y pocas mujeres en su tierra.
Cenaron sin hablar demasiado; sonrisa por aquí,
sonrisa por allá, María fue entendiendo poco a poco qué era «energía». Él le
enseñó un álbum con varias cosas escritas en una lengua que no conocía; fotos
de mujeres en biquini (sin duda, mejores y más atrevidos que el que ella se
había puesto por la tarde), recortes de periódicos, folletos chillones en los
que lo único que entendía era la palabra «Brazil», mal escrita (¿acaso no le
habían enseñado en el colegio que se escribía con «s»?). Bebió mucho, por miedo
a que el suizo le hiciese una proposición (después de todo, aunque jamás lo
hubiese hecho en su vida, nadie puede despreciar trescientos dólares, y con un
poco de alcohol las cosas son mucho más simples, sobre todo si no hay nadie de
tu ciudad cerca). Pero él se comportó como un caballero, incluso apartó la
silla cuando ella se sentó y se levantó. Al final, dijo que estaba cansada, y
concertó una cita en la playa para el día siguiente (señalar el reloj, enseñar
la hora, hacer con la mano el movimiento de las olas del mar, decir, «ma-ña-na»
muy despacio).
Él pareció satisfecho, miró también su reloj
(posiblemente suizo), y estuvo de acuerdo con la hora.
No durmió bien. Soñó que todo era un sueño.
Despertó y vio que no lo era: había un vestido en la silla de la modesta
habitación, un hermoso par de zapatos y una cita en la playa.
Del diario de María, el día en que conoció al
suizo:
Todo me dice que estoy a punto de tomar una
decisión equivocada, pero los errores son una manera de reaccionar. ¿Qué es lo
que el mundo quiere de mí? ¿Que no corra riesgos? ¿Que vuelva al lugar del que
vengo, sin valor para decirle «sí» a la vida?
Ya reaccioné equivocadamente cuando tenía once años
y un niño me pidió un lápiz prestado; desde entonces, entendí que a veces no
hay una segunda oportunidad, que es mejor aceptar los regalos que el mundo nos
ofrece. Claro que es arriesgado, pero ¿será el riesgo mayor que un accidente
del autobús que tardó cuarenta y ocho horas en traerme hasta aquí? Si tengo que
ser fiel a alguien o a algo, en primer lugar tengo que ser fiel a mí misma. Si
busco el amor verdadero, antes tengo que cansarme de los amores mediocres que
encuentre. La poca experiencia de vida que tengo me ha enseñado que nadie es
dueño de nada, todo es una ilusión, y eso incluye tanto los bienes materiales
como los bienes es-pirituales. Aquel que ya perdió algo que daba por hecho
(algo que ya me ocurrió tantas veces) al final aprende que nada le pertenece.
Y si nada me pertenece, tampoco tengo que perder mi
tiempo cuidando cosas que no son mías; mejor vivir como si hoy fuese el primer
(o el último) día de mi vida.
10
Al día siguiente, junto con Maílson, el intérprete/agente de seguridad, que ahora decía ser su
representante, dijo que
aceptaba la invitación,
siempre que tuviese
un documento expedido
por el
consulado
suizo. El extranjero,
que parecía acostumbrado
a ese tipo de exigencias,
afirmó que no
sólo
era un deseo de ella,
sino también suyo,
ya que para
trabajar en su tierra era
necesario tener un papel
que
probase que nadie
allí podría hacer
aquello para lo
que ella se
estaba ofreciendo, y no sería
difícil
conseguirlo,
pues las suizas
no tenían grandes aptitudes para
la samba. Fueron
juntos hasta el
centro
de la ciudad, el agente de seguridad/intérprete/representante exigió un adelanto en dinero efectivo en
cuanto firmaron el contrato, y se quedó con un
treinta por ciento de los quinientos dólares recibidos.
-Esto es una semana de adelanto. Una semana, ¿entiendes? ¡Ganarás quinientos dólares por
semana, y sin comisión, porque sólo me quedo con
una parte del primer pago!
Hasta aquel momento, los viajes, la idea de
marcharse lejos, todo parecía un sueño, y soñar es muy cómodo, siempre que no
nos veamos obligados a hacer aquello que planeamos. Así, no corremos riesgos,
ni sufrimos frustraciones, momentos difíciles, y cuando seamos viejos, siempre
podremos culpar a los demás, a nuestros padres preferentemente, o a nuestros
maridos, o a nuestros hijos, por no haber realizado aquello que deseábamos.
¡De repente, allí estaba la oportunidad que tanto
esperaba, pero que deseaba que no llegase nunca! ¿Cómo enfrentarse a los
desafíos y a los peligros de una vida que ella no conocía? ¿Cómo abandonar todo
aquello a lo que estaba acostumbrada? ¿Por qué la Virgen había decidido ir tan
lejos?
María se consoló con el hecho de que podía cambiar
de idea en cualquier momento, aquello no era más que un juego irresponsable,
algo diferente que contar cuando volviese a su tierra. A fin de cuentas, vivía
a más de mil kilómetros de allí, ahora tenía trescientos cincuenta dólares en
su cartera, y si mañana decidía hacer las maletas y huir, ellos jamás
conseguirían saber dónde se había escondido.
La tarde en la que fueron al consulado, María
decidió pasear sola por la orilla del mar, mirando a los niños, a los jugadores
de vóleibol, a los mendigos, a los borrachos, a los vendedores de artesanía
típica brasileña (fabricada en China), a los que corrían y hacían ejercicio
para ahuyentar la vejez, a los turistas extranjeros, a las madres con sus
hijos, a los jubilados que jugaban a las cartas al final de la playa. Había ido
a Río de Janeiro, había conocido un restaurante de primerísima clase, un consulado,
a un ex-tranjero, había tenido un representante, le habían regalado un vestido
y un par de zapatos que nadie, absolutamente nadie en su tierra podría comprar.
¿Y ahora?
Miró hacia el otro lado del mar: su libro de
geografía afirmaba que, si seguía en línea recta, llegaría a África, con sus
leones y sus selvas llenas de gorilas. Sin embargo, si andaba un poco hacia el
norte, acabaría con sus pies en el reino encantado de Europa, donde estaba la
torre Eiffel, la Disneylandia europea y la torre inclinada de Pisa. ¿Qué tenía
que perder? Como cualquier brasileña, había aprendido a bailar samba incluso
antes de decir «mamá»; podía volver si no le gustaba, y había aprendido que las
oportunidades están hechas para aprovecharlas.
Había pasado gran parte de su tiempo diciendo «no»
a cosas a las que le habría gustado decir «sí», decidida a vivir sólo las
experiencias que podía controlar, como ciertas aventuras con hombres, por
ejemplo. Ahora estaba ante lo desconocido, tan desconocido como ese mar lo
había sido un día para los navegantes que lo cruzaban, así se lo habían
enseñado en la clase de historia. Podría decir siempre «no», pero ¿se pasaría
el resto de su vida lamentándose, como todavía hacía con la imagen del niño que
una vez le había pedido un lápiz, y había desaparecido con su primer amor?
Siempre podría decir «no», pero ¿por qué no ensayar un «sí» esta vez?
Por una razón muy simple: era una chica de pueblo,
sin ninguna experiencia en la vida aparte de un buen colegio, una gran cultura
de las telenovelas y la certeza de que era bella. Eso no bastaba para
enfrentarse al mundo.
Vio a un grupo de personas riendo y mirando al mar,
con miedo de acercarse. Dos días antes ella había sentido lo mismo, pero ahora
no tenía miedo, entraba en el agua siempre que lo deseaba, como si hubiese
nacido allí. ¿No podía ocurrirle lo mismo en Europa?
Rezó una oración en silencio, pidió de nuevo
consejo a la Virgen María y, segundos después, parecía de acuerdo con la
decisión de seguir adelante, porque se sentía protegida. Siempre podría volver,
pero no siempre tendría la oportunidad de ir tan lejos. Valía la pena correr el
riesgo, siempre que el sueño resistiese las cuarenta y ocho horas de vuelta en
autobús sin aire acondicionado, y siempre que el suizo no cambiase de idea.
Estaba tan animada que, cuando él la invitó a cenar
de nuevo, quiso ensayar un aire sensual, y tomó su mano, pero él la retiró en
seguida; María entendió, con cierto miedo, y con un cierto alivio, que
realmente hablaba en serio.
-¡Estrella samba! -decía-. ¡Linda estrella samba
brasileño! ¡Viaje próxima semana!
Todo era una maravilla, pero «viaje próxima semana»
estaba absolutamente fuera de toda previsión. María le explicó que no podía
tomar una decisión sin consultar a su familia. El suizo, furioso, le mostró una
copia del documento firmado, y por primera vez sintió miedo.
-¡Contrato! -decía él.
11
Incluso decidida a viajar, resolvió consultarlo con
Maílson, su representante; después de todo, le pagaba para que la asesorase.
Maílson, sin embargo, ahora parecía estar más preocupado por seducir a una
turista alemana que acababa de llegar al hotel, y que hacía topless en la arena
(sin darse cuenta de que era la única persona con los pechos al aire, y sin
notar que todos los demás miraban con cierto desagrado), segura de que Brasil
es el lugar más liberal del mundo. Fue difícil conseguir que prestase atención
a lo que estaba diciendo.
-¿Y si cambio de idea?-insistía María.
-No sé qué pone en el contrato, pero tal vez él te
denuncie. -¡No me encontrará nunca!
-Tienes razón. Así que no te preocupes.
El suizo, sin embargo, que ya se había gastado
quinientos dólares, había comprado un par de zapatos, un vestido, había pagado
dos cenas y los gastos notariales del consulado, empezaba a preocuparse, de
modo que, como María insistía en la necesidad de hablar con su familia,
resolvió comprar dos pasajes de avión y acompañarla hasta el lugar en el que
había nacido, siempre que todo se resolviese en cuarenta y ocho horas, y
pudiesen viajar la semana próxima, conforme lo acordado. Con sonrisas por aquí,
sonrisas por allá, ella empezaba a entender que eso constaba en el documento, y
que no se debe jugar mucho con la seducción, ni con los sentimientos... ni con
los contratos.
Fue una sorpresa, y un orgullo para la pequeña
ciudad, ver a su bella hija María llegar acompañada de un extranjero que quería
invitarla a ser una gran estrella en Europa. Se enteró todo el vecindario, y
sus amigas del colegio preguntaban: «¿Pero cómo fue?». «Tengo suerte. »
Ellas querían saber si eso siempre sucedía en Río
de Janeiro, porque habían visto telenovelas con episodios semejantes. María no
dijo ni sí ni no, para engrandecer su experiencia y convencer a sus amigas de
que ella era una persona especial.
Fueron hasta su casa, él mostró de nuevo los
folletos, el Brazil (con «z»), el contrato, mientras María explicaba que ahora
tenía un representante, y pretendía seguir una carrera artística. La madre,
viendo el tamaño del biquini de las chicas en las fotos que el extranjero le
enseñaba, se las devolvió inmediatamente y no quiso hacer preguntas, todo lo
que le importaba era que su hija fuese feliz y rica, o infeliz, pero rica.
-¿Cuál es su nombre? -Roger.
-¡Rogelio! ¡Yo tenía un primo que se llamaba así!
El hombre sonrió, aplaudió, y todos se dieron
cuenta de que no había entendido nada. El padre comentó con María:
-Pero si tiene mi edad.
La madre le pidió que no interfiriese en la
felicidad de su hija. Como todas las costureras hablan mucho con sus clientas y
acaban teniendo una gran experiencia en materia de matrimonio y amor, ella le
aconsejó:
-Querida, es mejor ser infeliz con un hombre rico
que ser feliz con un hombre pobre, y allí tienes muchas más posibilidades de
ser una rica infeliz. Además, si no sale bien, tomas un autobús y vuelves para
casa.
María, una chica de pueblo pero con más
inteligencia que la que su madre o su futuro marido imaginaban, insistió
simplemente para provocar:
-Mamá, no hay autobús de Europa a Brasil. Además,
quiero seguir una carrera artística, no busco marido.
La madre miró a su hija con un aire casi
desesperado:
-Si llegas hasta allí, también podrás volver. Las
carreras artísticas son muy buenas para las chicas jóvenes, pero sólo duran
mientras seas bella, y eso se acaba más o menos a los treinta años. Así que
aprovecha, encuentra a alguien que sea honesto, apasionado y, por favor,
cásate. No tienes que pensar mucho en el amor, al principio yo tampoco amaba a
tu padre, pero el dinero lo compra todo, hasta el amor verdadero. ¡Y mira que
tu padre ni siquiera es rico!
Era un pésimo consejo de amiga, pero un excelente
consejo de madre. Cuarenta y ocho horas después, María estaba de vuelta en Río,
no sin antes haber pasado, ella sola, por su antiguo empleo a presentar su
dimisión, y a escuchar del dueño de la tienda de tejidos: -Me he enterado de
que un gran empresario francés ha decidido llevarte a París. No puedo impedir
que persigas tu felicidad, pero quiero que, antes de irte, sepas una cosa.
Sacó del bolsillo una cadena con una medalla.
-Se trata de la medalla milagrosa de Nuestra Señora
de las Gracias. Su iglesia está en París, de modo que vete hasta allí y pídele
protección. Mira lo que tiene escrito.
María vio que, alrededor de la Virgen, había
algunas palabras:
«Oh, María, sin pecado concebida, rogad por
nosotros que recurrimos a Vos. Amén».
-No dejes de decir esta frase al menos una vez al
día. Y... Él dudó, pero ahora era tarde.
-... si algún día vuelves, que sepas que te estaré
esperando. Dejé pasar la oportunidad de decirte algo tan simple: «Te amo». Tal
vez sea tarde, pero me gustaría que lo supieses.
«Dejar pasar una oportunidad», ella había aprendido
muy pronto lo que eso significaba. «Te amo», sin embargo, era una frase que
había oído muchas veces a lo largo de sus veintidós años, y parecía que ya no
tenía ningún sentido, porque nunca había resultado ser nada serio, profundo,
que se tradujese en
12
una relación duradera. María agradeció las
palabras, las anotó en su subconsciente (nunca se sabe lo que la vida nos
depara, y siempre está bien saber dónde se encuentra la salida de emergencia),
le dio un beso en la mejilla, y partió sin mirar atrás.
Volvieron a Río, en sólo un día ella consiguió el
pasaporte (Brasil realmente ha cambiado, había comentado Roger con algunas
palabras de portugués y muchas señas, que María tradujo como «antiguamente
tardaban mucho»). Poco a poco, con la ayuda de Maílson, el agente de
seguridad/intérprete/representante, hicieron el resto de los preparativos
(ropa, zapatos, maquillaje, todo
lo que una
mujer como ella podía soñar).
Roger la vio
bailar en una
discoteca que visitaron
la víspera
del
viaje a Europa
y quedó entusiasmado
con su elección;
realmente estaba ante
una gran estrella
para
el
cabaret Cologny, la hermosa morena
de ojos claros y cabellos negros como el ala del coco
negro (un
pájaro brasileño con el que los escritores
suelen comparar los
cabellos de ese
color). El permiso
de
trabajo del consulado suizo estaba
listo, hicieron las
maletas, y al
día siguiente viajaban
hacia la tierra
del chocolate, el queso y los relojes, mientras
María planeaba en secreto hacer que aquel hombre se enamorase de ella; al fin y
al cabo, no era ni viejo, ni feo, ni pobre. ¿Qué más se podía desear?
Llegó exhausta y, todavía en el aeropuerto, su
corazón se encogió de miedo: descubrió que era totalmente dependiente de aquel
hombre, que no conocía el país, ni la lengua, ni el frío. El comportamiento de
Roger iba cambiando a medida que pasaban las horas; ya no intentaba ser
agradable, y aunque jamás intentase besarla ni tocar sus pechos, su mirada se
había vuelto lo más distante posible. La instaló en un pequeño hotel y se la
presentó a otra brasileña, una mujer joven y triste llamada Vivian, que se encargaría
de prepararla para el trabajo.
Vivian la miró de arriba abajo, sin la menor
ceremonia ni el menor cariño por quien tiene su primera experiencia en el
extranjero. Y en vez de preguntarle cómo estaba, fue directa al grano:
-No te hagas ilusiones. Él va a Brasil siempre que
una de sus bailarinas se casa, y por lo visto eso sucede con mucha frecuencia.
Él sabe lo que quiere, y creo que tú también lo sabes: debes de haber venido en
busca de una de las tres cosas: aventura, dinero o marido.
¿Cómo podía saberlo? ¿Acaso todo el mundo buscaba
lo mismo? ¿O acaso Vivian podía leer los pensamientos ajenos? -Todas las chicas
aquí buscan una de esas tres cosas -continuó Vivian, y María se convenció de
que estaba leyendo su pensamiento-. En cuanto a la aventura, hace mucho frío
para hacer nada, además, el dinero no sobra para viajes. En cuanto al dinero,
tendrás que trabajar casi un año para pagar tu pasaje de vuelta, aparte de los
descuentos del hospedaje y la comida.
-Pero...
-Ya sé: eso no fue lo acordado. La verdad es que
fuiste tú la que olvidó preguntar, como todo el mundo. Si hubieses tenido más
cuidado, si hubieras leído el contrato que firmaste, sabrías exactamente dónde
te has metido, porque los suizos no mienten, aunque se sirven del silencio para
beneficiarse.
El suelo escapaba bajo los pies de María.
-Finalmente, en cuanto al marido, cada chica que se
casa significa un gran perjuicio económico para Roger, de modo que nos está
prohibido hablar con los clientes. En este sentido, si quieres algo, tendrás
que correr grandes riesgos. Esto no es un lugar donde la gente se conoce, como
en la rue de Berne.
¿Rue de Berne?
-Los hombres vienen aquí con sus mujeres, y los
pocos turistas, en cuanto se dan cuenta del ambiente familiar, van en busca de
mujeres a otros lugares. Debes bailar; si sabes, también cantar, tu salario
aumentará, y la envidia de las demás también. De modo que, aunque seas la mejor
voz del Brasil, sugiero que lo olvides y que no intentes cantar.
»Sobre todo, no uses el teléfono. Gastarás todo lo
que aún no has ganado, que será muy poco.
-¡Pero él me prometió quinientos dólares a la
semana! -Tú verás.
Del diario de María, en su segunda semana en Suiza:
Fui hasta la discoteca, me encontré con un
«director de bailes» de un país llamado Marruecos, y tuve que aprender cada
paso de aquello que él, que jamás había pisado Brasil, creía que era «samba».
No he tenido tiempo todavía de descansar del largo viaje de avión, todo ha sido
sonreír y bailar, ya desde la primera noche. Somos seis chicas, ninguna de
ellas es feliz, y ninguna sabe qué hace aquí. Los clientes beben y aplauden,
lanzan besos y hacen gestos obscenos a escondidas, pero no pasan de ahí.
Nos pagaron el sueldo ayer, sólo una décima parte
de lo que habíamos acordado, el resto, según el contrato, se usará para pagar
mi viaje y mi estancia. Según los cálculos de Vivian, eso debe de tardar un
año, o sea que durante ese período no tengo adónde huir. ¿Acaso vale la pena
huir? Acabo de llegar, aún no conozco nada. ¿Cuál es el problema de bailar
siete noches a la semana? Antes lo hacía por placer, ahora lo hago por dinero y
por fama, mis piernas no se quejan, lo único difícil es mantener la sonrisa en
los labios. Puedo
13
escoger entre ser unta víctima del mundo o una
aventurera en busca de su tesoro. Todo es cuestión de cómo ver la vida.
María finalmente escogió ser una aventurera en
busca del tesoro; dejó de lado sus sentimientos, dejó de llorar todas las
noches, se olvidó de quién era; descubrió que tenía fuerza de voluntad
suficiente para fingir que acababa de nacer y que, por tanto, no necesitaba
sentir nostalgia por nadie. Los sentimientos podían esperar; ahora había que
ganar dinero, conocer el país y volver victoriosa a su tierra.
Por lo demás, todo a su alrededor parecía Brasil en
general, y su ciudad en particular: las mujeres hablaban portugués, se quejaban
de los hombres, hablaban alto, protestaban por los horarios, llegaban con
retraso a la discoteca, desafiaban al jefe, se creían las más bellas del mundo
y contaban historias de sus príncipes encantados, que generalmente estaban muy
lejos, o estaban casados, o no tenían dinero y vivían del trabajo de ellas. El
ambiente, al contrario de lo que había imaginado al ver los folletos de
propaganda que Roger llevaba consigo, era exactamente como Vivian lo había
descrito: familiar. Las chicas no podían aceptar invitaciones ni salir con los
clientes, porque estaban registradas como «bailarinas de samba» en sus
respectivos permisos de trabajo. Si se las pillaba recibiendo un papel con un
teléfono, se quedaban quince días sin trabajar. María, que esperaba algo más
movido y emocionante, fue dejándose dominar poco a poco por la tristeza y por
el tedio.
Los primeros quince días, salió poco de la pensión
en la que vivía, principalmente cuando descubrió que nadie hablaba su lengua,
aunque ella pronunciase DES-PA-CIO cada frase. También la sorprendió saber que,
al contrario de lo que sucedía en su país, la ciudad en la que estaba ahora
tenía dos nombres diferentes: Genéve para los que vivían allí, y Ginebra para
las brasileñas.
Finalmente, durante las largas horas de tedio en su
pequeño cuarto sin televisión, María concluyó:
a) Nunca
llegaría a encontrar lo que estaba buscando, si no sabía decir lo que pensaba.
Para eso necesitaba aprender la lengua local.
b) Como todas
sus compañeras también estaban buscando lo mismo, ella necesitaba ser
diferente. Para eso aún no tenía una solución ni un método.
Del diario de María, cuatro semanas después de
desembarcar en Genéve/Ginebra:
Hace una eternidad que estoy aquí, no hablo la
lengua, me paso el día escuchando música en la radio, mirando el cuarto,
pensando en Brasil, deseando que llegue la hora de trabajar, y cuando estoy
trabajando, deseando que llegue la hora de volver a la pensión. O sea, vivo el
futuro en vez del presente.
Un día, en un futuro lejano, tendré mi pasaje,
podré volver a Brasil, casarme con el dueño de la tienda de tejidos y escuchar
los comentarios maliciosos de mis amigas que nunca se han arriesgado y por eso
lo único que ven es la derrota de los demás. No, no puedo volver así, prefiero
tirarme del avión cuando esté cruzando el océano.
Como las ventanas del avión no se abren (por
cierto, nunca lo habría imaginado; ¡qué pena no poder sentir el aire puro!), me
muero aquí mismo. Pero antes de morir, quiero luchar por la vida. Si consigo
andar sola, llegaré hasta donde quiera.
Al día siguiente se matriculó inmediatamente en un
curso matutino de francés, donde conoció a gente de todos los credos, creencias
y edades, hombres con ropas de colores y muchas pulseras de oro en los brazos,
mujeres con la cabeza siempre cubierta por un pañuelo, niños que aprendían más
de prisa que los adultos, cuando justamente debía ser al contrario, ya que los
adultos tienen más experiencia. Se sentía orgullosa al saber que todos conocían
su país, el carnaval, la samba, el fútbol, y a la persona más famosa del mundo,
llamada Pele. Al principio quiso ser simpática y corregir la pronunciación (¡es
Pelé! ¡Pelééé!), pero después de algún tiempo desistió, ya que también la
llamaban Mariá, esa manía que tienen los extranjeros de cambiar todos los
nombres y encima creen que siempre tienen razón.
Durante la tarde, para practicar el idioma, ensayó
sus primeros pasos por aquella ciudad de dos nombres, descubrió un chocolate
delicioso, un queso que jamás había comido, una gigantesca fuente en medio del
lago, la nieve que los pies de ninguno de los habitantes de su ciudad habían
tocado, las cigüeñas, los restaurantes con chimenea (jamás había entrado en
ninguno, pero veía el fuego en su interior, y aquello le daba una agradable
sensación de bienestar). También se sorprendió al descubrir que no en todos los
letreros había publicidad de relojes, también la había de bancos, aunque no
conseguía entender por qué había tantos bancos para tan pocos habitantes cuando
raramente había alguien dentro de las sucursales, pero resolvió no preguntar
nada.
Después de tres meses de autocontrol en su trabajo,
su sangre brasileña, sensual y sexual como todo el mundo pensaba, habló más
alto; se enamoró de un árabe que estudiaba francés en su mismo curso.
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La historia duró tres semanas hasta que, una noche,
María decidió dejarlo todo de lado e irse a visitar una montaña cerca de
Genéve. Cuando llegó al trabajo la tarde siguiente, Roger le pidió que fuese a
su despacho.
En cuanto abrió la puerta, fue sumariamente
despedida, por dar mal ejemplo a las otras chicas que allí trabajaban. Roger,
histérico, dijo que una vez más estaba decepcionado, que las mujeres brasileñas
no eran de confianza (ah, Dios mío, esa manía de generalizarlo todo). De nada
sirvió afirmar que todo se había debido a una fiebre muy alta por culpa de la
diferencia del clima, él no se convenció, y encima se quejó porque tenía que
volver de nuevo a Brasil para conseguir una sustituta, y que mejor habría sido
hacer un espectáculo con música y bailarinas yugoslavas, que eran mucho más
bonitas y más responsables.
María, aunque todavía joven, no tenía nada de boba,
principalmente después de que su amante árabe le dijo que en Suiza el estatuto
de los trabajadores es muy severo, y que podía alegar que estaba realizando un
trabajo esclavo, ya que la discoteca se quedaba con gran parte de su salario.
Volvió al despacho de Roger, esta vez hablando un
francés razonable, que incluía en su vocabulario la palabra «abogado». Salió de
allí con algunos insultos, y cinco mil dólares de indemnización, un dinero con
el que jamás había soñado, y todo gracias a aquella palabra mágica, «abogado».
Ahora podía salir libremente con el árabe, comprar algunos regalos, sacar unas
fotos en la nieve, y volver a casa con la victoria tan soñada.
Lo primero que hizo fue telefonear a una vecina de
su madre y decir que era feliz, que tenía una prometedora carrera por delante,
que nadie en casa debía preocuparse. Después, como tenía un plazo para dejar el
cuarto de la pensión que Roger le había alquilado, no le quedaba otra
alternativa que ir a ver al árabe, jurarle amor eterno, convertirse a su
religión, casarse con él, incluso aunque la obligasen a usar uno de aquellos
pañuelos extraños en la cabeza; al fin y al cabo, todos allí sabían que los árabes
eran muy ricos y eso era suficiente.
Pero el árabe, a esas alturas, ya estaba lejos,
posiblemente en Arabia, un país que María no conocía; en el fondo, ella dio
gracias a la Virgen María por no verse obligada a traicionar su religión. Ahora
que ya hablaba suficiente francés, que tenía dinero para el pasaje de vuelta,
permiso de trabajo que la clasificaba como «bailarina de samba», un visado que
aún tenía validez, y sabiendo que en último caso podía casarse con un
comerciante de tejidos, María resolvió hacer lo que sabía que era capaz: ganar
dinero con su belleza.
Cuando estaba todavía en Brasil, había leído un
libro sobre un pastor que, en busca de su tesoro, encuentra varias
dificultades, y esas dificultades lo ayudan a conseguir lo que desea; ése era
exactamente su caso. Ahora era plenamente consciente de que había sido
despedida para encontrarse con su verdadero destino: modelo y maniquí.
Alquiló un pequeño cuarto (que no tenía televisión,
ya que era preciso ahorrar al máximo, hasta que realmente consiguiese ganar
mucho dinero), y al día siguiente comenzó a visitar agencias. En todas había
que dejar fotos profesionales, pero al fin y al cabo era una inversión en su
carrera, todo sueño cuesta caro. Gastó una considerable parte del dinero en un
excelente fotógrafo, que hablaba poco y exigía mucho: tenía un gigantesco
guardarropa en su estudio, y ella posó con varios vestidos sobrios, extravagantes,
e incluso con un biquini del que su único conocido en Río de Janeiro, el agente
de seguridad/intérprete y ex representante Maílson, se moriría de envidia.
Pidió una serie de copias extra, escribió una carta contando que era feliz en
Suiza y la envió a su familia. Creerían que era rica, que tenía un guardarropa
envidiable, y que se había convertido en la hija más ilustre de su pequeña
ciudad. Si todo salía bien como pensaba (y ya había leído muchos libros de
«pensamiento positivo» que no dejaban la menor duda de su victoria), sería
recibida con una banda de música a su vuelta, y hallaría el modo de convencer
al alcalde para que inaugurase una plaza con su nombre.
Compró un teléfono móvil, de los de tarjeta (ya que
no tenía domicilio fijo), y los días siguientes esperó las ofertas de trabajo.
Comía en restaurantes chinos (los más baratos) y, para pasar el tiempo,
estudiaba como una loca.
Pero el tiempo tardaba en pasar, y el teléfono no
sonaba. Para su sorpresa, nadie se metía con ella cuando paseaba por la orilla
del lago, salvo algunos traficantes de droga que se ponían siempre en el mismo
lugar, debajo de uno de los puentes que unían el bello jardín con la parte más
nueva de la ciudad. Empezó a dudar de su belleza, hasta que una de las ex
compañeras de trabajo, con quien se encontró por casualidad en un café, le dijo
que no era culpa suya, sino de los suizos, a los que no les gusta molestar a
nadie, y de los extranjeros, que tienen miedo de ser encarcelados por «acoso
sexual», algo que habían inventado para hacer que las mujeres de todo el mundo
se sientan mal.
Del diario de María, una noche en la que no tenía
valor ni para salir, ni para vivir, ni para seguir esperando esa llamada que no
llegaba:
Hoy pasé por delante de un parque de atracciones.
Como no puedo gastar dinero a lo loco, pensé que era mejor observar a la gente.
Estuve mucho rato ante la montaña rusa: veía que la mayoría de las personas
entraban allí en busca de emoción, pero
15
cuando ésta se ponía en marcha, se morían de miedo
y pedían que parasen los vagones.
¿Qué es lo que quieren? Si escogieron la aventura,
¿izo deberían estar preparadas para ir hasta el final? ¿O creen que sería más
inteligente no pasar por estos sube y baja, y montarse todo el tiempo en un
tiovivo, girando en el mismo sitio?
Por el momento estoy demasiado sola como para
pensar en el amor, pero necesito convencerme de que va a pasar, conseguiré un
empleo, y estoy aquí porque he escogido este destino. La montaña rusa es mi
vida, la vida es un juego fuerte y alucinante, la vida es lanzarse en
paracaídas, es arriesgarse, caer y volver a le-vantarse, es alpinismo, es
querer subir a lo alto de uno mismo, y sentirse insatisfecho y angustiado
cuando no se consigue.
No es fácil estar lejos de mi familia, de la lengua
en la que puedo expresar todas mis emociones y sentimientos, pero a partir de
hoy, cuando me deprima, recordaré aquel parque de atracciones. Si me hubiese
dormido y hubiese despertado de repente en una montaña rusa, ¿qué sentiría?
Bien, la primera sensación es la de estar
prisionera, sentir pavor en las curvas, querer vomitar y salir de allí. Sin
embargo, si confío en que los raíles son mi des tino, en que Dios guía la
máquina, esta pesadilla se transforma en excitación. Pasa a ser exactamente lo
que es, una montaña rusa, un juego seguro y fiable, que va a llegar hasta el
final, pero mientras dura el viaje, tengo que ver el paisaje alrededor, gritar
de excitación.
Aun siendo capaz de escribir cosas que juzgaba muy
sabias, no lograba seguir sus propios consejos; los momentos de depresión
fueron cada vez más frecuentes, y el teléfono seguía sin sonar. María, para
distraerse y ejercitar la lengua en las horas vagas, empezó a comprar revistas
de famosos, pero en seguida descubrió que gastaba mucho dinero en eso, y buscó
la biblioteca más próxima. La encargada dijo que allí no se prestaban revistas,
pero que podía sugerirle algunos títulos que la ayudarían a dominar el francés
cada vez más.
-No tengo tiempo para leer libros.
-¿Cómo que no tienes tiempo? ¿Qué haces? -Muchas
cosas: estudio francés, escribo un diario y... -¿Y qué?
Iba a decir «espero a que suene el teléfono», pero
pensó que era mejor callarse.
-Hija mía, eres joven, tienes toda la vida por
delante. Lee. Olvida lo que te hayan dicho sobre los libros, y lee.
-Ya he leído mucho.
De repente, María se acordó de aquello que el
agente de seguridad Maílson había descrito una vez como «energía». La
bibliotecaria le parecía alguien sensible, dulce, alguien que podría ayudarla
si todo lo demás fallaba. Tenía que conquistarla, su intuición le decía que
allí podía estar una posible amiga. Rápidamente cambió de opinión:
-Pero quiero leer más. Por favor, ayúdeme a escoger
los libros. La mujer trajo El Principito. Aquella noche, María empezó a
hojearlo, vio los dibujos del principio, donde aparecía un sombrero, pero el
autor decía que, en realidad, para los niños, aquello era una culebra con un
elefante dentro. «Creo que nunca he sido niña -pensó-. Para mí, eso se parece
más a un sombrero.» A falta de televisión, María empezó a acompañar al
Principito en sus viajes, aunque se ponía triste siempre que el tema «amor»
aparecía; se había prohibido a sí misma pensar en el asunto, o se arriesgaba a
cometer suicidio. Aparte de las dolorosas escenas románticas entre un príncipe,
un zorro y una rosa, el libro era muy interesante, y no estaba cada cinco
minutos comprobando si la batería del móvil estaba cargada (se moría de miedo
al pensar en dejar pasar su mejor oportunidad por culpa de un descuido).
María empezó a frecuentar la biblioteca, a hablar
con la mujer que parecía tan sola como ella, a pedirle sugerencias, a comentar
la vida de los autores, hasta que el dinero llegó casi a su fin; dos sema-nas
más y ya no tendría ni para comprar el pasaje de vuelta.
Y como la vida siempre espera situaciones críticas
para mostrar su lado brillante, finalmente el teléfono sonó.
Tres meses después de haber descubierto la palabra
«abogado», y dos meses después de estar viviendo de la indemnización recibida,
una agencia de modelos preguntó si la señora María todavía se encontraba en
aquel número. La respuesta fue un «sí» frío, ensayado durante mucho tiempo para
no mostrar ansiedad. Supo entonces que a un árabe, profesional de la moda en su
país, le habían gustado mucho sus fotos, y quería invitarla a participar en un
desfile. María recordó la reciente decepción, pero también pensó en el dinero
que necesitaba desesperadamente.
16
Quedaron en un restaurante muy chic. Se encontró
con un señor elegante, más atractivo y maduro que su experiencia anterior, que
preguntaba:
-¿Sabes de quién es ese cuadro de allí? De Joan
Miró. ¿Sabes quién es Joan Miró?
María permanecía callada, como si estuviese
concentrada en la comida, bastante diferente de los restaurantes chinos. Por
otro lado, hacía anotaciones mentales: debía pedir un libro sobre Miró, en su
próxima visita a la biblioteca.
Pero el árabe insistía:
-Esa mesa de ahí era la preferida de Federico
Fellini. ¿Qué te parecen las películas de Fellini?
Ella respondió que le encantaban. El árabe quiso
entrar en detalles, y María, percatándose de que su cultura no pasaría el test,
resolvió ir directamente al grano:
-No he venido aquí a actuar para usted. Todo lo que
sé es la diferencia entre una Coca-Cola y una Pepsi. ¿No quería usted hablar
sobre un desfile de moda?
La franqueza de la chica pareció impresionarlo
bastante. -Hablaremos cuando vayamos a tomar una copa, después de cenar.
Hubo una pausa, mientras ambos se miraban e
imaginaban lo que el otro estaba pensando.
-Eres muy guapa -insistió el árabe-. Si te decides
a tomar una copa conmigo en mi hotel, te doy mil francos.
María entendió inmediatamente. ¿Era culpa de la
agencia de modelos? ¿Era culpa suya, que debería haber preguntado mejor
respecto de la cena? No era culpa de la agencia, ni suya, ni del árabe: era así
como funcionaban las cosas. De repente sintió que tenía necesidad de la selva,
de Brasil, del regazo de su madre. Se acordó de Maílson, en la playa,
hablándole de trescientos dólares; en aquella época le había parecido
divertido, aparte de lo que esperaba recibir por una noche con un hombre. Sin
embargo, en ese momento, se dio cuenta de que ya no tenía a nadie,
absolutamente nadie en el mundo con quien poder hablar; estaba sola, en una
ciudad extraña, con veintidós años relativamente bien vivi dos, pero inútiles
para ayudarla a decidir cuál sería la mejor respuesta. -Sírvame más vino, por
favor.
El árabe echó más vino en su vaso, mientras su
pensamiento viajaba más de prisa que el Principito en su paseo por diversos
planetas. Había ido allí en busca de aventura, dinero, y tal vez un marido,
sabía que acabaría recibiendo proposiciones como ésa, porque no era inocente y
ya se había acostumbrado al com-portamiento de los hombres. Aún creía en
agencias de modelos, estrellato, un marido rico, familia, hijos, nietos, ropa,
retorno victorioso a la ciudad donde nació. Soñaba con superar todas las dificultades
sólo con su inteligencia, su encanto y su fuerza de voluntad.
Pero la realidad acababa de desmoronarse en su
cabeza. Para sorpresa del árabe, María se puso a llorar. El hombre, dividido
entre el miedo al escándalo y el instinto masculino de proteger a la chica, no
sabía qué hacer. Hizo una seña al camarero para pedir la cuenta, pero ella lo
interrumpió:
-No haga eso. Sírvame más vino y déjeme llorar un
poco.
Y María pensó en el niño que le había pedido un
lápiz, en el chico al que había besado con la boca cerrada, en la alegría de
conocer Río de Janeiro, en los hombres que la habían usado sin dar nada a
cambio, en las pasiones y en los amores perdidos a lo largo de todo su camino.
Su vida, a pesar de la aparente libertad, era un sinfín de horas esperando el
milagro, un amor verdadero, una aventura con el mismo final romántico que
siempre había visto en las películas y había leído en los libros. Un autor había
escrito que el tiempo no transforma al hombre, que la sabiduría no transforma
al hombre; lo único que puede hacer que alguien cambie de idea es el amor. ¡Qué
locura! El que lo escribió sólo conocía una cara de la moneda.
Realmente, el amor era la primera de las cosas
capaces de cambiar totalmente la vida de una persona, de un momento a otro.
Pero existía la otra cara de la moneda, la segunda cosa que hacía al ser humano
tomar una dirección totalmente distinta de la que había planeado: se llamaba
desesperación. Sí, tal vez el amor fuese capaz de transformar a alguien, pero
la desesperación transforma más de prisa. ¿Y ahora, María? ¿Debía salir
corriendo, volver a Brasil, convertirse en profesora de francés, casarse con el
dueño de la tienda de tejidos? ¿Debía llegar un poco más lejos, una única
noche, en una ciudad donde no conocía a nadie ni nadie la conocía a ella?
¿Acaso una única noche y el dinero fácil la harían seguir adelante, hasta un
punto del camino de donde ya no podría volver? ¿Qué estaba sucediendo en aquel
minuto: una gran oportunidad o una prueba de la Virgen María?
Los ojos del árabe se paseaban por el cuadro de
Joan Miró, por el lugar en el que comía Fellini, por la chica que guardaba los
abrigos, por los clientes que entraban y salían.
-¿No lo sabías?
-Más vino, por favor -fue la respuesta de María,
aún entre lágrimas.
Rezaba para que el camarero no se acercase y
descubriese lo que estaba pasando, y el camarero, que asistía a todo a
distancia con el rabillo del ojo, rezaba para que el hombre con la chica pagase
ya la cuenta, porque el restaurante estaba lleno y había gente esperando.
Finalmente, después de lo que pareció ser una
eternidad, ella habló:
-¿Ha dicho usted una copa por mil francos? La
propia María se extrañó del tono de su voz.
-Sí -respondió el árabe, ya arrepentido de haber
hecho la proposición-. Pero no quiero de ninguna manera...
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-Pague la cuenta y vayamos a tomar esa copa a su
hotel.
De nuevo, se extrañó de sí misma. Hasta entonces
era una joven amable, educada, alegre, y jamás habría usado ese tono de voz con
un extraño. Pero parecía que aquella joven había muerto para siempre: ante ella
estaba otra existencia, en la que las copas cos taban mil francos o, en una
moneda más universal, en torno a los seiscientos dólares.
Y todo ocurrió exactamente según lo esperado: se
fue al hotel con el árabe, bebió champán, se embriagó casi completamente, abrió
las piernas, esperó a que él tuviese un orgasmo (no se le ocurrió fingir que
ella también tenía uno), se lavó en el bidet de mármol, tomó el dinero y se dio
el lujo de pagar un taxi hasta casa. Se tumbó en la cama y durmió una noche sin
sueños.
Del diario de María, al día siguiente:
Me acuerdo de todo, menos del momento en el que
tomé la decisión. Curiosamente, no tengo ningún sentimiento de culpa. Antes
acostumbraba a ver a las chicas que aceptaban irse a la cama con alguien por
dinero como gente a la que la vida no le había dejado otra elección, y ahora
veo que no es así. Yo podía decir «sí» o «no», nadie me estaba forzando a
aceptar nada.
Ando por las calles, veo a las personas, ¿habrán
escogido sus propias vidas? c0 habrán sido, como yo, «escogidas» por el
destino? El ama de casa que soñaba con ser modelo, el ejecutivo de banca que
pensó en ser músico, el dentista que tenía un libro escondido, y al que le
gustaría dedicarse a la literatura, la chica a la que le encantaría trabajar en
televisión, pero todo lo que encontró fue un empleo de cajera en un
supermercado.
No siento la menor pena por mí misma. Sigo sin ser
una víctima, porque podría haber salido del res taurante con mi dignidad
intacta y con mi cartera vacía . Podría haberle dado lecciones de moral a aquel
hombre, o haber intentado hacerle ver que ante sus ojos estaba una princesa,
que era mejor conquistarla que comprarla. Podría haber adoptado un sinfín de
actitudes, y sin embargo, como la mayoría de los seres humanos, dejé que el
destino escogiese qué rumbo tomar.
No soy la única, aunque parezca que mi destino es
más ilegal y marginal que el de los demás. Pero, en la búsqueda de la
felicidad, estamos todos sus pensos: el ejecutivo/músico, el dentista/escritor,
la cajera/actriz, el ama de casa/modelo, ninguno de nosotros es feliz.
¿Entonces era eso? ¿Era así de fácil? Estaba en una
ciudad extraña, no conocía a nadie, lo que ayer era un suplicio hoy le daba una
inmensa sensación de libertad, no tenía que darle explicaciones a nadie.
Decidió que, por primera vez en muchos años, iba a
dedicar el día entero a pensar en sí misma. Hasta entonces vi vía siempre
preocupada por los demás: su madre, los compañeros del colegio, su padre, los
funcionarios de la agencia de modelos, el profesor de francés, el camarero, la
bibliotecaria, por lo que las personas de la calle, que nunca había visto,
pensaban. En verdad, nadie pensaba nada, y mucho menos en ella, una pobre
extranjera, que si desapareciese mañana no se iba a enterar ni la policía.
Ya era suficiente. Salió temprano, desayunó en el
lugar de siempre, caminó un poco por el lago, vio una manifestación de
exiliados. Una mujer, con un pequeño cachorro, comentó que eran kurdos, y una
vez más, en vez de fingir que sabía la respuesta para demostrar que era más
culta e inteligente de lo que pensaban, María preguntó:
-¿De dónde vienen los kurdos?
La mujer, para su sorpresa, no supo responder. Todo
el mundo es así: hablan como si lo supiesen todo, y si osas preguntar, no saben
nada. Entró en un cibercafé, y descubrió que los kurdos venían del Kurdistán,
un país que ya no existe, hoy dividido entre Turquía e Irak. Volvió al lugar en
el que estaba, intentando encontrar a la mujer con el cachorro, pero ya se
había ido, tal vez porque el animal no había aguantado allí media hora
observando un desfile de seres humanos con fajas, pañuelos, música y gritos extraños.
«Eso soy yo, o mejor dicho, eso era yo: una persona
que fingía saberlo todo, escondida en mi silencio, hasta que aquel árabe me
irritó tanto que tuve el coraje de decir que sólo sabía la diferencia entre dos
gaseosas. ¿Se quedó extrañado? ¿Cambió de idea con respecto a mí? ¡Nada! Debió
de pensar que mi espontaneidad era fantástica. Siempre he salido perdiendo
cuando he querido parecer más lista de lo que soy: ¡ya basta!»
Se acordó de la agencia de modelos. ¿Sabrían lo que
quería el árabe, en cuyo caso María, una vez más, había pecado de ingenua, o
realmente pensaban que él podía conseguirle un trabajo en su país?
18
Fuese lo que fuese, María se sentía menos sola en
aquella mañana cenicienta de Genéve, con la temperatura casi a cero, mientras
los kurdos manifestaban, los tranvías llegaban a tiempo a cada parada, las
tiendas exhibían joyas en las vidrieras, los bancos abrían, los mendigos
dormían, los suizos iban al trabajo. Estaba menos sola porque a su lado había
otra mujer, tal vez invisible para los que pasaban. Jamás había notado su
presencia, pero ella estaba allí.
Sonrió a la mujer invisible que estaba a su lado,
que se parecía a la Virgen María, la madre de Jesús. La mujer le devolvió la
sonrisa y le dijo que tuviese cuidado, ya que las cosas no eran tan simples
como ella
pensaba.
María no le dio importancia
al consejo, respondió
que era una
persona adulta, responsable
de
sus
decisiones, y que no podía
creer que había
una conspiración cósmica
contra ella.. Había
aprendido
que existe gente
dispuesta a pagar mil
francos suizos por una noche, por media hora entre
sus piernas,
y todo lo que tenía
que decidir, en los próximos
días, era si
tomaba los mil
francos suizos que
ahora
tenía en casa, compraba un pasaje de avión y volvía
a la ciudad en la que había nacido, o si se quedaba un poco más, lo suficiente
para comprar una casa para sus padres, bonitos vestidos y pasajes a lugares que
había soñado visitar algún día.
La mujer invisible que estaba a su lado volvió a
insistir en que las cosas no eran así de simples, pero
María,
aunque contenta con
la compañía inesperada,
le pidió que
no interrumpiese sus
pensamientos,
que tenía que tomar decisiones importantes.
Volvió a analizar, esta vez con más cuidado, la posibilidad
de volver a
Brasil. Sus amigas
del colegio,
que nunca habían salido del
pueblo, comentarían que
había sido despedida
muy pronto de
su empleo,
que jamás había tenido talento para ser una estrella
internacional. Su madre
se pondría triste
porque
nunca había recibido el dinero prometido, aunque
María, en sus cartas, afirmase que lo robaban los de correos. Su padre la
miraría el resto de su vida con aquella expresión de «yo ya lo sabía», ella
volvería a trabajar en la tienda de tejidos, se casaría con el dueño, después
de haber viajado en avión, de comer queso suizo en Suiza, de aprender francés y
de pisar la nieve.
Por otro lado,
estaban las copas
a mil francos. Tal vez
no durase mucho
tiempo, la belleza
cambia
rápido como el
viento, pero podía
trabajar duro, y en poco
tiempo tener dinero
para recuperarlo todo y
volver al mundo,
esta vez dictando
ella las reglas. Su único problema concreto
era que no
sabía qué
hacer, cómo empezar. Recordó que en su época en la
discoteca familiar una chica había mencionado un lugar llamado rue de Berne, de
hecho había sido uno de sus primeros comentarios, incluso antes de enseñarle
dónde debía dejar las maletas.
Se
dirigió hasta uno
de los grandes
paneles que había
en varios sitios
de Géneve, aquella
ciudad tan
amable con los turistas, que no toleraba verlos perdidos.
Para evitarlo, estos
paneles tenían anuncios
por un lado y mapas por el otro.
Había
un hombre allí,
y María le
preguntó si sabía
dónde estaba la rue de Berne. Él
la miró intrigado,
le
preguntó si era
eso exactamente lo
que buscaba, o
si quería saber
dónde se encontraba la carretera
que iba hasta Berna, la capital de Suiza. «No
-respondió María-, quiero esa calle que queda aquí mismo. El hombre la miró de
arriba abajo y se apartó sin decir una palabra, seguro de que tal vez lo
estaban filmando para uno de esos programas de la tele, en los que la gran
alegría del público es hacer que todos parezcan ridículos. María estuvo allí
quince minutos, después de todo, la ciudad era pequeña y acabó encontrando el
sitio.
Su amiga invisible, que había permanecido callada
mientras ella se concentraba en el mapa, ahora intentaba argumentar; no era una
cuestión de moral, sino de entrar en un camino sin retorno.
María respondió que, si era capaz de tener dinero
para irse de Suiza, era capaz de salir de cualquier situación. Además, ninguna
de aquellas personas con las qué se cruzaba en su paseo había escogido lo que
deseaba hacer. Ésa era la realidad de la vida.
«Estamos en un valle de lágrimas -le dijo a la
amiga invisible-. Podemos tener muchos sueños, pero la vida es dura,
implacable, triste. ¿Qué intentas decirme, que me condenarán? Nadie lo sabrá,
sólo es un período de mi vida.»
Con una sonrisa dulce pero triste, la amiga
invisible desapareció.
Fue hasta el parque de atracciones, compró una
entrada para la montaña rusa, gritó como todos los demás, pero entendiendo que
no había peligro, que era simplemente un juego. Comió en un restaurante
japonés, aunque sin saber muy bien qué comía, sólo que era muy caro, y ahora
estaba dispuesta a darse todos los lujos. Estaba contenta, no tenía que esperar
una llamada de teléfono, ni contar los centavos que gastaba.
Al final del día, llamó a la agencia, dijo que la
cita había ido muy bien y que estaba agradecida. Si eran serios, preguntarían
sobre las fotos. Si eran de otra clase, le conseguirían más citas.
Atravesó el puente, volvió al pequeño cuarto y
decidió que no compraría una televisión de ninguna manera, incluso teniendo
dinero y muchos planes por delante: necesitaba pensar, usar todo su tiempo para
pensar.
Del diario de María aquella noche (con una nota al
margen que decía: «No estoy muy convencida»).
He descubierto por qué un hombre paga por una
mujer: quiere ser feliz.
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No va a pagar mil francos sólo por tener un
orgasmo; quiere ser feliz. Yo también quiero, todo el mundo quiere, y nadie lo
consigue. ¿Qué puedo perder si decido convertirme por algún tiempo en una... la
palabra es difícil de pensar y de escribir...
pero, en fin... qué puedo perder si decido ser una
prostituta durante algún tiempo?
El honor. La dignidad. El respeto por mí misma.
Pensándolo bien, nunca he tenido ninguna de las tres cosas. No pedí nacer, no
he conseguido a nadie que me amase, siempre he tomado las decisiones
equivocadas, ahora dejo que la vida elija por mí.
La agencia telefoneó al día siguiente, preguntó
sobre las fotos, y para cuándo sería el desfile, ya que ganaban una comisión
por cada trabajo. María dijo que el árabe se pondría en contacto con ellos, y
dedujo inmediatamente que no sabían nada.
Fue hasta la biblioteca y pidió libros sobre sexo.
Estaba considerando seriamente la posibilidad de trabajar -sólo por un año, se
había prometido a sí misma- en algo que no conocía; lo primero que tenía que
aprender era cómo comportarse, cómo dar placer y cómo recibir dinero a cambio.
Para su decepción, la bibliotecaria le dijo que
solamente tenían unos pocos tratados técnicos, ya que aquello era una
institución del gobierno. María leyó el índice de uno de los tratados técnicos
y se lo devolvió: no entendían nada de la elicidad,f sólo hablaban de erección,
penetración, impotencia, precauciones, cosas sin el menor sabor. Por un
momento, llegó a considerar seriamente la posibilidad de llevarse
Consideraciones psicológicas sobre la frigidez de la mujer, ya que, en su caso,
sólo conseguía tener orgasmos a través de la masturbación, aunque fuese muy
agradable ser poseída y penetrada por un hombre.
Pero no estaba allí en busca de placer, sino de
trabajo. Dio las gracias a la bibliotecaria, pasó por una tienda e hizo su
primera inversión en la posible carrera que se delineaba en el horizonte: ropa
que consideraba lo suficientemente sexy para despertar todo tipo de deseo.
Después, fue al lugar que había descubierto en el mapa. La rue de Berne
comenzaba en una iglesia (¡coincidencia, cerca del restaurante japonés donde
había estado el día anterior!) y se transformaba en escaparates de relojes
baratos, hasta el final, donde estaban las discotecas de las que había oído
hablar, todas cerradas a aquella hora del día. Volvió a pasear alrededor del
lago, compró, sin ningún reparo, cinco revistas pornográficas para estudiar lo
que eventualmente debería hacer, esperó a la noche, y se dirigió de nuevo al
lugar. Allí, escogió al azar un bar con el sugestivo nombre brasileño de
Copacabana.
No había decidido nada, se decía a sí misma. Era
simplemente una experiencia. Nunca se había sentido tan bien y tan libre en
todo el tiempo que había pasado en Suiza.
-Estás buscando empleo -dijo el dueño, que fregaba
vasos detrás de una barra, sin poner siquiera un tono de interrogación en la
frase. El lugar se componía de una serie de mesas, una esquina con una especie
de pista de baile y algunos sofás arrimados a las paredes-. Nada sofisticado.
Para trabajar aquí, ya que obe-decemos la ley, es preciso tener por lo menos un
permiso de trabajo.
María mostró el suyo, y el hombre pareció mejorar
su mal humor.
-¿Tienes experiencia?
Ella no sabía qué decir: si decía que sí, él le
preguntaría dónde había trabajado antes. Si decía que no, él podía rechazarla.
-Estoy escribiendo un libro.
La idea había salido de la nada, como si una voz
invisible la ayudase en aquel momento. Notó que el hombre sabía que era mentira
pero fingía que le creía.
-Antes de tomar ninguna decisión, habla con alguna
de las chicas. Tenemos por lo menos seis brasileñas todas las noches, y podrás
saber todo lo que te espera.
María quiso decir que no necesitaba consejos de
nadie, que tampoco había tomado una decisión, pero el hombre ya se había ido al
otro lado del bar, dejándola sola, sin ni siquiera un vaso de agua para beber.
Las chicas fueron llegando, el dueño identificó a
algunas brasileñas y les pidió que hablasen con la recién llegada. Ninguna de
ellas parecía dispuesta a obedecer; María dedujo que tenían miedo de la
competencia. Conectaron el sonido de la discoteca, sonaron algunas canciones
brasileñas (después de todo, el sitio se llamaba Copacabana), entraron chicas
con rasgos asiáticos, otras que parecían haber salido de las montañas nevadas y
románticas de los alrededores de Géneve. Finalmente, después de casi dos horas
de espera, mucha sed, algunos cigarrillos, una sensación cada vez más profunda
de que estaba tomando una decisión equivocada, una repetición mental infinita
de la frase «¿qué hago aquí?», e irritada por la total falta de interés tanto
del propietario como de las chicas, una de las brasileñas acabó por acercarse.
-¿Por qué has escogido este lugar?
María podía volver a la historia del libro, o hacer
lo que había hecho con respecto a los kurdos y a Joan Miró: decir la verdad.
-Por el nombre. No sé por dónde empezar, y tampoco sé si quiero empezar.
20
La chica pareció sorprenderse con el comentario
directo y franco. Bebió un trago de algo que parecía whisky, escuchó la música
brasileña que sonaba, hizo comentarios sobre la nostalgia de su tierra y señaló
que iba a haber poco movimiento aquella noche, porque habían cancelado un gran
congreso internacional que había cerca de Géneve. Al final, al ver que María no
se iba, dijo:
-Es muy simple, tienes que obedecer tres reglas. La primera: no te enamores de nadie con quien
trabajas
o haces el
amor. La segunda:
no creas en
las promesas y
cobra siempre por
adelantado. La
tercera: no tomes drogas.
Hizo una pausa.
-Y empieza ya. Si vuelves hoy para casa sin haber
conseguido un hombre, lo pensarás dos veces y no tendrás valor para volver.
María sólo había ido preparada para una consulta,
una información sobre sus posibilidades en un trabajo provisional. Pero notó
que estaba ante aquel sentimiento que hace que las personas tomen una decisión
rápidamente: ¡desesperación!
-Está bien. Empiezo hoy.
No confesó que había empezado el día anterior. La
mujer se dirigió al dueño del bar, a quien llamó Milan, y éste fue a hablar con
María.
-¿Llevas ropa interior bonita?
Nadie jamás le había hecho esa pregunta. Ni sus
novios, ni el árabe, ni sus amigas, y mucho menos un extraño. Pero la vida era
así en aquel lugar: directo al grano.
-Llevo una bombachita azul claro. Y sin sostén
-añadió, provocativa. Pero todo lo que consiguió fue una reprimenda:
-Mañana, ponte bombacha negra, sostén y medias
panty. Forma parte del ritual quitarse el máximo de ropa posible.
Sin perder más tiempo, y con la certeza de que
estaba ante una novata, Milan le enseñó el resto del ritual: el Copacabana
debía ser un lugar agradable, y no un prostíbulo. Los hombres entraban en
aquella discoteca queriendo creer que iban a encontrar a una mujer sin
compañía, sola. Si alguien se acercaba a su mesa, y no era interrumpido en el
transcurso (porque, además, existía el concepto de «cliente exclusivo de
ciertas chicas»), con toda seguridad la invitaría: «¿Quieres tomar algo?».
A lo que María podría responder sí o no. Era libre
para decidir su compañía, aunque no era aconsejable decir «no» más de una vez
por noche. En caso de responder afirmativamente, pediría un cóctel de frutas,
que (casualmente) era la bebida más cara de la lista. Nada de alcohol, nada de
dejar que el cliente escogiese por ella.
Después, debía aceptar una eventual invitación para
bailar. La mayoría de los que frecuentaban el local eran conocidos y, a
excepción de los «clientes exclusivos», sobre los que no entró en detalles,
nadie representaba ningún riesgo. La policía y el Ministerio de Sanidad exigían
análisis de sangre mensuales, para ver si no eran port adoras de enfermedades
de transmisión sexual. El uso del preservativo era obligatorio, aunque no
tenían ningún modo de vigilar si esta norma se cumplía o no. No debían armar un
escándalo jamás, Milan estaba casado, era padre de familia, preocupado por su
reputación y el buen nombre de su discoteca.
Continuó explicando el ritual: después de bailar
volvían a la mesa, y el cliente, como quien dice algo inesperado, la invitaba a
ir a un hotel con él. El precio habitual era de trescientos cincuenta francos,
de los cuales cincuenta se los quedaría Milan, en concepto de alquiler de la
mesa (un artificio legal para evitar, en el futuro, complicaciones jurídicas y
la acusación de explotar el sexo con fines lucrativos).
María todavía intentó argumentar: -Pero yo gané mil
francos por...
El dueño hizo ademán de marcharse, pero la
brasileña, que asistía a la conversación, intervino:
-Está de broma.
Y girándose hacia María, dijo en buen y sonoro
portugués:
-Éste es el lugar más caro de Géneve. -Allí la
ciudad se llamaba Géneve, y no Ginebra. - No vuelvas a repetirlo. Él conoce el
precio del mercado, y sabe que nadie paga mil francos por ir a la cama, excepto
los «clientes especiales», si tienes suerte y eres competente.
Los ojos de Milan, que más tarde María descubrirí a
que era un yugoslavo que vivía allí hacía veinte años, no dejaban lugar a la
menor duda:
-El precio es trescientos cincuenta francos.
-Sí, ése es el precio -repitió una humillada María.
Primero, le pregunta el color de su ropa interior.
Acto seguido, decide el precio de su cuerpo. Pero no tenía tiempo para pensar,
él continuaba dando ins trucciones: no debía aceptar invitaciones
para ir a casas o a hoteles que no fuesen de cinco
estrellas. Si el cliente no tenía adónde llevarla, irían a un hotel situado a
cinco manzanas de allí, pero siempre en taxi, para evitar que otras mujeres de
otras discotecas de la rue de Berne se acostumbrasen a su cara; María no lo
creyó, pensó que la verdadera razón era el riesgo de recibir una invitación
para trabajar en mejores condiciones, en otra discoteca . Pero se guardó sus
pensamientos para sí, ya había tenido bastante con la discusión sobre el precio.
21
-Repito una vez más: como los policías en las
películas, nunca bebas mientras trabajas. Te dejo, el movimiento empieza dentro
de un rato.
-Dale las gracias -dijo, en portugués, la
brasileña.
María se lo agradeció. Él sonrió, pero todavía no
había terminado su lista de recomendaciones: -He olvidado
algo: el tiempo
desde que pides
la bebida hasta
el momento de
salir no debe sobrepasar, de ninguna manera, los
cuarenta y cinco minutos, y en Suiza, con relojes por todos lados, hasta los
yugoslavos y los
brasileños aprenden a
respetar el horario. Recuerda que yo alimento a mis
hijos con tu comisión.
Estaba recordado.
Le sirvió un vaso de agua mineral con gas y limón,
que fácilmente podía pasar por un gin-tonic, y le pidió que esperase. Poco a
poco, la discoteca empezó a llenarse: los hombres entraban, miraban a su
alrededor, se sentaban solos, y en seguida aparecía alguien de la casa, como si
fuese una fiesta, donde todos se conocían desde hacía mucho tiempo, y ahora
estuviesen aprovechando para divertirse un poco después de un largo día de
trabajo. Cada vez que un hombre encontraba compañía, María suspiraba,
aliviada,
aunque ya empezaba
a sentirse mejor.
Tal vez porque
era Suiza, tal
vez porque, tarde
o
temprano,
encontraría aventura, dinero,
o un marido
como siempre había soñado. Tal
vez porque, ahora
se daba cuenta,
era la primera
vez en muchas
semanas que salía
de noche e
iba a un
lugar donde
ponían
música y donde,
de vez en
cuando, podía oír a alguien
hablando en portugués.
Se divertía con
las chicas a su alrededor, riendo, tomando cócteles
de frutas, charlando alegremente.
Ninguna de ellas
se había acercado a saludarla ni a
desearle éxito en
su nueva profesión, pero eso
era
normal, a fin de cuentas era la
competencia, una adversaria
que se disputaba el mismo trofeo. En
vez de deprimirse, sintió orgullo, estaba luchando,
combatiendo, no era una persona desamparada. En cuanto quisiese, podía abrir la
puerta y marcharse, pero siempre recordaría que había tenido el coraje de
llegar hasta allí, negociar y discutir cosas sobre las que, en ningún momento
de su vida, había osado pensar. No era una víctima del destino, se repetía cada
minuto: estaba corriendo sus riesgos, yendo más allá de sus límites, viviendo
cosas que un día, en el silencio de su corazón, en los momentos llenos de tedio
de la vejez, podría recordar con una cierta dosis de nostalgia, por más absurdo
que eso pudiese parecer.
Tenía la certeza de que nadie se iba a acercar a
ella, y mañana todo sería como una especie de sueño loco, que ella jamás osaría
repetir, porque acababa de darse cuenta de que mil francos por una sola noche
sólo ocurre una vez; era más seguro comprar el billete de avión para Brasil.
Para que el tiempo pasase más de prisa, se puso a calcular cuánto ganaba cada
una de aquellas chicas: si salían tres veces al día, conseguían, por cada
cuatro horas de trabajo, el equivalente a dos meses de su trabajo en la tienda
de tejidos.
En un día, el equivalente a dos meses de su salario
en la tienda de tejidos.
¿Tanto? Bueno, ella había ganado mil francos en una
noche, pero quizá hubiese sido suerte de principiante. En cualquier caso, lo
que ganaba una prostituta normal era más, mucho más de lo que podría conseguir
dando clases de francés en su tierra. Todo eso, siendo el único esfuerzo estar
en un bar durante un rato, bailar, abrirse de piernas y punto. Ni siquiera era
necesario hablar.
El dinero podía ser una razón, continuó pensando.
¿Pero lo era todo? ¿O la gente que estaba allí, clientes y mujeres, se
divertían en cierto modo? ¿Acaso el mundo era muy diferente de lo que le habían
contado
en el colegio?
Si usaba preservativo,
no había ningún
riesgo, ni siquiera
el de ser
reconocida
por alguien
de su tierra. Nadie visita Géneve, excepto (como le habían dicho una vez en
clase) aquellos
a los que les gusta frecuentar los bancos. Pero a
los brasileños, en su gran mayoría, lo que les gusta es frecuentar tiendas,
preferentemente de Miami o de París. Novecientos francos suizos por día, cinco
días por semana.
¡Una fortuna! ¿Qué seguían haciendo allí aquellas
chicas, si en un mes tenían el dinero suficiente para volver y comprarles una
casa a sus madres? ¿Acaso llevaban poco tiempo trabajando?
O -y María tuvo miedo de la propia pregunta-, ¿o
acaso les gustaba?
De nuevo sintió ganas de beber, el champán le había
ayudado mucho la noche anterior.
-¿Aceptas una copa?
Ante ella, un hombre de aproximadamente treinta
años, con el uniforme de una compañía aérea.
El mundo entró en cámara lenta y María experimentó
la sensación de salir de su cuerpo y observarse desde el lado de fuera.
Muriéndose de vergüenza, pero luchando para controlar el rubor de su cara,
asintió con la cabeza, sonrió, y entendió que a partir de aquel minuto su vida
cambiaría para siempre.
Cóctel de frutas, conversación, ¿qué haces aquí,
hace frío, verdad? Me gusta esta música, pues yo prefiero a Abba, los suizos
son fríos, ¿eres de Brasil? Háblame de tu tierra. Tienen carnaval. Las
brasileñas son atractivas, ¿lo sabías?
Sonreír y aceptar el elogio, mostrar tal vez un
aire de timidez. Bailar otra vez, pero prestando atención a la mirada de Milan,
que a veces se rasca la cabeza y señala el reloj de su muñeca. Olor a perfume
de él, entiende rápido que tiene que acostumbrarse a los olores. Por lo menos
éste es de perfume. Bailan agarrados. Otro cóctel de frutas más, el tiempo
pasa, ¿no había dicho que eran cuarenta y cinco minutos? Mira el reloj, él
pregunta si está esperando a alguien, ella dice que dentro de una hora vendrán
22
algunos amigos, él la invita a salir. Hotel,
trescientos cincuenta francos, ducha después del sexo (el hombre comenta,
intrigado, que nadie había hecho eso antes). No es María, es otra persona que
está en su cuerpo, que no siente nada, simplemente cumple mecánicamente una
especie de ritual. Es una actriz. Milan se lo había enseñado todo, menos cómo
despedirse del cliente, ella le da las gracias, él tampoco sabe qué hacer, y
tiene sueño.
Resiste, quiere volver a casa, pero debe ir a la
discoteca a entregar los cincuenta francos, y entonces otro hombre, otro cóctel
de frutas, preguntas sobre Brasil, hotel, otra ducha (esta vez sin
comentarios), vuelve al bar, el dueño recoge su comisión, le dice que ya puede
irse, que no hay mucho movimiento ese día. No toma un taxi, cruza toda la rue
de Berne a pie, mirando las otras discotecas, los escaparates con relojes, la
iglesia de la esquina (cerrada, siempre cerrada...). Nadie le devuelve la mirada,
como siempre.
Camina por el frío. No siente la temperatura, no
llora, no piensa en el dinero que ha ganado, está en una especie de trance.
Alguna gente nace para encarar la vida sola; eso no es bueno ni malo,
simplemente es la vida. María es una de esas personas.
Comienza a esforzarse para reflexionar sobre lo
sucedido, ha empezado hoy y, sin embargo, ya se considera una profesional,
parece que fue hace mucho tiempo, que lo ha hecho toda su vida. Siente un
extraño amor por sí misma, está contenta por no haber huido. Ahora tiene que
decidir si va seguir adelante. Si sigue, será la mejor, cosa que nunca ha sido,
en ningún momento.
Pero la vida le está enseñando, muy de prisa, que
sólo los fuertes sobreviven. Para ser fuerte, tiene que ser de verdad la mejor,
no hay alternativa.
Del diario de María, una semana después:
Yo no soy un cuerpo que tiene un alma, soy un alma
que tiene una parte visible, llamada cuerpo. Durante todos estos días, al
contrario de lo que podía imaginar, esta alma estuvo mucho más presente. No me
decía nada, no me criticaba, no sentía pena de mí: sólo me observaba.
Hoy me he dado cuenta de por qué sucedía eso: hace
mucho tiempo que no pienso en algo llamado amor. Parece que huye de mí, como si
ya no fuese importante, y no se sintiese bienvenido. Pero, si no pienso en el
amor, no seré nada.
Cuando volví al Copacabana, el segundo día, ya me
miraban con mucho más respeto; por lo que entendí, muchas chicas aparecen una
noche y no son capaces de seguir. La que sigue adelante pasa a ser una especie
de aliada, de compañera, porque puede entender las dificultades y las razones
o, mejor dicho, la ausencia de razones para haber escogido este tipo de vida.
Todas sueñan con alguien que llegue y las descubra
como verdadera mujer, compañera, sensual, amiga. Pero todas saben, desde el
primer minuto de una nueva cita, que nada de eso sucederá.
Necesito escribir sobre el amor. Necesito pensar,
pensar, escribir y escribir sobre el amor, o mi alma no resistirá.
A pesar de que creía que el amor era algo tan
importante, María no olvidó el consejo que había recibido la primera noche, y
procuró vivirlo sólo en las páginas de su diario. Por lo demás, buscaba
desesperadamente un modo de ser la mejor, de conseguir mucho dinero en poco
tiempo, no pensar mucho, y encontrar una buena razón para aquello que hacía.
Ésa era la parte más difícil: ¿cuál era la
verdadera razón? Hacía aquello porque lo necesitaba. No era exactamente así;
todo el mundo necesita ganar dinero, y no todos escogen vivir completamente al
margen de la sociedad. Lo hacía porque quería tener una experiencia nueva. ¿De
verdad? La ciudad estaba llena de experiencias nuevas, como esquiar o pasear en
barco por el lago, por ejemplo, pero ella jamás había sentido curiosidad al
respecto. Lo hacía porque ya no tenía nada más que perder, su vida era una frustración
diaria y constante.
No, ninguna de las respuestas era verdadera, mejor
olvidar el asunto y simplemente seguir viviendo lo que estaba en su camino.
Tenía muchas cosas en común con las demás prostitutas, y con el resto de las
mujeres que había conocido en su vida: casarse y tener una vida segura era el
más común de todos los sueños. Las que no pensaban en eso, tenían marido (casi
un tercio de sus compañeras estaban casadas) o venían de una experiencia
reciente de divorcio. Por eso, para entenderse a sí misma, intentó, con mucho cuidado,
entender por qué sus compañeras habían escogido aquella profesión.
No oyó ninguna novedad, e hizo una lista con las
respuestas:
23
a) Decían que
tenían que ayudar a su marido en casa (¿Y los celos? ¿Y si aparecía un amigo
del marido? Pero no tuvo el coraje de ir tan lejos);
b) Comprar una
casa para su madre (misma disculpa que la suya, que parecía noble, pero era la
más común);
c) Conseguir
dinero para el pasaje de vuelta (a las colombianas, las tailandesas y las
brasileñas les encantaba este motivo, aunque ya hubiesen ganado muchas veces el
dinero, y después se hubiesen deshecho de él, por miedo a realizar su sueño);
d) Placer (no
encajaba mucho con el ambiente, sonaba a falso); e) No habían conseguido hacer
nada más (tampoco era una buena razón, Suiza estaba llena de empleos como mujer
de la limpieza, chofer, cocinera).
En fin, no descubrió ningún buen motivo, y dejó de
intentar explicar el universo a su alrededor.
Vio que el propietario, Milan, tenía razón: nadie
le había ofrecido nunca más mil francos suizos por pasar algunas horas con
ella. Por otro lado, nadie protestaba cuando pedía trescientos cincuenta
francos, como si ya lo supiesen, y simplemente preguntasen para humillar, o
para no tener sorpresas desagradables.
Una de las chicas comentó:
-La prostitución es un negocio diferente de los
demás: la que empieza gana más, la que tiene experiencia gana menos. Finge
siempre que eres una novata.
Aún no sabía qué eran los «clientes especiales»,
tema que había sido mencionado sólo en la primera noche; nadie tocaba el terna.
Poco a poco, fue aprendiendo algunos de los trucos más importantes de la
profesión, como no preguntar nunca por la vida personal, sonreír y hablar lo
mínimo posible, y no concertar citas fuera de la discoteca. El consejo más
importante fue el de una filipina llamada Nyah:
-Debes gemir en el momento del orgasmo. Eso hace
que el cliente te siga siendo fiel.
-Pero ¿por qué? Ellos pagan por satisfacerse.
-Te equivocas. Un hombre no demuestra que es un
macho cuando tiene una erección. Es un macho si es capaz de dar placer a una
mujer. Si es capaz de dar placer a una prostituta, entonces se creerá el mejor
de todos.
Y así pasaron seis meses: María aprendió todas las
lecciones que necesitaba, como, por ejemplo, el funcionamiento del Copacabana.
Como era uno de los lugares más caros de la rue de Berne, la clientela se
componía mayoritariamente de ejecutivos, que tenían permiso para llegar tarde a
casa, ya que estaban «cenando con unos clientes», pero el límite para esas
«cenas» no debía sobrepasar las once de la noche. La mayoría de las prostitutas
tenía entre dieciocho y veintidós años, permanecían una media de dos años en la
casa y después eran sustituidas por otras recién llegadas. Entonces se iban al
Neón, luego al Xenium, y a medida que la edad aumentaba, el precio bajaba y las
horas de trabajo se evaporaban. Casi todas acababan en el Tropical Extasy, en
donde aceptaban a mujeres de más de treinta años. Una vez allí, sin embargo, la
única salida para sustentarse era conseguir lo suficiente para la comida y el
alquiler con uno o dos estudiantes por día (media de precio por servicio: lo
suficiente para comprar una botella de vino barato).
María se acostó con muchos hombres. Jamás le
importaba la edad, ni la ropa que usaban, el «sí» o «no» dependía del olor que
despedían. No tenía nada en contra del tabaco, pero detestaba los perfumes
baratos, a los que no se lavaban, y a los que tenían la ropa impregnada de
bebida. El Copacabana era un lugar tranquilo, y Suiza tal vez fuese el mejor
país del mundo para trabajar como prostituta, siempre que se tuviese permiso de
residencia y de trabajo, los papeles al día, y se pagase la seguridad social religiosamente:
Milan vivía repitiendo que no deseaba que sus hijos lo viesen en las páginas de
los periódicos sensacionalistas, y llegaba a ser más rígido que un policía
cuando se trataba de verificar la situación de sus contratadas.
En fin, una vez superada la barrera de la primera o
de la segunda noche, era una profesión como cualquier otra, en la que había que
trabajar duro, luchar contra la competencia, esforzarse por mantener un patrón
de calidad, cumplir los horarios, un poco de estrés, quejas del movimiento y
descanso los domingos. La mayor parte de las prostitutas tenían algún tipo de
fe, y frecuentaban sus cultos, sus misas, sus oraciones, sus encuentros con
Dios.
María, sin embargo, luchaba con las páginas de su
diario para no perder su alma. Descubrió, para su sorpresa, que uno de cada
cinco clientes no estaba allí para hacer el amor, sino para charlar un poco.
Pagaban el precio de la tarifa, el hotel, pero a la hora de quitarse la ropa
decían que no era necesario. Querían hablar de las presiones del trabajo, de la
esposa que los engañaba con alguien, del hecho de sentirse solos, sin tener con
quien hablar (ella conocía bien esa situación).
24
Al principio, le pareció extraño. Hasta que un día,
cuando se dirigía al hotel con un importante francés, encargado de buscar
talentos para altos cargos ejecutivos -él lo explicaba como si fuese la cosa
más interesante del mundo-, oyó de su cliente el siguiente comentario:
-¿Sabes quién es la persona más solitaria del
mundo? Es el ejecutivo que tiene una carrera de éxito, gana un enorme sueldo,
recibe la confianza de quien está por encima y por debajo de él, tiene una
familia con la que pasa las vacaciones, hijos a los que ayuda con los deberes
del cole y, un buen día, se le aparece un tipo como yo con la siguiente
proposición: «¿Quieres cambiar de trabajo, y ganar el doble?».
»Ese hombre, que lo tiene todo para sentirse
deseado y feliz, se vuelve la persona más miserable del planeta. ¿Por qué?
Porque no tiene con quién hablar. Está tentado de aceptar mi proposición, pero
no puede comentarlo con los colegas del trabajo, pues harían de todo para
convencerlo de que se quedase donde está. No puede hablar con su mujer, que
durante años ha acompañado su carrera victoriosa, entiende mucho de seguridad,
pero no entiende de riesgos. No puede hablar con nadie, y se encuentra ante la
gran decisión de su vida. ¿Puedes imaginar lo que siente ese hombre?
No, no era ésa la persona más solitaria del mundo,
porque María conocía a la persona más sola de la faz de la Tierra: ella misma.
Aun así, estuvo de acuerdo con su cliente, con la esperanza de recibir una
buena
propina, lo que
terminó sucediendo. Y
a partir de
aquel comentario, entendió que tenía que
descubrir
algo para liberar
a sus clientes
de la enorme
presión que parecían
soportar; eso significaría
una mejora en la calidad de sus servicios y una
posibilidad de obtener algún dinero extra.
Cuando
entendió que liberar
la tensión del
alma era tanto
o más lucrativo
que liberar la tensión del
cuerpo, volvió a frecuentar la biblioteca. Empezó a
pedir libros sobre problemas conyugales, psicología, política; la bibliotecaria
estaba encantada, porque la joven por la que sentía tanto cariño había
desistido del sexo y ahora se concentraba en cosas más importantes. Empezó a
leer regularmente los periódicos, incluyendo, siempre que le era posible, las
páginas de economía, ya que la mayor parte de sus clientes eran ejecutivos.
Pidió libros de autoayuda, pues casi todos le pedían consejos. Estudió tratados
sobre la emoción humana, ya que todos sufrían por una razón o por otra. María
era una prostituta respetable,
diferente,
y al final
de seis meses
de trabajo tenía
una clientela selecta, grande y
fiel, y despertaba
por
ello la envi dia, los celos, pero también la
admiración de sus compañeras.
En cuanto al sexo, hasta aquel momento
en nada había mejorado su
vida: era abrirse
de piernas,
exigir al cliente que se
pusiese un preservativo,
gemir un poco
para aumentar la
posibilidad de una
propina
-gracias a la filipina Nyah,
ella había descubierto que los gemidos podían rendir cincuenta
francos
más-, y darse una ducha
después de la relación, para que el agua lavase
un poco su alma.
Nada de variaciones. Nada de besos. El beso, para
una prostituta, era más sagrado que cualquier otra cosa. Nyah le había enseñado
que debía guardar el beso para el amor de su vida, igual que el cuento de La
bella durmiente; un beso que la haría despertar del sueño y volver al mundo de
cuento de hadas, en el cual Suiza se transformaba de nuevo en el país del
chocolate, de las vacas y de los relojes.
Tampoco nada de orgasmos, placer o cosas
excitantes. En su búsqueda para ser la mejor de todas, María asistió a algunas
sesiones de cine porno, esperando aprender algo que pudiese usar en su trabajo.
Había visto muchas cosas interesantes, pero no se animaba a ponerlas en
práctica con sus clientes; se tardaba mucho, y Milan siempre se ponía contento
cuando ellas atendían a tres hombres por noche.
Al final de ese medio año, María había ingresado
sesenta mil francos suizos en el banco, comía en restaurantes más caros, tenía
una televisión en color (que nunca encendía, pero que le gustaba tener cerca) y
ahora consideraba seriamente la posibilidad de mudarse a un departamento mejor.
Ya podía
comprar
libros, pero seguía
frecuentando la biblioteca, que era
su puente con
el mundo real,
más sólido
y más duradero. Le gustaba charlar unos minutos
con la bibliotecaria, que
estaba feliz porque
María por
fin
había encontrado un
amor, y tal
vez un empleo,
aunque no preguntaba
nada, ya que
los suizos son
tímidos
y discretos (gran
mentira, porque en
el Copacabana y
en la cama
eran desinhibidos, alegres
o
acomplejados como cualquier otro pueblo del mundo).
Del diario de María, una cálida tarde de domingo:
Todos los hombres, bajos o altos, arrogantes o
tímidos, simpáticos o distantes, tienen una característica en común: llegan a
la discoteca con miedo. Los de más experiencia esconden su pavor hablando alto,
los reprimidos no son capaces de disimular y se ponen a beber para ver si la
sensación desaparece. Pero no me cabe la menor duda de que, salvo rarísimas
excepciones (es decir, los «clientes especiales», que Milan aún no me ha dejado
conocer) están asustados.
¿Miedo de qué? En verdad, soy yo la que debería
estar temblando. Soy yo la que salgo, voy a un lugar extraño, no tengo fuerza
física, no llevo armas. Los hombres son muy raros, y no sólo me refiero a los
que vienen al Copacabana, sino a todos los que he conocido hasta hoy. Pueden
pegar, pueden gritar, pueden amenazar, pero se mueren de miedo ante una mujer.
Tal vez no ante aquella con la que se casaron, pero siempre hay una que los
asusta y los somete a todos sus caprichos. Ni que fuese la propia madre.
25
Los hombres que había conocido desde su llegada a
Géneve hacían de todo para parecer seguros de sí mismos, como si gobernasen el
mundo y sus propias vidas; María, sin embargo, veía en los ojos de cada uno de
ellos el terror a la esposa, el pánico a no conseguir una erección, a no ser lo
suficientemente machos ni ante una simple prostituta a quien estaban pagando.
Si fueran a una tienda y no les gustase el calzado, serían capaces de volver
con el ticket en la mano y exigir el reembolso. Sin embargo, aunque también
estuviesen pagando por una compañía, si no tenían una erección jamás volverían
a la misma discoteca, porque creían que la historia ya se habría extendido
entre todas las demás mujeres de allí, y eso era una vergüenza.
«Soy yo la que debería tener vergüenza por no ser
capaz de excitar a un hombre. Pero, en realidad, son ellos los que la tienen.»
Para evitar estos dilemas, María procuraba dejarlos siempre a su criterio, y
cuando alguno de ellos parecía más borracho o más frágil de lo normal, evitaba
el sexo, y se concentraba sólo en las caricias y la masturbación, lo que los
dejaba muy contentos, por más absurda que fuese la situación, ya que podían
masturbarse ellos solos.
Siempre era preciso evitar que se sintiesen
avergonzados. Aquellos hombres, tan poderosos y arrogantes en sus trabajos,
luchando sin parar con empleados, clientes, proveedores, prejuicios, secretos,
falsas actitudes, hipocresía, miedo, opresión, terminaban el día en una
discoteca, y no les importaba pagar trescientos cin-cuenta francos suizos para
dejar de ser ellos mismos durante la noche.
«¿Durante la noche? María, estás exagerando. En
realidad, son cuarenta y cinco minutos y, aun así, si descontamos el tiempo de
quitarse la ropa, ensayar alguna falsa caricia, hablar de algo trivial,
vestirse, reduciremos este tiempo a once minutos de sexo propiamente dicho.»
Once minutos. El mundo giraba en torno de algo que
duraba solamente once minutos.
Y por esos once minutos en un día de veinticuatro
horas (considerando que todos hiciesen el amor con sus esposas todos los días,
lo que era un verdadero absurdo y una gran mentira), ellos se casaban,
sustentaban a la familia, aguantaban el llanto de los niños, se deshacían en
explicaciones cuando llegaban tarde a casa, veían a decenas, centenas de
mujeres con las que les gustaría pasear por el lago de Géneve, compraban ropa
cara para ellos, ropa aún más cara para ellas, pagaban a prostitutas para
compensar lo que echaban en falta, sustentaban una gigantesca industria de
cosméticos, dietas, gimnasia, pornografía, poder, y cuando quedaban con otros
hombres, al contrario de lo que decía la leyenda, jamás hablaban de mujeres.
Charlaban sobre trabajo, dinero y deporte.
Algo iba muy mal en la civilización; y ese algo no
era la deforestación amazónica, ni la capa de ozono, ni la muerte de los
pandas, ni el tabaco, ni los alimentos cancerígenos, ni la situación de las
cárceles, como gritaban los periódicos.
Era exactamente aquello en lo que ella trabajaba:
el sexo.
Pero María no estaba allí para salvar a la
humanidad, sino para aumentar su cuenta corriente, sobrevivir seis meses más a
la soledad y a la elección que había hecho, enviar regularmente un dinero a su
madre (que se puso muy contenta al saber que la falta de dinero se debía
simplemente al correo suizo, que no funcionaba tan bien como el correo
brasileño), comprar todo lo que siempre había querido y jamás tuvo. Se mudó a
un departamento mucho mejor, con calefacción central (aunque el verano ya había
llegado), y desde su ventana podía ver una iglesia, un restaurante japonés, un
supermercado y un simpático café, que acostumbraba a frecuentar para leer un
poco los periódicos.
Por lo demás, conforme se había prometido a sí
misma, sólo tenía que aguantar medio año más en la rutina de siempre:
Copacabana, aceptar una copa, bailar, qué piensa de Brasil, hotel, cobrar por
adelantado, conversación y saber tocar los puntos exactos, tanto en el cuerpo
como en el alma, ayudar en los problemas íntimos, ser amiga durante media hora,
de la cual once minutos se gastarán en abre las piernas, cierra las piernas,
gemidos fingiendo placer. Gracias, espero verte la próxima semana, eres realmente
un hombre, escucharé el resto de la historia la próxima vez que nos veamos,
excelente propina, aunque no hacía falta porque ha sido un placer estar
contigo.
Y, sobre todo, no enamorarse jamás. Éste era el más
importante, el más sensato de todos los consejos que la brasileña le había
dado, antes de huir, tal vez porque se había enamorado. En dos meses de trabajo
ya había tenido varias proposiciones de matrimonio, de las que, por lo menos
tres de ellas, eran muy serias: el director de una firma de contabilidad, el
piloto con el que había salido la primera noche y el dueño de una tienda
especializada en navajas y armas blancas. Los tres le habían prometido «sacarla
de aquella vida» y darle una casa decente, un futuro, tal vez hijos y nietos.
¿Todo por sólo once minutos al día? No era posible.
Ahora, después de su experiencia en el Copacabana, sabía que no era la única
persona que se sentía sola. Y el ser humano puede soportar una semana de sed,
dos semanas de hambre, muchos años sin techo, pero no puede soportar la
soledad. Es la peor de todas las torturas, de todos los sufrimientos. Aquellos
hombres, y los otros muchos que querían su compañía, sufrían como ella este
sentimiento destructor, la sensación de que nadie en esta tierra se preocupaba
por ellos.
Para evitar tentaciones del amor, su corazón sólo
estaba en su diario. Entraba en el Copacabana sólo con su cuerpo y su cerebro,
cada vez más receptivo, más afilado. Había conseguido convencerse de que había
llegado a Géneve y había acabado en la rue de Berne por alguna razón mayor, y
cada vez que
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alquilaba un libro en la biblioteca confirmaba:
nadie ha escrito como es debido sobre estos once minutos más importantes del
día. Tal vez fuese ése su destino, por más duro que pudiese parecer en ese
momento: escribir un libro, contar su historia, su aventura.
Eso, Aventura. Aunque fuese una palabra prohibida
que nadie osaba pronunciar, que la mayoría prefería ver en la televisión, en
películas que pasaban y repetían a distintas horas del día, era eso lo que ella
buscaba. Combinaba con desiertos, con viajes a lugares desconocidos, con
hombres misteriosos buscando conversación en un barco en medio del río, con
aviones, estudios de cine, tribus de indios, icebergs, Africa.
Le gustó la idea del libro, y llegó a pensar en el
título: Once minutos.
Clasificó a los clientes en tres tipos: los
Terminator (nombre puesto en honor de una película que le había gustado mucho),
que entraban oliendo a bebida, fingían que no miraban a nadie pero creían que
todo el mundo los miraba, bailaban un poco e iban directos al asunto del hotel.
Los Pretty Woman (también por una película), que pretendían ser elegantes,
amables, cariñosos, como si el mundo dependiese de ese tipo de bondad para
volver a su sitio, como si estuviesen caminando por la calle y entrasen por casualidad
en la discoteca; eran dulces al principio, e inseguros cuando llegaban al
hotel, y por culpa de eso, siempre eran más exigentes que los Terminator. Y
finalmente, los Padrinos (también por otra película), que trataban el cuerpo de
una mujer como si fuese una mercancía. Eran los más auténticos, bailaban,
charlaban, no dejaban propina, sabían lo que estaban comprando y cuánto valía,
jamás se dejarían llevar por la conversación de ninguna mujer que escogiesen.
Ésos eran los únicos que, de una manera muy sutil, conocían el significado de
la palabra Aventura.
Del diario de María, un día que tenía el período y
no podía trabajar:
Si tuviese que contarle hoy mi vida a alguien,
podría hacerlo de tal manera que me verían como a una mujer independiente,
valiente y feliz. Nada de eso: me está prohibido mencionar la única palabra que
es mucho más importante que los once minutos: amor. Durante toda mi vida he
entendido el amor como una especie de esclavitud consentida. Es mentira: la
libertad sólo existe cuando él está presente. Aquel que se entrega totalmente,
que se siente libre, ama al máximo. Y el que ama al máximo se siente libre.
Por eso, a pesar de todo lo que pueda vivir, hacer,
descubrir, nada tiene sentido. Espero que este tiempo pase de prisa, para poder
volver a la búsqueda de mí misma, bajo la forma de un hombre que me entienda,
que no me haga sufrir.
¿Pero qué tonterías estoy diciendo? En el amor,
nadie puede machacar a nadie; cada uno de nosotros es responsable de lo que
siente, y no podemos culpar al otro por eso.
Me sentí herida cuando perdía los hombres de los
que me enamoré. Hoy, estoy convencida de que nadie pierde a nadie, porque nadie
posee a nadie.
Ésa es la verdadera experiencia de la libertad:
tener lo más importante del mundo sin poseerlo.
Pasaron otros tres meses, el otoño llegó, y llegó
también finalmente la fecha marcada en el calendario: noventa días para el
viaje de vuelta. Todo había pasado tan de prisa y tan lentamente, pensó ella,
descubriendo que el tiempo corría en dos dimensiones diferentes según su estado
de espíritu; pero, en cualquier caso, su aventura estaba llegando al final.
Podría continuar, está claro, pero no olvidaba la sonrisa triste de la mujer
invisible que la había acompañado por el paseo alrededor del lago diciéndole
que las cosas no eran así de simples. Por más que estuviese tentada de
continuar, por más preparada que estuviese para los desafíos que habían surgido
en su camino, todos esos meses conviviendo sólo consigo misma le habían
enseñado que hay un momento para dejarlo todo. Dentro de noventa días volvería
al interior de Brasil, compraría una pequeña hacienda (después de todo, había
ganado más de lo que esperaba), algunas vacas (brasileñas, no suizas),
invitaría a su padre y a su madre a vivir con ella, contrataría a dos empleados
y la pondría a funcionar.
Aunque creyese que el amor es la verdadera
experiencia de la libertad, y que nadie puede poseer a otra persona, todavía
alimentaba sus secretos deseos de venganza, y parte de ellos era su retorno
triunfal a Brasil. Después de montar su hacienda, iría hasta la ciudad, pasaría
por el banco donde trabajaba el chico que había salido con su mejor amiga y
haría un gran ingreso en efectivo.
«Hola,
¿cómo estás? ¿No
me reconoces?», preguntaría
él. Ella fingiría
un gran esfuerzo
de memoria,
y acabaría
diciendo que no, que llevaba un año entero en EU-RO-PA (pronunciar bien
despacio, para que todos sus compañeros escuchen); mejor dicho, en SUI-zA
(sonaría más exótico y más aventurero que Europa), donde están los mejores
bancos del mundo.
¿Quién era? Él mencionaría los tiempos del colegio.
Ella diría: «Ah... creo que ya me acuerdo», pero poniendo cara de quien no se
acuerda. Ya está, la venganza estaba consumada, después había que seguir
trabajando, y cuando el negocio fuese como preveía, podría dedicarse a aquello
que más le
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importaba en la vida: descubrir a su verdadero
amor, el hombre que la había esperado todos esos años, pero que todavía no
había tenido la oportunidad de conocer.
María resolvió olvidar para siempre la idea de
escribir un libro con el título de Once minutos. Ahora tenía que concentrarse
en la hacienda, en los planes para el futuro, o acabaría retrasando su viaje,
un riesgo fatal.
Aquella tarde salió a visitar a su mejor y única
amiga, la bibliotecaria. Le pidió un libro sobre economía y administración de
haciendas. La bibliotecaria le confesó:
-¿Sabes? Hace algunos meses, cuando viniste en
busca de títulos sobre sexo, llegué a temer por tu destino. Son muchas las
chicas bonitas que se dejan llevar por la ilusión del dinero fácil, y se
olvidan de que un día serán viejas y ya no tendrán la oportunidad de encontrar
al hombre de sus vidas.
-¿Se refiere a la prostitución? -Una palabra muy
fuerte.
-Como ya le he dicho, trabajo en una empresa de
importación y exportación de carne. Sin embargo, si tuviese la oportunidad de
prostituirme, ¿serían las consecuencias tan graves si parase en el momento
justo? Después de todo, ser joven también significa hacer cosas equivocadas.
-Todos los drogadictos dicen lo mismo; basta con
saber cuándo parar. Pero nadie para.
-Debe de haber sido usted muy bonita, nacida en un
país que respeta a sus habitantes. ¿Ha sido eso suficiente para sentirse feliz?
-Estoy orgullosa de cómo superé mis obstáculos.
¿Debía continuar la historia? Bueno, aquella chica
necesitaba aprender algo sobre la vida.
-Tuve una infancia feliz, estudié en uno de los
mejores colegios de Berna, vine a trabajar a Genéve y me casé con un hombre que
amaba. Lo hice todo por él, él también lo hizo todo por mí, el tiempo pasó, y
llegó la jubilación. Cuando se vio libre para emplear su tiempo en todo lo que
le apetecía, sus ojos se volvieron tristes, porque tal vez, en toda su vida,
jamás pensó en sí mismo. Nunca discutimos seriamente, no tuvimos grandes
emociones, él jamás me traicionó ni me faltó al respeto en público. Vivimos una
vida normal pero tan normal que sin trabajo él se sintió inútil, sin
importancia, y murió un año después, de cáncer.
Le estaba contando la verdad, pero podía influir de
manera negativa en la chica.
-En cualquier caso, es mejor una vida sin sorpresas
-concluyó-. Tal vez mi marido se habría muerto antes, de no ser así.
María salió decidida a investigar sobre haciendas.
Como tenía la tarde libre, resolvió pasear un poco, y se fijó, en la parte alta
de la ciudad, en una pequeña placa amarilla con un sol y una inscripción:
«Camino de Santiago». ¿Qué era aquello? Como había un bar del otro lado de la
calle, y como había aprendido a preguntar todo lo que no sabía, decidió entrar
e informarse.
-No tengo ni idea -dijo la chica de detrás de la
barra.
Era un lugar elegante, y el café costaba tres veces
más de lo normal. Pero como tenía dinero, y ya que
estaba allí, pidió un calé,
y resolvió dedicar
las horas siguientes
a aprenderlo todo
sobre administración
de haciendas. Abrió el libro con entusiasmo, pero no consiguió concentrarse en la lectura, era
aburridísimo. Sería mucho más interesante hablar
con alguno de sus clientes al respecto, ellos siempre sabían la mejor manera de
administrar el dinero. Pagó el café, se levantó, dio las gracias a la chica que
la atendió, dejó una buena propina (había creado una superstición al respecto,
si daba mucho, recibiría también mucho), caminó en dirección a la puerta y, sin
darse cuenta de la importancia de aquel momento, oyó la frase que cambiaría
para siempre sus planes, su futuro, su hacienda, su idea de felicidad, su alma
de mujer, su actitud de hombre, su lugar en el mundo:
-Espera un momento.
Miró sorprendida hacia un lado. Aquello era un bar
respetable, no era el Copacabana, donde los hombres tienen derecho a decir eso,
aunque las mujeres puedan responder: «Me voy, y tú no vas a impedírmelo».
Se preparaba para ignorar el comentario, pero su
curiosidad fue más fuerte, y se volvió en dirección a la voz. Lo que vio fue
una escena extraña: un hombre de aproximadamente treinta años (¿o acaso debía
pensar «un chico de aproximadamente treinta años»? Su mundo había envejecido
muy de prisa), de pelo largo, arrodillado en el suelo, con varios pinceles
diseminados a su lado, dibujando a un señor, sentado en una silla, con un vaso
de anís a su lado. No se había fijado en ellos al entrar.
-No te vayas. Estoy terminando este retrato y me
gustaría pintarte a ti también.
María respondió, y al responder creó el lazo que
faltaba en el universo:
-No me interesa.
-Tienes luz. Déjame por lo menos hacer un esbozo.
¿Qué era un esbozo? ¿Qué era «luz»? No dejaba de
ser una mujer vanidosa, ¡imagina tener un retrato pintado por alguien que
parecía serio! Empezó a delirar: ¿y si era un pintor famoso? ¡Ella sería
inmortalizada para siempre en un lienzo! ¡Expuesta en París, o en Salvador de
Bahía! ¡Un mito!
Por otro lado, ¿qué hacía aquel hombre, con todo
aquel desorden a su alrededor, en un bar tan caro y posiblemente bien
frecuentado?
Adivinando su pensamiento, la chica que servía a
los clientes dijo bajito:
-Es un artista muy conocido.
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Su intuición no había fallado. María procuró
controlarse y mantener la sangre fría.
-Viene aquí de vez en cuando y siempre trae a un
cliente importante. Dice que le gusta el ambiente, que lo inspira; está
haciendo un cuadro con la gente que representa a la ciudad, fue un encargo del
ayuntamiento.
María miró al hombre que estaba siendo pintado. De
nuevo la camarera leyó su pensamiento.
-Es un químico que ha hecho un descubrimiento
revolucionario. Ha ganado el Premio Nobel.
-No te vayas -repitió el pintor-. Acabo dentro de
cinco minutos. Pide lo que quieras y que lo pongan en mi cuenta.
Como hipnotizada por la orden, María se sentó en el
bar, pidió un cóctel de anís (como no acostumbraba a beber, lo único que se le
ocurrió fue imitar al tal premio Nobel), y esperó mientras miraba trabajar al
hombre. «No represento a la ciudad, debe de estar interesado en otra cosa. Pero
no es mi tipo», pensó automáticamente, repitiendo lo que siempre decía para sí
misma desde que había empezado a trabajar en el Copacabana; era su tabla de
salvación y su renuncia voluntaria a las trampas del corazón.
Una vez que estaba eso claro, no le costaba nada
esperar un poco, tal vez la chica de la barra tuviese razón y aquel hombre
podría abrirle las puertas de un mundo que no conocía, pero con el que siempre
había soñado: al fin y al cabo, ¿no había pensado seguir la carrera de modelo?
Permaneció observando la agilidad y la rapidez con
las que él concluía su trabajo, por lo visto era un lienzo muy grande, pero
estaba completamente doblado, y ella no podía ver los demás rostros allí
retratados. ¿Y si ahora tuviese una segunda oportunidad? El hombre -había
decidido que era «hombre» y no «chico», porque si no comenzaría a sentirse
demasiado vieja para su edad- no parecía de los que hacen esa proposición sólo
para pasar una noche con ella. Cinco minutos después, conforme había
prometido,
él había terminado
su trabajo, mientras
María se concentraba
en Brasil, en
su futuro brillante
y en su absoluta falta de interés por conocer gente nueva que pudiese poner todos sus planes en
peligro.
-Gracias, ya puede cambiar de posición -le dijo el
pintor al químico, que pareció despertar de un sueño.
Y girándose hacia María, dijo sin rodeos:
-Colócate en aquella esquina, y ponte cómoda. La
luz es perfecta.
Como si ya todo estuviese planeado por el destino,
como si fuese lo más natural del mundo, como si siempre hubiese conocido a
aquel hombre, o hubiese vivido aquel momento en sueños y ahora supiese qué
hacer en la vida real, María tomó su vaso de anís, el bolso, los libros sobre
administración de haciendas, y se dirigió al lugar indicado por el pintor, una
mesa cerca de la ventana. Él recogió los pinceles, el lienzo grande, una serie
de pequeños frascos llenos de tinta de diversos colores, un paquete de cigarrillos,
y se arrodilló a sus pies.
-Mantén siempre la misma posición.
-Eso es mucho pedir; mi vida está en constante
movimiento. Era una frase que consideraba brillante, pero él no le prestó la
menor atención. María, procurando mantener la naturalidad, porque la mirada de
aquel hombre la hacía sentirse muy incómoda, señaló el lado de fuera de la
ventana, donde se veía la calle y la placa:
-¿Qué es «Camino de Santiago»?
-Una ruta de peregrinación. En la Edad Media,
personas venidas de toda Europa pasaban por esta calle en dirección a una
ciudad de España, Santiago de Compostela.
Él dobló una parte del lienzo y preparó los
pinceles. María seguía sin saber muy bien qué hacer.
-¿Quieres decir que, si sigo esta calle, llegaré a
España? -Dentro de dos o tres meses. Pero ¿puedo pedirte un favor? permanece en
silencio; esto no dura más de diez minutos. Y quita el paquete de la mesa.
-Son libros -respondió ella, con una cierta dosis
de irritación por el tono autoritario de la petición. Quería que él supiese que
estaba ante una mujer culta, que gastaba su tiempo en bibliotecas, no en
tiendas. Pero él mismo tomó el paquete y lo puso en el suelo, sin ningún tipo
de ceremonia.
No había conseguido impresionarlo. De hecho, no
tenía la menor intención de impresionarlo, estaba fuera de su horario de
trabajo, guardaría la seducción para más tarde, con hombres que pagaban bien
por su esfuerzo. ¿Por qué intentar relacionarse con aquel pintor, que tal vez
no tuviese dinero ni para invitarla a un café? Un hombre de treinta años no
debe llevar el pelo largo, queda ridículo. ¿Por qué creía que no tenía dinero?
La chica del bar había dicho que era una persona conocida, ¿o acaso era el químico
el que era famoso? Se fijó en su ropa, pero no le decía mucho; la vida le había
enseñado que hombres vestidos displicentemente, como era su caso, parecían
siempre tener más dinero que los que usaban traje y corbata.
«¿Qué hago pensando en este hombre? Lo que me
interesa es el cuadro.»
Diez minutos no era un precio muy alto por la
oportunidad de hacerse inmortal en una pintura. Vio que él la estaba pintando
al lado del químico premiado, y empezó a preguntarse si iba a pedirle algún
tipo de pago al final.
-Gira la cabeza hacia la ventana.
29
Una vez más, María obedeció sin preguntar nada, lo
que no formaba en absoluto parte de su carácter. Se puso a mirar a las personas
que pasaban, la placa del camino, imaginando que aquella calle llevaba allí
muchos siglos, una ruta que había sobrevivido al progreso, a los cambios del
mundo, a los propios cambios del hombre. Tal vez fuese un buen presagio; aquel
cuadro podía tener el mismo destino, estar en un museo dentro de quinientos
años.
Él empezó a dibujar y, a medida que el trabajo
progresaba, ella iba perdiendo la alegría inicial y empezó a sentirse
insignificante. Al entrar en aquel bar, era una mujer segura de sí misma, capaz
de tomar una decisión muy difícil, abandonar un trabajo que le daba dinero para
aceptar un desafío todavía más difícil, dirigir una hacienda en su tierra.
Ahora, parecía haber vuelto la sensación de inseguridad ante el mundo, cosa que
una prostituta jamás se puede permitir el lujo de sentir.
Finalmente acabó descubriendo la razón de su
incomodidad: por primera vez en muchos meses alguien no la veía como un objeto,
ni como una mujer, sino como algo que no conseguía entender, aunque la
definición más próxima fuese «él está viendo mi alma, mis miedos, mi
fragilidad, mi incapacidad para luchar con un mundo que yo finjo dominar, pero
del que no sé nada».
Ridículo, continuaba delirando. -Me gustaría que...
-Por favor, no hables -dijo el hombre-. Estoy
viendo tu luz. Nunca nadie le había dicho eso. «Estoy viendo tus senos duros»,
«estoy viendo tus muslos bien torneados», «estoy viendo esa belleza exótica de
los trópicos», o, como mucho, «estoy viendo que quieres salir de esta vida,
¿por qué no me das una oportunidad y alquilo un departamento para ti?». Éstos
eran los comentarios que acostumbraba a oír pero... ¿tu luz? ¿Acaso se refería
al atardecer?
-Tu luz personal -completó él, dándose cuenta de
que ella no había entendido nada.
Luz personal. Bien, nadie podía estar más lejos de
la realidad que aquel inocente pintor. que incluso con sus posibles treinta
años no había aprendido nada de la vida. Como todo el mundo sabe, las mujeres
maduran mucho más de prisa que los hombres, y María, aunque no se pasase las
noches en vela pensando en conflictos filosóficos, al menos una cosa sí sabía:
no poseía aquello que el pintor llamaba «luz» y que ella interpretaba como un
«brillo especial». Era una persona como todas las demás, sufría su soledad en
silencio, intentaba justificar todo lo que hacía, fingía ser fuerte cuando se
sentía muy débil, fingía ser débil cuando se sentía fuerte, había renunciado a
cualquier pasión en nombre de un trabajo peligroso; pero ahora, ya cerca del
final, tenía planes para el futuro y arrepentimientos en el pasado, y una
persona así no tiene ningún «brillo especial». Aquello debía de ser simplemente
una manera de mantenerla callada y satisfecha por permanecer allí, inmóvil,
haciendo el papel de boba.
«Luz personal. Podría haber escogido otra cosa,
como "tu perfil es bonito".»
¿Cómo entra luz en una casa? Si las ventanas están
abiertas. ¿Cómo entra luz en una persona? Si la puerta del amor está abierta.
Y, definitivamente, la suya no lo estaba. Debía de ser un pésimo pintor, no
entendía nada.
-He terminado -dijo él, y empezó a recoger sus
enseres. María no se movió. Tenía ganas de pedirle que la dejase ver el cuadro,
pero al mismo tiempo eso podía significar una falta de educación, no confiar en
lo que él había hecho. La curiosidad, sin embargo, habló más alto. Ella se lo
pidió, él aceptó.
Sólo había dibujado su rostro; se parecía a ella,
pero si algún día hubiese visto aquel cuadro sin conocer a la modelo, habría
dicho que era alguien mucho más fuerte, llena de una «luz» que ella no
conseguía ver reflejada en el espejo.
-Mi nombre es Ralf Hart. Si quieres, puedo
invitarte a otra copa.
-No, gracias.
Por lo visto, el encuentro ahora caminaba de la
manera tristemente prevista: el hombre intentaba seducir a la mujer.
-Por favor, otros dos vasos de anís -pidió, sin dar
importancia al comentario de María.
¿Qué tenía que hacer? Leer un aburrido libro sobre
administración de haciendas. Caminar, como ya había hecho otras tantas veces,
por la orilla del lago. O charlar con alguien que había visto en ella una luz
que desconocía, justamente en la fecha marcada en el calendario para el
comienzo del fin de su «experiencia». - ¿Qué haces?
Ésta era la pregunta que no quería oír, que la
había hecho evi tar muchas citas cuando, por una razón o por otra, alguien se
acercaba a ella (lo que ocurría raramente en Suiza, dada la naturaleza discreta
de sus habitantes). ¿Cuál sería la respuesta posible? -Trabajo en una
discoteca.
Ya está. Un enorme peso desapareció de su espalda,
y se alegró por todo lo que había aprendido desde su llegada a Suiza; preguntar
(¿qué son los kurdos? ¿Qué es el Camino de Santiago?) y responder (trabajo en
una discoteca) sin importarle lo que pensaran.
-Creo que te he visto antes.
María presintió que él quería ir más lejos, y
saboreó su pequeña victoria; el pintor que minutos antes le daba órdenes, que
parecía absolutamente seguro de lo que quería, ahora volvía a ser un hombre
como los demás, inseguro ante una mujer que no conoce.
-¿Y esos libros?
Ella se los enseñó. Administración de haciendas. El
hombre pareció sentirse más inseguro aún. -¿Trabajas en sexo?
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Él se había arriesgado. ¿Acaso se vestía como una
prostituta? En cualquier caso, tenía que ganar tiempo. Se estaba probando a sí
misma, aquello empezaba a ser un juego interesante, no tenía absolutamente nada
que perder.
-¿Por qué los hombres sólo piensan en eso? Él
volvió a meter los libros en la bolsa.
-Sexo y administración de haciendas. Dos cosas muy
aburridas.
¿Qué? De repente, se sentía desafiada. ¿Cómo podía
hablar tan mal de su profesión? Bien, él todavía no sabía en qué trabajaba
ella, simplemente se arriesgaba con una suposición, pero no podía dejarlo sin
respuesta.
-Pues yo pienso que no hay nada más aburrido que la
pintura; algo detenido, un movimiento que fue interrumpido, una fotografía que
jamás es fiel al original. Algo muerto, por lo que ya nadie se interesa, aparte
de los pintores, gente que se cree importante, culta, y que no ha evolucionado
como el resto del mundo. ¿Has oído hablar de Joan Miró? Yo no, sólo a un árabe
en un restaurante, y eso no cambió absolutamente nada en mi vida.
No sabía si había ido demasiado lejos, porque
llegaron las bebidas, y la conversación fue interrumpida. Ambos permanecieron
sin decir palabra durante un rato. María pensó que ya era hora de irse, y tal
vez Ralf Hart hubiese pensado lo mismo. Pero allí estaban aquellos dos vasos
llenos de aquella bebida horrorosa, y eso era un pretexto para seguir juntos.
-¿Por qué los libros sobre haciendas?
-¿Qué quieres decir?
-He estado en la rue de Berne. Después de decirme
dónde trabajabas, recordé que ya te había visto antes: en aquella discoteca
cara. Sin embargo, mientras te pintaba, no me di cuenta: tu «luz» era muy
fuerte.
María sintió que el suelo desaparecía bajo sus
pies. Por primera vez sintió vergüenza de lo que hacía, aunque no tuviese la
menor razón para ello; trabajaba para sustentarse ella y su familia. Era él el
que
debería
sentir vergüenza de
ir a la
rue de Berne; de un
momento a otro,
todo aquel posible encanto
había desaparecido.
-Escucha,
Ralf Hart, aunque
sea brasileña, hace
nueve meses que
vivo en Suiza.
Y he aprendido
que
los suizos
son discretos porque viven en un país
muy pequeño, casi todos se conocen, como acabamos
de ver, razón por la cual nadie pregunta por la vi
da de los demás. Tu comentario ha sido impropio y muy poco delicado, pero si tu
objetivo era humillarme para sentirte mejor, estás perdiendo el tiempo. Gracias
por el licor de anís, que es horroroso, pero que voy a tomar hasta el final. Y
después voy a fumarme un cigarrillo. Y finalmente, me levantaré y me marcharé.
Pero tú puedes salir en este momento, ya que no es bueno para los pintores
famosos sentarse a la misma mesa que una prostituta. Porque es eso lo que soy,
¿sabes? Una prostituta. Sin ninguna culpa, de los pies a la cabeza, de arriba
abajo, una prostituta. Y ésta es mi virtud: no engañar, ni a mí misma ni a ti.
Porque no vale la pena, no mereces ni una mentira. ¿Te imaginas si el químico
famoso, al otro lado del restaurante, descubriese quién soy?
Ella empezó a levantar la voz:
-¡Una prostituta! ¿Y sabes qué más? ¡Eso me hace
libre, saber que me marcho de esta maldita tierra exactamente dentro de noventa
días, cargada de dinero, mucho más culta, capaz de escoger un buen vino, con la
bolsa repleta de fotos que saqué en la nieve y entendiendo la naturaleza de los
hombres!
La chica del bar escuchaba, asustada. El químico
parecía no prestar atención. Pero tal vez fuese el alcohol, tal vez la
sensación de que pronto sería otra vez una mujer de pueblo, tal vez la gran
alegría de poder decir en qué trabajaba y reírse de las reacciones de sorpresa,
de las miradas de crítica, de los gestos de escándalo.
-¿Has entendido bien, Ralf Hart? De arriba abajo,
de los pies a la cabeza, ¡soy una prostituta, y ésa es mi cualidad, mi virtud!
Él no dijo nada. Ni se movió. María sintió que su confianza volvía.
-Y tú eres un pintor que no entiende a sus modelos.
Tal vez el químico sentado allí, distraído, durmiendo, sea realmente un
ferroviario, y el resto de las personas de tu cuadro sean siempre aquello que
no son. Si no fuese así, jamás habrías dicho que puedes ver una «luz especial»
en una mujer que, como has descubierto durante la pintura, ¡NO ES MÁS QUE UNA
PROS-TI-TU-TA!
Las palabras finales fueron pronunciadas
lentamente, en voz alta. El químico despertó, y la chica del bar trajo la
cuenta.
-No tiene nada que ver con la prostituta, sino con
la mujer que eres. -Ralf ignoró la cuenta, y también respondió lentamente, pero
en voz baja.- Tienes brillo. La luz que viene de la fuerza de voluntad, de
alguien que sacrifica cosas importantes en nombre de otras que juzga todavía
más importantes. Los ojos, esa luz se manifiesta en los ojos.
María se sintió desarmada; él no había aceptado su
provocación. Quiso creer que deseaba seducirla y nada más. Le estaba prohibido
pensar -por lo menos en los próximos noventa días- que existen hombres
interesantes sobre la faz de la tierra.
-¿Ves este licor de anís? -continuó él-. Pues tú
ves simplemente un licor de anís. Yo, sin embargo, como necesito entrar en lo
que hago, veo la planta de donde nació, las tempestades a las que esa planta se
enfrentó, la mano que recogió los granos, el viaje en barco desde otro
continente hasta aquí, los olores y colores que esa planta, antes de ser puesta
en alcohol, dejó que la tocasen y que formasen
31
parte de ella. Si algún día yo pintase esta escena,
pintaría todo eso, aunque, al mirar el cuadro, tú creyeses que estabas ante un
simple licor de anís.
»De la misma manera, mientras mirabas la calle y
pensabas -porque sé que lo pensabas- en el Camino de Santiago, yo pinté tu
infancia, tu adolescencia, tus sueños deshechos en el pasado, tus sueños en el
futuro, tu voluntad, que es lo que más me intriga. Cuando viste el cuadro...
María bajó la guardia, sabiendo que sería muy
difícil levantarla de allí en adelante.
-Yo vi esa luz...
»... aunque allí hubiese una mujer que sólo se
parece a ti. De nuevo, el incómodo silencio. María miró el reloj.
-Tengo que irme dentro de unos minutos. ¿Por qué
dijiste que el sexo era aburrido?
-Tú debes de saberlo mejor que yo.
-Yo lo sé porque trabajo en eso. Hago lo mismo
todos los días. Pero tú eres un hombre de treinta años...
-Veintinueve...
-... Joven, atractivo, famoso, que todavía debería
estar interesado en estas cosas, y que no necesita ir a la rue de Berne para
conseguir compañía.
-Sí que lo necesita. Me he acostado con alguna de
tus colegas, no porque tuviese problemas para conseguir compañía. Mi problema
es conmigo mismo.
María sintió un poco de celos, y se asustó. Ahora
entendía que realmente tenía que irse.
-Era mi última tentativa. Ahora he desistido -dijo
Ralf, empezando a reunir el material diseminado por el suelo.
-¿Tienes algún problema físico? -Ninguno.
Simplemente, desinterés. No era posible.
-Paga la cuenta. Vamos a caminar. En realidad, creo
que mucha gente siente lo mismo, pero nadie lo dice, está bien charlar con
alguien tan sincero.
Salieron por el Camino de Santiago, era una subida
y una bajada que terminaba en el río, que terminaba en el lago, que terminaba
en las montañas, que terminaba en un remoto lugar de España. Pasaron junto a
gente que volvía de comer, madres con sus cochecitos de bebé, turistas que
sacaban fotos del hermoso cho-rro de agua en el medio del lago, mujeres
musulmanas con la cabeza cubierta por un pañuelo, chicos y chicas haciendo
jogging, todos peregrinos en busca de esa ciudad mitológica, Santiago de
Compostela, que tal vez ni siquiera existía, que tal vez era una leyenda en la
que la gente necesita creer para darle sentido a su vida. En el camino
recorrido por tanta gente, hace tanto tiempo, también andaban aquel hombre de
pelo largo cargando una pesada mochila llena de pinceles, tintas, lienzos, y
una chica con una bolsa llena de libros sobre administración de haciendas. A
ninguno de los dos se le ocurrió preguntar por qué hacían aquella peregrinación
juntos; era lo más normal del mundo, él lo sabía todo sobre ella, aunque ella
no supiese nada sobre él.
Y por eso resolvió preguntar, ahora lo preguntaba
todo. Al principio él se hizo el tímido, pero ella sabía cómo conseguir
cualquier cosa de un hombre, y él acabó contando que se había casado dos veces
(¡récord para tener veintinueve años!), que había viajado mucho, había conocido
reyes, actores famosos, fiestas inolvidables... Había nacido en Géneve, había
vivido en Madrid, Amsterdam, Nueva York, y en una ciudad del sur de Francia
llamada Tarbes, que no estaba en ninguna ruta turística importante, pero que a
él le encantaba por su proximidad a las montañas Y por el calor en el corazón
de sus habitantes. Su talento había sido descubierto cuando tenía veinte años,
cuando un gran marchante de arte había ido a comer, por casualidad, a un
restaurante japonés de su ciudad natal, decorado con sus trabajos. Había ganado
mucho dinero, era joven ,, estaba sano, podía hacer cualquier cosa, ir a
cualquier lugar, quedarse con quien deseara, ya había vivido todos los placeres
que un hombre puede vivir, hacía lo que le gustaba, y sin embargo, a pesar de
todo aquello, fama, dinero, mujeres. viajes, era un hombre infeliz que sólo
tenía una alegría en la vida: el trabajo.
-¿Te han hecho sufrir las mujeres? -preguntó ella,
dándose cuenta en seguida de que era una pregunta idiota, probablemente escrita
en un manual sobre Todas las cosas que las mujeres deben saber para conquistar
a un hombre.
-Nunca me han hecho sufrir. Fui muy feliz en mis
dos matrimonios. Fui traicionado y traicioné como cualquier pareja normal. Sin
embargo, después de pasado algún tiempo, ya no me interesaba el sexo.
Continuaba amando, sintiendo la falta de compañía, pero el sexo... ¿por qué
estamos hablando de sexo?
-Porque, como tú mismo has dicho, yo soy una
prostituta.
-Mi vida no tiene gran interés. Soy un artista que
consiguió tener éxito siendo joven, lo cual es raro, y en pintura, rarísimo.
Que hoy en día puede pintar cualquier tipo de cuadro, y valdrá un buen dinero,
aunque los críticos se pongan furiosos, creyendo que sólo ellos saben lo que es
el «arte». Una persona de la que todos creen que tiene respuesta para todo, y
cuanto más callado estoy, más inteligente me consideran.
Él continuó contando su vida: todas las semanas lo
invitaban a algún acto, en algún lugar del mundo. Tenía un agente que vivía en
Barcelona, ¿sabía dónde estaba? Sí, María lo sabía, estaba en España. El agente
se ocupaba de todo lo relacionado con dinero, invitaciones, exposiciones, pero
jamás lo presionaba para hacer nada que él no quisiese, ya que, después de
muchos años de trabajo, habían conseguido una cierta estabilidad en el mercado.
32
-¿Es una historia interesante? -su voz denotaba una
ligera inseguridad.
-Yo diría que es una historia muy diferente. A
mucha gente le gustaría estar en tu piel.
Ralf quiso saber cosas de María.
-Yo soy tres, dependiendo de la persona que me
busca. La Niña Ingenua, que mira al hombre con admiración, y finge estar
impresionada con sus historias de poder y de gloria. La Mujer Fatal, que ataca
a aquellos que se sienten más inseguros, pero que al reaccionar así, tomando el
control de la situación, hace que se sientan más cómodos, porque ellos no
tienen que preocuparse por nada más.
»Y, finalmente, la Madre Comprensiva, que cuida de
los que necesitan consejo y escucha, con aire de quien lo comprende todo,
historias que le entran por un oído y le salen por el otro. ¿A cuál de las tres
quieres conocer?
-A ti.
María se lo contó todo, porque necesitaba contarlo,
era la primera vez que lo hacía, desde que había salido de Brasil. Al final,
descubrió que, a pesar de su empleo poco convencional, no había sucedido nada
demasiado emocionante aparte de la semana en Río y del primer mes en Suiza.
Todo era casa, trabajo, casa, trabajo, y nada más.
Cuando terminó, estaban de nuevo sentados en un
bar, esta vez al otro lado de la ciudad, lejos del Camino de Santiago, cada
cual pensando en lo que el destino había reservado para el otro. -¿Falta algo?
-preguntó ella. -Cómo decir «hasta luego».
Sí. Porque no había sido una tarde como las demás.
María se sentía angustiada, tensa, por haber abierto una puerta y no saber cómo
cerrarla.
-¿Cuándo podré ver el lienzo?
Ralf le tendió una tarjeta de su agente en
Barcelona. -Llámala dentro de seis meses, si aún estás en Europa. Las caras de
Géneve, gente famosa y gente anónima, será expuesta por primera vez en una
galería de Berlín. Después hará una gira por Europa.
María se acordó del calendario, de los noventa días
que faltaban, de todo lo que cualquier relación, cualquier lazo, podría
significar de peligroso.
«¿Qué es lo más importante de esta vida? ¿Vivir o
fingir que he vivido? ¿Me arriesgo ahora, diciéndole que ha sido la tarde más
hermosa que he pasado en esta ciudad? ¿Le agradezco que me haya escuchado sin
críticas y sin comentarios? ¿O me limito a poner la coraza de mujer con fuerza
de voluntad, con «luz especial», y me voy sin hacer ningún comentario?»
Mientras andaban por el Camino de Santiago, y a
medida que se escuchaba a sí misma contando su vida, María había sido una mujer
feliz. Podía contentarse con eso, ya era un gran regalo de la vida.
-Iré a buscarte -dijo Ralf Hart.
-No lo hagas. Me voy dentro de nada a Brasil. No
tenemos nada que darnos el uno al otro.
-Iré a buscarte como cliente.
-Eso será una humillación para mí.
-Iré a buscarte para que me salves.
Él había hecho aquel comentario al principio, sobre
el desinterés por el sexo. Ella quiso decir que sentía lo mismo, pero se
controló; había ido demasiado lejos en sus negativas, era más inteligente
permanecer callada.
Qué patético. Una vez más estaba allí con un chico,
que esta vez no le pedía un lápiz, sino un poco de compañía. Miró a su pasado
y, por primera vez, se perdonó a sí misma: no había sido culpa suya, sino del
niño inseguro, que había desistido a la primera tentativa. Eran pequeños, y los
pequeños se comportan así, ni ella ni el niño estaban equivocados, y eso supuso
un gran alivio, se sintió mejor, no había desperdiciado su primera oportunidad
en la vida. Todos lo hacen, es parte de la iniciación del ser humano en busca
de su otra parte, las cosas son así.
Sin embargo, ahora la situación era diferente. Por
inmejorables que fuesen las razones (me voy a Brasil, trabajo en una discoteca,
no hemos tenido tiempo de conocernos bien, no me interesa el sexo, no quiero
saber nada de amor, tengo que aprender a administrar haciendas, no entiendo
nada de pintura, vivimos en mundos diferentes), la vida la desafiaba. Ya no era
una niña, tenía que escoger.
Prefirió no responder. Apretó su mano, como era la
costumbre en aquella tierra, y se fue en dirección a su casa. Si él era
realmente el hombre que a ella le gustaría que fuese, no se dejaría intimidar
por su silencio.
Fragmento del diario de María, escrito aquel mismo
día:
Hoy, mientras andábamos alrededor del lago, por
este extraño Camino de Santiago, el hombre que estaba conmigo, un pintor, una
vida diferente de la mía, tiró una piedrecilla al agua. En el lugar en el que
cayó la piedra aparecieron pequeños círculos que se fueron ampliando,
ampliando, hasta alcanzar a un pato que pasaba
33
casualmente por allí y que nada tenía que ver con
la piedra. Era vez de asustarse con la onda inesperada, decidió jugar con ella.
Algunas horas antes de esta escena, yo entré en un
café, oí una voz y fue, como si Dios hubiese tirado una piedrecilla en aquel
lugar. Las ondas de energía me tocaron a mí y a un hombre que estaba en una
esquina, pintando un cuadro. Él sintió la vibración de la piedra, Yo también.
¿Y ahora?
El pintor sabe cuándo encuentra a una modelo. El
músico sabe cuándo su instrumento está afinado. Aquí, en mi diario, soy
consciente de que ciertas frases no son escritas por mí, sino por una mujer
llena de «luz» que soy y rechazo aceptar. Puedo seguir así. Pero también puedo,
congo el patito del lago, divertirme y alegrarme con la ola que llegó de
repente y alteró el agua.
Existe un nombre para esa piedra: pasión. Describe
la belleza de un encuentro fulminante entre dos personas, pero no se limita a
eso; está en la excitación de lo inesperado, en el deseo de hacer algo con
fervor, en la certeza de que se va a conseguir realizar un sueño.
La pasión nos da señales que nos guían la vida, y
me toca a mí descifrar esas señales.
Me gustaría creer que estoy enamorada. De alguien a
quien izo conozco y que no entraba en mis planes. Todos estos meses de
autocontrol, de rechazar el amor; han dado como resultado exactamente lo
opuesto: dejarme llevar por la primera persona que me prestó una atención
diferente.
Menos mal que no tengo su teléfono, que no sé dónde
vive, que puedo perderlo sin culparme a mí misma de haber perdido una
oportunidad.
Y si fuera ése el caso, aunque ya lo haya perdido,
yo he obtenido un día feliz en mi vida. Considerando el mundo tal y como es, un
día feliz es casi un milagro.
Cuando entró en el Copacabana aquella noche, él
estaba allí, esperando. Era el único cliente. Milan, que acompañaba la vida de
aquella brasileña con cierta curiosidad, vio que la joven había perdido la
batalla.
-¿ A c eptas una copa?
-Tengo que trabajar. No puedo perder mi empleo.
-Soy un cliente. Y te estoy haciendo una
proposición profesional.
Aquel hombre, que en el café durante la tarde
parecía tan seguro de sí mismo, que manejaba bien el pincel, que conocía a
grandes personajes, que tenía un agente en Barcelona, y que debía de ganar
mucho dinero, ahora mostraba su fragilidad, había entrado en el ambiente
equivocado, ya no estaba en un romántico café en el Camino de Santiago. El
encanto de la tarde desapareció.
-¿Entonces aceptas la copa?
-En otro momento. Hoy ya tengo clientes que me
esperan. Milan alcanzó a oír el final de la frase; estaba equivocado, la chica
no se había dejado llevar por la trampa de las promesas de amor. Aun así, al
final de una noche sin muc ho movimiento, se preguntó por qué había preferido
la compañía de un viejo, de un contable mediocre y de un agente de seguros...
Bien, ése era su problema. Siempre y cuando pagase
su precio, no le correspondía a él decidir con quién debía o no irse a la cama.
Del diario de María, después de la noche con el
viejo, el contable y el agente de seguros:
¿Qué es lo que quiere ese pintor de mí? ¿Acaso no
sabe que somos de países, culturas, sexos diferentes? ¿Piensa que sé más sobre
el placer que él, y quiere aprender algo?
¿Por qué no me dijo nada más que «soy un cliente»?
Era tan fácil decir: «Te he echado de menos», o «Me encantó la tarde que
pasamos juntos». Yo respondería del mismo modo («soy una profesional»), pero él
tiene la obligación de entender mis inseguridades, porque soy mujer, soy
frágil, y en ese lugar soy otra persona.
Él es un hombre, y un artista: tiene la obligación
de saber que el gran objetivo del ser humano es comprender el amor total. El
amor no está en el otro, está dentro de nosotros mismos; nosotros lo
despertamos. Pero para que despierte necesitarnos del otro. El universo sólo
tiene sentido cuando tenemos con quién compartir nuestras emociones.
¿Está cansado del sexo? Yo también, y sin embargo,
ni él, ni yo sabemos lo que es. Estamos dejando morir una de las cosas más
importantes de la vida, necesitaba ser salvada por él, necesitaba salvarlo,
pero él no me dejó otra elección.
34
Estaba atemorizada. Empezaba a notar que, después
de tanto autocontrol, la presión, el terremoto, el volcán de su alma daba
señales de explotar, y a partir del momento en que eso sucediese, ya no podría
controlar sus sentimientos. ¿Quién era aquel aprendiz de artista, que podía
estar mintiendo respecto de su vida, con quien no había pasado más que unas
horas, que no la había tocado, que no había intentado seducirla (podía haber
algo peor que eso)?
¿Por qué su corazón daba señales de alarma? Porque
creía que él. sentía lo mismo, pero, claro, estaba muy equivocada. Ralf Hart
quería encontrar a la mujer capaz de despertar el fuego que estaba casi
apagado; quería convertirla en. su gran diosa del sexo, con una «luz especial»
(y en eso había sido sincero), dispuesta a tomarlo de la mano y mostrarle el
camino de vuelta a la vida. No podía imaginar que María sentía el mismo
desinterés, que tenía sus propios problemas (incluso después de tantos hombres,
no había conseguido alcanzar un orgasmo durante la penetración), que había
hecho planes aquella mañana y que había organizado una vuelta triunfal a su
tierra.
¿Por qué pensaba en él? ¿Por qué pensaba en alguien
que en ese preciso momento podía estar pintando a otra mujer, diciéndole que
tenía una «luz especial», que podía ser su diosa del sexo? «Pienso en él porque
pude hablar.»
¡Qué ridículo! ¿Pensaba también en la
bibliotecaria? No. ¿Pensaba en Nyah, la filipina, la única de todas las mujeres
del Copacabana con quien podía compartir un poco sus sentimientos? No, no
pensaba en ellas. Y eran personas con las que había estado muchas veces, y con
las que se sentía cómoda.
Intentó desviar su atención hacia el calor que
hacía, o hacia el supermercado que no consiguió visitar el día anterior. Le
escribió una larga carta a su padre, llena de detalles con respecto al terreno
que le gustaría comprar, eso pondría a su familia contenta. No precisó la fecha
de vuelta, pero dio a entender que sería pronto. Durmió, despertó, durmió de
nuevo, volvió a despertar. Descubrió que el libro sobre haciendas era muy bueno
para los suizos, pero no servía para los brasileños, los mundos eran completamente
distintos.
Durante la tarde vio que el terremoto, el volcán,
la presión disminuía. Estaba más relajada; ya había experimentado en otras
ocasiones este tipo de pasión súbita, y desaparecía siempre al día siguiente
(qué bien, su universo seguía siendo el mismo). Tenía una familia que la amaba,
un hombre que la esperaba, y que ahora le escribía con mucha frecuencia,
contándole que la tienda de tejidos estaba creciendo. Aunque decidiese tomar el
avión aquella misma noche, tenía el dinero suficiente para, por lo menos, comprar
un solar. Había sobrevivido a la peor parte, la barrera de la lengua, la
soledad, el primer día en el restaurante con el árabe, la manera de convencer a
su alma para que no se quejase de lo que hacía con su cuerpo. Sabía muy bien
cuál era su sueño, y estaba dispuesta a todo por él. Y este sueño no incluía a
un hombre; por lo menos, no incluía a hombres que no hablasen su lengua materna
y que no viviesen en su ciudad.
Cuando el terremoto se calmó, María entendió que
parte de la culpa era suya, porque no había dicho en aquel momento: «Yo estoy
sola, soy tan miserable como tú, ayer viste mi "luz"' y fue la
primera cosa bonita y sincera que un hombre me ha dicho desde que llegué aquí».
En la radio sonaba una vieja canción: «Mis amores
mueren incluso antes de nacer». Sí, ése era su caso, su destino.
Del diario de María, dos días después de que todo
volvió a la normalidad:
La pasión hace que uno deje de comer, de dormir, de
trabajar, de estar en paz. Mucha gente se asusta porque, cuando aparece,
derrumba todas las cosas viejas que encuentra.
Nadie quiere desorganizar su mundo. Por eso, mucha
gente consigue controlar esta amenaza, y es capaz de mantener en pie una casa o
una estructura que ya está podrida. Son los ingenieros de las cosas superadas.
Otra gente piensa exactamente lo contrario: se entrega sin pensar, esperando
encontrar en la pasión las soluciones para todos sus problemas. Descarga sobre
la otra persona toda la responsabilidad por su felicidad, y toda la culpa por
su posible infelicidad. Está siempre eufórica porque algo maravilloso sucedió,
o deprimida porque algo inesperado acabó destruyéndolo todo.
Apartarse de la pasión, o entregarse ciegamente a
ella, ¿cuál de las dos actitudes es la menos destructiva? No sé.
Al tercer día, como resucitando de entre los
muertos, Ralf Hart volvió, y casi llegó un poco tarde, porque María ya estaba
hablando con otro cliente. Cuando lo vio, sin embargo, le dijo educadamente al
otro que no quería bailar, que estaba esperando a alguien. Entonces se dio
cuenta de que lo había esperado todos esos días. Y en ese momento aceptó todo
lo que el destino había puesto en su camino.
35
No se quejó; se puso contenta, podía permitirse ese
lujo, porque un día se iría de aquella ciudad, sabía que ese amor era
imposible, y por tanto, ya que no esperaba nada, tendría todo lo que aún
esperaba de aquella etapa de su vida.
Ralf le preguntó si quería una copa y María pidió
un cóctel de frutas. El dueño del bar, fingiendo que fregaba los vasos, miró a
la brasileña sin entender nada: ¿qué la habría hecho cambiar de idea? Esperaba
que aquel hombre no fuese allí simplemente a tomar algo, y 'se sintió aliviado
cuando él la sacó a bailar. Estaban cumpliendo el ritual, no había por qué
preocuparse.
María sentía la mano que rodeaba su cintura, su
cara pegada, la música muy alta que, gracias a Dios, impedía cualquier
conversación. Un cóctel de frutas no bastaba para tener coraje, y las pocas
palabras que habían intercambiado habían sido muy formales. Ahora era una
cuestión de tiempo: ¿irían a un hotel? ¿Harían el amor? No debía de ser
difícil, ya que él había dicho que no estaba interesado en el sexo, sería
simplemente cuestión de cumplir su compromiso profesional. Eso ayudaría a
acabar de matar cualquier vestigio de una posible pasión, no sabía por qué se
había torturado tanto después del primer encuentro.
Esa noche sería la Madre Comprensiva. Ralf Hart era
simplemente un hombre desesperado, como tantos millones de hombres. Si hacía
bien su papel, si conseguía seguir las normas que se había marcado desde que
había comenzado a trabajar en el Copacabana, no tenía por qué preocuparse. Era
muy arriesgado tener a aquel hombre cerca, ahora que sentía su olor, y le
gustaba, que experimentaba su roce, y le gustaba, se descubría esperándolo, y
no le gustaba.
Al cabo de cuarenta y cinco minutos ya habían
seguido todos los pasos, y él se dirigió al dueño de la discoteca:
-Me la llevo para el resto de la noche. Pagaré por
tres clientes. El dueño se encogió de hombros y pensó de nuevo que la chica
brasileña acabaría cayendo en la trampa del amor. María, a su vez, se
sorprendió: no sabía que Ralf Hart conocía tan bien las reglas.
-Vayamos a mi casa.
Tal vez ésa fuese realmente la mejor decisión,
pensó ella. Aunque fuese en contra de todas las recomendaciones de Milan, en
este caso decidió hacer una excepción. Además de descubrir de una vez por todas
si estaba o no casado, conocería la forma de vi da de los pintores famosos, y
un día podría escribir algo para el periódico de su pequeña ciudad, de modo que
todos supiesen que, durante su período en Europa, ella había frecuentado
círculos intelectuales y artísticos.
«Qué absurda disculpa», rió consigo misma.
Media hora después llegaron a un pequeño pueblo al
lado de Géneve, llamado Cologny; una iglesia, la panadería, el ayuntamiento,
todo en su lugar. ¡Y era realmente una casa de dos plantas, no un departamento!
Primera observación: debía de tener dinero de verdad. Segunda observación: si
estuviese casado, no osaría hacer aquello, porque siempre había gente mirando.
Entonces, era rico y soltero.
Entraron por un hall con una escalera que conducía
al segundo piso, pero siguieron recto, hasta las dos salas de la parte de
atrás, que daban a un jardín. Una de ellas tenía una mesa, y las paredes
estaban cubiertas de cuadros. La otra sala tenía algunos sofás, sillas,
estanterías llenas de libros, ceniceros sucios, vasos que habían sido usados
hace mucho tiempo y que todavía estaban allí. -Puedo preparar un café...
María negó con la cabeza. No, no puedes preparar un
café. Aún no puedes tratarme de forma diferente. Estoy desafiando mis propios
demonios, haciendo exactamente todo lo contrario de lo que me prometí a mí
misma. Pero vayamos con calma; hoy haré el papel de prostituta, o de amiga, o
de Madre Comprensiva, aunque en mi alma yo sea una Hija que precisa cariño.
Finalmente, cuando todo esté terminado, podrás prepararme un café.
-Al fondo del jardín está mi estudio, mi alma.
Aquí, entre todos estos cuadros y libros, está mi cerebro, lo que pienso.
María pensó en su propia casa. No tenía un jardín
al fondo. Ni libros, $implemente los que retiraba prestados de la biblioteca,
ya que no había necesidad de gastar dinero con lo que podía conseguir gratis.
Tampoco había cuadros, sólo un póster del Circo Acrobático de Shangai, al que
ella soñaba con ir.
Ralf trajo una botella de whisky y le ofreció.
-No, gracias.
Él se sirvió un trago, y se lo tomó todo, sin
hielo, sin tiempo.
Empezó a hablar de cosas inteligentes, y por más
que la conversación le interesase, ella sabía que aquel hombre tenía miedo de
lo que iba a suceder, ahora que estaban a solas. María recuperaba el control de
la situación.
Ralf se sirvió otro trago, y como si dijese algo
sin importancia, comentó:
-Te necesito.
Una pausa. Un silencio largo. «No lo ayudes a
romper este silencio, veamos cómo sigue.»
-Te necesito, María. Tienes luz, aunque pienses que
todavía no crees en mí, que simplemente estoy intentando seducirte con esta
conversación. No me preguntes: «¿Por qué yo? ¿Qué tengo yo de especial?». No
tienes nada de especial, nada que pueda explicarme a mí mismo. Sin embargo, he
ahí el misterio de la vida, no consigo pensar en otra cosa.
-No te preguntaría eso -mintió.
36
-Si yo buscase una explicación, diría: esta mujer
ha conseguido superar el sufrimiento y lo ha transformado en algo positivo,
creativo. Pero eso no basta para explicarlo todo.
Se hacía difícil escapar. Él continuó:
-¿Y yo? Con toda mi creatividad, con mis cuadros
que son disputados y deseados por galerías de todo el mundo, con mi sueño
realizado, con un pueblo que sabe que soy un hijo querido, con mis mujeres que
jamás me cobran pensión ni cosas así, con salud, buena apariencia, todo lo que
un hombre puede desear, ¿y yo? Aquí estoy, diciéndole a una mujer que conocí en
un café, y con la que he pasado una sola tarde: «Te necesito». ¿Sabes lo que es
la soledad?
-Sé lo que es.
-Pero no sabes qué es la soledad cuando se tiene la
posibilidad de estar con todo el mundo, cuando se recibe todas las noches una
invitación para una fiesta, un cóctel, un estreno de teatro. Cuando el teléfono
no deja de sonar, y son mujeres a las que les encanta tu trabajo, que dicen que
les gustaría mucho cenar contigo, son hermosas, inteligentes, educadas. Y algo
te empuja lejos y te dice: no vayas. No te vas a divertir. Una vez más pasarás
la noche entera intentando impresionarlas, gastarás tu energía demostrándote a
ti mismo que eres capaz de seducir al mundo.
»Entonces me quedo en casa, entro en mi estudio,
busco la luz que vi en ti, y sólo consigo verla mientras trabajo.
-¿Qué puedo darte que ya no tengas? -respondió
ella, sintiéndose un poco humillada por aquel comentario sobre otras mujeres,
pero recordando que, al fin y al cabo, él había pagado para tenerla a su lado.
Él bebió el tercer trago. María lo acompañó en su
imaginación, el alcohol que quemaba su garganta, su estómago, que entraba en su
corriente sanguínea llenándolo de valor; ella se sentía también embriagada,
aunque no había bebido ni una sola gota. La voz de Ralf Hart sonó más firme.
-Está bien. No puedo comprar tu amor, pero dijiste
que lo sabías todo sobre el sexo. Entonces, enséñame. O enséñame algo sobre
Brasil. Cualquier cosa, siempre que pueda estar a tu lado. ¿Y ahora?
-Solamente conozco dos ciudades de mi país: aquella
en la que nací y Río de Janeiro. En cuanto al sexo, no creo que pueda enseñarte
nada. Tengo casi veintitrés años, tú eres sólo seis años mayor, pero sé que has
vivido mucho más intensamente. Yo conozco a hombres que pagan por hacer lo que
ellos quieren, no lo que yo quiero.
-Ya he hecho todo lo que un hombre puede soñar
hacer con una, dos, tres mujeres al mismo tiempo. Y no sé si he aprendido
mucho.
De nuevo el silencio, pero era el turno de María. Y
él no la ayudó, como ella no lo había ayudado antes.
-¿Me quieres como profesional? -Te quiero como tú
quieras.
No, él no podía haber respondido eso, porque era
todo lo que ella deseaba oír. De nuevo el terremoto, el volcán, la tempestad.
Iba a ser imposible escapar de su propia trampa, iba a perder a ese hombre, sin
haberlo tenido nunca realmente.
-Tú sabes, María. Enséñame. Tal vez eso me salve,
nos salve a los dos, nos traiga de vuelta a la vida.
Tienes
razón, sólo tengo
seis años más
que tú, y,
aun así, ya
he vivido el
equivalente a muchas vidas.
Hemos pasado por experiencias completamente
distintas, pero ambos estamos desesperados.
»Lo único que nos da paz es estar juntos.
¿Por qué decía esas cosas? No era posible, y, aun
así, era verdad. Se habían visto sólo una vez, y ya se necesitaban el uno al
otro. Imagina que siguiesen viéndose, ¡qué desastre! María era una mujer
inteligente, con muchos meses de lectura y observación del género humano; tenía
un propósito en la vida, pero también tenía un alma que necesitaba conocer y
descubrir su «luz».
Ya se estaba cansando de ser quien era, y aunque el
inminente viaje a Brasil fuese un desafío interesante, todavía no había
aprendido todo lo que podía. Ralf Hart era un hombre que había aceptado
desafíos, lo había aprendido todo, pero ahora le pedía a aquella chica, a
aquella prostituta, a aquella Madre Comprensiva, que lo salvase. ¡Qué absurdo!
Anteriormente otros hombres se habían comportado de
la misma manera ante ella. Muchos no habían conseguido tener una erección,
otros querían ser tratados como niños, otros decían que les gustaría tenerla
por esposa porque se excitaban al saber que su mujer había tenido muchos
amantes. Aunque todavía no hubiese conocido a ninguno de los «clientes
especiales», ya había descubierto el enorme universo de fantasías que habitaba
el alma humana. Pero todos estaban acostumbrados a sus mundos, y nunca le
habían pedido «sácame de aquí». Al contrario, querían llevarse a María consigo.
Y aunque todos esos hombres siempre la hubiesen
dejado con algún dinero y sin ninguna energía, no era posible que ella no
hubiese aprendido nada. Sin embargo, si alguno de ellos realmente estuviese
buscando el amor, y si el sexo fuese sólo una parte de esa búsqueda, ¿cómo le
gustaría que la tratasen? ¿Qué sería importante que sucediese en el primer
encuentro?
¿Qué le gustaría realmente que sucediese?
-Recibir un regalo -dijo María.
Ralf Hart no entendió. ¿Regalo? Él ya le había
pagado por adelantado aquella noche, en el taxi, porque conocía el ritual. ¿Qué
quería decir con aquello?
37
María acababa de darse cuenta de que entendía, en
ese minuto, lo que una mujer y un hombre tenían que sentir. Lo tomó de la mano
y lo condujo hasta una de las salas.
-No vamos a subir a la habitación -dijo.
Apagó casi todas las luces, se sentó en la alfombra
y le pidió que se sentase delante de ella. Se fijó en que había una chimenea.
-Enciende la chimenea.
-Pero si estamos en verano.
-Enciende la chimenea. Me has pedido que dirija
nuestros pasos esta noche, y lo estoy haciendo.
Ella lo miró fijamente, esperando que él viese de
nuevo su «luz». Él la vio, porque fue hasta el jardín, recogió unos troncos de
madera mojados por la lluvia y puso algunos periódicos viejos para hacer que el
fuego secase los troncos y los encendiese. Fue hasta la cocina para servirse
más whisky, pero María lo in-terrumpió.
-¿Me has preguntado qué quería? -No.
-Pues que sepas que la persona que está contigo
existe. Piensa en ella. Piensa si ella desea whisky, o ginebra, o café.
Pregúntale qué quiere.
-¿Qué quieres beber?
-Vino. Y me gustaría que me acompañes.
Él dejó la botella de whisky, y volvió con una de
vino. A esas alturas, el fuego ya quemaba los troncos; María apagó las pocas
luces que todavía estaban encendidas, dejando que sólo las llamas iluminasen el
ambiente. Se comportaba como si siempre hubiese sabido que aquél era el primer
paso: reconocer al otro, saber que está ahí.
Abrió el bolso y encontró un bolígrafo que había
comprado en un supermercado. Cualquier cosa servía.
-Esto es para ti. Cuando lo compré, pensaba en
tener algo para anotar las ideas sobre administración de haciendas. Lo he usado
durante dos días, he trabajado hasta cansarme. Tiene un poco de mi sudor, de mi
concentración, de mi voluntad, y ahora te lo entrego.
Depositó el bolígrafo suavemente en su mano.
-En vez de comprarte algo que te gustaría tener, te
estoy dando algo que es mío, realmente mío. Un regalo. Una señal de respeto por
la persona que está ante mí, pidiéndole que comprenda lo importante que es
estar a su lado. Ahora tiene una pequeña parte de mí misma, que le he dado por
libre y espontáneo deseo. Ralf se levantó, fue hasta una estantería y volvió
con un objeto. Se lo tendió a María:
-Éste es el vagón de un tren eléctrico que yo tenía
cuando era niño. No tenía permiso para jugar con él yo solo, porque mi padre
decía que era caro, importado de Estados Unidos. Así pues, no tenía más remedio
que esperar a que él tuviese ganas de armar el tren en medio de la sala, aunque
generalmente se pasaba los domingos escuchando ópera. Por eso el tren
sobrevivió a mi infancia, pero no me dio ninguna alegría. Allí tengo guardados
todos los raíles, la locomotora, las casas, incluso el manual; porque yo tenía
un tren que no era mío, con el cual no jugaba.
»Ojalá lo hubiese destruido como todos los demás
juguetes que recibí y de los que ya ni me acuerdo, porque esta pasión por
destruir forma parte del modo en que el niño descubre el mundo. Pero este tren
intacto siempre me recuerda una parte de mi infancia que no viví, porque era
demasiado preciosa, o demasiado trabajosa para mi padre. O tal vez porque, cada
vez que armaba el tren, tenía miedo de demostrar su amor por mí.
María empezó a mirar fijamente el fuego en la
chimenea. Algo estaba sucediendo, y no era el vino, ni el ambiente acogedor.
Era la entrega de regalos.
Ralf también se volvió hacia el fuego.
Permanecieron callados escuchando el crepitar de las llamas. Bebieron vino,
como si no fuese importante decir nada, hablar de nada, hacer nada. Simplemente
estar allí, el uno con el otro, mirando en la misma dirección.
-Tengo muchos trenes intactos en mi vida -dijo
María, después de un rato-. Uno de ellos es mi corazón. Al igual que tú, sólo
jugaba con él cuando el mundo ponía los raíles, y no siempre era el momento
adecuado.
-Pero tú amaste.
-Sí, amé. Amé mucho. Amé tanto que, cuando mi amado
me pidió un regalo, tuve miedo y huí.
-No entiendo.
-No hace falta. Te estoy enseñando, porque he
descubierto algo que no sabía. El regalo, la entrega de algo que es tuyo. Dar
antes de pedir algo que sea importante. Tú tienes mi tesoro: el bolígrafo con
el que he escrito algunos de mis sueños. Yo tengo tu tesoro: el vagón de tren,
parte de la infancia que no viviste.
»Yo ahora llevo conmigo parte de tu pasado, y tú
guardas un poco de mi presente. Qué bien.
Dijo todo eso sin pestañear, sin extrañarse, como
si supiese hace mucho tiempo que ésa era la mejor y la única manera de
comportarse. Se levantó con suavidad, tomó su chaqueta del perchero y le dio un
beso en la mejilla. Ralf Hart, en ningún momento, hizo ademán de levantarse de
donde estaba, hipnotizado por el fuego, posiblemente pensando en su padre.
-Nunca he entendido muy bien por qué guardaba ese
vagón. Hoy ha quedado claro: para dártelo una noche con la chimenea encendida.
Ahora esta casa es más ligera.
38
Él dijo que, al día siguiente, donaría el resto de
los raíles, la locomotora, las pastillas que imitaban el humo, a algún
orfanato. -Tal vez hoy este tren sea una rareza que ya no se fabrica y valga
mucho dinero -advirtió María, para luego arrepentirse. No se trataba de eso,
sino de librarse de algo todavía más caro para nuestro corazón.
Antes de volver a decir algo que no encajaba en
aquel momento, volvió a darle un beso en la mejilla y se dirigió a la puerta.
Él todavía seguía observando el fuego, ella le pidió, delicadamente, que fuese
a abrirla.
Ralf se levantó y ella le explicó que, aunque la
alegrase verlo observando el fuego, los brasileños tienen una extraña
superstición: cuando visitan a alguien por primera vez, no pueden abrir la
puerta al salir, porque si lo hacen, jamás volverán a aquella casa.
-Y yo quiero volver.
-Aunque no nos hayamos quitado la ropa y yo no haya
entrado dentro de ti, ni siquiera te haya tocado, hemos hecho el amor.
Ella rió. Él se ofreció a llevarla a casa, pero
María lo rechazó. -Iré a verte mañana al Copacabana.
-No lo hagas. Espera una semana. He aprendido que
esperar es la parte más difícil, y también quiero acostumbrarme a eso; saber
que tú estás conmigo, aunque no estés a mi lado.
Anduvo de nuevo por el frío y por la oscuridad de
la noche, como había hecho tantas otras veces en Géneve; normalmente esas
caminatas estaban asociadas con tristeza, soledad, ganas de volver a Brasil,
nostalgia de la lengua que no hablaba hacía tanto tiempo, cálculos financieros,
horarios.
Hoy, sin embargo, caminaba para encontrarse a sí
misma, encontrar a aquella mujer que, durante cuarenta minutos estuvo ante el
fuego con un hombre, y estaba llena de luz, de sabiduría, de experiencia, de
encanto. Había visto el rostro de esa mujer algún tiempo atrás, cuando paseaba
por el lago pensando si debía o no dedicarse a una vida que no era la suya;
aquella tarde había sonreído de un modo muy triste. Había visto su rostro por
segunda vez en un lienzo doblado, y ahora sentía de nuevo su presencia. Tomó un
taxi después de mucho tiempo al ver que aquella presencia mágica se había ido y
la había dejado sola como siempre.
Entonces era mejor no pensar en el asunto para no
estropearlo, para no dejar que la ansiedad sustituyese todo aquello de bueno
que acababa de vivir. Si aquella otra María existía de verdad, volvería en el
momento adecuado.
Fragmento del diario de María escrito la noche en
que recibió el vagón de tren:
El deseo profundo, el deseo más real es aquel de
acercarse a alguien. A partir de ahí, comienzan las reacciones, el hombre y la
mujer entran en juego, pero lo que sucede antes, la atracción que los unió, es
imposible de explicar. Es el deseo intacto, en estado puro.
Cuando el deseo todavía está en ese estado puro,
hombre y mujer se apasionan por la vida, viven cada momento con veneración y,
conscientemente, esperan siempre el momento adecuado para celebrar la siguiente
bendición.
Así, las personas no tienen prisa, no precipitan
los acontecimientos con acciones inconscientes. Saben que lo inevitable se
manifestará, que lo verdadero siempre encuentra una manera de mostrarse. Cuando
llega el momento, no dudan, no pierden una oportunidad, no dejan pasar ningún
momento mágico porque respetan la importancia de cada segundo.
En los días
siguientes, María se
descubrió de nuevo
presa de la
trampa que tanto
había evitado, pero
no estaba triste ni preocupada por eso. Al
contrario: ya que no tenía nada más que perder, era libre.
Sabía
que, por más
romántica que fuese
la situación, un
día Ralf comprendería
que ella no era más
que una prostituta,
mientras que él
era un respetado
artista; que ella
vivía en un
país distante, siempre
en crisis, mientras
él vivía en
el paraíso, con
la vi da organizada
y protegida desde
su nacimiento. Él
había sido educado en los mejores colegios y museos del mundo, mientras que ella apenas había
terminado
la enseñanza secundaria. En fin,
los sueños como ése no
duran mucho, y
María ya había
vivido
lo bastante para
entender que la
realidad no coincidía
con sus sueños.
Ésa era ahora
su gran
alegría:
decirle a la
realidad que no necesitaba de
ella, que no dependía de lo que
sucedía para ser
feliz. «Qué romántica soy, Dios mío.»
Durante
esa semana intentó
descubrir algo que
hiciese feliz a Ralf Hart; él le
había devuelto una
dignidad
y una «luz»
que ella creía perdidas para
siempre. Pero la única manera de recompensarlo era
a través de lo que él juzgaba que era la
especialidad de
María: el sexo. Como las cosas no variaban mucho en la rutina del Copacabana, decidió
procurar otras
fuentes.
Fue a ver algunas películas pornográficas, y de
nuevo no encontró nada interesante, a no ser algunas variaciones en el número
de parejas. Como las películas no ayudaban mucho, por primera vez desde su
llegada a Géneve decidió comprar libros, aunque todavía creía que era mucho más
práctico no tener que ocupar el espacio de su casa con algo que, una vez leído,
ya no servía para nada. Fue hasta una librería
39
que había visto mientras andaba con Ralf por el
Camino de Santiago y preguntó si tenían algo sobre el tema.
-Muchas, muchas cosas -respondió la chica encargada
de las ventas-. En realidad, parece que la gente sólo se interesa por eso.
Además de una sección especial, en todas las novelas que ve a su alrededor
también hay por lo menos una escena de sexo. Aunque esté escondido en bonitas
historias de amor, o en tratados serios sobre el comportamiento del ser humano,
el hecho es que la gente sólo piensa en eso.
María, con toda su experiencia, sabía que la chica
estaba equivocada: la gente quería pensar eso, porque creía que todo el mundo
se preocupaba sólo de ese tema. Hacían regímenes, usaban pelucas, se pasaban
horas en la peluquería o en el gimnasio, se ponían ropa insinuante, intentaban
provocar la chispa deseada, ¿y después? Cuando llegaba el momento de ir a la
cama, once minutos y listo. Ninguna creatividad, nada que llevase al paraíso;
en poco tiempo, la chispa ya no tenía fuerza para mantener el fuego encendido.
Pero era inútil discutir con la chica rubia, que
creía que el mundo podía explicarse en los libros. Preguntó de nuevo dónde
estaba la sección especial, y allí descubrió varios títulos sobre gays,
lesbianas, monjas que revelaban cosas escabrosas de la Iglesia, y libros
ilustrados con técnicas orientales que mostraban posturas muy incómodas. Sólo
le interesó uno de los volúmenes: El sexo sagrado. Por lo menos debía de ser
diferente.
Lo compró, fue para casa, puso la radio en una
emisora que siempre la ayudaba a pensar (porque la música era tranquila), abrió
el libro y vio que tenía varias ilustraciones, con posturas que solamente aquel
que trabaja en un circo puede practicar. El texto era aburrido.
María había aprendido lo suficiente en su profesión
como para saber que no todo en la vida era una cuestión de la postura en la que
uno se pone mientras hace el amor, sino que, la mayoría de las veces, cualquier
variación sucedía de manera natural, sin pensar, como los pasos de un baile.
Aun así, intentó concentrarse en lo que leía.
Dos horas después, se dio cuenta de dos cosas.
La primera, que tenía que cenar pronto, pues debía
volver al Copacabana.
La segunda, que la persona que había escrito aquel
libro no entendía nada, NADA del asunto. Mucha teoría, cosas orientales,
rituales inútiles, sugerencias idiotas. Se veía que el autor había meditado en
el Himalaya (tenía que enterarse de dónde quedaba eso), que había frecuentado
cursos de yoga (ya había oído hablar de ello), que había leído mucho sobre el
asunto, pues citaba a uno y otro autor, pero no había aprendido lo esencial. El
sexo no era teoría, incienso, puntos tántricos, veneración, ni tanta ceremonia.
¿Cómo aquella persona (en verdad, una mujer) osaba escribir sobre un tema que
ni siquiera María, que trabajaba en el gremio, conocía bien? Tal vez fuese
culpa del Himalaya, o de la necesidad de complicar algo cuya belleza está en la
simplicidad y en la pasión. Si aquella mujer había sido capaz de publicar y de
vender un libro tan estúpido, era mejor volver a pensar seriamente en su texto
Once minutos. No sería cínico ni falso, simplemente sería su historia, nada
más.Pero no tenía ni tiempo, ni interés; necesitaba concentrar su energía en
alegrar a Ralf Hart, y en aprender cómo administrar haciendas.
Extracto del diario de María, justo después de
dejar el aburrido libro a un lado:
He encontrado a un hombre y me he enamorado de él.
Me he dejado llevar por una simple razón: no espero nada. Sé que dentro de tres
meses estaré lejos, él será un recuerdo, pero ya no podía aguantar más vivir
sin amor; estaba al límite.
Estoy escribiendo una historia para Ralf Hart, ése
es su nombre. No estoy segura de si volverá a la discoteca en la que trabajo,
pero por primera vez en mi vida eso no tiene la menor importancia. Me basta con
amarlo, estar con él en mi pensamiento, y colorear esta ciudad tan hermosa con
sus pasos, sus palabras, su cariño. Cuando deje este país, tendrá un rostro, un
nombre, el recuerdo de una chimenea. Todo lo demás que he vivido aquí, todas
las cosas duras por las que he pasado, no serán nada al lado de ese recuerdo.
Me gustaría poder hacer por él lo que él hizo por
mí. He estado pensando mucho, y he descubierto que no entré en aquel café por
casualidad; los encuentros más importantes ya han sido planeados por las almas
antes incluso de que los cuerpos se hayan visto. Generalmente estos encuentros
suceden cuando llegamos a un límite, cuando necesitamos morir y renacer
emocionalmente. Los encuentros nos esperan, pero la mayoría de las veces
evitamos que sucedan. Sin embargo, si estamos desesperados, si ya no tenemos nada
que perder, o si estamos muy entusiasmados con la vida, entonces lo desconocido
se manifiesta, y nuestro universo cambia de rumbo.
Todos sabemos amar, pues hemos nacido con ese don.
Algunas personas lo practican naturalmente bien, pero la mayoría tiene que
reaprender, recordar cómo se ama, y todos, sin excepción, tenemos que quemarnos
en la hoguera de nuestras emociones pasadas, revivir algunas alegrías y
dolores, malos momentos y recuperación, hasta conseguir ver el hilo conductor
que hay detrás de cada nuevo encuentro; sí, hay un hilo.
40
Y entonces, los cuerpos aprenden a hablar el
lenguaje del alma, eso se llama sexo, eso es lo que puedo darle al hombre que
me ha devuelto el alma, aunque él desconozca totalmente su importancia en mi
vida. Eso fue lo que él me pidió, y eso tendrá; quiero que sea muy feliz.
La vida es a veces muy avara: la gente pasa días,
semanas, meses y años sin sentir nada nuevo. Sin embargo, una vez que abre una
puerta, y ése fue el caso de María con Ralf Hart, una verdadera avalancha entra
por el espacio abierto. En un momento no tienes nada, y al momento siguiente
tienes más de lo que puedes aceptar.
Dos horas después de haber escrito su diario,
cuando llegó al trabajo, Milan, el dueño, habló con ella:
-Entonces saliste con el pintor...
Debía de ser conocido de la casa, ella lo había
comprendido cuando él pagó por tres clientes, la cantidad exacta, sin preguntar
el precio. María simplemente asintió con la cabeza, procurando crear un cierto
misterio, al que Milan no dio la menor importancia, ya que conocía esa vida
mejor que ella.
-Tal vez ya estés preparada para dar un siguiente
paso. Hay un cliente especial que siempre pregunta por ti.
Yo le digo que no tienes experiencia y él me cree;
pero tal vez ahora sea el momento de intentarlo.
¿Un cliente especial?
-¿Y qué tiene eso que ver con el pintor? -También
él es un cliente especial.
Entonces todo lo que había hecho con Ralf Hart ya
debía de haber sido probado y hecho por otra de sus colegas. Se mordió el labio
y no dijo nada, había pasado una hermosa semana, no podía olvidar lo que había
escrito.
-¿Debo hacer lo mismo que hice con él?
-No sé lo que hicieron; pero hoy, si alguien te
ofrece una copa, no aceptes. Los clientes especiales pagan mejor, y no te
arrepentirás.
El trabajo comenzó como de costumbre. Las
tailandesas sentadas juntas como siempre, las colombianas con aire de quien lo
entiende todo, las tres brasileñas (entre las cuales se incluía) fin-giendo
estar distraídas, como si nada de aquello fuese nuevo o interesante. Había una
austríaca, dos alemanas, y el resto se componía de mujeres del antiguo este de
Europa, todas altas, de ojos claros, guapas, y que acababan casándose más
rápido que las demás.
Los hombres entraron: rusos, suizos, alemanes,
siempre ejecutivos ocupados, dispuestos a pagar por los servicios de las
prostitutas más caras de una de las ciudades más caras del mundo. Algunos se
dirigieron a su mesa, pero ella siempre miraba a Milan, y él negaba con la
cabeza. María estaba contenta: no tendría que abrirse de piernas aquella noche,
aguantar olores, ducharse en baños que no siempre estaban calientes; todo lo
que tenía que hacer era enseñar a un hombre, ya cansado del sexo, cómo debía hacer
el amor. Y ahora, pensándolo bien, ninguna otra mujer tendría la misma
creatividad para inventar la historia del presente.
Al mismo tiempo se preguntaba: «¿Por qué será que,
después de haberlo probado todo, quieren volver al principio?». En fin, eso no
era problema suyo; siempre que pagasen bien, ella estaba allí para servirlos.
Un hombre más joven que Ralf Hart entró en el
local; guapo, pelo negro, dientes perfectos, y un traje que le recordaba a los
de los chinos, sin corbata, simplemente con un cuello alto, y una im-pecable
camisa blanca por debajo. Se dirigió hasta el bar, donde estaba Milan, ambos
miraron a María, y él se acercó: -¿Aceptas una copa?
Milan asintió con la cabeza, y ella lo invitó a
sentarse en su mesa. Pidió su cóctel de frutas, y estaba esperando la
invitación para bailar, cuando el hombre se presentó:
-Mi nombre es Terence, y trabajo en una compañía
discográfica en Inglaterra. Como sé que estoy en un lugar en el que puedo
confiar en la gente, pienso que esto quedará entre nosotros.
María iba a empezar a hablar de Brasil, cuando él
la interrumpió:
-Milan dijo que entiendes lo que quiero.
-No sé qué quieres. Pero entiendo de lo que hago.
El ritual no fue cumplido; él pagó la cuenta, la
tomó del brazo, entraron en el taxi, y le tendió mil francos. Por un momento,
ella se acordó del árabe con el que había ido a cenar a aquel res taurante
lleno de pinturas famosas; era la primera vez que volvía a recibir la misma
cantidad, y en vez de contentarla, eso la puso nerviosa.
El taxi se detuvo frente a uno de los hoteles más
caros de la ciudad. Él dio las buenas noches al portero, demostrando una gran
familiaridad con el sitio. Subieron directamente a la habitación, una suite con
vista al río. Él abrió una botella de vino, posiblemente muy caro, y le ofreció
una copa.
Marí a lo miraba mientras bebía; ¿qué quería un
hombre como aquél, rico, guapo, de una prostituta? Como él casi no hablaba,
ella también permaneció la mayor parte del tiempo en silencio, intentando
descubrir qué era lo que podía dejar a un cliente especial satisfecho. Entendió
que no debía tomar la
41
iniciativa, pero una vez que el proceso comenzase,
pretendía acompañarlo con la ve locidad que fuese necesaria; al fin y al cabo,
no todas las noches ganaba mil francos.
-Tenemos tiempo -dijo Terence-. Todo el tiempo que
queramos. Puedes dormir aquí, si lo deseas. La inseguridad volvió. No parecía
intimidado, y hablaba con una voz tranquila, diferente de la de los demás.
Sabía lo que deseaba; puso una música perfecta, en el momento perfecto, en la
habitación perfec ta, con la ventana perfecta, que daba al lago de una ciudad
perfecta. Su traje era de buen corte, la maleta estaba en una esquina, pequeña,
como si no necesitase muchas cosas para viajar, o como
si hubiese venido a Géneve sólo por aquella noche.
-Voy a dormir a casa -respondió María.
Él cambió por completo. Sus ojos de caballero
ganaron un brillo frío, glacial.
-Siéntate allí -dijo, señalando una silla al lado
del escritorio.
¡Era una orden! Una verdadera orden. María obedeció
y, curiosamente, aquello la excitó.
-Siéntate bien. Endereza la espalda, como una mujer
con clase. Si no lo haces, te voy a castigar. ¡Castigar! ¡Cliente especial! En
un minuto ella lo entendió todo, sacó los mil francos del bolso y los puso
sobre el escritorio. -Sé lo que quieres -dijo, mirando al fondo de aquellos
helados ojos azules-. Y
no estoy dispuesta.
Él pareció volver a la normalidad, y vio que ella
decía la verdad. -Toma tu vino -dijo-. No voy a forzarte a nada. Puedes
quedarte un rato más, o puedes salir si quieres.
Aquello la dejó más tranquila.
-Tengo un empleo. Tengo un jefe que me protege y
que cree en mí. Por favor, no le digas nada de esto.
María lo dijo sin ningún tono de piedad, sin
implorar nada, era simplemente la realidad de su vida. Terence también había vu
elto a ser el mismo hombre, ni dulce, ni duro, simplemente alguien que, al
contrario de los otros clientes, daba la impresión de saber lo que deseaba.
Ahora parecía salir de un trance, de una obra de teatro que aún no había
comenzado.
¿Valía la pena irs e así, sin descubrir qué
significa aquello de un «cliente especial»?
-¿Qué quieres exactamente?
-Ya sabes. Dolor, sufrimiento. Y mucho placer.
«Dolor y sufrimiento no encajan mucho con placer»,
pensó María. Aunque quisiese desesperadamente creer que sí, y de esta manera
convertir en positivas una gran parte de las experiencias negativas de su vida.
Él la tomó de la mano, y la llevó hasta la ventana:
al otro lado del lago podían ver la torre de una catedral, María recordó que
había pasado por allí mientras recorría con Ralf Hart el Camino de Santiago.
-¿Ves ese río, ese lago, esas casas, aquella
iglesia? Hace quinientos años, era todo más o menos igual.
»Excepto porque la ciudad estaba completamente
vacía; una enfermedad desconocida se había extendido por toda Europa, y nadie
sabía por qué moría tanta gente. Llamaron a la enfermedad la Peste Negra, un
castigo que Dios había enviado al mundo a causa de los pecados del hombre.
»Entonces, un grupo de personas decidió
sacrificarse por la humanidad: ofrecieron aquello que más temían: el dolor
físico. Empezaron a caminar día y noche por estos puentes, estas calles,
azotando su propio cuerpo con látigos o cadenas. Sufrían en nombre de Dios, y
alababan a Dios con su dolor. Al cabo de poco tiempo, descubrieron que eran más
felices haciendo eso que cociendo pan, trabajando a jornal, alimentando
animales. El dolor ya no era sufrimiento, sino el placer de rescatar a la
humanidad de sus pe-cados. El dolor se transformó en alegría, en el sentido de
la vida, en el placer.
Sus ojos volvieron a tener la misma frialdad que
había visto algunos minutos antes. Recogió el dinero que ella había dejado
sobre el escritorio, separó ciento cincuenta francos y los metió en su bolso.
-No te preocupes por tu jefe. Aquí está su
comisión, y prometo no decirle nada. Puedes irte. Ella tomó todo el dinero.
-¡No!
Era el vino, el árabe en el restaurante, la mujer
de sonrisa triste, la idea de que nunca volvería a aquel maldito lugar, el
miedo al amor que llegaba bajo la forma de un hombre, las cartas a su madre que
contaban una bonita vida llena de oportunidades de trabajo, el niño que le
había pedido un lápiz en la infancia, las luchas consigo misma, la culpa, la
curiosidad, el dinero, la búsqueda de sus propios límites, las ocasiones y las
oportunidades que había perdido. Era otra María la que estaba allí: ya no ofrecía
re-galos, sino que se entregaba en sacrificio.
-Ya no tengo miedo. Sigamos adelante. Si es
necesario, castígame por ser rebelde. Mentí, traicioné, actué equivocadamente
con quien me protegió y me amó.
María había entrado en el juego. Estaba diciendo
las cosas adecuadas.
-¡Arrodíllate! -dijo Terence, con una voz baja y
amenazante. María obedeció. Nunca había sido tratada de aquella manera, y no
sabía si era bueno o malo, simplemente quería ir más lejos, merecía ser
humillada por todo lo que había hecho en toda su vi da. Estaba entrando en un
personaje, un nuevo personaje, una mujer que desconocía completamente.
42
-Serás castigada. Porque eres inútil, porque no
conoces las reglas, nada sabes sobre el sexo, sobre la vida, sobre el amor.
Mientras hablaba, Terence se transformaba en dos hombres distintos: el que
explicaba tranquilamente las reglas, y el que la hacía sentirse la persona más
miserable del mundo.
-¿Sabes por qué te lo permito? Porque no hay mayor
placer que iniciar a alguien en un mundo desconocido. Arrancarle la virginidad,
no del cuerpo, sino del alma, ¿entiendes?
Entendía.
-Hoy podrás hacer preguntas. Pero la próxima vez,
cuando el telón de nuestro teatro se abra, la obra comenzará y no podrás parar.
Si paras, es porque nuestras almas no se han entendido. Recuerda: es una obra
de teatro. Tienes que ser el personaje que nunca has tenido el coraje de ser.
Poco a poco, descubrirás que ese personaje eres tú misma, pero hasta que seas
capaz de verlo con claridad, procura fingir, inventar.
-¿Y si no soporto el dolor?
-No existe el dolor, existe algo que se convierte
en delicia, en misterio. Forma parte de la obra pedir «no me trates así, me
estás haciendo mucho daño». Está permitido pedir: «¡Para, no aguanto más!».
Para evitar el peligro... baja la cabeza, ¡y no me mires! María, arrodillada,
bajó la cabeza y miraba al suelo.
-Para evitar que esta relación cause daños físicos
serios, tendremos dos códigos. Si uno de nosotros dice «amarillo», eso
significa que la violencia debe ser reducida un poco. Si decimos «rojo», hay
que parar inmediatamente.
-¿Has dicho «uno de nosotros»?
-Los papeles se alternan. No existe uno sin el
otro, y nadie sabrá humillar si no es humillado también.
Aquéllas eran palabras terribles, venidas de un
mundo que no conocía, lleno de sombras, de fango, de podredumbre. Aun así,
María deseaba seguir adelante, su cuerpo temblaba, de miedo y excitación.
La mano de Terence tocó su cabeza, con una ternura
inesperada.
-Fin.
Le pidió que se levantase. Sin especial cariño, pero sin la agresividad seca
que había demostrado.
María se puso la chaqueta, todavía temblando.
Terence notó su estado.
-Fúmate un cigarrillo antes de irte. -No ha
sucedido nada.
-No hace falta. Comenzará a suceder en tu alma, y
la próxima vez que nos veamos estarás preparada. -¿Esta noche ha valido mil
francos?
Él no respondió. Encendió también un cigarrillo,
terminaron el vino, escucharon música perfecta, saborearon juntos el silencio.
Hasta que llegó el momento de decir algo, y María se sorprendió de sus propias
palabras.
-No entiendo por qué tengo ganas de pisar este
fango. -Mil francos.
-No es eso.
Terence parecía contento con la respuesta.
-Yo también me pregunté lo mismo. El marqués de
Sade decía que las experiencias más importantes del hombre son aquellas que lo
llevan al límite; sólo así aprendemos, porque eso requiere todo nuestro coraje.
»Cuando un jefe humilla a un empleado, o un hombre
humilla a su mujer, simplemente está siendo cobarde, o vengándose de la vida;
son personas que jamás se han atrevido a mirar en el fondo de sus almas, que
jamás han procurado saber de dónde viene el deseo de soltar la fiera salvaje,
de entender qué el sexo, el dolor y el amor son experiencias límite del hombre.
»Y solamente aquel que conoce esas fronteras conoce
la vi da; el resto es simplemente pasar el tiempo, repetir una misma tarea,
envejecer y morir sin saber realmente lo que se estaba haciendo aquí.
De
nuevo la calle,
de nuevo el
frío, de nuevo
el deseo de andar. Él
estaba equivocado, no era
necesario
conocer sus demonios
para encontrar a
Dios. Se cruzó con un
grupo de estudiantes
que
salían
de un bar;
estaban alegres, habían
bebido un poco,
eran guapos, llenos
de salud, pronto
terminarían
la universidad y
comenzarían aquello que
llaman «la verdadera
vida». Trabajo, matrimonio,
hijos,
televisión, amargura, vejez,
sensación de haber perdido muchas
cosas, frustraciones,
enfermedad, invalidez, dependencia de los demás,
soledad, muerte.
¿Qué estaba sucediendo? Ella también buscaba
tranquilidad para vivir su «verdadera vida»; el tiempo pasado en Suiza,
haciendo algo que jamás había soñado, era simplemente un período difícil, al
que todo el mundo se enfrenta tarde o temprano. En ese período difícil,
frecuentaba el Copacabana, salía con
hombres por dinero, interpretaba a la Niña Ingenua, la Mujer Fatal
y la Madre Comprensiva,
dependiendo del cliente.
Era simplemente
un trabajo, al
cual se dedicaba
con el máximo de profesionalidad,
por las propinas, y
el mínimo de interés, por miedo a acostumbrarse a él.
Había pasado nueve meses controlando el
mundo
a su alrededor,
y poco tiempo antes de volver a su tierra, se estaba
descubriendo capaz de
amar sin
exigir nada a cambio, y sufrir sin motivo. Como si
la vida hubiese escogido este medio sórdido, extraño, para enseñarle algo sobre
sus propios misterios, su luz y sus tinieblas.
43
Del diario de María, la noche en que salió con
Terence por primera vez:
Él citó a Sade, del que yo nunca había oído nada,
solamente los comentarios habituales sobre sadismo: «Sólo nos conocemos cuando
conocemos nuestros propios límites», y eso es verdad. Pero también es un error,
porque no es importante conocerlo todo de nosotros mismos; el ser humano no fue
hecho sólo para buscar la sabiduría, sino también para arar la tierra, esperar
la lluvia, plantar trigo, recoger el grano, hacer el pan.
Soy dos mujeres: una desea tener toda la alegría,
la pasión, las aventuras que la vida me puede dar. La otra quiere ser esclava
de una rutina, de la vida familiar, de las cosas que pueden ser planeadas y
cumplidas. Soy el ama de casa y la prostituta, ambas viviendo en el mismo
cuerpo, y una luchando contra la otra.
El encuentro de una mujer consigo misma es un juego
con riesgos serios. Una danza divina. Cuando nos encontramos somos dos energías
divinas, dos universos que chocan. Si el encuentro no tiene la reverencia
necesaria, un universo destruye al otro.
Se encontraba de nuevo en la sala de estar de la
casa de Ralf Hart, el fuego en la chimenea, el vino, los dos sentados en el
suelo, y todo lo que había experimentado el día anterior, con aquel ejecutivo
inglés de la compañía discográfica, no pasaba de un sueño o de una pesadilla,
dependiendo de su estado de ánimo. Ahora volvía a la búsqueda de su razón de
vivir, mejor dicho, a la entrega más disparatada posible, aquella en la que uno
ofrece su corazón y no pide nada a cambio.
Había crecido mucho mientras esperaba ese momento.
Había descubierto, por fin, que el amor real nada tenía que ver con lo que
imaginaba, o sea, una cadena de acontecimientos provocados por la energía
amorosa: enamoramiento, compromiso, matrimonio, hijos, espera, cocina, parque
de atracciones los domingos, más espera, vejez juntos, la espera acaba y en su
lugar llega el retiro del marido, las enfermedades, la sensación de que ya es
muy tarde para vivir juntos lo que soñaban.
Miró al hombre a quien había decidido entregarse, y
a quien había decidido no contar jamás lo que sentía, porque lo que sentía
ahora estaba lejos de cualquier forma, incluso la física. Él parecía más
cómodo, como si estuviese empezando un período interesante de su existencia.
Sonreía, contaba historias de su reciente viaje a Munich, para reunirse con un
importante director de museo.
-Me preguntó si el lienzo sobre los rostros de
Géneve estaba acabado. Le dije que había encontrado a una de las principales
personas a las que me gustaría pintar; una mujer llena de luz. Pero no quiero
hablar de mí, quiero abrazarte. Te deseo.
Deseo. ¡.Deseo? ¡Deseo! Eso, ése el punto de
partida para aquella noche, porque era algo que ella conocía muy bien.
Por ejemplo: despertar el deseo sin entregar ya su
objeto. -Entonces, deséame. Es lo que estamos haciendo, en este momento. Estás
a menos de un metro de mí, fuiste hasta una discoteca, pagaste por mis
servicios, sabes que tienes derecho a tocarme. Pero no te atreves. Mírame.
Mírame, y piensa que tal vez yo no quiera que me mires. Imagina lo que está
escondido bajo mi ropa.
Siempre usaba vestidos negros para trabajar, y no
entendía por qué las demás chicas del Copacabana intentaban ser provocativas
con sus escotes y sus colores agresivos. Para ella, excitar a un hombre era
vestirse como cualquier mujer que él puede encontrar en la oficina, en el tren,
o en casa de una amiga de su mujer.
Ralf la miró, María sintió que él la desnudaba, y
le gustó ser deseada de aquella manera, sin contacto, como en un restaurante o
en la cola del cine.
-Estamos en una estación -continuó María-. Estoy
esperando el tren junto a ti, tú no me conoces. Pero mis ojos se cruzan con los
tuyos, por casualidad, y no se desvían. Tú no sabes qué intento decir, porque
aunque seas un hombre inteligente, capaz de ver la «luz» de la gente, no eres
lo suficientemente sensible como para ver lo que la luz ilumina.
Se había aprendido el «teatro». Quiso olvidar
rápidamente la cara del ejecutivo inglés, pero él estaba allí, guiando su
imaginación.
-Mis ojos están fijos en los tuyos, y puedo estar
preguntándome a mí misma: «¿Lo conozco de algún sitio?». O puedo estar
distraída. O puede que tema ser antipática, tal vez tú me conozcas, voy a darle
el beneficio de la duda por algunos segundos, hasta concluir que es un hecho, o
un malentendido.
»Pero también puede que quiera la cosa más simple
del mundo: encontrar a un hombre. Puedo estar intentando huir de un amor que
sufrí. Puedo estar procurando vengarme de una traición que acaba de suceder, y
he decidido ir hasta la estación en busca de un desconocido. Puedo desear ser
tu prostituta sólo por una noche, sólo para hacer algo diferente en mi vida
aburrida. Puedo, incluso, ser una prostituta de verdad, que está allí buscando
trabajo.
Un rápido silencio; María se había distraído de
repente. Había vuelto al hotel, la humillación, «amarillo», «rojo», dolor y
mucho placer. Aquello perturbaba su alma de una manera que no le estaba
gustando.
Ralf lo notó e intentó empujarla de nuevo hacia la
estación de tren:
44
-¿En este encuentro tú también me deseas? -No lo
sé. No nos hablamos, no lo sabes.
Otros segundos de distracción. En cualquier caso,
la idea de «teatro» ayudaba mucho; hacía surgir al verdadero personaje,
apartaba a muchas personas falsas que habitan en nosotros mismos.
-Pero el hecho es que yo no desvío mis ojos, y tú
no sabes qué hacer. ¿Debes acercarte? ¿Serás rechazado? ¿Llamaré a un guardia?
¿O te invitaré a tomar un café?
-Vuelvo de Munich -dijo Ralf Hart, y su tono de voz
era diferente, como si realmente se estuviesen viendo por primera vezEstoy
pensando en una colección de cuadros sobre las personalidades del sexo. Las
muchas máscaras que usa la gente para no vi vir jamás el verdadero encuentro.
Él conocía el «teatro». Milan había dicho que
también era un cliente especial. La alarma sonó, pero ella necesitaba tiempo
para pensar.
-El director del museo me dijo: ¿en qué pretendes
basar tu trabajo? Yo respondí: en mujeres que se sienten libres para ganar
dinero haciendo el amor. Él comentó: no puede ser, llamamos a esas mujeres
prostitutas. Yo respondí: bueno, son prostitutas, voy a estudiar su historia y
haré algo más intelectual, pero al gusto de las familias que visitarán el
museo. Todo es cuestión de cultura, ¿sabes? De presentar de una manera
agradable aquello que cuesta digerir.
»El director insistió: pero el sexo ya no es tabú.
Es algo tan explorado, que es difícil hacer un trabajo sobre él. Yo respondí:
¿y tú sabes de dónde viene el deseo sexual? Del instinto, dijo el director. Sí,
del instinto, pero eso todo el mundo lo sabe. ¿Cómo hacer una bonita
exposición, si simplemente estamos hablando de ciencia? Yo quiero hablar de
cómo un hombre explica esa atracción. Cómo un filósofo, por ejemplo, lo
contaría. El director me pidió que pusiese un ejemplo. Yo dije que, cuando
tomase el tren de vuelta a casa y alguna mujer me mirase, hablaría con ella;
diría que, por ser una extraña, podríamos tener la libertad de hacer todo lo
que habíamos soñado, vivir todas nuestras fantasías, y después irnos a nuestras
casas, nuestras mujeres y nuestros maridos, y no volver a vernos jamás. Y
entonces, en esa estación de tren, te veo.
-Tu historia es tan interesante que está matando el
deseo. Ralf Hart rió y estuvo de acuerdo. El vino se había acabado, él fue
hasta la cocina a buscar otra botella, y ella se quedó mirando el fuego,
sabiendo ya cuál sería el siguiente paso, pero al mismo tiempo saboreando aquel
ambiente acogedor, olvidando al ejecutivo inglés, volviendo a entregarse.
Ralf llenó los dos vasos.
-Simplemente por curiosidad, ¿cómo acabarías esta
historia con el director?
-Citaría a Platón, ya que estaría ante un
intelectual. Según él, al principio de la creación, los hombres y las mujeres
no eran como son hoy; había sólo un ser, que era bajo, con un cuerpo y un
cuello, pero cuya cabeza tenía dos caras, cada una mirando en una dirección.
Era como si dos criaturas estuviesen pegadas por la espalda, con dos sexos
opuestos, cuatro piernas, cuatro brazos.
»Los dioses griegos, sin embargo, eran celosos, y
vieron que una criatura que tenía cuatro brazos trabajaba más, dos caras
opuestas estaban siempre vigilantes y no podían ser atacadas a traición, cuatro
piernas no exigían tanto esfuerzo para permanecer de pie o andar durante largos
períodos. Y lo que era más peligroso: la criatura tenía dos sexos diferentes,
no necesitaba a nadie más para seguir reproduciéndose en la tierra.
»Entonces dijo Zeus, el supremo señor del Olimpo:
«Tengo un plan para hacer que estos mortales pierdan su fuerza».
»Y, con un rayo, partió a la criatura en dos, y así
creó al hombre y a la mujer. Eso aumentó mucho la población del mundo, y al
mismo tiempo desorientó y debilitó a los que en él habitaban, porque ahora
tenían que buscar su parte perdida, abrazarla de nuevo, y en ese abrazo
recuperar la antigua fuerza, la capacidad de evitar la traición, la resistencia
para andar largos períodos y soportar el trabajo agotador. A ese abrazo donde
los dos cuerpos se confunden de nuevo en uno lo llamamos sexo.
-¿Esa historia es cierta? -Según Platón, el
filósofo griego.
María lo miraba fascinada, y la experiencia de la
noche anterior había desaparecido por completo. Ella veía a aquel hombre lleno
de la misma «luz» que él había visto en ella, al contar aquella extraña
historia con entusiasmo, con los ojos brillándole, ya no de deseo, sino de
alegría.
-¿Puedo pedirte un favor?
Ralf respondió que podía pedirle cualquier cosa.
-¿Puedes enterarte de por qué, después de que los
dioses dividiesen a la criatura de cuatro piernas, algunas de ellas decidieron
que ese abrazo podía ser simplemente una cosa, un negocio como otro cualquiera,
que en vez de enriquecer, absorbe toda la energía de la gente?
-¿Te refieres a la prostitución?
-Eso.
¿Puedes enterarte de
cuándo el sexo
dejó de ser
sagrado? -Lo haré si quieres -respondió
Ralf-.
Pero nunca he pensado en ello, y no creo que nadie
más lo haya hecho.
María no aguantó la presión:
-¿Y se te ha ocurrido pensar que las mujeres,
principalmente las prostitutas, son capaces de amar?
-Sí, se me ha ocurrido. Se me ocurrió el primer
día, cuando estábamos en la mesa del café, cuando vi tu luz. Entonces, cuando
pensé en invitarte a un café, escogí creer en todo, incluso en la posibilidad
de que tú me devolvieses al mundo de donde partí hace mucho tiempo.
45
Ahora ya no había vuelta atrás. María, la maestra,
tenía que acudir rápidamente en su auxilio, o ella lo besaría, lo abrazaría, le
pediría que no la dejase.
-Volvamos a la estación de tren -dijo-. Mejor
dicho, volvamos a esta sala, al día en que vinimos aquí por primera vez, y tú
reconociste que yo existía, y me hiciste un regalo. Fue la primera tentativa de
entrar en mi alma, y no sabías si eras bienvenido. Pero, como dice tu historia,
los seres humanos fueron divididos, y ahora buscan de nuevo ese abrazo que los
una. Ése es nuestro instinto. Pero también nuestra razón para soportar todas
las cosas difíciles que suceden durante esa búsqueda.
»Quiero que me mires, y quiero, al mismo tiempo,
que evites que yo lo note. El primer deseo es importante porque está escondido,
prohibido, no permitido. No sabes si estás ante tu otra mitad perdida, ella
tampoco lo sabe, pero algo los atrae, y es preciso creer que es verdad.
«¿De dónde saco todo esto? Lo saco del fondo de mi
corazón, porque me gustaría que siempre hubiese sido así. Saco estos sueños de
mi propio sueño de mujer.»
Ella bajó un poco el tirante de su vestido, de modo
que una parte, sólo una ínfima parte de su pezón quedase al descubierto. -El
deseo no es lo que ves, sino aquello que imaginas.
Ralf Hart miraba a una mujer de cabellos negros, y
ropa igual que el cabello, sentada en el suelo de su sala de estar, llena de
deseos absurdos, como tener una chimenea encendida en pleno verano. Sí, quería
imaginar lo que aquella ropa escondía, podía ver el tamaño de sus senos, sabía
que el sostén que ella usaba era innecesario, aunque tal vez fuese una
obligación del oficio. Sus senos no eran grandes, no eran pequeños, eran
jóvenes. Su mirada no mostraba nada; ¿qué estaba ella haciendo allí? ¿Por qué él
alimentaba esa relación peligrosa, absurda, si no tenía ningún problema en
conseguir a una mujer? Era rico, joven, famoso, de buena apariencia. Le
encantaba su trabajo, había amado a mujeres con las que se había casado, había
sido amado. En fin, era una persona que, dadas las circunstancias, debería
decir: «Soy feliz».
Pero no lo
era. Mientras que la mayoría de
los seres humanos se mataban por un pedazo de pan, un
techo bajo el cual vivir, un empleo que les
permitiese vivir con dignidad, Ralf Hart tenía todo eso, lo cual
lo hacía más miserable. Si tuviera que hacer un
balance reciente de su vida, tal vez habría dos, tres días en los que se
levantó, vio el sol, o la lluvia, y se sintió alegre porque era la mañana,
simplemente alegre, sin desear nada, sin planear nada, sin pedir nada a cambio.
Aparte de esos pocos días, el resto de su existencia se había gastado en
sueños, frustraciones y realizaciones, deseo de superarse a sí mismo, viajes
más allá de sus límites; no sabía exactamente a quién, o a qué, pero se había
pasado la vi da intentando probar algo.
Miraba a aquella hermosa mujer, discretamente
vestida de negro, alguien a quien había conocido por casualidad, aunque ya la
hubiese visto antes en una discoteca y se hubiese fijado en que no encajaba en
aquel lugar. Ella pedía que la desease, y él la deseaba mucho, mucho más de lo
que podía maginar,
pero no eran sus senos,
ni su cuerpo;
era su compañía.
Quería abrazarla, quedarse en silencio
mirando
al fuego, bebiendo vino, fumando
un cigarrillo después
de otro, eso
era suficiente. La vida estaba
hecha
de cosas simples, estaba cansado de todos esos años
buscando algo que no sabía qué era.
Sin embargo, si lo hiciese, si la tocase, todo
estaría perdido. Porque a pesar de su «luz», no estaba seguro de si ella
entendía lo bueno que era estar a su lado. ¿Estaba pagando? Sí, y seguiría
pagando el tiempo que fuese necesario para poder conquistarla, hasta poder
sentarse con ella a orillas del lago, hablarle de amor, y oír lo mismo de ella.
Era mejor no arriesgarse, no precipitar las cosas, no decir nada.
Ralf
Hart dejó de
torturarse, y volvió
a concentrarse en el juego que acababan de crear juntos. Aquella
mujer
estaba en lo
cierto: no bastaba
con el vino,
el fuego, el
cigarrillo, la compañía;
era preciso otro
tipo de embriaguez, otro tipo de llama.
Ella llevaba un vestido de tirantes, había dejado un pecho al descubierto, pudo ver su carne, más
morena que blanca. Y la deseó. La deseó mucho.
María notó el cambio en los ojos de Ralf. Saberse
deseada la excitaba más que cualquier otra cosa. No tenía nada que ver con la
receta convencional: quiero hacer el amor contigo, quiero casarme, quiero que
tengas un orgasmo, quiero tener un hijo, quiero compromisos. No, el deseo era
una sensación libre, suelta en el espacio, vibrando, llenando la vida con la
voluntad de tener algo, y eso era suficiente, ese deseo lo empujaba todo hacia
adelante, desmoronaba las montañas, humedecía su sexo.
El deseo era la fuente de todo, de salir de su
tierra, de descubrir un nuevo mundo, de aprender francés, superar sus
prejuicios, soñar con una hacienda, amar sin pedir nada a cambio, sentirse
mujer simplemente con la mirada de un hombre. Con una lentitud calculada, se
bajó el otro tirante y el vestido se deslizó por su cuerpo. Después, se
desabrochó el sujetador. Permaneció allí, con la parte superior del cuerpo
completamente desnuda, imaginando que él saltaría sobre ella, la tocaría, le
haría promesas de amor, o si era lo suficientemente sensible para sentir, en el
propio deseo, el mismo placer del sexo.
El entorno de ambos empezó a cambiar, ya no había
ruidos, la chimenea, los cuadros, los libros fueron desapareciendo, y fueron
sustituidos por una especie de trance, donde únicamente existe el oscuro objeto
del deseo, y nada más tiene importancia.
46
Él no se movió. Al principio sintió una cierta
timidez en sus ojos, pero no duró mucho. Él la miraba, y en el mundo de su
imaginación la acariciaba con su lengua, hacían el amor, sudaban, se abrazaban,
mezclaban ternura y violencia, gritaban y gemían juntos.
En el mundo real, sin embargo, no decían nada,
ninguno de los dos se moví a, y eso la excitaba más todavía, porque también
ella era libre para pensar lo que quisiera. Le pedía que la tocase con
suavidad, abría las piernas, se masturbaba delante de él, decía frases
románticas y vulgares como si fuesen lo mismo, tenía varios orgasmos,
despertaba a los vecinos, despertaba al mundo entero con sus gritos. Allí
estaba su hombre, que le daba placer y alegría, con quien podía ser quien era,
hablar de sus problemas sexuales, contarle cuánto le gustaría pasar junto a él
el resto de la noche, de la semana, de la vida.
El sudor comenzó a gotear de la frente de ambos.
Era la chimenea, le decía uno mentalmente al otro. Pero tanto el hombre como la
mujer en aquella sala habían llegado a su límite, habían usado toda la
imaginación, habían vivido juntos una eternidad de buenos momentos. Tenían que
parar, porque un paso más y aquella magia sería destruida por la realidad.
Con mucha lentitud, porque el final es siempre más
difícil que el principio, ella volvió a ponerse el sujetador y escondió los
senos. El universo volvió a su lugar, las cosas del entorno volvieron a surgir,
ella levantó el vestido que había caído hasta su cintura, sonrió, y con
suavidad le tocó el rostro. Él tomó su mano y la apretó contra su cara, también
sin saber hasta cuándo debía mantenerla allí, ni con qué intensidad debía
agarrarla.
Ella sintió ganas de decir que lo amaba. Pero eso
lo estropearía todo, podía asustarlo o, lo que era peor, podía hacer que
respondiese que él también la amaba. María no quería eso: la libertad de su
amor era no pedir ni esperar nada.
-El que es capaz de sentir sabe que es posible
tener placer incluso antes de tocar a la otra persona. Las palabras, las
miradas, todo eso contiene el secreto de la danza. Pero el tren llegó, cada uno
va por su lado. Espero poder acompañarte en este viaje hasta... ¿hasta dónde?
-De vuelta a Géneve -respondió Ralf.
-El que observa, y descubre a la persona con la que
siempre ha soñado, sabe que la energía sexual sucede antes que el propio sexo.
El mayor placer no es el sexo, es la pasión con la que se practica. Cuando esta
pasión es intensa, el sexo viene a consumar la danza, pero nunca es el punto
principal.
-Hablas del amor como una profesora.
María decidió hablar, porque ésa era su defensa, su
manera de decirlo todo sin comprometerse con nada:
-El que está enamorado hace el amor todo el tiempo,
incluso cuando no lo está haciendo. Cuando los cuerpos se encuentran, es
simplemente la gota que colma el vaso. Pueden permanecer juntos durante horas,
incluso días. Pueden empezar la danza un día y acabar al día siguiente, o
incluso no acabar, de tanto placer. Nada que ver con once minutos.
-¿Qué? -Te amo. -Yo también te amo. -Perdón. No sé
lo que digo. -Ni yo.
Se levantó, le dio un beso y salió. Ella misma
podía abrir la puerta, ya que la superstición brasileña decía que el dueño de
la casa sólo tenía que hacerlo la primera vez que se marchase.
Del diario de María, a la mañana siguiente:
Ayer por la noche, cuando Ralf Hart me miró, abrió
una puerta, como si fuese un ladrón; pero, al marcharse, no se llevó nada de
mí, al contrario, dejó olor a rosas, no era un ladrón, sino un novio que me
visitaba. Cada ser humano vive su propio deseo; forma parte de su tesoro, y,
aunque sea una emoción que pueda apartar a alguien, generalmente trae a quien
es importante. Es una emoción que mi alma escogió, y tan intensa que puede
contagiarlo todo y a todos a mi alrededor.
Cada día escojo la verdad con la que pretendo
vivir. Procuro ser práctica, eficiente, profesional. Pero me gustaría poder
escoger, siempre, el deseo como mi compañero. No por obligación, ni para
atenuar la soledad de mi vida, sino porque es bueno. Sí, es muy bueno.
El Copacabana tenía, en promedio, treinta y ocho
mujeres que frecuentaban la casa con regularidad, aunque sólo una, la filipina
Nyah, pudiese ser considerada por María como alguien parecido a una amiga. La
media de permanencia allí era como mínimo seis meses, y como máximo tres años,
porque después recibían una proposición de matrimonio, ser amante fija o, si ya
no conseguían atraer la atención de los clientes, Milan les pedía,
delicadamente, que se buscasen otro lugar de trabajo.
Por eso, era importante respetar la clientela de
cada una, y jamás intentar seducir a los hombres que entraban allí y se
dirigían directamente a una determinada chica. Además de ser deshonesto, podía
ser muy peligroso; la semana anterior, una colombiana había sacado
delicadamente una hoja de afeitar del bolso, y poniéndola sobre el vaso de una
yugoslava, le había dicho con la voz más tranquila del mundo
47
que la desfiguraría si volvía a aceptar la invitación de cierto director de banco que acostumbraba
a ir por
allí
con regularidad. La
yugoslava había alegado
que el hombre era libre,
y si la había escogido a ella,
no podía decir que no.
Aquella noche, el hombre entró, saludó a la colombiana y se fue a la mesa en la que estaba la otra.
Tomaron la copa, bailaron, y -María creyó que era
demasiada provocación- la yugoslava le guiñó un ojo a la otra, como diciendo:
«¿Ves? ¡Me ha escogido él!».
Pero aquel guiño contenía muchas cosas no dichas:
me ha escogido porque soy más atractiva, porque estuve con él la semana pasada
y le gustó, porque soy joven. La colombiana no dijo nada. Cuando la serbia
volvió, dos horas después, ella se sentó a su lado, sacó la hoja de afeitar del
bolso y le cortó el rostro cerca de la oreja: nada profundo, nada peligroso,
sólo lo suficiente para dejarle una pequeña cicatriz que le recordase para
siempre aquella noche. Se pegaron, la sangre salpicó por todos lados, los clientes
salieron asustados.
Cuando la policía llegó y quiso saber qué pasaba,
la yugoslava dijo que se había cortado la cara con un vaso que había caído de
una estantería (no había estanterías en el Copacabana). Ésa era la ley del
silencio, o la omertá, como lo llamaban las italianas: todo lo que hubiese que
resolver en la rue de Berne, desde el amor a la muerte, sería resuelto, pero
sin interferencia de la ley. Allí, ellos hacían la ley.
La policía sabía lo de la omertá, vio que la mujer
mentía, pero no insistió en el asunto; le costaría mucho dinero al
contribuyente suizo si decidía apresarla, procesarla, y alimentarla durante el
tiempo que estuviese en prisión. Milan agradeció a los policías la rápida
intervención, pero todo era un malentendido, o alguna artimaña de un
competidor.
En cuanto salieron, les pidió a ambas que jamás
volviesen a su bar. Al fin y al cabo, el Copacabana era un local familiar (una
afirmación que a María le costaba entender) y tenía una reputación que mantener
(lo que la intrigaba más todavía). Allí no había peleas, porque la primera ley
era respetar al cliente ajeno.
La segunda ley era la total discreción, «semejante
a la de un banco suizo», decía él. Sobre todo porque allí se podía confiar en
los clientes, que eran seleccionados como un banco selecciona a los suyos,
basándose en la cuenta corriente, pero también en los informes policiales, o
sea, en los buenos antecedentes. A veces había algún equívoco, algunos casos
raros de impago, de agresión o de amenazas a las chicas, pero en los muchos
años en los que había creado y desarrollado con esfuerzo la fama de su discoteca,
Milan ya sabía identificar a los que debían o no frecuentar la casa. Ninguna de
las mujeres sabía cuál era exactamente su criterio. Sin embargo, ya habían
visto a alguien bien vestido ser informado de que la discoteca estaba llena
aquella noche (aunque estuviese vacía) y en las noches siguientes (o sea: por
favor, no vuelva). También habían visto a personas con ropa de sport y sin
afeitar ser eufóricamente invitados por Milan a una copa de champán. El dueño
del Copacabana no juzgaba por las apariencias, pero al final siempre tenía
razón.
En una buena relación comercial, todas las partes
tienen que estar satisfechas. La gran mayoría de los clientes estaban casados,
o tenían una posición importante en alguna empresa. Por otro lado, algunas de
las mujeres que trabajaban allí estaban casadas, tenían hijos, y frecuentaban
las reuniones de padres en los colegios, sabiendo que no corrían ningún riesgo:
si alguno de los padres aparecía en el Copacabana, también estaría
comprometido, y no podría decir nada: así funcionaba la omertá.
Había camaradería, pero no había amistad; nadie
hablaba mucho de su vida. En las pocas conversaciones que había mantenido,
María no había descubierto amargura, ni culpa, ni tristeza entre sus
compañeras: simplemente una especie de resignación. Y también una extraña
mirada de desafío, como si estuviesen orgullosas de sí mismas, enfrentándose al
mundo, independientes y confiadas. Después de una semana, cualquier chica
recién llegada ya era considerada una «profesional», y recibía instrucciones:
ayudar a conservar los matrimonios -una prostituta no puede ser una amenaza
para la estabilidad de un hogar-, jamás aceptar invitaciones fuera del horario
de trabajo, escuchar confesiones sin dar demasiadas opiniones al respecto,
gemir a la hora del orgasmo -María descubrió que todas lo hacían, y que al
principio no se lo habían dicho porque era uno de los trucos de la profesión-,
saludar a la policía en la calle, mantener actualizado el permiso de trabajo y
las revisiones sanitarias, y finalmente, no cuestionarse demasiado sobre los
aspectos morales o legales de lo que hacían; eran lo que eran, y punto.
Antes de que empezase el movimiento, a María
siempre se la veía con un libro, y en seguida pasó a ser conocida como la
«intelectual» del grupo. Al principio querían saber si eran historias de amor,
pero al ver que se trataba de asuntos áridos y poco interesantes como economía,
psicología y, recientemente, administración de haciendas, en seguida la dejaban
sola para que continuase con su investigación y sus anotaciones.
Por tener muchos clientes fijos, y por ir al
Copacabana todos los días, incluso cuando el movimiento era escaso, María se
ganó la confianza de Milan y la envidia de sus compañeras; comentaban que la
brasileña era ambiciosa, arrogante, y que sólo pensaba en ganar dinero. Esta
última parte no dejaba de ser verdad, aunque ella tuviese ganas de preguntarlés
si todas ellas no estaban allí por el mismo motivo.
En cualquier caso, los comentarios no matan, forman
parte de la vida de cualquier persona de éxito. Era mejor ignorarlos y
concentrar la atención en sus dos únicos objetivos: volver a Brasil en la fecha
señalada y comprar una hacienda.
48
Ralf Hart estaba ahora en su pensamiento de la
mañana a la noche, y por primera vez era capaz de ser feliz con un amado
ausente, aunque estaba algo arrepentida de haberlo confesado, arriesgándose así
a perderlo todo. ¿Pero qué tenía que perder si no pedía nada a cambio? Recordó
cómo su corazón había latido más de prisa cuando Milan había dicho que era, o
que ya había sido, un cliente especial. ¿Qué significaba aquello? Se sintió
traicionada, se puso celosa.
Claro que los celos eran normales, aunque la vida
ya le hubiese enseñado que era inútil pensar que alguien puede poseer a otra
persona (el que cree que eso es posible se engaña a sí mismo). A pesar de ello,
no se puede reprimir la idea de los celos, ni tener grandes ideas intelectuales
al respecto, y menos, creer que es un signo de fragilidad.
«El amor más fuerte es aquel que puede mostrar su
fragilidad. En cualquier caso, si mi amor es verdadero -y no sólo una manera de
distraerme, de engañarme, de pasar el tiempo que no corre nunca en esta
ciudad-, la libertad vencerá los celos, y el dolor que provocan, ya que también
el dolor es parte de un proceso natural. El que hace deporte lo sabe: cuando
queremos conseguir nuestros objetivos,
tenemos
que estar dispuestos
a soportar una
dosis diaria de
dolor o malestar.
Al principio, es
incómodo
y no motiva,
pero con el
paso del tiempo
entendemos que forma
parte del proceso de sentirse
bien, y
llega
un momento en
que, sin el dolor, tenemos
la sensación de que el ejercicio no está
teniendo el
efecto deseado.»
Lo
peligroso es focalizar
ese dolor, darle
un nombre de
persona, mantenerlo siempre presente en el
pensamiento; y de eso, gracias a Dios, María ya
había conseguido librarse.
Aun así, a veces se descubría
pensando en dónde estaría él, por qué no
la buscaba, si había pensado
que era estúpida
con aquella historia
de la estación
de tren y
deseo reprimido, si
había huido para
siempre
porque ella le
había confesado su
amor... Para evi tar
que pensamientos tan
hermosos se
transformasen en sufrimiento, María desarrolló un
método: cuando algo positivo relacionado
con Ralf
Hart viniese a su cabeza, y eso podía ser la chimenea y el
vino, una idea que le gustaría
discutir con él,
o simplemente la agradable ansiedad de saber cuándo
volvería, María dejaba lo que estaba haciendo, sonreía hacia el cielo, y
agradecía estar viva y no esperar nada del hombre que amaba.
Sin embargo, si su corazón empezaba a quejarse de
su ausencia, o de las equivocaciones que había cometido cuando estaban juntos,
ella se decía a sí misma: «¿Quieres pensar en eso? De acuerdo, sigue haciendo
lo que deseas, mientras yo me dedico a cosas más importantes».
Seguía leyendo, o, si estaba en la calle, empezaba
a prestar atención a todo lo que había a su alrededor: colores, personas,
sonidos, sobre todo sonidos, de sus pasos, de las páginas que pasaba, de los
coches, de los fragmentos de conversación, y el pensamiento incómodo acababa
desapareciendo. Si volvía cinco minutos después, ella repetía el proceso, hasta
que esos recuerdos, al ser aceptados pero amablemente rechazados, se apartaban
por un tiempo considerable.
Uno de esos «pensamientos negativos» era la
posibilidad de no volver a verlo. Con un poco de práctica y mucha paciencia,
consiguió convertirlo en un «pensamiento positivo»: cuando se fuese, Géneve
sería el rostro de un hombre con pelo muy largo y pasado de moda, sonrisa
infantil, voz grave. Si alguien le preguntara, muchos años después, cómo era el
lugar que había conocido en su juventud, María podría responder: «Bonito, capaz
de amar y de ser amado».
Del diario de María, en un día de poco movimiento
en el Copacabana:
De tanto convivir con las personas que vienen aquí,
llego a la conclusión de que el sexo ha sido utilizado como cualquier otra
droga: para huir de la realidad, para olvidar los problemas, para relajarse. Y,
como todas las drogas, es una práctica nociva y destructiva.
Si una persona quiere drogarse, ya sea con sexo o
con cualquier otra cosa, es problema suyo; las consecuencias de sus actos serán
mejores o peores de acuerdo con aquello que ella ha escogido para sí misma.
Pero si hablamos de avanzar en la vida, tenemos que entender que lo que es
«bueno» es muy diferente de lo que es «mejor».
Al contrario de lo que mis clientes piensan, el
sexo no puede ser practicado a cualquier hora. Hay un reloj escondido en cada
uno de nosotros, y para hacer el amor las manecillas de ambas personas tienen
que marcar la misma hora al mismo tiempo. Eso no sucede todos los días. Aquel
que ama no depende del acto sexual para sentirse bien. Dos personas que están
juntas, y que se quieren, tienen que sincronizar sus manecillas, con paciencia
y perseverancia, con juegos y representaciones «teatrales», hasta entender que
hacer el amor es mucho más que un encuentro: es un «abrazo» de las partes
genitales.
Todo tiene importancia. Una persona que vive
intensamente su vida goza todo el tiempo y no echa de menos el sexo. Cuando
practica el sexo, es por abundancia, porque el vaso de vino está tan lleno que
desborda naturalmente, porque es absolutamente inevitable, por-que acepta la
llamada de la vida, porque en ese momento, sólo en ese momento, consigue perder
el control.
P. D. Acabo de releer lo que he escrito: ¡Dios mío,
me estoy volviendo demasiado intelectual!
49
Poco después de haber escrito eso, y cuando se
preparaba para una noche más de Madre Cariñosa o Niña Ingenua, la puerta del
Copacabana se abrió y entró Terence, el ejecutivo de la compañía discográfica,
uno de los clientes especiales.
Milan pareció satisfecho detrás de la barra: ella
no lo había decepcionado. María recordó en ese mismo momento palabras que
decían tantas cosas y al mismo tiempo no decían nada: «Dolor, sufrimiento, y
mucho placer».
-He venido de Londres especialmente para verte. He
pensado mucho en ti.
Ella sonrió, intentando que su sonrisa no fuese una
invitación. Pero una vez más él no siguió el ritual, no la invitó a nada, sólo
se sentó a la mesa.
-Cuando se hace que una persona descubra algo, el
profesor también acaba descubriendo algo nuevo.
-Sé a qué te refieres -respondió María, acordándose
de Ralf Hart, e irritándose con su propio recuerdo. Estaba con otro cliente,
tenía que respetarlo y hacer lo posible para dejarlo contento. -¿Quieres seguir
adelante?
Mil francos. Un universo escondido. Un jefe que la
miraba. La certeza de que podría parar cuando quisiese. La fecha marcada para
el regreso a Brasil. Otro hombre, que no aparecía nunca. -¿Tienes prisa?
-preguntó María.
Él dijo que no. ¿Qué quería ella?
-Quiero mi copa, mi baile, el respeto por mi
profesión.
Él dudó durante algunos minutos, pero era parte del
teatro, de dominar y de ser dominado. Pagó la copa, bailó, pidió un taxi, le
entregó el dinero mientras cruzaban la ciudad, y fueron al mismo hotel.
Entraron, él saludó al portero italiano de la misma manera en que lo había
hecho la noche que se conocieron, subieron a la misma habitación con vista al
río.
Terence prendió un fósforo; fue entonces cuando
María se dio cuenta de que había decenas de velas esparcidas por la habitación.
Él empezó a encenderlas.
-¿Qué quieres saber? ¿Por qué soy así? ¿Por qué, si
no me equivoco, te encantó la noche que pasamos juntos? ¿Quieres saber por qué
tú también eres así?
-Pienso que en Brasil tenemos la superstición de no
encender más de tres cosas con el mismo
fósforo.
Y no la estás respetando.
Él ignoró el comentario.
-Tú eres como yo. No estás aquí por los mil
francos, sino por el sentimiento de culpa, de dependencia, por tus complejos y
tu inseguridad. Y eso no es bueno ni malo, es la naturaleza humana.
Tomó el control remoto de la tele y cambió varias
veces de canal, hasta detenerse en un informativo, en el que unos refugiados
intentaban escapar de una guerra.
-¿Lo ves? ¿Conoces esos programas en los que la
gente va a discutir sus problemas personales delante de todo el mundo? ¿Has
visto los titulares en el quiosco? El mundo se alegra con el sufrimiento y con
el dolor. Sadismo al ver, masoquismo al concluir que no tenemos que saber todo
eso para ser felices y, aun así, asistimos a la tragedia ajena, y a veces
sufrimos con ella.
Él sirvió otras dos copas de champán, apagó la tele
y siguió encendiendo las velas.
-Repito: es la condición humana. Desde que fuimos
expulsados del paraíso, sufrimos, o hacemos sufrir a alguien, u observamos el
sufrimiento de los demás. Es incontrolable.
Oyeron el ruido de los truenos afuera, una enorme
tempestad se estaba aproximando.
-Pero yo no soy capaz -dijo María-. Me parece
ridículo creer que tú eres mi maestro y yo tu esclava.
Terence había acabado de encender todas las velas.
Tomó una de ellas, la colocó en el centro de la mesa, volvió a servir champán y
caviar. María bebía de prisa, pensando en los mil francos que ya estaban en su
bolso, en lo desconocido que la fascinaba y la amedrentaba, en la manera de
controlar su pavor. Sabía que, con aquel hombre, una noche jamás era como la
otra, no podía amenazarlo.
-Siéntate.
La voz se alternaba entre dulce y autoritaria.
María obedeció, y una ola de calor recorrió su cuerpo; aquella orden era
familiar, ella se sentía más segura.
«Teatro. Tengo que entrar en la obra de teatro.»
Estaba bien recibir órdenes. No tenía que pensar,
simplemente obedecer. Pidió más champán, él le trajo vodka; subía más de prisa,
liberaba con más facilidad, acompañaba mejor el caviar.
Abrió la botella, María prácticamente bebió sola,
mientras oía los truenos. Todo colaboraba para el momento perfecto, como si la
energía de los cielos y de la tierra mostrase también su lado violento.
En un momento dado, Terence sacó una pequeña maleta
del armario y la puso sobre la cama.
-No te muevas.
María se quedó inmóvil. Él abrió la maleta y sacó
dos pares de esposas de metal cromado.
-Siéntate con las piernas abiertas.
50
Ella obedeció, impotente por voluntad propia,
sumisa porque así lo deseaba. Notó que él miraba entre sus piernas, podía ver
la bombacha negra, las medias, los muslos, podía imaginar el vello, el sexo.
-¡Ponte de pie!
Ella se levantó de la silla. A su cuerpo le costó
mantener el equilibrio, y vio que estaba más embriagada de lo que imaginaba.
-¡No me mires! ¡Baja la cabeza, respeta a tu dueño!
Antes de bajar la cabeza, un látigo fino fue
retirado de la maleta y estalló en el aire, como si tuviese vida propia.
-Bebe. Mantén la cabeza baja, pero bebe. Bebió uno
más, dos, tres vasos de vodka.
Ahora no era simplemente una obra de teatro, sino
la realidad de la vida: no tenía control. Se sentía un objeto, un simple
instrumento, y por increíble que parezca, aquella sumisión le daba la sensación
de completa libertad. Ya no era la maestra, la que enseña, la que consuela, la
que escucha las confesiones, la que excita; era sólo la niña del interior de
Brasil, ante el poder gigantesco del hombre.
-Quítate la ropa.
La orden fue seca, sin deseo, y, sin embargo, de lo
más erótico. Manteniendo la cabeza baja en señal de reverencia, María
desabotonó el vestido y dejó que resbalase hasta el suelo.
-No te estás portando bien, ¿lo sabías? De nuevo el
látigo estalló en el aire.
-Hay que castigarte. Una niña de tu edad, ¿cómo te
atreves a contrariarme? ¡Deberías estar de rodillas delante de mí!
María hizo ademán de arrodillarse, pero el látigo
la interrumpió; por primera vez tocaba su carne, en las nalgas. Escocía, pero
parecía no dejar marcas.
-No te dije que te arrodillases. ¿O sí?
-No.
El látigo tocó sus nalgas otra vez. -Di «No, mi
señor».
Y un latigazo más. Más escozor. Por una fracción de
segundo, ella pensó que podía parar todo aquello inmediatamente; o también
podía escoger ir hasta el final, no por el dinero, sino por lo que él había
dicho la primera vez, un ser humano sólo se conoce cuando va hasta sus límites.
Y aquello era nuevo; era la Aventura, podía decidir
más tarde si le gustaría continuar, pero en aquel instante ella dejó de ser la
chica que tiene tres objetivos en la vida, que ganaba dinero con su cuerpo, que
había conocido a un hombre con una chimenea e historias interesantes que
contar. Allí ella no era nadie, y al no ser nadie, era todo lo que soñaba.
-Quítate toda la ropa. Y anda de un lado para otro,
para que yo pueda verte.
Una vez más obedeció, manteniendo la cabeza baja,
sin decir una sola palabra. El hombre que la miraba estaba vestido, impasible,
no era la misma persona con la que había venido hablando desde la discoteca,
era un Ulises que venía de Londres, un Teseo que llegaba del cielo, un
secuestrador que invadía la ciudad más segura del mundo y el corazón más
cerrado de la tierra. Se quitó la bombacha, el sostén, se sintió indefensa y
protegida al mismo tiempo. El látigo estalló de nuevo en el aire, esta vez sin
tocar su cuerpo.
-¡Mantén la cabeza baja! Estás aquí para ser
humillada, para ser sometida a todo lo que yo desee, ¿entiendes?
-Sí, señor.
Él agarró sus brazos y colocó el primer par de
esposas en sus muñecas.
-Y vas a sufrir mucho. Hasta que aprendas a
comportarte. Con la mano abierta, le dio una palmada en las nalgas. María
gritó, esta vez le había dolido.
-Así que te quejas, ¿verdad? Pues vas a ver lo que
es bueno. Antes de que ella pudiese reaccionar, una mordaza de cuero le estaba
tapando la boca. No le impedía hablar, podía decir «amarillo» o «rojo», pero
sentía que era su destino dejar que aquel hombre pudiese hacer con ella lo que
quisiese, y no tenía forma de escapar de allí. Estaba desnuda, amordazada,
esposada, con vodka corriendo por sus venas en lugar de sangre.
Otra palmada en las nalgas. -¡Anda de un lado para
otro!
María empezó a andar, obedeciendo las órdenes
«para», «gira a la derecha», «siéntate», «abre las piernas». Alguna vez que
otra, incluso sin motivo, se llevaba una palmada, y sentía el dolor, sentía la
humillación, que era más poderosa y fuerte que el dolor, y se sentía en otro
mundo, donde no había nada más, y eso era una sensación casi religiosa,
anularse por completo, servir, perder la idea del ego, de los deseos, de la
propia voluntad. Estaba completamente mojada, excitada, sin comprender lo que
sucedía.
-¡Ponte otra vez de rodillas!
Como mantenía siempre la cabeza baja, en señal de
obediencia y humillación, María no podía ver exactamente lo que estaba pasando;
pero notaba que, en otro universo, otro planeta, aquel hombre estaba agotado,
cansado de hacer estallar el látigo y azotarle las nalgas con la palma de la
mano abierta, mientras ella se sentía cada vez más llena de fuerza y energía.
Ahora había perdido la vergüenza, y no se incomodaba por mostrar que le estaba
gustando, empezó a gemir, le pidió que le tocase el sexo, pero él, en vez de
eso, la agarró y la arrojó sobre la cama.
Con violencia, pero con una violencia que ella
sabía que no le iba a causar ningún daño, abrió las piernas y ató cada una de
ellas a un lado de la cama. Las manos esposadas a la espalda, las piernas
51
abiertas, la mordaza en la boca, ¿cuándo iba a
penetrarla? ¿No veía que ella ya estaba lista, que quería servirle, que era su
esclava, su animal, su objeto, que haría cualquier cosa que él le mandase?
-¿Te gustaría que te reventase toda?
Ella vio que él apoyaba el mango del látigo en su
sexo. Lo frotó de arriba abajo y, en el momento en el que tocó su clítoris,
ella perdió el control. No sabía cuánto tiempo hacía que estaban allí, no
imaginaba cuántas veces había sido azotada, pero de repente vino el orgasmo, el
orgasmo que decenas, centenas de hombres, en todos aquellos meses, jamás habían
conseguido despertar. Una luz explotó, ella sentía que entraba en una especie
de agujero negro en su propia alma, donde el dolor intenso y el miedo se mezclaban
con el placer total, aquello la empujaba más allá de todos los límites que
había conocido; María gimió, gritó con la voz sofocada por la mordaza, se
sacudió en la cama, sintiendo que las esposas le cortaban las muñecas y las
tiras de cuero le destrozaban los tobillos, se movió como nunca justamente
porque no podía moverse, gritó como jamás había gritado, porque tenía una
mordaza en la boca y nadie podría oírla. Aquello era el dolor y el placer, el
mango del látigo presionando el clítoris cada vez más fuerte, y el orgasmo
saliendo por la boca, por el sexo, por los poros, por los ojos, por toda su
piel.
Entró en una especie de trance, y poco a poco fue
bajando, bajando, el látigo ya no estaba entre sus piernas, sólo el vello
mojado por el sudor abundante, y manos cariñosas que le retiraban las esposas y
desataban las tiras de cuero de sus pies.
Ella permaneció allí acostada, confusa, incapaz de
mirar al hombre porque estaba avergonzada de sí misma, de sus gritos, de su
orgasmo. Él le acariciaba el pelo, y también jadeaba, pero el placer había sido
exclusivamente suyo; él no había tenido ningún momento de éxtasis.
Su cuerpo desnudo abrazó a aquel hombre
completamente vestido, exhausto de tantas órdenes, tantos gritos, tanto control
de la situación. Ahora no sabía qué decir, cómo continuar, pero estaba segura,
protegida, porque él la había invitado a ir hasta una parte suya que no
conocía, era su protector y su maestro. Empezó a llorar, y él pacientemente
esperó a que terminase. -¿Qué has hecho conmigo? -decía entre lágrimas.
-Lo que querías que hiciese.
Ella lo miró y sintió que lo necesitaba
desesperadamente. -Yo no te forcé, no te obligué, y no te oí decir: «amarillo»;
mi único poder era el que tú me dabas. No había ningún tipo de obligación, de
chantaje, era simplemente tu voluntad; aunque tú fueses la esclava y yo el
señor, mi único poder era empujarte hacia tu propia libertad.
Esposas. Tiras de cuero en los pies. Mordaza.
Humillación, que era más fuerte y más intensa que el dolor. Aun así, él tenía
razón, la sensación era de total libertad. María estaba repleta de energía, de
vigor, y sorprendida al ver que el hombre que estaba a su lado estaba exhausto.
-¿Llegaste al orgasmo?
-No -dijo él-. El señor está para forzar al
esclavo. El placer del esclavo es la alegría del señor.
Nada de aquello tenía sentido, porque no es lo que
cuentan las historias, no es así en la vida real. Pero aquél era un mundo de
fantasía, ella estaba llena de luz, y él parecía opaco, agotado. -Puedes irte
cuando quieras -dijo Terence. -No quiero irme, quiero entender.
-No hay nada que entender.
Ella se levantó, con la belleza y la intensidad de
su desnudez, y sirvió dos copas de vino. Encendió dos cigarrillos y le dio uno,
los papeles se habían invertido, era la señora la que servía al esclavo,
recompensándolo por el placer que le había dado.
-Ahora me vestiré y me marcharé. Pero me gustaría
hablar un rato antes.
-No hay nada de que hablar. Eso era lo que yo
quería, y has estado maravillosa. Estoy cansado, mañana tengo que volver a
Londres.
Él se acostó y cerró los ojos. María no sabía si
fingía dormir, pero eso no le importaba; fumó el cigarrillo con placer, bebió
lentamente su copa de vino con la cara pegada al cristal, mirando el lago y
deseando que alguien, en la otra orilla, la viese así, desnuda, plena,
satisfecha, segura.
Se vistió, salió sin decir adiós, y sin importarle
si él le abría o no la puerta, porque no tenía la certeza de querer volver.
Terence oyó que la puerta se cerraba, esperó para
ver si ella no volvía diciendo que había olvidado algo, y después de algunos
minutos se levantó y encendió otro cigarrillo.
La chica tenía estilo, pensó. Había sabido aguantar
el látigo, aunque eso fuese lo más común, lo más antiguo, y el menor de todos
los suplicios. Por un momento, recordó la primera vez que había expe-rimentado
esta misteriosa relación entre dos seres que desean acercarse, pero sólo lo
consiguen infligiendo sufrimiento a los demás. Allí fuera, millones de parejas
practicaban sin darse cuenta, todos los días, el arte del sadomasoquismo. Iban
al trabajo, volvían, se quejaban de todo, agredían o eran agredidos por la
mujer, se sentían miserables, pero profundamente ligados a la propia
infelicidad, sin saber que bastaba un gesto, un «hasta nunca más», para
liberarse de la opresión. Terence lo había experimentado con su primera esposa,
una famosa cantante inglesa; vivía torturado por los celos, haciendo escenas,
pasando días bajo los efectos de calmantes, y noches embriagado de alcohol.
Ella lo amaba, no entendía por qué se comportaba así; él la amaba, y tampoco
entendía su propio
52
comportamiento. Pero era como si la agonía que uno
infligía al otro fuese necesaria, undamentalf para la vida.
Una vez, un músico, que él consideraba muy extraño
porque parecía demasiado normal en aquel medio de gente exótica, olvi dó un
libro en el estudio. La Venus de las pieles, de Leopold von Sacher-Masoch.
Terence se puso a hojearlo y, a medida que leía, se comprendía mejor a sí
mismo:
La hermosa mujer se desnudó y tomó un largo látigo,
con un pequeño mango, que ató a la muñeca. «Me lo has pedido -dijo ella-.
Entonces voy a azotarte.» «Hazlo -susurró su amante-. Te lo imploro. »
Su mujer estaba del otro lado del cristal del
estudio, ensayando. Había pedido que desconectasen el micrófono que permitía a
los técnicos escucharlo todo, y había sido obedecida. Terence pensaba que tal
vez estuviese concertando una cita con el pianista, y se dio cuenta: ella lo
llevaba a la locura, pero parecía que ya se había acostumbrado a sufrir, y no
podía vivir sin aquello.
«Voy a azotarte», decía la mujer desnuda, en la
novela que tenía en las manos. «Hazlo, te lo imploro.» Él era atractivo, tenía
poder en la compañía, ¿por qué tenía que llevar esa vida que llevaba?
Porque le gustaba. Merecía sufrir mucho, ya que la
vida había sido muy buena con él, y no era digno de todas aquellas bendiciones:
dinero, respeto, fama. Creía que su carrera lo estaba llevando a un punto en el
que empezaría a depender del éxito, y aquello lo asustaba, porque ya había
visto a mucha gente despeñarse desde las alturas.
Leyó el libro. Leyó todo lo que caía en sus manos
sobre la misteriosa unión entre dolor y placer. Su mujer descubrió los vi deos
que alquilaba, los libros que escondía, le preguntó qué era aquello, si estaba
enfermo. Terence respondió que no, que era una investigación para el look de un
nuevo trabajo que ella debía hacer. Y sugirió, como quien no quiere la cosa:
«Tal vez deberíamos probar».
Probaron. Al principio con mucha timidez, guiándose
sólo por los manuales que encontraban en tiendas pornográficas. Poco a poco
fueron desarrollando nuevas técnicas, yendo hasta el límite, corriendo riesgos,
pero sintiendo que su matrimonio era cada vez más sólido. Eran cómplices de
algo escondido, prohibido, condenado.
La experiencia de ambos se convirtió en arte:
diseñaron trajes nuevos, cuero y tachuelas de metal. Ella entraba en escena con
un látigo, ligas, botas y llevaba al público al delirio. El nuevo disco llegó
al primer lugar de las listas de éxito de Inglaterra, y desde allí siguió una
carrera victoriosa en toda Europa. Terence se sorprendía de cómo la juventud
aceptaba sus delirios personales con tanta naturalidad, y su única explicación
era que de esa manera la violencia contenida podía manifestarse de forma intensa,
pero inofensiva.
El látigo pasó
a ser el
símbolo del grupo,
lo reprodujeron en
camisetas, tatuajes, pegatinas,
postales.
La formación intelectual de Terence lo hizo buscar el origen de todo aquello, de modo que pudiese
entenderse mejor a sí mismo.
No eran, como le había dicho a la prostituta en su
cita, los penitentes que intentaban apartar a la Peste Negra. Desde la noche de
los tiempos, el hombre había entendido que el sufrimiento, una vez encarado sin
temor, era su pasaporte hacia la libertad.
Egipto, Roma y Persia ya tenían la noción de que,
si un hombre se sacrifica, salva al país y su mundo. En China, cuando había una
catástrofe natural, el emperador era castigado, por ser él el representante de
la divinidad en la Tierra. Los mejores guerreros de Esparta, en la Antigua
Grecia, eran azotados una vez al año, desde la mañana hasta la noche, en
homenaje a la diosa Diana, mientras la multitud gritaba palabras
incentivándolos, pidiéndoles que aguantasen el dolor con dignidad, pues los
prepararía para el
mundo
de las guerras.
Al final del
día, los sacerdotes
examinaban las heridas
dejadas en la
espalda de
los guerreros, y a través de ellas predecían el
futuro de la ciudad.
Los
padres del desierto,
en una antigua
comunidad cristiana del siglo iv que se reunía en un
monasterio de Alejandría,
usaban la flagelación como medio de apartar a los
demonios, o de
demostrar
la
inutilidad del cuerpo
durante la búsqueda
espiritual. La historia de los
santos estaba llena
de
ejemplos: Santa Rosa
corría por el jardín, mientras
las espinas herían su carne, Santo Domingo
Loricatus se azotaba regularmente todas las noches
antes de dormir, los mártires se entregaban voluntariamente a la lenta muerte
en la cruz o en los dientes de animales salvajes. Todos decían que el dolor,
una vez superado, era capaz de llevar al éxtasis religioso.
Estudios
recientes, no confirmados, indicaban
que un cierto
tipo de hongo con propiedades
alucinógenas
se desarrollaba en
las heridas, lo
que causaba las visiones. El
placer parecía ser tanto
que la práctica en seguida salió de los conventos y
empezó a difundirse por el mundo.
En
1718, fue publicado
el Tratado de
autoflagelación, que enseñaba cómo descubrir el placer a través
del
dolor, pero sin
causar daño al
cuerpo. Al final
de ese siglo,
había decenas de lugares en toda
Europa
donde las personas sufrían para
llegar a la
alegría. Hay documentos
de reyes y princesas que
se
hacían flagelar por sus esclavos, hasta descubrir que el
placer no sólo estaba en recibir, sino también
en infligir dolor, aunque fuese más exhaustivo, y
menos gratificante.
Mientras fumaba su cigarrillo, Terence
experimentaba un cierto placer al saber que la mayor parte de la humanidad
jamás podría comprender lo que él pensaba.
53
Mejor así: pertenecer a un círculo cerrado, al que
sólo los elegidos tenían acceso. Volvió a recordar cómo el tormento de estar
casado se transformó en la maravilla de estar casado. Su mujer sabía que
visitaba Géneve con ese propósito, y no se enfadaba, al contrario, en este
mundo enfermo, ella era feliz porque su marido conseguía la recompensa que
deseaba, después de una semana de arduo trabajo.
La chica que acababa de salir de la habitación lo
había entendido todo. Sentía que su alma estaba cerca de la de ella, aunque
todavía no estuviese preparado para enamorarse, porque amaba a su mujer. Pero
le gustó pensar que era libre y que podía soñar con una nueva relación.
Sólo faltaba hacerle experimentar lo más difícil:
transformarla en la Venus de las pieles, en Dominatrix, en la Señora, capaz de
humillar y de castigar sin piedad. Si pasaba la prueba, estaría preparado para
abrir su corazón y dejarla entrar.
Del diario de María, aún embriagada por el vodka y
el placer:
Cuando no tuve nada que perder, lo recibí todo.
Cuando dejé de ser quien era, me encontré a mí misma. Cuando conocí la
humillación y la sumisión total, fui libre. No sé si estoy enferma, si todo
aquello fue un sueño, o si sucede sólo una vez. Sé que puedo vivir sin eso,
pero me gustaría hacerlo de nuevo, repetir la experiencia, ir más lejos de lo
que he ido.
Estaba algo asustada por el dolor, pero no era tan
fuerte como la humillación; era sólo un pretexto. En el momento en el que tuve
el primer orgasmo en muchos meses, a pesar de los muchos hombres y de las
muchas y diferentes cosas que han hecho con mi cuerpo, me sentí -¿será eso
posible?- más cerca de Dios. Recordé lo que él dijo respecto de la Peste Negra,
sobre el momento en el que los flagelantes, al ofrecer su dolor por la
salvación de la humanidad, encontraban en ella el placer. Yo no quería salvar a
la humanidad, ni a él, ni a mí misma; simplemente estaba allí.
El arte del sexo es el arte de controlar el
descontrol.
No era una obra de teatro, estaban en la estación
de tren de verdad, a petición de María, a la que le gustaba una pizza que sólo
preparaban allí. No estaba mal ser un poco caprichosa. Ralf debería haber
aparecido un día antes, cuando todavía era una mujer en busca de amor,
chimenea, vino, deseo. Pero la vida había escogido de manera diferente, y hoy
había pasado todo el día sin tener que hacer su ejercicio de concentrarse en
los sonidos y en el presente, simplemente porque no había pensado en él, había des-cubierto
cosas que le interesaban más.
¿Qué hacer con ese hombre, que comía una pizza que
tal vez no le gustaba, sólo para pasar el tiempo, y esperar el momento de ir
hasta su casa? Cuando él entró en la discoteca y le ofreció una copa, María
pensó en decirle que ya no estaba interesada, que buscase a otra persona; pero
por otro lado, tenía una inmensa necesidad de hablar con alguien sobre la noche
anterior.
Lo había intentado con alguna otra prostituta que
también servía a los «clientes especiales», pero ninguna le había prestado la
menor atención, porque María era lista, aprendía de prisa, se había convertido
en la gran amenaza del Copacabana. Ralf Hart, de todos los hombres que conocía,
era tal vez el único que podía en tenderla, pues Milan lo consideraba un
«cliente especial». Pero él la miraba con ojos iluminados de amor, y eso hacía
las cosas más difíciles, mejor no decir nada.
-¿Qué sabes de dolor, sufrimiento y mucho placer?
Una vez más, María no había conseguido controlarse. Ralf dejó de comer la
pizza.
-Lo sé todo. Y no me interesa.
La respuesta había sido rápida, y María se quedó
sorprendida. Entonces, ¿todo el mundo lo sabía, menos ella? Santo Dios, ¿qué
mundo era aquél?
-He conocido mis demonios y mis tinieblas -continuó
Ralf-. Fui hasta el fondo, lo he probado todo, no sólo en esta área, sino en
muchas otras. Sin embargo, la última noche que nos vimos fui hasta mis límites
a través del deseo, y no del dolor. Me sumergí en el fondo de mi alma, y sé que
aún quiero cosas buenas, muchas cosas buenas de esta vida.
Tuvo ganas de decir: «Una de ellas eres tú, por
favor, no sigas por ese camino». Pero no tuvo valor; en vez de eso, llamó un
taxi y le pidió que los llevase hasta la orilla del lago, donde, una eternidad
antes, habían caminado juntos el día en que se habían conocido. A María le
extrañó la petición, permaneció callada, su instinto le decía que tenía mucho
que perder, aunque su mente estuviese aún embriagada con lo que había sucedido
la noche anterior.
Despertó de su pasividad cuando llegaron al jardín
a orillas del lago; aunque todavía era verano, ya empezaba a hacer mucho frío
por la noche.
-¿Qué hacemos aquí? -preguntó cuando salieron del
taxi-. Hace viento, voy a resfriarme.
-He pensado mucho en tu comentario de la estación
de tren. Sufrimiento y placer. Quítate los zapatos.
54
Ella recordó que, una vez, uno de sus clientes le
había pedido lo mismo, y se había excitado simplemente al ver sus pies. ¿Es que
la Aventura no la dejaba en paz?
-Voy a resfriarme.
-Haz lo que te digo -insistió él-. No vas a
resfriarte, si no tardamos mucho. Cree en mí, como yo creo en ti.
Sin ninguna razón aparente, María entendió que él
quería ayudarla; tal vez porque ya había bebido de un agua muy amarga, y creía
que ella corría el mismo riesgo. No quería que la ayudasen; estaba contenta con
su nuevo mundo, en el que descubría que el sufrimiento ya no era un problema.
Sin embargo, pensó en Brasil, en la imposibilidad de encontrar una pareja para
compartir ese universo diferente, y como Brasil era lo más importante en su vi
da, se quitó los zapatos. El suelo estaba lleno de pequeñas piedras, que en
seguida rasgaron sus medias, pero eso no tenía importancia, compraría otras.
-Quítate el abrigo.
Ella podría haber dicho que no pero, desde la noche
anterior, se había acostumbrado a la alegría de poder decir «sí» a todo lo que
estaba en su camino. Se quitó el abrigo, el cuerpo aún caliente no reaccionó en
seguida, pero poco a poco el frío la fue incomodando.
-Vamos a andar. Y vamos a hablar.
-Aquí es imposible: el suelo está lleno de piedras.
-Justamente por eso; quiero que sientas estas piedras, quiero que te provoquen
dolor, que te hagan daño, porque debes de haber probado, como yo probé, el
sufrimiento aliado al placer, y tengo que arrancar eso de tu alma.
María
sintió el deseo
de decir: «No
es necesario, me
gusta». Pero caminó
sin prisa, la
planta de los
pies empezó a escocerle, debido al frío y a las
piedras.
-Una de mis
exposiciones me llevó
a Japón, justamente cuando estaba totalmente metido
en eso que
tú
llamaste «sufrimiento, humillación
y mucho placer».
En aquella época, yo creía
que no había
camino
de
vuelta, que caería
cada vez más
bajo, y que
ya nada quedaba
en mi vida,
excepto el deseo
de
castigar y ser castigado.
»Somos seres humanos, nacemos llenos de culpa, nos
da miedo cuando la felicidad se transforma en algo posible, y morimos queriendo
castigar a los demás porque siempre sentimos impotencia, injusticia,
infelicidad.
Pagar por tus
pecados, y poder
castigar a los
pecadores, ah, ¿no es una delicia? Sí, es
genial.
María andaba, el dolor y el frío hacían difícil
prestar atención a sus palabras, pero ella se esforzaba.
-He visto las marcas en tus muñecas.
Las
esposas. Se había
puesto varias pulseras
para disimular, sin
embargo, los ojos acostumbrados
saben siempre lo que están buscando.
-En
fin, si todo
aquello que has
probado recientemente te
está conduciendo a dar ese paso, no seré
yo quien te lo impida; pero nada de eso tiene
relación con la verdadera vida.
-¿Qué paso?
-Dolor
y placer. Sadismo
y sadomasoquismo. Llámalo
como quieras, pero si estás segura de que ése
es tu camino,
sufriré, recordaré el deseo, las
veces que nos vimos, el paseo por el
Camino de Santiago,
tu luz. Guardaré
en un lugar
especial tu bolígrafo,
y cada vez
que encienda aquella chimenea me
acordaré de ti. Sin embargo, no te buscaré más.
María
sintió miedo, pensó
que era el
momento de dar
marcha atrás, de decir la
verdad, de dejar de
fingir
que sabía más
que él. -Lo
que he probado
recientemente, mejor dicho, ayer, jamás lo había
probado antes. Y me asusta que, en el límite de la
degradación, pudiese encontrarme a mí misma.
Se
estaba haciendo difícil
seguir hablando, sus
dientes castañeteaban de frío, y los pies le dolían
mucho.
-En mi exposición, en una región llamada Kumano,
apareció un leñador -continuó Ralf, como si no hubiese oído lo que ella decía-.
No le gustaron mis cuadros, pero fue capaz de descifrar, a través de la
pintura, lo que yo estaba viviendo y sintiendo. Al día siguiente, me buscó en
el hotel y me preguntó si estaba contento; si lo estaba, debía seguir haciendo
lo que me gustaba. Si no lo estaba, debía acompañarlo y pasar unos días con él.
»Me hizo andar por las piedras, como yo hago ahora
contigo. Me hizo sentir frío. Me obligó a entender la belleza del dolor, pero
un dolor aplicado por la naturaleza, no por el hombre. A eso lo llamó
Shugen-do, una práctica milenaria.
»Me dijo que era un hombre que no tenía miedo al
dolor, y eso era bueno, porque para dominar el alma hay que aprender a dominar
el cuerpo. Me dijo también que estaba usando el dolor de manera equivocada, y
que eso era muy ruin.
»Aquel leñador, ignorante, creía que me conocía
mejor que yo mismo, y eso me irritaba, al mismo tiempo que me enorgullecía al
saber que mis cuadros eran capaces de expresar exactamente lo que yo estaba
sintiendo.
María sintió que una piedra más puntiaguda le
cortaba el pie, pero el frío era más fuerte, su cuerpo estaba quedándose
dormido, y no era capaz de seguir las palabras de Ralf. ¿Por qué los hombres,
en este mundo de Dios, sólo tenían interés en mostrarle el dolor? El dolor
sagrado, el dolor con placer, el dolor con explicaciones o sin explicaciones,
pero siempre era dolor, dolor...
55
El pie herido tocó otra piedra, ella reprimió el
grito y continuó andando. Al principio había intentado mantener su integridad,
su autodominio, aquello que él llamaba «luz». Pero ahora andaba despacio,
mientras su estómago y su pensamiento daban vueltas: pensó en vomitar. Pensó en
parar, nada de aquello tenía sentido, pero no paró.
No paró por respeto a sí misma; podía aguantar
aquella caminata descalza el tiempo que fuese necesario, porque no iba a durar
toda la vida. Y de repente otro pensamiento cruzó el espacio: ¿y si no podía ir
al Copacabana al día siguiente, por un serio problema en los pies, o por una
fiebre causada por la gripe que, seguramente, se iba a instalar en su cuerpo
poco afortunado? Pensó en los clientes que la esperaban, en Milan, que tanto
confiaba en ella, en el dinero que dejaría de ganar, en la hacienda, en sus
padres orgullosos. Pero el sufrimiento pronto apartó cualquier tipo de
reflexión, y ella daba un paso tras otro, loca porque Ralf Hart reconociese su
esfuerzo y le dijese que era suficiente, que podía ponerse los zapatos.
Sin embargo, él parecía indiferente, lejos, como si
aquélla fuese la única manera de librarla de algo que no conocía bien, que la
seducía, pero que acabaría dejando marcas más profundas que las de las esposas.
Aun sabiendo que intentaba ayudarla, y por más que se esforzase para seguir
adelante y mostrar la luz de su fuerza de voluntad, el dolor no la dejaba tener
pensamientos profanos o nobles, era simplemente dolor, que ocupaba todo el
espacio, asustaba, y la obligaba a pensar que tenía un límite y que no lo
conseguiría.
Pero dio un paso. Y otro.
El dolor ahora parecía invadir el alma y
debilitarla espiritualmente, porque una cosa es hacer un poco de teatro en un
hotel de cinco estrellas, desnuda, con vodka, caviar, y un látigo entre las
piernas, y otra, estar a la intemperie, descalza, con piedras cortándole los
pies. Estaba desorientada, no conseguía intercambiar ni una palabra con Ralf
Hart, todo lo que existía en su universo eran las piedras pequeñas y cortantes
que marcaban el camino por entre los árboles.
Entonces, cuando pensaba que iba a desistir, un
extraño sentimiento la invadió: había llegado a su límite, y más allá había un
espacio vacío, donde parecía flotar e ignorar lo que sentía. ¿Sería ésa la
sensación que experimentaban los penitentes? En la otra extremidad del dolor
descubría una puerta a un nivel diferente de conciencia, y ya no había espacio
para nada más, sólo para la naturaleza implacable, y para ella misma,
invencible.
Todo a su alrededor se transformó en un sueño: el
jardín mal iluminado, el lago oscuro, Ralf en silencio, alguna pareja que otra
que paseaba, sin darse cuenta de que ella iba descalza y andaba con dificultad.
No sabía si era el frío o el sufrimiento, pero de repente dejó de sentir su
cuerpo, entró en un estado en el que no hay ningún deseo ni miedo, sólo una
misteriosa, ¿cómo definirlo?, una misteriosa «paz». El límite del dolor no era
su límite; podía ir más allá.
Pensó en todos los seres humanos que sufrían sin
pedirlo, y allí estaba ella, provocando su propio sufrimiento, pero aquello ya
no le importaba, había cruzado las fronteras del cuerpo, y ahora simplemente le
quedaba el alma, la «luz», una especie de vacío, que alguien, algún día, llamó
Paraíso. Hay ciertos sufrimientos que sólo pueden ser olvidados cuando podemos
flotar sobre nuestro propio dolor.
Por último, recordó a Ralf mientras la tomaba en
brazos, se quitaba la chaqueta, y la ponía sobre sus hombros. Debía de tener
demasiado frío, pero poco importaba; estaba contenta, no tenía miedo, había
vencido. No se había humillado ante él.
Los minutos se convirtieron en horas, ella debía de
haber dormido en sus brazos, porque cuando despertó, aunque todavía era de
noche, estaba en una habitación con un aparato de televisión en una de las
esquinas y nada más. Blanco, vacío.
Ralf apareció con un chocolate caliente.
-Todo va bien-dijo él-. Has llegado a donde debías
llegar. -No quiero chocolate, quiero vino. Y quiero bajar a nuestro sitio, la
chimenea, los libros tirados por todas partes.
Había dicho «nuestro sitio»; eso no era lo que
había planeado. Se miró los pies; aparte de un pequeño corte, sólo había marcas
rojas, que desaparecerían al cabo de algunas horas. Con cierta dificultad, bajó
la escalera sin prestar mucha atención a nada; se puso en su esquina, en la
alfombra, al lado de la chimenea; había descubierto que allí siempre se sentía
bien, como si fuese su «sitio», su lugar en aquella casa.
-El leñador me dijo que, cuando se hace algún tipo
de ejercicio físico, cuando se le exige todo al cuerpo, la mente gana una
fuerza espiritual extraña que tiene que ver con la «luz» que vi en ti. ¿Qué
sentiste?
-Que el dolor es amigo de la mujer.
-Ése es el peligro.
-Que el dolor tiene un límite. -Ésa es la
salvación. No lo olvides.
La mente de María aún estaba confusa; había
experimentado esa «paz», al ir más allá de su límite. Él le había mostrado otro
tipo de sufrimiento, y también ése le había dado un extraño placer. Ralf tomó
una gran carpeta y la abrió. Eran dibujos.
-La historia de la prostitución. Es lo que me
pediste, cuando nos vimos.
56
Sí, se lo había pedido, pero era simplemente una
manera de pasar el tiempo, de intentar resultar interesante. Eso no tenía la
menor importancia ahora.
-Durante todos estos días he estado navegando por
un mar desconocido. No creí que hubiese una historia, pensaba simplemente que
era la profesión más antigua del mundo, como dice la gente. Pero hay una
historia; mejor dicho, dos historias.
-¿Y estos dibujos?
Ralf Hart pareció un poco decepcionado porque ella
no lo comprendía, pero en seguida se controló y siguió adelante. -Son las cosas
que pinté mientas leía, investigaba, aprendía. -Hablaremos de eso otro día; hoy
no quiero cambiar de tema, necesito entender el dolor.
-Lo sentiste ayer y descubriste que conducía al
placer. Lo has sentido hoy y has encontrado la paz. Por eso te digo: no te
acostumbres, porque es muy fácil acostumbrarse a vivir con él, es una droga
poderosa. Está en nuestra vida cotidiana, en el sufrimiento escondido, en la
renuncia que hacemos y culpamos al amor por la derrota de nuestros sueños. El
dolor asusta cuando muestra su verdadera cara, pero es seductor cuando se viste
de sacrificio, renuncia. O cobardía. El ser humano, por más que lo rechace, siempre
encuentra alguna manera de estar con él, de enamorarlo, de hacer que sea parte
de su vida.
-No lo creo. Nadie desea sufrir.
-Si
consigues entender que
puedes vivir sin
sufrimiento, ya es
un gran paso,
pero no creas
que otras
personas
van a comprenderte. Sí, nadie desea sufrir y, aun
así, casi todos buscan el dolor, el sacrificio,
y se sienten
justificados, puros, merecedores
del respeto de
sus hijos, de
sus maridos, de
los vecinos,
de Dios. No pensemos en eso ahora, sólo tienes que
saber que lo que mueve el mundo no es la búsqueda del placer, sino la renuncia
a todo lo que es importante.
»¿El soldado va a la guerra a matar al enemigo? No:
va a morir por su país. ¿Le gusta a la mujer mostrarle a su marido lo contenta
que está? No: quiere que él vea cuánto se dedica, cuánto sufre para verlo
feliz. ¿Va el marido al trabajo pensando que llegará a su realización personal?
No: está dando su sudor y sus lágrimas por el bien de la familia. Y así
sucesivamente: hijos que renuncian a los sueños para alegrar a sus padres,
padres que renuncian a la vida para alegrar a los hijos, dolor y sufrimiento
que justifican aquello que debía proporcionar simplemente alegría: amor.
-Para.
Ralf paró. Era el momento adecuado para cambiar de
asunto, se puso a enseñarle los dibujos. Al principio, todo parecía confuso,
había perfiles de personas, pero también garabatos, colores, trazos nerviosos o
geométricos. Poco a poco, sin embargo, ella empezó a entender lo que él decía,
porque cada palabra suya iba acompañada de un gesto, y cada frase la llevaba a
un mundo del cual hasta entonces se había negado a formar parte; se decía a sí
misma que aquello no dejaba de ser un período
de su vida, una manera de ganar dinero y nada más.
-Sí, he descubierto
que no hay
solamente una, sino
dos historias de
la prostitución. La
primera la
conoces
muy bien porque es también
la tuya: una chica hermosa
descubre, por diversas
razones que
ella ha escogido
o que han escogido por
ella, que la
única manera de
sobrevivir es vendiendo
su
cuerpo.
Algunas terminan dominando
naciones, como Mesalina
hizo con Roma,
otras se convi erten
en
mitos, como Madame Du Barry, otras enamoran a la
aventura y la desgracia al mismo tiempo, como la espía Mata Hari. Pero la
mayoría jamás tendrá un momento de gloria ni un gran desafío: serán para
siempre chicas de pueblo que vienen en busca de fama, marido, aventura, que
acaban descubriendo
otra realidad, se sumergen en ella por algún tiempo, se acostumbran, creen que siempre tienen el
control, y no consiguen hacer nada más.
»Los artistas continúan haciendo sus esculturas, sus pinturas, y escribiendo sus
libros hace más de
tres mil años. De esta misma manera, las
prostitutas continúan su trabajo a través del tiempo como si nada hubiese
cambiado mucho. ¿Quieres saber detalles?
María asintió con la cabeza. Necesitaba ganar
tiempo, entender el dolor, empezaba a tener la sensación de que algo muy ruin
había salido de su cuerpo mientras caminaba por el parque.
-Aparecen prostitutas en los textos clásicos, en
los jeroglíficos egipcios, en la tradición sumeria, en el Antiguo y en el Nuevo
Testamento. Pero la profesión no se organiza hasta el siglo vi antes de Cristo,
cuando el legislador Solón (en Grecia) instituye burdeles controlados por el
Estado, e inicia el cobro de impuestos por el «comercio de la carne». Los
hombres de negocios atenienses se alegran porque lo que antes estaba prohibido
ahora es legal. Las prostitutas, a su vez, empiezan a ser clasificadas según
los impuestos que pagan.
»A la más barata se la llamaba pornai, esclava que
pertenece a los dueños del establecimiento. Después está la peripatética, que
consigue a sus clientes en la calle. Finalmente, con el nivel más alto de
precio y de calidad, está la hetaira, la «compañía femenina», que acompaña a
los hombres de negocios en sus viajes, frecuenta los restaurantes elegantes, es
dueña de su propio dinero, da con-sejos, interfiere en la vida política de la
ciudad. Como ves, lo que sucedió ayer, también sucede hoy.
»En la Edad Media, a causa de las enfermedades de
transmisión sexual...
Silencio, miedo a la gripe, calor de la chimenea,
ahora necesaria para calentar su cuerpo y su alma. María no quería seguir
escuchando aquella historia, tenía la sensación de que el mundo se había
57
parado, de que todo se repetía, y de que el hombre
jamás sería capaz de darle al sexo el respeto merecido.
-No pareces interesada.
Ella hizo un esfuerzo. A fin de cuentas, era el
hombre al que había decidido entregar su corazón, aunque ya no estuviese tan
segura de ello.
-No me interesa aquello que conozco; eso me
entristece. Dijiste que había otra historia.
-La otra historia es exactamente lo contrario: la
prostitución sagrada.
De repente, ella había salido de su estado
somnoliento y lo escuchaba con atención. ¿Prostitución sagrada? ¿Ganar dinero
con el sexo y, aun así, acercarse a Dios?
-El historiador griego Herodoto escribe con
respecto a Babilonia: «Hay allí una costumbre muy extraña: toda mujer nacida en
Sumeria está obligada, por lo menos una vez en su vida, a ir al templo de la
diosa Ishtar y entregar su cuerpo a un desconocido, como un símbolo de
hospitalidad, y por un precio simbólico».
Después preguntaría quién era esa diosa; tal vez
también ella la ayudase a recuperar algo que había perdido, pero que no sabía
lo que era.
-La influencia de la diosa Ishtar se expandió por
todo Oriente Medio, alcanzó Cerdeña, Sicilia y los puertos del mar
Mediterráneo. Más tarde, durante el Imperio romano, otra diosa, Vesta, exigía
la virginidad total o la entrega total. Para mantener el fuego sagrado, mujeres
de su templo se encargaban de iniciar a los jóvenes y a los reyes en el camino
de la sexualidad, cantaban himnos eróticos, entraban en trance, y entregaban su
éxtasis al universo, en una especie de comunión con la divinidad.
Ralf Hart le enseñó una fotocopia con algunas
letras antiguas, con la traducción en alemán a pie de página. Declamó despacio,
traduciendo cada verso:
Cuando estoy sentada en la puerta de una taberna,
yo, Ishtar, la diosa,
soy prostituta, madre, esposa, divinidad.
Soy lo que llaman Vida,
aunque ustedes lo llamen Muerte.
Soy lo que llaman Ley,
aunque ustedes lo llamen Marginal.
Soy lo que ustedes buscan
y aquello que consiguieron.
Soy aquello que ustedes esparcieron
y ahora recogen mis pedazos.
María lloró un poco, y Ralf Hart rió; su energía
vital estaba volviendo, la «luz» empezaba a brillar de nuevo. Era mejor seguir
con la historia, enseñarle los dibujos, hacerla sentirse amada.
-Nadie sabe por qué desapareció la prostitución
sagrada, des pués de haber durado por lo menos dos milenios. Tal vez por culpa
de las enfermedades, o de una sociedad que cambió sus reglas cuando las
religiones también cambiaron. En fin, ya no existe y no volverá a existir. Hoy
en día, los hombres controlan el mundo, y el término sólo sirve para crear un
estigma y llamar prostituta a cualquier mujer que ande por fuera de la línea.
-¿Puedes ir al Copacabana mañana?
Ralf no entendió la pregunta, pero estuvo de
acuerdo inmediatamente.
Del diario de María, la noche que caminó descalza
por el jardín Inglés en Genéve:
No me importa si algún día fue sagrado o no, pero
YO ODIO LO QUE HAGO. Está destruyendo mi alma, haciéndome perder el contacto
conmigo misma, enseñándome que el dolor es una recompensa, que el dinero lo
compra todo, que lo justifica todo.
Nadie es feliz a mi alrededor, los clientes saben
que tienen que pagar por aquello que deberían tener gratis, y eso es
deprimente. Las mujeres saben que tienen que vender aquello que les gustaría
entregar simplemente por placer y cariño, y eso es destructivo. He luchado
mucho antes de escribir esto, de aceptar que era infeliz, que estaba
descontenta, que tenía, y aún tengo, que resistir algunas semanas más.
Sin embargo, ya no puedo seguir así, fingir que
todo es normal, que es un período, una época de mi vida. Quiero olvidarla,
necesito amar, sólo eso, necesito amar.
La vida es corta, o demasiado larga para que yo
pueda permitirme el lujo de vivirla tan mal.
58
No es la casa de él. No es su casa. No es ni
Brasil, ni Suiza, sino un hotel que puede estar en cualquier lugar del mundo,
siempre con los mismos muebles, y ese ambiente que pretende ser familiar, lo
que lo hace aún más distante.
No es el hotel con la hermosa vista hacia el lago,
el recuerdo del dolor, del sufrimiento, del éxtasis; sus ventanas dan al Camino
de Santiago, una ruta de peregrinación pero no de penitencia, un lugar en el
que la gente se encuentra en los cafés, a orillas de la carretera, descubre la
«luz», habla, hace amigos, se enamora. Está lloviendo, y a esta hora de la
noche nadie anda por allí, pero anduvieron muchos durante muchos años, décadas,
siglos, tal vez el Camino necesite respirar, descansar un poco de los muchos
pasos que todos los días se arrastran por él.
Apagar la luz. Cerrar las cortinas.
Pedirle que se quite la ropa, quitarse también la
suya. La oscuridad física nunca es total, y cuando los ojos ya están
acostumbrados, pueden ver, en el contorno de una pequeña luz que entra no se
sabe de dónde, la silueta de él. La otra vez que se habían visto, sólo ella
había dejado parte de su cuerpo desnudo.
Sacar dos pañuelos, cuidadosamente doblados,
lavados y enjuagados varias veces, para que no quedase ningún rastro de perfume
ni de jabón. Acercarse a él y pedirle que le vende los ojos. Él duda por un
momento y comenta algo sobre algunos de los infiernos por los que ya pasó. Ella
le dice que no se trata de eso, que simplemente necesita tener oscuridad total,
que ahora es su turno de enseñarle algo, como ayer él le había enseñado sobre
el dolor. Él se entrega, se pone la venda. Ella hace lo mismo; ahora ya no hay
rendija de luz, están en la verdadera oscuridad, uno precisa de la mano del
otro para llegar hasta la cama.
«No, no debemos acostarnos. Vamos a sentarnos como
siempre hemos hecho, frente a frente, sólo que un poco más cerca, de modo que
mis rodillas toquen tus rodillas.»
Siempre quiso hacer eso. Pero nunca tenía lo que
necesitaba: tiempo. Ni con su primer novio, ni con el hombre que la penetró por
primera vez. Ni con el árabe que pagó mil francos, tal vez esperando más de lo
que ella fue capaz de dar; aunque mil francos no fueran suficientes para
comprar lo que ella deseaba. Ni con los muchos hombres que habían pasado por su
cuerpo, que habían entrado y salido de sus piernas, a veces pensando sólo en
ellos, a veces pensando también en ella, a veces con sueños románticos, a veces
sólo con el instinto de repetir algo porque le habían dicho que era así como se
comportaba un hombre, y si no se comportaba así, no era hombre.
Se acuerda de su diario. Está harta, quiere que las
semanas que faltan pasen rápidamente y por eso se entrega a ese hombre, porque
allí está la luz de su propio amor escondido. El pecado original no fue la
manzana que Eva comió, fue creer que Adán tenía que compartir exactamente lo
que ella había probado. Eva tenía miedo de seguir su camino sin la ayuda de
alguien, y entonces quiso compartir lo que sentía.
Ciertas cosas no se comparten. Tampoco se puede
tener miedo de los océanos en los que nos sumergimos por nuestra libre
voluntad; el miedo obstaculiza el juego de todo el mundo. El hombre está
pasando por infiernos para entenderlo. Amémonos los unos a los otros, pero no
intentemos poseernos los unos a los otros.
«Amo a este hombre que está frente a mí porque no
lo poseo, y él no me posee. Somos libres en nuestra entrega, tengo que repetir
eso decenas, centenas, millones de veces, hasta creerme mis propias palabras. »
Piensa un poco en la mentalidad de las demás
prostitutas que trabajan con ella. Piensa en su madre, en sus amigas. Todas
creen que el hombre desea simplemente once minutos al día, y que pagan un
dineral por eso. No, no es así; el hombre también es una mujer; quiere
encontrar a alguien, descubrir un sentido para su vida.
¿Es que su madre se comporta como ella y finge
tener un orgasmo con su padre? c0 es que, en el interior de Brasil, todaví a
está prohibido mostrar que una mujer siente placer con el sexo? Sabe tan poco
de la vida, del amor, pero ahora, con los ojos vendados y todo el tiempo del
mundo, va descubriendo el origen de todo, y todo comienza donde y como a ella
le habría gustado que hubiese comenzado.
El contacto físico. Olvida a las prostitutas, a los
clientes, a su padre, a su madre, ahora está en la oscuridad total. Ha pasado
toda la tarde buscando lo que podría darle a un hombre que le devolvía la
dignidad, que la hacía entender que la búsqueda de la alegría es más importante
que la necesidad del dolor.
«Me gustaría darle la felicidad de enseñarme algo
nuevo, como ayer me enseñó sobre el sufrimiento, las prostitutas de la calle,
las prostitutas sagradas. Vi que es feliz cuando me hace aprender algo,
entonces, que me haga aprender, que me guíe. Me gustaría saber cómo se llega
hasta el cuerpo, antes de llegar al alma, a la penetración, al orgasmo.»
Extiende el brazo y le pide que él haga lo mismo.
Susurra unas pocas palabras, diciéndole que aquella noche, en aquel lugar de
nadie, le gustaría que descubriese su piel, el límite entre ella y el mundo. Le
pide que la toque, que la sienta con sus manos, porque los cuerpos se
entienden, aunque las almas no siempre estén de acuerdo. Él empieza a tocarla,
ella también lo toca, y ambos, como si ya lo hubiesen planeado todo antes,
evitan las partes del cuerpo en que la energía sexual aflora más rápidamente.
Los dedos tocan su rostro, ella siente un ligero
olor a pintura, un olor que siempre permanecerá allí, por más que él se lave
las manos miles, millones de veces, que estaba allí cuando nació, cuando vio el
primer árbol, la primera casa, y decidió dibujarla en sus sueños. También él
debe de estar notando
59
algún olor en su mano, pero ella no sabe qué es, y
no quiere preguntar, porque en ese momento todo es cuerpo, el resto es
silencio.
Acaricia, y se siente acariciada. Puede quedarse
así toda la noche, porque es agradable, no va a acabar necesariamente en sexo,
y en ese momento, justamente porque no tiene la obligación, ella siente un
calor entre las piernas y sabe que está húmeda. Llegará el momento en el que él
toque su sexo, y descubrirá que ella lo desea, no sabe si es bueno o malo, pero
es así como está reaccionando su cuerpo, y no intenta dirigirlo para ir por
aquí, por allí, más despacio, más de prisa. Las manos de él ahora tocan sus
axilas, los pelos de sus brazos se erizan, ella tiene ganas de apartarlas de
allí, pero está bien, aunque tal vez sea dolor lo que esté sintiendo. Le hace
lo mismo a él, nota que las axilas tienen una textura diferente, tal vez por el
desodorante que ambos usan, ¿pero en qué estaba pensando? No debes pensar.
Debes tocar, eso es todo.
Los dedos de él trazan círculos en torno a su seno,
como un animal que acecha. Ella quiere que se muevan más de prisa, que toque ya
los pezones, porque su pensamiento estaba yendo más rápidamente que las manos
de él, pero, tal vez sabiendo eso, él
provoca, se deleita, y tarda una eternidad en
llegar hasta allí. Están duros, él juega un poco, eso estremece su cuerpo aún
más, dejando su sexo más caliente y más húmedo. Ahora él pasea por su vientre,
se desvía y va hasta las piernas, los pies, sube y baja las manos por el lado
interno de sus muslos, siente el calor, pero no se acerca, es una caricia
dulce, delicada, y cuanto más delicada, más alucinante.
Ella hace lo mismo, con las manos casi en el aire,
tocando sólo el pelo de las piernas, y también siente el calor, cuando se
acerca al sexo. De repente es como si hubiese recuperado misteriosamente la
virginidad, como si descubriese por primera vez el cuerpo de un hombre. Lo
toca. No está duro como imaginaba, pero ella está toda mojada, eso es injusto,
aunque tal vez él necesite más tiempo, quién sabe.
Y empieza a acariciarlo como sólo las vírgenes
saben hacer, porque las prostitutas ya lo han olvidado. Él reacciona, el sexo
comienza a crecer en sus manos, y ella aumenta lentamente la presión, ahora
sabiendo dónde debe tocar, más en la parte de abajo que en la de arriba, debe
envolverlo con los dedos, empujar la piel hacia atrás, hacia el cuerpo. Ahora
él está excitado, muy excitado, toca los labios de su vagina, manteniendo la
suavidad, ella desea pedirle que sea más fuerte, que ponga los dedos ahí dentro,
en la parte de arriba. Pero él no hace eso, esparce por el clítoris un poco del
líquido que brota de su vientre, y de nuevo hace los mismos movimientos
circulares que hizo en sus pechos. Aquel hombre la toca como si fuese ella
misma.
Una de las manos de él sube de nuevo a su seno
(«qué bueno, cómo me gustaría que ahora me abrazase»). Pero no, están
descubriendo el cuerpo, tienen tiempo, necesitan mucho tiempo. Podrían hacer el
amor ahora, sería la cosa más natural del mundo, y posiblemente sería bueno,
pero todo aquello es tan nuevo, tiene que controlarse, no quiere estropearlo
todo. Recuerda el vino que tomaron la primera noche, lentamente, sorbiendo cada
trago, sintiendo que la calentaba, que la hacía ver el mundo diferente, la hacía
sentirse más cómoda y más en contacto con la vida.
Desea también beber a aquel hombre, y entonces
podrá olvi dar para siempre el mal vino, que se toma de un trago y da una
sensación de embriaguez, pero que termina en dolor de cabeza y un agujero en el
alma.
Ella se detiene, suavemente entrelaza sus dedos en
las manos de él, oye un gemido y desea gemir también, pero se controla, siente
que aquel calor se expande por todo su cuerpo, lo mismo debe de estar
sucediéndole a él. Sin orgasmo, la energía se dispersa, va hasta el cerebro, no
la deja pensar en nada que no sea ir hasta el final, pero es eso lo que ella
quiere, parar, parar en el medio, expandir el placer por todo el cuerpo,
invadir la mente, renovar el compromiso y el deseo, volver a ser virgen.
Se quita suavemente la venda de los ojos, y le hace
lo mismo a él. Enciende la luz de la mesilla de noche. Los dos están desnudos,
pero no sonríen, sólo se miran. Yo soy el amor, yo soy la música, piensa ella.
Vamos a bailar.
Pero no dice nada de eso: hablan sobre algo
trivial, cuándo nos veremos de nuevo, ella señala una fecha, tal vez dentro de
dos días. Él dice que le gustaría invitarla a una exposición, ella vacila. Eso
significaría conocer su mundo, a sus amigos, y lo que van a decir, lo que van a
pensar.
Dice que no. Pero él nota que su deseo era decir
sí, entonces insiste, usando algunos argumentos alocados, pero que forman parte
de la danza que están danzando ahora, ella acaba cediendo, porque era eso lo
que quería. Marca un lugar para encontrarse, en el mismo café en el que se
vieron el primer día. Ella dice que no, los brasileños son supersticiosos, y no
deben citarse en el mismo lugar donde se encontraron el primer día, porque eso
podría cerrar el ciclo y hacer que todo se acabase.
Él dice que se alegra porque ella no quiere cerrar
ese ciclo. Se deciden por una iglesia desde la que se puede ver la ciudad, y
que está en el Camino de Santiago, parte de la misteriosa peregrinación de
ambos desde que se encontraron.
Del diario de María, la víspera de comprar su
billete de avión de vuelta a Brasil:
60
Érase una vez un pájaro, adornado con un par de
alas perfectas y plumas relucientes, coloridas y maravillosas. En fin, un
animal hecho para volar libre e independiente, para alegrar a quien lo
observase. Un día, una mujer lo vio y se enamoró de él. Se quedó mirando su
vuelo con la boca abierta de admiración, con el corazón latiéndole más de
prisa, con los ojos brillantes de emoción. Lo invitó a volar con ella, y los
dos viajaron por el cielo en completa armonía. Ella admiraba, veneraba, adoraba
al pájaro.
Pero entonces pensó: «¡Tal vez quiera conocer
algunas montañas distantes!». Y la mujer tuvo miedo. Miedo de no volver a
sentir nunca más aquello con otro pájaro. Y sintió envidia, envidia de la
capacidad de volar del pájaro.
Y se sintió sola.
Y pensó: «Voy a poner una trampa. La próxima vez
que el pájaro venga, no volverá a marcharse».
El pájaro, que también estaba enamorado, volvió al
día siguiente, cayó en la trampa y fue encerrado en la jaula.
Todos los días ella miraba al pájaro. Allí estaba
el objeto de su pasión, y se lo enseñaba a sus amigas, que comentaban: «Eres
una persona que lo tiene todo». Sin embargo, empezó a producirse una extraña
transformación: como tenía al pájaro, y ya no tenía que conquistarlo, fue
perdiendo el interés. El pájaro, sin poder volar ni expresar el sentido de su
vida, se fue consumiendo, perdiendo el brillo, se puso feo, y ella ya no le
prestaba atención, excepto para alimentarlo y limpiar la jaula.
Un buen día, el pájaro murió. Ella se puso muy
triste, y no dejaba de pensar en él. Pero no recordaba la jaula, recordaba sólo
el día que lo había visto por primera vez, volando contento entre las nubes.
Si profundizase en sí misma, descubriría que
aquello que la emocionaba tanto del pájaro era su libertad, la energía de las
alas en movimiento, no su cuerpo físico.
Sin el pájaro,
su vida también
perdió sentido, y
la muerte vino
a llamar a
su puerta.
«¿Por qué has venido?», le preguntó a la muerte.
«Para que puedas volar de nuevo con él por el cielo
-respondió la muerte-. Si lo hubieses dejado partir y volver siempre, lo
admirarías y lo amarías todavía más; sin embargo, ahora necesitas de mí para
poder encontrarlo de nuevo.»
Empezó el día haciendo algo que había ensayado
durante todos aquellos meses: entrando en una agencia de viajes, y comprando un
pasaje para Brasil, en la fecha marcada en su calendario.
Ahora ya sólo le quedaban otras dos semanas en
Europa. A partir de aquel momento, Géneve sería el rostro de un hombre que amó,
y que la había amado. La rue de Berne sería un nombre, homenaje a la capital de
Suiza. Recordaría su habitación, el lago, la lengua francesa, las locuras que
una chica de veintitrés años (su cumpleaños había sido la víspera) es capaz de
hacer hasta que entiende que hay un límite.
No enjaularía al pájaro, ni le pediría que la
acompañase a Brasil; él era lo único verdaderamente puro que le había sucedido.
Un pájaro como ése tiene que ser libre, alimentarse de la nostalgia del tiempo
en que voló junto a alguien. Y ella también era un pájaro; tener a Ralf Hart a
su lado sería recordar para siempre los días del Copacabana. Y eso era su
pasado, no su futuro.
Decidió que diría «adiós» sólo una vez, cuando
llegase el momento de partir; no iba a sufrir cada vez que recordase «pronto ya
no estaré aquí». Por tanto, engañó a su corazón y caminó por Géneve aquella
mañana como si siempre hubiese paseado por aquellas calles, la colina, el
Camino de Santiago, el puente de Montblanc, los bares que acostumbraba a
frecuentar. Observó el vuelo de las gaviotas en el río, a los comerciantes que
recogían los puestos, a la gente que salía de su oficina para comer, el color y
el gusto de la manzana que estaba comiendo, los aviones que aterrizaban a
distancia, el arco iris en la columna de agua que surgía en mitad del lago, la
alegría tímida y escondida de todos los que pasaban por ella, las miradas de
deseo, las miradas sin expresión, las miradas. Había vivido casi un año en una
ciudad pequeña, como otras tantas ciudades pequeñas del mundo pero que, de no
ser por la arquitectura peculiar y por el exceso de anuncios de bancos, podría
estar ubicada en el interior de Brasil. Había feria. Había mercado. Había amas
de casa que regateaban el precio. Había estudiantes que habían dejado las
clases antes de la hora, quizá con la disculpa de algún padre o madre enfermos,
y ahora paseaban y se besaban a orillas del río. Había gente que se sentía en
casa, y gente que se sentía extranjera. Había periódicos que hablaban de
escándalos y respetables revistas para hombres de negocios a los que, por
cierto, sólo se los veía leyendo periódicos sobre escándalos.
Fue hasta la biblioteca a devolver el manual sobre
administración de haciendas. No había entendido nada, pero ese libro le había
recordado, en momentos en los que pensaba haber perdido el control de sí misma
y de su destino, cuál era el objetivo de su vida. Había sido un compañero
silencioso, con su tapa amarilla sin
61
dibujos, una serie de gráficos, pero, sobre todo,
un faro en las oscuras noches de las semanas más recientes.
Siempre haciendo planes para el futuro. Y viéndose
siempre sorprendida por el presente, se decía a sí misma. Pensaba en cómo se
había descubierto a sí misma a través de la independencia, de la desesperación,
del amor, del dolor, para luego encontrarse de nuevo con el amor (y le gustaría
que las cosas se detuviesen allí).
Lo más curioso de todo es que, mientras algunas de
sus compañeras de trabajo hablaban de las virtudes y del éxtasis al estar con
ciertos hombres en la cama, ella jamás se había descubierto mejor o peor a
través del sexo. No había resuelto su problema, era incapaz de tener un orgasmo
con la penetración, y había vulgarizado tanto el acto sexual que tal vez ya
nunca llegaría a encontrar en ese «abrazo del reencuentro», como Ralf lo
llamaba, el fuego y la alegría que buscaba.
O tal vez (como acostumbraba a pensar de vez en
cuando) sin amor era imposible obtener placer en la cama, como decían las
madres, los padres, los libros románticos.
La bibliotecaria, normalmente seria -y su única
amiga, aunque jamás se lo hubiese dicho-, estaba de buen humor. La atendió a la
hora de la comida y la invitó a compartir un sándwich con ella. María se lo
agradeció pero dijo que acababa de comer. -Has tardado mucho en leerlo.
-No he entendido nada.
-¿Recuerdas lo que me pediste una vez?
No, no lo recordaba, pero después de ver la sonrisa
maliciosa de la bibliotecaria, imaginó de qué se trataba: sexo. -¿Sabes?, desde
que viniste aquí buscando ese tipo de cosas, decidí hacer un inventario de lo
que teníamos. No era mucho, y como tenemos que educar a nuestra juventud,
encargué algunos. Así, no tienen que aprender de la peor manera posible, con
prostitutas, por ejemplo.
La bibliotecaria señaló una pila de libros en una
esquina, todos cuidadosamente forrados con un papel pardo.
-Todavía no he tenido tiempo de clasificarlos, pero
les he echado un vistazo y me ha horrorizado lo que he descubierto. Bien, ya se
imaginaba lo que ella iba a decir: posturas incómodas, sadomasoquismo, y cosas
de ese tipo. Mejor decirle que tenía que volver al trabajo (no sabía si le
había dicho que trabajaba en un banco o en una tienda, las mentiras daban mucho
trabajo, ella siempre se olvidaba).
Le dio las
gracias e hizo
ademán de salir,
pero ella comentó:
-Tú también te ibas
a horrorizar. Por
ejemplo: ¿sabías que el clítoris es una invención
reciente?
¿Invención? ¿Reciente? Esa misma semana alguien
había tocado el suyo, como si siempre hubiese estado allí, y como si aquellas
manos conociesen bien el terreno que estaban explorando, a pesar de la completa
oscuridad.
-Fue oficialmente aceptado en 1559, después de que
un médico, Realdo Columbo, publicase un libro llamado De re anatomica. Durante
mil quinientos años de la era cristiana fue oficialmente ignorado. Columbo lo
describe, en su libro, como «algo bonito y útil», ¿te lo puedes creer?
Las dos rieron.
-Dos años después, en 1561, otro médico, Gabrielle
Fallopio, dijo que el «descubrimiento» había sido suyo. ¡Tú fíjate! ¡Dos
hombres, italianos, claro, que entienden del asunto, discutiendo sobre quién
había introducido oficialmente el clítoris en la historia del mundo!
Aquella conversación era interesante, pero María no
quería pensar en el asunto, sobre todo porque sentía de nuevo el líquido
escurriendo, y el sexo poniéndose húmedo, sólo con acordarse de las caricias,
de las vendas, de las manos que paseaban por su cuerpo. No, no estaba muerta
para el sexo, aquel hombre la había rescatado de alguna manera. Qué bueno era
seguir viva.
La bibliotecaria, sin embargo, estaba entusiasmada:
-Incluso después de «descubierto», siguió sin ser respetado -dijo ella, dando
la impresión de que se había vuelto una experta en clitoriología, o como se
llame esa ciencia-. Las mutilaciones que leemos hoy en los periódicos, donde
ciertas tribus de África todavía le niegan a la mujer el derecho al placer, no
son ninguna novedad. Aquí mismo, en Europa, en el siglo xix, todavía se hacían
operaciones para eliminarlo, creyendo que en aquella pequeña e insignificante
parte de la anatomía femenina estaban todas las fuentes de la histeria, la
epilepsia, la tendencia al adulterio y la incapacidad de tener hijos.
María le tendió la mano para despedirse, pero la
bibliotecaria no daba señales de cansancio.
-Peor todavía, nuestro querido Freud, el
descubridor del psicoanálisis, decía que el orgasmo femenino, en una mujer
normal, debe pasar del clítoris a la vagina. Sus más fieles seguidores,
desarrollando esta tesis, pasaron a afirmar que el hecho de mantener el placer
sexual concentrado en el clítoris era una señal de infantilismo, o, lo que es
peor, de bisexualidad.
»Y, sin embargo, como todas nosotras sabemos, es
muy difícil tener un orgasmo sólo con la penetración. Está bien ser poseída por
un hombre, pero el placer está en ese garbancito, ¡descubierto por un italiano!
Distraída, María reconoció que tenía el problema
diagnosticado por Freud: todavía era infantil, su orgasmo no había pasado a su
vagina. ¿O estaba equivocado Freud?
-¿Y el punto G, qué crees? -¿Sabe usted dónde está?
La mujer se puso colorada, tosió, pero tuvo valor
para responder:
-Al entrar, en el primer piso, ventana del fondo.
62
¡Genial! ¡Había descrito la vagina como un
edificio! Tal vez hubiese leído aquella explicación en un libro para chicas: al
llamar a la puerta y entrar, descubrirás todo un universo dentro del propio
cuerpo. Siempre que se masturbaba, prefería más el punto G que el clítoris, ya
que éste le daba una cierta aflicción, un placer mezclado con agonía, algo
angustioso.
¡Iba siempre al primer piso, ventana del fondo!
Viendo que la mujer no iba a parar de hablar -tal
vez acabase de descubrir en ella una cómplice de su propia sexualidad perdida-,
dijo adiós con la mano, salió e intentó seguir concentrándose en cualquier
tontería, porque no era el día adecuado para pensar en despedidas, clítoris,
virginidad recuperada, ni en el punto G. Prestó atención a los ruidos: campanas
que sonaban, perros ladrando, el tranvía chirriando en las vías, los pasos, la
respiración, los letreros que ofrecían de todo.
Ya no tenía más ganas de volver al Copacabana pero,
aun así, sentía la obligación de llevar su trabajo hasta el final, aunque
desconociese la verdadera razón; al fin y al cabo, ya había conseguido ahorrar
lo suficiente. Durante aquella tarde, podía hacer algunas compras, hablar con
un director de banco que era cliente suyo pero que había prometido ayudarla con
su economía, tomar un café y mandar por correo alguna ropa que no iba a caber
en su equipaje. Extraño, estaba un poco triste, no conseguía entenderlo; tal
vez porque aún faltaban dos semanas, tenía que pasar el tiempo, mirar la ciudad
con otros ojos, alegrarse por haber vivido todo aquello.
Llegó a un cruce que ya había atravesado cientos de
veces, desde allí podía ver el lago, la columna de agua y, en medio del jardín
que se extendía desde el otro lado de la calzada, el hermoso reloj de flores,
uno de los símbolos de la ciudad, y él no la dejaba mentir, porque...
De repente, el tiempo, el mundo se quedó inmóvil.
¿Qué historia era aquella de la virginidad recién
recuperada, en la que pensaba desde que se había levantado?
El mundo parecía congelado, aquel segundo no pasaba
nunca, ella estaba ante algo muy serio y muy importante en su vida, no podía
olvidarlo, no podía hacer como con sus sueños nocturnos, siempre prometía
anotarlo y nunca se acordaba...
«No pienses en nada. El mundo se ha detenido. ¿Qué
está sucediendo?» ¡BASTA!
El pájaro, la bella historia del pájaro que acababa
de escribir, ¿era sobre Ralf Hart?
¡No, era sobre ella misma! ¡PUNTO FINAL!
Eran las 11.11 horas de la mañana, y ella paraba en
aquel momento. Era una extranjera en su propio cuerpo, estaba redescubriendo la
virginidad recién recuperada, pero su renacer era tan frágil que si seguía allí
estaría perdida para siempre. Había probado el cielo tal vez, el infierno,
seguro, pero la Aventura llegaba al final. No podía esperar dos semanas, diez
días, una semana, tenía que marcharse corriendo, porque, al ver aquel reloj
lleno de flores, con turistas sacando fotografías y niños jugando alrededor,
acababa de descubrir el motivo de su tristeza.
Y el motivo era el siguiente: no quería volver.
Y la razón no era Ralf Hart, ni Suiza, ni la
Aventura. La verdadera razón era demasiado simple: dinero.
¡Dinero! Un trozo de papel especial, pintado con
colores sobrios, que todo el mundo decía que valía algo (y ella lo creía, todos
lo creían) hasta el momento en que fuese con una montaña de aquel papel a un
banco, un respetable, tradicional, discretísimo banco suizo, y pidiese: «¿Puedo
comprar algunas horas de vida?». «No, señora, no vendemos de eso; sólo
compramos.» María despertó de su delirio por el frenazo de un coche, la queja
de un conductor, y un viejecito sonriente que hablaba inglés y que le pedía que
retrocediese (el semáforo estaba rojo para los peatones).
«Bien, creo que he descubierto algo que todo el
mundo debe saber. »
Pero no lo sabían: miró a su alrededor, gente
andando cabizbaja, corriendo para ir al trabajo, a clase, a una agencia de
trabajo, a la rue de Berne, diciendo continuamente: «Puedo esperar un poco más.
Tengo un sueño, pero no tiene que ser vivido hoy, porque tengo que ganar
dinero». Claro, su empleo estaba mal visto, pero en el fondo sólo se trataba de
vender su tiempo, como todo el mundo. Hacer cosas que no le gustaban, como todo
el mundo. Aguantar a gente insoportable, como todo el mundo. Entregar su precioso
cuerpo y su preciosa alma en nombre de un futuro que nunca llegaba, como todo
el mundo. Decir que todavía no tenía lo suficiente, como todo el mundo.
Aguardar sólo un poquito más, como todo el mundo. Esperar un poco más, ganar
algo más, posponer sus sueños, de momento estaba muy ocupada, tenía una
oportunidad ante sí, clientes que la esperaban, que eran fieles, que podían
llegar a pagar desde trescientos cincuenta hasta mil francos por noche.
Y por primera vez en su vida, a pesar de todas las
cosas buenas que podía comprar con el dinero que ganase (quién sabe, ¿sólo un
año más?), ella decidió consciente, lúcida, y a propósito, dejar pasar una
oportunidad.
María esperó a que el semáforo se pusiese en verde,
cruzó la calle, se detuvo delante del reloj de flores, pensó en Ralf, sintió de
nuevo su mirada de deseo en la noche en la que ella había bajado parte de su
vestido, sintió sus manos tocándole los senos, el sexo, la cara, se sintió
húmeda; miró la inmensa columna
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de agua a distancia y, sin tener que tocar ni una
sola parte de su cuerpo, tuvo un orgasmo allí, delante de todo el mundo.
Nadie lo notó; todos estaban muy, muy ocupados.
Nyah, la única de sus colegas con la que tenía una
relación parecida a lo que se podría llamar amistad, la llamó en cuanto entró.
Estaba sentada con un oriental, y los dos se reían.
-Mira esto -le dijo a María-. ¡Mira lo que quiere
que haga con él!
El oriental, poniendo una mirada cómplice y
manteniendo la sonrisa en los labios, abrió la tapa de una especie de caja de
puros. Desde lejos, Milan alargó el ojo para ver que no se trataba de jeringas
ni de drogas. No, era simplemente aquella cosa que ni él entendía bien cómo
funcionaba, pero no era nada especial. -¡Parece del siglo pasado! -dijo María.
-¡Es del siglo pasado! -afirmó el oriental,
indignado con la ignorancia del comentario-. Esto tiene más de cien años, y me
ha costado una fortuna.
Lo que María veía era una serie de válvulas, una
manivela, circuitos eléctricos, pequeños contactos de metal, pilas. Parecía el
interior de un antiguo aparato de radio del que salían dos hilos, en cuyos
extremos había unos pequeños bastoncillos de cristal, del tamaño de un dedo.
Nada que pudiese costar una fortuna. - ¿Cómo funciona?
A Nyah no le gustó la pregunta de María. Aunque
confiaba en la brasileña, la gente cambia de un momento a otro, y podía estar
echándole el ojo a su cliente.
-Ya me lo ha explicado. Es la Varita Violeta.
Y volviéndose hacia el oriental, le sugirió que saliesen, porque había decidido aceptar la invitación.
Pero él parecía entusiasmado con el interés que
despertaba su jueguecito.
-Hacia el año 1900, cuando las primeras pilas
empezaron a circular por el mercado, la medicina tradicional comenzó a hacer
experimentos con electricidad, para ver si curaba enfermedades mentales o la
histeria. También se utilizó para combatir las espinillas, y para estimular la
vitalidad de la piel. ¿Ves estos dos extremos? Se ponían aquí -señaló sus
sienes- y la batería provocaba la misma descarga estática que cuando el aire
está muy seco.
Aquello era algo que jamás sucedía en Brasil, pero
en Suiza era muy común, María lo descubrió un día cuando, al abrir la puerta de
un taxi, oyó un chasquido y recibió una descarga. Pensó que era un problema del
coche, se quejó, dijo que no iba a pagar el viaje, y el chofer casi la agredió,
llamándola ignorante. Él tenía razón; no era el coche, sino el aire seco.
Después de varias descargas, empezó a tener miedo de tocar cualquier cosa
metálica, hasta que descubrió en un supermercado una pulsera que descargaba la
electricidad acumulada en el cuerpo.
María se volvió hacia el oriental:
-¡Pero eso es extremadamente desagradable!
Nyah se impacientaba cada vez más con los
comentarios de María. Para evitar futuros conflictos con su única posible
amiga, mantenía el brazo en torno al hombro del hombre, de modo que no hubiese
la
menor duda de a quién pertenecía.
-Depende de dónde lo apliques -el oriental rió
alto.
Giró la pequeña manivela y los dos bastoncillos se pusieron de color violeta. Con un movimiento
rápido, él los apoyó sobre las dos mujeres; hubo un chasquido, pero la descarga parecía más una
especie de picor que de dolor.
Milan se acercó.
-Por favor, no use eso aquí.
El hombre volvió a colocar los bastoncillos en la caja. La filipina
aprovechó la oportunidad
y sugirió
que fuesen ya al hotel. El oriental pareció un poco
decepcionado, la recién llegada estaba mucho más interesada en la Varita
Violeta que la mujer que ahora lo invitaba a salir. Se puso el abrigo y guardó
la caja en un maletín de cuero, al tiempo que comentaba:
-Hoy en día se fabrican de nuevo, se ha puesto de
moda entre las personas que buscan placeres especiales. Pero éste que acabas de
ver sólo se puede encontrar en raras colecciones médicas, museos o anticuarios.
Milan y María se quedaron callados, sin saber qué
decir. -¿Habías visto eso antes?
-De este tipo, no. Debe de costar una fortuna, pero
ese hombre es un alto ejecutivo de una compañía petrolera. He visto otros,
modernos.
-¿Y qué hacen?
-Lo ponen en el cuerpo... y le piden a ella que
gire la manivela. Reciben la descarga dentro.
-¿Y no pueden hacerlo solos?
-Cualquier cosa que tenga que ver con el sexo
puedes hacerla solo. Pero es mejor que sigan creyendo que tiene más gracia
cuando están con otra persona, o mi bar iría a la ruina y tú tendrías que
trabajar en una tienda de verduras. Hablando de eso, tu cliente especial ha
dicho que vendrá esta noche; por favor, rechaza cualquier invitación.
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-La rechazaré. Incluso la suya. Porque sólo he
venido a despedirme, me marcho.
Milan pareció no acusar el golpe.
-¿Es por el pintor?
-No. Por el Copacabana. Hay un límite, y llegué a
él esta mañana, mientras miraba aquel reloj de flores cerca del lago.
-¿Cuál es el límite?
-El precio de una hacienda en el interior del
Brasil. Sé que puedo ganar más, trabajar un año más, qué más da, ¿no?
»Pues yo sé la diferencia: estaría para siempre en
esta trampa, como estás tú, y como están los clientes, los ejecutivos, los
auxiliares de vuelo, los cazatalentos, los ejecutivos de discográficas, los
muchos hombres que he conocido, a quienes vendí mi tiempo, que no me pueden
revender. Si me quedo un día más, me quedo un año más, y si me quedo un año
más, no saldré nunca.
Milan hizo un discreto gesto afirmativo, como si
entendiese y estuviese de acuerdo con todo, aunque no pudiese decir nada,
porque podía contagiar a todas las chicas que trabajaban para él. Pero era un
buen hombre, y aunque no le hubiese dado su bendición, tampoco intentó
convencer a la brasileña de que estaba actuando equivocadamente.
Le dio las gracias, pidió algo, una copa de
champán, no soportaba más el cóctel de frutas. Ahora podía beber, no estaba de
servicio. Milan le dijo que lo llamase si necesitaba algo; que siempre sería
bienvenida.
Quiso pagar la copa, él dijo que corría por cuenta
de la casa. Ella aceptó: le había dado a aquella casa mucho más que una copa.
Del diario de María, al volver a casa:
Ya no me acuerdo de cuándo fue, pero uno de estos
domingos decidí entrar en una iglesia para asistir a misa. Después de mucho
tiempo esperando, me di cuenta de que estaba en el lugar equivocado: era un
templo protestante.
Iba a salir, pero el pastor comenzó el sermón, creí
que no sería delicado levantarme, y eso fue una bendición, porque aquel día
habló de cosas que necesitaba mucho oír.
El pastor dijo algo como: «En todas las lenguas del
mundo hay un mismo dicho: ojos que no ven, corazón que no siente. Pues yo
afirmo que no hay nada más falso que eso; cuanto más lejos, más cerca del
corazón están los sentimientos que intentamos sofocary olvidar. Si estamos en
el exilio, queremos guardar cada pequeño recuerdo de nuestras raíces, si
estamos lejos de la persona amada, cada persona que pasa por la calle nos hace
recordarla.
»Los evangelios y todos los textos sagrados de
todas las religiones fueron escritos en el exilio, en busca de la comprensión
de Dios, de la fe que movía los pueblos adelante, de la peregrinación de las
almas errantes por la faz de la tierra. No lo sabían nuestros antepasados, y
tampoco nosotros sabemos lo que la Divinidad espera de nuestras vidas, y es en
ese momento cuando se escriben los libros, se pintan los cuadros, porque no
queremos y no podemos olvidar quiénes somos».
Al final del culto, fui hasta él y le di las
gracias: le dije que era una extranjera en una tierra extranjera, y le agradecí
que me recordase que lo que los ojos no ven, el corazón lo siente. Y por haber
sentido tanto, hoy me voy.
Tomó las dos maletas y las puso encima de la cama;
siempre habían estado allí, esperando el día en que todo llegaría al final.
Imaginaba que las llenaría de regalos, vestidos nuevos, fotos en la nieve y en
las grandes capitales europeas, recuerdos de un tiempo feliz en el que había
conocido el país más seguro y generoso del mundo. Tenía algunos vestidos
nuevos, era verdad, y algunas fotos en la nieve que había caído un día en
Géneve, pero aparte de eso, nada más era como había imaginado.
Había llegado con el sueño de ganar mucho dinero,
aprender sobre la vida y sobre quién era, comprar una hacienda para sus padres,
encontrar un marido y traer a la familia a conocer el lugar en el que vivía.
Volvía con el dinero justo para realizar un sueño, sin haber visitado las
montañas y, lo que era peor, ahora era una extraña para sí misma. Pero estaba
contenta, sabía que había llegado el momento de terminar con todo aquello.
Poca gente en el mundo lo sabe.
Había vivido sólo cuatro aventuras: ser bailarina
en un cabaret, aprender francés, trabajar como prostituta y amar perdidamente a
un hombre. ¿Cuánta gente puede vanagloriarse de tantas emociones en un año? Era
feliz, a pesar de la tristeza, y esa tristeza tenía un nombre, no se llamaba
prostitución, ni Suiza, ni dinero, sino Ralf Hart. Aunque jamás lo hubiera
reconocido, en el fondo de su corazón le gustaría haberse
65
casado con él, el hombre que ahora la esperaba en
una iglesia, listo para llevarla a conocer a sus amigos, su pintura, su mundo.
Pensó en faltar a la cita y hospedarse en un hotel
cerca del aeropuerto, ya que el vuelo salía a la mañana siguiente; a partir de
entonces, cada minuto pasado a su lado sería un año de sufrimiento en el
futuro, por todo aquello que ella podría haber dicho y no diría, por los
recuerdos de su mano, de su voz, de su apoyo, de sus historias.
Abrió de nuevo la maleta, sacó el pequeño vagón
eléctrico que él le había regalado la primera noche en su casa. Lo contempló
durante algunos minutos y lo tiró a la basura; aquel tren no merecía conocer
Brasil, había sido inútil e injusto con el niño que siempre lo había deseado.
No, no iría a la iglesia; tal vez él le preguntase
algo, y si contestaba la verdad («me voy»), él le pediría que se quedase, se lo
prometería todo para no perderla en aquel momento, le declararía su amor ya
demostrado en todo el tiempo que habían pasado juntos. Pero habían aprendido a
convivir en libertad, y ninguna otra relación saldría bien, tal vez ése fuese
el único motivo por el cual se amaban, porque sabían que no se necesitaban el
uno al otro. Los hombres siempre se asustan cuando una mujer dice «quiero
depender de ti», y a María le gustaría llevarse consigo la imagen de un Ralf
Hart apasionado, entregado, dispuesto a hacer cualquier cosa por ella.
Todavía tenía tiempo de decidir si iba o no a la
cita; de momento tenía que concentrarse en cosas más prácticas. Miró todo lo
que había dejado fuera de las maletas; no sabía dónde meterlo. Decidió que el
dueño del inmueble tomaría la decisión cuando entrase en el departamento y
encontrase los electrodomésticos en la cocina, los cuadros comprados en un
mercado de segunda mano, las toallas y la ropa de cama. No podría llevarse nada
de eso a Brasil, ni aunque sus padres lo necesitasen más que cualquier mendigo
suizo; le recordarían siempre todo en lo que se había aventurado.
Salió, fue hasta el banco y solicitó retirar todo
el dinero que tenía allí depositado. El director, que ya había frecuentado su
cama, dijo que era una mala idea, que aquellos francos podrían seguir rindiendo
y que ella recibiría los intereses en Brasil. Además, en caso de que le
robasen, serían muchos meses de trabajo perdido. María dudó por un momento,
creyendo, como siempre creía, que querían ayudarla de verdad. Pero, después de
reflexionar un poco, concluyó que el objetivo de aquel dinero no era convertir-se
en más papel, sino en una hacienda, una casa para sus padres, algún ganado y
mucho más trabajo.
Retiró cada centavo, lo metió en una pequeña bolsa
que había comprado para la ocasión y se la ató a la cintura, por debajo de la
ropa.
Fue hasta la agencia de viajes, rezando para tener
el coraje de seguir adelante; cuando quiso cambiar su pasaje, le dijeron que el
vuelo del día siguiente hacía escala en París, para hacer trasbordo. No tenía
importancia, lo que necesitaba era estar lejos de allí antes de que pudiese
pensarlo dos veces.
Fue hasta uno de los puentes, compró un helado,
aunque ya empezaba a hacer frío de nuevo, y miró Géneve. Entonces todo le
pareció diferente, como si hubiese acabado de llegar, y tuviese que ir a los
museos, a los monumentos históricos, a los bares y restaurantes de moda. Es
gracioso, cuando se vive en una ciudad, siempre se deja para después conocerla,
y generalmente se termina por no conocerla nunca.
Pensó en ponerse contenta porque volvía a su
tierra, pero no lo consiguió. Pensó en ponerse triste por dejar una ciudad que
la había tratado tan bien, y tampoco lo consiguió. Lo único que pudo hacer fue
derramar algunas lágrimas, con miedo de sí misma, una chica inteligente, que lo
tenía todo para tener éxito, pero que generalmente tomaba decisiones
equivocadas.
Deseó estar haciendo lo correcto esta vez.
La iglesia estaba completamente vacía cuando ella
entró, y pudo contemplar en silencio los bonitos vitrales, iluminados por la
luz del exterior, la luz de un día lavado por la tempestad de la noche
anterior. Ante ella, un altar y una cruz vacía; no estaba ante un instrumento
de tortura, con un hombre ensangrentado al borde de la muerte, sino ante un
símbolo de resurrección, donde el instrumento de suplicio perdía todo su
significado, su terror, su importancia. Se acordó del látigo la noche de las
tormentas, era la misma cosa, «Dios mío, ¿en qué estoy pensando?».
También se puso contenta porque no vio ninguna
imagen de santos sufriendo, con marcas de sangre y heridas abiertas; aquél era
simplemente un lugar donde los hombres se reunían para adorar algo que no eran
capaces de comprender.
Se detuvo delante del sagrario, donde se guardaba
el cuerpo de un Jesús en el que ella todavía creía, aunque hiciese mucho tiempo
que no pensaba en él. Se arrodilló y prometió a Dios, a la Virgen, a Jesús, y a
todos los santos, que pasase lo que pasase durante aquel día, jamás cambiaría
de idea, que se marcharía de cualquier manera. Hizo esta promesa porque conocía
bien las trampas del amor y cómo son capaces de transformar la voluntad de una
mujer.
Poco después, María sintió la mano que le tocaba el
hombro e inclinó su rostro para tocar la mano. -¿Cómo estás?
-Bien -dijo, la voz sin ninguna angustia-. Muy
bien. Vamos a tomar nuestro café.
Salieron de la mano, como si fuesen dos enamorados
que se encontraban después de mucho tiempo. Se besaron en público, algunas
personas los miraban escandalizados, ambos sonreían por el malestar
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que estaban causando y por los deseos que
despertaban con el escándalo, porque sabían que, en realidad, ellos querían
hacer lo mismo. El escándalo era sólo eso.
Entraron en un
café igual que
todos los demás,
pero que aquella
tarde era diferente,
porque ellos dos
estaban
allí, y se
amaban. Hablaron sobre
Géneve, las dificultades
de la lengua
francesa, los vitrales
de
la iglesia, los males del tabaco, ya que ambos
fumaban, y no tenían la menor intención de dejar el vicio.
María
quiso pagar el
café, y él aceptó.
Fueron a la
exposición, ella conoció
su mundo, artistas,
ricos
que parecían aún más ricos, millonarios que parecían pobres, gente que preguntaba cosas sobre las
cuales
jamás había oído
hablar. Les gustó
a todos, elogiaron
su manera de
hablar francés, le
hicieron
preguntas
sobre el carnaval,
el fútbol, la
música de su
país. Educados, amables, simpáticos,
encantadores.
Al
salir, él le
dijo que iría
a la discoteca aquella noche,
a verla. Ella
le pidió que no lo hiciese, que
tenía la noche libre y que le gustaría invitarlo a
cenar.
Él aceptó, se despidieron, quedaron
en verse en
casa de él,
para cenar en
un simpático restaurante
en la pequeña
plaza de Cologny, por donde
siempre pasaban en
taxi, pero ella jamás le había pedido
que se detuviesen para conocer el sitio.
Entonces
María se acordó
de su única
amiga, y decidió
ir hasta la biblioteca para decirle que
no
volvería más.
Estuvo
atrapada en el
tráfico durante un
rato que parecía
una eternidad, hasta
que los kurdos
terminasen de manifestarse (¡otra vez!) y
los coches pudiesen
volver a circular normalmente. Pero
ahora era de nuevo dueña de su tiempo, eso no tenía
importancia.
Llegó cuando la biblioteca estaba a punto de
cerrar.
-Puede que sea
demasiado íntimo, pero
no tengo ninguna
amiga a quien confiar ciertas cosas -dijo la
bibliotecaria, en cuanto María entró.
¿Aquella
mujer no tenía
amigas? Después de
vivir toda su vi
da en el mismo lugar, estar
con gente
durante el día, ¡,acaso no tenía a nadie con quien
hablar? En fin, descubría a alguien como ella, o mejor dicho, a alguien como
todo el mundo.
-He estado pensando en lo que leí sobre el
clítoris... ¡No! ¿Acaso no podía pensar en otra cosa?
-Y vi que, aunque hubiese sentido siempre mucho
placer durante las relaciones con mi marido, me costaba mucho tener un orgasmo.
¡,Crees que eso es normal?
-¿Cree usted que es normal que los kurdos se
manifiesten todos los días? ¿Que las mujeres enamoradas huyan de su príncipe
encantado? ¿Que la gente sueñe con haciendas en vez de pensar en el amor?
¿Hombres y mujeres que venden su tiempo, sin poder volver a comprarlo? Y, sin
embargo, todo eso sucede; así que no importa lo que yo crea o deje de creer, es
siempre normal. Todo aquello que vaya contra la naturaleza, contra nuestros
deseos más íntimos, todo eso es normal a nuestros ojos, aunque parezca una aberración
a los ojos de Dios. Buscamos nuestro infierno, llevamos milenios
construyéndolo, y después de mucho esfuerzo, ahora podemos vivir de la peor
manera posible.
Miró a la mujer y, por primera vez en todo aquel
tiempo, le preguntó su nombre (sólo conocía su nombre de casada). Se llamaba
Heidi, estaba casada hacía treinta años, y jamás, ¡jamás!, se había cuestionado
si era normal no tener un orgasmo durante la relación sexual con su marido.
-¡No sé si debería haber leído todo eso! Tal vez
fuese mejor vivir en la ignorancia, creyendo que un marido fiel, un
departamento con vista al lago, tres hijos y un empleo público era todo lo que
una mujer podía soñar. Ahora, desde que tú llegaste aquí, y desde que leí el
primer libro, estoy muy preocupada por aquello en lo que he convertido mi vida.
¡,Será todo el mundo así?
-Le puedo garantizar que sí -y María se sintió una
joven sabia ante aquella mujer que le pedía consejos.
-¿Te gustaría que entrase en detalles? María
asintió con la cabeza.
-Está claro que todavía eres muy joven para
entender de estas cosas, pero justamente por eso me gustaría compartir un poco
mi vida, para que no cometas los mismos errores que yo cometí.
»Pero el clítoris, ¡,por qué será que mi marido
nunca le prestó atención? Creía que el orgasmo tiene lugar en la vagina, y me
costaba mucho, pero mucho, fingir algo que él imaginaba que yo debía sentir.
Claro, yo sentía placer, pero un placer diferente. Sólo cuando la fricción era
en la parte superior...
¿entiendes?
-Sí.
-Y ahora he descubierto por qué. Está allí -señaló un libro en su mesa, cuyo título
María no conseguía
ver-. Hay un grupo de nervios que van desde el
clítoris hasta el punto G, y que es predominante. Pero los hombres piensan que
no, que penetrar lo es todo. ¿Sabes qué es el punto G?
-Hablamos de eso el otro día -dijo María, esta vez
como la Niña Ingenua-. justo al entrar, primer piso, ventana del fondo.
-¡Claro, claro! -los ojos de la bibliotecaria se iluminaron-.
Comprueba por ti misma cuántos de tus amigos han
oído hablar de eso: ¡ninguno! ¡Qué absurdo! ¡Pero así como el clítoris fue una
invención de ese italiano, el punto G es una conquista de nuestro siglo! ¡Muy
pronto ocupará todos los titulares, y ya nadie podrá ignorarlo! ¿Te imaginas
qué momento revolucionario estamos vi viendo?
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María miró su reloj, y Heidi se dio cuenta de que
tenía que hablar de prisa, enseñarle a aquella hermosa joven que las mujeres
tenían todo el derecho de ser felices, de realizarse, de modo que la siguiente
generación pudiese beneficiarse de todas esas extraordinarias conquistas
científicas.
-El doctor Freud no estaba de acuerdo porque no era
mujer, y como tenía el orgasmo en su pene, creía que todas estábamos obligadas
a sentir el placer en la vagina. Tenemos que volver al origen, a aquello que
siempre nos ha dado placer: ¡el clítoris y el punto G! Muy pocas mujeres
consiguen tener una relación sexual satisfactoria, de modo que, si tienes
dificultades para conseguir la alegría que mereces, voy a sugerirte algo:
invierte la posición. Que se acueste tu pareja, y tú ponte siempre encima; tu clítoris
golpeará con más fuerza en su cuerpo, y tú, no él, conseguirás el estímulo que
necesitas. ¡Mejor dicho, el estímulo que mereces!
María, sin embargo, sólo fingía no estar prestando
atención a la conversación. ¡Entonces no era sólo ella! ¡No tenía ningún
problema sexual, era todo una cuestión de anatomía! Sintió ganas de besar a
aquella mujer, mientras un peso inmenso, enorme, salía de su corazón. ¡Qué bien
haberlo descubierto siendo joven todavía! ¡Qué magnífico día estaba viviendo!
Heidi sonrió con un aire cómplice.
-¡Ellos no lo saben, pero nosotras también tenemos
una erección! ¡El clítoris se pone erecto!
«Ellos» debían de ser los hombres. María se armó de
valor, ya que la conversación estaba tan íntima. -¿Ha tenido alguna aventura
fuera del matrimonio?
La bibliotecaria se sorprendió. Sus ojos emitieron
una especie de fuego sagrado, su piel se puso roja, no sabía decir si de rabia
o de vergüenza.
Después de un rato, la lucha entre contar o fingir
terminó. Bastaba con cambiar de asunto.
-Volvamos a nuestra erección: ¡el clítoris! Se pone
rígido, ¿lo sabías?
-Desde niña.
Heidi parecía desconcertada. Tal vez no hubiese
prestado mucha atención a aquello. Aun así, decidió continuar:
-Y al parecer, si mueves el dedo en círculos
alrededor de él, incluso sin tocar su punta, se puede sentir el placer de
manera más intensa todavía. ¡Aprende! Los hombres que respetan el cuerpo de una
mujer en seguida se ponen a tocar la cima del clítoris, sin saber que eso a
veces puede ser doloroso, ¿no estás de acuerdo? Por eso, ya desde la primera o
segunda cita, asume el control de la situación: ponte encima, decide cómo y
dónde aplicar la presión, aumenta y disminuye el ritmo según tu criterio. Además
de eso, una conversación franca es siempre necesaria, según el libro que estoy
leyendo.
-¿Ha tenido usted una conversación franca con su
marido? Una vez más Heidi huyó de la pregunta directa, diciendo que eran otros
tiempos. Ahora estaba más interesada en compartir sus experiencias
intelectuales.
-Procura ver tu clítoris como la aguja de un reloj,
y pídele a tu compañero que lo mueva entre las once y la una, ¿comprendes? Sí,
sabía de qué hablaba la mujer y no estaba muy de acuerdo, aunque el libro
tampoco
estuviese lejos de
la verdad. Pero
en cuanto dijo
reloj, María miró
el suyo, comentó
que había
ido sólo a despedirse, pues su estancia allí había
terminado. La mujer pareció no escucharla.
-¿No
quieres llevarte este
libro sobre el
clítoris? -No, gracias. Tengo que
pensar en otras cosas. -¿Y
no te vas a llevar nada nuevo?
-No. Vuelvo a mi país, pero quería agradecerle el haberme tratado siempre con respeto y
comprensión. Hasta otro día.
Se dieron la mano y se desearon felicidad
mutuamente.
Heidi esperó a que la chica saliese, antes de
perder el control y dar un puñetazo en la mesa. ¿Por qué no había aprovechado
el momento para compartir algo que, tal y como iban las cosas, terminaría
muriendo con ella? Ya que la chica había tenido el coraje de preguntar si algún
día había traicionado a su marido, ¿por qué no responder, ahora que estaba
descubriendo un mundo nuevo, en el que finalmente las mujeres aceptaban que era
muy difícil tener un orgasmo vaginal?
«Bueno, eso no es importante. El mundo no es sólo
sexo.» No era lo más importante del mundo, pero era importante, sí. Miró a su
alrededor; gran parte de aquellos miles de libros que la rodeaban contaba una
historia de amor. Siempre la misma historia, alguien se enamora, encuentra,
pierde y vuelve a encontrar otra vez. Almas que se comunican, lugares
distantes, aventura, sufrimiento, preocupaciones, y casi nunca alguien que
decía «mira, querido, entiende mejor el cuerpo de una mujer». ¿Por qué los
libros no hablaban abiertamente de eso?
Tal vez nadie estuviese realmente interesado.
Porque el hombre iba a seguir buscando la novedad, todavía era el troglodita
cazador, que seguía el instinto reproductor de la raza humana. ¿Y la mujer? Por
su experiencia personal, las ganas de tener un buen orgasmo con su compañero
sólo duraban los primeros años; después la frecuencia disminuía, y ninguna
mujer hablaba de eso, porque creía que sólo le sucedía a ella. Y mentía,
fingiendo que ya no aguantaba el deseo irrefrenable de su marido. Y al mentir
hacía que todas las demás se preocupasen.
68
Luego se dedicaban a pensar en algo diferente: los
hijos, la cocina, los horarios, la limpieza de la casa, las cuentas que pagar,
la tolerancia con las escapadas del marido, viajes durante las vacaciones en
los que se preocupaban más por los hijos que por sí mismos, la complicidad, o
incluso el amor, pero nada de sexo. Debería haber sido más abierta con la joven
brasileña, que le parecía una chica inocente, con edad para ser su hija, y
todavía incapaz de comprender bien el mundo. Una emigrante viviendo lejos de su
tierra, dándolo todo en un trabajo sin gracia, esperando a un hombre con el que
pudiese casarse, fingir algunos orgasmos, encontrar la seguridad, reproducir
esta misteriosa raza humana, y después olvidar esas cosas llamadas orgasmos,
clítoris, punto G (¡recién descubierto en el siglo xx!). Ser una buena esposa,
una buena madre, cuidar que nada faltase en casa, masturbarse a escondidas de
vez en cuando, pensando en el hombre que se había cruzado con ella en la calle
y la había mirado con deseo. Mantener las apariencias, ¿por qué estará el mundo
tan preocupado por las apariencias?
Por eso no había respondido a la pregunta: «¿Ha
tenido alguna aventura fuera del matrimonio?».
Esas cosas mueren con uno, pensó. Su marido siempre
había sido el hombre de su vida, aunque el sexo fuese cosa del pasado remoto.
Era un excelente compañero, honesto, generoso, con buen humor, luchaba para
sustentar a la familia, y procuraba hacer felices a todos aquellos que estaban
bajo su responsabilidad. El hombre ideal, con el que todas las mujeres sueñan,
y justamente por eso se sentía tan mal al pensar que un día había deseado, y
había estado, con otro hombre.
Recordaba cómo lo había conocido. Volvía de la
pequeña ciudad de Davos, en las montañas, cuando una avalancha de nieve
interrumpió durante algunas horas la circulación de los trenes. Telefoneó, para
que nadie se preocupase, compró algunas revistas y se preparó para una larga
espera en la estación.
Fue entonces cuando vio a un hombre a su lado, con
una mochila y un saco de dormir. Tenía el pelo gris, la piel quemada por el
sol, era el único que no parecía estar preocupado por el retraso; al contrario,
sonreía y miraba a su alrededor, buscando a alguien con quien charlar. Heidi
abrió una de las revistas pero, ¡ah, vida misteriosa!, sus ojos se cruzaron
rápidamente con los de él, y no consiguió desviarlos lo bastante rápido como
para evitar que se acercase.
Antes de que ella pudiese, educadamente, decir que
realmente tenía que terminar un artículo importante, él empezó a hablar. Dijo
que era escritor, que volvía de una reunión en la ciudad, y que el retraso de
los trenes lo haría perder el avión a su país. Al llegar a Géneve, ¿podría
ayudarlo a encontrar un hotel?
Heidi lo miraba: ¿cómo alguien podía estar de tan
buen humor después de perder un vuelo, y tener que esperar en una incómoda
estación de tren hasta que las cosas se resolviesen?
Pero el hombre empezó a hablar, como si fuesen
viejos amigos. Habló de sus viajes, del misterio de la creación literaria y,
para su espanto y horror, sobre todas las mujeres que había amado y encontrado
a lo largo de su vida. Heidi simplemente decía que sí con la cabeza, y él
continuaba. Alguna que otra vez, se disculpaba por hablar mucho, y le pedía que
le hablase un poco de sí misma, pero todo lo que se le ocurría decir era «soy
una persona común, sin nada de extraordinario».
De repente, ella se vio deseando que el tren no
llegase nunca, aquella conversación era muy interesante, estaba descubriendo
cosas que sólo habían entrado en su mundo a través de las novelas de ficción. Y
como jamás volvería a verlo, se armó de valor -más tarde no sabría explicar por
qué- y comenzó a hacerle pre-guntas sobre temas que le interesaban. Pasaba por
una época difícil en su matrimonio, su marido reclamaba mucho su presencia, y
Heidi quiso saber qué podía hacerlo feliz. Él le dio algunas explicaciones
interesantes, le contó una historia, pero no parecía muy contento al tener que
hablar del marido.
«Eres una mujer muy interesante», dijo, usando una
frase que hacía muchos años que ella no oía.
Heidi no supo cómo reaccionar, él notó su bochorno,
y en seguida se puso a hablar sobre desiertos, ciudades perdidas, mujeres
cubiertas con un velo o con la cintura desnuda, guerreros, piratas, sabios.
El tren llegó. Se sentaron uno al lado del otro, y
ahora ella ya no era la mujer casada, con una casa junto al lago, tres hijos
que criar, sino una aventurera que llegaba a Géneve por primera vez. Miraba las
montañas, el río, y se sentía contenta por estar con un hombre que quería
llevársela a la cama (porque los hombres sólo piensan en eso), que hacía lo
posible para impresionarla. Pensó en cuántos hombres habían sentido lo mismo, y
jamás les había dado ninguna oportunidad, pero aquella mañana el mundo había
cambiado, era una adolescente de treinta y ocho años que asistía deslumbrada a
las tentativas de seducirla; era lo mejor del mundo.
En el otoño prematuro de su vida, cuando pensaba
que ya tenía todo lo que podía desear, aparecía aquel hombre en la estación de
tren y entraba sin pedir permiso. Se apearon en Géneve, ella le indicó un hotel
(modesto, había insistido él, porque debía partir aquella mañana, y no estaba
prevenido para un día más en la carísima Suiza), le pidió que lo acompañase
hasta la habitación con él, para ver si todo estaba en orden. Heidi sabía lo
que le esperaba pero, aun así, aceptó la proposición. Cerraron la puerta, se
besaron con violencia y deseo, él le arrancó la ropa, y, ¡Dios mío!, conocía el
cuerpo de una mujer, porque había conocido el sufrimiento o la frustración de
muchas.
Hicieron el amor toda la tarde, pero al llegar la
noche el encanto se disipó, y ella dijo la frase que no le gustaría haber
pronunciado jamás: «Tengo que volver, mi marido me espera».
Él encendió un cigarrillo, permanecieron en
silencio algunos minutos, y ninguno de los dos dijo «adiós». Heidi se levantó y
salió sin mirar atrás, sabiendo que, no importaba lo que dijesen, ninguna
palabra o frase tendría sentido.
69
Nunca más volvería a verlo, pero, en el otoño de su
desesperanza, durante algunas horas, había dejado de ser la esposa fiel, el ama
de casa, la madre amorosa, la funcionaria ejemplar, la amiga constante; y había
vuelto a ser simplemente mujer.
«Qué pena que no le conté esto a la chica -se
dijo-. En cualquier caso, ella no habría entendido nada, todavía vive en un
mundo en el que la gente es fiel y las promesas de amor son eternas.»
Del diario de María:
No sé qué pensó cuando abrió la puerta, aquella
noche, y me vio con dos maletas.
-No te asustes -comenté en seguida-. No me estoy
mudando aquí. Vamos a cenar.
Me ayudó, sin ningún comentario, a meter mi
equipaje dentro. En seguida, antes de decir «qué es eso» o «qué alegría que
hayas venido», simplemente me agarró, y comenzó a besarme, a tocar mi cuerpo,
mis senos, mi sexo, como si hubiese esperado mucho tiempo, y ahora presintiese
que tal vez el momento no iba a llegar nunca.
Me quitó el abrigo, el vestido, me dejó desnuda, y
fue allí en el recibidor de la entrada, sin ningún ritual ni preparación,
incluso sin tiempo para decir lo que estaría bien o mal, con el viento frío
entrando por la rendija de la puerta, dónde hicimos el amor por primera vez.
Pensé que tal vez fuese mejor decirle que parase, que buscásemos un lugar más
cómodo, que tuviésemos tiempo de explorar el inmenso mundo de nuestra
sensualidad, pero al mismo tiempo yo lo quería dentro de mí, porque era el
hombre que yo nunca había poseído, y que jamás poseería. Por eso podía amarlo
con toda mi energía, tener por lo menos, durante una noche, aquello que jamás
había tenido antes, y que posiblemente nunca, tendría después.
Me acostó en el suelo, entró dentro de mí antes de
que yo estuviese completamente mojada, pero no, el dolor no me molestó, al
contrario, me gustó que fuese así porque debía entender que yo era suya, y que
no tenía que pedir permiso. No estaba allí para enseñarle nada más, ni para
mostrarle cómo mi sensibili-dad era mejor o más intensa que la de asl demás
mujeres, sino para decirle que sí, que era bienvenido, que yo también lo estaba
esperando, que me alegraba mucho su total falta de respeto a las reglas que
habíamos creado entre nosotros, y que ahora exigía que sólo nuestros instintos,
macho y hembra, nos guiasen. Estábamos en la postura más convencional posible,
yo debajo, con las piernas abiertas, y él encima, entrando y saliendo, mientras
yo lo miraba, sin ganas de fingir, ni de gemir, ni de nada, simplemente
queriendo mantener los ojos abiertos, y procurar recordar cada segundo, ver su
rostro transformándose, sus manos que agarraban mi cabello, su boca que me
mordía, me besaba. Nada de preliminares, de caricias, de preparaciones, de
sofisticaciones, simplemente él dentro de mí, y yo en su alma.
Entraba y salía, aumentaba y disminuía el ritmo, a
veces paraba para mirarme también, pero no pre-guntaba si me estaba gustando,
porque sabía que ésa era la única manera de que nuestras almas se comunicasen
en aquel momento. El ritmo aumentó, y yo sabía que los once minutos estaban
llegando a su fin, quería que continuasen para siempre, porque era tan bueno,
¡Oh, Dios mío, qué bueno era ser poseída y izo poseer! Todo con los ojos muy
abiertos, y yo noté, cuando ya no veíamos bien, que parecía que nos íbamos a
otra dimensión donde yo era la gran madre, el universo, la mujer amada, la
prostituta sagrada de los antiguos rituales de la que él me había hablado con
un vaso de vino y una chimenea encendida.
Sentí que su orgasmo llegaba, y sus brazos
sujetaron los míos con fuerza, los movimientos aumentaron de intensidad, y
¡entonces él gritó, no gimió, no apretó los dientes, sino que gritó! ¡Chilló!
¡Bramó como un animal! Por el fondo de mi cabeza pasó rápidamente el
pensamiento de que los vecinos tal vez llamasen a la policía, pero eso no tenía
importancia, y yo sentí un inmenso placer, porque era así desde el inicio de
los tiempos, cuando el primer hombre encontró a la primera mujer e hicieron el
amor por primera vez: gritaron.
Después su cuerpo se derrumbó sobre mí, y no sé
cuánto tiempo permanecimos abrazados el uno al otro, yo acaricié su pelo como
sólo lo había hecho la noche en que nos encerramos en la oscuridad del hotel;
noté cómo su corazón disparado volvía poco a poco a la normalidad, sus manos
comenzaron a pasear delicadamente por mis brazos, y aquello hizo que todos los
pelos de mi cuerpo se erizasen.
Debió de pensar en algo práctico, como el peso de
su cuerpo encima del mío, porque se echó hacia un lado, agarró mis manos, y
permanecimos mirando el techo y el lustre de tres lámparas encendidas.
-Buenas noches -le dije.
Él me empujó e hizo que apoyase la cabeza en su
pecho. Me acarició durante un buen rato, antes de decir también «buenas
noches».
-Seguro que los vecinos lo han oído todo -comenté,
sin saber cómo íbamos a continuar, porque decir «te amo» en aquel momento no
tenía mucho sentido, él ya lo sabía, y yo también.
-Entra una corriente de aire frío por debajo de la
puerta -fue su respuesta, cuando podría haber dicho «¡qué maravilla!».
-Vayamos a la cocina.
Nos levantamos y vi que él ni siquiera se había
quitado el pantalón, estaba vestido como cuando llegué, sólo que con el sexo
afuera. Me puse el abrigo sobre mi cuerpo desnudo. Fuimos a la cocina, él
70
preparó un café, fumó dos cigarrillos, yo fumé uno.
Sentados a la mesa, él decía «gracias» con los ojos, yo respondía «también te
quiero dar las gracias», pero nuestras bocas permanecían cerradas.
Finalmente él se armó de valor y preguntó por las
maletas.
-Vuelvo a Brasil mañana a mediodía.
Una mujer sabe cuándo un hombre es importante para
ella. ¿Son ellos capaces también de ese tipo de comprensión? ¿O debería haberle
dicho «te amo», «me gustaría seguir aquí contigo», «pídeme que me quede»?
-No te vayas -sí, él había comprendido que podía
decírmelo.
-Me voy. He hecho una promesa.
Porque, si no la hubiese hecho, tal vez creyese que
todo aquello era para siempre. Y no lo era, era parte del sueño de una chica de
pueblo de un país distante, que se va a la gran ciudad (en realidad, no tan
grande), pasa por mil dificultades, pero conoce a un hombre que la ama. Éste
era el final feliz para todos los momentos difíciles que pasé, y siempre que yo
recordase mi vida en Europa, terminaría con la historia de un hombre enamorado
de mí, que sería siempre mío, ya que yo había visitado su alma.
Oh, Ralf, no sabes cuánto te amo. Pienso que tal
vez uno se enamora en el momento en el que ve al hombre de sus sueños por
primera vez, aunque la razón en ese momento diga que estamos equivocados, y
empecemos a luchar, sin deseo de ganar, contra ese instinto. Hasta que llega el
momento en que nos dejamos vencer por la emoción, y eso sucedió aquella noche,
cuando caminé descalza por el parque, sufriendo dolor y frío, pero entendiendo
cuánto me querías.
Sí, te amo mucho, como nunca he amado a otro
hombre, y justamente por eso me voy, porque si me
quedase el sueño
se convertiría en
realidad, deseo de
poseer, de desear
que tu vida
sea mía... en
fin,
de todas esas
cosas que acaban
convirtiendo el amor
en esclavitud. Mejor
así: el sueño.
Tenemos que
ser cuidadosos con lo que nos llevamos de un país,
o de la vida.
-No has tenido
un orgasmo -dijo él, intentando cambiar de
tema, ser cuidadoso,
no forzar una
si-
tuación.
Tenía miedo de
perderme, y pensaba
que todavía tenía toda la noche para hacerme cambiar de
opinión.
-No he tenido un orgasmo, pero he sentido un
inmenso placer.
-Pero sería mejor si tuvieses un orgasmo. -Podría
haber fingido, simplemente para contentarte, pero no te lo mereces. Eres un
hombre, Ralf Hart, con todo lo que esa palabra pueda tener de hermoso y de
intenso. Supiste ayudarme y apoyarme, aceptaste que yo te apoyase y te ayudase,
sin que eso significase humillación. Sí, me gustaría haber tenido un orgasmo,
pero no lo he tenido. Sin embargo, me encantó el suelo frío, tu cuerpo
caliente, la violencia consentida con la que entraste en mí.
»Hoy fui a devolver los libros que todavía tenía, y
la bibliotecaria me preguntó si hablaba de sexo con mi pareja. Me dieron ganas
de decirle: ¿qué pareja? ¿Qué tipo de sexo? Pero ella no lo merecía, ha sido
siempre un ángel conmigo.
»En realidad, sólo he tenido dos parejas desde que
llegué a Géneve: uno que despertó lo peor de mí mis-ma, porque yo se lo permití
e incluso se lo imploré. El otro, tú, que me has hecho sentir parte del mundo
otra vez. Me gustaría poder enseñarte dónde tocar en mi cuerpo, con qué
intensidad, durante cuánto tiempo, y sé que no lo tomarías como una
recriminación, sino como una posibilidad de que nuestras almas se comu-niquen
mejor. El arte del amor es como tu pintura, requiere técnica, paciencia, y
sobre todo práctica entre la pareja. Requiere osadía, es preciso ir más allá de
aquello que la gente convencionalmente llama "hacer el amor".
Ya está. La profesora había vuelto, y yo no quería
aquello, pero Ralf supo manejar la situación. En vez de aceptar lo que yo
decía, encendió su tercer cigarrillo en menos de media hora:
-En primer lugar, hoy vas a pasar la noche aquí. No
era una petición, era una orden.
-En segundo lugar, haremos el amor otra vez, con
menos ansiedad y más deseo.
»Finalmente, me gustaría que tú también entendieses
mejor a los hombres.
¿Entender mejor a los hombres? Me pasaba todas las
noches con ellos, blancos, negros, asiáticos, judíos, musulmanes, budistas.
¿Acaso Ralf no lo sabía?
Me sentí más aliviada; qué bien que la conversación
caminaba hacia una discusión. Por un momento había pensado en pedirle perdón a
Dios y romper mi promesa.
Pero allí estaba otra vez la realidad para decirme
que no olvidase conservar mi sueño intacto, y que no me dejase caer en las
trampas del destino.
-Sí, entender mejor a los hombres -repitió Ralf, al
ver mi aire de ironía-. Hablas de expresar tu sexualidad femenina, de ayudarme
a navegar por tu cuerpo, a tener paciencia, tiempo. Estoy de acuerdo, pero ¿ya
se te ha ocurrido pensar que nosotros somos diferentes, por lo menos en lo que
a tiempo se refiere? ¿Por qué no le pides explicaciones a Dios?
»Cuando nos conocimos, te pedí que me enseñases
sobre sexo, porque mi deseo había desaparecido. ¿Sabes por qué? Porque después
de ciertos años de vida, cualquier relación sexual mía terminaba en tedio o en
frustración, ya que creía que era muy difícil darles a las mujeres que amé el
mismo placer que ellas me daban a mí.
A mí no me gustó lo de «las mujeres que amé», pero
fingí indiferencia y encendí un cigarrillo.
71
-No tenía valor para pedirte: enséñame tu cuerpo.
Pero cuando te encontré, vi tu luz y te amé inmediata-mente, pensé que a esas
alturas de la vida, ya no tenía nada más que perder si era honesto conmigo, y
con la mujer que quería tener a mi lado.
El cigarrillo me resultó delicioso, y me habría
gustado que me hubiera ofrecido un poco de vino, pero no quería dejar de hablar
del tema.
-¿Por qué los hombres, en vez de hacer lo que tú
has hecho conmigo, descubrir cómo me siento, sólo piensan en sexo?
-¿Quién ha dicho que sólo pensamos en sexo? Al
contrario: pasamos años de nuestra vida intentando ha-cernos creer a nosotros
mismos que el sexo es importante. Aprendemos el amor con prostitutas o con
vírgenes, contamos nuestras andanzas a todos los que quieran escuchar, nos
paseamos con amantes jóvenes cuando nos hacemos mayores, todo para demostrarles
a los demás que sí, que somos aquello que las mujeres esperaban que fuésemos.
»Pero ¿sabes una cosa? No es nada de eso. No
entendemos nada. Creemos que sexo y eyaculación son lo mismo, y como acabas de
decir, no lo son. No aprendemos, porque no tenemos valor para decirle a una
mujer: enséñame tu cuerpo. No aprendemos porque ella tampoco tiene el valor de
decir: aprende cómo soy. Nos quedamos en el primitivo instinto de supervivencia
de la especie, y eso es todo. Por más absurdo que parezca, ¿sabes qué es más
importante para el hombre que el sexo?
Y pensé que tal vez fuese el dinero o el poder,
pero no dije nada.
-El deporte. ¿Y sabes por qué? Porque un hombre
entiende el cuerpo de otro hombre. En el deporte, ve-mos el diálogo de cuerpos
que se entienden.
-Estás loco.
-Puede ser. Pero tiene sentido. ¿Te has parado a
pensar qué sentían los hombres con los que has estado en la cama?
-Sí, lo he hecho: todos se sentían inseguros.
Tenían miedo.
-Peor que miedo. Eran vulnerables. No entendían muy
bien qué estaban haciendo, simplemente sabían que la sociedad, los amigos, las
propias mujeres decían que era importante. «Sexo, sexo, sexo», ésa es la base
de la vida, grita la publicidad, la gente, las películas, los libros. Nadie
sabe de qué habla. Saben, ya que el instinto es más fuerte que todos nosotros,
que hay que hacerlo. Y punto.
Basta. Yo había intentado dar lecciones de sexo
para protegerme, él hacía lo mismo, y por más sabias que fuesen nuestras
palabras, ya que uno siempre quería impresionar al otro, ¡eso era estúpido,
indigno de nuestra relación! Lo atraje hacia mí porque, independientemente de
lo que él tuviese que decir, o de lo que yo pensase respecto a mí misma, la
vida ya me había enseñado muchas cosas. Al principio de los tiempos, todo era
amor, entrega. Pero luego, la serpiente se le aparece a Eva y le dice: lo que has
entregado, lo vas a perder. Eso fue lo que pasó conmigo, fui expulsada del
Paraíso cuando todavía estaba en el colegio, y desde entonces he buscado una
manera de decirle a la serpiente que estaba equivocada, que vivir era más
importante que guardar. Pero la serpiente estaba en lo cierto, y yo estaba
equivocada.
Me arrodillé, le quité poco a poco la ropa, y vi
que su sexo estaba allí, durmiente, sin reaccionar. A él pa-recía no
importarle, y yo besé la parte interior de sus piernas, empezando por los pies.
Su sexo comenzó a reaccionar lentamente, y yo lo toqué, después lo puse en mi
boca, y, sin prisa, sin que él lo interpretase co-mo « ¡Vamos, prepárate!», lo
besé con el cariño de quien no espera nada, y justamente por eso, lo conseguí
todo. Vi que se excitaba, y comenzó a tocar mis pezones, girándolos como aquella
noche de total oscuridad, haciéndome desear tenerlo de nuevo entre mis piernas,
o en mi boca, o como desease o quisiese poseerme.
No me quitó el abrigo; hizo que me inclinase de
bruces sobre la mesa, con las piernas aún apoyadas en el suelo. Me penetró
lentamente, esta vez sin ansiedad, sin miedo a perderme, porque en el fondo él
también había entendido que aquello era un sueño, y que permanecería para
siempre como un sueño, jamás como realidad.
Al mismo tiempo que sentía su sexo dentro de mí,
sentía también su mano en los senos, las nalgas, to-cándome como sólo una mujer
sabe hacerlo. Entonces entendí que estábamos hechos el uno para el otro, porque
él conseguía ser mujer como ahora, y yo conseguía ser hombre como cuando
conversamos o nos iniciamos en el encuentro de las dos almas perdidas, de los
dos fragmentos que faltaban para completar el universo.
A medida que me penetraba y me tocaba al mismo
tiempo, sentí que no sólo me lo estaba haciendo a mí, sino a todo el universo.
Teníamos tiempo, ternura y conocimiento el uno del otro. Sí, había sido
estupendo llegar con dos maletas, el deseo de partir, ser inmediatamente
arrojada al suelo y penetrada con violencia y miedo; pero también era bueno
saber que la noche no acabaría nunca, y ahora allí, en la mesa de la cocina, el
orgasmo no era el fin en sí mismo, sino el inicio de ese encuentro.
Su sexo se quedó inmóvil dentro de mí, mientras sus
dedos se movían rápidamente, y yo tuve el primero, después el segundo, y el
tercer orgasmo, seguidos. Tenía ganas de empujarlo, el dolor del placer es tan
grande que machaca, pero aguanté firme, acepté que era así, que podía aguantar
un orgasmo más, dos más, o...
... y de repente, una especie de luz explotó dentro
de mí. Ya no era yo misma, sino un ser infinitamente superior a todo lo que yo
conocía. Cuando su mano me llevó al cuarto orgasmo, entré en un lugar en el que
todo parecía en paz, y en mi quinto orgasmo conocía Dios. Entonces sentí que él
volvía a mover su sexo
72
dentro del mío, aunque su mano no hubiese parado, y
dije: «Dios mío, ¿a qué me he entregado, el Infierno o el Paraíso?».
Pero era el Paraíso. Yo era la tierra, las
montañas, los tigres, los ríos que corrían hasta los lagos, los lagos que se
transformaban en mar. Él se movía cada vez más de prisa, y el dolor se mezclaba
con el placer, yo podía decir «ya no puedo más», pero no sería justo, porque a
esas alturas, él y yo éramos la misma persona.
Dejé que me penetrase el tiempo que fuese
necesario, sus uñas ahora estaban clavadas en mis nalgas, y yo allí de bruces,
en la mesa de la cocina, pensando que no existía un lugar mejor en el mundo
para hacer el amor. De nuevo el ruido de la mesa, la respiración cada vez más
rápida, las uñas arañándome, y mi sexo golpeando con fuerza su sexo, carne con
carne, hueso con hueso, yo iba a tener otro orgasmo, él también, y nada de eso,
¡nada de eso era MENTIRA!
-¡Vamos!
Él sabía de qué hablaba, y yo sabía que era el
momento, sentí que todo mi cuerpo se relajaba, que deja-ba de ser yo misma, ya
no oía, ni veía, ni sabía el gusto de nada, simplemente sentía.
-¡Vamos!
Y me fui con él. No fueron once minutos, sino una
eternidad, era como si los dos hubiésemos salido del cuerpo y caminásemos, en
profunda alegría, comprensión y amistad, por los jardines del Paraíso. Yo era
mujer y hombre, él era hombre y mujer. No sé cuánto tiempo duró, pero todo
parecía estar en silencio, en oración, como si el universo y la vida hubiesen
dejado de existir, y se hubiesen transformado en algo sa-grado, sin nombre, sin
tiempo.
Pero el tiempo volvió, oí sus gritos y grité con
él, las patas de la mesa golpeaban con fuerza en el suelo, pero a ninguno de
los dos se nos ocurrió preguntar ni pensar qué pensaba el resto del mundo.
Y él salió de mí sin ningún aviso, y reía, sentí mi
. sexo contraerse, me volví hacia él y también reí, nos abrazamos como si fuese
la primera vez que hacíamos el amor en nuestras vidas.
-Bendíceme -pidió.
Y lo bendije, sin saber qué hacía. Le pedí que
hiciese lo mismo, y él lo hizo, diciendo «bendita sea esta mujer, que mucho
amó». Sus palabras eran bonitas, volvimos a abrazarnos y nos quedamos allí, sin
entender cómo once minutos pueden llevar a un hombre y a una mujer a todo eso.
Ninguno de los dos estaba cansado. Fuimos hasta la
sala, él puso un disco, e hizo exactamente lo que yo esperaba: encendió la
chimenea y me sirvió vino. Después abrió un libro y leyó:
Tiempo de nacer, tiempo de morir,
tiempo de plantar, tiempo de arrancar la planta,
tiempo de matar, tiempo de curar,
tiempo de destruir, tiempo de construir,
tiempo de llorar, tiempo de reír,
tiempo de gemir, tiempo de bailar,
tiempo de tirar piedras, tiempo de recoger piedras,
tiempo de abrazar, tiempo de separar,
tiempo de buscar, tiempo de perder,
tiempo de guardar, tiempo de tirar,
tiempo de rasgar, tiempo de coser,
tiempo de callar, tiempo de hablar,
tiempo de amar, tiempo de odiar,
tiempo de guerra, tiempo de paz.
Aquello sonaba como una despedida. Pero era la más
bonita de todas las que podía vivir en mi vida. Lo abracé, él me abrazó, nos
acostamos en la alfombra al lado de la chimenea. La sensación de plenitud
todavía seguía, como si yo siempre hubiese sido una mujer sabia, feliz,
realizada en la vida.
-¿Cómo puedes enamorarte de una prostituta? -Al
principio, no lo entendía. Pero hoy, pensando un poco, creo que al saber que tu
cuerpo jamás sería sólo mío, podía concentrarme en conquistar tu alma.
-¿Y los celos?
-No se le puede decir a la primavera: «Ojalá que
llegue pronto, y que dure bastante». Sólo se puede de-
cir: «Ven, bendíceme con tu esperanza, y quédate
todo el tiempo que puedas».
Palabras sueltas al viento. Pero yo necesitaba
escucharlas, y él necesitaba decirlas. No sé exactamente cuándo me dormí. Soñé,
no con una situación ni con una persona, sino con un perfume, que lo inundaba
todo.
Cuando María abrió los ojos, algunos rayos de sol
empezaban a entrar por las persianas abiertas.
73
«He hecho el amor dos veces con él -pensó, mirando
al hombre dormido a su lado-. Y, sin embargo, parece que siempre hemos estado
juntos, y que él siempre ha conocido mi vida, mi alma, mi cuerpo, mi luz, mi
dolor.»
Se levantó para ir a la cocina y hacer un café. Fue
entonces cuando vio las dos maletas en el pasillo y se acordó de todo: de la
promesa, de la oración en la iglesia, de su vida, del sueño que insiste en
convertirse en realidad y perder su encanto, del hombre perfecto, del amor en
el que cuerpo y alma eran lo mismo, y placer y orgasmo eran cosas diferentes.
Podría
quedarse; no tenía
nada más que
perder en la
vida, sólo una
ilusión. Se acordó
del poema:
«Tiempo de llorar, tiempo de reír».
Pero había otra frase: «Tiempo de abrazar, tiempo
de separar». Preparó el café, cerró la puerta de la cocina, telefoneó y pidió
un taxi. Reunió toda su fuerza de voluntad, que la había llevado tan lejos, la
fuente de energía de su «luz», que le había dicho el momento exacto de partir,
que la protegía, que la haría guardar para siempre el recuerdo de aquella
noche. Se vistió, tomó sus maletas y salió, deseando que él se despertase antes
y le pidiese que se quedara.
Pero él no se despertó. Mientras esperaba el taxi
en la calle, pasó una gitana, con un ramo de flores. -¿Quiere una?
María la compró, era la señal de que el otoño había
llegado, el verano quedaba atrás. Géneve ya no tendría, durante mucho tiempo,
las mesas en las aceras ni los parques llenos de gente paseando y tomando el
sol. No hacía mal; se iba porque ésa era su elección, y no había de qué
lamentarse.
Llegó al aeropuerto, tomó otro café, esperó durante
cuatro horas el vuelo de París, siempre pensando que él entraría en cualquier
momento, ya que, en algún momento antes de dormirse, le había dicho la hora de
su salida. Así era en las películas: en el momento final, cuando la mujer está
casi entrando en el avión, el hombre aparece desesperado, la agarra, le da un
beso, y la lleva de vuelta a su mundo, bajo la mirada risueña y complaciente de
los funcionarios de la compañía aérea. Aparece la palabra «Fin», y todos los
espectadores saben que, a partir de ahí, vivirán felices para siempre.
«Las películas nunca dicen qué sucede después», se
decía María, intentando consolarse. Matrimonio, cocina, hijos, sexo cada vez
más inconstante, el descubrimiento de la primera nota de la amante, decidir,
armar un escándalo, escuchar promesas de que eso no se volverá a repetir, la
segunda nota de otra amante, otro escándalo y la amenaza de separarse, esta vez
el hombre no reacciona con tanta seguridad, simplemente le dice que la ama. La
tercera nota, de la tercera amante, y entonces escoger el silencio, fin-giendo
que no lo sabe, porque puede ser que él diga que ya no la ama, que es libre
para marcharse.
No. Las películas no lo cuentan. Se acaban antes de
que el verdadero mundo empiece. Mejor no pensar en eso.
Leyó una, dos, tres revistas. Finalmente anunciaron
su vuelo, después de casi una eternidad en aquella sala de aeropuerto, y
embarcó. Todavía se imaginó la famosa escena en la que, en cuanto se pone el
cinto, siente una mano en su hombro, mira hacia atrás, y allí está él,
sonriendo.
Pero nada de eso sucedió.
Durmió durante el escaso tiempo que separaba Géneve
de París. No tuvo tiempo de pensar qué diría en casa, qué historia contaría,
pero con toda seguridad sus padres se pondrían contentos, sabiendo que tenían a
su hija de vuelta, una hacienda y una vejez agradable.
Se despertó con la sacudida del aterrizaje. El
avión anduvo por la pista durante mucho tiempo; la azafata fue a decirle que
tenía que cambiar de terminal, ya que el vuelo para Brasil salía de la terminal
F y ella estaba en la C. Pero que no se preocupase, que no había retrasos,
todavía tenía mucho tiempo, y que si tenía alguna duda, el personal de tierra
podría ayudarla a encontrar el camino.
Mientras el aparato se acercaba al lugar del
desembarque, se preguntó si valía la pena pasar un día en aquella ciudad, sólo
para sacar unas fotos y contarles a los demás que había conocido París.
Necesitaba tiempo para pensar, estar a solas consigo misma, esconder muy
profundamente los recuerdos de la noche anterior, de modo que pudiese usarlos
siempre que necesitase sentirse vi va. Sí, París era una excelente idea; le
preguntó a la azafata cuándo saldría el siguiente vuelo para Brasil, si decidía
no embarcar aquel día.
La azafata le pidió su billete, lo lamentó mucho,
pero era una tarifa que no permitía esa serie de escalas. María se consoló,
pensando que ver una ciudad tan hermosa sola la deprimiría. Estaba consiguiendo
mantener su sangre fría, su fuerza de voluntad, no lo iba a estropear todo con
un bello paisaje y la nostalgia de alguien.
Desembarcó, pasó por los controles de la policía,
su equipaje iría directamente al otro avión, no había de qué preocuparse. Las
puertas se abrieron, los pasajeros salían y se abrazaban con alguien que los
esperaba, la mujer, la madre, los hijos. María fingió que nada de aquello era
para ella, al mismo tiempo que pensaba de nuevo en su soledad; aunque esta vez
tenía un secreto, un sueño, no era tan amarga, y la vida sería más fácil.
-Siempre nos quedará París.
No era un guía turístico. No era el chofer de un
taxi. Sus piernas temblaron cuando oyó la voz. -¿Siempre nos quedará París?
-Es la frase de una película que me encanta. ¿Te
gustaría ver la torre Eiffel?
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-Sí, muchísimo. Ralf llevaba un ramo de rosas, y
los ojos llenos de luz, la luz que ella había visto el primer día, cuando la
pintaba mientras el viento frío la hacía sentirse incómoda por estar allí.
-¿Cómo has llegado antes que yo? -preguntó para
disimular la sorpresa, la respuesta no tenía el menor interés, pero necesitaba
algún tiempo para respirar.
-Te vi leyendo una revista. Podría haberme
acercado, pero soy romántico, incurablemente romántico, y creí que sería mejor
tomar el primer puente aéreo para París, pasear un poco por el aeropuerto,
esperar tres horas, consultar un sinfín de veces los horarios de los vuelos,
comprar tus flores, decir la frase que Rick le dice a su amada en Casablanca, e
imaginar tu cara de sorpresa. Y tener la certeza de que eso era lo que tú
querías, que me esperabas, que toda la determinación y la voluntad del mundo no
bastan para impedir que el amor cambie las reglas de un momento a otro. No
cuesta nada ser romántico como en las películas, ¿no crees?
No sabía si costaba o no, pero el precio ahora era
lo que menos le importaba, a pesar de saber que acababa de conocer a aquel
hombre, que habían hecho el amor por primera vez hacía pocas horas, que había
sido presentada a sus amigos la víspera, que él ya había frecuentado la
discoteca en la que trabajaba y que se había casado dos veces. No eran
credenciales impecables. Por otro lado, ella tenía dinero para comprar una
hacienda, la juventud por delante, una gran experiencia de la vida, una gran
independencia de alma. Aun así, como siempre era el destino el que escogía por
ella, pensó que una vez más podía correr el riesgo.
Le dio un beso, sin ninguna curiosidad por saber
qué pasa después de que sale el «Fin» en la pantalla del cine. Simplemente, si
algún día alguien decidía contar su historia, le pediría que la empezase como
los cuentos de hadas, que dicen:
Érase una vez...
Nota final
Como a todo el mundo, y en este caso no tengo el
menor reparo en generalizar, me costó descubrir el sentido sagrado del sexo. Mi
juventud coincidió con una época de extrema libertad, con descubrimientos
importantes y muchos excesos, seguida de un período conservador, represivo, el
precio que había que pagar por los abusos que realmente dejaron secuelas un
poco duras.
En la década de los excesos (hablamos de los años
setenta), el escritor Irving Wallace escribió un libro sobre la censura
norteamericana, utilizando para ello las maniobras jurídicas que pretendían
impedir la publicación de un texto sobre sexo: Los siete minutos.
En la novela de Wallace, el libro que es motivo de
la discusión sobre la censura apenas se menciona, y el tema de la sexualidad
raramente aparece. Intenté imaginar qué diría ese libro prohibido; ¿quién
sabe?, podría intentar escribirlo.
Sucede que, en su novela, Wallace da muchas
referencias sobre ese libro inexistente, y eso acabó limitando, e
imposibilitando, la tarea que yo había imaginado. Sólo ha quedado el recuerdo
del título (donde creo que Wallace fue muy conservador con relación al tiempo,
y decidí ampliarlo) y la idea de que era importante aboddar la sexualidad de
una manera seria, lo cual, por cierto, ya han hecho muchos escritores.
En 1997, después de terminar una conferencia en
Mantua (Italia), recibí en el hotel en el que estaba hospedado un manuscrito
que habían dejado en recepción. No leo manuscritos, pero leí aquél, la historia
real de una prostituta brasileña, sus matrimonios, sus dificultades con la ley,
sus aventuras. En el año 2000, al pasar por Zurich, me puse en contacto con esa
prostituta, cuyo nombre de guerra es Sonia, y le dije que me había gustado su
texto. Le recomendé que lo enviase a mi editora brasileña, quien finalmente
decidió no publicarlo. Sonia, que para entonces había fijado su residencia en
Italia, tomó un tren y fue a verme a Zurich. Nos invi tó, a mí, a un amigo y a
una periodista del periódico Blick, que acababa de entrevistarme, a ir a
Langstrasse, la zona de prostitución local. Yo no sabía que Sonia ya había
avisado a sus colegas de nuestra visita y, para mi sorpresa, acabé firmando
varios autógrafos en libros míos, en diferentes lenguas.
Entonces yo ya estaba decidido a escribir sobre
sexo, pero aún no tenía ni el argumento, ni el personaje principal; pensaba en
algo mucho más dirigido a la búsqueda convencional de lo sagrado, pero aquella
visita a Langstrasse me enseñó: para escribir sobre el lado sagrado, era
necesario entender por qué había sido tan profanado.
Conversando con un periodista de la revista
L'Ilustrée (Suiza), le conté la historia de la improvisada noche de autógrafos
en Langstrasse, y él publicó un gran reportaje al respecto. El resultado fue
que, durante una tarde de autógrafos en Géneve, varias prostitutas aparecieron
con sus libros. Una de ellas me llamó especialmente la atención, salimos, con
mi agente y amiga Mónica Antunes, a tomar un café, que se convirtió en cena, y
que se convirtió en otros encuentros en los días siguientes. Allí nació el hilo
conductor de Once minutos.
Quiero expresar mi agradecimiento a Anna von
Planta, mi editora suiza, que me ayudó con datos importantes sobre la situación
legal de las prostitutas en su país. A las siguientes mujeres en Zurich
(nombres de guerra): Sonia, con la que me vi por primera vez en Mantua (¡quién
sabe, quizás alguien se
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interese algún día por su libro!), Martha, Antenora, Isabella. En Géneve (también nombres
de guerra):
Amy, Lucia, Andrei, Vanessa, Patrick, Therése, Anna
Christina.
Le agradezco también a Antonella Zara que me
permitiese usar pasajes de su libro La ciencia de la pasión para ilustrar
algunas partes del diario de María.
Finalmente, le agradezco a María (nombre de
guerra), que hoy reside en Lausana, está casada y tiene dos hermosas hijas, que
en nuestros varios encuentros haya compartido conmigo y con Mónica su historia,
en la que está basado este libro.
PAULO COELHO
FIN
* * *

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