© Libro N° 8118.
A Las Aguas. De
Maupassant, Guy. Emancipación. Diciembre 26 de 2020.
Título
original: © A Las Aguas. Guy De
Maupassant
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Guy De
Maupassant
A Las Aguas
Guy De Maupassant
DIARIO DEL MARQUÉS DE ROSEVEYRE
12 DE JUNIO 1880.- ¡A Loëche! ¡Quieren que vaya a
pasar un mes a Loëche! ¡Misericordia!¡ Un mes en esta ciudad que dicen ser la
más triste, la más muerta, la más aburrida de las villas! ¡Qué digo, una
ciudad! ¡Es un agujero, no una ciudad! ¡Me condenan a un mes de baño…, en fin!
13 DE JUNIO.- He pensado toda la noche en este
viaje que me espanta ¡Sólo me queda una cosa por hacer, voy a llevar una mujer!
¿Podrá distraerme esto, tal vez? Y además yo aprenderé, con esta prueba, si
estoy maduro para el matrimonio.
Un mes a solas, un mes de vida en común con
alguien, de una vida en pareja completa, de conversación a todas las hora del
día y de la noche. ¡Diablos!
Estar con una mujer durante un mes, es verdad, no
es tan grave como tenerla de por vida; pero es de por sí mucho más serio que
estar con ella por una noche. Sé que podré devolverla, con algunos cientos de
luises; ¡pero entonces permaneceré solo en Loëche, lo que no es nada divertido!
La elección será difícil. No quiero ni una coqueta
ni una espabilada. Es necesario que no me sienta ni ridículo ni orgulloso de
ella. Quiero que se diga: “El Marqués de Roseveyre está de buena suerte”; pero
no quiero que se cuchichee: “ Ese pobre Marqués de Roseveyre!”. En suma, tengo
que exigir a mi pasajera compañera todas las cualidades que exigiría a mi
compañera definitiva. La única diferencia que se puede establecer es aquella
que existe entre el objeto nuevo y el objeto de ocasión. ¡Bah!, ¡se puede encontrar,
voy a pensar en ello!
14 DE JUNIO.- ¡Berthe!… He aquí mi acompañante.
Veinte años, guapa, recién salida del Conservatorio, esperando un papel, futura
estrella. Buenos modales, altivez, carácter y… amor. Objeto de ocasión pudiendo
pasar por nuevo.
15 DE JUNIO.- Está libre. Sin compromiso de
negocios o de corazón, ella acepta, yo mismo he encargado sus vestidos, para
que no tenga aspecto de jovencita.
20 DE JUNIO.- Basilea. Duerme. Voy a comenzar mis
notas de viaje.
De hecho, ella es encantadora. Cuando llegó a la
estación delante de mí, no la reconocía, hasta tal punto tenía aspecto de mujer
de mundo. Verdaderamente tiene porvenir esta niña…. en el teatro.
Me pareció cambiada en sus modales, en su andar, en
su actitud y sus gestos, en la forma de sonreír, en la voz, en todo,
irreprochable, en fin. ¡Y peinada! ¡Oh! Peinada de una forma divina, de una
manera encantadora y sencilla, en una mujer que ya no tiene que atraer las
miradas, que ya no tiene que agradar a todos, cuyo papel ya no es seducir, a
primera vista, a los que la vean, sino que quiere gustar a uno solo, discreta y
únicamente. Y esto se dejaba ver en todo su aspecto. Se mostraba tan finamente y
tan completamente, la metamorfosis me pareció tan absoluta y hábil, que le
ofrecí mi brazo como hubiera hecho con mi mujer. Ella lo tomó con soltura como
si se tratara de mi mujer.
Frente a frente en el portalón permanecimos en un
primer momento inmóviles y mudos. Después ella levantó su velo y sonrió… Nada
más. Un sonreír de buen tono.¡Oh! Me daba miedo besarla, la comedia de la
ternura, el eterno y banal juego de las jóvenes. Pero no, ella se contuvo. Es
fuerte.
Más tarde hemos charlado un poco como dos jóvenes
esposos, un poco como dos extraños. Era amable. Muchas veces sonreía mirándome.
Era yo ahora quien tenía ganas de abrazarla. Pero permanecí tranquilo.
En la frontera, un funcionario abrió bruscamente la
puerta y me preguntó:
-¿Su nombre, señor?
Me sorprendió. Respondí:
-Marqués de Roseveyre.
-¿A dónde se dirige usted?
-A las termas de Loëche, en le Valais.
Escribió en un registro. Respondió:
-¿La señora es su mujer?
¿Qué hacer? ¿Qué responder? Levanté los ojos hacia
ella dudando. Ella estaba pálida y miraba a lo lejos…
Sentí que iba a ofenderla muy gratuitamente. Y
además, en fin, sería mi compañía durante un mes.
Dije:
-Sí, señor.
De repente la vi enrojecer. Me sentí feliz.
Pero en el hotel, llegando aquí, la propietaria le
tendió el registro. Ella me lo pasó muy rápidamente; me di cuenta de que ella
me estaba mirando mientras escribía. ¡Era nuestra primera noche de intimidad!…
¿Una vez pasada la página, quien leería este registro? Yo escribí: “Marqués y
marquesa de Roseveyre, dirigiéndose a Loëche.”
21 DE JUNIO.- Seis de la mañana. Bâle. Salimos para
Berne. Decididamente tengo buena mano.
21 DE JUNIO.- Diez de la noche. Jornada singular.
Estoy un poco emocionado. Esto es tonto y divertido.
Durante el trayecto, hemos podido hablar un poco.
Se había levantado un poco temprano; estaba cansada; dormitaba.
Tan pronto estuvimos en Berne, quisimos contemplar
ese panorama de los Alpes que yo no conocía en absoluto; y he aquí que salimos
por la ciudad, como dos recién casados.
Y de repente percibimos una llanura desmesurada, y
allá abajo, allá abajo, los glaciares. De lejos, así, no parecían inmensos; sin
embargo, aquella vista me produjo un escalofrío en las venas. Un
resplandeciente sol poniente caía sobre nosotros; el calor era terrible. Fríos
y blancos permanecían ellos, los montes helados. El Jungfrau, el Vierge,
dominando a sus hermanos, extendía su ancha falda de nieve, y todos, hasta
perderse de vista, se alzaban a su alrededor, los gigantes de cabeza blanca,
las eternas cimas heladas que el agonizante día hacía más claras, como
plateadas, sobre el azul oscuro de la noche.
Su infinidad inerte y colosal daba la sensación de
comienzo de un mundo sorprendente y nuevo, de una región escarpada, muerta,
petrificada pero atrayente como el mar, llena de un poder de seducción
misteriosa. El aire que había acariciado sus cimas siempre heladas parecía
venir hacia nosotros por encima de los campos estrechos y floridos, muy
diferente al aire fecundante de las llanuras. Tenía algo de desapacible y de
poderoso, de estéril, como un aroma de espacios inaccesibles.
Berthe, ensimismada, observaba sin cesar, sin poder
pronunciar ni una palabra.
De repente me cogió la mano y la apretó. Yo mismo
sentía en el alma esa especie de fiebre, esa exaltación que nos sobrecoge
delante de ciertos espectáculos inesperados. Agarré esa pequeña mano temblorosa
y la llevé a mis labios; y la besé, a fe mía, con amor.
Permanecí un poco turbado.¿Pero por quien? ¿Por
ella o por los glaciares?
24 DE JUNIO.- Loëche, diez de la noche.
Todo el viaje ha sido delicioso. Hemos pasado medio
día en Thun, contemplando la ruda frontera de montañas que debíamos franquear
al día siguiente.
Al amanecer, atravesamos el lago, el más hermoso de
Suiza tal vez. Unas mulas nos esperaban. Nos sentamos sobre sus lomos y
partimos. Después de haber desayunado en un pueblecito, comenzamos a escalar,
entrando lentamente en la garganta que sube poblada de árboles, siempre
dominada por las altas cumbres. De territorio en sitio, sobre las pendientes
que parecen venir del cielo; se distinguen puntos blancos, chalets construidos
allí no se sabe cómo. Atravesamos torrentes, percibimos, a veces, entre dos puntiagudas
cimas y cubiertas de abetos, una inmensa pirámide de nieve que parecía tan
próxima que hubiéramos jurado alcanzarla en diez minutos, pero que apenas
habríamos llegado en veinticuatro horas.
A veces atravesábamos caos de piedras, estrechas
llanuras tapizadas de rocas desprendidas como si dos montañas se hubieran
enfrentado en esta contienda, dejando sobre el campo de batalla los restos de
sus miembros de granito.
Berthe, extenuada, dormía sobre su animal, abriendo
de vez en cuando los ojos para ver de nuevo. Acabó por adormecerse, y yo la
sujetaba por una mano, feliz de su contacto, de sentir a través de su vestido
el suave calor de su cuerpo. Llegó la noche, todavía subíamos. Nos paramos
delante de la puerta de un pequeño albergue perdido en la montaña.
¡Dormimos! ¡Oh! ¡Dormimos!
Al amanecer, corrí a la ventana, y prorrumpí en un
grito. Berthe llegó a mi lado y se quedó estupefacta y embelesada. Habíamos
dormido en la nieve.
Todo a nuestro alrededor, montes enormes y
estériles cuyos huesos grises sobresalían bajo su abrigo blanco, montes sin
pinos, sombríos y helados, se elevaban tan alto que parecían inaccesibles.
Una hora después de estar en ruta de nuevo,
percibimos, al fondo de este embudo de granito y de nieve, un lago negro,
sombrío, sin una onda, que durante largo tiempo habíamos seguido. Un guía nos
trajo algunos edelweiss, las flores blancas de los glaciares. Berthe hizo un
ramillete para su blusa.
De repente, la garganta de peñascos se abrió
delante de nosotros, descubriendo un horizonte sorprendente: toda la cadena de
los Alpes piamonteses más allá del valle del Ródano. Las enormes cumbres, de
lugar en lugar, dominaban la multitud de cimas menores. Eran el monte Rose,
arduo y macizo; el Cervin, recta pirámide donde muchos hombres han muerto, el
Dent-du-Midi; otros cientos de puntos blancos, relucientes como cabezas de
diamantes, bajo el sol.
Pero bruscamente el sendero que seguíamos se detuvo
al borde de un precipicio, y en el abismo, en el fondo del agujero negro de dos
mil metros, encerrado entre cuatro muros de rectos peñascos, sombríos,
salvajes, sobre una capa de hierba, percibimos algunos puntos blancos con
bastante parecido a corderos en un prado. Eran las casas de Loëche.
Fue necesario dejar las mulas, siendo el camino tan
peligroso. El sendero desciende a lo largo de la roca, serpentea, gira, va,
vuelve, sin jamás perder de vista el precipicio, y siempre también el pueblo
que crece a medida que nos acercamos. Es a lo que se le llama el pasaje de la
Gemmi, uno de los más bellos de los Alpes, si no el más bello.
Berthe, apoyándose en mí, prorrumpía gritos de
alegría y gritos de pavor, feliz y temerosa como un niño. Como estábamos a
algunos pasos de los guías y ocultos por un voladizo de la roca, me abrazó. Yo
la abracé…
Yo me había dicho:
-En Loëche, pondré cuidado en hacer entender que no
estoy con mi mujer.
Pero por todos lados yo la había tratado como tal,
en todas partes la había hecho pasar por la Marquesa de Roseveyre. No podía
ahora inscribirla bajo otro nombre. Y además la habría herido en el corazón, y
verdaderamente era encantadora.
Pero le dije:
-Querida amiga, llevas mi apellido, la gente me
cree tu marido; espero que te comportes con todo el mundo con una extrema
prudencia y una extrema discreción. Nada de conocidos, de charlas, de
relaciones. Que te crean noble, actúa de forma que nunca tenga que reprocharme
lo que he hecho.
Ella respondió:
-No tenga miedo, mi pequeño René.
26 DE JUNIO.- Loëche no es triste. No. Es salvaje,
pero muy hermosa. Este muro de rocas altas de dos mil metros, de donde se
deslizan cientos de torrentes semejantes a hilillos de plata; este ruido eterno
del agua que discurre; este pueblo sepultado en los Alpes desde donde se ve,
como desde el fondo de un pozo, el sol lejano atravesar el cielo; el glaciar
vecino, muy blanco en la escotadura de la montaña, y ese pequeño valle lleno de
arroyos, lleno de árboles, pleno de frescura y de vida, que desciende hacia el
Ródano y deja ver en el horizontes las cimas nevadas del Piémont: todo esto me
seduce y me encandila. Tal vez si… si Berthe no estuviera aquí?…
Es perfecta, esta niña, reservada y distinguida más
que nadie. Yo escucho decir:
-¡Qué hermosa es, esta marquesita!…
27 DE JUNIO.- Primer baño. Descendemos directamente
de la habitación a las piscinas, donde veinte bañistas tiemblan, ya vestidos
con largos vestidos de lana, juntos hombres y mujeres. Unos comen, otros leen,
otros charlan. Mueven delante de sí pequeñas tablas flotantes. A veces juegan
al anillo, lo que no siempre es decoroso. Vistos a través de las galerías que
rodean el baño, tenemos aspecto de gruesos sapos en una tinaja.
Berthe ha venido a sentarse a esta galería para
charlar un poco conmigo. La han mirado mucho.
28 DE JUNIO.- Segundo baño. Cuatro horas de agua.
Las tomaré de ocho en ocho horas. Tengo por compañeros bañistas el Príncipe de
Vanoris (Italia), el Conde Lovenberg (Austria), el barón Samuel Vernhe (Hungría
u otra parte), además una quincena de personajes de menor importancia, pero
todos nobles. Todo el mundo es noble en las villas termales.
Ellos me piden, uno tras otro, ser presentados a
Berthe. Yo respondo: “¡Sí!” y me retiro. Me creen celoso, ¡qué tontería!
29 DE JUNIO.- ¡Diablos! ¡Diablos! La Princesa de
Vanoris ha venido ella misma en persona a buscarme, deseando conocer a mi
mujer, en el momento en que entrábamos en el hotel. Yo le presenté a Berthe,
pero le he rogado con delicadeza que evitara encontrarse con esta dama.
2 DE JULIO.- El Príncipe nos ha agarrado del cuello
para llevarnos a su apartamento, donde los bañistas insignes tomaban el té.
Berthe era, sin duda alguna, mejor que todas las damas; ¿pero qué hacer?
3 DE JULIO.- ¡A fe mía, qué le vamos a hacer! Entre
estos treinta hidalgos, ¿no se encuentran al menos diez de fantasía? ¿Entre
estas dieciséis o diecisiete mujeres, están más de doce seriamente casadas, y
de estas doce, más de seis irreprochables? ¡Tanto peor para ellas, tanto peor
para ellos! ¡Ellos lo han querido!
10 DE JULIO.- Berthe es la reina de Loëche! ¡Todo
el mundo está loco por ella; la celebran, la miman, la adoran! Por otra parte,
ella es soberbia en gracia y distinción. Me envidian.
La Princesa de Vanoris me ha preguntado:
-¡Ah!, Marqués, ¿dónde ha encontrado este tesoro?
Yo tenía deseos de responder:
-¡Primer premio del Conservatorio, curso de
comedia, contratada en el Odeón, libre a partir del 5 de agosto de 1880!
¡Qué cara hubiera puesto, Dios mío!
20 DE JULIO.- Berthe es realmente sorprendente. Ni
una falta de tacto, ni una falta de gusto; ¡una maravilla!
10 DE AGOSTO.- París. Se acabó. Tengo el corazón
hecho polvo. La víspera de la partida creí que todo el mundo iba a llorar.
Decidimos ir a ver amanecer sobre el Torrenthon,
luego de volver a descender a la hora de nuestra partida.
Nos pusimos en marcha hacia media noche, sobre unas
mulas. Los guías portaban faroles: y la larga caravana se extendía por el
camino sinuoso del bosque de pinos. Luego atravesamos los pastos donde rebaños
de vacas erraban en libertad. Después alcanzamos la región de las rocas, donde
la misma hierba desaparecía.
A veces, en la sombra, se distinguía, sea a
derecha, sea a izquierda, una masa blanca, un amontonamiento de nieve en un
agujero de la montaña.
El frío llegaba a ser mordiente, pinchaba los ojos
y la piel. El viento desecante de las cimas soplaba, quemando las gargantas,
aportando los hálitos helados de cien lugares de picos congelados.
Cuando llegamos a nuestro destino era ya de noche.
Desembalamos todas las provisiones para beber el champán al amanecer.
El cielo palidecía sobre nuestras cabezas. Vimos de
pronto un obstáculo a nuestros pies; luego, a unos cientos de metros, otra
cima.
El horizonte entero parecía lívido, sin que se
distinguiera nada todavía a lo lejos.
Pronto descubrimos, a la izquierda, una enorme
cima, el Jungfrau, después otra, después otra. Aparecían poco a poco como si
fueran levantándose a lo largo del nacimiento del día. Y nosotros quedábamos
estupefactos de encontrarnos así en el medio de estos colosos, en este país
desolado de nieves eternas. De repente, en frente, se nos mostró la desmesurada
cadena del Piémont. Otras cumbres aparecieron al norte. Realmente era el
inmenso país de los grandes montes de frentes helados, desde el Rhindenhorn, pesado
como su nombre, hasta el fantasma apenas visible del patriarca de los Alpes, el
Mont Blanc.
Unos eran orgullosos y rectos, otros acuclillados,
otros deformes, pero todos homogéneamente blancos, como si algún Dios hubiera
arrojado sobre la jorobada tierra un sábana inmaculada.
Unos parecían tan cerca que habríamos podido saltar
sobre ellos; otros estaban tan lejos que apenas los distinguíamos.
El cielo se volvió rojo; y todos enrojecieron. Las
nubes parecían sangrar sobre ellos. Era maravilloso, casi pavoroso.
Pero pronto la nube encendida palideció, y toda la
armada de cumbres insensiblemente se volvió rosa, de un rosa suave y tierno
como los vestidos de una jovencita.
Y el sol apareció por encima de la capa de nieves.
Entonces, de repente, el pueblo entero de los glaciares se hizo blanco, de un
blanco brillante, como si el horizonte estuviera lleno de una multitud de
cúpulas de plata.
Las mujeres, extasiadas, miraban.
Se estremecieron; un tapón de champán acababa de
saltar; Y el Príncipe de Vanoris, ofreciendo un vaso a Berthe, gritó:
-¡Bebo por la Marquesa de Roseveyre!
Todos clamaron: “ ¡Yo bebo por la Marquesa de
Roseveyre!”
Ella montó encima de su mula y respondió:
-¡Yo bebo por todos mis amigos!
Tres horas más tarde, cogimos el tren para Ginebra,
en el valle del Ródano.
Tan pronto estuvimos a solas Berthe, tan feliz y
contenta hace un rato, se puso a sollozar, el rostro entre sus manos.
Yo me lancé a sus rodillas:
-¿Qué tienes? ¿Qué tienes? Dime, ¿qué tienes?
Ella balbuceó entre sus lágrimas:
-¡Es… es… es pues que se ha acabado ser una mujer
honesta!
¡Verdaderamente, en ese momento estuve a punto de
cometer una tontería, una gran tontería…!
No la hice.
Dejé a Berthe entrando en París. Tal vez más tarde
habría sido demasiado débil.
(El diario del Marqués de Roseveyre no ofrece
ningún interés durante los dos años siguientes. En la fecha 20 de julio de 1883
encontramos las líneas siguientes).
20 DE JULIO DE 1883.- Florencia. Triste recuerdo
dentro de poco. Me paseaba por los Cassines cuando una mujer hizo parar su
coche y me llamó. Era la Princesa de Vanoris. Tan pronto me tuvo al alcance de
la voz:
-¡Oh!, Marqués, mi querido Marqués, ¡qué contenta
estoy de reencontrarlo! Rápido, rápido, deme noticias de la Marquesa; es
realmente la mujer más encantadora que he visto en toda mi vida!.
Me quedé sorprendido, no sabiendo qué decir y
golpeado en el corazón de una forma violenta. Balbuceé:
-No me hable nunca de ella, Princesa, hace tres
años que la he perdido.
Ella me cogió la mano.
-¡Oh! ¡Cómo lo siento, amigo mío!
Se fue. Me sentí triste, descontento, pensando en
Berthe, como si acabáramos de separarnos.
¡El Destino muy a menudo se equivoca!
Cuántas mujeres honestas habían nacido para ser
mujerzuelas, y lo demuestran.
¡Pobre Berthe! Cuántas otras habían nacido para ser
mujeres honestas…y ésta… más que las demás… tal vez…. En fin, no pensemos más.
FIN

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