© Libro N° 8117.
Aparición. De
Maupassant, Guy. Emancipación. Diciembre 26 de 2020.
Título
original: © Aparición. Guy De
Maupassant
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Guy De Maupassant
Aparición
Guy De Maupassant
Se hablaba de secuestros a raíz de un reciente
proceso. Era al final de una velada íntima en la rue de Grenelle, en una casa
antigua, y cada cual tenía su historia, una historia que afirmaba que era
verdadera.
Entonces el viejo marqués de la Tour-Samuel, de
ochenta y dos años, se levantó y se apoyó en la chimenea. Dijo, con voz un
tanto temblorosa:
Yo también sé algo extraño, tan extraño que ha sido
la obsesión de toda mi vida. Hace ahora cincuenta y seis años que me ocurrió
esta aventura, y no pasa ni un mes sin que la reviva en sueños. De aquel día me
ha quedado una marca, una huella de miedo, ¿entienden? Sí, sufrí un horrible
temor durante diez minutos, de una forma tal que desde entonces una especie de
terror constante ha quedado para siempre en mi alma. Los ruidos inesperados me
hacen sobresaltar hasta lo más profundo; los objetos que distingo mal en las
sombras de la noche me producen un deseo loco de huir. Por las noches tengo
miedo.
¡Oh!, nunca hubiera confesado esto antes de llegar
a la edad que tengo ahora. En estos momentos puedo contarlo todo. Cuando se
tienen ochenta y dos años está permitido no ser valiente ante los peligros
imaginarios. Ante los peligros verdaderos jamás he retrocedido, señoras.
Esta historia alteró de tal modo mi espíritu, me
trastornó de una forma tan profunda, tan misteriosa, tan horrible, que jamás
hasta ahora la he contado. La he guardado en el fondo más íntimo de mí, en ese
fondo donde uno guarda los secretos penosos, los secretos vergonzosos, todas
las debilidades inconfesables que tenemos en nuestra existencia.
Les contaré la aventura tal como ocurrió, sin
intentar explicarla. Por supuesto es explicable, a menos que yo haya sufrido
una hora de locura. Pero no, no estuve loco, y les daré la prueba. Imaginen lo
que quieran. He aquí los hechos desnudos.
Fue en 1827, en el mes de julio. Yo estaba de
guarnición en Ruán.
Un día, mientras paseaba por el muelle, encontré a
un hombre que creí reconocer sin recordar exactamente quién era. Hice
instintivamente un movimiento para detenerme. El desconocido captó el gesto, me
miró y se me echó a los brazos.
Era un amigo de juventud al que había querido
mucho. Hacía cinco años que no lo veía, y desde entonces parecía haber
envejecido medio siglo. Tenía el pelo completamente blanco; y caminaba
encorvado, como agotado. Comprendió mi sorpresa y me contó su vida. Una
terrible desgracia lo había destrozado.
Se había enamorado locamente de una joven, y se
había casado con ella en una especie de éxtasis de felicidad. Tras un año de
una felicidad sobrehumana y de una pasión inagotada, ella había muerto
repentinamente de una enfermedad cardíaca, muerta por su propio amor, sin duda.
Él había abandonado su casa de campo el mismo día
del entierro, y había acudido a vivir a su casa en Ruán. Ahora vivía allí,
solitario y desesperado, carcomido por el dolor, tan miserable que sólo pensaba
en el suicidio.
-Puesto que te he encontrado de este modo -me
dijo-, me atrevo a pedirte que me hagas un gran servicio: ir a buscar a mi casa
de campo, al secreter de mi habitación, de nuestra habitación, unos papeles que
necesito urgentemente. No puedo encargarle esta misión a un subalterno o a un
empleado porque es precisa una impenetrable discreción y un silencio absoluto.
En cuanto a mí, por nada del mundo volvería a entrar en aquella casa.
»Te daré la llave de esa habitación, que yo mismo
cerré al irme, y la llave de mi secreter. Además le entregarás una nota mía a
mi jardinero que te abrirá la casa.
»Pero ven a desayunar conmigo mañana, y hablaremos
de todo eso.
Le prometí hacerle aquel sencillo servicio. No era
más que un paseo para mí, su casa de campo se hallaba a unas cinco leguas de
Ruán. No era más que una hora a caballo.
A las diez de la mañana siguiente estaba en su
casa. Desayunamos juntos, pero no pronunció ni veinte palabras. Me pidió que lo
disculpara; el pensamiento de la visita que iba a efectuar yo en aquella
habitación, donde yacía su felicidad, lo trastornaba, me dijo. Me pareció en
efecto singularmente agitado, preocupado, como si en su alma se hubiera librado
un misterioso combate.
Finalmente me explicó con exactitud lo que tenía
que hacer. Era muy sencillo. Debía tomar dos paquetes de cartas y un fajo de
papeles cerrados en el primer cajón de la derecha del mueble del que tenía la
llave. Añadió:
-No necesito suplicarte que no los mires.
Me sentí casi herido por aquellas palabras, y se lo
dije un tanto vivamente. Balbuceó:
-Perdóname, sufro demasiado.
Y se echó a llorar.
Me marché una hora más tarde para cumplir mi
misión.
Hacía un tiempo radiante, y avancé al trote largo
por los prados, escuchando el canto de las alondras y el rítmico sonido de mi
sable contra mi bota.
Luego entré en el bosque y puse mi caballo al paso.
Las ramas de los árboles me acariciaban el rostro, y a veces atrapaba una hoja
con los dientes y la masticaba ávidamente, en una de estas alegrías de vivir
que nos llenan, no se sabe por qué, de una felicidad tumultuosa y como
inalcanzable, una especie de embriaguez de fuerza.
Al acercarme a la casa busqué en el bolsillo la
carta que llevaba para el jardinero, y me di cuenta con sorpresa de que estaba
lacrada. Aquello me irritó de tal modo que estuve a punto de volver sobre mis
pasos sin cumplir mi encargo. Luego pensé que con aquello mostraría una
sensibilidad de mal gusto. Mi amigo había podido cerrar la carta sin darse
cuenta de ello, turbado como estaba.
La casa parecía llevar veinte años abandonada. La
barrera, abierta y podrida, se mantenía en pie nadie sabía cómo. La hierba
llenaba los caminos; no se distinguían los arriates del césped.
Al ruido que hice golpeando con el pie un postigo,
un viejo salió por una puerta lateral y pareció estupefacto de verme. Salté al
suelo y le entregué la carta. La leyó, volvió a leerla, le dio la vuelta, me
estudió de arriba abajo, se metió el papel en el bolsillo y dijo:
-¡Y bien! ¿Qué es lo que desea?
Respondí bruscamente:
-Usted debería de saberlo, ya que ha recibido
dentro de ese sobre las órdenes de su amo; quiero entrar en la casa.
Pareció aterrado. Declaró:
-Entonces, ¿piensa entrar en… en su habitación?
Empecé a impacientarme.
-¡Por Dios! ¿Acaso tiene usted intención de
interrogarme?
Balbuceó:
-No…, señor…, pero es que… es que no se ha abierto
desde… desde… la muerte. Si quiere esperarme cinco minutos, iré… iré a ver si…
Lo interrumpí colérico.
-¡Ah! Vamos, ¿se está burlando de mí? Usted no
puede entrar, porque aquí está la llave.
No supo qué decir.
-Entonces, señor, le indicaré el camino.
-Señáleme la escalera y déjeme sólo. Sabré
encontrarla sin usted.
-Pero…. señor… sin embargo…
Esta vez me irrité realmente.
-Está bien, cállese, ¿quiere? 0 se las verá
conmigo.
Lo aparté violentamente y entré en la casa.
Atravesé primero la cocina, luego dos pequeñas
habitaciones que ocupaba aquel hombre con su mujer. Franqueé un gran vestíbulo,
subí la escalera, y reconocí la puerta indicada por mi amigo.
La abrí sin problemas y entré.
El apartamento estaba tan a oscuras que al
principio no distinguí nada. Me detuve, impresionado por aquel olor mohoso y
húmedo de las habitaciones vacías y cerradas, las habitaciones muertas. Luego,
poco a poco, mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, y vi claramente una gran
pieza en desorden, con una cama sin sábanas, pero con sus colchones y sus
almohadas, de las que una mostraba la profunda huella de un codo o de una
cabeza, como si alguien acabara de apoyarse en ella.
Las sillas aparecían en desorden. Observé que una
puerta, sin duda la de un armario, estaba entreabierta.
Me dirigí primero a la ventana para dar entrada a
la luz del día y la abrí; pero los hierros de las contraventanas estaban tan
oxidados que no pude hacerlos ceder.
Intenté incluso forzarlos con mi sable, sin
conseguirlo. Irritado ante aquellos esfuerzos inútiles, y puesto que mis ojos
se habían acostumbrado al final perfectamente a las sombras, renuncié a la
esperanza de conseguir más luz y me dirigí al secreter.
Me senté en un sillón, corrí la tapa, abrí el cajón
indicado. Estaba lleno a rebosar. No necesitaba más que tres paquetes, que
sabía cómo reconocer, y me puse a buscarlos.
Intentaba descifrar con los ojos muy abiertos lo
escrito en los distintos fajos, cuando creí escuchar, o más bien sentir, un
roce a mis espaldas. No le presté atención, pensando que una corriente de aire
había agitado alguna tela. Pero, al cabo de un minuto, otro movimiento, casi
indistinto, hizo que un pequeño estremecimiento desagradable recorriera mi
piel. Todo aquello era tan estúpido que ni siquiera quise volverme, por pudor
hacia mí mismo. Acababa de descubrir el segundo de los fajos que necesitaba y tenía
ya entre mis manos el tercero cuando un profundo y penoso suspiro, lanzado
contra mi espalda, me hizo dar un salto alocado a dos metros de allí. Me volví
en mi movimiento, con la mano en la empuñadura de mi sable, y ciertamente, si
no lo hubiera sentido a mi lado, hubiera huido de allí como un cobarde.
Una mujer alta vestida de blanco me contemplaba, de
pie detrás del sillón donde yo había estado sentado un segundo antes.
¡Mis miembros sufrieron una sacudida tal que estuve
a punto de caer de espaldas! ¡Oh! Nadie puede comprender, a menos que los haya
experimentado, estos espantosos y estúpidos terrores. El alma se hunde; no se
siente el corazón; todo el cuerpo se vuelve blando como una esponja, cabría
decir que todo el interior de uno se desmorona.
No creo en los fantasmas; sin embargo, desfallecí
bajo el horrible temor a los muertos, y sufrí, ¡oh!, sufrí en unos instantes
más que en todo el resto de mi vida, bajo la irresistible angustia de los
terrores sobrenaturales.
¡Si ella no hubiera hablado, probablemente ahora
estaría muerto! Pero habló; habló con una voz dulce y dolorosa que hacía vibrar
los nervios. No me atreveré a decir que recuperé el dominio de mí mismo y que
la razón volvió a mí. No. Estaba tan extraviado que no sabía lo que hacía; pero
aquella especie de fiereza íntima que hay en mí, un poco del orgullo de mi
oficio también, me hacían mantener, casi pese a mí mismo, una actitud
honorable. Fingí ante mí, y ante ella sin duda, ante ella, fuera quien fuese,
mujer o espectro. Me di cuenta de todo aquello más tarde, porque les aseguro
que, en el instante de la aparición, no pensé en nada. Tenía miedo.
-¡Oh, señor! -me dijo-. ¡Puede hacerme un gran
servicio!
Quise responderle, pero me fue imposible pronunciar
una palabra. Un ruido vago brotó de mi garganta.
-¿Quiere? -insistió-. Puede salvarme, curarme.
Sufro atrozmente. Sufro, ¡oh, sí, sufro!
Y se sentó suavemente en mi sillón. Me miraba.
-¿Quiere?
Afirmé con la cabeza incapaz de hallar todavía mi
voz.
Entonces ella me tendió un peine de carey y
murmuró:
-Péineme, ¡oh!, péineme; eso me curará; es preciso
que me peinen. Mire mi cabeza… Cómo sufro; ¡cuanto me duelen los cabellos!
Sus cabellos sueltos, muy largos, muy negros, me
parecieron, colgaban por encima del respaldo del sillón y llegaban hasta el
suelo.
¿Por qué hice aquello? ¿Por qué recibí con un
estremecimiento aquel peine, y por qué tomé en mis manos sus largos cabellos
que dieron a mi piel una sensación de frío atroz, como si hubiera manejado
serpientes? No lo sé.
Esta sensación permaneció en mis dedos, y me
estremezco cuando pienso en ella.
La peiné. Manejé no sé cómo aquella cabellera de
hielo. La retorcí, la anudé y la desanudé; la trencé como se trenza la crin de
un caballo. Ella suspiraba, inclinaba la cabeza, parecía feliz.
De pronto me dijo «¡Gracias!», me arrancó el peine
las manos y huyó por la puerta que había observado que estaba entreabierta.
Ya solo, sufrí durante unos segundos ese trastorno
de desconcierto que se produce al despertar después de una pesadilla. Luego
recuperé finalmente los sentidos; corrí a la ventana y rompí las contraventanas
con un furioso golpe.
Entró un chorro de luz diurna. Corrí hacia la
puerta por donde ella se había ido. La hallé cerrada e infranqueable.
Entonces me invadió una fiebre de huida, un pánico,
el verdadero pánico de las batallas. Cogí bruscamente los tres paquetes de
cartas del abierto secreter; atravesé corriendo el apartamento, salté los
peldaños de la escalera de cuatro en cuatro, me hallé fuera no sé por dónde, y,
al ver a mi caballo a diez pasos de mí, lo monté de un salto y partí al galope.
No me detuve más que en Ruán, delante de mi
alojamiento. Tras arrojar la brida a mi ordenanza, me refugié en mi habitación,
donde me encerré para reflexionar.
Entonces, durante una hora, me pregunté
ansiosamente si no habría sido juguete de una alucinación. Ciertamente, había
sufrido una de aquellas incomprensibles sacudidas nerviosas, uno de aquellos
trastornos del cerebro que dan nacimiento a los milagros y a los que debe su
poder lo sobrenatural.
E iba ya a creer en una visión, en un error de mis
sentidos, cuando me acerqué a la ventana. Mis ojos, por azar, descendieron
sobre mi pecho. ¡La chaqueta de mi uniforme estaba llena de largos cabellos
femeninos que se habían enredado en los botones!
Los cogí uno por uno y los arrojé fuera por la
ventana con un temblor de los dedos.
Luego llamé a mi ordenanza. Me sentía demasiado
emocionado, demasiado trastornado para ir aquel mismo día a casa de mi amigo.
Además, deseaba reflexionar a fondo lo que debía decirle.
Le hice llevar las cartas, de las que extendió un
recibo al soldado. Se informó sobre mí. El soldado le dijo que no me encontraba
bien, que había sufrido una ligera insolación, no sé qué. Pareció inquieto.
Fui a su casa a la mañana siguiente, poco después
de amanecer, dispuesto a contarle la verdad. Había salido el día anterior por
la noche y no había vuelto.
Volví aquel mismo día, y no había vuelto. Aguardé
una semana. No reapareció. Entonces previne a la justicia. Se le hizo buscar
por todas partes, sin descubrir la más mínima huella de su paso o de su
destino.
Se efectuó una visita minuciosa a la casa de campo
abandonada. No se descubrió nada sospechoso allí.
Ningún indicio reveló que hubiera alguna mujer
oculta en aquel lugar.
La investigación no llegó a ningún resultado, y las
pesquisas fueron abandonadas.
Y, tras cincuenta y seis años, no he conseguido
averiguar nada. No sé nada más.

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