© Libro N° 8105.
El Color Surgido Del Espacio Y Seis Cuentos Cortos. Lovecraft, H.
P. Emancipación. Diciembre 26 de 2020.
Título
original: © El Color Surgido Del
Espacio Y Seis Cuentos Cortos. H. P. Lovecraft
Versión Original: © El Color Surgido Del Espacio Y Seis
Cuentos Cortos. H. P. Lovecraft
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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EL
COLOR SURGIDO DEL ESPACIO Y SEIS CUENTOS CORTOS
H. P. Lovecraft
El Color Surgido Del
Espacio Y Seis Cuentos Cortos
H. P. Lovecraft
ÍNDICE
AIRE FRÍO 2
ARTHUR JERMYN 17
DAGON 32
DEL MÁS ALLÁ 41
EL ALQUIMISTA 53
EL ÁRBOL 67
EL COLOR SURGIDO DEL ESPACIO 74
AIRE FRÍO
Me piden que explique por qué temo las corrientes
de aire frío, por qué tirito más que otros al entrar en una habitación fría y
parece como si sintiera náuseas y repulsión cuando el fresco viento de
anochecer empieza a deslizarse por entre la calurosa atmósfera de un apacible
día otoñal. Según algunos, reacciono frente al frío como otros lo hacen frente
a los malos olores, impresión ésta que no negaré. Lo que haré es referir el
caso más espeluznante que me ha sucedido, para que ustedes juzguen en consecuencia
si constituye o no una razonada explicación de esta peculiaridad mía.
Es una equivocación creer que el horror se asocia
inextricablemente con la oscuridad, el silencio y la soledad. Yo me di de
bruces con él en plena tarde, en pleno ajetreo de la gran urbe y en medio del
bullicio propio de una destartalada y modesta pensión, en compañía de una
prosaica patrona y dos fornidos hombres. En la primavera de 1923 había
conseguido un trabajo bastante monótono y mal remunerado en una revista de la
ciudad de Nueva York; y viéndome imposibilitado de pagar un sustancioso
alquiler, empecé a mudarme de una
pensión barata a otra en busca de una habitación
que reuniera las cualidades de una cierta limpieza, un mobiliario que pudiera
pasar y un precio lo más razonable posible. Pronto comprobé que no quedaba más
remedio que elegir entre soluciones malas, pero tras algún tiempo recalé en una
casa situada en la calle Catorce Oeste que me desagradó bastante menos que las
otras en que me había alojado hasta entonces.
El lugar en cuestión era una mansión de piedra
rojiza de cuatro pisos, que debía datar de finales de la década de 1840, y
provista de mármol y obra de marquetería cuyo herrumbroso y descolorido
esplendor era muestra de la exquisita opulencia que debió tener en otras
épocas. En las habitaciones, amplias y de techo alto, empapeladas con el peor
gusto y ridículamente adornadas con artesonado de escayola, había un
persistente olor a humedad y a dudosa cocina. Pero los suelos estaban limpios,
la ropa de cama podía pasar y el agua caliente apenas se cortaba o enfriaba, de
forma que llegué a considerarlo como un lugar cuando menos soportable para
hibernar hasta el día en que pudiera volver realmente a vivir. La patrona, una
desaliñada y casi barbuda mujer española apellidada Herrero, no me importunaba
con habladurías ni se quejaba cuando dejaba encendida la luz hasta altas horas
en el vestíbulo de mi tercer piso; y mis compañeros de pensión eran tan
pacíficos y poco comunicativos como desearía, tipos toscos, españoles en su
mayoría, apenas con el menor grado de educación. Sólo el estrépito de los
coches que circulaban por la calle constituía una auténtica molestia.
Llevaría allí unas tres semanas cuando se produjo
el primer extraño incidente. Una noche, a eso de las ocho, oí como si cayeran
gotas en el suelo y de repente advertí que llevaba un rato respirando el acre
olor característico del amoníaco. Tras echar una mirada a mi alrededor, vi que
el techo estaba húmedo y goteaba; la humedad procedía, al parecer, de un ángulo
de la fachada que daba a la calle. Deseoso de cortarla en su origen, me dirigí
apresuradamente a la planta baja para decírselo a la patrona, quien me aseguró
que el problema se solucionaría de inmediato.
El doctor Muñoz, dijo en voz alta mientras corría
escaleras arriba delante de mí, —ha debido derramar algún producto químico.
Está demasiado enfermo para cuidar de sí mismo —cada día que pasa está más
enfermo —, pero no quiere que nadie le atienda. Tiene una enfermedad muy
extraña. Todo el día se lo pasa tomando baños de un olor la mar de raro y no
puede excitarse ni acalorarse. El mismo se hace la limpieza; su pequeña
habitación está llena de botellas y de máquinas, y no ejerce de médico. Pero en
otros tiempos fue famoso — mi padre oyó hablar de él en Barcelona—, y no hace
mucho le curó al fontanero un brazo que se había herido en un accidente. Jamás
sale. Todo lo más se le ve de vez en cuando en la terraza, y mi hijo Esteban le
lleva a la habitación la comida, la ropa limpia, las medicinas y los preparados
químicos. ¡Dios mío, hay que ver la sal de amoníaco que gasta ese hombre para
estar siempre fresco!
Mrs. Herrero desapareció por el hueco de la
escalera en dirección al cuarto piso, y yo volví a mi habitación. El amoníaco
dejó de gotear y, mientras recogía el que se había vertido y abría la ventana
para que entrase aire, oí arriba los macilentos pasos de la patrona. Nunca
había oído hablar al doctor Muñoz, a excepción de ciertos sonidos que parecían
más bien propios de un motor de gasolina. Su andar era calmo y apenas
perceptible. Por unos instantes inquirí qué extraña dolencia podía tener aquel
hombre, y si su obstinada negativa a cualquier auxilio proveniente del exterior
no sería sino el resultado de una extravagancia sin fundamento aparente. Hay,
se me ocurrió pensar, un tremendo pathos en el estado de aquellas personas que
en algún momento de su vida han ocupado una posición alta y posteriormente la
han perdido.
Tal vez no hubiera nunca conocido nunca al doctor
Muñoz, de no haber sido por el ataque al corazón que de repente sufrí una
mañana mientras escribía en mi habitación. Los médicos me habían advertido del
peligro que corría si me sobrevenían tales accesos, y sabía que no había tiempo
que perder. Así pues, recordando lo que la patrona había dicho acerca de los
cuidados prestados por aquel enfermo al obrero herido, me arrastré como pude
hasta el piso superior y llamé débilmente a la puerta justo encima de la mía.
Mis golpes fueron contestados en buen inglés por una extraña voz, situada a
cierta distancia a la derecha de la puerta, que preguntó cuál era mi nombre y
el objeto de mi visita; aclarados ambos puntos, se abrió la puerta contigua a
la que yo había llamado.
Un soplo de aire frío salió a recibirme a manera de
saludo, y aunque era uno de esos días calurosos de finales de junio, me puse a
tiritar al traspasar el umbral de una amplia estancia, cuya elegante y suntuosa
decoración me sorprendió en tan destartalado y mugriento nido. Una cama
plegable desempeñaba ahora su diurno papel de sofá, y los muebles de caoba,
lujosas cortinas, antiguos cuadros y añejas estanterías hacían pensar más en el
estudio de un señor de buena crianza que en la habitación de una casa de huéspedes.
Pude ver que el vestíbulo que había encima del mío —la "pequeña
habitación" llena de botellas y máquinas a la que se había referido Mrs.
Herrero— no era sino el laboratorio del doctor, y que la principal habitación
era la espaciosa pieza contigua a éste cuyos confortables nichos y amplio
cuarto de baño le permitían ocultar todos los aparadores y engorrosos ingenios
utilitarios. El doctor Muñoz, no cabía duda, era todo un caballero culto y
refinado.
La figura que tenía ante mí era de estatura baja
pero extraordinariamente bien proporcionada, y llevaba un traje un tanto formal
de excelente corte. Una cara de nobles facciones, de expresión firme aunque no
arrogante, adornada por una recortada barba de color gris metálico, y unos
anticuados quevedos que protegían unos oscuros y grandes ojos coronando una
nariz aguileña, conferían un toque moruno a una fisonomía por lo demás
predominante celtibérica. El abundante y bien cortado pelo, que era prueba de puntuales
visitas al barbero, estaba partido con gracia por una raya encima de su
respetable
frente. Su aspecto general sugería una inteligencia
fuera de lo corriente y una crianza y educación excelente.
No obstante, al ver al doctor Muñoz en medio de
aquel chorro de aire frío, experimenté una repugnancia que nada en su aspecto
parecía justificar. Sólo la palidez de su tez y la extrema frialdad de su tacto
podrían haber proporcionado un fundamento físico para semejante sensación, e
incluso ambos defectos eran excusables habida cuenta de la enfermedad que
padecía aquel hombre. Mi desagradable impresión pudo también deberse a aquel
extraño frío, pues no tenía nada de normal en tan caluroso día, y lo anormal suscita
siempre aversión, desconfianza y miedo.
Pero la repugnancia cedió pronto paso a la
admiración, pues las extraordinarias dotes de aquel singular médico se pusieron
al punto de manifiesto a pesar de aquellas heladas y temblorosas manos por las
que parecía no circular sangre. Le bastó una mirada para saber lo que me
pasaba, siendo sus auxilios de una destreza magistral. Al tiempo, me
tranquilizaba con una voz finamente modulada, aunque extrañamente hueca y
carente de todo timbre, diciéndome que él era el más implacable enemigo de la
muerte, y que había gastado su fortuna personal y perdido a todos sus amigos
por dedicarse toda su vida a extraños experimentos para hallar la forma de
detener y extirpar la muerte. Algo de benevolente fanatismo parecía advertirse
en aquel hombre, mientras seguía hablando en un tono casi locuaz al tiempo que
me auscultaba el pecho y mezclaba las drogas que había cogido de la pequeña
habitación
destinada a laboratorio hasta conseguir la dosis
debida. Evidentemente, la compañía de un hombre educado debió parecerle una
rara novedad en aquel miserable antro, de ahí que se lanzara a hablar más de lo
acostumbrado a medida que rememoraba tiempos mejores.
Su voz, aunque algo rara, tenía al menos un efecto
sedante; y ni siquiera pude percibir su respiración mientras las fluidas frases
salían con exquisito esmero de su boca. Trató de distraerme de mis
preocupaciones hablándome de sus teorías y experimentos, y recuerdo con qué
tacto me consoló acerca de mi frágil corazón insistiendo en que la voluntad y
la conciencia son más fuertes que la vida orgánica misma.
Decía que si lograba mantenerse saludable y en buen
estado el cuerpo, se podía, mediante el esfuerzo científico de la voluntad y la
conciencia, conservar una especie de vida nerviosa, cualesquiera que fuesen los
graves defectos, disminuciones o incluso ausencias de órganos específicos.
Algún día, me dijo medio en broma, me enseñaría cómo vivir —o, al menos, llevar
una cierta existencia consciente— ¡sin corazón! Por su parte, sufría de una
serie dolencias que le obligaban a seguir un régimen muy estricto, que incluía
la necesidad de estar expuesto constantemente al frío. Cualquier aumento
apreciable de la temperatura podía, caso de prolongarse, afectarle fatalmente;
y había logrado mantener el frío que reinaba en su estancia —de unos 11 a 12
grados— gracias a un sistema absorbente de enfriamiento por amoníaco,
cuyas bombas eran accionadas por el motor de
gasolina que con tanta frecuencia oía desde mi habitación situada justo debajo.
Recuperado del ataque en un tiempo
extraordinariamente breve, salí de aquel lugar helado convertido en ferviente
discípulo y devoto del genial recluso. A partir de ese día, le hice frecuentes
visitas siempre con el abrigo puesto. Le escuchaba atentamente mientras hablaba
de secretas investigaciones y resultados casi escalofriantes, y un
estremecimiento se apoderó de mí al examinar los singulares y sorprendentes
volúmenes antiguos que se alineaban en las estanterías de su biblioteca. Debo
añadir que me encontraba ya casi completamente curado de mi dolencia, gracias a
sus acertados remedios. Al parecer, el doctor Muñoz no desdeñaba los conjuros
de los medievalistas, pues creía que aquellas fórmulas crípticas contenían
raros estímulos psicológicos que bien podrían tener efectos indecibles sobre la
sustancia de un sistema nervioso en el que ya no se dieran pulsaciones
orgánicas. Me impresionó grandemente lo que me contó del anciano doctor Torres,
de Valencia, con quien realizó sus primeros experimentos y que le atendió a él
en el curso de la grave enfermedad que padeció 18 años atrás, y de la que
procedían sus actuales trastornos, al poco tiempo de salvar a su colega, el
anciano médico sucumbió víctima de la gran tensión nerviosa a que se vio
sometido, pues el doctor Muñoz me susurró claramente al oído —aunque no con
detalle— que los métodos de curación empleados habían sido de todo punto
excepcionales, con terapéuticas que no serían seguramente del agrado de los
galenos de cuño tradicional y conservador.
A medida que transcurrían las semanas, observé con
dolor que el aspecto físico de mi amigo iba desmejorándose, lenta pero
irreversiblemente, tal como me había dicho Mrs. Herrero. Se intensificó el
lívido aspecto de su semblante, su voz se hizo más hueca e indistinta, sus
movimientos musculares perdían coordinación de día en día y su cerebro y
voluntad desplegaban menos flexibilidad e iniciativa. El doctor Muñoz parecía
darse perfecta cuenta de tan lamentable empeoramiento, y poco a poco su
expresión y conversación fueron adquiriendo un matiz de horrible ironía que me
hizo recobrar algo de la indefinida repugnancia que experimenté al conocerle.
El doctor Muñoz adquirió con el tiempo extraños caprichos, aficionándose a las
especias exóticas y al incienso egipcio, hasta el punto de que su habitación se
impregnó de un olor semejante al de la tumba de un faraón enterrado en el Valle
de los Reyes. Al mismo tiempo, su necesidad de aire frío fue en aumento, y, con
mi ayuda, amplió los conductos de amoníaco de su habitación y transformó las
bombas y sistemas de alimentación de la máquina de refrigeración hasta lograr
que la temperatura descendiera a un punto entre uno y cuatro grados, y,
finalmente, incluso a dos bajo cero; el cuarto de baño y el laboratorio
conservaban una temperatura algo más alta, a fin de que el agua no se helara y
pudieran darse los procesos químicos. El huésped que habitaba en la habitación
contigua se quejó del aire glacial que se filtraba a través de la puerta de
comunicación, así que tuve que ayudar al doctor a poner unos tupidos cortinajes
para solucionar el problema. Una especie de creciente horror, desmedido y
morboso, pareció apoderarse de
él. No cesaba de hablar de la muerte, pero
estallaba en sordas risas cuando, en el curso de la conversación, aludía con
suma delicadeza a cosas como los preparativos para el entierro o los funerales.
Con el tiempo, el doctor acabó convirtiéndose en
una desconcertante y hasta desagradable compañía. Pero, en mi gratitud por
haberme curado, no podía abandonarle en manos de los extraños que le rodeaban,
así que tuve buen cuidado de limpiar su habitación y atenderle en sus
necesidades cotidianas, embutido en un grueso gabán que me compré especialmente
para tal fin. Asimismo, le hacía el grueso de sus compras, aunque no salía de
mi estupor ante algunos de los artículos que me encargaba comprar en las farmacias
y almacenes de productos químicos.
Una creciente e indefinible atmósfera de pánico
parecía desprenderse de su estancia. La casa entera, como ya he dicho, despedía
un olor a humedad; pero el olor de las habitaciones del doctor Muñoz era aún
peor, y, no obstante las especias, el incienso y el acre, perfume de los
productos químicos de los ahora incesantes baños —que insistía en tomar sin
ayuda alguna—, comprendí que aquel olor debía guardar relación con su
enfermedad, y me estremecí al pensar cual podría ser. Mrs. Herrero se
santiguaba cada vez que se cruzaba con él, y finalmente lo abandonó por entero
en mis manos, no dejando siquiera que su hijo Esteban siguiese haciéndole los
recados. Cuando yo le sugería la conveniencia de avisar a otro médico, el
paciente montaba en el máximo estado de cólera que parecía
atreverse a alcanzar. Temía sin duda el efecto
físico de una violenta emoción, pero su voluntad y coraje crecían en lugar de
menguar, negándose a meterse en la cama. La lasitud de los primeros días de su
enfermedad dio paso a un retorno de su vehemente ánimo, hasta el punto de que
parecía desafiar a gritos al demonio de la muerte aun cuando corriese el riesgo
de que el tradicional enemigo se apoderase de él. Dejó prácticamente de comer,
algo que curiosamente siempre dio la impresión de ser una formalidad en él, y
sólo la energía mental que le restaba parecía librarle del colapso definitivo.
Adquirió la costumbre de escribir largos documentos, que sellaba con cuidado y
llenaba de instrucciones para que a su muerte los remitiera yo a sus
destinatarios. Estos eran en su mayoría de las Indias Occidentales, pero entre
ellos se encontraba un médico francés famoso en otro tiempo y al que ahora se
daba por muerto, y del que se decían las cosas más increíbles. Pero lo que hice
en realidad, fue quemar todos los documentos antes de enviarlos o abrirlos. El
aspecto y la voz del doctor Muñoz se volvieron absolutamente espantosos y su
presencia casi insoportable. Un día de septiembre, una inesperada mirada
suscitó una crisis epiléptica en un hombre que había venido a reparar la
lámpara eléctrica de su mesa de trabajo, ataque éste del que se recuperó
gracias a las indicaciones del doctor mientras se mantenía lejos de su vista.
Aquel hombre, harto sorprendentemente, había vivido los horrores de la gran
guerra sin sufrir tamaña sensación de terror.
Un día, a mediados de octubre, sobrevino el horror
de los horrores de forma pasmosamente repentina. Esa noche, a eso de
las once, se rompió la bomba de la máquina de
refrigeración, por lo que pasadas tres horas resultó imposible mantener el
proceso de enfriamiento del amoníaco. El doctor Muñoz me avisó dando golpes en
el suelo, y yo hice lo imposible por reparar la avería, mientras mi vecino no
cesaba de lanzar imprecaciones en una voz tan exánime y espeluznantemente hueca
que excede toda posible descripción. Mis esfuerzos de aficionado, empero,
resultaron inútiles; y cuando al cabo de un rato me presenté con un mecánico de
un garaje nocturno cercano, comprobamos que nada podía hacerse hasta la mañana
siguiente, pues hacía falta un nuevo pistón. La rabia y el pánico del moribundo
ermitaño adquirieron proporciones grotescas, dando la impresión de que fuera a
quebrarse lo que quedaba de su debilitado físico, hasta que en un momento dado
un espasmo le obligó a llevarse las manos a los ojos y precipitarse hacia el
cuarto de baño. Salió de allí a tientas con el rostro fuertemente vendado y ya
no volví a ver sus ojos. El frío reinante en la estancia empezó a disminuir de
forma harto apreciable y a eso de las cinco de la mañana el doctor se retiró al
cuarto de baño, al tiempo que me encargaba le procurase todo el hielo que
pudiera conseguir en las tiendas y cafeterías abiertas durante la noche. Cada
vez que regresaba da alguna de mis desalentadoras correrías y dejaba el botín
delante de la puerta cerrada del baño, podía oír un incansable chapoteo dentro
y una voz ronca que gritaba "¡Más! ¡Más!".
Finalmente, amaneció un caluroso día, y las tiendas
fueron abriendo una tras otra. Le pedí a Esteban que me ayudara en la búsqueda
del hielo mientras yo me encargaba de conseguir el
pistón. Pero, siguiendo las órdenes de su madre, el
muchacho se negó en redondo.
En última instancia, contraté los servicios de un
haragán de aspecto zarrapastroso a quien encontré en la esquina de la Octava
Avenida, a fin de que le subiera al paciente hielo de una pequeña tienda en que
le presenté, mientras yo me entregaba con la mayor diligencia a la tarea de
encontrar un pistón para la bomba y conseguir los servicios de unos obreros
competentes que lo instalaran. La tarea parecía interminable, y casi llegué a
montar tan en cólera como mi ermitaño vecino al ver cómo transcurrían las horas
yendo de acá para allá sin aliento y sin ingerir alimento alguno, tras mucho
telefonear en vano e ir de un lado a otro en metro y automóvil. Serían las doce
cuando muy lejos del centro encontré un almacén de repuestos donde tenían lo
que buscaba, y aproximadamente hora y media después llegaba a la pensión con el
instrumental necesario y dos fornidos y avezados mecánicos. Había hecho todo lo
que estaba en mi mano, y sólo me quedaba esperar que llegase a tiempo.
Sin embargo, un indecible terror me había
precedido. La casa estaba totalmente alborotada, y por encima del incesante
parloteo de las atemorizadas voces pude oír a un hombre que rezaba con profunda
voz de bajo. Algo diabólico flotaba en el ambiente, y los huéspedes pasaban las
cuentas de sus rosarios al llegar hasta ellos el olor que salía por debajo de
la atrancada puerta del doctor. Al parecer, el tipo que había contratado salió
precipitadamente dando histéricos alaridos al poco de regresar
de su segundo viaje en busca de hielo: quizá se
debiera todo a un exceso de curiosidad. En la precipitada huida no pudo, desde
luego, cerrar la puerta tras de sí; pero lo cierto es que estaba cerrada y, a
lo que parecía, desde el interior. Dentro no se oía el menor ruido, salvo un
indefinible goteo lento y espeso.
Tras consultar brevemente con Mrs. Herrero y los
obreros, no obstante el miedo que me tenía atenazado, opiné que lo mejor sería
forzar la puerta; pero la patrona halló el modo de hacer girar la llave desde
el exterior sirviéndose de un artilugio de alambre. Con anterioridad, habíamos
abierto las puertas del resto de las habitaciones de aquella parte del
edificio, y otro tanto hicimos con todas las ventanas. A continuación, y
protegidas las narices con pañuelos, penetramos temblando de miedo en la hedionda
habitación del doctor que, orientada al mediodía, abrasaba con el caluroso sol
de primeras horas de la tarde. Una especie de rastro oscuro y viscoso llevaba
desde la puerta abierta del cuarto de baño a la puerta de vestíbulo, y desde
aquí al escritorio, donde se había formado un horrible charco. Encima de la
mesa había un trozo de papel, garrapateado a lápiz por una repulsiva y ciega
mano, terriblemente manchado, también, al parecer, por las mismas garras que
trazaron apresuradamente las últimas palabras. El rastro llevaba hasta el sofá
en donde finalizaba inexplicablemente.
Lo que había, o hubo, en el sofá es algo que no
puedo ni me atrevo a decir aquí. Pero esto es lo que, en medio de un
estremecimiento general, descifré del pringoso y embardunado
papel, antes de sacar una cerilla y prenderle fuego
hasta quedar sólo una pavesa, lo que conseguí descifrar aterrorizado mientras
la patrona y los dos mecánicos salían disparados de aquel infernal lugar hacia
la comisaría más próxima para balbucear sus incoherentes historias. Las
nauseabundas palabras resultaban poco menos que increíbles en aquella
amarillenta luz solar, con el estruendo de los coches y camiones que subían
tumultuosamente de la abigarrada Calle Catorce..., pero debo confesar que en
aquel momento creí lo que decían. Si las creo ahora es algo que sinceramente
ignoro. Hay cosas acerca de las cuales es mejor no especular, y todo lo que
puedo decir es que no soporto lo más mínimo el olor a amoníaco y que me siento
desfallecer ante una corriente de aire excesivamente frío. —Ha llegado el final
—rezaban aquellos hediondos garrapatos—. No queda hielo... El hombre ha lanzado
una mirada y ha salido corriendo. El calor aumenta por momentos, y los tejidos
no pueden resistir. Me imagino que lo sabe... lo que dije sobre la voluntad,
los nervios y la conservación del cuerpo una vez que han dejado de funcionar
los órganos.
Como teoría era buena, pero no podía mantenerse
indefinidamente. No conté con el deterioro gradual. El doctor Torres lo sabía,
pero murió de la impresión. No fue capaz de soportar lo que hubo de hacer: tuvo
que introducirme en un lugar extraño y oscuro, cuando hizo caso a lo que le
pedía en mi carta, y logró curarme. Los órganos no volvieron a funcionar. Tenía
que hacerse a mi manera —conservación artificial— pues, ¿comprende?, yo fallecí
en aquel entonces, hace ya dieciocho años.
ARTHUR JERMYN
I
La vida es algo espantoso; y desde el trasfondo de
lo que conocemos de ella asoman indicios demoníacos que la vuelven a veces
infinitamente más espantosa. La ciencia, ya opresiva en sus tremendas
revelaciones, será quizá la que aniquile definitivamente nuestra especie humana
—si es que somos una especie aparte—; porque su reserva de insospechados
horrores jamás podrá ser abarcada por los cerebros mortales, en caso de
desatarse en el mundo. Si supiéramos qué somos, haríamos lo que hizo sir Arthur
Jermyn, que empapó sus ropas de petróleo y se prendió fuego una noche. Nadie
guardó sus restos carbonizados en una urna, ni le dedicó un monumento
funerario, ya que aparecieron ciertos documentos, y cierto objeto dentro de una
caja, que han hecho que los hombres prefieran olvidar. Algunos de los que le
conocían niegan incluso que haya existido jamás.
Arthur Jermyn salió al páramo y se prendió fuego
después de ver el objeto de la caja, llegado de África. Fue este objeto, y no
su raro aspecto personal, lo que le impulsó a quitarse la vida. Son muchos los
que no habrían soportado la existencia, de haber tenido los extraños rasgos de
Arthur Jermyn; pero él era poeta y hombre de ciencia, y nunca le importó su
aspecto físico. Llevaba el saber en la sangre; su bisabuelo, Sir Robert Jermyn,
baronet, había sido un antropólogo de renombre; y
su tatarabuelo, sir Wade Jermyn, uno de los primeros exploradores de la región
del Congo, y autor de diversos estudios eruditos sobre sus tribus animales, y
supuestas ruinas. Efectivamente, sir Wade estuvo dotado de un celo intelectual
casi rayano en la manía; su extravagante teoría sobre una civilización
congoleña blanca le granjeó sarcásticos ataques, cuando apareció su libro,
Reflexiones sobre las diversas partes de África. En 1765, este intrépido
explorador fue internado en un manicomio de Huntingdon.
Todos los Jermyn poseían un rasgo de locura, y la
gente se alegraba de que no fueran muchos. La estirpe carecía de ramas, y
Arthur fue el último vástago. De no haber sido así, no se sabe qué habría
podido ocurrir cuando llegó el objeto aquel. Los Jermyn jamás tuvieron un
aspecto completamente normal; había algo raro en ellos, aunque el caso de
Arthur fue el peor, y los viejos retratos de familia de la Casa Jermyn
anteriores a sir Wade mostraban rostros bastante bellos.
Desde luego, la locura empezó con sir Wade, cuyas
extravagantes historias sobre África hacían a la vez las delicias y el terror
de sus nuevos amigos. Quedó reflejada en su colección de trofeos y ejemplares,
muy distintos de los que un hombre normal coleccionaría y conservaría, y se
manifestó de manera sorprendente en la reclusión oriental en que tuvo a su
esposa. Era, decía él, hija de un comerciante portugués al que había conocido
en África, y no compartía las costumbres inglesas. Se la había traído, junto
con un hijo pequeño nacido en
África, al volver del segundo y más largo de sus
viajes; luego, ella le acompañó en el tercero y último, del que no regresó.
Nadie la había visto de cerca, ni siquiera los criados, debido a su carácter
extraño y violento. Durante la breve estancia de esta mujer en la mansión de
los Jermyn, ocupó un ala remota, y fue atendida tan sólo por su marido.
Sir Wade fue, efectivamente, muy singular en sus
atenciones para con la familia; pues cuando regresó de África, no consintió que
nadie atendiese a su hijo, salvo una repugnante negra de Guinea. A su regreso,
después de la muerte de lady Jermyn, asumió él enteramente los cuidados del
niño.
Pero fueron las palabras de sir Wade, sobre todo
cuando se encontraba bebido, las que hicieron suponer a sus amigos que estaba
loco. En una época de la razón como e! siglo XVIII, era una temeridad que un
hombre de ciencia hablara de visiones insensatas y paisajes extraños bajo la
luna del Congo; de gigantescas murallas y pilares de una ciudad olvidada, en
ruinas e invadida por la vegetación, y de húmedas y secretas escalinatas que
descendían interminablemente a la oscuridad de criptas abismales y catacumbas
inconcebibles, especialmente, era una temeridad hablar de forma delirante de
los seres que poblaban tales lugares: criaturas mitad de la jungla, mitad de
esa ciudad antigua e impía... seres que el propio Plinio habría descrito con
escepticismo, y que pudieron surgir después de que los grandes monos invadiesen
la moribunda ciudad de las murallas y los pilares, de las criptas y las
misteriosas esculturas.
Sin embargo, después de su último viaje, sir Wade
hablaba de esas cosas con estremecido y misterioso entusiasmo, casi siempre
después de su tercer vaso en el Knight’s Head, alardeando de lo que había
descubierto en la selva y de que había vivido entre ciertas ruinas terribles
que él sólo conocía. Y al final hablaba en tales términos de los seres que allí
vivían, que le internaron en el manicomio. No manifestó gran pesar, cuando le
encerraron en la celda enrejada de Huntingdon, ya que su mente funcionaba de forma
extraña.
A partir del momento en que su hijo empezó a salir
de la infancia, le fue gustando cada vez menos el hogar, hasta que últimamente
parecía amedrentarle. El Knight’s Head llegó a convertirse en su domicilio
habitual; y cuando le encerraron, manifestó una vaga gratitud, como si para él
representase una protección. Tres años después, murió.
Philip, el hijo de Wade Jermyn, fue una persona
extraordinariamente rara. A pesar del gran parecido físico que tenía con su
padre, su aspecto y comportamiento eran en muchos detalles tan toscos que todos
acabaron por rehuirle. Aunque no heredó la locura como algunos temían, era
bastante torpe y propenso a periódicos accesos de violencia.
De estatura pequeña, poseía, sin embargo, una
fuerza y una agilidad increíbles. A los doce años de recibir su título se casó
con la hija de su guardabosque, persona que, según se decía, era de origen
gitano; pero antes de nacer su hijo, se alistó en la marina de guerra como
simple marinero, lo que colmó la repugnancia general que sus costumbres y su
unión habían
despertado. Al terminar la guerra de América, se
corrió el rumor de que iba de marinero en un barco mercante que se dedicaba al
comercio en África, habiendo ganado buena reputación con sus proezas de fuerza
y soltura para trepar, pero finalmente desapareció una noche, cuando su barco
se encontraba fondeado frente a la costa del Congo.
Con el hijo de sir Philip Jermyn, la ya reconocida
peculiaridad familiar adoptó un sesgo extraño y fatal. Alto y bastante
agraciado, con una especie de misteriosa gracia oriental pese a sus
proporciones físicas un tanto singulares, Robert Jermyn inició una vida de
erudito e investigador. Fue el primero en estudiar científicamente la inmensa
colección de reliquias que su abuelo demente había traído de África, haciendo
célebre el apellido en el campo de la etnología y la exploración. En 1815, sir
Robert se casó con la hija del séptimo vizconde de Brightholme, con cuyo
matrimonio recibió la bendición de tres hijos, el mayor y el menor de los
cuales jamás fueron vistos públicamente a causa de sus deformidades físicas y
psíquicas. Abrumado por estas desventuras, el científico se refugió en su
trabajo, e hizo dos largas expediciones al interior de África. En 1849, su
segundo hijo, Nevil, persona especialmente repugnante que parecía combinar el
mal genio de Philip Jermyn y la hauteur de los Brightholme, se fugó con una
vulgar bailarina, aunque fue perdonado a su regreso, un año después. Volvió a
la mansión Jermyn, viudo, con un niño, Alfred, que sería con el tiempo padre de
Arthur Jermyn.
Decían sus amigos que fue esta serie de desgracias
lo que trastornó el juicio de Sir Robert Jermyn; aunque probablemente la culpa
estaba tan sólo en ciertas tradiciones Africanas. El maduro científico había
estado recopilando leyendas de las tribus onga, próximas al territorio
explorado por su abuelo y por él mismo, con la esperanza de explicar de alguna
forma las extravagantes historias de sir Wade sobre una ciudad perdida,
habitada por extrañas criaturas. Cierta coherencia en los singulares escritos
de su antepasado sugería que la imaginación del loco pudo haber sido estimulada
por los mitos nativos. El 19 de octubre de 1852, el explorador Samuel Seaton
visitó la mansión de los Jermyn llevando consigo un manuscrito y notas
recogidas entre los onga, convencido de que podían ser de utilidad al etnólogo
ciertas leyendas acerca de una ciudad gris de monos blancos gobernada por un
dios blanco. Durante su conversación, debió de proporcionarle sin duda muchos
detalles adicionales, cuya naturaleza jamás llegará a conocerse, dada la
espantosa serie de tragedias que sobrevinieron de repente.
Cuando sir Robert Jermyn salió de su biblioteca,
dejó tras de sí el cuerpo estrangulado del explorador; y antes de que
consiguieran detenerle, había puesto fin a la vida de sus tres hijos: los dos
que no habían sido vistos jamás, y el que se había fugado. Nevil Jerrnyn murió
defendiendo a su hijo de dos años, cosa que consiguió, y cuyo asesinato entraba
también, al parecer, en las locas maquinaciones del anciano.
El propio sir Robert, tras repetidos intentos de
suicidarse, y una obstinada negativa a pronunciar un solo sonido articulado,
murió de un ataque de apoplejía al segundo año de su reclusión.
Sir Alfred Jermyn fue Baronet antes de cumplir los
cuatro años, pero sus gustos jamás estuvieron a la altura de su título. A los
veinte, se había unido a una banda de músicos, y a los treinta y seis había
abandonado a su mujer y a su hijo para enrolarse en un circo ambulante
americano. Su final fue repugnante de veras. Entre los animales del espectáculo
con el que viajaba, había un enorme gorila macho de color algo más claro de lo
normal; era un animal sorprendentemente tratable y de gran popularidad entre los
artistas de la compañía. Alfred Jermyn se sentía fascinado por este gorila, y
en muchas ocasiones los dos se quedaban mirándose a los ojos largamente, a
través de los barrotes. Finalmente, Jermyn consiguió que le permitiesen
adiestrar al animal asombrando a los espectadores y a sus compañeros con sus
éxitos. Una mañana, en Chicago, cuando el gorila y Alfred Jermyn ensayaban un
combate de boxeo muy ingenioso, el primero propinó al segundo un golpe más
fuerte de lo habitual, lastimándole el cuerpo y la dignidad del domador
aficionado. Los componentes de «El Mayor Espectáculo del Mundo» prefieren no
hablar de lo que siguió. No se esperaban el grito escalofriante e inhumano que
profirió sir Alfred, ni verle agarrar a su torpe antagonista con ambas manos, arrojarle
con fuerza contra el suelo de la jaula, y morderlo furiosamente en su peluda
garganta. Había cogido al gorila desprevenido; pero éste no tardó en
reaccionar; y antes
de que el domador oficial pudiese hacer nada, el
cuerpo que había pertenecido a un baronet había quedado irreconocible.
II
Arthur Jermyn era hijo de Sir Alfred Jermyn y de
una cantante de music-halI de origen desconocido. Cuando el marido y padre
abandonó a su familia, la madre llevó al niño a la Casa de los Jermyn, donde no
quedaba nadie que se opusiera a su presencia. No carecía ella de idea sobre lo
que debe ser la dignidad de un noble, y cuidó que su hijo recibiese la mejor
educación que su limitada fortuna le podía proporcionar. Los recursos
familiares eran ahora dolorosamente exiguos, y la Casa de !os Jermyn había caído
en penosa ruina; pero el joven Arthur amaba el viejo edificio con todo lo que
contenía. A diferencia de los Jermyn anteriores, era poeta y soñador. Algunas
de las familias de la vecindad que habían oído contar historias sobre la
invisible esposa portuguesa de sir Wade Jermyn afirmaban que estas aficiones
suyas revelaban su sangre latina; pero la mayoría de las personas se burlaban
de su sensibilidad ante la belleza, atribuyéndola a su madre cantante, a la que
no habían aceptado socialmente. La delicadeza poética de Arthur Jermyn era
mucho más notable si se tenía en cuenta su tosco aspecto personal. La mayoría
de los Jermyn había tenido una pinta sutilmente extraña y repelente; pero el
caso de Arthur era asombroso. Es difícil decir con precisión a qué se
parecía; no obstante, su expresión, su ángulo
facial, y la longitud de sus brazos producían una viva repugnancia en quienes
le veían por primera vez. La inteligencia y el carácter de Arthur Jermyn, sin
embargo, compensaban su aspecto. Culto, y dotado de talento, alcanzó los más
altos honores en Oxford y parecía destinado a restituir la fama de intelectual
a la familia.
Aunque de temperamento más poético que científico,
proyectaba continuar la obra de sus antepasados en arqueología y etnología
africanas, utilizando la prodigiosa aunque extraña colección de sir Wade.
Llevado de su mentalidad imaginativa, pensaba a menudo en la civilización
prehistórica en la que el explorador loco había creído absolutamente, y tejía
relato tras relato en torno a la silenciosa ciudad de la selva mencionada en
las últimas y más extravagantes anotaciones. Pues las brumosas palabras sobre una
atroz y desconocida raza de híbridos de la selva le producían un extraño
sentimiento, mezcla de terror y atracción, al especular sobre el posible
fundamento de semejante fantasía, y tratar de extraer alguna luz de los relatos
recogidos por su bisabuelo y Samuel Seaton entre los onga.
Fn 1911, después de la muerte de su madre, sir
Arthur Jermyn decidió proseguir sus investigaciones hasta el final. Vendió
parte de sus propiedades a fin de obtener el dinero necesario, preparó una
expedición y zarpó con destino al Congo. Contrató a un grupo de guías con ayuda
de las autoridades belgas, y pasó un año en las regiones de Onga y Kaliri,
donde descubrió muchos más datos de lo que él se
esperaba. Entre los kaliri había un anciano jefe
llamado Mwanu que poseía no solo una gran memoria, sino un grado de
inteligencia excepcional, y un gran interés por las tradiciones antiguas. Este
anciano confirmó la historia que Jermyn había oído, añadiendo su propio relato
sobre la ciudad de piedra y los monos blancos, tal como él la había oído
contar.
Según Mwanu, la ciudad gris y las criaturas
híbridas habían desaparecido, aniquiladas por los belicosos n’bangus, hacía
muchos años. Esta tribu, después de destruir la mayor parte de los edificios y
matar a todos los seres vivientes, se habían llevado a la diosa disecada que
había sido el objeto de la incursión: la diosa-mono blanca a la que adoraban
los extraños seres, y cuyo cuerpo atribuían las tradiciones del Congo a la que
había reinado como princesa entre ellos.
Mwanu no tenía idea del aspecto que debieron de
tener aquellas criaturas blancas y simiescas; pero estaba convencido de que
eran ellas quienes habían construido la ciudad en ruinas. Jermyn no pudo
formarse una opinión clara; sin embargo, después de numerosas preguntas,
consiguió una pintoresca leyenda sobre la diosa disecada.
La princesa-mono, se decía, se convirtió en esposa
de un gran dios blanco llegado de Occidente. Durante mucho tiempo, reinaron
juntos en la ciudad; pero al nacerles un hijo, se marcharon de la región. Más
tarde, el dios y la princesa habían regresado; y a la muerte de ella, su divino
esposo había ordenado momificar su cuerpo, entronizándolo en una inmensa
construcción de piedra, donde fue adorado. Luego volvió a
marcharse solo. La leyenda presentaba aquí tres
variantes. Según una de ellas, no ocurrió nada más, salvo que la diosa disecada
se convirtió en símbolo de supremacía para la tribu que la poseyera. Este era
el motivo por el que los n’bangus se habían apoderado de ella. Una segunda
versión aludía al regreso del dios, y su muerte a los pies de la entronizada
esposa. En cuanto a la tercera, hablaba del retorno del hijo, ya hombre —o
mono, o dios, según el caso—, aunque ignorante de su identidad. Sin duda los imaginativos
negros habían sacado el máximo partido de lo que subyacía debajo de tan
extravagante leyenda, fuera lo que fuese.
Arthur Jermyn no dudó ya de la existencia de la
ciudad que el viejo Sir Wade había descrito; y no se extrañó cuando, a
principios de 1912, dio con lo que quedaba de ella. Comprobó que se habían
exagerado sus dimensiones, pero las piedras esparcidas probaban que no se
trataba de un simple poblado negro. Por desgracia, no consiguió encontrar
representaciones escultóricas, y lo exiguo de la expedición impidió emprender
el trabajo de despejar el único pasadizo visible que parecía conducir a cierto
sistema de criptas que sir Wade mencionaba. Preguntó a todos los jefes nativos
de la región acerca de los monos blancos y la diosa momificada, pero fue un
europeo quien pudo ampliarle los datos que le había proporcionado el viejo
Mwanu. Un agente belga de una factoría del Congo, M. Verhaeren, creía que podía
no sólo localizar, sino conseguir también a la diosa momificada, de la que
había oído hablar vagamente, dado que los en otro tiempo poderosos n’bangus
eran ahora sumisos siervos del gobierno del rey Alberto, y sin
mucho esfuerzo podría convencerles para que se
desprendiesen de la horrenda deidad de la que se habían apoderado. Así que,
cuando Jermyn zarpó para Inglaterra, lo hizo con la gozosa esperanza de que, en
espacio de unos meses, podría recibir la inestimable reliquia etnológica que
confirmaría la más extravagante de las historias de su antecesor, que era la
más disparatada de cuantas él había oído. Pero quizá los campesinos que vivían
en la vecindad de !a casa de los Jermyn habían oído historias más extravagantes
aún a sir Wade, alrededor de las mesas del Knight’s Head.
Arthur Jermyn aguardó pacientemente la esperada
caja de M. Verhaeren, estudiando entretanto con creciente interés los
manuscritos dejados por su loco antepasado. Empezaba a sentirse cada vez más
identificado con sir Wade, y buscaba vestigios de su vida personal en
Inglaterra, así como de sus hazañas Africanas. Los relatos orales sobre la
misteriosa y recluida esposa eran numerosos, pero no quedaba ninguna prueba
tangible de su estancia en la Mansión Jermyn. Jermyn se preguntaba qué
circunstancias pudieron propiciar o permitir semejante desaparición, y supuso
que la principal debió de ser la enajenación mental del marido. Recordaba que
se decía que la madre de su tatarabuelo fue hija de un comerciante portugués
establecido en África.
Indudablemente, el sentido práctico heredado de su
padre, y su conocimiento superficial del Continente Negro, le habían movido a
burlarse de las historias que contaba sir Wade sobre el interior; y eso era
algo que un hombre como él no debió de
olvidar. Ella había muerto en África, adonde sin
duda su marido la llevó a la fuerza, decidido a probar lo que decía. Pero cada
vez que Jermyn se sumía en estas reflexiones, no podía por menos de sonreír
ante su futilidad, siglo y medio después de la muerte de sus extraños
antecesores.
En junio de 1913 le llegó una carta de M. Verhaerer
en la que le notificaba que había encontrado la diosa disecada. Se trataba,
decía el belga, de un objeto de lo más extraordinario; un objeto imposible de
clasificar para un profano. Sólo un científico podía determinar si se trataba
de un simio o de un ser humano; y aun as¡, su clasificación sería muy difícil
dado su estado de deterioro. El tiempo y el clima del Congo no son favorables
para las momias; especialmente cuando consisten en preparaciones de aficionados,
como parecía ocurrir en este caso. Alrededor del cuello de la criatura se había
encontrado una cadena de oro que sostenía un relicario vacío con adornos
nobiliarios; sin duda, recuerdo de algún infortunado viajero, a quien debieron
de arrebatárselo los n’bangus para colgárselo a la diosa en el cuello, a modo
de talismán.
Comentando las facciones de la diosa, M. Verhaeren
hacía una fantástica comparación; o más bien aludía con humor a lo mucho que
iba a sorprenderle a su corresponsal; pero estaba demasiado interesado
científicamente para extenderse en trivialidades. La diosa momificada,
anunciaba, llegaría debidamente embalada, un mes después de la carta.
El envío fue recibido en Casa de los Jermyn la
tarde del 3 de agosto de 1913, siendo trasladado inmediatamente a la gran
sala que alojaba la colección de ejemplares
Africanos, tal como fueran ordenados por sir Robert y sir Arthur. Lo que
sucedió a continuación puede deducirse de lo que contaron los criados, y de los
objetos y documentos examinados después. De las diversas versiones, la del
mayordomo de la familia, el anciano Soames, es la más amplia y coherente.
Según este fiel servidor, sir Arthur ordenó que se
retirase todo el mundo de la habitación, antes de abrir la caja; aunque el
inmediato ruido del martillo y el escoplo indicaron que no había decidido
aplazar la tarea. Durante un rato no se escuchó nada más; Soames no podía
precisar cuánto tiempo; pero menos de un cuarto de hora después, desde luego,
oyó un horrible alarido, cuya voz pertenecía inequívocamente a Jermyn. Acto
seguido, salió Jermyn de la estancia y echó a correr como un loco en dirección
a la entrada, como perseguido por algún espantoso enemigo. La expresión de su
rostro —un rostro bastante horrible ya de por sí— era indescriptible. Al llegar
a la puerta, pareció ocurrírsele una idea; dio media vuelta, echó a correr y
desapareció finalmente por la escalera del sótano. Los criados se quedaron en
lo alto mirando estupefactos; pero el señor no regreso. Les llegó, eso sí, un
olor a petróleo. Ya de noche oyeron el ruido de la puerta que comunicaba el
sótano con el patio; y e! mozo de cuadra vio salir furtivamente a Arthur
Jermyn, todo reluciente de petróleo, y desaparecer hacia el negro páramo que
rodeaba la casa. Luego, en una exaltación de supremo horror, presenciaron todos
el final. Surgió una chispa en el páramo, se elevó una llama, y una
columna de fuego humano alcanzó los cielos. La
estirpe de los Jermyn había dejado de existir.
La razón por la que no se recogieron los restos
carbonizados de Arthur Jermyn para enterrarlos está en lo que encontraron
después; sobre todo, en el objeto de la caja. La diosa disecada constituía una
visión nauseabunda, arrugada y consumida; pero era claramente un mono blanco
momificado, de especie desconocida, menos peludo que ninguna de las variedades
registradas e infinitamente más próximo al ser humano...
asombrosamente próximo. Su descripción detallada
resultaría sumamente desagradable; pero hay dos detalles que merecen
mencionarse, ya que encajan espantosamente con ciertas notas de Sir Wade Jermyn
sobre las expediciones Africanas, y con 1as leyendas congoleñas sobre el dios
blanco y la princesa-mono. Los dos detalles en cuestión son estos: las armas
nobiliarias del relicario de oro que dicha criatura llevaba en el cuello eran
las de los Jermyn, y la jocosa alusión de M. Verhaeren a cierto parecido que le
recordaba el apergaminado rostro, se ajustaba con vívido, espantoso e intenso
horror, nada menos que al del sensible Arthur Jermyn, hijo del tataranieto de
Sir Wade Jermyn y de su desconocida esposa. Los miembros del Real Instituto de
Antropología quemaron aquel ser, arrojaron el relicario a un pozo, y algunos de
ellos niegan que Arthur Jermyn haya existido jamás.
DAGON
Escribo esto bajo una fuerte tensión mental, ya que
cuando llegue la noche habré dejado de existir. Sin dinero, y agotada mi
provisión de droga, que es lo único que me hace tolerable la vida, no puedo
seguir soportando más esta tortura; me arrojaré desde esta ventana de la
buhardilla a la sórdida calle de abajo.
Pese a mi esclavitud a la morfina, no me considero
un débil ni un degenerado. Cuando hayáis leído estas páginas atropelladamente
garabateadas, quizá os hagáis idea —aunque no del todo— de por qué tengo que
buscar el olvido o la muerte.
Fue en una de las zonas más abiertas y menos
frecuentadas del anchuroso Pacífico donde el paquebote en el que iba yo de
sobrecargo cayó apresado por un corsario alemán. La gran guerra estaba entonces
en sus comienzos, y las fuerzas oceánicas de los hunos aún no se habían hundido
en su degradación posterior; así que nuestro buque fue capturado legalmente, y
nuestra tripulación tratada con toda la deferencia y consideración debidas a
unos prisioneros navales. En efecto, tan liberal era la disciplina de nuestros
opresores, que cinco días más tarde conseguí escaparme en un pequeño bote, con
agua y provisiones para bastante tiempo.
Cuando al fin me encontré libre y a la deriva,
tenía muy poca idea de cuál era mi situación. Navegante poco experto, sólo
sabía calcular de manera muy vaga, por el sol y las
estrellas, que estaba algo al sur del ecuador. No sabía en absoluto en qué
longitud, y no se divisaba isla ni costa alguna. El tiempo se mantenía bueno, y
durante incontables días navegué sin rumbo bajo un sol abrasador, con la
esperanza de que pasara algún barco, o que me arrojaran las olas a alguna
región habitable. Pero no aparecían ni barcos ni tierra, y empecé a desesperar
en mi soledad, en medio de aquella ondulante e ininterrumpida inmensidad azul.
El cambio ocurrió mientras dormía. Nunca llegaré a
conocer los pormenores; porque mi sueño, aunque poblado de pesadillas, fue
ininterrumpido. Cuando desperté finalmente, descubrí que me encontraba medio
succionado en una especie de lodazal viscoso y negruzco que se extendía a mi
alrededor, con monótonas ondulaciones hasta donde alcanzaba la vista, en el
cual se había adentrado mi bote cierto trecho.
Aunque cabe suponer que mi primera reacción fuera
de perplejidad ante una transformación del paisaje tan prodigiosa e inesperada,
en realidad sentí más horror que asombro; pues había en la atmósfera y en la
superficie putrefacto una calidad siniestra que me heló el corazón. La zona
estaba corrompida de peces descompuestos y otros animales menos identificabas
que se veían emerger en el cieno de la interminable llanura. Quizá no deba
esperar transmitir con meras palabras la indecible repugnancia que puede reinar
en el absoluto silencio y la estéril inmensidad. Nada alcanzaba a oírse; nada
había a la vista, salvo una vasta extensión de légamo negruzco; si bien la
absoluta
quietud y la uniformidad del paisaje me producían
un terror nauseabundo.
El sol ardía en un cielo que me parecía casi negro
por la cruel ausencia de nubes; era como si reflejase la ciénaga tenebrosa que
tenía bajo mis pies. Al meterme en el bote encallado, me di cuenta de que sólo
una posibilidad podía explicar mi situación. Merced a una conmoción volcánica
el fondo oceánico había emergido a la superficie, sacando a la luz regiones que
durante millones de años habían estado ocultas bajo insondables profundidades
de agua. Tan grande era la extensión de esta nueva tierra emergida debajo de
mí, que no lograba percibir el más leve rumor de oleaje, por mucho que aguzaba
el oído. Tampoco había aves marinas que se alimentaran de aquellos peces
muertos.
Durante varias horas estuve pensando y meditando
sentado en el bote, que se apoyaba sobre un costado y proporcionaba un poco de
sombra al desplazarse el sol en el cielo. A medida que el día avanzaba, el
suelo iba perdiendo pegajosidad, por lo que en poco tiempo estaría bastante
seco para poderlo recorrer fácilmente. Dormí poco esa noche, y al día siguiente
me preparé una provisión de agua y comida, a fin de emprender la marcha en
busca del desaparecido mar, y de un posible rescate.
A la mañana del tercer día comprobé que el suelo
estaba bastante seco para andar por él con comodidad. El hedor a pescado era
insoportable; pero me tenían preocupado cosas más graves para que me molestase
este desagradable inconveniente, y me puse en marcha hacia una meta
desconocida. Durante todo el día, caminé
constantemente en dirección oeste, guiado por una lejana colina que descollaba
por encima de las demás elevaciones del ondulado desierto. Acampé esa noche, y
al día siguiente proseguí la marcha hacia la colina, aunque parecía escasamente
más cerca que la primera vez que la descubrí. Al atardecer del cuarto día
llegué al pie de dicha elevación, que resultó ser mucho más alta de lo que me
había parecido de lejos; tenía un valle delante que hacía más pronunciado el relieve
respecto del resto de la superficie.
Demasiado cansado para emprender el ascenso, dormí
a la sombra de la colina. No sé por qué, mis sueños fueron extravagantes esa
noche; pero antes de que la luna menguante, fantásticamente gibosa, hubiese
subido muy alto por el este de la llanura, me desperté cubierto de un sudor
frío, decidido a no dormir más. Las visiones que había tenido eran excesivas
para soportarlas otra vez. Y a la luz de la luna, comprendí lo imprudente que
había sido al viajar de día. Sin el sol abrasador, la marcha me habría resultado
menos acometer el ascenso que por la tarde no había sido capaz de emprender.
Recogí mis cosas e inicié la subida a la cresta de la elevación.
Ya he dicho que la ininterrumpida monotonía de la
ondulada llanura era fuente de un vago horror para mí; pero creo que mi horror
aumentó cuando llegué a lo alto del monte y vi, al otro lado, una inmensa sima
o cañón, cuya oscura concavidad aún no iluminaba la luna. Me pareció que me
encontraba en el borde del mundo, escrutando desde el mismo canto hacia un caos
insondable de noche eterna. En mi terror se
mezclaban extraños recuerdos del Paraíso perdido, y
la espantosa ascensión de Satanás a través de remotas regiones de tinieblas. Al
elevarse más la luna en el cielo, empecé a observar que las laderas del valle
no eran tan completamente perpendiculares como había imaginado. La roca formaba
cornisas y salientes que proporcionaban apoyos relativamente cómodos para el
descenso; y a partir de unos centenares de pies, el declive se hacía más
gradual. Movido por un impulso que no me es posible analizar con precisión,
bajé trabajosamente por las rocas, hasta el declive más suave, sin dejar de
mirar hacia las profundidades estigias donde aún no había penetrado la luz.
De repente, me llamó la atención un objeto singular
que había en la ladera opuesta, el cual se erguía enhiesto corno a un centenar
de yardas de donde estaba yo; objeto que brilló con un resplandor blanquecino
al recibir de pronto los primeros rayos de la luna ascendente. No tardé en
comprobar que era tan sólo una piedra gigantesca; pero tuve la clara impresión
de que su posición y su contorno no eran enteramente obra de la Naturaleza. Un
examen más detenido me llenó de sensaciones imposibles de expresar; pues pese a
su enorme magnitud, y su situación en un abismo abierto en el fondo del mar
cuando el mundo era joven, me di cuenta, sin posibilidad de duda, de que el
extraño objeto era un monolito perfectamente tallado, cuya imponente masa había
conocido el arte y quizá el culto de criaturas vivas y pensantes.
Confuso y asustado, aunque no sin cierta emoción de
científico o de arqueólogo, examiné mis alrededores con atención. La luna,
ahora casi en su cenit, asomaba espectral y vívida por encima de los
gigantescos peldaños que rodeaban el abismo, y reveló un ancho curso de agua
que discurría por el fondo formando meandros, perdiéndose en ambas direcciones,
y casi lamiéndome los pies donde me había detenido. Al otro lado del abismo,
las pequeñas olas bañaban la base del ciclópeo monolito, en cuya superficie podía
distinguir ahora inscripciones y toscos relieves. La escritura pertenecía a un
sistema de jeroglíficos desconocido para mí, distinto de cuantos yo había visto
en los libros, y consistente en su mayor parte en símbolos acuáticos
esquematizados tales como peces, anguilas, pulpos, crustáceos, moluscos,
ballenas y demás. Algunos de los caracteres representaban evidentemente seres
marinos desconocidos para el mundo moderno, pero cuyos cuerpos en
descomposición había visto yo en la llanura surgida del océano.
Sin embargo, fueron los relieves los que más me
fascinaron. Claramente visibles al otro lado del curso de agua, a causa de sus
enormes proporciones, había una serie de bajorrelieves cuyos temas habrían
despertado la envidia de un Doré. Creo que estos seres pretendían representar
hombres... al menos, cierta clase de hombres; aunque aparecían retozando como
peces en las aguas de alguna gruta marina, o rindiendo homenaje a algún
monumento monolítico, bajo el agua también. No me atrevo a descubrir con detalle
sus rostros y sus cuerpos, ya que el mero recuerdo me produce vahídos. Más
grotescos de lo que podría concebir la imaginación de un Poe o
de un Bulwer, eran detestablemente humanos en
general, a pesar de sus manos y pies palmeados, sus labios espantosamente
anchos y fláccidos, sus ojos abultados y vidriosos, y demás rasgos de recuerdo
menos agradable. Curiosamente, parecían cincelados sin la debida proporción con
los escenarios que servían de fondo, ya que uno de los seres estaba en actitud
de matar una ballena de tamaño ligeramente mayor que él. Observé como digo, sus
formas grotescas y sus extrañas dimensiones; pero un momento después decidí que
se trataba de dioses imaginarios de alguna tribu pescadora o marinera; de una
tribu cuyos últimos descendientes debieron de perecer antes de que naciese el
primer antepasado del hombre de Piltdown o de Neanderthal. Aterrado ante esta
visión inesperada y fugaz de un pasado que rebasaba la concepción del más
atrevido antropólogo, me quedé pensativo, mientras la luna bañaba con
misterioso resplandor el silencioso canal que tenía ante mí.
Entonces, de repente, lo vi. Tras una leve
agitación que delataba su ascensión a la superficie, el ser surgió a la vista
sobre las aguas oscuras. Inmenso, repugnante, aquella especie de Polifemo saltó
hacia el monolito como un monstruo formidable y pesadillesco, y lo rodeó con
sus brazos enormes y escamosos, al tiempo que inclinaba la cabeza y profería
ciertos gritos acompasados. Creo que enloquecí entonces.
No recuerdo muy bien los detalles de mi frenética
subida por la ladera y el acantilado, ni de mi delirante regreso al bote
varado... Creo que canté mucho, y que reí insensatamente
cuando no podía cantar. Tengo el vago recuerdo de
una tormenta, poco después de llegar al bote; en todo caso, sé que oí el
estampido de los truenos y demás ruidos que la Naturaleza profiere en sus
momentos de mayor irritación.
Cuando salí de las sombras, estaba en un hospital
de San Francisco; me había llevado allí el capitán del barco americano que
había recogido mi bote en medio del océano. Hablé de muchas cosas en mis
delirios, pero averigüé que nadie había hecho caso de las palabras. Los que me
habían rescatado no sabían nada sobre la aparición de una zona de fondo
oceánico en medio del Pacífico, y no juzgué necesario insistir en algo que
sabía que no iban a creer. Un día fui a ver a un famoso etnólogo, y le divertí
haciéndole extrañas preguntas sobre la antigua leyenda filistea en torno a
Dagón, el Dios-Pez; pero en seguida me di cuenta de que era un hombre
irremediablemente convencional, y dejé de preguntar.
Es de noche especialmente cuando la luna se vuelve
gibosa y menguante cuando veo a ese ser. He intentado olvidarlo con la morfina;
pero la droga sólo me proporciona una cesación transitoria, y me ha atrapado en
sus garras, convirtiéndome irremisiblemente en su esclavo. Así que voy a poner
fin a todo esto, ahora que he contado lo ocurrido para información o diversión
desdeñosa de mis semejantes.
Muchas veces me pregunto si no será una
fantasmagoría, un producto de la fiebre que sufrí en el bote a causa de la
insolación, cuando escapé del barco de guerra alemán. Me lo pregunto muchas
veces; pero siempre se me aparece, en
respuesta, una visión monstruosamente vívida. No
puedo pensar en las profundidades del mar sin estremecerme ante las espantosas
entidades que quizá en este instante se arrastran y se agitan en su lecho
fangoso, adorando a sus antiguos ídolos de piedra y esculpiendo sus propias
imágenes detestables en obeliscos submarinos de mojado granito. Pienso en el
día que emerjan de las olas, y se lleven entre sus garras de vapor humeantes a
los endebles restos de una humanidad exhausta por la guerra... en el día en que
se hunda la tierra, y emerja el fondo del océano en medio del universal
pandemónium.
Se acerca el fin. Oigo ruido en la puerta, como si
forcejeara en ella un cuerpo inmenso y resbaladizo. No me encontrará. ¡Dios
mío, esa mano! ¡La ventana! ¡La ventana!
DEL MÁS ALLÁ
Inconcebiblemente espantoso era el cambio que se
había operado en Crawford Tillinghast, mi mejor amigo. No le había visto desde
el día —dos meses y medio antes— en que me contó hacia dónde se orientaban sus
investigaciones físicas y matemáticas. Cuando respondió a mis temerosas y casi
asustadas reconvenciones echándome de su laboratorio y de su casa en una
explosión de fanática ira, supe que en adelante permanecería la mayor parte de
su tiempo encerrado en el laboratorio del ático, con aquella maldita máquina
eléctrica, comiendo poco y prohibiendo la entrada incluso a los criados; pero no
creí que un breve período de diez semanas pudiera alterar de ese modo a una
criatura humana.
No es agradable ver a un hombre fornido quedarse
flaco de repente, y menos aún cuando se le vuelven amarillentas o grises las
bolsas de la piel, se le hunden los ojos, se le ponen ojerosos y extrañamente
relucientes, se le arruga la frente y se le cubre de venas, y le tiemblan y se
le crispan las manos.
Y si a eso se añade una repugnante falta de aseo,
un completo desaliño en la ropa, una negra pelambrera que comienza a encanecer
por la raíz, y una barba blanca crecida en un rostro en otro tiempo afeitado,
el efecto general resulta horroroso. Pero ese era el aspecto de Crawford
Tillinghast la noche en que su casi incoherente mensaje me llevó a su puerta,
después de mis semanas de exilio; ese fue el espectro que me
abrió temblando, vela en mano, y miró furtivamente
por encima del hombro como temeroso de los seres invisibles de la casa vieja y
solitaria, retirada de la línea de edificios que formaban Benevolent Street.
Fue un error que Crawford Tillinghast se dedicara
al estudio de la ciencia y la filosofía. Estas materias deben dejarse para el
investigador frío e impersonal, ya que ofrecen dos alternativas igualmente
trágicas al hombre de sensibilidad y de acción: la desesperación, si fracasa en
sus investigaciones, y el terror inexpresable e inimaginable, si triunfa.
Tillinghast había sido una vez víctima del fracaso, solitario y melancólico;
pero ahora comprendí, con angustiado temor, que era víctima del éxito. Efectivamente,
se lo había advertido diez semanas antes, cuando me espetó la historia de lo
que presentía que estaba a punto de descubrir. Entonces se excitó y se
congestionó, hablando con voz aguda y afectada, aunque siempre pedante.
— ¿Qué sabemos nosotros —había dicho— del mundo y
del universo que nos rodea? Nuestros medios de percepción son absurdamente
escasos, y nuestra noción de los objetos que nos rodean infinitamente estrecha.
Vemos las cosas sólo según la estructura de los órganos con que las percibimos,
y no podemos formarnos una idea de su naturaleza absoluta.
Pretendemos abarcar el cosmos complejo e ilimitado
con cinco débiles sentidos, cuando otros seres dotados de una gama de sentidos
más amplia y vigorosa, o simplemente diferente, podrían no sólo ver de manera
muy distinta las cosas que nosotros vemos, sino que podrían percibir y estudiar
mundos
enteros de materia, de energía y de vida que se
encuentran al alcance de la mano, aunque son imperceptibles a nuestros sentidos
actuales.
Siempre he estado convencido de que esos mundos
extraños e inaccesibles están muy cerca de nosotros; y ahora creo que he
descubierto un medio de traspasar la barrera. No bromeo. Dentro de veinticuatro
horas, esa máquina que tengo junto a la mesa generará ondas que actuarán sobre
determinados órganos sensoriales existentes en nosotros en estado rudimentario
o de atrofia. Esas ondas nos abrirán numerosas perspectivas ignoradas por el
hombre, algunas de las cuales son desconocidas para todo lo que consideramos
vida orgánica. Veremos lo que hace aullar a los perros por las noches, y
enderezar las orejas a los gatos después de las doce. Veremos esas cosas, y
otras que jamás ha visto hasta ahora ninguna criatura. Traspondremos el
espacio, el tiempo, y las dimensiones; y sin desplazamiento corporal alguno,
nos asomaremos al fondo de la creación.
Cuando oí a Tillinghast decir estas cosas, le
amonesté; porque le conocía lo bastante como para sentirme asustado, más que
divertido; pero era un fanático, y me echó de su casa. Ahora no se mostraba
menos fanático; aunque su deseo de hablar se había impuesto a su resentimiento
y me había escrito imperativamente, con una letra que apenas reconocía.
Al entrar en la morada del amigo tan súbitamente
metamorfoseado en gárgola temblorosa, me sentí contagiado del terror que
parecía acechar en todas las sombras. Las
palabras y convicciones manifestadas diez semanas
antes parecían haberse materializado en la oscuridad que reinaba más allá del
círculo de luz de la vela, y experimenté un sobresalto al oír la voz cavernosa
y alterada de mi anfitrión. Deseé tener cerca a los criados, y no me gustó
cuando dijo que se habían marchado todos hacía tres días. Era extraño que el
viejo Gregory, al menos, hubiese dejado a su señor sin decírselo a un amigo
fiel como yo. Era él quien me había tenido al corriente sobre Tillinghast desde
que me echara furiosamente.
Sin embargo, no tardé en subordinar todos los
temores a mi creciente curiosidad y fascinación. No sabía exactamente qué
quería Crawford Tillinghast ahora de mí, pero no dudaba que tenía algún
prodigioso secreto o descubrimiento que comunicarme. Antes, le había censurado
sus anormales incursiones en lo inconcebible; ahora que había triunfado de
algún modo, casi compartía su estado de ánimo, aunque era terrible el precio de
la victoria. Le seguí escaleras arriba por la vacía oscuridad de la casa, tras
la llama vacilante de la vela que sostenía la mano de esta temblorosa parodia
de hombre.
Al parecer, estaba desconectada la corriente; y al
preguntárselo a mi guía, dijo que era por un motivo concreto.
—Sería demasiado... no me atrevería —prosiguió
murmurando. Observé especialmente su nueva costumbre de murmurar, ya que no era
propio de él hablar consigo mismo. Entramos en el laboratorio del ático, y vi
la detestable máquina eléctrica brillando con una apagada y siniestra
luminosidad violácea. Estaba conectada a una potente batería química; pero
no recibía ninguna corriente, porque recordaba que,
en su fase experimental, chisporroteaba y zumbaba cuando estaba en
funcionamiento. En respuesta a mi pregunta, Tillinghast murmuró que aquel
resplandor permanente no era eléctrico en el sentido que yo lo entendía.
A continuación me sentó cerca de la máquina, de
forma que quedaba a mi derecha, y conectó un conmutador que había debajo de un
enjambre de lámparas. Empezaron los acostumbrados chisporroteos, se
convirtieron en rumor, y finalmente en un zumbido tan tenue que daba la
impresión de que había vuelto a quedar en silencio. Entre tanto, la luminosidad
había aumentado, disminuido otra vez, y adquirido una pálida y extraña
coloración —o mezcla de colores— imposible de definir ni describir. Tillinghast
había estado observándome, y notó mi expresión desconcertada.
— ¿Sabes qué es eso? — susurró— ¡ rayos
ultravioleta! —rió de forma extraña ante mi sorpresa—. Tú creías que eran
invisibles; y lo son… pero ahora pueden verse, igual que muchas otras cosas
invisibles también.
— ¡Escucha! Las ondas de este aparato están
despertando los mil sentidos aletargados que hay en nosotros; sentidos que
heredamos durante los evos de evolución que median del estado de los electrones
inconexos al estado de humanidad orgánica. Yo he visto la verdad, y me propongo
enseñártela. ¿Te gustaría saber cómo es? Pues te lo diré —aquí Tillinghast se
sentó frente a mí, apagó la vela de un soplo, y me miró fijamente a los ojos—.
Tus órganos sensoriales, creo que los
oídos en primer lugar, captarán muchas de las
impresiones, ya que están estrechamente conectados con los órganos aletargados.
Luego lo harán los demás. ¿Has oído hablar de la glándula pineal? Me río de los
superficiales endocrinólogos, colegas de los embaucadores y advenedizos
freudianos. Esa glándula es el principal de los órganos sensoriales... yo lo he
descubierto. Al final es como la visión, transmitiendo representaciones
visuales al cerebro. Si eres normal, esa es la forma en que debes captarlo casi
todo... Me refiero a casi todo el testimonio del más allá.
Miré la inmensa habitación del ático, con su pared
sur inclinada, vagamente iluminada por los rayos que los ojos ordinarios son
incapaces de captar. Los rincones estaban sumidos en sombras, y toda la
estancia había-adquirido una brumosa irrealidad que emborronaba su naturaleza e
invitaba a la imaginación a volar y fantasear. Durante el rato que Tillinghast
estuvo en silencio, me imaginé en medio de un templo enorme e increíble de
dioses largo tiempo desaparecidos; de un vago edificio con innumerables columnas
de negra piedra que se elevaban desde un suelo de losas húmedas hacia unas
alturas brumosas que la vista no alcanzaba a determinar. La representación fue
muy vívida durante un rato; pero gradualmente fue dando paso a una concepción
más horrible: la de una absoluta y completa soledad en el espacio infinito,
donde no había visiones ni sensaciones sonoras. Era como un vacío, nada más; y
sentí un miedo infantil que me impulsó a sacarme del bolsillo el revólver que
de noche siempre llevo encima, desde la vez que me asaltaron en East
Providence.
Luego, de las regiones más remotas, el ruido fue
cobrando suavemente realidad. Era muy débil, sutilmente vibrante,
inequívocamente musical; pero tenía tal calidad de incomparable frenesí, que
sentí su impacto como una delicada tortura por todo mi cuerpo. Experimenté la
sensación que nos, produce el arañazo fortuito sobre un cristal esmerilado.
Simultáneamente, noté algo así como una corriente de aire frío que pasó junto a
mí, al parecer en dirección al ruido distante. Aguardé con el aliento
contenido, y percibí que el ruido y el viento iban en aumento, produciéndome la
extraña impresión de que me encontraba atado a unos raíles por los que se
acercaba una gigantesca locomotora. Empecé a hablarle a Tillinghast, e
instantáneamente se disiparon todas estas inusitadas impresiones. Volví á ver
al hombre, las máquinas brillantes y la habitación a oscuras. Tillinghast
sonrió repulsivamente al ver el revólver que yo había sacado casi de manera
inconsciente; pero por su expresión, comprendí que había visto y oído lo mismo
que yo, si no más. Le conté en voz baja lo que había experimentado, y me pidió
que me estuviese lo más quieto y receptivo posible.
—No te muevas —me advirtió—, porque con estos rayos
pueden vernos, del mismo modo que nosotros podemos ver. Te he dicho que los
criados se han ido, aunque no te he contado cómo. Fue por culpa de esa estúpida
ama de llaves; encendió las luces de abajo, después de advertirle yo que no lo
hiciera, y los hilos captaron vibraciones simpáticas. Debió de ser espantoso;
pude oír los gritos desde aquí, a pesar de que estaba pendiente de lo que veía
y oía en otra dirección; más tarde, me quedé
horrorizado al descubrir montones de ropa vacía por
toda la casa. Las ropas .de la señora Updike estaban en el vestíbulo, junto a
la llave de la luz... por eso sé que fue ella quien la encendió. Pero mientras
no nos movamos, no correremos peligro. Recuerda que nos enfrentamos con un
mundo terrible en el que estamos prácticamente desamparados... ¡No te muevas!
El impacto combinado de la revelación y la brusca
orden me produjo una especie de parálisis; y en el terror, mi mente se abrió
otra vez a las impresiones procedentes de lo que Tillinghast llamaba el «más
allá». Me encontraba ahora en un vórtice de ruido y movimiento acompañados de
confusas representaciones visuales. Veía los contornos borrosos de la
habitación; pero de algún punto del espacio parecía brotar una hirviente
columna de nubes o formas imposibles de identificar que traspasaban el sólido
techo por encima de mí, a mi derecha. Luego volví a tener la impresión de que
estaba en un templo; pero esta vez los pilares llegaban hasta un océano aéreo
de luz, del que descendía un rayo cegador a lo largo de la brumosa columna que
antes había visto. Después, la escena se volvió casi enteramente calidoscópica;
y en la mezcolanza de imágenes sonidos e impresiones sensoriales
inidentificables, sentí que estaba a punto de disolverme o de perder, de alguna
manera, mi forma sólida. Siempre recordaré una visión deslumbrante y fugaz. Por
un instante, me pareció ver un trozo de extraño cielo nocturno poblado de
esferas brillantes que giraban sobre sí; y mientras desaparecía, vi que los
soles resplandecientes componían una constelación o galaxia de trazado bien
definido; dicho trazado correspondía al rostro distorsionado de
Crawford Tillinghast. Un momento después, sentí
pasar unos seres enormes y animados, unas veces rozándome y otras caminando o
deslizándose sobre mi cuerpo supuestamente sólido, y me pareció que Tillinghast
los observaba como si sus sentidos, más avezados pudieran captarlos
visualmente.
Recordé lo que había dicho de la glándula pineal, y
me pregunte qué estaría viendo con ese ojo preternatural. De pronto, me di
cuenta de que yo también poseía una especie de visión aumentada. Por encima del
caos de luces y sombras se alzó una escena que, aunque vaga, estaba dotada de
solidez y estabilidad. Era en cierto modo familiar, ya que lo inusitado se
superponía al escenario terrestre habitual a la manera como la escena
cinematográfica se proyecta sobre el telón pintado de un teatro. Vi el laboratorio
del ático, la máquina eléctrica, y la poco agraciada figura de Tillinghast
enfrente de mí; pero no había vacía la más mínima fracción del espacio que
separaba todos estos objetos familiares. Un sinfín de formas indescriptibles,
vivas o no, se mezclaban entremedias en repugnante confusión; y junto a cada
objeto conocido, se movían mundos enteros y entidades extrañas y desconocidas.
Asimismo, parecía que las cosas cotidianas entraban en la composición de otras
desconocidas, y viceversa. Sobre todo, entre las entidades vivas había
negrísimas y gelatinosas monstruosidades que temblaban fláccidas en armonía con
las vibraciones procedentes de la máquina. Estaban presentes en repugnante
profusión, y para horror mío, descubrí que se superponían, que eran semifluidas
y capaces de interpenetrarse mutuamente y de atravesar lo que conocemos como
cuerpos sólidos. No estaban nunca quietas,
sino que parecían moverse con algún propósito
maligno. A veces, se devoraban unas a otras, lanzándose la atacante sobre la
víctima y eliminándola instantáneamente de la vista. Comprendí, con un
estremecimiento, que era lo que había hecho desaparecer a la desventurada
servidumbre, y ya no fui capaz de apartar dichas entidades del pensamiento,
mientras intentaba captar nuevos detalles de este mundo recientemente visible
que tenemos a nuestro alrededor. Pero Tillinghast me había estado observando, y
decía algo.
— ¿Los ves? ¿Los ves? ¡Ves a esos seres que flotan
y aletean en torno tuyo, y a través de ti, a cada instante de tu vida? ¿Ves las
criaturas que pueblan lo que los hombres llaman el aire puro y el cielo azul?
¿No he conseguido romper la barrera, no te he mostrado mundos que ningún hombre
vivo ha visto? — oí que gritaba a través del caos; y vi su rostro
insultantemente cerca del mío. Sus ojos eran dos pozos llameantes que me
miraban con lo que ahora sé que era un odio infinito. La máquina zumbaba de
manera detestable.
— ¿Crees que fueron esos seres que se contorsionan
torpemente los que aniquilaron a los criados? ¡Imbécil, esos son inofensivos!
Pero los criados han desaparecido, ¿no es verdad? Tú trataste de detenerme; me
desalentabas cuando necesitaba hasta la más pequeña migaja de aliento; te
asustaba enfrentarte a la verdad cósmica, condenado cobarde; ¡pero ahora te
tengo a mi merced! ¿Qué fue lo que aniquiló a los criados? ¿Qué fue lo que les
hizo dar aquellos gritos?... ¡No lo sabes, verdad? Pero en seguida lo vas a
saber.
Mírame; escucha lo que voy a decirte. ¿Crees que
tienen realidad las nociones de espacio, de tiempo y de magnitud? ¿Supones que
existen cosas tales como la forma y la materia? Pues yo te digo que he
alcanzado profundidades que tu reducido cerebro no es capaz de imaginar. Me he
asomado más allá de los confines del infinito y he invocado a los demonios de
las estrellas... He cabalgado sobre las sombras que van de mundo en mundo
sembrando la muerte y la locura... Soy dueño del espacio, ¿me oyes?, y ahora hay
entidades que me buscan, seres que devoran y disuelven; pero sé la forma de
eludirías. Es a ti a quien cogerán, como cogieron a los criados... ¿se remueve
el señor? Te he dicho ya que es peligroso moverse; te he salvado antes al
advertirte que permanecieras inmóvil…, a fin de que vieses más cosas y
escuchases lo que tengo que decir. Si te hubieses movido, hace rato que se
habrían arrojado sobre ti. No te preocupes; no hacen daño. Como no se lo
hicieron a los criados: fue el verlos lo que les hizo gritar de aquella forma a
los pobres diablos. No son agraciados, mis animales favoritos. Vienen de un
lugar cuyos cánones de belleza son... muy distintos. La desintegración es
totalmente indolora, te lo aseguro; pero quiero que los veas. Yo estuve a punto
de verlos, pero supe detener la visión. ¿No sientes curiosidad? Siempre he
sabido que no eras científico. Estás temblando, ¿eh? Temblando de ansiedad por
ver las últimas entidades que he logrado descubrir. ¿Por qué no te mueves,
entonces? ¿Estás cansado? Bueno, no te preocupes, amigo mío, porque ya
vienen... Mira, mira, maldito; mira... ahí, en tu hombro izquierdo.
Lo que queda por contar es muy breve, y quizá lo
sepáis ya por las notas aparecidas en los periódicos. La policía oyó un disparo
en la casa de Tillingbast y nos encontró allí a los dos: a Tillinghast muerto,
y a mí inconsciente. Me detuvieron porque tenía el revólver en la mano; pero me
soltaron tres horas después, al descubrir que había sido un ataque de apoplejía
lo que había acabado con la vida de Tillinghast, y comprobar que había dirigido
el disparo contra la dañina máquina que ahora yacía inservible en el suelo del
laboratorio. No dije nada sobre lo que había visto, por temor a que el forense
se mostrase escéptico; pero por la vaga explicación que le di, el doctor
comentó que sin duda yo había sido hipnotizado por el homicida y vengativo
demente.
Quisiera poder creerle. Se sosegarían mis
destrozados nervios si dejara de pensar lo que pienso sobre el aire y el cielo
que tengo por encima de mí y a mi alrededor. Jamás me siento a solas ni a
gusto; y a veces, cuando estoy cansado, tengo la espantosa sensación de que me
persiguen. Lo que me impide creer en lo que dice el doctor es este simple
hecho: que la policía no encontró jamás los cuerpos de los criados que dicen
que Crawford Tillinghast mató.
EL ALQUIMISTA
Allá en lo alto, coronando la herbosa cima un
montículo escarpado, de falda cubierta por los árboles nudosos de la selva
primordial, se levanta la vieja mansión de mis antepasados. Durante siglos sus
almenas han contemplado ceñudas el salvaje y accidentado terreno circundante,
sirviendo de hogar y fortaleza para la casa altanera cuyo honrado linaje es más
viejo aún que los muros cubiertos de musgo del castillo. Sus antiguos
torreones, castigados durante generaciones por las tormentas, demolidos por el
lento pero implacable paso del tiempo, formaban en la época feudal una de las
más temidas y formidables fortalezas de toda Francia. Desde las aspilleras de
sus parapetos y desde sus escarpadas almenas, muchos barones, condes y aun
reyes han sido desafiados, sin que nunca resonara en sus espaciosos salones el
paso del invasor.
Pero todo ha cambiado desde aquellos gloriosos
años. Una pobreza rayana en la indigencia, unida a la altanería que impide
aliviarla mediante el ejercicio del comercio, ha negado a los vástagos del
linaje la oportunidad de mantener sus posesiones en su primitivo esplendor; y
las derruidas piedras de los muros, la maleza que invade los patios, el foso
seco y polvoriento, así como las baldosas sueltas, las tablazones comidas de
gusanos y los deslucidos tapices del interior, todo narra un melancólico cuento
de perdidas grandezas. Con el paso de las edades, primero una, luego otra, las
cuatro torres fueron derrumbándose, hasta que tan sólo una sirvió de cobijo
a los tristemente menguados descendientes de los
otrora poderosos señores del lugar.
Fue en una de las vasta y lóbregas estancias de esa
torre que aún seguía en pie donde yo, Antoine, el último de los desdichados y
maldecidos condes de C., vine al mundo, hace diecinueve años. Entre esos muros,
y entre las oscuras y sombrías frondas, los salvajes barrancos y las grutas de
la ladera, pasaron los primeros años de mi atormentada vida. Nunca conocí a mis
progenitores. Mi padre murió a la edad de treinta y dos, un mes después de mi
nacimiento, alcanzado por una piedra de uno de los abandonados parapetos del
castillo; y, habiendo fallecido mi madre al darme a luz, mi cuidado y educación
corrieron a cargo del único servidor que nos quedaba, un hombre anciano y fiel
de notable inteligencia, que recuerdo que se llamaba Pierre. Yo no era más que
un chiquillo, y la carencia de compañía que eso acarreaba se veía aumentada por
el extraño cuidado que mi añoso guardián se tomaba para privarme del trato de
los muchachos campesinos, aquellos cuyas moradas se desperdigaban por los
llanos circundantes en la base de la colina. Por entonces, Pierre me había
dicho que tal restricción era debida a que mi nacimiento noble me colocaba por
encima del trato con aquellos plebeyos compañeros. Ahora sé que su verdadera
intención era ahorrarme los vagos rumores que corrían acerca de la espantosa
maldición que afligía a mi linaje, cosas que se contaban en la noche y eran
magnificadas por los sencillos aldeanos según hablaban en voz baja al
resplandor del hogar en sus chozas.
Aislado de esa manera, librado a mis propios
recursos, ocupaba mis horas de infancia en hojear los viejos tomos que llenaban
la biblioteca del castillo, colmada de sombras, y en vagar sin ton ni son por
el perpetuo crepúsculo del espectral bosque que cubría la falda de la colina.
Fue quizás merced a tales contornos el que mi mente adquiriera pronto tintes de
melancolía. Esos estudios y temas que tocaban lo oscuro y lo oculto de la
naturaleza eran lo que más llamaban mi atención. Poco fue lo que me permitieron
saber de mi propia ascendencia, y lo poco que supe me sumía en hondas
depresiones. Quizás, al principio, fue sólo la clara renuencia mostrada por mi
viejo preceptor a la hora de hablarme de mi línea paterna lo que provocó la
aparición de ese terror que yo sentía cada vez que se mentaba a mi gran linaje,
aunque al abandonar la infancia conseguí fragmentos inconexos de conversación,
dejados escapar involuntariamente por una lengua que ya iba traicionándolo con
la llegada de la senilidad, y que tenían alguna relación con un particular
acontecimiento que yo siempre había considerado extraño, y que ahora empezaba a
volverse turbiamente terrible. A lo que me refiero es a la temprana edad en la
que los condes de mi linaje encontraban la muerte. Aunque hasta ese momento
había considerado un atributo de familia el que los hombres fueran de corta
vida, más tarde reflexioné en profundidad sobre aquellas muertes prematuras, y
comencé a relacionarlas con los desvaríos del anciano, que a menudo mencionaba
una maldición que durante siglos había impedido que las vidas de los portadores
del título sobrepasasen la barrera de los treinta y dos años. En mi
vigésimo segundo cumpleaños, el añoso Pierre me
entregó un documento familiar que, según decía, había pasado de padre a hijo
durante muchas generaciones y había sido continuado por cada poseedor. Su
contenido era de lo más inquietante, y una lectura pormenorizada confirmó la
gravedad de mis temores. En ese tiempo, mi creencia en lo sobrenatural era
firme y arraigada, de lo contrario hubiera hecho a un lado con desprecio el
increíble relato que tenía ante los ojos.
El papel me hizo retroceder a los tiempos del siglo
XIII, cuando el viejo castillo en el que me hallaba era una fortaleza temida e
inexpugnable. En él se hablaba de cierto anciano que una vez vivió en nuestras
posesiones, alguien de no pocos talentos, aunque su rango apenas rebasaba el de
campesino; era de nombre Michel, de usual sobrenombre Mauvais, el malhadado,
debido a su siniestra reputación. A pesar de su clase, había estudiado,
buscando cosas tales como la piedra filosofal y el elixir de la eterna juventud,
y tenía fama de ducho en los terribles arcanos de la magia negra y la alquimia.
Michel Mauvais tenía un hijo llamado Charles, un mozo tan avezado como él mismo
en las artes ocultas, habiendo sido por ello apodado Le Sorcier, el brujo.
Ambos, evitados por las gentes de bien, eran sospechosos de las prácticas más
odiosas. El viejo Michel era acusado de haber quemado viva a su esposa, a modo
de sacrificio al diablo, y, en lo tocante a las incontables desapariciones de
hijos pequeños de campesinos, se tendía a señalar su puerta. Pero, a través de
las oscuras naturalezas de padre e hijo brillaba un rayo de humanidad y
redención; el
malvado viejo quería a su retoño con fiera
intensidad, mientras que el mozo sentía por su padre una devoción más que
filial.
Una noche el castillo de la colina se encontró
sumido en la más tremenda de las confusiones por la desaparición del joven
Godfrey, hijo del conde Henri. Un grupo de búsqueda, encabezado por el
frenético padre, invadió la choza de los brujos, hallando al viejo Michel
Mauvais mientras trasteaba en un inmenso caldero que bullía violentamente. Sin
más demora, llevado de furia y desesperación desbocadas, el conde puso sus
manos sobre el anciano mago y, al aflojar su abrazo mortal, la víctima ya había
expirado. Entretanto, los alegres criados proclamaban el descubrimiento del
joven Godfrey en una estancia lejana y abandonada del edificio, anunciándolo
muy tarde, ya que el pobre Michel había sido muerto en vano. Al dejar el conde
y sus amigos la mísera cabaña del alquimista, la figura de Charles Le Sorcier
hizo acto de presencia bajo los árboles. La charla excitada de los domésticos
más próximos le reveló lo sucedido, aunque pareció indiferente en un principio
al destino de su padre. Luego, yendo lentamente al encuentro del conde,
pronunció con voz apagada pero terrible la maldición que, en adelante,
afligiría a la casa de C.
Nunca sea que un noble de tu estirpe homicida
viva para alcanzar mayor edad de la que ahora
posees.
Cuando, repentinamente, saltando hacia atrás al
negro bosque, sacó de su túnica una redoma de líquido incoloro que
arrojó al rostro del asesino de su padre,
desapareciendo al amparo de la negra cortina de la noche. El conde murió sin
decir palabra y fue sepultado al día siguiente, con apenas treinta y dos años.
Nunca descubrieron rastro del asesino, aunque implacables bandas de campesinos
batieron las frondas cercanas y las praderas que rodeaban la colina.
El tiempo y la falta de recordatorios aminoraron la
idea de la maldición de la mente de la familia del conde muerto; así que cuando
Godfrey, causante inocente de toda la tragedia y ahora portador de un título,
murió traspasado por una flecha en el transcurso de una cacería, a la edad de
treinta y dos años, no hubo otro pensamiento que el de pesar por su deceso.
Pero cuando, años después, el nuevo joven conde, de nombre Robert, fue
encontrado muerto en un campo cercano y sin mediar causa aparente, los campesinos
dieron en murmurar acerca de que su amo apenas sobrepasaba los treinta y dos
cumpleaños cuando fue sorprendido por su temprana muerte. Louis, hijo de
Robert, fue descubierto ahogado en el foso a la misma fatídica edad, y, desde
ahí, la crónica ominosa recorría los siglos: Henris, Roberts, Antoines y
Armands privados de vidas felices y virtuosas cuando apenas rebasaban la edad
que tuviera su infortunado antepasado al morir.
Según lo leído, parecía cierto que no me quedaban
sino once años. Mi vida, tenida hasta entonces en tan poco, se me hizo ahora
más preciosa a cada día que pasaba, y me fui progresivamente sumergiendo en los
misterios del oculto mundo de la magia negra. Solitario como era, la ciencia
moderna no me había perturbado y trabajaba como en
la Edad Media, tan empeñado como estuvieran el viejo Michel y el joven Charles
en la adquisición de saber demonológico y alquímico. Aunque leía cuanto caía en
mis manos, no encontraba explicación para la extraña maldición que afligía a mi
familia. En los pocos momentos de pensamiento racional, podía llegar tan lejos
como para buscar alguna explicación natural, atribuyendo las tempranas muertes
de mis antepasados al siniestro Charles Le Sorcier y sus herederos; pero
descubriendo tras minuciosas investigaciones que no había descendientes
conocidos del alquimista, me volví nuevamente a los estudios ocultos y de nuevo
me esforcé en encontrar un hechizo capaz de liberar a mi estirpe de esa
terrible carga. En algo estaba plenamente resuelto. No me casaría jamás, y, ya
que las ramas restantes de la familia se habían extinguido, pondría fin conmigo
a la maldición.
Cuando yo frisaba los treinta, el viejo Pierre fue
reclamado por el otro mundo. Lo enterré sin ayuda bajo las piedras del patio
por el que tanto gustara de deambular en vida. Así quedé para meditar en
soledad, siendo el único ser humano de la gran fortaleza, y en el total
aislamiento mi mente fue dejando de rebelarse contra la maldición que se
avecinaba para casi llegar a acariciar ese destino con el que se habían
encontrado tantos de mis antepasados.
Pasaba mucho tiempo explorando las torres y los
salones ruinosos y abandonados del viejo castillo, que el temor juvenil me
había llevado a rehuir y que, al decir del viejo Pierre, no
habían sido hollados por ser humano durante casi
cuatro siglos. Muchos de los objetos hallados resultaban extraños y espantosos.
Mis ojos descubrieron muebles cubiertos por polvo de siglos, desmoronándose en
la putridez de largas exposiciones a la humedad. Telarañas en una profusión
nunca antes vista brotaban por doquier, e inmensos murciélagos agitaban sus
alas huesudas e inmensas por todos lados en las, por otra parte, vacías
tinieblas.
Guardaba el cálculo más cuidadoso de mi edad
exacta, aun de los días y horas, ya que cada oscilación del péndulo del gran
reloj de la biblioteca desgranaba una pizca más de mi condenada existencia. Al
final estuve cerca del momento tanto tiempo contemplado con aprensión. Dado que
la mayoría de mis antepasados fueron abatidos poco después de llegar a la edad
exacta que tenía el conde Henri al morir, yo aguardaba en cualquier instante la
llegada de una muerte desconocida. En qué extraña forma me alcanzaría la
maldición, eso no sabía decirlo; pero estaba decidido a que, al menos, no me
encontrara atemorizado o pasivo.
Con renovado vigor, me apliqué al examen del viejo
castillo y cuanto contenía. El suceso culminante de mi vida tuvo lugar durante
una de mis exploraciones más largas en la parte abandonada del castillo, a
menos de una semana de la fatídica hora que yo sabía había de marcar el límite
final a mi estancia en la tierra, más allá de la cual yo no tenía siquiera
atisbos de esperanza de conservar el hálito. Había empleado la mejor parte de
la mañana yendo arriba y abajo por las escaleras medio
en ruinas, en uno de los más castigados de los
antiguos torreones. En el transcurso de la tarde me dediqué a los niveles
inferiores, bajando a lo que parecía ser un calabozo medieval o quizás un
polvorín subterráneo, más bajo. Mientras deambulaba lentamente por los
pasadizos llenos de incrustaciones al pie de la última escalera, el suelo se
tornó sumamente húmedo y pronto, a la luz de mi trémula antorcha, descubrí que
un muro sólido, manchado por el agua, impedía mi avance. Girándome para volver
sobre mis pasos, fui a poner los ojos sobre una pequeña trampilla con anillo,
directamente bajo mis pies. Deteniéndome, logré alzarla con dificultad,
descubriendo una negra abertura de la que brotaban tóxicas humaredas que
hicieron chisporrotear mi antorcha, a cuyo titubeante resplandor vislumbré una
escalera de piedra. Tan pronto como la antorcha, que yo había abatido hacia las
repelentes profundidades, ardió libre y firmemente, emprendí el descenso. Los
peldaños eran muchos y llevaban a un angosto pasadizo de piedra que supuse muy
por debajo del nivel del suelo. Este túnel resultó de gran longitud y
finalizaba en una masiva puerta de roble, rezumante con la humedad del lugar,
que resistió firmemente cualquier intento mío de abrirla. Cesando tras un
tiempo en mis esfuerzos, me había vuelto un trecho hacia la escalera, cuando
sufrí de repente una de las impresiones más profundas y enloquecedoras que
pueda concebir la mente humana. Sin previo aviso, escuché crujir la pesada
puerta a mis espaldas, girando lentamente sobre sus oxidados goznes. Mis
inmediatas sensaciones no son susceptibles de análisis. Encontrarme en un lugar
tan
completamente abandonado como yo creía que era el
viejo castillo, ante la prueba de la existencia de un hombre o un espíritu,
provocó a mi mente un horror de lo más agudo que pueda imaginarse. Cuando al
fin me volví y encaré la fuente del sonido, mis ojos debieron desorbitarse ante
lo que veían. En un antiguo marco gótico se encontraba una figura humana.
Era un hombre vestido con un casquete y una larga
túnica medieval de color oscuro. Sus largos cabellos y frondosa barba eran de
un negro intenso y terrible, de increíble profusión. Su frente, más alta de lo
normal; sus mejillas, consumidas, llenas de arrugas; y sus manos largas,
semejantes a garras y nudosas, eran de una mortal y marmórea blancura como
nunca antes viera en un hombre. Su figura, enjuta hasta asemejarla a un
esqueleto, estaba extrañamente cargada de hombros y casi perdida dentro de los
voluminosos pliegues de su peculiar vestimenta. Pero lo más extraño de todo
eran sus ojos, cavernas gemelas de negrura abisal, profundas en saber, pero
inhumanas en su maldad. Ahora se clavaban en mí, lacerando mi alma con su odio,
manteniéndome sujeto al sitio. Pon fin, la figura habló con una voz retumbante
que me hizo estremecer debido a su honda impiedad e implícita malevolencia. El
lenguaje empleado en su discurso era el decadente latín usado por los menos
eruditos durante la Edad Media, y pude entenderlo gracias a mis prolongadas
investigaciones en los tratados de los viejos alquimistas y demonólogos. Esa
aparición hablaba de la maldición suspendida sobre mi casa, anunciando mi
próximo fin, e hizo hincapié en el crimen cometido por mi antepasado
contra el viejo Michel Mauvais, recreándose en la
venganza de Charles Le Sorcier.
Relató cómo el joven Charles había escapado al
amparo de la noche, volviendo al cabo de los años para matar al heredero
Godfrey con una flecha, en la época en que éste alcanzó la edad que tuviera su
padre al ser asesinado; cómo había vuelto en secreto al lugar, estableciéndose
ignorado en la abandonada estancia subterránea, la misma en cuyo umbral se
recortaba ahora el odioso narrador. Cómo había apresado a Robert, hijo de
Godfrey, en un campo, forzándolo a ingerir veneno y dejándolo morir a la edad
de treinta y dos, manteniendo así la loca profecía de su vengativa maldición.
Entonces me dejó imaginar cuál era la solución de la mayor de las incógnitas:
cómo la maldición había continuado desde el momento en que, según las leyes de
la naturaleza, Charles Le Sorcier hubiera debido morir, ya que el hombre se
perdió en digresiones, hablándome sobre los profundos estudios de alquimia de
los dos magos, padre e hijo, y explayándose sobre la búsqueda de Charles Le
Sorcier del elixir que podría garantizarle el goce de vida y juventud eternas.
Por un instante su entusiasmo pareció desplazar de
aquellos ojos terribles el odio mostrado en un principio, pero bruscamente
volvió el diabólico resplandor y, con un estremecedor sonido que recordaba el
siseo de una serpiente, alzó una redoma de cristal con evidente intención de
acabar con mi vida, tal como hiciera Charles Le Sorcier seiscientos años antes
con mi antepasado. Llevado por algún protector instinto
de autodefensa, luché contra el encanto que me
había tenido inmóvil hasta ese momento, y arrojé mi antorcha, ahora moribunda,
contra el ser que amenazaba mi vida. Escuché cómo la ampolla se rompía de forma
inocua contra las piedras del pasadizo mientras la túnica del extraño personaje
se incendiaba, alumbrando la horrible escena con un resplandor fantasmal. El
grito de espanto y de maldad impotente que lanzó el frustrado asesino resultó
demasiado para mis nervios, ya estremecidos, y caí desmayado al suelo fangoso.
Cuando por fin recobré el conocimiento, todo estaba
espantosamente a oscuras y, recordando lo ocurrido, temblé ante la idea de
tener que soportar aún más; pero fue la curiosidad lo que acabó imponiéndose.
¿Quién, me preguntaba, era este malvado personaje, y cómo había llegado al
interior del castillo? ¿Por qué podía querer vengar la muerte del pobre Michel
Mauvais y cómo se había transmitido la maldición durante el gran número de
siglos pasados desde la época de Charles Le Sorcier? El peso del espanto, sufrido
durante años, desapareció de mis hombros, ya que sabía que aquel a quien había
abatido era lo que hacía peligrosa la maldición, y, viéndome ahora libre, ardía
en deseos de saber más del ser siniestro que había perseguido durante siglos a
mi linaje, y que había convertido mi propia juventud en una interminable
pesadilla. Dispuesto a seguir explorando, me tanteé los bolsillos en busca de
eslabón y pedernal, y encendí la antorcha de repuesto. Enseguida, la luz
renacida reveló el cuerpo retorcido y achicharrado del misterioso extraño. Esos
ojos espantosos estaban ahora cerrados. Desasosegado por la visión, me giré y
accedí a la estancia que había al otro lado de la
puerta gótica. Allí encontré lo que parecía ser el laboratorio de un
alquimista. En una esquina se encontraba una inmensa pila de reluciente metal
amarillo que centelleaba de forma portentosa a la luz de la antorcha. Debía de
tratarse de oro, pero no me detuve a cerciorarme, ya que estaba afectado de
forma extraña por la experiencia sufrida. Al fondo de la estancia había una
abertura que conducía a uno de los muchos barrancos abiertos en la oscura
ladera boscosa. Lleno de asombro, aunque sabedor ahora de cómo había logrado
ese hombre llegar al castillo, me volví. Intenté pasar con el rostro vuelto
junto a los restos de aquel extraño, pero, al acercarme, creí oírle exhalar
débiles sonidos, como si la vida no hubiera escapado por completo de él.
Horrorizado, me incliné para examinar la figura acurrucada y abrasada en el
suelo. Entonces esos horribles ojos, más oscuros que la cara quemada donde se
albergaban, se abrieron para mostrar una expresión imposible de identificar.
Los labios agrietados intentaron articular palabras que yo no acababa de
entender. Una vez capté el nombre de Charles Le Sorcier y en otra ocasión pensé
que las palabras «años» y «maldición» brotaban de esa boca retorcida. A pesar
de todo, no fui capaz de encontrar un significado a su habla entrecortada.
Ante mi evidente ignorancia, los ojos como pozos
relampaguearon una vez más malévolamente en mi contra, hasta el punto de que,
inerme como veía a mi enemigo, me sentí estremecer al observarlo. Súbitamente,
aquel miserable, animado por un último rescoldo de energía, alzó su espantosa
cabeza del suelo húmedo y hundido. Entonces, recuerdo que,
estando yo paralizado por el miedo, recuperó la voz
y con aliento agonizante vociferó las palabras que en adelante habrían de
perseguirme durante todos los días y las noches de mi vida.
— ¡Necio! —gritaba—. ¿No puedes adivinar mi
secreto? ¿No tienes bastante cerebro como para reconocer la voluntad que
durante seis largos siglos ha perpetuado la espantosa maldición sobre los
tuyos? ¿No te he hablado del gran elixir de la eterna juventud? ¿No sabes quién
desveló el secreto de la alquimia? ¡Pues fui yo! ¡Yo! ¡Yo! ¡Yo que he vivido
durante seiscientos años para perpetuar mi venganza, PORQUE YO SOY CHARLES LE
SORCIER!
EL ÁRBOL
En una ladera verdeante del monte Maenalus, en
Arcadia, hay un olivar que rodea una villa en ruinas. Muy cerca existe una
tumba, en otro tiempo tan hermosa como la casa. En un extremo de ese sepulcro,
de modo que sus curiosas raíces desplazan los manchados bloques de mármol
pentélico, crece un olivo asombrosamente grande y de formas repugnantes; y se
asemeja tan grotescamente a una figura humana, o al cadáver contorsionado de un
hombre, que los campesinos temen pasar por allí de noche, cuando la luna
ilumina débilmente sus ramas retorcidas. El monte Maenalus fue paraje
predilecto del terrible Pan, que cuenta con muchos compañeros extraños; y los
pastores sencillos creen que el árbol tiene alguna horrenda relación con los
misteriosos panisci; pero un viejo colmenero que vive en una choza vecina me contó
una historia muy distinta.
Hace muchos años, cuando la villa de la ladera era
nueva y esplendorosa, vivían en ella dos escultores, Kalós y Musides. Sus obras
eran alabadas desde Lydia a Neápolis, y nadie se atrevía a decir que el uno
aventajase al otro en habilidad. El Hermes de Kalós se alzaba en un santuario
de Corinto y la Pallas de Musides coronaba una columna de Atenas próxima al
Partenón. Todos los hombres rendían homenaje a Kalós y a Musides, y se
maravillaban de que no hubiese ni una sombra de celos artísticos que enfriara
el calor de su fraterna amistad.
Pero aunque Kalós y Musides vivían en imperturbable
armonía, sus naturalezas no eran iguales. Mientras Musides disfrutaba por la
noche entregándose a las diversiones urbanas de Tegea, Kalós prefería quedarse
en casa; entonces salía furtivamente, a escondidas de sus esclavos, y acudía al
frío retiro del olivar. Allí meditaba las visiones que llenaban su mente, y allí
concebía las hermosas formas que luego inmortalizaba trasladándolas al mármol.
Los ociosos decían que Kalós conversaba con los espíritus del olivar, y que sus
estatuas no eran sino imágenes de los faunos y las dríadas que él veía allí, ya
que nunca copiaba sus obras de ningún modelo vivo.
Tan famosos eran Kalós y Musides, que a nadie
extrañó que el tirano de Siracusa les enviara emisarios para hablar de la
costosa estatua de Tyché que había proyectado erigir en su ciudad. De enorme
tamaño e ingenio debía ser esta obra, pues quería que fuese una maravilla para
las naciones y una meta para los viajeros. Aquél cuya obra resultara elegida
sería exaltado más allá de cuanto cabe imaginar; honor para el que Kalós y
Musides fueron invitados a competir. Su amor fraternal era bien conocido, y el
astuto tirano supuso que cada uno, en vez de ocultar su obra al otro, le
ofrecería ayuda y consejo, que este entendimiento produciría dos imágenes de
inusitada belleza, y que aquella que destacase eclipsaría incluso los sueños de
los poetas.
Con alegría aceptaron los escultores la oferta del
tirano, y durante los días siguientes sus esclavos oyeron el incesante
golpear de los cinceles. Kalós y Musides no se
ocultaban sus obras; pero sólo ellos las veían. Salvo los suyos, ningún par de
ojos contemplaba las dos divinas figuras que los hábiles golpes liberaban de
los toscos bloques que las habían tenido aprisionadas desde los orígenes del
mundo.
Por las noches, como siempre, Musides acudía a
divertirse a los salones de Tegea, mientras Kalós vagaba a solas por el olivar.
Pero a medida que transcurría el tiempo, los hombres observaban que le faltaba
alegría al en otro tiempo chispeante Musides. Era extraño, se decían, que la
depresión se hubiese apoderado de quien tantas probabilidades tenía de ganar la
más alta recompensa del arte. Transcurrieron muchos meses; sin embargo, el
rostro afligido de Musides no reflejaba otra cosa que la tensa expectación que
la empresa despertaba. Luego, un día, Musides habló de la enfermedad de Kalós,
y ya nadie se maravilló de su tristeza, porque todos sabían lo hondo y sagrado
que era el afecto de los dos escultores. Así que muchos fueron a visitar a
Kalós, y pudieron comprender la palidez de su rostro; pero también vieron en él
una feliz serenidad que hacía su mirada más mágica que la mirada de Musides, el
cual, devorado por esta ansiedad, apartaba a todos los esclavos en sus ansias
por alimentar y cuidar al amigo con sus manos. Ocultas detrás de pesadas
cortinas, aguardaban las figuras inacabadas de Tyché, a las que apenas se
acercaban ya el enfermo y el fiel compañero que le asistía. Y Kalós a pesar de
que estaba inexplicablemente cada vez más débil, a pesar de los auxilios de los
sorprendidos médicos y los cuidados de su amigo, pedía a menudo que le llevasen
al
olivar que él tanto armaba. Allí rogaba que le
dejasen, como si deseara hablar a solas con los seres invisibles. Musides
siempre complacía sus deseos, aunque sus ojos se llenaban visiblemente de
lágrimas, viendo que Kalós hacía más caso de los faunos y de las dríadas que de
él. Por último, se acercó el final, y Kalós empezó a hablar de cosas del más
allá. Musides, llorando, le prometió un sepulcro más hermoso que la tumba del
propio Mausolo; pero Kalós le rogó que no le hablase más de glorias de mármol.
Sólo un deseo obsesionaba ahora el pensamiento del moribundo: que enterrasen
junto a su sepulcro, cerca de su cabeza, unas ramitas de olivo del olivar. Y
una noche, estando a solas en la oscuridad del olivar, murió Kalós.
El sepulcro de mármol que el afligido Musides
esculpió para su amigo del alma fue inefablemente hermoso. Nadie más que el
propio Kalós habría podido emular sus bellos bajorrelieves, donde se revelaban
todos los esplendores del Eliseo. Pero no olvidó Musides enterrar junto a la
cabeza de Kalós las ramas de olivo que su amigo le había pedido. Cuando el vivo
dolor dio paso a la resignación, Musides volvió a trabajar con diligencia en su
figura de Tyché. Todo el honor sería ahora para él, ya que el tirano de Siracusa
no quería la obra más que de él o de Kalós. Su trabajo le permitía ahora dar
libre curso a su emoción, y trabajaba con más constancia cada día, y eludía las
diversiones a las que antes se entregaba. Entretanto, pasaba las noches junto a
la tumba de su amigo, cerca de cuya cabeza había brotado un joven olivo. Tan
rápido era el crecimiento de este árbol, y tan extraña su forma, que
quienes lo contemplaban prorrumpían en
exclamaciones de sorpresa. En cuanto a Musides, parecía producirle a la vez
fascinación y temor.
Tres años después de la muerte de Kalós, Musides
envió un emisario al tirano, y en el ágora de Tegea se corrió la voz de que la
enorme estatua estaba terminada. A la sazón, el árbol que había crecido junto a
la tumba había adquirido unas proporciones asombrosas, superiores a todos los
árboles de su especie, y extendía una rama corpulenta por encima del recinto
donde Musides trabajaba. Como eran muchos los visitantes que acudían a
contemplar el árbol prodigioso, así como a admirar el arte del escultor, Musides
casi nunca estaba solo. Pero no le importaba esta multitud de invitados; al
contrario, parecía más temeroso de quedarse solo, ahora que su absorbente obra
estaba terminada. El viento desolado de la montaña, suspirando entre el olivar
y el árbol de la tumba, producía, de manera extraña, sonidos vagamente
articulados. El cielo estaba oscuro la tarde en que los emisarios del tirano
llegaron a Tegea. Se sabía que venían a llevar se la gran imagen de Tyché, y a
traer eterna gloria a Musides, por la cual los proxenoi les dispensaron una
cálida acogida. Por la noche, se desató una tormenta de viento en la cumbre del
Maenalus, y los hombres de la lejana Siracusa se alegraron de poder descansar a
cubierto en la ciudad. Hablaron de su ilustre tirano y del esplendor de su
capital, y se alegraron por la belleza de la estatua que Musides había
esculpido para él. Entonces los de Tegea les contaron lo grande que era la
bondad de Musides y su profunda aflicción por su amigo; y
cómo ni siquiera los inminentes laureles del arte
podían consolarle de la ausencia de Kalós, quien quizá los habría ceñido en su
lugar. Y también les hablaron del árbol que crecía junto a la cabeza de Kalós.
Pero el viento aullaba horriblemente, y los de Siracusa y los arcadios elevaron
sus plegarias a Eolo.
Cuando el sol salió por la mañana, los proxenoi
condujeron a los emisarios del tirano, ladera arriba, a la morada del escultor;
sin embargo, el viento de la noche había hecho cosas muy extrañas. Los gritos
de los esclavos se elevaban en medio de un escenario de desolación; y en el
olivar no se alzaban ya las espléndidas columnatas de la inmensa residencia
donde había soñado y trabajado Musides. Aisladas y rotas, sólo quedaban las
viviendas humildes y los muros inferiores, pues sobre el suntuoso peristilo se
había derrumbado la pesada rama del árbol extraño, reduciendo el majestuoso
poema de mármol a un montón de ruinas deplorables. Los extranjeros y los tegeos
se quedaron horrorizados, y se volvieron hacia el árbol siniestro y gigantesco,
cuya silueta parecía misteriosamente humana, y cuyas raíces se hundían en el
esculpido sepulcro de Kalós. Y el miedo y el espanto de todos aumentaron cuando
registraron el recinto derruido y no encontraron rastro alguno del bondadoso
Musides y la maravillosamente modelada imagen de Tyché. En las tremendas ruinas
sólo reinaba el caos, y los representantes de ambas ciudades se vieron
decepcionados: los emisarios, por haberse quedado sin la estatua; los
habitantes de Tegea, por haberse quedado también sin artista al que coronar. No
obstante, los de Siracusa consiguieron, poco
después, una espléndida estatua de Atenea, y los tegeos se consolaron erigiendo
en el ágora un templo de mármol conmemorando el talento, las virtudes y la
piedad fraterna de Musides.
Pero aún continúa allí el olivar, así como el árbol
que crece en la tumba de Kalós; el viejo colmenero me ha contado que en
ocasiones sus ramas susurran, cuando sopla el viento por la noche, y repiten
una y otra vez; «¡Oída! ¡Oída!... ¡Yo sé! , ¡Yo sé».
EL COLOR SURGIDO DEL ESPACIO
Al Oeste de Arkham, las colinas se yerguen
selváticas, y hay valles con profundos bosques en los cuales no ha resonado
nunca el ruido de un hacha. Hay angostas y oscuras cañadas donde los árboles se
inclinan fantásticamente, y donde discurren estrechos arroyuelos que nunca han
captado el reflejo de la luz del sol. En las laderas menos agrestes hay casas
de labor, antiguas y rocosas, con edificaciones cubiertas de musgo, rumiando
eternamente en los misterios de la Nueva Inglaterra; pero todas ellas están ahora
vacías, con las amplias chimeneas desmoronándose y las paredes pandeándose
debajo de los techos a la holandesa.
Sus antiguos moradores se marcharon, y a los
extranjeros no les gusta vivir allí. Los francocanadienses lo han intentado,
los italianos lo han intentado, y los polacos llegaron y se marcharon. Y ello
no es debido a nada que pueda ser oído, o visto, o tocado, sino a causa de algo
puramente imaginario. El lugar no es bueno para la imaginación, y no aporta
sueños tranquilizadores por la noche. Esto debe ser lo que mantiene a los
extranjeros lejos del lugar, ya que el viejo Ammi Pierce no les ha contado nunca
lo que él recuerda de los extraños días. Ammi, cuya cabeza ha estado un poco
desequilibrada durante años, es el único que sigue allí, y el único que habla
de los extraños días; y se atreve a hacerlo, porque su casa está muy próxima al
campo abierto y a los caminos que rodean a Arkham.
En otra época había un camino sobre las colinas y a
través de los valles, que corría en mea recta donde ahora hay un marchito
erial; pero la gente dejó de utilizarlo y se abrió un nuevo camino que daba un
rodeo hacia el sur. Entre la selvatiquez del erial pueden encontrarse aún
huellas del antiguo camino, a pesar de que la maleza lo ha invadido todo.
Luego, los oscuros bosques se aclaran y el erial
muere a orillas de unas aguas azules cuya superficie refleja el cielo y reluce
al sol. Y los secretos de los extraños días se funden con los secretos de las
profundidades; se funden con la oculta erudición del viejo océano, y con todo
el misterio de la primitiva tierra.
Cuando llegué a las colinas y valles para acotar
los terrenos destinados a la nueva alberca, me dijeron que el lugar estaba
embrujado. Esto me dijeron en Arkham, y como se trata de un pueblo muy antiguo
lleno de leyendas de brujas, pensé que lo de embrujado debía ser algo que las
abuelas habían susurrado a los chiquillos a través de los siglos. El nombre de
"marchito erial" me pareció muy raro y teatral, y me pregunté cómo
habría llegado a formar parte de las tradiciones de un pueblo puritano. Luego
vi con mis propios ojos aquellas cañadas y laderas, y ya no me extrañó que
estuvieran rodeadas de una leyenda de misterio. Las vi por la mañana, pero a
pesar de ello estaban sumidas en la sombra. Los árboles crecían demasiado
juntos, y sus troncos eran demasiado grandes tratándose de árboles de Nueva
Inglaterra. En las oscuras avenidas del bosque había demasiado silencio, y el
suelo estaba demasiado
blando con el húmedo musgo y los restos de
infinitos años de descomposición.
En los espacios abiertos, principalmente a lo largo
del antiguo camino, había pequeñas casas de labor; a veces, con todas sus
edificaciones en pie, y a veces con sólo un par de ellas, y a veces con una
solitaria chimenea o una derruida bodega. La maleza reinaba por todas partes, y
seres furtivos susurraban en el subsuelo. Sobre todas las cosas pesaba una rara
opresión; un toque grotesco de irrealidad, como si fallara algún elemento vital
de perspectiva o de claroscuro. No me extrañó que los extranjeros no quisieran
permanecer allí, ya que aquélla no era una región que invitara a dormir en
ella. Su aspecto recordaba demasiado el de una región extraída de un cuento de
terror.
Pero nada de lo que había visto podía compararse,
en lo que a desolación respecta, con el marchito erial. Se encontraba en el
fondo de un espacioso valle; Ningún otro nombre hubiera podido aplicársele con
más propiedad, ni ninguna otra cosa se adaptaba tan perfectamente a un nombre.
Era como si un poeta hubiese acuñado la frase después de haber visto aquella
región. Mientras la contemplaba, pensé que era la consecuencia de un incendio;
pero, ¿por qué no había crecido nunca nada sobre aquellos cinco acres de gris
desolación, que se extendía bajo el cielo como una gran mancha corroída por el
ácido entre bosques y campos? Discurre en gran parte hacia el norte de la línea
del antiguo camino, pero invade un poco el otro lado. Mientras me acercaba
experimenté una extraña sensación de
repugnancia, y sólo me decidí a hacerlo porque mi
tarea me obligaba a ello. En aquella amplia extensión no había vegetación de
ninguna clase; no había más que una capa de fino polvo o ceniza gris, que
ningún viento parecía ser capaz de arrastrar. Los árboles más cercanos tenían
un aspecto raquítico y enfermizo, y muchos de ellos aparecían agostados o con
los troncos podridos. Mientras andaba apresuradamente vi a mi derecha los
derruidos restos de una casa de labor, y la negra boca de un pozo abandonado cuyos
estancados vapores adquirían un extraño matiz al ser bañados por la luz del
sol. El desolado espectáculo hizo que no me maravillara ya de los asustados
susurros de los moradores de Arkham. En los alrededores no había edificaciones
ni ruinas de ninguna clase; incluso en los antiguos tiempos, el lugar dejó de
ser solitario y apartado. Y a la hora del crepúsculo, temeroso de pasar de
nuevo por aquel ominoso lugar, tomé el camino del sur, a pesar de que
significaba dar un gran rodeo.
Por la noche interrogué a algunos habitantes de
Arkham acerca del marchito erial, y pregunté qué significado tenía la frase
"los extraños días" que había oído murmurar evasivamente. Sin
embargo, no pude obtener ninguna respuesta concreta, y lo único que saqué en
claro era que el misterio se remontaba a una fecha mucho más reciente de lo que
había imaginado. No se trataba de una vieja leyenda, ni mucho menos, sino de
algo que había ocurrido en vida de los que hablaban conmigo.
Había sucedido en los años ochenta, y una familia
desapareció o fue asesinada. Los detalles eran algo confusos; y como todos
aquellos con quienes hablé me dijeron que no prestara crédito a las fantásticas
historias del viejo Ammi Pierce, decidí ir a visitarle a la mañana siguiente,
después de enterarme de que vivía solo en una ruinosa casa que se alzaba en el
lugar donde los árboles empiezan a espesarse. Era un lugar muy viejo, y había
empezado a exudar el leve olor miásmico que se desprende de las casas que han
permanecido en pie demasiado tiempo. Tuve que llamar insistentemente para que
el anciano se levantara, y cuando se asomó tímidamente a la puerta me di cuenta
de que no se alegraba de verme. No estaba tan débil como yo había esperado; sin
embargo sus ojos parecían desprovistos de vida, y sus andrajosas ropas y su
barba blanca le daban un aspecto gastado y decaído.
No sabiendo cómo enfocar la conversación para que
me hablara de sus "fantásticas historias", fingí que me había llevado
hasta allí la tarea a que estaba entregado; le hablé de ella al viejo Ammi,
formulándole algunas vagas preguntas acerca del distrito. Ammi Pierce era un
hombre más culto y más educado de lo que me habían dado a entender, y se mostró
más comprensivo que cualquiera de los hombres con los cuales había hablado en
Arkham. No era como otros rústicos que había conocido en las zonas donde iban a
construirse las albercas. Ni protestó por las millas de antiguo bosque y de
tierras de labor que iban a desaparecer bajo las aguas, aunque quizá su actitud
hubiera sido distinta de no haber tenido su
hogar fuera de los límites del futuro lago. Lo
único que mostró fue alivio; alivio ante la idea de que los valles por los
cuales había vagabundeado toda su vida iban a desaparecer. Estarían mejor
debajo del agua..., mejor debajo del agua desde los extraños días. Y, al decir
esto, su ronca voz se hizo más apagada, mientras su cuerpo se inclinaba hacia
delante y el dedo índice de su mano derecha empezaba a señalar de un modo
tembloroso e impresionante.
Fue entonces cuando oí la historia, y mientras la
ronca voz avanzaba en su relato, en una especie de misterioso susurro, me
estremecí una y otra vez a pesar de que estábamos en pleno verano. Tuve que
interrumpir al narrador con frecuencia, para poner en claro puntos científicos
que él sólo conocía a través de lo que había dicho un profesor, cuyas palabras
repetía como un papagayo, aunque su memoria había empezado ya a flaquear; o
para tender un puente entre dato y dato, cuando fallaba su sentido de la lógica
y de la continuidad. Cuando hubo terminado, no me extrañó que su mente
estuviera algo desequilibrada, ni que a la gente de Arkham no le gustara hablar
del marchito erial. Me apresuré a regresar a mi hotel antes de la puesta del
sol, ya que no quería tener las estrellas sobre mi cabeza encontrándome al aire
libre. Al día siguiente regresé a Boston para dar mi informe. No podía ir de
nuevo a aquel oscuro caos de antiguos bosques y laderas, ni enfrentarme otra
vez con aquel gris erial donde el negro pozo abría sus fauces al lado de los
derruidos restos de una casa de labor. La alberca iba a ser construida
inmediatamente, y todos aquellos antiguos secretos quedarían enterrados para
siempre
bajo las profundas aguas. Pero creo que ni cuando
esto sea una realidad, me gustará visitar aquella región por la noche..., al
menos, no cuando brillan en el cielo las siniestras estrellas.
Todo empezó, dijo el viejo Ammi, con el meteorito.
Antes no se hablan oído leyendas de ninguna clase, e incluso en la remota época
de las brujas aquellos bosques occidentales no fueron ni la mitad de temidos
que la pequeña isla del Miskatonic, donde el diablo concedía audiencias al lado
de un extraño altar de piedra, más antiguo que los indios. Aquéllos no eran
bosques hechizados, y su fantástica oscuridad no fue nunca terrible hasta los
extraños días. Luego había llegado aquella blanca nube meridional, se había
producido aquella cadena de explosiones en el aire, y aquella columna de humo
en el valle. Y, por la noche, todo Arkham se habla enterado de que una gran
piedra había caído del cielo y se había incrustado en la tierra, junto al pozo
de la casa de Nahum Gardner. La casa que se había alzado en el lugar que ahora
ocupaba el marchito erial.
Nahum había ido al pueblo para contar lo de la
piedra, y al pasar ante la casa de Ammi Pierce se lo había contado también.
En aquella época. Ammi tenía cuarenta años, y todos
los extraños acontecimientos estaban profundamente grabados en su cerebro. Ammi
y su esposa habían acompañado a los tres profesores de la Universidad de
Miskatonic que se presentaron a la mañana siguiente para ver al fantástico
visitante que procedía del desconocido espacio estelar, y habían preguntado
cómo era que Nahum había dicho, el día antes, que era muy grande. Nahum,
señalando la pardusca mole que estaba junto a
su pozo, dijo que se había encogido. Pero los
sabios replicaron que las piedras no encogen. Su calor irradiaba con
persistencia, y Nahum declaró que había brillado débilmente toda la noche. Los
profesores golpearon la piedra con un martillo de geólogo y descubrieron que
era sorprendentemente blanda. En realidad, era tan blanda como si fuera
artificial, y arrancaron, más bien que escoplearon, una muestra para llevársela
a la Universidad a fin de comprobar su naturaleza.
Tuvieron que meterla en un cubo que le pidieron
prestado a Nahum, ya que el pequeño fragmento no perdía calor. En su viaje de
regreso se detuvieron a descansar en la casa de Ammi, y parecieron quedarse
pensativos cuando Mrs. Pierce observó que el fragmento estaba haciéndose más
pequeño y había empezado a quemar el fondo del cubo. Realmente, no era muy
grande, pero quizás habían cogido un trozo menor de lo que habían supuesto.
Al día siguiente —todo esto ocurría en el mes de
junio de 1882—, los profesores se presentaron de nuevo, muy excitados. Al pasar
por la casa de Ammi le contaron lo que había sucedido con la muestra, diciendo
que habla desaparecido por completo cuando la introdujeron en un recipiente de
cristal. El recipiente también había desaparecido, y los profesores hablaron de
la extraña afinidad de la piedra con el silicón. Había reaccionado de un modo
increíble en aquel laboratorio perfectamente ordenado; sin sufrir ninguna
modificación ni expeler ningún gas al ser calentada al carbón mostrándose
completamente negativa al ser tratada con bórax y revelándose absolutamente
no-volátil a cualquier temperatura incluyendo la
del soplete de oxihidrógeno. En el yunque apareció como muy maleable, y en la
oscuridad su luminosidad era muy notable. Negándose obstinadamente a enfriarse,
provocó una gran excitación entre los profesores; y cuando al ser calentada
ante el espectroscopio mostró unas brillantes bandas distintas a las de
cualquier color conocido del espectro normal, se habló de nuevos elementos, de
raras propiedades ópticas, y de todas aquellas cosas que los intrigados hombres
de ciencia suelen decir cuando se enfrentan con lo desconocido.
Caliente como estaba, fue comprobada en un crisol
con todos los reactivos adecuados. El agua no hizo nada. Ni el ácido
clorhídrico. El ácido nítrico e incluso el agua regia se limitaron a resbalar
sobre su tórrida invulnerabilidad. Ammi se encontró con algunas dificultades
para recordar todas aquellas cosas, pero reconoció algunos disolventes a medida
que se los mencionaba en el habitual orden de utilización: amoniaco y sosa
cáustica, alcohol y éter, bisulfito de carbono y una docena más; pero, a pesar de
que el peso iba disminuyendo con el paso del tiempo, y de que el fragmento
parecía enfriarse ligeramente, los disolventes no experimentaron ningún cambio
que demostrara que habían atacado a la sustancia. Desde luego, se trataba de un
metal. Era magnético, en grado extremo; y después de su inmersión en los
disolventes ácidos parecían existir leves huellas de la presencia de hierro
meteórico, de acuerdo con los datos de Widmanstalten. Cuando el enfriamiento
era ya considerable colocaron el fragmento en un recipiente de cristal para
continuar las pruebas Y a la mañana
siguiente, fragmento y recipiente habían
desaparecido sin dejar rastro, y únicamente una chamuscada señal en el estante
de madera donde los habían dejado probaba que había estado realmente allí.
Esto fue lo que los profesores le contaron a Ammi
mientras descansaban en su casa, y una vez más fue con ellos a ver el pétreo
mensajero de las estrellas, aunque en esta ocasión su esposa no le acompañó.
Comprobaron que la piedra había encogido realmente, y ni siquiera los más
escépticos de los profesores pudieron dudar de lo que estaban viendo. Alrededor
de la masa pardusca situada junto al pozo había un espacio vacío, un espacio
que eran dos pies menos que el día anterior.
Estaba aún caliente, y los sabios estudiaron su
superficie con curiosidad mientras separaban otro fragmento mucho mayor que el
que se habían llevado. Esta vez ahondaron más en la masa de piedra, y de este
modo pudieron darse cuenta de que el núcleo central no era completamente
homogéneo.
Habían dejado al descubierto lo que parecía ser la
cara exterior de un glóbulo empotrado en la sustancia. El color, parecido al de
las bandas del extraño espectro del meteoro, era casi imposible de describir; y
sólo por analogía se atrevieron a llamarlo color. Su contextura era lustrosa, y
parecía quebradiza y hueca. Uno de los profesores golpeó ligeramente el glóbulo
con un martillo, y estalló con un leve chasquido. De su interior no salió nada,
y el glóbulo se desvaneció como por arte de magia, dejando un espacio esférico
de unas tres pulgadas de diámetro, Los profesores pensaron que era probable que
encontraran otros glóbulos a medida que la
sustancia envolvente se fuera fundiendo.
La conjetura era equivocada, ya que los
investigadores no consiguieron encontrar otro glóbulo, a pesar de que
taladraron la masa por diversos lugares. En consecuencia, decidieron llevarse
la nueva muestra que hablan recogido... y cuya conducta en el laboratorio fue
tan desconcertante como la de su predecesora. Aparte de ser casi plástica, de
tener calor, magnetismo y ligera luminosidad, de enfriarse levemente en
poderosos ácidos, de perder peso y volumen en el aire y de atacar a los
compuestos de silicón con el resultado de una mutua destrucción. La piedra no
presentaba características de identificación; y al fin de las pruebas, los
científicos de la Universidad se vieron obligados a reconocer que no podían
clasificarla. No era nada de este planeta, sino un trozo del espacio exterior;
y, como tal, estaba dotado de propiedades exteriores y desconocidas y obedecía
a leyes exteriores y desconocidas.
Aquella noche hubo una tormenta, y cuando los
profesores acudieron a casa de Nahum al día siguiente, se encontraron con una
desagradable sorpresa. La piedra, magnética como era, debió poseer alguna
peculiar propiedad eléctrica; ya que había "atraído al rayo", como
dijo Nahum, con una singular persistencia. En el espacio de una hora, granjero
vio cómo el rayo hería seis veces la masa que se encontraba junto al pozo, y al
cesar la tormenta descubrió que la piedra había desaparecido.
Los científicos, profundamente decepcionados, tras
comprobar el hecho de la total desaparición, decidieron que lo único que podían
hacer era regresar al laboratorio y continuar analizando el fragmento que se
habían llevado el día anterior y que como medida de precaución hablan encerrado
en una caja de plomo. El fragmento duró una semana transcurrida la cual no se
había llegado a ningún resultado positivo. La piedra desapareció, sin dejar
ningún residuo, y con el tiempo los profesores apenas creían que habían visto
realmente aquel misterioso vestigio de los insondables abismos exteriores;
aquel único, fantástico mensaje de otros universos y otros reinos de materia
energía, y entidad.
Como era lógico, los periódicos de Arkham hablaron
mucho del incidente y enviaron a sus reporteros a entrevistar a Nahum y a su
familia. Un rotativo de Boston envío también un periodista, y Nahum se
convirtió rápidamente en una especie de celebridad local. Era un hombre
delgado, de unos cincuenta años, que vivía con su esposa y sus tres hijos del
producto de lo que cultivaba en el valle. Él y Ammi se hacían frecuentes
visitas, lo mismo que sus esposas; y Ammi solo tenía frases de elogio para él
después de todos aquellos años. Parecía estar orgulloso de la atención que
habla despertado el lugar, y en las semanas que siguieron a su aparición y
desaparición habló con frecuencia del meteorito. Los meses de julio y agosto
fueron cálidos; y Nahum trabajó de firme en sus campos, y las faenas agrícolas
le cansaron más de lo que le habían cansado otros años, por lo que llegó a la
conclusión de que los años habían empezado a pesarle.
Luego llegó la época de la recolección. Las peras v
manzanas maduraban lentamente, y Nahum aseguraba que sus huertas tenían un
aspecto más floreciente que nunca. La fruta crecía hasta alcanzar un tamaño
fenomenal y un brillo musitado, y su abundancia era tal que Nahum tuvo que
comprar unos cuantos barriles más a fin de poder embalar la futura cosecha.
Pero con la maduración llegó una desagradable sorpresa, ya que toda aquella
fruta de opulenta presencia resultó incomible. En vez del delicado sabor de las
peras y manzanas, la fruta tenía un amargor insoportable. Lo mismo ocurrió con
los melones y los tomates, y Nahum vio con tristeza cómo se perdía toda su
cosecha. Buscando una explicación a aquel hecho, no tardó en declarar que el
meteorito había envenenado el suelo, y dio gracias al cielo porque la mayor
parte de las otras cosechas se encontraban en las tierras altas a lo largo del
camino.
El invierno se presentó muy pronto, y fue muy frío.
Ammi veía a Nahum con menos frecuencia que de costumbre, y observó que empezaba
a tener un aspecto preocupado. También el resto de la familia había asumido un
aire taciturno; y fueron espaciando sus visitas a la iglesia y su asistencia a
los diversos acontecimientos sociales de la comarca. No pudo encontrarse ningún
motivo para aquella reserva o melancolía, aunque todos los habitantes de la
casa daban muestras de cuando en cuando de un empeoramiento en su estado de
salud física y mental. Esto se hizo más evidente cuando el propio Nahum declaró
que estaba preocupado por ciertas huellas de pasos que había visto en la nieve.
Se trataba de las habituales huellas invernales de las ardillas rojas, de los
conejos blancos y
de los zorros, pero el caviloso granjero afirmó que
encontraba algo raro en la naturaleza y disposición de aquellas huellas. No fue
más explícito, pero parecía creer que no era característica de la anatomía y
las costumbres de ardillas y conejos y zorros. Ammi no hizo mucho caso de todo
aquello hasta una noche que pasó por delante de la casa de Nahum en su trineo,
en su camino de regreso de Clark's Corners. En el cielo brillaba la luna, y un
conejo cruzó corriendo el camino, y los saltos de aquel conejo eran más largos
de lo que les hubiera gustado a Ammi y a su caballo. Este último, en realidad,
se hubiera desbocado si su dueño no hubiera empuñado las riendas con mano
firme. A partir de entonces, Ammi mostró un mayor respeto por las historias que
contaba Nahum, y se preguntó por qué los perros de Gardner parecían estar tan
asustados y temblorosos cada mañana. Incluso habían perdido el ánimo para
ladrar.
En el mes de febrero, los chicos de McGregor, de
Meadow Hill, salieron a cazar marmotas, y no lejos de las tierras de Gardner
capturaron un ejemplar muy especial. Las proporciones de su cuerpo parecían
ligeramente alteradas de un modo muy raro, imposible de describir, en tanto que
su rostro tenía una expresión que hasta entonces nadie había visto en el rostro
de una marmota. Los chicos quedaron francamente asustados y tiraron
inmediatamente el animal, de modo que por la comarca sólo circuló la grotesca historia
que los mismos chicos contaron. Pero esto, unido a la historia del conejo que
asustaba a los caballos en las inmediaciones de la casa de
Nahum, dio pie a que empezara a tomar cuerpo una
leyenda,
susurrada en
voz baja.
La gente aseguraba que la nieve se había fundido
mucho más rápidamente en los alrededores de la casa de Nahum que en otras
partes, y a principios de marzo se produjo una agitada discusión en la tienda
de Potter, de Clark's Corners. Stephen Rice había pasado por las tierras de
Gardner a primera hora de la mañana, y se había dado cuenta de que la hierba
fétida empezaba a crecer en todo el fangoso suelo. Hasta entonces no se había
visto hierba fétida de aquel tamaño, y su color era tan raro que no podía ser
descrito con palabras. Sus formas eran monstruosas, y el caballo había
relinchado lastimeramente ante la presencia de un hedor que hirió también
desagradablemente el olfato de Stephen. Aquella misma tarde, varias personas
fueron a ver con sus propios ojos aquella anomalía, y todas estuvieron de
acuerdo en que las plantas de aquella clase no podían brotar en un mundo
saludable. Se mencionaron de nuevo los frutos amargos del otoño anterior, y
corrió de boca en boca que las tierras de Nahum estaban emponzoñadas. Desde
luego, se trataba del meteorito; y recordando lo extraño que les había parecido
a los hombres de la Universidad, varios granjeros hablaron del asunto con
ellos.
Un día, hicieron una visita a Nahum; pero como se
trataba de unos hombres que no prestaban crédito con facilidad a las leyendas,
sus conclusiones fueron muy conservadoras. Las plantas eran raras, desde luego,
pero toda la hierba fétida es más o menos rara en su forma y en su color.
Quizás algún
elemento mineral del meteorito había penetrado en
la tierra, pero no tardaría en desaparecer. Y en cuanto a las huellas en la
nieve y a los caballos asustados... se trataba únicamente de habladurías sin
fundamento, que habían nacido a consecuencia de la caída del meteorito. Pero
unos hombres serios no podían tener en cuenta las habladurías de los
campesinos, ya que los supersticiosos labradores dicen y creen cualquier cosa.
Ese fue el veredicto de los profesores acerca de los extraños días. Sólo uno de
ellos, encargado de analizar dos redomas de polvo en el curso de una
investigación policíaca, año y medio más tarde, recordó que el extraño color de
la hierba fétida era muy parecida al de las insólitas bandas de luz que reveló
el fragmento del meteoro en el espectroscopio de la Universidad, y al del
glóbulo que encontraran en el interior de la piedra. En el análisis que el
mencionado profesor llevó a cabo, las muestras revelaron al principio las
mismas insólitas bandas, aunque más tarde perdieran la propiedad.
Los árboles florecieron prematuramente alrededor de
la casa de Nahum, y por la noche se mecían ominosamente al viento.
El segundo hijo de Nahum, Thaddeus, un muchacho de
quince años, juraba que los árboles se mecían también cuando no hacía viento;
pero ni siquiera los más charlatanes prestaron crédito a esto. Desde luego, en
el ambiente había algo raro.
Toda la familia Gardner desarrolló la costumbre de
quedarse escuchando, aunque no esperaban oír ningún sonido al cual pudieran dar
nombre. La escucha era en realidad el resultado de momentos en que la
conciencia parecía haberse desvanecido
en ellos. Desgraciadamente, esos momentos eran más
frecuentes a medida que pasaban las semanas, hasta que la gente empezó a
murmurar que toda la familia Nahum estaba mal de la cabeza. Cuando salió la
primera saxífraga, su color era también muy extraño; no completamente igual al
de la hierba fétida, pero indudablemente afín a él e igualmente desconocido
para cualquiera que lo viera. Nahum cogió algunos capullos y se los llevó a
Arkham para enseñarlos al editor de la Gazette, pero aquel dignatario se limitó
a escribir un artículo humorístico acerca de ellos, ridiculizando los temores y
las supersticiones de los campesinos. Fue un error de Nahum contarle a un
estólido ciudadano la conducta que observaban las mariposas —también de gran
tamaño— en relación con aquellas saxífragas.
Abril aportó una especie de locura a las gentes de
la comarca y empezaron a dejar de utilizar el camino que pasaba por los
terrenos de Nahum, hasta abandonarlo por completo. Era la vegetación. Los
renuevos de los árboles tenían unos extraños colores, y a través del suelo de
piedra del patio y en los prados contiguos crecían unas plantas que solamente
un botánico podía relacionar con la flora de la región. Pero lo más raro de
todo era el colorido, que no correspondía a ninguno de los matices que el ojo humano
había visto hasta entonces. Plantas y arbustos se convirtieron en una siniestra
amenaza, creciendo insolentemente en su cromática perversión. Ammi y los
Gardner opinaron que los colores tenían para ellos una especie de inquietante
familiaridad, y llegaron a la conclusión de que les recordaban el glóbulo que
había sido descubierto dentro del
meteoro. Nahum labró y sembró los diez acres de
terreno que poseía en la parte alta, sin tocar los terrenos que rodeaban su
casa. Sabía que sería trabajo perdido y tenía la esperanza de que aquellas
extrañas hierbas que estaban creciendo arrancaran toda la ponzoña del suelo.
Ahora estaba preparado para cualquier cosa, por inesperada que pudiera parecer,
y se había acostumbrado a la sensación de que cerca de él había algo que
esperaba ser oído. El ver que los vecinos no se acercaban por su casa le molestó,
desde luego; pero afectó todavía más a su esposa. Los chicos no lo notaron
tanto porque iban a la escuela todos los días; pero no pudieron evitar el
enterarse de las habladurías, las cuales les asustaron un poco, especialmente a
Thaddeus, que era un muchacho muy sensible.
En mayo llegaron los insectos, y la hacienda de
Gardner se convirtió en un lugar de pesadilla, lleno de zumbidos y de
serpenteos. La mayoría de aquellos animales tenían un aspecto insólito y se
movían de un modo muy raro, y sus costumbres nocturnas contradecían todas las
anteriores experiencias. Los Gardner adquirieron el hábito de mantenerse
vigilantes durante la noche. Miraban en todas direcciones en busca de algo...,
aunque no podían decir de qué. Fue entonces cuando comprobaron que Thaddeus
había estado en lo cierto al hablar de lo que ocurría con los árboles. Mistress
Gardner fue la primera en comprobarlo una noche que se encontraba en la ventana
del cuarto contemplando la silueta de un arce que se recortaba contra un cielo
iluminado por la luna. Las ramas del arce se estaban moviendo y no corría el
menor soplo de viento. Cosa de la savia, seguramente. Las cosas más extrañas
resultaban ahora normales. Sin embargo, el
siguiente descubrimiento no fue obra de ningún miembro de la familia Gardner.
Se habían familiarizado con lo anormal hasta el punto de no darse cuenta de
muchos detalles. Y lo que ellos no fueron capaces de ver fue observado por un
viajante de comercio de Boston, que pasó por allí una noche, ignorante de las
leyendas que corrían por la región. Lo que contó en Arkham apareció en un breve
artículo publicado por la Gazette; y aquel artículo fue lo que todos los granjeros,
incluido Nahum, se echaron primero a los ojos. La noche había sido oscura, pero
alrededor de una granja del valle —que todo el mundo supo que se trataba de la
granja de Nahum— la oscuridad había sido menos intensa. Una leve, aunque
visible, fosforescencia parecía surgir de toda la vegetación, y en un momento
determinado un trozo de aquella fosforescencia se deslizó furtivamente por el
patio que había cerca del granero.
Los pastos no parecían haber sufrido los efectos de
aquella insólita situación, y las vacas pacían libremente cerca de la casa,
pero hacia finales de mayo la leche empezó a ser mala. Entonces Nahum llevó a
las vacas a pacer a las tierras altas y la leche volvió a ser buena. Poco
después el cambio en la hierba y en las hojas, que hasta entonces se habían
mantenido normalmente verdes, pudo apreciarse a simple vista. Todas las
hortalizas adquirieron un color grisáceo y un aspecto quebradizo. Ammi era
ahora la única persona que visitaba a los Gardner, y sus visitas fueron
espaciándose más y más.
Cuando cerraron la escuela, por ser época de
vacaciones, los Gardner quedaron virtualmente aislados del mundo, y a veces
encargaban a Ammi que les hiciera sus compras en el pueblo. Continuaban
desmejorando física y mentalmente, y nadie quedó sorprendido cuando circuló la
noticia de que Mrs. Gardner se había vuelto loca.
Esto ocurrió en junio, alrededor del aniversario de
la caída del meteoro, y la pobre mujer empezó a gritar que veía cosas en el
aire, cosas que no podía describir. En su desvarío no pronunciaba ningún nombre
propio, sino solamente verbos y pronombres. Las cosas se movían, y cambiaban, y
revoloteaban, y los oídos reaccionaban a impulsos que no eran del todo sonidos.
Nahum no la envió al manicomio del condado, sino que dejó que vagabundeara por
la casa mientras fuera inofensiva para sí misma y para los demás. Cuando su
estado empeoró no hizo nada. Pero cuando los chicos empezaron a asustarse y
Thaddeus casi se desmayó al ver la expresión del rostro de su madre al mirarle,
Nahum decidió encerrarla en el ático. En julio, Mrs. Gardner dejó de hablar y
empezó a arrastrarse a cuatro patas, y antes de terminar el mes, Nahum se dio
cuenta de que su esposa era ligeramente luminosa en la oscuridad, tal como
ocurría con la vegetación de los alrededores de la casa.
Esto sucedió un poco antes de que los caballos se
dieran a la fuga. Algo les había despertado durante la noche, y sus relinchos y
su cocear habían sido algo terrible. A la mañana siguiente, cuando Nahum abrió
la puerta del establo, los
animales salieron disparados como alma que lleva el
diablo. Nahum tardó una semana en localizar a los cuatro, y cuando los encontró
se vio obligado a matarlos porque se hablan vuelto locos y no había quien los
manejara. Nahum le pidió prestado un caballo a Ammi para acarrear el heno, pero
el animal no quiso acercarse al granero. Respingó, se encabritó y relinchó, y
al final tuvieron que dejarlo en el patio, mientras los hombres arrastraban el
carro hasta situarlo junto al granero. Entretanto, la vegetación iba tomándose
gris y quebradiza. Incluso las flores, cuyos colores hablan sido tan extraños,
se volvían grises ahora, y la fruta era gris y enana e insípida. Las jarillas y
el trébol dorado dieron flores grises y deformes, y las rosas, las rascamoños y
las malvarrosas del patio delantero tenían un aspecto tan horrendo, que Zenas,
el mayor de los hijos de Nahum, las cortó todas. Al mismo tiempo fueron
muriéndose todos los insectos, incluso las abejas que habían abandonado sus
colmenas.
En septiembre toda la vegetación se había
desmenuzado, convirtiéndose en un polvillo grisáceo, y Nahum temió que los
árboles murieran antes de que la ponzoña se hubiera desvanecido del suelo. Su
esposa tenía ahora accesos de furia, durante los cuales profería unos gritos
terribles, y Nahum y sus hijos vivían en un estado de perpetua tensión
nerviosa. No se trataban ya con nadie, y cuando la escuela volvió a abrir sus
puertas los chicos no acudieron a ella. Fue Ammi, en una de sus raras visitas,
quien descubrió que el agua del pozo ya no era buena. Tenía un gusto
endiablado, que no era exactamente fétido ni exactamente salobre, y Ammi
aconsejó a su amigo que
excavara otro pozo en las tierras altas para
utilizarlo hasta que el suelo volviera a ser bueno. Sin embargo, Nahum no hizo
el menor caso de aquel consejo, ya que habla llegado a impermeabilizarse contra
las cosas raras y desagradables. Él y sus hijos siguieron utilizando la teñida
agua del pozo, bebiéndola con la misma indiferencia con que comían sus escasos
y mal cocidos alimentos y conque realizaban sus improductivas y monótonas
tareas a través de unos días sin objetivo. Había algo de estólida resignación
en todos ellos, como si anduvieran en otro mundo entre hileras de anónimos
guardianes hacia un lugar familiar y seguro.
Thaddeus se volvió loco en septiembre, después de
una visita al pozo. Había ido allí con un cubo y había regresado con las manos
vacías, encogiendo y agitando los brazos y murmurando algo acerca de "los
colores movibles que había allí abajo".
Dos locos en una familia representaban un grave
problema, pero Nahum se portó valientemente. Dejó que el muchacho se moviera a
su antojo durante una semana, hasta que empezó a portarse peligrosamente, y
entonces lo encerró en el ático, enfrente de la habitación ocupada por su
madre. El modo como se gritaban el uno al otro desde detrás de sus cerradas
puertas era algo terrible, especialmente para el pequeño Merwin, que imaginaba
que su madre y su hermano hablaban en algún terrible lenguaje que no era de este
mundo. Merwin se estaba convirtiendo en un chiquillo peligrosamente
imaginativo, y su
estado empeoró desde que encerraron al hermano que
había sido su mejor compañero de juegos.
Casi al mismo tiempo empezó la mortalidad entre el
ganado. Las aves de corral adquirieron un color gris y murieron rápidamente.
Los cerdos engordaron desordenadamente y luego empezaron a experimentar
repugnantes cambios que nadie podía explicar. Su carne no era aprovechable,
desde luego, y Nahum no sabía qué pensar ni qué hacer. Ningún veterinario rural
quiso acercarse a su casa, y el veterinario de Arkham quedó francamente
desconcertado. La cosa resultaba tanto más inexplicable por cuanto aquellos
animales no habían sido alimentados con la vegetación emponzoñada. Luego les
llegó el turno a las vacas. Ciertas zonas, y a veces el cuerpo entero,
aparecieron anormalmente hinchadas o comprimidas, y aquellos síntomas fueron
seguidos de atroces colapsos o desintegraciones. En las últimas fases —que
terminaban siempre con la muerte— adquirían un color grisáceo y un aspecto
quebradizo, tal como había ocurrido con los cerdos. En el caso de las vacas no
podía hablarse de veneno, ya que estaban encerradas en el establo. Ninguna
mordedura de un animal salvaje podía haber inoculado el virus, ya que no hay
ningún animal terrestre que pueda pasar a través de unos obstáculos sólidos.
Debía tratarse de una enfermedad natural..., aunque
resultaba imposible conjeturar qué clase de enfermedad producía aquellos
terribles resultados. En la época de la cosecha no quedaba ningún animal vivo
en la casa, ya que el ganado y
las aves de corral habían muerto y los perros
habían huido. Los perros, en número de tres, habían desaparecido una noche y no
volvieron a aparecer. Los cinco gatos se habían marchado un poco antes, pero su
desaparición apenas fue notada, ya que en la casa no había ahora ratones y
únicamente Mrs. Gardner sentía cierto afecto por los graciosos felinos.
El 19 de octubre, Nahum se presentó en casa de Ammi
con espantosas noticias. La muerte había sorprendido al pobre Thaddeus en su
habitación del ático, y le había sorprendido de un modo que no podía ser
contado. Nahum había excavado una tumba en la parte trasera de la granja y
había metido allí lo que encontró en la habitación. En la habitación no podía
haber entrado nadie, ya que la pequeña ventana enrejada y la cerradura de la
puerta estaban intactas; pero lo sucedido tenía muchos puntos de contacto con
lo ocurrido en el establo. Ammi y su esposa consolaron al atribulado granjero
lo mejor que pudieron, aunque no consiguieron evitar un estremecimiento. El
horror parecía rondar alrededor de los Gardner y de todo lo que tocaban, y la
sola presencia de uno de ellos en la casa era como un soplo de regiones
innominadas e innominables.
Ammi acompañó a Nahum a su hogar de muy mala gana e
hizo lo que pudo para calmar los histéricos sollozos del pequeño Merwin. Zenas
no necesitaba ser calmado. Se encontraba en un estado de completo atontamiento
y se limitaba a mirar fijamente un punto indeterminado del espacio y a obedecer
lo que su padre le ordenaba. Y Ammi pensó que ese estado de abulia era lo mejor
que podía ocurrirle. De
cuando en cuando los gritos de Merwin eran
contestados desde el ático, y en respuesta a una mirada interrogadora Nahum
dijo que su esposa estaba muy débil. Cuando se acercaba la noche, Ammi se las
arregló para marcharse, ya que ningún sentimiento de amistad podía hacerle
permanecer en aquel lugar cuando la vegetación empezaba a brillar débilmente y
los árboles podían o no moverse sin que soplara el viento. Era una verdadera
suerte para Ammi el hecho de que no fuese una persona imaginativa. De haberlo
sido, de haber podido relacionar y reflexionar en todos los portentos que le
rodeaban, no cabe duda de que hubiese perdido la chaveta. A la hora del
crepúsculo regresó apresuradamente a su casa, sintiendo resonar terriblemente
en sus oídos los gritos de la loca y del pequeño Merwin.
Tres días más tarde Nahum se presentó en casa de
Ammi muy de mañana, y en ausencia de su huésped le contó a Mrs. Pierce una
horrible historia que ella escuchó temblando de miedo. Esta vez se trataba del
pequeño Merwin. Había desaparecido. Había salido de la casa cuando ya era de
noche con un farol y un cubo para traer agua, y no había regresado.
Hacía días que su estado no era normal y se
asustaba de todo. El padre oyó un frenético grito en el patio, pero cuando
abrió la puerta y se asomó, el muchacho había desaparecido. No se veía ni
rastro de él, y en ninguna parte brillaba el farol que se había llevado. En
aquel momento, Nahum creyó que el farol y el cubo habían desaparecido también;
pero al hacerse de día, y al regreso de su búsqueda de toda la noche por campos
y
bosques, Nahum había descubierto unas cosas muy
raras cerca del pozo: una retorcida y semifundida masa de hierro, que había
sido indudablemente el farol; y junto a ella un asa doblada junto a otra masa
de hierro, asimismo retorcida y semifundida, que correspondía al cubo. Eso fue
todo. Nahum imaginaba lo inimaginable. Mrs. Pierce estaba como atontada, y
Ammi, cuando llegó a casa y oyó la historia, no pudo dar ninguna opinión.
Merwin habla desaparecido, y sería inútil decírselo a la gente que vivía en aquellos
alrededores y que huían de los Gardner como de la peste. Tan inútil como
decírselo a los ciudadanos de Arkham, que se reían de todo. Thad había
desaparecido, y ahora había desaparecido Merwin. Algo estaba arrastrándose y
arrastrándose, esperando ser visto y oído. Nahum no tardaría en morirse, y
deseaba que Ammi velara por su esposa y por Zenas, si es que le sobrevivían.
Todo aquello era un castigo de alguna clase, aunque Nahum no podía adivinar a
qué se debía, ya que siempre había vivido en el santo temor de Dios.
Durante más de dos semanas, Ammi no tuvo ninguna
noticia de Nahum; y entonces, preocupado por lo que pudiera haber ocurrido,
dominó sus temores y efectuó una visita a la casa de los Gardner. De la
chimenea no salía humo y por unos instantes el visitante temió lo peor. El
aspecto de la granja era impresionante: hierba y hojas grisáceas en el suelo,
parras cayéndose a pedazos de arcaicas paredes y aleros, y enormes árboles
desnudos silueteándose malignamente contra el gris cielo de noviembre. Ammi no
pudo dejar de notar que se había producido un sutil cambio en la inclinación de
las ramas.
Pero Nahum estaba vivo, después de todo. Estaba muy
débil y reposaba en un catre en la cocina de techo bajo, pero conservaba la
lucidez y seguía dando órdenes a Zenas. La estancia estaba mortalmente fría; y
al ver que Ammi se estremecía, Nahum le gritó a Zenas que trajera más leña. La
leña, en realidad, era muy necesaria, ya que el cavernoso hogar estaba apagado
y vacío, y el viento que se filtraba chimenea abajo era helado. De pronto,
Nahum le preguntó si la leña que habla traído su hijo le hacía sentirse más
cómodo, y entonces Ammi se dio cuenta de lo que había ocurrido.
Finalmente, la mente del granjero había dejado de
resistir a la intensa presión de los acontecimientos.
Interrogando discretamente a su vecino, Ammi no
consiguió poner en claro lo que le había sucedido a Zenas. "En el pozo...
vive en el pozo...", fue todo lo que su padre dijo.
Luego el visitante recordó súbitamente a la esposa
loca y cambió de tema. "¿Nabby? Está aquí, desde luego...", fue la
sorprendida respuesta del pobre Nahum, y Ammi no tardó en darse cuenta de que
tendría que investigar por sí mismo. Dejando al inofensivo granjero en su
catre, cogió las llaves que estaban colgadas detrás de la puerta y subió los
chirriantes escalones que conducían al ático. La parte alta de la casa estaba
completamente silenciosa y no se oía el menor ruido en ninguna dirección. De
las cuatro puertas a la vista, sólo una estaba cerrada, y en ella probó Ammi
varias llaves del manojo que había cogido. A la tercera tentativa la cerradura
giró, y Ammi empujó la puerta pintada de blanco.
El interior de la habitación estaba completamente a
oscuras, ya que la ventana era muy pequeña y estaba medio tapada por las rejas
de hierro; y Ammi no pudo ver absolutamente nada. El aire estaba muy viciado, y
antes de seguir adelante tuvo que entrar en otra habitación y llenarse los
pulmones de aire respirable. Cuando volvió a entrar vio algo oscuro en un
rincón, y al acercarse no pudo evitar un grito de espanto. Mientras gritaba
creyó que una nube momentánea había tapado la escasa claridad que penetraba por
la ventana, y un segundo después se sintió rozado por una espantosa corriente
de vapor.
Unos extraños colores danzaron ante sus ojos; y si
el horror que experimentaba en aquellos momentos no le hubiera impedido
coordinar sus ideas hubiera recordado el glóbulo que el martillo de geólogo
había aplastado en el interior del meteorito, y la malsana vegetación que habla
crecido durante la primavera. Pero, en el estado en que se hallaba, sólo pudo
pensar en la horrible monstruosidad que tenía enfrente, y que sin duda alguna
habla compartido la desconocida suerte del joven Thaddeus y del ganado. Pero lo
más terrible de todo era que aquel horror se movía lenta y visiblemente
mientras continuaba desmenuzándose.
Ammi no me dio más detalles de aquella escena, pero
la forma del rincón no reapareció en su relato como un objeto movible. Hay
cosas que no pueden ser mencionadas, y lo que se hace por humanidad es a veces
cruelmente juzgado por la ley. Comprendí que en aquella habitación del ático no
quedó nada que se moviera, y que no dejar allí nada capaz de moverse
debió de ser algo horripilante y capaz de acarrear
un tormento eterno. Cualquiera, no tratándose de un estólido granjero, se
hubiera desmayado o enloquecido, pero Ammi volvió a cruzar el umbral de la
puerta pintada de blanco y encerró el espantoso secreto detrás de él. Ahora
debía ocuparse de Nahum; éste tenía que ser alimentado y atendido, y trasladado
a algún lugar donde pudieran cuidarle.
Cuando empezaba a bajar la oscura escalera, Ammi
oyó un estrépito debajo de él. Incluso le pareció haber oído un grito, y
recordó nerviosamente la corriente de vapor que le había rozado mientras se
hallaba en la habitación del ático. Oprimido por un vago temor, oyó más ruidos
debajo suyo. Indudablemente estaban arrastrando algo pesado, y al mismo tiempo
se oía un sonido todavía más desagradable, como el que produciría una fuerte
succión. Sintiendo aumentar su terror, pensó en lo que había visto en el ático.
¡Santo cielo! ¿En qué fantástico mundo de pesadilla había penetrado? No se
atrevió a avanzar ni a retroceder, y permaneció inmóvil, temblando, en la negra
curva del rellano de la escalera. Cada detalle de la escena estallaba de nuevo
en su cerebro.
De repente se oyó un frenético relincho proferido
por el caballo de Ammi, seguido inmediatamente por un ruido de cascos que
hablaba de una precipitada fuga. Al cabo de un instante, caballo y calesa
estaban fuera del alcance del oído, dejando al asustado Ammi, inmóvil en la
oscura escalera, la tarea de conjeturar qué podía haberles impulsado a
desaparecer tan repentinamente. Pero aquello no fue todo. Se produjo otro
ruido fuera de la casa. Una especie de chapoteo en
el agua..., debió de haber sido en el pozo. Ammi había dejado a Hero desatado
cerca del pozo, y algún animalito debió meterse entre sus patas, asustándolo, y
dejándose caer después en el pozo. Y la casa seguía brillando con una pálida
fosforescencia.
¡Dios mío! ¡Qué antigua era la casa! La mayor parte
de ella edificada antes de 1670, y el tejado holandés más tarde de 1730.
En aquel momento se oyó el ruido de algo que se
arrastraba por el suelo de la planta baja, y Ammi aferró con fuerza el palo que
había cogido en el ático sin ningún propósito determinado. Procurando dominar
sus nervios, terminó su descenso y se dirigió a la cocina. Pero no llegó a
ella, ya que lo que buscaba no estaba ya allí. Había salido a su encuentro, y
hasta cierto punto estaba aún vivo. Si se habla arrastrado o si había sido
arrastrado por fuerzas externas, es cosa que Ammi no hubiera podido decir; pero
la muerte había tomado parte en ello. Todo había ocurrido durante la última
media hora, pero el proceso de desintegración estaba ya muy avanzado. Había
allí una horrible fragilidad, debida a lo quebradizo de la materia, y del
cuerpo se desprendían fragmentos secos. Ammi no pudo tocarlo, limitándose a
contemplar horrorizado la retorcida caricatura de lo que había sido un rostro.
"¿Qué ha pasado, Nahum..., qué ha pasado?", Susurró, y los agrietados
y tumefactos labios apenas pudieron murmurar una respuesta final.
"Nada..., nada...; el color... quema...; frío
y húmedo, pero quema...; vive en el pozo..., lo he visto..., una especie de
humo... igual que las flores de la pasada primavera...; el pozo brilla por
la noche... Se llevó a Thad, y a Merwín, y a
Zenas..., todas las cosas vivas...; sorbe la vida de todas las cosas...; en
aquella piedra tuvo que llegar en aquella piedra...; la aplastaron...; era el
mismo color..., el mismo, como las flores y las plantas...; tiene que haber
más...; crecieron..., lo he visto esta semana...; tuvo que darle fuerte a
Zenas...; era un chico fuerte, lleno de vida...; le golpea a uno la mente y
luego se apodera de él...; quema mucho...; en el agua del pozo...; no pueden
sacarle de allí..., ahogarle... Se ha llevado también a Zenas...; tenías
razón...; el agua está embrujada... ¿Cómo está Nabby, Ammi?... Mi cabeza no
funciona...; no sé cuánto hace que no le he subido comida...; la cosa atacó
también a ella...; el color...; su rostro tiene el mismo color por las
noches..., y el color quema y sorbe; procede de algún lugar donde las cosas no
son como aquí...; uno de los profesores lo dijo...; tenía razón mira, Ammi,
está sorbiendo más..., sorbiendo la vida..."
Pero eso fue todo. La cosa que había hablado no
podía hablar más porque se había encogido completamente. Ammi lo cubrió con un
mantel a cuadros blancos y rojos y salió de la casa por la puerta trasera.
Trepó por la ladera que conduce a las tierras altas y regresó a su hogar por el
camino del Norte y los bosques. No pudo pasar junto al pozo desde el cual habla
huido su caballo. Miró hacia el pozo a través de una ventana y recordó el
chapoteo que habla oído..., el chapoteo de algo que se habla sumergido en el
pozo después de lo que había hecho con el desdichado Nahum...
Cuando Ammi llegó a su casa se encontró con que el
caballo y la calesa le habían precedido; su esposa le aguardaba llena de
ansiedad. Después de tranquilizarla, sin darle ninguna explicación, se dirigió
a Arkham y notificó a las autoridades que la familia Gardner ya no existía. No
entró en detalles, limitándose a hablar de las muertes de Nahum y de Nabby; la
de Thaddeus era ya conocida, y dijo que la causa de la muerte parecía ser la
misma extraña dolencia que había atacado al ganado. También dijo que Merwin y
Zenas habían desaparecido. En la jefatura de policía le interrogaron
ampliamente, y al final se vio obligado a acompañar a tres agentes a la granja
de Gardner, juntamente con el coroner, el médico forense y el veterinario que
había atendido a los animales enfermos. Ammi fue con ellos de muy mala gana, ya
que la tarde estaba muy avanzada y temía que la noche le cogiera en aquel lugar
maldito, aunque era un consuelo saber que iba a estar acompañado de tantos
hombres.
Los seis hombres montaron en un carro, siguiendo a
la calesa de Ammi, y llegaron a la granja alrededor de las cuatro. A pesar de
que los agentes estaban acostumbrados a presenciar espectáculos horripilantes,
todos se estremecieron a la vista de lo que fue encontrado debajo del mantel a
cuadros rojos y blancos, y en la habitación del ático. El aspecto de la granja,
con su desolación gris, era ya bastante terrible, pero aquellos dos retorcidos
objetos sobrepasaban toda medida de horror.
Nadie pudo contemplarlos más allá de un par de
segundos, e incluso el médico forense admitió que allí habla muy poco
que examinar. Podían analizarse unas muestras,
desde luego, de modo que él mismo se encargó de agenciárselas..., y al parecer
aquellas muestras provocaron el más inextricable rompe-cabezas con que se
enfrentara nunca el laboratorio de la Universidad. Bajo el espectroscopio, las
muestras revelaron un espectro desconocido, muchas de cuyas bandas eran iguales
que las que había revelado el extraño meteoro al ser analizado. La propiedad de
emitir aquel espectro se desvaneció en un mes, y el polvo consistía principalmente
en fosfatos y carbonatos alcalinos.
Ammi no les hubiera hablado del pozo, de haber
sabido que iban a actuar inmediatamente. Se acercaba la puesta de sol y estaba
ansioso por marcharse de allí. Pero no pudo evitar el dirigir miradas nerviosas
al pozo, cosa que fue observada por uno de los policías, el cual le interrogó
Ammi admitió que Nahum había temido a algo que estaba escondido en el pozo...
hasta el punto de que no se había atrevido a
comprobar si Merwin o Zenas se hablan caído dentro. La policía decidió vaciar
el pozo y explorarlo inmediatamente, de modo que Ammi tuvo que esperar,
temblando, mientras el pozo era vaciado cubo a cubo. El agua hedía de un modo
insoportable, y los hombres tuvieron que taparse las narices con sus pañuelos
para poder terminar la tarea. Menos mal que el trabajo no fue tan largo como
hablan creído, ya que el nivel del agua era sorprendentemente bajo. No es
necesario hablar con demasiados detalles de lo que encontraron. Merwin y Zenas
estaban allí los dos, aunque sus restos eran principalmente esqueléticos. Habla
también un pequeño cordero y un perro
grande en el mismo estado de descomposición y
cierta cantidad de huesos de animales más pequeños.
El limo del fondo parecía inexplicablemente poroso
y burbujeante, y un hombre que bajó atado a una cuerda y provisto de una larga
pértiga se encontró con que podía hundir la pértiga en el fango en toda su
longitud sin encontrar ningún obstáculo.
La noche se estaba echando encima y entraron en la
casa en busca de faroles. Luego, cuando vieron que no podían sacar nada más del
pozo, volvieron a entrar en la casa y conferenciaron en la antigua sala de
estar mientras la intermitente claridad de una espectral media luna iluminaba a
intervalos la gris desolación del exterior. Los hombres estaban francamente
perplejos ante aquel caso y no podían encontrar ningún elemento convincente que
relacionara las extrañas condiciones de los vegetales, la desconocida enfermedad
del ganado y de las personas, y las inexplicables muertes de Merwin y Zenas en
el pozo. Habían oído los comentarios y las habladurías de la gente, desde
luego; pero no podían creer que hubiese ocurrido algo contrario a las leyes
naturales. Era evidente que el meteoro había emponzoñado el suelo pero la
enfermedad de personas y animales que no habían comido nada crecido en aquel
suelo era harina de otro costal. ¿Se trataba del agua del pozo? Posiblemente.
No sería mala idea analizarla. Pero ¿por qué singular locura se habían arrojado
los dos muchachos al pozo? Habían actuado de un modo muy similar... y sus
restos demostraban que los dos hablan padecido
a causa de la muerte quebradiza y gris. ¿Por qué
todas las cosas se volvían grises y quebradizas?
El coroner, sentado junto a una ventana que daba al
patio, fue el primero en darse cuenta de la fosforescencia que había alrededor
del pozo. La noche habla caído del todo, y los terrenos que rodeaban la granja
parecían brillar débilmente con una luminosidad que no era la de los rayos de
la luna; pero aquella nueva fosforescencia era algo definido y distinto, y
parecía surgir del negro agujero como la claridad apagada de un faro,
reflejándose amortiguadamente en las pequeñas charcas que el agua vaciada del pozo
había formado en el suelo. La fosforescencia tenía un color muy raro, y
mientras todos los hombres se acercaban a la ventana para contemplar el
fenómeno, Ammi lanzó una violenta exclamación. El color de aquella fantasmal
fosforescencia le resultaba familiar. Lo había visto antes, y se sintió lleno
de temor ante lo que podía significar. Lo había visto en aquel horrendo glóbulo
quebradizo hacía dos veranos, lo había visto en la vegetación durante la
primavera, y había creído verlo por un instante aquella misma mañana contra la
pequeña ventana enrejada de la horrible habitación del ático donde habían
ocurrido cosas que no tenían explicación. Había brillado allí por espacio de un
segundo, y una espantosa corriente de vapor le había rozado..., y luego el pobre
Nahum habla sido arrastrado por algo de aquel color. Nahum lo había dicho al
final..., había dicho que era como el glóbulo y las plantas. Después se había
producido la fuga en el patio y el chapoteo en el pozo..., y ahora aquel pozo
estaba
proyectando a la noche un pálido e insidioso
reflejo del mismo diabólico color.
Una prueba fehaciente de la viveza mental de Ammi
es que en aquel momento de suprema tensión se sintió intrigado por algo que era
fundamentalmente científico. Se preguntó cómo era posible recibir la misma
impresión de una corriente de vapor deslizándose en pleno día por una ventana
abierta al cielo matinal, y de una fosforescencia nocturna proyectándose contra
el negro y desolado paisaje. No era lógico..., resultaba antinatural... Y
entonces recordó las últimas palabras pronunciadas por su desdichado amigo "Procede
de algún lugar donde las cosas no son como aquí..., uno de los profesores lo
dijo...”
Los tres caballos que se encontraban en el exterior
de la casa, atados a unos árboles junto al camino, estaban ahora relinchando y
coceando frenéticamente. El conductor del carro se dirigió hacia la puerta para
ver qué sucedía, pero Ammi apoyó una mano en su hombro. "No salga usted,
susurró. No sabemos lo que sucede ahí afuera. Nahum dijo que en el pozo vivía
algo que sorbía la vida. Dijo que era algo que había surgido de una bola
redonda como la que vimos dentro del meteorito que cayó aquí hace más de un año.
Dijo que quemaba y sorbía, y que era una nube de color como la fosforescencia
que ahora sale del pozo, y que nadie puede saber lo que es. Nahum creía que se
alimentaba de todo lo viviente y afirmó que lo había visto la pasada semana.
Tiene que ser algo caído del cielo, igual que el meteorito, tal como dijeron
los profesores
de la Universidad. Su forma y sus actos no tienen
nada que ver con el mundo de Dios. Es algo que procede del más allá."
De modo que el hombre se detuvo, indeciso, mientras
la fosforescencia que salía del pozo se hacía más intensa y los caballos
coceaban y relinchaban con creciente frenesí. Fue realmente un espantoso
momento; con los restos monstruosos de cuatro personas, dos en la misma casa y
dos en el pozo, y aquella desconocida iridiscencia que surgía de las fangosas
profundidades. Ammi había cerrado el paso al conductor del carro llevado por un
repentino impulso, olvidando que a él mismo no le había sucedido nada después
de ser rozado por aquella horrible columna de vapor en la habitación del ático,
pero no se arrepentía de haberlo hecho. Nadie podía saber lo que había aquella
noche en el exterior; nadie podía conocer la índole de los peligros que podían
acechar a un hombre enfrentado con una amenaza completamente desconocida.
De repente, uno de los policías que estaba en la
ventana profirió una exclamación. Los demás se le quedaron mirando, y luego
siguieron la dirección de los ojos de su compañero. No había necesidad de
palabras. Lo que había de discutible en las habladurías de los campesinos ya no
podría ser discutido en adelante porque allí había seis testigos de excepción,
media docena de hombres que, por la índole de sus profesiones, no creían más
que lo que velan con sus propios ojos. Ante todo es necesario dejar sentado que
a aquella hora de la noche no soplaba ningún viento. Poco después empezó a
soplar, pero en aquel momento el aire estaba completamente inmóvil. Y, sin
embargo, en medio de aquella tensa y absoluta
calma, los árboles del patio estaban moviéndose. Se movían morbosa y
espasmódicamente, agitando sus desnudas ramas, en convulsivas y epilépticas
sacudidas, hacia las nubes bañadas por la luz de la luna; arañando con
impotencia el aire inmóvil, como empujados por una misteriosa fuerza
subterránea que ascendiera desde debajo de las negras raíces.
Por espacio de unos segundos todos los hombres
reunidos en la granja de Gardner contuvieron el aliento. Luego, una nube más
oscura que las demás veló la luna, y la silueta de las agitadas ramas se disipó
momentáneamente. En aquel instante un grito de espanto se escapó de todas las
gargantas, ya que el horror no se había desvanecido con la silueta, y en un
pavoroso momento de oscuridad más profunda los hombres vieron retorcerse en la
copa del más alto de los árboles un millar de diminutos puntos fosforescentes,
brillando como el fuego de San Telmo o como las lenguas de fuego que
descendieron sobre las cabezas de los Apóstoles el día de Pentecostés. Era una
monstruosa constelación de luces sobrenaturales, como un enjambre de
luciérnagas necrófagas bailando una infernal zarabanda sobre una ciénaga
maldita; y su color era el mismo que Ammi había llegado a reconocer y a temer.
Entretanto, la fosforescencia del pozo se hacía cada vez más brillante,
infundiendo en los hombres reunidos en la granja una sensación de anormalidad
que anulaba cualquier imagen que sus mentes conscientes pudieran formar. Ya no
brillaba: estaba vertiéndose hacia afuera. Y mientras la informe corriente de
indescriptible color abandonaba el pozo, parecía flotar
directamente hacia el cielo. El veterinario se
estremeció y se acercó a la puerta para echar la doble barra. Ammi estaba
también muy impresionado y tuvo que limitarse a señalar con la mano, por falta
de voz, cuando quiso llamar la atención de los demás sobre la creciente
luminosidad de los árboles. Los relinchos de los caballos se habían convertido
en algo espantoso, pero ni uno solo de aquellos hombres se hubiese aventurado a
salir por nada del mundo. El brillo de los árboles fue en aumento, mientras sus
inquietas ramas parecían extenderse más y más hacia la verticalidad. De pronto
se produjo una intensa conmoción en el camino, y cuando Ammi alzó la lámpara
para que proyectara un poco más de claridad al exterior, comprobaron que los
frenéticos caballos habían roto sus ataduras y huían enloquecidos con el carro.
La impresión sirvió para soltar varias lenguas y se
intercambiaron inquietos susurros. "Se extiende sobre todas las cosas
orgánicas que hay por aquí", murmuró el médico forense. Nadie contestó,
pero el hombre que había bajado al pozo aventuró la opinión de que su pértiga
debió de haber removido algo intangible. "Fue algo terrible —añadió—. No
había fondo de ninguna clase. Únicamente fango, y burbujas, y la sensación de
algo oculto debajo..."
El caballo de Ammi seguía coceando y relinchando
desesperadamente en el camino exterior y casi ahogó el débil sonido de la voz
de su dueño mientras éste murmuraba sus deshilvanadas reflexiones. "Salió
de aquella piedra..., fue creciendo y alimentándose de todas las cosas
vivas...; se
alimentaba de ellas, alma y cuerpo...; Thad y
Merwin, Zenas y Nabby..., Nahum fue el último..., todos bebieron agua del...,
se apoderó de ellos..., llegó del más allá, donde las cosas no son como
aquí..., y ahora regresa al lugar de donde procede..."
En aquel momento, mientras la columna de
desconocido color brillaba con repentina intensidad y empezaba a entrelazase,
con fantásticas sugerencias de forma que cada uno de los espectadores describió
más tarde de un modo distinto, el desdichado Hello profirió un aullido que
ningún hombre había oído nunca salir de la garganta de un caballo. Todos los
que estaban en la casa se taparon los oídos, y Ammi se apartó de la ventana
horrorizado. Cuando miró de nuevo hacia el exterior, el pobre animal yacía
inerte en el suelo bañado por la luz de la luna entre las astilladas varas de
la calesa. Y allí se quedó hasta que lo enterraron al día siguiente. Pero el
momento presente no permitía entregarse a lamentaciones, ya que casi en el
mismo instante uno de los policías les llamó silenciosamente la atención sobre
algo terrible que estaba sucediendo en el interior de la habitación donde se
encontraban. Donde no alcanzaba la claridad de la lámpara podía verse una débil
fosforescencia que había empezado a invadir toda la estancia. Brillaba en el
suelo de tablas y en la raída alfombra, y resplandecía débilmente en los marcos
de las pequeñas ventanas. Corría de un lado para otro, llenando puertas y
muebles. A cada momento se hacía más intensa, y al final se hizo evidente que las
cosas vivientes debían abandonar enseguida aquella casa.
Ammi les mostró la puerta trasera y el camino que
conducía a las tierras altas. Avanzaron con paso inseguro, como sonámbulos, y
no se atrevieron a mirar atrás hasta que llegaron al camino del Norte. Ninguno
de ellos hubiera osado pasar por el camino que discurría junto al pozo...
Cuando miraron atrás, hacia el valle y la distante granja de Gardner,
contemplaron un horrible espectáculo. Toda la granja brillaba con el espantoso
y desconocido color; árboles, edificaciones e incluso la hierba que no habla sido
transformada aún en quebradiza y gris. Las ramas estaban todas extendidas hacia
el cielo, coronadas con lenguas de fuego, y radiantes goterones del mismo
monstruoso fuego ardían encima de la casa, del granero y de los cobertizos. Era
una escena de una visión de Fusell, y sobre todo el resto reinaba aquella
borrachera de luminoso amorfismo, aquel extraño arco iris de misterioso veneno
del pozo..., hirviendo, saltando, centelleando y burbujeando malignamente en su
cósmico e irreconocible cromatismo.
Luego, súbitamente, la horrible cosa salió
disparada verticalmente hacia el cielo, como un cohete o un meteoro, sin dejar
ningún rastro detrás de ella y desapareciendo a través de un redondo y
curiosamente simétrico agujero abierto en las nubes, antes de que ninguno de
los hombres pudiera expresar su asombro. Ningún espectador podría olvidar nunca
aquel espectáculo, y Ammi se quedó mirando estúpidamente el camino que habla
seguido el color hasta mezclarse con las estrellas de la Vía Láctea. Pero su
mirada fue atraída inmediatamente hacia la tierra por el estrépito que acababa
de producirse en el valle. Había sido un estrépito, y no una
explosión, como afirmaron algunos de los
componentes del grupo.
Pero el resultado fue el mismo, ya que en un
caleidoscópico instante la granja y sus alrededores parecieron estallar,
enviando hacia el cenit una nube de coloreados y fantásticos fragmentos. Los
fragmentos se desvanecieron en el aire, dejando una nube de vapor que al cabo
de un segundo se había desvanecido también. Los asombrados espectadores
decidieron que no valía la pena esperar a que volviera a salir la luna para
comprobar los efectos de aquel cataclismo en la granja de Nahum.
Demasiado asustados incluso para aventurar alguna
teoría, los siete hombres regresaron a Arkham por el camino del Norte.
Ammi estaba peor que sus compañeros y les suplicó
que le acompañaran hasta su casa en vez de dirigirse directamente al pueblo.
Por nada del mundo hubiera cruzado el bosque solo a aquella hora de la noche.
Estaba más asustado que los demás porque había sufrido una impresión que los
otros se hablan ahorrado, y se sentía oprimido por un temor que por espacio de
muchos años no se atrevió a mencionar. Mientras el resto de los espectadores en
aquella tempestuosa colina habla vuelto estólidamente sus rostros al camino,
Ammi habla mirado hacia atrás por un instante para contemplar el sombrío valle
de desolación al que tantas veces había acudido. Y había visto algo que se
alzaba débilmente para hundirse de nuevo en el lugar desde el cual el informe
horror había salido disparado hacia el
cielo. Era solamente un color..., aunque no era
ningún color de nuestra tierra ni de los cielos. Y porque Ammi reconoció aquel
color, y supo que sus últimos y débiles restos debían seguir ocultos en el
pozo, nunca ha estado completamente cuerdo desde entonces.
Ammi no se acercaría a aquel lugar por nada del
mundo. Hace cuarenta y cuatro años que sucedieron los hechos que acabo de
narrar, pero Ammi no ha vuelto a pisar aquellas tierras y le alegra saber que
pronto quedarán enterradas debajo de las aguas. También a mí me alegra la idea,
ya que no me gustó nada ver cómo cambiaba de color la luz del sol al reflejarse
en aquel abandonado pozo. Espero que el agua sea siempre muy profunda, pero
aunque así sea nunca la beberé. No creo que regrese a la región de Arkham. Tres
de los hombres que habían estado con Ammi volvieron al día siguiente para ver
las ruinas a la luz del día, pero en realidad no habla ruinas. Únicamente los
ladrillos de la chimenea, las piedras de la bodega, algunos restos minerales y
metálicos, y el brocal de aquel nefando pozo. A excepción del caballo de Ammi,
que enterraron aquella misma mañana, y de la calesa, que no tardaron en
devolver a su dueño, todas las cosas que habían tenido vida habían
desaparecido. Sólo quedaban cinco acres de desierto polvoriento y grisáceo, y
desde entonces no ha crecido en aquellos terrenos ni una brizna de hierba. En
la actualidad aparece como una gran mancha comida por el ácido en medio de los
bosques y campos, y los pocos que se han atrevido a acercarse por allí a pesar
de las leyendas campesinas le han dado el nombre de "erial maldito".
Las leyendas campesinas son muy extrañas. Y podrían
ser incluso más extrañas si los hombres de la ciudad y los químicos
universitarios tuvieran el interés suficiente para analizar el agua de aquel
pozo olvidado, o el polvo gris que ningún viento parece dispersar. Los
botánicos podrían estudiar también la sorprendente flora que crece en los
límites de aquellos terrenos, ya que de este modo podrían confirmar o refutar
lo que dice la gente: que la zona emponzoñada está extendiéndose poco a poco,
quizás una pulgada al año... La gente dice que el color de la hierba que crece
en aquellos alrededores no es el que le corresponde y que los animales salvajes
dejan extrañas huellas en la nieve cuando llega el invierno. La nieve no parece
cuajar tanto en el erial maldito como en otros lugares. Los caballos —los pocos
que quedan en esta época motorizada— se ponen nerviosos en el silencioso valle;
y los cazadores no pueden acercarse con sus perros a las inmediaciones del
erial maldito.
Dicen también que las influencias mentales son muy
malas; y que todos los que han tratado de establecerse allí, extranjeros en su
inmensa mayoría, han tenido que marcharse acosados por extrañas fantasías y
sueños. Ningún viajero ha dejado de experimentar una sensación de extrañeza en
aquellas profundas hondonadas, y los artistas tiemblan mientras pintan unos
bosques cuyo misterio es tanto de la mente como de la vista. Y yo mismo estoy
sorprendido de la sensación que me produjo mi único paseo solitario por aquellos
lugares antes de que Ammi me contara su historia.
No me pregunten mi opinión. No sé: esto es todo. La
única persona que podía ser interrogada acerca de los extraños días es Ammi, ya
que la gente de Arkham no quiere hablar de este asunto, y los tres profesores
que vieron el meteorito y su coloreado glóbulo están muertos. ¿Había otros
glóbulos? Probablemente. Uno de ellos consiguió alimentarse y escapar, en tanto
que otro no había podido alimentarse suficientemente y continuaba en el pozo...
Los campesinos dicen que la zona emponzoñada se ensancha una pulgada cada año,
de modo que tal vez existe algún tipo de crecimiento o de alimentación incluso
ahora. Pero, sea lo que sea lo que haya allí, tiene que verse trabado por algo,
ya que de no ser así se extendería rápidamente. ¿Está atado a las raíces de
aquellos árboles que arañan el aire?
Lo que es, sólo Dios lo sabe. En términos de
materia, supongo que la cosa que Ammi describió puede ser llamada un gas, pero
aquel gas obedecía a unas leyes que no son de nuestro cosmos. No era fruto de
los planetas y soles que brillan en los telescopios y en las placas
fotográficas de nuestros observatorios. No era ningún soplo de los cielos cuyos
movimientos y dimensiones miden nuestros astrónomos o consideran demasiado
vastos para ser medidos. No era más que un color surgido del espacio..., un
pavoroso mensajero de unos reinos del infinito situados más allá de la
Naturaleza que nosotros conocemos; de unos reinos cuya simple existencia aturde
el cerebro con las inmensas posibilidades extracósmicas que ofrece a nuestra
imaginación.
Dudo mucho de que Ammi me mintiera de un modo
consciente, y no creo que su historia sea el relato de una mente desquiciada,
como supone la gente de la ciudad. Algo terrible llegó a las colinas y valles
con aquel meteoro, y algo terrible —aunque ignoro en qué medida— sigue estando
allí. Me alegra pensar que todos aquellos terrenos quedarán inundados por las
aguas. Entretanto, espero que no le suceda nada a Ammi. Vio tanto de la
cosa..., y su influencia era tan insidiosa... ¿Por qué no ha sido capaz de marcharse
a vivir a otra parte? Ammí es un anciano muy simpático y muy buena persona, y
cuando la brigada de trabajadores empiece su tarea tengo que escribir al
ingeniero jefe para que no le pierda de vista. Me disgustaría recordarle como
una gris, retorcida y quebradiza monstruosidad de las que turban cada día más
mi sueño.
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