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Libro N° 7623. Sexo Para Uno. El Placer Del Autoerotismo. Dodson, Betty.

 


© Libro N° 7623. Sexo Para Uno. El Placer Del Autoerotismo. Dodson, Betty. Emancipación. Agosto 8 de 2020.

Título original: © Sexo Para Uno. El Placer Del Autoerotismo. Betty Dodson

 

Versión Original: © Sexo Para Uno. El Placer Del Autoerotismo. Betty Dodson

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://www.docdroid.net/zv6CyJ5/betty-dodson-sexo-para-uno-pdf#page=130

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

SEXO PARA UNO

El Placer Del Autoerotismo

Betty Dodson

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

SEXO PARA UNO

El Placer Del Autoerotismo

Betty Dodson

   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO

 

UNO

 

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La

masturbación

como

liberación

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La masturbación es una forma primaria y natural del sexo. No es só lo una cosa de niñ os, o algo para las épocas solitarias entre un amante y otro, o para perso-nas mayores que se han quedado solas.

 

Con el problema del SIDA cada día más patente, sería ló gico pensar en la masturbació n como la forma más segura del sexo. Pero hacer el amor con uno mismo sigue siendo el secreto inconfesable de la sociedad.

 

Antes se decía que el incesto era el ú ltimo tabú ; ahora, sin embargo, se usa la palabra con toda libertad. Incluso se han filmado películas sobre el tema. Pe-ro, ¿por qué no se ha hecho una película sobre una mujer que aprende a llegar al orgasmo masturbándose y empieza a disfrutar del sexo con su pareja por primera vez? También sería muy educativo contar la historia de un hombre con proble-mas de eyaculació n precoz, que se enseñ a a sí mismo a prolongar las erecciones mediante la masturbació n y se convierte en un amante fantástico. Si se pusiera en práctica mi fantasía particular sobre la jubilació n, cambiaría por completo la idea que se tiene sobre la tercera edad. Somos trece personas viviendo en comu-nidad. Cada luna llena nos reunimos delante de la tele para ver el ú ltimo video pomo prohibido por el có digo moral. Después de hacer un té bien cargado, en-chufamos nuestros vibradores y nos disponemos a pasar una tarde de orgasmos. Las mecedoras chirrían, los vibradores zumban y, de vez en cuando, uno de no-sotros sonríe y mueve la cabeza después de uno especialmente bueno.

 

El rechazo de la masturbació n es parte de la represió n sexual. Desde la in-fancia hasta la madurez, la masturbació n produce un sentimiento de vergü enza y de culpabilidad. Las personas que no mantienen una relació n sexual consigo mismas son más fáciles de manipular. Yo creo que la clave para acabar con la represió n sexual está en la masturbació n; sobre todo para las mujeres que creen que son frígidas o que no saben con seguridad si están teniendo orgasmos con su pareja. Pero también para los hombres que no pueden Controlar la eyaculació n precoz o que no logran llegar al orgasmo mediante la penetració n.

 

Con la masturbació n se aprende mucho sobre las reacciones sexuales, y se conocen los secretos del cuerpo y de la mente que la sociedad enseñ a a escon-der. ¿Existe alguna forma mejor de entender lo que es el placer y có mo ser crea-tivo en la cama? No hay que estar a la altura de nadie, ni satisfacer las necesida-des de otro, No se tiene miedo a la crítica o al rechazo por haberlo hecho mal. La habilidad en la cama es como la habilidad en cualquier otra cosa: no se here-da por arte de magia, se aprende.

 

La masturbació n es la primera actividad sexual natural. Con ella, las perso-nas descubren sus sentimientos eró ticos y aprenden a no avergonzarse de ellos ni de sus genitales. Es la mejor manera de ir conociendo el sexo y de desprenderse de viejos temores e inhibiciones. Para nosotras, las mujeres, es una forma de ad-quirir confianza y poder comunicarnos sin miedo con nuestros amantes. Cuando nos preguntan qué es lo que más nos gusta, tenemos que olvidarnos de la eterna mentirijilla: «Todo lo que me haces me gusta».

 

A        finales de los «sexy añ os sesenta», durante mí evolució n eró tica, la mas-turbació n sin complejos empezó a ser muy importante para mí. Como mi vida sexual pasó de cero a ser fantástica, quería que todo en mundo lo supiera. Empe-cé expresando mi alegría por medio del arte eró tico. Luego, comencé a escribir artículos y a hablar de la liberació n sexual de la mujer. En aquella época creía que las mujeres sufrían la represió n sexual más que los hombres, y la masturba-ció n como liberació n se convirtió en mi argumento feminista. Enseguida me convertí en una experta en el tema, sobre todo porque nadie más quería hablar de ello en pú blico.

 

Cuando empecé a conversar con las mujeres sobre la masturbació n en mis Terapias Sexuales, me di cuenta de que eran necesarias unas sesiones dedicadas por entero al sexo. Lo siguiente que hice fue organizar una escuela de masturba-ció n para feministas dispuestas a afrontar directamente una relació n sexual Con-sigo mismas, además de la liberació n sexual. En 1974, la revista Ms. publicó un articulo acerca de mis ideas sobre la masturbació n. La reacció n del pú blico fue tan positiva que decidí publicar un librito en el mismo añ o, titulado Liberating Masturbation (La masturbació n como liberació n; reflexiones sobre el amor en solitario). Tuvo tan buena acogida que, de pronto, me di cuenta de que tenía un trabajo de jornada continua y no sabía como dejarlo. «Soy una artista con clase, no una artista pajillera», argumentaba. Pero comprometerse cotí una idea es co-mo tener un niñ o: hay que darle amor incondicionalmente, incluso los días que más odiaba ser «la madre de la masturbación» .

 

Todos los añ os renunciaba a enseñ ar masturbació n en mis terapias y todos los añ os organizaba la escuela otra vez. Ser profesora de sexo sin ningú n tipo de título académico era una osadía por mi parte, pero ¿dó nde podría haberme licen-ciado en masturbació n? Decidí que mi formació n en Bellas Artes sería la excusa para estudiar la estética del sexo en solitario. A veces, me veía a mí misma como una artista en acció n y mis escuelas me parecían simplemente una nueva forma de hacer arte. Otras veces, me veía luchando contra molinos de viento, y quería esconderme en mi estudio y que la gente se olvidara de mí para siempre. Pero después de catorce añ os dedicada a esta materia tan singular me he concedido un doctorado en Masturbació n.

 

Antes estaba convencida de que la masturbació n llevaba al sexo, pero ahora sé que la masturbació n es sexo. La pró xima vez que alguien te pregunte «¿Cuán-do tuvo su primera experiencia sexual?», debería responder que su primer con-tacto con el sexo fue la masturbació n, tío la primera vez que tuvo relaciones con alguien.

 

Me imaginaba que, en la década de los añ os ochenta, masturbació n sería una palabra más de nuestro vocabulario y que estaría incluida en todos los pro-gramas de educació n sexual del Bachillerato. Pero aquí estoy, todavía, intentan-do mentalizar al personal sobre el tema. Algunos de mis amigos me preguntar por que sigo insistiendo en lo mismo, si «hoy en día todo el mundo sabe que la masturbació n no es nada malo». Sin embargo, la verdad es que todavía no se usa la palabra con entera libertad, ni se habla del tema abiertamente sobre todo cuando uno habla de su propia vida sexual. Es cierto que casi nadie cree ya que la masturbació n produzca desó rdenes mentales o verrugas; pero aunque la ma-yoría de los libros y artículos actuales sobre en sexo rechazan los viejos mitos sobre la masturbació n, la condenan sutilmente al no hablar prácticamente de ella. Y lo peor es que se sobreentiende que la masturbació n está bien para susti-tuir a algo mejor. Lo primero que hago cuando compro un libro sobre sexo es buscar el capítulo dedicado a la masturbació n, para ver cual es la postura del au-tor al respecto.

 

La masturbació n tiene muchos aspectos positivos y ayuda mucho a quien la practica: proporciona satisfacció n sexual a personas que no consiguen encontrar pareja, es una solució n para los adolescentes con ansias irreprimibles de sexo y evita embarazos no deseados. También es un buen remedio para las personas se-paradas y para las parejas, cuando uno de los dos está enfermo, cuando a uno no le apetece hacer el amor o cuando ninguno logra alcanzar el orgasmo mediante la penetració n.

 

La masturbació n también se puede hacer con otra persona o personas, co-mo alternativa a la penetració n. Es una parte muy importante de la actividad sexual de las parejas y una manera de apaciguar las prisas de los hombres. Pro-porciona satisfacció n de una forma segura en los ú ltimos meses del embarazo y alivia los dolores que produce la menstruació n. Masturbarse es relajante y ayuda a conciliar el sueñ o. Y, por ú ltimo, es la forma más segura de sexo, algo que se debería tomar en cuenta hoy día.

 

Hay que recordar que muchas personas no tienen una pareja estable — algunas porque así lo desean, otras porque están esperando que aparezca la per-sona apropiada y otras porque no tienen seguridad en sí mismas O tienen alguna tara física. Cuando alguien se separa después de un matrimonio muy largo, en-cuentra a veces dificultades para volver a establecer una relació n duradera, pero sigue teniendo necesidades sexuales. Y lo mismo ocurre con las personas mayores, sobre todo una esposa o un marido viudos después de cincuenta añ os de ma-trimonio. Además de estos ejemplos, hay muchas personas que no tienen otra al-ternativa que la masturbació n: aquellos que están en la cárcel, en residencias de ancianos o en instituciones psiquiátricas. El hecho de aceptar la masturbació n puede cambiar la vida de muchas personas.

 

Otra razó n por la que sigo insistiendo en lo mismo, y pidiendo al inundo entero que acepte el sexo en su forma más primitiva, es para aplacar las voces de grupos obstinados en tachar la masturbació n de pecaminosa. La Iglesia Cató lica está a la cabeza de estos grupos. También está la minoría moral fundamentalista, que sigue aferrada a la doctrina de la culpabilidad sexual del Antiguo Testamen-to. (La historia bíblica sobre Onán desparramando su semilla ni siquiera se refie-re a la masturbació n, sino al coitus interruptus.) La oposició n organizada contra la masturbació n, igual que la oposició n a la pornografía, es, en realidad, una oposició n al placer sexual. Tener marcha se considera antisocial, cuando lo que es verdaderamente antisocial es estar reprimido.

 

Cuando estaba en Bachillerato, obsesionada con el sexo y con la cabeza llena de mitos románticos, creía que el acné que tenía era por abusar de la mas-turbació n, y no sabía nada acerca de los métodos anticonceptivos. Era una víc-tima potencial de la represió n sexual. ¡Qué distinto hubiera sido todo de haber tenido una profesora de Sexualidad en el colegio! Me imagino su primera charla: «El sexo cambia a lo largo de la vida. Después del sexo ardiente y romántico, que es lo ú nico que sois capaces de entender ahora, llega la dulzura del Sexo con el matrimonio, luego el misticismo de la procreació n, y finalmente, la comodi-dad o aburrimiento del sexo monó gamo a largo plazo. Casi todos vuestros ma-trimonios terminarán en divorcio, tendréis otra etapa de sexo ardiente y románti-co, y podréis empezar el ciclo de nuevo. Las lesbianas y los gays seguirán una evolució n parecida. Algunos quizá estudien el sexo en profundidad y experi-menten la bisexualidad o el sexo en grupo, olvidando normas y convencionalis-mos. Pero, ¡tomad nota!: el sexo más duradero es la relació n amorosa con uno mismo. La masturbació n siempre será parte de nuestra vida; durante la infancia, la adolescencia, en noviazgo, el matrimonio y el divorcio, y durante la tercera edad».

 

Ahora mi objetivo es conseguir que la masturbació n se considere como una forma primaria de expresió n sexual. Ha llegado el momento del sexo para uno. El siguiente paso en la evolució n sexual de la civilizació n es la aceptació n total del sexo en solitario.

 

Mi fantasía de la liberació n sexual en el futuro es la siguiente: es la Noche-vieja de 1999. Todos los canales de televisió n se han puesto de acuerdo y me han dejado dirigir un programa llamado «Orgasmos en América». En todas las pantallas se verá porno fino creado por el genio más destacado de este país, y con la más alta tecnología. Al dar las doce, la nació n entera se estará masturban-do en pro de la paz mundial.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO

DOS

 

———————————————————

 

 

 

 

Las

 

imágenes románticas

 

del sexo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En los añ os cuarenta, cuando era joven, las películas estaban llenas de besos lar-gos y hú medos, de ojos tristes y de frases como «Amor mío, te quiero», acom-pañ adas de abrazos apasionados después de una dolorosa separació n. Estas eran las imágenes del amor. En Hollywood no se incluían escenas de sexo. Cuando llegaba el momento del sexo, la imagen se fundía en una ola gigantesca rom-piendo contra las rocas. Yo sabia que era el momento del orgasmo, y me imagi-naba escenas de amor apasionado con mi futuro amante. Algú n día nos casaría-mos y viviríamos felices para siempre. Todas las chicas de mi edad soñ aban con lo mismo, de modo que yo no era distinta, excepto en una cosa: mientras espera-ba, disfrutaba en secreto con mis orgasmos solitarios.

 

Mi fantasía de masturbació n favorita en esa época era «la noche de bodas». Me veía a mi misma como una estrella de cine fascinante: delgada, sin acné, sin aparato en la boca, y con un busto estupendo (no plano, como el mío). Mientras mi marido esperaba en la cama, yo iba al cuarto de bañ o a ponerme un camisó n de ú ltima moda. Lo que más me excitaba era imaginar cada uno de los detalles de mi belleza. Llegaba al orgasmo cuando me quitaba la bata de encaje y ofrecía mi cuerpo desnudo a mi marido. Nunca conseguía verle claramente en mi fanta-sía, ni tampoco lo que hacíamos en la cama. Todo el sueñ o era una combinació n de True, Romance y Vague —mi pornografía romántica.

 

La masturbació n fue la ú nica vida sexual que tuve hasta que a los veinte añ os me acosté con alguien por primera vez. Mi familia, mis amigos, el mundo entero y yo hacíamos como si la masturbació n no existiera y, por eso, el placer que sentía no era real. Para mí no existió el sexo hasta que encontré amor de verdad en la cama.

 

A pesar de todo, la masturbació n ha continuado siendo parte de mi vida sexual. En ese sentido, no he seguido la pauta comú n. No es muy corriente mas-turbarse regularmente después de la infancia. Algunas personas ni siquiera recuerdan haberlo hecho alguna vez. Muchas mujeres y hombres que sí recurren a la masturbació n, se sienten solos y culpables por lo que están haciendo.

 

Sin embargo, en otros aspectos soy normal. Fui víctima de una educació n muy tradicional y conservadora. Me enseñ aron que el placer sexual me lo pro-porcionaría el pene de mi amante no su mano, ni su boca, y mucho menos mi mano. Pero, a pesar de todo, no obedecía las normas. Aunque masturbarse estu-viera mal, yo seguía haciéndolo. Ahora me doy cuenta de que aprendí a tener orgasmos masturbándome y, gracias a eso, he podido disfrutar del sexo en pare-ja.

 

Nací en Kansas, una de las zonas más religiosas de los Estados Unidos, y conozco muy bien la opinió n de la Iglesia y de los conservadores moralistas. Pe-ro cuando me fui a vivir a Nueva York a los veinte añ os, incluso a mis amigos más tolerantes les parecía que la masturbació n era un sustituto de lo auténtico. Esto era en los añ os cincuenta. Mis ú nicas fuentes de informació n sobre el sexo eran manuales sobre el matrimonio y algunos párrafos sueltos de Freud. Cuando me tumbé en un diván por primera vez, el psicoanalista y yo teníamos la misma imagen romántica —el sexo adulto y maduro era tener orgasmos vaginales en una relació n sincera. La masturbació n estaba bien si no lo hacia demasiado, por-que podía terminar convirtiéndose en algo compulsivo e infantil. Estaba conven-cida de que varias veces a la semana era excesivo, de modo que decidí buscar a mi príncipe azul para ser felices, tener orgasmos, y comer perdices.

 

De joven tuve muchos amoríos monó gamos, superromanticos y con orgas-mos apasionados en la cama. Siempre planeábamos casarnos y así justificába-mos nuestras relaciones sexuales. No me masturbaba mientras estaba saliendo con un hombre, porque hubiera querido decir que mi vida sexual no funcionaba. Cada una de estas historias duró alrededor de dos añ os, y, en todas, la ruptura fue deprimente. Estar enamorado era como inyectarse una dosis de emociones. Estaba enganchada y no podía vivir sin chutarme. Pero no era una adicta muy lista, porque nunca logré aprender a pasar de un amante a otro sin sufrir. Al final de cada romance, la tristeza, el arrepentimiento, la desesperació n o la furia aca-baban conmigo.

 

Después de pasar muchos añ os buscando el amor, mi príncipe me encontró por fin. Fue como un sueñ o hecho realidad, y me casé a los veintinueve añ os, justo a tiempo para no convertirme en la típica solterona. Durante el primer añ o, me parecía que nuestras relaciones sexuales eran escasas, pero el psicoanalista me dijo que seríamos más apasionados en la cama después de amoldarnos a nuestra nueva vida. Dejé mi trabajo y me concentré por entero en el matrimonio. Ahora tenía seguridad econó mica, pero cada vez me preocupaba más nuestra vi-da sexual.

 

En el segundo añ o de matrimonio hacíamos el amor una vez al mes. Y cuando lo hacíamos, mi marido era demasiado rápido y yo no lograba sentir na-da. Después nos quedábamos callados. Cuando él se dormía, yo me masturbaba rápidamente debajo de las sábanas. Lo hacia sin moverme, ni respirar siquiera, y luego me sentía culpable y frustrada. No entendía por qué no funcionábamos en la cama si estábamos enamorados.

 

Era como una yonqui romántica sentenciada a la ruina. Estaba atrapada en un matrimonio que no se ajustaba a mi sueñ o romántico. A veces me parecía que todo era culpa mía. Creía que no estaba cumpliendo mí parte del contrato. No tenía ningú n encanto sexual y él, en realidad, no me quería. No sabía a quién echarle la culpa: a él, a mí o al matrimonio como institució n. No se me ocurrió pensar que había otras alternativas en el sexo. Masturbándome sin complejos podía tener un orgasmo todos los días y follar a gusto una vez al mes. ¡Pero no! Cada vez que me apetecía algo de sexo dependía de mi otra mitad, y a veces era verdad que tenía jaqueca.

 

Al cabo de pocos añ os, había tanta tensió n y tan poca comunicació n entre nosotros que ni siquiera tenía ganas de acostarme con mi marido. Empecé a hacer unas obras de arte monumentales. Pero en el sexto añ o, por más esfuerzos que hice, mis ardientes necesidades sexuales se volvieron a apoderar de mí. Una vez, cuando mi marido se fue a un viaje de negocios, estaba tan salida que me pase una semana de orgía pintando todas mis fantasías sexuales, poniéndome cachonda y masturbándome hasta la saciedad. Dibujé todas las perversiones sexuales que se me ocurrían, que en realidad eran pocas: sexo oral, follar como los perros y rollos entre tres personas. Pero los remordimientos por mi corrup-ció n eran más fuertes que yo, y destruí los dibujos. Los rompí en trocitos y los tiré por el retrete, por si acaso alguien encontraba los restos y los recomponía.

 

Como es de suponer, mi matrimonio duró poco. Yo quería orgasmos en mi relació n sexual. Nos divorciamos como personas civilizadas. Llegamos a un acuerdo sin necesidad de abogados. Yo tendría suficiente dinero para la etapa de transició n a la soltería. Pero después de haber sido tan dependiente me preo-cupaba entrar en el mercado de trabajo otra vez, y tenía enormes inhibiciones para volver a empezar una vida sexual. Aunque daba la imagen de una neoyor-quina sofisticada, me sentía como una virgen de treinta y cinco añ os. Y así em-pecé mi aventura eró tica, con una mezcla de temor y emoció n.

 

Era 1965, justo el momento en que las mujeres americanas estaban vivien-do la segunda ola de feminismo. Después de leer The Feminine Mystique (La mística femenina) de Betty Friedan, me convertí en una feminista. Se había roto para siempre el mito de que las mujeres podían encontrar todo lo que deseaban en el matrimonio. Ya no me sentía como un bicho raro por querer ser una artista en vez de una buena madre y esposa.

 

Empecé a entender por qué la política del matrimonio había afectado a mi vida sexual. Aunque siempre decía que me había casado por amor, en realidad había ofrecido mi atractivo sexual a cambio de una seguridad econó mica. La so-ciedad no pagaba a las mujeres igual que a los hombres, y yo estaba regateando con el sexo para obtener el matrimonio —que todavía era el mejor negocio que podía hacer una mujer. Tanto si reservaba el sexo para mi príncipe como si se lo regalaba a mi amante o lo cedía como derecho exclusivo en el matrimonio, estaba haciendo negocio con el sexo. Cuando el cuerpo deja de tener un valor sexual para las mujeres y empieza a tener valor econó mico, el matrimonio se convierte en una forma legal de prostitució n. Por eso muchas esposas se sienten como pu-tas baratas y algunos maridos como chulos que trabajan demasiado.

 

Durante la época en que me empeñé en perseguir mi ideal romántico, estu-ve reprimida sexualmente y no tenía independencia econó mica. Quería que un hombre se ocupara de mí y para eso tenía que complacerle. Yo quería tener el orgasmo más alucinante del mundo follando. A lo mejor dejaba de quererme si llegaba al orgasmo masturbándome o con sexo oral. Como no podía disfrutar del sexo del mismo modo que los hombres, acabé utilizándolo para dominar a mi pareja. Lo ú nico que conseguí fueron escenas violentas de celos que justificaba argumentando que eran por amor. Cuando teníamos peleas terribles, decía que eran discusiones de enamorados. Pero pronto dejé de conformarme con las ideas tradicionales sobre el tema, y empecé a dudar de todo. Me preguntaba si de ver-dad existía el amante perfecto. Dejé de dar importancia al hecho de llegar al or-gasmo haciendo el amor. Llegué a la conclusió n de que el matrimonio no era la ú nica forma de conseguir una estabilidad econó mica y sentimental.

 

Casarse es una de las decisiones más importantes que se toman en la vida. El matrimonio es un negocio en el que se comparten el sexo, el dinero, la pro-piedad y la posibilidad de tener hijos, de modo que se le debía dar la misma con-sideració n que a una transacció n de un milló n de dó lares. Cualquiera que sepa un poco de negocios, sabe lo importante que es un contrato para aclarar los tér-minos y llegar a acuerdos previos, antes de crear una asociació n. Cuando me ca-sé, lo ú nico que dije fue: «Sí, quiero».

 

Las imágenes románticas que se suelen tener sobre el matrimonio y lo que ocurre en la vida real es una mezcla explosiva. Inconscientemente, las parejas juegan a ver quién es el más fuerte, sin reglas ni acuerdos. En uno de los juegos, el hombre es el responsable de que todo funcione cuando follan. El también es una víctima de la represió n sexual, pero se supone que debe tener una erecció n al ver la belleza de su esposa desnuda, tiene que mantener la erecció n, excitar a su mujer, y aguantar para no tener un orgasmo antes que ella. Tiene que hacer todo esto sin saber nada de lo que a ella le gusta. La mujer es pasiva: está guapa y encantadora mientras espera tener una experiencia increíble que se llama or-gasmo, y cuando ve que no pasa nada, intenta concentrarse en el amor.

 

En otro juego la mujer es responsable de que el hombre tenga una erecció n. Utiliza el sexo oral para que se ponga cachondo, y se entrega por entero a darle placer. El se pone encima y hace todo lo que le gusta, mientras ella hace ruidos apasionados para excitarle aun más. El se corre, ella disimula para que parezca que disfruta y él se queda dormido en sus brazos. Ella esta contenta porque le ha hecho feliz y porque le encanta estar con él. É l está contento porque ha demos-trado una vez más que es un amante fantástico y le encanta que ella le quiera.

 

Segú n Kinsey, el tiempo medio que dura la acció n sexual después de la penetració n es de dos minutos y medio. No es mucho para pasarlo bien. Mientras el sexo se limite al tiempo que dura la erecció n y la penetración el sexo se limite al tiempo que dura la erecció n y la penetració n continuará exis-tiendo la lucha de sexos. En la mayoría de los casos se hace en la postura tradi-cional, que es la que satisface al estereotipo romántico de la mujer pasiva y el hombre dominante. É l intenta aguantar mientras ella intenta con todas sus fuer-zas llegar al orgasmo, y casi siempre fallan los dos.

 

Hay una gran selecció n de placeres eró ticos, pero para disfrutarlos hay que tener una mentalidad abierta. Si se tiene la imagen romántica de que só lo se pueden tener orgasmos apasionados haciendo el amor de la forma tradicional se crea una fijació n genital que no permite pasarlo bien, ni evolucionar. En cuanto se olvide la idea de que hay una manera correcta o mejor de tener relaciones sexuales, todo el mundo tendrá amor y orgasmos en abundancia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO

TRES

 

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Las imágenes

eróticas

del amor

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mi primera aventura después del matrimonio cambió mi vida sexual. Blake era un hombre apasionante. Tenía cuarenta y dos añ os, y dinero suficiente para reti-rarse. Era catedrático y editor, pero lo había dejado todo para dedicarse a los placeres de la vida. Después de divorciarse, dejó de ir al psicoanalista, abandonó las pastillas que éste le había mandado y no volvió a beber Martini antes de ce-nar. Cuando nos conocimos, yo llevaba tres añ os sin tomar una copa, así que los dos estábamos limpios. Empezamos a chutamos sexo.

 

Estábamos encantados con nuestra relació n experimental, que era muy in-tensa. Enseguida cambió la imagen que yo tenía del éxtasis. Antes me conside-raba afortunada si tenía un orgasmo cuando hacía el amor. No se echa de menos lo que no se conoce. Ahora tenía varios orgasmos seguidos, y de una intensidad alarmante. Después de uno muy bueno necesitaba que Blake me tranquilizara. ¿Me oirían gritar los vecinos? ¿Estaba seguro de que no era malo para la salud? ¿Le gustaba có mo reaccionaba yo? Fue mi primer contacto con la ansiedad de placer, el miedo a tener algo demasiado bueno. É l decía que yo era la mujer de sus sueñ os.

 

Era emocionante poder hablar sinceramente sobre el sexo. En nuestras pri-meras conversaciones acabábamos enseguida tratando el tema del matrimonio, de la monogamia y de la represió n sexual. Le contaba lo de mis masturbaciones frustrantes a escondidas y él me hablaba de las suyas. Me contaba có mo sus re-laciones sexuales habían ido decayendo después de estar casado diecisiete añ os. Hacer el amor se había convertido en una rutina. Siempre sabía todo lo que iba a pasar. No había confianza y la falta de comunicació n era deprimente. Conseguía orgasmos extra masturbándose en el cuarto de bañ o. Quería un poco de variedad en su vida sexual, pero había prometido ser fiel, y era demasiado idealista para buscarse una relació n fuera del matrimonio. La ú nica alternativa era la mastur-bació n, que hubiera estado muy bien si lo hubiera hecho sin complejos. Pero igual que yo, se sentía culpable y frustrado. Poco a poco empezó a verse a sí mismo como un viejo verde.

 

Gracias a nuestras conversaciones empecé a entender có mo la sociedad re-prime a las personas. Uno no puede disfrutar tocándose el cuerpo sin sentirse culpable. Cuando me di cuenta de esto, decidí acabar con el sentimiento de cul-pabilidad de una vez por todas. No formaría parte de mi vida nunca mas. Tenía la intenció n de explorar el sexo en profundidad y sin que interfiriera la Iglesia o el Estado. La mejor forma de aprender algo acerca del sexo y el placer era tener un amante con una mentalidad abierta. Blake y yo superamos inmediatamente los convencionalismos sexuales. Teníamos curiosidad por aprender, queríamos ser receptivos y tener una actitud positiva hacia el sexo. Ensayábamos posturas nuevas y nos turnábamos para masturbarnos uno al otro con la mano o con la boca.

 

Cuando estábamos juntos no só lo se unían nuestros cuerpos, sino también nuestras mentes. ¡Qué alegría haber encontrado un hombre que estaba de acuer-do conmigo en el tema del sexo! Empezamos a reunir informació n que apoyara nuestras ideas sobre la importancia de la masturbació n. Masters y Johnson aca-baban de publicar sus estudios sobre la sexualidad femenina, echando por tierra la idea de Freud de los orgasmos vaginales adultos. Habían descubierto que los orgasmos se centran en el clítoris, y que clasificarlos como vaginales o clitori-dianos era incorrecto.

 

 

 

 

 

La controversia sobre la clasificació n de los orgasmos no me preocupaba, porque yo tenía de los dos tipos. Me tumbaba boca arriba y Blake de costado y así hacíamos el amor. Con el dedo hú medo me tocaba el clítoris, a la vez que me follaba muy despacio. Era el mejor de los dos mundos. En otra de nuestras ac-tuaciones eró ticas, me cogía la mano y me la ponía en el clítoris para que me masturbara. ¡Otra victoria sexual! Así nos podíamos concentrar en nuestros pro-pios movimientos y sensaciones. Yo podía controlarme para tener orgasmos mas despacio o más deprisa. Cada vez teníamos orgasmos mejores y más grandes, y a menudo los teníamos a la vez. Era muy divertido, ahora que no había que di-simular ni aguantar. El placer producía más placer. Con estas experiencias tan maravillosas, me sorprendió un poco masturbarme cada vez más cuando estaba sola.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sabíamos que la masturbació n había salvado nuestra cordura sexual, y prometimos que no volveríamos a considerarla una actividad sexual de segunda categoría. Sin embargo aunque habíamos decidido que la masturbació n seria una parte más de nuestras vidas, la primera vez que la compartimos fue muy di-fícil para los dos. Después de todo, siempre había sido algo privado. Al principio me sentí muy vulnerable. En cuanto Blake se diera cuenta de que no dependía de él para tener orgasmos, se podía romper su imagen romántica. Me daba miedo arriesgarme tanto. Si en ese momento él hubiera respondido negativamente hubiera vuelto a la postura tradicional con el rabo entre las piernas.

 

Decidí que primero tenia que ser capaz de mirarme a mí misma en el espejo mientras me masturbaba. Me sorprendí bastante, porque cuando me vi no me pa-reció nada ridículo ni extrañ o, sino algo muy intenso y sexual. Hasta ese mo-mento no tenía ninguna imagen sexual de mí misma. Con esta nueva informa-ció n eró tica pude dar el siguiente paso con Blake. Celebramos nuestro Día de la Independencia Sexual, enseñá ndonos uno al otro que podíamos tener orgasmos de primera categoría sin ayuda de nadie. ¡Nos encantó ! Al masturbarnos juntos desmitificamos la imagen romántica del orgasmo y yo bajé del pedestal, ponién-dome a la misma altura que el hombre en el mundo del sexo.

 

No tardamos mucho en descubrir toda clase de novedades, gracias a la li-bertad que habíamos conseguido. El hecho de podernos masturbar juntos am-pliaba mucho las posibilidades de experimentar con cosas nuevas. Viéndome, Blake aprendió lo que más me gustaba y yo aprendí lo que le gustaba a él. Po-díamos observar detenidamente las reacciones del otro, sin tomar parte. Veíamos todo el proceso de excitació n hasta el orgasmo. Era como un estudio sobre la ac-titud humana ante el sexo.

 

Psicoló gicamente, nuestra intimidad se hizo más profunda. Teníamos liber-tad para ser más sinceros respecto a nuestros sentimientos —quizá, incluso, nos

 

 

 

respetábamos más al compartir esta actividad sexual primaria. De lo que no cabe duda es que cada vez estábamos más a gusto. Por ejemplo, yo tardaba casi media hora en alcanzar el orgasmo y muchas veces me quedaba a medias porque me inquietaba que él se estuviera aburriendo. Ahora sabíamos que podía continuar por mi cuenta, de modo que no nos preocupábamos ninguno de los dos, y yo de-jé de darme prisa para tener un orgasmo.

 

Con la liberació n de nuestra masturbació n ya no teníamos que estar siem-pre a la altura de las necesidades del otro. Si a uno no le apetecía hacer nada, el otro podía masturbarse cosa que normalmente excitaba al que no estaba de humor. Blake podía decirme sin tapujos que a veces prefería masturbarse en vez de hacer otra cosa. Se empezó a dar cuenta de que había estado en tensió n siem-pre que había tenido relaciones sexuales. Le parecía casi imposible decir «No, gracias», cuando no le apetecía. La mejor manera de evitar el sexo era empezar una discusió n. Pero ahora estaba empezando a superar la idea fija de que follar es la ú nica actividad sexual de verdad.

 

Logramos nuestra intimidad compartiéndolo todo en el sexo. Estábamos re-lajados y lo pasábamos mucho mejor. Cada uno era responsable de su propio or-gasmo. Esto se convirtió en un argumento clave de nuestro individualismo e igualdad. Así podíamos elegir a la hora de hacer el amor. Nos estábamos alejan-do del sexo romántico y dirigiéndonos hacia los placeres infinitos del amor eró - tico.

 

La sociedad ha tardado mucho en dar imágenes positivas de personas que se han divorciado, de madres solteras o de homosexuales mayores que terminan viviendo solos. La imagen idealizada de una pareja joven y romántica cuyo amor dura eternamente puede mantenerse durante la juventud, pero en la reali-dad só lo ocurre si se muere joven como Romeo y Julieta. Casarse y vivir juntos para siempre funciona en algunos casos, pero hay millones en los que no. Es ne-cesario que la sociedad empiece a comprender los aspectos positivos de las sepa-raciones. El divorcio no es un fracaso, y vivir solo no significa necesariamente vivir en soledad. Dos de los días más felices de mi vida han sido el día que me casé y el día que me divorcié.

 

Ni Blake ni yo queríamos volvernos a casar y tampoco queríamos vivir jun-tos. Habíamos pasado la primera mitad de nuestra vida pegaditos a otra persona. Ahora queríamos estar separados. Queríamos conocernos a nosotros mismos como individuos. Era una idea algo radical en el añ o 1966, y nuestros amigos creían que estábamos locos. ¿Por qué unos enamorados no querían vivir juntos? Después de un añ o de amor eró tico, nos lanzamos a la aventura eró tica cada uno por su lado, convencidos de que el amor no tenía un carácter exclusivo.

 

Se pasa por varias etapas cuando se aprende a vivir sin ser dueñ o de otra persona. Primero, Blake y yo dejamos de salir formalmente. Empezamos a salir con otras personas e intercambiábamos informació n sobre nuestros éxitos y nuestros fracasos. Descubrimos lo maravilloso que era compartir el amor erótico nosotros dos, con varias personas más. Ya no pretendíamos que nuestro inter-cambio sexual fuera para siempre. Sencillamente, íbamos a disfrutar mientras durara.

 

Volver a ser una persona entera fue como volver a vivir la época de mi juventud que más me gustaba. Era justo antes de que todos empezáramos a salir con alguien en serio. Salíamos en grupo y el mundo parecía más grande y con más posibilidades. Pero en el Bachillerato, salir con unos amigos el sábado se convirtió en un recuerdo, porque todos íbamos en parejas, como en el Arca de Noé.

 

 

 

 

 

A los cinco añ os de estar con Blake tuvimos una crisis, como suele ocurrir en todas las parejas. La vieja pasió n sexual había decaído y queríamos tener in-tercambios sexuales primarios con otras personas. En una relació n tradicional hubiéramos tenido que sacrificar el sexo para mantener nuestra unió n. En los cinco añ os siguientes nos hubiéramos engañ ado mutuamente con otra persona. Sin embargo, nuestra idea radical de estar separados dio su fruto. No hubo nin-gú n drama de amor y odio, y yo no tuve ningú n instinto autodestructivo, ni me dejé llevar por la desesperació n y la furia. Incluso salíamos juntos con nuestros respectivos amantes y seguimos siendo buenos amigos.

 

Todos mis amantes terminaban siendo mis amigos y todos mis amigos terminaban siendo mis amantes. He compartido mi casa con amigos, he vivido en comunas y he pasado las vacaciones con mis amigos eró ticos por todo el mundo. Mi seguridad para la vejez es vivir todo lo posible ahora. Es mejor tener una relació n amorosa conmigo misma, buena salud, un trabajo creativo y una gran familia eró tica, que muchas acciones en bolsa.

 

Blake y yo hemos mantenido una buena relació n amistosa y hemos seguido compartiendo el interés por el sexo. Nuestra amistad ha durado hasta hoy. Ahora es otra historia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO

CUATRO

 

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El arte del sexo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Aprendí a pintar desnudos, como todos los artistas. Mis dibujos me parecían sensuales, pero no claramente sexuales. Siempre había mantenido el arte aparta-do del sexo. Pero después de divorciarme estaba tan a favor del sexo, y tenía tantas ganas de vivir, que me parecía lo más natural del mundo decir: «¡Claro! Voy a dibujar a muchas personas haciendo el amor». Empecé a reflejar mis ex-periencias en la cama sobre el papel. Esta decisió n resultó ser muy importante más adelante. Luché contra los convencionalismos sociales y la censura para que se me permitiera ser creativa. Pero lo peor era luchar contra la autocensura que me habían enseñ ado desde pequeñ a: «¿Qué pensará la gente?» Una vez que puse mis ideas del sexo sobre el papel, empecé a tener mucha más libertad para ex-presarme.

 

Mi arte eró tico se hizo pú blico en 1968. Hice mi primera exposició n en so-litario en una prestigiosa galería de Nueva York. Como es ló gico, me daba cierto miedo mostrar mi interés por el sexo en pú blico. Me imaginaba cosas terribles, como que me iban a acusar por exponer pornografía. Veía a la gente indignada tirando piedras a las ventanas de la galería. Pero sabía que siempre había tenido miedo antes de lanzarme a una nueva aventura en la vida. De modo que no in-tenté evitarlo sino todo lo contrario. Me agarré al miedo como si se tratara de un viejo amigo, y entramos juntos en la inauguració n. No tenía por qué haberme preocupado. Mis dibujos a carboncillo de desnudos clásicos haciendo el amor bajo unas sábanas de plexiglás de colores causaron sensació n. Mi arte eró tico heterosexual era bastante aceptable. La exposició n fue preciosa y tuvo mucho éxito.

 

La galería estaba muy cerca del Museo Whitney: un sitio perfecto. Aunque la publicidad que se hizo consistió en correr la voz, más de ocho mil personas pasaron por la galería en dos semanas —todo un récord para la galería. Hubo muchos incidentes graciosos, otros vergonzosos, otros emocionantes y algunos tristes, pero todos me enseñ aron algo. Entró una madre con su hija de diez años hasta la mitad de la sala. De pronto, se dio cuenta de qué se trataba la exposició n y dijo: «Dios mío, no mires estos dibujos hija. La niñ a contestó , mientras se la llevaban del brazo: «¿Por qué no? Si só lo es un montó n de gente haciendo lucha libre».

 

Una cosa estaba clara: a muchas personas les interesaba el sexo. El arte eró tico hacía que a mucha gente le apeteciera contarme historias de sexo. Empe-cé a compartir los secretos de personas totalmente desconocidas. Fue una expe-riencia bonita y gratificante.

 

 

 

 

Comprobé una cosa muy importante. Las mujeres están mucho más dis-puestas a hablar sobre el sexo que los hombres. En la galería, las mujeres conta-ban sus miedos y sus problemas, y hacían muchas preguntas. Los hombres eran mucho menos abiertos; casi todos hacían chistes y se las daban de duros. Por al-gú n motivo, se suponía que los hombres tenían experiencia suficiente en el sexo como para enseñ ar a las mujeres. Pero la necesidad de mantener esa imagen masculina era, precisamente, lo que les impedía aprender. Cuando ya se saben todas las respuestas no se pueden hacer preguntas. La conclusió n que saqué de todo aquello fue que las mujeres son las que tienen que abrir el camino de la li-bertad sexual y la libertad de expresión.

 

Después de oír tantas confesiones personales, descubrí también que prácti-camente todos tenemos una actitud negativa ante el sexo, porque la sociedad lo ha impuesto. En muchas de estas historias había habido un sufrimiento innecesa-rio a causa de la falta de informació n sobre el tema. Cada vez estaba más con-vencida de que la masturbació n era fundamental para la liberació n de la mujer. Uno de los pilares de la represió n era la imposibilidad de obtener placer sexual tocándose el cuerpo.

 

En un momento de locura, decidí dedicar mi segunda exposició n al amor en solitario. Me imaginaba perfectamente la redenció n de la masturbació n en la ga-lería de moda de Madison Avenue. Todo el mundo decía que estaba loca y que los dibujos no se venderían. ¡Tenían toda la razó n! Pero fue una experiencia va-liosísima para mi concienciació n sexual.

 

Fue más difícil encontrar modelos que estuvieran dispuestas a masturbarse que parejas dispuestas a posar. Es un hecho bastante significativo por sí solo. Por fin, con la ayuda de algunos amigos, conseguí plasmarlo sobre el papel. Di-bujé cuatro desnudos clásicos, de tamañ o natural; dos hombres y dos mujeres, todos masturbándose alegremente hasta el orgasmo. A mí me parecían precio-sos. Pero cuando los dibujos llegaron a la galería el día de la inauguració n, se organizó una zapatiesta. El director se negó a colgarlos como habíamos acorda-do, así que yo amenacé con anular la exposició n entera. Después de una discu-sió n agotadora, aceptó colgar dos de los dibujos de una masturbació n. Estaba claro que exponer cuadros de personas haciéndose pajas iba a causar muchos problemas. ¿Por qué el amor en solitario era tan terrible?

 

Esa noche, en la pared más grande de la sala principal de aquel local tan elegante, estaba el dibujo de dos metros de mi amiga Nicole, con las piernas abiertas, el clítoris erecto, a punto de llegar al orgasmo con su vibrador eléctrico. Normalmente se masturbaba con el walkman puesto, y disfrutaba de la penetra-ció n usando un pepino pelado a la vez que el vibrador. Pero simplifiqué un poco la técnica, por motivos artísticos. En la siguiente sala estaba el segundo dibujo de dos metros de mi amigo Adam, con las piernas abiertas, pene erecto, a punto de llegar al orgasmo con la mano.

 

La reacció n del pú blico en esta exposició n fue mucho más fascinante e in-formativa que en la primera. Muchas mujeres decían que nunca se masturbaban. Los hombres que admitían que sí lo hacían, aseguraban que preferían tirarse a alguien. Algunos hombres no sabían que las mujeres se masturbaran mientras que a otros les gustaba la idea de ver a una mujer montá ndoselo ella sola. A los hombres les gustó mucho el dibujo de la mujer, pero pasaban rápidamente por delante del dibujo del hombre. Sin embargo, las mujeres se interesaban mucho por los dos. El vibrador produjo reacciones hostiles y competitivas en algunos hombres. Un tipo que estaba cachas dijo: «¡Si esa fuera mi mujer, no necesitaría usar esa cosa!» Como respuesta, yo les animaba a cooperar en vez de competir. Era como luchar contra la Compañía Eléctrica, que nunca tiene fallos. Además, un vibrador eléctrico está disponible las veinticuatro horas del día.

 

 

 

 

Respondí a cientos de preguntas asegurando que masturbarse era muy sano. «No, no salen verrugas.» «Sí, la mujer del dibujo tiene un novio —está ahí, a su lado.» «No, a pesar de lo que dice la sociedad, la forma tradicional no es la me-jor, es só lo diferente.» «No, la masturbació n no elimina el deseo de tener rela-ciones sexuales en pareja, las mejora.» «Sí, yo hago las dos cosas y me encan-tan.»

 

Algunas de las historias que me contaron casi me hacen llorar. A muchas personas las habían castigado duramente por masturbarse en su juventud. Una mujer me contó que cuando tenía siete añ os, su madre vino a su cuarto a darle las buenas noches, y al acercarse a darle un beso le olió los dedos y le pegó una torta. «Huele como si hubieras metido la mano en el cubo de la basura», le dijo. La mujer me confesó que desde entonces no había vuelto a tocarse los genitales, y que siempre se sentía incó moda cuando la tocaba su marido. Nunca había te-nido un orgasmo en veinte añ os de matrimonio, aunque quería mucho a su mari-do.

 

La exposició n se hizo en 1970, y la revolució n de los vibradores no había triunfado todavía. Muchas mujeres no habían oído hablar de un aparato eléctrico que diera masajes sexuales. En cuanto les expliqué có mo funcionaba, todas se dieron cuenta inmediatamente de que acabarían siendo adictas. Les expliqué que yo adoraba mi vibrador, pero seguía teniendo sexo normal. Me había dado cuen-ta de que a las mujeres que les gustaban los vibradores también les gustaba el sexo, o estaban empezando a disfrutar de él por primera vez.

 

Aunque no tenía muchas dudas, en las dos semanas que estuve en la galería corroboré mi teoría de que la represió n sexual está en relació n directa con la re-presió n de la masturbació n. Estaba claro que la masturbació n podía ser impor-tante para acabar con la represió n sexual.

 

Una de las necesidades primarias del hombre es la bú squeda del placer a través del sexo, y la masturbació n es la primera actividad sexual natural. Con la masturbació n se descubre el erotismo, se aprende a responder sexualmente y se adquiere confianza y respeto por uno mismo. La destreza en el sexo y la habili-dad para responder adecuadamente no son cosas naturales en esta sociedad, Lo natural es estar inhibido en lo que a sexo se refiere. La habilidad sexual se ad-quiere con la práctica. Cuando una mujer se masturba, aprende a aceptar sus ge-nitales, a disfrutar de los orgasmos y, más aú n, a ser experta en el sexo. Pero a más de una persona le molesta que las mujeres sean expertas e independientes.

 

A pesar de la revolució n sexual, de la píldora y del feminismo, los roles sexuales siguen siendo diferentes. La sociedad considera que el hombre es inde-pendiente y tiene mucha experiencia en el sexo, pero las mujeres —se supone— deben ser pasivas, dependientes y con poca experiencia. Se les ha adjudicado un papel de apoyo al hombre en el que no entra el sexo. Por eso la mayoría de las mujeres busca seguridad y no experiencias nuevas o satisfacció n sexual.

 

Las mujeres aceptan estas diferencias entre ellas y los hombres porque tie-nen un desconocimiento total de su propia sexualidad. Si no se les permite cono-cer su propio cuerpo, no pueden descubrir y desarrollar sus reacciones sexuales. Desde pequeñ as saben que esta prohibido tocarse los genitales bajo la amenaza de un castigo sobrenatural o uno real. No saben nada sobre el clítoris ni sobre el orgasmo, y tienen la idea de que los genitales femeninos son inferiores. La fun-ció n de la mujer es la procreació n y dar placer sexual al hombre. Como las mu-jeres no obtienen ningú n placer por sí mismas, pueden terminar pensando que sus genitales son repulsivos, porque só lo les producen incomodidad y vergü en-za. Este tipo de represió n es fundamental para mantener a la mujer en su sitio.

 

Lo peor de todo esto es que las mujeres terminamos aceptando la definició n que hacen los hombres de lo que debe ser la sexualidad femenina normal. Man-tenemos las dos imágenes sexuales de la mujer —la madonna o la zorra— por-que marginamos socialmente a todas aquellas que se salen de lo establecido. Al condenar la masturbació n y defender una sexualidad femenina sana, embellece-mos nuestros pedestales para seguir siendo las guardianas de la moral social. El matriarcado es un apoyo, una especie de policía moral necesaria para que siga existiendo el patriarcado.

 

Me impresiono mucho comprobar que, efectivamente, las mujeres se habí-an convertido en madres sin sexualidad y dó ciles esclavas del hogar. Era muy consciente del dañ o que se les había hecho a las mujeres, y empecé a llamar a todas las que conocía para preguntarles si se masturbaban sin ningú n complejo. Si me contestaban afirmativamente, las animaba a seguir, y si me decían que no, les sugería que empezaran inmediatamente. Fue mi primera campañ a telefó nica para empezar a poner en marcha la liberació n sexual de las mujeres.

 

Una de esas llamadas fue una conferencia a Kansas —con mi madre. Tenía sesenta y nueve añ os y vivía sola desde que se quedó viuda hacía algú n tiempo. Le pregunté sin preámbulos: «Madre, ¿te masturbas hasta llegar al orgasmo?» Oí un balbuceo y luego un silencio, hasta que al fin contestó : «Pero Betty Ann, ¡por supuesto que no! Soy demasiado mayor para esas cosas». Inmediatamente me lancé a explicarle la relació n que existe entre la masturbació n y la buena sa-lud. Lo debía hacer, aunque só lo fuera como un ejercicio físico para mantener las paredes vaginales lubricadas, para la secreció n hormonal y para tener los mú sculos del ú tero en forma. Además, era una manera de relajarse y olvidarse de todo. Incluso sería bueno para su dolor de espalda. ¡Y también podía hacerlo para pasarlo bien!

 

Esta vez hubo un silencio muy largo. «Pues no sé, cielo. Tiene sentido lo que dices. Siempre tienes unas ideas tan originales, pero creo que tienes razó n.» Cuando volví a hablar con ella dos semanas después, ¡fue maravilloso! Se había masturbado sin ningú n problema y había alcanzado el orgasmo. Dijo que lo había pasado bien y que había dormido mucho mejor. Luego se rió y dijo que no se podía comparar con lo autentico.

 

Con esa llamada empezó nuestro diálogo sexual, que no había existido en los ú ltimos veinte añ os. Empezamos a incluir el tema del sexo en nuestras con-versaciones. Intercambiábamos informació n sobre la masturbació n y nos contá-bamos nuestras historias de masturbaciones. Se masturbaba con regularidad cuando era pequeñ a. Cuando salía con mi padre, a menudo se masturbaba al lle-gar a casa, porque le habían entrado ganas de marcha. Así se mantuvo virgen hasta la noche de bodas. Después de casada no se volvió a masturbar. Una sor-presa para mí: se acordaba de verme masturbándome en el coche a los cinco añ os, cuando íbamos camino de California. No se me había ocurrido pensar en el espejo retrovisor y no tenía ni idea de que me hubiera visto. ¿ Por qué no me dijo que lo dejara? «Era un viaje muy largo —me explicó— ; lo estabas pasando muy bien, y yo no quería molestarte.» Por su propia experiencia, recordaba la masturbació n como un placer sano. Se lo agradecía de verdad. La quería mucho. Había sido educada por una madre orgásmica.

 

Una vez le pregunté si hablaba de la masturbació n con alguna amiga. Me dijo que sí, que una amiga suya se quejaba ú ltimamente porque tenía un picor que el ginecó logo no le había podido curar. Mi madre le sugirió la masturbació n como un posible remedio. Su amiga no la volvió a llamar nunca más. Decidió que no volvería a sacar el tema; la gente era demasiado ignorante. Yo la apoyé totalmente. Disfrutar con sus orgasmos era su propia revolució n sexual, y con eso tenía suficiente. La sociedad no só lo hacía ver que las mujeres no tenían ne-cesidades sexuales, sino que hacia que el sexo en la tercera edad pareciera algo obsceno o anormal. Le dije a mi madre que tenía mucho mérito por oponerse al mito, y la declaré una feminista radical, cosa que le entusiasmó .

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO

CINCO

 

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El origen

de la

conciencia sexual

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cada vez tenía más confianza en mí misma, y lo logré hablando abiertamente de mi vida sexual y riéndome de los mitos sobre la masturbació n. La sinceridad sexual era muy importante, y me dediqué a contarles a mis amigas todo lo que había conseguido con mis esfuerzos por cambiar. Al hacer pú blicas mis ideas sobre el sexo, empecé a recibir cartas, llamadas, y preguntas de mujeres de dife-rentes niveles sociales. Todas querían saber más sobre el amor en solitario y so-bre el orgasmo. Compartir informació n sexual era un paso más en mi concien-ciació n sexual. Era fundamental que las mujeres hablaran entre ellas sobre el sexo para acabar con la represió n psicoló gica a la que estaban sometidas. Com-prendí perfectamente que lo personal era político. Si las mujeres eran capaces de compartir su vida sexual, el feminismo seria uno de los acontecimientos más importantes en la historia de la sexualidad.

 

Un caso típico de masturbació n femenina reprimida era el de mi amiga Nancy. A los veinticinco añ os, después de seis de tener relaciones sexuales, no estaba segura de haber tenido algú n orgasmo. (¡Es difícil imaginarse a un hom-bre con el mismo problema!) Me parecía que la ú nica manera de saberlo era aprendiendo a llegar al orgasmo. Nancy nunca se había masturbado consciente-mente. Le describí algunas de las sensaciones que yo había tenido y le hice un dibujo de los genitales femeninos, explicándole la importancia que tiene el clíto-ris.

 

Una semana después, Nancy admitió que se sentía ridícula y confusa al in-tentar masturbarse. Además, no pasaba nada. Cuando descubrí que só lo había dedicado diez minutos al amor en solitario, le dije suavemente que dedicaba horas a su cara y su pelo. A lo mejor le merecía la pena gastar un poco de tiem-po con su cuerpo.

 

Le describí detalladamente varias técnicas para masturbarse con la mano, haciendo especial hincapié en lo sensual que podía ser si lo hacía con vaselina. Lo podía hacer con un dedo o más, o con toda la mano, moviéndola en círculos, hacia arriba y abajo o hacia los lados. Podía intentar hacerse un masaje en el Monte de Venus o juntar los labios mayores con los dedos. Se podía tocar el clí-toris directamente o por los lados, cambiando el ritmo y la presió n. También le sugerí que se leyera un libro de sexo o que intentara tener una fantasía sexual.

 

«No pasa nada», me informó Nancy dos semanas después. Se quejaba de-que se le había cansado la mano y se había aburrido con todo el asunto. Le acon-sejé que usara un vibrador, pero rechazó la idea diciendo que era demasiado me-cá nico. Entonces me acordé de otra amiga que tuvo su primer orgasmo en el ba-

 

ñ o, dejando que cayera agua sobre sus genitales. Tenía muchas inhibiciones para tocarse eso, y decía que el agua era como un amante espiritual haciéndole cari-cias. Le pasé la informació n a Nancy y funcionó . ¡Orgasmo por fin! Esta vez no tenía ninguna duda. Nancy estaba encantada de que por fin hubiera pasado, pero estaba furiosa de que hubiera tardado tanto. Le recordé que conocíamos a varias mujeres que no habían tenido orgasmos hasta los cuarenta añ os.

 

Durante los seis meses siguientes, Nancy mantuvo un idilio con su bañ o hasta que superó los prejuicios mecánicos y se compró un vibrador eléctrico. Ahora podía tener orgasmos en su cuarto. Acababa de empezar a salir con otro hombre, y no sabía si contarle que nunca había llegado al clímax con la penetra-ció n. Le dije que le contara sus descubrimientos sexuales inmediatamente, ase-gurándole que lo más importante era no simular los orgasmos. «Una vez que lo hacemos, estamos atrapadas en una gran mentira sexual», le dije. Nancy se puso muy contenta cuando comprobó que su novio estaba más que dispuesto a com-partir la masturbació n con ella. La noche que cogió fuerzas para llevarse el vi-brador, lo pasaron estupendamente los tres. En poco tiempo, Nancy consiguió tener orgasmos con su vibrador durante la penetració n y cuando hacían sexo oral. ¡Estaba en la gloria!

 

Al ver lo que se podía conseguir si las mujeres se contaban sus problemas, decidí convertirme en una feminista con carnet. Me hice del NOW, pero en aquel momento me pareció demasiado conservador. Fui a un centro de mujeres que estaba dirigido por algunas más jó venes y más radicales. La recepcionista me dijo que el centro no tenía ningú n grupo de concienciació n y sugirió que yo organizara uno. Contesté en seguida que no tenía experiencia. Pero, segú n ella, la experiencia de ser mujer era suficiente. Quería que me diera alguna idea, un manual, cualquier cosa, pero todo lo que recibí fue una sonrisa y un consejo:

«Tú reú ne a las mujeres y todo saldrá solo».

 

Estaba bastante preocupada y no sabia a quien elegir para dirigir el grupo, así que llamé a dos amigas mías. Fijamos una fecha e invitamos a las mujeres que nos parecía que estarían interesadas. Nos reuníamos de nueve a quince mu-jeres una vez a la semana durante un añ o. Compartíamos nuestra informació n, nuestra fuerza y nuestra esperanza. Se creó un ambiente totalmente nuevo para aprender. Estar con un grupo exclusivamente de mujeres tan a menudo, me hizo volver al pasado. Cuando era joven siempre tenía amigas intimas a las que que-ría. Pero a medida que fui creciendo, la sociedad me recompensaba por querer a los hombres y no a las mujeres. Ya de mayor, sabia que siempre había una im-plicació n sexual en potencia cuando unas mujeres se veían con cierta regulari-dad, y la palabra lesbiana me horrorizaba. Ya tenía suficientes problemas como para tener, además, desviaciones sexuales. En el pasado había sido muy tímida sexualmente. Pero gracias a mi evolució n eró tica adquirí más experiencia y cada vez estaba más lanzada.

 

A finales de los añ os sesenta se pusieron de moda las fiestas sexuales y descubrí lo divertido que podía ser el sexo con las mujeres. Esta nueva dimen-sió n eró tica me pareció de lo más natural, y empecé a considerarme bisexual. Me encantaba tener la libertad de sentirme atraída por ambos sexos.

 

Entonces empezaron las luchas internas entre las feministas heterosexuales y las feministas lesbianas, a principios de los setenta. No sabia de qué lado esta-ba, porque yo era una feminista bisexual. No quería ser una lesbiana total y re-primir mis sentimientos eró ticos hacia los hombres, pero tampoco quería ser to-talmente heterosexual y reprimir mis sentimientos eró ticos hacia las mujeres. Me sentía como un gnomo andró gino revoloteando entre dos campos opuestos, y proclamando los placeres del amor en solitario y de la masturbació n

 

También me encontré ante dos posibilidades cuando tuve mi primera rela-ció n sexual duradera con una mujer, Segú n lo que dicta la sociedad, las mujeres podían ser lesbianas románticas y enamoradas o amigas plató nicas y hetero-sexuales Laura y yo combinamos las das opciones y nos hicimos amigas sexua-les. Era una categoría eró tica nueva para mujeres bisexuales.

 

Laura era una de las mujeres más valientes que he conocido en mi vida. Era una señ ora de negocios durante el día y una feminista radical por la noche. Había aprendido artes marciales y andaba por la calle sin ningú n miedo. Ade-más, era una belleza clásica y tenía unos ojos penetrantes de color castañ o. Aca-baba de cumplir treinta añ os y yo tenía cuarenta y dos, de modo que a veces me sentía como su, hermana mayor que tenía más experiencia, sobre todo en 1o que se refiere al sexo.

 

Hablábamos mucho sobre el feminismo, y le expliqué mis ideas sobre el sexo. Para mí, la monogamia compulsiva, el amor romántico idealizado y el sexo dependiente, eran una maldició n para las mujeres. Para evitar todo esto era importante que pasáramos temporadas separadas. Ella estaba de acuerdo, y todo el tiempo que estuvimos juntas seguimos teniendo otros amigos sexuales y pla-tó nicos.

 

Poco a poco fuimos evolucionando hacia un intercambio sexual que nos sa-tisfacía a las dos. La educació n cató lica que había recibido Laura había hecho que el sexo fuera un desastre para ella. Hacia muy poco tiempo que había apren-dido a llegar al orgasmo por medio de la masturbació n. La primera vez que in-tentamos el sexo oral estábamos muy incomodas las dos. A Laura le daba ver-gü enza actuar cuando se lo hacia yo, y a mí me preocupaba tardar demasiado cuando me lo hacía ella. Decidimos olvidarlo de momento, y compartir la mas-turbación.

 

Con los masajes y la masturbació n logramos una gran variedad sexual. Había noches que só lo nos dábamos un masaje y disfrutábamos sin sexo. Otras veces nos turnábamos para hacernos masajes y masturbamos una a la otra, hasta llegar al orgasmo. Una usaba el vibrador mientras la otra le hacia caricias sen-suales o practicaba la penetració n vaginal o anal. A veces las dos usábamos el vibrador a la vez. La que estaba abajo lo ponía en una posició n que le gustara a ella, y la que estaba encima tenía que moverse para encontrar lo que quería. Siempre nos turnábamos para todo.

 

 

 

Compartir la masturbació n era muy reconfortante y pasábamos muchas horas juntas dándonos masajes. En vez de estar colgadas con una imagen román-tica del sexo, Laura y yo estábamos compartiendo una imagen eró tica del amor. Cuando nos separamos, nuestro amor no se convirtió en odio y hemos manteni-do una sincera amistad hasta hoy.

 

En la época en que Laura y yo éramos amigas sexuales, tomé parte en otro grupo de concienciació n. Estaba formado por mujeres profesionales, que querían crear un sistema de apoyo muy fuerte, una organizació n para mujeres interesa-das en el poder y el dinero. Como es ló gico, yo abogaba por un poder que se ba-sara en el placer. El poder econó mico no era suficiente. Sin la liberació n sexual, que supone también la liberació n del espíritu, haríamos un mal uso del poder, como habían hecho los hombres. No hay mucha diferencia entre un matriarcado y un patriarcado —son las dos caras de la misma moneda que representa a la familia. El padre y la madre eran dictadores, buenos o crueles. En mi familia, mi padre era un blandengue. Mi madre era la jefa y había que tener cuidado con ella.

 

En una de las reuniones del nuevo grupo de concienciació n, hablé largo y tendido sobre mi vida sexual, con la esperanza de empezar un diálogo acerca del sexo. Expliqué lo que había observado en las fiestas sexuales a las que había asistido. Muchas mujeres simulaban tener orgasmos. Los hombres sí los tenían de verdad, y sus compañ eras estaban allí só lo para complacerles. En mi opinión, una mujer no podía quererse a sí misma si su vida sexual se basaba en disimular. También hablé de mi experiencia tanto con hombres como con mujeres. Me consideraba una feminista bisexual, pero me parecía que debíamos olvidar todas las etiquetas y unirnos para que el impacto fuera mayor. Muchas personas se sentían torturadas socialmente porque tenían que elegir entre el camino recto o ser homosexual. Había decidido definirme a mi misma como una lesbiana bi-sexual y heterosexual, hasta que las etiquetas sexuales fueran algo obsoleto. Cuando terminé mi charleta, había silencio absoluto en la sala.

 

 

Descubrí, con gran asombro, que lo personal no era algo político; al menos no lo era cuando se refería al sexo. A todas les parecía que el sexo era algo pri-vado, pero yo creía que era uno de los pilares del feminismo. Entre las mujeres del grupo había varias escritoras y editoras, una fotó grafa, una productora de te-levisió n, una guionista de cine, una directora de teatro, una actriz y dos vicepre-sidentas de una empresa. Só lo dos estaban casadas, y el resto, divorciadas o sol-teras. Yo había dado por hecho que las mujeres que tenían una carrera profesio-nal tenían una mentalidad más abierta respecto al sexo y eran más independien-tes. No era cierto. La inseguridad en el trabajo y los problemas econó micos eran dos de los motivos por los que las mujeres seguían buscando un hombre para sentirse seguras. No me parecía mal compartir el amor, el sexo y el dinero con un compañ ero. Pero creía firmemente que el amor por uno mismo era lo prime-ro.

 

Me armé de paciencia y escuché historias tristes y repetitivas de la adicció n al amor. Estas mujeres tan guapas y tan bien educadas estaban atrapadas por su falsa modestia y no se sentían a gusto con su cuerpo. Su actitud romántica res-pecto al sexo hacía que se sintieran desgraciadas y decepcionadas. Me imagina-ba que casi todas estaban empeñ adas en conseguir todos sus orgasmos por medio de la penetració n. Todas las del grupo eran exclusivamente heterosexuales. Cuando hablaba de mi bisexualidad, aduciendo que era la actitud natural, se po-nían tensas por su propio miedo al lesbianismo. Pero yo seguí hablando de mi vida sexual mientras ellas se reían y me tomaban el pelo. Estaban de acuerdo en que yo era de otro planeta, aunque les aseguraba que había nacido en Kansas.

 

A pesar de todo, las quería mucho. Al fin y al cabo, eran normales segú n la sociedad. Era yo la que había saltado la barrera del comportamiento sexual. Siempre estaba deseando que llegara el día de nuestra reunió n para convertirme en payaso sexual, en mimo y en hermana maestra. Les daba consejos sobre lo que debían hacer para conseguir una cita con un hombre, y có mo podían lograr todo lo que quisieran sexualmente. También hice una demostració n de có mo es-timular el clítoris durante la penetració n. Y, por supuesto, hacía discursos apa-sionados sobre la masturbació n sin complejos y les enseñ aba movimientos de la pelvis y posturas que yo utilizaba con mi vibrador. Se quedaron boquiabiertas la noche que me quité la blusa y les empecé a hablar de lo importante que era estar en forma para ser buena en la cama.

 

¡Lo más importante es que les hacia reír! Nos reíamos durante horas, sema-na tras semana, mes tras mes. Estaban horrorizadas, divertidas, avergonzadas, picadas por la curiosidad y, al final, muy agradecidas. Descubrí que la mayoría tenía orgasmos a escondidas gracias a la masturbació n y simulaba que los tenía en la cama. Antes de dejar el grupo, compré una caja de vibradores eléctricos y los repartí, asegurándoles que a los hombres les gustaban las mujeres marchosas. Algunos de los vibradores terminaron en el fondo de un armario, pero las muje-res valientes convirtieron la masturbació n y el vibrador en una parte de sus vi-das.

 

La represió n sexual femenina no iba a desaparecer de un día para otro só lo porque yo quería que desapareciera. Me uní a la revolució n más larga de la his-toria —la liberació n de la mujer. En 1920 se nos permitió votar, y de pronto es-tábamos luchando por la igualdad de derechos. Todo iba tan despacio que me pareció que 1973 era el momento adecuado para empezar a reivindicar la igual-dad de orgasmos. Me daba mucho miedo dejar mi carrera artística para conver-tirme en una profesora de sexo, pero a la vez me hacía ilusió n. Lo ú nico malo era que no tenía ningú n título. ¿Có mo iba a dar clases sin título? Entonces me acordé de que mi experiencia como mujer era suficiente. Ú nicamente tenía que reunir a las mujeres y lo demás vendría a continuación.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

40

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO

SEIS

 

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Las imágenes

genitales

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuando tenía diez añ os me entró curiosidad por como era yo por ahí abajo. Una tarde que no había nadie en casa, cogí un espejo de mi madre y fui a mi cuarto. Entraba mucho sol por la ventana y vi claramente mis genitales infantiles. Me quedé horrorizada. Tenía una cosa colgando, como lo que tienen los pollos en el cuello. Inmediatamente maldije la masturbació n e hice un trato con Dios. Si É l hacía que desaparecieran esas cosas que tenía colgando, prometería dejar de to-quetearme, ordenaría mi cuarto y sería buena con mis hermanos pequeñ os.

 

Después de unas semanas de abstinencia examine mis deformidades genita-les otra vez. Esta vez lo hice con más detenimiento y me di cuenta de que tenía el labio menor izquierdo más pequeñ o que el derecho. Decidí cambiar de lado y seguir toqueteándome basta que los dos estuvieran iguales. Después, lo dejaría para siempre. Durante el resto de mi infancia, y hasta la madurez, me masturbé con el dedo en el lado izquierdo de mis genitales. Mis labios menores no se igualaron, ni se cayeron. Nunca le conté a nadie lo de mi deformidad. Era otro defecto más de los muchos que tenía, y durante mucho tiempo me sentí muy in-có moda con mi cuerpo.

 

A los treinta y cinco añ os seguía teniendo una mala imagen mental de mis genitales. En el pasado me había tirado a muchos hombres, pero estaba dema-siado incomoda para tener un orgasmo. No me parecía muy higiénico que al-guien me chupara los genitales. Además, me lo vería todo. Si algú n amante me hacia sexo oral enseguida le hacía volver a la postura normal.

 

Después de divorciarme estaba dispuesta a probarlo todo, Blake me enseñó el sexo oral, y descubrí que no era só lo un sustituto de algo mejor. Mis orgasmos eran mucho más intensos. Un día, después de un clímax muy profundo, me dijo: «Tienes un coñ o precioso. Déjame que te vea a la luz». Se puso las gafas, y casi me muero. Enseguida dije: «Preferiría que no lo hicieras». Y pensé que esto só lo se le ocurriría a un loco pervertido. Me preguntó qué problema había, y me puse colorada. Le confesé que me había estirado los labios menores. Me miró perplejo. Luego me abrazó y me dijo: «Cariñ o eres perfectamente normal. Hay muchas mujeres como tú . Y te diré aú n más, es mi estilo favorito».

 

Tuve suerte de que fuera experto en genitales femeninos. Se fue directo hacia un armario y volvió con un montó n de revistas porno que trataban sobre los distintos tipos de genitales femeninos, con su correspondiente término en ar-got. Me quedé sorprendida, pero me interesaba bastante. Debía ser humillante para estás mujeres posar con liguero y medias de rejilla, enseñá ndolo todo. A pesar de ello, empecé a mirar las fotos y, efectivamente, había una vulva como la mía, y otra, y otra. Estuvimos viendo varias revistas juntos y aprendí mucho sobre el aspecto de los genitales femeninos. ¡Qué alivio! Aquel día descubrí que no era fea ni deforme. ¡No me lo podía creer! Todos los añ os que estuve yendo al psicoanalista no me habían ayudado a sentirme a gusto con mi cuerpo. No me extrañ a que no me gustara el sexo oral y que siempre quisiera hacer el amor a oscuras. Después de pasar media hora viendo revistas pomo, cambió mi actitud hacia el coñ o.

 

Al poco tiempo pinté mi primer autorretrato genital. Mientras posaba para mí misma delante de un espejito, me di cuenta de que durante todos los añ os que había pintado desnudos, los genitales femeninos no habían sido más que un triángulo de pelo. Era otro ejemplo más de mi ignorancia sobre el sexo y sobre mi propio cuerpo. Hubiera sido todo muy distinto en mi evolució n sexual si hubiera podido ver dibujos bonitos de los genitales de personas adultas en un li-bro sobre el sexo.

 

Nunca me había gustado la palabra coñ o. Se utilizaba siempre en un senti-do negativo. Cuando los hombres la usaban enfadados, me daba asco y miedo. Pero cuando un amante la decía con pasió n, me parecía muy sexy. Casi todas las mujeres decían vagina, pero científicamente la vagina es lo que une los genitales exteriores con el ú tero. Sería más correcto usar la palabra vulva, que abarca los labios mayores y los labios menores, y entre ellos se abren la uretra y la vagina. Pero suena como una marca de coche: «Mi vulva es muy rápida». También se puede decir pudenda, pero es un poco excesivo «Mi pudenda pedante». Aunque me gustan mucho los animales, la palabra conejo tampoco me parecía la más adecuada. No me quedaba más remedio que decir genitales femeninos, a no ser que me decidiera a usar la vieja palabra coñ o. Un día que estaba muy inspirada, me puse delante del espejo y repetí en voz alta: «Coñ o, coñ o, coñ o....», como

 

cien veces hasta que me entró la risa. Al final dejó de tener un sentido negativo. Y para continuar con el proceso de aceptació n de mis genitales empecé a usar esta palabra.

 

En 1973 empezamos a planear la primera conferencia del NOW sobre la sexualidad femenina. En una de las primeras reuniones que tuvimos, una amiga me preguntó : «¿Qué te gustaría hacer en la sesió n plenaria?» Contesté sin vaci-lar: «Quiero poner unas diapositivas para feministas con el conejo partido». To-das se echaron a reír. Tuve que explicar que era argot pomo y que se refería a un determinado tipo de vulva. Una de las mujeres dijo que le parecía un término muy machista. Le aseguré que se me ocurriría uno mas adecuado y que traería las diapositivas. En el primer borrador de la conferencia, ésta se llamó La crea-ció n de una estética para los genitales femeninos, que es una manera fina de de-cir Hay que cambiar la actitud hacia el coñ o. Me daba lo mismo có mo se titula-ra. El caso es que me dejaran hacerlo.

 

Empecé a llamar a mis amigas para pedirles que posaran para la primera pornografía feminista. Reaccionaron todas muy bien, y alrededor de veinte mu-jeres y dos fotó grafas se encontraron en mi piso. Era una reunió n fantástica. Las luces y la cámara estaban colocadas en el dormitorio. Las mujeres estaban char-lando en el saló n, mientras se recortaban el bello pú bico de diferentes formas pa-ra los retratos de sus coñ os. Nos turnamos para posar con nuestros genitales en una posició n natural, luego con los labios mayores abiertos, y una enseñ ando el clítoris. Después, cada una de nosotras tenía un espejo, y teníamos que poner nuestros genitales de la forma que más nos gustara.

 

Se oían toda clase de huuus y haaas, y comentarios como: «Qué bonito». «Mira qué textura, parece una perla», y «Qué color tan exquisito». De vez en cuando se oían aplausos, cuando una mujer exponía sus genitales con un arte es-pecial. Empezamos a ver formas y dibujos, y a asociarlos con la naturaleza: una concha, una flor, una piñ a, una orquídea e, incluso, la barba del pollo (ahora en-cuentro que los pollos son muy sexy). Descubrí que había diferentes estilos: el coñ o clásico con mucha simetría, un estilo barroco con pliegues complicados y cortinajes, el coñ o gó tico con arquerías, y el danés moderno con trazos sencillos. Había muchos coñ os con forma de corazó n. Cuando nos dimos cuenta de que el dibujo de un corazó n era igual que los genitales de una mujer cuando se abren los labios exteriores, cambió para nosotras todo el simbolismo del corazó n.

 

Descubrimos que había una enorme variedad de clítoris —desde perlas pe-queñ as como semillas hasta joyas de un tamañ o considerable. En el diccionario, el término phallus se refiere tanto al pene como al clítoris. Estábamos cambian-do nuestra imagen de eunuco a la de mujer fálica. También existía una gran va-riedad en la distancia entre el clítoris y la apertura de la vagina. Una mujer que tenía el clítoris muy cerca de la vagina decía que podía alcanzar el orgasmo só lo con la penetració n. Creí que tenía las bases para una nueva teoría, hasta que otra mujer con las mismas características dijo que siempre necesitaba estimulació n en el clítoris para tener un orgasmo. Había una mujer que no conseguía que so-bresaliera su clítoris. Estaba convencida de que no tenía hasta que se apretó con los dedos a ambos lados. Só lo se veía la punta de su tímido clítoris. Pero funcio-naba igual de bien que cualquier otro.

 

La apertura de la vagina no era en absoluto un agujero, sino pequeñ os plie-gues rosas que adoptaban formas diferentes en cada mujer. Nos fijamos por pri-mera vez en las diferencias del bello pú bico. Algunas mujeres tenían unas matas oscuras y fuertes, y otras lo tenían fino y escaso. Una mujer se lo afeitó y se convirtió en nuestro coñ o futurista, Sus genitales eran fuertes y bonitos. La va-riedad de color iba del rosa pálido al marró n oscuro, y una mujer tenía el coño bicolor. Sus labios menores eran marró n oscuro rodeados de un color rosado. Otra mujer, que tenía unos genitales muy oscuros y un bello pú bico negro, decía que su marido la llamaba la orquídea negra.

 

Mantuvimos conversaciones muy animadas durante toda la tarde. También hubo instantes de silencio en los que nos quedábamos todas pensativas. En un momento, cerré los ojos y vi todos los coñ os exquisitos, uno detrás de otro, en mi mente. Estábamos formando nuestras propias imágenes genitales —no la versió n masculina de los conejos y los chochos, sino la versió n femenina de la flor de loto abriéndose para la nueva era de Acuario.

 

Enseñé las diapositivas a mas de mil mujeres en la conferencia del NOW. Al final, cuando se encendieron las luces, hubo una ovació n larguísima. Se me puso la carne de gallina, mientras tenía un orgasmo emocional con aquella mul-titud de amantes. Después de ese día muchas mujeres me contaron experiencias muy positivas. Hubo varias que me dijeron que sentían que habían cambiado de una forma drástica después de ver las diapositivas. Otras me contaron que ellas también habían creído que eran deformes durante mucho tiempo. Una mujer le pidió un aumento de sueldo a su jefe, ¡y lo consiguió ! Al cambiar de actitud hacia su coñ o, había cambiado también la imagen que tenía de sí misma y pen-saba que se merecía más dinero.

 

Un añ o después hice una serie de dibujos a tinta sobre las diapositivas para mi libro La masturbació n como liberació n, y la incluí en la exposició n de las diapositivas, junto con un dibujo de una concha, otro de una orquídea, y un co-llar de un coñ o de jade. Me parecía que era una informació n visual importantí-sima para las mujeres, y me obligué a mí misma a decir que sí siempre que me pidieran que diera una conferencia. Viajé por todo el país con mi colecció n de diapositivas de los clítoris sagrados de las sacerdotisas del templo, o el conejo partido, segú n el punto de vista de cada uno. La diferencia entre erotismo y por-nografía está en las personas que lo ven. Enseñé mis diapositivas de los genitales femeninos en Nueva York, New jersey, Connecticut, Florida, Kansas, Colorado y California. Universitarios, grupos de mujeres y profesores de sexualidad tuvie-ron la oportunidad de cambiar su actitud hacia el coñ o. Me parecía que había reivindicado la palabra coñ o después de nombrarla mil veces con amor desde los diferentes escenarios —Germaine Creer fue el primero en utilizar el término en un articulo que leí en el añ o 1969, titulado «Ama a tu coñ o, mujer».

 

A finales de los añ os setenta, las imágenes genitales femeninas empezaban a ser un tema importante en el arte hecho por mujeres. Hasta entonces, las flores que pintaba Georgia O’Keeffe eran só lo eso, flores. Ella misma negaba que sus cuadros de temas florales fueran representaciones de vulvas. Entonces, Judy Chicago y compañía revolucionaron el mundo del arte con La cena. La mayoría de los treinta y nueve platos de cerámica que diseñó tenían un dibujo de un coñ o precioso. Muchas mujeres me mandaron diapositivas de sus cuadros de coñ os, incluyendo autorretratos genitales inspirados en mis dibujos a tinta. También re-cibí una pieza preciosa de cristal, que representaba el dibujo del coñ o que salió en la tapa de mi libro La masturbació n como liberació n. Llegó un momento en el que pensé que se acabarían haciendo sábanas y toallas con dibujos de coñ os. Una amiga mía, que era diseñ adora, fabricó un papel pintado para decorar con vaginas, pero nunca lo vendió . Lo que sí tuvo bastante éxito fueron las joyas con temas genitales. Preciosos coñ itos y pollas hechos de plata, oro, cristal y cerámi-ca adornaban orejas, dedos y cuellos. Yo incluso me compré un trapo de cocina con un coñ o adorable en el medio.

 

En la universidad, algunos libros de texto sobre el sexo han incluido el te-ma de las imágenes genitales, y se discuten las diferencias entre las formas fe-meninas y las masculinas. Pero se ha hecho muy poco en el Bachillerato, donde más falta hace, sobre todo ahora que los jó venes se desarrollan tan deprisa sexualmente. El mundo será más civilizado y humano cuando las bellas imáge-nes genitales y la actitud positiva hacia la masturbació n formen parte de la edu-cació n de todos los jó venes. Pero, a pesar de ello, hay ciertos avances. El otro día vi a la hija de una amiga con una chapa rosa que ponía VIVA LA VULVA.

 

Si todas las personas crecen con una imagen positiva de los coñ os y de las pollas, no creerán que son deformes. Es importante, sobre todo, que las mujeres vean imágenes genitales que incluyan el clítoris. Si la mujer entiende el papel que juega el clítoris en el placer sexual, le puede enseñ ar a su amante a estimu-laría para llegar al orgasmo.

 

Una vez leí una carta en una revista de sexo muy conocida. Iba dirigida a un médico que tenía una columna en la revista. Me puse furiosa. Se llamaba «Grandes labios vaginales», y una mujer de veinte añ os decía que recientemente había notado que sus labios menores se habían agrandado. Quería saber si podía ser por la masturbació n y qué hacer al respecto. El médico le contestó que podía ser hereditario y que «...si al masturbarse tira usted de los labios, pueden agran-darse. Si es tan grave que se avergü enza y no quiere tener relaciones sexuales, es relativamente fácil reducir el tamañ o». Le recomendaba una visita a la consulta del médico, un poco de novocaína y ras, ras —se acabaron los problemas. Me abstendré de insultar a este médico y só lo diré que no tenía una actitud positiva hacia el coñ o.

 

Otra recomendació n de los médicos que me parece ofensiva es la circunci-sió n femenina. Una amiga mía, que só lo tenía orgasmos con un vibrador, quería tenerlos también con en pene de su pareja. Le preguntó a su médico, quien le di-jo que si se hacia la circuncisió n su clítoris podía ser más sensitivo. Só lo sugirió que la operació n podía ayudar. Era un procedimiento muy sencillo —un poco de novocaína y ras, ras. Se hizo la circuncisió n y tuvo una infecció n, por lo que tu-vo que estar dos semanas más de lo que se le había dicho en un principio. Cuan-do se recuperó , seguía sin poder tener un orgasmo mediante la penetració n. En mi opinió n, tanto la circuncisió n masculina como la femenina son innecesarias.

 

¡Ha llegado el momento de olvidar el ideal romántico de tener todos los or-gasmos con la polla de Romeo dentro del coñ o de Julieta! Si una mujer puede tener orgasmos masturbándose, es orgásmica. Los hombres llaman frígidas a las mujeres que no pueden tener orgasmos en la postura tradicional, en pocos minu-tos y con la estimulació n que a él le gusta. La verdad es que muy pocas mujeres alcanzan el orgasmo só lo mediante la penetració n, sin otros estímulos. (¡Imagí-nense a un hombre intentando tener un orgasmo sin tocarse la punta de la polla!) No hace falta correrse para disfrutar del sexo, pero una mujer que no consigue tener orgasmos la mayoría de las veces no puede mantener una actitud positiva hacia el sexo durante mucho tiempo.

 

El papel crucial del clítoris ya está claro. Hoy en día, clínicos especializa-dos en el sexo utilizan la masturbació n como terapia para mujeres y hombres con problemas. A pesar de la teoría reciente del punto-G, que hizo que las muje-res se dedicaran a buscar un sitio mágico dentro de la vagina que producía el or-gasmo, el clítoris sigue siendo nuestro ó rgano sexual más importante. Hasta aho-ra no he conseguido encontrar mi punto-G. Todo el asunto me recordaba a Linda Lovelace en la película pomo Garganta profunda: ella creía que su clítoris era esa cosa que cuelga del fondo de su boca, evidentemente una fantasía sexual masculina. Pero tengo un par de amigas que adoran su punto-G y eso está muy bien.

 

La penetració n vaginal es muy eró tica, sobre todo cuando se hace con estilo y con sensibilidad. Tanto la parte exterior como la parte interior de los genitales femeninos producen sensaciones maravillosas. Algunas mujeres prefieren los orgasmos só lo mediante la penetració n: otras quieren estimulació n en el clítoris a la vez; y algunas prefieren el sexo oral. También hay mujeres como yo, que lo quieren todo, incluyendo la masturbació n.

 

La obsesió n por la liberació n de la mujer me tuvo tan absorbida que, duran-te diez añ os, no pensé siquiera en la importancia que tiene que los hombres ten-gan una actitud positiva hacia la polla. Daba por hecho que a casi todos los hombres les gustaba su pene, sobre todo por los privilegios que supone tener uno. Pero estaba equivocada. Las mujeres no son las ú nicas que no están conten-tas con su cuerpo y sus genitales. La represió n sexual afecta a ambos sexos.

 

Cuando un hombre disfruta con la masturbació n y se siente a gusto con su vida sexual, le gusta su pene. Pero para un hombre impotente no es más que la causa de muchas decepciones. El pene puede ser una constante tentació n para un religioso que ha hecho votos de castidad, o para un marido monó gamo. El resul-tado del odio exagerado hacia el pene pueden ser imágenes y fantasías de castra-ció n. El miedo a la castració n se debe probablemente a la represió n de la mas-turbació n masculina. El niñ o que está jugueteando tan contento con su pito aca-ba traumatizado cuando su madre le amenaza con cortárselo si no se está quieto.

 

Blake dice que cuando estaba casado y tomaba pastillas para la depresió n, su polla le recordaba continuamente su frustració n sexual. Quería a su mujer, pe-ro también quería tener aventuras sexuales. Ni siquiera podía disfrutar de la masturbació n por miedo a ser descubierto. Llegó al punto de imaginarse que po-nía el pene en el alféizar de la ventana y la cerraba con todas sus fuerzas. Tuvo esta fantasía de castració n más de una vez.

 

Cuando se divorció y tuvo unas cuantas aventurillas, la relació n con su po-lla cambió drásticamente. Se pasó días enteros, o eso le parecía a él, tocándose-la, libre por fin de masturbarse cuando quisiera. Hace poco, a los sesenta y tres añ os, le hizo una foto a su pene en plena erecció n y le mandó este retrato a una de sus amigas en Michigan. Debajo ponía Pensando en ti.

 

Muchos hombres heterosexuales no dan importancia a su polla, a no ser que sea muy pequeñ a o muy grande. Los que la tienen muy pequeñ a casi siem-pre la quieren tener más grande, a no ser que hayan aprendido a ser amantes fan-tásticos. Los que la tienen enorme impresionan mucho a otros hombres, pero a lo mejor asustan a las mujeres.

 

A la mayoría de las personas les gusta un tamañ o medio, exceptuando al-gunos hombres y mujeres que consideran que el hecho de que la polla sea muy grande mejora la relació n sexual. No sé si hay datos científicos sobre el tamañ o medio de un pene normal, pero imagino que entre trece y diecisiete centímetros cuando está en erecció n. Eso no quiere decir que un hombre que lo tenga más grande o más pequeñ o no pueda tener una actitud positiva hacia su pene. No es el tamañ o del pez lo que importa, es el movimiento de las olas.

 

Algunas pollas se curvan de forma natural hacia arriba y otras se curvan hacia los lados. Incluso he visto una que se curvaba hacia abajo. Pero ninguna de estas tendencias interfiere en una buena relació n sexual.

 

El grosor y la longitud varían en los penes de los hombres igual que en el clítoris de las mujeres. El pene puede ser corto o largo, grueso o delgado. La forma, el tamañ o y el color de la punta cambian, igual que en los clítoris. La punta puede ser afilada, desigual por los bordes, o plana.

 

Hay pollas clásicas y muy simétricas, pollas barrocas con venas y pliegues complicados y pollas danesas modernas con trazos sencillos, lo mismo que los estilos de los coñ os. Hay todo tipo de colores: beige, color melocotó n, marró n, lavanda, y rosa.

 

Es só lo un sueñ o, pero creo que cuando los hombres adoren de verdad sus falos, las armas y los misiles MX estarán obsoletos. Imagine un gobierno con una imagen positiva de los coñ os y de las pollas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO

SIETE

 

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La terapia sexual

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Después de tres añ os dirigiendo las Terapias Sexuales estaba harta de catalogar el sufrimiento femenino y las injusticias sociales. También estaba cansada de la imagen romántica que daba de una artista aislada en su torre de marfil. No que-ría luchar por resolver problemas estéticos que yo misma había creado, sino que quería ayudar a resolver algunos problemas sociales que ya existían. El sexo era una clave del feminismo, podía liberar a las mujeres o esclavizarlas. Mi espíritu feminista quería sustituir la retó rica del feminismo por mis imágenes eró ticas. Decidí organizar unas Terapias de Concienciació n física y sexual para que las mujeres pudieran explorar el placer juntas.

 

Necesitaba un sitio especial para mi nuevo proyecto eró tico. En un momen-to de locura o de inspiració n divina me deshice de todos los muebles caros que había acumulado durante mi matrimonio. Mis adorados símbolos de respetabili-dad desaparecieron de mi vida, y me quedé con un enorme cuarto de estar vacío. Mis amigos estaban asombrados y yo también. Luis XVI se fue y llegó Betty I, transformando mi saló n tradicional en un templo de placer. Puse una moqueta de felpa y muchos espejos. Llenó las paredes de mi arte eró tico, y encima de la chimenea colgué fotos mías desnuda en posturas de yoga. Por ultimo, coloqué almohadones por la habitació n, y logré que quedara espacioso, elegante y senci-llo. Era só lo el principio.

 

En enero de 1973, empecé a llamar a todas las mujeres que conocía para conseguir participantes para las primeras terapias. Me parecía que sería suficien-te con una hora semanal. Les expliqué que estaríamos desnudas, y me di cuenta de que era una idea poco atractiva para ellas, pero só lo quería jugar con mujeres valientes. Había planeado hacer ejercicios corporales como yoga y kárate, hablar de la alimentació n y la salud, estudiar los genitales, compartir nuestras historias de masturbaciones y describir nuestros orgasmos (o la falta de ellos). Iba a ense-

 

ñ arles a masturbarse por medio de demostraciones y compartiendo mis expe-riencias.

 

Sabia que iba a necesitar ayuda, por lo que pedí a mi amiga Laura que me ayudara. Estaba encantada, y enseguida me contestó que sí. Durante cuatro añ os llevamos los grupos juntas. El primer añ o teníamos dos grupos separados a la semana. Después de cada sesió n, Laura y yo repasábamos todo lo que había ocu-rrido. Sus experiencias me daban el apoyo que yo necesitaba.

 

Cada grupo tenía su propia personalidad. Algunos eran muy reservados sexualmente y hablaban más, otros eran dulces y sensuales. De vez en cuando había uno obsceno y escandaloso. Todos eran divertidos porque Laura y yo éra-mos unas payasas.

 

Los rituales de placer acabaron siendo como querían los miembros de cada grupo. Había madres y esposas que vivían en las afueras de la ciudad, mujeres casadas que trabajaban, mujeres divorciadas, solteras. La edad variaba desde los veinte hasta los cincuenta, y de vez en cuando había alguna abuela de sesenta. La mayoría era heterosexual, pero en algunos grupos había mujeres bisexuales y lesbianas. Siempre dejaba bien claro que apoyaba todos los tipos de sexo. Como ponía especial énfasis en el sexo en solitario y el amor por uno mismo, le quita-ba importancia a las etiquetas sexuales. Simplemente éramos mujeres sexuales.

 

Sabía que una demostració n valdría más que mil palabras, porque la mayo-ría de las mujeres no tienen imágenes sexuales. Al principio les enseñé la mas-turbació n haciendo una pantomima, actuando para que vieran có mo se movía el cuerpo primero con un orgasmo ligero y luego con uno muy intenso. Después les ponía un video con una estrella del porno haciendo que tenía un orgasmo im-presionante. Todas las semanas les decía que los deberes para casa consistan en practicar la masturbació n. Había diferentes tipos de vibradores para las que qui-sieran llevarse uno a casa. Se rieron mucho cuando les dije que tenían que hacer sus tareas.

 

Una noche, después de hacer mi demostració n de la masturbació n, una mu-jer bastante tímida dijo que le gustaría ver un orgasmo de verdad algú n día. Sin dudarlo, Laura y yo enchufamos nuestros vibradores y nos masturbamos hasta tener un orgasmo. Cuando terminamos, todas aplaudieron. Después de unos cuantos grupos más, se nos olvidaron las preocupaciones y la vergü enza de ac-tuar en pú blico. Hablar de sexo limitaba las posibilidades. Nuestra forma de en-señ ar se convirtió en algo de primera clase desde que incorporamos la masturba-ció n de forma regular a las terapias. Las mujeres podían tener dos imágenes sexuales del orgasmo. Laura se corría varias veces en el tiempo que yo tenía un orgasmo muy intenso.

 

Era muy positivo para las mujeres vernos a Laura y a mí teniendo orgasmos de verdad. Algunas no estaban seguras de haber tenido uno alguna vez porque no sabían de qué se trataba. Viéndonos aprendían los movimientos, la respira-ció n y podían ver la energía. Varias mujeres que decían que no eran orgásmicas estaban equivocadas. Resultó que habían estado teniendo pequeñ os orgasmos. Después de vernos, se dieron cuenta de que su idea del orgasmo era muy exage-rada. Creían que era una especie de ataque.

 

Cuando hicimos una demostració n de las diferentes posturas en las que se podía hacer el amor, tuvimos un diálogo muy divertido sobro el papel que juga-ban ambos sexos. Discutimos quién haría de hombre y quién de mujer. Luego hicimos una crítica de la actuació n de cada una. Nuestro macho era patoso y demasiado agresivo, mientras que nuestra hembra era modosa y pasiva. A las mujeres les encantaba vernos hacer el tonto. Hicimos una demostració n de la postura en ángulo recto, con la mujer tumbada boca arriba y el hombre de lado. También enseñ amos la postura tradicional, la mujer superior, cucharas, y el es-tilo perro. En todas las posturas le dábamos especial importancia a la estimula-ció n del clítoris, con la mano o con el vibrador, mientras simulábamos la pene-tració n. Nuestra ú ltima escena eró tica fue enseñ arles có mo dos mujeres podían usar el mismo vibrador a la vez y bailar hasta el orgasmo.

 

Para mi asombro, enseguida me convertí en una buena organizadora y ad-ministradora. Al cabo de un añ o estaba constituyendo grupos en la costa oeste y en otras partes del país. Mi lema era: «El vibrador llegará lejos». Pero me resistí a convertir los grupos en una gran operació n comercial, aunque tenía muchas ofertas para financiarlos y era muy tentador. No había ningú n motivo intelectual, era un sentimiento. Sabía que si dejaban de ser una experiencia íntima para mí, dejarían de tener el efecto que yo quería.

 

No hice ninguna publicidad de los grupos, pero se corrió la voz muy depri-sa. Muchas mujeres recibían toda clase de informació n de sus amigas y se apun-taban. Otras tardaban meses e incluso añ os en decidirse. Nunca llevé los grupos de una forma consistente y fija; todos los añ os decía que era el ú ltimo. Só lo el hecho de pensar en organizar más grupos era abrumador. Me sentía responsable del bienestar de cada una de las mujeres, y era agotador. Pero, a pesar de todo, la experiencia era tan emocionante que antes o después me olvidaba de todos los inconvenientes y empezaba de nuevo.

 

Después de cinco añ os los grupos terminaron siendo de quince mujeres, los fines de semana, y los llevaba yo sola. No se obligaba a nadie a hacer algo que no quisiera. El principio fundamental del placer era la libertad de poder elegir.

 

El día que empezaban las sesiones recibía a las mujeres totalmente desnu-da. Se desvestían enseguida, para no tener tiempo de pensar en la vergü enza y el pudor. Al cabo de una hora desaparecían todas las inhibiciones al respecto. A todas les parecía muy natural estar desnudas. En la segunda sesió n estaban de-seando quitarse la ropa.

 

Nos sentábamos en circulo, que es una forma muy antigua de comunica-ció n entre los grupos. De esa manera estábamos en igualdad de condiciones y nos veíamos todas. Siempre ponía una vela encendida en el centro, y empezaba la sesió n contando alguna fantasía reciente. Por ejemplo, tomar la ciudad de Washington y erotizar al país, o hacer de sacerdotisas del vibrador en Carnegie Hall. Nos sentábamos con las piernas cruzadas, la espalda muy recta, el pecho fuera y la cabeza bien alta. ¡Teníamos un aspecto magnifico! Antes de empezar a hablar, respirábamos profundamente varias veces para dejar salir la tensión.

 

Hablar entre nosotras completamente desnudas hacía que fuéramos más conscientes de nuestro físico. Nos turnábamos para contar como nos sentíamos con nuestro cuerpo y con nuestros orgasmos. Yo empezaba para dar ejemplo, y les contaba mis sentimientos. Era impresionante ver có mo una mujer con un cuerpo precioso se deshacía en pedazos al contar sus problemas, mientras que otra, a la que le sobraban unos veinte kilos, explicaba que le gustaba su cuerpo y que se sentía muy có moda. Cuando una mujer no sentía amor por su cuerpo se convertía en nuestra inspiració n para practicar el amor en solitario.

 

Cuando empezamos a hablar del orgasmo, nuestras imágenes estaban poco claras o confusas. Para una mujer el orgasmo era un acontecimiento emocional; para otra, un placer secundario, y para otra era un completo misterio. Había más de una que no estaba segura si tenía orgasmos o no, Normalmente no sabían muy bien qué esperar o tenían unas imágenes románticas muy exageradas. Va-rias mujeres que decían que no tenían orgasmos descubrieron que los habían es-tado teniendo todo el tiempo, só lo que poco intensos. Creían que todos debían ser muy intensos, como en las novelas eró ticas. Casi todas las demás eran or-gásmicas de una manera o de otra, pero estaban interesadas en aprender más so-bre la masturbació n. Algunas conseguían tener buenos orgasmos con sexo oral, pero no con la penetració n. Con otras ocurría lo contrarío. Había mujeres que tenían orgasmos solas, pero no con su pareja. Y las que sí tenían orgasmos regu-larmente, estaban de acuerdo en una cosa: sus experiencias variaban mucho de una vez para otra.

 

Después de tanto hablar, llegaba el momento de la acció n. Empezaba haciendo una imitació n de có mo debe ser una mujer femenina. Andaba como si llevara tacones muy altos y estuviera intentando mantener el equilibrio. Me po-nía en posturas muy femeninas y procuraba ocupar el menos espacio posible. Lo hacía bien porque en la época en que era diseñ adora de moda llevé la femineidad hasta el extremo. Todo el grupo se reía porque reconocían inmediatamente al personaje. Entonces, nos poníamos de pie muy rectas y nos mirábamos en el es-pejo. Caminábamos erguidas, con la cabeza bien alta, el pecho fuera, el trasero hacia dentro y los clítoris hacia delante, y así cambiaba totalmente nuestra acti-tud y nuestro aspecto.

 

Un ejercicio muy divertido se llamaba llevar la voz cantante. Consistía en dar la vuelta a los papeles tradicionales del hombre y la mujer, poniendo a la mujer encima. Hacíamos como sí con nuestro clítoris estuviéramos penetrando a algú n amante imaginario, y nosotras teníamos que hacer todos los movimientos. Ponía el despertador para que sonara a los tres minutos, un poco más de la media nacional establecida por Kinsey.

 

Cuando empezaban a follar, yo tomaba parte al mismo tiempo que comen-taba las técnicas de cada una: «Pon los brazos más rectos; no aplastes a tu aman-te. Te has puesto demasiado arriba, se te acaba de salir el clítoris. No pares de moverte o se fastidiará tu erecció n. No te muevas tan rápido, te vas a correr demasiado pronto. Y no te olvides de susurrar cosas bonitas a tu amante en el oí-do».

Miraba el reloj para coordinar mi orgasmo teatral con la campana. Los diez

 

ú ltimos segundos los pasaba haciendo movimientos casi histéricos y luego me caía encima de mi amante imaginario a la vez que le decía: «¿Te ha gustado?» Luego empezaba a roncar de una forma escandalosa. Era muy gracioso.

 

Acababan todas agotadas, casi sin respiració n, y preguntaban «¿Có mo aguantan los hombres?» Se quejaban de que se les cansaban los brazos, les dolía la espalda y las caderas. La mayoría se rajaba antes de que sonara la campana del despertador. Después de eso, siempre había una mayor simpatía hacia los hombres, y las mujeres mostraban mayor interés en otras posturas para hacer el amor.

 

Algunas mujeres decían que sentían dolor si los movimientos de su amante eran excesivamente fuertes, pero otras aseguraban que les gustaba que las folla-ran con fuerza. Cuando era joven creía que la pasió n consistía en hacer movi-mientos muy bruscos al hacer el amor, y luego siempre me dolía todo. Les ex-pliqué que me parecía que un amante sensible nunca haría el amor con violencia. A mí me gustaba la marcha siempre que estuviéramos en igualdad de condicio-nes, pero también me gustaba mucho follar despacio e intensamente.

 

Otro problema bastante corriente entre las mujeres era la falta de lubrica-ció n y el dolor producido por la penetració n en seco. A algunas les parecía que no lo estaban haciendo bien si no estaban empapadas por la pasió n. Yo, perso-nalmente, a veces me sentía mojada cuando ni siquiera estaba pensando en el sexo. Otras veces no lubricaba aunque estuviera estimulada sexualmente. Reco-mendé a las de mi grupo que utilizaran aceite para masajes. Para mi gusto son muy sensuales y no me da ninguna vergü enza usarlos.

 

Las exposiciones orales sobre nuestros genitales era una de las partes más divertidas de las sesiones. De todas las mujeres a las que he enseñ ado en estos grupos solo recuerdo a dos o tres que no participaran en este show. Pero todas tomaban parte a la hora de ver có mo la flor vaginal de cada mujer se situaba ba-jo los focos. Yo siempre era la primera. Me colocaba delante de un espejito y me partía el conejo mientras hablaba de mis antiguos temores a la deformidad. Después de tantos añ os viendo genitales femeninos había visto muchos labios más grandes y más largos que los míos. Había hablado tanto de este asunto que ahora me parecía que me tendría que disculpar por lo pequeñ os que eran en rea-lidad.

 

Casi todas las mujeres tenían una imagen visual de un pene, así que hacía una analogía entre el clítoris y el pene. Apartaba la piel que recubre el glande del clítoris y explicaba su relació n con la piel que recubre el glande del pene. Expli-caba también que los ovarios y los testículos eran ó rganos en forma de almendra casi del mismo tamañ o. Siempre había alguien que decía: «Pero si el clítoris es como un pene pequeñ o», y yo siempre contestaba: «¡O el pene es como un clíto-ris demasiado grande!»

 

 

 

Durante estas exposiciones, hablábamos de las cicatrices que dejan los par-tos, de labios desiguales, de pequeñ os bultos y lunares que parecían un poco ra-ros, de clítoris supuestamente demasiado pequeñ os y del odiado flujo vaginal. Comentábamos cuestiones de higiene vaginal, pero las duchas vaginales no de-ben convertirse en un vicio.

 

Como la mayoría de las mujeres tienen el flujo de color claro o blanco, a mí me parecía lo normal. Nunca usé nada más que agua o vinagre blanco para lavarme. Antes de hacer el amor me metía un dedo en la vagina para ver como olía y a qué sabía. Esto me hacía sentirme más segura. Cuando me volví vegeta-riana, noté que sabía más dulce y también lo noté en mis amantes vegetarianos.

 

Cuando llegaba al tema de los genitales, localizábamos nuestros mú sculos metiéndonos un dedo en la vagina y apretando. Era un ejercicio totalmente opuesto al que se hace al tener un niñ o. Otra manera de localizarlos era parando de orinar de repente. En cualquier caso, apretar el mú sculo y luego relajarlo pro-ducía unas sensaciones genitales muy agradables, y lo eran cada vez más con la práctica. Apartando la piel que lo cubría y mirando en un espejo, incluso se po-día ver el mú sculo que movía el clítoris.

 

También nos hacíamos masajes anales con aceite alrededor del esfínter, y luego introducíamos un dedo. Respirando profundamente relajábamos más los mú sculos a la vez que dejábamos salir cualquier sensació n negativa hacia nues-tros anos. Una vez que lográbamos relajarnos, empezábamos a disfrutar. El po-bre culo es el ú ltimo en recibir un poco de amor y yo decidí llamar al mío dulce capullo de rosa. El erotismo anal puede ser una parte muy bonita del sexo.

 

En la discusió n sobre los métodos anticonceptivos, casi todas estábamos de acuerdo en que cada sistema tenía sus inconvenientes. Prácticamente, todas las mujeres jó venes tomaban la píldora. Para mi gusto era mas seguro un diafragma, pero era una forma algo sofisticada. Tuvo que cambiar mucho mi actitud hacia el sexo para llegar a estar có moda con uno. Siempre me lo ponía después de du-charme cuando tenía alguna cita, en vez de tener que ponérmelo luego, en el me-jor momento. Tampoco pasaba nada si luego no me iba a la cama con nadie. Al principio pensaba que un diafragma estropearía la espontaneidad del momento, pero enseguida cambió la cosa. Me excitaba pensar en la posibilidad de que pa-sara algo. Me lo ponía mas fácilmente con un aplicador. Siempre comprobaba si estaba bien colocado al final, y me lavaba los restos de espermicida. Después de llevarlo una hora, el sabor y el olor de mi coñ o volvían. Cuando cogí práctica só lo tardaba unos minutos en estar preparada. Más adelante descubrí que el No-noxynol-9 que tenía el espermicida que usaba era bueno contra las enfermedades venéreas. Pruebas recientes han demostrado también que mata el virus del SIDA, y que se encuentra en algunas marcas de condones. Hoy en día las muje-res listas llevan condones en su bolso para asegurarse ante la posibilidad de que pase algo.

 

Muchas de las mujeres que acudieron a las Terapias no habían disfrutado de un masaje antes de ese momento. Les excitaba por lo sensual y relajante que era. Nos dividíamos en dos grupos. Una mujer de cada grupo se tumbaba en el suelo y Las otras, cinco o seis, le daban un masaje. El círculo de las masajistas iba rotando para que todas tuvieran la oportunidad de tocar distintas partes del cuerpo. Era una delicia ver como una mujer recibía energía de una docena de manos que la tocaban todas a la vez. ¡Era una orgía de sensaciones! Todas tenían la oportunidad de dar y recibir placer. Disfrutaban de toda clase de sensacio-nes maravillosas sin tener que responder sexualmente. Tanto los hombres como las mujeres están tensos porque están actuando constantemente, y los masajes les dan una oportunidad de salir del escenario un rato —olvidarse de todo, dejar de pensar y dedicarse só lo a sentir. Para dos personas que llevan mucho tiempo juntas, siempre recomiendo masajes y masturbació n. En vez de hacer siempre lo mismo y en la misma postura, esta experiencia eró tica puede abrir nuevos cami-nos en la intimidad, y sin ningú n tipo de presión.

 

En uno de los primeros grupos que tuve hablamos de que no había juegos eró ticos para niñ as pequeñ as. Les conté mi fantasía de hacer una masturbació n de mujeres en comú n algú n día. «Eso suena muy bien. Vamos a hacerlo ahora», dijeron algunas. ¡Me quedé sin habla! Ya estaban preparadas para la masturba-ció n en grupo, pero yo no. Para mí seguía siendo una fantasía. Estuve a punto de desmayarme, hasta que me convencí de que éramos personas adultas, y decidí tomar parte. Puse una vela naranja en el centro y la encendí con una mano tem-blorosa. Me dio un escalofrío. ¿Había sido una sacerdotisa egipcia alguna vez? De pronto, una voz interior me dijo: «Esto es un antiguo rito de Tantra y tú estás dirigida por una divinidad».

 

Al principio, la masturbació n en círculo era opcional en cada grupo. Pero al quinto añ o había evolucionado hasta llamarse el rito de la masturbació n diri-gida, y se convirtió en parte de todas las Terapias. Empezábamos de pie en un círculo, bailando con nuestros vibradores; una visió n exó tica del erotismo feme-nino. Yo dirigía al grupo hacia diferentes tipos de estimulació n genital, movi-mientos de la pelvis, formas de respirar y posturas para masturbarse. Una de mis favoritas era ponerme encima del vibrador y luego encima de una almohada. Era fantástico para practicar los movimientos de la pelvis. Luego pasábamos a otras posturas.

 

Después de unos treinta minutos decidí conceder tiempo para un recreo eró tico. La energía rebotaba en las paredes junto con los suspiros de placer. A las mujeres les encantaba, con o sin orgasmo, ¡porque se daban cuenta de que estaban superando una vida entera de represió n sexual en una hora! Habíamos sacado la masturbació n del armario más oscuro de la familia nuclear y la había-mos colocado en el Templo del Placer,

 

Las Terapias me hacían pasar del éxtasis a la agonía. Me preocupaba mu-cho estar pasándome de la raya, y pensaba a menudo que las mujeres eran dema-siado conservadoras y demasiado tímidas para arriesgarse. Pero eso resultó ser mentira. Cada una de las mujeres que entraba en el Templo era una valiente, aunque al principio le hubiera costado quitarse la ropa. A veces me sentía como si estuviera andando por un pantano de represió n, con las inhibiciones hasta las rodillas. Tenía que absorber la tensió n del grupo y luego soltarla con los rituales del placer. Llegaba al éxtasis cuando miraba a mi alrededor y casi me mareaba por lo que veía.

 

Me han contado las mujeres que han ido a mis Terapias que más de una vez han dejado a todos asombrados en una fiesta al relatar sus aventuras. También les contaban sus experiencias a sus maridos, con lo que conseguían mejorar su comunicació n sexual. Educadores, terapeutas y otras personas han utilizado mi informació n sobre la masturbació n para su propio trabajo con otras personas. Cada una de mis Terapias ponía su granito de arena para acabar con la represió n. Los anillos de la energía sexual se extendieron ampliamente, entrando en las vi-das de muchas mujeres y muchos hombres con el amor erótico.

 

Yo también aprendí mucho con los grupos, porque enseñ aba sexo a base de sexo. En una estimació n aproximada calculé que había guiado a más de mil mu-jeres en los ritos del orgasmo. Todas ellas eran mis adoradas amantes. Siempre me será imposible describir las imágenes magníficas y la profundidad de mis sentimientos sexuales y emocionales en aquellos grupos. Las Terapias Sexuales nunca dejarán de maravillarme por el poder y la belleza de la energía sexual.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO

OCHO

 

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Orgasmo, orgasmo,

orgasmo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Aunque venga de un amante, una bañ era, un osito de peluche, un dedo, una len-gua o un vibrador, un orgasmo es un orgasmo. Mis rituales de orgasmo, al prin-cipio, eran muy sencillos. Tardaba alrededor de diez minutos en tener uno, y luego lo dejaba. Só lo me concentraba en las sensaciones de mi cuerpo. Poco a poco empecé a tomarme más tiempo y a ser mejor amante. Tardaba más en co-rrerme, porque paraba de repente para crear más tensió n sexual antes de llegar al orgasmo. Luego empecé a imaginar situaciones eró ticas, con lo que mis orgas-mos mejoraron mucho. Para desarrollar una fantasía, primero intentaba recordar alguna buena experiencia sexual que hubiera tenido. También leía libros sobre el sexo, o sobre el arte del sexo, y miraba revistas pomo que me gustaran.

 

Lo solía hacer con el dedo; me lo metía en la vagina para humedecerlo y, a veces, con otro dedo me tocaba el clítoris. Siempre era un verdadero placer. Una noche lo hice mientras me miraba en un espejo con aumento. Era fabuloso, casi como ver una película eró tica en una mini-pantalla. Fui adquiriendo cada vez más estilo en la manera de hacerlo. Veía como mis labios vaginales se ponían de un color rojo oscuro y mi clítoris se hacia más grande por momentos. Me hacía un masaje interno con tres dedos, lo que aumentaba la lubricació n, y mis jugos sexuales brillaban a la luz. Al final movía la mano tan rápido que la veía borrosa justo antes de correrme. Cuando llegaba al orgasmo, se me cerraban los ojos y se acababa el espectáculo, como cuando se cierra el teló n en el teatro.

 

Al principio nunca tenía más de un orgasmo cuando me masturbaba. Mi clítoris siempre estaba demasiado sensible justo después de tener uno. Un do-mingo por la tarde, cogí una vela blanca, le di la forma de un precioso pene y me la metí mientras me tocaba el clítoris. Después de tener un orgasmo conside-rable, todavía tenía marcha, pero estaba demasiado sensibilizada para hacerlo otra vez. De repente se me ocurrió que podía intentar respirar de la misma mane-ra que se les enseñ a a las mujeres para soportar el dolor en un parto natural. Em-pecé a hacerlo para poder tolerar más placer, y descubrí que lo podía hacer si me tocaba con más suavidad, En poco tiempo desapareció la hipersensibilidad y es-taba a punto de tener otro orgasmo. En vez de parar y aguantar la respiració n, a partir de entonces respiraba más fuerte para soportar la sensació n. Lo que antes me parecía dolor ahora me parecía una nueva forma de placer.

 

Más adelante empecé a hacer un ejercicio con el que aprendí a controlar las sensaciones de mi cuerpo. Después de un bañ o caliente, o de una sauna, me me-tía en agua fría. Al principio me horrorizaba la idea. Siempre había evitado los dos extremos, porque ambos eran demasiado intensos. Pero, en realidad, era una sensació n fantástica que estimulaba la circulació n y los sentidos. El espacio que existe entre la idea y la acció n es la inhibició n. Mi capacidad para moverme por ese espacio estaba en relació n directa con mi deseo de encontrar placeres nuevos.

 

 

 

 

 

 

 

 

Lanzarme al placer se me hacia cada vez más fácil. A finales de los añ os sesenta tuve el primer orgasmo con un vibrador. Pero no era un vibrador de ver-dad, sino un aparato para darse masajes en la cabeza que Blake tenía. Una noche me pregunto si me apetecía que me diera un masaje, y empezó a dármelo por la cabeza. Era fantástico. Poco a poco bajó la mano hacia el resto de mi cuerpo, y me empezó a latir el corazó n cada vez más fuerte. Pegué un salto cuando noté los movimientos rápidos de su mano sobre mi clítoris. Era un placer tan intenso que no pude evitar sujetarle en brazo. Me preguntó si quería que lo dejara, y le contesté que no. Respiré para disfrutar bien de la sensació n, y después de tres orgasmos maravillosos sentía que había entrado en otra dimensión.

 

Entonces me compré un aparato como el de Blake. Se sujetaba con la mano y hacia que los dedos vibraran con rapidez. Me ponía el dedo sobre el clítoris y en resultado era fantástico; además, casi no hacia ruido. Me corrí enseguida, pe-ro no pude seguir porque el vibrador se había calentado demasiado, y no era na-da divertido jugar con un juguete que estaba tan caliente que no se podía tocar.

 

A principios de los setenta, salió al mercado un nuevo aparato eléctrico pa-ra dar masajes. Era un cilindro muy grande que hacía el mismo ruido que un camió n cuando va en segunda. El mango media unos veinte centímetros y tenía una cabeza de siete centímetros. Cuando se lo enseñé a mis amigas por primera vez, casi, se desmayan, hasta que les expliqué que no era para metérselo dentro. Toda esta maquinaria estaba pensada para hacer vibrar a mi dulce clítoris. Fue el principio de un romance apasionado con un aparato al que puse el nombre de Mack, el forzudo. (Una amiga mía se compró uno enseguida, y le llamó Pierre, el sortudo. )

 

Al principio lo usaba sobre todo para el cuello y los hombros, como indica-ban las instrucciones. Tardé algú n tiempo en aprender có mo se podía dirigir toda esa energía hacia el placer sexual. Una noche, Mack y yo sorprendimos a mi clí-toris debajo de una toalla doblada. Ocurrió justo lo que me temía —¡fue un éxta-sis inmediato! Estaba abrumada por el placer. Además se podía regular la velo-cidad. Podía tener unos orgasmos increíbles sin que Mack se calentara demasia-do.

 

Ahora, mirando hacia atrás, me parece que hubo un momento en el que mis sentimientos por Mack casi se convierten en amor. Compré varios y se los presté a mis amigas, para no tener que compartir el mío. Terminé comprándolos por cajas cuando empecé con las Terapias, hasta que un día descubrí que Mack, el forzudo, ya no se fabricaba. Creí que el gobierno estaba siguiendo una política de reducció n de orgasmos. Sin embargo, Dios aprieta pero no ahoga, porque pronto apareció otro aparato que daba masajes. Era más bonito y más fino, y te-nía un motor que ronroneaba como un gato.

 

Cuando llegaba a casa, siempre estaba esperándome mi fiel Pandora para darme unas horas interminables de placer. Nunca le dolía la cabeza, ni estaba demasiado cansada para hacerme caso, y no le importaba que de vez en cuando me apeteciera hacerlo con gente. Lo que me salvó de empezar a tomarme en se-rio nuestra relació n fue analizar cuidadosamente los inconvenientes de Pandora: mucho ronroneo, pero nada de conversació n, y siempre tenía que ser yo la que Ilevara la voz cantante. Pero quería a mi vibrador tal y como era: un juguete ma-ravilloso que transmitía buenas vibraciones.

 

Seguí teniendo relaciones sexuales con mis amantes y dejé de pensar que me iba a volver adicta al vibrador. También dejé de preocuparme porque se me iba a estirar el clítoris y porque me iba a volver poco sociable. Nunca pasó nada de eso. Era mucho menos sociable cuando era adicta al amor. En aquella época, lo que empezaba como algo placentero se convertía enseguida en dolor, a medi-da que me iba obsesionando con la persona a quien quería. Nunca he estado obsesionada con un vibrador. Mi experiencia con otras adicciones me ha enseñ ado que el dolor y la frustració n hacen que se cree una fijació n. Era como un coneji-llo de indias: los que están condicionados por el dolor siguen siempre el mismo camino, mientras que los que están condicionados por el placer buscan nuevas aventuras.

 

 

 

 

 

 

Hasta finales de los setenta só lo utilizaba un vibrador para mis rituales de masturbació n. Luego empecé a hacer experimentos con la penetració n. Me ponía algo en la entrada de la vagina mientras me estimulaba el clítoris con el vibrador. Hacía una penetració n lenta y sensual apretando y relajando los mú sculos. Justo antes de correrme hacía fuerza con las piernas para sujetar lo que fuera que tuviera dentro. Sujetaba el vibrador con las dos manos a la vez que ponía tensas las nalgas y me dejaba llevar.

 

Me encantan los pequeñ os orgasmos que tengo cuando me tomo un descan-so sexual de un cuarto de hora. Me dan energía y descargo la tensió n. También me gusta el otro extremo, unos orgasmos maravillosos después de un ritual de dos horas. Me voy excitando y luego lo dejo para estar al borde el mayor tiempo posible. Utilizo los movimientos del cuerpo, todas las formas de respirar y todos los pensamientos eró ticos de mi repertorio. Me someto por completo al hedonismo. He reído, llorado y gemido mientras intentaba alcanzar el más grande de los orgasmos. Después de tener dos o tres, me quedo como traspuesta, disfrutando del placer. Sigo vibrando y temblando, pero ya sin ningú n interés en tener otro porque estoy más allá del orgasmo, en un estado de éxtasis que puede durar has-ta diez minutos. Luego vuelvo lentamente a la tierra otra vez.

 

Esta forma de tener orgasmos es una de las posibilidades que hay. A mí me encanta, pero algunas mujeres prefieren los vibradores en forma de pene que funcionan con pilas. Los vibradores son tan estupendos para tener orgasmos, que se olvida uno de que también lo son para masajes en el resto del cuerpo. Es una forma de estimular el riego sanguíneo en la zona donde se hace el masaje, y es muy bueno para la salud y la belleza corporal. Pero no hay que olvidar que los aparatos eléctricos se deben mantener siempre alejados del agua.

 

Cuando una mujer utiliza un vibrador por primera vez puede obtener dife-rentes resultados. Una amiga me contó que ella tuvo un orgasmo intensísimo, pero que no duró nada. Otra me dijo que el suyo fue tan pequeñ o que só lo duró un segundo. Incluso hubo una que tuvo que practicar durante varios meses antes de conseguir algú n resultado positivo. A veces se tienen pequeñ os orgasmos sin que haga falta mucha estimulació n. Es muy parecido al fenó meno de la eyacula-ció n precoz. La masturbació n es el mejor sistema para aprender a controlar las ganas de correrse, tanto para los hombres como para las mujeres.

 

Tengo algunas amigas que prefieren que la estimulació n sea indirecta. Con-siguen tener orgasmos mediante la presió n, juntando los muslos y tensando los mú sculos de una forma rítmica. Conozco a un hombre que se masturba presio-nando su pene contra la cama. Cuando era pequeñ a usaba el sistema de la pre-sió n con una almohada entre las piernas, pero ahora me gusta más el contacto di-recto. Hay mujeres que prefieren utilizar el agua para estimularse y tienen or-gasmos en la bañ era con la ducha de teléfono. Una vez una amiga tuvo un or-gasmo sin querer en un jacuzzi porque se sentó delante de uno de los chorros de agua. Un orgasmo es un orgasmo.

 

Hay muchas mujeres que no consiguen aprender a tener su primer orgasmo con agua, ni con presió n, ni con la mano. Normalmente, esto ocurre porque no han tenido ninguna experiencia de masturbació n y han aprendido a controlar sus impulsos sexuales. Para estas mujeres un vibrador puede proporcionar una esti-mulació n fuerte y regular, para que se recuperen de la privació n sensual de la que han sido objeto. Puede que sea la ú nica manera de tener orgasmos durante meses o incluso añ os, pero no es tan espantoso como pensar que nunca podrán tener uno. Los orgasmos eléctricos son tan satisfactorios como cualquier otro.

 

La obsesió n por portarse bien puede hacer que dejemos de tener sensacio-nes en los ó rganos sexuales. Una represió n muy fuerte puede bloquear los ner-vios de nuestro sistema que llevan esas sensaciones hasta el cerebro. Wilhelm Reich, el psicoanalista que escribió La funció n del orgasmo, definió el orgasmo como «...la capacidad de rendirse ante la energía sexual sin ninguna inhibició n; la capacidad de descargar toda la excitació n sexual a través de movimientos in-voluntarios y placenteros de todo el cuerpo». Es una descripció n fantástica, pero durante muchos añ os no me la podía aplicar a mi misma. Igual que otras muchas personas no había podido disfrutar plenamente del orgasmo.

 

Hasta que cumplí algo más de treinta añ os, mi pobre cuerpo estuvo maltra-tado por las resacas, dolores musculares cró nicos, falta de ejercicio y mala ali-mentació n —y todo ello interfería en mis sensaciones eró ticas. Además estaban los factores causantes de la inhibició n: sentido de culpabilidad, miedo, rabia y autocompasió n. Estos hacían que no pudiera tener pensamientos eró ticos. Mi energía sexual no podía seguir su curso, só lo la descargaba a través de mis geni-tales y tenía pequeñ os orgasmos, comparables al hipo.

 

Durante mi infancia y luego en mi matrimonio, la masturbació n estaba ba-sada sobre todo en que no me pillaran. Aprendí a ser rápida y silenciosa. Cuan-do estaba con alguien en la cama procuraba no respirar muy fuerte ni moverme mucho. Nunca estaba relajada, porque só lo me preocupaba ser muy femenina to-do el tiempo. Lo que ocurría, en realidad, era que tenía muchos prejuicios.

 

En una de mis Terapias, una mujer casada me contó que tuvo el primer or-gasmo a los cuarenta y ocho añ os. Una noche se puso el vibrador en el clítoris y dos horas después casi se cae de la cama del placer, ¡y pesaba alrededor de cien kilos! Con el vibrador conseguía la estimulació n que necesitaba su cuerpo. Ni ella ni su marido habían tenido paciencia suficiente. Ahora están encantados con su nueva vida sexual: para ella la penetració n es el aperitivo; cuando él se corre, ella tiene un orgasmo con el vibrador mientras se besan y se abrazan. Están en plena luna de miel sexual.

 

Otra de las mujeres de las Terapias estaba desesperada después de diez añ os de matrimonio, un hijo y ningú n orgasmo. Se compró un vibrador y se lo puso directamente en los genitales durante mucho tiempo, varias noches segui-das. Estaba decidida a experimentar el placer. Só lo consiguió estar dolorida du-rante unos días. Como no tenía sensaciones en los genitales, en vez de obtener placer sentía dolor. ¡Estaba furiosa! Pero por lo menos el dolor era la prueba de que había vida ahí abajo, y no se dio por vencida. Con un poco más de práctica y más suavidad, empezó a tener sensaciones agradables.

 

Una amiga mía, que es lesbiana, aprendió a tener orgasmos con un vibrador cuando tenía más de treinta añ os. Al cabo de un añ o podía tenerlos con su pareja con sexo oral. Cinco añ os después se quedó encantada cuando aprendió a mas-turbarse con la mano. Decía que se sentía más completa ahora que sabía que no dependía de un aparato ni de una persona. Podía tener sus propios orgasmos. Pe-ro el paso del vibrador a la mano no fue fácil, hasta que empezó a hacer uso de algunas fantasías sexuales. Cuando estaba con su pareja pensaba en ella, y cuan-do estaba sola no pensaba en nada. Ahora, cuando se masturba con la mano, piensa en el sexo. Para excitarse sin un vibrador y sin su amante necesitaba usar la mente.

 

Conocí a una mujer de treinta y dos añ os que llevaba diez teniendo orgas-mos solamente con un vibrador. Cuando conoció al hombre con el que se quería casar, quiso aprender a llegar al orgasmo haciendo el amor. Cambió su técnica primero. Se empezó a poner la mano entre el vibrador y el clítoris. Lentamente aprendió a responder a un roce más suave. Tardó seis meses en aprender a co-rrerse con la mano, y no tuvo ningú n problema con su marido.

 

Una amiga bisexual que había estado usando un vibrador cuando se queda-ba sin pareja, decidió regalárselo a alguien. Decía que sus orgasmos eléctricos eran tan fáciles de conseguir que había dejado de tener fantasías sexuales. Vol-vió a hacerlo con la mano en un bañ o de agua caliente, mientras leía un libro porno. Al cabo de unos años, se compró otro vibrador porque se dio cuenta de que podía usarlo, seguir teniendo sus fantasías e, incluso, tener más de un or-gasmo, aunque tuviera una pareja.

 

Las fantasías sexuales pueden estar llenas de contradicciones. Por ejemplo, conozco a una mujer casada que estaba preocupada porque sus fantasías casi siempre eran con mujeres, aunque ella se consideraba heterosexual. Una amiga lesbiana se preguntaba por qué a menudo tenía fantasías heterosexuales, si a ella no le gustaban nada los hombres. Es una pena que nos pasemos la vida con eti-quetas sexuales entre las piernas. Mientras nos definamos como heterosexuales, bisexuales u homosexuales en vez de sencillamente sexuales, seguiremos estan-do enfrentados en el sexo. La minoría moral es la que lleva la voz cantante, mientras que la mayoría sexual permanece en silencio. Ha llegado el momento de apoyar el placer sexual, sea cual sea la forma que adopta. Un orgasmo es un orgasmo.

 

Una amiga mía, que se consideraba una feminista radical, se empezó a pre-ocupar porque sus fantasías sexuales no eran correctas políticamente, ya que no eran feministas. Yo le aseguré que todas las fantasías eran correctas. Muchas personas se imaginan cosas que en realidad no quieren que les ocurran nunca. También le recordé que se puede ser adicto a las fantasías como a cualquier otra cosa, y le sugerí que cambiara de fantasía. Una de las que empezó a usar era la de ella moviendo su clítoris dentro de la boca de su amante que estaba atado a la cama. Pero cuando se queda atascada, o tiene prisa, vuelve a la antigua, en la que cinco polis irlandeses la violan. Esa nunca falla.

 

Las fantasías sobre violaciones pueden dar marcha. No creo que sea correc-to hablar de fantasías feministas o sexo feminista. La liberació n de la mujer no consiste en definir qué es lo correcto en el sexo. Se trata de investigar y aumen-tar nuestro potencial eró tico. Respeto a las feministas que defienden el ideal del amor perfecto entre dos en una relació n monó gama que dure para siempre. Por lo tanto, pretendo que respeten mi ideal de vivir con una familia de amigos eró - ticos. Nunca habrá una manera correcta de tener fantasías y orgasmos.

 

Al comienzo de mi romance con el movimiento por la liberació n de la mu-jer, actuaba como cualquier amante romántico: idealizaba a todas las mujeres. Creía que las feministas habían sido las elegidas para sacar al mundo del lío en el que estaba metido. Hasta que descubrimos nuevas imágenes eró ticas parecía-mos un ejército, hablando de líneas de fuego, del enemigo, y de có mo ganar la batalla entre los sexos. ¡No era nada divertido!

 

Al fin me di cuenta de que las feministas no eran perfectas y de que la vida es injusta. Las revoluciones sexuales tienen momentos de esplendor y de deca-dencia. Só lo la evolució n personal de cada uno es algo consistente. Erotizando nuestra vida, podemos dar ejemplo a las demás mujeres. En vez de alzarnos co-ntra la pornografía, deberíamos alzarnos a favor de la expresió n sexual, de nue-vas imágenes eró ticas y de convertir el sexo y el placer en arte. Hay que sustituir el feminismo radical por el feminismo eró tico a medida que cada mujer abre caminos nuevos en su liberació n personal.

 

La capacidad de soñ ar y de imaginar cosas ha sido fundamental en mi evolució n creativa. La fantasía es una manera de jugar con la mente y de desarrollar la imaginació n. Mi arte eró tico, las Terapias y este libro empezaron siendo fantasías sexuales.

 

El poder es una de mis ú ltimas fantasías. Me veo presidiendo en una larga mesa de conferencias, vestida de cuero negro con un cinturó n de diamantes. En la reunió n están todos los representantes ejecutivos de las grandes multinaciona-les. Mi propuesta es que eroticemos toda la estructura de estas organizaciones y que el orgasmo esté en el orden del día. Se quedan todos estupefactos cuando les enseñ o los diseñ os de las futuras salas de reuniones, llenas de toda clase de ma-quinaría sexual para garantizar el éxtasis. Se aprueba por unanimidad que el pla-cer es más importante que los beneficios, y ahora que tenemos energía sexual, no nos hace falta la energía nuclear.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO

NUEVE

 

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La terapia sexual

masculina

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Durante muchos añ os recibí cartas de hombres que querían seguir una terapia sexual porque sus novias o mujeres habían seguido una. Al principio contesté que no sin dudarlo. Pero cuanto más lo pensaba mas me llamaba la atenció n. La idea de que una mujer enseñ ara a un grupo de hombres a masturbarse era una locura, era el mundo al revés. Además, era todo un reto, y un día respiré hondo, eché los hombros hacia atrás y me dije: «¿Por qué no?»

 

El primer grupo que tuve resultó ser de hombres heterosexuales, así que hubiera sido fácil centrarme en enseñ arles a conocer la sexualidad femenina. Pe-ro estaba decidida a conseguir que profundizaran en su propia sexualidad a tra-vés de la masturbació n. Eran hombres tranquilos, no los típicos machitos, y la variedad de sus ocupaciones era interesante: tres profesores de sexualidad, dos clérigos, un artista, un estudiante universitario y tres hombres de negocios.

 

El primer día, después de una discusió n intelectual de varias horas, les pedí que me contaran sus miedos sexuales, y en primera persona, cosa que nunca hicieron. El problema más grave estaba en su actuació n en la cama. Les preocu-paba la eyaculació n precoz o el hecho de no poder tener una erecció n. Este tema llevaba a las mujeres a pensar que no eran atractivas, o les impedía que lubrica-ran con normalidad, o no conseguían tener orgasmos porque no estaban relaja-das. Mientras escuchaba a estos hombres me di cuenta de que la calidad de sus propios orgasmos importaba poco. Querían dar placer y orgasmos a sus mujeres. Su imagen de buen amante dependía de có mo reaccionasen ellas. A las mujeres puede que les dé miedo el sexo, pero a los hombres les da miedo fracasar en la cama.

 

La exposició n oral sobre el pene no tuvo mucho éxito porque decían que un pene no tenía ningú n misterio; se veían los genitales todos los días. No con-seguí que hubiera una discusió n sobre el tamañ o, ni tampoco que hicieran algú n comentario sobre su relació n personal con sus respectivos penes ¿Le parece al hombre atractiva su polla? ¿Le parece bonita? ¿Le gusta masturbarse? No hubo casi respuestas. No les interesaba ver los genitales de los demás porque los veían todo el rato en vestuarios y cuartos de bañ o.

 

El día reservado para las exposiciones orales acabó cuando enseñ e mi cone-jo partido a un grupo de hombres por primera vez. Me asombré bastante la ver-gü enza que les daba mirar, pero eso hizo que yo fuera aun más atrevida. Termi-né haciendo toda clase de movimientos con el clítoris, y para terminar hice una demostració n de respiració n por el coñ o —hacía entrar y salir aire de mi apertu-ra vaginal. Cuando lo hacía con las mujeres, siempre recibía un aplauso, pero los hombres estaban ató nitos con la idea de una vagina muscular.

 

Esa noche no pude dormir de lo preocupada que estaba. No sabia qué hacer el día de la masturbació n dirigida. Después de haberme pasado añ os hablando de lo parecidos que éramos los hombres y las mujeres, estaba abrumada al descu-brir lo diferentes que éramos en realidad. Intentaba imaginar lo que se siente te-niendo polla y huevos. Miraba hacia abajo y fantaseaba con un clítoris de quince centímetros de largo. Cuando iba al cuarto de bañ o, lo hacía sujetándome el clí-toris. ¿Orinar era un recordatorio constante del sexo? ¿Qué se sentiría al desper-tar empalmado? Con un ó rgano sexual así de grande, a lo mejor era placer sufi-ciente ponerse cachondo y eyacular. Quizá por eso a los hombres no les preocu-paba tanto la calidad de sus orgasmos. Me encantaría ver salir disparado el es-perma de mi clítoris de quince centímetros, aunque no tuviera un orgasmo por todo el cuerpo.

 

Por un momento tuve envidia del pene, cosa que creí que no podría ocurrir nunca. Aunque seguía teniendo una actitud positiva hacia el coñ o y me encanta-ba mi pequeñ o clítoris, andar por ahí con genitales exteriores tenía que ser muy distinto. Yo había tardado treinta y cinco añ os en tener una imagen positiva de mis genitales. Los hombres se sacaban el pito varias veces al día só lo para hacer pis. ¿En qué momento se me había ocurrido dirigir una terapia sexual?

 

El segundo día, uno de los hombres me trajo un pene de goma, muy mono. Era como si supiera todo lo que se me había pasado por la cabeza la noche ante-rior y quisiera ayudar un poco. Me puse colorada, le di las gracias y dejé el pene al lado de mi vibrador eléctrico, que era mucho más grande. Me caían bien estos hombres. Querían aprender de verdad y me parecía que me estaban cogiendo ca-riñ o. Pero una vez más, la discusió n acabó siendo demasiado intelectual — hablaban del miedo que tenían los hombres al miedo, pero no contaban nada concreto ni personal. Yo estaba igual de fría que ellos. Tenía que hacer algo.

 

Parecía un general dirigiendo a sus tropas a la primera línea del placer, cuando anuncié que había llegado el momento del ritual de la masturbació n. Me puse de pie, enchufé el vibrador y observé có mo mis hombres se tumbaban en el suelo con cuidado de no tocar al que tenían a su lado. Tantearon hasta tocarse el pene y luego se quedaron tiesos. Todos estaban aguantando la respiració n.

 

Estaba de pie preparada para actuar, y vi que todos tenían los ojos cerrados. Les recordé que me estaban pagando por hacer sesiones de masturbació n, pero no me estaban mirando. Cuando por fin abrieron los ojos y me miraron, fue tan intenso que me desconcerté por un momento. Empecé a observarles fijamente uno por uno, hasta que me centré de nuevo. Les animé a que respiraran, que mo-vieran la pelvis, que se pusieran aceite en el pene y que vieran de vez en cuando al resto del grupo para que tuvieran la imagen y para inspirarse.

 

La visió n que tenía yo de toda la escena hizo que por un momento tuviera una sensació n extrañ a, mezcla de sexo y poder. ¡Ahí estaba yo, una mujer más bien pequeñ a, por encima de diez hombres grandes y desnudos que se masturba-ban a mis pies!

 

Uno de los terapeutas, al que conocía desde hacia varios añ os, me miró fi-jamente con un brillo sexual en los ojos. Roger era como un gigante, con el pelo gris y la barba blanca. Se parecía al Dios de La Creació n de Miguel Angel, ex-cepto por sus enormes genitales de color marró n oscuro. Se estaba tocando la polla, que era casi como mi vibrador de veinticinco centímetros. Empecé a mo-verme a la vez que él mientras me tocaba el clítoris.

 

Cuando Roger se corrió , fue alto y fuerte. Su orgasmo tuvo el efecto domi-nó . Primero Dick, luego John y más tarde Rick. Me temblaban las piernas y me tiré al suelo. Hank, que estaba a mi izquierda, olvidó su propio placer para ver el mío. Bobby, el artista, estaba a mi derecha, y cuando mi pie tocó el suyo, el ca-lor nos puso en marcha a los dos. Gritamos los dos al mismo tiempo.

 

Los demás aplaudieron. Me incorporé, abracé a los dos hombres que esta-ban a mi lado y dije que quería un abrazo de cada uno de ellos. Todos se pusie-ron de pie y empezaron a darse abrazos. ¡Menudo espectáculo! Una habitació n llena de hombres heterosexuales abrazándose unos a otros como si fueran osos. Eran abrazos llenos de amor y de aprobació n.

 

Cuando nos sentamos en un círculo para hablar, John, el clérigo, dijo que la experiencia le había parecido gratificante y que mi apoyo sexual había sido muy contagioso. Rick estaba asombrado de lo diferente que había sido de cuando lo hacía de joven con sus amigos. Nuestro objetivo era la aceptació n en comú n del amor en solitario. Decía que nunca había podido tocarse el cuerpo con cariñ o, porque tenía miedo de que terminara por gustarle su propia virilidad. Roger dijo que los hombres suelen defenderse de ese miedo con la violencia. Poder compartir orgasmos y abrazarse estando desnudos suponía una ruptura total con los convencionalismos sociales. Hank, que era el ú nico que no había tenido un orgasmo, dijo que verme a mí había sido una inspiració n para empezar a quererse a sí mismo. «Todos seremos mejores amantes cuando nos queramos mas a nosotros mismos», le conteste.

 

No volvió a haber abrazos espontáneos en los siguientes grupos que dirigí, pero introduje un ritual de masaje en grupo, y siempre terminaban tocándose en-tre ellos. Era todavía más emocionante ver a los hombres darse masajes que ver a las mujeres. No sé por qué razó n parecía más natural entre mujeres. Estar con un grupo de maridos y padres desnudos dándose masajes casi me hace llorar de alegría.

 

Las Terapias masculinas me sirvieron para comparar con los estereotipos que yo tenía del sexo opuesto. Por ejemplo, hice artes marciales con uno de los grupos, y daba por hecho que sabrían dar puñ etazos, pero me quedé ató nita cuando comprobé que la tercera parte del grupo no tenía ni idea. Era una tontería pensar que porque fueran hombres tenían que saber. Me encantaba hacer ejerci-cios físicos con ellos, porque siempre se sentían obligados a aguantar hasta el fi-nal. Las mujeres enseguida lo dejaban si veían que no podían seguir, pero los hombres iban más allá de donde se sentían có modos. Hacían que yo también in-tentara ir más allá.

 

Me permití el lujo de actuar como un sargento de la Marina. Los hombres acataban muy bien las ó rdenes. Les encantaba mantener una disciplina aunque ésta no tuviera ningú n sentido. En un grupo de mujeres nunca daba una orden directa, porque la reacció n de la mayoría era la resistencia pasiva, Con los hom-bres no necesitaba tener tanta paciencia, ni sugerir la siguiente actividad. Senci-llamente, les decía lo que querían que hicieran, y lo hacían. Habían aprendido otras reglas a través de los deportes en equipo, del servicio militar y de la estruc-tura corporativa.

 

Consideraba que me merecía un titulo honorario por enseñ ar masturbació n, pero a menudo se me trataba como si fuera el ú ltimo chiste verde. Reírse del sexo es una manera de ocultar la vergü enza que se siente en realidad, así que siempre me reía también. Pero había veces en las que se apreciaba mi trabajo. Cuando hice un grupo para profesores de sexualidad, alabaron mucho todo lo que había conseguido. Un psicó logo que estaba escribiendo un libro sobre la masturbació n masculina dijo que era «una innovadora y que había conseguido una só lida reputació n en el tema de la masturbació n». Me reí y le dije que era un honor al que intentaba renunciar todos los añ os. Todos estos hombres bien con-siderados por la sociedad estaban de acuerdo en que mis grupos eran un material de estudio de indudable importancia. Se lo agradecí mucho a todos. Era lo mejor que me podían haber dicho.

 

En este grupo se entabló una discusió n muy interesante sobre la circunci-sió n Varios médicos aseguraban que era importante para la higiene, pero uno de los investigadores insistía en que no se debía practicar de forma rutinaria en los hospitales porque el pene perdía mucha sensibilidad. La mitad del grupo estaba de acuerdo con él y la otra mitad opinaba justo lo contrario: que la circuncisió n sensibilizaba el pene. Estaba encantada de que hubiera surgido un tema que rara vez tenía oportunidad de discutir. En mi opinió n, el dolor debe dejar marcado a un niñ o pequeñ o. Y añ adí que si tenía un hijo, su pene quedaría intacto.

 

Varios hombres hablaron de enseñ arse a sí mismos a controlar el deseo de eyacular mediante la masturbació n para poder prolongar el tiempo de la penetra-ció n. Su sistema era la vieja técnica de presió n de Masters y Johnson. Cuando sentían que se acercaba el momento, apretaban con dos dedos justo debajo de la punta de sus pitos, ponían tensos los mú sculos del ano y respiraban hondo. La erecció n desaparecía prácticamente, hasta que volvían a tener estimulación.

Había un hombre de unos cincuenta añ os que había llegado al extremo de no poder eyacular cuando quería. Había veces que aunque estuviera dos horas follando, no conseguía tener un orgasmo. Decía que le daban envidia los jó venes que podían tener orgasmos fuertes y rápidos, y a los jó venes les daba envidia su control.

 

Dos de los hombres de más edad del grupo contaron que ya no conseguían tener orgasmos al hacer el amor porque no obtenían la estimulació n suficiente de una vagina. Uno de ellos estaba casado con una mujer que había asistido a mis Terapias, y se habían puesto de acuerdo en hacer lo siguiente: follaban para di-vertirse, y cuando querían tener un orgasmo se masturbaban juntos. En cuanto se olvidaron de la idea de que hay una forma correcta de tener relaciones sexuales, tuvieron orgasmos en abundancia.

 

La mayoría de los hombres de mis grupos paraban de masturbarse cuando se corrían, y descansaban media hora para volver a empezar. Pero hubo unos cuantos que aprendieron a ser multiorgásmicos. Sergio, uno de ellos, contó có - mo lo había conseguido. Para empezar tenía que estar cachondo mentalmente. Luego, respirando de la misma manera que en las artes marciales, podía correrse otra vez, mantener la erecció n y seguir follando o masturbándose y tener dos or-gasmos de cuerpo entero. Decía que la cantidad de semen disminuía cada vez. Le pregunte si un orgasmo con más semen era mejor y me contestó que todos eran fantásticos.

 

Los tíos no se sentían nada atraídos por el vibrador, cosa que no lograba en-tender, y a veces me ponía un poco pesada. Una vez, un hombre ya mayor se co-rrió en los primeros cinco minutos del ritual y luego dejó de masturbarse. Me le-vanté y fui hacia él. Cogí un vibrador eléctrico, lo puse en sus manos, lo encendí y le hice moverlo por encima de su pene hasta que vi una tenue sonrisa. Luego, Al les dijo a los demás que estaba asombrado de haber tenido un segundo orgas-mo, y con un vibrador.

 

En los ú ltimos grupos que tuve, les sorprendía siempre el segundo día cuando abría la puerta totalmente desnuda y con un pito de plástico colgando, que medía veinte centímetros. A todos les hacia mucha gracia. Alardeaba de te-ner la polla más grande y alguno siempre contestaba que «lo que importa es lo que se hace con ella». Varios añ os después de dejar de dirigir los grupos para hombres, me encontré con uno de los que había asistido a mis Terapias en una fiesta. Nos dimos un abrazo y luego me preguntó : «¿Todavía tienes la pistola?» No entendía a qué se refería y él se dio la vuelta para contarle a su acompañ ante que yo les abría la puerta sin nada más que una pistola. Le dije que nunca había tenido una, pero en su memoria el pene de plástico se había convertido en eso.

 

Uno de los ú ltimos grupos fue especialmente bueno porque había igual nú mero de hombres heterosexuales, bisexuales y homosexuales, lo que hacía que las conversaciones fueran mucho más enriquecedoras. Era el añ o 1981, justo antes de que el SIDA causara estragos entre la comunidad gay.

 

Casi todos los hombres heterosexuales decían que creían en la monogamia, pero a lo largo de la conversació n que tuvimos a continuació n descubrí que nin-guno la practicaba todo el tiempo. Les pregunté si les parecería bien que sus no-vias o esposas tuvieran alguna aventura de vez en cuando, y só lo hubo uno que contestó que sí. Consideraba que la monogamia y la fidelidad eran para personas inseguras. No tenía nada que ver con el amor. George, que era gay, opinaba que la monogamia no estaba pensada para los hombres; era para proteger a las muje-res. Le dije que a mí me parecía que protegía a los hombres. Una mujer monó - gama no só lo aseguraba la paternidad de sus hijos, sino que de esta forma no te-nía la posibilidad de hacer comparaciones sexuales, lo cual protegía a su marido de sentirse mal amante. Michael dijo que para los gay era muy difícil controlar la competencia sexual. Un hombre homosexual tenía que ser joven, guapo y ca-chas, además de ser buen amante. Me reí y le recordé que las mujeres hetero-sexuales sabían mucho de eso. Me dijo que quería ser lesbiana en su pró xima vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Philip era bisexual y decía que no se podía imaginar tener que elegir entre ser gay o seguir el camino recto. Pero en una sociedad con homofobia era muy difícil para un hombre ser homosexual abiertamente. Nos dijo que siempre tenía reparos para contar sus experiencias homosexuales delante de hombres que no lo eran porque ello deterioraba su imagen masculina. A él no le parecía que el hecho de que una mujer fuera bisexual la hiciera menos atractiva. Al contrario, llamaba más la atenció n. La fantasía favorita de muchos hombres heterosexuales es ver có mo hacen el amor dos mujeres. Philip no se podía imaginar a ninguna de las mujeres con las que había estado viéndole a él enrollado con otro hombre.

 

Tampoco podía imaginarse a ninguno de sus amantes gays viéndole en la cama con una mujer. Le dije a Philip que nos podíamos observar mutuamente.

 

Cuando repartí los botes de aceite de almendra les dije a todos que había vibradores enchufados por toda la habitació n. «Quiero que los probéis por lo menos durante cinco minutos, para que sepáis de qué se trata. Estamos en la era del sexo electró nico.»

 

El círculo de masturbació n era algo muy eró tico. Los hombres se lo toma-ban en serio y lo hacían realmente bien. Se daban unos masajes sensuales y deli-cados, algunos eran rápidos y más bruscos. Había varios que se sujetaban los testículos con una mano mientras se masturbaban con la otra. Luego cerré los ojos y me concentré en mis propias sensaciones en el clítoris. A mi lado había un vibrador zumbando. Hubo un momento en el que oí có mo varios hombres llegaban al orgasmo, y fue entonces cuando yo tuve el mío. Abrí los ojos a tiem-po de ver a George en el momento culminante, gimiendo como un animal. La mayoría se corría encima y luego limpiaban el charco de esperma con las toallas de papel que yo les repartía. Las eyaculaciones no salían disparadas por toda la habitació n como se imaginaban algunas de mis amigas. Las mujeres estaban igual de interesadas que los hombres, y algunas sugirieron que se hicieran Tera-pias para ambos sexos. Eso era una fantasía muy caliente para todos.

 

La conversació n que tuvimos después de la masturbació n fue lo mejor. Va-rios hombres heterosexuales dijeron que lo que, más les había gustado del grupo era haber perdido el miedo a los gays. Allan, que era gay, dijo que siempre esta-ba rodeado de otros homosexuales, y que le encantaba estar entre padres y mari-dos por una vez. Gerald, que nunca dejó claro qué era, dijo: «Es una pena que los gays y los heterosexuales nunca lleguen a tener relaciones, porque al final todos tienen ideas equivocadas respecto a los demás». Peter se quejaba de tener que vivir en el gueto gay, y John le contestó que él se había pasado la vida vi-viendo en el gueto de los hombres de clase media casados. Todos estaban de acuerdo en que hablar abiertamente del sexo les había hecho sentirse como per-sonas de verdad y no só lo como etiquetas sexuales.

 

Só lo dirigí una docena de grupos masculinos, pero fue suficiente para com-probar que los hombres no siempre salían ganando en el sexo. Los prejuicios y los clichés establecidos me habían hecho creer que la sociedad daba más libertad sexual a los hombres. Creía que siempre que quisieran podían tener un orgasmo, y me daba envidia que no se tuvieran que preocupar de cosas como el período o los embarazos. Pero no es verdad. Muchos de los hombres que fueron a mis Te-rapias eran tímidos e inseguros, sobre todo cuando llegaba el momento de acos-tarse con una mujer. Es cierto que a algunos jovencitos, y a otros no tan jovenci-tos, les importa un cuerno dejar a una mujer embarazada, pero conozco a mu-chos que son muy responsables en este aspecto. También descubrí que esos or-gasmos fáciles eran a menudo eyaculaciones precoces, que no son tan satisfacto-rias. Las investigaciones científicas nunca han admitido la existencia de hom-bres preorgásmicos. Pero uno de los problemas mas comunes entre los hombres que iban a las Terapias era que parecía que tenían un pene con vida propia. Un

 

ó rgano con reacciones impredecibles, que se ponía duro sin motivo y luego se negaba a tener una erecció n cuando la mujer de sus sueñ os estaba en sus brazos.

 

Una conclusió n que he sacado de mi experiencia trabajando con hombres y mujeres es que todavía tenemos mucho que aprender unos de los otros, Sería maravilloso poder cambiarnos de sexo para ver qué se siente. En cualquier caso, debemos tener simpatía y compasió n hacia el sexo contrario, y así podremos ol-vidar los viejos resentimientos que siempre han existido. Por eso perdono a to-dos los hombres que he conocido que no resultaron ser como yo esperaba, y también me perdono a mí misma por pretender algo imposible. No hay nadie ni nada perfecto. Es una lecció n que hay que aprender para vivir la vida más plenamente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO

DIEZ

 

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La

masturbación

como

meditación

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Escribir, ilustrar y publicar mi primer libro, que se llamaba La masturbació n como liberació n, supuso un verdadero reto para mí. Un minuto antes de que lle-gara en original a la imprenta tuve una inspiració n y decidí añ adirle un subtitulo: Reflexiones sobre el amor en solitario. Me gustaba la idea de la masturbació n como una forma de reflexionar, de meditar, y me encantaba lo bien que sonaba el título. Pero me encontré con que no sabia explicar por qué la masturbació n podía ser una forma de meditació n. Sabía que era verdad, pero no podía demos-trarlo.

 

Al añ o siguiente, empecé a hacer meditació n trascendental. Recitaba mi mantra dos veces al día durante veinte minutos, y me sentía mucho mejor des-pués de hacerlo. Luego, durante un tiempo, estuve tan ocupada que se convirtió en algo esporádico. Una noche, mientras me masturbaba, se me ocurrió la idea fantástica de repetir mi mantra al mismo tiempo. Le daba una dimensió n espiri-tual al amor en solitario. En vez de hacerlo dos veces al día durante veinte minu-tos cada vez, empecé a meditar todas las noches durante cuarenta minutos con el vibrador. Repetía mi mantra y terminaba con un orgasmo. Es lo que se llama masturbació n trascendental.

 

Estaba claro que la masturbació n era un ritual con el que lograba la armo-nía entre el cuerpo y la mente, igual que con la meditació n. Después de tener un orgasmo, o después de meditar, siempre tenía una sensació n de paz. El cuerpo tranquilo y la mente relajada. Cuando me di cuenta de que la masturbació n era una forma de meditar, pensé: «¡Aleluya! Ahora todo el mundo querrá probarlo».

 

Se lo dije a todos mis amigos que practicaban la meditació n y se quedaron perplejos; les parecía que era casi una blasfemia. Mi obsesió n con el sexo me había llevado a la irreverencia. Mis amigos eró ticos se rieron, les parecía muy gracioso combinar las dos actividades. Hubo algunos que me dieron unas pal-maditas en la cabeza, convencidos de que só lo quería darle más importancia a la masturbació n de la que tiene. Creían que era otra de mis alucinaciones sexuales.

 

A nadie le interesaba el tema. La comunidad espiritual quería sublimar su ener-gía sexual, y la comunidad sexual só lo quería disfrutar sin preocuparse por ritos esotéricos. Al final, dejé de usar mi mantra al masturbarme y, sin protestar, volví a mis viejas fantasías sobre burdeles.

 

Pero por fin logré reunir datos científicos para demostrar mis teorías eró ti-cas. Mi amigo Raymond, que había estudiado Medicina, estaba dirigiendo una investigació n en la Facultad de Medicina de la Universidad Rutgers sobre la im-portancia de la mente en el orgasmo. Quería descubrir los efectos del sexo sobre los dos hemisferios del cerebro. Yo no sabia nada acerca del tema. Iba a utilizar un electroencefalograma (EEG) para estudiar la actividad del cerebro, y a la vez observaría los cambios cardiacos, circulatorios y musculares que experimentaba el cuerpo. Raymond pensó que yo sería un buen objeto de estudio, y le dije que sería un placer correrme para la ciencia y para el Banco Nacional de Datos. Me hacia mucha ilusió n poder obtener toda esa informació n fisioló gica sobre mi cuerpo y mi cerebro.

 

Cuando llegó el día señ alado, llegué a la Universidad con un zumo de za-nahoria en el cuerpo. Los voluntarios no podían tornar ningú n tipo de droga. Me habían pedido que me llevara el vibrador y un disco que me gustara. Mis aman-tes serían los Allman Brothers con su disco Có mete un melocotó n. La habitació n tenía una luz muy suave y había incienso para que no oliera tanto a hospital. En-seguida me sentí como sí estuviera en mi propia casa.

 

Dos enfermeras guapísimas me pegaron unos cables con celo en la cabeza, en el pecho, en la vagina e incluso en los dedos de los pies. No tenían ninguna prisa, y no se fueron hasta estar seguras de que estaba có moda. Quedé totalmen-te aislada. Só lo había un interfono para comunicarme con el exterior. Mis reac-ciones sexuales y mi orgasmo serian, medidos por unos aparatos y estudiados por unos científicos, a los que no vería nunca. Toda la escena ya me estaba po-niendo marchosa.

 

Mi fantasía sexual era imaginarme a mis tres amantes anó nimos, vestidos con batas blancas, observando los resultados del estudio del sujeto nú mero 5.503. Tuve un orgasmo mediano casi al final del disco, cuando hay un solo de batería. Empecé a respirar como en los ejercicios de yoga, puse el vibrador a más velocidad, y me instalé para tener uno grande con la mú sica del batería de fondo.

 

Justo un minuto antes del éxtasis se cortó la mú sica. No entendía nada. Se oyó una voz fría e impersonal por el interfono: «Gracias. Eso es todo. Ya puede irse».

 

¡Increíble! Los tres científicos me habían dejado a medias justo cuando me iba a correr. ¡Mierda! Todos los hombres son iguales. Estaba indignada. Se habían perdido mi superorgasmo por tres segundos. Todavía no me había recu-perado cuando entraron las enfermeras.

 

«Estaba a punto de tener un orgasmo increíble», les expliqué: «Díganles que quiero seguir».

 

«Lo siento —dijo una de ellas—, se necesita la habitació n para el siguiente sujeto de estudio.»

 

Estaba aturdida, y me parecía que era una pérdida terrible para la ciencia. Pero tuvieron el detalle de dejarme usar otra habitació n para terminar de tener el orgasmo. Seguí con mi fantasía, imaginándome que todos los aparatos que tení-an empezaban a echar chispas cuando me corría.

 

Más adelante supe el motivo de que mis amantes técnicos hicieran un cor-tocircuito en mi orgasmo. ¡Se temían que pudiera terminar siendo un ataque al corazó n! Segú n sus gráficos y sus cuadros, el éxtasis era perjudicial para mi sa-lud. ¡Qué sabrán los científicos! Había tenido orgasmos como ese toda la vida. A mi corazó n le encantaba, y siempre me encontraba fenomenal después de te-ner uno —relajada y en paz con el mundo.

 

Los resultados del EEG eran fascinantes, pero ¿qué demonios quería decir todo aquello? Raymond me explicó la teoría de que el cerebro manda unas des-cargas eléctricas de diversa frecuencia que se han clasificado como beta, alfa, zeta y delta. Cuando estamos despiertos, estamos en la frecuencia beta, el domi-nio de la consciencia y el raciocinio. Es cuando las descargas van más rápido. Estas empiezan a ir cada vez más lento, a medida que el cerebro entra en las fre-cuencias mencionadas y por ese orden. Alfa es el dominio de la creatividad. Du-rante el día, las personas entran a menudo en este estadio sin darse cuenta. Es el ámbito de la intuició n, la inspiració n, y es cuando se sueñ a despierto. También existe lo que se llama el sueñ o alfa, cuando se tienen sueñ os que luego se re-cuerdan. Zeta es el sueñ o profundo, cuando se sueñ a poco o nada —es un nivel de trance o estado hipnó tico. Había oído hablar de maestros de yoga que entran en el estadio zeta conscientemente a través de la meditació n. Delta es en nivel más profundo, en el que la actividad muscular voluntaria se suspende y sobre-viene el estado de coma.

 

El experimento de Rutgers estaba en lo cierto, En cuanto enchufé el vibra-dor, mi cerebro entró en el nivel alfa, y se mantuvo ahí durante toda la mastur-bació n menos el momento antes del orgasmo mediano y antes del del superor-gasmo, que se perdieron, Al llegar a ese punto de la masturbació n, entraba en el nivel zeta. Estaba usando una dimensió n más profunda de mi mente para disfru-tar del placer. Mi cerebro tenía un sueñ o rápido, pero profundo y relajante, mientras mi cuerpo se movía haciendo que la sangre circulara más rápido y que todos los mú sculos entraran en acció n. Todo ello en un estado de consciencia.

 

Los datos del EEG confirmaban que la masturbació n era, efectivamente, una forma deliciosa de meditar. Si se hacia conscientemente, proporcionaba una perfecta armonía entre el cuerpo y la mente, igual que la meditació n. La medita-ció n eró tica era una cosa práctica, natural, y ahora demostrada científicamente. Era una forma de combatir el estrés y la ansiedad, además de ser una experiencia trascendental en armonía con la naturaleza. Pero lo mejor de todo es que era di-vertido.

 

Siempre había creído que para meditar era necesario estar sentado con las piernas cruzadas y en un ambiente tranquilo. Pero, en realidad, cuando pintaba entraba en el estado alfa. El sexo y el deporte son dos formas activas de meditar. Recuerdo que una vez, mientras nadaba, entré en un estado de meditació n. Los corredores de los cien metros lisos meditaban, y los levantadores de pesas tam-bién. Yo era una masturbadora de los cien metros lisos, levantando el peso del placer.

 

Con todo lo que había aprendido, el sexo tantra se convirtió en algo real, no era só lo una palabra bonita. Tantra es una ciencia antigua que utiliza la energía sexual conscientemente. Los que la practican consiguen placer, poder y control sobre su evolució n espiritual a través de la actividad sexual. No es yoga, ni reli-gió n, aunque ha influido sobre las dos. En los rituales sexuales que se prescri-ben, se incluye una actividad sexual prolongada con repetidos orgasmos.

 

 

 

 

 

 

 

Los libros de tantra que había leído se basaban en la heterosexualidad, así que pensé que los rituales se efectuaban con una pareja del sexo opuesto. Luego supe que en uno de los textos más antiguos, las maestras eran las mujeres. La forma más elevada del tantra era el sexo en grupo. A mi modo de ver, los ritos sexuales cubrían un espacio muy amplio. La base de la evolució n espiritual está en uno mismo, y el rito básico es la masturbació n. Luego viene el sexo en pareja, con la mujer enseñ ando al hombre a controlar su energía para prolongar el tiempo que dura la actividad sexual, con repetidos orgasmos. El siguiente paso sería el sexo entre tres, lo que rompe con la idea de una sola persona atesorando sexo para ella sola. Esto es decisivo para vivir en armonía con los demás. Uno de los pilares de la evolució n espiritual a través del sexo es aprender a compar-tirlo sin ataduras emocionales ni afanes posesivos. A través de la energía colec-tiva de los individuos que forman los grupos del ritual, se consigue la paz y la armonía. En mis Terapias, cada mujer tenía un orgasmo cuando combinábamos nuestra energía sexual en un ritual de masturbació n dirigida —era mi idea del sexo tantra en grupo.

 

Me di cuenta de que la masturbació n es una meditació n sobre el amor en solitario só lo si uno se quiere a sí mismo y realiza el ritual de una forma cons-ciente, haciendo de él una celebració n sexual. Cuando me masturbaba de peque-

 

ñ a y durante mí matrimonio, só lo me preocupaba que no me pillaran. Había aprendido a ser rápida y silenciosa. La sensació n de culpa, miedo o enfado no hacia más que aumentar la represió n sexual.

 

El proceso que había empezado al añ adir el subtitulo biensonante a mi li-bro, se había completado. Habla estado practicando el sexo como meditació n durante bastante tiempo. Utilizaba la energía del sexo para unir mi cuerpo, men-te y espíritu en el momento del orgasmo —un momento de placer có smico.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO

ONCE

 

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Un estudio

de las

adicciones

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El sexo y las drogas siempre se han asociado, porque no es fácil divertirse des-pués de haber estado dos mil añ os sometidos a las ideas religiosas que no permi-ten el placer corporal. Por desgracia, algunos de nosotros terminamos engancha-dos, y las drogas sustituyen al sexo. He aprendido que lo más importante a la hora de enfrentarse con una adicció n es no convertirla en una cuestió n moral. No se es una mala persona por el hecho de ser adicta a las drogas, al amor o a la comida. Se trata simplemente de un mal social, y hay millones de personas que sufren la plaga emocional de la represió n. Las personas intentan huir del dolor y buscan el placer, quieren escapar de la prisió n que supone su personalidad y en-contrar su esencia.

 

Cuando lo quería pasar bien, me tomaba unas copas y me parecía la cosa más normal. Así empezó todo, de la forma mas inocente. Me gustaba beber algo para desinhibirme antes de hacer el amor. Como no bebía todos los días, me en-gañ aba creyendo que tenía control sobre mí misma. Tardé más de diez añ os en darme cuenta de que me había convertido en una alcohó lica. Uno abusa del al-cohol, y el alcohol termina abusando de uno.

 

Después de cientos de resacas espantosas y épocas de depresió n y de sen-timientos de culpa, por fin comprendí que si quería mejorar mi calidad de vida tenía que dejar de beber. Me di cuenta a tiempo, porque muy a menudo uno no escarmienta hasta que lo ha perdido todo. Tenia treinta y dos añ os cuando empe-cé mi auto-curació n, y fue como volver a nacer,

 

Al dejar el alcohol, tuve la oportunidad de aprender todo de nuevo. Nunca lo hubiera podido hacer sola. Me uní a un grupo de alcohó licos que compartie-ron sus experiencias, su fuerza y su esperanza conmigo. Me enseñ aron que la mejor manera de ayudarme a mí misma era ayudando a los demás. En muy poco tiempo, empecé a formar parte del universo en vez de ser el centro del mismo. Dejé de ser una egomaníaca con complejo de inferioridad. Fui recuperando el respeto por mí misma, y así podía ayudar a los demás.

 

 

Tardé varios añ os más en darme cuenta de que tenía otra adicció n impor-tante —al amor. Lo usaba de la misma manera que el alcohol, para evitar enfren-tarme conmigo misma. Cada vez que salía con alguien, consideraba que esa per-sona tenía que garantizarme seguridad y sexo. La siguiente fase de la dependen-cia era actuar como si fuera independiente. Era siempre la mas fuerte de los dos, y mi pareja me necesitaba. Pero era la otra cara de la moneda, yo necesitaba que me necesitaran.

 

Por fin decidí tomar un poco de tiempo en aprender a disfrutar de mi propia compañía. Me di permiso para ser feliz y mis orgasmos independientes me libe-raron de la constante dependencia sexual. Puse toda mi atenció n en la relació n que estaba manteniendo conmigo misma y esto me curó . Descubrí que la seguri-dad proviene de uno mismo. Podía elegir si quería estar con un amante o con un amigo, estar acompañ ado no era una consecuencia de la soledad ni una necesi-dad.

 

Después de nueve añ os de sobriedad, descubrí la marihuana. Creía que esta hierba mágica iba a salvar al mundo. No se tenía resaca y además era un afrodi-síaco garantizado. Hacia que todo mi cuerpo fuera una zona eró gena. Era como si el tiempo no pasara. Olvidaba todas las viejas prohibiciones y la mente se me llenaba de imágenes eró ticas que parecían surgir de algú n lugar donde creativi-dad, sexualidad y espiritualidad eran la misma cosa. No podía dibujarlo ni des-cribirlo con palabras. Simplemente ocurría.

 

Aunque mis amigos me aseguraban que la hierba no crea adicció n, mi ritual eró tico se convirtió en un hábito diario. Só lo fumaba uno o dos porros al día, y no me parecía que hubiera ningú n problema. Pero la marihuana también tiene su lado malo, aunque no sea una droga tan peligrosa como el alcohol. Descubrí que iba perdiendo energía. Poco a poco mis ambiciones se fueron convirtiendo en sueñ os. De repente tenía un hambre incontrolable. Cada vez dormía peor y ya casi no soñ aba. Me fallaba la memoria a corto plazo. Parecía que la marihuana despertaba mi intuició n, pero cada vez era menos creativa porque no era capaz de fijar la atenció n en nada. Uno abusa de la marihuana, y la marihuana termina abusando de uno.

 

Hacia el final de los añ os setenta, apareció la cocaína. Durante un añ o só lo esnifaba de vez en cuando, porque estaba de moda. Pero cada vez me era más fácil conseguirla, y no tardé mucho en hacerme adicta. Me recordaba a mi obse-sió n con el alcohol, só lo que ahora no creía que tenía controlada la situació n. Me metía toda la coca hasta que no quedaba nada, y me consolaba pensando que Freud probablemente hacía lo mismo. Escribí un libro en diez meses. Lo tiré, porque me había vuelto tan arrogante que no tenía juicio crítico. La cocaína me había destrozado en un solo añ o. Estaba tan paranoica que volví a unirme al grupo de gente que me había ayudado con el alcohol. Quería volver a sentirme como entonces. Llegué a la conclusió n de que para pasarlo bien con las drogas hay que pagar un precio demasiado alto. Dejé de tener colocones y empecé a te-ner libertad.

 

Siempre he estado obsesionada por conseguir el placer, pero esto era mu-cho más serio y más perjudicial para mi salud. Las drogas me alejaban de mi propia vida y no permitían que evolucionara. Una adicció n podía acabar conmi-go del todo, dejarme estancada en el mismo sitio, o si me enfrentaba a ella, ser-vir para conocerme mejor. Con cada droga aprendí una lecció n. El alcohol me enseñó lo que es la desesperació n, con la marihuana alcancé el éxtasis, y con la cocaína aprendí lo que ocurre cuando se hace mal uso del poder y del dinero. Pa-ra poder mantenerme alejada de las drogas necesitaba un apoyo y tener una acti-tud tolerante hacia los principios espirituales. No necesitaba creer en un dios formal, pero sí en algo superior a mi misma. Al principio esa fuerza superior fue el grupo con el que compartí todas mis adicciones, y al final era yo misma la diosa en la que tenía que creer.

 

Después de dejarlo y volver a empezar muchas veces, acabé definitivamen-te con los cigarrillos, mis eternos compañ eros durante cuarenta añ os. Fue muy importante para mí, porque era la ú ltima adicció n. Siempre me había parecido que los que no fumaban ni bebían eran unos fanáticos religiosos o algo parecido, y cada vez que me encendía un pitillo me sentía maravillosamente humana. Na-die podía decir que estaba obsesionada con la salud. Fue mucho más duro el proceso de dejar de fumar que todos los demás. Cuando superé el mono de nico-tina, me tuve que enfrentar con la sensació n de inseguridad que tenía al no po-derme refugiar detrás de una cortina de humo. Si se está pensando en implantar la pena de muerte para los traficantes de droga, pueden empezar con los ejecuti-vos de las compañías tabacaleras.

 

No me tenía que haber preocupado por estar totalmente limpia. Dejé la nicotina, pero era adicta al café, al azú car y a la sal. El azú car y la sal son otras dos drogas duras. En cuanto me paso un poco con lo dulce, me da un subidó n. Pero dura muy poco y enseguida viene el bajó n. Todavía hay veces que no puedo resistir la tentació n y me meto un chute de patatas fritas. Como la sal retiene el líquido, al día siguiente me levanto con los ojos hinchados y me duelen las articulaciones. Luego pienso que ser adicto a la sal y al azú car no está condenado moralmente, y además, no se puede ser perfecto.

 

Muchas de las drogas más peligrosas son legales y las recetan los médicos para dormir, para relajarse, para perder peso o para aliviar el dolor. Nunca he si-do adicta a ninguna pastilla, pero en mí opinió n los barbitú ricos y los tranquili-zantes son como el alcohol en forma de pastilla, y las anfetaminas son cocaína pura. Las pastillas para adelgazar son la maldició n de las mujeres. Dentro de esos cuerpos delgados y femeninos hay un sistema nervioso destrozado, que produce una confusió n mental y emocional. Todos los días hay millones de per-sonas que se hacen adictas a las pastillas que les ha recetado el médico. Uno abusa de las pastillas, y las pastillas terminan abusando de uno.

 

He pasado los primeros treinta y cinco añ os de mi vida corriendo de un médico a otro, buscando soluciones que ellos no tenían. Al final he decidido ser mi propio médico. Además de cambiar mi alimentació n por completo, he probado toda clase de remedios naturales, hierbas, lavativas, etc. Hay muchas formas de alimentarse y cuidarse la salud, y siempre digo lo mismo que en el sexo: no existe una forma correcta de hacerlo.

 

Mi cambio de dieta consiste en deleitarme cada vez mas con productos naturales en vez de alimentos creados por el hombre. Soy vegetariana. Desde que dejé de comer carne y productos lácteos, me ha mejorado la artritis y ya no tengo catarros. Las hormonas y los antibió ticos que se administran a los pollos, y los productos que se utilizan para conservar la carne de los animales son muy dañ inos. Casi todas las enfermedades degenerativas no son el resultado de un proceso natural del cuerpo humano, sino de llevar una vida sedentaria y de co-mer productos no naturales. Los aditivos y conservativos crean adicció n y la mayoría son cancerígenos. Durante el invierno sigo un régimen macrobió tico a base de pescado, legumbres, verdura hervida y ensaladas. También como mucha fruta y verdura tal y como se coge del huerto. Para dar sabor a las ensaladas uti-lizo hierbas, zumo de limó n, pimienta y ajo molido. El ajo es un antibió tico na-tural. Purifica la sangre y ayuda a hacer la digestió n.

 

De vez en cuando me someto a unas curas drásticas que consisten en to-mar só lo líquidos. Es una forma de darle un respiro al cuerpo. Suelo hacerlo du-rante tres días. Para un periodo más prolongado necesitaría saber más sobre có - mo romper el ayuno luego. Comer demasiado es probablemente el enemigo nú - mero uno de la salud pú blica, y en segundo lugar está el estreñ imiento. La solu-ció n para los dos problemas es el ayuno, las lavativas y la irrigació n del colon.

 

Para el estrés, lo mejor es un buen par de manos. Voy con regularidad a que me den un masaje. He probado los masajes suecos, los Shiatsu, unos espe-ciales para revitalizar los tejidos, y muchos otros, La combinació n de sauna y masajes es mucho mejor que cualquier tranquilizante. Me encantan todos los ti-pos de bañ os, de calor hú medo o seco, bañ os fríos o calientes, bañ os de sol, de barro y bañ os termales. Son técnicas de curació n de la Antigü edad. La forma mas importante que tiene el cuerpo de eliminar toxinas es a través de la piel. Ca-da vez hay más organizaciones y clubs de la salud, porque la gente quiere estar sana —el auténtico afrodisíaco es la salud.

 

Una tarde, cuando estaba en la sauna, una mujer me contó que se sentía muy sola porque su novio se había ido a un viaje de negocios. Por las noches llegaba a su piso e intentaba consolarse viendo la televisió n. Estaba empezando a engordar y cada día estaba más deprimida. Le dije que yo, aunque vivía sola y estaba muy ocupada, procuraba siempre tener tiempo para estar conmigo misma. Tener una tarde para mí sola era fantástico. Le hablé de mis rituales de amor en solitario. Le gustó tanto la idea que estaba deseando llegar a su casa y empezar a tener un romance consigo misma. El amor en solitario es fundamental para la sa-lud, y la masturbació n también. El orgasmo y los rituales de placer sirven para curar muchos males.

 

Las adicciones afectan al cuerpo a la mente y al espíritu. Me encuentro cada vez mejor a medida que avanzo en mi proceso de desintoxicació n. Tengo que agradecérselo al amor en solitario, que me proporciona más placer en el sexo que antes. Tengo mejor salud gracias a que hago ejercicio y tengo una ali-mentació n sana. Sigo practicando la meditació n para entender mejor las fuerzas superiores del universo. Esto es lo que me permite decir si o no a las adicciones.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO

DOCE

 

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Có mo hacer

el amor

en solitario

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Todos pasamos por épocas en que nos odiamos, no nos gusta nuestro cuerpo y no tenemos las ideas muy claras respecto al sexo y al placer. Por eso recomiendo a las personas que mantengan una relació n apasionada consigo mismas. Lo pri-mero que hay que hacer para curar cualquier problema sexual es aprender a ex-citarse, descubrir fantasías sexuales y tener mucho amor en solitario y muchos orgasmos.

 

Sigamos los pasos de un ritual de amor en solitario, que incluye: un bañ o muy sensual, la aceptació n del cuerpo, un masaje, una exploració n genital y un baile delante del espejo para practicar los movimientos del sexo. Termina con un orgasmo en un escenario eró tico que usted elija. Se pueden hacer variaciones al gusto de cada uno. Que usted lo pase bien.

 

Primer paso: Quererse a uno mismo

 

Empiece desde ahora. Mírese al espejo y diga en voz alta: «Te quiero». Sonría. Diga «Te quiero» y luego diga su nombre. Le parecerá raro e incluso se sentirá ridículo y avergonzado, ¡pero hágalo! Si se desmoraliza, párese a pensar en las cosas buenas de la vida. Conviene darse un abrazo de vez en cuando. Di-ga: «Te quiero tal y como eres». Haciendo este ejercicio tan sencillo durante dos semanas, empezarán a ocurrir pequeñ os milagros. Le acabará gustando.

 

Segundo paso: El baño sensual

 

Para empezar una sesió n de amor en solitario lo mejor es darse un bañ o ca-liente. Hay veces que el ú nico sitio donde se puede tener un poco de intimidad es en el cuarto de bañ o. Se puede convertir en un escondite romántico só lo con poner unas velas.

 

Hay que tener a mano un buen jabó n, un gel de bañ o y aceite de coco, para que el bañ o de espuma sea perfecto. También es buena idea cantar, o poner la radio. Métase en el agua caliente y respire profundamente. Relájese.

 

Acaricie su cuerpo con suavidad. Piense en alguna experiencia sexual que le haya gustado, o en una escena de una película. Cuente alguna historia de sexo, y no se olvide de decir todas las cosas que le gustan. Deje volar su imaginació n —nadie le oye. La fantasía no tiene límites. Mientras piensa todo esto, ponga la mano sobre sus genitales; muévala hacia arriba y abajo; sentirá la sensualidad del agua y el aceite de coco en su clítoris o su pene. Respire. Vaya más rápido o más lento. Juegue un poco.

 

Tercer paso: La aceptación del cuerpo

 

Después del bañ o hay que volverse a colocar delante de un espejo a la luz de una vela (mejor que no haya luz eléctrica muy fuerte). Observe su imagen con compasió n. Olvide los defectos —ya se los sabe de memoria. Busque las partes buenas. Si estuviera viendo a su amante, le diría cosas bonitas sobre su cuerpo. Sea igual de generoso consigo mismo. No se compare con nadie. Cada persona es ú nica. Si es grande, aprenda a querer su grandeza. Si es pequeñ o, también. Sea una ninfa o un fauno. El cuerpo es una obra de arte.

 

Cuarto paso: El masaje

 

Una buena forma de continuar la sesió n es dándose un masaje delante del espejo. Es toda una aventura descubrir nuestro cuerpo. Con un poco de aceite es más agradable. Vaya tocándose con firmeza y luego con suavidad, mientras des-cubre las zonas que más necesitan sus cuidados. Abra la boca todo lo que pueda, saque la lengua, y abra mucho los ojos. Luego contraiga los mú sculos de la cara. Es una manera de combatir la tensió n de la cara y la mandíbula.

 

Mueva la cabeza y respire fuerte. Presione sobre los mú sculos del cuello. Ponga los dedos sobre la nuca y luego dése un masaje por toda la cabeza. Otra forma de relajarse es tirando suavemente del pelo. Mueva los hombros hacia de-lante y hacia atrás en sentido circular, y luego haga presió n con los dedos en to-dos los mú sculos que pueda.

 

Mientras se da un masaje en el pecho, pellízquese los pezones con cuidado. Cuando se pongan firmes, tó quelos con suavidad, son focos de placer. Debe querer a sus pezones. Hágase cosquillas palpándose muy levemente la caja torá-cica por los lados. Relaje los mú sculos del estó mago y dése un masaje en senti-do circular. Quiera a su tripa. Puede darle unas palmaditas y luego sujetarla con las dos manos. Ahora contraiga los mú sculos, y meta tripa. Repita el ejercicio varias veces.

 

Deje los genitales para el final. Vaya bajando por los muslos agarrando la carne como si fuera masa de pan. Pó ngase un poco de aceite entre los dedos de los pies. Presione con los nudillos en la planta del pie. No hay nada como un buen par de manos pata curar cualquier mal.

 

Quinto paso: La exploración genital

 

1.        Para las mujeres

 

Para este paso es necesario un espejo pequeñ o que se pueda mantener de pie solo, porque hay que tener las manos libres. Cualquier espejo que se pueda apoyar contra la pared servirá. Después hay que ponerse có modo en un sitio donde haya buena luz, quizá bajo una lámpara o cerca de una ventana. También puede usarse un espejo que tenga aumento.

 

Debe poner el mismo interés que cuando se mira la cara detalladamente. Aparte los labios mayores y el vello pú bico. Mire con atenció n. Coló quese los labios menores de forma decorativa alrededor de su apertura vaginal. Los genita-les femeninos son variadísimos, de modo que puede que sus labios sean insigni-ficantes, pequeñ os, grandes o medianos, lisos o rugosos, simétricos o uno com-pletamente diferente del otro. Todas estas variedades son normales y todas son preciosas. ¿Có mo es la suya? ¿Sus labios interiores están unidos a la base del clítoris o hacen un arco por encima de él?

 

Observe detenidamente la piel que cubre el clítoris. É chela hacia atrás pa-ra que se pueda ver la punta del clítoris. ¿Es de un color diferente? ¿Parece una perla pequeñ a como una semilla o más bien una joyita de color rosa? El tamañ o y la forma no tienen nada que ver con el funcionamiento sexual del clítoris. ¡Tiene que querer a su clítoris! Tó queselo con el dedo mojado en aceite de coco y descubra las diferentes sensaciones al acariciarse la punta. Si no se lo puede ver, ponga los dedos a los lados y muévalos de arriba abajo. A lo mejor con este movimiento sobresale un poco mas. Mire con atenció n para ver si cambia de co-lor y de tamañ o.

 

Lo siguiente que hay que hacer es meterse el dedo en la vagina lentamen-te. Tó quese las paredes vaginales. Intente tocar la punta del ú tero. Siga con el dedo dentro y respire con fuerza. Relaje los mú sculos de la mano, del brazo, de la vagina y del ano. Respire otra vez. Ahora relájese mientras está dentro de sí misma. Disfrute de su vagina. No se empeñ e en buscar el punto G, dedíquese a explorar y a sentir las diferentes sensaciones. Si mueve los dedos verá que au-mentarán sus jugos vaginales y podrá oír los ruidos que hacen estos.

 

Ahora saque el dedo lentamente y mire su flujo con una mentalidad abier-ta. ¿Es transparente o es opaco? No importa có mo sea. ¿Tiene un sabor salado, neutro o metálico? ¿Tiene un ligero aroma a almizcle o a levadura? Debe cono-cer el aspecto, el sabor y el olor de su vagina y como cambia ésta de un día para otro.

 

A veces puede oler parecido al aliento por las mañ anas —un poco rancio y amargo. Es el proceso natural de las células cuando mueren. Nuestros cuerpos no huelen a rosas por naturaleza. Hay diferentes fragancias de lubricante y es-perma. Hay quien prefiere un olor fuerte y natural, a otros les gusta mas un cuerpo perfumado. Cada uno es responsable de sus rituales de limpieza y de sus preferencias. No olvide que las legañ as, la cera de los oídos, los mocos, las pelo-tillas del ombligo, el flujo y el esperma son elementos naturales del cuerpo.

 

2.        Para los hombres

 

Aunque para usted es fácil verse los genitales cuando se los sujeta con la mano y mira hacia abajo, es muy informativo que tenga una perspectiva frontal. Lo puede conseguir con un espejo que aumente la imagen. Así podrá ver lo que mi padre llamaba las joyas de la familia, desde otro ángulo.

 

Hay una gran variedad de genitales masculinos. Su pene puede ser peque-

 

ñ o, grande o mediano. Uno que parezca insignificante y fláccido puede triplicar su tamañ o cuando está en erecció n (un paquete sorpresa). Los más oscuros no suelen crecer mucho más, só lo se ponen duros. Casi todos los penes en erecció n miden entre diez y veinte centímetros, pero, por supuesto, hay excepciones. La preocupació n más frecuente entre los hombres es pensar que su pene no es lo su-ficientemente grande, y esto puede tener consecuencias negativas. Si usted tiene alguna duda a causa del tamañ o de sus genitales, olvídese ahora mismo. Recuer-de que muchos presidentes, reyes y multimillonarios son muy bajitos. El viejo dicho es cierto: «Lo que importa no es lo que se tiene, sino lo que se hace con ello».

 

La mayoría de las americanas están obsesionadas con el tamañ o. Antes, yo también lo estaba. La primera vez que me compré un pene de plástico en un sex-shop, media casi treinta centímetros, pero nunca use mas de la mitad. Las boutiques del sexo para mujeres ya no venden esos tamañ os, porque a las muje-res cada vez les gustan más pequeñ os. El que mas se vende tiene entre diez y quince centímetros, que es el tamañ o medio de una polla. Aunque si creo que el tamañ o puede influir, y me parece que existe lo que se podría llamar adaptació n perfecta entre un coñ o y una polla, esto no es lo más importante. Además no hay que olvidar que para chupar, que es una forma fantástica de estimulació n para ambos sexos, cuanto mas pequeñ o mejor.

 

Ahora observe el glande de su pene. Si se ha hecho la circuncisió n, estará totalmente expuesto; si no tendrá que echar hacia atrás la piel que lo cubre. ¿Qué forma tiene la punta? El tamañ o y la forma no tienen nada que ver con el placer, de forma que tiene que querer a su polla sea del estilo que sea. Tó quese la punta con los dedos mojados en aceite de coco y descubra nuevas sensaciones. Busque su punto mas sensible. ¿De qué color son sus genitales? ¿Y el glande, es rojo os-curo o de color claro?

 

¿Có mo son sus testículos? Tó quese el escroto y notará la forma de las dos bolas que hay dentro. Los testículos son las glándulas equivalentes a los ovarios. Las glándulas masculinas fabrican el esperma para fertilizar los ó vulos produci-dos por los ovarios. Las temperaturas extremas afectan al esperma. El escroto actú a de regulador: si hace frío, acerca los testículos al cuerpo para que se man-tengan calientes, y cuando hace calor, los deja sueltos para que se aireen. Me han contado que acariciarse las bolas mientras uno se masturba, es muy agrada-ble.

 

La penetració n anal unida a la masturbació n también puede producir bue-nos orgasmos. A un amigo mío le gusta masturbarse mientras se mete algo por el culo. Opina que la penetració n anal equilibra sus energías al ponerle en con-tacto con el principio femenino de abrirse y recibir. Muchos hombres me han contado que es una sensació n maravillosa cuando su pareja les mete un dedo en el ano mientras practica el sexo oral o le masturba con la mano. También lo puede hacer uno solo mientras se masturba. Si no lo ha probado nunca, a lo me-jor le abre nuevos caminos de placer.

 

Sexto paso: El baile delante del espejo

 

Este ejercicio es para practicar los movimientos del sexo. Cuando esté a so-las, déjese llevar. Intente hacer los movimientos más extravagantes que se le ocurran. Mueva las caderas de un lado a otro, como una bailarina. Puede incluso ponerse un cinturó n para dar más ambiente. También puede imaginarse que es una sacerdotisa haciendo los bailes del Templo del Amor Eró tico. Conviértase en un maestro de las artes marciales. Pó ngase a cuatro patas, como un caballo, mientras usa el vibrador. Al masturbarse delante de un espejo obtendrá una ima-gen sexual de sí mismo/a. A lo mejor le gustaría jugar a ser una estrella pomo masturbándose ante un gran pú blico. Otra posibilidad es ser un maestro o maes-tra en torturas exquisitas de placer, y vestirse de cuero para hacerlo más real. Tiene que aprender a ser su propio objeto sexual, a medida que surge su perso-nalidad eró tica. Se trata de pasarlo bien y jugar, de ponerse marchoso con su propia imagen sexual.

 

Séptimo paso: Cómo decorar la escena

 

Si ha decidido terminar la sesió n de amor en solitario en su habitació n, procure que tenga el ambiente más eró tico que pueda imaginar. ¿Có mo deco-raría o prepararía el cuarto para un amante muy especial? Tiene que pensar en sí mismo de la misma forma. La luz, el color, telas sensuales, almohadones mulli-dos y mú sica son elementos clave para crear ese ambiente eró tico. Se pueden añ adir fotos o cuadros de arte eró tico. Pruebe con diferentes tipos de velas, de-ntro de vasos de cristal de colores, o simplemente en candelabros. Las velas ar-den bien si se les quita la cera derretida cada dos horas. Con velas grandes se pueden modelar los bordes para que parezcan pétalos. (Para limpiar la cera si cae sobre las alfombras u otra tela, ponga una toalla de papel sobre la cera y lue-go la plancha caliente. La toalla absorberá la cera derretida.) Otra forma de ilu-minar la habitació n de una forma romántica es con una chimenea, o una lámpara pequeñ a con una bombilla de poco voltaje y de color. Incluso se puede usar la luz cambiante de la televisió n, si se baja el sonido.

 

Un ambiente eró tico excita todos los sentidos. Ponga incienso en la habi-tació n o un poco de perfume en su almohada. Puede poner un frutero lleno de fruta sensual al lado de su cama —mangos, kiwis o rodajas de papaya—junto con una copa de champán, o zumo de frutas en un vaso elegante. Si le gusta más la hierba, tenga preparado un porro en la mesilla de noche. Asegú rese de que el teléfono está descolgado o con el contestador puesto, pero con el volumen baja-do. La mú sica suave siempre es relajante y el rock es excitante, o quizá prefiera el sonido de las olas o de la lluvia. Con o sin mú sica, no se olvide de escuchar su respiració n. Tenga siempre a mano sus juguetes eró ticos. A lo mejor quiere tener una fantasía mientras ve fotos pomo o mientras lee un libro eró tico. O quizá pre-fiera ver un video pomo que ha alquilado.

 

Octavo paso: «Luces, cámara y acción»

 

Ahora que el escenario está preparado, acomó dese y respire hondo. Diga «Te quiero» con voz sensual. En este ambiente, lo que pega es la cámara lenta, de modo que tó mese su tiempo y sea un amante delicado. Recorra su cuerpo con las manos. Tó quese los pezones. Hágase un masaje en los genitales. Vaya su-biendo lentamente. No piense en el orgasmo —piense en lo bien que lo está pa-sando mientras juega con su cuerpo y sus fantasías. Cuando note que está a pun-to de correrse, evítelo respirando con más intensidad y apretando los mú sculos del culo. Disfrute. Intente que dure por lo menos media hora.

 

Cuando por fin se deje llevar por el orgasmo, deje que se oiga su placer. Nada le impide que suspire, que se ría, que gima o que haga cualquier tipo de ruido. A lo mejor quiere seguir experimentando con el placer, só lo para divertir-se, y sigue estimulándose. Hágalo hasta que tenga otro orgasmo. El placer acaba con todas las inhibiciones sexuales.

 

No debemos olvidar que los infinitos caminos del placer siempre serán di-ferentes para cada persona, época y lugar.

 

Una de las mujeres de mis Terapias tenía su propia versió n de las sesiones de amor en solitario. Las hacia durante el día, cuando su marido estaba trabajan-do y los niñ os en el colegio. Se tumbaba en el sofá del saló n completamente ves-tida y usaba el vibrador durante diez minutos. Luego paraba y empezaba a hacer el trabajo de la casa. Después de un rato, volvía al sofá para otra sesió n de diez minutos. Después de un par de horas de masturbació n interruptus, tenía un or-gasmo muy intenso que la dejaba en plena forma.

 

Una amiga mía muy aventurera tenía una versió n muy distinta. Se ponía un collar como los que llevaban los esclavos y muñ equeras de cuero. Luego se aplicaba un poco de bálsamo de tigre en el clítoris y se azotaba con un trozo de cuero para calentarse el culo. Cuando le empezaba a entrar la marcha, se coloca-ba unas pinzas en los pezones y usaba el vibrador, mientras se imaginaba que una bella y cruel señ orita la torturaba de placer.

 

Otra amiga, algo más conservadora, prefería la masturbació n romántica. Le encantaba leer unas novelas románticas malísimas. Su fantasía favorita era ima-ginarse que era una adolescente que salía con un chico por primera vez. Cada vez se imaginaba a éste de una forma distinta, pero siempre era atractivo, sensi-ble y sin ninguna experiencia. Se besaban durante horas, hasta que ella no podía aguantar más y le convencía de que hicieran algo más. Siempre ocurría en un coche a la luz de la luna y con una canció n de amor en la radio.

 

A lo largo de mi vida he probado muchas maneras de hacer el amor en soli-tario. Pero eso no quiere decir que todas mis sesiones sean muy elaboradas, o exó ticas, o llenas de fantasía sexual. Ha habido noches que me he instalado en la cama con en vibrador y la tele porque só lo me apetecía tener un orgasmo normal antes de meterme en la cama. Mi labor con los grupos de las Terapias ha hecho que siguiera interesada en probar cosas nuevas, si no a lo mejor seguía mastur-bándome con mi fantasía de «la noche de bodas».

 

A veces empiezo una sesió n de amor a solas con una fantasía, y al rato me doy cuenta de que no funciona. Entonces hago un repaso mental de mi repertorio hasta que encuentro una caliente. Si la fantasía se termina antes de tener un or-gasmo, rebobino y vuelvo a empezar. Pero hay veces que no consigo concen-trarme en una escena eró tica. Entonces ha llegado el momento de centrarme só lo en mi cuerpo. Sin hacer ningú n juicio, pongo atenció n a todo lo que me pasa por la cabeza a la vez que me centro en las sensaciones de mi clítoris. Es como repe-tir un mantra mientras se medita, uno se pierde a ratos y luego recuerda por dó n-de iba. Cuando me sucede esto, al final mi mente deja de darle vueltas a las co-sas, y puedo tener un orgasmo en paz.

 

Un juguete eró tico da variedad al amor en solitario y fomenta la experimentació n con cosas nuevas. La mejor forma de comprar uno es verlo y manejarlo, pero eso no es siempre tan fácil. Se puede buscar en un catálogo. Pero hay que tener cuidado; muchos anuncios de las revistas de sexo venden cosas de mala calidad o que no son exactamente lo que parecen en el catálogo, porque saben que la gente no va a reclamar. Tengo dos amigas que son dueñ as de dos sex-shops; usted puede mandar un dó lar y recibir el catálogo, si quiere comprar algo con coda confianza. Una se llama Eve’s Garden (El Jardín de Eva, 119 West Fifty-Seventh Street, New York. NY 10019) y la otra Good Vibrations (Buenas Vibraciones, 3492 Twenty-Second Street, San Francisco, CA 94110).

 

 

 

 

 

 

 

Hay vibradores de diferentes tamañ os, colores y estilos. Los que funcio-nan con pilas tienen la ventaja de ser más manejables y las vibraciones son más suaves. Pero las pilas duran poco y se pueden gastar en el momento mas inopor-tuno. En el catálogo de Good Vibrations hay dos modelos japoneses muy pe-queñ os y con mucha fuerza. Aunque necesitan pilas, son mucho mejores que el modelo Hong Kong. A mi el que mas me gusta es el Hitachi Magic Wand. Está bien hecho, tiene la cabeza bien acolchada y no se calienta demasiado aunque se use durante horas. Es curioso que en las instrucciones no diga nada acerca de la posibilidad de utilizarlo para el sexo, aunque yo creo que todo el mundo lo com-pra para eso. No hay ningú n peligro de electrocutarse con él, aunque tenga el coñ o muy hú medo. (Los orgasmos eléctricos son totalmente seguros siempre que se mantenga el vibrador alejado del agua.) La marca Panasonic ha sacado un aparato fantástico para dar masajes. Exceptuando a algunas verdaderas atletas del sexo, la mayoría de las mujeres consideran que las vibraciones de este mode-lo son demasiado fuertes para masturbarse,

 

Para tener una buena vibració n vaginal o anal hay dos tipos de fundas que se pueden colocar en el extremo del Magic Wand. Una tiene la punta recta y mi-de unos diez centímetros. La otra es ligeramente curvada y se llama El detector de puntos-G. A muchos hombres les gusta este detector para masturbarse.

 

Los tapones para el culo también son muy variados. Se los pueden poner tanto los hombres como las mujeres durante la masturbació n para darle más emoció n. Los juguetes utilizados en el erotismo anal deben ser totalmente lisos y tener la base más ancha que el resto, para que no se puedan meter dentro del to-do.

 

Para muchas mujeres lo mejor del mundo es la combinació n de penetra-ció n y vibració n. Existen unos juguetes de silicona para la penetració n que son de lo mas eró tico porque son suaves y flexibles. También los hay de goma o de plástico, pero su aspecto no es tan atractivo. Al contrario de lo que piensan mu-chos hombres, la mayoría de las mujeres prefieren un tamañ o medio o pequeñ o.

 

No olvide jamás lo siguiente: Nunca se introduzca nada en la vagina des-pués de habérselo introducido en el ano. Puede producir una infecció n. No ocu-rre nada si el proceso es al revés, de la vagina al ano. Si esta usando el mismo juguete con otra persona, deben usar condones diferentes o lavarlo con jabó n an-tes de pasárselo de uno a otro.

 

También se pueden utilizar juguetes orgánicos como pepinos o calabaci-nes. (Tengo una amiga a la que le encantan las zanahorias.) A un pepino, inclu-so, se le pueden dar diversas formas. Pero siempre conviene dejar suficiente piel en la parte de abajo para sujetarlo y evitar que desaparezca en mitad de la noche. Los pepinos son hú medos y resbaladizos por naturaleza, y se han usado para fa-bricar productos de belleza desde hace mucho tiempo.

 

Un día estaba en el supermercado eligiendo unos pepinos con tanto cuida-do y atenció n, que una señ ora que estaba a mi lado me preguntó có mo sabia yo cuáles eran los mejores. No pude resistirlo y contesté: «Es pura intuició n, estoy escogiendo un amante para esta noche». Se echó a reír, y yo le guiñé el ojo al alejarme.

 

Los lubricantes pueden ser una buena ayuda para la masturbació n. Los mejores son los que contienen mucha agua, porque hay menos probabilidades de que produzcan irritaciones. Probe es muy bueno, inodoro, no sabe a nada, es muy resbaladizo y se parece mucho al flujo natural de las mujeres. Algunas mujeres prefieren aceite de coco, de oliva o de almendra. (Estos son aceites en su estado natural, que no han sido sometidos a ningú n proceso previo.) Otras no pueden usarlos porque las irrita. Los productos elaborados con petró leo, como la vaselina y otras cremas, no deben utilizarse, porque se quedan adheridos a la mucosa de las membranas. Además, deshacen los condones y los diafragmas. Con el tiempo, cada uno encuentra lo que más le gusta y más le conviene.

 

Hay toda clase de novedades sexuales que están muy bien para una noche. Un ejemplo son las Bolas ben wa. Se ha exagerado mucho el potencial eró tico de este juguetito. Se trata de dos bolas de plástico o de metal que se ponen de-ntro de la vagina —la teoría es que el contacto y el movimiento dan unos resul-tados fantásticos. Las mejores son unas que se llaman Bolas Duotone. Son dos bolas de plástico que a su vez tienen unas bolas dentro unidas por un hilo. Al mover las caderas hacen un ruido parecido al de un sonajero. Es divertido tirar lentamente del hilo para que salgan bolas muy despacio, a la vez que se usa el vibrador. Pero eso de que se tiene un orgasmo después de otro, no es cierto. Son divertidas para un rato.

 

Nunca me decepciono con un juguete sexual porque no dura mucho. Mientras lo pase bien un rato, me conformo. Puedo pasar meses sin usar nada más que el vibrador. Lo que más marcha me da son mis fantasías. Estoy desean-do comprarme un video para probar mi Magic Wand con una cinta pomo. Una de mis ú ltimas fantasías es invitar a unas amigas a casa a vibrar conmigo mien-tras vemos un video pomo de una panda de chicas que violan a un camionero.

 

Lo mejor para disfrutar del sexo —aunque no solemos darle importancia— es estar en forma. Hay muchas maneras de mantenerse saludable. Andar es una. Practicar un deporte regularmente también es bueno, además de divertido. Bailar es un buen ejercicio y también es divertido. No hace falta ir a una discoteca, se puede bailar en casa y se disfruta igual.

 

Tengo la manía de querer ser la mejor en todo lo que hago. Pero intento no ir mas allá de mis posibilidades. Estuve yendo a un gimnasio durante dos añ os y siempre me lesionaba. Desde entonces decidí encontrar una forma más tranquila de mover mi cuerpo de cincuenta y siete añ os. He pensado en nadar en una pis-cina cubierta. No se puede luchar contra la vejez pero puedo intentar retrasarla con una buena alimentació n, ejercicio y orgasmos. Y lo más importante es que quiero aceptar la madurez sin traumas, y seguir teniendo una actitud positiva hacia la vida.

 

El yoga es una forma no competitiva de hacer ejercicio. Las posturas son fantásticas para la columna las articulaciones y para coordinar la respiració n con los movimientos —todo importantísimo para la salud sexual. Lo primero que hay que hacer en yoga es tumbarse en el suelo y hacer un repaso mental de las partes del cuerpo, diciéndole a cada una de ellas que se relaje. La siguiente pos-tura es la típica de la meditació n, con la espalda totalmente recta. Para conse-guirlo hay que imaginarse una línea que va desde el centro de la cabeza hasta en final de la columna. Luego hay que colocar los hombros, subir el tó rax y sacar pecho. Para hacerlo bien es bueno ponerse delante de un espejo. Esta se conoce como la postura del Loto.

 

En el yoga hay que moverse muy despacio y respirar profundamente. Hay que llenar los pulmones muy despacio y luego soltar el aire. La ventaja del yoga es que só lo se necesita un poco de espacio en el suelo y el cuerpo.

 

En los ú ltimos añ os, los americanos se han empezado a preocupar mucho por la salud, cosa que a mí me parece muy positiva. Es fantástico que todo el mundo haga ejercicio. Algú n día todos reconocerán que el sexo es el mejor ejer-cicio de aeró bic. Cuando se tiene un buen orgasmo, la respiració n se hace más profunda, el corazó n late con más fuerza, se suda en abundancia y se mueven todos los mú sculos. La mente se relaja mientras espera tener el mejor de los or-gasmos. Dentro de poco el dicho será: «Un orgasmo tras cada comida, y manda al cuerno la medicina».

 

Debemos recordar que el amor en solitario no es un camino de rosas cons-tante. Igual que todos los tipos de amor, va y viene, crece y decrece. El añ o pa-sado tuve una crisis bastante importante. Siempre pensaba: «En cuanto adelgace seis kilos, empiece a hacer gimnasia y a ganar mucho dinero, me querré a mí misma». Me empezaron a doler las articulaciones de las caderas y me pasaba el día hablando mal de la masturbació n mientras cojeaba. No me había quedado ciega, ni me habían salido verrugas, por masturbarme demasiado, pero estaba le-sionada.

 

Una amiga me prestó un librito de un curandero metafísico que decía que los problemas de las caderas los causaba el miedo a tomar grandes decisiones. ¡Bingo! Llevaba bastante tiempo posponiendo nuevos proyectos. Cambié de ac-titud y empecé a pensar: «Tengo que seguir avanzando hacia todas las edades con una actitud positiva». Funciona.

 

La masturbació n sigue siendo muy importante cuando tengo problemas. Pero siempre me convenzo de que me gusto tal y como soy. Si me quiero a mí misma puedo querer a otros, si ellos se quieren.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO

TRECE

 

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Historias

de

masturbaciones

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

He recibido miles de cartas de gente de todo el mundo a lo largo de los añ os. Muchas personas me han contado sus experiencias sexuales, fueran buenas o malas. Otras escribían, pero eran más reacias a sincerarse. Sin embargo, la ma-yoría eran increíblemente francas y agradecidas. Cuando algú n día estaba depri-mida y me sentía como una tonta por luchar por la liberació n de la masturba-ció n, me sentaba a leer una de estas cartas. Una de una mujer que acababa de aprender a tener un orgasmo después de leer mi libro, por ejemplo. O la de un hombre que me contaba que el sexo había mejorado mucho para él y su mujer desde que se masturbaban sin problemas. Siempre me daban muchos ánimos, y me volvía a convencer de que el sexo en solitario siempre abría nuevas puertas en el conocimiento del universo y de uno mismo. Las considero cartas de amor. Son fascinantes.

 

Muchas de las cartas son muy ilustrativas de algunas de las ideas que he in-tentado transmitir en este libro. Algunas aportan una informació n adicional so-bre la vida de quien la escribe. Otras muestran diferentes perspectivas. Todas las que aquí aparecen se han resumido, y los nombres y lugares se han cambiado.

 

Me encantan estas historias íntimas donde el asombro, la protesta, el deseo y el descubrimiento de uno mismo son los protagonistas. Me encantan porque son reales.

 

Querida Betty:

 

Acabo de tener mi primer orgasmo sin complejos. Mi técnica desde que tenía cuatro añ os (ahora tengo diecinueve) consiste en poner el brazo entre las piernas y moverme y dar saltos. Ahora he empezado a aceptar del todo lo que siente mi cuerpo. ¡Es muy satisfactorio emocionalmente y me da fuerzas!

 

Blair

Westport, CN

 

 

 

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BETTY DODSON

 

 

Querida Betty:

 

No sé exactamente lo que te quiero decir, de modo que empezaré por con-tarte quién soy. Me llamo Debbie y voy a cumplir dieciséis añ os dentro de dos semanas. Hablo con mi madre sobre el sexo sin ningú n problema, pero no sobre la masturbació n. Es a mí a quien más vergü enza me da. Mi madre se compró tu libro, La masturbació n como liberació n, y me lo prestó anoche. He tenido rela-ciones sexuales varias veces, pero nunca he tenido un orgasmo. Creía que me pasaba algo, y siempre fingía que los tenía. Anoche, me masturbé consciente-mente por primera vez, después de leer tu libro. Con la mano no funcionaba, así que probé con un vibrador. Lo pasé muy bien y creo que tuve un orgasmo. Digo que lo creo porque no estoy muy segura. Me imaginaba que me iba a estallar la cabeza y que pasaría unos segundos flotando en éxtasis, como les pasa a las chi-cas en las novelas folletinescas. Lo que sentí fue como si me vibraran las pare-des de la vagina, o como si tuviera convulsiones. Estoy muy contenta de haberlo pasado tan bien. Só lo quiero darte las gracias por abrirme una nueva puerta para conocerme a mí misma.

 

Debbie

 

Scarsdale, NY

 

Querida Betty:

 

Soy una mujer casada de treinta y dos añ os, y mantengo una relació n homosexual de la que mi marido no sabe nada. No conseguía correrme en nin-guna de mis dos relaciones, No hace falta que diga que tenía mucha ansiedad y necesitaba desesperadamente conocerme sexualmente. Después de leer tu libro y comprarme un Hitachi Magic Wand, me ha cambiado la vida.

 

Lloro de la emoció n que me produce saber que tengo la capacidad de dar-me placer a mi misma cuando quiera. ¡Es como despertar de un sueñ o! Me en-cantan las olas o contracciones de placer. Me siento como un niñ o pequeñ o

 

aprendiendo   sobre   las   maravillas   de   mi   cuerpo   por   primera   vez. El domingo pasado, mí marido consiguió que tuviera un orgasmo maravi-lloso  sin  ningú n  tipo  de  agobio.  ¡Terminé  con  una  enorme  sonrisa!

 

Ahora me gustaría aprender a compartir el placer de un baile eró tico con mí amante femenina, para que las dos podamos recoger el fruto de mi aprendizaje.

 

Zoe V.

Pomona, CA

 

Querida Betty Dodson:

 

Cuando leí tu artículo agradecí mucho que fueras tan franca. La semana pa-sada, precisamente, mi ginecó loga me sugirió muy apurada que jugueteara con-migo misma de forma involuntaria por las noches para relajarme. Dijo que era una especie de masturbació n. Me dio demasiada vergü enza decirle que la mas-

 

 

 

 

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SEXO PARA UNO – EL PLACER DEL AUTOEROTISMO

 

 

turbació n es totalmente voluntaria. Quiero dos copias de tu libro para que mi gi-necó loga y yo nos liberemos.

 

Violet E.

Baltimore, MD

 

Querida Betty:

 

Tu libro es una contribució n muy importante para los psicó logos. El verano pasado atendí a una pareja de mediana edad. É l había tenido una enfermedad muy grave que le había afectado a la libido y le había dejado casi impotente. Su mujer todavía tenia muchas ganas de vivir y disfrutar, pero no quería buscar el placer fuera de su matrimonio. Eran religiosos y se querían. Pero no estaban dis-puestos a terminar ya su vida sexual. Les sugerí que compartieran la masturba-ció n y les enseñé có mo se usa un vibrador. Fue una experiencia fantástica para mí. Vi có mo dos personas salían de la más profunda depresió n y empezaban a reírse y a jugar de nuevo. La actitud positiva de las mujeres hacia su coñ o es fundamental en las relaciones entre hombres y mujeres. Gracias por tu generosa aportació n a la sociedad.

 

Joseph M.

Alexandria, VA

 

Querida Betty:

 

Hace tres meses era una profesora de Historia en un instituto, pero he deja-do mi trabajo y he pasado los ú ltimos meses intentando cambiar mi vida, que era más que aburrida. Oí hablar de tu libro en la revista Cosmopolitan. ¿Te puedes creer que tenía remordimientos hasta de comprarla?

 

De pequeñ a quería ser monja, de modo que nunca me preocupé por el sexo ni por disfrutar con mi cuerpo. Me parecía degradante. Cuando terminé el Bachi-llerato, entré en un convento y estuve allí seis añ os. Luego lo dejé porque era to-do una hipocresía. No sentía que hubiera amor dentro de mí para compartirlo con los demás.

 

Ahora que sé que puedo tener un orgasmo (de una forma, al menos) me siento más a gusto conmigo misma, más segura y más viva. Cualquier pequeñ o descubrimiento sobre mi cuerpo me hace feliz. Este conocimiento de mi cuerpo me ha ayudado mucho más que todas las oraciones que he rezado en mi vida. Me he vuelto más extrovertida y más capaz de vivir con otras personas. Todavía tengo mucho que aprender, pero ahora tengo confianza. No tengo miedo y tengo ganas de vivir. También he empezado a hacer yoga y me encanta. Espero poder acudir a tus Terapias algú n día.

 

Karen,

Cincinnati, OH

 

 

 

 

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BETTY DODSON

 

 

 

Querida Hermana Sensual:

 

Después de leer tu libro esta tarde he decidido tener una sesió n de mi acti-vidad preferida en momentos de ocio: la masturbació n. Soy una experta en el tema, digamos que tengo mucha mano.

 

Me gustaría añ adir aquí algunos de los métodos que yo utilizo:

 

1.        Cambios de temperatura. Poner las manos frías o agua fría sobre los genita-les es muy agradable.

2.        Alguna tela suave sobre los genitales para masturbarse.

 

3.        Masturbarse a la vez que se hace un lavado vaginal, da una fantástica sen-sació n de limpieza.

 

4.        Masturbarse con alguien en la bañ era, ponerse jabó n uno al otro en los ge-nitales y hacerse peinados en el vello pú blico puede ser muy divertido.

 

5.        Masturbarse en sitios nuevos... en el cuarto de bañ o de unos grandes alma-cenes, en una cabina de teléfono, etc., da sensació n de novedad (con un to-que de travesura).

 

Estoy segura de que no soy la ú nica que practica estas cosas. Hay tantas posibilidades. La masturbació n es una de las actividades más placenteras del mundo, y es gratis!

 

Dana G.

Spokane, WA

 

Querida Betty:

 

Llevo masturbándome toda la vida. Mi primer recuerdo es de cuando tenía tres añ os y me bañ aba sola. Tenía un rató n de goma que llenaba de agua y luego hacia que saliera con fuerza sobre mis genitales... ERA COMO ESTAR EN LA GLORIA. Cuando tenía cuatro o cinco añ os jugaba a los hospitales con mis ve-cinas. Nos tocábamos los genitales unas a otras. Seguro que a mi madre le hubiera dado un ataque al corazó n de haberlo sabido.

 

A los siete añ os, un verano, mi prima y yo nos quitamos toda la ropa y nos masturbamos mutuamente. Nos turnábamos para echarnos agua con teteras de juguete sobre los genitales. Lo hacíamos todo a escondidas. Mis padres eran muy religiosos y me imaginaba que era algo pecaminoso.

 

La primera vez que tuve un orgasmo al masturbarme tenía trece añ os. Esta-ba convencida de que había hecho un descubrimiento fantástico. Se lo conté a una amiga por teléfono y le dije que iba a escribir un libro cuando fuera mayor. Me haría rica seguro. Fue una decepció n cuando encontré una descripció n muy detallada de mi invento en un libro sobre sexo que leí en casa de unos amigos.

 

Durante mi adolescencia probé toda clase de juguetes sexuales —el mango del cepillo, los tiradores de los cajones (los quitaba a oscuras y los volvía a colo-car a la mañ ana siguiente), parte de los juguetes de mi hermano, inhaladores Vick’s y todo lo que se me ocurriera. Lo usaba para metérmelo o para frotar, lo que más me gustara.

 

 

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SEXO PARA UNO – EL PLACER DEL AUTOEROTISMO

 

 

Cuando mi madre se compro un vibrador para sus mú sculos doloridos, ...(¡seguro!)... conseguí quedarme sola en casa algunas tardes cuando se iban to-dos a misa, alegando que tenía demasiado que estudiar. Así podía tener una pe-queñ a orgía privada con un vibrador, y relajarme yo también. Una, vez batí to-dos los records con cuarenta orgasmos en media hora. Desde entonces he proba-do con diversos métodos, pero siempre en privado. Mi novio no está muy de acuerdo conmigo en este tema, pero estoy intentando convencerle, Y esta es mi historia.

 

Es la primera vez que intento escribir una autobiografía de mis masturba-ciones, pero estaba inspirada y me parecía un final perfecto a una tarde maravi-llosa de amor en solitario, después de leer tu libro.

 

Ginny J.

Phoenix, AZ

 

Querida Sra. Dodson:

 

Necesitaba escribirle porque hay muchas cosas en comú n entre su historia y la mía- Yo también soy una artista y la masturbació n ha jugado un papel muy importante en mi vida. Tengo treinta y seis añ os, estoy divorciada y tengo dos hijas. A los dieciséis tuve mi primer orgasmo con las caricias de mi futuro mari-do. El se hizo ingeniero y nos fuimos a vivir a Texas. Nuestras relaciones sexua-les eran perfectas, funcionábamos como un reloj, siempre teníamos un orgasmo a la vez cuando hacíamos el amor. Así durante trece añ os. Era aburridísimo. Dos semanas después de que marido se fuera a vivir a otro sitio, descubrí mi propia sexualidad. Era fantástico.

 

Con dos niñ as pequeñ as, no quería traer a alguien a escondidas o llevar a mis hijas a otro sitio para poder dormir con alguien. Además, lo más importante era encontrar un trabajo para tener dinero. No tenía ni para pagar a alguien que cuidara de las niñ as si yo salía una noche. Así que me masturbaba. Fue entonces cuando descubrí lo insatisfecha que había estado hasta entonces. Podía tener or-gasmos duraderos, y el segundo, que me venía unos cinco minutos después del primero, siempre era mucho más intenso. Era una experiencia poética, como una borrachera, como si me derritiera. Al principio incluso me asuste un poco —mi cuerpo y mi mente se abrieron y aumento mi creatividad.

 

Ahora tengo mi propia galería y soy una luchadora rebelde, decidida a ser creativa y autosuficiente, y no un estereotipo de esta sociedad. En lo que se re-fiere a los hombres, he tenido algunas experiencias estupendas desde que me di-vorcié. Experiencias que surgieron porque deseaba estar cerca de alguien, no porque necesitara aliviar la tensió n. Porque a través de la masturbació n he en-contrado la libertad.

 

Corrine. M

Austin, TX

 

 

 

 

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BETTY DODSON

 

 

 

Querida Betty Dodson:

 

Después de leer tu libro estaba tan inspirada que he cerrado las cortinas de mi cuarto, de forma que só lo entrara un poco de sol por las rendijas, y me he masturbado muy a gusto.

 

Me acuerdo perfectamente del día que descubrí mi clítoris a los nueve añ os, en el cuarto de bañ o, mientras me limpiaba. Me di cuenta de que si lo hacía de-masiado fuerte notaba algo muy raro. Lo hice un par de veces, pero luego lo de-jé. Era una sensació n extrañ a, era algo que casi dolía y al mismo tiempo me gus-taba.

 

No investigué más hasta que a los trece añ os me leí un libro de mi padre que se llamaba El Informe Kinsey sobre el comportamiento sexual femenino. Me maravillaba la idea de que pudiera dar gusto, y decidí probar algunos de los sis-temas de estimulació n que mencionaban. Sí, funcionaba, pero no fue tan estu-pendo la primera vez. Saqué la conclusió n de que necesitaba practicar.

 

Algú n tiempo después, hojeando el libro de los Boy Scouts de mi hermano,

 

vi        el capítulo que trataba sobre la masturbació n. Ahí fue donde corroboré lo que ya me temía —no era bueno para el desarrollo de mi carácter. No hablaba de ve-rrugas ni de locura, pero quedaba bastante claro que no era una buena costumbre y que había que evitarla.

 

Por aquel entonces, ya me había aficionado a ello lo ú nico que no me gus-taba era el olor de mis dedos. Encontré unos guantes blancos para mi pasatiempo nocturno. Los escondía en el fondo de un cajó n, pero siempre temía que el olor me delatara.

 

Estaba convencida de que se me castigaría de alguna forma en un futuro. Sabia que sería imposible tener un orgasmo normal con un hombre. Y así fue. Mi larga lista de amantes había sido una continua bú squeda del orgasmo. Sentía que estaba recogiendo los frutos de mis errores pasados. Me sentía tan culpable que no podía confesarle a ningú n hombre que só lo podía correrme si me estimu-laba directamente con la mano. Estaba segura que se imaginaría que me había masturbado a menudo. Pero sobre todo estaba frustrada y enfadada.

 

Después de muchos añ os he aceptado que necesito estimulació n directa so-bre el clítoris, y que la masturbació n es lo mejor para mi.

 

Me alegro de que mi bú squeda obsesiva haya terminado.

 

Tu libro es fantástico, es el apoyo que necesitaba desde hace mucho tiem-po. La verdad es que había pensado en escribir sobre la masturbació n hace unos añ os, pero descubrí que las mujeres no se atreven a hablar de ello.

 

Ahora tú lo has dicho todo. Gracias por aparecer de pronto con tu vida y tu sinceridad.

 

Patsy C.

Washington D.C.

 

 

 

 

 

 

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SEXO PARA UNO – EL PLACER DEL AUTOEROTISMO

 

 

Querida Betty:

 

Hasta hace unos meses, me veía a mí misma como un fracaso sexual. Mis genitales me parecían feos y repugnantes, mí cuerpo estaba mal hecho y mi ma-rido estaba muy preocupado por mi escaso interés en el sexo.

 

Nunca me había masturbado conscientemente. No porque me sintiera cul-pable, simplemente no sabía lo que era. Cuando era virgen tuve un orgasmo mientras me acariciaba un chico, y dos en sueñ os. Aparte de eso, nada. Nunca al hacer el amor. Al principio disfrutaba mucho del sexo con mi marido, pero fui perdiendo el interés a medida que se fue convirtiendo en una rutina y una frus-tració n.

 

Entonces pasaron dos cosas maravillosas. Le enseñé a mi marido un anun-cio de un vibrador y encargó uno. Cuando llegó , lo abrí y lo usé por primera vez, y ¡tuve un orgasmo! Fue la sensació n física y emocional mas fantástica del mundo. Me encantó . Un día tuve once orgasmos. La segunda cosa maravillosa que ocurrió fue leer tu libro. Me siento muy compenetrada contigo y con todas las demás mujeres que han tenido las mismas preocupaciones que yo. Antes de leer el libro pensaba que el primer paso era tener un orgasmo con el vibrador, luego con la mano y finalmente mediante la penetració n. Ahora me doy cuenta de que es ridículo. Soy una mujer orgásmica y capaz de cuidar de mí misma en un aspecto muy importante.

 

Jennifer O.

Chicago, IL

 

 

 

Querida Betty:

 

Hay muchas cosas en tu libro que se pueden aplicar a los hombres. Me pa-rece increíble que a estas alturas de la llamada Revolució n Sexual, los ú nicos trabajos que hablan acerca de las posibilidades del amor en solitario están escri-tos por mujeres —para mujeres. ¿Cuándo va a ser capaz un hombre de escribir con inteligencia y con cariñ o sobre sus experiencias al masturbarse? Parece que sigue existiendo el mito de que la masturbació n es sobre todo un sustituto de la penetració n. Personalmente no puedo imaginarme vivir sin masturbarme aunque tengo una novia a la que quiero mucho. La masturbació n es algo muy divertido. Tengo casi sesenta añ os y ahora estoy disfrutando de ella más que nunca. Hay un hecho que muchos parecen olvidar, y es que es difícil prolongar la penetra-ció n por una serie de motivos. La masturbació n se puede prolongar hasta el infi-nito porque se tiene control total.

 

En tu libro hablas de la angustia que pasaste al descubrir que tus labios me-nores eran de diferentes tamañ os. ¡Me siento totalmente identificado contigo! Cuando era pequeñ o, creía que se me veía el glande (me habían hecho la circun-cisió n a mí, no a mis hermanos) porque me había masturbado demasiado.

 

 

 

 

 

119

 

BETTY DODSON

 

 

No te puedes ni imaginar lo mucho que tu libro ha ayudado a la gente en todas partes a superar sus complejos. Con mucho cariñ o de un canadiense agra-decido.

 

Perry D,

 

Toronto, Canadá

 

Querida Betty:

 

A mediados de los añ os setenta, me separé de mi novio con el que había estado varios añ os. Descubrí tu libro La masturbació n como liberació n, y fue muy instructivo. Me ayudó mucho. Me gustó que te preocuparas de las lesbianas. Lo que más me llamó la atenció n fue que hablaras de sexualidad con tu madre. En ese momento, mi madre y yo teníamos algunos problemas en nues-tra relació n. Intenté hablarle de mi forma de vida, pero no ponía ningú n interés. Ella también es muy especial. Se divorció de mi padre hace mucho tiempo, cuando tenía unos cuarenta añ os. Ha seguido teniendo relaciones sexuales hasta hoy. Ahora tiene algo más de sesenta.

 

Una noche, mientras cenábamos, me empezó a hablar de su reciente sepa-ració n de un hombre con el que llevaba cinco añ os. Yo acababa de leer tu libro y decidí aplicar algunas de tus instrucciones. Le pregunté sobre la masturbació n. Nunca habíamos hablado de ello cuando yo era joven —lo cual era asombroso. Se puso un poco nerviosa y dijo que le gustaba más compartir el sexo con otra persona. ¡Pero la conversació n empezó a ponerse muy interesante! Dijo: «Bue-no, ya que estamos hablando de todo esto...», y me preguntó có mo me había ido en diversas relaciones que había tenido con otras mujeres, có mo me sentía con mi forma de vida, etc. Le pregunté qué le parecería si se lo contaba a todo el mundo, a la familia, a sus amigos, etc. Fue una conversació n de tres horas que cambió nuestra relació n por completo. ¡Para mejor!

 

Ellen A.

Philadelphia, PA

 

Querida Betty:

 

Como eres feminista, a lo mejor no estás de acuerdo conmigo, pero no creo que a los hombres haya que enseñ arles que son iguales que las mujeres. Todo el mundo sería mucho mejor si a los hombres se les enseñ ara desde la infancia que son y siempre serán niñ os pequeñ os, y que siempre deben obedecer a las chicas. Y, por supuesto, a las chicas se les debería enseñ ar que su funció n es la de vigi-lar constantemente a los niñ os, tengan la edad que tengan. No me parece nada mal que una mujer obligue a un hombre a desnudarse, a posar, a andar por ahí desnudo y a masturbarse.

 

Earl R.

San Mateo, CA

 

 

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SEXO PARA UNO – EL PLACER DEL AUTOEROTISMO

 

 

Betty, querida Betty:

 

¡Por fin puedo decirte lo positivo que ha sido para mí tomar parte en tus Terapias! Al principio me dejó perpleja, era demasiado para mis prejuicios. Da-ba mucho miedo, pero a la vez era emocionante, y sobreviví, maduré y todavía estoy madurando. Ha sido fantástico aprender a quererme a mí misma.

 

Nunca olvidaré la ú ltima sesió n: dieciséis mujeres con el vibrador enchufa-do y con mucha marcha, y tú diciéndome: «¡No pares!» Me he acordado de eso muy a menudo y, desde luego, no he parado.

 

Durante mucho tiempo las palabras sexo y pecado permanecieron juntas en el fondo de mi mente. El sexo estaba bien para cumplir mi funció n procreadora. Pero la idea de que un hombre pudiera quererme por mi cuerpo y no por mi inte-ligencia era algo que no se me pasaba por la imaginació n. Hasta que aprendí a quererme a mí misma por mi cuerpo y por el placer que me proporcionaba. Aho-ra, que lo he superado, la unió n de mi cuerpo y mí mente es fantástica. Al prin-cipio parecía difícil. Pero tardé só lo un mes en lograrlo, a los treinta y seis añ os. ¿Masturbarme? ¿Yo? ¡Sí, yo!

 

Elly

 

South Orange, NJ

 

Querida Betty:

 

Acabo de cumplir veintinueve añ os. Después de una década de relaciones sexuales (con veinte hombres diferentes), no he tenido un orgasmo, ni siquiera masturbándome yo sola. Lo más cerca que he estado del orgasmo fue hace cinco añ os con el chorro de un bidé. Me compré un vibrador el añ o pasado, pero no le he hecho mucho caso. Me parezco a Nancy, la que sale en el libro, que quería aprender pero no invertía el tiempo suficiente porque no tenía paciencia. Debo tener algú n problema con la libido. Las fantasías y la literatura eró tica me exci-tan, pero casi nunca me lo tomo muy en serio tampoco. Ahora he decidido que este añ o voy a aprender a masturbarme hasta tener un orgasmo. Casi todo el mé-rito es tuyo, por hacer que lleve a cabo esta ambició n. Tu visió n tan relajada y sin prejuicios del sexo es un ejemplo a seguir.

 

Estoy segura de que mis problemas sexuales y mi falta de interés están cau-sados por la poca seguridad en mí misma. Eso es otra cosa que tengo que cam-biar. Siempre me siento aletargada, inú til y con pocos recursos, y sé que eso puede ser muy perjudicial. Voy a intentar convencer a una amiga para organizar unas Terapias como las tuyas. Solo sé que el sexo hay que disfrutarlo, ¡y ya es-toy harta de perderme todo lo divertido! Tengo que empezar por algú n sitio, y no hay mejor momento que el presente. Si vienes a Gran Bretañ a alguna vez, no dejes de hacerme una visita. ¡Quiero darte un abrazo muy fuerte!

 

Olivia A.

Manchester (Inglaterra)

 

 

 

 

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BETTY DODSON

 

 

 

Querida Betty:

 

Hace diez días que estoy como unas castañ uelas. Nunca me había sentido tan guapa y atractiva. Por primera vez, desde mi histerectomía parcial, me en-cuentro atractiva —muy atractiva—desde la cabeza hasta los pies, pasando por el coñ o. Mis genitales son realmente bonitos, no feos, como me habían dicho.

 

Una amiga notó lo contenta que estaba y me preguntó a qué se debía. Cuando se lo conté dijo que le asombraba, pero que se alegraba de que hubiera descubierto una verdad tan simple como antigua. Ella siempre había practicado la masturbació n, y había seguido queriéndose cuando su marido había dejado de hacerlo.

 

Yo tengo treinta y ocho añ os y ella treinta y tres. Cuando le enseñé las ilus-traciones de los genitales, de tu libro, la artista que lleva dentro dijo que estába-mos todas muy bien. Entonces empezamos a hablar de lo fría y poco amigable que puede ser la gente con mujeres que se acaban de divorciar o acaban de que-darse viudas. En su casa, los niñ os no tienen mas que pedirlo y reciben un abra-zo. Me preguntó si quería que me abrazara y le dije que sí. Nos pasamos dos horas abrazando y alimentando nuestros espíritus tan faltos de amor. Qué ale-gría. Todo gracias a las ideas que habíamos aprendido sobre el amor al hablar de tu libro. Gracias de parte de las dos.

 

Shirley G.

Oakland, CA

 

 

 

 

Querida Betty Dodson:

 

Tengo veintitrés añ os, he estado casada y divorciada una vez, y estoy a punto de casarme otra vez. Me he masturbado desde que tenía once añ os y pre-tendo seguir haciéndolo basta que sea tan vieja que no me encuentre el clítoris. Has compartido tantas cosas conmigo que yo quiero compartir algunas contigo.

 

Siempre he sido muy aficionada a los libros, y por eso no es muy raro que cogiera la idea de masturbarme de un libro que se llamaba Candy. Tuve suerte porque mi madre me pilló una vez y me dio una charla muy suavemente sobre eso, y me dijo que no pasaba nada si lo hacia para relajarme. Pero me previno para que no lo hiciera muy a menudo, porque no era bueno. En aquella época me masturbaba dos o tres veces al día, así que le pregunté algo asustada qué consi-deraba ella que era muy a menudo. Fue una desilusió n cuando me contestó «No más de una vez a la semana». Aun así, y a pesar de mi tierna edad, decidí que algo tan fantástico y que no causaba dañ o aparente no podía ser tan terrible. Después de un intento de reducir un poco, me dejé llevar por el placer e incluso descubrí nuevos métodos. Uno era usar el chorro de agua en el bañ o, y me dis-culpaba a mí misma diciendo que «me estaba lavando a fondo».

 

Me quedé encantada cuando vi que muchas de las sugerencias que haces en

 

 

 

 

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SEXO PARA UNO – EL PLACER DEL AUTOEROTISMO

 

 

el libro eran cosas que yo había pensado también. Descubrí los vibradores a los quince añ os, porque encontré uno en mi casa y me aficioné a él. Hace un par de añ os yo también empecé a mirarme al espejo cuando me masturbaba. Se me ocurrió porque sentía curiosidad por verme mientras llegaba al orgasmo, y no tenía inhibiciones al respecto.

 

Me masturbo muy a menudo para tomar contacto conmigo misma. A veces, cuando estoy en la oficina y no puedo más de trabajar, me voy al cuarto de bañ o y me masturbo rápidamente. Tengo un orgasmo muy intenso en un minuto o dos. A mi sistema nervioso le sienta fenomenal. Me encuentro mucho mejor y rindo mas.

 

Masturbarme delante de otra persona me parece algo distinto. Pero el hom-bre con el que estoy viviendo ahora es cariñ oso, sexy y dulce (aunque tiene poca experiencia), y está deseando aprender. Cuando él lea tu libro, se va a abrir una puerta en nuestra relació n Sexual.

 

Pamela N.

Chicago, IL

 

Hola guapa:

 

Llevo seis añ os viviendo con Joe. Antes me decía que la masturbació n es-taba muy bien, que muchas mujeres lo hacían, etc. Pero supongo que mi educa-ció n pudo con todo. Me habían enseñ ado que era algo que no se debía hacer. No creo que me masturbara cuando era pequeñ a. Só lo exploré un poco mi coñ o y descubrí que me gusta el olor. A medida que me hice mayor, los hombres só lo querían follar, así que nunca juguetearon con mi clítoris. Entonces conocí a Joe, que es cariñ oso y tiene mucha paciencia. Pero me pasaba algo con el clítoris. Me parecía que era demasiado sensible para tocarlo. Además, follábamos muy a gusto, ¿para qué queríamos un clítoris?

 

Después de cinco añ os y medio se fastidió el asunto y empezamos a destro-zarnos el uno al otro. Hace varios meses hubo una reunió n de feministas en la Universidad. Fueron tres mil mujeres (que es mucho para esta ciudad), incluida yo. Hubo conferencias sobre mú sica, teatro, poesía, etc., y muchas terapias, pero la que más me gustó fue la de la masturbació n, Había muchas mujeres hechas un lío, como yo, escuchando a unas señ oras fantásticas que hablaban sobre sus ex-periencias con la masturbació n, sus métodos y sus orgasmos. Me pareció feno-menal. Luego apareció la respuesta para todas las masturbadoras en potencia — un libro que se llamaba La masturbació n como liberació n, de Betty Dodson. Al principio me pregunté si merecía la pena gastarse los cinco dó lares, y no le veía mucho sentido a estar en la cama jugando sola. Pero decidí intentarlo, por Joe y por nuestro precioso hijito. Me encerré en mi estudio, leí el libro, pelé un pepi-no, cogí un espejo, el aceite de oliva —todo. Pasé mucho tiempo dedicada a ello, pero no pasó nada. Sin embargo lo pasé bien, y lo tenía muy claro: «No esperes llegar al orgasmo la primera vez que te masturbas». A la semana siguiente me

 

 

 

 

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BETTY DODSON

 

 

 

leí el libro de nuevo y esta vez lo intenté sin ningú n artilugio. Diez minutos des-pués, la cabeza me saltó en pedacitos al tener un ORGASMO. Sonreí y me dije a mí misma: «Betty Dodson, ¡has cambiado mi vida!» Me pasé una semana dán-dole al tema seis veces al día —no podía parar. La verdad es que llegó a un pun-to que era incomodo, porque estaba trabajando y de repente me tenía que ir a masturbar, aunque estuviera el trabajo a medias. No me podía creer que existiera algo tan fantástico. Supe que nunca había tenido un orgasmo hasta entonces. Lo primero que hice fue llamar a Joe y contarle que había pasado una cosa maravi-llosa. Nunca hemos estado tan bien juntos —¡nunca! Hay una parte de tu libro que se me puede aplicar a mí: «Cuando dejé de pensar que tenía que conseguir todos los orgasmos follando, empecé a disfrutar de verdad». No me lo puedo creer —imagínate descubrir lo que es un orgasmo a los treinta añ os.

 

Vicki T.

Auckland, New Zeland

 

Querida Betty:

 

Hace unos cuatro añ os mi matrimonio era como un témpano de hielo. Mi marido se pasaba el día diciéndome que era frígida y que debería hacer algo para evitarlo —o sea masturbarme. No recuerdo haberlo hecho cuando era pequeñ a. Lo había intentado una vez, ya de mayor, pero me dio tanto miedo tocarme que lo dejé mucho antes de llegar al orgasmo. Estaba tan desesperada que fui al Fo-rum Nacional Del Sexo. Me dieron unos cuantos libros sobre sexo y un vibrador a pilas. Usé el vibrador unas cuantas veces, pero era agotador y no conseguía nada. Entonces una amiga me presté uno eléctrico y enorme, y después de varias semanas de dolor aprendí a tener un orgasmo. Me odiaba a mí misma y me avergonzaba de tener que usar un aparato. Estaba segura de que era la ú nica mu-jer en el mundo que tenía que recurrir a semejante perversidad para pasarlo bien. Muchas veces me echaba a llorar cuando por fin tenía un orgasmo. Creí que nunca podría disfrutar del sexo con un hombre. Era mi destino.

 

Entonces fui al Museo de Arte Eró tico y vi uno de tus dibujos de una mujer con un vibrador. Era inmenso y eléctrico, ¡como el mío! No me lo podía creer. Quería tocar el dibujo y observar cada detalle con cuidado, para asegurarme de que no era un espejismo. Se me quitó un enorme peso de encima, y nunca me he olvidado de ti desde entonces.

 

Después de ver tu dibujo no me sentía tan culpable, y empecé a tener or-gasmos con más facilidad. Pero todavía tenía la sensació n de que el aparato había acabado conmigo. Al poco tiempo me enamoré de un hombre y enseguida reuní el valor suficiente para hablar con él. Le conté todo sobre mi clítoris, en-cendí la luz, se lo enseñé , me masturbé delante suyo y le dije que me acompañ a-ra. Sin comerlo ni beberlo, empecé a tener orgasmos. Había veces que, después de que él se fuera, sacaba mi preciado aparato eléctrico y tenía otro orgasmo. Todavía no me atrevo a sacar el vibrador delante de mis novios, pero por fin

 

 

 

 

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SEXO PARA UNO – EL PLACER DEL AUTOEROTISMO

 

 

siento algo que nunca creí que fuera para mí. Te doy las gracias, Betty, por hacer aquel dibujo y por escribirlo todo en un libro. Eres muy valiente, y te lo agra-dezco.

 

Anna L.

 

San Francisco, CA

 

Querida Betty:

 

Tengo treinta y siete añ os y me encanta la masturbació n, siempre me ha encantado. He salido con un hombre catorce añ os más joven que yo durante dos añ os. Aunque es fantástico, só lo he tenido un orgasmo una vez, con él dentro de mí. Ocurrió cuando menos me lo esperaba. No estaba nada contenta conmigo misma, me sentía gorda, fea, etc. Se mostró muy comprensivo, hicimos el amor y tuve un orgasmo.

 

¿Por qué ocurrió só lo una vez? Normalmente, cuando tengo un hombre de-ntro de mí no siento casi nada. Además, ¿có mo puede su pene estimularme el clítoris, si está dentro?

 

Le he dado vueltas a esto durante varios meses, y a veces acepto que soy así y ya está, y otras me entra el síndrome de que «no lo hago bien». Me gustaría solucionar este problema para tranquilizarme un poco y tranquilizar mi ego.

 

Penelope K.

Montreal, Canadá

 

Querida Hermana:

 

En la Facultad de Medicina nos dieron una conferencia sobre sexualidad, con películas de mujeres masturbándose en un laboratorio donde los investiga-dores estaban estudiando las reacciones femeninas ante el sexo. Era la primera vez que oía que muchas mujeres tardan cuarenta minutos en llegar al orgasmo.

 

Eso fue hace unos cinco meses. Tengo veintidó s añ os y he tenido muchas relaciones sexuales, pero nunca he tenido un orgasmo. Sabia que era frígida, hasta que vi esas películas y empecé a experimentar con mi cuerpo. Descubrí que podía llegar a tener unos orgasmos maravillosos aunque tardara mucho tiempo (a veces una hora). La primera noche que me masturbé no fue con nin-guna fantasía —¿quién lo necesita? Só lo podía pensar en que SENTIA MUCHAS COSAS. Con eso me bastaba. Al ir adquiriendo práctica, añ adí tam-bién fantasía y me di cuenta de que no só lo mejoraba la sensació n, sino que ace-leraba un poco el proceso. Es fantástico no tener que fingir nunca mas. Es una pena que sea tan fácil fingir. Los hombres no son capaces de distinguir, y por eso las mujeres siguen haciéndolo.

 

Tengo ganas de regalar tu libro a todas mis amigas por Navidad.

 

Ruth L.

Pasadena, CA

 

 

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BETTY DODSON

 

 

 

Querida Betty:

 

Me he masturbado de forma irregular desde los seis añ os, pero siempre me ha parecido algo pecaminoso, hasta que hace dos meses compré tu libro La mas-turbació n como liberació n, y Nosotros y nuestro Cuerpo. Ahora sé que la mas-turbació n es algo normal y que no está prohibido.

 

Tengo cuarenta y dos añ os y soy virgen. Nunca he estado casada. Estoy completamente de acuerdo contigo en que la masturbació n hace que uno tenga mas confianza en sí mismo. Lo he empezado a notar en estos dos ú ltimos meses, en los que he dejado de confesarle a Dios mis masturbaciones como un pecado.

 

Soy hija ú nica. Mis padres me educaron de una forma muy rígida y purita-na. Todavía me dicen lo que debo y no debo hacer, aunque vivimos a setecientos kiló metros de distancia. Soy muy religiosa y por eso me ha costado tanto aceptar cualquier iniciativa sexual por mi parte.

 

Dolores S.

Richmond, VA

 

Querida Betty:

 

Soy una mujer de treinta y tres añ os, casada y con cuatro hijos pequeñ os. Soy licenciada en Químicas y he estudiado tres añ os de Medicina. Me he mas-turbado desde que era muy joven. Recuerdo vagamente que mi madre me vio un día y me dio una charla muy larga. Como era una niñ a muy cató lica confesé mi pecado una y otra vez.

 

Tuve media docena de affaires antes de casarme, pero nunca he tenido un orgasmo durante la penetració n —es más, só lo lo he conseguido una vez en doce añ os. Hace cuatro añ os, mi marido me compró un vibrador. Lo paso bien a pesar de que a veces me distraigo con el ruido. No tenemos electricidad, de modo que tengo que usar uno a pilas. Mi marido se estaba empezando a desesperar porque yo era incapaz de tener un orgasmo, a pesar de las acrobacias y las infinitas pos-turas. Por fin, llegamos a la conclusió n de que la estimulació n del pene no era suficiente. Después de investigar un poco, descubrimos varias posturas en las que me podía masturbar con la mano o con el vibrador mientras hacíamos el amor. Hemos logrado tener una relació n sexual muy satisfactoria.

 

¿Has probado la masturbació n como analgésico? Ha habido más de una vez en que me dolían las muelas y he descubierto, por casualidad, que la masturba-ció n aliviaba el dolor temporalmente. Como puedo tener muchos orgasmos —no es raro que tenga entre cinco y diez seguidos me sigo masturbando hasta que la aspirina me haga efecto. No he logrado saber a qué se debe, pero a lo mejor es interesante profundizar mas en el tema.

 

No, no he tenido el valor de contárselo a mi dentista.

Gracias por desempolvar un tema tan Importante.

 

Lorna K.

New Brunswick, Canada

 

 

 

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SEXO PARA UNO – EL PLACER DEL AUTOEROTISMO

 

 

Querida Betty:

 

Me recomendaron tu libro en una clase sobre el comportamiento sexual del ser humano. Estoy en el ú ltimo curso de Sociología. Nunca me he sentido tan contenta después de leer un libro. Ahora siento que mi cuerpo es precioso y no algo maloliente que a los hombres les gusta usar. En cuanto note que tengo una actitud negativa hacia el coñ o, volveré a leerlo.

 

Por favor, mándame otra copia para mi madre que tiene sesenta y tres añ os y sigue considerando su cuerpo como algo que huele mal. Tiene como una do-cena de desodorantes íntimos. Yo tengo veinte añ os y todavía vivo con ella. Se-guro que se queda pasmada al principio, pero me voy a arriesgar porque quiero que se sienta tan bien como yo.

 

Marie A.

Boca Raton, FL

 

Querida Betty:

 

Ayer por la noche volví a leer tu libro y me gustó tanto como la primera vez. Después me miré en el espejo y me dije a mí mismo que me quería. Al principio me costó un poco. Luego me metí en el bañ o y me empecé a hacer ca-ricias mientras decía: «Te quiero, Donald», una y otra vez. Me daba besos por todas partes, a la vez que me tocaba los pezones con una mano y los genitales con la otra. En poco tiempo, tuve un orgasmo como en mi vida. Terminé dán-dome un abrazo delante del espejo y sintiendo tanto cariñ o amor y comprensió n hacia mi persona como nunca antes había sentido. Fue difícil admitir que me quería y que soy muy sensible.

 

Donald G.

Valley Stream, NY

 

Querida Betty:

 

De todas las personas que conozco, sé que tu eres la que mejor va a com-prender mi pequeñ a historia. Yo tenía una compañ era de fantasías, en Denver, a la que nunca llegué a conocer. Tiene treinta y cinco añ os y vive con un hombre. Mi sobrino la conoció en una discoteca de Denver y le debió hablar de mí y de que me sentía solo. Enseguida recibí una carta, la primera de cincuenta y nueve, junto con una foto suya masturbándose. Nos escribimos durante cinco añ os haciendo unas descripciones apasionadas de nuestras fantasías sexuales. El añ o pasado su novio se puso celoso, y dejó de escribir.

 

Tengo que confesar que fue una buena época. Tengo noventa y un añ os y mi cuerpo ya no tiene fuerzas, pero mi imaginació n sí. La echo mucho de me-nos.

 

Charles P.

New York, NY

 

 

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BETTY DODSON

 

 

 

Querida Betty:

 

Después de leer tu libro me entraron ganas de contarte mi método para masturbarme. Lo llevo haciendo desde que era un adolescente y ahora tengo treinta y ocho añ os. Me masturbo con revistas de mujeres. Me pongo polvos de talco en la polla, abro la revista por la secció n de moda o de belleza, meto la po-lla en la revista y la cierro. Luego, con las dos manos, me masturbo hasta tener un orgasmo. Espero que no pienses que soy raro o pervertido.

 

Utilizo toda clase de revistas para mujeres —Vogue, Cosmo, Glamour, Mademoiselle, Bazaar, Ladies’, Home Journal, McCalls, y Seventeen. Todos los meses tengo una nueva remesa de amantes.

 

Lo hago con mujeres de todas las edades —adolescentes de Seventeen, jó - venes de Glamour y Mademoiselle, y de mediana edad de Redbook. Escribí a la directora de una de las revistas para contarle lo que hacía y me contestó : «¡Me alegro por ti! Tú disfrutas más que las chicas que compran la revista».

 

No lo había pensado antes, pero en los tiempos que corren es una buena manera de evitar enfermedades venéreas.

 

Larry S.

 

Poughkeepsie, NY

 

Querida Betty:

 

Has sido tan sincera al compartir tu vida sexual con todos nosotros que he decidido sincerarme yo también. Hace diez añ os tuve un romance en mí trabajo. Tenía una plaza de garaje alquilada cerca de la oficina. Nuestros respectivos ma-trimonios eran de lo más gris, y terminamos masturbándonos juntos en el garaje durante cinco añ os. Ha sido la experiencia sexual más emocionante y satisfacto-ria que he tenido en sesenta añ os de vida. C. nunca llevaba bragas, só lo una faja sin parte de abajo. Yo me ponía un condó n todas las mañ anas que sabia que iba a estar con ella. Casi siempre teníamos un orgasmo a la vez, y tardábamos siete u ocho minutos.

 

En las pocas ocasiones que tuvimos para follar, yo tardaba mucho y creo que C. no se corrió nunca. Ella siempre decía que prefería lo que hacíamos en el coche. Entonces si que se corría con facilidad y deprisa. Nos contábamos nues-tras fantasías sexuales, lo que hacia que la cosa se pusiera mucho más caliente. C. me contó que nunca se corría con su marido, y que siempre terminaba mas-turbándose mientras él se iba al cuarto de bañ o a lavarse. Era triste —pero por lo menos nos teníamos el uno al otro. Cuando se fue a vivir a Atlanta, lo pasé bas-tante mal. Pero no hay nada que dure para siempre. Tuve alguna aventura mas, pero ninguna como ésta.

 

Paul D.

Peekskill, NY

 

 

 

 

 

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SEXO PARA UNO – EL PLACER DEL AUTOEROTISMO

 

 

Querida Betty Dodson:

 

Todos hemos leído tu libro en el centro donde trabajo. Consideramos que va a contribuir de una forma muy importante a que se reduzcan los casos de ma-los tratos a niñ os pequeñ os. Es muy importante que los hombres y las mujeres aprendan a quererse a sí mismos y, en consecuencia, a sus parejas y sus hijos. Durante los ú ltimos cuatro añ os, la característica más comú n de padres o madres que abusaban de sus hijos era una mala imagen de su propia persona.

 

W.T. E.

Del Mar, CA

 

Querida Betty:

 

Después de tus Terapias, quería intentar hacer algunas de las cosas que nos habías sugerido. El problema que tenía era que no tenía intimidad. Cerraba la puerta de mi habitació n y les decía a mis cuatro hijos que no entraran sin llamar, pero siempre se olvidaban. Tenía que encontrar una solució n, porque sí aprendía a masturbarme iba a ser mucho más feliz. Al final puse un cerrojo en mi puerta y un cartel que decía NO MOLESTAR - ESTOY MEDITANDO. Les expliqué a los niñ os que quería un poco de tranquilidad, y que no llamaran a la puerta a no ser que se hubieran hecho una herida. ¡Funcionó !

 

Ruth V.

Scarsdale, NY

 

Querida Betty:

 

¡Llevo masturbándome muchos añ os y he disfrutado de cada uno de los or-gasmos! Me parece que la masturbació n probablemente es la forma más perfecta de tener sexo. No hay peligro de SIDA ni de ninguna enfermedad venérea. Es imposible quedarse embarazada o dejar embarazada a una mujer. Y no hay que preocuparse del humor del otro. Una mujer me contó que podía masturbarse en cualquier sitio y tener un orgasmo sin que se enterara nadie —en un autobú s o en un avió n, por ejemplo. Só lo necesitaba mover los mú sculos apropiados, los mú sculos del amor. (No me acuerdo del nombre científico.)

 

A mí también me gusta usar un vibrador. Tengo uno con un vaso de goma al final. Cuando estoy solo y tengo ganas, pongo una cinta eró tica en el video y enchufo el vibrador. Es una sensació n maravillosa mientras veo como se quieren unas personas de lo más atractivas (y a veces se quieren a sí mismos, cosa que me da mucha más marcha). Puedo estar así durante una hora o más. Entonces, cuando hay una escena caliente de verdad, ya no puedo dar marcha atrás y tengo un orgasmo profundo. No siempre lo hago solo. De vez en cuando encuentro a una amiga que disfruta viendo como me masturbo a la vez que lo hace ella.

 

Allan L.

Jacksonville, PL

 

 

 

Querida Betty:

 

Te quiero contar lo que me pasó en un concurso que hice con una amiga. Fue hace quince añ os, pero lo recuerdo muy bien. Decidimos competir a ver quién conseguía tener más orgasmos en tres horas, con un vibrador. Ella tuvo diecisiete, y cada uno de ellos fue un espectáculo maravilloso. Cuando más gua-pas están las mujeres es cuando están teniendo un orgasmo. ¿Y yo? Só lo tuve dos. Intenté llegar hasta tres, pero no pude. ¿Qué quieres que te diga? Só lo que me enteré de cuál era el sexo débil. Me inclino con modestia ante las mujeres — y a lo mejor, mientras lo hago, pueda dar una chupadita o dos, y practicar mi hobby favorito.

 

Stewart M.

Santa Fe, NM

 

Betty:

 

Te mando un giro postal en vez de un cheque porque todavía vivo de mis padres y controlan mí chequera. No quiero que sepan que leo cosas sobre el pe-cado prohibido.

 

Ya sé que has debido oír historias de todo tipo, pero ahí va una: Una tía mía tuvo que ser ingresada porque tenía una hemorragia uterina. Antes de que supiéramos que era un fibroma, mi madre dijo: «¿Ves lo que pasa cuando uno juega demasiado con su cuerpo?» Yo pregunté: «¿Có mo sabes si jugaba o no?» Contestó : «No lo sé, ¡pero esto es lo que pasa!» P.D. Só lo tiene cuarenta añ os y estamos en los ochenta, asombroso, ¿no?

 

Se supone que nos tenemos que castrar (no hay que tener relaciones prema-trimoniales, no hay que masturbarse, ni tocar a un tío con el que llevas un añ o). ¿Pero qué pretenden que hagamos?

 

Sin embargo, he avanzado mucho. Mi novio y yo nos masturbamos juntos, y muchos de mis amigos también. Cada vez tengo menos remordimientos.

 

Como vivo con mis padres te agradecería que mandaras el libro en un en-voltorio normal, ya me entiendes.

 

Monica P.

Austin, TX

 

 

 

 

 

 

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