© Libro N° 7623. Sexo Para Uno. El Placer Del Autoerotismo. Dodson, Betty.
Emancipación. Agosto 8 de 2020.
Título original: © Sexo
Para Uno. El Placer Del Autoerotismo. Betty Dodson
Versión Original: © Sexo
Para Uno. El Placer Del Autoerotismo. Betty Dodson
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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SEXO PARA UNO
El Placer Del Autoerotismo
Betty Dodson
SEXO PARA UNO
El Placer Del Autoerotismo
Betty Dodson
CAPÍTULO
UNO
———————————————————
La
masturbación
como
liberación
La masturbación es una forma primaria y natural del
sexo. No es só lo una cosa de niñ os, o algo para las épocas solitarias entre
un amante y otro, o para perso-nas mayores que se han quedado solas.
Con el problema del SIDA cada día más patente,
sería ló gico pensar en la masturbació n como la forma más segura del sexo.
Pero hacer el amor con uno mismo sigue siendo el secreto inconfesable de la
sociedad.
Antes se decía que el incesto era el ú ltimo tabú ;
ahora, sin embargo, se usa la palabra con toda libertad. Incluso se han filmado
películas sobre el tema. Pe-ro, ¿por qué no se ha hecho una película sobre una
mujer que aprende a llegar al orgasmo masturbándose y empieza a disfrutar del
sexo con su pareja por primera vez? También sería muy educativo contar la
historia de un hombre con proble-mas de eyaculació n precoz, que se enseñ a a
sí mismo a prolongar las erecciones mediante la masturbació n y se convierte en
un amante fantástico. Si se pusiera en práctica mi fantasía particular sobre la
jubilació n, cambiaría por completo la idea que se tiene sobre la tercera edad.
Somos trece personas viviendo en comu-nidad. Cada luna llena nos reunimos
delante de la tele para ver el ú ltimo video pomo prohibido por el có digo
moral. Después de hacer un té bien cargado, en-chufamos nuestros vibradores y
nos disponemos a pasar una tarde de orgasmos. Las mecedoras chirrían, los
vibradores zumban y, de vez en cuando, uno de no-sotros sonríe y mueve la
cabeza después de uno especialmente bueno.
El rechazo de la masturbació n es parte de la
represió n sexual. Desde la in-fancia hasta la madurez, la masturbació n
produce un sentimiento de vergü enza y de culpabilidad. Las personas que no
mantienen una relació n sexual consigo mismas son más fáciles de manipular. Yo
creo que la clave para acabar con la represió n sexual está en la masturbació
n; sobre todo para las mujeres que creen que son frígidas o que no saben con
seguridad si están teniendo orgasmos con su pareja. Pero también para los hombres
que no pueden Controlar la eyaculació n precoz o que no logran llegar al
orgasmo mediante la penetració n.
Con la masturbació n se aprende mucho sobre las
reacciones sexuales, y se conocen los secretos del cuerpo y de la mente que la
sociedad enseñ a a escon-der. ¿Existe alguna forma mejor de entender lo que es
el placer y có mo ser crea-tivo en la cama? No hay que estar a la altura de
nadie, ni satisfacer las necesida-des de otro, No se tiene miedo a la crítica o
al rechazo por haberlo hecho mal. La habilidad en la cama es como la habilidad
en cualquier otra cosa: no se here-da por arte de magia, se aprende.
La masturbació n es la primera actividad sexual
natural. Con ella, las perso-nas descubren sus sentimientos eró ticos y
aprenden a no avergonzarse de ellos ni de sus genitales. Es la mejor manera de
ir conociendo el sexo y de desprenderse de viejos temores e inhibiciones. Para
nosotras, las mujeres, es una forma de ad-quirir confianza y poder comunicarnos
sin miedo con nuestros amantes. Cuando nos preguntan qué es lo que más nos
gusta, tenemos que olvidarnos de la eterna mentirijilla: «Todo lo que me haces me
gusta».
A finales
de los «sexy añ os sesenta», durante mí evolució n eró tica, la mas-turbació n
sin complejos empezó a ser muy importante para mí. Como mi vida sexual pasó de
cero a ser fantástica, quería que todo en mundo lo supiera. Empe-cé expresando
mi alegría por medio del arte eró tico. Luego, comencé a escribir artículos y a
hablar de la liberació n sexual de la mujer. En aquella época creía que las
mujeres sufrían la represió n sexual más que los hombres, y la masturba-ció n
como liberació n se convirtió en mi argumento feminista. Enseguida me convertí
en una experta en el tema, sobre todo porque nadie más quería hablar de ello en
pú blico.
Cuando empecé a conversar con las mujeres sobre la
masturbació n en mis Terapias Sexuales, me di cuenta de que eran necesarias
unas sesiones dedicadas por entero al sexo. Lo siguiente que hice fue organizar
una escuela de masturba-ció n para feministas dispuestas a afrontar
directamente una relació n sexual Con-sigo mismas, además de la liberació n
sexual. En 1974, la revista Ms. publicó un articulo acerca de mis ideas sobre
la masturbació n. La reacció n del pú blico fue tan positiva que decidí publicar
un librito en el mismo añ o, titulado Liberating Masturbation (La masturbació n
como liberació n; reflexiones sobre el amor en solitario). Tuvo tan buena
acogida que, de pronto, me di cuenta de que tenía un trabajo de jornada
continua y no sabía como dejarlo. «Soy una artista con clase, no una artista
pajillera», argumentaba. Pero comprometerse cotí una idea es co-mo tener un niñ
o: hay que darle amor incondicionalmente, incluso los días que más odiaba ser
«la madre de la masturbación» .
Todos los añ os renunciaba a enseñ ar masturbació n
en mis terapias y todos los añ os organizaba la escuela otra vez. Ser profesora
de sexo sin ningú n tipo de título académico era una osadía por mi parte, pero
¿dó nde podría haberme licen-ciado en masturbació n? Decidí que mi formació n
en Bellas Artes sería la excusa para estudiar la estética del sexo en
solitario. A veces, me veía a mí misma como una artista en acció n y mis
escuelas me parecían simplemente una nueva forma de hacer arte. Otras veces, me
veía luchando contra molinos de viento, y quería esconderme en mi estudio y que
la gente se olvidara de mí para siempre. Pero después de catorce añ os dedicada
a esta materia tan singular me he concedido un doctorado en Masturbació n.
Antes estaba convencida de que la masturbació n
llevaba al sexo, pero ahora sé que la masturbació n es sexo. La pró xima vez
que alguien te pregunte «¿Cuán-do tuvo su primera experiencia sexual?», debería
responder que su primer con-tacto con el sexo fue la masturbació n, tío la
primera vez que tuvo relaciones con alguien.
Me imaginaba que, en la década de los añ os
ochenta, masturbació n sería una palabra más de nuestro vocabulario y que
estaría incluida en todos los pro-gramas de educació n sexual del Bachillerato.
Pero aquí estoy, todavía, intentan-do mentalizar al personal sobre el tema.
Algunos de mis amigos me preguntar por que sigo insistiendo en lo mismo, si
«hoy en día todo el mundo sabe que la masturbació n no es nada malo». Sin
embargo, la verdad es que todavía no se usa la palabra con entera libertad, ni
se habla del tema abiertamente sobre todo cuando uno habla de su propia vida
sexual. Es cierto que casi nadie cree ya que la masturbació n produzca desó
rdenes mentales o verrugas; pero aunque la ma-yoría de los libros y artículos
actuales sobre en sexo rechazan los viejos mitos sobre la masturbació n, la
condenan sutilmente al no hablar prácticamente de ella. Y lo peor es que se
sobreentiende que la masturbació n está bien para susti-tuir a algo mejor. Lo
primero que hago cuando compro un libro sobre sexo es buscar el capítulo
dedicado a la masturbació n, para ver cual es la postura del au-tor al
respecto.
La masturbació n tiene muchos aspectos positivos y
ayuda mucho a quien la practica: proporciona satisfacció n sexual a personas
que no consiguen encontrar pareja, es una solució n para los adolescentes con
ansias irreprimibles de sexo y evita embarazos no deseados. También es un buen
remedio para las personas se-paradas y para las parejas, cuando uno de los dos
está enfermo, cuando a uno no le apetece hacer el amor o cuando ninguno logra
alcanzar el orgasmo mediante la penetració n.
La masturbació n también se puede hacer con otra
persona o personas, co-mo alternativa a la penetració n. Es una parte muy
importante de la actividad sexual de las parejas y una manera de apaciguar las
prisas de los hombres. Pro-porciona satisfacció n de una forma segura en los ú
ltimos meses del embarazo y alivia los dolores que produce la menstruació n.
Masturbarse es relajante y ayuda a conciliar el sueñ o. Y, por ú ltimo, es la
forma más segura de sexo, algo que se debería tomar en cuenta hoy día.
Hay que recordar que muchas personas no tienen una
pareja estable — algunas porque así lo desean, otras porque están esperando que
aparezca la per-sona apropiada y otras porque no tienen seguridad en sí mismas
O tienen alguna tara física. Cuando alguien se separa después de un matrimonio
muy largo, en-cuentra a veces dificultades para volver a establecer una relació
n duradera, pero sigue teniendo necesidades sexuales. Y lo mismo ocurre con las
personas mayores, sobre todo una esposa o un marido viudos después de cincuenta
añ os de ma-trimonio. Además de estos ejemplos, hay muchas personas que no
tienen otra al-ternativa que la masturbació n: aquellos que están en la cárcel,
en residencias de ancianos o en instituciones psiquiátricas. El hecho de
aceptar la masturbació n puede cambiar la vida de muchas personas.
Otra razó n por la que sigo insistiendo en lo
mismo, y pidiendo al inundo entero que acepte el sexo en su forma más
primitiva, es para aplacar las voces de grupos obstinados en tachar la
masturbació n de pecaminosa. La Iglesia Cató lica está a la cabeza de estos
grupos. También está la minoría moral fundamentalista, que sigue aferrada a la
doctrina de la culpabilidad sexual del Antiguo Testamen-to. (La historia
bíblica sobre Onán desparramando su semilla ni siquiera se refie-re a la
masturbació n, sino al coitus interruptus.) La oposició n organizada contra la
masturbació n, igual que la oposició n a la pornografía, es, en realidad, una
oposició n al placer sexual. Tener marcha se considera antisocial, cuando lo
que es verdaderamente antisocial es estar reprimido.
Cuando estaba en Bachillerato, obsesionada con el
sexo y con la cabeza llena de mitos románticos, creía que el acné que tenía era
por abusar de la mas-turbació n, y no sabía nada acerca de los métodos
anticonceptivos. Era una víc-tima potencial de la represió n sexual. ¡Qué
distinto hubiera sido todo de haber tenido una profesora de Sexualidad en el
colegio! Me imagino su primera charla: «El sexo cambia a lo largo de la vida.
Después del sexo ardiente y romántico, que es lo ú nico que sois capaces de entender
ahora, llega la dulzura del Sexo con el matrimonio, luego el misticismo de la
procreació n, y finalmente, la comodi-dad o aburrimiento del sexo monó gamo a
largo plazo. Casi todos vuestros ma-trimonios terminarán en divorcio, tendréis
otra etapa de sexo ardiente y románti-co, y podréis empezar el ciclo de nuevo.
Las lesbianas y los gays seguirán una evolució n parecida. Algunos quizá
estudien el sexo en profundidad y experi-menten la bisexualidad o el sexo en
grupo, olvidando normas y convencionalis-mos. Pero, ¡tomad nota!: el sexo más
duradero es la relació n amorosa con uno mismo. La masturbació n siempre será
parte de nuestra vida; durante la infancia, la adolescencia, en noviazgo, el
matrimonio y el divorcio, y durante la tercera edad».
Ahora mi objetivo es conseguir que la masturbació n
se considere como una forma primaria de expresió n sexual. Ha llegado el
momento del sexo para uno. El siguiente paso en la evolució n sexual de la
civilizació n es la aceptació n total del sexo en solitario.
Mi fantasía de la liberació n sexual en el futuro
es la siguiente: es la Noche-vieja de 1999. Todos los canales de televisió n se
han puesto de acuerdo y me han dejado dirigir un programa llamado «Orgasmos en
América». En todas las pantallas se verá porno fino creado por el genio más
destacado de este país, y con la más alta tecnología. Al dar las doce, la nació
n entera se estará masturban-do en pro de la paz mundial.
CAPÍTULO
DOS
———————————————————
Las
imágenes románticas
del sexo
En los añ os cuarenta, cuando era joven, las
películas estaban llenas de besos lar-gos y hú medos, de ojos tristes y de
frases como «Amor mío, te quiero», acom-pañ adas de abrazos apasionados después
de una dolorosa separació n. Estas eran las imágenes del amor. En Hollywood no
se incluían escenas de sexo. Cuando llegaba el momento del sexo, la imagen se
fundía en una ola gigantesca rom-piendo contra las rocas. Yo sabia que era el
momento del orgasmo, y me imagi-naba escenas de amor apasionado con mi futuro
amante. Algú n día nos casaría-mos y viviríamos felices para siempre. Todas las
chicas de mi edad soñ aban con lo mismo, de modo que yo no era distinta,
excepto en una cosa: mientras espera-ba, disfrutaba en secreto con mis orgasmos
solitarios.
Mi fantasía de masturbació n favorita en esa época
era «la noche de bodas». Me veía a mi misma como una estrella de cine
fascinante: delgada, sin acné, sin aparato en la boca, y con un busto estupendo
(no plano, como el mío). Mientras mi marido esperaba en la cama, yo iba al
cuarto de bañ o a ponerme un camisó n de ú ltima moda. Lo que más me excitaba
era imaginar cada uno de los detalles de mi belleza. Llegaba al orgasmo cuando
me quitaba la bata de encaje y ofrecía mi cuerpo desnudo a mi marido. Nunca conseguía
verle claramente en mi fanta-sía, ni tampoco lo que hacíamos en la cama. Todo
el sueñ o era una combinació n de True, Romance y Vague —mi pornografía
romántica.
La masturbació n fue la ú nica vida sexual que tuve
hasta que a los veinte añ os me acosté con alguien por primera vez. Mi familia,
mis amigos, el mundo entero y yo hacíamos como si la masturbació n no existiera
y, por eso, el placer que sentía no era real. Para mí no existió el sexo hasta
que encontré amor de verdad en la cama.
A pesar de todo, la masturbació n ha continuado
siendo parte de mi vida sexual. En ese sentido, no he seguido la pauta comú n.
No es muy corriente mas-turbarse regularmente después de la infancia. Algunas
personas ni siquiera recuerdan haberlo hecho alguna vez. Muchas mujeres y
hombres que sí recurren a la masturbació n, se sienten solos y culpables por lo
que están haciendo.
Sin embargo, en otros aspectos soy normal. Fui
víctima de una educació n muy tradicional y conservadora. Me enseñ aron que el
placer sexual me lo pro-porcionaría el pene de mi amante no su mano, ni su
boca, y mucho menos mi mano. Pero, a pesar de todo, no obedecía las normas.
Aunque masturbarse estu-viera mal, yo seguía haciéndolo. Ahora me doy cuenta de
que aprendí a tener orgasmos masturbándome y, gracias a eso, he podido
disfrutar del sexo en pare-ja.
Nací en Kansas, una de las zonas más religiosas de
los Estados Unidos, y conozco muy bien la opinió n de la Iglesia y de los
conservadores moralistas. Pe-ro cuando me fui a vivir a Nueva York a los veinte
añ os, incluso a mis amigos más tolerantes les parecía que la masturbació n era
un sustituto de lo auténtico. Esto era en los añ os cincuenta. Mis ú nicas
fuentes de informació n sobre el sexo eran manuales sobre el matrimonio y
algunos párrafos sueltos de Freud. Cuando me tumbé en un diván por primera vez,
el psicoanalista y yo teníamos la misma imagen romántica —el sexo adulto y
maduro era tener orgasmos vaginales en una relació n sincera. La masturbació n
estaba bien si no lo hacia demasiado, por-que podía terminar convirtiéndose en
algo compulsivo e infantil. Estaba conven-cida de que varias veces a la semana
era excesivo, de modo que decidí buscar a mi príncipe azul para ser felices,
tener orgasmos, y comer perdices.
De joven tuve muchos amoríos monó gamos,
superromanticos y con orgas-mos apasionados en la cama. Siempre planeábamos
casarnos y así justificába-mos nuestras relaciones sexuales. No me masturbaba
mientras estaba saliendo con un hombre, porque hubiera querido decir que mi
vida sexual no funcionaba. Cada una de estas historias duró alrededor de dos añ
os, y, en todas, la ruptura fue deprimente. Estar enamorado era como inyectarse
una dosis de emociones. Estaba enganchada y no podía vivir sin chutarme. Pero
no era una adicta muy lista, porque nunca logré aprender a pasar de un amante a
otro sin sufrir. Al final de cada romance, la tristeza, el arrepentimiento, la
desesperació n o la furia aca-baban conmigo.
Después de pasar muchos añ os buscando el amor, mi
príncipe me encontró por fin. Fue como un sueñ o hecho realidad, y me casé a
los veintinueve añ os, justo a tiempo para no convertirme en la típica
solterona. Durante el primer añ o, me parecía que nuestras relaciones sexuales
eran escasas, pero el psicoanalista me dijo que seríamos más apasionados en la
cama después de amoldarnos a nuestra nueva vida. Dejé mi trabajo y me concentré
por entero en el matrimonio. Ahora tenía seguridad econó mica, pero cada vez me
preocupaba más nuestra vi-da sexual.
En el segundo añ o de matrimonio hacíamos el amor
una vez al mes. Y cuando lo hacíamos, mi marido era demasiado rápido y yo no
lograba sentir na-da. Después nos quedábamos callados. Cuando él se dormía, yo
me masturbaba rápidamente debajo de las sábanas. Lo hacia sin moverme, ni
respirar siquiera, y luego me sentía culpable y frustrada. No entendía por qué
no funcionábamos en la cama si estábamos enamorados.
Era como una yonqui romántica sentenciada a la
ruina. Estaba atrapada en un matrimonio que no se ajustaba a mi sueñ o
romántico. A veces me parecía que todo era culpa mía. Creía que no estaba
cumpliendo mí parte del contrato. No tenía ningú n encanto sexual y él, en
realidad, no me quería. No sabía a quién echarle la culpa: a él, a mí o al
matrimonio como institució n. No se me ocurrió pensar que había otras
alternativas en el sexo. Masturbándome sin complejos podía tener un orgasmo
todos los días y follar a gusto una vez al mes. ¡Pero no! Cada vez que me
apetecía algo de sexo dependía de mi otra mitad, y a veces era verdad que tenía
jaqueca.
Al cabo de pocos añ os, había tanta tensió n y tan
poca comunicació n entre nosotros que ni siquiera tenía ganas de acostarme con
mi marido. Empecé a hacer unas obras de arte monumentales. Pero en el sexto añ
o, por más esfuerzos que hice, mis ardientes necesidades sexuales se volvieron
a apoderar de mí. Una vez, cuando mi marido se fue a un viaje de negocios,
estaba tan salida que me pase una semana de orgía pintando todas mis fantasías
sexuales, poniéndome cachonda y masturbándome hasta la saciedad. Dibujé todas
las perversiones sexuales que se me ocurrían, que en realidad eran pocas: sexo
oral, follar como los perros y rollos entre tres personas. Pero los
remordimientos por mi corrup-ció n eran más fuertes que yo, y destruí los
dibujos. Los rompí en trocitos y los tiré por el retrete, por si acaso alguien
encontraba los restos y los recomponía.
Como es de suponer, mi matrimonio duró poco. Yo
quería orgasmos en mi relació n sexual. Nos divorciamos como personas
civilizadas. Llegamos a un acuerdo sin necesidad de abogados. Yo tendría
suficiente dinero para la etapa de transició n a la soltería. Pero después de
haber sido tan dependiente me preo-cupaba entrar en el mercado de trabajo otra
vez, y tenía enormes inhibiciones para volver a empezar una vida sexual. Aunque
daba la imagen de una neoyor-quina sofisticada, me sentía como una virgen de
treinta y cinco añ os. Y así em-pecé mi aventura eró tica, con una mezcla de
temor y emoció n.
Era 1965, justo el momento en que las mujeres
americanas estaban vivien-do la segunda ola de feminismo. Después de leer The
Feminine Mystique (La mística femenina) de Betty Friedan, me convertí en una
feminista. Se había roto para siempre el mito de que las mujeres podían
encontrar todo lo que deseaban en el matrimonio. Ya no me sentía como un bicho
raro por querer ser una artista en vez de una buena madre y esposa.
Empecé a entender por qué la política del
matrimonio había afectado a mi vida sexual. Aunque siempre decía que me había
casado por amor, en realidad había ofrecido mi atractivo sexual a cambio de una
seguridad econó mica. La so-ciedad no pagaba a las mujeres igual que a los
hombres, y yo estaba regateando con el sexo para obtener el matrimonio —que
todavía era el mejor negocio que podía hacer una mujer. Tanto si reservaba el
sexo para mi príncipe como si se lo regalaba a mi amante o lo cedía como derecho
exclusivo en el matrimonio, estaba haciendo negocio con el sexo. Cuando el
cuerpo deja de tener un valor sexual para las mujeres y empieza a tener valor
econó mico, el matrimonio se convierte en una forma legal de prostitució n. Por
eso muchas esposas se sienten como pu-tas baratas y algunos maridos como chulos
que trabajan demasiado.
Durante la época en que me empeñé en perseguir mi
ideal romántico, estu-ve reprimida sexualmente y no tenía independencia econó
mica. Quería que un hombre se ocupara de mí y para eso tenía que complacerle.
Yo quería tener el orgasmo más alucinante del mundo follando. A lo mejor dejaba
de quererme si llegaba al orgasmo masturbándome o con sexo oral. Como no podía
disfrutar del sexo del mismo modo que los hombres, acabé utilizándolo para
dominar a mi pareja. Lo ú nico que conseguí fueron escenas violentas de celos
que justificaba argumentando que eran por amor. Cuando teníamos peleas
terribles, decía que eran discusiones de enamorados. Pero pronto dejé de
conformarme con las ideas tradicionales sobre el tema, y empecé a dudar de
todo. Me preguntaba si de ver-dad existía el amante perfecto. Dejé de dar
importancia al hecho de llegar al or-gasmo haciendo el amor. Llegué a la
conclusió n de que el matrimonio no era la ú nica forma de conseguir una
estabilidad econó mica y sentimental.
Casarse es una de las decisiones más importantes
que se toman en la vida. El matrimonio es un negocio en el que se comparten el
sexo, el dinero, la pro-piedad y la posibilidad de tener hijos, de modo que se
le debía dar la misma con-sideració n que a una transacció n de un milló n de
dó lares. Cualquiera que sepa un poco de negocios, sabe lo importante que es un
contrato para aclarar los tér-minos y llegar a acuerdos previos, antes de crear
una asociació n. Cuando me ca-sé, lo ú nico que dije fue: «Sí, quiero».
Las imágenes románticas que se suelen tener sobre
el matrimonio y lo que ocurre en la vida real es una mezcla explosiva.
Inconscientemente, las parejas juegan a ver quién es el más fuerte, sin reglas
ni acuerdos. En uno de los juegos, el hombre es el responsable de que todo
funcione cuando follan. El también es una víctima de la represió n sexual, pero
se supone que debe tener una erecció n al ver la belleza de su esposa desnuda,
tiene que mantener la erecció n, excitar a su mujer, y aguantar para no tener un
orgasmo antes que ella. Tiene que hacer todo esto sin saber nada de lo que a
ella le gusta. La mujer es pasiva: está guapa y encantadora mientras espera
tener una experiencia increíble que se llama or-gasmo, y cuando ve que no pasa
nada, intenta concentrarse en el amor.
En otro juego la mujer es responsable de que el
hombre tenga una erecció n. Utiliza el sexo oral para que se ponga cachondo, y
se entrega por entero a darle placer. El se pone encima y hace todo lo que le
gusta, mientras ella hace ruidos apasionados para excitarle aun más. El se
corre, ella disimula para que parezca que disfruta y él se queda dormido en sus
brazos. Ella esta contenta porque le ha hecho feliz y porque le encanta estar
con él. É l está contento porque ha demos-trado una vez más que es un amante
fantástico y le encanta que ella le quiera.
Segú n Kinsey, el tiempo medio que dura la acció n
sexual después de la penetració n es de dos minutos y medio. No es mucho para
pasarlo bien. Mientras el sexo se limite al tiempo que dura la erecció n y la
penetración el sexo se limite al tiempo que dura la erecció n y la penetració n
continuará exis-tiendo la lucha de sexos. En la mayoría de los casos se hace en
la postura tradi-cional, que es la que satisface al estereotipo romántico de la
mujer pasiva y el hombre dominante. É l intenta aguantar mientras ella intenta
con todas sus fuer-zas llegar al orgasmo, y casi siempre fallan los dos.
Hay una gran selecció n de placeres eró ticos, pero
para disfrutarlos hay que tener una mentalidad abierta. Si se tiene la imagen
romántica de que só lo se pueden tener orgasmos apasionados haciendo el amor de
la forma tradicional se crea una fijació n genital que no permite pasarlo bien,
ni evolucionar. En cuanto se olvide la idea de que hay una manera correcta o
mejor de tener relaciones sexuales, todo el mundo tendrá amor y orgasmos en
abundancia.
CAPÍTULO
TRES
———————————————————
Las imágenes
eróticas
del amor
Mi primera aventura después del matrimonio cambió
mi vida sexual. Blake era un hombre apasionante. Tenía cuarenta y dos añ os, y
dinero suficiente para reti-rarse. Era catedrático y editor, pero lo había
dejado todo para dedicarse a los placeres de la vida. Después de divorciarse,
dejó de ir al psicoanalista, abandonó las pastillas que éste le había mandado y
no volvió a beber Martini antes de ce-nar. Cuando nos conocimos, yo llevaba
tres añ os sin tomar una copa, así que los dos estábamos limpios. Empezamos a
chutamos sexo.
Estábamos encantados con nuestra relació n
experimental, que era muy in-tensa. Enseguida cambió la imagen que yo tenía del
éxtasis. Antes me conside-raba afortunada si tenía un orgasmo cuando hacía el
amor. No se echa de menos lo que no se conoce. Ahora tenía varios orgasmos
seguidos, y de una intensidad alarmante. Después de uno muy bueno necesitaba
que Blake me tranquilizara. ¿Me oirían gritar los vecinos? ¿Estaba seguro de
que no era malo para la salud? ¿Le gustaba có mo reaccionaba yo? Fue mi primer
contacto con la ansiedad de placer, el miedo a tener algo demasiado bueno. É l
decía que yo era la mujer de sus sueñ os.
Era emocionante poder hablar sinceramente sobre el
sexo. En nuestras pri-meras conversaciones acabábamos enseguida tratando el
tema del matrimonio, de la monogamia y de la represió n sexual. Le contaba lo
de mis masturbaciones frustrantes a escondidas y él me hablaba de las suyas. Me
contaba có mo sus re-laciones sexuales habían ido decayendo después de estar
casado diecisiete añ os. Hacer el amor se había convertido en una rutina.
Siempre sabía todo lo que iba a pasar. No había confianza y la falta de comunicació
n era deprimente. Conseguía orgasmos extra masturbándose en el cuarto de bañ o.
Quería un poco de variedad en su vida sexual, pero había prometido ser fiel, y
era demasiado idealista para buscarse una relació n fuera del matrimonio. La ú
nica alternativa era la mastur-bació n, que hubiera estado muy bien si lo
hubiera hecho sin complejos. Pero igual que yo, se sentía culpable y frustrado.
Poco a poco empezó a verse a sí mismo como un viejo verde.
Gracias a nuestras conversaciones empecé a entender
có mo la sociedad re-prime a las personas. Uno no puede disfrutar tocándose el
cuerpo sin sentirse culpable. Cuando me di cuenta de esto, decidí acabar con el
sentimiento de cul-pabilidad de una vez por todas. No formaría parte de mi vida
nunca mas. Tenía la intenció n de explorar el sexo en profundidad y sin que
interfiriera la Iglesia o el Estado. La mejor forma de aprender algo acerca del
sexo y el placer era tener un amante con una mentalidad abierta. Blake y yo
superamos inmediatamente los convencionalismos sexuales. Teníamos curiosidad
por aprender, queríamos ser receptivos y tener una actitud positiva hacia el
sexo. Ensayábamos posturas nuevas y nos turnábamos para masturbarnos uno al
otro con la mano o con la boca.
Cuando estábamos juntos no só lo se unían nuestros
cuerpos, sino también nuestras mentes. ¡Qué alegría haber encontrado un hombre
que estaba de acuer-do conmigo en el tema del sexo! Empezamos a reunir
informació n que apoyara nuestras ideas sobre la importancia de la masturbació
n. Masters y Johnson aca-baban de publicar sus estudios sobre la sexualidad
femenina, echando por tierra la idea de Freud de los orgasmos vaginales
adultos. Habían descubierto que los orgasmos se centran en el clítoris, y que
clasificarlos como vaginales o clitori-dianos era incorrecto.
La controversia sobre la clasificació n de los
orgasmos no me preocupaba, porque yo tenía de los dos tipos. Me tumbaba boca
arriba y Blake de costado y así hacíamos el amor. Con el dedo hú medo me tocaba
el clítoris, a la vez que me follaba muy despacio. Era el mejor de los dos
mundos. En otra de nuestras ac-tuaciones eró ticas, me cogía la mano y me la
ponía en el clítoris para que me masturbara. ¡Otra victoria sexual! Así nos
podíamos concentrar en nuestros pro-pios movimientos y sensaciones. Yo podía
controlarme para tener orgasmos mas despacio o más deprisa. Cada vez teníamos
orgasmos mejores y más grandes, y a menudo los teníamos a la vez. Era muy
divertido, ahora que no había que di-simular ni aguantar. El placer producía
más placer. Con estas experiencias tan maravillosas, me sorprendió un poco
masturbarme cada vez más cuando estaba sola.
Sabíamos que la masturbació n había salvado nuestra
cordura sexual, y prometimos que no volveríamos a considerarla una actividad
sexual de segunda categoría. Sin embargo aunque habíamos decidido que la
masturbació n seria una parte más de nuestras vidas, la primera vez que la
compartimos fue muy di-fícil para los dos. Después de todo, siempre había sido
algo privado. Al principio me sentí muy vulnerable. En cuanto Blake se diera
cuenta de que no dependía de él para tener orgasmos, se podía romper su imagen romántica.
Me daba miedo arriesgarme tanto. Si en ese momento él hubiera respondido
negativamente hubiera vuelto a la postura tradicional con el rabo entre las
piernas.
Decidí que primero tenia que ser capaz de mirarme a
mí misma en el espejo mientras me masturbaba. Me sorprendí bastante, porque
cuando me vi no me pa-reció nada ridículo ni extrañ o, sino algo muy intenso y
sexual. Hasta ese mo-mento no tenía ninguna imagen sexual de mí misma. Con esta
nueva informa-ció n eró tica pude dar el siguiente paso con Blake. Celebramos
nuestro Día de la Independencia Sexual, enseñá ndonos uno al otro que podíamos
tener orgasmos de primera categoría sin ayuda de nadie. ¡Nos encantó ! Al
masturbarnos juntos desmitificamos la imagen romántica del orgasmo y yo bajé
del pedestal, ponién-dome a la misma altura que el hombre en el mundo del sexo.
No tardamos mucho en descubrir toda clase de
novedades, gracias a la li-bertad que habíamos conseguido. El hecho de podernos
masturbar juntos am-pliaba mucho las posibilidades de experimentar con cosas
nuevas. Viéndome, Blake aprendió lo que más me gustaba y yo aprendí lo que le
gustaba a él. Po-díamos observar detenidamente las reacciones del otro, sin
tomar parte. Veíamos todo el proceso de excitació n hasta el orgasmo. Era como
un estudio sobre la ac-titud humana ante el sexo.
Psicoló gicamente, nuestra intimidad se hizo más
profunda. Teníamos liber-tad para ser más sinceros respecto a nuestros
sentimientos —quizá, incluso, nos
respetábamos más al compartir esta actividad sexual
primaria. De lo que no cabe duda es que cada vez estábamos más a gusto. Por
ejemplo, yo tardaba casi media hora en alcanzar el orgasmo y muchas veces me
quedaba a medias porque me inquietaba que él se estuviera aburriendo. Ahora
sabíamos que podía continuar por mi cuenta, de modo que no nos preocupábamos
ninguno de los dos, y yo de-jé de darme prisa para tener un orgasmo.
Con la liberació n de nuestra masturbació n ya no
teníamos que estar siem-pre a la altura de las necesidades del otro. Si a uno
no le apetecía hacer nada, el otro podía masturbarse cosa que normalmente
excitaba al que no estaba de humor. Blake podía decirme sin tapujos que a veces
prefería masturbarse en vez de hacer otra cosa. Se empezó a dar cuenta de que
había estado en tensió n siem-pre que había tenido relaciones sexuales. Le
parecía casi imposible decir «No, gracias», cuando no le apetecía. La mejor manera
de evitar el sexo era empezar una discusió n. Pero ahora estaba empezando a
superar la idea fija de que follar es la ú nica actividad sexual de verdad.
Logramos nuestra intimidad compartiéndolo todo en
el sexo. Estábamos re-lajados y lo pasábamos mucho mejor. Cada uno era
responsable de su propio or-gasmo. Esto se convirtió en un argumento clave de
nuestro individualismo e igualdad. Así podíamos elegir a la hora de hacer el
amor. Nos estábamos alejan-do del sexo romántico y dirigiéndonos hacia los
placeres infinitos del amor eró - tico.
La sociedad ha tardado mucho en dar imágenes
positivas de personas que se han divorciado, de madres solteras o de
homosexuales mayores que terminan viviendo solos. La imagen idealizada de una
pareja joven y romántica cuyo amor dura eternamente puede mantenerse durante la
juventud, pero en la reali-dad só lo ocurre si se muere joven como Romeo y
Julieta. Casarse y vivir juntos para siempre funciona en algunos casos, pero
hay millones en los que no. Es ne-cesario que la sociedad empiece a comprender
los aspectos positivos de las sepa-raciones. El divorcio no es un fracaso, y
vivir solo no significa necesariamente vivir en soledad. Dos de los días más
felices de mi vida han sido el día que me casé y el día que me divorcié.
Ni Blake ni yo queríamos volvernos a casar y
tampoco queríamos vivir jun-tos. Habíamos pasado la primera mitad de nuestra
vida pegaditos a otra persona. Ahora queríamos estar separados. Queríamos
conocernos a nosotros mismos como individuos. Era una idea algo radical en el
añ o 1966, y nuestros amigos creían que estábamos locos. ¿Por qué unos
enamorados no querían vivir juntos? Después de un añ o de amor eró tico, nos
lanzamos a la aventura eró tica cada uno por su lado, convencidos de que el
amor no tenía un carácter exclusivo.
Se pasa por varias etapas cuando se aprende a vivir
sin ser dueñ o de otra persona. Primero, Blake y yo dejamos de salir
formalmente. Empezamos a salir con otras personas e intercambiábamos informació
n sobre nuestros éxitos y nuestros fracasos. Descubrimos lo maravilloso que era
compartir el amor erótico nosotros dos, con varias personas más. Ya no
pretendíamos que nuestro inter-cambio sexual fuera para siempre. Sencillamente,
íbamos a disfrutar mientras durara.
Volver a ser una persona entera fue como volver a
vivir la época de mi juventud que más me gustaba. Era justo antes de que todos
empezáramos a salir con alguien en serio. Salíamos en grupo y el mundo parecía
más grande y con más posibilidades. Pero en el Bachillerato, salir con unos
amigos el sábado se convirtió en un recuerdo, porque todos íbamos en parejas,
como en el Arca de Noé.
A los cinco añ os de estar con Blake tuvimos una
crisis, como suele ocurrir en todas las parejas. La vieja pasió n sexual había
decaído y queríamos tener in-tercambios sexuales primarios con otras personas.
En una relació n tradicional hubiéramos tenido que sacrificar el sexo para
mantener nuestra unió n. En los cinco añ os siguientes nos hubiéramos engañ ado
mutuamente con otra persona. Sin embargo, nuestra idea radical de estar
separados dio su fruto. No hubo nin-gú n drama de amor y odio, y yo no tuve ningú
n instinto autodestructivo, ni me dejé llevar por la desesperació n y la furia.
Incluso salíamos juntos con nuestros respectivos amantes y seguimos siendo
buenos amigos.
Todos mis amantes terminaban siendo mis amigos y
todos mis amigos terminaban siendo mis amantes. He compartido mi casa con
amigos, he vivido en comunas y he pasado las vacaciones con mis amigos eró
ticos por todo el mundo. Mi seguridad para la vejez es vivir todo lo posible
ahora. Es mejor tener una relació n amorosa conmigo misma, buena salud, un
trabajo creativo y una gran familia eró tica, que muchas acciones en bolsa.
Blake y yo hemos mantenido una buena relació n
amistosa y hemos seguido compartiendo el interés por el sexo. Nuestra amistad
ha durado hasta hoy. Ahora es otra historia.
CAPÍTULO
CUATRO
———————————————————
El arte del sexo
Aprendí a pintar desnudos, como todos los artistas.
Mis dibujos me parecían sensuales, pero no claramente sexuales. Siempre había
mantenido el arte aparta-do del sexo. Pero después de divorciarme estaba tan a
favor del sexo, y tenía tantas ganas de vivir, que me parecía lo más natural
del mundo decir: «¡Claro! Voy a dibujar a muchas personas haciendo el amor».
Empecé a reflejar mis ex-periencias en la cama sobre el papel. Esta decisió n
resultó ser muy importante más adelante. Luché contra los convencionalismos
sociales y la censura para que se me permitiera ser creativa. Pero lo peor era
luchar contra la autocensura que me habían enseñ ado desde pequeñ a: «¿Qué
pensará la gente?» Una vez que puse mis ideas del sexo sobre el papel, empecé a
tener mucha más libertad para ex-presarme.
Mi arte eró tico se hizo pú blico en 1968. Hice mi
primera exposició n en so-litario en una prestigiosa galería de Nueva York.
Como es ló gico, me daba cierto miedo mostrar mi interés por el sexo en pú
blico. Me imaginaba cosas terribles, como que me iban a acusar por exponer
pornografía. Veía a la gente indignada tirando piedras a las ventanas de la
galería. Pero sabía que siempre había tenido miedo antes de lanzarme a una
nueva aventura en la vida. De modo que no in-tenté evitarlo sino todo lo
contrario. Me agarré al miedo como si se tratara de un viejo amigo, y entramos
juntos en la inauguració n. No tenía por qué haberme preocupado. Mis dibujos a
carboncillo de desnudos clásicos haciendo el amor bajo unas sábanas de
plexiglás de colores causaron sensació n. Mi arte eró tico heterosexual era
bastante aceptable. La exposició n fue preciosa y tuvo mucho éxito.
La galería estaba muy cerca del Museo Whitney: un
sitio perfecto. Aunque la publicidad que se hizo consistió en correr la voz,
más de ocho mil personas pasaron por la galería en dos semanas —todo un récord
para la galería. Hubo muchos incidentes graciosos, otros vergonzosos, otros
emocionantes y algunos tristes, pero todos me enseñ aron algo. Entró una madre
con su hija de diez años hasta la mitad de la sala. De pronto, se dio cuenta de
qué se trataba la exposició n y dijo: «Dios mío, no mires estos dibujos hija.
La niñ a contestó , mientras se la llevaban del brazo: «¿Por qué no? Si só lo
es un montó n de gente haciendo lucha libre».
Una cosa estaba clara: a muchas personas les
interesaba el sexo. El arte eró tico hacía que a mucha gente le apeteciera
contarme historias de sexo. Empe-cé a compartir los secretos de personas
totalmente desconocidas. Fue una expe-riencia bonita y gratificante.
Comprobé una cosa muy importante. Las mujeres están
mucho más dis-puestas a hablar sobre el sexo que los hombres. En la galería,
las mujeres conta-ban sus miedos y sus problemas, y hacían muchas preguntas.
Los hombres eran mucho menos abiertos; casi todos hacían chistes y se las daban
de duros. Por al-gú n motivo, se suponía que los hombres tenían experiencia
suficiente en el sexo como para enseñ ar a las mujeres. Pero la necesidad de
mantener esa imagen masculina era, precisamente, lo que les impedía aprender.
Cuando ya se saben todas las respuestas no se pueden hacer preguntas. La
conclusió n que saqué de todo aquello fue que las mujeres son las que tienen
que abrir el camino de la li-bertad sexual y la libertad de expresión.
Después de oír tantas confesiones personales,
descubrí también que prácti-camente todos tenemos una actitud negativa ante el
sexo, porque la sociedad lo ha impuesto. En muchas de estas historias había
habido un sufrimiento innecesa-rio a causa de la falta de informació n sobre el
tema. Cada vez estaba más con-vencida de que la masturbació n era fundamental
para la liberació n de la mujer. Uno de los pilares de la represió n era la
imposibilidad de obtener placer sexual tocándose el cuerpo.
En un momento de locura, decidí dedicar mi segunda
exposició n al amor en solitario. Me imaginaba perfectamente la redenció n de
la masturbació n en la ga-lería de moda de Madison Avenue. Todo el mundo decía
que estaba loca y que los dibujos no se venderían. ¡Tenían toda la razó n! Pero
fue una experiencia va-liosísima para mi concienciació n sexual.
Fue más difícil encontrar modelos que estuvieran
dispuestas a masturbarse que parejas dispuestas a posar. Es un hecho bastante
significativo por sí solo. Por fin, con la ayuda de algunos amigos, conseguí
plasmarlo sobre el papel. Di-bujé cuatro desnudos clásicos, de tamañ o natural;
dos hombres y dos mujeres, todos masturbándose alegremente hasta el orgasmo. A
mí me parecían precio-sos. Pero cuando los dibujos llegaron a la galería el día
de la inauguració n, se organizó una zapatiesta. El director se negó a
colgarlos como habíamos acorda-do, así que yo amenacé con anular la exposició n
entera. Después de una discu-sió n agotadora, aceptó colgar dos de los dibujos
de una masturbació n. Estaba claro que exponer cuadros de personas haciéndose
pajas iba a causar muchos problemas. ¿Por qué el amor en solitario era tan
terrible?
Esa noche, en la pared más grande de la sala
principal de aquel local tan elegante, estaba el dibujo de dos metros de mi
amiga Nicole, con las piernas abiertas, el clítoris erecto, a punto de llegar
al orgasmo con su vibrador eléctrico. Normalmente se masturbaba con el walkman
puesto, y disfrutaba de la penetra-ció n usando un pepino pelado a la vez que
el vibrador. Pero simplifiqué un poco la técnica, por motivos artísticos. En la
siguiente sala estaba el segundo dibujo de dos metros de mi amigo Adam, con las
piernas abiertas, pene erecto, a punto de llegar al orgasmo con la mano.
La reacció n del pú blico en esta exposició n fue
mucho más fascinante e in-formativa que en la primera. Muchas mujeres decían
que nunca se masturbaban. Los hombres que admitían que sí lo hacían, aseguraban
que preferían tirarse a alguien. Algunos hombres no sabían que las mujeres se
masturbaran mientras que a otros les gustaba la idea de ver a una mujer montá
ndoselo ella sola. A los hombres les gustó mucho el dibujo de la mujer, pero
pasaban rápidamente por delante del dibujo del hombre. Sin embargo, las mujeres
se interesaban mucho por los dos. El vibrador produjo reacciones hostiles y
competitivas en algunos hombres. Un tipo que estaba cachas dijo: «¡Si esa fuera
mi mujer, no necesitaría usar esa cosa!» Como respuesta, yo les animaba a
cooperar en vez de competir. Era como luchar contra la Compañía Eléctrica, que
nunca tiene fallos. Además, un vibrador eléctrico está disponible las
veinticuatro horas del día.
Respondí a cientos de preguntas asegurando que
masturbarse era muy sano. «No, no salen verrugas.» «Sí, la mujer del dibujo
tiene un novio —está ahí, a su lado.» «No, a pesar de lo que dice la sociedad,
la forma tradicional no es la me-jor, es só lo diferente.» «No, la masturbació
n no elimina el deseo de tener rela-ciones sexuales en pareja, las mejora.»
«Sí, yo hago las dos cosas y me encan-tan.»
Algunas de las historias que me contaron casi me
hacen llorar. A muchas personas las habían castigado duramente por masturbarse
en su juventud. Una mujer me contó que cuando tenía siete añ os, su madre vino
a su cuarto a darle las buenas noches, y al acercarse a darle un beso le olió
los dedos y le pegó una torta. «Huele como si hubieras metido la mano en el
cubo de la basura», le dijo. La mujer me confesó que desde entonces no había
vuelto a tocarse los genitales, y que siempre se sentía incó moda cuando la
tocaba su marido. Nunca había te-nido un orgasmo en veinte añ os de matrimonio,
aunque quería mucho a su mari-do.
La exposició n se hizo en 1970, y la revolució n de
los vibradores no había triunfado todavía. Muchas mujeres no habían oído hablar
de un aparato eléctrico que diera masajes sexuales. En cuanto les expliqué có
mo funcionaba, todas se dieron cuenta inmediatamente de que acabarían siendo
adictas. Les expliqué que yo adoraba mi vibrador, pero seguía teniendo sexo
normal. Me había dado cuen-ta de que a las mujeres que les gustaban los
vibradores también les gustaba el sexo, o estaban empezando a disfrutar de él
por primera vez.
Aunque no tenía muchas dudas, en las dos semanas
que estuve en la galería corroboré mi teoría de que la represió n sexual está
en relació n directa con la re-presió n de la masturbació n. Estaba claro que
la masturbació n podía ser impor-tante para acabar con la represió n sexual.
Una de las necesidades primarias del hombre es la
bú squeda del placer a través del sexo, y la masturbació n es la primera
actividad sexual natural. Con la masturbació n se descubre el erotismo, se
aprende a responder sexualmente y se adquiere confianza y respeto por uno
mismo. La destreza en el sexo y la habili-dad para responder adecuadamente no
son cosas naturales en esta sociedad, Lo natural es estar inhibido en lo que a
sexo se refiere. La habilidad sexual se ad-quiere con la práctica. Cuando una mujer
se masturba, aprende a aceptar sus ge-nitales, a disfrutar de los orgasmos y,
más aú n, a ser experta en el sexo. Pero a más de una persona le molesta que
las mujeres sean expertas e independientes.
A pesar de la revolució n sexual, de la píldora y
del feminismo, los roles sexuales siguen siendo diferentes. La sociedad
considera que el hombre es inde-pendiente y tiene mucha experiencia en el sexo,
pero las mujeres —se supone— deben ser pasivas, dependientes y con poca
experiencia. Se les ha adjudicado un papel de apoyo al hombre en el que no
entra el sexo. Por eso la mayoría de las mujeres busca seguridad y no
experiencias nuevas o satisfacció n sexual.
Las mujeres aceptan estas diferencias entre ellas y
los hombres porque tie-nen un desconocimiento total de su propia sexualidad. Si
no se les permite cono-cer su propio cuerpo, no pueden descubrir y desarrollar
sus reacciones sexuales. Desde pequeñ as saben que esta prohibido tocarse los
genitales bajo la amenaza de un castigo sobrenatural o uno real. No saben nada
sobre el clítoris ni sobre el orgasmo, y tienen la idea de que los genitales
femeninos son inferiores. La fun-ció n de la mujer es la procreació n y dar
placer sexual al hombre. Como las mu-jeres no obtienen ningú n placer por sí
mismas, pueden terminar pensando que sus genitales son repulsivos, porque só lo
les producen incomodidad y vergü en-za. Este tipo de represió n es fundamental
para mantener a la mujer en su sitio.
Lo peor de todo esto es que las mujeres terminamos
aceptando la definició n que hacen los hombres de lo que debe ser la sexualidad
femenina normal. Man-tenemos las dos imágenes sexuales de la mujer —la madonna
o la zorra— por-que marginamos socialmente a todas aquellas que se salen de lo
establecido. Al condenar la masturbació n y defender una sexualidad femenina
sana, embellece-mos nuestros pedestales para seguir siendo las guardianas de la
moral social. El matriarcado es un apoyo, una especie de policía moral
necesaria para que siga existiendo el patriarcado.
Me impresiono mucho comprobar que, efectivamente,
las mujeres se habí-an convertido en madres sin sexualidad y dó ciles esclavas
del hogar. Era muy consciente del dañ o que se les había hecho a las mujeres, y
empecé a llamar a todas las que conocía para preguntarles si se masturbaban sin
ningú n complejo. Si me contestaban afirmativamente, las animaba a seguir, y si
me decían que no, les sugería que empezaran inmediatamente. Fue mi primera
campañ a telefó nica para empezar a poner en marcha la liberació n sexual de
las mujeres.
Una de esas llamadas fue una conferencia a Kansas
—con mi madre. Tenía sesenta y nueve añ os y vivía sola desde que se quedó
viuda hacía algú n tiempo. Le pregunté sin preámbulos: «Madre, ¿te masturbas
hasta llegar al orgasmo?» Oí un balbuceo y luego un silencio, hasta que al fin
contestó : «Pero Betty Ann, ¡por supuesto que no! Soy demasiado mayor para esas
cosas». Inmediatamente me lancé a explicarle la relació n que existe entre la
masturbació n y la buena sa-lud. Lo debía hacer, aunque só lo fuera como un
ejercicio físico para mantener las paredes vaginales lubricadas, para la
secreció n hormonal y para tener los mú sculos del ú tero en forma. Además, era
una manera de relajarse y olvidarse de todo. Incluso sería bueno para su dolor
de espalda. ¡Y también podía hacerlo para pasarlo bien!
Esta vez hubo un silencio muy largo. «Pues no sé,
cielo. Tiene sentido lo que dices. Siempre tienes unas ideas tan originales,
pero creo que tienes razó n.» Cuando volví a hablar con ella dos semanas
después, ¡fue maravilloso! Se había masturbado sin ningú n problema y había
alcanzado el orgasmo. Dijo que lo había pasado bien y que había dormido mucho
mejor. Luego se rió y dijo que no se podía comparar con lo autentico.
Con esa llamada empezó nuestro diálogo sexual, que
no había existido en los ú ltimos veinte añ os. Empezamos a incluir el tema del
sexo en nuestras con-versaciones. Intercambiábamos informació n sobre la
masturbació n y nos contá-bamos nuestras historias de masturbaciones. Se
masturbaba con regularidad cuando era pequeñ a. Cuando salía con mi padre, a
menudo se masturbaba al lle-gar a casa, porque le habían entrado ganas de
marcha. Así se mantuvo virgen hasta la noche de bodas. Después de casada no se
volvió a masturbar. Una sor-presa para mí: se acordaba de verme masturbándome
en el coche a los cinco añ os, cuando íbamos camino de California. No se me
había ocurrido pensar en el espejo retrovisor y no tenía ni idea de que me
hubiera visto. ¿ Por qué no me dijo que lo dejara? «Era un viaje muy largo —me
explicó— ; lo estabas pasando muy bien, y yo no quería molestarte.» Por su
propia experiencia, recordaba la masturbació n como un placer sano. Se lo
agradecía de verdad. La quería mucho. Había sido educada por una madre
orgásmica.
Una vez le pregunté si hablaba de la masturbació n
con alguna amiga. Me dijo que sí, que una amiga suya se quejaba ú ltimamente
porque tenía un picor que el ginecó logo no le había podido curar. Mi madre le
sugirió la masturbació n como un posible remedio. Su amiga no la volvió a
llamar nunca más. Decidió que no volvería a sacar el tema; la gente era
demasiado ignorante. Yo la apoyé totalmente. Disfrutar con sus orgasmos era su
propia revolució n sexual, y con eso tenía suficiente. La sociedad no só lo hacía
ver que las mujeres no tenían ne-cesidades sexuales, sino que hacia que el sexo
en la tercera edad pareciera algo obsceno o anormal. Le dije a mi madre que
tenía mucho mérito por oponerse al mito, y la declaré una feminista radical,
cosa que le entusiasmó .
CAPÍTULO
CINCO
———————————————————
El origen
de la
conciencia sexual
Cada vez tenía más confianza en mí misma, y lo
logré hablando abiertamente de mi vida sexual y riéndome de los mitos sobre la
masturbació n. La sinceridad sexual era muy importante, y me dediqué a
contarles a mis amigas todo lo que había conseguido con mis esfuerzos por
cambiar. Al hacer pú blicas mis ideas sobre el sexo, empecé a recibir cartas,
llamadas, y preguntas de mujeres de dife-rentes niveles sociales. Todas querían
saber más sobre el amor en solitario y so-bre el orgasmo. Compartir informació n
sexual era un paso más en mi concien-ciació n sexual. Era fundamental que las
mujeres hablaran entre ellas sobre el sexo para acabar con la represió n
psicoló gica a la que estaban sometidas. Com-prendí perfectamente que lo
personal era político. Si las mujeres eran capaces de compartir su vida sexual,
el feminismo seria uno de los acontecimientos más importantes en la historia de
la sexualidad.
Un caso típico de masturbació n femenina reprimida
era el de mi amiga Nancy. A los veinticinco añ os, después de seis de tener
relaciones sexuales, no estaba segura de haber tenido algú n orgasmo. (¡Es
difícil imaginarse a un hom-bre con el mismo problema!) Me parecía que la ú
nica manera de saberlo era aprendiendo a llegar al orgasmo. Nancy nunca se
había masturbado consciente-mente. Le describí algunas de las sensaciones que
yo había tenido y le hice un dibujo de los genitales femeninos, explicándole la
importancia que tiene el clíto-ris.
Una semana después, Nancy admitió que se sentía
ridícula y confusa al in-tentar masturbarse. Además, no pasaba nada. Cuando
descubrí que só lo había dedicado diez minutos al amor en solitario, le dije
suavemente que dedicaba horas a su cara y su pelo. A lo mejor le merecía la
pena gastar un poco de tiem-po con su cuerpo.
Le describí detalladamente varias técnicas para
masturbarse con la mano, haciendo especial hincapié en lo sensual que podía ser
si lo hacía con vaselina. Lo podía hacer con un dedo o más, o con toda la mano,
moviéndola en círculos, hacia arriba y abajo o hacia los lados. Podía intentar
hacerse un masaje en el Monte de Venus o juntar los labios mayores con los
dedos. Se podía tocar el clí-toris directamente o por los lados, cambiando el
ritmo y la presió n. También le sugerí que se leyera un libro de sexo o que
intentara tener una fantasía sexual.
«No pasa nada», me informó Nancy dos semanas
después. Se quejaba de-que se le había cansado la mano y se había aburrido con
todo el asunto. Le acon-sejé que usara un vibrador, pero rechazó la idea
diciendo que era demasiado me-cá nico. Entonces me acordé de otra amiga que
tuvo su primer orgasmo en el ba-
ñ o, dejando
que cayera agua sobre sus genitales. Tenía muchas inhibiciones para tocarse
eso, y decía que el agua era como un amante espiritual haciéndole cari-cias. Le
pasé la informació n a Nancy y funcionó . ¡Orgasmo por fin! Esta vez no tenía
ninguna duda. Nancy estaba encantada de que por fin hubiera pasado, pero estaba
furiosa de que hubiera tardado tanto. Le recordé que conocíamos a varias
mujeres que no habían tenido orgasmos hasta los cuarenta añ os.
Durante los seis meses siguientes, Nancy mantuvo un
idilio con su bañ o hasta que superó los prejuicios mecánicos y se compró un
vibrador eléctrico. Ahora podía tener orgasmos en su cuarto. Acababa de empezar
a salir con otro hombre, y no sabía si contarle que nunca había llegado al
clímax con la penetra-ció n. Le dije que le contara sus descubrimientos
sexuales inmediatamente, ase-gurándole que lo más importante era no simular los
orgasmos. «Una vez que lo hacemos, estamos atrapadas en una gran mentira sexual»,
le dije. Nancy se puso muy contenta cuando comprobó que su novio estaba más que
dispuesto a com-partir la masturbació n con ella. La noche que cogió fuerzas
para llevarse el vi-brador, lo pasaron estupendamente los tres. En poco tiempo,
Nancy consiguió tener orgasmos con su vibrador durante la penetració n y cuando
hacían sexo oral. ¡Estaba en la gloria!
Al ver lo que se podía conseguir si las mujeres se
contaban sus problemas, decidí convertirme en una feminista con carnet. Me hice
del NOW, pero en aquel momento me pareció demasiado conservador. Fui a un
centro de mujeres que estaba dirigido por algunas más jó venes y más radicales.
La recepcionista me dijo que el centro no tenía ningú n grupo de concienciació
n y sugirió que yo organizara uno. Contesté en seguida que no tenía
experiencia. Pero, segú n ella, la experiencia de ser mujer era suficiente. Quería
que me diera alguna idea, un manual, cualquier cosa, pero todo lo que recibí
fue una sonrisa y un consejo:
«Tú reú ne a las mujeres y todo saldrá solo».
Estaba bastante preocupada y no sabia a quien
elegir para dirigir el grupo, así que llamé a dos amigas mías. Fijamos una
fecha e invitamos a las mujeres que nos parecía que estarían interesadas. Nos
reuníamos de nueve a quince mu-jeres una vez a la semana durante un añ o.
Compartíamos nuestra informació n, nuestra fuerza y nuestra esperanza. Se creó
un ambiente totalmente nuevo para aprender. Estar con un grupo exclusivamente
de mujeres tan a menudo, me hizo volver al pasado. Cuando era joven siempre tenía
amigas intimas a las que que-ría. Pero a medida que fui creciendo, la sociedad
me recompensaba por querer a los hombres y no a las mujeres. Ya de mayor, sabia
que siempre había una im-plicació n sexual en potencia cuando unas mujeres se
veían con cierta regulari-dad, y la palabra lesbiana me horrorizaba. Ya tenía
suficientes problemas como para tener, además, desviaciones sexuales. En el
pasado había sido muy tímida sexualmente. Pero gracias a mi evolució n eró tica
adquirí más experiencia y cada vez estaba más lanzada.
A finales de los añ os sesenta se pusieron de moda
las fiestas sexuales y descubrí lo divertido que podía ser el sexo con las
mujeres. Esta nueva dimen-sió n eró tica me pareció de lo más natural, y empecé
a considerarme bisexual. Me encantaba tener la libertad de sentirme atraída por
ambos sexos.
Entonces empezaron las luchas internas entre las
feministas heterosexuales y las feministas lesbianas, a principios de los
setenta. No sabia de qué lado esta-ba, porque yo era una feminista bisexual. No
quería ser una lesbiana total y re-primir mis sentimientos eró ticos hacia los
hombres, pero tampoco quería ser to-talmente heterosexual y reprimir mis
sentimientos eró ticos hacia las mujeres. Me sentía como un gnomo andró gino
revoloteando entre dos campos opuestos, y proclamando los placeres del amor en
solitario y de la masturbació n
También me encontré ante dos posibilidades cuando
tuve mi primera rela-ció n sexual duradera con una mujer, Segú n lo que dicta
la sociedad, las mujeres podían ser lesbianas románticas y enamoradas o amigas
plató nicas y hetero-sexuales Laura y yo combinamos las das opciones y nos
hicimos amigas sexua-les. Era una categoría eró tica nueva para mujeres
bisexuales.
Laura era una de las mujeres más valientes que he
conocido en mi vida. Era una señ ora de negocios durante el día y una feminista
radical por la noche. Había aprendido artes marciales y andaba por la calle sin
ningú n miedo. Ade-más, era una belleza clásica y tenía unos ojos penetrantes
de color castañ o. Aca-baba de cumplir treinta añ os y yo tenía cuarenta y dos,
de modo que a veces me sentía como su, hermana mayor que tenía más experiencia,
sobre todo en 1o que se refiere al sexo.
Hablábamos mucho sobre el feminismo, y le expliqué
mis ideas sobre el sexo. Para mí, la monogamia compulsiva, el amor romántico
idealizado y el sexo dependiente, eran una maldició n para las mujeres. Para
evitar todo esto era importante que pasáramos temporadas separadas. Ella estaba
de acuerdo, y todo el tiempo que estuvimos juntas seguimos teniendo otros
amigos sexuales y pla-tó nicos.
Poco a poco fuimos evolucionando hacia un
intercambio sexual que nos sa-tisfacía a las dos. La educació n cató lica que
había recibido Laura había hecho que el sexo fuera un desastre para ella. Hacia
muy poco tiempo que había apren-dido a llegar al orgasmo por medio de la
masturbació n. La primera vez que in-tentamos el sexo oral estábamos muy
incomodas las dos. A Laura le daba ver-gü enza actuar cuando se lo hacia yo, y
a mí me preocupaba tardar demasiado cuando me lo hacía ella. Decidimos
olvidarlo de momento, y compartir la mas-turbación.
Con los masajes y la masturbació n logramos una
gran variedad sexual. Había noches que só lo nos dábamos un masaje y
disfrutábamos sin sexo. Otras veces nos turnábamos para hacernos masajes y
masturbamos una a la otra, hasta llegar al orgasmo. Una usaba el vibrador
mientras la otra le hacia caricias sen-suales o practicaba la penetració n
vaginal o anal. A veces las dos usábamos el vibrador a la vez. La que estaba
abajo lo ponía en una posició n que le gustara a ella, y la que estaba encima
tenía que moverse para encontrar lo que quería. Siempre nos turnábamos para
todo.
Compartir la masturbació n era muy reconfortante y
pasábamos muchas horas juntas dándonos masajes. En vez de estar colgadas con
una imagen román-tica del sexo, Laura y yo estábamos compartiendo una imagen
eró tica del amor. Cuando nos separamos, nuestro amor no se convirtió en odio y
hemos manteni-do una sincera amistad hasta hoy.
En la época en que Laura y yo éramos amigas
sexuales, tomé parte en otro grupo de concienciació n. Estaba formado por
mujeres profesionales, que querían crear un sistema de apoyo muy fuerte, una
organizació n para mujeres interesa-das en el poder y el dinero. Como es ló
gico, yo abogaba por un poder que se ba-sara en el placer. El poder econó mico
no era suficiente. Sin la liberació n sexual, que supone también la liberació n
del espíritu, haríamos un mal uso del poder, como habían hecho los hombres. No
hay mucha diferencia entre un matriarcado y un patriarcado —son las dos caras
de la misma moneda que representa a la familia. El padre y la madre eran
dictadores, buenos o crueles. En mi familia, mi padre era un blandengue. Mi
madre era la jefa y había que tener cuidado con ella.
En una de las reuniones del nuevo grupo de
concienciació n, hablé largo y tendido sobre mi vida sexual, con la esperanza
de empezar un diálogo acerca del sexo. Expliqué lo que había observado en las
fiestas sexuales a las que había asistido. Muchas mujeres simulaban tener
orgasmos. Los hombres sí los tenían de verdad, y sus compañ eras estaban allí
só lo para complacerles. En mi opinión, una mujer no podía quererse a sí misma
si su vida sexual se basaba en disimular. También hablé de mi experiencia tanto
con hombres como con mujeres. Me consideraba una feminista bisexual, pero me
parecía que debíamos olvidar todas las etiquetas y unirnos para que el impacto
fuera mayor. Muchas personas se sentían torturadas socialmente porque tenían
que elegir entre el camino recto o ser homosexual. Había decidido definirme a mi
misma como una lesbiana bi-sexual y heterosexual, hasta que las etiquetas
sexuales fueran algo obsoleto. Cuando terminé mi charleta, había silencio
absoluto en la sala.
Descubrí, con gran asombro, que lo personal no era
algo político; al menos no lo era cuando se refería al sexo. A todas les
parecía que el sexo era algo pri-vado, pero yo creía que era uno de los pilares
del feminismo. Entre las mujeres del grupo había varias escritoras y editoras,
una fotó grafa, una productora de te-levisió n, una guionista de cine, una
directora de teatro, una actriz y dos vicepre-sidentas de una empresa. Só lo
dos estaban casadas, y el resto, divorciadas o sol-teras. Yo había dado por hecho
que las mujeres que tenían una carrera profesio-nal tenían una mentalidad más
abierta respecto al sexo y eran más independien-tes. No era cierto. La
inseguridad en el trabajo y los problemas econó micos eran dos de los motivos
por los que las mujeres seguían buscando un hombre para sentirse seguras. No me
parecía mal compartir el amor, el sexo y el dinero con un compañ ero. Pero
creía firmemente que el amor por uno mismo era lo prime-ro.
Me armé de paciencia y escuché historias tristes y
repetitivas de la adicció n al amor. Estas mujeres tan guapas y tan bien
educadas estaban atrapadas por su falsa modestia y no se sentían a gusto con su
cuerpo. Su actitud romántica res-pecto al sexo hacía que se sintieran
desgraciadas y decepcionadas. Me imagina-ba que casi todas estaban empeñ adas
en conseguir todos sus orgasmos por medio de la penetració n. Todas las del
grupo eran exclusivamente heterosexuales. Cuando hablaba de mi bisexualidad,
aduciendo que era la actitud natural, se po-nían tensas por su propio miedo al
lesbianismo. Pero yo seguí hablando de mi vida sexual mientras ellas se reían y
me tomaban el pelo. Estaban de acuerdo en que yo era de otro planeta, aunque
les aseguraba que había nacido en Kansas.
A pesar de todo, las quería mucho. Al fin y al
cabo, eran normales segú n la sociedad. Era yo la que había saltado la barrera
del comportamiento sexual. Siempre estaba deseando que llegara el día de
nuestra reunió n para convertirme en payaso sexual, en mimo y en hermana
maestra. Les daba consejos sobre lo que debían hacer para conseguir una cita
con un hombre, y có mo podían lograr todo lo que quisieran sexualmente. También
hice una demostració n de có mo es-timular el clítoris durante la penetració n.
Y, por supuesto, hacía discursos apa-sionados sobre la masturbació n sin
complejos y les enseñ aba movimientos de la pelvis y posturas que yo utilizaba
con mi vibrador. Se quedaron boquiabiertas la noche que me quité la blusa y les
empecé a hablar de lo importante que era estar en forma para ser buena en la
cama.
¡Lo más importante es que les hacia reír! Nos
reíamos durante horas, sema-na tras semana, mes tras mes. Estaban horrorizadas,
divertidas, avergonzadas, picadas por la curiosidad y, al final, muy
agradecidas. Descubrí que la mayoría tenía orgasmos a escondidas gracias a la
masturbació n y simulaba que los tenía en la cama. Antes de dejar el grupo,
compré una caja de vibradores eléctricos y los repartí, asegurándoles que a los
hombres les gustaban las mujeres marchosas. Algunos de los vibradores terminaron
en el fondo de un armario, pero las muje-res valientes convirtieron la
masturbació n y el vibrador en una parte de sus vi-das.
La represió n sexual femenina no iba a desaparecer
de un día para otro só lo porque yo quería que desapareciera. Me uní a la
revolució n más larga de la his-toria —la liberació n de la mujer. En 1920 se
nos permitió votar, y de pronto es-tábamos luchando por la igualdad de
derechos. Todo iba tan despacio que me pareció que 1973 era el momento adecuado
para empezar a reivindicar la igual-dad de orgasmos. Me daba mucho miedo dejar
mi carrera artística para conver-tirme en una profesora de sexo, pero a la vez me
hacía ilusió n. Lo ú nico malo era que no tenía ningú n título. ¿Có mo iba a
dar clases sin título? Entonces me acordé de que mi experiencia como mujer era
suficiente. Ú nicamente tenía que reunir a las mujeres y lo demás vendría a
continuación.
40
CAPÍTULO
SEIS
———————————————————
Las imágenes
genitales
Cuando tenía diez añ os me entró curiosidad por
como era yo por ahí abajo. Una tarde que no había nadie en casa, cogí un espejo
de mi madre y fui a mi cuarto. Entraba mucho sol por la ventana y vi claramente
mis genitales infantiles. Me quedé horrorizada. Tenía una cosa colgando, como
lo que tienen los pollos en el cuello. Inmediatamente maldije la masturbació n
e hice un trato con Dios. Si É l hacía que desaparecieran esas cosas que tenía
colgando, prometería dejar de to-quetearme, ordenaría mi cuarto y sería buena
con mis hermanos pequeñ os.
Después de unas semanas de abstinencia examine mis
deformidades genita-les otra vez. Esta vez lo hice con más detenimiento y me di
cuenta de que tenía el labio menor izquierdo más pequeñ o que el derecho.
Decidí cambiar de lado y seguir toqueteándome basta que los dos estuvieran
iguales. Después, lo dejaría para siempre. Durante el resto de mi infancia, y
hasta la madurez, me masturbé con el dedo en el lado izquierdo de mis
genitales. Mis labios menores no se igualaron, ni se cayeron. Nunca le conté a
nadie lo de mi deformidad. Era otro defecto más de los muchos que tenía, y
durante mucho tiempo me sentí muy in-có moda con mi cuerpo.
A los treinta y cinco añ os seguía teniendo una
mala imagen mental de mis genitales. En el pasado me había tirado a muchos
hombres, pero estaba dema-siado incomoda para tener un orgasmo. No me parecía
muy higiénico que al-guien me chupara los genitales. Además, me lo vería todo.
Si algú n amante me hacia sexo oral enseguida le hacía volver a la postura
normal.
Después de divorciarme estaba dispuesta a probarlo
todo, Blake me enseñó el sexo oral, y descubrí que no era só lo un sustituto de
algo mejor. Mis orgasmos eran mucho más intensos. Un día, después de un clímax
muy profundo, me dijo: «Tienes un coñ o precioso. Déjame que te vea a la luz».
Se puso las gafas, y casi me muero. Enseguida dije: «Preferiría que no lo
hicieras». Y pensé que esto só lo se le ocurriría a un loco pervertido. Me
preguntó qué problema había, y me puse colorada. Le confesé que me había estirado
los labios menores. Me miró perplejo. Luego me abrazó y me dijo: «Cariñ o eres
perfectamente normal. Hay muchas mujeres como tú . Y te diré aú n más, es mi
estilo favorito».
Tuve suerte de que fuera experto en genitales
femeninos. Se fue directo hacia un armario y volvió con un montó n de revistas
porno que trataban sobre los distintos tipos de genitales femeninos, con su
correspondiente término en ar-got. Me quedé sorprendida, pero me interesaba
bastante. Debía ser humillante para estás mujeres posar con liguero y medias de
rejilla, enseñá ndolo todo. A pesar de ello, empecé a mirar las fotos y,
efectivamente, había una vulva como la mía, y otra, y otra. Estuvimos viendo varias
revistas juntos y aprendí mucho sobre el aspecto de los genitales femeninos.
¡Qué alivio! Aquel día descubrí que no era fea ni deforme. ¡No me lo podía
creer! Todos los añ os que estuve yendo al psicoanalista no me habían ayudado a
sentirme a gusto con mi cuerpo. No me extrañ a que no me gustara el sexo oral y
que siempre quisiera hacer el amor a oscuras. Después de pasar media hora
viendo revistas pomo, cambió mi actitud hacia el coñ o.
Al poco tiempo pinté mi primer autorretrato
genital. Mientras posaba para mí misma delante de un espejito, me di cuenta de
que durante todos los añ os que había pintado desnudos, los genitales femeninos
no habían sido más que un triángulo de pelo. Era otro ejemplo más de mi
ignorancia sobre el sexo y sobre mi propio cuerpo. Hubiera sido todo muy
distinto en mi evolució n sexual si hubiera podido ver dibujos bonitos de los
genitales de personas adultas en un li-bro sobre el sexo.
Nunca me había gustado la palabra coñ o. Se
utilizaba siempre en un senti-do negativo. Cuando los hombres la usaban
enfadados, me daba asco y miedo. Pero cuando un amante la decía con pasió n, me
parecía muy sexy. Casi todas las mujeres decían vagina, pero científicamente la
vagina es lo que une los genitales exteriores con el ú tero. Sería más correcto
usar la palabra vulva, que abarca los labios mayores y los labios menores, y
entre ellos se abren la uretra y la vagina. Pero suena como una marca de coche:
«Mi vulva es muy rápida». También se puede decir pudenda, pero es un poco
excesivo «Mi pudenda pedante». Aunque me gustan mucho los animales, la palabra
conejo tampoco me parecía la más adecuada. No me quedaba más remedio que decir
genitales femeninos, a no ser que me decidiera a usar la vieja palabra coñ o.
Un día que estaba muy inspirada, me puse delante del espejo y repetí en voz
alta: «Coñ o, coñ o, coñ o....», como
cien veces hasta que me entró la risa. Al final
dejó de tener un sentido negativo. Y para continuar con el proceso de aceptació
n de mis genitales empecé a usar esta palabra.
En 1973 empezamos a planear la primera conferencia
del NOW sobre la sexualidad femenina. En una de las primeras reuniones que
tuvimos, una amiga me preguntó : «¿Qué te gustaría hacer en la sesió n
plenaria?» Contesté sin vaci-lar: «Quiero poner unas diapositivas para
feministas con el conejo partido». To-das se echaron a reír. Tuve que explicar
que era argot pomo y que se refería a un determinado tipo de vulva. Una de las
mujeres dijo que le parecía un término muy machista. Le aseguré que se me
ocurriría uno mas adecuado y que traería las diapositivas. En el primer
borrador de la conferencia, ésta se llamó La crea-ció n de una estética para
los genitales femeninos, que es una manera fina de de-cir Hay que cambiar la
actitud hacia el coñ o. Me daba lo mismo có mo se titula-ra. El caso es que me
dejaran hacerlo.
Empecé a llamar a mis amigas para pedirles que
posaran para la primera pornografía feminista. Reaccionaron todas muy bien, y
alrededor de veinte mu-jeres y dos fotó grafas se encontraron en mi piso. Era
una reunió n fantástica. Las luces y la cámara estaban colocadas en el
dormitorio. Las mujeres estaban char-lando en el saló n, mientras se recortaban
el bello pú bico de diferentes formas pa-ra los retratos de sus coñ os. Nos
turnamos para posar con nuestros genitales en una posició n natural, luego con
los labios mayores abiertos, y una enseñ ando el clítoris. Después, cada una de
nosotras tenía un espejo, y teníamos que poner nuestros genitales de la forma
que más nos gustara.
Se oían toda clase de huuus y haaas, y comentarios
como: «Qué bonito». «Mira qué textura, parece una perla», y «Qué color tan
exquisito». De vez en cuando se oían aplausos, cuando una mujer exponía sus
genitales con un arte es-pecial. Empezamos a ver formas y dibujos, y a
asociarlos con la naturaleza: una concha, una flor, una piñ a, una orquídea e,
incluso, la barba del pollo (ahora en-cuentro que los pollos son muy sexy).
Descubrí que había diferentes estilos: el coñ o clásico con mucha simetría, un
estilo barroco con pliegues complicados y cortinajes, el coñ o gó tico con
arquerías, y el danés moderno con trazos sencillos. Había muchos coñ os con
forma de corazó n. Cuando nos dimos cuenta de que el dibujo de un corazó n era
igual que los genitales de una mujer cuando se abren los labios exteriores,
cambió para nosotras todo el simbolismo del corazó n.
Descubrimos que había una enorme variedad de
clítoris —desde perlas pe-queñ as como semillas hasta joyas de un tamañ o
considerable. En el diccionario, el término phallus se refiere tanto al pene
como al clítoris. Estábamos cambian-do nuestra imagen de eunuco a la de mujer
fálica. También existía una gran va-riedad en la distancia entre el clítoris y
la apertura de la vagina. Una mujer que tenía el clítoris muy cerca de la
vagina decía que podía alcanzar el orgasmo só lo con la penetració n. Creí que
tenía las bases para una nueva teoría, hasta que otra mujer con las mismas
características dijo que siempre necesitaba estimulació n en el clítoris para
tener un orgasmo. Había una mujer que no conseguía que so-bresaliera su
clítoris. Estaba convencida de que no tenía hasta que se apretó con los dedos a
ambos lados. Só lo se veía la punta de su tímido clítoris. Pero funcio-naba
igual de bien que cualquier otro.
La apertura de la vagina no era en absoluto un
agujero, sino pequeñ os plie-gues rosas que adoptaban formas diferentes en cada
mujer. Nos fijamos por pri-mera vez en las diferencias del bello pú bico.
Algunas mujeres tenían unas matas oscuras y fuertes, y otras lo tenían fino y
escaso. Una mujer se lo afeitó y se convirtió en nuestro coñ o futurista, Sus
genitales eran fuertes y bonitos. La va-riedad de color iba del rosa pálido al
marró n oscuro, y una mujer tenía el coño bicolor. Sus labios menores eran marró
n oscuro rodeados de un color rosado. Otra mujer, que tenía unos genitales muy
oscuros y un bello pú bico negro, decía que su marido la llamaba la orquídea
negra.
Mantuvimos conversaciones muy animadas durante toda
la tarde. También hubo instantes de silencio en los que nos quedábamos todas
pensativas. En un momento, cerré los ojos y vi todos los coñ os exquisitos, uno
detrás de otro, en mi mente. Estábamos formando nuestras propias imágenes
genitales —no la versió n masculina de los conejos y los chochos, sino la
versió n femenina de la flor de loto abriéndose para la nueva era de Acuario.
Enseñé las diapositivas a mas de mil mujeres en la
conferencia del NOW. Al final, cuando se encendieron las luces, hubo una ovació
n larguísima. Se me puso la carne de gallina, mientras tenía un orgasmo
emocional con aquella mul-titud de amantes. Después de ese día muchas mujeres
me contaron experiencias muy positivas. Hubo varias que me dijeron que sentían
que habían cambiado de una forma drástica después de ver las diapositivas.
Otras me contaron que ellas también habían creído que eran deformes durante mucho
tiempo. Una mujer le pidió un aumento de sueldo a su jefe, ¡y lo consiguió ! Al
cambiar de actitud hacia su coñ o, había cambiado también la imagen que tenía
de sí misma y pen-saba que se merecía más dinero.
Un añ o después hice una serie de dibujos a tinta
sobre las diapositivas para mi libro La masturbació n como liberació n, y la
incluí en la exposició n de las diapositivas, junto con un dibujo de una
concha, otro de una orquídea, y un co-llar de un coñ o de jade. Me parecía que
era una informació n visual importantí-sima para las mujeres, y me obligué a mí
misma a decir que sí siempre que me pidieran que diera una conferencia. Viajé
por todo el país con mi colecció n de diapositivas de los clítoris sagrados de
las sacerdotisas del templo, o el conejo partido, segú n el punto de vista de
cada uno. La diferencia entre erotismo y por-nografía está en las personas que
lo ven. Enseñé mis diapositivas de los genitales femeninos en Nueva York, New
jersey, Connecticut, Florida, Kansas, Colorado y California. Universitarios,
grupos de mujeres y profesores de sexualidad tuvie-ron la oportunidad de
cambiar su actitud hacia el coñ o. Me parecía que había reivindicado la palabra
coñ o después de nombrarla mil veces con amor desde los diferentes escenarios
—Germaine Creer fue el primero en utilizar el término en un articulo que leí en
el añ o 1969, titulado «Ama a tu coñ o, mujer».
A finales de los añ os setenta, las imágenes
genitales femeninas empezaban a ser un tema importante en el arte hecho por
mujeres. Hasta entonces, las flores que pintaba Georgia O’Keeffe eran só lo
eso, flores. Ella misma negaba que sus cuadros de temas florales fueran
representaciones de vulvas. Entonces, Judy Chicago y compañía revolucionaron el
mundo del arte con La cena. La mayoría de los treinta y nueve platos de
cerámica que diseñó tenían un dibujo de un coñ o precioso. Muchas mujeres me
mandaron diapositivas de sus cuadros de coñ os, incluyendo autorretratos
genitales inspirados en mis dibujos a tinta. También re-cibí una pieza preciosa
de cristal, que representaba el dibujo del coñ o que salió en la tapa de mi
libro La masturbació n como liberació n. Llegó un momento en el que pensé que
se acabarían haciendo sábanas y toallas con dibujos de coñ os. Una amiga mía,
que era diseñ adora, fabricó un papel pintado para decorar con vaginas, pero
nunca lo vendió . Lo que sí tuvo bastante éxito fueron las joyas con temas
genitales. Preciosos coñ itos y pollas hechos de plata, oro, cristal y
cerámi-ca adornaban orejas, dedos y cuellos. Yo incluso me compré un trapo de
cocina con un coñ o adorable en el medio.
En la universidad, algunos libros de texto sobre el
sexo han incluido el te-ma de las imágenes genitales, y se discuten las
diferencias entre las formas fe-meninas y las masculinas. Pero se ha hecho muy
poco en el Bachillerato, donde más falta hace, sobre todo ahora que los jó
venes se desarrollan tan deprisa sexualmente. El mundo será más civilizado y
humano cuando las bellas imáge-nes genitales y la actitud positiva hacia la
masturbació n formen parte de la edu-cació n de todos los jó venes. Pero, a pesar
de ello, hay ciertos avances. El otro día vi a la hija de una amiga con una
chapa rosa que ponía VIVA LA VULVA.
Si todas las personas crecen con una imagen
positiva de los coñ os y de las pollas, no creerán que son deformes. Es
importante, sobre todo, que las mujeres vean imágenes genitales que incluyan el
clítoris. Si la mujer entiende el papel que juega el clítoris en el placer
sexual, le puede enseñ ar a su amante a estimu-laría para llegar al orgasmo.
Una vez leí una carta en una revista de sexo muy
conocida. Iba dirigida a un médico que tenía una columna en la revista. Me puse
furiosa. Se llamaba «Grandes labios vaginales», y una mujer de veinte añ os
decía que recientemente había notado que sus labios menores se habían
agrandado. Quería saber si podía ser por la masturbació n y qué hacer al
respecto. El médico le contestó que podía ser hereditario y que «...si al
masturbarse tira usted de los labios, pueden agran-darse. Si es tan grave que
se avergü enza y no quiere tener relaciones sexuales, es relativamente fácil
reducir el tamañ o». Le recomendaba una visita a la consulta del médico, un
poco de novocaína y ras, ras —se acabaron los problemas. Me abstendré de
insultar a este médico y só lo diré que no tenía una actitud positiva hacia el
coñ o.
Otra recomendació n de los médicos que me parece
ofensiva es la circunci-sió n femenina. Una amiga mía, que só lo tenía orgasmos
con un vibrador, quería tenerlos también con en pene de su pareja. Le preguntó
a su médico, quien le di-jo que si se hacia la circuncisió n su clítoris podía
ser más sensitivo. Só lo sugirió que la operació n podía ayudar. Era un
procedimiento muy sencillo —un poco de novocaína y ras, ras. Se hizo la
circuncisió n y tuvo una infecció n, por lo que tu-vo que estar dos semanas más
de lo que se le había dicho en un principio. Cuan-do se recuperó , seguía sin
poder tener un orgasmo mediante la penetració n. En mi opinió n, tanto la
circuncisió n masculina como la femenina son innecesarias.
¡Ha llegado el momento de olvidar el ideal
romántico de tener todos los or-gasmos con la polla de Romeo dentro del coñ o
de Julieta! Si una mujer puede tener orgasmos masturbándose, es orgásmica. Los
hombres llaman frígidas a las mujeres que no pueden tener orgasmos en la
postura tradicional, en pocos minu-tos y con la estimulació n que a él le
gusta. La verdad es que muy pocas mujeres alcanzan el orgasmo só lo mediante la
penetració n, sin otros estímulos. (¡Imagí-nense a un hombre intentando tener
un orgasmo sin tocarse la punta de la polla!) No hace falta correrse para
disfrutar del sexo, pero una mujer que no consigue tener orgasmos la mayoría de
las veces no puede mantener una actitud positiva hacia el sexo durante mucho
tiempo.
El papel crucial del clítoris ya está claro. Hoy en
día, clínicos especializa-dos en el sexo utilizan la masturbació n como terapia
para mujeres y hombres con problemas. A pesar de la teoría reciente del
punto-G, que hizo que las muje-res se dedicaran a buscar un sitio mágico dentro
de la vagina que producía el or-gasmo, el clítoris sigue siendo nuestro ó rgano
sexual más importante. Hasta aho-ra no he conseguido encontrar mi punto-G. Todo
el asunto me recordaba a Linda Lovelace en la película pomo Garganta profunda:
ella creía que su clítoris era esa cosa que cuelga del fondo de su boca,
evidentemente una fantasía sexual masculina. Pero tengo un par de amigas que
adoran su punto-G y eso está muy bien.
La penetració n vaginal es muy eró tica, sobre todo
cuando se hace con estilo y con sensibilidad. Tanto la parte exterior como la
parte interior de los genitales femeninos producen sensaciones maravillosas.
Algunas mujeres prefieren los orgasmos só lo mediante la penetració n: otras
quieren estimulació n en el clítoris a la vez; y algunas prefieren el sexo
oral. También hay mujeres como yo, que lo quieren todo, incluyendo la
masturbació n.
La obsesió n por la liberació n de la mujer me tuvo
tan absorbida que, duran-te diez añ os, no pensé siquiera en la importancia que
tiene que los hombres ten-gan una actitud positiva hacia la polla. Daba por
hecho que a casi todos los hombres les gustaba su pene, sobre todo por los
privilegios que supone tener uno. Pero estaba equivocada. Las mujeres no son
las ú nicas que no están conten-tas con su cuerpo y sus genitales. La represió
n sexual afecta a ambos sexos.
Cuando un hombre disfruta con la masturbació n y se
siente a gusto con su vida sexual, le gusta su pene. Pero para un hombre
impotente no es más que la causa de muchas decepciones. El pene puede ser una
constante tentació n para un religioso que ha hecho votos de castidad, o para
un marido monó gamo. El resul-tado del odio exagerado hacia el pene pueden ser
imágenes y fantasías de castra-ció n. El miedo a la castració n se debe
probablemente a la represió n de la mas-turbació n masculina. El niñ o que está
jugueteando tan contento con su pito aca-ba traumatizado cuando su madre le
amenaza con cortárselo si no se está quieto.
Blake dice que cuando estaba casado y tomaba
pastillas para la depresió n, su polla le recordaba continuamente su frustració
n sexual. Quería a su mujer, pe-ro también quería tener aventuras sexuales. Ni
siquiera podía disfrutar de la masturbació n por miedo a ser descubierto. Llegó
al punto de imaginarse que po-nía el pene en el alféizar de la ventana y la
cerraba con todas sus fuerzas. Tuvo esta fantasía de castració n más de una
vez.
Cuando se divorció y tuvo unas cuantas
aventurillas, la relació n con su po-lla cambió drásticamente. Se pasó días
enteros, o eso le parecía a él, tocándose-la, libre por fin de masturbarse
cuando quisiera. Hace poco, a los sesenta y tres añ os, le hizo una foto a su
pene en plena erecció n y le mandó este retrato a una de sus amigas en
Michigan. Debajo ponía Pensando en ti.
Muchos hombres heterosexuales no dan importancia a
su polla, a no ser que sea muy pequeñ a o muy grande. Los que la tienen muy
pequeñ a casi siem-pre la quieren tener más grande, a no ser que hayan
aprendido a ser amantes fan-tásticos. Los que la tienen enorme impresionan
mucho a otros hombres, pero a lo mejor asustan a las mujeres.
A la mayoría de las personas les gusta un tamañ o
medio, exceptuando al-gunos hombres y mujeres que consideran que el hecho de
que la polla sea muy grande mejora la relació n sexual. No sé si hay datos
científicos sobre el tamañ o medio de un pene normal, pero imagino que entre
trece y diecisiete centímetros cuando está en erecció n. Eso no quiere decir
que un hombre que lo tenga más grande o más pequeñ o no pueda tener una actitud
positiva hacia su pene. No es el tamañ o del pez lo que importa, es el movimiento
de las olas.
Algunas pollas se curvan de forma natural hacia
arriba y otras se curvan hacia los lados. Incluso he visto una que se curvaba
hacia abajo. Pero ninguna de estas tendencias interfiere en una buena relació n
sexual.
El grosor y la longitud varían en los penes de los
hombres igual que en el clítoris de las mujeres. El pene puede ser corto o
largo, grueso o delgado. La forma, el tamañ o y el color de la punta cambian,
igual que en los clítoris. La punta puede ser afilada, desigual por los bordes,
o plana.
Hay pollas clásicas y muy simétricas, pollas
barrocas con venas y pliegues complicados y pollas danesas modernas con trazos
sencillos, lo mismo que los estilos de los coñ os. Hay todo tipo de colores:
beige, color melocotó n, marró n, lavanda, y rosa.
Es só lo un sueñ o, pero creo que cuando los
hombres adoren de verdad sus falos, las armas y los misiles MX estarán
obsoletos. Imagine un gobierno con una imagen positiva de los coñ os y de las
pollas.
CAPÍTULO
SIETE
———————————————————
La terapia sexual
Después de tres añ os dirigiendo las Terapias
Sexuales estaba harta de catalogar el sufrimiento femenino y las injusticias
sociales. También estaba cansada de la imagen romántica que daba de una artista
aislada en su torre de marfil. No que-ría luchar por resolver problemas
estéticos que yo misma había creado, sino que quería ayudar a resolver algunos
problemas sociales que ya existían. El sexo era una clave del feminismo, podía
liberar a las mujeres o esclavizarlas. Mi espíritu feminista quería sustituir la
retó rica del feminismo por mis imágenes eró ticas. Decidí organizar unas
Terapias de Concienciació n física y sexual para que las mujeres pudieran
explorar el placer juntas.
Necesitaba un sitio especial para mi nuevo proyecto
eró tico. En un momen-to de locura o de inspiració n divina me deshice de todos
los muebles caros que había acumulado durante mi matrimonio. Mis adorados
símbolos de respetabili-dad desaparecieron de mi vida, y me quedé con un enorme
cuarto de estar vacío. Mis amigos estaban asombrados y yo también. Luis XVI se
fue y llegó Betty I, transformando mi saló n tradicional en un templo de
placer. Puse una moqueta de felpa y muchos espejos. Llenó las paredes de mi
arte eró tico, y encima de la chimenea colgué fotos mías desnuda en posturas de
yoga. Por ultimo, coloqué almohadones por la habitació n, y logré que quedara
espacioso, elegante y senci-llo. Era só lo el principio.
En enero de 1973, empecé a llamar a todas las
mujeres que conocía para conseguir participantes para las primeras terapias. Me
parecía que sería suficien-te con una hora semanal. Les expliqué que estaríamos
desnudas, y me di cuenta de que era una idea poco atractiva para ellas, pero só
lo quería jugar con mujeres valientes. Había planeado hacer ejercicios
corporales como yoga y kárate, hablar de la alimentació n y la salud, estudiar
los genitales, compartir nuestras historias de masturbaciones y describir nuestros
orgasmos (o la falta de ellos). Iba a ense-
ñ arles a
masturbarse por medio de demostraciones y compartiendo mis expe-riencias.
Sabia que iba a necesitar ayuda, por lo que pedí a
mi amiga Laura que me ayudara. Estaba encantada, y enseguida me contestó que
sí. Durante cuatro añ os llevamos los grupos juntas. El primer añ o teníamos
dos grupos separados a la semana. Después de cada sesió n, Laura y yo
repasábamos todo lo que había ocu-rrido. Sus experiencias me daban el apoyo que
yo necesitaba.
Cada grupo tenía su propia personalidad. Algunos
eran muy reservados sexualmente y hablaban más, otros eran dulces y sensuales.
De vez en cuando había uno obsceno y escandaloso. Todos eran divertidos porque
Laura y yo éra-mos unas payasas.
Los rituales de placer acabaron siendo como querían
los miembros de cada grupo. Había madres y esposas que vivían en las afueras de
la ciudad, mujeres casadas que trabajaban, mujeres divorciadas, solteras. La
edad variaba desde los veinte hasta los cincuenta, y de vez en cuando había
alguna abuela de sesenta. La mayoría era heterosexual, pero en algunos grupos
había mujeres bisexuales y lesbianas. Siempre dejaba bien claro que apoyaba
todos los tipos de sexo. Como ponía especial énfasis en el sexo en solitario y
el amor por uno mismo, le quita-ba importancia a las etiquetas sexuales.
Simplemente éramos mujeres sexuales.
Sabía que una demostració n valdría más que mil
palabras, porque la mayo-ría de las mujeres no tienen imágenes sexuales. Al
principio les enseñé la mas-turbació n haciendo una pantomima, actuando para
que vieran có mo se movía el cuerpo primero con un orgasmo ligero y luego con
uno muy intenso. Después les ponía un video con una estrella del porno haciendo
que tenía un orgasmo im-presionante. Todas las semanas les decía que los
deberes para casa consistan en practicar la masturbació n. Había diferentes tipos
de vibradores para las que qui-sieran llevarse uno a casa. Se rieron mucho
cuando les dije que tenían que hacer sus tareas.
Una noche, después de hacer mi demostració n de la
masturbació n, una mu-jer bastante tímida dijo que le gustaría ver un orgasmo
de verdad algú n día. Sin dudarlo, Laura y yo enchufamos nuestros vibradores y
nos masturbamos hasta tener un orgasmo. Cuando terminamos, todas aplaudieron.
Después de unos cuantos grupos más, se nos olvidaron las preocupaciones y la
vergü enza de ac-tuar en pú blico. Hablar de sexo limitaba las posibilidades.
Nuestra forma de en-señ ar se convirtió en algo de primera clase desde que
incorporamos la masturba-ció n de forma regular a las terapias. Las mujeres
podían tener dos imágenes sexuales del orgasmo. Laura se corría varias veces en
el tiempo que yo tenía un orgasmo muy intenso.
Era muy positivo para las mujeres vernos a Laura y
a mí teniendo orgasmos de verdad. Algunas no estaban seguras de haber tenido
uno alguna vez porque no sabían de qué se trataba. Viéndonos aprendían los
movimientos, la respira-ció n y podían ver la energía. Varias mujeres que
decían que no eran orgásmicas estaban equivocadas. Resultó que habían estado
teniendo pequeñ os orgasmos. Después de vernos, se dieron cuenta de que su idea
del orgasmo era muy exage-rada. Creían que era una especie de ataque.
Cuando hicimos una demostració n de las diferentes
posturas en las que se podía hacer el amor, tuvimos un diálogo muy divertido
sobro el papel que juga-ban ambos sexos. Discutimos quién haría de hombre y
quién de mujer. Luego hicimos una crítica de la actuació n de cada una. Nuestro
macho era patoso y demasiado agresivo, mientras que nuestra hembra era modosa y
pasiva. A las mujeres les encantaba vernos hacer el tonto. Hicimos una
demostració n de la postura en ángulo recto, con la mujer tumbada boca arriba y
el hombre de lado. También enseñ amos la postura tradicional, la mujer
superior, cucharas, y el es-tilo perro. En todas las posturas le dábamos
especial importancia a la estimula-ció n del clítoris, con la mano o con el
vibrador, mientras simulábamos la pene-tració n. Nuestra ú ltima escena eró
tica fue enseñ arles có mo dos mujeres podían usar el mismo vibrador a la vez y
bailar hasta el orgasmo.
Para mi asombro, enseguida me convertí en una buena
organizadora y ad-ministradora. Al cabo de un añ o estaba constituyendo grupos
en la costa oeste y en otras partes del país. Mi lema era: «El vibrador llegará
lejos». Pero me resistí a convertir los grupos en una gran operació n
comercial, aunque tenía muchas ofertas para financiarlos y era muy tentador. No
había ningú n motivo intelectual, era un sentimiento. Sabía que si dejaban de
ser una experiencia íntima para mí, dejarían de tener el efecto que yo quería.
No hice ninguna publicidad de los grupos, pero se
corrió la voz muy depri-sa. Muchas mujeres recibían toda clase de informació n
de sus amigas y se apun-taban. Otras tardaban meses e incluso añ os en
decidirse. Nunca llevé los grupos de una forma consistente y fija; todos los añ
os decía que era el ú ltimo. Só lo el hecho de pensar en organizar más grupos
era abrumador. Me sentía responsable del bienestar de cada una de las mujeres,
y era agotador. Pero, a pesar de todo, la experiencia era tan emocionante que
antes o después me olvidaba de todos los inconvenientes y empezaba de nuevo.
Después de cinco añ os los grupos terminaron siendo
de quince mujeres, los fines de semana, y los llevaba yo sola. No se obligaba a
nadie a hacer algo que no quisiera. El principio fundamental del placer era la
libertad de poder elegir.
El día que empezaban las sesiones recibía a las
mujeres totalmente desnu-da. Se desvestían enseguida, para no tener tiempo de
pensar en la vergü enza y el pudor. Al cabo de una hora desaparecían todas las
inhibiciones al respecto. A todas les parecía muy natural estar desnudas. En la
segunda sesió n estaban de-seando quitarse la ropa.
Nos sentábamos en circulo, que es una forma muy
antigua de comunica-ció n entre los grupos. De esa manera estábamos en igualdad
de condiciones y nos veíamos todas. Siempre ponía una vela encendida en el
centro, y empezaba la sesió n contando alguna fantasía reciente. Por ejemplo,
tomar la ciudad de Washington y erotizar al país, o hacer de sacerdotisas del
vibrador en Carnegie Hall. Nos sentábamos con las piernas cruzadas, la espalda
muy recta, el pecho fuera y la cabeza bien alta. ¡Teníamos un aspecto magnifico!
Antes de empezar a hablar, respirábamos profundamente varias veces para dejar
salir la tensión.
Hablar entre nosotras completamente desnudas hacía
que fuéramos más conscientes de nuestro físico. Nos turnábamos para contar como
nos sentíamos con nuestro cuerpo y con nuestros orgasmos. Yo empezaba para dar
ejemplo, y les contaba mis sentimientos. Era impresionante ver có mo una mujer
con un cuerpo precioso se deshacía en pedazos al contar sus problemas, mientras
que otra, a la que le sobraban unos veinte kilos, explicaba que le gustaba su
cuerpo y que se sentía muy có moda. Cuando una mujer no sentía amor por su
cuerpo se convertía en nuestra inspiració n para practicar el amor en
solitario.
Cuando empezamos a hablar del orgasmo, nuestras
imágenes estaban poco claras o confusas. Para una mujer el orgasmo era un
acontecimiento emocional; para otra, un placer secundario, y para otra era un
completo misterio. Había más de una que no estaba segura si tenía orgasmos o
no, Normalmente no sabían muy bien qué esperar o tenían unas imágenes
románticas muy exageradas. Va-rias mujeres que decían que no tenían orgasmos
descubrieron que los habían es-tado teniendo todo el tiempo, só lo que poco
intensos. Creían que todos debían ser muy intensos, como en las novelas eró
ticas. Casi todas las demás eran or-gásmicas de una manera o de otra, pero
estaban interesadas en aprender más so-bre la masturbació n. Algunas conseguían
tener buenos orgasmos con sexo oral, pero no con la penetració n. Con otras
ocurría lo contrarío. Había mujeres que tenían orgasmos solas, pero no con su
pareja. Y las que sí tenían orgasmos regu-larmente, estaban de acuerdo en una
cosa: sus experiencias variaban mucho de una vez para otra.
Después de tanto hablar, llegaba el momento de la
acció n. Empezaba haciendo una imitació n de có mo debe ser una mujer femenina.
Andaba como si llevara tacones muy altos y estuviera intentando mantener el
equilibrio. Me po-nía en posturas muy femeninas y procuraba ocupar el menos
espacio posible. Lo hacía bien porque en la época en que era diseñ adora de
moda llevé la femineidad hasta el extremo. Todo el grupo se reía porque
reconocían inmediatamente al personaje. Entonces, nos poníamos de pie muy rectas
y nos mirábamos en el es-pejo. Caminábamos erguidas, con la cabeza bien alta,
el pecho fuera, el trasero hacia dentro y los clítoris hacia delante, y así
cambiaba totalmente nuestra acti-tud y nuestro aspecto.
Un ejercicio muy divertido se llamaba llevar la voz
cantante. Consistía en dar la vuelta a los papeles tradicionales del hombre y
la mujer, poniendo a la mujer encima. Hacíamos como sí con nuestro clítoris
estuviéramos penetrando a algú n amante imaginario, y nosotras teníamos que
hacer todos los movimientos. Ponía el despertador para que sonara a los tres
minutos, un poco más de la media nacional establecida por Kinsey.
Cuando empezaban a follar, yo tomaba parte al mismo
tiempo que comen-taba las técnicas de cada una: «Pon los brazos más rectos; no
aplastes a tu aman-te. Te has puesto demasiado arriba, se te acaba de salir el
clítoris. No pares de moverte o se fastidiará tu erecció n. No te muevas tan
rápido, te vas a correr demasiado pronto. Y no te olvides de susurrar cosas
bonitas a tu amante en el oí-do».
Miraba el reloj para coordinar mi orgasmo teatral
con la campana. Los diez
ú ltimos
segundos los pasaba haciendo movimientos casi histéricos y luego me caía encima
de mi amante imaginario a la vez que le decía: «¿Te ha gustado?» Luego empezaba
a roncar de una forma escandalosa. Era muy gracioso.
Acababan todas agotadas, casi sin respiració n, y
preguntaban «¿Có mo aguantan los hombres?» Se quejaban de que se les cansaban
los brazos, les dolía la espalda y las caderas. La mayoría se rajaba antes de
que sonara la campana del despertador. Después de eso, siempre había una mayor
simpatía hacia los hombres, y las mujeres mostraban mayor interés en otras
posturas para hacer el amor.
Algunas mujeres decían que sentían dolor si los
movimientos de su amante eran excesivamente fuertes, pero otras aseguraban que
les gustaba que las folla-ran con fuerza. Cuando era joven creía que la pasió n
consistía en hacer movi-mientos muy bruscos al hacer el amor, y luego siempre
me dolía todo. Les ex-pliqué que me parecía que un amante sensible nunca haría
el amor con violencia. A mí me gustaba la marcha siempre que estuviéramos en
igualdad de condicio-nes, pero también me gustaba mucho follar despacio e
intensamente.
Otro problema bastante corriente entre las mujeres
era la falta de lubrica-ció n y el dolor producido por la penetració n en seco.
A algunas les parecía que no lo estaban haciendo bien si no estaban empapadas
por la pasió n. Yo, perso-nalmente, a veces me sentía mojada cuando ni siquiera
estaba pensando en el sexo. Otras veces no lubricaba aunque estuviera
estimulada sexualmente. Reco-mendé a las de mi grupo que utilizaran aceite para
masajes. Para mi gusto son muy sensuales y no me da ninguna vergü enza usarlos.
Las exposiciones orales sobre nuestros genitales
era una de las partes más divertidas de las sesiones. De todas las mujeres a
las que he enseñ ado en estos grupos solo recuerdo a dos o tres que no
participaran en este show. Pero todas tomaban parte a la hora de ver có mo la
flor vaginal de cada mujer se situaba ba-jo los focos. Yo siempre era la
primera. Me colocaba delante de un espejito y me partía el conejo mientras
hablaba de mis antiguos temores a la deformidad. Después de tantos añ os viendo
genitales femeninos había visto muchos labios más grandes y más largos que los
míos. Había hablado tanto de este asunto que ahora me parecía que me tendría
que disculpar por lo pequeñ os que eran en rea-lidad.
Casi todas las mujeres tenían una imagen visual de
un pene, así que hacía una analogía entre el clítoris y el pene. Apartaba la
piel que recubre el glande del clítoris y explicaba su relació n con la piel
que recubre el glande del pene. Expli-caba también que los ovarios y los
testículos eran ó rganos en forma de almendra casi del mismo tamañ o. Siempre
había alguien que decía: «Pero si el clítoris es como un pene pequeñ o», y yo
siempre contestaba: «¡O el pene es como un clíto-ris demasiado grande!»
Durante estas exposiciones, hablábamos de las
cicatrices que dejan los par-tos, de labios desiguales, de pequeñ os bultos y
lunares que parecían un poco ra-ros, de clítoris supuestamente demasiado pequeñ
os y del odiado flujo vaginal. Comentábamos cuestiones de higiene vaginal, pero
las duchas vaginales no de-ben convertirse en un vicio.
Como la mayoría de las mujeres tienen el flujo de
color claro o blanco, a mí me parecía lo normal. Nunca usé nada más que agua o
vinagre blanco para lavarme. Antes de hacer el amor me metía un dedo en la
vagina para ver como olía y a qué sabía. Esto me hacía sentirme más segura.
Cuando me volví vegeta-riana, noté que sabía más dulce y también lo noté en mis
amantes vegetarianos.
Cuando llegaba al tema de los genitales,
localizábamos nuestros mú sculos metiéndonos un dedo en la vagina y apretando.
Era un ejercicio totalmente opuesto al que se hace al tener un niñ o. Otra
manera de localizarlos era parando de orinar de repente. En cualquier caso,
apretar el mú sculo y luego relajarlo pro-ducía unas sensaciones genitales muy
agradables, y lo eran cada vez más con la práctica. Apartando la piel que lo
cubría y mirando en un espejo, incluso se po-día ver el mú sculo que movía el
clítoris.
También nos hacíamos masajes anales con aceite
alrededor del esfínter, y luego introducíamos un dedo. Respirando profundamente
relajábamos más los mú sculos a la vez que dejábamos salir cualquier sensació n
negativa hacia nues-tros anos. Una vez que lográbamos relajarnos, empezábamos a
disfrutar. El po-bre culo es el ú ltimo en recibir un poco de amor y yo decidí
llamar al mío dulce capullo de rosa. El erotismo anal puede ser una parte muy
bonita del sexo.
En la discusió n sobre los métodos anticonceptivos,
casi todas estábamos de acuerdo en que cada sistema tenía sus inconvenientes.
Prácticamente, todas las mujeres jó venes tomaban la píldora. Para mi gusto era
mas seguro un diafragma, pero era una forma algo sofisticada. Tuvo que cambiar
mucho mi actitud hacia el sexo para llegar a estar có moda con uno. Siempre me
lo ponía después de du-charme cuando tenía alguna cita, en vez de tener que
ponérmelo luego, en el me-jor momento. Tampoco pasaba nada si luego no me iba a
la cama con nadie. Al principio pensaba que un diafragma estropearía la
espontaneidad del momento, pero enseguida cambió la cosa. Me excitaba pensar en
la posibilidad de que pa-sara algo. Me lo ponía mas fácilmente con un
aplicador. Siempre comprobaba si estaba bien colocado al final, y me lavaba los
restos de espermicida. Después de llevarlo una hora, el sabor y el olor de mi
coñ o volvían. Cuando cogí práctica só lo tardaba unos minutos en estar
preparada. Más adelante descubrí que el No-noxynol-9 que tenía el espermicida
que usaba era bueno contra las enfermedades venéreas. Pruebas recientes han
demostrado también que mata el virus del SIDA, y que se encuentra en algunas
marcas de condones. Hoy en día las muje-res listas llevan condones en su bolso
para asegurarse ante la posibilidad de que pase algo.
Muchas de las mujeres que acudieron a las Terapias
no habían disfrutado de un masaje antes de ese momento. Les excitaba por lo
sensual y relajante que era. Nos dividíamos en dos grupos. Una mujer de cada
grupo se tumbaba en el suelo y Las otras, cinco o seis, le daban un masaje. El
círculo de las masajistas iba rotando para que todas tuvieran la oportunidad de
tocar distintas partes del cuerpo. Era una delicia ver como una mujer recibía
energía de una docena de manos que la tocaban todas a la vez. ¡Era una orgía de
sensaciones! Todas tenían la oportunidad de dar y recibir placer. Disfrutaban
de toda clase de sensacio-nes maravillosas sin tener que responder sexualmente.
Tanto los hombres como las mujeres están tensos porque están actuando
constantemente, y los masajes les dan una oportunidad de salir del escenario un
rato —olvidarse de todo, dejar de pensar y dedicarse só lo a sentir. Para dos
personas que llevan mucho tiempo juntas, siempre recomiendo masajes y
masturbació n. En vez de hacer siempre lo mismo y en la misma postura, esta
experiencia eró tica puede abrir nuevos cami-nos en la intimidad, y sin ningú n
tipo de presión.
En uno de los primeros grupos que tuve hablamos de
que no había juegos eró ticos para niñ as pequeñ as. Les conté mi fantasía de
hacer una masturbació n de mujeres en comú n algú n día. «Eso suena muy bien.
Vamos a hacerlo ahora», dijeron algunas. ¡Me quedé sin habla! Ya estaban
preparadas para la masturba-ció n en grupo, pero yo no. Para mí seguía siendo
una fantasía. Estuve a punto de desmayarme, hasta que me convencí de que éramos
personas adultas, y decidí tomar parte. Puse una vela naranja en el centro y la
encendí con una mano tem-blorosa. Me dio un escalofrío. ¿Había sido una
sacerdotisa egipcia alguna vez? De pronto, una voz interior me dijo: «Esto es
un antiguo rito de Tantra y tú estás dirigida por una divinidad».
Al principio, la masturbació n en círculo era
opcional en cada grupo. Pero al quinto añ o había evolucionado hasta llamarse
el rito de la masturbació n diri-gida, y se convirtió en parte de todas las
Terapias. Empezábamos de pie en un círculo, bailando con nuestros vibradores;
una visió n exó tica del erotismo feme-nino. Yo dirigía al grupo hacia
diferentes tipos de estimulació n genital, movi-mientos de la pelvis, formas de
respirar y posturas para masturbarse. Una de mis favoritas era ponerme encima del
vibrador y luego encima de una almohada. Era fantástico para practicar los
movimientos de la pelvis. Luego pasábamos a otras posturas.
Después de unos treinta minutos decidí conceder
tiempo para un recreo eró tico. La energía rebotaba en las paredes junto con
los suspiros de placer. A las mujeres les encantaba, con o sin orgasmo, ¡porque
se daban cuenta de que estaban superando una vida entera de represió n sexual
en una hora! Habíamos sacado la masturbació n del armario más oscuro de la
familia nuclear y la había-mos colocado en el Templo del Placer,
Las Terapias me hacían pasar del éxtasis a la
agonía. Me preocupaba mu-cho estar pasándome de la raya, y pensaba a menudo que
las mujeres eran dema-siado conservadoras y demasiado tímidas para arriesgarse.
Pero eso resultó ser mentira. Cada una de las mujeres que entraba en el Templo
era una valiente, aunque al principio le hubiera costado quitarse la ropa. A
veces me sentía como si estuviera andando por un pantano de represió n, con las
inhibiciones hasta las rodillas. Tenía que absorber la tensió n del grupo y
luego soltarla con los rituales del placer. Llegaba al éxtasis cuando miraba a
mi alrededor y casi me mareaba por lo que veía.
Me han contado las mujeres que han ido a mis
Terapias que más de una vez han dejado a todos asombrados en una fiesta al
relatar sus aventuras. También les contaban sus experiencias a sus maridos, con
lo que conseguían mejorar su comunicació n sexual. Educadores, terapeutas y
otras personas han utilizado mi informació n sobre la masturbació n para su
propio trabajo con otras personas. Cada una de mis Terapias ponía su granito de
arena para acabar con la represió n. Los anillos de la energía sexual se extendieron
ampliamente, entrando en las vi-das de muchas mujeres y muchos hombres con el
amor erótico.
Yo también aprendí mucho con los grupos, porque
enseñ aba sexo a base de sexo. En una estimació n aproximada calculé que había
guiado a más de mil mu-jeres en los ritos del orgasmo. Todas ellas eran mis
adoradas amantes. Siempre me será imposible describir las imágenes magníficas y
la profundidad de mis sentimientos sexuales y emocionales en aquellos grupos.
Las Terapias Sexuales nunca dejarán de maravillarme por el poder y la belleza
de la energía sexual.
CAPÍTULO
OCHO
———————————————————
Orgasmo, orgasmo,
orgasmo
Aunque venga de un amante, una bañ era, un osito de
peluche, un dedo, una len-gua o un vibrador, un orgasmo es un orgasmo. Mis
rituales de orgasmo, al prin-cipio, eran muy sencillos. Tardaba alrededor de
diez minutos en tener uno, y luego lo dejaba. Só lo me concentraba en las
sensaciones de mi cuerpo. Poco a poco empecé a tomarme más tiempo y a ser mejor
amante. Tardaba más en co-rrerme, porque paraba de repente para crear más
tensió n sexual antes de llegar al orgasmo. Luego empecé a imaginar situaciones
eró ticas, con lo que mis orgas-mos mejoraron mucho. Para desarrollar una
fantasía, primero intentaba recordar alguna buena experiencia sexual que
hubiera tenido. También leía libros sobre el sexo, o sobre el arte del sexo, y
miraba revistas pomo que me gustaran.
Lo solía hacer con el dedo; me lo metía en la
vagina para humedecerlo y, a veces, con otro dedo me tocaba el clítoris.
Siempre era un verdadero placer. Una noche lo hice mientras me miraba en un
espejo con aumento. Era fabuloso, casi como ver una película eró tica en una
mini-pantalla. Fui adquiriendo cada vez más estilo en la manera de hacerlo.
Veía como mis labios vaginales se ponían de un color rojo oscuro y mi clítoris
se hacia más grande por momentos. Me hacía un masaje interno con tres dedos, lo
que aumentaba la lubricació n, y mis jugos sexuales brillaban a la luz. Al
final movía la mano tan rápido que la veía borrosa justo antes de correrme.
Cuando llegaba al orgasmo, se me cerraban los ojos y se acababa el espectáculo,
como cuando se cierra el teló n en el teatro.
Al principio nunca tenía más de un orgasmo cuando
me masturbaba. Mi clítoris siempre estaba demasiado sensible justo después de
tener uno. Un do-mingo por la tarde, cogí una vela blanca, le di la forma de un
precioso pene y me la metí mientras me tocaba el clítoris. Después de tener un
orgasmo conside-rable, todavía tenía marcha, pero estaba demasiado
sensibilizada para hacerlo otra vez. De repente se me ocurrió que podía
intentar respirar de la misma mane-ra que se les enseñ a a las mujeres para
soportar el dolor en un parto natural. Em-pecé a hacerlo para poder tolerar más
placer, y descubrí que lo podía hacer si me tocaba con más suavidad, En poco
tiempo desapareció la hipersensibilidad y es-taba a punto de tener otro
orgasmo. En vez de parar y aguantar la respiració n, a partir de entonces
respiraba más fuerte para soportar la sensació n. Lo que antes me parecía dolor
ahora me parecía una nueva forma de placer.
Más adelante empecé a hacer un ejercicio con el que
aprendí a controlar las sensaciones de mi cuerpo. Después de un bañ o caliente,
o de una sauna, me me-tía en agua fría. Al principio me horrorizaba la idea.
Siempre había evitado los dos extremos, porque ambos eran demasiado intensos.
Pero, en realidad, era una sensació n fantástica que estimulaba la circulació n
y los sentidos. El espacio que existe entre la idea y la acció n es la
inhibició n. Mi capacidad para moverme por ese espacio estaba en relació n
directa con mi deseo de encontrar placeres nuevos.
Lanzarme al placer se me hacia cada vez más fácil.
A finales de los añ os sesenta tuve el primer orgasmo con un vibrador. Pero no
era un vibrador de ver-dad, sino un aparato para darse masajes en la cabeza que
Blake tenía. Una noche me pregunto si me apetecía que me diera un masaje, y
empezó a dármelo por la cabeza. Era fantástico. Poco a poco bajó la mano hacia
el resto de mi cuerpo, y me empezó a latir el corazó n cada vez más fuerte.
Pegué un salto cuando noté los movimientos rápidos de su mano sobre mi clítoris.
Era un placer tan intenso que no pude evitar sujetarle en brazo. Me preguntó si
quería que lo dejara, y le contesté que no. Respiré para disfrutar bien de la
sensació n, y después de tres orgasmos maravillosos sentía que había entrado en
otra dimensión.
Entonces me compré un aparato como el de Blake. Se
sujetaba con la mano y hacia que los dedos vibraran con rapidez. Me ponía el
dedo sobre el clítoris y en resultado era fantástico; además, casi no hacia
ruido. Me corrí enseguida, pe-ro no pude seguir porque el vibrador se había
calentado demasiado, y no era na-da divertido jugar con un juguete que estaba
tan caliente que no se podía tocar.
A principios de los setenta, salió al mercado un
nuevo aparato eléctrico pa-ra dar masajes. Era un cilindro muy grande que hacía
el mismo ruido que un camió n cuando va en segunda. El mango media unos veinte
centímetros y tenía una cabeza de siete centímetros. Cuando se lo enseñé a mis
amigas por primera vez, casi, se desmayan, hasta que les expliqué que no era
para metérselo dentro. Toda esta maquinaria estaba pensada para hacer vibrar a
mi dulce clítoris. Fue el principio de un romance apasionado con un aparato al
que puse el nombre de Mack, el forzudo. (Una amiga mía se compró uno enseguida,
y le llamó Pierre, el sortudo. )
Al principio lo usaba sobre todo para el cuello y
los hombros, como indica-ban las instrucciones. Tardé algú n tiempo en aprender
có mo se podía dirigir toda esa energía hacia el placer sexual. Una noche, Mack
y yo sorprendimos a mi clí-toris debajo de una toalla doblada. Ocurrió justo lo
que me temía —¡fue un éxta-sis inmediato! Estaba abrumada por el placer. Además
se podía regular la velo-cidad. Podía tener unos orgasmos increíbles sin que
Mack se calentara demasia-do.
Ahora, mirando hacia atrás, me parece que hubo un
momento en el que mis sentimientos por Mack casi se convierten en amor. Compré
varios y se los presté a mis amigas, para no tener que compartir el mío.
Terminé comprándolos por cajas cuando empecé con las Terapias, hasta que un día
descubrí que Mack, el forzudo, ya no se fabricaba. Creí que el gobierno estaba
siguiendo una política de reducció n de orgasmos. Sin embargo, Dios aprieta
pero no ahoga, porque pronto apareció otro aparato que daba masajes. Era más
bonito y más fino, y te-nía un motor que ronroneaba como un gato.
Cuando llegaba a casa, siempre estaba esperándome
mi fiel Pandora para darme unas horas interminables de placer. Nunca le dolía
la cabeza, ni estaba demasiado cansada para hacerme caso, y no le importaba que
de vez en cuando me apeteciera hacerlo con gente. Lo que me salvó de empezar a
tomarme en se-rio nuestra relació n fue analizar cuidadosamente los
inconvenientes de Pandora: mucho ronroneo, pero nada de conversació n, y
siempre tenía que ser yo la que Ilevara la voz cantante. Pero quería a mi
vibrador tal y como era: un juguete ma-ravilloso que transmitía buenas
vibraciones.
Seguí teniendo relaciones sexuales con mis amantes
y dejé de pensar que me iba a volver adicta al vibrador. También dejé de
preocuparme porque se me iba a estirar el clítoris y porque me iba a volver
poco sociable. Nunca pasó nada de eso. Era mucho menos sociable cuando era
adicta al amor. En aquella época, lo que empezaba como algo placentero se
convertía enseguida en dolor, a medi-da que me iba obsesionando con la persona
a quien quería. Nunca he estado obsesionada con un vibrador. Mi experiencia con
otras adicciones me ha enseñ ado que el dolor y la frustració n hacen que se
cree una fijació n. Era como un coneji-llo de indias: los que están
condicionados por el dolor siguen siempre el mismo camino, mientras que los que
están condicionados por el placer buscan nuevas aventuras.
Hasta finales de los setenta só lo utilizaba un
vibrador para mis rituales de masturbació n. Luego empecé a hacer experimentos
con la penetració n. Me ponía algo en la entrada de la vagina mientras me
estimulaba el clítoris con el vibrador. Hacía una penetració n lenta y sensual
apretando y relajando los mú sculos. Justo antes de correrme hacía fuerza con
las piernas para sujetar lo que fuera que tuviera dentro. Sujetaba el vibrador
con las dos manos a la vez que ponía tensas las nalgas y me dejaba llevar.
Me encantan los pequeñ os orgasmos que tengo cuando
me tomo un descan-so sexual de un cuarto de hora. Me dan energía y descargo la
tensió n. También me gusta el otro extremo, unos orgasmos maravillosos después
de un ritual de dos horas. Me voy excitando y luego lo dejo para estar al borde
el mayor tiempo posible. Utilizo los movimientos del cuerpo, todas las formas
de respirar y todos los pensamientos eró ticos de mi repertorio. Me someto por
completo al hedonismo. He reído, llorado y gemido mientras intentaba alcanzar
el más grande de los orgasmos. Después de tener dos o tres, me quedo como
traspuesta, disfrutando del placer. Sigo vibrando y temblando, pero ya sin
ningú n interés en tener otro porque estoy más allá del orgasmo, en un estado
de éxtasis que puede durar has-ta diez minutos. Luego vuelvo lentamente a la
tierra otra vez.
Esta forma de tener orgasmos es una de las
posibilidades que hay. A mí me encanta, pero algunas mujeres prefieren los
vibradores en forma de pene que funcionan con pilas. Los vibradores son tan
estupendos para tener orgasmos, que se olvida uno de que también lo son para
masajes en el resto del cuerpo. Es una forma de estimular el riego sanguíneo en
la zona donde se hace el masaje, y es muy bueno para la salud y la belleza
corporal. Pero no hay que olvidar que los aparatos eléctricos se deben mantener
siempre alejados del agua.
Cuando una mujer utiliza un vibrador por primera
vez puede obtener dife-rentes resultados. Una amiga me contó que ella tuvo un
orgasmo intensísimo, pero que no duró nada. Otra me dijo que el suyo fue tan
pequeñ o que só lo duró un segundo. Incluso hubo una que tuvo que practicar
durante varios meses antes de conseguir algú n resultado positivo. A veces se
tienen pequeñ os orgasmos sin que haga falta mucha estimulació n. Es muy
parecido al fenó meno de la eyacula-ció n precoz. La masturbació n es el mejor
sistema para aprender a controlar las ganas de correrse, tanto para los hombres
como para las mujeres.
Tengo algunas amigas que prefieren que la
estimulació n sea indirecta. Con-siguen tener orgasmos mediante la presió n,
juntando los muslos y tensando los mú sculos de una forma rítmica. Conozco a un
hombre que se masturba presio-nando su pene contra la cama. Cuando era pequeñ a
usaba el sistema de la pre-sió n con una almohada entre las piernas, pero ahora
me gusta más el contacto di-recto. Hay mujeres que prefieren utilizar el agua
para estimularse y tienen or-gasmos en la bañ era con la ducha de teléfono. Una
vez una amiga tuvo un or-gasmo sin querer en un jacuzzi porque se sentó delante
de uno de los chorros de agua. Un orgasmo es un orgasmo.
Hay muchas mujeres que no consiguen aprender a
tener su primer orgasmo con agua, ni con presió n, ni con la mano. Normalmente,
esto ocurre porque no han tenido ninguna experiencia de masturbació n y han
aprendido a controlar sus impulsos sexuales. Para estas mujeres un vibrador
puede proporcionar una esti-mulació n fuerte y regular, para que se recuperen
de la privació n sensual de la que han sido objeto. Puede que sea la ú nica
manera de tener orgasmos durante meses o incluso añ os, pero no es tan espantoso
como pensar que nunca podrán tener uno. Los orgasmos eléctricos son tan
satisfactorios como cualquier otro.
La obsesió n por portarse bien puede hacer que
dejemos de tener sensacio-nes en los ó rganos sexuales. Una represió n muy
fuerte puede bloquear los ner-vios de nuestro sistema que llevan esas
sensaciones hasta el cerebro. Wilhelm Reich, el psicoanalista que escribió La
funció n del orgasmo, definió el orgasmo como «...la capacidad de rendirse ante
la energía sexual sin ninguna inhibició n; la capacidad de descargar toda la
excitació n sexual a través de movimientos in-voluntarios y placenteros de todo
el cuerpo». Es una descripció n fantástica, pero durante muchos añ os no me la
podía aplicar a mi misma. Igual que otras muchas personas no había podido
disfrutar plenamente del orgasmo.
Hasta que cumplí algo más de treinta añ os, mi
pobre cuerpo estuvo maltra-tado por las resacas, dolores musculares cró nicos,
falta de ejercicio y mala ali-mentació n —y todo ello interfería en mis
sensaciones eró ticas. Además estaban los factores causantes de la inhibició n:
sentido de culpabilidad, miedo, rabia y autocompasió n. Estos hacían que no
pudiera tener pensamientos eró ticos. Mi energía sexual no podía seguir su
curso, só lo la descargaba a través de mis geni-tales y tenía pequeñ os
orgasmos, comparables al hipo.
Durante mi infancia y luego en mi matrimonio, la
masturbació n estaba ba-sada sobre todo en que no me pillaran. Aprendí a ser
rápida y silenciosa. Cuan-do estaba con alguien en la cama procuraba no
respirar muy fuerte ni moverme mucho. Nunca estaba relajada, porque só lo me
preocupaba ser muy femenina to-do el tiempo. Lo que ocurría, en realidad, era
que tenía muchos prejuicios.
En una de mis Terapias, una mujer casada me contó
que tuvo el primer or-gasmo a los cuarenta y ocho añ os. Una noche se puso el
vibrador en el clítoris y dos horas después casi se cae de la cama del placer,
¡y pesaba alrededor de cien kilos! Con el vibrador conseguía la estimulació n
que necesitaba su cuerpo. Ni ella ni su marido habían tenido paciencia
suficiente. Ahora están encantados con su nueva vida sexual: para ella la
penetració n es el aperitivo; cuando él se corre, ella tiene un orgasmo con el
vibrador mientras se besan y se abrazan. Están en plena luna de miel sexual.
Otra de las mujeres de las Terapias estaba
desesperada después de diez añ os de matrimonio, un hijo y ningú n orgasmo. Se
compró un vibrador y se lo puso directamente en los genitales durante mucho
tiempo, varias noches segui-das. Estaba decidida a experimentar el placer. Só
lo consiguió estar dolorida du-rante unos días. Como no tenía sensaciones en
los genitales, en vez de obtener placer sentía dolor. ¡Estaba furiosa! Pero por
lo menos el dolor era la prueba de que había vida ahí abajo, y no se dio por vencida.
Con un poco más de práctica y más suavidad, empezó a tener sensaciones
agradables.
Una amiga mía, que es lesbiana, aprendió a tener
orgasmos con un vibrador cuando tenía más de treinta añ os. Al cabo de un añ o
podía tenerlos con su pareja con sexo oral. Cinco añ os después se quedó
encantada cuando aprendió a mas-turbarse con la mano. Decía que se sentía más
completa ahora que sabía que no dependía de un aparato ni de una persona. Podía
tener sus propios orgasmos. Pe-ro el paso del vibrador a la mano no fue fácil,
hasta que empezó a hacer uso de algunas fantasías sexuales. Cuando estaba con
su pareja pensaba en ella, y cuan-do estaba sola no pensaba en nada. Ahora,
cuando se masturba con la mano, piensa en el sexo. Para excitarse sin un
vibrador y sin su amante necesitaba usar la mente.
Conocí a una mujer de treinta y dos añ os que
llevaba diez teniendo orgas-mos solamente con un vibrador. Cuando conoció al
hombre con el que se quería casar, quiso aprender a llegar al orgasmo haciendo
el amor. Cambió su técnica primero. Se empezó a poner la mano entre el vibrador
y el clítoris. Lentamente aprendió a responder a un roce más suave. Tardó seis
meses en aprender a co-rrerse con la mano, y no tuvo ningú n problema con su
marido.
Una amiga bisexual que había estado usando un
vibrador cuando se queda-ba sin pareja, decidió regalárselo a alguien. Decía
que sus orgasmos eléctricos eran tan fáciles de conseguir que había dejado de
tener fantasías sexuales. Vol-vió a hacerlo con la mano en un bañ o de agua
caliente, mientras leía un libro porno. Al cabo de unos años, se compró otro
vibrador porque se dio cuenta de que podía usarlo, seguir teniendo sus
fantasías e, incluso, tener más de un or-gasmo, aunque tuviera una pareja.
Las fantasías sexuales pueden estar llenas de
contradicciones. Por ejemplo, conozco a una mujer casada que estaba preocupada
porque sus fantasías casi siempre eran con mujeres, aunque ella se consideraba
heterosexual. Una amiga lesbiana se preguntaba por qué a menudo tenía fantasías
heterosexuales, si a ella no le gustaban nada los hombres. Es una pena que nos
pasemos la vida con eti-quetas sexuales entre las piernas. Mientras nos
definamos como heterosexuales, bisexuales u homosexuales en vez de sencillamente
sexuales, seguiremos estan-do enfrentados en el sexo. La minoría moral es la
que lleva la voz cantante, mientras que la mayoría sexual permanece en
silencio. Ha llegado el momento de apoyar el placer sexual, sea cual sea la
forma que adopta. Un orgasmo es un orgasmo.
Una amiga mía, que se consideraba una feminista
radical, se empezó a pre-ocupar porque sus fantasías sexuales no eran correctas
políticamente, ya que no eran feministas. Yo le aseguré que todas las fantasías
eran correctas. Muchas personas se imaginan cosas que en realidad no quieren
que les ocurran nunca. También le recordé que se puede ser adicto a las
fantasías como a cualquier otra cosa, y le sugerí que cambiara de fantasía. Una
de las que empezó a usar era la de ella moviendo su clítoris dentro de la boca
de su amante que estaba atado a la cama. Pero cuando se queda atascada, o tiene
prisa, vuelve a la antigua, en la que cinco polis irlandeses la violan. Esa
nunca falla.
Las fantasías sobre violaciones pueden dar marcha.
No creo que sea correc-to hablar de fantasías feministas o sexo feminista. La
liberació n de la mujer no consiste en definir qué es lo correcto en el sexo.
Se trata de investigar y aumen-tar nuestro potencial eró tico. Respeto a las
feministas que defienden el ideal del amor perfecto entre dos en una relació n
monó gama que dure para siempre. Por lo tanto, pretendo que respeten mi ideal
de vivir con una familia de amigos eró - ticos. Nunca habrá una manera correcta
de tener fantasías y orgasmos.
Al comienzo de mi romance con el movimiento por la
liberació n de la mu-jer, actuaba como cualquier amante romántico: idealizaba a
todas las mujeres. Creía que las feministas habían sido las elegidas para sacar
al mundo del lío en el que estaba metido. Hasta que descubrimos nuevas imágenes
eró ticas parecía-mos un ejército, hablando de líneas de fuego, del enemigo, y
de có mo ganar la batalla entre los sexos. ¡No era nada divertido!
Al fin me di cuenta de que las feministas no eran
perfectas y de que la vida es injusta. Las revoluciones sexuales tienen
momentos de esplendor y de deca-dencia. Só lo la evolució n personal de cada
uno es algo consistente. Erotizando nuestra vida, podemos dar ejemplo a las
demás mujeres. En vez de alzarnos co-ntra la pornografía, deberíamos alzarnos a
favor de la expresió n sexual, de nue-vas imágenes eró ticas y de convertir el
sexo y el placer en arte. Hay que sustituir el feminismo radical por el feminismo
eró tico a medida que cada mujer abre caminos nuevos en su liberació n
personal.
La capacidad de soñ ar y de imaginar cosas ha sido
fundamental en mi evolució n creativa. La fantasía es una manera de jugar con
la mente y de desarrollar la imaginació n. Mi arte eró tico, las Terapias y
este libro empezaron siendo fantasías sexuales.
El poder es una de mis ú ltimas fantasías. Me veo
presidiendo en una larga mesa de conferencias, vestida de cuero negro con un
cinturó n de diamantes. En la reunió n están todos los representantes
ejecutivos de las grandes multinaciona-les. Mi propuesta es que eroticemos toda
la estructura de estas organizaciones y que el orgasmo esté en el orden del
día. Se quedan todos estupefactos cuando les enseñ o los diseñ os de las
futuras salas de reuniones, llenas de toda clase de ma-quinaría sexual para
garantizar el éxtasis. Se aprueba por unanimidad que el pla-cer es más
importante que los beneficios, y ahora que tenemos energía sexual, no nos hace
falta la energía nuclear.
CAPÍTULO
NUEVE
———————————————————
La terapia sexual
masculina
Durante muchos añ os recibí cartas de hombres que
querían seguir una terapia sexual porque sus novias o mujeres habían seguido
una. Al principio contesté que no sin dudarlo. Pero cuanto más lo pensaba mas
me llamaba la atenció n. La idea de que una mujer enseñ ara a un grupo de
hombres a masturbarse era una locura, era el mundo al revés. Además, era todo
un reto, y un día respiré hondo, eché los hombros hacia atrás y me dije: «¿Por
qué no?»
El primer grupo que tuve resultó ser de hombres
heterosexuales, así que hubiera sido fácil centrarme en enseñ arles a conocer
la sexualidad femenina. Pe-ro estaba decidida a conseguir que profundizaran en
su propia sexualidad a tra-vés de la masturbació n. Eran hombres tranquilos, no
los típicos machitos, y la variedad de sus ocupaciones era interesante: tres
profesores de sexualidad, dos clérigos, un artista, un estudiante universitario
y tres hombres de negocios.
El primer día, después de una discusió n
intelectual de varias horas, les pedí que me contaran sus miedos sexuales, y en
primera persona, cosa que nunca hicieron. El problema más grave estaba en su
actuació n en la cama. Les preocu-paba la eyaculació n precoz o el hecho de no
poder tener una erecció n. Este tema llevaba a las mujeres a pensar que no eran
atractivas, o les impedía que lubrica-ran con normalidad, o no conseguían tener
orgasmos porque no estaban relaja-das. Mientras escuchaba a estos hombres me di
cuenta de que la calidad de sus propios orgasmos importaba poco. Querían dar
placer y orgasmos a sus mujeres. Su imagen de buen amante dependía de có mo
reaccionasen ellas. A las mujeres puede que les dé miedo el sexo, pero a los
hombres les da miedo fracasar en la cama.
La exposició n oral sobre el pene no tuvo mucho
éxito porque decían que un pene no tenía ningú n misterio; se veían los
genitales todos los días. No con-seguí que hubiera una discusió n sobre el
tamañ o, ni tampoco que hicieran algú n comentario sobre su relació n personal
con sus respectivos penes ¿Le parece al hombre atractiva su polla? ¿Le parece
bonita? ¿Le gusta masturbarse? No hubo casi respuestas. No les interesaba ver
los genitales de los demás porque los veían todo el rato en vestuarios y
cuartos de bañ o.
El día reservado para las exposiciones orales acabó
cuando enseñ e mi cone-jo partido a un grupo de hombres por primera vez. Me
asombré bastante la ver-gü enza que les daba mirar, pero eso hizo que yo fuera
aun más atrevida. Termi-né haciendo toda clase de movimientos con el clítoris,
y para terminar hice una demostració n de respiració n por el coñ o —hacía
entrar y salir aire de mi apertu-ra vaginal. Cuando lo hacía con las mujeres,
siempre recibía un aplauso, pero los hombres estaban ató nitos con la idea de
una vagina muscular.
Esa noche no pude dormir de lo preocupada que
estaba. No sabia qué hacer el día de la masturbació n dirigida. Después de
haberme pasado añ os hablando de lo parecidos que éramos los hombres y las
mujeres, estaba abrumada al descu-brir lo diferentes que éramos en realidad.
Intentaba imaginar lo que se siente te-niendo polla y huevos. Miraba hacia
abajo y fantaseaba con un clítoris de quince centímetros de largo. Cuando iba
al cuarto de bañ o, lo hacía sujetándome el clí-toris. ¿Orinar era un
recordatorio constante del sexo? ¿Qué se sentiría al desper-tar empalmado? Con
un ó rgano sexual así de grande, a lo mejor era placer sufi-ciente ponerse
cachondo y eyacular. Quizá por eso a los hombres no les preocu-paba tanto la
calidad de sus orgasmos. Me encantaría ver salir disparado el es-perma de mi
clítoris de quince centímetros, aunque no tuviera un orgasmo por todo el
cuerpo.
Por un momento tuve envidia del pene, cosa que creí
que no podría ocurrir nunca. Aunque seguía teniendo una actitud positiva hacia
el coñ o y me encanta-ba mi pequeñ o clítoris, andar por ahí con genitales
exteriores tenía que ser muy distinto. Yo había tardado treinta y cinco añ os
en tener una imagen positiva de mis genitales. Los hombres se sacaban el pito
varias veces al día só lo para hacer pis. ¿En qué momento se me había ocurrido
dirigir una terapia sexual?
El segundo día, uno de los hombres me trajo un pene
de goma, muy mono. Era como si supiera todo lo que se me había pasado por la
cabeza la noche ante-rior y quisiera ayudar un poco. Me puse colorada, le di
las gracias y dejé el pene al lado de mi vibrador eléctrico, que era mucho más
grande. Me caían bien estos hombres. Querían aprender de verdad y me parecía
que me estaban cogiendo ca-riñ o. Pero una vez más, la discusió n acabó siendo
demasiado intelectual — hablaban del miedo que tenían los hombres al miedo,
pero no contaban nada concreto ni personal. Yo estaba igual de fría que ellos.
Tenía que hacer algo.
Parecía un general dirigiendo a sus tropas a la
primera línea del placer, cuando anuncié que había llegado el momento del
ritual de la masturbació n. Me puse de pie, enchufé el vibrador y observé có mo
mis hombres se tumbaban en el suelo con cuidado de no tocar al que tenían a su
lado. Tantearon hasta tocarse el pene y luego se quedaron tiesos. Todos estaban
aguantando la respiració n.
Estaba de pie preparada para actuar, y vi que todos
tenían los ojos cerrados. Les recordé que me estaban pagando por hacer sesiones
de masturbació n, pero no me estaban mirando. Cuando por fin abrieron los ojos
y me miraron, fue tan intenso que me desconcerté por un momento. Empecé a
observarles fijamente uno por uno, hasta que me centré de nuevo. Les animé a
que respiraran, que mo-vieran la pelvis, que se pusieran aceite en el pene y
que vieran de vez en cuando al resto del grupo para que tuvieran la imagen y
para inspirarse.
La visió n que tenía yo de toda la escena hizo que
por un momento tuviera una sensació n extrañ a, mezcla de sexo y poder. ¡Ahí
estaba yo, una mujer más bien pequeñ a, por encima de diez hombres grandes y
desnudos que se masturba-ban a mis pies!
Uno de los terapeutas, al que conocía desde hacia
varios añ os, me miró fi-jamente con un brillo sexual en los ojos. Roger era
como un gigante, con el pelo gris y la barba blanca. Se parecía al Dios de La
Creació n de Miguel Angel, ex-cepto por sus enormes genitales de color marró n
oscuro. Se estaba tocando la polla, que era casi como mi vibrador de
veinticinco centímetros. Empecé a mo-verme a la vez que él mientras me tocaba
el clítoris.
Cuando Roger se corrió , fue alto y fuerte. Su
orgasmo tuvo el efecto domi-nó . Primero Dick, luego John y más tarde Rick. Me
temblaban las piernas y me tiré al suelo. Hank, que estaba a mi izquierda,
olvidó su propio placer para ver el mío. Bobby, el artista, estaba a mi
derecha, y cuando mi pie tocó el suyo, el ca-lor nos puso en marcha a los dos.
Gritamos los dos al mismo tiempo.
Los demás aplaudieron. Me incorporé, abracé a los
dos hombres que esta-ban a mi lado y dije que quería un abrazo de cada uno de
ellos. Todos se pusie-ron de pie y empezaron a darse abrazos. ¡Menudo
espectáculo! Una habitació n llena de hombres heterosexuales abrazándose unos a
otros como si fueran osos. Eran abrazos llenos de amor y de aprobació n.
Cuando nos sentamos en un círculo para hablar,
John, el clérigo, dijo que la experiencia le había parecido gratificante y que
mi apoyo sexual había sido muy contagioso. Rick estaba asombrado de lo
diferente que había sido de cuando lo hacía de joven con sus amigos. Nuestro
objetivo era la aceptació n en comú n del amor en solitario. Decía que nunca
había podido tocarse el cuerpo con cariñ o, porque tenía miedo de que terminara
por gustarle su propia virilidad. Roger dijo que los hombres suelen defenderse
de ese miedo con la violencia. Poder compartir orgasmos y abrazarse estando
desnudos suponía una ruptura total con los convencionalismos sociales. Hank,
que era el ú nico que no había tenido un orgasmo, dijo que verme a mí había
sido una inspiració n para empezar a quererse a sí mismo. «Todos seremos
mejores amantes cuando nos queramos mas a nosotros mismos», le conteste.
No volvió a haber abrazos espontáneos en los
siguientes grupos que dirigí, pero introduje un ritual de masaje en grupo, y
siempre terminaban tocándose en-tre ellos. Era todavía más emocionante ver a
los hombres darse masajes que ver a las mujeres. No sé por qué razó n parecía
más natural entre mujeres. Estar con un grupo de maridos y padres desnudos
dándose masajes casi me hace llorar de alegría.
Las Terapias masculinas me sirvieron para comparar
con los estereotipos que yo tenía del sexo opuesto. Por ejemplo, hice artes
marciales con uno de los grupos, y daba por hecho que sabrían dar puñ etazos,
pero me quedé ató nita cuando comprobé que la tercera parte del grupo no tenía
ni idea. Era una tontería pensar que porque fueran hombres tenían que saber. Me
encantaba hacer ejerci-cios físicos con ellos, porque siempre se sentían
obligados a aguantar hasta el fi-nal. Las mujeres enseguida lo dejaban si veían
que no podían seguir, pero los hombres iban más allá de donde se sentían có
modos. Hacían que yo también in-tentara ir más allá.
Me permití el lujo de actuar como un sargento de la
Marina. Los hombres acataban muy bien las ó rdenes. Les encantaba mantener una
disciplina aunque ésta no tuviera ningú n sentido. En un grupo de mujeres nunca
daba una orden directa, porque la reacció n de la mayoría era la resistencia
pasiva, Con los hom-bres no necesitaba tener tanta paciencia, ni sugerir la
siguiente actividad. Senci-llamente, les decía lo que querían que hicieran, y
lo hacían. Habían aprendido otras reglas a través de los deportes en equipo,
del servicio militar y de la estruc-tura corporativa.
Consideraba que me merecía un titulo honorario por
enseñ ar masturbació n, pero a menudo se me trataba como si fuera el ú ltimo
chiste verde. Reírse del sexo es una manera de ocultar la vergü enza que se
siente en realidad, así que siempre me reía también. Pero había veces en las
que se apreciaba mi trabajo. Cuando hice un grupo para profesores de
sexualidad, alabaron mucho todo lo que había conseguido. Un psicó logo que
estaba escribiendo un libro sobre la masturbació n masculina dijo que era «una
innovadora y que había conseguido una só lida reputació n en el tema de la
masturbació n». Me reí y le dije que era un honor al que intentaba renunciar
todos los añ os. Todos estos hombres bien con-siderados por la sociedad estaban
de acuerdo en que mis grupos eran un material de estudio de indudable
importancia. Se lo agradecí mucho a todos. Era lo mejor que me podían haber
dicho.
En este grupo se entabló una discusió n muy
interesante sobre la circunci-sió n Varios médicos aseguraban que era
importante para la higiene, pero uno de los investigadores insistía en que no
se debía practicar de forma rutinaria en los hospitales porque el pene perdía
mucha sensibilidad. La mitad del grupo estaba de acuerdo con él y la otra mitad
opinaba justo lo contrario: que la circuncisió n sensibilizaba el pene. Estaba
encantada de que hubiera surgido un tema que rara vez tenía oportunidad de discutir.
En mi opinió n, el dolor debe dejar marcado a un niñ o pequeñ o. Y añ adí que
si tenía un hijo, su pene quedaría intacto.
Varios hombres hablaron de enseñ arse a sí mismos a
controlar el deseo de eyacular mediante la masturbació n para poder prolongar
el tiempo de la penetra-ció n. Su sistema era la vieja técnica de presió n de
Masters y Johnson. Cuando sentían que se acercaba el momento, apretaban con dos
dedos justo debajo de la punta de sus pitos, ponían tensos los mú sculos del
ano y respiraban hondo. La erecció n desaparecía prácticamente, hasta que
volvían a tener estimulación.
Había un hombre de unos cincuenta añ os que había
llegado al extremo de no poder eyacular cuando quería. Había veces que aunque
estuviera dos horas follando, no conseguía tener un orgasmo. Decía que le daban
envidia los jó venes que podían tener orgasmos fuertes y rápidos, y a los jó
venes les daba envidia su control.
Dos de los hombres de más edad del grupo contaron
que ya no conseguían tener orgasmos al hacer el amor porque no obtenían la
estimulació n suficiente de una vagina. Uno de ellos estaba casado con una
mujer que había asistido a mis Terapias, y se habían puesto de acuerdo en hacer
lo siguiente: follaban para di-vertirse, y cuando querían tener un orgasmo se
masturbaban juntos. En cuanto se olvidaron de la idea de que hay una forma
correcta de tener relaciones sexuales, tuvieron orgasmos en abundancia.
La mayoría de los hombres de mis grupos paraban de
masturbarse cuando se corrían, y descansaban media hora para volver a empezar.
Pero hubo unos cuantos que aprendieron a ser multiorgásmicos. Sergio, uno de
ellos, contó có - mo lo había conseguido. Para empezar tenía que estar cachondo
mentalmente. Luego, respirando de la misma manera que en las artes marciales,
podía correrse otra vez, mantener la erecció n y seguir follando o
masturbándose y tener dos or-gasmos de cuerpo entero. Decía que la cantidad de
semen disminuía cada vez. Le pregunte si un orgasmo con más semen era mejor y
me contestó que todos eran fantásticos.
Los tíos no se sentían nada atraídos por el
vibrador, cosa que no lograba en-tender, y a veces me ponía un poco pesada. Una
vez, un hombre ya mayor se co-rrió en los primeros cinco minutos del ritual y
luego dejó de masturbarse. Me le-vanté y fui hacia él. Cogí un vibrador
eléctrico, lo puse en sus manos, lo encendí y le hice moverlo por encima de su
pene hasta que vi una tenue sonrisa. Luego, Al les dijo a los demás que estaba
asombrado de haber tenido un segundo orgas-mo, y con un vibrador.
En los ú ltimos grupos que tuve, les sorprendía
siempre el segundo día cuando abría la puerta totalmente desnuda y con un pito
de plástico colgando, que medía veinte centímetros. A todos les hacia mucha
gracia. Alardeaba de te-ner la polla más grande y alguno siempre contestaba que
«lo que importa es lo que se hace con ella». Varios añ os después de dejar de
dirigir los grupos para hombres, me encontré con uno de los que había asistido
a mis Terapias en una fiesta. Nos dimos un abrazo y luego me preguntó : «¿Todavía
tienes la pistola?» No entendía a qué se refería y él se dio la vuelta para
contarle a su acompañ ante que yo les abría la puerta sin nada más que una
pistola. Le dije que nunca había tenido una, pero en su memoria el pene de
plástico se había convertido en eso.
Uno de los ú ltimos grupos fue especialmente bueno
porque había igual nú mero de hombres heterosexuales, bisexuales y
homosexuales, lo que hacía que las conversaciones fueran mucho más
enriquecedoras. Era el añ o 1981, justo antes de que el SIDA causara estragos
entre la comunidad gay.
Casi todos los hombres heterosexuales decían que
creían en la monogamia, pero a lo largo de la conversació n que tuvimos a
continuació n descubrí que nin-guno la practicaba todo el tiempo. Les pregunté
si les parecería bien que sus no-vias o esposas tuvieran alguna aventura de vez
en cuando, y só lo hubo uno que contestó que sí. Consideraba que la monogamia y
la fidelidad eran para personas inseguras. No tenía nada que ver con el amor.
George, que era gay, opinaba que la monogamia no estaba pensada para los
hombres; era para proteger a las muje-res. Le dije que a mí me parecía que
protegía a los hombres. Una mujer monó - gama no só lo aseguraba la paternidad
de sus hijos, sino que de esta forma no te-nía la posibilidad de hacer
comparaciones sexuales, lo cual protegía a su marido de sentirse mal amante.
Michael dijo que para los gay era muy difícil controlar la competencia sexual.
Un hombre homosexual tenía que ser joven, guapo y ca-chas, además de ser buen
amante. Me reí y le recordé que las mujeres hetero-sexuales sabían mucho de
eso. Me dijo que quería ser lesbiana en su pró xima vida.
Philip era bisexual y decía que no se podía
imaginar tener que elegir entre ser gay o seguir el camino recto. Pero en una
sociedad con homofobia era muy difícil para un hombre ser homosexual
abiertamente. Nos dijo que siempre tenía reparos para contar sus experiencias
homosexuales delante de hombres que no lo eran porque ello deterioraba su
imagen masculina. A él no le parecía que el hecho de que una mujer fuera
bisexual la hiciera menos atractiva. Al contrario, llamaba más la atenció n. La
fantasía favorita de muchos hombres heterosexuales es ver có mo hacen el amor
dos mujeres. Philip no se podía imaginar a ninguna de las mujeres con las que
había estado viéndole a él enrollado con otro hombre.
Tampoco podía imaginarse a ninguno de sus amantes
gays viéndole en la cama con una mujer. Le dije a Philip que nos podíamos
observar mutuamente.
Cuando repartí los botes de aceite de almendra les
dije a todos que había vibradores enchufados por toda la habitació n. «Quiero
que los probéis por lo menos durante cinco minutos, para que sepáis de qué se
trata. Estamos en la era del sexo electró nico.»
El círculo de masturbació n era algo muy eró tico.
Los hombres se lo toma-ban en serio y lo hacían realmente bien. Se daban unos
masajes sensuales y deli-cados, algunos eran rápidos y más bruscos. Había
varios que se sujetaban los testículos con una mano mientras se masturbaban con
la otra. Luego cerré los ojos y me concentré en mis propias sensaciones en el
clítoris. A mi lado había un vibrador zumbando. Hubo un momento en el que oí có
mo varios hombres llegaban al orgasmo, y fue entonces cuando yo tuve el mío.
Abrí los ojos a tiem-po de ver a George en el momento culminante, gimiendo como
un animal. La mayoría se corría encima y luego limpiaban el charco de esperma
con las toallas de papel que yo les repartía. Las eyaculaciones no salían
disparadas por toda la habitació n como se imaginaban algunas de mis amigas.
Las mujeres estaban igual de interesadas que los hombres, y algunas sugirieron
que se hicieran Tera-pias para ambos sexos. Eso era una fantasía muy caliente
para todos.
La conversació n que tuvimos después de la
masturbació n fue lo mejor. Va-rios hombres heterosexuales dijeron que lo que,
más les había gustado del grupo era haber perdido el miedo a los gays. Allan,
que era gay, dijo que siempre esta-ba rodeado de otros homosexuales, y que le
encantaba estar entre padres y mari-dos por una vez. Gerald, que nunca dejó
claro qué era, dijo: «Es una pena que los gays y los heterosexuales nunca
lleguen a tener relaciones, porque al final todos tienen ideas equivocadas
respecto a los demás». Peter se quejaba de tener que vivir en el gueto gay, y
John le contestó que él se había pasado la vida vi-viendo en el gueto de los
hombres de clase media casados. Todos estaban de acuerdo en que hablar
abiertamente del sexo les había hecho sentirse como per-sonas de verdad y no só
lo como etiquetas sexuales.
Só lo dirigí una docena de grupos masculinos, pero
fue suficiente para com-probar que los hombres no siempre salían ganando en el
sexo. Los prejuicios y los clichés establecidos me habían hecho creer que la
sociedad daba más libertad sexual a los hombres. Creía que siempre que
quisieran podían tener un orgasmo, y me daba envidia que no se tuvieran que
preocupar de cosas como el período o los embarazos. Pero no es verdad. Muchos
de los hombres que fueron a mis Te-rapias eran tímidos e inseguros, sobre todo
cuando llegaba el momento de acos-tarse con una mujer. Es cierto que a algunos
jovencitos, y a otros no tan jovenci-tos, les importa un cuerno dejar a una
mujer embarazada, pero conozco a mu-chos que son muy responsables en este
aspecto. También descubrí que esos or-gasmos fáciles eran a menudo
eyaculaciones precoces, que no son tan satisfacto-rias. Las investigaciones
científicas nunca han admitido la existencia de hom-bres preorgásmicos. Pero
uno de los problemas mas comunes entre los hombres que iban a las Terapias era
que parecía que tenían un pene con vida propia. Un
ó rgano con
reacciones impredecibles, que se ponía duro sin motivo y luego se negaba a
tener una erecció n cuando la mujer de sus sueñ os estaba en sus brazos.
Una conclusió n que he sacado de mi experiencia
trabajando con hombres y mujeres es que todavía tenemos mucho que aprender unos
de los otros, Sería maravilloso poder cambiarnos de sexo para ver qué se
siente. En cualquier caso, debemos tener simpatía y compasió n hacia el sexo
contrario, y así podremos ol-vidar los viejos resentimientos que siempre han
existido. Por eso perdono a to-dos los hombres que he conocido que no
resultaron ser como yo esperaba, y también me perdono a mí misma por pretender
algo imposible. No hay nadie ni nada perfecto. Es una lecció n que hay que
aprender para vivir la vida más plenamente.
CAPÍTULO
DIEZ
———————————————————
La
masturbación
como
meditación
Escribir, ilustrar y publicar mi primer libro, que
se llamaba La masturbació n como liberació n, supuso un verdadero reto para mí.
Un minuto antes de que lle-gara en original a la imprenta tuve una inspiració n
y decidí añ adirle un subtitulo: Reflexiones sobre el amor en solitario. Me
gustaba la idea de la masturbació n como una forma de reflexionar, de meditar,
y me encantaba lo bien que sonaba el título. Pero me encontré con que no sabia
explicar por qué la masturbació n podía ser una forma de meditació n. Sabía que
era verdad, pero no podía demos-trarlo.
Al añ o siguiente, empecé a hacer meditació n
trascendental. Recitaba mi mantra dos veces al día durante veinte minutos, y me
sentía mucho mejor des-pués de hacerlo. Luego, durante un tiempo, estuve tan
ocupada que se convirtió en algo esporádico. Una noche, mientras me masturbaba,
se me ocurrió la idea fantástica de repetir mi mantra al mismo tiempo. Le daba
una dimensió n espiri-tual al amor en solitario. En vez de hacerlo dos veces al
día durante veinte minu-tos cada vez, empecé a meditar todas las noches durante
cuarenta minutos con el vibrador. Repetía mi mantra y terminaba con un orgasmo.
Es lo que se llama masturbació n trascendental.
Estaba claro que la masturbació n era un ritual con
el que lograba la armo-nía entre el cuerpo y la mente, igual que con la
meditació n. Después de tener un orgasmo, o después de meditar, siempre tenía
una sensació n de paz. El cuerpo tranquilo y la mente relajada. Cuando me di
cuenta de que la masturbació n era una forma de meditar, pensé: «¡Aleluya!
Ahora todo el mundo querrá probarlo».
Se lo dije a todos mis amigos que practicaban la
meditació n y se quedaron perplejos; les parecía que era casi una blasfemia. Mi
obsesió n con el sexo me había llevado a la irreverencia. Mis amigos eró ticos
se rieron, les parecía muy gracioso combinar las dos actividades. Hubo algunos
que me dieron unas pal-maditas en la cabeza, convencidos de que só lo quería
darle más importancia a la masturbació n de la que tiene. Creían que era otra
de mis alucinaciones sexuales.
A nadie le interesaba el tema. La comunidad
espiritual quería sublimar su ener-gía sexual, y la comunidad sexual só lo
quería disfrutar sin preocuparse por ritos esotéricos. Al final, dejé de usar
mi mantra al masturbarme y, sin protestar, volví a mis viejas fantasías sobre
burdeles.
Pero por fin logré reunir datos científicos para
demostrar mis teorías eró ti-cas. Mi amigo Raymond, que había estudiado
Medicina, estaba dirigiendo una investigació n en la Facultad de Medicina de la
Universidad Rutgers sobre la im-portancia de la mente en el orgasmo. Quería
descubrir los efectos del sexo sobre los dos hemisferios del cerebro. Yo no
sabia nada acerca del tema. Iba a utilizar un electroencefalograma (EEG) para
estudiar la actividad del cerebro, y a la vez observaría los cambios cardiacos,
circulatorios y musculares que experimentaba el cuerpo. Raymond pensó que yo
sería un buen objeto de estudio, y le dije que sería un placer correrme para la
ciencia y para el Banco Nacional de Datos. Me hacia mucha ilusió n poder
obtener toda esa informació n fisioló gica sobre mi cuerpo y mi cerebro.
Cuando llegó el día señ alado, llegué a la
Universidad con un zumo de za-nahoria en el cuerpo. Los voluntarios no podían
tornar ningú n tipo de droga. Me habían pedido que me llevara el vibrador y un
disco que me gustara. Mis aman-tes serían los Allman Brothers con su disco Có
mete un melocotó n. La habitació n tenía una luz muy suave y había incienso
para que no oliera tanto a hospital. En-seguida me sentí como sí estuviera en
mi propia casa.
Dos enfermeras guapísimas me pegaron unos cables
con celo en la cabeza, en el pecho, en la vagina e incluso en los dedos de los
pies. No tenían ninguna prisa, y no se fueron hasta estar seguras de que estaba
có moda. Quedé totalmen-te aislada. Só lo había un interfono para comunicarme
con el exterior. Mis reac-ciones sexuales y mi orgasmo serian, medidos por unos
aparatos y estudiados por unos científicos, a los que no vería nunca. Toda la
escena ya me estaba po-niendo marchosa.
Mi fantasía sexual era imaginarme a mis tres
amantes anó nimos, vestidos con batas blancas, observando los resultados del
estudio del sujeto nú mero 5.503. Tuve un orgasmo mediano casi al final del
disco, cuando hay un solo de batería. Empecé a respirar como en los ejercicios
de yoga, puse el vibrador a más velocidad, y me instalé para tener uno grande
con la mú sica del batería de fondo.
Justo un minuto antes del éxtasis se cortó la mú
sica. No entendía nada. Se oyó una voz fría e impersonal por el interfono:
«Gracias. Eso es todo. Ya puede irse».
¡Increíble! Los tres científicos me habían dejado a
medias justo cuando me iba a correr. ¡Mierda! Todos los hombres son iguales.
Estaba indignada. Se habían perdido mi superorgasmo por tres segundos. Todavía
no me había recu-perado cuando entraron las enfermeras.
«Estaba a punto de tener un orgasmo increíble», les
expliqué: «Díganles que quiero seguir».
«Lo siento —dijo una de ellas—, se necesita la
habitació n para el siguiente sujeto de estudio.»
Estaba aturdida, y me parecía que era una pérdida
terrible para la ciencia. Pero tuvieron el detalle de dejarme usar otra
habitació n para terminar de tener el orgasmo. Seguí con mi fantasía,
imaginándome que todos los aparatos que tení-an empezaban a echar chispas
cuando me corría.
Más adelante supe el motivo de que mis amantes
técnicos hicieran un cor-tocircuito en mi orgasmo. ¡Se temían que pudiera
terminar siendo un ataque al corazó n! Segú n sus gráficos y sus cuadros, el
éxtasis era perjudicial para mi sa-lud. ¡Qué sabrán los científicos! Había
tenido orgasmos como ese toda la vida. A mi corazó n le encantaba, y siempre me
encontraba fenomenal después de te-ner uno —relajada y en paz con el mundo.
Los resultados del EEG eran fascinantes, pero ¿qué
demonios quería decir todo aquello? Raymond me explicó la teoría de que el
cerebro manda unas des-cargas eléctricas de diversa frecuencia que se han
clasificado como beta, alfa, zeta y delta. Cuando estamos despiertos, estamos
en la frecuencia beta, el domi-nio de la consciencia y el raciocinio. Es cuando
las descargas van más rápido. Estas empiezan a ir cada vez más lento, a medida
que el cerebro entra en las fre-cuencias mencionadas y por ese orden. Alfa es
el dominio de la creatividad. Du-rante el día, las personas entran a menudo en
este estadio sin darse cuenta. Es el ámbito de la intuició n, la inspiració n,
y es cuando se sueñ a despierto. También existe lo que se llama el sueñ o alfa,
cuando se tienen sueñ os que luego se re-cuerdan. Zeta es el sueñ o profundo,
cuando se sueñ a poco o nada —es un nivel de trance o estado hipnó tico. Había
oído hablar de maestros de yoga que entran en el estadio zeta conscientemente a
través de la meditació n. Delta es en nivel más profundo, en el que la
actividad muscular voluntaria se suspende y sobre-viene el estado de coma.
El experimento de Rutgers estaba en lo cierto, En
cuanto enchufé el vibra-dor, mi cerebro entró en el nivel alfa, y se mantuvo
ahí durante toda la mastur-bació n menos el momento antes del orgasmo mediano y
antes del del superor-gasmo, que se perdieron, Al llegar a ese punto de la
masturbació n, entraba en el nivel zeta. Estaba usando una dimensió n más
profunda de mi mente para disfru-tar del placer. Mi cerebro tenía un sueñ o
rápido, pero profundo y relajante, mientras mi cuerpo se movía haciendo que la
sangre circulara más rápido y que todos los mú sculos entraran en acció n. Todo
ello en un estado de consciencia.
Los datos del EEG confirmaban que la masturbació n
era, efectivamente, una forma deliciosa de meditar. Si se hacia
conscientemente, proporcionaba una perfecta armonía entre el cuerpo y la mente,
igual que la meditació n. La medita-ció n eró tica era una cosa práctica,
natural, y ahora demostrada científicamente. Era una forma de combatir el
estrés y la ansiedad, además de ser una experiencia trascendental en armonía
con la naturaleza. Pero lo mejor de todo es que era di-vertido.
Siempre había creído que para meditar era necesario
estar sentado con las piernas cruzadas y en un ambiente tranquilo. Pero, en
realidad, cuando pintaba entraba en el estado alfa. El sexo y el deporte son
dos formas activas de meditar. Recuerdo que una vez, mientras nadaba, entré en
un estado de meditació n. Los corredores de los cien metros lisos meditaban, y
los levantadores de pesas tam-bién. Yo era una masturbadora de los cien metros
lisos, levantando el peso del placer.
Con todo lo que había aprendido, el sexo tantra se
convirtió en algo real, no era só lo una palabra bonita. Tantra es una ciencia
antigua que utiliza la energía sexual conscientemente. Los que la practican
consiguen placer, poder y control sobre su evolució n espiritual a través de la
actividad sexual. No es yoga, ni reli-gió n, aunque ha influido sobre las dos.
En los rituales sexuales que se prescri-ben, se incluye una actividad sexual
prolongada con repetidos orgasmos.
Los libros de tantra que había leído se basaban en
la heterosexualidad, así que pensé que los rituales se efectuaban con una
pareja del sexo opuesto. Luego supe que en uno de los textos más antiguos, las
maestras eran las mujeres. La forma más elevada del tantra era el sexo en
grupo. A mi modo de ver, los ritos sexuales cubrían un espacio muy amplio. La
base de la evolució n espiritual está en uno mismo, y el rito básico es la
masturbació n. Luego viene el sexo en pareja, con la mujer enseñ ando al hombre
a controlar su energía para prolongar el tiempo que dura la actividad sexual,
con repetidos orgasmos. El siguiente paso sería el sexo entre tres, lo que
rompe con la idea de una sola persona atesorando sexo para ella sola. Esto es
decisivo para vivir en armonía con los demás. Uno de los pilares de la evolució
n espiritual a través del sexo es aprender a compar-tirlo sin ataduras
emocionales ni afanes posesivos. A través de la energía colec-tiva de los
individuos que forman los grupos del ritual, se consigue la paz y la armonía.
En mis Terapias, cada mujer tenía un orgasmo cuando combinábamos nuestra
energía sexual en un ritual de masturbació n dirigida —era mi idea del sexo
tantra en grupo.
Me di cuenta de que la masturbació n es una
meditació n sobre el amor en solitario só lo si uno se quiere a sí mismo y
realiza el ritual de una forma cons-ciente, haciendo de él una celebració n
sexual. Cuando me masturbaba de peque-
ñ a y durante
mí matrimonio, só lo me preocupaba que no me pillaran. Había aprendido a ser
rápida y silenciosa. La sensació n de culpa, miedo o enfado no hacia más que
aumentar la represió n sexual.
El proceso que había empezado al añ adir el
subtitulo biensonante a mi li-bro, se había completado. Habla estado
practicando el sexo como meditació n durante bastante tiempo. Utilizaba la
energía del sexo para unir mi cuerpo, men-te y espíritu en el momento del
orgasmo —un momento de placer có smico.
CAPÍTULO
ONCE
———————————————————
Un estudio
de las
adicciones
El sexo y las drogas siempre se han asociado,
porque no es fácil divertirse des-pués de haber estado dos mil añ os sometidos
a las ideas religiosas que no permi-ten el placer corporal. Por desgracia,
algunos de nosotros terminamos engancha-dos, y las drogas sustituyen al sexo.
He aprendido que lo más importante a la hora de enfrentarse con una adicció n
es no convertirla en una cuestió n moral. No se es una mala persona por el
hecho de ser adicta a las drogas, al amor o a la comida. Se trata simplemente
de un mal social, y hay millones de personas que sufren la plaga emocional de
la represió n. Las personas intentan huir del dolor y buscan el placer, quieren
escapar de la prisió n que supone su personalidad y en-contrar su esencia.
Cuando lo quería pasar bien, me tomaba unas copas y
me parecía la cosa más normal. Así empezó todo, de la forma mas inocente. Me
gustaba beber algo para desinhibirme antes de hacer el amor. Como no bebía
todos los días, me en-gañ aba creyendo que tenía control sobre mí misma. Tardé
más de diez añ os en darme cuenta de que me había convertido en una alcohó
lica. Uno abusa del al-cohol, y el alcohol termina abusando de uno.
Después de cientos de resacas espantosas y épocas
de depresió n y de sen-timientos de culpa, por fin comprendí que si quería
mejorar mi calidad de vida tenía que dejar de beber. Me di cuenta a tiempo,
porque muy a menudo uno no escarmienta hasta que lo ha perdido todo. Tenia
treinta y dos añ os cuando empe-cé mi auto-curació n, y fue como volver a
nacer,
Al dejar el alcohol, tuve la oportunidad de
aprender todo de nuevo. Nunca lo hubiera podido hacer sola. Me uní a un grupo
de alcohó licos que compartie-ron sus experiencias, su fuerza y su esperanza
conmigo. Me enseñ aron que la mejor manera de ayudarme a mí misma era ayudando
a los demás. En muy poco tiempo, empecé a formar parte del universo en vez de
ser el centro del mismo. Dejé de ser una egomaníaca con complejo de
inferioridad. Fui recuperando el respeto por mí misma, y así podía ayudar a los
demás.
Tardé varios añ os más en darme cuenta de que tenía
otra adicció n impor-tante —al amor. Lo usaba de la misma manera que el
alcohol, para evitar enfren-tarme conmigo misma. Cada vez que salía con
alguien, consideraba que esa per-sona tenía que garantizarme seguridad y sexo.
La siguiente fase de la dependen-cia era actuar como si fuera independiente.
Era siempre la mas fuerte de los dos, y mi pareja me necesitaba. Pero era la
otra cara de la moneda, yo necesitaba que me necesitaran.
Por fin decidí tomar un poco de tiempo en aprender
a disfrutar de mi propia compañía. Me di permiso para ser feliz y mis orgasmos
independientes me libe-raron de la constante dependencia sexual. Puse toda mi
atenció n en la relació n que estaba manteniendo conmigo misma y esto me curó .
Descubrí que la seguri-dad proviene de uno mismo. Podía elegir si quería estar
con un amante o con un amigo, estar acompañ ado no era una consecuencia de la
soledad ni una necesi-dad.
Después de nueve añ os de sobriedad, descubrí la
marihuana. Creía que esta hierba mágica iba a salvar al mundo. No se tenía
resaca y además era un afrodi-síaco garantizado. Hacia que todo mi cuerpo fuera
una zona eró gena. Era como si el tiempo no pasara. Olvidaba todas las viejas
prohibiciones y la mente se me llenaba de imágenes eró ticas que parecían
surgir de algú n lugar donde creativi-dad, sexualidad y espiritualidad eran la
misma cosa. No podía dibujarlo ni des-cribirlo con palabras. Simplemente ocurría.
Aunque mis amigos me aseguraban que la hierba no
crea adicció n, mi ritual eró tico se convirtió en un hábito diario. Só lo
fumaba uno o dos porros al día, y no me parecía que hubiera ningú n problema.
Pero la marihuana también tiene su lado malo, aunque no sea una droga tan
peligrosa como el alcohol. Descubrí que iba perdiendo energía. Poco a poco mis
ambiciones se fueron convirtiendo en sueñ os. De repente tenía un hambre
incontrolable. Cada vez dormía peor y ya casi no soñ aba. Me fallaba la memoria
a corto plazo. Parecía que la marihuana despertaba mi intuició n, pero cada vez
era menos creativa porque no era capaz de fijar la atenció n en nada. Uno abusa
de la marihuana, y la marihuana termina abusando de uno.
Hacia el final de los añ os setenta, apareció la
cocaína. Durante un añ o só lo esnifaba de vez en cuando, porque estaba de
moda. Pero cada vez me era más fácil conseguirla, y no tardé mucho en hacerme
adicta. Me recordaba a mi obse-sió n con el alcohol, só lo que ahora no creía
que tenía controlada la situació n. Me metía toda la coca hasta que no quedaba
nada, y me consolaba pensando que Freud probablemente hacía lo mismo. Escribí
un libro en diez meses. Lo tiré, porque me había vuelto tan arrogante que no
tenía juicio crítico. La cocaína me había destrozado en un solo añ o. Estaba
tan paranoica que volví a unirme al grupo de gente que me había ayudado con el
alcohol. Quería volver a sentirme como entonces. Llegué a la conclusió n de que
para pasarlo bien con las drogas hay que pagar un precio demasiado alto. Dejé
de tener colocones y empecé a te-ner libertad.
Siempre he estado obsesionada por conseguir el
placer, pero esto era mu-cho más serio y más perjudicial para mi salud. Las
drogas me alejaban de mi propia vida y no permitían que evolucionara. Una
adicció n podía acabar conmi-go del todo, dejarme estancada en el mismo sitio,
o si me enfrentaba a ella, ser-vir para conocerme mejor. Con cada droga aprendí
una lecció n. El alcohol me enseñó lo que es la desesperació n, con la
marihuana alcancé el éxtasis, y con la cocaína aprendí lo que ocurre cuando se
hace mal uso del poder y del dinero. Pa-ra poder mantenerme alejada de las
drogas necesitaba un apoyo y tener una acti-tud tolerante hacia los principios
espirituales. No necesitaba creer en un dios formal, pero sí en algo superior a
mi misma. Al principio esa fuerza superior fue el grupo con el que compartí
todas mis adicciones, y al final era yo misma la diosa en la que tenía que
creer.
Después de dejarlo y volver a empezar muchas veces,
acabé definitivamen-te con los cigarrillos, mis eternos compañ eros durante
cuarenta añ os. Fue muy importante para mí, porque era la ú ltima adicció n.
Siempre me había parecido que los que no fumaban ni bebían eran unos fanáticos
religiosos o algo parecido, y cada vez que me encendía un pitillo me sentía
maravillosamente humana. Na-die podía decir que estaba obsesionada con la
salud. Fue mucho más duro el proceso de dejar de fumar que todos los demás. Cuando
superé el mono de nico-tina, me tuve que enfrentar con la sensació n de
inseguridad que tenía al no po-derme refugiar detrás de una cortina de humo. Si
se está pensando en implantar la pena de muerte para los traficantes de droga,
pueden empezar con los ejecuti-vos de las compañías tabacaleras.
No me tenía que haber preocupado por estar
totalmente limpia. Dejé la nicotina, pero era adicta al café, al azú car y a la
sal. El azú car y la sal son otras dos drogas duras. En cuanto me paso un poco
con lo dulce, me da un subidó n. Pero dura muy poco y enseguida viene el bajó
n. Todavía hay veces que no puedo resistir la tentació n y me meto un chute de
patatas fritas. Como la sal retiene el líquido, al día siguiente me levanto con
los ojos hinchados y me duelen las articulaciones. Luego pienso que ser adicto
a la sal y al azú car no está condenado moralmente, y además, no se puede ser
perfecto.
Muchas de las drogas más peligrosas son legales y
las recetan los médicos para dormir, para relajarse, para perder peso o para
aliviar el dolor. Nunca he si-do adicta a ninguna pastilla, pero en mí opinió n
los barbitú ricos y los tranquili-zantes son como el alcohol en forma de
pastilla, y las anfetaminas son cocaína pura. Las pastillas para adelgazar son
la maldició n de las mujeres. Dentro de esos cuerpos delgados y femeninos hay
un sistema nervioso destrozado, que produce una confusió n mental y emocional.
Todos los días hay millones de per-sonas que se hacen adictas a las pastillas
que les ha recetado el médico. Uno abusa de las pastillas, y las pastillas
terminan abusando de uno.
He pasado los primeros treinta y cinco añ os de mi
vida corriendo de un médico a otro, buscando soluciones que ellos no tenían. Al
final he decidido ser mi propio médico. Además de cambiar mi alimentació n por
completo, he probado toda clase de remedios naturales, hierbas, lavativas, etc.
Hay muchas formas de alimentarse y cuidarse la salud, y siempre digo lo mismo
que en el sexo: no existe una forma correcta de hacerlo.
Mi cambio de dieta consiste en deleitarme cada vez
mas con productos naturales en vez de alimentos creados por el hombre. Soy
vegetariana. Desde que dejé de comer carne y productos lácteos, me ha mejorado
la artritis y ya no tengo catarros. Las hormonas y los antibió ticos que se
administran a los pollos, y los productos que se utilizan para conservar la
carne de los animales son muy dañ inos. Casi todas las enfermedades
degenerativas no son el resultado de un proceso natural del cuerpo humano, sino
de llevar una vida sedentaria y de co-mer productos no naturales. Los aditivos
y conservativos crean adicció n y la mayoría son cancerígenos. Durante el
invierno sigo un régimen macrobió tico a base de pescado, legumbres, verdura
hervida y ensaladas. También como mucha fruta y verdura tal y como se coge del
huerto. Para dar sabor a las ensaladas uti-lizo hierbas, zumo de limó n,
pimienta y ajo molido. El ajo es un antibió tico na-tural. Purifica la sangre y
ayuda a hacer la digestió n.
De vez en cuando me someto a unas curas drásticas
que consisten en to-mar só lo líquidos. Es una forma de darle un respiro al
cuerpo. Suelo hacerlo du-rante tres días. Para un periodo más prolongado
necesitaría saber más sobre có - mo romper el ayuno luego. Comer demasiado es
probablemente el enemigo nú - mero uno de la salud pú blica, y en segundo lugar
está el estreñ imiento. La solu-ció n para los dos problemas es el ayuno, las
lavativas y la irrigació n del colon.
Para el estrés, lo mejor es un buen par de manos.
Voy con regularidad a que me den un masaje. He probado los masajes suecos, los
Shiatsu, unos espe-ciales para revitalizar los tejidos, y muchos otros, La
combinació n de sauna y masajes es mucho mejor que cualquier tranquilizante. Me
encantan todos los ti-pos de bañ os, de calor hú medo o seco, bañ os fríos o
calientes, bañ os de sol, de barro y bañ os termales. Son técnicas de curació n
de la Antigü edad. La forma mas importante que tiene el cuerpo de eliminar
toxinas es a través de la piel. Ca-da vez hay más organizaciones y clubs de la
salud, porque la gente quiere estar sana —el auténtico afrodisíaco es la salud.
Una tarde, cuando estaba en la sauna, una mujer me
contó que se sentía muy sola porque su novio se había ido a un viaje de
negocios. Por las noches llegaba a su piso e intentaba consolarse viendo la
televisió n. Estaba empezando a engordar y cada día estaba más deprimida. Le
dije que yo, aunque vivía sola y estaba muy ocupada, procuraba siempre tener
tiempo para estar conmigo misma. Tener una tarde para mí sola era fantástico.
Le hablé de mis rituales de amor en solitario. Le gustó tanto la idea que estaba
deseando llegar a su casa y empezar a tener un romance consigo misma. El amor
en solitario es fundamental para la sa-lud, y la masturbació n también. El
orgasmo y los rituales de placer sirven para curar muchos males.
Las adicciones afectan al cuerpo a la mente y al
espíritu. Me encuentro cada vez mejor a medida que avanzo en mi proceso de
desintoxicació n. Tengo que agradecérselo al amor en solitario, que me
proporciona más placer en el sexo que antes. Tengo mejor salud gracias a que
hago ejercicio y tengo una ali-mentació n sana. Sigo practicando la meditació n
para entender mejor las fuerzas superiores del universo. Esto es lo que me
permite decir si o no a las adicciones.
CAPÍTULO
DOCE
———————————————————
Có mo hacer
el amor
en solitario
Todos pasamos por épocas en que nos odiamos, no nos
gusta nuestro cuerpo y no tenemos las ideas muy claras respecto al sexo y al
placer. Por eso recomiendo a las personas que mantengan una relació n
apasionada consigo mismas. Lo pri-mero que hay que hacer para curar cualquier
problema sexual es aprender a ex-citarse, descubrir fantasías sexuales y tener
mucho amor en solitario y muchos orgasmos.
Sigamos los pasos de un ritual de amor en
solitario, que incluye: un bañ o muy sensual, la aceptació n del cuerpo, un
masaje, una exploració n genital y un baile delante del espejo para practicar
los movimientos del sexo. Termina con un orgasmo en un escenario eró tico que
usted elija. Se pueden hacer variaciones al gusto de cada uno. Que usted lo
pase bien.
Primer paso: Quererse a uno mismo
Empiece desde ahora. Mírese al espejo y diga en voz
alta: «Te quiero». Sonría. Diga «Te quiero» y luego diga su nombre. Le parecerá
raro e incluso se sentirá ridículo y avergonzado, ¡pero hágalo! Si se
desmoraliza, párese a pensar en las cosas buenas de la vida. Conviene darse un
abrazo de vez en cuando. Di-ga: «Te quiero tal y como eres». Haciendo este
ejercicio tan sencillo durante dos semanas, empezarán a ocurrir pequeñ os
milagros. Le acabará gustando.
Segundo paso: El baño sensual
Para empezar una sesió n de amor en solitario lo
mejor es darse un bañ o ca-liente. Hay veces que el ú nico sitio donde se puede
tener un poco de intimidad es en el cuarto de bañ o. Se puede convertir en un
escondite romántico só lo con poner unas velas.
Hay que tener a mano un buen jabó n, un gel de bañ
o y aceite de coco, para que el bañ o de espuma sea perfecto. También es buena
idea cantar, o poner la radio. Métase en el agua caliente y respire
profundamente. Relájese.
Acaricie su cuerpo con suavidad. Piense en alguna
experiencia sexual que le haya gustado, o en una escena de una película. Cuente
alguna historia de sexo, y no se olvide de decir todas las cosas que le gustan.
Deje volar su imaginació n —nadie le oye. La fantasía no tiene límites.
Mientras piensa todo esto, ponga la mano sobre sus genitales; muévala hacia
arriba y abajo; sentirá la sensualidad del agua y el aceite de coco en su
clítoris o su pene. Respire. Vaya más rápido o más lento. Juegue un poco.
Tercer paso: La aceptación del cuerpo
Después del bañ o hay que volverse a colocar
delante de un espejo a la luz de una vela (mejor que no haya luz eléctrica muy
fuerte). Observe su imagen con compasió n. Olvide los defectos —ya se los sabe
de memoria. Busque las partes buenas. Si estuviera viendo a su amante, le diría
cosas bonitas sobre su cuerpo. Sea igual de generoso consigo mismo. No se
compare con nadie. Cada persona es ú nica. Si es grande, aprenda a querer su
grandeza. Si es pequeñ o, también. Sea una ninfa o un fauno. El cuerpo es una obra
de arte.
Cuarto paso: El masaje
Una buena forma de continuar la sesió n es dándose
un masaje delante del espejo. Es toda una aventura descubrir nuestro cuerpo.
Con un poco de aceite es más agradable. Vaya tocándose con firmeza y luego con
suavidad, mientras des-cubre las zonas que más necesitan sus cuidados. Abra la
boca todo lo que pueda, saque la lengua, y abra mucho los ojos. Luego contraiga
los mú sculos de la cara. Es una manera de combatir la tensió n de la cara y la
mandíbula.
Mueva la cabeza y respire fuerte. Presione sobre
los mú sculos del cuello. Ponga los dedos sobre la nuca y luego dése un masaje
por toda la cabeza. Otra forma de relajarse es tirando suavemente del pelo.
Mueva los hombros hacia de-lante y hacia atrás en sentido circular, y luego
haga presió n con los dedos en to-dos los mú sculos que pueda.
Mientras se da un masaje en el pecho, pellízquese
los pezones con cuidado. Cuando se pongan firmes, tó quelos con suavidad, son
focos de placer. Debe querer a sus pezones. Hágase cosquillas palpándose muy
levemente la caja torá-cica por los lados. Relaje los mú sculos del estó mago y
dése un masaje en senti-do circular. Quiera a su tripa. Puede darle unas
palmaditas y luego sujetarla con las dos manos. Ahora contraiga los mú sculos,
y meta tripa. Repita el ejercicio varias veces.
Deje los genitales para el final. Vaya bajando por
los muslos agarrando la carne como si fuera masa de pan. Pó ngase un poco de
aceite entre los dedos de los pies. Presione con los nudillos en la planta del
pie. No hay nada como un buen par de manos pata curar cualquier mal.
Quinto paso: La exploración genital
1. Para
las mujeres
Para este paso es necesario un espejo pequeñ o que
se pueda mantener de pie solo, porque hay que tener las manos libres. Cualquier
espejo que se pueda apoyar contra la pared servirá. Después hay que ponerse có
modo en un sitio donde haya buena luz, quizá bajo una lámpara o cerca de una
ventana. También puede usarse un espejo que tenga aumento.
Debe poner el mismo interés que cuando se mira la
cara detalladamente. Aparte los labios mayores y el vello pú bico. Mire con
atenció n. Coló quese los labios menores de forma decorativa alrededor de su
apertura vaginal. Los genita-les femeninos son variadísimos, de modo que puede
que sus labios sean insigni-ficantes, pequeñ os, grandes o medianos, lisos o
rugosos, simétricos o uno com-pletamente diferente del otro. Todas estas
variedades son normales y todas son preciosas. ¿Có mo es la suya? ¿Sus labios
interiores están unidos a la base del clítoris o hacen un arco por encima de
él?
Observe detenidamente la piel que cubre el
clítoris. É chela hacia atrás pa-ra que se pueda ver la punta del clítoris. ¿Es
de un color diferente? ¿Parece una perla pequeñ a como una semilla o más bien
una joyita de color rosa? El tamañ o y la forma no tienen nada que ver con el
funcionamiento sexual del clítoris. ¡Tiene que querer a su clítoris! Tó queselo
con el dedo mojado en aceite de coco y descubra las diferentes sensaciones al
acariciarse la punta. Si no se lo puede ver, ponga los dedos a los lados y muévalos
de arriba abajo. A lo mejor con este movimiento sobresale un poco mas. Mire con
atenció n para ver si cambia de co-lor y de tamañ o.
Lo siguiente que hay que hacer es meterse el dedo
en la vagina lentamen-te. Tó quese las paredes vaginales. Intente tocar la
punta del ú tero. Siga con el dedo dentro y respire con fuerza. Relaje los mú
sculos de la mano, del brazo, de la vagina y del ano. Respire otra vez. Ahora
relájese mientras está dentro de sí misma. Disfrute de su vagina. No se empeñ e
en buscar el punto G, dedíquese a explorar y a sentir las diferentes
sensaciones. Si mueve los dedos verá que au-mentarán sus jugos vaginales y podrá
oír los ruidos que hacen estos.
Ahora saque el dedo lentamente y mire su flujo con
una mentalidad abier-ta. ¿Es transparente o es opaco? No importa có mo sea.
¿Tiene un sabor salado, neutro o metálico? ¿Tiene un ligero aroma a almizcle o
a levadura? Debe cono-cer el aspecto, el sabor y el olor de su vagina y como
cambia ésta de un día para otro.
A veces puede oler parecido al aliento por las mañ
anas —un poco rancio y amargo. Es el proceso natural de las células cuando
mueren. Nuestros cuerpos no huelen a rosas por naturaleza. Hay diferentes
fragancias de lubricante y es-perma. Hay quien prefiere un olor fuerte y
natural, a otros les gusta mas un cuerpo perfumado. Cada uno es responsable de
sus rituales de limpieza y de sus preferencias. No olvide que las legañ as, la
cera de los oídos, los mocos, las pelo-tillas del ombligo, el flujo y el esperma
son elementos naturales del cuerpo.
2. Para
los hombres
Aunque para usted es fácil verse los genitales
cuando se los sujeta con la mano y mira hacia abajo, es muy informativo que
tenga una perspectiva frontal. Lo puede conseguir con un espejo que aumente la
imagen. Así podrá ver lo que mi padre llamaba las joyas de la familia, desde
otro ángulo.
Hay una gran variedad de genitales masculinos. Su
pene puede ser peque-
ñ o, grande o
mediano. Uno que parezca insignificante y fláccido puede triplicar su tamañ o
cuando está en erecció n (un paquete sorpresa). Los más oscuros no suelen
crecer mucho más, só lo se ponen duros. Casi todos los penes en erecció n miden
entre diez y veinte centímetros, pero, por supuesto, hay excepciones. La
preocupació n más frecuente entre los hombres es pensar que su pene no es lo
su-ficientemente grande, y esto puede tener consecuencias negativas. Si usted
tiene alguna duda a causa del tamañ o de sus genitales, olvídese ahora mismo.
Recuer-de que muchos presidentes, reyes y multimillonarios son muy bajitos. El
viejo dicho es cierto: «Lo que importa no es lo que se tiene, sino lo que se
hace con ello».
La mayoría de las americanas están obsesionadas con
el tamañ o. Antes, yo también lo estaba. La primera vez que me compré un pene
de plástico en un sex-shop, media casi treinta centímetros, pero nunca use mas
de la mitad. Las boutiques del sexo para mujeres ya no venden esos tamañ os,
porque a las muje-res cada vez les gustan más pequeñ os. El que mas se vende
tiene entre diez y quince centímetros, que es el tamañ o medio de una polla.
Aunque si creo que el tamañ o puede influir, y me parece que existe lo que se
podría llamar adaptació n perfecta entre un coñ o y una polla, esto no es lo
más importante. Además no hay que olvidar que para chupar, que es una forma
fantástica de estimulació n para ambos sexos, cuanto mas pequeñ o mejor.
Ahora observe el glande de su pene. Si se ha hecho
la circuncisió n, estará totalmente expuesto; si no tendrá que echar hacia
atrás la piel que lo cubre. ¿Qué forma tiene la punta? El tamañ o y la forma no
tienen nada que ver con el placer, de forma que tiene que querer a su polla sea
del estilo que sea. Tó quese la punta con los dedos mojados en aceite de coco y
descubra nuevas sensaciones. Busque su punto mas sensible. ¿De qué color son
sus genitales? ¿Y el glande, es rojo os-curo o de color claro?
¿Có mo son sus testículos? Tó quese el escroto y
notará la forma de las dos bolas que hay dentro. Los testículos son las
glándulas equivalentes a los ovarios. Las glándulas masculinas fabrican el
esperma para fertilizar los ó vulos produci-dos por los ovarios. Las
temperaturas extremas afectan al esperma. El escroto actú a de regulador: si
hace frío, acerca los testículos al cuerpo para que se man-tengan calientes, y
cuando hace calor, los deja sueltos para que se aireen. Me han contado que
acariciarse las bolas mientras uno se masturba, es muy agrada-ble.
La penetració n anal unida a la masturbació n
también puede producir bue-nos orgasmos. A un amigo mío le gusta masturbarse
mientras se mete algo por el culo. Opina que la penetració n anal equilibra sus
energías al ponerle en con-tacto con el principio femenino de abrirse y
recibir. Muchos hombres me han contado que es una sensació n maravillosa cuando
su pareja les mete un dedo en el ano mientras practica el sexo oral o le
masturba con la mano. También lo puede hacer uno solo mientras se masturba. Si
no lo ha probado nunca, a lo me-jor le abre nuevos caminos de placer.
Sexto paso: El baile delante del espejo
Este ejercicio es para practicar los movimientos
del sexo. Cuando esté a so-las, déjese llevar. Intente hacer los movimientos
más extravagantes que se le ocurran. Mueva las caderas de un lado a otro, como
una bailarina. Puede incluso ponerse un cinturó n para dar más ambiente.
También puede imaginarse que es una sacerdotisa haciendo los bailes del Templo
del Amor Eró tico. Conviértase en un maestro de las artes marciales. Pó ngase a
cuatro patas, como un caballo, mientras usa el vibrador. Al masturbarse delante
de un espejo obtendrá una ima-gen sexual de sí mismo/a. A lo mejor le gustaría
jugar a ser una estrella pomo masturbándose ante un gran pú blico. Otra
posibilidad es ser un maestro o maes-tra en torturas exquisitas de placer, y
vestirse de cuero para hacerlo más real. Tiene que aprender a ser su propio
objeto sexual, a medida que surge su perso-nalidad eró tica. Se trata de
pasarlo bien y jugar, de ponerse marchoso con su propia imagen sexual.
Séptimo paso: Cómo decorar la escena
Si ha decidido terminar la sesió n de amor en
solitario en su habitació n, procure que tenga el ambiente más eró tico que
pueda imaginar. ¿Có mo deco-raría o prepararía el cuarto para un amante muy
especial? Tiene que pensar en sí mismo de la misma forma. La luz, el color,
telas sensuales, almohadones mulli-dos y mú sica son elementos clave para crear
ese ambiente eró tico. Se pueden añ adir fotos o cuadros de arte eró tico.
Pruebe con diferentes tipos de velas, de-ntro de vasos de cristal de colores, o
simplemente en candelabros. Las velas ar-den bien si se les quita la cera
derretida cada dos horas. Con velas grandes se pueden modelar los bordes para
que parezcan pétalos. (Para limpiar la cera si cae sobre las alfombras u otra
tela, ponga una toalla de papel sobre la cera y lue-go la plancha caliente. La
toalla absorberá la cera derretida.) Otra forma de ilu-minar la habitació n de
una forma romántica es con una chimenea, o una lámpara pequeñ a con una
bombilla de poco voltaje y de color. Incluso se puede usar la luz cambiante de
la televisió n, si se baja el sonido.
Un ambiente eró tico excita todos los sentidos.
Ponga incienso en la habi-tació n o un poco de perfume en su almohada. Puede
poner un frutero lleno de fruta sensual al lado de su cama —mangos, kiwis o
rodajas de papaya—junto con una copa de champán, o zumo de frutas en un vaso
elegante. Si le gusta más la hierba, tenga preparado un porro en la mesilla de
noche. Asegú rese de que el teléfono está descolgado o con el contestador
puesto, pero con el volumen baja-do. La mú sica suave siempre es relajante y el
rock es excitante, o quizá prefiera el sonido de las olas o de la lluvia. Con o
sin mú sica, no se olvide de escuchar su respiració n. Tenga siempre a mano sus
juguetes eró ticos. A lo mejor quiere tener una fantasía mientras ve fotos pomo
o mientras lee un libro eró tico. O quizá pre-fiera ver un video pomo que ha
alquilado.
Octavo paso: «Luces, cámara y acción»
Ahora que el escenario está preparado, acomó dese y
respire hondo. Diga «Te quiero» con voz sensual. En este ambiente, lo que pega
es la cámara lenta, de modo que tó mese su tiempo y sea un amante delicado.
Recorra su cuerpo con las manos. Tó quese los pezones. Hágase un masaje en los
genitales. Vaya su-biendo lentamente. No piense en el orgasmo —piense en lo
bien que lo está pa-sando mientras juega con su cuerpo y sus fantasías. Cuando
note que está a pun-to de correrse, evítelo respirando con más intensidad y
apretando los mú sculos del culo. Disfrute. Intente que dure por lo menos media
hora.
Cuando por fin se deje llevar por el orgasmo, deje
que se oiga su placer. Nada le impide que suspire, que se ría, que gima o que
haga cualquier tipo de ruido. A lo mejor quiere seguir experimentando con el
placer, só lo para divertir-se, y sigue estimulándose. Hágalo hasta que tenga
otro orgasmo. El placer acaba con todas las inhibiciones sexuales.
No debemos olvidar que los infinitos caminos del
placer siempre serán di-ferentes para cada persona, época y lugar.
Una de las mujeres de mis Terapias tenía su propia
versió n de las sesiones de amor en solitario. Las hacia durante el día, cuando
su marido estaba trabajan-do y los niñ os en el colegio. Se tumbaba en el sofá
del saló n completamente ves-tida y usaba el vibrador durante diez minutos.
Luego paraba y empezaba a hacer el trabajo de la casa. Después de un rato,
volvía al sofá para otra sesió n de diez minutos. Después de un par de horas de
masturbació n interruptus, tenía un or-gasmo muy intenso que la dejaba en plena
forma.
Una amiga mía muy aventurera tenía una versió n muy
distinta. Se ponía un collar como los que llevaban los esclavos y muñ equeras
de cuero. Luego se aplicaba un poco de bálsamo de tigre en el clítoris y se
azotaba con un trozo de cuero para calentarse el culo. Cuando le empezaba a
entrar la marcha, se coloca-ba unas pinzas en los pezones y usaba el vibrador,
mientras se imaginaba que una bella y cruel señ orita la torturaba de placer.
Otra amiga, algo más conservadora, prefería la
masturbació n romántica. Le encantaba leer unas novelas románticas malísimas.
Su fantasía favorita era ima-ginarse que era una adolescente que salía con un
chico por primera vez. Cada vez se imaginaba a éste de una forma distinta, pero
siempre era atractivo, sensi-ble y sin ninguna experiencia. Se besaban durante
horas, hasta que ella no podía aguantar más y le convencía de que hicieran algo
más. Siempre ocurría en un coche a la luz de la luna y con una canció n de amor
en la radio.
A lo largo de mi vida he probado muchas maneras de
hacer el amor en soli-tario. Pero eso no quiere decir que todas mis sesiones
sean muy elaboradas, o exó ticas, o llenas de fantasía sexual. Ha habido noches
que me he instalado en la cama con en vibrador y la tele porque só lo me
apetecía tener un orgasmo normal antes de meterme en la cama. Mi labor con los
grupos de las Terapias ha hecho que siguiera interesada en probar cosas nuevas,
si no a lo mejor seguía mastur-bándome con mi fantasía de «la noche de bodas».
A veces empiezo una sesió n de amor a solas con una
fantasía, y al rato me doy cuenta de que no funciona. Entonces hago un repaso
mental de mi repertorio hasta que encuentro una caliente. Si la fantasía se
termina antes de tener un or-gasmo, rebobino y vuelvo a empezar. Pero hay veces
que no consigo concen-trarme en una escena eró tica. Entonces ha llegado el
momento de centrarme só lo en mi cuerpo. Sin hacer ningú n juicio, pongo
atenció n a todo lo que me pasa por la cabeza a la vez que me centro en las sensaciones
de mi clítoris. Es como repe-tir un mantra mientras se medita, uno se pierde a
ratos y luego recuerda por dó n-de iba. Cuando me sucede esto, al final mi
mente deja de darle vueltas a las co-sas, y puedo tener un orgasmo en paz.
Un juguete eró tico da variedad al amor en
solitario y fomenta la experimentació n con cosas nuevas. La mejor forma de
comprar uno es verlo y manejarlo, pero eso no es siempre tan fácil. Se puede
buscar en un catálogo. Pero hay que tener cuidado; muchos anuncios de las
revistas de sexo venden cosas de mala calidad o que no son exactamente lo que
parecen en el catálogo, porque saben que la gente no va a reclamar. Tengo dos
amigas que son dueñ as de dos sex-shops; usted puede mandar un dó lar y recibir
el catálogo, si quiere comprar algo con coda confianza. Una se llama Eve’s
Garden (El Jardín de Eva, 119 West Fifty-Seventh Street, New York. NY 10019) y
la otra Good Vibrations (Buenas Vibraciones, 3492 Twenty-Second Street, San
Francisco, CA 94110).
Hay vibradores de diferentes tamañ os, colores y
estilos. Los que funcio-nan con pilas tienen la ventaja de ser más manejables y
las vibraciones son más suaves. Pero las pilas duran poco y se pueden gastar en
el momento mas inopor-tuno. En el catálogo de Good Vibrations hay dos modelos
japoneses muy pe-queñ os y con mucha fuerza. Aunque necesitan pilas, son mucho
mejores que el modelo Hong Kong. A mi el que mas me gusta es el Hitachi Magic
Wand. Está bien hecho, tiene la cabeza bien acolchada y no se calienta
demasiado aunque se use durante horas. Es curioso que en las instrucciones no
diga nada acerca de la posibilidad de utilizarlo para el sexo, aunque yo creo
que todo el mundo lo com-pra para eso. No hay ningú n peligro de electrocutarse
con él, aunque tenga el coñ o muy hú medo. (Los orgasmos eléctricos son
totalmente seguros siempre que se mantenga el vibrador alejado del agua.) La
marca Panasonic ha sacado un aparato fantástico para dar masajes. Exceptuando a
algunas verdaderas atletas del sexo, la mayoría de las mujeres consideran que
las vibraciones de este mode-lo son demasiado fuertes para masturbarse,
Para tener una buena vibració n vaginal o anal hay
dos tipos de fundas que se pueden colocar en el extremo del Magic Wand. Una
tiene la punta recta y mi-de unos diez centímetros. La otra es ligeramente
curvada y se llama El detector de puntos-G. A muchos hombres les gusta este
detector para masturbarse.
Los tapones para el culo también son muy variados.
Se los pueden poner tanto los hombres como las mujeres durante la masturbació n
para darle más emoció n. Los juguetes utilizados en el erotismo anal deben ser
totalmente lisos y tener la base más ancha que el resto, para que no se puedan
meter dentro del to-do.
Para muchas mujeres lo mejor del mundo es la
combinació n de penetra-ció n y vibració n. Existen unos juguetes de silicona
para la penetració n que son de lo mas eró tico porque son suaves y flexibles.
También los hay de goma o de plástico, pero su aspecto no es tan atractivo. Al
contrario de lo que piensan mu-chos hombres, la mayoría de las mujeres
prefieren un tamañ o medio o pequeñ o.
No olvide jamás lo siguiente: Nunca se introduzca
nada en la vagina des-pués de habérselo introducido en el ano. Puede producir
una infecció n. No ocu-rre nada si el proceso es al revés, de la vagina al ano.
Si esta usando el mismo juguete con otra persona, deben usar condones
diferentes o lavarlo con jabó n an-tes de pasárselo de uno a otro.
También se pueden utilizar juguetes orgánicos como
pepinos o calabaci-nes. (Tengo una amiga a la que le encantan las zanahorias.)
A un pepino, inclu-so, se le pueden dar diversas formas. Pero siempre conviene
dejar suficiente piel en la parte de abajo para sujetarlo y evitar que
desaparezca en mitad de la noche. Los pepinos son hú medos y resbaladizos por
naturaleza, y se han usado para fa-bricar productos de belleza desde hace mucho
tiempo.
Un día estaba en el supermercado eligiendo unos
pepinos con tanto cuida-do y atenció n, que una señ ora que estaba a mi lado me
preguntó có mo sabia yo cuáles eran los mejores. No pude resistirlo y contesté:
«Es pura intuició n, estoy escogiendo un amante para esta noche». Se echó a
reír, y yo le guiñé el ojo al alejarme.
Los lubricantes pueden ser una buena ayuda para la
masturbació n. Los mejores son los que contienen mucha agua, porque hay menos
probabilidades de que produzcan irritaciones. Probe es muy bueno, inodoro, no
sabe a nada, es muy resbaladizo y se parece mucho al flujo natural de las
mujeres. Algunas mujeres prefieren aceite de coco, de oliva o de almendra.
(Estos son aceites en su estado natural, que no han sido sometidos a ningú n
proceso previo.) Otras no pueden usarlos porque las irrita. Los productos elaborados
con petró leo, como la vaselina y otras cremas, no deben utilizarse, porque se
quedan adheridos a la mucosa de las membranas. Además, deshacen los condones y
los diafragmas. Con el tiempo, cada uno encuentra lo que más le gusta y más le
conviene.
Hay toda clase de novedades sexuales que están muy
bien para una noche. Un ejemplo son las Bolas ben wa. Se ha exagerado mucho el
potencial eró tico de este juguetito. Se trata de dos bolas de plástico o de
metal que se ponen de-ntro de la vagina —la teoría es que el contacto y el
movimiento dan unos resul-tados fantásticos. Las mejores son unas que se llaman
Bolas Duotone. Son dos bolas de plástico que a su vez tienen unas bolas dentro
unidas por un hilo. Al mover las caderas hacen un ruido parecido al de un
sonajero. Es divertido tirar lentamente del hilo para que salgan bolas muy
despacio, a la vez que se usa el vibrador. Pero eso de que se tiene un orgasmo
después de otro, no es cierto. Son divertidas para un rato.
Nunca me decepciono con un juguete sexual porque no
dura mucho. Mientras lo pase bien un rato, me conformo. Puedo pasar meses sin
usar nada más que el vibrador. Lo que más marcha me da son mis fantasías. Estoy
desean-do comprarme un video para probar mi Magic Wand con una cinta pomo. Una
de mis ú ltimas fantasías es invitar a unas amigas a casa a vibrar conmigo
mien-tras vemos un video pomo de una panda de chicas que violan a un camionero.
Lo mejor para disfrutar del sexo —aunque no solemos
darle importancia— es estar en forma. Hay muchas maneras de mantenerse
saludable. Andar es una. Practicar un deporte regularmente también es bueno,
además de divertido. Bailar es un buen ejercicio y también es divertido. No
hace falta ir a una discoteca, se puede bailar en casa y se disfruta igual.
Tengo la manía de querer ser la mejor en todo lo
que hago. Pero intento no ir mas allá de mis posibilidades. Estuve yendo a un
gimnasio durante dos añ os y siempre me lesionaba. Desde entonces decidí
encontrar una forma más tranquila de mover mi cuerpo de cincuenta y siete añ
os. He pensado en nadar en una pis-cina cubierta. No se puede luchar contra la
vejez pero puedo intentar retrasarla con una buena alimentació n, ejercicio y
orgasmos. Y lo más importante es que quiero aceptar la madurez sin traumas, y seguir
teniendo una actitud positiva hacia la vida.
El yoga es una forma no competitiva de hacer
ejercicio. Las posturas son fantásticas para la columna las articulaciones y
para coordinar la respiració n con los movimientos —todo importantísimo para la
salud sexual. Lo primero que hay que hacer en yoga es tumbarse en el suelo y
hacer un repaso mental de las partes del cuerpo, diciéndole a cada una de ellas
que se relaje. La siguiente pos-tura es la típica de la meditació n, con la
espalda totalmente recta. Para conse-guirlo hay que imaginarse una línea que va
desde el centro de la cabeza hasta en final de la columna. Luego hay que
colocar los hombros, subir el tó rax y sacar pecho. Para hacerlo bien es bueno
ponerse delante de un espejo. Esta se conoce como la postura del Loto.
En el yoga hay que moverse muy despacio y respirar
profundamente. Hay que llenar los pulmones muy despacio y luego soltar el aire.
La ventaja del yoga es que só lo se necesita un poco de espacio en el suelo y
el cuerpo.
En los ú ltimos añ os, los americanos se han
empezado a preocupar mucho por la salud, cosa que a mí me parece muy positiva.
Es fantástico que todo el mundo haga ejercicio. Algú n día todos reconocerán
que el sexo es el mejor ejer-cicio de aeró bic. Cuando se tiene un buen
orgasmo, la respiració n se hace más profunda, el corazó n late con más fuerza,
se suda en abundancia y se mueven todos los mú sculos. La mente se relaja
mientras espera tener el mejor de los or-gasmos. Dentro de poco el dicho será:
«Un orgasmo tras cada comida, y manda al cuerno la medicina».
Debemos recordar que el amor en solitario no es un
camino de rosas cons-tante. Igual que todos los tipos de amor, va y viene,
crece y decrece. El añ o pa-sado tuve una crisis bastante importante. Siempre
pensaba: «En cuanto adelgace seis kilos, empiece a hacer gimnasia y a ganar
mucho dinero, me querré a mí misma». Me empezaron a doler las articulaciones de
las caderas y me pasaba el día hablando mal de la masturbació n mientras
cojeaba. No me había quedado ciega, ni me habían salido verrugas, por masturbarme
demasiado, pero estaba le-sionada.
Una amiga me prestó un librito de un curandero
metafísico que decía que los problemas de las caderas los causaba el miedo a
tomar grandes decisiones. ¡Bingo! Llevaba bastante tiempo posponiendo nuevos
proyectos. Cambié de ac-titud y empecé a pensar: «Tengo que seguir avanzando
hacia todas las edades con una actitud positiva». Funciona.
La masturbació n sigue siendo muy importante cuando
tengo problemas. Pero siempre me convenzo de que me gusto tal y como soy. Si me
quiero a mí misma puedo querer a otros, si ellos se quieren.
CAPÍTULO
TRECE
———————————————————
Historias
de
masturbaciones
He recibido miles de cartas de gente de todo el
mundo a lo largo de los añ os. Muchas personas me han contado sus experiencias
sexuales, fueran buenas o malas. Otras escribían, pero eran más reacias a
sincerarse. Sin embargo, la ma-yoría eran increíblemente francas y agradecidas.
Cuando algú n día estaba depri-mida y me sentía como una tonta por luchar por
la liberació n de la masturba-ció n, me sentaba a leer una de estas cartas. Una
de una mujer que acababa de aprender a tener un orgasmo después de leer mi
libro, por ejemplo. O la de un hombre que me contaba que el sexo había mejorado
mucho para él y su mujer desde que se masturbaban sin problemas. Siempre me
daban muchos ánimos, y me volvía a convencer de que el sexo en solitario
siempre abría nuevas puertas en el conocimiento del universo y de uno mismo.
Las considero cartas de amor. Son fascinantes.
Muchas de las cartas son muy ilustrativas de
algunas de las ideas que he in-tentado transmitir en este libro. Algunas
aportan una informació n adicional so-bre la vida de quien la escribe. Otras
muestran diferentes perspectivas. Todas las que aquí aparecen se han resumido,
y los nombres y lugares se han cambiado.
Me encantan estas historias íntimas donde el
asombro, la protesta, el deseo y el descubrimiento de uno mismo son los
protagonistas. Me encantan porque son reales.
Querida Betty:
Acabo de tener mi primer orgasmo sin complejos. Mi
técnica desde que tenía cuatro añ os (ahora tengo diecinueve) consiste en poner
el brazo entre las piernas y moverme y dar saltos. Ahora he empezado a aceptar
del todo lo que siente mi cuerpo. ¡Es muy satisfactorio emocionalmente y me da
fuerzas!
Blair
Westport, CN
113
BETTY DODSON
Querida Betty:
No sé exactamente lo que te quiero decir, de modo
que empezaré por con-tarte quién soy. Me llamo Debbie y voy a cumplir dieciséis
añ os dentro de dos semanas. Hablo con mi madre sobre el sexo sin ningú n
problema, pero no sobre la masturbació n. Es a mí a quien más vergü enza me da.
Mi madre se compró tu libro, La masturbació n como liberació n, y me lo prestó
anoche. He tenido rela-ciones sexuales varias veces, pero nunca he tenido un
orgasmo. Creía que me pasaba algo, y siempre fingía que los tenía. Anoche, me
masturbé consciente-mente por primera vez, después de leer tu libro. Con la
mano no funcionaba, así que probé con un vibrador. Lo pasé muy bien y creo que
tuve un orgasmo. Digo que lo creo porque no estoy muy segura. Me imaginaba que
me iba a estallar la cabeza y que pasaría unos segundos flotando en éxtasis,
como les pasa a las chi-cas en las novelas folletinescas. Lo que sentí fue como
si me vibraran las pare-des de la vagina, o como si tuviera convulsiones. Estoy
muy contenta de haberlo pasado tan bien. Só lo quiero darte las gracias por
abrirme una nueva puerta para conocerme a mí misma.
Debbie
Scarsdale, NY
Querida Betty:
Soy una mujer casada de treinta y dos añ os, y
mantengo una relació n homosexual de la que mi marido no sabe nada. No
conseguía correrme en nin-guna de mis dos relaciones, No hace falta que diga
que tenía mucha ansiedad y necesitaba desesperadamente conocerme sexualmente.
Después de leer tu libro y comprarme un Hitachi Magic Wand, me ha cambiado la
vida.
Lloro de la emoció n que me produce saber que tengo
la capacidad de dar-me placer a mi misma cuando quiera. ¡Es como despertar de
un sueñ o! Me en-cantan las olas o contracciones de placer. Me siento como un
niñ o pequeñ o
aprendiendo
sobre las maravillas
de mi cuerpo
por primera vez. El domingo pasado, mí marido consiguió
que tuviera un orgasmo maravi-lloso
sin ningú n tipo
de agobio. ¡Terminé
con una enorme
sonrisa!
Ahora me gustaría aprender a compartir el placer de
un baile eró tico con mí amante femenina, para que las dos podamos recoger el
fruto de mi aprendizaje.
Zoe V.
Pomona, CA
Querida Betty Dodson:
Cuando leí tu artículo agradecí mucho que fueras
tan franca. La semana pa-sada, precisamente, mi ginecó loga me sugirió muy
apurada que jugueteara con-migo misma de forma involuntaria por las noches para
relajarme. Dijo que era una especie de masturbació n. Me dio demasiada vergü
enza decirle que la mas-
114
SEXO PARA UNO – EL PLACER DEL AUTOEROTISMO
turbació n es totalmente voluntaria. Quiero dos
copias de tu libro para que mi gi-necó loga y yo nos liberemos.
Violet E.
Baltimore, MD
Querida Betty:
Tu libro es una contribució n muy importante para
los psicó logos. El verano pasado atendí a una pareja de mediana edad. É l
había tenido una enfermedad muy grave que le había afectado a la libido y le
había dejado casi impotente. Su mujer todavía tenia muchas ganas de vivir y
disfrutar, pero no quería buscar el placer fuera de su matrimonio. Eran
religiosos y se querían. Pero no estaban dis-puestos a terminar ya su vida
sexual. Les sugerí que compartieran la masturba-ció n y les enseñé có mo se usa
un vibrador. Fue una experiencia fantástica para mí. Vi có mo dos personas
salían de la más profunda depresió n y empezaban a reírse y a jugar de nuevo.
La actitud positiva de las mujeres hacia su coñ o es fundamental en las
relaciones entre hombres y mujeres. Gracias por tu generosa aportació n a la
sociedad.
Joseph M.
Alexandria, VA
Querida Betty:
Hace tres meses era una profesora de Historia en un
instituto, pero he deja-do mi trabajo y he pasado los ú ltimos meses intentando
cambiar mi vida, que era más que aburrida. Oí hablar de tu libro en la revista
Cosmopolitan. ¿Te puedes creer que tenía remordimientos hasta de comprarla?
De pequeñ a quería ser monja, de modo que nunca me
preocupé por el sexo ni por disfrutar con mi cuerpo. Me parecía degradante.
Cuando terminé el Bachi-llerato, entré en un convento y estuve allí seis añ os.
Luego lo dejé porque era to-do una hipocresía. No sentía que hubiera amor
dentro de mí para compartirlo con los demás.
Ahora que sé que puedo tener un orgasmo (de una
forma, al menos) me siento más a gusto conmigo misma, más segura y más viva.
Cualquier pequeñ o descubrimiento sobre mi cuerpo me hace feliz. Este
conocimiento de mi cuerpo me ha ayudado mucho más que todas las oraciones que
he rezado en mi vida. Me he vuelto más extrovertida y más capaz de vivir con
otras personas. Todavía tengo mucho que aprender, pero ahora tengo confianza.
No tengo miedo y tengo ganas de vivir. También he empezado a hacer yoga y me
encanta. Espero poder acudir a tus Terapias algú n día.
Karen,
Cincinnati, OH
115
BETTY DODSON
Querida Hermana Sensual:
Después de leer tu libro esta tarde he decidido
tener una sesió n de mi acti-vidad preferida en momentos de ocio: la
masturbació n. Soy una experta en el tema, digamos que tengo mucha mano.
Me gustaría añ adir aquí algunos de los métodos que
yo utilizo:
1. Cambios
de temperatura. Poner las manos frías o agua fría sobre los genita-les es muy
agradable.
2. Alguna
tela suave sobre los genitales para masturbarse.
3. Masturbarse
a la vez que se hace un lavado vaginal, da una fantástica sen-sació n de
limpieza.
4. Masturbarse
con alguien en la bañ era, ponerse jabó n uno al otro en los ge-nitales y
hacerse peinados en el vello pú blico puede ser muy divertido.
5. Masturbarse
en sitios nuevos... en el cuarto de bañ o de unos grandes alma-cenes, en una
cabina de teléfono, etc., da sensació n de novedad (con un to-que de
travesura).
Estoy segura de que no soy la ú nica que practica
estas cosas. Hay tantas posibilidades. La masturbació n es una de las
actividades más placenteras del mundo, y es gratis!
Dana G.
Spokane, WA
Querida Betty:
Llevo masturbándome toda la vida. Mi primer
recuerdo es de cuando tenía tres añ os y me bañ aba sola. Tenía un rató n de
goma que llenaba de agua y luego hacia que saliera con fuerza sobre mis
genitales... ERA COMO ESTAR EN LA GLORIA. Cuando tenía cuatro o cinco añ os
jugaba a los hospitales con mis ve-cinas. Nos tocábamos los genitales unas a
otras. Seguro que a mi madre le hubiera dado un ataque al corazó n de haberlo
sabido.
A los siete añ os, un verano, mi prima y yo nos
quitamos toda la ropa y nos masturbamos mutuamente. Nos turnábamos para
echarnos agua con teteras de juguete sobre los genitales. Lo hacíamos todo a
escondidas. Mis padres eran muy religiosos y me imaginaba que era algo
pecaminoso.
La primera vez que tuve un orgasmo al masturbarme
tenía trece añ os. Esta-ba convencida de que había hecho un descubrimiento
fantástico. Se lo conté a una amiga por teléfono y le dije que iba a escribir
un libro cuando fuera mayor. Me haría rica seguro. Fue una decepció n cuando
encontré una descripció n muy detallada de mi invento en un libro sobre sexo
que leí en casa de unos amigos.
Durante mi adolescencia probé toda clase de
juguetes sexuales —el mango del cepillo, los tiradores de los cajones (los
quitaba a oscuras y los volvía a colo-car a la mañ ana siguiente), parte de los
juguetes de mi hermano, inhaladores Vick’s y todo lo que se me ocurriera. Lo
usaba para metérmelo o para frotar, lo que más me gustara.
116
SEXO PARA UNO – EL PLACER DEL AUTOEROTISMO
Cuando mi madre se compro un vibrador para sus mú
sculos doloridos, ...(¡seguro!)... conseguí quedarme sola en casa algunas
tardes cuando se iban to-dos a misa, alegando que tenía demasiado que estudiar.
Así podía tener una pe-queñ a orgía privada con un vibrador, y relajarme yo
también. Una, vez batí to-dos los records con cuarenta orgasmos en media hora.
Desde entonces he proba-do con diversos métodos, pero siempre en privado. Mi
novio no está muy de acuerdo conmigo en este tema, pero estoy intentando convencerle,
Y esta es mi historia.
Es la primera vez que intento escribir una
autobiografía de mis masturba-ciones, pero estaba inspirada y me parecía un
final perfecto a una tarde maravi-llosa de amor en solitario, después de leer
tu libro.
Ginny J.
Phoenix, AZ
Querida Sra. Dodson:
Necesitaba escribirle porque hay muchas cosas en
comú n entre su historia y la mía- Yo también soy una artista y la masturbació
n ha jugado un papel muy importante en mi vida. Tengo treinta y seis añ os,
estoy divorciada y tengo dos hijas. A los dieciséis tuve mi primer orgasmo con
las caricias de mi futuro mari-do. El se hizo ingeniero y nos fuimos a vivir a
Texas. Nuestras relaciones sexua-les eran perfectas, funcionábamos como un
reloj, siempre teníamos un orgasmo a la vez cuando hacíamos el amor. Así durante
trece añ os. Era aburridísimo. Dos semanas después de que marido se fuera a
vivir a otro sitio, descubrí mi propia sexualidad. Era fantástico.
Con dos niñ as pequeñ as, no quería traer a alguien
a escondidas o llevar a mis hijas a otro sitio para poder dormir con alguien.
Además, lo más importante era encontrar un trabajo para tener dinero. No tenía
ni para pagar a alguien que cuidara de las niñ as si yo salía una noche. Así
que me masturbaba. Fue entonces cuando descubrí lo insatisfecha que había
estado hasta entonces. Podía tener or-gasmos duraderos, y el segundo, que me
venía unos cinco minutos después del primero, siempre era mucho más intenso.
Era una experiencia poética, como una borrachera, como si me derritiera. Al
principio incluso me asuste un poco —mi cuerpo y mi mente se abrieron y aumento
mi creatividad.
Ahora tengo mi propia galería y soy una luchadora
rebelde, decidida a ser creativa y autosuficiente, y no un estereotipo de esta
sociedad. En lo que se re-fiere a los hombres, he tenido algunas experiencias
estupendas desde que me di-vorcié. Experiencias que surgieron porque deseaba
estar cerca de alguien, no porque necesitara aliviar la tensió n. Porque a
través de la masturbació n he en-contrado la libertad.
Corrine. M
Austin, TX
117
BETTY DODSON
Querida Betty Dodson:
Después de leer tu libro estaba tan inspirada que
he cerrado las cortinas de mi cuarto, de forma que só lo entrara un poco de sol
por las rendijas, y me he masturbado muy a gusto.
Me acuerdo perfectamente del día que descubrí mi
clítoris a los nueve añ os, en el cuarto de bañ o, mientras me limpiaba. Me di
cuenta de que si lo hacía de-masiado fuerte notaba algo muy raro. Lo hice un
par de veces, pero luego lo de-jé. Era una sensació n extrañ a, era algo que
casi dolía y al mismo tiempo me gus-taba.
No investigué más hasta que a los trece añ os me
leí un libro de mi padre que se llamaba El Informe Kinsey sobre el
comportamiento sexual femenino. Me maravillaba la idea de que pudiera dar
gusto, y decidí probar algunos de los sis-temas de estimulació n que
mencionaban. Sí, funcionaba, pero no fue tan estu-pendo la primera vez. Saqué
la conclusió n de que necesitaba practicar.
Algú n tiempo después, hojeando el libro de los Boy
Scouts de mi hermano,
vi el
capítulo que trataba sobre la masturbació n. Ahí fue donde corroboré lo que ya
me temía —no era bueno para el desarrollo de mi carácter. No hablaba de
ve-rrugas ni de locura, pero quedaba bastante claro que no era una buena
costumbre y que había que evitarla.
Por aquel entonces, ya me había aficionado a ello
lo ú nico que no me gus-taba era el olor de mis dedos. Encontré unos guantes
blancos para mi pasatiempo nocturno. Los escondía en el fondo de un cajó n,
pero siempre temía que el olor me delatara.
Estaba convencida de que se me castigaría de alguna
forma en un futuro. Sabia que sería imposible tener un orgasmo normal con un
hombre. Y así fue. Mi larga lista de amantes había sido una continua bú squeda
del orgasmo. Sentía que estaba recogiendo los frutos de mis errores pasados. Me
sentía tan culpable que no podía confesarle a ningú n hombre que só lo podía
correrme si me estimu-laba directamente con la mano. Estaba segura que se
imaginaría que me había masturbado a menudo. Pero sobre todo estaba frustrada y
enfadada.
Después de muchos añ os he aceptado que necesito
estimulació n directa so-bre el clítoris, y que la masturbació n es lo mejor
para mi.
Me alegro de que mi bú squeda obsesiva haya
terminado.
Tu libro es fantástico, es el apoyo que necesitaba
desde hace mucho tiem-po. La verdad es que había pensado en escribir sobre la
masturbació n hace unos añ os, pero descubrí que las mujeres no se atreven a
hablar de ello.
Ahora tú lo has dicho todo. Gracias por aparecer de
pronto con tu vida y tu sinceridad.
Patsy C.
Washington D.C.
118
SEXO PARA UNO – EL PLACER DEL AUTOEROTISMO
Querida Betty:
Hasta hace unos meses, me veía a mí misma como un
fracaso sexual. Mis genitales me parecían feos y repugnantes, mí cuerpo estaba
mal hecho y mi ma-rido estaba muy preocupado por mi escaso interés en el sexo.
Nunca me había masturbado conscientemente. No
porque me sintiera cul-pable, simplemente no sabía lo que era. Cuando era
virgen tuve un orgasmo mientras me acariciaba un chico, y dos en sueñ os.
Aparte de eso, nada. Nunca al hacer el amor. Al principio disfrutaba mucho del
sexo con mi marido, pero fui perdiendo el interés a medida que se fue
convirtiendo en una rutina y una frus-tració n.
Entonces pasaron dos cosas maravillosas. Le enseñé
a mi marido un anun-cio de un vibrador y encargó uno. Cuando llegó , lo abrí y
lo usé por primera vez, y ¡tuve un orgasmo! Fue la sensació n física y
emocional mas fantástica del mundo. Me encantó . Un día tuve once orgasmos. La
segunda cosa maravillosa que ocurrió fue leer tu libro. Me siento muy
compenetrada contigo y con todas las demás mujeres que han tenido las mismas
preocupaciones que yo. Antes de leer el libro pensaba que el primer paso era
tener un orgasmo con el vibrador, luego con la mano y finalmente mediante la
penetració n. Ahora me doy cuenta de que es ridículo. Soy una mujer orgásmica y
capaz de cuidar de mí misma en un aspecto muy importante.
Jennifer O.
Chicago, IL
Querida Betty:
Hay muchas cosas en tu libro que se pueden aplicar
a los hombres. Me pa-rece increíble que a estas alturas de la llamada Revolució
n Sexual, los ú nicos trabajos que hablan acerca de las posibilidades del amor
en solitario están escri-tos por mujeres —para mujeres. ¿Cuándo va a ser capaz
un hombre de escribir con inteligencia y con cariñ o sobre sus experiencias al
masturbarse? Parece que sigue existiendo el mito de que la masturbació n es
sobre todo un sustituto de la penetració n. Personalmente no puedo imaginarme
vivir sin masturbarme aunque tengo una novia a la que quiero mucho. La
masturbació n es algo muy divertido. Tengo casi sesenta añ os y ahora estoy
disfrutando de ella más que nunca. Hay un hecho que muchos parecen olvidar, y
es que es difícil prolongar la penetra-ció n por una serie de motivos. La
masturbació n se puede prolongar hasta el infi-nito porque se tiene control
total.
En tu libro hablas de la angustia que pasaste al
descubrir que tus labios me-nores eran de diferentes tamañ os. ¡Me siento
totalmente identificado contigo! Cuando era pequeñ o, creía que se me veía el
glande (me habían hecho la circun-cisió n a mí, no a mis hermanos) porque me
había masturbado demasiado.
119
BETTY DODSON
No te puedes ni imaginar lo mucho que tu libro ha
ayudado a la gente en todas partes a superar sus complejos. Con mucho cariñ o
de un canadiense agra-decido.
Perry D,
Toronto, Canadá
Querida Betty:
A mediados de los añ os setenta, me separé de mi
novio con el que había estado varios añ os. Descubrí tu libro La masturbació n
como liberació n, y fue muy instructivo. Me ayudó mucho. Me gustó que te
preocuparas de las lesbianas. Lo que más me llamó la atenció n fue que hablaras
de sexualidad con tu madre. En ese momento, mi madre y yo teníamos algunos
problemas en nues-tra relació n. Intenté hablarle de mi forma de vida, pero no
ponía ningú n interés. Ella también es muy especial. Se divorció de mi padre hace
mucho tiempo, cuando tenía unos cuarenta añ os. Ha seguido teniendo relaciones
sexuales hasta hoy. Ahora tiene algo más de sesenta.
Una noche, mientras cenábamos, me empezó a hablar
de su reciente sepa-ració n de un hombre con el que llevaba cinco añ os. Yo
acababa de leer tu libro y decidí aplicar algunas de tus instrucciones. Le
pregunté sobre la masturbació n. Nunca habíamos hablado de ello cuando yo era
joven —lo cual era asombroso. Se puso un poco nerviosa y dijo que le gustaba
más compartir el sexo con otra persona. ¡Pero la conversació n empezó a ponerse
muy interesante! Dijo: «Bue-no, ya que estamos hablando de todo esto...», y me
preguntó có mo me había ido en diversas relaciones que había tenido con otras
mujeres, có mo me sentía con mi forma de vida, etc. Le pregunté qué le
parecería si se lo contaba a todo el mundo, a la familia, a sus amigos, etc.
Fue una conversació n de tres horas que cambió nuestra relació n por completo.
¡Para mejor!
Ellen A.
Philadelphia, PA
Querida Betty:
Como eres feminista, a lo mejor no estás de acuerdo
conmigo, pero no creo que a los hombres haya que enseñ arles que son iguales
que las mujeres. Todo el mundo sería mucho mejor si a los hombres se les enseñ
ara desde la infancia que son y siempre serán niñ os pequeñ os, y que siempre
deben obedecer a las chicas. Y, por supuesto, a las chicas se les debería enseñ
ar que su funció n es la de vigi-lar constantemente a los niñ os, tengan la
edad que tengan. No me parece nada mal que una mujer obligue a un hombre a
desnudarse, a posar, a andar por ahí desnudo y a masturbarse.
Earl R.
San Mateo, CA
120
SEXO PARA UNO – EL PLACER DEL AUTOEROTISMO
Betty, querida Betty:
¡Por fin puedo decirte lo positivo que ha sido para
mí tomar parte en tus Terapias! Al principio me dejó perpleja, era demasiado
para mis prejuicios. Da-ba mucho miedo, pero a la vez era emocionante, y
sobreviví, maduré y todavía estoy madurando. Ha sido fantástico aprender a
quererme a mí misma.
Nunca olvidaré la ú ltima sesió n: dieciséis
mujeres con el vibrador enchufa-do y con mucha marcha, y tú diciéndome: «¡No
pares!» Me he acordado de eso muy a menudo y, desde luego, no he parado.
Durante mucho tiempo las palabras sexo y pecado
permanecieron juntas en el fondo de mi mente. El sexo estaba bien para cumplir
mi funció n procreadora. Pero la idea de que un hombre pudiera quererme por mi
cuerpo y no por mi inte-ligencia era algo que no se me pasaba por la imaginació
n. Hasta que aprendí a quererme a mí misma por mi cuerpo y por el placer que me
proporcionaba. Aho-ra, que lo he superado, la unió n de mi cuerpo y mí mente es
fantástica. Al prin-cipio parecía difícil. Pero tardé só lo un mes en lograrlo,
a los treinta y seis añ os. ¿Masturbarme? ¿Yo? ¡Sí, yo!
Elly
South Orange, NJ
Querida Betty:
Acabo de cumplir veintinueve añ os. Después de una
década de relaciones sexuales (con veinte hombres diferentes), no he tenido un
orgasmo, ni siquiera masturbándome yo sola. Lo más cerca que he estado del
orgasmo fue hace cinco añ os con el chorro de un bidé. Me compré un vibrador el
añ o pasado, pero no le he hecho mucho caso. Me parezco a Nancy, la que sale en
el libro, que quería aprender pero no invertía el tiempo suficiente porque no
tenía paciencia. Debo tener algú n problema con la libido. Las fantasías y la
literatura eró tica me exci-tan, pero casi nunca me lo tomo muy en serio
tampoco. Ahora he decidido que este añ o voy a aprender a masturbarme hasta
tener un orgasmo. Casi todo el mé-rito es tuyo, por hacer que lleve a cabo esta
ambició n. Tu visió n tan relajada y sin prejuicios del sexo es un ejemplo a
seguir.
Estoy segura de que mis problemas sexuales y mi
falta de interés están cau-sados por la poca seguridad en mí misma. Eso es otra
cosa que tengo que cam-biar. Siempre me siento aletargada, inú til y con pocos
recursos, y sé que eso puede ser muy perjudicial. Voy a intentar convencer a
una amiga para organizar unas Terapias como las tuyas. Solo sé que el sexo hay
que disfrutarlo, ¡y ya es-toy harta de perderme todo lo divertido! Tengo que
empezar por algú n sitio, y no hay mejor momento que el presente. Si vienes a
Gran Bretañ a alguna vez, no dejes de hacerme una visita. ¡Quiero darte un
abrazo muy fuerte!
Olivia A.
Manchester (Inglaterra)
121
BETTY DODSON
Querida Betty:
Hace diez días que estoy como unas castañ uelas.
Nunca me había sentido tan guapa y atractiva. Por primera vez, desde mi
histerectomía parcial, me en-cuentro atractiva —muy atractiva—desde la cabeza
hasta los pies, pasando por el coñ o. Mis genitales son realmente bonitos, no
feos, como me habían dicho.
Una amiga notó lo contenta que estaba y me preguntó
a qué se debía. Cuando se lo conté dijo que le asombraba, pero que se alegraba
de que hubiera descubierto una verdad tan simple como antigua. Ella siempre
había practicado la masturbació n, y había seguido queriéndose cuando su marido
había dejado de hacerlo.
Yo tengo treinta y ocho añ os y ella treinta y
tres. Cuando le enseñé las ilus-traciones de los genitales, de tu libro, la
artista que lleva dentro dijo que estába-mos todas muy bien. Entonces empezamos
a hablar de lo fría y poco amigable que puede ser la gente con mujeres que se
acaban de divorciar o acaban de que-darse viudas. En su casa, los niñ os no
tienen mas que pedirlo y reciben un abra-zo. Me preguntó si quería que me
abrazara y le dije que sí. Nos pasamos dos horas abrazando y alimentando nuestros
espíritus tan faltos de amor. Qué ale-gría. Todo gracias a las ideas que
habíamos aprendido sobre el amor al hablar de tu libro. Gracias de parte de las
dos.
Shirley G.
Oakland, CA
Querida Betty Dodson:
Tengo veintitrés añ os, he estado casada y
divorciada una vez, y estoy a punto de casarme otra vez. Me he masturbado desde
que tenía once añ os y pre-tendo seguir haciéndolo basta que sea tan vieja que
no me encuentre el clítoris. Has compartido tantas cosas conmigo que yo quiero
compartir algunas contigo.
Siempre he sido muy aficionada a los libros, y por
eso no es muy raro que cogiera la idea de masturbarme de un libro que se
llamaba Candy. Tuve suerte porque mi madre me pilló una vez y me dio una charla
muy suavemente sobre eso, y me dijo que no pasaba nada si lo hacia para
relajarme. Pero me previno para que no lo hiciera muy a menudo, porque no era
bueno. En aquella época me masturbaba dos o tres veces al día, así que le
pregunté algo asustada qué consi-deraba ella que era muy a menudo. Fue una
desilusió n cuando me contestó «No más de una vez a la semana». Aun así, y a
pesar de mi tierna edad, decidí que algo tan fantástico y que no causaba dañ o
aparente no podía ser tan terrible. Después de un intento de reducir un poco,
me dejé llevar por el placer e incluso descubrí nuevos métodos. Uno era usar el
chorro de agua en el bañ o, y me dis-culpaba a mí misma diciendo que «me estaba
lavando a fondo».
Me quedé encantada cuando vi que muchas de las
sugerencias que haces en
122
SEXO PARA UNO – EL PLACER DEL AUTOEROTISMO
el libro eran cosas que yo había pensado también.
Descubrí los vibradores a los quince añ os, porque encontré uno en mi casa y me
aficioné a él. Hace un par de añ os yo también empecé a mirarme al espejo
cuando me masturbaba. Se me ocurrió porque sentía curiosidad por verme mientras
llegaba al orgasmo, y no tenía inhibiciones al respecto.
Me masturbo muy a menudo para tomar contacto
conmigo misma. A veces, cuando estoy en la oficina y no puedo más de trabajar,
me voy al cuarto de bañ o y me masturbo rápidamente. Tengo un orgasmo muy
intenso en un minuto o dos. A mi sistema nervioso le sienta fenomenal. Me
encuentro mucho mejor y rindo mas.
Masturbarme delante de otra persona me parece algo
distinto. Pero el hom-bre con el que estoy viviendo ahora es cariñ oso, sexy y
dulce (aunque tiene poca experiencia), y está deseando aprender. Cuando él lea
tu libro, se va a abrir una puerta en nuestra relació n Sexual.
Pamela N.
Chicago, IL
Hola guapa:
Llevo seis añ os viviendo con Joe. Antes me decía
que la masturbació n es-taba muy bien, que muchas mujeres lo hacían, etc. Pero
supongo que mi educa-ció n pudo con todo. Me habían enseñ ado que era algo que
no se debía hacer. No creo que me masturbara cuando era pequeñ a. Só lo exploré
un poco mi coñ o y descubrí que me gusta el olor. A medida que me hice mayor,
los hombres só lo querían follar, así que nunca juguetearon con mi clítoris.
Entonces conocí a Joe, que es cariñ oso y tiene mucha paciencia. Pero me pasaba
algo con el clítoris. Me parecía que era demasiado sensible para tocarlo.
Además, follábamos muy a gusto, ¿para qué queríamos un clítoris?
Después de cinco añ os y medio se fastidió el
asunto y empezamos a destro-zarnos el uno al otro. Hace varios meses hubo una
reunió n de feministas en la Universidad. Fueron tres mil mujeres (que es mucho
para esta ciudad), incluida yo. Hubo conferencias sobre mú sica, teatro,
poesía, etc., y muchas terapias, pero la que más me gustó fue la de la
masturbació n, Había muchas mujeres hechas un lío, como yo, escuchando a unas
señ oras fantásticas que hablaban sobre sus ex-periencias con la masturbació n,
sus métodos y sus orgasmos. Me pareció feno-menal. Luego apareció la respuesta
para todas las masturbadoras en potencia — un libro que se llamaba La
masturbació n como liberació n, de Betty Dodson. Al principio me pregunté si
merecía la pena gastarse los cinco dó lares, y no le veía mucho sentido a estar
en la cama jugando sola. Pero decidí intentarlo, por Joe y por nuestro precioso
hijito. Me encerré en mi estudio, leí el libro, pelé un pepi-no, cogí un
espejo, el aceite de oliva —todo. Pasé mucho tiempo dedicada a ello, pero no
pasó nada. Sin embargo lo pasé bien, y lo tenía muy claro: «No esperes llegar
al orgasmo la primera vez que te masturbas». A la semana siguiente me
123
BETTY DODSON
leí el libro de nuevo y esta vez lo intenté sin
ningú n artilugio. Diez minutos des-pués, la cabeza me saltó en pedacitos al
tener un ORGASMO. Sonreí y me dije a mí misma: «Betty Dodson, ¡has cambiado mi
vida!» Me pasé una semana dán-dole al tema seis veces al día —no podía parar.
La verdad es que llegó a un pun-to que era incomodo, porque estaba trabajando y
de repente me tenía que ir a masturbar, aunque estuviera el trabajo a medias.
No me podía creer que existiera algo tan fantástico. Supe que nunca había
tenido un orgasmo hasta entonces. Lo primero que hice fue llamar a Joe y
contarle que había pasado una cosa maravi-llosa. Nunca hemos estado tan bien
juntos —¡nunca! Hay una parte de tu libro que se me puede aplicar a mí: «Cuando
dejé de pensar que tenía que conseguir todos los orgasmos follando, empecé a
disfrutar de verdad». No me lo puedo creer —imagínate descubrir lo que es un
orgasmo a los treinta añ os.
Vicki T.
Auckland, New Zeland
Querida Betty:
Hace unos cuatro añ os mi matrimonio era como un
témpano de hielo. Mi marido se pasaba el día diciéndome que era frígida y que
debería hacer algo para evitarlo —o sea masturbarme. No recuerdo haberlo hecho
cuando era pequeñ a. Lo había intentado una vez, ya de mayor, pero me dio tanto
miedo tocarme que lo dejé mucho antes de llegar al orgasmo. Estaba tan
desesperada que fui al Fo-rum Nacional Del Sexo. Me dieron unos cuantos libros
sobre sexo y un vibrador a pilas. Usé el vibrador unas cuantas veces, pero era
agotador y no conseguía nada. Entonces una amiga me presté uno eléctrico y
enorme, y después de varias semanas de dolor aprendí a tener un orgasmo. Me
odiaba a mí misma y me avergonzaba de tener que usar un aparato. Estaba segura
de que era la ú nica mu-jer en el mundo que tenía que recurrir a semejante
perversidad para pasarlo bien. Muchas veces me echaba a llorar cuando por fin
tenía un orgasmo. Creí que nunca podría disfrutar del sexo con un hombre. Era
mi destino.
Entonces fui al Museo de Arte Eró tico y vi uno de
tus dibujos de una mujer con un vibrador. Era inmenso y eléctrico, ¡como el
mío! No me lo podía creer. Quería tocar el dibujo y observar cada detalle con
cuidado, para asegurarme de que no era un espejismo. Se me quitó un enorme peso
de encima, y nunca me he olvidado de ti desde entonces.
Después de ver tu dibujo no me sentía tan culpable,
y empecé a tener or-gasmos con más facilidad. Pero todavía tenía la sensació n
de que el aparato había acabado conmigo. Al poco tiempo me enamoré de un hombre
y enseguida reuní el valor suficiente para hablar con él. Le conté todo sobre
mi clítoris, en-cendí la luz, se lo enseñé , me masturbé delante suyo y le dije
que me acompañ a-ra. Sin comerlo ni beberlo, empecé a tener orgasmos. Había
veces que, después de que él se fuera, sacaba mi preciado aparato eléctrico y
tenía otro orgasmo. Todavía no me atrevo a sacar el vibrador delante de mis
novios, pero por fin
124
SEXO PARA UNO – EL PLACER DEL AUTOEROTISMO
siento algo que nunca creí que fuera para mí. Te
doy las gracias, Betty, por hacer aquel dibujo y por escribirlo todo en un
libro. Eres muy valiente, y te lo agra-dezco.
Anna L.
San Francisco, CA
Querida Betty:
Tengo treinta y siete añ os y me encanta la
masturbació n, siempre me ha encantado. He salido con un hombre catorce añ os
más joven que yo durante dos añ os. Aunque es fantástico, só lo he tenido un
orgasmo una vez, con él dentro de mí. Ocurrió cuando menos me lo esperaba. No
estaba nada contenta conmigo misma, me sentía gorda, fea, etc. Se mostró muy
comprensivo, hicimos el amor y tuve un orgasmo.
¿Por qué ocurrió só lo una vez? Normalmente, cuando
tengo un hombre de-ntro de mí no siento casi nada. Además, ¿có mo puede su pene
estimularme el clítoris, si está dentro?
Le he dado vueltas a esto durante varios meses, y a
veces acepto que soy así y ya está, y otras me entra el síndrome de que «no lo
hago bien». Me gustaría solucionar este problema para tranquilizarme un poco y
tranquilizar mi ego.
Penelope K.
Montreal, Canadá
Querida Hermana:
En la Facultad de Medicina nos dieron una
conferencia sobre sexualidad, con películas de mujeres masturbándose en un
laboratorio donde los investiga-dores estaban estudiando las reacciones
femeninas ante el sexo. Era la primera vez que oía que muchas mujeres tardan
cuarenta minutos en llegar al orgasmo.
Eso fue hace unos cinco meses. Tengo veintidó s añ
os y he tenido muchas relaciones sexuales, pero nunca he tenido un orgasmo.
Sabia que era frígida, hasta que vi esas películas y empecé a experimentar con
mi cuerpo. Descubrí que podía llegar a tener unos orgasmos maravillosos aunque
tardara mucho tiempo (a veces una hora). La primera noche que me masturbé no
fue con nin-guna fantasía —¿quién lo necesita? Só lo podía pensar en que SENTIA
MUCHAS COSAS. Con eso me bastaba. Al ir adquiriendo práctica, añ adí tam-bién
fantasía y me di cuenta de que no só lo mejoraba la sensació n, sino que
ace-leraba un poco el proceso. Es fantástico no tener que fingir nunca mas. Es
una pena que sea tan fácil fingir. Los hombres no son capaces de distinguir, y
por eso las mujeres siguen haciéndolo.
Tengo ganas de regalar tu libro a todas mis amigas
por Navidad.
Ruth L.
Pasadena, CA
125
BETTY DODSON
Querida Betty:
Me he masturbado de forma irregular desde los seis
añ os, pero siempre me ha parecido algo pecaminoso, hasta que hace dos meses
compré tu libro La mas-turbació n como liberació n, y Nosotros y nuestro
Cuerpo. Ahora sé que la mas-turbació n es algo normal y que no está prohibido.
Tengo cuarenta y dos añ os y soy virgen. Nunca he
estado casada. Estoy completamente de acuerdo contigo en que la masturbació n
hace que uno tenga mas confianza en sí mismo. Lo he empezado a notar en estos
dos ú ltimos meses, en los que he dejado de confesarle a Dios mis
masturbaciones como un pecado.
Soy hija ú nica. Mis padres me educaron de una
forma muy rígida y purita-na. Todavía me dicen lo que debo y no debo hacer,
aunque vivimos a setecientos kiló metros de distancia. Soy muy religiosa y por
eso me ha costado tanto aceptar cualquier iniciativa sexual por mi parte.
Dolores S.
Richmond, VA
Querida Betty:
Soy una mujer de treinta y tres añ os, casada y con
cuatro hijos pequeñ os. Soy licenciada en Químicas y he estudiado tres añ os de
Medicina. Me he mas-turbado desde que era muy joven. Recuerdo vagamente que mi
madre me vio un día y me dio una charla muy larga. Como era una niñ a muy cató
lica confesé mi pecado una y otra vez.
Tuve media docena de affaires antes de casarme,
pero nunca he tenido un orgasmo durante la penetració n —es más, só lo lo he
conseguido una vez en doce añ os. Hace cuatro añ os, mi marido me compró un
vibrador. Lo paso bien a pesar de que a veces me distraigo con el ruido. No
tenemos electricidad, de modo que tengo que usar uno a pilas. Mi marido se
estaba empezando a desesperar porque yo era incapaz de tener un orgasmo, a
pesar de las acrobacias y las infinitas pos-turas. Por fin, llegamos a la
conclusió n de que la estimulació n del pene no era suficiente. Después de
investigar un poco, descubrimos varias posturas en las que me podía masturbar
con la mano o con el vibrador mientras hacíamos el amor. Hemos logrado tener
una relació n sexual muy satisfactoria.
¿Has probado la masturbació n como analgésico? Ha
habido más de una vez en que me dolían las muelas y he descubierto, por
casualidad, que la masturba-ció n aliviaba el dolor temporalmente. Como puedo
tener muchos orgasmos —no es raro que tenga entre cinco y diez seguidos me sigo
masturbando hasta que la aspirina me haga efecto. No he logrado saber a qué se
debe, pero a lo mejor es interesante profundizar mas en el tema.
No, no he tenido el valor de contárselo a mi
dentista.
Gracias por desempolvar un tema tan Importante.
Lorna K.
New Brunswick, Canada
126
SEXO PARA UNO – EL PLACER DEL AUTOEROTISMO
Querida Betty:
Me recomendaron tu libro en una clase sobre el
comportamiento sexual del ser humano. Estoy en el ú ltimo curso de Sociología.
Nunca me he sentido tan contenta después de leer un libro. Ahora siento que mi
cuerpo es precioso y no algo maloliente que a los hombres les gusta usar. En
cuanto note que tengo una actitud negativa hacia el coñ o, volveré a leerlo.
Por favor, mándame otra copia para mi madre que
tiene sesenta y tres añ os y sigue considerando su cuerpo como algo que huele
mal. Tiene como una do-cena de desodorantes íntimos. Yo tengo veinte añ os y
todavía vivo con ella. Se-guro que se queda pasmada al principio, pero me voy a
arriesgar porque quiero que se sienta tan bien como yo.
Marie A.
Boca Raton, FL
Querida Betty:
Ayer por la noche volví a leer tu libro y me gustó
tanto como la primera vez. Después me miré en el espejo y me dije a mí mismo
que me quería. Al principio me costó un poco. Luego me metí en el bañ o y me
empecé a hacer ca-ricias mientras decía: «Te quiero, Donald», una y otra vez.
Me daba besos por todas partes, a la vez que me tocaba los pezones con una mano
y los genitales con la otra. En poco tiempo, tuve un orgasmo como en mi vida.
Terminé dán-dome un abrazo delante del espejo y sintiendo tanto cariñ o amor y
comprensió n hacia mi persona como nunca antes había sentido. Fue difícil
admitir que me quería y que soy muy sensible.
Donald G.
Valley Stream, NY
Querida Betty:
De todas las personas que conozco, sé que tu eres
la que mejor va a com-prender mi pequeñ a historia. Yo tenía una compañ era de
fantasías, en Denver, a la que nunca llegué a conocer. Tiene treinta y cinco añ
os y vive con un hombre. Mi sobrino la conoció en una discoteca de Denver y le
debió hablar de mí y de que me sentía solo. Enseguida recibí una carta, la
primera de cincuenta y nueve, junto con una foto suya masturbándose. Nos
escribimos durante cinco añ os haciendo unas descripciones apasionadas de nuestras
fantasías sexuales. El añ o pasado su novio se puso celoso, y dejó de escribir.
Tengo que confesar que fue una buena época. Tengo
noventa y un añ os y mi cuerpo ya no tiene fuerzas, pero mi imaginació n sí. La
echo mucho de me-nos.
Charles P.
New York, NY
127
BETTY DODSON
Querida Betty:
Después de leer tu libro me entraron ganas de
contarte mi método para masturbarme. Lo llevo haciendo desde que era un
adolescente y ahora tengo treinta y ocho añ os. Me masturbo con revistas de
mujeres. Me pongo polvos de talco en la polla, abro la revista por la secció n
de moda o de belleza, meto la po-lla en la revista y la cierro. Luego, con las
dos manos, me masturbo hasta tener un orgasmo. Espero que no pienses que soy
raro o pervertido.
Utilizo toda clase de revistas para mujeres —Vogue,
Cosmo, Glamour, Mademoiselle, Bazaar, Ladies’, Home Journal, McCalls, y
Seventeen. Todos los meses tengo una nueva remesa de amantes.
Lo hago con mujeres de todas las edades
—adolescentes de Seventeen, jó - venes de Glamour y Mademoiselle, y de mediana
edad de Redbook. Escribí a la directora de una de las revistas para contarle lo
que hacía y me contestó : «¡Me alegro por ti! Tú disfrutas más que las chicas
que compran la revista».
No lo había pensado antes, pero en los tiempos que
corren es una buena manera de evitar enfermedades venéreas.
Larry S.
Poughkeepsie, NY
Querida Betty:
Has sido tan sincera al compartir tu vida sexual
con todos nosotros que he decidido sincerarme yo también. Hace diez añ os tuve
un romance en mí trabajo. Tenía una plaza de garaje alquilada cerca de la
oficina. Nuestros respectivos ma-trimonios eran de lo más gris, y terminamos
masturbándonos juntos en el garaje durante cinco añ os. Ha sido la experiencia
sexual más emocionante y satisfacto-ria que he tenido en sesenta añ os de vida.
C. nunca llevaba bragas, só lo una faja sin parte de abajo. Yo me ponía un
condó n todas las mañ anas que sabia que iba a estar con ella. Casi siempre
teníamos un orgasmo a la vez, y tardábamos siete u ocho minutos.
En las pocas ocasiones que tuvimos para follar, yo
tardaba mucho y creo que C. no se corrió nunca. Ella siempre decía que prefería
lo que hacíamos en el coche. Entonces si que se corría con facilidad y deprisa.
Nos contábamos nues-tras fantasías sexuales, lo que hacia que la cosa se
pusiera mucho más caliente. C. me contó que nunca se corría con su marido, y
que siempre terminaba mas-turbándose mientras él se iba al cuarto de bañ o a
lavarse. Era triste —pero por lo menos nos teníamos el uno al otro. Cuando se
fue a vivir a Atlanta, lo pasé bas-tante mal. Pero no hay nada que dure para
siempre. Tuve alguna aventura mas, pero ninguna como ésta.
Paul D.
Peekskill, NY
128
SEXO PARA UNO – EL PLACER DEL AUTOEROTISMO
Querida Betty Dodson:
Todos hemos leído tu libro en el centro donde
trabajo. Consideramos que va a contribuir de una forma muy importante a que se
reduzcan los casos de ma-los tratos a niñ os pequeñ os. Es muy importante que
los hombres y las mujeres aprendan a quererse a sí mismos y, en consecuencia, a
sus parejas y sus hijos. Durante los ú ltimos cuatro añ os, la característica
más comú n de padres o madres que abusaban de sus hijos era una mala imagen de
su propia persona.
W.T. E.
Del Mar, CA
Querida Betty:
Después de tus Terapias, quería intentar hacer
algunas de las cosas que nos habías sugerido. El problema que tenía era que no
tenía intimidad. Cerraba la puerta de mi habitació n y les decía a mis cuatro
hijos que no entraran sin llamar, pero siempre se olvidaban. Tenía que
encontrar una solució n, porque sí aprendía a masturbarme iba a ser mucho más
feliz. Al final puse un cerrojo en mi puerta y un cartel que decía NO MOLESTAR
- ESTOY MEDITANDO. Les expliqué a los niñ os que quería un poco de tranquilidad,
y que no llamaran a la puerta a no ser que se hubieran hecho una herida.
¡Funcionó !
Ruth V.
Scarsdale, NY
Querida Betty:
¡Llevo masturbándome muchos añ os y he disfrutado
de cada uno de los or-gasmos! Me parece que la masturbació n probablemente es
la forma más perfecta de tener sexo. No hay peligro de SIDA ni de ninguna
enfermedad venérea. Es imposible quedarse embarazada o dejar embarazada a una
mujer. Y no hay que preocuparse del humor del otro. Una mujer me contó que
podía masturbarse en cualquier sitio y tener un orgasmo sin que se enterara
nadie —en un autobú s o en un avió n, por ejemplo. Só lo necesitaba mover los
mú sculos apropiados, los mú sculos del amor. (No me acuerdo del nombre
científico.)
A mí también me gusta usar un vibrador. Tengo uno
con un vaso de goma al final. Cuando estoy solo y tengo ganas, pongo una cinta
eró tica en el video y enchufo el vibrador. Es una sensació n maravillosa
mientras veo como se quieren unas personas de lo más atractivas (y a veces se
quieren a sí mismos, cosa que me da mucha más marcha). Puedo estar así durante
una hora o más. Entonces, cuando hay una escena caliente de verdad, ya no puedo
dar marcha atrás y tengo un orgasmo profundo. No siempre lo hago solo. De vez
en cuando encuentro a una amiga que disfruta viendo como me masturbo a la vez
que lo hace ella.
Allan L.
Jacksonville, PL
Querida Betty:
Te quiero contar lo que me pasó en un concurso que
hice con una amiga. Fue hace quince añ os, pero lo recuerdo muy bien. Decidimos
competir a ver quién conseguía tener más orgasmos en tres horas, con un
vibrador. Ella tuvo diecisiete, y cada uno de ellos fue un espectáculo
maravilloso. Cuando más gua-pas están las mujeres es cuando están teniendo un
orgasmo. ¿Y yo? Só lo tuve dos. Intenté llegar hasta tres, pero no pude. ¿Qué
quieres que te diga? Só lo que me enteré de cuál era el sexo débil. Me inclino
con modestia ante las mujeres — y a lo mejor, mientras lo hago, pueda dar una
chupadita o dos, y practicar mi hobby favorito.
Stewart M.
Santa Fe, NM
Betty:
Te mando un giro postal en vez de un cheque porque
todavía vivo de mis padres y controlan mí chequera. No quiero que sepan que leo
cosas sobre el pe-cado prohibido.
Ya sé que has debido oír historias de todo tipo,
pero ahí va una: Una tía mía tuvo que ser ingresada porque tenía una hemorragia
uterina. Antes de que supiéramos que era un fibroma, mi madre dijo: «¿Ves lo
que pasa cuando uno juega demasiado con su cuerpo?» Yo pregunté: «¿Có mo sabes
si jugaba o no?» Contestó : «No lo sé, ¡pero esto es lo que pasa!» P.D. Só lo
tiene cuarenta añ os y estamos en los ochenta, asombroso, ¿no?
Se supone que nos tenemos que castrar (no hay que
tener relaciones prema-trimoniales, no hay que masturbarse, ni tocar a un tío
con el que llevas un añ o). ¿Pero qué pretenden que hagamos?
Sin embargo, he avanzado mucho. Mi novio y yo nos
masturbamos juntos, y muchos de mis amigos también. Cada vez tengo menos
remordimientos.
Como vivo con mis padres te agradecería que
mandaras el libro en un en-voltorio normal, ya me entiendes.
Monica P.
Austin, TX

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