© Libro N° 7622. Por Qué No Soy Cristiano. Russell, Bertrand.
Emancipación. Agosto 8 de 2020.
Título original: © "WHY
I AM NOT CRISTIAN"
Traducido
por: Josefina Martínez Alinari
Versión Original: © Por
Qué No Soy Cristiano. Bertrand Russell
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
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POR QUÉ NO SOY CRISTIANO
Bertrand Russell
Por Qué No Soy Cristiano
Bertrand Russell
Título original en inglés:
"WHY I AM NOT CRISTIAN"
Traducido por Josefina Martínez Alinari
Diseño Diego Pedra
1.a edición: octubre, 1977
2.a edición, marzo, 1978
3.a edición: enero, 1979
®Editora y Distribuidora
Hispano Americana, S.A. (EDHASA)
Av. infanta Carlota, 129
Tlfs. 239 39 30- 230 18 51 Barcelona 29
Esta edición ha sido autorizada por la
Editorial Hermes de México.
IMPRESO FN FSPANA
IBSN: 84-350-0173-3
Depósito legal: B. 240 – 1979
2
INDICE
INTRODUCCIÓN DEL COMPILADOR 4
1.- POR QUÉ NO SOY CRISTIANO 9
2.- ¿HA HECHO LA RELIGIÓN CONTRIBUCIONES ÚTILES A
LA CIVILIZACIÓN? 19
3.- LO QUE CREO 31
4. ¿SOBREVIVIMOS A LA MUERTE? 50
5.- ¿PARECE, SEÑORA? NO, ES 53
6.-SOBRE LOS ESCÉPTICOS CATÓLICOS Y PROTESTANTES 58
7.- LA VIDA EN LA EDAD MEDIA 62
8.- EL DESTINO DE THOMAS PAINE 65
9.- GENTE BIEN 72
10. LA NUEVA
GENERACIÓN 76
11. NUESTRA ÉTICA SEXUAL 82
12. LA LIBERTAD Y LAS UNIVERSIDADES 88
13.- LA EXISTENCIA DE DIOS 95
14. ¿PUEDE LA RELIGIÓN CURAR NUESTROS MALES? 110
15. RELIGIÓN Y MORAL 116
apéndice 117
CÓMO SE EVITÓ QUE BERTRAND RUSSELL ENSEÑASE EN LA
UNIVERSIDAD DE LA CIUDAD DE
NUEVA YORK 117
3
INTRODUCCIÓN DEL COMPILADOR
Bertrand Russell ha sido un prolífico escritor
durante toda su vida y algunas de sus mejores obras están contenidas en
pequeños folletos y en artículos publicados en diversos periódicos. Esto se
aplica en especial a sus estudios sobre la religión, muchos de los cuales son
poco conocidos, fuera de ciertos círculos racionalistas. En el presente volumen
he re-unido cierto número de estos ensayos referentes a la religión, a la vez
que otras obras, co-mo los artículos acerca de "La libertad y las universidades"
y "Nuestra ética sexual", que son aún de gran interés.
Aunque ha sido muy honrado por sus contribuciones a
temas tan puramente abstractos como la lógica y la teoría del conocimiento, se
puede esperar justamente que Russell sea igualmente recordado en los años
venideros como uno de los grandes herejes en moral y religión. No ha sido nunca
un filósofo puramente técnico. Siempre ha estado profundamen-te preocupado con
las cuestiones fundamentales a las cuales las religiones han dado sus
respuestas respectivas, las cuestiones acerca del lugar del hombre en el universo
y la natu-raleza de la vida buena. Ha tratado estas cuestiones con la misma
profundidad, ingenio y elocuencia y expresándose con la misma prosa brillante
que han hecho famosas sus otras obras. Estas cualidades hacen de los ensayos
incluidos en este libro quizás la más impre-sionante y donosa presentación de
la posición del librepensador desde los tiempos de Hume y de Voltaire.
Un libro de Bertrand Russell acerca de la religión
merecería ser publicado en toda época. En la actualidad, cuando estamos
presenciando la campana para el renacimiento de la religión que se lleva a cabo
con la precisión de las modernas campanas de publici-dad, el presentar de nuevo
la tesis del incrédulo parece especialmente deseable. Desde to-dos los rincones
y en todos los ambientes, llevamos varios anos bombardeados con propa-ganda
teológica, la revista Life nos asegura editorialmente que, "excepto para los
materia-listas dogmáticos y los fundamentalistas", la guerra entre la
evolución y la creencia cris-tiana "ha terminado hace muchos anos" y
que "la ciencia misma... desaprueba la noción de que el universo, la vida
o el hombre sean fruto del azar". El profesor Toynbee, uno de los más
dignos apologistas, nos dice que "no podemos combatir él desafío comunista
en un te-rreno profano". Norman Vincent Peale, Monseñor Sheen y otros
profesores de psiquiatría religiosa exaltan los beneficios de la fe en
artículos que leen millones, en libros de venta excepcional H en programas
nacionales de radio y de televisión. Los políticos de todos los partidos,
muchos de los cuales no eran nada famosos por su piedad antes de que
comenza-sen a competir para los cargos públicos, se aseguran de que se les
conozca como frecuen-tadores de las iglesias, y nunca dejan de citar a Dios en
sus eruditos discursos. Fuera de las aulas de las mejores universidades, el
aspecto negativo de ésta cuestión se presenta ra-ramente.
Un libro como este, con su afirmación intransigente
de un punto de vista secularista, es doblemente necesario hoy porque la
ofensiva religiosa no ha quedado restringida sola-mente a la propaganda en gran
escala. En los Estados Unidos ha asumido también la for-ma de numerosas
tentativas, muchas de ellas triunfantes, para minar la separación de la Iglesia
y el Estado, tal como la estipula la Constitución. Estas tentativas son
demasiadas para que las detallemos aquí; pero quizás dos o tres ejemplos
indicarán suficientemente la tendencia perturbadora que, si no halla
obstáculos, convertirá en ciudadanos de segunda clase a los que se opongan a la
religión tradicional. Hace unos cuantos meses, por ejem-plo, una subcomisión de
la Cámara de Representantes incluyó en una Resolución Concu-rrente la
proposición asombrosa de que la "lealtad a Dios" es una condición
esencial para el mejor servicio del gobierno. "El servicio de cualquier
persona en cualquier capacidad, que gobierne o esté sometida al gobierno
—afirmaban oficialmente los legisladores—, de-be estar caracterizado por la
devoción a Dios." Esta resolución no es ley aún, pero lo será pronto, si
no es enfrentada vigorosamente. Otra resolución, que hace de "Confiamos en
Dios" el lema nacional de los Estados Unidos, ha sido aprobada por ambas
Cámaras y ahora es ley nacional. El profesor George Axtelle, de la Universidad
de Nueva York, uno de los pocos críticos francos de estos movimientos y otros
similares, se refirió apropiada-mente o ellos en un testimonio ante una
comisión del Senado, llamándolos "erosiones di-minutas pero
significativas" del principio de la separación de la Iglesia y el Estado.
Las tentativas de inyectar religión donde la
Constitución lo prohíbe expresamente no están limitadas a la legislación
federal. Así, en la Ciudad de Nueva York, para poner un ejemplo particularmente
elocuente, la Dirección del Consejo de Educación preparó en 1955 una "Guía
para Inspectores y Maestros" que declaraba redondamente que "las
escue-las públicas fomentan la creencia en Dios, reconociendo el simple hecho
de que nosotros somos una nación religiosa" y además que las escuelas públicas
"identifican o Dios como la fuente última de la ley natural y moral".
Si se hubiera adoptado esta declaración, casi ninguno de los temas del
programa, escolar de la Ciudad de Nueva York habría quedado libre de la
intrusión teológica. Incluso los estudios aparentemente seculares, como las
ciencias y las matemáticas, debían ser enseñados con armónicos religiosos.
"Los científi-cos y los matemáticos —decía la declaración— conciben el
universo como un lugar lógico, ordenado y pronosticable." Su consideración
de la inmensidad y el esplendor de los cielos, las maravillas del cuerpo y de
la mente humana, la belleza de la naturaleza, el misterio de la fotosíntesis,
la estructura matemática del universo o la noción del infinito sólo pueden
hacernos humildes ante la obra de Dios. Uno sólo puede decir "Cuando
considero los Cie-los, la obra de Tus Manos", un tema tan inocente como
"Artes Industriales" no fue pasado por alto. Los filósofos del,
Consejo afirmaron: "la observación de las maravillas de la composición de
los metales, el grano y la belleza de las maderas, las formas de la
electri-cidad, y las propiedades características de los materiales usados,
invariablemente da ori-gen a la especulación acerca del plan y el orden del
mundo natural, y de la maravillosa obra de un Poder Supremo". Este informe
fue recibido con tal indignación por los grupos cívicos y varios de los grupos
religiosos más liberales que su adopción por el Consejo de Educación se hizo
imposible. Una versión modificada, con supresión de los pasajes más censurables,
fue adoptada subsiguientemente. Sin embargo, incluso la versión revisada,
contiene suficiente lenguaje teológico para hacer estremecer a un
librepensador, y es de esperar que su constitucionalidad sea discutida en los
tribunales.
Ha habido una falta de oposición asombrosa a la
mayoría de las intromisiones de los intereses eclesiásticos. Una razón de ello
parece ser la extendida creencia de que la reli-gión es hoy suave y tolerante y
que las persecuciones son una cosa del pasado. Esta es una peligrosa ilusión.
Mientras muchos jefes religiosos son indudablemente sinceros amigos de la
libertad y la tolerancia, y además firmes creyentes en la separación de la
Iglesia y el Es-tado, desgraciadamente hay otros muchos que perseguirían si pudiesen,
y que persiguen cuando pueden.
En Gran Bretaña, la situación es un poco distinta.
Hay iglesias oficiales y la instruc-ción religiosa está sancionada legalmente
en todas las escuelas del Estado. Sin embargo, el carácter del país es mucho
más tolerante y los hombres públicos no temen tanto que les conozcan
públicamente como incrédulos. Pero también en Gran Bretaña abunda la
propa-ganda religiosa vulgar y los grupos religiosos más agresivos hacen todo
lo posible para evitar que los librepensadores defiendan su posición. El
reciente Informe Beveridge, por ejemplo, recomendaba que la B.B.C. dejase oír a
los representantes del racionalismo. La B.B.C. oficialmente aceptó esta
recomendación, pero no ha hecho nada para llevarla a ca-bo. Las charlas de
Margaret Knight acerca de "Moral sin religión" son una de las pocas
tentativas de presentar la posición de los incrédulos sobre un tema importante.
Las charlas de la señora Knight provocaron furiosos
arrebatos de indignación por parte de diversos fanáticos, que al parecer han
logrado que la B.B.C., vuelva a su antigua sumisión a los intereses religiosos.
Para contribuir a disipar la complacencia acerca de
este tema he añadido, como apéndice de este libro, un relato completo de cómo
Bertrand Russell no fue aceptado como Profesor de Filosofía de la Universidad
de la Ciudad de Nueva Yok. Lo ocurrido en este caso merece ser más conocido,
aunque sólo sea para mostrar las increíbles deformaciones y los abusos de poder
que los fanáticos están dispuestos a emplear cuando se disponen a vencer a su
enemigo. La gente que logró la anulación del nombramiento de Russell son los
mismos que ahora destruirían el carácter secular de los Estados Unidos. Ellos y
sus ami-gos de Inglaterra son, en general, más poderosos hoy de lo que eran en
1910.
El caso de la Universidad de la Ciudad de Nueva
York debería ser escrito en detalle en justicia a Bertrand Russell, que fue
calumniado tanto por el juez que accedió a la deman-da, como por gran parte de
la prensa. Los actos y las opiniones de Russell fueron objeto de ilimitadas
deformaciones y la gente que desconocía sus libros tiene que haber recibido una
impresión completamente errónea de lo que él sustentaba. Yo espero que, al
relatar nue-vamente la historia aquí, unida a. la reproducción de algunos de los
estudios reales de Russell sobre los temas "ofensivos", ayudará a
poner las cosas en su punto.
Varios de los ensayos incluidos en este volumen se
publican de nuevo gracias a la amable autorización de sus editores originales.
A este respecto, deseo expresar mí agrade-cimiento a los señores Watts and Co.,
editores de Por qué no soy cristiano y ¿Ha hecho la religión contribuciones
útiles a la civilización?; a los señores Routledge and Kegan Paúl, que
publicaron Lo que creo; a los señores Hutchinson and Co., que publicaron
¿Sobrevi-vimos a la muerte?; a los señores Nicholson y Watson, editores originales
de El destino de Thomas Paine; y al American Mercury, en cuyas páginas
aparecieron por primera vez «Nuestra ética sexual» y «La libertad y las
universidades». También deseo dar las gracias a mis amigos el profesor Anthony
Flew, Ruth Hoffman y Sheila Meyer y a mis alumnos Ma-rilyn Chamey, Sara Kilian
y John Viscide, quienes me ayudaron de muchas maneras en la preparación de este
libro.
Finalmente, deseo expresar mi gratitud al propio
Bertrand Russell, que ha patrocina-do este proyecto desde el principio y cuyo
vivo interés fue una primordial fuente de inspi-ración.
Ciudad de Nueva York, octubre 1956.
PAÚL EDWARDS
6
PREFACIO
La nueva publicación de varios ensayos míos,
relativos a temas teológicos, realizada por el profesor Edwards, es para mí una
causa de gratitud, especialmente por sus admira-bles observaciones
preliminares. Me alegra en particular que me haya dado una oportuni-dad de
afirmar otra vez mis convicciones sobre los temas de que tratan los diversos
ensa-yos.
Recientemente, ha habido un rumor de que yo era
menos contrario a la ortodoxia reli-giosa de lo que había sido. Ese rumor
carece totalmente de fundamento. Creo que todas las grandes religiones del
mundo —el budismo, el hinduismo, el cristianismo, el islam y el co-munismo— son
a la vez mentirosas y dañinas. Es evidente, como materia de lógica que, ya que
están en desacuerdo, sólo una de ellas puede ser verdadera. Con muy pocas
excepcio-nes, la religión que un hombre acepta es la de la comunidad en que vive,
lo cual hace obvio que la influencia del medio es la que le ha llevado a
aceptar la religión en cuestión. Es cierto que la escolástica inventó lo que
sostenía como argumentos lógicos que probaban la existencia de Dios, y que esos
argumentos, u otros similares, han sido aceptados por mu-chos filósofos
eminentes, pero la lógica a que apelaban estos argumentos tradicionales es de
una anticuada clase aristotélica rechazada ahora por casi todos los lógicos,
excepto los católicos. Hay uno de estos argumentos que no es puramente lógico.
Me refiero al argu-mento del designio. Sin embargo, este argumento fue
destruido por Darwin; y, de todas maneras, sólo podría ser lógicamente
respetable mediante el abandono de la omnipotencia de Dios. Aparte de la fuerza
lógica, para mí hay algo raro en las valuaciones éticas de los que creen que
una deidad omnipotente, omnisciente y benévola, después de preparar el te-rreno
mediante muchos millones de anos de nebulosa sin vida, puede considerarse
adecua-damente recompensado por la aparición final de Hitler, Stalin y la bomba
H.
La cuestión de la verdad de una religión es una
cosa, pero la cuestión de su utilidad es otra. Yo estoy tan firmemente
convencido de que las religiones hacen daño, como lo estoy de que no son
reales.
El daño que hace una religión es de dos clases, una
dependiente de la clase de creen-cia que se considera que se le debe dar, y
otra dependiente de los dogmas particulares en que se cree. Con respecto a la
clase de creencia, se considera virtuoso el tener fe, es decir, tener una
convicción que no puede ser debilitada por la prueba en contrario. Ahora bien,
si la prueba en contrario ocasiona la duda, se sostiene que la prueba en
contrarío debe ser suprimida. Mediante tal criterio, en Rusia los niños no pueden
oír argumentos en favor del capitalismo, ni en Estados Unidos en favor del
comunismo. Esto mantiene intacta la fe de ambos y pronta para una guerra
sanguinaria. La convicción de que es importante creer esto o aquello, incluso
aunque una investigación libre no apoye la creencia, es común a casi todas las
religiones e inspira todos los sistemas de educación estatal. La consecuencia
es que las mentes de los jóvenes no se desarrollan y se llenan de hostilidad
fanática hacia los que tienen otros fanatismos y, aun mas virulentamente, hacia
los contrarios a todos los fanatismos. El hábito de basar las convicciones en
la prueba y de darles sólo ese grado de seguridad que la prueba autoriza, si se
generalizase, curaría la mayoría de los males que padece el mundo. Pero, en la
actualidad, la educación tiende a prevenir el desarrollo de dicho hábito, y los
hombres que se niegan a profesar la creencia en algún sistema de dog-mas
infundados no son considerados idóneos como maestros de la juventud.
Los anteriores males son independientes del credo
particular en cuestión y existen igualmente en todos los credos que se ostentan
dogmáticamente. Pero también hay, en la mayoría de las religiones, dogmas
éticos específicos que causan daño definido. La conde-nación católica del
control de la natalidad, sí prevaleciese, haría imposible la mitigación de la
pobreza y la abolición de la guerra. Las creencias hindúes de que la vaca es
sagrada y que es malo que las viudas se vuelvan a casar causan un sufrimiento innecesario.
La creencia comunista en la dictadura de una minoría de Verdaderos Creyentes ha
producido toda clase de abominaciones.
Se nos dice a veces que sólo el fanatismo puede
hacer eficaz un grupo social. Creo que esto es totalmente contrarío a las
lecciones de la historia. Pero, en cualquier caso, sólo los que adoran
servilmente el éxito pueden pensar que la eficacia es admirable sin te-ner en
cuenta lo que se hace. Por mi parte, creo que es mejor hacer un bien chico que
un mal grande. El mundo que querría ver sería un mundo libre de la virulencia
de las hostili-dades de grupo y capaz de realizar la felicidad para todos
mediante la cooperación, en lu-gar de mediante la lucha. Querría ver un mundo
en el cual la educación tienda a la liber-tad mental en lugar de a encerrar la
mente de la juventud en la rígida armadura del dog-ma, calculado para
protegerla durante toda su vida contra los dardos de la prueba impar-cial. El
mundo necesita mentes y corazones abiertos, y éstos no pueden derivarse de
rígi-dos sistemas, ya sean viejos o nuevos.
BERTRAND RUSSELL
8
1.- POR QUÉ NO SOY CRISTIANO 1
Como ha dicho su presidente, el tema acerca del
cual voy a hablar esta noche es «Por qué no soy cristiano». Quizás sería
conveniente, antes que todo, tratar de averiguar lo que uno quiere dar a
entender con la palabra «cristiano». En estos días, la emplean muy ligera-mente
muchas personas. Hay quienes entienden por ello la persona que trata de vivir
vir-tuosamente. En tal sentido, supongo que habría cristianos de todas las
sectas y credos; pero no creo que sea el sentido adecuado de la palabra, aunque
sólo sea por implicar que toda la gente que no es cristiana —todos los
budistas, confucianos, mahometanos, etc.—, no trata de vivir virtuosamente. Yo
no entiendo por cristiano la persona que trata de vivir decente-mente, de
acuerdo con sus luces. Creo que debe tenerse una cierta cantidad de creencia
de-finida antes de tener el derecho de llamarse cristiano. La palabra no tiene
ahora un signifi-cado tan completo como en los tiempos de San Agustín y Santo
Tomás de Aquino. En aquellos días, si un hombre decía que era cristiano, se
sabía lo que quería dar a entender. Se aceptaba una colección completa de
credos promulgados con gran precisión, y se creía cada sílaba de esos credos
con todas las fuerzas de las convicciones de uno.
¿QUÉ ES UN CRISTIANO?
En la actualidad no es así. Tenemos que ser un poco
más vagos en nuestra idea del cris-tianismo. Creo, sin embargo, que hay dos
cosas diferentes completamente esenciales a todo el que se llame cristiano. La
primera es de naturaleza dogmática; a saber, que hay que creer en Dios y en la
inmortalidad. Si no se cree en esas dos cosas, no creo que uno pueda lla-marse
propiamente cristiano. Luego, más aún, como el nombre implica, hay que tener
algu-na clase de creencia acerca de Cristo. Los mahometanos, por ejemplo,
también creen en Dios y en la inmortalidad, pero no se llaman cristianos. Creo
que hay que tener, aunque sea en una proporción mínima, la creencia de que
Cristo era, si no divino, al menos el mejor y el más sabio de los hombres. Si
no se cree eso acerca de Cristo, no creo que se tenga el de-recho de llamarse
cristiano. Claro está que hay otro sentido que se encuentra en el Whita-kers
Almanack y en los libros de geografía, donde se dice que la población del mundo
está dividida en cristianos, mahometanos, budistas, fetichistas, etc.; y en ese
sentido, todos no-sotros somos cristianos. Los libros de geografía nos incluyen
a todos, pero en un sentido puramente geográfico, que supongo podemos pasar por
alto. Por lo tanto, entiendo que cuando yo digo que no soy cristiano, tengo que
decir dos cosas diferentes; primera, por qué no creo en Dios ni en la
inmortalidad; y segunda, por qué no creo que Cristo fuera el mejor y el más
sabio de los hombres, aunque le concedo un grado muy alto de virtud moral.
De no haber sido por los triunfantes esfuerzos de
los incrédulos del pasado, yo no haría una definición tan elástica del
cristianismo. Como dije antes, en los tiempos pasados, tenían un sentido mucho
más completo. Por ejemplo, comprendía la creencia en el infierno. La creencia
en el fuego eterno era esencial de la fe cristiana hasta hace muy poco. En este
país, como es sabido, dejó de ser esencial mediante una decisión del Consejo
Privado, de cuya
1 Esta
conferencia fue pronunciada el 6 di: marzo de 1927. en el Ayuntamiento de
Battersea. bajo los auspicios de la Sociedad Secular Nacional (Sección del Sur
de Londres).
9
decisión disintieron el Arzobispo de Canterbury, y
el Arzobispo de York; pero, en este país, nuestra religión se establece por Ley
del Parlamento y, por lo tanto, el Consejo Privado pu-do imponerse a ellos, y
el infierno ya no fue necesario al cristiano. Por consiguiente no in-sistiré en
que el cristiano tenga que creer en el infierno.
LA EXISTENCIA DE DIOS
La cuestión de la existencia de Dios es una
cuestión amplia y seria, y si yo intentase tratarla del modo adecuado, tendría
que retenerles aquí hasta el Día del Juicio, por lo cual deben excusarme por
tratarla en forma resumida. Saben, claro está, que la Iglesia Católica ha
declarado dogma que la existencia de Dios puede ser probada mediante la razón
sin ayu-da. Este es un dogma algo curioso, pero es uno de sus dogmas. Tenían
que introducirlo porque, en un tiempo, los' librepensadores adoptaron la costumbre
de decir que había tales y cuales argumentos que la razón podía esgrimir contra
la existencia de Dios, pero que, cla-ro está, ellos sabían, como cuestión de
fe, que Dios existía. Los argumentos y las razones fueron expuestos con gran
detalle y la Iglesia Católica comprendió que había que ponerles coto. Por lo
tanto, estableció que la existencia de Dios puede ser probada por la razón sin
ayuda, y dieron los argumentos para probarlo. Son varios, claro está, pero sólo
citaré unos pocos.
EL ARGUMENTO DE LA PRIMERA CAUSA
Quizás el más fácil y sencillo de comprender es el
argumento de la Primera Causa. (Se mantiene que todo cuanto vemos en este mundo
tiene una causa, y que al ir profundizando en la cadena de las causas llegamos
a una Primera Causa, y que a esa Primera Causa le da-mos el nombre de Dios.)
Ese argumento, supongo, no tiene mucho peso en la
actualidad, porque, en primer lu-gar, causa no es ya lo que solía ser. Los
filósofos y los hombres de ciencia han estudiado la causa y ésta ya no posee la
vitalidad que tenía; pero, aparte de eso, se ve que el argumento de que tiene
que haber una Primera Causa no encierra ninguna validez. (Puedo decir que
cuando era joven y debatía muy seriamente estas cuestiones en mi mente, había
aceptado el argumento de la Primera Causa, hasta el día en que, a los 18 años,
leí la Autobiografía de John Stuart MilL, y hallé allí esta frase: «Mi padre me
enseñó que la pregunta '¿Quién me hizo?' no puede responderse, ya que
inmediatamente sugiere la pregunta '¿Quién hizo a Dios?'. ,.Esa sencilla frase
me mostró, como aún pienso, la falacia del argumento de la Pri-mera Causa. Si
todo tiene que tener alguna causa, entonces Dios debe tener una causa. Si puede
haber algo sin causa, igual puede ser el mundo que Díos, por lo cual no hay
validez en ese argumento. Es exactamente de la misma naturaleza que la opinión
hindú de que el mundo descansaba sobre un elefante, y el elefante sobre una
tortuga; y, cuando le dijeron: «¿Y la tortuga?», el indio dijo: «¿ Y si
cambiásemos de tema?» El argumento no es real-mente mejor que ése. No hay razón
por la cual el mundo no pudo haber nacido sin causa; tampoco, por el contrario,
hay razón de que hubiera existido siempre. No hay razón para suponer que el
mundo haya tenido un comienzo. La idea de que las cosas tienen que tener un
principio se debe realmente a la pobreza de nuestra imaginación.) Por lo tanto,
quizás,
10
no necesito perder más tiempo con el argumento de
la Primera Causa.
EL ARGUMENTO DE LA LEY NATURAL
Luego hay un argumento muy común derivado de la ley
natural. Fue un argumento fa-vorito durante el siglo xviii, especialmente bajo
la influencia de Sir Isaac Newton y su cos-mogonía. La gente observó los
planetas que giraban en torno del sol, de acuerdo con la ley de gravitación, y
pensó que Dios había dado un mandato a aquellos planetas para que se moviesen
así y que lo hacían por aquella razón. Aquella era, claro está, una explicación
sencilla y conveniente que evitaba el buscar nuevas explicaciones de la ley de
la gravitación en la forma un poco más complicada que Einstein ha introducido.
Yo no me propongo dar una conferencia sobre la ley de la gravitación, de
acuerdo con la interpretación de Einstein, porque eso también llevaría algún
tiempo; sea como fuere, ya no se trata de la ley natural del sistema
newtoniano, donde, por alguna razón que nadie podía comprender, la naturaleza
actuaba de modo uniforme. Ahora sabemos que muchas cosas que considerábamos
como leyes naturales son realmente convencionalismos humanos. Sabemos que
incluso en las profundidades más remotas del espacio estelar la yarda sigue
teniendo tres pies. Eso es, sin duda, un hecho muy notable, pero no se le puede
llamar una ley natural. Y otras muchas cosas que se han considerado como leyes
de la naturaleza son de esa clase. Por el contrario, cuando se tiene algún
conocimiento de lo que los átomos hacen realmente, se ve que están menos
sometidos a la ley de lo que se cree la gente y que las leyes que se formulan
no son más que promedios estadísticos producto del azar. Hay, como es sabido,
una ley según la cual en los dados sólo se obtiene el seis doble
aproximadamente cada treinta y seis veces, y no consideramos eso como la prueba
de que la caída de los dados esté regulada por un plan; por el contrario, si el
seis doble saliera cada vez, pensaríamos que había un plan. Las leyes de la
naturaleza son así en gran parte de los' casos. Hay promedios estadísticos que
emer-gen de las leyes del azar; y esto hace que la idea de la ley natural sea mucho
menos impre-sionante de lo que era anteriormente. Y aparte de eso, que
representa el momentáneo estado de la ciencia que puede cambiar mañana, la idea
de qué las leyes naturales implican un le-gislador se debe a la confusión entre
las leyes na turales y las humanas. Las leyes humanas son preceptos que le
mandan a uno proceder de una manera determinada, preceptos que pueden
obedecerse o no; pero las leyes naturales son una descripción de cómo ocurren
realmente las cosas y, como son una mera descripción, no se puede argüir que
tiene que haber alguien que les dijo que actuasen así, porque, si arguyéramos
tal cosa, nos veríamos enfrentados con la pregunta «¿Por qué Dios hizo esas
leyes naturales y no otras?» Si se dice que lo hizo por su propio gusto y sin
ninguna razón, se hallará entonces que hay algo que no está sometido a la ley,
y por lo tanto el orden de la ley natural queda interrumpido. Si se dice, como
hacen muchos teólogos ortodoxos, que, en todas las leyes divinas, hay una
ra-zón de que sean ésas y no otras —la razón, claro está, de crear el mejor
universo posible, aunque al mirarlo uno no lo pensaría así—; si hubo alguna
razón de las leyes que dio Dios, entonces el mismo Dios estaría sometido a la
ley y, por lo tanto, no hay ninguna ventaja en presentar a Dios pomo un
intermediario. Realmente, se tiene una ley exterior y anterior a los edictos
divinos y Dios no nos sirve porque no es el último que dicta la ley. En
resumen, este argumento de la ley natural ya no tiene la fuerza que solía
tener. Estoy realizando cro-nológicamente mi examen de los argumentos. Los
argumentos usados en favor de la exis-
11
tencia de Dios cambian de carácter con el tiempo.
Al principio, eran duros argumentos inte-lectuales que representaban ciertas
falacias completamente definidas. Al llegar a la época moderna, se hicieron
menos respetables intelectualmente y estuvieron cada vez más influi-dos por una
especie de vaguedad moralizadora.
EL ARGUMENTO DEL PLAN
El paso siguiente nos lleva al argumento del plan.
Todos conocen el argumento del plan: todo en el mundo está hecho para que
podamos vivir en él, y si el mundo variase un poco, no podríamos vivir. Ese es
el argumento del plan. A veces toma una forma curiosa; por ejemplo se argüyó
que los conejos tienen las colas blancas con el fin de que se pueda disparar
más fácilmente contra ellos. Es fácil parodiar este argumento. Todos conocemos
la observación de Voltaire de que la nariz estaba destinada a sostener las gafas.
Esa clase de parodia no ha resultado tan desatinada como parecía en el siglo
xviii, porque, desde Dar-win, entendemos mucho mejor por qué las criaturas
vivas se adaptan al medio. No es que el medio fuera adecuado para ellas, sino
que ellas se hicieron adecuadas al medio, y esa es la base de la adaptación. No
hay en ello ningún indicio de plan.
Cuando se examina el argumento del plan, es
asombroso que la gente pueda creer que este mundo, con todas las cosas que hay
en él, con todos sus defectos, fuera lo mejor que la omnipotencia y la
omnisciencia han logrado producir en millones de años. Yo realmente no puedo
creerlo. Creen que, si tuvieran la omnipotencia y la omnisciencia y millones de
años para perfeccionar el mundo, no producirían nada mejor que el Ku-Klux-Klan
o los fascis-tas? Además, si se aceptan las leyes ordinarias de la ciencia, hay
que suponer que la vida humana y la vida en general de este planeta
desaparecerán a su debido tiempo: es una fase de la decadencia del sistema
solar; en una cierta fase de decadencia se tienen las condicio-nes y la
temperatura adecuadas al protoplasma, y durante un corto período hay vida en la
vida del sistema solar. La luna es el ejemplo de lo que le va a pasar a la
tierra; se va a con-vertir en algo muerto, frío y sin vida.
Me dicen que este criterio es deprimente, y que si
la gente lo creyese no tendría ánimo para seguir viviendo. Eso es una tontería.
Nadie se preocupa por lo que va a ocurrir dentro de millones de años. Aunque
crean que se están preocupando por ello, en realidad se enga-ñan a sí mismos.
Se preocupan por cosas mucho más mundanas aunque sólo sea una mala digestión;
pero nadie es realmente desdichado al pensar lo que le va a ocurrir a este
mundo dentro de millones de años. Por lo tanto, aunque es una triste opinión el
suponer que va a desaparecer la vida —al menos, se puede pensar así, aunque, a
veces, cuando contemplo las cosas que hace la gente con su vida, es casi un
consuelo—, no es lo bastante para hacer la vida miserable. Sólo hace que la
atención se vuelva hacia otras cosas.
LOS ARGUMENTOS MORALES DE LA DEIDAD
Ahora llegamos a una fase más allá en lo que yo
llamaré la incursión intelectual que los teístas han hecho en sus
argumentaciones, y nos vemos ante los llamados argumentos mora-les de la
existencia de Dios. "Saben, claro está, que antiguamente solía haber tres
argume n-
12
tos intelectuales de la existencia de Dios, los
cuales fueron suprimidos por Kant en la Criti-ca de la Razón Pura; pero no bien
había terminado con estos argumentos cuando encontró otro nuevo, un argumento
moral, que le convenció. Era como mucha gente: en las materias intelectuales
era escéptico, pero en las morales creía implícitamente en las máximas que su
madre le había enseñado. Eso ilustra lo que los psicoanalistas ponen tanto de
relieve: la fuerza inmensamente mayor que tienen en nosotros las asociaciones
primitivas sobre las posteriores.
Kant. como dije, inventó un nuevo argumento moral
de la existencia de Dios, el cual en diversas formas fue extremadamente popular
durante el siglo xix. Tiene toda clase de for-mas. Una de ellas es decir que no
habría bien ni mal si Dios no existiera. Por el momento no me importa el que
haya o no una diferencia entre el bien o el mal: esa es otra cuestión. Lo que
me importa es que, si se está plenamente convencido de que hay una diferencia
en-tre el bien y el mal entonces uno se encuentra en esta situación: ¿esa
diferencia se debe o no al mandato de Dios? Si se debe al mandato de Dios,
entonces para Dios no hay diferencia entre el bien y el mal, y ya no tiene
significado la afirmación de que Dios es bueno. Si se dice, como hacen los
teólogos, que Dios es bueno, entonces hay que decir que el bie n y el mal deben
tener un significado independiente del mandato de Dios, porque los mandatos de
Dios son buenos y no malos independientemente del mero hecho de que Él los
hiciera. Si se dice eso, entonces hay que decir que el bien y el mal no se
hicieron por Dios, sino que son en esencia lógicamente anteriores a Dios. Se
puede, claro está, si se quiere, decir que hubo una deidad superior que dio
órdenes al Dios que hizo este mundo, o, para seguir el criterio de algunos
gnósticos —un criterio que yo he considerado muy plausible—, que, en reali-dad,
el mundo que conocemos fue hecho por el demonio en un momento en que Dios no
estaba mirando. Hay mucho que decir en cuanto a esto, y no pienso refutarlo.
EL ARGUMENTO DEL REMEDIO DE LA INJUSTICIA
Luego hay otra forma muy curiosa de argumento moral
que es la siguiente: se dice que la existencia de Dios es necesaria para traer
la justicia al mundo. En la parte del universo que conocemos hay gran
injusticia, y con frecuencia sufre el bueno, prospera el malo, y apenas se sabe
qué es lo más enojoso de todo esto; pero si se va a tener justicia en el
uni-verso en general, hay que suponer una vida futura para compensar la vida de
la tierra. Por lo tanto, dicen que tiene que haber un Dios, y que tiene que haber
un cielo y un infierno con el fin de que a la larga haya justicia. Ese es un
argumento muy curioso. Si se mira el asunto desde un punto de vista científico,
se diría: «Después de todo, yo sólo conozco este mundo. No conozco el resto del
universo, pero, basándome en probabilidades, puedo decir que este mundo es un
buen ejemplo, y que si hay injusticia aquí, lo probable es que también haya
injusticia en otra parte». Suponga mos que se tiene un cajón de naranjas, y al
abrirlas la capa superior resulta mala; uno no dice: «Las de abajo estarán
buenas en compensación.» Se di-ría: «Probablemente todas son malas); y eso es
realmente lo que una persona científica diría del universo. Diría así: «En este
mundo hay gran cantidad de injusticia y esto es una razón para suponer que la
justicia no rige el mundo; y en este caso proporciona argumentos mora-les
contra la deidad, no en su favor.» Claro que yo sé que la clase de argumentos
intelectua-les de que he hablado no son realmente los que mueven a la gente. Lo
que realmente hace que la gente crea en Dios no son los argumentos
intelectuales. La mayoría de la gente cree
13
en Dios porque les han enseñado a creer desde su
infancia, y esa es la razón principal. Luego, creo que la razón más poderosa e
inmediata después de ésta es el deseo de se-
guridad, la sensación de que hay un hermano mayor
que cuidará de uno. Esto desempeña un papel muy profundo en provocar el deseo
de la gente de creer en Dios.
EL CARÁCTER DE CRISTO
Ahora tengo que decir unas pocas palabras acerca de
un asunto que creo que no ha sido suficientemente tratado por los
racionalistas, y que es la cuestión de si Cristo era el mejor y el más sabio de
los hombres. Generalmente, se da por sentado que todos debemos estar de acuerdo
en que era así. Yo no lo estoy. Creo que hay muchos puntos en que estoy de
acuer-do con Cristo, muchos más que aquellos en que lo están los cristianos
profesos. No sé si podría seguirle todo el camino, pero iría con Él mucho más lejos
de lo que irían la mayoría de los cristianos profesos. Recuérdese que Él dijo:
«Yo, empero, os digo, que no hagáis re-sistencia al agravio; antes, si alguno
te hiriese en la mejilla derecha, vuelve también la otra.» No es un precepto ni
un principio nuevos. Lo usaron Lao- Tsé y Buda quinientos o seiscientos años
antes de Cristo, pero este principio no lo aceptan los cristianos. No dudo que
el actual primer ministro2, por ejemplo, es un cristiano muy sincero, pero no
les aconse-jo que vayan a abofetearlo. Creo que hallarían que él pensaba que el
texto tenía un sentido figurado.
Luego, hay otro punto que considero excelente. Se
recordará que Cristo dijo: «No juz-guéis a los demás si no queréis ser
juzgados.» Ese principio creo que no se hallará en los tribunales de los países
cristianos. Yo he conocido en mi tiempo muchos jueces que eran cristianos
sinceros, y ninguno de ellos creía que actuaba en contra de los principios
cristia-nos haciendo lo que hacia. Luego Cristo dice: «Al que te pide, dale: y
no le tuerzas el rostro al que pretenda de ti algún préstamo.» Ese es un principio
muy bueno.
El presidente ha recordado que no estamos aquí para
hablar de política, pero no puedo menos de observar que las últimas elecciones
generales se disputaron en torno a lo deseable que era torcer el rostro al que
pudiera pedirnos un préstamo, de modo que hay que suponer que los liberales y
los conservadores de este país son personas' que no están de acuerdo con las
enseñanzas de Cristo, porque, en dicha ocasión, se apartaron definitivamente de
ellas.
Luego, hay otra máxima de Cristo que yo considero
muy valiosa, pero que no es muy popular entre algunos de nuestros amigos
cristianos. Él dijo: «Si quieres ser perfecto, anda y vende cuanto tienes y
dáselo a los pobres.» Es una máxima excelente, pero, como dije, no se practica
mucho. Considero que todas estas máximas son buenas, aunque un poco difíci-les
de practicarse. Yo no hago profesión de practicarlas; pero, después de todo, no
es lo mismo que si se tratase de un cristiano.
DEFECTOS DE LAS ENSEÑANZAS DE CRISTO
Concediendo la excelencia de estas máximas, llego a
ciertos puntos en los cuales no
2 Stanley
Baldwin.
14
creo que uno pueda ver la superlativa virtud ni la
superlativa bondad de Cristo, como son pintadas en los Evangelios; y aquí puedo
decir que no se trata de la cuestión histórica. His-tóricamente, es muy dudoso
el que Cristo existiera, y, si existió, no sabemos nada acerca de Él, por lo
cual no me ocupo de la cuestión histórica que es muy difícil. Me ocupo de
Cristo tal como aparece en los Evangelios, aceptando la narración como es, y
allí hay cosas que no parecen muy sabias. Una de ellas es que Él pensaba que Su
segunda venida se produciría, en medio de nubes de gloria, antes que la muerte
de la gente que vivía en aquella época. Hay muchos textos que prueban eso.
Dice, por ejemplo: «No acabaréis de pasar por las ciu-dades de Israel antes que
venga el Hijo del hombre.» Luego dice: «En verdad os digo que hay aquí algunos
que no han de morir antes que vean al Hijo del hombre aparecer en el es-plendor
de su reino»; y hay muchos lugares donde está muy claro que Él creía que su
se-gundo advenimiento ocurriría durante la vida de muchos que vivían entonces.
Tal fue la creencia de sus primeros discípulos, y fue la base de una gran parte
de su enseñanza moral. Cuando dijo: «No andéis, pues, acongojados por el día de
mañana» y cosas semejantes, lo hizo en gran parte porque creía que su segunda
venida iba a ser muy pronto, y que los asun-tos mundanos ordinarios carecían de
importancia. En realidad, yo he conocido a algunos cristianos que creían que la
segunda venida era inminente. Yo conocí a un sacerdote que aterró a su congregación
diciendo que la segunda venida era inminente, pero todos queda-ron muy
consolados al ver que estaba plantando árboles en su jardín. Los primeros
cristia-nos lo creían realmente, y se abstuvieron de cosas como la plantación
de árboles en sus jar-dines, porque aceptaron de Cristo la creencia de que la
segunda venida era inminente. En tal respecto, evidentemente, no era tan sabio
como han sido otros, y desde luego, no fue su-perlativamente sabio.
EL PROBLEMA MORAL
Luego, se llega a las cuestiones morales. Para mí,
hay un defecto muy serio en el carác-ter moral de Cristo, y es que creía en el
infierno. Yo no creo que ninguna persona profun-damente humana pueda creer en
un castigo eterno. Cristo, tal como lo pintan los Evange-lios, sí creía en el
castigo eterno, y uno halla repetidamente una furia vengativa contra los que no
escuchaban sus sermones, actitud común en los predicadores y que dista mucho de
la excelencia superlativa. No se halla, por ejemplo, esa actitud en Sócrates.
Es amable con la gente que no le escucha; y eso es, a mi entender, más digno de
un sabio que la indigna-ción. Probablemente todos recuerdan las cosas que dijo
Sócrates al morir y lo que decía ge-neralmente a la gente que no estaba de
acuerdo con él.
Se hallará en el Evangelio que Cristo dijo:
«¡Serpientes, raza de víboras! ¿Cómo será posible que evitéis el ser condenados
al fuego del infierno?» Se lo decía a la gente que no escuchaba sus sermones. A
mi entender este no es realmente el mejor tono, y hay muchas cosas como éstas
acerca del infierno. Hay, claro está, el conocido texto acerca del pecado
contra el Espíritu Santo: «Pero quien hablase contra el Espíritu Santo,
despreciando su gra-cia, no se le perdonará ni en esta vida ni en la otra». Ese
texto ha causado una indecible cantidad de miseria en el mundo, pues las más
diversas personas han imaginado que han cometido pecados contra el Espíritu
Santo y pensado que no serían perdonadas en este mundo ni en el otro. No creo
que ninguna persona un poco misericordiosa ponga en el mundo miedos y terrores
de esta clase.
15
Luego, Cristo dice: «Enviará el Hijo del hombre a
sus ángeles, y quitarán de su reino a todos los escandalosos y a cuantos obran
la maldad; y los arrojarán en el horno del fuego: allí será el llanto y el
crujir de dientes.» Y continúa extendiéndose con los gemidos y el re-chinar de
dientes. Esto se repite en un versículo tras otro, y el lector se da cuenta de
que hay un cierto placer en la contemplación de los gemidos y el rechinar de
dientes', pues de lo contrario no se repetiría con tanta frecuencia, Luego,
todos ustedes recuerdan, claro está, lo de las ovejas y los cabritos; cómo, en
la segunda venida, para separar a las ovejas y a los cabritos dirá a éstos:
«Apartaos de mi, malditos: id al fuego eterno.» Y continúa: «Y éstos irán al
fuego eterno.» Luego, dice de nuevo: «Y si es tu mano derecha la que te sirve
de es-cándalo o te incita a pecar, córtala y tírala lejos de ti; pues mejor te
está que perezca uno de tus miembros, que no el que va ya todo tu cuerpo al
infierno, al fuego que no se extingue jamás.» Esto lo repite una y otra vez.
Debo declarar que toda esta doctrina, que el fuego del infierno es un castigo
del pecado, es una doctrina de crueldad. Es una doctrina que llevó la crueldad
al mundo y dio al mundo generaciones de cruel tortura; y el Cristo de los
Evange-lios, si se le acepta tal como le representan sus cronistas, tiene que
ser considerado en parte responsable de eso.
Hay otras cosas de menor importancia. Está el
ejemplo de los puercos de Gadar, donde ciertamente no fue muy compasivo para
los puercos el meter diablos en sus cuerpos y pre-cipitarlos colina abajo hasta
el mar. Hay que recordar que SI era omnipotente, y simple-mente pudo hacer que
los demonios se fueran; pero eligió meterlos en los cuerpos de los cerdos.
Luego está la curiosa historia de la higuera, que siempre me ha intrigado.
Recuer-dan lo que ocurrió con la higuera. «Tuvo hambre. Y como viese a lo lejos
una higuera con hojas, encaminose allá por ver si encontraba en ella alguna
cos-a: y llegando, nada encontró sino follaje; porque no era aún tiempo de
higos; y hablando a la higuera le dijo: "Nunca ja-más coma ya nadie fruto
de ti"... y Pedro... le dijo: "Maestro, mira cómo la higuera que
maldijiste se ha secado."» Esta es una historia muy curiosa, porque
aquella no era la época de los higos, y en realidad, no se puede culpar al
árbol. Yo no puedo pensar que, ni en vir-tud ni en sabiduría, Cristo esté tan alto
como otros personajes históricos. En estas cosas, pongo por encima de Él a Buda
y a Sócrates.
EL FACTOR EMOCIONAL
Como dije antes, no creo que la verdadera razón por
la cual la gente acepta la religión tenga nada que ver con la argumentación. Se
acepta la religión emocionalmente. Con fre-cuencia se nos dice que es muy malo
atacar la religión porque la religión hace virtuosos a los hombres. Eso dicen;
yo no lo he advertido. Conocen, claro está, la parodia de ese argu-mento en el
libro de Samuel Butler, Erewhon Revisited. Recordarán que en Erewhon hay un tal
Higgs que llega a un país remoto y, después de pasar algún tiempo allí, se
escapa en un globo. Veinte años después, vuelve a aquel país y halla una nueva
religión, en la que él mismo es adorado bajo el nombre de Niño Sol, que se dice
ascendió a los cielos. Ve que se va a celebrar la Fiesta de la Ascensión y que
los profesores Hanky y Panky se dicen que nunca han visto a Higgs, y esperan no
verlo jamás; pero son los sumos sacerdotes de la re-ligión del Niño Sol. Higgs
se indigna y se acerca a ellos y dice: «Voy a descubrir toda esta farsa y a
decir al pueblo de Erewhon que fui únicamente yo, Higgs, que subí en un globo.»
Y le dijeron: «No puede hacer eso, porque toda la moral de este país gira en
torno de ese
16
mito, y si supieran que no subió a los cielos se
harían malos»; y con ello le persuadieron para que se marchase silenciosamente.
Esa es la idea, que todos seríamos malos si no
tuviéramos la religión cristiana. A mi me parece que la gente que la tiene es,
en su mayoría, extremadamente mala. Existe este hecho curioso: cuanto más
intensa ha sido la religión de cualquier periodo, y más profunda la creencia
dogmática, han sido mayor la crueldad y peores las circunstancias. En las
llamadas edades de la fe, cuando los hombres realmente creían en la religión
cristiana en toda su in-tegridad hubo la Inquisición con sus torturas; hubo
muchas desdichadas mujeres quemadas por brujas; y toda clase de crueldades
practicadas en toda clase de gente en nombre de la religión.
Uno halla, al considerar el mundo, que todo el
progreso del sentimiento humano, que toda mejora de la ley penal, que todo paso
hacia la disminución de la guerra, que todo paso hacia un mejor trato de las
razas de color, que toda mitigación de la esclavitud, que todo progreso moral
realizado en el mundo, ha sido obstaculizado constantemente por las igle-sias
organizadas del mundo. Digo deliberadamente que la religión cristiana, tal como
está organizada en sus iglesias ha sido, y es aún, la principal enemiga del
progreso moral del mundo.
CÓMO LAS IGLESIAS HAN RETARDADO EL PROGRESO
Se puede pensar que voy demasiado lejos cuando digo
que aún sigue siendo así. Yo no lo creo. Basta un ejemplo. Serán más
indulgentes conmigo si lo menciono. No es un hecho agradable, pero las iglesias
le obligan a uno a mencionar hechos que no son agradables. [Supongamos que en
el mundo actual una joven sin experiencia se casa con un sifilítico; en tal
caso, la Iglesia Católica dice; «Este es un sacramento indisoluble. Hay que
estar juntos durante toda la vida.» Y la mujer no puede dar ningún paso para no
traer al mundo hijos' sifilíticos. Eso es lo que dice la Iglesia Católica. Yo
digo que ésa es una diabólica crueldad, y nadie cuya compasión natural no haya
sido alterada por el dogma, o cuya naturaleza mo-ral no sea absolutamente
insensible al sufrimiento, puede mantener que es bueno y conve-niente que
continúe ese estado de cosas.
Este no es más que un ejemplo. Hay muchos modos por
los cuales, en el momento ac-tual, la Iglesia, por su insistencia en lo que ha
decidido en llamar moralidad, inflige a la gente toda clase de sufrimientos
inmerecidos e innecesarios. Y claro está, como es sabido, en su mayor parte se
opone al progreso y al perfeccionamiento en todos los medios de dis-minuir el
sufrimiento del mundo, porque ha decidido llamar moralidad a ciertas estrechas
reglas de conducta que no tienen nada que ver con la felicidad humana; y cuando
se dice que se debe hacer esto o lo otro, porque contribuye a la dicha humana,
estima que es algo completamente extraño al asunto. «¿Qué tiene que ver con la
moral la felicidad humana? El objeto de la moral no es hacer feliz a la gente.»
EL MIEDO, FUNDAMENTO DE LA RELIGIÓN
La religión se basa, principalmente, a mi entender,
en el miedo. Es en parte el miedo a
17
lo desconocido, y en parte, como dije, el deseo de
pensar que se tiene un hermano mayor que va a defenderlo a uno en todas sus
cuitas y disputas. El miedo es la base de todo: el miedo de lo misterioso, el
miedo de la derrota, el miedo de la muerte. El miedo es el padre de la crueldad
y, por lo tanto, no es de extrañar que la crueldad y la religión vayan de la
mano. Se debe a que el miedo es la base de estas dos cosas. En este mundo,
podemos ahora comenzar a entender un poco las cosas y a dominarlas un poco con
ayuda de la ciencia, que se ha abierto paso frente a la religión cristiana,
frente a las iglesias, y frente a la oposición de todos los antiguos preceptos.
La ciencia puede ayudarnos a librarnos de ese miedo co-barde en el cual la
humanidad ha vivido durante tantas generaciones. La ciencia puede en-señarnos a
no buscar ayudas imaginarias, a no inventar aliados celestiales, sino más bien
a hacer con nuestros esfuerzos que este mundo sea un lugar habitable, en lugar
de ser lo que han hecho de él las iglesias en todos estos siglos.
LO QUE DEBEMOS HACER
Tenemos que mantenernos de pie y mirar al mundo a
la cara: sus cosas buenas, sus co-sas malas, sus bellezas y sus fealdades; ver
el mundo tal cual es y no tener miedo de él. Conquistarlo mediante la
inteligencia y no sólo sometiéndose al terror que emana de él. Todo el concepto
de Dios es un concepto derivado del antiguo despotismo oriental. Es un concepto
indigno de los hombres Ubres. Cuando se oye en la iglesia a la gente humillarse
y proclamarse miserables pecadores, etc., parece algo despreciable e indigno de
seres huma-nos que se respetan. Debemos mantenernos de pie y mirar al mundo a
la cara. Tenemos que hacer el mundo lo mejor posible, y si no es tan bueno como
deseamos, después de todo será mejor que lo que esos otros han hecho de él en
todos estos siglos. Un mundo bueno necesi-ta conocimiento, bondad y valor; no
necesita el pesaroso anhelo del pasado, ni el aherroja-miento de la
inteligencia libre mediante las palabras proferidas hace mucho por hombres
ignorantes. Necesita un criterio sin temor y una inteligencia libre. Necesita
la esperanza del futuro, no el mirar hacia un pasado muerto, que confiamos será
superado por el futuro que nuestra inteligencia puede crear.
18
2.- ¿HA HECHO LA RELIGIÓN CONTRIBUCIONES ÚTILES A
LA CIVILI-ZACIÓN?3
Mi opinión acerca de la religión es la de Lucrecio.
La considero como una enfermedad nacida del miedo, y como una fuente de
indecible miseria para la raza humana. No puedo, sin embargo, negar que ha
contribuido en parte a la civilización. Primitivamente ayudó a fijar el
calendario, e hizo que los sacerdotes egipcios escribieran la crónica de los
eclipses con tal cuidado que con el tiempo pudieron predecirlos. Estoy
dispuesto a reconocer estos dos servicios, pero no conozco otros.
La palabra «religión» se emplea hoy muy
ligeramente. Algunos, bajo la influencia de un protestantismo extremo, emplean
la palabra para denotar las convicciones personales serias con respecto a la
moral o a la naturaleza del universo. Este uso de la palabra es com-pletamente
antihistórico. La religión es primordialmente un fenómeno social. Las iglesias
pueden deber su origen a maestros con fuertes opiniones individuales, pero
dichos maestros rara vez han tenido gran influencia en las iglesias que fundaron,
mientras que las iglesias han tenido una enorme influencia en las comunidades
en que florecieron. Para poner el ejemplo más interesante a los miembros de la
civilización occidental: las enseñanzas de Cristo, tal como aparecen en los
Evangelios, han tenido muy poco que ver con la ética de los cristianos. Lo más
importante del cristianismo, desde un punto de vista social e históri-co, no es
Cristo, sino la Iglesia, y si vamos a juzgar el cristianismo como fuerza
social, no debemos buscar nuestro material en los Evangelios. Cristo dijo que
debían entregarse los bienes a los pobres, que no se debía luchar, que no había
que ir a la iglesia y que el adulte-rio no debía estar castigado. Ni los
católicos ni los protestantes han demostrado ningún fuerte deseo de seguir sus
enseñanzas en este respecto. Algunos de los franciscanos, es cier-to, trataron
de enseñar la doctrina de la pobreza apostólica, pero el Papa los condenó, y su
doctrina fue declarada herética. O, de nuevo, consideremos el texto: «No
juzguéis a los de-más si no queréis ser juzgados y preguntémenos la influencia
que dicho texto ha tenido so-bre la Inquisición y el Ku-Klux-Klan.
Lo que se aplica al cristianismo es igualmente
cierto en el budismo. Buda era bondado-so y esclarecido; en su lecho de muerte
se reía de sus discípulos porque creían que era in-mortal. Pero los sacerdotes
budistas —como existen en el Tibet, por ejemplo—, han sido obscurantistas,
tiranos y crueles en el más alto grado.
No hay nada accidental en esta diferencia entre la
Iglesia y su Fundador. En cuanto la absoluta verdad se supone contenida en los
dichos de un cierto hombre, hay un cuerpo de expertos que interpretan lo que
dice, y estos expertos infaliblemente adquieren poder, ya que tienen la clave
de la verdad. Como cualquier otra casta privilegiada, emplean el poder en
beneficio propio. Sin embargo, son, en un respecto, peores que cualquier otra
casta privi-legiada, ya que su misión es difundir una verdad invariable, revelada
de una vez para siem-pre en toda su perfección, de forma que se hacen
necesariamente contrarios a todo progreso intelectual y moral. La Iglesia
combatió a Galileo y a Darwin; en nuestra época combate a Freud. En sus épocas
de mayor poder fue más allá en su oposición a la vida intelectual. ¡El papa
Gregorio el Grande escribió a un cierto obispo una carta que comenzaba: «Nos ha
lle-
3 Publicada
por primera vez en 1930
19
gado el informe, que no podemos mencionar sin
rubor, de que enseñáis la gramática a cier-tos amigos.» El obispo fue obligado
por la autoridad pontifical a desistir de su maligna la-bor, y la latinidad no
se recuperó hasta el Renacimiento. La religión es perniciosa no sólo
intelectual, sino también moralmente. Quiero decir con esto que enseña códigos
morales no conducentes a la dicha humana. Cuando, hace unos años, se hizo un
plebiscito en Alema-nia, para ver si las casas reales destronadas podían disfrutar
de su patrimonio privado, las Iglesias de Alemania declararon oficialmente que
sería contrario a las enseñanzas del cris-tianismo el privarlas de él. Las
Iglesias, como es sabido, se opusieron a la abolición de la esclavitud,
mientras se atrevieron, y con unas pocas y sonadas excepciones, se oponen en la
actualidad a todo movimiento hacia la justicia económica. El Papa ha condenado
oficial-mente el socialismo.
EL CRISTIANISMO Y EL SEXO
La peor actitud de la religión cristiana, sin
embargo, es la que tiene con respecto al sexo; es una actitud tan morbosa y
antinatural que sólo se la puede comprender cuando se la relaciona con la
enfermedad del mundo civilizado en el momento en que decaía el Imperio Romano.
A veces oímos hablar de que el cristianismo ha mejorado la condición de las
mu-jeres. Ésta es una de las mayores perversiones de la historia que es posible
realizar. Las mu-jeres no pueden disfrutar una posición tolerable en la sociedad
donde se considera de la mayor importancia que no infrinjan un código moral muy
rígido. Los monjes han mirado siempre a la mujer como la tentadora; la han
considerado como la inspiradora de deseos impuros. La enseñanza de la Iglesia
ha sido, y sigue siendo, que la virginidad es lo mejor, pero que, para los que
hallan esto imposible, está permitido el matrimonio: «Pues más vale casarse que
abrasarse», como dice San Pablo brutalmente. Haciendo indisoluble el
matri-monio y eliminando todo el conocimiento del ars amandi, la Iglesia hizo
cuanto pudo para lograr que la única forma de sexualismo permitido supusiera
poco placer y mucho dolor. La oposición al control de la natalidad obedece, en
realidad, al mismo motivo: si una mujer tiene un hijo por año hasta que muere
agotada, no va a tener gran placer en su matrimonio; por lo tanto hay que
combatir el control de la natalidad.
El concepto del pecado unido a la ética cristiana
causa un enorme daño, ya que da a la gente una salida a su sadismo que
considera legítima e incluso noble. Tómese, por ejemplo la cuestión de la
prevención de la sífilis. Sabido es que, si se toman precauciones' por
ade-lantado, el peligro de contraer la enfermedad es muy pequeño. Sin embargo,
los cristianos se oponen a la difusión del conocimiento de este hecho, ya que
mantienen que los pecado-res deben ser castigados. Mantienen esto hasta tal
punto que están dispuestos a que el casti-go se extienda a las esposas y los
hijos de los pecadores. En la actualidad, hay en el mundo muchos miles de niños
que padecen sífilis congénita y que no deberían haber nacido, de no haber sido
por el deseo de los cristianos de ver castigados a los pecadores. No puedo
enten-der cómo las doctrinas conducentes a esta diabólica crueldad se pueden
considerar como beneficiosas para la moral.
No sólo con respecto al proceder sexual, sino
también con respecto al conocimiento de los temas sexuales, la actitud de los
cristianos es peligrosa para el bien humano. Toda per-sona que se ha molestado
en estudiar la cuestión sin prejuicios sabe que la ignorancia artifi-
20
cial acerca de los temas sexuales que los
cristianos ortodoxos tratan de inculcar a los jóve-nes es extremadamente
peligrosa para la salud física y mental, y causa en los que se infor-men
mediante conversaciones «indecentes», como hacen la mayoría de los niños, la
actitud de que el sexo es en si indecente y ridículo. No creo que haya quien
pueda defender que el conocimiento es indeseable en forma alguna. Yo no pondría
barreras a la adquisición de conocimiento del sexo, hay argumentos de mucho más
peso en su favor que en el caso de la mayoría de los demás conocimientos. Una
persona probablemente actúa con menos pru-dencia cuando es ignorante que cuando
está instruida, y es absurdo dar a los jóvenes una sensación de pecado porque
tengan una curiosidad natural acerca de un asunto importante.
A todos los muchachos les interesan los trenes.
Supongamos que se les dice que el inte-rés por los trenes es malo; supongamos
que se les venden los ojos siempre que están en un tren o en una estación de
ferrocarril; supongamos que nunca se permita que le palabra «tren» se mencione
en presencia suya, y se mantenga un misterio impenetrable en cuanto a los
medios por los cuales se les transporta de un lugar a otro. El resultado no
sería hacer que cesase el interés por los trenes; por el contrario, los muchachos
se interesarían más por ellos, pero tendrían una morbosa sensación de pecado,
porque este interés se les ha presen-tado como indecente. Todo muchacho con
inteligencia activa, puede, por este medio, con-vertirse en un neurasténico.
Esto es precisamente lo que se hace en materia de sexo; pero, como el sexo es
más interesante que los trenes, los resultados son aún peores. Casi todo adulto
de una comunidad cristiana tiene una enfermedad nerviosa como resultado del
tabú en el conocimiento del sexo cuando era muchacho. Y este sentimiento de
pecado, impla n-tado artificialmente, es una de las causas de la crueldad,
timidez y estupidez en las etapas posteriores de la vida. No hay motivo
racional de ninguna clase para impedir que un niño se entere de un asunto que
le interesa, ya sea sexual o de otra clase. Y no tendremos jamás una población
sana hasta que este hecho haya sido reconocido en la primera educación, cosa
imposible mientras las Iglesias dominen la política educacional.
Dejando de lado estas objeciones relativamente
detalladas es evidente que las doctrinas fundamentales del cristianismo exigen
una gran cantidad de perversión ética antes de ser aceptadas.
El mundo, según se nos dice, fue creado por un Dios
que es a la vez bueno y omnipo-tente. Antes de crear el mundo, previo todo el
dolor y la miseria que iba a contener; por lo tanto, es responsable de ellos.
Es inútil argüir que el dolor del mundo se debe al pecado. En primer lugar eso
no es cierto; el pecado no produce el desbordamiento de los ríos ni las
erupciones de los volcanes. Pero aunque esto fuera verdad, no serviría de nada.
Si yo fuera a engendrar un hijo sabiendo que iba a ser un maniático homicida,
sería responsable de sus crímenes. Si Dios sabía de antemano los crímenes que
el hombre iba a cometer, era clara-mente responsable de todas las consecuencias
de esos pecados cuando decidió crear al hombre. El argumento cristiano usual es
que el sufrimiento del mundo es una purificación del pecado, y, por lo tanto,
una cosa buena. Este argumento es, claro está, sólo una raciona-lización del
sadismo; pero en todo caso es un argumento pobre. Yo invitaría a cualquier
cristiano a que se acompañase a la sala de niños de un hospital, a que
presenciase los sufri-mientos que padecen allí, y luego a insistir en la
afirmación de que esos niños están tan mo-ralmente abandonados que merecen lo
que sufren. Con el fin de afirmar esto, un hombre tiene que destruir en él todo
sentimiento de piedad y compasión. Tiene, en resumen, que hacerse tan cruel
como el Dios en quien cree. Ningún hombre que cree que los sufrimientos de este
mundo son por nuestro bien, puede mantener intactos sus valores éticos, ya que
siempre está 'tratando de hallar excusas para el dolor y la miseria.
21
LAS OBJECIONES A LA RELIGIÓN
Las objeciones a la religión son de dos clases,
intelectuales y morales. La objeción in-telectual consiste en que no hay razón
para suponer que hay alguna religión verdadera; la objeción moral es que los
preceptos religiosos datan de una época en que los hombres eran más crueles de
lo que son ahora y, por lo tanto, tienden a perpetuar inhumanidades que la
conciencia moral de la época habría superado de no ser por la religión.
Mencionaremos primero la objeción intelectual; hay
una cierta tendencia en nuestra época práctica a considerar que no tiene mucha
importancia que la enseñanza religiosa sea verdadera o no, ya que la cuestión
es que tenga utilidad. Sin embargo, una cuestión no pue-de decidirse sin la
otra. Si creemos en la religión cristiana, nuestras nociones de lo que es bueno
serán diferentes de lo que serían si no creyésemos en ella. Por lo tanto, para
los cris-tianos, los efectos del cristianismo pueden parecer buenos, mientras
que para los incrédulos pueden parecer malos. Además, la actitud de que debemos
creer en tal o cual proposición, independientemente de la cuestión de que haya
pruebas en favor suyo, es una actitud que produce hostilidad a la prueba y hace
que cerremos nuestra mente a todo hecho que no esté de acuerdo con nuestros
prejuicios.
Una cierta clase de sinceridad científica es una
cualidad muy importante y ésta rara vez puede existir en un hombre que imagina
que hay cosas en la que tiene el deber de creer. Por lo tanto, no podemos
decidir realmente si la religión es verdadera. Para los cristianos,
ma-hometanos y judíos, la cuestión fundamental de la verdad religiosa es la
existencia de Dios. En los días en que la religión triunfaba en el mundo, la
palabra «Dios» tenía un significado perfectamente definido; pero como resultado
de los ataques de los racionalistas, la palabra ha ido empalideciendo, hasta
ser difícil ver lo que la gente quiere decir cuando afirma que cree en Dios.
Mencionaremos a este respecto la definición de Matthew Arnold: «Un poder fuera
de nosotros que crea la virtud.» Quizás podamos hacer esto aún más vago, y
pregun-tarnos si tenemos alguna prueba del propósito del universo, aparte de
los propósitos de los seres vivos de la superficie del planeta.
El argumento usual de los religiosos acerca de este
tema es, en líneas generales, el si-guiente: «Yo y mis amigos somos personas de
asombrosa virtud e inteligencia. Es inconce-bible que tanta virtud e
inteligencia sean producto del azar. Por lo tanto, tiene que haber al-guien,
que lo menos tan inteligente y virtuoso como nosotros, que puso en marcha la
ma-quinaria cósmica con el fin de crearnos.» Siento decir que no encuentro este
argumento tan impresionante como es para los que lo emplean. El universo es vasto;
pero, si vamos a creer a Eddington, probablemente no hay en el universo seres
tan inteligentes como los hombres. Si se considera la cantidad total de materia
en el mundo y la comparamos con la cantidad que forma los cuerpos de los seres
inteligentes, se verá que esta última es una proporción infinitesimal en
relación con la primera. Por consiguiente, aun cuando es enormemente
im-probable que la ley del azar produzca un organismo capaz de inteligencia
mediante la ca-sual selección de los átomos, es sin embargo probable que haya
en el universo el muy pe-queño número de tales organismos que hallamos en
realidad. Además, considerados como la culminación de un proceso tan vasto, no
me parece que seamos lo suficientemente mara-villosos. Claro que hay muchos
sacerdotes más maravillosos que yo, y que me es imposible apreciar méritos que
de tal manera trascienden de los míos. Sin embargo, incluso haciendo estas
concesiones, no puedo menos de pensar que la omnipotencia operando a través de
to-da una eternidad ha tenido que producir algo mejor. Y luego tenemos que
reflexionar que incluso este resultado es sólo transitorio. La tierra no va a
ser siempre habitable; la raza
22
humana se acabará, y si el proceso cósmico va a
justificarse en adelante, tendrá que hacerlo en otra parte que no sea la
superficie del planeta. E incluso aunque esto ocurriese, tiene que terminar
tarde o temprano. La segunda ley de la termodinámica no permite dudar de que el
universo se está agotando y que, últimamente, no será posible en ninguna parte
nada del menor interés. Claro está que podemos decir que cuando llegue ese
tiempo, Dios dará nue-vamente cuerda a la maquinaria; pero si lo decimos, basamos
nuestra afirmación en la fe, no en ninguna prueba científica. En cuanto a la
prueba científica, el universo ha llegado lentamente a un lamentable resultado
en esta tierra, y va a llegar, en etapas aún más lamen-tables, a una condición
de muerte universal. Si esto se interpreta como prueba de propósito, sólo puedo
decir que ese propósito no me agrada. No veo ninguna razón, por lo tanto, para
creer en ningún Dios, por vago y atenuado que sea. Dejo de lado los viejos
argumentos me-tafísicos, ya que los apologistas religiosos también lo han
hecho.
EL ALMA Y LA INMORTALIDAD
El énfasis cristiano acerca del alma individual ha
tenido una profunda influencia sobre la ética de las comunidades cristianas. Es
una doctrina fundamentalmente afín a la de los estoicos, nacida, como la de
ellos, en comunidades que no podían tener ya esperanzas polí-ticas. El impulso
natural de la persona vigorosa y decente es tratar de hacer el bien, pero si se
ve privada de todo poder político y de toda oportunidad de influir en los
acontecimien-tos, se verá desviada de su curso natural, y decidirá que lo
importante es ser bueno. Eso es lo que les ocurrió a los primeros cristianos;
ha conducido a un concepto de santidad perso-nal como algo completamente
independiente de la acción benéfica, ya que la santidad tenía que ser algo que
podía ser logrado por personas impotentes en la acción. Por lo tanto, la
vir-tud social llegó a estar excluida de la ética cristiana. Hasta hoy los
cristianos convenciona-les piensan que un adúltero es peor que un político que
acepta sobornos, aunque este último probablemente hace un mal mil veces mayor.
El concepto medieval de la virtud, como se ve en sus cuadros, era algo ligero,
débil y sentimental. El hombre más virtuoso era el ho m-bre que se retiraba del
mundo; los únicos hombres de acción que se consideraban santos eran los que
gastaban la vida y la sustancia de sus súbditos combatiendo a los turcos, como
San Luis. La Iglesia no consideraría jamás santo a un hombre porque reformase
las finan-zas, la ley criminal o la judicial. Tales contribuciones al bienestar
humano se considerarían como carentes de importancia. Yo no creo que haya un
solo santo en todo el calendario cu-ya santidad se deba a obras de utilidad
pública. Con esta separación entre la persona social y moral hubo una creciente
separación entre el cuerpo y el alma, que ha sobrevivido en la metafísica
cristiana y en los sistemas derivados de Descartes. Puede decirse, hablando en
sentido general, que el cuerpo representa la parte social y pública de un
hombre, mientras que el alma representa la parte privada. Al poner de relieve
el alma, la ética cristiana, se ha hecho completamente individualista. Creo que
es claro que el resultado neto de todos estos siglos de cristianismo ha sido
hacer a los hombres más egoístas, más encerrados en sí mis-mos, de lo que eran
naturalmente; pues los impulsos que naturalmente sacan a un hombre fuera de los
muros de su ego son los del sexo, la paternidad y el patriotismo o instinto de
rebaño. La Iglesia ha hecho todo lo posible para degradar el sexo; los afectos
familiares fueron vituperados por el mismo Cristo y por la mayoría de sus
discípulos; y el patriotismo carecía de lugar entre las poblaciones sometidas
al Imperio Romano. La polémica contra la
23
familia en los Evangelios es un asunto que no ha
recibido la atención merecida. La Iglesia trata a la Madre de Cristo con
reverencia, pero Él no muestra esta actitud: «¿Mujer, qué nos va a mí y a ti?»
(San Juan, II: 4.) Este es su modo de hablarle. También dice que ha venido para
separar al hijo de su padre, y a la hija de su madre, y a la nuera de la suegra
y «quien ama al padre o a la madre más que a mí no merece ser mío» (San Mateo,
X: 35-7). Todo esto significa la ruptura del vínculo biológico familiar por
causa del credo, una actitud que tiene mucho que ver con la intolerancia que se
extendió por el mundo con el advenimiento del cristianismo.
Este individualismo culminó en la doctrina de la
inmortalidad del alma individual, que estaba destinada a disfrutar dicha o pena
eternas, según las circunstancias. Las circunstan-cias de que ello dependía
eran algo curiosas. Por ejemplo, si se moría inmediatamente des-pués que un
sacerdote hubiera rociado agua sobre uno tras pronunciar ciertas palabras, se
heredaba la dicha eterna; pero, si después de una vida larga y virtuosa, uno
moría herido por un rayo en el momento en que blasfemaba porque se había roto
el cordón de una bota, se heredaba un eterno tormento. No digo que el moderno
cristiano protestante crea esto, ni siquiera quizás el moderno cristiano
católico adecuadamente instruido en teología; pero lo que afirmo es que esta es
la doctrina ortodoxa creída firmemente hasta hace poco. Los es-pañoles en
México y Perú solían bautizar a los niños indios y luego estrellarles los
sesos: así se aseguraban de que aquellos niños se iban al Cielo. Ningún
cristiano ortodoxo puede hallar ninguna razón lógica para condenar su acción,
aunque en la actualidad todos lo hacen. En mil modos la doctrina de la
inmortalidad personal en la forma cristiana ha tenido efectos desastrosos sobre
la moral, y la separación metafísica de alma y cuerpo ha tenido efectos
desastrosos sobre la filosofía.
FUENTES DE INTOLERANCIA
La intolerancia que se extendió por el mundo con el
advenimiento del cristianismo es uno de los aspectos más curiosos, debido, a mi
entender, a la creencia judía en la virtud y en la exclusiva realidad del Dios
judío. No sé la razón por la cual los judíos debían tener esas peculiaridades.
Parecen haberse desarrollado durante el cautiverio, como una reacción contra la
tentativa de absorción por los pueblos extraños. Sea como fuere, los judíos, y
más especialmente los profetas, pusieron de relieve la virtud personal, y que
es malo tolerar cualquier religión, excepto una. Estas dos ideas han tenido un
efecto extraordinariamente desastroso sobre la historia occidental. La Iglesia
ha destacado la persecución de los cristia-nos por el Estado Romano antes de
Constantino. Sin embargo, esta persecución fue ligera, intermitente y
totalmente política. En toda época, desde la de Constantino a fines del siglo
xvii, los cristianos fueron mucho más perseguidos por otros cristianos de lo
que lo fueron por los emperadores romanos. Antes del cristianismo, esta actitud
de persecución era des-conocida en el viejo mundo, excepto entre los judíos. Si
se lee, por ejemplo, a Heródoto, se halla un relato tolerante de las costumbres
de las naciones extranjeras que visitó. A veces, es cierto, le escandalizaba
una costumbre particularmente bárbara, pero en general, es hos-pitalario con
los dioses y las costumbres extrañas. No siente el anhelo de probar que la ge
n-te que llama a Zeus por otro nombre sufrirá perdición eterna, y debe dársele
muerte a fin de que su castigo comience lo antes posible. Esta actitud ha sido
reservada a los cristianos. Es cierto que el cristiano moderno es menos severo,
pero ello no se debe al cristianismo; se
24
debe a las generaciones de librepensadores que,
desde el Renacimiento hasta el día de hoy, san avergonzado a los cristianos de
muchas de sus creencias tradicionales. Es divertido oír al moderno cristiano
decir lo suave y racionalista que es realmente el cristianismo, ignoran-do el
hecho de que toda su suavidad y racionalismo se debe a las enseñanzas de los ho
m-bres que en su tiempo fueron perseguidos por los cristianos ortodoxos. Hoy
nadie cree que el mundo fue creado en el año 4004 a. de J. C-, pero no hace
mucho el escepticismo acerca de ese punto se consideraba un crimen abominable.
Mi tatarabuelo, después de observar la profundidad de la lava de las laderas
del Etna, llegó a la conclusión de que el mundo tenía que ser más viejo de lo
que suponían los ortodoxos, y publicó su opinión en un libro. Por este crimen
fue lanzado al ostracismo. Si se hubiera tratado de un hombre de posición más
humilde, su castigo habría sido indudablemente más severo. No es ningún mérito
de los or-todoxos que no crean ahora en los absurdos en que se creía hace 150
años. La mutilación gradual de la doctrina cristiana ha sido realizada a pesar
de su vigorosísima resistencia, y sólo como resultado de los ataques de los
librepensadores.
LA DOCTRINA DEL LIBREALBEDRIO
La actitud de los cristianos sobre el tema de la
ley natural ha sido curiosamente vaci-lante e incierta. Había, por un lado, la
doctrina del libre albedrío, en la cual creía la mayoría de los cristianos; y
esta doctrina exigía que los actos de los seres humanos, por lo menos, no
estuvieran sujetos a la ley natural. Había, por otro lado, especialmente en los
siglos xviii y xix una creencia en Dios como el Legislador y en la ley natural
como una de las pruebas principales de la existencia de un Creador. En los
tiempos recientes, la objeción al reino de la ley en interés del libre albedrío
ha comenzado a sentirse con más fuerza que la creencia en la ley natural como
prueba de un Legislador. Los materialistas usaron las leyes de la fí-sica para
mostrar, o tratar de mostrar, que los movimientos del cuerpo humano están
deter-minados' mecánicamente, y que, en consecuencia todo lo que decimos y todo
cambio de posición que efectuamos, cae fuera de la esfera de todo posible libre
albedrío. Si esto es así, lo que queda entregado a nuestra voluntad es de
escaso valor. Si, cuando un hombre escribe un poema o comete un crimen, los
movimientos corporales que suponen su acto son sólo el resultado de causas
físicas, sería absurdo levantarle una estatua en un caso, y ahorcarle en el
otro. En ciertos sistemas metafísicos hay una región del pensamiento puro en la
cual la voluntad es libre; pero, como puede ser comunicada a los otros sólo
mediante el movimien-to físico, el reino de la libertad no podría ser jamás el
sujeto de la comunicación y no ten-dría nunca importancia social.
Luego, también, la evolución ha tenido una
influencia considerable en los cristianos' que la han aceptado. Han visto que
no se puede hacer demandas en favor del hombre total-mente diferentes de las
que se hacen en favor de otras formas de vida. Por lo tanto, con el fin de
salvaguardar el libre albedrío en el hombre, se han opuesto a toda tentativa de
expli-car el proceder de la materia viva en los términos de leyes físicas y
químicas. La posición de Descartes, referente a que todos los animales inferiores
son autómatas, ya no disfruta del favor de los teólogos liberales. La doctrina
de la continuidad les hace dar un paso más allá y mantener que incluso lo que
se llama materia muerta no está rígidamente gobernada en su proceder por leyes
inalterables. Parecen haber pasado por alto el hecho de que, si se abolie-se el
reino de la ley, se aboliría también la posibilidad de los milagros, ya que los
milagros
25
son actos de Dios que contravienen las leyes que
gobiernan los fenómenos ordinarios. Sin embargo, puedo imaginar al moderno
teólogo liberal manteniendo con un aire de profund i-dad que toda la creación
es milagrosa, de modo que no necesita asirse a ciertos hechos co-mo prueba de
la divina intervención.
Bajo la influencia de esta reacción contra la ley
natural, algunos apologistas cristianos se han, valido de las últimas doctrinas
del átomo, que tienden a mostrar que las leyes físicas en las cuales habíamos
creído hasta ahora tienen sólo una verdad relativa y aproximada al aplicarse a
grandes números de átomos, mientras que el electrón individual procede como le
agrada. Mi creencia es que esta es una fase temporal, y que los físicos
descubrirán con el tiempo las- leyes que gobiernan los fenómenos minúsculos,
aunque estas leyes varíen mu-cho de las de la física tradicional. Sea como
fuere, merece la pena observar que las doctri-nas modernas con respecto a los
fenómenos menudos no tienen influencia sobre nada que tenga importancia
práctica. Los movimientos visibles, y en realidad todos los movimientos que
constituyen alguna diferencia para alguien, suponen tal cantidad de átomos que
entran dentro del alcance de las viejas leyes. Para escribir un poema o cometer
un asesinato (vo l-viendo a la anterior ilustración) es necesario mover una
masa apreciable de tinta o plomo. Los electrones que componen la tinta pueden
bailar libremente en torno de su saloncito de baile, pero el salón de baile en
general se mueve de acuerdo con las leyes' de la física, y só-lo esto es lo que
concierne al poeta y a su editor. Por lo tanto, las doctrinas modernas no
tienen influencia apreciable sobre ninguno de los problemas de interés humano
que preocu-pan al teólogo.
Por consiguiente, la cuestión del libre albedrío
sigue como antes. Se piense acerca de ella lo que se quiera como materia
metafísica, es evidente que nadie cree en ella en la prác-tica. Todo el mundo
ha creído que es posible educar el carácter; todo el mundo sabe que el alcohol
o el opio tienen un cierto efecto sobre la conducta. El apóstol del libre
albedrío mantiene que un hombre puede siempre evitar el emborracharse, pero no
mantiene que, cuando está borracho, hable con la misma claridad que cuando está
sereno. Y todos los que han tenido que tratar con niños saben que una dieta
adecuada sirve más para hacerlos vir-tuosos que el sermón más elocuente del
mundo. El único efecto de la doctrina del libre al-bedrío en la práctica es
impedir que la gente siga hasta su conclusión racional dicho cono-cimiento de
sentido común. Cuando un hombre actúa de forma que nos molesta, queremos pensar
que es malo, nos negamos a hacer frente al hecho de que su conducta molesta es
un resultado de causas antecedentes que, si se las sigue lo bastante, le llevan
a uno más allá del nacimiento de dicho individuo, y por lo tanto a cosas de las
cuales no es responsable en forma alguna.
Ningún hombre trata un auto tan neciamente como
trata a otro ser humano. Cuando el auto no marcha, no atribuye al pecado su
conducta molesta; no dice: «Eres un auto malva-do, y no te daré gasolina hasta
que marches.» Trata de averiguar qué es lo que ocurre para solucionarlo. Un
trato análogo a los seres humanos es, sin embargo, considerado contrario a las
verdades de nuestra santa religión. Y esto se aplica incluso al trato de los
niños. Muchos niños tienen malas costumbres que se perpetúan mediante el castigo,
pero que pasarían pro-bablemente si no se les concediera atenc ión. Sin
embargo, las ayas, con muy raras excep-ciones, consideran justo castigar,
aunque con ello corren el riesgo de producir locura. Cuando se ha producido la
locura, se ha citado en los tribunales como una prueba de lo da-ñino de la
costumbre, no del castigo. (Aludo a un reciente proceso por obscenidad en el
Es-tado de Nueva York.)
Las reformas de la educación se han producido en
gran parte mediante el estudio de los
26
locos y débiles mentales, porque no se les ha
considerado moralmente responsables de sus fracasos y por lo tanto se les ha
tratado más científicamente que a los niños normales. Hasta hace muy poco se
sostenía que, si un niño no aprendía las lecciones, la cura adecuada era la
paliza o el encierro. Este criterio casi no se aplica ya en los niños, pero
sobrevive en la ley penal. Es evidente que el hombre propenso al crimen tiene
que ser detenido, pero lo mismo sucede con el hombre hidrófobo que Quiere morder
a la gente, aunque nadie le considera moralmente responsable. Un hombre que
tiene una enfermedad infecciosa tiene que ser ais-lado hasta que se cure,
aunque nadie le considera malvado. Lo mismo debe hacerse con el hombre que
tiene la propensión de cometer falsificaciones; pero no debe haber más idea de
la culpa en un caso que en otro. Y esto es sólo sentido común, aunque es una
forma de sen-tido común a la cual se oponen la ética y la metafísica
cristianas.
Para juzgar la influencia moral de cualquier
institución sobre una comunidad, tenemos que considerar la clase de impulso que
representa la institución, y el grado en que la institu-ción aumenta la
eficacia del impulso en dicha comunidad. A veces el impulso es obvio, otras
veces está más oculto. Un club alpino, por ejemplo, obvia mente representa el
impulso de la aventura, y una sociedad cultural el impulso hacia el
conocimiento. La familia, como institución, representa los celos y el
sentimiento paternal; un club de fútbol o un partido po-lítico representan el
impulso hacia el juego competitivo; pero las dos mayores instituciones sociales
—a saber, la Iglesia y el Estado— tienen motivaciones psicológicas más
comple-jas. El fin primordial del Estado es claramente la seguridad contra los
criminales internos y los enemigos externos. Tiene su raíz en la tendencia
infantil de agruparse cuando se tiene miedo, y el buscar a un adulto para que
les dé una sensación de seguridad. La Iglesia tiene orígenes más complejos.
Indudablemente, la fuente más importante de la religión es el mie-do; esto se
puede ver hasta el día de hoy, ya que cualquier cosa que despierta alarma suele
volver hacia Dios los pensamientos de la gente. La guerra, la peste y el
naufragio tienden a hacer religiosa a la gente. Sin embargo, la religión tiene
otras motivaciones aparte del te-rror; apela especialmente a la propia
estimación humana. Si el cristianismo es verdadero, la humanidad no está
compuesta de lamentables gusanos como parece; el hombre interesa al Creador del
universo, que se molesta en complacerse cuando el hombre se porta bie n y en
enojarse cuando se porta mal. Esto es un cumplido importante. No se nos
ocurriría estudiar un hormiguero para averiguar cuál de ellas no cumple con su
deber formicular, y desde lue-go no se nos ocurriría sacar a las hormigas
remisas y echarlas al fuego. Si Dios hace eso con nosotros, es un cumplido a
nuestra importancia; y es un cumplido aún más importante el que conceda a los
buenos una dicha eterna. Luego, hay la idea relativamente moderna de que la
evolución cósmica está destinada a producir los resultados que llamamos bien,
es de-cir, los resultados' que nos dan placer. Nuevamente aquí es halagador el
suponer que el uni-verso está presidido por un Ser que comparte nuestros gustos
y prejuicios.
LA IDEA DE LA VIRTUD
El tercer impulso psicológico que representa la
religión es el que ha llevado al concep-to de la virtud. Me doy cuenta de que
muchos librepensadores tratan este concepto con gran respeto, y sostienen que
debe conservarse a pesar de la decadencia de la religión dogmática. No estoy de
acuerdo con ellos en este punto. El análisis psicológico de la idea de la
virtud demuestra, a mi entender, que tiene su raíz en pasiones indeseables, y
no debe ser fortaleci-
27
do por el imprimatur de la razón. La virtud y el
vicio tienen que ser tomados' juntos; es im-posible destacar la una, sin
destacar el otro. Ahora, ¿qué es el «vicio» en la práctica? En la práctica es
una clase de conducta que disgusta al rebaño. Llamándola vicio y elaborando un
complicado sistema ético en torno de este concepto, el rebaño se justifica al
castigar a los objetos de su disgusto, mient ras que, ya que el rebaño es
virtuoso por definición, pone de relieve su propia estimación en el preciso momento
en que libera sus impulsos de crueldad. Esta es la psicología del linchamiento,
y de los demás modos en que se castiga a los crimi-nales. La esencia del
concepto de virtud reside, por lo tanto, en proporcionar una salida al sadismo,
disfrazando de justicia la crueldad.
Pero, se dirá, la reseña que se ha dado de la
virtud es totalmente inaplicable a los profe-tas hebreos que, después de todo,
como se ha mostrado, inventaron la idea. Hay verdad en esto: la virtud en boca
de los profetas- hebreos significaba lo aprobado por ellos y Jehová. Uno halla
la misma actitud expresada en los Hechos de los Apóstoles, donde los Apóstoles
comienzan una declaración con las palabras: «Y es que ha parecido al Espíritu
Santo, y a nosotros» (Hechos, XV: 28). Esta clase de certidumbre individual en
cuanto a los gustos y opiniones de Dios no puede, sin embargo, ser la base de
ninguna institución. Esta ha sido siempre la dificultad con que ha tenido que
enfrentarse el protestantismo: un profeta nuevo podía mantener que su
revelación era más auténtica que las de sus predecesores, y no había nada en el
criterio general del protestantismo que demostrase que su pretensión carecía de
validez. Por consiguiente, el protestantismo se dividió en innumerables sectas,
que se debi-litaron entre sí;
y hay razón para suponer que dentro de cien años el
catolicismo será el único represen-tante eficaz de la fe cristiana. En la
Iglesia Católica, la inspiración, tal como la disfrutaron los profetas, tiene
su lugar; pero se reconoce que los fenómenos que parecen una inspira-ción
divina genuina pueden ser inspirados por el Demonio, y que la Iglesia tiene la
misión de discriminar, como la del entendido en pintura es distinguir un
Leonardo genuino de una falsificación. De esta manera, la revelación quedó institucionalizada.
La virtud es lo que la Iglesia aprueba, y el vicio lo que reprueba. Así, la
parte eficaz del concepto de virtud es una justificació n de la antipatía del
rebaño.
Parecería, por lo tanto, que los tres impulsos
humanos que representa la religión son el miedo, la vanidad y el odio. El
propósito de la religión, podría decirse, es dar una cierta respetabilidad a
estas pasiones, con tal de que vayan por ciertos canales. Como estas tres
pasiones constituyen en general la miseria humana, la religión es una fuerza
del mal, ya que permite a los hombres entregarse a estas pasiones sin
restricciones, mientras que, de no ser por la sanción de la Iglesia, podría
tratar de dominarlas en cierto grado.
En este punto, imagino una objeción, que no es
probable que me hagan la mayoría de los creyentes ortodoxos, pero que, sin
embargo, merece la pena de ser examinada. El odió y el miedo, puede decirse,
son características humanas esenciales; la humanidad los ha senti-do siempre y
siempre los sentirá. Lo mejor que se puede hacer, se me puede decir, es
cana-lizarlos, para que sean menos dañinos. Un teólogo cristiano podría decir
que la Iglesia los trata como al impulso sexual que deplora. Trata de hacer
inocua la concupiscenc ia confi-nándola dentro de los límites del matrimonio.
Así, puede decirse, si la humanidad tiene in-evita blemente que sentir odio, es
mejor dirigir ese odio contra los que son realmente dañi-nos, y esto es lo que
la Iglesia hace mediante su concepto de virtud.
Esto tiene dos respuestas, una relativamente
superficial; la otra que va a la raíz del asunto. La respuesta superficial es
que el concepto de virtud de la Iglesia no es el mejor po-sible; la respuesta
fundamental es que el miedo y el odio pueden, con nuestro conocimiento
28
psicológico presente y nuestra presente técnica
industrial, ser totalmente eliminados de la vida humana.
Vamos a tratar el primer punto. El concepto de
virtud de la Iglesia es socialmente inde-seable en diversos aspectos; el
primero y principal por su menosprecio de la inteligencia y de la ciencia. Este
defecto es heredado de los Evangelios. Cristo nos dice que nos hagamos como
niños, pero los niños no pueden entender el cálculo diferencial, los principios
mone-tarios, o los métodos modernos de combatir la enfermedad. El adquirir
tales conocimientos no forma parte de nuestro deber, según la Iglesia. La Iglesia
ya no sostiene que el conoci-miento es en sí pecaminoso, aunque lo hizo en sus
épocas de esplendor; pero la adquisición de conocimiento, aun no siendo
pecaminosa, es peligrosa, ya que puede llevar al orgullo del intelecto y por lo
tanto a poner en tela de juicio el dogma cristiano. Tómese, por ejemplo, dos
hombres, uno de los cuales ha acabado con la fiebre amarilla en una gran región
tropi-cal, pero durante sus trabajos ha tenido relaciones ocasionales con
mujeres, fuera del ma-trimonio; mientras que el otro ha sido perezoso e inútil,
engendrando un hijo cada año hasta que su mujer ha muerto agotada, y cuidando
tan poco de sus hijos, que la mitad de ellos murió de causas evitables, pero
que no ha tenido jamás amores ilícitos. Todo buen cristiano tiene que mantener
que el segundo de estos hombres es más virtuoso que el primero. Ta l actitud
es, claro está, supersticiosa y totalmente contraria a la razón. Pero parte dé
este ab-surdo es inevitable si se considera que evitar el pecado es más
importante que el mérito po-sitivo, y si no se reconoce la importancia del
conocimiento como ayuda para una vida útil.
La segunda y más fundamental objeción a la
utilización del miedo y el odio del modo practicado por la Iglesia es que estas
emociones pueden ser eliminadas casi totalmente de la naturaleza humana
mediante las reformas educaciones, económicas y políticas. Las refor-mas
educacionales tienen que ser la base, ya que los hombres que sienten miedo y
odio ad-mirarán estas emociones y desearán perpetuarlas, aunque esta admiración
y este deseo sean probablemente inconscientes, como en el cristiano ordinario.
Una educación destinada a eliminar el miedo no es difícil de crear. Sólo se
necesita tratar amablemente al niño, colo-carle en un medio donde la iniciativa
sea posible sin resultados desastrosos, y librarle del contacto con los adultos
que tiene n miedos irracionales, ya sea de la oscuridad, de los rato-nes o de
la revolución social. Tampoco se debe castigar excesivamente a un niño, mimarlo
mucho o hacerle reproches excesivos. El librar del odio a un niño es un asunto
más compli-cado. Las situaciones que despiertan envidia tiene que ser
cuidadosamente evitadas media n-te una justicia escrupulosa y exacta entre
niños diferentes. Un niño tiene que sentirse el ob-jeto del cariño por parte de
algunos de los adultos con quienes trata, y no debe ser frustrado en sus actividades
y curiosidades naturales, excepto cuando su vida o su salud corran peli-gro. En
particular, no tiene que haber tabú sobre el conocimiento del sexo, o sobre la
con-versación acerca de materias que la gente convencional considera
indecentes. Si estos sen-cillos preceptos se observan desde el principio, el
niño no tendrá miedo ni odio.
Sin embargo, al entrar en la vida adulta, el joven
así educado se sentirá lanzado en un mundo lleno de injusticia, lleno de
crueldad, lleno de miseria evitable. La injusticia, la crueldad y la miseria
que existen en el mundo moderno son una herencia del pasado, y su raíz es
económica, ya que la competencia de vida o muerte era inevitable en las
primeras-épocas. Pero ahora no es inevitable. Con nuestra actual técnica
industrial podemos, si que-remos, proporcionar una existencia tolerable a todo
el mundo. Podríamos asegurar también que fuera estacionaria la población del
mundo, si no lo impidiera la influencia política de las Iglesias que prefieren
la guerra, la peste y el hambre a la contraconcepción. Existe el conocimiento
para asegurar la dicha universal; el principal obstáculo a su utilización para
29
tal fin es la enseñanza de la religión. La religión
impide que nuestros hijos tengan una edu-cación racional; la religión impide
suprimir las principales causas de la guerra; la religión impide enseñar la
ética de la cooperación científica en lugar de las antiguas doctrinas del
pecado y el castigo. Posiblemente la humanidad se halla en el umbral de una
edad de oro; pero, si es así, primero será necesario matar el dragón que guarda
la puerta, y este dragón es la religión.
30
3.- LO QUE CREO
I. LA
NATURALEZA Y EL HOMBRE
El hombre es una parte de la naturaleza, no algo en
contraste con ella. Sus pensamien-tos y movimientos corporales siguen las
mismas leyes que describen los movimientos de los astros y los átomos. El mundo
físico es grande comparado con el hombre, mayor de lo que se consideraba en
tiempos de Dante, pero no tanto como se creía hace cien años. En uno y otro
extremo, en lo grande y en lo chico, la ciencia parece llegar a los límites. Se
piensa que el universo es de extensión finita en el espacio, y que la luz puede
recorrerlo en unos pocos cientos' de miles de años. Se piensa que la materia
está compuesta de electrones y protones, que son de tamaño finito, y de los
cuales sólo hay un número finito en el mun-do. Probablemente sus cambios no son
continuos como solía pensarse, sino que proceden por vibraciones, que no son
nunca más pequeñas que una cierta vibración mínima. Las le-yes de estos cambios
pueden, al parecer, resumirse en un pequeño número de principios muy generales,
que determinan el pasado y el futuro del mundo cuando se conoce cualquier
pequeño trozo de su historia.
La ciencia física se acerca así a una fase en que
será completa, y por lo tanto interesan-te. Dadas las leyes que gobiernan los
movimientos de los electrones y protones, el resto es mera geografía, una
colección de hechos particulares que narran su distribución a través de alguna
porción de la historia del mundo. El número total de hechos geográficos
necesario para determinar la historia del mundo es probablemente finito;
teóricamente podrían ser es-critos en un libro grande conservado en la Somerset
House, junto a una máquina de calcular que, al operar una manivela, permitiría
a la persona interesada averiguar los hechos de otras épocas no registradas. Es
difícil imaginar nada menos interesante o más diferente de los de-leites
apasionados del descubrimiento incompleto. Es como subir a una montaña alta y
no hallar en la cima más que un restaurante donde venden cerveza de jengibre,
rodeado de nie-bla y equipado con una radio. Quizás en los tiempos de Ahmés la
tabla de multiplicar era emocionante.
De este mundo físico, sin interés en sí, el hombre
es una parte. Su cuerpo, como toda materia, está compuesto de electrones y
protones, que, por lo que sabemos, obedecen las mismas leyes que los que no
forman parte de los animales o plantas, ay quienes mantienen que la fisiología
no puede reducirse a la física, pero sus argumentos no son convincentes, y
parece prudente el suponer que están equivocados. Lo que llamamos nuestros
«pensamien-tos» parecen depender de la organización de canales en el cerebro,
del mismo modo que los viajes dependen de las carreteras y ferrocarriles. La
energía usada en el pensamiento parece tener un origen químico; por ejemplo,
una deficiencia en yodo convierte en idiota a un hombre inteligente. Los
fenómenos mentales parecen estar unidos a la estructura material. Es tal caso,
no podemos suponer que un protón o electrón solitarios puedan «pensar»; como no
podríamos esperar que un solo individuo jugase un partido de fútbol. Tampoco
podemos suponer que el pensamiento del individuo sobreviva a la muerte
corporal, ya que esta des-truye la organización del cerebro y disipa la energía
que utilizaban los conductos cerebra-les. Dios y la inmortalidad, los dogmas
centrales de la religión cristiana, no encuentran apoyo en la ciencia. No puede
decirse que ninguna de esas doctrinas sea esencial a la reli-
31
gión, ya que ninguna de ellas se encuentra en el
budismo. (Con respecto a la inmortalidad, esta afirmación en forma
incondicional puede ser engañosa, pero es correcta en el último análisis.) Pero
en Occidente hemos llegado a considerarlos como el mínimo irreducible de la
teología. Sin duda la gente continuará teniendo estas creencias, porque son
agradables, como lo es el considerarnos virtuosos y considerar malvados a
nuestros enemigos. Pero, por mi parte, no encuentro base para ninguna de ellas.
No pretendo poder probar que Dios no existe. Igualmente no puedo probar que
Satán es una ficción. El Dios cristiano puede exis-tir; igualmente pueden
existir los dioses del Olimpo, del antiguo Egipto o de Babilonia. Pe-ro ninguna
de estas hipótesis es más probable que la otra: se encuentran fuera de la
región del conocimiento probable y, por lo tanto, no hay razón para considerar
ninguna de ellas. No me extenderé sobre esta cuestión, que ya he tratado en
otra parte.4
La cuestión de la inmortalidad personal tiene una
base un poco diferente. Aquí hay pruebas en todos los aspectos. Las personas
forman parte del mundo tratado por la ciencia, y las condiciones que determinan
su existencia pueden ser descubiertas. Una gota de agua no es inmortal; se
puede resolver en oxígeno e hidrógeno. Si, por lo tanto, una gota de agua fuera
a mantener que tenía una cualidad de acuosidad que iba a sobrevivir a su
disolución, nos inclinaríamos al escepticismo. Igualmente, sabemos que el cerebro
no es inmortal y que la energía organizada de un cuerpo vivo queda, por decirlo
así, desmovilizada a la muerte y, por lo tanto, no disponible para la acción
colectiva. Todo conduce a demostrar que todo lo que consideramos como vida
mental está unido a la estructura cerebral y la energía corporal organizada.
Por lo tanto, es racional suponer que la vida mental cesa cuando cesa la vida
corporal. Este argumento es sólo un argumento de probabilidad, pero tiene tanto
peso como los que sirven de base a la mayoría de las conclusiones científicas.
Esta conclusió n puede ser atacada de diversos
modos. La investigación psíquica sostie-ne que posee una prueba científica real
de la supervivencia e indudablemente su procedi-miento es, en principio,
científicamente correcto. La prueba de esta clase puede ser tan abrumadora que
nadie con un temperamento científico pueda rechazarla. Sin embargo, el peso de
esta prueba tiene que depender de la probabilidad antecedente de la hipótesis
de la supervivencia. Siempre hay modos diferentes de explicar una serie de fenómenos
y de estos modos se debería preferir el que es antecedentalmente menos
improbable. Los que ya con-sideran probable la supervivencia después de la
muerte, estarán dispuestos a considerar esta teoría como la mejor explicación
de los fenómenos psíquicos. Los que, por otros motivos, consideran inverosímil
esta teoría, buscarán otras explicaciones. Por mi parte, considero la prueba
aducida hasta ahora en favor de la supervivencia mucho más débil que la prueba
fi-siológica contraria. Pero admito que, en cualquier momento, la primera puede
cobrar fuerza y, en ese caso, sería anticientífico no creer en la
supervivencia.
La supervivencia de la muerte corporal es, sin
embargo, una cosa distinta de la inmo r-talidad:
Puede no ser más que un aplazamiento de la muerte
psíquica. Los hombres quieren creer en inmortalidad. Los que creen en la
inmortalidad se opondrán a los argumentos fisio-lógicos como los que yo he
usado, basándose en que alma y cuerpo son totalmente diferen-tes y en que el
alma es algo totalmente distinto de sus manifestaciones empíricas a través de
los órganos corporales. Yo creo que esta es una superstición metafísica. La
mente y la ma-teria son términos convenientes para ciertos fines, pero no realidades
últimas. Los electro-nes y protones, como el alma, son ficciones lógicas; cada
cual es realmente una historia,
4 Ver mi obra.
Filosofía de Leibnitz. Capitulo XV.
32
una serie de acontecimientos, no una entidad sola y
persistente. En el caso del alma, esto es obvio por los hechos del crecimiento.
Cualquiera que considere la concepción, la gestación y la infancia no puede
creer seriamente que el alma es un algo indivisible, perfecto y com-pleto a
través de este proceso. Es evidente que crece como el cuerpo, y que se deriva
tanto del espermatozoo como del óvulo, de forma que no puede ser indivisible.
Esto no es mate-rialismo: es meramente el reconocimiento de que todo lo interesante
es un asunto de orga-nización, no de sustancia original.
Los metafísicos han dado innumerables argumentos
para probar que el alma tiene que ser inmortal. Hay una sencilla prueba por la
cual todos estos argumentos quedan suprimi-dos. Todos ellos prueban igualmente
que el alma tiene que ocupar todo el espacio. Pero como no tenemos tanto
interés en ser gordos como en vivir mucho, ninguno de los metafí-sicos en
cuestión ha notado alguna vez esta aplicación de sus razonamientos. Esta es una
prueba del poder del deseo para inducir .incluso a hombres capaces a falacias que
de otro modo serían obvias. Si no tuviéramos miedo de la muerte, no creo que
hubiera nacido la idea de la inmortalidad.
El miedo es la base del dogma religioso, como de
tantas cosas en la vida humana. El miedo de los seres humanos, individual o
colectivamente, domina en gran parte nuestra vi-da social, pero el miedo a la
naturaleza es lo que ha dado lugar a la religión. La antitesis de mente y
materia es, como hemos visto, más o menos ilusoria; pero hay otra antítesis que
es más importante, a saber, la de las cosas afectadas por nuestros deseos y las
cosas que no pueden ser afectadas por ellos. La línea entre ambas no es ni clara
ni inmutable; con el ade-lanto de la ciencia, cada vez hay más cosas dentro del
dominio humano. Sin embargo, que-dan cosas definitivamente fuera de él. Entre
éstas se hallan los grandes hechos de nuestro mundo, la clase de hechos que
estudia la astronomía. Solamente los hechos cercanos a la superficie de la
tierra puedan ser moldeados, hasta cierto punto, de acuerdo con nuestros
deseos. E incluso en la superficie de la tierra nuestros poderes son muy
limitados. Sobre todo, no podemos evitar la muerte aunque con frecuencia
podemos retrasarla.
La religión es una tentativa para vencer esta
antítesis. Si el mundo está dominado por Dios y Dios puede ser conmovido
mediante la oración, adquirimos una parte de omnipoten-cia. En épocas antiguas,
ocurrían milagros como respuesta a las plegarias: aún ocurren en la Iglesia
Católica, pero los protestantes han perdido este poder. Sin embargo, es posible
pa-sarse sin los milagros, ya que la Providencia ha decretado que el
funcionamiento de las le-yes naturales produce los mejores resultados posib
les. Así, la creencia en Dios sirve aun para humanizar el mundo de la
naturaleza, y hacer que los hombres crean que las fuerzas físicas son realmente
aliadas suyas. Igualmente, la inmortalidad suprime el terror de la muerte. La
gente que cree que al morir heredará la dicha eterna, mirará la muerte sin
terror, aunque, afortunadamente para los médicos, esto no ocurre
invariablemente. Sin embargo, mitiga un poco el miedo de los hombres aunque no
lo venza completamente.
La religión, como tiene su origen en el miedo, ha
dignificado ciertas clases de miedo, y ha hecho que la gente no las considere
vergonzosas. Con esto ha hecho un gran perjuicio a la humanidad: todo miedo es
malo. Yo creo que cuando muera me descompondré y no so-brevivirá nada de mi
ego. No soy joven, y amo la vida. Pero despreciaría el temblar de te-rror ante
el pensamiento de la aniquilación. La dicha es igualmente verdadera aunque
tenga que tener un fin, y el pensamiento y el amor no pierden su valor porque
no sean eternos. Muchos hombres se han mostrado orgullosos en el patíbulo;
seguramente el mismo orgullo puede enseñarnos a pensar realmente en el lugar
del hombre en el mundo. Aunque las ve n-tanas abiertas de la ciencia nos hagan
temblar después del cómodo calor interior producto
33
de los tradicionales mitos humanizantes, al fin, el
aire puro vigo riza y los grandes espacios tienen un esplendor propio.
La filosofía de la naturaleza es una cosa, la
filosofía del valor es otra. El confundirlas sólo puede producir daños. Lo que
consideramos bueno, lo que nos gustaría, no tiene nin-guna influencia sobre lo
que es, lo cual es incumbencia de la filosofía de la naturaleza. Por el
contrario, no se nos puede prohibir el valorar esto o lo otro basándonos en que
el mundo no humano no lo valora, ni se nos puede obligar a admirar algo porque
es una «ley de la naturaleza». Indudablemente, somos parte de la naturaleza, que
ha producido nuestros de-seos, nuestras esperanzas y nuestros miedos, de
acuerdo con leyes que los físicos comien-zan a descubrir. En este sentido,
somos parte de la naturaleza, estamos subordinados a la naturaleza, somos el
resultado de leyes naturales y víctimas de ellas, a la larga.
La filosofía de la naturaleza no tiene que ser
indebidamente terrestre; para ella, la tierra es sólo uno de los planetas más
pequeños de uno de los astros más pequeños de la Vía Lác-tea. Sería absurdo
deformar la filosofía de la naturaleza con el fin de producir resultados
agradables a los diminutos parásitos de este insignificante planeta. El
vitalismo, como filo-sofía, y el evolucionismo, muestran, a este respecto, una
falta de sentido de la proporción y de la importancia lógica. Miran los hechos
de la vida, que nos son personalmente interesan-tes, como dotados de un
significado cósmico, no de un significado limitado a la superficie de la
tierra. El optimismo y el pesimismo, como filosofías cósmicas, muestran el
mismo humanismo ingenuo; el ancho mundo, tal como lo conocemos por la filosofía
de la natura-leza, no es bueno ni malo, ni se preocupa por hacemos felices o
desgraciados. Todas estas filosofías tienen su origen en la autoimportancia, y
un poco de astronomía es su mejor co-rrectivo.
Pero en la filosofía del valor, la situación queda
invertida. La naturaleza es sólo una parte de lo que podemos imaginar; todas
las cosas, reales o imaginarias, pueden ser estima-das por nosotros, y no hay
patrón exterior que demuestre que nuestra valoración está equi-vocada. Nosotros
somos los últimos e irrefutables árbitros del valor y en el mundo de las
valoraciones la naturaleza es sólo una parte. Así, en este mundo somos más
grandes que la naturaleza. En el mundo de los valores, la Naturaleza es neutral,
ni buena ni mala, sin que merezca la admiración ni la censura. Nosotros somos
los creadores de los valores y nues-tros deseos son los que confieren valor. En
este reino somos reyes, y degradamos nuestra realeza inclinándonos ante la
naturaleza. Nosotros somos los que tenemos que determinar la vida buena, no la
naturaleza, ni siquiera la naturaleza personificada por Dios.
II. LA
VIDA BUENA
Ha habido en épocas diferentes y entre gentes
diferentes, muchos conceptos- diversos de la vida buena. Hasta cierto punto,
estas diferencias son discutibles; así ocurrió cuando los hombres diferían en
cuanto a los medios de lograr un fin dado. Algunos opinan que la prisión es un
buen medio de evitar el crimen; otros opinan que la educación sería mejor. Una
diferencia de esta clase puede ser decidida mediante una prueba suficiente.
Pero algu-nas diferencias no pueden ser probadas de este modo. Tolstoy condenaba
toda clase de gue-rra; otros han sostenido que la vida del soldado que combate
por el bien es muy noble. En dicho caso probablemente se trataba de una
diferencia real en cuanto a los fines. Los que alaban al soldado generalmente
piensan que el castigo de los pecadores es en sí una cosa buena; Tolstoy no
pensaba así. Acerca de tal asunto, no hay discusión posible. Por lo tanto,
34
no puedo probar que mi concepto de la vida buena
sea acertado; sólo puedo exponer mis puntos de vista, esperando que los acepte
la mayo r cantidad de gente posible. Mi criterio es el siguiente:
La vida buena está inspirada por el amor y guiada
por el conocimiento. El conocimiento y el amor son extensibles indefinidamente;
por lo tanto, por buena que sea una vida, se puede imaginar una vida mejor. Ni
el conocimiento sin amor, ni el amor sin conocimiento, pueden producir una
buena vida. En la Edad Media, cuando había peste en algún país, los santos
aconsejaban a la población que se congregase en las iglesias y rezase a Dios
pidiendo que los librase de la peste; el resultado era que la infección se extendía
con extraordinaria rapi-dez entre las masas de los suplicantes. Este era un
ejemplo del amor sin el conocimiento. La última guerra nos dio un ejemplo del
conocimiento sin amor. En cada caso, el resultado fue la muerte en gran escala.
Aunque el amor y el conocimiento son necesarios, el
amor es, en cierto sentido, más importante, ya que impulsará a los inteligentes
a buscar el conocimiento, con el fin de bene-ficiar a los que aman. Pero si la
gente no es inteligente, se contentará con creer lo que le han dicho, y puede
hacer daño a pesar de la benevolencia más genuina. La medicina nos proporciona,
quizás, el mejor ejemplo de lo que quiero decir. Un médico capaz es más útil a
un paciente que el amigo más devoto, y el progreso en el conocimiento de la
medicina con-tribuye más a la salud de la comunidad que la filantropía mal
informada. Sin embargo, in-cluso en este caso, es esencial un elemento de
benevolencia para que no sean solamente los ricos los que se beneficien con los
descubrimientos científicos.
El amor es una palabra que comprende una gran
variedad de sentimientos; la he usado, adrede, ya que quiero incluirlos a
todos. El amor como emoción, que es de lo que hablo, pues el amor «como
principio» no me parece genuino, se mueve entre dos polos; en un la-do, el puro
deleite de la contemplación; en el otro, la benevolencia pura. Cuando se trata
de objetos inanimados sólo interviene el deleite; no podemos sentir
benevolencia hacia un pai-saje o una sonata. Este tipo de goce es
presumiblemente la fuente del arte. Es más fuerte, en general, en los niños que
en los adultos, que suelen mirar los objetos con espíritu utilitario. Desempeña
una gran parte en nuestros sentimientos hacia los hombres, algunos de los
cua-les tienen encanto y otros lo contrario, cuando se los considera como
objetos de la contem-plación estética.
El polo opuesto del amor contemplativo es
benevolencia pura. Hay hombres que han sacrificado su vida ayudando a los
leprosos; en tal caso, el amor que sentían no podía haber tenido ningún
elemento de deleite estético. El cariño paternal, en general, va acompañado por
el placer que produce la apariencia del hijo, pero sigue siendo fuerte cuando
falta total-mente este elemento. Parecería extraño llamar «benevolencia» al
interés de una madre por un hijo enfermo, porque estamos acostumbrados a usar
esta palabra para describir una débil emoción en un 90 % falsa. Pero es difícil
hallar otra palabra para describir el deseo por el bienestar de otra persona.
Es cierto que un deseo de esta clase puede alcanzar cualquier grado de
intensidad en el caso del sentimiento paternal. En otros casos es mucho menos
in-tenso; en realidad, parecería probable que toda emoción altruista es una
especie de senti-miento paternal, o a veces una sublimación de él. A falta de
una palabra mejor, llamaré «benevolenc ia» a esta emoción. Pero quiero poner en
claro que estoy hablando de una emoción, no de un principio, y que no incluyo
en ella ninguna sensación de superioridad como las que a veces se asocian con
la palabra. La palabra «simpatía» expresa parte de lo que quiero decir, pero
deja fuera un elemento de actividad que deseo incluir.
El amor en su plenitud es una combinación
indisoluble de dos elementos, deleite y be-
35
nevolencia. El placer de un padre ante un hijo
hermoso y triunfador combina estos dos ele-mentos; lo mismo ocurre con el amor
sexual en su forma mejor. Pero en el amor sexual la benevolencia existirá
solamente donde hay una posesión segura, pues de lo contrario los celos la
destruirán, aunque quizás aumenten el placer de la contemplación.
El deleite sin benevolencia puede ser cruel; la
benevolencia sin deleite tiende fácilmen-te a la superioridad y la frialdad. La
persona que desea ser amada desea ser objeto de un amor que contenga ambos
elementos, excepto en los casos de extrema debilidad, como en la infancia y en
la enfermedad grave. En tales casos sólo puede desearse la benevolencia.
Inversamente, en casos de fuerza extrema, la admiración es más deseable que la
benevole n-cia: este es el estado de espíritu de los potentados y bellezas famosas.
Sólo deseamos los buenos deseos de los demás en la proporción en que tengamos
necesidad de que nos ayu-den, y estemos amenazados de que nos dañen. Al menos,
ésta parece ser la lógica biológica de la situación, pero en la vida no ocurre
asi. Deseamos el cariño con el fin de escapar a la sensación de soledad, con el
fin de ser, como se dice, «comprendidos». Es un asunto de simpatía, no
meramente de benevolencia; la persona cuyo afecto nos es satisfactorio no sólo
debe desearnos el bien, sino que debe saber en qué consiste nuestra felicidad.
Pero esto per-tenece al otro elemento de la vida buena, a saber, el
conocimiento.
En un mundo perfecto, todo ser consciente sería
para los demás el objeto del amor ple-no, compuesto de deleite, benevolencia y
comprensión íntimamente mezclados. Esto no significa que, en el mundo real,
debamos tratar de tener tales sentimientos hacia todos los seres conscientes
que encontremos. Hay muchos que no pueden producirnos deleite, porque son
desagradables; si fuéramos a violentarnos tratando de ver bellezas en ellos, no
haríamos más que embotar nuestras susceptibilidades con respecto a lo que hallamos
naturalmente hermoso. Sin mencionar a los seres humanos, hay pulgas, chinches y
piojos. Tendríamos que estar tan apremiados como el Ancíent Maríner antes de
hallar deleite en la contempla-ción de esas criaturas. Es cierto que algunos
santos las han llamado «perlas de Dios», pero lo que a esos hombres les
deleitaba era la oportunidad de lucir su santidad.
La benevolencia suele extenderse con mayor
facilidad, pero incluso la benevolencia tiene sus límites. Si un hombre desea
casarse con una dama, no pensaríamos muy bien de él si se retirara al hallar
que había otro que quería casarse con ella; miraríamos esto como un campo de
competencia justa. Sin embargo, sus sentimientos hacia el rival no pueden ser
benévolos. Yo creo que, en todas las descripciones de la vida buena en la
tierra, tenemos que suponer una cierta base de vitalidad animal y de instinto
animal; sin esto, la vida se hace mansa y carente de interés. La civilización
debe contribuir a esto, no ser un sustitutivo de ello; el santo ascético y el
sabio apartado no son seres humanos a este respecto. Un pe-queño número de
ellos puede enriquecer una comunidad; pero un mundo compuesto de ellos se
moriría de aburrimiento.
Estas consideraciones conducen a un cierto énfasis
sobre el elemento del deleite como ingrediente del mejor amor. El deleite, en
el mundo real, es inevitablemente selectivo, y nos evita el tener los mismos
sentimientos hacia toda la humanidad. Cuando surgen conflictos entre el deleite
y la benevolencia tienen, en general, que ser decididos mediante la
transi-gencia, no mediante la entrega completa de cualquiera de ellos. El
instinto tiene sus dere-chos, y si lo violentamos toma venganza de mil maneras
sutiles. Por lo tanto, al tender a la vida buena, hay que tener en cuenta los
límites de la posibilidad humana. Y otra vez aquí volvemos a la necesidad del
conocimiento.
Cuando hablo de conocimiento como de .uno de los
ingredientes de la vida buena no pienso en el conocimiento ético, sino en el
conocimiento científico y el conocimiento de los
36
hechos particulares. No creo que exista, hablando
en puridad, el conocimiento ético. Si de-seamos lograr algún fin, el
conocimiento puede mostrarnos los medios, y este conocimiento puede pasar como
ético. Pero no creo que se pueda decidir la conducta buena o mala como no sea
por referencia a sus consecuencias probables. Si nos proponemos un fin, la
ciencia es la que tiene que descubrir los medios para lograrlo. Todas las
reglas morales tienen que ser probadas examinando si realizan los fines
deseados. Digo los fines que deseamos, no los fines que debemos desear. Lo que
«debemos» desear es simplemente lo que otra persona desea que deseemos.
Generalmente es lo que las autoridades desean que deseemos: padres, maestros,
policías y jueces. Si alguien me dice «debe hacer esto y lo otro», la fuerza
motriz de la advertencia reside en mi deseo de obtener su aprobación, junto,
posiblemente, con premios o castigos unidos a su aprobación o reprobación. Como
toda conducta nace del de-seo, es evidente que los conceptos éticos no pueden
tener importancia como no influyan en el deseo. Lo hacen mediante el deseo de
aprobación y el temor de reproche. Son fuerzas sociales poderosas, y
naturalmente tratamos de ponerlas de nuestra parte si queremos reali-zar
cualquier fin social. Cuando digo que la moralidad de la conducta debe juzgarse
por sus probables consecuencias, quiero decir que deseo que se apruebe la
conducta que vaya a rea-lizar los fines sociales que deseamos, y que se
repruebe la conducta opuesta. En la actuali-dad, esto no se hace; hay ciertas
reglas tradicionales según las cuales la aprobación y la re-probación se
aplican sin tener en cuenta para nada las consecuencias. Pero este es un tema
que vamos a tratar en el próximo capítulo.
La superfluidad de la ética teórica es obvia en los
casos sencillos. Supongamos, por ejemplo, que se tiene un hijo enfermo. El amor
le hace a uno desear que se cure, y la cie n-cia le dice a uno cómo tiene que
hacerlo. No hay una fase intermedia de la teoría ética don-de se demuestre que
al hijo de uno le conviene que le curen. El acto nace directamente del deseo de
un fin, junto con el conocimiento de los medios. Esto ocurre con todos los
actos, ya sean buenos o malos. Los fines difieren, y el conocimiento es más
adecuado en unos ca-sos que en otros. Pero no hay medio concebible de hacer que
la gente haga cosas que no desea. Lo que es posible es alterar sus deseos
mediante un sistema de premios y castigos, entre los cuales la aprobación y la
reprobación social no son los menos potentes. La cues-tión para el legislador
moralista es, por lo tanto: ¿Cómo voy a disponer este sistema de premios y
castigos para que se logre el máximo de lo que desea la autoridad legislativa?
Si digo que la autoridad legislativa tiene malos deseos, sólo quiero decir que
estos deseos cho-can con los de alguna sección de la comunidad a que pertenece.
Fuera de los deseos huma-nos no hay principio moral.
Así, lo que distingue la ética de la ciencia no es
una clase especial de conocimiento, si-no sencillamente el deseo. El
conocimiento que requiere la ética es exactamente igual que el conocimiento en
otras partes; lo peculiar es que se deseen ciertos fines, y que la buena
conducta es lo que conduce a ellos. Claro que si la buena conducta va a ser
popular, los fi-nes tienen que ser los deseados por grandes secciones de la
humanidad. Si defino como buena conducta lo que aumenta mi renta, los lectores
no estarán de acuerdo. La eficacia de cualquier argumento ético reside en su
parte científica; por ejemplo, en la prueba de que una clase de conducta, más
que otra, es el medio para un fin ampliamente deseado. Sin em-bargo, yo hago la
distinción entre argumento ético y educación ética. La última consiste en
fortalecer ciertos deseos y debilitar otros. Este es un proceso completamente
diferente, que va a ser tratado separadamente en otro capítulo. Ahora podemos
explicar con más exactitud el significado de la definición de la vida buena con
que comenzó este capítulo. Cuando dije que la vida buena consiste en el amor
guiado por el conocimiento, el deseo que me impulsó
37
era vivir esa vida todo lo plenamente posible y
procurar oue los demás la vivieran; y el con-tenido lógico de la declaración es
que, en una comunidad donde los hombres viven asi. se satisfarán más los deseos
aue en una comunidad donde haya menos amor o menos conoci-miento. No quiero
decir que dich^ vida sea «virtuosa» o que la contraria sea «pecaminosa», pues
estos son conceptos que para mí no tienen justificación científica.
III. REGLAS
MORALES
La necesidad práctica de una moral nace del
conflicto de los deseos, ya de diferentes personas o de la misma persona en
épocas distintas o incluso al mismo tiempo. Un hombre quiere beber, y a la vez
estar bien para trabajar a la mañana siguiente. Lo consideramos in-moral si
sigue la línea de conducta que le permite la menor satisfacción total de su
deseo. Pensamos mal de la gente que es derrochadora o temeraria, aun cuando
sólo se hagan daño a sí mismos. Bentham suponía que una moralidad total podía
derivarse del «propio interés ilustrado» y que la persona que actuara siempre
pensando en su máxima satisfacción, a la larga procedería siempre bien. Yo no
puedo aceptar este criterio. Ha habido tiranos que ob-tenían placeres
exquisitos viendo infligir torturas; no puedo alabar a esos hombres cuando la
prudencia les llevaba a perdonar la vida a sus victimas con el fin de poderlos
atormentar otro día. Sin embargo, la prudencia es una parte de la vida buena.
Incluso Robinson Crusoe tuvo ocasión de practicar la laboriosidad, la previsión
y el dominio de sí mismo, que se consideran cualidades morales, ya que
aumentaron su satisfacción total sin el contrapeso del daño causado a otros.
Esta parte de la moral desempeña un importante papel en la edu-cación de los
niños, que tienen poca inclinación a pensar en el futuro. Si ulteriormente se
practicase más, el mundo se convertiría pronto en un paraíso, ya que se podrían
evitar las guerras, que son el producto de la pasión, no de la razón. Pero, a
pesar de la importancia de la prudencia, no es la parte más importante de la
moral. Tampoco es la parte que presenta problemas intelectuales, ya que no
necesita apelar a nada que no sea el propio interés.
La parte de moralidad que no se incluye en la
prudencia es, en esencia, análoga a la ley o al reglamento de un club. Es un
método que permite a los hombres vivir en comunidad a pesar de la posibilidad
de que sus deseos choquen. Pero aquí dos métodos muy diferentes son posibles.
Existe él método de la ley penal, que tiende sólo a una armonía meramente
externa, asignando consecuencias desagradables a los actos que frustran en
ciertos aspectos los deseos de otros hombres. Y existe también el método de la
censura social: ser mal con-siderado por la sociedad en que uno vive es una
forma de castigo: para evitarlo, la mayoría de la gente evita que se sepa que
no cumple el código de su clase. Pero hay otro método, más importante y mucho
más satisfactorio cuando tiene éxito. Es el de alterar los caracteres y deseos
de modo que queden reducidas al mínimo las ocasiones de conflicto, haciendo que
el éxito de los deseos de un hombre esté, en toda la medida posible, de acuerdo
con el éxito de los deseos de los demás. Por esta razón, el amor es mejor que
el odio, porque produce la armonía en lugar del conflicto en los deseos de las
persones respectivas. Cuando hay amor entre dos personas, éstas triunfan o
fracasan juntas, pero cuando se odia, el éxito de una es el fracaso de la otra.
Si estuviéramos acertados al decir que la vida
buena está inspirada en el amor y guiada por el conocimiento, es evidente que
el código moral de toda comodidad no es final y com-pleto, sino que tiene que
ser examinado con el fin de ver si está inspirado en la benevole n-
38
cia y la sabiduría. Los códigos morales no han sido
siempre impecables. Los aztecas consi-deraban un deber penoso comer carne
humana por miedo a que palideciese la luz del sol. Su ciencia era errónea; y
quizás habrían percibido un error científico si hubieran tenido al-gún amor por
sus víctimas. Algunas tribus encerraban a las muchachas desde los 10 a los 17
años por temor a que los rayos del sol las embarazasen. Pero seguramente
nuestros mo-dernos códigos de moral contienen también algo semejante a estas costumbres
bárbaras. ¿Tenemos la seguridad de que sólo prohibimos cosas realmente dañosas
o, en todo caso, tan abominables que ninguna persona decente puede
justificarlas? No estoy muy convencido de ello.
La moralidad corriente es una mezcla curiosa de
utilitarismo y superstición, pero la su-perstición es más fuerte, cosa natural
ya que es el origen de los reglamentos morales. Origi-nalmente, ciertos actos
se consideraban desagradables para los dioses, y eran prohibidos por la ley,
porque la cólera divina podía descender sobre la comunidad, no sólo sobre los
indi-viduos culpables. De ahí nació el concepto del pecado como algo
desagradable a Dios. No hay razón para que ciertos actos fueran desagradables a
Dios; sería muy difícil decir, por ejemplo, por qué era malo que el cabritillo
fuera hervido en la leche de su madre. Pero me-diante la Revelación se sabía
que así era. A veces, los mandamientos divinos han sido in-terpretados
curiosamente. Por ejemplo, se nos dice que no debemos trabajar los sábados y
los protestantes interpretan esto como que nadie debe divertirse los domingos.
Pero la mis-ma autoridad sublime se atribuye a la nueva prohibición como a la
antigua.
Es evidente que un hombre con criterio científico
de la vida no se puede dejar intimidar por los textos de la Escritura o las
enseñanzas de la Iglesia. No se contentará con decir «tal acto es pecaminoso, y
así termina el asunto». Averiguará si el acto causa daño o si, por el
contrario, lo dañoso es la creencia de que el acto es pecado. Y hallará,
especialmente en lo respectivo al sexo, que nuestra moralidad corriente
contiene una gran cantidad de lo que en su origen era puramente supersticioso.
Hallará también que esta superstición, como la de los aztecas, supone una
innecesaria crueldad, que se disiparía si la gente estuviera movida por
sentimientos cariñosos hacia sus vecinos. Pero los defensores de la moralidad
tradicio-nal rara vez son gentes de corazón amante, como puede verse por el
amor al militarismo que demuestran los dignatarios de la Iglesia. Uno se siente
tentado a pensar que valoran la moral como legítima salida a su deseo de causar
dolor; el pecador es presa fácil, por lo cual hay que terminar con la
tolerancia.
Sigamos una vida humana ordinaria desde la
concepción a la tumba, y notemos los puntos donde la moral supersticiosa
inflige sufrimientos evitables. Comienzo con la con-cepción, porque en ella la
influencia de la superstición es particularmente notable. Si los padres no
están casados, el hijo tiene un estigma, claramente inmerecido. Si cualquiera
de los padres tiene una enfermedad venérea, el niño la heredará probablemente.
Si tienen de-masiados hijos para sus medios económicos, habrá pobreza,
desnutrición, y probablemente incesto. Sin embargo, la mayoría de los
moralistas convienen en que los padres no deben evitar toda esta miseria
evitando la concepción. 5 Para complacer a estos moralistas se infli-ge una
vida de tortura a millones de seres humanos que no debían haber nacido, sólo
por-
5 Afortunadamente
esto ya no ocurre. La mayoría de los protestantes y judíos no se oponen ya al
control de la natalidad. La declaración de Russell es una descripción
perfectamente precisa de lo que sucedía en 1925. También es significativo que,
con una o dos excepciones, todos los grandes precursores de la
contraconcep-ción —Francis Place, Richad Carlile. Charles Knowlton. Charles
Bradlaugh y Margaret Sanan— eran famo-sos librepensadores. (Nota del
compilador.)
39
que se supone que el comercio sexual es malo, como
no vaya acompañado del deseo de te-ner hijos, aun cuando se sepa que éstos van
a ser desdichados. La muerte brusca para ser comido, que era el destino de las
víctimas aztecas, es un grado de sufrimiento menor que el que se inflige al
niño que nace en un medio miserable e inficionado por una enfermedad venérea.
Sin embargo, los obispos y los políticos infligen ese mayor sufrimiento en
nombre de la moralidad. Si hubieran tenido la menor chispa de compasión o amor
por los niños, no habrían defendido un código moral que supone esta crueldad
diabólica.
Al nacer, y en los primeros años de la vida, el
niño medio sufre más por las causas económicas que por la superstición. Cuando
las mujeres de buena posición tienen hijos, disponen de los mejores médicos,
las mejores enfermeras, la mejor dieta, el mejor trabajo y el mejor ejercicio.
Las mujeres de la clase trabajadora no disfrutan de estas ventajas, y con
frecuencia sus hijos mueren por falta de ellas. Las autoridades públicas hacen
algo en lo relativo al cuidado de las madres pero en forma muy mezquina. En un
momento en que el suministro de leche a las madres lactantes se suprime con el
fin de limitar gastos, las auto-ridades públicas invierten grandes sumas en la
pavimentación de los distritos residenciales, donde hay escaso tráfico. Tienen
que saber que, al tomar esta decisión, condenan a muerte a un cierto número de
niños de la clase trabajadora, por el solo delito de ser pobres. Sin em-bargo,
la clase dirigente está apoyada por la mayoría de los ministros de la religión,
que, con el Papa a la cabeza, lograron que las fuerzas de superstición en todo
el mundo se pon-gan al servicio de la injusticia social.
En todas las fases de la educación, la influencia
de la superstición es desastrosa. Un cierto porcentaje de niños tiene el hábito
de pensar; uno de los fines de la educación es cu-rarlos de dicho hábito. Las
preguntas inconvenientes tropiezan con el silencio o con el cas-tigo. La
emoción colectiva se emplea para inculcar ciertas creencias, especialmente
nacio-nalistas. Los capitalistas, militaristas y eclesiásticos cooperan en la
educación, porque todos dependen para su poder del prevalecimiento del emocionalismo
y de la rareza del juicio crí-tico. Con la ayuda de la naturaleza humana, la
educación logra aumentar e intensificar estas propensiones del hombre medio.
Otra forma en la cual la superstición daña la
educación está en la elección de los maes-tros. Por razones económicas, la
maestra no debe ser casada; por razones morales, no debe tener relaciones
sexuales extramaritales. Y sin embargo todos los que se han molestado en
estudiar la psicología morbosa saben que la virginidad prolongada es, en
general, extraordi-nariamente dañina para las mujeres, tan dañina que, en una
sociedad sana, debía ser seve-ramente censurada en las maestras. Las
restricciones impuestas conducen cada vez más a un rechazo, de parte de las
mujeres enérgicas y emprendedoras, del ingreso al magisterio. Todo esto se debe
a la influencia prolongada del ascetismo supersticioso.
En las escuelas de las clases media y superior el
asunto es aún peor. Hay servicios reli-giosos, y la enseñanza de la moralidad
está a cargo de los sacerdotes. Los sacerdotes, casi necesariamente, fallan en
dos aspectos como maestros de moral. Condenan actos que no causan daño y
perdonan otros que hacen mucho daño. Todos condenan las relaciones sexuales
entre personas que no estén casadas, aunque se quieran, pero no estén seguros
de que deseen vivir juntas toda su vida. La mayoría de ellos condenan el control
de los naci-mientos. Ninguno de ellos condena la brutalidad de un marido que
hace que su mujer muera de embarazos consecutivos. Yo conocí a un sacerdote de
moda, cuya esposa había tenido nueve hijos en nueve años. Los médicos dijeron a
la esposa que, si tenía otro hijo moriría. Al año siguiente tuvo otro hijo y
murió. Nadie condenó al marido; siguió teniendo su bene-ficio y se casó de
nuevo. Mientras los sacerdotes continúen perdonando la crueldad y con-
40
denando el placer inocente, sólo pueden causar daño
como guardianes de la moral de los jóvenes.
Otro mal efecto de la superstición en la educación
es la ausencia de instrucción acerca de la realidad sexual. Los hechos
fisiológicos principales deberían ser enseñados simple y naturalmente antes de
la pubertad, en una época en que no son excitantes. En la pubertad deberían
enseñarse los elementos de la moralidad sexual no supersticiosa. Se debería
ense-ñar a los muchachos que nada justifica el comercio sexual como no sea la
mutua inclina-ción. Esto es contrario a las enseñanzas de la Iglesia, que sostiene
que, con tal de que el hombre y la mujer estén casados y el hombre desee otro
hijo, el comercio sexual está justi-ficado por grande que sea la repugnancia de
la esposa. A los muchachos se les debería en-señar el respeto por la mutua
libertad; hay que hacerles sentir que no hay nada que dé a un ser humano
derechos sobre otro, y que los celos y la posesión matan el amor. Se les debe
enseñar que el traer al mundo un ser humano es un asunto muy serio, y que sólo
debe hacerse cuando el niño tiene perspectivas razonables de salud, buen medio
y cuidados pa-ternales. Pero se les debe enseñar también los métodos de control
de la natalidad, para que los hijos nazcan sólo cuando se los quiera.
Finalmente, se les debe enseñar los peligros de las enfermedades venéreas y los
métodos de su cura y prevención. El aumento de la dicha humana que se puede
esperar de la educación sexual de esta clase es inconmensurable.
Debería reconocerse que, no habiendo hijos, las
relaciones sexuales son un asunto pu-ramente particular, que no concierne al
Estado ni a los vecinos. Ciertas formas de sexuali-dad que no dan lugar a hijos
están actualmente condenadas por la ley criminal: esto es pu-ramente
supersticioso, ya que ello sólo afecta a las partes directamente interesadas.
Cuando hay hijos, es un error suponer que en interés de ellos debe dificultarse
el divorcio. El alco-holismo, la crueldad, la locura, hacen necesario el divorcio
tanto en bien de los hijos como del marido o la mujer. La importancia peculiar
que actualmente se da al adulterio es com-pletamente irracional. Es evidente
que hay muchas formas de mala conducta más fatales para la dicha matrimonial
que la infidelidad ocasional. La insistencia masculina en tener un hijo por
año, que de acuerdo con los convencionalismos no es crueldad, es la más fatal
de todas.
Las reglas morales no deben hacer imposible la
dicha instintiva. Sin embargo, ese es un efecto de la monogamia estricta en una
comunidad donde el número de los dos sexos es muy desigual. Claro está que, en
esas circunstancias, se infringen las reglas morales. Pero cuando las reglas
son tales que sólo pueden obedecerse disminuyendo grandemente la dicha de la
comunidad, y cuando es mejor que sean infringidas que observadas, es indudable
que ha llegado el momento de cambiarlas. Si no se hace así, mucha gente que ha
estado proce-diendo de un modo contrario al público interés se ve enfrentada
con la inmerecida alternati-va de la hipocresía o la deshonra. A la Iglesia no
le importa la hipocresía, que es un halaga-dor tributo a su poder; pero en
otras partes ha sido reconocida como un mal que no debe infligirse tan
ligeramente.
Aún más dañina que la superstición teológica es la
superstición del nacionalismo, del deber que uno tiene para con su Estado, y
con ninguno más. Pero, en esta ocasión, no me propongo discutir el asunto más
allá de indicar que la limitación a los compatriotas es con-traria al principio
del amor que reconocemos como constituyente de la vida buena. También es, claro
está, contraria al propio interés ilustrado, ya que un nacionalismo exclusivo
no conviene ni a las naciones victoriosas.
Otro de los aspectos en que nuestra sociedad sufre
del concepto teológico del «pecado» es el trato a los criminales. El criterio
de que los criminales son «malos» y «merecen» el
41
castigo es un criterio que no puede apoyar una
moralidad racional. Indudablemente, cierta gente hace cosas que la sociedad
desea evitar, y hace bien en evitar en todo lo posible. El caso más sencillo es
el asesinato. Evidentemente, si una comunidad se mantiene unida para disfrutar
sus placeres y ventajas, no podemos permitir que la gente se mate cuando sienta
el impulso de ello. Pero este problema debe tratarse con un espíritu puramente
científico. De-bemos preguntar simplemente: ¿Cuál es el mejor método de evitar
el asesinato? De dos mé-todos igualmente eficaces de evitar el asesinato debe
elegirse el que suponga menos daño para el matador. El daño para el matador es
lamentable como lo es el dolor en una opera-ción quirúrgica. Puede ser
igualmente necesario, pero no es un tema de regocijo. El senti-miento de
venganza llamado «indignación moral» es sólo una forma de crueldad. El
sufri-miento que se hace padecer a un criminal no está justificado por la
noción del castigo ve n-gativo. Si la educación combinada con la benevolencia
es igualmente eficaz resulta preferi-ble; y es más preferible aún si es más
eficaz. Claro que la prevención del crimen y el casti-go del crimen son dos
cosas diferentes; el objeto de causar dolor a un criminal disuade
pre-sumiblemente. Si las prisiones fueran humanizadas de modo que el preso
obtuviera una buena educación por nada, la gente cometería delitos con el fin
de poder entrar en ellas. Sin duda, la prisión tiene que ser menos agradable
que la libertad; pero el mejor modo de ase-gurar este resultado es hacer que la
libertad sea más agradable de lo que es actualmente. No deseo, sin embargo,
embarcarme en el tema de la Reforma Penal. Meramente deseo sugerir que se debe
tratar al criminal como al apestado. Los dos son un peligro público, los dos
tie-nen que estar privados de la libertad hasta que dejen de ser un peligro.
Pero el apestado es un objeto de simpatía y conmiseración, mientras que el
criminal es un objeto de execración. Esto es completamente irracional. Y a
causa de esta diferencia de actitud nuestras prisiones tienen mucho menos éxito
en curar las tendencias criminales que los hospitales en curar la enfermedad.
IV. SALVACIÓN:
INDIVIDUAL Y SOCIAL
Uno de los defectos de la religión tradicional es
su individualismo, y este defecto per-tenece también a la moralidad asociada
con ella. Tradicionalmente, la vida religiosa era, por así decirlo, un diálogo
entre el alma y Dios. Obedecer la voluntad de Dios era virtud; y esto era
posible para el individuo sin tener en cuenta el estado de la comunidad. Las
sectas pro-testantes desarrollaron la idea de «hallar la salvación» pero ella
estuvo siempre presente en la enseñanza cristiana. Este individualismo del alma
tuvo su valor en ciertas fases de la his-toria, pero en el mundo moderno
necesitamos más un concepto social del bien que un con-cepto individual. En el
presente capítulo quiero considerar cómo esto afecta nuestro con-cepto de la
vida buena.
El cristianismo surgió en el Imperio Romano entre
poblaciones totalmente privadas de poder político, cuyos Estados nacionales
habían sido destruidos y se habían unido forma n-do un vasto conglomerado
impersonal. Durante los tres primeros siglos de la era cristiana los individuos
que adoptaron el cristianismo no pudieron alterar las instituciones sociales o
políticas bajo las cuales vivían, aunque estaban profundamente convencidos de
que eran malas. En esas circunstancias, era natural que adoptasen la creencia
de que un individuo podía ser perfecto en un mundo imperfecto y que la vida
buena no tiene nada que ver con este mundo. Lo que quiero decir se ve
claramente comparándolo con la República de Pla-
42
tón. Cuando Platón quiso describir la vida buena
describió una comunidad total, no un in-dividuo; lo hizo con el fin de definir
la justicia, que es un concepto esencialmente social. Estaba acostumbrado a la
ciudadanía de una república, y la responsabilidad política era algo que daba
por sentado. Con la pérdida de la libertad griega viene el estoicismo, que es
seme-jante al cristianismo y, contrariamente a Platón, tiene un concepto
individual de la vida buena.
Nosotros, que pertenecemos a grandes democracias,
hallaríamos una moralidad más apropiada en la libre Atenas que en la despótica
Roma Imperial. En la India, donde las cir-cunstancias políticas son muy
similares a las de Judea en la época de Cristo, hallamos que Gandhi predica una
moralidad muy semejante a la cristiana, siendo castigado por ello por los
cristianizados sucesores de Poncio Pilatos. Pero los nacionalistas indios más
extremos no se contentan con la salvación individual: quieren la salvación nacional.
En esto han adoptado el criterio de las libres democracias occidentales. Quiero
sugerir algunos aspectos en los cuales este criterio, debido a las influencias
cristianas, no es lo bastante audaz y consciente, sino que está aún limitado
por la creencia en la salvación individual.
La vida buena, tal como la concebimos, exige una
multitud de condiciones sociales y no se puede realizar sin ellas. La vida
buena, decimos, es una vida inspirada en el amor y guiada por el conocimiento.
El conocimiento requerido puede existir sólo donde los gobier-nos o los
millonarios se dedican a su descubrimiento y difusión. Por ejemplo, la
extensión del cáncer es alarmante: ¿qué vamos a hacer acerca de ello? Por el
momento, nadie puede responder a la pregunta por falta de conocimiento; y el
conocimiento no va a surgir, como no sea por medio de fundaciones dedicadas a
la investigación. Igualmente, el conocimiento de la ciencia, la historia, la
literatura y el arte debería estar abierto a todos los que lo desea-sen; esto
requiere complicadas disposiciones de parte de las autoridades públicas, y no
pue-de lograrse mediante la conversión religiosa. Luego está el comercio
exterior, sin el cual la mitad de los habitantes de Gran Bretaña se morirían de
hambre; y si nos estuviéramos mu-riendo de hambre, muy pocos de nosotros
viviríamos una vida buena. No se necesita multi-plicar los ejemplos. Lo
importante es que, en todo lo que diferencia una vida buena de una mala, el
mundo es una unidad, y el hombre que pretende vivir independientemente es un
parásito, consciente o inconsciente.
La idea de la salvación individual, con que los
primeros cristianos se consolaron de su sujeción política, se hace imposible en
cuanto escapemos a un estrecho concepto de la vida buena. En el concepto
cristiano ortodoxo la vida buena es la vida virtuosa, y la virtud con-siste en
la obediencia a la voluntad de Dios, y la voluntad de Dios se revela a cada
indivi-duo por la voz de su conciencia. Es el concepto de los hombres sometidos
a un despotismo extranjero. La vida buena supone más cosas que la virtud: inteligencia,
por ejemplo. Y la conciencia es la guía más falaz, ya que consiste en vagas
reminiscencias de preceptos oídos en la infancia, de modo que nunca va más allá
de la sabiduría de la madre o del aya de su poseedor. Para vivir una buena
vida, en su pleno sentido, un hombre necesita tener una buena educación,
amigos, amor, hijos (si los desea), una renta suficiente para no tener mise-ria
ni angustias, buena salud y un trabajo interesante. Todas estas cosas, en
varios grados, dependen de la comunidad, y los acontecimientos políticos las
fomentan o las estorban. La vida buena tiene que ser vivida en una buena
sociedad, y de lo contrario no es posible. Este es el defecto fundamental del
ideal aristocrático. Ciertas cosas buenas, como el arte, la ciencia y la
amistad, pueden florecer muy bien en una sociedad aristocrática. Existieron en
Grecia, con una base de esclavitud; existen entre nosotros, con una base de
explotación. Pe-ro el amor, en forma de simpatía, o benevolencia, no puede
existir libremente en una socie-
43
dad aristocrática. El aristócrata tiene que
convencerse de que el esclavo, el proletario, o el hombre de color son de
arcilla inferior y de que sus padecimientos carecen de importancia.
Actualmente, los cultos caballeros ingleses azotan con tan crueldad a los
africanos que és-tos mueren después de horas de angustia indecible. Aun cuando
estos caballeros sean bien educados, artistas y admirables conversadores, no
puedo reconocer que vivan una vida bue-na. La naturaleza humana impone cierta
limitación de la compasión, pero no hasta tal ex-tremo. En una sociedad
democrática sólo un maníaco procedería de este modo. La limita-ción de la
compasión que supone el ideal aristocrático es su condenación. La salvación es
un ideal aristocrático, porque es individualista. Por esta razón, también, la
idea de la salva-ción personal, de cualquier modo que se interprete y difunda,
no puede servir para la defi-nición de la vida buena.
Otra característica de la salvación es que procede
de un cambio catastrófico, como la conversión de San Pablo. Los poemas de
Shelley nos proporcionan una ilustración de este concepto, aplicado a las
sociedades; llega un momento en que todos se convierten, huyen los
«anarquistas» y «comienza de nuevo la gran época del mundo». Puede decirse que
un poeta es una persona sin importancia, cuyas ideas son intrascendentes. Pero
yo estoy per-suadido de que una gran proporción de líderes revolucionarios
tienen ideas extremadamente semejantes a las de Shelley. Han pensado que la
miseria, la crueldad y la degradación se debían a los tiranos, los sacerdotes,
los capitalistas o los alemanes, y que si estas fuentes del mal eran derrocadas
habría un cambio general y todos vivirían felices de allí en adelante. Con
estas creencias han estado dispuestos a «hacer la guerra a la guerra». Los que
sufrieron la muerte o la derrota fueron relativamente afortunados; los que
tuvieron la desgracia de salir victoriosos fueron reducidos al cinismo o a la
desesperación por el fracaso de sus espe-ranzas. La última fuente de estas
esperanzas era la doctrina cristiana de la conversión catas-trófica como el
camino de la salvación.
No quiero sugerir que las revoluciones no sean
nunca necesarias, sino que no constitu-yen atajos al milenio. No hay atajos de
la vida buena, ya individual o social. Para hacer una vida buena tenemos que
desarrollar la inteligencia, el dominio de nosotros mismos y la compasión. Es
un asunto cuantitativo, un asunto de mejora gradual, de aprendizaje tempra-no,
de experimento educacional. Sólo la impaciencia inspira la creencia en la
posibilidad de una mejora súbita. El mejoramiento gradual posible, los métodos
por los cuales puede lo-grarse, son de incumbencia de la ciencia futura. Pero
ahora puede decirse algo. Algo de lo que puede decirse trataré de indicarlo en
un capítulo final.
V. CIENCIA
Y FELICIDAD
El fin del moralista es mejorar la conducta del
hombre. Es una ambición laudable, ya que la conducta humana es, en la mayoría,
deplorable. Pero no puedo celebrar al moralista ni por las mejoras particulares
que desea ni por los métodos con que espera lograrlas. Su método ostensible es
la exhortación moral; su método real (si es ortodoxo) es un sistema de premios
y castigos económicos. El primero no efectúa nada permanente o importante; la
influencia de los sacerdotes que tratan de despertar la fe, desde Savonarola en
adelante, ha sido siempre muy transitoria. El último —los premios y los
castigos—, tiene un efecto muy considerable. Hacen que un hombre, por ejemplo,
prefiera casuales prostitutas a una queri-da casi permanente, porque es
necesario adoptar el método que se oculta con más facilidad. Así, se mantiene
una profesión muy peligrosa y se asegura el prevalecimiento de las enfer-
44
medades venéreas. Estos no son los objetos que
desea el moralista y, como éste es anticie n-tífico, no advierte que tales son
los objetos que realmente logra.
¿Hay algo mejor que sustituya a esta mezcla
anticientífica de sermones y sobornos? Yo creo que sí.
Los actos del hombre son dañinos ya por ignorancia
o por malos deseos. Los «malos» deseos, cuando hablamos desde un punto de vista
social, pueden ser definidos como los tendientes a frustrar los deseos de
otros, o, más exactamente, los que frustran más deseos de los que facilitan. No
es necesario insistir acerca de los daños que nacen de la ignorancia; en este
caso todo lo que se necesita es un conocimiento mayor, de modo que el camino de
me-jorar está en la investigación y en la educación. Pero el daño que nace de
los malos deseos es un asunto un poco más complicado.
En el hombre y la mujer medios hay una cierta
cantidad de malevolencia activa, una mala voluntad especial dirigida contra los
enemigos particulares, y un placer general imper-sonal por las desdichas de los
otros. Se acostumbra ocultar esto con frases amables; la mi-tad de la moral
convencional está dedicada a ocultarlo. Pero hay que tener esto en cuenta si se
quiere lograr el fin de los moralistas de mejorar nuestros actos. Ello se
demuestra en mil modos grandes y chicos: en la alegría con que la gente repite
y cree en el escándalo, en el mal trato dado a los criminales a pesar de las
claras pruebas de que un buen trato contribui-ría más a reformarlos, en la
increíble barbarie con que los blancos tratan a los negros, y en el gusto con
que las mujeres ancianas y los sacerdotes recomiendan el servicio militar a los
jóvenes cuando hay guerra. Incluso los niños son objeto de una desenfrenada
crueldad: Da-vid Copperfield y Oliver Twist no son imaginarios. Esta
malevolencia activa es el peor as-pecto de la naturaleza humana y uno de los
que es más necesario cambiar para que el mun-do sea más feliz. Probablemente
esta causa tiene más que ver con la guerra que todas las consecuencias
económicas y políticas juntas.
Dado el problema de la prevención de la
malevolencia ¿cómo vamos a tratarlo? Prime-ro hay que entender las causas, que
son, a mi entender, en parte sociales y en parte fisioló-gicas. El mundo, ahora
como antes, está basado en una competición de vida o muerte; lo que se disputa
en la guerra era qué niños, si los alemanes o los aliados, debían morir de
hambre y de miseria. (Aparte de la malevolencia en ambos lados, no había la
menor razón para que ninguno muriera de ha mbre.) La mayoría de la gente está acosada
por el miedo a la ruina; esto es especialmente verdad en la gente que tiene
hijos. Los ricos temen que los bolcheviques confisquen sus riquezas; los pobres
temen perder su trabajo o su salud. Todos están dedicados a la frenética
búsqueda de la «seguridad» e imaginan que ella puede lograr-se manteniendo
sometidos a los enemigos potenciales. En los momentos de pánico la crue l-dad
se extiende y se hace más atroz. Los reaccionarios de todas partes apelan al
miedo: en Inglaterra, al miedo al bolchevismo; en Francia, al miedo a Alemania;
en Alemania, al mie-do a Francia. Y el único efecto de estas apelaciones es
aumentar el peligro contra el cual quieren protegerse.
Por lo tanto, uno de los principales cuidados del
moralista científico es combatir el miedo. Esto puede hacerse de dos modos:
aumentando la seguridad y cultivando el valor. Hablo del miedo como de una
pasión irracional, no de la previsión racional de una posible desgracia. Cuando
un teatro se incendia, el hombre racional previene el desastre tan clara-mente
como el hombre que sufre de pánico, pero adopta métodos que disminuyen el
desas-tre, mientras que el hombre atacado de pánico lo aumenta. Desde 1914, Europa
ha sido co-mo un público atacado de pánico en un teatro incendiado; lo que se
necesita es calma, indi-caciones autorizadas para salir sin pisotearse. La
época victoriana, a pesar de toda su farsa,
45
fue un período de rápido progreso, porque los
hombres estaban dominados por la esperan-za, en lugar del miedo. Si hemos de
tener nuevamente progreso, tenemos que estar de nue-vo dominados por la
esperanza.
Todo lo que aumenta la seguridad general disminuye
la crueldad. Esto se aplica a la prevención de la guerra, ya mediante la
Sociedad de Naciones, ya por otro organismo; a la prevención de la miseria; a
una mejor salud mediante las mejoras en medicina, higiene y sanidad; y a todos
los medios de disminuir los terrores que acechan en los abismos de la mente
humana y que emergen como pesadillas durante el sueño. Pero no se puede lograr
nada tratando de hacer segura una porción de la humanidad a expensas de otra
porción: los franceses a expensas de los alemanes, los capitalistas a expensas
de los jornaleros, los bla n-cos a expensas de los amarillos, etc. Tales
métodos sólo aumentan el terror del grupo domi-nante, por miedo a que el justo
resentimiento haga rebelarse a los oprimidos. Sólo la justi-cia puede dar
seguridad; y por «justicia» entiendo el reconocimiento de la igualdad de
dere-chos en todos los seres humanos.
Además de los cambios sociales destinados a dar
seguridad, hay otros medios más di-rectos destinados a disminuir el miedo, a
saber, mediante un régimen destinado a aumentar el valor. Debido a la
importancia del valor en la batalla, los hombres descubrieron pronto modos de
aumentarlo mediante la educación y la dieta: por ejemplo, el comer carne
huma-na se consideraba útil. Pero el valor militar era prerrogativa de la casta
directora: los espar-tanos debían tenerlo más que los ilotas, los oficiales
británicos más que los soldados indios, los hombres más que las mujeres, etc.
Durante siglos se consideró el valor como privilegio de la aristocracia. Todo
aumento del valor en la casta dirigente se empleaba para aumentar las cargas de
los oprimidos y, por lo tanto, para aumentar el motivo del miedo en los
opre-sores y no disminuir así las causas de la crueldad. Hay que democratizar
el valor para que haga humanos a los hombres.
Hasta cierto punto, el valor ha sido ya
democratizado por los acontecimientos recien-tes. Las sufragistas demostraron
que poseían tanto valor como el más valiente de los ho m-bres; esta
demostración fue esencial para que conquistasen el voto. El soldado raso
necesita en la guerra tanto valor como un capitán o un teniente y mucho más que
un general; esto contribuyó en gran parte a su falta de servilismo después de
la desmovilización. Los bol-cheviques, que se proclaman campeones del
proletariado, no están faltos de valor, dígase lo que se quiera de ellos; lo
prueba su historial prerrevolucionario. En el Japón, donde anti-guamente el
samurai tenía el monopolio del ardor marcial, la conscripción trajo la
necesi-dad del valor a toda la población masculina. Así, entre todas las
grandes potencias durante los últimos cincuenta años se ha hecho mucho para que
el valor no fuese un monopolio aristocrático: si no fuera así, el peligro de la
democracia sería mucho mayor de lo que es.
Pero el valor en la lucha no es, en modo alguno, la
única forma, ni siquiera, quizás, la más importante. Hay valor en enfrentarse
con la pobreza, en hacer frente a las burlas, en hacer frente a la hostilidad
del propio rebaño. En estas cosas, los soldados más valientes suelen tener una
deficiencia lamentable. Y sobre todo está el valor de pensar con calma y
racionalmente frente al peligro, y dominar el impulso del miedo o la rabia
pánicos. Hay co-sas que la educación puede ayudar a proporcionar. Y la enseñanza
de toda forma de valor se facilita mediante la buena salud, el buen físico, la
nutrición adecuada, y el libre juego de los impulsos vitales fundamentales.
Quizás las causas fisiológicas del valor podrían ser descubiertas comparando la
sangre de un gato con la de un conejo. Probablemente no hay límite al que la
ciencia no pueda llegar en lo respectivo a aumentar el valor, por ejemplo, con
la experienc ia del peligro, la vida atlética y la dieta adecuada. Todas estas
cosas las dis-
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frutan hasta cierto punto los muchachos de la clase
alta, pero, en general, son la prerrogati-va de la riqueza. El valor fomentado
en las clases pobres es un valor bajo las órdenes, no la clase de valor que
supone iniciativa y caudillaje. Cuando las cualidades que ahora confieren
caudillaje se hagan universales no habrá ya conductores ni conducidos y la
democracia será realizada al fin.
Pero el miedo no es la única fuente de
malevolencia: la envidia y la decepción tienen también su parte. La envidia de
los lisiados y jorobados es una proverbial fuente de malig-nidad, pero otras
desgracias producen también resultados similares. El hombre o la mujer que han
sido frustrados sexualmente suelen estar llenos de envidia; esto generalmente
toma la forma de condena moral de los más afortunados. Gran parte de la fuerza
de los movi-mientos revolucionarios se debe a la envidia a los ricos. Los celos
son, claro está, una for-ma especial de envidia: envidia del amor. Los viejos
con frecuencia envidian a los jóvenes; cuando es así, suelen tratarlos con
crueldad.
No hay, que yo sepa, modo de evitar la envidia,
como no sea hacer más plenas y dicho-sas las vidas de los envidiosos, y
fomentar en la juventud la idea de las empresas colectivas en lugar de la
competencia. Las peores formas de la envidia son las de los que no han teni-do
una vida plena en lo respectivo al matrimonio, los hijos o la carrera. Tales
desdichas pueden evitarse en la mayoría de los casos mediante instituciones
sociales mejores. Sin em-bargo, hay que reconocer que suele quedar un residuo
de envidia. Hay muchos casos en la historia de generales tan envidiosos el uno
del otro que han preferido la derrota a realzar la reputación del colega. Dos
políticos del mismo partido, o dos artistas de la misma escuela, casi
seguramente tienen celos el uno del otro. En tales casos, sólo queda disponer,
en todo lo posible, que cada competidor no pueda dañar al otro, y sólo sea
capaz de ganar mediante la superioridad de su mérito. Los celos que un artista
tiene de su rival generalmente causan poco daño, ya que el único medio eficaz
de darles salida es pintar cuadros mejores que el otro, pues no cabe la
posibilidad de destruir los cuadros del rival afortunado. Cuando la en-vidia es
inevitable debe ser usada como un estímulo de los propios esfuerzos, no para
frus-trar los esfuerzos de los rivales.
Las posibilidades de la ciencia en lo relativo a
aumentar la dicha humana no están limi-tadas a disminuir los aspectos de la
naturaleza humana que contribuyen a la mutua derrota y que, por lo tanto,
llamamos «malos». Probablemente no hay límite en lo que la ciencia pue-de hacer
para aumentar la excelencia positiva. La salud ha sido ya grandemente
aumentada; a pesar de la s lamentaciones de los que idealizan el pasado,
vivimos más y tenemos menos enfermedades que cualquier clase o nación del siglo
xviii. Con un poco más de aplicación del conocimiento que poseemos ya,
podríamos ser más sanos de lo que somos. Y es proba-ble que los futuros
descubrimientos acelerarán enormemente este proceso.
Hasta ahora, la ciencia física es la que ha tenido
mayor efecto sobre nuestras vidas, pe-ro la fisiología y la psicología del
futuro van a ser más potentes con toda probabilidad. Cuando haya mos
descubierto hasta qué punto nuestro carácter depende de las condiciones
fisiológicas podremos, si queremos, producir mucho más el tipo de ser humano
que admi-ramos. La inteligencia, la capacidad artística, la benevolencia, todas
estas cosas pueden ser indudablemente aumentadas por la ciencia. No parece
haber límite en lo que podría hacerse para construir un mundo bueno si los
hombres usaran la ciencia prudentemente. En otro lu-gar he expresado mis
temores de que los hombres no supieran usar bien del poder derivado de la
ciencia.6 En este momento me preocupa el bien que podrían hacer los hombres si
qui-
6 Véase
Icaro...
47
sieran, no la cuestión de si van a preferir hacer
el mal.
Hay una cierta actitud acerca de la aplicación de
la ciencia a la vida humana con la que yo simpatizo, aunque, en último
análisis, no estoy de acuerdo con ella. Es la actitud de los que temen todo lo
que no es «natural». Rousseau es, claro está, el protagonista de este crite-rio
en Europa. En Asia, Lao-Tsé expuso tales ideas de un modo más persuasivo, y
2.400 años antes. Creo que hay una mezcla de verdad y mentira en la admiración
de la «naturale-za» que es importante aclarar. Para empezar, ¿qué es lo «natural»?
Hablando en términos generales, todo a lo que se está acostumbrado desde la
niñez. Lao-Tsé protesta contra los caminos, los coches y las embarcaciones,
cosas que probablemente eran desconocidas en el pueblo donde nació. Rousseau
estaba acostumbrado a tales cosas y no las consideraba como contrarias a la
naturaleza. Pero sin duda habría execrado los ferrocarriles si hubiera vivido
hasta verlos. Los vestidos y las comidas son demasiado antiguos para que los
denuncien la mayoría de los apóstoles de la naturaleza, aunque protestan contra
las innovaciones en am-bos. El control de la natalidad se considera malo por la
gente que tolera el celibato, porque lo primero es una nueva violación de la
naturaleza y lo último una violación antigua. En todos estos aspectos, los que
predican la «naturaleza» son inconsecuentes y uno se siente tentado a mirarlos
como meros conservadores.
Sin embargo, puede decirse algo en su favor.
Tomemos por ejemplo las vitaminas, cu-yo descubrimiento ha producido una
reacción en favor de los alimentos «naturales». Sin embargo, parece que se
pueden obtener vitaminas del aceite de hígado de bacalao y de la luz eléctrica,
que no son ciertamente parte de la dieta «natural» del ser humano. Este caso
ilustra el que, cuando no hay conocimiento, se puede causar un inesperado daño
mediante un nuevo alejamiento de la naturaleza; pero cuando se llega a un entendimiento
del mal, éste generalmente se remedia con una nueva artifícialidad. Con
respecto a nuestro ambiente físico y a los medios físicos de complacer nuestros
deseos, no creo que la doctrina de la «naturaleza» justifique nada, aparte de
una cierta prudencia experimental en la adopción de nuevos expedientes. Los
vestidos, por ejemplo, son contrarios a la naturaleza y necesitan estar
complementados por alguna otra práctica antinatural, a saber, el lavado, para
que no traigan enfermedades. Pero la s dos prácticas juntas hacen al hombre más
sano que el salva-je, que las huye.
Hay algo más que decir acerca de la «naturaleza» en
el reino de los deseos humanos. El obligar a un hombre, a una mujer o a un niño
a una vida que frustra sus más fuertes deseos es a la vez cruel y peligroso; en
este sentido, una vida de acuerdo con la «naturaleza» debe recomendarse con
ciertos requisitos. No hay nada más artificial que un ferrocarril subterrá-neo,
pero no se violenta la naturaleza de un niño cuando se le hace viajar en él:
por el con-trario, casi todos los niños hallan encantadora la experiencia. Las
artificialidades que satis-facen los deseos de los seres humanos ordinarios son
buenas, cuando son iguales las otras cosas. Pero no se dice nada de los modos
de vida que son artificiales en el sentido de estar impuestos por la autoridad
o la necesidad económica. Tales modos de vida son, sin duda, necesarios, hasta
cierto punto, en la actualidad; los viajes por mar serían muy difíciles si no
hubiera fogoneros a bordo. Pero las necesidades de esta clase son lamentables y
debemos buscar medios de evitarlas. Una determinada cantidad de trabajo no es
algo para quejarse; en realidad, de nueve casos por cada diez, hace al hombre
más feliz que la completa ociosi-dad. Pero la cantidad y clase de trabajo que
la mayoría de la gente tienen que hacer ahora es un mal grave; especialmente
malo es la condena perpetua a la rutina. La vida no debe ser
48
regulada con exceso ni metódica; nuestros impulsos,
cuando no son positivamente destruc-tores o dañinos para los demás, deben tener
en lo posible un libre juego; es necesario que haya lugar para la aventura.
Debemos respetar la naturaleza humana porque
nuestros impulsos y deseos constituyen nuestra felicidad. Es inútil dar a los
hombres algo que se considera «bueno» abstractame n-te; tenemos que darles algo
que deseen o necesiten, si queremos acrecentar su dicha. La ciencia tiene que
aprender con el tiempo a moldear nuestros deseos de modo que no cho-quen con
los de otra gente hasta el punto en que lo hacen ahora; entonces podremos
satisfa-cer una mayor proporción de nuestros deseos. En ese sentido, pero sólo
en ese sentido, nuestros deseos se habrán hecho «mejores». Un solo deseo no es
mejor ni peor, considerado aisladamente, que cualquier otro; pero un grupo de
deseos es mejor que otro grupo si todos los del primer grupo pueden ser
satisfechos simultáneamente, mientras que los del segundo grupo son
incompatibles con otros. Por esta razón, el amor es mejor que el odio.
Respetar la naturaleza física es una necesidad; la
naturaleza física debe estudiarse con el fin de que sirva en todo lo posible a
los fines humanos, pero éticamente no es buena ni mala. Y cuando la naturaleza
física y la naturaleza humana se influyen mutuamente, como en la cuestión de la
población, no hay necesidad de cruzarse de brazos en adoración pasiva y aceptar
la guerra, la peste y el hambre como los únicos medios de solucionar la fecund
i-dad excesiva. Los teólogos dicen: es malo, en este asunto, aplicar la ciencia
al aspecto divi-no del problema; tenemos que aplicar la moral al aspecto humano
y practicar la abstinencia. Aparte del hecho de que todos, incluso los
sacerdotes, saben que su consejo no se sigue, ¿por qué ha de ser malo resolver
la cuestión de la población adoptando los medio s físicos para evitar la
concepción? No hay ninguna respuesta, como no sea una basada en dogmas
anticuados. Y, claramente, la violencia a la naturaleza patrocinada por los
teólogos es por lo menos tan grande como la que supone el control de la
natalidad. Los teólogos prefieren la violencia a la naturaleza humana, que,
cuando se practica triunfalmente, supone desdicha, envidia, la tendencia a la
persecución y con frecuencia la locura. Yo prefiero una «viole n-cia» a la
naturaleza física de la misma clase, que la que supone la máquina de vapor y el
uso del paraguas. Este ejemplo muestra lo ambigua e incierta que es la
aplicación del prin-cipio de que debemos seguir la «naturaleza».
La naturaleza, incluso la naturaleza humana,
cesarán cada vez más de ser un dato abso-luto; cada vez más se convertirá en lo
que ha hecho de ella la manipulación científica. La ciencia puede, si quiere,
facilitar que nuestros nietos vivan una vida buena, dándoles cono-cimiento,
dominio de sí mismos y caracteres que produzcan armonía en lugar de luchas. En
la actualidad enseña a nuestros hijos a matarse entre sí porque muchos hombres
de ciencia están dispuestos a sacrificar el futuro de la humanidad a su momentánea
prosperidad. Pero esta fase pasará cuando los hombres hayan adquirido el mismo
dominio sobre sus pasiones que tienen ya sobre las fuerzas físicas del mundo
exterior. Entonces, por fin, habremos conquistado nuestra libertad.
49
4. ¿SOBREVIVIMOS A LA MUERTE?7
Antes de que podamos discutir provechosamente si
continuamos existiendo después de la muerte, conviene aclarar en qué sentido un
hombre es la misma persona que fue ayer. Los filósofos solían pensar que había
sustancias definidas, el alma y el cuerpo, cada una de las cuales duraba de día
a día; que un alma, una vez creada, continuaba existiendo por siempre, mientras
que el cuerpo cesaba temporalmente desde la muerte hasta la resurrec-ción del
mismo.
La parte de esta doctrina que concierne a la vida
presente es casi seguramente falsa. La materia del cuerpo cambia continuamente
mediante los procesos de la nutrición y el desgas-te. Aun cuando esto no fuera
así, en la física los átomos ya no se consideran dotados de una existencia
continua; no tiene sentido el decir: este es el mismo átomo que existía hace
unos pocos minutos. La continuidad de un cuerpo es un asunto de apariencia y de
conducta, no de sustancia.
Lo mismo se aplica a la mente. Pensamos, sentimos y
actuamos, pero no hay, además de los pensamientos, sentimientos y acciones, una
entidad simple, la mente o él alma, que haga o sufra estas cosas. La
continuidad mental de una persona es una continuidad de hábi-to y de memoria:
ayer había una persona cuyos sentimientos recuerdo, y a esa persona la
considero como mi yo de ayer; pero, en realidad, mi yo de ayer era sólo ciertos
sucesos mentales, recordados ahora y considerados como parte de la persona que
los recuerda. Todo lo que constituye- una persona es una serie de experiencias
unidas por la memoria y por ciertas similitudes que llamamos hábito. Si, por lo
tanto, hemos de creer que una persona sobrevive a la muerte, tenemos que creer
que todos los recuerdos y costumbres que consti-tuyen la persona continuarán
exhibiéndose en una nueva serie de acontecimientos.
Nadie puede probar que esto no va a suceder. Pero
es fácil ver que es muy improbable. Nuestros recuerdos y nuestros hábitos están
unidos a la estructura del cerebro, del mismo modo que un río está unido a la
estructura del cauce. El agua del río cambia siempre, pero sigue el mismo curso
porque las lluvias anteriores han abierto un canal. Igualmente los
acontecimientos anteriores han abierto un canal en el cerebro y nuestros
pensamientos co-rren a lo largo de dicho canal. Esta es la causa de los
recuerdos y de los hábitos mentales. Pero el cerebro, como estructura, se
disuelve con la muerte, y por lo tanto es de esperar que la memoria se disuelva
también. No hay más razón para pensar lo contrario que el esperar que un río
siga su mismo curso después de que un terreno haya levantado una montaña donde
solía haber un valle.
Toda memoria y, por lo tanto (se podría decir),
todas las mentes, dependen de una pro-piedad que es muy notable en ciertas
clases de estructuras materiales, pero que existe poco, si es que existe, en
otras clases. Es la propiedad de formar hábitos como resultado de suce-sos
similares frecuentes. Por ejemplo: una luz brillante hace que se contraigan las
pupilas de los ojos; y si repetidamente se pasa una luz ante los ojos de un
hombre y al mismo tiem-po se hace sonar un gong, finalmente. sólo el sonido del
gong hará que se contraigan sus pupilas. Esto ocurre con el cerebro y el
sistema nervioso, es decir, con una cierta estructura material. Se verá que
hechos exactamente iguales explican nuestra respuesta al lenguaje y nuestro uso
de él, los recuerdos y las emociones que éstos despiertan, nuestra conducta mo-
7 Este
artículo fue publicado por primera vez en 1936, en un libro titulado Los
misterios de la vida y de la muerte. El artículo del obispo Barnes, a que se
refiere Russell, apareció en la misma obra
50
ral o inmoral y, en realidad, todo lo que
constituye nuestra personalidad mental, excepto la parte determinada por la
herencia. La parte determinada por la herencia pasa a la posteri-dad, pero no
puede, en el individuo, sobrevivir a la desintegración del cuerpo. Así, tanto
las partes heredadas como las adquiridas de una personalidad están de acuerdo
con nuestra ex-periencia, unidas con las características de ciertas estructuras
corporales. Todos sabemos que la memoria puede quedar destruida por una lesión
del cerebro, que una persona virtuo-sa puede hacerse viciosa mediante la
encefalitis letárgica, y que un niño inteligente se pue-de volver idiota por la
carencia de yodo. En vista de tales hechos familiares, parece poco probable que
la mente sobreviva con la destrucción total de la estructura del cerebro que
ocurre con la muerte.
No son los argumentos racionales sino las emociones
lo que hace creer en la vida futu-
ra.
La más importante de estas emociones es el miedo a
la muerte, útil instintiva y biológi-camente. Si de veras creyésemos en la vida
futura, cesaríamos completamente de temer a la muerte. Los efectos serían
curiosos, y probablemente deplorables para la mayoría de noso-tros. Pero
nuestros antepasado humanos y subhumanos lucharon con sus enemigos y los
exterminaron a través de muchas edades geológicas, enriqueciéndose con el
valor; por lo tanto, es una ventaja de los vencedores en la lucha por la vida
el poder, en ciertas ocasiones, vencer el natural miedo de la muerte. Entre los
salvajes y los animales de pugnacidad ins-tintiva basta para este fin; pero, en
una cierta fase de desarrollo, como probaron primera-mente los mahometanos, la
creencia en el Paraíso tiene considerable valor militar como re-fuerzo de la
belicosidad natural. Por lo tanto, debemos admitir que los militaristas tienen
razón al fomentar la creencia en la inmortalidad, suponiendo siempre que esta
creencia no se haga tan profunda que cause indiferencia por los asuntos
mundanales.
Otra emoción que fomenta la creencia en la
supervivencia es la admiración de la exce-lencia del hombre. Como dice el
obispo de Birmingham:
«Su mente es un instrumento superior a todo cuanto
había aparecido antes que él; co-noce el bien y el mal. Puede construir la
Abadía de Westminster, puede construir un aero-plano, puede calcular la
distancia del sol... Entonces, ¿puede el hombre perecer enteramente en la
muerte? Ese instrumento incomparable, su mente, ¿se desvanece al cesar la
vida?»
El Obispo pasa a argüir que «el universo ha sido
hecho y está gobernado por un propó-sito inteligente» y que sería una falta de
inteligencia el haber hecho al hombre para que pe-reciera.
Hay muchas respuestas a este argumento. En primer
lugar, se ha hallado, en la investi-gación científica de la Naturaleza, que la
intrusión de valores estéticos o morales, ha sido siempre un obstáculo para el
descubrimiento. Solía pensarse que los cuerpos' celestes tenían que moverse en
círculos, porque el circulo es la curva más perfecta; que las especies tenían
que ser inmutables, porque Dios sólo creaba lo perfecto y, por lo tanto, no
había necesidad de mejora; que no debían combatirse las epidemias como no fuera
mediante el arrepenti-miento, porque eran un castigo del pecado, etc. La
naturaleza es indiferente a nuestros valo-res, y sólo puede ser entendida
ignorando nuestros conceptos del bien y del mal. El univer-so puede tener un
fin, pero nada de lo que nosotros sabemos sugiere que, de ser así, ese
propósito tiene alguna semejanza con los nuestros.
En esto no hay nada sorprendente. El doctor Barnes
nos dice que el Hombre «conoce el bien y el mal». Pero en realidad, como
demuestra la antropología, los conceptos que e] hombre ha tenido del bien y del
mal han variado de tal manera que ninguno de ellos ha sido permanente. Por lo
tanto, no podemos decir que el hombre conoce el bien y el mal, sino só-
51
lo que algunos hombres lo conocen.
¿Qué hombres? Nietzsche argüía en favor de una
ética profundamente distinta de la cristiana, y algunos gobiernos poderosos han
aceptado sus enseñanzas. Si el conocimiento del bien y del mal es un argumento
en favor de la inmortalidad, tenemos que decidir prime-ro si creer en Cristo o
en Netzsche, y luego declarar que los cristianos son inmortales, pero que
Hitler y Mussolini no lo son y viceversa. La decisión se hará obviamente en el
campo de batalla, no en el estudio. Los que tengan el mejor gas venenoso tendrán
la ética del futu-ro y por lo tanto serán los inmortales.
Nuestros sentimientos y creencias acerca del bien y
del mal son, como todo lo demás que hay en torno a nosotros, hechos naturales
desarrollados en la lucha por la existencia y que no tienen ningún origen
divino o sobrenatural. En una de las fábulas de Esopo, un león ve cuadros de
hombres cazando leones y advierte que, si él los hubiera pintado, los leones
estarían cazando hombres. El hombre, dice el doctor Barnes, es un ser superior
porque pue-de construir aeroplanos. Hace un tiempo había una canción popular
acerca del talento de las moscas que andaban boca abajo por el techo, con el
estribillo: «¿Podría hacerlo Lloyd George? ¿Podría hacerlo Mr. Baldwin? ¿Podría
hacerlo Ramsay Macdonald? ¡NO!» Con esta base se podría construir un argumento
por una mosca de mente teológica, argumento que, sin duda, hallarían muy
convincente la mayoría de las moscas.
Además, sólo cuando pensamos abstractamente tenemos
una opinión tan alta del ho m-bre. De los hombres, en concreto, la mayoría de
nosotros piensa muy mal. Los estados civi-lizados gastan más de la mitad de
sus- ingresos en matar a los ciudadanos de los otros esta-dos. Consideremos la
larga historia de las actividades inspiradas por el fervor moral: los
sacrificios humanos, las persecuciones de herejes, las caza de brujas, los
pogroms, hasta que se llega al exterminio en gran escala por medio de gases venenosos,
que al menos uno de los colegas episcopales del doctor Barnes parece
patrocinar, ya que sostiene que el paci-fismo es anticristiano. ¿Son estas
abominaciones, y las doctrinas éticas que las inspiran, realmente prueba de un
Creador inteligente? ¿Y podemos realmente desear que los hombres que las
practicaron vivan eternamente? El mundo en que vivimos puede ser entendido
co-mo resultado de la confusión y el accidente; pero, si es el resultado de un
propósito delibe-rado, el propósito tiene que haber sido el de un demonio. Por
mi parte, encuentro el acci-dente una hipótesis menos penosa y más verosímil.
52
5.- ¿PARECE, SEÑORA? NO, ES8
La filosofía, en los días en que era aún gorda y
próspera, prometía a sus adeptos dive r-sos e importantes servicios. Les
ofrecía el consuelo en la adversidad, la explicación en la dificultad
intelectual, la guía en la perplejidad moral. No es de extrañar que el Hermano
Menor, cuando se le presentó un ejemplo de sus usos, exclamase con el
entusiasmo de la juventud:
¡Qué encantadora es la divina Filosofía!
No es áspera y ceñuda como suponen los necios,
Sino musical como el laúd de Apolo.
Pero esos dichosos días han pasado. La filosofía,
mediante las lentas victorias de su propia descendencia, se ha visto obligada a
renunciar, una por una, a sus altas pretensiones. Las dificultades
intelectuales, en su mayoría, han sido adquiridas por la ciencia; las ansio-sas
pretensiones de la filosofía, en relación con las pocas preguntas excepcionales
que aún trata de contestar, se miran por la mayoría de la gente como un resto
medieval, y están siendo rápidamente transferidas a la rígida ciencia de F. W.
H. Myers. Las perplejidades morales —que hasta hace poco los filósofos
asignaron sin vacilar a su dominio—, han sido entregadas por McTaggart y
Bradley a los caprichos' de la estadística y el sentido común. Pero el poder de
dar consuelo —el último poder de los impotentes— pertenece, según McTaggart,
aún a la filosofía. Esta noche yo deseo privar de su última posesión al
decrépito padre de nuestros modernos dioses.
Parecería, a primera vista, que la cuestión podría
quedar zanjada brevemente. «Sé que la filosofía puede consolar —podría decir
McTaggart—, porque a mí me consuela cierta-mente.» Sin embargo, trataré de
probar que las conclusiones que le consuelan son conclu-siones que no emanan de
su posición general, que, en realidad, no emanan reconocidame n-te, y que se
conservan, al parecer, sólo porque le consuelan.
Como no quiero discutir la verdad de la filosofía,
sino sólo su valor emocional, asumiré una metafísica que descanse en la
distinción entre Apariencia y Realidad y considere la úl-tima como eterna y
perfecta. El principio de tal metafísica podría ser resumido así: «Dios está en
el Cielo; en el mundo todo está mal.» Esa es su última palabra. Pero podría
suponer-se que, como Dios está en el cielo, y siempre ha estado allí, podemos
esperar que algún día baje a la tierra, ya que no para juzgar a los vivos' y a los
muertos, al menos para recompen-sar la fe de los filósofos. Sin embargo, su
larga designación a una existencia puramente ce-lestial parecería sugerir, con
respecto a los asuntos de la tierra, un estoicismo en el cual se-ría temerario
fundar nuestras esperanzas.
Pero hablando seriamente: el valor emocional de una
doctrina, como consuelo en la
8 Este ensayo,
escrito en 1899. no había sido publicado antes. Se reproduce aquí,
principalmente, a causa de su interés histórico, ya que representa la primera
revuelta de Russell contra la filosofía hegeliana de la cual era partidario en
sus primeros días de Cambridge. Aunque su oposición a la religión no era en
aquellos días tan pronunciada como lo ha sido desde la Primera Guerra Mundial,
algunas de sus críticas estaban basadas en las mismas razones.
53
adversidad, parece depender de su predicción del
futuro. El futuro, emocionalmente hablando, es más importante que el pasado, e
incluso que el presente. «Es bueno todo lo que termina bien» es el aforismo
unánime del sentido común. «Muchas mañanas tristes tie-nen como resultado un
hermoso día» es optimismo; mientras que el pesimismo dice:
Muchas radiantes mañanas he visto
acariciar los montes con ojo soberano,
besar con su rostro de oro el verde de los prados,
pintar con celeste alquimia los pálidos arroyos. Luego, permitiendo que las
nubes pasasen con negra angustia por su celeste rostro,
ocultando su faz del mundo desdichado,
huir invisibles al oeste con su deshonra.
Y así, emocionalmente, nuestra visión del universo,
buena o mala, depende del futuro, o lo que sea; siempre nos preocupan las
apariencias, y al menos que nos' aseguren que el futuro va a ser mejor que el
presente, es difícil ver dónde vamos a encontrar el consuelo.
Tan unido está el porvenir con el optimismo que el
propio McTaggart, aunque todo su optimismo depende de la negación del tiempo,
se ve impulsado a representar el Absoluto como un futuro estado de cosas, como
«una armonía que algún día tiene que hacerse explí-cita». Sería poco amable
seguir de cerca esta contradicción, ya que es principalmente McTaggart el que
ha hecho que me dé cuenta de ella. Pero lo que sí quiero poner de mani-fiesto
es que todo consuelo derivado de la doctrina de que la Realidad es eterna y
eterna-mente buena se deriva, sola y exclusivamente, de esta contradicción. Una
Realidad eterna no puede tener una relación más íntima con el futuro que con el
pasado: si su perfección no ha aparecido hasta ahora, no hay razón para suponer
que alguna vez lo hará; e indudable-mente lo probable es que Dios se quede en
el cielo. Podríamos, con igual propiedad, hablar de una armonía que fue
explícita una vez; es posible que «mi pesar esté delante y mi dicha detrás»...
y es obvio el poco consuelo que eso puede darnos.
Toda nuestra experiencia está unida al tiempo, y no
es posible imaginar una experien-cia eterna. Pero, aun cuando fuera posible, no
podríamos, sin contradicción, suponer que llegaremos a tener dicha experiencia.
Toda experiencia, por lo tanto, en cuanto puede mos-trarnos la filosofía,
probablemente se parecerá a la experiencia que conocemos; si ésta nos parece
mala, ninguna doctrina de una Realidad distinta de las Apariencias puede darnos
la esperanza de algo mejor. Caemos, en realidad, en un dualismo inútil: por un
lado, tenemos el mundo que conocemos, con sus acontecimientos, agradables y
desagradables, sus muer-tes, fracasos y desastres; por el otro, un mundo
imaginario, que llamamos el mundo de la Realidad, excusando, por la amplitud de
la Realidad, la ausencia de todos los signos de que ese mundo existe realmente.
Ahora, la única base que tenemos de ese mundo de Realidad es que ésa habría
podido ser la Realidad, si pudiéramos comprenderla. Pero si el resultado de
nuestra construcción purame nte ideal resulta tan diferente del mundo que
conocemos — del mundo real, en verdad—; si, además, la consecuencia de esta
construcción es que nunca experimentaremos el llamado mundo de la Realidad,
excepto en el sentido de que ya no ex-perimentaremos nada más, no puedo ver el
consuelo de los males presentes que hemos ga-nado con nuestra metafísica.
Tomemos, por ejemplo, la cuestión de la inmortalidad. La gente desea la
inmortalidad, ya como una compensación de las injusticias de este mundo, ya, lo
cual es un motivo más respetable, para tener la posibilidad de encontrar
después de la
54
muerte a los seres queridos. Este último deseo lo
sentimos todos, y si la filosofía fuera ca-paz de satisfacerlo le quedaríamos
muy agradecidos. Pero la filosofía, a lo sumo, sólo pue-de asegurarnos que el
alma es una realidad eterna.
El tiempo en que esta realidad pudiera manifestarse
no viene al caso y no hay en tal doctrina una inferencia legítima de la
existencia después de la muerte. Keats puede lame n-tar aún:
¡Nunca volveré a verte,
ni gozaré jamás el mágico poder
del amor irreflexivo!
Y no le consolará mucho que le digan que aquella
«hermosa criatura de una hora» no es una frase metafísicamente exacta. Sigue
siendo cierto que «vendrá el Tiempo v se llevará mi amor», y que «este
pensamiento es igual que una muerte que no puede elegir, sino llorar por tener
lo que teme perder». Y eso ocurre con todas las partes de las doctrinas de una
Realidad eternamente perfecta. Lo que ahora parece malo— y la lamentable
prerrogativa del mal es que parecerlo es serlo—, lo que ahora se manifiesta
malo, puede seguir siéndolo, por lo que sabemos, eternamente, para atormentar a
nuestros últimos descendientes. Y en tal doctrina no hay, a mi entender, el
menor vestigio de consuelo.
Es cierto que el Cristianismo y todos los
optimismos anteriores han representado al mundo como eternamente regido por una
Providencia benéfica, y por ello metafísicamente buena. Pero esto ha sido, en
el fondo, sólo un medio de probar la futura excelencia del mundo; de probar,
por ejemplo, que los buenos serían dichosos después de la muerte. Siempre ha
sido esta deducción —ilegítimamente hecha, claro está—, la que ha dado
con-suelo. «Es un buen hombre y terminará bien.»
Puede decirse, en realidad, que hay consuelo en la
mera doctrina abstracta de que la Realidad es buena. Yo no acepto la prueba de
esta doctrina, pero, aunque sea cierta, no comprendo por qué debe ser
consoladora. Pues la esencia de mi argumento es que la Reali-dad, tal como la
construye la Metafísica, no tiene ninguna relación con el mundo de la
ex-periencia. Es una abstracción vacía, de la cual no se puede hacer
válidamente ninguna de-ducción en cuanto al mundo de la apariencia, en cuyo
mundo, sin embargo, están todos nuestros intereses. Incluso el puro interés
intelectual del cual nace la metafísica es un inte-rés de explicar el mundo de
la apariencia. Pero, en lugar de explicar este mundo real, pal-pable y
sensible, la metafísica construye un mundo fundamentalmente diferente, tan
dife-rente, tan desconectado con la experiencia real, que el mundo de la
experiencia diaria no es afectado por él y, de este modo, es como si no hubiera
un mundo de la Realidad. Si al me-nos se permitiera mirar el mundo de la Realidad
como «otro mundo», como una ciudad ce-lestial, existente en los cielos, podría
haber sin duda consuelo en el pensamiento de que otros han tenido la perfecta
experiencia de que nosotros carecemos. Pero decirnos que nues-tra experiencia,
tal como la conocemos, es esa perfecta experiencia tiene que dejarnos fríos, ya
que no prueba que nuestra experiencia es mejor de lo que es. Por otra parte,
decir que nuestra experiencia real no es la experiencia perfecta construida por
la filosofía, es cortar la única clase de existencia que puede tener la
realidad filosófica, ya que Dios en el cielo no puede ser mantenido
independientemente. Entonces, o nuestra experiencia existente es per-fecta —lo
cual es una frase vacía, que deja el tema como antes— o no hay experiencia
per-fecta y nuestro mundo de la Realidad, como nadie lo experimenta, existe
sólo en los libros de metafísica. En cualquier caso, a mi parecer, no podemos
hallar en la filosofía los consue-
55
los de la religión.
Hay, claro está, varios sentidos en los cuales
sería absurdo negar que la filosofía puede consolarnos. Podemos hallar que el
filosofar es un medio agradable de pasar el tiempo; en este sentido, el
consuelo derivado puede, en casos extremos, ser comparable al de la bebida como
medio de pasar las veladas. Ta mbién podemos tomar la filosofíaa estéticamente,
co-mo es probable que la mayoría de nosotros toma a Spinoza. Podemos usar la
metafísica como la poesía y la música, como un medio de producir un estado de espíritu,
de darnos una cierta perspectiva del universo, una cierta actitud hacia la
vida, valorándose el estado de espíritu resultante de acuerdo con el grado de
la emoción poética despertada, no en pro-porción a la verdad de las creencias
mantenidas. En realidad, nuestra satisfacción parece ser, en estos estados de
espíritu, todo lo contrario de las afirmaciones del metafísico. Es la
satisfacción de olvidar el mundo real y sus males, y persuadirnos, por el
momento, de la realidad de un mundo que hemos creado nosotros mismos. Esta
parece ser una de las razo-nes por las cuales Bradley justifica la metafísica.
«Cuando la poesía, el arte y la religión — dice— hayan cesado totalmente de
interesar, o cuando ya no muestren ninguna tendencia a luchar con los problemas
fundamentales y llegar a un acuerdo con ellos; cuando el sentido de misterio y
encanto ya no arrastre a la mente a vagar sin rumbo y amar Dios sabe qué;
cuando, en breve, el crepúsculo no tenga encanto, entonces la metafísica
carecerá de valor.» Lo que la metafísica nos hace en este aspecto es,
esencialmente, lo que La Tempestad, por ejemplo, hace por nosotros; pero su
valor en este aspecto es completamente independiente de su veracidad. No
valoramos La Tempestad porque la magia de Próspero nos relacione con el mundo
de los espíritus; y, estéticamente, no valoramos la metafísica porque nos
in-forme de un mundo del espíritu. Y esto pone de relieve la diferencia
esencial entre la satis-facción estética, que yo concedo, y el consuelo
religioso, que yo niego a la filosofía. Para la satisfacción estética, la
convicción intelectual es innecesaria y, por lo tanto, podemos elegir, al
buscar esa satisfacción, la metafísica que nos dé la mayor cantidad. Por el
contrario, para el consuelo religioso, la creencia es esencial, y yo afirmo que
no obtenemos consuelo reli-gioso de la metafísica en que creemos.
Sin embargo, es posible introducir un refinamiento
en el argumento adoptando una teo-ría más o menos mística de la emoción
estética. Puede afirmarse que, aunque nunca pode-mos experimentar totalmente la
Realidad como realmente es, algunas experiencias se acer-can a ella más que
otras, y tales experiencias, puede decirse, son las dadas por el arte y la
filosofía, Y bajo la influencia de las experiencias que el arte y la filosofía
nos dan a veces, parece fácil adoptar este criterio. Para los que tienen la pasión
metafísica, probablemente no hay emoción tan rica y bella, tan completamente
deseable, como la del sentido místico, que la filosofía nos da a veces, de un
mundo transformado por la visión beatifica Como dice nuevamente Bradley, «unos
de un modo, otros de otro, parecemos entrar en contacto y te-ner comunión con
lo que está más allá del mundo visible. En varios modos, hallamos algo más
alto, que nos sostiene y humilla, que nos purifica y sostiene. Y, en el caso de
ciertas personas, el esfuerzo intelectual para comprender el Universo es un
medio principal de ex-perimentar así la Divinidad...» «Y al parecer —continúa—
esta es otra razón para que algu-nas personas persigan el estudio de la verdad
fundamental.»
¿Pero no es igualmente una razón para esperar que
esas personas no hallen la verdad fundamental? Si, en realidad, la verdad
fundamental tiene alguna semejanza con las doctri-nas expresadas en Apariencia
y Realidad, yo no niego el valor de la emoción, pero sí niego que, hablando
estrictamente, sea, en cualquier sentido peculiar, una visión beatífica o la
ex-periencia de la Divinidad. En un sentido, claro está, toda experiencia es la
experiencia de la
56
Divididad, pero, en otro, ya que toda experiencia
es igualmente en el tiempo y la Divinidad es eterna, ninguna experiencia es la
experiencia de la Divinidad, «como tal», me impulsaría a añadir la pedantería.
El abismo entre Apariencia y Realidad es tan profundo que no tene-mos base, por
lo que yo pueda ver, para considerar algunas experiencias más cercanas que
otras a la perfecta experiencia de la Realidad. El valor de las experiencias en
cuestión tiene, por lo tanto, que basarse completamente en su cualidad
emocional y no, como parece suge-rir Bradley, en ningún grado superior de
verdad que podamos atribuirles. Pero, si es así, son a lo sumo los consuelos
del filosofar, no de la filosofía. Constituyen una razón para buscar la verdad
fundamental, ya que son flores que hay que cortar en el camino; pero no
constitu-yen un premio de su logro, ya que todo indica que las flores crecen
sólo al comienzo del camino y desaparecen mucho antes de haber llegado al fin
de nuestro viaje.
El criterio que patrocino no es, indudablemente,
inspirador, ni siquiera un criterio que, si se aceptase generalmente,
fomentaría el estudio de la filosofía. Podría justificar mi ensa-yo, si
quisiera hacerlo, con la máxima: «donde todo está podrido, es labor de hombres
el gritar que el pescado huele mal». Pero prefiero sugerir que la metafísica,
cuando trata de llenar el lugar de la religión, ha equivocado realmente su
función. Admito que pueda ocu-par ese lugar; pero lo hace, a mi entender, a
expensas de ser mala metafísica. ¿Por qué no admitir que la metafísica, como la
ciencia, está justificada por la curiosidad intelectual y debe ser guiada
solamente por la curiosidad intelectual? El deseo de hallar consuelo en la
metafísica ha producido, tenemos que reconocerlo, una gran cant idad de
razonamientos fal-sos y de deshonestidad intelectual. De esto, de cualquier
forma, nos libraría el abandono de la religión. Y como la curiosidad
intelectual existe en cierta gente, probablemente esa gente se vería libre de ciertas
falacias persistentes hasta ahora. «El hombre —para citar a Bradley una vez
más—, cuya naturaleza es tal que sólo mediante un camino puede hallar
satisfac-ción su principal deseo, tratará de hallarla por ese camino,
cualquiera que sea y piense el mundo lo que piense; y si no lo hace, es
despreciable.»
57
6.-SOBRE LOS ESCÉPTICOS CATÓLICOS Y PROTESTANTES 9
Cualquier persona que haya tenido mucho contacto
con librepensadores de diferentes países y diversos antecedentes tiene que
haber advertido la notable diferencia entre los de origen católico y los de
origen protestante, por mucho que crean haber abandonado la teo-logía que les
enseñaron en su juventud. La diferencia entre protestantes y católicos es tan
marcada entre los librepensadores como entre los creyentes; en realidad, las
diferencias esenciales son quizás más fáciles de descubrir, ya que no están ocultas
detrás de las diver-gencias ostensibles del dogma. Hay, claro está, una
dificultad, que es que la mayoría de los protestantes ateos son ingleses o
alemanes, mientras que la mayoría de los católicos son franceses. Y los
ingleses que, como Gibbon, han tenido un íntimo contacto con el pensa-miento
francés, adquieren las características de los librepensadores franceses a pesar
de su origen protestante. Sin embargo, sigue existiendo la gran diferencia y
sería interesante tratar de averiguar en qué consiste.
Se puede tomar como un librepensador protestante
completamente típico a James Mili, tal como aparece en la autobiografía de su
hijo. «Mi padre —dice John Stuart Mili—, edu-cado en el credo del
presbiterianismo escocés, había llegado, por sus estudios y reflexiones, a
rechazar no sólo la creencia en la Revelación, sino los fundamentos de lo que
comúnmen-te se llama Religión Natural. El rechazo de mi padre de todo cuanto se
llama creencia reli-giosa no era, como podrían suponer muchos, esencialmente un
asunto de lógica y prueba: sus razones eran morales aun más que intelectuales.
Hallaba imposible creer que un mundo tan lleno de males era la obra de un Autor
dotado de infinito poder, de bondad y virtud per-fectas... Su aversión a la
religión, en el sentido usualmente dado al término, era igual a la de Lucrecio;
la miraba con los sentimientos debidos no sólo a una mera ilusión mental
enga-ñosa, sino a un gran mal moral. Habría sido completamente inconsecuente
con las ideas del deber que tenía mi padre dejarme que adquiriese impresiones
contrarias a sus convicciones y sentimientos con respecto a la religión; desde
el primer momento, me inculcó que la ma-nera en que nació el mundo era un tema
del cual no se sabía nada.» Sin embargo, no había duda de que James Mili siguió
siendo protestante. «Me enseñó a tener el mayor interés por la Reforma, como la
contienda grande y decisiva contra la tiranía sacerdotal en favor de la
libertad de pensamiento.»
En todo esto. James Mili sólo llevaba adelante el
espíritu de John Knox. Era un no con-formista, aunque de una secta extrema, y
conservaba la sinceridad moral y el interés por la teología que distinguió a
sus precursores. Los protestantes, desde el principio, se distinguie-ron de sus
contrarios por lo que no creían; el abandonar un dogma más es, por lo tanto,
me-ramente llevar el movimiento una etapa adelante. El fervor moral es la
esencia del asunto.
Esta es sólo una de las diferencias distintivas
entre la moralidad protestante y la católi-ca. Para el protestante, el hombre
excepcionalmente bueno es el que se opone a las autori-dades y las doctrinas
recibidas, como Lutero en la Dieta de Worms. El concepto protestante de la
bondad es algo individual y aislado. A mí me educaron como protestante y uno de
los textos que más inculcaron en mi mente juvenil fue: «No seguirás a una
multitud para hacer el mal.» Me doy cuenta de que, hasta ahora, este texto influye
en mis actos más graves. El católico tiene un concepto completamente diferente
de la virtud: para él, la virtud es un elemento de sumisión, no sólo a la voz
de Dios revelada en la conciencia, sino a la autori-
9 Escrito en
1928.
58
dad de la Iglesia como depositaría de la
Revelación. Esto da al católico un concepto de la virtud mucho más social que
el del protestante y hace el tirón mucho mayor cuando rompe su unión con la
Iglesia. El protestante que abandona la secta protestante particular en que
había sido educado hace solamente lo que los fundadores de aquella secta
hicieron, no hace mucho, y su mentalidad está adaptada a la fundación de una
nueva secta. El católico, por el contrario, se siente perdido sin el apoyo de
la Iglesia. Puede, claro está, unirse a otra insti-tución, como la de los
masones, pero permanece consciente de todos modos de la rebeldía desesperada. Y
generalmente queda convencido, por lo menos subconscientemente, de que la vida
moral está confinada a los miembros de la Iglesia, de modo que para el
librepensa-dor se han hecho imposibles las más altas clases de virtud. Esta
convicción actúa de modos distintos, conforme a su temperamento; si tiene una
disposición fácil y alegre disfruta lo que William James llama una vacación
moral. El más perfecto ejemplo de este tipo de Montaigne, que se permitió
también una vacación intelectual en forma de hostilidad a sis-temas y
deducciones. Los modernos no se dan siempre cuenta de hasta qué punto el
Rena-cimiento fue un movimiento antiintelectual. En la Edad Media se
acostumbraba a probar las cosas; el Renacimiento inventó la costumbre de
observarlas. Los únicos silogismos que Montaigne mira con benevolencia son los
que prueban una negativa particular como, por ejemplo, cuando utiliza su
erudición para demostrar que no todos los que murieron como Arrio eran
heréticos. Después de enumerar varios hombres malos que murieron de esta
ma-nera o de manera parecida, prosigue: «¡Pero cómo! Ireneo resulta afortunado:
el propósito de Dios es enseñarnos que los buenos tienen algo más que esperar y
los malos algo más que temer que la buena o mala fortuna de este mundo.» Parte
de esta antipatía por el sistema ha seguido siendo característica del católico
en contradicción con el librepensador protestante; la razón es, de nuevo, que
el sistema de la teología católica es tan imponente que no permi-te al
individuo, a menos que posea una fuerza heroica, establecer otro en competencia
con él.
Por lo tanto, el librepensador católico tiende a
evitar la solemnidad tanto moral como intelectual, mientras que el
librepensador protestante se inclina a ambas. James Mili enseñó a su hijo que
la pregunta «¿Quién me hizo a mi?» no podía ser respondida, porque carecía-mos
de experiencia o información auténtica para responder a ella; y que cualquier
respuesta sólo retrasa la dificultad, ya que se termina preguntando «¿Quién
hizo a Dios?» Compárese esto con lo que Voltaire dice acerca de Dios en el
Diccionario Filosófico. El artículo «Dios» en esa obra comienza del modo
siguiente: «Durante el reinado de Arcadio, Logo-macos, profesor de teología en
Constantinopla, fue a Escitia y se detuvo al pie del Caucaso, en las fértiles
llanuras de Zefirim, en la frontera de la Cólquida. El ilustre anciano
Dondin-dac estaba en su gran salón, entre su inmenso redil y su vasto granero;
estaba arrodillado con su esposa, sus cinco hijos y sus cinco hijas, sus
familiares y criados, y después de una comida ligera todos ellos cantaban las
alabanzas de Dios.»
El artículo continúa de igual manera y termina con
la conclusión: «Desde entonces re-solví no discutir jamás.» Uno no puede
imaginar una época en que James Mill resolviera no discutir más, ni un tema,
aunque hubiera sido menos sublime, que hubiera ilustrado con una fábula.
Tampoco podría haber practicado el arte de la impertinencia hábil, como hace Vo
l-taire, cuando dice de Leibniz: «Declaró en el no rte de Alemania que Dios
sólo podía hacer un mundo.» O comparar el fervor moral con que James Mill afirmó
la existencia del mal con el siguiente pasaje en el cual Voltaire dice la misma
cosa: «Negar que existe el mal pu-do haber sido dicho en tono de broma por un
Lúculo que tiene buena salud y durante una buena comida en compañía de sus
amigos y su amante en el salón de Apolo; pero que mire
59
por una ventana y verá algunos miserables seres
humanos; que tenga fiebre y entonces él será también miserable.»
Montagne y Voltaire son los ejemplos supremos de
los escépticos alegres. Sin embar-go, muchos librepensadores católicos han
distado de ser alegres, y siempre han sentido la necesidad de una rígida fe y
una Iglesia directora. Tales hombres se hacen a veces comunis-tas; el ejemplo
supremo de ellos es Lenin. Lenin tomó su fe de un librepensador protestante
(pues los judíos y los protestantes no se distinguen mentalmente), pero sus
antecedentes bi-zantinos le impulsaron a crear una Iglesia como la encarnación
visible de la fe. Un ejemplo menos triunfante de la misma tentativa es Augusto
Comte. Los hombres de su temperame n-to, a menos que tengan una fuerza anormal,
pronto o tarde vuelven a caer en el seno de la Iglesia. En el reino de la
filosofía, Santayana constituye un ejemplo muy interesante, pues amó siempre la
ortodoxia en sí, pero siempre anheló alguna forma menos odiosa
intelec-tualmente que la proporcionada por la Iglesia Católica. Le gustó
siempre, en el catolicismo, la institución de la Iglesia y su influencia
política; le gustaba, hablando en sentido general, lo que la Iglesia había
tomado de Grecia y de Roma, pero no lo que la Iglesia había tomado de los
judíos, incluso, claro está, lo que debe a su Fundador. Habría deseado que
Lucrecio hubiera logrado fundar una Iglesia basada en los dogmas de Demócrito,
pues el materialis-mo había atraído siempre a su intelecto, y, al menos en sus
primeras obras, estaba más cer-ca de adorar la materia que de conceder esta
distinción a cualquier otra cosa. Pero luego, parece haber llegado a sentir que
cualquier Iglesia que exista realmente es preferible a una Iglesia confinada al
reino de la esencia. Sin embargo, Santayana es un fenómeno excepcio-nal y
apenas encaja en cualquiera de nuestros modernas categorías. Es realmente,
pre-Renacimiento, y si está de acuerdo con algo, es con los gibelinos, a
quienes Dante halló pa-deciendo en el Infierno por su adhesión a las doctrinas
de Epicuro. Este criterio está, sin duda, reforzado por la nostalgia del pasado
que un renuente y prolongado contacto con Es-tados Unidos estaba destinado a
producir en un temperamento español.
Todo el mundo sabe cómo George Eliot enseñó a F. W.
H. Myers que no hay Dios que, sin embargo, debemos ser buenos. George Eliot, en
esto, es el tipo de librepensador protes-tante. Se puede decir, hablando en
sentido general, que a los protestantes les gusta ser bue-nos y han inventado
la teología con el fin de serlo, mientras que a los católicos les gusta ser
malos y han inventado la teología con el fin de que sus vecinos sean buenos. De
ahí el ca-rácter social del catolicismo y el carácter individual del protestantismo.
Jeremy Ben-tham, un típico librepensador protestante, consideraba que el mayor
de los placeres es el placer de la autoaprobación. Por lo tanto, no se sentía
inclinado a comer o a beber con exceso, a vivir relajadamente, o a robar a su
vecino, porque ninguna de estas cosas le habría dado ese ex-quisito placer que
compartía con Jack Horner, pero no con tanta facilidad, ya que tuvo que
renunciar para ello al pastel de Navidad. En Francia, por el contrario, la
moralidad ascética fue la que se quebrantó primero; la duda teológica vino
después y como una consecuencia. Esta distinción es probablemente nacional más
que de credos.
La relación entre religión y moral merece un
estudio geográfico imparcial. Recuerdo que en Japón hallé una secta budista en
la cual el sacerdocio era hereditario. Yo pregunté cómo era así, ya que
generalmente los sacerdotes budistas son célibes; nadie me informó, pero al fin
hallé los hechos en un libro. Al parecer, la secta había comenzado con la
doctri-na de la justificación por la fe, y había deducido que mientras la fe se
mantuviese pura, el pecado carecía de importancia; por consiguiente, el sacerdocio
decidió pecar, pero el único pecado que les tentaba era el matrimonio. Desde
aquel día, hasta la fecha, los sacerdotes de la secta vivieron vidas
impecables, pero se casaron. Quizás si a los norteamericanos se les
60
pudiera hacer creer que el matrimonio es un pecado,
no sintieran ya la necesidad del divor-cio. Quizás la esencia de un prudente
sistema social es llamar «pecado» a varios actos in-ofensivos, pero tolerar a
los que los cometen. Yo he tenido que hacer esto al tratar con los niños. Todo
niño desea en un tiempo ser travieso, y, si se le ha educado racionalmente,
sólo puede satisfacer el impulso a la travesura mediante algún acto realmente
dañino, mientras que si se le ha enseñado que es malo jugar a las cartas en
domingo, o, alternativamente, comer carne el viernes, puede satisfacer el
impulso de pecar sin hacer daño a nadie. Yo no ligo que en la práctica actúe
guiándome por este principio; sin embargo, el caso de la secta budista de que
hablé sugiere ahora que podría ser prudente el hacerlo.
No sirve de nada insistir con demasiada rigidez en
la distinción que hemos estado tra-tando de hacer entre librepensadores y
protestantes y católicos; por ejemplo, los Enciclope-distas y Filósofos de
fines del siglo xviii eran tipos protestantes, y a Samuel Butler debo
considerarlo, aunque con cierta vacilación, como un tipo católico. La principal
distinción que uno advierte es que en el tipo protestante la desviación de la
tradición es principalmen-te práctica. El típico librepensador protestante no
tiene el menor deseo de hacer nada que no aprueben sus vecinos, aparte de su
defensa de las opiniones heréticas. Home Life with Her-bert Spencer, de Two
(uno de los libros más deliciosos que existen), menciona la común opinión que
merecía dicho filósofo: «De él no se puede decir nada, aparte de que tiene una
buena moral.» No se les habría ocurrido a Spencer, a Bentham, a los Milis, o a
cualquiera de los otros librepensadores británicos que mantenían en sus obras
que el placer es el fin de la vida; no se les habría ocurrido, digo, a ninguno
de aquellos hombres, buscar el placer en sí, mientras que un católico que
hubiera llegado a la misma conclusión se habría dedicado a vivir de acuerdo con
sus ideas. Hay que decir que en este aspecto el mundo cambia. El li-brepensador
protestante del presente puede tomarse libertades tanto en el pensamiento co-mo
en la acción, pero esto es sólo un síntoma de la decadencia general del
protestantismo. Antiguamente, el librepensador protestante habría sido capaz de
decidirse en abstracto en favor del amor libre y, sin embargo, vivir toda su
vida en estricto celibato. Opino que el cambio es de lamentar. Las grandes
épocas y los grandes individuos han surgido del de-rrumbamiento de un sistema
rígido: el sistema rígido ha dado la disciplina y coherencia ne-cesarias,
mientras que su derrumbamiento ha liberado la necesaria energía. Es un error
su-poner que las admirables consecuencia logradas' en el primer momento del
derrumbamiento pueden continuar indefinidamente. Sin duda el ideal es una
cierta rigidez de acción, más una cierta plasticidad de pensamiento, pero esto
es difícil de lograr en la práctica excepto durante los breves períodos de
transición. Y parece probable que, si las viejas ortodoxias decaen, surjan
nuevos códigos rígidos de las necesidades de conflicto. Habrá bolcheviques
ateos en Rusia que arrojarán dudas acerca de la divinidad de Lenin, e inferirán
que no es malo amar a los propios hijos. Habrá en China ateos del Kuomintang
que tendrán sus reser-vas acerca de Sun Yat-Sen y un escaso respeto por
Confucio. Yo temo que la decadencia del liberalismo haga cada vez más difícil a
los hombres la no adhesión a un credo comba-tiente. Probablemente, las diversas
clases de ateos tendrán que unirse en una sociedad se-creta y volver a los
métodos inventados por Bayle en su diccionario. Hay, de todos modos, el
consuelo, de que la persecución de la opinión tiene un admirable efecto sobre
el estilo literario.
61
7.- LA VIDA EN LA EDAD MEDIA 10
Nuestra imagen de la Edad Media, quizás más que la
de otros períodos, ha sido falsifi-cada de acuerdo con nuestros prejuicios.
Unas veces la pintura ha sido demasiado negra, otras demasiado rosa. El siglo
xviii, que no dudaba de sí, consideraba la época medieval como meramente
bárbara: para Gibbon, los hombres de aquellos días fueron nuestros «r u-dos
antepasados». La reacción contra la Revolución Francesa produjo la admiración
romá n-tica del absurdo, basada en la experiencia de que la razón conducía a la
guillotina. Esto en-gendró una glorificación de la supuesta «edad de la
caballería», popularizada entre la gente de habla inglesa por Sir Walter Scott.
El muchacho o la muchacha medios probablemente están aún dominados por el
concepto romántico de la Edad Media: él o ella imaginan un período en que los
caballeros llevaban armaduras, embrazaban lanzas, decían «Válgame Dios» o «Vo
to a bríos» e invariablemente eran corteses o iracundos; cuando todas las
da-mas eran bellas y desgraciadas, pero seguramente se las salvaba al final de
la historia. Hay un tercer concepto, completamente diferente, aunque, como el
segundo, admira la Edad Media: es el concepto eclesiástico engendrado por
antipatía a la 'Reforma. En este caso, el énfasis se pone en la piedad, la ortodoxia,
la filosofía escolástica y la unificación de la Cris-tiandad por medio de la
Iglesia. Como el concepto romántico, es una reacción contra la ra-zón, pero una
reacción menos candida, que se envuelve en formas de razón, y apela a un gran
sistema de pensamiento que dominó el mundo en un tiempo y puede dominarlo aún.
En todos estos criterios hay elementos de verdad;
la Edad Media fue ruda, fue caballe-resca, fue piadosa. Pero, si deseamos ver
un período realmente, no debemos contrastarlo con el nuestro, ya sea en ventaja
o desventaja: debemos verlo tal como lo vieron los que vivieron en él. Sobre
todo, tenemos que recordar que, en toda época, la mayoría de la gente es gente
ordinaria, preocupada con el pan de cada día más que con los grandes temas de
que tratan los historiadores. Esos ordinarios mortales están retratados por
Miss Eileen Power en un libro delicioso, Medieval People, que va desde el
tiempo de Carlomagno al de Enrique VII. La única persona eminente de su galería
es Marco Polo; las otras cinco son individuos más o menos oscuros, cuyas vidas
han sido reconstruidas mediante los documentos que han sobrevivido. La
caballería, que era un asunto aristocrático, no aparece en estos anales
de-mocráticos; los campesinos y los mercaderes británicos dan muestras de
piedad, pero ésta no se aprecia tanto en los círculos eclesiásticos; y todos
son mucho menos bárbaros de lo que se habría esperado en el siglo xvm. Hay, sin
embargo, en favor del criterio «bárbaro», el notable contraste entre el arte
veneciano anterior al Renacimiento y el arte chino del siglo
xiv. Se
reproducen dos cuadros: uno de ellos es la ilustración veneciana del embarque
de Marco Polo, el otro un paisaje chino de dicho siglo, obra de Chao Meng-Fu.
Miss Power dice: «El paisaje de Chao Meng-Fu es evidentemente la obra de una
civilización desarrolla-da y el otro cuadro un exponente de una civilización
ingenua y casi infantil.» Todos los que los comparen tienen que estar de
acuerdo.
Otro libro reciente, The Waning of the Middle Ages,
por el profesor Huizinga, de Le i-den, nos da un cuadro extraordinariamente
interesante de los siglos xiv y xv en Francia y en Flandes. En dicho lib ro, la
caballería recibe la atención debida, no desde el punto de vista romántico,
sino como un juego complicado que las clases superiores inventaron para aliviar
el intolerable tedio de sus vidas. Una parte esencial de la caballería era el
curioso concepto
10 Escrito
en 1925
62
del amor, como algo que era agradable dejar
insatisfecho. «Cuando, en el siglo xii, el deseo insatisfecho fue colocado por
los trovadores provenzales en el centro del concepto poético del amor, se
efectuó un cambio importante en la historia de la civilización. La poesía gala
n-te... convierte el deseo en motivo esencial, y de este modo crea un concepto
negativo del amor.» Y, de nuevo:
«La existencia de una clase superior cuyos
conceptos intelectuales y morales están entro-nizados en un ars amandi, es un
hecho bastante excepcional en la historia. En ninguna otra épo-ca, el ideal de
civilización se amalgama hasta tal grado con el del amor. Como el
escolasticismo representa el gran esfuerzo del espíritu medieval de reunir el
pensamiento filosófico en un solo centro, así la teoría del amor cortesano, en
una esfera menos elevada, tiende a comprender todo lo perteneciente a la vida
noble.»
Una gran parte de la Edad Media puede interpretarse
como un conflicto entre las tradi-ciones romanas y germánicas: en un lado, la
Iglesia y, en el otro, el placer, la pasión y todos los anárquicos impulsos de
los hombres obstinados. La tradición romana no era la de las' grandes épocas de
Roma, era la de Constantino y Justiniano; pero, aun así, contenía algo de lo
que necesitan las naciones turbulentas, y sin lo cual la civilización no habría
podido emerger nuevamente del oscurantismo. Como los hombres eran fieros, sólo
podían ser con-tenidos mediante una gran severidad: se empleó el terror hasta
que perdió su efecto por la familiaridad. Después de describir la Danza de la
Muerte, un tema favorito del arte medie-val del último período, en la cual los
esqueletos bailan con los vivos, el doctor Huizinga pasa a hablar del
cementerio de los Inocentes de París, donde los contemporáneos de Villon se
paseaban por gusto:
«Los cráneos y los huesos estaban amontonados en
los osarios que se hallaban a lo largo de los claustros que cerraban la tierra
por tres lados, y estaban abiertos a los ojos de todos pre-dicando esta lección
de igualdad... Bajo los claustros, la danza de la muerte mostraba sus imá -
genes y sus estrofas. No había lugar más adecuado para la figura simiesca de la
muerte riente que arrastraba al papa y al emperador, al monje y al bufón. El
Duque de Berry, que deseaba ser enterrado allí, hizo que esculpieran en la
puerta de la iglesia la historia de los tres vivos y de los tres muertos. Un
siglo después, esta exhibición de los símbolos funerales fue completada por una
gran estatua de la Muerte, ahora en el Louvre y el único resto de todo ello.
Tal era el lugar que los parisienses del siglo xv frecuentaban como una especie
de lúgubre contrapartida del Pa-lais Royal de 1789. Día tras día, una multitud
de gente recorría los claustros mirando las figuras y leyendo los sencillos
versos, que les recordaban el cercano fin. A pesar de los incesantes en-tierros
y exhumaciones que se efectuaban allí, era un punto de reunión del público.
Ante los osarios se levantaban puestos y las prostitutas se paseaban bajo los
claustros. Una reclusa estaba emparedada en uno de los costados de la iglesia.
Los frailes venían a predicar y allí se organi-zaban procesiones... Incluso se
celebraban banquetes. Hasta tal punto lo horrible se había hecho familiar.»
Como podría esperarse del amor a lo macabro, la
crueldad era uno de los- mayores pla-ceres del populacho. Mons compró un
bandido, con el solo fin de verlo torturar, «con lo cual el pueblo se regocijó
más que si un nuevo cuerpo santo hubiera resucitado entre los muertos». En 1488
algunos de los magistrados de Brujas', acusados de traición, fueron tor-turados
repetidamente en la plaza del mercado, con gran delectación del pueblo.
Pidieron que los matasen, pero la petición fue denegada, dice el doctor Huizinga,
para que el pueblo pudiera gozar de nuevo con sus tormentos».
Quizás, después de todo, debe decirse algo acerca
del criterio del siglo xviii.
63
El doctor Huizinga tiene algunos capítulos muy
interesantes sobre el arte de fines de la Edad Media. El primor de la pintura
no estaba igualado en la arquitectura y la escultura, que se hicieron floridas
por el amor a la magnificencia asociado con la pompa feudal. Por ejemplo,
cuando el Duque de Borgoña empleó a Sluter para que hiciera un complicado
Calvario en Champmol, las armas de Borgoña y de Flandes aparecieron en los
brazos de la Cruz. Lo que es aún más sorprendente es que la figura de Jeremías
que formaba parte del grupo, ¡llevase unos anteojos sobre la nariz! El autor
traza un patético cuadro de un gran artista dominado por un patrón positivista
y luego lo destroza al sugerir que quizás «Sluter consideraba que los anteojos
de Jeremías eran un feliz hallazgo». Miss Power menciona un hecho igualmente
sorprendente: que, en el siglo xiii, un Bowdler italiano, superando a Te
n-nyson en refinamiento Victoriano, publicó una versión de las leyendas de
Arturo que omitía toda referencia a los amores de Lanzarote y Ginebra. La
historia está llena de cosas raras; por ejemplo, que un jesuíta japonés fue
martirizado en Moscú en el siglo xvi. Yo desearía que algún historiador erudito
escribiera un libro llamado «Hechos que me han asombrado». En tal libro, los
anteojos de Jeremías y el Bowdler italiano tendrían indudablemente un lu-gar.
64
8.- EL DESTINO DE THOMAS PAINE 11
Thomas Paine, aunque prominente en dos revoluciones
y casi a punto de ser ahorcado por tratar de promover una tercera, está un poco
oscurecido en nuestros días. Para nuestros tatarabuelos era una especie de
Satán terrenal, un infiel subversivo, rebelde contra su Dios y contra su rey.
Incurrió en la viva hostilidad de tres hombres no unidos generalmente: Pitt,
Robespierre y Washington. De éstos, los dos primeros trataron de darle muerte,
mientras el tercero se abstuvo cuidadosamente de tomar medidas para salvar su
vida. Pitt y Washington le odiaban porque era demócrata: Robespierre porque se
opuso a la ejecución del rey y al reinado del Terror. Su destino fue siempre
ser honrado por la oposición y odiado por los gobiernos: Washington, mientras
combatía a los ingleses, hablaba de Paine en términos elogiosos; la nación
francesa le colmó de honores hasta que los jacobinos subieron al poder; incluso
en Inglaterra, los más prominentes estadistas liberales le protegían y le
empleaban para redactar manifiestos. Tenía sus faltas, como todos los hombres;
pero le calumniaron y le odiaron por sus virtudes.
La importancia histórica de Paine consiste en el
hecho de que democratizó la prédica democrática. En el siglo xviii había
demócratas entre los aristócratas franceses e ingleses, entre los filósofos y
los ministros no conformistas. Pero todos ello presentaban sus especu-laciones
políticas en una forma destinada a atraer sólo a los educados. Paine, aunque su
doctrina no era nada nuevo, era un innovador en su manera de escribir,
sencilla, directa, na-tural, y que podría apreciar cualquier obrero inteligente.
Esto le hizo peligroso; y cuando añadió la heterodoxia religiosa a sus otros
crímenes, los defensores del privilegio aprove-charon la oportunidad para
difamarle.
Los primeros treinta y seis años de su vida no
dieron prueba de los talentos que apare-cieron en sus actividades posteriores.
Nació en Thetford, en 1739, de padres cuáqueros po-bres, y fue educado en la
escuela elemental local hasta los trece años, en que se hizo corde-lero. Sin
embargo, la vida tranquila no era de su agrado y a los diecisiete años trató de
enro-larse en un buque corsario llamado El Terrible y cuyo capitán se llamaba
Muerte. Sus pa-dres fueron a buscarle y probablemente con ello le salvaron la
vida, pues 175 hombres de una tripulación de 200 perecieron en acción. Sin
embargo, un poco después, al estallar la Guerra de los Siete Años, logró
embarcar en otro corsario, pero no se sabe nada de sus bre-ves aventuras
marinas. En 1758 fue empleado en Londres como cordelero y al año siguien-te se
casó, pero su esposa murió a los pocos meses. En 1763 se hizo oficial del
resguardo, pero a los dos años le despidieron por decir que había estado
realizando una inspección cuando en realidad estaba estudiando en su casa. En
una gran pobreza se hizo maestro de escuela con diez chelines semana les y
trató de ordenarse como anglicano. De aquella medi-da desesperada le salvó el
que le repusieran como oficial del resguardo en Lewes, donde se casó con una
cuáquera, de la cual, por razones que se desconocen, se separó formalmente en
1774. En aquel año perdió de nuevo su empleo por organizar una petición de
aumento de sueldo. Vendiendo todo lo que tenía pudo pagar sus deudas y dejar
algo para su esposa, pe-ro él se vio de nuevo reducido a la miseria.
11 Escrito
en 1934.
65
En Londres, donde estaba tratando de presentar al
Parlamento la petición de los oficia-les del resguardo, conoció a Benjamín
Franklin, que le consideró bien. El resultado fue que, en octubre de 1774, se
embarcó para América, provisto de una carta de recomendación de Franklin que le
describía como «un joven de mérito y de ingenio». En cuanto llegó a Fila-delfia
demostró su habilidad como escritor y casi inmediatamente se hizo director de
un pe-riódico.
Su primera publicación, en marzo de 1775, fue un
vigoroso artículo contra la esclavi-tud y la trata de esclavos, de la cual, a
pesar de lo que dijeran algunos de sus amigos ameri-canos, fue siempre un
enemigo insobornable. Al parecer, en parte debido a esta influencia, Jefferson
insertó en el borrador de la Declaración de la Independencia el pasaje acerca
del tema que más tarde fue suprimido. En 1775, la esclavitud existía aún en
Pennsylvania; fue abolida en dicho estado por una Ley de 1780, cuyo preámbulo escribió
Paine, según la creencia general.
Paine fue uno de los primeros, ya que no el
primero, en patrocinar la libertad completa de los Estados Unidos. En octubre
de 1775, cuando incluso los que luego firmaron la De-claración de Independencia
esperaban aún algún arreglo con el gobierno inglés, escribió:
«No vacilo un momento en creer que el Todopoderoso
separará finalmente América de Inglaterra. Llámese Independencia o lo que sea,
si es la causa de Dios y de la humanidad segui-rá adelante. Y cuando el
Todopoderoso nos haya bendecido, haciéndonos un pueblo dependien-te sólo de sí
mismo, entonces nuestra primera gratitud se demostrará mediante un acto de
legis-lación continental, que pondrá fin a la importación de esclavos negros,
aliviará la dura suerte de los que ya están aquí y con el tiempo les procurará
la libertad.»
En aras de la libertad —la libertad frente a la
monarquía, la aristocracia, la esclavitud y toda especie de tiranía—, Paine
defendió la causa de América.
Durante los años más difíciles de la Guerra de la
Independencia pasó sus días comba-tiendo y sus noches componiendo manifiestos
que se publicaban con la firma de «Sentido Común». Estos manifiestos tuvieron
un éxito enorme y ayudaron materialmente a ganar la guerra. Después que los
ingleses quemaron las ciudades de Falmouth, en Maine, y Norfolk, en Virginia,
Washington escribió a un amigo (31 de enero de 1776):
«Unos cuantos más fogosos argumentos como los
exhibidos en Falmouth y Norfolk, aña-didos a la sana doctrina e incontestable
razonamiento contenido en el folleto Sentido Común, no dejarán a nadie indeciso
acerca de lo conveniente que es la separación.»
La obra estaba llena de lugares comunes y ahora
sólo tiene un interés histórico, pero en ella hay frases que son aún
elocuentes. Después de indicar que la contienda no era sólo con el Rey, sino
también con el Parlamento, dice: «No hay corporación más celo sa de sus
privi-legios que los Comunes: porque los venden.» En aquella época era
imposible negar la justi-cia de este dicterio.
Hay vigorosos argumentos en favor de una república
y una triunfante refutación de la teoría de que la monarquía evita la guerra
civil. «La monarquía y la sucesión —dice, des-pués de un breve resumen de
historia inglesa—, han cubierto el mundo de sangre. Es una forma de gobierno
contraria a la palabra de Dios y bañada en sangre.» En diciembre de 1776, en un
momento en que la guerra era adversa, Paine publicó un folleto llamado La
Crisis, que comenzaba:
66
«Estas son las épocas que ponen a prueba el alma de
los hombres. El patriota y el soldado de las buenas épocas, en esta crisis, no
quieren servir al país: pero el que lo sirve en estos mo-mentos merece el amor
y el agradecimiento del hombre y de la mujer.»
Este ensayo fue leído a las tropas y Washington
expresó a Paine un «vivo sentir de la importancia de sus obras». Ningún otro
escritor era tan leído en América y podría haber ga-nado grandes sumas con su
pluma, pero siempre se negó a aceptar dinero por lo que escri-bía. Al final de
la guerra de la Independencia era universalmente respetado en los Estados
Unidos, pero pobre aún; sin embargo, la legislatura de un estado le votó una
suma de dine-ro, y otro estado le otorgó una finca, de modo que tenía perspectiva
de pasar cómodamente el resto de su vida. Se podía esperar que se entregase a
la respetabilidad característica de los revolucionarios que han triunfado.
Dedicó su atención a la ingeniería y demostró la posibi-lidad de puentes de
hierro más largos de los que hasta entonces se habían considerado posi-bles.
Los puentes de hierro le condujeron a Inglaterra, donde fue amistosamente recib
ido por Burke, el Duque de Portland y otros liberales notables. Expuso en
Paddington un gran modelo de su puente de hierro; fue felicitado por ingenieros
eminentes y parecía que iba a pasar el resto de sus años como inventor.
Sin embargo, Francia estaba también interesada en
los puentes de hierro. En 1788 hizo una visita a París para discutirlos con
Lafayette y someter sus planes a la Académie des Sciences, la cual después de
la debida demora, informó favorablemente. Cuando cayó la Bastilla, Lafayette
decidió regalar la llave de la prisión a Washington y confió a Paine la tarea
de llevarla a través del Atlántico. Sin embargo, Paine se quedó en Europa
retenido por los asuntos de su puente. Escribió una larga carta a Washington, informándole
que encon-traría a alguien que ocupase su lugar para transportar «este temprano
trofeo del botín del despotismo y los primeros frutos maduros de los principios
americanos transplantados a Europa». Dice luego: «No tengo la menor duda del
triunfo final y completo de la Revolu-ción Francesa» y «He construido un puente
(un solo arco) de una longitud de ciento diez pies, y cinco pies de altura
desde la cuerda del arco.»
Durante un tiempo, el puente y la revolución
quedaron equilibrados en su interés, pero gradualmente venció la revolución.
Con la esperanza de despertar un movimiento en Ingla-terra escribió los
Derechos del Hombre, sobre cuya obra descansa principalmente su fama de
demócrata.
Esta obra, considerada grandemente subversiva
durante la reacción antijacobina, asombraría a un lector moderno por su
templanza y su sentido común. Es, principalmente, una respuesta a Burke, y
trata detenidamente de los acontecimientos contemporáneos en Francia. La
primera parte fue publicada en 1791, la segunda en febrero de 1792; por lo
tan-to, entonces no había necesidad de disculpar a la Revolución. Hay poca
declamación acerca de los Derechos Naturales, y una gran cantidad de sensatez
acerca del gobierno inglés. Bur-ke había afirmado que la revolución de 1688
obligaba eternamente a los ingleses a someter-se a los soberanos de acuerdo con
la ley de sucesión de la casa de Hannover. Paine mantie-ne que es imposible
atar a la posteridad y que las instituciones deben ser revisadas de vez en
cuando.
Los gobiernos, dice, «pueden estar todos
comprendidos bajo tres encabezamientos. Primero: Superstición; segundo: Poder;
tercero: el común interés de la sociedad y los dere-chos comunes del hombre. El
primero era el gobierno del clero, el segundo el de los con-quistadores, el
tercero el de la razón». Los dos primeros se amalgamaban: «La llave de San
Pedro y la llave del Tesoro se confundían y la multitud burlada adoraba la
invención.» Sin
67
embargo, tales observaciones generales son raras.
El grueso de la obra consiste, primero, en historia francesa desde 1789 a fines
de 1791, y después, en una comparación de la Consti-tución Británica con la
decretada en Francia en 1791, con ventaja, claro está, de la última. Hay que
recordar que, en 1791, Francia era aún una monarquía. Paine era republicano y
no lo ocultaba, pero no lo puso mucho de manifiesto en los Derechos del Hombre.
Con excepción de algunos cortos pasajes, la
apelación de Paine era al sentido común. Criticaba las finanzas de Pitt, como
hizo Cobbett más tarde, con razones que deberían haber sido escuchadas por
cualquier Ministro de Hacienda; comparaba la combinación de un pe-queño fondo
de amortización con vastos préstamos con poner a un hombre con una pata de palo
a cazar una liebre: cuanto más corran, más lejos estará el uno de la otra.
Habla de «la fosa común del papel moneda», una frase típica del estilo de Cobbett.
En realidad, sus es-critos financieros fueron los que convirtieron en
admiración la primitiva hostilidad de Cob-bett. Su objeción al principio
hereditario, que horrorizó a Burke y a Pitt, es ahora común entre los
políticos, incluso Hitler y Mussolini. Tampoco su estilo es insultante en forma
al-guna: es claro, vigoroso y directo, pero no tan ofensivo como el de sus
contrarios.
Sin embargo, Pitt decidió inaugurar su reinado del
terror procesando a Paine y supri-miendo Los Derechos del Hombre. Según su
nieta, Lady Chester Stanhope, «solía decir que Tom Paine tenía razón, pero
luego añadía: "¿Qué voy a hacer? Tal como están las co-sas, si yo
fomentase las opiniones de Tom Paine tendríamos una revolución
sangrienta."» Paine replicó al proceso con el desprecio y con arengas
fogosas. Pero se estaban realizando las matanzas de setiembre y los
conservadores ingleses reaccionaban con creciente fiereza. El poeta Blake —que
tenía más ciencia mundana que Paine—, le convenció de que, si se quedaba en
Inglaterra le ahorcarían. Huyó a Francia, unas horas antes de que fueran a
bus-carle en Londres los oficiales encargados de detenerlo, y veinte minutos
antes en Dover, donde las autoridades le dejaron pasar, porque daba la
casualidad de que tenía una reciente carta de Washington.
Aunq ue Inglaterra y Francia no estaban aún en
guerra, Dover y Calais pertenecían a mundos dislistos. Paine, que había sido
elegido ciudadano francés honorario, fue enviado a la Convención por tres
distritos electorales distintos, de los cuales Calais, que ahora le salu-daba,
era uno. «Cuando el paquebote zarpa, las baterías lanzan una salva a modo de
saludo, y en la costa resuenan los vítores. Cuando el representante de Calais
pisa el suelo de Fran-cia, los soldados le abren paso, los oficiales le abrazan,
le presentan la escarapela nacio-nal...» Y así, a través de la usual serie
francesa de lindas damas, alcaldes, etc.
Llegado a París, procedió con más espíritu público
que prudencia. Esperaba —a pesar de las matanzas—, que hubiera una revolución
moderada y en orden, como la que había ayudado a hacer en América. Se hizo
amigo de los girondinos, se negó a pensar mal de La-fayette (entonces en
desgracia), y continuó, como americano, expresando su gratitud a Luis XVI por
la parte que había tomado por la liberación de los Estados Unidos. Al oponerse
a la ejecución del rey hasta el último momento, incurrió en la hostilidad de los
jacobinos. Primero fue expulsado de la Convención y luego encarcelado como
extranjero; permaneció en la prisión durante todo el período en que Robespierre
estuvo en el poder y algunos meses más. La responsabilidad sólo fue en parte de
los franceses; el ministro americano, Gouver-neur Morris, era igualmente
culpable. Éste era un federalista y estaba del lado de Inglaterra, frente a
Francia; tenía además una cuenta personal antigua con Paine, porque éste había
descubierto la corrupción de un amigo del ministro durante la Guerra de la
Independencia. Adoptó el criterio de que Paine no era americano y que, por lo
tanto, no podía hacer nada por él. Washington, que estaba negociando
secretamente el tratado Jay con Inglaterra, no
68
sentía el tener a Paine en una situación en la cual
no podría ilustrar al gobierno francés en cuanto a la opinión reaccionaria en
América. Paine se salvó de la guillotina por accidente, pero estuvo a punto de
morir de enfermedad. Por fin Morris fue reemplazado por Monroe (el de la
«Doctrina»), que inmediatamente procuró su liberación, lo llevó a su casa, y le
res-tableció la salud mediante dieciocho meses de cuidados y bondades.
Paine no supo lo grande del papel desempeñado por
Morris en sus desgracias, pero no perdonó a Washington, después de cuya muerte,
al oír que se iba a levantar una estatua del gran hombre, dirige las siguientes
estrofas al escultor:
Tomad de la mina la piedra más fría y dura. No
necesitáis tallarla: es Washington. Pero si lo hacéis, esculpidla con rudeza y
en el corazón grabad... Ingratitud.
Esto no se publicó, pero en 1796 se publicó una
larga y amarga carta a Washington, que terminaba:
«En cuanto a vos, traidor en la amistad privada
(pues así habéis sido conmigo, y en el momento del peligro) e hipócrita en la
vida pública, el mundo vacilará en decidir si sois un apóstata o un impostor;
si habéis abandonado los buenos principios, o si los habéis tenido.»
Para los que solamente conozcan al Washington de la
leyenda estas son palabras muy fuertes. Pero 1796 era el año de la primera
lucha por la Presidencia, entre Jefferson y Adams, en la cual Washington apoyó
al último, a pesar de su creencia en la monarquía y en la aristocracia; además,
Washington se ponía del lado de Inglaterra, frente a Francia, y hacía cuanto
podía para impedir que se extendieran los principios republicanos y
democrá-ticos a los cuales debía su propia elevación. Estas razones públicas,
unida a una grave que-rella personal, demuestran que las palabras de Paine no
carecían de justificación.
Podría haber sido más difícil para Washington dejar
a Paine languideciendo en la pri-sión, si aquel hombre audaz no hubiera pasado
el resto de sus días de libertad expresando literariamente las opiniones
teológicas que él y Jefferson compartían con Washington y Adams, quienes, sin
embargo, tenían buen cuidado de evitar todas las confesiones públicas de
heterodoxia. Previendo su encarcelamiento, Paine se dispuso a escribir Lo Edad
de la Razón, cuya primera parte terminó seis horas antes de su arresto. Dicho libro
escandalizó a sus contemporáneos, incluso a muchos que estaban de acuerdo con
su política. En la actua-lidad, aparte de unos cuantos pasajes de mal gusto, en
él hay poca cosa que no apoyen la mayoría de los sacerdotes de esta época. En
el primer capítulo dice:
«Creo en un solo Dios, y nada más; y espero la
dicha en la otra vida.
»Creo en la igualdad de los hombres, y creo que los
deberes religiosos consisten en hacer justicia, en amar y tratar de hacer feliz
a nuestro prójimo.»
Estas no eran palabras vacías. Desde el momento de
su primera participación en los asuntos públicos —su protesta contra la
esclavitud en 1775—, hasta el día de su muerte, se opuso constantemente a toda
forma de crueldad, la practicasen su propio partido o sus con-trarios. El
gobierno inglés de aquel tiempo era una oligarquía despiadada, que usaba el
Par-lamento como un medio de hacer bajar el nivel de vida de las' clases más
pobres; Paine pa-trocinaba la reforma política como la única cura de esta abominación,
y tuvo que huir para salvar la vida. En Francia, por oponerse al innecesario
derramamiento de sangre, fue encar-celado y estuvo a punto de morir. En
América, por combatir la esclavitud y defender los
69
principios de la Declaración de Independencia, fue
abandonado por el gobierno en el mo-mento en que más necesitaba su apoyo. Si,
como mantenía y ahora creen muchos, la verda-dera religión consiste «en hacer
justicia, en amar y tratar de hacer feliz a nuestro prójimo», entre sus
contrarios no había ninguno que tuviera tanto derecho a ser considerado un ho
m-bre religioso.
La mayor parte de La Edad de la Razón consiste en
la crítica del Antiguo Testamento desde el punto de vista moral. En la
actualidad, hay muy pocos que consideren las matanzas de hombres, mujeres y
niños que figuran en el Pentateuco y en el Libro de Josué como mo-delos de
virtud, pero en la época de Paine se consideraba impío criticar a los
israelitas cuando los aprobaba el Antiguo Testamento. Muchos sacerdotes píos le
respondieron. El más liberal de ellos fue el Obispo de Llandaff, que llegó a
reconocer que había partes del Pentateuco no escritas por Moisés y que parte de
los salmos no estaban compuestos por David. Tales concesiones le hicieron
incurrir en la hostilidad de Jorge III y perdió toda oportunidad de ser
trasladado a una sede más rica. Algunas de las respuestas del Obispo a Paine
son curiosas. Por ejemplo, La Edad de la Razón se permitía dudar de que Dios
hubie-ra mandado realmente la matanza de todos los hombres y mujeres casadas
entre los madia-nitas, pero que se perdonase a las doncellas. El Obispo
respondió con indignación que las doncellas no se conservaron con fines
inmorales, como Paine había sugerido malignamente, sino como esclavas, para lo
cual no podía haber objeción ética. El ortodoxo de nuestros días ha olvidado lo
que era la ortodoxia de hace ciento cuarenta años. Se ha olvidado aún más
completamente de que los hombres como Paine son los que causaron, frente a la
persecu-ción, el suavizamiento del dogma de que ahora disfrutamos. Incluso los
cuáqueros rechaza-ron la petición de Paine para que le enterrasen en su
cementerio, aunque un granjero cuá-quero fue uno de los pocos que siguió su
cadáver hasta la tumba.
Después de La Edad de la Razón, el trabajo de Paine
dejó de ser interesante. Durante largo tiempo estuvo muy enfermo; cuando se
restableció, no halló esfera de acción en la Francia del Directorio y el Primer
Cónsul Napoleón, no le trató mal, pero naturalmente no tenía puesto para él,
como no fuese de posible agente de la rebelión democrática en Inglate-rra. Tuvo
la nostalgia de América, recordando su éxito y su popularidad en aquel país, y
quiso ayudar a los partidarios de Jefferson contra los federalistas. Pero el
miedo a que lo capturasen los ingleses, que indudablemente lo habrían ahorcado,
lo mantuvo en Francia hasta el Tratado de Amiens. Por fin, en octubre de 1802,
desembarcó en Baltimore, e inme-diatamente escribió a Jefferson (entonces
Presidente):
«He llegado aquí el sábado, procedente del Havre,
después de una travesía de sesenta días. Tengo varias clases de modelos,
ruedas, etc., y en cuanto pueda sacarlos del barco y llevarlos a bordo del
paquebote de Georgetown, iré a presentaros mis respetos. Vuestro agradecido
con-ciudadano,
THOMAS PAINE.»
No dudaba de que todos sus antiguos amigos, excepto
los federalistas, lo acogierían bien. Pero había una dificultad; Jefferson
había tenido una dura lucha por la Presidencia y, durante la campaña, el arma
más eficaz contra él —usada inescrupulosamente por los sa-cerdotes de todos los
credos—, había sido la acusación de infidelidad. Sus enemigos exage-raron su
intimidad con Paine y los llamaban «los dos Toms». Veinte años después
Jefferson estaba aún tan impresionado por la estrechez de criterio de sus compatriotas
que replicó a un pastor unitario que deseaba publicar una carta suya: «¡No, por
nada de este mundo!...
Buscar la comprensión en los cráneos locos de
Bedlam valdría tanto como empeñarse en
70
inculcar la razón en el de un atanasio... Por lo
tanto, libradme del fuego de Calvino y de su víctima Servet.» No era
sorprendente que, cuando les amenazaba la suerte de Servet, Jeffer-son y sus
secuaces políticos no quisieran hacer ostentación de su amistad con Paine. Fue
tratado cortésmente, y no tuvo motivo de queja, pero las antiguas y fáciles
amistades queda-ron entonces muertas.
En otros círculos le fue peor. El doctor Rush de
Filadelfia, uno de sus primeros amigos americanos, no quiso trato con él: «Sus
principios —escribió—, expuestos en su Edad de la Razón, fueron tan ofensivos
para mí, que no quise renovar el trato con él.» En su vecindad se vio arrollado
y se le negó un asiento en la diligencia; tres años antes de su muerte no se le
permitió votar, alegando que era un extranjero. Fue falsamente acusado de
inmoralidad y de excesos en la bebida, y los últimos años de su vida los pasó
pobre y solo. Murió en 1809. Cuando agonizaba, dos sacerdotes entraron en su
habitación y trataron de convertirle, pero él se limitó a decir: «¡Dejadme en
paz! ¡Buenos días!» Sin embargo, los ortodoxos in-ventaron el mito de una
retractación en el lecho de muerte que fue creído por muchos.
Su fama póstuma fue mayor en Inglaterra que en
Estados Unidos. El publicar sus obras era, claro está, ilegal, pero se hizo
repetidamente, aunque muchos hombres fueron a la cár-cel por tal delito. El
último proceso con este motivo fue el de Richard Carlile y su esposa, en 1819:
Carlile fue condenado a tres años de prisión y a pagar una multa de 1.500
libras y su esposa a un año de cárcel y 500 libras de multa. En ese año fue
cuando Cobbett trajo los huesos de Paine a Inglaterra y estableció su fama como
uno de los héroes de la lucha de la democracia en Inglaterra. Sin embargo,
Cobbett no dio a sus huesos un lugar de reposo permanente. «El monumento
contemplado por Cobbett —dice Moncure Conway 12—, no se levantó jamá s.» Hubo
gran conmoción parlamentaría y municipal. Un pregonero de Bo l-ton fue
encarcelado nueve semanas por proclamar la llegada de los restos. En 1836 los
hue-sos pasaron, con los efectos de Cobbett, a manos de un depositario (West).
El Lord Canc i-ller se negó a considerarlos como una posesión, y fueron
conservados por un viejo jornalero hasta 1844, en que pasaron B. Tilley, un
mercader de muebles que vivía en el N.° 13 de Bedford Square, en Londres... En
1854, el reverendo R. Ainslie (unitario) le dijo a E. True-love que poseía «el
cráneo y la mano derecha de Thomas Paine», pero eludió las preguntas
subsiguientes. Ahora no quedan huellas ni siquiera del cráneo ni de la mano
derecha.
La influencia que Paine tuvo en el mundo fue doble.
Durante la Revolución Americana inspiró el entusiasmo y la confianza, y por
ello facilitó mucho la victoria.
En Francia su popularidad fue transitoria y
superficial, pero en Inglaterra inauguró la obstinada resistencia de los
plebeyos radicales contra la larga tiranía de Pitt y Liverpool. Sus opiniones
acerca de la Biblia, aunque escandalizaron a sus contemporáneos aún más que su
unitarismo, podrían ser ahora sustentadas por un Arzobispo, pero sus verdaderos
partidarios fueron los hombres que trabajaron en el movimiento a que dio lugar:
los encar-celados por Pitt, los que padecieron bajo las Seis Leyes, los owenistas,
cartistas, sindicalis-tas y socialistas. A todos estos campeones de los
oprimidos dio un ejemplo de valor, huma-nidad y consecuencia. Cuando se trataba
de asuntos públicos, se olvidaba de la prudencia personal. El mundo decidió,
como suele suceder en tales casos, castigar su falta de egoís-mo: hasta el día
de hoy, su fa ma es menor de lo que habría sido si hubiera sido menos
gene-roso. Se necesita alguna ciencia mundana, incluso para asegurar las
alabanzas por la falta de ella.
12 Cuya
biografía de Paine y revisión de sus obras son un monumento de paciente
devoción e investigación cuidadosa.
71
9.- GENTE BIEN13
Pienso escribir un artículo celebrando a la gente
bien. Pero el lector puede desear saber primero quién es la gente que considero
bien. Llegar a la cualidad esencial puede ser quizás un poco difícil, por lo
cual comienzo enumerando ciertos tipos comprendidos en la deno-minación. Las
tías solteras son invariablemente bien, en especial si son ricas; los
sacerdotes son bien, excepto en los raros casos que se escapan a Sudáfrica con
un miembro del coro después de simular un suicidio. Las muchachas, siento decirlo,
son raramente bien actua l-mente. Cuando yo era joven, la mayoría de ellas lo
eran; es decir, compartían las opiniones de sus madres, no sólo acerca de los
asuntos sino, lo que es más notable, acerca de los indi-viduos, incluso de los
muchachos. Decían «Sí, mamá», «No, mamá», en los momentos apropiados; amaban a
sus padres porque éste era su deber, y a sus madres porque evitaban que se
desviasen lo más mínimo. Cuando se comprometían para casarse, se enamoraban con
decorosa moderación; una vez casadas, reconocían como un deber el amar a sus
espo-sos, pero daban a entender a las otras mujeres que aquél era un deber que
realizaban con gran dificultad. Se portaban bien con sus padres políticos,
aunque ponían en claro que otra persona menos amante del deber no lo habría
hecho; no hablaban mal de las otras mujeres, pero apretaban los labios de una
forma que indicaba que lo habrían hecho a no ser por su caridad angelical. Este
tipo es el que se llama una mujer pura y noble. El tipo, ay, ahora existe
apenas excepto entre las ancianas.
Afortunadamente, los sobrevivientes tienen aún gran
poder: presiden la educación, donde luchan, con bastante éxito, para mantener
una hipocresía victoriana; presiden la le-gislación en lo relativo a los
«problemas morales» y con ello han creado y fomentado la gran profesión del
contrabando de alcoholes; aseguran que los jóvenes periodistas expresen las
opiniones de las dignas ancianas en lugar de expresar las suyas, con lo que
aumenta el alcance del estilo de tales jóvenes y la variedad de su imaginación
psicológica. Mantienen vivos innumerables placeres que de otro modo habrían
terminado en el hastío: por ejemplo, el placer de oír malas palabras en el
escenario y de ver en él una mayor cantidad de piel desnuda de lo que se
acostumbra. Especialmente, mantienen vivos los placeres de la caza. En una
población rural homogénea, como la de un condado inglés, la gente está
condenada a cazar zorros; esto es caro y a veces, peligroso. Además el zorro no
puede explicar clara-mente cuánto le disgusta que le cacen. En todos estos
respectos, la caza de seres humanos es un deporte mucho mejor, pero si no fuera
por la gente bien, sería difícil cazar seres humanos con la conciencia
tranquila. Los condenados por la gente bien son caza permitida; ante el grito
del cazador, los cazadores se reúnen y la victima es perseguida hasta la cárcel
o la muerte. Especialmente bueno es el deporte cuando la víctima es una mujer,
ya que se sa-tisface la envidia de las otras mujeres y el sadismo de los
hombres. Conozco en este mo-mento una mujer extranjera, que vive en Inglaterra,
en una unión feliz y extralegal, con un hombre que la ama y a quien ama;
desdichadamente sus opiniones políticas no son lo con-servadoras que sería de
desear, aunque sólo son meras opiniones, que no se traducen en ac-tos. Sin
embargo, la gente bien se valió de esto para informar a Scotland Yard y esa
mujer
13 Escrito
en 1931
72
va a ser devuelta a su país natal para que se muera
de hambre. En Inglaterra, como en Esta-dos Unidos, el extranjero es una
influencia moralmente degradante, y todos tenemos una deuda de gratitud con la
policía por él cuidado que pone en que sólo los extranjeros excep-cionalmente
virtuosos tengan permiso de residir entre nosotros.
No hay que suponer que toda esa gente bien sean
mujeres, aunque, claro está, es mucho más común que la mujer sea bien y no el
hombre. Aparte de los sacerdotes, hay muchos hombres bien. Por ejemplo, los que
han hecho una gran fortuna y ahora están retirados de los negocios y gastan su
fortuna en obras de caridad; los magistrados son también casi inva-riablemente
gente bien. Sin embargo, no puede decirse que todos los defensores de la ley y
el orden sean gente bien. Cuando yo era joven, recuerdo que una mujer bien
dijo, como un argumento contra la pena .capital, que el verdugo no podía ser
una persona bien. Persona l-mente no he conocido a ningún verdugo, por lo cual
no he podido probar este argumento empíricamente. Sin embargo, conocí a una
señora, que conoció en el tren a un verdugo, sin saber quién era, y cuando le
ofreció una manta, porque hacía frío, él dijo: «Ah, señora, us-ted no haría
esto si supiera quién soy», lo cual parece demostrar que después de todo era
una persona bien. Esto, sin embargo, puede ser excepcional. El verdugo de la
obra de Car-los Dikens, Barnaby Rudge, que categóricamente no es una persona
bien, probablemente es más típico.
No creo, sin embargo, que debamos estar de acuerdo
con la mujer bien que cité hace un momento y condenar la pena capital sólo
porque el verdugo no suele ser una persona bien. Para ser una persona bien es
necesario estar protegido de los rudos contactos con la reali-dad, y los
destinados a realizar la protección no pueden compartir lo que preservan.
Imagí-nese, por ejemplo, un naufragio en un navío que transporte diversos
trabajadores de color; las pasajeras de primera clase, todas ellas
presumiblemente mujeres bien, tienen que ser salvadas primero, pero, para que
esto suceda, tiene que haber hombres que impidan que los negros salten a los
botes y esto es raro que lo consigan por medios agradables. Las mujeres
salvadas, en cuanto han sido salvadas, comenzarán a lamentar la suerte de los
pobres negros que se han ahogado, pero su ternura es sólo posible por los
hombres rudos que las defendie-ron.
En general, la gente bien deja la policía del mundo
en manos de asalariados, porque piensan que ese trabajo no es propio de una
persona bien. Sin embargo, hay un departame n-to que no delegan, el
departamento de la difamación y el escándalo. La gente podría ser co-locada en
una jerarquía de bondad por el poder de su lengua. Si A habla contra B y B
habla contra A, se convendrá generalment e por la sociedad donde viven que uno
de ellos está ejercitando un deber público, mientras que el otro se mueve por el
despecho;
el que ejercita el deber público es la persona más
bien de los dos. Así, por ejemplo, una profesora es más bien que su auxiliar,
pero la dama que ocupa un lugar en el Consejo de Educación es más bien que las
dos. Una charla bien dirigida puede quitar a su víctima los medios de vida, e
incluso cuando no se logra este resultado externo, puede convertir en pa-ria a
una persona. Es, por lo tanto, una gran fuerza y debemos estar agradecidos de
que esté en manos de la gente bien.
La principal característica de la gente bien es la
costumbre laudable de mejorar la rea-lidad. Dios hizo el mundo, pero la gente
bien piensa que ellos podrían haberlo hecho mejor. Hay muchas cosas en la obra
divina que, aunque sería blasfemo desear que fueran de otro modo, convendría no
mencionar. Los teólogos han sostenido que si nuestros primeros pa-dres no
hubieran comido la manzana, la raza humana habría sido producida por alguna
ino-cente forma de vegetación, como dice Gibbon. El plan divino, en este respecto,
es segura-
73
mente misterioso. Está muy bien mirarlo, como hacen
los susodichos teólogos, a la luz del castigo del pecado, pero lo malo de este
criterio es que mientras esto puede ser un castigo para la li gente bien, los
otros, ay, lo encuentran muy agradable. Parecería, por lo tanto, como si el
castigo estuviera destinado a los que no les correspondía. Uno de los fines
prin-cipales de la gente bien es recompensar esta injusticia indudablemente no
intencionada. Tratan de asegurar que la forma de vegetación biológicamente
ordenada se practique furtiva o frígidamente y que los que la practiquen
furtivamente, al ser descubiertos, queden en po-der de la gente bien, debido al
daño que les pueden causar con el escándalo. También tratan de conseguir que se
sepa algo acerca del tema de' un modo decent e; tratan de que el censor prohíba
los libros y las piezas teatrales que presenten el tema de un modo que no sea
un motivo de malévola burla; esto lo logran siempre que tengan en su mano las
leyes y la polí-tica. No se sabe por qué el Señor hizo el cuerpo humano como lo
hizo, ya que se supone que la omnipotencia podría haberlo hecho de .modo que no
escandalizase a la gente bien. Sin embargo, quizás hay una buena razón. En
Inglaterra ha habido, desde el advenimiento de la industria textil en La
ncashire, una estrecha alianza entre los misioneros y el comercio del algodón,
Dues los misioneros enseñan a los salvajes a cubrir el cuerpo humano, y con
ello aumentan la demanda de artículos de algodón. Si el cuerpo humano no
tuviera nada de vergonzoso, el comercio textil habría perdido esta fuente de
ingresos. Este ejemplo demues-tra que no debemos temer nunca que la extensión
de la virtud disminuya nuestros benefi-cios.
El que inventó la frase «la verdad desnuda» había
percibido una importante relación. La desnudez escandaliza a la gente honrada y
lo mismo sucede con la verdad. Cualesquiera que sean los intereses de uno,
pronto se verá que la verdad es aleo que la gente bien no ad-mite en su
conciencia. Siempre que he tenido la desgracia de estar presente en un tribunal
durante la audiencia de un caso del cual yo tenía algún conocimiento de primera
mano, me ha sorprendido el hecho de que no hay una cruda verdad que pueda penetrar
en esos augus-tos portales. La verdad que penetra en la sala de un tribunal no
es la verdad desnuda sino la verdad con toga, tapadas sus partes menos
decentes. No digo que esto se aplique a los jui-cios de crímenes claros, como
el asesinato o el robo, sino a todos los que tienen un eleme n-to de prejuicio,
como los juicios políticos, o los juicios por obscenidad. Creo, en este
res-pecto, que Inglaterra es peor que Norteamérica pues Inglaterra ha
perfeccionado el dominio casi invisible y semiinconsciente de todo lo
desagradable mediante los sentimientos de de-cencia. Si se quiere mencionar en
un tribunal de justicia cualquier hecho inasimilable, se hallará que el hacerlo
es contrario a las leyes de la prueba y que, no sólo el juez y el aboga-do de la
parte contraria, sino el propio abogado evitarán que el hecho se mencione.
La misma clase de irrealidad invade la política,
debido a los sentimientos de la gente bien. Si se trata de convencer a una
persona bien de que un político de su partido es un mor-tal ordinario, en nada
mejor que el grueso de la humanidad, rechazará indignadamente la sugestión. Por
consiguiente, 'los políticos necesitan aparecer inmaculados. En la mayoría de
las ocasiones, los políticos de todos los partidos se unen tácitamente para
evitar que se sepa cualquier cosa que dañe a la profesión, pues la diferencia
de partido generalmente divide menos a los políticos de lo que los une la
identidad de profesión. De esta manera, la gente bien puede conservar la
pintura amable de los grandes hombres de la nación, y a los niños de la escuela
se les puede hacer creer que la eminencia sólo se alcanza mediante grandes
virtudes. Hay, es cierto, épocas excepcionales en que la política se hace
realmente áspera y, en todos los tiempos, hay políticos que no son considerados
lo bastante respetables para pertenecer a ese gremio extraoficial. Parnell, por
ejemplo, fue primero inútilmente acusado
74
de colaborar con asesinos, y luego victoriosamente
convicto de un delito contra la morali-dad, como el que,, claro está, ninguno
de sus acusadores había soñado cometer. En nuestros días, los comunistas en
Europa y los radicales extremistas y agitadores sindicales en Esta-dos Unidos
están fuera del palio; ninguna corporación de gente bien les admira y, si
delin-quen contra el código convencional, no deben esperar me rced. De este
modo, las convic-ciones morales de la gente bien se unen con la defensa de la propiedad,
y así prueban una vez más su inestimable valor.
La gente bien mira con recelo el placer donde lo
ve. Saben que el que aumentó la cien-cia aumentó el dolor, y por lo tanto
suponen que al aumentar el dolor se aumenta la ciencia. Por lo tanto, creen qué
al difundir el dolor difunden la sabiduría; como la sabiduría es más preciosa
que los rubíes, se sienten justificados al pensar que realizan el bien cuando
hacen esto. Por ejemplo, construyen un parque de diversiones infantiles con el
fin de convencerse de que son filantrópicos, y luego imponen tantas regulaciones
para su uso que ningún niño disfrutará allí como en la calle. Hacen cuanto
pueden para impedir que los teatros y lugares de recreo estén abiertos los
domingos, porque es el día en que se pueden utilizar. A las em-pleadas jóvenes
se les impide que hablen con los jóvenes. La gente más bien que yo he co-nocido
ha llevado esta actitud al seno de la fa milia y ha hecho que sus hijos jueguen
sólo a juegos instructivos. Sin embargo, lamento decirlo, este grado de bondad
se está haciendo menos común. Antiguamente se enseñaba a los niños que:
Dios con un golpe de su vara todopoderosa
envía rápidamente al infierno a los jóvenes
pecadores,
y se entendía que esto ocurriría si los niños eran
turbulentos o se dedicaban a cualquier ac-tividad no aprobada por el clero. La
educación basada en este punto de vista se expresa en The Fairchild Family, una
obra valiosísima acerca de cómo se puede producir gente bien. Sin embargo,
conozco muy pocos padres que en la actualidad vivan de acuerdo con estas altas
normas» Se ha hecho tristemente común el deseo de que los niños disfruten, y es
de temer que los que han sido educados de acuerdo con estos relajados
principios no muestren cuando sean mayores el adecuado horror al placer.
Me temo que se esté acabando la época de la gente
bien; dos cosas la matan. La prime-ra es la creencia de que no hay peligro en
ser feliz con tal de que no se haga daño a nadie; la segunda es el asco de la
farsa, un asco tanto estético como moral. Ambas rebeldías fueron fomentadas por
la guerra, cuando la gente bien de todos los países estaban en el gobierno, y
en nombre de la más alta moralidad inducían a. los jóvenes a matarse los unos a
los otros. Cuando todo hubo terminado, los sobrevivientes comenzaron a
preguntarse si las mentiras y las miserias inspiradas por el odio constituían
la más alta virtud. Me temo que pase algún tiempo antes de que se les pueda
convencer para que acepten esta doctrina fundamental de toda ética realmente
elevada.
La esencia de la gente bien es que odian la vida
tal como se manifiesta en las tenden-cias de cooperación, en la turbulencia
infantil y sobre todo en el sexo, cuyo pensamiento les produce obsesión. En una
palabra, la gente bien es la gente de mente sucia.
75
10. LA NUEVA
GENERACIÓN14
En las siguientes páginas han sido tratadas por
especialistas de temas diversos varias ramas de conocimiento que afectan al
bienestar de los niños y las relaciones de los hijos con sus padres. Como
introducción a estos estudios, yo me propongo considerar el modo en que el
nuevo conocimiento ha transformado, y probablemente va a transformar aún más,
las relaciones biológicas tradicionales. Pienso no sólo ni siquiera
principalmente en los efectos deliberados del conocimiento, sino también, y más
particularmente, en el conocimiento como fuerza natural que produce resultados
inesperados y curiosos. Estoy seguro de qué James Watt no deseaba establecer
una familia matriarcal; sin embargo, al hacer posible que los hombres durmiesen
en lugares distantes del lugar de su trabajo, procuró este efecto en una gran
parte de nuestras poblaciones urbanas. El lugar del padre en la familia
suburbana moderna es muy chico, especialmente si juega al golf, cosa que
generalmente hace. Es un poco difícil ver lo que compra cuando paga por sus
hijos, y a no ser por la tradición, podría dudarse de que considere a los hijos
como un buen negocio. La familia patriarcal en sus mejores épocas daba a un
hombre inmensas ventajas: le daba hijos que le mantendrían en su vejez y le
defenderían contra sus numerosos enemigos. Ahora en todas esas clases en las
cuales los hombres viven de sus inversiones o de sus ahorros, el hijo nunca es
ventajoso financieramente para el padre, por mucho que vivan ambos.
El nuevo conocimiento es la causa de los cambios
económicos y psicológicos que hacen nuestra época a la vez difícil e
interesante. Antiguamente, el hombre estaba sometido a la naturaleza: a la
naturaleza animada: a la naturaleza inanimada, con respecto al clima y a la
fecundidad de las cosechas; a la naturaleza humana, con respecto a los impulsos
ciegos que le impulsaban a procrear y a combatir. El sentimiento de impotencia
resultante era uti-lizado por la religión para transformar el miedo en deber y
la resignación en virtud. El hombre moderno, del cual aún sólo existen pocas
muestras, tiene un criterio diferente. El mundo material no es para él algo que
se acepta con agradecimiento o con oraciones de sú-plica: es la materia prima
para su manipulación científica. Un desierto es un lugar al cual hay que llevar
agua; una comarca pantanosa donde hay malaria es un lugar que hay que de-secar.
Ni al uno ni a la otra se permite el mantenimiento de su hostilidad natural
hacia el hombre, ya que en nuestra lucha con la naturaleza física no tenemos
necesidad de Dios para que nos ayude contra Satán. Lo que quizás no se aprecia
tanto es que ha comenzado un cambio esencialmente parecido con respecto a la
naturaleza humana. Se ha puesto en claro que, mientras el individuo puede tener
dificultad en alterar deliberadamente su carácter, el psicólogo, si se le deja
actuar con libertad en los niños, puede manipular la naturaleza
1 4 Este capitulo es la introducción de Russell al
libro La Nueva Generación (Lourdes. Georgc Allen & Unwin Lid.), Que
contenía contribuciones de varios famosos psicólogos y especialistas de las
ciencias socia-les. En relación con la observación de Russell de que sólo en
Rusia «el Estado no está en las garras de los pre-juicios morales y
religiosos», hay que destacar que fue escrito en 1930. En los posteriores años
oí régimen de Stalin, todas las tentativas de establecer un código racional de
moralidad sexual fueron abandonadas y la le-gislación en esta esfera se hizo
tan represiva y puritana como en los países occidentales. El propio Russell
predijo la probabilidad de tal acontecimiento en 1920.
76
humana con la misma libertad con que los
californianos manipulan el desierto. Ya no es Satán quien hace el pecado, sino
el desequilibrio glandular y el medio desfavorable.
Quizás en este punto el lector esperará una
definición del pecado. Sin embargo, esto no tiene dificultad: pecado es lo que
desagrada a los que dirigen la educación.
Hay que confesar que esta situación pone una nueva
y grave responsabilidad sobre los que ostentan el poder científico. Hasta
ahora, la humanidad ha sobrevivido porque, por muy necios que fueran sus
propósitos, no tenía el conocimiento necesario para lograrlos. Ahora que
dispone de tal conocimiento se está haciendo imperativo un mayor grado de
sabiduría acerca de los fines de la vida. Pero ¿va a hallarse tal sabiduría en
nuestra turbada época?
Las reflexiones generales anteriores están
destinadas a sugerir que todas nuestras insti-tuciones, incluso las más
íntimamente unidas con lo que se acostumbraba a llamar instinto, están
destinadas, en un futuro próximo, a hacerse más deliberadas y conscientes de lo
que han sido hasta ahora, y esto debe aplicarse en particular a la procreación
y a la educación de los niños. El nuevo modo puede ser mejor que el antiguo;
pero puede fácilmente ser peor. Mas los nue vos conocimientos de nuestra época
han sido lanzados tan rudamente en el me-canismo de la conducta tradicional que
las normas antiguas no pueden sobrevivir; se han hecho imperativas nuevas
normas, para bien o para mal.
La familia sobrevive de un pasado sin
especialización en que un hombre se hacía sus botas y su pan. Las actividades
masculinas han pasado de esa fase, pero los virtuosos sos-tienen que no debe
haber un cambio correspondiente en las actividades de las mujeres. El ocuparse
de los niños es una actividad especializada que requiere un conocimiento
especial y un medio adecuado. La crianza de los niños en el hogar pertenece a
la época de la rueca, y es igualmente antieconómica. Al aumentar el
conocimiento, la crianza de los niños se irá apartando cada vez más del hogar.
Ya no se acostumbra que los niños nazcan en su casa. Cuando están enfermos, ya
no se les trata por los sencillos medios tradicionales que mata-ron a la
mayoría de los hijos de sus antepasados. Ya no aprenden los rezos en las
rodillas de su madre, sino en el escuela dominical. Ya no se secan las muelas,
como se sacaban aún cuando yo era joven, atando una cuerdecita a la muela y al
pestillo de la puerta y cerrando ésta de golpe. El conocimiento médico se
apodera de una parte de la vida del niño, el cono-cimiento de la higiene se
apodera de otra, y la psicología infantil demanda una tercera. Fi-nalmente, la
turbada madre renuncia a su misión como un mal negocio, y el complejo de Edipo
le hace pensar que todos sus afectos naturales son pecaminosos.
Una de las principales causas del cambio es la
disminución de nacimientos y de defun-ciones. Afortunadamente han disminuido
juntos; pues si cualquiera de las disminuciones hubiera ocurrido sin la otra,
el resultado habría sido un desastre. Los gobiernos del mundo, en combinación
con las iglesias, cuya influencia depende de la miseria y la impotencia humana,
han hecho todo cuanto está en su poder para producir este desastre, ya que han
tra-tado de evitar cualquiera de estas disminuciones. A este respecto, afortunadamente
para la humanidad, el egoísmo individual ha resultado más fuerte que la locura
colectiva.
Lo reducido de la familia moderna ha dado a los
padres un nuevo sentido del valor del niño. Los padres que sólo tienen dos
hijos no quieren que muera ninguno de ellos, mientras que en las antiguas
familias de diez o doce hijos, la mitad de ellos eran sacrificados a la
ne-gligencia. El moderno cuidado científico de los niños está íntimamente unido
a la reducción de la familia moderna.
Al mismo tiempo, este cambio ha hecho de la familia
un medio psicológico menos adecuado para los niños y una ocupación menos
absorbente para las mujeres. El tener quin-ce hijos, de los cuales moría la
mayoría, era indudablemente una labor muy desagradable,
77
pero de todas maneras no dejaba lugar para
realizarse a sí mismo. El tener dos o tres hijos, por el contrario, no se
considera una labor absorbente y, sin embargo, mientras se conserva el hogar a
la antigua usanza, estorba gravemente cualquier otra carrera. Así, cuantos
menos hijos se tienen, se considera más que los hijos son una carga.
Actualmente, cuando la mayoría de la gente vive en
las ciudades en casas reducidas a causa de lo alto de los alquileres, el hogar
es, en general, un mal medio físico para el niño. El hombre que cría árboles en
un invernadero les proporciona el suelo, el aire, la luz, el es-pacio y la
vecindad adecuados. No trata de cultivarlos uno por uno, en sótanos separados.
Sin embargo, eso es lo que hay que hacer con los niños mientras permanezcan en
el moder-no hogar urbano. Los niños, como los árboles jóvenes, necesitan
tierra, aire, luz y una ve-cindad afín. Los niños deben estar en el campo,
donde pueden tener libertad sin excitación. La atmósfera psicológica de un
pequeño despartamento urbano es tan mala como la física. Consideremos, por
ejemplo, el ruido. Los adultos atareados no pueden soportar un ruido continuo
en torno suyo, pero decir a un niño que no haga ruido es una forma de crueldad
que producirá en él una exasperación conducente a graves faltas morales. Esto
se aplica también a la necesidad de no romper cosas. Cuando un niño sube a los
estantes de la cocina y rompe toda la porcelana, los padres suelen enfadarse.
Sin embargo, su actividad es esen-cial para su desarrollo físico. En un medio
hecho para los niños, tales impulsos sanos y na-turales no necesitan ser
contenidos.
Los cambios psicológicos en el criterio de los
padres están inevitablemente producidos por los cambios científicos y
económicos que afectan a la familia. Con el aumento de la sensación de
seguridad se ha producido inevitablemente un aumento del individualismo. Lo que
limitaba el individualismo en el pasado era la necesidad de la mutua
cooperación. Un grupo de colonizadores rodeados de indios tenía necesariamente
un fuerte sentido colo nial, pues de lo contrario sería aniquilado. En la
actualidad es el Estado el que proporciona la seguridad, no la cooperación
voluntaria, de modo que un hombre puede permitirse el lujo de ser
individualista en la parte de su vida que dirige individualmente. Esto se
aplica en es-pecial a las relaciones familiares. La parte que toma un hombre en
el cuidado de los niños es poco más que financiera y sus obligaciones
financieras pueden ser impuestas por la ley en caso necesario, de modo que
suponen pocas exigencias acerca de un personal sentido del deber. Una mujer, si
es vigorosa e inteligente, probablemente pensará que los truncados de-beres
maternales que le quedan son inadecuados como carrera, tanto más cuando éstos
es-tán realizados científicamente por especialistas. Este sentimiento operaría
con mucha ma-yor fuerza si no fuera por el sentir de muchos hombres que quieren
que sus mujeres depen-dan financieramente de ellos.
Sin embargo, este es un sentir superviviente de una
época anterior; ya está muy debili-tado y dentro de poco probablemente
desaparecerá.
Todos estos acontecimientos han disminuido las
razones que impulsaban a la gente a evitar el divorcio. Al hacerse el divorcio
más frecuente y más fácil, la familia se debilita aún más, ya que su efecto
generalmente es que el niño tenga sólo padre o madre.
Por todas estas razones y otras expuestas en la
contribución del doctor Watson, 15 pare-ce inevitable, para bien o para mal,
que la familia, como unidad, desaparezca más cada vez, sin que ningún grupo
interponga su autoridad entre el individuo y el Estado. Esto no se
1 5 Aquí Russell se refiere al anfculo de Watson:
«Después de la familia. ¿que?», contenido en La Nueva Generaración.
78
aplica tanto a los ricos, que pueden continuar
usando establecimientos infantiles especiales, escuelas especiales, doctores
especiales, y todos los mecanismos caros de la empresa priva-da; pero para los
jornaleros el costo de tal individualismo es prohibitivo. En lo relativo a los
hijos de éstos, es inevitable que las funciones que ya no realizan los padres
quedan a cargo del Estado. Con respecto a la inmensa mayoría, la elección está,
no entre el cuidado de los padres y el cuidado de los especialistas elegidos
por los padres, sino entre los padres y el Estado.
Esta perspectiva supone en todos los que comprenden
la actitud científica moderna hacia los niños una grave responsabilidad de
propaganda. En la actualidad, el Estado, ex-cepto en Rusia, está en las garras
de los prejuicios morales y religiosos que hacen totalmen-te imposible tratar a
los niños de una manera científica. Yo recomendaría a los lectores que
considerasen, por ejemplo, las contribuciones de Havelock Ellis 16 y Phyllis
Blanchard17 a las siguientes páginas. Todo lector sincero tiene que darse cuenta
de que, mientras la teolo-gía y la ética tradicionales sean tenidas en cuenta
por los políticos, los métodos patrocina-dos en estas contribuciones no serán
empleados en ninguna institución sobre la cual tenga un dominio el Estado. El
Estado de Nueva York, por ejemplo, sostiene oficialmente aún que la
masturbación produce locura, y es evidente que ningún político podría
controvertir esta opinión sin poner brusco fin a su carrera. Por lo tanto, no
es de esperar que la mastur-bación sea científicamente tratada en ninguna
institución del Estado, como no sea un mani-comio o un asilo para los débiles
mentales. Sólo estas instituciones pueden adoptar los mé-todos adecuados,
porque a los locos y a los idiotas no se les considera moralmente
respon-sables. Este estado de cosas es absurdo. Igualmente podría dictarse una
ley declarando que sólo podían repararse los autos baratos, mientras que los
caros debían ser azotados o ser-moneados por los sacerdotes. Los que conciben
en el futuro una gran extensión de institu-ciones estatales para niños,
generalmente se imaginan a ellos mismos o a sus amigos a la cabeza de dichas
instituciones. Esta es, claro está, una amable ilusión. Como la dirección de
cualquier institución de dicha clase tendrá un considerable sueldo, es evidente
que la direc-tora será la tía solterona de algún político famoso. Bajo su noble
inspiración, se enseñaría a los niños a rezar sus oraciones, a reverenciar la
cruz y la bandera, a sentir grandes remor-dimientos cuando se masturban y un
profundo horror cuando oyen contar a los otros cama-radas cómo se hacen los
niños. Con instituciones económicamente adaptadas de la edad de la máquina, tal
esclavitud mental podría ser prolongada durante mucho tiempo, tanto más cuanto
habría muchos científicos renegados que se prestarían a ayudar a cerrar las
mentes de los jóvenes a la razón. Incluso sería posible desarraigar la práctica
del control de la nata-lidad en cuyo caso, en vista de la eficiencia de la
medicina moderna, sería muy necesario aumentar la frecuencia y la ferocidad de
la guerra, con el fin de terminar con el exceso de población.
Por tales razones, si el Estado va a adquirir tales
poderes inmensos, es imperativo su esclarecimiento. Esto no puede lograrlo por
sí mismo; lo hará solamente cuando la mayoría de la población haya cesado de
insistir acerca de la preservación de las antiguas institucio-nes. La gente más
esclarecida vive en un mundo irreal, asociados con sus amigos e imagi-nando que
sólo unos cuantos fenómenos no están aclarados en la actualidad. Una pequeña
experiencia de la política práctica, y una experiencia mayor aún de la
administración de la ley, siempre que se trate de las llamadas cuestiones
morales, serian altamente beneficiosas
16 Havelock
Ellis: Perversión in Childhood and Adolescence.
17 Phyllis
Blanchard: Obscenity in Children.
79
para todos los que tienen opiniones racionales
sobre la crianza de los niños o cualquier otro asunto. Estoy convencido de que
una extensa propaganda popular del racionalismo es más importante de lo que
piensan la mayoría de los racionalistas fuera Rusia.
Suponiendo la terminación de la familia y el
establecimiento de instituciones infantiles estatales, racionalmente llevadas,
sería probablemente necesario dar un paso adelante en la sustitución de la
regulación del instinto. Las mujeres acostumbradas al control de la natali-dad
y no autorizadas a quedarse con sus propios hijos no tendrían motivos para
soportar las molestias de la gestación y el dolor del parto. Por consiguiente,^
con el fin de mantener el nivel de población, sería probablemente necesario hacer
del parto una profesión bien paga-da, que no podría ser ejercida por la
mayoría, sino por un determinado porcentaje, que ten-dría que realizar
determinadas pruebas de aptitud desde el punto de vista eugenésico. Las pruebas
a que se sometería a los padres y la proporción que éstos tendrían en la
población son cuestiones aún por decidir. Pero la cuestión de asegurar un
número adecuado de naci-mientos probablemente se va a hacer aguda dentro de
poco, ya que la disminución de la na-talidad continúa y dentro de poco supondrá
una disminución de la población o al menos una disminución de la población
útil, pues si la medicina logra que la gente viva hasta los cien años, la
ganancia de la comunidad va a ser problemática.
La ganancia que la raza humana puede esperar de una
psicología racional en el trato de los niños es casi ilimitada. La esfera más
importante es, claro está, la del sexo. Los niños adquieren una actitud
supersticiosa acerca de ciertas partes del cuerpo, acerca de ciertos ac-tos y
de ciertos pensamientos, y acerca de ciertas clases de juegos que les dicta la
naturale-za. El resultado es que, cuando son adultos, son rígidos y torpes en
materia de amor. En to-do el mundo de habla inglesa, a la mayoría de la gente
se la incapacita, desde la niñez, para un matrimonio satisfactorio. No hay
ninguna otra actividad adulta para la cual esté prohibi-do prepararse mediante
los juegos, o con respecto a la cual se espere pasar de un tabú abso-luto a una
perfecta competencia.
El sentimiento del pecado que domina a muchos niños
y adolescentes, y que con fre-cuencia se mantiene toda la vida, es una miseria
y una fuente de deformación que no tienen utilidad alguna. Casi enteramente,
está producido por la enseñanza moral convencional con respecto del sexo. El
sentimiento de que el sexo es malo hace imposible el amor feliz, hace que los
hombres desprecien a las mujeres con quienes tienen relaciones y que con frecue
n-cia sientan impulsos de crueldad hacia ellas. Además, la desviación que se
impone al im-pulso sexual inhibido, obligándole a tomar la forma de una amistad
sentimental, o de un fervor religioso, produce una falta de sinceridad
intelectual mala para la inteligencia y para el sentido de la realidad. La
crueldad, la estup idez, la incapacidad de relaciones personales armoniosas y
otros muchos defectos tienen su origen, en la mayoría de los casos, en las
en-señanzas morales tenidas en la infancia. Hay que decirlo con la máxima
sencillez y dere-chura: no hay nada malo en el sexo y la actitud convencional
acerca de esta materia es morbosa. Creo que ningún otro mal de nuestra sociedad
es una causa tan potente de dolor, ya que no sólo causa una larga serie de
males, sino que inhibe ese afecto humano que po-dría conducir a que los hombres
remediasen otros males económicos, políticos y raciales que torturan a la
humanidad.
Por estas razones, los libros que difunden el
conocimiento y la actitud racional acerca de la psicología infantil son muy
necesarios. En nuestra época, hay una especie de carrera entre el creciente
poder del Estado y el menguante poder de la superstición. El crecimiento de los
poderes del Estado parece inevitable, como hemos visto en relación con los
niños. Pero si estos poderes aumentan excesivamente mientras la superstición
domina aún a la
80
mayoría, la minoría no supersticiosa quedará
aniquilada por la propaganda del Estado y la protesta se hará imposible en los
países democráticos. Nuestra sociedad se está haciendo tan estrechamente unida
que la reforma en una dirección está unida a las reformas en otras direcciones,
y no hay cuestión aislada que pueda ser tratada adecuadamente. Pero creo que
nuestra época está mejor dispuesta hacia los niños que las anteriores y si se
llega a entender que la enseñanza moral convencional es una causa de sufrimiento
para los muchachos, po-demos esperar que se reemplace por algo más benévolo y
científico.
81
11. NUESTRA ÉTICA SEXUAL18
El sexo, más que ningún otro elemento de la vida
humana es aún mirado por muchos, quizás por la mayoría, de un modo irracional.
El ho micidio, la peste, la locura, el oro y las piedras preciosas —todas las
cosas que son objeto de esperanza o miedos apasionados— han sido vistos, en el
pasado, a través de una niebla mágica o mitológica; pero el sol de la razón ha
disipado ahora la niebla, excepto en algunos rincones. La nube más densa está
en el territorio del sexo, cosa natural quizás, ya que el sexo es la parte que
se mira más apasio-nadamente por la mayoría de las personas.
Sin embargo, se está haciendo manifiesto que las
circunstancias del mundo moderno trabajan para efectuar un cambio en la actitud
pública hacia el sexo. El cambio o los cam-bios que han de producirse no pueden
indicarse con certidumbre; pero es posib le distinguir algunas de las fuerzas
que ahora actúan, y discutir sus probables resultados sobre la estruc-tura de
la sociedad.
En lo que respecta a la naturaleza humana, no puede
decirse que sea imposible producir una sociedad en la cual haya muy poco
comercio sexual fuera del matrimonio. Sin embar-go, las condiciones necesarias
para este resultado pueden lograrse muy difícilmente en la vida moderna. Vamos
a considerar cuáles son.
La mayor influencia para lograr la monogamia es la
inmovilidad en una región donde haya pocos habitantes. Si el hombre no tiene
apenas ocasiones de salir de su casa, y rara vez ve a otra mujer que su esposa,
le es fácil ser fiel; pero si viaja sin ella, o vive en una populosa comunidad
urbana, el problema se hace proporcionalmente más difícil. La si-guiente
contribución a la monogamia es la superstición: los que sinceramente creen que
el «pecado» lleva al eterno castigo, pueden tratar de evitarlo, y hasta cierto
punto lo hacen, aunque no tanto como se podría esperar. La tercera contribución
a la virtud es la opinión pública. Donde, como en las sociedades agrícolas,
todo lo que hace un hombre lo saben sus vecinos, hay motivos poderosos para
evitar lo que condenan los convencionalismos. Pero todas estas causas de
comportamiento correcto son mucho menos potentes de lo que solían ser. Hay
menos gente que vive aislada; la creencia en el fuego del infierno está
desapare-ciendo, y en las ciudades grandes nadie sabe lo que hace el vecino.
Por lo tanto, no es sor-prendente que tanto los hombres como las mujeres sean
menos monágamos de lo que eran antes del industrialismo moderno.
Claro que puede decirse que, aunque un número cada
vez mayor de gente deja de ob-servar la ley moral, no hay razón para alterar
nuestras normas. Los que pecan, se nos dice a veces, deberían saber y reconocer
que pecan, y que un código ético es igualmente bueno aunque sea difícil de
cumplir. Pero yo replicaría que un código es bueno o malo según fo-mente o no
la dicha humana. Muchos adultos, en lo profundo de sus corazones, creen aún lo
que les enseñaron en la niñez, y se sienten pecadores cuando sus vidas no están
de acuer-do con las enseñanzas de la escuela dominical. El daño que se hace no
es meramente intro-ducir una división entre la personalidad razonable y
consciente y la personalidad infantil inconsciente; el daño reside también en
el hecho de que las partes válidas de la moralidad convencional se desacreditan
con las partes inválidas, y se llega a pensar que, si el adulterio
18 Publicado
por primera vez en 1936.
82
es excusable, también lo es la ociosidad, la
deshonestidad y la crueldad. Este peligro es in-separable de un sistema que
enseña a los jóvenes, en bloc, un número de creencias que tie-nen que desechar
cuando son adultos. Durante el proceso de la rebeldía social y económica,
probablemente desecharán lo bueno y lo malo.
La dificultad de llegar a una ética sexual viable
surge del conflicto entre el impulso de los celos y el impulso de la poligamia.
No hay duda de que los celos, aunque en parte son instintivos, son
convencionales en muy alto grado. En las sociedades en que un hombre es
considerado objeto del ridículo si su mujer le es infiel, el marido tendrá
celos aunque no quiera a su mujer. Así los celos están íntimamente unidos con
el sentido de propiedad, y disminuyen cuando dicho sentido está ausente. Si la
fidelidad no forma parte de lo que se espera convencionalmente, los celos
disminuyen. Pero aunque existe más posibilidad de disminuir los celos de lo que
supone mucha gente, hay límites muy definidos mientras los padres tengan
deberes y derechos. Mientras esto sea así, es inevitable que los hombres
quie-ran tener alguna segur idad de que son los padres de los hijos de sus
esposas. Si las mujeres han de tener libertad sexual, los padres tienen que
desaparecer y las mujeres no deben espe-rar que sus maridos las mantengan. Esto
puede ocurrir con el tiempo, pero habrá un cambio social profundo, y sus
efectos, buenos o malos, son incalculables.
Entretanto, si el matrimonio y la paternidad han de
sobrevivir como instituciones socia-les, se necesita una cierta transigencia
entre una completa promiscuidad y una perpetua monogamia. No es fácil decidir
en un momento dado la mejor transigencia; y la decisión variaría de acuerdo con
las costumbres de la población, como la seguridad de los métodos del control de
la natalidad. Sin embargo, hay cosas que pueden decirse definitivamente.
En primer lugar, es indeseable, tanto fisiológica
como educacionalmente, que las muje-res tengan hijos antes de los veinte años.
Por lo tanto, nuestra ética debe hacer de esto un caso raro.
En segundo lugar, es improbable que una persona sin
experiencia sexual previa, ya sea hombre o mujer, pueda distinguir entre la
mera atracción física y la clase de afinidad nece-saria para que un matrimonio
sea un éxito. Además, las causas económicas obligan a los hombres, en general,
a posponer el matrimonio, y no es probable que permanezcan castos desde los
veinte a los treinta, ni deseable psicológicamente que lo hagan; pero es mucho
mejor que, si tienen relaciones temporales, no sea con profesionales sino con
muchachas de su clase, cuyo motivo sea el afecto, en lugar del dinero. Por
estas razones, los jóvenes solte-ros deben tener considerable libertad siempre
que se eviten los hijos.
En tercer lugar, debería ser posible el divorcio
sin censura para ninguna de las partes, y sin que se le considerase una
deshonra. Un matrimonio sin hijos debería terminarse cuando lo desease
cualquiera de los cónyuges, y todo matrimonio debería terminarse por mutuo
consentimiento, con un previo aviso de un año necesario en cada caso. El
divorcio, claro está, debería ser posible por otras razones: locura, abandono,
crueldad, etc.; pero el mutuo consentimiento debería ser la razón más usual.
En cuarto lugar, habría que hacer todo lo posible
para que las relaciones sexuales no tuvieran una mancha económica. En la
actualidad, las esposas, como las prostitutas, viven de la venta de sus
encantos sexuales; e incluso en las relaciones libres temporales, se espera que
el hombre asuma todos los gastos. El resultado es que hay una mezcla sucia del
dinero con el sexo, y que frecuentemente los motivos de las mujeres tienen un
elemento mercena-rio. El sexo, incluso cuando la Iglesia lo bendice, no debe
ser una profesión. Es justo que la mujer reciba su pago por cuidar de la casa,
cocinar y atender a los hijos, pero no únicame n-te por tener relaciones
sexuales con un hombre. Tampoco la mujer que ha amado y ha sido
83
amada por un hombre debe vivir de la pensión para
alimentos, cuando el amor ha termina-do. Una mujer, como un hombre, debe
trabajar para ganarse la vida, y una mujer ociosa no es intrínsecamente más
digna de respeto que un gigolo.
II
Dos impulsos muy primitivos han contribuido, aunque
en grados diferentes, al adveni-miento del código corriente aceptado de
conducta sexual. Uno de ellos es el pudor, y el otro, como dijimos antes, son
los celos. El pudor, en alguna forma y grado, es casi universal en la raza
humana, y constituye un tabú que sólo debe romperse de acuerdo con ciertas
formas y ceremonias, o, al menos, en conformidad con alguna etiqueta
reconocida. No debe verse todo, ni deben mencionarse todos los hechos. Esto no
es, como suponen algunos mo-dernos, un invento de la época victoriana; por el
contrario, los antropólogos han hallado las formas más complicadas de
gazmoñería entre los salvajes primitivos. El concepto de lo obsceno tiene
profundas raíces en la naturaleza humana. Podemos ir contra él por amor a la
rebeldía, por lealtad al espíritu científico, o por el deseo de sentirnos
malvados, como le ocurría a Byron; pero con eso no lo desarraigamos de nuestros
impulsos naturales. Ind uda-blemente, los convencionalismos determinan, en una
comunidad dada, exactamente lo que se considera indecente, pero la existencia
universal de algún convencionalismo es la evi-dencia concluyente de una fuente
no meramente convencional. En casi todas las sociedades humanas, la pornografía
y el exhib icionismo se consideran delitos, excepto cuando, como ocurre
frecuentemente, forman parte de ceremonias religiosas.
El ascetismo —que puede tener o no una conexión
psicológica con el pudor— es un impulso que parece surgir sólo cuando se ha
llegado a un cierto grado de civilización, pero entonces puede hacerse
poderoso. No se halla en los primeros libros del Antiguo Testame n-to, sino que
aparece en los últimos, en los Apócrifos y en el Nuevo Testamento. Igualmente
entre los griegos existía poco en la época primitiva, y fue avanzando con el
transcurso del tiempo. En la India nació muy pronto y adquirió gran intensidad.
No trataré de hacer un análisis psicológico de su origen, pero no dudo de que
se trata de un sentimiento espontá-neo que existe, hasta cierto punto, en casi
todos los seres humanos civilizados. Su forma más débil es la repugnancia a
imaginar un individuo reverenciado —especialmente una per-sona poseída de
santidad religiosa—dedicado al amor, el cual se considera apenas compati-ble
con un alto grado de dignidad. El deseo de liberar el espíritu de la
servidumbre de la carne ha inspirado muchas de las grandes religiones del
mundo, y es aún muy poderoso in-cluso entre los intelectuales' modernos.
Pero los celos, a mi entender, han sido el factor
más potente de la génesis de la morali-dad sexual. Los celos, instintivamente,
originan la cólera; y la cólera, racionalizada, se con-vierte en reprobación
moral. El motivo puramente instintivo tiene que haber sido reforzado, en una
fase primitiva del desarrollo de la civilización, por el deseo masculino de
tener ase-gurada la paternidad. Sin seguridad a este respecto, la familia
patriarcal hubiera sido impo-sible y la paternidad, con todas sus consecuencias
económicas, no habría podido ser la base de las instituciones sociales. Por lo
tanto, era malo tener relaciones con la mujer de otro hombre, pero ni siquiera
reprensible el tener relaciones con una mujer que no fuera casada. Había
excelentes razones prácticas para condenar al adúltero, ya que promovía la
confusión y frecuentemente el derramamiento de sangre. El asedio de Troya fue
un ejemplo extremo de las perturbaciones debidas a la falta de respeto por los
derechos de los esposos, pero algo
84
semejante, aunque en escala menor, era de esperar
cuando las partes eran menos encumbra-das. No había, claro, en aquella época,
derechos correspondientes para las esposas; un ma-rido no tenía deberes para
con su esposa, aunque tenía el deber de respetar la propiedad de los otros
esposos.
El antiguo sistema de la familia patriarcal, con
una ética basada en los sentimientos que hemos estado considerando, era, en
cierto sentido, satisfactorio: los hombres, que domina-ban, tenían considerable
libertad y las mujeres, que sufrían, estaban totalmente sometidas, y su
desdicha no parecía importante. La pretensión de las mujeres de ser iguales a
los ho m-bres es lo que más ha contribuido a hacer necesario un nuevo sistema
en el mundo actual. La igualdad tiene que ser asegurada de dos maneras: o exigiendo
de los hombres una mo-nogamia igual a la exigida antes a las mujeres; o
permitiendo a las mujeres, igualmente que a los hombres, un cierto aflojamiento
del código tradicional. El primer camino fue el prefe-rido por la mayoría de
los precursores de los derechos de la mujer, y es aún el preferido de las
iglesias; pero el segundo tiene en la práctica más partidarios, aunque la
mayoría de ellos dudan de la justificación teórica de su conducta. Y los que
reconocen que se necesita una ética nueva encuentran difícil saber con justicia
cuáles deben ser sus preceptos.
Hay otra fuente de novedad, y es el efecto del
criterio científico en el debilitamiento del tabú acerca del conocimiento
sexual. Se ha llegado a entender que muchos males —por ejemplo las enfermedades
venéreas—, no pueden ser eficazmente combatidas a menos que se hable de ellas
mucho más abiertamente de lo que se permitía antes;
y se ha hallado también que la reticencia y la
ignorancia suelen tener efectos dañinos sobre la psicología individual. La
sociología y el psicoanálisis han hecho que los eruditos lamenten la política
del silencio con respecto a los' asuntos sexuales, y muchos educadores
prácticos han adoptado la misma postura, por su experiencia con los niños. Los
que tienen un criterio científico acerca de la conducta humana encuentran
imposible llamar «pecado» a ningún acto; se dan cuenta de que todo tiene origen
en nuestra herencia y nuestro medio, y que mediante el dominio de estas causas,
más que mediante la denuncia, se evita el proce-der dañino para la sociedad.
Al buscar una nueva ética de conducta sexual, no
debemos dejarnos dominar por las antiguas pasiones irracionales que dieron
origen a la antigua ética, pero debemos reconocer que pueden, accidentalmente,
haber producido algunas sanas máximas, y que, ya que éstas existen, aunque
quizás debilitadas, forman parte de los datos de nuestro problema. Lo que
nosotros podemos hacer positivamente es preguntarnos qué reglas morales van a
producir la dicha humana, recordando siempre que, cualesquiera que sean, no es
probable que se ob-serven universalmente. Es decir, tenemos que considerar el
efecto que van a tener esas re-glas en realidad, no el que tendrían sí se las
observase plenamente.
III
Miremos luego la cuestión del conocimiento sobre
temas sexuales, que surge primero y es el menos difícil y dudoso de los
diversos problemas que nos conciernen. No hay razón sana, de ninguna clase,
para ocultar la verdad al hablar a los niños. Sus preguntas deben ser
contestadas y su curiosidad satisfecha exactamente igual en lo relativo al sexo
que a las costumbres de los peces, o cualquier otro tema que pudiera
interesarlos. No debe haber sen-timiento, porque los niños no sienten lo que
los adultos, ni ven en ello ocasión para que se hable enfáticamente. Es un
error el comenzar con los amores de las abejas y las flores; es
85
inútil andar con rodeos en las realidades de la
vida. Al niño que se le dice lo que quiere sa-ber y se le permite ver desnudos
a sus padres no tendrá lascivia, ni obsesión sexual. Los ni-ños educados en una
ignorancia oficial piensan y hablan mucho más acerca del sexo que los muchachos
que siempre han oído tratar este asunto en el mismo nivel que cualquier otro.
La ignorancia oficial y el conocimiento real les enseñan a ser hipócritas' con
los mayores. Por otra parte, la ignorancia real, cuando se consigue mantenerla,
es generalmente una fuente de escándalo y de angustia, que hace difícil la
adaptación a la vida real. Toda ignorancia es lamentable, pero la ignorancia en
un asunto tan importante como el sexo es un grave peli-gro.
Cuando digo que a los niños se les debe hablar de
sexo, no quiero dar a entender que se les debe decir sólo los hechos
fisiológicos escuetos; debe decírseles todo lo que deseen sa-ber. No se debe
tratar de pintar a los adultos más virtuosos de lo que son, o de hablar del
sexo como de algo que sólo ocurre dentro del matrimonio. No hay excusa para
engañar a los niños. Y cuando, como tiene que suceder en las familias
convencionales, hallan que sus padres han mentido, pierden la confianza en
ellos, y se sienten justificados para mentirles a su vez. Hay hechos que yo no
impondría a un niño, pero le diría cualquier cosa antes que una mentira. La
virtud basada en un falso criterio de los hechos no es virtud verdadera.
Hablando no sólo teóricamente, sino por experiencia práctica, estoy convencido
de que la completa franqueza en los asuntos sexuales es el mejor modo de
impedir que los niños piensen excesiva, sucia o insanamente acerca de ellos, y
es además el preliminar casi indis-pensable de una moral sexual esclarecida.
En lo respectivo a la conducta sexual adulta, no es
nada fácil llegar a un acuerdo racio-nal entre las consideraciones antagónicas,
cada una de las cuales tiene su propia validez. La dificultad fundamental es,
claro está, el conflicto entre e] impulso de los celos y el impulso de la
variedad sexual. Ninguno de ellos, es cierto, es universal: hay gentes (aunque
son po-cas) que no son nunca celosas, y hay otras (tanto hombres como mujeres)
cuyos afectos no se apartan jamás de la pareja elegida. Si cualquiera de estos
tipos pudiera hacerse universal, sería fácil concebir un código satisfactorio.
Sin embargo, hay que reconocer que cualquiera de los tipos puede hacerse más
común mediante los convencionalismos destinados a tal fin.
Queda mucho terreno que cubrir por una ética sexual
completa, pero no creo que pueda decirse nada positivo hasta que tengamos más
experiencia tanto de los efectos de los varios sistemas y de los cambios
resultantes de una educación racional en materia de sexo. Es cla-ro que el
matrimonio, como institución, sólo debe interesar al Estado por los hijos, y se
le debe considerar como un asunto puramente privado cuando los hijos no existen
También resulta claro que, incluso cuando hay hijos, el Estado tiene interés
solamente en los deberes de los padres, que son principalmente financieros.
Donde el divorcio es fácil, como ocurre en Escandinavia, los hijos generalmente
se quedan con la madre, de modo que la familia patriarcal tiende a desaparecer.
Si, como ocurre cada vez más cuando se trata de jornaleros, el Estado toma a su
cargo los deberes que hasta ahora han sido de los padres, el matrimonio dejará
de tener razón de ser y probablemente sólo se efectuará entre los ricos y los
religio-sos.
Entretanto, convendría que los hombres y las
mujeres recordasen en las relaciones sexuales, en el matrimonio y en el
divorcio, la práctica de las virtudes ordinarias de la tole-rancia, la
amabilidad, la sinceridad y la justicia. Los que, conforme a patrones
convenciona-les, son sexua lmente virtuosos, se consideran con demasiada
frecuencia no obligados a pro-ceder como seres humanos decentes. La mayoría de
los moralistas han tenido tal obsesión del sexo que han descuidado otras clases
de proceder éticamente laudables y mucho más
86
útiles socialmente.
87
12. LA
LIBERTAD Y LAS UNIVERSIDADES19
Antes de discutir el presente estado de la libertad
académica, conviene considerar lo que entendemos por este término. La esencia
de la libertad académica es que los profesores deben ser elegidos por su
conocimiento del tema que van a enseñar, y que los jueces de este conocimiento
deberían ser otros especialistas. Si un hombre es un buen matemático, un buen
físico o un buen químico, sólo pueden juzgarlo otros matemáticos, físicos o
químicos. Sin embargo, por éstos puede ser juzgado con un buen grado de unanimidad.
Los enemigos de la libertad académica sostienen que
hay que tomar en consideración otras condiciones aparte del conocimiento que
tenga un hombre de su especialidad. Debe, según ellos, no expresar nunca una
opinión contraria a la de los que detentan el poder. Este criterio ha sido
vigorosamente defendido por los Estados totalitarios. Rusia no ha disfrutado
jamás de una libertad académica excepto durante el breve reinado de Kerensky,
pero creo que ahora tiene menos aun que en el tiempo de los zares. Alemania,
antes de la guerra, aun-que carecía de muchas formas de libertad, reconocía
bastante bien el principio de la libertad en la enseñanza universitaria. Ahora
todo eso ha cambiado, con el resultado de que, con po-cas excepciones, los
eruditos más capaces de Alemania están desterrados. En Italia, aunque en una
forma más suave, hay una tiranía similar en las universidades. En las
democracias occidentales se reconoce generalmente que este estado de cosas es
deplorable. Sin embargo, no puede negarse que hay tendencias que podrían
conducir a males semejantes.
Ese peligro no puede evitarlo la democracia por sí
sola. Una democracia en la cual la mayoría ejerce sus poderes sin restricción
puede ser tan tiránica como una dictadura. La to-lerancia de las minorías es
parte esencial de una prudente democracia, pero esa parte no se recuerda
siempre lo bastante.
Con relación a los profesores de universidad, estas
consideraciones generales están re-forzadas por algunas especialmente
aplicables a su caso. Los profesores de universidad de-ben ser hombres con
conocimiento y experiencia especiales que les permitan enfocar las
controversias de un modo que arroje luz sobre ellas. El decretar que deben
guardar silencio en las controversias es privar a la comunidad del beneficio
que podría derivarse de su aprendizaje de la imparcialidad. El Imperio Chino,
hace muchos siglos, reconoció la nece-sidad de la crítica y, por lo tanto,
estableció una Junta de Censores, consistente en ho mbres con fama de erudición
y sabiduría dotados del derecho de sacar las faltas al Emperador y a su
gobierno. Desgraciadamente, como todo lo demás en la China tradicional, esta
institu-ción se hizo convencional. Había ciertas cosas que los censores podían
censurar, en espe-cial el excesivo poder de los eunucos, pero si se metían en
los campos no convencionales de la crítica, el Emperador solía olvidarse de la
inmunidad otorgada. Gran parte de esto su-cede entre nosotros. La crítica se
permite en un amplio campo, pero cuando se la considera realmente peligrosa, su
autor es castigado en alguna forma.
La libertad, académica en este país está amenazada
por dos lados; la plutocracia y las iglesias, que luchan entre sí por
establecer una censura económica y teológica. Ambas se ponen de acuerdo para
lanzar la acusación de comunista a cualquier persona cuyas opinio-
19 Este
artículo fue originalmente publicado en mayo de 1940 poco después de que el
juez McGeehan hallase que Russcll era «indigno» de ser profesor, de la
Universidad de la Ciudad de Nueva York.
88
nes les desagradan. Por ejemplo, yo he observado
con interés que, aunque he criticado se-veramente al Gobierno soviético desde
1920, y aunque recientemente he expresado la opi-nión categórica de que es por
lo menos un Gobierno tan malo como el de los nazis, mis crí-ticos ignoran todo
esto y citan triunfantemente la una o dos frases en las que, en momentos de
esperanza, he sugerido la posibilidad de que finalmente viniera algo bueno de
Rusia.
La técnica de tratar con hombres cuyas opiniones no
son del agrado de ciertos grupos de individuos poderosos ha sido perfeccionada
y constituye un gran peligro para el progre-so ordenado. Si el hombre de que se
trata es joven aún y relativamente oscuro, sus superio-res pueden ser inducidos
para que le acusen de incompetencia profesional, y quizás se aca-be con él
silenciosamente. Cuando se trata de hombres más viejos demasiado bien
conoci-dos para que estos métodos tengan éxito, se despierta la hostilidad del
público mediante la tergiversación. La mayoría de los maestros, naturalmente,
no quieren exponerse a tales riesgos, y evitan el dar pública expresión a sus
opiniones menos ortodoxas. Este es un peli-groso estado de cosas mediante el
cual la inteligencia desinteresada se ahoga parcialmente, y las fuerzas
conservadoras y oscurantistas se persuaden de que pueden permanecer
triun-fantes.
II
El principio de la democracia liberal, que inspiró
a los fundadores de la Constitución Americana, fue que las controversias se
decidieran mediante la discusión, no por la fuerza. Los liberales han mantenido
siempre que las opiniones deben ser formadas por el debate libre, no
permitiendo que sólo se oiga a uno de los lados. Los Gobiernos tiránicos, tanto
an-tiguos como modernos, han mantenido el criterio contrario. Por mi parte, no
veo la razón de abandonar la tradición liberal en esta materia. Si ostentase el
poder, no trataría de evitar que se oyese a mis contrarios. Trataría de
proporcionar iguales facilidades para todas las opi-niones, y dejaría el
resultado a las consecuencias de la discusión y el debate. Entre las víc-timas
académicas de la persecución alemana en Polonia, hay, que yo sepa, algunos
lógicos eminentes que son católicos ortodoxos. Haría cuanto estuviese en mi
poder para proporcio-nar puestos académicos a estos hombres, a pesar de que sus
correligionarios no hacen lo mismo.
La diferencia fundamental entre el criterio liberal
y el que no lo es consiste en que el primero considera todas las cuestiones
abiertas a la discusión y todas las opiniones sujetas a la duda en menor o
mayor medida, mientras que el último sostiene por adelantado que cier-tas
opiniones son absolutamente indudables y que no deben permitirse los-
argumentos co-ntra ellas. Lo curioso de esta opinión es la creencia de que, si
se permitiese la investigación imparcial, llevaría a los hombres a la
conclusión errónea, y que por lo tanto la ignorancia es la única salvaguardia
del error. Este punto de vista no puede ser aceptado por ningún hom-bre que
desee que la razón, en lugar del prejuicio, gobierne los actos humanos.
El criterio liberal nació en Inglaterra y Holanda a
fines del siglo xvii, como una reac-ción contra las guerras religiosas. Estas
guerras se habían librado con gran furia durante ciento treinta años sin
producir la victoria de ninguno de los partidos. Cada partido tenía la absoluta
certidumbre de que la razón era suya y que su victoria era de una importancia
su-prema para la humanidad. Al final, los hombres sensatos se cansaron de la
lucha indecisa y decidieron que ambos bandos estaban equivocados en su dogmática
certidumbre. John Locke, que expresó e! nuevo punto de vista tanto en la
filosofía como en la política, escri-
89
bió al comienzo de una era de tolerancia creciente,
Puso de relieve la falibilidad de los juicios
humanos, e inauguró una era de progreso que duró hasta 1914. Debido a la
influencia de Locke y de su escuela, los católicos fueron tolerados en los
países protestantes, y los protestantes en lo países católicos. En lo relativo
a las' controversias del siglo xvii, los hombres han aprendido la lección de la
tolerancia, pero, con respecto a las nuevas controversias surgidas desde el
final de la Gran Guerra, las sabias máximas de los filósofos del liberalismo han
sido olvidadas. Ya no nos horrorizan los cuá-queros como les horrorizaban a los
sinceros cristianos de la corte de Carlos II, pero nos horrorizan los hombres
que aplican a los problemas actuales el mismo criterio y los mismos principios
que los cuáqueros del siglo xvn aplicaban a los problemas de su época. Las
opi-niones que no aceptamos adquieren una cierta respetabilidad con la
antigüedad, pero una opinión nueva no compartida por nosotros nos escandaliza
invariablemente.
Hay dos criterios posibles en cuanto al
funcionamiento adecuado de la democracia. Se-gún uno de ellos, las opiniones de
la mayoría deben prevalecer absolutamente en todos los campos. Según el otro,
cuando no es necesaria una decisión común, deben estar representa-das
diferentes opiniones, en proporción a su número. Los resultados prácticos de
estos dos criterios son muy diferentes. De acuerdo con el primer criterio,
cuando la mayoría ha deci-dido en favor de alguna opinión no debe dejarse que
se exprese otra, o, si se expresa, tiene que estar limitada a canales oscuros y
carentes de influencia. Según el otro criterio, las opi-niones minoritarias
deben tener las mismas oportunidades de expresión que se dan a las
ma-yoritarias, sólo que en un grado menor.
Esto se aplica en particular a la enseñanza. El
hombre o la mujer que va a desempeñar un puesto docente oficial no debe ser
obligado a ostentar las opiniones de la mayoría, aun-que, naturalmente, la
mayoría de los maestros lo haría. La uniformidad de opiniones en los maestros
no debe ser buscada, sino, de ser posible, evitada, ya que la diversidad de
opinión entre los preceptores es esencial a cualquier educación sana. Ningún ho
mbre puede pasar por educado cuando sólo ha oído hablar de un aspecto de las cuestiones
que dividen al pú-blico. Una de las cosas más importantes que se debe enseñar
en los establecimientos docen-tes de una democracia es el poder de sopesar
argumentos, y el tener la mente abierta y pre-parada de antemano a aceptar el
argumento que le parezca más razonable. En cuanto se im-pone una censura en las
opiniones que los profesores pueden expresar, la educación deja de realizar sus
fines y tiende a producir, en lugar de una nación de hombres, un rebaño de
fa-náticos. Desde el fin de la Gran Guerra, la gazmoñería fanática ha renacido
hasta hacerse, en una gran parte del mundo, tan virulenta como durante las
guerras de religión. Todos los que se oponen a la discusión libre y tratan de
imponer una censura de las opiniones que afectan a los jóvenes aumentan la
gazmoñería y hunden al mundo en el abismo de la lucha y la intolerancia, del
cual le fueron sacando gradualmente Locke y sus coadjutores.
Hay dos cuestiones que no han sido distinguidas
suficientemente: una es la mejor fo r-ma de gobierno; la otra, las funciones de
gobierno. Yo no dudo de que la democracia es la mejor forma de gobierno, pero
puede descarriarse, como cualquier otra forma, en cuanto a las funciones de
gobierno. Hay ciertos asuntos en los cuales es necesaria la acción común; en
éstos, la acción común tiene que decidirla la mayoría. Hay otros asuntos en los
cuales la decisión común no es necesaria ni deseable. Estos asuntos incluyen la
esfera de opinión. Como hay una tendencia natural en los que ostentan el poder
en ejercitarlo hasta el máxi-mo, es una salvaguardia de la tiranía el que haya
instituciones y organismos que posean, en la práctica o en la teoría, una
cierta independencia ilimitada del Estado. Tal libertad, exis-tente en los
países que derivan sus civilizaciones de Europa, puede ser seguida histórica-
90
mente hasta el conflicto entre la Iglesia y el
Estado en la Edad Media. En el Imperio Bi-zantino, la Iglesia estaba sometida
al Estado, y a esto se debe a la total ausencia de cua l-quier tradición de
libertad en Rusia, cuya civilización derivaba de Constantinopla. En Occi-dente,
la Iglesia Católica y, luego, las diversas sectas protestantes gradualmente
adquirieron ciertas libertades frente al Estado.
La libertad académica, en particular, era
originalmente parte de la libertad de la Jglesia, y por consiguiente sufrió un
eclipse en Inglaterra durante la época de Enrique VIII. En to-dos los estados,
repito, cualquiera que sea la forma de gobierno, la preservación de la
liber-tad exige la existencia de organismos que tengan una cierta independencia
del Estado, y en-tre ellos deben contarse las universidades. En los Estados
Unidos, en la actualidad, hay más libertad académica en las universidades
particulares que en las que nominalmente se hallan bajo la autoridad
democrática, y esto se debe a la difusión del concepto erróneo de las-
fun-ciones adecuadas del gobierno.
III
Los contribuyentes piensan que, ya que pagan los
sueldos de los profesores de unive r-sidad, tienen el derecho a decidir qué
hombres han de enseñar. Este principio, si se aplicara lógicamente,
significaría que todas las ventajas de la educación superior disfrutada por los
profesores de la universidad quedarían anuladas, y que la enseñanza de estos
profesores iba a ser la misma de la que sería si no tuvieran una competencia
especial. «La locura, como un doctor, dictando su ley a la destreza» es una de
las cosas que hizo desear a Shakespeare el reposo de la muerte. Pero la
democracia, tal como la entienden muchos norteamericanos, requiere que dicho
dominio exista en todas las universidades estatales. El ejercicio del po-der es
agradable, especialmente cuando un individuo oscuro lo ejerce sobre uno
encumbra-do. El soldado romano que mató a Arquímedes, si en su juventud se vio
obligado a estudiar geometría, tuvo que experimentar un placer especial al
terminar con la vida de un mal-hechor tan eminente. Un ignorante fanático
norteamericano puede disfrutar el mismo placer al usar el poder democrático
contra los hombres cuyas opiniones no agradan a los incultos.
Hay, quizás, un peligro especial en los abusos
democráticos del poder, a saber, que, como son colectivos, se estimulan
mediante la histeria de la masa. El hombre, con el arte de despertar el
instinto de persecución de la masa, tiene un poder particular para el mal en
una democracia donde el hábito del ejercicio del poder por la mayoría ha
producido la embria-guez y el impulso a la tiranía que el ejercicio de la
autoridad casi invariablemente produce tarde o temprano. Contra este peligro,
la protección principal es una educación sana, desti-nada a combatir las
inclinaciones a las erupciones irracionales de odio colectivo. Dicha educación
es la que desearían dar la mayoría de los profesores de universidad, pero sus
su-periores de la plutocracia y la jerarquía dificultan en todo lo posible que
lleven a cabo su misión. Pues dichos superiores deben su poder a las pasiones
irracionales de las masas, y saben que caerían si se hiciera común el poder del
pensamiento racional. Así el engranaje del poder de la estupidez de abajo y el
amor al poder de arriba paraliza el esfuerzo de los-hombres racionales. Sólo
mediante una mayor cantidad de libertad académica de la que se ha tenido hasta
ahora en los centros docentes de este país puede evitarse este mal. La
perse-cución de las formas impopulares de la inteligencia es un peligro muy
grave para cualquier país, y con frecuencia ha sido la causa de la ruina
nacional. El ejemplo típico es España, donde la expulsión de los judíos y de
los moriscos dio lugar a la decadencia agrícola y a la
91
adopción de un sistema financiero completamente
absurdo. Estas dos caus as, aunque sus efectos quedaron encubiertos al
principio por el poder de Carlos V, fueron las causas prin-cipales de la
decadencia de España desde su posición dominante en Europa. Puede asumirse
igualmente que dichas causas producirán semejantes efectos en Alemania,
últimamente, ya que no en un futuro próximo. En Rusia, donde los mismos males
llevan operando largo tiempo, los efectos se han hecho claramente visibles,
incluso en la incompetencia de la má-quina militar.
Rusia es, por el momento, el ejemplo más perfecto
de un país donde fanáticos ignoran-tes tienen el grado de dominio que tratan de
adquirir en Nueva York. El profesor A. V. Hill cita lo siguiente de la Revista
Astronómica de la Unión Soviética de diciembre de 1938:
1. La
cosmogonía burguesa moderna está en un estado de profunda confusión ideológica,
resultante de su negativa a aceptar el concepto dialéctico-materialista único
verdadero, a saber, la infinitud del universo, tanto con respecto al espacio
como con respecto al tiempo.
2. La
obra hostil de los agentes del fascismo, que han logrado infiltrarse en las
posiciones importantes de ciertos institutos astronómicos y de otras clases,
así como en la prensa, ha dado lugar a la repugnante propaganda de la ideología
burguesa contrarrevolucionaria en la literatura.
3. Las
pocas obras materialistas soviéticas existentes sobre problemas de cosmología
han permanecido aisladas y han sido suprimidas por los enemigos del pueblo,
hasta hace poco.
4. Los
amplios círculos interesados en la ciencia han sido instruidos, a lo sumo, sólo
en un espíritu de indiferencia hacia el aspecto ideológico de las corrientes
teorías cosmológicas bur-guesas...
5. El
exposé de los enemigos del pueblo soviético hace necesario el desarrollo de una
nue-va cosmología materialista soviética...
6. Se
estima necesario que la ciencia soviética entre en la arena científica
internacional llevando sólo realizaciones concretas en las teorías cosmológicas
basadas en nuestra metodolo-gía filosófica.
Sustituyase «soviética» por «norteamericana»,
«fascismo» por «comunismo», «mate-rialismo dialéctico» por «verdad católica» y
se obtendrá un documento que casi podrían suscribir los enemigos de la libertad
académica de esté país.
IV
Hay un aspecto alentador en la situación, y es que
la tiranía de la ma yoría en Estados Unidos, que está lejos de ser nueva, es
probablemente menor de lo que era hace cien años. Cualquiera puede sacar esta
conclusión del libro de De Tocqueville, Lo democracia en América. Mucho de lo
que dice es aún aplicable, pero algunas de sus observaciones no son ya ciertas.
No puedo estar de acuerdo, por ejemplo, en que «en ningún país del mundo
civi-lizado se presta menos atención a la filosofía que en los Estados Unidos».
Pero creo que hay cierta justicia, aunque menos de la que había en la época de
De Tocqueville, en el si-guiente pasaje:
En América, la mayoría levanta barreras formidables
contra la libertad de opinión: dentro de esas barreras, un autor puede escribir
lo que le parece, pero se arrepentirá si da un paso más allá. No es que se vea
expuesto a los terrores de un auto de fe, pero se verá atormentado por los
desaires y las persecuciones de la calumnia diaria. Su carrera política está
cerrada para siempre, ya que ha ofendido a la única autoridad que es capaz de
promover su éxito. Toda clase de com-pensaciones, incluso la celebridad, se le
niegan. Antes de publicar sus opiniones, imaginaba que
92
las ostenta en común con muchos otros; pero apenas
las ha declarado abiertamente, se ve censu-rado por sus potentes enemigos,
mientras que los que piensan como él, sin tener el valor de ex-presar sus
pensamientos en alta voz, le abandonan en silencio. Finalmente, cede, abrumado
por los esfuerzos diarios que ha estado haciendo, y cae en el silencio, como si
le atormentasen los remordimientos de haber dicho la verdad.
Creo que hay que reconocer también que De
Tocqueville tiene razón en lo que dice acerca del poder de la sociedad sobre el
individuo en una democracia.
Cuando el habitante de un país democrático se
compara individualmente con los que tiene a su alrededor, siente orgullo de ser
igual que ellos; pero cuando estudia la totalidad de sus con-ciudadanos, y se
coloca en contraste con un cuerpo tan inmenso, queda instantáneamente abru-mado
por el sentimiento de su propia debilidad e insignificancia. La misma cualidad
que le hace independiente de cada uno de sus conciudadanos separadamente, la
expone solo e inerme a la influencia del mayor numero. Por lo tanto, el público
tiene un singular poder en un pueblo de-mocrático, un poder inconcebible para
las naciones aristocráticas; pues no sólo convence de ciertas opiniones, sino
que las impone, y las inculca en las facultades, mediante la enorme pre - sión
de las mentes de todos sobre la razón de cada uno.
La disminución de la estatura del individuo como
consecuencia de la inmensidad del Leviatán ha crecido, desde los tiempos de De
Tocqueville, enormemente, no sólo, ni de modo principal, en los países
democráticos. Es una amenaza muy seria para el mundo de la civilización
occidental y, probablemente, si no se le pone freno, traerá consigo el fin del
progreso intelectual. Pues todo progreso intelectual serio depende de una
cierta clase de in-dependencia de la opinión, cosa que no puede existir donde
la voluntad de la mayoría está tratada con esa especie de respeto religioso que
el ortodoxo concede a la voluntad de Dios. El respeto por la voluntad de la
mayoría es más dañino que el respeto por la voluntad de Dios, porque la
voluntad de la mayoría puede ser averiguada. Hace unos cua renta años, en la
ciudad de Durban, un miembro de la Flat Earth Society (Sociedad de la Tierra
Plana) de-safió al mundo a un debate público. El desafío fue recogido por un
capitán de barco cuyo solo argumento en favor de la redondez de la tierra era
que él la había recorrido. Este argu-mento, claro está, fue fácilmente
desechado, y el propagandista de la Tierra Plana obtuvo dos tercios de mayoría.
Una vez declarada así la voz del pueblo, el verdadero demócrata debe sacar en
conclusión que en Durban la tierra es plana. Espero que desde entonces nadie
pueda enseñar en las escuelas públicas de Durban (creo que allí no hay
universidad), a me-nos que suscriba la declaración de que la redondez de la
tierra es un dogma infiel destinado a fomentar el comunismo y la destrucción de
la familia. En cua nto a esto, mis informes son deficientes.
La sabiduría colectiva, desdichadamente, no es un
sustituto adecuado de la inteligencia de los individuos. Los que se oponen a
las opiniones que reciben han sido la causa de todo progreso tanto moral como
intelectual. Han sido impopulares, naturalmente. Sócrates, Cris-to y Galileo
incurrieron igualmente en la censura de los ortodoxos. Pero antes la maquinaria
de la supresión era mucho menos eficientes de lo que es en nuestros días, y el
herético, aun ejecutado, obtenía la publicidad adecuada. La sangre de los
mártires fue la semilla de la Iglesia, pero esto no es ya así en un país como
Alemania moderna, donde el martirio es se-creto y no hay medios para difundir
la doctrina del mártir.
Los enemigos de la libertad académica, si se
salieran con la suya, reducirían este país al nivel de Alemania, con respecto a
la promulgación de las doctrinas que reprueban. Susti-tuirían con la tiranía
organizada el pensamiento individual; proscribirían todo lo nuevo;
93
harían que la comunidad se osificara; y al final
producirían una serie de generaciones que pasarían del nacimiento a la muerte
sin dejar huellas en la historia de la humanidad. A al-gunos puede parecerles
que lo que exigen ahora no es una cosa grave. ¿Qué importancia tiene, se podrá
decir, la libertad académica en un mundo destrozado por la guerra, atorme
n-tado por las persecuciones, y lleno de campos de concentración para los que
no quieren ser cómplices de la iniquidad? En comparación con estas cosas, reconozco
que la libertad aca-démica no es un asunto de primera magnitud. Pero forma
parte de la misma batalla. Recor-demos que lo que está en juego, tanto en lo
grande como en lo chico, es la libertad del espí-ritu humano individual para
expresar sus creencias y esperanzas con respecto a la humani-dad, ya sean éstas
compartidas por muchos, por pocos o por ninguno. Las nuevas esperan-zas, las
nuevas creencias y los nuevos pensamientos son siempre necesarios a la
humani-dad, y no puede esperarse que surjan de una absoluta uniformidad.
94
13.- LA EXISTENCIA DE DIOS
UN DEBATE ENTRE BERTRAND RUSSELL Y EL PADRE F.C.
COPLESTON, S.J. 20
COPLESTON: Como vamos a discutir aquí la existencia
de Dios, quizás sería convenien-te llegar a un acuerdo provisional en cuanto a
lo que entendemos por el término «Dios». Presumo que entendemos un ser personal
supremo, distinto del mundo y creador del mun-do. ¿Está de acuerdo, al menos
provisionalmente, en aceptar esta declaración como el signi-ficado de la
palabra «Dios»?
RUSSELL: Sí, acepto esa definición.
COPLESTON: Bien, mi posición es la posición
afirmativa de que tal ser existe realmente y que Su existencia puede ser
probada filosóficamente. Quizás podría decirme si su posi-ción es la del
agnosticismo o el ateísmo. ¿Quiero decir, cree que puede probarse la no
exis-tencia de Dios?
RUSSELL: No, yo no digo eso: mi posición es
agnóstica.
COPLESTON: ¿Está de acuerdo conmigo en que el
problema de Dios es un problema de gran importancia? Por ejemplo, ¿está de
acuerdo en que si Dios no existe, los seres huma-nos y la historia humana
pueden no tener otro fin que el fin que ellos decidan elegir, lo cual, en la
práctica, significaría el fin que impusieran los que tienen el poder de
imponerlo?
RUSSELL: Hablando en sentido general sí, aunque
tendría que poner alguna limitación en su última cláusula.
COPLESTON: ¿Cree que si no hay Dios, si no hay un
Ser absoluto, puede haber valores absolutos? Quiero decir, ¿cree que, si no hay
un bien absoluto, el resultado es la relatividad de los valores?
RUSSELL: No, creo que esas cuestiones son
lógicamente distintas. Tome, por ejemplo, la obra de G. E. Moore, Principia
Ethica, donde sostiene que hay una distinción entre el bien y el mal, que ambas
cosas son conceptos definidos. Pero no trae la idea de Dios en apoyo de su
afirmación.
COPLESTON: Bueno, dejemos para más tarde la
cuestión del bien, hasta que lleguemos al argumento moral, y antes daré un
argumento metafísico. Querría destacar principalmente el argumento metafísico
basado en el argumento de Leibniz de la «Contingencia», y luego discutiremos el
argumento moral. ¿Quiere que haga una breve declaración sobre el argu-mento
metafísico, y luego pasemos a discutirlo?
RUSSELL: Ese me parece un plan muy bueno.
EL ARGUMENTO DE LA CONTINGENCIA
COPLESTON: Bien, para aclarar, dividiré el
argumento en fases distintas. Primeramente, diría, sabemos que hay, al menos,
ciertos seres en el mundo que no contienen en sí mismos la razón de su
existencia. Por ejemplo, yo dependo de mis padres, y ahora del aire, del ali-
20 Este
debate fue transmitido originalmente en 1948 en el Tercer Programa de la B.B.C.
Fue publicado en Humanitas en el otoño de 194S y ha sido reproducido aquí
gracias al permiso del Padre Copleston.
95
mento, etc. Segundo, el mundo es simplemente la
totalidad o el conjunto real o imaginado de objetos individuales, ninguno de
los cuales contiene solo en sí mismo la razón de su existencia. No hay ningún
mundo distinto de los objetos que lo forman, así como la raza humana no es algo
aparte de sus miembros. Por lo tanto, diría ya que existen los objetos y los
acontecimientos, y como ningún objeto de experiencia contiene dentro de sí
mismo la razón de su existencia, esta razón, la totalidad de los objetos, tiene
que tener una razón fue-ra de sí misma. Esa razón tiene que ser un ser
existente. Bien, ese ser es la razón de su pro-pia existencia o no lo es. Si lo
es, enhorabuena. Si no lo es, tenemos que seguir adelante. Pero si procedemos
en este sentido hasta el infinito, entonces no hay explicación de la
exis-tencia. Así, diría, con el fin de explicar la existencia, tenemos que
llegar a un ser que con-tiene en sí mismo la razón de su existencia, es decir,
que no puede no existir.
RUSSELL: Eso presenta muchas cuestiones y no es del
todo fácil saber por dónde empe-zar, pero creo que, quizás, al responder a su
argumento, el mejor modo de empezar es la cuestión del ser necesario. La
palabra «necesario», a mi entender, sólo puede aplicarse sig-nificativamente a
las proposiciones. Y, en realidad, sólo a las ana líticas, es decir, a las
pro-posiciones cuya negación supone una contradicción manifiesta. Yo sólo
podría admitir un ser necesario si hubiera un ser cuya existencia sólo puede negarse
mediante una contradic-ción manifiesta. Querría saber si usted acepta la
división de Leibniz de las proposiciones en verdades de razón y verdades de
hecho. Si acepta las primeras, las verdades de razón, como necesarias.
COPLESTON: Bien, yo, desde luego, no suscribo lo
que parece ser la idea de Leibniz acerca de las verdades de razón y las
verdades de hecho, ya que al parecer, para él, a la lar-ga, sólo habría
proposiciones analíticas. Al parecer, para Leibniz, las verdades de hecho son
últimamente reducibles a verdades de razón. Es decir, a proposiciones
analíticas, al menos para la mente omnisciente. Yo no estoy de acuerdo con eso.
Por un lado, no está de acuerdo con los requerimientos de la experiencia de la
libertad. Yo no deseo mantener toda la filo-sofía de Leibniz. Me he valido de
su argumento del ser contingente al ser necesario, basan-do el argumento en el
principio de la razón suficiente, simplemente porque me parece una formulación
breve y clara de lo que es, en mi opinión, el argumento metafísico fundamental
de la existencia de Dios.
RUSSELL: Pero, a mi entender, «una proposición
necesaria» tiene que ser analítica. No veo qué otra cosa puede ser. Y las
proposiciones analíticas son siempre complejas y lógi-camente algo tardías.
«Los animales irracionales son animales» es una proposición analíti-ca; pero
una proposición como «Éste es un animal» no puede ser nunca analítica. En
reali-dad, todas las proposiciones que pueden ser analíticas son un poco
tardías en la construc-ción de proposiciones.
COPLESTON : Tomemos la proposición «Si hay un ser
contingente, entonces hay un ser necesario». Considero que esa proposición,
hipotéticamente expresada, es una proposición necesaria. Si va a llamar
proposición analítica a toda proposición necesaria, entonces, para evitar una
disputa de terminología, convendré en llamarla analítica, aunque no la
considero una proposición tautológica. Pero la proposición es sólo una
proposición necesaria en el supuesto de que exista un ser contingente. El que
exista realmente un ser contingente tiene que ser descubierto por experiencia,
y la proposición de que existe un ser contingente no es ciertamente una
proposición analítica, aunque, como usted sabe, yo una vez sostuve que, si hay
un ser contingente, necesariamente hay un ser necesario.
RUSSELL: La dificultad de esta discusión está en
que yo no admito la idea de un ser ne-cesario, y no admito que haya ningún
significado particular en llamar «contingentes» a
96
otros seres. Estas frases no tienen para mí
Significado más que dentro de una lógica que yo rechazo.
COPLESTON: ¿Quiere decir que rechaza estos términos
porque no encajan en lo que se llama «lógica moderna»?
RUSSELL: Bien, no les encuentro significación. La
palabra «necesario» me parece una palabra inútil, excepto cuando se aplica a
proposiciones analíticas, no a cosas.
COPLESTON: En primer lugar, ¿qué entiend e por
«lógica moderna»? Que yo sepa, hay algunos sistemas un poco diferentes. En
segundo lugar, no todos los lógicos modernos re-conocen seguramente la falta de
sentido de la metafísica. De todos modos, ambos sabemos que hay un pensador
moderno muy eminente, que conocía profundamente la lógica moder-na, que no
pensaba ciertamente que la metafísica carece de sentido o, en particular, que
el problema de Dios carece de sentido. De nuevo, aunque todos los lógicos modernos
sostu-vieran que los términos metafísicos carecen de sentido, esto no significa
que tengan razón. La proposición de que los términos metafísicos carecen de
sentido me parece una proposi-ción basada en una filosofía supuesta. La
proposición dogmática que hay detrás de ella pa-rece ser ésta: lo que no cabe
dentro de mi máquina no existe, o carece de sentido; es la ex-presión de la
emoción. Sencillamente, estoy tratando de destacar que cualquiera que diga que
un sistema particular de lógica moderna es el único criterio sensato dice algo
• super-dogmático; insiste dogmáticamente en que una parte de la filosofía es
toda la filosofía. Después de todo, un ser «contingente» es un ser que no
tienen en sí mismo la completa ra-zón de su existencia, que es lo que yo
entiendo por ser contingente. Usted sabe, tan bien como yo, que no puede ser
explicada la existencia de ninguno de nosotros sin referencia a algo o alguien
fuera de nosotros, nuestros padres, por ejemplo. Por el contrario, un ser
«ne-cesario» significa un ser que tiene que existir y no puede dejar de
existir. Puede decir que no existe tal ser, pero le va a ser difícil
convencerme de que no entiende los términos que uso. Si no los entiende, ¿qué
títulos tiene entonces para decir que no existe ese ser, si es eso lo que dice?
RUSSELL: Bien, aquí hay puntos en los que no
intento profundizar. No sostengo que la metafísica carezca de sentido en
general o en su totalidad. Sostengo la falta de sentido de ciertos términos
particulares, no basándome en alguna razón general, sino simplemente porque no
he podido ver, una interpretación de esos términos particulares. No es un dogma
general; es una cosa particular. Pero, por el momento, dejo esos puntos. Y diré
que lo que ha dicho nos lleva, a mi entender, al argumento ontológico de que hay
un ser cuya esencia implica existencia, de forma que Su existencia es
analítica. A mí eso me parece imposible, y presenta, claro está, la cuestión de
lo que uno entiende por existencia, y, en cuanto a esto, pienso que no puede
decirse nunca que un sujeto nombrado existe significativamente, sino sólo un
sujeto descrito. Y que la existencia, en realidad, no es, definitivamente, un
predica-do.
COPLESTON: Bien, usted dice, a mi entender, que es
mala gramática o, mejor dicho, ma-la sintaxis el decir, por ejemplo «T. S.
Eliot existe»; debería decirse, por ejemplo, «El autor de Asesinato en la
Catedral existe». ¿Va a decir que la proposición «La causa del mundo existe»
carece de significado? Puede decir que el mundo no tiene causa; pero yo no veo
cómo puede decir que la proposición «La causa del mundo existe» carece de
sentido. Pón-galo en forma de pregunta: «¿Tiene el mundo una causa?» «¿ Existe
la causa del mundo?» La mayoría de la gente entendería seguramente la pregunta,
aun cuando no estén de acuer-do acerca de la respuesta.
RUSSELL: Bien, ciertamente la pregunta «¿Existe la
causa del mundo?» es una cuestión
97
con significado. Pero si dice «Sí, Dios es la causa
del mundo», emplea a Dios como nombre propio; luego «Dios existe» no será una
afirmación con significado; esa es la proposición que yo mantengo. Porque, por
lo tanto, se deduce que no puede nunca ser una proposición analítica decir que
esto o aquello existe. Por ejemplo, supongamos que toma como tema «el círculo
cuadrado existente»; parecería una proposición analítica decir «el círculo
cuadrado existente existe», pero no existe.
COPLESTON: No, no es así, pero no se puede decir
que no existe hasta que se tenga un concepto de lo que es la existencia. En
cuánto a la frase «círculo cuadrado existente» yo diría que carece
absolutamente de significado.
RUSSELL: Completamente de acuerdo. Entonces yo
diría lo mismo en otro contexto con referencia a un «ser necesario».
COPLESTON: Bien, parece que hemos llegado a un
callejón sin salida. El decir que un ser necesario es un ser que tiene que
existir y no puede dejar de existir tiene para mí un sig-nificado definido.
Para usted carece de significado.
RUSSELL: Bien, podemos llevar el asunto un poco más
adelante, a mi entender. Un ser que tiene que existir y que no puede dejar de
existir sería, según usted, un ser cuya esencia supone existencia.
COPLESTON: Sí, un ser que es la esencia de lo que
ha de existir. Pero yo no querría dis-cutir la existencia de Dios simplemente
partiendo de la idea de Su esencia, porque no creo que hasta ahora tengamos una
clara intuición de la esencia de Dios. Creo que tenemos que discutir partiendo
de la experiencia del mundo hasta Dios.
RUSSELL: Sí, veo claramente la distinción. Pero, al
mismo tiempo, un ser con el cono-cimiento suficiente podía decir «¡Aquí está
este ser cuya esencia supone existencia!»
COPLESTON: Sí, ciertamente, si alguien viera a
Dios, vería que Dios tiene que existir.
RUSSELL: Por eso digo que hay un ser cuya esencia
supone existencia aunque no cono-cemos esa esencia. Sólo sabemos que existe ese
ser.
COPLESTON: Sí, yo añadiría que no conocemos la
esencia a priori. Sólo a posteriori, a través de nuestra experiencia del mundo,
llegamos a un conocimiento de la existencia de ese ser. Y entonces, uno dice,
la esencia y la existencia tienen que ser idénticas. Porque si la esencia de
Dios y la existencia de Dios no son idénticas, entonces habría que buscar más
allá de Dios alguna razón suficiente de esta existencia.
RUSSELL: Luego, todo gira en torno a la cuestión de
la razón suficiente y tengo que de-clarar que no me ha definido aún la «razón
suficiente» de un modo que yo pueda compren-der. ¿Qué entiende por razón
suficiente? ¿No quiere decir causa?
COPLESTON: Necesariamente no. La causa es una
especie de razón suficiente. Sólo un ser contingente puede tener una causa.
Dios es Su propia razón suficiente; y Él no es la cau-sa de Sí. Por razón
suficiente, en su pleno sentido, entiendo una explicación adecuada de la
existencia de algún ser particular.
RUSSELL: Pero ¿cuándo es adecuada una explicación?
Supongamos que yo me dispon-go a encender un fósforo. Usted puede decir que la
explicación suficiente es que lo frote sobre la caja.
COPLESTON: Bien, para fines prácticos, sí, pero
teóricamente esa es sólo una explica-ción parcial. Una explicación adecuada
tiene que ser últimamente una exp licación total, a la cual no se puede añadir
nada más.
RUSSELL: Entonces sólo puedo decir que usted busca
algo que no se puede obtener, y que no debemos esperar obtener.
COPLESTON: El decir que no se ha hallado es una
cosa; el decir que no debe buscarse
98
me parece demasiado dogmático.
RUSSELL: Bien, no lo sé. Quiero decir que la
explicación de una cosa es otra cosa que hace la otra cosa dependiente de otra
cosa aún, y que hay que captar todo este lamentable sistema de cosas para hacer
lo que usted quiere, y eso no lo podemos hacer.
COPLESTON: ¿Pero va a decir que no podemos o que no
deberíamos siquiera presentar la cuestión de la existencia de esta lamentable
serie de cosas... de todo el universo?
RUSSELL: Sí. No creo que tenga ningún sentido. Creo
que la palabra «universo» es una palabra útil con relación a algo, pero no creo
que represente algo que tenga un significado.
COPLESTON: Si la palabra carece de significado, no
puede ser tan útil. En cualquier ca-so, no digo que el universo es algo
distinto de los objetos que los componen (ya lo indiqué en mi breve resumen de
la prueba); lo que hago es buscar la razón, en este caso la causa, de los
objetos, cuya totalidad real o imaginada constituye lo que llamamos el
universo. ¿Usted dice: yo creo que el universo —o mi existencia si lo prefiere,
o cualquier otra existencia— es ininteligible?
RUSSELL: Primero voy a rebatir el punto de que si
una palabra carece de sentido no puede ser útil. Eso suena bien, pero no es
verdad. Tomemos, por ejemplo, la palabra «el» o «que». Usted no puede indicar
ningún objeto con esas palabras, pero son muy útiles; yo di-ría lo mismo del
«universo». Pero dejando eso, usted pregunta si considero que el universo es
ininteligible. Yo no diría ininteligible; creo que es sin explicación.
Inteligible para mí es una cosa diferente. Se refiere a la cosa en sí, intrínsecamente,
y no a sus relaciones.
COPLESTON: Bien, mi criterio es que lo que llamamos
el mundo es intrínsecamente in-inteligible, aparte de la existencia de Dios.
Verá, yo no creo que la infinidad de las series de acontecimientos —me refiero
a una serie horizontal, por así decirlo—, si tal infinidad pu-diera ser
probada, tendría alguna pertinencia con la situación. Si adiciona chocolates,
ob-tendrá chocolates y no una oveja. Si adiciona chocolates hasta el infinito,
es de presumir que obtendrá un número infinito de chocolates. Así, si suma seres
contingentes hasta el in-finito, seguirá obteniendo seres contingentes, no un
ser necesario. Una serie infinita de se-res contingentes será, de acuerdo con
mi modo de pensar, igualmente incapaz de ser su cau-sa, como un solo ser
contingente. Sin embargo, usted dice, según creo, que no se puede plantear la
cuestión de lo que explicaría la existencia de cualquier objeto particular,
;,no es así?
RUSSELL: Está bien, si entiende que explicarla es
simplemente hallar la causa de él.
COPLESTON: Bien, ¿por qué detenernos en un objeto
particular? ¿Por qué no presentar la cuestión de la causa de la existencia de
todos los objetos particulares?
RUSSELL: Porque no veo la razón de pensar que la
hay. Todo el concepto de causa está derivado de nuestra observación de cosas
particulares; no veo ninguna razón para suponer que el total tenga una causa,
cualquiera que sea.
COPLESTON: Bien, el decir que no hay causa no es lo
mismo que decir que no debemos buscar una causa. La declaración de que no hay
causa debería venir, si viene, al final de la encuesta, no al principio. En
todo caso, si el total carece de causa, entonces, a mi modo de pensar, tiene
que ser su propia causa, lo que me parece imposible. Además, la declaración de
que el mundo existe, aunque sólo sea como respuesta a una pregunta, presupone
que la pregunta tiene sentido.
RUSSELL: No, no necesita ser su propia causa; lo
que digo es que el concepto de causa no es aplicable al total.
COPLESTON: Entonces, ¿está de acuerdo con Sartre en
que el universo es lo que llama «gratuito»?
99
RUSSELL: Bien, la palabra «gratuito» sugiere que
podría haber algo más; yo digo que el universo existe simplemente, eso es todo.
COPLESTON: Bien, no comprendo cómo suprime la
legitimidad del preguntar cómo el total, o cualquiera de las partes, ha
adquirido existencia. ¿Por qué algo, más bien que nada? El hecho de obtener
nuestro conocimiento de la causalidad empíricamente de causas parti-culares, no
excluye la posibilidad de preguntar cuál es la causa de la serie. Si la palabra
«causa» careciera de sentido, o si pudiera demostrarse que el criterio de Kant
acerca de la materia era el verdadero, la pregunta sería ilegítima; pero usted no
parece sostener que la palabra «causa» carece de sentido, ni supongo que sea
kantiano.
RUSSELL: Puedo ilustrar lo que a mi parecer es una
falacia suya. Todo hombre existente tiene una madre y me parece que su
argumento es que, por lo tanto, la raza humana tiene una madre, pero
evidentemente la raza humana no tiene una madre: esa es una esfera lógica
diferente.
COPLESTON: Bien, realmente no veo ninguna paridad.
Si dijera «todo objeto tiene una causa fenomenal; por lo tanto, toda la serie
tiene una causa fenomenal», habría una paridad; pero no digo eso; digo todo
objeto tiene una causa fenomenal si insiste en la infinidad de la serie, pero
la serie de causas fenomenales es una explicación insuficiente de la serie. Por
lo tanto, la serie tiene, no una causa fenomenal, sino una causa trascendente.
RUSSELL: Eso es presuponiendo siempre que no sólo
cada cosa particular del mundo si-no el mundo en total tiene que tener una
causa. No veo la razón para esa suposición. Si us-ted me la da, le escucharé.
COPLESTON: Bien, la serie de acontecimientos está
causada o no está causada. Si lo es-tá, tiene que haber, evidentemente, una
causa fuera de la serie. Si no tiene causa, entonces es suficiente por sí
misma, y si lo es, es lo que yo llamo necesaria. Pero no puede ser nece-saria
ya que cada miembro es contingente, y hemos convenido en que el total no tiene
rea-lidad aparte de sus miembros, y por lo tanto no puede ser necesario. Por lo
tanto, no puede carecer de causa y tiene que tener una causa. Y me gustaría
observar, de pasada, que la afirmación «el mundo existe sencillamente y es
inexplicable» no puede ser producto del análisis lógico.
RUSSELL: No quiero parecer arrogante, pero me
parece que puedo concebir cosas que usted dice que la mente humana no puede
concebir. En cuanto a que las cosas no tengan causa, los físicos nos aseguran
que la transición del cuántum individual de los átomos care-ce de causa.
COPLESTON: Bien, yo me pregunto si eso no es
simplemente una inferencia transitoria.
RUSSELL: Puede ser, pero demuestra que las mentes
de los físicos pueden concebirlo.
COPLESTON: Sí, convengo en que algunos científicos
—los físicos— están dispuestos a permitir la indeterminación dentro de un campo
restringido. Pero hay muchos científicos que no están tan dispuestos. Creo que
el profesor Dinele, de la Universidad de Londres, sostiene que el principio de
la inseguridad de Heisenberg nos dice algo acerca del éxito (o de la falta de
él) de la presente teoría atómica en establecer la correlación de las
observa-ciones, pero no acerca de la naturaleza en sí, y muchos físicos comparten
este criterio. Sea como fuere, no comprendo cómo los físicos pueden no aceptar
la teoría, en la práctica, aun-que no lo hagan en teoría. No comprendo cómo
puede hacerse ciencia, si no es basándose en la suposición del orden y la
inteligibilidad de la naturaleza. El físico presupone, al me-nos tácitamente,
que tiene cierto sentido el investigar la naturaleza y buscar las causas de los
acontecimientos, como el detective presupone que tiene un sentido el buscar la
causa de un asesinato. El metafísico supone que tiene sentido el buscar la
razón o la causa de los fe-
100
nómenos y, como no soy kantiano, considero que el
metafísico está tan justificado en su suposición como el físico. Cuando Sartre,
por ejemplo, dice que el mundo es gratuito, creo que no ha considerado
suficientemente lo que se implica por «gratuito».
RUSSELL: Creo... me parece una extensión
injustificada; un físico busca causas; eso no significa necesariamente que hay
causas por todas partes. Un hombre puede buscar oro sin suponer que hay oro en
todas partes; si encuentra oro, enhorabuena; si no lo halla mala suerte. Lo
mismo ocurre cuando los físicos buscan causas. En cuanto a Sartre, no profeso
el saber lo que quiere decir, y no querría que pensasen que lo interpreto,
pero, por mi parte, creo que la noción de que el mundo tenga una explicación es
un error. No veo por qué uno debe esperar que la tenga, y creo que lo que dice
acerca de lo que el científico supone es una afirmación excesiva.
COPLESTON: Bien, me parece que el científico hace
ciertas suposiciones. Cuando expe-rimenta para averiguar alguna verdad
particular, detrás del experimento está la suposición de que el universo no es
simplemente discontinuo. Está la posibilidad de averiguar una ver-dad mediante
el experimento. El experimento puede ser malo, puede no tener resultado, o no
el resultado deseado, pero, de todas maneras, existe la posibilidad, mediante
el experi-mento, de hallar la verdad que supone. Y esto me parece que presupone
un universo orde-nado e inteligible.
RUSSELL: Creo que está generalizando más de lo
necesario. Indudablemente el científi-co supone que eso va a hallarse
probablemente y con frecuencia es así. No supone que se hallará y ese es un
asunto muy importante en la física moderna.
COPLESTON: Bien, creo que lo supone, o está
obligado a suponerlo tácitamente, en la práctica. Puede ocurrir, citando al
profesor Haldane que «cuando enciendo un gas bajo la marmita, parte de las
moléculas del agua se evaporarán, y no hay modo de averiguar cuáles de ellas
serán», pero no hay que pensar necesariamente que la idea de la casualidad
tiene que ser introducida excepto en relación con nuestro conocimiento.
RUSSELL: No, no es así, al menos si puedo creer lo
que dice. Descubre muchas cosas el científico; descubre muc has cosas que están
sucediendo en el mundo, que son, al principio, comienzos de cadenas causales,
primeras causas que no tienen causa en sí mismas. No su-pone que todo tiene una
causa.
COPLESTON: Seguramente hay una primera causa dentro
de un cierto campo elegido. Es una primera causa relativa.
RUSSELL: No creo que diga eso. Si existe un mundo
en el cual la mayoría de los aconte-cimientos, pero no todos, tienen causas, el
científico podrá describir las probabilidades e incertidumbres suponiendo que
este acontecimiento particular en que uno está interesado, probablemente tiene
una causa. Y como, en cualquier caso, no se tiene más que la probabi-lidad, con
eso basta.
COPLESTON: Puede ocurrir que el científico no
espere obtener más que la probabilidad, pero, al plantear la cuestión, supone
que la cuestión de la explicación tiene un significado. Pero su criterio
general es, entonces, Lord Russell, que no es legítimo ni plantear la cues-tión
de la causa del mundo, ¿no es así?
RUSSELL: Sí, esa es mi posición.
COPLESTON: Si esa cuestión carece para usted de
significado, es, claro está, muy difícil discutirla, ¿no es cierto?
RUSSELL: Sí, es muy difícil. ¿Qué le parece, si
pasásemos a otros problemas?
101
LA EXPERIENCIA RELIGIOSA
COPLESTON: Muy bien. Voy a decir unas palabras
acerca de la experiencia religiosa, y luego pasaremos a la experiencia moral.
Yo no considero la experiencia religiosa como una prueba estricta de la
existencia de Dios, por lo cual el carácter de la discusión cambia un poco,
pero creo que puede decirse que la mejor explicación de ella es la existencia
de Dios. Por experiencia religiosa yo no entiendo simplemente el bienestar.
Entiendo la conciencia amante, aunque oscura, de un objeto que
irresistiblemente parece al sujeto de la experiencia algo que le trasciende,
algo que trasciende todos los objetos normales de experiencia, algo que no
puede ser imaginado, ni conceptualizado, pero cuya realidad es indudable, al
menos durante la experiencia. Yo afirmaría que no puede explicarse
adecuadamente y sin resid uo; sólo subjetivamente. La experiencia básica real,
de todos modos, se explica con toda facili-dad mediante la hipótesis de que hay
realmente alguna causa objetiva de esa experiencia.
RUSSELL: Yo respondería a esa argumentación que
todo el argumento procedente de nuestros estados mentales con respecto a algo
fuera de nosotros es un asunto muy peligro-so. Aun cuando todos admitimos su
validez, sólo nos sentimos justificados en hacerlo, a mi entender, a causa del
consenso de la humanidad. Si hay una multitud en una habitación y en la
habitación hay un reloj, todos pueden ver el reloj. El hecho de que todos
puedan verlo tiende a hacerles pensar que no se trata de una alucinación:
mientras que esas experiencias religiosas tienden a ser muy particulares.
COPLESTON: Si, así es. Hablo estrictamente de la
experiencia mística pura, y ciertamen-te no incluyo lo que se llaman visiones.
Me refiero sencillamente a la experiencia, y admito plenamente que es
indefinible, del objeto trascendente o de lo que parece ser un objeto
tras-cendente. Recuerdo que Julián Huxley dijo en una conferencia que la
experiencia religiosa, o la experiencia mística, es una experiencia tan real
como el enamorarse o el apreciar la poesía y el arte. Bien, yo creo que cuando
apreciamos la poesía y el arte apreciamos poe-mas definidos o una definida obra
de arte. Si nos enamoramos, nos enamoramos de alguien, no de nadie.
RUSSELL: Voy a interrumpirle un momento. Eso no
ocurre siempre así. Los novelistas japoneses nunca creen que han tenido un
éxito hasta que gran cantidad de seres reales se han suicidado por el amor de
la heroína imaginaria.
COPLESTON: Bien, le creo en lo que dice que sucede
en el Japón. Me congratulo al de-clarar que no me he suicidado, pero me vi
fuertemente influido en dos importantes pasos de mi vida por dos biografías.
Sin embargo, debo declarar que hallo poca semejanza entre la influencia real de
esos libros sobre mí, y la experiencia mística pura, hasta el punto, entié
n-dase, en que un extraño puede tener una idea de tal experiencia.
RUSSELL: Bien, yo quiero decir que no debemos mirar
a Dios en el mismo nivel que los personajes de una obra de ficción. ¿Reconocerá
que aquí hay una distinción?
COPLESTON: Desde luego. Pero lo que yo diría es que
la mejor explicación parece ser la explicación que no es puramente
subjetivista. Claro que una explicación subjetivista es po-sible en el caso de
cierta gente, en la que hay poca relación entre la experiencia y la vida, como
en el caso de los alucinados, etc. Pero cuando se llega al tipo puro, como por
ejemplo San Francisco de Asís, cuando se obtiene una experiencia cuyo resultado
es un desborda-miento de amor creador y dinámico, la mejor explicación, a mi
parecer, es la existencia real de una causa objetiva de la experiencia.
RUSSELL: Bien, yo no afirmo dogmáticamente que no
hay Dios. Lo que sostengo es que
102
no sabemos que lo haya. Yo sólo puedo tomar lo que
se registra, y encuentro que se regis-tran muchas cosas, pero estoy seguro de
que Usted no acepta lo que se dice acerca de los demonios, etc., aunque todas
esas cosas se afirman exactamente con el mismo tono de voz y con la misma
convicción. Y el místico, si su visión es verídica, puede decir que él sabe que
existen los demonios. Pero yo no sé que los haya.
COPLESTON: Seguramente en el caso de los demonios
ha habido gente que ha hablado principalmente de visiones, apariciones, ángeles
o diablos, etcétera. Yo excluiría las apari-ciones visuales porque pueden ser
explicadas con independencia de la existencia del sujeto supuestamente visto.
RUSSELL: Pero ¿no cree que hay suficientes casos
registrados de gentes que creen que han oído a Satán que les hablaba en el
corazón, del mismo modo que los místicos afirman a Dios? Y ahora no hablo de
una visión exterior, hablo de una experiencia puramente mental. Esa parece ser
una experiencia de la misma clase que la experiencia de Dios de los místi-cos,
y no veo cómo, por lo que nos dicen los místicos, se pueda tener ningún
argumento en favor de Satán.
COPLESTON: Estoy completamente de acuerdo en que
hay gente que ha imaginado o pensado que ha visto u oído a Satán. Y de pasada,
yo no tengo el menor deseo de negar la existencia de Satán. Pero no creo que la
gente ha afirmado haber experimentado a Satán, del modo preciso en que los
místicos afirman haber experimentado a Dios. Tomemos el ca-so de Plotino, que
no era cristiano. Éste admite la experiencia de algo inexpresable, el obje-to
es un objeto de amor, y por lo tanto no un objeto que causa horror y disgusto.
Y el efecto de esa experiencia está, diría, apoyado o, mejor dic ho, la validez
de la experiencia está apo-yada en las crónicas de la vida de Plotino. De todas
maneras, es más razonable suponer que tuvo esa experiencia, si hemos de aceptar
el relato de Porfirio acerca de la bondad general y benevolencia de Plotino.
RUSSELL: El hecho de que una creencia tenga un buen
efecto moral sobre un hombre no constituye ninguna evidencia en favor de su
verdad.
COPLESTON: No, pero si pudiera probarse realmente
que la creencia era realmente la causa de un buen efecto en la vida de un
hombre, la consideraría una presunción en favor de alguna verdad; en todo caso,
de la parte positiva de la creencia, no de su entera validez. Pero, sea como
fuere, uso el carácter de la vida como prueba en favor de la veracidad y la
sanidad del místico más que como prueba de la verdad de sus creencias.
RUSSELL: Pero incluso eso no lo considero como
prueba. Yo he tenido experiencias que han alterado mi carácter profundamente. Y
de todas maneras, en aquel momento pensé que fue alterado para bien. Aquellas
experiencias eran importantes, pero no suponían la existen-cia de algo fuera de
mí, y no creo que, si yo pensase que la suponían, el hecho de que tuvie-ran un
efecto saludable constituiría una prueba de que yo tenía razón.
COPLESTON: No, pero creo que el buen efecto
atestiguaría su veracidad en la descrip-ción de la experiencia. Por favor,
recuerde que no estoy diciendo que la mediación de un místico o su
interpretación de su experiencia deberían estar inmunes de crítica o discusión.
RUSSELL: Evidentemente, el carácter de un joven
puede estar, y con frecuencia está, inmensamente afectado para bien por las
lecturas acerca de un gran hombre de la historia, y puede ocurrir que el gran
hombre sea un mito y no exista, pero el muchacho queda tan afec-tado para bien
como si existiera. Ha habido gente así. En las Vidas de Plutarco está el
ejemplo de Licurgo, que no existió ciertamente, pero se puede quedar muy
influido leyendo cosas sobre Licurgo bajo la impresión de que ha existido.
Entonces uno habrá tenido la in-fluencia de un objeto que ha amado, pero no
habrá objeto existente.
103
COPLESTON: En eso estoy de acuerdo con usted; un
hombre puede sufrir la influencia de un personaje de ficción. Sin profundizar
en la cuestión de qué es lo que precisamente le afecta (yo diría que un valor
real), creo que la situación de ese hombre y del místico son diferentes.
Después de todo, el hombre influido por Licurgo no ha tenido la irresistible
im-presión de que ha experimentado, en alguna forma, la última realidad.
RUSSELL: No creo que ha captado bien mi criterio
acerca de estos personajes históricos, estos personajes no históricos de la
historia. No supongo lo que usted llama un efecto sobre la persona. Supongo que
el joven, al leer acerca de esa persona y creerla real, la ama, cosa que ocurre
con mucha facilidad, pero, sin embargo, ama a un fantasma.
COPLESTON: En un sentido ama a un fantasma, eso es
perfectamente cierto; en el sent i-do, quiero decir, que ama a X o Y que no
existen. Pero, al mismo tiempo, creo que el mu-chacho no ama al fantasma como
tal; percibe el valor real, una idea que reconoce como ob-jetivamente válida, y
eso es lo que excita su amor.
RUSSELL: Sí, en el mismo sentido en que hablábamos
antes de los personajes de ficción.
COPLESTON: Sí, en un sentido el hombre ama a un
fantasma; perfectamente cierto. Pero, en otro, ama lo que percibe como un
valor.
EL ARGUMENTO MORAL
RUSSELL: Pero ¿ahora no está diciendo, en efecto,
que entiendo por Dios todo cuanto es bueno, o la suma total de lo que es bueno,
el sistema de lo que es bue no, y, por lo tanto, cuando un joven ama algo
bueno, ama a Dios? ¿Es eso lo que dice? Porque, si lo es, exige una cierta
discusión.
COPLESTON: No digo, claro está, que Dios es la suma
total o el sistema de lo bueno en el sentido panteísta; no soy panteísta, pero
sí creo que toda bondad refleja a Dios en alguna forma y procede de Él, de modo
que el hombre que ama lo que es realmente bueno, ama a Dios, aun cuando no
advierta a Dios. Pero convengo en que la validez de tal interpretación de la
conducta de un ho mbre depende del reconocimiento de la existencia de Dios,
eviden-temente.
RUSSELL: Si, pero ese es un punto que hay que
probar.
COPLESTON: De acuerdo, pero yo considero probatorio
el argumento metafísico y ahí diferimos.
RUSSELL: Verá, yo entiendo que hay cosas buenas y
cosas malas. Yo amo las cosas que son buenas, que yo creo que son buenas, y
odio las cosas que creo malas. No digo que las cosas buenas lo son porque
participan de la divina bondad.
COPLESTON: Si, pero ¿cuál es su justificación para
distinguir entre lo bueno y lo malo, o cómo considera la distinción entre lo
uno y lo otro?
RUSSELL: No necesito justificación alguna, como no
la necesito cuando distingo entre el azul y el amarillo. ¿Cuál es mi
justificación para distinguir entre azul y amarillo? Veo que son diferentes.
COPLESTON: Convengo en que esa es una excelente
justificación. Usted distingue el amarillo del azul porque los ve pero ¿cómo
distingue lo bueno de lo malo?
RUSSELL: Por mis sentimientos.
COPLESTON: Por sus sentimientos. Bien, eso era lo
que preguntaba yo. ¿Usted cree que el bien y el mal tienen referencia
simplemente con el sentimiento?
104
RUSSELL: Bien, ¿por qué un tipo de objeto parece
amarillo y el otro azul? Puedo dar una respuesta a esto gracias a los físicos,
y en cuanto a que yo considere mala una cosa y otra buena, probablemente la
respuesta es de la misma clase, pero no ha sido estudiada del mismo modo y no
se la puedo dar.
COPLESTON: Bien, tomemos el comportamiento del
comandante de Belsen. A usted le parece malo e indeseable, y a mí también. Para
Adolfo Hitler, me figuro que sería algo bueno y deseable. Supongo que usted
reconocerá que para Hitler era bueno y para usted malo.
RUSSELL: No, no voy a ir tan lejos. Quiero decir
que hay gente que comete errores en eso, como puede cometerlos en otras cosas.
Si tiene ictericia verá las cosas amarillas aun cuando no lo sean. En esto
comete un error.
COPLESTON: Sí, uno puede cometer errores, pero ¿se
puede cometer un error cuando se trata simplemente de una cuestión referente a
un sentimiento o a una emoción? Segurame n-te Hitler sería el único juez
posible en lo relativo a sus emociones.
RUSSELL: Tiene razón en decir eso, pero puede decir
también varias cosas acerca de los demás; por ejemplo, que si eso afectaba de
tal manera las emociones de Hitler, entonces Hitler afecta de un modo
totalmente distinto mis emociones.
COPLESTON: Concedido. Pero ¿no hay criterio
objetivo, aparte del sentimiento, para condenar la conducta del comandante de
Belsen, según usted?
RUSSELL: No más que para la persona daltoniana que
se halla exactamente en el mismo estado. ¿Por qué condenamos intelectualmente
al daltoniano? ¿Es porque se encuentra en minoría?
COPLESTON: Yo diría que es porque le falta algo que
normalmente pertenece a la natu-raleza humana.
RUSSELL: Sí, pero si estuviera en mayoría, no
diríamos eso.
COPLESTON: Entonces, usted diría que no hay
criterio aparte del sentimiento que nos permita distinguir entre la conducta
del comandante de Belsen y la conducta, por ejemplo, de Sir Stafford Cripps, o
del Arzobispo de Canterbury.
RUSSELL: El sentimiento es demasiado simplificado.
Hay que tener en cuenta los efec-tos de los actos y los sentimientos hacia esos
efectos. Como verá, puede provocar una dis-cusión, si usted dice que cierta
clase de sucesos le agradan y que otros no le agradan. En-tonces, tendría que
tener en cuenta los efectos de las acciones. Puede decir muy bien que los
efectos de las acciones del comandante de Belsen fueron dolorosos y
desagradables.
COPLESTON: Indudablemente lo fueron, convenido,
para toda la gente del campo.
RUSSELL: Si, pero no sólo para la gente del campo,
sino también para los extraños que los contemplaban.
COPLESTON: Sí, completamente cierto en la
imaginación. Pero ese es mi criterio. No apruebo esos actos, y sé que usted no
los aprueba, pero no veo la razón de no aprobarlos, porque, después de todo,
para el comandante de Belsen esos actos eran agradables.
RUSSELL: Sí, pero ve que en este caso no necesito
más razones que en el caso de la per-cepción de los colores. Hay personas que
piensan que todo es amarillo, hay gentes que su-fren de dicteria, y yo no estoy
de acuerdo con ellas. No puedo probar que las cosas no son amarillas, no hay
prueba de ello, pero la mayoría de la gente conviene conmigo en que el
comandante de Belsen estaba cometiendo errores.
COPLESTON: Bien, ¿acepta alguna obligación moral?
RUSSELL: El responder a eso me obligaría a
extenderme mucho. Hablando prácticamen-te, sí. Hablando teóricamente, tendría
que definir la obligación moral muy cuidadosamente.
105
COPLESTON: Bien, ¿cree que la palabra «debo» tiene
simplemente una connotación emocional?
RUSSELL: No, no lo creo, porque, como decía hace un
momento, uno tiene que tener en cuenta los efectos, y yo opino que la buena
conducta es la que probablemente produciría el mayor saldo posible en valor
intrínseco de todos los actos posibles de acuerdo con las cir-cunstancias, y
hay que tener en cuenta los efectos probables de una acción al considerar lo
que es bueno,
COPLESTON: Bien, yo traje a colación la obligación
moral porque pienso que uñó puede acercarse por ese camino a la cuestión de la
existencia de Dios. La gran mayoría de la raza humana hará, y siempre ha hecho,
alguna distinción entre el bien y el mal. La gran mayoría, a mi entender, tiene
alguna conciencia de una obligación en la esfera moral. Yo opino que la
percepción de valores y la conciencia de una ley y una obligación morales
tienen su me-jor aplicación en la hipótesis de una razón trascendente del valor
y de un autor de la ley mo-ral. No entiendo por «autor de la ley moral» un
autor arbitrario de la ley moral. Creo, en realidad, que esos ateos modernos
que han argüido, a la inversa, «no hay Dios; por lo tanto, no hay valores
absolutos ni ley absoluta» son completamente lógicos.
RUSSELL: No me gusta la palabra «absoluto». No creo
que haya nada absoluto. La ley moral, por ejemplo, cambia constantemente. En un
período del desarrollo de la raza huma-na casi todo el mundo pensaba que el
canibalismo era un deber.
COPLESTON: Bien, no veo que las diferencias en los
juicios morales particulares sean ningún argumento concluyente contra la
universidad de la ley moral. Supongamos por el momento que hay valores morales
absolutos; incluso con tal hipótesis sólo se puede esperar que diferentes
individuos y diferentes grupos tengan diversos grados de la percepción de esos
valores.
RUSSELL: Me siento inclinado a pensar que «debo»,
el sentimiento que uno tiene acerca de «debo», es un eco de lo que nos han
dicho nuestros padres y nuestras ayas.
COPLESTON: Bien, yo me pregunto si se puede acabar
con la idea de «debo» solamente en los términos de ayas y de padres. Realmente
no sé cómo puede ser llevada a nadie en otros términos que los propios. Me
parece que, si hay un orden moral que pesa sobre la conciencia humana, entonces
ese orden moral es ininteligible aparte de la existencia de Dios.
RUSSELL: Entonces, tiene que decir una de dos
cosas. O Dios sólo habla a un pequeño porcentaje de la humanidad —que da la
casualidad que le comprende a usted—, o delibera-damente dice cosas que no son
ciertas, cuando habla a la conciencia de los salvajes.
COPLESTON: Bien, yo no sugiero que Dios dicta
realmente los preceptos morales a la conciencia. Las ideas humanas del
contenido de la ley moral dependen ciertamente en gran parte de la educación y
del medio, y un hombre tiene que usar su razón al estimar la validez de las
ideas morales reales de su grupo social. Pero la posibilidad de criticar el
código mo-ral aceptado presupone que hay un patrón objetivo, que hay un orden
moral ideal, que se impone (quiero decir, cuyo carácter obligatorio puede ser
reconocido). Creo que el recono-cimiento de este orden moral ideal es parte del
reconocimiento de la contingencia. Implica la existencia de un real fundamento
de Dios.
RUSSELL: Pero el legislador siempre ha sido, a mi
parecer, los padres o alguien seme-jante. Hay muchos legisladores terrestres,
lo que explica por que las conciencias de la gente son tan extraordinariamente
distintas en los distintos tiempos y lugares.
COPLESTON: Ayuda a explicar las diferencias de
percepción de los valores morales par-ticulares, diferencias que de lo
contrario son inexplicables. Ayudará a explicar los cambios
106
en la materia de la ley moral, en el contenido de
los preceptos aceptados por esta o aquella nación, o este o el otro individuo.
Pero la forma de ello, lo que Kant llama el imperativo categórico, el «debo»,
yo realmente no sé cómo puede ser llevado a nadie por los padres o las ayas,
porque no hay términos cosibles, que yo sepa, con que se pueda explicar. No
pue-de definirse con otros términos que los de sí mismo, porque una vez que se
le ha definido en otros términos que los de sí mismo, se ha terminado con él.
Ya no es un deber moral. Ya es otra cosa.
RUSSELL: Bien, yo creo que el sentimiento de1 deber
es el efecto de la imaginaria re-probación de alguien; puede ser la imaginaria
reprobación de Dios. pero es la reprobación imaginaria de alguien. Y eso es lo
que yo entiendo por «deber».
COPLESTON: A mí me parece que todas las cosas
externas, las costumbres y tabús, son las que pueden explicarse por el medio y
la educación, mas todo eso pertenece, a mi enten-der, a lo que llamo la materia
de la ley, al contenido. La idea del «deber» es tal que no pue-de ser inculcada
a un hombre por un jefe de tribu ni por nadie, porque no hay términos para
ello. Me parece enteramente... (Russell interrumpe).
RUSSELL: Pero no veo ninguna razón para decir lo
que todo sabemos acerca de los re-flejos condicionados. Sabemos que un animal,
si se le castiga habitualmente por un deter-minado acto, al cabo de un tiempo
dejará de hacerlo. No creo que el animal deje de hacerlo, porque se ha dicho
«mi amo se enfadará si hago esto». Tiene el sentimiento de que no debe hacer
aquello. Eso es lo que ocurre con nosotros y nada más.
COPLESTON: No veo ninguna razón para suponer que un
animal tenga la conciencia de la obligación moral; y ciertamente no miramos a
un animal como moralmente responsable por sus actos de desobediencia. Pero el
hombre tiene una conciencia de la obligación y de los valores morales. No veo
ninguna razón para suponer que se pueda condicionar a los hombres, como se
puede «condicionar» a un animal, ni supongo que usted quiera hacerlo realmente,
aun cuando se pudiera. Si el behaviorismo fuera cierto, no habría distinción
mo-ral objetiva entre el emperador Nerón y San Francisco de Asís. No puedo
menos de pensar, Lord Russell, que usted considera la conducta del comandante
de Belsen como moralmente reprensible, y que usted, bajo circunstancia alguna,
actuaría de ese modo, aun cuando pen-sase, o tuviera razones para pensar, que
posiblemente el saldo de dicha de la raza humana podría aumentarse si se
tratase a algunas personas de esa manera abominable.
RUSSELL: No. Yo no imitaría la conducta de un perro
rabioso. El que no lo hiciera no incumbe a la cuestión que estamos discutiendo.
COPLESTON: No, por si da una explicación utilitaria
del bien y del mal en términos de consecuencias, podría sostenerse, y yo
supongo que algunos nazis mejores lo habrán soste-nido, que, aunque es
lamentable proceder de este modo, sin embargo, a la larga el saldo de la dicha
es mayor. No creo que usted diga eso ¿verdad? Yo creo que usted dirá que esa
ac-ción es mala, en sí, aparte de que aumente o no la dicha general. Entonces,
si está dispuesto a decir esto, creo que tiene que tener cierto criterio del bien
y del mal, al margen del criterio del sentimiento. Para mi, ese reconocimiento
tendría como último resultado el reconoci-miento de Dios, como suprema razón de
los valores.
RUSSELL: Creo que nos estamos confundiendo. No es
el sentimiento directo hacia el ac-to el que me sirve de juicio, sino más bien
el sentimiento hacia sus efectos. Y no puedo re-conocer circunstancia alguna en
la cual ciertas clases de conducta como las que ha estado discutiendo, podrían
causar un bien. No concibo circunstancias en las cuales pudieran tener un
efecto beneficioso. Creo que las personas que lo creen se engañan. Pero si
hubiera cir-cunstancias en las que produjesen un efecto beneficioso, entonces
podría verme obligado a
107
decir, aunque de mala gana, «No me gustan esas
cosas, pero las aceptaré», como acepto el Código Penal, aunque el castigo me
molesta profundamente.
COPLESTON: Bien, quizás ha llegado el momento de
que yo haga un resumen de mi po-sición. He discutido dos cosas. Primero, que la
existencia de Dios puede ser probada filosó-ficamente, mediante un argumento
metafísico; segundo, que sólo la existencia de Dios da sentido a la experiencia
moral y a la experiencia religiosa del hombre. Personalmente, opi-no que su
modo de explicar los juicios morales del hombre lleva inevitablemente a una
con-tradicción entre lo que exige su teoría y sus juicios espontáneos. Además,
su teoría termina con la obligación moral, y eso no es una explicación. Con
respecto al argumento metafísi-co, aparentemente estamos de acuerdo en que lo
que llamamos mundo consiste sencilla-mente en seres contingentes. Es decir, en
seres carentes de razón de su propia existencia. Usted dice que la serie de
acontecimientos no necesita explicación: yo digo que, si no hubiera un ser
necesario, un ser que tuviera que existir y no pudiera dejar de existir, no
existiría nada. La infinidad de la serie de seres contingentes, aun probada,
sería impertine n-te. Hay algo que existe; por lo tanto hay algo que tiene que
explicar este hecho, un ser que esté fuera de la serie de seres contingentes.
Si usted hubiera admitido esto, podríamos haber discutido si ese ser es
personal, bueno, etc. En el punto que hemos realmente discutido, si hay o no un
ser necesario, yo me hallo de acuerdo con la gran mayoría de los filósofos
clá-sicos.
Usted mantiene, según creo, que los seres
existentes existen sencillamente, y que no hay justificación para presentar la
cuestión de la explicación de su existencia. Pero yo que-rría indicar que esta
posición no puede ser sustanciada mediante el análisis lógico; expresa una
filosofía que necesita prueba. Creo que hemos llegado a un callejón sin salida
porque nuestras ideas filosóficas son radicalmente diferentes; me parece que lo
que yo llamo una parte de la filosofía, usted lo llama el total, al menos en lo
que es racional la filosofía. Me parece, si me perdona que se lo diga, que
además de su sistema lógico, que llama «moder-no» en oposición a la lógica
anticuada (un adjetivo tendencioso) , mantiene una filosofía que no puede ser
verificada mediante el análisis lógico. Después de todo, el problema de la
existencia de Dios es un problema existencial mientras que el análisis lógico
no trata direc-tamente de los problemas de existencia. Luego, a mi entender,
declarar que los términos que supone una serie de problemas carecen de sentido,
porque no son necesarios para tratar otra serie de problemas, es establecer
desde el principio la naturaleza y la extensión de la filosofía, y esto en sí
mismo es un acto filosófico que necesita justificación.
RUSSELL: Bien, yo diré también unas palabras como
resumen. Primero, en cuanto al ar-gumento metafísico: no admito las
connotaciones del término «contingente» o la posibili-dad de explicación en el
sentido del padre Copleston. Creo que la palabra «contingente» inevitablemente
sugiere la posibilidad de algo que no tendría lo que llamaría usted el
carác-ter accidental de existir solamente, y no creo que esto sea verdad
excepto en el sentido pu-ramente causal. A veces se puede dar una explicación
causal de algo diciendo que es el efecto de otra cosa, pero esto es sólo
referir una cosa a otra y no hay —a mi entender— ex-plicación alguna en el
sentido del padre Copleston, ni tiene sentido tampoco llamar «con-tingentes» a
las cosas, porque no podrían ser de otra manera. Esto es lo que yo diría acerca
de eso, pero querría decir unas palabras acerca de la acusación del padre
Copleston de que considero la lógica como el total de la filosofía, lo cual no
es así. No considero en absoluto la lógica como el total de la filosofía. Creo
que la lógic a es una parte esencial de la filosofía y que la lógica tiene que
ser usada en filosofía, y creo que en eso él y yo estamos de acuer-do. Cuando
la lógica que él usa era nueva, a saber, en la época de Aristóteles, hubo que
dar-
108
le una gran importancia; Aristóteles le dio una
gran importancia a la lógica. Ahora se ha hecho vieja y respetable y no hay que
darle tanta importancia. La lógica en que yo creo es relativamente nueva y, por
lo tanto, tengo que imitar a Aristóteles dándole mucha impor-tancia; pero no es
que yo crea que es toda la filosofía, no lo creo. Creo que es una parte
im-portante de la filosofía y, cuando digo eso, que no hallo un significado
para esta o la otra palabra, es una posición de detalle basada en lo que he averiguado
sobre esa palabra parti-cular, al pensar acerca de ella. No es la posición
general de que todas las palabras usadas en metafísica carecen de sentido, o
cosa semejante, que realmente yo no creo.
Con respecto al argumento moral encuentro que
cuando se estudia antropología o his-toria hay gentes que piensan que su deber
está en realizar actos que yo considero abomina-bles y, por lo tanto, no puedo
atribuir origen divino a la materia de la obligación moral, co-sa que el padre
Copleston no me pide; pero creo que incluso la forma de la obligación mo-ral,
cuando tiene la forma de ordenar a uno que se coma a su padre, por ejemplo, no
me pa-rece una cosa muy noble y bella; y, por lo tanto, no puedo atribuir
origen divino a este sen-tido de obligación moral que creo que puede explicarse
fácilmente de otras muchas mane-ras.
109
14. ¿PUEDE LA RELIGIÓN CURAR NUESTROS MALES?21
La humanidad está en peligro mortal, y el miedo
ahora, como en lo pasado, inclina a los hombres a buscar refugio en Dios. En el
Occidente hay un renacimiento general de la religión. Nazis y comunistas
desecharon el cristianismo e hicieron cosas que deploramos. Es fácil sacar la
conclusión de que el repudio del cristianismo por Hitler y el Gobierno
so-viético es, al menos en parte, la causa de nuestros males, y que si el mundo
volviera al cris-tianismo nuestros problemas nacionales quedarían resueltos. Creo
que esta es una ilusión engañosa nacida del terror. Y creo que es una ilusión
peligrosa porque descarría a los ho m-bres cuyo pensamiento sería fecundo de
otro modo y así constituye un obstáculo en el ca-mino de una válida solución.
La cuestión de que se trata no se relaciona sólo
con el presente estado del mundo. Es una cuestión mucho más general, que ha
sido debatida durante siglos. Es la cuestión de si las sociedades pueden
practicar la moralidad suficiente, si no están ayudadas por la religión
dogmática. Yo no creo que la moral dependa de la religión tanto como cree la
gente religio-sa. Incluso creo que algunas virtudes importantes suelen hallarse
más entre los que recha-zan los dogmas religiosos que entre los que los
aceptan. Creo que esto se aplica especial-mente a la virtud de la sinceridad o
integridad intelectual. Entiendo por integridad intelec-tual la costumbre de
decidir las cuestiones enojosas de acuerdo con la prueba, o de dejarlas por
decidir cuando la prueba no es concluyente. Esta virtud, aunque es
menospreciada por casi todos los partidarios de cualquier sistema de dogma, es,
para mí, de la mayor impor-tancia social y probablemente más destinada a
beneficiar al mundo que el cristianismo o cualquier otro sistema de creencias
organizadas.
Vamos a considerar por un momento cómo han llegado
a ser aceptadas las reglas mora-les. Las reglas morales son principalmente de
dos clases: las hay que sólo tienen por base un credo religioso; y las hay con
una base obvia de ut ilidad social. En la Iglesia Ortodoxa Griega, los padrinos
del mismo niño no pueden casarse. Para esto, sólo hay una base teoló-gica; y,
si se considera importante la regla, se tendrá una completa razón para decir
que la decadencia de la religión es de lamentar porque conducirá a la
infracción de la regla. Pero no se trata de esta clase de regla moral. Las
reglas morales en cuestión son las reglas para las cuales hay una justificación
social, independiente de la teología.
Tomemos el robo, por ejemplo. Una comunidad en la
cual todos roban es inconvenien-te para todos, y es evidente que la mayoría de
la gente puede vivir mejor cuando vive en una comunidad donde el robo es raro.
Pero en ausencia de leyes, moral y religión, surge una dificultad: para cada
individuo, la comunidad ideal sería una comunidad en la cual to-dos fueran
honrados y él solo ladrón. Por consiguiente, se necesita una institución
social, si el interés del individuo ha de reconciliarse con el de la comunidad.
Esto se efectúa, con más o menos éxito, mediante la ley criminal y la policía
puede ser indebidamente benévola con los poderosos. Si se convence a la gente
de que existe un Dios que castiga el robo, aun
21 Las
dos partes de este ensayo aparecieron originalmente en el periódico de
Estocolmo, Dagens Nyheter, el
9 y el 11 de
noviembre de 1954.
110
cuando la policía falle, probablemente esta
creencia fome ntará la honradez. Si la población cree ya en Dios, pronto creerá
que Dios ha prohibido el robo. La utilidad de la religión a este respecto queda
ilustrada por la historia de la viña de Nabot donde el ladrón es el rey, que
está por encima de la justicia terrestre.
No negaré que entre las comunidades semicivilizadas
del pasado tales consideraciones pueden haber contribuido a fomentar una
conducta socialmente deseable. Pero, en la actua-lidad, el bien que puede
hacerse imputando un origen teológico a la moral está inextrica-blemente unido
con males tan graves que el bien parece insignificante en comparación. [Al
progresar la civilización, las sanciones terrenales se hacen más seguras y las
sanciones di-vinas menos. La gente encuentra cada vez más razón para pensar que
si roban los deten-drán, y menos razón para pensar que, si no les pillan. Dios
les castigará de todas maneras. Incluso la gente muy religiosa de hoy en día no
espera ir al infierno por robar. Reflexionan que podrán arrepentirse a tiempo,
y que de todos modos el Infierno no es tan caliente ni tan seguro como solía
ser La mayoría de la gente en los países civilizados no roba, y yo creo que el
verdadero motivo es la probabilidad del castigo en la tierra. Esto lo demuestra
el hecho de que, en un campamento minero, durante la fiebre del oro, o en
cualquier comuni-dad desordenada, roba casi todo el mundo.
Pero, se puede decir que, si bien la prohibición
teológica del robo puede no ser ya muy necesaria, de todas maneras no causa
daño, ya que todos queremos que la gente no robe. Lo malo es, sin embargo, que
en cuanto los hombres comienzan a dudar de la teología recibida, ésta se ve
apoyada por medios odiosos y dañinos. Si una teología se considera necesaria
para la virtud, y si los investigadores sinceros no ven razón para considerar
verdadera la teología, las autoridades se dedicarán a desanimar de la investigación
sincera. En los siglos anteriores así lo hicieron llevando al fuego a los
investigadores. En Rusia tienen métodos aun mejores; pero, en los países
occidentales, las autoridades han perfeccionado formas más suaves de
persuasión. Re éstas, las escuelas son las más importantes quizás: hay que
evitar que el joven oiga los argumentos en favor de las opiniones que
desagradan a las auto-ridades, y los que, sin embargo, persisten en demostrar
una disposición investigadora inc u-rren en el desagrado social y, si es
posible, se les hace sentir moralmente reprensibles. De este modo, cualquier
sistema moral que tenga una base teológica se convierte en uno de los
instrumentos con los cuales los poderosos conservan su autoridad y dañan el
vigor intelec-tual de los jóvenes.
Encuentro entre mucha gente en la actualidad una
indiferencia para la verdad que no puedo menos de juzgar extremadamente
peligrosa. Cuando la gente arguye, por ejemplo, en defensa del cristianismo, no
da, como Tomás de Aquino, razones para suponer que hay un Dios y que Él ha
expresado Su voluntad en las Escrituras. Arguyen, por el contrario, que si la
gente piensa esto, procederá mejor que si no lo hace. Por lo tanto no debemos,
como dice esa gente, permitirnos especular sobre si Dios existe. Si, en algún momento
de descuido, la duda levanta la cabeza, debemos reprimirla vigorosamente. Si el
pensamiento franco es causa de duda, debemos evitar el pensamiento franco. Si
los exponentes oficiales de la or-todoxia dicen que es malo casarse con la
hermana de la difunta esposa, hay que creerles pa-ra que la moral no se hunda.
Si le dicen a uno que el control de la natalidad es pecado, hay que aceptar sus
dictados, aunque resulte obvio que sin el control de la natalidad hay un
de-sastre seguro. En cuanto se sostenga que una creencia, cualquiera que sea,
es importante por alguna otra razón aparte de que sea cierta, surgirá toda una
sucesión de males. Intentar evitar la investigación, de que antes hablé, es el
primero, pero seguramente le seguirán otros. Las posiciones de autoridad
quedarán abiertas a los ortodoxos. Las crónicas históri-
111
cas se falsificarán si arrojan dudas acerca de las
opiniones recibidas. Tarde o temprano la heterodoxia se considerará un crimen y
se castigará con la hoguera, la depuración o el cam-po de concentración. Yo
respeto a los hombres que arguyen que la religión es verdadera y que por lo
tanto hay que creer en ella, pero sólo puedo sentir una profunda reprobación
mo-ral por los que dicen que hay que creer en la religión porque es útil, y que
el preguntar si es cierta es una pérdida de tiempo.
Es habitual, entre los apologistas cristianos,
considerar el comunismo como muy dis-tinto del cristianismo y contrastar sus
males con los supuestos bienes disfrutados por las naciones cristianas. Para mí
esto es un profundo error. Los males del comunismo son los mismos que existían
en el cristianismo durante las Edades de la Fe. La G.P.U. se diferencia de la
Inquisición sólo cuantitativamente. Sus crueldades son de la misma clase, y el
daño que hace a la vida moral e intelectual de los rusos es de la misma clase
que el oye hicieron los inquisidores donde prevalecieron. Los comunistas
falsifican la historia, y lo mismo hizo la Iglesia hasta el Renacimiento. Si la
Iglesia no es ahora tan mala como el Gobierno sovié-tico, se debe a la
influencia de los que atacaron a la Iglesia: desde el Concilio de Trento hasta
el día de hoy, todas las mejoras de la Iglesia se deben a sus enemigos. Hay
muchos que se oponen al Gobierno soviético porque les disgusta la doctrina
económica comunista, pero esto es lo que el Kremlin tiene en común con los
primeros cristianos, los franciscanos, y la mayoría de los heréticos cristianos
medievales: Sir Thomas More, un mártir ortodoxo, habla del cristianismo como de
algo comunista, y dice que éste era el único aspecto de la religión cristiana
que la hacía recomendable a los utópicos. No es la doctrina soviética en sí
misma la que puede considerarse justamente como un peligro. Es el modo en que
se ma n-tiene esta doctrina. Se mantiene como una verdad sagrada e inviolable,
y el dudar de ellas un pecado merecedor del más severo castigo. El comunista,
como el cristiano, cree que su doctrina es esencial para la salvación, y esta
creencia es la que hace la salvación posible pa-ra él. Las semejanzas entre el
cristianismo y el comunismo son las que los han hecho in-compatibles entre si.
Cuando dos hombres de ciencia están en desacuerdo, no invocan el brazo secular;
esperan que la prueba ulterior decida quién tiene razón, ya que, como ho m-bres
de ciencia, saben que ninguno es infalible. Pero cuando dos teólogos difieren,
como no hay criterio al que ninguno de ellos pueda apelar, sólo hay un mutuo
odio una apelación a la fuerza encubierta o abierta. El cristianismo, lo
reconoceré, hace menos daño del que solía hacer; pero ello se debe a que se
cree con menos fervor en él. Quizás, con el tiempo, el mismo cambio le
sobrevendrá al comunismo; y, si así es, ese credo perderá mucho de lo que hoy
le hace pernicioso. Pero si en el Occidente prevalece el criterio de que el
cristia-nismo es esencial a la virtud y la estabilidad social, el cristianismo
adquirirá de nuevo los vicios que tenía en la Edad Media; y, al parecerse má s
al comunismo, se hará cada vez más difícil de reconciliarse con él. Este no es
el camino que va a salvar al mundo del desastre.
II
En mi primer artículo me ocupé de los males que
resultan de cualquier sistema de dogmas que se presenta para su aceptación, no
porque sea verdadero, sino porque tenga una utilidad social. Lo que tenía que
decir se aplica igualmente al cristianismo, al comunismo, al Islam y al
budismo, al hinduismo y a todos los sistemas teológicos, excepto cuando se
apoyan en razones de interés universal, de la clase que suelen emplear los
hombres de cie n-cia. Sin embargo, hay argumentos especiales aducidos en favor
del cristianismo a causa de
112
sus supuestos méritos especiales. Éstos han sido
expresados elocuentemente con un alarde de erudición por Herbert Butterfield,
Profesor de Historia Moderna de la Universidad de Cambridge 22, y le tomaré
como delegado del importante cuerpo de opinión que representa.
El profesor Butterfield trata de asegurarse ciertas
ventajas' en la controversia mediante concesiones que le hacen parecer más
amplio de criterio de lo que es realmente. Admite que la Iglesia cristiana se
ha apoyado en la persecución, y que la presión exterior es la que la ha llevado
al abandono relativo de esta práctica. Admite que la presente tensión entre
Rusia y Occidente es un resultado de la política de poder, previsible aun
cuando el Gobier-no de Rusia hubiera seguido fiel a la Iglesia Ortodoxa Griega.
Reconoce que algunas de las virtudes que considera distintivamente cristianas
han sido patentes en algunos librepensado-res, y han estado ausentes en la
conducta de muchos cristianos. Pero, a pesar de estas con-cesiones, sostiene
aún que los males que sufre el mundo han de curarse mediante la ad-hesión al
dogma cristiano, y comprende en el mínimo necesario del dogma cristiano, no
só-lo la creencia en Dios y la inmortalidad, sino también la creencia en la
Encarnación. Pone de relieve la relación del cristianismo con ciertos
acontecimientos históricos y acepta estos acontecimientos como históricos
basándose en pruebas que no le convencerían si no estu-vieran relacio nadas con
su religión. No creo que la prueba sobre la Virgen pudiera conve n-cer a ningún
investigador imparcial si fuera presentada fuera del círculo de creencias
teoló-gicas a que estuviera acostumbrado. Hay innumerables historias del mismo
tino en 1a mito-logía pagana, pero nadie las toma en serio. Sin embargo, el
profesor Butterfield, a pesar de que es un historiador no parece interesarse en
cuestiones de historicidad en lo relativo a 1os orígenes del cristianismo. Su
argumento. privado de su urbanidad y de su engañoso aire li-beral, puede
expresarse cruda v precisamente como sigue: «No vale la pena inquirir si
Cris-to nació de una Virgen y fue concebido por obra del Espíritu Santo porque,
sea o no verdad esto, la creencia de que fue así representa la mejor esperanza
de huir de los males presentes del mundo.» En ninguna parte de la obra del profesor
Butterfield hay la menor tentativa de probar la verdad de cualquier dogma
cristiano. No hay más que el argumento pragmático de que la creencia en el
dogma cristiano es útil. Hay muchas partes en el tema del profesor Butterfield
que no están expuestas con la claridad y la precisión deseables, y yo me temo
que la razón sea que la claridad y la precisión las hicieran inverosímiles.
Creo que su argu-mento, reducido a lo esencial, es el siguiente: sería
conveniente que la gente amase a su prójimo, pero no muestran una gran
inclinación a ello; Cristo dijo que deberían hacerlo, y si ellos creen que
Cristo era Dios, probablemente prestarán más atención a sus enseñanzas en este
aspecto, que si creen que no lo es; por lo tanto, los que desean que la gente
ame a su prójimo deben tratar de persuadirla de que Cristo era Dios.
Las objeciones a esta clase de argumentación son
tantas que uno no sabe por dónde empezar. En primer lugar, el profesor
Butterfield y todos los que piensan como él están convencidos de que es una
cosa buena amar al prójimo, y sus razones para mantener este criterio no están
derivadas de las enseña nzas de Cristo. Por el contrario, como tenían ya es-te
criterio, consideran las enseñanzas de Cristo como prueba de Su divinidad.
Tienen, por así decirlo, no una ética basada en la teología, sino una teología basada
en su ética. Sin em-bargo, aparentemente, sostienen que las razones no
teológicas que les hacen considerar una cosa buena amar al prójimo no van a ser
muy populares y, por lo tanto, proceden a inventar otros argumentos que esperan
que van a ser más efectivo. Este es un procedimiento muy peligroso. Muchos
protestantes solían pensar que trabajar en sábado era tan malo como co-
22 Christianity
and History (Londres. 1950)
113
meter un asesinato. Si se les convencía de que
trabajar en sábado no era malo, sacaban en consecuencia que no era malo cometer
un asesinato. Toda ética teológica puede, en parte, ser defendida
racionalmente, y en parte no ser más que una incorporación de tabús
supersti-ciosos. La parte que puede ser defendida racionalmente debe ser
defendida así, ya que de lo contrario los que descubran la irracionalidad de la
otra parte' pueden rechazar el total im-prudentemente.
Pero el cristianismo, en realidad, ¿ha luchado por
una moral superior a la de sus rivales y enemigos? No veo cómo ningún honrado
estudiante de la historia puede mantener esto. El cristianismo se ha
distinguido de las otras religiones por una mayor disposición a la
perse-cución. El budismo no ha perseguido jamás. El Imperio de los Califas fue
mucho más be-névolo con los judíos y los cristianos que los estados cristianos
con los judíos y mahometa-nos. No molestaba a los judíos ni a los cristianos
con tal de que pagasen sus tributos. El an-tisemitismo fue fomentado por el
cristianismo desde el momento en que el Imperio Roma-no se hizo cristiano. El
fervor religioso de las Cruzadas condujo a los progroms en la Euro-pa
Occidental. Los cristianos fueron los que injustamente acusaron a Dreyfus, y
los libre-pensadores los que aseguraron su rehabilitación final. En los tiempos
modernos, los cristia-nos han defendido las abominaciones, no sólo cuando las
víctimas eran los judíos sino tam-bién en otros aspectos. Las abominaciones del
Gobierno del Rey Leopoldo en el Congo fueron ocultadas o disminuidas por la
Iglesia y terminaron sólo por una agitación princi-palmente movida por
librepensadores. La afirmación de que el cristianismo ha tenido una influencia
moral elevadora sólo se puede mantener ignorando o falsificando la prueba
histó-rica.
La respuesta habitual es que los cristianos que
hicieron las cosas que deploramos no eran verdaderos cristianos, en el sentido
de que no seguían las enseñanzas de Cristo. Igualmente se podría argüir que el
Gobierno soviético no consiste en verdaderos marxistas, pues Marx enseñó que
los eslavos son inferiores a los alemanes y esta doctrina no la acepta el
Kremlin. Los discípulos de un maestro siempre se apartan en algunos aspectos de
su doc-trina. Los que tratan de fundar una Iglesia deben recordar esto. Toda
Iglesia desarrolla un instinto de autoconservación y reduce al mínimo las
partes de la doctrina del fundador que no ayudan a tal fin. Pero, en todo caso,
lo que los modernos apologistas llaman «verdadero» cristianismo es algo que
depende de un proceso muy selectivo. Ignora gran parte de lo que aparece en los
Evangelios: por ejemplo, la parábola de las ovejas y las cabras, y la doctrina
de que los malos sufrirán tormento eterno en el fuego del Infierno. Elige
ciertas partes del Sermón de la Montaña, aunque en la práctica también las
rechaza a veces. Deja que la doc-trina de la no resistencia, por ejemplo, sea
solamente practicada por los no cristianos, como Gandhi. Los preceptos que
favorece particularmente tienen atribuida una moralidad tan alta que son juzgados
de origen divino. Y, sin embargo, el profesor Butterfield tiene que saber que
estos preceptos fueron dados por los judíos antes de la época de Cristo. Se
hallan, por ejemplo, en las enseñanzas de Hillel y en los «Testamentos de los
Doce Patriarcas», respec-to a los cuales el Reverendo doctor R. H. Charles, una
famosa autoridad en esta materia, dice: «El Sermón de la Montaña refleja en
varios casos el espíritu e incluso reproduce las mismas frases de nuestros
textos: muchos pasajes de los Evangelios exhiben huella de lo mismo, y San
Pablo parece haber usado el libro como vademécum.» El doctor Charles opi-na que
Cristo debía haber conocido esta obra. Si, como se nos dice a veces, la altura
de la enseñanza ética prueba la divinidad de su autor, el autor desconocido de
estos Testamentos es quien debe haber sido divino.
Que el mundo está en mal estado es innegable, pero
no existe la menor razón histórica
114
para suponer que el cristianismo ofrezca una
salida. Nuestros males comenzaron con la inexorabilidad de la tragedia griega,
desde la Primera Guerra Mundial, de la cual son pro-ductos los nazis y los
comunistas. La Primera Guerra Mundial fue completamente cristiana en origen.
Los tres emperadores eran devotos, e igualmente lo eran los ministros más
beli-cosos del gabinete inglés. La oposición a la guerra vino, en Alemania y en
Rusia, de los so-cialistas, que eran anticristianos; en Francia, de Jaurés, cuyo
asesino fue aplaudido por los cristianos sinceros; en Inglaterra, de John
Morley, un ateo famoso.) Los aspectos más peli-grosos del comunismo recuerdan
los de la Iglesia medieval. Consisten en una aceptación fanática de las
doctrinas incorporadas en un Libro Sagrado, la repugnancia a examinar
críti-camente esas doctrinas y la salvaje persecución de todos los que las
rechazan. El renaci-miento del fanatismo en Occidente no debemos considerarlo
como una solución feliz. Tal renacimiento, si se produce, sólo significará que
los aspectos odiosos del régimen comunis-ta se harán universales. Lo que el
mundo necesita es racionalidad, tolerancia y la compren-sión de la
interdependencia de las partes de la familia humana. Esta interdependencia ha
quedado enormemente aumentada por los modernos inventos, y los argumentos
puramente mundanos en favor de una actitud de benevolencia hacia el prójimo son
mucho más fuertes de lo que eran antes. Tales consideraciones son las que
debemos mirar, y no volver a los mitos oscurantistas. La inteligencia, ha y que
decirlo, ha causado nuestros males; pero la fal-ta de inteligencia no los
curará. Sólo una inteligencia mayor y más prudente puede hacer más feliz al
mundo.
115
15. RELIGIÓN Y MORAL 23
Hay mucha gente que dice que sin creer en Dios un
hombre no puede ser feliz ni vir-tuoso. En cuanto a la virtud, sólo puedo
hablar por observación, no por experiencia perso-nal. Y en cuanto a la
felicidad, ni la experiencia ni la observación me han llevado a pensar que los
creyentes son, en general, más o menos dichosos que los incrédulos. Se
acostumbra a encontrar «nobles» razones para la desdicha porque es más fácil
ser orgulloso si se puede atribuir la desdicha de uno a falta de fe que si hay
que atribuirla al hígado. En cuanto a la moralidad, una gran parte depende del
modo en que se entiende el término. Por mi parte, creo que las virtudes más
importantes son la inteligencia y la bondad. La inteligencia está obstaculizada
por todos los credos, cualesquiera que sean; y la bondad está inhibida por la
creencia en el pecado y el castigo (esta creencia es la única que el Gobierno
soviético ha tomado del cristianismo ortodoxo).
Hay varias maneras prácticas de que la moralidad
tradicional estorbe todo lo que es so-cialmente deseable. Una de estas cosas
deseables es la prevención de la enfermedad vené-rea. Más importante aun es la
limitación de la población. Los adelantos en medicina han hecho esta materia
más importante de lo que había sido antes. Si las naciones y las razas que son
aún tan prolíficas como eran los ingleses hace un centenar de años, no cambian
sus costumbres a este respecto, a la humanidad sólo le queda la guerra y la
miseria. Esto lo sa-ben todos los eruditos inteligentes, pero no lo reconocen
los dogmatizadores teológicos.
Creo que la decadencia de la creencia dogmática
sólo puede hacer bien. Reconozco inmediatamente que los nuevos sistemas de
dogma, como los de los nazis y los comunistas, son peores aún que los antiguos,
pero no habrían arraigado de tal modo en la mente humana si los hábitos
dogmáticos ortodoxos no hubieran sido inculcados en la niñez. El lenguaje de
Stalin recuerda el seminario teológico donde recibió su aprendizaje. Lo que el
mundo nece-sita no es dogma, sino una actitud de investigación científica, combinada
con la creencia de que la tortura de millones no es deseable, ya la inflija
Stalin o una Deidad imaginada a se-mejanza del creyente.
23 Escrito
en 1952
116
apéndice
CÓMO SE EVITÓ QUE BERTRAND RUSSELL ENSEÑASE EN LA
UNI-VERSIDAD DE LA CIUDAD DE NUEVA YORK24
Después que se retiraron los dos profesores
titulares de filosofía, Morris Raphael Co-hén y Harry Overstreet, los miembros
del Departamento de Filosofía de la Universidad de la Ciudad de Nueva York y la
administración de la Universidad convinieron en acercarse a un filósofo
eminente para que llenase una de las vacantes. El departamento .recomendó que
se invitase a Bertrand Russell, que en aquel momento estaba enseñando en la
Universidad de California. Esta recomendación fue aprobada con entusiasmo por el
cuerpo de profeso-res de la Universidad, el presidente interino, el comité
administrativo de la Junta de Educa-ción Superior y, finalmente, por la misma
Junta que aprueba los nombramientos. Nadie comparable en fama y distinción
había sido antes profesor de la Universidad. Diecinueve de los veintidós
miembros de la Junta concurrieron a la reunión en que se discutió el
nombra-miento y los diecinueve votaron a favor de él. Cuando Bertrand Russell
aceptó la invita-ción, Ordway Tead, el presidente de la Junta, le envió la
carta siguiente:
«Mi querido profesor Russell:
»Como un verdadero privilegio aprovecho esta
oportunidad para notificarle su nombra-miento corno profesor de Filosofía de la
Universidad de la Ciudad de Nueva York, durante el período comprendido entre et
1.° de febrero de 1941 hasta el 30 de junio de 1942, de acuerdo con lo decidido
por la Junta de Educación Superior en su reunión de 26 de febrero de 1940.
»Sé que su aceptación del nombramiento añadirá
lustre al nombre y las realizaciones del Departamento y la Universidad, y que
ampliará y profundizará el interés de la Universidad por las bases filosóficas
de la vida humana.»
Al mismo tiempo el presidente interino Mead dio una
declaración a la prensa a los efectos de que la Universidad se consideraba
singularmente afortunada por haberse asegu-rado los servicios de un erudito
mundialmente famoso como Lord Russell. La fecha de la comunicación era el 24 de
febrero de 1940.
En vista de los acontecimientos ulteriores, es
necesario destacar dos hechos: Bertrand Russell iba a encargarse sólo de los
tres cursos siguientes:
Filosofía 13: Un estudio de los modernos conceptos
de lógica y de su relación con la ciencia, las matemáticas y la filosofía.
Filosofía 24 b: Un estudio de los problemas de los
fundamentos de las matemáticas.
Filosofía 27: Las relaciones de las ciencias puras
con las aplicadas, y la influencia recí-proca entre la metafísica y las teorías
científicas.
Además, en la época en que fue nombrado Bertrand
Russell sólo podían concurrir hombres a los cursos diurnos que sobre los temas
de las artes liberales se daban en la Uni-
24 Al
escribir esta relación me ha servido de gran ayuda el excelente libro The
Bertrand Russell Case, compilado por el profesor Horace M. Kallen, y el difunto
John Dewey (The Viking Press, 1941). Estoy parti-cularmente agradecido a los
ensayos de Kallen, Dewcy, Cohen y Hock.
117
versidad de la Ciudad de Nueva York. Por lo tanto,
ninguna joven pura estaba en peligro de que su mente quedase corrompida por las
conferencias de Bertrand Russell.
II
Cuando se hizo público el nombramiento de Russell,
el obispo Manning, de la Iglesia Episcopal Protestante, escribió una carta a
todos los periódicos de Nueva York, en la cual denunciaba el acto de la Junta.
«¿Qué puede decirse de las universidades y colegios — escribió—, que presentan
a nuestra juventud como maestro responsable de filosofía... a un hombre que es
un reconocido propagandista contra la religión y la moralidad, y que defien-de
específicamente el adulterio...? ¿Puede alguien interesado en el bien de
nuestro país prestarse a que tales enseñanzas se difundan con el apoyo de
nuestros colegios y universi-dades?» Volviendo a la ofensiva unos pocos días
después, el obispo dijo: «Hay gentes tan confundidas moral y mentalmente que no
ven ningún mal en el nombramiento,.. de alguien que ha publicado escritos
diciendo fuera de los deseos humanos no hay patrón moral.» Hay que advertir de
pasada que, si se requiriese que los profesores de filosofía recha zasen el
re-lativismo en sus varias formas, como implicaba el obispo Manning, más de la
mitad de ellos tendrían que ser despedidos.
La carta del obispo fue la señal de una campaña de
vilipendio e intimidación como no había habido en Estados Unidos desde los días
de Jefferson y S Thomas Paine. Las revistas eclesiásticas, los periódicos de
Hearst y casi todos los políticos católicos se unieron al coro de la
difamación. El nombramiento de Russell, decía The Tablet, vino como un «insulto
brutal a los neoyorquinos viejos y a todos los norteamericanos verdaderos».
Pidiendo que se revocase el nombramiento, describía editorialmente a Russell como
un «profesor de pa-ganismo», como «el anarquista filosófico y el nihilista
moral de Gran Bretaña... cuya de-fensa del adulterio se hizo tan escandalosa
que una de sus "amigas" le dio una paliza». El semanario jesuíta,
América, fue aun más cortés. Se refirió a Russell como a un «reseco,
di-vorciado y decadente abogado de la promiscuidad sexual... que ahora
adoctrina a los estu-diantes de la Universidad de California... en sus reglas
libertarias de vida relajada en mate-rias de sexo, amor promiscuo y matrimonio
errante... Este individuo corruptor... que ha trai-cionado su "mente"
y su "conciencia"... Este profesor de inmoralidad e irreligión...
reducido al ostracismo por los ingleses decentes». Las cartas al director de
dichos periódicos fueron aún más frenéticas. Si la Junta de Educación Superior
no rescinde su contrato, decía un co-rresponsal del Tablet, entonces: «¡Las
arenas movedizas amenazan! ¡La serpiente está en la hierba! ¡El gusano se afana
en la mente! Si Bertrand Russell fuese honrado consigo mismo, declararía, como
hizo Rousseau: "No puedo mirar mis libros sin estremecerme; en lugar de
instruir, corrompo; en lugar de nutrir, enveneno. Pero la pasión me ciega, y a
pesar de todos mis bellos discursos, no soy más que un canalla"» La carta
fue una reproducción de un te-legrama enviado al Alcalde La Guardia, en el que
continuaba: «Ruego a Usía que proteja a nuestra juventud de la perniciosa
influencia del de la pluma envenenada, un remedo del ge-nio, el ministro del
demonio entre los hombres.»
Entretanto, Charles H. Tuttle, miembro de la Junta
y notable lego de la Iglesia Episco-pal Protestante, anunció que, en la
siguiente reunión de la Junta, que se celebraría el 18 de marzo, trataría de
que se reconsiderase el nombramiento. Tuttle explicó que no estaba
fami-liarizado con las ideas de Russell cuando se hizo la designación. Si las
hubiera conocido entonces habría votado contra ella. Como sólo faltaban unos
pocos días para la reunión, los
118
fanáticos hicieron todo lo posible para asustar a
los miembros de la Junta y ensanchar el catálogo de lo» pecados de Russell.
«Nuestro grupo —dijo Winfield Demarest de la Liga de la Juventud Americana—, no
favorece la idea de Russell de los dormitorios coeducacio-nales.» Pidiendo una
investigación de la Junta de Educación Superior, el periódico de Hearst, Jouna1
& American (ahora el Joumal- American), mantenía que Russell favorecía la
«nacionalización de las mujeres... los hijos fuera del matrimonio... y los
niños criados como prendas de un estado sin Dios». Citando fuera de contexto un
libro escrito por Rus-sell muchos años antes, le acusaba de exponente del
comunismo. A pesar de la conocida oposición de Russell al comunismo soviético,
desde entonces los fanáticos se refirieron a él llamándole «procomunista». De
todos los aspectos de la campaña de odio ninguno de ellos fue más feo quizás
que esta deliberada tergiversación.
Se aprobaban a diario mociones pidiendo el despido
de Russell y también el de los miembros de la Junta que habían votado su
nombramiento por numerosas organizaciones famosas por su interés por la
educación, como los Hijos de Xavier, la rama neoyorquino de la Sociedad Central
Católica Americana, la Antigua Orden de los Hiberneses, los Caballe-ros de
Colón, el Gremio de Abogados Católicos, la Sociedad del Sagrado nombre de Santa
Juana de Arco, la Conferencia de los Ministros Bautistas Metropolitanos, la Conferencia
del Oeste Medio de la Sociedad de Mujeres de Nueva Inglaterra, y los Hijos de
la Revolu-ción Americana del Empire State. Todo esto aparecía en la prensa
unido a profundas ora-ciones por parte de las luminarias clericales, cuyos
ataques se centralizaban cada vez más en dos acusaciones: que Russell era
extranjero y, por lo tanto, no podía legalmente enseñar en la Universidad y que
sus opiniones, en lo referente al sexo, eran realmente incitaciones al crimen.
«¿Por qué no lanzar a la policía sobre la Junta de Educación Superior?»,
pregun-taba el reverendo John Schultz, profesor de Elocuencia Sagrada en el
seminario redentorista de Esopus, N. Y. «Los jóvenes de esta ciudad —proseguía
el famoso erudito—, son ins-truidos en que no existe la mentira. Se les enseña
que el robo está justificado, e igualmente el saqueo. Se les enseña, como se
enseñó a Loeb y Leppold en la Universidad de Chicago, que están justificados
los crímenes inhumanamente crueles.» No hay que decir que todas estas cosas
horribles se hallaban estrechamente unidas con el nombramiento de Bertrand
Russell, «el campeón del Amor Libre, de la promiscuidad sexual entre los
jóvenes, del odio hacia los padres». Y como si esto no fuera bastante malo,
Russell fue unido por otro orador con «charcos de sangre». Hablando en el
desayuno de comunión anual de la Sociedad del Santo Nombre del Departamento de
Policía de Nueva York, Monseñor Francia W. Waish recordó a los policías
congregados que habían tenido Ocasión de aprender todo el signifi-cado del llamado
«triángulo matrimonial» al hallar una de las esquinas del triángulo en un
charco de sangre. «Por lo tanto, me permito decir —continuó—, que os uniréis
conmigo al pedir que cualquier profesor culpable de enseñar o escribir ideas
que han de mult iplicar los escenarios de esta tragedia no será tolerado en
esta ciudad, ni recibirá apoyo de Sus contri-buyentes...»
Mientras el alcalde La Guardia permanecía
estudiadamente silencioso, numerosos polí-ticos de Tammany entraron en acción.
Su concepto de la libertad académica fue revelado por John F. X. McGohey,
primer fiscal de distrito del Estado de Nueva York y presidente de los Hijos de
Xavier (ahora juez McGohey), quien protestó de que se usara el dinero de los
contribuyentes para «pagar la enseñanza de una filosofía de la vida que niega a
Dios, desafía la decencia y contradice completamente el carácter religioso fundamental
de nues-tro país, nuestro gobierno y nuestro pueblo». El 15 de marzo, tres días
antes de que la Junta se reuniese de nuevo, el presidente del Bronx, James J.
Lyons, uno de los voceros de los
119
inquisidores, introdujo una moción en el Consejo
Municipal pidiendo que la Junta anulase el nombramiento de Russell. La moción
fue aprobada por 16 votos contra 5. Hay que re-cordar, como testimonio
permanente de su valor e indiferencia al sentimiento de la masa, que Stanley
Isaacs, un republicano, habló vigorosamente en favor de Bertrand Russell y la
Junta de Educación Superior. Además de presentar esta resolución. Lyons anunció
que en la próxima discusión del presupuesto trataría de «borrar el renglón que suministra
la com-pensación de este peligroso nombramiento». El presidente de distrito
Lyons fue, sin embar-go, comedido y suave comparado con el presidente de
distrito, George V. Harvey, de Queens, quien declaró en una reunión que, si no
despedían a Russell, trataría de suprimir la suma de 7.500.000 dólares votada
por el Congreso para el sostenimiento de las facultades municipales. Si se
salía con la suya, dijo «las universidades serían universidades piadosas,
universidades americanas, o se cerrarían». En la misma reunión de protesta
hablaron otros eminentes oradores. Diciendo que Russell era un «perro», el
concejal Charles E. Keegan advirtió que, «si tuviéramos un adecuado sistema de
inmigración, ese vagabundo no podría desembarcar en mil millas». Pero una vez
que había desembarcado, Miss Martha Byrnes, archivera del condado de Nueva
York, dijo al público lo que había que hacer con el «pe-rro». Russell, gritó,
debería ser «emplumado y expulsado del país». Esto es lo que los ora-dores
entendían por «santidad» y «americanismo».
III
Aunque los fanáticos eran muy poderosos en la
política local, los defensores de la sa-biduría independiente eran poderosos en
todas las principales universidades de la nación. En defensa de Russell
vinieron numerosos presidentes de universidad, entre ellos Gideonse, de
Brooklyn; Hutchins, de Chicago (donde Russell había enseñado el año anterior);
Gra-ham, de Carolina del Norte, que más tarde fue Senador; Neilson, de Smith;
Alexander, de Antioch; y Sproule, de la Universidad de California, donde
Russell «adoctrinaba a los estu-diantes en sus reglas libertarias de vida
relajada en ma teria sexual y de amor promiscuo». En defensa de Russell también
se unieron los presidentes actuales y pasados de las socieda-des eruditas
—Nicholson, de la Uhi Beta Kappa; Curry, de la Asociación Matemática
Ame-ricana; Hankins, de la Asociación Sociológica Americana; Beard, de la
Asociación Históri-ca Americana; Ducasse, de la Asociación Filosófica
Americana; Himstead, de la Asocia-ción Americana de Profesores de Universidad, y
otros muchos. Diecisiete de los eruditos más famosos del país (entre ellos
Kemble, Perry y Schiessinger, de Harvard) enviaron una carta a La Guardia
protestando contra el «ataque organizado contra el nombramiento del filósofo
mundialmente famoso Bertrand Russell...» Si el ataque tenía éxito —continuaba
la carta—, «ningún colegio ni universidad americana estaría libre del control
inquisitorial de los enemigos del libre examen... El recibir la instrucción de
un hombre del calibre intelec-tual de Bertrand Russell es un raro privilegio
para los estudiantes de cualquier parte... Sus críticos deberían hacerle frente
en el campo abierto y justo de la discusión intelectual y el análisis
científico. No tienen derecho a reducirle al silencio impidiéndole enseñar...
El pro-blema es tan fundamental que no puede soslayarse sin poner en peligro
toda la estructura de la libertad intelectua l, de que depende la vida de la
universidad americana». Whitehead, Dewey, Sharpley, Kasner, Einstein, todos los
principales filósofos y científicos del país fue-ron en apoyo del nombramiento
de Russell. «Los grandes espíritus —advirtió Eins tein—, han hallado siempre
violenta oposición de parte de las mediocridades. Éstas no pueden en-
120
tender que un hombre no se someta irreflexivamente
a los prejuicios hereditarios y use ho n-rada y valientemente su
inteligencia.»!
La defensa de Russell no estuvo limitada a la
comunidad académica. El nombramiento de Russell y la independencia de la
autoridad que le dio el nombramiento fueron apoyados por la Unión de Libertades
Civiles Americanas y el Comité de Liberación Cultural, cuyo presidente era por
entonces Sidney Hook. También tomaron partido por Russell los delega-dos de los
grupos religiosos más liberales, entre ellos el rabino Jonah B. Wise, el
profesor J. S. Bixier, de la Escuela de Teología de Harvard; el profesor E. S.
Brightman; el Director del Consejo Nacional de Religión y Educación, reverendo
Robert G. Andrus, consejero de los estudiantes protestantes de la Universidad
de Columbia; el reverendo John Haynes Holmes y el reverendo Guy Emery Shipler
que discutió el derecho del obispo Manning para hablar en nombre de la Iglesia
Episcopal. Nueve importantes editores, entre ellos Bennett Cerf, de Random
House; Cass Canfield, de Harper's; Alfred A. Knopf y Donald Brace, de Harcourt
Brace, publicaron una declaración en favor de la elección de Russell como «un
hombre que daría categoría a la Junta de Educación Superior». Hablando de las
«brillantes contribuciones de Russell a la filosofía» y de sus «altas
cualidades de educador», los edito-res declaraban que sería «una pena para los
estudiantes de la Ciudad de Nueva York no be-neficiarse con su nombramiento».
Como editores, continuaban, «no necesitamos suscribir personalmente todas las
opiniones expresadas en los libros que hemos publicado, pero aco-gemos
gustosamente las grandes mentalidades en nuestros listas, especialmente en un
tiem-po en que la fuerza bruta y la ignorancia han ganado tal ascendiente sobre
la razón y el inte-lecto en tantas partes del mundo. Consideramos más
importante que nunca el honrar la su-perioridad intelectual siempre que se
presenta la oportunidad». Sentimientos similares fue-ron expresados en el
Publisher's Weekly y el New York Herald Tribune, ambos editorial-mente, y por
Do rothy Thompson en su sección «En el archivo». «Lord Russell no es inmo-ral —escribió—.
Todos los que le conocen saben que es un hombre de la más exquisita in-tegridad
intelectual y personal.»
En la universidad misma había un gran
resentimiento, entre los estudiantes y el profe-sorado, sobre la ingerencia
eclesiástica y política en los asuntos de la universidad. En una reunión
celebrada en el aula magna, el profesor Morris Raphael Cohe n comparó la
situa-ción de Russell con la de Sócrates. Si el nombramiento de Russell fuera
revocado, dijo, «el claro nombre de nuestra ciudad sufrirá como sufrió el de
Atenas por condenar a Sócrates como corruptor de la juventud o el de Tennessee
por declarar culpable a Scopes por enseñar la evolución». En la misma reunión,
el profesor Hermán Randall, hijo, distinguido historia-dor de filosofía y
hombre religioso, denunció la oposición de los eclesiásticos al nombra-miento
de Russell como una «pura desfachatez» y una «gran impertinencia». Trescientos
miembros de la Universidad de la Ciudad de Nueva York firmaron una carta
felicitando a la Junta de Educación Superior por el espléndido nombramiento.
Los padres de los estud ian-tes de la universidad no quedaron alarmados por la
perspectiva de exponer a sus hijos a la influencia corrosiva del «campeón del
Amor Libre». Aunque la mayoría de los enemigos de Russell se declaraban
delegados de los «padres ofendidos», la Asociación de Padre de la Universidad
de la Ciudad de Nueva York votó unánimemente en favor de la decisión de la
Junta.
IV
121
Entre los gritos y las amenazas de los fanáticos,
algunos de los miembros de la Junta perdieron el valor. Sin embargo, en una
reunión del 38 de marzo la mayoría permaneció fiel a sus convicciones y el
discutido nombramiento fue confirmado por 11 votos contra 7. Los-fanáticos
esperaban esta derrota y se hallaban dispuestos a moverse en todos los frentes.
No habiendo podido hasta entonces lograr la anulación del nombramiento de
Russell como pro-fesor de la Universidad de Nueva York trataron de evitar que enseñase
en Harvard. Russell había sido invitado a dar las conferencias de Williams
James en el curso del otoño de 1940. El 24 de marzo, el político católico
Thomas Dorgan, «agente legislativo» de la ciudad de Bostón, escribió al
Presidente James B. Conant:
«Usted sabe que Russell patrocina las uniones
libres y el aflojamiento de los lazos que refrenan la conducta moral. El
contratar a ese hombre es un insulto para todos los ciudada-nos americanos de
Massachusetts.»
Al mismo tiempo, la Legislatura del Estado de Nueva
York recibió una petición para que invitase a la Junta de Educación Superior a
rescindir el nombramiento de Russell. El senador Phelps. Phelps, demócrata de
Manhattan, introdujo una resolución pidiendo a la Legislatura que declarase que
un «partidario de la promiscuidad es una persona indigna de ostentar un puesto
importante en el sistema educacional de nuestro estado a expensas de los
contribuyentes». Para eterna vergüenza de la raza humana se aprobó la resolución
y, que yo sepa, no se levantó en su contra voz alguna.
La resolución fue el preludio de una acción aún más
radical. Once miembros de la Jun-ta de Educación Superior habían sido tan
obstinados como para desafiar las órdenes de la jerarquía. Los herejes tenían
que ser castigados. Tenían que aprender quién era el que os-tentaba el
verdadero poder en el estado de Nueva York. Basándos en las declaraciones del
obispo Manning y del presidente Gannon, de la Universidad de Fordham, el
senador John F. Dunigan, jefe de la minoría, dijo al Senado que la filosofía de
Russell «corrompe la reli-gión, el Estado y la relación familiar». Se quejó de
«las teorías impías y materialistas de los que gobiernan ahora el sistema
escolar de la Ciudad de Nueva York». La actitud de la Jun-ta, que «insistía en
el nombramiento de Russell a pesar de la gran oposición pública — argüía el
Senador—, es un asunto que debe preocupar a esta Legislatura». Pidió una
pro-funda investigación del sistema educacional de la Ciudad de Nueva York y
puso en claro que dicha investigación debería estar principalmente dirigida a
las facultades de la Junta de Educación Superior. La resolución del senador
Dunigan fue también adoptada con sólo una ligera modificación.
Pero éstas apenas fueron escaramuzas menores. La
maniobra principal fue llevada a cabo en la misma Ciudad de Nueva York. Una tal
señora Jean Kay, de Brooklyn, que antes no se había distinguido por su interés
en los asuntos públicos, presentó, como contribuye n-te, una querella en el
Tribunal Supremo de Nueva York, para que se declarase nulo el no m-bramiento de
Russell por las razones de ser extranjero y partidario de la inmoralidad
sexual. Diju que estaba preocupada por lo que podría ocurrirle a su hija Glory
si llegaba a ser alumna de Bertrand Russell. El hecho de que Glory Kay no
pudiera ser alumna de Russell en la Universidad de la Ciudad no se consideró
improcedente. Más tarde, los abogados de la señora Kay presentaron dos razones
más para que excluyesen a Russell. Una de ellas era que no había dado un examen
de competencia y otra «que era contrario a la política pública el nombrar como
maestro a un creyente en el ateísmo».
La señora Kay estaba representada por un abogado
llamado Joseph Goldstein quien, con la administración Tammany precedente a La
Guardia había sido magistrado de la ciu-dad. En su informe, Goldstein describió
las obras de Russell cómo «lujuriosas, libidinosas,
122
lascivas, venéreas, erotomaníacas, afrodisíacas,
irreverentes, estrechas de criterio, mentiro-sas y desprovistas de fibra
moral». Pero esto no era todo. Según Goldstein, «Russell dirigía una colonia
nudista en Inglaterra. Sus hijos se exhibían desnudos. Él y su mujer habían
apa-recido desnudos en público. Ese hombre, que ahora tiene unos 70 años, se ha
dedicado a hacer poesía salaz. Russell tolera la homosexualidad. Diré más,
hasta la aprueba». Pero in-cluso esto no era todo. Goldstein, que presumiblemente
pasa todos sus ratos libres estu-diando filosofía, concluía con un veredicto
acerca de la calidad de la filosofía de Russell que terminó para siempre con la
reputación del autor de Principia Mathematica. El veredic-to ruinoso es el
siguiente:
No es un filósofo en el sentido aceptado de la
palabra; ni un amante de la sabiduría; no busca la sabiduría; no es un
explorador de esa ciencia universal que busca la explicación de to-dos los
fenómenos del universo mediante las últimas causas: en opinión del declarante y
de multitud de otras personas es un sofista; practica el sofismo; mediante re
cursos de astucia, sub-terfugios y sofismas, presenta argumentos falaces que no
están apoyados por un razonamiento sano; saca conclusiones que no están deducidas
de sanas premisas; todas sus supuestas doctri-nas, que él llama filosofía, no
son más que burdos, vulgares y gastados fetiches y proposiciones, inventados
con el fin de descarriar a la gente,
Para cualquiera que esté familiarizado con la
terminología corriente entre los filósofos católicos es difícil evitar que se
saque la conc lusión de que ellos fueron los que escribieron el informe y de
que emplearon a un abogado judío para ocultar el verdadero origen del ata-que.
Es altamente significativo que ni la señora Kay, ni su esposo, ni Goldstein
dijesen quién pagaba las costas del proceso.
Hasta este punto, Russell se había abstenido de
hacer ningún comentario, aparte de una breve declaración al comienzo de la
campaña, cuando dijo:
«No tengo el menor deseo de responder al ataque del
obispo Manning... Cualquiera que decida en su juventud pensar y hablar
honradamente, sin tener en cuenta la hostilidad y la tergiversación, espera
tales ataques y pronto aprende que lo mejor que puede hacer es igno-rarlos.»
Sin embargo, entonces, cuando los ataques fueron llevados ante un tribunal,
Russell se sintió obligado a publicar una respuesta. «Hasta ahora he mantenido
un silencio casi ab-soluto en la controversia relativa a mi nombramiento de la
universidad —advirtió—, ya que no podía admitir que mis opiniones fueran
pertinentes. Pero cuando se hacen ante un trib u-nal declaraciones
completamente falsas sobre mis actos, creo que tengo que rechazarlas. Nunca he
dirigido una colonia nudista en Inglaterra. Ni mi esposa ni yo nos hemos
exhibi-do desnudos en público. Nunca he escrito poemas salaces. Tales
afirmaciones son delibera-das falsedades y los que las han hecho tienen que
saber que carecen de fundamento. Me alegraría tener una oportunidad de negarlo
bajo juramento.» Hay que añadir que Russell nunca «aprobó» la homosexualidad.
Pero este es un punto que más tarde discutiremos deta-lladamente.
La demanda de la señora Kay se vio ante el Juez
McGeehan, un católico asociado con la camarilla democrática del Bronx. Antes de
esto, McGeehan se había distinguido por tra-tar de quitar un retrato de Martín
Lutero de un mural del tribunal que servía de ilustración a la historia legal.
Nicholas Bucci representó a la Junta de Educación Superior. Se negó a en-trar
en una discusión acerca de las malignas opiniones de Russell y de su
incompetencia como filósofo. Se limitó al único punto legalmente pertinente del
informe: que se pudiera dar una plaza en la universidad a un extranjero. Bucci
rechazó esto y pidió que se desechase la petición. McGeehan replicó
ominosamente:
123
«Si hallo que esos libros están de acuerdo con el
alegato de la demanda, proporcionaré un motivo de reflexión al Tribunal de
Apelación.» Los libros a que se refería eran los que presentó Goldstein en
apoyo de sus cargos. Eran La educación y la vida buena. El matri-monio y la
moral, La educación y el mundo moderno y Lo que yo creo.
V
Dos días después, el 30 de marzo, el Juez dio a
conocer sus meditaciones. Basándose en «normas y criterios... que son las leyes
de la naturaleza, y la naturaleza de Dios», revocó el nombramiento de Russell y
lo calificó, como los anteriores oradores clericales, de «un insulto al pueblo
de la Ciudad de Nueva York». La acción de la Junta, concluyó, era «en efecto,
el establecimiento de una cátedra de indecencia», y al hacer aquello había
«actuado arbitrariamente, caprichosamente, y en directa violación de la salud
pública, la seguridad, la moral del pueblo y los derechos del demandante, quien
tiene derecho a una resolución re-vocando el nombramiento del dicho Bertrand
Russell». Según el Sunday Mirror, el juez reconoció que su veredicto era
«dinamita». Que no pensaba sólo en la ley, si es que pensaba en ella, se hizo
evidente por su ulterior declaración de que «esta decisión ha colocado los
cimientos para que el comité legislativo investigador comience su obra, y creo
que van a interesarse por el modo en que se llegó al nombramiento de Bertrand
Russell». El New Re-public indicó que el fallo de McGeehan «debió haberse
producido con velocidad sobrehu-mana», y muchos observadores creían que había
sido escrito para el juez por los analistas eclesiásticos de las teorías de
Russell. No comparto esta creencia, pero sí la sospecha de John Dewey de que el
juez no leyó jamás los libros que presentó como prueba Goldstein. Lo que sí es
cierto, es que el fallo se dio apresuradamente. Es imposible que en el curso de
dos días McGeehan hubiera estudiado cuidadosamente los cuatro libros, además de
escribir su extensa opinión. Que el juez no hizo ninguna tentativa para
salvaguardar los derechos de todas las partes, como debe hacer un juez
concienzudo, se hace también evidente por otros varios aspectos del caso.
McGeehan no permitió que Russell negase los cargos de Golds-tein, sino que los
aceptó sin más rodeos. No dio a Russell oportunidad de decir si la
inter-pretación de las opiniones de Russell era correcta. Tampoco trató de averiguar
si Russell mantenía aún las opiniones expresadas en libros escritos entre ocho
y quince años antes. Todo esto parece un requisito de los cánones elementales
de la decencia común, ya que no de la imparcialidad judicial.
Como vimos, Bucci, que representó a la Junta de
Educación Superior, se había limitado a responder al cargo de que, como
extranjero, Russell no podía ser legalmente nombrado profesor de la
universidad. Sin embargo, McGeehan basó la anulación del nombramiento
principalmente en los otros cargos de la demanda de la señora Kay. Publicó su
decisión sin dar a Bucci la oportunidad de responder a los otros cargos. El
demandado, dijo McGeehan, había «informado al Tribunal que no respondería».
Bucci negó categóricamente esto en una declaración jurada que no se recusó
nunca. Bucci juró que el juez le había dado a entender que se le permitiría
exponer la respuesta de la Junta, después del rechazamiento de su mo-ción para
que se desechase la demanda.
Sin embargo, estas demasías de procedimiento eran
nada comparadas con las deforma-ciones, calumnias y falsas conclusiones
contenidas en el juicio, que merece el estudio más cuidadoso. Demuestra lo que
aparentemente puede hacerse en plena luz del día, incluso en un estado
democrático, si un fanático ostenta el poder judicial y se siente apoyado por
polí-
124
ticos influyentes. Es necesario citar
extensivamente este asombroso documento, ya que de otro modo el lector no
creerá que esto ocurrió realmente. Además, no deseo emular al juez en su
deformación entresacando citas del contexto. El juez McGeehan, como veremos,
de-mostró ser un cumplido profesional de este innoble arte, y frecuentemente
logró hacer apa-recer a Russell como defensor de todo lo contrario que pensaba.
El nombramiento fue revocado por tres razones. La
primera, que Russell era extranje-
ro:
El demandante afirma, en primer lugar, que la
Sección 550 de la Ley de Educación requie-re que «Ninguna persona esté empleada
o autorizada a enseñar en las escuelas públicas del es-tado si... 8. No es
ciudadano; las cláusulas de esta subdivisión no se aplicarán, sin embargo, a un
maestro extranjero empleado ahora o en lo futuro, siempre que dicho maestro
presente la so-licitud debida para hacerse ciudadano, y conforme con el tiempo
prescrito por la ley se convier-ta en ciudadano». Queda concedido que Bertrand
Russell no es ciudadano, ni ha solicitado ser-lo. El abogado de la corporación
sostiene que dispone de un tiempo razonable después del nombramiento para
presentar la solicitud. Sostiene además que esta sección no se aplica a los
profesores de las universidades de la Ciudad de Nueva York, alegando que, si
fuera aplicable la Sección 550, la mayoría de los profesores de las
universidades de la Ciudad de Nueva York os-tentarían sus plazas ilegalmente,
porque no son ni graduados de una escuela normal del Estado, ni tienen
licencias del comisario de educación... No parece lógico que la sección no
estuviera destinada a aplicarse a un caso similar al de Bertrand Russell, que
lleva cierto tiempo en este país, que no ha presentado jamás una solicitud para
hacerse ciudadano y al que, aparentemente, como se verá más adelante, se le
negaría la ciudadanía. La sección se aplica generalmente a «maestros y alumnos»
y no se limita a las escuelas elementales y secundarias, y el tribunal
man-tiene, por lo tanto, que Bertrand Russell no está calificado para enseñar
en razón de las cláusu-las de esta sección, pero la decisión que aquí se toma
no se basa solamente en esto.
No hay que ser un entendido para descubrir las
trampas legales del razonamiento del juez. La ley invocada se refiere, con toda
claridad a las escuelas públicas y no a las univer-sidades. Contiene otras
muchas estipulaciones que nunca se aplican a los profesores de uni-versidad.
Pero incluso en las escuelas públicas, la ley permite enseñar a un extranjero,
si declara su intención de hacerse ciudadano. Russell tenía casi un año para
ello. McGeehan no tenía derecho a suponer que Russell no solicitaría la ciudadanía.
Tampoco tenía el dere-cho de hablar por las autoridades de la Oficina de
Inmigración y Naturalización.
Bastaría esta usurpación de poderes para que un
tribunal superior no pudiera, concebi-blemente, mantener el fallo de McGeehan.
Además, la debilidad de sus constantes inferen-cias de que Russell era una
persona de «malas costumbres» y culpable de depravación mo-ral puede ser medida
por el hecho de que las autoridades de inmigración no intentaron, an-tes ni
después del veredicto, deportar a Russell.
Segundo, el nombramiento de Russell fue declarado
nulo, basándose en que no había dado un examen de competencia.
El segundo argumento del demandante es que no se
hizo examen de ninguna clase a Ber-trand Russell en el momento del
nombramiento, y esto lo demuestran las actas del Comité Ad-ministrativo de la
Universidad de la Ciudad de Nueva York y de la Junta de Educación Superior en
el momento de su nombramiento.
Esta ley contiene una cláusula reconociendo la
posibilidad de que haya que dar un examen de competencia siempre que lo estime
así la Junta de Educación Superior. McGee-han no podía ignorar esta cláusula.
Pero Russell tenía que ser declarado incapaz a toda cos-ta. Por lo tanto, la
cláusula fue amañada por el siguiente argumento ingenioso:
125
Aunque no es necesario que el tribunal determine
judicialmente la acción de la ¡unta de Educación Superior al suponer que era
impracticable que se diese un examen de competencia para la plaza de Profesor
de Filosofía de la Universidad, tal suposición de parte de la Junta de
Educación Superior se estima arbitraria, caprichosa y en violación directa de
los mandatos de la Constitución del Estado de Nueva York. Si sólo hubiera en el
mundo una persona que entendie-se de filosofía y de matemáticas y esa persona fuese
Bertrand Russell, se podría pedir a los con-tribuyentes que lo empleasen sin
examen, pero resulta difícil creer, considerando las importan-tes sumas que se
gastan en materia de educación, que no se dispone de otra persona, en Estados
Unidos, que constituya un galardón para la sabiduría y la vida pública. Otros
colegios y univer-sidades, tanto públicos como privados, han hallado al parecer
ciudadanos americanos a los cua-les emplear, y decir que la Universidad de la
Ciudad de Nueva York no podía emplear un profe-sor de filosofía mediante un
examen cualquier significa que la Junta de Educación Superior se arroga un
poder que le fue negado por el pueblo del Estado de Nueva York en la
Constitución, y ninguna Legislatura ni ninguna Junta pueden violar este
mandato.
Es difícil tomar en serio la pretensión de McGeehan
de que la Junta actuaba «arbitraria y caprichosamente» al no someter a Russell
a un concurso. Es aún más difícil suponer que el juez mantenía aquello de buena
fe. Si el concurso fuera realmente un requisito legal de los profesores de
universidad, entonces todos los profesores de las universidades del estado
tendrían que ser despedidos. Todos los miembros de la Junta de Síndicos de
Educación Su-perior tendrían que ser acusados de hacer nombramientos ilegales.
El Comisario de Educa-ción del Estado de Nueva York tendría que ser castigado
por permitir que tantos profesores enseñasen ilegalmente. Pero, en todo caso,
el concurso no es un requisito legal, y en la ley no hay nada que impida que la
Junta estime que las circunstancias hagan imposible un examen ya en el caso de
extranjeros o en el de ciudadanos.25
De acuerdo con la lógica de McGeehan, no se podría
contratar a los profesores extran-jeros distinguidos, ya que presumiblemente en
la mayoría de los casos habría norteamerica-nos capaces de llenar los puestos
competentemente. Todo el mundo sabe que en las princi-pales universalidades de
los Estados Unidos se emplea regularmente a extranjeros. Con an-terioridad a la
ley de inmigración de McCarran, esto fue reconocido oficialmente al quedar
exentos de las usuales cuotas de inmigración los profesores extranjeros. Tengo
que advertir que recientemente el distinguido filósofo Jacques Maritain fue
nombrado profesor de una de las universidades municipales. Toda persona sensata
debió celebrar este nombramiento, pero, que yo sepa, Maritain es un extranjero
que no ha solicitado jamás la naturalización. Tampoco dio un examen de
competencia. Ningún contribuyente presentó una demanda para que se declarase
nulo el nombramiento. Me preguntó si el juez McGeehan tomaría en serio estas
razones, si fueran la base de una demanda en el caso de Maritain.
El juez trató gustosamente la tercera razón de su
opinión. En las dos primeras se adve r-tía un tono de excusa. Pero no ocurriría
así en la tercera, cuando había que defender la «mo-ralidad» contra el
conrruptor de la juventud y sus sospechosos patrocinantes de la Junta de
Educación Superior. Entonces McGeehan se convirtió en un feroz cruzado. Como
Russell comentó más tarde, «el juez se dejó ir». La opinión, en esta fase, se
hizo confusa, y el ar-
25 Este
aspecto de] fallo de McGeehan está discutido a fondo en tres artículos de
revistas legales. «Trial by Ordeal. New Style» de Walter H. Hamilton. Yale Law
journal, marzo 1941; Comentario; «The Bertrand Russell Litigation» (1941), 9
University of Chicago Law Review, 316; Comentario: «The Benrand Rusell Case:
The History of a Litigation» (1940). 53 Harvard Law Review, 1192. Me he apoyado
en estos artículos en otros varios puntos relativos a las irregularidades del
procedimiento de McGeehan.
126
gumento racional, en la proporción que existiera en
las exposiciones anteriores, se acabó. La furia y la santa cólera tomaron
posesión del campo. No era fácil siempre determinar con qué razón ordenaba el
juez excluir a Russell, ya que curiosamente admitía que muchas de sus
observaciones no eran pertinentes para su decisión. Sin embargo, no quedaba la
menor duda del «carácter inmoral» de Russell y de la «naturaleza salaz de sus
enseñanzas»:
Las anteriores razones serían suficientes para
mantener la demanda y para conceder el desagravio pedido, pero hay una tercera
razón en que se apoya el demandante y que, para el tri-bunal, parece decisiva.
El demandante sostiene que el nombramiento de Bertrand Russell ha violado la
política pública del Estado y de la nación, a causa de las enseñanzas
notoriamente inmorales y salaces de Bertrand Russell y porque el demandante
sostiene que se trata de un hombre de mala moral.
Se ha dicho que la vida privada y los escritos de
Bertrand Russell no tienen nada que ver con su nombramiento como profesor de
filosofía . También se ha aducido que va a enseñar ma-temáticas. Sin embargo,
su nombramiento, es para el departamento de filosofía de la universi-dad.
Considerando esto, proseguía el juez, «desechaba
completamente la cuestión de los ataques del señor Russell a la religión».
Esto, hay que reconocerlo, fue muy generoso de su parte. Quizás convenga
señalar a veces que, a pesar del poder de dignatarios como el con-cejal Charles
Keegan y el senador Phelps Phelps la Ciudad de Nueva York, los Estados Unidos
de América del Norte son una nación secular, y no parte de la España de Franco
o del Sacro Imperio Romano; aunque a veces uno no está seguro. Fuera como fuese,
el juez se hallaba dispuesto a tener toda la clemencia posible con las críticas
de Russell de las teo-rías religiosas. Sin embargo, en otros asuntos, era
necesario hablar un lenguaje más severo:
... pero hay ciertos principios básicos en que se
basa este Gobierno. Si un maestro, que no es una persona de buena moral, es
nombrado por cualquier autoridad, el nombramiento viola estos requisitos
esenciales. Uno de los requisitos de un maestro es su buena moral. En realidad,
este es un requisito para ingresar en el servicio civil en la ciudad, el
Estado, las subdivisiones políticas o los Estados Unidos. No se necesitan
argumentos para defender esto. No hay que hallarlos en la Ley de Educación. Se
hallan en la na-turaleza de la profesión docente. Los maestros no tienen sólo
que instruir a las aulas, sino dar ejemplo a los estudiantes. Los
contribuyentes de la Ciudad de Nueva York pagan millones para mantener los
centros docentes de la Ciudad de Nueva York. No pagan ese dinero, ni ese dinero
fue concedido para pagar a maestros que no tengan una buena moral. Además, hay
en la Ley de Educación amplia autoridad pa-
ra apoyar esta afirmación.
Debería notarse que, a pesar de sus numerosas
afirmaciones de que Russell era una persona de «carácter inmoral», McGeehan no
condescendió en parte alguna a enumerar la conducta, real o supuesta, de
Russell, que apoyaba tal conclusión. Es imposible estar segu-ro, por ejemplo,
de si aceptó la acusación de Goldstein de que Russell y su esposa se «habí-an
exhibido desnudos en público» o que él había compuesto «poemas salaces». Es
igua l-mente imposible saber si el juez basaba su conclusión acerca de la reclusión
de Russell en el pacifismo de éste durante la Primera Guerra Mundial, cuestión
en la que Goldstein, como muchos irlandeses que hasta entonces no se habían
destacado como campeones de los in-tereses imperiales británicos, se había
excitado de tal modo. No sé cómo el procedimiento de hacer declaraciones
ofensivas sin presentar pruebas es considerado por la gente dotada de la
percepción de las «normas divinas». Para la gente como yo, que es meno s
afortunada, parece completamente malo; y si se trata de un juez, en el curso de
sus deberes oficiales, me parece un monstruoso abuso de su posición.
La moral de Russell era bastante mala, pero sus
doctrina eran peores aún:
127
La afirmación del demandante de que Bertrand
Russell ha difundido en sus libros doctri-nas salaces e inmorales está
ampliamente confirmada por los libros presentados como prueba. No es necesario
detallar aquí la obscenidad 26 contenida en esos libros. Basta citar lo
siguiente. En La educación y el mundo moderno, páginas 119 a 120: «Estoy seguro
de que la vida de la universidad sería mejor, tanto intelectual como
moralmente, si la mayoría de los estudiantes tu-vieran matrimonios temporales y
sin hijos. Esto sería una solución del impulso sexual que no sería inquieta ni
subrepticia, mercenaria ni casual, y de una naturaleza tal que no quitaría un
tiempo que debería dedicarse al trabajo.» De El matrimonio y la moral, páginas
165 y 166: «Por mi parte,aunque estoy completamente convencido de que el
matrimonios donde se practica la contraconcepción legalizada y que se disuelve
por mutuo acuerdo, sería un paso en el buen ca-mino y harta mucho bien, no creo
que eso sea suficiente. Creo que todas las relaciones sexuales que no suponen
hijos deben ser miradas como un asunto puramente particular, y que si un
hom-bre y una mujer deciden vivir ¡untos sin tener hijos, ese es un asunto
solamente de ellos. No es-timo deseable que un hombre o una mujer vayan a un
asunto tan serio como un matrimonio des-tinado a tener hijos sin haber tenido
antes experiencia sexual.» («La importancia peculiar dada actualmente al
adulterio es completamente irracional.» De Lo que yo creo. página 50.)
Quizás el juez no detalló la «obscenidad» contenida
en los libros de Russell por la sen-cilla razón de que no existe en ellos. Como
John Dewey dijo en su artículo de The Natíon: «Las personas, si es que existen,
que buscan obscenidad en los escritos de Russell quedarán decepcionadas. Esto
falta de tal modo allí que el modo destemplado y moralmente irrespon-sable con
que se ha acusado a Russell es una buena razón para creer que los que han
expre-sado un criterio moral tan autoritario suprimirían, si pudiesen, todas
discusión crítica de las creencias y prácticas que desean imponer a los demás.»
En cuanto a lo que el juez dijo de «obscenidad», «cátedra de indecencia» y
otras expresiones semejantes, otros autores obser-varon que si hubiera repetido
aquellas palabras fuera del tribunal se le habría podido proce-sar por
calumnia.
McGeehan pensó, al parecer, que lo que había
demostrado acerca de Russell y de sus enseñanzas no era suficiente. Había
demostrado que las doctrinas de Russell eran «salaces», es cierto; pero este
hecho en sí no habría dado al tribunal derecho a intervenir. Se necesita-ba
algo más. Algo más severo, o, diríamos, más dramático. La situación exigía una
demos-tración de imaginación creadora y el juez aceptó el desafío. Inspirándose
en el Reverendo profesor Schultz y otros especialistas de elocuencia sagrada,
tuvo la idea de asociar a Rus-sell con incitaciones a la violación de la Ley
Penal.
La Ley Penal del Estado de Nueva York es un factor
importantísimo en las vidas de nues-tro pueblo. Como ciudadanos y residentes de
nuestra ciudad nos hallamos dentro de su alcance protector. Al tratar de la
conducta humana, las cláusulas de la Ley Penal y el proceder que con-denan no
deben ser tratados con ligereza o completamente ignorados. Incluso suponiendo
que la Junta de Educación Superior posea el máximo poder que puede conferirle
la Asamblea en el nombramiento de sus maestros, tiene que actuar de modo que no
viole la Ley Penal, ni fomente la violación de ella. Cuando actúa de modo que
patrocine o fo mente las violaciones de la Ley Penal, y los actos contrarios a
la salud, la seguridad y la moral públicas, sus actos carecen de efecto legal.
Un tribunal de justicia, con los poderes inherentes a dicho tribunal, tiene
amplia ju-risdicción para proteger a los contribuyentes de la Ciudad de Nueva
York de actos tales como el realizado por la Junta de Educación Superior.
Después de esta noble defensa de la Ley Penal, el
juez procedió con evidente gusto a citar varias de sus estipulaciones:
26 El
subrayado es mío
128
La Ley Penal del Estado de Nueva York define el
crimen de secuestro, y estipula que la persona que usa, o procura para ser
usada, a una mujer de menos de dieciocho años de edad, cuando no es su marido,
con fines de comercio sexual, o la persona que lleva a una mujer solte-ra, de
cualquier edad, y conducta anteriormente casta, a un lugar con el fin de tener
comercio sexual, es culpable de secuestro y debe ser castigada con prisión no
superior a diez años (Sec-ción 70). Además, la Ley Penal estipula que incluso
los padres o tutores de una mujer de menos de dieciocho años que consienten que
la tome alguna persona con el fin de comercio sexual, violan le ley y se les
puede castigar con hasta diez años de prisión (Sección 70).
En cuanto al delito de estupro, la Ley Penal
estipula que la persona que perpetra un acto de comercio sexual con una mujer,
que no sea su esposa, de menos de dieciocho años, 6ajo las cir-cunstancias que
no supongan estupro en primer grado, es culpable de estupro en segundo grado,
punible con hasta diez años de prisión (Sección 2.010).
La sección 100 de la Ley Penal hace del adulterio
un delito criminal.
La sección 2.460 de la Ley Penal, entre otras
cosas, estipula que cualquier persona que in-duzca o trate de inducir a alguna
mujer a que viva con ella con fines inmorales será culpable de un delito y,
cuando sea declarada convicta, se le castigará con no menos de dos años de
prisión, no más de diez, y una multa que no exceda de los 5.000 dólares.
De estas estipulaciones sólo la relativa al
adulterio tiene siquiera una importancia rela-tiva. Russell nunca patrocinó el
«estupro» ni el «secuestro» y no instó a nadie «a que indu-jese a ninguna mujer
a vivir con él con fines inmorales». Ni siquiera McGehan, con toda su habilidad
para citar fuera de contexto, pudo exhibir ningún pasaje que pudiera ser
interpre-tado como una incitación a estos delitos. ¿Por qué citaba entonces
estas estipulaciones? ¿Por qué citarlas a menos que la intención del juez fuera
establecer en la mente del público, especialmente entre la gente no
familiarizada con los libros de Russell, una asociación entre estos delitos y
el nombre de Russell? Yo dudo de que esta clase de recurso demagógico haya sido
empleado antes por el juez de un tribunal norteamericano.
Voy a reproducir el resto del fallo sin
interrupción para no perturbar el hilo de los pen-samientos del juez. Sus
profundas reflexiones acerca de la libertad académica «para hacer el bien» y su
notable doctrina de la «influencia indirecta» mediante la cual un maestro, al
dar una clase sobre la filosofía de las matemáticas o la física, puede causar
«el comercio sexual entre estudiantes, cuando la mujer es menor de dieciocho
años», merece la atención de los eruditos serios. La última de estas teorías,
que podría ser, quizás, llamada la doctrina de la «influencia extraordinaria»,
seguramente debe interesar a los psicólogos y a los que se ocupan de la
precepción extrasensorial.
Cuando consideramos la gran cantidad de dinero que
se hace pagar anualmente a los con-tribuyentes para poner en vigor estas
estipulaciones, hay que pensar en lo repugnante que tiene que ser al bien común
cualquier gesto destinado a fomentar la violación de las estipulaciones de la
Ley Penal Concediendo arguendo que la Junta de Educación Superior tiene un
poder exclu-sivo para elegir el profesorado de la Universidad en la Ciudad de
Nueva York, y que su discre-ción no puede ser limitada ni discutida por este tribunal
o cualquier otro organismo, sin embar-go, ese único y exclusivo poder no puede
ser usado para ayudar, instigar o fomentar cualquier proceder tendiente a la
violación a la Ley Penal. Suponiendo que Bertrand Russell pudiera en-señar dos
años en la Universidad, sin promu lgar las doctrinas que él estima necesario
difundir mediante la imprenta, a intervalos frecuentes, su nombramiento viola
un canon de pedagogía perfectamente obvio, a saber que la personalidad del
maestro contribuye más a formar la opi-nión del alumno que muchos silogismos.
Una persona a la que despreciamos y que carece de habilidad, no puede
convencernos para que la imitemos. Una persona que nos agrada y que tie-ne una
notable habilidad no necesita intentarlo. Se afirma que Bertrand Russell es
extraordina-rio. Esto le hace tanto más peligroso. La filosofía de Bertrand
Russell y su conducta en lo pas a-
129
do están en conflicto directo y violan la Ley Penal
del Estado de Nueva York. Cuando conside-ramos lo susceptible que es la mente
humana a las ideas y la filosofía de los maestros, es mani-fiesto que la Junta
de Educación Superior no ha tenido en cuenta las probables consecuencias de su
actos o que sus miembros se interesaban más en patrocinar una causa que, según
ellos, pare-cía un desafío a la llamada «libertad académica», sin prestar la
atención adecuada a los otros aspectos del problema que tenían ante ellos.
Aunque este tribunal no puede intervenir en ningún acto de la junta, siempre
que se trate de la pura cuestión de la libertad académica «válida», no tolerará
que la libertad académica se use como un medio de fomentar la divulgación, en
las mentes de los adolescentes, de actos prohibidos por la Ley Penal. Este
nombramiento afecta a la salud, la seguridad y la moralidad públicas de la
comunidad, y este tribunal tiene el deber de ac-tuar. La libertad académica no
significa la licencia académica. Es la libertad de hacer bien y no la de
enseñar el mal. La libertad académica no puede autorizar a un maestro a que
enseñe que son buenos el asesinato y la traición. Tampoco se puede permitir a
un maestro que enseñe, dire-cta o indirectamente, que el comercio sexual entre
los estudiantes, cuando la mujer tiene menos de dieciocho años, es conveniente.
Este tribunal toma judicialmente nota del hecho de que los estudiantes de las
universidades de la Ciudad de Nueva York son menores de dieciocho años, aunque
algunos sean mayores.
La libertad académica no puede enseñar que el
secuestro es legal ni que el adulterio es atractivo y bueno para la comunidad.
Hay normas y criterios de verdad que han sido reconoci-dos por los padres
fundadores. Hallamos un reconocimiento de ellos en las primeras palabras de la
Declaración de Independencia, cuando se refieren a las leyes de la naturaleza y
a la naturale-za de Dios. Las doctrinas ahí expresadas, sagradas para todos los
norteamericanos desde aquel día hasta entonces, preservadas por la Constitución
de los Estados Unidos, y de los diversos es-tados, y defendidas con la sangre
de sus ciudadanos, reconocen que los derecho? inalienables con que los hombres
han sido dotados por su Creador tienen que ser preservados, y un hombre cuya
vida y enseñanzas son contrarias a estas doctrinas, que enseña y practica la
inmoralidad, y que fomenta la violación de la Ley Penal del Estado de Nueva
York, no está capacitado para enseñar en las escuelas de este país. La rama
judicial de nuestro gobierno, bajo nuestras institu-ciones democráticas, no ha
sido mutilada por los enemigos de nuestras instituciones hasta el punto de
incapacitarla para que actúe para proteger la moral y los derechos del pueblo.
Cuando la salud, la seguridad y la moral públicas se hallan tan directamente
afectadas, ninguna junta, administrativa, o lo que fuere, puede actuar
dictatorialmente, escudando sus actos detrás de una pretensión de completa y
absoluta inmunidad de revisión judicial. La fuma de Educación Supe-rior de la
Ciudad de Nueva York ha ignorado completa y deliberadamente los principios
esen-ciales en que se debe basar la selección de los maestros. La afirmación de
que Bertrand Russell va a enseñar matemáticas y no filosofía no atenúa en nada
el hecho de que su sola presencia como maestro hará que los estudiantes le
atiendan, traten de saber más acerca de él, y cuanto más capaz sea de
encantarlos e impresionarlos con su personalidad, más potente será su
in-fluencia en todas las esferas de sus vidas, haciendo que los estudiantes, en
muchos casos, traten de emularlo en todo respecto.
Considerando el poder de este tribunal para revisar
la determinación y nombramiento del doctor Russell por la junta de Educación
Superior, éste tribunal ha dividido las pruebas del pro-ceso en dos clases, a
saber, las pruebas referentes a medidas polémicas no malum in se, en lo re -
lativo a la ley, aunque sean repulsivas para mu cha gente, y las referentes a
cosas consideradas malum in se por el tribunal. Las opiniones de doctor Russell
acerca de la masturbación, expre - sadas en el libro titulado La educación y la
vida buena, donde, en la página 211 declara: «La masturbación infantil, si no
se le da importancia, no tiene, al parecer, malos efectos que se pue-dan
descubrir sobre la salud ni sobre el carácter; los malos efectos observados en
ambos casos se deben totalmente a las tentativas para impedirla... Por lo
tanto, aunque esto sea difícil, hay que dejar en paz al niño en este respecto»;
sus opiniones acerca de la desnudez, expresadas en el mismo libro, en la página
212, donde dice: «Un niño debe ver, desde el primer momento, desnudos a sus
padres y hermanos, cuando esto suceda naturalmente. No hay que violentar
nin-guna de las dos cosas: sencillamente no debe dársele la impresión de que a
la gente le afecta la desnudez»; sus opiniones acerca de la religión y la
política, su vida y su conducta personal, con los folletos y convicciones
incidentales, son materias que este tribunal sostiene que deberían haber sido
consideradas por la Junta de Educación Superior al estimar el carácter moral
del doc-
130
tor Russell como profesor, y sobre estas materias
la determinación de la Junta de Educación Superior es terminante. Si los
patrones de la (unta de Educación Superior en estos respectos son inferiores a
los requerimientos de la decencia común, el remedio lo tiene el poder
ordenador, al que se le puede hacer responsable del nombramiento de individuos
con principios morales por debajo de los requisitos del bien público. Pero este
tribunal no puede actuar ante tal conducta, a causa del poder conferido, por la
ley a la (unta de Educación Superior. Sin embargo, cuando el asunto trasciende
del campo de la polémica y entra en el de la ley criminal, este tribunal tiene
el poder y el deber de intervenir. Al fomentar el adulterio con el lenguaje
usado en el libro La educación y la vida buena, en la página 221: «No enseñaré
que la fidelidad al compañero du-rante toda la vida sea 'en modo alguno
deseable, o que un matrimonio permanente debe excluir los episodios
temporales», puede afirmarse que sólo fomenta un delito de menor cuantía; sin
embargo, este argumento atenuante termina cuando nos vemos frente a las
declaraciones del doctor Russell con respecto al condenable delito de la
homosexualidad, que en el Estado de Nueva York se pena con hasta veinte años de
prisión, y acerca de cuya práctica degenerada el doctor Russell dice en la
página 119 de su libro La educación y el mundo moderno: «Es posible que las
relaciones homosexuales entre muchachos no fueran muy dañinas si se tolerasen,
pero, aún así, existe el peligro de que perturben el desarrollo de la vida
sexual ulterior.»
Considerando los principios del doctor Russell con
referencia a la Ley Penal del Estado de Nueva York, parece ser que no sólo la
moral de los estudiantes quedaría minada, sino que tales doctrinas tenderían a
hacerlos entrar en conflicto, y en algunos casos también a sus tutores y
padres, con la Ley Penal, por lo cual este tribunal interviene.
El juez indicaba obviamente que Russell fomentaba
el «condenable delito de la homo-sexualidad»; y que frente a aquel cargo debían
terminar los «argumentos atenuantes». Que yo sepa, hay sólo dos pasajes en lo s
muchos libros de Russell donde se discute la homo-sexualidad. Uno de ellos es
el citado por el juez. El otro está en El matrimonio y la moral (página 90),
que es el siguiente:
«La homosexualidad entre hombres, aunque no entre
las mujeres, es ilegal en Inglate-rra, y sería muy difícil presentar cualquier
argumento para una modificación de la ley a es-te respecto que no fuera en sí
ilegal en razón de obscenidad. Y sin embargo, cualquier per-sona que se haya
tomado la molestia de estudiar el tema sabe que esta ley es el efecto de una
bárbara e ignorante superstición, en favor de la cual no se puede presentar
ningún ar-gumento racional.» Es evidente que Russell es contrario a las leyes
existentes contra la homosexualidad. Tomo nota de un reciente comunicado de
Londres, en el cual, al parecer, los católicos influyentes han adoptado la
posición de Russell y también apoyan la abolición de estas leyes.27
Es igualmente claro que Russell no incita a nadie a
quebrantar la ley que él condena. En el pasaje citado por el juez, Russell no
critica siquiera las leyes. Lejos de fomentar la homosexualidad expone una
posibilidad, y luego indica alguno de los efectos dañinos de las relaciones
homosexuales. Esta es la lógica: lo negro es blanco, la paz es guerra, y la
li-bertad es esclavitud. Qué verdad es que todos los fanáticos son
fundamentalmente iguales, a uno y al otro lado de la Cortina de Hierro.
Tampoco es cierto que Russell, en ninguno de los pasajes citados por el juez, o en
27 «Una
Comisión Católica de clérigos y seglares ha recomendado al Ministerio del
Interior que "los actos consensúales realizados en privado" por
homosexuales adultos no sean considerados un delito», se nos infor-ma hoy...
Acerca del problema de la homosexualidad, la Comisión dijo: «La prisión no
sirve para la reorienta-ción de las personas con tendencias homosexuales, y
generalmente tiene un mal efecto sobre ellas. La solu-ción satisfactoria no se
hallará en las prisiones generalmente reservadas a los homosexuales.» The Ne»
York Post. 4 de octubre de 1956. Es de esperar que estos humanos y sensibles
miembros de la Iglesia no tendrán nunca que comparecer ame un tribunal
presidido por el jura McGeehan para responder al cargo de incitación a algún
«condenable delito».
131
cualquier otro lugar, fomentase el adulterio. Lo
que Russell mantiene es que primeramente las relaciones sexuales entre solteros
no son moralmente malas, si hay el afecto mutuo sufi-ciente, y que ese es un
asunto particular en el cual no debe intervenir el Estado. Segundo, mantiene
que las relaciones extramaritales no son necesariamente una razón para disolver
un matrimonio. Esto, como insistió en declaraciones públicas que McGeehan
ignoró cuida-dosamente, no es lo mismo que «fomentar» el adulterio. En todo
caso, el patrocinio de Rus-sell de los matrimonios donde se practicase la
contraconcepción legalizada, y que en caso de no haber hijos se disolviesen por
mutuo consentimiento, puede ser mirado como un ar-gumento contra el adulterio.
Pero, de todos modos, la sección de la Ley Penal de Nueva York que hace del
adulterio un delito no se ha aplicado hace mucho tiempo. Todo el mundo lo sabe.
Quizás la mejor prueba de que esta es una ley muerta la tiene el propio
McGeehan en su historial cuando fue fiscal del Distrito del Bronx. Durante ese
período se concedieron un gran número de divorcios con el solo fundamento legal
del adulterio. Sin embargo, McGeehan, como todos los Fiscales de Distrito,
nunca procesó a una sola de las partes cuya culpa había sido de este modo
oficialmente registrada.
Las opiniones de Russell acerca de la desnudez,
aunque no malum in se, fueron conde-nadas como «repulsivas» por el juez. Citó
uno de los primeros libros de Russell, La educa-ción y la vida buena, en el
cual había escrito que «Un niño debe ver, desde el primer mo-mento, desnudos a
sus padres y hermanos, cuando esto suceda naturalmente. No hay que violentar
ninguna de las dos cosas; sencillamente no debe dársele la impresión de que a
la gente le afecta la desnudez». Esto se presentó como prueba de que la cátedra
de filosofía de la Universidad se convertiría en Cátedra de «indecencia» si se
permitía aquel nombramien-to. Mc Geehan, al parecer, esperaba presentar a
Russell como un «lujurioso, erotomaníaco. lascivo» (empleando el colorido
lenguaje de Goldstein) que patrocinaba una especie de ex-hibicionismo familiar.
El juez tuvo buen cuidado de no citar las otras partes del estudio de Russell
en que explica las razones de su criterio. En los otros pasajes, suprimidos por
McGeehan, Russell ponía en claro que ofrecía su recomendación y condenaba la
práctica contraria de ocultar a toda costa el cuerpo humano, porque la última
evocaba «la sensación de que hay un misterio y, al tener esta sensación, los
niños- se harán lascivos e indecentes».
El juez también evitó cuidadosamente el citar el
estudio del mismo tema en El matri-monio y la moral, uno de los libros
presentados por Goldstein y que McGehan afirmó haber leído. La acusación
Goldstein de que Russell había «dirigido una colonia nudista» estaba derivada
presumiblemente de algunas declaraciones de este pasaje. Es como sigue:
El tabú contra la desnudez es un obstáculo para una
actitud decente hacia el sexo. Cuando se trata de los niños, ahora lo reconoce
mucha gente. Es conveniente que los niños se vean y vean desnudos a sus padres,
cuando esto sucede naturalmente. Habrá un corto periodo, proba-blemente a los
tres años, en que el niño se interese por las diferencias entre su padre y su
madre, y las compare con las diferencias entre él y su hermana, pero este
período pasa pronto, y luego ya no se interes a por la desnudez. Mientras los
padres no quieran que los hijos los vean desnu-dos, los hijos tendrán
necesariamente la sensación de que hay un misterio, y al tener esta sensa-ción
se harán lascivos e indecentes. Sólo hay un medio de evitar la indecencia, y es
evitar el misterio. También hay importantes razones en materia de salud en
favor de la desnudez, como por ejemplo el baño de sol. El sol sobre la piel
desnuda tiene un efecto extraordinariamente sa-ludable. Además, cualquiera que
ha visto correr a los niños desnudos al aire libre, tiene que haberse dado
cuenta de que se mueven con mucha mayor gracia y libertad que cuando van
ves-tidos. Lo mismo ocurre con los adultos. El lugar adecuado para la desnudez
es el aire libre, el sol y el agua. Si nuestros convencionalismos lo permitiesen,
la desnudez dejaría pronto de ser un incentivo sexual; todos nos portaríamos
mejor y estaríamos más sanos por el contacto del ai-
132
re y el sol en la piel, y nuestros patrones de
belleza coincidirían más con nuestros patrones de salud, ya que tendrían en
cuenta el cuerpo y su actitud, no sólo la cara. A este respecto, hay que
encomiar la práctica de los griegos.
Debo confesar que no concibo actitud más sana a
este respecto que la expresada en es-tas observaciones. Sólo pueden parecer
«salaces» a la mente sucia que encuentra desagra-dable la vista del cuerpo
humano. La reacción de McGeehan me recuerda una caricatura que se hizo famosa a
principios de este siglo, cuando Anthony Comstock, uno de los ante-pasados
espirituales del juez, hacía una campaña contra las estatuas que representaban
el cuerpo humano desnudo. La caricatura mostraba a Comstock arrastrando a una mujer
ante el tribunal y diciendo al juez: «Usía, esta mujer dio a luz un niño
desnudo.»
Acerca de la masturbación, el juez fue igualmente
culpable de la deformación maligna de las opiniones de Russell. Primero citó a
Russell fuera de contexto, de un modo que alte-raba la intención real de su
análisis. Además, McGeehan interpretó mal el pasaje que repro-dujo en su fallo.
El juez trató de representar a Russell como patrocinando la práctica de la
masturbación. En el pasaje citado por el juez, Russell no decía tal cosa.
Sostenía sencilla-mente que era mejor no ocuparse del niño que evitar la masturbación
mediante amenazas. El pasaje, además, figuraba en un contexto en el cual
Russell, lejos de fomentar la mastur-bación, recomendaba métodos para
prevenirla, distintos de la prohibición directa. En cua n-to a las opiniones
reales de Russell, hace mucho tiempo que son lugares comunes de la me-dicina. A
este respecto, New Republic advirtió acertadamente que el juez sólo demostraba
su ignorancia «de toda una generación de pensamiento científico en el campo
médico y psi-cológico». Quizás, en lugar de someter a un concurso a los
profesores de universidad se de-bería exigir a los futuros jueces unos
conocimientos mínimos de psicología médica.
McGeehan no sólo deformó las opiniones de Russell
sobre temas específicos. El peor aspecto de su opinión fue probablemente la
deformación del propósito total de Russell en su crítica de la moralidad
convencional. Nadie podría haber sacado la conclusión, basándo-se en la opinión
del juez, de que Russell trató el tema de la moralidad sexual con un espíritu
de gran seriedad, y que su intención no era el abandonar los frenos morales
sino formular un código más humano y benévolo. «El sexo —escribió Russell en un
pasaje que proba-blemente no leyó jamás el juez—, no puede pasarse sin una
ética, igual que los negocios, el deporte, la investigación científica o
cualquier otra rama de la actividad humana. Pero sí puede prescindir de una
ética basada únicamente en prohibiciones antiguas presentadas por gentes
ineducadas en una sociedad completamente distinta de la nuestra. En el sexo,
como en la economía y en la política, nuestra ética está aún dominada por los
miedos que los des-cubrimientos modernos han hecho irracionales... Es cierto
que la transición del antiguo sis-tema al nuevo tiene sus dificultades, como
todas las transiciones... La moralidad que yo propondría no consiste simp
lemente en decir a los adultos y adolescentes: "Sigan sus im-pulsos y
hagan lo que quieran." En la vida tiene que haber estabilidad; tiene que
haber un continuo esfuerzo dirigido a fines que no son inmediatamente
beneficiosos, ni atractivos en todo momento; tiene que haber consideración
hacia los demás; y tiene que haber ciertos principios de rectitud.» «La
moralidad sexual —dijo en otra parte de El matrimonio y la moral—, tiene que
ser derivada de ciertos principios generales, con respecto a los cuales hay
quizás un amplio acuerdo, a pesar del gran desacuerdo en cuanto a las
consecuencias derivadas de ellos. Lo primero que hay que procurar es que haya
ese profundo y serio amor entre hombre y mujer que comprende la personalidad de
ambos y conduce a una fusión mediante la cual cada uno de ellos- queda
enriquecido y realizado... La segunda cosa im-
133
portante es que haya un cuidado adecuado de los
hijos físico y psicológico.» Russell no es ni abogado de la «vida licenciosa»,
ni enemigo de la institución del matrimonio. Éste, en su opinión. es' «la mayor
y más importante relación que puede existir entre dos seres huma-nos» e insiste
en que «es algo más serio que el placer de dos personas por la mutua compa-ñía;
es una institución que, por el hecho de producir los hijos, forma parte de la
íntima con-textura de la sociedad, y tiene una importancia que se extiende
mucho más allá de los sen-timientos personales del marido y la mujer».
Es dudoso que estas opiniones sean realmente tan
peligrosas. Pero en todo caso, no pa-rece probable que McGeehan y los diversos
campeones de la «moralidad» tuvieran miedo por la inocencia y pureza de los
estudiantes de la universidad, ya fueran mayores o menores de 18 años. No
habría sido difícil averiguar si la presencia de Russell en la universidad iba
a dar lugar a una «vida licenciosa», al «secuestro» y otras cosas terribles.
Russell había sido profesor durante la mayor parte de su vida: en Inglaterra, en
la China, y en los Estados Uni-dos. Seguramente habría sido muy simple pedir
informes de su influencia a los presidentes de las universidades donde enseñó,
a los colegas y a los estudiantes que concurrieron a sus clases. Podía
disponerse de tales informes, pero el juez no mostró ningún interés por ellos.
No lo hizo, porque, sin excepción, todos ellos hablaban de Russell en términos
muy elogio-sos. El presidente Hutchins de la Universidad de Chicago, donde
Russell había estado el año anterior, dio a la Junta de Educación Superior
seguridades de la «importante contrib u-ción» del candidato y apoyó vigo
rosamente el nombramiento. El presidente Sproule de la Universidad de
California adoptó una postura similar y habló de Russell diciendo que era
«colega valiosísimo». Richard Payne, el director del periódico estudiantil de
la U.C.L.A., envió un telegrama a una reunión de protesta de la Universidad de
la Ciudad de Nueva York diciendo: «Tienen el completo apoyo de los estudiantes
de U.C.L.A., que conocen a este gran hombre. ¡Buena suerte!» La decana Marjorie
Nichol-son, de la Universidad de Smith y presidenta de la Asociación Nacional
de los Capítulos Unidos de Phi Beta Kappa, también se ofreció a hacer una
declaración. Había concurrido a dos de los cursos de Russell en el Instituto
Británico de Estudios Filosóficos. Según la decana Nicho lson, «Bertrand
Russell jamás introdujo en sus discusiones' de filosofía cualquiera de las
cuestiones polé-micas que han presentado sus enemigos... Bertrand Russell es,
primero y principalmente, un filósofo, y en sus enseñanzas siempre recuerda
esto. Yo no habría tenido medio de co-nocer sus opiniones acerca del
matrimonio, el divorcio, el teísmo o el ateísmo si no hubie-ran sido dadas en
forma exagerada por los periódicos». De otras muchas partes vinieron
testimonios de esta misma clase. Antes dije que los ojos del juez McGeehan no
estaban en la ley. Creo que es justo añadir que tampoco lo estaban en los
hechos.
VI
Las reacciones al veredicto fueron las que eran de
esperar. Los defensores de Russell quedaron desanimados, mientras la oposición
se llenó de júbilo. Los defensores de Russell temían que una fuerte presión
política impidiera que la Junta apelase eficazmente a los tri-bunales
superiores. Estos miedos, como veremos, resultaron justificados. El Consejo
Na-cional de la Asociación Americana de Profesores de Universidad, reunido en
Chicago, adoptó unánimemente una resolución pidiendo al alcalde La Guardia y a
la Junta que com-batiesen el fallo de McGeehan. Lo mismo hicieron otros
organismos, incluso la Asociación Americana de Trabajadores Científicos y la
Asociación de Educación Pública. Un comité
134
especial de Libertad Académica Bertrand Russell fue
constituido, teniendo por presidente al profesor Montague de Columbia y al
profesor John Hermán Randall Jr. como secretario. Entre sus padrinos se
hallaban el doctor William A. Neilson, presidente honorario de la Universidad
de Smith; los presidentes Sproule y Hutchins; el doctor J. S. Bryn, presidente
de la Universidad de William and Mary; la cadena Nicholson; el doctor Frank
Kingdon y otras numerosas y distinguidas personalidades del mundo académico.
Sesenta miembros del cuerpo de profesores de la Universidad del Noroeste
inmediatamente enviaron contribucio-nes financieras al Comité, celebrando la
elevación de miras y el valor con que Bertrand Russell enfocaba las cuestiones
morales. El comité de Libertad Cultural envió un telegrama a La Guardia en el
cual indicaba que McGeehan había presentado a Russell como un «liber-tino y un
canalla». Esto, añadía el Comité, se hallaba «en evidente desacuerdo con los
hechos conocidos y fácilmente verificables, atestiguados por los presidentes de
las univer-sidades norteamericanas donde habían enseñado Berttrand Russell».
Un mitin de protesta fue organizado por el Comité
Americano en favor de la Democra-cia y la Libertad Intelectual, en el cual los
oradores, entre los cuales se hallaban el profesor Walter Rautens trauch, de
Columbia; el profesor Franz Boas, el antropólogo; el decano N. H. Dearborn, de
la Universidad de Nueva York; y el Reverendo H. N. Sibley, quien, de acuerdo
con los principios del jue z McGeehan y del Obispo Manning, era presumiblemente
un traidor a la fe cristiana. En la Universidad de la Ciudad de Nueva York,
donde los estu-diantes se hallaban al parecer bastante corrompidos, incluso
antes de que Russell tuviera una oportunidad de minar su salud y su moral, se
celebró una gran reunión en el aula ma g-na. Llegó un mensaje de apoyo de uno
de los más ilustres graduados de la universidad, Up-ton Sinclair, quien declaró
que el juez y el obispo habían «dado publicidad al hecho de que Inglaterra nos
haya prestado uno de los hombres más generosos y sabios de nuestra época». Los
abogados de los dogmas del sexo, concluía, «no deben poder privarnos de los
servicios de Bertrand Russell». Los principales oradores, fueron el profesor
Bridge, del Departame n-to de Lenguas Clásicas; Wiener, del Departamento de
Filosofía; Morris, del Departamento de Historia; y Lyman Bryson. de Teacher
Colle-ge, Columbia. «Si las universidades que paga el público no van a ser tan
libres como las otras —advirtió el profesor Bryson—, no se puede esperara que
tengan una parte importante en el progreso intelectual de nuestras vi-das.»
Esta última consideración quizás no valdría mucho para el juez McGeehan, el
obispo Manning y los eruditos de Tammany que apoyaron sus valerosos esfuerzos.
La corrupción debió cundir en la Universidad de la
Ciudad de Nueva York muchos años antes de este asunto, pues la junta directiva
de los Alumnos Asociados de la Universi-dad de la Ciudad de Nueva York votó
unánimemente para que la Junta apelase. Esta mo-ción fue presentada por el
doctor Sanmuel Schulman, rabino honorario de Temple Emanu-El, una organización
bien conocida por sus actividades subversivas. Uno de los dieciocho directores
que apoyaron la resolución fue el juez del Tribunal Supremo Bernhard Shientag,
que quizás no conocía bien la doctrina de la influencia «indirecta».
El hecho de que no todos los jueces estuvieran tan
versados en el Código penal, ni tu-vieran un concepto tan profundo de la
libertad académica como McGeehan, se hizo también evidente por ciertos
acontecimientos de California. El 30 de abril se pidió el cese de Ber-trand
Russell de su puesto de la Universidad de California, por I. R. Wall, un
antiguo sacer-dote, que presentó un escrito de prohibición en el Tribunal de
Apelación de los Ánge les. Wall acusaba a Bertrand Russell de tener doctrinas
«subversivas». En California, contra-riamente a Nueva York, el escrito fue
inmediatamente desechado por el tribunal.
135
VII
No hay que decir que el fallo de McGeehan fue
considerado una hazaña de gran hero-ísmo por los enemigos de Russell. El juez
fue entonces objeto de líricas alabanzas en los periódicos de los inquisidores.
«Es un norteamericano, un viril y fiel norteamericano, escri-bía el semanario
jesuíta América. Más aún, «es un puro y honorable jur ista y... figura entre
las principales autoridades legales». También «vive su religión en cuerpo y
alma» y, «con más de seis pies de estatuía, rebosa ingenio y bondad». Estas no
eran sus únicas virtudes. La acusación de Russell de que el juez «era un
ignorante» no era cierta. Era un erudito clá-sico, «de mente aguda y brillante
erudición... lee a Hornero en el griego original y a Cice-rón en el latín
original». Otras muchas voces se unieron al periódico jesuíta en un coro de
adulación. Una de ellas fue la de Francis S. Moseley, presidente de una
asociación de maes-tros católicos, quien llamó a la decisión de McGeehan «un
capítulo épico en la historia de la jurisprudencia» y «una gran victoria de las
fuerzas de la decencia y la moralidad, a la vez que un triunfo de la verdadera
libertad académica». El Tablet, después de pedir una investi-gación de Ordway
Tead, el presidente interino Mead y otros revolucionarios responsables del nombramiento
de Russel, declaró en un editorial que «la decisión del juez McGeehan...
tiene una nota de sencillez y sinceridad que
inmediatamente logra el aplauso».
Por entonces era ya obvio que Russell no era el
único malhechor a quien había que cas-tigar. La mayoría de los componentes de
la Junta de Educación Superior eran casi igual-mente culpables, y había que
iniciar contra ellos una acción adecuada. En una reunión del Consejo de
Educación del Estado de Nueva York. el cual, según creo. está generalmente
considerado como baluarte del fanatismo derechista de la política
norteamericana, el profe-sor John Dewey y la señora Frankiin D. Rooseveit
fueron denunciados- por predicar la tole-rancia («una cosa anémica y
enfermiza»), en lugar de la «decencia común» y el «juego lim-pio», cuyo ejemplo
era, supongo, el fallo de McGeehan. En la misma reunión. Lambert Fairchild,
presidente del Comité Nacional de Renacimiento Religioso, denunció a la
mayo-ría de la Junta de Educación Superior que había favorecido el nombramiento
de Russell «como judíos y cristianos renegados» y pidió que fueran reemplazados
por personas «que creyesen aún en su país y en la religión». Charles E. Keegan,
el cortés caballero a quien co-nocimos antes cuando llamó a Russell «perro» y
«vagabundo», llevó el asunto al Consejo Municipal. Comparó a Russell con las
«quintas columnas» que ayudaban a las victorias de los nazis, le llamó
«comunista declarado» y pidió que se declarara la cesantía de los miem-bros de
la Junta que habían insistido en que «Russell figurase en el profesorado de la
uni-versidad». Presentó una resolución pidiendo al alcalde que reorganizase la
Junta y nombra-se miembros que sirvieran a la ciudad «más honorablemente». Esta
resolución fue adoptada por 14 votos frente a 5 votos. Sin embargo, hay que
añadir que el alcalde no puede despedir sencillamente a los miembros de la
Junta, y que la moción del concejal Keegan no pasó de ser un noble gesto.
Además de evitar el nombramiento de Russell y de
castigar a los miembros de la Junta que lo habían favorecido, quedaba la tarea
de iluminar al público sobre la verdadera natura-leza de la libertad, un tema
sobre el cual muchos norteamericanos tenían un concepto erró-neo, probablemente
debido a la influencia de herejes alucinados como Jefferson y Paine. El
concepto McGeehan-Moseley tenia que ser más conocido. En esta campaña
ilustrativa. Monseñor Francis W. Waish, el orador de los «charcos de sangre»,
desempeñó un impor-tante papel. Ocupando de nuevo la tribuna en el Hotel Astor,
esta vez en el desayuno de
136
comunión anual de la Asociación Postal Neoyorquina
del Santo Nombre, aludió orimero brevemente a la épica decisión del tribunal.
Dijo que la última vez que estuvo en aquella tribuna: «Discutí un problema
conocido entre los profesores de matemáticas como el triá n-gulo matrimonial.
Pero como el Q.E.P.D. ha sido escrito por el juez John E. McGeehan en ese
asunto, pasaremos a un tema relacionado con él.» Y continuó Monseñor Walsh
refi-riéndose a «una palabra de la que se ha abusado mucho, a saber, libertad».
Como los seres humanos «sólo pueden seguir existiendo en obediencia a la Ley de
Dios —la ley de la natu-raleza, la ley de los Diez Mandamientos—, entonces, en
nuestra América, no se permitirá que nadie en nombre de la libertad se burle de
la ley de Dios. No se permitirá que nadie suba a la tribuna de la libertad con
el fin de apuñalar por la espalda la libertad. Y esto se aplica a todos los
comunistas y a sus partidarios, a todos los nazis y fascistas que han pues-to
la ley del estado sobre la ley de Dios, a los profesores de universidad, a los
editores de libros, o a cualquiera otro dentro de los límites territoriales de
los Estados Unidos». Que Monseñor Walsh tenía el derecho a ser considerado un
hombre experto en el abuso de la palabra «libertad» es casi innegable.
VIII
Este informe no estaría completo sin unas cuantas
palabras acerca del papel del New York Times en este asunto. Cuando no hay
presión de parte de los grupos religiosos, el Ti-mes generalmente protesta en
seguida contra los abusos de poder. En el caso de Russell, las noticias fueron,
como siempre, extensas e imparciales. Sin embargo, durante todo el mes de
marzo, cuando Russell y los miembros de la Junta de Educación Superior fueron
diariame n-te calumniados con los términos más injuriosos, el Times guardó un
completo silencio. Du-rante tres semanas después del fallo de McGeehan, no hubo
ningún comentario en su edito-rial. Finalmente, el 20 de abril, el Times
publicó una carta del canciller Chase de la Univer-sidad de Nueva York,
indicando algunas de las implicaciones de la acción de McGeehan. «La verdadera
cuestión —escribió Chase— es una que no se ha presentado jamás, que yo sepa, en
la historia de la educación superior de Estados Unidos. Se trata de si una
institu-ción pagada, en todo o en parte, con los fondos públicos, un tribunal,
ante el que se presenta la demanda de un contribuyente, tiene el poder de
declarar nulo el no mbramiento hecho por un cuerpo de profesores en razón de la
opinión de un individuo... Si se mantiene la jurisdic-ción del tribunal, se ha
dado un golpe a la seguridad y a la independencia intelectual de to-dos los
miembros del profesorado de todos los colegios y universidades de los Estados
Unidos. Sus consecuencia potenciales son incalculables.»
El Times se sintió entonces obligado a adoptar una
posición mediante un editorial sobre el tema. Comenzaba con algunos comentarios
generales, deplorando los desdichados efec-tos de la controversia que había
surgido. La disputa sobre el nombramiento de Bertrand Russell, escribía el
Times, «ha hecho un gran daño en esta comunidad. Ha creado gran can-tidad de
resentimiento muy inconve niente cuando la democracia de que formamos parte
está amenazada por tantos lados». Errores de juicio, continuaba el editorial con
una apa-riencia de neutralidad, han sido cometidos «por todos los causantes. El
nombramiento de Bertrand Russell era impolítico e imprudente; pues
completamente al margen de la cuestión de la sabiduría de Bertrand Russell y de
sus méritos como maestro, era seguro desde el principio que los sentimientos de
una parte importante de esta comunidad quedarían ofe n-didos por las opiniones
expresadas por él sobre varias cuestiones morales». Si un nombra-
137
miento es «político» o «impolítico» debería, al
parecer, ser más importante que la cuestión de la competencia y sabiduría de un
maestro. Seguramente, esta es una doctrina notable pa-ra que la patrocine un
periódico liberal.
En cuanto a la decisión de McGeehan, el Times sólo
pudo decir que era «peligrosamen-te vaga». La principal indignación del
periódico liberal no estaba reservada para el juez que había abusado de su
posición, ni para el alcalde cuya cobarde conducta describiré dentro de un
momento, sino para la víctima del maligno ataque, Bertrand Russell. Éste,
declaraba el Times, «debería haber tenido la prudencia de renunciar a la plaza
en cuanto se hicieron evi-dentes los dañinos resultados». A esto, replicó
Russell, en una carta publicada el 26 de abril:
Espero que me permitan hacer un comentario a su
referencia a la polémica originada por mi nombramiento en la Universidad de la
Ciudad de Nueva York y particularmente de que yo «debería haber tenido la
prudencia de renunciar a la plaza en cuanto se hicieron evidentes sus dañinos
resultados».
En un sentido, esto habría sido lo más prudente;
habría sido seguramente más prudente en lo relativo a mis intereses personales
y mucho más placentero. Si yo hubiera considerado sola-mente mis intereses y
mis inclinaciones, roe habría retirado inmediatamente. Pero por prudente que
hubiera sido tal acción desde un punto de vista personal, habría sido, a mi
juicio, cobarde y egoísta. Una gran cantidad de personas que comprendían que
sus intereses y los principios de tolerancia y libre palabra se hallaban en peligro
estaban deseosos, desde el principio, en conti-nuar la polémica. Si me hubiera
retirado, les habría privado de su casus belli y tácitamente asen-tido a la
proposición de la oposición de que los grupos importantes pueden quitar de los
puestos públicos a los individuos cuyas opiniones, raza o nacionalidad les
disgusta. Para mí esto es in-moral.
Mi abuelo fue el que provocó la derogación de la
ley que imp onía cierto juramento a los empleados públicos, y de las leyes
corporativas que prohibían la entrada en los organismos del Estado a todo el
que no fuese miembro de la Iglesia Anglicana. a la cual pertenecía él, y uno de
mis primeros y más importantes recuerdos es una diputación de metodistas y
wesleyanos que vinieron a dar vítores bajo su ventana el quincuagésimo
aniversario de esta derogación, aunque el mayor de los grupos afectados era el
católico.
No creo que sea dañina la polémica sobre temas
generales. Lo que pone en peligro la de-mocracia no son la polémica ni las
diferencias claras. Por el contrario, son sus mayores salva-guardias. Es parte
esencial de la democracia que los grupos importantes, incluso las mayorías,
sean tolerantes con los grupos disidentes, por pequeños que sean, y por mucho
que ofendan sus sentimientos.
En una democracia es necesario que la gente aprenda
a soportar que ofendan sus sen-timientos...
En la conclusión de su editorial del 20 de abril,
el Times hizo hincapié en apoyar al Canciller Chase en su esperanza de que el
fallo de McGeehan fuese revisado por los trib u-nales superiores. Más tarde,
cuando tal revisión fue ladinamente impedida por los esfuerzos conjuntos del
juez y del alcalde La Guardia, no profirió una sola palabra de protesta. Esta
es la contribución al caso del «mayor periódico del mundo».
IX
Cuando se hizo pública la decisión de McGeehan,
algunos de los enemigos de Russell temieron que los tribunales la revocasen.
Así el regidor Lambert, después de congratularse
138
por la «gran victoria de las fuerzas de la
decencia», indicó que la lucha no estaba aún gana-da. Mostrando su gran respeto
por la independencia judicial, añadió «que los ciudadanos decentes deberían
presentar un frente tal que ningún tribunal se atreva a revocar esta
deci-sión».
Los miedos del regidor eran completamente
innecesarios. El alcalde La Guardia y otros varios miembros del Consejo
Municipal se pusieron en campaña para asegurarse de que, aunque los tribunales
apoyasen una apelación contra el fallo de McGeehan. Russell no fue-se
reintegrado a su puesto original. El alcalde se limitó sencillamente a borrar
del presu-puesto la cantidad destinada a la cátedra para la que habían nombrado
a Russell. Esto lo hizo de una manera especialmente solapada. Publicó su
presupuesto ejecutivo sin decir una sola palabra del asunto. Unos pocos días
después, los reporteros advirtieron la eliminación. Cuando le interrogaron
acerca de ello, el alcalde respondió hipócritamente que su acto «es-taba de
acuerdo con la política de la eliminación de las plazas vacantes». Roger
Baldwin, el director de la Unión de Libertades Civiles Americanas, envió
entonces un telegrama al al-calde expresando el pensamiento de muchos
observadores. «El hecho de negar la acción de su Junta de Educación Superior
—escribió—, nos parece aún más censurable que la deci-sión del juez McGeehan
impulsado por sus prejuicios.» El acto del alcalde era musitado y, en opinión
de los técnicos, carecía de fuerza legal, ya que sólo los consejos escolares
tenían el control de los gastos de sus presupuestos.
Sin embargo, no era bastante suprimir del
presupuesto la cantidad destinada a la plaza de Russell Para asegurarse de que
Bertrand Russell no seria nombrado para otros cargos, el Presidente de
Distrito, Lyons, presentó en la reunión celebrada por la Junta de
Presupues-tos, una moción que ponía cómo uno de los requisitos del próximo
presupuesto que «nin-guno de los fondos destinados será usado para el empleo de
Bertrand Russell».
Estas medidas hacían cada vez más improbable que la
apelación a los tribunales diese por resultado la reposición de Russell. Sin
embargo, como cosa de principio, la mayoría de la Junta de Educación Superior
decidió llevar el asunto a los tribunales superiores. En esta fase, W. C.
Chandler, el asesor de la Corporación, informó a la Junta que no podía aceptar
la apelación. Compartía la opinión de la Junta de que la decisión de McGeehan
no era «le-galmente justa» e incluso aconsejó a la Junta que pasase por alto
aquella decisión al hacer futuros nombramientos. A pesar de ello, recomendaban
que no llevasen el caso adelante. Dijo que a causa de las «controversias
religiosas y morales», los tribunales superiores podí-an confirmar la decisión.
Al mismo tiempo, el alcalde anunció que apoyaba totalmente a Chandier en su
negativa de apelar. Quizás habría sido más acertado decir que lo «inspira-ba».
La mayoría de la Junta se volvió entonces a los
abogados particulares y la firma Root, Clark, Buckner & Ballantine ofreció
gratuitamente sus servicios. Buckner era un antiguo fiscal del distrito sur de
Nueva York y estaba ayudado por John H. Harían. Basándose en diversos
precedentes, Harían pidió a McGeehan que su firma sustituyese al asesor de la
Corporación como representante legal de la Junta. También puso de relieve que
la Junta no había presentado una respuesta formal antes del fallo de McGeehan y
afirmaba que tenía derecho a pedir la anulación de la decisión con el fin de
presentar su alegato. El lector no se sorprenderá de que el cruzado no diese
oídas a Harían. Decidió que el asesor de la Corpora-ción no podía ser
reemplazado sin su consentimiento, y desdeñosamente se refirió a la ma-yoría de
la Junta llamándola «una facción rencorosa» que «no puede ahora iniciar un
litigio ya terminado». Todas las apelaciones contra esta resolución fueron
rechazadas por los tri-bunales superiores, y como el asesor de la Corporación
se negó a actuar, la Junta no pudo
139
apelar del fallo de McGeehan revocando el
nombramiento de Russell.
Una vez publicado el fallo de McGeehan, con todas
las calumnias contra él, Russell re-cibió el consejo de hacerse representar por
un abogado independiente. Eligió a Osmond K. Fraenkel, propuesto por la Unión
de Libertades Civiles Americanas. Fraenkel, en nombre de Russell,
inmediatamente solicitó que se hiciese a Russell parte de la demanda. También
pidió permiso para responder a las acusaciones escandalosas de Goldstein.
McGeehan de-negó la solicitud alegando que Russell no tenía «interés legal» en
el asunto. Esta decisión fue llevada por Fraenkel ante la División de Apelación
del Tribunal Supremo, que unáni-memente apoyó a McGeehan sin dar razón alguna
de su acto. Entonces se pidió permiso a la División de Apelación para llevar la
apelación al Tribunal de apelaciones, pero fue dene-gado. Las pocas ocasiones
que quedaban abiertas a Fraenkel fueron igualmente infructuo-sas. Es realmente
asombroso que la señora Kay, cuya hija no podía ser alumna de Bertrand Russell,
tuviera interés legal en el caso. mientras que Russell, cuya reputación y
subsisten-cia se hallaban en juego, no lo tuviera. El profesor Cohe n advirtió
acertadamente que. «si esta es la ley, entonces seguramente, en el lenguaje de
Dickens "la ley es un asno"».
De este modo la Junta de Educación Superior y el
propio Bertrand Russell no pudieron apelar, y el fallo de McGeehan se impuso.
«Como norteamericanos —dijo John Dewey—, sólo podemos enrojecer de vergüenza
ante esta mancha en nuestra reputación de juego lim-pio.»
X
Desde California, Russell fue a Harvard, cuyo
presidente y asociados no habían toma-do quizás suficientemente en serio la
afirmación del juez McGeehan de que Russell «no estaba capacitado para enseñar
en ninguna de las escuelas de esta tierra». En respuesta a Thomas Dorgan
publicaron una declaración diciendo que «habían tomado nota de las críti-cas de
este nombramiento», pero sacaron la conclusión, después de examinar todas las
cir-cunstancias, de que, «en interés de la universidad, convenía refirmar su
decisión y que así lo habían hecho». Las clases de Russell en Harvard
prosiguieron sin interrupción y me figu-ro que las estadísticas de estupro y
secuestro serian un poco más altas de lo acostumbrado. Russell luego dio clase
varios años en la Fundación Barnes de Filadelfia. En 1944 volvió a Inglaterra,
donde unos años después el rey Jorge VI le concedió la Orden del Mérito. Debo
declarar que esto demostró una lamentable indiferencia por parte de la
monarquía inglesa hacia la importancia del Código Penal.
En 1950, Russell pronunció las Conferencias
Machette en la Universidad de Columbia. Se le hizo un ent usiasta recibimiento
que los que estuvieron presentes no olvidarán con fa-cilidad. Se le comparó con
el que tuvo Voltaire en 1784, cuando volvió a París, el lugar donde había
estado preso v del cual más tarde había sido desterrado. En 1950 también, un
comité sueco, cuyos principios eran presumiblemente «inferiores a los
requisitos de la de-cencia común», concedió a Bertrand Russell el Premio Nobel
de Literatura. No hubo co-mentarios por parte de la señora Kay, Goldstein o el
juez McGeehan. Al menos, no se han publicado.

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