© Libro N° 7621. Los Problemas De La Filosofía. Russell, Bertrand. Emancipación. Agosto 8 de
2020.
Título original: © Los
Problemas De La Filosofía. Bertrand
Russell
Traducción: Enrique
Boeneker Méndez
Versión Original: © Los
Problemas De La Filosofía. Bertrand
Russell
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LOS PROBLEMAS DE LA
FILOSOFÍA
Bertrand Russell
Los Problemas De La
Filosofía
Bertrand Russell
Índice
Prefacio
1 Apariencia y realidad
2 La existencia de la materia
3 La naturaleza de la materia
4 El idealismo
5 Conocimiento directo y
conocimiento por referencia
6 La inducción
7 Nuestro conocimiento de los
principios generales
8 Cómo es posible el conocimiento
apriorístico
9 El mundo de los universales
10 Nuestro conocimiento de los
universales
11 El conocimiento intuitivo
12 Verdad y falsedad
13 Conocimiento, error y opinión
probable
14 Los límites del conocimiento
filosófico
15 El valor de la filosofía
Prefacio
En las páginas que siguen me he limitado en lo
fundamental a los problemas de la filosofía sobre los cuales he creído posible
decir algo positivo y constructivo, puesto que una crítica puramente negativa
me ha parecedo aquí fuera de lugar. Por esta razón,
la teoría
del conocimiento ocupa en el presente volumen un lugar más amplio que la
metafísica, y algunos tópicos muy discutidos entre los filósofos son tratados
de un modo muy breve, cuando lo son.
He obtenido valiosa ayuda de algunos trabajos
inéditos de G. E. Moore y J. M. Keynes: del primero en lo que respecta a las
relaciones entre los datos de los
sentidos y
los objetos físicos, y del segundo en lo que se refiere a los probabilidad de
la inducción. He aprovechado también mucho las críticas y las sugerencias del
profesor Gilbert Murray.
1
Apariencia y realidad
¿Hay en el
mundo algún conocimiento tan cierto que ningún hombre razonable pueda dudar de
él? Este problema, que a primera vista podría no parecer difícil, es, en
realidad, uno de los más difíciles que cabe plantear. Cuando hayamos examinado
los obstáculos que entorpecen el camino de una respuesta directa y segura, nos
veremos lanzados de lleno al estudio de la filosofía —puesto que la filosofía
es simplemente el
intento de
responder a tales problemas finales, no de un modo negligente y dogmático, como
lo hacemos en la vida ordinaria y aun en el dominio de las ciencias, sino de
una manera crítica, después de haber examinado lo que hay de embrollado en
ellos, y suprimido la vaguedad y la confusión que hay en el fondo de nuestras
ideas
habituales.
15 En la
vida diaria aceptamos como ciertas muchas cosas que, después de un análisis más
riguroso, nos aparecen tan llenas de evidentes contradicciones, que sólo un
gran esfuerzo de pensamiento nos permite saber lo que realmente nos es lícito
creer. En la indagación de la certeza, es natural empezar por nuestras
experiencias presentes, y, en cierto modo, no cabe duda que el conocimiento
debe ser derivado de
ellas. Sin embargo, cualquier afirmación sobre
lo que nuestras experiencias inmediatas nos dan a conocer tiene grandes
probabilidades de error. En este momento me parece que estoy sentado en una
silla, frente a una mesa de forma determinada, sobre la cual veo hojas de papel
manuscritas o impresas. Si vuelvo la cabeza, observo, por la ven-tana,
edificios, nubes y el Sol. Creo que el Sol está a unos ciento cincuenta
millones
de
kilómetros de la Tierra; que, a consecuencia de la rotación de nuestro planeta,
sale
cada mañana y continuará haciendo lo mismo en el
futuro, durante un tiempo indefinido. Creo que si cualquiera otra persona
normal entra en mi habitación verá las mismas sillas, mesas, libros y papeles
que yo veo, y que la mesa que mis ojos ven es la misma cuya presión siento
contra mi brazo. Todo esto parece tan evidente que
apenas necesita ser enunciado, salvo para
responder a alguien que dudara de que puedo conocer en general algo. Sin
embargo, todo esto puede ser puesto en duda de un modo razonable, y requiere en
su totalidad un cuidadoso análisis antes de que podamos estar seguros de
haberlo expresado en una forma totalmente cierta.
Para allanar las dificultades, concentremos la
atención en la mesa. Para la
vista es
oblonga, oscura y brillante; para el tacto pulimentada, fría y dura; si la
percuto, produce un sonido de madera. Cualquiera que vea, toque la mesa u oiga
dicho sonido, convendrá en esta descripción, de tal modo que no parece pueda
surgir dificultad alguna; pero desde el momento en que tratamos de ser más
precisos empieza la confusión. Aunque yo creo que la mesa es «realmente» del
mismo color en toda su extensión, las partes que reflejan la luz parecen mucho
más brillantes que las demás, y algunas aparecen blancas a causa de la luz
refleja. Sé que si yo me muevo, serán
otras las partes que reflejen la luz, de modo
que cambiará la distribución aparente de los colores en su superficie. De ahí
se sigue que si varias personas, en el mismo momento, contemplan la mesa no
habrá dos que vean exactamente la misma distribución de colores, puesto que no
puede haber dos que la observen desde el mismo punto de vista, y todo cambio de
punto de vista lleva consigo un cambio en el
modo de reflejarse la luz.
Para la mayoría de los designios prácticos esas
diferencias carecen de importancia, pero para el pintor adquieren una
importancia fundamental: el pintor debe olvidar el hábito de pensar que las
cosas aparecen con el color que el sentido común afirma que «realmente» tienen,
y habituarse, en cambio, a ver las cosas tal como se le
ofrecen. Aquí tiene ya su origen una de las
distinciones que causan mayor perturbación en filosofía, la distinción entre
«apariencia» y «realidad», entre lo que las cosas parecen ser y lo que en
realidad son. El pintor necesita conocer lo que las cosas parecen ser; el
hombre práctico y el filósofo necesitan conocer lo que son; pero el filósofo
desea este conocimiento con mucha más intensidad que el hombre práctico, y le inquieta mucho más el conocimiento
de las dificultades que se hallan para responder a esta cuestión.
Volvamos a la mesa. De lo establecido resulta
evidentemente que ningún color parece ser de un modo preeminente el color de la
mesa, o aun de una parte cualquiera de la mesa; ésta parece ser de diferentes
colores desde puntos de vista diversos,
y no hay razón alguna para considerar el color de alguno de ellos como más real
que el de los demás. Sabemos igualmente que aun desde un punto de vista dado,
el color parecerá diferente, con luz artificial, o para un ciego para el color,
o para quien lleve lentes azules, mientras que en la oscuridad no habrá en
absoluto color, aunque para el tacto y para el oído no haya cambiado la mesa.
Así, el color no es algo inherente a la
mesa, sino algo que depende de la mesa y del espectador y del modo como cae la
luz sobre la mesa. Cuando en la vida ordinaria hablamos del color de la mesa,
nos referimos tan sólo a la especie de color que parecerá tener para un
espectador normal, desde el punto de vista habitual y en las condiciones
usuales de luz. Sin embargo, los colores que aparecen en otras condiciones
tienen exactamente el mismo derecho a ser considerados como
reales; por tanto, para evitar todo favoritismo nos vemos obligados a negar
que, en sí misma, tenga la mesa ningún color particular.
Lo mismo puede decirse de la estructura del
material. A simple vista se pueden ver sus fibras, pero al mismo tiempo la mesa
aparece pulida y lisa. Si la miráramos a través del microscopio veríamos
asperezas, prominencias y depresiones, y toda clase de diferencias,
imperceptibles a simple vista. ¿Cuál es la mesa «real»? Nos inclinamos, naturalmente, a decir que la que
vemos a través del microscopio es más real. Pero esta impresión cambiaría, a su
vez, utilizando un microscopio más poderoso. Por tanto, si no podemos tener
confianza en lo que vemos a simple vista, ¿cómo es posible que la tengamos en
lo que vemos por medio del microscopio? Así, una vez más nos abandona la
confianza en nuestros sentidos, por la cual hemos empezado.
10 La
figura de la mesa no nos da mejor resultado. Tenemos todos la costumbre de
juzgar de las formas «reales» de las cosas, y lo hacemos de un modo tan
irreflexivo que llegamos a imaginar que vemos en efecto formas reales. Sin
embargo, de hecho —como tenemos necesidad de aprender si intentamos dibujar—,
una cosa ofrece aspectos diferentes según el punto de vista desde el cual se la
mire. Aunque nuestra mesa es «realmente» rectangular, parecerá
tener, desde casi todos los puntos de vista, dos ángulos agudos y dos obtusos;
aunque los lados opuestos son paralelos, parecerá que convergen en un punto
alejado del espectador; aunque son de longitud, el más inmediato parecerá el
más largo, no se observan comúnmente estas cosas al mirar la mesa, porque la
experiencia nos ha enseñado a construir la forma «real» con la forma aparente, y la forma «real» es lo que
nos interesa como hombres prácticos. Pero la forma «real» no es lo que vemos;
es algo que inferimos de lo que vemos. Y lo que vemos cambia constantemente de
formas cuando nos movemos alrededor de la habitación; por tanto, aun aquí, los
sentidos no parecen darnos la verdad acerca de
la mesa, sino tan sólo sobre la apariencia de la
mesa.
25 Análogas
dificultades surgen si consideramos el sentido del tacto. Verdad es que la mesa
nos da siempre una sensación de dureza y que sentimos que resiste a la presión.
Pero la sensación que obtenemos depende de la fuerza con que apretamos la mesa
y también de la parte del cuerpo con que la apretamos; así, no es posible
suponer que las diversas sensaciones debidas a la variación de las presiones o
a las diversas
partes del cuerpo revelan directamente una propiedad de de la mesa, sino, a lo
sumo, que son signos de alguna propiedad, que tal vez causa todas las
sen-saciones, pero que no aparece, realmente, en ninguna de ellas. Y lo mismo
puede aplicarse, todavía con mayor evidencia, a los sonidos que obtenemos
golpeando sobre la mesa.
35 Así,
resulta evidente que la mesa real, si es que realmente existe, no es la misma
que experimentamos directamente por medio de la vista, el oído o el tacto. La
mesa real, si es que realmente existe, no es, en absoluto, inmediatamente
conocida, sino que debe ser inferida de lo que nos es inmediatamente conocido.
De ahí surgen, a la vez, dos problemas realmente difíciles; a saber: 1º ¿Existe
en efecto una mesa real?; 2º En caso afirmativo ¿qué clase de objeto puede ser?
Para examinar estos problemas nos será de gran
utilidad poseer algunos términos simples
cuyo significado sea preciso y claro. Daremos el nombre de datos de los
sentidos a lo que nos es inmediatamente conocido en la sensación: así, los
colores, sonidos. olores, durezas, asperezas, etc. Daremos el nombre de
sensación a la experiencia de ser inmediatamente conscientes de esos datos.
Así, siempre que vemos un color, tenemos la sensación del color, pero el color
mismo es un dato de los sentidos, no una sensación. El color es
aquello de que somos inmediatamente conscientes, y esta conciencia misma es la
sensación. Es evidente que si conocernos algo acerca de la mesa, es preciso que
sea por medio de los datos de los sentidos —color oscuro, forma oblonga,
pulimento, etc.— que asociamos con la mesa; pero por las razones antedichas, no
podemos decir que la mesa sea los datos de los sentidos, ni aun que los datos de los sentidos sean
directamente propiedades de la mesa. Así, suponiendo que haya una mesa, surge
el problema de la relación de los datos de los sentidos con la mesa real.
A la mesa real, si es que existe, la denominaremos
un «objeto físico». Por tanto, hemos de considerar la relación de los datos de
los sentidos con los objetos físicos. El conjunto de todos los objetos
físicos se denomina «materia». Así, nuestros dos problemas pueden ser
planteados de nuevo del siguiente modo: 1º¿Hay, en efecto, algo que se pueda
considerar como materia? 2º En caso afirmativo ¿cuál es su naturaleza?
El primer filósofo que puso de relieve las razones
para considerar los objetos inmediatos
de nuestros sentidos como no existiendo independientemente de nosotros
fue el obispo Berkeley (1685-1753). Sus Tres
diálogos de Hilas y Filonous, contra los escépticos y ateos, se proponen probar
que no hay en absoluto nada que pueda dominarse materia, y que el mundo no
consiste en otra cosa que en espíritus y sus ideas. Hilas ha creído hasta ahora
en la materia, pero no puede competir con Filonous, que le
lleva implacablemente a contradicciones y paradojas y da, al fin, a su negación
de la materia casi la apariencia de algo de sentido común. Los argumentos que
emplea son de valor muy desigual: algunos, importantes y vigorosos; otros,
confusos y sofísticos. Pero a Berkeley corresponde el mérito de haber mostrado
que la existencia de la materia puede ser negada sin incurrir en el absurdo, y
que si algo existe independientemente de
nosotros no puede ser objeto inmediato de nuestras sensaciones.
Dos problemas van envueltos en la pregunta de si
existe la materia, y, es importante ponerlos en claro. Entendemos comúnmente
por materia algo que se opone al espíritu, algo que concebimos como ocupando un
espacio y radicalmente incapaz de cualquier pensamiento o conciencia.
Principalmente en este sentido, niega Berkeley la materia; es decir, no niega
que los datos de los sentidos, que recibimos comúnmente
como signos de la existencia de la mesa, sean realmente signos de la existencia
de algo independiente de nosotros, pero sí que este algo sea no mental, esto
es, que no sea ni un espíritu ni ideas concebidas por algún espíritu. Admite
que algo debe continuar existiendo cuando salimos de la habitación o cerramos
los ojos, y que lo que denominamos ver la mesa nos da realmente una razón para
creer que algo persiste un cuando
nosotros no lo veamos. Pero piensa que este algo no puede ser, en su
naturaleza, radicalmente diferente de lo que vemos, ni puede ser absolutamente
independiente de toda visión, aunque lo deba ser de nuestra vista. Así es
llevado a considerar la mesa «real» como una idea en el espíritu de Dios. Tal
idea tiene la requerida permanencia e independencia de nosotros, sin ser —como
sería de otro modo la materia— algo completamente incognoscible, en el sentido
de que podría ser sólo inferida, nunca conocida de un modo directo e inmediato.
Otros filósofos, a partir de Berkeley, han
sostenido que, aunque la mesa no dependa, en su existencia, del hecho de ser
vista por mí, depende del hecho de ser vista (o aprehendida de alguna otra
manera por la sensación) por algún espíritu —no necesariamente el espíritu de Dios, sino más a menudo el espíritu
total colectivo del universo—. Sostienen esto, como lo hace Berkeley,
principalmente porque creen que nada puede ser real —o en todo caso, nada puede
ser conocido como real— salvo los espíritus, sus pensamientos y sentimientos.
Podemos presentar como sigue el argumento en que fundan su opinión: «Todo lo
que puede ser pensado, es una idea en el espíritu de la persona que lo piensa;
por lo tanto, nada puede ser pensado excepto las ideas en los espíritus:
cualquiera otra cosa es inconcebible, y lo que es inconcebible no puede
existir».
En mi opinión tal argumento es falso: e
indudablemente los que lo sostienen no lo exponen de un modo tan breve y tan
crudo. Pero, válido o no, el argumento ha sido
ampliamente desarrollado en una forma o en otra, y muchos filósofos, tal vez la
mayoría de ellos, han sostenido que no hay nada real, salvo los espíritus y sus
ideas. Tales filósofos se denominan «idealistas». Cuando tratan de explicar la
materia, dicen, o como Berkeley, que la materia no es otra cosa que una
colección de ideas, o como Leibniz (1646-1716), que lo que aparece corno
materia es, en realidad, una colección
de espíritus más o menos rudimentarios.
Pero aunque estos filósofos nieguen la materia como
opuesta al espíritu, sin embargo, en otro sentido, admiten la materia.
Recordemos los dos problemas que hemos planteado, a saber: 1º ¿Existe, en
efecto, una mesa real? 2º En caso afirmativo ¿qué clase de objeto puede ser?
Ahora bien: Berkeley y Leibniz admiten que hay una mesa real, pero Berkeley
dice que consiste en ciertas ideas en el espíritu de Dios, y Leibniz afirma que
es una colonia de almas. Así, ambos responden afirmativamente al primero de nuestros problemas y sólo divergen
sus opiniones de las del común de los mortales en la contestación al segundo
problema. De hecho, casi todos los filósofos parecen convenir en que existe una
mesa real; casi todos convienen en que, aunque los datos de los sentidos
—color, forma, pulimento, etc.— dependan en algún modo de nosotros, sin embargo, su presencia es un signo de algo que existe independientemente
de nosotros, algo que difiere, tal vez, completamente de nuestros datos de los
sentidos y que, no obstante, debe ser considerado como la causa delos datos de
los sentidos siempre que nos hallemos en una relación adecuada con la mesa real.
Ahora bien; es evidente que este punto, en el cual
los filósofos están de acuerdo —la
opinión de que existe una mesa real —, sea cual fuere su naturaleza, es de
importancia vital y vale la pena de considerar las razones de esta aceptación,
antes de pasar al problema ulterior, sobre la naturaleza de la mesa real. Por
consiguiente, nuestro capítulo inmediato será consagrado a las razones para
suponer que existe, en efecto, una mesa real.
20 Antes
de proseguir adelante, bueno será, por el momento, considerar lo que hemos
descubierto hasta aquí. Nos hemos percatado de que si tomamos un objeto
cualquiera, de la clase que suponemos conocer por los sentidos, lo que los
sentidos nos dicen inmediatamente no es la verdad acerca del objeto tal como es
aparte de nosotros, sino solamente la verdad sobre ciertos datos de los
sentidos, que, por lo que podemos juzgar, dependen de las relaciones
entre nosotros y el objeto. Así, lo que vemos y tocamos directamente es
simplemente una «apariencia», que creemos ser el signo de una «realidad» que
está tras ella. Pero si la realidad no es lo que aparenta ¿tenemos algún medio
de conocer si en efecto existe una realidad? Y en caso afirmativo ¿tenemos
algún medio para descubrir en qué consiste?
30 Tales
preguntas son desconcertantes, y es difícil saber si no son ciertas aun las más
raras hipótesis. Así, nuestra mesa familiar, que generalmente sólo había
despertado en nosotros ideas insignificantes, aparece ahora como un problema
lleno de posibilidades sorprendentes. Lo único que sabemos de ella es que no es
lo que aparenta. Más allá de este modesto resultado, tenemos la más completa
libertad conjetural. Leibniz afirma que
es una comunidad de almas; Berkeley dice que es una idea en el espíritu de
Dios; la grave ciencia, no menos maravillosa, nos dice que es una colección de
cargas eléctricas en violenta agitación.
Entre estas sorprendentes posibilidades, la duda
sugiere que acaso no existe en absoluto mesa alguna. La filosofía, si no puede
responder a todas las preguntas que deseamos, es apta por lo menos para
proponer problemas que acrecen el interés del mundo y ponen de manifiesto lo
raro y admirable que justamente bajo la superficie se
oculta, aun en las cosas más corrientes de la vida cotidiana.
2
La existencia de la materia
En este
capítulo hemos de preguntarnos si, en un sentido cualquiera, hay algo que pueda
denominarse la materia. ¿Existe una mesa que tenga una determinada naturaleza
intrínseca y que siga existiendo cuando no la miro, o es la mesa simplemente un
pro-ducto de mi imaginación, una mesa-sueño en un sueño muy prolongado? Este
problema es de la mayor importancia. Pues si no estamos seguros de la
existencia
independiente de los objetos, no podemos estar
seguros de la existencia independiente de otros cuerpos humanos y, por
consiguiente, menos todavía de la de sus espíritus, puesto que no tenemos otro
fundamento para creer en sus espíritus que el que deriva de la observación de
sus cuerpos. Así, si no pudiéramos estar seguros de la existencia independiente
de objetos nos hallaríamos aislados en un desierto —la totalidad del mundo no sería más que un sueño y sólo nosotros
existiríamos —. Es una posibilidad desagradable; pero, aunque no pueda ser
estrictamente probada su falsedad, no hay la más leve razón para suponer que
sea cierta. En este capítulo veremos la razón de ello.
Antes de empeñarnos en materias dudosas, tratemos
de hallar algo más o menos fijo de donde partir. Aunque dudemos
de la existencia física de la mesa, no dudamos de la existencia de los datos de
los sentidos que nos han hecho pensar que hay en efecto una mesa; no dudamos de
que cuando miramos, aparecen un de-terminado color y una forma determinada, y
si ejercemos una presión experimentamos una determinada sensación de dureza.
Todo esto, que es psicológico, no lo ponemos en
duda. De hecho, cualquiera que sea la duda, hay algo al menos en nuestra
experiencia inmediata, de lo cual estamos absolutamente ciertos.
Descartes (1596-1650), el fundador de la filosofía
moderna, inventó un método que puede emplearse siempre con provecho —el método
de la duda metódica—. Resolvió no creer en nada que no viera muy claro y
distintamente ser cierto. Dudaba de todo lo que era posible
dudar hasta alcanzar alguna razón para dejar de dudar. Aplicando este método se
convenció gradualmente de que la única existencia de la cual podía estar
completamente cierto era la suya propia. Imaginó un demonio engañoso que
presentara a sus sentidos objetos irreales en una perpetua fantasmagoría; era,
sin duda, muy improbable que tal demonio existiera, pero era, sin embargo, posible y, por consiguiente, era
posible la duda en relación con las cosas percibidas.
Pero no era posible la duda respecto a su propia
existencia, pues si no existiera, ningún demonio le podría engañar. Si dudaba,
debía existir; si tenía una experiencia cualquiera, debía existir. Así su
propia existencia era para él absolutamente cierta. «Pienso, luego soy»
(Cogito, ergo sum); y —sobre la base de esta certeza se puso a trabajar para
construir de nuevo el mundo del conocimiento que la duda había arruinado.
Al inventar el método de la duda y mostrar que las cosas subjetivas son las más
ciertas, prestó Descartes un gran servicio a la filosofía, y esto le hace
todavía más útil para todos los estudiosos de estos temas.
Pero es preciso proceder con cautela en el empleo
de argumento de Descartes. «Pienso, luego soy», dice algo más de lo que es
estrictamente cierto. Podía parecer que
estamos completamente seguros de ser hoy la misma persona que éramos ayer, lo
cual, en cierto modo, es indudablemente cierto. Pero es tan difícilmente
asequible el yo real como la mesa real, y no parece tener éste la certeza
absoluta, convincente, que pertenece a las experiencias particulares. Cuando
miro mi mesa y veo un cierto color oscuro, lo que es absolutamente cierto no es
que «Yo veo un color oscuro», sino, más bien, que «un cierto
color oscuro es visto». Esto implica, desde luego, algo (o alguien) que vea el
color oscuro; pero no supone esta persona más o menos permanente que
denominamos «yo».
Dentro de los límites de la certeza inmediata, este
algo que ve el color oscuro puede ser completamente momentáneo, y no ser lo
mismo que en el momento inmediato tiene una experiencia diferente.
Así, nuestros pensamientos y nuestros sentimientos
particulares son los que tienen una certeza primitiva. Y esto se aplica a los
sueños y alucinaciones lo mismo que a las percepciones normales: cuando soñamos
o vemos un fantasma, evidentemente tenemos las sensaciones que pensamos tener;
pero por diversas ra zones
admitimos que a estas sensaciones no les corresponde ningún objeto físico.
Así, la certeza de nuestro conocimiento respecto a
nuestras propias experiencias no debe ser limitada por la admisión de casos
excepcionales. Por consiguiente, tenemos aquí, en el dominio de su validez, una
sólida base donde apoyar la investigación del conocimiento.
30 Ahora
tenemos que examinar el siguiente problema: concediendo que estamos ciertos de
nuestros datos de los sentidos, ¿tenemos alguna razón para considerarlos como
signos de la existencia de algo distinto, que podemos denominar el objeto
físico? Cuando hayamos enumerado todos los datos de los sentidos que podemos
considerar naturalmente en conexión con la mesa, ¿habremos dicho todo lo
que se puede
decir sobre la mesa, o queda algo distinto, que no es un dato de los sentidos y
que persiste cuando salimos de la habitación? El sentido común, sin vacilación,
responde afirmativamente. Lo que se puede comprar y vender y desplazar
y sobre lo
cual se puede poner un mantel, no puede ser una mera colección de datos de los
sentidos. Si el mantel tapa completamente la mesa, no tendremos acerca de la
mesa datos procedentes de los sentidos; por consiguiente, si la mesa no fuese
otra cosa que una colección de datos de los sentidos, habría dejado de existir,
y el material
estaría suspendido en el aire, permaneciendo,
como por milagro, en el lugar que ocupaba antes la mesa. Esto parece
evidentemente absurdo; pero quien quiera llegar a ser filósofo debe aprender a
no asustarse ante los absurdos.
Una razón de importancia por la cual sentimos que
hemos de creer en un objeto físico además de los datos de los sentidos, es que
tenemos necesidad del
mismo objeto
para diversas personas. Cuando diez personas se sientan alrededor de una mesa
para cenar, parece excesivo afirmar que no ven el mismo mantel, los mismos
cuchillos, tenedores, cucharas y vasos. Pero los datos de los sentidos son algo
privativo de cada persona particular; lo que es inmediatamente presente a la
vista de
uno no es inmediatamente presente a la vista de
otro; todos ven las cosas desde
puntos de vista ligeramente diferentes y por lo
tanto las ven también ligeramente diferentes. Así pues, si ha de haber objetos
comunes y públicos, que puedan ser en algún sentido conocidos por diversas
personas, debe de haber algo por encima y más allá de los datos de los sentidos
privados y particulares que se presentan en las di-versas personas. ¿Qué razón
tenemos, pues, para creer en la existencia de semejantes
objetos
públicos y comunes?
La primera respuesta que se ofrece naturalmente es
que, aunque diferentes personas vean la mesa ligeramente diferente, sin
embargo, ven cosas más o menos similares cuando miran la mesa; y las
variaciones en lo que ven obedecen a las leyes de la perspectiva y de la
reflexión de la luz, de modo que es fácil llegar a un objeto
permanente, que sirve de base a todos los datos
de los sentidos de las diferentes
personas. He comprado mi mesa al que ocupaba
anteriormente mi habitación: no he podido comprar sus datos de sus sentidos,
que han muerto cuando se ha ausentado, pero he podido comprarle, y así lo he
hecho, la esperanza segura de unos datos de los sentidos, más o menos
similares. Así ocurre que diferentes personas tienen similares
datos de los
sentidos, y una misma persona, en un lugar dado y en momentos diferentes, tiene
análogos datos de los sentidos, lo cual nos hace suponer que por encima y más
allá de los datos de los sentidos, hay un objeto público y permanente que
sostiene o causa los datos de los sentidos de diversas personas y tiempos
diferentes.
35 Ahora
bien: en la medida en que las consideraciones anteriores dependen dela
suposición de que existen otras personas además de nosotros, dan por resuelto
lo que constituye el problema. Las otras personas me son representadas por determinados datos de los sentidos,
tales como su visión o el sonido de sus voces, y si no tengo razón para creer
en la existencia de objetos físicos independientes de mis datos de los
sentidos, no la tendré tampoco para creer que existan otras personas, sino
formando parte de mis sueños. Así, cuando tratamos de demostrar que debe haber
objetos independientes de nuestros datos de los sentidos, no podemos apelar al
testimonio de otras personas, puesto que este testimonio consiste a su vez en
datos de los sentidos, y no revela la experiencia de otras personas si nuestros
datos de los sentidos no son dignos de cosas existentes con independencia de
nosotros. De ahí que nos sea preciso, si es posible, hallar en nuestras
experiencias puramente privadas, características
que muestren, o tiendan a mostrar, que hay en el mundo cosas distintas de
nosotros mismos y de nuestras experiencias privadas.
En cierto modo, debe admitirse que no podremos
jamás demostrar la existencia de cosas distintas de nosotros mismos y de
nuestras experiencias. No resulta ningún absurdo de la hipótesis de que el
mundo consiste en mí mismo, en mis pensamientos, sentimientos y sensaciones, y
que todo lo demás es pura imaginación. En el sueño, un mundo realmente
complicado puede parecer verdadero Y, sin embargo, al despertar, hallamos que
era ilusión; es decir, hallamos que los datos delos sentidos en el sueño no
parecen haber correspondido a los objetos físicos que hubiéramos inferido
naturalmente de ellos. (Verdad es que si suponemos que existe el mundo físico, es posible hallar causas
físicas para los datos de los sentidos en los sueños: una puerta que golpea,
por ejemplo, puede ser causa de que soñemos en un combate naval. Sin embargo,
en este caso no hay una causa física paralos datos de los sentidos que
corresponda a ellos como habría de corresponder en un real combate naval). No
es lógicamente imposible la suposición de que toda la vida es un sueño,
en el cual nosotros mismos creamos los objetos
tal como aparecen ante nosotros. Pero
aunque esto no sea lógicamente imposible, no hay
razón alguna para suponer que sea verdad; y es, de hecho, una hipótesis menos
simple, considerada como un medio de dar cuenta de los hechos de nuestra propia
vida, que la hipótesis del sentido común, según la cual hay realmente objetos
independientes de nosotros, cuya acción sobre
nosotros
causa nuestras sensaciones.
Es fácil ver que se llega a una mayor simplicidad
suponiendo que hay realmente objetos físicos. Si el gato aparece en un
determinado momento en un lugar de la habitación y en otro momento en otro
lugar, es natural suponer que se ha movido de un lugar a otro, pasando por una
serie de posiciones intermedias. Pero si
es un mero agregado de datos de los sentidos,
no puede haber estado en lugar alguno cuando yo no lo miraba; así, tendremos
que suponer que no existía durante el tiempo en que no lo miraba, sino que
surge súbitamente en otro lugar. Si el gato existe lo mismo si lo veo que si
no, podemos comprender por nuestra propia experiencia cómo se le despierta el
hambre, entre una comida y la siguiente; pero si no existe cuando no lo miro,
parece raro que el apetito aumente durante su no existencia lo mismo que durante
su existencia. Y si el gato consiste únicamente en datos de los sentidos, no
puede tener
hambre, puesto que ningún hambre, salvo la mía, puede ser un dato de los
sentidos para mí. Así, la conducta de los datos de los sentidos que representan
para mi el gato, que parece perfectamente natural si la considero como
expresión del hambre, parece enteramente inexplicable si la considero corno un
conjunto de meros movimientos y cambios de manchas de color, tan incapaces de
tener hambre como un
triángulo es incapaz de jugar al fútbol.
Pero la dificultad en el caso del gato no es nada
en comparación con la que resulta en el caso de seres humanos. Cuando, un
individuo habla —es decir, cuando oímos ciertos sonidos que asociamos con
ciertas ideas y vemos simultáneamente ciertos movimientos de los labios y
expresiones de la cara— es muy difícil suponer
que lo que
oímos no sea la expresión de un pensamiento, como sabemos que sería si
emitiéramos nosotros los mismos sonidos. Ocurren, sin duda, cosas similares en
el curso de los sueños, en los cuales nos equivocamos al creer en la existencia
de otras personas. Pero los sueños son más o menos sugeridos por lo que
denominamos la vida despierta, y son susceptibles de ser mejor o peor
explicados mediante principios
científicos, si admitimos que hay realmente un
mundo físico. Así, todos los principios de simplicidad nos incitan a aceptar el
punto de vista natural, según el cual hay realmente objetos distintos de
nosotros mismos y de nuestros datos de los sentidos, que tienen una existencia
independientemente de que los percibamos o no.
Claro es que originariamente no llegamos a la
creencia en un mundo exterior
independiente
por medio de argumentos. Hallamos esta creencia formada en nosotros
en cuanto empezamos a reflexionar: es lo que se
podría denominar una creencia instintiva. No hubiéramos sido llevados a poner
en duda esta creencia sin el hecho de que por lo menos en el caso de la vista,
parece que los datos de los sentidos se toman instintivamente por el objeto
independiente, mientras que el razonamiento muestra que
el objeto no puede ser idéntico a los datos de
los sentidos. Sin embargo, este descubrimiento —que no tiene nada de paradójico
en el caso de los gustos, los olores y los sonidos, y lo es sólo levemente en
el caso del tacto— deja intacta nuestra creencia instintiva de que hay objetos
correspondientes a nuestros datos de los sentidos. Puesto que esta creencia no
conduce a dificultad alguna, sino que, al
contrario,
tiende a simplificar y sistematizar la interpretación de nuestras experiencias,
no parece haber ninguna razón de importancia para rechazarla. Admitiremos, pues
—aunque con ligera duda derivada de los sueños—, que el mundo exterior
realmente existe, y que no depende totalmente, para su existencia, de que, lo
percibamos de un modo continuo.
El argumento que nos ha conducido a esta conclusión
es, sin duda, menos sólido de lo que podríamos desear, pero esto es típico de
muchos argumentos
filosóficos, y, por consiguiente, vale la pena
que consideremos brevemente su carácter general y su validez. Hemos hallado que
todo conocimiento debe fundarse en nuestras creencias instintivas, y que si
éstas son rechazadas, nada permanece. Pero, entre nuestras creencias
instintivas algunas son más fuertes que otras, y muchas, por el hábito y la
asociación, se han enredado con otras creencias que no son realmente instintivas, sino que se supone
falsamente que forman parte de lo que creemos por instinto.
La filosofía debería exponernos la jerarquía de
nuestras creencias instintivas, empezando por las que mantenemos de un modo más
vigoroso y presentando cada
una de ellas tan aislada y tan libre de adiciones
superfluas como sea posible. Debería
ocuparse de mostrar que, en la forma en que son
finalmente establecidas, nuestras creencias instintivas no se contraponen, sino
que forman un sistema armonioso. No puede haber razón para rechazar una
creencia instintiva, salvo si choca con otras; pero, si hallamos que se
armoniza, el sistema entero se hace digno de ser aceptado. Es, sin duda,
posible que todas o algunas de nuestras creencias nos engañen y, por
consiguiente,
todas deben ser miradas con un ligero elemento de duda. Pero no podemos tener
razón para rechazar una creencia sino sobre el fundamento de otra creencia. De
ahí que, al organizar nuestras creencias instintivas y sus consecuencias, al
considerar cuál de entre ellas es más posible o si es necesario modificarla o
abandonarla, podemos llegar, sobre la base de aceptar como único dato aquello
que instintivamente creemos, a una
organización sistemática y ordenada de nuestro conocimiento. En ella subsiste
la posibilidad del error, pero su probabilidad disminuye por las relaciones
recíprocas de las partes y el examen crítico que ha precedido a la
aquiescencia.
La filosofía, por lo menos, puede cumplir esta
función. La mayoría de los filósofos,
con razón o sin ella, creen que la filosofía puede hacer mucho más —que puede
darnos el conocimiento, no asequible de otro modo, del universo como un todo y
de la naturaleza de las realidades últimas. Sea éste el caso o no, la función
mas modesta de que hemos hablado puede ser evidentemente realizada por la
filosofía. Y esto basta, en efecto, para los que han empezado a dudar de la
adecuación del sentido
común, para justificar el trabajo arduo y
difícil que llevan consigo los problemas filosóficos.
3
La naturaleza de la materia
En este
capítulo hemos convenido, aunque sin poder hallar una razón demostrativa, que
es racional creer que nuestros datos de los sentidos —por ejemplo, los que
consideramos como asociados a mi mesa— son realmente signos de la existencia de
algo independiente de nosotros y de nuestras percepciones. Es decir, que por
encima y más allá de las sensaciones de color, dureza, ruido, etc., que
constituye para mí la
apariencia
de la «mesa», admito que existe algo más, de lo cual estas cosas son la
apariencia. El color deja de existir si cierro mis ojos, la sensación de dureza
deja de existir si separo mi brazo del contacto con la mesa, el sonido deja de
existir si dejo de golpear la mesa con los nudillos de los dedos. Pero no creo
que cuando todas estas
cosas desaparecen, deje de existir la mesa. Creo,
al contrario, que porque la mesa
existe de un
modo continuo, todos estos datos de los sentidos reaparecerán si abro mis ojos,
coloco de nuevo el brazo y comienzo de nuevo a golpear la mesa con los dedos.
El problema que hemos de considerar en este capítulo es el siguiente: ¿cuál es
la naturaleza de esta mesa real, que persiste independiente de la percepción
que tengo
de ella?
20 La
ciencia física da a esta cuestión una respuesta algo incompleta, es verdad, y
en parte todavía muy hipotética, pero que merece el respeto en los límites en
que se mueve. La física, de modo más o menos inconsciente, ha llegado a la
opinión de que todos los fenómenos naturales deben ser reducidos a movimiento.
La luz, el calor y el sonido son debidos a movimientos ondulatorios, que se
trasladan desde el cuerpo
que los
emite hasta la persona que ve la luz, siente el calor u oye el sonido. Lo que
tiene este movimiento ondulatorio es éter o
«materia ponderable», pero en ambos casos es lo que el filósofo denominaría
materia. Las únicas propiedades que le asigna la ciencia son la posición en el
espacio y la capacidad de moverse según las leyes del movimiento. La ciencia no
niega que pueda tener otras propiedades; pero aunque sea
así, esas
propiedades no son útiles para el hombre de ciencia, ni pueden prestarle
servicio alguno para la explicación de los fenómenos.
Se dice a veces que «la luz es una especie de
«movimiento ondulatorio», lo cual es engañoso, pues la luz que vemos
inmediatamente, que conocemos directamente por medio de nuestros sentidos, no
es una especie de movimiento
ondulatorio,
sino algo completamente diferente —algo que conocemos todos si no somos ciegos,
aunque no podamos describirlo de tal modo que comuniquemos nuestro conocimiento
a un ciego—. Al contrario, un movimiento ondulatorio puede ser perfectamente
descrito a un ciego, puesto que puede adquirir el conocimiento del espacio por
medio del sentido del tacto; y puede tener la experiencia del movimiento
ondulatorio casi tan bien como nosotros, por medio de un viaje marítimo. Pero
lo que el ciego puede comprender, no es lo que nosotros entendemos por luz;
entendemos
por luz
precisamente lo que el ciego no podrá nunca comprender, ni nosotros podremos
jamas describirle.
Ahora bien: este algo, que conocemos todos los que
no somos ciegos, no se halla, según la ciencia, en el mundo exterior; es algo
causado por la acción de ciertas ondas sobre los ojos, los nervios y el cerebro
de la persona que ve la luz.
Cuando se
dice que las ondas son la luz, lo que se quiere significar realmente es que las
ondas son la causa física de nuestras sensaciones de luz. Pero la luz misma, la
cosa cuya experiencia tienen los videntes y no los ciegos, la ciencia no supone
que forma parte del mundo independiente de nosotros y de nuestros sentidos.
Observaciones
análogas son aplicables a las otras clases de
sensaciones.
15 No
sólo los colores y los sonidos, etc., están ausentes del mundo científico de la
materia, sino también el espacio que obtenemos mediante la vista o el tacto. Es
esencial para la ciencia que su materia ocupe un espacio, pero el espacio en
que se halla no puede ser exactamente el espacio que vemos o tocamos. En primer
lugar, el espacio que vemos no es el mismo espacio que percibimos mediante el
sentido del
tacto; sólo
por la experiencia aprendemos en la infancia a tocar los objetos que vemos o a
recorrer con la vista los objetos que tocamos. Pero el espacio de la ciencia es
neutral en relación con el tacto y la vista; no puede ser, pues, ni el espacio
del tacto ni el espacio de la vista.
Además, diferentes personas ven el mismo objeto en
diferentes formas, de
acuerdo con
su punto de vista. Una moneda redonda, por ejemplo, aunque juzguemos
siempre que es redonda, parecerá ovalada, salvo si
nos hallamos exactamente frente a ella. Cuando juzgamos que es redonda,
juzgamos que tiene una forma real que no es su forma aparente, pero que le
pertenece intrínsecamente cualquiera que sea su apariencia. Pero esta forma
real, que es la que concierne a la ciencia, debe estar situada
en un
espacio real, diferente de cualquiera de los espacios aparentes. El espacio
real es común, el espacio aparente es peculiar del sujeto percibiente. En los
espacios peculiares de diferentes personas el mismo objeto parece tener
diferencias formas: el espacio real, en el cual tiene su forma real, debe de
ser, pues, diferente de los espacios privados. Por consiguiente, el espacio de
la ciencia, aunque en conexión con los
espacios que
venlos y sentimos, no es idéntico a ellos, y las formas de sus conexiones
requieren una investigación.
Hemos admitido provisionalmente que los objetos
físicos no pueden ser
completamente semejantes a nuestros datos de los
sentidos, pero pueden ser considerados como la causa de nuestras sensaciones.
Estos objetos físicos se hallan en el espacio de la ciencia que podemos
denominar espacio «físico». Es importante observar que si nuestras sensaciones
son causadas por los objetos físicos, es preciso
que haya un
espacio físico que contenga aquellos objetos, los órganos de los sentidos, los
nervios y el cerebro. Recibimos una sensación táctil de un objeto cuando nos
hallamos en contacto con él, es decir, cuando una parte del cuerpo ocupa un
lugar físico perfectamente contiguo al espacio que ocupa el objeto. Vemos
(grosso modo) un objeto cuando no se halla ningún cuerpo opaco entre el objeto
y nosotros, en el
espacio
físico. Del mismo modo, sólo oímos, sentimos o gustamos un objeto si estamos
suficientemente cerca de él; si lo tocamos con la lengua, o si tiene en el
espacio físico una posición adecuada, en relación con nuestro cuerpo. No
podemos tratar de representarnos las diferentes sensaciones que tendremos de un
mismo objeto
en distintas circunstancias si no consideramos el
objeto y nuestro cuerpo ambos en
un mismo
espacio físico, pues son principalmente las posiciones relativas del objeto y
de nuestro cuerpo las que determinan cuáles sensaciones derivarán del objeto.
Ahora bien; nuestros datos de los sentidos están
situados en nuestros
espacios peculiares, ya sea en el espacio de la
vista o en el espacio del tacto, o en los espacios más vagos que los otros
sentidos nos pueden dar. Si, como admiten la
ciencia y el
sentido común, existe un espacio común que lo abraza todo, en el cual se hallan
los objetos físicos, las posiciones relativas de los objetos físicos en el
espacio físico deben corresponder mejor o peor a las posiciones relativas de
los datos de los sentidos en nuestros espacios peculiares. No hay dificultad en
suponer que sea en efecto así. Si vemos en un camino una casa más cerca que
otra, el resto de nuestros
sentidos
convendrá también en que está más cerca; así, por ejemplo, llegaremos antes
a ella si andamos a lo largo del camino. Los demás
estarán de acuerdo en que la casa que nos parece más cerca lo está en efecto;
el mapa del Estado Mayor adoptará la misma opinión; así, todo nos lleva a creer
en una relación espacial entre las casas que corresponde a la relación entre
los datos de los sentidos que vemos cuando miramos
las cosas.
Podemos admitir, pues, que hay un espacio físico en el cual los objetos físicos
tienen relaciones espaciales, correspondientes en cada caso a las que tienen
los datos de los sentidos en nuestros espacios peculiares. Este espacio físico
es el que se estudia en la geometría y el que aceptan la física y la
astronomía.
Admitiendo que haya un espacio físico y que
corresponda a los espacios privados ¿qué
podemos saber de él? Podemos conocer tan sólo lo que es preciso para asegurar
la correspondencia. Es decir, no podemos saber nada de lo que es en sí mismo,
pero podemos saber qué clase de ordenación de objetos físicos resulta de sus relaciones
espaciales. Podemos saber, por ejemplo, que la Tierra, la Luna y el Sol están
en una misma recta durante un eclipse, aunque no podamos saber qué es en sí
misma una línea recta física, como sabemos el aspecto de una línea recta en
nuestro espacio visual. Así, llegamos a conocer mucho más respecto a las
relaciones entre las
distancias
en el espacio físico que de las distancias en sí mismas; podemos saber que una
distancia es mayor que otra, o que está a lo largo de una misma recta que otra,
pero no podemos tener de las distancias físicas el conocimiento inmediato que
te-nernos de las distancias de nuestros espacios privados o de los colores,
sonidos u otros datos de los sentidos. Podemos conocer del espacio físico todo
lo que un ciego
de
nacimiento podría conocer, mediante los otros hombres, del espacio visual; pero
este algo que un ciego de nacimiento no podrá saber nunca del espacio visual,
no lo sabemos tampoco del espacio físico. Podemos conocer las propiedades de
las relaciones necesarias para asegurar la correspondencia con los datos de los
sentidos,
pero no podemos conocer la naturaleza de los
términos entre los cuales se establecen
las
relaciones.
En lo que se refiere al tiempo, nuestro sentimiento
de la duración o el correr del tiempo es un guía notoriamente inseguro en
relación con el tiempo que transcurre para el reloj. Cuando nos aburrimos o
sufrimos una pena, el tiempo pasa lentamente; cuando tenemos una ocupación
agradable pasa con presteza; cuando dormimos pasa
casi como si
no existiera. Así, en cuanto el tiempo está constituido por la duración, es tan
necesario como en el caso del espacio distinguir entre tiempo público y
privado. Pero, en cuanto el tiempo consiste en el orden del antes y el después,
no es necesario hacer semejante distinción; el orden en el tiempo, que los
acontecimientos nos parecen tener, según lo que podernos ver, es el mismo que
en realidad tienen. Por lo
menos no
podemos dar ninguna razón para suponer que ambos órdenes no sean el
mismo . Generalmente esto es también verdad en lo
que se refiere al espacio: si un regimiento marcha a lo largo de un camino, la
forma del regimiento parecerá distinta desde puntos de vista diversos, pero los
hombres aparecerán dispuestos en el mismo orden desde todos los puntos de
vista. Por consiguiente, consideramos que el orden
es también
verdadero en el espacio físico, mientras que la forma sólo se supone que
corresponde al espacio físico en tanto que es necesario para la conservación
del orden.
Al decir que el orden en el tiempo que los
acontecimientos parecen tener es el mismo que el orden en el tiempo que
realmente tienen, es necesario precaverse
contra un
posible equívoco. No debe suponerse que los varios estados de diferentes
objetos físicos tengan el mismo orden en el tiempo que los datos de los
sentidos que constituyen las percepciones de aquellos objetos. Considerados
como objetos físicos,
el trueno y el relámpago son simultáneos; es decir,
el relámpago es simultáneo con la perturbación del aire en el lugar en que
comienza esta perturbación, o sea, en el lugar donde se produce el relámpago.
Pero el dato de los sentidos que denominamos «oír el trueno» no acaece hasta
que la perturbación del aire ha llegado al lugar en que nos
hallamos.
Del mismo modo, la luz del sol necesita aproximadamente ocho minutos para
llegar hasta nosotros; así, cuando vemos el sol, vemos el sol de hace ocho
minutos. En tanto que nuestros datos de los sentidos son testimonio del sol
físico, son testimonio del sol físico de hace ocho minutos; si el sol físico
hubiese dejado de existir durante los últimos ocho minutos, ello no produciría
ninguna diferencia en los datos
de los
sentidos que denominamos «ver el sol».
Esto nos proporciona una nueva demostración de la
necesidad de distinguir entre datos de los sentidos y objetos físicos.
Lo que hemos establecido en relación con el espacio
es muy parecido a lo que hallamos en relación con la correspondencia entre los
datos de los sentidos y los
objetos
físicos correspondientes. Si un objeto aparece azul y otro rojo, podemos
presumir razonablemente que hay una diferencia correspondiente entre los
objetos físicos; si dos objetos aparecen ambos azules presumiremos una
semejanza correspondiente. Pero no podemos esperar obtener un conocimiento
directo de la cualidad del objeto físico que le hace aparecer azul o rojo.
20 La
ciencia nos dice que esta cualidad es una cierta especie de movimiento
ondulatorio, y esto nos resulta familiar porque pensamos en los movimientos
ondulatorios en el espacio que vemos. Pero los movimientos ondulatorios deben
estar realmente en el espacio físico, del cual no tenemos un conocimiento
directo; por lo tanto, los movimientos ondulatorios reales no tiene la
asequibilidad que les habíamos
supuesto. Y
lo que afirmamos respecto del color es muy parecido a lo que puede
afirmarse del resto de los datos de los sentidos.
Advertimos pues que, aunque las relaciones de los objetos físicos tengan toda
suerte de propiedades cognoscibles, derivadas de su correspondencia con las
relaciones de los datos de los sentidos, los objetos físicos en sí mismos
permanecen desconocidos en su naturaleza intrínseca,
en tanto al
menos que los podemos descubrir por medio de los sentidos. Queda el problema de
si existe otro método para descubrir la naturaleza intrínseca de los objetos
físicos.
La hipótesis más natural, aunque no sea en última
instancia la más defendible, sería afirmar a primera vista —al menos en lo que
se refiere a los datos de
los sentidos
visuales— que, aunque los objetos físicos, por las razones que hemos
considerado, no pueden ser exactamente semejantes a los datos de los sentidos,
pueden serles más o menos parecidos. Según esta opinión, los objetos físicos tendrían
realmente colores, por ejemplo, y podremos acaso, por una feliz casualidad, ver
un objeto del color que realmente tiene. Generalmente, el color que un objeto
parece tener en un momento dado será muy semejante, aunque no exactamente el
mismo, desde diferentes puntos de vista; podemos suponer, pues, que el color
«real»
es una
especie de color medio, intermedio entre los varios matices que aparecen desde
los diferentes puntos de vista.
Esta teoría quizá no sea susceptible de una
refutación definitiva, pero se puede mostrar que carece de fundamento. En
primer lugar, es evidente que el color que vemos depende únicamente de la
naturaleza de las ondas luminosas que hieren
el ojo, y es
modificado, por lo tanto, por el medio que se halla entre nosotros y el objeto,
así como por la manera corno la luz es reflejada desde el objeto en la
dirección del ojo. El aire interpuesto altera los colores, salvo en el caso de
ser perfectamente claro, y una fuerte reflexión los altera completamente. Así
el color que vemos es un
resultado del rayo tal como llega al ojo, no
simplemente una propiedad del objeto de
donde
procede el rayo. De ahí que, supuesto que ciertas ondas lleguen al ojo, veremos
un color determinado, lo mismo si el objeto de donde proceden las ondas tiene
un color que si no lo tiene. Es, pues, completamente gratuito suponer que los
objetos físicos tengan colores, y, por consiguiente, no es justificado hacer
semejante suposición. Argumentos exactamente análogos se aplicarán al resto de
los datos de
los
sentidos.
Falta preguntarnos si hay un argumento filosófico
general que nos permita decir que, si la materia es real, debe ser de tal o
cual naturaleza. Hemos explicado antes cómo muchos filósofos, acaso la mayoría,
han sostenido que lo que es real debe ser en cierto modo mental, o, por lo
menos, que cualquier cosa de la cual podemos
conocer
algo debe ser
en cierto modo
mental. Estos filósofos
se denominan
«idealistas». Los idealistas nos dicen que lo que
nos aparece corno materia es realmente algo mental; es decir, o (corno dice
Leibniz) un conjunto de espíritus más o menos rudimentarios, o (como sostiene
Berkeley) un conjunto de ideas en los espíritus que, como decimos comúnmente,
«perciben» la materia. Así, los idealistas
niegan la
existencia de la materia como algo intrínsecamente diferente del espíritu,
aunque no niegan que nuestros datos de los sentidos sean el signo de algo que
existe independientemente de nuestras sensaciones privadas. En el capítulo
siguiente consideraremos brevemente las razones —a mi juicio falaces— que los
idealistas ofrecen en apoyo de su teoría.
4
El idealismo
La palabra
idealismo es empleada por diferentes filósofos en un sentido algo distinto.
Nosotros entenderemos por ello la doctrina según la cual todo lo que existe, o
por lo menos todo lo que podemos conocer como existente, debe ser en cierto
modo mental. Esta doctrina, muy extendida entre los filósofos, tiene formas
diferentes y se apoya en distintos fundamentos. La doctrina es tan extendida y
tan interesante en sí misma,
que aun una
brevísima exposición filosófica debe dar cuenta de ella.
Los que no están acostumbrados a la especulación
filosófica pueden inclinarse a rechazar esta doctrina como evidentemente
absurda. No cabe duda que el sentido común considera las mesas y las sillas, el
sol y la luna y los objetos materiales en general, como algo radicalmente
diferente de los espíritus y del
contenido de
los espíritus y que tiene una existencia capaz de persistir aun cuando los
espíritus desaparezcan. Pensamos que la materia ha existido mucho antes de que
haya habido espíritus, y es muy difícil pensar que sea un simple producto de la
actividad mental. Pero, verdadero o falso, el idealismo no puede ser rechazado
como
evidentemente absurdo.
20 Hemos
visto que, aun si los objetos físicos tienen en efecto una existencia
independiente, deben diferir en realidad mucho de los datos de los sentidos, y
sólo pueden tener una correspondencia con los datos de los sentidos, análoga a
la que un catálogo tiene con los objetos catalogados. De ahí que el sentido
común nos deje en una completa oscuridad en lo que se refiere a la verdadera
naturaleza intrínseca de los
objetos
físicos, y si hubiese una razón convincente para considerarlos como mentales,
no podríamos legítimamente rechazar esta opinión
meramente porque nos pareciera extraña. La verdad acerca de los objetos físicos
debe ser extraña. Pudiera ser inasequible, pero si algún filósofo cree haberla
alcanzado, el hecho de que lo que ofrece como la verdad sea algo raro no puede
proporcionar una base sólida para
objetar su
opinión.
Los argumentos en que se apoya el idealismo son, en
general, argumentos derivados de la teoría del conocimiento, es decir de un
análisis de las condiciones que deben satisfacer las cosas para que seamos
capaces de conocerlas. La primera tentativa seria para establecer el idealismo
sobre tales argumentos fue la del obispo
Berkeley.
Probaba en primer lugar, por medio de argumentos en gran parte válidos, que no
podemos suponer que nuestros datos de los sentidos tengan una existencia
independiente de nosotros, sino que deben, por lo menos en parte, estar «en» el
espíritu, en el sentido de que su existencia no persistiría si no hubiese un
acto de ver, de oír, de tocar, de oler, de gustar. Hasta aquí sus afirmaciones
eran casi indudablemente válidas, aunque no lo fueran algunos de sus
argumentos. Pero de esto pasa a sostener que los datos de los sentidos son los
únicos objetos de cuya existencia pueden
asegurarnos nuestras percepciones, y que ser conocido es estar «en» un espíritu
y por consiguiente ser algo mental. De ahí concluía que nada puede ser conocido
jamás sino lo que está en algún espíritu, y que cualquier cosa que sea conocida
sin estar en mi espíritu debe estar en algún otro espíritu.
Para entender este argumento es necesario
comprender el uso que hace de la palabra idea. Da el nombre de «idea» a todo lo
que es inmediatamente conocido, como lo son, por ejemplo, los datos de los
sentidos. Así un determinado color que vemos es una idea; igualmente una voz
que oímos, y así sucesivamente. Pero el término no se limita por completo a los
datos de los sentidos. Habrá también cosas
recordadas o imaginadas, pues tenemos también un
conocimiento inmediato de tales
cosas en el
momento de recordarlas o imaginarlas. A todos estos datos inmediatos los
denomina «ideas».
Pasa luego a considerar objetos comunes como, por
ejemplo, un árbol.
Muestra que todo lo que conocemos inmediatamente
cuando «percibimos» el árbol consiste en ideas, en el sentido que da a esta
palabra, y sostiene que no hay el menor
fundamento
para suponer que hay en el árbol realidad alguna fuera de lo percibido. Su ser,
dice, consiste en ser percibido; en el latín de la escuela su esse est percipi.
Admite sin duda que es preciso que el árbol continúe existiendo aun cuando
cerremos los ojos o no exista ningún ser humano. Pero esta existencia continua,
dice, se debe al hecho de que Dios continúa percibiéndolo; el árbol «real», que
corresponde a lo
que hemos
denominado el objeto físico, consiste en ideas en el espíritu de Dios, ideas
más o menos semejantes a las que tenemos nosotros
cuando vemos el árbol, pero diferentes por el hecho de permanecer en el
espíritu de Dios mientras continúa existiendo el árbol. Todas nuestras
percepciones, según él, consisten en una participación parcial en las
percepciones de Dios, y a consecuencia de esta
participación
ven las diferentes personas más o menos el mismo árbol. Así, aparte los
espíritus y sus ideas no hay nada en el mundo ni es posible que cualquiera otra
cosa sea conocida, puesto que todo lo conocido es necesariamente una idea.
Hay en este argumento algunas falacias que han
tenido importancia en la historia de la filosofía y que será bueno aclarar. En
primer lugar, hay una confusión
engendrada
por el uso de la voz idea. Consideramos una idea como algo que está en el
espíritu de alguien, de tal modo que si se nos dice que el árbol consiste
enteramente en ideas, es natural suponer que, en este caso, el árbol debe estar
enteramente en
algún espíritu. Pero esta noción de una existencia
«en» el espíritu es ambigua. Decimos que tenemos una persona en el espíritu, no
para decir que la persona está en nuestro espíritu, sino que tenemos en el
espíritu el pensamiento de esa persona. Cuando alguien dice que algún negocio
en que se debe ocupar le ha salido del
espíritu, no
quiere decir que el negocio mismo estaba primero en un espíritu y luego ha
dejado de estar en él. Y cuando Berkeley dice que el árbol debe estar en
nuestro espíritu para que podamos conocerlo, todo lo que tiene derecho a decir
es que el pensamiento del árbol debe estar en nuestro espíritu. Argüir que el
árbol mismo debe estar en nuestro espíritu sería lo mismo que decir que una
persona que tenemos en el
espíritu
está ella misma en el espíritu. Esta confusión puede parecer demasiado burda
para haber sido realmente sufrida por un filósofo competente, pero varias
circunstancias accesorias la han hecho posible. Para ver cómo ha sido posible,
debemos penetrar más profundamente en el problema de la naturaleza de las
ideas.
Antes de entrar en el problema general de la
naturaleza de las ideas, debemos
desenvolver
dos problemas completamente diferentes que se presentan y conciernen a los
datos de los sentidos y a los objetos físicos. Hemos visto que, por varias
razones de detalle, Berkeley tenía razón al considerar los datos de los
sentidos que constituyen nuestra percepción del árbol, como más o menos
subjetivos, en el sentido de que dependen de nosotros, tanto como del árbol, y
no existirían si el árbol no fuese
percibido.
Pero es éste un punto completamente diferente de aquél mediante el cual trata
Berkeley de probar que todo lo que puede ser inmediatamente conocido debe estar
en un espíritu. Para este propósito son inútiles los argumentos de detalle
sobre la dependencia de los datos de los sentidos con respecto a nosotros. Es
necesario probar, en general, que por el hecho de ser conocidos los objetos
deben ser mentales.
Esto es lo
que cree haber hecho Berkeley. Este problema —y no nuestra cuestión
previa sobre la diferencia entre los datos de los
sentidos y el objeto físico— es el que debe ocuparnos ahora.
Tomando la palabra idea en el sentido de Berkeley,
dos cosas completamente distintas hay que considerar cuando una idea se
presenta al espíritu. Tenemos por
una parte la
cosa de la cual nos damos cuenta —por ejemplo, el color de la mesa— y por otra
el hecho mismo de darnos cuenta en el momento actual, el acto mental de
aprehender la cosa. El acto mental es indudablemente mental; pero ¿hay alguna
razón para suponer que la cosa aprehendida es en algún modo mental? Nuestros
argumentos precedentes referentes al color no prueban que sea algo mental:
probaban
solamente
que su existencia depende de la relación de nuestros órganos con el objeto
físico —en nuestro caso, la mesa—. En otros términos, probaban que existirá un
color determinado, en una luz determinada, si un ojo normal se coloca en un
punto determinado en relación con la mesa. No probaban que el color esté en el
espíritu del que lo percibe.
La opinión de Berkeley, según el cual el color debe
estar evidentemente en el espíritu, sólo pude ser plausible mediante una
confusión entre la cosa aprehendida
y el acto de
aprehenderla. Una y otra pueden ser denominados «idea»; ambos lo hubieran sido
probablemente por Berkeley. El acto está indudablemente en el espíritu; por
consiguiente, cuando pensamos en el acto, asentimos fácilmente al punto de
vista según el cual las ideas deben estar en el espíritu. Pero, olvidando luego
que esto era sólo verdad cuando las ideas eran tomadas en el sentido de actos
de aprehensión,
transportamos
la proposición de que «las ideas están en el espíritu» a las ideas en el otro
sentido, es decir, a las cosas aprehendidas en los actos de aprehensión. Así,
por un equívoco inconsciente, llegamos a la conclusión de que todo lo que puede
ser aprehendido debe estar en nuestro espíritu. Tal parece ser el análisis
exacto del
argumento de Berkeley y la falacia en que descansa
en último término.
15 Este
problema de la distinción entre el acto y el objeto es de vital importancia en
nuestra aprehensión de las cosas, puesto que toda nuestra capacidad de adquirir
conocimientos está ligada a él. La facultad de entrar en relación de
conocimiento con otros objetos distintos de sí mismo, es la característica
esencial del espíritu. El conocimiento de los objetos consiste esencialmente en
una relación entre el espíritu
y algo
distinto de él; es lo que constituye la capacidad del espíritu de conocer
objetos. Si decimos que las cosas conocidas deben estar en el espíritu, o
limitamos indebidamente la capacidad de conocer del espíritu, o enunciamos una
mera tautología. Enunciamos una mera tautología si entendemos por « en el
espíritu» como
equivalente
de « a n t e el
espíritu», es decir,
si hablamos simplemente
de ser
aprehendidas
por el espíritu. Pero si lo entendemos así, nos será preciso admitir que
lo que, en este sentido, está en el espíritu, puede
no obstante, no ser mental. Así, cuando advertimos la naturaleza del
conocimiento, vemos que el argumento de Berkeley es inexacto en su materia y en
su forma, y que sus fundamentos para suponer que las «ideas» —es decir, los
objetos aprehendidos— deben ser mentales,
carecen en
absoluto de valor. Sus razones en favor del idealismo pueden ser, pues,
rechazadas. Falta ver si existen otros fundamentos.
Se dice con frecuencia, como si fuese una
incontestable verdad, evidente por sí misma, que no podemos saber que algo
existe si no lo conocemos. Se infiere que todo lo que en algún modo puede
importar a nuestra experiencia, debe, por lo menos,
ser capaz de
ser conocido por nosotros; de donde se sigue, que si la materia fuese
esencialmente algo que no pudiéramos conocer, la materia sería algo de lo cual
no podríamos saber si existe, y que no tendría para nosotros importancia
alguna. Se admite generalmente también, por razones que permanecen oscuras, que
lo que no puede tener importancia para nosotros, no puede ser real, y que, por
consiguiente, la materia, si no está compuesta por espíritus o ideas mentales,
es algo imposible, una pura quimera.
5 No es
posible entrar en el fondo de este argumento, en el momento en que nos
hallamos, porque suscita problemas que requieren un largo análisis preliminar;
pero podemos indicar de momento algunas razones para rechazarlo. Empecemos por
el fin: no hay razón alguna para que lo que no puede tener una importancia
práctica para nosotros, no pueda ser real. Verdad es que, si incluimos la
importancia teórica,
todo lo real
es de alguna importancia para nosotros, puesto que, como personas deseosas de
conocer la verdad del Universo, tenemos algún interés por todo lo que el
Universo contiene. Pero si incluimos esta clase de interés, no es verdad que la
materia, suponiendo que existe, carezca de importancia para nosotros, aunque no
podamos conocer que existe, y preguntarnos si en
efecto existe, puesto que se halla
enlazada con
nuestro deseo de conocimiento y tiene la importancia de satisfacerlo o
impedirlo.
Además, no
es en modo
alguno una incontestable
verdad, sino algo
efectivamente falso, que no podemos saber que algo
existe si no lo conocemos. La palabra «conocer» se usa en dos sentidos
diferentes: 1º En la primera acepción es
aplicable a
la clase de conocimiento que se opone al error, en cuyo sentido es verdad lo
que conocemos. Así se aplica a nuestras creencias y convicciones, es decir, a
lo que denominamos juicios. En este sentido de la palabra sabemos que algo se
nos presenta como un problema. Esta clase de conocimiento puede ser denominada
conocimiento de verdades. 2º En la segunda acepción de la palabra «conocer», se
aplica al
conocimiento de las cosas, que podemos denominar conocimiento directo.
En este sentido conocemos los datos de los
sentidos. (Esta distinción corresponde aproximadamente a la que existe entre
savoir y connaitre en francés, o entre wissen y kennen en alemán.)
Así la proposición que parecía un axioma, una vez
restablecida, se convierte
en la
siguiente: «No podemos enunciar un juicio verdadero sobre la existencia de algo
si no lo conocemos directamente». Lo cual no es en modo alguno un axioma, sino,
al contrario, una palpable falsedad. No tengo el honor de conocer directamente
al emperador de Rusia1, pero juzgo, con razón, que existe. Se puede decir,
naturalmente, que lo juzgo así porque otros lo han conocido directamente. Pero
sería una réplica sin valor, porque si el principio fuese verdadero, no podría
saber que otros tienen un conocimiento directo de él. Es más: no hay razón
alguna para que no conozca la existencia de algo que nadie haya conocido de un
modo directo. Este punto es importante y exige una explicación.
Este libro
fue escrito en 1912, es decir, mucho antes de la Revolución rusa. (N. del T.)
5 Si conozco
directamente que algo existe, este conocimiento directo me proporciona el
conocimiento de que algo existe. Pero no es verdad, recíprocamente, que para
que pueda saber que algo determinado existe, yo o alguien deba haber conocido
directamente la cosa. Lo que ocurre, cuando enuncio un juicio verdadero sin
conocimiento directo, es que la cosa me es conocida por descripción o
referencia, y
que, en
virtud de algún principio general, la existencia de la cosa correspondiente a
esta descripción puede ser inferida de algo que conozco directamente. Para
comprender plenamente este punto, bueno será tratar primero de la diferencia
entre conocimiento directo y conocimiento por referencia, y considerar luego
qué
conocimiento de los principios generales (si es que
lo hay) tiene la misma clase de
certeza que
el conocimiento de nuestras propias experiencias. Estos asuntos serán tratados
en los capítulos siguientes.
5
Conocimiento directo y conocimiento por referencia
En el
capítulo precedente hemos visto que hay dos clases de conocimiento de cosas y
conocimiento de verdades. En este capítulo nos ocuparemos exclusivamente del
conocimiento de cosas, en el cual a su vez habremos de distinguir dos clases.
El conocimiento de cosas, cuando es de la especie que hemos denominado
conocimiento di r e c t o , es esencialmente más simple que cualquier
conocimiento de verdades, y
lógicamente,
independiente de aquél. No obstante, sería precipitado admitir que los hombres
tengan jamás, de hecho, conocimiento directo de las cosas sin que tengan al
mismo tiempo el conocimiento de alguna verdad sobre ellas. Por el contrario, el
conocimiento de las cosas por referencia, implica siempre, como veremos en el
curso
del presente capítulo, algún conocimiento de
verdades que constituya su fuente y su
fundamento.
Pero es preciso ante todo aclarar lo que entendemos por «conocimiento directo»
y «por referencia».
Diremos que tenemos
conocimiento directo de
algo cuando sabemos
directamente de ello, sin el intermediario de
ningún proceso de inferencia ni de ningún conocimiento de verdades. Así, en
presencia de mi mesa, conozco directamente los
datos de los
sentidos que constituyen su apariencia —su color, forma, dureza, suavidad,
etc.; de ello soy inmediatamente consciente cuando veo y toco mi mesa. Puedo
decir diversas cosas sobre el matiz que veo— puedo decir que es castaño, que es
más bien oscuro, y así sucesivamente. Pero estas manifestaciones, aunque me
hacen conocer verdades sobre el color no me hace conocer el color mismo mejor
que
lo conocía
antes: en lo que concierne al conocimiento del color mismo, como opuesto
al conocimiento de verdades sobre él, conozco el
color de un modo perfecto y completo cuando lo veo, y no es posible ni aun
teóricamente un conocimiento ulterior de él. Así, los datos de los sentidos que
constituyen la apariencia de la mesa son cosas de las cuales tengo un
conocimiento directo, cosas que me son inmediatamente
conocidas,
exactamente como son.
Mi conocimiento de la mesa, como objeto físico, no
es, al contrario, un conocimiento directo. Es obtenido, tal como es, a través
del conocimiento directo de los datos de los sentidos que constituyen la
apariencia de la mesa. Hemos visto que incluso es posible, sin absurdo, dudar
de que exista una mesa, mientras que no es
posible
dudar de los datos de los sentidos. Mi conocimiento de la mesa es de la clase
que denominaremos «conocimiento por referencia». La mesa es «el objeto físico
que causa tales y cuales datos de los sentidos». Así se describe la mesa por
medio de los
29 30
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
datos de los sentidos. Para conocer una cosa
cualquiera sobre la mesa, debemos conocer verdades que la pongan en conexión
con las cosas de las cuales tenemos un conocimiento directo: nos es preciso
saber que «tales y cuales datos de los sentidos son causados por un objeto
físico». No hay un estado de espíritu en que sepamos
directamente
algo de la mesa; todo nuestro conocimiento de la mesa es realmente un
conocimiento d e verdades, y la cosa misma que constituye la mesa,
estrictamente hablando, no nos es conocida en absoluto. Conocemos una
referencia (o descripción) y sabemos que hay un objeto al cual se aplica
exactamente, aunque el objeto mismo no nos sea directamente conocido. En este
caso decimos que el conocimiento del
objeto es un
conocimiento por referencia.
Todo nuestro conocimiento, lo mismo el conocimiento
de cosas que el de verdades, se funda en el conocimiento directo. Es, por
consiguiente, importante considerar de qué clase de cosas tenemos un
conocimiento directo.
Los datos de los sentidos, como hemos visto ya,
cuentan entre las cosas de
las cuales
tenemos un conocimiento directo; de hecho, proporcionan el ejemplo más obvio y
evidente de conocimiento directo. Pero si fuera el único ejemplo, nuestro
conocimiento sería mucho más restringido de lo que es. Sólo conoceríamos lo que
es presente a nuestros sentidos en el momento actual; nada podríamos conocer
del pasado —ni tan siquiera que hay pasado— ni conoceríamos verdad alguna sobre
nuestros
datos de los sentidos, pues todo conocimiento de verdades exige, como lo
mostraremos, el conocimiento directo de cosas que poseen un carácter
esencialmente diferente de los datos de los sentidos: los objetos que se
denominan generalmente «ideas abstractas», pero que nosotros denominaremos
«universales». De ahí que, si queremos obtener un análisis adecuado de nuestro
conocimiento, debemos considerar
el
conocimiento directo de otras cosas, además de los datos de los sentidos.
La primera extensión que debemos considerar, más
allá de los datos de los sentidos, es el conocimiento directo de la memoria. Es
obvio que recordamos con frecuencia lo que hemos visto u oído, o lo que ha sido
presente a nuestros sentidos de otra manera y que en estos casos somos siempre
inmediatamente conscientes de
lo que
recordamos, a pesar de que el hecho aparezca como pasado y no como presente.
Este conocimiento inmediato de la memoria es la fuente de todo nuestro
conocimiento referente al pasado. Sin él no podríamos tener ningún conocimiento
del pasado por inferencia, puesto que no sabríamos nunca que hay algo pasado
que inferir.
35 Inmediatamente hay
que considerar el
conocimiento inmediato por
introspección.
No sólo tenemos un conocimiento de las cosas, sino que con
frecuencia
nos damos cuenta de nuestro conocimiento de las cosas. Cuando yo veo
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
el sol, con frecuencia me doy cuenta de mi acto de
ver el sol; así, «mi acto de ver el sol» es un objeto del cual tengo un
conocimiento directo. Cuando deseo alimento, puedo ser consciente de mi deseo
de alimento; así, «mi deseo de alimento» es un objeto del cual tengo un
conocimiento directo. Del mismo modo podemos ser
conscientes
de nuestro sentimiento de placer o de pena, y, en general, de los acaecimientos
que ocurren en nuestro espíritu. Esta clase de conocimiento directo que puede
ser denominado autoconsciencia, es la fuente de nuestro conocimiento de los
objetos mentales. Es evidente que sólo lo que ocurre en nuestro propio espíritu
puede ser conocido de este modo inmediato. Lo que ocurre en el espíritu de los
demás es
conocido por
medio de nuestra percepción de su cuerpo, es decir, por medio de nuestros datos
de los sentidos, asociados con su cuerpo. Pero sin el conocimiento directo del
contenido de nuestro propio espíritu, seríamos incapaces de imaginar los
espíritus de los demás, y por consiguiente, no podríamos llegar nunca a conocer
que,
en efecto, tienen espíritu. Parece natural suponer
que la autoconsciencia es una de las
cosas que
distingue a los hombres de los animales: podemos suponer que los animales,
aunque tengan conocimiento directo de los datos de los sentidos, no adquieren
jamás consciencia de este conocimiento, ni conocen jamás su propia existencia.
No quiero decir que duden de su existencia, sino
que no adquieren jamás
consciencia
del hecho de tener sensaciones y sentimientos, ni, por consiguiente, del hecho
de que ellos, los sujetos de sus sensaciones y sentimientos, existan.
Hemos hablado del conocimiento directo del
contenido de nuestro espíritu
como de una auto-conciencia; pero esto no es,
naturalmente, la consciencia de nosotros mismos; es la consciencia de
pensamientos y sentimientos particulares. El
problema de
saber si tenemos un conocimiento directo de nuestra pura intimidad,
como opuesta a nuestros pensamientos y sentimientos
particulares, es extraordinariamente difícil, y sería precipitado resolverlo de
un modo afirmativo. Cuando intentamos mirar en el interior de nosotros mismos
vemos siempre algún pensamiento o algún sentimiento particular, no el «yo» que
tiene el pensamiento o el
sentimiento.
Sin embargo, hay algunas razones para opinar que tenemos un conocimiento
directo de nuestro «yo», aunque sea muy difícil separar este conocimiento de
otras cosas. Para poner en claro la clase de razones de que se trata,
consideremos por un momento lo que implica en realidad nuestro conocimiento de
pensamientos particulares.
35 Cuando
tengo el conocimiento directo de «mi visión del sol» parece evidente que tengo
el conocimiento directo de dos cosas diferentes que se hallan en relación
recíproca. De una parte existe el dato de los sentidos que representa, para mí,
de otra
31 32
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
parte existe el sujeto que ve este dato de los
sentidos. Todo conocimiento directo, ta como el conocimiento del dato de los
sentidos que representa el sol, parece evidentemente ser una relación entre la
persona que conoce y el objeto que la persona conoce. Cuando el caso de
conocimiento directo es tal que yo pueda tener un
conocimiento
directo de él (como conozco mi conocimiento de los datos de los sentidos que
representan el sol), es evidente que la persona que conozco soy yo mismo. Así,
cuando conozco mi acto de ver el sol, el hecho completo cuyo conocimiento tengo
es «Yo-que-conozco-un-dato-de-los-sentidos».
Además, conocemos esta verdad: «Yo conozco
directamente este dato de los
sentidos».
Es difícil ver cómo podríamos conocer esta verdad ni aun comprender lo que
significa, si no tuviéramos el conocimiento directo de algo que denominamos
«yo». No parece necesario suponer que tengamos el conocimiento directo de una
persona más o menos permanente, la misma hoy que ayer, sino que es preciso que
tengamos el conocimiento directo de esta cosa —sea
cual fuere su naturaleza— que
ve el sol y
tiene un conocimiento directo de los datos de los sentidos. Así, parece que es
preciso que, en algún sentido, tengamos un conocimiento directo de nosotros
mismos como opuestos a nuestras experiencias particulares. Pero el problema es
difícil, y por ambas partes pueden aducirse complicados argumentos. Así pues,
aunque el conocimiento directo de nosotros mismos parece probable, no es
prudente
afirmar que
sea indudable.
Podemos resumir, pues, como sigue todo lo que hemos
dicho en relación con el conocimiento directo de las cosas que existen. Tenemos
un conocimiento, en la sensación, de los datos de nuestros sentidos exteriores,
y en la introspección, de los datos de lo que podemos denominar el sentido
interno: pensamientos, sentimientos,
deseos,
etc.; tenernos un conocimiento directo en la memoria de las cosas que han
sido datos de cualquiera de los sentidos exteriores
o del sentido interior. Además, es probable, aunque no cierto, que tenemos un
conocimiento directo de nosotros mismos como de algo que se da cuenta de las
cosas o las desea.
Además de nuestro conocimiento directo de las cosas
particulares que
existen,
tenemos un conocimiento directo de lo que denominamos universales, es decir,
ideas generales, como la b l a n c u r a , la diversidad, la fraternidad, y así
sucesivamente. Toda frase completa debe contener al menos una palabra que
represente una idea universal, puesto que todos los verbos tienen un sentido
universal. Volveremos a estudiar los universales en el capítulo 9; por el
momento es
necesario,
tan sólo, guardarnos de la suposición de que todo lo que puede ser conocido de
un modo directo debe ser algo particular y existente. Aprehender los
universales se denomina concebir, y los universales que aprehendernos se
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
denominan conceptos.
Se habrá observado que entre los objetos de los
cuales tenemos un conocimiento directo no hemos incluido los objetos físicos
(como opuestos a los datos de los sentidos) ni los espíritus de las otras
personas. Estas cosas nos son
conocidas
por lo que yo denomino «conocimiento por referencia». Es lo que vamos a
considerar ahora.
Por «referencia» entiendo toda frase de la forma
«un esto o aquello» o «el esto o aquello». Denominaré referencia «ambigua» a la
frase de la forma «un esto o aquello», y referencia «definida» a la frase de la
forma «el esto o aquello» (en
singular).
Así «un hombre» es una referencia ambigua, y «el hombre de la máscara de
hierro» es una descripción definida. Varios problemas están en conexión con la
definición ambigua, pero los paso por alto, porque no conciernen directamente a
la materia que analizamos, o sea, la naturaleza de nuestro conocimiento en
relación con
los objetos, en el caso en que sabemos que hay un
objeto que corresponde a una
referencia
definida, aunque no tengamos un conocimiento directo de este objeto. Es una
materia que concierne exclusivamente a las referencias definidas. Por
consiguiente, en lo que sigue hablaré simplemente de «referencias» para
mencionar las «referencias definidas». Referencia será, pues, una frase de la
forma «el esto o
aquello» en singular2.
20 Diremos
que un objeto es «conocido por referencia» cuando sabemos que es «esto o
aquello», es decir, cuando sabemos que hay un objeto, y no más, que tiene una
determinada propiedad, y generalmente se sobreentenderá que no tenemos un
conocimiento directo del mismo objeto. Sabemos que el hombre de la máscara de
hierro ha existido y conocemos varias proposiciones referentes a él; pero no
sabemos
quién era.
Sabemos que el candidato que obtenga mayor número de votos será
elegido, y en este caso es muy posible que
conozcamos directamente (en el único sentido en que es posible conocer
directamente a otro) al hombre que es, de hecho, el candidato que obtendrá
mayor número de votos; pero no sabemos cuál de los candidatos es, es decir, no
conocemos ninguna proposición de la forma «A es el
candidato
que obtendrá mayor número de votos», en la cual A represente el nombre de uno
de los candidatos. Diremos que tenemos «meramente un conocimiento por
referencia» de esto o aquello cuando, aunque sepamos que esto o aquello existe,
y aunque nos sea posible tener un conocimiento directo del objeto que, de
hecho, es «esto o aquello» no conocemos ninguna proposición de la forma «a es
esto o
2 En adelante prescindiremos del artículo «el», que
da a la frase un sentido inusitado y exótico. (N. del T.)
33 34
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
aquello» en la cual a sea algo de lo cual tengamos
un conocimiento directo. Cuando decimos «esto o aquello existe» queremos decir
que hay justamente
un objeto que es esto o aquello. La proposición «a
es esto o aquello» significa que a tiene esta propiedad determinada (esto o
aquello) y que nadie más la posee. «A es
el candidato
unionista por esta circunscripción » significa «A, y no otro, es el candidato
unionista por esta circunscripción ». «El candidato unionista por esta
circunscripción existe» significa «alguien es el candidato unionista por esta
circunscripción, y no otro que él». Así, cuando tenemos un comienzo directo de
un objeto que es esto o aquello, sabemos que esto o aquello existe; pero
podemos saber
que esto o
aquello existe sin tener un conocimiento directo de ningún objeto que sepamos
ser esto o aquello, y aun sin tener un conocimiento directo de ningún objeto
que sea, en efecto, esto o aquello.
Los nombres comunes, y aun los nombres propios, son
generalmente
verdaderas referencias. Es decir, el pensamiento
que está en el espíritu de una persona
que usa
correctamente un nombre propio, no puede ser explicado generalmente de un modo
explícito sino sustituyendo el nombre propio por una referencia. Además, la
referencia necesaria para expresar el pensamiento variará con las personas, o,
para la misma persona, con el transcurso del tiempo. La única cosa constante
(mientras el nombre se use correctamente) es el objeto al cual se aplica el
nombre. Pero, en tanto
que esto
permanece constante, la referencia particular implicada no distingue de
ordinario la verdad o falsedad de la proposición en que el nombre aparece.
Tomemos algunos ejemplos. Supongamos algún relato
referente a Bismarck.
Admitiendo que hay algo que sea el conocimiento
directo de sí mismo, Bismarck mismo hubiera podido emplear su nombre
directamente para designar la persona
particular
cuyo conocimiento directo tenía. En este caso, si enunciaba un juicio sobre
sí mismo, él mismo podía ser un elemento,
constitutivo del juicio. Aquí el nombre propio tiene el uso directo que
pretende tener siempre; enuncia simplemente un objeto determinado y no es una
descripción del objeto. Pero si una persona que conocía a Bismarck enuncia un
juicio sobre él, el caso es diferente. Lo que esta persona conocía
directamente
era un conjunto de datos de los sentidos, que ponía en conexión (supongamos que
correctamente) con el cuerpo de Bismarck. Su cuerpo, como objeto físico, y
todavía más, su espíritu eran conocidos tan sólo como el cuerpo y el espíritu
enlazados con aquellos datos de los sentidos. Es decir, eran conocidos por
referencia. Depende naturalmente del azar, cuáles sean las características de
la apariencia de un
hombre que
se presentan al espíritu de un amigo que piensa en él; así, la referencia que
se presenta actualmente al espíritu del amigo, es accidental. El punto esencial
es que conoce que las varias referencias se aplican todas a la misma entidad,
aunque sin
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
el conocimiento directo de la entidad de que se
trata.
Cuando nosotros, que no hemos conocido a Bismarck,
enunciamos un juicio sobre él, la referencia que tengamos en nuestro espíritu
será probablemente un conjunto más o menos vago de conocimientos históricos
—muchos más, en la
mayoría de
los casos, de lo que es necesario para identificarlo—. Pero, por vía de ejemplo
supongamos que pensamos en él como «el primer canciller del Imperio de
Alemania». Aquí, todas las palabras son abstractas, excepto «Alemania». Por
otra parte, la palabra «Alemania» tendrá diferentes sentidos para diferentes
personas. Recordará a unos sus viajes por Alemania, a otros la forma de
Alemania en el mapa,
etc. Pero si
queremos obtener una referencia que sepamos que se puede aplicar, nos veremos
obligados a referirnos, en algún momento, a algún objeto particular del cual
tengamos un conocimiento directo. Tal referencia está implicada en toda mención
del pasado, del presente y del futuro (como opuestos a datos definidos), o del
aquí y del
allá, o de lo que otros nos han dicho. Así,
parecería que, de una u otra manera, una
referencia
que sabemos aplicable a algo particular debe implicar alguna relación con algo
particular de lo cual tenemos un conocimiento directo, si nuestro conocimiento
de la cosa referida o definida no es meramente lo que se sigue lógicamente de
la referencia. Por ejemplo, «el hombre que ha vivido más largo tiempo» es una
referencia que contiene sólo universales y debe aplicarse a algún hombre. Pero
no podemos
enunciar
sobre este hombre juicios que envuelven el conocimiento de él, más allá de lo
que nos da la referencia. Pero si decimos: «El primer canciller del Imperio de
Alemania fue un diplomático astuto», no podemos estar seguros de la verdad de
nuestro juicio sino en virtud de algo de lo cual tengamos un conocimiento
directo, generalmente un testimonio oído o leído. Aparte la información que
transmitimos a los
demás,
aparte el hecho que se refiere al Bismarck real, que da autoridad a nuestro
juicio, el pensamiento que realmente tenemos
contiene implícitos unos o varios elementos particulares, y por. otra parte,
consta totalmente de conceptos.
Todos los nombres de lugar —Londres, Inglaterra,
Europa, la Tierra, el sistema solar— implican igualmente, cuando los empleamos,
referencias que
descansan en
una o varias peculiaridades de las cuales tenemos un conocimiento directo.
Sospecho que incluso el universo, tal como lo consideran los metafísicos,
implica una conexión con algo particular. La lógica, al contrario, que no se
refiere meramente a lo que existe, sino a todo lo que podría existir o ser, no
envuelve referencia a elementos peculiares de carácter actual.
35 Parece
que cuando enunciamos un juicio sobre algo que conocemos por referencia,
pretendemos con frecuencia enunciar nuestro juicio, no en la forma que implica
la referencia, sino sobre el objeto real que describimos o mencionamos. En
35 36
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
otros términos: cuando decimos algo sobre Bismarck,
quisiéramos, si pudiéramos, enunciar el juicio tal como sólo Bismarck lo puede
hacer, es decir, un juicio del cual es él mismo un elemento constitutivo. En
este empeño fracasamos necesariamente, porque el Bismarck real nos es
desconocido. Pero sabemos que hay un objeto B,
denominado
Bismarck, y que B fue un diplomático astuto. Podemos definir, pues, la
proposición que queremos afirmar, en esta forma: « B es un diplomático astuto»,
en la cual B representa el objeto que era Bismarck. Si definimos Bismarck como
«el primer canciller del Imperio de Alemania», la proposición que queremos
afirmar puede ser descrita así: «la proposición que afirma, en relación con el
objeto real que fue el primer
canciller
del Imperio alemán, que este objeto fue un astuto diplomático». Lo que nos
permite entendernos a pesar de las varias definiciones o menciones empleadas es
que sabemos que hay una proposición verdadera que se refiere al Bismarck real y
que, a pesar de variar las definiciones (mientras la definición sea correcta),
la proposición
definida o mencionada es siempre la misma. Esta
proposición, así definida y que
sabemos que
es verdadera, es lo que nos interesa pero no tenemos un conocimiento directo de
la proposición misma, ni la conocemos a ella, aunque sepamos que es verdadera.
Se habrá observado que hay varios estadios mediante
los cuales nos
alejamos del conocimiento directo de los objetos
particulares: hay un Bismarck para
las gentes
que le han conocido, un Bismarck para los que le conocen por medio de la
historia, el hombre de la máscara de hierro, el hombre que ha vivido más largo
tiempo. Son grados progresivamente alejados del conocimiento directo de lo
particular; el primero está tan cerca del conocimiento directo como es posible
en relación con otra persona; en el segundo podemos decir todavía que sabemos
«quien era Bismark»; en
el tercero,
no sabemos quien era el hombre de la máscara de hierro, aunque podamos
conocer varias proposiciones referentes a él que no
pueden ser lógicamente deducidas del hecho de que llevara una máscara de
hierro; en el último, en fin, no sabemos nada más allá de lo que puede ser
lógicamente deducido de la definición de ese hombre. Hay una jerarquía análoga
en el mundo de los universales. Muchos
universales,
como muchos particulares, sólo nos son conocidos por referencia. Pero aquí,
como en el caso de lo particular, el conocimiento relativo a lo que puede ser
conocido por referencia puede reducirse, en última instancia, al conocimiento
relativo a lo que puede ser directamente conocido.
El principio fundamental en el análisis de las
proposiciones que contienen
referencias
es el siguiente: Toda proposición que podamos entender debe estar compuesta
exclusivamente por elementos de los cuales tengamos un conocimiento directo.
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
No contestaremos, en el estadio que hemos
alcanzado, a todas las objeciones que puedan suscitarse en relación con este
principio fundamental. Por el momento indicaremos tan sólo que, por un camino u
otro, debe ser posible oponerse a esas objeciones, pues es difícil concebir que
se pueda enunciar un juicio o hacer una
suposición
si no conocemos aquello de lo cual juzgamos o sobre lo cual suponemos. Es
preciso que concedamos algún sentido a las palabras que usamos, si queremos
hablar de un modo significativo y, no sólo emitir unos ruidos, y el sentido que
atribuimos a las palabras debe ser algo de lo cual tengamos un conocimiento
directo. Si formulamos, por ejemplo, un juicio sobre Julio César, es evidente
que Julio César
mismo no
está presente en nuestro espíritu, puesto que no tenemos un conocimiento
directo de él. Tenemos en el espíritu alguna referencia de Julio César: «El
hombre que fue asesinado en los Idus de marzo», «el fundador del Imperio
romano», o acaso simplemente, «el hombre cuyo nombre era Julio César». (En esta
última definición,
Julio César es un ruido del cual tenemos un
conocimiento directo.) Así, nuestro juicio
no significa
exactamente lo que parece significar, sino que significa algo que envuelve, en
lugar de Julio César, alguna definición de él, compuesta exclusivamente de
particulares y universales, de los cuales tenemos un conocimiento directo.
La importancia principal del conocimiento por
referencia es que nos hace
capaces de ir más allá de los límites de nuestra
experiencia privada. A pesar del hecho
de que no
podemos conocer verdades que no estén compuestas exclusivamente de términos que
hayamos experimentado por un conocimiento directo, podemos tener un
conocimiento por referencia de cosas que no hemos experimentado jamás. Teniendo
en cuenta la extraordinaria estrechez de nuestra experiencia inmediata, este
resultado es vital, y en tanto que no se comprende, una gran parte de nuestro
conocimiento
debe
permanecer misteriosa y, por lo tanto, incierta.
37 38
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
6
La inducción
En casi
todos los precedentes análisis nos hemos esforzado en poner en claro nuestros
datos en el proceso del conocimiento de la existencia. ¿Qué cosas hay en el
Universo cuya existencia nos sea conocida porque tenemos un conocimiento
directo de ellas? Sobre este punto, nuestra respuesta ha sido que tenemos un
conocimiento directo de nuestros datos de los sentidos y, probablemente, de
nosotros mismos.
Sabemos que
eso existe. Y los datos pretéritos de los sentidos que recordamos son conocidos
como algo que ha existido en el pasado. Tal es el conocimiento que nos
proporcionan nuestros datos.
Pero si aspiramos a sacar inferencias de estos
datos —conocer la existencia
de la materia o de otras personas o del pasado
anterior al comienzo de nuestra
memoria
individual, o del futuro nos es preciso conocer principios generales de algún
género, por medio de los cuales podamos deducir aquellas inferencias. Es
preciso que sepamos que la existencia de una especie de cosas, A, es un signo
de la existencia de otra especie de cosas, B —ya al mismo tiempo que A, ya más
temprano o más tarde— como, por ejemplo, el trueno es un signo de la previa
existencia del relámpago. Si esto
no nos fuera
conocido, no podríamos extender jamás nuestro conocimiento más allá de la
esfera de nuestra experiencia privada; y esta esfera, como hemos visto, es
sumamente limitada. El problema que hemos de considerar ahora es si esta
extensión es posible, y en caso afirmativo, cómo se realiza.
Tomemos, por ejemplo, una materia sobre la cual
ninguno de nosotros tiene,
de hecho, la
menor duda. Estamos todos convencidos de que mañana saldrá el sol.
¿Por qué? Esta creencia ¿es simplemente el producto
ciego de la experiencia pasada, o puede ser justificada como una creencia
razonable? No es fácil hallar una prueba por medio de la cual podamos juzgar si
una creencia de este género es razonable o no. Pero se puede, al menos,
precisar qué clase de creencias generales serían suficientes,
si fueran
verdaderas, para justificar el juicio según el cual el sol saldrá mañana, y
otros muchos juicios análogos sobre los cuales descansan nuestras acciones.
Es obvio que si se nos pregunta por qué creemos que
el sol saldrá mañana contestaremos naturalmente: «Porque ha salido
invariablemente todos los días». Tenemos la firme creencia de que saldrá en el
futuro porque ha salido en el pasado.
Si se nos
interroga sobre el motivo por el cual creemos que continuará saliendo como
hasta aquí, apelaremos a las leyes del movimiento: la Tierra, diremos, es un
cuerpo libre animado de un movimiento de rotación, y los cuerpos de este género
no cesan
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
en su movimiento si no sufren una interferencia con
un objeto exterior, y no hay nada al exterior que pueda interferir con la
Tierra, desde hoy a mañana. Naturalmente, podríamos dudar de que estemos
completamente ciertos de ello. Pero no es ésta una duda que nos interese. La
duda interesante se refiere a si las leyes del movimiento
seguirán
actuando hasta mañana. Si se suscita esta duda nos hallaremos en la misma
posición en que nos hallábamos cuando se ha suscitado la duda sobre la salida
del sol.
La única razón para creer que las leyes del
movimiento seguirán rigiendo es que han actuado hasta aquí, en la medida en que
nuestro conocimiento del pasado
nos permite
juzgar de ello. Verdad es que tenemos una mayor masa de experiencias del pasado
en favor de las leyes del movimiento que en favor de la salida del sol, porque
la salida del sol no es más que un caso particular de la ejecución de las leyes
del movimiento, y hay una infinidad de otros casos particulares de ella. Pero
el verdadero
problema es éste: ¿un número cualquiera de casos en
que se ha realizado una ley en
el pasado
proporciona la evidencia de que se realizará lo mismo en el futuro? En caso
negativo, es evidente que no tenemos ningún fundamento para esperar que el sol
salga mañana, ni que el pan que comamos en la próxima comida no nos envenene,
ni para ninguna de las otras esperanzas apenas conscientes que regulan nuestra
vida cotidiana. Se puede observar que todas estas esperanzas son sólo
probables; lo que
debemos
buscar no es, pues, una prueba de que deben ser cumplidas, sino alguna razón en
favor de la opinión según la cual es verosímil que se cumplan.
Ahora bien; para tratar esta cuestión, debemos
empezar por hacer una
distinción importante, en defecto de la cual pronto
nos veríamos envueltos en confusiones insolubles. La experiencia nos ha
mostrado que, hasta aquí, la frecuente
repetición
de una serie uniforme o de una coexistencia ha sido la causa de que
esperáramos la misma serie o coexistencia en la
próxima ocasión. Un alimento que tiene una determinada apariencia tiene,
generalmente, un determinado sabor y resulta un rudo golpe para nuestra
esperanza cuando el aspecto habitual se halla asociado con un sabor inusitado.
Asociamos, por el hábito, las cosas que vernos, con
determinadas
sensaciones táctiles que esperamos de su contacto; uno de los rasgos terribles
de los fantasmas (en las historias de apariciones) es que faltan en ellos las
sensaciones de contacto. La gente inculta que sale al extranjero se sorprende
al principio hasta el punto de no creerlo, cuando descubre que su lengua
materna no es comprendida.
35 Este
género de asociación no se limita al hombre; es también muy fuerte en los
animales. Un caballo que ha corrido con frecuencia a lo largo de un camino se
resiste a andar en otra dirección. Los animales domésticos esperan su alimento
39 40
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
cuando ven la persona que habitualmente se lo da.
Sabemos que todas estas expectativas, más bien burdas, de uniformidad, están
sujetas a error. El hombre que daba de comer todos los días al pollo, a la
postre le tuerce el cuello, demostrando con ello que hubiesen sido útiles al
pollo opiniones más afinadas sobre la uniformidad de
la
naturaleza.
Pero, a pesar de los errores de estas expectativas,
no cabe duda de su existencia. El mero hecho de que algo haya ocurrido un
cierto número de veces produce en los animales y en los hombres la esperanza de
que ocurrirá de nuevo. Así, nuestro instinto nos proporciona ciertamente la
creencia de que el sol saldrá mañana,
pero es
posible que no nos hallemos en mejor posición que el pollo, al cual, sin que lo
esperara, le han retorcido el cuello. Por consiguiente, debemos distinguir el
hecho de que las uniformidades pasadas sean c a u s a en nosotros de esperanzas
para lo futuro, del problema de saber si hay algún fundamento razonable para
conferir un
valor a estas esperanzas desde el momento en que se
suscita el problema de su
validez.
El problema que vamos a analizar aquí es el de si
hay alguna razón para creer en lo que se ha denominado «la uniformidad de la
naturaleza». La creencia en la uniformidad de la naturaleza es la creencia de
que todo lo que ha ocurrido u ocurrirá es un caso de alguna ley general que no
tiene excepción alguna. Las expectativas
burdas que
hemos considerado están todas sujetas a excepciones, y expuestas por lo tanto a
engañar al que las concibe. Pero la ciencia admite habitualmente, por lo menos
como hipótesis de trabajo, que las leyes generales que tienen excepciones
pueden ser reemplazadas por leyes generales que carecen de ellas. «Los cuerpos
abandonados en el aire, caen», es una ley general de la cual son excepciones
los
proyectiles
y los aeroplanos. Pero las leyes del movimiento y la ley de la gravitación
que dan cuenta del hecho de que muchos cuerpos
caen, dan cuenta también del hecho mediante el cual los proyectiles y los
aeroplanos pueden elevarse; así, las leyes del movimiento y la ley de la
gravitación no están sujetas a excepciones.
La creencia de que el sol saldrá mañana podría
llegar a ser falsa si la Tierra
entrara
súbitamente en contacto con un cuerpo grande que destruyera su rotación; pero
las leyes del movimiento y la ley de la gravitación no serían infringidas por
este acontecimiento. El objeto de la ciencia es hallar uniformidades, del mismo
género que las leyes del movimiento y de la gravitación, de tal modo, que por
mucho que extendamos nuestras experiencias, no sufran excepción. En esta
investigación, la
ciencia ha
tenido un éxito evidente y podemos conceder que sus uniformidades se han
mantenido hasta aquí. Pero con esto volvemos al problema primitivo: Suponiendo
que se han mantenido siempre en el pasado ¿tenemos alguna razón para suponer
que
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
se mantendrán en el futuro?
Se ha argüido que tenemos razón para esperar que el
futuro se parecerá al pasado, porque lo que era el futuro se ha convertido
constantemente en el pasado y se ha parecido siempre al pasado, de tal modo,
que en realidad tenemos la experiencia
del futuro,
es decir, del tiempo que era anteriormente el futuro y que podemos denominar
futuro pasado. Pero este argumento encierra realmente una petición de
principio. Tenemos la experiencia de futuros pasados, pero no de futuros
futuros, y el problema es éste: ¿los futuros futuros se asemejarán a los
futuros pasados? No se puede responder a esta pregunta con argumentos que se
apoyen sólo en los futuros
pasados. Por
tanto, nos es preciso buscar algún principio que nos permita saber que el
futuro seguirá las mismas leyes que el pasado.
La referencia al futuro no es esencial a este
problema. La misma cuestión se suscita cuando aplicamos las leyes vigentes en
nuestra experiencia a objetos pasados
de los cuales no tenemos la experiencia, como, por
ejemplo, en geología o en las
teorías
sobre el origen del sistema solar. El problema que realmente nos hemos de
plantear es el siguiente: Cuando dos cosas se han hallado frecuentemente
asociadas y no conocemos ejemplo alguno en el cual haya ocurrido la una sin la
otra, el hecho de que ocurra una de ellas ¿no da, en un caso nuevo, un
fundamento suficiente para esperar la otra? De nuestra respuesta a esta
pregunta dependerá la validez de todas
nuestras
esperanzas relativas al futuro, de todos los resultados obtenidos por la
inducción y desde el punto de vista práctico, de todas las creencias en que se
funda nuestra vida cotidiana.
Debemos conceder, por lo pronto, que el hecho de
que dos cosas se hayan
hallado con frecuencia unidas y jamás separadas, no
basta por sí mismo para probar
de un modo
demostrativo que se hallarán también unidas en el próximo caso. Lo más
que podemos esperar es que cuanta mayor sea la
frecuencia con que se hayan hallado unidas, más probable será que se hallen
unidas en otra ocasión, y que si se han hallado unidas con frecuencia
suficiente, la probabilidad llegará casi a la certeza. Tal aserto no puede
alcanzar nunca la certeza completa porque sabemos que, a pesar de
la
frecuencia de las repeticiones, ocurre a veces una decepción final, como en el
caso del pollo al cual le tuercen el cuello. La probabilidad es todo lo que
podemos pretender.
Se podría objetar contra la opinión que defendemos
que todos los fenómenos naturales están sujetos a la soberanía de las leyes y
que a veces,
fundándose
en nuestras observaciones, podemos constatar que sólo una ley es posible que
convenga a los hechos de que se trata. De dos maneras se puede responder a esta
opinión. La primera es que aun si una ley que no sufre excepción
41 42
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
alguna se aplica a nuestro caso, en la práctica no
podemos estar jamás seguros de que hayamos descubierto esta ley y no una ley
que sufra excepciones. La segunda es que aun el imperio mismo de la ley parece
ser sólo probable y que nuestra creencia de que seguirá imperando en el futuro
en los casos de pasado que no hemos examinado, se
basa
precisamente en el principio que estamos examinando.
El
principio que estudiamos
puede ser denominado
principio d e l a
inducción, y
sus dos partes pueden ser formuladas como sigue:
a) Cuando
una cosa de una cierta especie, A, se ha hallado con frecuencia
10 asociada
con otra cosa de otra especie determinada, B, y no se ha hallado
jamás
disociada de la cosa de la especie B, cuanto mayor sea el número de
casos en que
A y B se hayan hallado asociados, mayor será la probabilidad
de que se
hallen asociados en un nuevo caso en el cual sepamos que una de
ellas se
halla presente.
15 b) En
las mismas circunstancias, un
número suficiente de
casos de
asociación
convertirá la probabilidad de la nueva asociación casi en una
certeza y
hará que se aproxime de un modo indefinido a la certeza.
Así formulado, el principio se aplica tan sólo a la
comprobación de nuestra
esperanza en
un nuevo caso particular, pero necesitamos saber también si existe una
probabilidad en favor de la ley general según la cual las cosas de la especie A
van siempre asociadas con las cosas de la especie B , supuesto que sea conocido
un número suficiente de casos de asociación y que no conozcamos ningún caso en
que falte la asociación. La probabilidad de la ley general es evidentemente
menor que la
del caso
particular, puesto que si la ley general es verdadera, el caso particular debe
serlo también, mientras que el caso particular
puede ser verdadero sin que la ley general lo sea. Sin embargo, la probabilidad
de la ley general aumenta con la repetición, exactamente como la probabilidad
del caso particular. Podemos repetir, pues, las dos partes de nuestro principio
en lo que se refiere a la ley general, en los
términos
siguientes:
Cuanto mayor
es el número de casos en que una cosa de la especie A se halla asociada con una
cosa de la especie B (si no conocemos ningún caso en que haya faltado la
asociación), tanto más probable es que A se halle
35 siempre
asociado con B.
En las
mismas circunstancias, un número suficiente de casos de asociación de A con B
hará casi cierto que A se halle siempre asociado con
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
B, y esta ley general se aproximará indefinidamente
a la certeza.
Se observará que la probabilidad es siempre
relativa a ciertos datos. En nuestro caso, los datos son simplemente los casos
conocidos de coexistencia de A y
B. Puede
haber otros datos, que podrían ser tomados en cuenta y alterarían gravemente la
probabilidad. Por ejemplo, un hombre que hubiera visto muchos cisnes blancos
podría creer, según nuestro principio, que es probable que todos los cisnes
sean blancos, y sería un argumento perfectamente correcto. No se halla
desmentido por el hecho de que algunos cisnes sean negros, porque una cosa
puede muy bien
ocurrir a
pesar de que algunos hechos la hagan improbable. En el caso de los cisnes, un
hombre podría saber que en muchas especies animales el color es una
característica muy variable y que, por consiguiente, una inducción concerniente
al color está particularmente expuesta al error; pero este conocimiento sería
un nuevo
dato, que no probaría que la probabilidad relativa
a los datos precedentes haya sido
estimada con
error. Así pues, el hecho de que las cosas dejen con frecuencia de confirmar
nuestras esperanzas, no es una prueba de que éstas no se realizarán
probablemente en un caso determinado o en una clase determinada de casos. Así,
nuestro principio inductivo no es por lo menos capaz de ser desmentido apelando
simplemente a la experiencia.
20 El
principio inductivo, no obstante, es igualmente incapaz de ser probado
recurriendo a la experiencia. Es posible que la experiencia confirme el
principio inductivo en relación con los casos que han sido ya examinados; pero
en lo que se refiere a los casos no examinados, sólo el principio inductivo
puede justificar una inferencia de lo que ha sido examinado a lo que no lo ha
sido todavía. Todos los
argumentos
que, sobre la base de la experiencia, se refieren al futuro o a las partes no
experimentadas del pasado o del presente, suponen
el principio de la inducción, de tal modo que no podemos usar jamás la
experiencia para demostrar el principio inductivo sin incurrir en una petición
de principio.
Así pues, nos es preciso aceptar el principio de la
inducción en virtud de su
evidencia
intrínseca, o renunciar a toda justificación de nuestras esperanzas relativas
al futuro. Si el principio es erróneo, no tenemos razón alguna para creer que
el sol saldrá mañana, que el pan será más alimenticio que una piedra, o que si
nos arrojamos del tejado caeremos. Cuando veamos que se aproxima lo que tiene
la apariencia de nuestro mejor amigo, no tendremos ninguna razón para suponer
que su cuerpo no se
halla
habilitado por el espíritu de nuestro peor enemigo o de alguien totalmente
extraño. Toda nuestra conducta se basa en asociaciones que han actuado en el
pasado y que, por consiguiente, consideramos que seguirán actuando en el
futuro;
43 44
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
y esta probabilidad depende, en cuanto a su
validez, del principio de la inducción. Los principios generales de la ciencia,
como la creencia en el reino de la ley,
y la de que todo acontecimiento debe tener una
causa dependen también completamente del principio de la inducción, como las
creencias de la vida cotidiana.
Todos estos
principios generales son creídos porque la humanidad ha hallado innumerables
ejemplos de su verdad y ningún ejemplo de su falsedad; pero esto no proporciona
la evidencia de que serán verdaderos en el futuro, si no admitimos el principio
de la inducción.
Así, todo conocimiento que, sobre la base de la
experiencia, nos dice algo
sobre lo que
no se ha experimentado, se basa en una creencia que la experiencia no puede
confirmar ni refutar, pero que, por lo menos en sus aplicaciones más concretas,
aparece tan firmemente arraigado en nosotros como muchos hechos de la
experiencia. La existencia y la justificación de tales creencias —pues el
principio de inducción,
como veremos, no es el solo ejemplo de ellas—
suscitan algunos de los problemas
más
difíciles y más debatidos de la filosofía. En el capítulo próximo
consideraremos brevemente lo que podemos decir para dar cuenta de esta clase de
conocimiento, cuál es su objeto y cuál su grado de certeza.
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
7
Nuestro conocimiento de los principios generales
Hemos visto
en el capítulo precedente que el principio de la inducción, en tanto que es
necesario para la validez de todos los argumentos basados en la experiencia, no
es a su vez susceptible de ser probado por la experiencia, y, sin embargo, es
creído sin vacilación por todo el mundo, por lo menos en todas sus aplicaciones
concretas. El principio de la inducción no es el único que posee estos
caracteres. Hay un número
de otros
principios que no pueden ser probados ni refutados por la experiencia, pero se
emplean en argumentos que se fundan en lo que es experimentado.
Algunos de estos principios tienen incluso una
evidencia mayor que el principio de la inducción, y el conocimiento que tenemos
de ellos tiene el mismo grado
de certeza que el conocimiento de la existencia de
los datos de los sentidos.
Constituyen
el medio de sacar inferencias de lo que nos es dado en la sensación; y si lo
que inferirnos es cierto, es exactamente tan necesario que nuestros principios
de la inferencia sean verdaderos, como que lo sean nuestros datos de los
sentidos. Los principios de la inferencia son susceptibles de ser desdeñados a
causa de su misma evidencia —la suposición que envuelven es aceptada sin que
nos demos cuenta de
que es en
efecto una suposición. Pero es muy importante darse cuenta del uso de los
principios de la experiencia si queremos obtener una correcta teoría del
conocimiento; pues el conocimiento que tenernos de ellos suscita problemas
interesantes y difíciles.
En todo nuestro conocimiento de los principios
generales, lo que ocurre
realmente es que, en primer lugar, nos damos cuenta
de alguna aplicación particular
del
principio; luego nos damos cuenta de que la particularidad carece de
importancia
y que hay una generalidad que podría ser afirmada
con la misma legitimidad.
Esto nos es familiar en materias tales como la
enseñanza de la aritmética: aprendemos primero que «dos y dos son cuatro» en el
caso particular de un par de parejas, luego en algún otro caso particular y así
sucesivamente, hasta que sea
posible ver
que es verdad para dos pares cu a l e s q u i e r a . Lo mismo ocurre en los
principios lógicos. Supongamos dos hombres que se disponen a discutir el día
del mes en que nos hallamos. Uno de ellos dice: «Admitirá usted, por lo menos,
que si ayer era el 15 hoy es el 16». «Sí, dice el otro, lo admito». «Y usted
sabe, prosigue el primero, que ayer era el 15, porque comió usted con Juan, y
su diario le dirá que era
el l5». «Sí,
dice el segundo; por lo tanto hoy es el l6».
No es difícil seguir semejante razonamiento; y si
concedemos que las premisas son en efecto verdaderas, nadie podrá negar que la
conclusión debe serlo
45 46
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
también. Pero su verdad depende de un principio
lógico general. Este principio lógico es el siguiente: «Supongamos conocido que
s i esto es verdadero, lo es también aquello. Si suponemos también conocido que
esto es verdadero, de ahí se sigue que aquello lo es también». En el caso en
que si esto es verdadero, aquello lo es también,
diremos que
esto «implica» aquello, y que aquello «resulta de» esto. Así, nuestro principio
establece que si esto implica aquello y esto es cierto, aquello lo es también.
En otros términos: «Todo lo implicado por una proposición verdadera, es
verdadero»; o, «todo lo que resulta de una proposición verdadera es verdadero».
Este principio se halla realmente implícito
—ejemplos concretos de él se
hallan, por
lo menos, implícitos— en toda demostración. Siempre que algo que creemos es
invocado para probar alguna otra cosa, en la cual creemos en consecuencia, nos
servimos de este principio. Si alguien pregunta: «¿Por qué aceptaré el
resultado de argumentos válidos basados sobre premisas ciertas?», sólo podemos
responderle mediante una apelación a nuestro
principio. De hecho es imposible dudar
de la
certeza del principio, y su evidencia es tan grande que a primera vista parece
casi trivial. Tales principios, empero, no son triviales para el filósofo,
puesto que muestran que podemos tener un conocimiento indubitable no derivado
de los objetos de los sentidos.
El principio mencionado es meramente un ejemplo
entre un cierto número de
principios
lógicos evidentes por sí mismos. Es preciso conceder por lo menos algunos de
estos principios para que un argumento o prueba sea, en general, posible. Una
vez concedidos algunos de ellos, los demás pueden ser aprobados, aunque estos,
en tanto que son simples, son exactamente tan obvios como los que han sido
dados por supuestos. Sin una razón satisfactoria, tres de ellos han sido
tradicionalmente
escogidos
con el nombre de «leyes del pensamiento». Son los siguientes:
1º El
principio de identidad: «Lo que es, es».
2º El
principio de contradicción: «Nada puede, a la vez, ser y no ser».
30 3º El
principio de exclusión de medio: «Todo debe ser o no ser».
Estas tres leves son ejemplo de principios lógicos
evidentes por sí mismos, pero no son realmente más fundamentales ni más
evidentes que varios otros principios similares; por ejemplo, el que hemos
considerado hace un momento, que establece que
lo que
resulta de una premisa verdadera es verdadero. El nombre «ley del pensamiento»
es impropio también, pues no es lo importante el hecho de que pensemos en
concordancia con estas leyes, sino el hecho de que las cosas ocurran
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
de acuerdo con ellas; en otros términos, el hecho
de que cuando pensamos de acuerdo con ellas pensemos la verdad . Pero éste es
un problema importante, sobre el cual volveremos más tarde.
Además de los principios que nos permiten probar, a
partir de una premisa
dada, que
algo es indudablemente verdadero, hay otros principios lógicos que nos permiten
probar, a partir de una premisa dada, que hay una probabilidad mayor o menor de
que algo sea verdadero. Un ejemplo de estos principios —tal vez el más
importante— es el principio de la inducción, que hemos considerado en el
capítulo precedente.
10 Una
de las mayores controversias de la historia de la filosofía es la de las dos
escuelas denominadas respectivamente «empirista» y «racionalista». Los
empiristas —representados especialmente por los filósofos británicos Locke,
Berkeley y Hume— sostienen que todo nuestro conocimiento deriva de la
experiencia; los racionalistas —representados por los filósofos continentales
del siglo XVII, especialmente por
Descartes y
Leibniz— sostienen que, además de lo que conocemos por la experiencia, hay
ciertas «ideas innatas» o «principios innatos» que conocemos independientemente
de la experiencia. Actualmente es posible decidir con alguna seguridad sobre la
verdad o la falsedad de esas opuestas escuelas. Es preciso admitir, por razones
ya expuestas, que los principios lógicos nos son conocidos y que no
pueden ser a
su vez probados por la experiencia, porque toda prueba los supone. Por tanto,
en este punto, que era el más importante de la controversia, los racionalistas
tenían razón.
Por otro lado, aun esta parte de nuestro
conocimiento, que es lógicamente
independiente de la experiencia (en el sentido de
que la experiencia no puede
probarla),
es suscitada y causada por la experiencia. Con ocasión de experiencias
particulares llegamos a darnos cuenta de las leyes
generales que ejemplifican sus conexiones. Sería evidentemente absurdo suponer
que hay principios innatos en el sentido de que los niños nazcan con el
conocimiento de todo lo que los hombres saben y no pueden ser deducidos de lo
que se experimenta. Por esta razón la palabra
innato no se
emplea ya para indicar el conocimiento de los principios lógicos. La palabra a
priori es menos susceptible de objeciones y más usual en los autores modernos.
Así, aun admitiendo que todo conocimiento es suscitado y causado por la
experiencia, sostendremos, sin embargo, que algún conocimiento es apriorístico,
en el sentido de que la experiencia que nos hace pensar en él no basta para
probarlo, sino
que dirige
simplemente nuestra atención de tal modo que vemos su verdad, sin una prueba
experimental.
Hay otro punto muy importante, en el cual los
empiristas tenían razón contra
47 48
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
los racionalistas. Nada puede ser conocido como
existente sino por medio de la experiencia. Es decir, si queremos probar que
algo de lo cual no tenemos una experiencia directa existe, debemos tener entre
nuestras premisas la existencia de una o varias cosas de las cuales tengamos
una experiencia directa. Nuestra creencia de
que el
emperador de Rusia existe, por ejemplo, descansa en el testimonio, y el
testimonio consiste, en último análisis, en datos de los sentidos vistos u
oídos al leer o al oír hablar. Los racionalistas creían que, de consideraciones
generales sobre lo que debe ser, podían deducir la existencia de esto o aquello
en el mundo real. En esta creencia parece que anduvieron equivocados. Todo el
conocimiento que podemos
adquirir a
priori en relación con la existencia parece ser hipotético; nos dice que si una
cosa existe, otra debe existir, o, de un modo más general, que si una
proposición es verdadera, otra debe serlo también. Esto se halla patentizado en
los principios de que hemos tratado ya, como, « si esto es verdadero y esto
implica aquello, aquello es
verdadero» o «si esto y aquello se han hallado
frecuentemente en conexión se
hallarán
probablemente unidos la próxima vez que hallemos uno de ellos». Así, el alcance
y la importancia de los principios a priori se hallan estrictamente limitados.
Todo conocimiento de que algo existe debe depender en parte de la experiencia.
Cuando algo es conocido de un modo inmediato, su existencia es conocida sólo
por la experiencia; cuando se prueba que algo existe, sin que sea
inmediatamente
conocido, se
requieren a la vez para la prueba la experiencia y los principios a priori. El
conocimiento se denomina empírico cuando se funda total o parcialmente en la
experiencia. Así, todo conocimiento que afirma la existencia es empírico, y el
conocimiento exclusivamente a priori que se refiere a la existencia, es
hipotético; nos da conexiones entre las colas que existen o pueden existir,
pero no nos da la existencia
actual.
El conocimiento a priori no es todo de la especie
lógica que hemos considerado hasta aquí. El ejemplo más importante de un
conocimiento a priori no lógico es, tal vez, el conocimiento de los valores
éticos. No me refiero a los juicios sobre lo que es útil o sobre lo que es
virtuoso, pues estos juicios requieren premisas
empíricas;
me refiero a los juicios sobre la deseabilidad intrínseca de las cosas. Si algo
es útil, debe serlo porque asegura la consecución de un fin; pero, si llevamos
las cosas a su último término, el fin debe valer por sí mismo, y no meramente
porque sea útil para algún fin ulterior. Así, todos los juicios que se refieren
a las cosas útiles dependen de juicios sobre algo que tiene un valor por sí
mismo.
35 Juzgamos,
por ejemplo, que la felicidad es más deseable que la desdicha, el conocimiento
que la ignorancia, la benevolencia que el odio, y así sucesivamente. Tales
juicios deben ser, por lo menos en parte, inmediatos y apriorísticos.
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
Como los juicios a priori de que hemos hablado
antes, pueden ser suscitados por la experiencia, y en efecto, es preciso que lo
sean; pues no parece posible juzgar que algo tiene un valor intrínseco si no
hemos experimentado algo de la misma especie. Pero es evidentemente obvio que
no puede ser probado por la
experiencia;
pues el hecho de que algo existe o no, no puede probar que sea bueno o malo que
exista. El desarrollo de este problema pertenece a la ética, a la cual
corresponde establecer la imposibilidad de deducir lo que debe ser de lo que
es. En este momento sólo es importante darnos cuenta de que el conocimiento de
lo que tiene un valor intrínseco es apriorístico en el mismo sentido en que lo
es la lógica, es
decir, en el
sentido, de que, la verdad de este conocimiento no puede ser probada ni
refutada por la experiencia.
Toda la matemática pura es apriorística, como, la
lógica. Esto lo han negado enérgicamente los filósofos empíricos, que sostienen
que la experiencia es la fuente
de nuestro conocimiento de la aritmética, lo mismo
que de la geografía. Sostienen que
por la
experiencia repetida de ver dos cosas, y luego dos cosas más y hallar que
juntas formen cuatro cosas, nos vemos conducidos por inducción a la conclusión
de que dos cosas y dos más forman siempre cuatro cosas. Sin embargo, sí ésta
fuese la fuente de nuestro conocimiento de que dos y dos son cuatro, para
persuadirnos de su verdad procederíamos de un modo diferente de como lo hacemos
en realidad. De
hecho, un
cierto número de ejemplos es preciso para hacernos pensar abstractamente dos,
en vez de dos monedas, dos libros, dos personas o cualquiera otra especie de
dos. Pero desde el momento en que podemos desprender nuestro pensamiento de
particularidades inoportunas, somos capaces de ver el principio según el cual
dos y dos son cuatro; vemos que un ejemplo cualquiera es típico e innecesario 3
el examen
de los
demás.
Lo mismo ocurre en la geometría. Si necesitamos
demostrar alguna propiedad de todos los triángulos, trazamos un triángulo y
razonamos sobre él; pero podemos evitar hacer uso de cualquiera propiedad que
no comparta con todos los demás triángulos, y así, de nuestro caso particular,
obtenemos un resultado general. No
sentimos, en
efecto, que nuestra certeza de que dos y dos son cuatro, aumente con nuevos
ejemplos. Desde el momento en que hemos visto la verdad de esta proposición,
nuestra certeza llega a ser tan grande que es incapaz de todo aumento. Además,
sentimos cierta cualidad de necesidad en la proposición «dos y dos son cuatro»,
cualidad de que carecen aun las generalizaciones empíricas mejor fundadas.
Estas
generalizaciones siguen siendo siempre meros hechos: sentimos que podría
A. N.
WHITEHEAD, Introduction to Mathematics.
49 50
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
haber un mundo en el cual fueran falsas, aunque en
el mundo actual ocurra que son verdaderas. Al contrario, sentimos que en
cualquier mundo posible dos y dos serán cuatro: esto no es un mero hecho, sino
una necesidad a la cual debe conformarse todo lo actual y posible.
5 La cosa
adquirirá mayor claridad si consideramos una generalización puramente empírica,
como «Todos los hombres son mortales». Es evidente que creemos en esta
proposición, en primer lugar porque no conocemos ejemplos de hombres que hayan
vivido más allá de una edad determinada, y en segundo lugar porque parece que
hay razones físicas para pensar, que un organismo como el cuerpo
humano debe
gastarse más o menos tarde. Prescindiendo de la segunda razón, y considerando
simplemente, nuestra experiencia de la mortalidad de los hombres, es evidente
que no nos contentaríamos con un solo ejemplo perfectamente comprendido de un
hombre que muere, mientras que en el caso de «dos son cuatro», un ejemplo
basta, si lo consideramos cuidadosamente, para
persuadirnos de que lo mismo debe
ocurrir en
cualquier otro ejemplo. Así, si reflexionamos, nos vemos forzados a admitir que
es posible que haya alguna duda, por muy ligera que sea, sobre si todos los
hombres son mortales. Esto se hace evidente si tratamos de imaginar dos mundos
diferentes, en uno de los cuales no todos los hombres sean mortales, y en el
otro dos y dos sean cinco. Cuando Swift nos invita a considerar la raza de los
struldbugs, los
cuales no
mueren jamás, es posible el consentimiento de la imaginación. Pero un mundo en
el cual dos y dos sean cinco parece hallarse en un plano diferente. Sentimos
que este mundo, si existiera, derrumbaría todo el edificio de nuestro
conocimiento y nos reduciría a la duda total.
El hecho es que en simples juicios matemáticos como
«dos y dos son
cuatro» y
también en muchos juicios de la lógica, podemos conocer la proposición
general sin inferirla de ejemplos, aunque
usualmente algún ejemplo nos sea necesario para aclarar el sentido de la
proposición general. De ahí que haya una real utilidad en el procedimiento de
la deducción, que va de lo general a lo general, o de lo general a lo
particular, así como en el procedimiento de la inducción, que va de lo
particular a
lo
particular, o de lo particular a lo general. Es un viejo debate entre los
filósofos el de saber si la deducción nos da jamás algún conocimiento nuevo.
Ahora podemos ver que en ciertos casos, por lo menos, lo hace. Si sabemos ya
que dos y dos son siempre cuatro, y sabemos que Brown y Jones son dos y lo
mismo Robinson y Smith, podemos deducir que Brown y Jones, y Robinson y Smith,
son cuatro. Es un nuevo
conocimiento
que no estaba contenido en nuestras premisas, puesto que la proposición general
«dos y dos son cuatro» no nos ha dicho jamás nada sobre las personas de Brown,
Jones, Robinson y Smith, y las premisas particulares no nos
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
decían que fuesen cuatro, mientras que la
proposición particular deducida nos da ambas cosas a la vez.
Pero la novedad del conocimiento es mucho menos
cierta si tomamos el ejemplo usual de la deducción que se da siempre en los
libros de lógica, es decir:
«Todos los
hombres son mortales; Sócrates es hombre; luego Sócrates es mortal». En este
caso lo que conocemos realmente más allá de toda duda razonable, es que ciertos
hombres, A, B, C, eran mortales, puesto que, de hecho, han muerto. Si Sócrates
es uno de estos hombres, es absurdo dar el rodeo de «todos los hombres son
mortales» para llegar a la conclusión de que probablemente Sócrates es mortal.
Si Sócrates no es uno
de los
hombres sobre los cuales se funda nuestra inducción, mejor será que vayamos
directamente de nuestros A, B, C, a Sócrates, que dar la vuelta por la
proposición general, «todos los hombres son mortales». Pues la probabilidad de
que Sócrates sea mortal es mayor, según nuestros datos, que la probabilidad de
que todos los hombres
sean mortales. (Esto es obvio, pues si todos los
hombres son mortales, Sócrates lo es
también;
pero si Sócrates es mortal, no se sigue de ahí que todos los hombres sean
mortales.) Por consiguiente, alcanzaremos la conclusión de que Sócrates es
mortal con una mayor aproximación si hacemos un razonamiento puramente
inductivo que si pasamos por «todos los hombres son mortales» y usamos de la
deducción.
Esto ilustra la diferencia entre las proposiciones
generales conocidas a
priori, como
«dos y dos son cuatro», y las generalizaciones empíricas, como «todos los
hombres son mortales». En relación con las primeras, la deducción es el modo
justo de razonamiento, mientras que, en lo que se refiere a las últimas, la
inducción es siempre teóricamente preferible y garantiza una mayor confianza en
la verdad de la conclusión, ya que las generalizaciones empíricas son más
inciertas que sus casos
particulares.
Hemos visto, pues, que hay proposiciones conocidas
a priori, y entre ellas las proposiciones de la lógica y de la matemática pura,
así como las proposiciones fundamentales de la ética. El problema que debe
ocuparnos inmediatamente es el siguiente: ¿Cómo es posible que haya un
conocimiento de este género? y más
particularmente:
¿cómo es posible el conocimiento de proposiciones generales en el caso en que
no hemos examinado todos los ejemplos, ni los examinaremos evidentemente nunca,
porque su número es infinito? Estos problemas, traídos por primera vez a primer
plano por el filósofo alemán Kant (1724-1804), son realmente difíciles y muy
importantes desde el punto de vista histórico.
51 52
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
8
Cómo es posible el conocimiento apriorístico
Manuel Kant
es generalmente considerado como el más grande de los filósofos modernos.
Aunque vivió durante la guerra de Siete años y la Revolución francesa, no
interrumpió jamás sus enseñanzas de filosofía en Königsberg, en la Prusia
oriental. Su contribución más original fue la invención de lo que denominó la
filosofía «crítica», la cual, tomando como un dato que hay un conocimiento de
varias especies, investiga
cómo es
posible este conocimiento, y deduce, de la respuesta a esta pregunta, varias
consecuencias metafísicas sobre la naturaleza del mundo. Se puede dudar si
estas conclusiones son válidas. Pero, indudablemente, Kant merece crédito por
dos razones: primero, por haberse dado cuenta de que tenemos un conocimiento a
priori que no
es puramente «analítico», es decir, de tal naturaleza que su opuesto sería
contradictorio;
segundo, por haber hecho evidente la importancia filosófica de la teoría del
conocimiento.
Antes de Kant se creía generalmente que todo
conocimiento apriorístico
debe ser «analítico». Mediante ejemplos
explicaremos mejor lo que significa esta palabra. Si digo: «un hombre calvo es
un hombre», «una figura plana es una figura»,
«un mal
poeta es un poeta», enuncio un juicio puramente analítico; el sujeto de que
hablo es dado como algo que tiene, por lo menos, dos propiedades, una de las
cuales es escogida para ser afirmada de él. Tales proposiciones son triviales,
y nadie las enunciaría en la vida real, salvo un orador que prepara el camino
para una pieza sofística. Se denominan «analíticos» porque el predicado es
obtenido por el mero
análisis del
sujeto. Antes de Kant se pensaba que todos los juicios de los cuales
podemos estar ciertos a priori eran de esta
especie; que todos tenían un predicado que era sólo una parte del sujeto, del
cual era afirmado.
De ser así, nos veríamos envueltos en una
contradicción formal si tratáramos de negar algo que pudiera ser conocido a
priori. Decir «un hombre calvo no es un
calvo»
afirmaría y negaría la calvicie de un mismo hombre y sería contradictorio
consigo mismo. Así, según los filósofos anteriores a Kant, la ley de
contradicción que afirma que nada puede al mismo tiempo tener y no tener una
determinada propiedad, bastaría para establecer la verdad de todo conocimiento
a priori.
Hume (1711-1776), que precedió a Kant, aceptando el
punto de vista usual
en lo que se
refiere al conocimiento a priori, descubrió que en muchos casos que se habían
supuesto anteriormente analíticos, y especialmente en el caso de la causa y el
efecto, la conexión era realmente sintética. Antes de Hume, por lo menos los
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
racionalistas habían supuesto que el efecto podría
ser lógicamente deducido de la causa, si pudiéramos alcanzar un conocimiento
suficiente. Hume arguyó —correctamente, según se admite generalmente hoy— que
esto no sería posible. De ahí dedujo la proposición mucho más dudosa, según la
cual nada puede ser conocido
a priori
sobre la conexión de la causa y el efecto. Kant, que había sido educado en la
tradición racionalista, experimentó gran perturbación ante el escepticismo de
Hume, y trató de hallarle una respuesta. Se dio cuenta de que no sólo la
conexión de causa y efecto, sino todas las proposiciones de la aritmética y la
geometría son «sintéticas», es decir, no son analíticas: en todas estas
proposiciones, el análisis del sujeto no
puede
revelar el predicado. Su ejemplo característico era la proposición 7+5=12.
Mostró, con perfecta exactitud, que 7 y 5 deben ser puestos juntos para que den
12: la idea de 12 no está contenida en ellos, ni aun en la idea de ponerlos
juntos. Así, fue conducido a la conclusión de que toda la matemática pura,
aunque apriorística, es
sintética; y esta conclusión suscitaba un nuevo
problema al cual trató de hallar una
solución:
El problema que situó Kant al principio de la
filosofía, es decir, «¿Cómo es posible una matemática pura?» es interesante y
difícil, y toda filosofía que no sea puramente escéptica, debe hallarle alguna
respuesta. La respuesta de los empíricos puros, según la cual nuestro
conocimiento matemático es derivado por inducción, de
ejemplos
particulares, es inadecuada, como hemos visto, por dos razones; primero, porque
la validez del principio inductivo mismo no puede ser probada por inducción;
segundo, porque las proposiciones generales de la matemática, como «dos y dos
siempre son cuatro», pueden ser conocidas evidentemente con certeza mediante la
consideración de un solo ejemplo, y nada ganan con la enumeración de otros
casos
en los
cuales se hallarían también que son ciertas. Así, nuestro conocimiento de las
proposiciones generales de la matemática (y lo
mismo se aplica a la lógica) debe ser considerado como diferente de nuestro
conocimiento (meramente probable) de las generalizaciones empíricas, como
«todos los hombres son mortales».
El problema surge del hecho de que este
conocimiento es general, mientras
que la
experiencia es particular. Parece raro que seamos manifiestamente capaces de
conocer por adelantado algunas verdades sobre objetos particulares cuya
experiencia no hemos tenido todavía; pero no se puede dudar fácilmente de que
la lógica y la aritmética sean aplicables a tales objetos. No sabemos cuáles
serán los habitantes de Londres dentro de cien años, pero sabemos que dos de
ellos y dos serán cuatro. Este
evidente
poder de anticipar los hechos en relación con las cosas de las cuales no
tenemos la experiencia es ciertamente sorprendente. La solución kantiana a este
problema, aunque en mi opinión no sea válida, es interesante. Es, sin embargo
muy
53 54
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
difícil y se ha entendido de distinto modo por
diferentes filósofos. Por tanto, sólo podemos dar un breve bosquejo de ella, y
aun será considerado como equivocado por muchos expositores del sistema de
Kant.
Kant sostenía que en toda nuestra experiencia hay
dos elementos que
distinguir:
uno debido al objeto (es decir, a lo que hemos denominado «objeto físico») y
otro debido a nuestra propia naturaleza. Hemos visto al hablar de la materia y
de los datos de los sentidos, que el objeto físico es diferente de los datos de
los sentidos asociados, y que los datos de los sentidos deben ser considerados
como el resultado de la interacción entre el objeto físico y nosotros mismos.
Hasta aquí estamos de
acuerdo con
Kant. Pero lo característico de Kant es la manera como distribuye
respectivamente los papeles de nosotros mismos y del objeto físico. Considera
que el material bruto dado en la sensación —el color, la dureza, etc— es debido
al objeto, y lo que aportamos nosotros es la ordenación en el espacio y el
tiempo y todas las
relaciones entre los datos de los sentidos que
resultan de su comparación o de
considerar a
una como la causa y a otro como el efecto o de cualquiera otra consideración.
La razón más importante en favor de este punto de vista es que parece que
tenemos un conocimiento apriorístico del espacio y del tiempo y de la
causalidad y de la comparación, pero no del material bruto de la sensación
actual. Podemos estar seguros, dice, de que todo lo que experimentamos
manifestará las características que
nuestro
conocimiento apriorístico afirma de ello, porque estos caracteres son debidos a
nuestra propia naturaleza y por consiguiente, nada puede caer bajo nuestra
experiencia sin adquirir estos caracteres.
El objeto
físico que denomina
«la cosa en sí»
4, lo
considera como
esencialmente incognoscible; lo que podemos conocer
es el objeto tal como se da en
la
experiencia, al cual denomina el «fenómeno». Siendo el fenómeno un producto
combinado de nosotros mismos y de la cosa en sí,
tendrá evidentemente los caracteres que nos son debidos y se conformará, por lo
tanto, con nuestro conocimiento apriorístico. Por consiguiente, este
conocimiento, aunque verdadero para toda experiencia actual y posible, no debe
suponerse que se pueda aplicar fuera
de la
experiencia. Así, a pesar de la existencia del conocimiento apriorístico, nada
podemos saber sobre la cosa en sí o sobre lo que no es objeto actual o posible
de
experiencia.
De este modo
trata de conciliar
y armonizar las
disputas de los
La «cosa en
sí» de Kant, es, por definición, idéntica al objeto físico, es decir, es la
causa de las sensaciones; mas por las propiedades deducidas de la definición no
le es idéntica, puesto que Kant sostenía (a pesar de algunas inconsecuencias en
lo que se refería a la causa) que podemos conocer que ninguna de las categorías
es aplicable a la «cosa en sí».
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
racionalistas con los argumentos de los empiristas.
Aparte los motivos accesorios por los cuales puede
ser criticada la filosofía de Kant, hay una objeción esencial que aparece
fatalmente desde el momento en que intentamos tratar, mediante su método, el
problema del conocimiento apriorístico. La
cosa de que
se trata de dar cuenta es nuestra certeza de que los hechos se conformarán
siempre con la lógica y la aritmética. Decir que la lógica y la aritmética son
contribuciones nuestras, no resuelve el problema. Nuestra naturaleza, lo mismo
que otra cosa cualquiera, es un hecho del mundo existente, y no podemos tener
la certeza de que permanecerá constante. Si Kant tuviera razón, podría ocurrir
que
mañana
nuestra naturaleza cambiara de tal modo que dos y dos llegaran a ser cinco.
Esta posibilidad no parece habérsele ocurrido; sin embargo, es suficiente para
destruir totalmente la certeza y la universalidad que deseaba recabar para las
proposiciones aritméticas. Verdad es que esta posibilidad es en rigor
incompatible con el punto de
vista de Kant, según el cual el tiempo mismo es una
forma impuesta por el sujeto a los
fenómenos,
de tal modo que nuestro yo real no está en el tiempo ni tiene mañana. Pero, sin
embargo, siempre deberá suponer que el orden del tiempo de los fenómenos es
determinado por los caracteres de lo que está más allá de los fenómenos, y esto
basta para la substancia de nuestro argumento.
Además, la reflexión parece establecer claramente
que, si hay alguna verdad
en nuestras
creencias matemáticas, deben aplicarse a las cosas lo mismo si pensamos que si
no pensamos en ellas. Dos objetos físicos y dos objetos físicos deben ser
cuatro objetos físicos, aun si no podemos tener la experiencia de objetos
físicos. Afirmar esto es evidentemente el designio de nuestro pensamiento
cuando nos representamos que dos y dos son cuatro. Su verdad es tan indubitable
como la verdad
de la
afirmación de que dos fenómenos y dos fenómenos son cuatro fenómenos. Así,
la solución de Kant limita indebidamente el objeto
de las proposiciones apriorísticas, además de fallar en la tentativa de
explicar su certeza.
Aparte las doctrinas especiales sostenidas por
Kant, es muy corriente entre los filósofos considerar lo apriorístico como en
cierto modo mental, como algo que se
refiere
mejor al modo como pensamos que a un hecho del mundo exterior. Hemos señalado
en el capítulo precedente los tres principios comúnmente denominados «leyes del
pensamiento». El punto de vista que ha dado lugar a esta denominación es
natural, pero hay fuertes razones para pensar que es erróneo. Tomemos, por
ejemplo, el principio de contradicción. Se enuncia comúnmente en la forma:
«Nada puede al
mismo tiempo
ser y no ser», con lo cual se quiere expresar el hecho de que nada puede, a la
vez, tener y no tener una cualidad dada. Si, por ejemplo, un árbol es un haya,
no puede al mismo tiempo no ser un haya; si mi mesa es rectangular, no puede
55 56
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
al mismo tiempo no ser rectangular, y así
sucesivamente.
Ahora bien; es natural denominar a este principio
una ley del pensamiento, porque por el pensamiento más bien que por la
observación exterior llegamos a la persuasión de que es necesariamente
verdadero. Cuando hemos visto que un árbol
es un haya
no tenemos necesidad de mirarlo de nuevo para asegurar que no puede al mismo
tiempo no ser un haya; el pensamiento basta para conocer que esto es imposible.
Pero no deja de ser un error llegar a la conclusión de que es una ley del
pensamiento. Lo que creernos cuando creemos en el principio de contradicción no
es que el espíritu esté constituido de tal modo que nos sea preciso creer en la
ley de
contradicción.
Esta creencia es un resultado subsiguiente de la reflexión psicológica, que
presupone la creencia en el principio de contradicción. La creencia en el
principio de contradicción es una creencia relativa a cosas, no sólo relativa a
pensamientos. No es, por ejemplo, la creencia de que si pensamos que un árbol
es un haya, no podemos
pensar al mismo tiempo que no es un haya; es la
creencia de que si el árbol es un
haya. no
puede al mismo tiempo no ser un haya. Así, el principio de contradicción se
refiere a cosas y no meramente a pensamientos; y aunque la creencia en el
principio de contradicción sea un pensamiento, el principio de contradicción
mismo no es un pensamiento, sino un hecho que concierne a las cosas del mundo.
Si lo que creemos, cuando creemos en el principio de contradicción, no fuera
verdad de las cosas del
mundo, el
hecho de que nos viéramos compelidos a pensarlo como verdadero no impediría que
el principio de contradicción fuese falso. Esto prueba que el principio de
contradicción no es una ley del pensamiento.
Un argumento análogo se puede aplicar a todos los
juicios a priori. Cuando
juzgamos que dos y dos son cuatro, no efectuamos un
juicio sobre nuestros
pensamientos,
sino sobre todos los pares actuales o posibles. El hecho de que
nuestro espíritu esté constituido de tal modo que
debe creer que dos y dos son cuatro, aunque sea verdad, no es evidentemente lo
que afirmamos cuando afirmamos que dos y dos son cuatro. Así, nuestro
conocimiento a priori —si no es erróneo, no es simplemente un conocimiento
sobre la constitución de nuestro espíritu, sino que
es aplicable
a todo lo que el mundo pueda contener, lo mismo a lo mental que a lo no mental.
De hecho parece que todo nuestro conocimiento
apriorístico se refiere a entidades que no existen, propiamente hablando, ni en
el mundo mental ni en el físico. Estas entidades son de tal naturaleza que
pueden ser designadas por las partes del
lenguaje que
no son substantivos, como las cualidades y las relaciones. Supongamos, por
ejemplo, que estoy en mi habitación. Yo existo y mi habitación existe; pero
¿existe «en»? Sin embargo, es evidente que la palabra «en» tiene un sentido;
indica una
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
relación que se mantiene entre yo y mi habitación.
Esta relación es algo, aunque no podamos decir que existe, en el mismo sentido
en que existimos yo y mi habitación. La relación «en» es algo sobre lo cual
podemos pensar y que podemos comprender, pues si no pudiéramos comprenderla, no
podríamos entender la frase: «Estoy en mí
habitación».
Muchos filósofos, siguiendo a Kant, han sostenido que las relaciones son obra
del espíritu, que las cosas en sí mismas no tienen relaciones, pero el espíritu
las reúne en un acto de pensamiento y produce así las relaciones que juzga que
poseen.
Sin embargo, esta opinión parece prestarse a
objeciones análogas a las que
hemos
suscitado antes frente a Kant. Parece evidente que no es el pensamiento quien
produce la verdad de la proposición: «Estoy en mi habitación». Puede ser verdad
que haya una cucaracha en mi habitación, aun en el caso en que ni yo, ni la
cucaracha, ni nadie conozca esta verdad; pues esta verdad concierne sólo a la
cucaracha y a la
habitación y no depende de ninguna otra cosa. Así,
las relaciones como veremos más
ampliamente
en el capítulo siguiente deben ser colocadas en un mundo que no es ni mental ni
físico. Este mundo tiene gran importancia para la filosofía, y en particular
para el problema del conocimiento apriorístico. En el capítulo próximo
trataremos de explicar su naturaleza y su posición entre los problemas de que
nos hemos ocupado.
57 58
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
9
El mundo de los universales
Al final del
capítulo precedente hemos visto que determinadas entidades como las relaciones
parecen tener un ser en algún modo diferente del de los objetos físicos y
diferente también del de los espíritus y del de los datos de los sentidos. En
el presente capítulo hemos de considerar cuál es la naturaleza de esta especie
de seres y cuáles son los objetos que tienen esta especie de ser. Empezaremos
por la última cuestión.
10 El
problema de que nos vamos a ocupar ahora es muy antiguo, puesto que fue
introducido en la filosofía por Platón. La «teoría de las ideas», de Platón, es
una tentativa por resolver este gran problema, y a mi juicio es uno de los
intentos mejor logrados hasta ahora. La teoría que defenderemos en lo que sigue
es, en un sentido amplio, la de Platón, sólo con las modificaciones que el
tiempo ha demostrado ser
necesarias.
La manera como el problema fue planteado por Platón
es aproximadamente la siguiente: Consideremos, por ejemplo, la noción de
justicia. Si nos preguntamos qué es la justicia, es natural proceder
considerando uno, dos, tres... actos justos para descubrir lo que tienen de
común. En cierto modo, todos deben participar de una
naturaleza
común, que hallaremos en todo lo justo y no en otra cosa. Esta naturaleza
común, en virtud de la cual todas son justas, será la justicia misma, la pura
esencia cuya mezcla con los hechos de la vida ordinaria produce la
multiplicidad de los actos justos. Lo mismo ocurre para cualquier otra palabra
que pueda ser aplicable a varios
hechos, como por ejemplo, la «blancura».
25 La
palabra será aplicable a un número de objetos particulares porque participan
todos en una común naturaleza o esencia. Esta pura esencia es lo que Platón
denomina una «idea» o «forma». (No es preciso suponer que las «ideas», en este
sentido, existen en el espíritu, aunque puedan ser aprehendidas por el
espíritu.) La «idea» de justicia no es idéntica con algo que sea justo; es algo
distinto de las
cosas
particulares, de lo cual las cosas particulares participan. No siendo
particular, no puede a su vez existir en el mundo de los sentidos. Además, no
es fugaz y cambiante como los objetos de los sentidos; es eternamente ella
misma, inmutable e indestructible.
Así Platón se ve conducido a un mundo
suprasensible, más real que el
mundo
ordinario de los sentidos, el mundo inmutable de las ideas, el único que da al
de los sentidos el pálido reflejo de realidad que puede pertenecerle. El
verdadero mundo real, para Platón, es el mundo de las ideas; pues todo lo que
podemos tratar
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
de decir sobre las cosas del mundo de los sentidos,
se reduce a indicar que participan en tales y cuales ideas, las cuales, por
consiguiente, constituyen toda su peculiaridad. Fácil es pasar de aquí a un
cierto misticismo. Podemos esperar, en una mística iluminación, ver las ideas
como vemos los objetos de los sentidos; imaginar que las
ideas
existen en el cielo. Estos desarrollos místicos son muy naturales, pero la base
de la teoría está en la lógica, y corno fundada en la lógica debemos
considerarla aquí.
La palabra idea ha adquirido, en el curso del
tiempo, varias acepciones susceptibles de desorientarnos si las aplicamos a las
«ideas» de Platón. Usaremos, pues, la palabra universal en lugar de la palabra
idea, para indicar lo que quiere decir
Platón. La
esencia de esta especie de entidad de que habla Platón consiste en ser opuesta
a las cosas particulares que se dan en la sensación. Hablamos de lo que se da
en la sensación o es de la misma naturaleza de lo que se da en la sensación,
como de un particular; por oposición, un universal será algo que puede ser
compartido por
varios particulares y tiene los caracteres que,
como hemos visto, distinguen la justicia
y la
blancura de los actos justos y de las cosas blancas.
Cuando examinamos las palabras del lenguaje
ordinario, hallamos, a grandes rasgos, que los nombres propios representan los
particulares, mientras que los otros substantivos, los adjetivos, las
preposiciones y los verbos representan los universales. Los pronombres
representan particulares, pero son ambiguos; sólo por
el contexto
o las circunstancias de su empleo sabemos a qué particulares se refieren. La
palabra ahora representa un particular, es decir, el momento presente; pero,
como los pronombres, representa un particular ambiguo, porque el presente
cambia constantemente.
Veremos que no es posible hacer una frase sin
emplear por lo menos una
palabra que
designe un universal. Lo más que se podría lograr sería una proposición
como: «Quiero esto». Pero aun aquí, la palabra
quiero designa un universal, pues yo puedo querer otras cosas, y otros pueden
querer cosas. Así, todas las verdades implican universales, y todo conocimiento
de verdades implica el conocimiento directo de universales.
30 Casi
todas las palabras del diccionario representan universales, y, sin embargo, es
raro que casi nadie —salvo los estudiosos de la filosofía— se dé cuenta de que
existen tales entidades. No nos es natural detenernos, en una frase, en las
palabras que no representan particulares; y si nos vemos forzados a detenernos
en una palabra que represente un universal, nuestra tendencia natural es pensar
en ella
deteniéndonos
en alguno de los particulares que participan del universal. Si oímos, por
ejemplo, la frase:. «La cabeza de Carlos I fue cortada», pensamos muy
naturalmente en Carlos I, en la cabeza de Carlos I, y en la operación de cortar
su
59 60
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
cabeza, todo lo cual son particulares; pero no nos
es natural pensar en lo que significa la palabra «cabeza» o la palabra
«cortar», que son universales. Tales palabras nos parecen incompletas e
insubstanciales; parecen demandar un contexto antes de poder hacer algo con
ellas. Así logramos evitar toda noticia de los universales como tales,
hasta que el
estudio de la filosofía los impone a nuestra atención.
Aun entre los filósofos, podemos decir, grosso
modo, que sólo los universales enunciados mediante adjetivos y substantivos han
sido con mucha frecuencia reconocidos, mientras que los enunciados por medio de
verbos y preposiciones han sido usualmente descuidados. Esta omisión ha tenido
un efecto
considerable
sobre la filosofía; no es tal vez aventurado decir que la mayor parte de los
metafísicos, a partir de Spinoza, han sido ampliamente determinados por ella.
Esto ha ocurrido, en resumen, como sigue: generalmente hablando, los adjetivos
y los nombres comunes expresan cualidades de cosas singulares, mientras que las
preposiciones y los verbos sirven para expresar
relaciones entre dos o más cosas. Así
el descuido
de las preposiciones y los verbos, conducía a la creencia de que toda
proposición puede ser considerada como la atribución de una propiedad a un
objeto singular, mejor que como la expresión de una relación de dos o más
cosas. Por consiguiente, esto supuesto, no pueden considerarse como entidades
las relaciones entre las cosas. De ahí que, o no puede haber más que una cosa
en el Universo, o, si
hay varias,
no es posible en modo alguno una interacción entre ellas, puesto que toda
interacción sería una relación, y las relaciones son imposibles.
La primera de estas teorías, que fue defendida por
Spinoza, y es sostenida
hoy por Brandley y otros filósofos, se denomina
monismo ; la segunda, que fue defendida por Leibniz, pero no es muy corriente
hoy, se denomina monadismo , porque
cada una de
las cosas aisladas se denomina mónada. Estas dos filosofías opuestas,
por muy interesantes que sean, resultan, en mi
opinión, de una atención indebida a una clase de universales, la representada
por adjetivos y substantivos, en detrimento de los verbos y las preposiciones.
De hecho, si alguien tratara de negar en absoluto
la existencia de los objetos
universales,
hallaríamos que no podemos probar estrictamente la existencia de entidades
tales como las cualidades, es decir, los universales representados por
adjetivos y substantivos, mientras que podemos probar que es preciso que haya
relaciones, es decir, la clase de universales generalmente representados por
los verbos y las preposiciones. Tomemos, por ejemplo, el universal blancura .
Si creemos
que este
universal existe, diremos que las cosas son blancas porque tienen la cualidad
de la blancura. No obstante, este punto de vista ha sido enérgicamente negado
por Berkeley y Hume, seguidos en este punto por los empiristas más recientes.
La forma
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
adoptada por su negativa consistió en no admitir la
existencia objetiva de las «ideas abstractas». Si pensamos en la blancura,
dicen, formamos la imagen de alguna cosa blanca particular y razonamos sobre
este particular cuidando de no deducir nada de él que no podamos ver que es
igualmente verdadero de cualquiera otra cosa blanca.
Como
descripción de nuestro proceso mental efectivo, esto es sin duda ampliamente
verdadero. En geometría, por ejemplo, si queremos demostrar algo relativo a
todo triángulo, trazamos un triángulo particular y razonamos sobre él, cuidando
de no emplear ningún carácter que no comparta con los demás triángulos. El
principiante juzga con frecuencia útil, para evitar el error, trazar varios
triángulos, tan diferentes
entre sí
como sea posible, para estar seguro de que su razonamiento se aplica igualmente
a todos ellos. Pero surge una dificultad en cuanto nos preguntamos cómo
conocemos que una cosa es blanca o es un triángulo. Si queremos evitar los
universales blancura y triangularidad debemos escoger alguna mancha particular
de blanco o algún triángulo particular, y decir que
algo es blanco o es un triángulo
cuando tiene
la especie exacta de semejanza con el particular que hemos escogido. Pero
entonces la semejanza requerida será un universal. Puesto que hay muchas cosas
blancas, la semejanza debe mantenerse entre muchos pares de cosas blancas
particulares; y ésta es la característica de un universal. Inútil decir que hay
una semejanza diferente para cada par, pues entonces deberemos decir que estas
semejanzas
se asemejan entre sí, y así nos veremos forzados, en fin, a admitir la
semejanza como un universal. Por lo tanto, la relación de semejanza debe ser un
verdadero universal. Y una vez forzados a admitir este universal,
comprenderemos que es inútil continuar inventando teorías difíciles e
improbables, para evitar la admisión
de universales como la blancura y la
triangularidad.
25 Berkeley
y Hume no llegaron a percibir esta posible refutación de su negación de las
«ideas abstractas», porque, lo mismo que sus adversarios, pensaban sólo en las
cualidades e ignoraban completamente las relaciones como universales. Tenemos
aquí otro respecto en el cual los racionalistas parecen haber estado en lo
cierto frente a los empiristas, aunque por haber descuidado o negado las
relaciones,
las
deducciones de los racionalistas estaban incluso más expuestas que las de los
empiristas a ser mal interpretadas.
Ahora que hemos visto la necesidad de que entidades
tales existan como universales, es preciso demostrar que su esencia no es
meramente mental. Es decir, que la esencia que les pertenece, sea la que fuere,
es independiente de que sean
pensadas o
aprehendidas en algún modo por un espíritu. Nos hemos referido ya a este asunto
al final del capítulo precedente, pero debemos considerar ahora, de un modo más
completo, qué clase de esencia pertenece a los universales.
61 62
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
Consideremos una proposición como,«Edimburgo está
al norte de Londres». Tenemos aquí una relación entre dos lugares, y parece
evidente que la relación subsiste independientemente del conocimiento que
tenemos de ella. Cuando aprendemos que Edimburgo está al norte de Londres,
aprendemos algo que se refiere
sólo a
Edimburgo y Londres; no somos causa de la verdad de la proposición porque la
conozcamos; al contrario, aprendemos simplemente un hecho que era ya antes de
que lo conociéramos. La parte de la superficie de la tierra en que está
Edimburgo estaría al norte del lugar en que está Londres aunque no hubiera
ningún ser humano para conocer el norte y el sur, y aunque no hubiera en
absoluto espíritus en el
Universo.
Esto, naturalmente, muchos filósofos lo niegan, ya por las razones de Berkeley,
ya por las de Kant. Pero hemos considerado ya estas razones y decidido que son
defectuosas. Podemos admitir, pues, como verdadero que nada mental es
presupuesto en el hecho de que Edimburgo esté al norte de Londres. Pero este
hecho
implica la relación «al norte de», que es
universal; y sería imposible que el hecho total
nos
envolviese nada mental si la relación «al norte de», una de las partes
constituyentes del hecho, implicara algo mental. Debemos admitir, pues, que la
relación, lo mismo que los términos relacionados, no depende del pensamiento,
sino que pertenece al mundo independiente que el pensamiento aprende pero no
crea.
Sin embargo, esta conclusión ofrece la dificultad
de que la relación «al norte
de» no
parece existir en el mismo sentido en que existen Edimburgo y Londres. Si
preguntamos «¿Dónde y cuándo existe esta relación?» es preciso responder: «En
ninguna parte y en ningún tiempo». No hay lugar ni tiempo en el cual podamos
hallar la relación «al norte de». No existe en Edimburgo mejor que en Londres,
pues relaciona a ambas y es neutral entre ellas. No se puede decir tampoco que
exista en un
tiempo
particular. Ahora bien; todo lo que puede ser aprehendido por los sentidos o
por la introspección existe en algún tiempo
particular; la relación «el norte de» difiere, pues, radicalmente de esas
cosas. No está en el espacio ni en el tiempo, ni es material ni mental. No
obstante, es algo.
En una larga medida, esta especie tan peculiar de
ser que pertenece a los
universales,
es lo que ha conducido a muchos a suponer que son mentales. Podemos pensar en
un universal, y nuestro pensamiento existe entonces en un sentido perfectamente
ordinario, como cualquier otro acto mental. Supongamos, por ejemplo, que
pensamos en la blancura. Podemos decir entonces, en algún modo, que «la
blancura está en nuestro espíritu». Tenemos aquí la misma ambigüedad que hemos
notado al
discutir a Berkeley en el capítulo 4. En sentido estricto, no es la blancura lo
que está en nuestro espíritu, sino el acto de pensar la blancura. La ambigüedad
—conexa con la precedente— de la palabra idea que notamos en aquel momento, es
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
también aquí la causa de la confusión. En un
sentido de la palabra, es decir, el sentido en el cual designa el objeto del
acto de pensamiento, la blancura es una «idea». De ahí que, si no nos
prevenimos contra la ambigüedad, podemos llegar a pensar que la blancura es una
«idea» en el otro aspecto, es decir, un acto del pensamiento; y así
llegamos a
pensar que la blancura es algo mental. Pero, al pensar así, la privamos de su
cualidad esencial: la universalidad. El acto de pensamiento es necesariamente
algo diferente del de otro hombre; el acto de pensamiento de un hombre en un
momento dado es necesariamente algo diferente del acto de pensamiento del mismo
hombre en otro momento. Así, si la blancura fuese el pensamiento como opuesto a
su objeto, dos
hombres
diferentes no podrían pensar en ella, y el mismo hombre no la podría pensar dos
veces. Lo que tienen de común varios pensamientos distintos de la blancura es
su objeto, y este objeto es diferente de todos ellos. Así, los universales no
son pensamientos, aunque cuando son conocidos sean objetos del pensamiento.
Hallaremos oportuno hablar sólo de cosas existentes
cuando están en el
tiempo, es
decir, cuando podemos indicar algún tiempo en el cual existen (sin excluir la
posibilidad de que existan en todo tiempo). Así, existen pensamientos y
sentimientos, objetos espirituales, y físicos. Pero los universales no existen
en este sentido; diremos que subsisten o que tienen una esencia, donde
«esencia» se opone a «existencia» como algo intemporal. Por consiguiente, el
mundo de los universales
puede ser
definido como el mundo de la esencia. El mundo de la esencia es inalterable,
rígido, exacto, delicioso para el matemático, el lógico, el constructor de
sistemas metafísicos, y todos los que aman la perfección más que la vida. El
mundo de la existencia es fugaz, vago, sin límites precisos, sin un plan o una
ordenación clara, pero contiene todos los pensamientos y los sentimientos,
todos los datos de los sentidos
y todos los
objetos físicos, todo lo que puede hacer un bien o un mal, todo lo que
representa una diferencia para el valor de la vida
y del mundo.
Según nuestros temperamentos, preferimos la
contemplación del uno o el otro. El que no prefiramos nos parecerá
probablemente una pálida sombra del que preferimos, apenas digno de ser
considerado, en algún aspecto, como real. Pero la
verdad es
que ambos tienen el mismo derecho a nuestra imparcial atención, ambos son
reales y ambos son importantes para el metafísico. En realidad, tan pronto como
hemos distinguido ambos mundos, se hace necesario considerar sus relaciones.
Pero, ante todo, debemos examinar nuestro
conocimiento de los universales. Esta consideración nos ocupará en el capítulo
siguiente, donde hallaremos que
mediante
ella se resuelve el problema del conocimiento apriorístico por el cual hemos
sido conducidos a pensar en los universales.
63 64
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
10
Nuestro conocimiento de los universales
En relación
con el conocimiento de un hombre en un momento dado, los universales, como los
particulares pueden dividirse del siguiente modo: los que son conocidos
directamente, los que son conocidos por referencia y los que no son conocidos
ni directamente ni por referencia.
Consideremos en primer lugar el conocimiento
directo de los universales. Es
evidente,
por lo pronto, que conocemos directamente universales como lo blanco, lo rojo,
lo negro, lo dulce, lo agrio, lo sonoro, lo duro, etc., es decir, las
cualidades de que dan ejemplo los datos de los sentidos. Cuando vemos una
mancha blanca, conocemos directamente, en primer lugar, esta mancha particular;
pero al ver varias manchas
blancas, aprendemos fácilmente a abstraer la
blancura que tienen todas en común, y
al hacerlo,
aprendemos a tener un conocimiento directo de la blancura. Un procedimiento
análogo nos proporciona el conocimiento directo de cualquiera otro universal de
la misma especie. Los universales de esta clase pueden ser denominados
«cualidades sensibles». Pueden ser aprehendidos con un esfuerzo de abstracción
menor que los otros, y parecen menos alejados de los particulares que los otros
universales.
Pasemos luego a las relaciones. Las más fáciles de
aprehender son las que existen entre las partes diferentes de un complejo de
datos de los sentidos. Por ejemplo, puedo ver de un vistazo el conjunto de la
página sobre que escribo; así, la página entera es incluida en un dato de los
sentidos. Pero percibo que unas partes de
la página
están a la izquierda de otras y unas encima de las otras. El proceso de
abstracción en este caso parece realizarse del
siguiente modo: veo sucesivamente varios datos de los sentidos en los cuales
unas partes están a la izquierda de las otras; percibo, como en el caso de
diferentes manchas blancas, que todos estos datos de los sentidos tienen algo
de común, y por abstracción hallo que lo que tienen de común
es una
cierta relación entre sus partes, es decir, la relación que denomino «estar a
la izquierda de». De este modo adquiero el conocimiento directo de la relación
universal.
Del mismo modo llego a darme cuenta de la relación
de «antes y después» en el tiempo. Supongamos que he oído el tañido de unas
campanas: cuando suena la última campanada, puedo retener en mi espíritu el
conjunto de los sonidos y percibir
que las
primeras campanadas han precedido a las demás. En la memoria me doy cuenta
también de que lo que recuerdo ha precedido al tiempo presente. De cualquiera
de estas fuentes puedo abstraer la relación universal de «antes y después»,
exactamente
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
como he abstraído la relación universal «estar a la
izquierda de». Así, de las relaciones de tiempo, como de las de espacio,
podemos tener un conocimiento directo.
Otra relación de la cual adquirimos un conocimiento
directo de un modo muy parecido, es la de semejanza. Si veo simultáneamente dos
matices de verde, puedo ver
que se
parecen entre sí; si veo al mismo tiempo un matiz de rojo, puedo ver que los
dos verdes tienen más semejanza entre sí que cualquiera de ellos con el rojo.
De est modo adquiero el conocimiento directo del universal semejanza o
similaridad.
Entre universales, como entre particulares, hay
relaciones que podemos conocer inmediatamente. Acabamos de ver que podemos
percibir que la semejanza
entre dos
matices de verde es mayor que la semejanza entre un matiz de rojo y uno de
verde. Aquí se trata de una relación, a saber, «mayor que», entre dos
relaciones. Nuestro conocimiento de tales relaciones, aunque requiere un poder
de abstracción mayor que para percibir las cualidades de los datos de los
sentidos, parece ser
igualmente inmediato y (por lo menos en algunos
casos) igualmente indudable. Así,
hay un
conocimiento inmediato de los universales lo mismo que de los datos de los
sentidos.
Volviendo ahora al problema del conocimiento
apriorístico que hemos dejado
sin solución cuando. hemos empezado a considerar
los universales, nos hallamos frente a él en una situación muchísimo más
satisfactoria. Volvamos a la proposición
«dos y dos
son cuatro». Es claramente evidente, según lo que hemos dicho, que esta
proposición expresa una relación entre el universal «dos» y el universal
«cuatro». Esto sugiere una proposición que es preciso tratar de establecer; es
decir: Todo conocimiento apriorístico se refiere exclusivamente a las
relaciones entre universales. Esta proposición es de la mayor importancia y nos
ayudará muchísimo
para la
solución de las dificultades que hallábamos precedentemente en relación con
el conocimiento apriorístico.
El único caso en el cual podría parecer, a primera
vista, que nuestra proposición fuera inexacta, es el caso de una proposición a
priori, que afirme que toda una clase de particulares pertenece a otra clase de
particulares, o (lo que se
reduce a lo
mismo), que todo s los particulares que tienen una propiedad tienen también
otra propiedad determinada. En este caso puede parecer que se trata de los
particulares que tienen la propiedad, mejor que de la propiedad misma. La
proposición «dos y dos son cuatro» está precisamente en este caso, puesto que
puede ser expresada en la forma. «Algún dos y algún dos son cuatro», o «una
colección
formada por
dos doses es una colección de cuatro». Si podemos demostrar que proposiciones
como ésta se refieren realmente a universales, nuestra afirmación puede
considerarse como probada.
65 66
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
Un procedimiento para descubrir a qué se refiere
una proposición es preguntarnos qué palabras es preciso entender —en otros
términos, qué objetos debemos conocer directamente— para ver lo que significa
la proposición. Una vez advertido lo que significa la proposición, aun no
sabiendo todavía si es verdadera o
falsa, es
evidente que debemos tener un conocimiento directo de las cosas, cualesquiera
que sean, a las cuales se refiere realmente la proposición. Apliquemos esta
prueba, y aparecerá que muchas proposiciones que pueden parecer referirse a
particulares se refieren realmente tan sólo a universales. En el caso especial
de «dos y dos son cuatro», aun si lo interpretamos como «una colección formada
de dos
doses es una
colección de cuatro», es evidente que podemos comprender la proposición, es
decir, podemos ver qué es lo que afirma, desde el momento en que sabemos lo que
significa «colección», «dos» y «cuatro». Es perfectamente innecesario conocer
todos los pares del mundo: si fuese necesario, es evidente que
no entenderíamos jamás la proposición, puesto que
los pares son infinitos en número
y, por
consiguiente, jamás podríamos conocerlos todos. Así, aunque nuestra afirmación
general implique afirmaciones sobre pares particulares , tan pronto sabemos que
hay en efecto pares particulares, no afirma por sí misma ni implica que tales
pares particulares existan, ni afirma, por consiguiente, nada sobre ningún par
particular actual. La afirmación se refiere al
universal «par», no a este o aquel par.
20 Así,
la afirmación «dos y dos son cuatro» se refiere exclusivamente a universales y,
por consiguiente, puede ser conocida por cualquiera que tenga el conocimiento
directo de los universales de que se trata y pueda percibir la relación entre
ellos que la afirmación expresa. Es preciso admitir como un hecho, descubierto
al reflexionar sobre nuestro conocimiento, que tenemos en ocasiones el poder de
descubrir
tales relaciones entre universales, y de conocer por lo tanto proposiciones
generales apriorísticas, como las de la aritmética
y de la lógica. Lo que parecía misterioso, cuando considerábamos anteriormente
este conocimiento es que parecía anticipar y gobernar la experiencia. Pero
podemos ver ahora que se trataba de un error. Ningún hecho que se refiere a
algo capaz de ser experimentado puede ser conocido
independientemente
de la experiencia. Sabemos a priori que dos cosas y dos cosas juntas serán
cuatro cosas, pero no sabemos a priori que si Brown y Jones son dos, y Robinson
y Smith son dos, Brown, Jones, Robinson y Smith son cuatro. La razón de esto
está en que esta proposición no puede ser entendida en absoluto, si no sabemos
que estas personas, Brown, Jones, Robinson y Smith existen, y esto sólo
podemos
conocerlo por la experiencia. Así, aunque nuestra proposición general sea
apriorística, todas sus aplicaciones a cosas particulares actuales implican la
experiencia y contienen, por lo tanto, un elemento empírico.
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
De este modo vemos que lo que parecía misterioso en
nuestro conocimiento apriorístico, se fundaba simplemente en un error.
Puede servirnos para aclarar este punto la
oposición entre un genuino conocimiento apriorístico y una generalización
empírica, como «todos los hombres
son
mortales». También aquí podemos comprender lo que la proposición indica, desde
el momento en que comprendemos los universales que contiene, es decir, hombre y
mortal. Es evidentemente innecesario tener un conocimiento directo individual
de toda la raza humana para comprender lo que la proposición significa. Así, la
diferencia entre una proposición general apriorística y una generalización
empírica no proviene
del sentido
de la proposición, sino del género de prueba en que se fundan. En el caso de la
proposición empírica, la prueba consiste en los ejemplos particulares. Creemos
que todos los hombres son mortales porque conocemos ejemplos innumerables de
hombres que han muerto, y ningún ejemplo de hombre que haya vivido más allá de
cierta edad. No lo creemos porque veamos una
conexión entre el universal hombre y
el universal
mortal. Verdad es que la fisiología puede probar, fundándose en las leyes
generales que gobiernan los cuerpos vivos, que existe una conexión entre hombre
y mortalidad, lo cual nos permitirá afirmar nuestra proposición sin acudir a la
prueba especial de los hombres que mueren. Pero esto significa tan sólo que
nuestra generalización ha sido subsumida en una generalización más amplia, para
la cual la
evidencia es
siempre de la misma especie, aunque más extensa. El progreso de la ciencia
realiza constantemente tales subsunciones, y de este modo da una base inductiva
cada día más amplia a las generalizaciones científicas. Pero aunque nos dé así
un grado mayor de certeza, esta certeza no es de otra especie; su último
fundamento sigue siendo inductivo, es decir, que deriva de los ejemplos y no de
una
conexión
apriorística de universales como la que tenemos en lógica y aritmética.
Dos puntos opuestos debemos observar en lo que se
refiere a las proposiciones generales apriorísticas. El primero es que, si
conocemos muchos ejemplos particulares, nuestra proposición general puede
formarse por lo pronto por inducción, y sólo percibir de un modo subsiguiente
la conexión entre los universales.
Sabemos, por
ejemplo, que si trazamos perpendiculares a los lados de un triángulo desde los
ángulos opuestos, las tres perpendiculares se cortan en un punto. Es
perfectamente posible que, por lo pronto, hayamos sido conducidos a esta
proposición, trazando en efecto perpendiculares en muchos triángulos y hallando
que siempre se cortan en un punto; esta experiencia podría conducirnos a buscar
la prueba
general y a
hallarla. Estos casos son corrientes en la experiencia de todos los
matemáticos.
El otro punto es más interesante y de mayor
importancia filosófica. Se trata
67 68
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
de que en ocasiones podemos conocer una proposición
general en casos en que no conocemos ningún ejemplo particular de lo que
afirma. Sea un caso como el que sigue: sabemos que dos números cualesquiera
pueden ser multiplicados el uno por el otro, y dar un tercero denominado
producto. Sabemos que todos los pares de enteros cuyo
producto es
inferior a 100 han sido efectivamente multiplicados entre sí y el valor del
producto inscrito en una tabla de multiplicar. Pero sabemos también que el
número de números enteros es infinito, y que sólo un número finito de pares de
números enteros ha sido y será pensado por el hombre. De donde se sigue que hay
pares de números enteros que no han sido ni serán jamás pensados por el ser
humano y que todos se
componen de
números enteros cuyo producto es superior a 100. Así llegamos a la proposición:
«Todo producto de dos enteros, que no han sido ni serán jamás pensados por el
hombre, es superior a 100». Es una proposición general cuya verdad es
innegable, y no obstante, por la naturaleza misma del caso, no podremos jamás
dar
un ejemplo de ella; puesto que dos números que
podamos pensar son excluidos por
los términos
de la proposición.
Esta posibilidad de conocer proposiciones
generales, de las cuales no podemos dar ejemplos, es con frecuencia negada,
porque no se percibe que el conocimiento de tales proposiciones sólo requiere
el conocimiento de relaciones entre universales y no requiere el conocimiento
de ejemplos de los universales en cuestión
Ahora bien;
el conocimiento de estas proposiciones generales es absolutamente vital para
una gran parte de lo que se admite generalmente como conocido. Hemos visto, por
ejemplo, en nuestros primeros capítulos, que los objetos físicos, en, oposición
con los datos de los sentidos, se obtienen sólo por inferencia y no son cosas
de las cuales tengamos un conocimiento directo. Tampoco podemos conocer jamás
una
proposición
de la
forma, «esto es
objeto físico», en
la cual «esto»
sea algo
inmediatamente conocido. De ahí se sigue que de
todo nuestro conocimiento referente
los objetos
físicos no puede darse ningún ejemplo actual. Podemos dar ejemplos de datos de
los sentidos asociados, pero no lo podemos dar del objeto físico actual. Así,
nuestro conocimiento de los objetos físicos depende en su totalidad de esta
posibilidad
de un conocimiento general que no es posible dar ningún ejemplo. Y lo mismo
ocurre para nuestro conocimiento de los espíritus de los demás y de cualquiera
otra clase de objetos de los cuales no conocemos directamente ningún objeto.
Podemos ahora considerar en conjunto las fuentes de
nuestro conocimiento tal como han aparecido en el curso de nuestros análisis.
Debemos distinguir, en primer
lugar,
conocimientos de cosas y conocimiento de verdades. De cada uno se dan dos
clases, conocimiento inmediato y conocimiento derivado. Nuestro conocimiento
inmediato de las cosas, que denominamos conocimiento directo, comprende dos
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
especies, según que los objetos conocidos sean
particulares o universales. Entre los particulares, tenemos conocimiento
directo de los datos de los sentidos y (probablemente) de nosotros mismos.
Entre los universales, no parece que haya un principio por medio del cual
podemos decidir qué es lo que puede ser conocido
directamente,
pero es evidente que entre las cosas que pueden ser conocidas así, hay las
cualidades sensibles, las relaciones de espacio y tiempo, la semejanza y
ciertos universales lógicos abstractos. Nuestro conocimiento derivado de las
cosas, que denominamos conocimiento por referencia, implica siempre el
conocimiento directo de algo y el conocimiento de alguna verdad. Nuestro
conocimiento inmediato de
verdades
puede denominarse conocimiento intuitivo, y las verdades de este modo conocidas
pueden denominarse verdades evidentes por sí. Entre estas verdades se hallan
incluidas las que enuncian simplemente lo que es dado en la sensación, y
también ciertos principios abstractos lógicos y aritméticos, y (aunque con
menos
certeza) ciertas proposiciones éticas. Nuestro
conocimiento derivado de verdades
comprende
todo lo que podemos deducir de las verdades evidentes por sí, mediante
principios de la deducción evidentes por sí.
Si este resumen es correcto, todo nuestro
conocimiento de verdades depende
de nuestro conocimiento intuitivo. Es, por lo
tanto, muy importante considerar la naturaleza y el alcance del conocimiento
intuitivo, del mismo modo que antes hemos
considerado
la naturaleza y el alcance del conocimiento directo. Pero el conocimiento de
verdades suscita otro problema, que no se planteaba en relación con el
conocimiento de cosas, es decir, el problema del error. Algunas de nuestras
creencias resultan ser erróneas. Por consiguiente, se hace necesario considerar
cómo podemos —si es que podemos— distinguir el conocimiento del error. Este
problema no se
plantea en
relación con el conocimiento directo, sea cual fuera su objeto; ni aun en el
sueño y la alucinación hay error mientras no vamos
más allá del objeto inmediato: sólo puede surgir el error si consideramos el
objeto inmediato, es decir, el dato de los sentidos, como el signo de algún
objeto físico. Así los problemas relacionados con el conocimiento de verdades
son más difíciles que los que se refieren al conocimiento
de cosas.
Examinaremos, como el primero de los problemas relacionados con el conocimiento
de verdades, la naturaleza y el alcance de nuestros juicios intuitivos.
69 70
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
11
El conocimiento intuitivo
Tenemos
ordinariamente la impresión de que todo lo que creemos debe ser susceptible de
prueba, o por lo menos de ser demostrado como sumamente probable. A muchos les
parece que una creencia de la cual no se pueda dar razón no es una creencia
razonable. En lo fundamental, esta creencia es justa. Casi todas nuestras
creencias ordinarias son inferidas o susceptibles de ser inferidas de otras
creencias
que podemos
considerar que dan razón de las primeras. Por regla general, la razón ha sido
olvidada, o no ha sido jamás conscientemente presente a nuestro espíritu. Pocos
de nosotros se han preguntado, por ejemplo, qué razón existe para suponer que
el alimento que van a comer no se convertirá en un veneno. Pero sentimos que si
nos
preguntaran sobre ello, podríamos encontrar una
razón perfectamente suficiente,
aunque no la
halláramos en aquel momento. Y esta creencia es usualmente justificada. Pero
imaginémonos un Sócrates insistente, que, a cualquiera razón que le
demos, continúa exigiendo una razón de la razón.
Más pronto o más tarde —probablemente no muy tarde— llegaremos a un punto en el
cual no será posible hallar una razón ulterior y donde se hará casi evidente,
aun teóricamente, que es
imposible
descubrirla. Partiendo de las creencias comunes de la vida cotidiana, podremos
ser llevados de un punto a otro, hasta que lleguemos a algún principio general,
o algún ejemplo de algún principio general que parezca de una evidencia
luminosa, y no sea a su vez susceptible de ser deducido de algo más evidente.
En la mayoría de los problemas de la vida cotidiana —como en el caso de si es
probable que
nuestras
comidas sean un alimento o un veneno seremos conducidos al principio
inductivo que hemos discutido en el capítulo 6.
Pero más allá de esto un regreso ulterior no parece posible. El principio mismo
es constantemente empleado en nuestros razonamientos, ya conscientemente, ya
inconscientemente; pero no hay un razonamiento que, partiendo de un principio
más simple, evidente por sí, nos
conduzca al
principio inductivo como a su conclusión. Y lo mismo ocurre para los demás
principios lógicos. Su verdad es evidente para nosotros, y los empleamos para
construir demostraciones; pero ellos mismos, o por lo menos algunos de ellos,
no son susceptibles de demostración.
Sin embargo, esta evidencia inmediata no se limita
a los principios generales
que son
incapaces de prueba. Una vez admitido cierto número de principios lógicos, el
resto puede ser deducido de ellos; pero las proposiciones deducidas son a
menudo tan evidentes como las que han sido admitidas sin prueba. Además, toda
la aritmética
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
puede ser deducida de los principios generales de
la lógica; sin embargo, las proposiciones simples de la aritmética, como «dos y
dos son cuatro», son exactamente tan evidentes como los principios de la
lógica.
Parece también, aunque esto es más discutible, que
hay algunos principios
éticos
evidentes por sí, como «debemos buscar lo que es bueno».
Es preciso observar que, en todos los casos de
principios generales, los ejemplos particulares, que se refieren a cosas
familiares, son más evidentes que el principio general. Por ejemplo, la ley de
contradicción establece que nada puede, al mismo tiempo, tener cierta propiedad
y no tenerla. Esto es evidente desde el momento
en que se ha
comprendido; pero no es tan evidente como que esta rosa particular que vemos no
puede ser a la vez roja y no serlo. (Es naturalmente posible que unas partes de
la rosa sean rojas y otras no lo sean, que la rosa sea de un matiz rojizo, que
difícilmente podamos saber si puede ser llamado rojo o no; pero, en el primer
caso, el
evidente que la rosa en su totalidad no es roja,
mientras que en el segundo la
respuesta
queda teóricamente definida desde el momento en que nos hemos decidido sobre la
definición precisa de «rojo».) Ordinariamente llegamos a ver el principio
general a través de ejemplos particulares. Sólo los que tienen la práctica de
las abstracciones pueden aprender el principio general sin el auxilio de los
ejemplos.
Además de los principios generales, constituyen
otra especie de verdades
evidentes
por sí las que derivan inmediatamente de la sensación. Podemos denominarlas
«verdades de percepción», y los juicios que las expresan pueden ser llamados
«juicios de percepción». Pero es preciso cierto cuidado para alcanzar la
naturaleza precisa de las verdades evidentes por sí. Los datos de los sentidos
actuales no son verdaderos ni falsos. Una mancha particular de color, que veo,
por ejemplo,
simplemente
existe: no pertenece a la clase de objetos que son verdaderos o falsos.
Es verdad que existe esta mancha; verdad que tiene
cierta forma y un grado determinado de brillantez; verdad que está rodeada por
otros colores determinados. Pero la mancha misma, como todas las demás cosas
del mundo de los sentidos, es de una especie radicalmente diferente que los
objetos que son verdaderos y falsos y, por
consiguiente,
no puede ser denominada propiamente verdadera . Así, todas las verdades
evidentes por sí que pueden ser obtenidas por nuestros sentidos, deben ser
diferentes de los datos de los sentidos de los cuales se obtienen.
Parece que hay dos clases de verdades de percepción
inmediatamente evidentes, aunque acaso, en último análisis, ambas especies tal
vez coincidan. En
primer
lugar, las que afirman simplemente la existencia de los datos de los sentidos,
sin analizarlos en modo alguno. Vemos una mancha de rojo, y decimos, «hay esta
mancha de rojo», o más estrictamente, «existe esto»; se trata de una especie de
juicio
71 72
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
intrínseco de percepción. La otra clase se ofrece
cuando el objeto de la sensación es complejo, y lo sujetamos a cierto grado de
análisis. Si vemos, por ejemplo, una mancha redonda de rojo, podemos juzgar:
«esta mancha de rojo es redonda.» Se trata también de un juicio de percepción,
aunque difiera de la especie precedente. En cierta especie
tenemos un
dato singular de los, sentidos, que tiene a la vez color y forma; el color es
rojo y la forma redonda. Nuestro juicio analiza el dato en color y forma, y los
combina de nuevo afirmando que el color rojo es de forma redonda. Otro ejemplo
de esta especie de juicios es: «esto está a la derecha de aquello», o «esto» y
«aquello» se ven simultáneamente. En esta especie de juicios el dato de los
sentidos contiene
elementos
que tienen cierta relación entre sí, y el juicio afirma que estos elementos
tienen esta relación.
Otra clase de juicios intuitivos análogos a los de
la sensación, y no obstante, completamente distintos, de ellos, son los juicios
de memoria. Hay algún peligro de
confusión sobrela naturaleza de la memoria, porque
el hecho de la memoria de un
objeto puede
ir acompañado de la imagen del objeto, y, sin embargo, no puede ser la imagen
lo que constituye la memoria. Esto se puede ver fácilmente observando
simplemente que la imagen está en el presente, mientras que lo recordado es
conocido como perteneciente al pasado. Además, somos evidentemente capaces, en
cierta medida, de comparar nuestra imagen con el objeto recordado, de tal modo
que
sabemos con
frecuencia, dentro de límites algo indecisos, hasta qué punto es exacta nuestra
imagen; lo cual sería imposible si el objeto, como opuesto a la imagen, no
estuviese en algún modo presente al espíritu. Así, la esencia de la memoria no
está constituida por la imagen, sino por el hecho de tener inmediatamente ante
el espíritu un objeto reconocido como pasado. Si no existiera la memoria en
este sentido, no
conoceríamos
jamás que ha habido un pasado, ni seríamos capaces de entender la
palabra «pasado» mejor que el ciego de nacimiento
entiende la palabra «luz». Debe haber, pues, juicios intuitivos de memoria, y
de ellos depende, en último término, todo nuestro conocimiento del pasado.
No obstante, el caso de la memoria suscita una
dificultad, pues es notorio
que se
equivoca, y esto proyecta una duda sobre la confianza que podemos tener en los
juicios intuitivos en general. Esta dificultad no es leve. Pero restrinjamos,
por lo pronto en lo posible, su alcance. A grandes rasgos, la memoria es digna
de confianza en proporción de la vivacidad de la experiencia y de su proximidad
en el tiempo. Si la casa vecina ha sido herida por el rayo, hace medio minuto,
mi memoria de lo que he
visto y oído
será tan segura que sería absurdo dudar que ha habido, en efecto, un rayo. Lo
mismo se aplica a experiencias menos vivas, mientras sean recientes. Estoy
absolutamente cierto de que hace medio minuto estaba sentado en el mismo sillón
en
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
que lo estoy ahora. Retrocediendo en el día, hallo
cosas de las cuales estoy absolutamente cierto, otras de las cuales estoy casi
cierto, otras cuya certeza adquiero mediante la reflexión y evocando
circunstancias accesorias, y ciertas cosas de las cuales no estoy cierto. Estoy
absolutamente cierto de que esta mañana he tomado mi
desayuno;
pero si fuera tan indiferente a mi desayuno como lo sería un filósofo, dudaría
de ello. En cuanto a la conversación del desayuno, puedo recordar fácilmente
algo de ella, algo más mediante un esfuerzo, algo sólo con un amplio elemento
de duda; el resto no lo puedo recordar. Así, hay una gradación continua en el
grado de evidencia de lo que recuerdo, y una gradación correlativa en la
confianza que merece
la memoria.
La primera respuesta a la dificultad de la memoria
engañosa, es, pues, que la memoria tiene diversos grados de evidencia, y que
éstos corresponden a los grados de su confianza en ella hasta un límite de
perfecta evidencia y de perfecta confianza en la memoria de acontecimientos
recientes y vivaces.
15 Sin
embargo, parece que hay casos de una creencia muy firme en una memoria
completamente falsa. En estos casos, es probable que, lo que es realmente
recordado, en el sentido de estar inmediatamente ante el espíritu, es algo
distinto de lo que es falsamente creído, aunque sea algo generalmente asociado
con ello. Se dice que Jorge IV, a fuerza de decir que había asistido a la
batalla de Waterloo, acabó por
creerlo. En
este caso, lo que era inmediatamente recordado era su repetida afirmación; la
creencia en lo que afirmaba (si en efecto existía) habría sido producida por
asociación con la afirmación recordada, y no sería, por tanto, un genuino caso
de memoria. Parece probable que todos los casos de falsa memoria pudieran ser
tratados de este modo, es decir, que se puede demostrar que no son, en el
sentido estricto,
casos de
memoria.
Un punto importante en relación con la evidencia
inmediata se aclara en el caso de la memoria, y es que la evidencia tiene
grados: no es una cualidad que se halle simplemente presente o ausente, sino
una cualidad que puede estar más o menos presente, en una gradación que va
desde la certeza absoluta hasta una sospecha casi
imperceptible.
Las verdades de percepción y algunos principios lógicos tienen el más alto
grado de evidencia; las verdades de memoria inmediata tienen un grado de
evidencia casi igual. El principio inductivo tiene menos evidencia que algunos
otros principios lógicos, como «lo que se sigue de una premisa verdadera debe
ser verdadero». Los recuerdos tienen una evidencia decreciente a medida que se
hacen
más remotos
y más débiles; las verdades lógicas y matemáticas tienen ( grosso modo) menos
evidencia a medida que se hacen más complicadas. Los juicios de valor
intrínseco ético o estético son capaces de alguna evidencia inmediata, pero no
mucha.
73 74
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
Los grados de evidencia son importantes en la
teoría del conocimiento, puesto que si las proporciones pueden tener (como
parece probable) algún grado de evidencia sin ser verdaderas, no será necesario
abandonar toda conexión entre la evidencia y la verdad, sino simplemente decir
que, cuando haya conflicto, la
proposición
más evidente debe ser retenida, y la menos evidente rechazada. Parece, por
tanto, muy probable que dos nociones diferentes se hallen
combinadas en la noción de «evidencia» tal como ha
sido expuesta; que una de ellas, la que corresponde al más alto grado de
evidencias, es realmente una garantía infalible de verdad; mientras que la
otra, la que corresponde a todos los otros grados, no da
una garantía
infalible, sino una presunción mayor o menor. Sin embargo, esto es sólo una
sugestión que no podemos desarrollar ahora más ampliamente. Cuando nos hayamos
ocupado de la naturaleza de la verdad, volveremos sobre el problema de la
evidencia, en relación con la distinción entre el conocimiento y el error.
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
12
Verdad y falsedad
Nuestro
conocimiento de verdades, a diferencia de nuestro conocimiento de cosas, tiene
un contrario que es el error. En lo que se refiere a las cosas, podemos
conocerlas o no, pero no hay un estado positivo de espíritu que pueda ser
denominado conocimiento erróneo de las cosas, por lo menos mientras los
limitamos al conocimiento directo. Todo lo que conocemos directamente debe ser
algo; podemos
sacar
inferencias falsas de nuestro conocimiento directo, pero el conocimiento
directo mismo no puede ser engañoso. Así, en relación con el conocimiento
directo no hay dualismo. Pero existe un dualismo en lo que se refiere al
conocimiento de verdades. Podemos creer lo falso lo mismo que lo verdadero.
Sabemos que sobre gran número
de asuntos, diferentes personas tienen opiniones
deferentes e incompatibles; por
tanto,
algunas creencias deben ser erróneas. Y como las creencias erróneas son con
frecuencia afirmadas con la misma energía que las verdaderas, resulta un
problema difícil el de saber cómo distinguirlas de las creencias verdaderas.
¿Cómo sabremos, en un caso dado, que nuestra creencia no es errónea? Es un
problema de la mayor dificultad, al cual no es posible responder de un modo
completamente satisfactorio.
Pero hay una
cuestión previa algo menos difícil, que es la siguiente: ¿Qué entendemos por
verdadero y falso? Seguidamente consideramos este problema preliminar.
En este capitulo no nos preguntamos cómo podemos
conocer si una creencia
es verdadera o falsa, sino qué significa la
cuestión de si una cree ncia es verdadera o falsa. Es de esperar que una clara
respuesta a esta cuestión nos ayudará a obtener una
respuesta al
problema sobre cuáles creencias son verdaderas. Pero por el instante nos
preguntamos sólo: «¿Qué es verdad?», «¿qué es
falsedad?»; no, «¿qué creencias son verdaderas?», «¿qué creencias son falsas?».
Es muy importante mantener estas diferentes cuestiones completamente separadas,
pues toda confusión entre ellas daría seguramente corno resultado una respuesta
que en realidad no sería aplicable a la una
ni a la
otra.
Al intentar descubrir la naturaleza de la verdad.,
hay tres puntos, tres requisitos, a los cuales toda teoría debe satisfacer:
1º Nuestra teoría de la verdad debe ser tal que
admita su opuesto, la falsedad.
Muchos
filósofos han fracasado por no haber satisfecho completamente esta
condición;
han construido teorías según las cuales todo nuestro pensamiento debe ser
verdadero, y tienen luego una gran dificultad para hallar un lugar para lo
falso. En este respecto, nuestra teoría de la creencia debe diferir de nuestra
teoría del
75 76
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
conocimiento directo, pues en el caso de este
conocimiento no era necesario tener en cuenta la existencia de un contrario.
2º Parece evidente que si no hubiera creencias no
podría haber falsedad, ni verdad, en el sentido en que la verdad es correlativa
de la falsedad. Si imaginamos un
mundo de
pura materia, en este mundo no podría haber lugar para la falsedad, y aunque
contuviera lo que podemos denominar «hechos», no contendría algo verdadero, en
el sentido en que lo verdadero es de la misma especie que lo falso. En efecto:
la verdad y la falsedad son propiedades de las creencias y de las afirmaciones;
por consiguiente, un mundo de pura materia, puesto que no contendría creencias
ni
afirmaciones,
no contendría tampoco verdad ni falsedad.
3º Pero, contra lo que acabamos de decir, es
preciso observar que la verdad o la falsedad de la creencia depende siempre de
algo que es exterior a la creencia misma. Si creo que Carlos I murió en el
cadalso, mi creencia es verdadera, no a causa de alguna cualidad que le sea
intrínseca, y que pudiera ser descubierta por el mero
examen de
las creencias, sino a causa de un acaecimiento histórico que ocurrió hace dos
centurias y media. Si creo que Carlos I murió en su lecho, mi creencia es
falsa: ni el grado de vivacidad de mi creencia, ni el cuidado que he tenido
para llegar a ella, le impiden ser falsa, a causa también de algo que ocurrió
largo tiempo ha, y no a causa de una propiedad intrínseca de mi creencia. Así,
aunque la verdad y la falsedad sean
propiedades
de las creencias, son propiedades que dependen de la relación de las tras
cosas, no de ciertas cualidades internas de las creencias como creencias.
El tercero de los requisitos mencionados nos lleva
a la adopción del punto
de vista —el más común entre los filósofos— según
el cual la verdad consiste en una cierta forma de correspondencia entre la
creencia y el hecho. Sin embargo, no es una
tarea fácil
descubrir una forma de correspondencia que no se preste a objeciones
irrefutables. En parte a causa de esto —en parte
por la creencia de que si la verdad consiste en la correspondencia del
pensamiento con algo exterior a él, el pensamiento no podrá saber jamás cuándo
habrá sido alcanzada la verdad— muchos filósofos han sido llevados a tratar de
encontrar una definición de la verdad que no consista en la
relación con
algo totalmente exterior a la creencia. La tentativa más importante para
establecer una definición de esta clase es la teoría según la cual la verdad
consiste en la coherencia. Se dice que el signo de la falsedad es la
imposibilidad de conectarla con el cuerpo de nuestras creencias, y que la
esencia de la verdad es formar parte del sistema completamente acabado, que es
la verdad.
35 Sin
embargo, hay una gran dificultad para este punto de vista, o mejor, dos grandes
dificultades. La primera consiste en que no hay razón alguna para suponer que
sólo es posible un cuerpo coherente de creencias. Es posible que, con
suficiente
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
imaginación, un novelista pudiera inventar un
pasado del mundo que conviniera perfectamente con lo que nosotros conocemos, y
fuese, sin embargo, totalmente distinto del pasado real. En materias más
científicas, es evidente que haya a menudo dos o más hipótesis que dan cuenta
de todos los hechos conocidos sobre algún
asunto, y
aunque en tales casos los hombres de ciencia se esfuerzan en hallar hechos que
excluyan todas las hipótesis menos una, no hay razón para que lo logren
siempre.
También en filosofía no parece raro que dos
hipótesis rivales puedan dar ambas razón de todos los hechos. Así, por ejemplo,
es posible que la vida sea un largo sueño y que el mundo, exterior tenga tan
sólo el grado de realidad que tienen los
objetos de
los sueños, pero aunque este punto de vista no parece incompatible con los
hechos conocidos, no hay razón para preferirlo al punto de vista del sentido
común, según el cual las otras personas y las cosas existen realmente. Así, la
coherencia no define la verdad, porque nada prueba que sólo pueda haber un
sistema
coherente.
15 La
otra objeción a esta definición de la verdad es que supone conocido lo que
entendemos por «coherencia», mientras que, de hecho, la «coherencia» presupone
la verdad de las leyes lógicas. Dos proposiciones son coherentes cuando ambas
pueden ser verdaderas a la vez, e incoherentes cuando una, por lo menos, debe
ser falsa. Pero para saber si dos proposiciones pueden ser verdaderas a la vez,
debemos
conocer verdades como la ley de contradicción. Por ejemplo, las dos
proposiciones, «este árbol es un haya» y «este árbol no es un haya», no son
coherentes, a consecuencia de la ley de contradicción. Pero si la ley de
contradicción debiera someterse a su vez a la prueba de la coherencia,
resultaría que si nos decidiéramos a suponerla falsa, no podría, hablarse ya de
incoherencia entre diversas
cosas. Así,
las leyes lógicas proporcionan la armazón o el marco dentro del cual se
aplica la prueba de la coherencia, y no pueden a su
vez ser establecidas mediante esta prueba.
Por estas dos razones, la coherencia no puede ser
aceptada como algo que nos dé el sentido de la verdad, aunque sea con
frecuencia una prueba muy importante
de la
verdad, cuando nos es ya conocida cierta suma de verdad.
Así nos vemos precisados a mantener que la
correspondencia con un hecho constituye la naturaleza de la verdad. Falta
definir de un modo preciso lo que entendemos por «hecho» y cuál es la
naturaleza de la correspondencia que debe existir entre la creencia y el hecho,
para que la creencia sea verdadera.
35 De
acuerdo con nuestros tres requisitos, debemos buscar una teoría de la verdad
que: 1º, admita que la verdad tiene un contrario, a saber, la falsedad; 2º,
haga de la verdad una propiedad de la creencia; pero 3º, una propiedad que
dependa
77 78
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
totalmente de la relación de la creencia con las
cosas exteriores a ella.
La necesidad de admitir la falsedad hace imposible
considerar la creencia como la relación del espíritu con un objeto singular,
del cual se puede decir que es lo que es creído. Si la creencia fuese esto,
hallaríamos que, como el conocimiento directo,
no admitiría
la oposición de lo verdadero y lo falso, sino que sería siempre verdadera. Esto
se puede aclarar mediante ejemplos. Otelo cree falsamente que Desdémona ama a
Cassio. No podemos decir que esta creencia consiste en la relación con un
objeto simple, «el amor de Desdémona a Cassio», pues si este objeto existiera,
la creencia es la verdadera. En efecto, este hecho no existe, y por
consiguiente Otelo no puede tener
ninguna
relación con él. Es, por tanto, imposible que su creencia consista en la
relación con este objeto.
Se podría decir que su creencia es una relación con
otro objeto, a saber, «que Desdémona ama a Cassio»; pero es casi tan difícil
suponer que este objeto existe
—puesto que Desdémona no amó a Cassio— como suponer
que hay un «amor de
Desdémona a
Cassio». Así, mejor es buscar una teoría de la creencia que no la haga
consistir en una relación del espíritu con un objeto simple.
Es corriente pensar las relaciones como si se
dieran siempre entre dos
términos; pero, de hecho, no es éste siempre el
caso. Algunas relaciones exigen tres términos, otras cuatro, y así
sucesivamente. Supongamos, por ejemplo, la relación
«entre».
Mientras tengamos sólo dos términos, es imposible la relación «entre»; un
mínimo de tres términos es necesario para que sea posible. York está entre
Londres y Edimburgo; pero si Londres y Edimburgo fuesen los únicos lugares del
mundo, no habría nada entre una y otra. Del mismo modo los celos exigen tres
personas: esta relación no puede existir sin un mínimo de tres. Una proposición
como « A desea que
B promueva
el matrimonio de C con D» envuelve una relación de cuatro términos; es
decir, A, B, C y D intervienen en ella, y la
relación no puede ser expresada de otro modo que en una forma que contenga los
cuatro. Podríamos multiplicar indefinidamente los ejemplos, pero basta lo dicho
para probar que hay relaciones que exigen más de dos términos para poder
existir.
30 La
relación implicada en el juicio o la creencia —si, como es debido, admitimos la
falsedad— debe ser considerada como una relación entre varios términos, no sólo
entre dos. Cuando Otelo cree que Desdémona ama a Cassio, no puede tener ante el
espíritu un objeto simple, «el amor de Desdémona por Cassio», o «que Desdémona
ama a Cassio», pues se requeriría para ello que existiera una
falsedad
objetiva, que subsistiera independientemente de todo espíritu; y esto, aunque
no lógicamente refutable, es una teoría que hay que evitar en lo posible. Es
más fácil dar cuenta de la falsedad, si admitimos que el juicio es una relación
en la cual
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
el espíritu y los varios objetos de que se trata se
dan completamente separados; es decir, Desdémona, amante y Cassio deben ser
términos en la relación que subsiste cuando Otelo cree que Desdémona ama a
Cassio. Esta relación es, por tanto, una relación de cuatro términos, pues
Otelo es también un término de la relación. Cuando
decimos que
es una relación de cuatro términos, no queremos decir que Otelo tenga cierta
relación con Desdémona y la misma con «amar» y con Cassio. Esto puede ser
verdad en alguna relación distinta de la creencia; pero la creencia no es,
evidentemente, una relación que tenga Otelo con cada uno de tres términos
considerados, sino con todos ellos a la vez, pues sólo hay una relación de
creencia,
pero esta
relación enlaza cuatro términos entre sí. Así, lo que ocurre en el momento en
que Otelo concibe esta creencia, es que la relación denominada «creencia»
enlaza en un todo complejo los cuatro términos Otelo, Desdémona, amar y Cassio.
Lo que denominamos creencia o juicio, no es otra cosa que esta relación de
creer o juzgar que
enlaza un espíritu con diversas cosas distintas de
él. Un acto de creencia o de juicio
es el hecho
de presentarse entre determinados términos, y en un tiempo determinado, la
relación de creer o juzgar.
Ahora
estamos en disposición de entender lo que distingue un juicio
verdadero de uno falso. Para ello propondremos la
adopción de determinadas definiciones. En todo acto de juicio hay un espíritu
que juzga y los términos sobre los
cuales
juzga. Denominaremos al espíritu el sujeto, y a los términos los objetos del
juicio. Así, cuando Otelo juzga que Desdémona ama a Cassio, Otelo es el sujeto,
los objetos son Desdémona, amar y Cassio. El sujeto y los objetos juntos se
denominan partes constitutivas del juicio. Es preciso observar que la relación
de juicio tiene lo que se denomina un «sentido» o «dirección». Podemos decir,
metafóricamente, que
coloca sus
objetos en cierto orden que podemos indicar mediante el orden de las
palabras en la frase. (En un lenguaje de flexiones,
el mismo objeto es indicado mediante las flexiones, por ejemplo, por la
diferencia entre el nominativo y el acusativo.) El juicio de Otelo de que
Cassio ama a Desdémona difiere de su juicio de que Desdémona ama a Cassio a
pesar de que, de hecho, consta de los mismos
elementos
porque la relación de juzgar coloca a las partes constituyentes en un orden
diferente en ambos casos. De un modo análogo, si Cassio juzga que Desdémona ama
a Otelo, las partes constituyentes del juicio siguen siendo las mismas, pero su
orden es diferente. Esta propiedad de tener un «sentido» o «dirección» es una
de las que la relación de juicio comparte con todas las demás relaciones. El
«sentido» de las
relaciones
es la última fuente del orden y de las series y de una legión de conceptos
matemáticos. Pero no es necesario que nos ocupemos mas de este aspecto del
problema.
79 80
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
Hemos dicho de la relación denominada «juicio» o
«creencia» que enlaza en un complejo total el sujeto y los objetos. En este
respecto, el juicio es exactamente igual al resto de las relaciones. Sea cual
fuere la relación que exista entre dos o más términos, une los términos es un
complejo total. Si Otelo ama a Desdémona, hay un
todo
complejo: «el amor de Otelo por Desdémona». Los términos unidos por la relación
pueden, a su vez, ser complejos o simples, pero la totalidad que resulta de su
unión debe ser compleja. Siempre que hay una relación que enlaza ciertos
términos, hay un objeto complejo formado por la unión de estos términos; y, a
la inversa, siempre que hay un objeto complejo, hay una relación que enlaza sus
elementos.
Cuando se
produce un acto de creencia, hay un complejo en el cual la «creencia» es la
relación unitiva, y el sujeto y el objeto son colocados en un cierto orden por
el «sentido» de la relación de creencia. Como hemos visto al considerar la
proposición «Otelo cree que Desdémona ama a Cassio», uno de los objetos debe
ser una relación
—en este caso, la relación «arna»—. Pero esta
relación, tal como se presenta en el
acto de
creencia, no es la relación que crea la unidad del complejo total constituido
por el sujeto y los objetos. La relación «ama» tal como se presenta en el acto
de creencia es uno de los objetos, uno de los ladrillos de la construcción, no
el cemento. El cemento es la relación de «creer». Cuando la creencia es
verdadera , hay otra unidad compleja, en la cual la relación, que era uno de
los objetos de la creencia,
enlaza los
otros objetos. Así, por ejemplo, si Otelo cree con verdad que Desdémona ama a
Cassio, hay una unidad compleja, «el amor de Desdémona a Cassio», que se
compone exclusivamente de los objetos de la creencia, en el mismo orden en que
se hallaban en la creencia, y la relación que era uno de los objetos se
convierte ahora en cemento que une entre sí los otros objetos de la creencia.
Por otra parte, cuando una
creencia es
falsa no hay tal unidad compleja, compuesta sólo de los objetos de la
creencia. Si Otelo cree falsamente que Desdémona
ama a Cassio, no hay una unidad compleja tal como «el amor de Desdémona a
Cassio».
Así, la creencia es verdadera cuando corresponde a
un determinado complejo que le es asociado, y falsa en el caso contrario.
Admitamos, para mayor
precisión,
que los objetos de la creencia sean dos términos y una relación, de tal modo
que los términos estén colocados en un cierto orden por el «sentido» de la
creencia. Si los dos términos están unidos en un complejo por la relación, la
creencia es verdadera; de lo contrario, es falsa. Tal es la definición de la
verdad y la falsedad que buscábamos. El juicio o la creencia es cierta unidad
compleja de la cual el espíritu es
un elemento
constitutivo. Si el resto de los elementos, tomados en el orden en que están en
la creencia, forman un complejo unitario, la creencia es verdadera; de lo
contrario, es falsa.
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
Así, aunque la verdad y la falsedad sean
propiedades de las creencias, son en algún sentido propiedades extrínsecas,
pues la condición de la verdad de la creencia es algo que no implica la
creencia, ni aun (en general) un espíritu, sino sólo los objetos de la
creencia. Un espíritu que cree, cree con verdad, cuando hay un
complejo
correspondiente que no incluye el espíritu, sino sólo sus objetos. Esta
correspondencia garantiza la verdad, y su ausencia la falsedad. Así, damos
cuenta simultáneamente de dos hechos: a) de que la creencia depende del
espíritu en cuanto a su existencia; b) que no depende del espíritu en cuanto a
su verdad.
Podemos resumir nuestra teoría como sigue: Si
tomamos una creencia como
«Otelo cree
que Desdémona ama a Cassio», denominamos a Desdémona y Cassio los
objetos-términos, y a «amar» el objeto-relación. Si existe una unidad compleja
como «el amor de Desdémona a Cassio» constituida por los objetos-términos
enlazados por el objeto-relación, en el mismo orden que tienen en la creencia,
esta unidad compleja
se denomina el hecho correspondiente a la creencia.
Así, una creencia es verdadera
cuando hay
un hecho correspondiente, y falsa cuando no hay un hecho correspondiente.
Como se puede ver, los espíritus no crean la verdad
ni la falsedad. Crean las
creencias, pero una vez creadas éstas, el espíritu
no puede hacerlas verdaderas o falsas, salvo el caso especial en que conciernen
a cosas futuras que están en el poder
de la
persona que cree, como tomar el tren. Lo que hace verdadera una creencia es un
hecho, y este hecho (salvo en casos excepcionales) no comprende en modo alguno
el espíritu de la persona que tiene la creencia.
Una vez decidido lo que entendemos por verdad y
falsedad —podemos
considerar por qué caminos podemos conocer si esta
o aquella creencia es verdadera
o falsa.
Esta consideración ocupará el capítulo siguiente.
81 82
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
13
Conocimiento, error y opinión probable
El problema
de lo que entendemos por verdad y falsedad, considerado en el capítulo
precedente, tiene mucho menos interés que el de saber cómo podemos conocer lo
verdadero y lo falso. Este problema nos ocupará en el presente capítulo. No
cabe duda que algunas de nuestras creencias son erróneas; así, nos vemos
conducidos a inquirir qué certeza podemos alcanzar de que tal o cual creencia
no es errónea. En otros
términos:
¿Podemos conocer en efecto algo, o sólo de vez en cuando, por una feliz
coincidencia, creemos lo verdadero? Antes de abordar esta cuestión debemos
decidir, sin embargo, lo que entendemos por «conocimiento», y esta cuestión no
es tan fácil como se podría suponer.
A primera vista, se podría imaginar que el
conocimiento puede ser definido
como una
«creencia verdadera». Cuando lo que creemos es verdad, se podría suponer que
tenemos el conocimiento de lo que creernos. Pero esto no está de acuerdo con el
uso corriente de la palabra. Tomemos un ejemplo muy vulgar: Si alguien cree que
el nombre del último primer ministro empezaba por B, creía algo verdadero, pues
el último primer ministro fue Sir Henry Campbell Bannerman. Pero si cree que
Balfotir era el
último
primer ministro, seguirá creyendo qué el nombre del último primer ministro
empezaba por B. Sin embargo, esta creencia, aunque verdadera, no se considerará
que constituya un conocimiento. Si un periódico, por una anticipación
inteligente, anuncia el resultado de una batalla antes de que se haya recibido
ningún telegrama que lo anuncie, puede anunciar por fortuna lo que luego
resulta ser el resultado exacto, y
producir una
creencia en algunos de sus lectores menos experimentados. Pero, a pesar
de la verdad de su creencia, no podemos decir que
tenga un conocimiento. Así es claro que una creencia verdadera no es un
conocimiento cuando se deduce de una creencia falsa.
Del mismo modo, una creencia no puede ser
denominada conocimiento si es
deducida de
un proceso de razonamiento falso, aunque las premisas de que se ha deducido
sean verdaderas. Si sé que todos los griegos son hombres y que Sócrates era un
hombre, e infiero que Sócrates era griego, no por eso puede decirse que conozca
que Sócrates era griego, porque, aunque las premisas y la conclusión sean
verdaderas, la conclusión no se sigue de las premisas.
35 Pero
¿diremos que sólo hay conocimiento de lo que es deducido de un modo válido de
premisas, verdaderas? Evidentemente no lo podemos decir. Esta definición es a
la vez demasiado amplia y demasiado estrecha. En primer lugar, es demasiado
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
amplia, porque no basta que las premisas sean
verdaderas; deben ser además conocidas. El que creía que Balfour era el último
primer ministro puede sacar deducciones válidas de la premisa verdadera, según
la cual el nombre del último primer ministro empezaba por B; pero no puede
decir que c o n o z c a las conclusiones
alcanzadas
mediante estas deducciones. Así, debemos corregir nuestra definición diciendo
que el conocimiento es lo que es deducido de un modo válido de premisas
conocidas. Pero esto es una definición circular; supone que conocemos ya lo que
entendemos por «premisas conocidas». Por tanto, puede definir a lo sumo una
clase de conocimiento, el que hemos denominado derivado, en oposición con el
conocimiento
intuitivo. Podemos decir: «El conocimiento derivado es lo deducido de un modo
válido de premisas conocidas intuitivamente». En esta definición no hay defecto
formal, para dejar sin resolver el problema de la definición del conocimiento
intuitivo.
Dejando, por el momento, a un lado el problema del
conocimiento intuitivo,
consideremos
la definición del conocimiento derivado que acaba de ser propuesta. La objeción
capital es que limita indebidamente los límites del conocimiento. Ocurre
constantemente que alguien concibe una creencia verdadera, que ha nacido en él
a consecuencia de algún fragmento de conocimiento intuitivo del cual puede ser
inferido de un modo válido, pero de hecho no ha
sido inferido por un proceso lógico.
20 Tomemos,
por ejemplo, las creencias producidas por la lectura. Si los periódicos
anuncian la muerte del rey, estará perfectamente justificada nuestra creencia
de que el rey ha muerto, puesto que tal noticia no se anunciaría si fuese
falta. No está menos justificada nuestra creencia de que el periódico afirma
que el rey ha muerto. Pero aquí el conocimiento intuitivo en el cual se funda
nuestra creencia es el
conocimiento
de la existencia de los datos de los sentidos derivados del acto de mirar
el impreso que da la noticia. Este conocimiento
llega apenas a la conciencia, excepto para una persona que no puede leer
fácilmente. Un niño puede darse cuenta de la forma de las letras y pasar
gradual y penosamente a la interpretación de su sentido. Pero el que tiene la
costumbre de leer pasa inmediatamente a la significación de las
letras, y no
se da cuenta, sino por la reflexión, de que ha derivado este conocimiento de
los datos de los sentidos que denominamos ver las letras impresas. Así, aunque
una inferencia válida de las letras a su sentido sea posible, y pueda ser
realizada por el lector, de hecho no es ejecutada, puesto que, en efecto, no se
realiza ninguna operación que pueda ser denominada una inferencia lógica. No
obstante, sería
absurdo
decir que el lector no sabe que el periódico anuncia la muerte del rey. Debemos
admitir, pues, como conocimiento derivado todo lo que resulta del
conocimiento intuitivo, aunque sea por simple
asociación con tal que haya una
83 84
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
conexión lógica válida, y la persona de que se
trata pueda darse cuenta de esta conexión mediante la reflexión. De hecho hay
muchos caminos, además de la inferencia lógica, por medio de los cuales pasamos
de una creencia a otra; el paso de lo impreso a su significación da un ejemplo
de tales caminos. Estas pueden ser
denominadas
«inferencias psicológicas». Admitiremos, pues, la inferencia psicológica como
un medio de obtener conocimientos derivados, a condición de que sea posible
descubrir una inferencia lógica paralela a la inferencia psicológica. Esto hace
que nuestra definición del conocimiento derivado sea menos precisa de lo que
sería de desear, puesto que las palabras «posible descubrir» son vagas: no nos
dicen qué
grado de
reflexión se necesita para hacer el descubrimiento. Pero, en realidad, el
«conocimiento» no es una concepción precisa: nos sume en la «opinión probable»,
como veremos mejor en el curso del presente capítulo. No es preciso buscar,
pues, una definición muy precisa, puesto que tal definición sería
necesariamente más o
menos engañosa.
15 La
principal dificultad en relación con el conocimiento no surge, sin embargo, en
lo que respecta al conocimiento derivado, sino al conocimiento intuitivo. En
tanto se trata del conocimiento derivado podemos referirnos siempre a la
garantía del conocimiento intuitivo. Pero en lo que se refiere a las creencias
intuitivas, no es en modo alguno fácil descubrir un criterio mediante el cual
distinguir unos conocimientos
como
verdaderos y otros como falsos. En esta cuestión es apenas posible alcanzar un
resultado realmente preciso: todo nuestro conocimiento de verdades está en
algún grado contaminado por la duda, y una teoría que ignora este hecho sería
evidentemente falsa. Sin embargo, podemos hacer algo para mitigar las
dificultades del
problema.
25 Por
lo pronto, nuestra teoría de la verdad nos proporciona la posibilidad de
distinguir ciertas verdades como evidentes por sí, en un sentido que asegura la
infalibilidad. Cuando una creencia es verdadera, hemos dicho, hay un hecho
correspondiente, en el cual los diversos objetos de la creencia forman un
complejo simple. Decimos que la creencia constituye el conocimiento de este
hecho, a
condición de
que cumpla además esas condiciones algo vagas que hemos considerado en el
presente capítulo. Pero, en relación con un hecho, además del conocimiento
constituido por la creencia, podemos tener otra clase de conocimiento
constituido por la percepción (tomando este palabra en el sentido más amplio
posible). Por ejemplo, si conocéis la hora de la puesta del sol, podéis conocer
en
aquella hora
el hecho de que el sol se oculta; es el conocimiento del hecho por la vía del
conocimiento de verdades; pero podéis también, si el tiempo es claro, mirar
hacia el Oeste y ver, en efecto, que el sol se oculta: entonces conocéis el
mismo hecho por
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
la vía del conocimiento de cosas.
Así, en relación con todo hecho complejo, hay
teóricamente, dos vías mediante las cuales se le puede conocer: 1ª, por medio
de un juicio, en el cual se juzga que sus diversas partes están enlazadas tal
como en efecto lo están; 2ª, por medio del
conocimiento
directo del hecho complejo mismo, el cual puede ser denominado (en sentido
amplio) percepción, aunque no se halle confinado a los objetos de la sensación.
Ahora bien; es preciso observar que esta segunda vía por la cual conocemos un
hecho complejo —la vía del conocimiento directo—, es sólo posible cuando hay en
efecto tal hecho, mientras que la primera, como todo juicio, está
expuesta al
error. La segunda vía nos da un todo complejo y, por consiguiente, sólo es
posible cuando sus partes tienen, en efecto, esta relación que hace que se
combinen para formar el complejo. La primera vía, por el contrario, nos da las
partes y el todo separados, y exige sólo la realidad de las partes y de la
relación: es posible
que la relación no enlace las partes de esa manera
y se produzca, sin embargo, el
juicio.
Se recordará que al final del capítulo 11
sugeríamos que puede haber dos especies de evidencia inmediata, una que nos dé,
una absoluta garantía de verdad, otra que nos dé sólo una garantía parcial.
Podemos distinguir ahora estas dos especies.
20 Podemos
decir que la verdad es evidente, en el primero y más absoluto sentido, cuando
tenemos el conocimiento directo del hecho que corresponde a la verdad. Cuando
Otelo cree que Desdémona ama a Cassio, el hecho correspondiente, si la creencia
fuese verdadera, sería «el amor de Desdémona a Cassio». Este sería un hecho del
cual nadie tendría conocimiento directo, salvo Desdémona; así, en el
sentido del
término evidencia que consideramos aquí, la verdad de que Desdémona
ama a Cassio (si fuese en efecto verdad) sólo
podría ser inmediatamente evidente para Desdémona. Todos los hechos mentales y
todos los hechos referentes a los datos de los sentidos tienen el mismo
carácter privado: sólo hay una persona para la cual puedan ser evidentes en
nuestro sentido actual, puesto que sólo hay una persona que
pueda tener
el conocimiento directo de los objetos mentales o de los datos de los sentidos.
Así, no hay hecho alguno referente a un objeto particular existente que pueda
ser evidente para más de una persona. Por otra parte, los hechos que se
refieren a universales no tienen este carácter privado. Muchos espíritus pueden
tener un conocimiento directo de los mismos universales: por consiguiente, una
relación entre
universales
puede ser conocida de un modo directo por muchas personas diferentes. En todos
los casos en que conocemos de modo directo un hecho complejo que conste de
determinados términos en una cierta relación, diremos que la verdad según la
cual
85 86
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
estos términos se hallan enlazados tiene la primera
especie, absoluta de evidencia, y en este caso el juicio según el cual los
términos se hallan enlazados debe ser verdadero. Así, esta especie de evidencia
es una garantía absoluta de verdad.
Pero aunque esta especie de evidencia sea una
absoluta garantía de verdad,
no nos hace
posible estar absolutamente ciertos, en el caso de un juicio dado, de que ese
juicio sea verdadero. Supongamos que percibimos primero que el sol es
brillante, y procedemos a enunciar el juicio, «el sol es brillante». Al pasar
de la percepción al juicio es necesario el análisis del hecho complejo dado;
hemos de separar el «sol» y «brillante» como elementos constitutivos del hecho.
En este proceso es posible
cometer un
error, pues aun cuando un hecho tenga la primera especie, absoluta, de
evidencia, el juicio que creemos corresponde a este hecho no es absolutamente
infalible, porque puede no corresponder realmente al hecho. Pero si le
corresponde (en el sentido explicado en el capítulo precedente), debe ser
verdadero.
La segunda especie de evidencia será la que
pertenece a los juicios de la
primera
especie, y no es derivada de la percepción directa del hecho de un todo
complejo singular. Esta segunda especie de evidencia tendrá grados, desde el
más elevado hasta la pura inclinación en favor de la creencia. Tomemos, por
ejemplo, el caso de un caballo que corre alejándose de nosotros a lo largo de
un camino. Por lo pronto nuestra certeza de que oímos los cascos es completa;
gradualmente, si
prestamos
atención, llega un momento en que pensamos que tal vez se trataba de una
imaginación o de la persiana de nuestro cuarto superior o de los golpes de
nuestro propio corazón; llegamos en fin a dudar de que haya ruido alguno;
entonces pensamos que no oímos ya nada, y sabemos, en fin, que no oírnos ya
nada. En este proceso hay una gradación continua de evidencia, desde el más
alto grado hasta el
menor, no en
los datos de los sentidos mismos, sino en los juicios que se fundan en
ellos.
O todavía: supongamos que comparamos dos matices de
color, uno azul y otro verde. Podemos estar completamente seguros de que se
trata de dos matices de color; pero si el color verde se altera gradualmente
hasta hacerse más y más semejante
al azul,
haciéndose primero verde azulado, luego azul verdoso y luego azul, llegará un
momento en que dudaremos si podemos ver una diferencia, y un momento luego en
que sabremos que no vemos diferencia alguna. Lo mismo ocurre tocando un
instrumento de música, o en cualquier otro caso de una gradación continua. Así,
la evidencia de esta clase es una cuestión de grado; y parece claro que hay que
fiar más
en los
grados superiores que en los inferiores.
En el conocimiento derivado nuestras últimas
premisas deben tener algún grado de evidencia, y asimismo su conexión con las
conclusiones que se deducen de
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
ellas. Tomemos, por ejemplo, un fragmento de un
razonamiento geométrico. No basta que los axiomas de que partimos sean
evidentes por sí: es necesario también que, en cada paso del razonamiento, la
conexión de las premisas y la conclusión sea evidente por sí. En los
razonamientos difíciles, esta conexión tiene a menudo sólo un grado muy
débil de
evidencia. Así, los errores de razonamiento no son improbables cuando la
dificultad es grande.
Según lo que hemos dicho, es evidente que lo mismo
en lo que respecta al conocimiento intuitivo que al conocimiento derivado, sí
admitimos que el conocimiento intuitivo es digno de fe en proporción a su grado
de evidencia, habrá
una
gradación en el grado de confianza que merecen desde la existencia de los datos
de los sentidos bien precisos y las verdades más simples de la lógica y la
aritmética —que pueden considerarse como absolutamente ciertos— hasta los
juicios que parecen sólo algo más probables que sus opuestos. Lo que creemos
firmemente, si es
verdad, se denomina conocimiento, a condición de
que sea intuido o inferido (lógica
o
psicológicamente) de conocimientos intuitivos de los cuales se siga
lógicamente. Lo que creemos firmemente, si no es verdad, se denomina error. Lo
que creemos firmemente, si no es conocimiento ni error, y también lo que
creemos con vacilación porque no tiene el más alto grado de evidencia, ni
deriva de algo que lo tenga, puede denominarse opinión probable. Así, la mayor
parte de lo que pasa ordinariamente por
conocimiento
es una opinión más o menos probable.
En lo que se refiere a la opinión probable, podemos
recibir una buena ayuda de la coherencia, que hemos rechazado como definición
de la verdad, pero que puede servir con frecuencia como criterio. Un conjunto
de opiniones cada una de las cuales sea probable, si tienen una coherencia
mutua, llegan a ser más probables de lo que
sería cada
una individualmente. De este modo adquieren su probabilidad muchas
hipótesis científicas. Se organizan en un sistema
coherente de opiniones probables, y llegan, así, a ser más probables de lo que
serían aisladamente. Lo mismo se aplica a las hipótesis filosóficas generales.
Con frecuencia estas hipótesis pueden parecer muy dudosas en un caso
particular, mientras que, cuando consideramos el orden y la
coherencia
que introducen en una masa de opiniones probables, llegan a ser casi ciertas.
Esto se aplica, en particular, a materias como la de la distinción entre el
sueño y la vigilia. Si nuestros sueños, al pasar de una noche a otra, fuesen
tan coherentes como nuestros días, difícilmente sabríamos si hemos de creer en
los sueños o en la vida de vigilia. De este modo la prueba de la coherencia
condena los sueños y
confirma la
vida despierta. Pero esta prueba, aunque aumente la probabilidad cuando se
puede aplicar, no da jamás una certeza absoluta, salvo si hay ya una certeza
absoluta en algún punto del sistema coherente. Así, la simple organización de
la
87 88
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía Bertrand Russell Los problemas de la
filosofía
opinión probable no tendrá jamás, por sí misma, el
poder de transformarla en 14
conocimiento indubitable.
Los límites
del conocimiento filosófico
5 En todo lo
que hemos dicho hasta aquí sobre la filosofía, apenas hemos tocado
algunas
materias que ocupan mucho lugar en los escritos de la mayoría de los
filósofos.
La mayoría de los filósofos —o por lo menos muchos de ellos— se declaran
capaces de
probar, por un razonamiento metafísico a priori, ciertas cosas como los
dogmas
fundamentales de la religión, la racionalidad esencial del Universo, el
carácter
10 ilusorio
de la materia, la irrealidad de todo mal, y así sucesivamente. No cabe duda que
la esperanza
de hallar razones para creer proposiciones de esta clase ha sido la
principal
inspiración de muchos de los que han dedicado su vida al estudio de la
filosofía.
Yo creo que esta esperanza es vana. Parece que el conocimiento relativo al
Universo
como totalidad no puede ser obtenido por la metafísica, y que las pruebas
15 que
se han propuesto, según las cuales, en virtud de las leyes lógicas tales cosas
deben
existir y tales otras no, son incapaces de sobrevivir a un examen crítico. En
este
capítulo
consideraremos brevemente el camino por el cual se ha intentado este
razonamiento,
con el fin de descubrir si podemos esperar que sea válido.
El gran
representante, en los tiempos modernos, del modo de ver que vamos
20 a
examinar, ha sido Hegel (1770-1831). La filosofía de Hegel es muy difícil, y
los
comentadores
difieren sobre su verdadera interpretación. Según la interpretación que
adoptaremos,
que es la de muchos, si no de la mayoría de los comentadores, y que
tiene el
mérito de ofrecer un tipo de filosofía interesante e importante, su tesis
principal es
la de que toda parte de todo es evidentemente fragmentaria, e incapaz de
25 existir
sin el complemento que le presta el resto del mundo. Del mismo modo que en
anatomía
comparada, se ve, mediante un hueso aislado, la clase de animal a que ha
pertenecido
el conjunto, así ve el metafísico, según Hegel, mediante una pieza de la
realidad, lo
que ha de ser la realidad total, por lo menos en sus grandes líneas. Toda
pieza
aparentemente separada de la realidad, tiene, por decirlo así, garfios que la
30 agarran
a las piezas próximas: la pieza inmediata tiene, a su vez, nuevos ganchos, y
así
sucesivamente,
hasta llegar a la reconstrucción del Universo entero. Esta insuficiencia
esencial
aparece, según Hegel, lo mismo en el mundo del pensamiento que en el
mundo de las
cosas. En el mundo del pensamiento, si tomamos una idea abstracta o
incompleta,
hallamos, al examinarla, que si olvidamos su insuficiencia, nos hallamos
35 envueltos
en contradicciones; estas contradicciones cambian de idea en su opuesta,
o antítesis;
y para escapar de ella nos es preciso hallar una nueva idea, menos
incompleta,
que es la síntesis de nuestra idea originaria y de su antítesis. La nueva
89 90
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
idea, aunque menos incompleta que aquella de que
hemos partido, hallaremos, sin embargo, que no es del todo completa, sino que
pasa a una nueva antítesis, con la cual es preciso combinarla en una nueva
síntesis. Por este camino avanza Hegel hasta alcanzar la «idea absoluta», que,
según él, no es ya insuficiente, no tiene opuesto ni
necesita
ulteriores desenvolvimientos. Por consiguiente, la idea absoluta es adecuada
para representar la absoluta realidad; pero todas las ideas inferiores sólo
representan la realidad tal como aparece desde un punto de vista parcial, no
tal como es para quien contempla simultáneamente el todo. Así llega Hegel a la
conclusión de que la realidad absoluta forma un solo sistema armonioso, que no
está en el espacio ni en el tiempo,
ni contiene
el mal en ningún grado, completamente racional y espiritual. Si alguna
apariencia de lo contrario puede ser lógicamente demostrada en el mundo que
conocemos, es enteramente debido —cree Hegel— a nuestra visión fragmentaria del
Universo. Si conociéramos la totalidad universal, como podemos suponer que Dios
la ve, el espacio y el tiempo, la materia y el mal,
todas las pugnas y las luchas
desaparecerían
del mundo, y veríamos en su lugar una unidad espiritual, eterna, perfecta e
inmutable.
En esta concepción hay, indudablemente, algo
sublime, a lo cual desearíamos
otorgar nuestro asentimiento. No obstante, si
examinamos cuidadosamente los argumentos que la soportan, parecen envolver
mucha confusión y muchas
suposiciones
insostenibles. El dogma fundamental sobre el cual está construido el sistema es
que lo incompleto no puede subsistir por sí, sino que necesita el apoyo de
otras cosas para poder existir. Se sostiene que todo lo que tiene relaciones
con cosas exteriores a sí, debe contener en su propia naturaleza alguna
referencia a estas cosas exteriores, y, por consiguiente, no podría ser lo que
es si no existieran esas cosas. La
naturaleza
de un hombre, por ejemplo, está constituida por sus recuerdos, y el resto
de sus conocimientos, por sus amores y sus odios, y
así sucesivamente; así, sin los objetos que conoce, ama u odia, no podría ser
lo que es. Es esencial y evidentemente un fragmento; tomado como realidad total
sería contradictorio en sí.
Sin embargo, la totalidad de este punto de vista
gira en torno a la noción de
«naturaleza»
de una cosa, lo cual parece significar «todas las verdades sobre la cosa». No
cabe duda que una verdad que enlaza una cosa con otra no subsistiría si no
subsistiera la otra cosa. Pero una verdad sobre una cosa no forma parte de la
cosa misma, aunque sea preciso, según el uso seguido antes, que forme parte de
la «naturaleza» de la cosa. Si entendemos por «naturaleza» de una cosa todas
las
verdades
sobre esta cosa, es evidente que no podemos conocer esta «naturaleza» si no
conocemos todas las relaciones de la cosa con todas las cosas del Universo.
Pero si empleamos la palabra «naturaleza» en este sentido, habremos de decir
que la cosa
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
puede ser conocida sin que lo sea su naturaleza, o,
por lo menos, sin que lo sea completamente. Cuando se hace uso de la palabra
«naturaleza» se realiza una confusión entre el conocimiento de cosas y el
conocimiento de verdades. Podemos tener un conocimiento directo de una cosa,
aunque conozcamos sólo muy pocas
proposiciones
sobre ella, teóricamente no tendríamos necesidad de conocer una sola. Así, el
conocimiento directo de una cosa no implica el conocimiento de su «naturaleza»
en el sentido anterior. Y aunque el conocimiento directo de una cosa se halle
incluido en nuestro conocimiento de una proposición cualquiera sobre ella, no
está incluido en ella el conocimiento de su «naturaleza», en el sentido antes
expresado.
De ahí: 1º, el conocimiento directo de una cosa no implica lógicamente el
conocimiento de sus relaciones; 2º, el conocimiento de algunas de sus
relaciones no implica el conocimiento de todas ellas ni el conocimiento de su
naturaleza en el sentido anterior. Por ejemplo, puedo tener el conocimiento
directo de mi dolor de
muelas, y
este conocimiento puede
ser tan completo
como pueda serlo
un
conocimiento
de este género, sin saber lo que el dentista (que no lo conoce directamente)
pueda decirme sobre su causa, y sin conocer por consiguiente su «naturaleza» en
el sentido indicado antes. Así, el hecho de que una cosa tenía relaciones, no
prueba que estas relaciones sean lógicamente necesarias. Es decir, que por el
solo hecho de ser lo que es no puede deducirse que deba tener las relaciones
que, en
efecto tiene. Esto sólo parece seguirse porque lo conocemos ya.
De ahí se sigue que no podemos probar que el
Universo en su conjunto forme un único sistema armónico como lo cree Hegel. Y
si no podemos probar esto, no podemos probar tampoco la irrealidad del espacio
y el tiempo, de la materia y el mal, pues Hegel lo deduce del carácter
fragmentario y relativo de estas cosas. Así debemos
reducirnos a
la investigación fragmentaria del mundo, y somos incapaces de conocer
el carácter de aquellas partes del Universo que
permanecen alejadas de nuestra experiencia. Este resultado, por muy
desalentador que sea para aquellos cuyas esperanzas hayan sido suscitadas por
los sistemas de los filósofos, está en armonía con el temperamento inductivo y
científico de nuestra edad, y se halla confirmado por
el examen
del conocimiento humano que ha ocupado nuestros capítulos anteriores. La
mayoría de las grandes tentativas ambiciosas de los metafísicos han
procedido tratando de probar que tales o cuales
rasgos aparentes del mundo actual son contradictorios en sí, y por consiguiente
no pueden ser reales. No obstante, la tendencia del pensamiento moderno en su
totalidad se orienta cada vez más en la
dirección de
mostrar que las supuestas contradicciones eran ilusorias, y que muy poco puede
probarse a priori mediante consideraciones sobre lo que debe ser. El espacio y
el tiempo nos proporcionan una buena explicación de ello. El espacio y el
91 92
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
tiempo parecen ser infinitos en extensión e
infinitamente divisibles. Si nos trasladamos
lo largo de
una línea recta en una dirección cualquiera, es difícil creer que lleguemos a
alcanzar un punto final más allá del cual no haya nada ni aun el espacio vacío;
del mismo modo, si nos transportamos imaginariamente en una u otra dirección
del
tiempo, es
difícil creer que alcanzaremos un tiempo primero o último, más allá del cual no
haya ni tan siquiera un tiempo vacío. Así, el espacio y el tiempo parecen
infinitos en extensión.
Por otra parte, si tomamos dos puntos cualesquiera
sobre una línea, parece evidente que debe haber otros puntos entre ellos, por
muy pequeña que sea la
distancia
que los separa: cada distancia puede ser dividida en dos, y las mitades pueden
ser divididas de nuevo, y así ad infinitum. Del mismo modo en el tiempo, por
muy pequeño que sea el que transcurra entre dos momentos parece evidente que
habrá otros momentos entre ellos. Así, el espacio y el tiempo parecen ser
infinitamente
divisibles. Pero contra estos hechos aparentes —la
extensión infinita y la infinita
divisibilidad—
algunos filósofos han propuesto argumentos que tienden a demostrar que no es
posible la existencia de conjuntos infinitos de cosas y que, por consiguiente,
el número de puntos del espacio o de instantes en el tiempo debe ser finito.
Así surge una contradicción entre la naturaleza aparente del espacio y el
tiempo, y la supuesta imposibilidad de conjuntos
infinitos.
20 Kant,
que fue el primero en insistir sobre esta contradicción, dedujo de ella la
imposibilidad del espacio y el tiempo, y los declaró puramente subjetivos; y
luego muchos filósofos han creído que el espacio y el tiempo son meras
apariencias, que no pertenecen al mundo de lo que realmente es. Sin embargo,
hoy, gracias a los trabajos de los matemáticos, especialmente de Jorge Cantor,
se ha puesto de relieve que la
imposibilidad de
los conjuntos infinitos
era un error.
No son, en
efecto,
contradictorios entre sí, sino sólo contradictorios
con ciertos prejuicios mentales muy obstinados. Así, las razones para
considerar el espacio y el tiempo como irreales han perdido su eficacia, y se
ha secado una de las grandes fuentes de las construcciones metafísicas.
30 Sin
embargo, la matemática no se ha contentado con mostrar que el espacio, tal como
se supone ordinariamente ser, es posible; ha demostrado también que muchas
otras formas del espacio son igualmente posibles, hasta donde la lógica lo
puede probar. Algunos de los axiomas de Euclides, que parecen necesarios al
sentido común, y que eran en otro tiempo supuestos como necesarios por los
filósofos, son
muy
conocidos como algo que deriva su apariencia de necesidad de nuestra simple
familiaridad con el espacio actual, y no de un fundamento lógico a priori.
Imaginando mundos en los cuales estos axiomas fuesen falsos, los matemáticos
han empleado la
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
lógica para disipar los prejuicios del sentido
común, y mostrar la posibilidad de espacios que difieren más o menos de aquel
en el cual vivimos. Y algunos de estos espacios difieren tan poco del espacio
euclidiano, para distancias que podamos medir, que es imposible descubrir por
la observación si nuestro espacio es estrictamente
euclidiano,
o si es de alguna de esas otras especies. Así la posición se ha invertido
completamente. Parecía antes que la experiencia ofrecía a la lógica sólo una
clase de espacio, y la lógica mostraba que esa clase de espacio era imposible.
Ahora, la lógica presenta varias clases de espacios como posibles,
independientemente de la experiencia, y la experiencia decide sólo parcialmente
sobre ellos. Así, mientras que
nuestro
conocimiento de lo que es se ha hecho menor de lo que se había supuesto,
nuestro conocimiento de lo que puede ser ha aumentado enormemente. En lugar de
hallarnos encerrados entre estrechos muros, de los cuales podían ser explorados
todos los rincones y todas las grietas, nos hallamos en un mundo abierto, de
libres
posibilidades, en el cual queda mucho desconocido
porque hay mucho que conocer.
15 Lo
que ha ocurrido en relación con el espacio y el tiempo, ha sucedido también, en
una cierta medida, en otras direcciones. La tentativa de determinar el Universo
mediante principios a priori ha fracasado; la lógica, en lugar de ser, como
antes, una barrera para las posibilidades, se ha convertido en la gran
liberadora de la imaginación, presentando innumerables alternativas cerradas al
sentido común
irreflexivo
y dejando a la experiencia la tarea de decidir, cuando la decisión es posible,
entre los varios mundos que la lógica ofrece a nuestra elección. Así, el
conocimiento de lo que existe se halla limitado a lo que podemos aprender de la
experiencia, no a lo que podemos experimentar actualmente de un modo efectivo,
pues hemos visto que hay muchos conocimientos por referencia relativos a cosas
de las cuales no tenernos
la
experiencia directa. Pero en todos los casos de conocimiento por referencia
tenemos
necesidad de alguna conexión de universales que nos
permita inferir de tal o cual dato un objeto de una determinada especie como
implicado en aquel dato. Así, en lo que se refiere a los objetos físicos, por
ejemplo, el principio según el cual los datos de los sentidos son signos de
objetos físicos, es ya una conexión de universales; y sólo en
virtud de
este principio nos permite la experiencia adquirir un conocimiento de los
objetos físicos. Lo mismo se aplica a la ley de causalidad, o, para descender a
algo menos general, a principios como la ley de la gravitación.
Principios como la ley de la gravitación se prueban
o llegan a ser, más bien, altamente probables, mediante la combinación de la
experiencia con algún principio
totalmente a
priori, como el principio de la inducción. Así, nuestro conocimiento intuitivo,
que es la fuente de todo nuestro conocimiento de verdades, es de dos clases: el
conocimiento puramente empírico, que nos da cuenta de la existencia y de
93 94
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
algunas propiedades de las cosas particulares de
las cuales tenemos un conocimiento directo, y el conocimiento puramente a
priori, que nos da la conexión entre los universales y nos permite sacar
inferencias de los hechos particulares que nos da el conocimiento empírico.
Nuestro conocimiento derivado depende siempre de algún
conocimiento
puramente a priori, y usualmente depende también de algún conocimiento
puramente empírico.
Si lo que acabamos de decir es verdad, el
conocimiento filosófico no difiere esencialmente del conocimiento científico;
no hay fuente especial de sabiduría, abierta a la filosofía y no a la ciencia,
y los resultados obtenidos por la filosofía no son
radicalmente
diferentes de los obtenidos por la ciencia. La característica esencial de la
filosofía, que hace de ella un estudio distinto de la ciencia, es la crítica.
Examina críticamente los principios empleados en la ciencia y en la vida
diaria, inquiere las incongruencias que pueden hallarse en estos principios, y
sólo los acepta si, como
resultado de la investigación crítica, no aparece
razón alguna para rechazarlos. Si,
como muchos
filósofos han creído, los principios que sirven de base a la ciencia, una vez
libres de detalles inoportunos, fuesen capaces de darnos un conocimiento
relativo al Universo como un todo, este conocimiento tendría el mismo derecho a
nuestra creencia que el conocimiento científico, pero nuestra investigación no
ha revelado un conocimiento de este género, y, por consiguiente, su resultado
ha sido principalmente
negativo en
lo que se refiere a las doctrinas especiales de los metafísicos más audaces.
Pero en lo que se refiere a lo que se considera comúnmente como conocimiento,
nuestro resultado es fundamentalmente positivo. Rara vez hemos hallado, como
resultado de nuestra crítica, razón alguna para rechazar este conocimiento, ni
hemos visto razón alguna para suponer al hombre incapaz de la
especie de
conocimiento que cree generalmente poseer.
Por otra parte, cuando hablamos de la filosofía
como crítica del conocimiento, es necesario imponerle ciertas limitaciones. Si
adoptamos la actitud del completo escepticismo, colocándonos totalmente fuera
de todo conocimiento, y pedimos, desde esta posición exterior, ser compelidos a
entrar de nuevo en el círculo
del
conocimiento, nuestra demanda es imposible, y nuestro escepticismo no puede ser
refutado jamás. Pues toda refutación debe empezar por algún fragmento de
conocimiento del cual participen los que discuten: ninguna argumentación puede
iniciarse a partir de la simple duda. Así, la crítica del conocimiento que
emplea la filosofía, si se quiere llegar a algún resultado, no debe ser una
duda destructora.
Contra este
absoluto escepticismo no es posible presentar ningún argumento lógico. Pero no
es difícil ver que el escepticismo de esta especie no es razonable. La «duda
metódica» de Descartes, mediante la cual se inicia la filosofía moderna, no es
de esta
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
clase, sino más bien de la especie crítica que
hemos afirmado que constituye la esencia de la filosofía. Su «duda metódica»
consistía en dudar de todo lo que le parecía dudoso; en detenerse ante todo lo
que parecía ser una pieza del conocimiento, en preguntarse a sí mismo si,
mediante la reflexión, podía sentirse seguro de que
realmente lo
conocía. Esta es la especie de crítica que constituye la filosofía. Algunos
conocimientos, como el de la existencia de nuestros datos de los sentidos,
parecen absolutamente indubitables, por mucho que reflexionemos sobre ellos con
calma y a fondo. En relación con estos conocimientos, la crítica filosófica no
exige que nos abstengamos de creer. Pero hay creencias —corno, por ejemplo, la
de que los objetos
físicos son
exactamente semejantes a nuestros datos de los sentidos— que mantenemos hasta
el momento en que empieza la reflexión, pero que se desvanecen desde el momento
en que las sujetamos a una investigación estricta. La filosofía nos exigirá que
rechacemos estas creencias, salvo si hallamos otra serie de argumentos
que les sirvan de fundamento. Pero rechazar las
creencias que no aparecen abiertas
a ninguna
objeción, por muy ceñido que sea nuestro examen, no es razonable ni la
filosofía lo pide.
En una palabra, la crítica a que nos referimos no
es aquella que, sin razón,
decide rechazarlo todo, sino que considera cada
pieza del conocimiento aparente y sus títulos, y una vez terminada esta
consideración, conserva todo lo que sigue
apareciendo
como un conocimiento. Es preciso admitir que persiste algún riesgo de error,
puesto que el hombre es falible. La filosofía puede proclamar con justicia que
disminuye el riesgo de error, y en algunos casos lo hace tan pequeño que es
prácticamente despreciable. No es posible hacer más en un mundo donde es
necesario equivocarse; y ningún defensor prudente de la filosofía pretenderá
haberlo hecho.
95 96
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
15
El valor de la filosofía
Habiendo
llegado al final de nuestro breve resumen de los problemas de la filosofía,
bueno será considerar, para concluir, cuál es el valor de la filosofía y por
qué debe ser estudiada. Es tanto más necesario considerar esta cuestión, ante
el hecho de que muchos, bajo la influencia de la ciencia o de los negocios
prácticos, se inclinan a dudar que la filosofía sea algo más que una ocupación
inocente, pero frívola e inútil,
con
distinciones que se quiebran de puro sutiles y controversias sobre materias
cuyo conocimiento es imposible.
Esta opinión sobre la filosofía parece resultar, en
parte, de una falsa concepción de los fines de la vida, y en parte de una falsa
concepción de la especie
de bienes que la filosofía se esfuerza en obtener.
Las ciencias físicas, mediante sus
invenciones,
son útiles a innumerables personas que las ignoran totalmente: así, el estudio
de las ciencias físicas no es sólo o principalmente recomendable por su efecto
sobre el que las estudia, sino más bien por su efecto sobre los hombres en
general. Esta utilidad no pertenece a la filosofía. Si el estudio de la
filosofía tiene algún valor para los que no se dedican a ella, es sólo un
efecto indirecto, por sus efectos sobre
la vida de
los que la estudian. Por consiguiente, en estos efectos hay que buscar
primordialmente el valor de la filosofía, si es que en efecto lo tiene.
Pero ante todo, si no queremos fracasar en nuestro
empeño, debemos liberar
nuestro espíritu de los prejuicios de lo que se
denomina equivocadamente «el hombre práctico». El hombre «práctico», en el uso
corriente de la palabra, es el que sólo
reconoce
necesidades materiales, que comprende que el hombre necesita el alimento
del cuerpo, pero olvida la necesidad de procurar un
alimento al espíritu. Si todos los hombres vivieran bien, si la pobreza y la
enfermedad hubiesen sido reducidas al mínimo posible, quedaría todavía mucho
que hacer para producir una sociedad estimable; y aun en el mundo actual los
bienes del espíritu son por lo menos tan
importantes
como los del cuerpo. El valor de la filosofía debe hallarse exclusivamente
entre los bienes del espíritu, y sólo los que no son indiferentes a estos
bienes pueden llegar a la persuasión de que estudiar filosofía no es perder el
tiempo.
La filosofía, como todos los demás estudios, aspira
primordialmente al conocimiento. El conocimiento a que aspira es aquella clase
de conocimiento que nos
da la unidad
y el sistema del cuerpo de las ciencias, y el que resulta del examen crítico
del fundamento de nuestras convicciones, prejuicios y creencias. Pero no se
puede sostener que la filosofía haya obtenido un éxito realmente grande en su
intento de
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
proporcionar una respuesta concreta a estas
cuestiones. Si preguntamos a un matemático, a un mineralogista, a un
historiador, o a cualquier otro hombre de ciencia, qué conjunto de verdades
concretas ha sido establecido por su ciencia, su respuesta durará tanto tiempo
como estemos dispuestos a escuchar. Pero si hacemos la misma
pregunta a
un filósofo, y éste es sincero, tendrá que confesar que su estudio no ha
llegado a resultados positivos comparables a los de las otras ciencias. Verdad
es que esto se explica, en parte, por el hecho de que, desde el momento en que
se hace posible el conocimiento preciso sobre una materia cualquiera, esta
materia deja de ser denominada filosofía y se convierte en una ciencia
separada. Todo el estudio del cielo,
que
pertenece hoy a la astronomía, antiguamente era incluido en la filosofía; la
gran obra de Newton se denomina Principios matemáticos de la filosofía natural.
De un modo análogo, el estudio del espíritu humano, que era, todavía
recientemente, una parte de la filosofía, se ha separado actualmente de ella y
se ha convertido en la
ciencia psicológica. Así, la incertidumbre de la
filosofía es, en una gran medida, más
aparente que
real; los problemas que son susceptibles de una respuesta precisa se han
colocado en las ciencias, mientras que sólo los que no la consienten
actualmente quedan formando el residuo que denominamos filosofía.
Sin embargo, esto es sólo una parte de la verdad en
lo que se refiere a la
incertidumbre de la filosofía. Hay muchos problemas
—y entre ellos los que tienen un
interés más
profundo para nuestra vida espiritual— que, en los límites de lo que podemos
ver, permanecerán necesariamente insolubles para el intelecto humano, salvo si
su poder llega a ser de un orden totalmente diferente de lo que es hoy. ¿Tiene
el Universo una unidad de plan o designio, o es una fortuita conjunción de
átomos? ¿Es la conciencia una parte del Universo que da la esperanza de un
crecimiento
indefinido
de la sabiduría, o es un accidente transitorio en un pequeño planeta en el
cual la vida acabará por hacerse imposible? ¿El
bien y el mal son de alguna importancia para el Universo, o solamente para el
hombre? La filosofía plantea problemas de este género, y los diversos filósofos
contestan a ellos de diversas maneras. Pero parece que, sea o no posible
hallarles por otro lado una respuesta, las que propone la
filosofía no
pueden ser demostradas como verdaderas. Sin embargo, por muy débil que sea la
esperanza de hallar una respuesta, es una parte de la tarea de la filosofía
continuar la consideración de estos problemas, haciéndonos conscientes de su
importancia, examinando todo lo que nos aproxima a ellos, y manteniendo vivo
este interés especulativo por el Universo, que nos expondríamos a matar si nos
limitáramos
al
conocimiento de lo que puede ser establecido mediante un conocimiento
definitivo. Verdad es que muchos filósofos han pretendido que la filosofía
podía
establecer la verdad de determinadas respuestas sobre estos problemas
97 98
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
fundamentales. Han supuesto que lo más importante
de las creencias religiosas podía ser probado como verdadero mediante una
demostración estricta. Para juzgar sobre estas tentativas es necesario hacer un
examen del conocimiento humano y formarse una opinión sobre sus métodos y
limitaciones. Sería imprudente pronunciarse
dogmáticamente
sobre estas materias; pero si las investigaciones de nuestros capítulos
anteriores no nos han extraviado, nos vemos forzados a renunciar a la esperanza
de hallar una prueba filosófica de las creencias religiosas. Por lo tanto, no
podemos alegar como una prueba del valor de la filosofía una serie de
respuestas a estas cuestiones. Una vez más, el valor de la filosofía no puede
depender de un
supuesto
cuerpo de conocimientos seguros y precisos que puedan adquirir los que la
estudian.
De hecho, el valor de la filosofía debe ser buscado
en una, larga medida en su real incertidumbre. El hombre que no tiene ningún
barniz de filosofía, va por la vida
prisionero de los prejuicios que derivan del
sentido común, de las creencias habituales
en su tiempo
y en su país, y de las que se han desarrollado en su espíritu sin la
cooperación ni el consentimiento deliberado de su razón. Para este hombre el
mundo tiende a hácerse preciso, definido, obvio; los objetos habituales no le
suscitan problema alguno, y las posibilidades no familiares son desdeñosamente
rechazadas. Desde el momento en que empezamos a filosofar, hallamos, por el
contrario, como
hemos visto
en nuestros primeros capítulos, que aun los objetos más ordinarios conducen a
problemas a los cuales sólo podemos dar respuestas muy incompletas. La
filosofía, aunque incapaz de decirnos con certeza cuál es la verdadera
respuesta a las dudas que suscita, es capaz de sugerir diversas posibilidades
que amplían nuestros pensamientos y nos liberan de la tiranía de la costumbre.
Así, el disminuir
nuestro
sentimiento de certeza sobre lo que las cosas son, aumenta en alto grado
nuestro conocimiento de lo que pueden ser; rechaza
el dogmatismo algo arrogante de los que no se han introducido jamás en la
región de la duda liberadora y guarda vivaz nuestro sentido de la admiración,
presentando los objetos familiares en un aspecto no familiar.
30 Aparte
esta utilidad de mostrarnos posibilidades insospechadas, la filosofía tiene un
valor —tal vez su máximo valor— por la grandeza de los objetos que contempla, y
la liberación de los intereses mezquinos y personales que resultan de aquella
contemplación. La vida del hombre instintivo se halla encerrada en el círculo
de sus intereses privados: la familia y los amigos pueden incluirse en ella,
pero el resto
del mundo no
entra en consideración, salvo en lo que puede ayudar o entorpecer lo que forma
parte del círculo de los deseos instintivos. Esta vida tiene algo de febril y
limitada. En comparación con ella, la vida del filósofo es serena y libre. El
mundo
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
privado, de los intereses instintivos, es pequeño
en medio de un mundo grande y poderoso que debe, tarde o temprano, arruinar
nuestro mundo peculiar. Salvo si ensanchamos de tal modo nuestros intereses que
incluyamos en ellos el mundo entero, permanecemos como una guarnición en una
fortaleza sitiada, sabiendo que el
enemigo nos
impide escapar y que la rendición final es inevitable. Este género de vida no
conoce la paz, sino una constante guerra entre la insistencia del deseo y la
importancia del querer. Si nuestra vida ha de ser grande y libre, debemos
escapar, de uno u otro modo, a esta prisión y a esta guerra.
Un modo de escapar a ello es la contemplación
filosófica. La contemplación
filosófica,
cuando sus perspectivas son muy amplias, no divide el Universo en dos campos
hostiles: los amigos y los enemigos, lo útil y lo adverso, lo bueno y lo malo;
contempla el todo de un modo imparcial. La contemplación filosófica, cuando es
pura, no intenta probar que el resto del Universo sea afín al hombre. Toda
adquisición de
conocimiento es una ampliación del yo, pero esta
ampliación es alcanzada cuando no
se busca
directamente. Se adquiere cuando el deseo de conocer actúa por sí solo,
mediante un estudio en el cual no se desea previamente que los objetos tengan
tal o cual carácter, sino que el yo se adapta a los caracteres que halla en los
objetos. Esta ampliación del yo no se obtiene, cuando, partiendo del yo tal
cual es, tratamos de mostrar que el mundo es tan semejante a este yo, que su
conocimiento es posible sin
necesidad de
admitir nada que parezca serle ajeno. El deseo de probar esto es una forma de
la propia afirmación, y como toda forma de egoísmo, es un obstáculo para el
crecimiento del yo que se desea y del cual conoce el yo que es capaz. El
egoísmo, en la especulación filosófica como en todas partes, considera el mundo
como un medio para sus propios fines; así, cuida menos del mundo que del yo, y
el yo pone límites
a la
grandeza de sus propios bienes. En la contemplación, al contrario, partimos del
no
yo, y mediante su grandeza son ensanchados los
límites del yo; por el infinito del Universo, el espíritu que lo contempla
participa un poco del infinito.
Por esta razón, la grandeza del alma no es
favorecida por esos filósofos que asimilan el Universo al hombre. El
conocimiento es una forma de la unión del yo con
el no yo;
como a toda unión, el espíritu de dominación la altera y, por consiguiente,
toda tentativa de forzar el Universo a conformarse con lo que hallamos en
nosotros mismos. Es una tendencia filosófica muy extendida la que considera el
hombre como la medida de todas las cosas, la verdad hecha para el hombre, el
espacio y el tiempo, y los universales como propiedades del espíritu, y que, si
hay algo que no ha sido
creado por
el espíritu, es algo incognoscible y que no cuenta para nosotros. Esta opinión,
si son correctas nuestras anteriores discusiones, es falsa; pero además de ser
falsa, tiene por efecto privar a la contemplación filosófica de todo lo que le
da valor,
99 100
Bertrand Russell Los problemas de la filosofía
puesto que encadena la contemplación al yo. Lo que
denomina conocimiento no es una unión con el yo, sino una serie de prejuicios,
hábitos y deseos que tejen un velo impenetrable entre nosotros y el mundo
exterior. El hombre que halla complacencia en esta teoría del cono cimiento es
como el que no abandona su círculo doméstico por
temor a que
su palabra no sea ley.
La verdadera contemplación filosófica, por el
contrario, halla su satisfacción en toda ampliación del no yo, en todo lo que
magnifica el objeto contemplado, y con ello el sujeto que lo contempla. En la
contemplación, todo lo personal o privado, todo lo que depende del hábito, del
interés propio o del deseo perturba el objeto, y, por
consiguiente,
la unión que busca el intelecto. Al construir una barrera entre el sujeto y el
objeto, estas cosas personales y privadas llegan a ser una prisión para el
intelecto. El espíritu libre verá, como Dios lo pudiera ver, sin aquí ni ahora
, sin esperanza ni temor —fuera de las redes de las creencias habituales y de
los prejuicios
tradicionales —serena, desapasionadamente, y sin otro deseo que el del
conocimiento,
casi un conocimiento impersonal, tan puramente contemplativo como sea posible
alcanzarlo para el hombre. Por esta razón también, el intelecto libre apreciará
más el conocimiento abstracto y universal, en el cual no entran los accidentes
de la historia particular, que el conocimiento aportado por los sentidos, y
dependiente, como es forzoso en estos conocimientos, del punto de vista
exclusivo
y personal,
y de un cuerpo cuyos órganos de los sentidos deforman más que revelan. El
espíritu acostumbrado a la libertad y a la imparcialidad de la contemplación
filosófica, guardará algo de esta libertad y de
esta imparcialidad en el mundo de la acción y de la emoción. Considerará. sus
proyectos y sus deseos como una parte de un todo, con la ausencia de
insistencia que resulta de ver que son fragmentos
infinitesimales
en un mundo en el cual permanece indiferente a las acciones de los
hombres. La imparcialidad que en la contemplación
es el puro deseo de la verdad, es la misma cualidad del espíritu que en la
acción se denomina justicia, y en la emoción es este amor universal que puede
ser dado a todos y no sólo a aquellos que juzgamos útiles o admirables. Así, la
contemplación no sólo amplia los objetos de nuestro
pensamiento,
sino también los objetos de nuestras acciones y afecciones; nos hace ciudadanos
del Universo, no sólo de una ciudad amurallada, en guerra con todo lo demás. En
esta ciudadanía del Universo consiste la verdadera libertad del hombre, y su
liberación del vasallaje de las esperanzas y los temores limitados.
Para resumir nuestro análisis sobre el valor de la
filosofía: la filosofía debe ser
estudiada,
no por las respuestas concretas a los problemas que plantea, puesto que, por lo
general, ninguna respuesta precisa puede ser conocida como verdadera, sino más
bien por el valor de los problemas mismos; porque estos problemas amplían nuestra
concepción de lo posible, enriquecen nuestra imaginación intelectual y
disminuyen la seguridad dogmática que cierra el espíritu a la investigación;
pero, ante todo, porque por la grandeza del Universo que la filosofía
contempla, el espíritu se hace a su vez grande, y llega a ser capaz de la unión
con el Universo que constituye
su supremo
bien.

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