© Libro N° 7624. Biblia Non Sacra. Saura Garre,
Carlos. Emancipación. Agosto 8 de 2020.
Título original: © Biblia
Non Sacra. Carlos Saura Garre
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Non Sacra. Carlos Saura Garre
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BIBLIA NON SACRA
Carlos Saura Garre
Biblia Non Sacra
Carlos Saura Garre
Biblia Non Sacra
Carlos Saura Garre
carlosaura06@terra.es
Cuando alguien afirma que le parece que la Biblia
fue es-crita por seres humanos —seres falibles que se equivocaron en esto y lo
otro—, podrá contar con ser vilipendiado por un gran número de personas,
esencialmente ignoran-tes de los hechos, y poca gente se interesará por sufrir
tal acoso.
Isaac Asimov:
—He oído decir que usted no cree en la sacralidad
de la Biblia.
—Cierto.
—Y que está dispuesto a probar que Dios no ha
intervenido en su composición.
—En efecto.
—Pues usted es tonto de remate.
—¿Y eso?
—¿No ha caído en la cuenta de que esa prueba es
innecesaria?
—¿Por qué?
—Porque es evidente que ese libro, cualquier libro,
no puede pro-venir de la divinidad, y las cosas evidentes no necesitan ser
proba-das.
—¡Ah! Vaya. Y si es tan evidente, ¿cómo es que
millones de per-sonas no se dan cuenta? ¿O tal vez hay cosas que resultan
eviden-tes para unos y no para otros? ¿Es eso posible?
—Por lo visto, sí.
—Entonces, no es superfluo probar que tal cosa no
es cierta.
—De todas formas, es innecesario.
—Y dale.
—¿No se ha dado cuenta de que la afirmación
"la biblia es un libro inspirado por dios" es totalmente gratuita?
—Ya. No hay forma de probarlo.
—Pues con eso basta. Por otra parte, ¿a usted qué
demonios le importa? Deje que piensen lo que quieran. Usted no tiene otra cosa
que hacer más sencilla que ignorarlos.
—De buena gana, amigo, de buena gana. Pero hay un
problema. Los creyentes se han apoyado en esos libros para cometer los
crí-menes más deleznables contra la humanidad. Hoy mismo, y ya es-tamos en el
año 2008, los gobiernos de Israel siguen machacando a los palestinos con la
excusa de defender la tierra que Yahvé les regaló, según dice la dichosa
Biblia.
—Pero eso lo dicen los fundamentalistas hebreos,
hay otras cues-tiones políticas…
—Sí, claro, la política, la economía, el miedo a
ser atacados, pero todo eso viene desde que se instauró el Estado israelí, nada
menos que en 1947, impulsado por los sionistas. Además, la Biblia nos arrastró
a las guerras santas, las guerras de religión, la pena de muerte, las
persecuciones a la religión y la cultura pagana, y de toda la América recién
descubierta, y las matanzas ocasionadas por las Cruzadas, los crímenes de la
Inquisición, las quemas de brujas… No puedo olvidarme de toda esa mierda.
—Don Quijote de la Mancha desfaciendo los entuertos
del pasa-do.
—Por otra parte, los creyentes dedican mucho tiempo
de sus vidas a tratar de convencer a los demás: escriben en todos los me-dios
posibles, van por las casas incordiando a la gente, tienen estaciones
radiofónicas, predican en la televisión… ¿Por qué no puedo yo expresar mis
convicciones con la misma libertad?
—Entonces, ¿está decidido?
—Escuche. Si ellos están tan empeñados en hacer
prosélitos, y las leyes les protegen, yo también tengo derecho a decirles, por
todos los medios a mi alcance, que están equivocados, que Dios nunca les ha
dicho ni pío, que si quieren armar guerras y matar gen-te, que no se apoyen en
las Escrituras sino en su propia maldad, que se han portado pero que muy mal a
lo largo de toda la Historia.
—¿Y por qué no se limita usted a exigir a los
creyentes que de-muestren que Dios inspiró a los autores de esos libros? Como
no lo pueden hacer, pues se acabó el problema.
—Es que, ¿sabe usted?, tengo pruebas que son la
rehostia, y los voy a dejar en cueros.
—Es usted muy malo.
—Ya tendrá noticias mías, querido señor.
—¿Y cuándo será eso?
—Dentro de un mes, se lo prometo.
—Bien, pues arrivaderchi.
—Orvuá.
UN MES MÁS
TARDE
—¿Y bien? ¿Terminó
su trabajo?
—Finito, listo, ya.
—Parece muy satisfecho.
—He dejado a judíos y cristianos en pelotas.
—¿Y ha tardado todo un mes?
—Sí, pero en realidad no ha sido demasiado difícil.
—¿Y eso?
—Verá. Me he limitado al Antiguo Testamento. Y,
¡vualá!
—Pero, ¿y los cristianos?
—Escuche, compadre, como diría Fernando Vallejo: El
Nuevo Testamento, exclusivo de los cristianos, tiene su fundamento en la Biblia
hebrea. Si ésta no es sagrada, el otro tampoco.
—Ya. Cuando los fundamentos desaparecen, todo el
edificio se viene abajo.
—Exactamente. No hay necesidad de meterse con los
cristianos, pobrecillos, que cargaron con las pesadas escrituras judías porque
no tenían más remedio.
—Bueno, ya va siendo hora de que me hable de esas
pruebas, estoy ansioso de curiosidad.
—Tranquilo, no me atosigue.
—Tómese el tiempo que quiera, no tengo nada mejor
que hacer.
—Es que antes tengo que decir un par de cosas.
—Usted verá. Usted es el autor.
—Cuando los creyentes afirman que las Escrituras
son "sagradas" quieren decir que en esos libros está lo que llaman la
Palabra de Dios, o sea, que él es el verdadero y más importante autor de
cuan-do allí se dice. Y para sostener tamaña afirmación se ven obligados a
inventar una palabreja: inspiración.
—Suena a respirar: inspiración, expiración.
—Pues sí, es eso. Como si Dios hubiera soplado a
ciertas perso-nas para que escribieran lo que a él le interesaba.
—¿Se sabe, pues, cuáles son los temas que le
interesan a una divinidad?
—Por supuesto, señor ignorante, no hay más que leer
la Biblia para estar informado. Lo que sucede, sin embargo, es algo
compli-cado.
—Lo que a Dios le interesa no es lo mismo para los
hebreos que para los cristianos. Y puestos ya a redondear la cosa, ni para los
musulmanes, que también dependen, al menos en parte, del Libro famoso.
—Pues mal empezamos.
—Vamos, compadre, ¿por qué cree usted que esas tres
tribus se han llevado tan mal durante tanto tiempo?
—¿Y todo, incluyendo guerras y trifulcas, por eso
de soplar Dios?
—Ya se lo dije: el Libro nos ha traído muchos
disgustos a los hu-manos. Porque lo de la inspiración, que nadie sabe como
funciona…
—Lo sabrán los teólogos que lo han inventado.
—No, ni ellos, se lo digo yo, que los he leído.
Pues ese soplo, como le decía, es necesario para que se exprese, por escrito,
la palabra divina que, en resumen, no es otra cosa que ciertas verda-des que a
Dios le interesa que les interese a los creyentes.
—Dígame, ¿a qué viene tanto interés por parte de
uno y otros?
—Porque son verdades muy importantes, tanto que de
ellas de-pende nuestra salvación definitiva, nada menos. Y esas verdades, como
también le decía, son diferentes para cada una de las tres religiones.
—¿Por ejemplo?
—¿Puede interesarles a los hebreos esa verdad que
los cristianos llaman el Santísimo Misterio de la Santísima Trinidad? Pues no.
Por consiguiente, Yahvé nunca habló de ello. Los musulmanes piensan lo mismo,
desde luego. En realidad, a los hebreos Yahvé les reveló cuatro verdades y
media. Que si era el Creador de todo lo que existe y a nosotros nos hizo a su
imagen y semejanza, que si pactó una alianza con el pueblo hebreo después de
elegirlo entre otros muchos y les prometió tierra y descendencia, que si debemos
ofrecerle sacri-ficios de animales, que es un Dios lleno de amor y
misericordia, pero también es colérico y justiciero; que más que los
sacrificios prefiere un corazón puro; que hay que ayudar a los huérfanos y a
las viudas, y no dejar a un lado al pobre que necesite de tu ayuda, porque, y
esto es lo más importante, es bueno querer a los demás como nos queremos a
nosotros mismos; que si hay que dedicarle el sábado y no trabajar ese día, que
si los justos serán recompensados con una descendencia larguísima. Y los diez
Mandamientos, claro, que, por cierto, se pueden reducir a dos, como decía el
mismísimo Jesús: Amarás a Dios con todo tu corazón y a los demás como a ti
mismo.
—Vaya, parecen más de cuatro verdades. Además, se
ha olvida-do usted de los ángeles y los demonios.
—Exacto. Pero ésa es una revelación innecesaria, es
un prés-tamo. Dios no creó a los ángeles, ni el infierno ni a los diablos, esas
creencias formaban parte ya de la literatura religiosa pagana y judía, y la
comparten otros muchos creyentes, como los musulmanes, los budistas, etc.
—¿Dios copiaba de otros?
—Pero hay más. Dios co-piaba para los suyos algunas
cosas que habían inventado otros, como el diluvio, la creación del hom-bre a
partir del barro, el árbol de la ciencia del bien y del mal, la idea del
sacrificio como reconocimiento de la soberanía divina, la poligamia, la
circuncisión, los contratos de vasalla-je, el más allá como encuentro feliz con
la divinidad, y un largo etcétera que no le cuento para no cansarle.
—Si todo eso es cierto…
—Vaya, ¿lo duda? Pues cuanto le he dicho lo he
sacado de las notas a pie de página de una biblia católica y apostólica. Tengo
co-
mo norma inviolable el no inventarme nada. Mire,
como ejemplo ejemplar, lo que se dice acerca de la muerte del gran patriarca en
esa Biblia: "Abraham fue a unirse con sus antepasados", es una frase
que se refiere a la morada de los muertos, concebida por los hebreos, antes de
la plena revelación del más allá, como una man-sión sombría de semivida".
—¿Y eso de la plena revelación?
—Pues que los cristianos, como no entienden muy
bien su Biblia, lo explican diciendo que las verdades nos fueron reveladas poco
a poco, de forma pedagógica, como el maestro explica las cosas a los niños
según su edad.
—Y en aquellos tiempos, los pobres hebreos eran muy
infantiles todavía para entender ciertas cosas, así que Dios tuvo que esperar a
que crecieran para aclararles las cosas definitivamente.
—Eso es así para los teólogos. La poligamia, por
ejemplo, es consentida en los tiempos patriarcales porque esa era la costumbre;
Yahvé la aceptó y la dio por válida, jamás la cuestionó. Pero las cosas
cambiaron con el paso del tiempo, y a estos cambios se les llama
"revelatio plena", así, en latín.
—Vaya por Dios, ¿está usted presumiendo?
—No, hombre, no, es latín de bachillerato. Cuando
Dios revela la existencia de ángeles y demonios y de otra vida tras la muerte,
ese momento coincide, ¡qué coincidencia más milagrosa!, con el tiempo en que
los israelitas habían aprendido tales cosas de sus pueblos vecinos, incluso de
la religión de Zoroastro, cuyos últimos ramalazos aún se conservaban entre los
babilonios donde los hebreos fueron deportados.
—Pero bueno, ¿y de dónde se han sacado semejante
interpreta-ción?
—Querido amigo, ¿no sabe usted, ignorante donde los
haya, que los teólogos hacen encajes de bolillos para explicar lo inexplicable?
Ellos leen el Libro hebreo y se encuentran con un problema: en cier-tos lugares
se dice que después de la muerte no hay nada más, pero en otros se afirma que
sí, que lo hay. Solución: Dios revela sus verdades según la situación, al
principio bastaba con revelar que tras la muerte sólo está el sheol, lugar un
tanto siniestro donde las almas son como zombis, pero más tarde fue necesario
aclararles a los judíos que Dios les esperaba personalmente. A eso lo llaman
pedagogía divina. Se lo acabo de decir.
—No puede negarse, es una solución ingeniosa.
—Luego, a los cristianos se lo reveló todo de una
vez y para siempre: en Jesús el Cristo, que Dios lo tenga en su santa gloria,
se cumplieron todas las promesas que el viejo Yahvé les había hecho a su pueblo
elegido. Mentira, como puede usted ver si lee las Escritu-ras antiguas, que
sólo hablan de promesas terrenales y…
—¿Pero no había usted prometido que a los
cristianos no los iba a bombardear?
—Cierto, cierto. Volvamos donde estábamos.
—Compadre, íbamos por aquello de las verdades
reveladas que exigen una inspiración directa de la divinidad.
—Eso es. Bueno, pues quería decirle que si
examinamos la for-ma en que la vieja Biblia se escribió, toda esa historia de
la inspi-ración—revelación se convierte en humo, ¡puff!, desaparece.
—¿Y sólo con indagar en la misma Biblia? No me lo
creo.
—Pues atienda, señor incrédulo. Prepárese para
escuchar una de las historias más rocambolescas acerca del modo en que se ha
es-crito un libro… a través de los siglos.
—¿Tanto?
—Eso dicen los biblistas, hebreos o cristianos,
católicos o protes-tantes. Todos están de acuerdo: Si empezamos a contar desde
el siglo X antes de Cristo, tiempo en el que se cree que se empezó a escribir,
hasta el año 200, también antes de Cristo, en que, dicen, se escribió el
último, ¡unos ochocientos años tardaron los autores hu-manos en redactar las
Escrituras hebreas! Y eso sin contar, que no se sabe, ni se sabrá, el tiempo en
que los relatos bíblicos no eran más que cháchara al calor de la lumbre. Dicho
de otro modo: la transmisión oral, cuando un anciano analfabeto, o muchos, cuya
ocupación consistía en llevar rebaños de ovejas de un lado a otro, contaban
historias e historietas a sus nietos sobre los tiempos anti-guos de la tribu.
—Ochocientos años es mucho tiempo el que se tomó
Nuestro Señor para revelarse a los humanos, me parece.
—Pero la cosa es mucho más complicada. Verá, se ha
descubier-to que la mayoría de los libros de la Biblia hebrea fueron escritos a
trozos redactados por autores diferentes, ¡y en tiempos y lugares diferentes!
Por ejemplo, los cinco libros de la Ley fueron redactados por cuatro
individuos, y ninguno de ellos era Moisés, el que todos los hebreos, incluido
el mismo Jesús, tomaban como el verdadero y único autor.
—Saltar de uno a cuatro es una pasada.
—A esos cuatro autores se les llamó el yahvista, el
elohista, el sacerdotal y el deuteronomista. Los tres primeros escribieron los
cuatro primeros libros, y el último, el Deuteronomio. Pero la verdad es que el
sacerdotal fue el último en escribir. Se sorprenderá usted si le digo que éste
es el que escribió el famoso principio de la Biblia: la historia de la Creación
en siete días.
—Los últimos serán los primeros.
—Pasado un tiempo, alguien juntó el texto de la
fuente yahvista con el del elohista, algo así como lo que hoy llamamos un
editor, y ya tenemos un documento, el más antiguo, que seguro circulaba, con
ayuda de los copistas, para que los piadosos lo leyeran. Pero, ¡cuidado,
aquella primera Escritura empezaba con el relato de la Creación que ahora está
en el capítulo segundo de Génesis! Los primitivos lectores no pudieron saber,
por ejemplo, que Dios había creado también el firmamento.
—Entendido. ¿Y después qué pasó en ese trajín
humano— divino?
—Pues que el deuteronomista resultó ser también el
autor de otros seis libros, Josué, Jueces, los dos de Samuel y los dos de
Reyes, que en las Biblias actuales, por cierto, van detrás del Deute-ronomio.
—Qué prolífico el hombre, o quienes fuesen. ¿Pero
no resulta algo pesado el estudio de todas estas extrañas vicisitudes
literarias?
—Pero nos aclaran muchas cosas. Ahí tiene usted los
salmos, todos metiditos en un solo libro, como si los hubiera escrito la misma
persona. Pero aquí, en el libro de los salmos, ocurre igual que en toda la
Escritura en su conjunto: alguien decidió juntar trozos, luego vino otro
alguien y juntó otros pedazos de revelación. Dicen los en-tendidos que incluso
el libro del profeta Abdías, que sólo tiene una página, es una combinación de
piezas de dos autores. ¡Y no se olvi-de del famoso Isaías! Él solito tiene todo
un libro con 66 capítulos, pero sólo escribió del 1 al 39. Luego, más tarde en
el tiempo, quizás más de un siglo, alguien escribió una segunda parte, y, por
último, otro alguien redactó la tercera. Pero no importa, estos otros dos son
"isaianos", o séase, discípulos de Isaías, aunque lejanos. Y todos
tan contentos.
—Muy original esa forma de escribir.
—Eso no es nada. Escuche. La narración del diluvio
es en reali-dad el puzle de dos narraciones distintas del diluvio.
—Oiga, oiga, no creo que Nuestro Señor se
entretenga en esas cosas tan humanas y livianas.
—No fue él, no sea malpensado, fue el primer
editor, el que juntó al yahvista con el elohista. Se encontró con esas dos
historias y, ¿qué hizo?, las recortó en trocitos y los mezcló con tal
diligencia y sabiduría que nadie se dio cuenta durante siglos, y lo mismo
ocurrió con otras historias. Claro que se le veía el culo, y en estos tiempos
de estudiosos entrometidos todo se descubrió.
—¿Y a Dios no le importó que aquel individuo jugara
con su divi-na Palabra?
—Quizás le sopló para que desconstruyera y volviera
a construir la historia. Y no se olvide del último redactor—editor, que de todo
hizo. Él fue quien dejó las Escrituras hebreas tal y como ahora se encuentran
en las biblias que venden las librerías.
—¿Hay más libros por ahí?
—En la Biblia hebrea, treinta y cuatro en total.
—¿Por qué dice en la Biblia hebrea?
—Porque en las biblias católicas hay más.
—¿Y eso?
—Ya se lo contaré. De momento, observe lo que tuvo
que hacer Yahvé para dirigir el rayo de su inspiración. Empezó soplando al
viejecito aquel que transmitía de viva voz antiguas historias para que las
contara sin error. Y no sería uno solo, por supuesto. Si no lo hubiera hecho,
quienes las pusieron por escrito se habrían equivo-cado, o se hubiera visto
obligado, Dios, a decirles que corrigieran esto o aquello, que el viejito
andaba chocheando. Tal vez tuvo que soplarle a los primeros escritores para que
seleccionaran lo que oían: esto no tiene relevancia, déjalo, esto otro es muy
interesante, escribe.
—A Dios no le costaría mucho, pienso…
—Pero, dígame: ¿por qué se dedicó a iluminar a
tanta gente de tantos lugares y épocas diferentes para que escribieran lo que
que-ría decir cuando podía haberlo hecho a uno solo y todo de una vez? Fíjese
en Alá, el Dios de los musulmanes, qué bien lo hizo: Le habló a una sola
persona, el Profeta, que Dios lo tenga en su santa gloria, y cuando él murió se
acabaron las revelaciones. Un solo libro, un solo autor humano.
—Los designios de Dios son inescrutables. Escribe
con renglones torcidos. Punto.
—Por supuesto. Cuando algo no se puede explicar,
uno escapa por la tangente a toda velocidad. Pero comprenderá que, para los
humanos, una carta, misiva, mensaje, libro, o lo como quiera llamarlo, de
tantísima importancia, redactado en una forma tan complica-da, es lo menos
indicado. Y ya veremos, para más complicación, que, por lo visto, a Yahvé
también le interesaba que se escribieran muchas historias que nada tienen que
ver con esas importantísimas verdades, así que el Libro acabó siendo un relato
de los orígenes y desarrollo del pueblo hebreo en lugar de una misiva directa.
Así que la cosa ha quedado clara: Dios eligió el medio más enrevesado,
engorroso, arriesgado y absurdo para revelar cuatro verdades que se escriben en
un periquete. Por lo tanto, la Biblia hebrea no es más que una narración humana
acerca de los avatares de un pueblo determinado.
—No cante victoria, querido amigo, los teólogos
seguro que tie-nen una explicación para todo eso.
—Délo por hecho. Pero no pueden negar que en la
Palabra de Dios, en lugar de verdades reveladas, sólo encontramos confusio-nes
e incertidumbres en forma de errores, contradicciones y anacro-nismos de
difícil explicación.
—O sea, que el Libro hebreo no está nada claro.
—Si fuese claro, sobrarían tantas explicaciones,
aclaraciones e interpretaciones a lo largo de los siglos, y no solo por parte
de los cristianos, que los rabinos judíos también se pasaron. Y la prueba más
definitiva de la falta de claridad de la Biblia es el hecho de que, dentro del
judaísmo y del cristianismo, no han conseguido, después de tanto tiempo,
ponerse de acuerdo totalmente en lo que dice, por lo que el dicho Libro seguirá
siendo culpable de tanta controversia, arrebatos y guerras.
—Bueno, compadre, ¿hemos terminado por hoy? Ando
cansado.
—Yo también. Es agotador hablar de la Biblia. Nos
vemos la se-mana que viene. ¿Le parece?
—Sí, pero con una condición: que sea breve. Ya sabe
lo que se
dice: lo bueno, si breve…
—Dos veces bueno. Vale.
UNA SEMANA DESPUÉS
—¿Por dónde íbamos?
—¿Se ha relajado usted?
—Sí, vuelvo a estar en forma.
—Es que hoy le voy a dar otra paliza. ¡Esto se pone
al rojo!
—Si empieza usted así, me voy.
—De eso, nada. Primera prueba interna.
Consecuencias que se derivan de la forma en que fueron escritas las Escrituras.
—No se me ponga tan envarado, hombre, que no es
para tanto.
—Se puede decir de otra forma: las Escrituras están
llenas de problemas: errores, anacronismos y contradicciones que los teólo-gos
explican buscándole cinco pies al gato.
—Los problemas aparecieron nada más empezar usted
esta lar-guísima conversación, compadre.
—Vamos a ver. La mayor dificultad de las Escrituras
está en el hecho de que se ve demasiado claramente que están redactadas por
seres humanos. Por mucho que se nombre a Dios, y se le nom-bra casi todo el
tiempo, por mucho que Dios mismo hable y hable, todo el mundo sabe que eso
puede escribirlo cualquiera por su pro-pia cuenta, inventando, quiero decir.
Llamar "sagrado" a un libro así, tan humano, conlleva un alto riesgo:
¡es difícil de creer! Y más te-niendo en cuenta que aquellos autores eran hijos
de su tiempo y, por lo tanto, analfabetos en muchísimas cuestiones, digamos
cientí-ficas.
—Hombre, si los comparamos con nosotros, salen
perdiendo, desde luego.
—Ya ve, creían que el cielo era una bóveda fija
donde Yahvé había puesto esas luces que vemos, que la Tierra toda está
sosteni-da sobre una base sólida…
—¿De dónde saca usted esa información tan
estrafalaria sobre las bases de la Tierra?
—¿Eso concretamente? En el libro de Job, donde
Nuestro Señor habla con él y le cuenta un secreto que ningún israelita conocía:
¡cómo hizo nuestro planeta! No se olvide de que aquellos eran tiem-pos de
ignorancia, amigo mío, no sólo de los hebreos. Las explica-ciones que le daban
al mundo en que vivían tenían que ser extrava-gantes, grotescas, incluso
cómicas. Tenga en cuenta que aquellas criaturas eran analfabetos en astronomía,
geología, etc. El Sol se mueve alrededor de la Tierra, decían, el mar superior está
encerra-do con una doble puerta y tiene ventanas por donde Dios deja caer la
lluvia. Y las supersticiones abundaban: el parto, la regla, el derra-me seminal
masculino, la lepra, los cadáveres, etc, dejan a las per-sonas impuras, y a
cuanto tocan, sea una silla o una toalla. Creían en la existencia de monstruos
primigenios, de gigantes, de genios que vivían en los desiertos, de muertos que
aparecían al ser llama-dos…
—Para usted de contar, amigo, no me atosigue.
—Lo sé, pero a mí me importa un pimiento.
—Así pues, nuestros teólogos tuvieron que buscar y
rebuscar una explicación a ese exceso de humanidad.
—¡Por fin entramos en materia, ya era hora!
—Se trata de una afirmación que resultó muy
comprometida: Dios se valió de los humanos respetando su cultura, su
psicología, su nivel de conocimientos…
—Ahora caigo. ¡Qué solución más ingeniosa,
demonios!
—Por supuesto que los teólogos no podían probar esa
afirmación acerca del "respeto" que Yahvé sentía por los autores de
su Libro…
—Bueno, amigo, ya sabemos que los teólogos nunca
prueban nada, sólo emiten juicios, y quien quiera, que los crea.
—Pero daban por supuesto que era cierta, y de esta
forma podían interpretar todas las Escrituras, incluidas las cristianas. ¿Que
el au-tor humano creía en los demonios? Pues bien, Dios certifica, respe-tando
al amanuense, que tal idea es verdadera. ¿Qué el amanuense se equivoca diciendo
que la luz fue creada antes que el Sol? No importa, Dios hace suyos los errores
del escritor humano porque debe respetarlo. Al revelar, Dios tiene unos límites
que se ha im-puesto él mismo, por lo que veo.
—¡Que raro, una divinidad que se impone
limitaciones! ¿Deja en suspenso sus poderes? ¿Puede hacerlo?
—No me importune usted con esas preguntas,
hágaselas a los teólogos. Los creyentes tienen un conocimiento de los
entresijos de la divinidad tan exhaustivo, que ellos sí que deben comunicarse
con ella de forma directa. Lo que ocurre es que algunas cosas son difíci-les de
explicar por muchas vueltas que se le den.
—Eso ocurre a menudo en este mundo nuestro, amigo
mío.
—Por supuesto, pero tratándose de un libro que se
pretende "di-vino" las consecuencias no son moco de pavo. ¿Le he
dicho algo sobre los anacronismos que encierra ese Libro?
—Todavía no, pero mucho me temo que va usted a
empezar de un momento a otro.
—Se lo voy a resumir. Verá. En los tiempos de los
patriarcas y de la conquista de Canaán, por ejemplo, se habla de ciudades y
poblaciones extranjeras que no se desarrollaron hasta varios siglos más tarde.
—¿Y cómo se sabe tal cosa?
—Por los testimonios históricos asirios y por la
arqueología, ami-go mío. Los filisteos no se habían asentado aún en la costa,
ni los quedaritas habían aparecido cuando lo cuenta la Biblia. Otro tanto
ocurre con los edomitas y otras comunidades. ¿Recuerda usted la famosa toma de
Jericó, cuando se vinieron abajo sus murallas al son de las trompetas hebreas?
Pues ahora, la arqueología ha de-mostrado que en aquellos tiempos Jericó no era
más que un puñado de ruinas, de manera que de murallas, nada. Y ya son famosos
los anacronismos de los camellos de carga y el trasporte de goma, bál-samo y
mirra de la historia de José, siendo así que aquellos anima-les no fueron
domesticados hasta mucho tiempo después y esos cargamentos no se encuentran
hasta el siglo VIII y VII en el lucrativo comercio árabe.
—Seguro que hay más.
—Por supuesto. Pero estas historias tienen una
explicación muy sencilla: todo apunta a que fueron escritas precisamente en el
siglo VII antes de Cristo durante la gran reforma religiosa que emprendió el
rey Josías, como cuenta la Biblia. Otro tanto puede decirse de las
extraordinarias vidas de David y Salomón: estos reyes existieron,
indudablemente, pero Jerusalén, en el siglo X, no era más que un pueblo, y
Judá, una veintena de pueblecitos con un total de unos pocos miles de
habitantes según han mostrado los trabajos arqueo-lógicos, y es muy, pero que
muy improbable, que de un lugar así alga un caudillo que conquista todo el
país. ¿Cómo pudieron David y Salomón reunir un ejército y adiestrarlo en un
lugar así? Los arqueó-logos no han encontrado ni un testimonio de las
conquistas de David ni siquiera del famoso Templo de Salomón construido por
voluntad divina. Éste es un anacronismo muy singular: quienes escribieron la
Biblia hebrea idealizaron aquella época, alrededor del siglo X, inven-tando
conquistas y riquezas que nunca existieron. Ni en Egipto ni en
Mesopotamia se ha encontrado referencias a las
conquistas y rique-zas de estos reyes.
—Entonces, ¿nada de nada?
—En realidad, quienes disfrutaron de un verdadero
Estado políti-co bien desarrollado fueron los hebreos del Norte, los
israelitas. Pero la Biblia hebrea reduce aquellos reyes a viles gobernantes
porque, sencillamente, no hicieron lo que agrada a Yahvé.
—Pero si también eran hebreos, o sea elegidos, ¿por
qué hablan tan mal de ellos?
—Acaba usted de hacer la pregunta correcta. El caso
es que las historias de los reyes, los del Norte y los del Sur, fueron escritas
por gente de Judá, empeñados en demostrar que ellos eran mejores, recuerde lo
de David y Salomón, a base de desacreditar a sus veci-nos.
—Líos de familia, lisa y llanamente líos de
familia.
—Sí, pero esta explicación no es tan simple. Los
autores del Libro eran todos ellos personas muy religiosas que estaban
decididos a confirmar a Yahvé como única divinidad para todo el pueblo.
—Pero eso ya era un hecho desde hacía mucho tiempo,
según tengo entendido.
—Esa es la impresión que los autores quieren dar,
pero lo cierto es que el pueblo hebreo sacrificaba a otros dioses al mismo
tiempo que a Yahvé.
—¿De dónde se ha sacado usted esa afirmación,
querido amigo? No creo que la Biblia…
—Pues créalo. La misma Biblia lo dice. Lea, lea
usted el famoso Libro, compadre. Y esa fue la razón de que la reforma de Josías
consistiera, principalmente, en destruir los "altos" y pequeños
san-tuarios de todo su reino. Y esa fue la razón de que los reyes que no hacían
lo que agrada a Yahvé recibieran esos varapalos, incluso aunque fuesen del Sur,
de Judá.
—O sea, que al final lo lograron.
—Por supuesto. Fue entonces cuando realmente nació
el mono-teísmo, fíjese qué cosas, aunque no sucedió de la noche a la maña-na.
—Me está usted ilustrando, compadre. Ahora
comprendo lo igna-ro que he sido toda mi vida, y le estoy encontrando un cierto
gustillo a seguir aprendiendo. Bueno, siempre que no se me pase.
—Vale, no me pasaré, pero aún nos queda hablar de
las contra-dicciones.
—¿Me resume, por favor?
—Bueno, no son cosas importantes si esa obra fuese
exclusiva-mente humana. En realidad, desde este último punto de vista todo se
explica fácilmente, pero si el autor es una divinidad, es incom-prensible e
inaceptable. Y lo es, señor mío, porque la Biblia, por ser inspirada, no puede
contener ningún error.
—Pero, ¿cuáles son? Dígalo de una vez.
—Pongamos la historia del diluvio, por ejemplo. El
yahvista dice que Noé tomó siete parejas de animales puros y una de animales
impuros, pero el sacerdotal afirma que tomó una pareja de cada clase de animal.
El sacerdotal cuenta que el diluvio duró un año, el yahvista que sólo 40 días y
40 noches. Noé echó un cuervo al aire para ver si había escampado, dice uno,
pero el otro afirma que lo que soltó fue una paloma. Y todo esto sin salir de
la misma historia, puesto que se juntaron en forma de puzle. Aparte de eso, el
dicho yahvista, como el elohista y el deuteronomista, hablan de un Dios con
fuertes rasgos antropomorfos: tiene figura humana, practica la alfarería, pasea
por el Jardín y se escuchan sus pasos, cierra la puerta del arca de Noé, se
arrepiente de haber hecho algo, aspira el aroma del sacrificio que Noé le
ofrece… Para el sacerdotal, Dios es un ser trascendente, controlador del
cosmos, está mucho más allá de la misma creación.
—¿Ve usted? Cada autor va a lo suyo en su forma de
concebir a la divinidad, y Dios las respeta todas.
—¿De veras? Pero, entonces, no ha tenido necesidad
de inspirar-le lo que debe contar. En qué quedamos, ¿Dios inspira a uno para
que lo describa a él como una divinidad muy parecida a un ser hu-mano y luego
le dice a otro que lo describa como un ser trascenden-te, o es que esos
escritores pensaban así por su propia cuenta y Dios sólo tuvo que impulsarles a
decirlo? Y en todo caso, ¿es que le daba lo mismo que los humanos hablaran de
él en dos formas to-talmente distintas? ¡Y no hemos hecho más que empezar!
—No, por favor.
—¿Por qué en un sitio de la Biblia se dice que los
pecados de los padres los pagarán los hijos hasta la tercera generación y en
otro lugar se afirma que cada uno pagará por sus propios pecados? ¿Por qué un
escritor dice que la ciudad de Siquem fue comprada y otro dice que fue
masacrada? ¿Por qué hay una historia en la que el primer sumo sacerdote del
pueblo hebreo, el famoso Aarón, comete un acto de herejía y Dios se llena de
ira contra él, pero no lo casti-ga? ¿Por qué al monte de las tablas uno lo llama
Horeb y el otro Sinaí? ¿Eran el mismo con dos nombres diferentes o eran dos
mon-tes distintos? ¿Por qué la serpiente tentadora no era en Génesis más que un
bicho del campo, parlanchín, pero animal, mientras que en el libro llamado
Sabiduría se convierte en el demonio? ¡Y Sabidu-ría se escribió varios siglos
más tarde!
—Compadre, ¿no era el tentador en el libro del
Génesis?
—No señor, no lo era. Ahí se dice textualmente:
"La serpiente era el más astuto de todos los animales del campo que Yahvé
Dios ha-bía hecho". Y catorce versículos más adelante lo repite:
"Entonces Yahvé dijo a la serpiente: Por haber hecho esto, maldita seas
entre todas las bestias del campo". ¿Se da cuenta?
—Pobre serpiente.
—Y no sólo eso. En el mismo Génesis, cuando Dios
maldice al reptil entremetido, le espeta sin pensárselo dos veces: "Sobre
tu vientre caminarás y polvo comerás todos los días de tu vida". ¿Ha visto
usted alguna vez a un demonio arrastrándose por el suelo y comiendo tierra?
—Lo de comer tierra es lo que me tiene
desconcertado, ¿comen polvo del suelo los ofidios?
—Quite, amigo, el autor de Sabiduría era un
analfabeto en zoolo-gía. Y sigo. ¿Por qué en un texto más tardío se dice que
nuestros primeros padres fueron creados a imagen de Dios mientras que el
primero que escribió esa historia no lo dice, con lo importante que resultó ser
la cuestión para la posteridad hebrea y cristiana? Y escu-che. En el libro de
Levítico, hay once capítulos dedicados a explicar cómo deben hacerse los
sacrificios, todo puesto en la mismísima boca de Dios, y se repite o se añade
en Números y Deuteronomio. Incluso hay un resumen, Palabra de Dios, que lo
aclara rotunda-mente: "Esta es la ley del holocausto, de la oblación, del
sacrificio por el pecado, de sacrificio de reparación, del sacrificio de
investidu-ra y del sacrificio de comunión, que Yahvé prescribió a Moisés en el
monte Sinaí". ¿Entendido?
—Sí, hombre, sí, es muy fácil.
—¡Y en otro lugar de la Biblia, al profeta Jeremías
le dice: "Que cuando yo saqué a vuestros padres del país de Egipto, no les
hablé ni les mandé nada tocante a holocaustos y sacrificios"!
—Un despiste del profeta, supongo.
—Es el cuento de nunca acabar. ¿Le parece que puede
haber algo más disparatado que la historia de Caín, que nada más salir
corriendo de donde estaba, por haber matado a su hermano, tuvo relaciones con
su mujer y dio a luz a un niño y luego construyó nada menos que una ciudad, y
cuando se dice que a Set, tercer descen-diente de los primeros padres, le nació
un hijo? ¿Cómo pudieron ser padres cuando aún no existían las mujeres? ¿O por
qué Dios le dice a David que haga un censo y en otro lugar resulta que fue el
diablo Satanás quien se lo dijo? ¿Cómo es que en un lugar de la Biblia se dice
que Ocozías tenía veintidós años cuando comenzó a reinar y en otro que no, que
tenía ya cuarenta y dos? El dios Yahvé le pre gunta a Caín: ¿dónde está tu
hermano?, porque lo único que sabía es que estaba oliendo su sangre. ¡Qué Dios
que no sabe dónde se esconde la gente, a pesar de que no había más que cuatro
perso-nas, y una de ellas, muerta. Además, en varias ocasiones se arre-piente
de haber hecho algo o perdona un pecado de su pueblo en el desierto y a
continuación lo castiga… Pero hay mucho más.
-
Lo que vio Moisés en Dios
—¿Como cuánto?
—Como para estar más de una hora sólo haciendo una
simple enumeración. Así que no más le voy a contar los casos más revela-dores.
Ya le relaté aquello de que los hebreos antiguos no sabían nada del Cielo ni
del Infierno. En la Biblia hebrea sólo se habla de que los premios se conceden
en este mundo, en vida, y el mejor premio que obtenían los justos consistía en
una descendencia nu-merosa, mire lo que le dijo a Abraham.
Sólo mucho más tarde, cuando casi está a punto de
aparecer Jesu-
cristo, que Dios lo tenga en su santa gloria, se
habla del más allá. Hasta ese momento, durante siglos, sólo
existía el más acá. Prohíbe la magia so pena de
muerte, pero él mismo ordena un acto mágico con la sor-prendente historia de la
vaca roja, y no sólo esa. Se dice que a Dios na-die lo puede ver porque puede
morir, incluso lo repite la primera carta de Juan rotundamente:
"Nadie ha visto jamás a Dios", pero,
¡ay!, también se dice que Moisés lo vio cara a cara, como habla cualquie-ra a
su compañero, aunque en otro lugar Moisés sólo puede ver sus
espaldas, porque le está prohibido ver su cara, o
dicen que lo vio Isaías en lo alto de un trono, incluso el famoso Job. ¿En qué
que-damos? Pero lo más incomprensible es aquello de que Nuestro Señor ponga a
prueba a lo éste o aquél para ver si hace esto o no lo hace, como cuando le
pide a Abraham que le sacrifique a su hijo Isaac. ¿Acaso no sabía Dios que el
patriarca le iba a obedecer sin rechistar? ¿Perdía Yahvé momentáneamente la
visión del futuro?
—No me sea malévolo, compadre. Dígamelo usted.
—Lea, lea las Escrituras. Y busque, escudriñe,
indague, eso que tanta falta les hace a los cristianos y a los hebreos.
—Pues que lo hagan ellos.
—Exactamente. Pero no lo hacen. ¿Sabe lo que hacen
los cre-yentes de todos los credos?
—Usted es el perito.
—Los creyentes, envueltos en una atmósfera de fe
tan firme que no necesitan salir fuera de ella misma, leen las Escrituras con
el fervor de un adepto que bebe el agua de una fuente divina forzosa-mente pura
por su origen. No necesitan analizarlas en un laborato-rio. Para ellos, todas
las piezas encajan tan perfectamente que for-man un conjunto sólido y armónico,
una soberbia construcción sin fisuras ni chafarrinadas, de tanta pulcritud que
proclama a voces su origen sobrenatural.
—Linda le ha salido la parrafada, sí señor.
—¿Ve lo que quiero decir? Para ellos, el Libro es
como un monoli-to caído del Cielo, con mayúsculas. Quiero decir, por supuesto,
en-viado por Dios. Se toca con temor y reverencia, se mira con ojos piadosos,
se coloca en un lugar exclusivo, se espera que nos dé fortaleza para hacer la
voluntad divina y consuelo ante las adversi-dades de esta vida nuestra. Si
tiene alguna fisura, algún tizne, un desconche, una mugre, un rasponazo, una
magulladura, un rasgu-ño, nada de eso importa, si es divina hay que aceptarla
tal cual y no debemos inmiscuirnos en los designios y decisiones de la
divinidad. Se buscan explicaciones… ¡y se encuentran! Tienen respuestas para
todo, porque han analizado el monolito con lupa, con escáner y hasta con
microscopio electrónico.
—Tiene usted que reconocer que eso es una faena
digna de elo-gio.
—¡Por supuesto! ¡Llevan siglos, tanto los
israelitas como los cris-tianos, desmenuzándolo al milímetro! Ya se lo dije
hace una sema-na: esto es una prueba de que el viejo Libro no está claro para
noso-tros.
—Pero los teólogos siguen en sus trece buscando
respuestas.
—Tendría usted que leer esas respuestas para darse
cuenta de cómo la fe despabila la imaginación. Son verdaderos malabaristas,
hacen encaje de bolillos con las palabras.
—Lo que no es nada difícil. Pero dígame: ¿usted no
está hacien-do también encaje de bolillos con estas disertaciones?
—Usted verá, compadre. Yo le leo la Escritura. Es
una traducción al castellano, pero avalada por sabios judíos y por la Iglesia
Católi-ca, Apostólica y Romana. Ahí están las palabras de Dios, no he
inventado, imaginado, simulado, desfigurado ni falseado nada. Us-ted mismo
puede verlo.
—Le he dicho que no, que no me apetece leer ese
libro tan gordo.
—Lo único que he dicho y seguiré diciendo hasta que
me muera, es que lo que creían un monolito divino, si se fijan bien, no es más
que una talla construida por humanos con ladrillos y argamasa. Que la hayan
confundido con una especie de meteorito enviado por Dios, es la estupidez más
grande que ha cometido la humanidad. Porque no se trata sólo de hebreos y
cristianos, sino de casi todas las reli-giones.
—¿El Corán, por ejemplo?
—Y los Vedas y el Baghavad Gita de la India, y el
Avesta de Zo-roastro, y el Popol—Vuh de los mayas, y el Tao Te King, y los 5
libros de Confucio, y el Kalivala, y los Upanishads, y el Libro de los Muertos
tibetano, y el Libro de los Muertos egipcio…
—Vale, vale.
—No, que
todavía me queda el Libro de Mormón de Joseph Smith, a mediados del siglo XIX.
Éste buen hombre sí que vio el monolito en todo su esplendor: unas tablillas de
oro que le entregó un ángel y donde estaba escrita la doctrina mormónica.
Después que el señor Smith, que Dios lo tenga en su santa gloria, tradujo la
cosa, el ángel volvió y se llevó las tablillas. ¡Toma ya, qué oportuno el
ángel!
—Quiero recordar que el Profeta Muhammad, que Dios
tenga en su santa gloria, también recibió la visita de un ángel.
—¡Oh, sí, un ángel gigantesco! Muhammad no tuvo que
traducir, porque el ángel se lo decía todo en árabe, igual que a los hebreos
les soplaba en hebreo y/o arameo, que Dios es políglota. Y puesto que hablamos
de libros sagrados, permítame que…
—¡No! ¿Pero no hemos acabado?
—Bueno, descansemos hasta la semana que viene. ¿Le
parece? ¡Y no me falte, que hablaremos del canon!
OTRA SEMANA DESPUÉS
—Sólo cuatro palabras sobre el canon, como le dije.
—¿El canon? ¿Va de algo complicado?
—No, hombre, no. El canon de una religión se
refiere al repertorio de libros reconocidos como procedentes de la divinidad.
—¿Quiere decir que cada religión tiene su canon?
—Por supuesto, hasta los budistas lo tienen, y eso
que Buda no era muy religioso precisamente.
—Pero no me irá usted a endilgar la lista de todos
los cánones que hay en este dilatado mundo, ¿verdad?
—Estamos hablando de las Escrituras hebreas, así
que dejare-mos todo lo demás, incluso el canon cristiano.
—Me alivio. Dígame.
—Hemos dicho, ¿o no lo hemos dicho?, creo que sí,
que los libros hebreos son treinta y nueve.
—Sí, hombre, sí, incluso me dijo que los cristianos
eran más.
—Eso es. Buena memoria. Pero la historia del canon
hebreo, como la de todos los cánones que en el mundo han sido, es una prueba
más de que las Escrituras no tienen nada que ver con ninguna divinidad.
—¿Interna o externa?
—¿Cómo?
—Que si es una prueba extrínseca o intrínseca,
compadre; que anda usted una pizca despistadote.
—Externa, claro, ¿no se había dado cuenta? No se
refiere a nada que esté dentro de esos libros, sino a algo que está fuera de
ellos.
—¿Y de qué se trata eso que está por ahí fuera?
—No me sea melindroso, amigo, ¿de qué se va a
tratar? Pues de gente como usted y yo que decidió afirmar rotundamente
"éste sí, éste no" refiriéndose a los libros recibidos por la
tradición.
—¿Así, por las buenas?
—Claro que no, el proceso llevó mucho tiempo. Los
escritores hebreos ni siquiera sabían que estaban soplados por el Espíritu
Santo. Más adelante, cuando la gente comenzó a leer, los que aprendieron, que
no debían ser muchos por aquellos tiempos, co-menzaron a sacarle gusto a la
lectura de historias tan interesantes y fantásticas a base de epopeyas e
intervenciones milagrosas, todas ellas referidas a sus antepasados, algo que
les subía la autoestima hasta casi reventarles el ego.
—Por supuesto. Si me encontrase una carta en la que
se me elo-giara más allá de lo normal, la besaría y la pondría en un lugar
es-pecial, bien a la vista de todo el mundo, para que se enterasen.
—Poquito a poco, aquel regodeo se fue convirtiendo
en respetuo-sa devoción. Un poco más, y los lectores pasaron a venerar los
vie-jos escritos.
—Otro pasito más y…
—¡Vualá! Ya tenemos un texto santo, porque, como
todo el mun-do sabe, y bien dice el diccionario, veneración es un respeto en
gra-do sumo a una persona por su santidad, dignidad o grandes virtudes o a un
objeto por lo que representa o recuerda.
—Y de santo, pasó a ser sagrado.
—Y de sagrado, pasó a ser nada menos que ¡divino!
—Pero habría algo más, vamos, pienso yo.
—Démoslo por supuesto. Acuérdese usted de la
liturgia, amigo mío, que en aquellos tiempos perdidos en la Historia consistía
en la intervención de un sabio o de un sacerdote, especialmente sacerdo-tes,
que en todas las religiones han llevado la batuta, que reunía a la gente para
leerles aquellos Escritos que ya tengo que escribir con mayúscula.
—Óigame, compadre, lo más probable es que los curas
de aque-llos tiempos fueran los únicos que sabían leer y escribir, así que en
esas reuniones es donde comenzó la historia hipotética que usted me ha contado,
desde el regusto de escucharlos hasta la diviniza-ción de los Escritos.
—Muy oportuno su inciso, amigo mío.
—Gracias. Con tan buen maestro…
—Déjese de mofas y befas, que perdemos el tiempo.
Pero bien dice usted, porque lo cierto es que el futuro canon se formó con los
libros más venerados, los más santos, no sólo porque así le parecie-ra al
sacerdote, sino porque así le parecía, también, a la comunidad.
—En ese trajimaneje, vaya usted a saber quién
influía en quién.
—Puede que la influencia fuese recíproca. Sólo
estamos conjetu-rando. Lo único cierto y segurísimo, tan seguro como que nos
tene-mos que morir, es que Dios no dijo nunca "éste, ése y aquél son los
libros que yo les he soplado a los amanuenses", en vista de lo cual, los
pobrecitos hebreos, clérigos y gente del vulgo, se vieron obliga-dos a decidir
por su cuenta, y así, con aquello de "éste es muy lindo, aquél me une más
al Santo, miren qué versos tan inspirados, ése no me dice gran cosa, algo sí,
pero casi nada, etc, etc, se fijó el canon definitivo. La trayectoria es
idéntica en todas las religiones.
—Como si se copiaran las unas a las otras. Es más
económico, amigo, debe reconocerlo.
—Entre paréntesis: Alguno hubo que se fabricó su
propio canon, como aquel Marción de los primeros tiempos del cristianismo. Y
acabado el paréntesis, bien cortito, como ve, fíjese ahora en que estas cosas
que andamos especulando son las mismas que dicen los creyentes. Le he traído un
papelillo con un párrafo de un cris-tiano muy bien informado. Le leo: "De
hecho, las autoridades reli-giosas no han hecho más que oficializar el texto
que la comuni-dad de los creyentes, por implícito consenso, ha considerado el
mejor, el que más fielmente representa la inspiración divina". Y si no se
fía usted de los cristianos "separados", que tal era el autor de la
frase que le he leído, escuche a un católico de esos super— persuadidos:
"Si tal autor y su libro están inspirados, es también porque fueron
reconocidos como tales por la comunidad y so-bre todo por los que, en último
término, organizaron y dieron el último toque a la Biblia". La cita no
tiene el más mínimo desperdi-cio.
—Más claro no puede estar, desde luego: Los
creyentes organi-zan su canon con su propio criterio y deciden cuáles entran y
cuáles no.
—Y cuáles no, efectivamente. Observe usted: el
libro de los Pro-verbios estuvo un tiempo en una situación dudosa, ¿lo ponemos
como sagrado, no lo ponemos, esperamos, qué dice la gente, y los sabios? Al
final lo admitieron.
—A lo mejor lo echaron a cara y cruz.
—No hubiera estado mal, al fin y al cabo Dios puede
hablar tam-bién mediante una moneda.
—Compadre, ¿y cómo sabe usted tal cosa?
—Porque lo dice la Escritura. No dice una moneda,
pero sí unos palillos que iban marcados, o algo así. Los reyes consultaban a
Yahvé de esa forma. Los paganos consultaban a sus dioses miran-do el hígado de
un gallo destripado, o la dirección de viento, y qué sé yo. Los hebreos también
tonteaban con esas corrupciones inte-lectuales.
—¡Joder, qué vocabulario! A veces me deja
anonadado.
—Vale, vale, sigamos. Hay siete libros que los
hebreos no creye-ron inspirados, ni luego los protestantes, pero a los
cristianos les gustaron. Los dos libros de los Macabeos, por ejemplo, ¿son
pala-bra de Dios? Depende. Los católicos dicen que sí, pero hebreos y
protestantes afirman que no. Otro tanto sucede con los libros de Tobías, Judit,
Sabiduría, Eclesiástico y Baruc.
—Un momento, un momento, algún motivo tendrán unos
y otros para afirmar esto sí, aquello no.
—Tienen que recurrir a que si fueron escritos en
hebreo y no en griego, que si la mayoría estaba de acuerdo o no, que si eran o
no muy utilizados, y algunas cosas más por el estilo. Para empezar, tenemos una
Biblia hebrea muy antigua escrita en griego. Bueno, traducida del hebreo, para
ser más exactos. Se la llama Los Seten-ta.
—Qué nombre más curioso.
—Una antigua leyenda decía que setenta sabios
judíos se habían reunido de diversos lugares, seis de cada tribu, para hacer la
tra-ducción…
—Pero, bueno, ¿es que no tenían bastante con sus
escritos en hebreo?
—Muy comprensible. Estaban en todo.
—Pero las cosas se complicaron. Se trataba de una
leyenda, pero la realidad es que, efectivamente, esa traducción se hizo antes
de que naciera Jesucristo, pero a los judíos no les hizo mucha gracia.
—¿Y eso?
—La primera traducción se inspiró en un texto
hebreo que a los doctores judíos no les gustaba. La traducción de los profetas
contie-nen contradicciones, algunas partes están abreviadas y otras se
tradujeron muy libremente. Pero, admírese, a pesar de ello, los ju-díos
helenizados y después los cristianos la usaron con toda natura-lidad, tanto,
que los judíos de Palestina se llevaron un disgusto y empezaron a pasar de Los
Setenta.
—O sea, que no eran sagrados, santos, inefables,
inspirados, etc.
—Para los hebreos, no. En Los Setenta había cuatro
libros dedi-cados a los Macabeos, pero sólo entraron dos en el canon ese.
Ha-bía cuatro libros de Esdras, pero sólo entró uno como soplado. Ha-bía un
libro de poesía, las Odas, y otro llamado Salmos de Salomón, y los dos fueron
rechazados por todos, incluidos los cristianos.
—Poco éxito tuvieron aquellos setenta sabios con su
traducción al griego, después de tanto trabajo.
—Todo es relativo, amigo mío. Para los cristianos
fue un milagro tener en griego a los profetas, que hablaban de Jesús el Cristo
como si lo hubiesen conocido en persona.
—Venga ya, compadre, no me tome el pelo.
—No digo yo que lo hicieran, evidentemente, sino
que los escri-bas de la biblia cristiana lo creyeron así. Menuda liaron con
aquello de las profecías. Pero bueno, vamos a dejar estas apostillas latera-les
y sigamos con lo nuestro. ¿Por dónde íbamos?
—¿Me lo pregunta a mí, que ando más que embrollado
y ya he perdido el hilo?
—No se atosigue, amigo, que ya lo tengo. Hablamos
del canon judío, pero aún no le he contado el final. ¿Ha estado alguna vez en
Israel?
—No sé a qué viene la pregunta, pero, no, nunca
estuve allí por-que no es un lugar pacífico.
—Hay, no muy lejos de Jerusalén y casi a la orilla
del mar, no del Muerto, sino del Mediterráneo, una ciudad llamada Yavneh, que
parece ser la misma que en la antigüedad se llamaba Jamnia. Fue en ese lugar, a
final del siglo primero de nuestra era, o sea, muerto ya Cristo, que Dios lo
tenga en su santa gloria, cuando los sabios hebreos decidieron decir, de una
vez por todas, qué libros debían entrar en el canon y cuáles no. Y desde
entonces, ese es el definiti-vo.
—Si empezamos a contar desde que se escribieron los
primeros textos, ¡habían pasado más de mil años!
—Más de mil años para que se quedara claro en qué
papiros y pergaminos estaban escritas las palabras divinas. Y en cuáles no.
Menos mal que otros muchos libros se perdieron para siempre y sólo nos quedan
sus títulos, que si no, Dios sabe si este embrollo no hubiera sido más
endemoniado, con perdón. Y así termina, compa-dre, la disparatada historia del
canon hebreo, quiero decir de la ma-yoría de los hebreos, que por ahí andan
otros, como los de Etiopía, que tienen otro canon diferente, y, fíjese qué cosas,
¡idéntico al de los católicos! Pero me estanco aquí, que se me hace que anda
us-ted algo fatigadillo.
—Un algo sí, lo reconozco. Y aunque sigo sin
comprender por qué razón se enzarza usted en estos berenjenales piadosos, lo
em-plazo para la semana que viene. Que será la última, presiento.
—Presiente bien, amigo.
—Pues eso.
LA ÚLTIMA SEMANA
—¿Dónde cree usted que están las supuestas
"verdades" reve-ladas por Dios a los hebreos?
—Usted se pregunta, usted se contesta. Como Juan
Palomo.
—Parece más bien como de Pero Grullo, porque no
pueden estar en otro sitio que en las Escrituras, pero no es vano preguntarlo
si se atiene usted al significado religioso de "verdad" revelada. Hay
que distinguir, amigo mío. Veamos un ejemplo, el episodio de Dina, hija de
Jacob, raptada por un príncipe de Siquem que se enamoró perdi-damente de ella y
la poseyó. De la tal Dina, la Biblia no dice más, así que nos quedamos sin
saber si lo pasó bien, o no, en la cama con el muchacho. El caso es que el tal
príncipe y su padre, el rey, fueron a ver a Jacob y su familia para formalizar
la boda y hacerse todos amigos. Los hijos de Jacob dijeron que sí, pero que
tenían que circuncidarse, que no lo estaban. Papá y el mozo lo hicieron en
se-guida, y cuando estaban todos juntos en Siquem, Simón y Leví, hijos de
Jacob, asesinaron a todos los varones y saquearon la ciudad, recogieron a Dina
y se la llevaron. Y colorín colorado. Dígame, ¿se le ocurre que esta historia
contiene alguna "verdad" inspirada por Dios?
—¿No seáis tan bestias como los hijos de Jacob,
quizás? ¿O tal vez dejad que los jóvenes disfruten del sexo?
—Pues no. La salvaje historia se cuenta y punto. No
tiene morale-ja, así que Dios no quiso decir nada con ella. ¿Y qué le parecen
las dos hijas de Lot, que emborracharon a su papito para que no se diera cuenta
de que las estaba penetrando, porque vivían en una cueva los tres y no había
hombres por allí que le dieran descenden-cia? ¿Se inventó Dios mismo estas
historias y se las inspiró al hu-mano que las escribió, o fue el humano el que
se limitó a contar un cuento, no muy agradable, por cierto, y Dios le dio el
visto bueno para que lo escribiera? Porque lo mire como lo mire, el caso es que
TODO lo que dice la Escritura ha sido soplado divinamente según los creyentes.
—A ver si lo he cogido. Usted cree que lo de Dina y
las hijas de Lot está de más, sobran, son farfolla.
—Si se trata no más que de literatura, no lo es,
porque a un escri-tor le damos licencia para que cuente exquisiteces o bodrios,
allá ellos. ¡Pero estamos hablando de Dios que sopla!
—¿Y por qué razón a Nuestro Señor no se le puede
ocurrir ser, a veces, simplemente un literato?
—Ya le dije que no tengo respuestas respecto a los
entresijos mentales divinos, si es que Dios los tiene, porque siendo inefable,
espiritual, trascendente y todo eso, a lo mejor, o a lo peor, carece de cosas
tan humanas. Sólo me concierne lo que dicen los creyentes: las Escrituras
sagradas porque contienen verdades reveladas por Dios a la humanidad.
—Vale, vale. Tenga la bondad de continuar.
—Ahora tome usted el ejemplo que le puse de Dina y
las hijas de Lot multiplíquelo y multiplíquelo. Cualquiera que lea esos libros
en-contrará mucha de esa farfolla religiosa. Narraciones de los primeros
fundadores, historias familiares aderezadas con trifulcas, engaños y mentiras,
felices matrimonios, fornicaciones extraterritoriales, ma-tanzas guerreras de
mujeres y niños, sangrientas luchas por el po-der, escaramuzas y batallas entre
dos pueblos hermanos, guerras para contener a invasores egipcios, asirios, babilonios,
griegos, cró-nicas reales, enjambres de normas y leyes, consideraciones
filosófi-cas…
—¿La mayor parte tal vez?
—Casi todo. Tenga
usted en
cuenta que es
un
libro escrito para el
pueblo
judío.
—Pongamos un
poco
de orden, si
le parece,
claro. Me dice usted
que las
Escrituras son
David mató a Goliat. Palabra de Dios un compendio de cosas
diversas y que, en realidad, las verdades reveladas
son una minoría, que no hacía falta tanto libro, con tantísimas páginas, para
que Dios nos dijera lo que quería. ¿Vale?
—Eso es.
—Entonces volvemos al principio: las cuatro
verdades que usted contó, aunque resultaron algo más.
—Cada quisque que lea el Libro hebreo encontrará
las verdades que le dé la gana. Oiga esto: ¡los cristianos encuentran en él un
anticipo del Misterioso Misterio de la Santísima Trinidad! Lo cierto es que con
la Biblia en la mano podemos confirmar, bajo palabra divi-na, cualquier cosa
que se nos ocurra.
FINAL
Estimado amigo:
Siento que no pueda usted salir de casa en una
temporada a causa de ese estúpido accidente. Aunque dicen que nadie escarmienta
en cabeza ajena, en adelante tendré mucho cuidado cuando cruce un paso de
cebra, andan muchos locos por ahí al volante. Pero us-ted es joven, así que
esos huesos rotos se recompondrán y su pie quedará como nuevo.
Le escribo para acabar de una vez nuestra
conversación, aunque espero que nos veamos más adelante para charlar de nuevo,
pero, ¡no de historias bíblicas!
Sólo un breve resumen, porque un maestro, si no
hace más que disertar y disertar y a la postre no lo sintetiza, se expone a que
sus palabras se las lleve el viento en terrible confusión, como las hojas del
otoño.
Uno, por decir algo. La enrevesada forma en que
fueron redacta-das las viejas Escrituras es una prueba contundente de que no
son obra de Dios.
Dos. Tampoco puede ser divina una obra que contiene
falseda-des, contradicciones, anacronismos, préstamos de otras creencias, etc.
Tres. La manera en que se formó el canon hebreo, y
dígase otro tanto del cristiano, prueba que la sacralidad de ese Libro es pura
decisión humana.
Cuatro. Las pretendidas verdades reveladas están
incrustadas en el relato de epopeyas, crónicas, guerras, etc, que nada tienen
que
ver con ellas, lo que demuestra su carácter
puramente humano. El contenido, pues, está dirigido exclusivamente al pueblo
hebreo.
Cinco. El hecho de que, durante siglos, los
creyentes se hayan visto obligados a analizar ese Libro para entenderlo mejor,
muestra que no es divino. Solo los escritos humanos necesitan de exegetas y
hermeneutas, especialistas en interpretación de textos. La divinidad, de
existir, lo hubiese redactado de una forma totalmente comprensi-ble, lo exigía
la importancia del mismo pretendido mensaje.
—Ay, papito —lloraba un creyente confundido— con lo
fácil que te era ponerlo todo en un A5, lo más importante no más, veinte
pala-bras justitas, bien pensadas, y escrito en román paladino, en el que suele
el pueblo fablar a su vecino…
Y seis. Y por último, como usted mismo decía,
querido amigo, sólo tenemos que desafiar a los cristianos a que prueben, con
ar-gumentos razonables y racionales, que la Biblia es un texto
"sagrado", divino. La única prueba que tienen es que "la Biblia
es sagrada porque lo dice la Biblia". Ya ve.
Y ahora, sí; ahorita hemos terminado.
Póngase bueno pronto.
—ooOoo—
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