© Libro N° 7619. Introducción A La Ética. Williams, Bernard.
Emancipación. Agosto 8 de 2020.
Título original: © : Morality: An Introduction to Ethics
Traduction: Manuel
Jimenez Redondo
Versión Original: © Introducción
A La Ética. Bernard Williams
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INTRODUCCIÓN A LA ÉTICA
Bernard Williams
Introducción A La Etica
Bernard Williams
Introducción a la etica
Coleccion Teorema
Bernard Williams
Introducción a la etica
ClJARTA IfDlCION
CATEDRA
TEOREMA
TitLIlo original de la obra: Morality: An Introduction to Ethics
Traduction de Manuel Jimenez Redondo
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© 1972, by
Bernard Williams
Ediciones Catcdra, S. A., 1998
Juan Ignacio Luca de Tena, 15. 28027 Madrid
Deposito legal: M. 42.669/1998
ISBN: 84-376-0337-4
Printed in Spain
Impreso en Fernandez Ciudad, S. L. Catalina Suarez,
19
28007 Madrid
Indice
Prefacio 11
El hombre amoral 17
Subjetivismo: consideraciones iniciales 27
Interludio: relativismo 33
Subjetivismo : otras consideraciones 39
«Bueno» 51
Bondad y roles 61
Estandares morales y la nota distintiva del
hombre.. 69
Dios, moralidad y prudencia 77
^Sobre que versa la moralidad? 87
Utilitarismo 95
A mi madre y mi padre
Prefacio
Diriase que escribir sobre filosofia moral es un
asunto arriesgado, y no precisamente por las dificultades inhe-rentes a
escribir sobre cualquier materia complicada, o sobre cualquier materia en
general, sino por dos razones especiales. La primera es que es probable que uno
ponga de manifiesto las limitaciones y la inadecuacion de la vision que uno
tiene del asunto mas directamente, que, por lo menos, en otras partes de la
filosofia. La segunda es que uno podria correr el riesgo, si se le toma en
serio, de extraviar a la gente en asuntos que son de importancia. Mientras que
son pocos los tratadistas de esta materia que hayan sido capaces de evitar el
primer riesgo, son muchos los que han evitado el segundo o bien haciendo
imposible que se les tome en serio, o bien rehuyendo escribir sobre algo de
importancia, o bien por ambos medios.
Esta triste verdad se aduce con frecuencia como una
acusacion especial contra la filosofia moral contempo-ranea de estilo
«analitico» o «linguistico»: que es una filosofia vacia y aburrida. En un
cierto sentido, como acusacion especial, la objecion no es equitativa: casi
toda la filosofia moral de casi todas las epocas ha sido vacia y aburrida, y el
numero de grandes obras en la materia (en comparacion con el numero de libros
que de una u otra forma versan sobre la moralidad) puede literalmente contarse
con los dedos de una mano. La vaciedad de las obras del pasado, sin embargo, ha
sido con frecuencia la vaciedad del moralizar convencional, el tratamiento banal
de los asuntos morales. La filosofia moral contem-poranea ha encontrado una
forma original de ser abu-rrida, que no es otra que el no hablar de asuntos
morales en absoluto. O mejor, no se trata tanto de que se haya desarrollado un
estilo de filosofia moral que corta por completo toda conexion con asuntos
morales —esto, si fuera posible, tendria el interes de ser cosa notable—, sino
de que el deseo de reducir al minimo el compromiso moral manifiesto y de usar
argumentos morales tan solo a titulo de irrefragablemente ilustrativos deja la
impre-sion de que todos los asuntos morales importantes han quedado fuera. en
alguna parte, y que se ha hecho uso de gran cautela y poca imagination al dejar
aparecer aspectos menores de algunos de ellos.
Existen muchas razones que explican esta situation.
Una razon central es que los puntos de vista contempo-raneos sobre la moralidad
no dicen nada claro sobre cuales son las cualidades mentales o de caracter mas
ade-cuadas para el pensamiento moral constructive (por su-puesto que en algunas
explicaciones de la moralidad ni siquiera queda claro que pueda existir una
cosa tal como pensamiento moral constructive); de ahi que lo dejen a uno
inquieto sin saber si es probable que esas cualidades sean cualidades de
filosofos, cuando la filosofia es en buena parte una actividad profesional y
academica que exige principalmente, aunque no exclusivamente, habili-dades
discursivas y analiticas. Si existiera una actividad eonsistente en deducir
conclusiones morales sustantivas de premisas a priori, podria razonablemente
esperarse quo filosofos bien entrenados fueran especialmente ap-1os para ella;
pero no existe, y el hecho de que si exis-ticra, los filosofos profesionales
tendrian una buena razon para suponerseles informados sobre moralidad, es una
de las buenas razones para pensar que no existe tal actividad.
Ciertamente que el problema no es, como alguno
pretende, que si el filosofo no se distancia de forma pa-tentc e incluso si no
es metodologico, entonces tiene que estar predicando; posiblemente no pueda ser
esta la unica alternativa. Se trata mas bien de un problema de estilo, en el
sentido mas profundo de «estilo», en el que des-cubrir el estilo correcto es
descubrir que es lo que uno esta realmente tratando de hacer. <,Como
combinar la argumentation (que probablemente sea, despues de todo, el unico
derecho con que cuenta el filosofo sobre la aten-cion de la gente) con vuelos
mas largos o detalles mas concretos, de forma que el tejido de pensamiento
moral resulte lo mas interesante posible? ^Puede la realidad de las situaciones
morales complejas ser representada por otros medios que por los de la
literatura iitiaginativa? Y si no, ^pueden otros acercamientos mas esquematicos
representar suficientemente a la realidad? ^Cuanto de lo que genuinamente
preocupa a la gente es susceptible de teoria general?
Si conociera las respuestas a estas preguntas no
ten-dria que hacerlas ahora. Este ensayo sigue un curso tortuoso, y aunque he
tratado de senalizar los principales recodos, tal vez sea interesante esbozar
un plan de an-temano. Empiezo con una figura, que con frecuencia ha interesado
y por supuesto tambien ha preocupado a los moralistas porque representa un
desafio para la mo-ralidad y tambien una exigencia de que se la justifique: el
hombre amoral, al que se supone inmune a las con-sideraciones morales. Algunas
de las cuestiones mas interesantes sobre el, que yo apenas he tocado, radican
no tanto en lo que se le pudiera decir a el como en lo que se puede decir sobre
el: que clase de consistencia puede ofrecer en ese respecto el hombre amoral.
De el pasamos al que no rechaza la moralidad, pero que adopta sobre su
naturaleza un punto de vista especial y casi tan inquietante como el anterior:
subjetivistas de varias cla-ses, y una clase desvergonzadamente crasa (pero
comun) de relativismo. En ese punto examino con detalle un proyecto muy
acariciado por buena parte de la filosofia moral moderna, al que he llamado
subjetivismo desac-tivado.
De ahi paso a algunas consideraciones sobre la
bondad; y, tratando de arrojar alguna claridad sobre las formas en que un
hombre puede ser bueno en ciertas cosas, y mas aun sobre las cosas como las que
puede ser bueno un hombre, trato de deslindar algunas cuestiones pura-mente
logicas de lo que me parecen asuntos mas sustanti-vos sobre lo que los hombres
son y sobre la conexion de to-do eso con la bondad. Dos cuestiones en
particular sobre-salen entre las muchas que se amontonan en torno a este area:
las relaciones de la realization intelectual con los estandares de moralidad, y
la cuestion de si la exis-tencia de Dios supondria alguna diferencia en la
situation de la moralidad. Esto suscita algunas cuestiones generales
importantes sobre motivos morales y no morales. Estas conducen a su vez a
algunos asuntos relativos al nucleo o sustancia de la moralidad, y a la
cuestion de si, en ultima instancia, de lo unico de lo que en la moralidad se
trata es del bienestar o (de forma mas restringida, quiza) de la felicidad del
hombre. Finalmente se aborda la forma menos complicada de hacer apuntar la
moralidad a la felicidad, la del utilitarismo, pero solo con la extension
precisa para sugerir que clase o sistema tan especial y peculiar es el
utilitarismo cuando se entiende adecua-damente; y para indicar la direction en
la que hay que buscar sus peculiaridades. Desarrollarlas es tarea que r ha de
quedar para otra ocasion.
Una de las razones por las que este libro no puede
ser considerado como un libro de texto, ni tan siquiera un libro de texto
introductorio, o como un bosquejo de filosofia moral, es que no ofrece una
teoria sistematica. No me importa confesarlo asi, ya que me parece que esta
materia, a pesar de que se presta mucho menos a ello, ha sido objeto de mas
sistematizaciones superge-nerales y supersimplificadas que, virtualmente,
cualquier otra parte de la filosofia. Con esto no quiero decir que hubicra que
acercarse a la filosofia moral sin preconcep-cioncs (lo que seria imposible) o
incluso sin precon-cepciones teoricas (lo que muy bien pudiera resultar
estatico y esteril). Se trata simplemente de que, para cmpczar, de lo que uno
debiera ocuparse es de los fe-nomenos morales, tal como se le ofrecen en su
propia expcriencia e imagination, y en un nivel mas teorico, de las exigencias
de las otras partes de la filosofia, en par ticular de la filosofia de la
mente. No hay razon para suponer que la filosofia moral, o algo, a veces mas
amplio y a veces mas restringido, llamado «teoria del valor», tuviera que
arrojar en absoluto una teoria autosuficiente.
Otra razon por la que este no es un libro de texto
es que deja fuera amplios tramos de la materia. Esto es por lo menos
completamente obvio. Pero para que lo que digo quede en una mejor perspectiva
no esta de mas mencionar un par de temas que en un planteamiento mas amplio de
la filosofia moral tendrian que ocupar a mi en tender un puesto central: que
son pensamiento prac-tico y actuar por una razon; que es consistencia en la
accion y consistencia en el pensamiento moral y, en rela-cion con ello, por que
el conflicto moral es un hecho basico de la moralidad; por que la nocion de
regia es importante para alguna de las partes de la moralidad, no para todas
(el presente libro nada tiene que decir sobre su importancia); lo inconstante y
problematica que es la distincion entre «moral» y «no moral», sobre todo en su
uso mas importante: cuando se trata de distinguir entre distintas clases de
excelencia humana.
Que este ensayo dejara fuera muchas cosas de impor
tancia era inevitable; que siguiera un camino tortuoso, no lo era. A lo que no
sabria ciertamente responder es a la pregunta de si era inevitable que no
lograra dar con una solution al problema de como escribir sobre filosofia
moral.
El hombre amoral
«£Por que habria yo de hacer algo?» Dos de las
mu-chas formas en que se puede abordar esta cuestion son estas: como una
expresion de desesperacion, cuando signi-fica algo asi como «dame una razon
para hacer algo; nada tiene sentido»; y como una expresion de tono mas
de-safiante, contra la moralidad, cuando significa algo asi como «6por que hay
algo que yo tuviera que, debiera hacer?».
Aun cuando a la cuestion, en su primer sentido,
po-driamos parafrasearla como «dame una razon para...», no esta nada claro que
de hecho pudieramos dar al hom bre que hace esa pregunta una razon, no esta
nada claro que empezando de tan abajo pudieramos inyectarle, por medio de
argumentos, interes por algo. Podriamos, por supuesto, «darle una razon» en el
sentido de encontrarle algo por lo que esta dispuesto a interesarse, pero esto
no es inducirle a interesarse por via de razonamiento, y es muy dudoso que pueda
existir tal cosa. Lo que necesita es ayuda, esperanza, no razonamientos. Por
supuesto que si sigue viviendo, estara haciendo alguna cosa y no otra y que,
por tanto, en algun sentido absolutamente minimo tiene alguna clase de razon,
alguna preferencia minima por esas cosas y no por otras. Pero subrayar esto
dificilmente nos llevara a ninguna parte, pues hace esas cosas mecanicamente
tal vez, para seguir tirando, sin que por ello signifiquen nada para el. A su
vez, si considera su estado como una razon para el suicidio, entonces eso sera
tomar una decision efectiva; como forma de escapar a la toma de toda decision,
el suicidio, como decision que es, llega inevitablemente demasiado tarde (como
subraya Camus en Le My the de Sisyphe). Pero no supondria ninguna victoria para
nosotros ni para el si resultara que, despues de todo, habia justamente una
decision que estaba dispuesto a reconocer, precisamen-te esa.
No veo por que tendria que considerarse como una
derrota de la razon o de la racionalidad la impotencia frente al estado de este
hombre; su estado representa mas bien una derrota para la humanidad. Pero en
rela tion con el hombre que hace la pregunta en el segundo sentido, muchos
moralistas han considerado que repre senta un desafio efectivo para el
razonamiento moral. Pues este hombre reconoce, despues de todo, algunas razones
para hacer cosas; es ademas, como la mayoria
* de nosotros,
alguien de nuestro tiempo. Si la moralidad puede levantar el vuelo
racionalmente, tendra que ser capaz de hacerlo con un argumento contra el;
pues, aun cuando en su forma pura —en la que podemos llamarle el hombre
amoral—, tal vez no pueda ser persuadido de hecho, parece que si seria un
respiro para la moralidad el que existieran razones capaces de persuadir a ese
hombre si fuera racional.
Podemos empezar preguntando que clase de
motiva-ciones tiene. Ese hombre es indiferente a consideraciones morales, pero
existen cosas por las que se preocupa, y tiene algunas preferencias y fines
reales. Puede que, pre-sumiblemente, estos sean el placer o el poder; o puede
que se trate de algo menos comun, como la pasion por coleccionar cosas. Ahora
bien, estos fines, por si mismos, no excluyen algun reconocimiento de la
moralidad. iQnt es lo que tenemos que dejar fuera para representarnoslo como un
hombre que efectivamente se niega a prestar esc reconocimiento? Presumiblemente
cosas tales como preocuparse por los intereses de otras personas, tener alguna
propension a decir la verdad o a guardar las promesas incluso cuando no le
viene bien, estar dis puesto a rechazar formas de action en razon de que no
son cquitativas, o son deshonestas o son egoistas. Estos son algunos de los
aspectos sustantivos de la moralidad. Tendriamos quizas tambien que dejar fuera
un aspecto mas formal de la moralidad, a saber, cualquier dispo sition por su
parte a recapacitar y dar en la idea de que si esta bien para el actuar de esa
forma, no puede re-procharse a los otros el que actuen de forma similar contra
el. Pues si esta dispuesto a adoptar esta actitud, nosotros, por nuestra parte,
seriamos capaces de dar un paso adelante diciendo que no se trataba de un
hom-bre sin moralidad, sino de un hombre con una moralidad peculiar.
Sin embargo, aqui necesitamos hacer una distincion.
En un cierto sentido es posible que un hombre piense «me parece muy bien» que
cada uno se comporte de forma autointeresada, sin que por ello haya penetrado
en absoluto en un terreno de pensamiento que quepa calificar de distintivamente
moral: este es el caso cuando «me parece muy bien» viene mas o menos a
significar «no me voy a poner a moralizar sobre eso». Estara en algun terreno
moral si «me parece muy bien» significa algo asi como «permitido», pues esto
llevaria a implicaciones tales como «la gente no debe interferirse cuando los
demas van en pos de sus propios intereses», y esto no es una idea que pueda
corresponded como al hombre amoral que es. Igualmente, si protesta (como sin
duda hara) de que otros le traten como el los trata, esto sera perfectamente
coherente mientras su protesta consista en cosas tales como manifestaciones de
disgusto o en contraatacar a su vez. Lo que no puede hacer de forma coherente
es ofenderse por ello o desaprobarlo, pues estas son actitudes que caen dentro
del sistema moral. Puede que resulte dificil averiguar si en realidad ha hecho
en-trega o no de este rehen a la argumentation moral, pues sin duda habra
descubierto que las expresiones insinceras de desaprobacion y lesion moral
sirven para disuadir de acciones hostiles a algunos de los miembros mas
aprensivos de su entorno.
Esto ilustra, como lo hacen muchas de sus
actividades, el hecho obvio de que este hombre es un parasite del sistema
moral, y que/ni el ni sus satisfacciones podrían existir en la forma en que lo
hacen si los otros no ope-raran de forma diferenteXPues, en general, no puecje
haber sociedad sin algunafs reglas morales, y el necesita de la sociedad;
tambien obtiene muy particulares ven-tajas de instituciones morales tales como
la promesa y de las disposiciones morales de la gente que le rodea. No puede
negar, como cuestion de hecho, su postura para-sitaria; aunque si que se
mostrara muy resistente a las sugerencias de su relevancia. Pues si tratamos de
decirle: «^Que seria de ti si todos se comportaran como tu?», respondera:
«Bien, si lo hicieran, nada bueno, supongo; aunque de hecho tal vez podria
obtener mas ventajas en el caos resultante que algunos de ellos. Pero el hecho
es que la mayoria de ellos no lo va a hacer; y si alguna vez por fin se
decidieran, para entonces yo ya estare muerto.» La apelacion a las consecuencias
de una universalization hipotetica es un argumento esencialmente moral, y en
consecuencia, y coherentemente, nuestro hombre amo ral no se deja impresionar
por esa apelacion.
Para mantener esta actitud, existen bastantes cosas
que tiene que evitar si es que quiere ser consistente. Una —como ya hemos
indicado antes— es cualquier tendencia a decir que la mayoria mas o menos moral
no tiene derecho a marginarlo, rechazarlo o tratarlo como enemigo, en el caso
de que esa mayoria se sienta inclinada a hacerlo asi (su poder, o encanto
personal, o capacidad de disi-mulo pueden ser tales que no sea ese el caso),
pues, como el amoral que es, no puede pensar en justificaciones, por lo menos
de esa clase. Ademas, si quiere ser coherente, tiene que resistir a la
tendencia mas insidiosa de atri-buirse a si mismo una forma de ser realmente
esplendida y en particular el considerarse notablemente valiente en comparacion
con la cobarde multitud. Pues acariciando tales pensamientos correra un
constante peligro de salirse fuera del mundo de sus propios deseos y gustos, y
de penetrar en una region en la que la posesion de ciertas disposiciones es
considerada como una excelencia en los seres humanos o como un bien para la
sociedad, o cosas de este tipo; y si bien es verdad que tales pensamientos no
tienen por que conducir directamente a consideraciones morales, si que
representan un acercamiento sus-tancial a ellas, pues inmediatamente llevan a
preguntas sobre que es lo bueno en esas disposiciones, y le resultara muy
dificil ir muy lejos en esas cuestiones sin pensar en terminos de las
necesidades e intereses generates del projimo, lo que le retrotraeria al mundo
del pensamiento moral del que se esta excluyendo a si mismo.
La tentacion de considerarse a si mismo valiente es
particularmente peligrosa, pues se trata casi de una nocion moral y comporta
toda una serie de reflexiones distin-tivamente morales. La aplicacion que este
hombre haga de la nocion tendra tambien una presuposicion que es falsa, a
saber: que los ciudadanos mas morales serian amorales si pudieran hacerlo
impunemente, si no tuvie-ran tanto miedo, o si no estuvieran pasivamente
condicio-nados por la sociedad —si, en general, no padecieran de inhibiciones. Es
la idea de que tienen miedo lo que da alas a la estimation de su propio coraje.
Pero estas pre-suposiciones son absurdas. Si lo que quiere decir es que, si
como individuo uno estuviera seguro de poderlo hacer impunemente, uno romperia
con toda regia moral (la idea que subyace al modelo de la invisibilidad del
anillo de Giges en La Republican de Platon), esto es falso de muchos agentes, y
la razon es la siguiente: las reglas y conceptos morales mas basicos quedan
fuertemente in-ternalizados en el proceso de socialization, y a partir de un
determinado nivel de ese proceso no se evaporan sin mas porque desaparezca la
policia o la censura del projimo. Y esto es ingrediente constitutive de su
caracter de reglas morales, por oposicion a los requerimientos meramente
legales o a los asuntos de convention social. Los efectos de la education moral
pueden hacer que la gente quiera actuar, con mucha frecuencia, de forma no
auto-interesada, y, por lo menos, muchas veces logran hacer muy dificil, por
razones internas, el comporta-miento detestable.
Pero esto, dira nuestro hombre, no es mas que
condi-cionamiento social; quitad eso, y no hallareis motiva-ciones morales.
Podemos rechazar la retorica del ter-mino «condicionamiento»; incluso si
hubiera una teoría verdadera, que no la hay, que pudiera explicar toda la
education moral y similar en terminos de la teoria be-haviourista del
comportamiento, tendria que explicar todavia las muy evidentes diferencias que
existen entre una socialization inteligente y lograda, con el resultado de la
capacidad de haberselas consigo mismo y con las cosas, y la production de
reflejos condicionados. Pero digamos en lugar de eso que toda motivation moral
es producto de influencias sociales, de la ensenanza, de la cultura, etc. Sin
duda que es verdad. Pero virtualmente cualquier otra cosa que se refiera al
hombre es producto de lo mismo, incluyendo su lenguaje, sus metodos de
pensamiento, sus gustos e incluso sus emociones, inclu yendo la mayor parte de
las disposiciones de las que hace provision el hombre amoral. Pero, puede
replicar, supongamos que admitimos que cualquier complejo, incluso mis deseos,
estan influidos por la cultura y el entorno, y en muchos casos producidos por
ellos; sin embargo, existen impulsos elementales, de una clase auto-interesada,
que estan en la base de todo ello: son esos impulsos los que constituyen lo que
los hombres real-men te son.
Si «basico» significa «geneticamente primitivo», es
posible que tenga razon: es un asunto de teoria psico-logica. Pero, aunque
verdadera en este sentido, su afirma-cion resulta irrelevante una vez mas (para
su argumen tation, no para cuestiones relativas a como educar a los ninos); si
existe algo asi como lo que los hombres real-mente son, eso no sera identico a
lo que son los ninos pequenos, porque los ninos pequenos no tienen lenguaje ni
tampoco otras muchas cosas que los hombres real-mente tienen. Y si, a su vez,
la prueba de lo que los hom bres realmente son se hace viendo como los hombres
se comportan en condiciones de una gran tension, priva tion o carencia (el
test que impuso Hobbes en su des cription del estado de naturaleza), lo unico
que uno puede hacer es volver a preguntar por que tiene que ser ese el test.
Aparte de lo incierto de sus resultados, ^por que habria de ser ese el test
idoneo? Condiciones de gran tension y privation no son las condiciones para observar
la conducta tipica de ningun animal ni para observar otras caracteristicas de
los seres humanos. Si alguien dice que si deseamos saber lo que los hombres
realmente son, los observemos despues de que hayan pasado tres semanas en un
bote salvavidas, no esta claro por que ha de ser esto una mejor maxima en lo
concer-niente a sus motivaciones que en lo concerniente a su condicion fisica.
Si existe algo asi como lo que los hombres
realmente son, bien puede ser que (por lo menos en esta clase de aspectos) ello
no sea tan diferente de lo que los hombres de hecho son; esto es, seres en
cuyas vidas las considera-ciones morales juegan un papel importante, formativo,
pero a veces inseguro.
El hombre amoral, pues, haria bien en evitar la
mayo-ria de las formas de comparacion autocongratulatoria de si mismo con el
resto de la sociedad. El resto puede, por supuesto, tener una cierta tendencia
a admirarlo, o si no el resto, si aquellos que se encuentran a una distancia
suficiente como para que nuestro hombre no interfiera de forma directa en sus
intereses y afecciones. Empero, no por ello deberia sentirse demasiado
alentado, pues probablemente se trata de la satisfaction sustitutiva de una
apetencia (lo que no significa que sedan como el si pudieran, pues una veleidad
es cosa distinta de un deseo frustrado). Y no lo admiraran ni les resultara
grato si, por lo menos, no es reconociblemente humano. Y esto suscita la
cuestion de si le hemos dejado lo sufi ciente para ser eso.
^Se preocupa por alguien? ^Existe alguien cuyos
su-frimientos y afecciones le afecten? Si a esto respondemos con una negativa,
se diria que lo que hemos descrito es un psicopata. Y si se trata de un
psicopata, la idea de argumentar con el en favor de la moralidad puede ser
ciertamente vana, pero el hecho de que sea vana no tiene por que socavar la
base de la moralidad o de la raciona-lidad. Pues la actividad de justificar la
moralidad ha de extraer el interes que tiene de la existencia de una alter-nativa
—de que haya algo contra lo que justificarla. El hombre amoral parecia
importante porque parecia representar esta alternativa; su vida, despues de
todo, parecia no carecer de atractivos. El psicopata es, en cierto sentido,
importante para el pensamiento moral; pero su importancia radica en el hecho de
que nos horroriza, y nos vemos en la necesidad de encontrar una explication mas
profunda de como y por que nos horroriza. Su im portancia no radica en que
tenga atractivo como forma
i alternativa de vida.
• El hombre
amoral, cuya figura hemos bosquejado antes a grandes trazos, parecia que era
posible que tuviese algun atractivo mas que ese; uno podria imaginarselo con
afectos y preocupado a veces por lo que ocurre a otros. A uno le viene a la
mente algun estereotipo de una pelicula de gangsters, de esa figura despiadada
y brillante que se preocupa por su madre, por su hijo, o incluso por su
querida. Es todavia reconociblemente amoral en el sentido de que para el no
pesan las consi-deraciones generales, y es extremadamente corto en
consideraciones de imparcialidad o de tipo similar. Aun-que de cuando en cuando
se preocupa por otras personas, todo ello depende del humor en que se
encuentre. Con este hombre, por supuesto, de muy poco van a valer los
argumentos de filosofia moral, aunque solo sea por el hecho de que, a su
juicio, siempre va a tener algo mejor que hacer que dedicarse a escucharlos.
Esta no es la cuestion (aunque si mas cuestion que lo que algunas discusiones
sobre la argumentation moral nos hacen suponer). La cuestion es mas bien que
nuestro hombre nos proporciona un modelo, en terminos del cual nos podemos
hacer una idea de lo que las consideraciones morales necesitan para remontar el
vuelo, aunque no sea probable que en la practica puedan remontarlo en una
conversation con el.
* Nos
proporciona, creo yo, casi lo suficiente. Nuestro hombre tiene la idea de hacer
algo por alguien, porque esa persona necesita algo. En realidad, solo opera con
esta notion cuando se siente inclinado a ello; pero la idea misma no es la de
sentirse inclinado a ello. Inclu so si ayuda a esas personas porque le viene
en gana o porque le resultan gratas, y no por otra razon (y no es que, por lo
que respecta a esas acciones particulares, necesite perfeccionar esas
excelentes razones), lo que desea hacer es ayudarles en su necesidad, y la idea
que tiene cuando le gusta alguien y actua de esa forma es «necesita ayuda», y
no «me gusta y necesita ayuda». Esto es una cuestion vital: este hombre es
capaz de pensar en terminos de los intereses de los otros, y su incapacidad
para ser un agente moral radica (en parte) en que solo esta dispuesto a actuar
asi de forma intermitente y ca-prichosa. Pero no existe ninguna cima insalvable
entre su estado y las disposiciones basicas de la moralidad. Hay personas que
necesitan ayuda, que por el momento no son personas a las que el tenga ganas de
ayudar o le resulte grato ayudar; y hay otras personas que quieren y desean
socorrer a otras personas particulares en nece sidad. Conseguir que considere
la situacion de esas per sonas parece que ha de consistir mas bien en una
exten sion de su imagination y su comprension que en salto a otra cosa muy
distinta, el «plano moral». Y si consi-guieramos que considerara la situacion
de esas personas, en el sentido de pensar en ella e imaginarsela, es
conce-bible que empezara a mostrar alguna consideration por ella: estamos
extendiendo sus simpatias. Y si podemos conseguir extender sus simpatias a
personas inmediatas que necesitan su ayuda, tal vez fueramos capaces de hacerlo
tambien para personas menos inmediatas cuyos intereses han sido violados,
logrando asi que llegara a una comprension, aunque solo fuera primitiva, de las
nociones de justicia. Si lograramos que recorriera todo este camino, si bien es
verdad que su capacidad para ulte-riores consideraciones morales sigue siendo
extremada-mente exigua, tambien lo es que alguna si que tiene; en cualquiera de
los casos, no es el hombre amoral del que habiamos partido.
La finalidad de este modelo no es la de bosquejar
las lineas generates de una construction de toda la dimension moral a partir de
la posibilidad de la simpatia y de las extensiones de la simpatia: eso seria
imposible. (Ni Hume, que fue quien mas se acerco a esa idea, lo intento
siquiera. Su sistema, entre las muchas cosas valiosas e interesantes que
contiene, tiene una distincion entre virtudes «natu-rales» y «artificiales» que
es relevante para esta cuestion.) La finalidad del modelo es sugerir
precisamente una cosa: que si partimos de un hombre que se preocupe, aunque
solo sea minimamente, por los otros, entonces no tenemos que adscribirle
ninguna clase fundamental-mente nueva de pensamiento o experiencia para
incluirlo en el mundo de la moralidad, sino solamente lo que, a todas luces, es
una extension de lo que ya el tiene. Cierta-mente que no ha penetrado muy lejos
todavia y el terri-torio es muy extenso; como hemos visto al pintar al hombre
amoral, hay que recorrer un largo camino para escapar de el. Pero el hombre con
la simpatia asi ampliada, con capacidad para pensar en las necesidades de la
gente mas alla de sus compromisos inmediatos, esta reconociblemente en el.
_________
* De esto no
se sigue que la preocupacion simpatetica por los otros sea una condicion
necesaria para estar en el mundo de la moralidad, que el camino bosquejado sea
el unico que nos introduzca en la moralidad. Eso no se sigue de lo dicho hasta
el momento; pero es verdad.
Mas tarde volveremos sobre las consideraciones que
aqui hemos hecho sobre las motivaciones morales y otras clases de motivaciones.
Ahora vamos a pasar a otra figura que tambien ha sido considerada perturbadora
para la moralidad si bien de forma diferente que la del hombre amoral. Este
hombre esta contento de tener una moralidad, pero subraya que otras personas
tienen una moralidad diferente —e insiste en que no hay forma de decidir entre
ellas. Se trata del subjetivista.
Subjetivismo: consideraciones iniciales
Consideremos tres enunciados, cada uno de los
cuales expresa a su manera la idea de que las opiniones mora les, o los
juicios morales, o las concepciones morales son «meramente subjetivos».
a) «Los
juicios morales de un hombre meramente con-signan (o expresan) sus propias
actitudes.»
b) «De
los juicios morales no se puede probar, decidir o mostrar que sean verdaderos
como puede hacerse de los enunciados cientificos; son cuestion de opinion in
dividual.»
c) «No
hay hechos morales; solo hay la clase de hechos que la ciencia o la observation
comun pueden descubrir, y los valores que los hombres asignan a estos hechos.»
Estos juicios se aproximan mucho entre si y en las discusiones sobre el
subjetivismo y el objetivismo uno encuentra versiones de los tres que son
usadas como virtualmente intercambiables. Por supuesto que la corre lation
entre estos juicios es genuina. Pero son significati-vamente diferentes. El
primero, a), expresa lo que en un sentido amplio podriamos llamar un punto de
vista logico o linguistico: pretende decirnos algo sobre lo que las
observaciones morales son o hacen. El segun-do, b), introduce un conjunto de
nociones que no esta presente en el primero, nociones conectadas con el con-cepto
de conocimiento, y puede considerarse que expresa un punto de vista
epistemologico sobre los juicios mora les. El tercer enunciado, c), es el mas
vago y el menos tangible de los tres, y muestra en su superficie el riesgo de
hundirse, parcial o totalmente, en uno u otro de los dos primeros: que es lo
que muchos filosofos pretenderian que debia hacer. Sin embargo, en su forma
inadecuada parece hacer un ademan apuntando hacia algo suma-mente proximo a
aquello a lo que se han referido muchos a quienes ha preocupado la cuestion de
la objetividad moral: la idea de que no existe un orden moral «ahi fuera» —ahi
fuera, en el mundo, solo existen las clases de cosas y las clases de hechos de
los que trata la ciencia y otras formas mas cotidianas de pesquisa humana de
las que la ciencia constituye un refinamiento. Alles anderes ist Menschenwelt.
Del enunciado c) puede decirse —usan-do el termino sin ambiciones— que expresa
un punto de * vista metafisico.
* El punto de
vista metafisico saca a la luz, de la forma mas explicita, algo que esta
latente en los tres enuncia-dos, una distincion entre hecho y valor. Una
preocupa-cion central de buena parte de la filosofia moderna ha sido la
distincion entre hecho y valor. Una importante forma que ha adoptado esta
preocupacion ha sido la de subrayar la distincion rechazando al mismo tiempo
las consecuencias inquietantes que se suponia que dicha distincion habia de
tener, y ello tratando de mostrar o bien que las consecuencias no eran tales
consecuencias o bien que no eran inquietantes. Este proyecto de subjeti-vismo
desactivado (como muy bien podriamos llamarlo) puede ser expresado en terminos
de nuestros tres enun-ciados subjetivistas aproximadamente como sigue: que, en
la medida en que son defendibles, vienen a decir lo mismo; y que lo que dicen,
primero, no es alarmante y, segundo, es esencial para la naturaleza de la
moralidad (a veces se considera, y de forma bien extrana por cierto, que cl que
sea esencial para la naturaleza de la moralidad implica por si mismo el que no
sea alarmante).
En lo que sigue nos vamos a dedicar a examinar este
proyecto, haciendo alguna interruption. Empieza como sigue. El enunciado a) es
ante todo o falso o inofensivo. Es falso si pretende que los juicios morales
enuncian las actitudes de quien los profiere en el sentido de enunciar que
quien los profiere tiene esas actitudes. Pues si asi fuera, serian simplemente
observaciones autobio-graficas, reemplazables sin perdida alguna por
enuncia-dos que sean explicitamente de la forma «Mi actitud ha-cia esto es...»
o «Mi sentimiento ante esto...». Pero si asi fuera, no existirian desacuerdos
morales interperso-nales; cuando dos personas expresan lo que normalmente
considerariamos que son puntos de vista en conflicto, no se trataria en
absoluto de puntos de vista en conflicto, sino que todo sucederia mas bien como
si, yendo dos personas en un bote, una de ellas dijera que se siente enferma y
la otra replicara, por su parte, que ella no. Pero es un hecho evidente que
existen desacuerdos mo rales genuinos, y que los puntos de vista morales
pueden entrar en conflicto. Los juicios morales (por lo menos a este respecto)
tienen que significar lo que suponemos que significan; y lo que suponemos que
significan, la forma en que los usamos, es tal que sus pretensiones no son meramente
autobiograficas, sino una clase de pretension que es rechazada por quien
profiere un juicio moral con-trario. Por tanto, no se limitan a describir la
actitud que tiene el hablante.
Con este argumento, sin embargo, no se renuncia a
la posibilidad de que las preferencias morales, pese a no ser directamente
descriptivas, puedan, no obstante, tener la funcion de expresar la actitud del
que las hace. Esta pretension es en si misma incontestable e inofensiva; pues
en si misma no tiene otro alcance que el de decir que de un hombre que hace un
juicio moral puede afir-marse (si ese juicio es sincero) que esta expresando su
actitud en relation con una determinada cuestion moral, y esto no es sostener
ningun punto de vista distintiva-mente subjetivista sobre los juicios morales:
de un hombre que hace sinceramente un juicio de hecho puede decirse que esta
expresando su creencia sobre un asunto de hecho, y esto no es defender una
conception subjetivista de los juicios de hecho. La interpretation subjetivista
entra en liza cuando se afirma que uno que hace un juicio moral esta expresando
su actitud, y que esto es todo to que hay que decir sobre el asunto/JLn
particular, la fuerza subjetivista de a) radica en que sugiere que en relacion
con las actitudes expresadas en los juicios morales no se plantea ,el problema
de su rectitud o de su error, mientras que en relacion con las creencias
expresadas en los juicios factuales si se plantea la cuestion de su verdad o su
falsedad.
Ahora que la tesis ha vuelto a obtener una forma
dis-tintivamente subjetivista, hay que decir que es falsa. Pues —apelando una
vez mas a las formas en que los juicios morales se hacen y se tratan en la
realidad— no es verdad que en relacion con las actitudes morales no se plantee
la cuestion de su rectitud o de su error. Una de sus notas distintivas, por
oposicion a las meras expresiones de gusto o preferencia, por ejemplo, en
materia de alimen-tos, es que tomamos muy en serio la idea de que un hombre este
equivocado en sus puntos de vista morales; por supuesto que el mismo concepto
de concepciones o ideas morales marca aqui una diferencia al inclinarse, como
lo hace, mas bien en la direccion de la creencia que en la direccion del mero
gusto o preferencia. Es pre-cisamente una nota de la moralidad el que de
gustibus non est disputandum no es una maxima que se aplique a ella.
Contra esto podria replicarse que el hecho de que
las actitudes morales puedan ser calificadas de «correctas» o «erroneas», y de
que la cuestion de su «correccion» o de su «error» sea tomada en serio, no
contribuye en nin-gun sentido definitivo a trascender el subjetivismo. No
demuestra que las actitudes morales sean mas que (me ras) actitudes, sino que
son actitudes que nos causan preocupaciones; que nos interesa asegurar una
similitud de actitudes dentro de la sociedad. El uso del lenguaje de lo
«correcto» y lo «erroneo» puede ser considerado como una parte del aparato cuya
funcion es asegurar el acuerdo, discriminando a los que disienten, etc.;
que-da, pues, en pie el hecho de que con lo unico con que contamos es con
actitudes de la gente hacia diferentes clases de conducta, personalidad,
instituciones sociales, etcetera.
Parece, empero, que esta explication no se ajusta
alos hechos: tiene por lo menos que subestimar la comple-jidad de la situation.
En particular no logra dar razon del hecho indudable de que un hombre puede
estar en un estado de duda moral, duda que puede resolver, de que un hombre
puede cambiar de forma no arbitraria de ideas en relacion con un asunto moral,
y no meramente en el caso individual, sino tambien en relacion con un asunto
general, y todo ello por razones. Asi, un hombre que antes estuviera convencido
de que la actitud permisiva en relacion con el aborto era erronea, puede
cambiar de ideas en relacion con ese asunto, y no meramente (por ejemplo)
porque se sienta solo en un grupo que mantiene una actitud permisiva. No cabe
duda de que muchos de los autores que escriben sobre filosofia moral
sobrees-timan la medida en que la gente se ve inducida a modificar sus ideas
morales por consideraciones racionales; estos autores parecen ignorar la
evidencia de hasta que punto las actitudes son modificadas por factores tales
como el deseo de conformarse con las ideas de un grupo o di-sentir de las de
otro —hablamos, claro esta, de los casos en que la pertenencia a un grupo no se
decide por razo nes morales, sino que mas bien viene determinada por la
situation y las necesidades de los individuos. Pero esto, en un cierto sentido,
cae fuera de nuestro asunto. Pues aun en el caso en que las actitudes morales
rara vez estuvieran determinadas por razones, y las razones dadas en su apoyo
solo fueran racionalizaciones, nuestro mo-delo de las actitudes y de los
juicios morales tiene que ser por lo menos suficientemente complejo para dejar
sitio a las racionalizaciones. Pues, solamente si la pos-tura a que se ve
llevado un hombre por esas fuerzas sa-tisface algunas condiciones que permiten
considerarla como la clase de position para la que las razones son relevantes,
solamente entonces podremos entenderla como una postura moral.
Sin embargo, aun cuando las actitudes morales
tengan la caracteristica de admitir apoyo o ataquc por medio de razones, y un
despliegue de razones que termina en una conclusion; aun en ese caso, cabe
todavia decir que estas actividades solo son posibles dentro de un mareo de suposiciones
dadas. Si las personas pueden discutir entre si sobre una cuestion moral
particular o sobre una cues tion de principio es porque existen actitudes
morales de fondo que no se ponen en cuestion, y a la luz de las cuales es posible
la argumentacion. Dando a este punto una forma mas fuerte, cabria decir que la
argumentacion solo es posible porque se trata de la aplicacion de ideas morales
aceptadas. Y asi, cuando no hay un trasfondo de acuerdo moral, no puede haber
argumentacion al-guna. En este punto puede reaparecer la actitud subje-tivista,
ahora con la pretension de que todo lo que se ha demostrado con estas
consideraciones relativas al in-tercambio de razones es que la moralidad de un
hombre o de una sociedad es hasta cierto punto general y siste-matica y que las
actitudes generales pueden ser aplicadas a casos menos generales. Cuando nos
salimos de esa trama de actitudes generales en las que sc esta de acuer do,
acaba tambien la argumentacion, y ya no hay forma de mostrar que una
determinada postura es correcta o erronea.
Esto esta muy cerca de nuestra segunda formulacion,
b), del subjetivismo; nos hemos visto conducidos a ella, segun parece,
introduciendo modificaciones en la pri-mera. Seria deseable, no obstante,
cambiar un elemento que parecia encajar de forma natural en la formulacion de
b), y con ello, cambiar tambien una implicacion del termino «subjetivismo».
Pues, cuando se aborda el asun-to de los desacuerdos ultimos, es natural
considerar comb unidad que mantiene un conjunto de actitudes morales a la
sociedad mas bien que al individuo —no para hipos-tasiar a la's sociedades,
sino para llamar la atencipn sobre el hecho de que hay limites para el grado de
desacuerdo ultimo que puede existir dentro de una sociedad (pues sin cierto
grado de homogeneidad moral no seria una sociedad)pero no hay limites, por lo
menos de esta clase, para el desacuerdo entre sociedades.
Interludio: relativismo
Tomemonos un breve descanso en este punto de
nues-tra argumentation sobre el subjetivismo y echemos una ojeada a una idea o
ensamblaje de ideas que se ha ido montando en el terreno de los desacuerdos
morales en-tre sociedades. Se trata del relativismo, la herejia de los
antropologos, posiblemente la idea mas absurda que se haya defendido jamas en
filosofia moral. En su forma vulgar e irredenta (que es la que voy a
considerar, ya que es la forma mas sehalada y tambien la mas influyente)
consiste en tres proposiciones: que «correcto» significa (solo puede ser
coherentemente entendido si significa) «correcto para una sociedad dada»; que
«correcto para una sociedad dada» ha de ser entendido en sentido
fun-cionalista; y que (por consiguiente) es incorrecto que los individuos de
una sociedad condenen, se interfieran en, etc., los valores de otra sociedad.
Idea con larga his-toria, fue popular entre algunos colonialistas liberales,
sobre todo administradores britanicos en lugares (tales como el Africa
occidental) en que los blancos no tenian tierras. En este papel historico,
puede haber tenido, al igual que otras doctrinas confusas, una influencia
bene-ficiosa, aunque es posible que el moderno nacionalismo africano pueda muy
bien deplorar sus implicaciones conservadoras y tribalistas.
Cualesquiera que sean sus resultados, la idea es
clara-mente inconsistente, ya que en su tercera proposition hace una afirmacion
sobre lo que es correcto y erroneo en el trato de uno con otras sociedades, y
para ello se
33
hace uso de un sentido no-relativo de «correcto» no
per-mitido por la primera proposition. La pretension de que los sacrificios
humanos, por ejemplo, eran «correc-tos para» los Ashanti, se acaba tomando en
el sentido de que los sacrificios humanos eran correctos entre los Ashanti y
esto, a su vez, en el sentido de que los sa crificios humanos entre los Ashanti
eran correctos; esto es, que no es de nuestra incumbencia interferirnos en
ellos. Pero esto ultimo no es ciertamente la clase de pre-tensiones que la
teoria piermite. A lo mas que la teoria puede dar cabida es a la pretension de
que es correcto para (es decir, es funcionalmente valioso para) nuestra
sociedad la no interferencia con la sociedad de los As hanti, y, primero, esto
no es, ciertamente, todo lo que se estaba diciendo, y, segundo, es muy dudoso
que tal cosa sea verdad.
Aparte de la vinculacion, logicamente
desafortunada, que este punto de vista establece entre una moralidad
no-relativa de la tolerancia y la no interferencia y una concepcion de la
moralidad como algo relativo, la teoria adolece en sus aspectos funcionalistas
de alguna notoria debilidad del funcionalismo en general, en concreto, de las
dificultades con que implica la identification de «una sociedad». Si se
considera a la «sociedad)> como una unidad cultural, identificada en parte
por sus valores, entonces muchas proposiciones funcionalistas dejan de ser
proposiciones empiricas y se convierten en puras tautologias: por supuesto, y
con ello nada se dice, que es condicion necesaria para la supervivencia de un
grupo-con-ciertos-valores que el grupo mantenga esos valores. En el extremo
opuesto, la supervivencia de una sociedad podria ser considerada como la
supervivencia de ciertas personas y el que esas personas tengan descen-dientes,
y en este caso muchas de las proposiciones fun cionalistas sobre la necesidad de
la supervivencia cultu ral seran falsas. Cuando en Gran Bretana algunos
na-cionalistas galeses hablan de la supervivencia de la lengua galesa como una
condicion de la supervivencia de la sociedad galesa, tratan a veces de
trasmitir la impresion de que se trata de una condicion de supervivencia de
; u
las gentes de Gales, como si el olvido del gales
fuera literalmente letal.
Entre estos dos extremos se encuentra el territorio
real-mente interesante, una provincia de fructifera ciencia social, en la que
hay espacio para pretensiones tales como la de que una determinada practica o
una determinada creencia esta integralmente conectada con muchos mas aspectos
de la fabrica de una sociedad que lo que podria parecer a primera vista, que no
se trata de una excrecen-cia, de modo que el estorbarlas o el modificarlas
llevaria a cambios sociales de alcance mucho mas amplio que el que cabria haber
esperado a primera vista; o tambien, que un cierto conjunto de valores e
instituciones puede ser tal que, si se perdieran o cambiaran profundamente, la
gente en esa sociedad, aunque sobreviviera fisicamente, lo haria solamente en
condiciones de desenraizamiento y desesperacion. Tales proposiciones, si se
confirman, serian de primera importancia a la hora de decidir que hay que
hacer; pero no pueden hacerse cargo de la tarea de decidir que es lo que hay
que hacer.
Aqui, y a todo lo largo de las cuestiones relativas
al conflicto de valores entre sociedades, necesitamos (aun que rara vez se
consigue) alguna imagen moderadamente realista de que decisiones podrian ser
tomadas y por quien, y de las situaciones para las que estas considera-ciones
podrian ser relevantes en la practica. De los dis-tintos paradigmas que vienen
a la mente, uno es el del conflicto, tal como la confrontation de otras
sociedades con la Alemania nazi. Otro es el del control, en el que (para evitar
otras complicaciones del caso mas obvio, el colonialismo) podriamos tomar el
caso de las rela-ciones del gobierno central de Ghana con los elementos
residuales de la sociedad tradicional de los Ashanti. En ninguno de los dos
casos las proposiciones funciona-listas proporcionarian por si solas ninguna
respuesta en absoluto. Y mucho menos lo haran cuando la cuestion principal es
la de si es realista o deseable considerar a un grupo dado como «una sociedad»
en un sentido re-levante, o de si sus valores y su futuro ha de considerarse
integralmente referido a los de un grupo mas amplio
—como es el caso de los negros en los Estados
Uni-dos.
La confusion central del relativismo es la de
tratar de extraer, a partir del hecho de que las sociedades tienen diferentes
actitudes y valores, un principio a priori no-relativo para determinar la
actitud de una sociedad hacia otra; esto es imposible. Si vamos a decir que
existen desa-cuerdos morales ultimos entre sociedades, hay que in-cluir, entre
los asuntos en que tales desacuerdos pueden producirse, sus propias actitudes
hacia las concepciones morales de los otros. Tambien es verdad, sin embargo, que
existen rasgos inherentes a la moralidad que tienden a hacer dificil la idea de
que la moralidad se aplica solamente a un grupo. El elemento de la
universalizacion que esta presente en toda moralidad, pero que bajo la
moralidad tribal se aplica solamente, quizas, a los miem-bros de la tribu,
llega a hacerse progresivamente exten-sivo a todas las personas en cuanto
tales. Dicho de manera menos formal: como ya hemos subrayado antes, es
esen-cial a la moralidad y a su papel en toda sociedad que ciertas clases de
reacciones y motivaciones queden fuer-temente internalizadas, y estas no pueden
evaporarse sin mas por el hecho de que uno se vea confrontado con seres humanos
en otra sociedad. A1 igual que de gustibus non est disputandum no es una maxima
que se aplique a la moralidad, tampoco lo es la de que «cuando estes en Roma,
haz lo que los romanos», que, como mucho, no es mas que un principio de
etiqueta.
Exactamente, no es cuestion de hacer lo que los
ro-manos hacen, sino de si se soporta o no lo que hacen. Aqui seria una
perogrullada subrayar que, por supuesto, alguien que llega a tener una
experiencia mas amplia del mundo puede, con razon, llegar a considerar como
provincianas algunas reacciones morales suyas ante for mas de conducta que no
le resultan familiares, y tratara de modificarlas o de desconfiar de ellas.
Existen muchas distinciones importantes que hacer aqui entre las clases de
pensamientos apropiadas a tal proceso en los dife rentes casos: a veces podra
ser que ya no considere en absoluto cierto asunto como una materia moral, a ve-
36
ces puede que llegue a la conclusion de que lo que
fuera le parecio lo mismo que algo que hubiera deplorado en su propio pais, era
en realidad, en aspectos moralmente relevantes, una cosa muy diferente. (Quizas
—aunque cuesta trabajo creerlo— hubo misioneros y otros que a los hombres en
una sociedad con poligamia los conside-raron bajo el prisma de bigamos en
germen en el propio pais.) Pero seria una conception muy particular de la
moral, e implausible tanto desde un punto de vista psi-cologico como desde un
punto de vista moral, el insistir en que estas reacciones de adaptation eran
las unicas co-rrectas, el insistir en que, en la confrontation con practi-cas
que se creen inhumanas y como tales se perciben, hay una exigencia a priori de
aceptacion. En el fasci-nante libro de Bernal Diaz del Castillo, que estuvo con
Cortes en Mejico, se narra lo que todos sentian cuando llegaban a los templos
donde se practicaban sacrificios humanos. Este grupo de valientes, muy lejos
por cierto de considerarse perfectos desde un punto de vista moral, se sentian
genuinamente horrorizados por las practicas de los aztecas. Seria sin duda
absurdo con-siderar esa reaccion como algo meramente provinciano o santurron.
Esa reaccion indicaba algo que su conducta no indicaba, que consideraban a los
indios como hombres y no como animales salvajes.
No es deshonesto insistir en esta clase de casos y,
en general, en los casos de confrontaciones que hayan tenido lugar en la
realidad. «Cada sociedad tiene sus propios estandares» puede ser, aunque vaga y
confusa, una maxima util a veces para el estudio de la sociedad; como maxima
para el estudio de la sociedad, es tambien in-dolora. Pero despues de todo,
£que se supone que va a hacer uno cuando se ve confrontado con un sacrificio
humano? —una cuestion que no tiene visos de hacerse tangible para la mayoria de
nosotros, quizas, pero bien real para Cortes. «No era asunto suyo», podria
replicarse, «y en todo caso, no tenian ningun derecho a estar alli». Tal vez
—aunque esto, una vez mas, es necesariamente en si mismo un juicio moral
no-relativo. Pero aun cuan do no tuvieran ningun derecho a estar alii, merece
la
37
pena abordar en terminos de una discusion moral
efec-tiva la cuestion de que se seguiria de ello. Si un ladron sorprende al
dueno de la casa en el momento en que trata de asesinar a alguien, £esta
moralmente obligado a no interferirse por el hecho de que su presencia alii sea
indebida?
Nada de esto significa que queramos negar el hecho
obvio de que muchos se han interferido con otras socie-dades cuando deberian no
haberlo hecho; se han inter ferido sin comprension; y a menudo, con una
brutalidad mucho mayor que la de nada de lo que trataban de atajar. Lo unico
que estoy tratando de decir es que no puede considerarse como una consecuencia
de la natu-raleza de la moralidad misma el que ninguna sociedad deba
interferirse nunca en los asuntos de otra, o que los individuos de una sociedad,
cuando se ven confron-tados con las practicas de otra, si son racionales, deban
reaccionar con la aceptacion. Sacar estas consecuen-cias es el paso
caracteristico (e inconsistente) que da el relativismo vulgar.
3 8
Subjetivismo: otras consideraciones
Los cebos del relativismo vulgar no son muy
tenta-dores. Pero su error central es muy importante; y el que se trate de un
error tiene una signification que trasciende esta doctrina particular,
preocupada como esta por las relaciones entre sociedades. Es posible que
alguien per-suadido por los subjetivistas deje de preocuparse de los problemas
morales. (Que es cosa muy diferente de dejar de considerar algo como problema
realmente moral. Asi, es tanto posible como razonable suponer que no exista una
moral distintivamente sexual, en el sentido de consideraciones morales que
gobiernen las relaciones sexuales, y nada mas; admitiendo, sin embargo, el
hecho extremadamente obvio de que las relaciones morales son profunda y
especialmente susceptibles de dar lugar a problemas morales, de confianza,
explotacion, des-preocupacion por los intereses de terceras partes, etc.) Un
hombre confrontado con una injusticia politica mons-truosa, por ejemplo, puede
que desconfie de protestar o de luchar contra ella, pues, dira, «^Quien puede
juz-gar?» o «Se trata solo de mis sentimientos frente a los de ellos», o algo
parecido.
En la medida en que exista un nexo intelectual
discer nible entre el subjetivismo y la indiferencia, tiene que implicar algo
parecido al error relativista. Pues la idea tiene que ser algo asi como «Puesto
que el subjetivismo es verdadero, no esta justificado que yo protested Si esto
es correcto, tiene que serlo, o bien porque si el subjeti vismo es verdadero,
nadie esta justificado a hacer nada,
39
o porque, si el subjetivismo es verdadero, nuestro
hom-bre esta particularmente no justificado al protestar. Si se trata de lo
primero, entonces los que cometen la in-justicia tampoco estan justificados en
lo que estan ha-ciendo, ni tampoco tendra justification nuestro hombre para no
protestar, y estas consideraciones quitan toda la base que se suponia tenia
nuestro hombre para su indiferencia. En cualquiera de los casos la argumenta
tion en esta version ha ido sin duda demasiado lejos, incluso para el subjetivismo;
pues el subjetivismo no pretendia que fuera imposible pensar que nada estuviera
justificado, sino solamente que cuando un hombre dado piensa que algo esta
justificado, en ultima instancia no se le puede demostrar que esta equivocado.
El hombre con el que estamos discutiendo, en cierto modo, ha pasado de eso a
una position en la que nadie (ni siquiera subjetivamente) puede pensar que algo
este justificado, y eso tiene que ser un malentendido; a menos, por su-puesto,
que el subjetivismo sea inconsistente, en caso de lo cual el subjetivismo es
falso, y entonces la discusion, de cualquier modo, ha terminado.
Pasemos, entonces, a la segunda alternativa, la de
que, puesto que el subjetivismo es verdadero, entonces nuestro hombre esta
particularmente no justificado al protestar. ^Por que habria de ser esto asi?
«Bien», po-dria decirnos, «ellos piensan que tienen razon, y ^quien soy yo para
decir que no la tienen?». Pero la fuerza aparente de esta respuesta deriva toda
ella del sutil abandono de la arena subjetivista y de la introduction de la
idea de que existe algo asi como una rectitud ob-jetiva, solamente que no se
esta seguro de si las acciones de las otras personas la poseen o no. Si se
empecina en la senda del subjetivismo, nuestro hombre tiene que re-conocer que
si decide pensar que los otros estan equivo-cados y que tiene razon al
protestar, entonces tampoco puede decir nadie que el esta equivocado, con lo
que el no esta menos justificado al protestar que lo que lo estan los otros al
hacer las cosas que hacen. Otra forma de expresar este punto es esta: «tal vez
ellos tengan razon» tiene que ser uno de sus pensamientos morales
4 0
(de nuestro hombre, se entiende). Si tambien tiene
el pensamiento «Estan equivocados (solo que yo no estoy justificado al
protestar)», nuestro hombre tiene pensa-mientos morales inconsistentes dentro
de su propio sis-tema, y el subjetivismo nunca le exigio que hiciera esto. Pues
no cabe duda de que el pensamiento «^,Quien soy yo para decir que estan
equivocados?» es un pensamiento que ha tenido, no dentro de su propio recinto
subjetivo, sino en el espacio intermedio entre su propio recinto y el de otras
personas; es un pensamiento que trata de mantenerse fuera de todas las
posiciones morales (in-cluyendo la del que lo tiene) y seguir siendo, no
obstante, un pensamiento moral. Pero este lugar intermedio, aun para el propio
subjetivismo, no es lugar en el que nadie pueda tener un pensamiento moral.
Esta clase de razones muestran por que los
empenados en desactivar el subjetivismo dicen que el subjetivismo deja todo
donde estaba y que no es posible que logica-mente pueda implicar indiferencia
ni ninguna otra ac-titud practica. (Quizas con demasiada rapidez, pasan de ahi
a la pretension de que sus ideas no pueden alentar ninguna de esas actitudes,
basandose tal vez en el cues-tionable argumento de que a mi no se me puede
hacer responsable de las confusiones en que cae la gente como resultado de lo que
digo.) Pero, ^el subjetivismo deja realmente todo donde estaba? Ciertamente que
no todo. Las maranas dialecticas que acabamos de atravesar son, a mi juicio.
perfectamente validas en el sentido de que muestran que la indiferencia no
podria seguirse logica-mente del subjetivismo. Pero la razon por la que esto es
asi es que la argumentacion en favor de la indife rencia exige, y el
subjetivismo prohibe, lo que hemos denominado la posicion intermedia. Pero al
prohibir esa posicion intermedia, el subjetivismo parece haber quitado algo,
pues por lo menos parece que somos ca-paces de reconocer esa posicion
intermedia (por ejemplo, en los mismos enunciados del subjetivismo). Otra forma
de expresar nuestro malestar es que parece que en estos argumentos no se nos ha
dado ninguna razon especial de por que la posicion intermedia esta vetada a la
moralidad.
4'!
Dijimos que la position intermedia no era sitio
donde pu-diera tener lugar un pensamiento moral. Pero si que parece un sitio
apropiado para otras clases de pensamiento, en particular, para el pensamiento
factual. Por supuesto que el subjetivismo (veanse b) y c) de las formulaciones
initia l s que dimos anteriormente) insiste en el contraste entre las
actitudes morales, considerando las ultimas como «objetivas» en un sentido en
que no lo son las primeras. El subjetivista nos deja, y puede que pretenda dejarnos,
con la molesta sensation de que las creencias factuales tienen, y a las morales
les falta, algo que es bonito tener: con la molesta sensation de que las
creencias factuales y la ciencia son en cierto modo mas sdlidas que la
mora-lidad.
Pero aun asi, se nos dira, el subjetivismo deja
todo donde estaba en lo que concierne a la moralidad, aunque tal vez no en lo
que concierne a los sentimientos confu-sos sobre la moralidad. Pues aun
supuesta la diferencia de solidez, de ello no puede sacarse ningun genero de
conclusion practica. En particular, no podemos concluir (como parece obvio que
algunos se sienten inclinados a hacer hoy) que, puesto que la ciencia es
objetiva y la moralidad no lo es, estamos objetivamente justificados a
dedicarnos a la ciencia, mientras que solo lo estamos sub-jetivamente para
protestar contra la injusticia. Pues dedi cate a la ciencia no es una
actividad menos practica que cualquier otra, y no hay mas razon de por que una
habria de estar objetivamente justificada y no cualquier otra. Las
justificaciones para dedicarse a asuntos objetivos no son justificaciones
objetivas para dedicarse a esos asuntos, como tampoco el hecho de que existan
justifi caciones deductivas de los teoremas de Principia Mathe-matica significa
que existan justificaciones deductivas de los proyectos de leer, reconstruir, o
descubrir los teo remas de Principia Mathematica. Todos estos son ejem-plos de
esa falacia particularmente tentadora a la que podemos llamar el principio de
los «bueyes gordos»: para conducir bueyes gordos, tiene uno que ser gordo.
De la misma manera, aunque de forma mas sutil, el
hecho de que las medidas politicas «pragmaticas» (esto
42
es, medidas politicas en las que se hace uso de
sofistica-das consideraciones tecnicas en la persecution del pro-pio interes)
puedan ser comparativamente evaluadas entre si con mayores expectativas de que
los expertos lleguen a un acuerdo que lo que cabe esperar en el caso de medidas
mas idealistas, no demuestra, aunque sea verdadero, que tengamos razones mas
objetivas y soli-das para adoptar politicas pragmaticas que para adoptar
politicas idealistas. Una vez que las hemos adoptado, puede que tengamos razones
mas objetivas a la hora de desarroilarlas, o sea, a la hora de decidir que es
lo que hay que hacer a continuation; pero nunca pisamos sobre razones mas
objetivas con referencia a la cuestion de si la clase de cosas que estamos
haciendo son las que debemos hacer o no. Simplemente nos sentimos mas comodos
al trabajar, y tanto mas si lo hacemos entre expertos sofisticados.
Asi el subjetivismo, incluso con este molesto
contras-te suyo entre ciencia y moralidad, logicamente aun no tiene por que
extraer de ello consecuencias practicas. Ni incluso puede arrojar la conclusion
de que estamos mas solidamente justificados para tener creencias factua-les que
creencias morales; o de que pisamos sobre razones mas objetivas cuando se trata
de una cuestion factual que cuando se trata de una cuestion moral; o de que
estamos objetivamente justificados para buscar la verdad sobre algo; o para tratar
de buscar explicaciones cientificas de los fenomenos y no contentarnos con la
superstition; pues todo lo que el subjetivismo nos dijo es que las creencias
factuales y cientificas eran objetivas; ahora bien, el que hayamos de buscar
creencias factuales o cientificas no es, a su vez, una creencia factual o
cientifica.
Tal vez el subjetivista conceda de grado estas
obser-vaciones relativas a la dedication a la actividad cientifica o al
pensamiento factual racional. Examinemos noso-tros, pues, con mas detalle esa
diferenciacion central que establece entre esas actividades por un lado, y el
pensamiento moral por el otro. El subjetivista puede muy bien empezar diciendo
que si nos dedicamos a esas actividades, entonces, como los hechos son lo que
son,
4 3
no tenemos mas remedio que llegar a alguna clase de
acuerdo sobre las creencias cientificas o factuales; ahora bien, porque nos
introduzcamos en una discusion mo ral, y los hechos sean lo que son, no por
eso puede de-cirse que no tengamos mas remedio que llegar a algun acuerdo en
las creencias morales. Existe un elemento en esta respuesta que debe corregirse
de una vez por todas. Pues no es en modo alguno verdad que, porque los he chos
sean como son, no tengamos mas remedio (supuesto el pensamiento factual) que
llegar a algun acuerdo en las creencias factuales: los hechos pueden estarnos
ocultos. Lo mas que podemos decir es que si reconocemos que los hechos son asi,
no tenemos mas remedio que llegar a algun acuerdo sobre las creencias
factuales. Y esto es una tautologia, pues el reconocimiento por nuestra parte
de que los hechos son asi implica el que lleguemos a algun acuerdo sobre las
creencias factuales. Tal vez el subjetivista pueda corregir el escaso interes
de esta pro-posicion diciendo algo parecido a lo que sigue: que si dos
observadores estan en la misma situacion de obser vation, y tienen los mismos
conceptos y no son deficientes como observadores, etc., entonces llegaran a las
mismas creencias factuales sobre esa situacion. Si el «etc.» en esto ultimo
puede ser manejado de forma que la propo sition resulte verdadera, entonces es
casi seguro que acabara siendo tambien necesariamente verdadera. Muy bien,
responde el subjetivista; pero eso no es necesaria mente verdadero, y por
supuesto, no es verdadero en absoluto que si dos observadores estan en la misma
si tuacion de observation, tienen los mismos conceptos, etcetera, entonces no
tienen mas remedio que llegar a las mismas creencias morales —y de ahi el
contraste. Pero, puede ser nuestra replica, ^estarnos seguros de que esto
ultimo no es verdad si suponemos que tienen los mismos conceptos morales —-que
es sin duda la verdadera analo-gia? No, no es verdad ni siquiera en ese caso,
dice el subje tivista: pues si tienen, como muy bien pudiera ser, unos
conceptos morales mas bien minimos, tal como el mero concepto de lo que uno
debe hacer, pueden estar de acuerdo en todos los hechos y, sin embargo,
disentir moralmente.
4 4
Esta es una tesis central de muchos filosofos que
in-sisten en la distincion hecho/valor. Estos filosofos se representan las
diferentes concepciones morales de la siguiente forma: todas ellas harian uso
de algun con-cepto moral comun, a modo de esqueleto, que rellenarian de forma
diferente o al que darian diferentes contenidos. Ahora bien, cabria insistir en
que buena parte del pen-samiento moral no opera con esos conceptos
empobre-cidos; en que, por lo comun, pensamos en terminos de ideas mas
complejas de virtudes, tipos de accion equivo-cada, etc., nociones, por
ejemplo, de robo, cobardia, o de lealtad, o de los deberes de la profesion de
uno. Con estos conceptos morales mas sustanciales, existen me-jores
expectativas de que, si usamos unos mismos con ceptos, llegaremos a un
acuerdo, o por lo menos, a los tipos d:■desacuerdo que razonablemente podemos
espe-rar, y que son menos desalentadores. Pero el subjetivista dira que sigue
existiendo la asimetria siguiente: que en los contextos cientificos o factuales,
si dos observadores tienen diferentes conceptos pueden, en ultima instancia, o
bien darse cuenta de que los conceptos son de hecho equivalentes, o si no,
encontrar, para preferir los unos a los otros, una razon en terminos de exito
predictivo, potencia explicativa, etcetera, y que en el caso de la mo-ralidad
no existe nada paralelo a esto.
Aun cuando abandonemos la ingenua creencia (a la
que algunos subjetivistas se aferran cuando insisten en este contraste) de que
la ciencia «prueba» cosas; aun cuando aceptemos que lo que la ciencia hace es
eliminar hipotesis y que existen infinitas hipotesis que nunca han sido
eliminadas porque son demasiado excentricas como para que nadie se tome la
molestia de comprobarlas (una observation que he oido hacer a Hilary Putnam);
sin embargo, existen procedimientos de elimination que tienen que ser respetados
por las personas que se mueven en el contexto de la ciencia, e incluso los
desacuerdos conceptuales pueden, con suerte, quedar sometidos a criterios que
son aceptados de forma impersonal. Pero para algunos desacuerdos entre personas
y grupos, cuando ambos se ven envueltos en discusiones que se
45
admiten como morales, no existen tales
procedimientos.
El contraste —algun contraste— existe.
Pero, ipor que no habria de existir? Este es el
punto en el que finalmente el filosofo que durante todo este tiempo ha estado
discutiendo con el subjetivista podria por fin dar un giro y decir: por
supuesto que el con traste existe; la moralidad no es ciencia o conocimiento
factual, y es esencial que no lo sea. Lo propio de la mo ralidad no es
reflejar el mundo, sino cambiarlo; la mora lidad se refiere a cosas tales como
principios de action, election, responsabilidad. El hecho de que hombres de
igual inteligencia, conocimiento factual, etcetera, pue-dan disentir
moralmente, nos dice algo sobre la morali dad : que (dicho aproximadamente) no
podemos cargar la responsabilidad de lo moral sobre como es el mundo. Pero esto
no demuestra (como el subjetivismo parecia en un principio insinuar) que, por
ello, algo ande mal en el asunto.
Alguna afirmacion de este tipo —y lo unico que he
hecho es esbozarla a grandes rasgos— tendra que cons-tituir la culmination del
proyecto que he llamado de desactivacion del subjetivismo. Y segun lo veo yo,
ha de concedersele algun exito. Las formas mas obvias en las que alguien podria
sentirse desalentado por el subje tivismo parecen haber quedado bloqueadas.
Razon por la que, para volver una vez mas sobre la cuestion del indiferentismo,
que hemos tratado antes, el empenado en este proyecto de desactivacion podria
reordenar al-guno de los materiales del subjetivista en una argumen tation
como la siguiente: Observamos que, cuando hom bres de igual competencia
cientifica o historica, de igual habilidad perceptiva o intelectual, etcetera,
estan en pro-fundo desacuerdo sobre algun asunto cientifico o his-torico,
existe una buena razon para que dejen de disentir de forma tan profunda y para
reconocer algo que su mismo desacuerdo, supuestos sus conocimientos y su
capacidad, pone de manifiesto, a saber: que el asunto es incierto: entonces, es
racional tanto para ellos como para terceras partes el suspender el juicio. Uno
se siente tentado de pensar que lo mismo cabria decir de los casos
46
dedesacuerdo moral; pero seria una equivocation. Ya
que seria empezar estableciendo una diferencia entre la mo-ralidad y el
conocimiento factual, para acabar asimilan-dolos despues. Pues la diferencia
vital es que el desacuer do en la moralidad se extiende a que es lo que habria
que hacer, y esto implica, por ambas partes, el preocuparse por lo que ocurre;
y una vez que uno se da cuenta de esta diferencia, se da cuenta igualmente de
que no po-dria constituir una exigencia de la racionalidad el que uno dejara de
preocuparse de estas cosas porque el otro no esta de acuerdo con uno.
Este argumento, y otros similares, me parece que
demuestran que la operation de desactivacion se ha lle-vado a cabo con exito en
ciertos aspectos vitales. ^Ha sido completo el exito? Si lo ha sido, entonces
estabamos equivocados cuando hace un rato nos sentiamos inco-modos porque el
subjetivismo excluia para la morali dad, pero no para las creencias factuales,
algo que llamabamos la «posicion intermedia». Pero a mi juicio no estabamos del
todo equivocados cuando dabamos pabulo a ese sentimiento de malestar —tal vez
ahora podamos ver por que.
Si tengo un desacuerdo factual con un hombre,
podria pensar: «Yo creo que /?, el cree que no-/?. Quizas tenga razon.» La
forma natural de entender esto es como ex presion de duda, como expresion de
una confianza en cierto modo disminuida; la forma en que me digo «Quizas tenga
razon» implica que si bien yo sigo creyen-do todavia que /?, con todo, mi
creencia no es ya tan fuer-te. Si lo entendemos de esta forma, puede
establecerse sin esfuerzo un paralelo con el caso moral; pues si pien-so
«Quizas tenga razon», esto sera tornado tambien como expresion de una confianza
en cierto modo dis minuida. Ahora bien, en el caso factual es posible un
pensamiento que parece similar pero que no es el mis-mo: el pensamiento «Yo
estoy convencido de que /?, pero, con todo, es posible que no-/?», y esto no es
en ab solute una expresion de duda, sino que mas bien registra la
consideration impersonal de que lo que las cosas son es independiente de mis
creencias; ellas son lo que son,
4 7
cualesquiera sean mis creencias. No sabemos
exacta-mente que contenido asignar a este pensamiento, pero a menos que
sostengamos los puntos de vista filosoficos mas drasticos, estamos convencidos
de que ese pensa-miento tiene un contenido: el empenado en la tarea de
desactivacion estara de acuerdo en esto. Pero, precisa-mente, el subjetivismo
desactivado no permite pensa-miento paralelo posible por el lado moral: para el
subjetivismo, aunque desactivado, justamente no existe contenido para «Yo estoy
convencido de que la discrimi nation racial es mala, pero, con todo, es
posible que no lo sea», excepto cosas tales como «^Hasta que punto estoy
convencido?» o «Supongo que alguien podria ha-cerme cambiar de parecer».
Tal contraste (y, lo mismo este que otros
contrastes relacionados con el, necesitan de una adecuada investi gation que
no podemos emprender aqui) podria hacer que estuvieramos de acuerdo con la
tercera formula subjetivista que introdujimos al principio: no hay he-chos
morales. Sin embargo, una vez mas, el empenado en la desactivacion dira: esto
no es sino una formulacion mas de lo que ya he dicho, y se trata de una
formulacion de algo esencial y no nocivo para la moralidad. Pues yo ya he dicho
que el pensamiento moral es esencialmente practico; y que no es asunto suyo
reflejar el mundo. Pero ahora podriamos replicar: dijiste que no era asunto
suyo reflejar el mundo de los hechos empiricos y esta-bamos de acuerdo en ello.
Pero, ^estabamos de acuerdo acaso en que no reflejaba hechos en absoluto? Y
aqui el punto que nos dejaba insatisfechos adquiere mas cla-ridad con la idea
de que la razon por la que incluso el subjetivismo desactivado parece haber
dejado algo fuera es que el pensamiento moral parece como si reflejara algo,
como si estuviera constrenido a seguir algo mas bien que a ser libremente
creador. Cuando vemos, ade-mas, que muchos filosofos empenados en esta tarea de
desactivacion expresan la esencial diferencia entre el pensamiento moral y el
pensamiento factual en terminos de un contraste entre el entendimiento y la
voluntad, y se representan el terreno de la moralidad en terminos
4 8
de una option por determinados principios morales,
en-tonces tenemos razones para sentirnos insatisfechos, o bien con ellos, o
bien con el pensamiento moral. Pues ciertamente, la conciencia de un principio
de accion por el que libremente se opta es dificil que sea la conciencia de un
principio moral, que es mas bien la conciencia de algo que tiene que ser
reconocido. Si ademas se nos dice que eso tiene su explicacion psicologica,
entonces el pensamiento moral parece un engano, al presentarsenos como algo muy
parecido a algo que no es.
Estas observaciones se limitan a apuntar hacia el
cen-tro de nuestra insatisfaccion. Dejan casi todo por ha-cer: y tal vez no
solo en filosofia moral. Por ejemplo, necesitamos distinguir dos cosas que van
mezcladas en lo que acabamos de decir, la idea del realismo —que el pensamiento
tiene un objeto que es independiente del pensamiento— y la idea de que el
pensamiento este constrenido a sacar ciertas conclusiones. Asi, el pensa
miento matematico tiene esta ultima propiedad, pero es una cuestion profunda e incierta
en la filosofia de la ma-tematica la de hasta que punto habriamos de o
podriamos pensar en terminos realistas sobre el objeto de las ma-tematicas.
Vamos a dejar aqui la discusion directa del
subjetivis-mo y de los temas que suscita, con la conclusion de que el
subjetivismo desactivado no deja todo donde estaba, pero si deja donde estaba
mas de lo que hubiera ca-bido pensar cuando iniciamos esta discusion. Si,
aunque desactivado, hay subjetivismo, las cosas en la mora-lidad no son
exactamente lo que parecian ser; pero el fraude, habria que anadir, justifica a
lo mas el malhumor, mas bien que el panico. No perderemos de vista, empero, la
idea de ligaduras sobre el pensamiento moral, las limitaciones en la creacion
de valores. Volveremos a ellas por otro camino. a traves de la idea de la
bondad. Para hablar de la bondad, empezaremos hablando de «bueno».
49
«Bueno»
El uso del termino «bueno» ha constituido un foco
para muchas discusiones de asuntos basicos en filosofia mo ral; aunque seria
un error pensar que esta palabra, o sus equivalentes aproximados en otras
lenguas, podrian soportar ellos solos todo el peso de esa tematica, si es
cierto que el examen de ese termino representa una util palanca para suscitar y
clarificar algunos de ellos. Em-pezaremos con algunas consideraciones logicas:
estas nos conduciran a cosas de mayor sustancia moral.
Como observo Aristoteles, «bueno» se dice de mu
chas clases de cosas; de cosas que, por supuesto, perte-necen a categorias
diferentes. Y aunque en cierto modo no queremos decir lo mismo cuando lo
aplicamos a estas diferentes clases de cosas —y en este sentido, lo que hace
que un general sea un buen general es diferente de lo que hace que un medico
sea un buen medico—, no por ello podemos decir que el termino sea ambiguo: no
podriamos reformar el lenguaje y decir justamente lo que queremos decir ahora si
nos pusieramos a sustituir «bueno» por una expresion diferente cada vez que el
termino aparece.
Mas que una teoria, lo que se ha tratado en tiempos
recientes es de construir un modelo para mostrar que «bueno» es genuinamente
no-ambiguo. Una de esas ten-tativas fue la de G. E. Moore, quien sostenia que
la bon-dad era una simple propiedad indefinible como la amari-llez, solo que, a
diferencia de la amarillez, era no-natural, es decir (aproximativamente), que
no era la clase de
51
propiedad cuya presencia o ausencia pudiera
estable-cerse por investigation empirica, si bien (de una forma que queda muy
oscura en esta teoria) la observation de las caracteristicas empiricas de una
cosa era, sin duda, relevante para la aprehension de la bondad.
Aparte de su evidente caracter misterioso y no
expli-cativo, este planteamiento de Moore se enfrenta a una objecion logica. Un
importante rasgo de «bueno» es que, en muchos de los casos en que aparece,
funciona como un adjetivo atributivo y no como un adjetivo pre dicative) (que
es la forma en que P. T. Geach ha expre-sado esta distincion)«Amarillo», por
ejemplo, es un adjetivo predicativo, pues un enunciado de la forma:
Es un pajaro amarillo
admite el analisis
Es un pajaro y es amarillo.
Ademas, de los dos enunciados siguientes:
Es un pajaro amarillo
Un pajaro es un animal
podemos inferir la conclusion
es un animal amarillo.
Pero el enunciado
Es un buen jugador de criquet
no puede analizarse como
Es un jugador de criquet y es bueno
ni de los enunciados
Es un buen jugador de criquet
Un jugador de criquet es un hombre podemos inferir
validamente la conclusion
Es un hombre bueno.
1 P. T. Geach, «Good and Evil». A n a l y s i s .
vol. 17 (1956).
52
A un adjetivo que tiene esta ultima caracteristica,
la de estar logicamente pegado al sustantivo al que califica, podemos llamarlo
adjetivo atributivo; o, hablando con mas precision, a una forma de uso en la
que el adjetivo va pegado de ese modo al sustantivo al que califica, podemos
denominarla forma atributiva de uso del ad jetivo. Ahora bien, en la
explicacion de Moore se sos-tenia que «bueno» se parecia a «amarillo» en el
hecho de que, al igual que este, representaba una cualidad sim ple, pero que
se distinguia de «amarillo» en que la cuali dad por la que estaba era una
cualidad no natural; y, por mas misterioso que eso suene, tiene que implicar,
por lo menos, que la conducta logica de «bueno» como adjetivo tiene que ser
igual que la de «amarillo». Pero no lo es, y, por tanto, la explicacion de
Moore tiene que ser rechazada no porque no sea esclarecedora y sugeren-te, sino
porque esta radicalmente desencaminada.
Otro importante adjetivo atributivo es «autentico»
—una asercion de que algo es autentico solo puede ser entendida si podemos
responder a la pregunta, «^,auten-tico que?». Esto puede quedar ilustrado por
esa situa tion en el mundo del arte, en la que los coleccionistas pueden estar
interesados en adquirir las obras de ciertos falsificadores, de suerte que
algunas personas pueden estar interesadas en falsificar falsificaciones: asi,
puede plantearse la cuestion de si este cuadro es un autentico Van Meegeren,
pues todo el mundo sabe ya que en cual-quier caso no se trata de un autentico
Vermeer.
La caracteristica de la atributividad necesita, sin
em bargo, de una exploration mas profunda si queremos llegar a una comprension
de «bueno». Podemos com-probar que «grande» es atributivo: asi, de
a) Es
un raton grande
b) Un
raton es un animal
no podemos inferir validamente
c) Es
un animal grande.
La explicacion del fallo de esta inferencia, y de
la atri-
butividad de «grande» es bastante clara —se trata
de que «grande» funciona como termino comparative, y «Es un raton grande»
significa algo asi como «Es un raton de mayor tamano que la mayoria de los
ratones». Si hacemos un analisis similar, la conclusion c) viene a significar
algo asi como «Es un animal de mayor tamano que la mayoria de los animales», y
entonces podemos ver por que falla la inferencia. Lo que podria inferirse
validamente de esas premisas, si atendemos al analisis comparative, es
d) Es
un animal mas grande que la mayoria de los
ratones
que, como se ve, es una conclusion correcta.
^Podemos explicar de la misma forma la atributividad
de «bueno»? Es dificil que toda atributividad pueda
ex plicate en esos terminos —un Van Meegeren autentico no es mas autentico que
la mayoria de los Van Meegeren. Parece mas plausible sugerir que «bueno» o
«buen» en «buen F» es atributivo porque «buen F» significa algo asi como «mejor
que la mayoria de los Fs». Sin embargo, un examen mas atento demuestra que no
es asi. Acaba-mos de ver que basandonos en el analisis comparativo de «grande»,
podemos pasar validamente de las premi-sas a) y b) a la conclusion d). Si
«bueno» o «buen» fuera atributivo por ser comparativo, entonces, de forma si
milar, de
Es un buen jugador de criquet
Un jugador de criquet es un hombre
podriamos concluir:
Es un hombre mejor que la mayoria de los jugadores
de criquet
pero esta conclusion no es valida, y esta expuesta
a las mismas objeciones que la inicial, «Es un hombre bueno». Estariamos mas
cerca de una conclusion acep-table solo con algo como lo siguiente:
Es un hombre mejor en el criquet (o mejor como ju-
54
gador de criquet) que la mayoria de los jugadores
de criquet.
E incluso esto es dudoso, plies parece que no hay
contra-diccion en la idea de que, con lo floreciente que es la situacion de
este juego, la mayor parte de los jugadores de criquet son bastante buenos; si
esto es posible, el analisis comparativo en cualquier sentido parecido a la
forma que acabamos de darle, desaparece tambien. Pero, aparte de esto y, en
cualquier caso, el analisis compara tivo no ha logrado despegar a «bueno» de
su sustantivo; en la conclusion anterior, la conexion persiste, con «bueno» esta
vez en su forma comparativa («mejor»). Asi, la atributividad de «bueno» exige
una conexion mas intima con su sustantivo que la exigida en el caso de un
adjetivo meramente comparativo como «grande» («de gran tamano»).
Como «bueno» en esta clase de construction esta
in-timamente conectado con el sustantivo al que califica, el significado de una
frase de la forma «un buen x» tiene que ser tornado como un todo; y su
significado viene en parte determinado por lo que ocupe el lugar de x. ^Podemos
dar un paso mas y decir que, en frases de esta forma, el significado del todo
viene esencialmente determinado por el significado de lo que ocupe el lugar de
x l En muchos casos parece como si pudiera darse este paso. Pues si consideramos
definiciones funcionales de artefactos, tales como «reloj» o «abridor de
latas», o tambien descripciones de seres humanos que se refieren a sus papeles,
oficios o actividades especializadas, tales como «jardinero» o «general» o
«jugador de criquet», parece que si uno entiende estas expresiones (por lo
menos en el sentido fuerte de que uno entiende que es un abridor de latas, por
ejemplo, o que hace un general), entonces uno comprende, dentro de ciertos
limites, que es una buena cosa de esta clase.
Puede tratarse de una comprension en un nivel muy
general y abstracto, y dentro de ese marco de referencia abstracto y lato
quedara mucho espacio para el desa-cuerdo y para la sofisticada comparacion de
meritos. En particular, puede haber puntos de vista divergentes
5 5
o cambiantes en relation con que aspectos de una
ac-tividad humana tienen que tener que clase de peso en la evaluation: asi, una
persona, o una epoca, pueden tener puntos de vista distintos de los de otras en
rela tion con la importancia que tiene para la estimation de un general como
bueno el que gane sus victorias con un minimo de perdidas de vidas humanas.
Elio no obstante, una comprension de lo que es un x parece que ciertamente, en
estos casos, contiene una comprension general de los criterios apropiados para
decir que algo es un buen x. Los casos mas claros que todos son, por
descontado, los de descripciones tecnicas de artefactos; si alguien entrara en
una factoria de aviones y dijera «esto es una buena ala sostenedora»
refiriendose a un proto-tipo que hubiera sido rechazado por estar mal disenado
o mal realizado, no cabe duda de que se habria equivo-cado; y si despues
explicara que dijo eso porque le encanto la forma o el pulimento del artefacto,
eso en nada mejoraria la observation que habia hecho, ya que estos no son
criterios para decidir si un ala es una buena ala, aunque muy bien pueden ser
criterios apropiados para alguna otra evaluation de esa pieza de metal, por
ejemplo, como objeto estetico. (Esto ilustra una vez mas la importancia que,
con la evaluation, adquiere la cues-tion de bajo que concepto esta siendo
evaluada la cosa.)
Existe en la filosofia contemporanea una fuerte
tradi tion de resistencia a la idea de que los criterios de valor, de lo que
hace a una cosa de una cierta clase una buena cosa de esa clase, no pueden
nunca ser logicamente deter-minados por verdades factuales o conceptuales: esto
es una aplicacion central de la distincion entre hecho y valor a la que ya nos
hemos referido. Esta resistencia fue influyentemente alentada por Moore, que
acuno la denomination de «falacia naturalista» para la equivo cation en la que
se pretendia que incurria cualquier punto de vista que sostuviera que la bondad
de una cosa podia ser identificada con algun conjunto de ca-racteristicas
empiricas, o tambien metafisicas. Moore hizo una exposition de esta
equivocation en terminos de su teoria de que la bondad era una propiedad no
5 6
natural, punto de vista que, como ya hemos visto,
en la medida en que en absoluto resulta comprensible, es un triste error.
Muchos filosofos modernos que estan de acuerdo en que Moore no tenia razon en
su punto de vista, coinciden, sin embargo, con el en considerar que la «falacia
naturalista» es una falacia genuina e importante; y dan una nueva explicacion
de su natura-leza. Esta explicacion, reduciendola a trazos demasiado sumarios,
viene a ser la siguiente: que la funcion de los enunciados de la forma «esto es
un buen A» es prescribir o recomendar, o la de llevar a cabo algun proposito
lin-guistico de este tipo en el marco general de lo normativo o evaluativo,
mientras que el limitarse a describir las caracteristicas de A no es llevar a
cabo tal proposito; y ningun conjunto de enunciados que no lleven a cabo tal
proposito puede logicamente implicar ningun enun-ciado que lo haga. Prescribir,
recomendar, etc., es hacer algo que los hechos por si mismos no pueden hacer
que hagamos; tenemos que tener alguna actitud evaluativa o prescriptiva que
haga que resalten ciertas caracteris ticas, si es que esas caracteristicas han
de contar para nosotros como razones de aprobacion. El mero conoci-miento del
mundo, o la comprension de los conceptos, no pueden por si mismos bastar para
producir tal cosa.
Un examen completo de esta posicion requeriria algo
que nos llevaria muy lejos en este ensayo, el estudio de un importante campo en
desarrollo en la filosofia del len-guaje, la teoria de los actos de habla, de
las distintas cosas que podemos hacer al emitir oraciones. Sin em bargo,
podemos senalar brevemente tres puntos. El pri-mero es que no puede existir
ninguna conexion muy simple entre actos de habla tales como recomendar o
prescribir por un lado, y el significado de enunciados tales como «esto es un buen
A» por el otro. Como mu-cho, el uso de estos enunciados constituira un acto de
recomendacion, etc., solamente si los enunciados son de hecho objeto de
asercion: pero un enunciado tiene el mismo significado tanto si es objeto de
asercion como si no lo es. Asi, entendemos el enunciado «Es una buena pelicula»
en el contexto «Si es una buena pelicula. ganara
5 7
algun Oscar»; pero en este contexto no es objeto de
aser-cion y, por tanto, no ha tenido lugar ningun acto de recomendacion2. Asi
pues, la conexion entre significado y recomendacion tiene, cuando menos, que
ser indirecta.
En segundo lugar, la teoria parece suponer
demasiado deprisa que las funciones de recomendar, etc., y de des cribe, se
excluyen entre si. Sin embargo, una misma crea tion puede vehicular de una vez
muchos actos de habla: si digo «Manana va a llover», puedo, de una vez, haber
descrito el tiempo de manana, hecho un pronostico, o hecho una advertencia a
alguien, etc. Ademas, la cuestion de si efectivamente, al emitir una cierta
oration, llevo a cabo alguno de estos actos de habla, puede venir de-terminada
por lo que digo junto con los hechos de la situation. Asi, si digo «E1 hielo es
fino», sin duda alguna habre descrito el hielo, pero tambien, a la luz
simple-mente de los intereses y propositos de alguien, puedo haber hecho algo
que para ese alguien cuenta como una advertencia. De forma parecida (aunque no
exactamente similar), si digo, describiendo este reloj que no atrasa ni
adelanta, que no necesita cuerda, que nunca se es-tropea, etc., habre hecho
algo muy parecido a recomen-darlo como reloj, de forma completamente
indepen-diente de ninguna election por mi parte de los criterios que deciden si
un reloj es un buen reloj. Por descontado que las caracteristicas de este reloj
y la naturaleza general de los relojes no pueden hacer que yo pase a la
recomen dacion —puedo permanecer en silencio— : pero determi-nan que si hago
una description verdadera de este reloj en esos aspectos, entonces estoy
haciendo algo en el ambito de recomendar o de hacer una evaluation favorable de
este reloj.
Este ultimo punto nos lleva a la tercera
consideration. Actividades tales como recomendar, etc., son ante todo
actividades que se hacen abiertamente, conectadas con la efectiva emision de
oraciones: es por lo que he di-
cho que su estudio pertenece a la teoria de los
actos
: Cfr. J. R. Scarle, «Meaning and Specch-Acts», P h
i l o s o p h i c a l R e v i e w , vol. 71 (1962).
S 8
de habla. Pero, posiblemente, ninguna explication
de los enunciados que contienen «bueno» pueda ser ade-cuada si se mantienesolo
en este nivel; pues cabe limitarse a pensar, o a creer, o a llegar a la
conclusion de que algo es bueno en su clase, sin hacer en absoluto ninguna
pro-ferencia en ese sentido. Si aborrezco a Bloggs, puedo abstenerme
cuidadosamente de hacer ninguna obser vation favorable de sus realizaciones
como jugador de criquet, es decir, precisamente abstenerme de encomiarlo o de
hacer nada parecido; sin embargo, en mi interior puedo verme forzado a
reconocer que es un buen juga dor de criquet. Una explication adecuada tiene
que de jar lugar para ese reconocimiento.
Estas consideraciones extremadamente sumarias
pue-den servir de indication de algunas de las dificultades con que se enfrenta
esta renovada version de la proscrip-cion de la «falacia naturalista». En
realidad pienso que, como doctrina general de las funciones de «bueno», la
distincion tajante entre hecho y valor que este punto de vista implica
constituye un error: parece claro que para muchos argumentos de x en «esto es
un buen x», una comprension de lo que ,x es o hace, y el conocimiento factual
de x —esto es, una combination de information conceptual y factual— le bastan a
uno para determinar, por lo menos a grandes rasgos, la verdad o la falsedad del
juicio. Esto, ciertamente, es objetividad. Pero, ^es asi para todos los
argumentos de x? Cuando examina-mos esta cuestion, encontramos casos en los que
todo resulta mucho mas dificil, y en los que la distincion he cho-valor, o
algo parecido, ofrece mejores asideros : ca sos en los que se hacen necesarias
algunas consideracio nes mas profundas sobre el valor. Lo que buena parte de
la filosofia contemporanea ha presentado como una doctrina logica muy general
sobre el comportamiento de «bueno» puede considerarse que tiene su interes como
una doctrina mucho mas restringida y no puramente logica sobre la bondad de
cosas y, mas particularmente, de personas bajo ciertas descripciones
especificas.
59
Bondad y roles
Consideremos la expresion «un buen padre»\ Aun-
que a grandes rasgos esta medianamente claro que
clase
de criterios acompanan a esta expresion, no esta
claro
en absoluto que la comprension de lo que es ser
padre
implique una comprension de esos criterios. Y esto
no
es solamente porque la idea de ser un buen padre
con-
tenga una
referenda a ciertas convenciones sociales;
pues eso tambien ocurre con «jugador de criquet» o
«empleado de banco» —saber lo que es un empleado
de banco implica una buena dosis de conocimiento
del
tejido social en terminos del cual viene definido
el papel
de empleado de banco—■, pero cuando entiendo ese
papel
en esos terminos, tambien entiendo a grandes rasgos
las
clases de cosas que un hombre tendria que hacer
para
que se pueda decir de el que es un buen empleado de
banco. La diferencia con la idea de un buen padre
es
que parece como si uno pudiera tener una idea
perfec-
tamente clara de la paternidad, y esta no llevara,
sin
embargo, por si sola a una comprension de las
clases de
cosas que convierten a alguien en un buen padre. La
explication de esta diferencia radica en parte en
el he-
cho de que la idea de paternidad que podemos com-
prender sin comprender los criterios es una idea de
la
paternidad
meramente como relation
biologica; pero
no puede ser meramente esa idea la que aparece en
la3
3 C'fr. G. Cohen. “Beliefs and Roles», P r o c e e
d i n g s o f th e A r i s t o t e l i a n S o c i e t y , vol. 67 (1966-67).
61
notion de un buen padre. Si solo tenemos presente
la idea de padre como procreador, ni tan siquiera esta claro que es lo que
podriamos querer decir al llamar a alguien «un buen padre» —a no ser que
queramos decir que era bueno cuando se hizo padre.
Tampoco avanzamos necesariamente hacia nociones
evaluativas si nos limitamos a introducir una referencia a instituciones
sociales, tales como el matrimonio. «Cu-nado» es una bien definida relation de
parentesco que envuelve una referencia al matrimonio, pero la idea de ser un
buen cunado es una idea que, en nuestra sociedad, carece de todo contenido. El
contenido de «un buen padre» viene determinado por la relation biologica junto
con el cumplimiento de ciertas responsabilidades que, en nuestra clase de sociedad,
estan adscritas a personas que se encuentran en esa relation. Solo cuando
existen tales responsabilidades podemos decir que «padre» no se refiere
meramente a la relation biologica, sino a un papel; y el papel puede, por
supuesto, ser ejercido en casos excepcionales por alguien que no esta en esa
rela tion biologica, como cuando se dice de alguien que ha sido un padre para
un nino huerfano. La diferencia con respecto a «empleado de banco» esta
entonces en lo siguiente: que no existe una notion de «empleado de banco» que
no envuelva una referencia a responsabili dades, y en que el termino se
refiere a un rol del que solo se puede dar razon en relation con instituciones
sociales que al dar el rol imponen ciertas funciones y deberes, mientras que
bajo el concepto del rol de la paternidad esta el concepto mas restringido de
paterni-dad como una pura relation natural que en nuestro tipo de sociedad se
entiende como la base de ese tipo de rol.
Si un hombre es un ardiente jugador de criquet, o
se ha hecho jugador profesional de criquet, entonces es obvio que le interesara
su carrera como jugador de cri quet y las evaluaciones de esa carrera por las
personas entendidas; si resulta mediocre, ha fracasado. Es igual-mente obvio
que un hombre que sin mas pretensiones tome parte en una partida de criquet un
domingo por
6 2
la tarde para pasar el rato, tendera a preocuparse
menos; la evidente verdad de que como jugador de criquet es un mediocre
significa muy poco para el —podria decir que el no es un jugador de criquet,
sino solamente al-guien que gusta ocasionalmente de jugar al criquet. Un hombre
que fuera un empleado de banco muy indolente, que apenas hiciera lo que se
esperaba de el, podria igual-mente, si bien de una forma mas bien distinta,
haberse disociado a si mismo del cumplir o no cumplir bien en esas actividades.
Puede que deteste el banco, desprecie las actividades bancarias y que solo se
preocupe por sus amigos y por sus macetas de crisantemos. Al banco solo lo ve
como un medio de vida; y no se ve a si mismo, en ningun sentido importante,
como empleado de banco. Sin embargo, dificilmente podria decir que no es un em
pleado de banco (en la realidad), o si lo hiciera, podria correr el riesgo de
estar refugiandose en la fantasia; pues buena parte de su vida esta ligada a
ese rol que, le guste o no le guste, tiene. Las actitudes desfavorables v la
falta de consideration de que es objeto por sus su-periores en el banco, aunque
haya logrado que le importen muy poco, es algo que en cualquier caso no puede
despachar (como puede hacerlo el hombre que ocasionalmente juega al criquet)
alegando que se basan en un malentendido: la relation contractual de su oficio
lo pone en ana situacion en la que no puede esperar otra cosa. Aunque haya
alcanzado una cierta estabilidad en esta situacion, ironicamente tal vez, la
situacion no es una situacion satisfactoria, y si le tocara la loteria muy bien
podria (si esto no exigiera demasiado coraje) desembarazarse de su rol e irse
del banco.
En contraste con estos prototipos simples, he aqui
otro: el del soldado reclutado contra su voluntad. Su vida, probablemente mucho
mas penosa que la del em pleado de banco, podria implicar un estado de animo
aun mas incomodo y ambiguo —si, por ejemplo, no esta seguro de si, siendo
soldado como es, deberia tratar de hacerlo bien como soldado. Pero puede que su
estado de animo sea tambien mas simple que todo eso si lisa
y llanamente da en pensar que «soldado» es un
titulo que le incumbe solamente porque le ha sido aplicado a la fuerzadesde
fuera; si nada le importan las evaluaciones que acompanan a este titulo; si
mira la desconsideracion de que es objeto por parte de sus superiores como pura
fuerza externa igual que la coaccion que lo ha puesto en el ejercito; y si
siente que el unico limite de su voluntad de hacer lo menos posible es el miedo
al castigo. Lo di-recto de esta actitud puede que se pague al precio de una cierta
desesperacion, pues naturalmente (como ocu-rre en Catch 22) tiene que ir
acompanada del sentimien-to de que, como los hechos brutos cantan, el entorno
esta loco.
En otros casos, un hombre puede llegar a disociarse
a si mismo de un rol y de las evaluaciones que se le apli-can, con los que
antes se habia identificado a si mismo de todo corazon o de forma no reflexiva,
por no poderse poner a hacer algo que se espera que haga en ese rol. En
circunstancias favorables puede que sea capaz de dejar el rol. Si esto no es
posible, puede que se sienta obligado a abstenerse de una u otra manera de
hacer lo que podria esperarse de alguien en su rol: en un caso politico extremo
por desobediencia o subversion encu-biertos. Se dice de ciertos generales
alemanes que durante la guerra estaban horrorizados por las practicas de
Hitler, que durante mucho tiempo no se habian atrevido a ir contra el en
consideracion del juramento que, como oficiales de la Wehrmacht, habian
prestado de obedecer-le. Uno puede preguntarse, viendo las cosas desde fuera,
como un juramento prestado a un hombre que estaba entonces en las condiciones
en que estaba y que goberna-ba por tales medios pudo considerarse como
indisolu-blemente ligado con los deberes de uno, por mas que se Iratara de los
deberes de uno como oficial alemdn —esto es considerar que los juramentos
tienen, no ya santidad, sino poderes magicos. Pero supongamos que pudiera
establecerse que la obediencia al juramento formaba efectivamente parte de los
deberes de uno como oficial aleman; entonces, lo que necesitaban los generales
era hacerse a la idea de que tenian que hacer cosas contra-
6 4
rias a lo que se esperaba que hicieran como
oficiales alemanes —es decir, ya no era a titulo, y en el rol, de oficial
aleman como habian de actuar. Y eso era una idea a la que muchos de ellos,
segun parece, encontra-ron muy dificil hacerse. Para ellos, «oficial aleman» no
era justamente algo que ellos eran, sino lo que ellos eran.
Estos ejemplos esquematicos tienen por objeto
ilus-trar las formas en que los hombres pueden disociarse a si mismos de los
roles de los que son portadores, roles que llevan consigo ciertas clases de
evaluacion de sus actividades. Esta disociacion puede, en los distintos ca-sos
y en diverso grado, ser defendible o indefendible, noble o innoble, prudente o
imprudente; pero en cual-quiera de los casos es ineligible, y es comprensible
como un hombre puede formarse una imagen coherente de si mismo en relacion con
un rol que tiene, o que tenia o que pudiera pensarse que tiene, imagen en la
que no admite que los estandares que acompanan a ese rol sean ultimos, basicos
o importantes en la evaluacion del exito o excelencia de su vida. Ahora bien,
esta posibili-dad me parece que representa un esencial contrapeso al hecho que
ya hemos senalado, a saber: que estas diver-sas clases de titulos y roles
pueden llevar conceptual-mente consigo estandares latos de evaluacion de las
per sonas que son sus portadores, al igual que las descripcio-nes de los
artefactos pueden llevar consigo estandares de evaluacion de esos artefactos. Y
aunque los estandares pueden estar, de esta forma, logicamente fusionados con
el titulo, el titulo no esta logicamente fusionado con el hombre; con lo que
los estandares tampoco estan logi camente fusionados con el hombre. Al hacerse
cons-ciente de un determinado titulo y de su relacion con el, un hombre puede
negarse a convertir estos estandares en los determinantes de su vida.
De estas posibilidades no se sigue que alguien que,
de forma no reflexiva y pasivamente, lleve una vida estruc-turada por un rol
que da por supuesto tenga de hecho que haber escogido ese rol, como Sartre
(algunos de cuyos temas quedan reflejados en estas observaciones)
65
parece haber pensado en su periodo existencialista
cla-sico. De ahi la description que hace de una condition no reflexiva de esta
clase como condition de mala fe. Eso exigiria por lo menos que todo hombre
tuviera la posibilidad de reflexion y de election y, ademas, que esa
posibilidad hubiera sido advertida y que se hubiera renunciado a ella. Sin
embargo, incluso el primer paso, el de una posibilidad real de reflexion y
election, puede que sea algo que resulte excesivo atribuir a los hombres en
algunas situaciones psicologicas y sociales. El punto de vista de Sartre esta
en conexion con su notion extre-madamente no-empirica de libertad, una notion
que puede tambien ayudar a explicar una cierta ambigiiedad de su pensamiento
entre las ideas de que el hombre no tiene esencia y de que el hombre tiene una
esencia que es la libertad.
Si hubiera algun titulo o rol con el que estuvieran
en necesaria conexion determinados estandares y del que, por necesidad, un
hombre no pudiera dejar de ser por-tador ni pudiera disociarse a si mismo,
entonces habria algunos estandares que un hombre tendria que reco-nocer como
determinantes de su vida, por lo menos bajo pena de perder en absoluto la
conciencia de lo que realmente es. Existe ciertamente un «titulo» —por mu-chas
razones es dificil hablar aqui de «rol»~ que es ne-cesariamente inalienable, y
que es el titulo de «hombre» mismo. De ahi que sea una cuestion central la de
si «hom-bre» es un concepto que proporcione por si mismo es tandares de
evaluation y de excelencia como hombre; pues si lo hace, entonces parece que
tienen que ser nues-tros estandares.
Como se sabe de sobra, han existido filosofias que
han sostenido que lo hacia: que, o bien directamente, reflexionando sobre el
concepto de «hombre», o bien de forma mas indirecta, reflexionando sobre
algunas otras verdades supuestamente necesarias relativas a lo que el hombre
es, uno podria llegar a la comprension de lo que un hombre bueno debe ser.
Puede ser util, por lo menos inicialmente, dividir
a estas filosofias en dos clases: en filosofias que hacen y
66
filosofias que no hacen una apelacion a algo
trascenden-te, es decir, una apelacion a un marco de referenda que esta fuera
de la vida humana y del mundo empirico. Podemos empezar con las del segundo
tipo y volver despues a un ejemplo (un ejemplo religioso) de las del primer
tipo.
6 7
Estandares morales y la nota
distintiva del hombre
Un prototipo del tipo no trascendental puede
encon-trarse en la filosofia de Aristoteles. Segun Aristoteles, hay ciertas
caracteristicas, en particular, ciertas activi-dades y facultades, que son
distintivas del hombre, y la vida del hombre bueno ejemplificara en el mas alto
grado el desarrollo de estas facultades y actividades. O, dicho con mas
exactitud, hay un rasgo distintivo del hombre —su capacidad para conformar sus
acciones y disposi-ciones por la razon— que se pondra de manifiesto en el mas
alto grado; otras de sus potencialidades se reali-zaran, bajo la capacidad
ordenadora de la razon, de una forma equilibrada, y no cada una de forma
maxima; se supone que la razon practica impone coherencia, y reduce el
conflicto, entre los deseos de la vida individual (pues el hombre ha de vivir)
en sociedad. El objetivo de reducir los conflictos entre deseos, sin
suprimirlos desor-denadamente, es parte de lo que da un contenido recono-cible
a la pretension de que el objetivo de la clase de vida bosquejada en el sistema
de Aristoteles es la felicidad.
La importancia de la armonizacion de deseos en
Aris toteles y la importancia de la razon practica en su fun-cion de asegurar
esa armonizacion viene ilustrada, si bien en negativo, por su notable fracaso
para solventar un problema de reconciliacion que, en sus propios terminos,
tiene que ser importante. La «razon» a la que hasta ahora nos hemos referido es
la razon practica, cuyo objeto son las acciones y deseos particulares y que es
el fundamento
69
de lo que Aristoteles (o mejor, sus traductores)
denominan «virtudes del caracter», es decir, aquellas disposiciones para la
action correcta que implican motivaciones de placer y de dolor. Esta tambien,
sin embargo, la razon teorica, la facultad de pensar correctamente sobre
cues-tiones abstractas de ciencia y de filosofia, que Aristoteles esta
dispuesto a considerar como una expresion aun mas alta de la naturaleza del
hombre: la forma mas excelente de vida humana es, en consonancia con esto, una
vida dedicada en sus justos limites a la pesquisa intelectual. Pues Aristoteles
hace ver claramente que puesto que el hombre es un hombre, y no un dios, su
vida no puede estar dedicada solamente a esto, y tiene tambien que tener una
vida para la que las virtudes del caracter resul tan necesarias.
Lo que Aristoteles no hace, empero —y supuesto su
sistema, no puede hacerlo—, es dar una explication de como las actividades
intelectuales, la expresion mas alta (a su juicio) de la naturaleza del hombre,
tienen que ser puestas en relation con las actividades ciudadanas que son
reguladas por las virtudes del caracter. La sabiduria practica no llega a tanto
y no podria fijar un «termino medio» entre el filosofar o el hacer ciencia por
un lado, y el ser un buen ciudadano, un buen padre, etcetera, por el otro. Un
rasgo curioso y significativo del sistema de Aristoteles es que se admite que
las mas altas potencia-lidades del hombre, al buscar expresion, tienen que
entrar en competencia con otras, pero no puede darse una ex plication
coherente de como ha de ser regulada esta com petencia.
Esta es una de las debilidades de la tentativa de
Aris toteles de educir el bien del hombre a partir de la natura leza del
hombre, apelando para ello a la nota distintiva del hombre, a su inteligencia y
capacidad para el pensa-miento racional; una debilidad que puede verse en la
perspectiva siguiente: que los aspectos puros o creativos de la inteligencia
pareceria que son la forma mas alta de esas capacidades; sin embargo, queda
excluida una en-trega total a su expresion, y una entrega menos que total no esta
representada como algo a lo que el pensamiento
7 0
practico pueda llegar racionalmente. Si vemos la
dificul-tad a esta luz, esta debilidad del sistema de Aristoteles puede
aparecer como un modelo de un problema mas general y bastante real: el problema
que podriamos denominar tal vez el «problema Gaugin», con la salvedad de que la
etiqueta comporta aqui connotaciones algo es-peciales y romanticas de las
pretensiones de auto-zx-presion. Un moralista que desee basar una conception de
la clase de vida correcta para el hombre en considera-ciones sobre las facultades
superiores y distintivas del hombre, apenas si podra pasar por alto las
pretensiones del genio creativo en las artes y en las ciencias de ser in-cluido
en un lugar preeminente entre tales facultades; sin embargo, le resultara
dificil educir de, o incluso re-conciliar con, un ideal del desarrollo de la
expresion de tal genio, las virtudes y compromisos mas cotidianos y domesticos,
de los cuales la moralidad ha de dar alguna razon.
Platon, hay que decirlo, vio la mitad de este
problema con extrema claridad. La famosa proscription que se hace en la
Republica (un Estado proyectado precisamente como una institutionalization de
la moralidad) de todo arte a exception del narrativo y encomiastico tiene su
origen en que tomaba al arte en serio y en que se daba cuenta de forma
totalmente correcta de que tanto la vida del artista creador, como los efectos,
sobre un publico que se lo tomara en serio, de la libre exploracion impli-cada
en sus creaciones, era probable que chocaran con las exigencias de estabilidad
que implica una sociedad integralmente moralizada. Podemos muy bien rechazar la
alternativa que escogio Platon, pero no cabe duda de que tenia razon al abordar
el problema en terminos de una alternativa: una sociedad protegida contra el
cam-bio moral y social, y una sociedad en la que se permite la libre creation y
exploracion por medio del arte. La razon por la que (como he dicho) solo vio la
mitad del problema es que permitio, e incluso convirtio en la ac-tividad
central de la clase gobernante, la actividad intelectual creadora —y uno puede
muy bien preguntarse si esto, a la larga, hubiera resultado ser mas compatible
71
con la clase de estabilidad que deseaba. (Parece
que ad-miraba las realizaciones intelectuales de Atenas aunque deplorando su
desorden politico y moral, y que admiraba la estabilidad politica de Esparta
aunque lamentando su militarismo a-intelectual. Sin duda tuvo que habersele
ocurrido preguntarse si era precisamente una casualidad el que esas cualidades
estuvieran distribuidas como lo estaban.) Parte de la explicacion es que donde
nosotros hablamos de «actividad creadora», Platon pensaba am-pliamente en terminos
de descubrimiento: la actividad filosofica estaba a su juicio inherentemente
disciplinada por verdades morales a priori que estaban aguardando ser
descubiertas. Si rechazamos esta imagen de la filosofia moral y admitimos
ademas que en la ciencia natural hay un ineliminable elemento creador, estas
actividades naturales pierden bastante de ese aspecto de habitantes nativos de
la clase de entorno que Platon les tenia des-tinado.
No estoy diciendo (pues solo me parece un generoso
sinsentido) que las propias actividades de la investigacion cientifica exijan o
presupongan que las personas impli-cadas en tal investigacion tengan que tener
valores libe rates o humanos, opuestos a un entorno social autori-tario. La
reciente experiencia sugiere que lo mas que tales investigaciones presuponen es
un cierto liberalismo en el entorno de la ciencia misma, que puede muy bien
coexistir con una indiferencia cinica hacia muchas con-sideraciones humanas,
relativas (por ejemplo) al uso que se hace de los descubrimientos cientificos o
a las fuentes de financiacion de la investigacion. Pero esto en si mismo no es
mas que otra ilustracion de las varias formas en que las exigencias de la
moralidad pueden entrar en con-flicto con el desarrollo, abandonado a si mismo,
de las aspiraciones creadoras e intelectuales del hombre; nos ha tocado vivir
una hora lo suficientemente avanzada en la jornada de la historia como para que
podamos ponernos a decir que, dado que la ciencia natural clara-mente
constituye una de las mas altas realizaciones de los hombres, su desarrollo
puede elevar una indesafiable pretension a nuestra aprobacion moral. Seria tan
opti-
7 2
mista de nuestra parte el pensar esto como lo era
por parte de Platon el pensar que el desarrollo de esas activi-dades podria
coexistir con el grado de restriction social y de no liberalismo que el
identificaba con la sociedad moralizada.
Esto ilustra una objecion, bastante central, que
puede hacerse a la tentativa aristotelica, con referencia a la particular (y
plausible) election del intelecto como nota distintiva. Existen otras
objeciones mas generales al procedimiento con que trata de educir fines e
ideales morales incuestionables a partir de las notas distintivas de la
naturaleza humana. Podemos mencionar tres. En primer iugar, se ha introducido
ya un palpable grado de evaluation en la selection de la nota distintiva a la
que se le da este papel, como son la racionalidad o la creatividad. Si uno
abordara sin prejuicios el problema de encontrar caracteristicas que
diferencien al hombre de otros animales, uno podria tambien, basandose en estos
principios, acabar en una moralidad que exhortara a los hombres a hacer fuego;
o a desarrollar caracteris-ticas fisicas peculiarmente humanas; o a tener
relaciones sexuales sin mirar la ocasion; o a despojar el entorno y trastornar
el equilibrio de la naturaleza; o a matar cosas por diversion.
En segundo lugar, y esto es basico, este
planteamiento corrobora la ambiguedad moral de las caracteristicas distintivas
del hombre (si bien Aristoteles, aunque su exito aqui tampoco fuera completo,
presto alguna aten-cion a este punto). Pues si es una nota del hombre el
emplear su inteligencia e instrumentos en modificar su entorno, tambien habra
de ser igualmente una nota del hombre el emplear su inteligencia en ir a lo
suyo, y sus instrumentos en destruir a los otros. Si es una nota del hombre el
tener conciencia, refleja y plena, de si mismo como de uno entre otros,
consciente de que los otros tienen sentimientos como el, esto es una
precondition no solamente de benevolencia, sino (como subrayo Nietszche)
tambien de crueldad : el sadico no se parece mas a otros animales que el hombre
de afectos naturales, sino menos. Si como imperativo moral supremo propo-
7 3
nemos «se un hombre», es terrible pensar las muchas
formas en que puede ser tornado de forma literal.
Aqui parece que damos con una genuina dimension de
la libertad, la libertad de hacer uso o de descuidar las dotes naturales, o de
hacer uso de ellas de una manera o de otra: una libertad que por necesidad
tiene que cortar la cuerda central de proyectos del tipo del de Aristoteles.
Tampoco puede utilizarse la libertad como nota dis-tintiva del hombre, y
rehacer de nuevo el proyecto sobre esta base. Pues esta libertad, sin duda, no
puede, por su propia naturaleza, determinar una forma de vida frente a otra —como
quizas penso Sartre cn virtud de una ambiguedad a la que ya nos hemos referido.
Ya que uno podria decir: si existe una forma distintiva de vida, la de
«realizar la libertad», entonces tiene que existir tambien la libertad de
rechazarla.
En tercer lugar, y volviendo al caso particular de
lo racional como nota distintiva del hombre, se registra en este planteamiento
una tendencia a adquirir una incli-nacion maniquea y a poner el enfasis en las
virtudes del autocontrol racional a expensas de todo lo demas. No hay razon
ninguna por la que inevitablemente hubiera de seguirse tal vision de las cosas;
aparte de todo lo demas, implica un concepto falso e inhumano de las pasiones
mismas como fuerzas causales ciegas o como caracteristicas puramente animales.
Sentirse irremedia-blemente enamorado es una condicion tan distintiva-mente
humana como lo es la aprobacion racional de las disposiciones morales de
alguien. Pero es facil ver por que, en esta direction, el maniqueismo acaba
resultando tentador. Si la racionalidad y el pensamiento consistente son las
notas distintivas preferidas, entonces, aun cuan-do se admita que el hombre,
como un todo, tiene tam bien pasiones, la supremacia del pensamiento racional
sobre ellas puede muy bien llegar a ser considerada como un ideal
incuestionable. Y esto tanto mas cuanto que resulta obvio que la obtencion de
un cierto control de esa especie es una condicion basica para el desarrollo, e
incluso, en el caso extremo, para la salud mental. Pero pasar de eso a hacer de
tal control el ideal es deses-
7 4
timar a priori casi todas las formas de
espontaneidad.
Y esto parece que es absurdo.
Todas estas consideraciones vienen a sugerir que la
tentativa de fundar la moralidad en una concepcion del hombre bueno educida de
consideraciones sobre las notas distintivas de la naturaleza humana parece
con-denada al fracaso. Estoy muy lejos de pensar que las consideraciones sobre
la naturaleza humana, lo que los hombres son, lo que para los hombres significa
vivir en sociedad, no contribuyan a una correcta concepcion de la moralidad.
Por supuesto que lo hacen: sin esas con sideraciones uno careceria en absoluto
de toda con cepcion de la moralidad. En particular, contribuyen a delimitar el
posible contenido de lo que podria ser consi-derado como una moralidad. Y tan
obvio como lo ante rior es que diferentes concepciones de la naturaleza humana
(como, por ejemplo, alguna concepcion psico-analitica) tienen que tener
diferentes efectos sobre las ideas que uno se hace sobre determinados
requerimientos y normas morales. Y no solamente las ideas cientificas o
semicientificas habran de tener ese efecto, sino tambien los puntos de vista
que se sostengan en la filosofia de la mente. Asi, una comprension adecuada de
la naturaleza de las emociones habria de tener un efecto desalentador sobre los
puntos de vista maniqueos en relacion con su control, y las consideraciones
filosoficas sobre la natura leza, y por supuesto que sobre la existencia, de
algo 11a-mado la voluntad, deben tener un efecto directo sobre las moralidades
que encuentran en el ejercicio de la vo luntad (contra los deseos, por
ejemplo) una clave central para el valor moral.
Aunque todo esto es verdad, y aunque existen
limites muy definidos que no podria sobrepasar lo que pudiera ser considerado,
de forma comprensible, como un sis-tema de moralidad humana, no hay ruta
directa que vaya de las consideraciones sobre la naturaleza humana a una
moralidad unica o a un unico ideal moral. Todo seria mas simple si hubiera
menos cosas, y menos cosas distintivamente humanas, que los hombres pudieran
ser; o si los caracteres, disposiciones, instituciones sociales
7 5
y estados de cosas que pueden, de forma
comprensible, tener valor para los hombres, fueran todos, en desarrollo pleno,
consistentes los unos con los otros. Pero no lo son y existen buenas razones
para que no lo sean: buenas razones que, tambien ellas, emergen de
consideraciones sobre la naturaleza humana.
Dios, moralidad y prudencia
Hemos hecho una distincion hace un momento dentro
de las concepciones que tratan de educir la nocion de un hombre bueno de
consideraciones sobre la naturaleza del hombre: las que ponen al hombre en un
marco de refe renda trascendental y las que no lo hacen. Despues de haber
dicho algo sobre la segunda clase, vamos a pasar a examinar un ejemplo de la primera.
Y a la par que ha-cemos esto, no estara de mas discutir una cuestion que es en
si misma importante con independencia del tema que nos ocupa —las relaciones
entre la moral y la pru dencia.
Un rasgo capital de esta clase de teorias es que
tratan de senalar, en terminos del marco de referencia tras cendental, algo a
lo que el hombre esta destinado: si el hombre entiendc adecuadamente su papel
en el plan basico de las cosas, se dara cuenta de que existen deter-minadas
clases de fines que son propiamente los suyos y que el debe realizar. Una forma
arquetipica de tal con ception es la creencia de que el hombre fue creado por
un Dios que tambien espera ciertas cosas de el.
Una dificultad central con que se enfrenta esto es
la cuestion de que propiedades de Dios se supone que jus-tifican la pretension
de que nosotros debemos satisfacer sus expectativas. Si se trata de su poder, o
del mero hecho de que nos ha creado, las analogias con los reyes y padres
humanos (frecuentemente empleadas en relation con este tema) nos dejan con la
impresion de que hay muchos reyes y padres que no deben ser obedecidos. Y si se
nos
77
insiste en que Dios tiene un poder infinito y en
que ha creado todo, replicamos que no es evidente que su omni-potencia y su
caracter de creador de todas las cosas sean mas dignos de ser obedecidos, sino
que, meramente, re sultan mas diflciles de ser desobedecidos.
Si entonces se dice que, ademas de estas otras
propie-dades, Dios es bueno, la objecion siguiente (como en el caso de Kant) es
que esto ya implica un reconocimiento de lo que es admirable y valioso, un
reconocimiento de la clase que la apelacion a Dios se suponia que tenia la
funcion de asegurar.
Tales argumentos, que son muy comunes, pueden ser
entendidos como un ataque a la idea de que uno pudiera resolver de forma
puramente deductiva y a priori la cuestion de la vida exigida al hombre, a
partir de una des cription suya como creado por Dios. Entendidos asi, me
parece que son concluyentes. Pero tales argumentos tien-den a implicar una
ambition mas alta —la de probar que, aun cuando se demostrara la existencia de
Dios, ese he-cho no proporcionaria en principio ningun motivo acep-table o
apropiado para la conducta moral, de una clase con la que no se podria contar
de otra forma. En este papel tambien, los argumentos han sido objeto de una muy
amplia aceptacion, de modo que practicamente parece una perogrullada en
filosofia la idea de que si Dios existiera, esto, para un pensador moral y con
las ideas claras,en nada cambiaria las cosas en relation con la situation de la
moralidad. Los origenes de esta con ception se remontan a una famosa discusion
en el Eutifron , de Platon, pero en su forma moderna se debe casi por completo
a Kant. Debemos en particular a Kant una clara exposition de los supuestos en
los que se basa —supuestos relativos a la pureza esencial de la motiva tion
moral. Estos supuestos tienden a penetrar y han penetrado en buena parte del
pensamiento moral, de modo que su influencia e importancia van mucho mas alia
del presente tema de la moralidad religiosa. La equi vocation en que incurren
es tambien importante.
El argumento, en su forma mas simple, es mas o
menos como sigue. O los motivos de uno para seguir la palabra
78
moral de Dios son motivos morales, o no lo son. Si
lo son, entonces uno esta ya provisto de motivaciones mo rales, y la
introduccion de Dios no anade nada extra. Pero si no son motivos morales,
entonces seran motivos de clase tal que no pueden en absoluto motivar la mo
ralidad de forma adecuada: en particular es probable que sean motivos
prudenciales, una posibilidad cruelmen-te pintada por muchos evangelistas
(tanto de la fe como de la incredulidad) en terminos de fuego del infierno.
Pero nada motivado por consideraciones prudenciales puede ser una accion
genuinamente moral; la accion genuinamente moral tiene que estar motivada por
la consideracion de que es moralmente correcta, y no por otra clase de
consideraciones en absoluto. Asi, teniendo en cuenta todo ello a la vez,
llegamos a la conclusion de que, en este tema, la apelacion a Dios, ono anade
nada en absoluto, o anade algo que es un error.
Esta clase de argumentacion suscita dos cuestiones
en relation con la moralidad y la motivacion. La primera es la de si no existen
realmente otros tipos relevantes de motivacion que la moral o la prudencial, es
decir, la cuestion de si la distincion entre lo moral y lo prudencial es
exhaustiva. La segunda es la de si un curso de accion o una concepcion no
podrian ser morales siendo de algun modo, al mismo tiempo, prudenciales, es
decir, la cuestion de si la distincion es excluyente. Vamos a ocuparnos en
primer lugar de la segunda cuestion. ^Es esencial para la moralidad distinguir
totalmente lo moral de lo pru dencial?
Aqui necesitamos hacer algunas distinciones. Es
cier-tamente verdad que es esencial para la moralidad el que en cierto nivel se
trace una distincion entre lo moral y lo prudencial. En el piano mas primitivo,
es claro que toda moralidad tiene que aplicar esta distincion, o algo si
milar, a las acciones y proyectos; tiene que ser capaz de distinguir entre
acciones y proyectos que son egoistas y que estan al servicio de la
gratification o la seguridad del agente a expensas de los otros, y los que
tienen en cuenta los intereses de los otros. Si no se hace alguna distincion de
este tipo, no hay consideraciones morales
79
en absoluto. Es claro que la moralidad religiosa
que estamos discutiendo, aunque expresandonos con cru-deza, puede observar esta
distincion en un nivel primitivo: con respecto al mundo secular aprobara
proyectos y acciones que tienen en cuenta el interes de los otros, y
desaprobara los comportamientos egoistas.
Sin embargo, puede pensarse que el nivel en el que
se esta trazando la distincion es demasiado primitivo y que es preciso hacer
extensiva la distincion a la discrimination entre motives, y no quedarse solo
en la mera clasificacion de comportamientos y acciones intencionales. Asi, uno
que da dinero con destino a obras beneficas meramente para mejorar su
reputacion ante el Club Rotario, para aligerar sus propias culpas, no actua mas
moralmente que si hubiera empleado el dinero en sus propios gustos. (El ejemplo
ilustra por que era oportuno hablar de «accion intencional» y distinguir esta
de la cuestion del motivo. El empresario autointeresado que extiende un talon
destinado a los fondos para la lucha contra el hambre, lo hace
intencionalmente, y su intention es que el dinero se destine a aliviar el
hambre: si con su action se alivia el hambre, esto no sera un accidente en
relation con sus pensamientos al actuar asi. La cuestion es que su motivo no
era la preocupacion por aliviar el hambre, sino la preocupacion por su propia
reputacion o co-modidad.)
Si decimos, como muchos dirian, que el hombre que
actua asi, no actua mas moralmente que uno que emplea su dinero en si mismo, no
se seguira que lo que hace no es mejor que lo que hace el hombre simplemente
egoista; pues el hambre, cabe esperarlo, quedara aliviada, y esto es mejor que
el que se expenda otra coctelera o un aparato de television. Ni tampoco puede
ciertamente seguirse que nuestra aprobacion se limite meramente al acto y que
en ningun sentido se haga extensiva al agente; pues podemos decir de el que
intencionadamente ha hecho algo que esta bien hecho, y esto, sin duda alguna,
cons-tituye algun tipo de aprobacion, aunque sea limitada, del agente. Pero
posiblemente la cuestion sea que no lo aprobamos moralmente. La idea tiene,
desde luego,
80
gran interes, pero no conviene llevarla demasiado
lejos. Pues si insistimos en que actuar moralmente es actuar por una motivacion
moral, podemos muy bien sentir-nos tentados a anadir a eso la proposition
aparentemente inocua de que todo lo que puede importar desde un pun-to de vista
moral es que la gente actue moralmente, y sacar entonces la conclusion
(correcta a partir de esas premisas) de que desde el punto de vista moral dos
situa-ciones, cualesquiera que estas sean, de motivacion auto-interesada son indistinguibles,
y tiene que ser imposible desde un punto de vista moral preferir la una a la
otra. Esto es absurdo. Tal vez no sea logicamente absurdo, pero es moralmente
absurdo —el absurdo moral del puritano de que la unica propiedad moralmente
rele-vante del mundo es la cantidad de honradez que contiene. Pero como esto es
moralmente absurdo (o mejor, como es obvio que no es incoherente considerarlo
moralmente absurdo), se sigue que tiene que haber otra cosa que sea la
logicamente absurda, y que es la conception de la moral de la que se sigue que
esta es la unica position moral que es sostenible de forma coherente.
^En que esta, pues, el meollo y contenido de decir
que no aprobamos moralmente al que autointeresadamente hace una donation para
una obra benefica, o que, aunque lo que hace esta bien, no actua moralmente?
iCon que motivaciones, en primer lugar, estamos contrastando las motivaciones
de este hombre? Algunos, como Kant y R. M. Hare, han puesto el enfasis en el
contraste que existe entre la actuacion de este hombre y la actuacion por
principios; dicho sin mas precisiones, entre la actua cion de este hombre y el
hacer algo precisamente porque uno debe hacerlo. Otros, como Hume, han
subrayado el contraste que existe entre esa actuacion y el hacer algo porque
uno se preocupa desinteresadamente por la situation que se supone que la action
de uno va a cambiar o porque se preocupa por las personas impli-cadas. Dejemos
de lado las notables diferencias entre estas dos formulaciones, para considerar
lo que tienen en comun: que el hombre que tiene una motivacion moral para hacer
cosas de tipo no autointeresado, tiene
81
una disposition o motivo general para hacer cosas
de este tipo; mientras que el hombre autointeresado no tiene ese motivo
estable, pues nunca sera mas que una afortunada coincidencia que lo que
beneficia a otros sea tambien lo que, compuestos los criterios del simple auto-interes,
le beneficia a el. Y esto, sin duda alguna, y como decia Hume, ha de tener algo
que ver con la clave de la selection que hacemos de ciertos motivos para la
apro-bacion moral: nos es de importancia tener personas que tengan una
tendencia general a estar dispuestas a poner los intereses de otras personas
por encima de los suyos propios.
Tal vez merezca la pena hacer notar, de pasada, que
una de las (numerosas) ventajas del enfasis que pone Hume en este tema, con su
acento en la simpatia y la sensibilidad ante la situation de los otros, en
contraste con el enfasis que pone Kant en la actuation por prin-cipios, es que
introduce una semejanza entre las clases de razones que uno tiene para hacer
cosas por otros, y las clases de razones que uno tiene para hacerlas por uno
mismo. A pesar del caracter mecanico del sistema psicologico de Hume, da algun
significado comprensible a la idea de que preocuparse por el dolor de otros es
una extension de la preocupacion por el de uno mismo: lo segundo es desde
luego, una condition necesaria de lo primero, y no se hace ningun problema (no
tendria por que hacerse) de por que un hombre que se preocupa por los otros no
puede estar tambien razonablemente preocupado por si mismo. Sin embargo, bajo
el enfasis kantiano, esto aparece de pronto como un problema, pues el actuar
con la mira puesta en los propios intereses de uno es actuar por una clase de
motivos que nada en absoluto tienen que ver con la moralidad y que,
obvia-mente, son ajenos a ella. Como es de presumir que es-tamos obligados a
maximizar la action moral, parece que habrian de seguirse extremos de autonegacion,
como algo derivado, por supuesto, del concepto mismo de moralidad. En el mejor
de los casos, hacer lo que, sin ma£, uno desea hacer, constituira una
desviacion desor-denada y probablemente culpable con respecto al punto
82
de vista moral. Para enfrentarse a este problema,
la tradicion kantiana presenta un conjunto de «deberes para consigo mismo», el
reconocimiento de los cuales deja libre a uno para hacer por razones morales
algunas de las cosas que haria de todos modos. Este absurdo artificio es
justamente el resultado de tratar de ajustar a una vision algo mas razonable de
la vida humana las embarazosas consecuencias que se siguen de sostener tres
cosas —que la moralidad se refiere por encima de todo a la motivacion, que la
motivacion moral es moti vation de principio, y que el punto de vista moral ha
de ser ubicuo. Para evitar estas embarazosas consecuen cias bastaria con
abandonar una cualquiera de estas proposiciones; pero existen buenas razones
para aban donar las tres.
Volvamos, despues de esta disgresion, a nuestro
mo-ralista religioso. Vimos que podria facilmente trazar una distincion, aunque
primitiva, entre lo moral y lo pru-dencial. Pienso que ahora podemos ver que
puede in-cluso establecer una distincion mas refinada en el piano de la
motivacion. Hemos sugerido que uno de los aspectos cruciales (aunque tal vez no
el unico) de la distincion entre motivacion moral y motivacion autointeresada
era que nos permitia seleccionar disposiciones generates a hacer cosas del tipo
no-autointeresado. Pero las dispo siciones de este tipo seran algo que
ciertamente admitira incluso el hombre de moralidad religiosa mas cruda. Puede
quizas que lo que su Dios desea es que los hombres sean sensibles a los
sufrimientos de todos y cada uno de los otros y que cada uno actue en interes
de los otros porque asi lo siente. Asi, muchas veces, las personas con esta
creencia, si hicieran lo que Dios quiere que hagan, actuarian por motivos
humanos ordinarios que la ma-yoria de la gente (que no sea kantiana)
consideraria como motivos en si mismos morales. Si estos fallan, o la tentacion
de actuar de forma egoista es fuerte, enton-ces tal vez los pensamientos de
este rudo creyente se vuelvan por un momento al fuego del infierno, y esto
fortifique la disposition a hacer cosas de tipo no-auto-interesado (en el
sentido mundano de «autointeresado»,
8 3
claro esta). Y si bien su action es en este sentido
una action prudencial, no es prudential en el sentido en que es esencial para
el concepto de la moralidad que lo prudencial se distinga de lo moral. Y por
supuesto, hay una especial razon por la que sus acciones, aunque pru-denciales,
no son egoistas, a saber: es de presumir que no exista forma efectiva de tener
como meta la salvation a expensas de los otros.
De hecho, es bastante carente de realismo el querer
imponer a nuestro moralista religioso (o a algun otro) una distincion
excluyente entre lo prudencial y lo moral. Dejando de lado los efectos mas
generates de la simpatia a los que se refirio Hume: ^que decir de alguien que
hace algo en interes de otro, y en desventaja propia, porque ama a esa persona;
o, incluso, esta enamorado de ella; o la admira; o la respeta; o porque
(despues de todo) es un miembro de la familia? Ninguna de estas razones para
obrar tienen que ser razones morales en ningun sentido exigente o purificado
del termino; tarn-poco son razones prudenciales. Ni tampoco pertenecen a la
tercera clase de motivos que la filosofia moral ha permitido alguna vez, los de
la inclination, es decir, el hacer una cosa porque a uno le gusta hacerla. Es
claro que la lista de ejemplos podria extenderse indefinidamente para incluir
un gran numero de formas especiales de relation en las que una persona puede
encontrarse con otra. Es un grotesco producto dc la tcoria y de un mora-lismo
obstinado el suponer que lo «moral» y lo «pruden-cial» se reparten de forma
adecuada el campo de los mo tivos o razones justificables que un hombre puede
tener para hacer algo: por el contrario, dejan fuera casi todo. Necesitamos
desde luego algo mas alia de y por encima de estas motivaciones particulares o
mas especificas, precisamente porque son particulares y especificas, y
especialmente porque la relation particular que puedo tener con otra persona
puede ser de caracter hostil, y es del todo probable que no se divise en el
horizonte otra relation mas, benefica, tambien de caracter particular, que sea
capaz de inhibir la conducta destructiva. Asi, es obvio que necesitamos,
allende y por encima de las
8 4
motivaciones particulares, motivaciones generates
para controlar y regular esas motivaciones particulares; y la cosa mas general
allende y por encima es la moralidad. Afortunadamente para la humanidad, no
tenemos que esperar que sean estas consideraciones generates las que motiven
todo lo deseable. Algunas de nuestras ac-ciones honestas no provienen de ese
motivo que los cristianos malinterpretan como nuestro amor al projimo, a todo
el mundo, sino justamente de que amamos a alguien.
Ahora bien, el moralista religioso puede considerar
que esas exigencias generates tienen su fuente en una relacion particular, en
la relacion con Dios, y esta rela cion puede ser representada como una
relacion de amor, de reverencia, de respeto o cualquiera sea el termino que se
considere adecuado en esta ardua tarea semantica. Y tendra razon al resistirse
a que esta relacion sea cate-gorizada o bien como moral o bien como prudencial
en su trascendencia practica. Pienso, no obstante, que ha de guardarse
cuidadosamente de decir que esta es una actitud hacia Dios que debe tener todo
el que conoce lo que es Dios, pues esto podria, en el sentido en que Kant
insistia en ello, volver a dar a la moralidad priori-dad sobre Dios. Tendra que
decir mas bien que esta es una actitud que todo el que conoce lo que es Dios
tendra inevitablemente. Dios es alguien cuya palabra exige una aceptacion
incondicional. Por supuesto que decir esto no es decir suficiente todavia; pues
compatible con esto es que Dios sea un hipnotizador indefectible. Asi, el
creyente habra de proceder como siempre por negation y analogia, y decir que no
es eso, sino que se parece mas a un padre bondadoso, etc. Por mi parte dudo de
que en ultimo termino vaya a ser capaz de dar una expli cation coherente en
absoluto. Pero esto se debe a las dificultades de la fe en Dios, y no a algo
que radique en la naturaleza de la moralidad. No creo que sea muy co-rrecto
decir —y estos argumentos han tratado de demos-trarlo—, como muchos hacen, que
aunque Dios existiera, eso no podria constituir ninguna razon especial y
acep-table para suscribir la moralidad. Si Dios existiera, muy
85
bien podria haber razones especiales, y aceptables,
para suscribir la moralidad. El problema es que la tentativa de formular esas
razones en forma algo mejor que la de un pauperrimo bosquejo, choca con la
imposibilidad de pensar coherentemente sobre Dios. El problema de la moralidad
religiosa proviene no de que la moralidad sea ineludiblemente pura, sino de que
la religion es irre-mediablemente ininteligible.
86
^Sobre que versa la moralidad?
Estas ultimas discusiones nos han introducido de
sos-layo en ciertas cuestiones tales como a que se refiere la moralidad y como
hay que delimitar lo «moral». Mucho se ha escrito sobre esto, en busca de
algunos crite-rios para distinguir lo moral de lo no moral. Estas cues tiones
son examinadas por G. J. Warnock en un libro admirablemente conciso, lucido y
lleno de fuerza, Con temporary Moral Philosophy4: insiste Warnock con ra-zon
en que buena parte de esta discusion ha tenido lugar en el vacio, en busca de
un critcrio que pudiera pro-porcionarnos una forma de distinguir entre lo moral
y lo no moral, tal vez una forma que guardaria una oscura similitud con la
forma en que nosotros, ahora, hacemos esa distincion, pero que no arroja
ninguna luz sobre, o no se ve guiada por la cuestion, evidentemente mas basica,
de Id finalidad de esa distincion, la cuestion de que interes tiene trazar una
linea que divida acciones, conductas, motivos y razones humanas. Algunas de las
observaciones que hicimos en la section anterior se refieren a este punto.
Dare por supuesta —de hecho ya la he dado por
su-puesta antes— una conclusion a la que llega Mr. Warnock en su discusion y
que tiene sin duda que ser correcta, la conclusion de que toda delimitation,
con sentido, de lo moral tiene que hacer referencia al contenido de los
juicios, comportamientos, principios, y todo lo demas
4 Cfr. ahora su The Object of Morality, Londres,
1971.
87
que se describe como «moral». Tal vez pudiera
sorpren-der a las personas legas en filosofia moral que alguien haya podido
suponer alguna vez que esto no fuera asi; pero de hecho se ha sostenido, y con
frecuencia, que las ideas morales (en contraste con las no morales) pueden ser
identificadas sin referencia a su contenido, por al-gunas consideraciones tales
como que son maximas prac-ticas que son enteramente universales o que son
maximas practicas que son reconocidas como maximas que pre-valecen sobre otras
maximas practicas. El motivo de estas maniobras tan poco plausibles ha sido,
como siempre, la insistencia en la distincion hecho/valor. Pues supongamos que
alguien introduce alguna referencia al contenido de lo moral y dice (por
ejemplo) que las con-cepciones morales se refieren esencialmente al bienestar
humano, donde el termino «bienestar» tiene algun con tenido propio y no
significa meramente «lo que uno piensa que debe acontecer a los seres humanos»:
enton-ces, el rango de las concepciones morales posibles queda severamente
limitado tanto por los hechos como por la logica, contrariamente a la
distincion hecho/valor. Este motivo para iniciar tales maniobras dificilmente
las hace mas atractivas que las consecuencias que tienen.
La cuestion que quiero discutir aqui no es, pues,
este asunto general, sino los meritos del criterio parcial que acabo de
mencionar, el criterio de una referencia al bienestar humano como nota de una
posicion moral; hecha por Mrs. P. R. Foot y otros, esta propuesta es bien vista
por Mr. Warnock. Para que pueda ser defen-dible, es esencial que ese test se
aplique en un piano muy general y que «bienestar» se interprete en terminos muy
generates —aunque no, por supuesto, en terminos tan generales que se convierta
en vacio.
El primer punto queda claro si se tiene en cuenta
que ciertamente uno no podria aplicar tal test a la motiva-cion de las acciones
particulares y conseguir siempre resultados correctos: debe tratarse mas bien
de que si uno aprueba moralmente cosas mas generales como pro-yectos,
instituciones, disposiciones, clases de motivos, etcetera, entonces uno tiene
que suponer que esos pro-
88
yectos, institutions, etc., estan en cierta manera
al servicio de la realization de alguna clase de bienestar humano. El segundo
punto es que, ciertamente, «bienes-tar» no puede ser entendido, con este fin,
con la mera signification de que las personas implicadas en estas situaciones
consiguen lo que de hecho desean o de que (lo que no tiene necesariamente que
ser la misma cosa) les gusta el resultado. Pues, sin duda, tiene que ser
posible admitir como puntos de vista morales (aunque los utilitaristas se inclinarian
a pensar que se trata de puntos de vista morales equivocados) concepciones que
sostienen que con frecuencia la gente desea y gusta de cosas desacertadas.
Tampoco esta claro, aunque esto puede ser mas
cues-tionable, que «bienestar» en este sentido pueda ser iden-tificado con
felicidad. Ciertamente, si pensamos que la satisfaction o el contento son
condiciones suficientes, pero no necesarias, de la felicidad, esto no valdra
para el presente proposito; pues tenemos que ser capaces de considerar como
puntos de vista morales (aunque los cinicos los considerarian erroneos)
concepciones que deploran la satisfaction y el contento, por lo menos si se
obtienen a un nivel muy bajo de conciencia y de acti-vidad. Incluso si
eliminamos esta referencia y nos nega-mos a considerar «felices» a los que
estan contentos en algun estado bovino, narcotizado o de sumision —como
Aristoteles y, con una noble inconsistencia, J. S. Mill se negaron a
considerarlos— e insistimos en un nivel mas activo y reflexivo de felicidad,
todavia no esta claro que tengamos lo que la tesis requiere. La idea de la
feli cidad de un hombre, y por supuesto la notion menos episodica de que un
hombre esta siendo un hombre feliz, tiene sin duda algo que ver con que ese
hombre no sufre; o con que no sufre demasiado; o en el limite, con que no sufre
de la forma mas dolorosa, pues muy bien podriamos decir de un hombre en una
condition fisica penosa que, sin embargo, es feliz si se sobrepone a la
desesperacion, a la autoconmiseracion, etcetera, y conserva interes y pla cer
en otras cosas —y esta, en algunas ocasiones por lo menos, moderadamente
alegre. De la idea de algunos
8 9
filosofos de la Antiguedad de que la virtud era
suficiente para la felicidad y de que el hombre bueno podria ser feliz en el
potro de tortura se penso, y no sin razon por supuesto, antes, despues y sin
duda tambien en su epoca, que implicaba una paradoja. Pero si la felicidad es,
en ultimo extremo, incompatible con un sufrimiento ex-cesivo o con un
sufrimiento demasiado global, puede haber tal vez concepciones, que haya que
admitir como morales, que rechacen la idea de que la felicidad sea el hilo
conductor de nuestros proyectos y designios. Se cuenta de Lutero que, cuando
alguien propuso la Gliick-lichkeit (felicidad) como fin de la vida humana,
rechazo violentamente la idea diciendo «leiden, leiden, Kreuz, Kreuz»
(«sufrimiento... cruz...»). Podria tratarse de la idea de que el pecado del
hombre y su distancia con res-pecto a Dios es tal, que solo una vida de
penitencia y reconocimiento de la propia maldad y de la maldad de todos podria
responder de forma adecuada a la situacion. Tal concepcion, sin duda alguna,
deploraria las institu-ciones, proyectos, formas de vida, que tendieran a
eli-minar esos sufrimientos, los mas basicos del hombre, y puede que aprobara
de forma contingente o periferica solamente los que aliviaran sufrimientos
menos espiri-tuales.
A esto podria replicarse que eso solo demuestra que
Lutero ponia el bienestar del hombre en otra parte, en la eventual
reconciliacion con Dios, y que los sufrimien tos aqui eran solamente medios
para la felicidad en otro sitio. De este modo, la felicidad sigue siendo lo
impor-tante, aunque se trata de la felicidad en otra parte. Pero esta
formulacion, por lo menos en la limitada medida en que entiendo la concepcion
de Lutero, me parece que la desvirtua de una manera esencial, y tambien quizas
a algunas otras concepciones protestantes. La cuestion es que no hay medios a
disposition del hombre para una reconciliacion con Dios y que no puede
concebirse que exista un conjunto de proyectos humanos capaz de ase-gurar este
resultado —el abismo es demasiado grande, y solamente hay un signo de
esperanza, Jesucristo, de que la gracia de Dios socorrera nuestra indignidad.
El creyente
9 0
obedecera la voluntad de Dios lo mejor que pueda en
su miserable condicion, y ha de retener la conciencia de esa condicion; pero no
para asegurarse tanto para si como para otros esa salvacion, lo que en el mejor
de los casos seria una insensata esperanza; y si es rechazado, no tiene derecho
a quejarse.
A mi juicio, esta clase de concepcion protestante
podria ser considerada como una concepcion moral —pues ciertamente su proposito
es explicar la situation del hombre en relacion con la clase de conducta que se
es-pera de el, y tambien habla de lo que, segun su modo de ver las cosas, es lo
central en relacion con la felicidad del hombre. Pero a la felicidad se la ve
tan lejos, y al hombre tan alienado de la fuente de la felicidad, que seria una
distorsion pensar que la meta que se propone esa moralidad es la felicidad del
hombre: la meta es mas bien que la vida refleje, en el sufrimiento y en la
obediencia, la deplorable condicion humana. Y esto es sin duda una concepcion
muy distinta de la que se ocupa, de forma directa, de la felicidad, y sin
embargo, seria avieso negarle por ello la denomination de moralidad. Uno podria
tal vez decir que las moralidades con una dimension trascendental tienen una
mayor libertad 16-gica, en relacion con su contenido, que las moralidades que
no tienen tal dimension. En esa pintura trascendental hablan del papel y la
condicion general del hombre en unos jterminos que pueden hacer parcialmente
inteligi-bles como position moral actitudes que resultarian bas-tante opacas si
se nos ofrecieran en un marco de referencia puramente secular.
Pero incluso en un marco de referencia secular
puede que resulte posible encontrar posiciones morales para las que,
igualmente, la «felicidad» constituya solo una caracterizacion muy pobre de sus
preocupaciones cen trales. Asi, ciertas posiciones romanticas que se expresan
en terminos de una libre respuesta a la vida, o de «sin-ceridad» en relacion
con los propios impulsos, inclu-yendo los destructives, o en terminos de la
signification de experiencias limites, es posible que solo queden muy
pobremente descritas diciendo que tienen una idea muy
91
particular de la felicidad del hombre. Puede ser
que algunas de estas posiciones hablen menos del marco general de referencia de
la moralidad que de ciertos ideates personales, que por supuesto entran en la
mora lidad en el sentido de que, para aquellos que son sensibles a tales
ideales, constituyen un modelo de vida para ser vivido y al que se atribuye una
especial importancia, pero se preocupan menos de la cuestion de que clase de
reglas, instituciones, disposiciones, etcetera, se requieren en la sociedad
como un todo. Y esto suscita temas de gran alcance, ya que la relacion entre
los ideales personales y las normas sociales generales es tambien un importante
tema moral.
Seria una necedad tratar de discutir estos ultimos
temas en terminos muy generales: las posiciones en cuestion necesitan ser
expuestas y discutidas con detalle y eso es algo que no podemos hacer aqui.
Pero parece una cuestion abierta la de si alguna de esas concepciones no
cortan, propiamente hablando, la conexion con la feli cidad como foco de la
actividad moral humana. Una pregunta central que hay que hacerse al considerar
esto habra de ser siempre, a mi juicio, la de en que medida la position moral de
que se trate hace alguna apelacion trascendental de alguna clase, aunque solo
sea de forma tacita o solo en vestigios. E incluso donde no hay una apelacion
en el sentido de una referencia, tal como hace el moralista religioso, a algo
fuera de la vida humana que proporciones de algun modo un modelo para esa vida,
sin embargo, puede haber una apelacion a algo que este ahi en la vida humana, y
que haya de ser descubierto, a lo que uno haya de entregarse, que haya de ser
seguido, incluso ignorando gravemente los resultados.
Como indica la ultima frase no estoy hablando aqui
de algo como la moralidad marxista, que no cae dentro de lo que ahora nos
ocupa, ya que lo que preocupa a esa moral es de forma casi directa la cuestion
de la felici dad ultima. El bienestar del hombre, que se aguarda tras la
destruction del capitalismo y la elimination de la explotacion, tal vez no
consista solamente en que los hombres vayan a ser mas felices, pero ciertamente
que
9 2
incluye tambien eso. Mas bien, lo que tcngo in
metric es, por ejemplo, algo indicado por una frasedeD. H. Law rence en su
esplendido comentario a la complaciente ex hortation moral de Benjamin
Franklin «descubrid vues-tro impulso mas profundo y seguidlo». La nocion de que
hay algo que es el impulso mas profundo de uno; de que, mas que de tomar una
decision, de lo que sc trata aqui es de hacer un descubrimiento; y la nocion de
que uno se confie a lo asi descubierto, aunque no sepa a donde va a conducirio
—estas son aqui las cosas importantes. La combinacion —descubrimiento,
confianza y riesgo— es central en esta clase de position, como tambien lo es,
por cierto, en el estado de enamoramiento. Uno siente incluso la tentacion de
hallar, entre los muchos legados historicos del protestantismo al romanticismo,
un parale-lismo entre esta combinacion y el par tan importante para Lutero:
obediencia y esperanza. Las dos posiciones establecen una conexion esencial
entre sumision e in-certidumbre; las dos, mas que ofrecer felicidad, exigen
autenticidad.
Tal vez la postura que acabo de senalar no pueda
cons-tituir una moralidad completa, ya que no tiene nada que decir, o nada
suficiente que decir sobre la sociedad, y por tanto nada que decir precisamente
sobre la vida de un hombre en su conjunto. Tal vez incluso, en la medida en que
ello es asi, descansa en una ilusion. Pero el hecho mismo de que exista y de
que atraiga, exige una respuesta por parte de quien crea evidente que la
felici dad general tiene que ser el foco de la moralidad; como la exige la moralidad
religiosa (en el ejemplo extremo que hemos puesto del Protestantismo), en la
medida en que su postura difiere radicalmente de una postura pura-mente
secular. Pues aun suponiendo que su pretension de trascendentalidad sea falsa,
son seres humanos los que la han sonado, y necesitamos comprender por que fue
ese el contenido de su sueno. (El humanismo —en su sentido contemporaneo de
movimiento secularista y anti-rreligioso— parece que rara vez se ha enfrentado
ple-namente con esta consecuencia inmediata de su propio punto de vista: que
esta terrible realidad, la religion,
9 3
es una creation humana.) Pues los hombres, como
cues-tion de hecho, encuentran valores en cosas tales como la sumision, la
entrega, la incertidumbre, el riesgo, in-cluso en la desesperacion y en el
sufrimiento, y estos va lores dificilmente pueden ponerse todos en relation
con el ideal central de la felicidad. Y si encontramos algunas explicaciones,
psicoanaliticas quizas, o incluso zoologi-cas, de esas actitudes, y llegamos a
considerarlas como aberraciones que hay que tratar de evitar, entonces cier-tamente
estamos cambiando el mundo desde el punto de vista de una cierta moralidad, y
no meramente ha-ciendo el mundo mas sensible a lo que la moral
incues-tionablemente es.
«Bienestar» era nuestro punto de partida; despues
nos hemos ocupado de su comprension como «felicidad». Tal vez cabria decir que
pese a que algunas clases de concepciones morales rechacen la felicidad como
no tion central, existe todavia una notion de bienestar, mucho mas amplia y no
por ello sin contenido, en rela tion con la cual no se produciria ese rechazo.
Es una cuestion que tiene sentido, pero yo no se como respon-derla. Por un
lado, los casos mas extremos parecen dejarnos con una notion de bienestar que
realmente no se encuentra a mucha distancia de «ser como los hombres deben
ser», y ahi no queda contenido alguno. Por otro lado, al caracterizar esas
posiciones, uno habla de lo que los hombres, de hecho, encuentran valioso, o
ne-cesitan, o desean; y si alguien dijera — bastante oscura-mente, por cierto—
que los hombres necesitan un mundo en el que haya riesgo, incertidumbre y la
posibilidad de desesperarse, entonces, de una moralidad que subrayara esto en
contraste con las moralidades que quieren dejar todo lo mas sosegado posible,
habria que decir todavia que se refiere al bienestar de los hombres. Sin
embargo, algo queda todavia excluido por el uso de este termino: sistemas de
valores o de preceptos que no prestan nin-guna atencion en absoluto a lo que
podemos entender que los hombres necesitan o desean.
9 4
Utilitarismo
A1 discutir la cuestion de si todas las
concepciones mo rales se refieren en ultima instancia a la felicidad humana,
no he supuesto que la cuestion sea la misma que la de si todas las concepciones
morales tienen que ser en una u otra medida una version del utilitarismo.
Obviamente no se trata de la misma cuestion si torpamos el utilita rismo en el
sentido estricto de que solo hay un principio moral, el de buscar la mayor
felicidad para el mayor numero; que «felicidad» significa aqui placer y
ausencia de dolor; y que este unico principio moral (pues se trata de un
principio moral) hay que aplicarlo a cada situa tion individual («utilitarismo
del acto»). Obviamente, existen muchas formas en que una moralidad puede estar
en ultima instancia referida a la felicidad humana sin por ello tener que
identificarse con eso. Pero creo tambien que existen multitud de formas en que
la moralidad puede en ultima instancia referirse a la felicidad humana sin
iden tificarse con el utilitarismo, ni incluso tornado en un sentido mas lato.
Una dificultad que surge al discutir este asunto es
la falta de acuerdo en la cuestion de con que extension puede usarse el termino
«utilitarismo» sin que deje de ser adecuado o significativo. El termino ha sido
utilizado a veces para referirse a concepciones morales que nada en absoluto
tienen que ver especialmente con la felici dad o con el placer; en este
sentido se usa para referirse a cualquier conception que sostiene que la
rectitud o no rectitud de una action depende siempre de las con-
9 5
secuencias de la accion, de su tendencia a conducir
a estados de cosas intrinsecamente buenos o malos. Este sentido tan amplio —que
probablemente quedaria re-flejado mejor por el termino «consecuencialismo» que
por el termino «utilitarismo»— no es el que vamos a discutir aqui; aqui nos
interesan solamente las concep-ciones de esta clase que consideran expresamente
la felicidad como la unica cosa intrinsecamente buena, la que, se supone,
tienen como objetivo las acciones y las instituciones sociales. Pero esa
restriction todavia deja bastante espacio para diferentes clases de
utilitarismo.
Discutir en el vacio que es lo que podria o no
podria contar como una forma reconocible de utilitarismo seria un ejercicio
puramente verbal y sin interes. La cuestion solamente puede abordarse
preguntando que es lo esen-cial en la concepcion utilitarista de la moralidad;
y esto es algo que no puede descubrirse meramente, ni tampoco principalmente,
consultando lo que tenian en la mente Bentham y J. S. Mill y otros exponentes
clasicos del sistema, sino considerando cuales son los atractivos de la
concepcion utilitarista para el pensamiento moral. A mi juicio son cuatro
principalmente, lo que no significa negar que no se relacionen entre si de una
forma digna de examinarse. En primer lugar, es no-trascendental, y no hace
apelacion a nada fuera de la vida humana, y en particular no hace apelacion a
consideraciones religiosas. En particular, contribuyc asi a apoyar la demanda
ente-ramente razonable de que la moralidad habria de quedar hoy, como cosa
obvia, liberada del cristianismo. Puede incluso parecer que contribuye a apoyar
—a causa de cierto conservadurismo que considerare mas tarde— una pretension
mucho menos razonable, y que Nietzsche se dio cuenta muy bien de que era una
imbecilidad, que la moralidad asi liberada del cristianismo habria de seguir
siendo la misma que la antes vinculada al cristianismo. En manos mas radicales,
sin embargo, el utilitarismo promete cambios mas radicales.
Segundo: su bien basico, la felicidad, parece
minima-mente problematico: por muchas que sean las cosas en que las personas
disienten, sin duda que todos por
9 6
lo menos desean ser felices, y tener como objetivo
la mayor felicidad posible tiene sin duda que ser, cuales-quiera sean las otras
cosas que hayan de someterse a esta, un fin razonable. Ahora bien, existe un
notable problema en este punto sobre la transicion del objetivo, supuestamente
indiscutible, de buscar la propia felicidad, al objetivo, mas discutible, de
buscar la felicidad de otra persona, y el desafortunado Mill ha sido repetidas
veces llamado al orden por los criticos por tratar (se dice) de llevar a cabo
esa transicion por medio de un argumento deductivo. Por mi parte dudo de que
fuera esto lo que Mill trataba de hacer, pero en cualquiera de los casos el
problema no tiene una fuerza especial contra el utili-tarismo —no hay ninguna
razon para suponer que el utilitarismo, mas que ninguna otra teoria, tuviera
que tener una formula magica para sacar de su amoralismo al hombre amoral. Lo
esencial es mas bien que el utilita rismo, lo mismo en este que en otros
aspectos, es una moralidad de compromiso minimo: supuesto solo el re-quisito
minimo para estar en el mundo moral, a saber, la voluntad de tomar en
consideracion los deseos de los otros tanto como los propios, el utilitarismo
puede mo-verse ya en ese terreno. Una cuestion mucho mas intere-sante es la de
si el «indiscutible» objetivo de la felicidad puede de hecho ser puesto al
servicio de los propositos utilitaristas. En la seccion anterior ya hemos visto
al-guna razon para dudar de que la felicidad tenga que ser el objetivo de la
vida humana; pero incluso dejando de lado esas cuestiones, no esta en absoluto
claro que cualquier sentido en el que (mas o menos) quepa admitir un fin tal
como indiscutible, sea tambien un sentido en favor del cual pueda hacerse
trabajar al utilitarismo. Esta es una cuestion central: estaremos en mejor
situa tion para abordarla cuando hayamos considerado los atractivos tercero y
cuarto del utilitarismo.
El tercer atractivo es que los asuntos morales
pueden, en principio, decidirse por un calculo empirico de las consecuencias.
El pensamiento moral se hace empir* y, en cuestiones de gestion publica, se
convierte en un asunto de ciencia social. Y esto siempre ha sido conside-
97
rado por muchos como uno de los rasgos mas
gratifican-tes del utilitarismo. No es que se piense que los calculos son
faciles, o incluso practicamente posibles en algunos casos; el encanto radica
mas bien en que la naturaleza de la dificultad pierde, por lo menos, todo su
misterio.
En cuarto lugar, el utilitarismo proporciona una
mo-neda corriente universal de pensamiento moral: los dis-tintos intereses de
las distintas partes, y las distintas clases de demandas que actuan sobre una
de las partes, pueden todos (en principio) ser convertidos a la misma moneda,
en terminos de felicidad. Este supuesto, y esto es importante, tiene como
consecuencia que una cierta clase de conflicto, bien conocido para algunas
otras con-cepciones morales, es aqui imposible, a saber, el conflicto entre dos
pretensiones que son validas las dos, y sin embargo, irreconciliables. Bajo
algun otro sistema, un hombre puede verse en una situation en la que (asi le
parece a el) cualquier cosa que haga implica que esta haciendo algo malo. Para
el utilitarismo esto es impo sible. Las distintas exigencias a las que ese
hombre puede sentirse sometido pueden ser reducidas todas a la medida comun del
principio de la mayor felicidad, y no puede haber otra idea coherente de la
accion correcta o de la accion no correcta que la de lo que es mejor haver
tomando todo en consideracion: y si dos formas de accion resultan iguales en
este sentido, entonces realmente no importa por cual de las dos decida uno. En
contraposition con esto, muchas personas pueden pensar que una determi-nada
forma de actuation era la mejor que podia adoptarse tomando todo en
consideracion en las circunstancias concretas del caso, pero que, no obstante,
el actuar de esa forma implicaba hacer algo no correcto. Esta es una idea que,
a mi juicio, en ultima instancia, al utilitarismo tiene que resultarle
incoherente. Esta es una de las razo-nes por las que puede decirse (y
ciertamente con razon) que para el utilitarismo la tragedia es imposible; pero
el utilitarismo tiene tambien consecuencias mas amplias, si no mas profundas,
que esa.
El utilitarista podria ciertamente volverse sobre
este tipo de ideas y, despues de reflexionar un poco, invocar
9 8
cosas tales como las consecuencias socialmente
desea-bles de que la gente sea un poco aprensiva en relacion con ciertas
acciones, aun cuando esas acciones, en las circunstancias del caso, sean las
mejores que pueden emprenderse: mas tarde volveremos sobre este tipo de
argumentation. Pero lo que como utilitarista esta obliga-do a hacer es
considerar como objetivo indiscutible del pensamiento moral la reduction del
conflicto, la elimi nation, siempre que sea posible, de los conflictos de
valo-res que no sean solubles sin secuelas. Aqui, como en cualquier otro sitio,
su preocupacion es la eficiencia: la generation del conflicto es un signo de
ineficacia de un sistema de valores y el utilitarismo tiene un artificio
general para eliminarlos o resolverlos. Pero alguien po-dria preguntarse si tal
eficiencia es un objetivo indiscu tible. Uno puede ciertamente reducir el
conflicto, o hacer la vida mas simple, reduciendo el rango de las demandas que
esta dispuesto a tomar en consideration; pero en ciertos casos esto podria ser
considerado no como un triunfo de la racionalidad sino como una evasion
cobarde, una negativa a ver lo que hay que ver (y aqui cabria pre guntarse una
vez mas si el subjetivismo desactivado deja realmente todo donde estaba).
Por atrayente que pueda resultar en general el
utilita rismo, este cuarto atractivo suyo puede ser puesto en tela de juicio
por razones importantes. Otras dificultades se agolpan cuando uno considera lo
que presupone. Pues solo podremos ser capaces de utilizar el principio de la
mayor felicidad como medida comun de las pre-tensiones o demandas de todos y de
cada uno, si la «fe-licidad» de que se habla es en algun sentido comparable y
en algun sentido aditiva. Solamente si podemos com-parar las felicidades aqui
implicadas para las diferentes personas y sobre los diferentes resultados, y
tambien juntarlos en alguna suerte de felicidad general, podremos hacer que la
cosa funcione. En un piano tecnico estos pro-blemas han sido objeto de
disciplinas tales como la econo-mia del bienestar y la teoria de la
preferencia, que han trabajado en el marco de supuestos muy artificiales y que
solo han tenido un moderado exito a la hora de ela-
9 9
borar esos problemas para la teoria economica. Aqui
nos ocupamos de dificultades mas generales. Si la «feli-cidad» implicada ha de
ser tal como para permitir al utilitarismo cumplir sus promesas tercera y
cuarta, ^puede ser tambien el indiscutible objetivo que se prometia en la
segunda?
La respuesta a esto parece que es que no. Bentham
ofrecio una explication de la felicidad en terminos de placer y ausencia de
dolor, de la que muy claramente se suponia que cumplia todas las promesas a la
vez; pero aun cuando hubiera satisfecho (cosa que no hacia) las condiciones de
ser calculable, comparable y aditiva, no cumplia la condicion de ser un
objetivo indiscutible: cuanto mas parecia la clase de placer que
concebible-mente podia ser tratado en esos terminos cuasi matema-ticos, tanto
mas perdia el aspecto de algo a lo que fuera evidente que cualquier hombre
racional tenia que tender, cosa de la que, aunque a disgusto, se dio cuenta
Mill. Si. por un lado, la conception de la felicidad se hace lo suficientemente
generosa como para incluir todo aquello a lo que pudiera razonablemente
tenderse como a una vida satisfactoria o a un ingrediente de esa vida, entonces
progresivamente va perdiendo el aspecto de algo que pudiera ajustarse a las
condiciones tercera y cuarta. Aparte de otras cosas, existe la dificultad de
que mucho de lo que la gente incluye de hecho en el contenido de una vida feliz
son cosas que esencialmente implican otros valores, como son, por ejemplo, la
integridad, o la espontaneidad, o la libertad, o el amor, o la auto-expresion
artistica: valores que no solamente no pueden ser tratados de la forma que las
condiciones tercera y cuarta parecen imponer a la «felicidad» del utilitarismo,
sino que ademas parece, por lo menos en el caso de algu-nos de ellos, que se da
de hecho una contradiction en la tentativa de pensarlos como algo que podria
ser tra tado de esa manera.
Esta es, pues, la primera dificultad general con
que se enfrenta el utilitarismo. Su «felicidad» tiene que satis-facer ciertas
condiciones si es que se quiere mantener lo esencial del utilitarismo; y la
condicion de que indis-
100
cutiblemente habria de ser el objetivo de la
aspiracion humana entra en conflicto con las otras codiciones que tiene que
satisfacer para poder ser tratada como el uti-litarismo exige que se la trate.
Enfrentado con esta dificultad general, una de las formas en que el
utilitarismo tiende a reaccionar es la de poner en tela de juicio los valores
implicados en las concepciones mas intratables de la felicidad, como
irracionales, tal vez, o como reminis-cencias de una epoca pasada. Tales
argumentos pueden ofrecer sin duda ciertos puntos interesantes, pero su
estrategia global es vergonzosamente circular: la racio-nalidad utilitarista
queda convertida en test de lo que ha de contar como felicidad, para quitar del
paso toda otra clase de felicidad que puede constituir una objecion contra el
utilitarismo. TTodo lo que se necesita para en-frentarse a esto en el piano
teorico es una firme negativa a sentirse intimidado.
El problema, sin embargo, no se reduce al nivel
teo rico: sepresenta tambien, y drasticamente, en la sociedad, y la negativa a
sentirse intimidado puede ser aqui ina-decuada o dificil de hacerse valer. En
los casos de plani-ficacion, conservacion. bienestar, y decisiones sociales de
todas clases, un conjunto de valores que, por lo menos en teoria, son
cuantificados en terminos de recursos, se enfrentan con valores que no son
cuantificables en ter minos de recursos: tales como el valor de conservar una
parte antigua de la ciudad, o de atender tanto a la dig-nidad como al confort
de los pacientes en una unidad geriatrica. Una y otravez, los defensores de
tales valores se enfrentan con eldilema,o bien de negarse a cuantificar el
valor en cuestion, en cuyo caso desaparece tambien por completo de la suma, o
bien de tratar de asignarle alguna cantidad, en cuyo caso distorsionan el
asunto de que se trata y por lo general pierden tambien la dis-cusion, ya que
el valor cuantificado no es suficiente para inclinar la balanza. En tales
asuntos, no es que los utili-taristas esten comprometidos a pensar que esos otros
valores no importan; o que esten confinados a conside-rar valiosas las cosas
que de hecho son susceptibles de ser tratadas por medio del analisis
coste-beneficio. Ni
101
tan siquiera, quizas, estan obligados a pensar que
todo valor social deba, en un caso dado, poder ser tratado en terminos
parecidos a los del analisis coste-beneficio: podrian decir que no tienen por
que suscribir la idea de que la medida comun de la felicidad sea el dinero.
Pero estan obligados a sostener algo que en la practica tiene esas
implicaciones: que en ultima instancia no exis-ten valores inconmensurables.
Pues no es precisamente un rasgo accidental de la conception utilitarista el
que la presuncion sea siempre en favor de lo cuantificable, y que los otros
valores se vean por fuerza en el dilema apologetico al que acabamos de
referirnos. No es un accidente, porque (por una parte) el utilitarismo es, cosa
nada sorprendente, el sistema de valores de una sociedad en la que los valores
economicos son supremos; y tarn-bien, en el piano teorico, porque la
cuantificacion en di nero es la forma obvia de aquello sobre lo que el
utilita rismo insiste, la conmensurabilidad de los valores.
Existe una gran presion para la investigation de
tec-nicas que hagan conmensurables esferas cada vez mas amplias de valores
sociales. Parte del esfuerzo deberia dedicarse mas bien a aprender —o tal vez,
a reaprender— a pensar inteligentemente sobre conflictos de valores que son
inconmensurables.
Me he referido a dificultades relativas al
cumplimiento de las condiciones que el utilitarismo pone a la «felici-dad». El
hecho de que esas dificultades existan no sig-nifica en modo alguno que en un
caso dado o en una determinada clase de casos no podamos tener una idea de cual
seria la solution utilitarista o de que clases de cosas tendria en cuenta el
utilitarista. Algo iria mal si esa conclusion fuera correcta, pues esta claro
que a veces podemos hacer esas cosas: al discutir el utilitaris mo estamos discutiendo
algo, y algo que con mucha frecuencia es perfectamente reconocible. Asi pues,
ad-mitamos que. por lo menos en algunos casos, sabemos que es lo que quiere
decirse con analizar que actuation conduciria a la mayor felicidad. Admitido
esto, nos encontramos entonces con dos nuevas dificultades. Una es que el
proceso de analizar tales consecuencias es, el
102
mismo, una actividad, una actividad que en las
diversas circunstancias posee grados diversos de utilidad; y esto tiene que
incluirse en la suma. La otra es que la respuesta a que se llega por el calculo
utilitarista del caso particular parece en ciertas ocasiones que es una
respuesta moral-mente incorrecta. Existe una clase de utilitarismo, deno-minado
el utilitarismo de reglas (rule-utilitarianism), cuyo objetivo es precisamente
resolver estas dos dificul-tades al mismo tiempo, haciendo uso para ello de un
mismo artificio.
El primer problema es que cualquier calculo
utilita rista efectivo habra de tener lugar en condiciones de considerable
incertidumbre y de informacion muy par-cial, y asi es probable que sus
resultados no sean fiables. Ademas, el proceso de calculo mismo Ueva su tiempo;
y el estar dispuesto a hacer calculos en cada caso tiene rasgos psicologicos
que, como cucstion de hecho, pue-den ser un obstaculo para cosas que pueden ser
deseables desde un punto de vista utilitarista, como puede ser una actuacion
rapida y decidida. Siendo asi las cosas, cabe pensar que en la practica podrian
seguirse mejores con-secuencias si los agentes, mas que hacer calculos para
cada caso particular, suscribieran ciertas reglas que, sin calculo alguno, se
aplicaran usualmente a los casos par-ticulares; seria la adopcion de esas
reglas y no la election de acciones particulares lo que se examinaria
recurriendo al principio de la mayor felicidad.
Esta misma idea se invoca para explicar el otro
hecho, que, de otro modo, constituiria una dificultad, a saber: que facilmente
podemos imaginar casos —por ejemplo, el caso en el que la condena de un
inocente fuera nece-saria y suficiente para evitar grandes males— en los que el
resultado utilitarista parece que entra en conflicto con lo que muchos
considerarian que es la respuesta moral-mente correcta; y al igual que la
justicia en este caso, tambien el cumplimiento de las promesas y el decir la
verdad presentan dificultades cuando se interpretan des de el punto de vista
del utilitarismo del acto. Se espera que el utilitarismo de la regia pueda
disolver estas difi cultades pretendiendo que todo lo que tiene que demos-
1 0 3
trarse es que estas reglas o practicas de justicia,
de cum-plimiento de las promesas o de veracidad poseen una utilidad positiva
sobre sus alternativas.
Esto es solo un bosquejo. Muchas cosas que difieren
entre si en aspectos importantes pueden caer bajo la de nomination de
«utilitarismo de reglas», y tambien son diferentes las cosas que hay que decir
sobre ellas5. Todo lo que voy a tratar de hacer aqui va a ser sugerir un par de
puntos en relation con la cuestion de hasta que punto el utilitarista puede ir
consistentemente en la direction de las reglas; y sostener que, obien no puede
ir lo sufi-cientemente lejos como para resolver la segunda dificul-tad, o si
no, que tiene que ir tan lejos que (tanto el utili tarista como cualquier
otro) dejara de ser utilitarista.
Es ciertamente posible para un utilitarista, sin
incurrir por ello en incoherencia, adoptar una practica general para tratar una
determinada clase de casos, aun cuando algunas aplicaciones particulares de la
practica conduz-can a un resultado diferente del que se habria obtenido por
medio de un calculo individual de esos ejemplos. El paradigma de esto es el
sistema de contabilidad que se aplica para muchos servicios publicos, sistema
por el que, ocasionalmente, puede enviarse una factura de un dolar aun cuando
procesar cada factura tiene un coste de dos dolares: la razon es que resulta
mas barato enviar todas las facturas en el momento debido, por pequeho que sea
su importe, que interrumpir el proce-samiento de todas para extraer unas
cuantas. Vamos a llamar a esto el «modelo del recibo del gas».
Ahora bien, el modelo del recibo del gas se refiere
a consecuencias de hecho: las consecuencias que tiene de hecho el limitarse a
aplicar una regia, por un lado, y las consecuencias que de hecho tiene una
interferencia particular, por otro. Esta clase de modelo, por lo menos, no
puede hacer mas digerible para un utilitarista cohe-rente una forma de
argumentation que no invoca ni
5 Para una dctallada y sutil discusion de estos
asuntos, vease el
importante libro de David Lyon. T h e F o r m s a n
d L i m i t s o f U t i l i t a r i a n i s m ,
Oxford, Clarendon Press, 1969.
las consecuencias que de hecho tiene una eleccion
par ticular ni las consecuencias que de hecho tiene el que todos se atengan a
una regia, sino las consecuencias hipoteticas del ajuste inurginario a una
regia. Asi, el modelo familiar de argument^) moral consistente en la pregunta
«^,Que ocurriria si todos hicieran eso?» no puedc tener ningun efecto sobre un
utilitarista consistente, a menos que su accion hubiera de tener el efecto de
que todo el mundo hiciera eso, cosa que por lo general es bastante implausible.
Una consecuencia puramente ima-ginaria no podria figurar mas en un calculo
utilitarista de lo que puede hacerlo la felicidad o infelicidad de personas
puramente imaginarias. Asi pues, el modelo del recibo del gas, por lo menos, no
puede ponernos en el camino de esa clase de argumentacion por generali zation.
Si el utilitarista desea justificar el uso de una
argumen tacion por generalization que se refiera a consecuencias imaginarias,
tendra que alejarse un paso mas de las consecuencias que de hecho tienen las
decisiones particu lars, y tratar el asunto en terminos de las consecuencias
que de hecho tiene que la gente piense en terminos de con secuencias
imaginadas. Pero entonces parece que se apar-ta cada vez mas de las ventajas
iniciales del utilitarismo. Pues, primero, el supuesto calculo de la utilidad
de que la gente piense en terminos de consecuencias imagina das —mas bien que
examinando los casos particulars, o que examinando las consecuencias de reglas
mas es-pecificas, o que considerando la moralidad local como un asunto de su
incumbencia, o que muchas otras posi-bilidades—, ese calculo empieza a tener
cada vez mas aspecto de ser enganoso en sus pretensiones. ;,C6mo podria saber
el utilitarista cuales podrian ser las conse cuencias de esas diversas
practicas? En segundo lugar, si que sabe una cosa por lo menos: que cuanto mas
general sea la practica a la que se aplica el calculo utili tarista, tantos
mas seran los casos en los que el calculo particular para ese caso habria
conducido a un resultado distinto, y con ello, tanto mayor tambien la inutilidad
tactica que esta permitiendo en su persecucion de la uti-
105
lidad estrategica. Y en vistas de lo problematica
que resulta esa utilidad estrategica, no tiene mas remedio que preocuparle lo
siguiente: una de las motivaciones del utilitarismo era, despues de todo, un
obstinado imperativo de pensar en terminos de consecuencias calculates y no
atenerse a la tradition, a las practicas recibidas, etc.
Cuanto mas considera uno el utilitarismo de reglas,
tanto mas urgentes resultan las cuestiones de esta clase. Volviendo una vez mas
al modelo del recibo del gas, recordemos que lo que principalmente hacia
sensata esa practica uniforme eran los costos que suponia el interferirla. Lo
analogo de esto en la deliberation moral ordinaria es la inutilidad de calcular
las consecuencias particulares. Pero el efecto del argumento queda cance-lado
si consideramos un caso en el que el calculo particu lar ha sido hecho ya; y
esto es asi en los casos moralmente problematicos que representaban la segunda
clase de dificultades que se suponian quedaban solventadas por el utilitarismo
de reglas. Si el calculo se ha hecho ya, y ha resultado que las consecuencias
de infringir la regia son mejores que las de respetarla, entonces las
considera-ciones sobre la inutilidad del calculo no pueden cam-biar este
resultado. Y, desde luego, es dificil ver que, para un utilitarista coherente,
pudiera haber algo, sea lo que ello fuere, capaz de cambiar este resultado.
Cual-quiera que sea la utilidad general de con tar con una cierta regia, si uno
ha alcanzado de hecho un punto desde el que ve que la utilidad de infringir la
regia en una deter-minada ocasion es mayor que la de respetarla, entonces no
cabe duda de que seria totalmente irracional no in-fringirla.
Ha habido, desde luego, utilitaristas duros que han
sacado esa conclusion, como es el caso de J. J. C. Smart. Si al utilitarismo se
le puede hacer funcionar en absoluto, entonces para mi esta fuera de duda de
que la actitud correcta ha de ser la de estos autores: el utilitarismo es una
doctrina especial, que no tiene necesariamente que coincidir con las ideas
morales contemporaneas de Oc-cidente en todos los aspectos, y, siendo asi, uno
ha de esperar que tenga lo que muy bien podrian parecer con-
1 0 6
clusiones poco gratas. Contrariamente a esto, un
rasgo de la moderna teoria utilitarista es que es una teoria sor-prendentemente
conformista. Bentham y Mill conside-raron el principio de la mayor felicidad
como un instru-mento de critica, y pensaban que, valiendose de el, po-drian
mostrar que buena parte de las creencias morales de la epoca victoriana eran
erroneas e irracionales, como por supuesto lo eran. Pero, con excepcion de las
bien delimitadas areas de la reforma sexual y de la reforma penal, cuyo tratamiento
es el heredado de Bentham y Mill, la teoria utilitarista moderna tiende a
gastar mas esfuerzo en reconciliar el utilitarismo con las creencias morales
existentes que en rechazar esas creencias apo-yandose en el utilitarismo. Un
autor reciente, por ejem-plo, se ha tornado un honesto y gran esfuerzo en
mostrar que las ejecuciones publicas no podrian justificarse, como podria
parecer, con argumentos utilitaristas. Nuestro autor se queda con algunas
francas dudas; pero estas son dudas sobre la aplicacion y la formulacion del
uti litarismo, y no, como deberian ser, dudas sobre si no podrian ser
reintroducidas las ejecuciones publicas. Este es un caso absurdo. Pero en
terminos mas generates, todas las cualidades humanas que son consideradas
valio-sas y que, sin embargo, se resisten a un tratamiento utilitarista, como
son la intransigente pasion por la jus-ticia, ciertas clases de coraje, la
espontaneidad, la dispo-sicion a oponerse a cosas tales como los experiments
utiles sobre pacientes ancianos o las bombas de napalm sobre ciertas gentes
para asegurar (se dice) la felicidad de mas gente, generan con frecuencia en
los teoricos del utilitarismo el deseo de acomodar el utilitarismo a esos
valores, y no la condena de tales valores como un legado irracional de la era
preutilitarista. Esto es sin duda un tributo a la honestidad e imaginacion de
esos utilitaristas, pero no a su consistencia o a su utilitarismo.
El utilitarismo de reglas, como la empresa que es
de tratar de atenerse a algo distintivamcnte utilitarista, pro-curando al mismo
tiempo quitarle sus puntas mas hi-rientes, me parece un fracaso. Ese terreno
intermedio no es habitable logicamente. Frente a el, uno podria,
1 0 7
por un lado, adoptar la linea a la que ya me he
referido, la de Smart y otros, y seguir con el utilitarismo de actos modificado
solamente dentro de los limites reconocibles del modelo del recibo del gas.
Esto es, por lo menos, coherente con los equivocados fines del utilitarismo, y el
hecho de que arroje algunos resultados morales particulares distintivos y (para
muchos) indigeribles no deberia ser motivo de sorpresa. Si, por otro lado, se
abandona este territorio, y se empieza a aplicar el prin-cipio utilitarista a
practicas y a habitos de pensamiento cada vez mas generates, es muy improbable
que lo que que quede tenga algun contenido que pueda conside-derarse
distintivamente utilitarista. Esta capacidad del utilitarismo para aniquilarse
a si mismo, una vez abando-nado el nivel basico, puede quedar ilustrada con un
breve argumento, con el que voy a terminar. Sus premisas em-piricas quizas no
esten fuera de toda duda. Pero si que son por lo menos tan plausibles como las
que los utili-taristas suelen utilizar en estas materias.
Uno de los efectos perturbadores cuando la gente se
convierte en utilitaristas activos y conscientes es que tienden a degradar el
patron de medida moral: comienza a operar una ley de Gresham por la que las
malas acciones de los hombres malos obliga a hombres mejores a hacer cosas que,
en mejores circunstancias, serian tambien ma las. La razon de esto es simple:
un utilitarista esta siem-pre justificado a hacer la cosa menos mala que sea
ne-cesaria para evitar la cosa peor, cosa peor que, si no lo impidiera la menos
mala, ocurriria en las circunstancias dadas (incluyendo, por supuesto, la cosa
peor que cual-quier otro podria hacer) y lo que de esta forma esta jus
tificado a hacer puede ser algo que, considerado en si mismo, es bastante
sucio. El acto de evitacion forma parte de las concepciones utilitaristas, y
ciertas nociones de responsabilidad negativa (el que uno sea responsa-ble de lo
que deja de evitar tanto como de lo que hace) son, por lo mismo, tambien
caracteristicas del utilita rismo. Si esto es asi, es empiricamente probable
que pueda esperarse una escalada de la actividad de evitacion; y las
consecuencias totales de esto, medidas en lospropios
estdndares utilitaristas, seran peores que si nunca
se hubiera iniciado esa escalada.
Sin embargo, el utilitarista que esta inmerso en el
sis-tema no puede hacer nada para evitar esto; tiene que pensar en terminos de
las consecuencias facticas en curso, y ningun amago de principio podra hacer
ahora nada (o por lo menos, nada util) en el terreno de esas consecuen cias
facticas en curso —desde donde esta no hay forma de dirigir una incursion a un
terreno moralmente mas alto. Volviendo, sin embargo, sobre si mismo, puede
considerar como los objetivos utilitaristas podrian haber sido realizados mejor
de lo que lo han sido en un mundo de utilitaristas mezclados con villanos. Y
sin duda que hubieran sido mejor realizados si no hubiera habido villanos: pero
esto es ciertamente utopico. Lo mas pro-metedor parece que es un estado de
cosas en que un numero suficiente de personas se resista a proseguir esta
carrera de envilecimiento: que se resistan, por ejemplo, fi-jando una serie de
cosas que no puede entrar en considera-cion hacer, o que no estan dispuestos
ellos a hacer o que no pueden soportar que se hagan, cualesquiera sean las
cosas que los otros hacen o pueden hacer. Existe un limite a sus actividades de
evitacion. Y para ello parece que suficiente gente, durante un tiempo
suficiente, tiene que estar dispuesta a obstinarse en hacer varias cosas,
cualesquiera que sean las consecuencias. Esto significa que suficiente gente,
durante un tiempo suficiente, no han de pensar como utilitaristas; sin duda
alguna, han de pensar como no utilitaristas. Y no podran preservar en la
trastienda de sus mentes la actitud utilitarista en coexis-tencia con la
requerida obstinacion moral. Pues tienen que ser capaces de resistir la
tcntacion utilitaria en las circunstancias mas dificiles, es decir, cuando es
obvio que de resistirla se van a seguir muchos males, y para esto su no-
utilitarismo tiene que estar profundamente en-raizado.
Algunos utilitaristas han Uegado, aunque no
exacta-mente por las mismas razones, a algo parecido a esta conclusion y han
pensado que lo que con ello se demos-traba es que de la verdad del utilitarismo
podria estar al tanto una elite responsable, pero que no deberia estar
excesivamente divulgada entre las masas. Esta propuesta, tanto desde un punto
de vista personal como desde un punto de vista social, es una propuesta sin
perspectivas. Desde un punto de vista personal, porque el estado men tal que
se atribuye al utilitarista reflexivo, y la actitud hacia otro que ese estado
implica, solo podrian ser hones-tamente mantenidas, si es que pueden serlo, por
un hombre muy inocente (tal vez Sidgwick lo era), y nin-gun hombre reflexivo de
nuestra epoca puede ser ese inocente. Desde un punto de vista social, porque
las ins-tituciones educativas y otras instituciones que se requeri-rian para
encarnar esa idea tendrian que ser muy diferen-tes de todo lo que ahora podemos
esperar o tolerar, o de todo lo que el propio utilitarismo podria desear.
Si todo esto es verdad, entonces el mundo que el
utili tarista reflexivo tiene finalmente que escoger, como el mundo que mas
probablemente puede arrojar los resul-tados que el utilitarista desea, es un
mundo en el que la ley de Gresham no rige porque un numero suficiente de
personas durante un tiempo suficiente se muestran pro-fundamente recalcitrantes
a pensar en terminos utilita-ristas. No es posible que esta disposicion pudiera
coexis ts con la creencia en el utilitarismo; ni tampoco parece aceptable o
socialmente posible que la mayoria tuviera que tener esta disposicion, mientras
que otros, la elite utilitarista, crcycran en el utilitarismo. Todo lo que
queda es que el mundo que satisfaria las aspiraciones del utilitarista seria un
mundo del que estuviera totalmente ausente la creencia en el utilitarismo como
una doctrina moral omnicomprensiva, excepto tal vez como una ex-centricidad
menor y sin trascendencia.
De este modo, si el utilitarismo es verdadero, y si
tambien son verdaderas algunas premisas empiricas bas-tante plausibles,
entonces es mejor que la gente no crea en el utilitarismo. Si por otro lado, el
utilitarismo es falso, entonces por supuesto que es mejor que la gente no crea
en el. Asi pues, de cualquier forma es mejor que la gente no crea en el.

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