© Libro N° 7618. Modernidades En Disputa. Ber-iain, Josetxo.
Emancipación. Agosto 8 de 2020.
Título original: © Modernidades
En Disputa. Josetxo Ber-iain
Versión Original: © Modernidades
En Disputa. Josetxo Ber-iain
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MODERNIDADES EN DISPUTA
Josetxo Ber-iain
Modernidades En Disputa
Josetxo Ber-iain
Dirigida por Josetxo
Ber-iain
MODERNIDADES
EN DISPUTA
Prefacio de Shlomo Noah Eisenstadt
ANTHROPOS
Modernidades en disputa I Josetxo Beriain ;
prefacio por Shlomo Noah
Eisenstadt. - Rubí
(Barcelona) : Anthropos Editorial. 200S
X + 338 p.; 20 cm. (Autores, Textos y Temas.
Ciencias Sociales; 42)
Bibliografía p. 311·335
ISBN 84-7658-722-8
Modernidad y sociedad 2. Modernidad - Aspectos sociológicos
Semántica del tiempo J. Eiscnstadt, Shlomo Noah. 1I. Título
Colecci6n 301.175
cultura
Libre
Ilustraciones:
© René
Magrittc, VEGAP, Barcelona, 2004-
© 2004,
The M.C. Escher Company, Baarn. Holland
Primera edición:
200S
© Josetxo
Beriain Razquln. 2005
© Anthropos
Editorial, 200S
Edita: Anthropos Editorial. Rubí (Barcelona)
wwwanthropos-cdítortal.corn
ISBN: 84-7658-722-8
Depósito legal: B. 4.521-2005
Diseño, realización
y coordinación: Plural, Servicios
Editoriales
(Narlño. S.L.),
Rubí. Tel. y fax: 93 697 22 96
Impresión:
Novagrafik. Vivaldi. 5. Monteada i Reixac
Impreso en España - Prínted in Spain
Se lo dedico a mi sobrino Jan,
y a sus cuatro abuelos,
todos ellos octogenarios en activo
PREFACIO
MODERNIDADES
EN DISPUTA constituye una importante y constructiva
contribución a los estudios críticos del análisis de la modernidad y de la
modernización, combinando de forma imaginativa y novedosa análisis
sociológicos, históricos y filosóficos de la modernidad.
) En primer lugar, este trabajo examina
criticamente los estudios clásicos de la modernización que prevalecieron en los
años cincuenta y sesenta del siglo pasado. Como es bien conocido, estos
estudios, con fuertes raícesen algunos de los clásicos, como Spencer y
Durkheim, han enfatizado que el modelo occidental de modernidad es un modelo
universal, que se expandiria a lo largo del
planeta. Estos supuestos han sido retematizados críticamente desde
muchos puntos de vista, abriendo la posibilidad al análisis de las
«modernidades múltiples», delimitando asíese común denominador de modernidad
-notas provisorias con gran capacidad de autocorrección- que cristaliza en
distintos clusters civilizacionales. MODERNIDADES EN DISPUTA examina
críticamente estos problemas. Aborda el problema que ha sido central en los
comienzos de la modernidad y determinante en su desarrollo, y que considera a
ésta no como algo necesariamente beneficioso, progresivo e irreversible, sino
también como algo que conlleva posibilidades altamente destructivas. Si bien los
primeros sociólogos «modernizadores» creyeron en el «progreso inevitable», la
crítica sociológica, al final del siglo xx, se orienta más por un «progreso
posible y ambivalente», Tal actitud critica hacia la modernidad ha sido
desarrolla-
da también a partir del análisis de varias
tradiciones que hunden sus raíces en el corazón de la modernidad: en sus
dimen-siones totalistas, totalitarias, jacobinas y sectarias.
La contribución distintiva de MODERNIDADES EN
DISPUTA radica en acudir, muy acertadamente, a los discursos cultura-les y
políticos que conforman distintos proyectos de moderni-dad dentro de distintas
civilizaciones, cada uno de ellos con sus peculiaridades internas, pero
conectados todos ellos en medio de un mundo que cognitiva, económica, ética y
políti-camente es global, como ya vio Kant hace ya más de doscien-tos años.
MODERNIDADES EN DISPUTA es una importante con-tribución al análisis de las
dinámicas de integración operativas en las sociedades actuales.
SHLOMO NOAH EISENSTADT
The Van Leer Jerusalem Institute
INTRODUCCIÓN
El presente
es la
puerta (cierre) o el puente (apertura) que conecta el pasado con el
futuro y el hombre es el protagonista y la víctima de tal tránsito.
Podemos considerar la historia de una comunidad
huma-na, utilizando el lenguaje de las computadoras, como un pasting mnemónico
de cortado y pegado de fechas, acontecimientos y períodos de tiempo en donde la
historia unas veces se «conden-sa», mientras que otras se diluye tanto que crea
espacios de tiempo «en blanco», «vacíos», en donde da la impresión de que no
hubiese ocurrido nada, unas veces aparece como «monta-ñas sagradas» donde se
concentra la experiencia del tiempo y otras como «valles profanos» donde se
diluye tal experiencia hasta el punto de dar la sensación de que no ocurre nada
nue-vo. No obstante, lo que podemos constatar con toda seguridad es que a
partir del siglo XVIII, en la cultura occidental, se cons-tituye, de forma
generalizada, una nueva forma, no ya de com-putar el tiempo sino de
experimentarlo, configurándose una nueva época.' El fraseado en staccato? del
tiempo moderno se caracteriza por su profunda discontinuidad e irregularidad
fren-te al fraseado en legato que caracterizó al tiempo premoderno, frente a la
suave progresión continua del tiempo histórico orien-tado por un cierto telas
finalista, el tiempo moderno se caracte-rizaría por el ritmo abrupto de cambio
con un futuro lleno de indeterminación. «El presente se concibe como una
transición
R.
Koselleck, Vergangene Zukunit (hay traducción española en Paidós), Frankfurt,
233 y ss. Ver asimismo el interesante conjunto de trabajos en la misma línea
compilados por J. Heilbron, L. Magnusson, B. Wittrock, The Rise oíthe Social
Sciences and (he Formation ofModernity, Dordrecht, 1998, especialmente la
Intro-ducción a cargo de los tres autores citados.
E.
Zerubavel, TIme Maps, Chicago, 2003, 34 Y ss.
x 1
hacia lo nuevo y vive en la conciencia de la
aceleración de los acontecimientos históricos y en la esperanza de que el
futuro será distinto»." El cambio sigue orientado por un horizonte de
expectativas en donde los espacios de tiempo se acortan (en el sentido de que
en el futuro siempre se sitúan progresos más rápidos), pero será enriquecido a
través de otras situa-ciones de experiencia que no pueden ser ya interpretadas
en sentido cristiano. El núcleo duro de experiencia son los des-cu brimientos e
invenciones de la ciencia y la técnica. Entre el siglo XVI y el siglo XIX, las
esperanzas y expectativas, cris-tianamente estimuladas y utópicamente
enriquecidas, conec-tadas con los descubrimientos e invenciones, son
recupera-das crecientemente por la experiencia científico-natural. Lo que en el
Apocalipsis divino fue esperado como una decisión secreta supramundana,
trascendente, aparece ahora sujeto a la decisión humana que se produce en el
curso de una historia construida de forma inmanente, intramundanamente. Nik.las
Luhmann nos informa de un cambio importante en las distin-ciones directrices
que estructuran el núcleo que da sentido a la vida de los individuos en cada
época, así, a partir del siglo XVIlI, la posición central de la oposición entre
inmanencia! trascendencia es sustituida por otra: pasado/futuro." En un
mundo postdualista, el tiempo no puede mirar «hacia arriba, desde abajo» sino o
bien hacia adelante o hacia atrás. La mo-dernidad ha elegido no levantar la
vista del futuro, de un futu-ro presente, de un futuro que es presente en medio
de un rit-mo acelerado y vertiginoso que le hace decir a Nikolai Gogol que
«incluso sin salir de ahí, ya no estamos más ahí». Cuando existe una
experiencia del tiempo inmanente, histórica, «se-parada» de los ritmos de
tiempo de la naturaleza, sin duda alguna, la experiencia de la aceleración del
ritmo social confi-gura una nueva modalidad de tiempo, postapocalíptica y
postcristiana, específicamente humana. El objetivo de los pro-gresos acelerados
es el dominio racional de la naturaleza y de forma creciente también la
autoorganización de la sociedad políticamente constituida."
J. Habermas.
Escritos políticos, Barcelona, 1988, 113
N. Luhmann,
Soziologie des Risikas, Berlín. 1990.48.
Weber,
Adorno, Horkheimer y Castoriadis, entre otros suscriben esta idea.
El mayor mito que ha producido la modernidad que
surge en Europa, a partir del siglo XVIII, se apoya en la convicci6n de que la
ciencia permite a la humanidad hacerse cargo de su des-tino," como lo
habían puesto de manifiesto los primeros soció-logos «modernizadores», Saint
Simón, Comte? y Spencer. No obstante, debemos ser conscientes de que la
«humanidad»! es en sí misma un concepto que ha experimentado una importan-te
metamorfosis, es un residuo que procede de la fe religiosa. En realidad, strictú
sensu, s610 hay seres humanos que utilizan el creciente conocimiento que les
brinda la ciencia para procu-rar alcanzar sus fines en conflicto, como advertía
Weber en su famosa conferencia de 1920, La ciencia como vocación. Sin duda,
éste es el principal mitomotor que genera una nueva época en Europa, pero del
hecho de que Europa haya prohijado la primera modernidad no podemos inferir que
otros no lo hagan mejor (ni tampoco peor, claro está). Lo que ha ocurrido, de
forma más o menos consciente, es que desde los primeros modernizadores
liberales y luego marxistas, así corno los pro-pios sociólogos mencionados, se
ha construido .otro mito, es-trechamente vinculado al anteriormente mentado,
que asimila la modernización a occidentalización, según' la cual del «origi-nal»
europeo se pueden sacar copias y distribuirlas world wide. Sin embargo, debemos
ser conscientes de que existen muchos modos de ser moderno, no hay una
modernidad canónica sino múltiples modernidades, la occidental europea - y
dentro de ésta, la de-mocrático-liberal, la bolchevique, la
nacionalsocia-lista-, la norteamericana, la japonesa, la fundamentalista
ac-tual, etcétera, como sugerimos en el primer capítulo de este trabajo. Samuel
Huntíngton"ha planteado, después de desapa-
Ver el
trabajo de J. Gray: Al Quaeda y lo que significa ser moderno. Barcelona.
2004, capítulo 3.
Recordemos
que Comte afirma que ..las matemáticas deben ocuparel primer puesto en la
jerarquía de las ciencias» Cours de Philosophie Positive (1830-1842) en Auguste
Comte and Positívísme: The Essenlial Wrilings. G. Lenzer (Editor), Chicago,
1975, 101.
Niklas
Luhmann realiza una importante revisión semántica de toda una serie de
conceptos a los que sitúa en la vieja tradición humanista cristiano europea.
en-tre los que está el de humanidad. Ver su trabajo Die Geseliscboñ der
Gesellschaft,
Prankfurt, vol. 2, 893 Yss.
S.P.
Huntlngton. ¿Choque de civilizaciones?, Madrid. (1993), 2002 (traduc-ción del
artículo aparecido en Foreign Affaires, vol. 72, 3, 1993), El choque de
civili-zaciones y la reconfiguración del orden mundial. Barcelona. 1997,
¿Quiénes somos? Los desafíos a la identidad nacional estadounidense, Barcelona.
2004.
2 3
recer el conflicto bipolar de la Guerra Fría entre
este y oeste que representaba dos formas de ser moderno, capitalista y
so-cialista (ambas realmente existentes e inequívocamentemoder-nas), la
existencia de un «nuevo» conflicto entre clusters civili-zacionales,
especialmente entre occidente y el islam, al que ha sumado recientemente la
amenaza que el mundo hispano re-presenta a la identidad nacional norteamericana
y sus origina-riamente valores protestantes. Por el contrario, yo pienso que
hay que preguntarse más bien por cómo la dinámica de la pro-pia historia de
cada civilización configura un camino específi-co de realización de modernidad.
La civilización de la moder-nidad comporta en cierta medida una modernidad de
las civilizaciones por cuanto que todas las civilizaciones tienen unos
determinados patrones de racionalización y unos portadores de acción colectiva
que pugnan por definir la modernidad en sus propios términos, por diferente que
esto pueda ser expresa-do. Por tanto, no estaríamos hablando de choque de
civiliza-ciones sino de choque de modernidades, de encuentro entre dis-tintas
formas de ser moderno que anidan en el seno de las distintas civilizaciones. No
son Yavé y Aláh quienes están echan-do un pulso ante el ademán impasible de
Buda, es decir, los imaginarios centrales de las dos grandes religiones
monoteístas, el judeocristianismo y el islam, sino que son grupos portado-res
de visiones utópicas distintas que surgen en el seno de las grandes
revoluciones modernas los que jalean la lucha actual entre distintos proyectos
de modernidad. Sin duda, una de las variedades de conflicto es la del (choque
de fundamentalis-rnos»!? (sic Tariq Alí), de choque entre integrismos afincados
en el seno de las religiones monoteístas, véase, la derecha evan-gélica
revivalista norteamericana, los sectores católicos integristas, los
Iundamentalístas judíos de Gush Emunín y Agudat Israel, y los fundamentalistas
islámicos repartidos por toda la amplia geografíaplanetaria que configura el
islam, para los que la civilización moderna es percibida más como una amenaza
que como una oportunidad.
Pero, además, dentro del programa cultural y
político de la modernidad occidental existen toda una serie de fisuras, de
T. AJí,El
choque de los [undamerualismos. Cruzadas, Yihads y modernidad. Madrid,2002.
crisis, de contradicciones" y de creciente
postulación de una episteme postrnoderna, que nos llevan a hablar de choques
entre diferentes principios de racionalidad dentro de la propia modernidad
occidental. Esto lo analizo en los capítulos terce-ro y cuarto. Tanto Marx como
Weber y Sirnmel ya se hicieron eco de la importante metamorfosis que
experimentaba ese programa cultural moderno que surge en el siglo XVIII. Weber,
al final de la Ética protestante, y con un acentuado tono pesi-mista, nos situaba
frente a la consecuencia inintencionada de la revolución en las convicciones
que supuso la ascética intra-mundana protestante, el advenimiento del (último
hombre», que ya preludió el Zaratustra de Nietzsche como apoteosis del
nihilismo europeo, para el que ya se ha hecho añicos la uni-versalidad fáustica
de lo humano, quedando el individuo su-peditado a ese «substituto técnico de
Dios» que es el dinero. En la tensión existente entre el ascetismo y la
adquisición, finalmente, ha ganado esta última, en un mundo ya sin dioses ni
profetas; en medio de una tensión entre la cultura ascética burguesa y las
vanguardias modernistas hedonistas, finalmen-te, son éstas las que triunfan
sobre aquélla. Para Weber asisti-mos a una reinvención del viejo politeísmo
griego y romano, pero como politeísmo sin dioses en donde las diversas esferas
culturales de valor se han independizado de la tutela de lo sagrado y pugnan
entre sí. En parecidos términos se expresa Sirnmel, para el que la tragedia de
la cultura moderna se ex-presa en el predominio de la cultura objetiva sobre la
cultura subjetiva. Así como Weber observaba al final de la Ética pro-testante,
el advenimiento del «utilitarismo instrumental) del último hombre,
«especialista sin espíritu, gozador sin cora-zón», como algo característico de
la modernidad avanzada, en la que se ha producido una ruptura de la afinidad
electiva existente entre religión y economía propia de los orígenes del
capitalismo, así Simmel contrapone, en lo que podríamos con-siderar la
manifestación más clara de su diagnóstico de la cri-sis cultural
específicamente moderna, el ideal ascético de vida franciscano: «Nihil
habentes, omnia posidentes» (No tener nada material-, poseer todo -lo
espiritual-) con el ideal del hombre moderno que venera el «becerro de oro»,
habiendo invertido los términos de la frase anterior: «Omnia habentes, nihil
posidentes» 12 (Tener todo -lo material-, no poseer nada -espiritual-J. La
cultura moderna tardía es una cadena infi-nita de medios sin fines. Para
Simmel: «La ausencia de algo definitivo en el centro de la vida empuja a buscar
una satis-facción momentánea en excitaciones, satisfacciones en activi-dades
continuamente nuevas, lo que nos induce a una falta de quietud y de
tranquilidad que se puede manifestar como el tumulto de la gran ciudad, como la
manía de los viajes, como la lucha despiadada contra la competencia, como la
falta es-pecífica de fidelidad moderna en las esferas del gusto, los es-tilos,
los estados de espíritu y las relaciones»."
_______
Ver el
excelente epílogo que Daniel Bell añade a la edición del vigésimo aniversario
de The Cultural Contradictions ofCapitalism, Nueva York. 1996.
Marx en un párrafo del Manifiesto comunista, que ha
servido para dar tí-tulo a un importante libro de Marshall Berman, afirma que
en la modernidad: «todo lo sólido se desvanece en el aire», y Bauman, añadiendo
la crítica nietzscheana de la cultura, ex-trae todo el potencial de la frase
anterior al suponer que: «todo lo líquido permanece en la realidad»."
Mientras que para la filosofía clásica, con Platón y Aristóteles a la cabeza,
la sus-tancia era esencial y el accidente relativo y contingente, hoy observamos
una inversión de este supuesto, ya que el acciden-te se ha convertido en
absoluto y la sustancia, cualquier sus-tancia (incluido el ser humano), en
relativa y contingente. Esto lo han expuesto con gran claridad el propio
Bauman, Luhmann y Beck en sus respectivos análisis del programa cultural de la
modernidad.
La modernidad en este sentido no es una
civilización uni-ficada, global en su extensión, sin precedentes en su
capaci-dad de intrusión y destructividad. Más bien, lo moderno sería un
conjunto de notas provisorias, es decir, un conjunto de es-peranzas y expectativas
que comportan algunas condiciones mínimas de adecuación que pudieran ser
exigidas de las insti-tuciones macrosociales, no importa cuánto puedan diferir
es-tas instituciones en otros respectos. Quizás, una de las carac-
__
G. Sírnmel.
"El concepto y la tragedia de la cultura», en Sobre la avenlura,
Barcelona, 19B8,229.
G. Simmel,
Pilosoita del dinero, Madrid, 1977,612.
Verla obra
de Z. Bauman, Líquid Modernity, Cambridge, 2000.
_
terísticas más importantes de lo moderno es su
potencial de auto-corrección, su habilidad para hacer frente a problemas ni
siquiera imaginados en su programa original. Es decir, como afirmaba Hólderlin
en su Patmos: "Cercano está el Dios (la sociedad justa y buena, el
paraísoJ y difícil es captarlo. Pero donde hay peligro (sufrimiento, desorden)
crece lo que nos salva», \5 puesto que el desorden es la condición de
posibilidad de un nuevo orden; la ambivalencia, ya lo apuntó CiG. Jung, es la
fuerza motriz;" es lo que nos mueve (das Treibende), al impedir una
fijación naturalizada a lo que existe, a lo fáctico, a un límite o a una
distinción producidos históricamente, buscando permanentemente ese lado ciego
(por cuanto no visto por nosotros), excéntrico, que comparece siempre a pesar
de que no vemos que no vemos al mirar (el otro lado, la otra posibilidad, que
llamada o no llamada está siempre ca-pre-sente), al elegir, al seleccionar, al
preferir, una alternativa en lugar de otra. Aquí radica el problema de la ambivalencia,
en que es promesa de depassement de un límite, históricamente creado, pero
también es amenaza al nuevo límite que se crea, promesa y amenaza van juntas,
aunque se distiendan sucesi-vamente en el tiempo. La ambivalencia no es el
triunfo del mal, como accidente del bien, como una cierta apologética religiosa
y luego ilustrada han dado a entender, sino la acci-
dentación misma de lo real. Esta es la radical
paradoja a la que hace frente la modernidad. Esta ambivalencia junta, de forma
un tanto monstruosa," a la cultura de la instantanei-dad, de la
inmediatez, de la sensación, del impacto, del «aho-ra en todos los sitios» que
despliegan las nuevas tecnologías de tele-visión y tele-acción con esa otra
cultura de la urgen-cía" del pirata informático, del terrorista (yen
algunos casos del agente contraterrorista)." del narcotraficante, que
tratan de apropiarse de aquello que no tienen, y desean, por medios
F.
Hóldet-lin, Poesía completa, «Patrnos», Barcelona, 1995,395.
Ver C.G.
Jung, "Das Symbolische Leben-, en
Gesammelte Werke, vol. j S,
Zúrích, 1980.
17. P. Virilio, Ground Zero, Londres, 2004, 24.
lB. Como lo pone de manifiesto R.K. Merton en sus
trabajos sobre anomía y estructura social (Teoria y estructura sociales, México
D.F., 1980, 220-229) Ytam-bién el trabajo de y. Predrazzini y M. Sánchez,
Malandrus-Bandas y niños de la
calle. Cultura de la urgencia en la metrópoli
latinoamericana, Caracas, 1994.
19. Ver el trabajo de S. Zizek, Welcome to the
Desert ofthe Real, Londres, 2002.
6 7
proscritos. Todos éstos no son sino personajes
amantes de la transgresión, perfectos continuadores de aquellos asesinos en
serie, violadores, ladrones de bancos y gánsteres que ya des-cribieron
magistralmente Fritz Lang en M y el Doctor Mabuse y Bertold Brecht en La
irresistible risa de Arturo Vi o en Ópera de tres peniques, no olvidemos que,
más tarde o más tempra-no, los vicios privados, vestidos inicialmente con
ropaje bur-gués, se convierten en la historiografía anticipada de las vir-tudes
públicas actuales continuamente estimuladas por esas nuevas tablas de la ley
que se nutren de un «más allá del bien y del mal». de un depassement,
socialmente construido. Las «guerras culturalesa-" se establecen, dentro
de ese siempre cambiante discurso de la «modernidad» que no tiene centro"
y cuya circunferencia engloba a todo el planeta, por el mono-polio del esquema
clasificatorio, entre los defensores de la pureza de un esquema rígido que
defiende la infalibilidad de lo que consideran como algo dado por supuesto, discurso
ca-nonizado y dogmatizado -en la historia de la modernidad comparecen jacobinos
burgueses, bolcheviques, nazis, integristas religiosos, nacionalistas xenófobos
y nostálgicos de la Guerra Fría- y los defensores de la ambivalencia como
fuerza motriz reconocida en un esquema flexible, que fomen-ta la crítica y la
deliberación, la transgresión como regla, el prohibido prohibir como
procedimiento, entre los que está una gran mayoría de la población dentro de
todas las socieda-des modernas. Estas dos distinciones directrices atraviesan
las distintas disputas en las agendas de la esfera pública de todas las
sociedades modernas en distintas civilizaciones que se proyectan en ámbitos
políticos, económicos, militares, ecológicos y estéticos.
Pero, donde inequívocamente Se pone de manifiesto
la cara más tenebrosa y despiadada de la «modernidad» es en su in-capacidad
para erradicar la barbarie, proyecto normativo de
Ver el
trabajo de J.D. Hunter: Culture Wars, Nueva York, 1990.
Arjun
Appadurai afirma que: «el punto crucial cs ... que Estados Unidos va no es el
titiritero de un sistema mundial de imágenes sino sólo un nodo de una
construcción transnaclonal compleja de paisajes imaginarios» (Modernity at
Large, Minneapolis, 1996,31) Ymás a partir de la destrucción del gran mito de
la invulne-rabilidad occidental y específicamente americana que comparece en la
omnipre-sencia del 11-09-2001 y coextensivamente en el 11-03-2004.
los primeros sociólogos modernizadores, dicho de
forma más radical, en su «pacto con el diablo), en su promesa monstruo-samente
incumplida de libertad, que encuentra sus expresio-nes históricas en dos
guerras mundiales y su correlato inefa-ble en la espantosa Shoah y sus secuelas
tardomodernas. Estos aspectos son objeto de análisis del capítulo segundo.
Así como la modernidad occidental lucha consigo
misma y las diferentes modernidades luchan entre sí, asíen el individuo existe
una pugna entre diferentes daimones o constelaciones de sentido. Desde la
revolución en las convicciones que observa Weber en el siglo XVII, cuyo
portador fundamental se sitúa en la ascética intramundana protestante, a la que
Charles Taylor ha llamado «revolución post-expresivísta», se produce un
mo-vimiento claramente orientado a la defensa de la autonomía de la
interioridad personal sobre la exterioridad de la iglesia, la clase social, la
nación o la propia comunidad de pensamiento, sin embargo, la cultura de masas
que surge en Occidente en el síglo xx redefine al individuo como algo
construido por los otros; dice Riesman que el individuo construido «desde
dentro» por la primera modernidad, representada por la Reforma, va a pa-sar a
ser «dirigido por los otros» dentro de la cultura de masas. Este es el objeto
de análisis del capítulo quinto.
En el capítulo de los agradecimientos quisiera
tener muy presentes a todos aquellos amigos y colegas que en distintos sitios,
tanto en España como en México, han logrado mejorar y enriquecer los borradores
iniciales de este trabajo con sus comentarios y críticas constructivas.
8 9
MODERNIDAD:
¿UNA, NINGUNA O MUCHAS?
Entre los
diversos tipos de culto que prevale-
cían en el mundo romano, todos ellos eran con-
siderados igualmente verdaderos por el pueblo,
igualmente falsos por los filósofos e igualmen-
te útiles por los políticos. Así, a través de la
to-
lerancia, se obtenía no sólo la indulgencia mu-
tua sino también la concordia religiosa.
EnwARD GIBBON
En el lugar
de las verdades fundamentales,
yo pongo
probabilidades fundamentales: di-
rectrices provisionalmente asumidas con las
que se vive y piensa.
FRIEDRICH NIETZSCHE
El destino
de una época que ha comido del
árbol del conocimiento consiste en tener que
saber que podemos hallar el sentido del acae-
cer del mundo,
no a partir del
resultado de
una investigación,
por acabada que sea, sino
siendo capaces de crearlo; las cosmovisiones
nunca pueden ser producto de un
avance en
el saber empírico, y que los más altos ideales
que nos mueven con la mayor fuerza siempre
se forman
sólo en la lucha con otros ideales
que son tan sagrados para otros como lo son
los nuestros para nosotros.
MAXWEBER
Estamos experimentando a escala universal
masiva un apiñamiento compulsivo de gente
en torno a innúmeras clases de agrupamiento
-tribales, raciales, lingüísticas, nacionales. Es
una gran comunión separadora que improvi-sará -así se cree-, asegurará o
extenderá cada poder o lugar grupal o lo mantendrá se-guro o más seguro del
poder, amenaza o hos-tilidad de los otros.
HAROLD lSAACS
11
El 11 de septiembre de 2001 significa un antes y un
después no sólo en la geografía urbana neoyorkina y en la conciencia colectiva
norteamericana sino también, coextensivamente, en el marco interpretativo que
ha servido para interpretar y dar sentido a nuestras interacciones sociales.
Conceptos como se-guridad, certeza, protección, deben ser redefinidos a la luz
de tal «acontecimiento apropiador», porque tal evento - o ma-croevento
debiéramos decir- y sobre todo sus consecuencias, tanto las no deseadas como
aquellas imprevistas, es el producto de un destino social que nosotros
-premodemos, mOdelTIOS y postmodernos- hemos fabricado. Nosotros que vivimos en
tiempos y espacios muy heterogéneos, pero a quienes el intento de domar su
propia suerte ha vuelto a situar ante la posibilidad de que el resultado de
cada elección sean algunas consecuen-cias indeseadas y de que la conciencia de
tales consecuencias no pueda calcularse con precisión, ante tal «acontecimiento
apropiador» nos vemos urgidos no tanto a controlar el resulta-do de nuestras
acciones como a protegemos contra los riesgos implícitos en cualquier acción
yana hacernos responsables de sus resultados. Parece como si la incertidumbre,
al decir de Zig-munt Bauman, fuera algo que no podemos reparar sino algo que
creamos y que volvemos a crear siempre en mayores canti-dades, por medio de
nuestros esfuerzos destinados a repararla. La contingencia aparece como un
atributo moderno por cuan-to estamos, paradójicamente, más seguros de muchas
cosas y menos seguros o absolutamente inseguros de otras tantas. Cuan-to más
sabemos, más sabemos que sabemos menos, es decir, se produce un regreso del
gran principio que constituye el origen de la reflexividad humana en Occidente,
según Anaximandro, el apeiron, lo indeterminado. Hemos desvelado a través de la
ciencia muchas incógnitas, sin embargo, hace mil años el indi-viduo disponía de
un umbral de seguridades -explicadas en lenguaje religioso- mayor que hoy.
1. La noción
de modernidades múltiples
Frente a la noción de modernidad
europeo-occidental, que con carácter canónico predomina en el análisis
socio-lógico, voy a introducir la noción de «modernidades múlti-
ples»' que denota una cierta perspectiva del mundo
contem-poráneo - de la historia y de las características de la era moderna- que
se sitúa frente a las perspectivas más habi-tuales representadas por las
teorías clásicas de la moderni-zación" y de la convergencia de las
sociedades industriales, predominante en los años cincuenta. Todas ellas
asumen, explícita o implícitamente, el programa cultural de la mo-dernidad tal
como se desarrolló en la Europa moderna, a partir del siglo XVII, y las
constelaciones institucionales bá-sicas que emergieron ahí a resultas de tal
fermento cultural, finalmente, se impusieron en todas las sociedades moder-nas
o en proceso de modernización. Contra la concepción que considera a la
modernidad occidental como un concep-to omniabarcante, que ha sido el original
del que se han sacado copias a lo largo del mundo, propongo el concepto de
«modernidades múltiples» que desarrollan el programa cultural y político de la
modernidad en muchas civilizacio-nes, en sus propios términos. Los desarrollos
actuales, so-bre todo a partir de la II Guerra Mundial, en las sociedades en
proceso de modernización, han refutado los presupues-tos homogeneizadores y
hegemónicos de este programa de la modernidad occidental.
La idea de modernidades múltiples presupone una
nueva forma de entender el mundo contemporáneo -de explicar la historia de la
modernidad- viéndolo como una historia de continuas constituciones y
reconstituciones de una multipli-cidad de programas culturales.? Estas
reconstrucciones en curso de los múltiples modelos institucionales e
ideológicos son vehiculizadas por actores sociales específicos en estrecha
conexión con activistas sociales, políticos e intelectuales y tam-bién por
movimientos sociales que buscan la realización de
El concepto
está presente en los trabajos de S.N. Eiscnstadt: «Multiple modemities», en
Daedalus, vol. 129, n. 1,2000, 1-31; también Die Viclfalt der Modernc, Gcuíngen.
2000; así como también en los trabajos de Ch. Taylor y B. Lee: Multiple
Modemities: Modemity and Difference. Chicago, Center for Transcultural Studies,
1998, 10; del mismo autor: Modem Social tmagínaríes, Durham, 2004.
De las que
encontramos un magnífico análisis crítico en la obra de C. Solé: Modernidad y
modernización, Barcelona. Anthropos, 1998.
Richard
Rorty ha puesto de manifiesto la emergencia de la definición de la situa-ción a
resultas de la lucha democrática de interpretaciones diferenciadas en la
moder-nidad. Ver esta posición en: Contingencia, trontav solidaridad,
Barcelona, 1999,71 Yss.
12 13
diferentes programas de modernidad, manteniendo
perspec-tivas muy distintas sobre aquello que hace a las sociedades modernas.
Distintos modelos de modernidad múltiple se han desarrollado dentro de
diferentes Estados nacionales y den-tro de diferentes agrupamientos étnicos y
culturales, entre movimientos comunistas, fascistas y fundamentalistas,
dife-rentes entre ellos, pero sin embargo todos ellos con una deri-va que va
más allá del Estado nacional, aunque lo tomen como base operativa. Ya no
podemos sostener, como ingenuamente se ha hecho, que los patrones occidentales
de modernidad re-presentan las únicas y «auténticas» modernidades. En el
dis-curso contemporáneo ha surgido la posibilidad de que el pro-yecto moderno,
al menos en los términos de la formulación clásica mantenida a lo largo de los
dos últimos siglos, puede estar agotado. Una perspectiva contemporánea admite
que tal agotamiento se manifiesta en el «fin de la historia», posición
mantenida por Francis Fukuyama" en 1989, que viene a resu-citar algo que
Daniel Bell y Seymour M. Lipset ya anunciaron hace más de treinta años, el «fin
de las ideologías» que movi-lizaron el mundo durante la segunda mitad del siglo
XIX y la primera mitad del siglo xx, fin que aparece escenificado en la caída
del muro de Berlín. La otra perspectiva está representa-da por el «choque de
civilizaciones», término acuñado por Samuel P. Huntington" en 1993, según
el cual, la civilización occidental, habiendo superado el conflicto ideológico
que se expresaba en el «telón de acero) de la postguerra, se confron-ta ahora
con un mundo en el que civilizaciones tradicionales, fundamentalistas,
antimodernas y antioccidentales son pre-dominantes. El (telón de terciopelo),
es decir, las borrosas líneas divisorias que trazan las civilizaciones, con una
georne-tria enormemente variable, se han erigido en los ejes de con-flicto
fundamentales de hoy en la forma de "Occidente frente al islam» u
«Occidente frente al resto», según Huntington. A mi juicio, sin embargo, todos
estos desarrollos y tendencias constituyen aspectos de una reinterpretación
continua y de una reconstrucción del programa cultural de la modernidad;
Ver su
trabajo: The End o(History and the Last Man, Nueva York. 1992.
Recientemente
editado su trabajo originario: ¿Choque de civilizaciones? Ma-drid,2002.
de la construcción de modernidades múltiples; de
los intentos de varios grupos y movimientos para reapropiarse la moder-nidad y
redefinir el discurso de la modernidad en sus propios términos. Más que un
choque de civilizaciones a lo que asisti-mos es a encuentros," a
contactos, a difusiones, culturales entre civilizaciones. No hay ningún tipo de
determinismo que sitúe la lucha como forma predominante de interacción entre
com-
plejos civilizacionales.
Max Weber estudió en sus Ensayos sobre sociología
de la religión, 7 publicados en el primer cuarto del siglo xx, las diná-micas
internas de las diversas grandes civilizaciones. Asírepre-sentó a estas
civilizaciones según sus propias pautas de racio-nalidad. Su estudio no refleja
una deriva evolucionista de menos a más que comienza hace 2.500 años en varios
lugares del pla-neta y que termina en Europa en el siglo XVII, sino más bien
una orientación comparativista. Dentro de cada civilización observa una determinada
tendencia de racionalización. Él ana-lizó la primera modernidad - la
occidental, la europea del si-glo XVII que comienza con la Reforma y continúa
con las gran-des revoluciones-, pero no podemos aceptar que las formas tardías
de aparición de la modernidad - la modernidad norte-americana de posguerra o la
japonesa actual- hayan surgido bajo las mismas condiciones. Él analizó el
surgimiento del ca-pitalismo pero no su globalización. Por tanto, hay que
pregun-tarse cómo la dinámica de la propia historia de cada civiliza-ción
configura un camino específico de realización de modernidad. La civilización de
la modernidad comporta en cier-ta medida una modernidad de las civilizaciones
por cuanto que todas las civilizaciones tienen unos determinados patrones de
racionalización y unos portadores de acción colectiva que pug-nan por definir
la modernidad en sus propios términos, por diferente que esto pueda ser
expresado.
Esta idea de
los encuentros entre culturas y civilizaciones ha sido amplia-mente
desarrollado. primero por la Escuela antropológica difusionista vienesa, cuyo
representante más conocido es Grabner, y encuentra su desarrollo en los
estudios comparativos de difusión y contacto cultural de mitologías indias en
la costa noroccidental canadiense que realiza Franz Boas a comienzos del siglo
xx. Ver su obra: Race, Language and Culture (1940). Chicago, 1982.
M. Weber.
Ensayos de sociología de la religión. 3
volúmenes. Madrid. 1983.
1987.1989.
14 15
Voy a referirme al concepto de civilizaciones"
axiales? esta-bleciendo una diferencia entre civilizaciones preaxiales
-re-lacionadas fundamentalmente (aunque no únicamente) con la preservación del
orden cósmico y social, y entre las que se
encuadran las religiones de la Edad de Piedra, y
las ahora extinguidas .religi~nes nacionales sacerdotales del antiguo
Oriente medio, Egipto, Grecia y Roma, India y
China- y civi-liza~i~nesaxiales -relacionadas fundamentalmente (aunque
no umcamente) con la cuestión de la salvación, la
redención o la liberación, entre las que cabe señalar a las religiones
histó-ricas universalistas: confucionismo, budismo, taoísmo, anti-guo judaísmo,
islam y cristianismo temprano; éstas emergen en sociedades más o menos
alfabetizadas y se encuadran en el área de estudio de la historia más que de la
arqueología y la etnog:afía. Esto me va a permitir establecer esa Primera
Épo-ca Axial como el umbral temporal en el que tienen lugar toda
una serie de cambios que determinan una verdadera
revolu-ción en las convicciones.
En las sociedades encuadradas en las civilizaciones
axiales mencionadas, es decir, en las sociedades donde surgen las gran-des
religiones universalistas, cuanto más se confirma la con-cepción de un Dios
personal o de un cosmos impersonal (am-bos supramundanos) tanto más agudo se
hace el contraste de la trascendencia divina con la imperfección
inmanente-contin-gente del mundo y del hombre, construyéndose de esta guisa
E. !iryakian
(<< The Civilization of Modemity and the Modemity of Civilizations»,
l~ten:~tlonalSo~iolugy, vol. 16, n." 3, 2001, 277-293) ha realizado una
excelente mapi-
ficacíón de los dlve~sos estudios realizados en
torno al concepto de civilización co-menzando por l~ primera ~eneracióndonde Se
sitúan los estudios comparativos de ~~x,Weber, É,mile Durkheim y Marcel Mauss,
la segunda generación englobaría a Piürirn ~orokJm,Norbert Ellas, Reinhard
Bend¡x y Benjamín Nelson y en la tercera generaclón.dest~canlos estudios
críticos de Shlomo Elsenstadt. Sam Huntington,
Edward Said, Arjun Appadurai y Gayatri Chakravorty
Spivak.
9. Ver el magnífico artículo de S.N, Eisensladt, «Introductíon. The Axial Age
Breakthroughs- Their Characteristics and origíns».
en S.N. Eisenstadt (ed.) TI Ax,ialAge Civilírations, Albany, Nueva York, 1986,
1-27. El forjador del término «é'ro:: axial» es K~rl Jaspers en ~Vom Ursprung
und Ziel der Geschíchte» (1949), signifi-cando con ella emergencia de
u~ate~si6n básica entre los órdenes trascendental y ~undano. Este proceso
revoluclOnano tuvo lugar en varias de las grandes civiliza, cienes abarc~ndoal
ant.igu~ Isra~1, la antigua Grecia, el cristianismo originario, el
Iran zoroaslnano, la Chma Imperial y las
civilizaciones hindú y budista. El concep-
lo ha ,s,idorete.matizad? por B. Schwartz en «The
Age ofTrascendencen, en 1975, y también por E. Voegelm, Order of History, en
1974,
diversas variedades de teodicea (yen última
instancia de so-ciodicea). La emergencia de visiones del mundo dualistas
trans-cendentes (este mundo/el otro mundo) y el surgimiento de pro-fetas,
clérigos, filósofos y sabios, como producto de una diferenciación interna
dentro de la propia institución de la religión con la consiguiente
proíesionalización de lo sagrado, vienen a sustituir el monismo cosmológico
(que Erich Neu-mann ha expresado en la idea: «cuando todo era uno») que
caracterizó a las religiones preaxiales. La construcción social de la idea de
salvación y la profecía así como la idea de una «satanización del poder del
mal», presente sobre todo en el antiguo judaísmo, como apunta Max Weber, son el
germen de la ruptura de un destino dado e inexorable y el comienzo de la
producción de un destino socialmente construible a través de la introducción de
nuevas distinciones directrices que vienen a complejificar la ya existente de
sagrado/profano, como son las de salvación/condenación, dolor/curación, pecado/gracia,
etc. Para las formas religiosas orientales se adopta un imagi-nario social
central que representa el cosmos impersonal, el kanna, y para las formas
religiosas occidentales se adopta la forma del monoteísmo de una persona
trascendente a la que se tributa culto y cuyo juego de voluntad divina y
obediencia humana permite, mediante una fuerte intelectualización (dog-mas)
explicar los acontecimientos, ofrecer alternativas, en suma, seleccionar la
realidad y dotarla de sentido. Esto confi-gura lo que podríamos llamar la
Primera Época Axial.
Nos interesa dilucidar ahora qué es lo que toma, si
es que toma algo, la primera modernidad occidental europea en el si-glo XVII de
esas civilizaciones axiales, concretamente del cris-tianismo. El núcleo de la
modernidad viene dado por la crista-lización y desarrollo de modos de
interpretación del mundo o, siguiendo a Comelius Castoriadis, ro de distintos
imaginarios sociales o visiones ontológicas, de distintos programas
cultura-les, combinados con el desarrollo de un conjunto de nuevas formaciones
institucionales, cuyo núcleo central común a am-bas, como veremos en detalle,
representa una apertura sin pre-cedentes e incertidumbre.
Ver su obra: La institución imaginaria de la
sociedad, Barcelona, 1983, 1989, 2 volúmenes,
16 17
Weber encuentra el umbral existencial de la
modernidad en una cierta deconstrucción de lo que él llama el «postulado ético
según el cual el mundo está ordenado por Dios Yque de alguna manera es un
cosmos orientado por valores y ética-mente orientado... », A juicio de James D.
Faubian «lo que Weber afirma es que el umbral de la modernidad pudiera ser
marcado precisamente en el momento en que la legitimidad incuestionada de Un
orden social preordenado divinamente co-mienza su declive. La modernidad emerge
-o, más adecuada-mente, un elenco de posibles modernidades- sólo cuando aquello
que había sido visto como un cosmos inmutable deja de ser dado por supuesto».'!
El grado de reflexividad caracte-rístico de la modernidad fue más allá de lo
conseguido en las civilizaciones axiales. La reflexividad que se desarrolló en
el programa moderno no sólo se hizo patente en la posibilidad de diferentes
interpretaciones del núcleo de las visiones tras-cendentes y de las
concepciones ontológicas básicas sino que cuestionó el carácter pre-dado de
tales visiones y de sus pa-trones institucionales. Dio origen a una conciencia
de posibi-lidad de visiones múltiples que podrían, de hecho, ser contes-tadas y
falsadas."
El programa cultural y político moderno,
desarrollado a partir de una de las grandes civilizaciones axiales - la
cristia-no-europea-, cristaliza como una transformación de visio-nes
heterodoxas con fuertes componentes gnósticos lJ que pre-tenden traer el reino
de Dios a la tierra y que fueron proclamadas en la cristiandad medieval y
europea moderna temprana por
J l. J.D. Faubion. Modern Greek Lessons: A Primer
in Historical Constructívism
Princeton, 1996,
113-115. '
Ȁ
⸀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ 䔀 Ā Ȁ ⸀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ S.N.
Eisenstadt, «Multlple Modernifies», Daedalus, vol. 129, n." 1, 4.
Ȁ
⸀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ 䔀 Ā Ȁ ⸀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ La
orientación gnóstica pretende escapara repudiar la creación maligna de l~
materia o de l.acontingencia, en términos más sociológicos, pero, a diferencia
de ciertas tendencias contemplativas cristianas, lo hace por medio de la acción
en el mund?, ~ través de ~n plan Formulado por los seres humanos con la guía de
un conocirmento supenor que ayuda a desvelar el significado profundo oculto del
mundo. En el trasfondo del programa de la modernidad comparecen diferentes
metanarrativas al lado de la gnóstica como san la cristiana que se dirige a
afirmar este mundo en términos de una visión más alta que no es completamente
realizable
y también la metanarraüva ctónica que enfatiza la
completa aceptación del mundo d~,doy la vit~lida~ de sus fuerzas. Para más
detalles consultar la magnífica aporta-
cron de.E. Tlryakian: «Three Metacultures of
Modernity: Christian. Gnostic and Chthonic», Theory, Culture and Society, vol.
13, 1, 1996.99-118.
diferentes sectas heterodoxas." La
transformación de estas visiones, en la medida en que tuvo lugar sobre todo en
la Re-forma, en la Ilustración y en las Grandes Revoluciones, en la Guerra
Civil inglesa, y específicamente en las revoluciones americana y francesa, y
después en las revoluciones rusa, chi-na y vietnamita, comporta la
transposición de estas visiones, encamadas originariamente por sectores
relativamente mar-ginales de la sociedad, a la arena política central. 15 Estas
ten-dencias heterodoxas sectarias se convierten en un componen-te central de la
civilización moderna, hecho éste puesto de manifiesto en los distintos
movimientos sociopolíticos como las sectas protestantes con su papel crucial en
la gestación del capitalismo occidental o los propios movimientos
funda-mentalistas contemporáneos hoy día.
Si bien el tiempo, en las sociedades tradicionales,
aparece como una repetición de situaciones con arreglo a una pauta
culturalmente establecida, tal y como lo pone de manifiesto e! Libro Sapiencial
veterotestamentario Qohelet-Eclesiastés: «Miro el trabajo que Dios da a los
hombres. Todo lo que hace conviene a su hora, pero pone a consideración de
éstos el concepto de los tiempos, sin que sea posible para éstos apren-der lo
que Dios hace del principio al fin [ ...] Lo que es, ya fue, lo que será, ya es
... » (3, 10, 3, 14), en el tiempo moderno «no somos más lo que éramos y no
seremos más lo que somos», 16 la distancia entre e! antes y el después
configura e! umbral epocal de la modernidad, se hace tabula rasa de las
referen-cias de la tradición sagrada en la forma de Omniscientia Dei y también
en la forma de Historia magistra vitae. Desde fines de! siglo XVIII, podemos
afirmar, siguiendo a Reinhart Kosse-lleck, que en la cultura occidental se
constituye una nueva creencia generalizada de la época Y «El presente se
concibe como una transición hacia lo nuevo y vive en la conciencia de
Ellas no
están enraizadas en las ortodoxias hegemónicas de sus respectivas tradiciones
sino más bien en las tradiciones de sus heterodoxias. Ponen de mani, ñesto una
relación cercana a las tendencias y a los movimientos heterodoxos, sec-tarios y
especialmente utópicos.
VercI
importante trabajo de M. Walzer: The Revoiution oftheSaints: A Study
in the Origine ofthe Radical Politics, Cambridge,
Mass, 1965
N. Luhmann,
Beobachtungen del Moderne, Opladen, 1992,
15.
R.
KosseIleck, Vergangene Zukunít, Frankfurt, 1979, 233 ss.
18 19
la aceleración de los acontecimientos históricos y
en la espe-ranza de que el futuro será distinto»." La modernidad es la
época que vive para el futuro, que se abre a sí misma a la novedad del
futuro." En el nuevo modelo de mundo los pro-cesos sociales tienen su
propia estructura temporal, asílo pone de manifiesto Herder: «En la actualidad
toda cosa cambiante lleva consigo la medida de su propio tiempo ... Existen en
el universo innumerables tiempos»." La diferenciación entre los subsistemas
sociales (economía, política, cultura, etc.) pro-duce temporalidad, por la
razón de que la asincronización de los tiempos internos de los subsistemas
evita que todo pueda suceder al mismo tiempo, evitando así que todo cambio
cam-bie todo. La apertura geográfica del globo (el descubrimien-to de «nuevas»
zonas geográficas) trajo a la luz una variedad de «niveles culturales»
coexistentes, que a través de procesos de comparación sincrónica fueron
ordenados diacrónicamen-te." Estas comparaciones promueven la emergencia
de una historia mundial, que ha sido interpretada crecientemente en términos de
«progreso»." «Elprofectus (perfeccionamien-to teleológico) espiritual fue
desplazado o disuelto por un progreso mundano». El progreso es una
significación imagi-naria." que es apropiada de forma asimétrica por
diferentes colectivos a nivel planetario. Así, la contemporaneidad de los
no-contemporáneos «{atrasados¡¡, «subdesarrollados», «bár-baros», «salvajes»,
«primitivos», «paganos») participa, aun-que de una forma desigual, del nuevo mito
del «progreso». Dentro de esta nueva contextura espacio-temporal que defi-ne la
significación imaginaria de progreso se configuran dife-rentes ritmos (más o
menos acelerados) de cambio histórico-social, sustentados todos ellos en torno
a constelaciones de
J. Habermas,
Escritos políticos, Barcelona, 1988, 113.
J. Habermas,
Der philosophische Diskurs del Mudeme, Frankfurt, 1985, 15.
J.G. Herder,
Melakritik der Krítik: der reinen Ven1ll.1l[1, Berlín, 1995.68.
Cl.
Lévi-Strauss, «Las tres fuentes de la reflexión etnológica», en J.R. Llobera
{ed.}, La antropolog{a comu ciencia, Barcelona, 1975; J. Bestard y J.
Contreres. Bár-baros, salvajes, paganos y primitivos, Barcelona, 1987,
15-38,49-70, 84-92.
Ver K.
Lówhh, Meaning in Histury, Chicago, 1949, y la posterior crítica de H.
Blumemberg, Legitinutdt der Neuereit, Frankfurt, 1979.
C.
Casroriadis. Domaínes de L'Homme, París, 1987, l31-175; J.P. Amasan, «The
Imaginary Constitution of Moder-nity», Revue Europeene des Sciences socia-les,
Ginebra, XX, 1989,323·337.
significado del tipo metrópoli-colonia,
capitalísmo-desarro-llo, socialismo-dependencia-revolución que denotan los
vín-culos selectivos existentes entre los estados nacionales occi-dentales y su
entorno mundial. Una característica de la nueva conciencia de la época, que
surge al final del siglo XVIII, fue que el tiempo propio se experimentó no sólo
como comienzo o como fin, sino como un período de transición. Dos aspectos
configuran la nueva experiencia de transición, por una parte, la alteridad
expectante del futuro y, por otra parte, asociada a ella, la alteración en el
ritmo de la experiencia temporal, es decir, la acelera-ción por medio de la
cual el propio tiempo se distingue de aquel que ocurrió antes. La «época» y el
«perío-do», el umbral y la duración de la modernidad coinciden den-tro de un
horizonte de movimiento que continuamente se excede a sí mismo. En virtud de
esta temporalización, la an-ticipación providencial y la ejemplaridad de las
historias an-tiguas se desvanecen. La dificultad de aprender el propio tiem-po
crece, por la razón de que el curso que tal tiempo hubiera seguido no pudo ser
derivado de ninguna experiencia previa. «El futuro deviene un desafío, un
puzzle»." Para Reinhart Koselleck, la experiencia del tiempo en la
modernidad se expresa como una creciente diferencia entre el «espacio de
ex-periencia» (el pasado) y el «horizonte de expectativas» (el fu-turo). «En
los tiempos modernos, la diferencia entre la expe-riencia y las expectativas se
ha expandido crecientemente, más precisamente, la modernidad ha sido entendida
como «nueva Edad» desde que las expectativas han sido distancia-das cada vez
más de toda experiencia prevía»."
Sin duda, la aceleración del tiempo, 26 entendida
como in-cremento de la velocidad de desplazamiento de mensajes, per-sonas y
mercancías va a ser uno de los grandes factores condicionantes de la
experiencia del hombre en la vida mo-derna. Aunque nos cueste aceptarlo, el
hecho inexorable, más
R.
Kosselleck, 0PilS cít., 332.
zs.tu«. 359.
R. KoselIeck
ha desarrollado esta idea en -Gíbt es eine Beschleunigung der Geschíchte», en
Zeitschichten, Frankfurt, 2000, 150 Yss .• 259. También tienen gran relevancia
los trabajos de P. Virilio, especialmente: Open Sky (traducción de La viresse
de la líheration, París, 1995), Londres, 1997 y de B. Adam: «Reflexive
Modernization Tcmporalized». Theory Culture and Society, 20, 2, 2003, 62 Yss.
20 21
allá de toda romántica nostalgia, es que «vivimos
en un mun-do que ya no está basado tanto en la extensión geográfica como en la
distancia temporal-en el espacio de tiempo- constan-temente reducida por las
capacidades (descubiertas y desple-gadas) de transporte, transmisión y
tele-accíon»." Esto com-porta una desnaturalización de la experiencia del
tiempo debido a la introducción de factores de aceleración asociados a la
ciencia y a la técnica. Lo que ni el caballo, ni el viento, ni el agua, habían
conseguido, lo ha conseguido la máquina, tanto en la ganancia en velocidad de
transporte y en la transmisión de noticias como en el cómputo del tiempo a
través del reloj mecánico colectivo e individualizado que vienen a
yuxtapo-nerse a la cadencia natural de las estaciones, a la sucesión natural
del día y la noche, etc.
No sólo hemos colonizado el espacio sino que hemos
colo-nizado también el tiempo a través del ferrocarril, el coche y el avión
(medios de transporte), a través del teléfono, el telégra-fo, la radio, el
televisor, y más tarde el ordenador y el satélite (medios de transmisión) y,
last but not least, a través de la tecnología biogenética (medios de
transplante génico). La ausencia de inmodestia colonizadora nos ha llevado a
exten-der el día, colonizando la noche" como tiempo social y
eco-nómicamente útil, convirtiendo al díaen algo más que un aquí-ahora donde se
realizan actividades a la luz del sol, lo hemos convertido en un espacio de
tiempo de veinticuatro horas, dis-ponibles desde la primera a la última.
El acortamiento del tiempo'? juega un papel muy
activo en los textos apocalípticos de la tradición judea-cristiana. Se pue-de
rastrear la historia del concepto dentro de la experiencia religiosa con el
sentido de expectativa. En la expectativa cris-tiana, el acortamiento del
tiempo representa la gracia de Dios que no desea dejar sufrir a los seres ante
el fin del mundo (Mar, 13, 20 Y Mat. 24, 22). La medida de este acortamiento
repre-
P. Virilio,
Virilio Live:Selected Interviews, J. Annitage (editor), Londres, 2001, 84.
Ver el
interesante trabajo de M. Melbin, Night as Frontier: Coíoniung the world A{ter
Dark, Nueva York, 1987.
R. Koselleck
ha estudiado este fenómeno en «Zettverkürzung und Beschleunigung»,
Zeitschichten, opus cit., 177 Y ss. D. Harvey (La condición postmodema, Buenos
Aires, 1998) y M. Castells (The Network Society, Londres, 1996) se han referido
a esta transformación del tiempo como compresión del tiempo.
senta para el futuro la supresión del tiempo mismo.
Esto se complementa con una variante de expectativa que interroga por la vuelta
de Cristo, ¿cuánto falta para su vuelta? El funda-mento de tal expectativa fue
el deseo de los creyentes de ver tal tiempo acortado para poder hacer posible,
más rápidamente, la participación en la salvación. Con la Segunda Epístola de
Pedro (3, 8) se ofrece la respuesta: «ante el Señor un día es como mil años y,
mil años, como un día». Este cambio ofrece consuelo frente a las esperanzas
empíricas y remite a la gracia de Dios, extensible a todos los hombres. La
demora del final fue un indicio de la gracia de Dios, como el anuncio del
acorta-miento del tiempo a través de la vuelta de Cristo.P La tercera variante
del acortamiento del tiempo viene dada por la inter-pretación quiliástica del
estadio liminar entre la expectativa y la llegada del final. Aquí se inscribe
el Apocalipsis de Juan.
Observemos este fragmento del siglo IV que
pertenece a las visiones de la Sibila tiburtina: «y los años son acortados en
meses, y los meses en semanas y las semanas en días y los días en horas» (Et
minuentur anni sicut et menses sicut septimana et septimana sicut dies el dies
sicut horae)," Sin duda, se trata de un texto apocalíptico. Con el
acortamiento del tiempo se inicia la sublevación de los pueblos sometidos, que
habían padecido el yugo del Imperio Romano. Esto es obra del Anticristo, que
trae consigo el último gran sufrimiento sobre la tierra, pero al mismo tiempo
también trae la vuelta de Cris-to y él «acortará los días a los elegidoss"
-afirma la Sibila-con lo que su sufrimiento no durará demasiado, antes de que
el Salvador haya vencido al Anticristo. O bien producido por el Anticristo o
por el Cristo, el acortamiento temporal es un signo del fin del mundo. Sin
embargo, comparemos estos frag-mentos con este otro del ingeniero eléctrico y
empresario ale-mán, Wemer von Siemens, que en 1886 afirma: «Esta ley cla-ra y
cognoscible es la de una aceleración constante en nuestro desarrollo cultural.
Los períodos de desarrollo, que en tiem-
Ver el
trabajo de G. Van der Leeuw, «Primordial Time and Final Time", en J.
Campbel1 (editor), Man and Time. Eranos Yearbooks, 1957,324-351 (edición
origi-nal alemana de [1949], «Urzeít und Endezeit», en Eranos Jahrbuch, vol.
XVII, 11-5 O,
Citado por
R. Koselleck. Zeitschichten, opus cit.,
177.
Continúa el
texto de la Sibila, KoselIeck, opus cit., 177.
22 23
pos pasados transcurrían durante siglos, que al
comienzo de nuestra época todavía precisaban décadas, se consuman hoy en años y
encuentran rápidamente su expresión más acaba-da. Esta es, por una parte, la
consecuencia natural de nuestro propio desarrollo cultural..., pero, por otra
parte, es el efecto del mismo progreso científico-técnico rejuvenecido». 33
Formal-mente, ambas determinaciones temporales parecen Ser seme-jantes, sin
embargo, UD análisis más detenido nos pone de manifiesto que el texto de la Sibila
tiburtina nos remite a un acortamiento del tiempo ante el fin del mundo,
mientras que el texto de Siemens remite a una aceleración en el horizonte del
progreso. En el texto de la Sibila es el tiempo mismo el que se acorta,
mientras que en el texto del ingeniero se acele-ran las consecuencias de las
innovaciones y mejoras dentro de los mismos lapsos de tiempo. Lo que en el
Apocalipsis divi-no fue esperado como una decisión secreta supramundana,
trascendente, aparece ahora sujeto a la decisión humana que se produce en el
curso de una historia construida de forma inmanente, lo que significa que la
contingencia, objeto hasta ahora de la religión y el discurso teológico, se
trasladará a los diversos ámbitos de decisión humana y acción histórica
pro-duciéndose una importante reorientación en las distinciones directrices que
estructuran la conducta humana, es decir, la distinción trascendente/inmanente
será crecientemente substituida por la distinción pasado/futuro. En esta
tesitura, la contingencia no desaparece, como pretendían los primeros
sociólogos «modernizadores», Saint Simón, Cornte, Spencer, a través de la nueva
religión de la humanidad, el positivismo, y su correlato social, la sociedad
industrial, sino que se re-sitúa. Con los nuevos «aceleradores» del progreso
científico técnico, socialmente creados, se configura un nuevo tipo de
temporalidad histórica en donde el topos finalista de la con-cepción
apocalíptica cristiana, como el Juicio Final, la Gran Crisis final, es
secularizado en acontecimientos apropiadores como son las grandes revoluciones
político-sociales -ameri-cana, inglesa y francesa y, coextensivamente, las
posteriores revoluciones rusa y china. «Los eventos de 1789 pretendían ser una
revuelta contra el sometimiento, es decir, contra la
33. Citado por R. Koselleck, opus cit., 178.
coerción a la inmovilidad simbolizada por la
servidumbre feu-dal (que persiste en muchos regímenes), una revuelta contra el
confinamiento arbitrario y la obligación de residir en un lugar. Pero nadie
pudo sospechar que «la conquista de la li-bertad de iry venir», tan grata a
Montaigne, podría, con maña, convertirse en una obligación de movilidad
s." De aquí pode-mos entresacar tres casos posibles de aceleración
histórica. En primer lugar, como acortamiento temporal de ciertas ex-pectativas
finalistas, los procesos de aceleración permanecen como postulado siempre
posible y pueden ser rellenados con nuevos contenidos. En este caso se trataría
de un concepto repetible de expectativa. En segundo lugar, la aceleración
pue-de ser derivada en comparación con racimos de acontecimien-tos pasados,
siendo, por tanto, empíricamente verificable y tales datos pueden servir para
la planificación ulterior. En este caso estaríamos hablando de un concepto de
experiencia. Fi-nalmente, existe una combinación de ambas posibilidades, como
se pone de manifiesto hoy en la posición técnico-indus-trial que han alcanzado
los países desarrollados en el pasado, y que esperan alcanzar en el futuro
algunos países desarrolla-dos. De aquí se sigue que la capacidad de
recuperación sólo puede ser alcanzada a través de la aceleración, puesto que
coexisten en una especie de contemporaneidad de no contem-poráneos, tanto
experiencia como expectativa, en un clima de conflicto potencial. En el
trasfondo se sitúa el encogimiento que afecta tanto a la experiencia como a la
expectativa y cuya diferencia sólo se puede reducir o hacer desaparecer por
me-dio de la aceleración. Para resolver los problemas que genera la aceleración
del tiempo, la sociedad recomienda más acele-ración, con las ambivalentes consecuencias
que comporta.
Podemos resumir este concepto de aceleración a
través de tres curvas temporales exponenciales:
Desde hace
cinco billones de años, el globo terráqueo tiene una corteza sólida, desde hace
un billón de años existe vida orgánica en la tierra, desde hace diez millones
de años existe vida humana, y desde hace dos millones de años se da-tan los
primeros instrumentos fabricados.
34. P. Virilio, Speed and Politics, Nueva, York,
1986,29-30.
24 25
La segunda
curva exponencial describe las primeras manifestaciones de arte genuino hace
30.000 años, el surgi-miento de la agricultura y la ganadería data de hace
10.000 años, de hace 6.000 años data la cultura de las ciudades.
En la
tercera curva exponencial se incluye la sociedad industrial moderna desde hace
300 años. La curva de acelera-ción se manifiesta a través de dos series de
datos. Primero, la comunicación de la información se ha acelerado de tal
mane-ra que la identidad que tienen el acontecimiento y su noticia, nos sitúan
ante la ruptura de cualquier frontera espacio-tem-poral. Segundo, la
aceleración de la circulación dentro del glo-bo terráqueo unifica el tiempo y
el espacio, al prescindir del lugar, del aquí y del ahora, creando una
contextura espacio-temporal del tipo «ahora-en todos los sitios». Al mismo
tiem-po, esta curva exponencial multiplica la fuerza de autodestrucción. Con el
incremento exponencial de posibili-dades, también se produce un crecimiento
exponencial de los riesgos, radicando aquí otra faceta de la crisis social, en
la multiplicación de los r íesgos.» económicos, políticos, ecológicos, etc.
El tema de la discontinuidad vemos que es nuclear
en la modernidad, en ese tiempo, como decía Koselleck, que co-mienza a forjarse
inexorablemente a partir del siglo XVIII, li-berando toda una serie de fuerzas
políticas, económicas y cul-turales que van mucho más allá de las capacidades
de control de que dispone la sociedad pre e industrial. Dicho en termino-logía
automovilística, podríamos decir que los aceleradores sociales son mucho más
potentes que los frenos que pueden asegurar y controlar la velocidad desplegada
por las relacio-nes sociales. Aquí se genera una importante discontinuidad,
entre la expectativa de una aceleración sin fin y la experiencia de una
aceleración de-limitada, representada por el concepto de seguridad que produce
cada socíedad.>
Las Grandes Revoluciones constituyen la
objetivación de las potencialidades heterodoxas sectarias que se desarrolla-
U. Beck,
Risikogesellschaft, Erankfurt/M, 1986,7-10.
U. Beck ha
investigado este problema en su idea de una modernización re-flexiva. Ver su
trabajo Die Eríindung des Politischen, Prankfurt, 1993.
ron en las civilizaciones axiales -especialmente en
aquellas en las que la arena política fue considerada como al menos una de las
áreas de implementación de las visiones trascen-dentes. Estas revoluciones
constituyen el primero o al menos el más dramático y posiblemente el más
exitoso intento en la historia de la humanidad para implementar a escala
macrosocial la visión utópica con fuertes componentes gnósticos. Por primera
vez en la historia existe la creencia en la posibilidad de que se puede sortear
el abismo existente en-tre el mundo trascendente y este mundo a través de la
acción política, de realizar socialmente las visiones utópico-escatológicas.
Los nuevos portadores de tales visiones gnóstico-utópicas ya no son profetas ni
clérigos ni Iiterati ni filósofos sino los puritanos ingleses, los de los
Países Bajos y, coexten-sívamente, los puritanos norteamericanos, los miembros
de los clubs franceses brillantemente analizados por August Cochin? y más tarde
por Francois Furet" y otros, y los varios grupos de la intelligentsia
rusa." Es en estas revoluciones cuan-do tales actividades sectarias son
tomadas de los sectores marginales o segregados de la sociedad y son vinculadas
no sólo a las rebeliones, a los levantamientos populares de carác-ter defensivo"
o a los movimientos de protesta, sino que son situadas en el centro de la lucha
política." Así estos temas y símbolos de protesta se convierten en
componentes básicos del simbolismo central de carácter político y social. Y es
esta
Ver su
trabajo: La revolution el la libre pensee,
París. 1924.
Ver su
trabajo: Penser la revoíution [rancaise, París. 1978.
Ver el
trabajo de ve. Nahirny: The Russian lntelligentsia: Frmn Iorment lo Siíence,
Rutgers, NJ, 1981.
Charles
Ti1lyha analizado cómo el modelo de movilización colectiva clásico de carácter
reactivo o defensivo, representado por el movimiento campesino. se transforma
con las Grandes Revoluciones en un modelo proactivo, más en conso-nancia con
las aspiraciones expansivas tanto de la burguesía como del proletaria-do. Ver
su trabajo: From Mobiliration to Revolution, Mass. 1978.
Sólo dentro
de este horizonte moderno de temporalización de la realidad social deviene
posible para los rivales políticos colorearse mutuamente en térmi-nos
ideológicos. La ídeciogímcion del oponente(s) político se convierte en parte
del mecanismo de control del lenguaje político. Hasta la mitad del siglo XVIII,
el len-guaje político fue un monopolio disfrutado por la nobleza, los abogados
y los inte-lectuales. Sobre todo, después de la Revolución Francesa, el control
sobre la pro-ducción de espacios lingüísticos se hace más urgente por la razón
de que un número cada vez mayor de personas tiene acceso a tal lenguaje. Ver el
interesante trabajo (wZur historisch-politischcn Semantik asyrnetrischen
Gegenbegrlffe») al respecto de Reinhart Kosellcck: Vergangene Zukunit,
Ft-ankfurt, 1989.211-260.
26 27
trasposición lo que nos permite hablar de una
Segunda Época Axial, en la que un programa cultural y político distinto
cris-taliza y se expande a nivel planetario por todas las civilizacio-nes
axiales «clásicas» así como también en las civilizaciones no-axiales, como
Japón. Esta civilización moderna, con su programa cultural distinto y con sus
implicaciones institucionales, cristaliza primero en Europa occidental y se
expande posteriormente a otras partes de Europa, a las Amé-ricas y más tarde a
lo largo del mundo. Esto origina patrones culturales e institucionales
continuamente cambiantes que constituyen diferentes respuestas a los desafíos y
posibilida-des inherentes en las características nucleares de las distintas
premisas civilizacionales de modernidad. Dentro de tales pa-trones se
desarrollaron distintas dinámicas modernas, distin-tas formas de interpretación
de la modernidad para las que el proyecto occidental original constituyó el
punto de referencia crucial de inicio y continuación. De especial importancia
en este contexto fue el hecho de que los movimientos sociales y políticos que
se desarrollaron en las sociedades no occidenta-les, aun cuando incluso
promulgaron temas fuertemente antioccidentales o antirnodernos; fueron
distintivamente mo-dernos. Esto ocurrió no sólo con varios movimientos
nacio-nalistas o tradicionalistas, que se desarrollaron en estas so-ciedades a
partir de mediados del siglo XIX hasta la II Guerra Mundial, sino también con
los movimientos fundamentalistas contemporáneos.
Fue la combinación de la conciencia de existencia
de dife-rentes posibilidades ideológicas e institucionales con las ten-siones y
contradicciones inherentes en el programa cultural y político de la modernidad
lo que constituye el núcleo de la modernidad como Segunda Época Axial Global.
Esta combi-nación dio lugar a la cristalización de diferentes modelos de
modernidad o modernidades múltiples. En esta línea Sanjay Subrahmanyam
argumenta que «la modernidad es histórica-mente un fenómeno global y
coyuntural, no un virus que se extiende de un lugar a otro. Está localizada en
una serie de procesos históricos que ponen en contacto a las sociedades hasta
ahora aisladas, y debemos buscar sus raíces en un con-junto de fenómenos
diversos -el sueño mongol de conquista mundial, los viajes europeos de
exploración, las actividades
de los comerciantes textiles indios en la diáspora,
la «globalización de los microbios», etc.- que los historiadores de la década
de los sesenta del pasado siglo investigaron. Sin embargo, éstos fueron
procesos desiguales ... Nuestros mayo-res errores han sido dos: identificar
«modernización» con el crecimiento de un cierto tipo de uniformidad y asociar
la modernidad con prosperidad. Cualquier antropólogo amateur que haya estado en
París o en Manhattan, símbolos de la «mo-dernidad» por tanto tiempo, puede comprobar
el profundo error de ambos supuestos con sólo una pequeña reflexión»."
En lo que sigue vaya analizar cuatro tipos de
modernidad para ejemplificar con casos concretos el uso del concepto de
modernidades múltiples: primero, me referiré a las premisas y antinomias
fundamentales que configuran el surgimiento de la modernidad europea a finales
del siglo XVII; segundo, a la transformación de tal modernidad europeo
occidental en Estados Unidos; tercero, a la transformación de la moderni-dad
occidental (no sólo europea) en Asia, el caso de Japón; y, finalmente,
analizaré el significado del fundamentalismo como movimiento jacobino moderno
contra la propia modernidad. No hay que pensar que estos cuatro tipos de
modernidad sean los únicos existentes sino más bien un repertorio en el que
comparecen el surgimiento, el desarrollo exitoso y los límites de lo moderno
dentro de diversas civilizaciones. La moderni-dad en este sentido no es una
civilización unificada, global en su extensión; sin precedentes en su capacidad
de intrusión y destructividad. Más bien, lo moderno sería un conjunto de notas
provisorios, es decir, un conjunto de esperanzas y expec-tativas que comportan
algunas condiciones mínimas de ade-cuación que pudieran ser exigidas de las
instituciones macrosociales, no importa cuánto puedan diferir estas
insti-tuciones en otros aspectos. Quizás, una de las características más
importantes de lo moderno es su potencial de auto-co-rrección, su habilidad
para hacer frente a problemas ni siquiera imaginados en su programa original.
S.
Subrahmanyam, «Hear-ing Voices: Vignettes ofEarly Modemity in South Asia»,
Daedalus, vol. 127, n." 3, 1998,99-100.
28 29
El
surgimiento de la modernidad en Europa occidental. La modernidad
europeo-occidental
Existen una serie de elementos distintivos que
caracteri-zan a la (modernidad europeo occidental» y que los podemos resumir en
la despolitización de la religión institucional, in-dispensable para la
creación del estado moderno aconfesional; la primera revolución en las
convicciones, estrictamente mo-derna, que representa el «libre examen» que
emerge de la re-forma protestante; la radicalización de este presupuesto por
parte de la ilustración; los cambios en las ideas de soberanía, ciudadanía y
representación que configuran la «esfera públi-ca» y la novísima (santísima
trinidad moderna» representada por el estado nacional, el capitalismo y el
poder militar.
La diferenciación entre religión y política
Como había captado Weber. la modernidad comienza su
singladura en el momento en que la legitimidad incuestionada de un orden social
preordenado divinamente comienza su declive, entonces, las creencias religiosas
devienen subjetivas como resultado del surgimiento de interpretaciones
alternati-vas? sobre el sentido de la vida, que en principio no pueden
ser ya integradas dentro de una cosmovisión
religiosa. Afirma
Niklas Luhmann, en este sentido, que «la religión
no es ya una instancia necesaria de mediación que relaciona todas las
actividades sociales proporcionándoles un sentido unitario», 44 haciéndose
posible de esta guisa la despolitización de la reli-gión institucionalizada y
la consiguiente emergencia de una «sociedad sin centro», en donde no va a
existir un sistema social-la religión, la política o la economía- por encima de
otro, en donde se ha procedido a una secularización de la je-rarquía como
principio de orden. El desencantamiento del mundo a través de su dominio
racional es un hecho, no irre-
Ver los
importantes trabajos de Niklas Luhmann: Funlaíon der Religion, Frankfurt, 1977,
capítulo 4 y del mismo autor: Die Religíon der Gesellscha(t, Frankfurt.2000,
125.
N. Luhmann.
Die Religion der Gesellschait, opus cit .. 125.
versible, pero sí de enorme repercusión, a pesar de
las dispu-tas entre defensores de la secularización y defensores de la
de-secularización." El objetivo de la Iglesia medieval era «transfundir a
toda la humanidad con el mensaje de la gra-cía»." la sociedad medieval
podía ser vista como la articula-ción institucional de «una cultura cristiana
relativamente uni-ficada»:" encarnada en la Iglesia universal y en el
imperio o, si se quiere, en esa afinidad medieval existente entre la religión y
la política. Con los crecientes ejércitos de la época, los reyes empezaron a
sustituir a los aristócratas feudales y a los con-sejeros eclesiásticos por una
administración de burócratas civiles. La Iglesia había sido la fuente
tradicional de servido-res civiles porque, en la sociedad medieval, era la
única clase alfabetizada en gran escala. No obstante, en vista de la políti-ca
de la época, la Iglesia católica -con su lealtad representa-da por el Papa- ya
no podía ser digna de la confianza de los reyes que deseaban edificar sus
propios estados nacionales." Sin embargo, las sociedades modernas han roto
la conexión medieval entre religión y política, en la medida en que la
dife-renciación funcíonal" de esferas sociales actúa como la fuer-za
social «invisible» de estructuración social.
Existe en Europa una variedad de orientaciones
culturales que denominaré pluralismo cosmovisional que no se ciñe úni-camente a
la existencia de distintas tradiciones: judías, cris-tianas y griegas, sino que
contempla distintas formas de supe-rar la tensión entre «este mundo» y «el
otro» a través de procedimientos mundanos -políticos, económicos y
científi-cos-, y que se objetivarán en la arena política, en el mercado yen los
laboratorios de las universidades. El centro simbólico de los imperios no ha tenido
continuador puesto que los esta-dos nacionales europeos compiten entre sí, como
dice Weber, en una ducha por la existencia», que impide la consolidación de un
poder estato-nacional semejante al de los imperios.
P.L. Berger
(editor), The Desecularitatíon al" the World, Grand Rapids, Michigan.1999.
E.
Troeltsch, The Social Teaching o(the Christian Churches and Sects, Nueva York.
1960.234.
Ibtd .. 247.
R. Collins,
Cuatro tradiciones sociológicas, México D.F., 1996, 14.
N. Luhmann,
Die Religion der Gesellschait, opus cit.,
115 y ss.
30 31
La Reforma y la primera revolución moderna en las
convicciones religiosas: el «libre examen)
Así como la introducción de la posibilidad de
construcción social de la salvación y la profecía fueron las piezas clave que
configuraron la primera revolución en las convicciones dentro de la Primera
Época Axial hace 2.500 años, la proyección de la idea dc llamada-vocación que
surge dentro de la ascética pro-testante a finales del siglo XVII va a
significar el hito más impor-tante del programa cultural de la modernidad,
según el cual el ser humano, finalmente, es capaz de escoger, decidir y crear;
aspira a ser autor de su propia vida, creador de una identidad individual. En
la «Psicología» weberiana de las imágenes del mundo y del modo de vida burgués
no se trata de una psicolo-gía del impulso de ganancia, sino de la génesis de
una repre-sentación que a través de la acción orientada a la ganancia sir-ve a
una cuestión suprapersonal, sc trata de una representación del deber ético, a
través de la cual es determinada la vida en su conjunto, tanto la profesión
como el tiempo libre, así como la vida de todos los participantes en ese cosmos
poderoso, los empresarios y los obreros, en el sentido de una restricción
autoimpuesta. Se trata de una rationale Temperierung de los hechos
psíquicos'" que anteriormente eran considerados como impulsos de ganancia,
pasiones," vicios privadosY El «espíri-tu» que anima al «nuevo estilo» del
empresario y del trabajador requiere una investigación desde el interior del
alma humana ubicada en la modernidad occidental. La pregunta que interro-ga por
el sentido profundo de la acción humana es: ¿Cómo se podía querer ser
(éticamente), sin tener que ser (naturalmente) un especialista en torno a un
modo sistemático de vida, a tra-vés de una auto-restricción? El impulso
psicológico guiado por la posibilidad de salvación se inscribe en una imagen
religiosa del mundo que orienta el «de que», el «hacia que» y sobre todo el
cómo podía ser «redimido» el hombre.v La salvación de un mal radical y de la
esclavitud del pecado y la consecución de la
W.
Schluchtcr; Religion und Lebens'[uhrung, Frankfurt, vol. 2, 1988,478.
A.O.
Hirschmann, Las pasiones y los intereses. México, 1978,38 ss.
B.
Mandevillc, La fábula de las abejas, México, 1982.21.
M. Weber,
Ensayos sobre sociología de la religión.
Madrid, 1983. vol. 1,204-205.
bienaventuranza eterna en el seno de un Dios
paternal, a través de la verificación tBewdhrung) de la fe en la actividad
munda-na." constituyen la unidad simbólica que articula la relación entre
Dios, hombre y mundo. En el capitalismo originario, den-tro del protestantismo
ascético, se produce una conexión entre el destino de la cura (la posibilidad
contingente de la salvación) religiosa y el destino económico que dentro de la
Iglesia medie-val se había producido. Surge una nueva integración social
po-sibilitada por la «afinidad electiva» (Wahlverwandschaft) entre religión y
economía. Esta nueva unidad superadora de la vieja unidad de la concepción
unitaria del mundo cristiano medie-val (religión-política) vincula la
posibilidad de salvación reli-giosa con la ascética profesional intramundana.
El rechazo re-ligioso del mundo, como cosmos religioso sin valor, tiene su
contraparte en la praxis intramundana sistemática como me-dio para superar la
contingencia de la situación límite de no saberse elegido o condenado, sin la
mediación de los sacra-mentos ni de la confesión. Las virtudes burguesas
fundamenta-les son: la industriosidad. la disciplina, la utilidad, la
frugali-dad, y la honestidad. 55 El espíritu del capitalismo temprano origina
una conexión entre el alma del empresario y el alma del burgués que se
manifiesta en un estilo de vida (Lebensführung) unitario. El éxito en el ejercicio
de la llamada-vocación se iden-tifica con el sentido en la vida. La posición
particular del pro-testantismo ascético, en particular del calvinismo, frente
al ju-daísmo y al catolicismo resulta de una radicalización de la necesidad de
verificación (Bewahrung) de la fe en la vida prác-tica. Esto conlleva conseguir
en la lucha diaria la certeza subje-tiva de la propia salvación y
justificación; en lugar del pecador humilde y abatido al que Lutero otorga la
gracia si confía arre-pentido en Dios, se cultivan ahora esos «santos» seguros
de sí mismos, y el trabajo profesional incesante aparece como el úni-co modo de
ahuyentar la duda religiosa y de obtener la seguri-dad subjetiva del propio
estado de gracia. 56 Esta Bcwahrung tiene dos aspectos: ideacional e institucional.
El aspecto idea-
íbíd., 102.
Como ha
puesto de manifiesto Max Weber en La ética protestante, retomando ideas de B.
Frankl¡n. y tambien Werner Sombart en El burgués.
M. Weber.
opus cit .• 91-92.
32 33
cional depende del acoplamiento entre la idea de
verificación y la idea de predestinación que encuentra su juntura en un
de-terminado concepto de Dios. Este representa una voluntad absoluta y
soberana, cuya gracia es gracia pura no mereci-da." La ley de Dios es la
ley de su propia gloria que es servida por la gratitud de la bienaventuranza no
merecida de los ele-gidos y por la miseria de la desesperación de los
condena-dos." Su plan para el mundo no ha sido turbado por la volun-tad de
la criatura y la salvación no consiste en la restauración de la beatitud
universal a todas las criaturas a través del mila-gro de la redención.t? El
aspecto institucional se relaciona con el rol de los sacramentos y el instituto
de la gracia, en el senti-do de que la pretensión carismático-salvífica ha sido
desen-cantada, desmagicizada. Los sacramentos no son medios para alcanzar la
gracia, sino simples externa subsidia de la fe. Sólo el libre examen representa
el verdadero y auténtico camino para alcanzar el «estado de la gracia». La
radicalización idea-cional rompe las ideas de reciprocidad ética que
posibilita-ban institucionalmente la exoneración periódica de conduc-tas
éticamente reprobables. Se tiene que desear únicamente los mandamientos éticos
ad majorem dei gloriam , dicho de forma secularizada, no bastan las buenas
obras aisladas, sino sólo aquellas que forman parte del sistema de un modo de
vida unificado y metódico al servicio de Dios, esto es, al servi-cio de un
valor suprapersonal, al que se tiene que plegar la voluntad humana
incondicionalmente. Cuando esta imagen del mundo es adoptada por los laicos, su
vida económica es considerada como el ámbito éticamente relevante de
verifica-ción.s" Aquí radica la «revolución» del estilo de vida burgués
originario, a cuya base está una motivación religiosa. La esfe-ra de la
comprobación es el trabajo profesional incesante en este mundo, en definitiva,
el dominio del mundo." frente al
E.
Troeltsch. The social Teachings oithe Christian Churches and Sects, Nueva York.
1960, vol. 2, 582.
Ibíd.
Ibtd.
El
protestantismo ascético también acentuó la verificación de [a fe en el ámbito
de la política como lo ha puesto de manifiesto Michacl Walzcr: TheRevolution
ufthe Saints. The Origíns ufrhe Radical Politice, Cambridge, Mass, 1960.31-66.
M.
Horkheimer y Th.W. Adorno. La dialéctica de la Ilustración (t 944) Y
C. Casroriad¡s, La institución imaginaria de la
sociedad (I 975) han demostrado las
«vuelo sobre el mundov." aparece como la
infraestructura imaginaria y el horizonte de desarrollo del capitalismo. El
hombre, como una herramienta" de Dios, actúa en el mundo, es un hombre de
y para la acción, en el seno de una tensión interna entre el «otro mundo» y
«este mundo», entre la per-fección y la contingencia, tensión que es mediada
por una con-tinua comprobación de la fe en medio de una ascesis profe-sional
intra-mundana, ya que el radical desencantamiento del mundo no ha dejado otro camino
a la «sutura» de la dualiza-ción dramática del mundo. La atmósfera en la que
ocurre esto es la de una «inhumanidad patética» asociada a una soledad y un
«individualismo sin ilusión y pesírmsta»."
Pero la Reforma no sólo tiene implicaciones en el
nivel del cambio en las formas de pensar sino en las prácticas sociopo-líticas.
Al morir Calvino en 1564 estaban marcadas las trayec-torias de las guerras de
religión que, como había dicho Lutero, iban a «llenar el mundo de sangre». Éste
es un elemento muy característico de la modernidad europeo occidental frente a
la americana, ya que esta última, en buena medida, puede ser entendida como una
superación, a través de la «religión ci-vil», del modelo de conflicto religioso
y territorial europeo." que tanto preocupó a Hobbes. En Alemania las
divisiones te-rritoriales hicieron de tales guerras religiosas una lucha entre
príncipes, con el resultado de que no fue necesario plantear el problema
fundamental de la libertad religiosa. En los Países Bajos tomaron la forma de
rebelión contra un señor extranje-ro, Carlos 1. En Inglaterra, como también en
España, la su-premacía del poder regio impidió, durante el siglo XVI, que
estallase la guerra civil. Pero en Francia y en Escocia se pro-dujo una lucha
de facciones que puso en peligro la estabilidad nacional. Así, por ejemplo, en
Francia, entre 1568 y 1598 hubo no menos de ocho guerras civiles, cuya
expresión más brutal
consecuencias perversas de este tipo de
racionalismo orientado hacia la domina-
ción instrumental.
62. M. Weber, Ensayos , vol. 2, 350.
63. M. Weber, Ensayos , vol. 1. 90.
M./bed.. 83; ver también el interesante trabajo de
L. Dumont, «AModified View of our Origins: The Christian Beginnings ofModem
Indívídualism»,en M. Carrithers (ed.), The Calegory oíthe: Person, Cambridge,
1985,93 ss.
65. S.N. Eisenstadt, Die Vielfalt der Modeme,
Gotinga, 2000, 41.
34 35
viene representada por la Noche de san Bartolorné y
el uso despiadado del asesinato por ambos bandos. En este país apa-recieron las
principales corrientes de pensamiento que fue-ron desarrolladas posteriormente
en las guerras civiles ingle-sas del siglo XVII. Tanto la teoría del derecho
del pueblo en cuanto defensa del derecho a resistir" como la teoría del
de-recho divino de los reyes'? en cuanto baluarte de la unidad nacional,
comienzan su singladura en las guerras de religión
a las que se
pone fin con la Paz de Westfalia en 1648- y se prolongarán hasta la Revolución
Francesa.
La ilustración como secularización radical
del «libre examen» religioso
Quizás es Kant en 1784 quien mejor ha definido este
se-gundo aditamento cosmovisional de la modernidad, después de la Reforma, al
que llamamos ilustración. Según él, «la ilus-tración es la liberación del
hombre de su culpable incapaci-dad. La incapacidad significa la imposibilidad
de servirse de su inteligencia sin la guía de otro. Esta incapacidad es
culpa-ble porque su causa no reside en la falta de inteligencia sino de
decisión y valor para servirse por sí mismo de ella sin la tutela de otro.
iSapere aude! [Ten el valor de servirte de tu pro-pia razón! He aquí el lema de
la ílustracíón»." Kant, como buen pietista, captó primero la importancia
descomunal del «libre examen» como ese baremo crítico que en clave religio-sa
posibilita alcanzar ese primer estadio de emancipación en el largo proceso de
autodeterminación del individuo pero, como vemos aquí, Kant lo libera de su
anclaje religioso, secularizándolo plenamente y depositando en el sujeto libre
(de «otros», religiosos, políticos, económicos, etc.) la respon-sabilidad de su
propio destino. «La ilustración, en el más am-
Ver el
interesante trabajo de O. Bermbach: «Die Monarchomachen», enPipers Handbuch der
Politíschen Idee/t. Neueeea: Von des Konfessionskriegen bis zur Auiklarung,
Múnich, 1985, vol. 3,107-124.
Ver el
trabajo de G. Barudio: «Staatsraíson und Sonnenkonig», en opus cit.,
1985,214-224.
l. Kant.
«¿Qué es la ilustración?», en Filosofia de la historia, México D.F., 1978,25.
plio sentido del pensamiento en continuo progreso,
ha perse-guido desde siempre liberar a los hombres del miedo y consti-tuirlos
en señores»." El programa de la ilustración, como ya vio Weber, es el del
desencantamiento del mundo a través de la acción intramundana, no de la
adaptación al mundo, pro-pia del catolicismo medieval, sino del intento
denodado de dominarlo racionalmente, ahí radica la fuerza profunda del
«Sapere aude» kantiano.
La esfera pública
El programa político de la modernidad se va a
apoyar en nuevas ideas de soberanía, ciudadanía y representación. Las Grandes
Revoluciones" reposicionan la soberanía en el ciu-dadano -situada antes en
manos del monarca absoluto- y ésta aparece consiguientemente como
soberaníapopular, como la «voluntad general» de aquellos que fir-man un pacto
libre-mente en torno a reglas vinculantes. Así lo reflejan los nuevos marcos
normatívos proclamados como el Common Sense de Thomas Paine, los varías Bill of
Rights americanos y la Declaracación de los Derechos del Hombre y del ciudadano
en Francia. Como ha mostrado Michael Walzer," una de las más importantes
innovaciones de la Guerra Civil inglesa fue el he-cho de que el rey no fue
simplemente asesinado, él fue ejecu-tado después de haber sido juzgado ante un
tribunal de togados, a pesar de que no aceptó la legitimidad de tal tribu-nal.
Esto implica que los gobernantes no sólo son responsa-bles ante alguna
instancia jurídica superior, que ellos gobier-nan bajo el mandato del cielo
-concepción ésta presente en la mayor parte de civilizaciones axiales-, sino
que también especifica los mecanismos institucionales a través de los cua-les
se les exige responsabilidad a los gobernantes. La gran in-novación
institucional aquí fue la localización de la supervi-sión y responsabilidad de
los gobernantes en las instituciones
M.
Horkheimer y Th. Adorno, «Concepto de ilustración», en La dialéctica de la
ilustración, Madrid, 1996, 59.
Sobre el
significado de la revolución francesa ver el monográfico: «The French
Revolution and the Birth of Moderníty». de Social Research, 56, l. 1989.
M. Walzer
(ed.}, Regicide and Revolutíon, Londres. 1974.
36 37
políticas especfficamente intramundanas
«rutinarias» -más que en estallidos ad hoc, en individuos carismáticos o en
ins-tituciones extra-políticas como la Iglesia, que pretendió ser el auténtico
portador de un derecho superior. Todo esto no sería posible sin la creación de
nuevos espacios como son la socie-dad civil y la esfera pública. En alemán el
término sociedad civil tiene un doble significado. Es sinónimo de sociedad
bur-guesa (bürgerliche Gesellschaft) tal como fue usada en el dis-curso
filosófico, legal y político a través del siglo XVIII y co-mienzos del XIX,
apropiándose y transformando Hegel el concepto y pasando al discurso marxista
posteriormente. La sociedad civil" es sinónimo también de sociedad de
ciudada-nos (Bürgergesellscha{t), significado más generalizado en la
actualidad. El primer significado connota instituciones como la propiedad
privada y el contrato que son conectadas con las libertades económicas y está,
por tanto, relacionada con la modernización económica, que conduce al capitalismo
racio-nal en el sentido de Max Weber. El segundo significado se aso-cia con las
libertades políticas tales como la libertad de expre-sión y el derecho de
reunión para construir asociaciones y organizaciones con el objeto de influir
en el proceso político. Está, por tanto, relacionada con la modernización
políticaque conduce a la democracia participati va. En la segunda mitad del
siglo xx, Jürgen Habermas" introduce el concepto de «es-fera pública» como
ese ámbito de nuestra vida social en el que algo relacionado con la opinión
pública puede ser forma-do. El acceso a tal esfera está garantizado a todos los
ciudada-nos. Una porción de la esfera pública comienza a existir en toda
conversación en la que individuos privados se reúnen para conformar un cuerpo público."
Sobre el
concepto de sociedad existe una literatura extensísima, pero son sobresalientes
los trabajos de J. Keane, Democracia y sociedad civil, Madrid, 1992; J. Cohen y
A. Arato, Civil Society and Political Theory, Cambridge, Mass, 1992; V.
Pé-rez-Díaz, La primacía de la sociedad civil, Madrid, 1993.
En una
conocida y cada vez más interesante obra publicada originalmente en 1962:
Historia y critica de la opinión pública: La transiormacíán estructural de la
vida pública, Barcelona, 1981.
La idea de
esfera pública, preservada en la democracia del masas del Estado de Bienestar,
una idea que pretende la racionalización del poder a través del medio de la
discusión pública entre individuos privados, amenaza con desintegrarse con la
transformación estructural de la esfera pública misma al pasar de ser
instrumen-to de mediación a convertirse en instrumento de mediatización.
Las «santisima trinidad moderna»; Estado nacional,
capitalismo y poder militar
El Estado moderno trae consigo un nuevo tipo de
identi-dad colectiva." Una simple ojeada a los atlas históricos nos pone
de manifiesto la continua redefinición de las fronteras del estado territorial.
El dibujo de los límites que constituyen el adentro y el afuera se realiza
primero con arreglo a elemen-tos primordiales de tipo étnico, después serán
elementos reli-gioso-civilizacionales los que dividirán entre nosotros y ellos
para que, finalmente, intervengan estrategias de «nacionali-zación» basadas
predominantemente en una invención de la tradición que bebe en las
contingencias de la propia historia del colectivo. El discurso nacional niega
las contingencias de la acción histórica proyectando un destino arbitrado por
las élites autóctonas. Pero, ¿cuál es el contenido de ese imagina-rio
nacionalista? El leitmotiv del abate Sieyés era situar a la nación como entidad
moral preexistente a todo fenómeno so-cial y a todas las instituciones. Según
Émile Durkheim lo que la sociedad adora en el culto religioso es su propia
imagen hipostasiada. Lo que define al fenómeno religioso no es el con-tenido
sino la forma, lo que es relevante no es tanto la presen-cia o la ausencia de
seres sobrenaturales, sino el carácter religador de los símbolos para todos los
miembros del grupo. Del imaginario social de la Revolución Francesa emerge una
nueva fe cuyo objeto de culto es la nación. De hecho, Max Weber afirma: (Yo no
dispararía un tiro o gastaría un marco en una guerra que no fuera una guerra
nacional» 76 siendo el Estado nacional, en esta tesitura, el sustituto actual
de Jehová, considerando a éste como el centro simbólico del antiguo ju-daísmo.
Se produce una transferencia de numinosidad de Dios a la nación y, en
definitiva, al pueblo de una nación, que esta-rá copresente, con diferentes
énfasis en todos los movimien-
S.N.
Bisenstadt y B. Giesen, «The construct.ion of Collective Ident.ity». European
Joumal ofSociology, 36, 1, 1995, 72-102.
Así lo pone
de manifiesto W. Mornmsen en Max Weberand Germen Politics, 1890-1920, Chicago,
1984,48.
38 39
tos nacionales. Como ha visto José Ramón Llobera.?
la na-ción como nuevo objeto de culto, como nuevo Dios seculari-zado de la
modernidad, se sirve de todo un conjunto de sím-bolos, creencias, rituales y
monumentos" para crear, para fabricar, la «conciencia nacional».
El desarrollo de los Estados nacionales, al final
del siglo XIX, supuso la disolución de las relaciones básicas campo-ciu-dad
presentes en los imperios tradicionales y supuso la emer-gencia de unos órdenes
administrativos de alta intensidad. Las «sociedades» son modernas en cuanto que
son Estados nacio-nales, que existen dentro de un sistema de Estados
nacional." El Estado nacional se manifestó como un conjunto de formas
institucionales de gobierno, que mantienen un monopolio ad-ministrativo sobre un
tenitorio con unas borderlines demarca-das." Su gobierno se ejerce con
arreglo a la legalidad del dere-cho y tiene el control (monopolio) de los
medios de violencia externa e interna." La coordinación administrativa
interna de los Estados nacionales depende, desde el comienzo, de condi-ciones
reflexivamente establecidas que tienen una naturaleza racional-burocrática. Los
Estados nacionales dispusieron de un sistema centralizado y permanente de
recaudación de impues-los y, asimismo, dispusieron de una fuerza militar con
mando centralizado." El «consenso social» dentro del Estado nacional se
garantizó por el recurso al derecho positivo, a la disciplina, a la vigilancia
y a la violencia física.
El capitalismo industrial tuvo como núcleo
organizativo a la empresa capitalista separada de la hacienda doméstica,"
utili-
77. J.R. Llobera, The Cod oi Modernity, Londres.
1995, 187,206,221.
78 Ver al respecto la extraordinaria recopilación
de R. Koselleck: Der Politische Totenkult, Munich, 2004.
E.
Wallerstein, Geopolitics and Geoculture, Nueva York. 1991, 139-158
A. Giddens,
The Naüon-State and vtolence, Berkeley, 1987,49 ss. Para una buena exposición
del problema ver el trabajo de W. Knóbl, «Nationalstaat und
Gesellschaftstheot-ie», en Zeitschrifr für Soziologie, 22, 3, 1993,221-235.
M. Weber,
Economía y sociedad, México, 1978, 1056. Aspecto éste refutado hoy en la
práctica debido a la deriva posthobbcsiana. posnacional. que adopta la
configuración de los actores políticos colectivos. Los ejércitos ya no son
nacionales en muchos sitios sino coaliciones internacionales.
H.
Haferkamp, -Krtegsfolgen und gesellschaftliche Wandlungsprozesse», en W. Knóbl
y G. Schmid (editores), Die Gegenwart des Krieges, Frankfurt, 2000, 107.
M. Weber,
Economía y sociedad, México. 1978,75; T. Parsons, Socieües, Englewood Cliffs,
NJ, 1966,22.
zó la contabilidad racional del capital, orientó
sus decisiones de inversiones por las oportunidades que ofrece el mercado de
bienes, de capital y de trabajo, y organizó el trabajo, formal-mente libre,
desde el punto de vista de su eficacia." El mercado aparece como un
importante agente de secularización cultural al introducir una moderación
racional de una pasión irracio-nal, como han apuntado Weber y Hirschmann, El
acto «capita-lista» no se basa sino en las probabilidades pacíficas de lucro.
El mundo moderno, a juicio de Charles TilIy, ha sido conforma-do a través de la
intersección del capitalismo industrial y del sistema del Estado nacional,
según estrategias que varían en función de la intensidad de la coerción (en
zonas de pocas ciu-dades y predominio agrícola, donde la coerción directa
desem-peñaba un papel importante en la producción) y en función de la
intensidad del capital (en zonas de múltiples ciudades y de predominio
comercial, donde prevalecían los mercados, el in-tercambio y una producción orientada
al mercado)." En sec-ciones bien conocidas del primer volumen de El
Capital Marx tematiza la progresión del taller, que va de una división del
tra-bajo entre destrezas artesanales a la manufactura y a la «maquinofactura».
La intensificación de la producción a tra-vés de la concentración de fuerza de
trabajo en las factorías y la aplicación de maquinaria a los procesos de
trabajo son vistos como la culminación del desarrollo capitalista. Weber
delinea la emergencia de la mecanización y de la manufactura en tér-minos
similares a Marx. En los escritos de Weber existe una conexión generalizada
entre la burocracia, la empresa capita-lista y la máquina dentro del Estado
nacional."
El capitalismo industrial suministró los medios
para la «in-dustrialización de la guerra», pero las actividades e
impli-caciones del Estado-nación están en el origen de este fenóme-no. La
guerra y su preparación empeñaban a los gobernantes
M. Weber,
Historia económica general, México, 1942,265-267. La revolución capitalista
radica en haber introducido algo nuevo que no existió en los tipos de
intercambio anteriores, como en el comercio de expolio practicado por los
españo-les con el descubrimiento de América, o los botines de guerra medievales
en Euro-pa o las formas mercantilistas en el sur de China e India durante la
Edad Media.
Ch. Tilly,
Coerción, capital y Estados en Europa 900-1990, Madrid, ]992, 39,
Aquí radica
la diferencia con Marx. El Estado-nación se diluye para Marx en la lógica
autorreferencial de la economía capitalista mundializada o planetarizada.
40 41
en la labor de extraer los medios para la guerra
entre los que poseían los recursos esenciales -hombres, armas, avituallamientos
o dinero para comprarlos- y que se resistían a entregarlos sin fuertes
presiones o compensaciones." La «in-dustrialización de la guerra»
significa: a) La aplicación de téc-nicas de producción industrial al armamento,
junto con la adap-tación de nuevos -modos de transporte y comunicación para
propósitos militares. b) La profesionalización del ejército (ser-vicio militar
obligatorio), incluyendo el abandono de! uso de mercenarios. e) La
reorganización del cuerpo de oficiales. d) La supresión de los aspectos
rituales y espectáculo de la gue-rra, quizás simbolizado por encima de todo en
el rechazo de uniformes vivamente coloreados que dan paso a los uniformes de
camuflaje. e) La integración de las campañas de tierra, mar y aire en planes
estratégicamente omniabarcantes. Se pasa de la guerra «limitada» a la guerra
«total»." Las corporaciones transnacionales pueden ejercer un poder económico
inmenso y tienen la capacidad de influir las políticas públicas en sus planes
de origen, pero hay algunos aspectos clave en los cuales su poder no puede
rivalizar con el poder de los Estados. Los factores de territorialidad" y
control de los medios de violen-cia son aquí determinantes. No existe ningún
área sobre la faz de la tierra, con la excepción parcial de las regiones
polares, que no haya sido reclamada como esfera legítima de control por un
Estado u otro. Todos los Estados-nación modernos tie-nen un monopolio del
control de los medios de violencia den-tro de sus propios territorios. Los
Estados no operan como máquinas económicas, sino como «actores» celosos de sus
de-rechos territoriales, preocupados con defender las culturas na-cionales,
teniendo además implicaciones geopolíticas estraté-gicas con otros estados o
alianzas de estados." Las relaciones entre democracia, ejército y
capitalismo se caracterizan por:
Ā 봀 Ā ȀĀ⸀Ā
Ā ĀȀĀ ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ 섀 Ā Ȁ ⸀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Para
un tratamiento del papel de la guerra en los orígenes del capitalismo tiene
interés la monografía de W.Sombart, Krieg und Kapitalismus, MunichlLeipzig,
1913 y para un análisis histórico de la correlación existente entre la
constitución del ejército y del Estado tiene interés la visión de O. Hintze,
«Staatsverfassung und Heeresverfassung», en Gesammelte Abhandlungen, Leipzig,
1941, vol.l, 42-73.
Ā 봀 Ā ȀĀ⸀Ā
Ā ĀȀĀ ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ 섀 Ā Ȁ ⸀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ A.
Giddens, The Natíon-State and Violence, Berkeley, 1987,223-224.
Ā 봀 Ā ȀĀ⸀Ā
Ā ĀȀĀ ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ 섀 Ā Ȁ ⸀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ S.M.
Lymann. «Territoriality, A neglected Sociological Category». en M. Scott, A
Sociology ofthe Absurd, Nueva York, 1974, 89-111.
Ā 봀 Ā ȀĀ⸀Ā
Ā ĀȀĀ ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ 섀 Ā Ȁ ⸀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ A.
Giddens, The Consequences ofModernily, Staníord. 1990,72; K.J. Rasler;
Todas las
democracias originarias, como Inglaterra, Francia y Estados Unidos fueron y son
democracias defensi-vas en el sentido de que ejército y democracia dentro de
estos Estados nacionales conforman una simbiosis.
Entre los
Estados nacionales existen enemigos y ene-mistades que configuran uno de los
pocos «recursos natura-les» que en la modernidad manifiestamente no han
remitido, sino que son creados y recreados.
El concepto
del Estado militar determina un consenso
entre izquierda y derecha. La violencia militar se
despliega contra el contendiente (enemigo) de la nación.; nunca al ser-vicio de
la propia causa. Socialistas, comunistas, liberales, capitalistas,
socialdemócratas, todos ellos comparten esta «militancia» de la sociedad.
La disuasión
nuclear ha impedido hasta ahora lo peor, recurriendo a una política de
contención mutua durante la
Guerra Fría.
El monopolio
de la autoridad militar presta al Estado autoridad y soberanía a las que el
parlamento y el derecho agregan legitimidad. Sin esta autoridad sería el Estado
como un eunuco en busca de esposa.
Los Estados
soberanos son edificios de poder que no conocen o reconocen sobre ellos ninguna
autoridad y que des-pliegan una amenaza latente entre ellos.
No obstante,
la necesidad de la organización de la auto-ridad militar es equilibrada con la
contranecesidad de la de-mocracia, pero quousque tandem.
Las antinomias del proyecto europeo moderno
Ya en el siglo XIX, e! programa cultural de la
modernidad es algo lleno de antinomias, tensiones y contradicciones, y así lo
pone de manifiesto el propio Weber, con un pesimismo de fondo que contrasta con
el optimismo de fondo de Marx, refi-riéndose a la metamorfosis operada en el
seno del selfdel pro-testantismo ascético: «El puritano quería ser un hombre
profe-
W.R. Thompson, War and Stale Making.
The Shaping of Global Powers, Londres.
1989.1-27.
42 43
sional, un especialista; nosotros tenemos que
serlo»." Lo que para el puritano fue una opción, para nosotros es un
«destino ineludible». Ya en el siglo XIX se hace manifiesta la ruptura de ese
poderoso cosmos del orden económico moderno, aferrado a las condiciones
técnicas y económicas de producción mecá-nico-maquinista, con la ética que le
había proporcionado una legitimación socio-religiosa. La diferenciación entre
lo sagrado y lo profano se hace patente, ya que el destino (por cierto,
so-cialmente fabricado ahora) ha convertido el «manto liviano de la ética» en
una «férrea jaula» económico-burocrático-funcio-nal. Si «ellos (nuestros
padres) construyeron para nosotros una casa segura -asíse manifiesta Weber en
un Referat de 1893-y fuimos invitados a sentamos y a sentimos cómodos allí»,
ahora tal casa se ha convertido en una «jaula de hierro»." Weberob-serva,
al final de la Ética protestante, el advenimiento del «utili-tarismo
instrumental» del «último hombre» (ya preludiado por Nietzsche en su Zaratustra):
especialista sin espíritu, hedonista sin corazón, como algo característico de
la modernidad avan-zada, en la que se ha producido una ruptura de la afinidad
elec-tiva existente entre religión y economía propia de los orígenes del
capitalismo. También en la estela de Nietzsche, como Weber, muestran las
debilidades del programa cultural de la moderni-dad autores como Martín
Heidegger, Ernst Jünger; Carl Schmith y Helmut Schelsky, esbozando una critica
de la modernidad que podríamos calificar de «modernismo reaccionariov.?'
Norbert Elias y Michel Foucault han apuntado una totalización de la vigilancia
y una domesticación del sujeto a través de pro-cedimientos científico-médicos,
a través del biopoder, a través de una medicalización de la conducta, que exige
la moderni-dad. Adorno y Horkheimer publican en el exilio en 1947, lo que puede
ser entendido como continuación del Zeitdiagnose del final de la Ética
protestante, apuntando una «dialéctica de la ilustración», según la cual la
racionalidad instrumental entra en conflicto frontal con el resto de complejos
de racionalidad
91.M. Weber, opus cit., 1983,
165.
Así se
expresaba Weber en alemán en 1893 y 1904: «Sie habcn um uns ein festes Haus
gebaut » (1893) ... «ein stahlhartes Gehause» (1904).
Ver el
trabajo de J. Herí, Reactionary Modernism. Technology, Culture and Politics in
Weimar and the Third Reich, Londres. 1984.
liberados de la tutela religiosa al comienzo de la
modernidad. Esta fragmentación de los lenguajes culturales de la moderni-dad va
a ser expresada con gran acierto, ya al final del siglo XX (1976), por Daniel
Bell en el trabajo que lleva por título: Las
contradicciones culturales del capitalismo.
La crisis no es algo que afecte única y
exclusivamente al sistema cultural, ya que las tensiones afectan asimismo al
pro-grama político de la modernidad. De este modo, se manifies-tan tensiones:
entre libertad e igualdad (como expresión del conflicto existente entre el
individualismo posesivo del contra-to social liberal y la solidaridad); entre
la libertad y la discipli-na y el control; entre el énfasis sobre una visión
del orden so-cial bueno y los «estrechos» intereses de diferentes sectores de
la sociedad; o si se quiere entre la «voluntad general» y la «vo-luntad de
todos»: entre la concepción del individuo como au-tónomo y soberano y el
énfasis sobre la comunidad; entre el énfasis racional y procedimental de la
democracia y los com-ponentes primordiales, totalizadores y esencialistas de
deter-minados movimientos sociales modernos. Algunos de estos mo-vimientos,
producto de la modernidad, no lo olvidemos, se apropiarán en distintos grados,
dependiendo del movimiento, del tiempo y de su historia, de uno de los
componentes centra-les del programa político de la modernidad, que cristaliza
en las así llamadas Grandes Revoluciones: el componente jacobi-no, totalizador,
participativo y en algunos casos totalitario y violento. Determinados
movimientos nacionalistas, comunis-
tas y fascistas compartirán estas características
con movimien-tos fundamentalistas actuales. Estas tensiones, antinomias y
contradicciones del programa moderno emergerán con formatos específicos dentro
de diferentes civilizaciones. Pero, no anticipemos algo que vamos a ver con
detalle en el cuarto tipo de modernidad, o mejor «contramodernidad}). De
momen-to, vamos a cruzar el océano, y vamos a caracterizar eso que se ha venido
en llamar «excepcionalismo norteamericano», como otro tipo de modernidad, porque
el hecho de ser la europea la primera modernidad no significa que las que
vengan después no lo hagan mejor.
44 45
El
excepcionalismo de la modernidad americana: melting polo glorious mosaic
Los Estados Unidos son la primera civilización
completa-mente desarrollada que surge de la herencia revolucionaria. La nación
fue conformada según las ideologías y modelos institucionales que proceden de
la revolución americana y que se apoyan en una legitimidad de la protesta. Esta
no fue una protesta radical, a diferencia de la revolución francesa. Algo que
llama la atención en el caso de USA es que ya en el siglo XIX y en el XX no se
observan movimientos socialistas ni parti-dos de clase." Los movimientos
que están a la base de la for-mación de los USA, a diferencia del caso europeo
y de forma semejante al modelo japonés, nUnca cuestionaron las premisas
centrales del orden social americano ni su identidad colectiva (a excepción de
unos pequeños grupos de intelectuales y acti-vistas) sino que buscaron la
limpieza de ciertas impurezas, sin embargo, a diferencia del caso japonés y más
en consonancia con el modelo europeo, son dirigidos por orientaciones
tras-cendentes y utópicas. Estos movimientos afirman las premisas del programa
americano: el mesianismo, la inserción en acti-vidades mundanas, la
participación en la sociedad y el com-promiso en sus órdenes intramundanos y la
orientación so-cial hacia el futuro. Ellos se dirigen contra aquellos elementos
que envenenan la pureza de la vida americana, contra la polu-ción de la América
utópica a través de poderes maléficos. Re-presentan la «promesa de discordia»,
en los términos de Huntington, «la posibilidad de que la realidad detrás de la
visión siga ahí»." No obstante, son más las diferencias que las semejanzas
con Europa, así: la inexistencia de una aristocra-cia feudal (con la excepción
del sur de los Estados Unidos); la movilidad social, no como mera expectativa
sino como reali-dad, posibilitada por las open [rontiers, que configura uno de
los incentivos que catalizan estos movimientos y las esperan-zas de los
americanos; otro factor importante es la inmigra-
Es lo que le
hace preguntarse a wemer Sombart por este excepcionalismo: Warum gibt es in den
Vereignigten Staaten keinen Sozialismus>, Tubinga, 1906.
S. P.
Huntington, American Politics, The PromiseofDisharmany, Cambridge, Mass, 1981.
ción y los correspondientes procesos de integración
y de asi-mílacíón." USA es un país de inmigración en el que los únicos
nativos son los aborígenes de las tribus indias.
Estados Unidos representa la primera democracia
constitu-cional consolidada en el mundo. La particularidad del orden
democrático americano no radica en los detalles técnicos de la constitución,
como la separación de poderes o el sistema fede-ral, sino en la conexión de la
constitución con las premisas del orden políticoy con la identidad colectiva.
USA no es un «frag-mento de Europa» sino que representa una cultura propia, una
nueva cultura. Las premisas de esta cultura norteamericana se convierten en el
credo americano que se objetiva, justo después de la independencia de las
colonias en relación a Inglaterra, en los sucesivos Bill afRights de las
primeras décadas de la Repú-blica a finales del siglo XVIII. La revolución
americana no fue «realmente» una revolución, es decir, no fue una revolución
«social». No existió una articulación del concepto de clase ni símbolos de
clase en el centro del programa revolucionario americano. La revolución crea un
nuevo colectivo, una nueva República y una nueva nación - la first new nation
en los tér-minos de Lipset." Las representaciones americanas del
territo-rio -«tierra alabadas-e- y del pueblo -«pueblo elegido»-, sin embargo,
se diferencian de la tradición judía y sionista en el sentido de que tienen un
fondo religioso-ideológico, pero no primordialista. La tierra no es la tierra
de los antepasados, la tierra del padre, a la que se vuelve, sino que
representa la reali-zación del orden político de los colonos pioneros como gran
innovación de sentido universalista que hace tabula rasa con las dinámicas
existentes en sus países de origen. Esta nueva identidad colectiva cristaliza
en una ideologíapolíticaen la que confluyen varias tradiciones." el
concepto religioso de los pu-
Marcus
Hansen, en 1938, estudiando los procesos de integración de diferen-tes grupos
de inmigrantes en Estados Unidos. ya había detectado el despertar de la
conciencia de identidad en la tercera generación de inmigrantes. Lo que el hijo
del primer inmigrado quería olvidar (el Heímat de procedencia), preocupado por
su inclusión social, por ser un americano más. el nieto desea recordarlo, como
forma de recuperar la identidad «perdida».
S.M. Lipset,
The Fírst New Natíon, The Uníted States in Historical and Comparative
Perspective, Nueva York, 1963. y del mismo autor: American Exceptionalism. A
Double-Edged Sward, Nueva York, 1996.
R.N. Bellah
ha recogido la influencia de estas tradiciones en: The Broken
46 47
ritanos, en particular la idea de Alianza
(Covenant), las premisas del derecho natural y del Common Law, la ilustra-ción
inglesa y el pensamiento radical de la Commonwealth, Esto configura la
excepcionalidad histórica que Bellah ha lla-mado: religión civil. Los recién
llegados, cada uno con su cre-do religioso, fundaron un metacredo civil en el
cual encontra-ron acomodo todos, una especie de «igualdad metafísica u
ontológica de creyentes». Precisamente, como estrategia de evitación y
superación de las guerras de religión en Europa, en América se procede a una
separación entre la Iglesia y el Estado, en la convicción de que ninguna
Iglesia-Estado repre-senta el elenco de denominaciones religiosas que confluyen
en el espacio de la sociedad civil americana. Digo, separación entre Iglesia y
Estado, que no entre religión y política, La reli-gión va a ser una parte
importante, no sólo de la «cultura» sino de la política de los Estados Unidos y
prueba de esto son los continuos y recursivos revivals?" religiosos. A juicio
de Bellah, en los tiempos más tempranos de la república ameri-cana existe ya un
«conjunto de creencias, símbolos y rituales» en relación a las cosas sagradas e
institucionalizadas en la colectividad. El discurso inaugural de J.F. Kennedy
del 20 de enero de 1960 le sirve a Bellah como pretexto para introducir el
concepto de «religión civil». Hay que destacar el uso del nombre de Dios en
símbolos y discursos representativos del Estado, por ejemplo, la
caracterización de los derechos hu-manos como dados from the hand of God, o
también la comu-nicación ritual de encontrarse under God, o la referencia a la
sacredness ofthe flag que actúa como elemento cohesionador. Detrás de la
religión civil están los arquetipos bíblicos: the God's Chosen People, in God We
Trust, the Promised Land, the New Jerusa/em, Sacrifitia/ Death and Rebirth. '00
Kennedy era un cristiano católico, y esto se observa en sus referencias no
exentas de compromiso religioso. Pero, entonces, ¿Por qué no incluye algún
comentario sobre el efecto de que Cristo es el
Covenant, Nueva York, 1975'y en lo que él ha
llamado «religión civil», cuya primera formulación aparece en: «On civil
religion in Amér-ica» Daedalus, invierno 1967.
G. Marsdcn.
Fundarnentalism and American Culture: The Shapíng oíTwentieth-Century
Evangelicalism 1870-1925, Nueva York, 1990.
R.N. Bellah,
«On American Civil Religión» en Beyond Belie], Nueva York, 1970, 186; H. Kohn,
The Idea ofNationalism, Nueva York, 1944, 291.
Señor del Mundo o alguna otra indicación de respeto
por la Iglesia católica? No lo hace porque estas son cuestiones rela-cionadas
con su propia creencia religiosa privada y de su re-lación con su propia
iglesia particular y en este caso se de-manda de él un compromiso público
generalizable. El prin-cipio de separación entre la Iglesia y el Estado
garantiza la libertad de creencia religiosa y de asociación, pero al mismo
tiempo diferencia la esfera religiosa, al considerarla privada, 101 de la
esfera política. Las cuestiones de creencia religiosa per-sonal, de culto y de
asociación son consideradas estrictamen-te asuntos privados, pero existen al
mismo tiempo ciertos ele-mentos comunes de orientación religiosa que la gran
mayoría de los americanos comparten. 102 En las palabras y en los actos de los
padres fundadores -Jefferson, Franklin, Adams, Ha-rnilton, Washington- y en
otros presidentes -Lincoln, Kenne-dy, Johnson, Reagan y Clinton- asimismo se
mantiene el tono de la religión civil. A pesar de que es derivada
selectivamente del cristianismo, esta religión no es claramente en sí misma
cristiana. El Dios de la religión civil no es sólo propiamente un dios
«unitario», está mucho más relacionado con el orden yel derecho que con la
salvación y el amor. J03 La religión civil une, vincula, en lugar de producir
un conflicto de voluntades. Representa aquel universo simbólico que genera un
«orden» asegurando un vínculo constitutivo entre el individuo y la so-ciedad.
Michael Walzer en dos recientes y originales textos: What ir Means to be
American (J 992) YThin and Thick (J 994), ha apuntado la existencia de esta
hyphenation o identidad dual en la modernidad americana. El anonimato de la
ciudadanía de ser americano, es decir, de ser étnicamente anónimo, no es más
que un lado de la identidad, que coexiste con el otro lado del arraigo de ser
judío-americano, o afro-americano, o irlan-dés-americano, o hispano-americano,
etc. En el Gran Emble-ma que identifica a los Estados Unidos aparece el motto:
E
Th.
Luckmann, Die Unsichtbare Religian, Frankfurt/M, 1990, 115; N. Luh-mann,
Punktion der Religion, FrankfurtlM, 1977,232 Y ss.
R.N. Bellah,
opus cit., 171. Ver también los interesantes tratamientos de N. Luhmann en
Soziologische Au/klarung, Opladen, 1981, vol. 3, 300 Y ss. Y de S. Gi-ner en el
capítulo intitulado «Religión Civil» incluido en Carisma y Razón, Ma-drid,2003.
R.N. Bellah,
opus cit., 175.
48 49
pluribus unum.\04 En este «muchos en uno» el
adjetivo «ame-ricano» hace referencia a la ciudadanía, mientras los adjeti-vos
judío-americano, afro-americano o irlandés-americano se refieren a las
identidades étnico-culturales.
El concepto de pueblo aparece como garante de la
sobera-nía,lOS pero la influencia de las sectas protestantes sitúa esta
soberanía, más específicamente, en la comunidad de creyen-tes. Los
acontecimientos intramundanos tienen una finalidad supramundana.'!" Al
final del siglo XVIII, e! destino de la Re-pública americana se manifiesta como
historia salvífica en la que el constructo de la nación aparece en lugar de la
iglesia y la religión civil aparece como «religión de la República». La nación
es el agente principal para la realización de la acción de Dios en la historia
y ésta sólo adquiere pleno sentido a la luz de una realidad trascendental. La
idea de autogobierno a través de! pueblo se diferencia de la concepción de la
république o de la patrie francesas por cuanto que en la tradición política
americana el concepto de «pueblo» no se vincula al de «Esta-do» sino que tiene
un carácter más voluntarista. Existe, por asídecir, una primacía de la sociedad
civil sobre el Estado. Los padres fundadores siempre desconfiaron de un
gobierno fuerte y tiránico. En la Francia revolucionaria y postrevolucionaria
se situó a la Republique francaise o a la patrie en lugar del rey como
portadora de la volonté generale, mientras que en los Estados Unidos desde el
principio existe una actitud negativa hacia el gobierno y hacia e! Estado. Esta
tendencia antiestatal viene acompañada también por el antiintelectualismo y el
antielitismo y, consiguientemente, por una defensa de la cul-tura popular
-minstrel shows, estadios deportivos, vaudevilles, soap opera shows y, más
tarde, filmes.
El credo americano aparece como un credo mesiánico.
Exis-te un elemento en común con las grandes revoluciones, presen-
M. Walzer,
What ir Means to be American, Nueva York. 1992. especialmente el capítulo:
«What does it mean to be American?». Martin Marty en The One and the Many:
America's Struggle for the Common GODd. Cambridge, Mass, 1997, pone de
manifiesto cómo el argumento de muchas identidades con una sola voz no es algo
dado sino un constructo en perpetua reinvenciÓn.
J. Shklar;
American Cítizenship. TheQuest for lnclusion, Cambridge, Mass, 1991.
S.
Bercovitch, «New England's Errand Reappraisal». en J. Hígbam y P.K. Conkin
(Editores), New Directions in American lntellectual History, Baltimore,
1979.85-104.
te también en la revolución americana, su carácter
universalis-ta y su visión misional, pero sin que tal visión esté conectada a
una comunidad primordial o a un Estado. Este elemento fuer-temente utópico
surge en la tradición de las sectas protestantes yen la Ilustración. La utopía
pierde aquí su dimensión históri-ca, su conexión con el despliegue de un
proceso histórico. Los componentes utópico-escatológicos fueron temporalizados
en cuanto que son situados en un presente orientado hacia el futu-ro de forma
duradera. La identidad colectiva americana fue fuertemente (orientada hacia el
futuro», hacia la creación y despliegue de una situación utópica perfecta.
La conformación de la identidad colectiva americana
en-cuentra originariamente su expresión en la metáfora del cri-sol (melting
pot),''' en esa pretendida hibridación idílica de culturas y civilizaciones
distintas bajo el paraguas de un metacredo civil. Sin embargo, alIado de estos
valores republi-canos existen fuertes orientaciones no igualitarias 108 que
afec-tan tanto a la inclusión social dentro del rol de ciudadano y de
trabajador como a la asimilación cultural de colectivos'"? como los aborígenes
americanos, los esclavos afroamericanos y, más tarde, diversos grupos de
inmigración como los chinos, los católicos, los judíos y, last but not least,
los hispanos. La gran importancia de la cultura protestante, de origen europeo,
en el proceso fundacional de la república, fabricó la etiqueta del WASP
-blanco-anglosajón-protestante- como imagen direc-triz del «buen americano». El
mito fundacional se expresó en e! hecho de la ruptura con el pasado europeo y
en esa igual-dad de creyentes de origen puritano considerando al indivi-
Ver el
extraordinario trabajo de N. Glazer y P. Moynihan: Beyond the Melting Pat.
Cambridge, Mass. 1963, así como el igualmente relevante de: V. Bischoff y M.
Mania: «Meuing Pot Mythen als Szenarien amerikanischer Identitlit zur Zeit der
New Inmigration», recogido en B. Giessen (editor). Nationale y Kulturelle
tdentitat. Studien zur Entwiklung des kollektiven Bewusstsein in der Neueeeít,
Frankfurt, 1991. 513 Y ss .• en donde los autores anal¡ .....an la metamorfosis
del concepto de melting pat. desde la Declaración de Independencia hasta las
demostraciones de los dere-chos civiles en los años sesenta. Ver también el
trabajo de B. Schwartz, «The Diversity Myth. Américas Leading Exporte,
Athlantic Monthly, mayo, 1995, 57-67.
R.M. Smith,
Liberalism and American Constiuuional Law, Cambridge. Mass, 1985.
Así lo pone
de manifiesto AJan Bloom (The Closing ofthe American Mind. Nueva York. 1987)
destacando el valor moral de la tolerancia como respeto al otro ya su cultura.
Ch. Taylor ilustrará sus aportaciones al respecto en La ética de la
autenticidad, Barcelona. 1994.
50 51
duo como portador y garante de la Alianza con Dios.
No obs-tante, este principio aparece cuestionado, en parte, cuando la realidad
de la esclavitud y el concepto de raza cuestionan la inclusión social de una
parte de americanos -los afroameri-canos.'!" individuos escindidos con dos
almas, a juicio de E.W.D. Du Bois- poniendo de manifiesto el carácter
exclu-yente de este mito fundacional, que lleva a la guerra civil en-tre los
abolicionistas del norte -representados por Abraham Lincoln- y el sur. Aquí se
pone de manifiesto uno de los ele-mentos fundamentales del gran dilema
americano.i" en los términos de Gunnar Myrdal, y de las tensiones y
antinomias dentro del programa de modernidad específicamente ameri-cano. Esta
tensión entre la inclusión y la exclusión constituye el verdadero talón de
Aquiles de la modernidad norteamerica-na. Las diferencias de rango se proyectan
entre los individuos autorresponsables y de éxito, socialmente incluidos, y
aque-llos «otros»: diferentes grupos étnicos, la infraclase pobre, los
«dependientes, los delincuentes, los impedidos físicos» y, na-turalmente, los
afroamericanos, todos ellos excluidos.
Sobre todo, después del movimiento en pro de los
derechos civiles de la década de los sesenta del pasado siglo, la imagen ya no
es tanto la del melting pot como la de una sociedad rnulti-cultural, salad bowl
o glorious mosaic, según la cual: «la cultura americana a finales del siglo XX
es un puchero de identidades separadas. No sólo negros, feministas y gays
declaran que su dignidad radica en su carácter diferente, sino que también lo
hacen los baptistas del sur, los judíos de Florida, los skinheads de Oregon,
los Cajuns de Luisiana, los Lubavitchers de Brooklyn, los sijs de California,
los ranchers de Wyorning» .112 Como afir-ma Nathan Glazer, «ahora todos somos
multiculturalistas», ll3 por el hecho de vivir en una sociedad multicultural,
donde se han reconocido institucionalmente las diferencias culturales después
de una larga lucha por el reconocimiento. Sin embar-go, el problema no acaba
aquí. Hemos recorrido un largo ca-
⸀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ༀ Ā Ȁ ⸀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ver
el trabajo pionero de W.E.D. Du Bois: tt« Souls o( Black Folk (1903). 1989,
Nueva York, ¡·9.
⸀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ༀ Ā Ȁ ⸀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ G.
Myrdal, An American Dilema: TIu Negro Problem and Modem Democracy, Nueva York,
1944.
⸀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ༀ Ā Ȁ ⸀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ T.
Gitlin, The Twilíght oiCommon Dreams, Nueva York, 1995, 227.
⸀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ༀ Ā Ȁ ⸀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ N.
Glazcr; We All Are Multiculturalisl now, Cambridge, Mass. 1998.
mino, desde los cambios que supuso la Era Jackson
en las men-talidades «patricistas» y oligárquicas propias de la colonia, pero
el individualismo, tanto en su vertiente económica de riqueza como en el logro
del éxito, ha resquebrajado la «religión civil» convirtiéndola en una «concha
vacía y rota» .114 Así lo pone de manifiesto una de las personas a las que
entrevistan Robert Bcllah y sus colaboradores en un conocido texto: «(Me llamo
Sheyla) Creo en Dios. No soy una fanática religiosa. No puedo recordar la
última vez que acudí a la iglesia. Mi fe me ha lleva-do a través de un largo
camino. Es el Sheylaísmo. Sólo mi pro-pia pequeña voz» y los entrevistadores
añaden: «esto sugiere la posibilidad lógica de más de 290 millones de
religiones ameri-canas, una para cada uno/a de nosotros/as». Il5 Este virus de
creación destructiva, representado por el individualismo pose-sivo, que corroe
el carácter!" americano, no afecta sólo al mundo de los valores personales
ni tampoco tiene una única líneadivi-soria de color, como ocurrió a comienzos
del siglo XX y sobre todo con la industrialización del norte y el éxodo rural
de afro-americanos del sur, sino que la desigualdad económica y de formación
117 crea divisiones internas dentro de la propia línea de color entre los afroamericanos
social y culturalmente inte-grados'!" y aquellos que se hunden en el
gueto, en medio del inframundo de la economía criminal.
Todas estas tendencias nos ponen de manifiesto las
tensio-nes, antinomias y contradicciones del programa cultural y polí-
R.N. Bellah,
The Broken Covenant. American Civil Religion in a Time oi Trial, Nueva York,
1975, 142. Ya habían apuntado esta idea algunos de los grandes escritores
norteamericanos como Emerson, Thorcau, Melvi1le o Twain.
Bellah el
ai., Habils oithe Heart, tndividualism and Conmitment in American ut« Nueva
York, 1986, 221. Parecido diagnóstico extrae otro bestseller de Robert Putnam:
BowííngAlone, Nueva York, 2001.
Tocqueville
ya advirtió sobre ello en el balance de aspectos positivos y ne-gativos que
conlleva el individualismo «made in USA» y que contabilizó en La de-
mocracia en América.
W.J. Wilson
ha realizado una importante contribución sociológica, com-pletando el clásico
estudio de Gunnar Myrdal (Un dilema americano, realizado en los años cuarenta),
con un análisis de la metamorfosis de la infraclase urbana. Ver su trabajo:
when Work Disappears. The Warld oithe Urban Poor, Nueva York, 1996.
Existe una
expresión entre los afroamerícanos. oriolcoakie -galletas negras por fuera y
blancas por dentro- para designar despectivamente a aquellos afroamericanos que
piensan «como un blanco», aunque tengan la piel negra. M. Castells en The
íniormatíonAge:End o(Millenium, Londres, 1998, también pone de manifiesto esta
metamorfosis dentro de la línea de color en las grandes urbes americanas.
52 53
tico de la modernidad americana: el forcejeo entre
el moralismo republicano de los fundadores y e! pragmatismo de la política y la
economía del día a día, puestos de manifiesto en las dos gue-rras mundiales así
como en la Guerra de Vietnam, la Guerra del Golfo y en e! post II-S, la lucha
entre la preservación del núcleo carismático-utópico originario de la República
y la desconfian-za e incluso el odio hacia la administración federal central,
bru-talmente recordado en el atentado de TImothy Mc Veigh contra e! edificio
federal de Oklahoma, y la lucha entre la inclusión y la exclusión, que
encuentra su expresión más sobresaliente en el movimiento en pro de los
derechos civiles en los sesenta dirigido por Martin Luther King Jr. que tiene
su continuidad en los movi-mientos medioambientalistas, feministas y gays.
La
domesticación del Samurai: la modernidad japonesa
El enigma de Japón, visto con ojos occidentales,
puede re-flejarse en las siguientes preguntas: ¿Cómo puede una nación tener tal
éxito en los ámbitos de la industrialización y la ad-ministración de los
negocios al tiempo que exhorta a su po-blación a sobrevalorar el pensamiento
colectivista y el status qua, incorporando un tipo de individualismo honorífico
inexis-tente en otros lugares del planeta? ¿Representan las historias de la
economía capitalista japonesa y las naciones desarrolla-das de occidente resultados
funcionales similares derivados de diferencias estructurales profundas? El
proceso de creci-miento económico, la transformación tecnológica y el
desa-rrollo social logrados por Japón durante la segunda mitad de! siglo
pasado, emergiendo de las cenizas de sus ambiciones imperialistas truncadas,
son hechos sociales irrefutables que han cambiado e! mundo y nuestra percepción
del desarrollo mundial, en la medida en que Japón ha combinado crecimiento con
redistribución e incremento sustancial de los salarios rea-les junto a una
reducción de la desigualdad a niveles de los más bajos en el mundo. Mientras
que los paisajes sociales y ecológicos japoneses se han transformado
profundamente, sin embargo, se ha preservado su identidad cultural en un
des-pliegue poderoso de modernización sin occidentalización.
En el caso de Japón hacemos frente al otro
«extremo» de esa diversidad de modernidades que postulamos. Japón com-parece
como una cultura moderna no occidental y no axial, una cultura que por cierto
Max Weber sitúa fuera de las religio-nes universales. La búsqueda de la
autodefinición de Japón, comparada con aquellas otras de civilizaciones
modernas no occidentales, fue influenciada poderosamente por dos
facto-res.'!" El primero de ellos es que Japón, a diferencia de otras
civilizaciones asiáticas, no fue colonizado, y rápidamente se modernizó e
industrializó bajo los auspicios del Estado Meiji a partir de 1868. Hizo frente
al desafio cultural de la modernidad no sólo desde fuera, sino también desde su
propio nuevo cen-tro, desde las consecuencias sociales y culturales de la
moder-nización e industrialización auspiciadas por el Estado Meiji, apoyándose
en nuevos tipos modernos de conocimiento así como sobre la propia teologíae
ideologíacívicas distintivas del Estado, que se apropiaron las dimensiones
instrumental-racio-nales de la modernidad y la construcción de la autenticidad
japonesa en términos restaurativos e inmanentistas, alejados de toda influencia
universal-trascendentalista inscrita en las religiones axiales. Nación y
progreso son las ideas-fuerza que galvanizan el proyecto modernizador japonés
en la Era Meiji. El segundo factor hace referencia a que el programa cultural
distintivo de la modernidad japonesa estuvo enraizado en la Meiji Ishin, en la
Restauración'P Meiji. Este programa fue pro-clamado como una renovación de un
sistema arcaico antiguo, que de hecho nunca existió, y no como una revolución
que bus-ca e! cambio del orden social y político, pretendió más bien
reconstruir el Estado y la sociedad según principios que los trasciende. Las
orientaciones utópicas enraizadas en las visio-nes
universalístas-trascendentales, en contraste con las gran-des revoluciones
europeas y americana, nunca existieron en Japón, a pesar de que temas
restaurativos milenarios estuvie-ron presentes en diferentes sectores de los
levantamientos an-
Así lo
expresa S.N. Eísenstadt en Japanese Civiliration. A Comparative View. Chícago,
1996.430-431.
Aunque el
término restauración haya pasado a la historia, en realidad la semántica del
cambio social y político se identifica con una «renovación» o con «una nueva
dirección". También se la ha definido como «restauración
revoluciona-ria" y como «renovación revolucionaria".
54 55
tes y durante la Restauración. La Meiji Ishin fue
internamente orientada, se dirigió a la revitalización de la nación japonesa, a
capacitarla para tomar su lugar en el mundo moderno, Ja-pón debe «ir con los
tiempos», pero sin ninguna pretensión de salvar a la humanidad como un todo.
Vamos a analizar con un poco de detenimiento estas ideas.
Es importante destacar en el éxito de la Era Meiji
el papel que juega el mosaico de redes de diverso tipo -burócratas, gremios,
políticos, representantes de grupos de interés- que redirigen las tendencias
jerárquicas de la época Tokugawa hacia configuraciones organizativas e
institucionales más abiertas; así, la existencia de coaliciones ad hoc que
vehicu-lizadas en medio de un conservadurismo creativo 12 1 ponen en marcha el
proceso modernizador. En la Restauración existie-ron élites dirigentes que operaron,
más que con arreglo a un plan preconcebido, según el modelo de ensayo y error;
y prue-ba de ello es que, durante las primeras décadas posteriores a la
descomposición del régimen Tokugawa, entre tales élites existió una lucha por
determinar la dirección del proceso.
El nuevo Estado constitucional, ese «regalo
imperial» al pueblo, tenía su fundamento de legitimación en la benevolen-cia
imperial. En el lenguaje jurídico moderno podemos decir que la soberanía radica
en el emperador. Como ocurría en la cultura política tradicional, el emperador
no estaba obligado por el derecho ni era responsable ante nadie, mientras el
res-to de la población era responsable ante él. En este sentido, la institución
imperial se situaba «por encima de la política». El Emperador está más allá de
las luchas políticas y del poder. Este carácter «apolítico» de la institución
imperial se enmarca en una importante distinción semántica.!" por una
parte, la estructura nacional (Kokutai) y la estructura política (Seiatai).
Kokutai'?' representa la estructura fundamental de las rela-ciones morales,
frente a Seitai que representa la administra-
Ver el
trabajo de T.J. Pempel, «Japan and Sweden. Polarities of Responsa-ble
Capitalism», en D. Rustow y K. Erickson (editores), Comparative Political
Dvnamics, Nueva York, 1991.
. 122. Ver
el trabajo de P. Duus, The Rise
oi"Modern Japan, Bastan, Mass, 1976.
Ver el
trabajo de J. Kitagawa, «The Japanese Kokutai (National Commuriity}, History
and Myth», History ofReligions, 13.3, 1974,214-225; del mismo autor: On
Understanding Japanese Religion , Pr-inceton, 1987.
ción de la política en un determinado espacio y
tiempo. La primera tiene un carácter absoluto e inmutable, mientras que la
segunda es relativa, cambiante, contingente. La primera fue sacralizada,
mientras que la segunda se sitúa en el ámbito pro-fano y secular de la
política. El emperador fue identificado in illo tempere'?" con la Kokutai
y, por tanto, funge como símbo-lo central, como imaginario social central, más
que como po-der político real. Las dos instancias son contrapesos impor-tantes
en el sistema político japonés. No obstante, no debemos inferir automáticamente
un carácter reaccionario de la insti-tución imperial; de hecho, el papel del
Emperador ha sido permanecer en el centro como símbolo del vacío. A través de
su historia descubrimos que en Japón surgieron problemas cuando un Emperador
intentaba ejercer su poder para con-trolar a otros. Para comprender el
significado del Emperador y de otros fenómenos en Japón hay que referirlos al
modelo de un centro vacío.125 A diferencia de China, Corea y Vietnam, donde el
Emperador, como forma sagrada, se situaba, en prin-cipio, bajo el «mandato del
cielo», en Japón, sin embargo, la «particularidad sagrada» del Emperador
representa la encar-nación de los dioses. Sólo los Shogunes, los políticos y
los funcionarios están sujetos al requerimiento de rendir cuentas de sus
actividades, especialmente en los tiempos de crisis, como sucedió al final del
régimen Tokugawa.
La construcción de la ideología civil, o teología
civil, en los términos de W. Davis.P" que sirve de forma de legitimación
del nuevo régimen, como en el periodo postrevolucionario fran-cés o más
tardíamente en el período postrevolucionario ruso, representa un nuevo estadio
en la formación de la conciencia colectiva japonesa; como Eugen Weber apuntó en
el caso del proceso de nacionalización en Francia a finales del siglo XIX:
«haciendo a los campesinos francescsv.!" en este caso «ha-
Aqui radica
su carácter semi mítico.
Ver el
interesante trabajo de H. Kawaí, «Los dioses ocultos en la mitología japonesa»,
en E. Neumann, M. Eliade, G. Durand, el al., Los dioses ocultos. Círculo Eranos
JI, Barcelona, 1997, 141 Y también el trabajo indispensable de R.N. Bellah:
Tokugawa Religion, Glencoe. IIl, 1957.
W. Davis,
«The Civil Theology of Inoue Tatsujiro», en Japanese Journal oi" Religious
Studies, 3, J, 1976,25 Y ss.
E. Weber,
Peasant ínto Frenchman: The Modernization ofRural France, 1870-
1914, Stanford, Ca, 1976.
56 57
ciéndolos japoneses». La diferencia con Europa y
USA radica en que la nueva conciencia colectiva japonesa se define en torno a
fundamentos primordiales-sacrales-naturales vincu-lados a la Restauración y a
la figura semimítica del empera-dor.!" La identidad nacional encontró su
expresión en el nue-vo simbolismo imperial creado.F' La ideología de la Kokutai
representa el componente predominante de la nueva identi-dad colectiva
japonesa, incluso después de la II Guerra Mun-dial. Frente a la desconfianza en
la política y en los políticos (Seitai), algo común también al caso
nortearnericano.!" la burocracia se hace acreedora de esa «voluntad
general» objetivada en la kokutai, encarnando las virtudes del Samurai y del
confucianismo y el budismo. Lo cierto es que el Estado y la sociedad civil-ésta
no es sino un apéndice semiautónomo que sirve a la realización del proyecto
modernizador de aquél-actúan en Japón como un sistema indiferenciado, por lo
me-nos hasta después de la II Guerra Mundial. La especificidad de la cultura japonesa
frente a las «otras» culturas se mani-fiesta, durante y después de la Era
Meiji, como superioridad de lo propio a través de una des-axialización del
confucionismo y del budismo, procediendo a una [aponizacion de las
orienta-ciones universalistas de éstos y de Occidente. Detrás de todas estas
tendencias interrelacionadas está la búsqueda ininte-rrumpida de la
autenticidad'?' de la civilización japonesa frente a las «otras»
civilizaciones. En Japón la confrontación no es tanto entre tradición y modernidad,
entre pasado y futuro, como entre lo propio y lo otro. Todo este proceso de
hibrida-
Son de gran
interés los trabajos al respecto de E. Ohnuki-Tiemey, uThe Emperor in Japan as
Deity (Kami). An Anthropology of the Imperial System in Historical
Perspective», Ethnology, 30, 3, julio, 1991, 20·22, 31-32, Y de C. Gluck, Japan
Modern Myths. ldeotogy in the Late Meiji Period, Princeton, 1985.
Este nuevo
simbolismo se desarrolló a partir del rol del Emperador en la realización de
los ritos del «alma del arroz». Esta simbología del arroz permanece en la
cosmología y en los ritos populares (ver al respecto el trabajo de E.
Ohnuki-Tlemey: Rice as Self: Japanese Identities through Time, Prínceton,
1993). El culto a los antepasados aparece como el principio fundamental de esta
comunión nacio-nal. de la Kokutai.
Aunque se
diferencia del caso americano en que éste dispuso desde el prin-cipio de una
sociedad civil fuerte mientras en Japón, la sociedad civil ha sido siem-pre
débil.
Aquí se
inscribe la importancia de la literatura Nihonjinron que subraya la importancia
de la especificidad de la cultura japonesa.
ción de tradiciones propias y ajenas se objetiva en
el desplie-gue de una nueva ética? en la que se funden las virtudes confucianas
-el decoro, la cortesía, la armonía moral y esté-tica- con las virtudes
burguesas occidentales del primer ca-pitalismo analizadas por Weber - la
industriosidad, la disci-plina, la frugalidad, la utilidad, la honestidad- y
con las propias japonesas representadas en el individualismo honorí-fico del
Samurai, al que vaya dedicar unas líneas dada su importancia capital en la
cultura japonesa, constituyendo su tipo ideal en los términos de Weber.
Desde su aparición en escena, la cultura militar
del Samurai incluyó un énfasis en la disciplina con la expectativa de que los
guerreros honorables controlaran sus deseos a corto plazo en orden a alcanzar
objetivos a largo plazo. En la historia japone-sa más tardía, el proceso
sociopolítico de «domesticación» del Samurai'» recanalizó esta tradición de
autodisciplina para pro-ducir una disposición mental tendente a armonizar cada
senti-do individual de identidad personal con las metas y responsa-bilidades sociales.
El proceso de formación del Estado japonés y la autoidentidad en Japón están
íntimamente conectados. El mismo proceso de «domesticación» del Samurai
permitió rete-ner un impulso agresivo de independencia que se originó en el
orgullo soberano de una élite militar de propietarios en la cul-tura medieval
de guerreros. El final del régimen Tokugawa y sobre todo la Meiji Ishin
produjeron la transformación de esta clase de guerreros semiautónomos en
burócratas «domestica-dos». El sentimiento no conformista que anidaba en las
tradi-ciones del Samurai sirvió como «fuente» de racionalización cultural, y de
hecho se ha constatado la presencia de la ética y el espíritu militar dentro de
la mente del literati confuciano como un estímulo de su sentido de independencia.
Podemos hablar de un ethos originario, dentro de la
cultu-ra Samurai, en el que se combinan la autoafirmación con la dignidad y el
honor, así lo pone de manifiesto el malta de Hagakure (Libro del Samurai) como
imperativo categórico
S.N.
Eisenstadt, Die Vie1(alt der Moderne, Gotinga, 2000b, 129 y ss.
Me apoyo en
las extraordinarias investigaciones de Eiko Ikegami en: The
'Iaming of the Samurai. RO/TOri/k lndividualism and
the Making of Modern lapan, Cambridge, Mass, 1995.
58 59
japonés según el cual «Incluso aunque perdiera mi
cabeza, yo no haría una cosa que no debiera» .134 En una matriz cultural
completamente diferente a la occidental, el Samurai japonés también construyó
una sociedad que condujo al autocontrol y a la concentración en fines de largo
alcance así como a una actitud individualista que aceptó el desafío que
comportan de-terminadas decisiones y riesgos. Existen tres transformaciones
importantes en la naturaleza de la cultura del honor que tienen lugar durante
el régimen Tokugawa y que encuentran su pleno desarrollo en la Meiji Ishin. La
primera transición viene dada por una transformación en la expresión del honor
que supone una desmilitarización del concepto de honor Samurai. Duran-te esta
transición el honor se concibe menos asociado con la violencia y más con la
autodisciplina virtuosa. En otras pala-bras, hablamos de una «domesticación» o
racionalización, en los términos de Norbert Elias, de la concepción del honor
tra-dicional asociado a la violencia. La segunda transformación en la
naturaleza del honor comporta un cambio en el locus del honor, ya que se
desplaza del ámbito personal al organizacional. El honor se configurará en lo
sucesivo por la eficacia dentro de la organización. La tercera transformación
afecta al cambio en la fuente del honor que ya no proviene de la actividad
perfonnativa del Samurai sino de su estatus. La bravura fue una cualidad
masculina que no puede ser desplegada en tiem-pos de paz, sin embargo, una
actitud de autocontrol rigido en la vida diaria puede ser considerada como «el
comienzo del valor». A partir de este supuesto sólo queda un pequeño paso hacia
una redefinición de los valores militares orientados a la acción en la
dirección de una ideología meritocrática propia de los tiempos de paz y de una
autoestima sin relación directa con el combate físico. El ethos guerrero de
agresión fue redirigido hacia la competición por títulos y otros privilegios
dentro de la cultura Samurai.
No obstante, dentro de la cultura Samurai siempre
han exis-tido fuertes aspiraciones hacia la independencia y la autoafirrnación.
Defender la posesión y la reputación supone tomar la decisión apropiada que
medie, no sin tensiones como veremos, entre el individualismo que busca el
honor y aquel otro
134./bíd., 331.
individualismo que busca la propiedad y la
posesión. Cuanto más se integra o «domestica» el Samurai según las necesidades
y funciones que exige la nueva estructura social más experi-menta un
sentimiento de alienación. Su resistencia a la inte-gración total se recoge muy
bien en el término ichibun (literal-mente «una parte» o el núcleo del orgullo
personal que no puede ser comprometido). Utilizando un término tomado de Erwin
Goffman podemos decir que el Samurai mantuvo siempre una «distancia de rol»,
nunca se integró totalmente en el requeri-miento de los roles sociales. No
obstante, esta fuente de moti-vación interna -semejante a la que movía al
puritano estudia-do por Weber- fue utilizada dentro del proceso de
modernización en la Era Meiji para cubrir el amplio elenco de nuevas funciones
creadas como la burocracia, el ejército nacio-nal, la armada, la policía, los
jurados, las escuelas públicas, la industria, etc. Debemos reconocer, sin lugar
a dudas, que la primera generación de líderes de la construcción nacional
mo-derna japonesa fueron anteriormente Samurais'": En la misma medida en
que el Samurai del régimen Tokugawa entendió que la prosperidad de su casa (ie)
dependíade la continuación de la de su maestro, el Samurai de la Era Meiji fue
persuadido de que la prosperidad de su casa (ie) estaba conectada con el éxito
de la nación, ahora representada en la figura paternal del Em-perador y el
simbolismo imperial, produciéndose una síntesis entre nacionalismo y honor,
energetizada por una «reacción química» positiva entre «pasiones e intereses»,
sentimientos que buscan la gloria y el capitalismo, así la forma japonesa de
cul-tura honorífica fue aprovechada para el crecimiento industrial. Quizás
estas líneas nos permitan comprender mejor ahora el rol del Samurai dentro de
la cultura japonesa, y evitar así su identificación ingenua con la lealtad
autosacrificial de una ver-sión del Samurai, la representada por muchos
soldados japo-neses durante la guerra.
Después de la Il Guerra Mundial, el compromiso con
la teo-logía civil meiji y, sobre todo, con el símbolo del Emperador,
Según las
estimaciones de Hidehiro Sonada en «The Decline of the Japanese Warrior Class»,
Iapan Review, J, 1990, J03, en 1881, los ex samuráis y sus familias eran el5 %
de la población total. Este pequeño grupo ocupaba 68.556 de un total de 168.594
puestos oficiales, es decir, el4Q %. En 1885, de entre 95 funcionarios de alto
rango, 4 miembros eran de la nobleza, 88 ex samurá¡s, y uno plebeyo.
60 61
experimentó una erosión. La centralidad de tal
simbolismo después de la derrota japonesa disminuyó en gran medida. Como afirma
W. Davis, de forma muy similar a R. Bellah, ana-lizando el caso americano, la
teología civil originaria se ha con-vertido en una concha rota y vacía.':"
La Era Meiji, con el pa-réntesis de la guerra, ha dado lugar al Estado
desarrollista de la posguerra, cuyas premisas básicas han sido la independencia
nacional y el poder nacional, pero, por medios pacíficos -eco-nómicos fundamentalmente.
Se ha producido una apertura importante dentro de la sociedad civil japonesa
después de la guerra, asemejándose más el programa cultural y político de la
modernidad japonesa al programa occidental. Tal es así que Ronald Inglehart
habla de la presencia también en Japón de esa «revolución silenciosa» que lleva
a la defensa de valores cada vez más «postrnateríalístas»!"-el entorno
ecológico, la mujer, los discapacitados, etc.- dentro de la estructura social.
Manuel Castclls detecta tensiones y antinomias en la forma de una crisis
multidimensional del modelo de desarrollo japonés en e! periodo Heisei (1989),
según la cual e! origen estaría en el propio éxito del modelo desarrollista que
induce nuevas fuer-zas económicas, sociales y políticas que vienen a desafiar
la prioridad del proyecto nacionalista y desarrollista.!" El propio
desarrollo genera movimientos a favor y en contra de la moder-nización al
separar Estado y sociedad civil.
La moderna
antimodernidad del fundamentalismo: la dímensión jacobina de la modernidad
Este cuarto tipo de modernidad o
«contrarnodernidad» fundamentalista es, quizás, el que más nos preocupa, porque
junta, amplifica y lleva hasta sus últimas consecuencias todas las tensiones,
antinomias y contradicciones que aparecen en los tres restantes. El surgimiento
global de! fundarnentalismo, y perdone ellector/a que introduzca un término sin
haberlo
W.
Davis, «Japanese Theory and Civil
Religión», en Iapanese Religian and
Saciety: Paradigms oiStructure and Change, Albany,
NY, 1992, capítulo 8.
Ver el
último trabajo de R. Inglehart: Modernization. and Postmodernization, Cultural,
Economía and Pclítical Change, Princeton, NJ, 1997.
Ver su
trabajo The tniormation Age: End o[ Milleniwn, Oxford, 1998,218.
definido todavía, representa una de las respuestas
contempo-ráneas más enérgicas a las tensiones del programa moderno dentro de
diferentes civilizaciones. Los movimientos funda-mentalistas modernos
constituyen uno de esos grupos de movimientos que se desarrollan en el marco de
la civilización moderna y de la modernidad como los movimientos socialis-tas,
los nacionalistas y los fascistas. Las ideologías promulga-das por los
movimientos Iundamentalistas constituyen una parte del discurso continuamente
cambiante de la moderni-dad, especialmente en la medida en que se desarrolla a
partir del final del siglo XIX. Estos movimientos interactúan con otros
movimientos constituyendo puntos de referencia mutuos. De hecho, el
fundamentalismo revivalista de origen evangélico, en USA, a comienzos del siglo
XX tiene su réplica en Europa en el integrismo católico que hunde sus raíces en
una larga tradición que se origina en la Contrarreforma. Se desarrollan en un
contexto histórico especial caracterizado por una fase histórica nueva que
cristaliza en la segunda mitad del siglo XX en la confrontación entre la
civilización europeo occidental y las civilizaciones no occidentales y por la
intensificación den-tro de los países occidentales del discurso que refleja las
antinomias internas del programa cultural y político de la modernidad -particulannente
las diferentes concepciones de razón y de racionalidad. Las tendencias
heterodoxas de los grupos fundamentalistas, especialmente aquellos
desarrolla-dos dentro de las civilizaciones monoteístas,139 han sido
trans-formadas en programas políticos modernos con visiones po-tencialmente
misionales. Sobre todo, muchos de estos movimientos comparten con las Grandes
Revoluciones la creencia en la primacía de la política, más concretamente de la
política religiosa, guiada por una visión religiosa totalista con la pretensión
de reconstruir la sociedad o sectores de ella."? Estos movimientos,
producto de la modernidad, no lo olvide-mos, van a hacer suyo uno de los
componentes centrales y más peligrosos del programa político moderno, su
vertiente
Es decir,
judíos, cristianos e islámicos, puesto Que su impacto entre las civilizaciones
no monoteístas con presencia budista, hínduísta y confuciana es mucho menor
dado el carácter «apolítico» de estas religiones.
S.N.
Eisenstadt: Fundamentalism, Sectarianism and Revolution. The Iacobin Dimensión
o[Modernity, Londres, 1999.
62 63
jacobina, totalísta. participatoria V totalitaria
inoculando un telas milenarista al orden polític¿ que lo sitúa como una
he-rramienta de las fuerzas de la luz en una lucha ineludible e intransigente
contra las fuerzas de las tinieblas y del mal. 141
El contexto histórico en el que se produce la
confronta-ción entre fundamentalismos y modernidades tiene las si-guientes
notas características.tv Primero, los cambios en los sistemas internacionales y
una percepción del debilitamien-to de la hegemonía occidental asociada a
cambios en la eco-nomía global y a un cierto hundimiento del Estado keynesiano
de Bienestar. Segundo, el agotamiento de las confrontacio-nes políticas e
ideológicas de la Guerra Fría, cuya culmina-ción se refleja en la
desintegración del régimen soviético. Ter-cero, el desarrollo a lo largo del
mundo, pero, especialmente, en las sociedades no occidentales, de procesos
altamente des-estabilizadores relacionados con el capital global y el trabajo
que sigue siendo local. Cuarto, desarrollos ideológicos e ins-titucionales en
las sociedades occidentales de lo que se ha venido a llamar dirección
postmoderna, postindustrial y posnacional. Quinto, el desarrollo de la
perspectiva multicul-tural. debido a diásporas migratorias del sur al norte y del
este al oeste.
Sabemos que en Afganistán, antes y después de la
ínter-vención norteamericana, las tribus islámicas fundamentalis-tas son
particularmente intransigentes. En Irlanda del Norte, las milicias
presbiterianas del reverendo Ian Paisley se auto-denominan fundamentalistas. Lo
mismo podemos decir del l}1ovimiento Restauración en Inglaterra, del wahabismo
de Africa occidental, del fundamentalismo sij en el Punjab, de la Hermandad
Musulmana y la Jihad en Egipto, de la Nueva Derecha Cristiana en Norteamérica,
del Partido Rafah en Turkía, de las ultraortodoxias reaccionarias judías y
palestinas en la franja de Gaza y en Cisjordania, de Iamat-i-lslami en
Pakistán, India y Bangladesh, del Frente Nacional Islámico
141. Ver el clásico e imprescindible trabajo de
J.1.. Talmon: The Origins of Totalitarian Democracv, Nueva York, 1960
N. Keddie,
~The New Religio~s Polines: Where, When and Why do Fundamcntalisms Appear?». en
Comparative Studies in Scciety and Hístory, 1998. Ver también del mismo autor:
«Sccular-ism and its Discontents». Daedalus, vol. 132. 2003,14-31.
en Sudán, y la lista sigue, por supuesto. No
debemos olvidar el fermento de movimientos fundamentalistas en la diáspo-ra,
así los grupos musulmanes en Francia, Alemania, Inglate-rra, España, El Caribe,
Canadá o Estados Unidos. El exilio, deseado o no, es el vivero de la
pervivencia de las señas de identidad. Corno vemos, el fundamentalismo no es un
movi-miento cuyo monopolio esté afincado, casi de forma natural, en una
civilización particular, corno a veces se quiere hacer creer en la fácil y
peligrosa dicotomía de «Occidente versus el islam», sino que coexiste con otros
movimientos dentro de las grandes civilizaciones monoteístas con arreglo a una
geo-metría de actuación enormemente variable. Tampoco debe-mos olvidar que los
movimientos fundamenta listas compar-ten sus tendencias jacobinas con otros
movimientos y regímenes izquierdistas, sobre todo comunistas, y de igual manera
con los fascistas de derechas y con los movimientos nacícnalsocialistas.!"
El término «fundamentalismo» viene a ser de uso
común a partir de la segunda década del siglo XX en Estados Unidos, gracias a
la publicación de The Fundamentols, entre 1910 y 1915, pero el desarrollo del
credo fundamcntalista tendrá lugar a partir de 1920. George Marsden afirma que
el fundamentalismo ame-ricano aparece en escena como un «evangelicalismo
protestan-te militantemente antimodcrnisra». Esta oposición militante al
modernismo fue «lo que más claramente separó al fundarnen-talismo de toda una serie
de tradiciones como el evangelicalis-rno. el revivalismo, el pietismo, los
movimientos de santidad, el milenarismo, el confesionalismo reformado, el
tradicionalis-mo baptista y otras ortodoxias denominacíonales».144 En la
de-recha norteamericana existen dos componentes incompatibles; por una parte,
los tradicionalistas autoritarios que frecuente-mente son miembros de
denominaciones religiosas evangéli-cas o fundamentalistas y, por otra parte,
los individualistas ra-dicales, que incluyen a los hombres de negocios
«libertarios» y a los especuladores y sus apologistas en los medios de
comu-nicación y en la academia, particularmente en la Universidad
E. Sciolino,
«The Red Menace is Gane. Bu! Here is Islam», The New York Times, 21. enero.
1996.1-4.
G. Marsden.
Fundamcnsaiism and Amerícan Culture.
Nueva York, 1980,4.
64 65
de Chicago. Lo que conecta a ambos es su hostilidad
al poder regulatorio y fiscal federal 0, en un sentido más amplio, su
con-vicción compartida de que los Estados Unidos deben ser una cultura
ampliamente homogénea, una versión de cuento de hadas de su self asilvestrado,
una Disneylandia cuyos bravos ciudadanos son libres para amasar sus fortunas,
no importa el daño causado por el choque de tales intereses en competencia,
donde las diferencias se sitúan de hombre a hombre, donde las mujeres cantan en
la iglesia cuando no están cocinando o incu-bando embriones de futuros
americanos, donde los no confor-mistas no son bienvenidos y la recaudación de
impuestos es injusta. Para estos sensibles ciudadanos americanos «nos he-mos
adentrado en una era electrónica oscura en la que nuevas hordas paganas, con
todo el poder de la tecnología a su dispo-sición, están al borde de torcer el
fuste de las conquistas de la humanidad civilizada. Una visión de la muerte nos
hace frente. A medida que abandonamos las costas del occidente cristiano, sólo
un mar de turbulencias y desesperación se divisa en el he-rizontc ... a menos
que luchemos'» .145 Por tanto, agencias socia-lizadoras como las escuelas
públicas se convierten en el campo de batalla entre el bien y el mal, entre la
defensa de la familia cristiana y patriarcal frente a las instituciones del
secularismo. Coextensivamente, en el ámbito más amplio de la sociedad ci-vil se
generalizan las guerras culturales'w donde diferentes ethos compiten en tomo a
temas como el aborto, la pena de muerte, el cuidado de los niños, la subvención
a las artes,la acción afir-mativa y las cuotas, los derechos de los gays, el
tamaño del Estado de Bienestar, los citados valores en la educación públi-ca,
el multiculturalismo. Como diría Bourdieu, la lucha por el sistema de
clasificación no es sino la lucha, en el caso del fun-damentalismo, por el
monopolio de poder para definir la reali-dad. El conflicto cultural es, en
última instancia, una lucha por la dominación, sólo que este conflicto se expresa
en América en términos moralistas. Cada guerra en su historia ha sido
enmar-cada como una cruzada moral-para derrotar a la «ramera de Satán» (la
guerra francesa e india), para eliminar el gobierno
F.
Schaeffer, TIme lar Anger. The Myth of Neutrality, Westchester, Ill. 1982, 122.
Ver el
importante trabajo con el mismo título de J.D. Hunter: Culture Wars. The
Struggle tu Define América, Nueva York. 1991.
monárquico (la guerra revolucionaria y la guerra de
1812), para eliminar la esclavitud (la guerra civil), para lograr un mundo más
seguro para la democracia (la 1 Guerra Mundial), para resistir el expansionismo
totalitario (la 11 Guerra Mun-dial, la de Corea y la Vietnam), y de explosión
expansionista de dictadores (la Guerra del Golfo y la de Afganístán).':"
¿Y qué decir de los portadores de este tipo de convicciones? Thomas B.
Edsall"" en un artículo de The Washington Post comenta una encuesta
realizada por J.D. Hunter según la cual aquellos que están más preocupados,
enfadados y furibundos con América en general -aquellos que tienen sentimientos
negativos en torno a su propio país- son blancos, clases bien educadas que
pertenecen mayoritariamente a ciudades peque-ñas en los Estados centrales del
Este y del Oeste. Aquellos en la base del espectro socioeconómico no están, de
hecho, des-contentos con el gobierno de los Estados Unidos. En cual-quier caso,
todas estas tendencias con orientaciones poten-ciales jacobinas han sido
fuertes en los sesenta y en los setenta, pero nunca lograron dominar la agenda
pública en los Esta-dos Unidos. La única excepción viene marcada por el post
11-09-2001, ante el que un cierto «retro progreso» misional moralizador se ha
reforzado a lo largo de la nación.
En las comunidades judías se desarrollaron
tendencias fundamentalistas desde la segunda mitad del siglo xx, qui-zás, lo
que mejor representa estas posiciones es una senten-cia de Hatam Sofer: «Lo
nuevo será excluido de la Torá ... ». 149 que se dirige contra la gran y larga
costumbre de interpreta-ción e innovación que tanto ha caracterizado a la
tradición judía medieval como a la moderna temprana. A partir de 1948 surgen
grupos como los sionistas ultranacionalistas de Gush Emunín (Bloque de los
Fielesj.l'" o el grupo no sionista Agudat Israel,151 cuyas posiciones
reflejan la importancia del elemen-
IUd., 61.
Th. B.
Edsall. «Mistrust oí Government Found Festering in White Middle
Class». The Washington Post, septiembre, 20, 1996,
Al3.
Recogido por
M.K. Silber; «The Emergence of Ultracrthodoxy: The Invention of a Tradíticn».
en J. Wertheimer (editor). The Uses of Tradition. 'Iradition and Continuity in
Modern Era, Cambridge, Mass, 1992.
G. Aran,
«Jewish Zionist Fundamentalism. The Bloc of the Faithful in Is-rael», en Marty
y Appleby, Fundamentalisms Observed, opus cit., 265-345.
S.C. Heilman
y M. Friedman, «Religious Fundamentalism and Religious
66 67
lo primordial de la tierra en la configuración de
la identidad nacional judía con consecuencias sangrientas desde la forma-ción
del Estado hebreo a resultas de la espantosa Shoah des-pués de la II Guerra
Mundial. Lo que en principio no debía ser más que un «conflicto inmobiliario»,
en los términos de Amos Oz. entre judíos y palestinos, se ha convertido en un
espacio compartido de odios irredentos mutuos de difícil solución.
Antes y después de la II Guerra Mundial en el mundo
mu-sulmán, desafortunadamente, las reacciones inmediatas al im-perialismo y a
la dominación occidentales fueron de tipo pa-triótico, luchas nacionales por la
independencia; pero los campeones de la lucha nacional, después de haber
alcanzado la independencia formal y haber izado la bandera del nuevo Esta-do,
se sumen en un cúmulo de irregularidades institucionales y corruptelas. En poco
tiempo no tuvieron nada que ofrecer. Los nacionalistas árabes jugaron su papel.
Unidad, orgullo, inde-pendencia, ¿Qué más? ¿Qué decir del desarrollo económico,
de la justicia, de los sistemas políticos, de las artes, de la cultura, del
conocimiento? Y así, como respuesta a algunas de estas preguntas, llegó el
socialismo, pero los gobiernos socialistas fueron tan corruptos e ineficaces
como los gobiernos naciona-listas y liberales de la postindependencia. Así se
puede enten-der el vacíoque vienen a reocupar el fundamentalismo y el
isla-mismo. Las élites fueron las únicas que estuvieron expuestas directamente
a la influencia de Occidente: con Reza Palehvi en Irán, también en Turquía, en
las monarquías del Golfo, en Pakistán, en Egipto. El movimiento de revival
islámico'< tiene varias fases. Primero surge el revival espiritual, el
despertar del espíritu, luego viene el renacimiento intelectual y, finalmente,
surgen nuevas formas de acción, en donde «la política es sólo una dimensión de
la religiónv.!" La fuente de difusión de estos movimientos
fundamentalistas proviene, en su mayor parte,
Jews Thc Case of the Haredlm», en Marty y Appieby,
Fundamentalisms Observed, opus cít .. 197-265.
El islamismo
es una deconstrucción cultural y política de la categoría de «musulmán".
Uno se hace islamista cuando se implica en una crítica y rechaza ser un
musulmán en la forma en que uno ha «nacido" naturalmente en el islam. Ver
sobre esta idea el trabajo de N. Oole: «Democracy and Secularism in Turkey:
Trends and Pcrspecrives», Middle East Joumal, 23,1.1995,14-15.
Ver el
trabajo de Hassan al-Tourabi: -Islamíc Fundamentalism in the Suna and Shia
World» (http://www.ibmpcug.co.uk!whip/trabi.htm).
de sectores apartados o a los que se les impide el
acceso a los
centros culturales, sociales y políticos en sus
respectivas socie-dades, en su mayoría, grupos educados «modernos» ~profe
sionales, graduados en universidades modernas, etc.
Éstos no son necesariamente los estratos económicos más bajos -cam-pesinos,
lumpemproletariado urbano- sino grupos de la clase media y clase media baja que
experimentan una movilidad ocu-pacional continua en los centros urbanos. Para
éstos el fundamentalismo aparece como una alternativa atractiva fren-te al
anquilosado y gastado programa de estilo occidental de las élites que operan en
el sistema. Dentro del mundo musul-mán, los fundamentalistas difieren de los
ulemas conservado-res en su concepto del islam como deen, «modo de vida». El
movimiento Jamat-i-Islami, presente en Pakistán, India y Bangladesh, critica a
los ulema conservadores por reducir el islam a cinco pilares básicos ~la
profesión de fe, la oración, el ayuno, la limosna al necesitado y la
peregrinación. Iamat sitúa al islam como una forma completa y omniabarcante que
cubre el espectro entero de la actividad, individual, social, económica o
política. Para Iamat el islam significa el compromiso total y la subordinación
de todos los aspectos de la vida humana a la voluntad de Dios. Quizás, como
apunta Muntaz Ahmad, 154 uno de los aspectos más importantes de Iamat es que, a
diferencia de los ulema conservadores y de los sectores modernistas, los movimientos
fundamentalistas son primariamente movimien-tos políticos más que movimientos
intelectuales religiosos. Mien-tras que los ulema y los modernistas buscan
influir en las es-tructuras de decisión política, los fundamentalistas aspiran
a controlar y secuestrar la vida política.
Pero, además de mapificar el movimiento
fundamentalista, nos interesa caracterizar su naturaleza, y vamos a comenzar
poniendo de manifiesto lo que el fundamentalismo no es. No es un
conservadurismo, ni tradicionalismo, ni clasicismo, ni orto-doxia; tampoco se
refiere a elementos fosilizados, a reliquias estáticas, mutaciones o
retrocesos, todo lo contrario, está vivo, es dinámico y representa importantes
tendencias culturales en
M. Ahmad.
«Islarnic Fundamentalísm in South Asia: The Jamaat -l-Islamí and the Tablighi
Jamaat», en M. Marty, S. Appleby (editores), Pundamerualism Gbserved, Chicago.
1991,463-464.
68 69
el mundo moderno; nada tiene que ver con el
carácter errante que aparece en la Biblia; la mayoría de fundamentalistas no
tiene una actitud anticientífíca,ni anti-racional, ni antitecno-lógica; el
fundamentalismo no es algo en declive sino todo lo contrario: el
fundamentalista no es un simple activista como el resto de activistas de otros
movimientos sociales, un mili-tante o un terrorista, aunque éstos sí son
fundamentalistas, no son tampoco pobres, analfabetos, de clase baja.
El fundamentalista hace suyas unas normas derivadas
del derecho divino interpretadas por una autoridad -que no se hace responsable
ante nadie- y que media entre Dios y la hu-manidad. Para el fundamentalista «es
imposible argumentar o afirmar algo con gente que no comparte su compromiso
hacia la autoridad, bien sea ésta el carácter errante de la Biblia, un Papa
infalible, los códigos de la sharia en el islam, o las impli-caciones de la
Halakhah en el judaísmos.!" Para el fundamen-talista existen unos férreos
límites entre el adentro «puro» del nosotros frente al afuera
"contaminado» de los otros, 156 enten-diéndose a sí mismo como «elegido».
El problema es que el otro que siempre ha estado y estará ahí, es decir,
alguien cuya presencia no sólo es un hecho sino una necesidad, se proyecta
ahora como un enemigo al que hay que combatir y eliminar. Su exclusivismo tiene
un carácter de oposición. Richard Hofstadter se refiere al fundamentalismo
considerándolo una imagen del mundo maniquea diádica. No hay lugar para la
mediación y la ambivalencia!" entre «el pueblo de Dios» y «los enemigos de
Dios», entre Dios y Satán, entre Cristo y el Anticristo, entre los versos de
Dios y los versos satánicos, entre la umma (comuni-dad de creyentes) y la
Jahiliya (estado de ignorancia de Dios). El enemigo, realmente, es ontológico,
es alguien que contami-na la pureza de una verdad revelada y ante el que se
debe estar alerta. Las observaciones de Simmel son muy oportunas aquí: «los
grupos, especialmente las minorías que viven en conflic-to ... a menudo
rechazan acercamientos o tolerancia de la otra
M. Marty,
«Fundamentalísm as a Social Phenomenon-. Bulíetin o{ the American Academy
ofArts and Sciences, vol. 42,1988,22.
Mary Douglas
ha analizado brillantemente el poder de esta construcción dicotómica en Purity
and Danger, Londres, 1966, 114.
Ver la
importancia de este concepto en el programa de la modernidad se-gún Z. Bauman.
Modernity and Ambivalence, Londres, 1991.
parte, ya que la naturaleza cerrada de su
oposición, sin la cual no pueden luchar, sería borrada ... Dentro de ciertos
grupos, pudiera ser una prueba de inteligencia política el ver que ha-bría
algunos enemigos en orden a conseguir la unidad efecti-va de los miembros del
grupo haciendo efectiva tal unidad como su interés vital»;':"
El fundamentalismo es un movimiento paradójico
puesto que es moderno, en tanto que usa las técnicas de comunica-ción y de
propaganda modernas para sus propios fines y en tanto que fomenta un credo
popular participatorio en la vida pública; pero, al mismo tiempo, es
antimoderno en su nega-ción de la soberanía de la razón y de la autonomía del
indivi-duo. Su antimodernidad o, para ser más precisos, su posición
antiilustrada y su mirada a la tradición, no es una mera reac-ción de grupos
tradicionales ante la exigencia de nuevos esti-los de vida, sino una ideología
militante que, manufacturada en lenguaje moderno, se dirige a la movilización
de grandes masas.!" Sus representantes rechazan la diferenciación so-cial
e institucional de las sociedades modernas proponiendo un mundo desdiferenciado
y monolítico. Se presentan a sí mismos como unos movimientos puros, como una
ortodoxia infalible que esencializa y totaliza la tradición dentro de su
religión, cuando, sin embargo, en realidad son movimientos heterodoxos que
luchan contra el centro simbólico de su pro-pia civilización y contra otros
centros en otras civilizaciones.
El fundamentalismo es un activismo violento movido
por la voluntad de poder en el nombre de Dios. La vida es lucha 160 sin cuartel
y el mundo no es sino un campo de batalla. Estos movimientos luchan contra un
enemigo construido como tal. Luchan por esa tradición imaginada infalible.
Luchan con palabras, ideas, votos, y en última instancia, con balas y
per-sonas-bomba. Luchan bajo la bandera de Dios, por tanto, la metáfora de la
lucha se hace aquí sacrificio, autoinmolación"!
G. Simmel,
Sociología. 2 vols., 1977, Madrid, 111·113. Ver el trabajo de L. Coser: The
Functions ofSocial Conilict, Nueva York, 1956.
Ver el
artículo de M.E. Yapp, .run Mosques. Empty Hearts», TImes Literary
Supplement, 3D, mayo, 1997,4.
Ver el
trabajo de A. Elorza: "Islam: pluralidad cultural y terrorismo», en Claves
de la Razón Práctica, n." 119, 2002, 16.
M. Marty y
Scott Appleby, «Introducción», en Fundamentalisms Observed, Chicago, 1991.
70 71
e inmolación del prójimo. Lo propio del
fundamentalismo, lo que le proporciona sus inequívocas señas de identidad, es
el ensamblamiento de todas estas características en una visión sectaria,
utópica 162 -de redención mesiánica- y jacobina. 163 Como en la Ilustración, la
perspectiva jacobina funda-mentalista sacraliza la naturaleza como algo
salvaje, ámbito incivilizado en la periferia de la sociedad, pero la tensión
ho-rizontal entre el centro y la periferia exótica se ha convertido ahora en
una tensión vertical y se resuelve por el concurso de la acción violenta. 1M
Se sacraliza la violencia del pueblo porque esto
produce, a su juicio, una aceleración de la historia y representa el futuro
finalmente triunfante sobre las fuerzas del pasado. La violen-cia y el terror
son los medios a usar contra los enemigos inter-nos, los enemigos externos y
contra los poderes del mal. No son un recurso entre otros sino el recurso por
excelencia. De la metáfora de destrucción del prototerrorista esbozada por
Joseph Conrad en 1905 - y que aquí concito extensamente: «La locura considerada
aisladamente es verdaderamente aterrorizan te en la medida en que no puedes
aplacarla por medio de amenazas, persuasión o sobornos. Además, yo soy un
hombre civilizado. Nunca soñaría dirigirte a organizar una mera carnicería,
incluso si esperase los mejores resultados de ella. Pero no esperaría de una
carnicería el resultado que de-seo. El asesinato siempre está con nosotros. Es
casi una insti-tución. La demostración debe ser contra el aprendizaje de la
ciencia. Pero no cualquier ciencia sirve. El ataque debe tener todo el
sinsentido sorprendente de una blasfemia gratuita. Ya que las bombas son tus
medios de expresión, sería realmente significativo si alguien pudiese arrojar
una bomba en la mate-mática pura. Pero eso es imposible ... ¿Qué te parece
hacerlo sobre la astronomía? Nada sería mejor. Tal atrocidad combi-na la mayor
atención posible dirigida a la humanidad con el
La
escatología y el pasado. el tiempo final y el tiempo originario se convier, ten
en utopía en el activismo, cuando se hacen chiliasmo, con un sentido de
inmi-nencia total.
S.N.
Eisenstadt, Fundamentalism, Sectarianistn and Revolution , Londres, 1999.95.
Ver- el
interesante trabajo de B. Giesen: «Cosmopolitan, Patríots. Jacobins and
Romanucs», en el Monográfico: «Eariv Modemities» de Daedalus, vol. 127,
n." 3, 1998,240-241.
despliegue más alarmante de imbecilidad feroz. Yo
desafío la
ingenuidad de los periodistas para persuadir a su
público que cualquier miembro del proletariado puede tener un agravio personal
contra la astronomía. El hambre difícilmente podría servir para tal propósito.
¿Verdad? Y existen asimismo otras ventajas. Todo el mundo civilizado ha oído
hablar de Greenwich ... La voladura del primer meridiano está llamada a
producir un alarido de horror» 165 hemos pasado al sacrificio
real en la destrucción de la Torres Gemelas de
Nueva York el l I
de septiembre pasado, de la violencia simbólica
hemos pasado a la violencia real. Osama Bin Laden, sin haber leído a Conrad,
ha conseguido que el l l y el!2 de septiembre
pasados no vola-
rá ningún avión, es decir, los efectos de su acción
son equipara-bles al hecho de haber «dinamitado» el meridiano de Greenwich.
Evidentemente, ésta es una consecuencia no deseada'< del di-seño ejecutor
del complot terrorista, pero se manifiesta como hiperreal, puesto que tumbar
las torres, más allá de ser una «herida nacional americana», que lo es sin duda
alguna, es ante
todo un atentado al programa cultural y político de
la moderni-
dad en cuanto tal. 167 Las torres representaban la
modernidad arquitectónica, económica y científica, no sólo de la civiliza-ción
americana sino de la civilización moderna o, si se quiere, de una modernidad de
las civilizaciones, algo así como el co-mún denominador moderno presente en
todas las civilizacio-nes, algo así como ese conjunto de «notas provisorias»
que
fungen como condición de posibilidad de cualquier
despliegue
moderno y que mencionábamos al comienzo de este
trabajo. La mezcla de fanatismo fundamentalista y nanotecnología avan-
zada nos ha situado en un umbral de vulnerabilidad
e inseguridad mayor que hace mil años. El problema para el fundamentalismo
J. Conrad,
The Secret Agent, Londres, 1983,43-44. Sobre el trasfondo nietz-scheano del
terrorismo actual «como dinamita del espíritu, quizás, una nihilina descubierta
recientemente» ver el interesante trabajo de Navid Kermani: «A Dy, namite of
the Spir-it», Times Literary Supplement, n." 5.165 (29 marzo, 2002),
13-15.
Me refiero
al post 11-9-2001 con el mundo «parado». "sin usos horarios. al haberlos
volado» en una acción combinada entre el nihilista pasivo, Bin Lnden, y el
nihilista activo, Atta.
U. Beck en
«El mundo después dcl L'l-S»,El País, 19 de octubre de 2001 y Emilio Lamo de
Espinosa en «Ciudadanos de los EE.UU.», El País (26 de octubre de 2001), han
captado brillantemente el significado sociológico de este «protoahora en todos
los sitios».
72 73
jacobino nihilista ya no es expresar la diferencia,
objetivo irre-nunciable de la modernidad, sino más bien imponer la diferen-cia
con sangre. El poder del enemigo, así autodenominado, no radica en la
omnipresente visibilidad de su musculatura mili-tar, económica y científica
sino en su ubicuidad y en su invisibilidad. Con un marcado acento pesimista
Farhad Khosrokhavar lo expresa así: «Cuando el proyecto de consti-tuir
individuos que participan totalmente en la modernidad aparece como algo absurdo
en la experiencia cotidiana, la vio-lencia se convierte en la única forma de
autoafirmación. La neocomunidad se convierte en necrocomunidad. La exclusión de
la modernidad adopta un significado religioso: la auto inmolación y la
inmolación ajena (fundamentalista) se convierten en el modo de luchar contra la
exclusiónv.!"
A modo de conclusión
Después de haber analizado este cluster de
modernidades múltiples podemos afirmar que nunca existió una concepción
homogénea y simple de modernidad. No hubo nunca homo-geneidad de instituciones
sociales, ni fueron los mismos gru-pos los protagonistas de ejecutar el
programa cultural y polí-tico moderno. Las fuerzas destructivas -los «traumas»
de la modernidad que cuestionaron sus innegables promesas-emergieron después de
la 1 Guerra Mundial, se hicieron in-cluso más visibles después de la II Guerra
Mundial y el Holo-causto, y fueron generalmente ignoradas o dejadas de lado en
el discurso de la modernidad en los cincuenta, en los sesenta yen los setenta.
Últimamente, han reaparecido de forma ame-nazadora -en el nuevo conflicto
«étnico» en partes de los Balkanes, en muchas de las ex repúblicas de la ex
Unión So-viética, en Sri Lanka, y de forma más violenta en países afri-canos
como Ruanda y Burundi. Estas no son explosiones de fuerzas «tradicionales» sino
el resultado del encuentro, por otra parte inevitable, entre versiones del
programa y el dis-
F.
Khosrokhavar, «Le quasi-individu: de la neo-communauté a la necro-communauté»,
en F. Dubet. M. Wiebiorka (editores), Penser le sujeto París, 1995, 235-256.
curso modernos y diferentes fuerzas sociales
presentes en di-ferentes tradiciones. Los movimientos fundamentalistas y
re-lígíoso-comunalistas no pueden entenderse sino como parte de tales
modernidades múltiples. Está muy difundido el argu-mento del «choque de
civilizaciones», pero lo que en realidad ha ocurrido y ocurre actualmente son
encuentros, difusión, hibridación'v? entre culturas y complejos
civilizacionales. Como la cultura cristiana tardomedieval europea no acabó con
las culturas aborígenes mesoamericanas en el siglo xv, así tampoco ha acabado
la civilización moderna con las civiliza-ciones tradicionales. Los
etnopaisajes'?? de las diferentes civi-lizaciones han dejado de existir como
realidades «aquí y aho-ra» para coexistir como realidades «ahora en todos los
sitios», debido a los nuevos desarrollos en las tecnologías de la infor-mación
y de la comunicación. Evidentemente, estas moderni-dades en plural son iguales
sólo desde un punto de vista lógi-co, sin embargo, desde el punto de vista
sociológico no lo son. La asimetría se manifiesta en que esferas como la
familia, la sociedad civil, el mercado, la política, no actúan con arreglo a
una sincronización global, están diferenciadas en el espacio y en el tiempo. A
mi modo de ver el conflicto actual no emerge de un choque de civilizaciones
sino más bien de un choque dentro de las civilizaciones, de las contradicciones
y antinomias que produce la emergencia de proyectos de mo-dernidad dentro de
distintas civilizaciones. No obstante, des-pués del análisis realizado no
podemos ni debemos concluir con respuestas sino con una pregunta que todos nos
estamos haciendo y para la que todavía no tenemos respuesta: ¿po-drán las
modernidades como endless trial, con sus infinitas capacidades de
autocorrección, integrar el fundamentalismo jacobino actual?
Ver el
trabajo de N. Garda Canclini: Culturas híbridas, México, 1990.
Tomo el
término de Arjun Appadurai en su conocido e influyente trabajo: Modemity al
Large. Cultural Dímensions oj"Clobalizalion, Minneapolis, 1996.
74 75
LA AGENDA OCULTA DE
LA MODERNIDAD: EL ETERNO RETORNO
DE LA VIOLENCIA COLECTIVA
Dedico este capítulo a Josetxo Bíurrun,
Abuelo de mi sobrino Jan,
Que ha padecido tres guerras,
Participado en una
y sobrevivido a todas,
En SIl 89. o
cumpleaños
Mi madre nos parió
a dos gemelos: a mí y al
miedo.
THüMAS ROBBES
Todo Estado está basado en la violencia.
LEV TROTSKY
La guerra hace al Estado y el Estado hace a la
guerra.
CHARLES TILLY
En este espacio planetario global. uno no pue-
de dibujar ya una línea bajo la cual poder sen-
tirse completamente y realmente seguro... La
solidaridad de destino (socialmente produci-
do) ya no es una cuestión de elección ..., todo
pudiera ocurrir.
ZYGMUNT BAUMAN
En gran parte del devastado globo, sigue sien-
do más fácil
conseguir dinero con una metra-
lleta que una metralleta con dinero.
ANDRÉ GLUCKSMANN
77
Introducción
El contenido de este capítulo está emparentado con
aquel otro que Adorno y Horkheimer ponen a su conjunto de ensa-yos, Dialéctica
de la Ilustración,' en donde asocian de forma clara emancipación y barbarie. Si
bien ellos se concentraron en desvelar los efectos perversos de la propia
racionalidad ins-trumental visible e inequívocamente moderna, antes y después
de Auschwitz, yo me voy a concentrar en la violencia colectiva (yen sus
correlatos la guerra, la barbarie y el terror) como el elemento oculto, encubierto,
de la modernidad. La violencia colectiva es ese extraño familiar que acompaña a
todo movi-miento social y político modernos.
Ha sido un común denominador atribuible a todas las
teo-rías sociológicas de fines del siglo XIX y de comienzos del si-glo xx,
entre las que destacan la racionalización sociocultural de Max Weber y Norbert
Elias y la diferenciación funcional de Emile Durkheim y sus epígonos, Talcott
Parsons y Niklas Luhmann, el que proyectaran una cierta visión de la
«moder-nidad sin violencia», es decir, de un estadio de la evolución social que
habría logrado mecanismos de integración social de los que se habría erradicado
la violencia! y su expresión colectiva más radical, la guerra.
Pero, la realidad es obstinada y en todas esas
observacio-nes sociológicas comparece una dimensión oculta, la violen-cia de la
guerra en forma de guerras civiles, guerras interesta-tales y conflagraciones
mundiales, a resultas de las cuales se proyecta en el horizonte de expectativas
«el sueño de una modernidad sin violencia» más que una «modernidad sin
vio-lencia» realmente existente. Esto se pone de manifiesto en las limitaciones
del discurso liberal, que utiliza el mercado como instrumento de pacificación
(Adam Smith y A.O. Hirschman), como dispositivo racional que atempera las
pasiones convir-tiéndolas en intereses racionales por el recurso a la
concu-rrencia pacífica dentro del espacio social del mercado, evolu-
Publicada
originalmente en 1947. Yo sigo la versión española de Juan José Sánchez,
Dialéctica de la Ilustración, Trotta, 1994.
Ver el
excelente monográfico de Trutz van Trotha ..Soziologie del' Oewalt». en Kolner
Zeitschrift [ur Soziologie und Scnialpsychologie, 37. 1997, así como el
impor-tante trabajo de Michel Wieviorka: La viotence. París. 2004.
ción del doux comerce. Pero, en sus diversas
versiones de free trade imperialism o de imperialism ofgood intentions, la
estra-tegia liberal, una vez planetarizada a través de la gran globalización
del capitalismo;' transforma la concurrencia de intereses en conflicto de
intereses. La economía y la política, como ya viera Weber, siguen patrones
antagónicos. Tampoco el marxismo y su escatología salvíficade un «final feliz
gestio-nado por una asociación de productores libres» ha logrado exorcizar al
monstruo de la violencia colectiva, es más, el so-cialismo realmente existente
se ha basado en una hiperutili-zación del monopolio de la violencia legítima
gestionada por el Estado y su agencia dinámica, la nomenclatura. Pero, nos
preguntamos, ¿cómo se llega al trauma de un final infeliz? Tres son las
concausas, a nuestro juicio, que determinan cómo hemos llegado a esta situación
y esto es lo que nos propone-mos investigar en este apartado:
La
conciencia colectiva internacional, a finales del siglo XIX, se sacude la
autoconfianza precaria que existió en torno al realismo del poder político
expresado en términos hobbe-sianos, pasando de la doma de la guerra interna
(intraestatal) a la guerra entre los estados.
Se sacuden
asimismo las concepciones pacifistas que habían sido generadas por el
liberalismo y el marxismo.
Y,
finalmente, se procede a una remitologización de la violencia, sobre todo en
Europa (Sornbart, Scheller, Sorel, Simmel y sobre todo Carl Schmitt), aunque
también en Esta-dos Unidos (J. Royee y Th. Veblen)."
En el segundo apartado nuestro objetivo se centra
en ex-plorar las diferentes elaboraciones más explícitas de los prin-cipales
representantes, padres fundadores de la sociología, tanto de un lado como del
otro del Atlántico. Así, en Alemania nos encontramos con las observaciones de
Max Weber, reco-gidas póstumamente en sus Escritos Políticos, en donde el
Estado-nación aparece como un constructo de poder (Macht-
Ver los
trabajos de I. Wallerstein.
Un
interesante tratamiento de estos tres aspectos es el que ofrecen B. Zangl y M.
Zürn en su obra Frieden und Krieg, Prankfurt. 2003.
78 79
staat) que dispone del monopolio legítimo del
ejercicio de la violencia con éxito, por una parte, y que se proyecta como el
pegamento simbólico que aglutina un sentimiento de solida-ridad nacional, por
otra parte. De hecho, Weber afirma que él nunca dispararía un tiro en el que no
estuviera implicado el destino nacional, siendo el Estado nacional, en esta
tesitu-ra, el sustituto actual de Jehová, considerando a éste como el centro
simbólico del antiguo judaísmo. El Estado nacio-nal, para Weber, es la forma moderna
de la eternamente cam-biante lucha por el poder. Sin embargo, para Werner
Sorn-bart, la guerra es el fruto de una cosmovisión heroica y la ve necesaria
para contrarrestar el espíritu capitalista del indi-vidualismo posesivo. Aquí
vemos dos heroísmos modernos en competencia, el de la guerra y el del mercado,
el del gue-rrero y el del comerciante. La guerra sería ese momento de
«destrucción creativa» que coadyuvaría al surgimiento del capitalismo y de los
modernos Estados nacionales. Así lo expresa Sombart en escritos como Krieg und
Kapitalismus (1913) y en Hdndler und Helden (1915). Georg Simmel, en
un escrito de 1915, Der Krieg und die Geístigen
Entscheidun-
gen, en medio de la Gran Guerra, establece que la
guerra nos transmite una visión de la naturaleza «orgánica» (versus
«rnecáníca») de la individualidad, pero no como una pura visión cognitiva, sino
como una experiencia existencial pro-funda, como un «absoluto» en medio de las
relatividades de la cultura objetiva moderna, que servirá como verdadero
ca-talizador de una experiencia auténtica del tiempo. Frente a estas
posiciones, que se sitúan dentro de lo que Jeffrey Herf ha llamado «modernismo
reaccionario», estarían las respues-tas de Émile Durkheim en Francia, cuya
posición se resume
en Allemagne au dessus du tout (1915), y la de G.H.
Mead en USA, recogida en su escrito National Mindedness and Inter-national
Mindedness (1929), se despliegan una serie de inter-
pretaciones críticas de la violencia de la guerra,
confiando de manera inequívoca en la democracia como el mejor pro-cedimiento
para resolver conflictos, desde una perspectiva universalista.
En este tercer apartado es donde se manifiesta el
núcleo de nuestra hipótesis de trabajo. Los factores de territoriali-dad y el
control de los medios de violencia son aquí deterrni-
nantes. No existe ningún área sobre la faz de la
tierra, con la excepción parcial de las regiones polares, que no haya sido
reclamada como esfera legítima de control por un Estado u otro. Todos los
Estados nacionales modernos tienen un mo-nopolio del control de los medios de
violencia dentro de s~s propios territorios. Los Estados no operan, Y menos hoy
día, como máquinas económicas prima [acie, sino como «actores) celosos de sus
derechos territoriales, preocupados por defen-der las culturas nacionales, teniendo
además implicaciones geopolíticas estratégicas con otros Estados o alianzas de
Es-tados. Todas las democracias originarias, como Inglaterra, Francia y Estados
Unidos, fueron y son democracias defensi-vas, en el sentido de que ejército,
democracia y mercado con-forman una simbiosis enormemente ambivalente.
Nos preguntamos, en el cuarto apartado, por las
relacio-nes existentes entre modernidad y barbarie (moderna), como esa
provincia semántica habitada por la violencia qu~ engen-dra la espantosa Shoah,
proponiendo, en este sentido, tres enfoques distintos:
Aquel en el
que la civilización aparece como el princi~io de las sociedades modernas y la
barbarie como su contraprm-cipio. Aquí se inscriben las posiciones de Spencer,
Comte,
Marx, Durkheim y Elias.
Aquel
enfoque en el que la barbarie no es nunca el lado excluido de la modernidad
sino más bien una de sus conse-cuencias más directas. Aquí se inscriben las
posiciones de
Adorno, Horkheimer YBauman.
Según este
último enfoque que destacamos, el proyecto de la modernidad se apoyaría en el
supuesto de que su poten-cial para controlar la barbarie es concienciado y
racionaliza-do dentro del proceso de civilización. Aquí se inscriben las
posiciones de Max Weber y Jürgen Habermas.
En el quinto apartado nos preguntamos ~ómo después
~e la caída del muro de Berlín en 1989, y especIalmente despues del ll-S de
2001, la violencia colectiva experimenta una serie de importantes metamorfosis
entre las que cabría destacar
como objeto de análisis:
80 81
La
reemergencia de la dimensión jacobina-funda-mentalista de la modernidad donde
se pone de manifiesto la moderna antimodernidad del fundamentalismo religioso,
es decir, del programa político moderno en su vertiente jacobina, totalista,
participatoria, sectaria, utópica y totalitaria, presente, fundamentalmente, en
todas aquellas civilizaciones donde están afincadas las tres grandes religiones
monoteístas: judaís-mo, cristianismo e islam.
La
«privatización» de la guerra, según la cual la con-frontación se realiza ya no
contra otro Estado o coalición
de Estados sino contra un enemigo ubicuo e
invisible: el terrorismo.
y es aquí,
en esta transformación del «enemigo», es de-cir, en su progresiva
individualización, donde se produce el cambio del fanático religioso que
derrama su sangre y la aje-na en el nombre de Dios -«mi vida es un arma»- por
el te-rrorista-nihilista postmoderno que se alimenta más de la «nihilina» de
Nietzsche que del Korán o de la Biblia.
En el sexto apartado abordamos el nuevo orden
inter-nacional, retomando el punto de partida hobbesiano y sus dos
derivaciones, la schmittiana y la kantiana, como dos posibilidades: Schmitt y
Kant como dos gemelos moder-nos, como dos futuros presentes igualmente
posibles, de-bate éste reactualizado hoy por Jürgen Habermas y Jacques Derrida,
por una parte, y Samuel Huntington y Robert Ka-gan, por otra.
Finalmente, y a modo de conclusión, nos planteamos,
des-pués de haber despejado algunas incógnitas, las preguntas que interrogan
por los siguientes asuntos:
¿Existe una
modernidad original, canónica, occidental, de la que se sacan copias world
wide?
¿Existe
alguna modernidad todavía, después de Ausch-witz y el ll-S-2001?
O más bien,
¿debemos hablar de «modernidades múlti-ples» presentes en el seno de las
distintas civilizaciones?
1. El sueño
de una modernidad sin violencia
El historiador británico Eric Hobsbawn, en su
celebrada His-toria del siglo XX, 5 nos cita los testimonios de personas
relevantes del ámbito de la cultura y, en todos los casos, el común
denomina-dor de los juicios expresados por todos ellos es el incremento del uso
de la violencia colectiva como mecanismo para dirimir con-flictos sociales a lo
largo del pasado siglo: dos conflagraciones mundiales con la protoimagen de
fondo de la espantosa Shoah, la guerra de Corea, las revoluciones mexicana
(1910), rusa (1917), china (1948), cubana (1959), nicaragüense (1979), la
guerra de Vietnam, el conflicto israelo-palestino (desde la fundación del
Es-tado israelíen 1948), las recientes ocupaciones de Afganistán, los
conflictos intertribales en África, las dos guerras del Golfo Pérsico y, last
but not least, la guerra de lrak. El saldo en víctimas huma-nas, tanto
militares como civiles, sobre todo de las últimas, es espeluznante, tan sólo en
la JI Guerra Mundial son asesinados seis millones de judíos en Europa central y
oriental.
Sin embargo, un siglo antes, el XIX, el contexto
era distinto. Las guerras, sin duda alguna, conforman la Era Moderna y se
glorifican en la memoria colectivas como vanguardia de la mo-dernidad, así la
guerra norteamericana de Independencia o de descolonización contra la «madre
patria» (Inglaterra) que fina-liza en 1785, sin olvidar su continuación en
Latinoamérica, una generación más tarde, así como también la guerra de secesión
(1850) norteamericana que crea La Unión y elimina la esclavi-tud en USA, las guerras
napoleónicas, que representan una de-mocratización del ejército al vincular dos
planteamientos de las revoluciones liberales y burguesas, la libertad política
y la lealtad al Estado, que se manifiestan en el binomio ciudadano-soldado,
extienden los principios revolucionarios de autodeter-minación prohijados en la
revolución francesa a Alemania. Pero, justo al mismo tiempo, Saint Simon y
Comte (en tomo a 1815)
E. Hobsbawn.
Historia del siglo XX. Barcelona. 1995.
Ver los
interesantes trabajos de R. Koselleck: «Kriegerdenkmale als
Identitatssriftungen der Uberlebenden», en O. Marquard y K. Stierle (editores),
ldentitai, Munich, 1996.255-277 YDer politische Totenkult, Múnich, 2003, en
donde el autor estudia el significado de toda una serie de monumentos
representativos de victorias y derrotas militares a partir de los cuales se
hace visible la identidad del colectivo en cuestión.
82 83
proclaman la «invención de la sociología», o al
menos de una cierta protosociología que se convierte en un cualificado
intér-prete de las importantes transformaciones sociales que conlle-va la
revolución industrial, hecho social éste que preludia, a su juicio, el final de
la guerra como acto violento para dirimir con-flictos. De hecho, el siglo XIX
en Europa se caracteriza por una cierta paz interestatal. Las guerras que
tienen lugar en el conti-nente europeo -como la Guerra de Prusia contra Austria
o la Guerra de Crimea o las guerras balcánicas- no parecen ir' más allá de
escaramuzas entre poderes locales, careciendo de significancia
ideológica." Desde Saint Simon a través de Durkheim y Weber hasta 1914 no
existe una verdadera reflexión sociológica que vea la guerra como un elemento
central de la modernidad, portanto, aquello que está «out ofsight (está) out of
mínd». La guerra se manifiesta para estos autores como una reliquia, como un
atavismo" del pasado, que desaparece en medio de fuertes e inexorables
dinámicas de diferenciación y racionalización social, en donde la modernización
de las socie-dades representa un progreso armónico de transición de la
so-ciedad militar a la sociedad industrial (Spencer) o de la solida-ridad
mecánica tradicional a la solidaridad orgánica moderna (Durkheim), y no como
una característica estructural constitu-tiva de la propia modernidad."
Estos supuestos pacificadores producen una idealización del intercambio social
que no coin-cide con la realidad. Me voy a detener en el análisis de tres
tradiciones intelectuales, la del realismo del poder político que procede de
Hobbes, el liberalismo, tanto en su versión utilitaria (A. Schmitt y J.
Bentham) como en su versión republicana
7. Ver el trabajo de E. Tiryakian. «War: The Covered $ide of
Moderni tv» en
Internatíonal Sociology, vol. 14, n." 4
(l999), 475. v '
W. Kn6bl y
G. Schmidt, «Einleitung: Warum brauchen wir eine Soziologie des Kríeges>»,
en Die Gegenwart des Krieges, Frankfurt, 2000, 7 Yss. También ver el trabajo de
H. Joas: Warand Modemity, Cambridge, 2003, 30 Yss.
Ver los
tra~ajos de A. Giddens: The Nation-state and violence. Berkeley, 1987; d~ M.
Mann. «Krleg u~d Gesellschafttheorie», en Knóbl y Schmidt (compiladores), DIe
Gegenwart des Krieges, Frankfurt, 2000; J.A. Hall: Powers and Liberties. The
Causes and Consequences of the Rise of the West, Cambridge, 1986; H. Joas, War
and Modernity, Cambridge, 2003, en donde la guerra y lo militar juegan un papel
de ~ran. relevancia en la conformación de las sociedades modernas. Sobre la
glo-balización de la guerra ver el trabajo de l.E. Rodríguez Ibañez: La cultura
de la globali~ación y la cultura de la guerra, en el V Encuentro de Teoría
Sociológica. Valencia. 10 al 12 de junio de 2004.
(Kant) y el marxismo, al objeto de despertar del
sueño utópico de una modernidad desmilitarizada sin violencia. lO
El supuesto del que parte Hobbes en el Leviatán no
es otro que el implante" del miedo en la mente humana, no tanto del miedo
a la naturaleza en cuanto tal como del «miedo al mie-do»12 del otro, a la doble
contingencia del miedo mutuo. «Cuan-do, en 1588, la Armada Invencible iba a
hacerse a la vela para atacar a Inglaterra, los temibles rumores de guerra
precipita-ron el parto de la esposa del pastor de Malmesburg, que dio a luz
antes de tiempo un niño. Parió -dice Hobbes en una au-tobiografía rimada
posterior- dos gemelos: a mí y al miedo (Me and Fear»).13 Hobbes y su doble: su
propia persona enca-rando a su propia muerte, por tanto, el Estado de
naturaleza es el peligro omnipresente que supone la caída en la barbarie de la
guerra. Visto desde el propio individuo, podríamos decir que uno tiene miedo a
su propia muerte y está angustiado porque podría matar (al otro), miedo y
angustia se conectan 14 en el seno de una ambivalencia arquetípica. La guerra
es esa situación en la que no se puede estar seguro 15 ante la irrup-ción de la
violencia originaria incontrolada. La barbarie del estado de naturaleza
representa un peligro creciente ante el que es preciso construir un Leviatán,
un soberano, que con-centre todo el poder y la violencia en sus manos a fin de
evitar «la guerra de todo hombre contra todo hombre»." La solu-ción de
Hobbes radica en que, motivado por el miedo a la muerte, cada uno desearía
someterse a un Estado fuerte o a la voluntad fuerte de un gobernante
universalmente aceptado, y es esta solución la que se ha convertido en uno de
los modelos básicos del pensamiento político moderno. Pero, solucionan-do un
problema Hobbes, de forma in intencionada, crea otro. La paz interna
intraestatal puede ser garantizada por el recur-so a la existencia de Estados
poderosos y centralizados, pero
Ver al
respecto el trabajo de H. Joes. Warand Modernity, opus cít., 32 y ss.
J.P.
Reemtsma. «Das Irnplantat der Angst». en M. Miller y H.-G. Soeffner (editores),
Modernítiit und Barbará, Frankfurt, 1996,29.
C. Moya,
Introducción a Th. Hobbes, Leviatán, Madrid, 1980,81.
Citado en C.
Moya. opus eit., 81.
Ver al
respecto el interesante trabajo de J. Butler: Precarious Life: The Powers
oiMourning arld Violenee, Londres, 2004, 136 Y ss.
Th. Hobbes,
Leviatán, Madrid, 1980,223-224.
Ibíd., 224.
84 85
esto provoca el riesgo de que estos Estados o
leviatanes se enfrenten entre sí, y esto se pondrá dramáticamente de
mani-fiesto sobre todo a lo largo del siglo xx. habiéndose sembrado la semilla
de los Estados nacionales a finales del siglo XIX.
En la tradición liberal, Condorcet, Rousseau, Kant,
Adam Smith, Ferguson, Bentham, describen las guerras contemporá-neas como el
producto del espíritu militar aristocrático o el capricho incontrolado de
déspotas y, más recientemente, in-cluso la 1 Guerra Mundial fue percibida por
los intelectuales liberales americanos como evidencia del retraso
europeo." en contraste con la modernidad americana. Un concepto de
inter-cambio pacífico y transnacionalizado está en la base de estas posiciones.
El acto económico «capitalista» se basa en la mo-deración racional de un
impulso irracional," en la expectativa de ganancia debida a la utilización
de recíprocas probabilida-des de cambio, es decir, en probabilidades
(formalmente) pací-ficas de lucro. El mercado se despliega como un instrumento
de racionalización sociocultural y por ende de pacificación, al sublimar, al
convertir, la pasión (incluido el miedo hobbesiano) en interés racional."
El despotismo y el espíritu militar aristo-crático fueron vistos como reliquias
de estadios primitivos de la humanidad, la vida civilizada debió ser así civil
y las mar-chas y expresiones marciales no sólo fueron prohibidas por la
religión y la moral sino que fueron sublimadas en la competi-ción deportiva y
económica (free trade et le doux commerceyP' Por tanto, la guerra de clases y
la guerra entre estados son ex-presiones anacrónicas de una socialidad
regresiva tradicional que es necesario superar. Quizás las dos versiones más
relevan-tes de la posición liberal son la republicana de Kant y la
utilita-rista de Adam Smith. Kant conectó la capacidad del Estado para lograr
la paz con su estructura política interna arriban-
Vera]
respecto el interesante trabajo de G. Schmidt: «Die konstruierte Moderne.
Thorstein Veblen und der Erste weltkríeg-. Leviathan, 28, 1 (2000), 39-69.
M. Weber,
«Ética protestante y espíritu del capitalismo», en Ensayos de so-ciología de la
religión, Madrid. 1983, vol. 1, 13-14.
A.O.
Hirschmann, Las pasiones y los intereses. Barcelona, 1999,31-91.
Aquí se
inscribe el importante trabajo de N. Ellas. El proceso de la civiliza-ción.
México D'F.. 1978. así como Deporte yacio en el proceso de la civilización.
México D.F., 1995 Yel no menos importante referido al caso japonés de E.
Ikegami, tue Taming oíthe Samurai: Honoriíic Indivídualism and ihe Making
ofModem Japan, Cambridge. Bastan, 1995.
do a la conclusión de que la república" es una
forma política pacífica por naturaleza. A juicio de Kant, los males que se
derivan de las relaciones exteriores belicosas entre los Esta-dos, el problema
que había quedado irresuelto en Hobbes, obligan a buscar un Estado civil
mundial o cosmopoli ta, de pública seguridad estatal, en donde exista una
relación legal entre los Estados que pueda conducir a una ciudadanía mun-dial o
cosmopolitaY «Somos civilizados, afirma Kant, hasta el exceso, en toda clase de
maneras y decoros. Pero, para que nos podamos considerar como moralizados falta
mucho to-davíaeP Vivimos en un proceso de ilustración, pero todavía no hemos
alcanzado el estado ilustrado. El derecho de gentes debe fundarse en una
federación de Estados libres," bajo la premisa de una hospitalidad
universal, no en un Estado mun-dial, caracterizado por su tendencia al
despotismo, que igno-ra a los ciudadanos libres. Adam Smith, por su parte,
confió en los efectos pacificadores del libre comercio." En lugar de las amenazas
mutuas, de la destrucción mutua y del saqueo entre los estados, el intercambio
pacífico de los bienes necesi-tados, a juicio de Smith, incrementa el bienestar
de todos los participantes y hace superflua a la guerra.
Pero ambas concepciones liberales de la paz
conllevan una serie de efectos colaterales no deseados. El lado oscuro de la
concepción liberal utilitaria de la paz se manifiesta en la histo-ria del
colonialismo y del imperialismo (en sus versiones de free trade imperialism o
de imperialism of good intentions) y el lado oscuro de la concepción liberal
republicana de la paz se pone de manifiesto en aspectos relacionados con los
Estados considerados como identidades geo-político-culturales, como celosos
actores políticos, que socavan la validez del plantea-miento normativo
kantiano. Carl Schmitt, retomando una cier-ta herencia hobbesiana, redefine las
guerras como confronta-ciones entre Estados criminales y Estados-policía
mundiales.
l. Kant. La paz perpetua, México, D.F.,
1980,219 Y ss.
L Kant, «Idea de una historia universal en
sentido cosmopolita», en Filoso-
fía de la historia, México D.F.. 1981,61.
1. Kant,
opus cit.; 56.
J. Kant, La
paz perpetua, opüs cit., 222 y ss.
A. Smith,
Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las nacio-
nes, México D.F., 1990.365 Y ss.
86 87
Según Schmitt, «el problema no radica en el
contenido normati-vo de una moral o mandamiento legal sino en la cuestión de
quién decide?... Por supuesto, todo el mundo desea justicia, moralidad, ética y
paz, nadie quiere equivocarse; pero la única cuestión inte-resante in concreto
es siempre quién decide en cada caso especí-fico qué es lo correcto, en qué
consiste la paz, cuál es la amenaza a la paz, cuándo va a ser eliminada tal
amenaza y cuándo una situación es normal y «pacífica», etc.»." Mientras un
concepto no discriminatorio de la guerra concibe a ésta como una lucha entre
dos o más estados y en principio proporciona a cada parti-cipante la misma
oportunidad para alcanzar la legitimidad, una intención universalista de las
guerras fuera de la ley conduce a una situación en la que las partes
individuales en conflicto son apoyadas para proceder contra un agresor real o
supuesto en el nombre de la humanidad. De esta forma un conflicto entre dos
pretendientes de orden se convierte en un conflicto entre orden y desorden,
entre aquellos que preservan el orden y aquellos que lo destruyen. Donde el
conflicto se establece entre Estados iguales y soberanos, la neutralidad es, a
juicio de Schmitt, posible, pero en la disputa entre policíay criminal, toda
forma de conducta impli-ca la dualización entre el orden que representa uno y
el desorden que representa el otro. Las guerras se convierten en cruzadas y el
objetivo es no sólo la victoria sino la aniquilación del otro lado en una
«guerra civil global» Y No nos es demasiado lejano este lado oscuro de la
concepción republicana de la paz al producir un peligro de dimensiones
planetarias permitiéndose a uno mismo (quien decide actuar) un alcance
ilimitado en la definición de las situaciones dentro de los mecanismos para la
resolución de los conflictos interestatales y autorizando eventualmente el uso
de la fuerza para intervenir en la creación o en la restauración de regí-menes
liberales amenazados.
El marxismo representa una extensión de la
perspectiva liberal, procediendo como proceden ambas tradiciones de la misma
matriz utópico-activista de las grandes revoluciones."
C. Schmitt,
Positionen und Begrifle im Kamp[ mil weimar-Geni- Versailles, Berlín. 1940,50
(diado en Joas. War and Modernity, opus cit .. 39).
H. Ioas, War
and Modernitv, opus cit '. 39 v s.
Para la
inserción históric~de ambas idelogfas en las grandes revoluciones ver el
trabajo de S.N. Eisenstadt. Fundamentalísm, Sectarianism and Revolution,
Londres, 1999.
88
El optimismo productivista teleológico de Marx
empalma con el de Spcnccr, Durkheim y con el de la propia teoría de la
modernizaci~nposterior. Marx es un premilenarista, esperan-do a que el Angel de
la Muerte descienda sobre e! podrido mundo capitalista, lleno de injusticia, y
así lo expresa en el Manifiesto Comunista, coescrito con Engels, al afirmar que
<da burguesía produce sus propios sepultureros» (el proleta-riado) pero, al
mismo tiempo, Marx actúa como un post-milenarista," toda vez que el
progreso capitalista incitado por la burguesía sería reconducido por el triunfo
del proletaria-do. ¿Por qué debe suceder así' y no de otra manera? La razón es
que, una vez que la sociedad industrial capitalista ha sido expurgada de la
inhumanidad e injusticia de su «molino satá-nico» (sic Polanyi), representado
por e! mercado y sus leyes capitalistas, puede convertirse en un instrumento al
servicio de la mayoría, emancipando al hombre de la máquina. La vio-lencia
inherente al periodo milenarista (en términos secula-res, la revolución seguida
de la dictadura de! proletariado) de lucha contra la burguesía en medio de una
guerra de clases y coextensivamente en medio de guerras nacionales entre
esta-dos capitalistas será superada, finalmente, por la acción soli-daria de la
clase obrera, auténtico sujeto revolucionario, lla-mado a crear la sociedad sin
clases y a superar la democracia formal burguesa por otra democracia obrera
(Crítica del Pro-grama de Gotha). Con un tono inequívocamente salvífica y
misional, Marx confía en la acción comunitaria de la clase obrera, poniendo su
granito de arena en el motto final voluntarista del Manifiesto, apelando a la
unión transnacional de los proletarios, pero, se equivoca, lo que en realidad
triun-fa es la unidad de la llamada nacional particularista a la de-fensa de la
patria, la «nación en armas», frente a la llamada universalista de clase.
Francois Furer'? y Claus Offe," desde la historia y desde la sociología,
respectivamente, han mostrado
E.
Tiryakian, «War. The Covered Side of Modernity», lnternational Sociology, vol.
14, n.04 (1999), 476.
Jugando con
el título de un trabajo tardío de Freud, El porvenir de una ilu-sión, F. Furet
(El pasado de una ilusión, Madrid, 1990) nos muestra el balance his-tórico ~e
~n proyecto, el del socialismo realmente existente, truncado por exceso de
mesianismo y falta de autocrftica.
Cl. Offe,
Der Tunnel am Ende des Lichrs, Frankfurt, 1994, muestra la transi-ción del
comunismo al capitalismo como «experimento natural».
89
el fracaso de este proyecto con vocación de
filosofía de la his-toria con interés práctico-normativo.
Cuando grandes sociólogos alemanes como Georg
Simmel y Max Scheler interpretan la 1 Guerra Mundial como una gran oportunidad
para romper con las tendencias trágicas de la cultura moderna, expresadas en la
mercantilización y en la burocratización crecientes de todos los órdenes de
vida, y para agitar la saturada conciencia del individuo moderno a través de
una «experiencia absoluta», de un «hecho social total». como es la guerra,
quizás debiéramos pensar en despertar del sueño sobre una modernidad sin violencia
y hacer frente al eterno ricorso de ese extraño familiar que constituía el
centro
de las reflexiones de Thomas Hobbes.
Los clásicos
de la sociología europea y norteamericana ante la Gran Guerra de 1914
El periodo de la 1 Guerra Mundial es de gran
importancia
porque lo más granado de los fundadores de la
sociología de un
lado y del otro del Atlántico, no sólo padecen el
conflicto sino que
además lo interpretan como un acontecimiento de
primer alcan-
ce. En ello están implicados los nombres de Max
Weber, Georg Simmel, Ferdinand Tonnies y Wemer Sombart, cofundadores de la
Asociación Alemana de Sociología en 1909; Vilfredo Pareto en Italia; G.
Santayana, J. Dewey, W. James, Ch.H. Cooley, W.I. Thomas, G.H. Mead y Th.
Vcblen en Estados Unidos; E. Durkheim
y H. Bergson en Francia; y P. Sorokin en Rusia.
Justo antes del
comienzo de la guerra, Werner Sombart
publicó un detallado estudio intitulado Krieg und
Kapitalismus"
(Guerra y capitalismo) en donde el capitalismo
aparece como
un efecto de la guerra. Sumándose también al
presupuesto de Max Weber y de Thomas Mann según el cual el bien es una flor
del mal (los fines de la acción humana producen
contrafinali-
dades inevitables), Sombart detecta que, a pesar de
toda la des-
trucción
«creativa» que conlleva la guerra, la emergencia del
capitalismo fue posible, en el periodo que lleva
del siglo XVI al
siglo XVIII, gracias a la formación de los estados
y a los conflic-
32. W. Sombart, Krieg und Kapitalismus,
Múnich/Berlín, 1913.
tos entre estados. La guerra ha conducido a la
emergencia de los ejércitos modernos y estos «promueven el sistema capitalis-ta
1) como creadores de riqueza, 2) como creadores de convic-ciones (Gessinungen),
y por encima de todo, 3) como creadores de mercadosv." Los ejércitos
modernos crean convicciones en el sentido de que por primera vez establecen a
escala masiva la disciplina que estamos acostumbrados a ver como un compo-
nente fundamental del espíritu capitalista y del
trabajo indus-
trial. Al efecto interno que produce la
racionalización de las pasiones convirtiéndolas en intereses racionales, y del
que es responsable en buena medida la ascética protestante, hay que sumarle el
efecto externo de la disciplina militar y burocrática. Los ejércitos son
efectivos en cuanto creadores de riqueza y mercados debido a que necesitan la
correspondiente provisión de armamento, uniformes, comida, lo que conlleva el
crecimien-to y extensión de grandes unidades de producción. La organi-zación
estatal del ejército, la construcción nacional y la racio-nalización del Estado
son procesos que se retroalimentan y complementan mutuamente." En Handler
und Heldenv (Mer-caderes y héroes), subtitulado «Reflexiones patrióticas»
yescri-
to en 1915, en medio de la Gran Guerra, Sombart
afirma que la
1 Guerra Mundial, como todas las guerras, es una
guerra de religión, una lucha a vida o muerte entre la civilización occi-dental
europea y el carácter alemán. Para Sombart, Inglaterra, y no Francia,
representa el prototipo de civilización occidental. Una civilización
caracterizada por el utilitarismo, el eudaírno-nlsmo. el individualismo
posesivo y la comercialización de to-
dos los ámbitos de la actividad humana, por tanto,
la guerra
supone una lucha frente a estos principios culturales. «Fre-
/bíd., 14.
H. Joas.
u/ar and Modernity, opus cit., 58-60, así como Jos trabajos de H. Hafcr-
kamp: -Kriegsfolgen und gesellschatliche
wandlungsprozesse» y el de M. Jano-witz «Militárische Institutionen und
Staatsbürgeschat in westlichen Gesellscheften». en W. Knóbl y G. Schmid
(editores), Die Gegeuwan des Krieges, Frankfurt, 2000, 102-
Alineados
con las investigaciones mencionadas arriba de Hall, Mann y loas pode-mos
discrepar con Sombart en el sentido de que la guerra sea el único origen del
capi-talismo, pero, debemos concederle que, la ausencia de un superestado
europeo, algo que no consiguieron ni los esfuerzos de Carlomagno ni Fredrick
Barbarroja ni Napoleón ni Hitler, y las relaciones conflictivas de guerra
permanentes resultantes entre Estados individuales, que comparten la misma
matriz civilizacional. han jugado un papel im-portante en los procesos de
desarrollo económico.
\"l.
Sombart, Handler und Helden,
Múnich, 1915.
90 91
cuentemente, afirma Sombart, imaginamos que estamos
lu-chando contra un gran almacén cornercial.s" Frente al mode-lo británico
sitúa un contramodelo caracterizado por virtu-des como el «autosacrificio, la
lealtad, la falta de astucia, la reverencia, la piedad, la bravura, la
obediencia y la amabili-dad»:" representadas, a su juicio, por la cultura
alemana, «ser alemán es ser un héroe-." La guerra aparece como el fruto de
una cosmovisión heroica frente al espíritu mercantil. Esta po-sición
predominantemente estética basada en un ideal de la personalidad encontrará
seguidores en El Trabajador de Ernst Jünger y en las conferencias sobre el
nihilismo de Heidegger. Estas tendencias, que podemos llamar «modernistas
reaccio-narías»," ponen de manifiesto el profundo sentimiento de
in-significancia que anidaba en la cultura alemana en el periodo de
entreguerras.
Georg Sirnmel va a proyectar, como 10 hará Weber,
no tanto un pesimismo cultural, propio de la época, como un escepticis-mo
cultural contra el que sitúa a la guerra como el gran antído-to. De todos es
conocida la importancia que Simmel ha dado al conflicto y a la lucha como
formas de socialidad en su obra más conocida, Sociología. Sin embargo, en su
conjunto de artí-culos intitulados Der Krieg und die geistigen.
Entscheidungen" (La guerra y las decisiones espirituales), la experiencia
de la guerra sitúa al individuo frente a un «hecho social total», fren-te a una
experiencia existencial trascendente, frente a una mo-ratoria de las
normalidades relativas de la cultura incipiente de masas. La guerra aparece
como una ruptura con las tendencias trágicas de la cultura moderna:" rompe
con la tendencia según la cual en la época moderna la totalidad de la vida se
habria convertido en un puro medio, o mejor en una cadena de me-
lbíd.. 47.
Aquí está el preludio de interpretaciones como las actuales de Huntington,
Occidente versus el islam, o la de Barber; Jihad versus Macworld.
W. Sombart,
opus cit., 65.
tbtd., 64.
Para algunos analistas Sombarl es un propagandista de la con-tienda (E Lenger,
"Werner Sombart als Propagandist eines deutschen Kríeges». en W. Mommsen
[editor], Kultur und Krieg, Munich, 1996,65-76).
J. Herí,
Reactionary Modernism. Technology, Culture and Politice in Weimar and the Third
Reich , Londres, 1984.
G. Sirnmel,
Der Krieg und die Geistigen Entscheidungen, Frankfurt (1917), 1999. Ver al
respecto el trabajo de P. Watier, "Georg Sirnmel et la guerre», en W.
Mornmsen (editor), Krieg und Kultur, Muních. 1996,31-48.
G. Símmel.
opus cit.. 37-53.
dios sin ningún fin, con la excepción de un
protomedio que mediatiza cual substituto técnico de Dios (el dinero, Mammon
versus Yavé) toda relación auténtica, y también rompe con la
autorreferencialidad de la cultura objetiva que se independiza de su creador,
el hombre, adquiriendo vida propia, no habien-do ya más que estructuras que
remiten a estructuras. La guerra aparece, «me atrevería a afirmar, lo que la
mayoríade nosotros ya ha experimentado, como lo que se puede nombrar como una
situación absoluta. Todas las circunstancias, en las que nos movemos, tienen
algo de relativo, ponderaciones que deciden entre el más o el menos y de las
que dependen de una u otra manera. Ahora ya no hacemos frente a eso, ahora
comparece-mos con la fuerza de la acción, el peligro, la disposición al
sa-crificio ante una decisión absoluta, que no conoce ningún equi-librio entre
el sacrificio y la ganancia, ni ningún cuando ni ningún pero, ningún compromiso
ni ninguna referencia a la cantidad... Entonces la pregunta: ¿debe Alemania ser
o no ser? no puede ser respondida con el entendimiento de los que comprenden ni
con sus siempre relativos atrevimientos ni con el cariño infantil. Aquídecide
sólo -también por aquellos a los que la palabra Idea no les pertenece ni la han
comprendido nunca- la más alta instancia de nuestra esencia, eso que nos
determina y que Kant llama "el poder de las ideas", es decir, el
poder, un incondicionado. Todo lo singular y lo incondiciona-do, eso que nos
determina, está ante nosotros: estamos ante el fundamento y el soporte de un
Absoluto ..., estamos ante el más alto ideal espiritual, ante el centro de
nuestra experiencia...Yo amo a Alemania y por esa razón amo al diablo con todas
las justificaciones "objetivas" de ese deber procedente de la cultu-ra,
de la ética, de la historia o de Dios ... Irrefutable es sólo lo indemostrable,
nuestra voluntad hacia Alemania está más allá de toda deduccíon»." Para
Simmel una situación absoluta im-plica una decisión absoluta, con lo que está
re-ontologizando la interacción social, proyectando un pretendido tiempo
metasocial «auténtico» sobre el tiempo social «inauténtico» de una Europa en
crisis, de una civilización en crisis.
Cuenta el historiador Alistair Horne que el ciclo
de ven-ganzas a lo largo de la historia contemporánea no podía ser
42.lbíd., 22~23.
92 93
más completo y lo ejemplifica refiriéndose a la
historia fran-co-alemana compartida de finales del siglo XIX y comienzos del
siglo xx. Según él, «Francia eligió como escenario para la humillación final de
Alemania en 1919 la Sala de los Espejos de Versalles donde, en exaltación
arrogante en 1871, el rey Wilhclm de Prusia se había proclamado a sí mismo
Kaiser y, después Hitler, en 1940, elige para la escenificación de este momento
de triunfo supremo (para el honor nacional alemán), el mismo lugar de la Francia
de 1918)}.43 Hitler, como sus pre-decesores alemanes y franceses, elige este
sitio particular como «un acto de justicia reparadora». Sólo dentro del
contexto de un largo escenario histórico, por supuesto, cualquiera de los
eventos descritos puede ser visto en términos de «reparación».
No se puede salir de la historia para actuar
sobre la historia,
como pretende Simmel, absolutizando, ontologizando,
una crisis cultural y política. La historia en este contencioso na-cionalista
franco-alemán se proyecta como escenario de tra-mas de venganza reparadora. Lo
mismo podemos decir de la fundación del Estado de Israel en 1948 como una
«respuesta» al Holocausto y la 1 Guerra del Golfo como una reacción tar-día a
la debacle de Vietnam o el ataque norteamericano a Afganistán y a Irak como
«represalias» ante el ataque del l1-S de 2001 al World Trade Center y al Pentágono.
La narrativa histórica aparece en estos casos como tramas de venganza que se
proyectan en el presente y condicionan el futuro.
El Estado nacional tiene para Max Weber el mismo
valor que Jehová tiene en la historia del judaísmo antiguo. De he-cho, para
Weber, que fue un no-creyente en el sentido cristia-no, el sentimiento nacional
adopta la forma de una fe en Ale-manía." La posición de Weber ante el tema
de la guerra, y más en concreto de la Guerra del 14, se enmarca en su posi-ción
teórica general según la cual el Estado nacional es la for-ma moderna de la
eternamente cambiante lucha por el poder, dentro del Estado y entre los Estados
nacionales. Esto lo re-fleja en sus trabajos de análisis sociopolítico
recogidos en sus
A. Horne.
1'0Lose a Battle: France /940, Boston,
1969,582.
Así lo pone
de manifiesto W.Mommsen en Max Weberand Germen Politics, /890-/920, Chicago,
1984,49. De hecho, afirma Max Weber: «Yo no dispararía un tiro o gastaría un
marco en una guerra que no fuera una guerra nacional» (48).
Escritos políticos. 45 La lucha por el poder es un
elemento bási-co no sólo en la organización gubernamental de la gente sino en
toda la vida cultural de una sociedad. «Puedes cambiar los medios, las
circunstancias, incluso el decurso básico de los acontecimientos y a aquellos
que son responsables de él, pero no puedes abandonar la lucha (KampfJ misma ...
La paz signi-fica el desplazamiento de la forma de lucha o del enemigo en la
batalla, o de las circunstancias de la batalla o finalmente la oportunidad de
selección y nada más. El conflicto no puede ser excluido de la vida social...,
la paz no es nada más que un cambio en el carácter del conflicto». 46 La
Lección Inaugural en la Universidad de Friburgo en 1895, le sirve a Weber para
tematizar el concepto de «lucha por la existencia» en sentido sociológico.
Analiza el problema de' las explotaciones agríco-las cercanas al río Elba, en
la frontera germano-polaca, en donde coexisten campesinos de origen polaco y
jornaleros ale-manes. Estos últimos se adaptan mejor a las condiciones
cam-biantes impuestas por el mercado capitalista, pero deben emigrarde las
zonas económicamente más ricas, mientras que los campesinos polacos que se
adaptan a las condiciones de subsistencia, debido a sus más bajas
exigencias:" con respec-to al nivel de vida, en parte de carácter
material, en parte de tipo espiritual, ven aumentar su presencia en las zonas
de bajo nivel económico, evitando desplazarse de la zona. Weber con-sidera
importante el germanismo de las regiones orientales como algo que debe ser
defendido y por cuya defensa debe comprometerse incluso la política económica
del Estado para evitar la «avalancha eslava». Weber destila desprecio hacia los
«eudaimonistas» que piensan que el desarrollo económico pro-duciría con esfuerzo
un incremento en la felicidad. Tal consi-
M. Weber,
Escritos políticos, 2 volúmenes, México D.F., 1982. Los trabajos en los que me
vaya detener son la lección inaugural de Friburgo «Estado nacional y política
económica alemana» de 1895. los trabajos sobre la situación política y social
en Rusia de 1906 y «Parlamento y Gobierno» de 1918.
M. Weber,
Gesammelte Aufsiitze zur Wissenschaftslehre, Tubinga, 1990,517. Sobre los
distintos sentidos del concepto de lucha ver Economía y Sociedad, Méxi-co,
D.F., 1978,31 Y ss.
El pequeño
cultivador polaco de las tierras orientales es un hombre que rehuye la pequeña
y dinámica actividad agrícola del tipo más común en Alemania, por ejemplo en la
llanura del Rhin, donde el jornalero agrícola alemán se inserta en el tejido
urbano mediante el cultivo de productos destinados a la venta y el desarro-llo
del área hortofrutfcola (ver M. Weber; Escritos Políticos, México D.F., vol. 1,
12).
94 95
deración pasa por alto la universalidad del
conflicto y de la lucha entre grupos y entre naciones. «No hay paz en la lucha
económica por la existencia... sólo la ilusión de paz ... La triste realidad
del problema de la población (de las poblaciones por-tadoras de distintas señas
de identidad) nos impide ser eudaimonistas, ilusionarnos acerca de que la paz y
la felici-dad humana estén encerradas en el seno del futuro y creer que el
espacio en que existe libertad de movimiento pueda ser adquirido, en el curso
de la existencia terrena, sin una dura lucha del hombre contra el hombre ...
Para Weber, los frutos de los esfuerzos presentes, en su abrumadora mayoría, no
se verán en las generaciones presentes, sino en las futuras, en nuestros
descendientes ... , un trabajo de política económica tampoco puede basarse
sobre optimistas esperanzas de felici-dad. Frente al sueño de paz y felicidad
para el hombre, sobre la puerta del ignoto porvenir de la historia humana, está
es-crito: lascíate ogni speranza (abandona toda esperanza)»." En tal
~ontexto de lucha, la promoción de los valores culturales y nacionales alemanes
es de vital importancia para Weber. Si una consecuencia de la situación
económica en el Este fue la amenaza a la cultura y a los intereses alemanes,
una segunda consecuencia fue la crisis de liderazgo político ocasionada por la
agonía económica de la clase de los Junkers en Prusia. A esto se suma la
herencia política de Bismarck, que deja una nación sin ninguna voluntad
política, con una burguesíay una clase obrera vacilantes en sus respectivas
tareas históricas, y con un parlamento completamente impotente." Así se
entien-de la reivindicación de Weber de una necesidad de formar una clase
dirigente dotada de instinto de potencia y de sentido na-cional. «Nuestro
destino es que no somos un pueblo de siete millones sino una nación de setenta
millones de alemanes, ubicada entre las potencias conquistadoras del mundo
(Fran-cia, Inglaterra y Rusia), con el deber de transfonnarse en un estado de
gran potencia.v'" La implicación alemana en la gue-
M. Weber,
Escritos politices, opus cit., 16. Dice Weber: «3 nuestros descen-dientes no
debemos darles, como viático para su camino, la paz V la felicidad hu-mana.
sino más bien la lucha incesante por la salvaguardia y la elevación de nuestro
carácter nacional» (ibíd .. 18).
tbtd.. 74.
M. Weber,
«Alemania entre las grandes potencias europeas», en ibíd., 57-58.
rra no tiene otro «sentido», para Weber, que evitar
la conver-sión de Alemania en un estado paria o, peor, su egiptianización
política. En eso y en nada más que eso podemos cifrar el «pe-ligro alemán». Así
Weber va a defender un fortalecimiento del parlamento frente a las
intromisiones de la burocracia y del oportunismo de los partidos políticos.
«Todas las desigualda-des de los derechos políticos del pasado eran reductibles
a la desigualdad económicamente condicionada por la cualifica-ción militar, que
en un Estado y en un ejército burocratizados no existe. Frente al poder
nivelador e ineluctable de la buro-cracia, que ha dado origen recientemente al
moderno concep-to de ciudadano, el instrumento de poder representado por la
papeleta electoral, en último análisis, es lo único que puede ofrecer a quienes
le están sometidos ese mínimo derecho a la "determinación común"
sobre las cuestiones de una comuni-dad por la cual deberán estar dispuestos a
hacerse matar (en el frente).»>' Ante el comportamiento cortoplacista,
dubitati-vo y errático de los partidos burgueses y de la socialdemocra-cia,
Weber va a optar, finalmente, por la salida de un liderazgo
plebiscitario-cesarista en torno al presidente del Reich, elegi-do directamente
por los votantes. Se debe considerar que «la tan discutida
"dictadura" de las masas requiere ni más ni menos que del
"dictador", un hombre de confianza elegido por las masas (y no por el
parlamento), al que éstas se some-tan mientras goce de su apoyo»." Un presidente
elegido por el pueblo que sea el jefe del poder ejecutivo, del aparato de
control administrativo y que posea el derecho a un eventual veto y el poder de
disolver el parlamento, representa el ba-luarte de la auténtica democracia, que
no significa impotente renuncia ante la confusión, sino sumisión a un jefe
elegido por ella misma. 53 Esta es la peculiar síntesis" que ofrece Max
lbid.. 192.
Ibtd., vol. 2, 304.
Carl Schmitt y su teoría plebiscitaria del
presidente del Reich como repre-sentativa de la voluntad política del pueblo,
en contraste con la legitimidad que emana del parlamento, es una extensión
sesgada pero conceptualmente consisten-te del propio de Weber (H. Mommsen, Max
Weber and the German Politics, ¡ 890-1920, Chicago, 1984,383). Ver el
interesante trabajo en esta misma línea de B.S. Turner: «Sovereígrny and
Bmergency-, en Theory, Culture and Society, vol. 19,4, 2002,106.
D. Beetham. Max Weberand (he TheoryofModem
Politics, Londres. 1985,54 Yss.
96 97
Weber entre un individualismo burgués de corte
protestante en el plano interno del modo de vida y un nacionalismo libe-ral
alemán en medio de una creciente remitologización de la violencia colectiva en
todo el continente.
Dentro de la sociología francesa de comienzos del
siglo xx, Émile Boutroux adopta un tono chovinista cuando llama a la cultura
alemana une barbarie savante y relaciona esto con la amenaza representada por
los hunos. 55 Henri Bergson, influi-do también por la Lebensphilosophie
(filosofíade la vida), como Simmel, Scheler o Sombart -que habían apoyado el
naciona-lismo alemán frente al utilitarismo y el materialismo anglo-sajón- por
su parte, sitúa el carácter «mecánico-artificial» de Prusia como algo repelente
y hostil a la vida. La industria y el ejército se complementan mutuamente en la
historia de Prusia. Si en este universo mecanizado tiene que expresarse la
necesi-dad de una nueva vitalidad, ésta adoptaríala forma de un entu-siasmo que
procede del interior del propio individuo y que va más allá de las regulaciones
del derecho." «Todo lo mecánico se agota por el uso, mientras que la
energía moral que se ali-menta de un ideal eternamente vivo, se revivifica sin
cesar ella misma y sin cesar rehace sus propios medios, como un alma que
reconstituye su cuerpoa.F Émile Durkheim, con una in-equívoca vocación de
activismo republicano, publica un ensa-yo intitulado: Allemagne au dessus du
tout'" (Alemania por en-cima de todo), en 1915, en donde critica la política
alemana en la 1 Guerra Mundial que considera que el Estado es poder y cri-tica
a su principal mentor, Heinr-ich van Treitschke. Durkheim critica la concepción
de Treitschke según la cual la autoridad del Estado es absoluta, 59 critica
asimismo la actitud cínica ha-cia el derecho internacional.s" la
glorificación de la guerra como
E. Boutroux.
L 'Allemagne et la guerre, París, 1915, 29.
H. Joas,
Warand Modernity, Londres, 2003, 68.
H. Bergson.
LA significa/ion de la guerre, París, 1915,34.
El texto de
Durkheim. Alemania por encima de todo: LA mentalidad alemana y la guerra, se
publica en 1915 simultáneamente en español. francés, inglés, alemán y ruso, con
claro interés propagandístico por la editorial Armand Colín en París. No se
equivocaba Durkheim al elegir este título para su libro, tomado de los
defen-sores del nacionalismo alemán, porque veinte años más tarde el
nacionalsocialísmo lo convertiría en uno de sus clichés más conocidos:
«Deutschland üher Al/es».
E.
Durkhe.im, Alemania por encima de todo, París, 1915. 10-11.
IUd.. 11.
la fuente de las más altas virtudes':' y la
denuncia de la «paz eterna» kantiana como algo no étíco." Todas estas
considera-ciones son un ataque frontal a los principios fundamentales de la
ilustración alemana representada por Kant. En esta tesitura de nacionalismo
militarista, denuncia Durkheim, nada hay por encima del Estado alemán
(Deutschland uber AlZes), lo que sig-nifica una vuelta a la antigua moral
romana, a la moral tribal, según la cual la humanidad no se extendía más allá
de la tribu o de la ciudad. Frente al Estado fuerte defiende la sociedad civil
fuerte, frente a una homogeneización de la conciencia colec-tiva por parte del
Estado defiende una sociedad civil con pre-sencia de representaciones
colectivas y voluntades plurales." No se entiende nada de la práctica
alemana (la dirección apologética hacia la guerra), para Durkheim, sin
enlazarla con el mito (del pangermanismo nacionalista) que expresa y del que
depende." Durkheim sitúa el «carácter mórbido-patológi-co de esta
mentalidad» en que refleja un «des-orden moral»," una ausencia de
mecanismos de integración social propios de una sociedad diferenciada que
recurre al uso de la violencia en manos del Estado. Para frenar esta tendencia,
a juicio de Durkheim, Francia tiene una misión que cumplir y la guerra no
significa el acta de defunción del ideal pacifista. El final de la guerra
supuso, con la paz del Tratado de Versalles, un severo test a esta convicción,
del que Durkheim ya no pudo ser testigo.
Del otro lado del Atlántico, John Dewey,
probablemente el intelectual progresista más importante de Estados Unidos en
este momento, aparece como una de las voces más cautelosas sobre el conflicto
bélico. Dewey habla de una «tragedia del alma alemanax'" en 1916, en donde
las condiciones políticas no permitieron la autodeterminación democrática del
indivi-duo. La nación que ha producido una de las más lúcidas e
tbtd.. 12.
lbíd.• 13.
IUd., 27-28.
B. Lacroix,
Durkheim y lo político, México D.F.. 1984,211.
A. Giddens
en Introducción a Durkheim 011 Polítics and State (A. Gíddens, editor).
Stanford. 1986,29.
J. Dewey,
«The Tragedy of the German Soul» (I 916), en Dewey, Middle Works, vol. la.
Carbondale, lll, 305-309; del mismo autor: German Philosophy and Politics,
Nueva York, 1915.
98 99
importantes contribuciones sobre el sujeto moderno,
sin em-bargo, no la ha realizado en la práctica. Sólo lo podría hacer en la
medida en que despliegue un proceso de democratiza-ci_ón que permita un
florecimiento del espíritu alemán que
anada algo nuevo a la convivencia pacífica de las
naciones democrát~cas.Dewey pretende combatir el fácil estereotipo,
muy comun en la época, que considera a la guerra
como una lucha entre la democracia (USA) y la autocracia (Alemania). Tanto
Dewey como su amigo Gcorges Herbert Mead se mues-tran leales a la línea básica
establecida por el presidente Wodrow Wilson y su Sociedad de Naciones (1919),
confor-mando el frente doméstico norteamericano de intelectuales liberales
progresistas. Todos ellos tienen en común una pro-funda desilusión con el sueño
de un progreso automático e irresistible, con ese «paraíso del tonto» del periodo
anterior a la guerra, como lo llama Dewey: «confundirnos rapidez de cambio con
avance y tomamos cierto incremento en el con-fort del modo de vida como si
fuerzas cósmicas estuvieran
inevitablemente alterando la totalidad del modo de
vida» 67 En 1929 Mead, en un trabajo intitulado National Mindedne~s
and Intemational Mindedness, expone sus ideas
referentes a la regulación pacífica del conflicto internacional, desmarcán-dose
de las ideas de W. James en un trabajo publicado en
1910. 6 8 La sociedad, a juicio de Mead, es la
interacción de su-j~tosindiv~dua~es,una interacción que sólo es posible si a
par-tir- de su diversidad emerge la unidad. «La sociedad es la uní-da~ en la
diversidad». 69 Pero esta unidad no depende, en la SOCIedad moderna, de un alma
nacional, de impulsos y emo-
J. ~ewey,
«Progress», en Characterand Events, vol. 2, Nueva York, 1929,820.
Afirma W.
James en «The Moral Equivalen! ofthe War»: «Hay algo altamente
paradójico en la :e1ación del hombre moderno con la
guerra. Pregunta a millones de ~uestros conciudadanos, del norte y del sur, si
ellos votarían ahora (si esto fuera poslb.le!,tener n~estra?uerra de la Unión
borrada de la historia y el informe de una transición pac~f¡caal tIe~po
presente su,stituido por sus marchas y batallas y, pro-
bablemente, solo un puñado de excéntncos diría que
sí. Estos antecesores, estos ~sfuerzos,estas ,:,emonas y leyendas, son la parte
más ideal de lo que poseemos
Juntos, una pos,:slón espiritual sagrad~de más
valor que toda la sangre derramada. Preg~~tatodavía a esa misma gente SI
pensando fríamente Comenzarían otra gue-rra CIV1I ahora p~r~,ganarotra posesión
similar y ningún hombre ni mujer votarían
p~r tal propo sicion» (G.H. Mead: «Nauonal
Mindedness and International Mindedness», The International Joumal ofEthics,
vol. 39, 4, 1929, 385).
G.H. Mead,
opus cit., 396.
100
ciones colectivas o de un instinto masculino
beligerante e in-nato sino de una mentalidad nacional basada en el bien
públi-co e intereses comunes. La integración social no surge a par-tir de los
instintos sino en el nivel de la formación colectiva de la voluntad.I? La
institucionalización de las formas de discu-sión abierta y la solución racional
de conflictos de interés, tanto en el nivel nacional como en el internacional,
constitu-yen la opción más justa y razonable.
Una vez escuchadas las diferentes voces
sociológicas sobre el fraseado histórico en stacato que representa la
discontinui-dad histórica de la Gran Guerra voy a analizar a continuación las
afinidades existentes entre Estado nacional, capitalismo y poder militar.
Las
afinidades electivas entre Estado nacional, capitalismo y poder militar
En la gestación de la modernidad, como programa
cultu-ral y político, como imaginario social, que surge en Europa occidental a
partir del siglo XVIII, debemos descartar hipóte-sis monocausales, que °bien
sitúan al factor exclusivamente económico o bien a la ética protestante o bien
a las revolucio-nes liberales y burguesas, como las causas de una nueva ima-gen
del mundo, y debemos fijarnos más en un concurso de circunstancias que
configuran una complejidad multidirnen-sional dentro de la evolución siempre contingente
de las so-ciedades. La modernidad no es un periodo histórico que se apoye
exclusivamente en una prodigiosa transformación en el ámbito de las ideas,
configurando de hecho una cosmovisión cuyas características principales serían,
como hemos visto, su permanente mutabilidad y su extraordinaria capacidad de
adaptación a contextos sociales enormemente distintos, sino que se sustenta
igualmente en una serie de importantes afini-dades electivas entre
instituciones tan relevantes como el Es-tado nacional, el capitalismo y la
industrialización de la gue-rra, como veremos.
La guerra hace al estado y el estado hace la
guerra, afirma
70. H. Joas. Warand Modernítv, Cambridge, 2003, 75.
101
Ch. Tilly," La construcción del estado moderno
en Europa vie-ne impulsada, de forma importante, por transformaciones militares
y tecnológicas. La introducción de armas de fuego y el desarrollo de la
artillería debilitan la posición social de los ejércitos de caballeros
feudales. La amplia efectividad de la infantería condujo a un incremento de las
fuerzas armadas, lo que aumentó la presión para construir unidades políticas
más grandes. Cuanto más centralizada fue una unidad políti-ca, más éxito alcanzó
frente a unidades menos centralizadas." De la variedad política existente
todavía en la Edad Moderna temprana, manifestada en la coexistencia de
ciudades-estado, pequeños estados e imperios, emerge la estructura de poder
uniformizadora del Estado nacional. El surgimiento de los estados modernos
europeos es el resultado de un proceso de conquista y de fusión de unidades de
autoridad y de territo-rios en el que los estados investidos de poder,
militarmente, incorporaron por la fuerza unidades políticas más débiles. En el
siglo XIV existían en Europa en torno a 1.000 unidades polí-ticas
independientes, en 1.500 el número se redujo a 500, en 1789 a 350 y en 1900 en
torno a 20" y los conflictos armados tienen un papel preponderante en
estos procesos de centrali-zación y de fusión de la nación y del estado. La
guerra ha actuado como estímulo permanente de creación de recursos fiscales
para el estado. Cuantos más recursos disponibles exis-tieron más fuerte fue la
capacidad para la autoafirmación militar y cuanto más fuerte es la integración
estatal mayor es la presión que procede de los súbditos del estado sobre las
élites para conseguir una redistribución del poder político a través de una
rejilla de derechos y deberes, quizás el binomio ciudadano-soldado" es el que
mejor refleja esta situación. Si en torno al primero se sitúan los derechos, en
torno al segun-do se dibujan los perfiles de los ejércitos de masas y el
servi-cio militar obligatorio. En este sentido podemos diferenciar
Ch. TilIy,
«Reflections on the History ofEuropean State Making», en Ch. TilIy (editor),
The Formation ofNational-States in Westem Europe, Princeton, 1975,42.
R. Bcan.
«Warand the Birth of the Nation-State»,Journal ofEconomic History, 33 (1973),
203-221.
Ch. Tilly
(editor), The Formation ofNational Sta tes in Westem Europe, opus cil.,17-48.
M. Janowitz,
«Militarische Institutionen und Staatsburgerschaft ». en Knobl y Schmid
(editores), Die Gegenwart des Kríeges, Frankfurt, 2000, 131.
tres complejos de derechos: los que conciernen a la
reproduc-ción cultural (libertad de pensamiento, de prensa, de comuni-cación),
los que aseguran la integración social (libertades de asociación y de asamblea)
y los que aseguran la socialización (protección de la privacidad, intimidad e
inviolabilidad de la persona). Éstos están relacionados con otro conjunto de
dere-chos que median entre la sociedad civil y la economía capita-lista
(derechos de propiedad, contrato y trabajo) o el moder-no estado burocrático
(derechos electorales de los ciudadanos, y derechos de bienestar de los
clientes de la burocracia)." En este proceso de nation building and
citizenship (Reinhard Bendix) es de vital importancia el despliegue de una
moviliza-ción política de la población para la que se habilitan símbo-los,
historias y narrativas que configuran comunidades de in-terpretación, de
memoria, de experiencia, de acción y, en algunos casos, de odio, expresión del
«nosotros» moderno or-ganizado es tato-nacionalmente. Liah Greenfeld"
afirma que el nacionalismo ha jugado un importante papel en la reorien-tación
de la actividad económica hacia el crecimiento. Al lado del impulso
adquisitivo, típicamentecapitalista, surge una nue-va forma secular de
conciencia colectiva, el nacionalismo. Hay tres elementos importantes de
contenido ideológico que pro-ceden de las revoluciones americana, francesa y de
la revolu-ción de Cromwell: Primero, que su propaganda fue proclama-da de forma
nacionalista, en códigos nacionalistas, a través de procesos de
«nacionalización» ,77 que convierten al campe-sino, al comerciante, al
artesano, en francés, en inglés, en ale-mán, en español. Segundo, la definición
normativa e ideológi-ca del concepto de ciudadanía desarrolla un efecto
ideológico de vital importancia, la integración del ciudadano en las fuer-zas
armadas revolucionarias. Tercero, sin embargo, en las so-ciedades industriales
avanzadas, con grandes niveles de in-
J. Cohen v
A. Arato, «Politics and the Reconsrruction of the Concept of Civil Society-.
enZwÚc1¡enbetrachtungen, A. Honneth, Th. McCarthy (editores), Frankfurt,
1989,502.
L.
Greenfeld, The Spirit ofCapitalism, Cambridge, Mass., 2001.
Ver los
clásicos trabajos de E. Weber: Peasants into Prenchmen, Stanford, 1976 para
explicar el caso francés; de G.L. Mosse: The Notionaliouion ofthe Masses, Nueva
York, 1975 para el caso alemán; L. Colley, Brincns. Forging the Nation
1707-1837, Londres, 1992, para el caso británico; y J. Álvarez Junco: Mater
Dolorosa. La idea de España en el siglo XIX. Madrid, 2001, para el caso
español.
102 103
greso, de instrucción y de libertad de elección y
de crítica, se desarrollarán movimientos antimilitaristas que socavan la
es-tructura de derechos y deberes recogida en el binomio revolu-cionario
ciudadano-soldado;"
Los regímenes revolucionarios de la Edad Moderna y
con-temporánea han desencadenado el apoyo de los ciudadanos-soldados a las
guerras nacionales - la «nación en armas-s-e- y supranacionales, logrando
«borran> las fronteras y las dife-rencias de clase. Las nuevas
organizaciones así como la uni-dad política que surge entre la vanguardia
revolucionaria y sus seguidores -sobre todo en orden a consolidar el poder de
la primera- promueven la movilización de recursos simbóli-cos, económicos y
militares dentro del estado nacional para la guerra contra otros estados. Esto
lo ha puesto de manifies-to Theda Skocpol en su teoría de las
revoluciones." Éstas se explicarían no tanto por referencia a las
intenciones de las élites o de las masas revolucionarias sino desvelando las
co-nexiones existentes entre las crisis de modernización interna de los estados
en un escenario de competencia internacional, tanto económica como política, y
las diferentes constelacio-nes interestatales de guerra. Como ya vio Max Weber,
los esta-dos nacionales no son buenos samaritanos movidos por El Sermón de la
Montaña," sino celosos constructos de poder siempre expectantes del
incremento o de la reducción de sus posibilidades de poder en el cambiante mapa
del concierto internacional. Las revoluciones fortalecen la capacidad nacio-nal
para desencadenar sangrientas guerras contra enemigos ex-ternos. Las
condiciones de posibilidad para el surgimiento de las revoluciones se producen
cuando las administraciones cen-tralizadas y semi burocráticas y las
organizaciones militares del antiguo régimen se resquebrajan bajo la presión de
las crisis internacionales y de las diferencias internas entre el monarca y los
estratos propietarios superiores y, también en gran medida, cuando una gran
parte del campesinado actúa
78.~. Jan.awitz, «~ililiirischeInstitutionen und
Staatsburgerschaft», en Knóbl y Schmid (editores), DIe Gegenwart des Krieges,
Frankfurt. 2000, 145.
Ver su
trabajo clásico sobre las revoluciones: States and Social Revolurions
Camb~idge, 1979,. y sob.re todo «Soziale Revolutionen und MassenmobilisielUng~:
en Knübl y Schmíd (editores}. opus cit., 78 v ss.
80. M. Weber, opus cit., 162. 165. -
violentamente contra los propietarios. Los
dirigentes revolu-cionarios pueden, y de hecho, conectan la necesidad de la
gue-rra contra un enemigo externo con las luchas de poder inter-nas; pueden
usar - y abusar de- la existencia de ciertos sentimientos nacionalistas o de
conflictos de clase para moti-var a sus seguidores en orden a luchar, ya morir
si fuera pre-ciso, por el nuevo régimen. Existe una conexión entre la lucha de
clases y el conflicto entre superpotencias. El enemigo ex-terno podría de forma
plausible ser identificado con un ene-migo interno de clase y la lucha contra
ambos entonces repre-sentaría la defensa de la civilización." Veamos todo
esto en toda una serie de revoluciones que tienen lugar a partir de 1789. La
revolución francesa que establece la «República de la Virtud», sin embargo,
pronto experimentará una metamor-fosis en la que la creatividad social inicial
que representa el trabajo del imaginario social'? revolucionario en la historia
en forma de democracia radical y derechos individuales, pro-cediendo a una
diferenciación frente al pasado monárquico, dará paso a tendencias sectarias,
totalistas y totalitarias de tipo jacobino'" y a una expansión
nacionalista sin preceden-tes. Napoleón estableció un régimen burocrático y
conserva-dor pactado con los pequeños propietarios campesinos y con la Iglesia,
cuya influencia sobre el campesinado era enorme entonces. Impulsa la
movilización militar de masas y crea el ejército de ciudadanos-soldados
dotándole de gran movilidad. Tanto Robespierre como Napoleón son dos
consecuencias no deseadas de la revolución burguesa, pero tan o más reales que
aquélla." La participación del pueblo en la lucha política así como la
conciencia misional del nacionalismo francés se diri-gen hacia fuera fortaleciendo
asimismo los movimientos na-cionalistas en toda Europa. En los casos de las
revoluciones rusa y china, auspiciadas bajo la guía de partidos leninistas, con
un modelo de administración hipercentralizado, las ener-gías autoritarias
movilizadoras de masas auspiciadas por los
M. Mann,
«Kr-ieg und Gesellschaftheorie», en Knóbl y Schmid (editores), Die Gegenwart
des Krieges, Frankfurt, 2000,44.
Ver el
tra,bajo de C. Castoriadis, La institución imaginaria de la sociedad,
Barcelona. 2 volumenes, 1983, 1989.
Ver el
trabajo de F. Furet, Penser la revolutíon [rancaise, París, 1978.
F. Furet, El
pasado de una ilusión, Madrid. 1995,23.
104 105
gobiernos pos revolucionarios tienen objetivos
distintos a los de la Revolución Francesa -las conquistas militares
imperia-les- como son los relacionados con el despliegue del desarro-llo
económico, es decir, el alcanzar el estadio de potencias in-dustriales
independientes. En cualquier caso, ambos regímenes, tanto la Rusia soviética
como la China comunista, disponen de una gran capacidad para la guerra y, de
hecho, hacen uso de estas capacidades. Rusia se ve en la necesidad, en la 1
Guerra Mundial, de aprovechar políticamente la parti-cipación de las masas en
una guerra internacional pero, cuan-do el ejército vuelve a casa con las botas
gastadas y con la moral por los suelos en 1917 -algo que Boris Pasternak ha
recogido con gran acierto en su Doctor Zhivago-, el malestar social se
transforma en una guerra civil interna, con arreglo a esa repentina alternación
de lo que Lev Tolstoi llama ímpetu y resignación del alma eslava, que se dirige
en parte contra el campesinado y en parte en el seno de las élites descontentas
(la intelligentsia rusa) contra el seudoconstitucionalismo y la seudodemocracia
del régimen zarista. Ya después de la II Guerra Mundial, en el periodo
estalinista, con un modelo de «revolución desde arriba», el socialismo
soviético realmente existente se ha proyectado como una burocracia de
guerra" en constante proceso de rearme y de movilización militar,
si-tuando a la guerra en el centro de las preocupaciones políti-cas. En el caso
de China, la revolución de 1949 «creó un nue-vo ejército chino», 86 a partir de
las guerrillas que lucharon en la guerra civil, que proyectó su musculatura
militar, más tar-de, en la guerra de Corea, en la India y en Vietnam. Estas
tres revoluciones clásicas han transformado monarquías centena-rias en estados
nacionales movilizados por las masas, la ma-yor parte de las otras revoluciones
sociales de la historia mo-derna se suceden en países en vías de desarrollo,
así aquellas que se realizan a la sombra de grandes potencias, como son los
casos de México (1910), Cuba (1959), Bolivia (1952) y Ni-caragua (1979) o la
revolución «comunista» en Vietnam y la revolución «islámica» en Irán. Después
de pasar revista a las relaciones existentes entre las revoluciones sociales y
la gue-
De hecho, el
periodo de posguerra se ha caracterizado como Guerra Fría.
R. Adelman,
Revolution. Armies and War, Boulder, Colorado, 1985, 144.
rra debemos establecer, ahora cum fundamento in re,
una interacción entre la posición de UN estado en la estructura in-ternacional
de poder y S U propia modernidad interna. 87
Siempre se ha afirmado que la guerra incrementa la
integra-ción social," Desde Homero, pasando por Shakespeare, hasta Tom
Clancy, la guerra, más que ninguna otra empresa huma-na, puede transformar la
división política y el enfrentamiento civil en una unanimidad patriótica
sagrada. Ya lo decía René Girard;" el hecho de odiar unánimemente es la
medicina más efectiva para una comunidad humana. Esta unidad se puede alimentar
a partir de diferentes fuentes, por una parte, la que procede del creciente
prestigio del poder de un estado que ha resultado vencedor en una contienda
militar pero, por otra parte, se produce un incremento de la integración social
tam-bién a partir de las reacciones defensivas legítimas de un esta-do (como en
el caso de las guerrillas partisanas españolas frente a la invasión de las
tropas napoleónicas al comienzo del siglo XIX) frente a la agresión,
sometimiento o conquista por parte de otro estado. Sin duda, la guerra
representa, probablemen-te, el más importante catalizador de movilización
social, no precisamente porque apela a la racionalidad del actor social sino
precisamente por todo lo contrario, porque le pide a éste que no tenga en
cuenta o que ponga entre paréntesis una for-mación racional de la voluntad. El
«actor» de la guerra no es una colectividad dentro del estado contra el estado,
es un su-jeto'? colectivo, un estado de la conciencia colectiva nacional,
H. Joas.
Warand Modemily, Cambridge, 2003, 47.
En el campo
de la antropología E.E. Evans Pritchard (Los Nuer, Barcelona. 1977, 166)
muestra cómo la tribu sudanesa de los nuer está diferenciada interna-mente en
segmentos semejantes con arreglo a lo que el llama fisión intrngrupal, pero, la
diferenciación deviene desdiferenciación, en otras palabras. fusión
intragrupal, cuando surge un enemigo externo, una amenaza externa, ante la que
se unen, en este caso la amenaza está representada por los vecinosdinka.
También Georg Sírnmel. en el campo de la sociología, ha puesto de manifiesto e!
mismo mecanismo: «Los grupos, y especialmente las minorías, que viven en
conflicto... a menudo rechazan las aproximaciones o la tolerancia procedentes
de! otro bando. La naturaleza cerrada de su posición, sin la cual no pueden
seguir luchando, se haría borrosa ... En el seno de ciertos grupos puede que
incluso sea una muestra de sabiduría política encargarse de que haya algunos
enemigos con el fin de que la unidad de los miembros sea efectiva y para que el
grupo siga siendo consciente de que esta unidad es su interés vital»
(Sociología, vol. 1, 1977,265-355).
R. Gírard.
La.violencia y lo sagrado. Barcelona, 1983.
A. Touraine,
Critique de la modernité, París, 1992, 271.
106 107
auto-revestido de moralidad, que actúa contra otro
u otros estados considerados como inmorales por aquél. De aquí que en muchos
casos la guerra adopte la forma de una «cruzada moral», de un movimiento
social," de una lucha simbólica enlre el bien y el mal.
Como elementos característicos de un proceso de
raciona-lización técnica de los instrumentos para el ejercicio de la vio-lencia
colectiva moderna cabría citar: a) la aplicación de técni-cas de producción
industrial al armamento. Dos elementos construyen la base tecnológica de los
ejércitos de masas, por una parte, la introducción de armas de fuego y de la
moderna artillería y, por otra parte, los nuevos sistemas de transporte y
comunicaciones que permiten coordinar las acciones de un sin número de soldados
y máquinas. A esto habría que sumar la introducción de las fuerzas armadas
aéreas así como más recientemente, el estacionamiento de armas nucleares. b) La
profesionalización del ejército, incluyendo el abandono del uso de mercenarios,
es otro importante elemento. Esto signi-fica una creciente burocratización y
jerarquización de rangos dentro del ejército. Del soldado-ciudadano que procede
de las revoluciones americana y francesa, sujeto al servicio militar
obligatorio, se pasará, sobre todo después de la II Guerra Mundial, al servicio
voluntario y profesionalizado. c) La reor-ganización del cuerpo de oficiales,
cuya procedencia inicial es el patriciado aristocrático, tanto en Europa como
en Amé-rica (tal es el caso de George Washington), tenderá a reclutar sus
cuadros entre un espectro social mucho más amplio.
Tiene
importancia tanto la supresión de los aspectos ritua-les y de espectáculo de la
guerra, quizás simbolizado por enci-ma de todo en el rechazo de uniformes
vivamente coloreados que dan paso a los uniformes de camuflaje, así como la
re-nuncia a un heroísmo de corte clásico en donde lo principal era el soldado
«equipado de cuerpo» dispuesto a la lucha cuer-po a cuerpo en aras de la
eficacia de un soldado más «equipa-do de mente», de habilidades, de know how
técnico, más allá de la furia y el valor de los viejos guerreros. e) Sin duda,
tiene así mismo relevancia la integración de las campañas de tie-
~l. E. Tiryakian. «War. The Uncovet-ed Dimension of
Modernity». International Socioiogy, vol. 14,4 (1999), 484.
108
rra, mar y aire en planes estratégicamente
omniabarcantes. Se pasa de la guerra limitada a la guerra total, 92 sobre todo
a partir de la 1 Guerra Mundial.
4. ¿Modernidad
y/o barbarie?: Auschwitz y después
Hemos desvelado la conexión existente entre el
estado na-cional, el capitalismo y la guerra, poniendo de manifiesto el vínculo
selectivo que hay entre la modernidad y la violencia colectiva, al
desenmascarar una cierta concepción de la vida moderna como civilización
moderna sin violencia. Ahora voy a analizar el significado de tal «barbarie
moderna».
La barbarie, para Hobbes, veíamos que no es algo de
algu-na manera caótico, amenazante, el desorden que irrumpe sú-bitamente en
medio del orden, como ocurre en los colectivos «primitivos» que estudia la
antropología, sino un estado de violencia incontrolada. La barbarie es el
motivo de la cons-trucción del Leviatán, de la concentración de todo poder y
violencia en manos del soberano y en última instancia del Es-tado. El Leviatán
es la forma moderna, en el siglo XVII, de las guerras de religión en Europa, de
afrontar el problema de la violencia. El Leviatán transforma el implante del
miedo a la propia muerte violenta en el miedo al Estado, es decir, la
inse-guridad del desorden de una «guerra del hombre contra el hombre» en la
seguridad del orden del Estado. La violencia está, al mismo tiempo, presente
(como posibilidad inminen-te) y ausente (como aquel pasado inevitable a
evitar). Niklas Luhmann habla de una temporalizacián de la barbarie en la
gestión política de la violencia, a lo que llama «técnica civil» (bürgerliche
Techníkv." La expresión se emplea en relación a la representación
hobbesiana, pero experimenta una genera-lización según la cual la violencia es
siempre eso que estuvo «antes»;" el acto fundacional del sistema y eso que
«esté tras nosotros» que siempre amenaza, lo que radica ante nosotros y
A. Giddens,
The Nation-State and Violence, Berkeley, 1987,223-224.
N. Luhmann,
Poder, Barcelona, 1995,93.
Recordemos
el concepto de violencia originaria que estaría en e! origen de! ser humano tal
y como lo muestra René Girard en una gran parle de sus trabajos. Ver Veo a
Satán caer como el relámpago. Barcelona, 2002, 53 Y 115.
109
que en cualquier caso puede y debe ser evitado.
Histórica-mente se manifiesta, por ejemplo, en lo que muestra la Ilus-tración,
considerando a la Edad Media como «Edad oscura» (y, coextensivamente, podríamos
citar a la barbarie nazi como una vuelta a lo más oscuro y tenebroso de la Edad
Media). Otro modelo de pensamiento se centra no tanto en la tcmporalización
sino en la espacialieacion de la violencia, como cuando se dice: «está debajo o
detrás (de los Pirineos o del estrecho de Gibraltar) de nosotros». La barbarie
protomoderna está en zonas delimitadas y la delimitación se hace por
refe-rencia a nosotros y desde nosotros." Es una zona donde está el campo
de batalla, una zona que aparece como lo (todavía no» civilizado y, por tanto,
bárbaro frente al «mundo civiliza-do», una zona «fuera» de los límites de la
civilización. Este es el retrato que surge de la modernidad europea que debe
hacer frente a las crisis catastróficas del siglo XVII y que continúa de alguna
manera hasta 1914. El proceso civilizatorio sería el principio de la sociedad
moderna y la barbarie su contraprin-cipio. La grand récit (en los términos de
Lyotard) que consti-tuye a las sociedades modernas es la de un progreso
constitu-tivo y continuado de la civilizacion.": La sociedad moderna se
presenta en esta tesitura como el resultado de un «proceso de racionalización
occidental», en los términos de Weber, que penetra todos los órdenes y formas
de vida. Tanto Herbert Spencer como Auguste Cornte describen procesos
evolutivos según los cuales cuanto más diferenciada y más civilizada es una
sociedad más alejada está de la barbarie. Norbert Elias y Michel Foucault
analizan cómo la modernidad se caracteriza por desplegar procesos de
domesticación y cuidado de los potenciales destructivos de la barbarie
premoderna. Karl Marx, Max Weber, Georg Simmel y Émile Durkheim muestran en sus
análisis una ambivalencia calculada que pone de mani-
Esto lo ha
puesto de manifiesto muy bien Edward Said en su conocido tra-bajo: Orientalismo
Weslern Conceptíons oithe Orient, Londres, 1995 así como tam-bién T. Todorov en
el trabajo: La conquista de América. El problema del otro, México D.F., 1987.
Este criterio de espacialización de la violencia, como veremos se ha
transformado después del 11-09-2001 «norteamericano» y después del 11-03-2004
«español», creando un «ahora en todos los sitios» de la violencia.
Ver los
trabajos de R. Koselleck: Vergangene Zukunít (Futuros pasados), Frankfurt, 1979
y de H. Blumemberg: The Legitimacy o{ Modern Age, Cambridge, Mass, 1985.
fiesta la relación existente entre la metanarrativa
del moder-no proceso de civilización, en términos de incremento de las fuerzas
productivas, de racionalización social y de división del trabajo, y la
metanarrativa del moderno proceso que lleva a la barbarie, en términos de
exclusión social, de burocratiza-ción y proletarización psíquica y de anomia.
Los desgarros que esta auto-imagen conlleva frente
a las trin-cheras de Verdún durante la 1 Guerra Mundial, con la barbarie aquí y
ahora, intra muros y técnicamente up to date, conducen no a otro autorretrato
(el enésimo de un eterno retomo de la violencia y la barbarie) sino a buscar el
ámbito en el que recae esta auto-imagen predominante de vacío temporal y local.
Allá donde la civilización misma se convierte en un problema pu-diera ser
considerada su relación con su «otro lado» como algo que debe ser redefinido.
La «civilización» es un esfuerzo per-manente que no puede ser relajado, como ya
han visto Freud y Elias, La civilización es una fina coraza protectora ante
cuyo deterioro se debe estar muy atento, la barbarie irrumpe cuan-do no se le
presta atención. Tanto para Freud como para Norbert Elias y Thomas Mann nos
encontramos ante la sospe-cha de que los esfuerzos civilizatorios pueden ser
sobrecarga-dos -c-ecansado de mí mismo», decía Félix Krull, uno de los
personajes de Mann- y hacer retroceder al hombre moderno a un estado de
barbarie que se creíaya superado:" éste no está preparado
institucionalmente, moralmente, socialmente ni in-telectualmente, para hacer
frente a los retos que él mismo ha generado, aunque lo haya hecho de forma
inintencionada.
Otro modelo interpretativo surge como consecuencia
del Holocausto y es el que aparece en los Fragmentos filosóficos que más tarde
Horkheimer y Adorno recogen en la Dialéctica de la Ilustración. El optimismo
ilustrado de Spencer, Comte y Marx se convierte ahora en un manifiesto
pesimismo, todavía ilustrado, que camina de la mano de Nietzsche. Según este
diag-nóstico de la época -no olvidemos que el trabajo se publica al final de la
década de los cuarenta-, la barbarie no queda neu-tralizada como contraconcepto
de la civilización sino que la pro-pia modernidad es barbarie al establecerse
una afinidad perver-
J.rh.
Recmstma, «Das Implantat del' Angst- en M. Miller y H-G. Soeffner (Editores),
Modemiliit und Barbarei, Prankfurt. 1996, 30-31.
110 111
sa entre la razón instrumental, el dominio de la
naturaleza y el exterminio selectivo del hombre simbolizado en la espantosa
Shoah:" La modernidad civilizadora se muestra en su núcleo como barbarie.
La barbarie no es el lado amputado de la mo-dernidad sino esta misma. El
Leviatán no ha perdido sus con-troles sino que él mismo ha concentrado poder y
violencia de forma casi absoluta creando individuos útiles como fuerza de
trabajo y dóciles como fuerza política. La barbarie no es ya eso que está «antes»
o «fuera» de la civilización, como ocurríaen la concepción hobbesiana, ni lo
que la interrumpe, sino lo que la mantiene en marcha. La separación del poder y
de la violencia era para Hobbes una fuente constante de preocupación, así como
todo intento orientado a limitar el poder del Leviatán. El poder que se basa en
el acuerdo y no en la coerción no tiene valor, más aún, es peligroso. Esta no
es sólo una obsesión hobbesiana sino que ha penetrado profundamente en el
pensa-miento social hasta el punto que Max Weber define al Estado como «un
instituto político de actividad continuada, cuando y en la medida en que su
cuadro administrativo mantenga con éxito la pretensión al monopolio legítimo de
la coacción física para el mantenimiento del orden vigente»?" y, relacionado
con esto, Weber apunta «la probabilidad de encontrar obediencia a un mandato»,
es decir; habla no del apoyo a un mandato sino de la obediencia a tal mandato.
Sin embargo, Hannah Arendt va a criticar esta equiparación entre el poder y la
violencia po-tencial; para Arendt, el «poder corresponde a la capacidad
hu-mana, no simplemente para actuar, sino para actuar concertadamente», IDO
bajo consentimiento mutuo, sin coerción ni violencia, sin embargo, la violencia
«se distingue por su ca-rácter instrumental»;'?' por la posesión de medios y
recursos para imponer decisiones a otros. «La violencia puede siempre destruir
al poder; del cañón de un arma brotan las órdenes más eficaces que determinan
la más instantánea y perfecta obedien-cia: lo que nunca podrá brotar de ahí es
el poder».':" La prácti-
M.
Horkheimer; Th.w. Adorno, Dialéctica de la Ilustración, Madrid, 1992. 59 Yss.
M. Weber,
Economía y Sociedad, México D.F., 1978,43.
H. Arendt,
Crisis de la República, Madrid, 1973,
146. 154.
tbtd., 148.
lbíd., 155.
ca de la violencia, como toda acción, cambia el
mundo, pero el
cambio más probable originará un mundo más
violento. . El implante del miedo ante la barbarie como consecuencia
de una hipotética ruptura del poder del Estado, ha
generado como contrapartida una nueva obsesión en la mo~emId~d: la
fetichización del consenso como último y auténtico
objetivo de nuestras preocupaciones, pero desgraciadamente el con-senso es sólo
uno, quizás el más apreciado y escaso de los objetivos en la lucha, o una de
las alternativas posibles..De hecho, la primera mitad del siglo XX en Europa ha
servido para verificar que la promesa incumplida de segundad del estado,
anunciada por Hobbes, ha producido la irrupción nuevamente de la barbarie en la
historia, y así lo ponen de manifiesto los asesinatos de masas del nacionalsocialismo
Y
el Gulag del socialismo realmente existente. .
Un tercer modelo de relación entre la modermdad y
la barbarie sería aquél según el cual el proyecto normativo de la modernidad
emerge dentro de un proceso de civilización,
de racionalización, de las cosmovisiones. cuya
expresión más aceptable estaría representada en la formación di.scur~iva.de
la voluntad a través de una democracia deliberativa
ejercida por medio de sujetos libres sólo sometidos al baremo crítico del mejor
argumento. Esto no significa que hayamos alcan-
zado un estadio ilustrado, en el sentido anunciado
por Kant sino, más bien, que continuamos en un proceso de il~st~a~
ción,'?' por tanto, nos hallamos en un proyecto
todavza zn-acabado 104 de modernidad desde el que se podría actuar f~ente a los
potenciales regresivos de la barbarie. La modernId~d,
en cuanto tal, ajuicio de Habermas, na muere en
Auschwitz,
aunque una modernidad selectiva, efectivamente,
acabe en los campos de exterminio. El problema para Haberma~ no
es que la ilustración haya fracasado como un
p:oyect? Int~ lectual sino que su actitud crítica original ha~Ia la ,~Istona
se ha perdido, abriendo el camino a la barbane
política.
Si bien estos tres enfoques subrayan importantes
aspectos
1. Kant,
«Qué es la ilustración», Filosofía de la historia, México, 1981, ~4. Podemos
«ser civilizados hasta el exceso. en toda clase de maneras y dec~ros SOCIa-les.
Pero, para que nos podamos considerar como nlOraIiza~osFaltatod~vl~ mucho» (1.
Kant, «Idea general de una historia en sentido cosmo~oIJta»,en opus cu., 56).
J. Habermas,
Die Moderne- ein unvollendetes Pro¡ekt, Frankfurt, 1981.32·55.
112 113
de la barbarie moderna, creo que podemos dibujar un
cuarto enfoque cuya pretensión sería no tanto acabar con la barbarie, porque es
tan inacabable e inevitable al menos como lo es la propia civilización, como
analizar las estructuras de mediación entre la modernidad y la barbarie. Los
órdenes sociales y las comunidades presuponen la construcción de límites y la
dife-rencia adentro/afuera. lOS Cada orden social, podemos decir, se basa en un
esquema clasificatorio que funciona con arreglo a una distinción que incluye y
que excluye personas y cosas rela-cionadas Con ellas. Orden y crisis, lo propio
y lo ajeno, la civili-zación y la barbarie, son sólo lados distintos de una
misma diferenciación y ambos lados se correfieren, cada avance civili-zador
agudiza asimismo la percepción de la barbarie y la crisis, de hecho, «orden y
desorden son, ajuicio de Zygmunt Bauman, dos gemelos modernoss.!" No
existe una tendencia socialmente
condicionada a la realización exitosa del orden
civilizaiorio, como
pensaban los fundadores europeos de la sociología y
sus epígonos norteamericanos de las teorías de la modernización
sino una disputa entre orden y desorden cuyo
resultado final e; altamente contingente, especialmente en la modernidad.
Una primera delimitación de la estructura de la
barbarie está relacionada con las formas de mediación que existen en-tre el
adentro y el afuera. Las construcciones sociales de lími-tes diferencian entre
el ámbito interno de una comunidad y una variedad de extraños que viven fuera
de tal ámbito y son considerados como radicalmente «otros» o «ellos» y, por
tan-to, estigmatizados como bárbaros y salvajes, ante los que se construye una
distancia espacial, territorial, o bien son categorizados como individuos liminares,
ante los que se cons-truye una distancia social y son clasificados como:
advenedi-zos, parias, turistas y vagabundos. lO? El contraste entre ciuda-dano
y bárbaro puede ser mitigado por medio de una serie de estadios rituales de
asimilación a través de los que el extraño,
Ver los
trabajos de F. Barth, Los grupos étnicos y sus fronteras, México, D.F.. 1976,
M. Douglas, Purity an d Danger, Londres, 1966, y J-C. Rufin, Das Reich und die
neuen Barbaren. Berlín, 1993.
Z. Bauman.
«Modernidad y ambivalencia», en J. Beriain (editor), Las con-secuencias
perversas de la modernidad, Barcelona, 1996, 77.
Ver el
trabajo de Z. Bauman, La postmodernidad y sus descontentos, Ma-drid,1999.
114
situado fuera de la sociedad, puede ser absorbido,
vía misión y educación y vía procesos complejos de estratificación. Los «otros»
descubiertos en el siglo xv en América -los indíge-nas- no eran súbditos
españoles, como sus conquistadores, sino el objeto de un contrato. lOS En la
great chain of being, 109 estos extraños fueron situados en el final más bajo
de la pirá-mide de estratificación social. No eran ni dioses ni enemigos, sino
cosas que se encuentran, se toman en propiedad y se dis-pone de ellas. 110
Cuando el extraño viene, o es traído a la fuer-za, como es el caso de los
esclavos afroamericanos, lo bárbaro se experimenta entonces como próximo
espacialmente, creán-dose otro tipo de distancia social interior a través de la
segre-gación racial en guetos, construyéndose de esta guisa una «nue-va
infraclase» basada en el color de la piel. En las sociedades modernas,
diferenciadas funcionalmente, las fronteras limitadoras de la civilización son
más permeables'!' que en las sociedades tradicionales, creándose un ámbito
liminar de me-diación, ll2 de contacto, entre el interior «puro» de la
civiliza-ción y el exterior «impuro- o «contaminado». Las sociedades, y
especialmente las modernas, no son cajas fuertes impenetra-bles, por tanto, nos
sentimos inclinados a utilizar la metáfora del «puente» 113 que media entre dos
orillas frente a la «puerta» que impide el contacto cultural, más propia de
épocas pasa-das. Otra forma de mediación entre el adentro y el afuera
civilizacional es la temporalizacion. En lugar de la separación entre ciudadano
y bárbaro se sitúa la diferencia entre pasado y futuro; mientras el pasado
representaría la barbarie sin histo-ria, el futuro histórico representaría el
horizonte de des-barbarización. También puede ocurrir que el presente sea el
U. Bitterli,
Alte-Neue Welt. Múních, 1986, 18.
A. Lovejoy,
The Great Chaing oi Beíng, Cambridge. Mass, 1982.
JIO. En las colonias españolas se consideró. vía
bautismo, el que los «nativos» americanos al menos en «lo más bajo» de la
jerarquíasocial pudieran tener un lugar, mientras en las colonias anglosajonas
quedaron totalmente excluidos. Ver S. Todorov, La conquista de América. El
problema del otro. México. D.F., 1987. 195 ss: O. Paz, El laberinto de la
soledad. Posdata, Barcelona. 1996.72 ss.. 98 ss.
N. Luhmann,
«Jenseirs van Barbarei». en M. Millery H.-G. Soeffner (edito-res), Modernitat
und Barbarei, Frankfurt, 1996, 219-231.
~. Gíesen,
«Die Struktur- des Barbar-ischen», en Miller y Soeffner, opus cit., 118·119.
Tomo esta
idea de G. Simmel en su trabajo "Puente y puerta» recogido en El individuo
y la libertad, Barcelona. 1986.
115
espacio de tiempo donde re-aparece la barbarie al
producirse un olvido colectivo sobre los orígenes de la barbarie en el pasa-do.
Frente al olvido 114 colectivo existen alternativas de reactiva-ción de la
memoria colectiva. Como advertía Adorno, después de Auschwitz, «Hitler ha
impuesto a los hombres un nuevo imperativo categórico para su actual estado de
esclavitud: el de orientar su pensamiento y su acción de modo que Auschwitz no
se repita, que no vuelva a ocurrir nada semejante».115 Aun-que este desideratum
no se haya cumplido, 116 el que no se repi-ta Auschwitz significa, de entrada,
recordarlo, aunque sólo sea un recuerdo expiatorio que funge de «débil fuerza
mesiánica», que busca el reconocimiento de la significación del sufrimien-to,
como apuntaba Benjamín. Esto ya no es un puro wishful thinking sino una
realidad que se ha conseguido por medio de una construcción social de códigos y
narrativas simbólicas a través de los cuales el «Holocausto», después de la Il
Guerra Mundial, se ha convertido gradualmente en la representación simbólica
dominante del mal, "7 al final del siglo xx, algo que lo situaría como
meta-acontecimiento al nivel del Sermón de la Montaña. Sin esta labor
interpretativa, reapropiadora, del pa-sado, Auschwitz no hubiera pasado de la
fase de crimen de guerra en Europa hasta convertirse en un modelo arquetípico
de trauma cultural universal. Puede que la historia - a corto plazo, dice
Koselleck-c-!'" sea hecha por los vencedores, pero los avances en el
conocimiento de la historia - a largo plazo-se deben a los vencidos. De hecho,
Marx interpretó el desarro-llo de la historia como un camino hacia la victoria
de la clase hasta entonces sometida, mientras que el vencedor provisional
Ver al
respecto los interesantes trabajos de E. Zerubavel: TIme Maps. Collective
Memory and the Social Shape o( the Past, Chicago, 2003 y de E. Esposito:
Soeiales Vergessen. Formen und Medien des Gediichtnisses der Gesellschaft,
Frankfurt, 2002.
J 15. T.W. Adorno. Dialéctica negativa, Madrid,
1989,365. Citado también en el excelente trabajo de R. Mate, Memoria de
Auschwitz, Madrid, 2003, 18, 118.
Ahí están las dolorosas pruebas de Camboya,
África central, Timar, ex Yu-goslavia y, por supuesto, las dictaduras del cono
sur americano, así como las ma-tanzas del ejército peruano y Sendero Luminoso.
117, Ver el excelente trabajo de J. Alexander: «00
the Social Construction of Moral Uníversals: The Holocaust from War Crime to
Trauma Drama», European Joumal ofSociol Theary, 5, 1 (2002),5-85; ver asimismo
el trabajo de A. Bacr: «De memoria judía a memoria universal. El Holocausto y
la globalizacióo del recuer-do», Revista Anthropos, 203 (2004), 76-94.
Ver sus
extraordinarias reflexiones en: Zeitschichten,
Frankfurt. 2000, 68 Yss.
sería completamente superado por la clase
proletaria. «L~ ~x periencia que (nuevamente según Koselleck) una vez
adquirie-ron los vencidos -¿qué vencedor no pertenece a ellos a largo
plazo?-y que convirtieron en conocimiento está
siempre dis-ponible por encima de todo cam~i~de experienc~a. Puede q~e aquí se
contenga un consuelo, quizas una ganancia, En la prac-tica consistiría en
ahorrarnos las victorias. Pero contra ello ha-
blan todas las experiencias».l19 . Una segunda nota
distintiva de ca-presencia de la barbane
la podemos detectar en la «importación/expOliación»
de lo sa~ vaje (bárbaro) desde el centro de la civilización. El
descubrí-miento de lo salvaje incorruptible sitúa al orden moderno en un
movimiento exocéntrico, ya no es el centro de la civilización
12
lo que promete identidad y autenticidad sino la
periferia. ,o L?
excluido en primera instancia aparece ahora como lo
autenti-
co lo
no racional y extravagante como verdad más profunda,
, lid ánti 121
la
naturaleza aparece sacralizada. Esta sa I a «roman ica»
se convierte en el signo de una cierta modernidad,
muy presen-te en los ámbitos de la cultura de masas que impregna nuestras
realidades más cotidianas. Esto posibilita un cierto «extraña-miento» del
centro y un acercamiento no violento de lo extra-ño. El centro de la
civilización es des-carismatizado, la política del centro estatal desacralizada
y profesionalizada, haciéndose en cierta medida banal, despotenciando de esta
manera la cul-tura de los héroes. Pero esta irrupción de la periferia en el
cen-
tro también tiene sus expresiones violentas, por
ejemplo, en la guerra civil bosnia o en las guerras civiles ~fricanas: No obs-
tante, podemos hablar, también, de una CIerta
salida «pos-rornántica-P" en el sentido en que el centro no sólo importa
barbarie»
sino que también se convierte en exportador de «bar-barie». En los siglos XVII
y XVIII nacen los excedentes humanos. Antes no los había. Si eras granjero y
tenías un hijo, formabas parte automáticamente de la granja, que era un asunto
farni-
119. R. Koselleck, opus cit., 77. .
M. Singer;
«Symbolism of the Center; the Periphery and the Mtddle-. y E. Shils «Center and
periphery: An Idea and Its Carr-ier, 1935-1987», ambos en L. Greenfeld
(editor), Center.ldeas and tnstísutíons, Chicagc, 1988,210-250:
B. Gíesen.
«Die Struktur des Barbarischcn», en
Miller y Soeffner (edito-
res), Modemitiit und Barbarei, Frankfurt,
1996, 12.0-121. .
Z. Bauman,
Wasted Lives. Modemity and ItS Outcasts,
Cambndge, 2004.
117
116
liar. Con el inicio de la modernidad esto cambia:
si eres granjero o artesano, ya hay tecnología que convierte en inútil tu
trabajo, que te coloca fuera de la productividad. En los últimos 200 años, la
modernidad estaba limitada a unas partes del mundo, y los excedentes humanos se
enviaban a lugares vacíos, a no man 's l~nd. España exportó excedentes a
América; Inglaterra a Asia y Africa; Francia a Nueva Caledonia y Argelia y toda
Europa a Norteamérica y Canadá, pero, ya no hay lugares vacíos donde arrojar los
desperdicios humanos (wasted Uves). Hacemos frente, más bien a que no hay
ningún sitio en donde ubicar estos «resi-duos» de la industria de producción de
deshechos humanos. Este es, inevitablemente, el resultado de la modernización y
un com-pañero inseparable de la modernidad. «Es el efecto colateral in-eludible
de la construcción del orden (cada orden modela algu-nas partes de la población
existente Como "fuera de lugar", "inadaptada" o
"indeseable") y del progreso económico (que no puede proceder sin degradar
y devaluar los modos efectivos pre-vios del modo de vida y no puede sino privar
a sus practicantes de su modo de vida)», 123 por tanto, tales desperdicios
humanos están condenados a vivir en «no lugares», en zonas que no apare-cen ni
en los mapas ni en los diccionarios.
Una tercera nota distintiva de la copresencia de la
barbarie moderna la localizamos, precisamente, en el despliegue tempo-ral
inintencionada de una serie de poderes impersonales de ca-rácter
autorreierencial. Esta barbarie surge, como ha apuntado Eisenstadt, 124 a
partir de la praxis histórica de una concepción gnóstica que tiene sus orígenes
en las grandes revoluciones de la era moderna. El programa cultural y político
moderno, de-sarrollado a partir de una de las grandes civilizaciones axiales
la
cristiano-europea-, cristaliza como una transformación de visiones heterodoxas
con fuertes componentes gnósticos!" que pretenden traer el reino de dios a
la tierra y que fueron
Z. Bauman,
opus cit .. 5.
S.N.
Eisenstadt, «Barbarei und Moderne». en Miller y Soeffner (editores).
OpUSCil., 96-118.
La
orientación gnóstica pretende escapara repudiar la creación maligna de la
materia o de la contingencia, en términos más sociológicos, pero, a diferencia
de cier-tas tendencias contemplativas cristianas, lo hace por medio de la
acción en el mundo, a través de un plan formulado por los seres humanos Con la
guía de un conocimiento superior que ayuda a desvelar el significado profundo
oculto del mundo. En el tras-fondo del programa de la modernidad comparecen
diferentes metanarratívas alIado
proclamadas en la cristiandad europea medieval y
moderna tem-prana por diferentes sectas heterodoxas.v- La transformación de
estas visiones, en la medida en que tuvo lugar sobre todo en la Reforma, en la
Ilustración y en las Grandes Revoluciones, en la Guerra Civil inglesa, y
específicamente en las revoluciones americana y francesa, y después en las
revoluciones rusa, chi-na y vietnamita, comporta la trasposición de estas
visiones, encamadas originariamente por sectores relativamente margi-nales de
la sociedad, a la arena política central. 127 Estas tenden-cias heterodoxas
sectarias se convierten en un componente cen-tral de la civilización moderna.
La continuación del pasado o de unas representaciones del declive histórico,
que considera-ban al futuro como horizonte de indeterminación y oscuridad, son
sustituidas por esta concepción a través de una considera-ción atractiva y
positiva del futuro que se puede construir por medio del conocimiento y la
acción en el presente; recordemos la expresión de Comte. saber para prevenir,
prevenir para poder. La aceleración de la historia en nombre del orden futuro
le da UN nuevo sentido al tiempo histórico. La forma específicamente moderna de
la barbarie resulta no de la validez inexorable de principios impersonales sino
del sometimiento totalitario de la sociedad bajo los principios de una esfera
de acción o de un sistema: el centro político.':" El Terror impersonal
presupone la seguridad absoluta de la utopía revolucionaria a través de la
concentración total del poder político en manos de un líder y de sus secuaces.
No importa que este terreur sea el de los comi-tés de bienestar revolucionario
durante la revolución de 1917 o las «limpiezas de parásitos sociales» de Stalin
o la «solución final» del exterminio nazi o las limpiezas étnicas en Bosnia o
el
de la gnóstica como son la cristiana que se dirige
a afirmar este mundo en términos de una visión más alta que no es completamente
realizable y también la metanarrativa ctónica que enfatiza la completa
aceptación del mundo dado y la vitalidad de sus fuerzas. Para más detalles
consultar la magnifica aportación de E. Tiryakían: «Three Metacultures of
Modemity: Christian, Gnostic and Chthonic», Theory, Culture and Society, vol.
13, 1 (1996), 99-118.
Ellas no
están enraizadas en las ortodoxias hegemónicas de sus respectivas tradiciones
sino más bien en las tradiciones de sus heterodoxias. Ponen de mani-fiesto una
relación cercana a las tendencias y a los movimientos heterodoxos, sec-tarios y
especialmente utópicos.
Vercl
importante trabajo de M. Walzer: The Revolution ofthe Saints: A Study in the
Origins ofthe Radical Politics, Cambridge. Mass, 1965.
H. Arendt,
Los origenes del totalitarismo, Madrid, 2001, 385 Yss.
118 119
genocidio de los khemeres rojos en Camboya o la
orgía de san-gre de Ruanda en 1994, en todas estas actuaciones se despliega esa
dimensión jacobina, totalista, sectaria y totalitaria de la mo-dernidad. Esta
crea su propia barbarie cuando renuncia a su propio entramado policéntrico y
pierde el equilibrio entre los varios e igualmente posibles principios que la
caracterizan. «Si el hombre occidental tiene que reducir la pluralidad de la
vida a un único elemento para poder pensar porque si no, no hay manera de
pensar, entonces el civilizado hombre occidental inaugura una historia de
violencia, que algunas veces será sólo teórica y,las más, también política,
hasta llegar al «todo es raza», que es la negación de toda política».'> Una
de las expresiones más evidentes de este triunfo de la barbarie impersonal es
el caso Eichman, teniente coronel de las SS y uno de los mayores criminales de
la historia. Como ha puesto de manifiesto Hannah Arendt, Adolf Eichman
representa la banalidad del mal. 130 Lo que le mueve es la barbarie sin
paliativos, es la realización del «imperativo categórico del III Reich» que
reza: «Compórtate de tal manera que, si el Führer te viera, aprobara tus
actos».131 Lo que para Eichmann constituía un trabajo, una rutina coti-diana,
con sus buenos y malos momentos, para los judíos re-presentaba el fin del
mundo, literalmente. Se trataba de buscar en la condición humana ese punto en
el que el hombre normal se transforma en criminal, ahí radica la banalidad del
mal. Como dice Kertesz, en esta coyuntura en donde la verdad y la mentira son
consideradas en sentido extramoral, como ya había anun-ciado Nietzsche.t-"
el soldado se convirtió en asesino profesio-nal; el capital, en una gran fábrica
equipada con hornos crema-torios y destinada a eliminar a los seres humanos; la
ley, en reglas de un juego sucio; la libertad universal, en una cárcel de los
pueblos, yel sentimiento nacional, en genocidio.!? Para las ciencias políticas
y sociales tiene gran importancia el hecho de que sea esencial en todo gobierno
totalitario, y quizás propio de la naturaleza de toda burocracia, transformar a
los hombres
R. Mate,
Memoria de Auschwitr, Madrid, 2003. 21.
H. Arendt,
Eichman, en Ierusaíen, Barcelona, 2000, 382.
lbíd., 207.
F.
Nietzsche, Uber Wahrheit und Luge ini aussermoralischen Sinn, Werke in Drei
Blinden, K. Schlechta (editor), Múnich, 1997, vol. 3, 309-323.
l. Kertesz,
Un instante de silencio en el paredón, Barcelona, 1999.
en funcionarios y simples ruedecillas de la
maquinaria admi-nistrativa, y, en consecuencia, deshumanizarles. Y es en este
dominio de nadie'? de la burocracia rnoder'na donde se sitúa la
irresponsabilidad organizada, ya que mientras más sofistica-damente se
anonimice a quien decide, en mayor medida tiende a aumentar la
irresponsabilidad, entendida como imposibilidad de imputación. Para que esto
sea posible son imprescindibles dos condiciones de posibilidad: la primera hace
referencia a la separación de los medios y de los valores, a la suspensión de
la moral, a la adiaforización, l35 como dice Bauman, al retraimien-to de los
efectos de la acción más allá del alcance de los límites morales y la segunda
hace referencia a la consideración de la in-significancia del hombre real en el
universo concentra-cionario!" del campo de exterminio, reducido a la nuda
vida, 137
través de
una re-biologización de la diferencia en lugar de proceder a su integración
cultural. en los términos de Agamben, a la reducción del ser humano a ser pura
naturaleza biológica sin atributos culturales. Los judíos aniquilados
pertenecerían, según esto, a esa especie que los antiguos romanos llamaron
horno sacer, aquel que a pesar de ser humano, es excluido de la comunidad
humana, pudiendo ser de esta guisa asesinado con toda impunidad. Auschwitz
designa la catástrofe de un corto-circuito ontológico en el que la subjetividad
- la apertura del espacio de contingencia en la que la posibilidad cuenta más
que la actualidad- se derrumba convirtiéndose en una objeti-vidad en la que es
imposible no seguir la necesidad ciega del gran Otro (que unifica al Estado, la
burocracia, la ciencia, la patria). Lo improbable se hace devastadoramente
probable y lo imposible ocupa todo el espacio de lo real.':" La barbarie
mo-derna se basa en la justificación fáctica del dolor del vecino.!"
víctima de acciones crueles ante las que nos hacemos insensi-
H. Arendt,
Crisis de la República, Madrid, 1973, 180 Yde la misma autora, Eiclunann, en
Jerusalén, opus cit., 437.
Z. Bauman,
Modernidad y Holocausto, Madrid, 1997,292.
Ver los
trabajos de D. Rousset, El universo concentracíonarío, Barcelo~a, 2004; de F.
Bárcena. La esfinge muda. El aprendizaje del dolor después de suschwitr,
Barcelona, 2001; y de R. Mate, Por los campos de exterminio, Barcelona, 2003.
G. Agamben,
Horno Sacer, Valencia, 1998,9-23 Y 211 Yss.
G. Agamben,
Lo que queda de Auschwilz, Valencia, 2000.
.
U. Beck,
«How Neighbors Bccome Jews». Consteííations, vol. 2, 3, 1996,378-396.
120 121
bIes moralmente. La barbarie moderna"?
significa una insen-sibilidad peculiar a la violación de las normas, una
indiferen-cia hacia las pretensiones de integridad y reconocimiento de otras
personas. Esta nueva barbarie se funda en la existencia de una constelación
«triangular»:" compuesta de dos sujetos -no sólo los verdugos sino también
los espectadores- y de un «objeto» -las víctimas. En el ámbito de la moralidad
se produ-ce una necrosis de las normas y en el ámbito psicológico se produce un
proceso extraño por el que alguien (1os espectado-res) «deliberadamente olvida
algo». Esta situación de barbarie supone una tolerancia de la violencia
destructiva, libre de justi-ficación. Los actos bárbaros y sus omisiones son el
resultado de un proceso descívílízador?en el que el «autocontrol» (en los
términos de Elias) es abandonado y las interdependencias y afiliaciones
cognitivas y morales son ignoradas. Estos regresus o des-aprendizajes de la
civilización contra sí misma están ins-critos en la civilización misma, como lo
ha puesto de manifies-to la espantosa Shoah.
Sin duda, Auschwitz representa un antes y un
después en la genealogía de la barbarie, pero no el final de la violencia
colectiva, ésta experimenta hoy una serie de metamorfosis que voy a analizar a
continuación.
Las
metamorfosis y antinomias de la violencia colectiva actual
Mientras que para Hobbes la violencia se basaba en
el mie-do a la muerte violenta, en ese implante de la doble contin-gencia
expresada en el «miedo del miedo» al otro, Bauman, sin embargo, considera que
el «proceso de civilización no se refiere al desarraigo sino a la
redistribución de la violenciav.l" Para Bauman lo importante es dónde
ponemos el límite que distingue entre el orden diseñado y todo el resto, entre
lo con-
el. Offe,
«Modero "Barbar-íty"», Constellations, vol. 2, 3 (1996).354-376.
Ibíd., 358.
S. Menncll,
«Decivilizing Procese», tnternatíanal Sociology, vol. 5, 2 (1990),205-223.
Z. Bauman.
«víolence. postmodern». en Liíe in Fragments, Oxford, 1995, 141.
trolado y lo incontrolado, lo regular y lo
errático, 10 predecible y lo inesperado, lo necesario y lo contingente, porque
debe-mos ser conscientes que la sociedad moderna opera con arre-glo a un
csqucrna clasificatorio flexible en donde las líneas delimitadoras entre
categorías opuestas tienden a ser difusas y, por tanto, la distinción entre el
mantenimiento del orden y la violencia es cuestionada frecuentemente. Enemigos
irredentos se vuelven aliados de la noche a la mañana y viejos aliados se
convierten en enemigos, a medida que las nuevas coaliciones ad hoc atraviesan
las viejas coaliciones ad hoc de las que se espera obtener beneficios
estratégicos por el cam-bio de posiciones. No existe una distinción clara,
permanente y efectiva a menos que sea custodiada por hombres armados. Así el
derecho a dibujar una línea de separación entre la coer-ción legítima
(permisible) y aquella ilegítima se convierte en el objeto primordial de todas
las luchas actuales de poder. La violencia es el lápiz con el que es dibujado y
redibujado cons-tantemente el límite entre lo legítimo y lo ilegítimo. «Si el
mantenimiento del orden significa ejercer coerción sobre las cosas con la
pretensión de alcanzar una cierta regularidad, la violencia representa la
coerción irregular» .144 Esto se puede observar a propósito de la delimitación
entre la civilización y la barbarie, tal delimitación no coincide nunca con las
fronte-ras del estado nacional y menos aún con la coraza protectora compartida
que configura la «parte civilizada del mundo». Por ejemplo, en Hiroshima se
deshicieron de los bárbaros out there, mientras que en Auschwitz y en el Gulag
ruso se deshicieron de los bárbaros in here. El mapamundi se empequeñece con
las innovaciones del transporte y las telecomunicaciones que «anulan espacio
con tiempo», 145 es como si hubiéramos redu-cido el espacio por medio de la
velocidad, haciendo realidad social cotidiana la fórmula matemática de que la
velocidad es espacio «partido», (reducido», por la aceleración del tiempo.
«Vivimos en un mundo que ya no está basado tanto en la ex-tensión geográfica
como en la distancia temporal-en el espa-cio de tiempo- constantemente reducida
por las capacidades (descubiertas y desplegadas) de transporte, transmisión y
tele-
Ibtd., 142.
D. Harvey,
La condición de la posunodemidad, Buenos Aires, 1998,267.
122 123
acción»;':" Ya Kant en su Idea de una historia
universal en sen-tido cosmopolita, en 1784, alertó sobre la unificación civil
ple-na a través de la ciudadanía cosmopolita compartida, como un destino que la
naturaleza había elegido para nosotros. Esta es la «comunidad de destino a
escala mundial contra el afán de destrucción violenta».':" Esta idea, de
un mundo posestatal, poshobbesiano, ha tardado más de dos siglos en realizarse,
pero hoy, con toda seguridad, podemos afirmar que en su ver-tiente técnico-epistémica
es una realidad, gracias a la tele-vi-sión y a la tele-accion que configuran,
como afirma Virilio, una nueva contextura espacio-temporal, un «ahora en todos
los lugares» 148 postmetafísico, postradicional, frente al «aquí y ahora»
tradicional. «Encontrarse a distancia, es decir, ser telepresente, aquí y en
cualquier otra parte, al mimo tiempo, en el así llamado «tiempo real» no es,
sin embargo, sino una clase de espacio-tiempo real, por cuanto que los
diferentes eventos tienen lugar, incluso si ese lugar es al final el no lugar
de las técnicas teletópicas (el interfaz hombre-máquina, los nodos de
intercambio de teletransmisiones)».':" La fortaleza y la debilidad, la
amenaza y la seguridad, se han convertido ahora, esencialmente, en asuntos extraterritoriales
y difusos que van más allá de las clásicas soluciones territoriales. 150 Lo
geopolítico se pone de manifiesto en Julio César y la Guerra
de las Galias, en Tucídides y la Guerra del
Peloponeso, gue-
rras territoriales, de conquista de lugares, de
ciudades. El do-minio del territorio ha sido un elemento determinante de las
batallas. La guerra de la ex Yugoslavia todavía está vinculada al territorio,
por esta razón estaba atemorizado Occidente, por el miedo a tener Vietnam,
Afganistán, Irak, en casa; y des-graciadamente, como consecuencia no deseada de
una serie de tramas de venganza reparadora, así ha sucedido después
del 11-09-2001; Y por si no nos lo creíamos,
después del 11-03-2004, la pesadilla se ha hecho tristemente realidad. Frente
a la «era del espacio» asistimos a la emergencia de
la «era de
P. Virilio,
Virilio Uve: Selected lnterviews, J. Armitage (editor). Londres,
2001,84.
U. Beck.
Sobre el terrorismo y la guerra, Barcelona, 2003, 19.
P. Virilio,
Open Sky, Londres, 1997, 10.
149.1bíd., íd.
1SO. Z. Bauman, Socíety under Siege, Oxford. 2002,
88.
la velocidad», electrónicamente inducida. La
infosiera -la es-fera de información se impone sobre la geosfera o la
geopolítica y, por tanto, podernos hablar de infoguerra en donde ambos
contendientes, el terrorismo y el contraterrorismo, se impli-can en una guerra
mimética de inuigenes'?' que, en los térmi-nos del gran poeta británico William
Blake, adquieren las pro-porciones de una horrenda simetría (jearful symmetry).
La capacidad de interactividad, a través de Jas ya mencionadas tele-visiones y
teJe-acciones, ha reducido el mundo, el espacio real, a prácticamente nada.
Podemos hablar de una cierta «muerte de las distancias» 152 para bien y para
mal. Ya no exis-
ten islas o archipiélagos de seguridad local, y
esto lo sabe muy
bien el Terror nihilista actual, ya no podemos
bajar a comprar el pan sin el temor a que un francotirador emboscado nos
acribille a balazos o a que un hombre-bomba haga
estallar su
carga de resentimiento llevándonos por delante a
todos los viajeros del metro. Vivimos en medio de una inseguridad
ontológica global, '53 de una vulnerabilidad
global, de una con-
tingencia total, de una globalización del Terror,
!54 cuya prue-
ba, dolorosamente irrefutable, está en el
11-09-2001'55 y en el
11-03-2004. No precisamos de más pruebas para,
inductiva-mente, probar la verdad científica de nuestro argumento. No hay algo
o alguien que está en peligro mientras nosotros y (nuestra circunstancia»
estamos seguros bajo nuestra coraza protectora -geográfica, económica o
simbólica. Como afir-ma Ulrich Beck: «¿No es la incertidumbre de todas las
partes la que alimenta el fundamentalismo en todas las partes?}).156
El peligro
se ha planetarizado e invisibilizado,
de ahí que
Bauman afirme que «en este espacio planetario
global, uno no puede dibujar ya una líneabajo la cual poder sentirse com-
J. Der
Derian. «In Terrorem: Befare and After 9/1112001", en K. Booth y
T. Dunne (editores), Worlds in Ccllisíon. Terrcr
and The Future oiGlobal Order, Lon-dres, 2002, 110-11t.
U. Beck.
Sobre terrorismo y la guerra, Barcelona. 2003. 28.
t 53. E. Zaretsky, «Trauma and Dereification.
September 11 and thc Problcm of Ontological Sccurity», Constellations, 9.1
{2002}, 98·106.
F. Reinares,
Terrorismo global, Madrid, 2003.
Interpretaciones
sociológicas de interés sobre el 11-09-2001 se encuentran en el volumen
compilado por C.J. Calhoun, P. Price y A. Timmer (editores), Understanding
September J J, Nueva York, 2002.
U. Beck,
"La primera guerra contra un riesgo global», El País (12 de abril de
2003),19.
124 125
pletamente y realmente seguro ...
La solidaridad de destino
(socialmente producido) ya no es una cuestión de
elección ... , todo pudiera ocurrírs.t? Del «miedo al Otro (el Estado y sus
policias)», de raíz hobbesiana, hemos pasado al «miedo a la nada» que se
produce ante el fracaso de la promesa incumplida de seguridad que procedía del
Estado nacional.
Himmler podía estar preocupado por la salud mental
de sus grupos de operaciones especiales (Die Einsatzgruppen) encargados de las
matanzas de bolcheviques y judíos en 1940, pero el General Schwarzkopf, héroe
de la campaña militar denominada Tormenta del Desierto en la JI Guerra del
Golfo, no tiene que preocuparse por los asesinos de masas bajo sus órdenes.
Ellos nunca miran a sus víctimas sino a puntos en la pantalla de vuelo y cuando
se bajan de las aeronaves comen-tan con incontenida excitación: «fue como en
una película», «como en un juego de ordenador». Las así llamadas víctimas
«inocentes» pueden ser consideradas ahora como «errores de ordenadoreF"
Cargados de ironía pos-socrática podríamos decir que los ejércitos modernos
operan como factorías automatizadas que emplean sólo dos seres vivos, un hombre
y un perro. El hombre estará ahí para alimentar y acariciar al perro y éste
estará ahí para prevenir a aquél de cualquier in-tento de tocar o manipular la
maquinaria. Con una cierta iro-nía surrealista podemos pensar que el futuro de
los ejércitos no está muy alejado de este chiste. No hay que pensar dema-siado
para averiguar que esta realidad tiene una réplica en la hiperrealidad a la que
nos somete el terror nihilista de Osama Bin Laden a través de sus obras en las
que está escrito, a modo de posdata, de forma implícita: «¿Lo veis? Nosotros os
damos una película real, mejor que lo que os han ofrecido hasta aho-ra vuestras
televisiones. Todo es espectáculo, tal como os gus-ta en vuestra vida diaria;
todo son efectos especiales, como en las películas de Spielberg. Pero los
aviones son auténticos, los rascacielos son auténticos, el fuego es auténtico,
las ruinas son auténticas, los miles de muertos son auténticos. Espera-mos
contar con vuestra admiraciónv.!" Norbert Elias vio en
Z. Bauman,
Society under Siege, Londres, 2002,16,18.
Z. Bauman,
«Víolencc, postmodern», en Life in Fragments, Londres, 1995, 151.
P. Citan,
«Los terroristas y el fin de Europa», El País (8 de abril de 2004).
el final de las ejecuciones públicas un signo del
progreso de la civilización frente a la barbarie, pero la producción y la
per-cepción de la violencia actual, está más cercana a lo que Mijail Bajtin
llama «cultura de carnaval». 160 Retomando esta idea bajtiniana, Bauman afirma
que «hoy vivimos en un constante carnaval de crueldad», 161 a diferencia de una
narración macabra de Edgard ABan Poe en donde lo horripilante y nauseabundo
estaba velado, permanecía oculto, bajo secreto, sublimado de alguna manera; sin
embargo, en cualquier film de horror ac-tual, como El Exorcista, Poltergeist o
Víemes 13, lo horripilan-te está ad aculas; la masacre de Ruanda.!" por
ejemplo, está ahí, ante nuestros propios ojos, manufacturada por una cul-tura
de masas basada en el impacto, la sensación y la inme-diatez. Del
ciudadano/productor/soldado que hacía y padecía la guerra, el énfasis se ha
desplazado al consumidor/jugador de la guerra, de la responsabilidad y la
imputación de accio-nes criminales hemos pasado a la mera sensación estética
del espectador. Cuando la guerra (postmodema) se convierte en un deporte de
espectadores, los medios de comunicación son un decisivo teatro de operaciones
configurando una virtuali-dad hiperreal.':"
Cuanto más moderna, democrática y diferenciada es
una sociedad, más efectivo es el ataque del Terror moderno y posmoderno, puesto
que este actúa como un «hecho social total», inmune a la diferenciación que se
proyecta generando la máxima resonancia a través de los medios de comunica-ción
simbólica generalizada, ya que no debemos olvidar que las guerras pos modernas
se ganan y se pierden por la televi-sión.!" Cuanto más gente logras
atemorizar más importante
M. Bajtin,
La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento, Madrid, 1999.
Z. Bauman,
«víolence. postmodern». en Life in Fragments, opus cít., 149.
Recordemos
las imprecaciones de la radio gubernamental de Ruanda alec-cionando a la
mayoría hulu para destruir a la minoría tutsi cuando afirmaba: «¿A qué estas
esperando? Las tumbas están vacías. coge tu machete y despedaza a tus enemigos»
(E. Kauffman, «A Broadcasting Strategy to Wio the Media Wars», The Washington
Quarterly, vol. 25, 2, [2002] 115-127).
M. Castells.
The Rise ofthe Network Sacie/y, Oxford. 1996,372·375.
A.
Glucksmann, «Frente a la teleguerra», El Pats (4 de abril de 2004). M.
Ignatieff afirma que «las noticias son una narración mítica de la identidad
so-cial. formadas a partir de mercancías que se compran y se venden en el
mercado internacional. El informativo nocturno puede considerarse un mercado en
el que las imágenes terribles y alarmantes compilen entre sí por un espacio de
noventa
126 127
te haces al combinar el miedo sin precedentes y la
intimida-ción con el asesinato indiscriminado. Jacques Derrida, tóS
in-terpretando el 11 de septiembrc de 2001, considera que es posible acabar con
los terroristas, pero acabar con el terroris-mo es mucho más difícil por varios
motivos. El primero de ellos es el que está relacionado con el primer momento
de auto-inmunidad, con la Guerra Fría in mente. Según esto el terrorismo sería
el síntoma de un desorden auto-inmune que amenaza la existencia de la
democracia participativa, el siste-ma legal en que está anclada y la posibilidad
de una aguda separación entre las dimensiones religiosa y secular. Las
con-diciones auto-inmunes implican el suicidio espontáneo de los mecanismos de
defensa destinados a proteger al organismo, en este caso a la sociedad, ante la
agresión externa. El 11-09-2001 representa una transgresión, pero esta
transgresión es de un nuevo tipo. El quid de la cuestión no radica en que se
transgrede la «fuerza de la ley», algo evidente por la agresión y por sus
proporciones descomunales, sino en el hecho de que la agresión de la que es
objeto (expuesto a la violencia) la civi-lización moderna, representada en ese
momento por Estados Unidos, procede de dentro de la propia civilización, ya que
Atta, el nihilista activo, y Bin Laden, el nihilista pasivo, am-bos son
preparados y entrenados por el propio sistema. Atta aprende a controlar un
Boing 747 en Europa y Estados Uni-dos, formado por europeos y estadounidenses,
y Bin Laden aprende la estrategia de la guerra moderna formado y entre-nado por
Estados Unidos en la guerrilla afgana que luchó con-tra la Unión Soviética a
finales de los ochenta, los últimos coletazos de la Guerra Fría. Aquí está el
primer síntoma de auto-inmunidad doblemente suicida, puesto que los
secues-tradores de los aviones incorporan dos suicidas en uno, como en la
película Alien, el Octavo Pasajero: el suicidio propio de los nihilistas
activos que perpetran su vesania, es decir, Atta y sus secuaces, y, quizás lo
más importante e increíble, el suici-dio retardado de aquellos que los
recibieron, armaron y en-
segundos. Existe un mercado del horror, como hay
uno del trigo y de las tripas de cerdo, y existen unos especialistas en
producir estas imágenes y distribuirlas" (El honor del guerrero. Guerra
étnica y conciencia moderna, Madrid, 1999, 32).
J. Habermas
y J. Derrida, Philosophy ÍlJ a Time ofTerror, G. Borrador¡ (edi-tora), Chicago.
2003. 94 y ss. (traducción española en Trotta).
trenaron, ya que al formarlos, inintencionadamente,
les per-mitieron conocer las mismas armas y los mismos métodos, en definitiva,
compartir la misma información y conocimiento que ellos mismos usan contra los
enemigos y que a la postre fueron usadas contra ellos mismos con efectos
devastadores. Con toda probabilidad, la industria cultural del ocio, Hollywood,
que manufactura la sociedad como espectáculo de masas ya había creado
previamente las simulaciones de la destrucción que ahora Bin Laden ha actualizado
con inusita-do realismo. No es Bin Laden quien ha creado ex novo el ho-rror,
éste ya existía en toda la infraestructura mitológica 1M de destrucción
apocalíptica que Hollywood ha ido creando en su fábrica de sueños. El haber
elegido símbolos del poder econó-mico -el WTC- y del poder militar -el
Pentágono- no ha-cen sino corroborar la vulnerabilidad del centro de la
civiliza-ción y la absoluta fluidez de la periferia para penetrar las difusas
fronteras protectoras de la civilización. Los guerrille-ros suicidas que
atacaron al WTC y al Pentágono el 11 de sep-tiembre de 2001 hicieron algo más
que matar a miles de civi-les indefensos, destruyeron el mito dominante"?
de la invulnerabilidad de Occidente. Existe un segundo momento de
auto-inmunidad, más aterrador que la Guerra Fría. Decíamos arriba que Auschwitz
representaba el mal absoluto, la amena-za absoluta, en el siglo xx, pues bien,
quizás el 11-09-2001 representa el protomal, el mal de los males, con el que
co-mienza el nuevo siglo, porque el carácter trágico del trauma que origina
radica no tanto en el pasado presente que forja sino en los signos precursores
de lo que amenaza con ocurrir. La probabilidad de lo improbable se ha hecho
enormemente posible, puesto que «lo que pudiera ocurrir será mucho peor que lo
que ya ha ocurridov.':" El miedo 1ó 9 a lo que viene se ha transformado en
angustia, Angst vor die Zukunft, porque ]0 que está por venir no es algo
previsible que ya conocemos y
Ver al
respecto el trabajo de J. Izquierdo: Apocalipsis Nowen la Aldea Glo-bal. en el
V Encuentro de Teoría Sociológica, Valencia lO al12 de junio de 2004.
Ver esta
idea en J. Gray, Al Ouaedav lo que significa ser moderno, Barcelo-na, 2003,13.
J. Derr-ida,
opüs cit .. 97.
Ver al
respecto la excelente genealogía del miedo que hace R. Ramos en Incertidumbre y
miedo. De Hobbes a lonas. en el V Encuentro de Teoría Sociológi-ca, Valencia t
O al 12 de junio de 2004.
128 129
podemos prever (algo que nos asusta, pero que
conocemos) sino algo imprevisible, 170 desconocido y aterrador, ante lo que
sólo podemos tener angustia y no miedo, como diría Freud. La naturaleza de este
nuevo trauma radica en la imposibili-dad efectiva de lamentación y duelo cuando
el mal proviene de la posibilidad de algo peor por venir. Es como si se
hubie-ran invertido las expectativas religiosas de salvación con el
advenimiento del salvador, situando en el futuro una espada de Damocles sobre
las cabezas de todos en forma de ataque químico o bacteriológico o de ataque
nuclear o de hombres-bomba dispuestos a auto inmolarse. Las razones de esta
an-gustia, sólo por citar algunas de ellas, son la invisibilidad y el anonimato
del enemigo, el origen indeterminado del Terror, su carácter letal,
imprevisible y de activismo nihilista (la nada une). Incluso cuando se trata de
combatirlo, a través de la así llamada «guerra contra el terrorismo»,
bombardeando un «es-tado canalla», no hacemos sino reproducir los viejos modelos
de guerra clásica interestatal generando efectos colaterales más devastadores
que los originados por el propio terrorismo.'?' Hay un tercer momento de
auto-inmunidad basado en el cír-culo vicioso de la represión porque las
«bombas» nunca serán suficientemente «inteligentes- como para evitar que las
vícti-mas respondan a la agresión en persona o a través de sus próxi-mos y así
ad iníiniturn... Esto es algo que viene ocurriendo hace muchos años en el
conflicto israelo-palestino y que se auto-alimenta perversamente generando una
tropa de márti-res auto-elegidos como sujetos-bomba. m
Además de la transformación que comporta el paso
del «miedo al Otro» al «miedo a la nada», en la naturaleza de la violencia
actual está la progresiva desnacionalización de la gue-
Ver al
respecto el trabajo de E. Gil Calvo: El miedo es el mensaje. Me-drid.2003.
Ver la interesante crítica que Slavoj Zizek hace del dualismo mimético
terror versus contraterror en lVe/come lo the
Deserl o{ the Real, Londres, 2002.
172. Ver el
interesante trabajo de C. Reuter: Mein Leben íst ein WafTe,Munich, 2002. donde
analiza el «juego profundo» en el que el individuo-bomba primero se suicida
psicológicamente para luego autoinmolarse ritualmente en medio de cá-maras de
televisión, cintas de video y edificios, autobuses. trenes o supermercados
abarrotados de gente. En el protestantismo ascético el individuo era un
instrumen-to dotado de la capacidad de libre examen al servicio de Dios, este
mártir moderno es un arma que niega el mundo con arreglo a la premisa «malo al
mal en los otros, luego soy", para sentarse alIado de Dios.
rra, que termina en su progresiva privatización.
J73 Los empre-sarios de la violencia
174 han desplazado a los estados como
ac-tores beligerantes -de los señores de la guerra, que sangran la población en
áreas bajo su control con el recurso a la fuerza militar, a los capas de las
redes terroristas interconectadas; de los grupos guerrilleros, para los que el
tráfico de drogas y las promesas de emancipación política se han convertido en
una amalgama profana, a la extensión del crimen internacional or-ganizado que prefiere construir su retirada y
proporcionar asentamientos en donde el orden del estado haya dejado de existir. Los aspectos
sin precedentes de la condición actual de -Ia violencia colectiva organizada
vienen dados por la emergen-da de actores no estatales capaces de apostar por
la destruc-ción a un nivel hasta ahora sólo pensado dentro de las
posibi-lidades de los
estados y por la emergencia de una visión ideológica supranacional con un contenido político y
moral indefinible, que dificilmente puede ser satisfecho por las tácti-cas y
negociaciones políticas habítuales.!" La violencia ha sido privatizada,
dispersada, es difusa y capilar, como el capitalis-mo ha des-regulado la
economía, también la violencia colecti-va actual es un fenómeno totalmente
des-regulado, descentra-lizado, al salirle
al paso al actor tradicional que poseía el monopolio del
uso de la violencia, el estado nacional, otro com-petidor transnacional, el
terrorismo. Éste tiene una estructura des-territorializada. des-nacionalizada y
flexible a la interven-ción militar global. Aparece como un nuevo jugador
global que compite con las naciones, por tanto, al no disponer de un ejér-cito
de masas sino de grupos de militantes que operan ad hoc, la guerra ya no es una
guerra total sino guenas individualiza-das. 176 Contrariamente a las «grandes
guerras» extensivas, que históricamente construyeron el estado político
unificador, las
«pequeñas
guerras» intensivas, las guerras de
guerrillas y el
H. Münkler, «The Brutal Logic of Terror: The
Privatization of War in Modernity». en Constellations, vol. 9, 1 (2002),68. Del
mismo autor: «Die Kriege der Zukunft und die Zukunft der Staaten», en W. Knóbl
y G. Schmidt (editores), Die Gegemvart des Krieges, Prankfurt. 2000, 52 Y ss.
Ver también el importante trabajo de M. Kaldor: Las nuevas guerras. Violencia
organizada en la nueva era global, Bar-celona, 2001,121.
M. Castells, End o{Millenium, Oxford, 1999,
166-206.
S. Benhabib, «Unholy wars». Constellations, 9,
1,2002,36.
U. Beck.
«The Tet-rorist Threat», Theory, Culture and Society, 19,4 (2002), 45.
130 131
terrorismo, se oponen .al estado, es decir, a la
constitución de una pacificación política duradera 177 y grupos como el IRA,
ETA, el GIA argelino o los grupos armados palestinos, sean cuales sean sus
motivaciones ideológicas, identifican la victoria con la prolongación infinita
del «juego profun-do» de la guerra y la violencia, para evitar el test de la
con-frontación electoral, auténtico indicador de democracia deli-
berativa.
Otra característica importante de la violencia
terrorista ac-tual es su cristalización en grupos y movimientos que son
pro-ducto de la modernidad y que se apropian, en grados que va-rían según el
movimiento y en diferentes épocas, de un componente central del programa
político de la modernidad que se objetiva en las grandes revoluciones, el
componente ja-cobino, 178 participatorio, totalista (por cuanto que proscribe
el pluralismo) y finalmente totalitario. Como en el caso de otros grupos
sectarios utópicos, los movimientos fundamentalistas enfatizan la construcción
de unos límites institucionales y sim-bólicos claros entre la pureza interna de
la comunidad y la po-lución del mundo externo (Umma versus Jahiliya en términos
islámicos). Ofrecen un sistema cerrado de creencias, ofrecen fundamentos (en
forma de canon dogmático) en UN mundo donde ya no los hay. Contrariamente a
algunas interpretaciones simplificadoras de la tesis de la Ética protestante de
Weber, es-tas orientaciones sectarias no dan origen, como parecería a primera
vista, al capitalismo o a la civilización moderna en ge-neral. Más bien,
sumándose a e interrelacionadas con condi-ciones institucionales y geopolíticas
distintivas, tales como el pluralismo institucional, la autonomíade las
ciudades y las ins-tituciones legales desarrolladas, estas tendencias
heterodoxas sectarias constituyeron un importante componente en la
cris-talización de la civilización moderna. «Los movimientos fun-damentalistas
modernos constituyen uno de los mayores movi-mientos sociales que se
desarrollan en el marco de la civilización moderna y de la modernidad. Las
ideologías promulgadas por
P. Virilio,
«T'hc Strategy of the Beycnd». en The Virilio Reader, J. Der Derian (editor),
Oxíord. 1998, 85.
Ver el
trabajo de S.N. Eiscnstadt, Furuiamentalism, sectarianísm and Revoluíion, Tite
Jacobin Dimension o(Modernity, Londres, 1999,2,26,35.
los movimientos fundamentalistas constituyen una
parte del con-tinuamente cambiante discurso de la modernidad».'?" Estos
com-parten sus tendencias jacobinas con otros movimientos izquier-distas, sobre
todo comunistas, movimientos y regímenes, y con movimientos fascistas de
derechas y nacionalsocialistas. Los dos regímenes del Terror totalitario del
siglo xx, el nazismo y el bolchevismo, con sus nombres indelebles -Hitler y sus
lugartenientes, Ulianov/Lenin y Dsugasvili/Stalin-, fueron los inadaptados de
la cultura curopea.P" En la medida en que uno no puede entender la Unión
Soviética a partir de los textos de Marx o el nazismo a partir de los textos de
Gobineau o Nietzsche, es absurdo, igualmente, intentar comprender a Bin Laden a
partir de los textos del Korán. En efecto, el Korán endorsa la guerra santa,
Marx Barna a la dictadura del proletariado y Nietzsche apela a la bestia rubia.
¿Y qué? Los regímenes de Terror precisan de textos tradicionales por razones
ideológi-cas, ellos usan y abusan de tales textos como ideologías. Nues-tro
Terror global contemporáneo utiliza la religión como un arma ideológica, como
un puro medio para sus fines profanos. La ideología es simple mascarada. Los
nuevos terroristas pre-cisan inventar una grand narratíve, necesitan reinvcntar
la tra-dición y, de hecho es lo que hace Bin Laden en sus videos tele-visados,
durante los que comienza una historia de frustración musulmana que se retrotrae
a los cruzados ocupando Jerusa-lén, continuando con la reconquista de España
(Al-Andalus¡ y arribando a la reocupación judía, más reciente, de Jerusalén. No
son guerras de religión las que están en liza sino guerras muy profanas, 181
con fines muy profanos, aunque sus medios de movilización de masas sean
religiosos. Lo específico de es-tos movimientos es que surgen en la segunda
mitad del siglo xx, en un contexto histórico en el que se dan dos tipos de
con-frontación, superpuestos a menudo, por una parte, la lucha entre la
civilización europea y el resto de civilizaciones y, por otra parte, se produce
una intensificación dentro de los países oc-cidentales de las antinomias del
propio programa cultural de la modernidad, de la que las narrativas
postmodernas no son sino
S. N.
Eisenstadt, opus cit., 82.
A. Heller;
"911, or Modernity and Terror», Constellations, 9, 1 (2002),57.
S. Benhabib,
«Unholv Wars», Constellatíons, 9. 1 (2002),34-46.
132 133
otro exponente de esa re interpretación continua y
de una re-construcción del siempre cambiante discurso de la moderni-dad
occidental. Toman de las tendencias revolucionarias mo-dernas su componente
escatológico, mesiánico y redentorista que se cifra en «traer el reino de Dios
a la tierra» recurriendo primariamente a la acción político-militar, vestida
con ropajes religiosos dogmáticos, adaptando tal mensaje a las modernas
técnicas de socialización política que le dispensan las ultra-modernas técnicas
de tele-visión y tele-acción: la lihad Online, la retórica neomedieval de la
guerra santa reverbera desde el minarete a la televisión y, en un nivel sin
precedentes, a la web. El fanatismo y la alta tecnología, en su versión de
nanotecnología que crea «bombas para llevan>, conforman una mezcla
explosi-va de consecuencias inciertas. «Hiroshima bis es el paso del arma
absoluta en manos de unos pocos dirigentes políticos (como lo ponía de
manifiesto Stanley Kubrick en su gran film Doctor Strangelove) al arma absoluta
en manos de cualquie-ra)).182 El fundamentalismo actual no es una ideología
pre-moderna que trata de defenderse de los embates de la moder-nización, en los
términos de Ch. TilIy,183 como ocurría en las rebeliones campesinas anteriores
a la revolución industrial en Europa, sino un movimiento moderno organizado que
enfatiza la acción política, en su modalidad de fuerza y violencia destructiva
que asesina indiscriminadamente, contra una ver-sión estereotipada y construida
de forma maniqueísta de occi-dente según la cual el lema a batir sería:
Occidente proclama: echad a la basura el Korán y comprad videoclips de Madonna,
184 ya que, según su percepción, es Hollywood lo que identifica a América - y
co-extensivamente al programa cultural y político de la modernidad- y no la
constitución ni los derechos huma-
A.
Glucksmann, entrevista en el diario El PaÍS (7 de septiembre de 2002),
«Babeliav.Z.
Ch. TilIy,
From Mobi/ization lo Revoíution, Nueva York,
1978, 143 Y ss.
Quizás la
expresión más radical y extrema de esta bipolaridad cultural es la que
establece Benjamin Barber en Iihnd versus Mcworld, en donde «la Iihad pretende
una política identitaria sangrienta, mientras que el Mcworld pretende una
economía pacífica de la política» (Jihad versus Mcworld, Nueva York, 2001, 8).
El propio occidente es ca-responsable de esa imagen según la cual los
americanos serían los nuevos romanos modernos que ofrecen, por una parte, un
militarismo que lo impregna todo y, por otra, una industria del ocio a base de
juegos sangrien-tos, guerra y circo como dispositivos de amansamiento de masas.
Ver esta idea en P. Sloterdijk: Normas para el parque humano, Madrid, 2000, 32.
nos ni la Corte Suprema ni la separación entre la
religión y la política. En muchos casos, estos movimientos
proto-funda-mentalistas actuales proceden de sectores anómicos, disloca-dos, de
los centros sociales, culturales y políticos de sus res-pectivas sociedades y
civilizaciones, así actúan los jihadistas actuales que luchan tanto contra la
versión de Occidente men-cionada como contra los regímenes corruptos instalados
en sus propias sociedades. Como Gamal Abdel Nasser, Annuar El Gaddafi o el
propio Sadam Husein lucharon contra los regímenes liberales «vendidos a
occidente» de la postin-dependencia de los países árabes, así los jihadistas
actuales luchan contra la corrupción generada por ambos movimien-tos
superpuestos, los liberales de la descolonización y los so-cialistas y
nacionalistas seculares de los años setenta, y con-tra las monarquías
prooccidentales saudíes y marroquíes. No son campesinos pobres que luchan por
tierra y libertad como ocurría en la revolución mexicana de 1910, sino sectores
jó-venes!" de clase media baja a los que se les ha impedido la movilidad
social que exporta occidente world wide.
La nueva Jihad no es apocalíptica sino
nihilista.!" Lo que le mueve es el amor a la muerte, cuanto peor, mejor,
por tan-to, para el hombre-bomba no hay líneas que separen actos criminales de
actos de guerra ni objetivos militares de objeti-vos civiles. El «nuevo agente
portador de la barbarie» del Te-rror organizado actual es un
«terror-ista-nihiltsta» consuma-do que no se somete a un trabajo doctrinario,
ni es esclavo de una filosofía o de una concepción del mundo, después de la
caída del muro de Berlín, simplemente, juega, actúa, como actuaba el «hombre
sin atributos» de Robert Musil, que se autodefinía un activista y nihilista.
Para él el mundo es un juego de suma cero, la nada no es ahora la negación del
Bien -justicia, bienestar, libertad, desarrollo- que postula la de-mocracia
liberal, como secularización política del Bien en sen-tido religioso, sino la
negación del mal que se manifiesta como
Ver el
interesante trabajo de N. Gaje; «Authoritarian Secularism and Islamist
Politics», en A.R. Norton (editor), Civil Society in the Middle East, Leiden,
1996, 17-44; el artículu de G. Kcpel: «Washington y la caja de Pandora», El
País (27 de marzo 2003), 21; Y también el trabajo de J. Goytisolo:
"Paisajes de guerra con Madrid al fondo». El País (25 de abril de 2004),
16-17.
S. Benhabib,
-Unholy wars», Consteítasíons, 9,1 (2002),38.
134 135
la contingencia itinerante de enemigos múltiples,
aleatorios, arbitrarios ycambiantes. Su juego ya no es el «juego profun-don, en
los términos de Clifford Geertz, del guerrero que se inmola en el nombre de
Dios o de la nación o de un paraíso soñado e inalcanzable para luego formar
parte del panteón de los mártires sino simplemente el juego por el juego.
Cuando la violencia se rutiníro, el «creyente soldado » 187 se convierte en
«te-rrorista-nihilista» porque el combustible que movía a aquél, la metáfora de
la sangre derramada por Dios o por su versión secularizada, la patria, se
sustituye por la nihilina.!" por la dinamita del espíritu que opera bajo
la premisa de que mi vida es UN orma.v" El «terrorista-nihilista. actual
ha elegido la intensidad, la eternidad inmediata. En ese doble suicidio,
brutalmente radical y por primera vez accesible a cualquiera, «mato luego soy»,
se hace presente una gran verdad injusta: «muero sin llegar a ser como
consecuencia de tu ser matan-do». Como afirma André Glucksmann, «nueva o vieja
idea, la idea no es la que dirige el baile, sino el baile el que hace dan-zar
las ideas, ya dance un campesino iletrado, un noble letra-do, un monje-soldado
o un libertino». 190 Este «nihilismo ya no lleva los colores oscuros
wagnerianos, spenglerianos y tifosos de final de siglo. Ya no surge de una
Weltanschaung de deca-dencia ni de radicalidad metafísica nacida de la muerte
de Dios y de todas las consecuencias que se deben aceptar tras esa muerte. El
nihilismo de hoyes transparente»,'?' es un ni-hilismo activista que se alimenta
del mero «vivir hipotética-mente». El nihilismo activo interviene, revoluciona,
saliéndo-se del modo de vivir anterior e infundiendo al que quiere morir con
mayor razón el deseo del final."? El nuevo enemigo es invisible -nunca se
había vuelto tan verdadera la expresión
H.M.
Enzcnsbcrger también ha visto esta mutación en las guerras civiles moleculares
metropolitanas. Ver su trabajo: Perspectivas de la guerra civil, Barcelo-na,
2001,20.
El primer
tratamiento de la violencia nihilista moderna se lo debemos a J. Conrad: The
Secret Agent, Londres, 1983 (I906), 43-44. Sobre el trasfondo nietz-scheano del
terrorismo actual «como dinamita del espíritu, quizás. una nihilina
des-cubierta recientemente» ver el interesante trabajo de Navid Kermani: «A
Dvnamite of the Spirit», Times Literarv Suppiement, n." 5.165 (29 marzo,
2002), 13-1 S."
Ch. Reuter;
Meín Leben ist ein Waffe. Múnich, 2002.
A.
Glucksmann, Dostoievski en Manhattal1.
Madrid, 2002, J45.
J.
Baudrillard. Simulacro and Simulatíon, Ann Arbor Michigan. 1994, 159.
M.
Hcideggel~ Nietzsche 11. Barcelona, 2000, 227.
de que «uno nunca sabe realmente quien es el
enemigov-> y ubicuo, «es un enemigo indefinido cuya base (el nombre ára-be
de Al Qaeda) se desplaza fácilmente de un país a otro y cuyo lugar es
precisamente una ausencia de lugar», 193 está aquí y allá, franquea toda
frontera nacional, lucha en Aíganístán, en Bosnia, en Irak, en España, en
Estados Unidos y pretende destruir no tanto al enemigo, enormemente diverso e
iti-nerante, como a su modo de vida. Este nuevo modelo de Te-rror de masas se
presenta como el «arma de los débiles» y su estrategia de lucha pretende hacer
imposible la vida de los civiles.'?' «enemigos» desarmados, de forma
deliberadamen-te desmesurada, macabra y tan insoportable, que acaben
rin-diéndose a pesar de poseer un poder militar infinitamente superior, a
diferencia de la táctica terrorista clásica de grupos como el IRA o ETA o el
GIA argelino que, al menos originaria-mente, consistía en desafiar el monopolio
de la violencia legí-tima del Estado atentando contra sus aparatos: fuerzas de se-guridad,
jueces, incluso políticos. La violencia indiscriminada en sí misma es un
símbolo, una afirmación de poder. Lo real-mente problemático en relación al
estado encubierto del te-rrorismo transnacional es su creciente subordinación
al pro-greso!" científico-técnico que en sí mismo no tiene autor y depende
del desarrollo de sus propios medios y plataformas audiovisuales. «El anonimato
de todos aquellos que iniciaron el ataque suicida (del 11-09-2001) meramente
señala, para todos, el surgimiento de un estado encubierto global -de la
cantidad desconocida de una criminalidad privada-, que «más allá del bien y del
mal» durante siglos ha sido el sueño de los más cualificados sacerdotes de un
progreso iconoclasta». 196
He radiografiado los perfiles del nuevo sujeto
portador de violencia colectiva como un actor no estatal, o mejor transestatal
y transnacional, y ahora voy a analizar, precisamente, el signi-ficado y la
estructura de ese nuevo orden internacional, retrotrayéndome al viejo Hobbes,
origen y continuación de buena parte de nuestras argumentaciones en este
trabajo.
J.
Goyrísolo. «De vuelta a la razón». El País (l8 de marzo de 2004), 15.
M. Kaldor,
«El terror-ismo como globalizaclón regresiva», Claves de la Ra-zón Práctica,
138 (dic. 2003), 39.
P. Virilio,
Ground Zero, Londres, 2002, 68.
lhtd., 82.
136 137
6. ¿De
Hobbes a Kant o de Hobbes a Carl Schmitt?
Hemos analizado ya los límites que conlleva la doma
del conflicto intraestatal amparados en la promesa incumplida de seguridad del
estado nacional, en términos hobbesianos. Un avance importante, no obstante, es
el que representa la Paz de Westphalia, que dio término a las guerras civiles
religiosas del siglo XVI mediante la separación entre Estado y religión y.
qui-zás, el próximo desafío, ante la realidad poshobbesiana y cos-mopolita a la
que hacemos frente, sea deslindar el estado de la nación para dar solución a
las guerras transnacionales que nos aquejan, creando un principio de
indiferencia nacional en el estado. 191 Ya vimos arriba cómo Kant delineaba los
rasgos fun-damentales de una ciudadanía cosmopolita objetivada en tor-no a una
federación de estados libres. Ésta es la comunidad de destino cosmopolita
contra la destrucción violenta. «Los euro-peos -afirma Robert Kagan- han salido
del mundo hobbe-siano de anarquía abrazando el mundo kantiano de la paz
pcr-petua»,!" Europa hace frente, después de siglos de sangrientas guerras
intra e interestatles, a una nueva misión civilizadora. Según Kant el derecho
de ciudadanía cosmopolita debiera li-mitarse a las condiciones de una universal
hospitalidad. Signi-fica esta ética de la hospitalidad el derecho de un
extranjero a no recibir un trato hostil por el mero hecho de haber llegado al
territorio de otro. «No se trata aquí de un derecho por el cual el recién
llegado pueda exigir el trato de huésped, sino simple-mente de un derecho de
visitante que a todos los hombres asis-te: el derecho a presentarse en una
sociedad. Fúndase este de-recho en la común posesión de la superficie de la
tierra; los hombres no pueden diseminarse hasta el infinito por el globo, cuya
superficie es limitada, y. por tanto, deben tolerar mutua-mente su presencia,
ya que originariamente nadie tiene mejor derecho que otro a estar en
determinado lugar del planeta».'?" Sin embargo, éste no es el estadio
histórico inevitable que si-gue a la formulación hobbesiana sino uno de los
posibles cami-
Es la
propuesta de U. Beck, "El mundo después del l1-S». El Pafs (19 de octubre
de 2001), 26.
R. Kagan,
Paradise and Power, Londres, 2003, 57.
J. Kant, La
paz. perpetua, opus cit., 227.
nos a seguir, el otro es el transitado por Carl
Schmitt, y su giro escéptico es cortante como la espada de un samurai: «Sería
una torpeza creer que un pueblo sin defensa no tiene más que amigos, y un
cálculo escandaloso suponer que la falta de resis-tencia va a conmover al
enemigo. Nadie creería posible que el
mundo entre en un estado de moralidad pura por
renuncia a
toda productividad estética o económica, por poner
un ejem-plo; pues bien, aún es mucho menos imaginable que un pue-blo, por
renunciar a toda decisión política, pueda llevar a la humanidad a un estado
puramente moral o puramente econó-mico. Porque un pueblo haya perdido la fuerza
o la voluntad de sostenerse en la esfera de lo político no va a desaparecer lo
político del mundo. Lo único que desaparecerá en este caso es un pueblo
débil-.t'" Mientras Habermas expresó la voluntad de que el mundo anglosajón
pudiera escapar al contagio del revival schrnittiano."" su optimismo
ha sido probablemente prematu-ro. El ataque sobre Nueva York (y
coextensivamente sobre Madrid) ha hecho a las ideas de Schmitt sobre el estado
de emergencia, la crisis del liberalismo, la «política decisionista» y la
división entre amigo enemigo, altamente relevantes para la comprensión de la
política internacional conternporánea.?" Ya en 1963, en un prólogo que
añade a su archiconocido libro El concepto de lo político, publicado
originariamente en 1932, Carl Schmitt constata el final definitivo de la época
de la estatalidad y esto significa que lo político no puede ser tratado ya en
un orden de estados sino que se independiza y vincula a nuevos actores. «La
porción europea de la humanidad ha vivido hasta ahora en una época cuyos
conceptos jurídicos han estado ínte-gramente acuñados desde el Estado, y que lo
presuponen como modelo de la unidad política. La época de la estatalidad toca a
su fin. No vale la pena desperdiciar más palabras en ello. Ter-mina así toda
una superestructura de conceptos referidos al Es-tado, erigida a lo largo de un
trabajo intelectual de cuatro siglos por una ciencia del Derecho Internacional
"europacéntrica", El
C. Schmitl,
El concepto de lo político, Madrid, 1991, 82.
J. Habermas,
«Carl Schmitt: Los terrores de la autonomía». en Identidades nacionales y
postnacionales, Madrid, 1989, 77.
B. Turner;
«Sovereígnty and Bmergency». en Theory, Culture and Society, 19,
109 Yss.
Sobre la tesis del «excepcionalismo norteamericano» hoy ver el excelente survey
"A Nation Apart» que realiza The Econcnnist (noviembre 8-14, 2003), 3-16.
138 139
resultado es que el Estado como modelo de la unidad
política, el Estado como portador del más asombroso de todos los mo-nopolios,
el de la decisión política, esa joya de la forma euro-pea y del racionalismo
occidental, queda destronada.v"" Se-gún él, «la distinción política
específica, aquella a la que pueden reconducirse todas las acciones y motivos
políticos, es la dis-tinción de amigo y enemigow'" y explica en la Teoría
del Parti-sano: «El núcleo de 10 político no es la enemistad, sino lo que
presupone la diferencia amigo enemigov.''" La debilidad del liberalismo de
Weimar supuso en los años veinte, a juicio de Schmitt, el fracaso del Estado
para confrontar a sus enemi-gos decisiva y efectivamente. La vida política no
puede sobre-vivir sin la soberanía del Estado y la soberanía de éste se
cons-tituye por la capacidad de un líder para tomar las decisiones efectivas en
una situación de crisis.
En la filosofía de Schmitt, el enemigo no es una
metáfora ni una abstracción, tiene que ser real, una amenaza concreta al
estado. En la política moderna, el enemigo se ha convertido en algo impuro, en
una fuerza extraña a la que no se puede perder de vista. En tales momentos de
decisión contra un ene-migo, el estado político se encuentra a sí mismo en un
perma-nente estado de emergencia cuando actos de relevancia histó-rica son
necesarios. En la política contemporánea, la guerra contra los talibanes y contra
Osama Bin Laden es contra un enemigo real que surge a partir del estado de
emergencia (la guerra global contra el terrorismo) donde existe una decisión
política para luchar en una guerra y para hacer frente a un enemigo que se
opone implacablemente a los valores occiden-tales. Esta guerra cultural es una
guerra sobre la humanidad y sobre esta guerra Schmitt hace su observación: «La
huma-
C. Schmitt,
El concepto de lo político, Madrid, 1991,40.
lbid.. 56.
C. Schmitt,
Thcorie des Panísanen. Zwischenbernerkungen zum Begrifr des
Politischen, Berlín, 1975, 93. Pero, el partisano
para Schmitt no va a prolongar de forma duradera la existencia v unidad del
estado como veremos. En una primera instancia, el partisano
estaría"representado. a juicio de Schmitt, por el guerrillero español que
dcfensivamente se opone a Napoleón y su expanstonismo nacionalista en el siglo
XIX, actuando corno renovador del orden tradicional del estado, pero un siglo
después el partisano estará representado por el revolucionario profesional
Ulianov/Lenin que actúa como portador de la enemistad más absoluta contra el
ene-migo más absoluto, el estado zarista, y funge de destructor del orden
estatal (91).
nidad como tal no puede hacer una guerra, pues
carece de enemigo, al menos sobre este planeta. El concepto de la hu-manidad
excluye el de enemigo, pues ni siquiera el enemigo deja de ser hombres, de modo
que no hay aquí ninguna dis-tinción específica. El que se hagan guerras en
nombre de la humanidad no refuta esta verdad elemental, sino que posee
meramente un sentido político particularmente intenso. Cuan-do un estado
combate a su enemigo político en nombre de la humanidad, no se trata de una
guerra de la humanidad sino de una guerra en la que un determinado estado
pretende apro-piarse un concepto universal frente a su adversario, con el fin
de identificarse con él (a costa del adversario), del mismo modo que se puede
hacer un mal uso de la paz, el progreso, la civiliza-ción, con el fin de
reivindicarlos para uno mismo negándoselos al enemigo». 206 La teología
política de Schmitt divide el mundo en amigo y enemigo bajo el interés de
proteger a la humanidad de la destrucción, legitimando el establecimiento de una
línea de ruptura cultural que es -UN conjunto de hipótesis que se
convierte en cuestiones de hecho, a contracorriente
de las ten-dencias dominantes en el programa cultural de la modemidad-dibujada
entre el islam y el resto del mundo. No debe sorpren-der que Fukuyama y
Huntington hayan avanzado en la cons-trucción académica de esta senda iniciada
por Schmitt. Esta encuentra eco en Estados Unidos, en el conservadurismo
cul-tural vía Leo Strauss, en el conservadurismo económico vía Hayek y en el
conservadurismo en política exterior vía Mor-genthau, por tanto, no debe extrañar
la presencia de este len-guaje en las declaraciones públicas del presidente
Bush. 2Ü7 Con un tono deliberadamente engagiert, Kagan?" y
Glucksrnanrr'?" avisan del peligro ante el peligro, es decir, de las
repercusiones desastrosas que puede tener la división, sobre todo entre Eu-
C. Schmitt,
El concepto de lo político, Madrid, 1991, 83.
La nueva
élite en el poder de la administración Bush se compone de cuatro gIUpOSque se
solapan: individuos que participaron en la administración de Reagan y que
sienten nostalgia de la lucha maniquea entre buenos y malos de la guerra fría;
representantes del complejo militar industrial que saldrán beneficiados de la
gue-rra y que han adoptado la fe en el poder militar; fundamentalistas
cristianos de derechas; y defensores a ultranza de Israel (ver al respecto M.
Kaldor, «Irak. Una guerra sin igual», El País [2 de abril de 20031, 12).
R. Kagan.
Paradise and Power, Londres, 2003.
A.
Glucksmann, Occidente contra occidente, Madrid, 2004.
140 141
ropa y Estados Unidos, ante el enemigo común, el
terrorismo. La guerra actual es entre la civilización y el terrorismo
nihilis-ta, todas las demás consideraciones son superfluas e incluso
peligrosas, a juicio de estos autores.
Con el declive del comunismo organizado entre 1989
y 1992, la política occidental perdió su Otro, al menos even-tualmente. Pero no
ha sido necesario un largo transcurso de tiempo para que surjan respuestas como
las de Francis Fukuyama en 1992, que haciéndose eco de la fe ilustrada en la
marcha del progreso a través de la historia, tema hegeliano recuperado a través
de Kojeve, sugiere que todos los conflic-tos serán resueltos dentro de una
narrativa universalizadora de liberalización y modernización. 210 Los
conflictos naciona-listas, étnicos y religioso-políticos no serían sino
virulentas expresiones, ya domadas por el nuevo mundo «posthístórico», de
pueblos y estados que todavía permanecen «en la histo-ria». No obstante, quien
más ha llenado de contenido la hipó-tesis schmittiana, con una lectura
reconfiguradora del orden internacional desde la cultura, ha sido Samuel
Huntington."" William Lind y el mencionado Huntington interpretan la
Gue-rra Fría como la última en una serie de «guerras civiles occi-dentales» (la
frase es de Lind) que comenzaron en el conflic-to de las guerras de religión en
Europa en el siglo XVIJ. 212 En esta narrativa, el transcurso de este estadio
en la historia, y de la Guerra Fría en particular, ha desvelado un mundo
hobbesiano y schmittiano revisado por Morgenthau, un mun-do dominado por
entidades culturales curiosamente inmuta-bles y constitutivamente
antagonistas.i" Huntington recupe-ra su. noción de civilización intacta
bajo el cielo eterno de la historia, después del interregno de las guerras
ideológicas mo-dernas, y su mapa de la post-Guerra Fría estaría configurado
porque «el Telón de Terciopelo de la cultura ha reemplazado
F. Fukuyama,
The End ofHistoryand the Last Man, Nueva York, 1992, 4, 18.
S.P.
Huntington. ¿Choque de civilizaciones?, Madrid, 2002 (traducción del artículo
aparecido en Foreign Affaires, vol. 72. 3, 1993), El choque de civilizaciones,
Barcelona, 1997. «El reto hispano a Estados Unidos», en Foreign Policy (mayo de
2004): www.fp-es.org
W. Línd,
«Dcfending the Western Culture», Foreign Policy, 84 (1991), 40-S0.
D. Biga,
«Grands debata en un petit monde». Cultures el Canilicts (otoño. invierno,
1995). 7-48.
al Telón de Acero de la ideología como línea
divisoria (jault Une) más significativa en Europa»?" y coextensivamente en
todo el mundo. De hecho, en uno de sus últimos trabajos, El reto hispano, el
peligro inmediato, ante portas e intra muros, en este caso para Estados Unidos,
provendría del sur hispa-no, civilización distinta a la anglosajona, forjadora
de los valores genuinamente americanos. Según la tesis de Hunting-ton: «las
diferencias entre civilizaciones son reales e impor-tantes, la conciencia de
civilización va en aumento, el con-Oicto entre civilizaciones suplantará a las
formas ideológicas y a otras anteriores de conflicto para erigirse en la forma
dominante de conflicto global, las relaciones internaciona-les, que han sido un
juego practicado dentro de la civiliza-ción occidental, serán crecientemente
des-occidentalizadas para tornarse en un juego en el que las civilizaciones
J1.o-occidentales sean actores y no simplemente objetos, la tarea de
desarrollar instituciones internacionales de política, eco-nomía y seguridad
cuenta con más probabilidades de éxito si se la lleva a cabo en el seno de una
civilización que traspa-sando sus fronteras. Los conflictos entre grupos de
civiliza-ciones distintas serán más frecuentes, prolongados y violen-tos que los
sostenidos entre grupos de la misma civilización ... , el eje supremo de la
política mundial lo serán las relaciones entre occidente y el resto ... surgirá
un foco central de conflic-to para el inmediato futuro entre Occidente y
diversos esta-dos islámicos y confucíanosv.!" El choque, como vemos en la
prognosis de Huntington, es inevitable y está profunda-mente encuadrado en dos
sistemas culturales diferentes, uno que separa entre lo que es de Dios y lo que
es del César y el otro que junta ambos aspectos. Da la impresión, en la
inter-pretación de Huntington y sus seguidores, de que Occidente y el islam se
miraran en el espejo!" y se reflejarán el otro del otro, es decir, sus
partes más tenebrosas y violentas ocultan-do aquellas otras aceptables en que
mayoritariamente coin-ciden. Huntington identifica cuatro causas del
crecimiento
S.
Huntington. ¿Choque de civilizaciones], Madrid. 2002, 33.
21S. íbíd., 67-68.
R.L. Euben,
Enemy in the Mirror. lslamic Fundamentalism and the Limits of
Modern rationalism, Princeton, 1999, 154-168.
142 143
de la militancia islámica: 1) ha habido un
importante resur-gimiento islámico en respuesta a la modernización secular. Sin
duda, los movimientos islámicos han alimentado una con-ciencia militante, pero
también han proporcionado apoyo eco-nómico y social a sus seguidores allá donde
los gobiernos de tales países han fracasado con sus respectivas poblaciones a
la hora de proporcionarles bienestar social. 2) Los movimien-tos islámicos han
movilizado y aprovechado las reivindica-ciones políticas, no sólo contra América
y sus aliados, sino contra sus propios gobiernos nacionales que han fracasado
estrepi tosamente en sus respectivos proyectos modernizado-res anclados en la
corrupción y el patrirnonialisrno preben-datario. Las reivindicaciones
musulmanas contra Occidente han sido agravadas por Israel, las derrotas
militares de 1967 y 1973, Y por el apoyo continuo occidental al sionismo. El
apoyo occidental a Israel debe aparecer necesariamente como hipo crítico y
ambivalente -para muchos esta doble moral, y no el extremismo musulmán, es la
mayor amenaza a la segu-ridad global- dado el apoyo occidental a la legislación
de los derechos humanos y a las aspiraciones democráticas en otras áreas como
Sudáfrica, ex Yugoslavia o Timol' Occidental. 3) La militancia islámica no es
un actor colectivo monolítico sin fisuras ya que padece los conflictos
nacionales entre esta-dos islámicos (la guerra entre Irán e Irak), las
divisiones étnicas dentro de las sociedades islámicas (el caso de los se-ñores
de la guerra en Afganistán) y las diversas versiones del islam (wahabíes,
suníes y chiles). 4) Quizás éste es el más importante de los argumentos de
Huntington. El crecimien-to demográfico de las sociedades musulmanas ha
producido un gran número de jóvenes desempleados y con gran movili-dad en el
grupo de edad entre los 16 y los 30 años que son los candidatos ideales para
ser reclutados por el fundamentalis-mo islámico.
Huntington ha sintonizado con un cierto sentimiento
po-pular, según el cual el fundamentalismo islámico aparece como una
reencarnación del fanatismo, del atavismo y la in-tolerancia, como la amenaza
al nuevo orden mundial, como el «Peligro Verde» (verde es el color del islam),
como el fan-tasma de las peores pesadillas que e] «siglo XXI pudiera
nue-vamente encontrar a las puertas de Viena, en forma de inmi-
grantes o terroristas, ya no como
ejércitosv."? El problema no está en que tales narrativas están
equivocadas sino en la definición de política legitima presupuesta en ellas que
pre-juzga la ecuación entre islam político y amenaza.!" La gran paradoja
que está a la base de esa distinción entre «nosotros» y el «islam» es la
disyunción existente entre un mundo que es más, más bien que menos, marcado por
las prácticas políticas fundacionalistas -religiosas, metafísicas o puramente
cultu-rales- y un discurso, predominante en Occidente, profunda-mente orientado
a este mundo que no ve lugar para tales cer-tezas fundacionalistas en la vida
política moderna o que ve en tales prácticas políticas una amenaza a la
política moderna. La política genuinamente moderna extrae su normatividad de sí
misma no de esencias ni hipotecas previas. El problema no está tanto en lo que
creemos, sea lo que sea eso en lo que creemos, como en las maneras de creer y
de hacer creer. Esto es vital para diferenciar entre terrorismo e islamismo o
judaís-mo o cristianismo. El fundamentalismo no es un simple re-torno a un modo
premoderno de relación con la religión. es la
respuesta temerosa a la modernidad, percibida más
como ame~ naza que como oponunidad.i'?
Otro aspecto, sin duda, controvertido es que los
teóricos del «choque de civilizaciones» ven la paja en el ojo ajeno y no la
viga en el propio, es decir, ocultan de forma deliberada la exis-tencia de
violencia fundamentalista en el seno de las tres reli-giones monoteístas.F'' No
existe una afinidad electiva entre un tipo de monoteísmo, el islam, y la
violencia, el islam no tiene el monopolio de la violencia políticamente activa,
siendo el ju-daísmo y el cristianismo religiones en las que también está pre-sente
la violencia vinculada a planteamientos religiosos. En esta tesitura, por
tanto, de lo que debiéramos hablar es no tanto de «choque de civilizaciones»,
tesis de los huntingtonianos, como
W. Lind,
«Dcfcnding Weslern Culture», Foreign Paliey, 84 (t 991),45. Recor-dar las dos
veces que fue asediada y conquistada Viena por el imperio otomano
estableciéndose una línea de ruptura que dura ya 1.300 años.
R.L. Euben,
Enemy in the Mirror. lslamie Pundamemalism and the Limits oi Modern
Ratíonolísm, Prínceton. NJ, 1999,7.
J. Habermas,
«Terror-isrn and the Legecy of Enlightment». en J. Habermas y J. Derrida.
Philosaphy in a Time oi Terror, Chícago. 2003,18.
S.N.
Eisenstadt. «Dcr Fundamentalismus als moderne Bcwegung gegen die Moderne». en
Die Vielfa!1 der Modeme, Gotinga, 2000,174-245.
144 145
de choque de [undamentalismos'?' (sic Tariq AJí),
de choque entre integrismos afincados en el seno de las religiones
mono-teístas, véase, la derecha evangélica revivalista norteamerica-na, los
sectores católicos integristas, los fundamentalistas ju-díos de Gush Emunin y
Agudat Israel, y los fundamentalis-tas islámicos repartidos por toda la amplia
geografía planetaria que configura el islam. Ninguno de estos grupos o
denomina-ciones religiosas es per se terrorista, pero en su seno se han
prohijado algunas de las células más peligrosas del Terror glo-bal actual, como
la de Al Qaeda.
Los radicales chiítas musulmanes en Líbano e Irán,
los mi-litantes sijs en el Punjab, los judíos extremistas en la franja de Gaza
y en Cisjordania, los nacionalistas hindúes en Ayodhia y los guerreros
culturales cristianos en Estados Unidos - 3 pesar de ser mundos geográficamente
e históricamente separados y con contenidos específicos en sus creencias y
prácticas- han establecido movimientos «progresistas» de creación y dominio del
mundo, en los términos de Max Weber, que miran al pasado para encontrar inspiración
más que el dogma impreso. La di-rección y los modelos provienen no sólo de una
interpretación selectiva del pasado sino también de una mimesis astuta (y a
veces inoportuna) con aquello que funciona en el presente. Los fundamentalistas
son importantes jugadores en la política lo-cal, regional e incluso nacional no
como resultado de su nostal-gia o «atraso», por los que son conocidos de forma
estereotipada por aquellos que los subestiman, sino por su habilidad para
adaptarse a los imperativos organizacionales modernos, a las estrategias
políticas, a los avances en las comunicaciones y en las teorías
econórnícas.i"
Tampoco es correcto identificar fundamentalismo con
tra-dicionalismo en orden a argumentar que el fundamentalismo es hostil a la
modernidad. Los teóricos del «choque cultural» presuponen que la modernidad es
un fenómeno singular y uni-forme más que plural y diverso. No hay una
modernidad occi-dental canónica, algo asícomo un original del que se distribu-
T. Alí, El
choque de los [undamentalísmos. Cruzadas, Yihads y modernidad, Madrid,2002.
M.E. Marty y
R.S. Appleby, «Introducción» a Fundamentalisms Compren-ded, Chicago, 1995,2.
yen copias world wide sino modernidades
múltiples-" y no podemos identificar la occidentalización como la única y
au-téntica modernización. La civilización occidental es a la vez occidental y
moderna. Las civilizaciones no-occidentales han intentado hacerse modernas sin
hacerse occidentales, hasta la fecha sólo Japón ha triunfado en la estrategia
de moderni-zación sin occidentalización.?"
Los comentarios occidentales actuales sobre el
islam funda-mentalista fracasan cuando eluden considerar la heterogeneidad de
la creencia islámica contemporánea. No olvidemos que el triun-fo aparente del
fundamentalismo ha sido desafiado por muchos intelectuales liberales
prominentes en el islam y que existe una considerable oposición de las mujeres
radicales islamistas, que son islamistas pero rechazan el apartamiento
tradicional de la mujer, el velo y los matrimonios arreglados.?" A pesar
de que en el islam chiítano se reconoce en última instancia la autoridad del
Estado sino la autoridad final del imán oculto.i" el fundamenta-lismo
islámico ha criticado específicamentey rechazado el islam tradicional que es
visto como la fuente principal de debilidad frente a la modernización. Hay
argumentos sociológicos a favor de con-siderar formas puritanas de
fundamentalismo bíblico -en el ju-daísmo, en el cristianismo y en el islam-
como fuentes de mo-dernidad en oposición a los patrones tradicionales del misticismo
espiritual sufí. Por otra parte, frente a un cierto desarraigo que genera un
tipo de modernización y de globalización centradas exclusivamente en el
Mcworld, en el mercado, muchos enfoques del islam, tanto internos como
externos, reconocerían su com-promiso primario con la igualdad y la justicia,
con la comunidad, en el sentido weberiano, más que con la salvación
indivídual.i"
Se trata, frecuentemente, al islam como una
religión exter-na y extranjera sin reconocer su desarrollo histórico dentro de
S.N.
Bísenstadt. «Múltiple Moderrritics», Daedalus, 129, 1, 1-29; J. Beriain,
«Modernidades múltiples y encuentro de civilizaciones», Papers, 68 (2002),
31-63.
En esto
coinciden tanto Huntington como Castells.
N. Othman,
«Grounding Human Rights Argumcnts in Non-Western Cul-
ture: Shari'a and The Cíuzen Rights of Woman in a
Modern Islamic Siete». en J.R. Bauery n.A. Bell (editores), The East Asim1
Challenge{or Human Rights, Cam-bridge, 1999, 169-192.
S.A.
Arjomand, The Shadow of God and the Hiddel1 tman, Chícago, 1984.
M.C.S.
Hodson, «A Comparíson of Islam and Christianity as a Framework Ior Religious
Lífe» , Diogenes, 32 (1960), 49·74.
146 147
Occidente. Con la globalización, el islam se ha
convertido en un clúster complejo y diverso de culturas y subculturas -como
ocurre en el judaísmo y en el cristianismo- más que en un sistema religioso
monolítico. La emigración ha creado formas nuevas de cultura en la diáspora
dentro del islam. Definiendo al islam como el enemigo a batir estamos creando
una homo-geneidad cultural que no existe. Quizás el ejemplo más eviden-te lo
proporciona Afganistán con los señores de la guerra y su cambiante política de
alianzas.
En cualquier caso, son asignaturas pendientes en
las so-ciedades islámicas, se mire por donde se mire, algunos aspec-tos que
están presentes en prácticamente todas ellas como son: la obligación de regirse
en un estado moderno y laico de for-ma prescriptiva según el código islámico de
la Shari 'a, es de-cir, la supervivencia de religiones políticas en donde
todavía no se ha dado la separación entre Estado y religión, entre ciu-dadanía
y fe religiosa, la revolución pendiente sobre el reco-nocimiento de la mujer y
sus derechos como ser humano en pie de igualdad con el hombre y la presencia de
la corrupción y el nepotismo como un cáncer con metástasis múltiples den-tro de
todas las sociedades islámicas.
Pero, al lado de la emergencia de estas tendencias
neo-schmittianas, que enfatizan el conflicto cultural entre civilizacio-nes,
dormido durante siglos, reactivado ahora como sustituto fun-cional de las
viejas ideologíasde la posguerra, después de la caída del Muro de Berlín en
1989, está también presente la tendencia con la que comenzaba este apartado, la
reactualización del enfo-que kantiano, sobre todo en Europa. Jürgen Habermas es
quien mejor ha resumido esta postura.?" Según él. el 11-09-2001, ade-más de
ser el «primer acontecimiento histórico mundial», en el sentido de que el
impacto, la explosión y el lento desmoronamiento del WTC fue visto en tiempo
real por todo el mundo, también es una expresión de la espiral del mal, en
eterno ricorso, «la espiral de la violencia comienza como una espiral de
comunicación distorsionada que conduce, a través de la espiral de una
descon-fianza incontrolada, a la ruptura de la comunícacíóns.s" Pero,
Últimamente
recogida en «Hat die Konstitutionalisien.mg des Volkerrechts noch eine
Chance?», en Der Gespaltene Westen, Fr-ankfut-t, 2004, 113-194.
J. Habermas,
«Terror-isrn and the Legacy of Enlightment», en Habermas y Derrida, Philosophy
in a Time oiIerror. Chicago, 2003,19.
148
para entender esto tenemos que tener presente la
imagen que tiene el resto del mundo de Occidente, como Mcworld, como un inmenso
mercado-casino, que penetra los modos de vida tradi-cionales como un «molino
satánico» (sic Polanvi) produciendo nuevas desigualdades y desarraigo,
ganadores y perdedores, y ante el que hay que defenderse, así, la religión, en
muchos casos, aparece como esa coraza protectora que «convence subjetiva-mente
más» que la objetividad del mercado des-regulado. Esta percepción, evidentemente
distorsionada, distorsiona a su vez la «situación epistémica-t" de la
religión en la modernidad, en donde ésta ya no tiene el monopolio cosmovisional
y en donde la distinción directriz creyentellaico ya no es más que una entre
otras en un universo en donde la jerarquía ha sido secularizada como principio
de orden siendo sustituida por la heterarquía, según la cual ningún sistema
social está por encima de otro sino aliado de otro. En las sociedades modernas
no hay religión ver-dadera y herejías sino un estricto universalismo en el que
el mis-mo respeto se exige para todo el mundo -sea católico, protes-tante,
musulmán, judío, hindú, budista o no creyente. El propio modo de vida moderno
que ha nacido en Occidente, pero que no es exclusivo de Occidente, ha producido
la posibilidad de disen-tir contra el propio sistema pacíficamente a través del
concepto de «desobediencia civil» y de una «democracia militante» que nace en
el seno de una comunidad moral incluyente basada en derechos de igualdad y
respeto al otro. En esta tesitura el funda-mentalismo aparece como otra iron
cage moderna comparable al mercado o a la burocracia, como una refeudalización
de las relaciones sociales. El planteamiento de Habermas, en el plano cultural,
se basa en que toda interpretación es una traducción in nuce.23 ! No existe
ninguna cultura ni civilización que sobreviva aislada sino en permanente
contacto e hibridación con otras cul-turas. Empíricamente, podemos afirmar que
la tesis del contac-to cultural, formulada por la Escuela de los Círculos
Culturales desarrollada por Grabner a comienzos del siglo xx en Viena, y que
tendrá desarrollos posteriores en los estudios de mitología comparada de Franz
Boas y en la teoríadel intercambio de Marcel Mauss, da cuenta con mucho más
acierto de la ca-existencia de
J. Habermas,
opus cit., 32.
lbíd., 37.
149
distintos cluster culturales que la teoría del
choque cultural. En el fondo de todo encuentro con el otro está siempre la
pretensión de comprender-se mutuamente asumiendo el rol del otro.i" en los
términos de Mead, de alcanzar una cierta fusión de horizon-tes,233 en los
términos de Gadamer. De hecho, las culturas están demasiado entremezcladas, sus
contenidos e historias son dema-siado independientes e hibridas, para la
separación quirúrgica en oposiciones la mayor de las veces ideológicas como
Oriente y Occi-dente 234 o islam versus Occidente ti Occidente versus el resto
del mundo, como pretenden los teóricos del choque cultural; de he-cho, ¿qué es
occidente sino una exitosa hibridación de Jerusa-lén, Atenas y Roma? ¿Acaso no
proceden las tres grandes religio-nes monoteístas de un mismo tronco común? ¿No
ha logrado Japón integrar exitosamente valores occidentales y orientales,
sometiéndolos a un creativo proceso dejaponización? Pero, ¿cuál es la respuesta
concreta que Habermas da al terror global, es decir, a la interrupción y
negación violenta de la comunicación, que padecemos actualmente? Pues bien, en
línea con su argu-mentación previa considera que «contra los enemigos
relaciona-dos entre sí en redes globales, descentralizados y que operan de
forma invisible sólo cabe utilizar la prevención en otros niveles operativos.
Aquí no sirven de nada bombas y cohetes, aviones y tanques, sino la cooperación
internacional de los servicios esta-tales de información y las autoridades
policiales, los controles del movimiento de capitales, el seguimiento de las
conexiones logísticas en generals.?" Las objeciones empíricas a la actual
posición estadounidense radican en que la sociedad mundial se ha hecho
demasiado compleja como para ser gestionada desde un centro que decide unilateralmente
apoyado en la superiori-dad militar. Del hecho que el estado nacional haya sido
supera-do, por la globalización económica representada en la expan-sión de los
mercados y por la globalización del Terror, no significa que pongamos todo el
poder de decisión en la única potencia hegemónica.!" Aunque sea más
costosa, sin duda, será más dura-
G.H. Mead,
Espíritu, persona y sociedad, Barcelona, 1982,272-273.
H.G.
Gadamer, Verdad y método, Salamanca, 1977,376·377.
E. Said,
Representations uf the lnteliectuai, Londres, 1994. xi.
J. Habermas.
«¿Qué significa el derribarle! rnonurnento?», El País(20 de mayo de 2003), 8
(artículo recogido en Der Gespaltene Westen, Frankfurt. 2004, 32-43).
/híd.
dera una paz apoyada en una formación multilateral
de la voluntad anclada en el núcleo universal de la democracia y de los
derechos humanos más que la imposición unilateral a san-gre y fuego.
Quizás hay verdades de fondo que se pueden y
probable-mente se deben extraer tanto del enfoque neoschmittiano del choque
cultural como del enfoque neokantiano. Por ejem-plo, es importante extender el
certificado de defunción de los ejes de conflicto típicos anteriores a la caída
del Muro de Berlín, que se basaban en construir una agenda política en torno a
problemas nacionales para los que se exigía solucio-nes asimismo nacionales. Ha
surgido un enemigo nuevo, in-visible y ubicuo, el Terror global, ante el que no
podemos ni debemos ofrecer soluciones nacionales sino transnaciona-lea."?
entre las que prioritariamente está el paso decisivo de articular una
«gobernanza cosrnopolitav.t" una sociedad ci-vil global, desnacionalizada,
que pueda acoger los proble-mas en esa perspectiva de la que nos hablaba Kant
hace ya doscientos años y que Virilio y Giddens nos han recordado en su
sugerente: «ahora en todos los sitios».
A modo de conclusión
A lo largo de estas páginas hemos re-visitado
bastantes te-máticas, autores y momentos históricos, pero si ellector/a hace un
pequeño esfuerzo, enseguida se dará cuenta del motivo de fondo que nos movía,
el realizar una genealogíade las diversas metamorfosis de la violencia en la
modernidad. Comenzába-mos allá, a finales del siglo XIX, despertando de un
cierto sueño utópico que nos hizo creer, de alguna manera, que tanto el
rea-lismo político hobbesiano, como el liberalismo y el marxismo, nos habían
situado al borde de una modernidad sin violencia, sin embargo, las trincheras
de Verdún no sólo nos avisaban de la
Sobre la
reconfiguración geopolítica del nuevo «orden» internacional ver el interesante
trabajo de E. Lamo: Bajo puertas de fuegu. El nuevo desorden interna-cional,
Madrid, 2004.
Ver la
posición de D. Held en L'emocracy and the Global Order: From che Modern Stale
lo Cosmopolitan Governance, Cambridge, Polity Press (hay traduc-ción en
Paidós}.
150 151
división de las potencias europeas, que calentaban
los motores de la guerra, sino que la sociología naciente y pujante, a ambos
lados del Atlántico, se dividíaentre el pacifismo
del pragmatismo
norteamericano y una posición más proclive a la
guerra, sobre todo en la sociología alemana. El resultado ya lo conocemos:
triunfa la «nación en armas» frente a la evanescencia del mensa-je pacifista.
Lo cierto es que la sociología había situado grandes narrativas que explicaban
el cambio social -la división del tra-bajo, el aumento de las fuerzas
productivas, la racionalización de las estructuras de conciencia y la
domesticación de los afec-tos- en términos de indicadores más o menos
universalizados como el mercado, la democracia y la burocracia y de tipos
idea-les como el ciudadano y el trabajador, pero la experiencia traumática de
la guerra nos ha puesto de manifiesto que ya des-
de las revoluciones liberales y burguesas, alIado
del ciudadano y del trabajador siempre estuvo el soldado, el ejército y el
poder
militar; de hecho, hemos visto cómo entre el
capitalismo, el esta-
do nacional y la guerra hay afinidades electivas
insoslayables.
Pero, quizás, donde más evidente es la irrupción de
la barbarie
en la misma modernidad, algo que los padres
fundadores de la
sociología situaban antes del proceso civilizatorio
pero no en el mismo proceso civilizatorio, es en la proto-experiencia del
trau-ma cultural que representa Auschwitz, «la violencia por encima
de todo» tGewalt über Alles). Pero, no podemos
poner punto fi-nal al relato de la barbarie centrado en la banalidad del mal
que
representa Auschwitz, desgraciadamente, ya que la
espiral del mal continua con las antinomias de la violencia actual: ya que de
la guerra cuerpo a cuerpo hemos pasado a la infoguerra y sus carnavales de
crueldad, tenemos que afrontar asimismo una reedición del jacobinismo
fundamentalista, cuando justo había-mos entendido las dimensiones reales del
nazismo y del bolche-vismo, de la estatalización de la guerra hemos pasado,
casi sin damos cuenta, a la privatización y desnacionalización de la gue-rra y
al auge del Terror nihilista actual. Finalmente, con otros nombres, pero con
argumentos similares a los de finales del si-glo XIX, asistimos a una reedición
de los intentos de interpretar la violencia actual entre neoschmittianos y
neokantianos. El propósito que me ha llevado a explorar los tenebrosos y a
veces inefables derroteros de la violencia no ha sido otro que hacer la enésima
crítica de las armas con las armas de la critica.
EL IMAGINARIO SOCIAL MODERNO: UNA POSMETAFÍSICA DE
LA INDETERMINACIÓN Y LA CONTINGENCIA
El hombre es un animal loco (que comienza
por ser loco) y que precisamente por ello lle-
ga a ser o puede llegar a ser racional.
CORNELlUS CASTORIADIS
En realidad
quien vive en este «mundo» (en-
tendido en el sentido cristiano) no puede ex-
perimentar en sí nada más que la lucha entre
una pluralidad de secuencias de valores, cada
una de las cuales, considerada por sí misma,
parece capaz de vincular con la divinidad. El
debe elegir a cuáles de
estos dioses quiere y
debe servir,
cuándo a uno y cuándo al otro.
Entonces terminará
encontrándose siempre
en lucha con alguno de los otros dioses de este
mundo y, ante todo, siempre estará lejos del
Dios de! cristianismo (más que de ningún otro,
de aquel Dios que fuera anunciado en el Ser-
món de la
Montaña).
MAX WEBER
Interrupción, incoherencia,
sorpresa, son las
condiciones ordinarias de nuestra vida. Inclu-
so se han convertido en necesidades reales para
muchas personas cuyas mentes no son ya ali-
mentadas sino por cambios súbitos y estímu-
los renovados constantemente. Ya no podemos
con nada que dure. Ya no sabemos cómo ha-
cer fructífero e! tedio... Por tanto, la pregunta
completa sería: ¿puede la mente humana do-
minar lo que la mente humana ha hecho?
PAUL VALERY
Una sociedad autónoma, una sociedad verda-
deramente democrática, es una sociedad que
cuestiona todo Jo que es pre-dado y por la
misma razón libera la creación de nuevos sig-
152 153
niíicados. En tal sociedad todos los individuos
son libres para crear los significados que de-
seen para sus vidas.
CORNELIUS CASTORlADlS
Muchas son ya las interpretaciones, los autores y
las pági-nas vertidas, que tratan de arrojar luz sobre la naturaleza de lo
moderno o de la modernidad, sin embargo, no existe una saturación de claves
interpretativas puesto que la propia mo-dernidad invita a trascender
constantemente lo dado, la nove-dad ya vieja, hacia lo otro de lo ya dado, y es
aquí donde me-jor podemos situar el esfuerzo de un autor, Cornelius Castoriadis
(1922-1997), para comprender el significado de lo que hacemos y, porque no decirlo
también, de aquello que dejamos o no podemos hacer.
El punto de partida de Castoriadis es bastante
diferente a los que ya conocemos, entre los que destacamos: las
represen-taciones colectivas de Durkheim, los sentidos subjetivamente mentados
de Weber, las relaciones de producción de Marx, la razón comunicativa de
Habermas, la diferenciación funcio-nal de Luhmann, etc. La realidad sobre la
que construye su argumentación Castoriadis es el imaginario social, 1 concepto
poco conocido, más bien desconocido, en el ámbito sociológi-co, pero de
indudable versatilidad y profundidad orientado a la comprensión de las
sociedades modernas. En este capítulo vaya desvelar, en primer lugar, el
significado del concepto de Imaginario social; en segundo lugar, voy a
tematizar cómo se produce y reproduce la sociedad por sí misma y desde sí
mis-ma; en tercer lugar, analizaré cuáles son las principales signi-ficaciones
sociales imaginarias en plural -dioses, progreso, desarrollo, autopreservación-
que están a la base de nues-tras actuaciones y, en cuarto lugar, analizaré los
valores pro-pios y las antinomias del imaginario social moderno: la con-
La
institución imaginaria de la sociedad, Barcelona. vol. 1, 1983, vol. 2, 1989
(edición original de Senil, París, t 975) es la obra maestra de Castoriadis en
donde están presentes todas sus claves interpretativas, que han sido analizadas
amplia-mente en el conjunto de Carreiours du Labyríruhe, cinco volúmenes
publicados hasta hoy: Carreiours du Labyrinthe 1, París, 1978; Demaínes del L
'homme. Carreíours du Labyrinthe JI, París, 1986; Le monde Morcelé. Carreiours
du Labyrinthe JII, París, 1990; Le montee de L 'insigniiicance. Carreiours du
Labyriruhe IV, París, 1996; Fait el d (aire: Carreíours du Labyrinthe V, París,
1997.
tingencia, el riesgo y la ambivalencia, valorando
las perspecti-vas de otros pensadores como Bauman y Luhmann.
l. El punto
de partida: el imaginario social
Vamos a explicar qué es el imaginario, algo que en
princi-pio no conocemos, a través de otros conceptos que nos son familiares. Lo
simbólico y lo imaginario van juntos. Lo imagi-nario debe utilizar lo
simbólico, no sólo para «expresarse», lo cual es evidente, sino para «existir»,
para pasar de lo virtual a cualquier otra cosa más. El delirio más elaborado,
como el fantasma más secreto y más vago, están hechos de «ímage-nes», pero
estas imágenes están ahí como representantes de otra cosa, tienen, pues, una [unción
simbólica. Consideremos el ejemplo de un tótem que funge como símbolo de
identifica-ción tribal, en él se muestra lo accesible a la percepción sensi-ble
como son las inscripciones de animales o plantas realiza-das en madera, pero
también connota aquello a lo cual remiten tales inscripciones, el Dios de la
tribu,la esfera de lo sagrado. Tenemos aquí una interesante complementariedad
entre la inmanencia de la inscripción en madera que remite a la tras-cendencia
de una alteridad imaginaria. Ésta no puede presen-tarse en cuanto tal, es
decir, precisa del concurso imprescin-dible del símbolo, pero este no sería más
que un mero nombre o una mera inscripción sin ese otro portador del sentido que
es el imaginario." En el totemismo se revela que un símbolo «elemental»
es, al mismo tiempo, principio de organización del mundo y fundamento de la
existencia de la tribu, y no por
Castoriadis
(La institución imaginaria de la sociedad [lIS], vol. 1, 222) se sirve de un
texto del Hegel de la Jenenser Realphilosophie (1805-1806) para ejemplificar la
relación entre lo simbólico y lo imaginario: «El hombre es esa noche, esa nada
vacía que lo contiene todo en su simplicidad; riqueza de un número infinito de
representaciones, de imágenes. de las que ninguna aflora precisamente a su
espíri-tu o que no están siempre presentes. Es la noche, la interioridad de la
naturaleza lo que existe aquí: el Yo puro. En representaciones fantásticas, es
de noche por todo lo que está alrededor; aquí surge entonces una cabeza
ensangrentada, allá otra figura blanca, y desaparecen con la misma brusquedad.
Es esa noche la que se percibe cuando se mira a un hombre a los ojos; una noche
que se hace terrible; es la noche del mundo a la que entonces nos enfrentamos.
El poder de sacar de esa noche las imágenes o de dejarlas que vuelvan a caer en
ella (eso es) el hecho de ponerse a sí mismo, la consciencia interior, la
acción, la escisión».
154 155
otra razón que su «fuerza» imaginal, ¿Por qué es en
lo imagi-nario en ]0 que una sociedad debe buscar el complemento necesario de
su orden y de su autorrepresentación, en defini-tiva de su ser? Otro ejemplo,
tomado esta vez de la religión mosaica, nos va a servir para responder a esta
pregunta. Toda religión está centrada sobre un imaginario, y la religión
mosaica lo está especialmente. Hace 5.000 años, entre los ríos Tigris y
Éufrates, vagaban una serie de tribus de pastores nó-madas; de hecho, Abraham
antes del mandato dispensado por Dios, estricto sensu, era un henoteísta, es
decir, alguien que adoraba al dios del lugar, no a un Dios con vocación
univer-salista y, por tanto, supratribal. Pues bien, tales tribus eleva-ron una
significación imaginaria al cielo a la que denomina-ran JHWH y desde entonces
está determinando el modo de vida de todos los colectivos en los que está
presente de algu-na manera. Fijémonos sólo en la «encarnación» de tal
ima-ginario en el ritmo social de actividades pautado por el tiempo, en la
sacralización de la semana, en el significado de la sabbath, el séptimo día.
En cada sociedad y en cada cultura hay un
imaginario ra-dical, algo así como un conjunto de significaciones sociales
centrales - la cólera de Dios en JHWH o el amor de Dios en Jesús de Nazaret-
que después se objetivan en diferentes en-claves, por ejemplo, un icono, objeto
simbólico de un imagi-nario, que está investido de trascendencia para los
fieles que lo veneran, o una bandera, símbolo con función racional, sig-no de
reconocimiento y de reunión, que se convierte rápida-mente en aquello por lo
cual puede y debe perderse la vida y en aquello que da escalofríos a lo largo
de la columna verte-bral a los patriotas que miran pasar un desfile militar. En
muchos casos, y de forma equivocada, se afirma que lo imagi-nario no juega un
papel en una institución porque hay proble-mas «reales» que los hombres no
llegan a resolver, pero esto no es cierto porque, por un lado, los hombres no
llegan preci-samente a resolver estos problemas reales más que en la me-dida en
que son capaces de imaginarlos; y, por otro lado, no se debe olvidar que estos
problemas reales no pueden ser pro-blemas, no se constituyen como problemas que
tal época o tal sociedad se impone como tarea resolver, más que en función del
imaginario social de esa sociedad o época consideradas.
Esto no significa que los problemas son inventados
uno tras otro y que surgen de la nada y en el vacío. Lo que se configura como
problemas sociales es inseparable del sentido problemá-tico con el que se
inviste al mundo, sentido que como tal no es ni cierto, ni falso, ni
verificable, ni falsable, con relación a unos «verdaderos» problemas y a su
«verdadera» solución. No hay algo así como el problema de la sociedad (e La
humanidad es la que tiene harnbre»]. 3 No hay algo que los hombres quieren
pro-fundamente, y que hasta ahora no han podido tener porque la técnica era
insuficiente o incluso porque la sociedad seguía di-vidida en clases. Decir que
lo imaginario no surge sino porque el hombre es incapaz de resolver su problema
real, supone que se sabe y que puede decirse cuál es este problema real,
siempre y en todas partes el mismo. Esto supone que se sabe, y que puede
decirse, qué es la humanidad y lo que quiere, aquello hacia lo que tiende. La
humanidad tiene hambre, es cierto, pero una vez que ha saciado su hambre,
re-sitúa como sus proble-mas algo menos «material» y muchísimo más
«postmatertale" corno «pasar hambre» o comer menos para mantenerse en
for-ma con arreglo a un imaginario social que proyecta la signifi-cación
imaginaria del cuidado de sí, de la dieta, del ejercicio físico, como
saludables, como deseables. En este respecto el marxismo se ha equivocado, sin
duda alguna.
Este estructurante originario, fuente de lo que se
da cada vez como sentido de la realidad, soporte de las articulaciones de lo
que importa y de lo que no importa, origen del exceso de ser de los objetos de
inversión práctica, afectiva e intelectual, así como individual y colectiva,
este elemento no es otra cosa que lo imaginario de la sociedad. «La historia es
imposible e inconcebible fuera de la imaginación productiva o creadora, de lo
que hemos llamado lo imaginario radical tal como se manifiesta a la vez e
indisolublemente en el hacer histórico, y en la constitución, antes de toda
racionalidad explícita, de un universo de significacionesw» En esta línea de
argumentación,
C.
Castoriadis, lIS. vol. 1,234.
Ronald
Inglehart se ha encargado laboriosamente de presentar COn una apo-yatura
empírica contundente esta metamorfosis de las preocupaciones sociales. Ver sus
trabajos: La revolución silenciosa de 1977, El cambio de valores de 1990 v
Modernización y postmodernitacíán de 1997. -
5. C. Castoríadís. lIS, vol. 1,253.
156 157
Castoriadis afirma que «la sociedad no es un
conjunto, ni un sistema o jerarquía de conjuntos (o de estructuras). La
socie-dad es magma y magma de magmas»? La institución sociedad está hecha de
múltiples instituciones particulares, no siempre compatibles entre ellas. Tal
urdimbre de instituciones son, tie-nen existencia social, por encamar ese magma
de significacio-nes imaginarias sociales." Semejantes significaciones son,
por ejemplo, espíritus, dioses, Dios, polis, ciudadano, nación, esta-do, partido,
mercancía, dinero, capital, tasas de interés, tabú, virtud, pecado, etc. Las
cosas sociales son lo que son gracias a las significaciones que figuran,
inmediata o mediatamente, di-recta o indirectamente y, recíprocamente, las
significaciones imaginarias sociales están en y por las «cosas» -objetos e
indi-viduos- que las presentifican y las figuran. Sólo pueden tener existencia
mediante su «encarnación», su «inscripción», su pre-sentación y figuración en y
por una red de individuos y objetos que ellas «informan». Sólo asíla
institución de la sociedad es lo que es y tal como es en la medida en que
«materializa» un mag-ma de significaciones imaginarias sociales, en referencia
al cual y sólo en referencia al cual, tanto los individuos como los obje-tos
pueden ser aprehendidos o pueden simplemente existir. Lo imaginario social
existe como un hacer/representar lo históri-co-social; la forma en que consigue
ese despliegue de lo histó-rico-social no es otra que a través de la
institución de las «con-diciones instrumentales» del hacer (teukhein) y del
representar (legein). No obstante, lo imaginario es irreductible a tales
«con-diciones instrumentales», es, valga la redundancia, la condi-ción
incondicionada de tales «condiciones». A través de la re-presentación se presenta
la imaginación radical. El flujo representativo es, se hace, como
«autoalteración, emergencia incesante de la alteridad en y por la posición de
imágenes y figuras», puesta en imágenes que desarrolla, da existencia o
actualiza, constantemente, lo que aparece al análisis reflexivo,
retrospectivamente, como sus condiciones de posibilidad preexistentes:
temporalización, espacialización, diferenciación,
C.
Castoriadis, US. vol. 2, 106 v 288, teniendo presente que un magma es aquello
de lo cual se puede extraer (o, en el cual se puede construir) organizaciones
conjuntistas en cantidad indefinida, pero que jamás puede ser reconstituido
(ideal-mente) por composición conjuntista (ni finita ni infinita) de esas
organizaciones.
7, C, Cnstoriud¡s. Domaines de L'homme, París,
1986,224-225.
alteración. La autoalteración perpetua de la
sociedad es su ser mismo, que se manifiesta por la posición de formas-figuras
re-lativamente fijas y estables y por el estallido de estas formas-figuras que
jamás pueden ser otra cosa que posición-creación de otras formas-figuras. Por
tanto, nunca debemos pensar que las significaciones imaginarias son dadas ah
origene, in hilo tempore, por Dios o por la naturaleza o por el rey, y que
perma-necen inmutables determinando el curso de lo social-histórico desde fuera;
es más bien lo social-histórico como auto-altera-ción, como devenir, como
cambio, el que engendra todo el pro-ceso de metamorfosis, de historicidad, de
las significaciones imaginarias sociales, así el Prometeo de Esquilo se
transforma en el Fausto de Goethe y Mann y éste en el Ulrich (xhombre sin
atributos») de Musil. En definitiva, «en el ser por hacerse (o ha-ciéndose)
emerge lo imaginario radical, Como alteridad y como origen perpetuo de
alteridad», que figura y se figura, es al figu-rar y al figurarse, creación de
«imágenes» que Son lo que Son y tal como son en tanto figuraciones o
presentificaciones de sig-nificaciones o de sentido»." Simmel en un
artículo"que publica en 1918 nos ofrece una perspectiva muy similar a la
de Cas-toriadis. La vida, según Georg Simmel, a través de su agencia dinámica,
el alma humana, extrae de su magma imaginario de contenidos, de su
indeterminación de posibilidades, unas de-terminadas formas, unas
constelaciones de sentido se autolimita siendo ella misma sin-límite al originar
su alteridad, la forma, la objetividad. El modo de existencia que no restringe
su realidad al momento presente, situando el pasado y el futu-ro en el ámbito
de lo irreal, eso es lo que llamamos vida. La condición última, metafísicamente
problemática, de la vida radica en que es continuidad sin límite y al mismo
tiempo es ego determinado por sus formas limitadas. La vida empuja más allá de
la forma orgánica, espiritual u objetiva de lo realmente existente y sólo por
esta razón la trascendencia es inmanente a la vida. La vida se revela a sí
misma como un continuo proceso de autotrascendencia, proceso este de
autorrebasamiento que
C.
Castoriadis. lIS, vol. 2, 327. Al respecto ver también el interesante ensayo de
Rugo Zemelman: Necesidad de conciencia, Barcelona, 2002.
«Die
Traszendenz des Lebens», en Lebensanschauung, Berlín, Duncker y Hublot (918),
1994 (traducido por Celso Sánchez Capdequ¡ en RElS, 89, enero abril. 2000).
158 159
la caracteriza como unidad, como la unidad del
panta rei heraclíteo, como el ser propio del devenir. En su estraordinario
texto intitulado: Puente y Puerta, de 1909, Simmel inequívoca-mente ya había
manifestado que «el hombre es el ser fronteri-zo que no tiene ninguna
frontera». El individuo es ese ser que crea límites, pero, para sobrepasarlos.
Es esencial para el hom-bre, en lo más profundo, el hecho de que él mismo se
ponga una frontera, pero con libertad, esto es, de modo que también pueda
superar nuevamente esta frontera, situarse más allá de ella. Aquí Simmel nos
pone de manifiesto cómo el hombre crea su propio destino (como también apuntaba
Weber), pero no un destino metasocialmente dado, más allá de su intervención,
so-metido a instancias suprasociales, como Dios o la naturaleza, sino un
destino producido por él mismo, un destino que emerge en la correferencia entre
ser y deber ser, decisión y resultados, libertad y dependencia, en definitiva,
entre vida y forma.
Una vez que hemos puesto de manifiesto lo que el
imagi-nario es, convendría decir también lo que no es para evitar equívocos
conceptuales y falsas interpretaciones. Frente a las corrientes
psicoanalíticas, conviene decir que lo imaginario no es lo «especulan>,
imagen de e imagen reflejada, reflejo. Lo imaginario no es a partir de la
imagen en el espejo o en la mirada del otro. Más bien, el «espejo» mismo y su
posibili-dad, y el otro como espejo, son obras del imaginario, que es creación
ex nihilo. Los que hablan de «imaginario», enten-diendo por ello lo
«especular», el reflejo o lo «ficticio», no hacen más que repetir, las más de
las veces sin saberlo, la afir-mación que les encadenó para siempre a un
subsuelo cual-quiera de la famosa caverna (platónica): es necesario que (este
mundo) sea imagen de alguna cosa. El imaginario del que ha-bla Castoriadis no
es imagen de ... Es creación incesante y cscn-cialmente índeterminada
(social-histórica y psíquica) de figu-ras/formas/imágenes, a partir de las
cuales solamente puede tratarse de «alguna cosa». Lo que llamamos «realidad» y
era-cionalidad» son obras suyas. 10
Si bien para Marx y el marxismo posterior, los
cambios en la técnica y en la infraestructura productiva han sido los mo-tores
que han movilizado otros «motores» como las luchas de
10. C. Castonadts, lIS, vol. 1, 10.
clases que han producido verdaderas conmociones
sociales sin embargo, ajuicio de Castoriadis, tales conmociones -des~ de la
rebelión de los esclavos en Roma hasta las grandes revo-luciones americana y
europeas- han estado siempre condi-cionadas por conmociones de la
representación imaginaria global del mundo (y de la naturaleza y de los fines
del saber mismo), la última de las cuales, la revolución capitalista, acae-cida
en Occidente hace unos pocos siglos, ha creado una re-presentación imaginaria
particular, según la cual el mundo aparece como res extensa, 11 como ente,
objeto de dominio, con-trol y posesión. Para que una máquina se convierta en
capital, es menester insertarla en la red de relaciones socioeconómicas que
instituye el capitalismo. Las máquinas que conocemos no son objetos «neutros»
que el capitalismo utiliza con fines ca-pitalistas, «apartándolas» de su pura
tecnicidad, y que podrían, también, ser utilizadas con fines sociales
distintos. Desde mil puntos de vista, las máquinas, son «encarnación»,
«inscrip-ción», presentificación y figuración de las significaciones
esen-ciales del capitalismo." Castoriadis afirma que, de Platón a Marx, el
pensamiento político se ha presentado como la apli-cación de una teoría de la
esencia de la sociedad y de la histo-ria, fundada sobre una ontología
identitaria, según la cual ser ha significado siempre ser determinado, l3
ocultando el ser pro-pio de lo social-histórico como imaginario radical, como
Caos, como Abismo, como sin-Fondo, 14 como indeterminación Marx prisionero de
esta ontología de la identidad, sacrifica l~sgér~ menes nuevos que conlleva su
pensamiento cuando supedita la «novación de sentido» que supone la revolución
-como emer-gencia de nuevas identidades, nuevas fuerzas sociales y nuevas
necesidades culturales- a un tipo de racionalidad selectiva, que restringe la
producción de lo social-histórico (la sociedad) al crecimiento acumulativo de
la tecnología socialmente dis-ponible y a la acción salvíficade un portador
colectivo de ernan-
Ver la
interesante interpretación que S. Toulmin realiza de Descartes v Newton como
f~rjado~esde la cosmovisi6n moderna: Cosmopoíís: The Hidden agenda al"
Modennty, Chicago, 1990. Ver también La dialéctica de la ilustración de
Horkheimer y Adorno.
C.
Casroriad¡s, lIS. vol. 2. 308~310.
íbid., 23,
95,154.
lbíd. 320 y
ss.: Domaines de l'Iwmme, París, 1986,369.
160 161
cipación universal, históricamente producido, el
proletaria-do. El proyecto revolucionario, afirma Castoriadis, excede toda
fondation rationelle: una nueva institución de la sociedad im-plica un
dépasement de la razón (Iógica-identitaria) institui-da. Se trata de ver la
historia como creación, se tra ta de ver la sociedad instituyente actuando, a
través del imaginario so-cial, en la sociedad instituida, IS actuando como
«autotrascen-dencia» de la razón instituida del pensamiento heredado.
Frente a Durkheim, Castoriadis piensa que conceptos
como el de «conciencia colectiva» o «representaciones co-lectivas» son
equívocos porque denotan sólo una parte de la sociedad, su dimensión
instituida, identitaria, pero no cap-tan la génesis imaginal, la creación
continuada, a través de la que la sociedad se hace ser como institución. Por
otra par-te, Durkheim sitúa en tales conceptos una serie de referen-cias
empíricas que si bien sirven para determinar indicadores sociales puntuales
referidos a la «parte común», a la «me-dia» o a la (desviación típica» 16 de
determinadas prácticas sociales, sin embargo, se muestran más limitados en su
di-mensión crítico-interpretativa.
Por último, no deben confundirse las
significaciones ima-ginarias sociales con los «sentidos subjetivamente
intencio-nados» a los que alude Weber. Tales significaciones imagina-rias son,
más bien, aquello por lo cual tales intencionalidades subjetivas, concretas o
«medias», resultan posiblesY
2. La
autoproducción de la sociedad
Habitualmente hemos considerado que lo social es un
eje de simultaneidades, de coexistencias con un ahora determi-nado, y que lo
histórico es un eje de sucesiones con un antesl después determinado o
determinable, sin embargo, «lo so-cial es ... autoalteracián, y no es otra cosa
fuera de eso. Lo social se da como historia y sólo como historia puede darse;
lo social se da como temporalidad, y... se instituye implícita-
C.
Castoriadis, ns. vol. 2, 283 Y SS., 327
Y ss.
íbíd., 322.
lbíd., 324.
mente como cualidad singular de temporalidad, y...
lo histó-rico es eso mismo auto alteración de ese modo específico de
«coexistencia» que es lo social y no es nada más que eso. Lo histórico se da
como social y sólo como social puede darse. Lo histórico es la emergencia de la
institución y la emergen-da de otra institución»." La sociedad no es sólo
reproducción y adaptación, es adernás « creación, producción de si
misma»?" La sociedad se reconoce como haciéndose a sí misma, como
institución de sí misma, como autoinstitución, como auto-poiesis social. Tiene
la capacidad de definirse y de transfor-mar, mediante su obra de conocimiento y
de reflexividad, sus relaciones con el entorno constituyéndolo. Entre una
situa-ción y unas conductas sociales se interpone la formación de sentido, un
«sistema de orientación de las conductas», [ruto de la capacidad de creación
simbólica del individuo y de la sociedad. Aquí es donde opera la psíque-alrna y
el Imagina-rio Social como núcleos de creatividad sociocultural en los que se
inscriben significaciones sociales como el mito, la re-ligión, el progreso,
etc. La unidad y diversidad de todas las formas de la vida colectiva es una
manifestación de la capa-cidad de autoproducción y de autotransformación de «lo
social-histórico», de la trascendencia de su irnmanencia creativa.t'' A esto es
a lo que Touraine llama historicidad." La evolución social no es continua,
ni lineal, ni reducible a una tendencia general, a la complejidad, a la
diferenciación ya la flexibilidad crecientes. Hay que distinguir, por el
con-trario, diversos sistemas de acción histórica (temporalidades sociales) en
función de los modelos culturales predominan-tes y del sistema de producción y
acumulación económica. El orden social no tiene ningún garante metasocial,
religioso (Dios), político (el Estado), económico (la «mano invisible» del
mercado) o histórico-evolutivo (el progreso), sino que es el producto de
relaciones sociosimbolicas, en el sentido de encuentros, mediaciones y
mediatizaciones, a través de las
tbtd., 87.
A. Touraine,
Lo.production de la societe, París, 1973, ID; M. Maffesoli (edít.). «The Social
Imaginary», en Current Sociology, vol. 41, n." 2 (1993).
A.
'Iouraínc. Critique de la modernité, París, 1992, 80; H. loas, Die Kreatívitdt
des Handenls, Frankfurt/M, 1992,292.
A. Touretne.
Pour la socíologie, París, 1974, 94.
162 163
cuales se produce la sociedad como institución Y No
existe un Imaginario Social exterior a la sociedad, que pudiera inter-venir
«desde fuera» en la sociedad, ésta es el imaginario radi-cal mismo, ya que
«donde no había nada, devino el nosotros-P la «relación-nosotros», la identidad
colectiva, que no es crea-ción de algo, sino creación de <do otro», de lo
nuevo, que en sí mismo remite a algo de lo que lo otro se diferencia, y esto en
cuanto tal es el presupuesto de la creación social."
El tiempo instituido como identitario es el tiempo
como tiempo de referencia o tiempo-referencia, es el tiempo relati-vo a la
medida, que lleva consigo su segmentación en partes «idénticas» o «congruentes»
de modo ideal, es el tiempo ca-lendario con sus divisiones «numéricas», en su
mayor parte apoyadas en los fenómenos periódicos del estrato natural (día, mes
lunar, estaciones, años) luego refinados en función de una elaboración
lógico-científica, pero siempre en referencia a fe-nómenos espaciales."
Esta dimensión temporal identitaria comporta: un doble horizonte articulado en
torno al esque-matismo antes/después, irreversibilidad, escasez de tiempo,
movimiento y medida del tiempo." El tiempo instituido como imaginario es
el tiempo de la significación, el tiempo signifi-cante, el tiempo
cualitativo," indeterminado, recurrente, re-vocable que alberga el sentido
de las causas y consecuencias no-intencionales de la acción racional, lo que el
tiempo «incu-ba» o «prepara», aquello de lo que «está preñado»: tiempo de
exilio para los judíos de la Diáspora, tiempo de la prueba y la esperanza para
los cristianos, tiempo de «progreso» e «incer-tidumbre» para los occidentales
de hoy. El tiempo identitario mantiene con el tiempo imaginario una relación de
inherencia recíproca o de implicación circular que existe siempre entre
A. Touraine,
La productian de la socíeie, París, 1973, 8; C. Castoriadis, Domaines de
lhomme, París, 1986.
C.
Castcriadis. Le carreiour du Labyrínthe (1), París, 1978, 64.
B.
Waldenfcls, «Der Primat der Einhildungskraft», en Die lnstitutíon des
Imaginaren, A. Pechriggl, K. Reiter (edits.), Viena, 1991. 64-65.
C.
Castoriadis, lIS, vol. 2, 78.
N. Luhmann,
Scniale Systeme, Frankf\1rt/M, 1984.253-254.
C.
Caetoríadts. opus cit., 80; H. Corbin, mitólogo francés perteneciente a la
escuda de Eranos ha puesto de manifiesto de forma destacada la emergencia de
este tiempo cualitativo. H. Corbin, «The Time of Erarios», en J. Campbell
(edít.). Man and TIme: Papers (mm the Eranos Yearbook, Princeton, NJ, 1957,
vol. 3, XIlI-XX; ver también G. Durand. De la muocnüca al mitoanálisis,
Barcelona, 1993, 310.
las dos dimensiones de toda institución social: la
dimensión conjuntista-identitaria y la dimensión de la significación. El tiempo
identitario sólo es tiempo porque se refiere al tiempo imaginario que le
confiere su significación de «tiempo», que le estructura," como «tiempo»,
y el tiempo imaginario sería indefinible, ilocalizable, inaprensible, no sería
nada, al mar-gen del tiempo identitario. Las articulaciones del tiempo
ima-ginario «duplican o engrosan» las referencias numéricas del tiempo calendario.
«Lo que ocurre no es mero acontecimien-to repetido, sino manifestación esencial
del orden del mundo, tal como es instituido por la sociedad en cuestión, de las
fuer-zas que lo animan, de los momentos privilegiados de la activi-dad social,
ya sean en relación con el trabajo, los ritos, las fiestas o la política. Este
es el caso ... , en lo concerniente a los momentos cardinales del ciclo diario
(amanecer, crepúsculo, mediodía, media noche) a las estaciones y a menudo
incluso a los años .., Es superfluo recordar que para ninguna sociedad, antes
de la época contemporánea, el comienzo de la primave-ra o el comienzo del
verano no han sido nunca meros hitos estacionales en el desarrollo del año, ni
siquiera señales fun-cionales para el comienzo de talo cual actividad
«producti-va», sino que han estado «siempre entretejidos con un com-plejo de
significaciones míticas y religiosas, siempre producidas socialmente»; e
incluso es superfluo recordar que la propia sociedad contemporánea no ha
llegado aún a vivir el tiempo como puro tiempo de calendario»." El tiempo
imaginario es el tiempo donde se colocan los límites del tiem-po y los periodos
del tiempo. Tanto la idea de un origen y de un fin del tiempo;" como la
idea de la ausencia de tal origen y de tal fin no tienen ningún contenido, ni
ningún sentido natu-ral, lógico, científico, ni tampoco filosófico. Este tiempo
«en» el cual la sociedad vive, o bien debe estar suspendido entre un comienzo o
un fin, o bien debe ser «infinito», Tanto en un caso como en el otro, la posición
es necesaria y puramente imaginaria, desprovista de todo apoyo natural o
lógico. La
R.
Kosselleck, «Vorstellung. Ercignis und Struktur», en Vergwlgme Zukunit,
Frankfurt/M, 1979, 144-158.
C.
Castoriad¡s, lIS, vol. 2, 79.
G. van der
Leeuw, «Urzeit und Bndezeít». en Eranos Jahrbuch., 1949, vol. XVII,II-51.
164 165
periodización del tiempo es parte del magma de
significacio-nes imaginarias de la sociedad en cuestión: así las eras
cris-tiana y musulmana, «edades» (de oro, de plata, de bronce), eones, grandes
ciclos mayas, etc. Esta periodización es esen-cial en la institución imaginaria
del mundo. De este modo, para los cristianos hay diferencia cualitativa
absoluta entre el tiempo del Antiguo Testamento y el del Nuevo, la Encarna-ción
plantea una bipartición esencial de la historia del mundo entre los límites de
la creación y de la Parousia."
Esto muestra que el tiempo instituido nunca puede
ser re-ducido a su aspecto puramente identitario, de calendario y mensurable. A
modo de ejemplo podemos tomar el «tiempo capitalista» donde la institución
explícita del tiempo ídentítarío es un flujo mensurable, homogéneo, totalmente
aritmético; y donde el tiempo imaginario es un tiempo «infinito», repre-sentado
como tiempo de progreso indefinido, de crecimiento ilimitado, de acumulación,
de racionalización, de conquista de la naturaleza, de aproximación cada vez
mayor a un saber exacto total, de realización de un fantasma de
omnipotencia." La creación social como institucionalización significa la
in-corporación social deja fuerza imaginaria de creación dentro de la sociedad
instituida, por la acción de la sociedad insti-tuyente, que actúa como
fermento, como forma sin forma, como siempre «mucho más» que la sociedad
formada." Así, en la sociedad instituida el tiempo capitalista es tiempo
de acumulación lineal universal, de digestión, de asimilación, de la estatificación
de lo dinámico, de ia supresión efectiva de la alteridad, de la inmovilidad en
el cambio perpetuo (cfr. W. Benjamin, Das Passagen Werk), de la tradición de lo
nuevo, de la inversión del «más aún» en él «sigue siendo lo mismo», de la
destrucción de la significación, de la impotencia en el corazón del poder, de
un poder que se vacía a medida que se
C.
Castoriadis. lIS, vol. 2, 80.
C.
Castoriad¡s, lIS. vol. 2, 74; Domaines de Lhomme, París, 1986, 142; M.
Horkheimer, Th.W. Adorno, «Concepto de Ilustración», en Dialéctica de la
Ilus-tracíon, Madrid, 1994,59-97; Max Weber tambien ha puesto de manifiesto
esto en su comparación de las cosrnovisíones que pretenden un «dominio racional
del mun-do» y aquellas que pretenden un «vuelo sobre el mundo», M. Weber,
«Excurso. Teorías y direcciones del rechazo rel'gíoso del mundo», en Ensayos
sobre sociologta de la religión, Madrid. 1983, vol. 1, 1-77-66
C.
Castoriadis, lIS, vol. 2, :-31
extiende. En la sociedad instituyente el tiempo
capitalista es el tiempo de la ruptura incesante, de las catástrofes
recurren-tes, de las revoluciones, de un desgarramiento perpetuo de lo que es
ya dado de antemano, tal como lo ha visto Marx en sus análisis del capitalismo
como tiempo social que conlleva la crisis. 34 Estos dos momentos simultáneos de
la sociedad capi-talista son indisociables y es en y por su «vinculacián» y su
conflicto por lo que el capitalismo es capitalismo.
Del
imaginario central unitario al imaginario politeísta moderno
En lo que podríamos llamar constitución imaginaria
de la modernidad;" Castoriadis distingue dos proyectos o dos
sig-nificaciones imaginarias sociales centrales: por una parte, la
infraestructura imaginaria y el horizonte del desarrollo capi-talista, es
decir, «la expansión ilimitada del dominio racionals» del mundo y
coextensivamente del hombre y, por otra parte, la perspectiva de una sociedad
autónoma, «una sociedad que se autoinstituye explícitamente... , que sabe que
las significa-ciones por las cuales vive y en las cuales vive son obra suya y
que esas significaciones no son ni necesarias ni contingen-tes» ;37 una
sociedad autónoma, una sociedad verdaderamente democrática, es una sociedad que
cuestiona todo lo que es pre-dado y por la misma razón «libera la creación de
nuevos significados». En tal sociedad todos los individuos son libres para
crear los significados que deseen para sus vidas. No obs-tante, ninguna de
estas dos significaciones, consideradas in-dependientemente, son el proyecto o
principio estructural de la modernidad. Ninguna de ellas predomina sobre la
otra. La sociedad moderna es una sociedad en la que capitalismo y democracia
están mezclados en proporción cambiante. La
C.
Castoriad¡s, opus cit., 74-75; R. Kosselleck, «Einigen Fragen an der Begriff
van Kr-ise», en R. Kosselleck (edit.}. Uber dir Krise, Stuttgart, 1986;
«Kríse». en Geschichtliche Grundbegri((e, Stuttgart, 1982, vol. 3, 617-650.
Tomo el
término de J.P. Amasan: «The Imaginar)' constitution of Modemity.., Revue
Europeene des Scíences Sociales, Oeneve, 1989, XX, 323-337.
C.
Castoriadis, Domaines de lhamme, opus cit.,
197.
lhíd.,417.
166 167
expansión autosostenida del dominio racional
trasciende cual-quier objetivo específico, y el proyecto de la sociedad
autó-noma no puede conducir nunca a la abolición de todas las tensiones entre
la autoconstitución de la sociedad y la auto-conservación de las instituciones.
No debe extrañarnos el despliegue exitoso de esta
particu-lar noción del desarrollo histórico y social consistente en salir de
todo estado definido, en alcanzar un estado caracterizado precisamente por no
estar definido por nada salvo por la ca-pacidad de alcanzar nuevos estados. La
norma es que no exis-ta norma. El desarrollo histórico-social en la modernidad
apa-rece como un despliegue indefinido, sin Iíri." A esto ha contribuido
un concurso de circunstancias en el que conflu-yen una serie de importantes acontecimientos
históricos como el nacimiento y expansión de la burguesía, el interés creciente
en las invenciones y descubrimientos científicos, el hundimien-to progresivo de
la representación medieval del mundo y de la sociedad, el libre examen desencadenado
por la ascética pro-testante, el paso de «un mundo cerrado al universo
infinito» (Newton), la matematización de las ciencias, la perspectiva de un
«progreso indefinido del conocimiento» y la idea de un uso propio de la razón
como condición necesaria y suficiente para que nos convirtamos en «dominadores
y poseedores de la naturaleza» (Descartes). Tampoco podemos poner en duda el
indudable auge de la segunda significación imaginaria re-presentada por la
sociedad y el individuo autónomos, cuya garantía se acredita en el largo elenco
de grandes revolucio-nes liberales y burguesas, socialistas y postsocialistas
cuyo último jalón se muestra en la caída del muro de Berlín."
Para Castoriadis, la unidad de las esferas
culturales dife-renciadas -ciencia, derecho, arte, política, deporte,
econo-mía, etc.-, desde el mundo griego hasta nuestros días, no se encuentra en
un principio subyacente de racionalidad o de funcionalidad, como pensaron
Adorno y Horkheimer en su «dialéctica de la ilustración», sino en el hecho de
que todas
tbtd.,
140-142.
Ver el
interesante trabajo de U. Redel. G. Frankenbcrg y H. Dubiel, Die Demokratische
Frege, Frankfurt, 1989 en donde se analiza el imaginario político de la
modernidad y la dimensión simbólica de la democracia, la tolerancia, el
fortale-cimiento de la esfera pública y la solidaridad civil.
las esferas encarnan, cada una a su manera y en el
modo mis-mo de su diferenciación, el mismo conjunto de significacio-nes
imaginarias sociales de la sociedad en cuestión," que en nuestro caso se
reducen a las dos mencionadas arriba. ({¿Por qué reduce Castoriadis ese
pluralismo intrínseco del imagina-rio moderno a dos significaciones o a dos
meta-significacio-nes que determinan toda la cultura moderna en su conjunto de
forma totalista?» Quizás convendría retomar aquí la tesis del moderno
politeísmo que Weber establecía en 1920, cuan-do afirmaba que en la modernidad
«los distintos sistemas de valores existentes libran entre sí una batalla sin
solución posi-ble. El viejo Mill ... , dice en una ocasión, y en este punto sí
tiene razón, que en cuanto se sale de la pura empiria se cae en el politeísmo.
La afirmación parece superficial y paradójica, pero contiene una gran verdad.
Si hay algo que hoy sepamos bien es la verdad vieja y vuelta a aprender de que
algo puede ser sagrado, no sólo aunque no sea bello, sino porque no lo es yen
la medida en que no lo es. En el capítulo UJI del Libro de Isaías y en el salmo
XXI pueden encontrar ustedes referen-cias sobre ello. También sabemos que algo
puede ser bello, no sólo aunque no sea bueno, sino justamente por aquello por
lo que no lo es. Lo hemos vuelto a saber con Nietzsche, y, ade-más, lo hemos
visto realizado en Les Fleurs du Mal, como Baudelaire tituló su libro de
poemas. Por último, pertenece a la sabiduría cotidiana la verdad de que algo
puede ser verda-dero, aunque no sea ni bello, ni sagrado, ni bueno. No
obstan-te, éstos no son sino los casos más elementales de esa «con-tienda que
entre sí sostienen los dioses de los distintos sistemas y valores». Cómo puede
pretenderse decidir científicamente entre el valor de la cultura francesa y el
de la alemana es cosa que no se me alcanza. También son aquí distintos los
dioses que aquí combaten. Y para siempre. Sucede, aunque en otro sentido, lo
mismo que sucedía en el mundo antiguo cuando éste no se había liberado aún de sus
dioses y demonios. Así como los helenos ofrecían sacrificios primero a
Afrodita, des-pués de Apolo y, sobre lodo, a los dioses de la propia ciudad,
así también sucede hoy, aunque el culto se haya desmitificado y carezca de la
plástica mítica, pero íntimamente verdadera,
40. C. Castortadts. Le monde morceie, Parts, 1990.
22.
168 169
que tenía en su [arma original»." Para Weber
el imaginario social de la sociedad moderna tardía es de tipo politeísta: «En
realidad quien vive en este «mundo» (entendido en el sentido cristiano) no
puede experimentar en sí nada más que la «lu-cha entre una pluralidad de
secuencias de valores», cada una de las cuales, considerada por sí misma,
parece capaz de vin-cular con la divinidad. Él debe elegir a cuáles de estos
dioses quiere y debe servir, cuándo a uno y cuándo al otro. Entonces terminará
encontrándose siempre en lucha con alguno de los otros dioses de este mundo y,
ante todo, siempre estará lejos del Dios del cristianismo (más que de ningún
otro, de aquel Dios que fuera anunciado en el Sermón de la Montaña}»;" La
metáfora de la «lucha de los dioses que combaten dentro del alma humana»
refleja el imaginario moderno plural, politeís-ta, des-centrado y radicalmente
cambiante. «El pensamiento mítico expresó una lógica semejante mediante el
politeísmo. Lo cambiante de las situaciones, la multiplicidad de las pasio-nes,
el aspecto contradictorio de los valores, la presencia de la muerte, no se
pueden reducir a una unidad abstracta. Las lu-chas de los dioses, sus azarosas
y disipadas vidas son, strictu sensu, la expresión de un orden diferenciado y
organizado que integra el conjunto de elementos heterogéneos. Max Weber,
inspirándose en Nietzsche, formuló muy bien el dinamismo del politeísmo de los
valores en el desarrollo de las socieda-des»." Con esta precisión no
procedemos a desautorizar el punto de partida de Castoriadis, es decir,
seguimos pensando que la realidad recibe su sentido de una trascendencia de lo
dado, de lo cotidiano, de lo natural, es imaginación, creación de lo otro de lo
dado hic et nunc, y tal creación en la moderni-dad se manifiesta como
multiplicidad sincrónica. El alma del hombre moderno pone de manifiesto la
comunión de varias (muchas) necesidades, angustias, estilos y lenguajes, que no
son sino el reflejo de esa lucha entre los dioses o principios de valor. La
lucha entre culturas adversarias, las guerras cultura-les." y la lucha
dentro del alma humana no son sino la expre-
M. Weber.
ElpoUticoy el cienuííco, Madrid, 1975.215-217. Subrayado mío,
M. Weber,
Escritos políticos, México, vol. l. 1982,33-34.
M.
Maffesoli. De la orgía. Unaaproximación sociológica. Barcelona, 1996, 1 J3.
Ver al
respecto el trabajo de J.D. Hunter: Culture Wars, Nueva York. 1993.
sión de la lucha entre significaciones imaginarias;
los dioses, los arquetipos literarios, las modernas esferas culturales de
va-lor, con nuevos formatos luchan dentro de nosotros. El imagi-nario no tiene
una única voz, si bien el imaginario hebreo habla con una voz, la de Yavé, sin
embargo, el imaginario grie-go habla desde la multiplicidad de voces, que
resuena dentro de las sociedades modernas tardías. Como afirma Celso Sánchez
Capdequí, el imaginario se refiere a la creatia conti-nua de la especie humana,
«a ese espacio abierto y siempre inconcluso que, a la vez que se enriquece con
las permanentes aportaciones de imágenes arquetípicas, prolonga su muestra-rio
de posibilidades de creación para futuras sociedades»," La imagen que nos
puede servir es la de una Babel del ánima, la de una multiplicidad de voces que
comparecen en el alma humana, más que la forzada unicidad de la Pax Romana que
proyectó el imperio romano. En cada alma individual pode-mos ver la pugna entre
una multiplicidad sincrónica de signifi-caciones imaginarias" que
articulan las formas en que la gente imagina" sus existencias sociales,
las [ormas de vivir en co-mún y las expectativas que proyectan en el futuro.
Entre tal multiplicidad podemos citar a daimones, imágenes sacraliza-das
personificadas y otras imágenes profanizadas e imperso-nales -véase el dinero,
el poder, la nación, el sexo, el cuer-po-, que significan la experiencia
espontánea, la visión y el apalabramiento de las configuraciones de la
existencia que se nos presentan en la psique y en la sociedad, pero que
proce-den de la alteridad del imaginario social. Éste, en su plenitud y
alteridad radical, sólo puede ser en y por la emergencia de esta alteridad
múltiple que es solidaria del tiempo, que es autodespliegue en y por el tiempo.
No somos seres singulares
imagen de un
Dios singular sino que siempre estamos cons-tituidos de múltiples partes:
niño/a travieso/a, héroe o heroí-na, autoridad supervisora, psicópata asocial,
padre/madre, amante, hijo/a, bruja, enfermera, esposo/a, ramera, esclavo/a,
bailarínJa, musa, etcétera. Somos diferentes «roles», pero ¿pue-
C. Sánchez
Capdequí, Imaginación y sociedad, Madrid, 1999,
116.
Ver el
interesante trabajo de C. Castoriadis: «Temps et creauon-. en Le monde morceie,
París, 1990. 247-277. Hay trad. esp. en Revista Aruhropos, 198, 2003,25-45).
Ch. Taylor,
Modern Social Imagínariee, Durham, 2004, 23.
170 171
de haber tales «roles» si no hay personas por
detrás que los encarnen, que los personifiquen>, e incluso en medio de una
sociedad diferenciada, ¿es posible pensar en la existencia de una persona
Número Uno y de un «rol» Número Uno como pretenden el monoteísmo y su correlato
en el individuo, el yo, la conciencia o el hamo economícus con el falso
determinismo que veíamos en la frase que aludía a que: «la humanidad es lo que
tiene hambre»? Cada uno de nosotros tiene su propio pan-teón privado, a veces inadvertido
y rudimentario, la última encarnación de Ulises, el continuado idilio de la
Bella y la Bestia, el Prometeo desencadenado de Frankenstein, el horno duplex
del Doctor Jekill y de Mr. Hyde, el señor Anderson/Neo en el film Matrix,
estaban esta tarde en la esquina de la Calle
con la
Quinta Avenida en Nueva York, esperando que cam-biaran las luces de tránsito.
«Es necesario recordar lúcida-mente -como apunta Michel Maffesoli- que la
existencia social se basa en una lucha implacable entre diferentes órde-nes de
valores. De esta manera, la guerra de los dioses, tal como la describe la
mitología griega, puede servir, si no de explicación, por lo menos de imagen
para la antinomia de valores. Cada uno de los habitantes del Panteón expresa en
cierta forma una característica, una serie de actitudes, prácti-cas y deseos
que se viven e intervienen en la existencia coti-diana. Así pues, hay
polaridades que agrupan actitudes y sen-timientos y que, en sus tensiones
conflictivas, constituyen las estructuraciones sociales»;" La personificación
plural" es un modo necesario de comprensión del mundo y del ser en el
mundo, por otra parte, institucionalizada en el mundo mo-derno, donde la
integración sólo es posible por el reconoci-miento de la diferencia y de la
diferenciación. Tal personifica-ción plural comienza con los griegos y con los
romanos, quienes personifican tales «poderes» psíquicos como la Fama, la
Insolencia, la Noche, la Fealdad, el Devenir, la Esperanza, por nombrar sólo
algunos de ellos." Estos representan dai-manes reales para ser adorados y
no meros productos de la
M.
Maffesoli, El conocimiento ordinario, México, 1993, 113.
Verlo
Hillman, Re-visioning Psychology, Nueva York.
1977, 12 Yss.
Ver sobre la
estructura politeísta del imaginario social griego: K. Kerényi, Die Mythologie
der Gricchen, Die Gotter und Menschenheitgeschictnen, vol. 1, Múnich,1992.
imaginación de alguien, por esta razón fueron
adorados en cada ciudad griega. Por mencionar sólo el caso de Atenas,
en-contramos altares y santuarios a la Victoria, a la Fortuna, a la Amistad, al
Olvido, a la Modestia, a la Piedad, a la Paz y a muchos más daimones. Esta
personificación implica un ser humano que crea dioses a semejanza humana, de la
misma manera que un autor crea sus caracteres a partir de su propia
personalidad. Estos dioses despliegan las necesidades de su propio creador
(humano), puesto que son sus proyecciones. La personificación no puede imaginar
que estas presencias psíquicas (dioses, daimones y otras personas del ámbito
míti-co como Job, o Don Quijote, o Harnlet, o Fausto) tienen una realidad
substancial autónoma. No puede imaginar que un autor es empujado a llevar los
mensajes de «sus» caracteres, que es la voluntad de ellos lo que se hace, que
él es su escriba y que ellos le están creando incluso cuando él los crea. Como
afirma el crítico literario Harold Bloom en su obra maestra: Shakespeare. The
lnvention af the Human, «debemos exigir-nos a nosotros mismos una lectura lo
más exhaustiva posible de las obras de Shakespeare, pero siendo conscientes de
que sus obras (sus personajes, sus roles, sus arquetipos) nOS leen a nosotros
mucho más exhaustívamente»." Las ficciones de un autor (léase sus
imaginaciones, sus «sueños») son a menudo más significantes que su propia
realidad, contienen informa-ción tan relevante, que perdura incluso una vez que
el «crea-dor» ha desaparecido. Sus (de los dioses/as) escenas imagina-rias son
nuestros problemas vitales. ¿Quién crea a quién?
Quizás debiéramos hablar de concreación, ya que
compa-recen en nosotros, gracias a nosotros, pero porque será que en toda
sociedad y en todo tiempo nos trascendemos a noso-tros mismos, por cuanto que
los ponemos en escena como looking glass selves que nos permiten comprendemos a
noso-tros mismos. De esta forma pudiera hablarse de «un correlativismo en el
proceso creador, en el sentido de referir toda forma social a la experiencia
propia y al legado de los otros (constelaciones arquetipales), lo cual hace de
toda crea-ción algo ca-producido, co-rcalírado»."
H. Bloom,
Shakespeare. The Lnvention ofthe Human, Nueva York, 1998, xxii.
C. Sánchez
Capdequí, tmaginacion y sociedad, Madrid, 1999,99.
172 173
Este imaginario politeísta se refiere a la
disociabilidad del alma humana y del mundo en multitud de constelaciones de
sentido, aunque su contraparte sea la indisociabilidad imagi-naria inherente de
la realidad (del hombre, del mundo y de Dios), que se expresa de forma
plural'" en una multitud de figuras y de centros cuyo portavoz es el alma
humana. En el monoteísmo aparecen alojadas toda una serie de distinciones
directrices: bien/mal, justo/injusto, bello/monstruoso, inmu-
table/contingente, etc., en el seno de una
totalidad de signifi-cado que las ce-implica," que las correlaciona, a la
manera de una coincidentia oppositorum, 55 en los términos de Nicolás de Cusa,
la idea de Dios encuentra su esencia más profunda en el hecho de que toda la
diversidad y las contradicciones del mun-do alcanzan la unidad en Él. Este
«todo(s) estáín) en Uno» viene a estar representado en un imaginario central
llamado Dios." Sin embargo, el politeísmo parte del supuesto inverti-do: «cada
cada uno tiene sentido en sí mismo», Existe a favor de estos «cada unos» que
son en cualquier caso lo bastante reales para hacerse aparecer a todo el mundo,
eso sí, de for-ma plural. mientras que lo absoluto (la totalidad, la unidad, el
Uno) logra aparecerse sólo a unos pocos místicos, e incluso a ellos de forma
muy ambigua. Pero, ¿por qué no citamos algún ejemplo? Sin pretender ser
exhaustivo, así aparece en el Prometeo de Esquilo (yen el de Goethe, y en el de
Kafka), en el Job bíblico, en el Ulises homérico, en Jesús de Nazaret, y
también en el Quijote de Cervantes, en el Hamlet shakespea-reano, en el Fausto
de Goethe, en el Aschenbach de Mann, en el heutontimoroumenos de Baudelaire, en
el Aleph borgesiano, en el Angelus Novus de Klee-Benjamin, etc. En el imaginado
Ver al
respecto el monográfico: «Die Vielheit der welten-. de la revista Eranos, 1975,
vol. 44, así como el monográfico: ..Einheit und Verschiedenheit», de Eranos,
1976, vol. 45; también consultar el texto de G. Durand: L'áme tigrée: les
pluriels de psyché, París, 1981.
A.
Ortia-Osés, en Diccionario de Hermenéutica, Bilbao, 1997,351, ver del mismo
autor: «El implicacionismo simbólico», en Cuestiones fronterizas, Barcelo-na,
1999, 149-186.
Nicolás de
Cusa, De docta ignorontía libri tres. Testo latino con narre di PaoIo Rotta,
Bari, 1913,2,1 Y 1,21.
La
experiencia borgesiana de el Aleph, sin duda, presenta una similitud con este
imaginario central, entendida como simultaneidad plena, como contextura
espacio-temporal total, como conexión entre el alfa y el omega (ver J.L Borges,
El éleph, Madrid, 1977, 175 ss.).
social de las sociedades modernas avanzadas no hay
un pa-trón central, no hay imaginario social central (monoteísmo), sino
múltiples constelaciones imaginarias que actúan en nues-tra alma, en nuestra
psique (politeísmo). Hebraísmo y hele-nismo: entre estos dos puntos de
influencia se mueve nuestro mundo. Unas veces siente más poderosamente la
atracción de uno de ellos, otras veces la del otro; el equilibrio entre ellos
raramente existe. En el monoteísmo se proyecta un imagina-rio central -en
nuestra tradición judeocristiana, JHWH-«desde arriba», primero, porque la
naturaleza de tal imagina-rio es la de Un Dios solar;" inmutable,
perfecto, actus purus, motor inmóvil y, segundo, porque recibe su legitimación
des-de la posición instituida de la teología que opera como saber canonizado y
dogmatizado, es decir, protegido contra la duda y la critica. El rabino, el
mulah y el obispo, sin mencionar al Papa, blindan así su conocimiento contra el
hereje (prototipo de conducta moderna) y no olvidemos que la modernidad su-pone,
como afirmara P.L. Berger, la institucionalización del «imperativo herético»,
es decir, del derecho a elegir y a dudar. El politeísmo moderno emerge «desde
abajo», en la inmanen-cia de una específica situación sociosimbólica
caracterizada por la pluralidad, una pluralidad que se manifiesta en mu-chas
voces, cuya resonancia se hace socialmente evidente por la institucionalización
de la herejía. Socialmente hablando el politeísmo es una situación en la que
coexisten valores diver-sos, modelos diversos de organización social y
principios me-diante los cuales el ser humano dirige su vida política. De ahí
la afinidad existente entre democracia y politeísmo." sólo aquélla
garantiza stricto sensu la supervivencia de éste. Este nuevo politeísmo no representa
tanto a nuevas confesiones o fes religiosas como a necesidades del alma humana,
a su na-turaleza polifacética. Este politeísmo no tiene pretensiones
Ver G.
Dumézil, Los dioses soberanos de los indoeuropeos, Barcelona, 1999.
Para E.M.
Ciaran, en las democracias liberales existe un politeísmo implíci-to (o
inconsciente, si se quiere) y, al contrario, cada régimen autoritario supone un
monoteísmo enmascarado (ver: 1 nuoví dei, Milano, 1971 [1969],44). El análisis
sociosimbólico que subyace a este capítulo pretende describir la estructura
simbó-lica de las sociedades modernas tardías, cuyo imaginario es poluetsta,
sin olvidar con esto que existen formas de creencia y re-ligación monoteísta,
aquellas repre-sentadas por las iglesias establecidas de las grandes religiones
universalistas.
174 175
teológicas, porque no se aproxima a los dioses con
un estilo religioso, por tanto, la teología no puede repudiarlo como he-rejía o
falsa religión con falsos dioses. La pretensión no es adorar a los dioses/as
griegos/as - o a los de cualquier otra alta cultura politeísta, egipcia o
babilónica, hindú o japonesa, celta o nórdica, inca o azteca- para recordarnos
aquello que el monoteísmo nos ha hecho olvidar. No estamos reviviendo una fe
muerta, ni tampoco la pretensión es constatar un revival de la religión, de
tantos que experimenta, sino más bien un survival del alma a través de esa
auto-alteración, de esa presentificación, de ese figurarse sin fin del
imaginario so-cial. No adoramos a numerosos dioses y diosas (aunque sin duda
existe una idolatrización de algunos substitutos técni-cos de dioses como el
dinero, el poder o el sexo) sino que tales «dioses» y «diosas» se manifiestan
en y a través de nuestra estructura psíquica. La vida, propiamente, es una
lucha entre tales potencialidades (mundos de ser y de significado) y el hombre
es la arena de una eterna guerra de Troya. Al mono-teísmo le pilla a contrapie
la nueva situación, al seguir propo-niendo que en la mesilla de cada individuo
debe seguir estan-do un ejemplar de la Biblia con «su» voz singularizada, sin
caer en la cuenta de que en la mesilla de tal individuo nóma-da, quizás deba
existir también un ejemplar de la Odisea o de Fausto con todos sus personajes
en plural. Quizás, la concien-cia monoteísta, esa conciencia que escribe la
teología, que mira de la montaña para abajo, debiera compartir el panteón con
la conciencia politeísta, esa conciencia a la que le habla el alma, errante de
un sitio para otro, en los valles y en los ríos, en los pueblos y en las
ciudades, en los bosques, en el cielo, en el océano y bajo la tierra.
Continuaremos «soñando», proyec-tando imágenes, fantaseando." en
definitiva, creando, aun-que hayamos dejado de creer (tener fe religiosa) en
tales «sue-ños» porque para las personas, la imaginación es real." La
imagen figurativa sobre la que se apoya esta concepción poli-teísta sería
aquella en la que «el sí mismo es un círculo cuyo
Utilizo el
verbo fantasear no en su acepción negativa de huida de la realidad sino todo lo
contrario, en el sentido de creación, proyección, imaginación, inven-ción de
realidades.
Ver J.
Hillman, Re-visíoníngPsychology. opus cit.,
17.
centro está en todos los sitios (las diferentes
constelaciones arquetipales) y cuya circunferencia (la idea de totalidad) no
está en ningún lugar». 61
Si todo lo
sólido se desvanece en el aire, entonces, todo lo líquido permanece en la
realidad
Hablar de notas provisorias, de provisionalidad,
del pro-grama cultural moderno y, en definitiva, del imaginario social moderno,
no es sino mostrar por enésima vez el carácter cam-biante del poder creador del
imaginario, su radical indeter-minación. Frente a la ontología de la
determinación, de lo li-mitado (peras), que inicia su singladura con Parménides
en Grecia hace 2.000 años, Castoriadis propone una ontología de lo
indeterminados? (apeiron) que actúa como fuerza social in-visible de creación
sin fin y esto encuentra su expresión más radical en la modernidad. Niklas
Luhmann, utilizando una metáfora metabiológica, la «autopoiesis», considerada
como creatividad social que inscribe su significado en la posibili-dad de
«re-introducción», es decir, en la posibilidad de intro-ducir la diferencia de
sistema y entorno dentro de una unidad social (sistema), vuelve a replantearnos
el problema del signi-ficado de la «metamorfosis de 10 social-histórico». Para
Luhmann esta estructura binaria de la autopoiesis parece com-pensar por la
falta de totalidad. «Ser o no ser, continuar la autopoiesis o no hacerlo, sirve
como una representación in-terna de la totalidad de las postbihdades»."
Esta «expansión autopoiética de opciones» produce una «sociedad sin centro» al
generarse un desencantamiento de la jerarquía como prin-cipio de orden,
situando de esta forma a la sociedad frente a la paradoja de que no existe una
preferencia dada para el
Esta idea
atribuida a Platón, es retomada posteriormente por Giordano Bru-no, Nicolás de
Cusa y c.G. Jung.
Ver la
interesante exposición del pensamiento de Castoriadis realizado por H. Joas en:
«Institutionalization as a Creative Process: The Sociological importance of
Cornelius Castoriadiss Political Philosphy». en American Iournal of Sociology.
vol. 94, 5 (1989). 1.184-1.199. Este aspecto relacionado con la indeterminación
y la contingencia lo trabajo asimismo en el próximo capítulo desde la
perspectiva de una sociología del límite.
N. Luhmann, Essays on Seli-reierence, Nueva
York, 1990, 13.
176 177
consenso o el disenso, ya que ningún subsistema
social puede pretender una «centralidad» determinada en el orden y el
autogobierno de la sociedad global frente a otros subsistemas. Sin temor a
equivocarnos podemos afirmar que los imagina-rios centrales que han legitimado
la realidad primordial de la época axial -Yavé, Bráhman, Zaratustra, Allah,
Jesús de Nazaret, etcétera- son substituidos por realidades trascenden-tes
intermedias ubicadas dentro del ámbito de lo profano, como son la nación, el
grupo étnico, la clase social, el partido políti-co o uno mismo, y más
específicamente, la reducción de con-tingencia se plantea, por supuesto, en el
ámbito social, pero quizás la novedad más novedosa es que se hace desde el
ámbi-to social, es decir, en los términos de Weber, desde los propios órdenes
de vida secularizados. A medida que la sociedad deviene más compleja, más
posibilidades devienen visibles, es decir, lo que ocurre sólo tiene sentido en
el horizonte con-tingente de otras posibilidades. Con el objetivo de controlar
el acceso a estas posibilidades, la sociedad requiere nuevas for-mas de
reducción de contingencia, como la legitimidad políti-ca, el principio
económico de recursos limitados, es decir, la escasez, la estructura normativa
del derecho, el principio de limitación de la ciencia, etcétera. Las dicotomías
posible/im-posible y necesario/contingente afincadas en la discusión teológica
de la Edad Media no pueden ser ya controladas por medios religiosos.
La época postaxial. postradicional, moderna, se
caracteri-za por la «diferencia», «querámoslo o no, no somos ya lo que fuimos,
y nunca más seremos 10que ahora somos», como apun-ta Niklas Luhmann.s" Las
relaciones son modernas siempre que su modificabilidad se incluya en su
definición. Lo actual es el ayer del mañana. Esta «diferencia» se manifiesta,
prime-ro, como una delimitación frente al pasado, como un intento de fundarse
el presente moderno exclusivamente en sí mis-mO,65 ya no es posible recurrir a
las fórmulas de reducción de contingencia del pasado en la forma de poder
inmutable de la
N. Luhmann,
Complejidad y modernidad: de la unidad a fa díierencia, Ma-drid. 1998, 133.
J. Berger;
«Modernitñtsbegriffe und Modernitñtskritik in der Soztologíe». Soziale Welt,
39, 2,1988,226.
naturaleza, o de Omniscientia Dei, o de Historia
magistra vi-tae. Y esta «diferencia» se manifiesta, en segundo lugar, den-tro
de la misma sociedad. Las sociedades modernas son «uni-dades múltiples». «La»
sociedad se desdobla en distintos ámbitos [uncionales.» en distintos órdenes de
vida, como la economía, la política, la ciencia, la religión, el derecho, el
de-porte, etcétera. Cada uno de estos sistemas parciales configu-ra un modo
específico y propio de solucionar problemas. Me-diante la concentración en una
dimensión única del problema se posibilita, por una parte, un incremento de los
rendimien-tos inmanentes de cada sistema y, por otra parte, estos siste-mas van
separándose siguiendo su autonomización, de mane-ra que ya no existe ninguna
instancia de racionalidad metasacial adecuada a la complejidad real de la
sociedad. No existe una «razón» universal sino criterios de racionalidad
subespecíficos: justicia, verdad, belleza, propiedad, etcétera." «Los
conceptos tradicionales de racionalidad habían vivido de ventajas externas de
sentido. Con la secularización de la ordenación religiosa del mundo y con la
pérdida de la repre-sentación de puntos de partida unívocos, estas ventajas
pier-den su fundamentabilidad. La religión no es ya una instancia necesaria de
mediación que relaciona todas las actividades sociales proporcionándoles un
sentido unitario.»'" Poreso,los juicios sobre la racionalidad tienen que
desligarse de las ven-tajas externas de sentido y readaptarse a una unidad de
autorreferencia y heterorreferencia que se puede producir siem-pre sólo en el
interior de cada sistema.F' El mundo ya no puede ser observado desde fuera,
sino únicamente desde el interior de él mismo: sólo según la norma de las
condiciones (físicas, orgánicas, psíquicas, sociales) de las que él mismo
dispone. Los nuevos sistemas no disponen de un metaobservador (Dios) que
articule la contingencia -ya que el desencantamiento del mundo y el proceso de
diferenciación social han acabado con el monopolio cosmovisional de la
religión- sino que se sir-ven de una «observación de segundo orden». Observar
es «ge-nerar una diferencia mediante una distinción, que deja fuera
N. Luhmann,
Die Gesellschaft der Gesetlschafi, Frankfurt, 1997, vol. 2, 743 ss.
H. Dubiel,
Ungewissheit und rotuu; Frankfurt, 1994.
N. Luhmann,
Die Religion der Gesellschait, Frankfurt, 2000,125.
N. Luhmann,
Complejidad y modernidad... , Madrid, 1998, 148.
178 179
de sí lo que no queda diferenciado por ella»."
Observar a un observador significa observar un sistema que realiza por su
par-te operaciones de observación. Todo lo que se identifica como unidad, es
decir, como sistema, tiene que ser observado entonces siguiendo la pregunta
quién observa mediante qué diferencia-ción. Así se despliegan nuevas
distinciones directrices" como «tener/no tener» en el sistema económico,
«gobierno/oposición» en la política, «verdad/falsedad» en la ciencia,
«Justicia/injusti-cia» en el derecho, «belleza/monstruosidad» en el arte,
etcétera. Quizás sea útil para comprender este tipo de observación recu-nir a
la metáfora del espejan propuesta por José M," González, ya que el espejo
muestra más bien algo que sin él no se puede ver: al propio observador.
Asíaparece en Las Meninas de Velázquez donde en un primer plano aparecen
retratadas las meninas, yen un segundo plano el espejo recoge la propia imagen
de Velázquez como observador que se observa a sí mismo. Una imagen bas-tante diferente
es la que nos ofrece El Greco en El Entierro del Conde de Orgaz, donde el
sentido del cuadro se lee de arriba a abajo, es decir,la conexión de los tres
ámbitos presentes, el mun-do trascendente, el mundo cotidiano y el inframundo
de las ti-nieblas y de la oscuridad, sólo es posible entenderla desde la
me-taobservación de Dios y su corte de ángeles.
En el plano de la observación de segundo orden,
todos los enunciados devienen contingentes, toda observación puede ser
confrontada con la cuestión de qué distinción emplea y qué es lo que, como
consecuencia de ésta, permanece para aquélla invisible. Esto nos permite pensar
que los valores caracterís-ticos de la sociedad moderna han de ser formulados
en la for-ma modal de la contingencia. Las distinciones directrices mencionadas
arriba «refieren lo real a valores, expresan dis-criminaciones de cualidades
conforme a la oposición polar entre una positividad y una negatividad»."
por tanto, lo di-ferente, lo otro de lo preferible no es lo indiferente, sino
lo re-
N. Luhmann,
La ciencia de la sociedad, México D.F.. 1996,
192.66.
N. Luhmann,
«Distintions Directrices», en SoziologischeAufkliiru.ng, Opladen, 1988. vol. 4.
14-32.
Ver el
trabajo de José M. a González: «Límites de la racionalidad social: azar.
fortuna y riesgo». en A. Pérez-Agote, 1. Sánchez de la Yncera (editores).
Compleji-dad y teorta social, Madrid. 1996,392-393.
G.
Canguilhem, Lo normal y lo patológico, Buenos Aires, 1970. 188.
chazado. Por eso cada sistema
autorreferencialrnente busca satisfacer su función por la realización de uno de
los polos de la dualidad: tener, gobierno, verdad, justicia, autenticidad,
belle-za, etc. Pero esta expectativa tiene un éxito limitado debido al
incremento de contingencia, de selectividad (directamente pro-porcional al
incremento de opciones) que se produce en las so-ciedades modernas por la
inexistencia de una fórmula de re-ducción de contingencia del tipo (Dios», y
por la producción social de un umbral de ambivalencia, ya que en nuestro tiempo
no existe una preferencia socialmente condicionada hacia un orden sino más bien
la posibilidad de la alternativa entre el or-den x, el orden y, el orden z ...
orden n, y el desorden. El nombre «tradición» se metamorfosea en verbo, oscila
del pasado al fu-turo, de la retórica de lo dado para siempre a la retórica de
lo perpetuamente incierto." Las conexiones entre los elementos de tales
dualidades descritas son contingentes." 1) temporalmen-te, puesto que ya no
están determinadas por el pasado, por una naturaleza inmutable, por el destino,
por la providencia, o por el origen social; 2) objetivamente, porque siempre
pudiera ser de otra forma; y, 3) socialmente, porque no dependen del con-senso,
de la democracia. Entre los sistemas más que una rela-ción de solidaridad
existe una relación de mera tolerancia o bien de indiferencia.
Si la contingencia es un valor propio de la
modernidad, una de sus notas provisorias más características, Agnes Heller, en
un original trabajo;" nos propone intentar transformar la contingencia en
nuestro destino, no un destino pre-dado (hado) sino un destino construido
socialmente. En esta situación se pone de manifiesto una paradoja insalvable
dentro del cono-cimiento moderno: nos informa de la contingencia mientras nos
hace creer que narra la necesidad, nos informa de lo local mientras nos hace creer
que narra lo universal, nos informa de la interpretación condicionada por la
tradición mientras nos hace creer que narra la verdad supraterritorial e
intem-poral, nos informa de lo inefable mientras nos hace creer que
Z. Bauman,
Modemity and Ambivalence, Oxford, 1991, 53 Yss.
N. Luhmann,
«Complexity, Structural Contingencies and Value Confhcts», P. Heelas, S. Lash,
P. Morris (edits.).Detraditionalisation. Oxford, Blackwells, 1996,64.
A. Heller;
«Frorn Hermeneutics in Social Scíence Loward a Hermcneutics of Social Science».
Theoryand Society, vol. 18, 1989,291-322.
180 181
todo es transparente, nos informa de la
provisionalidad de la condición humana mientras nos hace creer que narra la
cer-teza del mundo, nos informa de la ambivalencia del diseño humano mientras
nos hace creer que narra el orden de la na-turaleza y de la sociedad. Para
Heller un individuo ha trans-formado su contingencia en su destino si ha
llegado a ser cons-ciente de haber hecho lo máximo de sus infinitas
posibilidades. Una sociedad ha transformado su contingencia en su destino si
los miembros de tal sociedad adquieren la conciencia de que no prefieren vivir
en otro lugar y en otro tiempo que el aquí y el ahora. Según Hans Blumenberg
hace mucho tiempo dejamos de sentir la necesidad de venerar algo que se hallaba
más allá del mundo sensible, por ejemplo, nos comenta cómo a comienzos del
siglo XVIII intentamos reemplazar el amor a Dios por el amor a la verdad,
tratando al mundo objeto de descripción de la ciencia como una cuasidivinidad.
hacia fi-nales del siglo XVIII intentamos sustituir el amor a la verdad por el
amor a nosotros mismos, considerándonos como otra cuasidivinidad más. Para
Rorty «la línea de pensamiento co-mún a Blumenberg, Nietzsche, Freud, Proust,
Bloom y David-son -como descripciones del tiempo moderno- sugiere que
intentamos llegar a un punto en el que ya no veneramos nada, en el que nada
tratamos ya como a una cuasidivinidad, en el que tratamos a todo -nuestro
lenguaje, nuestra conciencia, nuestra comunidad- como producto del tiempo y del
azar». 77 Con este léxico contingente la formación del «sí mismo) deviene un
constante experimento que se renueva a sí mismo sin firi." El «sí mismo)
liberal es radicalmente infradeter-minado, forzado a reinventarse en cada nueva
ocasión públi-ca. Estaría representado por el «hombre sin atributos» de Robert
Musit, ya que el hombre sin atributos es ipso (acto el hombre de posibilidades.
79 Es el hombre que «vive hipotética-mente»." La sociedad liberal no se
puede identificar con unos determinados «fundamentos) o valores, porque esto
presu-
R. Rorty,
Contingencia, ironía y solidaridad,
Barcelona, J991,42.
A. Me1ucci,
The Playing Sel(, Cambridge, 1996. Ver asimismo A. wellrner; «wahrheít.
Kontingenz, Moderne ». Endspiele: Die Unversehníiche Maderne, Frankfurt, 1993,
157 ss.
P.L. Berger,
A Far Glory, Nueva York, 1991, 114.
R. Musil, El
hombre sin atributos, Barcelona, vol. 1,
1961,304.
pondría un orden natural de temas y de argumentos
que es anterior a la confrontación entre los viejos y los nuevos léxi-COS, y
anula sus resultados." Para Rorty, «concebir el propio lenguaje, la propia
conciencia, la propia moralidad, y las es-peranzas más elevadas que uno/a
tiene, como productos con-tingentes, como literalización (como tipificación) de
lo que una vez fueron metáforas accidentalmente producidas, es adoptar una
identidad que le convierte a unola en persona apta para ser ciudadano de un
estado idealmente liberal»." No está este planteamiento demasiado alejado
de lo que Harold Garfinkel considera como objeto de estudio de la sociología:
«las pro-piedades racionales que poseen las expresiones contextuales
(indexical) y otras acciones prácticas como logros continua-dos y contingentes
de las prácticas ingeniosamente organiza-das de la vida cotidiana). 83 Vivir
contingentemente significa vivir sin garantías, con sólo una certeza
provisional, pragmá-tica, pirrónica, que sirve sólo hasta que logramos falsaria.
La modernidad es lo que es -una marcha obsesiva hacia adelan-te- no porque
quizás siempre quiere más, sino porque nunca avanza bastante; no porque
incrementa sus ambiciones y re-tos, sino porque sus retos son encarnizados y
sus ambiciones frustradas. La marcha debe proseguir ya que todo lugar de
llegada es una estación provisional. 84 Por tanto, para Bauman, este «vivir
hipotéticamente» fomenta una reacción civilizato-ria, un efecto emancipatorio
de solidaridad." La contingen-cia precisa de una cierta amistad, una
cierta solidaridad, de una cierta comunidad, como alternativa al asilo de
lunáticos. La necesita así como los poseídos necesitan un exorcismo
administrado por quien sabe hacerlo y el neurótico precisa de psicoterapia
dispensada científicamente. Ellos necesitan sus respectivos remedios como un
refugio de sus propios demo-nios, no como un escape, sino como un modus
vivendi, no para librarse de ellos, sino para domarlos y domesticarlos de tal
manera que uno pueda coexistir en paz con ellos.
Ronald
Dworkin también suscribe este posicionamiento.
R. Rorty,
opus cit; 79-80.
H. Oarñnkel.
Studies in Ethnometodology, Oxford, 1984, 11.
Z. Bauman,
Modemityand Ambivalence, opus cit., 10-11.
/brd., 237.
182 183
Una «dialéctica de lo más nuevo y siempre lo
mismo», se extiende, según Benjamin, como la protohistoria de la mo-dernidad.
La imagen de la modernidad «no se conduce con el hecho de que ocurre siempre la
misma cosa» (a [ortiori esto no significa el eterno retorno), sino con el hecho
de que en la faz de esa cabeza agrandada llamada tierra lo que es más nuevo no
cambia; esto «más nuevo» en todas sus partes permanece siendo lo mismo.
Constituye la eternidad del in-fierno y su deseo sadista de innovación. Determinar
la tota-lidad de las características en las que esta «modernidad» se refleja a
sí misma significaría representar el infierno»;" En la imagen del infierno
como una configuración de repeti-ción, novedad y muerte, Benjamin abrió a la
comprensión filosófica el fenómeno de la moda que es específico de la
modernidad capitalista. La moda es la eterna vuelta de lo mismo. Paul Virilio,
situándose entre las reflexiones históri-co-críticas de Walter Benjamin y de
Reinhart Kosselleck, detecta un «nihilismo de la velocidad» en la novedad de la
novedad sin fin del progreso moderno. La contaminación ambiental, el
crecimiento de la población, la escasez de ma-terias primas son perturbadoras
como sin duda lo es el cons-tante incremento de mayores velocidades, la aceleración
es manifiestamente el fin del mundo."
La modernidad lucha por deshacer la «solidez) de la
tradi-ción heredada de la Edad Media para crear un nuevo e impro-visado sólido:
la expansión del dominio racional" en todos los ámbitos. La lucha contra
un imaginario pre-dado por Dios o por otras instancias metasociales lleva al
triunfo de una concepción racionalista que pretende el dominio racional del
mundo apoyándose en el baremo crítico de la razón, como han visto Kant y toda
la ilustración tanto francesa como esco-cesa, pero una de las paradojas de la
modernidad tardía es que la situación actual emerge del radical deshacerse de
los grilletes y las cadenas que correcta o incorrectamente tenían la tarea de
limitar la libertad individual de elección y de ac-tuación. La paradójica
rigidez del orden es el artefacto y el
W. Benjamin,
Das Passagen Werk, Frankfurt/M, 1983, vol. 2, 1.011.
P. Virilio.
Open Sky, Londres, 1997.
Z. Bauman,
Liquid Modernity, Oxford, 2000, 3.
sedimento de la libertad de los agentes humanos.v
Paradóji-camente, tal rigidez es el producto de «liberar los frenos, las
atadurasv.'" de la desregulación. de la liberalización, de la
Ilexibilización. de la creciente fluidez, del desenfreno finan-ciero,
inmobiliario y laboral, del aligeramiento de las cargas impositivas, etc. La
gran paradoja radica en que esa función de racionalización cultural
indiscutible de la que es portador el hamo economicus, también es responsable
de la creación de nuevas rigideces, aunque estén adornadas de luces de neón,
grandes almacenes y elaborados anuncios de Coca Cola. La secularización del
Hamo religiosus tradicional dio lugar al Hamo economicus moderno y la sociedad
sin fines, sólo de medios, de éste ha consolidado, ya sin ningún paliativo, al
Horno transiens, al hombre-tránsito, del que hablaran tanto Marx como
Nietzsche, para los que «todo lo sólido (Marx) se desvanece en el aire y todo
lo líquido (Nietzsche) permanece en la realidad». Hoy día hacemos frente al
gran e inescapable destino que hemos creado, elegir, sin embargo,
desgraciada-mente, no podemos elegir entre la sociedad de la que habla Platón
en el Banquete y la sociedad actual que aparece en El Padrino o en la serie
televisiva Dallas. El truco de esta fluidez nómada es sentirse en casa en
muchas casas.
A modo de conclusión
La imparable pretensión moderna de crear «nuevos
sóli-dos), como el estado nacional, el capitalismo y la democracia liberal,
frente a los «viejos sólidos) de las fonnas de legitima-ción tradicionales,
lleva a la creación inintencionada de una realidad caracterizada por el cambio
permanente y acelerado de sus estructuras de plausibilidad dadas por supuesto,
y de sus horizontes de expectativas que son continuamente sobre-pasadas en un
ritmo frenético de novedad cuyo problema a evitar sería la amnesia de tal
novedad.
tbíd., 5.
Así lo
recogía Cl. Offe en «Bíndung. Fessel, Bremse. Die Unübersichtlichkeit von
Selhstbeschrankungsformeln», en Honneth, McCarthy, Offe y Wellmer (edits.),
Zwischenbetrachtungen, 1M prozess der Aujkliirung, Frankfurt, 1989.739-773.
184 185
LAS GUERRAS CULTURALES:
EL LÍMITE EN DISPUTA
Este capítulo explora los procesos de construcción
social
del esquema de clasificación o esquema conceptual
que toda
sociedad usa como ese marco de referencia, con sus claves
interpretativas, para dar significado y valor a lo
que hacemos,
pensamos,
decimos y percibimos. En la sociedad moderna
existe una pugna entre un esquema clasificatorio
rígido, ba-
sado en la «pureza», con unas distinciones cuasi
naturaliza-
das y un esquema flexible, basado en la
ambivalencia con dis-
tinciones más borrosas y permeables. Autores
implicados en
el trabajo son: Durkheim, Mauss, Simmel, Derrida,
Foucault,
Rorty,
Goffman, Bourdieu, Douglas,
Zerubavel, Luhmann,
Bauman, Haraway, Elias, Zizek, Jokisch, Marquard y
otros,
La
producción del límite como producción de la realidad social
En el
principio... la tierra era caos y confu-
sión ... y dijo Dios «haya luz», .. y apartó la luz
de la oscuridad, y llamó Dios a la luz «día» y
a la oscuridad la llamó "noche>'.
Génesis 1!
1·5
Dios prefiere hablar de su mundo en el modo
subjuntivo ... Crea el mundo y cree mientras
crea
que justo tal
mundo pudiera haberse
hecho de forma diferente.
ROBERT MUSIL
187
Como vemos, el primer acto de la creación, al menos
den-tro de la comunidad de pensamiento judeocristiana, es uno que se ocupa de
dividir distintos ámbitos de realidad, los tres primeros días de la creación le
mantienen a Dios ocupa-do haciendo distinciones. El «Espíritu» de Yavé actúa
sobre la superficie de las aguas, que cubren el abismo y la tiniebla del vacío:
ésta es la visión del segundo verso del Génesis. Supone una confrontación entre
Dios y la materia, las «aguas» hacen frente al Espíritu. La imagen sugiere que
el Espíritu de Dios abarca al mundo pero sin entrar en él. Es la «Pala-bra» la
que realiza esta entrada. En el tercer verso Dios ha-bla y la «Palabra» se
engrana con el mundo, encarnándose en la cosa creada. Cada nueva palabra de
Dios evoca una nueva fase de la Creación. La «Palabra» representa el ritmo de
la Creación. Con la emergencia de la «Palabra», la con-frontación de Dios con
el mundo deviene dialógica. En el capítulo 1 del Génesis la Creación es
dividida en siete «días». La palabra yom significa «día», pero esta palabra
tiene va-rios sentidos. En primer lugar, en el verso 4, el día se identi-fica
con la luz, o más bien es el nombre de la luz. En el verso 14, la misma palabra
tiene un sentido astronómico, se refie-re al ciclo completo del día. Otro
significado de la palabra es el de ser un vínculo de conexión histórica, como
el que se establece entre la Sabbath y el resto de días de la semana;' de
hecho, el «pulso», el ritmo, de la semana se establece en tor-no a ese
contraste o distinción cultural que establecemos entre un día marcado como
sagrado y los otros seis que no lo están. Distinciones y más distinciones que
Dios va introdu-ciendo en el mundo, este todo indiferenciado natural no
apa-rece sino como un conjunto de realidades múltiples que no encuentran
sentido sino en la reíacionalídad (entre distin-ciones) que Dios (o un dios
minorizado, el hombre) les dis-pensa. La historia no es una continua
progresión, la Alianza entre Dios y el hombre experimenta a veces una radical
in-certidumbre que se manifiesta a lo largo de la historia. Esta es más bien
una eterna improvisación," repleta de irregulari-
1, E. Zerubavel. Hidden Rhythnts, Berkeley, 1981,
105 ss.
Ver A.
Neher, «The ViewofTime and History in Jewish Culturen, en P. Ricoeur (edit.),
Cultures and lime, París, 1976, 155.
dades, incluso de desaprendizajcs.? No olvidemos
que, según la exégesis rabínica," el mundo no surge de la mano de Dios de
una vez por todas. Veintiséis intentos han precedido al Gé-nesis actual, y
todos fueron condenados al fracaso. El mundo podría devenir caos, podría
regresar a la nada. La historia conlleva la impronta de una total inseguridad.
De hecho, el orden del discurso humano no es sino la forma primordial de lucha
contra el caos, asílo pone de manifiesto Michel Foucault en su discurso inaugural
en el College de France en 1970: «En toda sociedad la producción del discurso
está a la vez contro-lada, seleccionada y redistribuida por un cierto número de
procedimientos que tiene por función conjurar los poderes y peligros, dominar
el acontecimiento aleatorio y esquivar su pe-sada y temible materialidad»? En
la imagen del mundo judía no existe un punto omega al que tiende
indefectiblemente la historia, habiendo comenzado en un momento alfa. El futuro
aparece como un futuro infinitamente abierto. El Génesis, el Exodo y el
Apocalipsis son riesgos infinitos y eternos, como lo son la vida y la muerte.
Creando al hombre libre, Dios trae al universo un elemento básico de
incertidumbre. El hombre li-bre representa la improvisación hecha carne e
historia. En el verso 26 dice Dios: «Hagamos a un hombre... ». juntos, tu como
hombre, yo como Dios, y esta alianza encuentra siempre la libertad del hombre,
quien ha sido hecho para siempre como coasociado de Dios. En el judaísmo, se
pudiera decir que la visión del tiempo y de la historia tiene una estructura
musi-cal. Es percibida en el estilo de una fuga, cuyo tema mayor es «lo que
pudiera ser». Todo es posible, pero pudiera ser que nada ocurra, aquí se pone
de manifiesto el doloroso escepti-cismo, la incertidumbre y el pesimismo de la
soledad. El uni-verso es el campo infinito de lo posible. Del caos" extrae
Dios, por tanto, un cierto orden basado en una lógica binaria de distinciones.
El saber y el poder aparecerían de esta guisa como
S. Mcnncll.
-Decivilizing Procesess: TheoreticaJ Signiftcance and Sorne Lines of Research»,
lnternational Sociology, vol. 5, n." 2 (1990), 205-223.
Bereshit Rabba, 9: 4.
M, Foucaul
t, El orden del discurso, Barcelona, 1973,
11.
Esto no es
algo exclusivo del judeocrislianismo sino que está presente en casi todas las
cosmogonías y teogonías de las grandes civilizaciones. Sobre la lógica de las
distinciones ver el interesante trabajo de R. Jokisch: Metodología de las
distin-ciones, UNAM, México D.F., 2002, 179 Y ss.
188 189
ese ámbito delimitado de la infinitud desprovista
de sentido del acaecer universal al que Dios, o mejor el autor yavista anó-nimo
responsable de la escritura del Génesis, co-otorgan senti-do y significación?
en base a distinciones. Hay un comienzo que se pone de manifiesto en el «hacer
una distinción», condi-cionada por la «acción»" divina, bien es verdad que
se trata de una actuación que se rubrica dialógicamente, y que en nues-tro caso
comparece como observación humana del Metaobservador (Dios), el cual observa su
acción-creación y sus criaturas, el mundo y, ulteriormente. el hombre. Nuestro
entero orden social es un producto de distinciones, de las maneras en que
separamos al pariente del no pariente, lo moral de 10 inmoral, lo serio de lo
lúdico, lo que es nuestro de lo ajeno, lo masculino de lo femenino, el norte
del sur, etcétera. Clasificar las cosas es situarlas dentro de grupos distintos
en-tre sí, separados por líneas de demarcación claramente deter-minadas."
Hay, en el fondo de nuestra concepción de la clasi-ficación, la idea de una
circunscripción de contornos fijos y definidos. En orden a discernir una
«cosa», debemos distin-guir aquello que es objeto de nuestra atención de
aquello que ignoramos deliberadamente. Clasificar consiste en actos de inclusión
y de exclusión. Clasificar es dotar al mundo de es-tructura: manipular sus
probabilidades, hacer algunos suce-sos más verosímiles que otros. 10 Todo
sistema clasificatorio, por ejemplo, el de la estratificación social, 1I
presupone una distinción fundamental entre las característicaspersonales que
M. Weber,
Gesannnelte Au{siilze rur Wissenschaftslehre, Tubinga, 1988. 180.
Recordemos
las palabras que pone Gocthc en boca de Fausto en el Primer Fausto,
reinterpretando el Génesis bíblico: «Al principio era el Verbo". ¡Aquí me
paro ya! ¿Quién me ayudará a seguir adelante? No puedo hacer tan imposiblemente
alto aprecio del Verbo; tendré que traducirlo de otro modo, si el espíritu me
ilumi-na bien. Escrito está: «En el principio era la mente". Medita bien
el primer renglón, de suerte que su pluma no se precipite. ¿Es, verdad, la
mente la que todo lo hace y crea? Debiera decir: «En el principio era la
fuerza". Pero, no obstante. al escribirlo así algo me advierte que no me
quede en ello. [Viene en mi ayuda el espíritu! De repente veo claro y
osadamente escribo: «En el principio era la acción", J.W. Goethe, Fausto,
Obras completas, Madrid, 1992, tomo 3, 1.314.
E. Durkhcim,
M. Mauss. «Sobre algunas formas primitivas de clasificación», en E. Durkheim,
Clasificaciones primitivas, Barcelona, 1996,26.
Z. Bauman,
«Modernidad y ambivalencia», en J. Beriain (editor), Las conse-cuencias
perversas de la modernidad, Barcelona, 1996,74.
Sobre las
barreras de clase ver el excelente y clásico trabajo de Edmond Goblot: La
barrera y el nivel; Madrid, 2004, prologado por Luis Enrique Alonso.
son relevantes para situar a uno en un estrato
social particu-lar (por ejemplo, ocupación, color de piel, cantidad de
educa-ción formal) y aquellas que no lo son (por ejemplo, atracción sexual,
altura, coeficiente de inteligencia). Procedemos con arreglo a una cierta
tendencia de evitación del «horror vacuiw'? de un mundo sin distinciones, como
el que describe Peter Handke cuando muestra la pérdida transitoria de la
capaci-dad del habla o de la memoria, como dispositivos creadores de
distinciones.
Dibujar islas de significando: la «topología»
de/límite
La naturaleza presenta cosas sin divisiones
firmemente es-tablecidas. Todo se transforma en todo con matices
imper-ceptibles. Y si, en este océano de objetos que nos rodean, apa-recieran
algunos que destacan y dominan sobre el resto como las montañas sobre los
valles, la razón no sería otra que con-venciones sociales que no tienen nada
que ver con la disposi-ción física de los objetos. La clasificación es un
proceso de «esculpir», (dibujan> islas de significado más que de
identifi-car simplemente tales islas como si fueran algo natural ya exis-tente.
La percepción de pedazos, supuestamente insulares, de espacio es probablemente
una de las manifestaciones más fun-damentales de cómo dividimos la realidad en
islas de signifi-cado. Las particiones espaciales dividen claramente algo más
que meramente espacios. La líneas que separan supuestamente los pedazos
insulares de espacio, a menudo, representan las líneas invisibles que separan
entidades sociales y mentales tales como naciones o grupos étnicos unos de
otros, por tanto, nues-tras categorías están ancladas en la historicidad de la
propia sociedad de la que surgen y cruzar tales líneas físico-geográfi-cas
significa articular el paso a través de tales particiones13
P. Handke,
Aber ích íebenur von den Zwischenrliu.me, Zúrich. 1987.
Como
advertía Durkheim, el origen de las categorías de pensamiento está en la propia
vida social, en el conjunto de actividades sociales, que segregan los esque-mas
conceptuales de la lógica. Antes que las categorías de espacio y de tíempo, la
sociedad dispone de su espacio de interacción social y vive con arreglo a un
ritmo de actividades sociales concreto que pauta la vida colectiva. Alfred
Schütz y Thomas Luckmann también han reconocido la gran importancia del ámbito
de la vida dia-ria, del ámbito del sentido común, como algo previo a las
elaboraciones científicas
190 191
sociales y mentales. Esta es la razón por la que
atribuimos gran significado simbólico a actos tales como traspasar" (y
coextensivamente transgredir) o cruzar una línea, un límite, como el atravesar
el Mar Rojo por los antiguos israelitas, con-siderándolo como un acto de
liberación, huyendo de la ira del faraón. Por la misma razón el Muro de Berlín
podría repre-sentar esa separación entre la democracia y el comunismo, o la
apertura de la frontera entre Austria y Hungría en 1989 podría servir como un
despliegue simbólico del espíritu de la Glasnost. Incluso la conquista del
monte Everest, es decir de sus 8.850 metros, en 1953, por el sherpa Tenzing
Norgay y Edmund Hillary marca un nuevo hito no sólo en el alpinismo mundial
sino en la propia lucha del ser humano con la natu-raleza. Los ritos de pasaje
nos ayudan a representar a la mane-ra de un drama teatral la considerable
magnitud de las bre-chas sociomentales que creamos. Cruzar tales límites
requiere un considerable esfuerzo mental y conlleva a menudo saltos
scciomentales cuánticos gigantescos. Generalmente somos cons-cientes del límite
y de la separación mucho antes de lo que aprendemos a captar la distancia. Esta
concepción «topológica» rudimentaria de percepción del espacio es
posteriormente re-emplazada por una concepción «métrica» de la distancia."
Un viaje muy corto se experimenta como monumental si conlleva cruzar una
división sociomental decisiva, por ejemplo, para un Papa viajero como Juan
Pablo Il. cruzar el río Tiber pa-ra visitar la sinagoga central de Roma en
1986, era una tarea sencilla, sin embargo, fue un gran gesto, considerando que
bo-rraba cerca de 2.000 años de enemistad entre la Iglesia católi-ca y los
judíos. Asimismo, cruzar la línea simbólica (no mera-mente física) que separa
nuestro planeta del resto del universo transformó el primer pequeño paso de
Neil Armstrong, el pri-
posteriores (E. Durkheim. Las formas elementales de
la vida religiosa, Madrid, 1982, 8 Y ss. A. Schútz y Th. Luckrnann, Las
estructuras del mundo de la vida, Buenos Aires, 1977,25 Yss., 41 y ss.).
Ver el
estudio clásico de A. Van Gennep, Los ritos de paso, Madrid, 1986. Ver también
el trabajo de B. Schwartv, «The Social Psychology of Privacy», American lournai
o{Sociology, 78 (1968). 747.
Ver el
trabajo pionero de J. Piaget y B. Inhelder; «The Child Concepüon of Space», en
The Essentia/ Piaget (H.E. Grubery J.J. Voneche (editores), Nueva York,
1977,576-644.
mero realmente dado por un humano en terreno
extraterres-tre, en un «salto gigantesco para la humanidad»." En otros
casos creamos una especie de «ley de proximidad» ubicua que parece que desplaza
los límites y los lugares cuando en reali-dad son saltos sociomentales
cuánticos los que estamos crean-do, como cuando la ciudad de Santiago de Chile
aparecía como más «cercana» de Nueva York que Moscú, cuando al comienzo de la
década de los setenta, a algunos norteamericanos les pro-ducía más temor el Chile
de Salvador Allende que Leonidas Breznev, considerándolo un marxista en la
antesala de los Es-tados Unidos. Una década antes les había ocurrido lo mismo
con La Habana y Fidel Castro. Un caso interesante de percep-ción subjetiva del
límite es el que aparece en el chiste que re-presenta a un hombre cuya casa
estaba justo en la frontera ruso-polaca. Cuando, finalmente, se decidió que la
casa estaba situada en Polonia, el hombre gritó: «Hurra, ahora ya no tengo que
ir más a través de esos terribles inviernos rusOS»_17 Escenas clási-
cas de cruce de fronteras que aparecen en filmes
como Ú1
tera de Tony Richardson, El Norte de Gregory Nava o
Cortina rasgada de Alfred Hitchcock, ponen de manifiesto, una y otra vez, que
el hecho simbólico de cruzar la frontera en cuestión, tanto en México como en
Alemania, es mucho más decisivo que las millas o kilómetros recorridos antes de
cruzar tales fron-teras. La división físico-espacial de nuestra casa, por
ejemplo, nos ayuda a compartamentalizar nuestra actividad diaria en clusters de
[unciones separadas (comida, descanso, juego, lim-pieza), distinguiendo
mentalmente la cultura (el cuarto de es-tudio) de la naturaleza (el baño) o lo
formal (comedor) de lo informal (la habitación propia). El papel social de las
particio-nes espaciales es también evidente en que la presencia delibe-rada de
puertas" en las habitaciones es una señal que separa entre esferas
públicas y esferas privadas. Así lo pone de mani-fiesto Virginia Wolf cuando
afirma en su estudio sobre la privacidad y sobre la individualidad, A Room of
One's Own: «una cerradura en la puerta significa el poder de pensar por
E.
Zerubavel. The Filie Line, Chicago,
1991, 25.
H.
Hershñeld. Harry Hershiieíd Joke Book, Nueva York, 1964, 128.
Ver el
importante simbolismo de la puerta y el puente en G. Simmel: El individuo y la
libertad, Barcelona, 1986, 29-34.
192 193
una misma»," representa ese simbolismo (de
presencia de puertas) que nos faculta para «encerrarnos» con nosotros
mis-mos/as, en la intimidad propia. Todo proceso de individua-ción, tendente a
la formación de la personalidad, conlleva una separación, consumada en «ritos
de paso», del resto, padres, hermanos, vecinos y resto de compatriotas, de tal
manera que uno/a pueda llegar a ser una identidad personal.
La manera en la que dividimos el tiempo evoca a la
forma en que partimos el espacio. Justo en la forma en que distingui-mos
pedazos concretos de espacio, como países o distritos elec-torales, de
continuos ecológicos como una meseta o la costa o la pampa argentina o la
tundra siberiana o el com belt norte-americano, así esculpimos segmentos
insulares, experiencias discontinuas del tiempo, como «el Renacimiento» o «la
ado-lescencia», a partir de continuos históricos. De la misma for-ma separamos
«Ia semana pasada» de «esta semana» o «los cincuenta» de <dos sesenta». La
discontinuidad temporal es una forma de discontinuidad socio-mental y la forma
en que noso-tros cortamos el pasado se asemeja a la forma en que corta-mos el
espacio social en general. De la misma forma que los «días de fiesta» ayudan a
concretar la distinción moral entre sagrado y profano y los fines de semana
ayudan a substanciar el contraste cultural entre los ámbitos público y privado,
las distintas rupturas temporales que divisamos entre «periodos» históricos
supuestamente distintos ayudan a articular las discontinuidades socio-mentales
entre identidades culturales, políticas y morales supuestamente distintas. Como
cualquier otra forma de clasificación, la periodización presupone un cier-to enfoque
topológico, manifiestamente no-métrico, que des-taca relaciones entre entidades
mientras ignora básicamente su estructuración interna, por el hecho de la
construcción so-cial de un límite operativo de diferenciación. Esto comporta
una experiencia plástica, de alguna manera, de las distancias temporales que
conlleva una compresión mnemónica de aque-llo situado dentro de un determinado
«periodo» convencional, mientras que, por otra parte, se aumenta exageradamente
aque-llo situado entre periodos." la periodización comporta de al-
V. Wolf. A
Room ofOne:S Own. San Diego. 1957. 110.
E.
Zcrubavel. Time Maps, Chicago, 2003. 86 Yss.
guna manera un «amontonar» intracategorial y un
«separar» intercategorial. La asimilación histórica que crea periodos continuos
no tendría sentido si no existiera la diferenciación histórica que crea
periodos discontinuos. Podemos percibir, así, artistas del «Renacimiento» como
Donatello (cuyos tra-bajos más tempranos datan de 1410) y Tiziano (que todavía
pintaba en 1560), como contemporáneos y, en la misma línea de argumentación,
olvidar que luminarias «medievales» como San Benito (480-547) y Chaucer (1340-1400)
vivieron separa-dos por ocho siglos uno del otro. En términos similares, en la
medida en que crudamente identificamos cualquier cosa que existió en el
hemisferio occidental antes de la llegada de los europeos como
«precolombino»." así tendemos a fusionar las civilizaciones olmecas (1.000
años a.c.) y aztecas (1.500 a.c.i mesoamericanas (o sus respectivos
representantes como Chavín y los incas en Los Andes), que florecieron con una
di-ferencia de 2.000 años, olvidando, por tanto, que fueron entre ellas tan
históricamente remotas como lo son los italianos actuales y los antiguos
romanos. Algo semejante ocurre cuan-do amontonamos cerca de 3.000 años de
cultura pre-ptolo-meica de historia norteafricana en una simple unidad
con-vencionalmente recordada como «antiguo Egipto», lo que implica olvidar que,
como Chaucer y los aztecas, los faraones de la trigésima dinastía egipcia s610
fueron un par de siglos anteriores a nuestra era, estando muy alejados de la
primera dinastíade faraones (3.000 años a.C.). Distinguir entre lo
«pre-colombino» y lo «americano» posterior implica, asimismo, una disputada
periodización que no tiene nada de natural y evi-dente. Percibimos el intervalo
de dos años, despreciable ma-temáticamente, que separa 1491 de 1493 como algo
más largo que el intervalo de doscientos años que lo separa de 1291. Des-pués
de todo, mientras 1291 y 1491 son situados ambos, con-vencionalmente, dentro de
lo que es considerado, esencialmen-te, uno y el mismo periodo (pre-colombino),
1491 y 1493 son generalmente percibidos como creando una amplia horquilla
histórica asociada al primer viaje de Colón a través del At-
E.
Zerubavel, Terra Cognua. The Mental Discovery o(America, New Brunswick, NJ.
1992, también del mismo autor: -Language and Memory: «"Precolumbian".
America and the Social Logic of Pericdization», Social Research, 65, 1-2.
1998,315-329.
194 195
lántico, creando así lo que podíamos llamar un
«sociomental quantum leap », en los términos de Eviatar Zerubavel, o un Rubicón
histórico en 1492. Así como 1489 y 1491 son parte de la misma «era», sin
embargo, 1491 y 1493 son conven-cionalmente percibidos como creando una gran
horquilla que separa una «era» de otra. La distinción que establece la
conmemoración inequívocamente eurocéntrica de 1492 sir-ve para substanciar el
límite-frontera cultural fundamental entre las esencias «india» (o «nativa») y
europea en el he-misferio occidental. De hecho, la batalla interpretativa
so-bre si la historia americana comienza realmente con las pri-meras
migraciones humanas de Siberia a Alaska, miles de años antes de la gesta de
Colón en 1492, es bastante similar a las batallas culturales actuales sobre la
distinción entre un feto y un niño. Tanto aquéllas como éstas no son sino
disputas en torno al límite que divide realidades culturales, políticas y
morales.
Nuestra realidad mental, nuestras distinciones y
catego-rías, están profundamente sumergidas en la realidad social. Los límites
que percibimos entre entidades supuestamente separadas que constituyen la
realidad social así como los sal-tos cuánticos necesarios para atravesar tales
entidades son socialmente construidos y reconstruidos. No obstante, una vez
institucionalizados, se convierten en hechos inevitables -¡el poder de la
institución!, diría Bourdieu-, que ya no podemos ignorar u omitir. Tales distinciones
y las islas de significado que ayudan a delinear son la materia de la que está
hecha la vida social.
Definir algo es marcar sus límites
La sociedad sólo es posible si los individuos y las
cosas que la componen se reparten en grupos diferentes, es decir, se
cla-sifican unos en relación con otros, por tanto, la vida en socie-dad
presupone una cierta organización consciente de sí, lo que no es otra cosa que
una clasificacíón." La palabra definir proviene de la palabra latina
[inis, límite, así, definir algo seria
22. E. Durkheim, Las [ormas elementales de la vida
religiosa. Madrid, 1982,411.
marcar sus limites." Estos límites juegan un
rol fundamental en la construcción de la realidad social. Fíjense, a título de
ejemplo enormemente gráfico, que hasta que Randall McMurphy, personaje
protagonista brillantemente interpre-
tado por Jack Nicholson, en el film de Mike
Nichols, Alguien
voló sobre el nido del cuco, no rompe el cristal de
la oficina de la enfermera jefe del hospital psiquiátrico, sus compañeros de
internado, no se dan cuenta que el «muro» que divide a los sanos de los
perturbados no es tan inevitable como parece. Para definir la sítuacion"
o, en otras palabras, para organizar la experiencia en un contexto de
contingencia precisamos de un marco de análisis" en el seno del cual están
las claves interpretativas a cuyo través adquiere sentido la realidad. Este «en-marcar»
(framing), del que nos habla Erving Gofman, es un acto de rodear situaciones,
actos u objetos con paréntesis socio-mentales que básicamente transforman"
los marcos primarios naturales en marcos secundarios sociales al defi-nirlos
como deporte, juego, símbolo o fantasía. El juego, por ejemplo, es actualmente
un nombre para los contextos en los que actos constitutivos adquieren un
aspecto diferente de re-levancia de aquél que hubieran tenido en un contexto de
no-juego. La esencia del juego radica en una negación parcial del significado
que las acciones pudieran tener en otras situacio-nes. «El juego no es el
nombre de un acto o acción sino el nombre de un marco de acción»." Cuando
amanece estamos ante un hecho natural; cuando bajamos la persiana para evi-tar
que entre el sol estamos ante un hecho guiado. Cuando un coronel pregunta por
la causa de una muerte, espera una res-puesta que pertenece al mundo de la
fisiología; cuando de-manda una explicación sobre las condiciones de la muerte,
quiere una respuesta que revele la dramaturgia social en la que confluyen
aspectos relacionados con las intencionalidades y los valores del sistema de
distinciones de la sociedad en cues-
tíón. La pregunta tradícional por el sentido de la
realidad, que
en términos religiosos o metafísicos nos llevaba a
un garante
K. Burke. A
Grammarof Motives, Berkeley, 1969,24.
w.r. Thomas,
The Unadiusted Girl, Bastan. 1923,41-44.
E. Goffman,
Frarne Analysis, Nueva York, 1974.
lbid.,
20-39.
G. Bateson.
Mente y espíritu, Buenos Aires, 1990, 124.
196 197
metasocial, Dios o el Ser Absoluto, como
meta-referencia supramundana a la que remitían todas las referencias
intramundanas, Goffman la plantea en términos puramente sociológicos, en
términos de pregunta que interroga por las distinciones at work más que de
respuesta dada por supuesto que aclara todo: «¿What is it thats going on here?
¿Qué es lo que sucede?»,28 pregunta, nada más y nada menos, por cómo definimos
la situación. Según esto, ¿qué sentido damos, por
ejemplo, a la sexualidad humana? ¿Cuáles son las
distincio-
nes operativas que están a la base de la producción
social de la sexualidad? Está claro que todo ser humano, desde el pun-to de
vista morfológico, puede ser o bien «portador de vagi-na» o bien «portador de
pene», esos son sus marcos naturales
posibles, es decir, el sexo está determinado por
una de estas dos posibilidades que nos da la naturaleza, pero el género, sin
embargo, supone una construcción social, una
auto-percep-ción, en donde está implicado no sólo un proceso interpretativo
sino y ante todo un proceso de interacción social. Un «porta-dor de pene» podrá
asociar a esta morfología la constelación masculina y sentir heterosexualmente
como hombre, y un in-dividuo «portador de vagina» podrá asociar a esta
morfología la constelación femenina y sentir heterosexualmente como mujer. Pero
las posibilidades no acaban aquí, porque existen «portadores de pene» que sienten
afinidad con la constela-ción femenina y «portadores de vagina» que sienten
afinidad con la constelación masculina y portadores de uno u otro di-morfismo
sexual que se identifican tanto con lo masculino como con lo femenino. Dice
Simone de Beauvoir que «una no nace mujer sino que se hace mujer» y esto vale
tanto para la
mujer como para el hombre. Sólo podemos hablar de
identi-
dad personal. stricto sensu, en cuanto que existe
un modo de experimentar" psíquicamente, socialmente y simbólicamen-
te tales marcos primarios naturales, El sujeto está
situado, el
sujeto, este sujeto, yo estoy constituido por
determinadas po-siciones y distinciones, según las cuales me posiciono, y estas
posiciones y distinciones no son meramente productos teóri-
E. Goffman,
opus cit., 8.
J. Beriain,
«El ser oculto de la cultura femenina en la obra de Georg Sirnmel», RE/S, 89,
2000, 165.
cos, sino principios organizadores, clasificadores,
de prácti-cas materiales y de tareas institucionales, cuyas matrices de poder y
discurso me producen como un «sujeto» viable." El sujeto comparece
socialmente como sujeto generizado, como sujeto que in-corpora y expresa alguna
de las constelaciones de género reseñadas, y este género, el mío, el tuyo, el
suyo, es «una clase de imitación para la cual no existe original»;" es un
tipo de imitación que produce la noción de original como un efecto y
consecuencia de la imitación misma. En este senti-do, la «realidad- de las
identidades sexuales está perjormati-vamente constituida a través de una
imitación que se sitúa a sí misma como el origen y el fundamento de todas las
imitacio-nes. La posibilidad de llegar a ser un sujeto viable requiere el acto
performativo de imitación de un cierto género. Este gé-nero no es un acto
performativo que un Sujeto previo decide realizar, sino que es perfonnativo en
el sentido de que se cons-tituye a sí mismo como un efecto de lo que expresa el
sujeto en cuestión." como un correlato de su decisión propia, o de la
decisión de otros que deciden por él (las respectivas agencias de
socialización, familia, escuela, iglesia). El género es siem-pre un hacer. No
existe identidad de género antes de las ex-presiones del género, la identidad
es performativamente cons-tituida por tales «expresiones» que proclaman ser sus
resultados." Ahora nos resulta más fácil entender la impor-tancia del
marco de análisis y al mismo tiempo de una serie de distinciones que fungen de
claves interpretativas, es decir, de convenciones por las que una actividad
dada, provista de sentido por la aplicación de un marco primario, se
transfor-ma en otra actividad que toma a la primera por modelo, pero que es
considerada por los participantes en un determinado marco social de forma
díferencíada." Podemos poner en es-cena un juego de atracciones sexuales o
una partida de da-
Ver al
respecto la interesante reflexión de J. Butler en «Contingent Poundatíons».
recogido en J. Butler, J.W. Scott (editoras), Feminist Theorize the Political,
Londres, 1992, 9.
J. Butler,
«Imitation and Gender Insubordination», incluido en Ch. Lemmert. Social Theory,
Boulder, Colorado, 1993.643 ss.
32.1bCd .. 645.
J. Butler,
Gender Trouble. Femínísrn and rheSubversion of Identity, Nueva York. 1990,
25-26.
E. Goffman,
Frame Analysis, Boston. 44.
198 199
mas, la función
primordial de una clave es determinar qué es
lo que sucede a partir del significado de nuestra
experiencia y
no de la estructura ontológica de los objetos que
constituyen la realidad.
Optíca social
Clasificar conlleva percibir de una determinada
manera; por tanto, una clasificación, un «esquema de clasificación y de
representación», en los términos de Durkheim y Mauss, o un «esquema
conceptual», en los términos de Davidson, es una cosmo-visión, una forma de
ver-percibir-evaluar el mun-do, por tanto, una sociología cognitiva seria
strictu sensu una sociología de la percepción o de las percepciones. Aquíes
don-de Pierre Bourdieu sitúa su concepto de habitus, «como con-junto de
disposiciones de actuar, de pensar, de percibir y de sentin).33 En los términos
de Erving Goffman esto significa que el habitus implica un «sense of one's
place» y correlativa-mente un «sen se of other's place». Bourdieu pretende
cons-truir una sociología de la percepción del mundo social, una «óptica
social», es decir, una sociología de la construcción de las visiones del mundo
que contribuyen también a la cons-trucción de ese mundo. Pero, si hemos
construido el espacio social sabemos que estos puntos de vista son vistas
tomadas a partir de un punto, es decir, de una posición determinada en el
espacio social. Habrá puntos de vista diferentes o aun anta-gónicos, puesto que
estos puntos de vista dependen del punto de vista desde el que son tomados en
ese espacio. Este espacio social tiende a funcionar como un espacio simbólico,
un es-pacio de estilos de vida y de grupos de estatus caracterizados por
símbolos y distinciones que los diferencian. «La identi-dad social se define y
se afirma en la diferencia»." El habitus opera como un enmarcamiento
interpretativo (keyingframe), también en los términos de Goffman, por una
parte, es princi-pio generador de configuraciones, es capacidad, potenciali-dad
de creación cultural y, por otra parte, simultáneamente
P. Bourdicu
, Esauísse de une theorie de la pratíque, Ginebra. 1972, 17,
P. Bourdíeu.
La dístincián. Critica social del gusto, Madrid, 1988, 170.
es marco, estructura, espaciamiento delimitado para
ver, sen-tir, pensar y actuar, en definitiva, para producir un mundo. Aunque
una gran parte de las categorías y conceptos que usa-mos habitualmente los
damos por supuestos en la vida social, sin embargo, en realidad, son
construidos socialmente y ex-perimentan una génesis social y, por tanto, tales
límites va-rían en el tiempo y en el espacio.
Como los leopardos, las tortugas o las cigüeñas,
toda per-sona, por ejemplo, distingue lo que es comible ((comida») de aquello
que no lo es y, por la misma razón, como los ratones, los antílopes o los
tiburones, todos los humanos distinguen lo que es peligroso de lo que es
seguro. Clasificar es un acto so-cial y un acto individual, la sociedad
distingue y nosotros tam-bién. Hay algo que nos une, un cierto universalismo
cognitivo, a todos los humanos, en cuanto pensamos como seres huma-nos, algo
que Descartes ha puesto de manifiesto en el cogito ergo sum, en el «pienso
luego soy», y que Lévi-Strauss vuelve a recordar cuando afirma que «los hombres
siempre han pen-sado igual de bien», sin embargo, hay algo que nos separa, en
cuanto pensamos como miembros de comunidades de pensa-miento, de memoria o de
interpretación;" españoles, vegeta-rianos, sociólogos, metodistas. Veamos
esto en el caso de un universal cultural como los hábitos alimenticios. Todas y
to-dos comemos lo que comemos aunque ni todas ni todos co-mamos lo mismo, pero
¿lo hacemos por satisfacer una pura necesidad primaria, en los términos de
Malinowski, o más bien operamos con arreglo a la premisa de que es «bueno para
comer porque es bueno para pensar», es decir, nos gusta o disgusta algo según
nuestro esquema clasificatorio culturalmente determinado, en los términos de
Lévi-Strauss y Marshall Shalins?" La cultura norteamericana actual, tan
devota del vigor físico y coextensivamente del vigor sexual, extrae sus
«energías» de un tipo de alimento que representa el arquetipo de la energía
física y la virilidad, la carne de vacu-no. Los norteamericanos sacralizan a
las vacas por motivos muy distintos a los hindús. Por esa razón, cuando veían
sacri-
B. Lewis,
Remernbered, Recovered, Lnveníed,
Princeton, 1975, 71-76.
Ver el
trabajo de M. Shalins: Culture and Practica! Reason, Clücago, 1976. 166-179.
200 201
ficar crías de perro destinadas a abastecer los
restaurantes en China y Corea del Sur en los pasados campeonatos mundiales de
fútbol se escandalizaban estigmatizando a los pobres chi-nos y coreanos de
«bárbaros». Para ellos el perro, el caballo o el gato son animales domésticos,
pero, más aún, son uno más de la familia, por eso les ponen nombres como si
fueran per-sonas. Por la misma razón, es decir, por la «prescripción»
culturalmente construida por el esquema clasificatorio," los
norteamericanos pueden comer cantidades ingentes de atún o de pollo, pero
harian huelga de hambre antes de comer un filete de delfín o un guisado de
conejo, animales tan graciosos y juguetones en el imaginario cotidiano
norteamericano. ¿Re-cuerdan ustedes las famosas hambrunas irlandesas del siglo
XIX, ocasionadas por las malas cosechas de patata, que pro-dujeron emigraciones
masivas a Estados Unidos? Pues bien, al mismo tiempo, las costas irlandesas
estaban infestadas de rico y nutritivo pescado, pero este no formaba parte sustan-cial
del esquema clasificatorio de la alimentación en Irlanda en ese momento. Pero
todavía no hemos acabado con las dis-tinciones, incluso dentro de la carne de
vaca no todo es lo mismo. Hay partes «nobles» como el filete, el solomillo o la
chuleta, frente a partes menos nobles, por no decir, «inno-bles» como las
tripas (los famosos callos), el hígado, la lengua u otras partes que son
rechazadas, cuando en realidad, no sólo tienen un sabor más exquisito sino que
también tienen, en algunos casos, más propiedades alimenticias. Por tanto,
podemos decir, sin ningún temor a equivocamos, que el gusto está condicionado
por el esquema clasificatorio operante, que como sabemos varía de un lugar a
otro, como el comer «sin-crónicamente», mezclando arroz o leguminosas con carne
o pescado o ave, como ocurre en los países anglosajones, o el comer
«diacrónicarnente» estableciendo un orden de sucesión entre el primer plato, el
segundo y el tercero, como ocurre en los países mediterráneos.
Pero no pensemos que el poder del esquema
clasificatorio actúa sólo en lo que entra en nuestro estómago, también ac-túa
sobre lo que sale de él. Veámoslo en estos ejemplos de
M. Douglas
tiene excelentes comentarios sobre este aspecto en «Deciphering a Meal», en
lmplicit Meanings, Londres, 1975.249-275.
pura etnografía de la higiene doméstica expuestos
por Slavoj Zizek." En un cuarto de baño tradicional alemán, el agujero de
evacuación del sanitario está situado en la parte delantera, por tanto, las
heces permanecen expuestas en una empaliza-da al objeto de que podamos husmear
e inspeccionar por si hubiese algún desarreglo intestinal o alguna enfermedad
has-ta que accionamos la llave del agua; en el típico sanitario fran-cés y
también en el español, al contrario que en el alemán, el agujero está situado
en la parte trasera del sanitario, es decir, se supone que las heces deben
desaparecer lo más pronto po-sible; finalmente, el sanitario anglosajón (inglés
o norteame-ricano) presenta una especie de síntesis, una mediación entre los
dos polos opuestos anteriores, la taza está llena de agua, por tanto, las heces
flotan, visibles, pero, sin la posibilidad de inspección. Erica long, en el
comienzo de su ya algo olvidado Fear of Flying, burlonamente afirma: «Los
sanitarios alema-nes son realmente la clave de los horrores del Tercer Reich.
Gente que construye sanitarios de ese tipo son capaces de cual-quier cosa».
Pero ésta no es una explicación plausible en tér-minos utilitarios de higiene y
pureza que trata de eliminar esa «descarga detestable» que procede de nuestro
interior. A dife-rencia de los animales, los humanos tenemos un gran proble-ma
a la hora de deshacernos de nuestras sobras, no hay nada de natural en la forma
en que eliminamos, una vez procesado, aquello que ingerimos con anterioridad.
En cualquier caso, podemos afirmar con toda rotundidad que los esquemas
cla-sificatorios enfatizan cosas distintas en ese afán por desha-cernos de
nuestros propios desechos, así como hay manieres ala table también hay maneras
en el cuarto de baño," en el caso alemán, se fijan en una fascinación
contemplativa ambi-gua, mientras que en el caso francés se pone más énfasis en
librarse del «exceso» desagradable cuanto antes y en caso an-glosajón se
muestra un enfoque más pragmático para tratar el «exceso» corno un objeto ordinario
del que nos libramos de una manera apropiada.
S. Zizek,
The Plague oíFantasies, Londres, 1997,4-5.
Podríamos
considerar esto como una pequeña nota al monumental trabajo sobre la
socicgénesis del sel{ que dibuja Norbert Elias en el proceso de civilización.
202 203
La
canonización del límite: la pureza en el esquema clasificatorio rígido
No sembrarás tu viña con semillas de dos cla-
ses ... No ararás con un buey y una asna jun-
tos. No
vestirás ropa tejida mitad de
lana y
mitad de lino.
Deuteronomio, 22,
9-11
Lord
Chcstcrton definió lo sucio
como algo
fuera de lugar. Esto implica dos condiciones,
un conjunto de relaciones ordenadas y la con-
travención
de tal orden.
MARY DOUGLAS
Con el objetivo de mantener nuestra experiencia
organi-zada con arreglo a unas determinadas distinciones limitantes que se
inscriben en un marco clasificatorio determinado, de-bemos preservar el
carácter insular de tales distinciones se-parándolas unas de otras. La
existencia de tales brechas debe ser constantemente reafirmada, al menos esto
es lo que pre-tende preservar el esquema clasificatorio rígido. El
prerre-quisito lógico más importante de una clasificación rígida es que cada
elemento no pertenezca a más de una categoría. Esta lógica presupone un
criterio de diferenciación del tipo «o esto o lo otro», algo así como un modo
«digital» de pensa-miento que opera según la naturaleza evocativa del on/off de
un interruptor de corriente eléctrica o del marcador de un reloj digital,
evitando cualquier zona «gris» o intermedia. El esquema y la mente rígidos no
permiten contacto entre enti-dades distintas. Su necesidad obsesiva es segregar
islas, pro-vincias, de significado creando «guettos sociomentales» que nunca se
«toquen».
«Lo sucio» es algo fuera de lugar
Hay una diversidad cognitiva que se manifiesta en
que, ante determinadas preguntas, nuestras respuestas son distin-tas y en
muchos casos tal diversidad se manifiesta en batallas cognitivas en pos de la
plausibilidad o validez del esquema
204
conceptual en cuestión." No sólo diferentes
culturas dibujan diferentes archipiélagos de significado de la misma realidad,
a menudo también promueven diferentes «estilos» de cortar el mundo en múltiples
provincias de significado." Algunas socie-dades, por ejemplo, promueven un
esquema clasificatorio ngi-do, un mundo instituido de significado altamente
inflexible ca-racterizado por una adherencia estricta a una lógica purista del
«o esto o lo otro». Tales «esquemas» dibujan distinciones agu-das y claramente delimitantes
y tienen aversión a los híbridos ambivalentes y a los estadios «entre lo uno y
lo otro»:" que pu-dieran desafiar la exclusividad percibida de sus
categorías. Hay que evitar las «zonas crepusculares» o las «zonas grises» por
lo que conllevan de indefinición, de ausencia de límites claros, de ansiedad e
incluso de pánico. Los atributos de liminalidad o de las personas liminales
(vgentes de umbral») son necesariamen-te ambiguos. No están ni en un sitio ni
en otro. La liminalidad se compara frecuentemente con la muerte, con el
encontrarse en el útero, la oscuridad, la bisexualidad, la transicionalidad de
los ritos de paso, la soledad y los eclipses solares o lunares." Los
símbolos liminales predominan en los ritos de circuncisión en muchas sociedades
y también en el ingreso en sociedades secre-tas. Platón en El Banquete sitúa al
daimon (o potencialidad creativa) como una instancia mediadora: «la de ser
interprete y mediador entre los dioses y los hombres; llevar al cielo las
súpli-cas y los sacrificios de estos últimos, y comunicar a los hombres las
órdenes de los dioses y la remuneración de los sacrificios que les han
ofrecido. Los daimones llenan el intervalo que sepa-ra el cielo de la tierra,
son el lazo que une al gran LOdo ... La naturaleza divina como no entra nunca
en comunicación direc-la con el hombre, se vale de los daimones para
relacionarse y conversar con los hombres, ya durante la vigilia, ya durante el
sueño. El que es sabio en todas estas cosas es daimónico (por cuanto inspirado
por un daimon, por una potencia creado-
Mi punto de
partida se circunscribe aquí no a un tratamiento de la teoría de la ideología
en su sentido partisano purticularistu. apuntado por K. Mannhcim, sino más bien
a explorar la génesis y estructura de la noción de «perspectiva» más propia de
Ia sociología del conocimiento, aspecto éste también apuntado por Mannheim en
su Ideología y utopía de 1930.
E.
Zcrubavel, The Fine Line, Chicago, 1991,21-22.
V. Turncr,
La selva de los símbolos, Madrid, 1980, 103 Yss.
V. Tumer. El
proceso ritual, Madrid, 1988, 101-104.
205
ra)»." Amold van Gennep veía la sociedad como
una casa con habitaciones y corredores en los que el paso de uno a otro entraña
peligro o cuando menos ansiedad. El peligro radica, según él, en que el momento
transicional de paso no es ni un estado ni el siguiente, simplemente es
indefinible. El peligro radica en el horror a lo sin-forma, a lo indeterminado.
Reconocemos un par de zapatos sucios cuando lo
vemos, sabemos cuando tenemos las manos sucias, cuando hay restos de comida
sobre la alfombra y manchas sobre las camisas blan-cas, pero, ¿por qué están
sucias estas cosas?, o mejor todavía, ¿por qué los zapatos sobre la mesa del
comedor es algo «sucio» y no lo es cuando están en el armario? Mary Douglas
afirma que: «Dependemos de la vieja definición (de Lord Chesterton) según la
cual lo sucio es algo fuera de lugar ... Esto implica dos condiciones: un conjunto
ordenado de relaciones y la contra-vención de tal orden. Lo sucio, entonces, no
es un evento único y aislado. Donde hay algo sucio hay un sistema. Lo sucio es
el resultado de un ordenamiento y de una clasificación sistemáti-cos de la
realidad, en la medida en que tal ordenamiento supo-ne rechazar elementos
inapropiados»." Nuestra conducta rela-tiva a la «polución» no es sino una
reacción que condena cualquier objeto o idea que confunda o contradiga las
clasifica-ciones establecidas." No es que esto sea esto y aquello sea
aque-llo sino que esto es esto sólo cuando está en su lugar correcto, apropiado
y justo. Pero, estar sucio o limpio no es sólo una cuestión de localización
fáctica, no es sólo un asunto puramen-te cognitivo. No es que los restos de
comida estén limpios cuando están en el plato y sucios cuando están sobre la
mesa o en el suelo sino que debieran estar en el plato y no en otro lugar. No
es que uno coma «como un cerdo», es que «no debe comer como un cerdo», debiendo
echar mano de las «maneras en la mesa», en definitiva, del conjunto de
distinciones que prescri-be y en última instancia proscribe el esquema
clasificatorio rí-gido. Existe una dimensión moral en la construcción de la
rea-lidad que hace a la cuestión de la clasificación, o a su ausencia, una
cuestión de deber ser o no. Cuando afirmamos que «that 's
Platón, El
Banquete, en Diálogos, México D.F.,
1981.371.
M. Douglas,
Purity and Danger, Londres, 1966, 35.
lbíd., 35.
the way things are» no estamos haciendo una
afirmación, úni-camente, sobre la disposición de los objetos en el mundo sino
también evaluamos moralmente tal orden: el «adentro-pro-pia-moralmente puro» y
el «afuera-extraña-moralmente im-puro»? configuran la construcción social de
límites socio-es-paciales que operan como categorias de normalidad/patología
moral. Las sociedades de esquema rígido están preocupadas con el mantenimiento
de los límites y están extremadamente obsesionadas con la preservación de la «pureza-'"
del esque-ma clasificatorio, evitando cualquier «contaminación» con realidades
o sujetos «peligrosos».
La noción de «sucio» se aplica a la mayor parte de
nues-tras descargas corporales. Nos horroriza, normalmente, sólo el hecho de
pensar en tocar o pisar la saliva que hace unos segundos estaba en nuestra
boca, y lo mismo ocurre con la orina, el sudor o las heces, parte nuestra, que
ahora experi-mentamos como desecho detestable. Es su naturaleza ambi-gua la que
explica nuestra aversión."! Son repulsivas porque, aun estando ya
separadas de nuestro cuerpo, todavía son ex-perimentadas como parte del cuerpo,
es decir, son partes del cuerpo y del entorno y esto supone un desafío a la
imagen de nuestro cuerpo como algo insular e independiente. Mijail Bajtin, en
sus estudios sobre el mundo de Rabelais, nos des-cribe la importancia que las
sociedades de esquema rígido, basadas de alguna manera en el canon de la
Antigüedad clási-ca, dan en el retrato artístico tradicional a mantener el
cuerpo sellado, aislado, separado con cercas de otros cuerpos. Todos los signos
de su carácter no terminado fueron eliminados; las protuberancias y las
exudaciones fueron retiradas, sus convexidades (signos de nuevos brotes)
arregladas, sus aper-
Ver al
respecto: M. Douglas, «Externa! Bcundaries», «Internal Linea», en Purity and
Danger, Londres, 1966, 114; ver asimismo: E. Neumann, 1iefenpsychogie und neue
Ethik, Frankfurt, 1990,41 ss.
Mary Douglas
ha investigado esto en el capítulo dedicado al estudio de las abominaciones del
Levítico y del Deuteronomio en el citado: Purity and: Danger, Londres,
1966,41·57. Gabriel Ganí analiza. con ojo crítico de genealogista, el pro-ceso
de depuración de la realidad y su escenificación en los espacios de
representa-ción científica en dos ámbitos: los jardines botánicos y los museos,
aplicándolo a los procesos de configuración de la identidad colectiva (G.
Gatti, «Neo-vascos, jar-dines botánicos y representación sociológica»,
lnguruak, 37,2003, 177-190).
M. Dougias,
Purityand Danger, 121.
206 207
tu ras cerradas. Los actos corporales sólo fueron
mostrados cuando las líneas divisorias que separan el cuerpo del mundo exterior
fueron agudamente definidas. Los procesos externos de absorción y eyección no
fueron revelados.v y continúa afir-mando que aquello que sobresale, los bultos,
las protuberan-cias, o aquello que se excede (cuando el cuerpo transgrede sus
limites) es eliminado, ocultado o moderado. La base de la imagen es una
individualidad cerrada que no converge con otros cuerpos ni con el mundo. 53
Las sociedades de esquema rígido generan numerosas reglas de etiqueta
destinadas a proteger al sujeto de mezclarse con sus entornos más
inmediatos.>' ta-les reglas tratan de restringir severamente todos los actos
re-lacionados con las partes de cyeccton'" de substancias pro-pias del
cuerpo al exterior como escupir, sangrar de la nariz o pérdidas menstruales,
echarse pedos, defecar y eyacular. De hecho, la mayor parte de tabús
relacionados con el cuerpo se refieren a las aperturas -los genitales, el ano y
la boca- por las que entra y sobre todo sale materia del cuerpo humano. Ellas
caracterizan específicamente a esos órganos a través de los que el mundo entra
en el cuerpo o a través de los que el cuerpo sale para encontrarse con el
mundo. El énfasis es so-bre las aperturas o convexidades o sobre varias
ramificacio-nes u orificios: la boca abierta, los órganos genitales, los
pe-chos, el falo, el ombligo, la nariz, esas partes de su grotesco cuerpo que
sobresalen de su propio self Lo siguiente es el ano. Todas estas convexidades y
orificios tiene una caracterís-tica común, es dentro de ellos donde los
confines entre el mundo y el cuerpo son superados."
En este sentido, es interesante observar a modo de
ejem-plo crítico cómo se involucran estas distinciones en un caso concreto: en
] 978, presas, militantes del IRA, realizaron una protesta contra las
autoridades británicas, usando su propia
M. Bajrln,
La cultura popular en la Edad Media y el
Renacnníenm, Madrid,
1999, 32~33.
tbid.,
285-286.
Ibíd.,
288, 302.
N. Elias, en
su monumental estudio sobre la psicogénes¡s y la sociogénesís de los afectos
(El proceso de la civilización, México, D.F., 1987, 184, 193 Y 201), analiza
los procesos de creación de distinciones relacionadas con las maneras en la
mesa y en el dormitorio.
M. Bajtin,
opus cit., 27, 285-286.
sangre menstrual y sus propios excrementos como
símbolos políticos. Veamos esto con un poco más detenimiento. El in-forme
antropológico sobre la protesta de Begoña Aretxaga'" fue galardonado en
Estados Unidos con el Premio de Ensayo Stirling de 1993. La «protesta sucia»,
así se la llamó, es un buen caso que permite combinar la crítica foucaultiana
del poder con una antropología interpretativa sensible al «juego profundo» de
la subjetividad. Las heces y la sangre menstrual, que caracterizan la protesta,
podrían ser considerados como «símbolos de condensacion», en los términos de
Victor Turner, o «símbolos naturales» en los términos de Mary Douglas. Ta-les
excreciones arrojadas a las paredes de las celdas por las presas hace visible
la historia oculta de violencia dentro de la prisión, es algo que de cara al
mundo fortalece una cierta legi-timidad de la historia irlandesa. La suciedad
ha sido una me-táfora de la barbarie en el discurso británico anti-irlandés a
lo largo de los siglos. Desde los escritos isabelinos hasta los es-critos
victorianos sobre Irlanda han existido descripciones recurrentes de la
suciedad, la miseria y la primitividad del país y su gente. Un polémico
escritor irlandés como Jonathan Swíft, en su archiconocido libro Los viajes de
Gulliver, utilizó la función excretora como un arma satírica contra la
preten-ciosidad de la civilización inglesa. Su «visión excrernental» está
agudamente desplegada en el capítulo cuatro de Los via-jes. En «Un viaje al
País de los Houyhnhnrns» Gulliver se en-cuentra con los Yahoo. A pesar de que
los Yahoos poseen for-ma humana, son sucios y desagradables, huelen fuerte y
sus hábitos comiendo son repulsivos. además, y para colmo, usan los excrementos
como un instrumento de auto-expresión y de agresión. Swift hace de la agresión
excremental el núcleo en-cubierto de la civilización, una ocurrencia,
realmente, difícil de digerir para la propia civilización. En el contexto de la
re-lación colonial anglo-irlandesa en el que emerge, la «protesta sucia», como
la protesta de los Yahoos, se sitúa corno un espe-jo de la barbarie colonial
que refleja a los oficiales de la pri-sión y coextensivamente a la esfera
pública británica, una imagen sombría de sí mismos que desafía su identidad
como
B. Arerxaga.
«Dirtv Protest: Symbolic Overdetermination and Gender in Northern lreland
Ethnic Violencc», Ethos, 23, 3, 1995, 123-148.
208 209
nación civilizada. Esta imagen excremental.
literalmente, en-tra en el centro de gravedad de la civilización británica
cuan-do dos partidarios de las prisioneras del IRA arroja estiércol de caballo
a los miembros del parlamento." Tal mimesis pa-rece algo inherente a la
propia producción colonial de la rea-lidad que frecuentemente usa la ficción
del salvaje-bárbaro para crear una cultura del terror, como ha puesto de
mani-fiesto Michael Taussig .59
Pero la imagen del individuo insular, venerada por
el esque-ma rígido, es también amenazada, no sólo por lo que sale sino por la
materia que entra al cuerpo. En este sentido, cualquier contacto sexual amenaza
la imagen de tal selfinsular, en princi-pio, «agudamente limitado y separado de
otros... Tal self es pe-netrado durante la copulación. Los elementos extraños
que durante el intercurso se pueden introducir en la esencia del individuo
pueden dislocar su estructura existencial y producir una nueva... El cuerpo
humano -como el propio individuo-es un recipiente claramente delimitado,
estrictamente segrega-do del mundo por una membrana impermeable, Los aspectos
físicos del sexo parecen tan temerosos precisamente porque rompen este límite
del cuerpo... El intercurso revela al indivi-duo no como el container cerrado
(con lo que sueña el esque-ma rígido) sino como un colador abierto, que no
impide la con-tammación»." El miedo profundo de que aspectos de nuestra
esencia pudieran «gotear» o «salir poco a poco», a través de nuestros
genitales, se pone de manifiesto en numerosos tabús que rodean al acto sexual,
considerando al sexo como polución y recomendando la abstinencia como forma de
pureza.
El « marcado» y la línea de transgresión
Muchos grupos, por ejemplo, intentan mantener su
identi-dad étnica a través de una segregación urbana que tiene límites étnicos
y raciales muy claros. Para prevenir la mezcla, la «polu-ción» interracial, se
construyen guetos, «regiones morales-s' las
The Guardian
(7 de julio, 1978).
M. Taussig,
Shamanísm, Colonialism and (he wild Man, Chícago. 1987.
M.S. Davis,
Smut, Chicago, 1983, 123-124.
R. Park, The
City, Chícago. 1966, 43-46.
llama Park, que incluyen y excluyen a un tiempo. En
el barrio de Brooklyn en Nueva York, en la intersección de las avenidas
Kingston y Athlantic está situada una comunidad de judíos or-todoxos hassidim
dirigidos espiritualmente por el ya fallecido rabino Kahane, rodeada por
afro-americanos en todas las di-recciones. Durante todo el año los judíos y los
afro-americanos no se mezclan, incluso, probablemente, se temen y se odian
mutuamente, pero, en septiembre, en torno a un millón de afro-americanos, aproximadamente,
según The New York Times, desfilan en su barrio y a través del barrio contiguo
judío para demostrar el orgullo de ser afro-americano. Yo acudíen el 2000 a la
demostración con un amigo judío secularizado, es decir, no hassidim, y comprobé
que no estariamos más de una docena de blancos -lo blanco como exótico en medio
de una masa de un millón de afro-americanos. Ni fui estigmatizado ni agredi-do,
simplemente, ignorado, eso si, con arreglo a la muy ameri-cana civic
inattention. En Belfast, Irlanda del Norte, todos los años, los orangistas,
unionistas radicales, marchaban a través de los barrios católicos, hasta la
firma de los Acuerdos de Vier-nes Santo finnados en el castillo de Stonnont en
2001, enarbo-lando sus banderas y entonando himnos de claro corte xenófo-bo que
se retrotraen a los tiempos de la revolución de Cronwell y tienen unas claras
connotaciones vejatorias para los católicos y republicanos irlandeses.
El esquema rígido detesta cualquier criatura
ambigua que pudiera amenazar la exclusividad mutua de las categorías «hu-mano»
y «animal». Esto explica el horror que inspiran especí-menes monstruosos como
los «niños lobo» y también el «hom-bre elefantell,62 el asesinato de bebés
«monstruosos», el miedo a ser inoculado con fluido de reses así como el retiro
de los dementes, que ya detallara Foucault. El esquema rígido tam-bién rechaza
al primate, que teniendo «o bien cara de animal y cuerpo humano o al revés» es
«desagradablemente cercano como un animal yrepulsivamente lejano como un
humanov." El mono es, al mismo tiempo, «el más insultante, degradante y
obsceno de las criaturas y al mismo tiempo el más inteligen-te ... miembro del
reino animal. La tensión entre estos dos as-
L. Eiedler;
Preaks, Nueva York. 1978,24.
P. Shepard,
Thinking Animals, Nueva York, 1978, 103, 106.
210 2Jl
pectos se pone de manifiesto en nuestra risa, esa
convulsión de aire, específicamente humana, que surge de las contradiccio-nes
de nuestro propio pensamientoa.o' Los miramos con fasci-nación y con ansiedad,
a pesar de ser animales tienen algo de «humanos». La conciencia de nuestra
embarazosa proximidad a los primates explica mucho mejor que cualquier
resentimien-to religioso el furor creado por El origen del hombre de Darwin;
así lo expresa Shepard, viniendo a decir «que los hombres eran los más cercanamente
relacionados y descendientes de los mapaches o de los elefantes... La tormenta
que originó la teoría desencadenó grandes presiones que habían ido
construyéndo-se durante siglos, teniendo menos que ver con el desacuerdo
intelectual o incluso con la Biblia y más con nuestro rechazo nativo sobre las
«criaturas límite» ... El humanismo nunca ha perdonado a Darwin por hacer
añicos la ilusión clásica/cristia-na del separatismo humano-v'
El esquema rígido pretende delimitar de igual
manera ca-tegorías como lo «masculino» y lo «femenino». Ya desde que nacemos se
establecen «esferas separadas» de todo tipo entre mujeres y hombres. En todo
ser humano existe una ambiva-lencia intrínseca ya que el hombre tiene un anima,
que re-presenta la personificación femenina del inconsciente mas-culino, es
decir, representa la mujer interior que inhabita en el hombre y, de la misma
forma, la mujer tiene un animus, que representa la personificación masculina
del inconscien-te femenino, es decir, representa el hombre interior que
inhabita en la mujer." Frente a esta ambivalencia originaria el esquema
rígido intenta por todos los medios, y a juzgar por los resultados parece que
lo consigue, polarizar lo mas-culino y lo femenino, la mujer y el varón,
creando una situa-ción inequívocamente objetiva, según la cual Masculino =
Varón y Femenino = mujer, exigiendo al hombre y a la mujer una identificación
de sí mismos según los patrones de dicho esquema, que como sabemos es
predominantemente patriar-cal. A partir de aquí, se promueven ciertas
exageraciones de las diferencias naturales entre los sexos, invitando a la mu-
64. A. Dundos. Cracking Jokes, Bcrkelev, 1987, viii.
65. P. Shepard,opuscit., 103-104. .
Verel
excelente trabajo de E. Ncurnann: The Fearoíthe Femenine, Princeton, NJ.
1994,31 Yss.
jer a depilarse las piernas y a cultivar una voz
con un timbre chillón, mientras que al hombre se le enseña a hinchar sus
músculos y a dejarse barba o bigote, según las culturas, todo con el objeto de
evitar el afeminamiento del hombre y la peli-grosa masculinización de la mujer,
El caballo de batalla del esquema rígido en este caso son los homosexuales''? y
los trans-vestidos, por supuesto.
Un ejemplo clásico de sociedades de esquema
clasificato-rio rígido es la representada por el judaísmo ortodoxo. Los judíos
ortodoxos tienen una especial preocupación en evitar la «mezcla» de categorías,
rituales y personas ajenos a su pro-pio mundo. Así, se manifiesta su firme
compromiso con la endogamia, con una fuerte aversión a las anomalías
zoológi-cas, con una separación dietética cuidadosa de la carne y de los
derivados de la leche y con una estricta prohibición del uso de tejidos hechos
de lino y lana, aspectos estos contenidos en las prescripciones que aparecen en
el Deuteronomio y so-bre todo en el Levítico. No nos debe extrañar esto ya que
son los judíos los que proyectan, vagando cual pastores nómadas, entre los ríos
Tigris y Éufrates, un imaginario central al que llaman Yavé, Dios purista, que
invierte los primeros tres días de los seis de la creación del mundo haciendo
distinciones. La ortodoxia Iundamentalista del islam también suscribe una
interpretación rígida de la sharia, con los correspondientes rituales de
evitación de la «polución» a través del contacto con lo extraño y sus
portadores. El esquema rígido utiliza dis-positivos de marcado"
(labelling) para separar lo normal de lo desviado en la conducta, los espacios
tolerados de los prohi-bidos, así como el tiempo parcelado en espacios de
tiempo que dividen actividades propias e impropias. Pero, no pense-mos que este
tipo de sociedades se dan únicamente en el pa-sado, en sociedades organizadas
en torno a una conciencia colectiva fuertemente integrada por el universo
simbólico re-
Ver el
interesante trabajo de J. Boswell: Cristianismo, tolerancia social y
ho-mosexualidad, Barcelona 1992, donde el autor pone de manifiesto que a partir
del siglo XII el cristianismo despliega un esquema rígido e inquisitorial en
torno a las prácticas homosexuales. muy distinto al período anterior.
verel
importante trabajo de H.s. Beckcr: Outsiders. Studies in the Sociolugy of
Deviance, Nueva York. 1963, especialmente el capítulo 10: -Labellíng Theory
Reconstderedv.f j z-züx.
212 213
ligioso. Versiones sectarias, totalistas, jacobinas
y totalítarías," procedentes de la ilustración del siglo XVIII en Europa
occi-. dental, tanto en su versión fascista como en su versión bol-chevique,
utilizan mecanismos de represión político-policial para preservar frente a la
crítica sus respectivos constructos ideológico-políticos. También en la cultura
gitana se pone de manifiesto una obsesión con la pureza y una aversión a la
promiscuidad y la ambivalencia. Sin duda, existen múltiples formas de sentirse
al margen de la cultura en la que uno vive, pero todos recordamos especialmente
al vagabundo eterno en-camado por Charlie Chaplin. La sociedad manufactura
cate-gorías que sirven para designar en cada momento a aquel que «rompe» los
límites del esquema clasificatorio, transgrediendo las fronteras de tal
esquema, así surge la heterodoxia del pro-feta y del hereje en las
confrontaciones religiosas, frente a la ortodoxia del rabino y del sacerdote,
el disidente y el revolucio-nario en los regímenes políticos de excepción y el
outsider que no comparte ni los medios ni las metas culturales
estableci-das." Kai Erikson afirma que «el desviado es una persona cu-yas
actividades se han movido fuera de los márgenes del gru-po, y cuando la
comunidad le pide que justifique tal vagabundeo está pronunciándose sobre la
naturaleza y el lu-gar de tales límites... Los miembros de una comunidad se
in-forman mutuamente sobre el emplazamiento de sus límites participando en las
confrontaciones que tienen lugar cuando personas que se aventuran fuera de los
márgenes del grupo se encuentran con los agentes del orden ... El que estas
confron-taciones adopten la forma de procesos criminales, o de con-denas de
excomunión, o de consejos de guerra, o incluso de tratamientos psiquiátricos,
demuestra dónde se dibuja la línea de transgresión ... En cada momento la
comunidad tiende a censurar algún acto de desviación, desarrollando una
cere-monia formal para actuar sobre el transgresor responsable y restaurar la
validez y plausibilidad de los límites»." En los
Ver el
trabajo de S.N. Eisenstadt Pundamentalism, Sectaríanism and Reooiution, The
Iacobín Dímension ofModernily, Londres. 1999.
R.K. Merton
nos ofrece una interesante tipología de las conductas desviadas en Teoría y
estructura sociales, México D.F., 1980, «Anomía y estructura socia¡",
210-234.
K. Erikson.
Wayward Puritans, Nueva, York, 1966,
11·13.
comienzos de la Edad Moderna, recuerda Michel
Foucault que las autoridades municipales acorralaban a los locos, les
em-barcaban en Narrenschiffen o Stultifera Navis (la nave de los locos) y les
enviaban al mar; los locos representaban un des-orden tenebroso, un caos
inquietante que se opone a la estabi-lidad adulta y lúcida del espíritu y el
mar representa el agua que arrastra lejos, pero que hace algo más:
purifica." En el discurso sobre la sexualidad, Foucault observa que, hasta
fi-nales del siglo XVIII, tres grandes códigos rigen las prácticas sexuales: el
derecho canónico, la pastoral cristiana y la ley civil, todos ellos centrados
en la pareja monógama, en la que cualquier actividad considerada contra natura
en realidad es «contra la ley». Sin embargo, en los siglos XVIII YXIX se
pro-duce una explosión discursiva según la cual un movimiento centrífugo
desplaza el énfasis de la pareja monógama, sin olvi-darla, a la sexualidad de
los niños, los jóvenes, los criminales y los locos. Debajo del Don Juan, del libertino
-ladrón de muje-res, seductor de vírgenes, vergüenza de las familias e insulto
a maridos y padres-, surge el enfermo mental, la perversión mental, que ya no
será sólo objeto de la «mirada-distinción» jurídica o moral sino también de la
«mirada-distinción» médi-ca. Es el bisturídel médico (y coextensivamente el
científico) el que va a cortar predominantemente las distinciones semánti-cas
del nuevo esquema clasificatorio. La educación complemen-tará a la
penalización. Se produce una incorporación de las perversiones en el discurso
médico y a su vez una re-especifica-ción de los individuos y una
medícalizacíón" de lo insólito. A la moralización religiosa y jurídica
tradicionales de la conducta «pura» se le añade ahora una nueva formación
discursiva, la de la medicina74 y sus correlativos cuidados tecnológicos del
yo.
M. Foucault,
Historia de la Locura en la época clásica, vol. 1, México, 1967,21 yss.
M. Foucault,
Historia de la sexualidad. La. voluntad de saber, México. 1977. 49 Y ss. Pero
no son éstos los únicos desviados a los que Foucault le ha dedicado su
investigación, otras prácticas «anormales» -monstruosas, incorregibles y
onanistas- también han sido objeto de su interés. M. Foucault, Los anormales,
México D.F., 2000.
Ver el
trabajo de Michel Foucault: El nacimiento de la clínica. Unaarqueolo-gía de la
mirada médica, México, J966, especialmente el capítulo 9: «Lo invisible
visible». Ver también el importante trabajo de P. Lanceros: Los avatares del
hombre. Bilbao, 1996, 1-40-157.
214 215
En la sociedad norteamericana, entre 1830 y 1840,
en opo-sición a la mayor libertad sexual del siglo anterior y del poste-rior,
se despliegan toda una serie de dispositivos tendentes a garantizar la pureza
sexual, auspiciada por un movimiento masculino de reforma. Sus panfletos
-Lecciones a los jóvenes sobre castidad (1834) de Silvester Graham, los
Consejos a los Jóvenes (1838) de S.E. Woodward o la Guía de los Jóvenes y
Fisiología del matrimonio (1866) de William Alcott- más im-portantes se
detienen, al menos inicialmente, en la naturaleza del joven. Según estos
panfletos de moral puritana destinada a los jóvenes, la felicidad y la
estabilidad futuras de la sociedad americana descansan sobre su pureza. Estos
reformadores cons-truyen un modelo fisiológico que condena el orgasmo
masculi-no como la fuente de deterioro físico, mental y social. 75 El or-gasmo
masculino sólo tiene un propósito justificable, la reproducción; por tanto, el
coito masculino, según estos refor-madores, sólo tiene sentido en función de la
ovulación femeni-na. La masturbación, según estas prédicas puritanas, le lleva
al individuo a un estado liminal peligroso, entre la masculinidad y la
feminidad. De hecho, los genitales serían órganos innobles frente ala «nobleza»
del cerebro, el corazón o los pulmones. El núcleo de estas ideologías es un
sistema rígido de regulaciones que fusiona lo moral y lo físico en un sistema
en el que no hay lugar para el azar o la elección. Enfermedad y pecado son
vin-culados, como afirma Mary Douglas, la enfermedad castiga el pecado."
O.S. Fowler, en Amor y paternidad de 1844, extiende los controles del joven a
la joven; según él las mujeres o bien son putas, en estado de pecado perpetuo,
o bien son vírgenes que esforzadamente cuidan de la prole y atienden
resignada-mente las demandas reproductivas del cuerpo social y más tar-de las
demandas sexuales de sus maridos.
Nuestras prácticas «higiénicas», de «purificación),
están basadas sustancialmente en dos procedimientos que se apli-can dependiendo
de la situación concreta, o bien matamos «gérmenes», como ha puesto de
manifiesto la incipiente me-dicalización de la desviación analizada por
Foucault, o bien
Ver-el
importante trabajo de C. Srnith-Roscnbcrg, «Scx as Symbol in Victoria!
Put-ity». Americal1 Joumal ofSociology, 84. Suplemento, 1978.212-247.
M. Douglas.
Natural Symbols, Londres. 1970. capítulo 1 y páginas 111, 114, 124-125.
seguimos ahuyentando «sombras-esptritus», como lo
hacían nuestros más lejanos antepasados, a través de la producción social de lo
que Erich Neumann" ha llamado la «sombra». el «hermano oscuro», la
«alteridad peligrosa», que contradice los hábitos de la propia sociedad, que no
es aceptada como una propiedad positiva inherente a la propia estructura social
(la existencia de liberales, masones, negros, judíos, homosexua-les, lesbianas,
musulmanes, comunistas, etc.) y es proyectada hacia fuera y experimentada como
extraña a la propia estruc-tura. Tal «sombra» es considerada como la
negatividad de <do externo-extraño» y no como lo que realmente es, la
positivi-dad diversa de «lo interno-propio». La sociedad, de esquema
clasificatorio rígido, siempre reacciona a estos «ataques» a su esquema
clasificatorio por medio de ceremonias morales de revitalización 78 en las que
los enemigos imaginarios y los des-viados -un hereje, un disidente, un paria,
un joven sorpren-dido masturbándose, un loco paseándose por la calle, etc.-son
creados y ritualmente castigados por crímenes y faltas que nunca cometieron.
Las técnicas para combatir tal «alteridad peligrosa», cuando el transgresor es
un sujeto co-lectivo y no un sujeto individual, van desde el clásico chivo
expiatorio" hasta la más reciente caza de brujas."
La
de-construcción del límite: la ambivalencia en el esquema clasificatorio
flexible
La ambivalencia es la fuerza motriz (Die Ambi-
valen¿ ist das Treibende).
C.G. lUNG
El hombre
es el ser fronterizo que no tiene
fronteras.
GEORG SIMMEL
Ver E.
Neumann, Tie(enpsychologie und Neue Ethik, Frankfurt, 1990,38 ss.
Ver el
trabajo de J. Alexander: «Cultura y crisis política. El caso Watergatc y la
sociología durkheímtana». en Sociología cultural, Barcelona, 2000, 203-252.
Ver el más
reciente trabajo de R. Girard: Veo a Satdn caer como el reldmpago, Barcelona,
2002, 37 Yss.. 11S Yss.
A.J.
Bergesen. «Political Witch Hunts: The Sacred and the Subversive in
Cross-National Perspettve», American Sociologicaí Review, 42 (1977), 220-233.
216 217
La grandeza del hombre está en ser un puen-
te y no una meta: 10 que hay en él digno de
ser amado es que es un tránsito y un ocaso.
FRIEDRICH NIETZSCHE
Al mismo tiempo existen otras sociedades que
promueven de alguna manera un esquema clasificatorio flexible, un mun-do
instituido pero sobre todo instituyente de significado, más caracterizado por
el cambio que por la permanencia y, por tanto, con una aversión a cualquier
límite que pudiera impe-dir la existencia de fronteras borrosas y porosas al
cambio y a la crítica. Si lo que caracterizaba al modelo de sociedad ante-rior
era una lógica del «o esto o lo otro», a este otro modelo lo caracteriza una
lógica clasificatoria que rechaza de forma con-tundente el encasillamiento
rígido y promueve, por tanto, una posición más centrada en el ambos/y. En las
sociedades segmentadas, los navajos, los trobriandeses y los esquimales
disponen de definiciones fluidas y flexibles de la realidad en lo que concierne
a la familia y al género, pero donde más y mejor se pone de manifiesto esto es
en la sociedad moderna y, sobre todo, en las sociedades modernas tardías. Si la
socie-dad de esquema rígido pretende naturalizar un conjunto de convenciones
que fungen como mundo instituido de signifi-cado, la sociedad de esquema
flexible, por el contrario, trata de mantener siempre el límite como frontera
transgredible, apoyándose en el criterio de que el individuo es ese «ser
fron-terizo que no tiene [renteras»." Si bien en el esquema
clasifica-torio rígido existe una determinación religiosa o política de la
conciencia colectiva, es decir, existe un marco de referencia o una instancia
necesaria de mediación que relaciona todas las actividades sociales
proporcionándoles un sentido unitario, como hemos visto, en el esquema
clasificatorio flexible existe una indeterminación de la conciencia colectiva,
S2 .son «socie-dades sin centro», «descentradas», producto de una
diferen-ciación en relación al pasado y al mismo tiempo de una im-portante
diferenciación interna en la que hay una lucha entre diversos esquemas
clasificatorios sin poder determinar el pre-
G. Simmel,
El individuo y la libertad, Barcelona, 1986,36.
E. Durkheim
detalla esta posición en La división del trabajo social, Ma. drid, 1982.
dominio de uno de ellos sobre el resto y en los que
es imposi-ble detener, limitar o parar tal proceso de incipiente
diferen-ciación que lleva a la multiplicación de nuevas distinciones, haciendo
a lo actual ya viejo desde el propio momento de su producción. Zygmunt Bauman
ya no se plantea tanto luchar contra la indeterminación sino vivir con un
umbral aceptable de indeterminación." es decir, con la ausencia de una
con-ciencia colectiva determinada unilateralmente por un siste-ma: económico,
político, militar, etc.
Fronteras borrosas y límites en disputa
En una cosmo-visión flexible del mundo, la realidad
no está hecha de fragmentos insulares separados unos de otros, sin ningún tipo
de ambivalencia, por límites claramente diferen-ciados, sino de entidades con
contornos vagos y borrosos que a menudo «se vierten» unas en otras. Normalmente
se presen-ta no en blanco y negro, de forma inequívoca, sino con matices grises
y con zonas ambiguas así como con esencias interme-dias que conectan entidades
varias. La labor de segmentación de tales archipiélagos de significado -políticos,
económicos, territoriales, religiosos- frecuentemente se apoya en alguna
convención social, y la mayor parte de los límites son, por tan-to, meros
artefactos sociales. Tales marcos de significación, así como las líneas que los
separan, a menudo varíande una socie-dad a otra, así como a lo largo de
períodos históricos, dentro de una misma sociedad. Por este motivo, la precisa
localiza-ción -sin hacer mención ya a su existencia- de tales clasifi-caciones
es a menudo objeto de disputa dentro de una sociedad dada." Ya no podemos
partir de un conjunto de distinciones o limites que conformaban un acervo de
conocimiento a mano, dado por supuesto,ss sino que constantemente partimos de
la pregunta que enunciábamos arriba con Goffman: ¿qué signifi-ca esto?, ¿qué
sucede aquí?
Z. Bauman,
Modernity and Amhivalence, Cambridge, 1991,65 Yss.
E.
Zerubavel, T!le Fine Line, Chicago, 1992,62.
P. L.
BergeryTh. Luckmann han puesto de manifiesto esta tendencia a la
des-institucionalización en Modernidad, pluralismo y crisis de sentido,
Barcelona. 1997.
218 219
La discontinuidad que observamos cuando atravesamos
con la vista, con nuestro cuerpo o con nuestra mente, diferentes provincias de
significado que configuran la realidad, no es tan inevitable como normalmente
parece. Es el escalpelo socio-men-ta/ el que nos ayuda a dibujar las múltiples
realidades sociales en las que vivimos. «Tenemos la ilusión de que las
entidades están ahí y de que son nombradas tal como existen, pero pue-den estar
organizadas de forma bastante diferente dependien-do de cómo se mueve el cuchillo.
Es importante constatar la función de este cuchillo y ser conscientes de que
las cosas son lo que son justo porque el cuchillo las ha cortado de esa for-ma.
Es importante concentrarse en el cuchillo mismo». 86 en las formas en que la
sociedad limita y distingue tales cntida-des significativas. Ordenamos el mundo
según categorías que damos por supuesto simplemente porque están dadas. Ocu-pan
un espacio epistemológico que es anterior al pensamiento y, por tanto, tienen
un poder extraordinario. Cuando confron-tamos nuestra forma de organizar la
experiencia con formas «extrañas» sentimos la fragilidad de nuestras propias
catego-nas. Las cosas se mantienen juntas sólo porque pueden ser introducidas
en un esquema clasificatorio que pcnnanece in-cuestionado." Clasificamos a
un pekinés y a un gran danés juntos como perros aun cuando un pekinés tiene que
ver más con un gato y un gran danés con un pony. Las diferentes líneas legales
y médicas que dividen entre la vida y la muerte están sometidas a disputas públicas.
Nadie manifiesta su desacuer-do sobre el hecho fisiológico del primer latido
del corazón o cuando las primeras ondas cerebrales son detectadas, pero la
batalla interpretativa comienza con las etiquetas emociona-les, no existe un
acuerdo sobre cuándo un «concepto» se con-vierte en un «feto» o cuando el
cuerpo de la mujer se convierte en dos. Lo mismo ocurre cuando tratamos de
dibujar una lí-nea que dibuje el apto o no apto para visionar las películas
clasificadas con X por cuestiones sexuales o con R por cues-tiones relacionadas
con la violencia. «Las cosas -como apun-taba el presocrático Anaxágoras- no
están cortadas con un
R. Darnton.
The Great Cat Massacre and Other Episodes of the Frenen Cuhu-ral History, Nueva
York, 1985, 195.
/bíd.. 192.
hacha. »)88 A pesar de los obstinados esfuerzos del
esquema rígido para naturalizar unos límites, los que sean, es inevitable en
nues-tra vida, al menos, algún elemento de ambivalencia. En lugar de islas bien
definidas inequívocamente separadas una de otra por brechas sustanciales, el
mundo normalmente se presenta en for-ma de esencias con márgenes borrosos
distinguidos uno de otro por «gradaciones insensibles), en los términos de
Henry Berg-son. La clasificación es un proceso artificial de formación de con-ceptos
más que de descubrimiento de agrupamientos ya existen-tes. Entidades como
«vitaminas», «sociólogos». «arte», «crimen), «amor. no existen «ahíafuera». La
introducción del cierre limitante en lo real es un acto social y mental. Se
parece a la forma en que los pintores y los fotógrafos crean imágenes aislando
pedazos de realidad del espacio inmediato que les circunda.
La aversión a las divisiones sociales rígidas se
manifiesta, por ejemplo, en el movimiento hacia la de-segregación racial,
representado en las luchas por los derechos civiles de los afroamericanos, en
el explícito esfuerzo feminista para «des-generizar» unas relaciones sociales
generizadas asimétrica-mente que discriminan a la mujer ya las identidades
«borro-sas» homosexuales, así como también en el ininterrumpido intento
marxista de crear una sociedad sin clases rompiendo los límites del aislamiento
de cada propietario privado o en el intento del sistema de salud mental de la
comunidad para in-tegrar a los enfermos mentales en el resto de la sociedad. La
modernidad, y esto nos resulta hoy evidente, promueve la obliteración de las
divisiones tradicionales de grupo en el ni-vel macrosocial. Cuando los
americanos de ascendencia es-candinava comen pizza y consumen aceite de oliva,
cuando los nigerianos juegan al fútbol y los coreanos escuchan rack, la noción
de «culturas» insulares deviene obsoleta.
Desclasificacion y contingencia manufacturada
Si tenemos en cuenta, según afirmábamos en el
primer capítulo de este libro, que Europa representa la emergencia de la
primera modernidad, podemos corroborar este aserto
88. Los filósofos presocráticos, vol. 2, Madrid,
1978,399.
220 221
asimismo si consideramos que la Europa posterior al
siglo XVIII es una civilización de la transgresión marcada, como afir-ma el
historiador franco polaco Krzysztof Pomian, por «un respeto decreciente hacia
las barreras, los obstáculos y las prohibiciones», una civilización que cree
que «los límites es-tán ahí solamente para ser transgredidos», y que «no sólo
to-lera las transgresiones mientras se queden en marginales sino que las
alimenta». 89 Como muy bien lo expresa el antropólogo Clifford Geertz, lo que caracteriza
distintivamente al esque-ma moderno (y postmoderno, podemos añadir) de
pensamien-to «no es otra redefinición del mapa cultural, el desplazamiento de
unas pocas fronteras en disputa, sino una alteración de los principios de
definición misma. Algo está ocurriendo a las for-mas en que pensamos sobre las
formas en que pensamos...
La nuestra es una época de «des-clasificación», 91
de distincio-nes borrosas. Ulrich Beck nos habla de las
«categoríasrombiw." de constructos que están muertos y todavía vivos, no
olvide-mos que los zombis son muertos vivientes, pues lo mismo ocu-rre con
aquellas categorías que ya no reflejan las nuevas reali-dades sociales y que
obstinadamente persisten como reliquias del pasado en el presente. Esto le
ocurre a los conceptos de familia, de clase y de vecindad, por ejemplo. Hemos
pasado de la familia como comunidad de bienes -en donde el breed wínner, la
«vanguardia» masculina de la familia sólo tiene sen-tido, en el capitalismo
industrial, si existe una «retaguardia» representada por la mujer que cuida la
prole en el hogar- a la familia como unidad de afinidades electivas basadas en
el amor romántico y el sentimiento. La clase social perdió hace mucho tiempo su
identidad de grupo autoconsciente de sus tareas históricas y la vecindad como
forma de socialidad cuasifamiliar ha desaparecido en medio de una feroz
indivi-dualización (life afanes own). Karl Marx, hace ya más de ciento
cincuenta años, advertía con visión profética que «todo lo só-
K. Pomian,
«L'Europe et ses frontiers», Le Debat, 68,1992, 30 Yss.
Cl. Oeertz.
«Blurred Gcnres: The Refiguration of Social Thought», en Local Knowledge, Nueva
York, 1983,20.
9!. P. DiMaggio. «Clasification in Arto>, en
American Sociological Review, 52. 1987,452.
Entrevista a
U. Beck realizada por Jonathan Ruthefcrd el 3 de febrero de 1999 recogida en U.
Beck y E. Bcck-Gersheim, tndivíduaíiratíon,Londres. 2002, 203.
lido se desvanece en el aire» ,93 y ya estaba
prefigurando algo que hoy nos resulta meridianamente claro, que todo (</0
líqui-do» permanece en la realidad, que la realidad está sometida a permanente
proceso de mutación y cambio, que la metáfora que mejor refleja la experiencia
moderna es (<10 fluido», (<10 líquido»:" (sic Bauman). Sólo la
«licuefacción», la «fluidez», representan al cambiante esquema de
clasificaciones y repre-sentaciones moderno." Mientras que para la
filosofía clásica, con Platón y Aristóteles a la cabeza, la sustancia era
esencial y el accidente relativo y contingente, hoy observarnos una in-versión
de este supuesto, ya que el accidente se ha convertido en absoluto y la
sustancia, cualquier sustancia (incluido el ser humano), en relativa y
contingente. Georg Simmel también advirtió que en la cultura moderna existe un
problema que está relacionado con el desplazamiento de las viejas [armas por
nuevas, es decir, por el movimiento de creación sin fin procedente de la vida.
En el presente estamos experimentan-do una nueva fase de la vieja lucha, no una
lucha de una for-ma contemporánea, repleta de vida, contra una vieja forma, sin
vida, sino una lucha de la vida, del alma humana, contra la forma en cuanto
tal, contra el principio de la forma. Moralistas, integristas de viejo y nuevo
cuño y una parte respetable de la gente llevan razón cuando protestan contra la
creciente «falta de [ormav/" en la vida moderna, fíjense ustedes, a modo
de ejemplo, tanto en el arte de las vanguardias modernistas como en el arte
postmoderno. Para Sírnrnel, los fines de la vida se subordinan a sus medios,
con el resultado inevitable de que muchas cosas que son sólo medios adquieren
el estatus psico-lógico de fines." Simmel llama a esto configuración de
los
K. Marx, El
manifiesto comunista, en Obras Escogidas. vol. 1 (1848). Ma-drid, 1975. 23.
Quien populariza este fragmento de Marx, a través de una traduc-ción no
demasiado literal del texto marxiano aunque si llena de ingenio, como aquella
otra que Lutero hace de la noción de vocación en la Biblia siglos antes, es
Marshall Berman en Todo lo sólido se desvanece en el aire, Madrid. 1988.
Z. Bauman,
Liquid Modemity. Cambridge, 2000, 3 Y ss. También aplicado a la esfera del amor
y la sexualidad, del mismo autor: Liquid Love, Cambridge, 2003.
E. Zerubavcl
ha profundizado en el carácter borroso de las distinciones modernas: The Fine
Line, Cbicagc, 1991, 106.
G. SimmeJ,
«Del' Konf1ikt del' modemen Kultur». en Das lndividuelle Gesetr, Prankfurt,
1987, 150.173.
Ver G.
Stmmel, «Die Krisis del" Kultur», en Der Krieg und die eeistígen
Eruscheidungen. Reden und Au{sdrze, Frankfurt. 1999.
222 223
valores en una secuencia teleológica en donde el
fin deviene medio que a su vez es medio de otro medio, y así sin fin. La
cultura moderna tardía es una cadena infinita de
medios sin
fin. En esta secuencia el nexo intermedio,
instrumental, se multiplica hasta el final de la secuencia con el resultado de
que los valores instrumentales reemplazan a los valores au-ténticos, los medios
devienen fines. ¿Acaso no es necesario no darse por satisfecho, en la
modernidad, con cada fin último hacia el que conduce nuestra actividad, sino
buscar en cada uno una justificación posterior para otro que vaya más allá? De
aquí resulta que ninguna ventaja o situación alcanzadas proporciona la
satisfacción definitiva que se vincula lógica-mente con el concepto del fin
último, sino que en realidad todo punto alcanzado únicamente es el estadio de
transición hacia uno definitivo que se halla más allá de éste. «Los órde-nes
teleológico s, en la medida en que se orientan hacia lo po-sible en la tierra,
por razón no sólo de su realización sino tam-bién de su estructura interna, no
pueden detenerse, y en lugar del punto fijo que cada uno de ellos parece poseer
en su fin último, éste aparece únicamente como el principio heurístico y
regulativo, según el cual no se puede considerar un solo ob-jetivo volitivo
como lo último, puesto que cada uno de éstos tiene abierta la posibilidad de
convertirse en escalón para uno más elevado»." La modernidad «fluida»
lucha por deshacer la «solidez» de la tradición heredada de la Edad Media para
crear un nuevo e improvisado sólido: la expansión del domi-nio racional en
todos los ámbitos, pero tal (nuevo e improvi-sado sólido» es inexorablemente
engullido por esa fuerza so-cial invisible que llamamos contingencia y que nos
sitúa ante la paradoja de que cuanto más pretendemos dominar una si-tuación más
somos conscientes de la futilidad del intento." Cuanto más intentamos
poner las cosas en orden, el resultado es más caos. Hacemos frente hoya un
nuevo tipo de incerti-dumbre: la que no conoce los fines en lugar de aquella
otra incertidumbre de la primera modernidad que desconocía los
G. Sirnmel,
Fílosoítadel dinero, Madrid, 1977, 271.
Esta idea la
pone de manifiesto con rotundidad B. Latour en «Is Re-rnodernizaüon
Occurring-and ir so How to Prove it?», Theory, Culture and Society, vol. 20,
n." 2,2003,35-49.
medios. 100 La modernidad del ciudadano que
conquistó y ejer-ció su libertad política y del trabajador que salió de los
barracones hacinados y construyó el Estado de Bienestar te-nía unos fines,
aunque los medios fueran precarios y en los casos de los experimentos del
socialismo realmente existente se hayan probado como equivocados. Hoy, sin
embargo, no hay fines, como con in-disimulado atrevimiento lo ha puesto de
manifiesto Peter Sloterdijk, cuando contesta a la pregunta: «¿Nuevos valores?,
con un, no gracias!»IOI que denota una cierta falsa conciencia ilustrada y cansada
del progreso inevitable. Vivimos un proceso de in-acabamiento perpetuo.
Permanecer en la carrera es lo más importante de los medios, casi el metamedio:
el medio de mantener viva la confianza en otros medios y en la demanda de más
medios.
Ciertamente, el concepto finito de lo contingente,
que proce-de de la teología cristiana de la Creación (<<contingens est,
quod nec est impossibile nec necessariums o «contingens est, quod potes!
no esse»), 102 se refiere a lo que podría no ser o
a lo que podría ser de otra manera. Oda Marquard afirma que si no lo
contempla-mos esto desde la perspectiva del Creador, de Dios, sino desde la
perspectiva del ser humano y su mundo de la vida, podemos extraer dos'?'
interpretaciones. O bien lo contingente es «lo que podría ser de otra manera»
y, por tanto, podemos cambiar (por ejemplo, este trabajo pudiera no ser
publicado o ser publicado de otra manera); esto contingente, «lo que podría ser
de otra manera» y podemos cambiar es una arbitrariedad elegible y abandonable
arbitrariamente y lo llamamos lo contingente por arbitrariedad; o bien lo
contingente es «lo que podría ser de otra manera» y no lo podemos cambiar (los
golpes del destino: las enfermedades, haber nacido, que morirnos y cuándo
morimos); esto contingente, «lo que podría ser de otra manera» y no lo podemos
cambiar (o sólo muy poco), es el destino: es muy resis-tente a la negación y no
se puede escapar a él, esto seria lo con-tingente por destino, el destino. En
ambos casos, debemos ser
Z. Bauman,
Liquid Modemity, Cambridge, 2000, 61-62, 73.
P.
Sloterdijk, Critique ofthe Cynical Reason, Minneapolis, 1987,6.
H. Schcpcrs.
«Zurn Problem der Kontingenz bei Leibniz: Die beste der moglihen Welten», en
Collegium Philosophicum, St udien, Joachim Ritter zum 60 Geburstag, H. Lübbe et
al. (editores), Basilea y Stuttgart. 1965,326-350.
O. Marquard,
Apología. de lo contingente. Valencia, 2000,
138-139.
224 225
conscientes de que la contingencia no es un
absolutismo de la realidad que ha salido mal (Blumenberg), sino, debido a la
mortalidad, t04 es nuestra normalidad histórica. Tanto en un caso con en el
otro, para Marquard, «los seres humanos so-mos siempre más nuestras
contingencias o casualidades que nuestra elección».':" Según esto los
seres humanos no tene-mos la capacidad (nacionalista, socialista, capitalista,
cientí-fica, económica, militar, etc.) de crearnos a nosotros mismos sino que
en última instancia dependemos de «casualidades», «distinciones». «límites»,
tales como las tradiciones, las cos-tumbres, las instituciones, etc. La finitud
humana impide que culminemos con éxito la erradicación total de la contingencia
y nos absoluticemos a nosotros mismos. El argumento de Marquard es implacable:
«sólo una cosa ayuda realmente a salir de la desesperación: la próxima
desesperacíon».':" La brevedad de la vida nos obliga a conformarnos con lo
imper-fecto. Pero Marquard termina cayendo en un cierto determi-nismo, al
situar tanto a la contingencia debida al destino como aquella debida al
arbitrio humano como acontecimientos que le suceden al ser humano sin o a pesar
de su intervención, ya que considera a la contingencia como una normalidad
histó-rica constante sin percatarse de que cada época produce un
umbral socio-histórico de determinación de la propia existen-
cia humana y, consiguientemente, de
indeterminación. ¿Por qué autolimitar la potencialidad del arbitrio humano para
fran-quear el cerco de la contingencia destinal a través de la acción humana?,
¿por qué autolimitarnos a no ir más allá del conoci-miento dentro de unos
límites marcados por el Jardín del Edén, desoyendo a Prometeo y a Fausto?,
¿sólo por el hecho de que no triunfaron plenamente? ¿y quién triunfa? Marx, en
El Die-ciocho Brumario de Luis Bonapane, afirmaba en 1852 que: «los hombres
hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo
circunstancias elegidas por ellos, sino bajo
La vida
humana es demasiado breve para la elección absoluta; en un senti-do
completamente elemental: los seres humanos no tienen bastante tiempo para
elegir o abandonar absolutamente lo que ya son de una manera contingente y en
lugar de ello elegir o elegir absolutamente algo completamente diferente y
nuevo: su muerte siempre es más rápida que su elección absoluta (vevibtd.,
132).
tbid., 138.
O. Marquard,
Skepsis und Zustimung, Stuttgart. 1994, 80-81.
aquellas circunstancias con que se encuentran
directamente, que existen y transmiten el pasado. La tradición de todas las
generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos»;'?' es
decir, los hombres hacen su historia, pero en circunstancias que no eligen y
con consecuencias que no controlan plenamente, pero, a pesar de todos los
pesares la hacen (la historia), en lugar de meramente padecer «los he-chos», o
«las decisiones», de demiurgos suprahumanos. Qui-zás, después de la rebelión de
Prometeo contra Zeus. éste es el precio que tenemos que pagar por
independizarnos de la co-raza protectora (¿o de la dependencia?) de los dioses.
La contingencia - la posibilidad de que ocurra lo
otro de lo esperado, la negación de lo imposible y de lo necesario- es
infinitamente mayor ahora que hace mil años porque, cuanto más sabemos, más
sabemos que sabemos menos, debido a la presencia insoslayable de la
indeterminación'P" en todo ámbi-to de la existencia humana. Es como si
hubiéramos llegado a un estadio en el que todo pudiera cambiar - y de hecho
cam-bia-, pero nada pudiéramos hacer para controlarlo o evitar-lo en su caso.
En las sociedades tradicionales la eternidad era conocida y a partir de ella
podía ser observada la totalidad temporal, siendo el observador Dios, ahora es
cada presente, el de cada individuo, el de cada sistema, quien reflexiona
so-bre la totalidad temporal, parcelándose en pasado y futuro y estableciendo
una diferencia (que en la modernidad tiende a infinito y en las sociedades
tradicionales es cero) y el observa-dor es el hombre'"? y los sistemas
sociales que incluyen su propia reflexividad. Cada observador usa una diferencia
para caracterizar a un lado o al otro, ya que la transición de un lado al otro
(generalmente del pasado al futuro) precisa de tiempo, esa diferencia es lo que
produce el tiempo. El obser-vador no puede observar ambos lados
simultáneamente, a pesar de que cada lado es simultáneamente el otro del otro.
Esto es debido a la asimetría de los prismas de observación, producida por la
temporalización de la observación. La ace-
K. Marx. El
Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, en Obras escogidas. vol. 1, Madrid,
1975,233.
O. Marquard,
opus cit .. 127-149. Bauman y Beck serían de la misma opinión.
N. Luhmann,
Sorioíogie des Risikos, Berlín, 1990,48.
226 227
leración de las secuencias históricas de los
acontecimientos impide que las expectativas se refieran a las experiencias
an-terrores!" y de esta manera lo improbable deviene probable, por la
razón de que todo, o casi todo, es transformado en un futuro previsible. El
tiempo aparece en cada presente de for-ma diferente, cada presente «se mueve»
en el tiempo, debido a esa diferencia que existe entre el presente futuro y el
futuro presente. Vivir contingentemente -«vivir hipotéticamente», 111 diría
Musil en El hombre sin atributos- significa vivir sin ga-rantías, con sólo una
certeza provisional, pragmática, pirrónica, que sirve sólo hasta que logramos
falsaria, pero este vivir contingentemente es al mismo tiempo un vivir COn
posibilida-des, es acción en el modo subjuntivo, 1I2 más orientada a lo que
pudiera llegar a ser que a lo que fue (pasado) o a lo que tiene que ser (el
destino). Ésta es la pequeña luz, al final del túnel de una contingencia
destinal, que se mostró como absolutismo natu-ralizado, que dibuja en el horizonte
de la modernidad la posi-bilidad de determinar, de elegir, entre un elenco de
posibilida-des. La modernidad es 10 que es -una marcha obsesiva hacia adelante-
no porque quizás siempre quiere más, sino porque nunca avanza bastante; no
porque incrementa sus ambiciones y retos, sino porque sus retos son
encarnizados y sus ambicio-nes frustradas, está inscrito en ella misma el
transgredir los límitesI 13 que ella misma crea a través de su insaciable
curiosi-dad por lo nuevo. La marcha debe proseguir ya que todo lugar de llegada
es una estación provisional, 114 Norbert Ellas, en su teoria de la
civilización.t'! ya nos advertía del despliegue de una reducción continua de
los contrastes agudos e inamovibles en el comportamiento de los diversos grupos
sociales, al tiem-po que aumentan las variaciones o los matices del
comporta-miento civilizado, es decir, el desencantamiento de la jerarquía
vertícalizadora, con su distinción directriz fundamental esta-
l l O. R. Kosselleck. Vergangene Zukun{t,
Frankfurt/M, 1979, 359 ss.
R. Musil, El
hombre sin atributos, Barcelona. 1961, vol. 1, 304.
R.
Wagner-Pacifici, Theorí-ing the Standoí], Contingency in Action, Cambridge,
2000, 3 Y ss.
H.
Blumenberg, The Legitímacy o{ Modem Age,
Cambridge. Mass, 1985,
343-360.
Z. Bauman,
Modemity and Atnbívalence, Londres, 1991,
10-11.
liS. N. El.ius. El proceso de la civilización,
México D.F., 1986,466-472.
blecida entre el arriba y el abajo, como principio
de orden so-cial tradicional, da paso al despliegue de la heterarquía
transversalizadora, 116 con su distinción directriz establecida entre uno al
lado del otro (nadie por encima de nadie), como princi-pio de un orden social
más flexible.
¿Quién, qué
y cómo distingue?
Que la localización, así como la existencia de
límites, es a menudo objeto de disputa es incluso más comprensible hoy dada la
presencia persistente de la ambivalencia en nuestras vidas. La ambivalencia es
el producto colateral que surge en el acto de clasificación. Al comienzo de
este trabajo situába-mos a Dios, al Motor Inmóvil, movilizándose,
dispersándose, en el mundo a través de sucesivas diferenciaciones o
distin-ciones, hasta el punto de proceder a una humanización de lo divino a
través de Jesús de Nazareth, pero, hoy, sin embargo, tenemos que partir del
«abandono declarado de toda referen-cia a un Centro, a un Sujeto, a una
Referencia privilegiada, o a un origen o a una Arquía absoluta», 1171as
preguntas que inte-rrogan por el quién distingue y por el qué distingue ya no
pue-den ser respondidas por tal metaobservador ni por su esque-ma rígido.
religiosa o metafísicamente determinado, sino que son respondidas en el seno de
representaciones colectivas autonomizadas de la esfera de lo anta-tea-lógico,
así, el «te-ner/no tener» en el sistema económico, «gobierno/oposición» en la
política, «verdad/falsedad» en la ciencia, «justicia/injus-ticia» en el
derecho, «belleza/monstruosidad» en el arte, etcé-tera; ellas configuran el
peculiar horizonte de respuestas en el que no existe una preferencia
socialmente condicionada ha-cia un orden caracterizado por la abundancia, la
gober-nabilidad, la verdad, la justicia y la belleza sino la posibilidad de la
coexistencia entre órdenes asincrónicos y el desorden a causa de la producción
de un umbral social de ambivalencia en el que «orden y desorden son, por tanto,
dos gemelos mo-
Ver el
interesante trabajo de W. Welsch: Vernun{1 Die Zeitdiagnóssische vernunítkritik
und des Konzept des Transversa/en vemunit, Frankfurt, 1996,613 Yss.
J. Derrida,
fa escritura y la diferencia. Barcelona, 1989.393.
228 229
demos». 118 dos posibilidades igualmente posibles,
valga la re-dundancia. Dicho en lenguaje heideggeriano, hemos substi-tuido la
Verdad del Ser por las verdades del acaecer, a la esen-cia por la existencia y
sus devenires.
El esquema clasificatorio flexible, predominante en
las so-ciedades modernas, sustituye la Verdad y la Razón sólidas y
naturalizadas (desde Platón a Nietzsche), en el esquema rígi-do, por las
verdades y sus razones o pretensiones de validez en plural, que más que
cuestiones de hecho son conjuntos de hipó-tesis, 119 y también sustituye el
límite fijo y «natural. por fronte-ras borrosas y en permanente proceso de
mutación. Pi erre Bourdieu afirma, en su lección inaugural del College de
France, en 1982, que «si una verdad hay, es que la verdad es un envite de
luchas», 120 cosa muy distinta a que no haya verdad o a que, en ausencia de
verdad, anything goes. Richard Rorty apuesta por «concebir el propio lenguaje,
la propia existencia, la pro-pia moralidad, y las esperanzas más elevadas que
unola tiene, como productos contingentes ... Una sociedad liberal es aque-lla
que se limita a llamar «verdad» al resultado de los comba-tes (entre
hablantes), sea cual fuere ese resultadoa.!" Ya en 1966, Jacques Derrida
afirmaba que el esquema clasificatorio flexible es «un sistema en el que el
significado central, origi-nario o trascendental no está nunca absolutamente
presente fuera de un sistema de diferencias (de interpretaciones). La ausencia
de significado trascendental extiende hasta el infini-to el campo y el juego de
la significaciónv.!" La modernidad se caracteriza no por el «sueño de
pureza» de su esquema cla-sificatorio sino por su «ambivalencia»?"
arquetípica que osci-la entre la gran liberación del pasado y la angustia de lo
más nuevo y siempre lo mismo, entre el escape del mito y el retor-no a él,
entre el orden des-ordenado del pasado y el desorden ordenado del futuro, entre
la emancipación y la alienación e incluso el terror. La ambivalencia, ya lo
apuntó C.G. Jung, es
Z. Bauman,
«Modernidad y ambivalencia», en J. Beriain. opus cit., 1996,77.
B. Latour;
«Is Re-modernization Occurring?», Theory, Culture and Society, 20, 2 (2003),
37.
P. Bcurdieu,
Lección sobre la lección. Barcelona. 2002. 27.
R. Rorty,
Contingencia, ironía y solidaridad, Barcelona. 1991. 71.
J. Derrida.
«La estructura, el signo y el juego en el discurso de las ciencias humanas», en
La escritura y la diferencia. Barcelona, 1989,385.
Z. Baurnan,
Modernity and Ambívalence, Londres. 1991.
la fuerza motriz, 124 es lo que nos mueve (das
Treibende), al impe-dir una fijación naturalizada a lo que existe, a lo
fáctico, a un límite o a una distinción producidos históricamente, buscando
permanentemente ese lado ciego (por cuanto no visto por no-sotros),
ex-céntrico, que comparece siempre a pesar de que no vemos que no vemos al
mirar (el otro lado, la otra posibilidad, que llamada o no llamada está siempre
ca-presente), al elegir, al seleccionar, al preferir, una alternativa en lugar
de otra. Aquí radica el problema de la ambivalencia, en que es promesa de
depasement de un límite, históricamente creado, pero también es amenaza al
nuevo límite que se crea, promesa y amenaza van juntas, aunque se distiendan
sucesivamente en el tiempo. La palabra {( herejía» tiene su raíz en el verbo
griego hairein, que significa «elegir». Para el hombre premoderno, la herejía
es una posibilidad más bien remota; «para el hombre moderno, la herejía deviene
típicamente una necesidad ... La modernidad crea una nueva situación en la que
elegir deviene un imperati-VO».125 La modernidad, en este sentido, significa
una universali-zación de la herejía, de la capacidad de elegir, y así, del
destino, ya que la elección es un «nuevo destino», puesto que en sus
consecuencias se manifiesta como contingente. Podemos con-densar lo anterior
afirmando con Alberto Mclucci que «elegir representa el destino in-escapable de
nuestro tiempo», 126 Gibbon, el historiador británico, en su monumental
Historia de Roma, describía el politeísmo romano como aquella constelación
sociosimbólica en la que la coexistencia de herejes estaba garan-tizada
institucionalmente, puesto que entre los diversos tipos de culto que
prevalecían en el mundo romano, todos ellos eran considerados igualmente
verdaderos porel pueblo, igualmente falsos por los filósofos e igualmente
útiles por los políticos. Así, a través de la tolerancia se obtenía no sólo la
indulgencia mu-tua sino también la concordia religiosa. Entre la democracia
liberal y el politeísmo!" existe una clara afinidad, puesto que aquélla es
el régimen político que garantiza la existencia de éste, mientras que todo
régimen autoritario, del signo que sea,
Ver c.G.
Jung. «Das Symbolísche Leben», en Gesammelte Werke. vol. 18. Zúrich, 1980.
P.L. Berger,
The Heretícai Lmperative , Nueva York, 1980,25.
A. Melucci,
The Playing Seli, Cambridge. 1996,44.
O. Marquard,
Apología de lo contingente, opus cit .. 145.
230 231
presupone un unitarismo uniformizador; Por tanto, y
si esto es así, la cultura no sería un esquema original y originante que [unge
como canon (el esquema clasificatorio rígido) del que se pueden sacar miles de
copias para definir infinitas situaciones sino más bien el campo de lucha
simbólica en pos de la defini-ción de la situación, en pos de los límites, en
una sociedad de estructura politeísta ya no podemos situar la voluntad de
ver-dad en una pura lucha por el monopolio de la representación legítima del
mundo social. La cultura sería el espacio social en donde los portadores de
esquemas de clasificación crean, re-crean y negocian las claves interpretativas
y los límites imagi-narios de su realidad social.':" El esquema rígido y
el esquema flexible mantienen una disputa (que pretende ydebe ser demo-crática)
sin fin a través de sus portadores y en sus portadores. Los aspectos
estructurales, como la «cultur-a», los «sistemas», las «estratificaciones» y
los «papeles» sociales, establecen las condiciones para la acción de dichas
unidades, pero no la de-terminan. Las personas no interactúan en función de la
cultu-ra, la estructura social, etc., sino en función de las situaciones. En
las sociedades modernas, en donde constantemente surgen comentes de situaciones
totalmente nuevas y las antiguas se vuelven inestables, la influencia de las
organizaciones dismi-nuye. En la sociedad moderna es normal que surjan
situacio-nes en las cuales las acciones de los participantes no estén
re-guladas o normalizadas de antemano. En este sentido, la organización social
no configura las situaciones. «La interpre-tación de las nuevas situaciones no
está predeterminada por condiciones previas a las mismas, sino que depende de
aquello que se descubre y se toma en consideración en las situaciones reales en
las que se elabora la conductae.P"
El arte de la fuga de la transgresión
Veamos algunos ejemplos para ilustrar lo dicho. El
arte es una forma estilizada de fantasía, sobre todo el arte moderno que ha
acabado con la contemplación y la mimesis de la na-
S. Bcnhabib,
The Claims otCuínoe, Princeton, NJ, 2003, 8.
H. Blurncr;
El iníeraccionismo simbólico, Barcelona, 1982, 69.
tu raleza, creando mundos nuevos a través de la
transgresión. Es una aventura mental, como se pone de manifiesto en el cua-dro
de René Magritte intitulado Ceci n 'est pas une pipe, puesto que la pipa
pintada es una representación, ni siquiera la pala-bra pipa es la pipa en
cuanto tal. El arte moderno, tanto el de las vanguardias modernistas como las
actuales versiones postmodernas, promueven la promiscuidad mental desafiando un
cierto canon de convenciones clásicas que partían, dividían, la realidad en compartimentos
mutuamente exclusivos. Lo sin-gular de esta «tradición de lo nuevo)) (como la
ha llamado Harold Rosenberg) es que permite al arte liberarse de trabas,
destruir todos los géneros y explorar todas las fonnas de experiencia y
sensación. UD Incluso las categorías sociales del gusto que dis-tinguíanentre
lo bello/sublime frente a lo feo/monstruoso, siem-pre funcionando como el
«gusto de la reflexión», se han trans-formado en categorías que tienen en
cuenta también la lengua, el paladar, la garganta y el estómago; el gusto
«puro», en el sentido kantiano, se ha completado con el «gusto de los
senti-dos» en un intento claramente transgresor por reconfigurar la crítica
social del gusto.':" Por la misma razón, en el mundo del arte son
explícitamente aceptadas e incluso reverenciadas imá-genes de transgresión del
género como las que representan Marlene Dietrich, David Bowie, Michael Jackson,
Robcrt Maplethorpe, La Cage aux Folles de lean Poiret, o Crying Carne de Neil
lardan. Comparemos, a titulo de ejemplo, El entierro del Conde de Orgaz de El
Greco, en donde el cuadro refleja una cosmovisión religiosa con el otro mundo,
este mundo y el inframundo, claramente delimitados jerárquicamente, mientras
que en El Gran Masturbador de DaIí, las instancias anteriores aparecen
invertidas, más bien transgredidas de forma subver-siva, por cuanto que el
inframundo del deseo, la pasión y la materia reocupan el espacio y el tiempo
centrales del cuadro. Lo mismo sucede en la pintura negra Muerte a garrotazos,
de Gaya, en donde lo grotesco-monstruoso ha desplazado total-mente a lo bello
de la realidad. Mientras nosotros dejamos es-pacios vacíos siempre entre
objetos o entidades separadas, el
D. Bcll, Las
contradicciones culturales del capitalismo. Madrid, 1977,46.
P. Bourdieu,
«Elementos para una crítica vulgar de las crílicas puras", en La
distinción, Madrid, 1988,496-512. Ver el interesante trabajo de J. Rodríguez
López. Pierre Bourdieu, Sociología y subversión, Madrid, 2002, 37-103.
232 233
FIGURA 1. M.C.
Escher, Mosaico 11, 1957. Baarn, Holanda
artista elimina tales «vacíos» creando una
continuidad donde para nosotros no hay sino discontinuidad casi natural.
Consi-deremos los importantes intentos de Maurits Escher de relle-nar los
campos visuales sin dejar ningún espacio «vacío». Ver
la fig. 1, su trabajo Mosaic Ir de 1957,
en donde se observan
puzzles ópticos en Jos que el espacio se percibe
como continen-te y como contenido, como «cosa» y como «no cosas.Ver asi-
mismo la fig. 2, su obra Stíll Life in the Street,
de 1937, donde se
observa una des-limitación de las entidades, el
escritorio y la calle «fluyen» una en la otra. René Magritte en su obra Les
Promenades d'Euclide. de 1935 (ver fig. 3), nos
muestra que no
está nada claro si miramos a un paisaje actual a
través de un cristal transparente o a una pintura de tal paisaje. En el arte de
Escherque aparece en Drawing Hands, de 1948
(verfig. 4), dos
manos se dibujan paradójicamente una a otra,
jugando con los marcos, ¿cuál es real y cuál representacional? El cuerpo en la
pintura está presente en El modelo rojo de
Magritte, de 1937 (ver fig. 5) allí donde los dedos de los pies surgen de las
puntas
FIGURA 2. M.C.
Escher, Still Lite and Street, 1937. Baarn, Holanda
de los zapatos, revelando la existencia de un mundo
insospe-
chado. El calzado del campesino, del alpinista, del
agente de
viajes o de la bailarina son muy distintos entre
sí, pero aque-
llo que todo
tipo de calzado tiene en común es el
hecho de
cubrir los pies y de entrar en contacto con la
tierra o el suelo sobre el cual se encuentra el cuerpo. En el Renacimiento se
sabía que no sólo las líneas paralelas de un edificio se corta-
ban en un punto del horizonte (el famoso punto de
fuga), sino
que las líneas verticales confluyen en otro punto,
arriba en el
cenit y abajo en el nadir. Escher en Reiativity, de
1953 (ver fig.
6), nos muestra que un mismo punto de fuga cumple a
la vez diversas funciones. A veces se halla situado al mismo tiempo en el
horizonte, en el nadir y en el cenit.
En el ámbito de la intimidad es donde probablemente
mejor
se pone de manifiesto esa presencia del esquema
flexible que permite superar las divisiones sociales. El sexo y el amor
tien-den a romper las barreras que separan a los individuos como mónadas
aisladas juntándolos, disolviendo su insularidad de-
234 235
FIGURA 3. Aené
Maqritte, Les Promenades d'Euclide,
1937.
Minneapclis tnstitute of Art
rivada de las diferencias unas veces de propiedad
privada, otras de territorialidad y otras del puro secreto. Nada desafía tanto
(quizás a excepción de la atracción sexual) nuestras divisio-nes en naciones
separadas, en clases sociales, en grupos étnicos, en géneros, en comunidades
religiosas, como la trans-gresión que supone el matrimonio entre miembros de
los dis-tintos grupos. Así lo pone de manifiesto D.H. Lawrence por boca de Lady
Chatterly y su amante, tan distanciados en sus orígenes sociales y tan unidos por
el amor.
En la esfera de! juego, en el carnaval y en la
fiesta, la regla es el desafío de la regla, la risa el contra-mundo cómico
sublima-do del mundo trágico real; desde e! bufón medieval hasta e! payaso
moderno, se trata de transgredir el esquema habi-tualizado y los límites entre
naturaleza y cultura, animal y hu-mano, hombre y mujer, rey y plebeyo, niño y
adulto, rico y po-bre. El espeso muro que separa normalmente al rico del pobre,
prácticamente se evapora, cuando Charlie Chaplin. el prototí-
236
FIGURA 4. M.C. Escher, Manos dibujando, 1948. Baam, Holanda
po del engañador (tricksteriI" sale de un
Rolls-Royce en una escena hilarante de City Lights y ofrece a un mendigo,
absolu-
tamente aturdido, una colilla que encuentra en la
acera. Como se pone de manifiesto en numeros~schistes, qui~till:sjO,co~as y
sátiras, el humor no respeta, virtualmente. nm~un.11I1~lte.
Generalmente percibido como no serio y bastante
inofensivo, constituye el medio perfecto para la transgresión que en cual-quier
otro contexto seria considerado totalmente inaceptable:
¿Has oído lo que dice ese tipo Kinsey, co-
sas en contra de nosotros, los granjeros?
SEGUNDO GRANJERO: ¿Qué dice. pues, el tal Kinsey?
PRIMER GRANJERO: Dice que nosotros los granjeros
nos tiramos a las ovejas, y a las cabras, y a los pollos, y a las serpientes.
SEGUNDO GRANJERO: ¿A las serpientes>!"
P. Radio.
The Trickster, Nueva York (I956), 1972, 140.
G. Legman,
Rationale of the Dírty Joke, Nueva York, 1968,216.
237
•
FIGURA 5. Aené Magritte, El modelo rojo, 1937.
Rotterdam, Museum Boymans van Benningen
El lugar de lo cómico en la sociedad tiene una
profunda afi-nidad con la religión y la magia. El orden social conlleva, según
lo ponía de manifiesto Alfred Schütz, una representación de los individuos en
una red de hábitos y significados configurados en tomo a un cierto sentido de
realidad normal dado por supuesto, y digo cierto porque vemos constantemente
cómo tal sentido de realidad es vulnerable a la intromisión de otros sentidos
de reali-dad. Lo cárnico y lo sagrado no son sino tales realidades entro-metidas
en la realidad cotidiana del mundo de la vida diaria. Los santos y los locos
tienen grandes similaridades. Antón Zijderveld
ha explorado todo este conjunto de relaciones en
varias obras
suyas.!" Discutiendo la naturaleza de lo
cómico, Zijderveld usa los términos tremendo y fascinante para designar a esta
reali-
Ver sobre
todo: Reality in a Looking-Glass: Rationality through an. Análisis of
Traditional Folly, Londres, 1982; Humor und Cesellschaft: Bine Soziologie des
Humors und des Lachens, Graz, 1976 v el monográfico por él coordinado en
Curren:
Sociology, 31, 3 (invierno, 1983) "
FIGURA 6. M.C. Escher. Relativity, 1953
dad como antes lo había hecho Rudolf atto con lo
sagrado, ya que 'lo cómico fascina por su carácter transgresor y subversivo 135
nos provoca
un cambio de actitud y de gesto al romper a reír en medio de la seriedad de la
realidad ttpica-c-'> pero al mismo tiempo atemoriza precisamente por tal
transgresión provocadora de tal realidad -recordemos al dios griego Dionisos
cuarteado y dispersado en la materia, producto del exceso bacanal. La
trans-gresión de las fronteras convencionales es lo que propiamente caracteriza
al humor, una forma especial de juego!" transgresor de marcos
habitualizados. Veámoslo en este fragmento de Through the Looking Glass, de
Lewis Carroll:
Así lo pone
de manifiesto M. Bajtin en sus estudios sobre el mundo de Rabelais.
Recordemos
al hermano Jorge, custodio del canon de traducciones que llevan a cabo los
monjes en un convento de frailes dominicos, y su condena y perse-cución de los
herejes defensores del carácter biófilo y terapéutico de la risa en la
archicelebrada novela de Umberto Eco: El nombre de la rosa.
Sobre el
concepto de juego (play) ver la extraordinaria y pionera investiga-ción de G.H.
Mead en Espíritu, persona y sociedad, Barcelona. 1982. 176-189.
238 239
«Él está sofíando ahora -dice Tweedledee-, ¿yen qué
te pa-rece que está soñando?»
Alicia dice «Nadie puede suponerlo».
"Pues ¡contigo! -exclama Tweedledee,
aplaudiendo triunfan-te-o Y si deja de soñar en ti, ¿dónde supones que estarías
entonces?»
"Donde estoy ahora, por supuesto» --dice Alicia.
«[Ni mucho menos! -replica Tweedledee contumaz-o No
esta-rás en ningún lugar. Porque tú eres sólo una cosa en su sueño!» "y si
el rey se despertara -afíade Tweedledum- te esfuma-rías, ¡shiuhhhhhh!, [corno
un cir¡o!»!"
Lo cómico no es una realidad uniforme sino algo
sujeto a grados, expresiones y manifestaciones varias, así encontramos la broma
gentil y circunspecta de Norman Rockwell o el hu-mor salvaje y desaforado de
Goya o Daumier. La risa es un fenómeno ambivalente, ya que tiene un carácter
inclusivo y exclusivo a un tiempo. El yo riente comparece como ese looking
glass self en el que al mirarnos la realidad aparece distorsionada e iluminada
a un tiempo. Distorsionada por cuanto difiere de la imagen normal e iluminada
en cuanto que la trasciende, mentando otra realidad, otro mundo distinto a
«este» mundo. Pero, la risa es también ambivalente por su carácter incluyen-te
y excluyente -asílos diferentes humores grupales, sírvanos de ejemplo el humor
WASP de clase alta americana o el humor surrealista judío-c.139 puesto que
diferencia entre el humor de las diferentes colectividades humanas. Debemos
pensar que, como ya afirmara hace casi un siglo el decano de la sociología
norteamericana W.I. Thomas: «Si la gente define una situa-ción como real, ésta
es real en sus consecuencias», es decir, en el caso que nos ocupa, si la gente
define una situación como cómica, ésta lo es en sus efectos. Veamos esto en los
siguientes cinco chistes:
L. Carroll,
Through the Looking Glass en Complete Works, Nueva York (1872), 1976, 189-190
(en la edición española: L. Carroll. Alicia en el país de las maravillas y A
través del espejo, Madrid, 2003, 197-198).
Ver al
respecto el formidable trabajo de Ezra BenGershom, Der Esel des Propheten, Eine
Kult urgeschiclüe des jüdischen Humors, Darmstadt. 2000 y el no menos
interesante compilado por Jan Bremmer y Herman Roodenburg. Kult urgeschichte
des Humors, Darmstadt. 1999.
«Dos hombres
de negocios están de safari. Súbitamente oyen tambores en la distancia. Su guía
nativo grita: "Un león nos sigue" y rápidamente desaparece entre los
arbustos. Uno de los dos hombres de negocios se sienta y se calza los
depor-tivos. "¿Qué haces?", le dice el otro hombre de negocios,
"Tú no puedes correr más que un león", pero su colega le respon-de:
"Yo no tengo que correr más que un león, simplemente me basta con correr
más que tú" .))
« Un
empresario americano está en la India. Un colega indio desea venderle un
elefante: "Le hago un precio especial: mil dólares, ésa es la
oferta".
"Pero, yo vivo en Chicago -le responde el
hombre de ne-gocios- en un apartamento de una habitación en un décimo tercer
piso de un condominio. ¿Qué haría con un elefante?"
"Bueno, pues, ochocientos dólares."
"No, ya te lo dije."
"Bueno, pues, setecientos."
"Te lo voy a repetir. Vivo cn un apartamento
... "
"Ah, usted es un negociante muy duro. Déjeme
que le haga la última oferta: dos elefantes por ochocientos cincuenta
dólares."
"Vale hecho. Ahora hablamos el mismo
lenguaje."»
Dos socios
en el distrito de confección de Nueva York se enfrentan a la banca rota.
Deciden que uno de ellos debe sui-cidarse y el otro hacerse con el seguro y
salvar el negocio. Eligen las pajitas. El perdedor llora un poco, escribe una
nota a su esposa, sube al tejado y se arroja a la calle. Su socio, mientras,
mira por la ventana. A medida que cae, mira a las ventanas de sus competidores
en los pisos superiores y cuan-do llega al nivel de la ventana donde está su
socio le grita: «¡Reduce el terciopelo!».
¿Por qué el
Papa se encontró con Kurt Waldheim? Por-que Adolf Eichmann no estaba
disponible.
Si no puedes matarlo con un machete, mátalo con
un chiste. 140
Tomados de
P.L. Berger: Redeeming Laughter. The Comic Diinension of Human Experience,
Berlín. 1997,70-71 (hay trad. española en Kairós].
240 241
La experiencia de lo cómico es un universal humano,
como afirma con gran acierto P.L. Berger.':" A.R. Radcliffe-Brown
popularizó el concepto de «relación burlesca» según la cual se establece «una
relación entre dos personas, en la cual a una se le permite, por costumbre, ya
veces se le exige, embromar o hacer burla de otra, que a su vez no puede darse
por ofendí-da».142 Según esta teoría, «tanto la de relación burlesca que
constituye una alianza entre clanes o tribus, como la de pa-rientes por matrimonio,
son formas de organizar un sistema estable y definido de comportamiento social
en el cual los com-ponentes asociativo y disociativo, se mantienen y se
combi-nan entre SÍ».143 Mary Douglas, combinando aportaciones de Bergson y de
Freud, viene a sostener que la relación burlesca representa «un ataque al
control» con «un efecto subversivo sobre la estructura dominante de
ideas».':" Según Douglas, «el mensaje de un rito estandarizado es que los
patrones clasi-ficatorios de la vida social son inescapables. El mensaje de un
chiste es que tales patrones pueden ser burlados. Un chiste es, por naturaleza,
un antirritow.rv La broma proporciona un ali-vio en rc1ación a las
clasificaciones y a las jerarquías sociales, un ablandamiento de las
estructuras sociales, una suspensión temporal de la estructura social. 146 El
bromista es un gran relativizador del «absolutismo» de un conjunto de
realidades sociales normalizadas y naturalizadas. Douglas enumera una serie de
dioses bromistas -el dios griego Proteo, el hindú Ganesh, Legba el de la tribu
yoruba, etc. V. Turner menciona el culto de Chihamba '" entre los Ndembu
de Zambia y bien podemos considerarlo como una universalización de la visión
erasmiana relacionada con la Locura.
Loco y locura tienen unas raíces dentro de la
civilización occidental que se remontan a la antigüedad clásica, como ya hemos
visto, a los cultos dionisíacos y a su adaptación romana
Ibíd.,7L
A.R.
Radcliffe-Brown, Estructura y función en la sociedad primitiva, Barce-lona.
1972, 107.
lbíd.• 112.
M.
Douglas.lmplicit Meaníngs, Londres, 1975.90 Yss.
lbíd.• 103.
Ver al
respecto el importante trabajo de V. Turner: El proceso ritual, Ma-drid.1988.
V. Turner,
The Chihamba, the White Spírit, Manchester; 1962.
tardía, los [estivales de las Saturnales. Esto
continua en la Edad Media en Europa occidental en una serie de tipos, que P.L.
Berger llama «gente itinerante», 148 que pueblan los caminos en Europa por
siglos y siglos, así los peregrinos, predicadores, in-telectuales, juglares,
bandoleros, músicos, acróbatas. El loco medieval constituye una amalgama de
todos ellos. El término francés que recoge estas prácticas es el de goliardo
Quizás el prototipo que mejor describe a este «loco-bromista» medieval es Till
Eulenspiegel, el gran bufón y bromista, cuyas chanzas servirán para que en 1515
se publiquen por vez primera en ale-mán culto una colección de relatos que
servirán a toda la tradi-ción posterior de soporte para todo tipo de relatos
graciosos sobre bromas, tretas y chanzas. El precedente de esta colec-ción es
La nave de los locos, de 1494, de Sebastián Brandt, en donde todavía la locura
aparece condenada como pecaminosa por la censura eclesiástica. Pero va a ser en
1511, con la publi-cación de El elogio de la locura de Erasmo, cuando aparece
el primer tratamiento positivo de la «locura» en la literatura.
Las revoluciones liberales y burguesas y la
entronización de la diosa Razón y la cosmovisión moderna supone una reocupación
del espacio de la dama Estulticia. El proceso de racionalización, en los
términos desarrollados por Max Weber, afirma Zijderveld, supone el fin del
«loco-bromista» medie-val, la «seriedad» y frialdad del orden burgués se impone
a los espacios de broma pública previos a ia Edad moderna pero, a juicio de
Berger -usando una intuición de su amigo Thomas Luckmann, la de religión
institucionalmente específica y la religión institucionalmente dilusa->,
«las formas institu-cionalizadas de la «locura», como los bufones o los
goliardos de la corte, pueden haber desaparecido, pero la «locura» casi con
toda seguridad persiste bajo [armas institucionalmente difusas y puede aflorar
en los lugares más inesperados».':" Como el tonto, el payaso es un mago, y
como el mundo de la «locura». el mundo del circo crea un oasis de encantamiento
dentro de la realidad de la racionalidad moderna. Sólo hay que dar un paso que
nos lleva de los grandes payasos -Grock o Oleg Popov- a los grandes actores
cárnicos como Charlie
P.L. Berger;
Redeetning Laughter, opus cit .• 74.
lbíd., 76.
242 243
Chaplin o los grandes mimos como Marcel Marceau y
lean Louis Barrault.
A juicio de Zijderveld, lo cómico es «un
contrapunto a la melodía directriz» que contribuye a la integración de la
socie-dad.':" Tomando la metáfora de! teatro y aplicándola a la vida
podemos decir que el mundo de lo cómico representa un contra-mundo frente al
mundo cotidiano. Vayamos al Don Quijote cervantino e interroguemos a sus
protagonistas: Alonso Quijano y Sancho Panza. Resulta evidente que Sancho Panza
es el cora-zón de un mundo sin corazón, como Sísifo no puede sino mover la
pesada piedra que representa a la vida misma, sin embargo, Alonso Ouijano
decide trascender su condición transformándose en un caballero, el «caballero
de la triste figura», como más tar-de hará el «caballero de la fe» de
Kierkegaard, Lo hace apelando a una realidad diferente que sólo puede «ver-»
desde esta reali-dad miserable del medievo español. Crea, imagina otra realidad
desde esta realidad. Como afirma Unamuno en su Don Quijote: «sólo
ridiculizándose a sí mismo consigue Don Quijote su in-mortalidad». La vida
diaria es normalmente trágica, dura, con-tingente, «llena de los ultrajes y
desdenes del tiempo, la injuria del opresor, la contumelia del soberbio, las
congojas del amor desairado, las tardanzas de la justicia, las insolencias del
poder y las vejaciones que el paciente mérito recibe del hombre indigno»
(Shakespeare. Hamlet), por eso la comedia y e! héroe (o mejor antihéroe) cómico
--en sus diversas máscaras de payaso, actor cómico, mimo, humorista, etc.-
crean a través de una subli-mación simbólica un contra-mundo que subvierte la
realidad anterior. Como observó en una oportunidad ese sabio filósofo que era
Groucho Marx, es más fácil hacer tragedia que comedia, pues todos los hombres
lloran por las mismas cosas, pero se ríen por cosas diferentes."! La
tragedia real sólo es superable por medio de una comedia simbólica, en primera
instancia, pero igualmente real que la anterior en sus consecuencias, porque no
olvidemos que si definimos algo como real, prefigurado en el símbolo, en la
imaginación, esto es real, infinitamente real, en sus consecuencias. Esto
conlleva una noción de realidad múlti-
A,
Zijderveld, Reality in a Looking Glass, Londres, 1982, 146 Y ss.
Ver el
trabajo de Simon Louvish: Monkey Business, La vida y leyenda de los Hermanos
Marx, Madrid, 2000.
ple. no existe una realidad sino un «juego de
espejos» que nos hacen «ver» más allá del aquí y del ahora normales.
Esto nos va a resultar más comprensible si
explicitamos la rela-ción existente entre la risa y la redención salvífica de
la que es porta-dora la religión. Veamos. Dentro de la patrística latina,
Tertuliano afirma: «Credoquia absurdum» (Creo porque es absurdo). Mucho se ha
especulado, tanto por los defensores como por los detractores de Tertuliano,
pero pudiéramos interpretar, sin la menor intención de situamos en la enésima
remesa de expertos en Tertuliano, que uno no debiera creer porque algo sea
absurdo sino que uno es lleva-do a creer, a la fe, por la percepción,
comprobada empíricamente, de lo absurdamente contingente que es el mundo. En
palabras de P.L.Berger: «no es que el objeto de la fe sea absurdo. El mundo es
lo que es absurdo, haciendo posible la fe de esta guisa (como mecanis-mo de
compensación, de alivio»).152 En muchas partes del mundo de la «locura» se ha
percibido un signo de santidad. Podemos ha-blar de la existencia de «santos
necios» en el taoísmo, en el zen-budismo, en el judaísmo, en el cristianismo,
en el islam. Por ejem-plo, en la Biblia, tanto en e! Antiguo Testamento - 2 Sam
6, 15 20, Jer 27, Ezeq 4-como en el Nuevo Testamento-l Cor4:1O, 1 Cor 1:27-28-,
aparece la idea de «Nosotros, necios por seguir a Cristal). La imagen del
cristo kenótico, padeciente, humillado, que descien-de de la majestad infinita
de la divinidad, no sólo para adoptar la forrna de un ser humano sino la forma
de un ser humano despre-ciado, burlado y finalmente asesinado en las
circunstancias más degradantes y abominables, la transgresión de las
transgresiones, nos sitúa ante la paradoja de la «locura redentora»; sólo desde
una cierta «locura», burla o negación de «lo normalmente correcto», es posible
trascender la tragedia de la vida y sus diversos correlatos. La «locura» no
seríael reflejo distorsionado de este mundo sino un atisbo distorsionado de
otro mundo.!"
El peregrino 154 (y su versión secularizada en el
turista) -aquel que atraviesa un camino místicamente a diferencia del místi-
152, P.L. Berget. Redeeming Laughter, opus
cit., 183.
IUd., 193.
Vere1
trabajo de v.Turner yE.L.B. Turner: Image and I'ilgrimage in Christian Culture.
Nueva York, 1978,33. La peregrinación pudiera ser pensada como un mis-ticismo
extrovertido, en la medida en que el misticismo es una peregrinación
introvertida. El peregrino atraviesa físicamente un camino místico y el místico
busca una peregrinación espiritual inJerior.
244 245
ca que realiza una peregrinación introvertida- y el
extranje-ro, 155 aquel que viene hoy y se queda mañana, aquel que está próximo
físicamente pero lejano culturalmente, son los gran-des transgresores de
esquemas, tiempos y espacios. El extran-jero es el gran sujeto liminal ya que
auna cercaníay lejanía. El extranjero transgrede, desde el interior, las
categorías estable-cidas y los estereotipos del mundo local (del mundo de los
locales). «No tengo nada contra los extranjeros. Mis mejores amigos son extranjeros.
Pero este extranjero es de aquí», dice Asterix. La categoría de extranjero
significa el distanciamien-to de la cercanía a través de la proximidad, 156 que
de ninguna manera debe resultar en comprensión mutua. Los extranjeros son una
refutación viviente de los límites aparentemente cla-ros y de los fundamentos
naturales a través de los que son expresados los criterios de pertenencia e
identidad en el esta-do nacional y, con la generalización de los viajes en las
socie-dades modernas, ¿cuándo no nos convertimos todos y todas, más tarde o más
temprano, en extranjeros en el extranjero? El extranjero es un concepto sin un
contra-concepto, no se puede comparar con otros como amigo-enemigo,
griego-bár-baro, cristiano-pagano, suprahumano-infrahumano. Sería un
irmombrablet" puesto que escapa cualquier clase de ordena-miento
conceptual. No tiene ni es contra-concepto, pero, si es un
concepto-íronteriro:» que atraviesa todos los conceptos de orden social. Es la
ambivalencia en estado puro.
La fluidez no es sólo un hecho, es una objeción
moral a las divisiones sociales rígidas e inamovibles, por ejemplo, a la que
discrimina según la propiedad privada, quizás la representa-ción simbólica más
perentoria del selfinsular, como lo ponen de manifiesto Marx en El Manifiesto
comunista y Rousseau en el Discurso sobre la desigualdad social. Marx repudió
no sólo la propiedad privada sino también, la religión, el Estado y el sistema
de clases, intentando eliminar cualquier barrera
G. Simmel,
Sociología, vol. 2, Madrid, 1977,716. Ver el importante trabajo de Z. Bauman:
Modernity and Ambivalence, Londres, 1991, en donde procede a un meticuloso
análisis, continuador de Simmel, de la noción de extranjero.
U.
Beck, «How Neighbors Become Jews», en
Constellations , vol. 2, 3, 382.
Z. Bauman,
Modernity and Ambivalence, opus cit ., 58.
Ver la
crítica que Slavcj Zizek hace a las posiciones dualistas del «o esto o lo
otro», en Tarrying with the Negative, Durham, 1993.
que pueda interponerse entre un ser humano y otro.
Esta ten-dencia ha sido continuada por los abolicionistas de la segre-gación
racial y más tarde por el movimiento feminista. Pero el cosmopolitismo fue
introducido mucho antes que Marx por los estoicos: concretamente Epícteto
consideraba que en lu-gar de considerarse uno ateniense o corintio debiera
conside-rarse ciudadano del mundo.!" Semejantes ideas fueron pro-movidas
también por Pablo: «No hay distinción entre el judío y el griego, pues uno mismo
es el Dios de todos» (Romanos 10:12), «porque él hizo de dos pueblos uno,
derrumbando el muro divisorio, la enemistad ... , creando un hombre nuevo en
lugar de dos» (Efesios 2: 14-15). Pabló urgió a los judíos a aban-donar todas
las barreras rituales (las reglas de la dieta, la cir-cuncisión y la
observancia de la Sabbath) diseñadas en prin-cipio para preservar sus señas
distintivas, exhortándolos a que se casaran con gentiles. No es de extrañar que
estas ideas aca-ben en la mezcla de hombre y Dios representada por Jesús de
Nazareth. Jürgen Habermas ha realizado un denodado esfuer-zo en esbozar una
ética universalista!" que trasciende las ba-rreras nacionales, étnicas, de
clase y de género.
La rigidez o la fluidez de los esquemas
clasificatorios de-pende de culturas, así la ambigüedad racial es mucho más
acep-tada entre brasileños o hawaianos que entre japoneses, celosos guardianes
de la pureza racial, y la definición malaya del terri-torio es mucho más vaga
que la alemana. La aversión america-na a las barreras sociales se pone de
manifiesto en su ideología del «melting poi» étnico, a pesar de ese gran
«dilema america-no» que ha sido la segregación racial, asícomo en su
eclecticis-mo cultural manifiesto en la arquitectura y en la cocina. El
es-quema clasificatorio flexible adquiere preeminencia en Occidente a partir
del siglo XIX, siendo la fluidez 161 el sello ca-racteristico de la modernidad.
Tanto el coche como la motoci-cleta son artefactos específicamente modernos.
Viajando en un
The
Discurses ofEpictetus, Nueva York, 1968, Libro 1, capítulo 9.
1. Habermas,
Faktieiuu und Geltung, Frankfurt, 1992 (hay trad. española en Trotta).
E.
Zerubavel, tt« Fine Line, Chicago, 1991, 106. M. Castells habla también de la
sociedad moderna como «contextura espacio temporal de flujos», no tanto de
mercancías, como advirtieron los sociólogos de la revolución industrial, sino
más bien de información y de conocimiento (ver The Rise ofthe Network Sociely,
Oxford, 1996,376yssl.
246 247
coche que se desplaza ves el exterior, pero lo ves
como si mira-ras por una ventana, es decir, todo lo que ves es sólo más
tele-visión, a no ser que vayas en un coche descapotable o en una moto,
entonces desaparece el marco, estás en la escena, no sólo mirándola.l'? Esto lo
podemos comprobar asimismo en la arquitectura «integral» de Frank Lloyd Wright
basada en el principio de «continuidad». en donde las diferencias entre lo
exterior y lo interior se borran, lo mismo ocurre con la idea de edificios sin
muros que Alexander Gustavc Eiffel creó en la torre que lleva su nombre en
París, algo que continua en la mayor parte de rascacielos neoyorkinos, James
Joyce experi-menta con la idea de un flujo continuo de conciencia en el Ulises
y concluye con un pasaje de 36 páginas virtualmente sin interrupción de puntos
ni comas. En la televisión se crean «co-munidades de televidentes», en donde se
rompen las barreras de edad, de género o étnicas produciéndose de esta guisa
una cierta infantilización de los adultos viendo dibujos animados de Buggs
Bunny y una adultización de los niños que ven pelí-culas para adultos. >63
La modernidad conlleva una obliteración de las tradicionales islas de identidad
grupal.!" La noción de cultura «pura» parece algo sin referencia empírica
cuando los judíos (a excepción de los ortodoxos) comen rollitos de prima-vera,
los brasileños visten jeans, los coreanos también juegan al fútbol y los
musulmanes escuchan jazz. Las corporaciones multinacionales y las redes de
comunicación global-Internet, como la calle comercial más larga del mundo-
traspasan las barreras nacionales, como lo hacen las técnicas de management o
el intercambio intelectual interdisciplinario o las propias obras de Magritte,
Escher, Dali, Joyce, Hitchcock. Bergman o Kurosawa. No se trata solamente de
que, por ejemplo, el rner-cado de arte se ha hecho internacional, de modo que
pintores polacos exponen en París, y se compra pintura americana en Inglaterra
o de que el teatro ignora actualmente las fronteras
E.
Zerubavel, The Fine Line, opus cit.,
107.
Ver el
trabajo de D. MacDonald, 1957, «AThcory of Mass culture», en Mass Culture, B.
Roscnberg , D.M. White (editores), Nueva York.
Ver el
interesante trabajo de Ángel Gordo y Richard Clcminson sobre la hibridación
transfronteriza de conocimientos entre la sexualidad y la tecnología CA. Gordo
y R. Clcminson: «Redruwing the Boundaries of [prohibhed] Knowledge», en
Tcchnosexual Landscapes. Londres, 2004, 59-76).
nacionales -de modo que Chejov, Strindberg, Brecht,
O'Neill, Tennesse Williams, Ionesco, Genet y Beckett se representan
simultáneamente en París, Londres, Nueva York, Berlín. Frank-furt, Madrid,
Varsovia y cien ciudades más de varios conti-nentes. Es también que la esfera
de la cultura se ha hecho tan difusa, los «ternas» de interés proliferan a tal
punto, que es casi imposible hallar un centro de gravedad que pueda
verda-deramente definir al hombre «cultO».lé5
Pero no son éstos los únicos ámbitos en donde se
deja sen-tir la flexibilidad del nuevo esquema de clasificación, sino que
hacemos frente a realidades como el «ahora en todos los si-tios» que surge
producto de las revoluciones en el transporte, las transmisiones de información
y los implantes genéticos configurando una nueva experiencia del tiempo y del
espacio, Se ha producido una transformación del tiempo «aquí-aho-ra» en un
tiempo «ahora-en todos los lugares», en donde el espacio y el tiempo son «vacíos».
cuyo centro no está en nin-gún sitio y cuya circunferencia está en todos los
lugares. Esa comunalidad temporal imaginada!" por cuanto compartida por
todos aquellos que cohabitan (aun sin saberlo) en una contextura
espacio-temporal planetaria hace posible la (coor-dinación de las acciones de
muchos seres humanos físicamente ausentes el uno del otro; el
"cuando" de estas acciones está conectado al "donde", pero
no como en épocas premodernas, vía mediación del lugar»."? Así lo expresa
Paul Virilio: «En-contrarse a distancia, es decir, ser telepresente, aquí y en
cual-quier otra parte, al mismo tiempo, en el así llamado "tiempo
real" no es, sin embargo, sino una clase de espacio-tiempo real, por
cuanto que los diferentes eventos tienen "lugar" , incluso si ese
lugar es al final el no lugar de las técnicas teletópicas (el interfaz
hombre-máquina, los nodos de intercambio de tele-transmisiones la.!"
No es menos importante «el creciente
distanciamiento en-tre la experiencia y el horizonte de expectativas» 169 que
reinventan
D. Bell, Las
contradicciones culturales del capitalismo, Madrid, 1977, 104-105.
B. Anderson.
Comunidades imaginadas, México D.F., 1990.
A. Giddcns,
Modernidad e identidad del yo, Barcelona, 1995,28-29.
P. Virilio,
Open Sky, Londres, 1997. 10.
Ver los
trabajos de R. Koselleck: Vergangene Zukunít, Prankfurt. 1979 y Zeitschichten,
Frankfurt, 2000.
248 249
una nueva representación y una nueva experiencia de
com-presión del tiempo. Ésta se ha conseguido por la concurren-cia de varios
factores: por el incremento de actividad dentro de la misma unidad de tiempo a
través de la introducción de máquinas y de la intensificación del trabajo,
sobre todo en los comienzos del capitalismo industrial en el siglo XIX, por la
reorganización de las secuencias y el ordenamiento de las ac-tividades
-taylorismo, fordismo y toyotismo-, usando los puntos más altos y los más bajos
de forma más efectiva a tra-vés de la flexibilización, convirtiendo a los
trabajadores en {lextimers y, finalmente, eliminando del proceso todos los
tiem-pos improductivos a través de la fórmula [ust-in-time.
Desde dentro del Estado nacional han surgido
procesos de contestación interna que problematizan y obligan a reinventar los
logros de los procesos de nacionalización originaria'?" que dieron origen
a los estados nacionales en Europa en el siglo XIX. Si bien el Estado aparece
como un constructo de poder y coacción, sin embargo, el proceso de formación de
la identi-dad nacional, al estar sujeto a luchas en torno a tramas de
significación sobre la historia y la memoria, ha segregado cons-telaciones postnacionales
que redefinen las agendas políticas actuales. Desde fuera, el proceso de
globalización capitalista que sitúa al capital y a las multinacionales como
globales (aun-que el trabajo siga siendo local) han socavado fuertemente la
autonomía del Estado y, de la misma forma, la configuración de una
geopolíticaglobal, superada la división intercontinental de la Guerra Fría. ha
creado organizaciones militares supranacionales que debilitan y en buena medida
anulan los ejércitos nacionales. Tanto en las dos Guerras del Golfo. como en el
conflicto de Kosovo e incluso en la Guerra de Irak, son grandes conglomerados
militares los que se sitúan. de forma enormemente ambivalente, por encima de
los Estados.
Fantasías románticas sobre el compañero/a ideal o
el amor perfecto ciertamente ayudan al esquema clasificatorio rígido a superar
la presencia ubicua de la «imperfección» y la «irnpure-za» que nos rodea.
Fantasear sobre las hibridaciones «mons-truosas», sin embargo, podría ser
actualmente una forma mu-
Ver los
trabajos de E. Weber en el caso de Francia, de G. Mooser en el caso de
Alemania, de L. Collcy en el caso inglés y de J. Álvarez Junco en el caso
español.
cho más saludable de confrontar la inevitabilidad
de la ambi-valencia. La imagen ambivalente de Tarzán, por ejemplo, clara-mente
nos ayuda a hacer frente a la redefinición darwiniana de nuestra identidad cara
a cara con los primates. así como la imagen del minotauro ayudó a nuestros
ancestros a hacer fren-te al cambio dramático en su percepción del ganado
sujeto a domesticación: «Éste se convirtió en parte del continum de la familia
humana. La reducción de las diferencias entre gente y ganado... crearon tensiones
... Las figuras del hombre-toro man-tienen al hombre y al ganado
suficientemente separados en las culturas donde viven demasiado juntos. La
imagen confronta directamente la ambivalencia, in-corporándola).l7l Quizás el
mayor transgresor de la Edad Moderna sigue siendo Nietzsche y su concepto de
«hombre): «El hombre es una cuerda tendida entre el animal y el ultrahombre:
una cuerda tendida sobre el abismo. Un peligroso pasar al otro lado, un
peligroso permane-cer en el caminar, un peligroso mirar hacia atrás, un
peligroso estremecerse y pararse. La grandeza del hombre está en ser un puente
y no una meta: lo que hay en él digno de ser amado es que es un tránsito y un
ocaso. Yo amo a los que no saben vivir de otro modo que hundiéndose en su
ocaso, porque ellos son los que pasan más allá. Yo amo a los grandes
despreciadores, porque ellos son los grandes veneradores: flechas del anhelo
hacia la otra orilla. Yo amo a los que no buscan tras de las estrellas una
razón para hundirse en el ocaso y ofrecerse en holocausto, sino que se
sacrifican a la tierra para que ésta un día sea del ultrahombre ... )) . 172 El
siglo XXI comienza con inno-vaciones revolucionarias en el ámbito de los
transplantes genéticos a través de la ingenieríagenética y de transplantes de órganos
que cambian drásticamente la estructura de la vida humana así como su duración.
Podemos considerar, como hace Paul Virilio, la historia humana en términos de
una carrera con el tiempo, de velocidades cada vez mayores que trascienden las
P. Shepard,
Thinking Animals, Nueva York, 1978, 92, 94.
F.
Nietzsche, Prólogo a Así Habló Zaratustra, Madrid, 1978,36 s. El ultrahombre,
traducción del término alemán Übennensch y no, como suele hacer-se, por
«superhombre», para mantener la distancia entre la humanidad ideal, soña-da por
Nietzsche, y el hombre actual. El -ultrahombre- no alude a una extrema
potenciación de la humanidad, sino a su radical transformación. Es el hombre
«más allá» de lo que hasta ahora ha sido el hombre y no un simple superman.
250 251
capacidades biológicas del ser humano, a menos que
... Sí, que-rido/a lector/a, Adán, Prometeo, Fausto y el monstruo de
Frankenstein no han desaparecido, siguen ahí, con nosotros, en nosotros. La
imagen ambigua del monstruo de Frankenstein nos ayuda a situarnos ante el modo
en que la moderna tecnolo-gía borra la distinción entre humanos y objetos
inanimados. Toda vez que la frontera que delimitaba la naturaleza de la
cul-tura se muestra, a todas luces, sobrepasada, 173 como otras fron-teras que
la modernidad ha sobrepasado y dejado atrás, la pre-gunta que interroga por los
límites del «reloj biológico» humano encuentra su horizonte de expectativas
abierto con el desplie-gue de toda una serie de técnicas de clonación humana in
nuce y de trasplante e implantación de órganos. La ciencia y la técni-ca
multiplican las potencialidades de la naturaleza humana re-duciendo a un
instante lo que ha costado generaciones con los métodos convencionales de
reproducción. Las nuevas tecnolo-gías de reproducción asistida y los nuevos
modelos culturales hacen posible, de forma considerable, disociar edad y
condi-ción biológica de la reproducción y de la paternidad. En térmi-nos
estrictamente técnicos, hoyes posible diferenciar los pa-dres legales de un
niño; de quién es el esperma; de quién es el óvulo; dónde y cuándo se realiza
la fertilización, en tiempo real o retrasado, incluso después de la muerte del
padre, y de quién es el útero en el que nacerá el niño.'?" El cyborg, el
organismo cibernético, es ya una realidad desde el momento en que nos
introducen un by-pass en el cuerpo, un marcapasos, estructu-ras metálicas que
sustituyen a partes del endoesqueleto u órga-nos transplantados, ya somos
cyborgs, híbridos compuestos de naturaleza externa e mterna.!" Esto no es
el mañana, esto es el mañana del ayer. Una vez que se despejen toda una serie
de interrogantes éticos y jurídicos en tomo al proceso de repro-ducción de
células madre, la clonación de tales células con fi-nes terapéuticos será una
realidad. Los expertos en salud pú-
Ver el
interesante trabajo al respecto de 1.M. lranzo: "Un error cultural
situado: la dicotomía naturaleza (sociedad». en
Política y sociedad, 39, 3, 2002, 615-
Igualmente
interesante la posición al respecto de B. Adam en Timescapes, Lon-dres (1998),
23·59.
M. Castells.
The Network Society, Londres, 1996,447.
Ver el
trabajo de Donna Haraway intitulado: «Cyborgs and Svmbionts: Li-ving Together
in thc New World Order». prologando la excelente recopilación de Ch.H. Gray
(editor), The Cyborg Handbcok, Londres. 1995.
blica han predicho que, a partir de 2000, la mitad
de las opera-ciones quirúrgicas realizadas conllevarán transplantes de ór-ganos
e implantes de prótesis. 176 El cyborg, y coextensivamente el replicante, es un
símbolo de mediación, traducción, hibrida-ción y promiscuidad. Sintetiza
aspectos informáticos, biológi-cos y económicos; ni siquiera podemos hablar ya
sólo de biopoder (Foucault) sino que tenemos que hablar de tecnobiopoder, como
muestra Donna Haraway.'?" El cyborg «es la articulación metafórica y material
de lo que somos y de lo que podemos ser». 178 No hay esencia cyborg, unaJo no
nace hom-bre o mujer, unaJo no nace organismo, en el principio, por tan-to, fue
la copia, 179 en el principio fue el diseño 180 generador de diversidad (GOD
Generatar of Diversity). El cyborg es el pro-ducto del desmoronamiento de
fronteras, entre la naturaleza y la cultura, entre el organismo y la máquina y
entre lo físico y lo simbólico. Los genes y los ordenadores son nuestros
cyborgs más inmediatos. El cyborg es un trans-individuo, un personaje de
umbral, un tipo liminal de los descritos por Víctor Turner y, por tanto, en ese
«ser transícíonal» -quizás debamos hablar de «devenir»!" más que de ser-
anida la «promesa de los mons-truos»."? En la ambivalencia radical del
hamster, de la ratona (oncomouseví" sujeto/objeto de pruebas en el
laboratorio, ra-dica ese dilema hamletiano, ser o no ser, extraer sin ninguna
inocencia la mejor y la más potente posibilidad de dentro de lo que más nos
aterroriza o permanecer dentro de la segundad autocornplaciente de los
estrictos límites separatistas de lo hu-mano. Incluso Tyrrell, el hipocondríaco
jefe de diseño genético de androides replican tes del extraordinario film
Bladerunner,
P. Virilio,
Open Sky, Londres. 1997.99.
D. Haraway,
Simians, Cyborgs and lVomen. The Reínveruion o{ Nature, Lon-
dres. 1991 (Hay traduce. española en Tecnos con
prólogo de Fernando Careta Selgas).
F. García
Selgas. «El cyborg como reconstrucción del agente social», en Poíttica y
sociedad. 30, 1999, 171.
D. Haraway,
opus cit., 206.
Z. Baurnan.
Was/ed Lives. Modemitv and its OUlcas/S, Cambridge, 2004. 9-34.
Ver esta
idea en F. García Selgas. «De la sociedad de la información a la fluidez
social», en 1.M.a Garete Blanco y P. Navarro (editores), ¿Más allá de la
mo-dernidad?, Madrid, 2002, 577.
D. Haraway,
"La promesa de los monstruos», en PoUtiea y sociedad, 30
(1999),121·165.
D. Haraway.
Modesl Wilness@Seeond Millenium. Femaleman Meets Onco-mal/se, Londres, 1997.
252 253
de Ridley Scott, estaría defendiendo un cierto
esquema rígido cuando afirma, para legitimar la «manufactura» genética de sus
criaturas: «más humanos que los humanos», puesto que el problema, la última
frontera, más allá de la cual se crea un nuevo horizonte de indeterminación que
hace tabula rasa brus-camente de la tradición heredada, es precisamente el que
plan-teaba Nietzsche: no tanto ser demasiado humanos queriendo ser más humanos
que los humanos sino la transgresión de las fronteras de lo humano habilitando
una nueva forma de exis-tir en el mundo de consecuencias imprevisibles. El
horror vacui del hombre «normal-con el que comenzábamos este trabajo se
completa aquí con la angustia de la transgresión del límite como la que nos
trae a colación Bernardo Atxaga en su mag-nífico poema del erizo:
El erizo despierta al fin en su nido de hojas
secas,
acuden a su
memoria todas las palabras de su lengua, Que, contando los verbos, son poco más
o menos veintisiete. Luego piensa: el invierno ha terminado,
Soy un erizo, dos águilas vuelan sobre mí; Rana,
Caracol, Araña, Gusano, Insecto, ¿En qué parte de la montaña os escondéis?
Ahí está el río, Es mi territorio, Tengo hambre.
[...]
Sin embargo, permanece quieto. como una hoja seca
más, porque aún es mediodía. y una antigua ley
le prohíbe las águilas, el sol y los cielos azules.
Pero anochece, desaparecen las águilas, y el erizo,
Rana. Caracol, Araña, Gusano, Insecto,
Desecha el río y sube por la falda de la montaña,
Tan seguro de sus púas como pudo estarlo
un guerrero de su escudo, en Esparta o en Corinto;
y de pronto atraviesa el límite, la línea
que separa la tierra y la hierba de la nueva
carretera, de un solo paso entra en tu tiempo y en el mío;
como su
diccionario universal no ha sido corregido ni aumentado en estos últimos siete
mil años,
no reconoce las luces de nuestro automóvil,
y ni siquiera se da cuenta de que va a roorír.v-
184. B. Atxaga,
«El erizo», en J. Medem, La pelara vasca, Madrid, 2003. 914.
Eso desconocido y realmente peligroso es lo que nos
hace dudar de iniciar el tránsito, porque una vez iniciado éste ya no podremos
retroceder. Al erizo le empuja el hambre física, a nosotros el hambre
metafisica de una cierta inmortalidad pero, tanto en un caso como en el otro la
transgresión está servida, es sólo cuestión de tiempo, forma parte del propio
proceso de des-limitación evolutiva. En la pregunta sobre ¿qué significa ser
humano?, 185 en esa gran distinción, en ese gran ser fronte-rizo que no tiene
fronteras, como nos decía Simmel, es don-de, quizás, con mayor preeminencia se
manifiesta la sórdida pugna entre el esquema clasificatorio rígido y el
flexible.
Sin duda, la elección de los riesgos y la elección
de las for-mas de vida van juntas. Cada forma de vida conlleva una es-pecífica
forma de percibir, construir y luchar contra el riesgo o los riesgos en plural,
es decir, cada sociedad conlleva su pro-pio catálogo de riesgos -hambrunas,
pestes, epidemias, ries-go de ataque externo nuclear o con armas biológicas,
crimen, polución medioambiental, riesgos derivados de la clonación humana,
decrecimiento económico y pérdida de prosperidad, ingobernabilidad política,
anomia y des-estructuración mo-ral, «crisis espiritual». Compartir los mismos
valores condu-ce a compartir los mismos temores e incertidumbres e
inversa-mente las mismas certezas. 186 Aaron Wildavsky"" describe dos
estrategias modernas para obtener seguridad que operan en áreas muy variadas,
como la vida no humana, el cuerpo hu-mano, el poder nuclear y la regulación
jurídica de conflictos entre individuos y entre colectivos. La primera
estrategia es la «capacidad adaptativa» (resilience) y la segunda se rige por
los principios de «precaución» y de «anticipación». La «capa-cidad adaptativa)
opera de acuerdo con el principio de ensa-yo y error: un sistema actúa primero
y corrige los errores cuan-do aparecen y, así, acumula seguridad a través del
aprendizaje
al hacerlo (<<Do not stop until you've gol
something better»
La «anticipación» opera de forma opuesta: un
sistema intenta evitar previamente las amenazas situadas como hipótesis, y no
permite ensayos sin garantías previas contra el error (<<Do
J. Habermas,
Die Zukunit der menschlichen Natur, Frankfurt, 2001.
M. Douglas y
A. Wildavsky, Risk and Culture, Berkeley, 1982,8.
A.
Wildavsky. Searching [or Safety, New Brnnswick, 1988.
M. Douglas y
A. Wildavsky, opus cit., 27.
254 255
not start unless you are s ure its safe»).189 Otra
forma de expresarlo según el «principio de precaución» seria la siguien-te:
«Puede estar justificado (versión débil) o es imperativo (ver-sión fuerte)
limitar, controlar o impedir ciertas acciones po-tencialmente peligrosas sin
esperar a que ese peligro sea científicamente fijado con certeza».':" La
posición de Wildav-sky, hoy mayoritaria en el ámbito de la aplicación a gran
esca-la de los descubrimientos científicos, se puede resumir: «No safety without
risk», La simple constatación de que las causas del riesgo y la seguridad no
son independientes, sino inter-dependientes, proporciona una enérgica
herramienta para mostrar que un énfasis desmedido sobre la seguridad
anticipatoria pudiera generar nuevos riesgos y precipitada-mente impedir
«beneficios de oportunidad» potenciales pro-cedentes de las nuevas tecnologías,
mientras que el asumir riesgos puede desarrollar la seguridad a través de la
acumula-ción de conocimiento y recursos. Esta tesis de afrontar ries-gos a
través de la capacidad adaptativa, no hace sino confir-mar la indeterminación
de la calculabilidad del riesgo. Niklas Luhmann, en su texto Okologische
Kommunikation, 191 apunta la tesis de que la sociedad moderna, debido a su
diferencia-ción estructural, está sometida a una ambivalencia caracterís-tica,
ya que genera insuficiente y demasiada resonancia sobre los riesgos
manufacturados'< socialmente. La sociedad mo-derna no posibilita una
representación holista de sí misma como sistema seguro, por tanto, las amenazas
ecológicas, la clonación terapéutica o la investigación con alimentos
transgénicos, por ejemplo, son tematizadas y fraccionadas por los subsistemas
funcionales con arreglo a sus códigos binarios específicos - la ciencia
discrimina entre «verdadero versus falso», la política entre «gobierno versus
oposición», la justi-cia entre «justo versus injusto», el arte entre «bello
versus mons-truoso», la economía entre «posesión versus no posesíón--c-, sin'
embargo, la sociedad no dispone de un sistema efectivo
189./brd.
Ésta es la
enunciación del principio de precaución que nos ofrece Ramón Ramos, apoyándose
en O. Godard, en «El retorno de Casandra: modernización ecológica, precaución e
incertidumbre», en l.M. a García Blanco y P. Navarro (edi-tores), ¿Más allá de
la modernidad?, opu s cít., 404, 406.
N. Luhmann,
Okologische Kom munikation, Opladen, 1986.
vn.su«; 220.
que discrimine entre «seguro versus peligroso»; la
sociedad, por tanto, no genera suficiente resonancia sobre los riesgos
manufacturados en el nivel global. Al mismo tiempo, estos riesgos globales
tienden a sobrecargar las propias capacida-des para resolver problemas de cada
sistema. Debido a que la diferenciación funcional implica una pérdida de
redundancia entre los subsistemas, pudiera ocasionar reacciones en cade-na
incontroladas en los otros subsistemas, como ha ocurrido con el SIDA, con el
accidente nuclear de Chernobil o con las «vacas locas». Cada sistema intenta
resolver el problema so-cial como su problema específico, es decir, la sociedad
moder-na genera demasiada resonancia a los riesgos manufactura-dos dentro de
cada sistema. El discurso sobre el miedo (Angst), 193 a los riesgos globales
manufacturados socialmente, expresado por los viejos y por los nuevos
movimientos socia-les, es un substituto, irreductible funcionalmente, de las
cosmovisiones holistas, puesto que atraviesa las líneas diviso-rias, los
límites, que separan a los distintos sistemas sociales, generando una
resonancia global que va más allá de las [ron-teras nacionales o
civilizacionales.
A modo de conclusión
Después de haber visitado todos estos etno-paisajes
o es-tas distintas provincias de la realidad, quizás alguien se plan-tee, no
sin fundamento, la pregunta de si el esquema rígido antecede históricamente al
esquema flexible, y lo cierto es que la respuesta no es fácil. Cierto que las
sociedades tradiciona-les se dotaron de un esquema rígido cercano a la posición
naturalizada del «orden del mundo», mientras las sociedades modernas han
construido un esquema clasificatorio con fron-teras mucho menos inevitables,
pero esto no significa, de ninguna manera, que un esquema (el flexible) haya
ganado la partida, egiptianizando al otro (el rígido) o viceversa. La «dispu-ta
en torno al límite», por re-dibujar los límites de la realidad social,
continúa. Desear librarse de la rigidez no significa pre-tender una estructura
amorfa e insípida sino [armas que pu-
193.lbíd ,237-249; E. Drewcr-mann, Die Spiraleder
Angsl, Friburgo, 1991.
256 257
dieran ser adecuadas en un determinado momento pero
que no son permanentes; algo que puede asumir una variedad de diferentes formas
o cambiar de una a otra y vuelta a empezar. Entonces, uno se interesaría no
tanto en la naturaleza estáti-ca de las «cosas» sino en el elenco de sus
naturalezas poten-ciales. Se trataría de disponer de la suficiente rigidez que
ofrez-ca contexto, significado y seguridad y de la suficiente flexibilidad para
permitir el cambio, la improvisación, la aven-tura y la esperanza.':" Tenemos
una necesidad de dibujar lí-neas que garanticen un cierto orden, un mundo sin
líneas es un mundo caótico, pero incluso el diccionario, el mapa, el museo y
coextensivamente todas las clasificaciones de las que somos responsables, se
hacen y rehacen con el objeto de in-cluir nuevas distinciones que cambian
nuestra percepción de la realidad y, por tanto, la realidad misma. «Es esencial
para el hombre, en lo más profundo, el hecho de que él mismo se ponga una
frontera, pero con libertad, esto es, de modo que también pueda superar
nuevamente esta frontera, situarse más allá de el1a»,195 porque «somos a cada
instante aquellos que separan lo ligado o ligan lo separadoc.t'"
Procedencia de las figuras
Figura 1: M.C. Escher, Estampas y dibujos, Taschen,
Colonia, 2002, 35.
Figura 2: E. Zerubavel, The Fine Líne, Chicago,
1991,99.
Figura 3: E. Zerubavel, The Fine Líne, Chicago,
1991, portada.
Figura 4: M.e. Escher, Estampas y dibujos, Taschen,
Colonia, 2002, 69.
Figura 5: M. Paquet, Magritte, Taschen, Colonia,
2002, 59.
Figura 6: M.e. Escher, Estampas y dibujos, Taschen,
Colonia, 2002, 67.
E, De Bono,
The Mechanism o{Mind, Harmondsworth, 1968, 205.
G. Simmel,
«Puente y puerta», en El individuo y la libertad, Barcelona, 1986,31.
lbíd.. 29.
DEL DESCENTRAMIENTO DE
LAS COSMOvrSIONES AL DESCENTRAMIENTO
DEL SUJETO: LAS MÁSCARAS DEL SELF
EN LA MODERNIDAD
Elegir es el
destino inescapable de nuestro
tiempo.
A. MELUCCT
Al final de
la vida se revela lo que la vida es
desde el principio: contingencia.
ANDRÉS
ORTIZ-OSÉS
El hombre quiere más de lo que
puede, esto
al menos es verdad.
F. HÓLDERLlN
El objeto de análisis de este capítulo se centra en
el indivi-duo y más concretamente en las diversas formas en que éste se expresa
a partir de esa primera modernidad representada por la Reforma protestante. La
verdad es que existen toda una serie de conceptos que expresan al individual en
ciertos momentos y que conviene tener en cuenta, así, el concepto de persona,
pro-cedente de la Antigüedad, se refiere a la máscara? que llevaban puesta los
actores, en donde confluyen, por una parte, las in-tenciones del actor y, por
otra parte, las exigencias y opiniones del ambiente, por tanto, los seres
humanos son personas en cuanto son portadores de máscaras a través de las que
no mera-mente se presentan sino que representan. La comunicación es
representación de papeles, posiciones, ideas, costumbres, etc. Con la
introducción del nombre de sujeto (sub-iectum), se men-ta aquello que está en
la base de sí mismo y de todo lo demás. El
Ver la
excelente compilación de J.V. Arregui et al., Concepciones y narrativas del vo,
Themata. Revista de Filaso'[ía, 22 (1999), 17-31, en donde se esbozan las
di-versas diferenciaciones y metamorfosis del Self, del Sí mismo.
2. Ver el trabajo de J. Choza: «Las máscaras del sí
mismo», Anuario Filosófico,
26 (1993), 375-394.
258 259
ser humano pierde su objetividad que pasa a los
sujetos. En e! fondo de esta iniciativa teórica está el nuevo «liberalismo» del
siglo XVIII, que utiliza la figura de un individuo validador de sus propios
intereses. sentimientos, metas, etc., para introducirse en el eje de empuje
histórico entre las viejas disposiciones de los estamentos y de sus relaciones
clientclares, de las casas y de las cortes, de las iglesias y de las sectas.
Nietzsche y, más recien-temente, Derrida, han puesto de manifiesto cómo los centros
teológicos, políticos y epistemológicos, que han servido como referencias
privilegiadas de sentido, son objeto de un deseen-trarniento, de una
diferenciación, la conciencia colectiva apa-rece diferenciada. fragmentada.
Tampoco son ya la conciencia o el yo, como instancias fundamentadoras, las que
configuran la realidad, puesto que aliado de la conciencia está el
incons-ciente y aliado del yo están el ello y el superyo. El individuo moderno
aparece como una unidad múltiple. El individuo apa-rece descentrado como el
correlato de unas instancias internas
el yo, el
ello, el superyó para Freud, e! animus y el ánima para Jung-, y de otras
externas que configuran las representacio-nes, las imágenes, los patrones que
proceden del entorno so-cial. La conciencia y su correlato dinámico, el yo, ya
no son aquellas instancias centrales en que se funda la realidad, sino
instancias alIado de otras instancias asimismo relevantes.
Este proceso ha sido muy bien analizado, desde una
pers-pectiva sociológica, por Georges Herbert Mead, profesor de la Universidad
de Chicago de 1894 a 1931. Mead, en su texto Mind Selfand Society, de 1934,
introduce una batería de interesantes conceptos que Van a permitir desarrollar
fructíferamente una de las más interesantes perspectivas de análisis
sociológico; entre su elenco conceptual está el concepto de Sí mismo (Se!fJ
-concepto éste anclado asimismo dentro de la larga tradición del idealismo alemán-
que va a fungir como esa unidad múlti-ple, esa instancia de mediación donde
confluyen el mí, el as-pecto convencional o conjunto organizado de actitudes de
los demás que uno conscientemente y responsablemente asume, y elyo, aspecto
creativo que hace surgir al (mi» y al mismo tiem-po da una respuesta
imprevisible a ese «mi», al conjunto de actitudes internalizadas de los demás.
Sin tener la más mínima relación personal ni
intelectual con Mead, otro gran sociólogo europeo, Max Weber, contem-
260
poráneo de Mead, va a utilizar un enfoque semejante
para des-cribir el tipo ideal de individuo que sirve para caracterizar al «sí
mismo», que desde el interior del alma (van innen heraus) va a ser responsable
de la creación de un cosmos racional ca-pitalista moderno en el siglo XVII en
Europa occidental. La «lla-mada», la «vocación», como procedimiento
intramundano de verificación de la fe en la vida práctica, que procede del
interior de cada unola, se va a manifestar para Weber, Sombart y Troeltsch como
un «pacto con Dios», en esa afinidad histórica que se da entre economía y
religión en los orígenes del capita-lismo, mientras que la misma «vocación» va
a llevar a una bue-na parte de los personajes (por ejemplo, Adrián Leverkühn,
el Doktor Faustus de la modernidad avanzada) de Thomas Mann, en la estela de
Goethe, a un «pacto con el diablo», cuyas conse-cuencias, en ambos casos, tanto
para los que queriendo el bien producían el mal, como para los que queriendo el
mal produ-cían el bien, se harán visibles en la «quiebra burguesa», tanto del
«último hombre», del «especialista sin espíritu, del gozador sin corazón» del
final de La ética protestante de Weber como de Thomas en Los Buddenbrook de Th.
Mann, donde el dinero se ha convertido en substituto técnico de Dios.
La modernidad avanzada de finales de! siglo XIX y
del siglo
la de las
metrópolis como Londres, París, Berlín o Nueva York, y que Georg Sirnmel ha
analizado en su extraordinario artículo « Las metrópolis y la vida mental», de
1907, ya no acoge al puritano-burgués, expresión de la protomoderna afinidad
electiva que intuyó Weber entre religión y economía, sino al urbanita, a ese
self dirigido desde fuera que adoptará varias formas. Entre ellas, aparecerá
como «hombre masa), y así lo pone de manifiesto J. Ortega y Gasset en La
rebelión de las masas, y E. Jünger en El trabajador, o el director de cine
ale-mán F. Lang en su film Metrópolis.
La modernidad de la «producción» deja paso a la
moder-nidad del «consumo», de los grandes almacenes, como el KaDeWe (Kaufhoff
des Westens) de Berlin o en Los Pasajes comerciales de París, en donde la gran
ciudad, la neurastenia y el tedio encuentran su tipo ideal en el [laneur,
tematizada por E.A. Poc, Ch. Baudelaire y W. Benjamin. Al mismo tiem-po, el
crecimiento de la economía monetaria corre paralelo al desarrollo de la
burocracia; monetarización y burocratización
261
de las relaciones sociales son dos caras de un
mismo fenóme-no: la proletarización psíquica que describen con distintos
énfasis: Weber en Escritos políticos y en Economía y sociedad, Kafka en El
proceso, El castillo y en La colonia penitenciaria y Orson Wells en El Proceso.
Ulrich, el «hombre sin atributos» de R. Musil,
representa otro perfil de ese individuo de posibilidades que aparece como tipo
ideal del contrato social liberal que más tarde quedará inmortalizado por J.
Rawls en la república procedimentalli-beral con un yo sin límites de
posibilidades.
Entre esa orientación protomoderna dirigida
internamen-te y la otra orientación tardomoderna dirigida por los otros que han
esbozado ideal-típicamente Weber en La ética protes-tante y el espíritu del
capitalismo y Riesman en La muchedum-bre solitaria, se van a producir las
diversas metamorfosis del Sí mismo que hemos mencionado.
El personaje característico de nuestro tiempo, un
tiempo que adquiere sus contornos orientados hacia el futuro ya a fi-nales del
siglo XVII,3 es un ser humano capaz de escoger, deci-dir y crear, que aspira a
ser autor de su propia vida, creador de una identidad individual.' Elegir es
ese imperativo ineludible del que no podemos escapar. Hoy, tenemos que escoger
hasta el propio Dios," antes era él el que nos elegía, incluso como
pueblo. La individualización, en este sentido, significa que la biografía
personal es arrancada de determinaciones dadas y es situada en manos del
individuo, dependiente de sus decisio-nes. Las biografías devienen así
auto-reflexivas, ya que no son socialmente prescritas sino individualmente
elegidas y cam-biadas. Pero, del hecho de que el individuo se haya
auto-infini-tizado, convirtiéndose en Dios para sí mismo, al precio de ha-ber
«pactado con el diablo», como tan bien han puesto de manifiesto Goethe y Mann
en la metamorfosis moderna de
Ver el
excelente trabajo de Reinhart Koselleck: «Gibt es eine Beschleunigung der
Geschichte? Zeitverkürzung und Beschleunigung». en Zeitschíchten, Frankfurt,
2000,150-177.
U. Beck y E.
Beck-Gemsheim han desarrollado ampliamente esta idea en Indivídualimtíon,
Londres, 2001. Ver también el texto de U. Beck: aVivir nuestra pro-pia vida en
un mundo desbocado. individuación, globalización y política», en A. Gíddens, W.
Hutton, 2000. 233 Yss.
Sobre la
cosmovisi6n politeísta moderna ver el trabajo de J. Beriain: La lucha de los
dioses en la modernidad, Barcelona. 2000.
Prometeo en Fausto, no se debe inferir que hayamos
acabado con el destino en cuanto tal. La apertura e indeterminación del futuro
no significan la erradicación del destino, sino más bien el comienzo de su
producción social. Del paso de la «fortuna» medieval al «riesgo» moderno no se
ha producido un «nuevo» mito social. Sencillamente, se ha pasado del destino
dado me-tasocialmente, Dios, la naturaleza, al destino producido social-mente,
como consecuencia de la multiplicación de la franja de posibilidades de nuevas
incertidumbres, pero esta vez manufac-turadas socialmente." Lo relevante,
sociológicamente hablan-do, es cómo aparece este destino colectivo
institucionalmente configurado en el contexto vital de la gente en una sociedad
individualizada. Podríamos decir que el espejo cóncavo que refleja la
cosmovisión descentrada moderna se ha cuarteado sin hacerse añicos, y que cada
fragmento produce su propia perspectiva total, sin embargo, la superficie del
espejo con su miríada de pequeñas fisuras es incapaz de producir una ima-gen
unificada:" en este sentido, vivir nuestra propia vida signi-fica que las
biografías corrientes se convierten en biografías que hay que escoger,
biografias de «bricolaje», biografías de riesgo, a veces rotas o descompuestas.
Como constata Ulrich Beck, en la medida en que la gente se libera de una serie
de ligámenes y privatiza toda una serie de nuevos proyectos vita-les se produce
un doble efecto." Por una parte, al devenir las
A. Gíddens.
1991. 122. A. Giddens en Beyond Le(l and Right, Londres. 1994, Introducción,
propone el término: «incertidumbre manufacturada». u. Beck también ha abundado
al respecto en: «world Risk Society as Cosmopoliran Society? Ecological
Questions in a Framework of Manufactured Ijncertenties», Theory, Culture and
Society. vol. 13,4 (1996). Es interesante la respuesta de Jeff Alexandery
Philip Smith, «Social Science and Salvation. Risk Society as Mythical
Dtscourse-. Zeitschriit [ur Soziologie, vol. 28. 4 (1996). En la perspectiva
luhmanniana ver J.M." Garcfa Blanco, «Raciona-lidad y riesgo en la
identidad de las sociedades complejas», en E. Lamo de Espinosa, J.E. Rodríguez
Ibáñez, Problemas de teoría social contemporánea, Madrid, 1993.478 ss. Ver como
síntesis de la discusión la compilación de J. Franklin (edit.), The Politics
ofRisk Society, Londres, 1998. Una muy valiosa reconstrucción de las diferentes
se-mánticas del riesgo se encuentra en: R. Ramos: «Prometeo y las Flores del
Mal: El problema del riesgo en la sociología contemporánea», en R. Ramos y EJ.
García Selgas (editores), Reflexividad, riesgo y globalización. Madrid,
1999.249 Yss. Ver asi-mismo sobre el concepto de destino en las sociedades
modernas: E. Gil Calvo. El destino, Barcelona, 1995. 94 ss. Gil Calvo se
pregunta si a esto lo podemos llamar progresión o regresión. pienso que quizás
podamos llamarlo retroprogresión.
Ver esta idea en el artículo de Z. Bauman:
«Searching for a Centre that Holds». en M. Featherstone, S. Lash y R. Robertson
(edits.), 1995. 140-155,
U. Beck., Risikogesetlschaft. Prankfurt.
1986,216.
262 263
formas de percepción privatizadas, los horizontes
temporales de percepción se estrechan más y más, hasta el caso límite en que la
historia se encoge en tomo a un presente eterno, en don-de se pone de
manifiesto que los niños tienen dificultades para reconocer los contextos
vitales de sus padres y mucho más los de sus abuelos. Por otra parte, aumentan
los constreñimientos que configuran la propia biografía, precisamente, a través
de nuevas condiciones institucionales. De hecho, «los individuos liberados se convierten
en dependientes del mercado de trabajo y con ello también en dependientes de
una formación escolar, en dependientes del consumo, en dependientes de las
regula-ciones y providencias típicas del Estado social, de las planifica-ciones
del tráfico, de las ofertas de consumo, de las posibilida-des y modas de la
atención médica, psicológica y pedagógica»," así como de lo que Adorno y
Horkheimer llamaron «industria cultural» 10 que manufactura el gusto orientado
al consumo de masas. En una sociedad diferenciada funcionalmente, todo
in-dividuo ha de poder tener acceso a cualquier sistema funcional
-económico, político, jurídico, etc. Todo sistema
funcional incluye a la totalidad de la población, pero sólo en lo tocante a
aquellos fragmentos de su modo de vida que resultan relevan-tes para la función
de que se trate." En lugar de los vínculos y formas sociales tradicionales
(clase social, familia pequeña), aparecen instancias secundarias que determinan
la biografía del individuo y que, a contracorriente de la capacidad de
deci-sión individual, la cual se impone como forma de conciencia, lo convierte
en juguete de modas, relaciones y mercados Y A pesar de, o debido a, las
directrices institucionales y la insegu-ridad, a menudo incalculable, nuestra
vida está condenada a la actividad; si uno tiene una vida propia, el fracaso
también es propio. Es en esta indeterminación existente entre la libera-ción y
la dependencia donde se sitúa la ambivalencia moderna o la modernidad
ambivalente, 13 como apuntará Zigmunt Bauman en la línea de Simmel.
lbíd., 219.
M. Horkheimer y Th.W. Adorno, La dialéctica de
la ilustración, Madrid, 1996.
Ver el desarrollo de esta idea en N. Luhmann:
Politische Theoríe im wohtiohrtsetaat, Munich, 1981, 25 Y ss.
U. Beck, opus cit., 211.
Ver la idea de producción social de la
ambivalencia en el texto de Z. Bauman: Mudemily and Ambivalence, Londres, 1991.
l. La
idea de «llamada» en la ascética protestante
En La ética protestante, Max Weber, implícitamente,
des-pliega un discurso que podíamos llamar de «fortalecímiento» del Selj' que
va a influir en muchos de sus trabajos, así como en sus interpretaciones de lo
que él considera crisis de la so-ciedad y la política modernas. Aunque Weber
raramente men-ciona explícitamente la palabra self, sin embargo, analiza los
procesos de disciplina del Se/f, a través del concepto puritano de llamada y de
educación carismática, que van a contribuir al despliegue de «roles» como el
científico, el político, el em-presario y el líder carismático. La importancia
de la «llama-da»!' radica, no tanto en su primera acepción, orientada por la
elección del propio destino en perspectiva religiosa, sino en su inserción
intramundana que sitúa al individuo como un instrumento, como un vehículo
único, para el dominio de un mundo racionalizado: «En el nombre de Dios, uno
debe con-trolarse y dominar el mundo a través de su llamada-vocación », 15 Esta
es la solución de la ascética protestante en medio del conflicto existente
entre la innovación y la creación, por una parte y, la conformidad a la
tradición, por otra parte.
El protestantismo ascético «crea el
"alma" apropiada para el capitalismo, el alma del "hombre de
vocación" ».16 La idea de «deber en la llamada» aparece en la vida del
puritano de finales del siglo XVII como los fantasmas comparecían en las
creencias religiosas previas. Para Weber hay una prima-cía de la voluntad,
religiosamente inducida, sobre el deber ético racional, tal como aparece en
Kant, pero, ¿cuál es el origen de esta «llamada» ?17 Tiene un primer origen
bíblico,
Charles
Taylor ha puesto de manifiesto la importancia del concepLo de «lla-mada»,
procedente de la ascética intramundana protestante. en la conformación de la
identidad moderna occidental (ver su obra: Sources o(the Self The Making o(
Modern tdentisy, Cambridge. Mass, 1989, 375).
15. W. Schluchrer, «The Paradox of Western
Rationaliza tion », en G. Roth y W. Schluchter, Max Webers Vision u( History,
Berkeley, 1979,29-30. Sobre la con-formación de la primera personalidad
occidental moderna por la revolución en las convicciones que comporta la
influencia de la ascética intramundana protestante ver el excelente trabajo de
H. Goldman. Max Weber and Thamas Mann. Calling and
Shaping o( Modem Sel(. Bcrkeley, 1985.
M. Weber;
«Antikritisches zum «Geist», Die protestantische Ethik, vol. 2, Ham-burgo,
1972, 167-168.
Me sirvo
aquí de la descripción que hace H. Goldmann en Max Weber and Thomas Monn:
Calling and the Shaping orModern Se/r, Berkeley, 1985,35 y ss.
264 265
codificado por muchos, incluido Santo Tomás, según
el cual las «inclinaciones» humanas hacia una u otra esfera de ac-tividad no
son sino obsequios de la gracia dentro de una sociedad humana dividida en
herencias producto de la Pro-videncia divina. Un segundo origen precristiano.
afincado en los clásicos, codificado por Cicerón en De Officiis, y com-partido
por humanistas como Petrarca, Erasmo y Vives, enfatiza el papel del
descubrimiento del propio carácter y el talento (ingenium) nativo de uno así
como la cultivación de las propias aptitudes dentro de diferentes disciplinas.
El tercer origen fue griego o helenístico, con connotaciones medicas y
psicológicas, derivado de Platón, Aristóteles, Hipócrates y Galeno, siendo
codificado por Marsilio Ficino, apunta, como la teoría humanista, a las
inclinaciones de los individuos más que a la distribución de los talentos en
las diferentes esferas.
Con la Reforma se producen una serie de cambios
pro-fundos que comienzan cuando Lutero separa la noción de vocación de la ética
humanista bajo el argumento de que tanto la «llamada temporal» como la llamada
religiosa proceden de Dios. Nuestra vocación así es ordenada (por Dios), no
se-leccionada. Así lo pone de manifiesto Weber: «Es evidente que en la palabra
alemana "profesión" (Beruf) , como quizás más claramente en la
inglesa calling, hay cuando menos una reminiscencia religiosa: la idea de una
tarea impuesta por Dios. Este sentido religioso de la palabra se revela con
niti-dez tanto mayor cuanto más nos fijamos en ella, en cada uso concreto.
Siguiendo la génesis histórica de la palabra a tra-vés de las distintas lenguas
cultas, se ve en primer término que los pueblos predominantemente católicos
carecen de una expresión coloreada con ese matiz religioso para designar lo que
los alemanes llamamos Beruf (en el sentido de posición en la vida, de un campo
delimitado de trabajo), como care-ció de ella igualmente la antigüedad clásica,
mientras que existe en todos los pueblos predominantemente protestan-tes. Se
muestra además que esa existencia no es debida a una peculiaridad étnica de los
respectivos idiomas (el ser, por ejemplo, la expresión del "espíritu
popular germánico"), sino que en su sentido actual la palabra nació
precisamente de traducciones de la Biblia (sobre todo la de Lutero), y no
del espíritu del texto original, sino precisamente
del espíritu
del traductor-P
Como Weber escribió algo más tardíamente en
Economía y sociedad, en el cristianismo temprano faltó una noción especí-fica
de «dignidad» del trabajo. El trabajo deviene una activi-dad honorable mucho
más tarde en los monasterios católicos como un medio fundamental de ascetismo.
El monje ha sido el primer «hombre de llamada»." Pero, a pesar de que la
no-ción de vocatio existió entre los católicos, no fue una discipli-na para
todos los creyentes, ya que significó específicamente la llamada a la vocación
religiosa para el monje y el sacerdote al servicio de Dios y no tuvo relación
con ninguna tarea mun-dana. Pero, según Weber, con la traducción de la Biblia
que realiza Lutero, la llamada se sitúa en medio de la actividad intramundana y
conlleva una santificación de la conducta y, coextensivamente, la salvación.
Lutero tradujo dos conceptos griegos diferentes como Beruf, la klesis paulina,
en el sentido de llamada a la salvación, concepto éste puramente religioso, y
también las palabras ponos y ergon, que significan trabajo. Él conecta así el
ámbito sagrado y el ámbito profano. Para Weber la innovación crucial radica en
que «el más noble con-tenido de la propia conducta moral consistía justamente
en sentir como un deber el cumplimiento de la tarea profesional en el mundo.
Esta fue la consecuencia inevitable de la idea de una dimensión religiosa del
trabajo cotidiano, que, a su vez engendró el concepto de "profesión"
en este sentido»." Reco-nociendo la extraordinaria importancia que
conlleva esta la-bor de interpretación creativa del texto bíblico, introducida
por Lutero, sin embargo, Weber va a situarla como una con-cepción emocional de
la fe 2 l frente al mayor grado de raciona-lización ética alcanzado por el
calvinismo. Para Weber, el pro-totipo moderno de llamada está representado en
el calvinismo y en las principales sectas del protestantismo ascético ~pie
tismo, metodismo y baptismo (incluyendo a los menonitas y a
lB. M. Weber. La ética protestante en Ensayos sobre
sociología de la religión, Ma-drid, vol. 1, 1983,57-59, así como las notas 1 y
2 donde Weber procede a realizar una exégesis histórico-filológica
extraordinaria de la palabra. Los subrayados son míos.
M. Weber,
Economía y sociedad, México, 1978,916.
M. Weber,
Ensayos de sociología de la religión, vol. 1. Madrid, 1983,63.
Ibtd., 81
266 267
Jos cuáqueros). El punto de partida se sitúa en el
dogma de la predestinación." según el cual existe una libertad absoluta de
Dios para elegir salvar o no hacerlo, más allá del poder, de la culpa o de los
méritos humanos. «Con su patética inhumani-dad, esta doctrina había de tener
como resultado, en el ánimo de una generación que se entregó a toda su
grandiosa conse-cuencia, el sentimiento de una inaudita soledad interior del
individuo. En lo que para los hombres de la época de la Refor-ma era lo más
importante de la vida, la felicidad eterna, el ser humano se veía condenado a
recorrer en solitario su camino hacia un destino prescrito desde la eternidad.
Nadie podía ayu-darle, ni el predicador..., ni los sacramentos .... tampoco la
igle-
sia... , ni tampoco Dios podía prestar aquella
ayuda, pues el mismo Cristo sólo murió por los elegidos.»23 Sólo el libre
exa-men es el baremo crítico que permite determinar el «estado de gracia». La
relación con Dios para el creyente puritano se plan-tea como un servicio -él no
es sino un instrumento ad mayorem Dei gloriam- más que como mera obediencia.
Las buenas obras no son sino medios para alejar el miedo de la condena-ción. El
triunfo ascético de este nuevo self supone una descar-ga de la angustia ante la
indeterminación real de la salvación, al adquirir la certeza subjetiva de la
gracia, por medio de la comprobación (Bewahrung) de la fe en la vida
práctica." Pero, todo esto sería imposible sin esa tensión interna extrema
que se da en medio de la dualidad: este mundo / el otro mundo
(írzrzerweitlich!jerzseitsweitlich), algo que sólo se da histórica-mente en la
ascética intramundana del protestantismo. La san-tificación del trabajo, el
«vivir para trabajar» moderno se con-trapone al «trabajar para vi vi r-» de la
tradición. Aquí se contraponen los modelos de Benjamin Franklin y de Jakob
Fugger. Todo estaba orientado hacia la libre gracia de Dios y el destino
ultraterreno; <da vida terrenal era un valle de lágrimas
El dogma de
la predestinación no es sino la específica forma por medio de la cual Calvino
afronta los efectos secundarios de la protocaída (el pecado original por cuanto
originante de consecuencias reales) de Adán en el paraíso. En la ascéti-ca
protestante, «el mundo, como criatura caída, tiene significación religiosa
exclu-sivamente como objeto del cumplimiento del deber pOI'la acción racional,
según la voluntad de un Dios que se cierne soberano sobre el mundo» (M. Weber,
Economía y sociedad, México, D.F., 1978, 438).
M. Weber,
Ensayos de sociología de la religión.
Madrid, 1983, 82-83.
lbtd.,
95-96.
o sólo una travesía. Pero, precisamente por ello se
puso un desmesurado acento en ese ridiculo'" tramo de tiempo y en lo que
sucediera durante él, casi en el sentido del dicho de Carlyle: "debieron
transcurrir milenios antes de que vinieras a la vida, y otros milenios aguardan
callados a lo que tu vas a empezar con esta vida tuya?»;" Sociológicamente
hablando, en los tér-minos de W.I. Thomas, podemos decir que una causa no
ver-dadera a priori como el sentirse subjetivamente salvado, pro-duce una
consecuencia verdadera, la racionalización de la conducta llevada a cabo por un
self fuerte que opera según convicciones internas. Esta actitud antimágica, por
cuanto que opera como fermento desencantador del mundo, sin embargo,
paradójicamente, produce la magia que transforma «viejos» hombres en hombres
«nuevos».
El interés por las prácticas del self no es nuevo
en la cultura alemana. Ya en el siglo XVIII, el debilitamiento de las prácticas
religiosas formales y de la creencia cristiana, sobre todo entre los
intelectuales, como fuentes de ideales y modelos para la configuración de la
identidad y guía para la acción, conduce a la generación de técnicas y códigos
no-religiosos para configu-rar y legitimar el self, así, las concepciones
kantianas del dere-cho moral y la personalidad, el ethos de la «formación» (Bildurzg)
o autocultivación a través de la erudición, el ideal de la Kultur. En palabras
de Norbert Elias, «la legitimación de la intelectualidad de la clase media
(alemana) del siglo XVIII era su autoconciencia y su orgullo residía allende la
economía y la política en eso que, porese motivo, se llama en alemán, lo
pura-mente espiritual (Das rein Geistige), en la esfera de los libros, en la
ciencia, la religión, el arte, la filosofía y en el enriquecimien-to interior,
en la «formación» del individuo, principalmente a través del libro, en la
personalidad»." Humboldt sería el repre-sentante arquetípico de esta
posición; frente a la autoperfección
Véase el
paralelismo entre la posición webertana y la shakesperiana apalabra-da por
Macbeth: «El mañana y el mañana y el mañana avanzan a pequeños pasos, de día en
día, hasta la última sílaba del tiempo recordable; y todos nuestros ayeres han
alumbrado a los Jocos el camino hacia el polvo de la muerte... ¡Extínguete,
extínguete, fugaz antorcha! ... ¡La vida no es más que una sombra que pasa, un
pobre cárnico que se pavonea y agita una hora sobre la escena, y después no se
acuerda más ..., un cuento narrado por un idiota cun gran aparato, y que nada
signiiicav»,
M. Weber,
opus cít., 429.
N. Elias. El
proceso de la civilización, México D.F., 1978,76.
268 269
por la "formación?" humboldtiana, Weber
postulará una auto-afirmación ético-religiosa que expresa la «llamada». En el
siglo XIX, sin embargo, las nuevas técnicas que ayudaron a confor-mar y equipar
las individualidades burguesas para la vida y los roles demandados por la
nación, la cultura y la clase, fueron seriamente debilitadas y persistentemente
desafiadas por las presiones de una sociedad capitalista desarrollándose
rápida-merite." Nietzsche criticó la servidumbre hacia las lecciones de la
historia; Simmel avisó sobre la aplastante ocultación de la «cultura subjetiva»
por la «cultura objetiva»; Troeltsch apuntó que la sociedad estaba
transformando los valores impersonales por los señores personales; y Thomas
Mann captó el paso de la Kultur a íe Zivilization. Todos ellos ponen de
manifiesto su pre-ocupación en torno a este problema. El enfoque de Weber es
también una respuesta a las presiones del racionalismo capita-lista y al
cercenamiento de las prácticas e ideales burgueses originarios. El propósito de
las prácticas del self que Weber propone para la Alemania moderna se basa en la
generación de poder, en el fortalecimiento del self para la innovación y el
do-minio en un mundo racionalizado. En su proliferante discipli-na, la
racionalización, crecientemente, reduce la significación del carisma y la
acción individualmente diferenciada." Mien-tras Foucault argumenta que el
self está conformado por rela-ciones de poder que penetran las instituciones y
las prácticas sociales, Weber pretende conformar el selfpara el poder y
ge-nerar un selfcon poder. Según Foucault, este tipo ideal webe-riano que actúa
racionalmente y regula su acción con arreglo a principios elegidos por él mismo
debe renunciar a una parte de sí mismo. Foucault se pregunta por el precio"
que el individuo tiene que pagar por crear tal cosmos racional. Pero, en la
argu-mentación weberiana el énfasis no está tanto en los mecanis-mos de
«totalización de la vigilancia y la autodisciplina» (Foucault) o en el
«autocontrol de los afectos» (Elias) sino en el balance neto que aúna a hombre,
trabajo y destino en los albo-res de la modernidad occidental. Es Nietzsche
quien media en
Ver el
concepto de Bildung, elaborado por R. Vierhaus, en O. Brunner; W. Conze y R.
Koselleck (editores). Geschichtliche Grundbegriffe, vol. 1, 1972.520.
W. Sombart,
El burgués, Madrid, 1972,352.
30, M. Weber, Economía y sociedad, México D.E, 847
Ys.
31. Ver M. Foucault, Tecnologías del yo, Barcelona,
1990,46·47.
la preocupación weberiana por el poder. Nietzsche
creyó que «el instinto fundamental de vida ... tiende a la expansión del
po-der»," «Algo viviente desea liberar su energía - la vida en sí misma es
voluntad de poden>.33 Para Nietzsche esta voluntad es natural, innata,
instintiva, mientras para Weber, la voluntad de poder no es natural ni está
encarnada en la aristocracia, más bien está enraizada usualmente en específicas
prácticas socia-les y culturales, usualmente religiosas, cuyos portadores son
«virtuosos»?' que conforman una religiosidad de élite. Este po-der no se
encuentra en técnicas o en un tipo de racionalidad externa al self ni mucho
menos en la tentación de los otros O en la esclavitud del deseo personal sino
en un modo de poder en-contrado y generado en el interior del self En este
sentido, tam-poco la conciencia de clase fortalece al individuo sino que lo
hace dependiente de una instancia externa.
Occidente precisa, a juicio de Weber, nuevos medios
de au-todominio que para él estarían contenidos en una nueva metafí-sica
individualista? o en una metafísica del heroísmo humano dirigida por una
voluntad [austica, como acertó a proponer Paul Honigshcim, alguien que conocía
muy bien a Weber: «Max Weber se empeñó en una lucha a muerte contra cada
Institu-ción, Estado, Iglesia, Partido, Fundación, Escuela ..., es decir,
contra toda estructura supraindividual de cualquier tipo que reclamase entidad
metafísica o validez general. Amaba a cual-quier hombre, incluso a un Don
Quijote que buscase, contra la injustificada pretensión de una institución
cualquiera, afirmar-se a sí mismo y al individuo como tal. Gradualmente tales
hom-bres se acercaron a él automáticamente; en efecto, el «último héroe humano»
les atraía a su círculo ejerciendo un poder real-mente mágico ... En aquellos
días este arquetipo de todos los
E Nietzsche,
La gaya ciencia, en Nietzsche. Kritische Studienausgabe, G. Colli, A. Montinari
(editores), vol. 3, Berlín, 1988.583.
E Nietzsche
(1988), Más allá del bien y del mal, en Nietzsche. Kritische Ssudienausgabe, G.
Colli, A. Montinari (editores), vol. S, Berlín, 1988, sección 3. 27.
Ver esta
idea desarrollada por M. Walzer en su extraordinario texto: The Revolution
ofthe Saints: A Study in the Origins ofRadical Pclítics, Cambridge, Mass,
1965,1-2,27-29,57-59,63,66,92-94,97-101.103-104. Estos virtuosos constituyen
una élite de líderes, «liberadores providenciales», «revolucionarios
racionales» que pretenden corregir los usos perversos del poder ejercido por la
Iglesia institucionali-zada y por los príncipes, algo que surgirá con el
espíritu de la Reforma.
H. Goldman,
«webers Asceuc Practices ofthe Self», en H. Lehmann. G. Roth (editores). Webers
Protestan: Ethic. Ongins, Evidence, Contexts, Cambridge, 1987, 165.
270 271
archiherejes reunió a su alrededor una verdadera
horda de hom-bres cuyos rasgos más distintivos, quizá sin saberlo ellos
mis-mos, residían en el hecho de que todos ellos eran, de una mane-ra ti otra,
por lo menos outsiders, si no algo más»." Este nuevo poder interior (van
ihnen heraus) opera frente a la tradición, pero también trente a la propia
racionalidad, que pretendía dominar el mundo y ha acabado dominando asimismo al
hom-bre. Este poder no es el poder que opera «desde fuera», no es el poder de
la técnica, el poder que emana de las fuerzas de pro-ducción, como apuntara
Marx, sino aquel que procede del inte-rior del alma humana. Este individuo
innovador arquetípico, este «hombre de vocación», esta «personalidad
occidental», como aparece en su sociología de las religiones universales, o
este «político y científico con vocación». como Weber lo llama en sus últimos
escritos;" es el portador de un poder enraizado en el triunfo ascético
sobre el self natural a través de una doma del alma (Zóhmung der Seele), capaz
de afrontar la misión o tarea interior. El resultado de la sujeción a la
«llamada» repre-senta la transformación del self natural en una «personalidad».
Este «sel] fuerte», podíamos llamarlo contrasocializado sin te-mor a
equivocamos, actúa frente a la acomodación o ajuste a la burocracia -verdadera
parcialización del alma-, tanto de los que deciden como de aquellos afectados
por tales decisiones y, por tanto, tiene consecuencias revolucionarias para el
sistema social existente." En este sentido, Weber pretende devolver las
creaciones a su creador, el hombre, a través de un renacimiento secular de la
«llamada». La «personalidad total» constituye «una unidad de estilo de vida
regulada "de dentro a fuera" (van innen heraus) por algunos principios
centrales propios». 39 Para Weber, convertirse en una personalidad requiere una
unificación jerár-quica del self, requiere un impulso hacia la unidad desde
dentro
P.
Honigsheim. «DeI" Max Wcber-Kreis in Heidelberg», en Kalner
Vierteljahresh-efte zur Soziologie. vol. 4, 1925,271-272. Citado en A. Mitzman,
La jaula de hierro, Madrid,1976.16.
EH. Tenbruck
afirma que: «No puede existir la
más mínima duda de que
Ciencia como vocación representa la auténtica
herencia de La ética protestante, en la medida en que tal ensayo nos muestra al
genuino puritano de la La enea ... » (<<Max
Weber and the Sociology of Science: A Case
Reopened», Zeitschrí'[t [ur Soziologie 3 [1974],318).
Ver esta
idea en W. Mommsen, «Personal Conduct and Societal Change», en Whimster y Lash
(eds.), Max Weber. Rationality and Modernity, Londres, 1987,35-52.
M. Weber,
Ensayos sobre sociología de la religión,
Madrid, vol. 1, 1983,423.
y moviéndose hacia fuera desde un centro que el
individuo ha alcanzado por sí mismo. La persona debe convertirse en una «unidad
sistemática», en una «totalidad», no sólo en una com-binación de cualidades
particulares útiles.
La idea del carácter ascético del moderno trabajo
profesio-nal no es nueva. Ya Goethe en los Años de aprendizaje y en la muerte
que dio a su Fausto, nos señala este motivo ascético del estilo de vida
burgués, en el que la limitación al trabajo espe-cializado, y la renuncia a la
universalidad fáustica de lo huma-no que ella implica, es en el mundo actual
condición de toda obra valiosa y que, por tanto, «acción» y «renuncia» se
condi-cionan recíprocamente de forma inexorable en el mundo de hoy." Esta
explosión del laico profesionalizado a partir del monje, para Goethe,
significaba un adiós a una época de hu-manidad bella y plena. «El puritano
quería ser un hombre pro-fesional; nosotros tenemos que serlo.»:" Lo que
para el purita-no fue una opción, para nosotros es un «destino inescapable». Ya
en el siglo XIX se hace manifiesta la ruptura de ese poderoso cosmos del orden
económico moderno, aferrado a las condi-ciones técnicas y económicas de
producción mecánico-maqui-nista, con la ética que le había proporcionado una
legitima-ción sociorreligiosa. La diferenciación entre 10 sagrado y lo profano
se hace patente, ya que «el destino» ha convertido el «manto liviano de la
ética» en una «férrea jaula» económico-burocrático-funcional. Si «ellos
(nuestros padres) construye-ron para nosotros una casa segura -así se
manifiesta Weber en un Referat de 1893- y fuimos invitados a sentarnos y a
sentirnos cómodos allí», ahora tal casa se ha convertido en una «jaula de
hierro» -afirma ya en 1904.42 Así como Weber observa, al final de la Ética
protestante, el advenimiento del «utilitarismo instrumental» del (último
hombre» (ya preludiado por Nietzsche en su Zaratustra): «especialista sin
espíritu, he-donista sin corazón», como algo caracteristico de la moderni-dad
avanzada, en la que se ha producido una ruptura de la afinidad electiva
existente entre religión y economíapropia de los orígenes del capitalismo, así
Sirnmel contrapone, en lo que
tbid., 165.
tbtd.
Así se
expresaba Weber en alemán en 1893 y 1904: -S¡e haben um uns ein testes Haus
gebaut» (1893) ... «etn stahlhartes Gehause» (I904).
272 273
podríamos considerar la manifestación más clara de
su diag-nóstico de la crisis cultural específicamente moderna, el ideal
ascético de vida franciscano: Nihil habentes, omnia posidentes (No tener nada
-material-, poseer todo - lo espiritual-) con el ideal del hombre moderno que
venera el «becerro de oro», habiendo invertido los términos de la frase
anterior: Omnia habentes, nihil posidentesv (Tener todo -lo material-, no
po-seer nada -espiritual). La posición de Dios como motor inmó-vil viene a ser
reocupada por el dinero como perpetuum mobile. «El dinero no solamente tiene
una función, sino que es una función ... su valor substancial no es otra cosa
que su valor [un-cional." Kenneth Burke expresa esto con una brillantez y
pro-fundidad incomparables al afirmar que el dinero funge como: «un substituto
técnico de Dios, donde Dios representa la subs-tancia unitaria en la que se
fundamenta toda diversidad de motivos ... el dinero pone en peligro a la
religión, no en la for-ma dramática o agonística de un temperamento, sino en su
forma sosegada racional, como un substituto que realiza su rol mediador más
eficientemente, con más parsimonia, con menos derroche de emociones que la
concepción religiosa o ritualista del trabajo»."
Para corroborar lo dicho, permítame el lector/a
ofrecer un ejemplo tomado de la literatura donde aparece tipificada con gran
claridad esta omnipresencia diabólica del dinero. Este es uno de los temas más
importantes en la primera gran nove-la de Thomas Mann, Los Buddenbrook (1909),
en la tercera parte, en donde Tony Buddenbrook, la desconcertada prince-sa de
la saga comercial del mismo nombre, se pregunta sobre el verdadero significado
de la palabra «arruinado», siendo consciente de que las aventuras comerciales
de su marido (Bendix Grünlich) se han acabado. En ese momento todo lo que
conllevaba la palabra «bancarrota- emerge de repente ante ella, todas las vagas
y temerosas insinuaciones que de niña había oído se hacen realidad.
«Bancarrota», algo más vergon-zoso que la muerte, era realmente la catástrofe,
la ruina, la vergüenza, la desgracia, la miseria, el deshonor, la desespera-
G. Simmel,
«El concepto y la tragedia de la cultura». cn Sobre la aventura, Barcelona,
1988,229.
G. Simmel,
Filosotta del dinero, Madrid, 1977,
175-176.
K. Burke. A
Grammar o{ Motives, Berkeley, 1962, 1 t
1-112.
ción." «La bancarrota, o privación financiera
total, es vivida como la pérdida total de valor, el fundamento axiológico cero,
una relación que, por supuesto, presupone que el dinero ocu-pa el estatus del
valor cultural paradígmatíco.»:"En los térmi-nos de Weber y de Sombart
podríamos decir que en el capita-lismo desarrollado, el dinero se ha convertido
en el fin supremo al haberse evaporado el espíritu religioso que lo retenía
como puro medio. El «hombre interior», prototipo de la ascética protestante, la
fuerza interior encarnada ahora en el protago-nista de la saga, Thomas
Buddenbrook," choca con una reali-dad de la cual él ya no es sujeto
creador sino el objeto creado. Interpreta su «rol» mecánicamente con su mujer
Gerda, con su hijo Hanno y con su hermana Tony. El deseo de «represen-tar
apropiadamente» y de rechazar, más bien no admitir, la verdad del fracaso
interno convierte a Thomas en un nuevo Sísifo. Sólo queda la «concha vacía de
la llamada», «Ia guerra contra el entorno» y así, prisionero y sin esperanza,
derrota-do, tiende hacia la muerte. Para él la vida es ya una prisión y la
muerte una liberación."
Del «pacto
con Dios», a través de la búsqueda del daimon personal, al «pacto con el
diablo»
El «pacto con Dios» que establece el hombre de
vocación de la primera modernidad occidental y que ha sido analizado
pre-viamente comienza a resquebrajarse como consecuencia de, por una parte, el
proceso de racionalización de las imágenes del mundo, analizado por Weber; esto
significa que las creencias religiosas se han convertido en cuestión de
preferencia (elec-
VerTh. Mann,
Los Buddenbrook, Barcelona, 1993. tercera parte. Para la ubica-ción histórica
de esta obra y de su saga ver la obra de P. de Mendelssohn, Der Zauberer. Das
Leben des deutschen Schriftstellers Ihomas Mann, Munich, 1975, vol. 1, 259 ss.
Para ver la
relación entre el dinero y la instrumentalización de la cultura consultar la
Filosofia del dinero. opus cít., capítulo tercero, segunda parte. Ver tam-bién
el importante trabajo de Celso Sánchez Capdequí: Las máscaras del dinero.
Barcelona, 2004, 261 Y ss.
Ver el
interesante trabajo de F. Bayón: «Los Buddenbrook y el espíritu del
capitalismo», en Estudios de Deusto, vol. 46/1, 1998.93-141. Del mismo autor
ver: La prohibición del amor, Barcelona, 2004, 110-125.
La obra de
Arthur Schopenhauet- se convertirá en el alivio, según el cual la muerte es una
felicidad.
274 275
ción) subjetiva como consecuencia del surgimiento
de interpre-taciones alternativas sobre el sentido de la vida 50 y, por otra
par-te, la religión institucionalizada ha sido despolitizada como re-sultado de
una diferenciación funcional de la sociedad, que en principio ya no puede ser
integrada a través de una religión política institucionalizada. Cuanto más
secularizada es una sociedad más diferenciadas están la religión, la economía,
el derecho y la política." Como con gran acierto afirma Niklas Luhmann, reactualizando
via negationis el dictum de Nicolás de Cusa que situaba a Dios como
coincidentia oppositorum: «La religión no es ya una instancia necesaria de
mediación que re-laciona todas las actividades sociales proporcionándoles un
sentido unitario».'? Como ha advertido la deconstrucción de lo sagrado
realizada por Nietzsche y Baudelaíre, no existe ya una tendencia socialmente
condicionada a la realización de los de-signios divinos, ya no existe una
suprainstancía que unifica el bien, lo justo, lo bello y lo verdadero. Para
Weber la estructura simbólica de la sociedad moderna tardía es de tipo
politeísta: «En realidad quien vive en este «mundo» (entendido en el sen-tido
cristiano) no puede experimentar en sí nada más que la lucha entre una
pluralidad de secuencias de valores, cada una de las cuales, considerada por sí
misma, parece capaz de vincular con la divinidad. El debe elegir a cuáles de
estos dioses quiere y debe servir, cuándo a uno y cuándo al otro. Entonces
termina-rá encontrándose siempre en lucha con alguno de los otros dio-ses de
este mundo, y ante todo siempre estará lejos del Dios del cristianismo (más que
de ningún otro, de aquel Dios que fuera anunciado en el Sermón de la
Montaña)»." En este «deber ele-gír» es donde se manifiesta el imperativo
herético de la moder-nidad, ya que la palabra herejía procede del griego
hairein, que significa elegir, por tanto, el destino inescapable de nuestro
tiem-po no es otro que elegir. Este nuevo politeísmo en el que los distintos
sistemas de valores aparecen como dioses guerreros, en las «adhesiones»
weberianas, se puede centrar en cuatro: el
Ver esta
tesis weberiana en la conferencia: La ciencia como vocación, y en el Excurso
del primer volumen de sus Ensayos sobre sociología de la Religión.
Ver el
trabajo de N. Luhmann: Funktion der Religión, Frankfurt. 1977, sobre todo el
capítulo 4.
N. Luhmann.
Die Refigion der Gesellschait, Frankfurt, 2000, 125.
M. Weber.
Escritos políticos, México D.F., vol. 1, 1982, 33-34.
Dios de Lutero -tradicionalismo burocrático-, el
Dios de Cal-vino -racionalización ascética-, el Dios de Tolstoi -inmanen-cia
mística- y el Dios de Nietzsche y Stephan George -esteti-cisma aristocrático y
heroísmo mundano. Como ideólogo de la modernidad (así, en la parte de sus
discusiones sobre la política alemana), Weber incita a la racionalización
ascética calvinista frente al tradicionalismo burocrático luterano pero, en
cuanto constata que el mundo creado por la racionalización ascética calvinista produce
los efectos no deseados de un mundo racio-nalizado que monetariza y burocratiza
las relaciones sociales, tiende a aglutinar los dioses de Calvino y de Lutero y
lucha contra ambos desde los campos de la inmanencia mística y de la virtud
aristocrática.r' Finalmente, la desilusión, la racionali-zación y la sociedad
de masas aparecerán para Weber como el «destino inexorable». En un mundo
público tan desencantado (entzaubert), Weber apuesta por la búsqueda del Daemon
de cada cual---del patrón de valores últimos de cada uno- en el ámbito privado.
Aquí es donde el imperativo herético se hace imperativo ético para Weber. «Cada
uno sólo puede decidir por símismo "qué es para él Dios y qué es para él
el diablo" [...] cada uno elige, dentro de ciertos límites, su propio
destino: el sentido de su hacer y de su ser.»55
La sed fáustica de saber y poder, es decir, la
convicción reiterada, como algo dado por supuesto, de la realidad de un
sin-límite de la experiencia del dominio racional del mundo
ya Simmello
había puesto de manifiesto cuando afirmó que «e] hombre es el ser fronterizo
que no tiene ninguna fronte-ra»_,56 es la que va a romper la concepción
dualista del mun-do, en medio de la cual emergió aquella tensión interna
extre-ma que produjo la ascética protestante y llevó a la creación de una
«personalidad total» ad majorem dei gloriam. Ya a partir del siglo XIX, la
«llamada de Dios» permanece en stand by, mien-tras con su agencia dinámica, el
daimon y el diablo" coexten-
Ver A.
Mitzman, La jaufa de hierro, Madrid,
1976, 173.
M. Weber.
Ensayos de metodología sociológica, Buenos Aires, 1982, 238.
"Puente
y puerta», escrito recogido en la compilación de artículos de G. Sim-mel
intitulada: El individuo y la libertad, Barcelona, 1986b, 34.
1.M."
González García rcaliza un muy interesante análisis de lo daímonícoy lo
demónico en Goethe y Weber. Ver su obra. sobre la cual volveré: Las huellas de
Fausto. Madrid, 1992. capítulo 4.
276 277
sivamente, «mantenemos una conversación y,
finalmente, aca-bamos firmando un pacto». La racionalidad ascética queda
su-plantada por una concepción pesimista, pero nada ascética, como la
representada por La Fábula de las abejas de Mandeville, según la cual, los
vicios individuales pueden ser en determina-das circunstancias ventajosos para
la colectividad. Como ya vimos, Weber, al final de La ética protestante,
interpreta la di-námica social última del capitalismo dentro de una mitología
moderna, que extrae su gramática profunda del Fausto de Goethe, quien postula
que el destino «quiere siempre el mal y constantemente crea el bien-?"
como efecto no pretendido y no deseado. De forma invertida, con «el bien que
produce el mal», en La ética protestante, el sentido es el mismo. El «paraí-so
perdido» de Milton se termina por una llamada a la acción en el mundo contraria
al espíritu de La divina comedia. El des-tino, de forma no intencional, no
revolucionariamente, ni con la conciencia, ni con la voluntad de un sujeto,
produce este proceso, como encadenamiento de circunstancias, como
acon-tecimiento evolutivo sin sujeto."
En esta aplastante realidad que, strictu sensu, se
revela al final, ya que "al final de la vida se revela lo que la vida es
desde el principio: contingenciaw/" en ese «tramo ridículo de tiem-Po»,
como decía Weber, es donde se sitúa la tragedia de Fausto, héroe moderno que se
superpone al Prometeo clásico. Si bien Prometeo era un semidiós, un titán,
alguien que estaba entre lo suprahumano y lo humano, Fausto es ya plenamente
humano, o quizás debamos decir sólo humano, tan humano que, como aducía Simmel
arriba, «no tiene fronteras» y Goethe lo sitúa como el nuevo creador de la
realidad: «¿Quién distribuye esa fila, que siempre fluye igual, animándola en
modo que se mue-va con ritmo? ¿Quién llama al individuo al rito universal, en
donde pulsa espléndidos acordes? ¿Quién hace que el huracán de las pasiones se
enfurezca? ¿Y que los rojos celajes vespert.i-nos ardan con un sentido grave?
¿Quién siembra esas galanas llores primaverales sobre el sendero de la amada?
¿Quién en-
J.W. Goethe,
Fausto. Obrascomplelas (traducción de Rafael Cansinos Assens), vol. 3, Madrid,
1992, 1.315.
D. Henrich.
CI. Offe. W. Schluchter; «Max Weberunddas Projekt der Moderno», en Max Weber.
Ein Svmposium, Chr. Neuss. J. Kocka (editores), Múnich, 1988, 158.
A.
Ortiz-Osés, «La liquidación del ente», Estudios. 212 (2001), 54.
t.reteje las insignificantes verdes hojas en corona
de honor para galardonar toda clase de méritos? ¿Quién afianza al Olimpo y
congrega a los dioses? Pues, la fuerza del hombre, patente en el poeta»."
El ad majorem dei gloriam suena ahora como un ad majorem hamo gloriam. Pero el
hombre (al menos el hombre moderno) no puede unificar en una totalidad de
sentido las diferentes partes de la realidad. "Si hay algo que hoy sepamos
bien es la verdad vieja y vuelta a aprender de que algo puede ser sagrado, no
sólo aunque no sea bello, sino porque no lo es y en la medida en que no lo es.
También sabemos que algo puede ser bello, no sólo aunque no sea bueno, sino
justamente por aque-llo por lo que no lo es. Lo hemos vuelto a saber con
Nietzsche y, además, lo hemos visto realizado en Las Flores del mal, como
Baudelaire tituló su libro de poemas. Por último, pertenece a la sabiduría
cotidiana la verdad de que algo puede ser verdadero, aunque no sea ni bello, ni
sagrado, ni buenos.v Es por esta razón que el héroe fáustico proto-modemo
aparece escindido entre dos almas gemelas.s' he aquí el drama de nuestro jánico
protagonista. Era difícil encerrar en un solo personaje, el pro-tagonista, a
los dos seres que todos llevamos dentro; por eso Goethe desdobló la
personalidad de Fausto y de ese desdobla-miento nació Mefisto. Fausto es el
hombre que aspira, que de-sea, que se inquieta, pero que no es capaz de actuar.
Mefistófe-les es la acción, pero la acción sin escrúpulos. que no repara en
medios para lograr un fin. De la unión de Fausto ---elemento positivo, pero
pasivo-- con Mefistófeles ---elemento negativo, pero activo- surge la tragedia.
Aunque Mefistófeles tenga la apariencia del demonio, no es exactamente el ángel
caído de que nos habla la religión cristiana, sino más bien una encama-ción del
espíritu que avanza negando siempre (por falsación, diría Popper). El diablo es
un critico demoledor. Todas las sátiras, todas las burlas, las pone Goethe en
boca de Mefistófeles. En sus vertiginosas correrías por el mundo, Fausto, aún
domina-do y arrastrado por Mefisto, no se deja nunca vencer del todo por sus
tentaciones. El recuerdo del primer amor, el amor de Margarita, ha quedado
dentro de él como un destello de luz
J.w. Goethe,
Fausto, opus cít., 1.297.
M. Weber se
hace eco de la diferenciación de esferas culturales de valor, con carácter
autor-referencial. en Ciencia como vocación, Madrid, 1975, 216-217.
J.w. Goethe,
Fausto, opus cil., 1.312.
278 279
purísima; y ese destello es lo que al final salva
su alma. Fausto no ha asimilado por completo la perversidad de Mefistófeles,
pero sí su ansia de acción en el mundo. Así se manifiesta Mefis-tófeles en el
segundo Fausto: «sólo merece libertad y vida quien diariamente sabe
conquistarlasv." La necesidad de acción, manifiesta en ese eterno caminar
del caballero andante, es por lo que, finalmente, en la segunda parte del
drama, Fausto se convertirá en un símbolo del humano progreso, de una
racio-nalización sin fin. Fausto toma las riendas de Prometeo como espíritu del
ambivalente progreso, que al principio aparecerá como inevitable y luego como
sólo posible." En medio de esta apertura de horizontes, impensable antes,
«habíaque afrontar, pues, todo el problema trágico de la limitación del hombre
y la hipotética posibilidad de rebasarlo por medios extraordinarios, mágicos;
revisar la moral antigua y lanzar al albur dramático el naipe del
superhombrev" y para esto Fausto firma un pacto con el diablo, esa agencia
dinámica, intramundana, podíamos decir, de lo divino, a la cual le vende su
alma mientras penna-nezca en este mundo. Del pacto con el Dios monoteístadel
judeo-cristianismo hemos pasado al pacto con el Daemon personal (el propio
arquetipo o Dios elegido), típicamente politeista de origen griego, para
arribar, finalmente, al pacto con el diablo." es decir, el monoteísmo
judea-cristiano se manifiesta ahora en su lado sombr-ío, en las consecuencias
perversas de determina-dos cursos de decisión y de acción.
Esto ocurre en el ámbito de la política."
según 10 ha pues-to de manifiesto Weber, y en el campo de la creación cultural,
concretamente, en la creación musical, tal como aparece en el Doktor Faustus de
Thomas Mann; al buscar al daimon crea-dor y no encontrarlo o no saber
encontrarlo por medios ade-
lbid.,
1.491. En la segunda parte de Fausto aparecen los ángeles, cargados con la
parte inmortal de Fausto, afirmando que: «siempre a aquel que con denuedo lucha
y se afana en la vida. salvación brindar podernos». Fausto, opus cit., 1497.
Ver el
grandioso estudio de H. Blumcnbcrg: Work on Myth, Cambridge, Mass, 1985.
Tomado de la
introducción de Cansinos Assens a Fausto en la ed. cit., p. 1.267.
Esta
metamorfosis está muy bien explicada en el texto ya citado de J.M. a Gon-
zález: Las huellas de Fausto, opus cit., 143 y ss.
«También
todos los cristianos primitivos sabían muy exactamente que el mundo está regido
por los demonios y que quien se mete en política, es decir, quien accede a
utilizar como medios el poder y la violencia, ha sellado un pacto con el
diablo» CM. Weber, El político y el cientíiico, Madrid, 1975, 168).
cuados, entonces la creatividad se consigue al
precio de un pacto con Mefistófeles O con el «Ángel de la Ponzoña». 69 En el
pacto, «el tiempo es la mercancía que Mefistófeles vende al Doktor
Faustus»." veinticuatro años incalculables, y por ese período le da la
palabra de avivar el fuego bajo la caldera, para que pueda hacer grandes COsas
y sea capaz de crear. Para Mann la regresión ya no está planteada únicamente
como un problema individual sino que afecta a toda la nación alemana y, por
tanto, describe la crisis espiritual de Alemania en el siglo xx. Adrián
Leverkühn (A.L. en adelante), el Doctor Faus-tus moderno tardío manniano,
representa el paradigma de cuanto se relaciona con el destino humano, el
instrumento para comprender lo que llamamos curso de la vida, evolución,
predestinación." El destino, tanto en Goethe," como en Weber y Mann,
es un a priori sociocultural ineludible, sólo que aho-ra, en Mann, destino
individual y colectivo se entremezclan trágicamente en la barbarie nazi; así lo
proclama Serenus Zeitblom, narrador de la tragedia: «mi estado de ánimo no es
más que una derivación especial del estado de ánimo que es el destino común de
todo nuestro pueblo (se refiere al pueblo alemán de la primera mitad del siglo
xx) y siento ciertamente ganas de proclamar que este destino encierra una
tragedia sin precedentes, aun sabiendo que otras naciones se han visto tam-bién
en el caso de desear la derrota de su Estado para salvar el porvenir del mundo
y el suyo propios." Manny su conciencia simbólica en el Doktor Faustus,
Serenus Zeitblom, proclaman: <muestra (la de los alemanes) obsesión es el
destino, sea éste cual fuere, aunque sea el inscrito en el cielo enrojecido del
ocaso de los dioses»." Leverkühn y el pueblo alemán partici-pan del mismo
destino inescapable, el haber elegido pactar con el maJ75 para obtener un bien
a todas luces efímero.
Th. Mann,
Doktor Faustus, Buenos Aires, 1992, 571.
Th. Mann,
opus cit., 574.
Ver el
trabajo de E. Trías: Mann y Goethe, Barcelona, 1978.
El destino
es la fuerza que guía la acción y la vida de los individuos, así lopone de
manifiesto Goethe en su Egmont: «Cree el hombre dirigir su vida, dirigirse a sí
mismo, pero en su interior más profundo es arrastrado inexorablemente por su
destino».
Th. Mann,
Doktor Faustus, Buenos Aires, 1992,38.
Ibid., 205.
Sobre las
conexiones existentes entre nación, pacto con el diablo y política ver el
excelente trabajo de H. Goldrnan: Politícs, Death and Devíl. Self and Power in
Max Weber and Thomas Mann, Berkeley, 1992,225-260.
280 281
Para Mann, el orden y 10demoniaco conviven en todo
movi-miento vital, el bien y el mal no sólo son dos potencialidades, dos
posibilidades, que explican la contingencia, sino que am-bas son inevitables, y
éste y no otro es el «absolutismo de la realidad» en los términos de Hans
Blumenberg." La ambiva-lencia según la cual morir sería parte de la vida y
vivir sería parte de la muerte, una vez establecido el pacto con el diablo,
desaparece y se hace verdad la segunda premisa según la cual «la vida no es
sino un préstamo a corto plazo de la muerte» (Schopenhauer), un «tiempo
vendido» (Mann) por el que hay que pagar un alto precio. Adrian Leverkühn es un
Tonio Kroger cósmico. El viejo drama cósmico entre el cielo y la tierra se ha
transformado en el corazón humano, el conflicto se ha seculari-zado; Dios y el
diablo se han secularizado y luchan dentro del propio individuo." Así como
el alma humana se ha convertido en el templo del moderno politeísmo en donde
inhabitan los diferentes daimones, así también se ha convertido en el campo de
batalla en donde Dios y diablo, hombre y diablo dirimen sus diferencias. Si
Dios tiene la capacidad de hacer surgir lo bue-no de lo malo, qué le impide
hacerlo al hombre. Mann ejercien-do de Baudelaire, piensa que «el bien es una
flor del mal»," que el artista es el hermano del criminal y del loco, que
alguien siempre ha estado enfermo y loco a fin de que no tuvieran que estarlo
los demás. En su particular descensus ad inferos, obje-tivado en sus dos obras
musicales maestras: Apocalipsis cum Figuris y sobre todo en el Lamento de!
Doktor Faustus, Lever-kühn, nuestro Doktor Faustus, critica la cultura burguesa
de la rutina, «la papilla humanitaria» y el conformismo y asume la ambivalencia
de su destino como buen y mal cristiano: bueno en virtud de su arrepentimiento
y porque siempre ha creído de corazón en la salvación de su alma; malo porque,
según su sa-ber, había sonado la hora de la espantosa muerte y el diablo quería
y debía apoderarse de su cuerpo.
El creador de la luz y de las tinieblas, de las
pulsiones bue-nas y malas, de la salud y de la enfermedad, se pone ante el
hombre moderno en la unidad de su ambivalencia numinosa con una
impenetrabilidad tal que, en contraste con ella, la
H.
Blumenberg, The Legilimacyo(Modern Age, Cambridge, Mass, 1985, cap. 1,
Ver el
trabajo de Eric Kahler: The Orbit o(Thomas Mann, Princeton, 1969.
Th. Mann,
opus cil .. 319.
concepción que separaba el bien del mal aparece
como pueril y demasiado segura de si misma, es por esta razón por lo que, para
Mann, la cultura no es sino la incorporación de lo mons-truoso en el culto de
lo divino." El mal «no es un mero acci-dente o privación del bien, sino la
accidentación misma de lo real»." El mal, en forma de contigencia. es algo
ontológico, radical, siempre estará con nosotros. Lo que cambian son nuestras
actitudes hacia él. Erich Neumann, analizando algu-nas reflexiones de la tradición
jasídica judía, re interpreta de forma muy semejante a Mann el significado del
mal conside-rándolo como algo que existe en lo divino. Dice Yavé: «Ama al
prójimo como a ti mismo ... , a tu prójimo ... , a tu propio mal», habríaque
leer entonces en este versículo: «ama a tu mal como a ti mismo», y la
interpretación de Neumann rezaría: «así co-mo tú te comportas, así me comporto
yo, Yavé», es decir, así como tú amas tu mal, así lo amo YO.81 Para Mann, bien
y mal se correfieren como dos potencialidades inscritas en la cultu-ra, pero
denuncia enérgicamente el afincamiento regresivo e intransigente en el malo
mejor en el mal disciplinado prota-gonizado por el nacionalsocialismo, denuncia
la inevitabilidad del pacto con el diablo. Podemos luchar contra el diablo
destinal, aspecto este desaconsejado por Séneca, porque al fi-nal somos
arrastrados inexorablemente a pesar de nuestra oposición, podemos pactar con el
diablo destinal, como hacen Leverkühn y el nazismo, produciendo el dolor y el
sacrificio propio y el ajeno, pero, también podemos luchar con el desti-no,
conocer su modus operandi, como apunta Weber. Thomas Buddenbrook, protagonista
de Los Buddenbrook, pactó con Dios siguiendo la orientación pietista de
racionalidad ascéti-ca, Gustav Aschenbach, protagonista de Muerte en Venecia,
buscó, sin encontrar plenamente, su daimon en el ideal de belleza platónica,
representado por el joven Tadzio, sin em-bargo, el ansia de una personalidad
orgullosa y amenazada de esterilidad por lograr la des inhibición a cualquier
precio le lleva a Adrián Leverkühn a ultimar un pacto con el diablo.
tua., 15.
A. Ortiz
Osés, «Ética del
mal». en Diccionario de
Hermenéutica, A. Ornz-
Osés, P.
Lanceros (editores), Bilbao, 1997, 175.
E. Neumann,
«Hermenéutica del alma», en A. Ortiz-Osés y P. Lanceros, Dic-cionario de
Hermenéutica, Bilbao. 1997,848-849.
282 283
Aunque, como ha apuntado acertadamente José
M." Gon-zález 82 la versión del Fausto de Thomas Mann invierte el
opti-mismo religioso de la versión de Goethe, no dejando lugar para nada que
sea Providencia, consuelo o reconciliación, como dice el propio Mann: «una obra
que gira en torno del Tentador, de la caída en las tinieblas, de la perdición,
no puede ser otra cosa que una obra religiosa»." y al final de la obra,
Mann, ejercien-do de Holderlin, se despide con un pasaje en donde la sutura
simbólico-religiosa permanece latente: «En este final se encuen-tran, para mí,
los más extremados acentos de la tristeza, la expresión del más patético
desespero, y serían una violación, que no cometeré, de la intransigencia de la
obra, y de su incu-rable dolor, decir que sus notas, hasta la última, contienen
otro consuelo que el poder dar expresión sonora (como músico) al dolor -el
consuelo de pensar que a la criatura humana le ha sido dada una voz para
expresar su sufrimiento. No, ese oscu-ro poema sinfónico llega al fina! sin
dejar lugar a nada que signifique consuelo, reconciliación, transfiguración.
Pero, ¿y si la expresión - la expresión como lamento- que es propia de la
estructura total de la obra no fuera otra cosa que una paradoja artística, la
transposición al arte de la paradoja reli-giosa según la cual «en las últimas
profundidades de la perdi-ción reside, aunque sólo sea como un ligerísimo
soplo, un ger-men de esperanza? Sería esto entonces la esperanza más allá de la
desesperación, la trascendencia del desconsuelo ~no la negación de la esperanza
sino el milagro más alto que la fe. Escuchad el final, escuchadlo conmigo: uno
tras otro se reti-ran los grupos instrumentales, hasta que sólo queda, y así se
extingue la obra, el único sobreagudo de un violoncelo, la últi-ma palabra, la
última, flotante resonancia, apagándose en una [ermatapianissimo, Después nada
-c-silencío y noche. Pero la nota ya muerta, cuyas vibraciones sólo para el
alma percepti-ble, quedan como prendidas en el silencio, y lo que era el
acor-de final de la tristeza, dejó de serlo, cambió su significación y es una
luz en la noche»,"
J.M. a
González Garcra. Las huellas de Fausto, Madrid, 1992, 185.
Th. Mann,
Doktor Faustas, opus cit., 563.
ii«:
564. Subrayados míos. F. Holderlin se
expresaba así en su poema
Patmos: "Cercano está el DIOS y difícil es
captarlo. Pero donde hay peligro tsuíri-mienlo) crece 10que /10S salva» (Poesía
completa, Barcelona, 1995, 395).
Delself
«dirigido internamente» al self «dirigido por los otr-os»
En la modernidad avanzada de finales del siglo XIX
y del siglo xx. en donde Londres, París, Berlín o Nueva York, ya no son
ciudades sino grandes metrópolis, se ha producido una metamorfosis en el self
El ensayo en el que Georg Simmel mejor presenta lo que caracteriza
psico-socialmente al modo de vida moderno es: Las grandes urbes y la vida del
espíritu,85 que data de 1903. En su análisis del modo de vida urbano comienza
mencionando «el acrecentamiento de la vida nervio-sa, que tiene su origen en el
rápido e in-interrumpido inter-cambio de impresiones externas e internas».86 Ya
advertía Durkheim del incremento de la «densidad moral» en las so-ciedades
complejas como consecuencia de procesos de dife-renciación social funcional que
producen mayor nivel de interacción, de intercambio. Esto es originado por el
caudal de estímulos externos e internos que generan unos ritmos de vida social
caracterizados por la aceleración del intervalo de cambio entre el espacio de
experiencia y los horizontes de expectativas. Los encuentros en la calle, en el
ascensor, en el autobús, en la oficina, en el banco, constituyen un bombar-deo
de tal magnitud para los sentidos que éstos quedan embo-tados. Una
hiperestimulación produce el efecto contrario de una des-estimulación. Si no proseguir
la tradición en el mun-do medieval producía un sentimiento de vergüenza, y no
se-guir la llamada-vocación en los comienzos del mundo moder-no creaba un
sentimiento de culpa, la hiperestimulación tardomoderna va a originar un
problema de ansiedad. Al con-vertirse el fin o los fines, que operaban dentro
de una jerar-quía de sentido, en medios que remiten a otros medios en una
secuencia sin fin, cuya mejor expresión es el dinero, se produ-ce el
advenimiento de una situación de indiferencia, de indo-lencia, de anonimato en
medio de un entorno social domina-do por la ecualización funcional de los
valores a través de un
Artfculo
incluido en El individuo y la libertad, Barcelona, 1986b, 247-262. Ver asimismo
el artículo de Georg Lohmann, "Die Anpassung des Individuellen Lebens an
die innere Unendlichkeit der Grossenstñdte. Formen der Individualisierung bei
Símmel». Beriiner Iournal der Soriologie, 2, 1993,
153-160-
G. Simmel.
opus cit., 247.
284 285
substituto técnico de Dios, el dinero. «Así como
disfrutar de la vida sin medida produce indolencia, puesto que agita los
nervios tanto tiempo en sus reacciones más fuertes hasta que finalmente ya no
alcanzan reacción alguna, así también las impresiones más anodinas, en virtud
de la divergencia y la velocidad de sus cambios, arrancan a la fuerza a los
nervios respuestas tan violentas ... , que alcanzan sus últimas reservas de
fuerzas y, permaneciendo en el mismo medio ambiente, no tienen tiempo para reunir
una nueva reserva. La incapacidad surgida para reaccionar frente a nuevos
estímulos con las ener-gías adecuadas a ellos, es precisamente aquella
indolencia ...)87 Varias son las reflexiones que confluyen en torno a esta
idea: «el hombre de la multitud» de Poe, que toma como referencia la metrópoli
londinense, el urbanita de actitud blasé de Simmel que toma como referencia a
Berlín, el [íáneur o paseante soli-tario de la gran ciudad de Baudelaire y de
Benjamin, atraído por la multitud y por el mundo de las mercancías, de los
esca-parates, de las tiendas y de los anuncios luminosos," que toma como
referencia a París, todos ellos tendrán su réplica socio-lógica en la
extraordinaria metáfora de la «muchedumbre so-litariaa" acuñada por David
Riesman en 1950 en el libro de título homónimo, en el que se pone de manifiesto
que la con-trapartida de la libertad del individuo en la gran ciudad es el
sentimiento de soledad y de abandono en medio de la muche-dumbre. En este
contexto el self experimenta una metamorfo-sis que le lleva del individuo
«dirigido internamente», que Weber observó en la primera modernidad, a
individuos «diri-gidos por los otros», como acertadamente ha indicado David
Riesman, para los que sus contemporáneos constituyen la fuen-te de dirección
para el individuo, sea los que conoce o aque-llos con quienes tiene una
relación indirecta, a través de ami-gos y de los medios masivos de
comunicación. Tal fuente es, desde luego, «internalizada», en el sentido de que
la depen-dencia con respecto a ella para una orientación en la vida se implanta
temprano. Las metas hacia las cuales tiende la pcr-
Ibíd.,252.
Ver al
respecto el capítulo de José M." González, «Georg Simmel», en E, Lamo, J
.M." González y C. Albero, Sociología del conocimiento y de la ciencia,
Madrid, 1994, 259.
p. Ricsman,
La muchedumhre solitaria, Buenos Aires,
1968,297.
sana dirigida por los otros varían según esa
orientación: lo único que permanece inalterable durante toda la vida es el
proceso de tender hacia ellas y el de prestar profunda aten-ción a las señales
procedentes de los otros.?" Quizás, Esteban Arkadyevitch Oblonsky, en Ana
Karenina, constituye uno de los ejemplos más simpáticos y menos oportunistas
del nuevo self dirigido externamente, particularmente notable a causa de la
forma en que Tostoi lo contrasta con Levine, una perso-na moralizadora de dirección
interna. Esteban Arkadyevitch recibía y leía un periódico liberal, no
extremista, sino defen-sor de los criterios compartidos por la mayoría. Y a
pesar de que la ciencia, el arte y la política no encerraban para él un interés
especial, sostenía firmemente en todos los temas los criterios que la mayoría y
su periódico defendían, y sólo los modificaba cuando lo hacía también la
mayoría o, en térmi-nos más estrictos, no los modificaba, sino que ellos
cambia-ban por su cuenta dentro de él. Esteban Arkadyevitch no había elegido
sus opiniones políticas o sus criterios: esas opiniones y criterios le habían
llegado por sí solos, tal como él no elegía sus sombreros o sus sobretodos,
sino que simplemente lleva-ba los que se usaban. Y para él, que vivía en una
cierta socie-dad -debido a la necesidad, corrientemente desarrollada en años de
discreción, de algún grado de actividad mental-, te-ner opiniones era tan
indispensable como tener un sombrero. Si existían razones que lo movieran a
preferir el punto de vis-ta liberal al conservador, que también era defendido
por mu-chos de su círculo, aquéllas no surgían de que el liberalismo le
pareciera más racional, sino del hecho de que estaba más en consonancia con su
forma de vida. Y así el liberalismo se ha-bía convertido en un hábito de
Esteban, y le gustaba su perió-dico, tal como le gustaba su cigarro después de
cenar, por la leve niebla que difundía en su mente. Esta perspectiva se pone de
manifiesto también en el análisis del concepto de «uno» (das Man) que realiza
M. Heidegger en su obra maestra: Ser y tiempo (1927). En esta perspectiva uno
mismo pertenece a los otros y consolida su poder. «Los otros», a los que uno
llama así para encubrir la esencial y peculiar pertenencia a ellos, son los que
en el cotidiano ser-uno-con-otro «son ahí», inme-
90. Ibíd.,
32.
286 287
di ata mente y regularmente. El «quién» no es éste
ni aquél, no es uno mismo, ni algunos, ni la suma de otros. El «quién» es
cualquiera, es «uno»." Bajo la forma del uno, el individuo se disuelve en
la forma de ser de los otros. Disfruta y goza como se goza; lee, ve y juzga
como se juzga. «El uno, que no es nadie determinado y que son todos, si bien no
como suma, prescri-be la forma de ser de la cotidianidad.s"
En 1973, el director de cine Martin Scorsese
analizó con maestría esta paradoja de sentirse solo en medio de la muche-dumbre
en su obra maestra, Taxidriver, describiendo de for-ma magistral el tipo
psicológico neurasténico de una gran metrópoli de finales del siglo xx, Nueva
York. En 1992, otro director de cine, Robert Altman, en su film Short Cuts,
mues-tra cómo la indiferencia se convierte en cinismo organizado en una
metrópoli típicamente americana, Los Ángeles: Para rematar esta idea permítame
el lector recurrir a un último ejemplo tomado de la cantera sociológica: en
1963, Erwing Gofman en su libro Behaviour in Public Places, introdujo el
concepto de «desatención cortés» (civil inattention) que des-cribe el trato
entre las personas como Si93 no estuvieran pre-sentes, como objetos que no
merecen más que una leve ojea-da. El quid de la cuestión radica en que cada
ca-presente presta una atención visual suficiente para demostrar que aprecia la
presencia del otro, pero que, al apartar con rapidez la mirada, se da a
entender que no hay un motivo especial de curiosidad. Cuando esta cortesía es
representada por dos transeúntes, la desatención cortés toma la forma de un
cruce de miradas que se mantiene hasta una distancia apropiada de un par de
me-tros y que termina con un desvío de la vista cuando están a la
M.
Heidegger. Sein und Zeit, Tubinga, 1986, 254.
lbíd.
E. Goffman
adopta este principio de W.l. Thomas cuando el decano de la sociología
norteamericana afirma: «Es también muy importante que comprenda-mos que en
realidad no conducimos nuestras vidas, tomamos nuestras decisiones y alcanzamos
nuestras melas en la vida diaria en forma estadística o científica. Vivi-mos
por inferencia. Yo soy, digamos. huesped suyo. Usted no sabe. no puede,
deter-minar científicamente que no he de robarle su dinero o sus cucharas. Pero
por inferencia yo no lo he de hacer, y por inferencia usted me tendrá como
huésped» (E. Goffman, La presemacíon de la persmla en la vida cotidiana, Buenos
Aires. 1981,
Citado en
E.H. Volkart [editor]. Social Behaviour and Personality. Contributions lo Wl.
Thomas to Theory and Social Research , Nueva York, Social Science Research
Ccuncil, 1951,5).
misma altura, una forma de apagar las luces. El
caso más ra-dical de esta desatención cortés se da en una ciudad como Nueva
York, donde todo transeúnte «ignora» a los otros, nun-ca se observan mutuamente
los individuos en la calle, se ven sin mirarse. En la descripción que Benjamin
hace del [láneur comparece esta misma idea: En la gran ciudad y en medio de
multitudes «a ninguno se le ocurre desde luego dignarse echar una sola mirada
al otro. La indiferencia brutal, el aislamiento insensible de cada uno en sus
intereses privados, resaltan aún más repelente, hirientemente, cuanto que todos
se aprietan en un pequeño espacio»."
Según Simmel, estamos situados ante una paradoja
insal-vable:" por una parte, «más-vida) (Mehr-Leben), es decir, la
necesidad de crear nuevas formas socioculturales, ya que pre-cisamos de nueva
«cultura objetiva», necesidad ésta acrecenta-da por la modernidad al
autopostularse como «novedad de la novedad más nueva», como «expansión sin
límite del dominio racional del mundo» pero, por otra parte, tenemos que
con-frontarnos con «más-que-vida» (Mehr-als-Leben), con la auto-nomización, con
la autorreferencia, que adquieren nuestros productos una vez que han sido
objetivados en su «ahí» social. Las creaciones humanas adquieren su propia
alteridad que se manifiesta como absoluta (con independencia de su creador, el
hombre), como «más allá» del hombre, e incluso, en algunos casos «en su
contra», como nos lo ha puesto de manifiesto Marx. Los individuos son
trascendidos por las [ormas por ellos/as crea-das (la cultura objetiva), algo
que en la sociedad moderna se ha incrementado hasta situar el reinado de la
cultura objetiva so-bre la cultura subjetiva, pero, al mismo tiempo, la vida
(la crea-tividad inscrita en el alma humana) trasciende las formas cul-turales
cristalizadas en el seno de la conciencia colectiva." creando nuevas
formas. La vida en este sentido representa la acción de lo instituyente sobre
lo instituido.
W. Benjamin,
«El fláneur», en Poesía y capitalismo. Iluminaciones !l, Ma-drid, 1972,74.
G. Simmel,
1994, «Die Traszendenz des Lebens», en Lebensanschaung, Ber-lín, 1994,23 Yss.
(hay traduce. esp. de Celso Sánchez Capdequ¡ en REIS. 89 [enero abril, 2000].
297-315).
Ver sobre
esta idea el trabajo de Deena Weinstein y Michael A. Weinstein, «Sirnrnel and
the Theory of Postmodern Society». recogida en B.S. Tumcr (editor). Theories
ofModemity and Postmodernity, Londres, 1990, 75-87.
288 289
La vida, según Simmel, a través de su agencia
dinámica, el alma humana," extrae de su magma imaginario de contenidos, de
su indeterminación de posibilidades, unas determinadas for-mas, unas
constelaciones de sentido, se autolimita siendo ella misma sin-límite
(vmés-vida») al originar su alteridad, la forma, la objetividad. El modo de
existencia que no restringe su realidad al momento presente, situando el pasado
y el futuro en el ámbito de lo irreal, eso es lo que llamamos vida." La
condición última metafísicamente problemática de la vida radica en que es
conti-nuidad sin límite y al mismo tiempo es ego determinado por sus formas
limitadas. La vida empuja más allá de la forma orgánica, espiritual u objetiva
de lo realmente existente y sólo por esta ra-zón «la trascendencia es inmanente
a la vida»." La vida se revela
sí misma
como un continuo proceso de auto-trascendencia, proceso éste de
auto-rebasamiento que la caracteriza como uni-dad, como la unidad del panta rei
heraclíteo, como el ser propio del devenir. En su extraordinario texto
intitulado: Puente y puerta de 1909, Simmel inequívocamenteya había manifestado
que (el hombre es el ser fronterizo que no tiene ninguna frontera».'?"
Aquí Simmel nos pone de manifiesto cómo el hombre crea su propio destino (como
también apuntaba Weber), pero no un des-tino metasocialmente dado, más allá de
su intervención, someti-do a instancias suprasociales, como Dios o la
naturaleza, sino un destino producido por él mismo, un destino que emerge en la
correferencia entre sery deber ser, decisión y resultados, libertad y
dependencia, en definitiva, entre vida y forma.
El antecedente más directo, que sirve como punto de
parti-da a la reflexión sirnmeliana sobre la cultura moderna, es el diagnóstico
que ya había realizado 30 años antes el gran poeta francés, Charles
Baudelaire.'?' Según él, «la modernidad, es lo
G. Simmel,
Sociología, Madrid, vol. 1,33.
G. Simmel
(1994), «Die Traszendenz des Lebens», en Lebensanschaung, Berlín, 12 (hay
traduce. esp. de Celso Sánchez Capdequí. RElS, 89 [enero abril, 2000).
297-315).
G. Simmel,
opus cit., 13.
Escrito recogido en la compilación de artículos
de G. Simmel intitulada: El individuo y la libertad, Barcelona, 1986,34.
No es Simmel el único de los grandes clásicos
de la sociología influido por Baudelaire. Max Weber; en su celebrada
conferencia de 1920, Ciencia como vocación, sitúa como claves de su diagnóstico
cultural de la modernidad a Baudelaire y a Nietz-sche. Coincido en esta
apreciación con David Frisby en su magnífico artículo: «Georg SimmeL First
Sociologist of Mcderntty», Theory, Culture and Society, 1985, vol. 2, 49-67
(traducido en J. Picó, Modernidad y post modernidad, Madrid, 1985,51-86).
transitorio, lo fugitivo, lo contingente, la mitad
del arte, donde la otra mitad es lo eterno e ínmutable-.:" Para Simmel: La
au-sencia de algo definitivo en el centro de la vida empuja a buscar una
satisfacción momentánea en excitaciones, satisfacciones en actividades
continuamente nuevas, lo que nos induce a una (alta de quietud y de tranquilidad
que se puede manifestar como el tumulto de la gran ciudad, como la manía de los
viajes, como la lucha despiadada contra la competencia, como la falta
específica de fidelidad moderna en las esferas del gusto, los estilos, los
esta-dos de espíritu y las relacionesP" A través del análisis de la moda
entresaca Simmel esta característica de cambio que inhabita en la modernidad.
«Una de las causas por las que la moda do-mina hoy tan intensamente la
conciencia es también que las grandes convicciones, permanentes e
incuestionables, pierden cada vez más fuerza. Los elementos fugaces y
cambiantes de la vida tienen así más cancha. La ruptura con el pasado, en cuya
consumación se esfuerza incansablemente la humanidad civi-lizada desde hace más
de un siglo, aguza nuestra conciencia más y más hacia el presente. Esta
acentuación del presente es al mismo tiempo, sin duda, acentuación del
cambio... ))104 Y el consecuente de esta radicalización sociológica del legado
baude-laireiano será, con la consabida mediación simmelíana, Walter
Benjamin en sus Passagen- Werk, escritos entre 1927
y 1940, Y publicados póstumamente en 1983 por Rolf Tiedemann. Benja-
min adara más todavía en qué consiste esa
pretendida nove-dad de la novedad sin fin que caracteriza a la modernidad: «(La
imagen de la modernidad) no se conduce con el hecho de que ocurre siempre la
misma cosa (a fortiori esto no significa el eterno retomo), sino con el hecho
de que en la faz de esa cabe-za agrandada llamada tierra «lo que es más nuevo
no cambia»;
esto más nuevo en todas sus partes «permanece
siendo lo mis-mo)). 105 Esta es la dialéctica de do más nuevo y siempre lo mis-
rno» que caracteriza a la modernidad según
Benjamin.
Ch.
Baudelaire. La peintre de la vie moderne, en Oeuvres completes, París, 1961,
1.163 (El pintor de la vida moderna, 2000, Murcia, Colegio Oficial de
Aparejadores y Arquitectos Técnicos).
lO3. G. Simmel, Filosofía del dinero, Madrid,
1977,612.
lO4. G. Simmel, «El concepto y la tragedia de la
cultura», en Sobre la avenlUra, Barcelona, 1988, 37.
W. Benjamin,
Das Passagen-Werk, Frankfurt, 1985. vol. 2, 1.011.
290 291
Benjamin va a retomar el discurso sociológico del
urbanita inaugurado por Simmel, pero, sobre todo a través de Edgard Alan
Poe't" y de Charles Baudelaire. 107 El urbanita se convierte ahora en
[láneur, en el hombre que vagabundea.I'" que calle-jea, en medio de las
multitudes que inhabitan las grandes me-trópolis. La multitud es su dominio,
como el aire es el dominio del pájaro o e! mar el de! pez. Su pasión es
desposarse con la multitud. Para el perfecto [láneur, para el observador
apasio-nado, existe un inmenso placer en situar la residencia en la multitud,
en cualquier cosa que hierve, que se mueve, evanescente e infinita: uno no está
en casa, pero se siente en casa en todos los sitios, estás en el centro de todo
mientras permaneces oculto de todo el mundo. Éstos son sólo algunos de los
placeres menores de estas mentes independientes, apa-sionadas e imparciales
cuyo lenguaje sólo puede definirse con dificultad. Este observador es un
príncipe que, vistiendo un disfraz, se divierte en todos los sitios. El amateur
de la vida se introduce en la multitud como en una inmensa reserva de
elec-tricidad. 109 Difícilmente se hubiera podido callejear sin los pa-sajes,
llO esos pasos entechados con vidrio y revestidos de már-mol a través de toda
una masa de casas cuyos propietarios se han unido para tales especulaciones. A
ambos lados de estos pasos se suceden las tiendas más elegantes, de tal manera
que un pasaje es una ciudad, un mundo en pequeño y el íláneur en este mundo se
siente en casa. 11 1 Estos pasajes darán lugar a los grandes almacenes
actuales. El boulevard es la vivienda del [laneur que está como en su casa
entre fachadas, igual que el burgués entre sus cuatro paredes. La masa aparece
aquí como
Baudelaire
traduce al francés El hombre de la multitud de Poe (recogido en Cuentos 1,
Madrid, 1970,246-256).
Benjamín es
quien traduce y prologa en alemán obras de Baudelaire como Spleen de París o
Pequeños poemas en prosa, Madrid, 1994.
Paseante-deteetive-ocioso-bohemio-dandy_mirón_descifrador
de texturas urbanas.
Ver el texto
de Ch. Baudelaire, «La peinrre de la vie moder-na», en Oeuvres completes. OPu.s
cit. Ver igualmente los excelentes trabajos sobre el fláneur realiza-dos por
Sylviane Agacinski, Le Passeurde Temps, París, 2000 y el de E. White, The
Fíáneur, Londres, 2000.
El príncípal
trabajo sobre la cultura de masas realizado por W. Benjamin se llama
precisamente: Das Passagen-Werk. 2 volúmenes. Frankfurt, 1983, donde incluye su
trabajo: «El Fláneur».
W. Benjamín,
"El fláneur», en Poesta y capitalismo.
lluminaciones ¡¡ Ma-
drid, 1972,71. '
el asilo que protege al asocial de sus
perseguidores, así tam-bién le permite perderse al [láneur que como
«observador. lle-ga a ser un detective a su pesar. Las historias de detectives
aparecen por primera vez en Francia al traducirse los cuentos de Poe: El
misterio de Marie Rogét, Los crímenes de la calle Mar-gue, La carta robada. El
contenido social originario de las his-torias detectivescas es la difuminación
de las huellas de cada uno en la multitud de la gran ciudad. El [láneur es para
Poe ese que en su propia sociedad no se siente seguro, por eso busca la
multitud. «La multitud no es sólo el asilo más reciente para el desterrado,
además es el narcótico más reciente para el aban-donado. El [láneur es un
abandonado en la multitud. Y así es como comparte la situación de las
mercanctas».!" El íláneur es, tanto para Poe como para Baudelaire, el
hombre de la mul-titud. Baudelaire amaba la soledad, pero la quería en la
multi-tud, 113 preludiando lo que luego Riesman acuñará como «mu-chedumbre
solitaria». El pasaje es la forma clásica del interior (así es como elflaneur
se imagina la calle). Al comienzo la calle se le hizo interior y ahora se le
hace ese interior calle. Benjamin sintetiza muy bien los enfoques de Hugo y
Baudelaire así: «En el mismo momento en que Víctor Rugo celebra la masa como
héroe del epas moderno, Baudelaire escruta para el héroe un lugar de huida en
la masa de la gran ciudad. Hugo, como citoyen, se pone en el lugar de la
multitud; Baudelaire se sepa-ra de ella en cuanto héroev.!"
Flanear (Flanerie) puede asociarse a una forma de
mirar, de observar (la gente, los tipos sociales, los diferentes contex-tos y
constelaciones sociales), una forma de leer la ciudad y a su población (sus
imágenes espaciales, su arquitectura, sus configuraciones humanas) y también
una forma de leer textos escritos (en e! caso de Benjamin de la ciudad y del
final del siglo XIX -de sus textos y de los textos sobre la ciudad, inclu-so de
los textos como laberintos urbanos). 115 La dialéctica del flanear se manifiesta
en que, por una parte, el hombre que se siente observado por todos y por todo,
como persona total-
lbíd.
Ch.
Baudclaire, Spleen de Parisa Pequeños Poemas en Prosa, Madrid, 1994,66·67.
W.
Benjarnin. «El íláneur», en opus cit., 83.
Ver el
artículo de D. Frisby: «The Fláneur in Social Theory», en The Fláneur, Londres,
1994,82-83.
292 293
mente sospechosa, por otra parte, es totalmente
indescubrible al ser una persona «invisible».116
Para Benjamin en el [láneur tiene lugar una
afinidad entre la multitud y la mercancía: «El fldneur es alguien abandonado en
la multitud. En esto comparte la situación con la mercan-cía. El no es
consciente de esta situación especial que lo nar-cotiza para aliviarle de
tantas humillaciones. La intoxicación a la que el [láneur se rinde es la
intoxicación de la mercancía en torno a la que surge la corriente de
consumídores-!" La ciudad moderna de la luz -aquella que ha colonizado la
no-che, primero con linternas, después con electricidad y final-mente con
carteles y señales de neón- es el espacio del pa-seante solitario. La ciudad de
los espejos - en la que la propia multitud deviene espectáculo- refleja la
imagen de la gente como consumidores más que como productores, mantenien-do el
lado diabólico de unas relaciones de producción asimétricas, virtualmente
invisible, al otro lado del espejo.'!" Para Benjamin lo relevante de la
nueva fantasmagoría de es-tos paisajes urbanos no es tanto el análisis
económico de la mercancía en el mercado (ya realizado por Marx) sino más bien
la mercancía en el escaparate. Todo lo deseable, desde el sexo al estatus
social, puede ser transformado en mercancías como fetiches en el display del
escaparate que mantienen em-belesada a la multitud, incluso cuando su posesión
personal está lejos de su alcance. Cuando la novedad de la novedad sin fin se
convierte en un fetiche, la propia historia se convierte en una manifestación
de la forma mercancía. Las ferias inter-nacionales fueron el origen de la industria
cultural del placer y al mismo tiempo se despliegan como indicadores del
pro-greso nacional. La moda juega aquí un papel de gran impor-tancia. Ser
contemporáneo de todos significa no envejecer; ser siempre noticia, «ésta es la
más apasionada y secreta sa-tisfacción que la moda da primero a las mujeres (y
después a
W. Benjamin,
Das Passagen-Werk, Frankfurt, 1985, vol. 1. 529. Sobre la inserción de Simmel y
Benjamin en la crítica de la cultura del consumo ver el exce-lente trabajo de
J.M. Marinas: «Simmel y la cultura del consuman. en Georg Simmel en el
centenario de la Pilosoita del Dinero, REIS, 89 (2000).
W. Benjamin,
Chales Baudeíaire, A Lyric Poet in the Era ofHigh Capitalism, Londres, 1973,55.
Ver el
excelente texto de S. Buck-Morss, The Dialectic ofSeeing, Cambridge. Mass,
1989. 81.
los hombres)».!" El hecho de que la moda
exprese y haga énfa-sis a un tiempo en la tendencia a la igualación y la
tendencia a la individualización, el gusto por imitar y el gusto por
distin-guirse, explica quizá por qué las mujeres son, en general, más
intensamente proclives a seguirla. De la debilidad de la posi-ción social a la
que se han visto condenadas las mujeres la ma-yor parte de la historia, se
deriva su estrecha identificación con todo lo que son «buenas costumbres», con
«lo que debe hacer-se», con el mundo instituido de significado. Sobre este
terreno firme de la costumbre aceptada, de lo común y corriente, del nivel
medio, procuran con fuerza conseguir las mujeres toda la individualización y la
distinción de la personalidad que, aún relativa, sea posible.!" Sólo es
posible individuarse, «distinguir-se», como mujer, sin ningún peligro, toda vez
que se haga des-de el mimetismo de la cultura objetiva masculina. La moda es el
mejor instrumento que permite combinar ambos aspectos, mimetismo y distinción:
por una parte, representa un mimetis-mo general de lo socialmente aceptado,
descargándose de cual-quier responsabilidad por sus gustos y actividades,
puesto que la imitación libera al individuo de la aflicción de tener que
ele-gir y, por otra parte, introduce la posibilidad de destacar a tra-vés del
ornato individual de su propia personalidad. La esencia de la moda radica en
que siempre es sólo una parte del grupo quien la ejerce (surge en el seno de
las clases acomodadas), mientras que el conjunto del grupo se limita a estar en
camino hacia ella. Pero el hecho de que la moda contribuya a individuar a la
mujer no debe ocultarnos su anclaje en la cultura objetiva moderna, en esa
cultura basada como vimos más arriba en el cambio, en la puesta entre paréntesis
de pasado y futuro, ins-cribiendo su impronta en el presente como «imperio de
lo efí-mero», l21 de lo caduco, «hallamos la contemplación (propia de las
sociedades tradicionales) substituida por la sensación, la simultaneidad, la
inmediatez y el impacto»:" y la moda no se
W. Benjamin,
Das Passagen-Werk,dos volúmenes, Frankfurt, 1985, vol. 1, 115.
G. Simmel,
Cultura femenina y otros ensayos, Barcelona, 1999,53-54.
Gilles
Lipovetsky es quien con mayor acierto ha radicalizado esta tesis de Simmel en
L'empire de léphemerc, La mude et son destin dans la societe moderne, París,
1987.
D. Bell. Las
contradicciones culturales del capitalismo, Madrid, 1977. 109. Esta idea ya
está presente en de Tocqueville, en su Democracia en América, cuando argumenta
sobre el espíritu de los americanos en torno al arte.
294 295
sustrae a esta caracterización, más bien la
representa, de he-cho, un objeto sólo sufre una desvalorización si se le
califica de «cosa de moda». La moda es la «trascendencia» del nacimiento como
nueva fuente de novedad, y «trasciende» la muerte ha-ciendo de la mercancía
inorgánica el objeto del deseo huma-no. 123 Con su poder para dirigir el deseo
libidinal hacia la natu-raleza inorgánica, la moda conecta el fetichismo de la
mercancía, el fin que se hace medio, con el fetichismo sexual característico del
erotismo moderno. Así como el maniquí tiene partes sepa-rables, la moda fomenta
la fragmentación fetichista del cuerpo viviente de la mujer. Es quizás en el
ámbito cinematográfico donde mejor se ha puesto esto de manifiesto,
concretamente, en el «troceamiento» erótico del cuerpo de la mujer considera-do
como objeto del deseo, así ocurre en la década de los años treinta con la
pasión por el pecho de Mary Pickford que deja paso en los cuarenta a las
piernas de Joan Crawford que, a su vez, son substituidas en la década de los
cincuenta por la centralidad euasigenital del pubis angelical de Marylin
Monroe, que finalmente se expansiona hacia la implosión de la totalidad del
cuerpo como fetiche en el cine más reciente, teniendo como referencia más
representativa a Brigittte Bardot, y en la foto-grafíaartística, entre cuyos
más cualificados representantes cabe citar a Robert Maplethorpe y su musa, Lisa
Lyon, modelo de referencia de este cuarto «troceamiento» del cuerpo femenino.
Como Stein y Vidich apuntaron, hace ya cuarenta
años, «mantenemos nuestra salud gracias a que aprendemos a apre-ciar
"realidades múltiples" (término este que procede de Alfred Schütz)
... La conciencia irónica de una gran variedad de con-textos e interpretaciones
que cualifican al carácter y a la ac-ción humanos se ha convertido en un ítem
indispensable en nuestro equipamiento para la vida».'> El [láneur es el tipo
social que mejor ha aprendido esta lección. Vagar sin un obje-tivo, pararse de
vez en cuando mirando alrededor es, podría-mos decir, el juego que se trae
entre manos el [láneur. Zigmunt Bauman caracteriza, de forma extremadamente
original, al [Iáneur (a diferencia del puritano del siglo XVII) cambiando el
w.Benjamín.
Das Passagen-u/erk, opüs cit., vol. 1,130.
M.R. Stein..
A.- J. Vidich, D.M. White (editores). ldentity and anxiety: Survival oithe
Person in Mass Society, Glcncoe. 1960. 18.
sentido de uno de los últimos párrafos, citados
arriba, de La ética protestante de Weber: «El [íáneur quería jugar este juego
de ocio; nosotros tenemos que hacerlo. Cuando el [lanerismo fue traído de los
pasajes parisinos a la vida cotidiana y co-menzó a dominar la estética
intramundana, aportó su contri-bución a la construcción del cosmos tremendo del
orden consumista post moderno. Este orden está ahora limitado a las condiciones
técnicas y económicas de la producción maquinística que determina hoy con fuerza
irresistible las vi-das de todos los individuos que han nacido dentro de este
dis-positivo, no sólo de aquellos directamente implicados con vi-vir sus vidas
como juegos de observac ión . Quizás las determinará hasta que el último bit de
información sea de-vuelto por la computadora. Según Baudelaire y Benjamín. la
dedicación a la fantasía móvil se apoyaría sobre los hombros del [láneur, como
un manto sutil que puede ser arrojado en cualquier momento. Pero el destino ha
decretado que tal manto se convierta en una jaula de hierro».':"
Pero, como hemos advertido previamente, alIado
deljléineur existe la masa, la multitud, la muchedumbre. José Ortega y Gasset
publica su La rebelión de las masas, en 1937, subrayan-do que la muchedumbre se
ha instalado en los lugares prefe-rentes de la sociedad. 126 Aquí y ahora, es
decir, en el segundo tercio del siglo xx, el énfasis no es tanto en ese
paseante bohe-mio y ocioso que se refugia en la muchedumbre sino en la misma
muchedumbre en cuanto tal. Esta ha substituido a aquél. El concepto de muchedumbre
es cuantitativo y visual. La masa es el «hombre medio», «lo mostrenco social».
Masa es todo aquel que no se valora a sí mismo, sino que se siente «como todo
el mundo» y, sin embargo, no se angustia, se siente a gus-to al sentirse
idéntico a los demás. Ahora «todo el mundo» es sólo masaF' El concepto de
«hombre-masa» de Ernst Jünger en su conocida obra: El trabajador, publicada en
1932, se sitúa asimismo en esta perspectiva. Según él, «para llegar a ver al
Z. Bauman,
«Desert Spectacular». en K. Tesrer- (editor), The Pláneur, Lon-dres. 1994. 153.
J. Ortega y
Gasset, La rebelión de las masas.
Madrid, 1937,37 Yss.
lbtd., 40.
Unas líneas antes Ortega afirma que: «Lo característico del mo-mento es que el
alma vulgar, sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el dere-cho de la
vulgaridad y lo impone dondequiera».
296 297
ser humano se necesita ciertamente un esfuerzo
especial- y esto no deja de ser raro en una edad en la que «el ser humano
aparece en masse» ... « Uno puede estar cruzando durante días tal paisaje sin
que en su recuerdo queden prendidos ningún personaje especial ni ningún rostro
humano especial».':" La masa se hace protagonista ornamental y
funcionalizado en Das Omament der Masse (1963) de Siegfried Krakauer, expresión
de la alienación en la producción en Metrópolis (1926) de Frilz Lang y tumulto
que expresa el corazón de un mundo sin cora-zón en Octubre (1924) de Serguei
Eisenstein.
Desde finales del siglo XIX, la cultura occidental
realmente ha tenido dos culturas, la tradicional -llamémosla high culture- que
ha sido narrada a través de los libros de texto y la cultura de masas
manufacturada al por mayor para el mer-cado. En las antiguas formas de arte,
los artesanos de la cultu-ra de masas han trabajado desde hace tiempo; en la
novela, la línea lleva de Eugene Sue a Lloyd C. Douglas, en la música, de
Offenbach a Tin-Pan Alley; en el arte, tenemos a Maxfield Parrish y Norman
Rockwell; en arquitectura, del gótico victo-riano al Tudor suburbano. «La
cultura de masas ha desarrolla-do también nuevos medios por sí misma, en los
que el artista serio raramente se prodiga: la radio, las películas, los libros
de cómic, las historias de detectives, la ciencia-ficción y la televi-
sión».!"
Lo propio de esta cultura es que está manufacturada
para el consumo de masas, como la goma de mascar:
Parece existir una Ley de Gresham tanto en la circulación cultural como en la
económica según la cual el material malo arrinco-na al bueno, por la razón de
que es más fácil de entender y de disfrutar. La cultura de masas es una
continuación del antiguo Folk Art que durante la revolución industrial
representó a la cultura popular. Este Folk Art creció desde abajo, con
autono-mía, mientras la cultura de masas está impuesta desde arriba. Los
«señores del Kitsch» explotan las necesidades culturales de las masas en orden
a obtener beneficios y a preservar un
E. Jünger,
El trabajador, Barcelona, 1990,99.
D.
Macdonald, «ATheory of Mass Culture», en Mass Culture, B. Rosenberg y D.M.
White (eds.), Nueva York, 1957,59. También en el mismo volumen ver la
contri-bución de L. L6wenthal: «Hístorical Perspectives of Popular Culture».
opus cit., 46 Y ss. Sobre el concepto de sociedad de masas ver el trabajo de E.
Shils: «The Theory of Mass Socicty». en E. Shils. 'J1¡e Constitution ofSociety,
Chicago, 1972. 69-89.
cierto macrohabitus de consumo interclasista 130
alejado de cual-quier tentación antisistema, en los términos de P. Bourdieu.
Como el capitalismo del siglo XIX, la cultura de masas es una fuerza dinámica,
revolucionaria, que rompe las viejas barre-ras de clase, de tradición, de gusto
y que disuelve las distincio-nes culturales. Para Adorno y Horkhcimer, los
medios electró-nicos, que representan una sustitución de lo escrito por la
imagen y el sonido, es decir, primero el cine y la radio y más tarde la televisión,
se presentan como un dispositivo que pene-tra de fuera hacia adentro.
Transmutan, por un lado, los con-tenidos auténticos de la cultura en
estereotipos neutralizados y aseptizados, e ideológicamente eficaces, de una
cultura de masas que se limita a reduplicar lo existente y, por otro lado,
integran la cultura, una vez limpia de todos los elementos sub-versivos y
trascendentes, en un sistema de controles sociales que refuerza y en parte
substituye a los debilitados controles internos, afectados por el hedonismo de
la cultura moderna. DI Pero, diciendo esto decimos una parte de la verdad, los
espa-cios públicos creados por los medios jerarquizan, escalonan, acaparan y
condensan el horizonte de comunicaciones posi-bles, del centro a la periferia y
de arriba abajo, poniendo de manifiesto su potencial autoritario, pero a la vez
le quitan sus barreras, puesto que toda noticia y todos los actores que la
difunden no pueden blindarse contra la crítica, como de for-ma tan sencilla lo
ha puesto de manifiesto el poeta cubano Reinaldo Arenas al afirmar que dentro
del comunismo uno debe aplaudir los errores y los aciertos de la planificación
ad-ministrativa de significado, incluso estando en desacuerdo con tal diseño, a
diferencia del capitalismo que, al menos, permite, la crítica. Aquí radica el
potencial emancipatorio de tales me-dios y su presencia dentro de una esfera
pública y de una so-ciedad civil abiertas y ya globalizadas.
Eduardo
Galeano expone esta idea con agudeza corrosiva: «La dictadura de la única
palabra. de la única imagen, mucho mas devastadoras que la dictadura del
partido único. imponen un modo de vida cuyo ciudadano es un consumidor dócil y
un espectador pasivo construido en la línea de ensamblaje del modelo
nor-teamericano de anuncios televisivos».
M.
Horkheimer y Th.w. Adorno, La dialectica de la Ilustración, Madrid, 1996.
298 299
4. El
lado sombrío del self «dirigido por los otros»
Max Weber aparece como teórico de la burocracia en
Eco-nomía y sociedad y como crítico de los procesos de burocratí-zación en los
Escritos políticos. Desde el lado sistémico, la or-ganización burocrática
moderna es superior a cualquier otra forma de organización. Weber usa la
metáfora de la máquina contemplada ahora de forma positiva: «Un mecanismo
buro-crático perfectamente desarrollado actúa con relación a las demás
organizaciones de la misma forma que una máquina con relación a los métodos no
mecánicos de fabricación. La precisión, la rapidez, la univocidad, la
oficialidad, la continui-dad, la discreción, la uniformidad, la rigurosa
subordinación, el ahorro de fricciones y de costes objetivos y personales son
infinitamente mayores en una administración severamente burocrática, servida
por funcionarios especializados, que en todas las demás organizaciones de tipo
colegial honorífico o auxiliar. Desde el momento en que se trata de tareas
complica-das, el trabajo burocrático pagado es no sólo más preciso, sino con
frecuencia inclusive más barato que el trabajo honorífico formalmente exento de
remuneración» .132 Entre la burocracia que analiza Weber y la que ejerció y
padeció Franz Kafka exis-te una gran afinidad electiva. 133 En El proceso se
encuentra la figura que representa más claramente el prototipo del funcio-nario
weberiano, concretamente en el guardián de la parábola Ante la Ley, en el
capítulo X, en la conversación de Joseph K. con el sacerdote --capellán de
prisiones y miembro, por tanto, del tribunal- éste le cuenta la siguiente
parábola:
«Ante la ley hay un guardián. A este guardián se
acerca un hombre del campo y le pide que le permita entrar en la ley. Pero el
guardián le dice que ahora no puede permitirle la entrada. El hombre reflexiona
y luego pregunta si podrá entrar más tarde. "Es posible", dice el
guardián, "pero, no ahora". Como la puer-ta de la ley está abierta
como siempre y el guardián se echa a un lado, el hombre se agacha para ver el
interior a través de la puerta. Al notarlo el guardián se ríe y dice: "Si
tanto te atrae,
M. Weber.
Economía y sociedad, México D.F., 1978,730-731.
Sigo aquí la
excelente monografía de J.M. a González García, La máquina burocrática.
Afinidades electivas entre Wehery Ka/ka. Madrid, 1989. 168 ss.
anda, intenta entrar a pesar de mi prohibición.
Pero ten en cuenta una cosa: soy poderoso. Y sólo soy el más bajo de los
guardianes, y cada uno de ellos es más poderoso que el ante-rior. Ni yo mismo
puedo soportar la visión del tercero de ellos".
Transcurre
el tiempo ante los intentos vanos de franquear la puerta por parte del
campesino, incluso recurriendo a so-bornos. Viendo el guardián que el campesino
no es ya ni som-bra de lo que era con el transcurso de los años, le pregunta:
"¿Qué más quieres saber? .. Eres insaciable". "Todo el mundo se
esfuerza por llegar a la ley", dice el hombre, "¿cómo es po-sible
entonces que, durante tantos años nadie haya pedido la entrada más que
yo?". El guardián se da cuenta que el hom-bre está cerca de su fin, y para
que las palabras lleguen a su oído, que se extingue, le grita con fuerza:
"Por aquí no podía tener acceso nadie más que tu, porque esta entrada
estaba destinada sólo a ti. Ahora me voy y la cierro't.a':"
Ulf Abraham'> ha visto la parábola Ante la ley
como una transformación de un motivo clásico contenido en una leyen-da de la
literatura rabínica. En el Midrás Pesikta Rabbati exis-te un comentario
alegórico del Éxodo que narra la subida de Moisés al monte Sinaí para recibir
de Yavé la Tablas de la Ley. Según este relato, en el monte, estratégicamente
situados, hay cuatro ángeles guardianes -Kemuel, Hadarniel, Sandalfon y
Galizar- que impiden el acceso a la Ley; están jerarquizados y cada uno de
ellos va poniendo mayores dificultades al paso de Moisés. Cada uno de ellos es
también más poderoso que el anterior. Al final de la narración, el propio Dios
acompaña a Moisés preservándole de los guardianes y le entrega la Torá. Kafka
utiliza, para su propia parábola, este relato, pero invir-tiéndolo como un
guante. Mediante la reescritura del relato pone Kafka en cuestión la fe de un
«pueblo elegido» en Dios y en sí mismo. No hay mediación posible, ya que el
hombre no puede penetrar en la Ley ni hablar con Dios, como un amigo,
F. Kafka, El
proceso, Madrid, 1975, 219-220. Una excelente versión cinema-tográfica de El
Proceso. con título homónimo, es la llevada a cabo por Orson Wells, que
comienza precisamente narrando esta parábola.
Me sirvo de
este comentario presente en la obra de J.M. a González, opus cit., 175 Yss.
Ver-asimismo el trabajo de U. Abraham: -Mose "vor dem Gesetz" Eine
unbekannte Vorlage zu Kafkas "Türhüterlegende?». en vierteliahhressriit
[ur Literatur-wissenschait und Geistesgeschichte, 57/4, 1983,636-650.
300 301
al igual que había hecho Moisés. La jerarquía
angélica del re-lato es transformada por Kafka en jerarquía burocrática, en «un
tiempo de espaldas a Dios y sin profetas», como afirmaba Weber al final de La
ética protestante.
Joseph K. malinterpreta el relato ya que se
identifica con el hombre del campo y piensa que éste ha sido engañado por el
guardián. El sacerdote, como Tiresias, en Edipo Rey de Sófo-cles, le responde
reinterpretando la figura del guardián como el perfecto funcionario cumplidor
de su deber, «amante de la exactitud y estricto observador de sus funciones»,
«consciente de la importancia de su servicio», que «tiene respeto por sus
superiores», «no es charlatán», «no es sobornable», «no se deja ablandar ni atiende
a súplicas», incluso «parece una persona amable». ¿No es éste el modelo de
burócrata weberíanov'> El final del párrafo, como más adelante pone de
manifiesto cua-si-nietzscheanamente el sacerdote: «No, no hay que creer que
todo sea verdad, hay que creer que todo es necesario», dentro de un tiempo
destinal inexorable que se escapa al que busca la verdad de la burocracia, el
sentido no es verdadero, ni falso, sencillamente es la ca-implicación de ambos
momentos, de forma dramática y dolorosa. Ya se deja entrever aquí «la otra
voz», la que habla desde la perspectiva de los clientes y miem-bros de la
burocracia, «su peculiaridad específica, tan bienve-nida para el capitalismo,
la desarrolla en tanto mayor grado cuanto más se "deshumaniza",
cuanto más completamente al-canza las peculiaridades específicas que le son
contadas como virtudes: la eliminación del amor, del odio, y de todos los
ele-mentos sensibles personales, de todos los elementos irracionales que se
retraen al cálculos.!" Weber analiza la objetualización de las relaciones
sociales (Vergegenstiindigung) que se produce en las organizaciones, bajo el
prisma de su despersonalización, vuelve a usar la imagen de la máquina que
trabaja racionalmente (pero sin sentido): «Una máquina iner-te es espíritu
coagulado. y sólo el serlo le da el poder de forzar a los individuos a servirla
y de determinar el curso cotidiano de sus vidas de trabajo, de modo tan
determinante como es el
J.M. a
González Garcfa, La máquina burocrática. Afinidades electivas entre Weber y
Kaika, Madrid, 1989, 177.
M. Weber,
Economía y sociedad, México D.F., 732.
caso en la fábrica. Es asimismo espíritu coagulado
aquella máquina viva que representa a la organización burocráticaa.l'"
Cuando pasamos de la administración de las cosas a la admi-nistración de las
personas, l39 a través del funcionario, de ese «Fachmensch ohne Geist», la
burocracia deviene una «jaula para una nueva servidumbre» (Gehduse [ur eine
neuen Hórigkeit).140 Weber detecta que la ética universalista religiosa de la
herman-dad choca con las formas de racionalidad económica y admi-nistrativa, en
las que la economía y el Estado son objetivados en un cosmos afratemal.:"
El mundo de la vida y sus patrones simbólicos de significado colisionan con los
imperativos fun-cionales de creación de riqueza y de administración de cosas y
de personas en un dominio social éticamente neutralizado.
Thomas Bernhard, gran dramaturgo austriaco muerto
no hace mucho, nos presenta una reactualización del Segismundo de Calderón, de
la conciencia del fracaso, la contingencia y la negatividad socialmente
producidas, en su magnífica novela Corrección, publicada en 1975, en donde el
narrador anónimo de la novela, tras el suicidio de su amigo Roithamer, llega a
la casa del taxidermista Hoeller, construida en la garganta del río Aurach,
para hacerse cargo de las notas que aquél le ha legado. Roithamer había permanecido
en la buhardilla de esa casa durante seis años, entregado a la tarea de
construir y planear, en el centro geométrico exacto del bosque Kobernauss, un
cono que desafiando las leyes de la construcción tradicio-nal estaba destinado
a ser residencia y «felicidad suprema» de su hermana. Las reflexiones que
suscita el narrador van desvelando un proceso obsesivo de creación y
destrucción. A
Roithamer, el trabajo por el trabajo no le impide
suicidarse al faltar cualquier tipo de sutura religiosa de la herida real que
es la vida misma. Para él «todo hombre tiene una idea que 10 mata
lentarnentev.v" Para él su sociedad austriaca (y ccex-
tu«, 1.074.
W.
Schluchtcr; Aspekte Burokratísche Herrschait, Frankfurt, 1972,236-301.
En
oposición a Engels. que pensaba
que la evolución social conducía de forma
«natural» a la «administración de las cosas».
140. M. Weber, Escritos políticos, México D.F.,
1982, vol. 2, 396; A. Mitzman, La.
jaula de hierro, Madrid, 1976, 153-165.
141. M. Weber, From Max Weber, H. Gerth, Ch.W.
Milis (editores), Nueva York,
1958,332-333.
142. Th. Bernhard. Corrección, Ma?rid, 1983, 111.
302 303
tensivamente nuestras sociedades) es una cárcel que
lo va des-truyendo lentamente, como ocurría con Joseph K. Su mundo es un mundo
ahogado en contratos en donde uno está en «es-tado de sufrimiento
ininterrumpido-.t'" «toda construcción que hoy construyen los expertos en
construcción es un cri-men».!" «cómo se nos convencía de niños de que sólo
ten-dríamos derecho a vivir si trabajábamos razonablemente, se nos aseguraba
que teníamos que cumplir nuestro deber. Todo torturas irresponsables de padres
irresponsables y de irres-ponsables, así llamadas, personas con derecho a
educarnos. Embutidos en trajes iguales, siendo personas, caracteres,
to-talmente desiguales, íbamos a la iglesia, íbamos a comer, ha-cíamos visitas,
así Roithamer».':" AlIado de la urgencia crea-dora, de la necesidad de
realizar una idea, que exige ser llevada a la práctica, y a la presión
acuciante de actuar y pensar, como estrategia de lucha frente a un mundo
instituido de normali-zación, está el proceso de continua corrección, porque a
cada instante nos damos cuenta de que todo -lo que hemos pensa-do, escrito o
hecho- es limitado, de que tenemos que corregir las consecuencias no deseadas
de otras correcciones destina-das a corregir otras consecuencias no deseadas:
«Corrección
de la corrección de la corrección ...
El «hombre
sin atributos» como hombre de posibilidades
Tener un self es una cualidad humana esencial por
encima de todas las diferencias de historia y cultura y la obra maestra de
Robert Musil, una personalidad, El hombre sin atributos, publicado entre 1930 y
1942, representa una de las más impre-sionantes secuencias en esa larga
metamorfosis que experi-menta el sel{ moderno y que aquí narramos. Situado en
Viena en 1913, describe un mundo al borde del precipicio -moral, cultural y
político-e- que conduce al abismo de la Primera Gue-rra Mundial al año
siguiente. El hombre sin atributos de Musil,
lbíd., 134.
Ibíd., 118.
íbtd., 217.
lbfd., 322.
un matemático agraciado, amoral y concupiscente, de
buena familia, llamado Ulrich, es uno de los antihéroes cómicos más atractivos
de la literatura contemporánea. Ulrich, un hombre en sus treintaitantos,
interrumpe una carrera exitosa para vol-ver a Austria por un año, decide coger
unas «vacaciones al margen de la vida normal» y, por accidente, se implica en
un proyecto patriótico (Parallelaktion se llama, por ser una répli-ca de un
acto similar en Alemania) para conmemorar la cele-bración en 1918 del setenta
aniversario de la coronación del emperador Francisco José. El orden del Estado,
la Kakania, 147 el puzzle territorial formado por el Imperio austrohúngaro en
Centroeuropa, la «nación sin atributos», se está desintegrando así corno el
orden del sel{ se ha desintegrado en los personajes de la novela, así
Moosbrugger, un insensato pendiente de jui-cio acusado del asesinato sin
sentido de una prostituta y, tam-bién así, Clarisse, esposa de un viejo amigo
de Ulrich que desciende al abismo de la locura. Pero este proceso de
desinte-gración está asimismo relacionado con la I?ropia cosmovisión
científica de Ulrich, y así se lo cuenta a Agata,
su hermana. diciéndole que la definición del método científico es tal que la
realidad está rota en componentes que son percibidos como cadenas causales en
interacción, en otras palabras, lo que una vez se percibió como un todo ahora
viene a verse como un flujo de variables. El mismo proceso de desintegración se
apli-ca al seii, Cada vez es más difícil ver al self como el centro de las
acciones individuales, como ocurría en los orígenes del ca-pitalismo. El self
cartesiano, que fue capaz de pronunciar «cogito ergo sum» se ha disuelto en un
flujo machiano de obje-tividades, El sel] fuerte protomodemo, metafísica y
ontológi-camente hablando, ya no podemos darlo por supuesto. El se1f es un
«agujero» que debe ser «rellenado». El verdadero self no es un dato, algo dado,
sino algo para ser alcanzado como re-sultado de un gran esfuerzo.':" Los
«ideales y la moralidad son los mejores medios para rellenar el gran agujero
que uno lla-
R. Musil, El
hombre sin atributos, Barcelona, 1961, vol. 1, 37. La abreviatu-ra de las
siglas iniciales del Imperio austro-húngaro eran K.K. (pronunciado kaka,
abreviatura de Kaíserlich Kóniglich que significa: imperial-real) o también K.
u K. (pronunciado Ka und KA, abreviatura de kaiserlich und koniglich que
significa
Imperial y real).
148, Ver esta idea en P.L. Berger, A Far Glory,
Nueva York, 1992, 113.
304
305
ma alma», pero poco importa qué ideas y qué
moralidad son utilizados para tal fin. 149 Para Ulrích lo relevante desde un
punto de vista moral era «respetar unas pocas leyes exteriores por amar a la
libertad Interior».'>" La aplicación del concepto de
self de George Herbert Mead encuentra aquísu
perfecto caldo
de cultivo puesto que el individuo sólo será tal en
medio de una génesis social del self, a través de la acción, de la interacción,
en los más variados contextos vitales, jugando con los roles más diversos, como
acertadamente lo pone de manifiesto Cees
Nooteboom en El día de todas las almas (1998), en
boca de su protagonista Arthur Daane: "A Arthur Daane le gustaba la gente
que, tal y como él lo expresaba, llevaba más de una
persona dentro, y no digamos cuando esas diferentes personas pare-cían oponerse
entre sí. En Víctor cohabitaba toda una socie-dad bajo una apariencia de
simulada indiferenciaa.!»
Volviendo al Ulrich musiliano, tenemos que decir
que ha-blar de un hombre sin atributos"? no significa negar que él exhiba
toda una serie de atributos sino que todo el conjunto de atributos que exhibe
no son realmente suyos. 153 Ser sin atri-butos es, en este sentido, ser sin
carácter --ese residuo de iden-tidad inscrito que nos hace lo que somos- y ser
sin carácter no es sino ser anónimo. Así proclama Ulrich de sí mismo: «él era,
después de todo, un carácter, incluso sin tener uno».'>' «Nada es firme,
ningún yo, ningún orden», 155 para Ulrich, todo es transferible, todo es parte
de un entero, de innumerables enteros, quizás de un superentero que él
desconoce totalmen-te. Por eso todas sus respuestas son respuestas parciales;
sus sentimientos, opiniones; y no le interesa el «qué), sino el «cómo»
marginal, la acción secundaria y accesoria, todo pue-de cambiar en este paraíso
de contingencia, por tanto, el hom-
R. Musil, El
hombre sin atributos, vol. 1, Barcelona, 1961, 149.
Ibcd., 322.
C.
Nooteboom, El díade todas las almas, Madrid, 2000. 21.
Walter, el
marido de Clarissa. es e! primero que caracteriza a Ulrich como un hombre sin
atributos. Ver R. Musil, opús cít .. 79.
Ver e!
trabajo de R. KimbaI1: Experiments Against Reality. The Fate ofModern Culture
in Postmodern Age, Chicago, 2000, 137.
R. Musil,
opus cít., 184.
Ibíd., 80,
187,304-305: «En lo inestable tiene el futuro más posibilidades que lo estable;
y e! presente no es más que una hipótesis. todavía sin superar». Es impor-tante
observar la influencia del nihilismo critico nietzscheano en el "hombre
sin atri-butos» de Musíl
bre sin atributos ipso (acto es un hombre de
posibilidadesP"
El hombre sin atributos fue escrito sub specie
possibilitatis, es
decir, bajo el signo de la posibilidad, su modo
dominante es el
subjuntivo; Ulrich, el hombre sin atributos, es
alguien cuyo sentido de lo posible se halla superdesarrollado. 157 Así se
pre-gunta: «¿Por qué, entonces, no somos realistas? Ninguno de ellos lo era, ni
él ni ella: sus ideas y su conducta no han dejado ninguna duda al respecto;
ellos eran nihilistas y activistas, unas veces lo uno y otras lo otro,
sucediera lo que sucedieras.!" Incluso extiende su noción de «posibilidad»
a Dios en el senti-do de que éste crea el mundo y cree mientras crea que justo
tal mundo pudiera haberse hecho de forma diferente.
En otras
palabras, el sel( moderno se caracteriza por su
finalidad abier-
PL. Berger;
opus cít.• 114. El excelente trabajo de Ramón Ramos {e Simrnel y la tragedia de
la cultura». en Georg Simmel en el centenario de la Filosofía del Dine-ro,
REIS. 89, 2000. 37-73) se adentra en e! Zeitdiagnose específicamente moderno
que anida en la obra de Simmel y realiza una interesante genealogía del
"hamo tragicus», Indaga inicialmente en las ralees de la tragedia en el
mundo griego, donde se manifiesta la copresencia de un drama coral y del héroe
trágico (Prometeo, Edipo, Ulises), para constatar el cambio de la tragedia en
e! cristianismo, donde ha desapa-recido ya el coro y persiste el heroe
individual, que arriba a la modernidad ilustrada y postilustrada. en un nuevo
drama coral de espectadores anónimos, cuyo héroe ya no es más Prometeo, ni
Jesús de Nazareth, ni siquiera su secularización goethiana en Fausto. o en el
modernísimo Doktor Faustus de Mnnn, sino e! «hombre sin atribu-tos» como sujeto
de posibilidades que comparece en Musil o en el {láneur de
Bau-delaire-Benjamin. Este drama coral sin héroe se escora hacia el absurdo, en
un mun-do desvertebrado, pero exclusivamente humano, heterogéneo, ambivalente,
"en el que el nomos humano ha desplazado totalmente al cosmos divino,
fijando el destino exclusivamente a partir de sí mismo». Como los ángeles
protagonistas de Wings of Desire (Cielo sobre Berlín). el film de Wim Wenders
con guión de Peter Handke, el héroe trágico que Ramos extrae de Simme! «no
grita, no se queja, no hay coro comu-nitario que maldiga un destino personal y
lo reubique en el probable hermanamiento de! nomos humano y e! cosmos divino...
Sólo queda una muchedumbre solitaria de hombres sin atributos.... que sólo
pueden hallar una salida en los milagros extraccti-dianas de la aventura y la
experiencia estética de la movilidad pura». Lo que caracte-riza a este hacer y
padecer, a esta actividad y a esta pasividad, en definitiva, a esta
ambivalencia específicamente moderna es, por una parte. su tendencia a separar,
a desmembrar (sparagmos) lo que estaba unido, y estoy no otra cosa es la fisión
simbó-lica moderna frente a la fusión simbólica premoderna. y, por otra parte.
su tendencia a unir monstruosamente Jo que estaba separado, como lo ha puesto
de manifiesto la espantosa Shoah o la barbarie estalinista. En esta
ccíncidentíaopposítorum imposi-ble es donde comparece el destino trágico de la
modernidad.
Peter Fuchs
ha destacado en "Van Etwas -Olme- Eigenschaten», Manuscri-to, 2001. la
afinidad existente entre el «hombre sin atributos» musiliano y la «socie-dad
sin atributos» actual, como los dos lados de una constelación sociocultural con
posibilidades infinitas que trata de crear constantemente nuevas formas de
reduc-ción de la contingencia existente en el mundo.
La
influencia nietzscheana en Musil se pone de manifiesto en este párrafo.
306 307
ta, en proceso, por su alto grado de libertad,
pero, a veces, como ahora, la libertad de elegir se puede experimentar como una
carga, caso de Ulrich.
Incluso el concepto de verdad y de realidad de
Ulrich no son sino una derivación literaria del fondo filosófico nietzscheano y
un preludio de la postmodemidad. Así se pre-gunta: «¿Es verdad que yo conozco
mi verdad? Los objetivos, las voces, la realidad, todo esto tentador, seductor
y guía, a lo que nosotros seguimos y en lo que nos escollamos... ¿Es esto pues
la verdadera realidad, o no se revela de ella nada más que un soplo intangible
descansado sobre la brindada realí-dad?».159 «Vivir hipoteticamentev.t'"
en medio de conjeturas, fácilmente so me tibIes a falsación. refleja el
concepto de ver-dadera realidad para Ulrich. No existe «ni orden, ni objeto, ni
yo, ni forma, ni principio seguro».'?'
El moderno self desagregado es un self plural. Las
cualida-des de la persona se separan de ella y se convierten en meros apéndices
de sus roles sociales variables. Al comienzo de la novela se afirma que hoy
todo individuo, no sólo Ulrich, tiene al menos nueve caracteres -vinculados
consecutivamente con su vocación, nación, Estado, clase, contexto geográfico,
sexua-lidad, yo, ello y, quizás, su vida privada. Así un individuo pue-de ser
profesor, checo, súbdito de Austria-Hungría, una per-sona de antecedentes
pequeño-burgueses, un moralista con una libido inmoral y, en la cumbre de iodo,
quizás, alguien con un aprecio profundo del arte. A juicio de Musil, este
ca-rácter unifica todos los otros, pero ellos le descomponen, y él no es sino
una pequeña artesa lavada por todos esos arroyuelos que convergen en ella, y de
la que otra vez se alejan para lle-nar con otro arroyuelo otra artesa más. «Por
eso tiene todo habitante de la tierra un décimo carácter y éste es la fantasía
pasiva de espacios vacíos. Este décimo carácter permite al hombre todo, a
excepción de una cosa: tomar en serio lo que hacen sus nueve caracteres y lo
que acontece con ellos; o sea, en otras palabras, prohíbe precisamente aquello
que le podría llenar, este espacio reconocido como difícil de describir, tiene
R.
Musil,opuscit., 159.
/bíd., 304.
/bíd., 305.
en Italia colores y forma distintos que en
Inglaterra, porque
eso que se destaca en él tiene allí otra forma y
otro color, y es en una y otra parte el mismo espacio vacío e invisible en cuyo
interior está la realidad, como una pequeña ciudad
de cajón de sastre, abandonada por la fantasía-.!" El self moderno no es
un instrumento ad majorem dei gloriam, como ocurría en esa primera constelación
que produjo la ascética protestante en Occidente, sino un «vacío» para ser
llenado y rellenado con nuestras fantasías sin que nunca se agoten sus
potencialida-des, es como la noción del uts (vacío) del escultor vasco Jorge
Oteiza. Este nuevo self se proyecta como algo «vacío no impe-dido (unencumbered)
por nada e improvisador»."? es decir, como aquella instancia que permite
un elenco infinito de po-sibilidades. Este self proteico y plural tiene su
corresponden-cia en un mundo plural. Si Dios no existe como centro de nues-tra
vida, entonces, cualquier self es posible. El «hombre sin atributos» musiliano
anticipa, en el primer tercio del siglo xx, algo que va a ser una realidad
abrumadora en el último tercio de dicho siglo y ya comenzado el siglo XXI: la
existencia de un self postmoderno en sus diversas acepciones: playing self
(Melucci), minimal self (Lasch).
Conclusiones
En este viaje que hemos realizado, como Ulíses
saliendo y regresando a Ítaca, hemos analizado las diversas metamorfo-sis que
experimenta el self. Así en los albores de la modernidad trata de despegarse de
sus vínculos con la tradición, con una cierta exterioridad que se manifiesta
como pasado, como algo ya dado de lo cual puede y debe nutrirse. La reforma
protes-tante, con su inequívoca apuesta por el libre examen, crea un tipo de
«personalidad total» que va a dar sentido a su vida «desde dentro», primero pactando
con Dios para luego meta-morfosear tal pacto en pacto con el diablo.
Desencantamiento y encantamiento, como han advertido Max Weber y Thomas
tbtd., 42.
Ver esta
idea tomada de R.N. Bellah y colaboradores, en Habits oíthe Hean:
lndividualism and Ccnmitment in American ui« Nueva
York, 1985, 80.
30S 309
Mann, no son sino las dos caras de un mismo proceso
social, dos instancias que se correfieren y cuya separación mutila una
interpretación cabal de la contextura temporal que se proyec-ta como horizonte
de comprensión y de acción del self proto-moderno, moderno y, en última
instancia, postmoderno.
El final del siglo XIX y los comienzos del siglo XX
dibujan un perfil del self cuya dirección no procede de su interior sino que
vuelve, como había pasado con el self tradicional, a estar determinado por el
afuera, esta vez dirigido por los otros, como hemos visto con la ayuda de
Sirnrnel, Riesman, Poe, Baude-laire, Benjamín, Kafka, Bernhard y Musíl. Si para
Weber el análisis de los textos y de las prácticas religiosas fue el necesa-rio
banco de datos del que extrajo las conexiones de significa-do que explicaban la
afinidad electiva existente entre el espí-ritu capitalista y la ética religiosa
del protestantismo ascético, en una época en que la religión no es ya una
instancia necesa-ria de mediación que relaciona todas las actividades sociales
proporcionándoles un sentido unitario, he recurrido al análi-sis de las
afinidades existentes entre determinados tipos idea-les de la sociología y
determinados tipos y arquetipos que pro-ceden de la literatura contemporánea.
310
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ÍNDICE
Prefacio, por Shlomo Noah Eisenstadt IX
Introducción .
Modernidad: ¿una, ninguna o muchas? 11
1. La noción de modernidades múltiples 12
2. El surgimiento de la modernidad en Europa
occidental.
La modernidad europeo-occidental 30
3. El excepcionalismo de la modernidad americana:
meltíng pot o glorious mosaic "............ 46
4. La domesticación del Samurai: la modernidad
japonesa.. 54
5. La moderna antimodernidad del fundamentalismo:
la dimensión jacobina de la modernidad "....... 62
A modo de conclusión 74
La agenda oculta de la modernidad: el eterno
retorno
de la violencia colectiva "".......... 77
Introducción 78
1. El sueño de una modernidad sin violencia 83
2. Los clásicos de la sociología europea y
norteamericana
ante la Gran Guerra de 1914 90
3. Las afinidades electivas entre Estado nacional,
capitalismo y poder militar 101
4. ¿Modernidad y/o barbarie?: Auschwitz y después 109
5. Las metamorfosis y antinomias de la violencia
lectiva actual 122
6. ¿De Hobbes a Kant o de Hobbes a Carl Schmitt? 138
A modo de conclusión 151
El imaginario social moderno: una posmetaffsica de
la indeterminación y la contingencia 153
1. El punto de partida: el imaginario social 155
2. La autoproducción de la sociedad 162
3. Del imaginario central unitario al imaginario
politeísta moderno 167
4. Si todo lo sólido se desvanece en el aire,
entonces, todo lo líquido permanece en la realidad 177
A modo de conclusión 185
Las guerras culturales: el límite en disputa 187
1. La producción del límite como producción de la
realidad social 187
2. La canonización del límite: la pureza en el
esquema clasificatorio rígido 204
3. La de-construcción del límite: la ambivalencia en
el esquema clasificatorio flexible
A modo de conclusión 257
Del descentramiento de las cosmovisiones al
descentramiento del sujeto: las máscaras
del se!f en la modernidad 259
1. La idea de «llamada» en la ascética protestante 265
2. Del «pacto con Dios», a través de la búsqueda del
daimon personal, al «pacto con el diablo» 275
3. Del self «dirigido internamente» al self
«dirigido por los otros» 285
4. El lado sombrío del self «dirigido por los
otros» 300
5. El
«hombre sin atributos» como
hombre de posibilidades 304
Conclusiones 309
Bibliografía 311

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