© Libro N° 7612. Aristóteles. Barnes, Jonathan. Emancipación. Agosto
8 de 2020.
Título original: © Aristotle
Versión Original: © Aristóteles.
Jonathan Barnes
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Jonathan Barnes
Aristóteles
Jonathan Barnes
Jonathan Barnes
Aristóteles
TERCERA EDICIÓN
CATEDRA
TEOREMA
Título original de la obra: Aristotle
Traducción de Marta Sansigre Vidal
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Press under the title Aristotle
© Jonathan Barnes 1982
Ediciones Cátedra, S. A., 1999
Juan Ignacio Luca de Tena, 15, 28027 Madrid
Depósito legal: M. 2.858/1999
I.S.B.N.:
84-376-0684-5
Printed
in Spain
Impreso en Fernández Ciudad, S. L.
Catalina Suárez, 19. 28007 Madrid
índice
CAPÍTULO 1. El hombre y su obra 11
CAPÍTULO 2. Un hombre público 17
CAPÍTULO
3-
Investigaciones zoológicas
22
CAPÍTULO 4. Recolección de datos 31
CAPÍTULO
5.
El trasfondo filosófico
3 7
CAPÍTULO
6.
La estructura de las ciencias
45
CAPÍTULO 7 . Lógica 5
2
CAPÍTULO 8. Ciencia 59
CAPÍTULO
9-
Ideal y realización
66
CAPÍTULO 10. La
realidad 7 1
CAPÍTULO 1 1
. El cambio 8 1
CAPÍTULO 12. Las causas 89
CAPÍTULO 13. E
m p i r i s m o 9 8
CAPÍTULO 14.
La imagen del mundo según Aristóteles....
103
CAPÍTULO 15. Psicología 1 1 0
CAPÍTULO 16. Evidencia
y teoría 116
CAPÍTULO 17. T
e l e o l o g í a 122
CAPÍTULO 18.
Filosofía práctica
129
CAPÍTULO 19. Las
artes 138
CAPÍTULO 20.
Supervivencia de Aristóteles
142
Tabla
cronológica
147
Bibliografía
sugerida
149
Referencias
153
7
A Richard Robinson
w
CAPITULO I
El hombre y su obra
Aristóteles murió en el otoño del año 322 a. de C.
Tenía sesenta y dos años y se hallaba en la plenitud de su capacidad: un
estudioso infatigable cuyas explo-raciones científicas eran tan amplias como
profundas sus especulaciones filosóficas; un maestro que inspiró —y sigue
inspirando— a generaciones de discípulos. Una figura pública polémica que vivió
una vida tur-bulenta en un mundo turbulento. Dominó la antigüe-dad como un
coloso. Ningún hombre antes de él ha-bía aportado tanto al saber. Ningún hombre
después de él podía esperar igualar sus logros.
Del carácter y la personalidad de Aristóteles
sabe-mos poco. Provenía de una familia rica. Era algo «dandy», llevaba anillos
en los dedos y el pelo muy corto, a la moda. Sufría de digestiones difíciles y
di-cen que era patilargo. Era un buen orador, lúcido en sus conferencias y
persuasivo en la conversación, y te-nía un ingenio mordaz. Sus enemigos, que
eran nu-merosos, le presentaban como arrogante y altanero. Su testamento, que
se ha conservado, es un documen-to que muestra generosidad y solicitud. Sus escritos
fi-losóficos son impersonales en gran medida, pero su-gieren que valoraba la
amistad y la autosuficiencia y
11
que, aunque era consciente de su lugar en una
tradi-ción honorable, estaba debidamente orgulloso de sus propios logros. Como
hombre era, sospecho, más ad-mirable que amable.
Pero ésta es una especulación ociosa; porque no
po-demos esperar conocer a Aristóteles como podemos conocer a Albert Einstein o
a Bertrand Russell: vivió hace demasiado tiempo. Sin embargo, una cosa puede
decirse con certeza: Aristóteles fue impulsado duran-te toda su vida por un
solo deseo dominante: el deseo de saber. Toda su carrera y toda su actividad
testimo-nian que le preocupaba ante todo fomentar el descu-brimiento de la
verdad y aumentar la suma del cono-cimiento humano.
Aristóteles no se tenía a sí mismo por el único en
poseer tal deseo, aunque él persiguiera su objetivo con una devoción singular:
creía que «por naturaleza, to-dos los hombres desean saber»; porque a cada uno
de nosotros debe identificársenos, propiamente hablan-do, con su mente y «la
actividad de la mente es vida». En una obra temprana, el Protrepticus o
Exhortación a la filosofía, Aristóteles afirmó que «la adquisición de sabiduría
es placentera; a todos los hombres les gusta la filosofía y desean pasar el
tiempo con ella, de-jando a un lado todas las demás cosas». (La filosofía no es
para Aristóteles la disciplina abstracta a la que se dedican unos académicos
enclaustrados. Es, de for-ma general, la búsqueda del conocimiento.) Y en la
Etica a Nicómaco arguye que «la felicidad» —el esta-do en el que los hombres se
realizan y se desarrollan mejor— consiste en una vida de actividad intelectual
y de contemplación. ¿No es una vida así demasiado divina para que la lleve un
simple hombre? No, por-que «no debemos escuchar a quienes nos instan a pen1 sar
pensamientos humanos porque somos humanos, y pensamientos mortales porque somos
mortales; por el contrario, debemos inmortalizarnos en la medida
12
de lo posible y hacer todo lo que podamos poy vivir
según el elemento más elevado en nosotros, pues, aunque sea pequeño en tamaño,
es mucho mayor que ninguna otra cosa en poder y valor».
El fin más noble del hombre consiste en
inmorta-lizarse o limitar a los dioses, porque al hacerlo se hace más
plenamente hombre y más plenamente él mis-mo. Y esa autorrealización requiere
que actúe según ese deseo de conocimiento que, como hombre, posee naturalmente.
La receta de Aristóteles para lograr la «felicidad» puede considerarse un poco
severa o res-tringida, y quizá era demasiado optimista al atribuir a toda la
humanidad su propio deseo apasionado de saber. Pero su receta era sincera:
Aristóteles nos acon-seja que vivamos nuestras vidas como él trató de vi-vir la
suya.
Uno de los biógrafos antiguos de Aristóteles
ad-vierte que «escribió gran número de libros que he con-siderado apropiado
enumerar a causa de la excelencia de este hombre en todos los campos»: sigue
una lista de unos ciento cincuenta escritos que, tomados en con-junto y
publicados al estilo actual alcanzarían quizá cincuenta voluminosos tomos de
letra impresa. Y la lista no incluye dos de las obras, la Metafísica, y la
Eti-ca a Nicómaco, que le han dado mayor renombre en nuestros días.
Esta es una amplia producción; sin embargo, es más
notable por su variedad y amplitud que por su simple cantidad. El genio de
Aristóteles abarcaba un amplio campo. El catálogo de sus obras incluye: De la
Justi-cia, De los poetas, De la riqueza, Del alma, Del pla-cer, De las
ciencias, De la especie y el género, Deduc-ciones, Definiciones, Lecciones de
teoría política (en ocho libros), El arte de la retórica, De los pitagóricos,
De los animales (en nueve libros), Disecciones (en siete libros), De las plantas,
Del movimiento, De As-tronomía, Problemas homéricos (en seis libros), De
13
los imanes, Vencedores olímpicos, Proverbios, Del
río Nilo. Hay obras sobre lógica y sobre la lengua, sobre las artes, sobre
ética, política y derecho; sobre histo-ria constitucional y sobre historia
intelectual, sobre psicología y sobre fisiología, sobre historia natural
—zoología, biología, botánica—, sobre química, astro-nomía, mecánica,
matemáticas; sobre la filosofía de la ciencia y la naturaleza del movimiento,
del espacio y el tiempo; sobre metafísica y teoría del conocimiento. Escojan un
campo de investigación, y Aristóteles tra-bajó en él; tomen un área del empeño
humano, y Aris-tóteles discurrió sobre ella. Su alcance es asombroso.
Sólo la quinta parte de sus escritos ha llegado
has-ta nosotros. Pero la fracción que ha sobrevivido, con-tiene una muestra
representativa de sus estudios y, aunque la mayor parte de la obra de su vida
se ha per-dido para nosotros, aún podemos hacernos una idea completa de sus
actividades. Casi todo lo que ha so-brevivido no estaba destinado a ser leído;
parece pro-bable que los tratados que tenemos fueran en su ori-gen las notas de
las conferencias de Aristóteles: son textos sobre los que él trabajó a lo largo
de los años y que tenía para su propio uso, no para el de un pú-blico lector.
Además, muchas de las obras que ahora leemos como tratados continuos,
probablemente no fueron cursos continuos de conferencias. Nuestra Me-tafísica,
por ejemplo, consiste en un número de opús-culos independientes que fueron
recogidos por prime-ra vez bajo una misma cubierta por Andrónico de Ro-das, que
publicó una edición de las obras de Aristóte-les en el siglo I antes de Cristo.
No debería sorprendernos, pues, que el estilo de
los tratados de Aristóteles sea con frecuencia descuidado. Los diálogos de
Platón son obras literarias pulidas, en las que la brillantez de las ideas es
igualada por la ele-gancia del estilo. Los escritos de Aristóteles que han
sobrevivido son, en su mayor parte, sucintos. Sus ar-
14
gumentos son concisos. Hay transiciones abruptas,
re-peticiones poco elegantes, alusiones descuidadas. Se encuentran párrafos de
exposición continuada en me-dio de apuntes entrecortados. El lenguaje es parco
y vigoroso. El estilo sólo se explica en parte por la na-turaleza peculiar de
los tratados; porque Aristóteles había reflexionado sobre el estilo apropiado
para los escritos científicos y era partidario de la simplicidad. «En toda
forma de instrucción hay una cierta necesi-dad de prestar atención a la lengua,
pues el hecho de si hablamos de este u otro modo tiene alguna impor-tancia para
dejar las cosas claras. Pero no tiene mu-cha importancia: todas esas cosas son
alarde y van di-rigidas al público —razón por la que nadie enseña geometría de
ese modo.» Aristóteles era capaz de es-cribir con elegancia —los críticos
antiguos que leye-ron obras suyas que no nos han llegado a nosotros, alabaron
su estilo— y algunas partes de los tratados están escritas con esmero e incluso
con adorno. Pero las palabras elegantes no abren caminos y de un es-tilo
elegante no se saca provecho científico.
El lector que abra una obra de Aristóteles y espere
encontrar una disquisición sistemática sobre algún tema filosófico o un texto
ordenado de instrucción científica se llevará una desilusión: los tratados de
Aristóteles no son así. Pero su lectura no es aburrida. El estilo de
Aristóteles tiene un vigor que, al familia-rizarse con él, resulta tan
atractivo como la bella pro-sa de Platón. Y los tratados revelan los
pensamientos del autor de un modo directo y riguroso: casi pare-ce que estemos
oyendo a Aristóteles hablar consigo mismo.
Por encima de todo, Aristóteles es duro. Lo mejor
es coger un tratado e imaginar que uno tiene que dar una conferencia a partir
de él. Hay que extender el ar-gumento, aclarar las transiciones, dejar de lado
algu-nos puntos para otro momento y otra conferencia,
15
añadir alguna broma, quitar algunos pasajes
demasia-do largos. Aristóteles puede resultar irritante. ¿Qué diablos quiere
decir aquí? ¿Cómo se sigue esto de lo otro? ¿Por qué no podrá ser un poco más
explícito? Un crítico antiguo sostenía que «[Aristóteles] rodea la dificultad
de su materia con la oscuridad de su es-tilo y evita así la refutación —produce
negrura, como un calamar, para que sea más difícil capturarle». A to-dos los
lectores les parecerá, de vez en cuando, que Aristóteles es como un calamar. Pero
los momentos de irritación resultan superados, más que de sobra, por los
momentos de emoción y exaltación. Los tra-tados de Aristóteles ofrecen un
desafío único a sus lec-tores; una vez que éstos han aceptado el reto, no
que-rrían ver esos tratados bajo ninguna otra forma.
16
CAPITULO 2
Un hombre público
Aristóteles no fue un recluso intelectual: la vida
de contemplación que recomienda, no es para pasarla en un sillón ni en una
torre de marfil. Aunque no fue nunca un político, fue una figura pública que
vivió con bastante frecuencia bajo las miradas del público. Pero murió lejos de
los principales núcleos de la vida grie-ga. En la primavera del año 322 se
marchó a Calcis, en la isla de Eubea, donde la familia de su madre te-nía
posesiones; y en los últimos meses de su vida se lamentaba de que se había aislado
y apartado de todo.
Los trece años anteriores los había pasado en
Ate-nas, la capital cultural del mundo griego, donde había enseñado
regularmente en el Liceo. Aristóteles creía que el conocimiento y la enseñanza
eran inseparables. Realizaba sus propias investigaciones en compañía y
comunicaba sus pensamientos a sus amigos y discípu-los, y nunca pensó en
guardarlos como un tesoro pri-vado. Creía, en efecto, que un hombre no podía
sos-tener que conocía un tema a menos que fuera capaz de transmitir su
conocimiento a otros y consideraba que la enseñanza era la manifestación
apropiada del conocimiento.
Con frecuencia se habla del Liceo como de «la es-
17
cuela» de Aristóteles. Es tentador imaginarlo como
una especie de universidad: nos figuramos los hora-rios, los cursos de
conferencias, la matrícula de estu-diantes y la concesión de títulos y rodeamos
a Aris-tóteles de todas las formalidades de nuestro propio sistema educativo.
Pero el Liceo no era un colegio pri-vado: era un santuario y un gimnasio, una
especie de centro público para el tiempo libre. Una vieja histo-ria cuenta que
Aristóteles daba conferencias a sus dis-cípulos escogidos por las mañanas y al
público en ge-neral por las tardes. De cualquier modo, las disposi-ciones en el
Liceo eran seguramente menos formales que las de una universidad moderna. No
había exá-menes, ni títulos, ni programas establecidos; proba-blemente no había
matrícula oficial, ni honorarios.
Aristóteles reunía la enseñanza y la investigación:
sus conferencias debieron ser frecuentemente «artícu-los de investigación», o
charlas basadas en las inves-tigaciones que le ocupaban en el momento. No
tra-bajaba solo. Varios amigos y colegas se unían a él en sus empresas
científicas y filosóficas. Sabemos poco sobre la organización de Aristóteles
para sus investi-gaciones, pero me inclino a pensar que deberíamos imaginarnos
un grupo de amigos trabajando en equi-po, más que un profesor teutónico dirigiendo
los pro-yectos de los más capacitados de sus alumnos.
¿Por qué abandonó repentinamente Aristóteles los
placeres del Liceo y se retiró a la remota Calcis? Dijo que «no quería que los
atenienses cometieran un se-gundo crimen contra la filosofía». El primero había
sido el proceso y la ejecución de Sócrates. Aristóteles temía sufrir el destino
de Sócrates y sus temores te-nían una base política.
Durante la vida de Aristóteles, Macedonia,
gober-nada primero por Filipo II y después por su hijo, Ale-jandro Magno,
extendió su poder y llegó a dominar el mundo griego, privando a las pequeñas
ciudades-
18
estado de su libertad e independencia. Aristóteles
ha-bía mantenido durante toda su vida relaciones con Macedonia. Su padre,
Nicómaco, había sido médico en la corte macedonia y amigo del padre de Filipo,
Amin-tas; y en su testamento, Aristóteles nombraba albacea a Antípater, el
virrey de Alejandro en Grecia. El epi-sodio más celebrado de su conexión
macedonia em-pezó en el 343, cuando Filipo invitó a Aristóteles a Mieza como
preceptor del joven Alejandro. Posterior-mente, una viva relación rodeó la feliz
unión del prín-cipe y el filósofo; pero no podemos pensar que vaya-mos a
atravesar el velo de la leyenda y a descubrir has-ta qué punto influyó
Aristóteles en su ambicioso y de-testable pupilo. (Sí que sabemos, en cambio,
que es-cribió un libro titulado Alejandro, o De las colonias.)
Alejandro murió en junio del año 323. Los
atenien-ses, siempre celosos de su autonomía, se regocijaron,
y el
sentimiento anti-macedonio se hizo fuerte y vio-lento. Aristóteles no era un
agente macedonio, y la teoría política que enseñaba en el Liceo era, en todo
caso, hostil a los intereses macedonios. No obstante, se le asociaba con
Macedonia. (No hay razones para dudar sobre la historia de que los atenienses
habían hecho en una ocasión una inscripción en su honor, en la que se leía que
«había servido bien a la ciudad...por todos sus servicios al pueblo de Atenas,
especialmen-te por su intervención ante el Rey Filipo con el pro-pósito de
defender sus intereses».) Aristóteles tenía amigos macedonios: eso era
suficiente para poner a la democrática Atenas en contra suya. Y encontró
pru-dente abandonar la ciudad.
De grado o por fuerza, Aristóteles era una figura
pública. Para nosotros, mirando hacia atrás desde un punto de mira histórico,
Aristóteles es el Príncipe de los Filósofos. Si sus contemporáneos le
consideraron bajo esa luz, no lo sabemos; pero que disfrutó de cier-ta fama en
Grecia, es algo que puede decirse con bas-
19
tante seguridad. Un interesante aspecto secundario
de su carrera pública es revelado por una inscripción mal conservada que se
encuentra en Delfos: puesto que «ellos redactaron una lápida con los nombres de
aqué-llos que obtuvieron victorias en ambos Juegos Píticos y de aquéllos que
desde el principio organizaron el certamen, sean Aristóteles y Calístenes
alabados y co-ronados; y que los Servidores transcriban la lápida ...y la
erijan en el templo». La inscripción fue grabada al-rededor del 330 a. de C.
Supuestamente, Aristóteles escribió a su amigo
An-típater en los siguientes términos: «en cuanto a lo que se votó para mí en
Delfos, de lo cual me veo ahora privado, ésta es mi actitud: no estoy
enormemente preocupado por la cuestión, ni totalmente despreocu-pado». Al
parecer, los honores acordados para Aris-tóteles en 330 le fueron retirados
posteriormente. La inscripción fue descubierta por los arqueólogos en un pozo:
es posible que hubiera sido arrojada allí en el año 322 a. de C. en un ataque
de resentimiento con-tra Macedonia.
El hecho de que se invitara a Aristóteles a
redactar las listas de las victorias en Delfos, es prueba de que a principios
de los 330 tenía cierta reputación como hombre de ciencia, porque el trabajo
requería una in-vestigación histórica seria. Los vencedores de los Jue-gos
Píticos seguían inmediatamente en importancia a los de los Juegos Olímpicos, y
sus nombres y sus lo-gros se conservaban en los archivos de Delfos.
Aris-tóteles y Calístenes (que era su sobrino) consultaron una enorme cantidad
de archivos antiguos; a partir de aquel material tenían que determinar una
crono-logía correcta y presentar una lista documentada. La lista no tenía
interés únicamente para los deportistas. En la época de Aristóteles, los
historiadores no po-dían anclar sus narraciones en un sistema cronológi-co
universalmente empleado (tal como los historia-
20
dores modernos utilizan la era cristiana). La
exacti-tud cronológica dependía del uso de catálogos, ya fue-ran de dignatarios
del Estado o de vencedores atléti-cos.
El índice de los escritos de Aristóteles contiene
el título de Vencedores Píticos. Junto a él hay otros tí-tulos que dan
testimonio de otros trabajos similares de erudición histórica: Vencedores
Olímpicos, Didas-calia (un catálogo crítico de las obras creadas en los
festivales atenienses), Dicaiomata (una colección de presentaciones legales
hechas por diversas ciudades griegas, que Aristóteles preparó para permitir a
Fili-po resolver disputas sobre fronteras). De las investi-gaciones históricas
de Aristóteles, las más celebradas son las Constituciones de los Estados, 158
en total. Han sobrevivido unos cuantos fragmentos de las Constituciones y al
final del siglo pasado fue descu-bierto un papiro que contenía el texto casi
completo de La Constitución de los atenienses. La obra consiste en una breve
historia constitucional de Atenas, junto con una descripción de las
instituciones políticas ate-nienses del momento. Aristóteles, que no era
ciuda-dano ateniense, había investigado en los archivos ate-nienses y se había
familiarizado con la política ate-niense. Sus investigaciones dieron lugar a
una histo-ria compacta y bien documentada de un aspecto de la vida ateniense.
Juzgada con los patrones de la crítica actual, la obra es de calidad desigual;
pero La Consti-tución de los atenienses, que representa sólo una pe-queña parte
de las investigaciones históricas de Aris-tóteles, ilustra perfectamente la
amplitud y el detalle de sus estudios científicos.
21
CAPITULO 3
Investigaciones zoológicas
Aristóteles empezó a enseñar en el Liceo en 335 a.
de C. Los trece años entre 335 y 322 constituyen su segundo periodo ateniense.
El primero había du-rado veinte años, desde 367 hasta 347. En este año abandonó
repentinamente la ciudad. No se ha dado ninguna razón fiable de su marcha; pero
en 348, la ciudad de Olintos, en el norte, había caído bajo las ar-mas
macedónicas y, en una oleada de reacción hostil, Demóstenes y sus aliados
anti-macedonios habían su-bido al poder en Atenas: es muy probable que Aris-tóteles
se hubiera exiliado por razones políticas en 347, como volvería a hacerlo en
322.
En cualquier caso, en 347, Aristóteles y unos pocos
compañeros cruzaron el Egeo con rumbo al este y se establecieron en Atarneo,
una ciudad con la que Aris-tóteles tenía lazos familiares. El gobernante de
Atar-neo era Hermias, un buen amigo tanto de la filosofía como de Macedonia.
Hermias dio a Aristóteles y a sus amigos «la ciudad de Assos para que vivieran;
y allí transcurrieron sus días en la filosofía, reunidos en un patio, y Hermias
les procuraba cuanto necesitaban».
Aristóteles permaneció dos o tres años en Assos.
Después emigró a Mitilene, en la cercana Lesbos, don-
22
de conoció a Teofrasto, que había de convertirse en
su mejor compañero y discípulo. Poco después regre-só a su ciudad natal,
Estagira, en donde se quedó has-ta que respondió al llamamiento real de Filipo.
Hermias tuvo muy mala prensa en la antigüedad: fue
denigrado por tirano, bárbaro y eunuco. Pero sir-vió noblemente a Aristóteles,
y Aristóteles le admiró a su vez. Cuando, en 341, Hermias fue traicionado y
recibió una muerte espantosa a manos de los persas, Calístenes escribió un
elogio suyo y Aristóteles escri-bió un himno a la virtud en su memoria.
Aristóteles se casó con la sobrina de Hermias, Pitias, que fue la madre de sus
hijos, Pitias y Nicómaco. Cualquiera que fuese el carácter de Hermias, la ciencia
está en deuda con él, porque fue durante esos años de viajes de Aris-tóteles,
entre 347 y 335, y, en particular, durante su estancia en el Egeo oriental,
cuando emprendió la ma-yor parte de la obra sobre la que descansa su
reputa-ción científica.
Pues, si las investigaciones históricas de Aristóte-les
son impresionantes, no son nada comparadas con su trabajo en las ciencias
naturales. Hizo y recogió ob-servaciones en astronomía, meteorología, química,
fí-sica, psicología; pero su fama como investigador cien-tífico descansa sobre
todo en su obra de zoología y bio-logía: sus estudios sobre animales
establecieron los ci-mientos de las ciencias biológicas y no fueron supe-rados
hasta más de dos mil años después de su muer-te. Las investigaciones en las que
se basan esas gran-des obras, se llevaron a cabo, probablemente, en As-sos y
Lesbos; en todo caso, los nombres de lugares que aparecen de vez en cuando en
los tratados bioló-gicos, sirven para situar sus observaciones y señalan el
Egeo oriental como la principal zona de investiga-ción.
Los hechos que Aristóteles puso al descubierto tan
asiduamente, dieron lugar a dos libros, Historia de los
23
animales y Disecciones. Este último no ha
sobrevivi-do. Se ocupaba, como indica su nombre, de la estruc-tura y las partes
internas de los animales; y hay bue-nas razones para pensar que contenía
dibujos y dia-gramas —incluso quizá ellos constituyeran la mayor parte de la
obra. La Historia de los animales ha so-brevivido. Su título (como los de
varias obras de Aris-tóteles) es confuso: el término «historia» es una
trans-cripción del griego «historia» que significa «inquisi-ción» o
«investigación» y una traducción más adecua-
da del título sería investigaciones zoológicas.
Las Investigaciones tratan detalladamente de las
partes de los animales, tanto externas como internas; los diferentes materiales
—sangre, hueso, pelo y lo de-más— de que están constituidos los cuerpos
anima-les; los diversos modos de reproducción; sus dietas, medio natural y
comportamiento. Aristóteles habla de ovejas, cabras, ciervos, cerdos, leones,
hienas, elefan-tes, camellos, ratones, muías. Describe gorriones, pa-lomas,
codornices, pájaros carpinteros, águilas, cuer-vos, mirlos, cucos. Sus investigaciones
abarcan tortu-gas y lagartos, cocodrilos y víboras, delfines y balle-nas.
Enumera los tipos de insectos. Es especialmente informativo respecto a las
criaturas marinas: peces, crustáceos, cefalópodos, testáceos. Las
Investigaciones abarcan desde el hombre hasta los gusanos del queso, desde el
bisonte europeo hasta la ostra mediterránea. Toda especie animal conocida de
los griegos está in-cluida; la mayoría de ellas con descripciones detalla-das;
en algunos casos, las explicaciones de Aristóteles son largas, precisas y
asombrosamente exactas.
La zoología era una ciencia nueva: ¿por dónde
de-bía empezar Aristóteles, enfrentado a una cantidad tan copiosa de datos?
En primer lugar, consideremos las partes del
hom-bre; pues, del mismo modo que las personas com-
24
prueban las monedas refiriéndose al patrón que les
es más conocido, lo mismo ocurre en otros casos, y el hombre es, por necesidad,
el animal que nos es más conocido. Ahora bien, las partes del hombre son
suficientemente claras a la percepción; no obstante, para que no rompamos el
orden debido y para que nos fiemos de la razón tanto como de la percepción,
debemos describir sus partes: primero las partes or-gánicas, luego las partes
uniformes. Ahora bien, las principales partes en las que se divide todo el cuer-po
son éstas: cabeza, cuello, tronco, dos brazos, dos piernas.
Aristóteles empieza por el hombre porque el hom-bre
es el más conocido y puede servir de punto de re-ferencia. Mucho de lo que
dice, él mismo es conscien-te, es perfectamente sabido: puede parecer infantil
o pedante constatar que los hombres tienen cuello en-tre la cabeza y el tronco.
Pero Aristóteles quiere dar una descripción completa y ordenada, incluso a
costa de parecer ingenuo; y, en cualquier caso, la exposi-ción se hace
rápidamente más profesional. El pasaje que sigue dará cierta idea del sabor de
las Investiga-ciones:
El pulpo utiliza sus tentáculos como pies y como
ma-nos: coge la comida con los dos que están situados sobre su boca: y el
último de sus tentáculos, que es muy puntiagudo y el único que es blanquecino y
está bifurcado en el extremo (se desenrrolla hacia el ra-quis: el raquis es la
superficie lisa en el lado opuesto a las ventosas), éste lo usa para la cópula.
Delante del saco y encima de los tentáculos, tiene un tubo hue-co por el cual
descarga el agua de mar que entra en el saco siempre que se mete algo en él por
la boca. El pulpo mueve este tubo a la derecha y a la izquier-da; y a través de
él descarga lechaza. Nada de forma oblicua en la dirección de la llamada
cabeza^esEMífcnc
do los pies; y cuando nada de esta forma, puede
•V'er V
ff ^ ^
- • -AV.
delante de sí (ya que tiene los ojos en lo alto) y
tiene la boca detrás. Mientras el animal está vivo, su ca-beza es dura y está
como inflada. Agarra y retiene las cosas con la cara interior de sus tentáculos
y la membrana entre los pies está totalmente extendida. Si se pone sobre la
arena, ya no puede agarrar.
Aristóteles continúa explicando el tamaño de los
tentáculos. Compara el pulpo a los otros cefalópodos: sepias, calamares y
demás. Da una descripción deta-llada de los órganos internos del animal, que,
obvia-mente ha disecado y examinado con minuciosidad. En el pasaje que he
citado, se refiere al fenómeno de «hectocotilización», la bifurcación de uno de
los ten-táculos del pulpo macho, por medio del que copula con la hembra. El
propio Aristóteles no estaba com-pletamente seguro del hecho (de todas formas,
en otro lugar niega que el pulpo use el tentáculo para la có-pula); pero estaba
en lo cierto y los hechos sobre los que escribe no fueron redescubiertos hasta
mediados del siglo XIX.
Es fácil quedarse boquiabierto ante las
Investigacio-nes, que son, desde cualquier punto de vista, la obra de un genio
y un monumento de infatigable laborio-sidad. No es sorprendente que científicos
más sobrios hayan tomado sobre sí la tarea de señalar los defectos de la obra.
En primer lugar, se dice que Aristóteles comete
fre-cuentes errores de tipo vulgar y acientífico. Un ejem-plo notorio concierne
a la cópula de los insectos. Aris-tóteles afirma más de una vez que durante la
cópula, la mosca hembra inserta un tubo o filamento en el macho, y añade que
«esto es evidente para cualquiera que trate de separar a unas moscas que estén
copu-lando». No lo es: la afirmación es totalmente falsa. Otro ejemplo atañe al
bisonte. Tras una descripción verdadera aunque algo vaga del animal, Aristóteles
afirma que se le caza regularmente por su carne y que
26
«se defiende coceando y excretando y depositando
sus excrementos en una distancia de ocho yardas —pue-de hacer esto fácil y
frecuentemente, y el excremento quema tanto que escuece a los perros y hace que
se les caiga el pelo». Un relato espléndido, pero total-mente absurdo:
Aristóteles se había dejado embaucar por los cuentos de sobremesa de algún
cazador be-bido.
En segundo lugar, se acusa a Aristóteles de no
uti-lizar el «método experimental». Las observaciones so-bre las que informa
son, la mayoría de ellas, de afi-cionado; se hicieron al aire libre y no en
laboratorio. No hay evidencia de que Aristóteles intentara esta-blecer
condiciones experimentales correctas o hacer observaciones controladas; no hay
evidencia de que tratara de repetir sus observaciones, de comprobarlas o
verificarlas. Toda su forma de proceder parece asombrosamente descuidada.
Finalmente, se critica a Aristóteles por ignorar la
importancia de la medición. La auténtica ciencia es esencialmente cuantitativa,
pero las descripciones de Aristóteles son, en su mayor parte, cualitativas. No
era un matemático. No tenía la noción de aplicar las matemáticas a la zoología.
No pesaba ni medía sus ejemplares. Deja constancia de las impresiones de un
profano sobre el aspecto que tienen las cosas, en vez de hacer una descripción
exacta y profesional de cómo son.
Ahora bien, es cierto que hay algo de verdad en
to-das estas acusaciones. Aristóteles no era infalible. Pero las acusaciones
están totalmente fuera de lugar. La primera no tiene ningún interés. Hay
numerosos errores en las Investigaciones, algunos de los cuales se explican por
el hecho de que Aristóteles poseía po-cos instrumentos técnicos y otros que hay
que consi-derarlos como claros errores de observación o de jui-cio. (Su error
más influyente dio lugar a la teoría de
27
la «generación espontánea». Algunos insectos,
afirma Aristóteles, «no son engendrados por animales pa-dres, sino de forma
espontánea: algunos por el rocío que cae sobre las hojas...algunos en el barro
y el es-tiércol cuando se pudren, algunos en la madera (en las plantas o en la
madera seca), algunos en el pelo de los animales, algunos en la carne de los
animales, algunos en sus excrementos». Aristóteles había obser-vado piojos en
el pelo y gusanos en el estiércol; pero no había observado —por falta de instrumentos—
el fenómeno con suficiente exactitud. Pero las percep-ciones superan en mucho a
los errores y ¿qué obra científica ha estado totalmente libre de error?
Las Investigaciones contienen un pasaje del que
suele decirse que da cuenta de un experimento. Aris-tóteles describe el primer
desarrollo de los pollitos en el huevo. Anota con considerable detalle el
estadio de crecimiento alcanzado por el embrión en los días su-cesivos.
Evidentemente, tomó un grupo de huevos, to-dos ellos puestos el mismo día,
quitó uno cada día a la gallina clueca, lo abrió y anotó los cambios diarios
que observaba. Si debemos creer lo que parece impli-car el texto, no hizo esto
solamente con la gallina do-méstica —el caso que describe con detalle— sino
tam-bién con otras aves.
La descripción del embrión de pollo es uno de los
muchos pasajes notables de las Investigaciones; pero no se trata de un informe
sobre un experimento (Aristóteles, por lo que sabemos, no controló las
con-diciones en las que se incubaban los huevos). Tampo-co es típico de la
totalidad de las Investigaciones, en las que las observaciones fechadas y
consecutivas, como ésa, son raras. Pero eso no es de extrañar: el hecho es que
el «método experimental» no tiene es-pecial importancia en el tipo de
investigación al que se dedicó Aristóteles. Él estaba inaugurando una nue-va
ciencia. Había una superabundancia de informa-
28
ción esperando a ser recogida, barajada, escrita y
sis-tematizada. La evidencia experimental no era necesa-ria. Ni, en todo caso,
es, el experimento, adecuado en la zoología descriptiva. Uno no necesita el
«método experimental» para determinar que un hombre tiene dos piernas, ni
siquiera para exponer la hectocotiliza-ción del pulpo. El propio Aristóteles
era muy cons-ciente de que las diferentes ciencias requieren diferen-tes
métodos. Los que le acusan de no experimentar son víctimas del error vulgar de
creer que todas las ciencias deben abordarse por la vía experimental.
Se dice, en ocasiones, en respuesta a la tercera
acu-sación, que la zoología de Aristóteles no es cuantita-tiva porque no poseía
los instrumentos técnicos so-bre los que se basa la ciencia cuantitativa: no
tenía ter-mómetro ni balanzas bien equilibradas ni cronóme-tro exacto. Todo eso
es verdad; pero no hay que exa-gerar. Los tenderos griegos pesaban regularmente
la carne muerta y no hay razón técnica para que Aris-tóteles no pesara y
midiera la viva. Tampoco hace al caso observar que Aristóteles no era matemático.
Aunque él no contribuyó al progreso de las matemá-ticas, conocía bien la obra
de sus contemporáneos (los ejemplos y las referencias matemáticas son
corrientes en sus escritos); y, en todo caso, el introducir la me-dición en la
ciencia no requiere ninguna destreza ma-temática.
Las Investigaciones contienen, de hecho, muchos
enunciados cuantitativos indeterminados (este animal es más grande que aquél,
esta criatura emite más se-men que la otra). Hay también unas pocas
observa-ciones cuantitativas determinadas. De los dos tipos principales de
calamar, advierte Aristóteles, «los lla-mados teuthoi son mucho más grandes que
los llama-dos teuthides, que llegan a una longitud de hasta 7 1/2 pies; se han
encontrado algunas sepias de tres pies y los tentáculos del pulpo llegan a
veces a esa lon-
29
gitud o incluso mayor». Aristóteles parece haber
me-dido los cefalópodos. Podía también haberlos pesado y haber dado otras de
sus estadísticas vitales, pero de-cidió no hacerlo. Como lo vio claramente
Aristóteles, son la forma y la función, más que el peso y la me-dida, lo que
importa en este tipo de zoología. La lon-gitud de los tentáculos de un pulpo,
que varía de un individuo a otro, tiene escaso interés científico; es la
estructura de los tentáculos y su papel funcional en la vida del animal, lo que
interesa al científico.
Las Investigaciones no están libres de errores,
pero son una obra maestra. En ningún otro lugar muestra Aristóteles de forma
más vivida su «deseo de saber».
30
CAPITULO 4
Recolección de datos
Aristóteles era un científico investigador y dedicó
mucho de su tiempo a estudios originales, de primera mano: anotaba sus propias
observaciones y realizaba disecciones él mismo. Pero no podía basar todas sus
múltiples descripciones en investigaciones personales y, como cualquier
buscador de conocimiento, tomó las observaciones de otros hombres y recogió sus
flores. ¿Cuáles fueron, entonces, los métodos de investiga-ción de Aristóteles?
¿Cómo abordaba su trabajo?
Según una amena historia, Alejandro Magno,
«in-flamado por el deseo de conocer la naturaleza de los animales» ordenó que
«varios millares de hombres a través de toda Grecia y Asia Menor se pusieran a
dis-posición de Aristóteles —todos aquellos que vivieran de la caza o la
cetrería o de la pesca, o que cuidasen parques, rebaños, colmenares, estanques
de peces o aviarios— de modo que no hubiera criatura viviente que escapara a su
observación». Desgraciadamente, es improbable que Alejandro hiciera nada por el
estilo; pero tras la historia está el hecho de que en las In-vestigaciones,
Aristóteles hace frecuentes referencias a los informes de colmeneros y
pescadores, de caza-dores y pastores y de todos aquellos que se ocupan de
31
la agricultura y la ganadería. Los colmeneros son
ex-pertos en las costumbres de las abejas, y Aristóteles se fió de su
experiencia. Los pescadores ven cosas que los hombres de tierra adentro no
observan nunca, y Aristóteles les pidió información. Era debidamente cauto
cuando usaba su información. Algunas perso-nas, dice, niegan que los peces
copulen; pero están equivocadas. «Facilita su error el hecho de los peces
copulen rápidamente, de modo que ni siquiera los pes-cadores logran verlo, ya
que ninguno de ellos observa estas cosas con el afán de saber.» No obstante,
mu-chos aspectos de la obra de Aristóteles están basados en parte en el
testimonio de estos profesionales.
Además, Aristóteles tenía a su disposición fuentes
escritas. Los médicos griegos habían hecho algunos es-tudios de anatomía humana
y Aristóteles utiliza sus escritos en su tratamiento de las partes del hombre:
su detallada descripción del sistema vascular incluye largas citas de tres de
sus predecesores. En general, las investigaciones de Aristóteles incluían un
amplio programa de lectura: «trabajaba tanto...que su casa era llamada la Casa
del Lector». Y tenía una gran biblio-teca: «él es el primer hombre del que
sabemos que co-leccionó libros y con su ejemplo enseñó a los Reyes de Egipto a
reunir una biblioteca».
El aprendizaje a partir de los libros tenía
relativa-mente poca importancia para Aristóteles en sus in-vestigaciones
zoológicas, porque había pocos libros de los que pudiera aprender algo, pero en
otras discipli-nas había mucho que leer. Aristóteles recomienda: «uno debería
sacar extractos de las descripciones es-critas, haciendo listas separadas para
cada tema, por ejemplo, sobre el bien, o sobre los animales» y el ín-dice de
sus libros muestra que él mismo preparó di-versas compilaciones de ese tipo. Muchas
de sus pro-pias exposiciones empiezan con una breve historia de la cuestión
tratada y con la presentación en forma re-
32
sumida de las opiniones que habían avanzado sus
pre-d e c e s o r e s. Cuando trata de la naturaleza y la variedad de las
causas en su Metafísica, observa que
hemos considerado suficientemente este tema en la
Física; no obstante, expongamos también las concep-ciones de los que nos han
precedido en la indagación sobre las cosas existentes y en la investigación
filo-sófica de la realidad; porque está claro que también ellos dicen que hay
ciertos principios y causas. Así, según avanzamos, eso nos será útil para la
presente investigación; pues, o bien encontraremos algún otro tipo de causa, o
bien estaremos más firmemente con-vencidos de las que acabamos de mencionar.
Aristóteles escribió varios ensayos sobre historia
intelectual. Su primera obra, De la Filosofía, contenía una descripción
completa de los orígenes y el desa-rrollo del tema y también monografías sobre
Pitágo-ras, Demócrito, Alcmeón y otros. Sólo han sobrevivi-do fragmentos de
esas obras; pero las historias resu-midas en los tratados venían sin duda de
ahí. Juzga-dos puramente como historia, esos resúmenes no es-capan a las
críticas; pero su objetivo específico no era presentar una narración o hacer
una crónica de la his-toria de una idea. Estaban concebidos para proporcio-nar
un punto de partida a las investigaciones del pro-pio Aristóteles y para la
comprobación de sus espe-culaciones.
No siempre hay exploraciones anteriores que
con-sultar. Al final de uno de sus tratados lógicos, Aris-tóteles escribe que
...en el caso de la retórica había mucho material
an-tiguo que manejar, pero en el caso de la lógica no te-níamos absolutamente
nada, hasta que hubimos pa-sado mucho tiempo en laboriosa investigación. Si,
cuando consideréis la cuestión y recordéis el estado
33
del que partimos, pensáis que el tema está ahora
su-ficientemente avanzado en comparación con otras disciplinas^ue se han
desarrollado en el transcurso de la tradición, entonces os corresponde, a todos
los que habéis escuchado nuestras lecciones, perdonar-nos nuestras omisiones y
agradecernos calurosamen-te nuestros descubrimientos.
La nota de satisfacción no es típica de
Aristóteles; y no cito el pasaje para mostrar que Aristóteles podía darse, en
ocasiones, una merecida palmadita en la es-palda, sino para indicar, por el
contrario, que su pro-cedimiento acostumbrado era el de construir sobre la obra
de sus predecesores. No podía hacer eso en ló-gica, y sólo podía hacerlo en
grado limitado en biolo-gía. En otras disciplinas, «que se han desarrollado en
el transcurso de la tradición», aceptaba agradecido toda esa tradición que se le
ofrecía.
El apoyo en la tradición, o el uso de
descubrimien-tos anteriores, es un procedimiento sensato para cual-quier
investigador intelectual. Pero Aristóteles pro-fundiza un poco más. Era
sumamente consciente de su propia posición al final de una larga línea de
pen-sadores; tenía mucho sentido de la evolución intelec-tual y de su propio
lugar en ella.
Esto afecta a dos rasgos característicos del
pensa-miento de Aristóteles. Primero, insiste en el valor de las que él llama
«opiniones reputables». Algo que es creído por todos o por la mayoría de los
hombres —en cualquier caso, por todos o por la mayoría de los hom-bres
inteligentes— es reputado y debe, piensa Aris-tóteles, tener algo en su favor.
En los Tópicos, una obra que se ocupa principalmente del razonamiento sobre y a
partir de las «opiniones reputables», nos aconseja que recojamos tales opiniones
y las utilice-mos como puntos de partida para nuestras indagacio-nes. En la
Etica a Nicómaco, da a entender que, al me-nos en la filosofía práctica, las
opiniones reputadas
34
pueden ser asimismo puntos finales: «pues, si las
di-ficultades están resueltas y se mantienen las opinio-nes reputables, se
habrá dado suficiente prueba de la cuestión». Lo mejor que pueden esperar
lograr nues-tras investigaciones es aventar las opiniones reputa-bles, con lo
que se volarán las pajas de la falsedad y quedarán los granos de la verdad.
El consejo de Aristóteles de que prestemos
aten-ción a las opiniones reputadas no es una simple su-gerencia trivial en el
sentido de que, antes de empe-zar una investigación, es conveniente ver qué han
he-cho otros hombres. Los hombres desean por natura-leza descubrir la verdad.
La naturaleza no les hubiera dado ese deseo si hubiera sido imposible
satisfacerlo. De ahí que si los hombres en general creen algo —si una cosa es
reputada— es señal de que es más pro-bable que sea verdadera que falsa.
En segundo lugar, Aristóteles tenía una clara idea
de la importancia de la tradición para el aumento del conocimiento.
En todos los casos de descubrimiento, aquellas
cosas que han sido tomadas de otros que han trabajado an-teriormente sobre
ellas, dan lugar al progreso gra-dual en manos de quienes las han tomado,
mientras que lo que se descubre en el comienzo, habitualmen-te, no progresa
sino muy poco al principio, y sin em-bargo es mucho más útil que el incremento
poste-rior que depende de ello. Pues el principio es, sin duda, la cosa más
importante de todas, como dicen. Y por eso es la más dura; pues, cuanto mayor
es en poder, menor es en magnitud y más difícil de ver. Pero una vez
descubierta, es relativamente fácil in-corporar y aumentar el resto.
O también:
La investigación de la realidad es en cierto modo
di-
35
fícil y en cierto modo fácil. Una indicación de
esto es que nadie puede alcanzarla de una forma total-mente satisfactoria y que
nadie falla por completo: cada uno de nosotros dice algo sobre la naturaleza y
aunque como individuos hacemos avanzar la cuestión poco, o nada, de todos
nosotros tomados conjunta-mente resulta algo considerable y, como dice el
pro-verbio, ¿quién dejará de ver la puerta de un grane-ro?... Y no es justo dar
gracias solamente a aquéllos cuyas creencias compartimos, sino también a aqué-llos
cuyas concepciones son más superficiales; por-que también ellos contribuyeron
algo, ya que nos pre-pararon las cosas. Si Timoteo no hubiera existido,
ca-receríamos de mucha de la poesía lírica; pero si Fri-nis no hubiera
existido, Timoteo no la hubiera he-cho. Ocurre lo mismo con los que han
expresado sus concepciones de la realidad. Pues, de algunos de ellos hemos
tomado ciertas opiniones y otros fueron cau-sa de la existencia de esos
hombres.
La adquisición de conocimiento es ardua y la
cien-cia crece lentamente. El primer paso es el más difícil, porque no tenemos
nada que nos guíe en nuestro ca-mino. Más adelante, el progreso es más fácil;
pero aun así, como individuos podemos aportar poca cosa al montón creciente de
conocimientos: es colectiva-mente como las hormigas fabrican el hormiguero.
36
CAPITULO 5
El trasfondo filosófico
Aristóteles fue un infatigable coleccionador de
da-tos: datos zoológicos, astronómicos, meteorológicos, históricos,
sociológicos. Algunas de sus investigacio-nes políticas fueron realizadas
durante la última eta-pa de su vida, cuando, de 335 a 322, enseñaba en el Liceo
de Atenas; gran parte de su investigación bio-lógica se llevó a cabo durante
los años de sus viajes, entre 347 y 335. Hay razones para creer que sus
ac-tividades de recogida de datos fueron igualmente im-portantes en la primera
época de su vida adulta, en-tre 367 y 347, pero ese periodo está por narrar.
Hasta ahora hemos visto a Aristóteles como figura
pública y como investigador privado; pero eso es, como mucho, la mitad de lo
que fue. Al fin y al cabo, se considera que Aristóteles fue un filósofo y no
hay nada de filosófico en las operaciones que he estado describiendo. En
efecto, uno de los antiguos enemi-gos de Aristóteles le acusaba de ser una
simple urraca:
¿Por qué se apartó de la exhortación de los jóvenes
e incurrió en la terrible cólera y enemistad de los se-guidores de Isócrates y
de algunos otros sofistas? De-bía tener seguramente una gran admiración por sus
37
propios poderes, desde el momento en que abando-nó
su ocupación adecuada y se encontró, con ese mo-tivo, recolectando junto a sus
discípulos leyes e in-numerables constituciones y peticiones legales sobre
territorios y apelaciones basadas en circunstancias y cosas por el estilo, y
decidió ...conocer y enseñar filo-sofía y retórica y agricultura y cosmética y
minería y los oficios practicados por quienes están avergonza-dos de lo que
hacen y dicen que lo hacen por nece-sidad.
La acusación está llena de retórica y contiene
algu-nas falsedades absurdas: Aristóteles no dedicó mucho estudio a la
cosmética. Pero, con todo, es digno de te-ner en consideración. Los estudios de
Aristóteles so-bre «política y agricultura» son impresionantes, las
Constituciones y las Investigaciones son obras mag-níficas; pero ¿cómo se
relacionan con la filosofía? Ne-cesitaremos contar una larga historia para
responder a esa pregunta.
Aristóteles nació en 384 en la ciudad de Estagira,
al norte de Grecia. Su padre murió cuando él era aún pequeño y le educó su tío
Proxeno, que estaba rela-cionado con Atarneo. Nada hay escrito sobre la
edu-cación temprana de Aristóteles; pero como venía de una familia rica e
instruida, sin duda recibió el tipo de educación literaria y gimnástica que era
normal para un griego de buena cuna. En 367, a la edad de diecisiete años, se
marchó de Estagira a Atenas, don-de se unió a un brillante grupo de hombres que
tra-bajaban y estudiaban en la Academia bajo la dirección de Platón. En una de
sus obras perdidas, Aristóteles contaba cómo un campesino corintio había leído
Gor-gias de Platón y «al momento renunció a sus tierras y a sus viñas, hipotecó
su alma a Platón y la sembró y la plantó con la filosofía de Platón». ¿Se trata
de una autobiografía novelada? Tal vez el joven Aristó-teles leyera los
diálogos de Platón en Estagira y fuese
38
seducido por la Dama Filosofía. Sea como fuere, el
cambio a Atenas y a la Academia fue el acontecimien-to crucial de la vida de
Aristóteles.
La Academia, como el Liceo, era un lugar público y
la escuela de Platón se parecía tan poco a una uni-v e r s i d ad moderna como
la de Aristóteles. Sin embar-go, había algunas diferencias entre los dos
estableci-mientos. Platón poseía una finca propia cerca de la Academia. Sus
charlas y sus discusiones no eran, por regla general, públicas. En realidad, la
escuela de Pla-tón parece que fue verdaderamente un club bastante selecto. En
367, Aristóteles ingresó en él.
El propio Platón no cultivaba la polimatía. No
as-piraba a la diversidad que su discípulo más famoso al-canzaría. Por el
contrario, limitaba sus investigacio-nes a la filosofía en el sentido estricto:
a la metafísi-ca, epistemología, lógica, ética, teoría política; y la Academia
era, ante todo, una escuela de filosofía. Pero Platón no llevaba anteojeras:
estimulaba las investi-gaciones de otros hombres en otros terrenos y reunió en
torno suyo a las mentes de mayor talento de Grecia.
Las matemáticas se estudiaban, ciertamente, en la
Academia. El propio Platón no era un matemático, pero estaba muy interesado por
los métodos de las matemáticas; proponía problemas matemáticos a sus discípulos
y les animaba a estudiar las ciencias mate-máticas. Es probable que también se
estudiara ciencia natural. El Timeo de Platón contiene especulación de
naturaleza científica y un comediógrafo ridiculizó así a los jóvenes
académicos: «En el gimnasio de la Aca-demia he oído algunos argumentos absurdos
y ex-traordinarios; hablando de la naturaleza, estaban dis-tinguiendo tipos de
animales y clases de árboles y es-pecies de vegetales, y luego trataron de
descubrir a qué especie pertenece la calabaza.» Platón estaba in-teresado por
los problemas de clasificación; y esos problemas afectaron a los intentos
posteriores de Aristóteles sobre taxonomía biológica.
39
La Academia también encontró un lugar para la
re-tórica. Fue en esa disciplina en la que Aristóteles se hizo conocido en un
principio. Aproximadamente en 360 escribió un diálogo, el Gryllus, sobre el
tema de la retórica y en él atacaba las concepciones de Isó-crates, uno de los
principales oradores del momento, un educador y un erudito profesional. Uno de
los dis-cípulos de Isócrates, Cefisodoro, replicó con un largo contraataque: la
primera de las muchas polémicas di-rigidas contra Aristóteles. (Cefisodoro
acusaba a Aris-tóteles de perder el tiempo recogiendo proverbios, prueba de que
ya en 360, Aristóteles había iniciado sus actividades de compilación.) Algunos
años más tarde, en su Protrepticus, Aristóteles defendió los ideales de la
Academia contra las nociones más prag-máticas de la escuela de Isócrates y el
propio Isócra-tes replicó en su Antidosis. A pesar de este profundo desacuerdo,
Aristóteles pudo alabar posteriormente el estilo literario de Isócrates.
La retórica continuó interesando a Aristóteles. Los
primeros borradores de su tratado sobre Retórica, que, a diferencia de Gryllus
y Protrepticus, han llegado in-tactos hasta nosotros, pueden muy bien datar de
aque-llos primeros años en la Academia; y no se dieron los toques finales a la
obra hasta el último periodo de la vida de Aristóteles. La retórica y el
estudio de la lite-ratura están íntimamente relacionados: Aristóteles es-cribió
un libro histórico-crítico De los Poetas y una colección de Problemas homéricos.
También es posi-ble que esos estudios se iniciaran en la Academia. Ellos
muestran que Aristóteles fue un estudioso serio de la filosofía y la crítica
literaria, y formaban parte del trabajo preparatorio para la Poética, en la que
Aristóteles esbozó su celebrada descripción de la na-turaleza de la tragedia, y
para el tercer libro de la Re-tórica, que es un tratado sobre la lengua y el
estilo.
La retórica también está relacionada con la lógica:
40
en efecto, uno de los principales puntos de
Aristóte-les en el Gryllus era que la retórica no debía excitar las pasiones
por medio de la finura del lenguaje, sino que debía persuadir a la razón por
medio de la finura del argumento. El propio Platón estaba enormemen-te
interesado por la lógica o «dialéctica» como se lla-maba entonces; y los
Académicos se dedicaban a una especie de gimnasia intelectual en la que las
tesis es-tablecidas debían ser defendidas y atacadas por medio de una serie de
argumentos estilizados. Los Tópicos de Aristóteles se delinearon por primera
vez en sus años de Academia. La obra enumera los diversos ar-gumentos-forma
(topoi, de donde Tópicos), que uti-
lizaban los jóvenes gimnastas. Las Refutaciones
so-fistas, un apéndice a los Tópicos, catalogan numero-sas falacias que tenían
que reconocer y resolver.
Aristóteles permaneció veinte años en Atenas, como
miembro de la Academia de Platón. En 347, el año en que murió Platón, abandonó
Atenas por Atar-neo: tenía treinta y siete años, era un filósofo y un
científico por sus propios méritos. ¿Qué aprendió en aquellas dos décadas de
formación? ¿Qué aspectos de la filosofía de la Academia le influyeron y dieron
for-ma a sus convicciones posteriores?
Sentía un profundo afecto hacia Platón. A la
muer-te de éste, escribió una emocionada elegía en la que le ensalzaba como un
hombre «a quien los hombres perversos no tienen ni el derecho de elogiar; que
solo, o primero entre los mortales, demostró claramente, con su propia vida y
en el curso de sus argumentos, que un hombre llega a ser bueno y feliz al mismo
tiempo». Pero uno puede amar a un hombre y recha-zar sus creencias al mismo
tiempo. Aristóteles no era, desde luego, un platonista cabal. Las concepciones
de Platón se critican fuertemente en los tratados de Aris-tóteles que han
sobrevivido, y le hacía críticas cuando todavía vivía. «Platón solía llamar a
Aristóteles el Po-
41
tro. ¿Qué quería decir con ese nombre? Claramente,
era sabido que los potros cocean a su madre cuando han mamado suficiente.» Los
críticos antiguos acusa-ron al Potro de ingratitud, pero la crítica es absurda:
ningún maestro exige que sus discípulos se adhieran a sus doctrinas por
sentimiento de gratitud. Tanto si Aristóteles creía en las doctrinas de Platón
como si no, resultó ciertamente influido por ellas. Escogeré cinco puntos que,
juntos, determinaron mucho del pensamiento filosófico de Aristóteles e hicieron
de él un científico filosófico, y no un mero coleccionista de información
agrícola.
En primer lugar, Platón reflexionaba profunda-mente
sobre la unidad de las ciencias. Veía el conoci-miento humano como un sistema
potencialmente uni-ficado: la ciencia, para él, no consistía en amasar da-tos
al azar; era la organización de los datos dentro de una explicación coherente
del mundo. Aristóteles también fue un pensador sistemático y compartía de todo
corazón la visión de Platón de una teoría unifi-cada de la ciencia, aunque no
estuviera de acuerdo con Platón sobre el modo de lograr y exponer dicha unidad.
En segundo lugar, Platón era un lógico. Ya he
ci-tado la afirmación de Aristóteles de que él había sido un pionero en la
ciencia de la lógica, y es verdad que Aristóteles convirtió la lógica en una
ciencia e inven-tó la disciplina de la lógica formal. Pero Platón, tanto en sus
diálogos —notablemente en el Parménides y
, el Sofista—
como en los ejercicios «dialécticos» que fomentaba en la Academia, había
preparado el terre-no para Aristóteles. Había investigado los fundamen-tos de
la lógica, y había exigido a sus discípulos que se formaran en la práctica de
la argumentación. El es-tudio de Aristóteles de la retórica en la Academia y su
interés, estrechamente relacionado, por la «dialéc-tica» le iniciaron en la
disciplina que había de hacer suya.
42
Por otra parte, a Platón le interesaban los
proble-m s de la ontología. («Ontología» es un grandioso nombre de una parte de
la metafísica general: un on-tólogo trata de determinar qué tipo de cosas
existen realmente, cuáles son las entidades fundamentales que c o m p o n en el
mundo.) La ontología de Platón estaba contenida en su teoría de las Ideas o
Formas. Según dicha teoría, las realidades últimas —las cosas sobre las que la
realidad de todo lo demás depende de algún modo— son universales abstractos. No
son hombres ni caballos individuales —Pedro, Juan y Pablo; Babie-ca, Rocinante
y Bucéfalo— sino las formas abstractas de Hombre u hombría y de Caballo o
caballez, lo que constituye el mobiliario básico del mundo real. La teo-ría no
es fácil de entender; lo que importa aquí es que Aristóteles la rechazó y que
dedicó mucha de su acti-vidad filosófica a desarrollar una ontología
alterna-tiva.
En cuarto lugar, Platón consideraba el
conocimien-to científico como una búsqueda de las causas o ex-plicaciones de
las cosas. Según su concepción, las no-ciones de ciencia y conocimiento estaban
íntimamen-te ligadas a la de explicación y expuso los tipos de ex-plicación que
podían darse y las condiciones bajo las cuales los fenómenos podían y debían
explicarse. Aris-tóteles heredó esa inquietud. También él liga el cono-cimiento
a la explicación. Sus empresas científicas no tenían por objeto la mera observación
y constatación, sino, por encima de todo, la explicación.
Finalmente, está la cuestión del conocimiento
mis-mo. ¿Cómo adquirimos conocimiento, en primer lu-gar? ¿Por qué cauce
llegamos a conocer y entender el mundo? ¿Por qué suponer, en realidad, que
sabemos algo en absoluto? La parte de la filosofía que trata es-tas cuestiones
suele llamarse epistemología («episte-me» es la palabra griega que significa
«ciencia»). La epistemología le preocupa a todo filósofo que esté in-
43
teresado por la ciencia y nuestra captación de la
rea-lidad, y las teorías epistemológicas estarán determi-nadas, al menos en
parte, por cuestiones ontológicas. Muchos pasajes de los diálogos de Platón
tratan de discusiones epistemológicas. También en esto, Aris-tóteles siguió las
huellas de su maestro.
El conocimiento debe ser sistemático y unificado.
Su estructura viene dada por la lógica y su unidad des-cansa, en el fondo, en
la ontología. Es, esencialmente explicativo. Plantea problemas filosóficos
profundos. Todo eso, y mucho más, lo aprendió Aristóteles en la Academia. Por
muy profundamente que discrepara de la elaboración detallada de Platón en esos
cinco pun-tos, estaba con él en principio. En los próximos capí-tulos esbozaré
las concepciones de Aristóteles sobre estos temas. Al final de ese esbozo, será
posible ver por qué Aristóteles es mucho más que un coleccionis-ta de datos:
por qué es un científico-filósofo.
44
CAPITULO 6
La estructura de las ciencias
La más desarrollada de las ciencias griegas era la
geometría. Euclides realizó su obra después de la muerte de Aristóteles, pero
el propio Euclides se basó en la obra de sus predecesores, quienes habían
dedi-cado cierta reflexión a lo que iba a llegar a ser el ras-go distintivo de
la propia ciencia geométrica de Eu-clides. En una palabra, la geometría de
Euclides es un sistema axiomatizado: Euclides selecciona unos pocos principios
sencillos, o axiomas, que postula como las verdades primeras de su disciplina;
y de esos axiomas hace derivar, por una serie de deducciones lógicamen-te
obligadas, todas las demás verdades de la geome-tría. Esta consiste, pues, en
verdades derivadas, o teo-remas, y verdades primeras, o axiomas. Cada teorema
se sigue lógicamente —aunque frecuentemente pasan-do por una larga y compleja
cadena de razonamien-to— de uno o varios de los axiomas.
La noción de un sistema axiomático es elegante e
intelectualmente atractiva. Platón se sintió atraído por ella y sugirió que la
totalidad del conocimiento hu-mano podía establecerse de algún modo como una
única ciencia axiomatizada. De un reducido conjunto de verdades primeras podría
deducirse lógicamente
45
toda otra verdad. El conocimiento es, pues,
sistemá-tico y unitario: es sistemático porque puede presen-tarse
axiomáticamente, unitario porque todas las ver-dades pueden ser derivadas de un
conjunto único de axiomas.
Aristóteles no estaba menos impresionado que
Pla-tón por el poder de la axiomatización, pero no creía la optimista
afirmación de Platón de que todo el co-nocimiento podía fundarse en un conjunto
único de axiomas. Porque estaba igualmente impresionado por la aparente
independencia de las ciencias. Los mate-máticos y los médicos, los biólogos y
los físicos tra-bajan en terrenos diferentes, tratan de diferentes te-mas y
siguen diferentes métodos. Raramente se su-perponen sus disciplinas. No
obstante, Aristóteles sintió la necesidad de un sistema: si el conocimiento
humano no es unitario, tampoco es, ciertamente, una mera pluralidad inconexa.
«Las causas y principios de cosas diferentes son diferentes —en cierto
sentido—; pero en otro sentido, si hablas universalmente y por analogía, son
todos los mismos.» Los axiomas de la geometría y los principios de la biología
son mutua-mente independientes, pero son los mismos «por ana-logía»: el aparato
conceptual y la estructura formal de todas las ciencias son los mismos.
Aristóteles dividió el conocimiento en tres clases
principales: «todo pensamiento es o práctico o pro-ductivo o teórico». Las
ciencias productivas son las que se ocupan de hacer cosas: la cosmética, la
agricul-tura, el arte y la ingeniería. El propio Aristóteles te-nía poco que
decir respecto al conocimiento produc-tivo. La Retórica y la Poética son sus
únicos ejercicios supervivientes en ese área. (Poética en griego es «poietike»,
y esa es la palabra que se traduce como «productiva» en la frase «las ciencias
productivas».) Las ciencias prácticas se ocupan de la acción, de cómo actúan
los hombres en diversas circunstancias. La Éti-
46
ca y la
Política son las principales
contribuciones de
Aristóteles a las ciencias prácticas.
El conocimiento es teórico cuando su objetivo no es
ni la producción ni la acción sino simplemente la v e r d a d. El conocimiento
teórico incluye todo lo que ahora consideramos como ciencia y según la
concep-ción de Aristóteles, contenía la mayor parte de la suma del conocimiento
humano. Se subdivide en tres especies: «hay tres filosofías teóricas: la
matemática, la ciencia natural y la teología». Aristóteles conocía ín-timamente
las matemáticas contemporáneas, como cualquier otro alumno de Platón, y los Libros
XIII y XIV de la Metafísica constituyen agudos ensayos so-bre la naturaleza de
los números; pero no era un ma-temático profesional y no pretendía haber hecho
avanzar la disciplina.
La ciencia natural incluye la botánica, la
zoología, psicología, meteorología, química, física. (El término que traduzco
como «ciencia natural» es «pbysike», que con frecuencia se transcribe,
equivocadamente, como «física». La Física de Aristóteles es un tratado sobre la
ciencia natural en cuanto tal.) Aristóteles piensa que los objetos de la
ciencia natural se distinguen por dos características: tienen la capacidad del
cambio o movimiento (a diferencia de los objetos de la mate-mática) y existen
«separadamente» o por sí solos. (El segundo rasgo será examinado en un capítulo
poste-rior.) La mayor parte de la vida de Aristóteles estuvo dedicada al
estudio de dichos objetos.
No obstante, la ciencia natural no es la mejor de
las ciencias. «Si no hay sustancias aparte de las sus-tancias naturales, la
ciencia natural será la ciencia pri-mera; pero si hay sustancias inmutables, la
ciencia que trate de ellas será anterior y será la filosofía prime-ra.» Tales
sustancias existen, y son divinas. La teolo-gía es, pues anterior a la ciencia
natural: «las ciencias teóricas son preferibles a todas las demás, y ésta a las
47
otras ciencias teóricas». El término «teología»
debe usarse aquí con precaución. La filosofía primera «debe consistir en el
estudio teórico de los primeros princi-pios y causas de las cosas», y
Aristóteles sigue una lar-ga tradición griega al llamar a esas sustancias
prime-ras «divinas». Hablaré un poco sobre las divinidades de Aristóteles en un
capítulo posterior; aquí basta ob-servar que normalmente las identifica con
partes de los cielos, de modo que la «teología» podría conside-rarse una rama
de la astronomía.
Dos cosas por las que Aristóteles se preocupaba
mucho parecen haber escapado a la red: la metafísica y la lógica. ¿Dónde hay
que situarlas en el sistema de las ciencias? Ambas parecen teóricas y ambas son
tra- 1 tadas por Aristóteles como en algún modo idénticas a la teología.
Según Aristóteles, «hay una ciencia que estudia el
ser qua ser y las cosas que le pertenecen por derecho propio». (Nosotros
llamamos a esta ciencia «metafí-sica», y Aristóteles la estudia en su
Metafísica. Pero Aristóteles nunca utiliza el término «metafísica», y el título
«Metafísica» significa literalmente «Lo que vie-ne después de la ciencia
natural».) La frase «el ser qua ser» tiene un sonido agradablemente esotérico,
y al-gunos eruditos lo han convertido en algo abstruso y abstracto. En
realidad, Aristóteles no quiere decir nada abstruso ni abstracto. «El ser qua
ser» no es un tipo especial de ser; en realidad no existe nada que sea un
ser-qua-sei. Cuando Aristóteles dice que hay una ciencia que estudia el ser qua
ser, quiere decir que hay una ciencia que estudia los seres y los estudia qua
ser; es decir, una ciencia que estudia las cosas que exis-ten (no una cosa
abstracta llamada «ser»), y las estu-dia qua existentes.
La palabrita «qua» juega un importante papel en la
filosofía de Aristóteles. No hay nada misterioso en ella. Pooh-Bah, en The
Mikado, es entre otras cosas,
48
Ministro de Hacienda y Secretario Privado de Ko-Ko.
Tiene actitudes diferentes en sus diferentes capacida-des. Como ministro,
recomienda una ceremonia nup-cial frugal para Ko-Ko y su novia; como
secretario, recomienda gran boato. Hace una cosa qua ministro, o cuando lleva
puesto el sombrero de ministro, y otra qua secretario, o cuando lleva puesto el
sombrero de secretario. En el primer caso, las preocupaciones del Estado son
pertinentes a su consejo, en el segundo, su recomendación está determinada por
consideracio-nes diferentes. Del mismo modo, estudiar una cosa qua existente es
estudiar precisamente los rasgos de la cosa que son pertinentes a su existir y
ninguno de los muchos otros rasgos de la cosa; es estudiarla cuan-do lleva
puesto el sombrero de la existencia. Todo el que no estudia ficciones estudia
«seres», cosas que existen; el estudioso del ser qua ser estudia solamen-te
aquellos aspectos de las cosas existentes que les per-tenecen en virtud del
hecho de que existen.
El estudio del ser qua ser es, pues, sumamente
ge-neral: todo lo que existe entra en su esfera (en con-traste con la
entomología o la fonología, que se limi-tan a los insectos y a los sonidos
lingüísticos, respec-tivamente), y las propiedades que investiga son las que
todas las cosas absolutamente, deben poseer. (Así, el Libro X de la Metafísica
trata de lo que es ser una cosa. Todo es una cosa; por el contrario, sólo
algunas cosas son monópteras o consonánticas.) Aristóteles aborda este estudio
sumamente general en diversos li-bros de la Metafísica. Varios de sus escritos
lógicos, tanto de los que han llegado hasta nosotros como de los perdidos,
están igualmente dedicados a él.
La metafísica, según la concepción de Aristóteles,
es la filosofía primera y, por tanto, se identifica con la teología. Pero cómo
—podemos preguntarnos— una ciencia que estudia absolutamente todo, puede ser lo
mismo que una ciencia que estudia sólo una clase
49
de cosas especiales y sumamente privilegiadas.
Aris-tóteles previo la pregunta. Sugirió que la teología «es universal porque
es primera»; y parece querer decir que si uno estudia las sustancias primeras,
de las cua-les dependen todas las demás entidades, entonces es-tará estudiando
implícitamente todo lo existente qua existente. No todo el mundo ha pensado que
la suge-rencia era digna de ser seguida. Y a veces se conside-ra que la
filosofía primera de Aristóteles consta de dos partes totalmente distintas, una
metafísica gene-ral que estudia los seres qua seres y una metafísica es-pecial
que estudia los principios y causas de las cosas.
En cuanto a la lógica, los sucesores de Aristóteles
no se sentían seguros respecto a su condición. Algu-nos filósofos posteriores
sostuvieron que la lógica era una «parte» de la filosofía: una disciplina al
lado de la matemática y de la ciencia natural. Otros, incluidos los seguidores
del propio Aristóteles, declararon que la lógica era un «instrumento» de la
filosofía: algo que usaban los filósofos y científicos, no un objeto de sus
estudios. (La palabra griega para «instrumento» es «organon»: esa es la razón
por la que los aristoté-licos posteriores dieron el título colectivo de Organon
a los escritos de lógica de Aristóteles.) Parece claro que la lógica es tanto
una parte como un instrumento de la filosofía. La antigua polémica descansaba
en la falsa creencia de que la lógica no podía ser las dos co-sas al mismo
tiempo.
El propio Aristóteles no trató de la posición de la
lógica en su esquema de las cosas. Arguye que el es-tudioso del ser qua ser
estudiará «las cosas llamadas axiomas en matemáticas» o «los primeros
principios de la deducción»; «pues ellos pertenecen a todo lo que existe y no a
un tipo particular de cosas separadamen-te de los otros». Y sostiene que el
lógico «adopta la misma forma que el filósofo» o trata la misma gama de cosas
que el estudioso de la filosofía primera. La
50
lógica> al ser una ciencia enteramente general,
debía s e r subsumida por la metafísica o la teología. Pero hay pasajes en los
que Aristóteles parece implicar que la lógica no debe ser categorizada de ese
modo; y, en efecto, después de decir que el lógico «adopta la mis-ma forma que
el filósofo», añade inmediatamente que la suya es, a pesar de ello, una
profesión diferente.
La estructura del conocimiento humano, según
Aristóteles, puede presentarse en un diagrama de esta forma:
Ciencia
\
Teórica Práctica • Productiva
i r 1
Teología Matemáticas Ciencia Nat.
~i—; 1 I 1 1 r
Aritmética
Geometría etc. Ética Política etc. Arte Retórica
etc.
1 1 r ; —i 1 1
Metafísica
Lógica etc. Biología Botánica Química
etc.
El esquema presenta la estructura y disposición de
las ciencias y muestra que su autor fue un sistemati-zador consciente.
51
CAPITULO 7
Lógica
Las ciencias —en cualquier caso, las ciencias
teóri-cas— deben ser axiomatizadas. Entonces, ¿cuáles de-ben ser sus axiomas?
¿Qué condiciones debe satisfa-cer una proposición para ser un axioma? Y ¿qué
for-man adoptarán las derivaciones dentro de cada cien-cia? ¿Por medio de qué
reglas se deducirán los teore-mas a partir de los axiomas? Éstas son algunas de
las cuestiones que plantea Aristóteles en sus escritos ló-gicos y en particular
en las obras conocidas con los tí-
tulos de Primeros Analíticos y Segundos Analíticos.
Veamos, en primer lugar, las reglas de la deducción y, por tanto, la parte
formal de la lógica de Aristóteles.
«Todas las oraciones tienen sentido...pero no todas
.constituyen enunciados, sólo los constituyen
aquellas en las que se encuentra verdad o falsedad.» «De los enunciados,
algunos son simples, es decir, los que afir-man o niegan algo de algo, y otros
se componen de éstos y son, por ello, oraciones compuestas.» En cuan-to lógico,
Aristóteles está interesado solamente en las oraciones que son verdaderas o
falsas (las órdenes, preguntas, exhortaciones y similares son asunto del
estudioso de la retórica o la lingüística). Aristóteles sostiene que tales
oraciones son todas o simples o
52
compuestas a partir de oraciones simples, y que las
oraciones simples afirman o niegan algo de algo —al-guna cosa respecto a alguna
cosa, como insiste más tarde.
Todo eso lo adoptó Aristóteles del Sofista de
Pla-tón. En sus Primeros Analíticos va más allá que Pla-tón en varios aspectos.
Las oraciones simples del tipo Je que se ocupa la lógica se llaman
«proposiciones» y las proposiciones se analizan en «términos». Si una
proposición dice o niega P de S, entonces S y P son sus términos: P el término
predicado y S el término sujeto. Las proposiciones son o universales o
particu-lares: afirman o niegan P de todo S o de algún S. Así «todo animal
vivíparo es vertebrado» afirma el ser vertebrado de todos los animales
vivíparos; y «algu-nos animales ovíparos no son sanguíneos» niega el ser
sanguíneo de algunos animales ovíparos. Tene-mos, pues, cuatro tipos de
proposiciones simples: uni-versales afirmativas, que afirman P de todo S;
uni-versales negativas, que niegan P de todo S; particula-res afirmativas, que
afirman P de algún S; y particu-lares negativas, que niegan P de algún S.
Aún más, las proposiciones se dan en una variedad
de modos: «toda proposición expresa o que algo se atribuye, o que se atribuye
necesariamente o que se atribuye posiblemente». Así, «algunos calamares lle-gan
a tener una longitud de un metro» expresa el pen-samiento de que tener un metro
de longitud es una verdad de hecho respecto a algunos calamares. «Todo hombre
está constituido necesariamente de carne, huesos, etc.» dice que ser corpóreo
es necesariamente verdad para todo hombre, que una cosa no podría ser un hombre
sin estar constituida de carne, huesos, etc. «Es posible que ningún caballo
esté dormido» enun-cia que estar dormido puede no pertenecer a ningún caballo:
que todo caballo puede estar despierto. Estos tres modos o «modalidades»
reciben el nombre (aun-
53
que no de Aristóteles) de «asertorio», «apodictico»
y «problemático».
Esta es, brevemente, la doctrina de Aristóteles
so-bre la proposición, tal como se encuentra en los Ana-líticos. Todas las
proposiciones son simples o com-puestas de simples. Toda proposición simple
con-tiene dos términos, predicado y sujeto. Toda propo-sición simple es
afirmativa o negativa. Toda pro-posición simple es universal o particular. Toda
proposición simple es o asertoria o apodíctica o pro-blemática.
La doctrina de los Analíticos no es exactamente la
misma que la del corto ensayo De la interpretación,
una obra en la que Aristóteles reflexiona más exten-samente sobre la naturaleza
y estructura de las pro-posiciones simples. Y, como doctrina, está expuesta a
diversas objeciones. ¿Son todas las proposiciones sim-ples o compuestas de
simples? «Actualmente se reco-noce que el último tentáculo del pulpo está
bifurca-do» es, desde luego, una proposición compuesta: con-tiene como parte de
sí misma la proposición «el úl-timo tentáculo del pulpo está bifurcado». Pero
no está compuesta de simples. Consta de una proposición simple antecedida por
«Actualmente se reconoce que», y «Actualmente se reconoce que» no es, en
ab-soluto, una proposición completa. Además, ¿todas las proposiciones simples
contienen solamente dos tér-minos? «Llueve» parece bastante simple. Pero
¿con-tiene dos términos? ¿De qué afirma que llueve? ¿Y la oración «Sócrates es
un hombre»? Esa contiene, ciertamente, un sujeto y un predicado. Pero no es ni
universal ni particular: no predica «hombre» de «todo» ni de «algún» Sócrates;
porque el término Só-crates no es un término general, de modo que (como observó
el propio Aristóteles) las frases «todo» y «al-
gún» no son aplicables a él. , Consideremos,
finalmente, oraciones tales como
54
«las vacas tienen cuatro estómagos», «los humanos
engendran un hijo a la vez» y «los ciervos cambian anualmente las astas», todas
ellas, oraciones del tipo que Aristóteles emplea en sus escritos biológicos. No
e S verdad que toda vaca tenga cuatro estómagos: hay individuos deformes con
tres o cinco. Sin embargo, el biólogo no quiere decir simplemente que algunas
va-cas resultan tener cuatro estómagos, ni siquiera que la mayoría de las vacas
los tienen. Más bien, afirma, correctamente, que toda vaca por naturaleza tiene
cua-tro estómagos (aunque, de hecho, haya algunas que no los tienen).
Aristóteles resalta que en la naturale-za muchas cosas son válidas «para la
mayoría» y cree que la mayor parte de las verdades de las ciencias na-turales
pueden expresarse por medio de oraciones de la forma «por naturaleza, todo S es
P», oraciones que son verdaderas si la mayoría de los S son P. Pero, ¿cuál es
exactamente la estructura de las oraciones de esa forma? Aristóteles debatió la
cuestión, pero se vio obligado a dejarla sin respuesta, y, efectivamente, no la
tiene dentro de su doctrina de la proposición.
El sistema lógico que desarrolla Aristóteles en
Pri-meros Analíticos se basa en su doctrina de la propo-sición. Los argumentos
que contempla constan todos de dos premisas y una sola conclusión, y cada uno
de los tres componentes es una proposición simple. La lógica es una disciplina
general y Aristóteles quería tratar de manera general todos los argumentos
posi-bles. Pero hay un número indefinido de argumentos y ningún tratado podría
ocuparse individualmente de cada uno de ellos. Para tratar de forma general esa
in-definidamente inmensa multiplicidad, Aristóteles in-trodujo un mecanismo
simple: en lugar de emplear términos particulares —«hombre», «caballo»,
«cis-ne»—, en sus exposiciones usó letras —A, B, C. En lugar de oraciones como
«Todo pulpo tiene ocho ten-táculos», encontramos cuasi-oraciones u
oraciones-es-
55
quema del tipo «Todo A es B». Ese uso de las letras
y los esquemas permiten a Aristóteles hablar con toda generalidad, pues lo que
es verdadero respecto a un esquema, es verdadero respecto a todo caso
particular de dicho esquema. Si, por ejemplo, Aristóteles mues-tra que cuando
«Algún A es B» es verdadero, tam-bién lo es «Algún B es A», entonces ha
mostrado im-plícitamente que toda proposición particular afirma-tiva puede
«invertirse» de ese modo: si algunos ani-males marinos son mamíferos, algunos
mamíferos son animales marinos; si algunos hombres son grie-gos, algunos
griegos son hombres; si algunas demo-cracias no son liberales, algunos
regímenes no libera-les son democráticos; y así sucesivamente, para todas las
indefinidas oraciones de la forma «Algún A es B».
Aristóteles inventó el uso esquemático de las
letras. Los lógicos están ahora tan familiarizados con su in-vento, y lo
emplean tan sin pensar, que pueden llegar a olvidar hasta qué punto fue un
invento crucial: sin el uso de estas letras, la lógica no podía convertirse en
una ciencia general de la argumentación. Los Pri-meros Analíticos hacen uso
constante de las letras es-quemáticas. Así, el primer argumento-patrón que
tra-ta Aristóteles se desarrolla de este modo: «Si A se pre-dica de todo B, y B
de todo C, necesariamente se pre-dica A de todo C.» En los argumentos de este
tipo, las tres proposiciones son universales, afirmativas y asertorias. Un caso
podría ser: «Todo animal que res-pira posee pulmones; todo animal vivíparo
respira; por tanto, todo animal vivíparo posee pulmones.»
En el transcurso de la primera parte de los
Prime-ros Analíticos Aristóteles considera todos los posibles emparejamientos
de proposiciones simples y deter-mina de qué pares puede inferirse
correctamente una tercera proposición simple como conclusión y de qué pares no
puede inferirse correctamente una conclu-sión. Divide los emparejamientos en
tres grupos o «fi-
56
guras» y su exposición continúa de una manera
rigu-rosa y ordenada. Los emparejamientos se toman se-gún una pauta fija y para
cada par, Aristóteles enun-cia y demuestra formalmente qué conclusión, en caso
de que haya alguna, puede inferirse correctamente. Toda la exposición se
reconoce como el primer ensa-yo sobre la ciencia de la lógica formal.
La teoría lógica de Primeros Analíticos se conoce
como «la silogística de Aristóteles». Aristóteles expli-ca la palabra griega
«syllogismos» como sigue: «un syllogismos es un argumento en el cual, dando por
su-puestas ciertas cosas, algo diferente de las cosas su-puestas se sigue, por
necesidad, del hecho de que son válidas». La teoría de Segundos Analíticos es
una teo-ría de syllogismos, una teoría, como podríamos expre-sarlo nosotros, de
la inferencia deductiva.
Aristóteles hace grandes afirmaciones respecto a su
teoría: «toda prueba y toda inferencia deductiva (syllo-gismos) debe proceder
por medio de las tres figuras que hemos descrito»: en otras palabras, puede
mos-trarse que toda inferencia deductiva posible consiste en una cadena de uno
o más argumentos del tipo que Aristóteles ha analizado. Aristóteles está
afirmando, de hecho, que ha creado una lógica completa y per-fecta. La
afirmación es audaz y es falsa; porque hay en realidad, un número inmenso de
inferencias que no puede analizar la teoría de Aristóteles. La razón es
sencilla: la teoría de la inferencia de Aristóteles se basa en su teoría de las
proposiciones y las deficien-cias de la última dan lugar a deficiencias en la
prime-ra. Sin embargo, esas deficiencias no se ven a prime-ra vista y los
pensadores posteriores quedaron tan im-presionados por el poder y la elegancia
de la silogís-tica de Aristóteles que durante dos milenios los Ana-líticos se
enseñaron como si constituyeran la suma de la verdad lógica.
Primeros Analíticos es, en efecto, la obra de un ge-
57
nio excepcional. Hay dificultades internas en el
siste-ma de Aristóteles (en especial en su descripción de las deducciones que
incluyen proposiciones problemá-ticas) y el texto contiene errores y cosas
oscuras. Pero ésos son defectos menores: en términos generales, los Analíticos
son un paradigma del pensamiento lógico. Es elegante y sistemática; sus
argumentos son orde-nados, lúcidos y rigurosos; consiguen un nivel nota-ble de
generalidad. Si ya no se los puede considerar como una lógica completa, todavía
se los puede admi-rar como un fragmento casi perfecto de la lógica.
58
CAPITULO 8
Ciencia
La lógica de los Primeros Analíticos sirve para
de-ducir los teoremas de una ciencia de sus axiomas. Los Segundos Analíticos se
ocupan sobre todo de estudiar la naturaleza de los propios axiomas y, por
tanto, de la forma general de una ciencia axiomatizada. En gra-do sorprendente,
Segundos Analíticos es independien-te de la doctrina lógica peculiar de
Primeros Analíti-cos-. las deficiencias de la teoría de la inferencia de
Aristóteles no contagian la teoría de la axiomatiza-ción ni hacen de Segundos
Analíticos una descripción inválida de la forma científica.
La descripción de Aristóteles de los axiomas se
basa en su concepción de la naturaleza del conocimiento científico; porque el
propósito de una ciencia es sis-tematizar nuestro conocimiento de su materia, y
los axiomas y teoremas que la componen deben ser, por tanto, proposiciones que
son conocidas y que satisfa-cen las condiciones impuestas al conocimiento.
Según Aristóteles, «pensamos que conocemos una cosa (en sentido absoluto, no en
sentido sofístico o accidental-mente) cuando pensamos que sabemos la causa por
la cual una cosa es (y sabemos que es su causa) y tam-bién que no es posible
que eso sea de otro modo».
59
Un zoólogo, por tanto, sabrá que las vacas tienen
cua-tro estómagos si, primero, sabe por qué los tienen (si sabe que tienen
cuatro estómagos por tal y tal hecho) y, segundo, si sabe que las vacas tienen
que tener cua-tro estómagos (que no sólo se da el caso de que los tienen) .
Estas dos condiciones impuestas al conoci-miento rigen todo el enfoque de
Aristóteles de la cien-
cia axiomática en los Segundos Analíticos.
La primera condición impuesta al conocimiento
científico es una condición de causalidad. La palabra causa debe tomarse en un
sentido lato: traduce el grie-go «aitía», que algunas personas prefieren
traducir como «explicación». Explicar algo es decir por qué es como es; y decir
por qué algo es como es, es citar su causa. Hay, por tanto, la más estrecha de
las relacio-nes entre explicación y causa, en sentido amplio.
La condición de causalidad está ligada a una serie
de otros requisitos que los axiomas de cualquier cien-cia deben satisfacer.
Si saber es lo que hemos establecido que es, el
cono-cimiento demostrativo debe basarse en cosas que son verdaderas y primarias
e inmediatas, y más conoci-das que la conclusión y anteriores a ella y causas
de ella; pues así los principios serán apropiados a lo que está siendo probado.
Puede haber una inferencia sin esas condiciones, pero no puede haber una
demos-tración; porque no dará lugar a conocimiento cien-tífico.
Los principios o puntos de partida del
conocimien-to demostrativo son los axiomas en que se basa la ciencia; y el
argumento general de Aristóteles es que esos principios o axiomas deben
satisfacer ciertos re-quisitos si el sistema que fundamentan va a ser una
ciencia, un sistema científico.
Evidentemente, los axiomas tienen que ser
verda-deros. De otro modo, ni podrían ser ellos mismos co-
60
nocidos ni fundamentar nuestro conocimiento de los
teoremas. Es igualmente evidente que deben ser in-mediatos y primarios. De otro
modo, habrá verdades anteriores a ellos, de los que ellos pueden deducirse y
entonces no serán axiomas o primeros principios. Una vez más, en la medida en
que nuestro conoci-miento de los teoremas depende de los axiomas, es ra-zonable
decir que los axiomas deben ser «más cono-cidos» que los teoremas.
La última condición de la lista de Aristóteles es
que los axiomas sean «anteriores a la conclusión y causas de ella» y esta
condición enlaza de forma directa con su descripción de lo que es el
conocimiento científico. Nuestro conocimiento de los teoremas descansa so-bre
los axiomas y el conocimiento científico implica la captación de las causas;
por tanto, los axiomas de-ben enunciar las causas últimas que explican los
he-chos expresados por los teoremas. Un hombre que lee una ciencia
axiomatizada, empezando por los axiomas y continuando a través de los teoremas
sucesivos, es-tará leyendo en efecto una lista de hechos conectados causalmente
entre sí.
A primera vista, la condición de causalidad parece
extraña. ¿Por qué debemos suponer que conocer algo supone conocer su causa? Sin
duda conocemos gran número de hechos sobre cuyas causas estamos en la más negra
oscuridad. (Sabemos que ocurre la infla-ción; pero los economistas no pueden
explicar por qué ocurre. Sabemos que la Segunda Guerra Mundial es-talló en
1939; pero los historiadores debaten entre sí sobre las causas de la guerra.)
Y, la condición de cau-salidad ¿no nos amenaza con una retrogresión infini-ta?
Supongamos que conozco X; entonces, según Aris-tóteles, conozco la causa de X.
Llamémosla Y. Enton-ces parece deducirse que tengo que conocer también la causa
de Y; y así ad, infinitum.
El segundo de estos problemas fue explícitamente
61
tratado por Aristóteles. Sostenía que hay algunos
he-chos que son causalmente primarios, o que no tienen causas aparte de sí
mismos; y lo expresa algunas ve-ces diciendo que son auto-causados o
auto-explicati-vos. ¿Por qué tienen cuernos las vacas? Porque tie-nen los
dientes deficientes (de modo que la materia que hubiera formado los dientes va
a hacer los cuer-nos). ¿Por qué tienen los dientes deficientes? Porque tienen
cuatro estómagos (y pueden digerir los alimen-tos sin masticarlos). ¿Por qué
tienen cuatro estóma-gos? Porque son rumiantes. ¿Por qué, entonces, son
rumiantes las vacas? Simplemente porque son vacas-, no hay otro rasgo ulterior,
a parte del de ser vacas, que explique por qué las vacas son rumiantes; la
cau-sa de que una vaca sea un rumiante es simplemente el hecho de que sea vaca.
Que las vacas son rumiantes es auto-explicativo.
Aristóteles suele decir que esos hechos auto-explica-tivos son definiciones, o
parte de definiciones; de modo que los axiomas de las ciencias consistirán, en
su mayor parte, en definiciones. Una definición, en el sentido de Aristóteles,
no es un enunciado de qué sig-nifica una palabra. (No forma parte del
significado de la palabra «vaca» que las vacas son rumiantes; por-que todos
nosostros sabemos lo que significa «vaca» mucho antes de saber que las vacas
son rumiantes.) Por el contrario, las definiciones enuncian la esencia de una
cosa, qué es ser esa cosa. (Es parte de la na-turaleza esencial de una vaca el
ser rumiante; lo que es ser una vaca es ser un animal rumiante de cierto tipo.)
Algunos filósofos modernos han rechazado —y ridiculizado— el discurso de
Aristóteles sobre las esencias. Pero, en realidad, Aristóteles captó una par-te
importante de todo empeño científico: a partir de las naturalezas fundamentales
de las sustancias y las materias —de sus esencias— el científico trata de
ex-plicar sus otras propiedades, las no esenciales. Las
62
ciencias axiomáticas de Aristóteles parten de las
esen-cias y explican sucesivamente las propiedades deriva-das. Los teoremas de
la biología animal, por ejemplo, expresarán las propiedades derivadas, de los
anima-les y la deducción de los teoremas a partir de los axio-mas mostrará cómo
son esas propiedades dependien-tes de las esencias oportunas.
Pero ¿todo conocimiento tiene que ser causal o
ex-plicativo de este modo? Aunque la concepción oficial de Aristóteles es que
«sólo conocemos cada cosa cuan-do conocemos su causa», frecuentemente utiliza
la pa-labra «conocer» o «saber» —igual que lo hacemos no-sotros— en casos en
los que la causa se nos escapa. Y, efectivamente, Aristóteles está, sin duda,
equivo-cado al afirmar que el conocimiento científico es siem-pre causal. Pero
sería una equivocación lamentarse del error y seguir adelante. Aristóteles,
igual que Platón antes que él, estaba principalmente interesado en un tipo
especial de conocimiento, lo que podemos llamar comprensión científica; y es
plausible afirmar que la comprensión científica implica conocimiento de
cau-sas. Aunque podemos saber bastante bien que se da la inflación, sin poder
decir por qué se da, no pode-mos pretender que comprendemos el fenómeno de la
inflación mientras no captemos sus causas y la cien-cia económica será
imperfecta mientras no pueda pro-porcionar esa comprensión causal. Tomada como
le-xicográfica, la definición de Aristóteles de «conoci-miento» es falsa;
interpretada como una observación sobre la naturaleza de la empresa científica,
expresa una importante verdad.
Nada más sobre la condición de causalidad. La
se-gunda condición en la explicación de Aristóteles del conocimiento es que lo
que se conoce debe ser tal por necesidad: si uno sabe una cosa, esa cosa no
puede ser de otro modo. En Segundos Analíticos Aristóteles ela-bora el
argumento. Lo pone en relación con la tesis
63
de que sólo las proposiciones universales pueden
ser • conocidas. Infiere que «la conclusión de una prueba tal tiene que ser
eterna —por tanto, no existe prueba o conocimiento sobre cosas que pueden ser
des-truidas».
La condición de necesidad, con sus dos corolarios,
parece tan rara como la condición de causalidad. Sin duda tenemos conocimiento
de hechos contingentes (por ejemplo, el hecho de que la población del mun-do
está aumentando), y de hechos particulares (por ejemplo, que Aristóteles nació
en el año 384 a. de C). 1 Además, muchas de las ciencias parecen favorecer ese
conocimiento. La astronomía, por ejemplo, trata del Sol, la Luna y las
estrellas; y lo mismo ocurre con la geografía, que Aristóteles estudió en su
Meteorología y, de modo más obvio, con la historia. Aristóteles, es verdad,
piensa que los objetos de la astronomía no son perecederos sino eternos.
También sostiene que «la poesía es más filosófica y más seria que la histo-ria
—porque la poesía tiende a describir lo que es uni-versal, la historia lo que
es particular». (A la historia, en otras palabras, no se le reconoce categoría
cientí- 1 fica.) Pero esto no altera el hecho de que algunas cien- I cias
tratan de forma inequívoca de particulares.
Aún más, Aristóteles creía (como veremos en
se-guida) que las entidades básicas del mundo son par-ticulares perecederos. Y
sería absurdo y paradójico si se viese obligado a sostener la concepción de que
no hay conocimiento científico de esos objetos funda- f mentales. En realidad,
Aristóteles está equivocado al inferir de la condición de necesidad que el conocimien-to
tiene que ser sobre objetos eternos. Es una verdad universal y tal vez
necesaria que los humanos tienen padres humanos («un hombre», en palabras de
Aris- : tóteles, «engendra a un hombre»); y esta verdad es, en cierto sentido,
eterna —al menos es siempre ver- ! dadera. Pero no es una verdad sobre objetos
eternos
64
_ es una verdad sobre hombres mortales,
perecede-ros- El propio Aristóteles concluye, al final de un en-redado
argumento, que «decir que todo conocimiento eS universal... es verdad en cierto
modo y en cierto modo, falso... Está claro que el conocimiento es uni-versal en
cierto modo y en otro, no». Así pues, con-cede que existe «en cierto modo» el
conocimiento de jos particulares; y debemos descartar el segundo co-rolario de
la condición de necesidad como un error.
Respecto al primer corolario, ya he advertido que
en opinión de Aristóteles, los teoremas de la ciencia no siempre son
universalmente válidos ni por nece-sidad: algunos de ellos son válidos
solamente «en la mayor parte de los casos» y lo que es válido «en la mayor
parte de los casos» se distingue explícitamente de lo que siempre es válido.
«Todo conocimiento tra-ta o de lo que siempre es válido o de lo que es válido
en la mayor parte de los casos —por ejemplo, que la aguamiel beneficia, en la
mayor parte de los casos, a los que tienen fiebre.» La aserción de Aristóteles
de que las proposiciones científicas tienen que ser uni-versales es una
exageración, según él mismo admite; y lo mismo debe decirse de la condición de
necesidad.
La ciencia busca la generalidad; para comprender
las ocurrencias particulares, debemos verlas como par-te de una forma general.
La concepción de Aristóte-les de que el conocimiento es de lo que no puede ser
de otro modo es un reflejo de ese importante hecho. Pero es un reflejo
deformado, y la condición de nece-sidad establecida en los Segundos Analíticos
es dema-siado rígida.
65
CAPITULO 9
Ideal y realización
Aristóteles se nos ha presentado hasta ahora como
un pensador profundamente sistemático. Las diversas ciencias son autónomas pero
están sistemáticamente interrelacionadas. Cada ciencia individual debe
desa-rrollarse y presentarse en forma de sistema axiomá-tico —«al modo
geométrico», como lo expresaron fi-lósofos posteriores. Además, el conjunto de
concep-tos dentro del que la noción de ciencia de Aristóteles encuentra su
lugar fue, él mismo, sistemáticamente examinado y ordenado. Quizá nada de eso
sea sor-prendente. La filosofía, después de todo, no es nada si no es
sistemática y el sistema de Aristóteles —su «imagen del mundo»— ha sido alabado
y admirado durante siglos.
Algunos estudiosos, sin embargo, han impugnado esta
concepción. Han negado que Aristóteles fuese creador de un sistema.
Desconfiando ellos mismos de las afirmaciones grandiosas de la filosofía
sistemáti-ca, encuentran que las virtudes de Aristóteles son otras. Según
ellos, la filosofía de Aristóteles es esen-cialmente «aporética»: plantea
cantidades de proble- ¡ mas particulares o aporíai, y les busca soluciones par-
1 ticulares. Su pensamiento es experimental, flexible,
66
cambiante. No esboza un gran designio y mete
des-pués los detalles, encajando cada uno limpia y elegan-temente en el lugar
asignado; más bien, sus métodos, sUS modos de argumentación y su ropaje
conceptual se alteran de vez en cuando y de un tema a otro, he-chos a medida
para adaptarse a problemas individua-les. Aristóteles opera pieza a pieza.
Esta interpretación antisistemática del
pensamien-to de Aristóteles es ahora ampliamente aceptada. Tie-ne algo en su
favor. El Libro III de la Metafísica, por ejemplo, consiste en un largo
catálogo de problemas o aporíai, y mucho del resto de la Metafísica se ocupa de
darles solución. O, consideremos el siguiente pa-saje: «aquí, como en todas
partes, debemos establecer los fenómenos y examinar primero los enigmas; lue-go
debemos comprobar las opiniones reputadas sobre estas cuestiones —si es
posible, todas ellas, si no, la mayoría y las más importantes». Primero,
establecer las concepciones predominantes sobre la cuestión («los fenómenos»,
es decir, «lo que parece ser el caso», son las opiniones reputadas sobre el
asunto); luego, examinar los enigmas que plantean esas opiniones (porque son
oscuras quizá, o incoherentes entre sí); finalmente, comprobar que todas o la
mayoría de las concepciones son verdaderas. Esto no se parece en nada a una
receta para construir un sistema; sin em-bargo, es una receta que Aristóteles
recomienda y que él mismo sigue en ocasiones.
Además, la interpretación aporética parece hacer
justicia, a primera vista, a un aspecto de la obra de Aristóteles que parece
desconcertante según la inter-pretación tradicional. Los tratados científicos
de Aris-tóteles nunca se presentan de forma axiomática. Los preceptos de
Segundos Analíticos no se siguen en, di-gamos, la Meteorología o las Partes de
los animales. Estos tratados no establecen axiomas y luego proce-den a deducir
teoremas; más bien, presentan —y tra-
67
tan de resolver— una sucesión conexa de problemas»
Según la concepción tradicional, los tratados deben parecer —por expresarlo con
una paradoja— total-, mente in- aristotélicos: el cacareado sistema simple
mente no aparece en sus páginas." Según la interpre tación aporética, los
tratados representan la esencia de la filosofía de Aristóteles: sus reflexiones
ocasio-U nales sobre la sistematización no deben ser tomadas excesivamente en
serio —son gestos rituales dirigi-dos a la noción platónica de ciencia, evidencia
de la< convicciones fundamentales del propio Aristóteles.
Es innegable que muchos de los tratados de Aris-i
tóteles son, en gran parte, de estilo aporético —tra-tan, efectivamente, de
problemas y los tratan uno ai uno. También es innegable que el desarrollo de
los tratados no está axiomatizado, o apenas lo está. Es co-rrecto hacer
hincapié en esos aspectos. Pero es ur error inferir que Aristóteles no era, en
el fondo, un pensador sistemático. La teoría expuesta en los Se\ gundos
Analíticos, no puede descartarse como un arj caísmo no pertinente, una mera
genuflexión ante el fantasma de Platón. Hay tantos vestigios e insinua-ciones
de sistematización en los tratados, que la solu-ción de los aporíai no puede
considerarse como el ob-jeto y fin de todas las indagaciones filosóficas de
Aris-tóteles; y —un punto de vista que es digno de subra-j yarse— incluso las
exposiciones de problemas indivi-duales tratados uno a uno reciben unidad
intelectual por medio del marco conceptual común dentro del quel son examinados
y resueltos. La sistematización no se realiza en los tratados, pero es un
ideal, siempre pre-i sente en el fondo.
¿Qué diremos, entonces, de los rasgos asistemáti- j
eos de las obras de Aristóteles? Primero, no todos los I tratados de
Aristóteles son obras de ciencia: muchos I son obras sobre la ciencia. Los
Segundos Analíticos I son un caso. Este tratado no se presenta axiomática-1
68
mente; pero es un tratado sobre el método
axiomáti-co: no se ocupa de desarrollar una ciencia sino del modo en que una
ciencia debe ser desarrollada. Del mismo modo, muchas partes de la Física y la
Metafí-sica son ensayos sobre lo que podríamos llamar los fundamentos de la
ciencia. No debemos esperar que jos escritos sobre la estructura y los
cimientos de la ciencia presenten ellos mismos los rasgos que exigen de los
escritos dentro de la ciencia.
Pero ¿y los aspectos aporéticos de las obras
pro-piamente científicas de Aristóteles? ¿Por qué Meteo-rología y Partes de los
animales, por ejemplo, no es-tán presentados de una manera axiomática? La
res-puesta es desconcertantemente sencilla: El sistema de Aristóteles es un
plan grandioso para las ciencias aca-badas o completadas. Los Segundos
Analíticos no des-criben las actividades del investigador científico:
de-terminan la forma en que los resultados del investi-gador deben ser
organizados y presentados sistemá-ticamente. Aristóteles no lo había
descubierto todo. Es posible, desde luego, que tuviera sus momentos de
optimismo: Cicerón relata que «Aristóteles, acusando a los viejos filósofos que
pensaban que la filosofía ha-bía sido perfeccionada por sus esfuerzos, dice que
o eran muy estúpidos o muy vanos; pero que él mismo podía ver que, puesto que
se habían hecho unos avan-ces tan grandes en tan pocos años, la filosofía
estaría totalmente terminada en poco tiempo». Sabemos que un optimismo así por
parte de Aristóteles hubiera sido «o muy estúpido o muy vano» y, de hecho,
Aris-tóteles nunca presume, en sus tratados, de haber com-pletado ninguna rama
del conocimiento. Su realiza-ción, aunque fue muy grande, se quedó
inevitablemen-te corta respecto a su ideal; y el sistema aristotélico había
sido concebido con el ideal en mente.
Aristóteles dice suficiente como para permitirnos
ver cómo hubiera presentado y organizado él, en un
69
mundo perfecto, el conocimiento científico que
ama-! •só laboriosamente. Pero sus planes sistemáticos son planes para una
ciencia completa, y él mismo no vi-vió lo suficiente como para descubrirlo
todo. Como los tratados no son las presentaciones finales de una ciencia
acabada, no debemos esperar encontrar en ellos una ordenada sucesión de axiomas
y deduccio-nes. Como los tratados pretenden, en último térmi-no, comunicar una
ciencia sistemática, debemos espe-rar que nos indiquen cómo lograr ese sistema.
Y eso es exactamente lo que encontramos: Aristóteles fue un pensador
sistemático; sus tratados supervivientes presentan un esbozo parcial e
inacabado de su sistema.
70
CAPITULO 10
La realidad
La ciencia trata de las cosas reales. Eso es lo que
la hace conocimiento en vez de fantasía. Pero, ¿qué co-sas son reales? ¿Cuáles
son las cosas fundamentales de las que debe ocuparse la ciencia? Esta es la
cues-tión de la ontología, una cuestión a la que Aristóteles dedicó mucha
atención. Uno de sus ensayos ontológi-cos, las Categorías, es relativamente
claro; pero la ma-yor parte de su pensamiento ontológico se encuentra en
Metafísica y en algunas de las partes más oscuras de esa desconcertante obra.
«Ahora bien, la cuestión que, tanto en el presente
como en el pasado, se plantea constantemente y a la que se busca solución es
ésta: ¿qué es ser? Es decir, ¿qué es sustancia?» Antes de esbozar la respuesta
de Aristóteles a esta pregunta debemos preguntarnos primero sobre la pregunta
misma: ¿qué busca Aris-tóteles? ¿Qué quiere decir con «sustancia»»? Y esa
cuestión se aborda mejor por un camino algo tortuoso.
Categorías se ocupa de los tipos de predicados
cla-sificadores («kategoría» es la palabra que usa Aristó-teles para
«predicado») . Consideremos a un sujeto particular, por ejemplo el propio
Aristóteles. Pode-mos hacernos distintos tipos de preguntas sobre él:
71
¿Qué es? —un hombre, un animal, etc. ¿Cuáles son
sus cualidades? —es pálido, inteligente, etc. ¿Cómo es de grande? —mide 1,72 m,
pesa 67 kg. ¿Cuál es su relación con otras cosas? —es hijo de NicómacoJ esposo
de Pitias. ¿Dónde está? —en el Liceo. Estos diferentes tipos de preguntas se
responden adecuada-- mente por medio de diferentes tipos de predicados. La
pregunta «¿Cómo es de grande?» pide predicados de cantidad, la pregunta «¿Cuál
es su relación?», pide predicados de relación, y así sucesivamente. Aristóte-les
piensa que hay diez clases de tales predicados, y que cada clase puede
caracterizarse individualmente. Por ejemplo, «lo que es realmente peculiar de
las can-tidades es que pueden llamarse iguales y desiguales»; o «respecto a las
cualidades solas son las cosas llama-das semejantes o desemejantes». No todas
las clases de Aristóteles están igualmente bien delimitadas y su exposición de
lo que pertenece a cada clase contiene algunas confusiones. Tampoco está claro
por qué Aristóteles establece diez clases. (Rara vez, fuera de Categorías, hace
uso de las diez; y probablemente no estaba firmemente comprometido con ese
número exacto.) Pero el argumento general es bastante claro:! los predicados
pertenecen a diferentes clases.
Las propias clases de predicados de Aristóteles se
llaman ahora «categorías», habiéndose transferido el término «categoría» de las
cosas clasificadas a las co-sas en las que son clasificadas, de modo que es co-
j rriente hablar de «las diez categorías de Aristóteles». Más importante aún,
se hace referencia a las catego- j rías como categorías de ser, y el propio
Aristóteles se refiere a ellas a veces como «las clases de las cosas" que
existen». ¿Por qué el cambio de clases de predi- l cados a clases de seres, de
cosas que son o existen? Supongamos que los predicados de «hombre» y «sano» son
verdaderos aplicados a Aristóteles: enton-ces debe ser (existir) una cosa tal
que sea hombre y
72
debe ser (existir) una cosa tal que sea salud. En
ge-peral, tiene que haber algo que corresponda a todo predicado que sea
verdadero respecto a algo; y las co-sas que corresponden de este modo a los
predicados, s e clasificarán ellas mismas de una manera que co-rresponda a la
clasificación de los predicados. En efec-to: en un sentido, sólo hay una
clasificación aquí. Al clasificar los predicados, clasificamos las cosas. Al
de-cir que el predicado aplicado a Aristóteles en la ora-ción «Aristóteles está
en el Liceo» es un predicado de lugar, estamos diciendo que el Liceo es un
lugar. Las cosas, como los predicados, son de diferentes clases; y si hay diez
clases o categorías de predicados, enton-ces hay diez clases o categorías de
cosas. La clasifica-ción de los predicados es, por así decirlo, un mero
re-flejo en la lengua de la clasificación subyacente de las cosas.
Los predicados que responden a la pregunta «¿Qué es
tal y cual?», pertenecen a la categoría que Aristó-teles llama «sustancia» y
las cosas que pertenecen a esa categoría son sustancias. La clase de las
sustancias es especialmente importante, porque es primaria. Para comprender la
primacía de la sustancia, debemos volver brevemente a una noción de fundamental
sig-nificación en todo el pensamiento aristotélico.
Aristóteles notó que ciertos términos griegos eran
ambiguos: «Agudo», por ejemplo, en griego como en español, puede aplicarse a
los sonidos tanto como a los cuchillos; y está claro que una cosa es que sea
agu-do un sonido y otra totalmente diferente que sea agu-do un cuchillo. Hay
muchas ambigüedades que se de-tectan fácilmente, como la de «agudo»; pueden
per-mitir que se hagan juegos de palabras, pero no cau-san confusiones serias.
Pero la ambigüedad es más su-til en algunos casos, y en ocasiones afecta a términos
de importancia filosófica; efectivamente, Aristóteles pensaba que la mayor
parte de los términos clave en
73
la filosofía eran ambiguos. En Refutaciones
sofísticas dedica tiempo a explicar y resolver enigmas sofistas que se basan en
la ambigüedad y el Libro V de la Me-tafísica, llamado a veces «léxico
filosófico» de Aristó-teles, se compone de un conjunto de ensayos cortos sobre
los diferentes sentidos de una serie de términos filosóficos. «Algo se llama
una causa en un sentido si..., en otro si...»; «se dice de algo es necesario
si..., o si...». Y así sucesivamente, para muchos de los térmi-nos
fundamentales del sistema filosófico del propio Aristóteles.
Uno de los términos que Aristóteles reconoce como
ambiguo es el de «ser» o «existente». El capítulo 7 del Libro V de Metafísica
se dedica a «ser»; y el Li-bro VII comienza con la observación de que «se dice
de las cosas que son, en muchos sentidos, como he-mos descrito anteriormente en
nuestras observacio-nes sobre la ambigüedad; ya que ser significa lo que una
cosa es, decir, este tal-y- cual, y la cualidad o can-tidad o cada una de las
otras cosas que se predican de este modo». Hay por lo menos tantos sentidos de
«ser», entonces, como categorías de seres.
Algunas ambigüedades son simplemente «homoni-mias
fortuitas» —como ocurre con la palabra griega «kleis», que significa «cerrojo»
y «clavícula». Desde luego, no es una cuestión de casualidad que «kleis» se
aplicara a las clavículas y a los cerrojos: lo que Aris-tóteles quiere decir es
que no hay relación de signifi-cado entre los dos usos del término: uno es
perfecta-mente capaz de usar la palabra en uno de sus senti-dos sin tener ni
noción del otro. Pero no todas las am-bigüedades son como ésa, y en especial,
la palabra «ser» o «existir» no es un ejemplo de homonimia for-tuita: «de las
cosas, se dice que existen de muchas ma-neras, pero con referencia a una cosa y
a una sola na-turaleza y no homónimamente» («no homónimamen-te» significa aquí
«no por homonimia fortuita»), Aris-
74
tételes empieza por ilustrar lo que tiene en mente
por medio de dos ejemplos no filosóficos:
Todo lo que es sano, es llamado así por referencia
a la salud: unas cosas porque la conservan, otras por-que la producen, otras
porque son señales de salud, otras porque son receptivas respecto a ella; y las
co-sas se llaman médicas por referencia al arte de la me-dicina: pues algunas
cosas se llaman médicas por po-seer el arte de la medicina, otras por estar
bien adap-tadas a él, otras por ser instrumentos del arte de la medicina. Y
encontraremos otras cosas que son lla-madas de forma semejante a éstas.
El término «sano» es ambiguo. Llamamos sanos a los
hombres, a los cutis, a los lugares de veraneo, a las dietas y a otras cosas.
Pero Jorge V, la casa San-tiveri y el cereal integral no son sanos en el mismo
sentido. Sin embargo, esos diferentes sentidos están interrelacionados y su
relación está asegurada por el hecho de que todos se refieren a una misma cosa,
a saber, la salud. Para Jorge V, ser sano es poseer sa-lud; para la casa
Santiveri, ser sano es producir salud; para el cereal integral, ser sano es
conservar salud; y así sucesivamente. «Una sola naturaleza» entra en la
explicación de qué es, para cada una de esas diversas cosas, ser diversamente
sana. La sanidad posee, pues, unidad en la diversidad.
Y lo mismo ocurre con el ser o la existencia.
Así pues, de las cosas también se dice que existen
de muchas maneras, pero todas por referencia a un pun-to de partida. Pues de
algunas se dice que existen por-que son sustancias, de otras porque son
afecciones de sustancias, otras porque son vías hacia la sustancia, o
destrucciones o privaciones o cualidades o produc-toras o creadoras de
sustancias o de cosas de las que se dice que existen por referencia a la
sustancia o son negaciones de ellas o de la sustancia.
75
Del mismo modo que todo lo que se llama sano, se
llama así por referencia a la salud, de todo lo que se dice que es o existe, se
dice por referencia a la sus-tancia. Existen colores y tamaños, cambios y
destruc-ciones, lugares y tiempos. Pero que exista un color es que exista
alguna sustancia coloreada, que exista un ta-maño es que alguna sustancia lo
tenga, que exista un movimiento es que alguna sustancia se mueva. Las
no-sustancias existen, pero existen sólo como modifica-ciones o afecciones de
sustancias. Que exista una no-sustancia es que una sustancia existente sea
modifica-da de uno y otro modo. Por el contrario, la existencia de las
sustancias no es parasitaria de ese modo: las sustancias existen en un sentido
primario; que exista una sustancia no es que otra cosa —algo no sustan-cial—
exista como si estuviera sustantificado.
La existencia, como la sanidad, posee unidad en la
diversidad; y la sustancia es el punto central de la exis-tencia como la salud
lo es de la sanidad. Esta es la ma-nera principal en que la clase de las
sustancias es pri-maria en relación con las otras categorías del ser.
Entonces, ¿qué es ser sustancia? Los predicados de
sustancia son los que proporcionan respuestas posi-bles a la pregunta: «¿Qué
es?»; pero esa pregunta es demasiado vaga para procurar guía segura. En el
Li-bro V de la Metafísica, Aristóteles da una ayuda más precisa: «Las cosas se
llaman sustancias de dos ma-neras: lo que es el sujeto último, lo que ya no se
dice de nada más; y lo que, siendo éste tal -y- cual, es tam-bién separable.»
La segunda forma en la que las cosas se llaman sustancias, une dos nociones
frecuentemen-te empleadas por Aristóteles en sus reflexiones sobre la cuestión:
una sustancia es «este tal-y-cual» y es tam-bién «separable».
«Este tal-y-cual» traduce el griego «tóde tí», una
frase nada ortodoxa que Aristóteles no explica nunca. Lo que parece estar
pensando puede expresarse quizá
76
del modo siguiente: Las sustancias son cosas a las
que podemos referirnos con el uso de una frase demos-trativa de la forma «este
tal-y-cual»; son cosas que pueden distinguirse, identificarse,
individualizarse. Sócrates, por ejemplo, es un caso de «este tal-y-cual»;
porque es este hombre: un individuo al que podemos distinguir e identificar.
Pero, ¿qué hay de la tez de Sócrates, pongamos por
caso, de su palidez? ¿Acaso no podemos referirnos a eso con la frase «esta
palidez»? ¿Acaso esta palidez no es una cosa que podamos identificar y
reidentifi-car? Aristóteles dice que «el particular pálido está en un sujeto, a
saber, el cuerpo (porque todo color está en un cuerpo)» y con «el particular
pálido» parece querer decir «esta palidez», un caso individual de la cualidad
de ser pálido. Pero si esta palidez es una cosa individual, no se sigue que sea
una sustancia: las sus-tancias no son simplemente casos de «este tal-y-cual»;
son también «separables». ¿Qué es aquí la separabi-lidad?
Sencillamente, Sócrates puede existir sin su
palidez (porque puede broncearse y dejar de estar pálido)j pero la palidez de
Sócrates no puede existir sin Só-crates. Sócrates es separable de su palidez.
La palidez de Sócrates no es separable de Sócrates. Esto es, sin duda, parte de
lo que Aristóteles quería decir con se-parabilidad; pero probablemente, no es
una descrip-ción completa. Por una razón: Sócrates no puede exis-tir privado de
toda coloración —puede dejar de estar pálido, pero no puede dejar de estar
coloreado; puede ser separable de su palidez, pero corre el riesgo de ser
¿«separable del color como tal.
Tenemos que volver a referirnos a la descripción de
Aristóteles de la ambigüedad de ser. Como hemos visto, algunas cosas son
parásitas de otras: que ellas existan es que algún otro existente esté de algún
modo relacionado con ellas. Podemos conectar de una ma-
77
ñera útil el parasitismo y la separación como
sigue: una cosa es separable si no es parásita de ese modo. Sócrates, entonces,
será separable —no solamente se-parable de su palidez, sino absolutamente
separable— porque que Sócrates exista no es que su palidez, o cual-quier otra
cosa, sea modificada de cierto modo; la pa-lidez de Sócrates no es separable,
no solamente por-que no puede existir a menos que exista Sócrates, sino porque
que exista ella es que alguna otra cosa —Só-crates— esté pálida.
Podemos ahora dar la siguiente descripción de lo
que es ser una sustancia: una cosa es una sustancia si es al mismo tiempo un
individuo (un «este tal-y- cual», algo capaz de ser designado por medio de una
frase demostrativa), y también un elemento separable (algo no parasitario, una
cosa cuya existencia no es cues-tión de que otra cosa sea modificada de un modo
u otro).
Ahora podemos, por fin, volver a la eterna
cues-tión de Aristóteles: ¿Qué cosas son, de hecho, sustan-cias? No debemos
esperar una respuesta simple y au-torizada de Aristóteles (después de todo, él
dice que la cuestión es perpetuamente desconcertante), y, de hecho, sus propios
intentos de llegar a una respuesta son vacilantes y difíciles de entender. Pero
una o dos cosas surgen bastante claramente. Aristóteles pensa-ba que sus
predecesores habían dado implícitamente una serie de respuestas diferentes a la
cuestión. Al-gunos habían sostenido que los materiales —oro, car-ne, tierra,
agua— eran sustancias (está pensando so-bre todo en los primeros filósofos
griegos, que cen-traron su atención en los componentes materiales de las
cosas). Otros habían sostenido que las partes últi-mas de las cosas corrientes
eran sustancias (Aristóte-les está pensando en los antiguos atomistas, cuyas
en-tidades básicas eran corpúsculos microscópicos). Aún otros pensadores habían
propuesto que los números
78
eran sustancias (los pitagóricos y ciertos
seguidores de Platón pertenecen a este campo). Finalmente, al-gunos decidieron
considerar sustancias a los univer-sales o entidades abstractas (la doctrina de
Platón de las Formas es el ejemplo más destacado de esta teoría).
Aristóteles rechazaba todas estas concepciones
«Está claro que, de las cosas consideradas sustancias la mayoría son
capacidades —tanto las partes de los animales ..., como la tierra y el fuego y
el aire.» Que exista la tierra, podríamos decir, es que ciertas sus-tancias
tengan ciertas capacidades (según la concep-ción de Aristóteles, que tengan la
capacidad o la ten-dencia a moverse hacia abajo); y que exista el fuego es que
existan sustancias que ardan y calienten y que tengan una tendencia a elevarse.
Y, en cuanto a las partes de los animales, «todas ellas se definen por sus
funciones; porque cada una es verdaderamente tal si puede realizar su propia
función —por ejemplo, un ojo, si puede ver— y lo que no puede hacerlo es un ojo
sólo homónimamente (por ejemplo, uno muerto o uno hecho de piedra)». Un ojo es
algo que puede ver; que los ojos existan es que los animales sean ca-paces de
ver.
Los números son claramente no- sustanciales. El
nú-mero tres existe sólo en la medida en que hay grupos de tres cosas. Los
números son esencialmente núme-ros de cosas y, aunque el número diez no es
idéntico a cualquiera o cada uno de los grupos de diez elemen-tos, la
existencia del número diez consiste precisa-mente en que haya tales grupos o
conjuntos de diez sustancias.
Aristóteles dedica la mayor parte de su atención
po-lémica a la cuarta concepción de la sustancia. La teo-ría de Platón de las
Formas era, con mucho, la teoría ontológica más elaborada de las que conocía
Aristó-teles y era una teoría a la que, durante sus años en la
79
Academia, había estado continuamente expuesto. Los
argumentos de Aristóteles contra la teoría de Platón fueron presentados por
primera vez en su tratado es-pecial De las Ideas, del que sólo han quedado
frag-mentos. Volvió al ataque una y otra vez, y reunió una amplia y variada
colección de consideraciones contra la teoría. Además, presentó un grupo de
argumentos más generales contra cualquier concepción que consi-dere a los
universales como sustancias.
Aristóteles sostenía que para que exista la
blancu-ra, tienen que existir ciertas sustancias que sean blan-cas. Platón, por
el contrario, sostenía que para que una sustancia sea blanca, tiene que
participar de la blancura. En opinión de Aristóteles, las cosas blancas son
anteriores a la blancura, porque la existencia de la blancura es simplemente
una cuestión de que haya cosas blancas. En opinión de Platón, la blancura es
an-terior a las cosas blancas, porque la existencia de las cosas blancas es
simplemente una cuestión de su par-ticipación en la blancura. Los argumentos de
Aristó-teles contra el platonismo exigen una inspección aten-ta; muchos de
ellos son poderosos, pero justo es decir que no han persuadido a los platónicos
convencidos.
Si desaparece el platonismo, ¿qué queda? ¿Qué son
las sustancias aristotélicas? La respuesta es de un gran sentido común: los
primeros y más claros ejemplos de sustancias son los animales y las plantas; a
ellos podemos añadir otros cuerpos naturales (el Sol, la Luna y las estrellas,
por ejemplo) y, quizá, también los utensilios (mesas, sillas, pucheros y
sartenes). En general, las cosas perceptibles —los objetos materia-les de
tamaño medio— constituyen el mobiliario pri-mario del mundo de Aristóteles; y
es significativo que frecuentemente plantee la cuestión ontológica pre-guntando
si hay sustancias aparte de las sustancias perceptibles. Tales son, según la
concepción de Aris-tóteles, las realidades básicas y las cosas de que se ocu-pa
principalmente la ciencia.
80
CAPITULO 10
El cambio
¿Podemos decir algo más, en términos filosóficos
generales, sobre los objetos materiales de tamaño me-dio que son las sustancias
principales del mundo de Aristóteles? Uno de sus rasgos más importantes es que
cambian. A diferencia de las Formas de Platón, que existen eternamente y nunca
se alteran, las sus-tancias de Aristóteles son, en su mayor parte, cosas
temporales que experimentan una variedad de altera-ciones. Hay, según
Aristóteles cuatro tipos de cam-bio: una cosa puede cambiar respecto a la sustancia,
a la cualidad, la cantidad y el lugar. El cambio respec-to a la sustancia es el
llegar-a- ser y el dejar-de-existir, la generación y la destrucción; ese cambio
ocurre cuan-do el hombre nace y cuando muere, cuando se hace una estatua y
cuando se la hace añicos. El cambio res-pecto a la cualidad es la alteración:
una planta se al-tera cuando se pone verde a la luz del sol y pálida en la
oscuridad; una vela se altera cuando se ablanda con el calor y se endurece con
el frío. El cambio respecto a la cantidad es el crecimiento y la disminución; y
los objetos suelen empezar creciendo y terminar dismi-nuyendo. Finalmente, el
cambio respecto al lugar, es el movimiento.
81
La mayor parte de la Física está dedicada al
estudio del cambio en sus diferentes formas, porque la Física estudia el
trasfondo filosófico de la ciencia natural; y «la naturaleza es un principio de
movimiento y cam-bio», de modo que «las cosas tienen una naturaleza si poseen
ese principio». Constituyen el objeto de la ciencia natural las cosas que
cambian y se mueven. Los predecesores de Aristóteles se habían sentido
des-concertados por el fenómeno del cambio: Heráclito pensaba que el cambio era
perpetuo y esencial en el mundo real; Parménides había negado la posibilidad
misma de llegar-a-ser y, por tanto, cualquier tipo de cambio; Platón había
argüido que el mundo ordinario y cambiante no podía ser objeto de conocimiento
cien-tífico.
En los primeros libros de la Física, Aristóteles
ar-guye que todo cambio implica tres cosas. Hay el esta-do a partir del cual se
produce el cambio, el estado al cual conduce el cambio y el objeto que persiste
a tra-vés del cambio. En el Libro V, la descripción está li-geramente
embellecida: «Hay algo que inica el cam-bio y algo que está cambiando y también
algo en lo que tiene lugar el cambio (el tiempo); y a parte de és-tos, algo de
lo cual y algo a lo cual. Porque todo cam-bio es de algo a algo; porque la cosa
cambiante es di-ferente de aquella a la que está cambiando y de aque-lla de la
cual —por ejemplo, el leño, el caliente, el frío.» Cuando un leño se calienta,
cambia de un esta-do de frialdad; cambia a un estado de calor; y el pro-pio
leño persiste durante el cambio.
Que en todo cambio hay un estado inicial y un
es-tado final, puede concederse; y los estados deben ser distintos o, si no, no
habrá ocurrido ningún cambio. (Un objeto puede cambiar de blanco a negro, y
luego otra vez de negro a blanco. Pero si su color es el mis-mo a lo largo de
un determinado periodo, entonces no ha cambiado de color durante ese periodo.)
Y en
82
los casos de cambio cualitativo y cuantitativo y de
lo-comoción, está claro que tiene que haber un sujeto que persiste a través del
cambio. «No hay cambio a parte de las cosas que cambian» o «todo cambio es un
cambio de algo»; y para que una cosa cambie, debe re-tener su identidad
mientras se altera en algún aspec-to —en tamaño, cualidad, posición. Pero, ¿y
el cam-bio respecto a la sustancia? ¿Cómo encaja en el aná-lisis de
Aristóteles?
Es natural sugerir que los dos estados extremos en
la generación y la destrucción son inexistencia y exis-tencia. Cuando Sócrates
llegó a ser, cambió de un es-tado de inexistencia a un estado de existencia y
per-sistió a través del cambio. (En los casos de destruc-ción, los dos estados
extremos ocurren en sentido in-verso.) Pero un momento de reflexión muestra lo
ab-surdo de la idea. Sócrates no persiste a lo largo de su destrucción, ya que
esos dos cambios marcan el prin-cipio y el fin de la existencia de Sócrates.
En este punto, Aristóteles observa que las
sustan-cias —cuerpos materiales— son, en cierto sentido, compuestas. Una casa,
por ejemplo, consiste en ladri-llos y madera dispuestos según una cierta
estructura; una estatua consiste en mármol o bronce esculpido o moldeado con
una cierta forma; un animal consiste en tejidos (carne, sangre y el resto)
organizados se-gún ciertos principios. Todas las sustancias consisten, pues, en
dos «partes», material y estructura, que Aris-tóteles suele llamar «materia» y
«forma». La materia y la forma no son componentes físicos de las sustan-cias:
no se puede separar una estatua de bronce en dos elementos separados, el bronce
y su forma. Más bien, la materia y la forma son las partes lógicas de las
sustancias: una descripción de lo que son las sus-tancias requiere que se
mencionen tanto su material como su estructura. Tampoco debemos imaginarnos la
materia como el aspecto físico de una sustancia y
83
la forma como una especie de aditamento no físico:
tanto el material como la estructura son aspectos del objeto físico unitario.
Podemos ver ahora que «todo lo que llega a ser
tie-ne que ser siempre divisible y ser en parte esto y en parte esto —quiero
decir, en parte materia y en parte forma». Y
queda claro...que las sustancias...llegan a ser a
partir de algún sujeto subyacente; pues siempre debe haber algo que subyace, a
partir de lo cual llegue a ser lo que llega a ser —por ejemplo, las plantas y
los ani-males, a partir de las semillas. Y las cosas que llegan a ser, lo hacen
en algunos casos por un cambio de forma (por ejemplo, las estatuas), en otros
por adi-ción (por ejemplo, las cosas que crecen), en otros por sustracción (por
ejemplo, un Hermes de mármol), en otros por montaje (por ejemplo, una casa)...
Cuando una estatua llega a ser o es hecha, el
objeto persistente no es la estatua en sí, sino la materia de la estatua, el
bronce o el mármol; y los estados extre-mos son los de ser sin forma y ser
formado. Cuando un hombre llega a ser, lo que persiste es el material, no el
hombre; y el material es, primero (en la semi-lla), no humano y luego humano.
Esta descripción de la naturaleza del cambio tenía
el gran mérito de permitir a Aristóteles superar mu-chas de las dificultades
que sus predecesores habían planteado respecto al cambio. Pero no es totalmente
convincente. Tomás de Aquino, uno de los críticos más favorables de
Aristóteles, observó que la teoría descarta la posibilidad de la creación. El
Dios de San-to Tomás había creado el mundo de la nada\ el mun-do llegó a ser, y
ese fue un cambio sustancial —pero no hubo una materia pre -existente a la que
se le im-puso una forma, porque no había materia pre-exis-tente. Si uno
reflexiona sólo sobre el mundo de tejas
84
abajo, dice Santo Tomás, puede sentirse inclinado a
aceptar el análisis del cambio de Aristóteles. Pero si uno mira más arriba,
verá que no todo el cambio en-caja en el análisis. Tanto si estamos de acuerdo
con la teología de Santo Tomás, como si no, podemos es-tar de acuerdo con su
lógica; porque, sin duda, no que-rremos descartar, desde un punto de vista
puramente lógico, la posibilidad misma de creación. (La teoría de los modernos
cosmólogos, de la constante creación de partículas no es lógicamente errónea.)
Pero si la des-cripción de Aristóteles del cambio es demasiado res-trictiva,
eso no tiene mayor importancia para su teo-ría de la ciencia; porque esa teoría
se ocupa sobre todo de cosas cambiantes ordinarias, de tejas abajo.
Estrictamente hablando, lo que he expuesto hasta el
momento no es la descripción que da Aristóteles del cambio mismo, sino más bien
su descripción de las condiciones previas al cambio. En todo caso, en el Libro
III de Física, hace la pregunta «¿Qué es el cam-bio?» y da una respuesta que
trata de complementar la exposición del primer libro. Su respuesta es ésta:
«Cambio es la actualidad del potencial qua tal.» (Esta oración se cita
frecuentemente como la definición de Aristóteles de movimiento. La palabra «movimiento»
en español suele significar «cambio de lugar», «loco-moción». La palabra que
usa aquí Aristóteles es «ki-nesis»-. aunque la palabra se limita a veces a
locomo-ción, normalmente significa «cambio» en general, y en el Libro III de la
Física tiene ese significado usual.) Los críticos de Aristóteles se han
abalanzado sobre esta oración como un ejemplo de pomposo oscuran-tismo. Merece
un breve comentario.
Los términos de «actualidad» y «potencialidad»
for-man un constante estribillo en los tratados de Aris-tóteles. Sirven para
marcar la diferencia entre algo que es actualmente tal-y -cual y algo que
es^pSlfti^íafv mente tal-y-cual; entre, digamos, un albarafí que está'."'
tíé:;' .
M f e
poniendo cemento en unos ladrillos y uno que no
está haciéndolo pero que tiene la habilidad y las capacida-des necesarias para
hacerlo. Una cosa es tener una ca-pacidad y otra ejercerla; una cosa poseer un
potencial y otra, actualizarlo. Aristóteles hace una serie de afir-maciones
respecto a la distinción entre actualidad y potencialidad, algunas de ellas
agudas, otras dudosas. Sostiene, por ejemplo, que «la actualidad es, en todos
los casos, previa a la potencialidad, tanto en defini-ción como en sustancia; y
en tiempo, es en un senti-do previa y en otro, no». El primer punto es cierto:
al definir una potencialidad tenemos que especificar para qué es esa
potencialidad y, al hacerlo, nombra-mos una actualidad. (Ser albañil es ser
capaz de cons-truir, ser visible es ser capaz de ser visto.) Como lo contrario
no es cierto (actualidad no presupone po-tencialidad del mismo modo) una
actualidad es pre-via en definición a su potencialidad correspondiente. Pero la
afirmación de que la actualidad es previa a la potencialidad en el tiempo, es
menos plausible. Aris-tóteles quiere decir que antes de que existan
tales-y-cuales potenciales, tienen que existir tales-y- cuales ac-tuales —antes
de que pueda haber hombres potencia-les (es decir, cualquier material que pueda
llegar a ser humano), tiene que haber hombres actuales. Porque, dice, «en todos
los casos, lo que es actualmente tal-y-cual, llega a ser a partir de lo que es
potencialmente tal-y-cual por medio de la actuación de algo actual-mente tal
-y- cual —por ejemplo, los hombres de los hombres, un músico por medio de la
actuación de otro músico— y siempre hay algo que inicia el cambio y lo que
inicia el cambio es, ello mismo, tal-y- cual». El pensamiento implícito parece
ser que el ser causa de que algo sea tal-y- cual es una cuestión de trasmitirle
un cierto carácter —y uno sólo puede transmitir lo que tiene. Si uno llega a
ser músico, alguien tiene que haberle hecho músico; ese agente, puesto que
trans-
86
mitió la musicalidad, tenía que ser, él mismo,
actual-mente músico. El argumento es ingenioso; pero, en realidad, la causación
no necesita ser —y normalmen-te no es— una cuestión de transmisión.
La descripción de Aristóteles del cambio invoca la
actualidad y la potencialidad. Pero, ¿actualidad y po-tencialidad de qué? La
respuesta surge en el transcur-so de la argumentación de Aristóteles: Es la
poten-cialidad de estar cambiando. En lugar de ia oscura ora-ción de
Aristóteles «el cambio es la actualidad del po-tencial qua tal», podemos
escribir, por tanto: «cam-bio es la actualidad de lo cambiable qua cambiable».
Ahora bien, se supone que esto explica lo que es que algo esté cambiando. Si
cambiamos los sustantivos abstractos «cambio» y «actualidad» por verbos,
pode-mos expresar la oración de Aristóteles como sigue: «Algo está en el
proceso de cambiar cuando posee una capacidad de cambiar y está ejerciendo esa
capacidad.» Expresado de esta forma, disminuye la oscuridad del análisis de
Aristóteles pero parece convertirlo en una perogrullada. Tal vez, sin embargo,
Aristóteles no in-tente dar una definición aclaratoria del cambio sino, más
bien, hacer una reflexión interesante sobre el tipo de actualidad que entraña
el cambio. Porque piensa que algunas actualidades son incompatibles con sus
correspondientes potencialidades. Lo que es blanco no puede volverse blanco. Si
una superficie es actualmen-te blanca, no es potencialmente blanca. Antes de
que lo pinten de blanco, un techo es potencialmente, pero todavía no
actualmente, blanco; después de que lo pin-ten, es actualmente, pero ya no
potencialmente, blan-co. Otras actualidades son distintas: ser actualmente
tal-y-cual es absolutamente compatible con ser poten-cialmente tal-y-cual.
Cuando estoy actualmente fu-mando una pipa, sigo siendo capaz de fumar una pipa
(de otro modo, no podría continuar). Cuando un co-rredor de carreras de
obstáculos está galopando ac-
87
tualmente por la pista, sigue siendo capaz de
galopar (si no, nunca llegaría a la meta). Lo que Aristóteles quiere decir con
su definición del cambio es que los cambios son actualidades del último tipo:
mientras está cambiando actualmente, el objeto sigue siendo ca-paz de cambiar;
porque si cesase de ser capaz de cam-biar, dejaría de estar actualmente
cambiando.
Aristóteles tiene otras muchas otras cosas que
de-cir sobre el cambio. El cambio tiene lugar en el tiem-po y en el espacio y
la Física presenta intrincadas teo-rías sobre la naturaleza del tiempo, del
lugar y del es-pacio vacío. Como el espacio y el tiempo son infini-tamente
divisibles, Aristóteles analiza la noción de in-finitud. También trata una
serie de problemas parti-culares respecto a la relación del movimiento y el
tiempo, incluido un breve planteamiento de las céle-bres paradojas del
movimiento, de Zenón.
Los diferentes ensayos de que se compone la Física
están entre los más acabados de los escritos de Aris-tóteles que han llegado
hasta nosotros: aunque el tema que tratan es espinoso y, en ocasiones, se
encuentran pasajes difíciles en su argumento, la estructura y el propósito
generales son siempre claros. La Física es, en mi opinión, una de las mejores
obras para empe-zar a leer a Aristóteles.
88
C a p i t u lo 10
Las causas
Los objetos materiales cambian, y sus cambios son
causados. El mundo del científico está lleno de causas y el conocimiento
científico, como ya hemos visto, re-quiere la capacidad de enunciar causas y
dar explica-ciones. Esperamos que los tratados científicos de Aris-tóteles
estén llenos de enunciaciones de causas y de explicaciones y deseamos que sus
ensayos filosóficos incluyan alguna descripción de la naturaleza de la
cau-sación y de la explicación. Ninguna de nuestras espe-ranzas queda
defraudada.
El núcleo de la exposición de Aristóteles sobre qué
es «explicación», constituye su doctrina de «las cuatro causas». Veámosla:
Una cosa se llama causa en un sentido si es un
com-ponente a partir del cual algo llega a ser (por ejem-plo, el bronce de la
estatua, la plata de la copa, y sus géneros); en otro sentido, si es la forma y
la pauta, es decir, la fórmula de su esencia, y los géneros de esto (por
ejemplo, 2:1, y en número general, de la octava) y de las partes presentes en
la descripción; también, si es la fuente del primer principio del cam-bio o
reposo (por ejemplo, un hombre que delibera es una causa, y el padre del hijo,
y en general, el ha-
89
cedor de lo que está siendo hecho y el cambiador de
lo que está siendo cambiado); también, si es como un fin —es decir, aquello por
lo cual (por ejemplo, la salud de andar: «¿por qué está andando?» deci-mos:
«para estar sano», y al decirlo, creemos que he-mos declarado la causa)—; y
también aquellas cosas que, cuando algo diferente lo ha cambiado, están en-tre
el cambiador y el fin —por ejemplo, el adelgazar o el purgarse o las medicinas
o los instrumentos de la salud; porque todas esas cosas son por motivo del fin,
y difieren entre sí porque unas son instrumentos y otras, acciones.
Aristóteles nos dice que las cosas se llaman
«cau-sas» de cuatro formas diferentes, pera sus ilustracio-nes son breves y
enigmáticas. Consideremos el pri-mer ejemplo: «el bronce de la estatua».
Aristóteles no puede querer decir que el bronce explica, o es la causa de la
estatua, porque eso no tiene ningún sentido. Pero, ¿qué quiere decir? Lo
primero que hay que ob-servar es que, en opinión de Aristóteles, preguntar por
una causa es buscar «el a-causa- de-lo-cual»: es pre-guntar por qué algo es el
caso. Una pregunta de «¿por qué?» requiere una respuesta de «porque»; de modo
que las oraciones explicativas que citan causas pue-den expresarse siempre con
la forma «X porque Y».
En segundo lugar, Aristóteles dice que «el a-
causa-de -lo-cual se busca siempre de este modo: ¿A causa de qué pertenece una
cosa a otra?... por ejemplo, ¿a causa de qué truena?, ¿a causa de qué se
produce rui-do en las nubes? Porque de este modo, se pregunta una cosa de otra.
También, ¿a causa de qué son esas cosas, a saber, ladrillos y maderas, una
casa?». Siem-pre que buscamos una causa, preguntamos por qué es-tos es aquello,
por qué tal-y-cual es así-y-asá. Es decir, el hecho que estamos tratando de explicar
puede ex-presarse por medio de una sencilla oración de sujeto y predicado: S es
P. La pregunta que hacemos es ¿por
90
qué es S P? Y la respuesta puede tener la forma: S
es P a causa de Y. (Naturalmente, podemos pregun-tar no sólo por qué las aves
zancudas tienen las patas palmeadas, sino por qué hay aves zancudas; y si la
pri-mera pregunta es «¿a causa de qué pertenece una cosa a otra?», la segunda
parece ocuparse sólo de una cosa, a saber, las aves zancudas. Aristóteles
responde a eso apelando a su análisis de las sustancias como materia y forma:
preguntar por qué hay aves zancudas es pre-guntar por qué los tejidos animales
a veces tienen tal-y-tal forma y eso equivale a preguntar «¿a causa de qué
pertenece una cosa a otra?».)
Finalmente, Aristóteles dice que «la causa es el
tér-mino medio»: preguntar por qué S es P es, por así decirlo, buscar un
eslabón que una S a P; y ese esla-bón constituirá un «término medio» entre S y
P. «¿Por qué es S P?» —«Por M». Más extensamente: «S es P, porque S es M, y M
es P.» ¿Por qué tienen las vacas varios estómagos? Porque las vacas son
ru-miantes y los rumiantes tienen varios estómagos. No todas las explicaciones
necesitan tener esa forma es-pecífica; pero Aristóteles sostiene que todas las
expli-caciones pueden expresarse de esa forma y que la for-ma exhibe la
naturaleza de las conexiones causales del modo más claro.
Esta descripción de las oraciones explicativas nos
permite ver cómo la noción de explicación de Aris-tóteles está integrada con su
lógica y cómo las causas que son los objetos primeros de la búsqueda del
cien-tífico pueden expresarse dentro del sistema axiomá-tico que presenta su
producto terminado. (Toda de-ducción dentro de ese sistema tendrá,
aproximada-mente hablando, la forma: S es M; M es P; luego, S es P. Por tanto,
reflejará perfectamente la estructura de las oraciones explicativas.) Además,
ahora estamos mejor equipados para entender la doctrina de las «cua-tro
causas».
91
«El componente a partir del cual algo llega a ser»,
el primer tipo de causa para Aristóteles, suele llamar-lo «causa como materia»
él mismo y sus comentaris-tas, «la causa material». El ejemplo «bronce de la
es-tatua» es elíptico y podría expresarse como «la esta-tua es así-y-asá porque
la estatua está hecha de bron-ce y las cosas de bronce son así-y-asá».
(Inserten «ma-leables», «marrones», «pesadas», «cubiertas de ver-dín», etc., en
lugar de «así- y-asá».) El término medio «hecha de bronce» expresa la causa de
que la estatua sea por ejemplo, maleable; y como el bronce es el ma-terial
componente de la estatua, la causa es aquí, la causa «material».
El segundo tipo de causa de Aristóteles, la «forma
y pauta», se denomina normalmente la causa «for-mal». También el ejemplo es
oscuro. Consideremos en cambio el siguiente ejemplo: «qué es y por qué es son
lo mismo. ¿Qué es un eclipse? —privación de luz de la Luna porque la Tierra la
oculta. ¿Por qué hay un eclipse? o ¿por qué se ha eclipsado la Luna? —por-que
la luz la abandona cuando la Tierra la oculta.» La Luna está eclipsada porque
la Luna está privada de luz al ser ocultada, y las cosas privadas de luz por
es-tar ocultadas están eclipsadas. Aquí el término me-dio, «privada de luz por
estar ocultada» explica por qué ocurre el eclipse; y enuncia la forma y esencia
de un eclipse: dice lo que es realmente un eclipse.
Nosotros mismos tendemos a asociar la noción de
causación fácilmente con la acción de una cosa sobre otra cosa, con los
empujones y los tirones. Los lecto-res modernos deben sentirse muy a gusto con
el ter-cer tipo de causa de Aristóteles, que se llama normal-mente la causa
«eficiente» o «motriz». Al menos, las ilustraciones de Aristóteles de la causa
eficiente tie-nen características que asociamos hoy con la idea de causación.
Así, los ejemplos parecen sugerir que las causas eficientes son distintas de
los objetos sobre los
92
que operan (el padre es distinto del hijo, mientras
que el bronce no es distinto de la estatua) y que las causas preceden a sus
efectos (el hombre que delibera lo hace antes de actuar, mientras que la
ocultación no ocurre antes que el eclipse).
Aristóteles, sin embargo, no considera las causas
eficientes como radicalmente diferentes de las causas materiales y formales.
Además, sostiene que las cau-sas eficientes no siempre preceden a sus efectos;
en realidad considera que la simultaneidad de causa y efecto son la norma. El
ejemplo de «el padre del hijo» puede extenderse como sigue: «El hijo tiene la
nariz respingona porque el hijo tiene un padre con nariz respingona y los hijos
de padres con nariz respingo-na, tienen nariz respingona.» Aquí, la causa,
tener un padre con nariz respingona, no precede al efecto. En otros sitios
encontramos ejemplos de causas antece-dentes: «¿Por qué les sobrevino a los
atenienses la Guerra Persa? ¿Cuál fue la causa de que a los atenien-ses se les
hiciese la guerra? —porque atacaron Sardes con los eretrios; porque eso inició
el cambio.»
Aristóteles se refiere a su cuarta causa como
«aque-llo por motivo de lo cual» y «el objetivo». Se la co-noce con el nombre
de causa «final» (finis es la pa-labra latina que significa «objetivo» o «fin»)
. La ma-nera normal de expresar las causas finales, como lo indica el ejemplo
de Aristóteles, es utilizar la conjun-ción «con el fin de»: «Está caminando con
el fin de estar sano.» Las causas finales son peculiares en va-rios sentidos:
en primer lugar, no se expresan fácil-mente en términos de «a-causa- de -lo-cual»:
«con el fin de» no se traduce fácilmente a «porque». En se-gundo lugar, no
parecen ser adecuadas más que en un número muy reducido de casos, a saber, las
acciones humanas intencionadas (puesto que «con el fin de» expresa una
intención, y sólo las acciones humanas son intencionadas). En tercer lugar,
parecen remitir
93
sus efectos a una fecha posterior (la salud, que es
su-puestamente la causa de caminar, sólo se produce des-pués de caminar).
Finalmente, pueden ser efectivas sin llegar a existir siquiera, (la salud puede
ser la cau-sa de que un hombre ande y sin embargo, no existir: puede estar
demasiado estropeado como para poner-se sano o puede resultar atropellado por
un camión en el curso de sus paseos).
Las peculiaridades tercera y cuarta son las menos
problemáticas. Aristóteles reconoce explícitamente que las causas finales
siguen a sus efectos e implíci-tamente, que hay casos en los que una causa
final es efectiva pero inexistente: ninguna de las dos cosas le pareció rara.
La segunda peculiaridad es más impor-tante. Aristóteles no piensa que las
causas finales sólo sean apropiadas al comportamiento intencionado; por el
contrario, el principal campo en el que actúan las causas finales es en el de
la naturaleza: en el mundo animal y vegetal. Volveré sobre esto en un capítulo
posterior. La primera peculiaridad requiere ser co-mentada aquí.
¿Cómo encajan las causas finales en la descripción
de Aristóteles de la estructura de las oraciones expli-cativas? Uno de sus
ejemplos preferidos de causa fi-nal se expresa concisamente como sigue: «¿Por
qué hay una casa? —Con el fin de resguardar las perte-nencias de un hombre.»
Podríamos ampliar la expli-cación como sigue: Las casas tienen tejado porque
las casas son refugios para pertenencias y los refugios para pertenencias
tienen tejado. Aquí «refugios para pertenencias» es el término medio y expresa
la causa final de las casas, enuncia el motivo de tener una casa. Pero esta
glosa de la ilustración de Aristóteles nos aparta algo de su texto y es muy
difícil hacer una glo-sa similar del ejemplo del hombre que corre por mo-tivo
de su salud.
El hecho es que las causas finales no encajan
fácil-
94
mente en la rígida estructura que estamos usando y
quizá deberíamos flexibilizar las cosas un poco. «¿Por qué es S P? A causa de
M.» En algunos casos, la re-lación de M respecto a S y a P será, como antes,
que S es M y M es P. En otros casos será más compleja. En el caso de las causas
finales, M explicará por qué S es P en la medida en que M sea al mismo tiempo
un objetivo para S y algo que puede lograrse por me-dio de P. «¿Por qué pasea?
—Por salud»: la salud es su objetivo; y la salud se obtiene paseando. «¿Por qué
tienen los patos las patas palmeadas? —Para nadar»: nadar es un objetivo de los
patos (es decir, es bueno nadar para los patos); y nadar es más fácil cuando se
tienen patas palmeadas.
El tratamiento que da Aristóteles a la explicación
contiene mucho más que la distinción entre cuatro ti-pos de causas. Mencionaré
otros dos aspectos. «Pues-to que las cosas se llaman causas de muchas maneras,
ocurre que la misma cosa tiene muchas causas de modo no incidental; por
ejemplo, tanto el arte de ha-cer estatuas como el bronce son causas de la
estatua —no en virtud de otra cosa, sino qua estatua— pero no del mismo modo:
una es causa en el sentido de ma-teria, la otra en el sentido del origen del cambio.»
La misma cosa puede tener varias causas diferentes. Es tentador interpretar «la
misma cosa» en un sentido débil: la estatua es pesada, pongamos por caso,
por-que está hecha de bronce; la estatua tiene tamaño na-tural porque el
escultor la hizo así. Las dos causas son causas no del mismo rasgo de la
estatua, sino de ras-gos de la misma estatua. Pero eso no es lo que
Aris-tóteles quiere decir; por el contrario, él sostiene que uno y el mismo
rasgo de la estatua puede recibir dos explicaciones distintas, según dos modos
diferentes de causalidad. Así, dice que el trueno ocurre «tanto por-que cuando
el fuego se apaga, chisporrotea y hace un ruido como —si las cosas son como
dicen los pitagó-
95
ricos— con el fin de amenazar y asustar a los que
es-tán en el Averno». Y en sus obras biológicas, busca normalmente dobles
causas en la naturaleza.
Esto resulta desconcertante. Sin duda, si Y explica
X, entonces no hay lugar para pensar que, además, Z explica X; si Y da razón de
X, se ha dado razón de X y no queda nada de lo que pueda dar razón Z. No tiene
gran importancia el hecho de que Y y Z sean tipos diferentes de causa. Si
pensamos que podemos dar una explicación adecuada de, por ejemplo, el
com-portamiento de un perro en términos puramente me-cánicos (por medio de un
conjunto de causas materia-les y eficientes), entonces rechazaremos toda otra ex-plicación
putativa en términos de los objetivos y fi-nes del animal: tal intento no
explica nada, puesto que todo está explicado ya.
Es posible que Aristóteles quiera decir algo un
poco distinto de lo que dice: el bronce puede, en cierto modo, ser una causa de
que la estatua sea pesada; pero no es, en sí mismo totalmente adecuado para dar
ra-zón del peso de la estatua: necesitamos añadir una re-ferencia al escultor,
porque podría perfectamente ha-ber hecho una estatua ligera con bronce. La
cuestión, entonces, no es que X pueda explicarse adecuadamen-te por Y y también
adecuadamente por alguna Z dis-tinta; sino más bien que una explicación
adecuada de X puede requerir la mención de ambas, Y y Z. Esta es una
observación verdadera; pero no es del todo la observación que parece estar
haciendo Aristóteles.
Finalmente, una palabra respecto al azar. Algunos
de los predecesores de Aristóteles habían atribuido muchos fenómenos naturales
al azar. Aristóteles re-chaza esta concepción. Pero, ¿dejó el mismo espacio
para el azar en la naturaleza? Es cierto que él cree que en la naturaleza,
algunas cosas no ocurren inva-riablemente, sino sólo la mayor parte de las
veces; e identifica «lo accidental» con las excepciones a lo que
96
pasa la mayor parte de las veces. En general, los
hom-bres encanecen; si Sócrates no encanece, entonces esto es accidental y
puede haber ocurrido por azar. «Y que no hay conocimiento de lo accidental, es
claro; por-que todo conocimiento se ocupa o bien de lo que siem-pre es o bien
lo que es la mayor parte de las veces (porque, ¿cómo, si no, podría uno
aprenderlo o ense-ñárselo a otro?).»
Por tanto, según la concepción de Aristóteles, hay
fenómenos accidentales en la naturaleza, pero no son objeto del conocimiento,
es decir, no pueden formar parte de ninguna ciencia desarrollada. ¿Infiere
Aris-tóteles que el mundo es indeterminado en cierto gra-do, que no todos los
sucesos están ligados por el nexo de la causación? No lo hace explícitamente;
en reali-dad, suele decir que las excepciones a las regularida-des naturales
ocurren a causa de peculiaridades de la materia de la cosa en cuestión y pueden
explicarse por ellas. Así, los fenómenos accidentales tienen, o al me-nos
pueden tener, causas. Aristóteles no admite, o no necesita hacerlo, la
existencia de sucesos fortuitos o incausados en este mundo. Pero reconoce que
no to-dos los sucesos son capaces de ser comprendidos cien-tíficamente, porque
no todo presenta el tipo de regu-laridad que requiere la ciencia.
97
CAPITULO 10
Empirismo
¿Cómo vamos a adquirir el conocimiento que ha de
ser pulcramente empaquetado en las ciencias euclidia-nas? ¿Cómo entramos en
contacto con las sustancias que constituyen el mundo real? ¿Cómo trazamos sus
cambios? ¿Cómo damos con sus causas y descubrimos sus explicaciones? La lógica
deductiva no es el medio para descubrir hechos sobre el mundo: la silogística
de Aristóteles proporciona un sistema en el que pue-de articularse el
conocimiento, pero la lógica no es, salvo incidentalmente, un mecanismo de descubri-miento.
La fuente última de conocimiento es, según
Aris-tóteles, la percepción. Aristóteles era un empirista ca-bal en dos
sentidos de la palabra. En primer lugar, sos-tenía que las nociones o conceptos
con los que trata-mos de captar la realidad, se derivan en último tér-mino de
la percepción, «y por esa razón, si no perci-biésemos nada, no aprenderíamos ni
entenderíamos nada y siempre que pensamos en algo tenemos que pensar al mismo
tiempo en una idea». En segundo lu-gar, pensaba que la ciencia o el conocimiento
en que consiste nuestra captación de la realidad, se basa en último término en
observaciones perceptivas. Esto no
98
es sorprendente: el principal instrumento de
investi-gación de Aristóteles como biólogo era la percepción sensorial, la suya
o la de los demás; como ontólogo, sus primeras sustancias eran los objetos
corrientes, perceptibles. Platón, al dar a las Formas abstractas el principal
papel en su ontología, se vio conducido a considerar el intelecto, en vez de la
percepción, como el faro que iluminaba la realidad. Aristóteles, al colo-car a
los particulares sensibles en el centro de la es-cena, tomó la percepción
sensorial como su antorcha.
La percepción es la fuente del conocimiento, pero
ella no es el conocimiento mismo. Entonces, ¿cómo se transforman los hechos
dados por la percepción en conocimiento científico? Aristóteles describe el
pro-ceso como sigue:
Todos los animales...tienen una capacidad innata
para realizar discriminaciones, que se llama percep-ción; y si la percepción
está presente en ellos, algu-nos animales retienen lo percibido y otros no.
Ahora bien, para aquellos que no lo retienen...no existe co-nocimiento fuera de
la percepción. Pero es posible para algunos perceptores guardar lo percibido en
sus mentes; y cuando muchas de tales cosas han ocurri-do, hay una diferencia
más y algunos, de la retención de tales cosas, vienen a tener una descripción
gene-ral, mientras que otros, no. Así, de la percepción vie-ne el recuerdo,
como lo llamamos; y del recuerdo (cuando ocurre con frecuencia en conexión con
la misma cosa), la experiencia —pues los recuerdos que son muchos en número
forman una sola experien-cia. Y de la experiencia, o del todo universal que ha
venido a quedar en la mente...viene el principio de la habilidad y del
conocimiento.
Percibimos hechos particulares, que esta cosa, aquí
y ahora, es
así-y-asá (que Sócrates está encaneciendo, por ejemplo). Muchos de los hechos
que percibimos son semejantes: no es sólo a Sócrates, sino también a
99
Callias y a Platón y a Nicómaco y a los demás, a
los que se ve encanecer. Esas percepciones quedan graba-das en la mente y se
convierten en recuerdos. Cuando poseemos una masa de recuerdos similares,
tenemos lo que Aristóteles denomina «experiencia»; y la ex-periencia se
convierte en algo más cercano al conoci-miento cuando la multitud de hechos
particulares son, por así decirlo, comprimidos en un solo hecho gene-ral: el
hecho de que en la mayor parte de los casos, los hombres encanecen. (Digo «algo
cercano al cono-cimiento»: el conocimiento propiamente dicho sólo llega cuando
captamos la causa del encanecimiento, cuando aprendemos que los hombres
encanecen por-que, digamos, las fuentes de la pigmentación se se-can.) El
conocimiento, en suma, surge de la generali-zación a partir de la percepción.
Esta historia parece vulnerable a las críticas. En
pri-mer lugar, es bastante claro que la mayor parte de nuestro conocimiento no
se adquiere del modo que su-giere Aristóteles. Normalmente, no necesitamos una
cantidad enorme de observaciones similares antes de saltar a un juicio
universal: dudo que Aristóteles ob-servase la hectocotilización en más de uno o
dos pul-pos, y sin duda hizo la disección de muy pocos cama-rones antes de
hacer la descripción general de sus par-tes internas. El relato que hace de la
aparición del co-nocimiento general a partir de observaciones particu-lares
puede ser correcta en el fondo, pero su argu-mento debe hacerse mucho más
complejo para cons-tituir una descripción adecuada de nuestros procedi-mientos
reales.
En segundo lugar, el relato de Aristóteles se
encon-trará con un desafío filosófico. ¿Es la percepción sen-sorial realmente
fiable? Si lo es, ¿cómo podemos sa-berlo? ¿Cómo podemos distinguir la ilusión
de la au-téntica percepción? O, también, ¿estamos realmente justificados para
pasar de observaciones particulares
100
a verdades generales? ¿Cómo sabemos que hemos
he-cho suficientes observaciones o si nuestras observa-ciones reales son una
buena muestra del campo de las observaciones posibles? Durante siglos, los
filósofos de talante escéptico se han planteado preguntas de este tipo, que
hacen dudosa la confianza de Aristóte-les en la percepción y la generalización.
Aristóteles era muy consciente de los peligros de
la generalización apresurada; por ejemplo, «la causa de la ignorancia de los
que adoptan esa concepción es que, mientras que las diferencias entre los
animales respecto a la cópula y la procreación son mútliples y nada obvias,
esas personas observan unos pocos casos y piensan que las cosas deben ser
iguales en todos los casos». Pero Aristóteles no tiene nada que decir en un
nivel más general sobre los problemas que plan-tea la generalización: Esos
problemas —problemas de «inducción», como se les llamó más tarde— no
reci-bieron una atención filosófica más detallada hasta mu-cho después de la
muerte de Aristóteles.
Aristóteles no tiene mucho más que decir sobre los
problemas de la percepción. En su tratado psicológi-co Del alma, advierte
incidentalmente que la fiabili-dad de los sentidos varía según hacia qué
objetos se dirijan. Si nuestros ojos nos dicen «eso es blanco» es muy
improbable que se equivoquen; si dicen «esa cosa blanca es una margarita»
tienen más probabilidades de errar. Y en el Libro IV de la Metafísica,
considera y descarta una serie de posiciones escépticas. Pero las observaciones
de Del alma, no están respaldadas en argumentos, y la réplica de Aristóteles a
los escépti-cos es (en la parte que nos atañe a nosotros aquí) poco más que un
rechazo brusco. Piensa que no sos-tienen sus concepciones seriamente: «es
evidente que nadie —ni los que enuncian la tesis ni nadie más— está realmente
en esa condición. Pues, ¿por qué se marcha uno a Megara, en vez de quedarse
donde está,
101
cuando piensa que debería marcharse allá? ¿Por qué
no se tira a un pozo o por un barranco por la maña-na, si hay uno en los
alrededores?» Y pregunta con sorna, si «realmente están confusos respecto a si
los tamaños y los colores son tal como les parecen a los que están a distancia
o a los que están cerca, a los sanos o a los enfermos; si lo que le parece
pesado al débil o al fuerte, es realmente pesado; si lo que les pa-rece ser el
caso a los hombres despiertos o a los hom-bres dormidos es realmente verdadero».
El hecho es que Aristóteles no se tomó muy en
se-rio las dudas de los escépticos sobre la percepción y no prestó ninguna
atención a las que se plantearon sobre la generalización. Uno de los grandes
servicios de la filosofía griega posterior fue compensar la omi-sión de
Aristóteles: las cuestiones epistemológicas se convirtieron en el centro de la
atención de los estoi-cos, epicúreos y escépticos.
102
CAPITULO 10
La imagen del mundo según Aristóteles
Aristóteles fue un laborioso coleccionista que
ama-só una cantidad prodigiosa de información detallada sobre una enorme
variedad de temas. También fue un pensador abstracto cuyas ideas filosóficas
abarcan un amplio campo. Estos dos aspectos de su pensamiento no se guardaban
en compartimentos distintos. Por el contrario, la obra científica de Aristótels
y sus inves-tigaciones filosóficas formaban juntas una perspecti-va intelectual
unificada. Aristóteles fue un notable científico y un filósofo profundo, pero
como realmen-te destaca es como filosofo-científico. Fue, según un antiguo
aforismo, «un escriba de la Naturaleza que mojaba su pluma en el Pensamiento».
Sus principales escritos filosófico-científicos son
De la generación y la corrupción, De los cielos, Meteo-rología, Del alma, el
conjunto de tratados psicológi-cos cortos conocidos colectivamente como Parva
Na-turalia, las Partes de los animales, y La generación de los animales. Todos
estos tratados son científicos, en el sentido de que están basados en
investigación em-pírica y tratan de organizar y explicar los fenómenos
observados. Todos ellos son filosóficos, en el sentido de que son intentos
conscientes, reflexivos y sistemá-
103
ticamente estructurados de alcanzar la verdad de
las cosas.
El propio Aristóteles indica el plan general de su
obra al principio de la Meteorología.
Me he ocupado ya de las primeras causas de la natu-raleza
y de todo movimiento natural (en la Física), y también de los cuerpos celestes,
dispuestos en sus cursos superiores (en De los cielos) y del número y la
naturaleza de los elementos naturales, de sus trans-formaciones mutuas y de la
generación y la corrup-ción en general (en De la generación y la corrup-ción).
La parte de esta indagación que queda por con-siderar, es la que todos los
pensadores anteriores lla-maron meteorología... Cuando hayamos tratado esos
temas, veamos si podemos dar cierta razón, siguien-do las líneas que hemos
trazado, de los animales y las plantas, tanto en general como en particular;
por-que cuando lo hayamos hecho, quizá hayamos llega-do a completar ei plan que
nos propusimos al prin-cipio.
Aristóteles ofrece una concepción clara de la
natu-raleza de la realidad. Los materiales básicos constitu-yentes del mundo
sublunar son cuatro: tierra, aire, fuego y agua. Cada elemento se define por su
pose-sión de dos de los cuatro poderes o cualidades: hume-dad, sequedad,
frialdad, calor. Los elementos tienen un movimiento natural y un lugar natural.
El fuego, si se le deja, se elevará y encontrará su lugar en los confines más
alejados del universo; la tierra se mue-ve de forma natural hacia abajo, hacia
el centro del universo; el aire y el agua encuentran sus lugares en medio. Los
elementos pueden actuar unos sobre otros y transformarse unos en otros; esas
interacciones en-tre los elementos se tratan en De la generación y la
corrupción, y en el Libro IV de la Meteorología se
en-cuentra algo que se aproxima a la química.
104
La tierra tiende a descender y nuestra Tierra está,
naturalmente, en el centro del universo. Más allá de la Tierra y su atmósfera
están la Luna, el Sol, los pla-netas y las estrellas fijas. La astronomía
geocéntrica de Aristóteles, que vincula los cuerpos celestes a una serie de
esferas concéntricas, no fue creación propia suya. El no fue un astrónomo
profesional sino que se fundó en la obra de sus contemporáneos, Eudoxo y
Ca-lipo. El tratado De los cielos se ocupa de la astrono-mía abstracta. La
principal aserción de Aristóteles es que el universo físico es espacialmente
finito pero temporalmente infinito, una vasta pero limitada es-fera que ha
existido sin principio y existirá sin fin.
En torno a la Tierra está su atmósfera. Los sucesos
en la esfera sublunar habían ocupado mucha de la atención de los primeros
científicos griegos y Aristó-teles sigue su ejemplo. La Meteorología estudia
«ta meteora», literalmente, «las cosas suspendidas en me-dio del aire»: la
frase se refería originariamente a fe-nómenos tales como las nubes, el trueno,
la lluvia, la nieve, la escarcha, el rocío: aproximadamente, al tiem-po; pero
se extendió fácilmente para incluir cuestio-nes que nosotros clasificaríamos como
astronomía (meteoros, cometas, la Vía Láctea, por ejemplo) o geografía (ríos,
el mar, las montañas, etc.). La Meteo-rología de Aristóteles contiene sus
propias explicacio-nes sobre esos diversos fenómenos. La obra tiene una fuerte
base empírica, pero está firmemente regida por la teoría. La unidad que posee
deriva en gran medida de la supremacía de una noción, la de «exhalación».
Aristóteles sostiene que la Tierra desprende continua-mente unas «exhalaciones»
o evaporaciones. Son de dos tipos, húmedas o vaporosas y secas o humenates. Su
acción puede explicar, de forma uniforme, la ma-yor parte de los sucesos que
tienen lugar en la atmós-fera.
En la Tierra misma, los objetos de estudio más no-
105
tables son los seres vivientes y sus partes. «De
las par-tes de los animales, algunas son no compuestas, a sa-ber, aquellas que
se separan en piezas uniformes (por ejemplo, la carne en carne), otras son
compuestas, a saber, aquellas que se separan en piezas no unifor-mes (por
ejemplo, una mano no se separa en manos ni una cara en caras)... Todas las
partes no uniformes se componen de partes uniformes, por ejemplo, las manos de
carne, tendones y huesos.» No hay una fron-tera clara entre los seres vivos y
los no vivos; y aun-que los seres vivos pueden disponerse según una je-rarquía
—una «escala de la naturaleza», de valor y complejidad ascendientes— los grados
de la jerarquía no están rigurosamente separados. Las plantas se con-funden con
los animales inferiores; y de ellos hasta el hombre, que está, naturalmente, en
la cima de la escala, hay una progresión continua. Tal es el mundo natural.
Continúa para siempre, presentando regula-ridad constante en cambio continuo.
El movimiento circular, es decir, el movimiento de
los cielos, se ha visto...que era eterno, porque sus mo-vimientos y los que son
determinados por él comien-zan a ser y existirán por necesidad. Porque si
aquello que se mueve en círuclo está siempre moviendo otra cosa, el movimiento
de esas cosas también tiene que ser circular, por ejemplo, como el movimiento
supe-rior es circular, el Sol se mueve de ese modo; y como esto es así, las
estaciones comienzan a ser, por esa razón, en círculo y vuelven sobre sí mismas;
y como comienzan a ser de este modo, así lo hacen, a su vez, las cosas que son
gobernadas por ellas.
Y ¿cómo se gobierna el mundo? ¿Hay dioses, que lo
mantienen en movimiento? Exteriormente, Aris-tóteles era un politeísta
convencional; al menos, en su testamento ordenó que se dedicasen estatuas a
Zeus y Atenea en Estagira. Pero estas acciones no refleja-ban sus creencias:
106
Nuestros antepasados remotos han dejado indicios a
su posteridad en forma mítica, en el sentido de que éstos (es decir, los
cuerpos celestes) son dioses y que lo divino abarca la totalidad de la
naturaleza. Pero el resto ha sido añadido por medio de los mitos para persuadir
al vulgo y para el uso de las leyes y por con-veniencia. Porque dicen que son
antropomórficos y como algunos de los otros animales, y otras cosas
consecuentes con esa y similares a ella; pero si fue-ras a separar lo que dicen
y a aceptar sólo la primera parte, que pensaban que las sustancias primeras
eran dioses, pensarías que habían hablado divinamente.
Zeus y Atenea, los dioses antropomórficos del
pan-teón olímpico, son meros mitos; pero «nuestros an-tepasados remotos» no nos
transmitieron una supers-tición. Ellos vieron o medio vieron, con acierto,
pri-mero, que las «sustancias primeras» son divinas («a todos les parece que
dios está entre las causas y que es una especie de primer principio»), y en
segundo lu-gar, que las sustancias primeras deben buscarse en los cielos.
Los cuerpos celestes, a los que Aristóteles se
refie-re con frecuencia como «los cuerpos divinos», están hechos de un material
especial, un quinto elemento o «quintaesencia»; porque «hay otro cuerpo,
separado de los que están aquí, a nuestro alrededor, cuya natu-raleza es más
honorable en el sentido de que está aún más alejada del mundo de abajo». Ahora
bien, «es fun-ción de lo que es más divino pensar y utilizar su in-telecto», de
modo que los cuerpos celestes, al ser di-vinos, deben estar vivos y ser inteligentes.
Porque, aunque «tendemos a pensar en ellos como simples cuerpos —unidades que
presentan orden pero total-mente sin vida— debemos suponer que participan de la
acción y la vida... Debemos pensar que las acciones de las estrellas son
iguales que las de los animales y las plantas».
107
En el Libro VIII de la Física, Aristóteles arguye
so-bre la existencia de una fuente inmutable del cambio —«un motor inmóvil»,
como suele llamársele. Si ha de haber algún cambio en el universo, debe haber,
sos-tiene Aristóteles, una fuente original que imparta el cambio a otras cosas
sin cambiar ella misma. El mo-tor inmóvil está fuera del universo: «¿debe haber
algo inmutable y en reposo fuera de lo que está cambian-do y no ser parte de
ello, o no? ¿Y debe esto ser ver-dad respecto al universo también?
Presumiblemente, parecía absurdo que el principio del cambio estuviera dentro
de él.» El motor externo «inicia el cambio como un objeto de amor; y otras
cosas inician el cam-bio cambiándose ellas mismas». Las esferas celestes
concéntricas, y los cuerpos celestes que transportan, son todos ellos
quintaesencíales y divinos; pero son di-vinidades en movimiento. Más allá de
ellos, incorpó-rea y fuera del universo, está la divinidad primera, el
inmutable originador de todo cambio.
¿Qué debemos deducir de todo esto? Algunos
estu-diosos interpretan las palabras de Aristóteles literal-mente y encuentran
dioses vivientes esparcidos por todos sus escritos, con lo que resulta ser un
científico profundamente religioso. Otros estudiosos descartan el uso de
Aristóteles de las palabras «dios» y «divi-no» como una mera forma de hablar:
las sustancias primeras son divinas sólo en el sentido de que otras cosas
dependen de ellas, y Aristóteles resulta un pen-sador totalmente secular.
Ninguna de esas dos concepciones es plausible. Hay
demasiado sobre los dioses en los tratados como para que nos permitamos
desdeñar las lucubraciones teo-lógicas de Aristóteles como juegos de palabras
vacíos; y, por otro lado, los dioses de Aristóteles son dema-siados abstractos,
remotos e impersonales para poder considerarlos como objetos de culto de un
hombre re-ligioso. Más bien, podríamos relacionar las observa-
108
ciones de Aristóteles sobre la divinidad del
universo con la sensación de maravilla que la naturaleza y sus obras le
producían. «Es por maravilla por lo que los hombres, tanto ahora como al
principio, empiezan a estudiar filosofía»; y ese estudio, debidamente lleva-do,
no disminuye la admiración inicial. Porque Aris-tóteles estaba impregnado de
una profunda reveren-cia por el valor y la excelencia del universo que le
ro-deaba:
¿De qué modo contiene la naturaleza del mundo lo
que es bueno y lo que es mejor, como algo separado e independiente o como su
propio orden? Más bien de ambas formas, como lo hace un ejército. Porque la
excelencia de un ejército reside tanto en su orden como en su general y
especialmente en el último. Porque él no depende del orden, pero éste depende
de él. Y todas las cosas —peces y aves y plantas— están ordenadas de un modo,
pero no del mismo modo; y no es el caso que no haya relación entre una cosa y la
otra: hay una relación.
109
C a p i t u lo 10
Psicología
En el mundo natural hay una distinción
fundamen-tal: algunas sustancias naturales son vivas, otras ina-nimadas. Lo que
separa a las primeras de las segun-das es la posesión de psykhé. La plabra
psykhé (de la que deriva la nuestra «psicología») suele traducirse por «alma»,
y bajo el encabezamiento de psykhé, Aris-tóteles incluye, en efecto, los rasgos
de los animales superiores que los pensadores posteriores suelen aso-ciar con
el alma. Pero «alma» es una traducción que induce a error. Es un truismo que
todos los seres vi-vientes —los camarones y las margaritas no menos que los
hombres y los dioses— poseen una psykhé\ pero suena algo raro decir que un
camarón tiene alma. Como la psykhé es lo que anima o da vida a un ser viviente,
puede utilizarse la palabra «animador» (aun-que nos suene a Disneylandia).
(Normalmente segui-ré el uso convencional, empleando «alma», pero tam-bién
usaré ocasionalmente «animador».)
Las almas o animadores se dan en diversos grados de
complejidad.
Algunas criaturas poseen todas las capacidades del
alma, otras algunas de ellas, otras solamente una. Las
110
capacidades mencionadas son las de nutrición, de
per-cepción, de apetencia, de cambio de lugar, de pensa-miento. Las plantas
poseen sólo la capacidad de nu-trición. Otras criaturas poseen ésa y la de
percepción. (Y si la capacidad de percepción, entonces también la de apetencia.
Porque la apetencia consiste en el de-seo, la inclinación y anhelo; todos los
animales po-seen al menos uno de los sentidos, a saber, el tacto; todo lo que
tiene percepción experimenta también placer y dolor, lo placentero y lo doloroso;
y todo lo que experimenta eso, posee deseo (porque el deseo es la apetencia de
lo placentero)... Algunos seres po-seen además de ésas, la capacidad de
locomoción; y otros poseen también la capacidad de pensamiento e inteligencia.
El pensamiento, según la concepción de
Aristóte-les, requiere imaginación y, por tanto, percepción; de modo que toda
criatura pensante debe ser capaz de percibir. Y la percepción nunca existe
separada del primer principio de animación, el de nutrición y re-producción.
Así, las diversas capacidades o facultades del alma forman un sistema
jerárquico.
¿Qué es un alma o animador? ¿Y cómo la adquie-ren
las criaturas vivas?
En su tratado Del alma, Aristóteles ofrece una
des-cripción general de lo que es el alma. Primero arguye la conclusión de que
«si vamos a enunciar algo co-mún a todo tipo de alma, será que es la primera
rea-lización de un cuerpo natural que tiene órganos». Más tarde observa que esa
descripción no es particular-mente ilustrativa y sugiere como perfeccionamiento
que «un alma es un principio de las antedichas capa-cidades y es definida por
ellas, a saber, por la nutri-ción, percepción, pensamiento, movimiento». El
pro-pio Aristóteles nos aconseja que no perdamos mucho tiempo con estas
generalidades sino que nos concen-tremos en las diversas funciones del alma.
1 1 1
Sin embargo, las generalidades contienen algo de
gran importancia. La primera descripción general del alma que da Aristóteles
viene a ser ésta: que una cria-tura tenga alma es que sea un cuerpo natural
orgáni-co capaz de funcionar. La segunda descripción gene-ral explica
simplemente cuáles son esas funciones. Así pues, las almas de Aristóteles no
son pedazos de los seres vivos; no son trocitos de material espiritual
co-locados dentro del cuerpo vivo; por el contrario, son conjuntos de poderes,
capacidades o facultades. Po-seer un alma es poseer una habilidad. La habilidad
de un hombre hábil no es una parte de él, de la que de-penden los actos
hábiles; del mismo modo, el anima-dor o la fuerza vital de una criatura viva no
es una parte de ella, de la que dependen las actividades vi-vientes.
Esta concepción del alma tiene ciertas
consecuen-cias, que Aristóteles saca inmediatamente. Primero, «uno no debe
preguntar si el alma y el cuerpo son uno, del mismo modo que no lo pregunta de
la cera y la forma, o en general, de la materia de cualquier cosa y de aquello
de lo cual es la materia». No existe el problema de la «unidad» del alma y el
cuerpo, o de cómo el alma y el cuerpo pueden actuar uno sobre otro.
Posteriormente, Descartes se preguntaba cómo diablos dos cosas tan diferentes
como son el alma y el cuerpo, podían coexistir y funcionar juntas; a Aris-tóteles
no se le plantean esas cuestiones.
En segundo lugar, «que el alma —o ciertas partes de
ella, si es divisible en partes— no es separable del cuerpo, no es dudoso. Las
realizaciones no pueden existir separadas de las cosas que son realizadas. Las
almas son realizaciones de los cuerpos. Por tanto, las almas no pueden existir
aparte de los cuerpos, del mismo modo que las habilidades no pueden existir
aparte del hombre hábil. Platón había sostenido que las almas existían antes
del nacimiento y sobrevivían
112
a la muerte de los cuerpos que animaban.
Aristóteles lo consideraba imposible. Un alma no es, sencillamen-te, el tipo de
cosa que puede sobrevivir. ¿Cómo pue-den sobrevivirme mis habilidades, mi
carácter o mi personalidad?
La concepción general de Aristóteles de la
natura-leza de las almas se elabora en las descripciones de-talladas de las
diferentes funciones vitales: nutrición, reproducción, percepción, movimiento,
pensamiento. Esas funciones o facultades son funciones o faculta-des del
cuerpo, y las investigaciones psicológicas de Aristóteles pueden tomar un giro
biológico sin, por así decirlo, cambiar de tema. Así, la imaginación, por
ejemplo, se describe como «un movimiento que surge por medio de un acto de
percepción»: un acto de per-cepción es un cambio fisiológico y puede causar
otro cambio fisiológico, que constituye una imaginación. Algunos pueden objetar
que Aristóteles ignora el as-pecto psicológico de la imaginación concentrándose
en sus manifestaciones fisiológicas. Pero Aristóteles sostiene que la
fisiología es la psicología, que las al-mas y sus partes son capacidades
físicas.
Del alma y Parva naturalia están regidos por esa
actitud biológica hacia la animación. En la Generación de los animales,
Aristóteles se pregunta de dónde vie-ne el alma o animador: ¿cómo empiezan a
vivir las criaturas? Una concepción popular, aceptada por Pla-tón, era que la
vida empieza cuando el alma entra en el cuerpo. Aristóteles comenta: «Está
claro que aque-llos principios cuya actualidad es corporal no pueden existir
sin un cuerpo —por ejemplo, el andar sin pies—; por tanto, no pueden venir de
fuera —porque no pueden venir ni solos (porque son inseparables) ni en algún
cuerpo (porque el semen es un residuo de alimentos que sufren un cambio.» Los
«principios» o capacidades del alma son principios corporales —ser animado es
ser un cuerpo con ciertas capacidades. Por
113
tanto, suponer que esas capacidades puedan existir
fuera de todo cuerpo es tan absurdo como imaginar que andar pudiera ocurrir
separado de unas piernas. Él alma no puede simplemente entrar en el feto des-de
fuera. (En principio, podría llegar «en algún cuer-po», es decir, en el semen;
pero en realidad, el semen no es el tipo de material adecuado para llevar o
trans-mitir esas capacidades.)
Las descripciones que hace Aristóteles de la
nutri-ción, reproducción, percepción, deseo y movimiento son coherentemente
biológicas. Pero la coherencia pe-ligra cuando se vuelve a la más elevada de
las facul-tades psicológicas, el pensamiento. En La generación de los animales,
inmediatamente después de las ora-ciones citadas, Aristóteles continúa: «Por
tanto, que-da que el pensamiento solo viene de fuera y que él solo es divino;
porque la actualidad corporal no tiene ninguna relación con la actualidad del pensamiento.»
El pensamiento, al parecer, -puede existir separado del cuerpo. En el tratado
Del alma, Aristóteles habla del pensamiento con especial cautela, dando a
entender que podría ser separable del cuerpo. En el que parece ser el párrafo
más desconcertante de los que escribió, Aristóteles distingue dos tipos de
pensamiento (que posteriormente se han conocido como «intelecto ac-tivo» e
«intelecto pasivo»). Del primero de ellos, dice: «Este pensamiento es separable
e impasible y puro, siendo esencialmente actualidad... Y cuando se sepa-ra es
simplemente lo que es, y él solo es inmortal y eterno.»
La especial situación del pensamiento depende de la
concepción de que el pensar no implica ninguna ac-tividad corporal. Pero ¿cómo
podía sostener Aristó-teles tal concepción? Su descripción general del alma
deja claro que el pensar es algo que hacen los «cuer-pos orgánicos naturales» y
su análisis específico de la naturaleza del pensamiento hace depender el pensar
114
de la imaginación y, por tanto, de la percepción.
In-cluso aunque el pensar en sí no sea una actividad cor-poral, necesita de
otras actividades corporales para te-ner lugar.
El tratamiento que hace Aristóteles del
pensamien-to es al mismo tiempo oscuro y difícil de reconciliar con el resto de
su psicología. Pero ni ese hecho ni los diversos errores e inexactitudes de su
fisiología debe-rían empañar la luz de su trabajo sobre psicología: descansa en
una sutil percepción de la naturaleza de las almas o animadores, y es
sistemáticamente cientí-fico en su enfoque de las cuestiones psicológicas.
115
CAPITULO 10
Evidencia y teoría
La descripción general que hace Aristóteles del
mundo está totalmente desacreditada. La mayoría de sus explicaciones se
consideran ahora falsas, muchos de los conceptos con los que operaba, parecen
burdos e inadecuados, algunas de sus ideas, totalmente absur-das. La principal
razón de la caída de Aristóteles es sencilla: en los siglos XVI y XVII , los
científicos apli-caron métodos cuantitativos al estudio de la natura-leza
inanimada, y la química y la física pasaron a asu-mir un papel dominante. Estas
dos ciencias parecían fundamentales en un sentido en el que no lo era la
biología: analizaban los mismos materiales que la bio-logía, pero desde un
punto de vista más riguroso, ma-temático, y una biología no apoyada en la
física y la química carecía de todo fundamento. La física y la quí-mica de
Aristóteles son fatalmente inadecuadas cuan-do se comparan con la obra de los
nuevos científicos. Una nueva «imagen del mundo», basada en las nue-vas
ciencias, sustituyó a la concepción de Aristóteles y si su biología sobrevivió
uno o dos siglos, fue como un miembro arrancado del cuerpo, como un fragmen-to
de una estatua colosal.
¿Por qué no desarrolló Aristóteles una química de-
116
cente o una física adecuada? Su fracaso debe
achacar-se en gran parte a una cierta pobreza conceptual. Él no tenía nuestros
conceptos de masa, fuerza, veloci-dad y temperatura, y carecía, por ello, de
los más po-derosos instrumentos de las ciencias físicas. En algu-nos casos
tenía una forma ruda y primitiva del con-cepto: al fin y al cabo, sabía lo que
era la rapidez y podía pesar las cosas. Pero su noción de rapidez no era, en
cierto sentido, cuantitativa. Aristóteles no me-día la velocidad; no tenía la
noción de kilómetros por hora. O, también, consideremos la temperatura. El
ca-lor es una noción fundamental en la ciencia airstoté-lica. Lo caliente y lo
frío son dos de los cuatro pode-res primarios y el calor es vital para la vida
animal. Los predecesores de Aristóteles habían discrepado en-tre sí sobre qué
objetos eran calientes y cuáles fríos. «Si hay tanta disputa sobre lo caliente
y lo frío», ob-serva Aristóteles, «¿qué pensar del resto? —porque éstas están
entre las cosas que percibimos más clara-mente». Sospecha que las disputas se
deben a «que el término 'más caliente' se usa de varias maneras», y lle-va a
cabo un largo análisis de los diferentes criterios que utilizamos para llamar
calientes a las cosas. El análisis es sutil pero —a nuestros ojos— sufre de una
llamativa deficiencia: no menciona la medición. Para Aristóteles, el calor es
una cuestión de grado, pero no de grado mesurable. Hasta ese punto carecía de
la no-ción de temperatura.
La pobreza conceptual está estrechamente ligada a
la pobreza tecnológica. Aristóteles no tenía buenos re-lojes ni termómetros.
Los instrumentos de medición y el aparato conceptual cuantitativo van unidos.
Los primeros son inconcebibles sin los segundos, y éstos son inútiles sin
aquéllos. Al faltarle lo uno, le faltó lo otro. En un capítulo anterior he
sugerido que las in-vestigaciones zoológicas de Aristóteles no sufrieron a
causa de su enfoque no cuantitativo. El caso es dife-
117
rente con las otras ciencias naturales: la química
sin equipo de laboratorio y la física sin matemáticas son mala química y mala
física.
Sería absurdo culpar a Aristóteles de su pobreza
conceptual: la pobreza es una carencia, no un fallo. Pero muchos estudiosos de
la ciencia de Aristóteles se inclinan a imputarle dos fallos serios, uno
meto-dológico y el otro sustancial. Se aduce, primero, que Aristóteles solía
subordinar los hechos a la teoría, y que partía de la teoría y luego retorcía
los hechos para que encajasen en ella; y, en segundo lugar, que su cien-cia
natural estaba impregnada de un infantil empeño de encontrar planes y propósitos
en el mundo de la naturaleza. Ocupémonos primero de la acusación me-todológica.
Consideremos el siguiente pasaje:
...podríamos decir que las plantas pertenecen a la
tie-rra, los animales acuáticos al agua, los animales te-rrestres al aire... El
cuarto tipo no debe ser buscado en estas regiones; sin embargo, debería haber
un tipo correspondiente a la posición del fuego: porque éste es considerado el
cuarto de los cuerpos... Pero ese tipo debe ser buscado en la Luna; porque es
evidente que participa del cuarto grado —pero eso es materia para otro tratado.
Este pasaje aparece en medio de una compleja y bien
informada exposición sobre ciertas cuestiones de reproducción. Sería caritativo
considerarlo una broma, pero el tono no es jocoso: Aristóteles se convece a sí
mismo, con una débil analogía, de que hay tipos de animales que corresponden a
tres de sus elementos; infiere que tiene que existir un tipo que corresponda al
cuarto; y, al no encontrar ese tipo de animales en la Tierra, los sitúa en la
Luna, ¿hay algo más absur-do? ¿Algo menos científicio?
Bien, el pasaje es absurdo; y hay uno o dos más que
118
le igualan. Pero todos los científicos cometen
neceda-des: hay un número considerablemente pequeño de tonterías en los
escritos de Aristóteles y el lector jui-cioso no les dará mayor importancia. En
cambio, en-contrará otros pasajes más característicos de él. Ha-blando de los
movimientos de los cuerpos celestes, Aristóteles escribe:
...respecto a cuántos hay, digamos ahora lo que
dicen algunos matemáticos, con el fin de que tengamos al-guna idea de la
cuestión y para que nuestra mente tenga algún número definido al que asirse.
Respecto al futuro, debemos hacer indagaciones nosotros mis-mos y discutir la
cuestión con otros investigadores, y si los que estudian estas cosas tienen
concepciones diferentes de las que se expresan ahora, debemos amar ambas
partes, pero escuchar a la más exacta.
Y también: «A juzgar por el argumento y por los
hechos que parecen aplicárseles, la reprodución de las abejas tiene lugar de
ese modo. Pero aún no hemos adquirido suficiente comprensión de los hechos: si
al-guna vez la adquirimos, entonces debemos fiarnos de la percepción, en vez de
fiarnos de los argumentos, y en los argumentos si lo que prueban está de
acuerdo con el fenómeno.» Aristóteles acaba de dar una larga y cuidadosa
descripción de la reproducción de las abe-jas. La descripción está basada fundamentalmente
en observaciones, pero también es especulativa, y des-cansa en cierto grado en
consideraciones teóricas. Aristóteles reconoce explícitamente este aspecto
es-peculativo de su descripción y sostiene explícitamen-te que la especulación
está subordinada a la observa-ción. La teoría es indispensable cuando los
hechos son insuficientemente conocidos, pero la observación tie-ne prioridad
sobre la teoría.
Aristóteles trata el mismo punto en otro lugar, en
términos más generales: «primero tenemos que cap-
119
tar las diferencias entre los animales y los hechos
so-bre todos ellos. Después de eso, debemos tratar de descubrir sus causas.
Porque ése es el método natural de proceder, una vez que se ha llevado a cabo
la in-vestigación sobre cada uno de ellos; pues con ello se hará evidente sobre
qué temas deben realizarse nues-tras pruebas y de qué principios deben partir
éstas.» Y también:
...la ciencia empírica debe establecer los
principios —quiero decir, por ejemplo, que la astronomía em-pírica debe
proporcionar los de la ciencia de la astro-nomía—; pues cuando los fenómenos
fueron sufi-cientemente captados, las pruebas fueron descubier-tas. Y del mismo
modo, en cualquier otro arte y cien-cia. Así, si los hechos de cada caso son
captados, nues-tra tarea será, entonces, proporcionar un buen arse-nal de
pruebas. Porque si no falta ninguno de los he-chos verdaderos del caso, seremos
capaces de descu-brir la prueba de todo de lo que hay prueba, y de cons-truir
una prueba, y dejar claro dónde no es posible una prueba.
Aristóteles critica frecuentemente a sus
predeceso-res por poner la teoría antes que los hechos. Así, de Platón y su
escuela:
...hablando de los fenómenos, dicen cosas que no
en-cajan con los fenómenos... Están tan encariñados con sus primeros principios
que parecen comportarse como los que los defienden con argumentos dialécti-cos;
porque aceptan cualquier consecuencia, pensan-do que tienen verdaderos
principios —como si los principios no tuvieran que ser juzgados por sus
con-secuencias y, en especial, por su objetivo. Y el obje-tivo en la ciencia
productiva es el producto, pero en la ciencia natural es lo que aparece adecuadamente
a la percepción.
No podía ser más claro. La investigación empírica
120
precede a la teoría. Los datos deben ser recogidos
an-tes de buscar las causas. La construcción de una cien-cia axiomática (de
«pruebas») depende de la presen-cia de «todos los hechos verdaderos del caso».
Natu-ralmente, Aristóteles nunca tuvo una comprensión de todos los hechos;
frecuentemente pensó que tenía he-chos cuando lo que tenía eran falsedades; y a
veces sal-tó precipitadamente a teorizar. Además, la teoría de-biera determinar
en cierto grado la recolección de he-chos: el amasar indisciplinadamente los
hechos es un ejercicio acientífico; y puede ser, como han argüido al-gunos
científicos, antiguos y modernos, que no exista el «puro» hecho, incontaminado
por la teoría. Pero, a pesar de todo esto, dos cosas son perfectamente
evi-dentes: Aristóteles tenía una concepción clara de la primacía de la
observación y sus tratados científicos —en especial sus obras de biología—
suelen ser fieles a esa concepción.
En el próximo capítulo me ocuparé de la acusación
de que Aristóteles, puerilmente, hace del mundo na-tural un escenario en el que
se representan planes y propósitos.
121
CAPITULO 17
Teleología
Vemos más de un tipo de causa relacionada con la
generación natural —a saber, aquello por motivo de lo cual, y la fuente del
principio del cambio. Así, te-nemos que determinar cuál de ésas es la primera y
cuál la segunda. Parece que la primera es la que lla-mamos «por motivo de
algo»; porque ésta es la des-cripción de la cosa y la descripción es un
principio, del mismo modo en los productos de la habilidad y en los productos
de la naturaleza. Porque, o por el pensamiento o por la percepción, el médico deter-mina
sobre la salud y el constructor sobre un casa; y luego dan la descripción y las
causas de todo lo que hacen y explican por qué hay que hacerlo de esa ma-nera.
Ahora bien, aquello por motivo de lo cual, o el bien, es más frecuente en las
obras de la naturaleza que en las de la habilidad.
Aquí, en el capítulo introductorio de las Partes de
los animales, Aristóteles establece lo que se llama su concepción teleológica
de la naturaleza. Las causas fi-nales no serán menos en las obras de la
naturaleza que en los productos de la habilidad humana, y para explicar los
fenómenos naturales, debemos recurrir a «aquello por motivo de lo cual». La
explicación en tér-
122
minos de causas finales es explicación en términos
del «bien», porque si los patos tienen patas palmeadas por motivo de nadar,
entonces es bueno —es decir, bueno para los patos— tener patas palmeadas. Las
causas finales son primeras causas porque equivalen a la «descripción de la
cosa»: ser nadador es parte de la esencia de un pato, y una descripción
adecuada de lo que es ser un pato requiere una referencia a nadar. Las causas
finales no se le imponen a la naturaleza por medio de consideraciones teóricas,
son observa-das en la naturaleza: «vemos más de un tipo de cau-sa». (El término
«teleología» se deriva del griego «té-los», que es la palabra utilizada por
Aristóteles para «objetivo»: una explicación teleológica es una que re-curre a
objetivos o causas finales.)
A lo largo de todas sus obras biológicas,
Aristóte-les busca constantemente causas finales. ¿Por qué los dientes, a
diferencia de las otras partes duras de la es-tructura animal, continúan
creciendo?
La causa de ese crecimiento, es el sentido de
aquello por motivo de lo cual, se encuentra en su función. Porque se gastarían
pronto si no hubiera acreción en ellos —incluso ahora, en ciertos animales
viejos que son grandes comedores pero poseen pequeños dien-tes, los dientes
están completamente desgastados, porque se destruyen más deprisa de lo que
crecen. Por eso aquí también la naturaleza ha producido un excelente mecanismo
que se adapta al caso; porque hace que la pérdida de los dientes coincida con la
ve-jez y la muerte. Si la vida durase diez mil o mil años, los dientes tendrían
que ser enormes al principio y crecer a menudo; porque incluso aunque crecieran
continuamente, se desgastarían y llegarían a ser inú-tiles para su labor. Y
esto es todo respecto a aquello por motivo de lo cual crecen.
¿Por qué tienen manos los hombres?
123
Anaxágoras dice que los hombres son los más
inte-ligentes de los animales porque poseen manos; pero es razonable pensar que
tienen manos porque son los más inteligentes. Porque las manos son un
ins-trumento y la naturaleza, como un hombre inteligen-te, siempre asigna cada
cosa a algo que puede utili-zarla (es mejor dar una flauta a alguien que es
ac-tualmente un flautista que dar a un hombre que po-see una flauta la
habilidad de tocarla); porque ella ha dado a la cosa más grande y superior lo
que es me-nos y no lo menos a lo que es más honorable y más grande. Así pues,
si esto es mejor, y si la naturaleza hace lo que es mejor en cada
circunstancia, el hom-bre no es más inteligente a causa de sus manos, sino que
tiene manos porque es el más inteligente de los animales.
Con frecuencia, las causas finales se contraponen a
la «necesidad» y en particular a los constreñimientos impuestos por la
naturaleza material de los animales o de las partes de los animales en
cuestión. Pero in-cluso donde se invoca la necesidad para explicar los
fenómenos, sigue habiendo lugar para la explicación en términos de causas
finales. ¿Por qué tienen las aves acuáticas patas palmeadas?
Por estas causas, las tienen por necesidad; y a
causa de lo que es mejor, tienen esas patas por motivo de la vida, de modo que,
al vivir en el agua, donde sus alas son inútiles, tengan pies que sean útiles
para na-dar. Porque son como los remos para los remeros o las aletas para los
peces; de ahí que si se les rompen las aletas a los peces o el palmeado entre
las patas a las aves acuáticas, ya no pueden nadar.
La teleología de Aristóteles se resume en ocasiones
con el lema «la naturaleza no hace nada en vano», y él mismo usa frecuentemente
aforismos de ese tenor. Pero aunque Aristóteles sostiene que las causas fina-
124
les deben buscarse por todo el mundo natural, no
hay que encontrarlas literalmente en todas partes. «La bi-lis en el hígado es
un residuo, y no está por motivo de ninguna cosa —como el sedimento en el
estómago y en los intestinos. Ahora bien, la naturaleza utiliza, a veces,
incluso los residuos para algún propósito be-neficioso; pero eso no es razón
para buscar una causa final en todos los casos.» El Libro V de La generación de
los animales está enteramente dedicado a dichas partes sin objeto, de los animales.
El comportamiento natural y la estructura natural
suelen tener- causas finales —porque la naturaleza no hace nada en vano. Pero
las causas finales están cons-treñidas por la necesidad —la naturaleza hace lo
me-jor que puede «en cada circunstancia»—; y algunas ve-ces no hay ninguna
causa final para descubrir.
La Física contiene una serie de argumentos en
apo-yo de~lanéleología natural. Algunos de ellos descan-san sobre la noción
característicamente aristotélica de que «el arte imita a la naturaleza» o «las
artes son imi-taciones de la naturaleza»: si podemos ver causas fi-nales en los
productos de la habilidad, con mayor mo-tivo podremos verlos en los productos
de la natura-leza. Otro argumento elabora la aserción de Las par-tes de los
animales de que «vemos» causas finales en la naturaleza.
Es especialmente claro en el caso de los otros
ani-males que no actúan ni por habilidad, ni tras inves-tigación ni
deliberación (de ahí que algunas perso-nas se pregunten si las arañas, las
hormigas y otros animales similares realizan sus tareas por razón o por otra
cosa). Y si uno avanza poco a poco, de este modo, resulta evidente que en las
plantas también se da lo que es conducente al objetivo: por ejemplo, ho-jas por
el motivo de proteger el fruto. De modo que si la golondrina construye su nido
y la araña su tela por naturaleza y por motivo de algo, y si las plantas
125
también producen hojas por motivo del fruto y
ha-cen crecer sus raíces hacia abajo en vez de hacia arri-ba por el motivo de
la nutrición, está claro que hay causas de este tipo en las cosas que llegan a
ser y son por naturaleza.
Pero, ¿«vemos», efectivamente, causas finales en la
naturaleza? ¿Y qué es exactamente lo que se supone que vemos? Las frases «con
el fin de» y «por motivo de» parecen servir primordialmente para explicar las
acciones intencionadas de los agentes conscientes. ¿Está Aristóteles, entonces,
atribuyendo agencia e in-tencionalidad a los fenómenos naturales? Desde lue-go,
no está atribuyendo intenciones a los animales ni a las plantas ni diciendo que
las causas finales de sus actividades son lo que ellos se proponen; porque es
evidente que los patos no se proponen tener patas palmeadas ni las plantas
idean sus hojas. La teleolo-gía de Aristóteles no consiste en una pueril
atribu-ción de intenciones a los vegetales.
¿Está Aristóteles atribuyendo intenciones no a las
criaturas naturales sino a la propia Naturaleza? Hay varios pasajes en los que
Aristóteles habla de la Na-turaleza como el artífice inteligente del mundo
natu-ral. «Como una buena ama de casa, la Naturaleza no desperdicia nada que
pueda aprovecharse.» Tales pa-sajes no pueden descartarse a la ligera. Pero
Natura-leza, la Artífice, no puede ser todo lo que hay de te-leología en
Aristóteles; porque en las detalladas ex-plicaciones teleológicas que llenan sus
escritos bioló-gicos, rara vez alude a los planes de la Naturaleza ni a los
propósitos de un gran Arquitecto.
Pero si no hemos de interpretar la teleología de
Aristóteles en términos de planificación intenciona-da, ¿cómo hemos de
interpretarla? Consideremos el siguiente pasaje:
Las serpientes copulan enroscándose una alrededor
126
de la otra; y no tienen testículos...a causa de su
lon-gitud. Porque, como son naturalmente alargadas, si hubiera aún más dilación
en la región de los testícu-los, el semen se enfriaría a causa de su lento
paso. (Esto ocurre en el caso de los hombres que tienen pene muy largo: son
menos fértiles que los que tie-nen un pene moderado, porque el semen frío no es
fértil, y el semen que hace un largo desplazamiento, se enfría.)
Si el semen de la serpiente tuviera que recorrer el
tortuoso camino a través de un par de testículos des-pués de desplazarse por el
cuerpo de la serpiente, se enfriaría y se haría estéril, y ésa es la razón por
la que las serpientes no tienen testículos. (No tienen pene porque el pene se
sitúa naturalmente entre las patas, y las serpientes no tienen patas.) Para
procrear bien, las serpientes tienen que carecer de testículos: no
sobrevivirían si no procrearan y no podrían pro-crear si tuvieran testículos.
Eso explica su falta de tes-tículos. La explicación es fantástica en su
contenido, pero es una explicación de un tipo perfectamente res-petable.
En general, la mayor parte de las características
es-tructurales y del comportamiento de los animales tie-nen una función. Es
decir, sirven para la realización de alguna actividad que es esencial, o al
menos útil, para el organismo: si el organismo no realizara dicha actividad, no
sobreviviría en absoluto, o sólo sobrevi-viría con dificultad. Si tratamos de
comprender la vida animal, tenemos que captar las funciones relaciona-das con
las partes del animal y con su comportamien-to. Si uno sabe que los patos tienen
patas palmeadas y también sabe que nadan, todavía no está en pose-sión de una
comprensión plena: necesita captar, ade-más, que el palmeado ayuda a los patos
a nadar y que nadar es una parte esencial de la vida del pato.
Aristóteles expresa esto diciendo que una respues-
127
ta a la pregunta «¿por qué tienen los patos las
patas palmeadas?» es «con el fin de nadar». Su «con el fin de» nos suena raro
sólo porque nosotros asociamos «con el fin de» primordialmente con la acción
inten-cionada. Aristóteles lo asocia primordialmente con la función y ve
función en la naturaleza. Sin duda tiene razón. Los objetos naturales tienen
partes funciona-les y presentan un comportamiento funcional; el cien-tífico que
no se percata de dichas funciones ignora la mayor parte de su disciplina.
«La Naturaleza no hace nada en vano» es un
prin-cipio regulador para la investigación científica. Aris-tóteles sabe que
algunos aspectos de la naturaleza ca-recen de función. Pero reconoce que la
captación de la función es crucial para la comprensión de la natu-raleza. Sus
lemas sobre la prudencia de la Naturaleza no son supersticiones pueriles, sino
recordatorios de una tarea central del científico naturalista.
128
CAPITULO 18
Filosofía práctica
Los capítulos anteriores se han ocupado de las
cien-cias teóricas. El propio Aristóteles dedicó la mayor parte de su tiempo a
esa gran rama del conocimiento, pero no ignoró las ciencias prácticas. En
efecto, dos de sus tratados más celebrados, la Política y la Etica a Nicómaco,
pertenecen a la rama práctica de la filo-sofía. Esas obras no son prácticas en
el sentido de que sean como manuales. Por el contrario, están repletas de
análisis y argumentación y descansan sobre una im-portante investigación
histórica y científica. Son obras de filosofía práctica, práctica en el sentido
de que su propósito o finalidad no es meramente la de suminis-trar la verdad,
sino también de afectar a la acción: «El presente tratado no se emprende, como
los otros, con el fin de entender, porque no llevamos a cabo la in-dagación
para conocer qué es la bondad, sino para ha-cernos hombres buenos.»
Aristóteles escribió dos Eticas, a Nicómaco y a
Eu-demo. El título «Ética» es ligeramente confuso, y tam-bién lo son las
traducciones normales de «arete» como «virtud» y de «eudaimonia» como
«felicidad». Son convenientes unas cuantas observaciones a propósito de estos
términos.
129
El propio Aristóteles se refiere a sus tratados
como «ethika» y la trasliteración de esa palabra griega da el título de
«Ética». Pero el término griego significa «cuestiones relacionadas con el
carácter», y un título mejor sería Sobre cuestiones, de carácter. En cuanto a
«arete», la palabra significa algo parecido a «bondad» o «excelencia».
Aristóteles puede hablar de la «arete» de un argumento o de un hacha tanto como
de la de un hombre. La «arete» humana es la excelencia hu-mana —lo que es ser
un buen ser humano— y sólo está en relación indirecta con lo que nosotros
consi-deramos virtud. Finalmente, «eudaimonia» no se re-fiere a un estado
mental de euforia, como parece in-dicar la palabra «felicidad»: ser «eudaimon»
es flore-cer, hacer un éxito de la propia vida y la relación en-tre la
eudaimonia y la felicidad es, una vez más, in-directa. •
¿Qué es entonces la filosofía «ética» de
Aristóte-les? «Parece, sin duda, incontrovertible decir que eu-daimonia es lo
mejor, pero necesitamos decir más cla-ramente lo que es.» Todos nosotros
queremos flore-cer o hacer las cosas bien, y todas nuestras acciones, en la
medida en que son racionales, van dirigidas ha-cia esa finalidad última. La
cuestión fundamental para la filosofía práctica, entonces, es ésta: ¿Cómo
logra-mos la eudaimonia? ¿En qué consiste florecer? ¿En qué consiste ser un ser
humano de éxito? Aristóteles no pregunta qué nos hace felices ni le preocupa
cómo debemos vivir nuestra vida, si esto se interpreta como una pregunta moral.
Quiere instruirnos respecto a cómo lograr que nuestras vidas sean un éxito.
La respuesta de Aristóteles depende de un análisis
filosófico de la naturaleza de la eudaimonia. La eudai-monia, arguye, es «una
actividad del alma en concor-dancia con la excelencia». Decir que la eudaimonia
es una «actividad», equivale a decir que florecer implica hacer cosas, en
contraposición a estar en un cierto es-
130
tado. (Ser feliz —como estar enamorado, por
ejem-plo— es un estado mental: florecer no es un estado sino una actividad o
conjunto de actividades.) Decir que la eudaimonia concierne al alma (o
animador) es decir, que el florecimiento humano requiere el ejerci-cio de
ciertas facultades que definen la vida; en espe- • cial, no puede decirse que
una persona florece como ser humano a menos que esté ejerciendo facultades
humanas distintivas. Finalmente, la eudaimonia es una actividad «en
concordancia con la excelencia». Florecer es hacer ciertas cosas de modo
excelente o bien. De un hombre que ejerza sus facultades pero que lo haga
ineficazmente o de mala manera, no pue-de decirse que está haciendo un éxito de
su vida.
Entonces, ¿cuáles son las excelencias en
concordan-cia con las cuales tenemos que actuar? Aristóteles dis-tingue entre
las excelencias del carácter y las excelen-cias del intelecto. Entre las
primeras se cuentan las que consideramos virtudes morales —valor, genero-sidad,
ecuanimidad...— y también aquellas disposicio-nes como el respeto de sí mismo,
un grado adecuado de ostentación y el ingenio; las últimas incluyen cosas como
el conocimiento, el buen juicio, la «sabiduría práctica». Además, Aristóteles dedica
cierto tiempo a hablar de la cuasi-excelencia de la amistad.
Los hombres se distinguen de los demás animales por
la posesión de la razón y la capacidad de pensa-miento. Los hombres «tienen
algo divino —lo que lla-mamos intelecto, es divino» y nuestro intelecto es «lo
divino en nosotros». En efecto, «cada uno de noso-tros es realmente intelecto,
puesto que él es nuestro elemento soberano y mejor». Las excelencias más
pro-piamente humanas, por tanto, son las excelencias in-telectuales y la
eudaimonia consiste principalmente en actividad en concordancia con esas excelencias
—es una forma de actividad intelectual. «Por tanto, cual-quier elección o
posesión de los bienes naturales —del
131
cuerpo, riqueza, amigos o cualquier otro bien— que
produzca mejor contemplación por el dios [es decir, por nuestro intelecto, el
dios en nosotros], es mejor y es el patrón más fino; y cualquiera que, bien por
de-ficiencia, bien por exceso, nos impida cultivar al dios y la contemplación,
es malo.» Florecer, hacer de la vida un éxito, requiere una dedicación a los
quehace-res intelectuales. Aristóteles pensaba que tales queha-ceres procuraban
un disfrute inmenso y que la vida in-telectual ofrecía una felicidad sin igual;
pero su tesis principal en la Etica no es que la felicidad consiste en la
actividad intelectual, sino que una actividad inte-lectual excelente constituye
el éxito o el florecimiento para el hombre. Los gigantes intelectuales de la
his-toria pueden no haber sido hombres felices, pero to-dos ellos fueron
hombres de éxito —todos ellos flo-recieron y lograron la eudaimonia.
La actividad intelectual no es suficiente. Los
hom-bres no son individuos aislados y las excelencias hu-manas no pueden ser
practicadas por eremitas solita-rios. «El hombre», dice Aristóteles, «es por
naturale-za un animal social» (la palabra que traduzco como «social» suele
verterse como «político»). Esta obser-vación no es un aforismo casual, sino un
fragmento de teoría biológica. «Los animales sociales son aque-llos que tienen
alguna actividad particular común a to-dos ellos (lo que no es cierto de todos
los animales gregarios); tales son los hombres, las abejas, las avis-pas,
hormigas, grullas.» «Lo que es peculiar de los hombres, comparados con los
otros animales, es que sólo ellos pueden percibir lo bueno y lo malo, lo justo
y lo injusto, y el resto —y es la participación en esas cosas lo que hace una
familia y un Estado.» La socie-dad y el Estado no son ligaduras artificiales
impues-tas al hombre natural: son manifestaciones de la pro-pia naturaleza
humana.
Las sociedades aparecen bajo formas diferentes. Lo
132
primero que hay que destacar en relación con la
idea aristotélica de Estado, es su tamaño. «Un Estado no puede hacerse con diez
hombres —y a partir de 100.000, ya no es un Estado.» Las ciudades -estado
griegas, cuyas historias formaban el trasfondo factual de la teoría política de
Aristóteles, eran de dimensio-nes minúsculas. Frecuentemente se veían
desgarradas por el faccionalismo y su independencia fue finalmen-te destruida
por el avance del poder macedónico. Aris-tóteles conocía los males del faccionalismo
(el Libro V de la Política está dedicado al análisis de las causas de las
luchas civiles), y conocía íntimamente la corte de Macedonia; sin embargo,
nunca perdió su convic-ción de que la pequeña ciudad-estado era la forma
ade-cuada —natural— de sociedad civil.
Un Estado es una colección de ciudadanos y un
ciu-dadano, según la concepción de Aristóteles, «de nin-gún modo se define
mejor que por su participación en las funciones judiciales y en los cargos
políticos». Los asuntos de un Estado son regidos directamente por los
ciudadanos. Cada ciudadano será miembro de la asamblea o cuerpo deliberador de
la nación, sefá elegible para los diversos cargos del Estado, que in-cluyen
puestos fiscales y militares, y formará parte del poder judicial (porque en el
procedimiento legal grie-go, no se hacía distinción entre las funciones de juez
y de jurado).
El poder político que poseía un ciudadano depen-día
del tipo de constitución que disfrutaba su Estado, y las diferentes
constituciones confiaban a diferentes personas o instituciones la autoridad de
legislar y de determinar la política de gobierno. Aristóteles creó una compleja
taxonomía de las constituciones, cuyos tres tipos principales son la monarquía,
la aristocra-cia y la democracia. En determinadas circunstancias, Aristóteles
defendía la monarquía. «Cuando o toda una familia o un individuo es tan notable
en excelen-
133
cia que su excelencia excede la de todos los demás,
en-tonces es justo que esa familia o ese individuo sea rey y soberano en todas
las cuestiones.» Pero esas circuns-tancias son raras y, en la práctica,
Aristóteles prefería la democracia.
La concepción de que la multitud, y no unos cuantos
hombres buenos, debe ser soberana...quizá parezca verdadera. Porque, aunque
cada miembro de la mul-titud no es un hombre bueno, con todo, es posible que,
cuando se reúnen, sean mejores —no como in-dividuos, sino colectivamente, del
mismo modo que las cenas comunales son mejores que las que sumi-nistra un
hombre solo a sus expensas.
Un Estado, de cualquier modo que esté constituido,
debe ser auto-suficiente y debe lograr el objetivo o fin para el que existe el
Estado.
Es evidente que un Estado no consiste en compartir
una localidad con el propósito de impedir el daño mutuo y fomentar el comercio.
Estas cosas deben es-
• tar
necesariamente presentes si existe un Estado; pero incluso si están todas ellas
presentes, no por ello existe un Estado. Más bien, un Estado es la
par-ticipación de los hogares y las familias en una buena vida, con el
propósito de una vida completa y auto-suficiente.
La «buena vida», que es la meta del Estado, se
iden-tifica con eudaimonia, que es la meta de los indivi-duos. Los Estados son
entidades naturales y, como otros objetos naturales, tienen una meta o fin. La
te-leología es un rasgo de la teoría política de Aristóte-les, tanto como de su
biología.
Esta noción del objetivo del Estado está vinculada
a otro elevado ideal. «Un principio fundamental de las constituciones
democráticas es la libertad... Una
134
forma de libertad es gobernar y ser gobernado por
tur-nos... Otra forma es vivir como uno desea; porque los hombres dicen que ése
es el fin de la libertad, puesto que no vivir como uno lo desea es la marca del
escla-vo.» La libertad en casa se complementa con una po-lítica exterior
pacífica; porque los Estados aristotéli-cos, aunque armados para la defensa, no
tendrán am-biciones imperialistas. (Pero se dice que Aristóteles instó a
Alejandro Magno a «tratar a los griegos a la manera de un jefe y a los extranjeros
a la manera de un amo, cuidando de los primeros como de amigos y parientes, y
tratando a los segundos como a animales o plantas».)
Sin embargo, la libertad está severamente limitada
en el Estado de Aristóteles. Es la prerrogativa de los ciudadanos, y una gran
mayoría de la población no po-see la ciudadanía. Las mujeres no tienen
libertad. Y hay esclavos. Algunos hombres, según Aristóteles, son esclavos por
naturaleza y es, por tanto, permisi-ble hacerles esclavos de hecho. «Alguien
que, siendo hombre, pertenece por naturaleza no a sí mismo, sino a otro, es un
esclavo por naturaleza. Pertenece a otro si, siendo un hombre, es un artículo
de propiedad —y un artículo de propiedad es un instrumento que ayu-da a las
acciones de su dueño y es separable de él.» Los esclavos pueden disfrutar de
una buena vida, pue-den tener amos generosos. Pero no tienen libertad ni
derechos.
Los ciudadanos poseen esclavos y también otras
for-mas de propiedad. Aristóteles arguye extensamente contra el comunismo.
«Evidentemente», concluye, «es mejor que la propiedad sea privada, pero que los
hom-bres la hagan común en el uso». Pero añade inmedia-tamente que «es tarea
del legislador hacer que los ciu-dadanos se vuelvan así». El Estado
aristotélico no po-seerá los medios de producción ni dirigirá la econo-mía;
pero la legislatura se asegurará de que el com-
135
portamiento económico de los ciudadanos esté
debi-damente gobernado.
La voz del Estado, acallada en los asuntos
econó-micos, es estridente en los sociales. El Estado inter-viene antes del
nacimiento: «puesto que el legislador debe considerar desde el comienzo cómo
han de te-ner el mejor físico los niños que sean criados, prime-ro debe
ocuparse de la unión sexual, determinando cuándo y entre qué tipo de personas
pueden existir re-laciones maritales». La interferencia continúa duran-te la
infancia, especialmente respecto a la educación:
Nadie disputará que el legislador debe ocuparse
es-pecialmente de la educación de los jóvenes... Puesto que toda la ciudad
tiene una meta, es evidente que debe también haber una y la misma educación
para todos, y la superintendencia de ésta debe ser pública y no privada... Los
asuntos públicos deben ser regi-dos públicamente; y no debemos pensar que cada
ciu-dadano se pertenece a sí mismo, sino que todos ellos pertenecen al Estado.
Aristóteles describe con considerable detalle las
di-versas formas en las que el Estado debe regular la vida de sus ciudadanos.
Cada regulación, por benévo-lo que sea su propósito, es una limitación de la
liber-tad y en la afirmación de Aristóteles respecto a que los ciudadanos
«pertenecen todos al Estado», el lector puede detectar la temprana voz del
totalitarismo. Si Aristóteles amaba la libertad, no la amaba lo suficien-te. Su
Estado es sumamente totalitario.
¿Qué ha pasado? Algunos pueden sospechar que
Aristóteles erró desde el primer paso. Asigna confia-damente una función
positiva al Estado, suponiendo que su objetivo es el fomento de la buena vida.
Dado eso, es fácil imaginar que el Estado, deseoso de me-jorar la condición
humana, puede intervenir debida-
136
mente en cualquier aspecto de la vida humana y
obli-gar a sus subditos a hacer lo que sea que les haga fe-lices. Los que ven
el Estado como un promotor del Bien, acaban frecuentemente como defensores de
la represión. Los amantes de la libertad prefieren asig-nar una función
negativa al Estado y considerarlo, más bien, como una defensa y protección
contra el Mal.
137
CAPITULO 1 9
Las artes
Frecuentemente se acusa a Aristóteles de presentar
una visión estrechamente intelectual de la buena vida: Homero y Fidias —o
Rembrandt y Bach— no sirven, en su opinión, de ejemplos de éxito ni de
ilustracio-nes de eudaimonia,. Esta acusación pudiera muy bien ser injusta,
porque el ideal dé «contemplación» que propone en la Etica quizá sea
suficientemente amplio para abarcar una vida de genio artístico o literario.
Pero, de cualquier modo, Aristóteles sentía en la prác-tica la mayor veneración
por ese genio: eso es evi-dente en cada página de su tratado sobre las artes,
la Poética.
La Poética es corta y ha sobrevivido en forma
abre-viada. Contiene un interesante ensayo sobre la lengua y la lingüística que
puede completarse con la exposi-ción sobre el estilo en el Libro III de la
Retórica. Ha-bla un poco de las emociones, sobre las que Aristóte-les escribe
extensamente y con gran sutileza en el Li-bro II de la Retórica. Pero consiste
en gran medida en lo que la mayor parte de los comentaristas han con-siderado
teoría literaria o crítica literaria. Sin embar-go, no es así como Aristóteles
veía su tratado: la Poé-tica es una contribución a la ciencia «productiva», su
138
objetivo no es decirnos cómo juzgar una obra de
arte sino cómo producir una.
El arte, piensa Aristóteles, es una cuestión de
re-presentación o «imitación». «La épica, y la poesía trá-gica, y también la
comedia y los ditirambos y la ma-yor parte de la música de flauta y arpa, son
todas ellas, en gran medida, imitaciones.» El arte imita o repre-senta la vida
humana y en particular, las acciones hu-manas. Las acciones humanas difieren en
carácter, «y es esta diferencia la que distingue a la tragedia de la comedia;
porque se supone que ésta última imita a hombres que son peores que los de hoy
y la primera, a hombres que son mejores». Gran parte de la Poé-tica está
dedicada a la tragedia. La exposición comien-za con una célebre definición: «La
tragedia es una imi-tación de una acción que es seria y completa y que tie-ne
una cierta grandeza. La lengua está bien sazonada, y cada uno de los tipos de
condimento se usa separa-damente en las diferentes partes. Tiene forma
dra-mática, no narrativa. Y, por medio de la piedad y el temor, realiza una
purgación de las emociones de ese tipo.» De los seis elementos de la tragedia
que distin-gue Aristóteles —argumento, personajes, lengua, pensamiento,
espectáculo, música— el argumento es el más importante. En virtud de su
argumento, una tragedia será «completa» o unitaria y es por medio de su
argumento, como una tragedia llevará a cabo su función purgativa: «el principal
medio por el cual una tragedia actúa sobre las emociones, son las distintas
partes del argumento, a saber, los descubrimientos y los cambios». El argumento
gira en torno a una figu-ra central, el «héroe trágico», como se le llamó
pos-teriormente, que debe ser un hombre «ni prominente en excelencia y bondad
ni caído en el infortunio por la maldad y la villanía, sino a través de un
error —un hombre de gran reputación y buena fortuna, como Edipó o Tiestes u
hombres famosos de tales fami-
139
lias». El protagonista de una tragedia disfruta de
gran éxito (Edipo era rey de Tebas). Ha cometido algún «error» (Edipo mató a su
padre y se casó con su. ma-dre sin saber quiénes eran). Se descubre el error y
tie-ne lugar el «cambio» (la madre de Edipo comete sui-cidio, él se ciega y es
desterrado de Tebas). Por su uni-dad orgánica, su universalidad implícita, la
historia ac-túa sobre los sentimientos del público.
La concepción aristotélica de la tragedia, que tuvo
un profundo efecto sobre la historia posterior del tea-tro europeo, puede
parecer estrecha. Su definición no encaja en las grandes tragedias de
Shakespeare, por no mencionar las obras de los dramaturgos moder-nos, cuyos
héroes, o antihéroes, no poseen ni la con-dición social ni la grandiosa
historia de un Edipo. Pero Aristóteles no trataba de crear una «teoría» de la
tra-gedia que fuese válida en todos los tiempos. Estaba di-ciéndoles a sus
contemporáneos, que operaban den-tro de las convenciones de la escena griega,
cómo es-cribir una obra. (Su consejo está basado en una mon-taña de
investigación empírica sobre la historia del teatro griego.)
También la noción de Aristóteles del objetivo de la
tragedia puede parecemos rara. Resalta el efecto que puede tener la tragedia
sobre los sentimientos y las pasiones de un público. Pero, ¿las tragedias
purgan siempre a un público de la piedad y el miedo? Y, si lo hacen, ¿es
plausible considerar la purgación emo-cional como la función central de la
tragedia? No hay duda de que la tragedia tiene un aspecto emocional; pero
también tiene aspectos estéticos e intelectuales. Aristóteles era muy
consciente de esos aspectos, aun-que no figuren de manera prominente en su
defini-ción de tragedia. Gran parte de la Poética trata im-plícitamente de
cuestiones estéticas, en la medida en que se ocupa de «la lengua bien sazonada»
y de los ritmos que requiere la tragedia. Del aspecto intelec-tual del arte,
Aristóteles tiene esto que decir:
140
...todos disfrutan con la imitación. Una prueba de
ello es lo que pasa en los casos reales, porque disfruta-mos mirando el
parecido exacto de cosas que en sí mismas son penosas de ver —por ejemplo, las
for-mas de los animales más inmundos, y cadáveres. La razón es que aprender es
lo más agradable, no sólo para los filósofos, sino también para los demás
hom-bres, incluso aunque participen brevemente del pla-cer. Esa es la razón de
que disfrutemos viendo imá-genes —al mirar, aprendemos e inferimos lo que es cada
cosa, diciendo, «Éste es él».
El placer de aprender es, pues, un importante
in-grediente en las ciencias productivas. La contempla-ción o la actualidad de
conocer es el componente pri-mero de la eudaimonia, que es la meta de las
ciencias prácticas. La verdad y el conocimiento son el objetivo directo de las
ciencias teóricas. El deseo de conoci-miento, que Aristóteles consideraba parte
de la natu-raleza de todo hombre y que era, patentemente, el as-pecto dominante
de su propia personalidad, informa y unifica la estructura tripartita de la
filosofía aristo-télica.
141
CAPITULO 10
Supervivencia de Aristóteles
A la mueí¡te de Aristóteles, su amigo y discípulo
Teofrasto asumió su manto y con él, el Liceo conti-nuó siendo un brillante foco
de estudio científico y fi-losófico. Pero en el siglo III a. de C., la luz del
aris-totelismo se oscureció. Otras escuelas de pensamien-to —los estoicos, los
epicúreos, los escépticos— do-minaron la escena filosófica y las ciencias se
desarro-llaron separadas de la filosofía y se convirtieron en el dominio de los
especialistas.
Con todo, Aristóteles no fue olvidado nunca y su
obra gozó de más de un renacimiento. Desde los si-glos I a VI de nuestra era,
una sucesión de comenta-ristas eruditos conservaron sus escritos y
revitáliza-ron su pensamiento. Hubo una segunda renovación del interés en
Bizancio en el siglo VIII. Posteriormen-te, en el siglo XII, Aristóteles llegó
a Europa occiden-tal, donde sus textos fueron leídos por hombres de gran saber
y traducidos al latín y sus copias se dise-minaron y leyeron ampliamente. Se
conocía a Aristó-teles, magistralmente, como «el Filósofo». Su pensa-miento lo
llenaba todo y los débiles intentos de la Igle-sia de suprimir sus escritos no
hicieron más que con-firmar la autoridad de éstos. Durante unos cuatro si-
142
glos, la filosofía de Aristóteles y su ciencia
goberna-ron Occidente virtualmente sin rival.
Una descripción de la supervivencia intelectual de
Aristóteles equivaldría prácticamente a una historia del pensamiento
occidental. En parte, su influencia fue sencilla y directa: las diversas
doctrinas de Aris-tóteles y sus creencias se transmitieron como verda-des
recibidas y sus ideas, o su reflejo, pueden encon-trarse en las páginas de
filósofos y científicos, histo-riadores y teólogos, poetas y dramaturgos. Pero
su in-fluencia adoptó también una forma más sutil. La es-tructura, al igual que
el contenido del pensamiento de Aristóteles quedó impresa en la posteridad. Los
con-ceptos y la terminología del Liceo proporcionaron el medio dentro del que
la filosofía y la ciencias se de-sarrollaron, de modo que incluso los
pensadores ra-dicales determinados a rechazar las concepciones aris-totélicas
se encontraron haciéndolo en un lenguaje aristotélico. Hoy, cuando hablamos de
materia y for-ma, de especies y géneros, de energía y potencialidad, de
sustancia y cualidad, de accidente y esencia, sin sa-berlo estamos hablando en
lenguaje de Aristóteles y pensando en términos y conceptos que fueron forja-dos
en Grecia hace dos milenios.
Merece la pena añadir que nuestra noción moder-na
de método científico es totalmente aristotélica. El empirismo científico —la
idea de que el argumento abstracto debe de estar subordinado a la evidencia
fac-tual, que la teoría tiene que ser juzgada ante el estric-to tribunal de la
observación— parece ahora un lugar común; pero no fue siempre así, y debemos en
gran medida a Aristóteles el que entendamos la ciencia como una empresa
empírica. Es importante hacer hincapié en este punto, aunque sólo sea porque los
más celebrados críticos ingleses de Aristóteles, Fran-cis Bacon y John Locke,
fueron ambos firmes empi-ristas que creyeron que estaban con ello rompiendo
143
con la tradición aristotélica. Se acusaba a
Aristóteles de preferir frágiles teorías y estériles silogismos a los fértiles
y sólidos hechos. Pero la acusación es injusta; y, en realidad, sólo puede
haber sido hecha por hom-bres que no leyeron las obras del propio Aristóteles
con la atención debida y que le criticaron por las fal-tas de sus sucesores.
Aristóteles ha tenido influencia, sin duda. Pero
in-fluencia y grandeza no son lo mismo y podríamos pre-guntarnos todavía qué
hace de Aristóteles un Maes-tro —«el maestro de aquéllos que saben», como le
lla-mó Dante— y por qué sigue mereciendo la pena leer-le. Su logro más absoluto
fue, seguramente, su biolo-gía. Con la obra incluida en las Investigaciones,
las Partes de los animales, y la Generación de los anima-les, fundó la ciencia
de la biología, la estableció sobre una sólida base empírica y filosófica y le
dio la forma que conservaría hasta el siglo XIX. Su segundo logro, después de
la biología, fue la lógica. También en este terreno fundó Aristóteles una nueva
ciencia, y la ló-gica de Aristóteles continuó siendo, hasta el fin del si-glo
pasado, la lógica del pensamiento europeo. Pocos hombres han fundado una
ciencia. Aparte de Aristó-teles, ninguno ha fundado más de una.
Pero en biología como en lógica, Aristóteles ha
que-dado obsoleto. Si queremos aprender biología o lógi-ca, ya no buscamos los
tratados de Aristóteles: ahora ya sólo tienen interés histórico. No ocurre lo
mismo con los escritos más filosóficos de Aristóteles. Los en-sayos de la
Física, la Metafísica y la Ética son menos seguros, menos perfectos, menos
científicos que la ló-gica y la biología; pero, paradójicamente, están más
vivos. Porgue aquí, Aristóteles no ha sido superado to-davía. La Etica puede leerse,
desde luego, como un mo-numento histórico —como evidencia de estado de la
filosofía práctica en el siglo IV a. de C. Pero también puede leerse como una
contribución a los debates ac-
144
tuales, y los filósofos modernos todavía tratan a
Aris-tóteles como a un brillante colega. Los tratados filo-sóficos son ricos,
difíciles, estimulantes: siguen estu-diándose como urgentes comentarios sobre
cuestiones de inquietud permanente.
Finalmente, Aristóteles puso ante nosotros,
explí-citamente en sus escritos e implícitamente en su vida, un ideal de
excelencia humana. El hombre aristotéli-co puede no ser el único modelo o
ideal, pero es, sin duda, un ejemplar admirable, la emulación del cual no es
ambición pequeña. Termino con un pasaje de las Partes de los animales que
expresa lo mejor del hom-bre aristotélico.
De las sustancias naturales, consideramos que
algu-nas están libres para siempre de la generación y la destrucción, que otras
participan de la generación y la destrucción. Las primeras son valiosas y
divinas, pero nuestros estudios sobre ellas son menos adecua-dos; porque hay
considerablemente poca evidencia disponible a la percepción a partir de la que
poda-mos hacer indagaciones sobre ellas y sobre las cosas que ansiamos saber.
Pero sobre las sustancias pere-cederas —plantas y animales— estamos mucho me-jor
en lo que respecta al conocimiento, porque cre-cemos entre ellas; porque
cualquiera que esté dis-puesto a tomarse la molestia necesaria, puede apren-der
mucho de la verdad sobre cada especie. Cada uno de los grupos da placer:
incluso si nuestra compren-sión de las primeras es escasa, no obstante, a causa
de su valor, el conocimiento de ellas es más agrada-ble que saberlo todo sobre
nosotros aquí (del mismo modo que es más agradable ver cualquier pequeña parte
de las cosas que amamos que ver con exactitud muchas otras grandes cosas); y
como de los últimos tenemos mejor y mayor conocimiento, nuestra com-presión de
ellos tiene la superioridad —y, una vez más, porque están más cercanos a
nosotros y son más afines a nuestra naturaleza, ellos ganan algo compa-rados
con el estudio filosófico de las cosas divinas.
145
Como hemos tratado de los últimos y hemos
presen-tado nuestras concepciones, debemos ahora hablar de la naturaleza
animal, en la medida de lo posible sin omitir nada, sea de pequeño o de gran
valor. Porque incluso en el caso de los que no son agradables a los sentidos,
la naturaleza que los formó da, no obstan-te, inmensos placeres al estudioso
que puede discer-nir las causas de las cosas y que es de disposición na-tural
filosófica. Porque sería irracional y absurdo si, aunque sentimos placer al
contemplar los retratos de esas cosas, porque contemplamos al mismo tiempo la
habilidad del pintor o del escultor que los dio for-ma, no disfrutásemos aún
más con la contemplación de las cosas naturales en sí mismas, especialmente si
podemos discernir sus causas. Así, no deberíamos quejarnos puerilmente de la
investigación de los ani-males menos valiosos; porque en toda cosa natural hay
algo maravilloso.
Se dice que Heráclito dijo a unos visitantes que
que-rían conocerle y que vacilaban cuando le vieron ca-lentándose junto a la
estufa: «Entrad, no tengáis mie-do: también aquí hay dioses.» Del mismo modo
de-beríamos abordar el estudio de todo animal sin ver-güenza; porque en todos
ellos hay algo natural y algo bello.
146
Tabla cronológica
384 a. de C. Nacimiento
de Aristóteles en Estagira.
367 A.
emigra a Atenas y entra en la Aca-demia de Platón.
356 Nacimiento
de Alejandro Magno.
347 Muerte
de Platón; A. abandona Atenas y se va a la corte de Hermias en Atar-neo y se
establece en Assos.
345 A.
marcha a Mitilene, en Lesbos (y vuelve posteriormente a Estagira).
343 Filipo
de Macedonia invita a A. a Mie-za como preceptor de Alejandro.
341 Muerte
de Hermias.
336 Asesinato
de Filipo; coronación de Ale-jandro.
335 A.
vuelve a Atenas y empieza a ense-ñar en el Liceo.
323 Muerte
de Alejandro.
322 A.
abandona Atenas por Calcidia, don-de muere.
147
Bibliografía sugerida
En castellano existen solamente algunas
traducciones bi-lingües autorizadas de obras aisladas de Aristóteles:
Cate-gorías y De Interpretatione (ambas en Cuadernos Teore-ma); Tópicos,
Refutaciones sofísticas, De Anima y Metafí-sica (Gredos); Retórica, Etica a
Nicómaco, Política y cons-titución de Atenas (Consejo Superior de
Investigaciones Científicas). En la colección Austral hay traducción
caste-llana no bilingüe, a veces defectuosa, de algunas obras de Aristóteles.
Obras generales sobre Aristóteles
ROSS, W . D., Aristotle, Londres, 1923.
LLOYD, G. E. R., Aristotle, Cambridge, 1968.
ACKRILL, J. L., Aristotle the Philosopher, Oxford,
1981 . GUTHRIE, W . K. C , A History of Greek Philosophy, vo-
lumen 6: Aristotle: An Encounter, Cambridge, 1981 .
Quizá la obra más influyente que se ha escrito en
nues-tro siglo sobre Aristóteles sea:
JAEGER, W . W . , Aristóteles, México, Fondo de
Cultura Eco-nómica; (Ia ed. alemana, Berlín, 1923).
La mayoría de los estudios académicos sobre
Aristóteles han tomado la forma de ediciones y comentarios de trata-dos
específicos o de artículos y trabajos en las revistas es-pecializadas. Hay una
antología de artículos, concebida para
149
cubrir casi todos los aspectos del pensamiento de
Aristó-teles en:
BARNES, J., SCHOFIELD, M . y SORABJI, R., (eds.)
Articles on
Aristotle, 4
vols., Londres, 1975-79.
Cada tomo contiene una bibliografía completa.
Los datos pertinentes a la vida de Aristóteles se
han re-cogido y tratado en:
DÜRING, I, Aristotle in the Ancient Bibliographical
Tradi-tion, Goteborg, 1957.
Puede obtenerse cierta idea de cómo era la vida en
el Li-ceo:
LYNCH, J. P., Aristotle's School, Berkeley, 1972.
Hay una descripción amplia y abarcadora, de las
concep-ciones científicas de Aristóteles en:
SOLMSEN,
F., Aristotle's System of the Physical World,
Nueva York, Ithaca
I960.
Sobre zoología y biología, todavía vale la
pena leer:
LEWES, G.
H., Aristotle-A Chapter from the History of
Science, Londres, 1864.
THOMPSON, W .
d'A., On Aristotle as a Biologist, Londres,
1912.
Para el método de Aristóteles en ciencia y
filosofía, véase:
OWEN, G. E. L., Tithenai ta Phainomena, en S.
Mansion (ed.), Aristote et les problémes de méthode, Lovaina, 1961, reimpreso
en Articles on Aristotle, vol. 1.
Hay un largo estudio reciente de la psicología:
HARTMAN,
E., Substance, Body and the Soul, Princeton,
Nueva Jersey,
1977.
Sobre la teleología de Aristóteles, su noción de
causación y numerosas cuestiones relacionadas, véase:
SORAJBI, R., Necessity, Cause and Blame, Londres, 1980.
La obra típica sobre la lógica de Aristóteles es:
150
PATZIG, G., Aristotle's Theory of the Syllogism,
Dordrecht, 1968; I a ed. a l e m a n a , Góttingen, 1959.
Y hay más material en:
HLNTIKKA, K . J. J., Time and Necessity, Oxford,
1973.
Muchos de los problemas planteados por las
especula-ciones metafísicas de Aristóteles están tratados en:
OWENS, J., The Doctrine of Being in Aristotelian
Metaphy-sics, 3a ed., Toronto, 1978.
Y hay tres importantes trabajos de Owen:
OWEN, G. E. L., «Logic and Metaphysics in Some
Earlier
Works of Aristotle», en I. Düring y G. E. L. Owen
(eds.), Aristotle and Plato in the Mid-Fourth Century, Gote-borg, I960,
reimpreso en Articles on Aristotle, vol. 3.
— «The Platonism of Aristotle», Proceedings of the
Bri-tish Academy, 50 (1965), reimpreso en Articles on Aris-totle, vol. 1.
— «Aristotle on the Snares of Ontology», en R.
Bam-brough (ed.), New Essays on Plato and Aristotle, Lon-dres, 1965.
En cuanto a la filosofía práctica, una guía útil a
la Éti-ca es:
HARDIE, W . F. R., Aristotle's Ethical Theory, 2a
ed., Ox-ford, 1980.
Y una colección de artículos:
RORTY, A. O., (ed.), Essays on Aristotle's Ethics,
Berkeley y Londres, 1980.
Para una introducción a las concepciones de
Aristóteles sobre el Estado, véase:
MULGAN, R. G , Aristotle's Political Theory, Oxford, 1977.
151
Referencias
Todas las obras citadas son de Aristóteles, a menos
que se especifique otra cosa. Las referencias a los escritos de Aristóteles
suelen consistir en la abreviatura de un título, un número romano, que indica
el libro, un número arábi-go, que indica el capítulo, y la especificación de
página, co-lumna y línea [versículo] en la edición autorizada del texto griego
por Immanuel Bekker. (La mayoría de las ediciones posteriores del texto griego
dan las referencias a la edición de Bekker a intervalos regulares en el
margen.) Así, Mr II 9, 369 a 31 se refiere a la línea 31 de la columna a en la
página 269 de la edición de Bekker, una línea que se en-cuentra en el capítulo
9 del libro segundo de la Meteoro-logía de Aristóteles.
Abreviaturas
A Del alma corrupción
PrA Primeros Analíticos H A Historia de los ani-
SA Segundos Analíticos males
C Categorías I De la interpretación
Ci De los cielos M Metafísica
EE Etica a Eudemo M A Movimientos de los
EN Etica a Nicómaco animales
F Física Mr Meteorología
G A Generación de los PA Partes de los animales
animales P1 Política
GC De la generación y la Po Poética
153
P ro Protrepticus RS Refutaciones sofísticas
R Retórica T Tópicos
Página 12. (1) por natura-leza, todos los hombres:
M I 1, 980 a 22
(2) la
actividad: M XII 7, 1072 b 27
(3) la
adquisición: Pro fragmento 52 Rose = B 56 Düring, citado por Iambli-chus, Pro
40.40-41.2
(4) no
debemos: EN X 7, 1 1 7 7 b 31-5
Página 13. escribió: Dioge-nes Laertius, Vidas de
los fi-lósofos V 21
Página 15. en
toda forma:
R III 1, 1404 a 8 - 12
Página 16. rodea: Atticus, fragmento 7 (pág. 28 ed.
Baudry), citado por Eusebio, Preparación para el Evan-gelio X V ix 14, 8 1 0 D
Página 18. no quería: Ae-lian, Varia historia III
36
Página 19. (1) una inscrip-ción: Ibn Abi Usaibia,
Vida de Aristóteles, 18, impreso en I. Düring, Aristotle in
the Ancient Biographical Tradition (Goteborg,
1957), pág. 215
(2) ellos
redactaron: W . Dittemberger (ed.), Sylloge
InscriptionumGraecarum
(3a ed., Leipzig, 1915) num. 275
Página 20 . en cuanto a:
Cartas, fragmento
9 (en M.
Plezia [ed.], Aristóteles:
Privatorum scriptorum fragmenta [Leipzig, 1977])
citado por Aelian, Varia historia X I V 1
Página 22. la ciudad de As-sos: S. Mekkler (ed.),
Aca-
demicorum philosophorum index Herculanensis
(Ber-lín, 1902), pág. 23
Página 24. en primer lugar:
HA I 6, 4 9
1 a
19-21
Página 25. el pulpo: HA I 1, 524 a 3-20
Página 26. (1) esto es evi-dente: H A V 8, 542 a
2-6
(2) se
defiende: HA IX 45, 630 b 8 - 11
Página 28. no son engen-drados: H A V 19, 551 a 1-7
Página 28. un experimen-to: H A VI 3, 561 a 6 - 562 a 20
Página 29 . los llamados teuthoi: HA IV 1, 524 a
25-8
Página 31. (1) inflamado:
Plinio, Historia Natural VIII xvi 4 4
(2) facilita
su error: GA III 5, 756 a 31 - 4
Página 32. (1) trabajaba
154
tanto: anón., Vita Aristote-lis Marciana 6 (en
Düring, op. cit., pág. 98)
(2) él
es el primer hom-bre: Estrabón, Geografía XIII i 54
(3) uno
debería: T I 14, 105 b 12 - 15
(4) hemos
considerado: M I 3, 983 a 33-b 6 Página 33. en el caso: RS 34, 184 a 9-b 9
Página 35. pues, si las difi-cultades: EN VII 1,
1145 b 6 - 7
Página 35. (1) en todos los casos: RS 34, 183 b
18-27
(2) la
investigación: M II 1, 993 a 30-b 5; b 11 - 19 Página 37 . ¿ P o r qué se
apartó: Philodemus, Retóri-ca vol. LUI 41-2, vol. II págs. 57-8 Sudhaus Página
38. al momento re-
nunció: Nerinthus, frag - mento 64 Rose, citado por
T h e m i s t i u s , Discurso
XXXIII 295D
Página 39- en el gimnasio: Epicrates, f r a g m e n
t o 11 K o c k , citado p o r A t h e -
naeus, Deipnosophists 59D Página 41 . (1) a quien
los hombres perversos: Poe-mas, fragmento 3 (en Ple-zia, op. cit.) citado por
Olympiodorus, Comentario al Gorgias 41 . 9
(2) Platón solía:
Aelian,
Varia
historia IV 9
Página 46. (1) las causas:
M XII
4, 1070 a 31-3
(2) todo
pensamiento: M VI 1, 1025 b 25
(3) hay
tres filosofías: M VI 1, 1026 a 18 - 19
Página Al. (1) si no hay: M VI 1, 1026 a 26 - 30
(2) las
ciencias teóricas: M VI 1, 1026 a 22-3
(3) debe
consistir: M I 2, 982 b 9 - 1 0
Página 48. hay una ciencia: M IV 3, 1003 a 21 - 2
Página 50. es universal: M VI 1, 1026 a 30-1
Página 50. (1) las cosas lla-madas: M IV 3, 1005 a
20; b 10; a 22-3
(2) adoptan
la misma: M IV 2, 1004 b 17 - 18
Página 52. (1) todas las oraciones: I 4, 16 b 33 -
17 a 3
(2) de
los enunciados: I 5, 17 a 20-2
Página 53. toda proposi-ción: P r A I 2, 25 a 1-2
Página 56. (1) Si A: PrA I 4, 25 b 37-9
(2) Un
syllogismos: PrA I 1, 24 b 18-20
Página 57. toda prueba: P r A I 23, 41 b 1-3
Página 59- pensamos que: SA I 2, 71 b 9 - 12
Página 60. si saber: SA I 2, 71 b 19-25
Página
62. vacas: PA III 2,
155
6 64 a 8 - 1 1 ; 14, 6 7 4 b 5 - 14 Página 64 . la
conclusión: SA I 8, 75 b 22 - 4
Página 64. (1) la poesía: Po 9, 1451 b 5-7
(2) decir
que: M XIII 10, 1087 a 11, 24.
Página 65 . Todo conoci-miento: M V I 2 , 1 0 2 7 a
20 - 4 Página 61. aquí, como en todas partes: EN VII 1, 1145 b 2 - 6
Página 69. Aristóteles, acu-sando: Cicerón,
Disputacio-nes Tusculanas III xxviii 69
Página 71. ahora bien, la cuestión: M VII 1, 1028 b
2 - 4
Página 72. (1) lo que es realmente: C 6, 6 a 26
(2) respecto
a las cualida-des: C 8, 11 a 15 - 16
(3) las
clases de las cosas que existen: F I 6, 189 a 14 Página 73. (1) agudo: T I 15,
106 a 13 - 20
(2) algo
se llama: M V 2, 1 0 1 3 a 24; 5, 1015 a 20; 18, 1022 a 14
Página 74. (1) se dice de las cosas que son: M VII
1, 1028 a 10 - 13
(2) «kleis»:
EN I 6 , 1 0 9 6 b 26; V 1, 1 1 2 9 a 29- 31
(3) de
las cosas, se dice: M IV 2, 1003 a 33-4
(4) todo
lo que es sano: M IV 2, 1003 a 34-b 4 Página 75. Así pues, de las
cosas: M IV 2, 1003 b 5 - 10 Página 76. las cosas
se lla-man sustancias: M V 7, 1017 b 23-5
Página 77. el particular pá-lido: C 2, 1 a 27 - 8
Página 79. está claro que:
M VII
16, 1040 b 5 - 8 Página 79. todas ellas se definen: Mr IV 12, 390 a 10-13
Página 82. (1) la naturale-za es: F III 1, 200 b 12
(2) las
cosas tienen una naturaleza: F II 1, 192 b 32 Página 82. (1) hay algo: F V 1,
224 a 34-b 3
(2) no
hay cambio: F III 1, 200 b 32; VI 4, 234 b 29 Página 84. todo lo que lle-ga a
ser: M VII 8, 1033 b 12-13
Página 84. queda claro: F I 7, 190 b 1-8
Página 85. (1) cambio es: F
III 1,
201 a
10 - 11
(2) la
actualidad es: M IX 8, 1049 b 10 - 12
Página 86. en todos los ca-sos: M IX 8, 1049 b 24-7
Página 89- una cosa se lla-ma: F II 3 , 1 9 4 b 23 - 195 a 3 Página 90. el
a-causa-de-lo-cual: M VII 17, 104, a 23-7 Página 91. la causa es: SA II 2, 9 0
a 7
Página 92. qué es y por qué es: SA II 2, 9 0 a 15 -
18
156
Página 93. por qué les so-brevino: SA II 11, 94 a
36-b 2
Página 94. por qué hay: SA II 11, 94 b 9
Página 95. (1) puesto que las cosas: F II 3, 195 a
4 - 8
(2) tanto
porque cuando: SA II 11, 94 b 32-4 Página 97. y que no hay co-nocimiento: M VI
2, 1027 a 20-2
Página 98. y por esa razón:
A III 8, 432 a 7-9
Página 99. todos los anima-les: SA II 19, 99 b 35 -
100 a 9
Página 101 . (1) la causa:
G A III 5, 756 a 2-6
(2) fiabilidad
de los sen-tidos: A III 3, 4 2 8 b 18-25
(3) es
evidente: M IV 4, 1008 b 12 - 16
(4) realmente
están: M IV 5, 1 0 1 0 b 4 - 9
Página 1 0 3 . un escriba: Suda s.v. Aristóteles
Página 104. me he ocupa-do: Mr I 1, 338 a 20-7; 339 a 7 - 9
Página 105. De las partes: HA I 1, 486 a 5-8; 13 -
14 Página 106. el movimiento circular: GC II 11, 338 a 18-b 6
Página 107 . (1) nuestros antepasados: M XII 8,
1074 b 1 - 10
(2) a
todos les parece: M I 2, 983 a 8 - 9
(3) hay
otro cuerpo: Ci I 2, 269 b 1 4 - 1 6
(4) es
función: PA IV 10, 686 a 29
(5) tendemos
a pensar: Ci II 12, 292 a 19-22; b 1-2
Página 108. (1) ¿debe ha-ber algo: MA 4, 699 b 31 -
5
(2) inicia
el cambio: M XII 7, 1072 b 3-4
Página 109. (1) es por ma-ravilla: M I 2, 982 b 12
- 13
(2) ¿de
qué modo: M XII 10, 1075 a 1 1 - 1 8
Página 110. algunas criatu-ras: A II 3, 4 1 4 a
29-b 6; b 16-18
Página 111 . (1) si vamos a enunciar: A II 1, 4 1 2
b 4 - 6
(2) un
alma es: A II 2, 4 1 3 b 11 - 13
Página 1 1 2 . (1) uno no debe: A II 1, 4 1 2 b 6-8
(2) que
el alma: A II 1, 4 1 3 a 3-5
Página 113. (1) un movi-miento: A III 3, 429 a 1-2
(2) está
claro que: G A II 3, 7 3 6 b 22 - 7
Página 114. (1) por tanto, queda: G A II 3, 7 3 6 b
27 - 9
(2) este
pensamiento: A III 5, 4 3 0 a 17 - 18; 22-3 Página 117. si hay tanta: PA II 2,
648 a 33-b 1 Página 118. (1) podríamos
157
decir: G A III 11, 761 b 13-23
(2) respecto
a cuántos: M XII 8, 1073 b 10 - 17 Página 119 . (1) a juzgar: GA III 10, 760 b
28-33
(2) p r
i m e r o tenemos:
HA I 6,
491 a
10 - 14
(3) la
ciencia empírica: PrA I 30, 46 a 17-27 Página 120. hablando de: Ci III 7, 306 a
6-7; 12 - 18 Página 122 . Vemos más: PA I 1, 639 b 12-21 Página 123. (1) la
causa de: GA II 6, 745 a 27-b 3
(2) Anaxágoras:
PA IV 10, 687 a 8 - 1 8
Página 124. por estas cau-sas: PA IV 12, 694 b 6 -
12 Página 124. (1) aforismos: por ejemplo, Ci 1 4 , 271 a 33
(2) la
bilis: PA IV 2, 677 a 14 - 18
(3) el
arte imita: Mr IV 3, 381 b 6; Pro fragmento B 23 Düring, citado por Iamblichus,
Pro 34.8-9
(4) es
especialmente: F II 8, 199 a 20 - 30
Página 126. como una bue-na ama: G A II 6, 744 b
16-17
Página 126. las serpientes copulan: G A I 7, 7 1 8
a 18-25
Página 129. el presente tra-tado: EN II 2, 1103 b
26 - 8 Página 130. (1) parece, sin
duda: EN I 7,
1097 b 22-3
(2) una
actividad: EN I 7,
1098 a 16
Página 131. (1) tienen algo divino: G A II 3, 737 a
10 - 11
(2) lo
divino: EE VIII 2, 1248 a 27; EN X 7, 1 1 7 8 a 2-3
(3) por
tanto, cualquier elección: EE VIII 3, 1249 b 16-21
Página 132. (1) el hombre PI I 1, 1253 a 2
(2) los
animales sociales: HA I 1, 488 a 8 - 10
(3) lo
que es peculiar: P1 I 1, 1253 a 15 - 18
(4) un
Estado: EN IX 10,
1170 b 31 - 2
Página 133. (1) de ningún modo se define: PI III 1,
1275 a 22-3
(2) cuando
o toda una fa-milia: PI III 17, 1288 a 15-19
(3) la
concepción de: P1 III 11, 1281 a 40-b 3
Página 134. (1) es eviden-te: PI III 9, 1280 b 29 -
34
(2) un
principio funda-mental: PI IV 1, 1317 a 40; b 2-3; 11 - 13
Página 135. (1) tratar a los griegos: Cartas,
fragmento 6 a (en Plezia, op. cit.), ci-tado por Plutarco, Sobre la fortuna de
Alejandro 329 B
(2) alguien
que: PI I 4, 1254 a 14 - 17
158
(3) evidentemente:
PI II 5, 1263 a 38-40
(4) puesto
que el legisla-
dor: PI VII 1 6 , 1 3 3 4 b 29 - 32 Vagina 136.
nadie disputa-rá: PI VIII 1, 1337 a 11 - 12; 21-4; 26-9
Página 139. la épica: Po 1, 1447 a 13 - 16
Página 139. (1) y es esta di-ferencia: Po 2, 1448 a
16 - 18
(2) la
tragedia es: Po 6, 1449 b 24 - 8
(3) el
principal medio: Po 6, 1450 a 33-5
(4) ni
prominente en ex-celencia: Po 13, 1453 a 8 - 12 Página 141 . todos disfru-tan:
Po 4, 1448 b 8 - 17 Página 145. de las sustan-cias naturales: PA I 5, 644 b 22
- 645 a 23

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