© Libro N° 7611. Los Anales Franco-Alemanes. Marx, Karl; Rug, Amold . Emancipación. Agosto 8 de 2020.
Título original: © Los
Anales Franco-Alemanes. Karl Marx, Amold
Rug
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Anales Franco-Alemanes. Karl Marx, Amold
Rug
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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FRANCO-ALEMANES
Karl Marx
Amold Rug
Los Anales
Franco-Alemanes
Karl Marx
Amold Rug
Karl Marx
Amold Rug
Los anales
franco-alemanes
E d ic io n e s M a rtín ez R o c a , S . A.
Traducción, introducción y notas de J. M. Bravo
F A G . DE F I L O S O F I A
£ 3 1 *.X1- i í>X ¿iC’ A
S IG N A T U R A ..........
TCPCC:'.. i r : A . i^ . t Í? „ 2
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C0TÍ2 d o
NOTA m
EXPED. N ° ........... _ .....................
FACT. N o......................
FECHA IMGRE
© 1970, Ediciones
Martínez Roca, S.A. Avda. Generalísimo, 322 bis -
BarceIona-13 Depósito legal ¿8120' 1970 impreso en España
Gráficas Universidad, Xkjuets de Valls, 1,
Barcelona
In d ic e
Introducción
Notas bio-bibliográficas
Los
anales franco-alemanes
Indice
de la edición original
Plan de íos Anales franco-alemanes ..
Unas cartas
de 1843
Cántico
dei rey Ludovíco
Sentencia del Tribunal Supremo en el proceso
contra
el Dr. Johann Jacoby
Contribución a la crítica de la filosofía de!
derecho
de Hegel / n A A X 'I01
Embozo de crítica
de la economía
p o l í t i c a i . 1
C artas desde
París
Protocolo final de la Conferencia Ministerial de
Viena del 12 de
junio de 1834 con el
discurso
introductivo y recapitulador del Príncipe de
Metternich, junto con un epílogo
de Ferdinand
Coeiestin
Bernays
¡Traición! *
La situación
en Inglaterra
La cuestión judía i
Panorama
de ios periódicos alemanes
In tro d u cció n
p o r
J. M . B r a v o
En la historia política alemana de la
primera mitad del
siglo X IX los Deutsch-franzosische Jahrbücher (Anales fran-
co~alemanes) de Karl Marx y Arnold Ruge
constituyen una etapa de suma
importancia: continuadores de todo un mo vimiento filosófico y político que a
partir del liberalismo ra dical tiende
a superar, no sólo los planteamientos más pro gresistas en el campo de la
burguesía, sino también las con cepciones más avanzadas del socialismo
europeo de su
tiem po, para confluir en el comunismo ya germinado, dichos Ana
les representan, en la vida de sus dos colaboradores más importantes,
Friedrich Engels y Karl Marx, ün momento de cisivo en el proceso de clarificación
interior que, tras la co
mún experiencia periodística de los años 1842-43 de la Rhei- nische Zeitung
(Gaceta Renana) y de los otros periódicos y revistas democráticas, iba a desembocar
para el primero
en un examen detallado de la realidad obrera inglesa,
por lo tanto europea, y para el
segundo en el estudio y profundiza- ción
de los temas filosóficos y de superación crítica de las di ferentes formas de
sotialismo «burgués» y «sentimental» 1
________
1 A este propósito
resulta oportuno recordar
que Marx, con
ayu da de Engeís, había
elaborado la Sagrada Familia en los meses
de sep tiembre a
noviembre de 1844, y
que en el
verano-otoño del mismo año,
en París había
redactado aquellos estudios
«filosófico-económi- cos» que han quedado para la historia con
el nombre de
«Los manus critos»; por su parte,
Engels había redactado
la Situación de
la clase obrera en Inglaterra,
durante eí invierno 1844-45.
que pocos meses después de la publicación de los
Anales fran co-alemanes le llevarían
a la formulación de
tina definición de comunismo que
acabaría siendo célebre unos años más tarde: «El comunismo es, en cuanto
negación de la negación, afirmación, por
lo tanto, el
momento real y
necesario para el desarrollo
histórico futuro, de la emancipación y de la re conquista del hombre. Se
trata de la
estructura necesaria y el principio propulsor del próximo
futuro...».2
Pero,
fundamentalmente, los Anales
franco-alemanes, en su conjunto y en su concepción general, constituyen la cul
minación, el punto más alto de la publicística
radical e inclu so socialista
del precuarentayocho alemán, el Vormarz, un trazo neto de separación, por uná.
parte, del proto-socialismo, utopista o revolucionario, de los franceses,
ingleses y algu nos sentares del más emancipado
proletariado alemán, y por otra, del
radicalismo extremista alemán,
cuyos exponentes los constituían
algunos de los autores colaboradores de
la revista. Los Anales representan, por lo tanto no sólo una
importantísima etapa en lo que hemos llamado proceso de clarificación interior,
tanto de Marx como de Engels, sino también una auténtica piedra angular para la
izquierda ale mana, que a partir de 1844 y hasta 1847, es decir hasta los
primeros atisbos del movimiento revolucionario de 1848 se referirá a ellos
asumiendo su núcleo de pensamiento y su planteamiento político;
así lo prueban las
numerosas citas de los artículos
de Marx
y especialmente de
Engels que en los
años posteriores (particularmente en la segunda mitad del 44 y 45) pueden
leerse en la prensa diaria y política de Alemania, y mucho más todavía en la
.prensa suiza, más
li bre y menos sujeta a los vínculos restrictivos de la censura.
Filosófico y político, el texto de los Anales, no logró
los objetivos que, de acuerdo con la denominación de
su por tada tendría que haber logrado, es decir, una
elaboración unitaria de conceptos y..textos..por obra de alemanes y fran ceses
conjuntamente: pero los superó y además llegó a con vertirse en la declaración
oficial y pública del
ingreso de Marx y
Engels en el
campo del movimiento
social europeo.
La
atenta censura prusiana
—aparentemente atenuada en los
años posteriores a 1840 con el advenimiento al trono de Federico Guillermo
IV, espíritu, desde
algunos puntos de vista, más abierto que el de su padre Federico
Guillermo III, pero influenciado por las
corrientes más reaccionarias de su época, tendentes a
la construcción de
un estado «orgánico» de tipo medieval en
contraposición a los
estados «naturales» al estilo de
Inglaterra y Francia, los cuales, a su vez,
habían hecho suyas algunas tesis de la Ilustración 3 la censura pru
siana, recrudecida tras algunas aperturas de tipo pasajero dificultaba la labor
de la prensa democrática y liberal. La Rheinische Zeitung, órgano de la
burguesía ilustrada y radi cal, dirigida por Marx, había
suspendido su publicación en Marzo del 43; los periódicos de Wilhelm Weitling y
de los ar tesanos comunistas fueron suprimidos en el verano
del mis mo año. También
ese año fue
prohibida la publicación
de los Deutsche Jahrbücher für
Wissenschaft and Kunst,
órga no de la Izquierda Hegeliana dirigido por A. Ruge que, en vida
desde 1839 habían tenido tina azarosa
existencia. Más o me
nos otro tanto ocurría a la prensa periódica alemana. Ade más, la represión de la
Administración había logrado
que, aun cuando se presentaba una
posibilidad de actuar, el
pue blo, desacostumbrado a pensar, era
el primero en
no acep tar todo
lo que se le había ofrecido, rechazando los
intentos y, por lo tanto,
permaneciendo impasible y
supino frente a los principios de los gobernantes.
________
2 Cfr. K. Mar
x , Manuscritos del 44, trad. de F.
Rubio Llórente, Alianza
Editorial, Madrid 1968.
Karl Marx, joven pero espiritualmente maduro, y
Arnold Ruge filósofo consagrado, muy conocido en los ambientes in telectuales,
llegaron simultáneamente a la conclusión de la oportunidad de abrir una vez más
el diálogo con
las disper sas fuerzas de la
democracia, es decir de la oportunidad de publicar un órgano que presentase al
pueblo alemán la reali dad germánica y
europea sin falsear por las visiones de los funcionarios de la administración y
los censores.
A pesar de las desilusiones y descalabros, Marx
miró siem pre su época sin descorazonarse; en la primavera de 1843,
precisamente cuando se comenzaba a hablar de la nueva re vista, escribía a
Ruge: «Ño digo que tengo demasiada con fianza en el presente; y si, sin
embargo, no dudo de él, es sólo porque su desesperada situación me llena de
esperan za».''
__________
3 A este
respecto consúltense los escritos juveniles de Engels. Prin cipalmente F.
Engels. Ernst Moritz
Arndt, en Telegraph
für Deutsch- land, Hamburgo,
Enero de 1841,
nn 2, 3,
4, 5; Friedrick
Wilhelm IV, Konig von
Preussen en Einundzwanzig
Bogen aus der
Schweiz, Zurich und Winterthur,
1843, pp. 189-196, además
de algunas de
sus correspon salías para la
Rheinische Zeitung.
11
La empresa de la nueva publicación parecía difícil
desde todos los puntos de vista. La impresión, imposible en Alema nia, tendría que llevarse a cabo en el
extranjero. Pero tam bién con respecto a la elección del lugar se planteaban
algunos problem as. En septiem bre del año en cuestión, Marx, desde íCreuznach,
donde se encontraba en compañía de su m ujer, Jenny, comunicaba a
Ruge: «...estaré en
París a final
de mes, porque el aire de aquí
nos esclaviza y en Alemania
no veo ningún modo de desarrollar
ninguna actividad libre mente. En Alemania todo se sofoca con
la violencia, reina una auténtica
anarquía espiritual, el
mismo reino de la
idiotez, y Zurich obedece las
órdenes de Berlín;
por lo tanto,
cada vez resulta más evidente que es preciso buscar un nuevo
cen tro en el que agrupar las m entes trabajadoras e independien tes. Estoy convencido
de que nuestro
proyecto corresponde a una exigencia real y las exigencias reales
deben ser real mente satisfechas. De modo que no
dudo de la
empresa, con tal de que se la tome en serio».
Pero no se trataba sólo de un problem a de elección
del lugar de la impresión:
era la misma
cultura filosófica la que
necesitaba im pregnarse de la carga
revolucionaria pro pia del
espíritu francés. Por lo
tanto, desde el
prim er mo m ento de la
discusión acerca de la posibilidad
de crear un nuevo órgano, Marx se había expresado
categóricamente a favor de una colaboración franco-alemana.3
En carta al joven M. Bakunin, Ruge, en junio del
43, explicaba: «Es cierto, nosotros los
alemanes estamos todavía tan atrasados que lo que tenem
os que
hacer, en prim er lu gar, es recrear una nueva literatura hum
ana para conquistar teóricam ente el mundo, para que, en un segundo tiempo, di
cho mundo posea ideas de
acuerdo con las
que actuar. Qui zá sea posible iniciar una publicación en
Francia, quizá tam bién, incluso, con los
franceses». En realidad,
los franceses no hicieron grandes
contribuciones (como se verá más ade lante), pero los Anales, precisam ente
por su prim itiva con cepción asumieron un significado cosmopolita:
efectivamente, los Anales no sólo
presentaban un cuadro
ideológico y social de la
Alemania de la época, sino también, y gracias a
los es critos de Engels y Hess,
así como por el espíritu
de casi to dos los textos publicados, especialmente
los de Marx, ofre cían una visión
de la situación
cultural, política y
económi ca de Inglaterra y Francia: es
decir, fueron europeos
o, me jor dicho se elevaron por
encima de las
barreras nacionales de los
estados de la Europa del príncipe de Meternich. Su significado está
comprendido en las
palabras finales de la ya citada carta de Marx a Ruge de
septiembre de 1843,
en la que precisaba, por un lado,
el planteam iento revolucionario de la revista («Nosotros no
anticipam os dogmáticamente el mundo, sino que a p a rtir de la crítica del viejo,
pretendem os deducir el nuevo») definiendo después su program a universa
lista: «Así pues podemos sintentizar en una palabra la ten dencia de
nuestra revista: autoclarificación (Filosofía
Críti ca) de nuestro tiempo en relación
con sus luchas
y sus de seos. Se tra ta de un trabajo para el
mundo y para nosotros. Todo lo cual
sólo puede derivarse
de una unión
de fuer zas. Se trata de una
confesión, y no de otra cosa».
* Para esta
y el resto
de las citas
que siguen, cfr.
en este volu
men, la correspondencia; Unas cartas de 1843.
___________
5 Cfr. Carta
de Marx,
desde Colonia, a Ruge,
en Dresde (13 de
marzo de 1843) en Ma r x -Engel s , Werke, Berlín, Dietz, 1963, vol XXVII,
p. 416.
M ientras discutía con Marx el contenido de la
proyectada revista, Ruge, apoyándose en la editora radical de Zurich «Li-
terarisches Comptoir», dirigida por el
profesor Julius Frobel y por el
conocido radical alemán August Folien
intentaba crear una organización financiera que perm itiera dar vida
holgada al nuevo periódico.
Tras las prim eras incertidum bres, se había descartado Zurich (por los motivos señalados
por Marx), Estrasburgo y Bruselas, eligiéndose París que, además de famoso
centro in telectual, hospedaba de 80 a 120.000 alemanes que se presenta ban
como un auditorio potencialm ente abierto a quien diri girse. Ruge y Frobel
intentaron crear una sociedad anónima, pero el experimento no tuvo éxito porque
no surgieron sus- criptores de acciones y, finalmente sólo Ruge, que poseía un
patrim onio considerable adquirió una determ inada cantidad de acciones del Literarisches
Comptoir,' cuya sede social, al menos por lo que a la revista se refería, fue
transferida a la capital francesa.
Entre los demócratas alemanes y los
emigrados se reunió un buen
núm ero de colaboradores. Descartados los llamados «libres» de
Berlín, los herm anos
Bauer, Max Stirner
y sus amigos/ que partiendo de la
crítica del hegelianismo y de la filosofía contem poránea habían
degenerado hacia posicio nes de anarquism o intelectual y de
encendido ateísmo y po lémica antirreligiosa, no Ies quedaban
más que los
«jóve nes» hegelianos y los representantes de la izquierda hegeliana
que se iban orientando poco a poco
hacia la democracia radical o el socialismo. No hay
que olvidar que Ruge pocos meses antes se había empeñado en un
estudio de las
doctri nas comunistas, diciendo,
en un artículo suyo de la Gaceta Renana que no conocía a fondo sus tesis, y
que su
im portan cia derivaba de la
actualidad de la cuestión en Francia e In glaterra,
Tenemos pues a un grupo de
alemanes comprometidos ya en un trabajo social colaboradores o, cuando
menos, simpa tizantes del periódico dirigido por Frobel en Zurich, el Schweizerischer
Republikaner, los cuales, aun sin ser socia listas ni comunistas habían tenido
el valor de asum ir la de fensa de
Weitling frente a los reaccionarios locales.
Reunía dicho grupo a Moses Hess, al poeta Georg Herwegh, Mijail Bakunin,
Friedrich Engels (que había publicado sus Cartas desde Londres en el periódico suizo), a
los que
se unía tam bién el periodista
Ferdinand Coelestin Bernays, director y re dactor por aquellos años de algunos
de los principales perió dicos radicales
alemanes, y el médico demócrata Johann Jacoby, bastante conocido por sus
panfletos y por sus polé micas con la censura prusiana.7
Aspecto particularm ente interesante revestía la
colabora ción del filósofo al que todos m iraban con respeto y admi ración,
Ludwig Feuerbach, que, a pesar de
haber prom etido su colaboración, y a pesar de la
insistencia de Marx y
Ruge, lim itóse a enviar una breve carta, inserta después en la co
rrespondencia reelabora-da por Ruge y que se incluye en el presente
volumen. El filósofo
carecía del valor necesario pa r a com prom eterse politicamente,
prefería actuar en silencio y continuar estudiando solo. En
junio de 1843
confesaba a Ruge: «No tengo
absolutam ente nada contra
la idea en si;
to;»o lo contrario, el contacto con el
espíritu francés me re
sulta atrayente e incluso algo más, pero
desde el punto
de vista práctico la idea es
irrealizable. E sta alianza asume el
aspecto de una m anifestación con lo que
fracasa eci su
obje tivo, que es, prim ordialm ente,
crear una atm ósfera
favora ble. Por lo tanto es
necesario, al menos
en la Alemania
ac tual, reaccionaria y lim itada,
im pedir que sople el viento, sobre todo un viento tem
pestuoso... Todavía no podemos;
pasar de la teoría a la praxis porque nos falta una teoría completam ente
elaborada. La doctrina sigue siendo la co sa ; esencial, las revistas tienen
que lim itarse a apoyarla»/
__________
6 «Libres» eran
aquellos pensadores, pertenecientes a
la izquier da hegeliana que, en
1843 se habían reunido en Berlín en la llamada
«sociedad de los libres», inmediatamente degenerados
en un subjeti vismo sin salida ni
contactos con la
realidad cultural y
social alema na. Entre sus
miembros se contaban; los
hermanos Bauer (Bruno,
Edgar y Egbert), el mismo Engels
y Eduard Meyen,
Max Stirner, Gustav Julius,
Friedrich Sass, Ludwig Buhl y otros.
7 Engels había
escrito un largo artículo para la
Rheinische Zeitung, del 14 de
julio de 1842 acerca de Jacoby
y su lucha
contra los tribu nales prusianos en relación con los
problemas de la
censura: Zur Kri~ íik der preussischen Pressgesetze.
A pesar de la respuesta negativa, Feuerbach, por su
pres tigio personal, por la celebridad de sus
estudios, por su m is ma actitud alejada de las polémicas
políticas, podía resultar para la revista un elemento determ inante. Por lo
tanto, el mismo Marx a
principios de octubre
volvía a dirigirse
a él en una larga carta de
respetuoso homenaje, invitándole de
nuevo a la colaboración: 5 «Egregio señor, el Dr. Ruge, en su viaje de hace unos mesos le
habrá comunicado nuestro
plan de publicar los Anales franco-alemanes, al
mismo tiempo que le invitaba a colaborar. El asunto está ya muy avanzado: París es nuestra sede
editorial y el prim er cuaderno mensual tendrá que aparecer a finales de
noviembre. Antes de mi m ar cha a París, que tendrá lugar dentro de pocos días
no puedo dejar de realizar este vuelo
epistolar, ya que no me fue con cedido el honor de trab ar conocimiento
pe.rsonal con usted. Usted ha sido uno de los prim eros autores que expresara
la necesidad de una
alianza científica franco-alemana. De
mo d a que, indudablemente, usted será uno de los prim eros en apoyar
una empresa que pretende realizar esta alianza... Cual* quier escrito suyo será
verdaderam ente bienvenido entre noso tros»; y, especificando después
su petición, Marx
le invitaba al envío de la
Introducción a la segunda
edición de la
Esen cia del Cristianismo, que el
filósofo estaba preparando,
a cuyo propósito apuntaba: «será
un espléndido principio».
Los
colaboradores, particularm
ente considerados (aun aquellos probables
o potenciales) de los Anales
franco-alema nes, son motivo de algunas observaciones interesantes: 1 . Marx y Engels, que si
todavía lejanos entre
sí por el
objeto de sus estudios, su educación,
tenían ya una
idea precisa de las posiciones
que la revista tendría que asumir, es decir, del papel de m ediadora entre
la ideología y el
movimiento social de origen
obrero o genéricamente proletario;
2. Hess y, en
parte y en la medida en que su
ascendencia rusa se lo perm
i tía, Baktmin representaban un aspecto
del prim itivo socialis mo y el hum
anismo alemán del momento, determinados, por un lado, por las
tendencias anarquizantes y
libertarias y, por otro, por la
ideología pequeño-burguesa; w 3. Jacoby 11 era el típico exponente de la
democracia liberal alemana
en lu cha contra el absolutism o
prusiano y contra todos los
resi duos feudales y medievales, la cual, en 1848 evidenciaría sus contradicciones
en el Parlam ento Confedera!
de Frankfurt, en sus diferentes
corrientes, desde la izquierda al centro; 4. Ruge,12 Herwegh,'3 el editor
Frobel 14 y Bernays,15 representan tes del radicalism o alemán
político-social, se autodeclaraban hum anistas naturalm ente dem ócratas y, en
algunos casos, vagamente comunistizantes; 5. Feuerbach no estaba muy in
teresado en el problema político lim itándose a considerar
-
9Carta de
Feuerbach, desde Bruckberg
a Ruge (20/VI/43).
Citada por Augusíe Cornu , Marx y
Engels, del liberalismo al comunismo.
9 Cfr. Carta
de Marx a Feuerbach (3/X/43) en Mar x -Encel s , Werke, cit. vol XXVII, p. 419.
10 Los estudios sobre el «joven» Hess que se
han realizado en los
últimos cuarenta anos son bastante numerosos. Destacamos: Theodor Zlocisti,
Afoses Hess. Berlín Wejt-Veriag,
1921. Auguste Co r n u
, Mases Hess et la gauche
hegélienne, París,, Alean, 1934, y los
más recientes; Moses Hess Briefwchseí. Herausgegeben von E. Süberner.
S'Gravenha- ge, Mouton, 1959; Moses Hess, Philosophische und
sozialistische Schrif- ten
1837-1850. Herausgegeben und eíngeleitet
von A. Cornu
und W. Monke. Berlín,
Akademie, 1961. Mencionamos también
la bibliografía de los escritos
de Hess, realzada por Silbemer.
1 Con respecto
a Jacoby, cfr.
el voí XIII de
la AUgemeine Deuts che Biographie, pp. 620 y sgs. Además:
R. Ad a m , Johann Jacoby, en Historische
Zeitschrift, München, 1930,
n. 143; Johann
Jacoby, en Werner Blumenberg,
Kampfer für die
freiheit, Berlín y
Hannover, J. H. W., Dietz, 1959, op. 13-17.
13 Sobre Ruge cfr. Walter N e h e r , Arnold Ruge
ais Politiker und politischer SchriftsteUer, Heidelberg, C. Wínter, 1933_, y H.
L. Schmiot, Arnold Ruge un der Volkerbundsgedanke 1848, Münster, 1952.
13 Acerca
de Herwegh cfr. Christían Petzbt, Die Blütezeit der deuís- chen
poiitischen Lyrík von
1840 bis 1850,
München, Lehemann, 1902, pp. 129-162. y Victor Flury,
Le poete Georges
Herwegh (1817-1875) Pa rís, Faculté de Lettres, 1911.
14 Cfr. Erast
Feuz, Jülius Frobel.
Seine politische Entwicklung bis 1849, Bern Leipzig, 1932
(Berner TJntersuchungen zur Allgemeinen Geschichte) y W. Mo mmse n , Julius
Frobel, en Historiche Zeitschrift, München 1956, n.
181. Sobre Literarisches
Comptoir cfr. Werner
N af , Das literarisches Comptoir Zurich und Winterthur, Bem Francke,
1929.
15 Sobre
Bernays cfr. las escasas noticias incluidas en The Forty- Eighters, Political
Refugees of the
Germán Revolution of
1848. Edited by A.
E. Zueker, New
York Cohimbia University
Press, 1950, pp.
65, 142, 271, 278.
16
el religioso, propugnador de las famosas tesis
acerca de la emancipación religiosa como premisa de la emancipación humana; !S 6. Caso
aparte lo constituye
el poeta Heme,
el cual, tras la prohibición
de la introducción
de sus escritos
en Alemania (1841), se había aproximado mucho a la demo cracia y a sus
exponentes, dedicándose cada vez con mayor interés a los temas sociales y al
socialismo en sus correspon salías para la Allgemeine Zeitung de Augusta;
recordemos asi mismo la sim patía alim entada por Marx hacia el poeta, y vi
ceversa; 17 y, en contrapartida, la antipatía, hostilidad diría mos, de Ruge hacia Heine.
De acuerdo con las intenciones de los redactores y
de acuerdo con su lema, la revista tenía
por objeto la colabora ción político-ideológica con los
franceses. Pero antes de plan tearse dicha colaboración, dice Cojmi, era
necesario «estable cer entre los principales
redactores alemanes cierta
unidad de tendencias y doctrinas»: éste y no otro era el objeto per
seguido p o r la correspondencia sostenida entre Marx, Ruge, Feuerbach y
Bakunin durante la prim avera y
el verano de 1843 (incluida en el presente volumen). Del texto de
las car tas
puede concluirse que
Marx fue el
auténtico anim ador y «
director espiritual» de
la empresa: puede
afirm arse esto a pesar de que
dicha correspondencia aparece reelaborada a través de la «homogeneización» de
Ruge, ei.cual revisó
to dos los escritos recibidos
por los tres
corresponsales, hasta el punto de
poder decir después que se tratab a de una «obra suya».’* El mismo Engels, en
carta a Wilhelm Liebknecht, sostenía que no era preciso considerar auténticos
los textos que llevaban la firm a
de Marx. Sin
embargo, la larga
carta de septiem bre, en la que se proponía el program a de la re-
16 Sobre
Ludwig Feuerbach, además del conocido escrito de F. Engels , Ludwig Feuerbach
y el fin
de la filosofía
clásica alemana (1886) En Mar x -Engel s , Obras escogidas,
Ed. Progreso, Moscú 1966,
véase: Adolph Kohxjt , Ludwig Feuerbach, Leipzig, 1900.
n Los estudios
sobre Heine son
numerosísimos: véanse por
ejem plo, (sobre todo por cuanto se refiere a
las relaciones entre
Heine y Marx) F. Fejto, Marx et
Heine, en Revue
Internationale, París, junio- julio 1946, pp, 578-585; Joachim Mu u
e r , Marx und Heine, en Wiss, Zeitschrift der F. Schiüer
XJniversit'dt lena, 1952-53, n, 5. pp.
9-19: Jo- hanna Ru d o j j h
, K.
Marx und H.
Heine, en Neues
Deutschíand, Ber lín, 14 de
marzo de 1953.
Sobre Heine en
particular, en castellano, véase el trabajo de
M. Sacristán, Goethe-Heine,
Ciencia Nueva, Ma drid, 1968.
is
Ruge en una
carta al Frobel
del 19 de diciembre
de 1843 confe
saba «estar escribiendo todavía algunas cartas
siguiendo los origina lxexs xdve rBna.kunin,
Feuerbach, Marx y
míos». Cfr. Mega ,
c it, vol 1/2
pág.
17
2
vista diferente del de Ruge, puede atribuirse a
Marx, precisa mente en virtud de su contenido.
En París, y a la búsqueda de nuevos
colaboradores, Ruge prim ero y Marx
después, habían intentado rem over los am bientes culturales de la izquierda:
pero por todas partes, in cluso entre los socialistas, sólo tropezaron con la
indiferen cia, cuando no con la hostilidad. El poeta Lamartine negó pú
blicamente su colaboración en la
revísta; el abad Felicité
Ro- b ert de Lamennais discutió
largamente con los redactores, pero
acabó rechazando ia invitación, y permaneció
a la espe ra del prim er número; el «socialista»
Louis Blanc echó en cara a los
alemanes su ateísmo
y les reprochó
el rem itirse al m aterialismo del siglo xvm , superado
ya por los
france ses. Pierre Leroux y Proudhon, únicos quizá capaces de com
prender el planteam iento de los Anales, por motivos de ca rácter privado no
pudieron adherirse a la invitación de
man dar sus colaboraciones.
Así
pues, la revista carecía
de la fracción
francesa y todo el peso de la misma recayó sobre las
espaldas de los alemanes, particularm ente de Marx y Ruge.
La enfermedad que inm ediatam
ente postró a este últim o le impidió
entre garse con la dedicación que le hubiera correspondido; Marx,
ayudado exclusivamente por Hess, se transfirió también a París y cargó con la mayor parte del
trabajo, y el número doble, el único que salió entre finales
de febrero y
princi pios de marzo, fue,
en su m ayor
parte, obra suya:
precisa m ente por esto
empezaron las diferencias
con Ruge que, con el número ya im preso ,'19 se
declaró en desacuerdo con él, tanto en sus planteam ientos generales, como con
algunos ar tículos en particular.
A pesar de que Marx era quien
poseía las ideas
más cla ras en relación con la
revista, fue Ruge
quien redactó él Plan; el cual, escribe Cornu se lim itaba
a una vacía fraseolo gía
«liberal y hum anitaria». De
acuerdo con Ruge,
la tarea de los Anales, era
luchar por la libertad, la libertad
política, esa libertad que los franceses ya habían conquistado
en el siglo anterior y conservado, aunque con
dificultades, hasta el presente.
El artículo sobre la cuestión judía y la
Introducción a la
19 Los
Anales fueron impresos en Zurich a
petición de la
Litera- riches Comptoir: cfr.
carta de Marx,
desde París a
J. Frobel, en
Zu rich (11 de
noviembre de 1843)
en Ma r x -Engel s
, Werke, cit.,
pp. 422-23. Sin embargo no existe
comprobación tipográfica del hecho.
18
Crítica de la filosofía del derecho de Hegel, de
Marx, la dis cusión acerca de la obra
del inglés T. Carlyle y el Esquema de tina crítica de la
economía política, de Engels, una auténtica ilustración de la economía burguesa
a p artir de los plantea mientos de Adam Smith y del principio de la
«Escuela Clá sica», form aban el
núcleo central del cuaderno. Las posi ciones de Engels y Marx eran sustancialmente análogas: ambos, el prim ero en Inglaterra y
el segundo en París,
des pués de diferentes experiencias en su patria
habían encon trado el movimiento
obrero, es decir, asociaciones organi zadas de obreros y artesanos,
diversamente influenciadas por el
socialismo y el comunismo, y con objetivos políticos bas tante precisos. Precisam ente en estos
años ambos dieron el paso que todavía les separaba del
comunismo, Marx supe rando la abstracta critica de
Feuerbach, Engels a través del estudio de la situación del proletariado en sus
form as más organizadas y «modernas», el proletariado inglés de las fábri cas.
Liberados del carácter abstracto
y la incerticlumbre de los tiempos juveniles, trabado
conocimiento no sólo con los nuevos escritores de economía e historia, sino tam
bién en contacto con una nueva realidad económica y social, Marx y Engels
estaban en condiciones de precisar más y m ejor
su propio pensam iento y, precisam ente los artículos de los
Anales, podían poner las prem isas de una mayor profun- dización futura “
El resto de las aportaciones no carecían tampoco de
in
terés. La poesía de
Heine, ferozmente sarcástica
con respecto al rey de Baviera,
atraía la atención, no sólo
de los admirado- res del poeta,
sino tam bién la de muchos espíritus libres de Alemania. Así tam bién los
escritos de los autores «demócra tas», el poema ¡Traición! de Herwegh, los
documentos pro porcionados per Bernays, las
crónicas de la
batalla jurídica de Jacoby,
presentaban un interés y un
espíritu innovador hasta el punto
de ser
apreciados por un público vastó,
hasta el punto, decimos, de
«causar impresión» en
Alemania, se gún el juicio del
mismo Ruge que, como sabemos,
era lite rato y filósofo en grado de juzgar con im
parcialidad los es critos verdaderam ente originales.
20 A fin
de valorar los
artículos de Engels
publicados en los
Ana les, nos sirve un
juicio del mismo
autor que, en
carta a Marx
de oc tubre «del
44 decía: «Hasta
eí momento, los Anales
se venden solos. Tiene
gracia, pero mi artículo
sobre Carlyle ha
tenido gran reso
nancia entre la masa, mientras que el otro sobre economía, apenas
si ha sido leído. Es natural.»
19
Mención especial merece la participación de Hess en
la revista. El joven de Colonia (miembro
unos años más
tarde de la Prim era Internacional) publicó las no muy elaboradas Cartas
desde París, en las
que esbozaba una
breve historia de las corrientes
sociales en París; su escrito cuadraba per fectam ente con el espíritu de la
revista. Sin embargo, Hess había escrito
para los Anales un artículo muy im portante, La esencia del
dinero, que no
pudo publicarse en la
revista y que vio la luz un año más tarde/ 1 artículo en el que alineán dose
con Marx y anticipando algunas de
sus tesis, dem ostra ba que la real enajenación del hom
bre se producía en el te rreno de lo económico, porque el dinero era el
elemento determ inante de la sociedad burguesa, y sólo aboliendo el
dinero, es decir, la propiedad privada con todas sus impli caciones, se
lograría la libertad
efectiva del individuo. Argu m entos análogos esgrim ía
Marx cuando, quizá después de haber leído un borrador del
artículo de Hess,
criticando a su ex amigo
Bruno Bauer, discutía
acerca del problem a
de la emancipación de los
judíos: «¿Cuál es
el culto m undano del judío?» preguntaba Marx en su
Zur Judenfragc, con ex presiones que se rem iten a cuanto ya habían expuesto
Char les Fourier en Francia y Weitling en Alemania, y respondía:
«El pequeño comercio. ¿Cuál es su dios profano? El
dinero. Pues bien, la emancipación del
comercio y del
dinero, es decir, del judaism o
práctico, real, constituye la emancipa
ción de nuestra época.»
La últim a parte de los Anales,
se llamaba «Panorama
de los periódicos alemanes»: estaba compuesta por doce notas críticas y
satíricas, la prim era de las cuales se atribuye a Bernays. Probablem ente, el resto era
obra de
la redacción y en buena parte de
ellas se aprecia
la influencia de
Ruge, o las redactó él m ism o
.22 Sólo las cuatro últim as
noticias, uni das entre sí, no
son atribuibles a Ruge y pueden, por el con trario, atribuirse a Marx, si
bien, precisam ente, por motivos formales, es
decir, por la irónica
utilización de los
nom bres y térm inos de la
literatura clásica, por la habilísima
dialéc tica, por las concreciones sobre el «comunismo alemán», e tc .22
21 Cfr. Moses
He s s . Ueber
das Geldwesen, en Rheinische
Jahr- bücher zur gesellschaftlichen Reform, Darmastadt, 1845, vol I pp.
1-34.
2 De acuerdo
con Mbga a
Ruge pueden atribuírsele
7 notas: 1. Por
el uso de términos particulares; 2. Por algunas referencias que se encuentran a la carta de Bakunin (junio de
1843) y a Progresos en Alemania; Porque
estaba especialmente interesado en algunos de los problemas tratados (
Voltaire, Schíller y Goethe). Porque ya se había dedicado anteriormente a
investigaciones de tipo literario.
20
La aparición del núm ero doble fue acogida con gran
in terés. Algunos ejem plares lograron
pasar a Alemania. Aunque su éxito
político fue grande, el m aterial y financiero fue escasísimo. Por su parte,
el gobierno prusiano,
hizo presio nes sobre el
francés, a cuyo frente se encontraba el «historia dor» Guizot, a ñn de obtener
un veto para la difusión de los Anales; en realidad el gobierno de
Berlín puesto en
guardia por sus propios agentes secretos
en París había intentado ya im pedir o, cuando menos, obstaculizar su
publicación. Dado que no había logrado
su objetivo, ahora,
una vez aparecidos los Anales, prohibió su entrada en
la nación y decretó la incautación de los ejem plares en las fronteras. Ordenó
a las autoridades aduaneras el arresto de los principales colabora dores
—Ruge, Marx, Heme y Bernays— caso de
que intenta sen en trar en
Prusia*. en realidad lo único que se hizo fue secuestrar numerosos ejem plares
del núm ero aparecido.
Pa ra la revista todo esto, de acuerdo
con Mehring, supuso
un duro golpe dado el núm ero modesto de la tirada.
La pobreza
financiera, el tem or de Ruge a
comprom eterse
posteriorm ente con los comunistas, de los que
seguía diver giendo, tanto con respecto a ideología como a actividades, la
retirada del mismo Frobel de la iniciativa comercial,23 di vergencias
personales entre los redactores y las
diferencias en el juicio
de los colaboradores
acerca de la
conducta de los
«poetas» comprom etidos en los Anales, Heine y
Herwegh, que Marx defendía precisam ente en su
personalidad de poe tas, a pesar de reconocer sus defectos
como hombres, le lle varon a su ruptura
con Ruge. Éste, en carta a Feuerbach, escribía en mayo del
44: «Marx se
ha separado form alm en te de mí con una
carta, aprovechando para
este fin el hecho de que me hubiera expresado un poco
duram ente sobre el sibaritism o y el espíritu desencantando de Herwegh, que
con trastan con su carácter. Marx defendió
a Herwegh diciendo que era un genio y que tenía un gran
porvenir por delante.» 24
Con la división se llegó también a la m uerte de la
revista. Pero, en realidad su publicación carecía ya de sentido. Así lo
reconocía el mismo Ruge cuando decía, dos años más tarde, sin entender ni lo
que habían significado
los Anales, ni en qué había consistido en
Alemania y Suiza
el movimiento com unista de los
Artesanos.” «Desde el prim er cuaderno, los Anales cayeron en los planteam
ientos de una secta, que en Francia está perfectam ente limitada
y no cuenta
con nadie de talento y que en
Alemania no tiene razón de ser, apoyada únicam ente por
un pequeño grupo
de artesanos... cuando el hilo se rompió a causa de la
desaparición de la casa
edi torial, fue imposible reanudarla,
precisam ente por el con tenido de la revista.»
n En abril,
Marx escribía: «Voces
diversas.,, me obligan a
decla rar que la librería editora
suiza -se ha «'tirado de improviso
de esta empresa por motivos
económicos, y precisamente por eso ha sido im posible continuarla. París abril
1844 cfr. Mar x -Engel s , Werke, cit. vol. XXVII, p. 424.
24 Cfr. Carta de Rtrge a Feuerbach, en Bruckberg
(15 de mayo del 44) en Auguste Co r nu ,
op. cit.
Por su parte, Marx, expresó su oposición al
democratism o burgués —precisam ente este era el punto de roce con Ruge—
después de haber
roto con los
«libres» de Berlín.
La crítica a Bruno Bauer en la
Sagrada familia, el rechazo del
socia lismo «sentimental» (el llamado
«verdadero socialismo» de Karl Grun y sus compañeros) contenido en
la Ideología Ale- mana, la refutación del socialismo «pequeño-burgués» de
Proudhon en la Miseria de la Filosofía, la impugnación del ingenuo comunismo
revolucionario de los
artesanos alema nes a cuyo
frente estaba Weitling,
abrirán la vía
y conclui rán al mismo tiempo
la evolución hacia
la claridad que
cul m inará en febrero del 48, con la redacción del Manifiesto.
Tras la gran resonancia de
que gozaron en el tiempo
de su publicación y en los años
inm ediatam ente posteriores, los Anales fueron olvidados; en frase de
Rjazanov, los Anales fueron redescubiertos por M ehring
y Meyer.
Casi completa m ente ignorados
en España, a excepción quizá de los artícu
los más famosos de Marx y Engels, constituyen un elemento decisivo para
la comprensión de
todo el movimiento que llevó a los dos pensadores a la plena
elaboración de sus teo
rías. Esta es la razón que justifica su traducción integral al
castellano.
2i C
fr. Arnold R u g e . Sammtliche Werke. Vol V: Siudien und Erine- nerungen atts
der Jahren 1843-1845, Mannheirn, Grohe, 1847 (2.a Ed.),
p. 138.
22
M o fa s b io - b ib l io g r á f ic a s d e l o s
c o l a b o r a d o r e s d e l o s 66A n a l e s
441
MIJAIL BAKUNIN (1814-1876)
Anarquista ruso nacido en Torjok. Oficial
de la Guardia
Impe rial, abandonó el ejército
en 1836. Pasó a vivir
clandestinamente a Moscú. Estudió
filosofía en Berlín (1841), de
donde pasó a Dresde y a
París (1847). En
París trabó amistad
con George Sand y Proudhon.
Expulsado de París
intervino activamente en los movimientos revolucionarios de Praga y
Dresde. En 1849 fue arrestado en Sajonia y condenado a muerte. A pesar de ello,
fue entregado a Rusia, donde pasó varios
años encarcelado antes
de ser deportado a Siberia en 1855,
de donde logró
fugarse al Ja pón. En 1861 buscó refugio en
Londres y en 1865
aparece llevan do a cabo
trabajos de agitación en Italia. En
1869 fundaba la Alianza Socialdemócrata, que poco después
incorporaría a la Primera Internacional.
Opuesto a Marx, fue expulsado de la Or ganización, retirándose a Suiza en
1872.
Escritos anteriores a 1843-44: En los primeros años
del quinto decenio del ochocientos
escribió un artículo para los Anales Alemanes de Ruge, con el pseudónimo
de Jules
Eytel, La Reac
ción en Alemania (Die Reaktion in Deutschíand, en Deutsche Jahrbücher
für Wissenschaft und Kunst, Leipzig, 1842,
nn. 247 - 251). En el mismo 1844
fue colaborador del Vorwarts (Adelante) parisino de L. F. C. Bernays.
1 El espacio
que a
cada uno de los colaboradores
se ha concedido
en las notas bio-bibliográficas está
relacionado con la
difusión de su obra en
España. Sobre los
autores más conocidos,
se incluye sólo
lo más importante de su obra hasta
el momento de
la publicación de los
Anales franco-alemanes.
23
LAZARUS FERDINAND COELESTIN BERNAYS
Periodista
y colaborador de numerosas
hojas radicales, amigo de Marx, nació en Maguncia en 1815.
Tras haber estudiado dere
cho en la Universidad de Münich, Gottinga y
Heidelberg, el jo
ven jurista ejerció durante algún tiempo la profesión en el Pa- latinado
renano. Pero pronto se dedicó al periodismo político, obteniendo resonantes
éxitos con sus artículos en la Rheinische Zeitung, y con su opúsculo Alemania y
las constituciones parla mentarias
de Franconía, Unos
años más tarde,
Engels, en Carta a Marx del 20 de enero de
1845, ponía de relieve el
brillante esti lo de
Bernays: «Me he
divertido muchísimo con
algunas cosas de Bernays. Se trata
de un tipo capaz de
hacerte reír a
carcaja das, cosa que cada vez resulta menos frecuente.»
A finales de 1842 sustituyó a Karl Grün en la
redacción de la Mannheimer
Abendzeitung; el tono
inconformista del periódico le obligó a abandonar Renania.
Emigró a París, donde conoció a Heinrich Bórnstein, propietario del periódico
editado en alemán Vorwarts! Ocupó
su dirección sustituyendo
al moderado Acial- bert von Borstein, junto a Marx y
Engels. Prohibida la
publi cación de Vorwarts por el ministro Guizot, a instancias del go
bierno de Berlín, fue condenado a varios meses de prisión: a principios
de 1845 fue, junto a Marx y Ruge, expulsado de-París. Después de los
acontecimientos del 48 emigró a
América. Con tinuó su actividad
periodística en San Luis, donde publicó, ayuda- do por Heinrich Bórnstein, el Anzeiger des
Westens, del cual fue colaborador también Ruge. Fue considerado uno de los
mejores periodistas en lengua
alemana. Por aquel
tiempo se hizo
amigo de Abraham Lincoln y, en 1861,
por intervención de
este último fue enviado a Europa,
a Zurich, como cónsul de los Estados Uni
dos. Murió en los Estados Unidos en 1876. Redactó y
colaboró en:
Rheinische Zeitung (Gaceta Renana). Colonia 1842,
Mannheimer Abendzeitung (Gaceta de la tarde de
Mannheim)
Mannheim, 1842-3.
Deutsch-franzósische Jahrbücher, París 1844.
Anzeiger des Westens (Monitor de Occidente) S.
Luis, 1850-60.
FRIEDRICH ENGELS (1820-1895).
Bibliografía hasta 1844: En la époc% de la
publicación de los Ana les franco-alemanes, Engels ya había colaborado en
numerosos periódicos y revistas,
entre los más
conocidos están: Telegraph für Deutschland, de Hamburgo,
Rheinische Zeitung, de Colonia Scheweizerischer Republikaner, de Zurich,
Einundzwanzig Bogen aus der Schweiz (Ventiún pliegos desde Suiza), de Zurich;
había publicado, además, algunos opúsculos anónimos contra Schelling.
24
LUDWIG FEUERBACH (1804- 1872).
De
formación hegeliana, era,
en los años
de los que se
habla, el - pensador más importante
de la izquierda
del movimiento filosó fico que tomaba su
nombre de Hegel;
sus escritos más
impor tantes hasta 1844
fueron: Das Wesen
des Christeniums (La
esen cia del Cristianismo), de 1841
y las Vorlaufige
Thesen itber die Reform der Philosophie (Tesis Provisorias
para la reforma de
la Filosofía), en Anekdota zur neuesten deutschen Philosophie und Publizistik
(«Anekdota» para la filosofía y la publicística alemana contemporánea) Zurich,
1843.
HEINRICH HEINE (1797-1856).
Los textos más conocidos de Heme en los
años de la
publicación- de los Anales, fueron;
el Buch der
Lieder (Libro de
los cantos), de 1827; Reisebildet
(Imágenes de viaje), de 1827 y 1831,
así como sus corresponsalías
periodísticas desde París, redactadas para la AUgemeine Zeitung de Augusta,
recogidas en un
volumen años más tarde; en el
mismo 1844 se publicó Deutschland'* ein Winter- marchen (Alemania, un cuento de
invierno).
GEORG HERWEGH
Georg Herwegh fue, indiscutiblemente, el poeta
«social» más in signe que hubo en los
años de la Alemania prerrevoluczonaria.
Nacido en Stuttgart
en 1817, empezó
estudiando en la
Facul tad de Teología de Tubinga,
inscribiéndose después en
la Facul tad de Leyes,
dedicándose, finalmente al periodismo,
llegando a ser colaborador activo, en los años 183941,
de la radical-demo crática Deutsche
Volkshalle (Cámara del pueblo
alemana) dirigi da por Georg
’Wirth.
Emigrante
a Suiza, traductor de
A. de Lamartine, en
1841 publicó
el libro que le proporcionó fama, las Gedichte
eines Lebendigen, cuyo éxito se
materializó en numerosas ediciones en los años inmediatamente posteriores;
en sus cantos
el poeta exaltaba
la «nueva» patria alemana, que había de surgir a partir de la «re
volución» contra los príncipes y potentados, restauradora de la libertad por
aquéllos suprimida.
A pesar de sus críticas y su actividad entre la oposición, Herwegh, un año más tarde, realizó
un viaje triunfal por Alemania, siendo calurosamente acogido, incluso, por el
mismo rey de Prusia, Fe derico Guillermo IV. Pero el período de armonía con la
patria alemana fue breve. En 1842, el Gobierno de Berlín, prohibió la entrada
en Prusia del
quincenal que Herwegh había
empezado a dirigir en Zurich, el Deutscher Bote aus der Schweiz y, a prin
cipios del año siguiente, a instancias siempre del Gobierno Pru
siano fue expulsado de la
ciudad de los
lagos, donde, sin embargo, y como
anexo al Literarisch&r Comptoir de Jules Frobel y August Folien pudo
publicar los Einundzwanzig Bogen aus
der Schwei^. Se estableció
después en París donde en 1844,
vio la luz el segun do volumen de las Gedichte eines
Lebendigen, Bastante conocido, incluso por ías críticas que
Marx llegó a
formularle, su intento, en el transcurso de la revolución
del 48, de agrupar un cuerpo expedicionario alemán para la liberación de
Alemania; natural mente el intento fracasó.
El poeta se apagó en 1875, tras haber publicado
numerosos poe mas y obras de
traducción.
Escritos fundamentales:
Gedichte eines Lebendigen (Poesías de un viviente),
Zurich y Winterthur, Literarischer Comptoir, 1841.
Gedichte und Kritische Aufátsze aus den Jahren 1839
und 1840 (Poemas y composiciones críticas de los años 1839 y 1840),
Stutt- gart, Verlagsbuchhandlung, 1845.
Nene Gedichte (Nuevos poemas), Zurich,
Verlags-Magazin, 1877. Briefe von und an Georg Herwegh (Cartas a y de G.
Herwegh), Herausgegeben von Marcel Herwegh, Zurich, A. Müller, 1896.
Georg Herweghs Briefwechsel mit seiner Braut (Correspondencia de Georg Herwegh con su
novia). Stuttgart, R» Lutz, 1906.
MOSES HESS
Nació en Bonn en 1812, murió en 1875, es una de las
figuraá más interesantes del socialismo alemán de mediados del siglo xix. Hebreo, hijo de un pequeño industrial. Muy
joven abandonó la casa de su padre para dedicarse
a los estudios
filosóficos: cono ció así la
filosofía hegeliana y se interesó
por el socialismo fran cés de la época. Inteligente y dotado de un profundísimo
talento fue intelectualmente inestable.
Todo esto puede
deducirse de sus obras, desde su juvenil (1837) Die hdlíge Gesckichte der
Menschheit. Von einem Jünger Spinozas, hasta
las obras «socia les» o sobre el sionismo en su
madurez.
Amigo de Marx y Engels, a pesar de
las muchas divergencias que en muchos momentos de la vida le
alejaron de los
dos pensa dores, permaneció siempre ligado a ellos, los
cuales, aún criti cándole, siempre estimaron su capacidad
y su honestidad. Ya en la vejez se adhirió al
movimiento lasalleano convirtiéndose en uno
de los principales teóricos europeos del sionismo.
Obras más importantes:
Die heilige Geschichte der Menchheit. Von
einem Jünger Spino zas (La historia sagrada de la humanidad.
De un discípulo deSpínoza).
Stuttgart, Halberg'sche Verl.agsbuchhandlung, 1837. Die
europdische Triarchie {La
triarquía europea). Leizpsig, O. W igand, 1841.
Catéchisme rouge (Catecismo rojo). [Genéve], F.
Melly [18513.
Rom und Jerusalem, die íetzte
Ñationalitatsfrage. Briefe und
No ten (Roma y Jerusalén, la última cuestión de nacionalidad. Co
rrespondencia y notas.) Leipzig, E. Wengler, 1862,
Rechte der Arbeit (Derechos del trabajo). Frankfurt
a. M., R.
Baist, 1863.
Deber Socialokonomische Reformen (Sobre las
reformas socio económicas). Hamburgo. Kohler, 1863.
Une nation déchue. Coalition de tous les peuples
contre l'AUe- magne prussifiée
(Una nación en decadencia.
Coalición de todos tos pueblos contra Alemania
prusificada). Bruxelles, Bureau du peuple, Í871.
JOHANN JACOBY
Hebreo de nacimiento (Kónisberg, 1805). J.
Jacoby estudió medi cina en su ciudad natal y en
Heidelberg, dedicándose después al ejercicio de la profesión. Desde muy joven
se interesó por las cuestiones políticas. Publicó numerosos libros y
opúsculos rela tivos a cuestiones de
actualidad y sobre el problema de 3a eman cipación hebrea. Repetidamente
enfrentado a la censura prusiana. Sus Vier Fragen, beantwortet von einem
Ost-preussen, de 1841, donde manifestaba la necesidad para el
pueblo de una constitu ción, fueron muy comentados en la
época.
El libro le proporcionó una acusación por alta
traición y una condena de dos años y
medio de prisión, a
continuación recurri da. En esos
mismos años publicó muchísimos escritos polémicos relacionados todos con las
escasas garantías de libertad conce didas en. Alemania, con las vanas
promesas del rey Federico Gui llermo
IV con -ocasión
de su coronación, y
en defensa contra las muchas denuncias de que fue
objeto por parte de la magis tratura
prusiana.
En 1848 liego a ser uno de los miembros más activos
del Reform- partei, el partido liberal-reformista, y formó parte
del parlamento de Frankfurt. Concluido
el período revolucionario con la
victoria de las fuerzas del orden, volvió a ejercer como médico en Kónis berg. En 1863 volvió a ser elegido
diputado en el Parlamento Prusiano y se adhirió a la
oposición: siete años más tarde, al declararse contra la anexión de Alsacia y
Lorena por parte de Alemania, fue nuevamente encarcelado durante
un tiempo. Mu
rió en 1877.
Escritos más importantes:
Ueber
das Verhalt des...
Oberregierungsrats Herrn
Streckfuss zur
Emancipation der luden (Comentarios al informe del
Alto Con sejero de Prefectura... señor Streckfuss acerca de la emancipación de los judíos), Hamburg,
Hoffmann und Cape, 1833.
Der Streit der Pddagogen und Aertze. K onisberg,
Bon. 1836.
Vier Fragen, beantwortet von einem Ostpreuss&n
(Cuatro pre guntas, con respuesta de un prusiano oriental), Mannheim, 1841.
Meine Rechtfertigung wider die gegen mich erhobene Anschuldi- gung des
Hochverrathes etc. (Mi justificación con respecto a tas acusaciones de alta
traición formuladas contra mí), Zurich und Wínterthur, Literarisches Comptoir,
1842.
Verthheidigung meiner Schrift; Das Kónigliche Wort
Friedrich Wilhelm I II (Defensa de mi escrito: la real palabra de Federico
Guillermo III), Mannheim, Bassermann, 1846.
Beschrcikung der Redefreiheit (Limitación de la
libertad de ex presión), Mannheim, Bassermann, 1846.
Deutschland und Preussen (Alemania y Prusia),
Frankfurt a. M., Literarische Anstalt, 1848.
Die Gründsdtze der preussischen Demokratie
(Los principios de la
democracia prusiana), Berlín, F. Duncker, 1850.
KARL MARX (1818-1883)
En jos años anteriores al 1844, Marx había
colaborado en nume rosas revistas filosóficas y
políticas, había sido jefe
de redacción de la Rheinische
Zeitung, en la que publicó
numerosos artículos; en 1843 había redactado la Kritik des
hegelschen Staatsrechts (Crítica de la
filosofía hegeliana del derecho del Estado), inédita hasta 1927.
ARNOLD RUGE
Nacido en 1802 en Bergen-Rügen, después de haber
estudiado en varias universidades alemanas y de haber sido miembro de la
asociación de estudiantes liberales, en 1825, Amold Ruge fue condenado a 14
años de prisión por haber tomado parte
en di versos movimientos
revolucionarios. Liberado en Í83Q, consiguió un puesto de
privatdozent en la
Universidad de Halle;
a través de sus Haltische
Jahrbucher fur Wissenschaft und Kunst (lo que después serían los Deutsche
Jahrbucher fur.,.), publicados a par
tir de 1839, llegó a convertirse en uno de los principales repre sentantes del
movimiento neohegeliano, aun sin poseer
particu lares capacidades o excepcional inteligencia. Acerca de él
Franz Mehring, en su Historia de la social-democracia alemana, ha es crito: «Ruge tenía bastantes de las
cualidades de un buen publi cista, formación filosófica,
diligencia, sensibilidad, espíritu bata
llador..., hacha robusta, la necesaria para las
raíces del robusta tronco de la reacción...»
Obligado a abandonar primero Prusia y después
Sajonia, se tras ladó a París, donde
trabajó durante algún tiempo, primero inte resándose por la publicación de los
Deutsche-Franzósische Jahr- bücher, y colaborando después en diferentes
periódicos alemanes. Durante los revolucionarios años de 1848 y 1849
publicó en Berlín Die Reform;
elegido parlamentario por Frankfurt intentó
agru par a su alrededor las fuerzas
burguesas democráticas de la oposición, convocando en Berlín un Congreso
democrático pan- alemán.
Obras principales:
Neue
Vorschtile der Aestetik
(Nueva escuela preparatoria de la Estética), Halle, Buchhandlung des
Waissenhauses, 1836.
Preussen un die Reaktion (Prusia y la reacción),
Leipzig, O. Wi gand, 1838.
HalUsche
Jahrbücher für Wissenschaft
und Kunst, Leipzig, 1839-
1841,
publicados después con
el nombre de
Deutsche Jahrbücher
■für Wissenschaft und Kunst, en Dresde.
Zwei Jáhre in Paris. Studien und
Eriunerunjen (Dos años en París, estudios y recuerdos),
Leipzig, Jurany, 1846.
Gesammelte Schriften (Escritos escogidos), 10 vols.
Mannheim, Grohe, 184648.
Ncvellen
aus Frankreich un
der Schweiz (Noticias
de Francia y Suiza), Leipzig,
Verlagsbureau, 1848.
Die Gründung der Demokratie iñ Dmischland oder der
Volksstaat und der soziál-demokratische Freiheit §La institución de la demo
cracia en Alemania o el Estado popular y la libertad social demo- crática),
Leipzig, Verlagsbureau, 1849.
Unser System (Nuestro sistema), Leipzig, 1850.
Aus früherer Zeit (Desde los tiempos pasados), 4
vols. Berlín,
F. Duncker, 1863-67.
An die deutsche Nation (A la natión alemana),
Hamburg, O. Meis- sner, 1866.
Der Krieg und die Entwaffnung {La guerra y
el d e s a r m é Ber- iífit, A.
Joñas, 1867.
Acht Reden über die Religión ( Ocho discursos sobre
la Religión),
Berlín, Stuhrsche Buchhandlung, 1869.
Geschichte unsrer Zeit (Historia de nuestro tiempo), Leipzig,
C. Winter, 1881.
Los anales franco - alemanes
In d ic e d e la e d i c ió n o r ig in a l
Presentamos a continuación el índice en
alem án de los Anales, con la paginación del núm ero
de la revista aparecido en febrero de 1844,
Plan der Deutsch-franzosischen von ARNOLD RUGE Jahrbücher
págs.
3-16
Ein Briefwechsel von 1843 págs. 17-40
Lobgesánge auf Konig Ludwig RICH HEIN E von HEIN-
págs.
41-44
Urtheil des Obert-Apeilations-Senats von Dr.
JOHANN JACOBY págs. 45-70
Zur K ritik des Hegel'schen ph'ie von KARL MARX Rechts-Philoso-
págs.
71-85
Umrísse zu einer K ritik der Nationalókono-
mie von FRIEDRICH ENGELS XN MAN- CHESTER
págs.
86-114
Briefe aus París, von M. HESS págs. 115-125
Schlussprotokoll der W iener Ministerial-
Konferenz von F. C. BERNAYS
págs.
126-148
Verrat! von GEORG HERW EGH págs. 149-151
Die Lage Engíands von FRIEDRICH ENGELS págs. 152-181
Zur Judenfrage von KARL MARX págs. 182-214
Deutsche Zeitungssch.au págs. 215-237
32
PScrn de los
emoles fromco-alemosies
por ARNOLD RUGE
Esta revista es una revista crítica, no un periódico
literario alem án. En ella publicarem os exposiciones de
fran ceses y alem anes
relacionadas con:
1. H om
bres y sistem as particularm ente significativos, problem as actuales, la
constitución, la legislación, la econo mía del Estado, la cultura y las costum
bres. La fantasiosa política del gobierno central será abolida y en su lugar
será instaurada la ciencia real de las costum bres hum anas.
2. Una
reseña de los periódicos y
revistas; cualificación de su
relación con los problem as de nuestro tiempo.
3. Una
reseña de la vieja literatura, seria o amena, de Alemania: reseña que, necesariam ente tendrá
que llevarnos a una crítica del
espíritu alem án tal c o
m o .hasta ahora se ha
m anifestado en sus
form as trascendentales, putrefactas e inmovilistas. Y, al m ism o
tiempo, una reseña de aquellos libros de
am bas naciones, m ediante los cuales
nace y pro gresa la nueva época en que estam os
entrando.
N uestro trabajo, interrum pí do durante algunos m
eses con tinúa ahora bajo una nueva concepción.1
Cuando
el año pasado
los gobiernos alem anes
suprim ie
ron la
tradicional libertad de
pensam iento y censuraron
la p ren sa 2 que
presentaba el m undo de
acuerdo con la con
cepción filosófica más reciente,
encontraron, donde la ac ción fue com entada, el consenso de
los representantes del pueblo o la general indiferencia de la gran m asa. Esta
expe riencia dem uestra cómo en Alemania
la filosofía está m
uy lejos de constituir un hecho
racional. Tiene que
llegar a ser- lo. La indiferencia de las m asas y la
hostilidad -entre los incultos y los doctos
tiene que acabar;
la oposición de los
que p o r am or al puesto que ocupan son
contrarios a la puesta en práctica y utilización de la razón, debe
suprim irse. Un pueblo no es libre hasta
que no eleva
la filosofía a
principio de su evolución
y es tarea
de la filosofía
llevar al pueblo a dicha concepción.
-
! Ruge se refiere aquí a los Deutsche Jahrbücher.
2 A lo largo
de los años 1842-43 se habían realizado numerosas in tervenciones
legislativas, tanto en la Confederación Germánica como
en
Prusia, tendentes a
limitar la libertad
de pensamiento y
prensa. Se impuso un sistema de
censura parecido al que
había estado vi gente durante 1840-41.
Al ser la ciencia indiferente con respecto a
la vida o, cuan do menos, al resu lta r su sublime esfera
com pletam ente in abordable para la gran m asa, la hipocresía parecía
insupe rable en Alemania. M ediante
relaciones racionales el
núcleo de la ciencia llega a ser
propiedad común en form a
de praxis y conciencia
general. Pero en
Alemania, una idea
práctica o una palabra vital
constituyen sin ningún género
de duda un atentado contra todo lo que es sagrado y p o r encim a del
vulgo. La ciencia alem ana no es libre
ni hum ana, sino m
ás bien sagrada y noble, exactam ente igual que
el Estado Ale m án, y entregarla sin cortapisas a
la hum anidad es una
traición. Esta traición la tenem os que llevar a cabo ahora.
Podría decirse, mejoar* que hay. que continuar con
esa traición, desde el m om ento en que, realm ente, está ya em pezada. Los
acontecim ientos de los últim os años
han confe rido a la
filosofía una im portancia
política sin precedentes en Alemania y han sacudido no
poco la fe en ese m undo li terario en
que viven aislados los dioses tranquilos
de un Olimpo artístico y
culterano. La hum anidad ya no se intere sa p o r los lejanos destellos de una sabiduría que opera más
allá del horizonte cotidiano, o p o r la m uda contabilidad lite raria
de ingenios m uertos y enterrados, sino m ás bien por el huracán real al
que apuntan nuestros
cerebros, por el tu m ulto, por el tranquilo fluir
de toda la atm
ósfera presente, en que se desarrolla la
lucha de los elem entos contrastantes: por la vida
de este real
y laborioso m undo
de los hom bres.
A ctuar
con vistas a
estos intereses aparece
así como la tarea de todo hom bre con posibilidades.
La gran concepción ilum inista de una literatu ra de fam a m undial, resulta
ahora puesta en práctica en toda su extensión; todo arte y todo
ingenio, toda am bición
y trabajo que
no pretenda desperdiciarse, tendrán que ser utilizados
para la puesta en prác tica
poderosa e irresistible de la
libertad política y
cultural, en cuanto patrim onio de todo pueblo civilizado.
Nosotros estam os empeñados en esta tarea. La
acción alemana, por el m om ento, se reduce a un m undo libresco que se com
porta como si la revolución y
la época en que
estam os viviendo no tuviese nada que
ver con él; p or lo
tan to, nosotros elim inarem os
esa diferencia y perseguirem os objetivos políticos con plena conciencia. Todo
estará en función de la libertad. A
los filósofos no
les está concedida una cultura no com
prom etida. Filosofía equivale
a libertad y pretende generar
libertad; y por libertad nosotros enten demos libertad realm ente hum ana, por
lo tanto libertad política, y no
cualquier m elifluo arom a
m etafísico elaocra- do en un
estudio o incluso en una cárcel.
Em pezarem os con lo de escribir una revista
crítica: pensamos que una definición como esa
es apropiada en
cuanto que lo que
nos proponem os es
describir en form a filosófica y publicística la crisis de nuestro
tiempo.
Por lo que se refiere a Alemania seguiremos
teniendo en cuenta la literatura, dado que los escritores, como los go biernos, no producen m ás que pura
literatura.
Por lo demás, las referencias a cualquier problem a
de actualidad, prescindiendo del aspecto específicam ente lite rario del
mismo, están incondicionalm ente referidas a los co laboradores de la revista
proyectada.
In tro d u cir en las conciencias todo lo
relacionado con la enorm e sacudida que se está operando en
el viejo mundo, form ulado en el m odo m ás artístico,
arm ónico y expresivo posible. E sta es la tarea que con frecuencia han asum
ido brillantem ente los franceses y
que ahora se
nos plantea a nosotros. El
Contrat Social alemán:
¿Qué es Alemania
y qué tiene que llegar a ser? La
política alem ana para
el pue blo. Todos estos breves
ensayos serán publicados. No debe
mos dorm irnos sobre los laureles
inm ortales de los
fran ceses.
En realidad el carácter de dichos escritos que se
diferen cian de la m archa de
la vida publica
y contienen el
origen de una nueva época,
son a la
cultura alem ana como
la vida es al sueño. Las concepciones audaces, el arte de la
exposición y el éxito amplio a nosotros nos resultan imposibles.
Todo lo cual nos lleva a Francia. Toda divulgación
de la ciencia, cualquiera de
sus relaciones con
la política compor1:a inm ediatam ente una referencia
a Francia. E star en
contra de Francia y de la política equivale, en Europa,
a estar en contra de la política y de la libertad.
Por sí sola, Francia representa el principio político, el verdadero principio
de libertad hum ana en Europa. Francia ha proclam ado y con quistado los
derechos del hom bre, ha perdido y recuperado nuevam ente su conquista,
y lucha ahora
por la realización de los grandes
principios hum anistas que
transform aron el m undo. De ahí
que esta nación tenga una misión
cosmo polita: lo que Francia obtiene combatiendo es una
conquis ta de todos. El odio
nacionalista para con
Francia equivale, por lo tanto,
exactam ente a la aversión ciega por
toda liber tad política. En
Alemania el grado
de inteligencia y
evolu ción m oral de un individuo resulta de lo que dicho individuo
opina con respecto a Francia. Cuanto más obtusa es la inte ligencia de
un alemán, y
su m entalidad más
servil, tanto más arbitrario e
injusto será su juicio sobre Francia. La grandeza y la fuerza m oral que para
sí y para Europa ha conquistado la libertad, de la que disfruta
hoy el m undo entero, se resum e para él en la
aniquilación de su único enemigo, el filisteismo. Y a los impíos
franceses no se les reconocerá siquiera
un sentido de
felicidad doméstica. El que, en
Alemania com prende y
aprecia a los
franceses es ya una persona
culta, libre. Y es natural.
La unión
real del espíritu
alem án con el
francés se lleva a cabo
m ediante el encuentro a
nivel hum anista: dicha unión o
encuentro es la prem isa de una evolución m oral del indi viduo a través de
la superación de un
brutal odio nacionalis ta, y de
un reconocim iento de los m éritos
científicos, so ciales y políticos de uno y o tro país.
En am bos casos se tra ta de una evolución
espiritual. Tam bién en esto nos superan los franceses. Los franceses han
reconocido espontáneam ente nuestras cualidades, en un mo m ento en que tenían todas las razones
del m undo para odiarnos. Sin embargo, nos
estudian y nos
escuchan llegan do incluso a
sobrevalorarnos, tanto a nosotros
como a nues tra ciencia ultraterrena; y si todavía
no conocen la trans form ación m undial de la nueva
época, enseguida se hará evidente que,
precisam ente a este nivel,
se encuentran de hecho con nosotros. No nos es lícito perm
anecer detrás de los franceses, si no
en cuanto a
libertad, al menos
en cuanto a la cultura. Si hubo
un tiem po en que
Lessing tuvo que liberar Alemania del yugo de la cultura
francesa, ahora, indudablemente, el estudio del m undo intelectual francés y de
su culta elegancia, representa p ara
nosotros una liberación de las ataduras de los prejuicios, una
defensa contra los abusos tiránicos y belicosos del espíritu
nacionalista y, final mente, un
impulso hacia la
conquista de la
libertad política y de una vida
estatal pública. La unión efectiva de las dos naciones reside en las relaciones
culturales; indudablem ente una unión
como esa representa la victoria de la libertad.
Nosotros alem anes hemos perdido mucho tiempo
desen terrando, cepillando y
quitando el polvo
a nuestra vieja m ercancía religiosa y política. N
ublándonos así la vista, con virtiéndonos en decididam ente rom ánticos. Pero
al mismo tiempo hemos adquirido un sentido del orden y una
aguda visión lógica que, a modo de
segura brújula, nos
guía a tra vés
de fantásticas regiones, m
ientras que los
franceses van a la deriva, sin
timón, vapuleados por un viento tem pes tuoso. Ni siquiera Lamennais o
Proudhon, a pesar de su in superable concisión y claridad en terreno
político, consti tuyen una excepción,
por no hablar
ya de los
sensimonistas o furieristas.3
Por muy extraño que pueda parecer a los incultos,
lo que nos ha ¿iberado a los alem anes
del arbitrio y la
fantasía es el sistem a hegeliano. Al definir todo
el m undo trascen dente de la m etafísica precedente
como reino de
la razón, nos ha obligado en
cierto modo a
abolir la trascendencia
de la razón para disfrutar de
todas las ventajas de
su seguridad y coherencia lógica.
Desde el cielo del sistem a
hegeliano se baja a la tie rra
que pertenece directam ente a la razón hu mana, provistos de la inteligencia piloto
que utiliza el mapa celeste aun cuando
tiene que orientarse
en la tierra.
Este m apa celeste es para
nosotros, los alemanes, la lógica
del sistem a hegeliano, lógica que com pendia todo el sistem a en form a
ab stracta.y divina.
Existe
una diferencia notable entre el logro inmediato de la libertad hum ana y
las exigencias de 1 puro
hum anismo, y el agotam iento
sistem ático (es decir,
filosófico) y comple ta superación de toda la «economía
divina» que todavía obs taculiza la m archa de la hum anidad,
y el inm enso
fárrago rom ántico con el que contam os, tanto en el
terreno reli gioso como en el político. La exigencia de
libertad de los
3 Se trata de
las «escuelas» de los seguidores de
Saint-Simon y Fourier, cuya
mayor difusión tuvo
lugar en el
ventenio comprendido entre el
1826 y el 184748.
37
seguidores del sistem a hegeliano no es, por lo
tanto, un deseo gratuito, sino que está justificado, no se tra ta de una gené rica buena voluntad
liberal, sino una necesidad de
coheren cia, no un resultado
casual, sino el
producto de la
historia y del espíritu alemán, una form a de tom a
de conciencia de todo su desarrollo anterior, al cual, ahora, no se opone nada.
En esto
precisam ente estriba el
orgullo del actual espí ritu del
tiempo: en haber
penetrado incluso aquello
que se le hubiera podido
contraponer, el pasado, su desarrollo an terio r y su sucesiva magnificencia.
Una em presa como esta hubiera podido lograrse antes; en Alemania, la exigencia
de libertad era en un tiem po tan burda
y confusa que lo único que solía expresarse era una incondicional veneración por el pasado.
Sin em bargo, en un prim er tiempo, cuando se trató de llevar a
cabo esa exigencia,
el pasado coincidió
con el antiguo despotism o burocrático; después, cuando dicho despotism
o burocrático fue reinstaurado se presentó la po sibilidad, así lo
parecía, al menos,
de retroceder un paso m ás y servirse del rom anticism o, o
lo que es lo m ism o, del principio de la restauración cristiano-germán&
ar,''para la re form a del Estado
burocrático. Indudablem
ente, se
tra tó de un intento poco feliz.
Desde el m om ento en que dos reyes alem anes 1’ intentaron sin
éxito reelaborar el
Medioevo a tra vés de dicha reform a, la im potencia
del rom anticism o fue am pliam ente dem ostrada. Pero, si no otra cosa, de
todo ello derivó un elem ento positivo,
o sea, la
contraposición neta en tre el
espíritu de la
restauración y el
de la revolución. Los privilegios del antiguo Sacro Im perio y
la libertad hu
m ana de nuestra época son enemigos m ortales.
Del lado de la revolución están todas las potencias
mo rales e intelectuales. Ante cualquier palabra pronunciada en nom bre de la libertad
tiem bla el bagaje
podrido de las
re m otas rarezas, y sus
guardianes y defensores saben
perfecta m ente que no hacen falta las trom petas de Jericó para des
truirlo. En Alemania, este miedo
nos ha prohibido
la pala bra. Dicha
prohibición es, no
sólo la expresión de un odio m ortal, sino tam bién la expresión de u n
m ortal miedo, y precisam ente por eso constituye para nosotros una garantía para el futuro. Una derro ta como
esta supone ya la victoria.
■ Desde
luego, los franceses responderían «Después
de trein ta años de lucha, no
haber obtenido más que un antiguo
4 Federico
Guillermo IV de Prusia y Ludovico 1 de Baviera.
38
despotismo, que en su te rro r m ortal ha
aniquilado toda ex presión libre de
la vida pública,
y ha reducido
la libertad a la vaga esperanza
de una generación futura, significa, en realidad, haber perdido
m ucho tiempo y
mucho terreno». Es cierto, lo admitim os, el cam bio proyectado para
el futuro no m ejora el futuro
mismo, una realidad que para nosotros sigue siendo muy incierta.
No podíam os reconocer m ás claram ente este hecho
que
sintiendo tener que desesperar, antes
de llegar al
hospitala rio suelo francés, aunque sólo fuese por volver
a tener algún día la facultad de expresar
y difundir nuestro
pensam iento. Y, sin embargo, la investigación en el ám bito de los
princi pios puros no es trabajo
en balde; el estudio de las regiones trascendentales, al que nosotros los
alemanes tanto tiem po hemos dedicado, no es inútil. Ese esfuerzo y esa
investiga ción conducen, a través del
conocimiento renovado, clarifi cado,
del antiguo principio, á la conquista radical de un
principio nuevo: convertir
los nuevos frutos
en accesibles a los franceses;
esta es la form a de custodiar y m antener al seguro la gran sacudida que los
creó a través
de la revolu ción y la filosofía del siglo xvm .
N osotros garantizam os dicha sacudida, si logram
os divul garla a través de la nueva filosofía alemana, contra toda de
generación de aquella genialidad salvaje y desenfrenada fan tasía a la que
suelen precisam ente abandonarse los
franceses con noble negligencia, como lo dem uestra cum plidam ente el
fanatism o de Chateaubriand y Lamennais y la ínfulas rom án ticas de gran parte
de la actual juventud francesa. T ras haber u
ltrajad o la libertad luchando en favor
del despotism o con tra el acontecim iento m ás im
portante de la
historia m un dial, la
Revolución, nosotros los alem anes podrem os resca tarnos preservando con nuestra
filosofía el espíritu
francés de las tentaciones que le
asaltan, tentaciones ante las
cuales, los buenos alemanes, desde la época de las guerras
de libe ració n 5 no han dejado
nunca de sucum bir.
El
ingenuo que no
conoce los tortuosos caminos de la
fantasía poética y
religiosa y que
apenas si la
sabe esbozada y caracterizada
para siem pre en ese m
etafísico m apa celes te, nunca está seguro. Desde tiem pos
inm em oriales, los sa cerdotes, que tuvieron el valor de revelar al m undo m
isterios
5 Las «guerras
de liberación» contra el
imperio francés de Na
poleón.
39
que
ellos mismos no conocían
y en cuyo
in terior no vieron
c la ra m en te ,
basaron su sistem a sobre la
ingenuidad hum ana.
En esta
ingenuidad se apoyaba todo el
sistem a teologal de la
Edad Media, sistema
al que se
sacrificaba el hom bre y la libertad. Los
alemanes pueden alardear de pertenecer por decisión propia a esta época falsa y deshum ana. ¿A quién, si no a las tonterías m etafísicas de
nuestros antepasados, tiene que agradecer
el m undo su
precipitación desde las
lu m inosas vetas de la hum anidad griega hasta el profundo abism o de la barbarie cristiano-germánica? Y
ahora toda esta m ilenaria tontería va precisam ente a sobrevivir a
la Revolu ción sin desaparecer
ni siquiera después
del desm orona m iento de toda
la antigualla im perial. A principios de siglo, cuando los alem anes
reconquistaron la independencia, vol vieron nuevam ente sus ojos
a toda esa
antigualla, y lo que no podía constituir de nuevo una realidad
siguió siendo ob jeto de inexpresable nostalgia y fuente
-de tranquilidad. Du rante una
tem porada los alem anes
estuvieron reevocando la magnificencia
regio-papal; pero después, en un segundo m om ento, m ediante esa reedición de
la que hablam os, les resultó fácil com prender todo aquel período, y la reciente filosofía dem
uestra como tam bién los alem anes rechazan ahora espontáneam ente la ilusoria
vuelta al pasado, decla rando la . guerra al Medioevo
«cristiano-germánico» e» ..nom bre de
los im prescribibles derechos -del hom bre. Esto para Francia resulta una
satisfacción: adem ás, como ya hemos
dicho, se tra ta de un hecho que habla en -favor suyo;
consti tuye una fusión del
pueblo francés y alem án en un idéntico principio hum ano, una invencible
alianza de la libertad de am bos
pueblos, cuyo destino com ún perm anecerá
de ahora en adelante como elem
ento inexpugnable de su conciencia política.
Por otra p arte, el retorno de la conciencia alem
ana a los conceptos fundam entales
de la revolución
nos coloca frente a una realidad que, hasta ahora,
con increíble superficia lidad, •hemos dejado de lado.
Francia es una nación que desde el tiem po de la Revolución trab aja por poner
en práctica la filosofía: Francia es u n a nación esencialm ente
* filosófica. Si acaso se le pudiera acusar de
haber perdido de vista alguna vez los
principios ideales, tam bién es cierto que tendrem os que reconocer el m
aravilloso valor y la inteli gencia con que ha vuelto a ellos y
con ellos impregnó su vida;
eso nadie como Francia
lo hí>. sabido
hacer hasta el
40
momento. Por
eso es sagrado
el suelo de
esta nación; sobre él ha surgido una literatura clásica,
viril, verdaderam ente sincera, fascinante en su form a y en su contenido.
Nosotros, alemanes, poco o nada tenem os de todo esto. Todo eso ya lo sabemos,
y por el m om ento no pretendem os siquiera
que el alim ento espiritual que
gratuitam ente se nos
concede sea puro y genuino. N uestra literatura y
nuestra vida política
cada día están m ás corrom pidas, y si un escritor o un po lítico está
lo suficientem ente desprevenido como para ser un sincero
defensor del sistem a que rige este m undo
al revés, en el que todos existen en función del uno y muchos en
función de pocos,
se trata, entonces,
de una autenticidad y de una libertad de expresión
sin nigún valor, de una inge nuidad peligrosa como ninguna. ¿Cómo
salvarnos de la
ma yor calam idad que puede
asolar una nación, de la deprava ción m oral de su vida pública?
Debemos b uscar la vida pública auténtica y Ubre
allí
donde se pueda encontrar, y dado que Alemania
es dem a siado obtusa p ara
reclam ar en voz alta
y con gritos
enérgi cos la libertad de prensa,
tenemos, por lo
tanto que escribir y
publicar en el
exterior, tal y
como se vieron
obligados a hacer los franceses antes de la Revolución.
Para nosotros, alemanes, se
trata de tener
ante los ojos un ejem plo de libertad efectiva de
prensa, de hacernos una idea de la libertad que se autogobierna im puesta a p
artir de las leyes, de una libertad que
no puede reprim irse y que perm anece
fiel a las eternas leyes de la razón, de una libertad
■ que,
consciente y serena, se opone a la m ueca del esclavo encadenado; que no pretende
agredir ni devastar
el m un do, sino fascinarlo,
conquistarlo, elevarlo por
encim a de sí m ism o; de una libertad qtf-e, en
la arm onía y
en la verdad de la propia ley encuentra su m edida
y su objetivo. Sí, seño
res, de esta libertad precisam ente se trata.
D urante m ucho tiempo nos habéis estado llevando
de un sitio para
otro, pisoteándonos sin
piedad, habéis suprim ido y arruinado nuestro
trabajo,' con todo
lo cual lo
único que se ha logrado es tro
car en rabia la cólera que vuestra igno
rancia y brutalidad provoca; después, tras haber incluso de form ado
los m atices de una ju sta
pasión, nos habéis señala do con el
dedo y nos
habéis calificado, juzgándonos
a tra vés de nuestros escritos
tal como habían sido publicados por vuestra burocracia y decapitados por
vuestra prensa li bre. Esto no es com batir: es vejar a
quien tiene las manos
41
atadas, tom arse a brom a los derechos
y la dignidad
de los hom bres. Basta de este
juego. Parece que nos tem éis; pero no tenéis
por qué tem ernos
a nosotros, que
hasta el mo m
ento hem os sido objeto
de vuestros cuidados
paternales. Si queréis com batir, ya tenemos las m ism as arm as,
pero si ahora nos presentam os tal y
como realm ente somos
y no como nos obligaba la censura
y como astutam ente intentá- baís desfigurarnos, no os es lícito tem er que la
luz nos fa vorezca ahora m ás que en
otro tiempo.
Nos fortificam os ahora en la libertad de prensa e,
im provisam ente, podem os disfrutarla, nosotros que ya no po díamos escribir
ni siquiera bajo control de la
censura. Es el salto m ás grande que pueda concebirse; de
la posición m ás degradante a la más digna, de la total opresión a la com pleta
libertad. Este salto, a
pesar de todo,
es una cosa
natural. Las antiguas relaciones resultaban insostenibles porque nos
otros las habíam os superado y dem ostrarem os que en el
oscuro seno m aterno de Alemania llegamos a ser tan fuertes como para percibir
toda la luz del m undo, com penetrándo nos en el aire de la atm ósfera libre.
Esperam os que nuestra libertad de
prensa sea precurso ra de obras inm ortales del taller de la
nueva generación. Dicha libertad
se convierte en libertad real en cuanto se pre senta como el futuro de serios
y completos estudios de filo sofía; pero tam bién a vosotros, m iem
bros de la vieja gene ración som etida, tam bién a vosotros os proporcionará
una nueva libertad de prensa, al menos contra
nosotros. Cuidad que no se
convierta en una solapada deform ación de la autén tica, en un viejo y burdo
fantasm a alem án carente
de m o ral, inteligencia y
belleza. Unid todas
vuestras fuerzas y si
no lográis ser libres adversarios de la libertad, intentad, al menos, lograr
el m érito de
ser siervos dóciles
y perfecta m ente aleccionados.
Si llegáis a polem izar abiertam ente como adversarios dignos, si lográis
dem ostrar que sois
alem anes sin brutalidad, patriotas y no abyectos, fieles sin som
bra de duda con respecto a los eternos
derechos del honftbre, enton ces, esa
nueva condición tam bién os acabará liberando a vo sotros, si no lo hacéis, la
culpa no
es nuestra, porque
voso tros sois quienes desperdiciáis la ocasión que os ofrecemos.
Cualquiera que sea la form a en que se presente la pren
sa alem
ana adversaria, conocemos
su contenido y sus
obje
tivos han irritado a todo el mundo. Aunque bajase
el Elicon com pleto y
las gracias prestasen
su cintura a
todos los es
42
colores de la buena
prensa alemana, sería
imposible apla car la irritación general que provoca el régim en
al que sir
ven. La degradación de la fam
a alem ana es
una realidad de la que todos y
cada #mo somos
dolorosam ente conscien tes por cuanto vino a suceder las esperanzas de
184041; la nación se ha literalm
ente precipitado desde la cima alcan zada, a la m ism a velocidad a la que
había ascendido. Es nece sario' revelar ese sentido de la
degradación y que se inserte
en claras y grandes letras en el libro
de la historia,
a bene ficio de las
generaciones futuras. Pero
no basta: es
preciso que el antiguo régimen sea totalm ente denunciado y que, res
taurando la libertad hum ana no sólo se inaugure un nuevo sistem a político,
sino que se plasme una nueva época,
del mismo m odo que la m etódica servidum bre de la hum anidad
constituye casi la totalidad de la historia hasta nuestros días.
Llegó
la hora de
proporcionar a la
crítica un contenido de este tipo, es decir, d irecto ’y
esencial. Tanto el fervor del mundo p o r aclararse su propia condición y
el celo de los ilu- m inistas con respecto a su propio
trabajo, como los desespe rados esfuerzos de los que tem en una y otra
cosa son sínto mas de la proxim idad de una crisis
real. Recordemos la ad monición de un
amigo: «Mirad cómo se
han cerrado a cal
y canto todas las ventanas de la vieja Alemania; hasta las buhardillas de los
filósofos están cerradas,
para que el
sol de la revolución no alim ente
el corazón de los hom bres y su significado de libertad no pueda despuntar de
nuevo. Ánimo ahora, levantem os el techo de nuestros oscuros edificios y
dejemos b rillar doquiera la luz del sol».
Esto es lo que nosotros pretendem os m ediante
nuestra crítica y esto, señores míos, constituye una nueva época.
No se tra ta
de una m ediación personal con el
nuevo m un do de la revolución a
través del individuo
particular, sino más bien de
un principio que
llega desde Francia a
Alemania y de Alemania a Francia, y la confraternización de los prin cipios equivale a la fusión de una
nación con la otra. El indi viduo no
tiene m ás tarea que uniform arse a la voluntad ge neral. Cuanto más carácter político ha ido
adquiriendo la filosofía alem ana, m ás se ha ganado las sim patías del pue
blo. Sim patías que, abandonadas en la patria, volverá a en contrar duplicadas
a su vuelta. El interés recíproco
del es píritu francés y el alem án revela una tensión
evidente, ten sión, sin em
bargo, am istosa, decididam ente amistosa.
Además de la crítica directa, de la que hemos
hablado
43
hasta ahora, seguiremos atenta y continuam ente I-a
prensa alemana, llevando a cabo una especie de
censura, pero al revés. En el fondo se
tra ta de un
aspecto del análisis
direc to de la vieja
política, solo que m
ás inocuo: se
vacía el saco y se ve qué es lo qué contiene.
Al mismo tiem po representam os la conciencia que
esa vieja política ha extraviado. Pero m ientras las antiguas Erim- nas incidían trágicam ente como hipostáticas conciencias, las
m odernas, nos parece, al m enos por
lo que a
la prensa alem ana se refiere,
que pueden tener un efecto preponderan-
tem ente cómico.
Esperam os, finalmente, que tanto para los libros
de crí tica como p ara los
libros de la
Sibila, se m antenga
el valor tan alto cuanto m ás
bajo su núm ero
(todo lo contrario
que el Repertorio de G ersd o rf6 y que los Anales Suevios 7) a con
dición de que tam bién aquí logremos
captar el punto a par tir del cual rem over el viejo m undo.
6 Cfr. Repertorium
der gesammten deutschen
Literatur für das Jakr 1840 (-1843). Herausgegeben von
E. G. Gersdorf,
Leipzig, Brock- haus, 184143. Continuado después en Leipziger
Repertorium der deuts chen und auslandischen Literatur.
Herausgegeben von E. G. Gersdorf, Leipzig, 1843-1846.
7 Ruge alude
con toda probabilidad a los Anales del Presente, edi tados en Suevia, en Stuttgart: véase
nota n. 203.
44
Unas carias de 1843
M. a R.®
A bordo del barco para D., marzo 1843
Viajo ahora a través de Holanda. A juzgar por los p
erió dicos locales y franceses, Alemania
está caída en
el fango y lo estará cada vez más. Le aseguro que, a pesar de estar bien
lejos de sen tir orgullo nacional, la vergüenza nacional,
•sin «ISlíWgO,«« siente incluso en H olanda.[El
últim o de los holandeses es siem pre ciudadano de un Estado en com para ción con el prim ero de los
alemanes^ (Y los juicios de los ex tranjeros acerca del gobierno prusiano!
Predom ina un asom broso acuerdo,
ya nadie se
deja engañar por
este sistem a ni p o r su naturaleza simple. De form a que
para algo ha servi do la nueva escuela. ¡E l traje de gala
del liberalism o se h a
caído y, a los ojos de todo el m undo ha aparecido, en toda su desnudez, el m
ás repugnante despotismo^
También esto es una revelación, aunque al revés.
Es una verdad que
nos enseña, por lo menos, a
reconocer la vacuidad de nuestro
patriotism o, la degeneración de nues
tro Estado, y a esconder la cara. Usted m e m irará sonriendo
8 Las
iniciales en el texto de los Anales
franco-alemanes quieren decir:
M .: Karl Marx. R.: Arnold Ruge.
B .: Mijail Bakunin.
F .: Ludwig Feuerbach.
y me preguntará: ¿qué hem os ganada? De
la vergüenza no nace ninguna revolución.
Respondo: ¡la vergüenza es ya una revolución: en
realidad,
se tra ta - .de la victoria de la Revolución
Francesa sobre el patriotism o alemán,
por el cual aquélla
había sido vencida en
1813. La vergüenza es una especie de ira contenida
dentro de sí misma, Y si realm ente llegara a avergonzarse toda una
nación, dicha nación sem ejaría a un
león que se
recoge so bre sí mismo
antes de saltar.
A decir verdad,
en Alemania no existe ni siguiera la vergüenza; por el
contrario esos m ise rables se llam an patriotas^ Pero ¿qué otro sistem a
podría liquidar su patriotism o sino esa bufonada del nuevo
caba llero? 0(La comedia del despotism o que representa p ara noso
tros resulta tan peligrosa
para él como
en su tiem po
lo fue la tragedia para ios E
stuardo y los Borbones. Y aunque du
rante un largo período esta comedia no
se considere como lo que es, se trataría ya, en cualquier caso, de una
revolu ción. El Estado es una
cosa demasiado seria
para conver tirlo en una arlequinada 3
Quizá pueda hacerse flota*- durante mucho
tiem po una nave cargada de locos, em pujada por el viento; pero
llegaría igualmente a su destino, porque los locos no lo creerían. Ese destino
es la revolución que nos domina.
R. a M.
Berlín, marzo, 1843
«Son palabras duras, pero las pronuncio porque son
ver dad: no* logro im aginarm e ningún pueblo m ás vejado que el
alemán. Se ven artesanos, no hom bres, pensadores, no hom bres, señores y
siervos, jóvenes y viejos, pero no hom bres.
¿Acaso no es esto un cam po de batalla
en el que m
anos, brazos y m iem bros yacen aquí y allá, m ientras la sangre de rram ada im pregna la arena?» —Hólderling en
su H yperion .ia Se tra ta del m
ovimiento de mi hum or que,
desgraciadam en te no m e
es desconocido. De
vez en cuando
el mismo argu m ento provoca entre los hom bres
reacciones sim ilares. Su carta es una ilusión. Su valor, lo único que hace, es
desmo ralizarm e cada vez más.
9 Federico
Guülerno IV.
10 Cfr.
Friedrich H o l d e r l i m , Hyperion. De la obra existen diversas
redacciones, algunas de las cuales se remontan a 1794.
46
¿Así que vamos a tener una revolución
política? ¿Noso tros, los coetáneos de
esos alem anes? Amigo
mío, usted cree lo que desea. Sí,
lo sé, es herm oso confiar, y abandonar las ilusiones es-‘■doloroso. Hay m
ás valor
en la desesperación que en la esperanza. Pero se
tra ta del valor de la razón, y nosotros hem os llegado a un punto en el
que ya no
nos es lícito ilusionarnos. ¿Qué
es lo que estam os experim entando? Una
segunda edición de los «decretos» de K arlsbad/' con el añadido de
la incum plida prom esa
ele libertad de
prensa y la prom esa de censura;
otro fracaso del intento de libertad política, y esta vez
sin Lepzig ni
Belle-alíiance, sin esfuer zos que den motivo para el descanso.
Ahora descansamos del descanso. Y al descanso nos induce siem pre la sim ple
re petición de la antigua m áxim a del despotism o, la
transcrip ción de sus actos ofciales. Pasam os de una ignominia a otra.
Experim ento la misma sensación de opresión y
envilecimien to que experim enté en tiem po de las
conquistas napoleóni cas, cuando
Rusia im puso a
Alemania una severidad m ayor en
la censura; y
si usted encuentra
alivio en el
hecho de que hoy seam os francos
como entonces, a
mí, ese hecho
no me alivia en absoluto. Cuando en E rfurt, Napoleón dijo a los
alemanes que congratulándose con él le llam aban « nuestro príncipe»: «Je he
suis pas votre prince, je suis votre
maítre» fue acogido con
un aplauso cerrado,
y si las
naves rusas no se hubieran
encargado de contestarle, el desdén alem án estaría todavía m ás calmado. No me
diga que la afrenta de aquella frase fue
lavada después con
sangre, no me diga
que la accidental venganza tenía inevitablem ente que haberse pro ducido,
que todos los pueblos rechazarían el despotism o cru
do y descarnado apenas se hubiera evidenciado con alguna claridad. Yo me
refiero a un pueblo que sienta sus afrentas independiente del resto de
los pueblos; para
mí, revolución es la convergencia de todos los corazones y
la elevación de
todas las m anos en honor del hom bre
libre, por el E
stado líbre e independiente de todo dueño, el Ser público que per tenece sólo
a sí mismo. Los alemanes jam ás llegarán a
tanto; hace m ucho tiem po que están históricam ente aniquilados. El
hecho de que alguna vez hayan tom ado
parte en la lucha
no dem uestra nada. A los pueblos
vencidos y sojuzgados
no se Ies prohíbe com batir, pero
no pasan de ser gladiadores que
1 Los
«Decretos de Karlsbad» son las
famosas decisiones antilibe rales que se tomaron en 1819 por
la Confederación Germánica
en dicha ciudad (Hoy Karlovy Vary).
47
pelean por -objetivos que no son
los suyos y que se degüellan en cuanto los amos bajan el pulgar.
«Mirad cómo se bate el pueblo por nosotros», dijo en 1813 el rey de
Prusia. Alemania no es el heredero superviviente, sino la herencia con
cuya posesión debemos hacernos algún día. Los alemanes nunca cuentan según los partidos
en lucha sirio
según el núm ero
de almas por vender.
Afirma usted que la hipocresía liberal ha sido
desenmas carada. Es cierto, y yo diría todavía más, ha
sucedido algo más: la gente se ha
visto turbada y ofendida, amigos y cono
cidos discuten entre sí, por todas partes se habla del destino de los
Estuardo, y los que tienen miedo
de hablar, mueven, por lo menos, la cabeza, dem ostrando
que hay algo en él que tam bién se mueve. Pero todos hablan y
sólo hablan. ¿Existe acaso alguien cojwencido de que
su desdén es com
partido por los demás? ¿Existe
alguien tan loco
como para renegar de nuestros m ezquinos burgueses y su
perenne paciencia bo vina? En los cincuenta años siguientes a la Revolución
Fran cesa hemos vivido la renovación de toda la ignominia del antiguo
despotismo. Y no me diga que el siglo xix no va 3 soportarlo. Los alem anes
han resuelto este problem a. No sólo lo
soportam os, sino que lo soportam os
con patriotism o; y nosotros que
nos avergonzamos de ello, sabemos que lo me recen. ¿Quién hubiera dudado de
que esta dolorosa recaída, desde la
protesta al silencio, de la esperanza
a la desespera ción, de una condición más o m
enos hum ana a una total es clavitud, habría rem ovido los espíritus, convertido a cual quiera en
ardoroso y suscitado el general
desprecio? Los ale m anes no tenían m ás que
la libertad espiritual, libertad que se le concede incluso al esclavo, e
incluso esta libertad les ha sido ahora arrebatada.
Antes, los filósofos alem anes hablaban
y callaban cuando se les m andaba, K ant nos dio buenas
pruebas de ello; pero se toleraba la audacia con que,
en abstracto, proclam aban libre al hom bre. Ahora, esa libertad, llam
ada científica o de princi pio, que se resigna a no realizarse nunca, tam bién
ha sido su prim ida y, naturalm ente, nos hemos encontrado con m ucha gente
que va predicando la doctrina de Tasso:
«...No creáis
que el ímpetu salvaje de la-libertad me llene el
pecho». El hombre no nació para
ser libre,
48
y para
un espíritu noble
no hay m ayor
felicidad que servir al príncipe que hoora.'2
Y si después quisiéram os objetar: ¿Y si no le
honra? re petirían: no ha nacido para ser
libre. De 3o
que se trata
es de su concepto, no de su
felicidad. Sí, Tasso tiene
razón: un hom bre que sirve
a otro
hom bre y al que se le llam a escla vo puede sentirse feliz: la historia y
Turquía lo dem uestran. Por lo tanto, si se adm ite, no
sólo que el hom bre ya no es libertad,
sino tam bién que hom bre y esclavitud form an un único concepto, el viejo m
undo está justificado.
Venticinco años después de la revolución, los alemanes no han encontrado
nada que objetar a la afirmación
de que los hom bres nacen para
servir y ser heredados entre las propiedades de los amos. Los príncipes alemanes
se han uni do en la
Confederación Alemana para
restaurar la propie dad
privada de las
tierras y las
personas y para
derogar los
«derechos del hombre»: como eso era antifrancés,
fueron aplaudidos. Ahora, el
enunciado teórico sigue
a los hechos:
¿Por qué razón Alemania tendría
que escuchar ese
enuncia do con indignación? ¿Por qué no consolarse del propio
desti no pensando que las
cosas tienen que ser así y
que el hombre no ha naaido para ser libre?
Y en realidad así es, esta
generación no ha
nacido para ser libre. Treinta años de falta de
vida política, tran scu rri dos bajo una opresión
tan degradante que
hasta los pensa
m ientos y sentim ientos fueron vigilados y regulados por la policía
secreta de la censura, han dejado a
Alemania al ni vel político más b ajo de su historia.
Usted dice: la nave de locos llevada p o
r el viento y por las olas no escapará a
su destino, y ese destino es la revolución. Pero no añade: esa revolución es la curación de los locos;
por el contrario su imagen conduce sólo a pensar en
el final. Pero
yo no conce do tam poco el final, p o r lo dem
ás com pletam ente augura- ble. M aterialm ente, este pueblo
útil no perecerá pero espi ritualm ente, en su existencia de pueblo libre,
hace tiem po que ya está acabado.
Juzgo a Alemania basándom e en
£u historia pasada
y en la presente; no
pretenderá aducirm e que
aquella historia es falsa y que la vida pública contem poránea no
refleja la verdadera situación del pueblo. Lea todos los periódicos que
12 G oethe. Torcuato Tasso, acto II, escena I.
49
4
quiera, se convencerá de que no
se deja, y eso que
Ja cen sura no impide a nadie
que deje, de entonar himnos por nues tra
libertad y felicidad
nacional; y vaya
después a decir
a un inglés, a un francés o,
incluso, a un holandés que no
tra ta de un asunto nuestro que no es nuestro
carácter.
El espíritu alemán, al menos en sus m
anifestaciones, es pacato, y no tiene
ningún escrúpulo en afirm
ar que
si no se m anifiesta diversam ente, ía culpa es
sólo de su naturaleza pa cata. O ¿es que acaso usted cree que puede estim ar
su exis tencia privada, sus m éritos
silenciosos, sus inéditos discur sos
convivales, sus rabias contenidas, hasta el punto de pensar que la vergüenza de
su actitud actual podrá algún día ser lavada por la dignidad de su futuro? ¡Oh,
el futuro alemán!
¿Dónde fue a caer su sim iente? ¿Acaso en la
vergonzosa his toria que hasta ahora hemos vivido? ¿O quizá en la desespe
ración de los que tienen el concepto de libertad y dignidad histórica? ¿O en el
desprecio que los
pueblos extranjeros dem uestran
por nosotros y que resulta m ás y m ás punzante cuanto m ejor nos consideran. Efectivam ente, esos
pueblos no pueden ni siquiera im
aginar el grado de obtusidad y co rrupción
política al que
hemos; llegado. Le
bastará con leer el Times, a propósito de la censura de
prensa en Prusia. Es cuche cómo hablan los hom bres libres, lea
cuánta dignidad nos atribuyen
ahora, a nosotros que no tenemos en absoluto dignidad, y compadézcase de
Prusia, compadézcase de Ale mania. Ya sé que yo tam bién estoy incluido: no
piense que pretendo sustraerm e a
la vergüenza general.
Repróchem e si no actúo m ejor que los demás, incítem e a suscitar con
el principio nuevo úna nueva época y a ser un escritor al que seguirá un siglo
Ubre, háblem e con aspereza; estoy
resignado. N uestro pueblo carece de futuro: ¿Qué im porta entonces
nuestra fama?
M. a R.
Colonia, mayo de 1843
Su carta, queridísim o amigo, es una
buena elegía, un can to fúnebre que quita la repiración; pero
desde el punto de vista político no es absolutam ente nada. Ningún pueblo
deses pera-y aunque se vea
obligado a esperar por obtusidad, llega rá un día, después de m uchos años, que en un
alarde de repentina inteligencia,
llevará a cabo sus m ás elevados deseos,
50
L
Sin embargo, me ha contagiado usted;
su razonam iento fes? -.’, tá sin
acabar; quisiera acabarlo
yo, y cuando
esté completó/- 7 m ente term
inado, tiéndam e su m ano para volver a empezar
de nuevo. Deje que los m uertos entierren y lloren
a sus pro pios m uertos.
Sin embargo, es
envidiable ser los
prim eros en acceder vivos a la
nueva vida; ese tiene que ser nuestro destino.
Es cierto, el viejo m undo pertenece a los
filisteos. Pero
no por eso tenem os que tra tarlo como un viejo
espantapája ros ante el cual se huye atem orizado. Por el contrario,
tene mos que m irarle fijamente a los ojos. Merece la pena estudiar
este dueño -del m undo.
Indudablem ente es señor del m undo sólo en cuanto lo
puebla con su sociedad, al m odo de los gusanos
de un cadá ver. Por lo tanto, la
sociedad de estos
señores necesita sólo de un conjunto de
esclavos, y los
propietarios de esclavos no tienen ninguna necesidad de
ser libres. Aunque,
por po seer tierras y personas,
se les llama señores, sobre todo en
sentido etimológico, no por eso son m enos filisteos que su gente.
Hom bres, es decir, individuos de genio,
republicanos li bres. Pero en su m ezquindad, rehúsan una y otra cualidad
¿Qué les queda por ser o querer?
[Lo que quieren, vivir y m ultiplicarse (m ás allá,
dice Goe the, no va nadie), tam
bién lo quieren los
anim ales; todo lo más, podría añadir un politicastro alem án
que el hom bre es consciente de quererlo y que
los alem anes son
tan juiciosos que no
quieren nada m á s^ ..................
£Lo prim ero
que habría que
encender en el
pecho de estos individuos
es la consciencia
del hom bre, de
la liber tad. Sólo este sentim
iento, desaparecido del m undo
con los griegos y sublim ado por
el cristianism o en
el aéreo azul
del cielo, puede volver a h
acer de
la sociedad una com unidad : : de hom bres con el m ás alto
de los fines:
un Estado dem ocrá tico. Por el los hom bres que no se sienten tales, se
m ultiplican p ara
su señor, como
una cría de
esclavos a la m anera de caballos. Los señores
hereditarios constituyen el punto focal de toda la sociedad. A ellos les
pertenece es&:j mundo. Y lo tom an como es y como cree ser. Se tom an a sí
mismos por cabeza, y se colocan donde crecieron sus pies, so bre
los hom bros de
estos anim ales políticos
que no tienen m ás
vocación que la de
ser «sometidos, agradecidos am
antes y devotos»?)
51
¿ Un m undo de
filisteos es un
mundo político de
animales, y si tuviésemos
que reconocer su
existencia, no nos
queda ría m ás que rem itirnos sencillamente al status quo. Así ge
nerado y plasm ado el m undo por siglos de barbarie, se nos presenta ahora
como un sistem a
coherente, cuyo principio es el del m undo deshumanizado. El
m undo de filisteos más perfecto, nuestra Alemania, tenía, obviamente, que perm
a necer com pletam ente retrasado con respecto a la Revolución Francesa,
restauradora del hom bre; y el
Aristóteles alem án que a p a
rtir de esto pretendiese elaborar
su política tendría que em pezar diciendo «El hom bre es
un animal social, pero com pletam ente apolítico», pero no podría definir el
Estado más exactam ente que como lo ha hecho el Señor Zópfl,13 autor
del Derecho público
constitucional en Alemania.
Para él, el E stado es una «asociación de familias»,
la cual, añadimos nosotros, p o r herencia y difrute pertenece a la fam ilia
más potente, que suele llam arse
dinastía. Cuanto más
proKñcas se m uestran las fam ilias, tanto más feliz es
la gente, el Es
tado más
grande y la
dinastía más potente;
precisam ente por todo esto, en
Prusia, país típicam ente despótico,
se pre m ia con cincuenta tálers
el nacim iento del séptim o h ijo -3
Los alem anes son realistas tan prudentes que sus
más audaces deseos ,y pensam ientos no van más allá de la
tran quila existencia.[Dicha realidad, y nada más,
aceptan los que la gobiernan. Tam bién ellos son realistas, alejados de toda lógica y de toda grandeza hum ana,
funcionarios típicos y terratenientes; pero no se equivocan, m ejor dicho,
tienen razón: tal y como son se bastan, indudablem ente, para ex plotar y dom
inar este reino de anim ales
porque, aquí como en todas partes, dom inio
y explotación son
la m ism a cosaj| Y cuando se hacen servir m irando
desde arrib a las cabezas bulliciosas de esos seres carentes de cerebro ¿acaso
puede concebirse actitud que les sea m ás conform e que la de Na poleón en
Beresina? Se cuenta que
refiriéndose al bullicio de los que se estaban ahogando, dijo
a sus acom pañantes:
«Voyez ces crapauds/» H Probablem ente la anécdota
no es cierta, sin em bargo es verosím il.|La única teoría del despotis mo es
el desprecio por el hom bre, el hom bre deshumaniza-
n Cfr. Heinrich Zopel , Grewsatze des Allgemeinen
und des Consti- tutionnel Monarchiscken Sí¿iatsrechts m it Rücksicht auf das
gemein- gültige Recht in
Deutschland. Heidelberg, 1841.
Heinrich Mathias Zópfl (1807-1877)
fue un jurista conservador alemán.
u «Mirad esos reptiles».
52
do, y esta
teoría, con respecto
a las demás,
tiene la ventaja de ser al m ism o tiem po una
realidad efectiva. El déspota ve siempre
a los hom bres
a nivel inferior.
Para él, a
sus ojos, el resto de los hom bres
se hunden en el fango de la vida co tidiana, del cual, sin embargo, como
las ranas, siem pre vuel ven a salir. Si esta concepción se im
pone incluso a hom bres que fueron capaces de perseguir
grandes fines, como Napo
león antes de su locura dinástica ¿Cómo va a poder un vul garísimo rey,
en una realidad como ésta, ser id ealista? J
fLa esencia de la m onarquía es el hom bre
envilecido, des preciable, deshumanizado; y M ontesquieu se equivoca com
pletam ente cuando pretende hacernos
creer que esa
esencia es el honor. M ontesquieu intenta aclarar la cuestión distin
guiendo entre m onarquía, despotism o y
tiranía. Pero no se
trata más que de diferentes denominaciones de un único
.concepto, o todo lo m ás
indican una diferencia
m oral en el ám bito del mismo principió^A llí donde el
principio m onár quico es mayoría,
los hom bres están
en minoría, allí
donde ni siquiera se discute, no
hay hom bres. ¿Por qué razón un hom bre como el rey de Prusía, que
no tiene ningún
motivo para ser problem ático, no
va a actuar
sencillam ente según su hum or?
Actuando así ¿qué sucede? ¿decisiones
contra dictorias? pues bien, no pasa
absolutam ente nada. ¿Tenden cias inconscientes? Dichas
tendencias constituyen siem pre la única realidad política. ¿Posturas
embarazosas y ridiculas? [Sólo hay
una cosa ridicula
y embarazosa: b ajar del
trono. M ientras el capricho sigue en
su sitio tiene
todas las razo
nes. Por muy voluble, obtuso
y despreciable que
sea, siem pre es lo suficientem
ente capaz como para
gobernar un pue blo que no ha
conocido más leyes
que el arbitrio
de sus re yes. No digo que un sistem a
obtuso y la
pérdida de pres
tigio, tanto en el in terior como en
el extranjero, vayan a que dar sin consecuencias, no asum o la
responsabilidad de la nave de los locos; sino que afirm o lo
siguiente: el rey
de Pru sia -continuará
siendo un hom bre
de s¡u tiempo,
hasta que este m undo al revés
sea un m undo real.J
Usted
sabe que me
ocupe m ucho de
este hom bre. Inclu
so cuando contaba sólo con la
Hoja política semanal de Ber lín !5
reconocía ya su
valor y su misión.
Con el juram ento de
!S Berliner
politisches Wochenbtatt, semanario
editado en Berlín con
el apoyo del
príncipe heredero, más
tarde rey de
Prusía, Federi co Guillermo IV,
cuya redacción estuvo
a cargo, entre
otros, de Lud wig von Haller y Heinrich Leo.
53
Kónisberg justificó mi previsión de que todo
acabaría con virtiéndose en un asunto
puram ente personal. Proclamó
que su corazón y sus sentim ientos form arían la futura
consti tución de los dominios prusianos,
de su Estado;
y,{efectiva m ente, en Prusia, el rey es el sistema. Es la única persona política. Su personalidad determ ina
el sistem a. Lo
que hace o lo que se
deja hacer, lo que piensa
o lo que
dice, es lo que
el E stado hace o piensa en Prusia^D e modo que el hecho de haberlo declarado
con tanta franqueza es
un m érito a
apun ta r en el haber del actual rey de Prusia.
D urante mucho tiempo hemos estado equivocados con
respecto a una cosa: en creer que los deseos e intenciones expresadas por' el
rey tuviesen alguna im portancia. Por el contrario, no cam biaban n a d a :|e l
m aterial de la m onarquía es el filisteo, y el m onarca
siem pre será rey
de los filisteos; no puede liberarse a sí mismo ni a
su gente, no puede con vertirlos en hom bres reales, m ientras am bas partes
sigan siendo lo que son§¡.
El rey de Prusia intentó variar el sistem a con una
con cepción efectivam ente diversa de la de
su padre. Todos
sa bem os la suerte de
dicho intento: fracasó
de arrib a a aba
jo. Es natural.{M ientras se actúe en el ám bito del m undo po lítico de los
anim ales no se pueden dar reacciones más que dentro de sus
lím ites, y no
existe progreso de
ninguna cla se si no se abandona
el elem ento básico, y se pasa al m
undo hum ano de la dem ocracia^ El viejo rey no
quería nada ex travagante. E ra un filisteo sin ninguna exigencia espiritual. Sabía perfectam ente que un
Estado de siervos y el corres pondiente gobierno no necesitan m ás que una
existencia pro saica y tranquila.(E l joven rey era más despierto y más vivo,
tenía un concepto bastante m ás amplio de la om nipotencia del m onarca, cuya
única lim itación reside en su mismo cora zón e intelecto. El viejo y
decrépito Estado de siervos y esclavos le repugnaba. Quería infundirle
vitalidad, penetrán dolo com pletam ente de sus deseos, sentim ientos y
pensamien- tos.^Y de haberlo logrado, podía perfectam ente haberlo pre tendido
en su Estado. De ahí sus discursos y sus desahogos liberales. yLo que iba a
gobernar a los súbditos
no era la
ári da ley, sino
el ardiente y
vivo corazón del
rey.^Preten- día poner en m archa todos los corazones
y todos los
espíri tus para la realización de sus más recónditos deseos y sus
perfectam ente ponderados
proyectos. A todo
lo cual suce dió cierta anim ación; pero el resto de
los corazones no la-
54
lían al compás del suyo y los que estaban en e]
poder no abrían la boca, a no ser para
deplorar la supresión
del anti guo señorxo.jLos idealistas,
cuya pretensión era la
de hacer un hom bre
del hom bre, captaron
al vuelo las
palabras, y m ientras el rey fantaseaba
en antiguo alemán,
los idealis tas pensaron que
podrían filosofar en alem án m oderno^Indu- dablem ente, p ara Prusia, eso era
inaudito. ’:P or un m omento el viejo orden pareció invertido,
además hasta las cosas em pezaron a convertirse en hom bres, existieron,
incluso, hom bres con nom bre propio,
aunque en las Dietas no se
perm i tiera la apelación nom inal.^Pero enseguida los siervos del
antiguo despotism o pusieron fin a
esa actividad antialem a na. ¡No fue difícil provocar un
conflicto entre los deseos del
rey, pleno de nostalgia de un
pasado de curas, caballe ros y siervos de
la gleba, y
la concepción idealista,
que era un producto de la
Revolución Francesa, p o r consiguiente, esencialm ente republicana y a favor
de un ordenam iento de hom bres libres
en lugar de una jerarq u ía de cosas
muer- tas^C uando el conflicto fue lo suficientem ente agudo y desa
gradable y el colérico rey estuvo
lo suficientem ente alarm a do, se le presentaron aquellos
siervos que tan fácilm ente habían guiado antes el curso de
las cosas y le
dijeron que no era oportuno llevar, a los súbditos a inútiles razonam
ientos y que sería difícil gobernar una prole de hom bres hablantes. Alarmóse
hasta el señor de los rusos posteriores por ef fer m ento en las cabezas de
los rusos anteriores li y exigía el es tablecim iento de la tranquilidad del
antiguo estado.{Be pro dujo entonces
una nueva edición
de la antigua
prohibido: de todos los deseos y pensam ientos del hom bre acerca de los
deberes y derechos hum anos, es decir, la vuelta al antiguo y fosilizado
Estado de los
siervos, en el
cual el Estado
sirve en silencio y el señor de tierras y
personas dom ina en el mo do m ás tácito posible, a través de un
a servidum bre perfec tam ente adiestrada, tranquila y
obediente. Ni unos ni otros pueden decir lo que quieren: unos aspiran a convertirse
en hom bres, otros niegan la posibilidad de la existencia de los
hom bres en el país'^De form a que el silencio es la única posibilidad de
salida; Muta pécora, prona et ventri
oboeáien- tia.
En esto consiste el infeliz intento de elevar el
Estado de
14 Marx
llama irónicamente a los prusianos borusos, «rusos ante riores»
(Vorderrussen), y a
Nicolás I, zar de
Rusia, «señor de
los rusos posteriores» (Hinterrussen ).
55
las filisteos en el
ám bito de su m
ism a esencia: fel resultado es que el despotism o de todos ha
puesto en evidencia la ne cesidad de la violencia y la im posibilidad de actu ar
hum a nam ente. Una relación
brutal sólo puede m antenerse con la brutalidad^
Y así acabo con nuestra común tarea, o sea, con el
análi
sis del filisteo y de su Estado. No dirá ahora
que tengo ex cesiva confianza en el presente;
y si, sin
embargo, no dudo de él, se debe, exclusivamente a que su
desesperada situación me colma de
esperanza. No hablo, en absoluto de la
incapa cidad de los señores y de la indolencia de los siervos y los
súbditos, los cuales dejan que todo ocurra como ocurre, aun cuando am bas cosas
ju n tas bastarían para provocar una ca tástrofe. Llamo su atención sobre el
hecho de
que los ene migos del filisteísmo, es decir
todos los que
piensan y su fren, están de acuerdo en que en el pasado
íes faltaban medios; y que, incluso,
el sistem a pasivo de
reproducción de los antiguos súbditos
increm enta sus filas
de día en día
con nuevos reclutas al servicio
de la nueva
humanidad.TPoro el sistem a de
la industria y
del comercio, de
la propiecfad y la explotación del
hom bre conduce, más
aún que el
incre m ento de la población, en
el interior de la sociedad contem poránea, a una fractura que el
viejo sistem a no
puede sa nar, porque dicho
sistem a no sana ni crea, sino sólo existe y disfruta. La existencia
de la hum anidad
doliente que piensa y la de la hum anidad pensante oprim ida,
tiene, necesaria m ente, que llegar a
convertirse en insoportable
e indigeri ble para
el •m undo anim al de los filisteos
que goza pasiva y obtusam ente^ Por nuestra parte,
tenem os que poner en evidencia el viejo m undo y crear positivam ente el
nuevo. Cuanto más tiem po dejen los acontecim ientos p ara que la hum anidad
que piensa reflexione y a la hum
anidad que sufre se. una, tanto ítrás
perfecto será el fruto
que el m undo
lleva en su regazo.
B. a R.
Peterinsel, a orillas del lago Bienne, mayo, 1843
N uestro amigo M. me ha inform ado de su carta
desde Berlín. Parece usted m uy pesim ista
con respecto al
futuro de Alemania.'[Usted ve sólo la
familia y al
filisteo encerrado en sus cuatro
paredes con todos sus deseos y pensam ientos,
56
y se
resistg; a creer
en la prim avera,
que le obligará
a salir al exteriocJ Por
lo m enos usted,
querido amigo, no
pierda la fe. Piense que yo, el ruso, el bárbaro, no la abandono, no
abandono Alemania; y usted, que está incorporado a su m ar cha, usted que hs í/ivido sus comienzos
y se sorprende de su impulso ¿ pretende ahora reducir a la im potencia esas
mis mas ideas en las que antes había
depositado toda su confian za, cuando su fuerza todavía no se
había visto puesta
a prue- ba? -Oh7 desde luego adm
ito que queda lejos el 1789 alemán.]
¿Cuándo han dejado de retrasarse siglos los
alemanes? Pero
eso no justifica ponerse m ano sobre
mano, ni la desespera ción inútil. Si hom
bres como usted
han dejado de
creer en el futuro de
Alemania, si ya
no quieren trab a ja r en función de ese futuro ¿quién
va a creer entonces? ¿quién va a actuar? Escribo esta carta desde la rusoniana
isla de
Bienne.jjLJsted sabe que yo no vivo de
fantasías y palabras; pero
me recorre los huesos un tem blor
cuando pienso en haber venido pre cisam ente hoy, m ientras le
escribo sobre todo esto'.j Estoy com pletam ente seguro
de que
mi fe en la victoria
de la hu m anidad sobre fanáticos y tiranos es la
misma fe que supo infundir el gran exilado en millones de
corazones, la m ism a que se trajo
aquí consigo. Rousseau
y Voltaire, aquellos
in m ortales, vuelven a ser
jóvenes; y celebran
su resurrección en las m entes
más lúcidas de Alemania. j'ÉI m undo
de hoy vuelve a tem blar
ante el
gran entusiasmó" por el
H um anis mo y el Estado, cuya esencia,
en definitiva, es
realm ente el hom bre, frente
al odio ardiente contra fanáticos religiosos y su insolente corrupción de toda
grandeza y verdad humana.^ Una vez más, la filosofía efercerá la función que
tan glorio samente ejerció en Francia; y en su dem érito no habla pre cisam ente el hecho de que su potencia
y el eventual
miedo que inspire, resulten antes
evidentes para sus
enemigos que p ara sí m ism a.
jJLa filosofía es ingenua, no espera luchas ni
persecuciones, porque sostiene la racionalidad de todos los hom bres y a la
razón se dirige, como su am a y señora. Resulta perfectam en te
lógico que nuestros adversarios, los cuales tienen la desfa chatez de
declarar: nosotros somos
irracionales y así
que rem os seguir, hayan empezado, prácticam ente, la lucha y el asalto
a la razón con m edidas
irracionales. Tal situación
de m uestra, exclusivamente, la superioridad de la filosofía^Ese gritar
contra ella lo único que dem uestra es su victoria^ Vol taire dijo; «Votis,
petits hommes, revétus d ’iin petit emploi,
57
qui vous donne une petit duíoriié dans un
petit pays, vous criez contre la philosophie? N osotros vivimos ahora en Ale
m ania el siglo de Rousseau y Voltaire, y «aquellos de entre nosotros que
son lo
bastante jóvenes como
para poder go zar de los frutos de nuestro trabajo,
vivirán una gran revo lución y un tiem
po en que valdrá la pena haber nacido». No sotros podem os repetir con
Voltaire estas palabras,
sin te m or de que las ultim as
resulten menos confirm adas por la historia que las prim eras.
jXos franceses, todavía hoy, siguen siendo
nuestros m aes tros. Políticam ente nos
llevan una ventaja
de siglos. ¡Cuán tas cosas se
deducen de todo
esto Esa poderosa literatura, esa
poesía vital y ese arte creador, esa educación y espiri tualización de todo el
pueblo, relaciones todas que nosotros apenas si conocemos de lejos. Tenemos que
recuperar el tiem po perdido, tenem os
que cortar de raíz nuestra soberbia me tafísica que no ilum ina ni calienta el
m undo, tenemos que aprender, tra b a ja r día y noche para llegar a vivir como
hom bres, para ser y hacer a los demás libres; repetiré siem pre, apoderarnos
de la época con nuestro pensam iento. £Á1 pen sador y al poeta les
es dado anticipar
el futuro y
edificar un m undo nuevo de libertad y belleza racim a de la pútrida
y caótica disolución que nos circunda.^
Ante todo esto, usted, iniciado en el m isterio
de las fuer zas eternas que el tiempo regenerará en
su regazo pretende sum irse en la desesperación. Cuando usted desespera
de Ale m ania, no se
desespera sólo de
sí mismo, usted
renuncia a la fuerza de la
verdad, verdad por la que se
esfuerza. Pocos hom bres son
tan nobles como para
dedicarse com pletam ente y sin reservas a te je r y edificar la
verdad liberadora, pocos saben infundir a sus contem
poráneos ese im pulso
de cora zón y m ente; pero el
que una vez ha sabido ser boca de la verdad y ceñir el m undo con las notas
argentinas de su voz, posee una garantía
de la victoria de su causa, garantía que otros no pueden obtener
más que con
tanto éxito como traba io.
una vez, estoy de acuerdo, con nuestro pasado.
Hemos sido derrotados, y
si bien es
cierto que sólo la fuerza b ru ta ha obstaculizado el camino
del pen sam iento y la poesía, esa
m ism a brutalidad hubiera resulta do im posible de no haber vivido
aislados en el cielo de la eru dición teórica, si hubiésem os tenido al
pueblo de nuestra parte?) N osotros no le enfrentam os
con su causa. Todo lo
58
contrario que los
franceses. De haber sido posible, hasta sus mismos libertadores se
hubieran visto arrollados.
Yo sé que usted ama a los franceses, que siente su
supe rioridad. A tan fuerte voluntad, p o r tan noble causa, eso le
basta para em ularlos y alcanzarlos. ¡Qué sentimiento! ¡Qué indecible beatitud en ese anhelo y esa
potencia! ¡Cómo le en vidio en su
trabajo, m ejor dicho,
en su ira,
puesto que ese es tam bién el sentim iento de
todos los espíritus
nobles de su pueblo! ¡Si yo
pudiera tra b a ja r con
vosotros! f¡Mi san gre y mi existencia por su liberación!)
Créame cuando le digo que acabará alzándose y alcanzando la
luz del sol de
la his toria hum ana. La
vergüenza de los alemanes, la de consti
tuirse siem pre en los m ejores siervos de todas las tiranías, dejará algún día
de ser m otivo de
su orgullo. Usted reprocha a este
pueblo su falta
de libertad, de tratarse
únicam ente de un pueblo de particulares. Pero lo que usted dice es
lo que e§: ¿Cómo quiere dem ostrar lo que será?
¿Acaso Francia no se encontraba
en idénticas condicio nes? Y, sin em bargo, [toda Francia
ha llegado a ser rápida m ente patrim onio
de lo d o s y sus
hijos hom bres políticos. A nosotros no nos es lícito
abandonar la causa
del p u eb la aun cuando el m ism
o pueblo sea el prim ero en abandonarla^ Reniegan de nosotros, esos filisteos,
nos persiguen; con m
a yor entrega sus hijos acabarán dedicándose a
nuestra causa. Sus padres
intentaron m atar la libertad:
ellos, sin embargo, irán a m orir p o r esa m ism a
libertad.
¿Qué ventajas tenem os sobre los hom bres del siglo
xvm ? Aquellos hom bres hablaban en una época desolada; nosotros tenem os a n u
estra vista, vivo el resultado de sus ideas; po demos, prácticam ente,
ponernos en contacto con ellos. Vamos a Francia, ponem os los pies al
otro lado del Rhin y
de golpe nos encontram os en medio de
aquellos elem entos nuevos
que, en Alemania, todavía ni siquiera han nacido.|L a difu sión del
pensam iento político en todos los estratos ae la so ciedad, la energía del
pensam iento y de la palabra irrum pien
do en las m entes excelsas sólo porque en cada una de las palpitantes palabras
se siente el peso de todo un
pueblo, de todo ello nosotros,
hoy, podem os tener una visión rea O U n
viaje a Francia, una estancia prolongada en París, nos resul taría altam ente beneficiosa.
La
teoría alem ana tiene
bien m erecido el
haberse preci
pitado
desde su firm am ento,
como le está
pasando ahora, m ientras burdos
teólogos y terratenientes imbéciles
la sacu-
59
den por las orejas
como a un
perro de caza y
la señalan con el dedo el camino a recorrer. No le
vendrá mal si en
la caída sana de su soberbia. De
ella sólo depende el que asimile o
no esta
enseñanza: que perm aneciendo en
las vetas oscuras y solitarias, la teoría está perdida,
m ientras que en el corazón del pueblo se
encuentra al reparo.
¿Quién se gana
al pue blo, nosotros o
vosotros? Así gritan
los oscuros eunucos
a los filósofos. ¡Oh, la
vergüenza de un hecho como ese! Pero tam bién el respeto y el honor a los héroes,
que ahora comba ten victoriosam
ente por la causa de la hum anidad.
Aquí, precisam ente aquí, empezó la batalla, y es
tanta la grandeza de nuestra causa que nosotros pequeños hom bres dispersos y
paralizados, con nuestro desnudo grito de guerra aterrorizam os a sus m
ultitudes, ¡Arriba, adelante! Yo, el Es
cita, quiero fundir vuestros grilletes, [alemanes que preten
déis llegar a ser griegos^M andadm e vuestras obras. Las
haré im prim ir en la isla
de Rousseau y
una vez más
escribiré en el cielo de la
historia con letras de fuego: ¡Muerte a
los Persas!
R. a B.
Dresde, junio J843
Acabo de recibir su carta; pero su contenido no enveje ce tan aprisa» Usted
tiene razón. Es cierto, nosotros los ale manes estam os todavía tan retrasados
que lo prim ero que tenemos que hacer es volver a crear una
literatura hum ana para
conquistar teóricam ente el m undo, p a ra proporcionarle ideas de acuerdo con
las cuales poder actuar. Quizás hasta po damos iniciar una publicación común
en Francia, con los franceses. A este respecto quiero establecer una correspon
dencia con m is amigos. Por lo demás, creo que no tiene ra zones para tom arse tan a
pecho mi desconfianza
de Berlín. Los demás se
encuentran m ucho más
satisfechos, y basta que el prim er berlinés, el rey,
satisfaga un solo
deseo para que resulte
equilibrado todo un m undo pleno
de m alhumor. No vaya a pensarse
que desconozco esos difusos deseos. Por ejemplo, el cristianism o es, por
decir de alguna
m anera, todo. Ahora acaba de ser
restaurado. El Estado
es cristiano, un auténtico
convento, el rey es m uy cristiano y los funcio narios reales son los más
cristianos de todos. Estoy de acu
er do, esta gente es pía sólo porque no
tiene suficiente con una
60
sola servidum bre. ÁI terreno servicio de la corte
tienen que añadir tam bién el celeste.
La servidum bre no
tiene que li m itarse a ser m
ansión, sino que debe
ser tam bién concien cia. Y, del m
ism o modo que
los salvajes norteam ericanos que se castigan a sí mismos,
azotándose, los pecados,
confío en que los pueblos querrán aplicar una vez más idéntico procedim
iento para esos perros del cielo. Pero, por ahora
¿Quién no encuentra que, en el reino de Dios, todo
m archa estupendam ente? De no h ab er pensado que un desengañado mal hum or es m ejor que una
satisfacción desilusionada, in dudablem ente, hubiera participado en la
alegría general. Usted me dirá que me hubiera resultado beneficiosa
la lectu ra del Eulenspiegel,”
el cual cuando iba
cuesta abajo se po
nía de mal hum or pensando en la cuesta arrib a que le espe raba; los berlineses tam bién lo
han leído, y
lo siguen leyen do a la p a r que su historia,
pero sin provecho
alguno. De modo que siguen siendo
de la opinión de que todas sus eulens- piegelerías son hallazgos interesantes,
frases brillantes. Has ta su cristianism o les interesa sólo
como una cosa graciosa, como una locución genial. Resulta
lúbrico profesar todas las locuras de la superstición y, al mismo tiem po,
endosar una túnica sagrada; lúbrico sentirse apostrofar con
el estilo del Im perio Sacro.
Romano «lo prim ero saludos y apretón de manos» o, cuando menos,
chocante, en esta
época irreligio sa, fechar en
cualquier día sagrado, dado que no
es posible fechar tam bién en
lugar sagrado, como
San Juan de
Letrán o el Vaticano, prom ulgar desde el castillo
del impío Fede rico/ 8 la Bula para la reconstitución
de las Herm anas de la Caridad o p a ra
la fundación de
la Capilla de San
Adalberto.
Pero no quiero correr el riesgo de hab.itar en el
desierto ni siquiera con la fantasía.
Adiós, Berlín. Prefiero
Dresde. Allí todo se h a conseguido, allí se goza de todo aquello que Prusia, a pesar de su hum orism o
oficial, no logra
conquis tar. Los «órdenes»,
las corporaciones, las
viejas leyes, el m undo religioso junto al laico, el
prelado católico en
la sala de los consejeros de
Estado, los pantalones cortos y
las me dias negras, incluso para
el clero luterano, la diferencia o di ferencias en tre los consuelos
religiosos y la potencia del Consistorio en tales circunstancias, las fiestas
dominicales y la m ulta
de 16 gross
y 5 tálers
para quien profane
la fies
17 Till
Eulespiege!, héroe popular
germano-holandés de los
si glos x i i i y xiv: existen, numerosas narraciones de su vida.
!S Federico II, rey de Prusia.
61
ta realizando
algún trabajo pesado,
una sociedad protecto
ra de anim ales pero ninguna para la protección de los ba rrenderos ni
para las criaturas abandonadas; no, para ser jus tos, no hay
que olvidar aquel
ferviente cristiano que se
to m aba en serio las doctrinas hum anistas e intentaba, con m e dios
relativam ente ingeniosos, abolir en parte
los m alos tra tos para los niños pobres, fracasando no
por su propia in capacidad, sino por la excelencia de
lo que ya
existía. Sajo rna lleva en su
regazo, rejuvenecido, todo el esplendor del pasado; hace mucho tiem po que
nadie se ocupa de este filón de la antigua jurisprudencia y teología, este
Im perio Sacro Rom ano en
miniature, en el que los diferentes oficios
y las cargas adm inistrativas
comunales van a declararse inm edia tam
ente independientes las unas de las otras, y cuya univer sidad de Lepzig hace
ya tiempo que se independizó de la le
vísima agitación cultural
de la vasta,
desolada Alemania, p o r no hablar ya de Europa. Con todo lo cual, en
absoluto pretendo decir que la nación sajona no haga ningún progreso. Voy a
contarle una historia.
Por no ser buenos cristianos, los hebreos no gozan
de ninguna de las libertades de las que disfruta, sin embargo, el resto del
pueblo sajón, carecen de derechos
civiles y no
pueden hacer algunas
de las cosas que les están perm itidas a los
bautizados. La terraza B rühl antes era el jardín Brühl. Junto al puente, donde se alza aho ra
la escalinata había, delimitándolo, una altísim a m uralla, por la o tra parte
estaba cerrado. Había días en los que el centinela no dejaba
pasar a nadie,
pero, en cualquier
caso, el paso estaba siem pre prohibido a los
perros y a los
judíos. Un día llegó la m
ujer de
un general con
un perro en
brazos y, a causa del perro, fue obligada por el centinela a retirarse.
Indignada, la señora fue a lam entarse al general, y salió en tonces una orden
p or la que se suprim ía la consigna del cen tinela con respecto a los perros.
Desdé entonces, los
perros iban de vez en cuando al jardín Brühl; ¿y los judíos? No, todavía
no. Entonces los hebreos
protestaron exigiendo que se les equiparase a los perros. El
general estaba en un gran aprieto. ¿Debía, acaso, desdecirse de su orden, cuyas revo lucionarias consecuencias
no había previsto? La m u je r re clam aba justicia para su perro y para los
perros de sus amigas.
El derecho había
sido ya adquirido
y los hebreos, el general lo sabía perfectam ente,
gritarían con toda
la fuer za de sus pulmones, si,
en el siglo xix no se les hubiera con
cedido un privilegio del que disfrutaban incluso los perros.
62
De form a que
el general, bajo
su exclusiva responsabilidad, se decidió a adm
itir tam bién a los
judíos en el jardín
Brühl, a menos que dicho jard ín no estuviera cerrado a causa de la
presencia de la corte. La indignación fue grandísim a, pero el general no
modificó su decisión. Después llegaron los rusos. Su gobernador, el general
Repnin/ 9no encontró Corte alguna, Indudablem ente pensó que ya no habría más
cortes y tran s form ó el Jardín Brühl en la terraza B rühl con la gran escali nata, de libre acceso que hay hoy.
La cosa indignó
a todo sajón de bien y si los rusos no hubieran sido
tan popula res como los sajones hubiese estallado una revolución. El pueblo, por el contrario, se m ostró
entusiasta del cambio, llegando, incluso, a m atar los nobles faisanes del
jardín, complaciéndose enorm em ente en el hecho de que los rusos hubieran
abierto a los hom bres aquel paseo en otro tiem po reservado a los faisanes.
Pero uno de
estos sajones, el sa
jón m ás de bien de todos ellos, un
consejero del príncipe todavía con
vida, nunca perdonó
a los rusos
su inoportuna y frenética
m anía de hacer
innovaciones. No reconoció
ni la terraza Brühl ni el gran jardín; nunca sube ni baja la
«escalinata rusa», y pasa siem pre por
la legítima puertecita del antiguo « jardín Brühl», nunca
lleva consigo perros
ni judíos y, del paseo
donde circulaban los
faisanes, no reco rre más que la avenida central, que tam
bién en aquellos buenos tiem pos de ¡estaba
abierto al público excepción hecha del período de incubación.
Indudablem ente, este cristiano
conservador es razona ble, y si todos los alem anes fuesen
sajones de bien, o si no hubiera rusos que, de vez en cuando, vienen a
inaugurar sus paseos, o franceses que
en Jena les
cortan la coleta
o, final m ente, ni siquiera
prusianos con su relativa m anía de inno vaciones en la cabeza de sus reales
paganos y cristianos, en ninguna o tra parte del m undo se viviría tan
tranquilam ente como en Dresde. Por el
contrario, tal y
coríio están las
co sas, nu estra patria sajona,
con toda su pom pa interior, siem pre tiene que tem er grandes convulsiones
del exterior.
El m undo es perfecto
allí donde no llega el hombre con su torm ento.20
19 N ik
o la í G r ig o r y e v ic h R epnin~W olans.ky.
20 S c h
i l l e r , D ie B r a u t v o n M e s s in a , a c to IV , e s c e n a V IL
63
F .aR .
Bruckberg, junio de 1843
Las cartas y proyectos literarios que
me ha comunicado me hacen recapacitar.
Mí soledad necesita
de estas cosas. No olvide repetir estos envíos. La degeneración de los
Anales alemanes me recuerda a la de Polonia. En el estancam iento general de
una vida popular corrom pida, los esfuerzos
de unos pocos han sido com pletam ente inútiles.
En Alemania
no recogeremos los
frutos tan pronto. En su base, desde la m ism a raíz,
ya está todo
podrido de una u otra manera. Necesitam os hom bres
nuevos. Pero ahora no van a salir de
las selvas y los pantanos
como en el
tiempo de las m igraciones de los
pueblos; nosotros mismo los ten drem os que generar. Y la nueva estirpe
llegará al mundo nuevo a través del pensam iento
y de la
poesía. Un gigantes co trabajo de todas las fuerzas
unidas. Hay que rom per definitivam ente
los lazos con
el Antiguo Régimen,
Nuevo am or, nueva vida, dice Goethe; nuevas ideas, vida nueva, de
cimos nosotros.
La
cabeza no siem pre
da lo m ejor; es
lo más inestable y al mismo tiempo lo más lento. Lo
nuevo germ ina de la ca beza, pero tam bién a la cabeza es
donde se aferra
por más tiem po lo viejo.
Manos y pies
se abandonan alegrem ente
a la cabeza. Por lo tanto habrá,
prim eram ente, que tenerla lim pia y purgada. La cabeza representa
lo teórico, al
filóso fo. Y lo que tiene
que hacer es
soportar el áspero
yugo de la práctica, al que
la hemos
atado, aprendiendo a m
orar hu m anam ente en este m undo sobre las
espaldas de los
hom bres activos. Se tra tá sólo de un m odo diferente de vivir.
¿Qué es teoría? ¿Qué es práctica? ¿ En qué se
diferencian? Teórico es lo
que todavía se lim
ita a
mi cabeza; práctico lo que aparece en las cabezas
de muchos. Lo
que une mu chas cabezas hace masa, se dilata y se
abre paso en el m
un do. La posibilidad de crear un
órgano nuevo para el nuevo principio es un intento que no estam os dejando de
lado.
R. a M.
París, agosto, 1843
El nuevo Anacarsis y el nuevo filósofo
me han convenci do. Es cierto, Polonia se ha derrum
bado, pero Polonia to
64
davía no se ha perdido, eso es
lo que no
deja de oírse
entre las ruinas, y si Polonia quisiese sacar enseñanzas
de su des tino, echándose en brazos de la razón
de la
democracia, deja ría, inm ediatam ente, de ser Polonia y,
entonces, sin duda,
se la podría salvar. «Nueva doctrina, vida nueva»
¡Desde luego! Del m ism o modo
que la fe católica y
la libertad aristocrática no salvan Polonia, la filosofía
teológica y la ciencia aristocrá tica nunca pueden proporcionarnos
la libertad. Lá única for ma de proceder con nuestro pasado es rom per,
clara y deci didam ente con él. Los Anales perecieron. La filosofía
de He- gel pertenece al
pasado. Lo que
querem os fundar en
París es un órgano con el
que juzgar escueta pero
inexorablem en te a nosotros mismos y a
la m ism a Alemania. Esto es
lo úni co que puede constituir una regeneración
real, un principio nuevo, una nueva tom a de postura, una liberación
de la b u r da esencia del nacionalism o y un claro
contragolpe a la b ru tal reacción de caóticos m itos populares que
con el tirano Napoleón engulleron, incluso, el hum anism o de la Revo lución Francesa. Filosofía y
nacionalism o burdo ¿Cómo po dían conjugarse am bas cosas,
aún en los
mismos encabeza m ientos de los
periódicos? Una vez m ás la
Confederación germ ánica ha prohibido, y con razón, el renacim iento de
los Anales alemanes; n la Confederación nos grita: ¡Ni hablar de restauración!
¡Qué razonable se ha vuelto
ahora! Tenemos que escoger algo
nuevo, sí todavía tenem os intenciones
de hacer algo. Yo me encargaré del aspecto comercial
del asun to. Contamos con usted. Escríbam e qué le
parece el adjunto pian del nuevo periódico.
M. a R.
Kreuznach, septiembre, 1843
Qvie conforta verle tan decidido
y m e alegra
el que, de la
m irada retrospectiva haya pasado usted a proyectar su pen sam iento hacía adelante, hacia una
nueva em presa.2^ Por lo
21 Los Deutsche
Jahrbucher f i’tr Wissenschaft und
Kunst (anales alemanes de
ciencia y arte)
fueron editados en
Leipzig en julio
de 1841, bajo la dirección de Arnold Ruge. Anteriormente se habían
pu blicado en Halle con el título de Hallische JahrbücHer für deutsche
Wissenschaft und Kunst
(Anales de Halle
para la ciencia
y el arte.) En enero de 1843, los
Anales alemanes fueron
prohibidos por el
gobier- no sajón; a través de un decreto
del Parlamento confedera!
de Frank- furt, la resolución fue inmediatamente
extendida a todo el territorio alemán.
2 Marx alude aquí
al plan de
edición de los
Anales franco-alema nes
elaborado por Ruge.
65
5
tanto, en París,
antiguo ateneo filosófico ¡absit ornen/ y nueva capital del m
undo nuevo. Lo
ineluctable se consuma. 0 e ahí que no dude en la
posibilidad de rem over y su p erar
todos los obstáculos, cuya gravedad, desde luego, no se me escapa.
La em presa puede o no puede tener éxito. ^En cualquier caso, a final de mes, estaré en
París, porque el aire que res piram os
en Alemania nos
esclaviza y m e
resulta com pleta m ente im
posible desarrollar una actividad libreé
,; En Alemania todo lo sofocan a
base de violencia^ reina una auténtica anarquía
espiritual, el régim en de la idiotez misma; y Zurich obedece las órdenes de B
erlín .23 Consiguien tem ente, cada vez está m ás claro que hay que buscar
otro centro de reunión
para las m entes
realm ente trabajadoras e
independientes. Estoy convencido de que
nuestro proyecto se corresponde a
una exigencia real, y las exigencias
reales tienen que satisfacerse en la
realidad. Por lo
tanto no dudo de la em presa con tal de que se lleve
adelante en serio.
Las dificultades internas representan, casi,
obstáculos m ás serios que las externas. Efectivam ente, siendo cierto el
acuer do con respecto al «desde dónde», no ocurre otro tanto en
relación con el «hacia dónde». Cada uno
tendrá que confesar se a sí mismo que no sólo ha
surgido una general anarquía en tre los reform adores, sino
que ni siquiera
él mismo tiene una idea precisa de lo que hay que
hacer. Por otro
lado, en esto estriba, precisam
ente, la ventaja de la nueva
orienta ción: ^nosotros no
anticipam os dogm áticam ente el m undo, pero a p a rtir de la crítica del
viejo pretendem os deducir el nuevo. H asta ahora, todos los filósofos tenían
preparada, so bre sus cátedras, la solución a cualquier enigma,
y el esoté rico m undo dem ente
no tenía m ás que
alargar el m orro p ara que le vinieran a la boca las palom as asadas de la cien cia absoluta. La filosofía se ha popularizado
y la dem ostra ción más evidente de ese fenómeno
la constitue su im pli cación, no sólo exterior sino tam bién interiorm ente,
en el
23 Se
refiere a las persecuciones realizadas por el jurista Johann
Kaspar Bhmtschli (1808-1881) contra Wilhelm Weitling y los artesanos
comunistas, durante los meses de junio
y julio -ek* .1843,
y al secuestro llevado a cabo por la policía de
Zurioh, siempre por orden de Bluntch-
li, de las obras
recién editadas por
la casa Literarisches
Comptoir: Das entdecke Christentum
(El Cristianismo desvelado),
de Bruno Bauer y los
Einundzwanzig Bogen aus des
Schweiz (Ventiuna hojas desde Suiza) redactados por Georg
Herwegh; Herwegh había sido anteriormente expulsado de la ciudad suiza a
principios de 1843.
66
torm ento m ism o de la lucha) Si la
construcción del futuro y la invención de una fórm ula perennem ente
actual no es obli gación nuestra, tanto más evidente resulta que penem os que
actuar sobre el presente,
a través de
la crítica radical
de todo lo existente ¿ radical en el
sentido de que
la crítica no se
asusta ni frente a los resultados logrados ni frente al con flicto con las fuerzas existentes.
^Esta es la razón por la
que nosotros no
tendríam os que alzar ninguna
bandera dogmática; todo lo contrario.
Tenemos que in tentar acudir en
ayuda de los
dogmáticos, a fin
de que se aclaren a sí m ism
os sus
propios principios. Así,
sobre to do, el comunismo
es una
abstracción dogmática, con
lo cual me refiero, no a
cualquier presunto y eventual
comunismo, sino más bien al comunismo
realm ente existente, tal
y como lo profesan Cabet, Dézamy, W eitling" etc7j[l)icho com unis mo no es m ás una particular m
anifestación del principio hu m anista, contam inado por s u ‘opuesto, el elem
entó privado.]
^Abolición de la propiedad privada y
comunismo, por lo
tan to, no son en absoluto idénticos, y no p o r casualidad, sino
necesariam ente, el comunismo
ha acabado enfrentándose con otras doctrinas
socialistas, como las de Fourier, Proud- hon,31 etc., precisam ente porque
dicho comunismo, con fre cuencia, no era sino una particular puesta en
práctica, uni lateral, del principio socialista.^
j^Todo el principio socialista, a su vez, no es m
ás que uno de los aspectos, el concerniente a la realidad,
de la auténtica esencia hum ana.
Asimismo tenem os que ocuparnos del otro aspecto, de la esencia
teórica del hom bre,
es decir, hacer tam bién objeto de
nuestra crítica la religión
y la ciencia, p o r ejem plo. P or otra parte,
pretendem os influir sobre nues tros contem poráneos^ especialm ente sobre los
alemanes. La cuestión es la siguiente: j^Cómo hacer todo eso? Hay dos he chos
indiscutibles: en prim er lugar la religión, y después la política, polarizan
los intereses de los alem anes contem porá neos. A ellos hem os de rem
itirnos, tal como están, y no con traponerlos a cualquier sistem a, como se
hace, por ejem plo, en^el Voyage en Icarie,26^
[ La razón ha existido siem pre, pero no siem pre
en form a
M
Etierme Cabet (1788-185Ó).
Théodore Dézamy (1803-1850); Wil- he3m Weitling (1808-1871).
35 Charles Fourier (1772-1837); Fierre Joseph
Proudhon (1809-1865).
76 Cfr. Etienne C a b e t, Voyage en
I&arie, París 1842,
2.a Ed., la pri
mera, en un número muy
limitado de ejemplares,
había aparecido en 1840.
racional..i|)e m odo que el crítico puede rem
itirse a cualquier form a de conciencia teórica y práctica, y a p a r tir de
las for mas propias de la
realidad existente, desarrollar
la verda dera realidad en cuanto deber
y objetivo teológico. Por 1q que se refiere a la vida
real, lo que contiene en todas
sus for mas modernas las
instancias de la razón, es precisam ente, el Estado político, aun cuando
todavía no conscientem ente sen sible a las instancias socialistas.
Pero tam poco se lim ita
a eso. Presupone en cualquier caso la realización de
la razón. Pero, tam bién en cualquier
caso, incurre en la contradic ción entre su destino ideal y sus
prem isas reales
!be este conflicto del Estado político consigo mismo,
pue de, consecuentem ente, derivarse la verdad social. Del mismo modo
que la religión es el
índice de las
batallas teóricas de los hom bres, el Estado político lo es
de sus
batallas prácti cas. De m
odo que
el E stado político
expresa, en el
interior de su form a, sub specie republicae, todas las exigencias, las
luchas, las verdades sociales. Por
lo tanto, convertir
eñ ob jeto de crítica el problem
a político más
especializado, p o r ejem plo, la
diferencia entre el sistem a de los
órdenes y el sistem a representativo, no está en
absoluto por debajo de la hauteur des principes. Así, pues, el
crítico no sólo
puede, sino que debe interesarse
por los problem as políticos (que, a decir de los socialistas comunes, son
absolutam ente in- dignos).j£riustrando las ventajas del sistem a
representativo sobre el ae los
órdenes, el crítico
interesa prácticamente a un gran partido. Elevando el sistem a
político de su form a po lítica a una form a
general y poniendo
de relieve su
auténti co y esencial significado,
el crítico obliga,
sim ultáneam ente, a dicho partido a superarse, puesto que su victoria
supone tajpbién su derrota.^
¿De form a que nada nos impide ligar nuestra
crítica a la crítica política, a la
participación política y, consecuente mente, a las luchas políticas, e
identificarlas con ellasj&
sa es la m anera de afrontar el m
undo en
modo no doctrinario;
esa es la m anera de afrontar el mundo con un nuevo
princi pio; ¡Aquí está la
verdad, arrodillaos! A través de los princi
pios mismos del m undo nosotros ilustrarem os el mundo con principios
nuevos. Nunca diremos: «Abandona tu
lucha, es una locura;
nosotros gritarem os la
verdadera consigna de la
lucha». Nos lim itarem os a m ostrarle
la razón efectiva de su combate, porgue la conciencia es una
cosa que tiene que asum ir él mismo."!
68
' La reform a de la conciencia consiste sólo en
hacer cons ciente al m undo de sí
mismo, en reactivarle de su aturdido replegam iento sobre sí, en explicarle
sus propias acciones.!
Al igual que en la crítica de la religión llevada a cabo por Feuerbach,
nuestra finalidad no es otra que* la de conducir a forma hum ana
autoconsciente todas las
cuestiones religio sas y políticas.
Se form a que nuestro lema será: reform a de la
conciencia, no m ediante dogmas, sino m ediante el análisis de la
concien cia m ística oscura a sí
misma, tanto si se presenta en form a religiosa, como
en form a política, \Veremos entonces
cómo el m undo hace tiem po que tiene un sueño, del cual Jbasta con
tener conciencia, para convertirlo en
realidad..'.Resultará claro que no se tra ta de trazar unaj^ecta del
pasado al futuro, sino de realizar las ideas
del pasado^ Veremos finalmente,
que la hum anidad no se iniciará en un nuevo trabajo, sino que realizará desde
el principio, conscientem ente, su trabajo antiguo.
lEodemos sintetizar en una palabra
la tendencia de
nues tra revista: auto-aclaración
(filosofía de la crítica)
de nues tro tiempo con
respecto a sus luchas y
a sus aspiraciones. Se tra ta de un trab ajo para
el m undo y para nosotros. Puede derivar, exclusivamente, de una
unión de fuerzas.
Se tra ta de una confesión, y no
de otra cosa.^3
La hum anidad, para hacerse perdonar sus culpas, no
tie
ne más que declararlas en cuanto tales.
Córátic© del Rey Ludovic© por Heinrich Heine
I
He aquí al rey Ludovico de Baviera,” difícilm ente
encontraréis igual;
en él honra el
pueblo bávaro al príncipe
heredero.
Ama el arte y las bellas m ujeres cuyo retrato
conserva:
como eunuco del arte
pasea en su serrado de ilusión.
En R atisbona se ha hecho construir un calvario de
m arm ol,
allí tiene Su Alteza preparadas
etiquetas para todas las cabezas.
”
Ludovico I rey
de Baviera (1786-1868)
coronado en 1825,
conoci do protector de las fcrtes
y los artistas;
él mismo era
un poeta bas tante mediocre. A las afueras de
Ratisbona hizo erigir un gigantesco monumento de estilo neoclásico, el
Walhalla, de significado
alegórico, para exaltación del
germanismo, del que se sentía portador. De senti mientos moderadamente liberales
favoreció mediante ayudas
políti cas y financieras la causa nacional griega. Abdicó en marzo de
1848, a consecuencia del escándalo suscitado
por sus relaciones
con la baila rina española Lola Montez.
70
Compañeros del Walhalla, obra m ae s tra ” donde no
se om iten m éritos
acciones y opiniones de ningún© desde Teut a S
chinderhannes”
Falta Lutero, em pecinado, sin celebrar en el
libelo:
con frecuencia, en las colecciones de los
naturalistas no se incluye
a la ballena.39
El rey Ludovico
es un gran
poeta, y canta hasta que Apolo
se arrodilla, reza e im plora:
¡Calla
de una vez,
que me enloqueces!
El rey Ludovico es un héroe arriesgado, como Otón,
su h ijito ,31 que
en Grecia
m anchó su trono dim inuto de diarrea.
Si, finalm ente, tuviera que m orir, rey Ludovico
sería canonizado por el Papa.
A un m orro como el suyo la Gloria
le sienta como collares a los gatos.
Apenas convertidas al cristianism o, m onas y
canguros
tendrán en San Ludovico patrón a venerar.
Ludovico, rey de Baviera m urm ura suspirando:
21 Cfr.
Konig L tjdw ig l , Walhallas Genosses.
Munchen, 1842 (segun da
edición 1847). La
obra poética, de
escaso valor, fue
también criti cada por Engels en
una breve corresponsalía desde Berlín (sin título)
en la Rheinische Zeitung, Colonia, 29 de agosto de
1842, n. 241.
* Teut, dios
de la
mitología alemana del
que se deriva
el nombre de Teutones;
Schinderhannes, alias de
Johann Bückler (1777-1803),
fa moso jefe de una cuadrilla de bandoleros operante en Renania.
30 Juego
de palabras intraducibie,
entre Walhalí-Wisch (papelucho del Walhalla) y Wallfisch
(ballena).
31 Otón
(1815-1867). Segundo hijo de rey Ludovico I, en 1832 fue nombrado rey de Grecia por la Conferencia
de Londres, ocupando
el trono de Atenas un año más tarde.
71
Huye el verano, el invierno se aproxima las hojas
am arillean.
Aquí y allá pueden pasear Schelling y Cornelius.31
AI uno se
le apaga la razón al o tro la
fantasía.
Pero a mi
corona le robaron la perla m ás bella,
me quitaron el M assm ann 33
la joya hum anizada, personificada arm onía.
Esto me aflige y me doblega me desgarra el alm a
Ahora me falta el hom bre que con su arte trepó
hasta la pértiga más alta.
Ya no veo sus piernas cortas, su nariz chata: daba
volteretas en el prado
como un terrier fresco-pio-feliz-libre.
Sólo com prendía bajo alem án, él, el patriota,
cuentos sólo a lo Jacob Grimm y a lo Z eune” ■
vocablos extranjeros le resultaron siem pre
extraños especialm ente los griegos y latinos.
Apenas si bebía sentim iento patriótico, café de
bellota,
32 Friedrich
Wilhelm Joseph Schelling
(17554854), profesor en Mu
nich desde 1827
a 1841, año en
que, a instancia
de Federico Guiller mo IV rey de Prusia,
entró a formar
parte de la
Academia de Cien cias de Berlín, obteniendo
también una cátedra
en la Universidad
lo cal. Peter von Cornelius (1783-1867), pintor alemán
relativamente cono cido; desde 1819 trabajó en Munich por encargo
de Ludovico I,
que en 1841- le licenció. El
pintor se instaló en Berlín, donde fue ayudado y protegido por
Fedenco Guillermo IV,
Los trabajos más
conocidos de su estancia
en Munich son
la decoración de
la Ludwigskirche (1829) y el Juicio Universal (1836-1839).
3 Otro juego de palabras; Massmann, en alemán
quiere decir
«profesor
de gimnasia». La
persona ridiculizada en
este trozo por Heine es Hans Ferdinand Massmann
(1797-1874), filólogo, liberal-demó crata.
14 Jacob.
Grimm (1785-1863), el
conocido filólogo y
germanista; Johann August Zeune (1778-1853), geógrafo y germanista.
devoraba quesos de
Francia y de Lim burgo -35
y a ellos apestaba.
Oh, cuñado,36 devuélveme mi Massmann porque de
entre los rostros
es el suyo el que dibujo como poeta
de poetas.
Oh, cuñado, quédate ,a Gornelius quédate con
Schelling
( R ü ck e rt37 incluido, claro)
pero devuélveme a m i Masmann,
Oh, cuñado, confórm ate con tu gloria que hoy me
ofusca.
Yo, que fui prim ero en Alemania, solo segundo soy
ahora.'..
II
En Munich, en la capilla del castillo hay una herm
osa Virgen:
Entre sus brazos tiene a Jesús Niño delicia del
cielo y de la tierra.
Cuando Ludovico de Baviera vio la sagrada imagen,
arrodillóse devoto
y en santo arrobo articuló:
«María reina del cielo, princesa inm aculada,
tu gente es santa
y tus siervos son los ángeles.
35 Limburgo
(Bélgica) conocido por su
floreciente industria de quesos fuertes e industrias derivadas de
la leche en general.
56 Federico Guillermo
IV, que en
1823 Labia casado
con Isabel Luisa (1801-61), hija
de Maximiliano I,
hermana de Ludovico
I de Ba- viera.
37 Friedrich
Rückert (1788-1866), poeta y traductor: enseñó filo
logía oriental en la Universidad
de Berlín durante
siete a8i<*$ (desde 1841).
73
Pajes alados te circundan,
enredan flores y guirnaldas en tus cabellos rubios,
pajes
sostienen el borde de tu vestido.
M aría, estrella p ura de la m añana, jazm ín sin
mancha,
tú has hecho ¿osas maravillosas, santos milagros.
Deposita sobre mí
una gota de tu fuente de gracia, Hazme una señal de
tu clemencia,
tan frecuentem ente bendecida.»
La M adre de Dios se mueve
agita visiblem ente sus brazos ladea m olesta la
cabeza
y dice al niño:
« Afortunadam ente te tengo entre mis brazos y no
en el vientre,
A fortunadam ente no es el caso que pueda
equivocarme.
Si durante mi em barazo
hubiera visto esa cara o ese gesto
ten p o r cierto
que hubiera sido m ás difícil, h ijo de Dios, el generarte.
S^nfaudcs del Tribunal Supremo en el proceso e@ntres ©S
Dr. Johann Jacoby por
®Sta traición; le sa
majestad y critica insolente @
irreverente de las l@y©§ del Estado
Exposición del Dr. Jacoby
Del mismo modo que nunca supe de tribu nales que
negasen a los criminales la con dena de
ellos emanada, nada
sé ahora en este sentido de una censura de prensa
entre nosotros.
¿Qué censor no
se sentiría feliz
de ayudar a disipar las cerradas
nubes de una inmere cida condena en primera instancia puso al rededor del
luminoso rayo de
la fáma de un
hombre sin mancha? Cuando menos,
quisiera creer que ninguno de mis compa triotas fuese capaz de diverso
sentimiento*
HXTZIG38 (1828)
El 2 de febrero de
1843 fue publicada la
sentencia absolu to ria del
Tribunal Suprem o.
Después de las deliberaciones del tribunal crim
inal de Kónigsberg, el Juez in stru cto r me prom etió una copia de la
sentencia, copia que, sin em bargo, m e fue posteriorm ente ne gada, p o r
recom endación del presidente van Zander:
* El censor
de Kónigsberg, consejero
del gobierno Schmidt,
negó el permiso para publicar este párrafo, y las paginas siguientes.
INota
de Jacoby.J
38 Juíius
Eduard Hitzig (1780-1849)
estudioso y escritor de
cues tiones penales.
75
Al regio, actual M inistro Secretario de gracia y
justicia, Caballero, etc., etc., Su Excelencia Señor M ühler.3’
Me perm ito exponer respetuosam ente a Su
Excelencia la si guiente reclamación, concerniente a la sección de
lo crim i nal del Tribunal de Apelación local.
El proceso llevado a cabo contra el escrito Cuatro
pre guntas, con una respuesta adjunta de un prusiano orientalí0 acabó en una
sentencia absolutoria, publicada
el 2 de
octu bre del corriente mes. Se
me prom etió y
preparó una copia del veredicto, copia que me fue
posteriorm ente negada so pretexto de interrogaciones por p
arte de
V uestra Excelen cia.
Tras haber sido públicam ente acusado de alta
traición y lesa m ajestad, condenado a dos años
y medio de
prisión en una fortaleza y a la
pérdida de la
escarapela nacional, y al
final reconocido inocente tras dos años
de penosos procesos, no creo
pretender nada excepcional si deseo poseer
una co pia de la sentencia.
La cuestión no
puede serm e indiferen te, al experim entar en la prim
era instancia, cómo
al tiempo que absuelto, se
puede ser acreedor
de m ayores sospechas.
Su excelencia definió
el juicio público
como una «necesi dad ¿üStificada del pueblo» y la
garantía m ás segura del
honor burgués: así pues, con tanta m ayor confianza me diri
jo a V uestra Excelencia en súplica respetuosa:
de que se digne dar
instrucciones al tribunal,
para que no me
niegue por más
tiem po la copia
de la sentencia
DR. JACOBY
Konisberg, 11 de febrero de 1843
Al M inistro de Justicia,
Su Excelencia Señor Mühler,
El día 11 del mes pasado dirigí a V uestra
Excelencia una reclam ación concerniente a la sección de lo crim inal del Tri
bunal de Apelación local. Ruego de V uestra Excelencia bené vola respuesta.
Konisberg, 1 de m arzo de 1843.
DR. JACOBY
■ 39
Heinrich Gottlob von Mühler (1780-1857), ministro de justicia
en Prusia desde 1838 hasta 1846.
40 Cfr. Johann Jacoby, Vier Fragen beantwortet von
einem Ostpreus- sen, Mannheim,
1841.
76
\
í
Berlín, 6 de marzo de 1843.
Objeto: Reclamación concerniente a la sección de lo
crim inal del Real Tribunal de Apelación
por denegación de la
copia de la sentencia de absolución a su cargo.
En relación con la reclam ación por Usted form
ulada el
11 de
abril, le comunicam os que Su petición
debe conside rarse subordinada a
la expedición de
la copia de
la senten cia.
(fdo.) MÜHLER
Al Dr. Jacoby en Konigsberg.
M inisterio de Justicia. Secr. Diario Nr. A. 405.
A la sección de lo crim inal
del Real Tribunal de Apelación de Konigsberg.
H abiendo sido inform ado por
el M inisterio de
Justicia que la sentencia dictada en relación conmigo, ha
sido solici tada por el M
inisterio mismo, ruego a ese tribunal penal que me
comunique la fecha
en que dicha
sentencia fue expedida.
DR. JACOBY
Konigsberg, 11 de m arzo de 1843.
En relación con vuestra consulta del 11
de los corrientes, le comunicam os que la sentencia
pronunciada en dos instan cias en relación con Usted fue enviada al M inisterio
de Jus ticia el 18 de febrero
del presente año.
La sección de
lo crim inal del Regio Tribunal cíe Apelación
(fdo.) V. KEBER
Konigsberg, 14 de m arzo de 1843 Al Dr. Jacoby. Ciudad.
Al real m inistro prusiano de gracia y justicia
Caballero etc., Su excelencia Señor Mühler.
Al solicitar copia
de la sentencia
dictada en relación
con m i caso, V uestra Excelencia me comunicó que el envío debe
77
ría considerarse subordinado a la llegada de la
sentencia misma.
Tal y como V uestra Excedencia puede constata;* por
la declaración del tribunal penal adjunta, dicha expedición tuvo lugar el 18 de
febrero: De modo que la sentencia tendría que
estar en Berlín desde hace 14 días, en el m om ento de vuestra benévola respuesta y,
hoy, desde hace
más de cinco semanas.
DR. JACOBY
Kónigsberg, 29 de m arzo de 1843.
Berlín, 3 de abril de 1843.
En respuesta a su renovada petición del 29 de los
corrientes, relativa a la comunicación de una copia com pleta de la sentencia
en segunda instancia dictada contra usted,
Se le inform a
que debe Usted
esperar la sentencia
del Tri b unal Suprem o del Real
Tribunal de Apelación de Kónigsberg, al
cual ya he cursado oportunas instrucciones.
(Fdo.) MÜHLER
Al Doctor
en M edicina Sr.
Johann Jacoby, de Kónigsberg.
Citissime.
Secr. M inisterio de
Justicia, Expediente n. 428
Dado que V uestra
Ilustrísim a Señoría no ha com pareci do en el plazo convenido, en el
día de la
fecha, le comunico que Su Excelencia, el M inistro de
Justicia, por decreto del
3 de los corrientes ha decidido que, habiendo sido
usted ab- suelto com pletam ente, en base a los párrafos 515 y 534 del Código
Penal, carece de derecho a
la com unicación m edian te
copia de las
motivaciones de la
sentencia. La redacción de la fórm ula de la
sentencia le será transm itida inm ediata m ente, en cuanto la pida.
Kónigsberg, 15 de abril de 1843 Al Sr, Dr, Jacoby. Ciudad Citissime.
78
El D irector instructor (Fdo.) RICHTER
A su M ajestad
el Rey, Berlín Su Alteza Serenísim a, etc., etc.
La augusta protección que Vuestra Ilustrísim a M
ajestad tuvo ocasión de concederm e ya
una vez, contra
el veredicto de su Alteza el M
inistro de Justicia, me confiere ánimo para acudir a vuestro trono con una
nueva súplica.
Condenado en prim era instancia a
una pena deshonrosa en cuanto au to r del escrito
Cuatro preguntas, con respuesta adjunta de un Prusiano Oriental/" he sido
absuelto de toda culpa por sentencia del Tribunal
Supremo.
A causa de
la publicidad otorgada al inm erecido
ju i cio condenatorio, la posesión de la sentencia absolutoria me
parece deseable —deseable para satisfacción m ía personal
y tam bién para la pública defensa frente a eventuales sospe chas. Pero
este objetivo sólo puede
ser satisfecho con
la co m unicación integral del
juicio, puesto que el código penal, teniendo en cuenta el efecto, distingue
entre dos clases de absoluciones totales: «Por inocencia dem ostrada» y «por
in- sitficiencia de pruebas»; el
decreto del 29
de abril de
1817 (v. B.l.L. v o l 9, pág.
248), sin embargo, prohíbe expresar esta diferencia en la fórm ula de la
sentencia.
Por parte del juez in stru cto r se m e llegó a
prom eter, sin ninguna dificultad, una copia de la sentencia; pero a conti
nuación —sin aducir
ningún motivo— me fue
denegada. A m i recurso, al M inisterio
de Justicia, se me h
a respondido que:
«habiendo sido yo
absuelto completamente, en base a
los párrafos 515 y 534 del Código penal, carezco de derecho a la comunicación
mediante copia de las motivaciones de la
sentencia».
Con
todo el respeto
debido al Consejero
de Justicia de V uestra Ilustrísim a M ajestad me atrevo,
sin em bargo, a ha
cer notar que los párrafos de las leyes citadas —lejos de con tener un motivo suficiente
para rechazar jni petición— son tales que confirm an, incluso, su legitimidad.
En el párrafo 515
del Código Penal se establece que, a la- publicación de la
sentencia, deben leerse las motivaciones al im putado: el derecho, del im
putado a la comunicación
M Cfr. nota' n. 40.
79
m ediante copia de dichas m otivaciones, por lo
tanto, no es, aquí, ni afirm ado ni negado.
El párrafo
534 determ ina que
quien sea absuelto
de to da culpa
puede exigir la entrega gratuita de la
fórm ula de la sentencia.
Si se toma
en consideración tam bién la
disposición in m ediatam ente posterior del Código Penal, de acuerdo
con la cual, en caso
de absolución de
la instancia, hay que negar la
entrega gratuita, el sentido del Párrafo 534
no ofrece nin guna duda:
en él no se dice que
al absuelto
tenga que entregársele
sólo la fórm ula de la sentencia,
sino que
el absuelto está autorizado a exigirla gratuitam
ente .
A favor
de la validez
de esta interpretación no
está sólo la jurisprudencia hasta
ahora en uso, puesto que a
un ab suelto nunca debería
negársele copia de
la sentencia contra el pago de las
tasas de escritura, sino tam bién los principios de derecho correspondientes, establecidos por
el mismo Mi nisterio de Justicia de V
uestra Ilustrísim a M ajestad;
por que en el Decreto
M inisterial del 12
de noviem bre de
1831 (J. B. vol, 38, pág. 433) se
dice expresamente:
«Sería una conclusión
errada deducir del silencio de la ley que la
comunicación me diante copia de las motivaciones de la sen tencia esté prohibida; mejor
dicho, una prohibición explícita de
la comunicación es crita ■de lo que tiene que ser oralmente co municado sería
tanto más necesaria cuanto que la comunicación oral es con frecuencia
inútil. Teniendo en cuenta esto, los párra
fos 534 y 535 del
Código Penal disponensólo acerca de
la medida en que
puede sersoli citada una concesión
gratuita de las
sen tencias —ejemplar o
copia— sin referencia alguna a la comunicación y, por
lo tanto, a
la cuestión de la medida en que eso pueda suceder
si el
imputado la desea
a cargo suyo, consiguientemente en
ninguna parte se dice que
también la concesión
de una copia o ejemplar de Ja
sentencia con las motivaciones no pueda
tener lugar».
«De donde se deduce —dice para terminar el
mencionado decreto del Ministerio de Justicia— que todo imputado está autoriza
80
do para exigir,
a su cargo,
ur¡a copia o ejem plar de la sentencia penal
dictada con tra él, con
las relativas m otivaciones que a él se refieren y se in vita al M
inisterio de Justicia, y con
él a la
autoridad judicial, a proceder
seguidam ente de acuerdo con lo expuesto».
El M inisterio de Justicia carece de motivo
jurídico imagi nable para denegarme la concesión de la
copia de la
senten cia, ni en base a los
párrafos por él
indicados, ni en
base a la declaración m
inisterial acerca de los mismos. Con
menos razón su com portam iento puede ser determ inado por consi
deraciones políticas particulares, porque dichas considera ciones tendrían que basarse en
hipótesis que no se dan en Prusia. Si, finalm ente, la denegación de
la copia debiese im plicar una
desaprobación los principios
jurídicos expre sados en la sentencia,
d eb ería. recordarse, p o r el contrarío, que las motivaciones jurídicas del
M agistrado, que sim ultá neam ente denotan su grado de
consciencia y responsabili
dad m oral, en
Prusia, desde tiem po
inm em oriable, frente a las
Autoridades Adm inistrativas, son tan
inatacables como el juicio mismo.
Así, yo, confiado en la augusta
justicia de mi
Rey, me perm ito expresar m i
súplica:
Que Su Ilustrísim a M ajestad quiera graciosam ente
dig narse ordenar que me
sea entregada una
copia integral de la sentencia
dictada contra mí.
Con el más profundo respeto,
devotísimo de V uestra M ajestad
DR. JACOBY
Kónigsberg, 25 de abril de 1843.
A Su M ajestad el Rey, en Berlín Alteza Serenísim
a, etc., etc.
Dirigiéndome directam ente a V uestra M
ajestad, el 25 de
los corrientes en devota súplica,
solicitaba respetuosam ente la
augusta protección de V uestra Ilustrísim a M ajestad,
a causa de la negación de concederme una copia de
la sentencia dictada contra mí.
81
6
E ntretanto el M inisterio de Justicia de V uestra
Ilustrí- sima M ajestad, por Decreto del 6 de mayo del corriente año,
dirigido al Tribunal penal local, ha establecido que me sean leídas las m
otivaciones de la sentencia, pero que se
evite cuidadosam ente toda nota escrita.
Por mi parte, he considerado un deber negarm e a
esta desacostum brada fórm ula de publicación
que no sirve
ni p ara mi satisfacción personal, ni frente a eventuales sospe chas, así como esperar antes la alta
decisión de Vuestra Ma jestad.
Con inquebrantable
confianza en la
justicia de V uestra M ajestad y en lo fundado de mi petición, me atrevo
a reno var mi respetuosa
súplica:
Que vuestra Ilustrísim a M ajestad quiera graciosam
ente dignarse ordenar que m e sea
entregada una copia
inte gral de la sentencia
dictada a mi favor.
DR. JACOBY
Konigsberg, 3 de julio de 1843.
Berlín, 1 de septiem bre de 1843 En respuesta a Su instancia del 25 de
abril del año en
curso, se Le comunica, en base a la real ordenanza
del 17 p. pdo., que su M ajestad el Rey no ha
estim ado oportuno aten der Su petición
para que Le sea concedida la com unicación m
ediante copia de las motivaciones
de la sentencia
em itida por el Tribunal Suprem o
de la Real
Corte de Justicia
en el proceso seguido contra
Usted.
En ausencia del M inistro de
Justicia: D irector y Consejero Secr.
Suprem o en funciones (fdo.) RUPPENTHAL
Al Sr. Dr. Jacoby, de Konigsberg, en Prusia.
Secr. del M inisterio de Justicia, expediente n.
467.
Egregio Señor,
H abiendo recibido una respuesta negativa a mis
instancias de fechas 25 de abril y de 5 de julio del año en curso (reía-
82
tivas a la
denegada concesión de copia
de la
sentencia dictada a mi favor), Le niego fije un
plazo para la lectura
del juicio. Al mismo tiem po renuevo la súplica a fin de
que me sea entregado un ejem plar
escrito de la form ulación de la sen
tencia
DR. JACOBY
Konigsberg, 5 de septiem bre de 1843
Al Ilustrísim o Juez D irector penal local
Atestado del 7 de septiem bre Dado en Konigsberg,
el 7 de septiembre de 1844, a las 16 horas
El Dr. Jacoby se ha presentado hoy para la lectura de la sentencia del Tribunal Suprem o, a lo cual
procedió el abajo
firm ante Juez penal.
El abajo firm ante Juez penal observó que,
tras la lectura de las prim eras páginas, el doctor
Jacoby empezó a tom ar algunas notas en su pizarra. Se le hizo no tar que no
podía escribir ni la sentencia ni partes de ella; el
Dr. Jacoby pro testó contra esta declaración, exigiendo
los motivos de la negación.
Se le leyó entonces el párrafo 51 del Código Penal,
de
acuerdo con el cual, a petición del im putado, se
le deben leer las motivaciones de
la sentencia, sin
que en él
se mencione la facultad del im putado de anotar todo lo
que se
le lea, im prim iéndolo así en su m em oria.
El Dr. Jacoby sostiene que eso
no agota ni es apto
para lim itar su derecho de ayudar a su propia m em oria tom ando
algunas notas, dado que el Código Penal no prohíbe la
escri tura, e incluso Ja,prohibición —para él perfectam ente cono
cida— contrasta con la práctica seguida
hasta ahora y re
sulta contraria a la equidad:
Dado que el abajo
firm ante declara que
tiene intención de continuar la lectura de la
sentencia, sólo a
condición de que el Dr. Jacoby
interrum pa la escritura, éste declara que, ciertam ente, se resigna a esa orden,
pero exige conste
en acta su solem ne protesta
contra dicho procedim iento, puesto que no puede reconocerle a nadie y menos
que a nadie al Ministro de Justicia, el derecho de prohibir que se tom en
algunas notas.
Asimismo, el Dr. Jacoby declara estar en conocim
iento de la disposición dictada
el 6 de Mayo
por el M inistro
de Justi-
83
cía, Señor M ühler, en base a la cual no le está
perm itido es cribir, pero protesta respetuosam ente contra esta m edida
insólita em pleada en su caso que, en su opinión, no se co rresponde a una
regular administración de la justicia.
Leído, aprobado, suscrito
DR. JACOBY
(suplica una copia de este acta) (Fdo. BYORK)
A continuación se transcribe el juicio del
Tribunal Su prem o * —es decir,
la fórm ula de la sentencia— de
acuerdo con la copia que se m
e leyó, y los
considerandos del veredic to,
tal y como quedaron en m i m em oria.
Los párrafos entre comillas me fueron leídos dos
veces, a petición mía, de modo que puedo casi garantizar su corres pondencia,
palabra por palabra, con el original.
SENTENCIA DEL TRIBUNAL SUPREMO
Para posterior defensa del médico Dr, Johann Jacoby
de Kónigsberg,
el Tribunal Suprem o de la Real Corte de Justicia conform e a los actos, considera
justo,
que
sea rectificada la sentencia del Tribunal
de la Real Corte
de Justicia del 5 de
abril de 1842,
absolvien do de todo cargo al im putado Dr. Johann Jacoby de la
acusación de critica
insolente e irreverente, bu rla de las leyes -del estado e
instigación al descontento, así como de
la im putación de
lesa M ajestad," supri
m iendo la deuda a su cargo por las costas de la ins trucción, pero
adeudándole los gastos de la defensa posterior.
* de 40 pliegos Inota de Jacoby].
42 El párrafo
151, título XX, II
parte del Allgemeines
Landrecht für die Preussischen Staaten (Berlín 1794),
decretaba: «Aquél que mediante
crítica insolente &
irreverente o burla
de las leyes
del país y de los reglamentos,
provoque descontento en el Estado,
incurre en una pena de seis meses
a dos años de prisión.»
84
EXPOSICIÓN DE LOS HECHOS Y MOTIVACIÓN
La sentencia empieza con una breve presentación de
la propuesta de Constitución hecha por lía Dieta y las conse cuencias de la
misma.
«Teniendo en cuenta estos acontecim ientos —se dice
lue go— poco después de la apertura de
la Dieta de
1841, apa reció un escrito anónimo: Cuatro preguntas,
con respuesta adjunta de un Prusiano Oriental,
que como resultó
después, fue im preso en Leizpig sin autorización de la censura, publi
cado por
Georg W igand,43 enviándose después
a todas las
li brerías alem anas 2.500 ejemplares».
«Este escrito está dirigido a los Estados
provinciales de Prusia y a
ellos les fue
entregado junto a
una petición fir m ada por m uchos habitantes de
Kónigsberg».
Tras ía indicación, hecha £n gran parte con
palabras del autor, del fin y el
contenido ele las Cuatro preguntas, la sen tencia prosigue:
«Poco después de su
aparición, el escrito,
cuyo conteni do acaba de ser
explicado, fue prohibido,
no sólo en
Pru sia, sino en toda Alemania
por decisión federal,
y secuestra dos los ejem plare6
que fueron encontrados en las librerías.»
« Entretanto,
el Dr. Jacoby,
de Kónigsberg, en una
instancia
dirigida
a Su M ajestad el Rey, había revelado ser su autor
y —asum iendo él m ism o las propias responsabilidades lega les— ponía su escrito
bajo el augusto patrocinio de Su Ma jestad, frente a cualquier intervención
de arbitraria inter pretación.» «Mediante
Decreto del 2
de marzo de 1841, Su M ajestad el Rey, encargó al M inisterio
de Justicia y al Minis terio del Interior, de in stru ir sum ario contra el
Dr. Jacoby, tanto a causa del contenido
como por la difusión del escrito.»
«El M inisterio del
Interior redactó un
acta detallada, en la cual, con especial
indicación de las
expresiones punibles, el im
putado fue inculpado de crítica insolente e irreverente, burla de las
leyes del Estado
e instigación al
descontento, así como tam bién
de lesa M ajestad
e intento de
traición.»
«El Tribunal penal del Suprem o de Kónigsberg abrió
el proceso por la ofensa m encionada
y, al térm ino
del mismo, la Corte del Real
Tribunal de Justicia, autorizada por la Or~
43 En
los repertorios bibliográficos alemanes no está citada esta adi ción de
Leipzig, hecha por Otto Wigand, conocido editor liberal.
85
den del
U de diciem bre
de 1841 y a solicitud del im
putado m ism o, dictó sentencia, de acuerdo con la cual
el im putado era plenam ente absuelto de I3 im putación de alta traición; sin
embargo, por lesa M ajestad y por crítica insolente e irreverente, burla de las
leyes del Estado e instigación al
descontento es punible con dos años y m edio de arresto en una fortaleza; asim
ism o de bía de ser privado del derecho de llevar la escarapela nacional
prusiana.»
«Contra este juicio el im putado,
en un escrito
de defen sa redactado personalm
ente, promovió nueva acción legal»,
etc...
1. ALTA
TRAICIÓN
«Considerando que
el im putado fue
plenam ente absuel to en prim era instancia de la im putación de
alta traición, di cha acusación no
puede ser objeto de discusión.
En su escrito
de defensa, el im
putado ha reclam ado
por la m otivación especificada en la absolución, y precisam ente por el
hecho de que, en la sentencia de prim era instancia se avanzaron sospechas
acerca de su carácter, y
fuera califica da su concepción
política de desleal y reprobable.
Conside rando, sin em bargo, que,
de acuerdo con
nuestras leyes pue de recurrirse a acciones legales en segunda instancia
sólo contra sentencias desfavorables, en
caso de absolución
las m otivaciones del juicio no están sujetas á ulterior examen
judicial, por lo tanto, aquí debe
excluirse toda discusión acer ca de la
form ulación de las m otivaciones de la prim era sen tencia.»
CRITICA INSOLENTE E IRREVERENTE DE LAS LEYES DEL ESTADO, ETC., ETC.
El Párrafo
151 (Título 20, parte II)
del A.L.R“ dice
así: el que con críticas
insolentes o irreverentes o burla de las leyes del País y sus instituciones,
provoca en el Estado
Jt*
Cfr. supra Jacoby
cita aquí una
versión formalmente diferen
te de la mencionada en el párrafo 151.
86
descontentos o insatisfacción entre los ciudadanos
con respecto al Gobierno, incurre en
una pena de
seis meses a dos años de
reclusión en una fortaleza.
«Una escueta discusión de la Adm inistratación
estatal y las instituciones del Estado, está expresam ente consentida en las
leyes del Estado Prusiano. Ya el edicto del 18 de octubre
de 1819" ordenaba que
no se impidiese
ninguna seria y
discre ta investigación acerca de la verdad, y la disposición m inis terial del 24 de diciem bre de 1841,
dictada como continuación al Decreto del 10 de diciembre,
invita a los censores a no rechazar ningún examen público de
la adm inistración esta tal, en razón de que se tra
te de
escrito co« espíritu
diferen te del espíritu del Gobierno.»
En nuestra patria, adem ás de la libertad de fe,
siem pre fueron respetadas y protegidas
las libertades de
pensam ien to y la libertad de expresar de viva voz o por escrito los
propios pensam ientos. Sólo en determ inadas
circunstancias se consideró
necesario lim itar esa
libertad en interés
del bien común, pero entonces, cada
una de las vece^, fueron tam bién
delim itados los confines de las m ism as
m ediante leyes apropiadas. A pesar de lo cual, tam bién entonces hom
bres expertos, fíeles y devotos al propio
m onarca, celosamen te preocupados p o r el bien del pueblo,
calificaron de des ventajosos tales procedim ientos, porque
(tal y como
hicie ron notar, y no sin razón)
el juicio acerca
de la observancia de los mismos se deja siem pre
al arbitrio de
los particula res, de form a
que, m ientras por una parte se tra ta
de im pe dir la m entira, puede
con facilidad sofocarse tam bién la verdad, quedando obstaculizada
la aclaración de cuestiones im
portantísim as.
En su escrito de defensa el im putado dice con
razón:
la verdad —así enseña la historia-— nunca fue per
judicial a los Estados. P o r el contrario, lo
es esconder la verdad; lo que ha
puesto al Gobierno en e«±red¿fiho nunca ha sido la franqueza del escritor, sino
su perse cución.
«Considerando que el objetivo
de toda pública
crítica es la prom oción
de las eliminaciones
de los presuntos abusos,
*5 El edicto
del 18 de octubre
de 1819, párrafo
XVII, n. 2
estable cía que «en
caso de crítica
insolente e irreverente
o burla de las
le yes del País
y de los
reglamentos del Estado,
no debe considerarse sólo si se ha provocado
malhumor o descontento:
la oena citada
se aplica, sin embargo, con motivo de dichas manifestaciones punibles».
87
al escritor nunca se le puede negar que dirija a
este fin su crítica. Sólo la crítica insolente, irreverente o la burla está
prohibida, de acuerdo con el sentido del
párrafo 151 del
Có digo Penal.»
«La sentencia, en prim era instancia, no ha dado
ninguna definición de ia palabra insolente, porque
una determ inación ab stracta de dicho concepto es
im posible y porque en el caso presente, la
insolencia con que el acusado ha
atacado la Constitución existente, resulta clara y evidente.»
«Sólo de ulteriores prácticas resulta claram
ente que
el Juez de Primera Instancia confirió
al concepto «insolente» una dimensión desacostum brada.»
«Insolente» dice «es aquel que pretende
enseñar sin ha ber sido, a su vez, convenientem ente
instruido, porque se p ro pone como autoridad en relación con un asunto que
no le compete».
A todo aquel
que actúa así
se le puede
reprochar tener un concepto
exageradam ente alto de sus propias
fuerzas, de sobrevalorarse o, como dice el mismo juez, de ser un
presuntuoso, sin embargo, no tiene, necesariam ente que tra tarse de un
insolente.
«EBERHARD 46 dice: insolente es aquel que
desafía las leyes conocidas de la m oral
y la decencia.
ADELUNG1,7 define insolente como el que desprecia
el pe ligro de modo desconsiderado
y que, incluso,
viola las leyes de la decencia, del orden, de la hum
anidad y la costum bre sin vergüenza.»
La auténtica y verdadera característica de la
insolencia estriba en el hecho de desafiar.»
«De m odo que una crítica puede, por lo
tanto, ser insolen te tanto en
su form a como en su contenido.»
«Con respecto al contenido , definimos insolente
una crí tica, si los argum entos
que la m otivan
desafían las leyes
de la conveniencia y de la buena
educación, si en
dicha crítica de aducen hechos
falsos y si existe deliberada intención de tergiversar la verdad.»
«Con respecto a la forma, es insolente la crítica,
si está
4t>
Johann Augxist Eberhard
(1739-1809), filósofo y
filólogo, duran te muchos
años ocupó la
cátedra de filosofía
de la Universidad
de Halle.
47 Johann Cristoph Adelung (1732-1806), filólogo,
especialista en cuestiones gramaticales.
form ulada en form a lesiva a la buena educación y
desafía las leyes de la conveniencia.»
«Con respecto a la crítica form alm ente insolente,
el vere dicto recaerá esencialm ente sobre el sentim iento; el juicio sobre la
crítica m aterialm ente insolente, sin
embargo, se form ulará tras el examen de los argum entos y hechos aduci
dos a título de m otivación de la misma.»
«Diverso es, sin embargo, el juicio sobre las
convicciones políticas del escritor. Las cuestiones de
principio de política, las máximas del bien común, los
conceptos acerca de la acep tabilidad o condenabilidad de la Constitución y
las institu ciones estatales, sobre
stis defectos o virtudes, los estudios
acerca de los medios para poner rem edio a a f e l i o s o poten ciar éstas,
todo eso no puede ser objeto de decisión judicial.
■ Las
discusiones de este tipo pertenecen a un campo del cual está excluida la actividad del
Juez, y de la cual, por lo tanto, debe m antenerse alejado.
La actividad del juez encuentra su lim itación natural
y legal en la esfera del derecho positivo; tiene que m antenerse libre de toda opinión
política. Al juzgar
controversias priva das explica
sus funciones en calidad de Justicia
civil, juz gando la
culpabilidad o inocencia
de un individuo
acusado de un crim en explica sus funciones en calidad de
Justicia penal. Una opinión, en
cuanto tal, nunca puede ser un
cri men; sólo la form a en que
dicha opinión llega
a hacerse pública, o la intención
existente en la publicación pueden ser castigados. De ahí que sólo la form
a y
la intención de un escrito puedan ser m ateria de sentencia judicial; y
con cuan ta m ayor frecuencia
resulte difícil distinguir
ese contenido del escrito, tanto
más severa es la obligación del Juez
de prestar atención a fin de
que la
autonomía y la
independen cia de su juicio no estén influenciadas por sus propias
convic ciones políticas.
Estos principios expresados por el Tribunal Suprem
o se aplican, prim eram ente, a cada uno de los pasajes del escrito, que el Juez de prim era
instancia —de acuerdo con
la acusa ción redactada p o r el
M inisterio del In terior— definió como insolentes e irreverentes. A la prim
era sentencia no se le con cedió la razón en ningún punto;
m ás aún, fue rechazada y
re. fu taaa la deducción de
la m ism a en
todas sus partes y
se re
89
conoció favorablem ente tanto la verdad de los
hechos aduci dos en las Cuatro preguntas como la form a de expresión
uti lizada.
En las palabras que aparecen en la página 8 del
escrito
incrim inado:
¿Qué le debe al gobierno este pueblo tan em
inente por su educación y su
inteligencia? Llenos de
vergüenza hem os de confesar: ni lo más mínimo,
la primera sentencia pretendió encontrar una irrefutable prueba de la tendencia
dolosa del im putado. El
acusado con esa frase habría
pretendido suscitar en sus lectores el des contento y la insatisfacción, tom
ando en consideración ese sentim iento que norm alm ente existe
en un m ayor
de edad en época de grandes
restricciones.
«Aquí —dice la segunda sentencia— no se puede dar
ab soluta razón al Juez de
prim era instancia. El
acusado cita con verdadero
orgullo patriótico la elevada form ación espi ritual y m oral del pueblo
prusiano y expresa su reconocim ien to
del hecho de que ese pueblo —tan em inente
desde el pun to de vista intelectual y moral— ha quedado
rezagado, en re lación con otras naciones, en la form ación política .
«¿Qué le debe al Gobierno —pregunta—
este pueblo tan em inente por su educación y su
inteligencia?» y responde él mismo «Llenos de vergüenza hemos de confesar: ni
lo m ás mínimo.» Si el acusado se
avergüenza por el
hecho de que nos hayam os rezagado con respecto a
otras naciones en nuestra form ación política (y dado que él sólo responde por
sí mismo), nadie puede im pedírselo.
«Con referencia a las expresiones sobre la censura
conte nidas en las páginas 9 y 10 del
escrito en cuestión, la
senten cia de la primera
instancia dice:
un súbdito no debe pronunciarse en
esa form a acerca de las leyes y decretos del Estado,
etc., etc.
El acusado ha proporcionado, como prueba de sus
afirm a ciones, varios ejem plares de censura de la Gaceta de Kónigs- berg,4í
un decreto m inisterial con el que se prohibió la dis cusión de las cuestiones de H annover/’
respuestas de las auto-
At La Kónisberger Zeitung.
49 En
1837, .algunos pensadores
y profesores liberales,
entre los que se
encontraban los hermanos
Grimm, fueron expulsados
de Han- nover por el nuevo
monarca Ernesto Augusto.
90
ridades de la censura, un intercam bio de
correspondencia confidencial entre
el Prim er Consejero del Gobierno S e iften y el red acto r de la
Gaceta general de Leipzig 50 etc. La auten ticidad de estas pruebas no
ha sido negada;
sin embargo se tra ta de pruebas superfluas, porque, con
bas,e en la form a, susbsiste a este respecto
una crítica insolente.
Desde nin gún punto de vista
se im puta a
los censores una
transgre sión de su deber;
ni siquiera se
llega a form ular
una críti ca expresa de las
leyes de censura, sino sólo
el uso de la
misma. Sin embargo, que dicha utilización h¿iya sido exce sivam ente severa, está fuera de
toda duda, y
desde entonces así se ha
reconocido incluso ofcialm ente, m ediante
el De creto de Censura del 24 de
diciem bre de 1841.»
«El Juez de primera instancia apreció insolencia
punible especialm ente en el
hecho de que
el acusado calificara
a la censura de «enemigo de la
prensa», y al modo en que
se aplica en Prusia de «
presuntuosa tutela» y « auténtica opre sión de la opinión pública». En
relación con esto debemos observar que la m ism a Dieta confederal Alemana, en
sus de liberaciones del 20 de septiem bre de 1819, ha reconocido la censura
como un
estado de emergencia
pasajero y que,
del m ism o m odo que m uchos la califican de amiga del orden, con
idéntico derecho otrbs pueden calificarla de «enemiga de la libertad».
«El acusado —prosigue la primera
sentencia— n o 'ju zg a en form a de pacífica discusión, sino que lo
hace con expre siones tales que, de estar dirigidas contra personas, serían,
indudablem ente consideradas como injurias.»
«En los considerandos de la sentencia, sin embargo, el prim er Juez no
precisó cuales eran esas expresiones que, por otro lado, tampoco han sido
encontradas en el escrito incri minado.»
«Las palabras del acusado (P. 11 del escrito):
la vieja ordenación ciudadana lleva la huella
del ca rácter liberal de su
tiempo y respeta
la independen cia de los ciudadanos; el que hem os revisado fue siem pre favorecido p o r el actual Gobierno
y recom endado insistentem ente a las ciudades,
50 La
Lepziger Aílgemeine Zeitung que amena-zada por el gobierno prusiano en 1843,
tuvo que cambiar el nombre por el de
Deutsche AH~ gemeine Zeitung.
91
contienen, según la sentencia de la primera
instancia
la insolente insinuación, no sólo acerca de ia
iíiberali- dad del Gobierno, sino de su carácter lesivo y
atenta- torio contra la independencia de los ciudadanos.
Con razón el acusado objeta que si, basándose en
hechos evidentes, califica el actual
Gobierno de menos liberal que el precedente, su afirm
ación puede sólo
tener valor en cuan to juicio
histórico y en
absoluto como una
ofensa punible. A cada uno le
es lícito considerar una ordenación ciudadana m ás
liberal que otra. La expresión
iliberal no es
ni insolen te ni punible, porque
con ella lo único a lo que se hace refe
rencia es a un ordenam iento indeterm inado y no se
excluye para nada la posibilidad de que tam bién ese gobierno
cali ficado de iliberal pueda
servir igualmente al bien común.»
Con base en la
com paración de las
páginas 11 y 12
entre los ordenam ientos ciudadanos el prim er juez intenta demos tra r
la concepción desleal y la reprobable tendencia del
es crito.
La equivocación en este sentido está
dem ostrada para an da. uno de
los puntos y, en gran parte, con las palabras u ti lizadas en el escrito de
defensa por el autor de la segunda sentencia.
B astará con señalar aquí algunos ejem plos:
En la p. 12 del escrito incrim inado se dice:
finalmente, incluso los m inistros (la ley dice el Rey) están
facul tados para disolver, en caso de escisiones, las asambleas ciudadanas
o para expulsar a los culpables.
La acusación m inisterial ha encontrado en
esas palabras un a incitación al
descontento y una crítica
al m onar ca, al que se le
reprocha que preste su nom bre sin con sulta previa de la voluntad de los m
inistros.
De acuerdo con la acusación m inisterial, la
sentencia en
primera
instancia declara que
el acusado tra ta de presentar la cuestión como si
la disolución de la asam blea ciudadana dependiera arbi trariam ente de los M
inistros. Aunque, dada su im por tancia en casos sim ilares, Su M ajestad el
Rey se haya reservado el derecho de una decisión suprem a, el acu sado afirm
a, a pesar de todo, que dicha reserva es
sólo una apariencia, etc.
La sentencia del Tribunal Suprem o califica esa
interpre tación de m uy im prudente y la contrapone a la defensa del
92
I
autor (v. Justificación en pág. 29 y Actas voL 1 ,
folio 138)* y sigue:
Dar un sentido
a las palabras
que no pueda
ni deducirse a p artir de
ellas mismas, ni
explicarse con relación
a nada es un
procedimiento ilícito, sobre
todo cuando, como
en ei caso presente se tra
ta de
decidir si una
cosa es punible o no.
La ex-presión arbitrio del ministro (p. 14 del
escrito) y la afirm ación de
que sólo m ediante una representación popular
podría ponerse coto al arbitrio de los funcionarios (p. 36)
son calificadas por el prim er juez de crítica
insolente, aña diéndose la siguiente observación:
ataques contra los funcionarios, como «1 citado más
arriba esconden la sobada estratagem a de ocultar, tras
de sí, los ataques al gobierno mismo.
«Con lo cual —responde la
segunda sentencia— no se de
m uestra nada. Del m ism o m odo y por la m ism a razón podría decirse que la
pretensión de encontrar, tras de cada ataque contra los funcionarios una
dem ostración contra el
gobier no y las instituciones estatales existentes, constituye una em
presa sin éxito. Una cosa dem uestra tan poco como la otra.»
En relación con las observaciones form uladas
acerca de las Representaciones Provinciales (pp. 14-17 del escrito) la
sentencia del Tribunal Suprem o dice:
«El acusado ha expresado aquí un juicio franco que
se corresponde perfectam ente a sus convicciones políticas acer ca
de la im portancia de las
Representaciones Provinciales.
* El párrafo
sacado del acta
del octavo interrogatorio dice:
«Si he mencionado al ministro ,
es porque —según Ja experiencia— en las cuestiones ciudadanas, las decisiones
se tomen, todo lo más a propues
ta del ministro. Así, por ejemplo,
con base en la propuesta
del minis tro, todas las
entradas de la ciudad de
Kónigsberg han sido
secues tradas a favor
del Fondo de
contribuciones bélicas, a
pesar de tener ya un destino particular aprobado, esto
sucedió sin consultar a los interesados y sin tener en cuenta las molestias que
causaba a los re presentantes ciudadanos. Este y otros casos similares había,
en mi opi nión, que mencionarlos
com o obra del
ministro , mientras que
en la ley se habla sólo del Rey.»
[ Nota de Jacoby.]
93
Al Juez no
le corresponde dictar
acerca del carácter
justo o injusto de dicha convicción. Las expresiones de
las que se vale el acusado son quizás ásperas, pero
nunca insolentes ni malignas. Toda apariencia de insolencia desaparece si se
ob serva el escrito en toda su
continuidad, ligándolo a los he chos históricos.»
A continuación se
incluyen una serie
de leyes que
tratan de las representaciones nacionales a introducir en Prusia. Los
edictos del 27 de octubre de 1810,
el edicto del 17
de ene ro de 1820, y sobre todo la ley del
22 de mayo
de 1815, se citan en parte por su espíritu, en parte
por su letra, dedu ciéndose a p a r tir
de ellos que
la opinión del au
to r acerca de la insuficiencia de la§
representaciones provinciales y acerca
de la necesidad de representaciones im periales inte grales, está históricam
ente justificada.
La frase (p. 14 del escrito):
los procedim
ientos judiciales en
Prusia son, de
la a la z, algo secreto, en m
anos exclusivamente de los fun cionarios a sueldo del gabinete;
constituye, según afirm ación del prim er
juez un descrédito de la organización judicial
prusiana.
A este respecto la segunda sentencia se expresa de
la si guiente m anera: «Si en com paración con el procedim iento público de
Renania y con referencia a
la relación del
Minis tro de Justicia sobre la introducción
del procedim iento oral, el au to r
califica el nuestro
de secreto, la
expresión puede ser im propia en
el sentido de que
no afecta verdaderam ente al punto que
es im portante en
la com paración, y
por lo tan to la discusión acerca
del tratam iento público y oral se plantea en un cam po que le es ajeno;* sin
em bargo, la expre sión no es en absoluto insolente y tanto
menos tiene que ver con un descrédito a la organización
judicial prusiana.»
* Presumiblemente,
el juez entiende aquí la diferencia entre el procedimiento *de. acusación y-
de inquisición. En una confrontación jurídica, este punto, a decir
verdad, puede ser el más
importante; sin embargo, en el
presente escrito, que lo único que pretende demostrar
es que «la actividad judicial
del estado está
absolutamente al margen
del examen y 3a colaboración del pueblo», tendría que resaltarse, pre
cisamente, el carácter secreto del procedimiento
antes que cualquier otro punto. [Mota de Jacoby.]
94
En la página 17 del escrito se dice:
En los casos habíteteles no faltará, por lo
general la im parcialidad; pero én
aqtiéil-os otros en los que de
algún m odo estén im plicados los m
inistros o lo que ellos llam an el Estado, esta virtud de los jueces po dría en tra r en colisión con
los intereses personales, porque
—prescindiendo de las relaciones de subordina ción— el aum ento de su estipendio, las promociones, los traslados,
todo el futuro del servidor de la
jus ticia, depende de la voluntad del m
inistro, etc.
Según la primera sentencia la «vejación de los
jueces y de sus superiores contenida en estas palabras» es «evidente».
Por el contrario, en la segunda instancia, se
especifica:
«Es cierto que con un juez consciente, lo
suficientem ente fuerte como para no pensar en
las ventajas terrenales,
no hacen falta m ás
garantías; sin embargo,
no es m enos
cier to que entre los jueces,
los hay.de naturaleza
débil, incapa ces de sustraerse
com pletam ente a la influencia de aquellas ventajas exteriores, dependientes
de la voluntad de sus su periores. Aunque, entre nosotros, —para m ayor gloria
de la justicia prusiana— estos casos
sean infrecuentes, no cabe duda de que sería excesivo p retender negar com pletam ente tal
posibilidad y considerar, por lo tanto,
inútil cualquier otro tipo de garantía.
En la
página 19 del
escrito se hace
referencia al decreto
d e l 25 de enero de 1823, el cual dice que: si
en los procesos entre los privados y el Estado, a la
decisión de la cuestión contribuye una determ inación contenida en tratados del
Es tado, los jueces —tanto si el E stado prusiano h a
contribui do a la compilación de
dichos tratados como
si no— antes de la form ulación de su juicio, tienen
que consultar al Mi nisterio de Asuntos exteriores, teniendo en cuenta el
resul tado de dicha consulta en el m om ento de su fallo.
El prim er juez reconoce en esto una «inteligente
dispo sición preventiva»; la sentencia de segunda instancia, sin em bargo,
observa:
«El acusado tenía toda la razón al referirse a esta
ley, puesto que es innegable que, teniéndola en
cuenta, la activi dad de los
jueces en algunos
casos está sustancialmente li m itada. D em ostrar esto es, precisam
ente, la intención del autor.»
95
En el escrito incrim inado (p. 18) se hace notar:
Los comisarios de
justicia, que en
cuanto defensores del acusado
tendrían que adoptar una postura
más libre e independiente, ahora podrán ser colocados
fue ra de servicio sin
decisión de los
jueces, por vía pura m ente adm inistrativa (es decir, a
través de los Minis tros).
La
primera sentencia, como
asim ism o el acta
de acusa
ción redactada por el M inistro deí Interior, ha
puesto de relieve la palabrita «ahora», a modo
de evidente dem ostra ción de la «tendencia punible y de la
insolencia del acusado». En la ulterior defensa (pp. 62-63)
se responde am pliam en
te a este punto.
El juez de segunda instancia confiere pleno valor a
los motivos en ella presentados y
añade: «En relación
con el punto citado del escrito
se trata sólo
de un Factum, y
no de la edad de la disposición.
El reproche que se le hace al acu sado no es justificable».
La acusación de la página 20:
Los balances
publicados en los
años 1815 y
1838 no han sido deliberadam ente
suprim idos,
es
rechazada por el au
to r de
la segunda sentencia
con las m ism as razones de la otra defensa
(pp. 65-66). A este respec to se m enciona el real decreto de
acuerdo con el
cual, con tem poráneam ente al
balance «tienen que ser publicadas las explicaciones sobre el mismo
en las gacetas
oficiales» (Der. del 21 de
febrero de 1839); sin em bargo, dicha disposición, a excepción de 1859/51 nunca
se cumplió, y consiguientem ente, tam
bién el objetivo indicado por la disposición del 17 de enero de 1820, es decir,
que todo ciudadano pueda estar per fectam ente convencido de que la hacienda
pública no exige nada m ás que los
estrictam ente necesarios, no ha sido al canzado.
El acusado {dice la primera sentencia) resum e así
sus observaciones:
Este es el defecto de nuestra querida patria:
omnipo tencia de los funcionarios y nulidad política de sus ciu
51 Equivocado en texto de Jacoby; recte 1839.
96
dadanos independientes. Los amigos de la
patria no tienen eludas ni de su enferm edad
ni de su
remedio, que se llam a
publicidad, y representatividad real.
En la página 42 del escrito se dice:
La unidad popular
prusiana ha sido
hasta ahora más m ecánica que orgánica porque no todas las
8 pro vincias pueden asegurar
con firmeza que se sienten como si se les arrancase un m iem bro
del cuerpo al separarse com pletam ente
de acontecim ientos fuera de lo común; entre nosotros,
desde Saarlouis a
Me- mel, no existe dicha
articulación. Todo desarrollo uni lateral de la constitución provincial sin
Dietas estatales resulta así un
peligro p ara el futuro. Sin
embargo, de un Estado orgánicam ente articulado obtendrem os hoy como
entonces, un agregado de
provincias, cada una de las cuales se preocuparía sólo en su
interés par ticular. En nuestra querida p a tria se
repetiría, a esca la m enor lo que ya hem os esperim
entado a gran escala en
Alemania: desunificación, pérdida
de la libertad de los ciudadanos y servidum bre
del extranjero.
El sentim iento de cada patriota en particular (continua así la prim era sentencia) se sentirá ofendido
por tales afir
maciones.
Si la Constitución, para bien o p ara m al de la p
a tria pru siana, estuviese ¿realmente en tan grave situación, cada p ru
siano tendría que sentirse invadido p o r
un profundo males tar, debido al hecho de que
el gobierno deja
inutilizado el rem edio que el
acusado define como único y obvio, y que conduce al Estado a u n fin tan
cercano como seguro.
La insolencia
y la irreverencia
contenida en dicha
críti ca son suficientem
ente evidentes. Resum iendo
brevem ente su sentido, -dicha
crítica contiene la
siguiente afirm ación: la
Constitución actualm ente existente com porta el germ en que abocará necesariam
ente en la decadencia del E stado me diante escisiones internas y servidum bre
del extranjero.
Todo el m undo reconoce este defecto a excepción
del Go bierno. Dicho germ en ya se
ha desarrollado hasta
el punto de representar un inm
inente peligro. Al mismo tiem po no existe ninguna duda acerca de cómo rem
ediarlo; pero, dado que el gobierno desconoce la enferm
edad, no hace nada para prevenirlo; todos sus esfuerzos, se diría están encam
inados a increm entar el m al y a aum entar el peligro.
El juicio en segunda instancia responde como sigue:
97
7
«El juicio acerca
de si la
opinión política del
acusado esté justificada, y si se contribuye o no al bien
de la p atria sólo con una Constitución de Dietas estatales o con una representatividad
general y no sim plem ente lim itada a las provincias, no compete al magistrado
. Su juicio debe perm a necer ajeno a toda opinión política debiendo lim
itarse ex clusivam ente a indagar si
el acusado ha
abusado claram en te de la
libertad de expresar
su propia opinión,
si su crítica a las instituciones existentes ha
degenerado en insolencia e irreverencia y si, por lo
tanto, se han
sobrepasado los lími tes establecidos p o r el Código penal.
Hemos dem ostrado que el acusado ha respetado siem
pre dichos lím ites y que las m otivaciones aducidas por el primer juez no han
podido probar lo contrario.
Cuando, finalm ente, la sentencia en prim era
instancia dice:
La m ultiplicidad de las inexactitudes aducidas por
el acusado lleva a la
convicción de que
ha distorsionado o silenciado
deliberadam ente la verdad,
por la presente resulta que dicha acusación no está
en absoluto justificada por los considerandos
de la sentencia. No han sido probadas las
indicaciones erróneas ni las m enti ras
«deliberadas del autor, m ás aun, su escrito nunca ha so brepasado los lím
ites de la libertad de juicio y de la conve niencia, m anteniéndose siem pre
alejado de las cuestiones personales.
«Consecuentemente, el juicio en prim era instancia
tendrá que ser m odificado en el sentido de que el acusado será ple namente
absuelto de la acusación de crítica insolente e irre verente, burla de las
leyes del Estado e instigación al des contento.»
LESA MAJESTAD
La definición, dada por el Tribunal Supremo, de
lesa Ma jestad, puede, por lo tanto, y con toda razón dejarse de lado puesto
que contiene sólo cosas bastante
conocidas.
A p a r tir de las palabras (p. 21):
98
sólo los m inistros
y sus funcionarios
están iniciados en el secreto de la adm inistración, pero
ellos mismos callan y ¿quién se atreverá a hablar en contra de su voluntad?
Como aquí, siem pre,
el saber y
el actuar son m onopolio de los m
inistros, y del párrafo arriba citado:
finalm ente, hasta
los m inistros (la
ley dice: el Rey) son libres de disolver las asam bleas
municipales, etc.
la primera sentencia ha deducido una «ofensa al
respeto debido al Jefe Suprem o del
Estado», «una difam ación
de la M ajestad, en relación con
sus actividades».
El juicio en segunda instancia observa, por
el contrario, que, en los
párrafos citados, el au to r se lim ita
a tra ta r de de m ostrar el
gran poder de los m inistros y que ha hablado sin hacer referencia alguna a la
persona y las
acciones del Rey; allí donde no existe dicha
referencia, evidentem ente, no
pue de hablarse de lesa M ajestad ni de falta de respeto».
Con respecto a la cita de Ifig en ia 52 (en la p.
40 del escri
to):
«un Rey no prom ete, como el resto de los hom bres,
que vayan a desaparecer inm ediatam ente todos los
pe sares de los hombres»
la sentencia del Tribunal Suprem o se expresa asi:
«El intento del prim er juez de in te rp retar
estas palabras como un ataque a la conciencia y al com portam iento del Rey
actualm ente en el poder es inútil y, con pleno derecho, en su defensa, el
acusado dice que el resultado que le hace
sospe choso sólo puede obtenerse invirtiendo com pletam ente el sen
tido de las palabras.»
La discusión
de la sesión
final de la
Dieta (p. 37
y sgs.) es calificada por el prim
er juez de «crítica ofensiva e irre verente» resaltando particularm ente la
diferencia que debe establecerse entre una simple ley «y una m
anifestación es pecial de la voluntad
de Su M ajestad».
E sta diferencia, a
p a rtir de la
cual debe concluirse
que la m anifestación de la
voluntad del Rey tiene que ser menos librem ente discutida que una ley, no se
hace valer en la
52 Cfr.
G o e t h e , Iphigenie auf Tauris, cuya redacción en verso fue publicada en
1787.
99
segunda instancia; la cual prueba, en prim er lugar
la insos- tenibilidad de cada una de las im putaciones y term ina, con
secuentem ente, con las siguientes palabras:
«El acusado no ha violado, en
ningún punto de su escri to, el respeto debido al soberano, m
ejor dicho, ha
demos trado su devoción al
Rey de
tal modo y en tan
alto grado, que no puede dudarse de la
sinceridad de sus
sentim ientos. Ño puede ponerse
en duda que
una discusión abierta,
en el m arco de los lím ites
consentidos por la conveniencia de las acciones del Gobierno, es compatible con
dichos sentim ien tos».
«Consiguientemente, la primera sentencia debe m odificar se en el sentido de
absolver plenam ente al acusado
tam bién de la acusación de lesa M ajestad y
ultraje, debiendo soste ner, exclusivamente, en base al
párrafo 622 del Código
Penal, las costas de la segunda instancia.»
«Finalmente, tam bién debe aquí discutirse la
conclusión del escrito:
¿Qué puede hacer, entonces, la Asamblea de los
Estados? Exigir de ahora en adelante, en
cuanto derecho, lo que
hasta el presente dicha Asamblea obtuvo sólo como un
favor.
La estirpe, heredera de la casa
de Isaia, ha hablado la pri m
era, y los demás no se alzarán en sus cabañas.»
«Puesto
que lo único
que puede deducirse
de dicha frase es sólo
una tendencia de alta traición, pero el acusado ha sido plenam ente
absuelto de la
acusación de alta
traición y, al no encontrar la prim era
sentencia en dichas
palabras ul tra je alguno, no se
procede contra él.»
Fdo. V. GROLMANN
B erlín 19 de enero de 1843.
Contribución o lo crítica de la filosofía del
derecho de Hegel pos- Karl M arx
[E n Alemania, la crítica de la religión, en lo
esencial ha llegado a su fin,\y la crítica
de la religión
es la condición
prim era de cualquier crítica.
La existencia profana del erro r ha
quedado com prom e tida desde el
m om ento en que se ha
refutado su celestial oratio pro aris et focis. El hom
bre, cuya única realidad fan tástica la ha e n c o n t r a d .«a-el-cielo,
donde buscaba el super hom bre, el reflejo de sí mismo, no se sentirá desde
ahora inclinado a encontrar solam ente
la apariencia de
sí mismo, el no-hombre, allí
donde busca y
debe necesariam ente bus car su verdadera realidad.
• jJEl fundam
ento de
la crítica religiosa
es: el hombre hace la religión.; la religión no hace al hom
bre^Y la religión es, bien entendido, la autoconciencia y el
autosentim iento del hom bre que
aún no se ha ganado para sí mismo o que. ya ha vuelto a perderse.iPero el
hombre no es ningún
ser abstrac to, agazapado fuera
del m undo. El. hom bre es el m undo de los hombres, el Estado, la sociedad.
Ese Estado y esa socie- ded producen la religión, una conciencia
invertida del m un do, porque Estado y sociedad son un m
undo invertido^La re ligión es la teoría general de ese mundo, su compendio
enci clopédico, su lógica en form a popular, su point d ’honneur
espiritualista, su entusiasm o, su
sanción moral, su
comple m ento solemne, su razón general de consolación y justifica
ción. ISe tra ta de la fantástica realización de la esencia huma*
101
na, porque la esencia hum ana
carece de verdadera
realidad J E nfrentarse a la religión, por lo tanto es indirectam ente
un enfrentam iento a ese otro mundo que tiene su aroma
espi ritual en la religión.
£La m iseria religiosa es, por un lado, la
expresión de la mi seria real, y p o r otro, la protesta contra la m iseria
real. La religión es el suspiro de la
criatura agobiada, el
estado de ánim o de un m undo sin
corazón, porque es el espíritu de los estados de cosas carentes de espíritu.
La religión es
el opio del pueblo^
LLa superación de la religión, en cuanto ilusoria
dicha del pueblo, es la exigencia de su dicha real. La exigencia de aban donar
las ilusiones acerca de un estado de cosas
es lo mismo que exigir que se
abandone un estado de cosas que necesi
ta ilusiones^Así pues, la critica de
la religión es,
en germen, la crítica del valle
de lágrimas que V& religión
rodea de un
halo de santidad.
JLa crítica no arranca de las
cadenas las flores
imagina rias para que el hom bre
soporte las cadenas sin fantasía ni consuelo, sino para que se las sacuda y
puedan b ro ta r las flores
vivas.^La crítica -de
la religión desengaña
al hom bre para que piense, para que actúe y organice
su realidad como un hom bre
desengañado y que ha entrado en razón, para que gire en torno a sí mismo y
en torno
a un sol autén tico. La religión
constituye un sol ilusorio
que gira en tom o al hom bre, m ientras el hom bre no
gira en torno a sí mismo.
] L a misión de la historia consiste, por lo tanto,
una vez desaparecido el más ■allá de la verdad,
en averiguar el más acá. Y en
prim er térm ino, la
misión de la
filosofía, que se
halla al servicio de la
historia, consiste, una
vez que se
ha desen m ascarado la form a de
santidad de la autoenajenación hum a na, e& desenm ascarar esa
autoenajenación en sus formas no santas. De form a que la
crítica del cielo
llega a convertirse en crítica de la tierra,
la crítica de
la religión en
la crítica del derecho, la crítica de la teología en
la crítica de
la polí tica^
La siguiente exposición “ —aportación a
ese trabajo— no se refiere directam ente al original, sino a una copia,
a la filo-
53
Marx se refiere
aquí a su
trabajo Para la
crítica de la
filoso fía .del derecho público de Hegel, inacabado y publicado
postumamen
te y
que, de acuerdo
con las intenciones
del autor iba a ser
entregado a la imprenta tras la aparición de
la Introducción al
mismo en los
Anales franco-alemanes.
102
sofía alem ana del derecho y del
Estado, por la sencilla razón de que está circunscrita a Alemania.
fS i pretendiéram os atenem os al status quo alem án,
aun que fuera sólo en el único
modo adecuado, es decir de un mo
do negativo, el resultado seguiría siendo anacronismo. La negación m ism a de
nuestro presente político se halla ya cu bierta de polvo en el desván de los
trastos viejos de los pue blos m
odernos-3 Aunque neguemos las
coletas empolvadas, seguiremos
conservando las coletas sin empolvar. Aunque neguemos los estados de cosas
existentes en la Alemania
de 1843, apenas nos
situarem os según la
cronología francesa, en 1789, y m
ucho m enos todavía en lo que podemos
consi derar punto crucial de nuestra época.
Se da adem ás el hecho de que la historia de
Alemania alar dea de un m ovim iento en
el que ningún pueblo del frrmamen- to histórico se le ha adelantado, ni la
seguirá.jjEfectivamente, los alem anes hem os com partido las
restauraciones de los pueblos m odernos, sin haber tom ado nunca parte en sus
re- voluciones^H em os pasado por una restauración, en prim er lugar, porque
otros pueblos se atrevieron a hacer la revolu ción y, en segundo lugar, porque
otros pueblos sufrieron la contrarrevolución, la prim era vez porque nuestros
señores tuvieron miedo, y la segunda
porque no lo
tuvieron. Noso tros, con
nuestros pastores a la cabeza,
sólo una vez
nos hemos encontrado junto a la libertad, a saber: el día de su
entierro.
Una escuela 54 que legitim a la vileza de hoy y la
de ayer
del mismo m odo; una escuela que declara
acto de rebeldía todo grito del siervo contra el knut, desde el m om ento en que se
tra ta de un knut cargado de años,
tradicional, histórico; una
escuela a la que la historia sólo le m uestre su a
posterio- ri, del mismo m odo que el
Dios de Israel hizo con su siervo Moisés, en una palabra, la Escuela histórica
del Derecho, hu biera sido una invención de
la historia alem ana de no haber se tratado de u n a invención de
ella misma. Es Shylock,55p ero Shylock envilecido, que por cada libra de carne
cortada del corazón del pueblo ju ra y p erju ra por las E scrituras, por sus
títulos históricos, por sus títulos cristiano-germánicos.
Por el contrario, algunos bondadosos entusiastas,
germ a nistas de sangre y liberales por su reflexión, van a buscar
M La «Escuela histórica del derecho».
5 Cfr. S h a k e s p e a r e , El mercader de
Venecia.
103
nuestra historia de la libertad
más allá de
nuestra historia, en las selvas
vírgenes teutónicas. Pero ¿en qué se distingue nuestra historia de la
libertad de la
historia de la
libertad del jabalí, si sólo se halla en la selva? Además, es bien
sabido que cuanto m ás
se interna uno
en el bosque,
más resuena la voz fuera de este.
De modo que, dejem os en paz la selva virgen teutónica,
jGuerra a las condiciones sociales alemanas! Es
cierto que se encuentran por debajo del nivel de la historia, por de bajo de toda crítica, pero, a pesar de
ello, siguen siendo
ob jeto de crítica, como el
crim inal que, no
por encontrarse por debajo del
nivel de la hum anidad deja
de ser objeto del verdugo. En lucha contra
ellos la
crítica mo es una
pa sión de la cabeza,
sino la cabeza de
la pasión. No
se tra ta del bisturí anatóm ico,
sino de un arm a. Su objeto es el ene
migo, al que no tra ta de refutar, sino de destruir, porque el espíritu
de aquellas condiciones de vida ya se ha refutado. De por sí, esas condiciones
no son dignas de ser
recordadas, sino tan despreciables como las existencias proscritas, j La
crítica, de por sí, no necesita llegar a esclarecer, ante sí m
is ma, ese objeto, puesto que ya
ha term inado con
él. Esa crí tica no se com porta como un fin en
sí, sino sim plem ente co mo un medio. Su sentim iento esencial es el de la indignación, su tarea esencial, la
denuncia^,
Se tra ta de describir una sorda presión
m utua de £&das las esferas sociales, unas sobre
otras, de un apático desa- cuerdo general, de una lim itación que se
reconoce tanto co mo se desconoce, encuadrada en el m arco
de un sistem a de gobierno que, viviendo de la conservación de todo lo insu
ficiente, no es de por sí o tra cosa que lo que
hay de insufi ciente en el gobierno.
’j Q u é espectáculo tan lam entable! La división
de la
socie dad JUevada hasta el infinito en las razas más diferentes, en
frentadas unas a otras por pequeños problem as, m alas in tenciones y una
brutal m ediocridad que, precisam ente
en razón de su m utua y
recelosa posición m utua,
son tratadas por sus señores,
todas ellas sin excepción, aunque con dife rentes form alidades, como
existencias sujetas a sus concesio nes. Y hasta eso mismo, hasta el hecho de
verse dominadas, gobernadas y poseídas, tiene que ser reconocido y
confesado por ellas como una concesión del cieló?\ Por otro lado, los
señores, cuya grandeza se halla en relación inversa a su nú mero.
104
La crítica que
se ocupa de
ese contenido es
la crítica en la
refriega, y en la refriega no
se tra ta de
saber si el
enemi go es un enemigo noble y del mismo rango, un enemigo inte
resante, sino que se tra ta de
zurrarle. Se trata
de no conce der a los alemanes ni un solo
instante de ilusión
y resigna ción. Hay que hacer la opresión real más
opresora todavía, añadiendo a
aquélla la conciencia de
la opresión, haciendo la infam
ia más infam ante al pregonarla.
Hay que pintar
to das y cada una de las esferas
de la sociedad
alem ana como la partie honteuse
de la sociedad alem ana, obligar a esas relaciones anquilosadas a danzas,
cantándoles su propia me lodía. Hay que enseñar al pueblo
a asustarse de
sí mismo para infundirle ánimo.
\,Se satisface con
ello una insoslaya ble necesidad del pueblo alemán, y
las necesidades de los pueblos son
en su
propia persona los
fundam entos últim os de su
satisfacción.
esa lucha contra el status tyuo alem án tampoco
carece de interés para el resto de los pueblos modernos, puesto que el status
quo alem án es la franca y sincera
coronación del anti guo régimen,
y el antiguo régimen la debilidad oculta
del Estado moderno\ La lucha contra el presente político
alem án es la lucha contra el pasado de
los pueblos m odernos,
y las rem irúcencias de este
pasado siguen pesando todavía sobre ellos
y agobiándolos. Resulta
instructivo para esos
pueblos a los que
nos referim os ver
cómo el antiguo
régimen, que en ellos conoció su
tragedia, representa -ahora su comedia,
como el espectro alemán. Su
historia fue trágica m ientras
era el poder preexistente del m ando y la libertad, en cam bio, una
ocurrencia personal; en una
palabra, m ientras creía y tenía que creer en su legitim idad. M
ientras el antiguo ré gimen, en cuanto
orden del m undo existente luchaba
con un m undo en estado sólo de gestación, cometía un e rro r histórico
universal, pero no de carácter personal.
Por lo
tan to, su catástrofe resultó trágica.
Por el contrario, el régim en alem án actual, que
es un ana cronism o, una contradicción
flagrante con todos
los axio m as universalm ente
reconocidos, la nulidad del antiguo ré gimen pLiesta en evidencia ante todo el mundo,
se imagina creer sólo en sí mismo
y exige del m undo la misma creencia ilusoria. Si creyera en su propio ser
¿acaso iba a
esconderlo bajo la apariencia de
un ser ajeno
y buscar su
salvación en la hipocresía y
el sofisma? No,
el antiguo régimen
m oderno no es sino el
comediante de un
orden universal, cuyos héroes
105
reales
han m uerto. La
historia es concienzuda
y^pasa por m uchas fases antes de
en te rrar las viejas form as.[La últim a fase de una form a
histérico-universal es su comedia^Los dio
ses de Grecia, un día ya trágicam ente heridos en el Prometeo encadenado
de Esquilo, tuvieron que volver a m orir otra
vez cóm icam ente en los coloquios de Luciano. ¿Por qué esa tra
yectoria histórica? Para que la hum anidad pueda separarse alegremente de
su pasado. Este
alegre destino histórico
es el que nosotros reivindicam os para las potencias políticas de
Alemania.
Sin embargo, en cuanto la rnoderna realidad
político so
cial se ve som etida a
la critica, es
decir, en cuanto la
crítica se eleva al nivel de
los problem as auténticam ente humanos, es que ya no se inserta
en el status-quo alemán,
pues de
otro m odo abordaría su objeto,
por debajo de su objeto. Un ejem plo: 'Ja relación entre la industria, el m
undo de la riqueza en general y el m undo político es un problem a fundam ental
de nuestra época^ ¿Bajo qué aspecto ese
problem a empieza a preocupar a los alem anes? En form a de aranceles
protectores, de sistem a prohibitivo, de economía nacional. El
germanismo ha pasado ele los hom bres a la m ateria y
un buen día
nues tros caballeros del algodón y nuestros héroes del hierro se vieron convertidos en patriotas. De m odo
que", en Alemania, se empieza a reconocer la soberanía del monopolio
con res pecto al interior confiriéndole
la soberanía con respecto al exterior. Es decir, que en Alemania se empieza por
donde se está ya acabando en
Francia o en Inglaterra. El viejo
y po drido estado de cosas
contra el que, teóricam ente, esos países se sublevan y que soportan sólo como
se soportan las
cade nas, se saluda en Alemania como la prim era luz del am anecer de un
bello futuro, que
apenas si se
atreve a pasar de
la la- d ina M teoría a la m ás
im placable de las
prácticas. M ientras en Francia e Inglaterra el problem a se plantea
así: economía política o imperio de la sociedad sobre la riqueza, en Ale mania, los térm inos del problem a son
otros: economía na cional o imperio de la propiedad privada sobre
la nacionali dad. Es» Sramcia
e Inglaterra se tra
ta , por lo tanto, de
abolir el monopolio, que ha llegado hasta sus últim as consecuen cias;
por el contrario, de lo que se tra ta en Alemania es de
34 Marx
utiliza aquí el término íistig, en
un doble sentido,
haciendo un juego de palabras que se basa en la
simultánea utilización de la
derivación de List: Friedrich
List (1789-1846), conocido
economista alemán, teórico del proteccionismo.
106
llevar hasta sus últim as consecuencias el monopolio.
En el prim er caso se tra ta de
la solución, en el segundo de la coli
sión, sim plem ente. Ejem plo suficiente nos lo proporciona la form a
alemana que allí adoptan los problem as contem porá neos, cómo nuestra
historia, a la m anera del recluta torpe,
no ha tenido hasta el m om ento otra misión que practicar y
re petir los ejercicios ya trillados.
Consiguientemente,
si todo el
desarrollo de Alemania
no se saliese de los m arcos de su desarrollo político, un alem án sólo podría, a lo sumo,
participar de los problem as del pre
sente a la m anera de como puede participar en ellos un ruso. Pero, si el
individuo suelto no
se halla vinculado por las
ata d u ras de la nación, m ucho
m enos liberada se ve todavía la nación entera p o r la liberación de
un individuo. Los escitas
no avanzaron un solo paso hacia la cultura griega porque Grecia contase con un
escita entre sus filósofos.57
A fortunadam ente, los alem anes no somos escitas.
Del mismo m odo que los pueblos antiguos vivieron su
px-ehistoria en la
imaginación, en mitología, nosotros, los a le m a n e s ,
tam bién hem os vivido nuestra prehistoria en el pensam iento, en la fü o so f
ía ^ o m o s contem poráneos filosófi cos del presente, sin ser sus contem
poráneos históricos^ha filosofía alem ana es la prolongación ideal de la
historia de Alemania. Por lo tanto, si
en lugar de
las oeuvres incomple tas de nuestra historia real,
criticam os las oeuvres posthum es de
nuestra historia ideal, la
filosofía, nuestra crítica figu ra en el centro de los problem as
de los
que el presente
dice that is the question.^ho que en los pueblos es la ru p tu ra
práctica con las situaciones del
estado m oderno, en
Alema nia, donde esas
situaciones ni siquiera
existen, ante todo,
es la ru p tu ra crítica con el
reflejo filosófico de
dichas situacio n e s^
| La filosofía alemana del
derecho y del
Estado es la
úni ca itoforáz alemana que se halla, al pari,% con el presente oficial
m oderno, p o r eso el pueblo alem án
no tiene más
re m edio que incluir tam bién esa historia suya, hecha de sue ños, en
el estado social existente y som eter a
crítica no sólo ese estado social existente,
sino tam bién, sim ultáneam ente,
su prolongación abstracta^ El fu tu ro de este pueblo no puede lim itarse ni a la negación directa de
su orden jurídico es
57 Marx
alude aquí al
filósofo Anacarsis (siglo
iv a. C.),
escita. S5 En italiano en el
texto.
107
tatal real
ni a la
ejecución inm ediata del ideal de
su E stado y de su derecho, ya que la
negación directa de
sus condicio nes reales va im
plícita ya en su orden
ideal y la
realización inm ediata de su orden ideal casi ha sido superada ya, en la
contem plación de sus pueblos vecinos. De modo que tiene razón el partido
político práctico alemán al reclam ar la ne gación de la filosofía. Su e rro r
no consiste en dicha reivindi cación, sino en detenerse en
su m era exigencia, que ni reali
za ni puede realizan seriam ente. Cree llevar a cabó aquella negación por
el hecho de
volver la espalda a
la filosofía y m
ascullar acerca de ella, m irando para
otro lado, unas cuan tas frases banales y m alhum oradas.
El lim itado carácter
de sus horizontes no incluye tam
poco a
la filosofía, ni
siquiera en el ám bito
de la realidad
alemana, y eso
cuando no llega a considerarla por debajo de la
praxis alem ana y de las teorías de las que se sirve,
Se exige una
trabazón con los gérm enes reales de la vida,
pero se olvida que
el germ en real de la vida
del pueblo alem án sólo
ha brotado hasta aho ra bajo su
bóveda craneana. En una palabra,
)no podéis su perar la filosofía sin realizarla.?
Y el m ism o error, solo que en térm inos
contrarios, lo ha
cometido tam bién el partido político
teórico, que arrancaba de la filosofía.
Ese partido, en
la lucha actual
sólo veía la
lucha ■crítica de la
filosofía con el mundo alemán, sin pararse a
pensar que la filosofía
anterior pertenecía a
su vez a
este m undo y era
su complemento, siquiera fuese su complemento ideal. Mos traba una actitud
crítica ante la parte contraría, pero
adop taba un com portam iento no crítico para consigo
misma, ya que arrancaba de las
premisas de la filosofía, y, o bien
se de tenía en sus resultados
adquiridos, o bien presentaba como postulados y resultados directos de
la filosofía los postula
dos traídos de o tra parte, a pesar
de que estos —suponiendo que fuesen legítim os—
sólo pueden m antenerse
en pie, por el contrarío, m ediante la negación de
la filosofía precedente, de la filosofía en cuanto
tal filosofía. Nos reservam os el tra
ta r más a fondo sobre este partido.
Su principal defecto
pue- de resum irse así: creía poder realizar la filosofía sin elimi
narla.
La crítica de la filosofía alemana del derecho y
del es tado que ha encontrado en Hegel su expresión últim a, la más
consecuente y la más rica es ambas cosas a la vez: tanto el análisis crítico
del Estado m oderno y de la realidad que a
108
él se refiere, como la resuelta negacióq. de todo
el modo an terior de la conciencia
política y jurídica alemana, cuya ex presión m ás noble, más universal,
elevada a ciencia, es preci sam ente
la m ism a filosofía
especulativa del derecho. 4jSi
la fi losofía especulativa del
derecho, esa imagen abstracta y su perabundante del Estado m oderno cuya
realidad sigue sien do un más allá, aunque este más
allá se
encuentre apenas al otro lado
del Rhín, sólo
podía darse en/Alemania;{(a su vez,
y a la inversa la imagen alemana, conceptual del Éstado mo derno, abstraída
del hom bre real, sólo
era posible porque
y en cuanto que el mismo E stado m oderno se abstrae del hom bre real o satisface al hom bre total de
un m odo puram ente imaginario. En política, los alemanes
han pensado lo que
otros pueblos han hecho\ Alemania era
su conciencia teóri ca. La abstracción y la arrogancia de
su pensam iento corría siem pre pareja con la lim itación
y la
pequenez de su
reali dad. ÍPor lo tanto, si
el sta tu s quo
del Estado alemán expresa la perfección del antiguo régimen, la
consumación de la pica clavada en la carne del Estado moderno, el status quo de
la conciencia del Estado alemán, expresa la imperfección del Estado moderno, la
falta de solidez de su carne misma.
Ya en
cuanto resuelto adversario
del modo anterior
de la conciencia política
alemana, se orienta la crítica de la fi
losofía política del derecho, no hacia sí miscaa, si no hacia tareas
para cuya solución no existe más que un medio: La práctica.
Nos preguntam os: Puede llegar Alemania a una prác
tica a la hauteur des~principes, es
decir, a una revolución que la eleve, no sólo al nivel
oficial de los
pueblos m oder nos, sino a
la altura humana
que habrá de
ser el futuro
in m ediato de esos pueblos? ^
‘{^Evidentemente, el arm a de la
crítica 110 puede
sustituir a la crítica de las arm
as, que la fuerza m aterial tiene que derro
carse m ediante la fuerza m aterial, pero tam bién
la teoría sé convierte en poder m aterial tan pronto como se apodera de las
masas. Y la teoría es capaz de apoderarse de las masas cuando argum enta y dem
uestra ad homínem, y argum enta y dem ues tra ad hominém, cuando se hace radical,
ser fadical es atacar
el problem a por
la raíz. Y
la raíz para
el hom bre, es el hom
bre m ism o^L a prueba
evidente del radicalism o de la teoría alem ana
y, p o r lo
tanto, de su
energía prác tica, consiste en saber p a r tir de la
decidida superación po sitivista de la religión. La crítica de la religión
desem boca en
109
la doctrina de que el hombre es la esencia suprema
para el hombre y, por consiguiente, en el imperativo categórico de invertir
todas las relaciones en que
el hom bre sea
un ser hum illado, sojuzgado,
abandonado y despreciable, relaciones que no cabría pintar m ejor que
con aquella exclamación
de un francés al enterarse de
que existía un
proyecto para crear un im puesto sobre los perros: [Pobres perros!
¡Quieren tra tarlos como si fuesen personas!
La misma emancipación teórica, en Alemania y desde
un punto de vista histórico, tiene un interés específicamente práctico. El
pasado revolucionario de Alemania
es, en
efecto, un pasado histórico: es la Reforma, to m o entonces en el ce
rebro del fraileu la revolución comienza ahora en el cere bro del filósofo. \
|\ i i te ro venció, efectivam ente, a -la servidum
bre por la devoción, porque la sustituyó por la servidum bre en la con
vicción. Acabó con la fe en la autoridad, porque restauró la autoridad de la
fe. Convirtió a los curas en seglares, porque convirtió a los seglares en
curas. Liberó al hom bre de la reli giosidad externa, porque erigió la
religiosidad en el hom bre interior. Em ancipó
de las cadenas
al cuerpo, porque
cargó de cadenas el corazón.^
Pero si el protestantism o no fue
la verdadera solución, si llegó a ser el
auténtico planteam iento del problem a|A hora ya no se trataba de la
lucha del laico
contra el cura,
es decir, contra algo que estaba fuera
de él, sino
de la lucida
contra el propio cura
interior, contra su
naturaleza de cura)[ Y si la transform ación protestante
del seglar alem án en c ií ra em
ancipó a
los papas seglares,
a los principes
con toda su clerecía, a los
privilegiados y a los filisteos, la
transform a ción filosófica de los alem anes cúreseos en hom bres eman
cipará al pueblo. Pero, del mismo m odo
que la em ancipa ción no se detuvo
en los príncipes,
ím&poco la seculariza ción
de los bienes se detendrá en el despojo
de la iglesia, lle vada a cabo, fundam entalm ente
por la hipócrita Prusia. La guerra de los cam pesinos,59 el hecho más radical
de la his-
5!> La guerra de los campesinos estalló en la
Alemania Centro- meridional entre
los años 1525-1526: los motivos que originaron
la revuelta de
los habitantes del
campo contra los
nobles y burgueses de las ciudades fueron económicos,
espirituales y teológicos: de gran importancia
fueron las exigencias
comunistizantes de Thomas
Münzer
{1488-1525) Cfr. Friedrich E n g e l s , La
guerra de los
campesinos en Alemania y Efnst B
l o c h , Thomas Münzer, teólogo
de la revolución Ciencia Nueva, Madrid 1968.
110
toria alem ana, se estrelló en su
día contra la
teología. Hoy, que la m ism a
teología ha fracasado,
el hecho más
serí/il de la historia alemana, n uestro
status quo, se
estrellará contra la filosofía.
En vísperas de la
Reforma, el siervo
m ás sum i so de Rom a era la
Alemania oficial. En vísperas de su revolu ción, es el siervo más sum iso de
algo menos que Roma, de Prusia y Austria, de los hidalgüelos
rurales y los filisteos.
Sin embargo, parece ser que
existe una dificultad
funda m ental que im pide la revolución alem ana radical
[ L as revoluciones necesitan, en efecto, de un
elem ento pa sivo, de una base material. En cualquier pueblo, la teoría se
realiza sólo en
la m edida en
que supone la
realización de sus necesidades.
Ahora bien ¿Corresponderá al inmenso di vorcio
existente entre los
postulados del pensam iento
ale m án y las respuestas de la
realidad alem ana el mismo
divor cio que
existe entre la
sociedad alemana, el E
stado y
ella m ism a? ¿ Serán las necesidades, teóricas necesidades
directa m ente prácticas? No basta con que el
pensam iento acucie hacia su
realización; es necesario que la misma realidad acu- cie;„hacia el pensam
iento.^
{J*ero Alemania no ha escalado sim ultáneam ente
con los pueblos m odernos las fases interm edias de la emancipación política.
No ha llegado siquiera, prácticam ente, a
las fases que teóricam ente ha superado]^ Cómo podría,
de un
salto m oríale^ rem ontarse no
sólo sobre sus propios lím ites,,
sino al mismo tiem po sobre los lím ites
de los pueblos m odernos, sobre los lím ites que en la realidad debía sentir y
a los que debía asp irar como a la em ancipación de sus
lím ites rea les? Qlna revolución radical, sólo puede ser una
revolución de necesidades radicales, cuyas prem isas y cuyos orígenes
parecen cabalm ente f a l t a r ^
TSin em bargo, si bien es cierto que Alemania s-ólo
ha acom pañado con la actividad ab stracta
al desarrollo de
los pue blos m odernos sin
llegar a tom ar parte activa en las
luchas reales de ese desarrollo, no lo es menos que, por otro lado, ha com partido los sufrim ientos
de ese mismo desarrollo sin p articipar de sus
ventajas 'ni de su parcial satisfacción. A la actividad ab stracta
corresponde la contrapartida
del sufri m iento abstracto. De
fo'rma que, una buena m añana
Alema nia se "encontrará al
nivel de la
decadencia europea antes de haber llegado a encontrarse nunca al
nivel de la em an
60 En italiano en el original.
111
cipación europea. ¡Podríam os com pararla a
un adorador de los ídolos que agonizara, víctim a de las
dolencias del cris tianismo.
Fijémonos en
prim er lugar en
los gobiernos alemanes, y los verem os em pujados por las
condiciones de la
época, por la situación de Alemania, p or el punto
de vista de la
cultera alem ana y, finalmente, por su propio y
certero instin to, alspm binar
los defectos civilizados del mundo de
los esta dos modernos, de cuyas
v entajas,no gozamos, con los
defec tos bárbaros del antiguo régimen,\ d e los que podemos jac tarnos
hasta la
saciedad, de tal m
odo que Alemania, si no en la racionalidad, por lo m enos en la
irracionalidad tiene que participar cada vez más de aquellas form aciones de
Estado que quedan más allá de su statu
quo . ¿Acaso hay, por ejem plo,
en el m undo un país que com parta
tan sim plistam ente como la llam
ada Alemania constitucional todas
las ilusiones del Estado
constitucional sin com partir sus
realidades? ¿O no tenía que ser necesariam ente una
ocurrencia del gobier no alem án el asociar los torm entos
de la censura con
los tor m entos de las leyes de
septiem bre 61 en Francia que
presupo nen la libertad
de prensa? Así
como en *el Panteón
rom ano se reunían los dioses de todas las naciones,
en el Sacro
im perio Romano-Germánico se reúnen los pecados de todas las form as de
Estado. Y que este
eclecticismo llegará a
alcan zar una altura hasta hoy
insospechada lo garantiza, en
efecto, la gourm anderiea estético-política de un m onarca a lem án 63
que aspira a desem peñar, si no a través de la
persona del pue blo, por lo m enos
en su propia
persona, si no p ara el
pueblo, p o r lo m enos para sí mismo, todos los papeles de la m onar quía, la feudal y la burocrática, la
absolutista y la constitu cional, la autocrática y la dem ocrática.
^¡Alemania, como la ausencia del presente político constituido en un mundo pro pio, no podrá derribar las b arreras
específicamente alem a nas sin d errib ar la b arrera general del presente
político^
] El sueño utópico, para Alemania, no es la
revolución ra dical, no es la em ancipación humana general,
sino, por el contrario, la revolución parcial, la revolución m eram ente po-
M Las «leyes de septiembre» fueron promulgadas
por el
gobierno francés de Luis Felipe
en 1835, como
consecuencia de un
atentado contra el rey. Limitaban la actividad de las Cortes y proponían
serias medidas contra la prensa.
u
Glotonería, en francés
en el original. ” Federico Guillermo IV de Prusia.
lítica, la revolución que deja en pie los pilares
del edificio.
¿Sobre qué
descansa una revolución
parcial, una revolución m eram ente política? En el
hecho de
que se emancipe la
par te de la sociedad burguesa que instaura su dominación ge neral, en
el hecho
de que una
determ inada clase em prenda la emancipación general de la
sociedad, a p a rtir de su especial situación. Esa clase libera al resto de la
sociedad, pero sólo en el supuesto de que toda la sociedad
se encuentre en la si tuación de esa clase, es decir, de que posea, por ejemplo,
el dinero y la cultura, o de que pueda adquirirlo a su antojo. J
¡Ninguna clase de la sociedad civil puede desem
peñar ese papel sin provocar un m om ento de entusiasm o en sí y en la masa,
m om ento durante el cual
confraterniza y se
funde con la sociedad en general, se confunde con ella y
es sen tida y reconocida como su representante
universal, en el que sus pretensiones y
sus derechos son,
en verdad, los derechos y las
pretensiones de la sociedad misma,
en el que
esa clase es realm ente la cabeza
social y el corazón social. Sólo en nom bre de los derechos .generales de
la sociedad puede una clas^ en
particu lar reivindicar para
sí la dominación gene- r a l j X para escalar esa
posición em ancipadora y poder, por lo tanto, explotar políticam ente
todas las esferas de la socie dad
en interés de la propia
esfera, no bastan
por sí solos la energía revolucionaria ni el am or p ro p
io . espiritual. Para que coincidan la
revolución de un
pueblo y la
emancipación de una clase en particular de la sociedad civil, para
que una clase valga por toda la
sociedad, es necesario, por el
contra rio, que todos los defectos de la sociedad se condensen en una
clase, que una determ inada clase resum a
en sí la
repul sa general, sea la incorporación del obstáculo general; es necesario para ello que
una determ inada esfera social sea considerada como el crimen notorio
de toda la
sociedad, de tal modo que la
liberación de esta esfera aparezca como la autoliberación general^ Para
que un
estado sea par excellen-
ce el estado de liberación, es necesario que otro estado sea el estado de
sujeción por antonom asia. La significación
nega tiva general de la nobleza y la clerecía francesas condicionó la
significación positiva general de la
clase prim eram ente de- lim itadora y contrapuesta de la
burguesía
Pero cualquiera de las clases de Alemania carece de la consecuencia,
el rigor, el arrojo, la intransigencia capaces de convertirla en el
representante negativo de la sociedad.
Y todas ellas carecen, asim ism o, de esa grandeza de alma que
113
pudiera identificar a una, aunque sólo fuese m om
entáneam en te, con el alma del
pueblo, de esa
genialidad que infunde
a la fuerza m aterial el
entusiasm o del poder político, de esa intrepidez revolucionaria que
arroja a la cara
del enemigo las retadoras
palabras; ¡No soy nada, y debiera serlo todo /
|jEl fondo básico de la m oral y
la honradez alem anas,
y no sólo de los individuos, sino tam bién de las clases, es más bien ese modesto egoísmo que hace valer y
perm ite que otros hagan valer contra
ellos sus propias lim itaciones^
Por eso, la relación existente entre las
diversas esferas de la
socie dad alem ana no es dram ática s<ino épica. Cada una de ellas comienza
a sentirse y a hacer llegar a las otras
sus preten siones, no cuando se
ve oprim ida, sino cuando las circuns
tancias del m om ento, sin intervención suya, crean una base social sobre
la que
ella, a su
vez, pueda ejercer presiónXHas-
ta el m ism o amor propio moral de la clase media alemana descansa sobre la
conciencia de ser
el representante general de la filistea m ediocridad de todas las demás clases. [No son, p o r
lo tanto, solam ente
los reyes alemanes,
que llegan al trono mal á propos,
sino todas las esferas de
la sociedad ci vil que sufren su
derrota antes de haber festejado la
victoria, las que desarrollan sus propios lím ites
antes de hab er salta do por encima de los lím ites que
a estos se
oponen, que ha cen valer su
pusilanim idad antes de que
hayan podido ha cer valer su arrogancia, de tal modo que
hasta la
oportunidad de llegar a desem peñar un gran papel desaparece antes
de haber existido, y cada clase, tan pronto como
empieza a lu char con la clase que está p or encim a
de ella, se ve enreda da en la lucha con la que está debajo.Sfte aquí que
los prín cipes se hallen en
lucha contra la burguesía, los burócratas contra la nobleza y los burgueses
contra todos ellos,
mien tras el proletario comienza a luchar contra el burguést^La
clase m edia no
se atreve siquiera,
desde su punto
de vista, a concebir el pensam
iento de la emancipación, y ya el desa rrollo de las condiciones sociales, lo
mismo que el progreso de la teoría
política, se encargan de
revelar este mismo pun to de
vista como algo
anticuado o por lo
menos proble m ático.
En Francia, basta con que alguien sea algo
para que quie
ra serlo todo. En Alemania, nadie puede ser nada si no quiere verse
obligado a renunciar a todo. fEn Francia, la emanci pación parcial es el
fundam ento de l a emancipación univer sal. En Alemania, la em ancipación
universal es la conditio
114
sine
qtia non de
toda em ancipación parcial:
En Francia, es la realidad de la liberación gradual, en
Alemania su imposi bilidad, la que tiene que engendrar la libertad total. En
Francia, cualquier clase del pueblo es
políticam ente idealis ta,
sintiéndose, ante todo, no como una clase
especial, sino como representante
de las
necesidades sociales en
general. Por eso, el papel
de emancipador pasa por turno, en
un dra m ático movimiento, a las
diferentes clases del pueblo
fran cés, hasta que llega a la
clase que no realiza ya
la libertad social, no ya bajo el supuesto de determ
inadas condiciones extrañas al hom bre y, sin embargo, creadas por la
sociedad hum ana, sino que organiza más bien todas las
condiciones de la existencia hum ana bajo el supuesto de la libertad social. Por el contrario, en Alemania,
donde la vida
práctica tiene tan poco de
espiritual como la vida espiritual
tiene de prác tica, ninguna clase de la sociedad
burguesa, sie»te la necesi dad, ni tiene capacidad para la em
ancipación generaI hasta que se ve obligada a ello por la situación
inmediata, por la necesidad material, p o r sus mismas cadenas.
r¿Dónde reside, entonces, la posibilidad positiva
de em anci pación alem ana?
Respuesta: en la form ación de una clase con
cadenas radi cales, de una clase
de la sociedad
civil que no
sea una clase de la
sociedad civil; de
un estado que
sea la disolución
de los estados; de una esfera que
posea un cará-cter universal por lo universal de sus
sufrim ientos, y que
no reclam e para sí ningún derecho especial, puesto que,
contra ella no
se ha com etido ningún desafuero
en particular, sino
el desafuero en sí, absoluto.
XJna ciase a la que le resulte im posible ape lar a ningún título histórico, y
que se limite a reivindicar su título humano. Que no se encuentre en contradicción unilate ral con sus
consecuencias, sino en om nilateral contraposi ción con las prem isas del E
stado alem án; de una esfera, final m
ente, que no pueda em anciparse sin em
anciparse en el res to de las esferas de la sociedad y, sim
ultáneam ente, em anci parlas a todas ellas; que sea, en una palabra, la
pérdida com pleta del hom bre. E sta descom posición de la sociedad, en cuanto
clase particular, es el proletariado3
El proletariado comienza a existir
en Alemania' a
través del m ovim iento industrial naciente, puesto que
lo que form a el proletariado no
es la pobreza nacida naturalmente, sino la pobreza artificialmente provocada,
no se tra ta de la m asa hu m ana m ecánicam ente agobiada por el peso de
la sociedad,
115
sino la que brota de la aguda disolución de
ésta, y
prefe rentem ente de la
disolución de la clase media, aunque gra dualm ente, como puede com prenderse,
vayan incorporándo se tam bién a sus
filas la pobreza natural y los siervos cristia- no-germánicos de la gleba.
["Cuando el proletariado proclam a la
disolución del orden universal precedente , no hace más que pregonar el secreto
de su propia existencia, ya
que él es
la disolución de
hecho de ese orden universal. Cuando el proletariado red am a la
negación de la
propiedad privada , no
hace más que
elevar a principio de la
sociedad, lo que la sociedad ha elevado a principio suyo , lo que ya está
personificado en él, sin in te r vención suya, como resultado negativo de la
sociedad^De mo do que el proletariado se
encuentra asistido, con respecto
al m undo en que surge, de la misma razón que asiste al rey alemán con
respecto al m undo existente cuando llam a
al pueblo su pueblo, como al
caballo, su caballo.
El rey, cuan do proclam a al pueblo propiedad
privada suya, se lim ita a expresar que el propietario privado es rey.
^Asx como la filosofía encuentra en el
proletariado sus ar mas materiales, el proletariado encuentra
en la
filosofía sus arm as
espirituales, y tan pronto como el rayo
del pensam ien to m uerda a
fondo en ese candoroso suelo popular, se llevará a cabo la
em ancipación de los alemanes en cuanto hombres'^ Resum iendo y concluyendo:
La única liberación
prácticam ente posible de
Alemania es la liberación, desde
el punto de vista de la
teoría, que decla
ra al hom bre su suprem a esencia. En Alemania, la em ancipa ción de
la Edad Media
sólo puede llevarse
a efecto como em ancipación sim ultánea de las
superaciones parciales de la Edad
Media. En Alemania
no puede abatirse
ningún tipo d e servidum bre sin
ab a tir todo tipo de servidum bre en ge neral. La meticulosa Alemania no
puede revolucionar sin re volucionar desde el mism o fundam entó^ La
emancipación del alemán es la
emancipación del hom bre .
La cabeza de
esta em ancipación es la
filosofía, su corazón
es el proletariado.
La filosofía no puede llegar a realizarse sin la abolición del
proletariado, y el proletariado no puede abolirse sin la reali zación de la
filosofía.^
Cuando se cum plan todas estas condiciones
interiores, el canto del gallo galo anunciará el día de resurrección de Ale
mania.
116
Esbozo de crítica de ¡ o economía política
por Friedrich Engels
La economía política surgió como consecuencia natural de la
extensión del comercio, y con ella
apareció, en lugar
del tráfico vulgar sin ribetes
de ciencia, un
sistem a acabado de fraude
lícito, toda una ciencia sobre el modo de enrique cerse.
E sta economía política o ciencia del enriquecim
iento, que brota -de la envidia y
la avaricia entre
m ercaderes, viene al m undo trayendo en la
frente el estigm a
del más repugnan te de los egoísmos. Se
profesaba todavía la ingenua
creencia de que el oro y la plata constituían la riqueza, y no se en
contraba, por esta
razón, nada m ás
urgente que prohibir en todas partes la exportación de m
etales «preciosos». Las naciones se enfrentaban
unas a otras
como avaros rodean
do cada una de ellas con ambos brazos
su querida talega
de oro y m irando u sus vecinos
con ojos envidiosos y llenos de recelo. Y se recurría a todos los medios imaginables para extraer de los pueblos con los que se
com erciaba la m ayor cantidad posible de dinero contante y sonante,
procediendo luego a colocar celosam ente
detrás de la
línea aduanera la m oneda arrebatada.
E ste principio, aplicado del modo más consecuente,
hu
biera m atado el comercio. De m odo que se comenzó
a reba sar esta prim era etapa;
se com prendió que en
las arcas ya cía inactivo el capital, m ientras que en
circulación se incre
m entaba continuam ente. Esta consideración hizo que se
117
rom piera la reserva; las naciones echaron a
volar sus duca dos como reclam o para cazar m ás dinero
y se reconoció
que en nada perjudicaba el pagar a otro un precio demasiado alto por su m ercancía, siem pre
y cuando
se pudiera obtener de él otro todavía
m ayor por la m ercancía propia.
Surgió así sobre esta base, el sistema m ercantil.
Con él quedaba disim ulada en parte la avaricia del com erciante; las naciones
se acercaron un poco más, concertaron tratados de comercio y am istad, se
dedicaron a negociar las unas con las otras
y, con el
señuelo de m ayores
ganancias se abrazaban y se hacían todas las prom esas
de am or imaginables. Pero en el fondo
seguía rem ando entre ellas
la codicia y la
avari cia de siem pre, que estallaban de vez en cuando en las gue
rras, encendidas todas ellas en aquél período por la riva
lidad comercial. En estas guerras se
ponía de m anifiesto que en el comercio, lo mismo que
en el robo,
no había más
ley que el derecho del m ás fuerte; no se sentía
el m enor escrú* pulo en arran car al otro, por la
astucia o la violencia los tratados
considerados como m ás beneficiosos.
La piedra angular de todo el
sistem a m ercantil es la
teo ría de la balanza comercial. En efecto, como las naciones se
aferraban todavía al principio
de que el
oro y la
plata eran la riqueza, sólo se
consideraban beneficiosos aquellos tratos que, a fin de cuentas, traían al país
dinero contante. Para averiguar el saldo
favorable, se cotejaban
las im portaciones y las
exportaciones. Quien exportaba más
de lo que im
por taba daba p or supuesto que la diferencia afluía al país en dinero
efectivo y se
consideraba enriquecido con
ella. Todo el arte de los econom
istas estribaba, por lo tanto, en velar
porque al final de cadja ejercicio,
las exportaciones arro ja ran un saldo o balanza favorable
sobre las im portaciones, jY en aras de
esta grotesca ilusión miles de hom bres m orían sacrificados en los campos de
batalla! Tam bién el comercio puede enorgullecerse, como se ve, de su
Inquisición y de sus Cruzadas.
El siglo xvili, el siglo de la revolución, revolucionó
tam bién la Econom ía. Pero, así como
todas las revoluciones
de este siglo pecaron de
unilaterales y quedaron
estancadas en la contradicción,
así como al esplritualism o
abstracto se opu so
el abstracto m aterialism o a
la m onarquía la
república y al derecho divino el
contrato social, vemos que tampoco la revolución económica pudo sobreponerse a
la contradicción correspondiente. Las prem isas siguieron en pie por todas
118
partes; el m aterialism o no atentó contra el desprecio
y la hum illación cristianos del
hom bre y se lim itó
a oponer al hom bre, en vez del Dios cristiano, la
naturaleza como algo absoluto; la política
no pensó siquiera
en en tra r a
investi gar las bases en las
que descansaba el
Estado en y
de por sí; y, por su parte, a la
Econom ía no se
le ocurrió pregun tarse por la razón de
ser de la
propiedad privada. De ahí que la
nueva Econom ía no
representara más que
un progreso a
medias; veíase obligada
a traicionar sus
propias prem isas y a renegar de
ellas, a recu rrir al sofisma
y a la
hipocresía para encubrir las contradicciones en que se veía envuelta
y poder llegar a conclusiones a las que la em pujaba más el espíritu hum
ano del siglo que la-s prem isas de las
que par tía. Esto hizo que la
Econom ía adoptase un carácter filan trópico; retiró su favor a los
productores para encam inarlo hacia los consum idores;
aparentó una santa aversión
contra los sangrientos horrores d
e l's is tem a m ercantil y
proclam ó el comercio como un lazo de am istad y concordia entre las
naciones y los individuos. Todo aparecía envuelto en
herm o sos colores, pero las
prem isas, que seguían en pie, no
tarda ron en im ponerse de nuevo, y engendraron, en contraste
con esta esplendorosa filantropía, la teoría m altusiana de la po
blación, el sistem a más brutal y más bárbaro que jam ás haya existido, un
sistem a basado en la desesperación, que venía a echar por tie rra
todos aquellos herm osos
discursos sobre el am or de
la hum anidad y
el cosmopolitismo; engendraron y pusieron en pie el sistem
a fabril
y la m oderna
esclavitud, que nada tiene que envidiar
a la antigua
en cuanto a
cruel dad e inhum anidad. La nueva Economía, el sistem a de la libertad
de com ercio basado en la W ealth
of Nations* de
Adam Sm ith, revela los m ism os rasgos de hipocresía, incon secuencia
e inm oralidad q u e actualm ente se
enfrentan en todos los cam pos al
libre sentido humano.
¿Quiere
decir esto que
el sistem a de
A. Sm ith no repre
sentó un progreso en modo alguno? Sin duda que sí,
y un progreso, adem ás, necesario. E ra necesario, en efecto, que el sistem a m
ercantil, con sus m onopolios y sus trabas com er ciales, se viniera a tierra
para que pudiesen
revelarse ct?n toda su fuerza las
consecuencias reales de la propiedad pri vada;
fue necesario que pasaran
a segundo plano
todas aque-
64 Cfr. Adam S m
i t h , An Enquiry
into the Nature
and Causes of the Wealth of the Nations, London 1776.
119
lias pequeñas consideraciones localistas y
nacionales para que la lucha de nuestro tiempo se generalizara y cobrara un
carácter más hum ano; fue necesario que la teoría de la pro piedad privada
abandonase la senda puram ente em pírica,
de la lim itación puram ente objetiva y asumiese un carácter más
científico que la hiciera responsable tam bién de las conse cuencias, llevando así el problem a a
un terreno general más hum ano; que la inm oralidad contenida en
la vieja Economía se viera en la tesitura de ser
negada pcu' su im plícita hipo cresía hasta el punto de in
tentar su desaparición.
Todo ello se hallaba im plícito
en la naturaleza m ism a de la cosa. Re conocemos de buen
grado que la justificación y la práctica de la.
libertad de comercio
nos han puesto
en condiciones de rem ontam os
por encim a de la Econom ía basada en la propiedad privada, pero debemos tener
tam bién derecho a presentar esa libertad
reducida a toda
su nulidad teórica y práctica.
Y nuestro
juicio tendrá que ser, por fuerza,
tanto más duro cuanto
más pertenezcan a
nuestros días los
economis tas a quienes enjuiciem os. M ientras Sm ith y M althus sólo
se
encontraron con fragm entos sueltos, los economistas pos teriores tenían
ya ante
sí todo el
sistem a term inado; estaban a
la vista
todas las consecuencias, aparecían
bien de relie
ve las contradicciones, a pesar
de lo cual
no fueron capaces de e n tra r a analizar las prem
isas, haciéndose sin embargo responsables de todo el sistema. Cuanto m ás se
acercan los econom istas a los tiem pos presentes, más se van alejando
de los postulados de la honradez. A m edida que avanza el
tiem po, aum entan
necesariam ente los sofismas
encam inados a m antener la
Econom ía a la altura de la época. Esto hace que Ricardo,65
por ejem plo, sea
más culpable que
Adam Sm ith, y Mac C ultoch 6 y M ili61 m ás culpables
que Ricardo. La Econom ía m
oderna no puede ni siquiera enjuiciar cer
65 David Ricardo
(1772-1823), famoso economista
y político inglés autor, entre otras cosas de Principies
of Political Economy
and Ta- xation y del Essay on the Influence of
a Law Price
of Corn on
the Profits of Stock .
6 John Ramsay
M'Culíoch (1789-1864), economista,
alumno y se guidor de Ricardo cuya obra completa
publicó en 1846. Autor de The Principies of Political Economy. Edinburgh, 1825.
Essay on the cir- cumstances which determine
the Rate of
Wages and the
Condition of Labourin<? Classes, Edinburgh, 1826. A treatise on the
Principies, Practice ana History
of Commerce, London,
1831, y otras
muchas obras.
67 James
Mili (1773-1836), filósofo y
economista, seguidor de Ri
cardo. Autor de Elements of Political Economy, London 1821.
120
teram ente el sistem a m ercantil, porque ella m
ism a peca de unilateral y se halla todavía im pregnada de sus prem isas.
Y sólo estará en
condiciones de asignar a
cada uno -de
ellos el lugar que le corresponde aquel punto de vista que se sobreponga a la contradicción
entre ambos sistem as, que critique las prem isas comunes a uno y
otro y que
parta de una
base general y
puram ente hum ana. Los
defensores de la libertad de com
ercio son, como
se dem ostrará, peores m
onopolistas que los mismos viejos m
ercantilistas. Y asim is m o se pondrá
de m anifiesto que bajo
et falaz hum anitaris mo de los m odernos se esconde
una barbarie de la que los antiguos ni siquiera imaginaban; que
el embrollo concep tual de éstos m ostraba
cierta sencillez y
consecuencia, si se le comp.ara .con la am bigüedad
lógica de sus
detractores, y que ninguna de las dos partes puede echar
en cara a la
otra nada de lo que no
tenga que acusarse a sí
misma. De ahí que la Econom ía liberal m
oderna resulte incapaz para com pren
der la restauración del sistem a m ercantil de List, que para nosotros es perfectam
ente simple. La inconsecuencia y la du plicidad de la Econom ía liberal
tiene que disolverse
de nue vo, necesariam ente, en
las partes fundam entales que la inte gran. Así como la teología no tiene ante
sí m ás que dos ca minos: o re tro te d e r hacia la fe ciega
o avanzar hacia la filo sofía libre,
la libertad de
comercio tiene necesariam ente que provocar, de una parte,
la restauración de los m
onopo lios, y, de otra, la abolición de la propiedad privada.
El único avance positivo que ha logrado la Economía
liberal ha sido el desarrollo de las leyes de la propiedad pri vada. Claro está que estas
leyes se hallan im plícitas en ella, aunque no aparezcan todavía llevadas hasta
sus últim as con secuencias y claram ente form uladas. De donde
se sigue que, en todos aquellos puntos
en que se tra
ta de
decidir acerca de la m anera más
rápida de enriquecerse, es decir,
en todas las controversias
estrictam ente económicas, los defensores de la libertad de comercio
tienen la razón
de su parte.
En las controversias, bien entendido, con los m onopolistas
y no con los adversarios de la propiedad privada, ‘pues la su perioridad de
éstos para llegar a conclusiones más acerta das de los problem as económicos,
ha sido dem ostrada hace largo tiempo,
en la práctica y en la
teoría, por los
socialis tas ingleses.
Así pues, en la crítica de la Econom ía
política investiga rem os las
categorías fundam entales, pondrem os
al descu
Í21
bierto la contradicción introducida por el sistem a
de la li bertad comercial y sacarem os
las consecuencias que se des prenden de los dos térm inos de la contradicción,
La expresión riqueza nacional tiene su origen sólo
en el afán de generalización de los economistas
liberales. Esta ex presión carece de todo sentido m ientras exista la propie
dad privada. La «riqueza nacional» de los ingleses es muy grande, pero ello no
im pide que el pueblo inglés sea el más pobre bajo el sol. Una de dos: o
se prescinde de
esa expre sión, o se aceptan las
condiciones necesarias para que tenga sentido. Y otro tanto podem os decir de
las expresiones Eco nomía nacional, Econom ía política o Econom ía pública. En
realidad, esta ciencia, m ientras se m antengan en pie las con diciones
actuales, debería llam arse Econom ía privada, ya que sólo en aras de la
propiedad privada existen en ía Economía relaciones públicas.
La consecuencia inm ediata de la propiedad privada
es el comercio, el intercam bio de las m utuas
necesidades, la com pra y la
venta. Bajo el im perio de 1a propiedad privada, este comercio, como cualquier
otra actividad, no puede por
me nos de ser una fuente directa de
lucro para quienes
lo ejer cen; dicho en otros térm
inos, todo com erciante tiene por fuerza que aspirar a vender lo m ás caro
y a com prar lo m ás barato posible. En toda com praventa se enfrentan, pues,
dos individuos movidos por intereses diam etralm ente opuestos, y el conflicto que entre ellos
se crea no
puede ser más
hos til, ya que el uno
conoce perfectam ente las
intenciones del otro y sabe que
son antagónicas a las suyas. El prim
er re sultado de ello es, por lo tanto,
de una parte, la m utua desconfianza, y
de otra la justificación
de dicha desconfian za, el empleo
de medios inm orales
para la consecución
de un fin inmoral. Así, p o r
ejem plo, uno de los prim eros p rin cipios del comercio es el secreto, la
ocultación de cuanto pueda m erm ar el
valor de la m ercancía d e que se trata. Con secuencia de ello: al com
erciante le es lícito sacar el m ayor provecho posible de la ignorancia, de la
confianza de la o tra parte, y a trib u ir a
su m ercancía cualidades
que no posee. En una palabra, el comercio es el
fraude legal. Y que la prác tica
confirm a esta teoría
nos lo podría
decir cualquier co m erciante que quisiera hacer honor
a la verdad.
Él sistem a m ercantil aún
podía alegar en
su favor una
cierta franque za católica, que
no tratab a de encubrir en lo más
m ínimo la inm oralidad del comercio. Ya
hemos visto cómo hacía gala
122
de su vil codicia.
La hostilidad m utua
eníre las naciones,
en el siglo x v i i i la repugnante envidia y
la rivalidad comercial que las movían, eran los
resultados, consecuentes del com
er cio en general. Aún no se había hum
anizado la opinión pú blica y, por
lo tanto, no
había por qué
disfra'¿ar lo que no
era más que una consecuencia directa del carácter hostil e
inhum ano del comercio.
Pero cuando Adam Sm ith, el Lutero económico, hizo
la crítica de la Econom ía an terior a él, las cosas habían
cam biado ya mucho. El siglo se había
hum anizado, se había he cho valer la razón, y la m oral comenzaba
a invocar sus títulos eternos. Los tratados de comercio
arrancados a la fuer za, las guerras comerciales., el tajante aislam iento de
las na ciones, chocaban dem asiado
contra la conciencia progresi
va. La franqueza católica dejó el puesto a la hipocresía pro testante. Adam Sm
ith dem ostró que
tam bién la hum anidad se hallaba en la esencia del
comercio; que el comercio, en vez de ser «la fuente más fecunda de la discordia
y la hosti lidad», debía convertirse en
«el lazo de la concordia y la am is
tad, tanto entre las naciones como entre los individuos» (V. Weatth of Nations,
libro IV, cap. 3,
§ 2),48 pues el
comercio, por su naturaleza misma, debía beneficiar en general a to dos
los que participaran en él.
Y Sm
ith estaba en lo cierto al ensalzar el comercio
como hum ano. En el m undo
no hay nada
absolutam ente inm oral; tam bién
el comercio tiene una faceta en la que paga tributo
a la m oral y a
la hum anidad. Pero
¡qué tributo! el
derecho del m ás fuerte, el
asalto a m ano
arm ada de la
Edad Media, al convertirse en
comercio, fue hum anizado en la
prim era etapa del comercio,
caracterizada por la prohibición de ex p o rta r m oneda, es decir, en el sistem
a m ercantil. Ahora se hum anizaba tam bién éste.
Por supuesto, es interés
del co m erciante m antenerse en la m ejor arm onía,
lo m ism o con aquél a quien com pra barato, que con
el que le com
pra caro a él. Obra, pues, muy torpem
ente la nación que induce a sus proveedores o a sus clientes a
una actitud hostil
para con ella. A m ayores amigos,
m ayores ganancias. En
esto consiste la hum anidad del
comercio, y esta m anera hipócrita de
abu sar de la m oral con fines inm orales es precisam ente lo que
enorgullece al sistem a de la libertad
comercial. ¿Acaso, ex clam an
los hipócritas, no hem os acabado
con la barbarie de
68 Cfr. sum a nota n. 64.
123
los monopolios, no husmos llevado la civilización a
los conti* nentes más rem otos, no hemos hecho a todos los pueblos herm anos y
reducido las guerras? Sí, es cierto
que habéis hecho todo eso, pero
¡Cómo lo
habéis hecho! \Habéis
acaba do con los pequeños m onopolios, para dar más libertad y rien d a
suelta a un gran m onopolio básico, que es el de la propiedad; habéis
civilizado los confines de la
tierra, para ganar nuevo terreno
en que pueda desarrollarse vuestra re pugnante codicia; habéis im plantado la
fraternidad entre los pueblos, pero una fraternidad de
ladrones, y habéis
reduci do las guerras
para poder lucraros
más con la
paz y llevar h asta sus últim as consecuencias
la-hostilidad entre los indivi duos, la infam e guerra de
la competencia! ¿Cuándo
ni don de habéis hecho vosotros
algo por motivos de pura hum ani dad, movidos por la conciencia
de <ep*e a nada conduce el antagonism o entre el interés colectivo y el individual? ¿Cuán do habéis obrado p o r
razones de moral, sin el resorte del interés, sin obedecer en el fondo a
móviles egoístas?
Después que la Econom ía liberal había hecho todo
lo que
podía para
generalizar la hostilidad
m ediante la disolución de las nacionalidades y convertir
a la hum anidad en una horda de bestias feroces —¿qué, si no, son los com petido res?— que se devoran las unas a
las otras sencillamente por que cada una de ellas obra m ovida por el mismo interés que las demás; después
de haber preparado así el terreno, no le quedaba ya más que dar
un paso para
alcanzar la m eta,
y ese paso era la disolución de
la fam ilia. Le
ayudó a lograrlo esa herm osa invención suya que es
el sistem a fabril. Este se encargó de m inar el últim o vestigio
de los intereses
comu nes, la com unidad fam iliar
de bienes, que
se halla ya
—por lo m enos aquí, en Inglaterra—■en trance
de liquidación. Es el pan nuestro de cada día
el que los hijos, al
alcanzar la edad legal para trab a ja r, es decir, a
los nueve años, empleen el salario que ganan en cu b rir sus propias
necesidades, con sideren la casa paterna sim plem ente como una fonda y en treguen
a los padres cierta cantidad por el sustento y la habitación.
¿Y cómo
podría ser de
otro modo? ¿A
qué otro estado de cosas puede conducir el aislam iento
de intereses que
sir ve de base al sistem a de la libertad comercial? Cuando un
principio se pone en m archa, llega por sí
m ism o hasta las últim as consecuencias, aunque los
economistas no lo vean con buenos ojos.
124
Pero el mismo
econom ista no sabe cuál
es la causa
a la que sirve. No sabe que, con
tocios su razonamientos egoís tas, no es más que un
eslabón en la cadena del progreso ge
neral de la hum anidad. No sabe que, al reducirlo todo a una tram a de intereses particulares,
no hace más
que desbrozar el camino para la
gran transform ación hacia la que m archa nuestro siglo, que llevará a la hum
anidad a
reconciliarse con la naturaleza y
consigo misma.
La siguiente categoría condicionada por el
comercio es el valor. Acerca de ésta
y de
las demás categorías
económi cas no media disputa
alguna entre los viejos y los nuevos eco nom istas, por la sencilla razón de
que a los monopolistas, llevados por la furia incontenible de enriquecerse,
no les quedaba tiem po libre para
ocuparse de las
categorías. To das las disputas
en torno
a estos problem as
han partido de los modernos.
El econom ista, que vive de contradicciones, m
aneja tam bién, como es natural, un
doble valor: el
valor abstracto o real y el valor de cambio. Acerca
de la naturaleza
del valor real han disputado
durante m ucho tiempo los ingleses, quie nes determ inaban el coste de producción
como la expresión del valor real, y el francés Say,69
que decía m edir
este valor con arreglo a la
utilidad de la cosa. Esta disputa viene ven tilándose desde comienzos
del siglo actual
y al presente se ha adorm ecido,
pero no
zanjado. Y es que los
economistas no pueden zanjar nada.
Los
ingleses —principalm ente
Mac Culloch y Ricardo—
afirm aban, pues, que el valor abstracto de
una cosa
se deter m ina por el costo de producción.
Bien entendido que se tra
ta del valor abstracto, no del valor de cambio, del
exchan- geable valué o valor en el comercio, que es algo distinto. ¿Por qué — jfijaos bien!—
por qué nadie,
en condiciones usuales y dejando a un lado
el factor competencia, vendería
una co
sa por menos de lo que le ha costado producirla? Pero, ¿qué tiene que ver la «venta» aquí, en que no
se tra ta del valor comercial? Volvemos a encontram os con el comercio, es de cir, con lo que precisam ente se tra tab
a de dejar a un lado. ¡Y con qué
comercio! ¡Con un comercio en el que no entra en juego el valor fundam ental,
la competencia! Prim ero un va lor
abstracto; ahora, un. comercio
tam bién abstracto, un co-
Jean
Baptiste Say (1767-1832)
economista liberal, en
1803 publi có el Traite d
’econom ie politique.
125
m ercio sin competencia, es decir, un hom bre sin
cuerpo, un pensam iento sin cerebro para pensar. ¡Y el econom ista no se para
siquiera a pensar que, al dejar a un lado la
compe tencia, no existe ninguna garantía de que
el productor ven da precisam ente al costo de producción!
¡Vaya embrollo!
Prosigamos. Concedamos, p o r un m omento, que todo
sea tal y como el econom ista dice. Suponiendo que alguien fa brique,
con un trem endo esfuerzo y enorm es
gastos, algo totalm ente inútil,
que nadie apetezca, ¿ Tendrá
esto tam bién el valor
correspondiente al costo de producción? De ningún modo, dice el economista,
pues, ¿quién lo com praría? Nos sale, pues, al paso, de golpe y porrazo, no
sólo la desacredi tada «utilidad»
de Say, sino,
además, —con la
«compra»—, el factor competencia. No
es posible, el econom ista no acier
ta a retener su
abstracción ni por
un instante. A
cada mo m ento se le desliza
entre los dedos no sólo lo que tra ta de rechazar por la fuerza,
la competencia, sino
tam bién lo que es blanco de sus ataques, la utilidad. Y
es que el valor
abs tracto y su determ inación
por el costo
de producción, no son, en efecto, m ás que abstracciones,
absurdos.
Pero demos la razón, por un m em ento, al
economista: suponiendo que fuese así,
cómo iba a
determ inar el costo
de producción sin tener en cuenta la com petencia? Cuando investiguem os
lo que es -el costo de producción verem os que tam bién esta categoría se basa
en la competencia, y una
vez m ás nos encontradnos aquí con que el econom ista no puede
convalidar sus afirmaciones.
Ahora bien, en Say, nos encontram os con la m ism a
abs tracción. La utilidad de una cosa
es algo puram ente
subje tivo, que en m odo alguno puede decidirse en térm inos abso
lutos, por lo m enos m ientras nos movemos en medio de con tradicciones. Según
esta teoría, los artículos de prim era nece sidad deberían tener m ás valor
que los artículos de lujo. El único camino p o r el
que puede llegarse
a una solución
m ás o menos objetiva,
aparentemente general, en
cuanto a la m ayor o m enor utilidad de una cosa,
bajo el régim en de la propiedad privada, es el camino de la competencia que es
precisam ente el que se nos dice que dejem os a
un lado. Aho ra bien,
adm itido el factor
concurrencia, se deslizará en él
el costo de producción, ya que nadie
venderá las m ercancías por m enos de lo que le ha costado producirlas. Como vemos, tam bién aquí uno de los térm
inos de la contradicción se trueca involuntariam ente en el otro.
126
Intentem os aclarar el embrollo. El valor de una
cosa in cluye ambos factores, que las
partes en litigio
se empeñan, sin éxito como hem os
visto, en m antener a la fuerza divor ciados.
El valor es
la relación entre
el costo de producción y la utilidad. El valor tiene que
decidir, ante todo, acerca del problem a de si una cosa debe o no producirse; es decir, acerca de si la
utilidad de esa
cosa com pensa o no el coste de
su producción. Sólo partiendo de ahí cabe hablar de la aplicación del
valor al cambio. Suponiendo que
los costos de producción de dos cosas
sean iguales entre
sí, el momen to decisivo para determ inar com
parativam ente su valor
será la utilidad.
Esta es la única base ju sta
sobre la que
puede descansar el cambio. Pero, si partim os de ella ¿quién ha de
decidir acerca de la
utilidad de la
cosa? ¿sim plem ente la
opinión de los interesados? En este caso, saldrá defraudada, desde luego, una de
las partes. ¿O una
determ inación basada en la utilidad inherente a la cosa, independientem ente de las
partes interesadas y p
ara las
que no les
resulta evidente? De este modo sólo podría establecerse el cambio
m ediante la coacción, y ambas
partes se considerarían defraudadas. E sta contradicción entre
la utilidad real
inherente a la
cosa y la determ inación de esta utilidad, entre
dicha determ ina ción y la
libertad de las partes interesadas en el
cambio, no puede abolirse sin
abolir la propiedad privada; y,
abolida ésta, ya no se podrá
seguir hablando de
cambio, tal y como
el cambio existe en la actualidad. En estas condiciones, la aplicación práctica
del concepto del valor se circunscribirá cada vez m ás a la decisión en
cuanto a lo que haya de producirse, que
es, en efecto, su verdadera esfera de acción. Ahora bien. ¿Cómo
están actualm ente las
cosas? Hemos visto cómo
se desgarra violentam ente el
concepto del valor y se trata de presentar a fuerza de
gritar, a cada una de las
partes como si fuese el todo.
Se pretende hacer
pasar el coste de
producción, tergiversado de
antem ano m ediante la
competencia, por el valor mismo; otro tanto ocurre con la utilidad puram ente subjetiva, ya
que no
existe otra. Para que
estas definiciones tullidas
se tengan en
pie hay que recu rrir en am bos casos a la
competencia, y lo m ejor del asunto es
que, en los ingleses, la competencia
defiende la utilidad frente al costo de
producción, m ientras que
Say, por el contrario, aboga por el
costo de producción
en contra de la utilidad. Pero
¡qué utilidad y qué costo de producción
127
se m anejan aquí! Una utilidad que depende del
azar, de
la moda, del capricho de los
ricos, y un
costo de producción
que oscila con
arreglo a la
relación fortuita entre
la oferta y la demanda.
La diferencia entre el valor real y el valor de
cambio responde a un hecho, a
saber: al hecho
de que el
valor de una cosa difiere del
llamado equivalente que por
ella se obtiene en
el comercio, lo
que vale tanto
como decir que no
es tal equivalente. Este llamado equivalente es el precio de la
cosa, y si los economistas
fuesen honrados deberían em plear esta palabra para designar
el «valor comercial». Pero no tienen más rem edio que m
antener en pie, por lo
menos, alguna apariencia de que
el precio coincide
más o menos con el valor, para
que no salga demasiado
a relucir ía inm oralidad del comercio. Sin
embargo, la afirm ación
de que el precio viene determ inado
por la acción m utua
del coste de producción
y la com petencia
es totalm ente cierta y constituye una ley fundam ental de
la propiedad privada. Esta ley puram ente em pírica es la
prim era que descubre el economista; y de ella abstrae luego su valor real,
o sea, el precio en el m om ento en que se equilibra
la relación de la competencia, en que coinciden la oferta
y la demanda,
en cuyo caso sobra, naturalm
ente, el costo de producción, y esto es lo que el econom ista
llama valor real, cuando
en realidad se tra ta sim plem ente de la determ inación del
pre cio. En la Econom ía todo aparece, pues, de
cabeza: el valor, que es lo originario,
la fuente del
precio, s$ hace
depender de éste, es decir, de su producto. En esta
inversión reside, como es sabido, la esencia de la
abstracción, como puede verse en Feuerbach.
Según el economista, el costo de producción de una
m er cancía está form ado por tres elem entos:
la renta que
hay que pagar por el terreno necesario para producir la m ateria prim a, el capital con su ganancia
correspondiente y el
sala rio abonado por el
trabajo requerido p ara
la producción y la
elaboración. Pero inm ediatam ente se ve que
capital y trabajo son uno y lo mismo, pues los propios economistas confiesan
que el capital es « trabajo acumulado». Quedan, pues, en pie,
solam ente dos lados,
el lado natural,
objetivo, la tierra, y el lado hum ano,
subjetivo, el trabajo,
que in cluye el capital, y,
adem ás del capital,
un tercer factor
en que el econom ista no piensa:
el elem ento intelectual
que es ía inventiva, el pensam
iento, y que coexiste con el elemento
128
i
físico del trabajo puro y simple. Pero ¿qué le im porta
al econom ista el espíritu
inventivo? ¿Acaso no se le han venido a la m ano todos los inventos sin que él
pusiera nada de su
parte? ¿Acaso le ha costado algo cualquiera
de esos inven tos? ¿ Para qué tiene, pues, que
preocuparse de esto, al calcular el
costo de producción? Las
condiciones de la ri
queza son para él
la tierra, el
capital y el
trabajo, y a esto
se reduce todo.
La ciencia le
tiene sin cuidado.
Si gracias a Berthollet, a Davy,
a Liebig, a W att,
a Cartwright,™ etc., recibe regalos que le enriquecen
y acrecientan su
produc ción en proporciones
infinitas ¿qué le im
porta a
él todo eso? Con esos factores,
el econom ista no sabe hacer sus cálculos; los progresos de la ciencia no
entran en sus guaris mos, Pero, p ara
un cálculo racional que trascienda de esa partición de intereses que es la
tarea del economista,
no cabe duda de que el elem ento espiritual entra en los
elemen tos de la producción y
que tam bién en la Econom ía debe ocupar el lugar que le corresponde entre
los costes de pro ducción. Claro está que, ya en este terreno, es
grato com probar cómo el cultivo
de la
ciencia resulta tam bién renta ble en el aspecto
m aterial; un solo
fruto de la
ciencia, la m áquina de vapor de Jam es W att ha aportado más
al m un do, en los prim eros cincuenta años de su
existencia, de lo
que el m undo ha gastado en
cultivar la ciencia desde que el m undo
existe.
Tenemos, pues, en acción, dos elementos
de la produc ción, la naturaleza y el hom bre, y
un tercero que es a la vez
físico y espiritual. Ahora podemos volver
al economista y a su
costo de producción.
Lo que no puede m onopolizarse carece de valor,
dice el economista, afirm ación que más
adelante habrem os de
exa m inar de cerca. Si, en vez de valor, decimos precio, no cabe duda de que la afirm ación
responde a la
verdad, en un esta do de cosas cuya base es la propiedad privada.
Si fuese tan fácil disponer de la tierra
como del aire,
nadie pagaría ren ta por ella. Pero como no es
así, sino que
la extensión de lá
tie rra poseída es lim itada en cada
país, se paga una renta por
la tie rra apropiada, es decir, monopolizada, o se le fija
un precio. Pues bien, después de estas dos palabras acerca del
70 Claude
Louis Bert-hollet (1748-1822), Humphrey Davy (1778-1829), Justus von
Liebig (1803-1873), James Watt
(1736-1819), F.dmund Cart- wright (1743-1843\ químicos y
científicos.
129
9
nacim iento del valor de la tierra, resulta
extraño oír decir
a los econom istas que la renta
del suelo representa la
diferen cia entre el rendim iento de la
finca rentada y
la tie rra de
peor calidad, pero que aún compensa los esfuerzos del cul tivo. Tal es,
en efecto, la definición que se da de la
renta del suelo y que Ricardo
desarrolló en su
totalidad por vez
pri m era.
E sta
definición sería prácticam ente exacta,
indudable m ente, a condición de que la dem anda reaccionase instantá
neamente a la renta, poniendo fuera de
explotación, en segui da, una cantidad correspondiente
de tierra de
la peor cali
dad. Pero no ocurre así. La definición, no es, por lo tanto,
satisfactoria; adem ás no explica las causas de la renta del
suelo, con lo
que habría que
desecharía aunque no
fuese m ás que por esta única
razón. El coronel
T. P. Thom pson, m iem bro de la liga en contra de
las leyes sobre el trig o /1 ha vuelto a poner en circulación, en oposición a
ésta, la
defini ción de Adam Sm ith,
justificándola. Según él, la ren
ta del suelo es la relación que m edia
entre la com petencia de
quie nes aspiran a utilizar la tierra y la cantidad lim itada de tie
rra disponible. En esta definición se hace por lo menos una referencia al nacim
iento de la propiedad territorial; pero en
«ella se excluye la diferente fertilidad de
la tierra, lo m
ism o que en la anterior se daba de lado la competencia.
Nos encontram os, pues, con dos definiciones del mismo concepto, am bas
unilaterales, y, por lo tanto, definiciones a medias. Y, como hicim os con
respecto al concepto del valor, tenem os que com binarlas p ara encontrar
la explicación ca bal, la que se desprende del desarrollo m
ism o de
las cosas y que abarca, por lo tanto,
todos los casos
de la práctica.
Y así, vemos que la renta del suelo
es la relación que m
edia entre la capacidad
de rendim iento de la tierra,
o sea, entre el factor natural, (form ado, a su vez,
por las condiciones na turales y el cultivo humano es decir, el
trab ajo invertido para m ejorar la tierra), y el factor hum ano,
la competencia. De jem os que íos econom istas se
lleven las m anos a la cabeza ante esta «definición»;
quiéranlo o no, se contienen
en ella todos los elem entos que
guardan relación con nuestro asunto. El terrateniente nada tiene que echarle en
cara al com er
ciante.
71 Thomas Perronet
Thompson (1783-1869), economista
y miembro del Parlamento inglés,
uno de los
fundadores de la
Liga contía las leyes a g r a r ia s .
(Anti-Corn-Law-League.)
130
Roba al m onopolizar la tierra. Roba al explotar en
su pro vecho el increm ento de la población que eleva
la com peten cia, y, con ella,
el valor de su tierra, al convertir en fuente de lucro personal lo que es, p
ara él, algo-puram ente-fortuito. Roba
al jarrendar su tierra, apropiándose las m ejoras in tro ducidas en ella por
el arrendatario. He ahí el secreto de las riquezas acum uladas sin cesar por
los grandes propietarios de tierras.
Mo son afirm
aciones nuestras los
axiomas que califican de
robo los ingresos
derivados de la
propiedad de la
tierra y sostienen que cada cual
tiene derecho al producto de su tra bajo, o que nadie debe cosechar sin haber
sem brado. El pri mero de estos axiomas
desm iente el deber de alim entar a los hijos y el segundo privaría a cualquier
generación del de recho a existir, ya que cada una recoge
la herencia de la an terior. Estos
axiomas son m ás bien una consecuencia de la propiedad privada. Y una de dos: o
se aceptan las conse cuencias o se suprim e la prem isa.
Más aún, hasta la m ism a apropiación originaria se
quiere justificar acogiéndose a la afirm ación del derecho posesorio común an
terior a ella. Dondequiera que m iremos, la
propie dad privada nos lleva a contradicciones por todas partes.
Convertir la tierra en objeto de tráfico, que es
para noso tros lo uno y el todo,
la condición prim ordial de nuestra exis tencia, representa el paso definitivo
hacia el tráfico de sí mis mo. E ra y sigue
siendo hasta el día de
hoy una inm orali dad sólo superada por la inm
oralidad de la propia enajena ción. Y
la apropiación originaria, la monopolización de
la tie rra por
un puñado de
gentes, eliminando a
los demás de lo que constituye la condición de su vida, nada tiene que envidiar en cuanto a
inm oralidad al sistem a posterior al tráfico del suelo.
Si tam bién en este punto damos de lado a la
propiedad privada, verem os que la ren
ta de
la tie rra se
reduce a lo que hay en ella de verdad, a la concepción
racional que esen cialm ente le sirve de base. El valor desglosado
de la tierra como ren ta
revertirá, asi, sobre la tie rra misma. Este valor, calculado a base de la capacidad
de producción de
superfi cies iguales con igual inversión de trabajo, reaparece, evi
dentem ente, como parte del costo de producción
al determ i n a r el valor de
los productos y representa, al igual que
la ren
ta del suelo, la relación que
media entre la capacidad de
131
producción y la competencia, pero la
verdadera com peten cia, tal
como más adelante se explicará.
Hemos visto cómo
capital y trabajo
son, originariam en te,
idénticos; y asim ism o vemos, por los argum entos de los propios econom istas,
cómo el capital, resultado del trabajo, vuelve a convertirse enseguida, dentro
del proceso de produc ción, en sustrato, en
m aterial de trabajo;
cómo, por lo tanto, la separación establecida por un
momento entre capital y trabajo vuelve a desaparecer
en la unidad
de ambos. Y, sin
em bargo, el econom ista separa el capital del trabajo y m an tiene esa
separación, sin reconocer la unidad m ás que en la definición del capital
como « trabajo acumulado».
El divor cio entre capital y
trabajo, nacido de
la propiedad privada, no es o tra cosa que el desdoblam
iento del trabajo en sí m is
mo, correspondiente a ese
estado de divorcio
y resultante de él. Después de establecida
la separación, el
capital se divide, a su vez, en capital
originario y ganancia, o sea,
el increm en to del capital
obtenido es el
proceso de la
producción, si bien la
práctica se encarga
de incorporar inm ediatam ente esa ganancia al capital,
para ponerla en
circulación con él. Más aún, la m ism a ganancia se subdivide
en beneficio e in terés. El concepto de
interés revela el
carácter irracional de la división, llevado hasta el absurdo.
La inm oralidad del préstam o a interés, del cobrar sin trabajar,
sim plem ente a base del préstam
o, aunque ^aya ya implícita en la propiedad privada, salta demasiado a la vista
y se halla reconocida y condenada desde hace ya m ucho tiem po por la
conciencia po pular, que en estas cosas casi nunca se equivoca. Todos esos
sutiles distingos y divisiones
responden al divorcio origina rio entre capital y trabajo, que
se lleva a
cabo con la
esci sión de la hum anidad en capitalistas y trabajadores, escisión que se ahonda y cobra
perfiles cada vez más agudos, y, que, como veremos, tiene necesariamente
que acentuarse m ás y
más. Ahora bien, esta separación, como
la que examinábam os m ás arriba
de tierra, capital y trabajo, representa en últim a instancia algo
inadmisible. Resulta de
todo punto imposi ble, en efecto, determ inar cuál es
la parte que en
un p ro ducto dado corresponde a la tierra, cuál al
capital y cuál al trabajo. Son tres m agnitudes
inconm ensurables entre sí. La
tie rra crea la m ateria prim a, pero
nunca sin la
intervención del capital y el trabajo; el capital presupone la
existencia del trabajo y de la tierra y el
trabajo, a su vez,
presupone cuan do menos la
tierra, y a veces tam bién el capital. Las operacio
132
nes ele los tres difieren totalm ente y
no pueden m edirse
en una cuarta p auta común. Por eso cuando, en las condiciones
actuales, se procede
a distribuir los
rendim ientos entre los tres
elem entos, no se hace de acuerdo con una m edida in herente a ellos, m edida
inexistente, sino de acuerdo con un criterio totalm ente ajeno y puram ente
fortuito en lo que a ellos se refiere:
la com petencia o
el refinado derecho
del más fuerte. La renta de la tierra implica la competencia, la ganancia
del capital se determ ina exclusivamente por la com petencia, y ahora verem os
lo que sucede con el salario.
Á1 suprim ir la propiedad privada, desaparecerán
todas es tas divisiones antinaturales.
D esaparecerá la diferencia entre interés y beneficio, ya que el capital
no es nada
sin trabajo, sin movimiento. La ganancia verá
reducida su función
al peso que el capital arro ja
a la
balanza al determ inar el costo de producción, y será, por
lo tanto, algo
inherente al capi tal, a la vez que este revertirá a su
originaria unidad con el trabajo.
El trabajo, el elem ento fundam ental de la
producción, la
«fuente de la
riqueza», la actividad
hum ana libre, sale
muy m alparado con los economistas. Así como antes se separó capital y trabajo, ahora vuelve a
efectuarse una nueva separa ción; el producto
del trabajo se enfrenta a
éste como salario, se divorcia de él y
es determ inado, como de costum
bre, por la competencia, ya que, según veíamos,
no existe una medida ñja en cuanto a la participación
del trabajo en la producción. Suprim ida la propiedad privada, desaparecerá tam
bién esta división antinatural, el trabajo será su propio salario y se re
velará la verdadera función del
salario antes enajenado:
la im portancia del trabajo en cuanto a la determ inación del cos to de producción de una cosa.
Hemos visto que, m ientras perm anezca en pie la
propie dad privada, todo tiende, a fin de cuentas, hacia la
compe tencia. E sta es la categoría fundam ental del
economista, su hija predilecta, a
la que mima y acaricia sin cesar, pero, cui dado, pues en ella se esconde una terrible cabeza de Me dusa.
La consecuencia inm ediata de la propiedad privada
es la escisión de la producción en dos térm inos antagónicos: la producción
natural y la producción hum ana; la tierra, m uer ta y estéril si el trab ajo hum ano no
la fecunda, y
la activi dad del hom bre, cuya
condición prim ordial es precisam
ente la tierra. Y,
del m ism o modo, veíamos
cómo la actividad hu
133
m ana se desdobla, a su vez,
en trabajo y
capital, y cómo es tos dos térm inos se enfrentan entre sí
como antagónicos. El resultado es, por lo
tanto, la lucha
entre los tres
elementos, en vez de la m utua ayuda y colaboración. Y a
ello se añade ahora el hecho de que la propiedad
privada trae consigo el desdoblam iento
y la desintegración de
cada uno de
estos tres elem entos por separado. Se
enfrentan entre sí
las tie rras de los diferentes propietarios, la m ano
de obra de los distintos trabajadores, los capitales de estos y aquellos ca
pitalistas. En otros térm inos:
como la propiedad privada aísla a cada
uno dentro de
su tosca individualidad y cada
uno abriga, sin em bargo, el mismo interés que su vecino, tenem os que un
capitalista se enfrenta a otro como su ene migo, un
terrateniente al otro y un obrero
a otro obrero. La inm oralidad del orden hum ano
actual culmina en esa hostilidad entre intereses iguales,
en razón precisam ente de su igualdad: esa culm
inación es la competexicia.
Lo opuesto a la concurrencia es el monopolio.
El mo nopolio era el grito de guerra de
los m ercantiiistas; l<a con currencia es el grito de com bate
de los economistas
libera les. No resulta difícil com prender que el pretendido antago nism o no pasa de ser una frase. Todo
com petidor, ya sea obrero, capitalista o terrateniente, aspira necesariamente
a alcanzar el monopolio. Toda pequeña agrupación de compe tidores tiene
necesariam ente que aspirar a lograr
el m ono polio para sí, con
exclusión de todos los demás. La
compe tencia descansa
sobre el interés,
y éste engendra
de nuevo el m onopolio; en una
palabra, la com petencia
deriva hacia el monopolio. Y, por
otra parte, el monopolio no puede con- tener el flujo de la competencia, sino
que a
su vez lo
engen dra, del mismo modo
que, por ejem plo,
la prohibición de im
p o rtar o los aranceles elevados propician directam ente la com petencia del
contrabando. La contradicción de la com petencia es exactam ente la m ism a
que la de la propiedad pri vada.
Cada individuo se
halla interesado en
poseerlo todo, m ientras que el interés de la colectividad
es que
cada cual posea
la m ism a cantidad
que los otros.
El interés colectivo y el individual son, pues, radicalm
ente opuestos. La contra dicción de la com petencia estriba §n lo siguiente: en que ca da uno
aspira necesariam ente al monopolio, m ientras que la colectividad en
cuanto tal sale
perdiendo con él
y tiene, p or lo tanto, que evitarlo. Más
aún, la com petencia presupone ya el monopolio, es decir el
monopolio de la propiedad —y aquí
134
vuelve a m anifestarse la hipocresía
de los liberales—, ya que m ientras se m antenga el monopolio de la
propiedad será igualmente legítim a la propiedad del monopolio, porque el
monopolio, una vez creado, es tam
bién una
propiedad. Por eso resulta de una
lam entable m ediocridad atacar a los pe queños monopolios m ientras se deja
en pie el monopolio fun damental. Y si traem os a colación, además, la afirm
ación del econom ista consignada m ás arriba de que sólo tiene
valor lo que puede monopolizarse, lo que
equivale a decir
que la lu cha de la com petencia no puede recaer
sobre lo que no adm i ta esa monopolización, quedará com pletam ente
justificada nuestra afirm ación de que la concurrencia presupone el mo
nopolio.
La ley
de la concurrencia
es que la
oferta y la dem
anda se com plem entan siem pre y,
precisam ente por eso,
no se com plem entan nunca. Los dos térm inos se
desgajan y entran en la m ás
flagrante contradicción. La Oferta va
siem pre a la zaga de la demanda, pero sin llegar a
coincidir totalm ente con ella. Es o dem asiado grande o demasiado pequeña, sin
equilibrarse nunca con la dem anda, porque en este estado inconsciente en que
vive la hum anidad, nadie
puede saber qué proporcionas
alcanza la una o la
otra. Cuando la
de m anda es m ayor que la
oferta suben los
precios, lo que
in m ediatam ente sirve de incentivo a la oferta; tan pronto como ésta se m anifiesta en el m ercado, los
precios bajan, y al ex ceder la oferta a la dem anda, la baja
de los
precios se acen túa tanto que la dem anda reacciona
a su
vez. Y así
constan tem ente sin llegar nuncá a un estado de equilibrio
saludable, sino en una constante alternativa de flujo y reflujo que hace
imposible todo progreso, en una eterna
sucesión de vaivenes, sin llegar jam ás a la m
eta. Al
econom ista se le
antoja esta ley el paradigm a de
lá belleza, con su constante ritm o com pensatorio, en el que se recobra
allí lo que
se ha perdido aquí. La considera cortio su glorioso
m érito, no se cansa de contem plarla y
la examina bajo todas las condiciones posi bles e imposibles. Y,
sin embargo, salta a
la vista que
esta ley es una ley puram ente natural,
y no una
ley del espíritu. Una ley que engendra
la revolución. El
econom ista desplie ga ante
vosotros su herm osa teoría de
la oferta y la dem
an da, os dem uestra que «nada
puede producirse en
exceso» y la práctica responde a
sus palabras con
las crisis com ercia les, que reaparecen con la m ism
a regularidad que
los come tas y cada una de las
cuales se reproduce ahora por térm ino
135
medio cada cinco o siete años.
Estas crisis comerciales
vie nen produciéndose desde hace unos ochenta años con la pe
riodicidad con que antes estallaban las grandes pestes y pro vocan más m
iseria y consecuencias más inm orales que ellas (véase Wade, History of
the Middle and W orking Classes, pág.
211 ).72 Como es natural, estas revoluciones comerciales confirm an la ley, la
confirm an en toda
su extensión, pero de un modo muy distinto a como los
economistas quisieran ha cernos creer. ¿Qué pensar de una ley que sólo acierta
a im ponerse por medio de revoluciones periódicas? Que se trata precisam ente
de una ley natural
basada en la inconsciencia de los interesados. Si los
productores como tales supieran cuánto necesitan los consum idores,
si pudieran organizar la producción y distribuirla entre ellos, serían
imposibles las oscilaciones de la competencia y su gravitación hacia las
crisis. Producid de un m odo consciente, como hom bres y no como átomos sueltos
sin conciencia colectiva, y os sobrepon dréis a todas estas
contradicciones artificiales e
insosteni bles. Pero m ientras sigáis produciendo
como lo hacéis
aho ra, de un modo inconsciente y atolondrado, a m erced del azar,
seguirán produciéndose crisis comerciales, y cada una de ellas será necesariam
ente más universal y,
por lo tanto, más devastadora que las
anteriores, em pujará a la
miseria a m ayor núm ero de
pequeños capitalistas y h ará crecer en pro porción cada
vez m ayor la clase de quienes viven sólo de su trabajo; es decir, aum
entará a ojos vistas la m asa del tra bajo al que hay
que dar ocupación, que es
problem a funda m ental de nuestros econom istas, hasta que
por últim o se provoque una revolución
social que la sabiduría
escolar de los economistas no
puede ni siquiera im aginar.
Las eternas oscilaciones de los
precios determ inadas por la com petencia acaban de privar al comercio
del últim o ras go de m
oralidad. Ya no puede hablarse ni
de valor. El
mis mo sistem a que tanta im portancia parece d ar al valor y que
confiere a la abstracción valor, plasm ada en el dinero, los honores de una
existencia aparte, ese mismo sistem a se
encar ga de destruir, p o r medio de la competencia, todo valor in herente, y
hace cam biar diariam ente y a cada hora la pro porción de valor de
las cosas entre
sí. ¿Dónde encontrar, en m edio de este torbellino, la
posibilidad de un cambio basa
72 C fr.
John W ade (1788-1875), History of de Middle
and Working Classes. London 1835.
136
do en un
fundam ento m oral? En
este continuo vaivén,
todo el mundo tiene que tra ta r
de encontrar el m om ento
favora ble para com prar o vender, todo el mundo, quiéralo o no,
tie ne que hacerse especulador, es decir, cosechar sin haber sembrado,
lucrarse a costa
de lo que oíros
pierden, calcu lar a expensas de
la desgracia ajena o hacer que
el azar tra baje a favor suyo.
El especulador cuenta siem pre con los in fortunios, especialm ente con las
malas cosechas, se vale de todo, como en su día se aprovechó del
incendio de Nueva York. El colmo de la inm oralidad es la especulación de la bolsa de valores, la cual convierte a
la historia y
la hum a nidad en medios de
satisfacción de la codicia del especula
dor que calcula fríam ente o
juega al azar.
Y p o r mucho
que el com erciante «sano» y
honrado se considere
farisaicam en te por encima de
los jugadores de
bolsa —doy gracias
a Dios, etc,—, es tan m alo como el especulador bursátil, pues especula
como él, no tiene m ás rem edio que hacerlo, la com petencia le obliga a
ello, y
su comercio entraña,
por lo tan to, la m ism a inm oralidad que el
otro. Lo que
hay de verdad en la com petencia es la relación que m
edia entre la
capaci dad de consumo y la capacidad de producción. Esta com petencia
será la única que prevalezca en un estado
de cosas digno de la hum anidad.
La colectividad tendrá
que calcular lo que es
capaz de producir
con los medios
de que dispone y determ inar, en base a la relación
entre este potencial de producción y la m asa de los consum idores, en
qué medida debe la producción aum entar
o dism inuir, hasta
qué punto se puede tolerar el
lujo o debe
restringirse. Ahora bien, a los lectores que quieran juzgar con
conocim iento acerca de esa relación y del aum ento del potencial
de producción que debe esperarse de un estado racional de
la colectividad, les aconsejo que lean las obras de los socialistas ingleses y
tam bién, en parte, las de Fourier.
La com petencia subjetiva, la pugna de capital
contra ca
pital, de trab ajo contra trabajo, etc., se
reducirá, en estas condiciones, a la emulación que tiene su fundam ento en la
naturaleza hum ana y que hasta ahora sólo ha
sido aceptable m ente estudiada por Fourier, em ulación que,
después de abolidos los intereses antagónicos, se verá circunscrita a su esfera
peculiar y racional.
La lucha de capital contra capital, de trabajo
contra tra bajo, de tierra contra
tierra, arrastra la producción a un
vér tigo en el que se vuelven
del revés todas las relaciones natu
rales y racionales. Ningún capital puede hacpr
frente a la competencia del otro sin verse espoleado a la más febril actividad.
Ninguna finca puede ser cultivada con provecho a menos que intensifique
constantem ente su capacidad de pro ducción. Ningún obrero puede
defenderse de sus
com petido res si no consagra al trabajo todas sus fuerzas. Y,
en gene ral, nadie que se vea
arrastrado a la
lucha de la com
peten cia puede salir a flote en ella sin poner a contribución el máximo sus
energías, renunciando a todo fin verdaderam ente hum ano. Y, como es
natural, la consecuencia
necesaria de esta tensión del
esfuerzo en uno
de los lados
es el descuido de energías en el otro. Cuando las
oscilaciones de la compe tencia son
pequeñas, cuando la oferta y la demanda, la pro ducción y el consumo casi se
equilibran, el desarrollo de la producción tiene que
llegar necesariam ente a
una fase en la que queden tantas fuerzas
productivas sobrantes que la
gran m asa de la nación no tenga de qué
vivir y las gentes pasen ham bre en medio de la abundancia. Se tra ta ,de una
postura verdaderam ente demencíal,
el absurdo viviente
en que se halla Inglaterra
desde hace ya
bastante tiempo. Y si
la producción oscila con m ayor fuerza, como necesariam en te
tiene que ocu rrir por efecto de sem ejante estado de
cosas, se presentará la
alternativa entre el
florecim iento y la
cri sis, .la superproducción y
el estancam iento. El economista
no ha acertado jam ás a explicar esta disparatada situación; para
explicarla ha inventado la teoría de ía población, tan absur da e incluso más,
si cabe, que la contradicción entre
la ri queza y la m
iseria sim ultáneas. Y es que al
econom ista no le era lícito ver
la verdad; no
le era lícito
com prender que esta
contradicción es sencillam ente una
consecuencia lógica de la
concurrencia, pues si lo com
prendiera así se
vendría abajo todo su sistema.
Para nosotros, la cosa tiene fácil
explicación. La capaci
dad de producción de que
dispone la hum anidad
es ilim ita da. La inversión de
capital, trab ajo y ciencia puede poten ciar hasta el infinito la capacidad
de rendim iento de
la tie rra. Un país
«superpoblado» como la Gran B retaña
podría, según los cálculos de los econom istas y estadísticos más ca
paces (véase Alison, Principies of
population, tom o I, caps. 1 y 2),73 llegar a producir en diez años trigo
bastante para ali
73 Archibald
Alison (1792-1867), historiador y economista antimal- thusiano, autor de
Principies of Population, London 1840, 2 vols.
138
m entar a una población seis veces m ayor que la
actual. El capital aum enta diariam ente; la m ano de obra crece con la
población, y la ciencia va sometiendo
cada vez más
día tras día, las
fuerzas naturales al
dominio del hom bre.
Esta ili m itada capacidad de
producción, m anejada de un modo cons ciente y en interés de todos,
no tardaría en
reducir al míni mo la m asa de trabajo
que pesa sobre la hum
anidad; confiada a la competencia, hace lo
mismo, pero dentro
del m arco de la contradicción. M ientras una
parte de la
tierra se cultiva con los m ejores m étodos, otra —que
en Gran Bretaña e I r landa llega a 30 m illones de acres—
perm anece baldía. Una parte del capital circula con asom brosa
rapidez, m ientras otra se m antiene ociosa en
las arcas. Unos
obreros trabajan has ta catorce y dieciséis horas
al día, m ientras
que otros están sin hacer nada, parados y pasando ham
bre. O, lo que es lo mismo, nos
encontram os con que
la distribución surge de esa sim ultaneidad: hoy, el comercio se
desenvuelve bien, la demanda es grande, todo el m undo trabaja, la rotación del
capital adquiere una rapidez
pasmosa, florece la agricultu
ra, los obreros se m atan a trabajar; y m añana surge el estan
camiento, la agricultura deja de .ser rentable y grandes exten siones de tie
rra se quedan baldías, el capital
se paraliza en medio de su flujo, los obreros se hallan
sin trabajo y el país entero adolece de exceso de riqueza y
de exceso de pobla ción.
Esta m archa de las cosas no puede ser considerada
como acertada por el econom ista, ya
que de otro m
odo tendría que renunciar, como hem os
dicho, a todo su sistem a de la competencia; tendría que reconocer la vacuidad
de su contra dicción entre la producción y el consumo, entre la superpo
blación y la riqueza superflua.
Pues bien, ya
que el hecho
era innegable, se inventó la teoría de la población, para poner el hecho en consonancia con la teoría.
M althus, inventor de esa doctrina, afirm a
que la pobla ción presiona
constantem ente sobre los medios de
sustento, que, al aum entar la producción, la población aum enta en las
mism as proporciones y que la tendencia inherente a la pobla ción de crecer
por encima de los límites de los medios de sus tento disponibles constituye la
causa de toda la m iseria y de todos los
males. En efecto, cuando hay exceso de seres hu manos, los seres sobrantes, según M althus, tienen
que ser eli m inados de un modo
o de otro,
o perecer de m uerte violen ta o m orirse de ham bre. Pero, una vez
eliminados, vienen
139
nuevos sobrantes de población a
cubrir la vacante, con lo que el mal que se creía rem ediado se reproduce.
Y esto ocurre, además, en todos los
pueblos, tanto en
los civilizados como en los prim itivos; los salvajes de la
isla de Australia, cuya densidad de población es de un habitante
p o r m illa cuadra da, adolecen de una
superpoblación igual a la
de los
ingle ses. En una palabra: aplicando consecuentem ente esta doctri na,
deberíam os decir que la tierra se hallaba ya superpoblada cuando la habitaba
un solo hom bre . ¿Y cuáles son las conse cuencias de esta m archa de
las cosas? Que
los que sobran son precisam ente los pobres, por
los cuales no se
«f>uede ha cer otra cosa
que aliviarles en la
m edida de lo posible la m uerte
por ham bre, convencerles de que el asunto
no tiene rem edio y que
el único camino
de salvación para
su clase es reducir hasta el
máximo la procreación, y si esto no se consigue, no cabe solución m ejor que
crear un establecim ien to estatal que se encargue de m atar sin dolor a
los hijos de los pobres, como el
que ha propuesto «Marcus»,7* calcu lándose que cada familia obrera sólo podrá
sostener a dos
hijos y m edio y que
los que excedan de esta cifra deberán ser condenados a la m uerte
indolora. El hecho
de dar limos na constituiría un crim en, ya
que favorecería el
increm ento de la población sobrante; en cam bio resultará muy benefi
cioso declarar que la pobreza es un delito y convertir los es tablecim ientos
de beneficencia en
centros penales, como
lo ha hecho ya en Inglaterra la nueva ley «liberal» sobre los po bres.
Es cierto que esta teoría se compagina m uy mal con la doctrina de la Biblia
sobre la perfección de Dios y de su crea ción, pero «¡es una m ala refutación
el invocar la Biblia en
contra de los hechos!»
¿Hace falta continuar desarrollando todavía más,
seguir hasta sus últim as consecuencias esta infam e y asquerosa doctrina, esta
repugnan se blasfem ia en contra de
la natura leza y de la hum
anidad? En ella se nos m uestra la inm orali dad del econom ista llevada al límite. ¿Qué
significan todas las guerras y todos los horrores del sistem a m onopolista en
com paración con esa teoría? Pero en ella tenem os la clave de bó veda del
sistem a liberal de la libertad de comercio,
que, al caer, arrastra consigo
todo el edificio. Pues si se dem
uestra que la com petencia es la causa de la m iseria, de la pobreza
14
Firmados c o n el se
u d ó n im o M a r c u s a p a r e c ie r o n a lg u n o s o p ú s c u lo s : On the Possibility of
Limiting Popnlottsness, L o n d o n , 1838.
140
y el crim en ¿ quién se atreverá a levantar la voz
en su defen sa? Álison, en la obra
citada arriba, ha refutado
la teoría de M althus al apelar
a la capacidad
de producción de la tierra y oponer al principio m altusiano el
hecho de que cualquier adulto puede producir más de lo que consume, hecho
sin el cual no podría m
ultiplicarse la hum anidad, ni
siquiera exis tir, pues ¿de qué, si no, iban a vivir los q%ie
crecieran? Pero Álison no entra en el
fondo del problem a, razón por la
cual llega, en definitiva,
al m ism o resultado
que Malthus. De m uestra, es cierto, la falsedad del
principio m altusiano, pero no puerto negar los hechos que
condujeron a aquél a este principio.
Si M althus no
hubiera enfocado el
asunto de un
modo tan unilateral, se habría
dado cuenta de
que la población
o m ano de obra sobrante aparece
siem pre unida a
un exceso de riqueza, de capital
y de propiedad sobre la tierra. La población sólo es excesiva allí
donde es excesiva, en
general, la capacidad de producción.
Así lo revela
del modo más pal m ario el estado
de todo país
superpoblado, principalm ente el
de Inglaterra, desde los días en que M
althus escribió. Estos eran los hechos que M althus tenía que
haber conside rado en su conjunto, y cuya consideración le habría
llevado necesariam ente a una conclusión
acertada; pero, en vez
de eso, destacó un solo hecho, dio de lado
a los otros
y llegó, como era
natural, a una
conclusión disparatada. El segundo
• error en que
incurrió fue el de confundir los medios
de sus tento y la
ocupación. Un hecho,
el m érito de
cuyo descubri m iento hay que a
trib u ir a M althus, lo constituye el que la población presiona siem pre sobre
los empleos y que se en gendran tantos individuos com o pueden encontrar ocupa ción, lo que quiere decir
que, hasta ahora, la
procreación de m ano de obra se
regula p o r la ley
de la competencia
y se halla expuesta, p o r lo
tanto, a crisis y
oscilaciones periódi cas. Pero
una cosa son las ocupaciones y otra los medios de sustento. Las ocupaciones
sólo se m ultiplican en últim o extre mo al increm entarse la fuerza
de las m áquinas
y el capital; en cambio, los medios de sustento
aum entan tan pronto como crece, aunque sólo sea en pequeña m edida, la
capacidad de producción. Se revela aquí una nueva contradicción de la Economía.
La dem anda del econom ista no es la verdadera dem anda y su consumo es un consumo
a rtificial Para el econom ista sólo es verdadero agente de la demanda,
verda dero consum idor, quien puede ofrecer el equivalente de lo
141
que recibe. Ahora bien, si es un hecho que
cualquier adulto produce m ás de lo que puede consum ir, y que los niños son como los
árboles, que devuelven
con creces lo que en
ellos se ha invertido —y nadie podrá dudar que estos son hechos— habría
que llegar a la conclusión de que cada obrero tendrá necesariam ente que
producir m ás de lo que
necesita, y de que, por lo tanto, una fam ilia num erosa
representa un re galo muy apetecible para la
comunidad. Pero el
economista, en su tosquedad, no reconoce más equivalente que el
que se paga en dinero contante y
sonante. Y se halla
tan aferrado a sus contradicciones que los hechos m ás palm arios le tienen sin cuidado como
los principios científicos.
La contradicción se
suprim e sencillam ente superándola. Al fundirse los intereses actualm ente
antagónicos, desapa rece la contradicción
entre la superpoblación, de
una parte, y el exceso cíe
riqueza de otra; desaparece
el hecho m ilagro so, m ás m ilagroso que los m
ilagros de todas las religiones juntas, de que una nación se m uera de ham bre
a fuerza de riqueza y abundancia; se viene abajo la
demencial afirm ación de que la tie rra no tiene fuerza para alim entar
a los hom bres. Esta afirm ación constituye la
cúspide de la Econom ía cristiana, y que nuestra Econom ía es esencialm ente
cristiana podría dem ostrarlo a la luz de cada postulado, de cada ca
tegoría, y lo
haré en su m
om ento oportuno; la
teoría de M althus no es m ás que
la expresión económica del dogma re ligioso
de la contradicción entre
el espíritu y
la naturaleza y de la corrupción
que de ella se deriva. La nulidad de esta contradicción, desde hace m ucho
tiempo resuelta en la reli gión, espero haberla puesto de m anifiesto tam bién
en el te rreno económico; por lo demás,
no aceptaré como com peten te ninguna defensa de la teoría m altusiana que
antes no me dem uestre, partiendo de sus propios
principios, cómo un pue blo puede p asar ham bre a fuerza
de abundancia y ponga
es to en consonancia con la
razón y los hechos.
Por lo dfemás, la teoría de M althus ha
representado un punto de transición absolutam ente necesario, que
nos ha hecho avanzar un trecho incalculable. Gracia
a ella y, en ge neral, a la Econom ía, se ha fijado nuestra atención en la ca
pacidad de producción de la tie rra y de
la hum anidad, y, una vez que nos
hem os sobrepuesto a este estado de desespera ción, económica,
estam os para siem pre a
salvo del m iedo a la superpoblación. De él extraem os
los m ás
poderosos ar gum entos económicos
en pro de la transform ación social;
142
pues, incluso aunque M althus tuviera
razón, habría que
aco m eter esta transform ación sin
demora, ya que solam ente
ella y la cultura de las m asas que traerá consigo, harán posible esa
lim itación m oral del instinto de procreación que el p
ro pio M althus considera como
el más fácil y
eficaz medio de co n trarrestar la superpoblación. Ese m
iedo nos ha perm iti do conocer la hum illación m ás
profunda de la hum anidad, la supeditación de ésta a las condicionas
de la competencia;
y nos ha hecho ver cómo, en últim
a instancia, la propiedad privada ha
convertido al hom bre en una m ercancía cuya creación y destrucción dependen
tam bién sólo de
la dem an da, y
cómo el sistem a de
la competencia ha
sacrificado así y sacrifica
diariam ente a m illones de
seres; todo esto
lo hemos visto y nos lleva a la necesidad de acabar con esa hu
millación de la hum anidad m edíante la abolición de la p ro piedad privada,
de la com petencia y de los intereses antagó nicos.
Volvamos, sin embargp, p ara privar de toda base al mie do general a
la superpoblación, a la relación
que m edia en tre la capacidad de producción y la
población. M althus esta blece un cálculo, sobre el que descansa todo su
sistema. La población —dice— crece
en progresión geométrica: 1 4 - 2
+ 4
-f 8 -f- 16 -f 32, etc., m ientras que la capacidad
de produc ción de la tie rra aum
enta solam ente en progresión aritm é tica:
1 + 2
-|- 3 +
4 -f 5 +
6. La diferencia salta a la vista y es sencillam ente pavorosa, pero,
¿es cierta? ¿dónde está la prueba de que
la capacidad de
rendim iento de la
tierra au m ente en
proporción aritm ética? La
extensión de la
tierra es lim itada, es cierto. La m ano de obra que en ella puede
invertirse aum enta con la población; aún concediendo que el aum ento del
rendim iento debido al aum ento de trabajo no registre siem pre un increm ento
a tono con la proporción del trabajo invertido, siem pre quedará un
tercer elem ento, que al econom
ista, ciertam ente, no le dice nada,
la ciencia, cuyo progreso es tan
ilim itado y rápido, por lo menos,
como el de la población. ¿Qué «© debe la agricultura del siglo actual solam ente a la
química, m ás aún,
solam ente a dos hom bres, sir H
um phrey Davy y Justus Liebig? Ahora bien;
la ciencia crece,
por lo menos,
como la población;
ésta crece en proporción al núm
ero de
la generación ante rior y la ciencia avanza en proporción
a la m asa de
los co nocim ientos que la
generación precedente le ha legado,
es decir, en las
condiciones más norm ales,
tam bién en pro
143
porción geométrica, y para la
ciencia no hay
nada imposi ble.
Y es ridículo
hablar de superpoblación m ientras «en el valle del M issisipí haya terreno
baldío bastante para asen ta r en él a toda la población de
Europa»,7’ m ientras sólo pue da considerarse en cultivo, digamos, la
tercera parte de la
tierra, y la producción solam ente
de esta tercera
parte pue da aum entar en seis
veces y
más, sim plem ente aplicando los m étodos de m ejora de la
tierra que hoy se conocen.
La com petencia enfrenta, como hemos visto, a unos
capi tales con otros, a un trabajo con otro, a una propiedad terri torial con
otra, y a cada uno de estos elem entos
con los otros dos. En la lucha
triunfa el más fuerte, y, si
querem os prede cir el resultado de esta lucha, tenem os que investigar
la fuer za de los contrincantes. En p
rim er lugar, tenem os que la propiedad
>de la tie rra
y el capital,
considerados cada uno de por sí, son m ás fuertes que el
trabajo, pues m ientras el obrero
necesita tra b a ja r para poder vivir,
el propietario de la tierra
vive de sus
rentas y el
capitalista de sus
intereses, y, si se ven apurados, pueden vivir de su capital o de la
pro piedad de la tie rra capitalizada.
Consecuencia de esto
es que al obrero sólo le
corresponde lo estrictam ente necesario, los medios -de sustento
indispensables, m ientras que la m ayor
parte del producto se distribuye entre
el capital y la
propie dad territorial. Además,
el obrero más fuerte desplaza
del m ercado al más débil, el m ayor capital al m enor, y la pro piedad de la tie rra m ás extensa a
la más reducida. La prác tica se encarga de
confirm ar esta conclusión.
Nadie ignora las ventajas que el
industrial o el com
erciante más podero so tiene sobre el m ás débil, o el
gran propietario de
tierras sobre el poseedor de una pequeña
parcela. Consecuencia de ello
es que, ya
en las condiciones
normales, el gran
capital y la gran propiedad de la tierra
devoran, según el
derecho del más fuerte, a los pequeños: la concentración de la propie dad. Concentración que es aún
mucho más rápida en las
cri sis comerciales y agrícolas.
La gran propiedad crece
siem pre m ucho más aprisa que la pequeña, porque sólo necesita des
contar una p arte mucho m enor en concepto de gastos. Esa concentración de la
propiedad es una ley inm anente a la propiedad privada, como
lo son todas
las demás; las
clases m edias tienden necesariam
ente a desaparecer, hasta que lle
gue un
m om ento en que
el m undo se
halle dividido en mi
75
Cfr. A. Alison,
The Principies of
Population, cit. vol.
I, p. 548,
144
llonarios y pobres, en grandes terratenientes y m
íseros jor naleros. Y de nada servirán todas las leyes encam inadas a
evitarlo, todas las divisiones de
la propiedad territorial,
to das las posibles desm em
braciones del capital: este resultado tiene
que producirse y
se producirá, a m
enos que
le salga al paso una
total transform ación de las
relaciones sociales, la fusión de
los intereses antagónicos, la abolición de la pro piedad privada.
La libre com
petencia, ese tópico
cardinal de los
econo m istas de nuestros días,
es imposible. Por lo menos el mono polio se proponía, aunque el propósito
fuera irrealizable, pro teger de fraudes al consum idor. La abolición del
monopolio abre las puertas de p ar en par al fraude. D*ots que la concu
rrencia lleva en sí el rem edio contra el
fraude, ya que nadie com prará cosas m alas —lo que quiere
decir que todo com prador tendría que ser un
conocedor perfecto de
los artícu los que se le
ofrecen, cosa imposible—
de ahí la
necesidad del monopolio, que se hace valer con respecto a m uchos ar
tículos. Las farm acias, etc., tienen
necesariamente que funcio n a r sobre bases m onopolistas. Y el
artículo más im portante de todos, el dinero, es precisam
ente el que más necesita aco gerse al régim en de monopolio. El medio
circulante ha pro vocado una crisis
comercial cuantas veces
ha dejado de ser
m onopolio del estado, y los econom
istas ingl-eses, entre otros el Dr. Wade, reconocen tam bién
la necesidad del mono polio en cuanto al dinero. Pero tam poco el m
onopolio ga rantiza contra la
circulación de m oneda falsa. De
cualquier lado que nos volvamos, veremos que lo uno es tan difícil como lo otro, que el monopolio
engendra la libre
compe tencia y ésta a su vez
el monopolio; ambos
deben, por lo tanto, ser destruidos, y estas
dificultades sólo pueden re solverse m
ediante la abolición del principio que las en gendra.
La com petencia ha calado en todas las regiones
de nues tra
vida y ha
llevado a térm ino
la servidum bre de
unos hom bres con respecto a otros. La competencia es el gran acicate que
espolea constantem ente nuestro
viejo ordei?, o m ejor dicho,
desorden social, ya en declive, pero
devo rando en cada esfuerzo una parte
de sus m altrechas
fuerzas. La com petencia dom ina el progreso num érico de los
hom bres y gobierna tam bién su progreso m oral. Quien se halla
ocupado un poco de la estadística de los
crím enes, no puede por
menos de haber
advertido la curiosa regularidad
145
10
con que la delincuencia progresa de año en año
y con
que ciertas causas engendran ciertos delitos. La expansión
del sistem a fabril conduce
en todas partes
a la m ultiplicación de la
delincuencia. Cabe determ inar de antem ano, todos los años, el núm ero de detenciones, de procesos crim inales y hasta de asesinatos,
robos, pequeños hurtos, etc., con
la m is m a certera precisión con
que en Inglaterra se ha hecho m ás de una vez. E sta regularidad dem uestra
que tam bién los delitos se rigen por la
ley de la
competencia, que la
socie dad provoca una demanda de delincuentes a la que da satis
facción la correspondiente oferta, que
el vacío que se abre con la
detención, la deportación
o la ejecución
de cierto núm ero de crim inales
se cubre inm ediatam ente con una nueva prom oción, ni más ni m enos que
cualquier vacío pro ducido en la población se cubre con una nueva
hornada; o, dicho en otras
palabras, que el delito presiona
sobre los medios punitivos los mismo que
presionan los pueblos so bre los medios de ocupación. Y
dejo al buen juicio de mis lectores el opinar si, en tales condiciones,
es realm ente justo condenar a quienes delinquen. Lo que a mi m e interesa es,
sencillam ente, pernea >e!!ev& l a com petencia se hace tam bién
extensiva al campo m oral, y m
ostrar a
qué pro funda degradación condena al hom bre la
propiedad privada. En la
lucha del capital
y la tierra
contra el trabajo,
los dos prim eros elem entos le llevan a éste todavía una ventaja
especial: el auxilio de la .ciencia, que en las
condiciones ac tuales va tam
bién dirigida en contra del trabajo.
Por ejem plo, casi todos los
inventos mecánicos deben su origen a la
escasez de m ano de
obra como ocurre
fundam entalm ente con m ecánico
inventado por Heargraves,
Crom pton y Arkwrighi.76 De la necesidad de esforzarse p o r encontrar
trabajo ha surgido
siem pre un invento,
lo cual ha
venido a ser una especie de
considerable m ultiplicación de
la m ano de obra, y consecuente
dism inución de la dem anda de tra
bajo hum ano. De ello tenem os un ejem plo constante en la historia de
Inglaterra desde 1770 hasta nuestros
días. El úl tim o invento im portante de la
industria de tejidos
de algo dón, el self-acting m
ulé ,n fue causado única y exclusivam ente
74 James
Hargreaves (muerto en 1778) fue el
inventor de una
má quina para hilar
llamada «Jenny»; otra
hiladora fue inventada
por Samuel Crompton (1753-1827); el industrial
Richard Arkwright (1732- 1792) fabricó numerosos tipos de
telares mecánicos.
7 La «self acting mulé» es una máquina automática
para hilar.
146
por el aum ento de la dem anda de trabajo y el
alza de
los salarios; dicho invento ha venido a duplicar el trabajo ma-
quinizado, reduciendo así el trabajo m anual a la m itad, de jando sin trabajo
a la m itad
de los obreros
y presionando así el salario de
la otra m itad; este invento logró
aplastar una conspiración de los
obreros contra los
'fabricantes y acabó de este m odo con el últim o vestigio
de fuerza con que todavía podía enfrentarse el trabajo a
la desigual lucha
con tra el capital (cfr. DR.
URE Phüosophy of
manufactures, tomo ÍI).7Í
El econom ista dice: es verdad que, en últim a
instancia, la m áquina favorece al obrero, ya
que abarata la produc ción, abriendo
con ello un m
ercado nuevo y
más extenso p ara sus productos,
lo que a
la postre hace
que los obreros, en principio desalojados,
vuelvan a encontrar
trabajo. Esto es cierto, pero el econom ista
se olvida de una cosa, y
es que la creación de m ano de
obra se regula siem pre por la com petencia, y que la m ano de obra presiona
siem pre sobre los medios de ocupación, y que, por lo tanto, para que esos be
neficios se produzcan, tiene qu£ haber
a su
vez gran núm ero de obreros aguardando trabajo, lo cual
contrarresta y con vierte en ilusorios dichos beneficios,
al paso que los perjui cios, es decir,
la repentina supresión de m edios de
-sustento para la m itad de
los obreros y
la reducción para
la otra m itad, no tiene nada
de ilusorio. Olvida
que el progreso
de los inventos jam ás se detiene,
de form a que
esos perjuicios se eternizan.
Olvida que, con
la división del trabajo llevada a un grado tan alto por nuestra
civilización, un obrero sólo puede vivir a condición de poder trab a ja r en
una m áquina determ inada, al m ism o tiem po que ejecuta
una determ inada y m ínima
operación. Olvida que, para el
obrero adulto, el paso de una ocupación a o tra nueva
resulta casi siem pre una cosa imposible.
Al fijarme en los efectos de la m aquinaria
se me ocurre otro tema algo m ás apartado. Me
refiero al sistema fabril, el cual no tengo tiem po ni ganas de tra ta r aquí.
Por otra parte, no tard aré en tener
ocasión de desarrollar
despacio la repugnante inm
oralidad de dicho
sistem a y poner de m anifiesto sin ningún m iram iento
la hipocresía de los eco nom istas, que brilla aquí en todo su esplendor.
7i Andrew Ure
(1778-1857), químico escocés,
autor de Philosophy of Manufactures.
147
Cartas desde París
por Moses Hess
París, 2 de enero de 1844
El term óm etro de
la vida política francesa, igual
que el de la tem peratura, está
en este m om ento a cero, cosa per
fectam ente norm al dado que se han abierto las Cámaras.
Aquí, como todo el m undo sabe, las revoluciones se
hacen sólo en el verano y las leyes en
el invierno. Las Cám aras fue ron convocadas hace pocos días p ara que les
dijesen que todo procede del m ejor de los
m odos, que el
país está feliz
y la paz asegurada. Desgraciadam
ente, el
m iem bro más anciano de la Cám ara de los Diputados recordaba
todavía los tiem pos en Iqs que se disfrutaba otro tipo
de felicidad, existían otras condiciones diferentes y, por
lo tanto, no estaba en absoluto
dispuesto a declararse satisfecho p o r
la prosperi dad de la nación. Pero
los representantes de tal prosperidad se rebelaron contra la protesta
de Lafitte,75 y así, según el famoso m étodo dialéctico de la filosofía
alem ana, m ediante la negación
de la negación, todo
quedó como estaba. La
úni ca satisfacción p ara Lafitte la constituyó la visita del vene rando Béranger® el cual vive norm alm
ente en soledad agres te, apareciendo de vez eti cuando a
modo de
símbolo para volver a desaparecer
inm ediatam ente, en los escasos mo-
7Í Jacques
Lafitte (1767-1844), banquero
y político francés,
minis tro de finanzas en tiempo de Luis Felipe -de Orleans.
w Pierre
Jean de Béranger (1780-1857),
poeta liberal; en
1830, des pués de la caída del
régimen borbónico, del que se había mostrado acérrimo opositor, se retiró de la
vida pública.
148
meníos en que el m ejor ingenio de la nación se
hace reco nocer entre la
corrupción.
Béranger es el genio benigno
de la revolución
de Julio, que a hurtadillas espía los m ovimientos
de la política ofi cial. Su sonrisa de tácita aprobación
podía indem nizar con largueza a los viejos diputados del clam or de sus
jóvenes colegas.
La desventura de Francia reside en el antagonism o
de los
dos partidos que respectivam ente representan los
dos p rin cipios revolucionarios: la libertad y la igualdad, es decir el
antagonismo entre el partido liberal y el demócrata.
Unidos en un principio, estos dos partidos
son hoy hosti les el uno al otro como nunca. No nos
estam os refiriendo aquí al contraste entre radicales y m oderados. Por
liberales entendemos todos aquellos
que exigen reform as a
favor de la libertad política,
tanto en form a conservadora, pacífica, como en form a radicalmente-
revolucionaria. Por el
contra rio, denom inam os dem ócratas a todos los que aspiran ex
clusiva o principalm ente a la
igualdad social y
consideran la libertad del mismo m odo que los liberales consideran la
igualdad, es decir, en el m ejor de los casos, con indiferencia, o quizá, en
algunos casos, con aversión.
En la prim era revolución francesa, los
únicos opositores que había
eran los progresistas,
seguros de vencer
al viejo y enroñecido régim en. Indudablem ente, los
radicales se dife renciaban de los m oderados, pero no así los
liberales de los dem ócratas en el sentido en que
hoy tienen estas
palabras. Por lo menos, el contraste no
estaba presente en
la con ciencia del pueblo. Con la
conciencia da dicho contraste, desde luego el entusiasm o popular
no hubiera aum entado; del mismo m odo que el fuego
popular se hubiese
apagado inm ediatam ente si,
después del estallido de la prim era revo lución francesa, dicho contraste
hubiera penetrado en las
conciencias.
La diferencia
entre el elemento
liberal y el dem ócrata, que estriba sólo en
el contraste entre
libertad e igualdad
en la vida configurada asocialmente, se desarrolló sobre todo en el
curso de la revolución. En la república, y precisam ente hasta el directorio,
el principio m otor lo constituyó la
liber tad y la igualdad, todavía unidas.
La constitución de 1791, a decir verdad,
establece ya para las prim eras
asam bleas una diferencia entre ciudadanos ac tivos e inactivos, es decir,
entre Bourgeois y Peuple, entre
149
ios que pagaban contribución y los verdaderos y
auténticos proletarios cuya participación en las reuniones, así como el
disfrute de los derechos políticos más elementales no les estaba perm itido; más aún, aquella
constitución, por cuanto se
refiere a las
elecciones de los
representantes populares va m ás
allá, al poner como
condición necesaria p ara
ser adm itido en los comicios
electorales patrim onios todavía más conspicuos. Sin embargo, sería
totalm ente erróneo pre tender a trib u ir por todo esto a la Asamblea N
acionalíl una actitud hostil con respecto al principio de igualdad.
El m érito de estas gloriosas asam bleas lo
constituyó la abolición de todos los
derechos feudales, y
la constitución de 1793 com pletó la de 1791. La
Declaración de los
derechos del h o m b re 82 es una solem ne protesta contra
cualquier tipo de privilegios, una inequívoca proclam ación de libertad e igualdad.
La m ism a Asamblea que declaró los derechos del
hom bre, sancionó, sin embargo, nuevam ente algunos privilegios: inge nuo e
rro r que la constitución de 1793
pensó que. podía ata jar. Dicha
constitución lo corrigió a su m anera,
aboliendo toda distinción económica incluso para los máximos
dere chos políticos, lo cual condujo necesariam ente al
terrorism o. El terrorism o es el despotism o de la igualdad a nivel del
egoísmo social. En nuestras antisociales condiciones la igual dad sólo puede aparecer en form a de negación
de toda
li bertad individual, de toda vida individual, en form a de do
minio de una unidad abstracta y trascendente, de
una autoridad externa y absolutista, en definitiva en form a de
despotism o . Consecuencia de la constitución de 1793 fue la dictadura de
Robespierre y la restauración del « Etre
Su- préme». Los dem ócratas contem poráneos son perfectam ente
conscientes de esas necesidades. Pero la Convención, en su ingenuidad consideró el terrorism o como
una m edida pasa jera y provisional. Efectivam
ente, destruyó la
libertad, pero no por principio
como nuestros dem ócratas
de hoy. Ledrú- R o l í i n e n su respuesta a la R e
fo rm e* a propósito de la
51 Los Estados Generales, convocados en la
primavera de 1789, se transformaron en Asamblea Nacional el 17 de junio de
1789.
82 La
declaración de los
Derechos del Hombre
y del Ciudadano del 3 de septiembre de 1791.
3 Alexandre-Auguste Ledru-Rollin,
demócrata-republicano, miembro del
gobierno provisional del 48 en cargo de Ministro del Interior.
s< La Reforme, órgano de los
radicales pequeño-burgueses, dirigido por Ledru-Roliin a partir de 1843.
150
libertad de enseñanza dem uestra eficazm ente hasta qué
pun to es inadm isible el que los dem ócratas de
hoy, que preten den sacrificar la libertad en aras
de la igualdad,
se basen en las tesis de la Convención. La
contradicción entre el p rin cipio de igualdad y el de libertad empezó a
evidenciarse por prim era vez en
la Constitución de 1795.
En dicha Convención volvió a aparecer la distinción
entre ciudadanos activos e
inactivos, así como
las diferentes for m as de censo electoral, no ya en la m
edida im p ard al de la Asamblea Nacional, sino como reacción al terrorism o.
Como durante el Directorio el principio unilateral de la libertad había
reaccionado frente al igualmente unilateral de la igual dad, así m ás tarde,
en tiem po de
Bonaparte y del Im
perio, el principio terro rista igualitario, por prim era vez,
reaccionó en form a consciente frente al principio de la libertad.
El étre-supréme de Robespierre vino al m undo sólo
des pués de él:
era Napoleón. Si
Robespierre hubiera conocido su étre-supréme, no lo hubiese hecho
proclam ar, sino guillo tinar. Tras la caída de Napoleón, la nación francesa
realizó varios intentos infructuosos p ara poner en
práctica uni tariam ente los dos
principios revolucionarios. Pero em pe ñarse p o r la libertad o la igualdad
no era propio de la res tauración. La R estauración realizó sólo aparentem
ente estos dos principios capitales y
fue derrocada en
-cuanto se des pojó de su m áscara de hipocresía. La revolución de Julio, tendría que haber concillado ambos
principios; sin em bar go, ha probado
la im posibilidad de
dicha realización sin una radical transform ación de la vida social.
Con el régim en de la revolución
de Julio, el contraste entre
los dos princi pios revolucionarios, penetró en la
conciencia del pueblo y desde entonces podem os -distinguir claram
ente entre las fi sonom ías del partido liberal y el dem ócrata.
París, 4 de enero
Los dos Partidos que representan respectivam
ente los dos principios revolucionarios,
hasta ahora sólo han podido afirm ar esporádicam ente su hegemonía en relación
con el otro. Apenas un principio tom aba la delantera, el otro adqui ría la
capacidad de reaccionar, puesto que bastaba que la par cialidad se hiciese
evidente para alienarse toda la na-ción. Actualm ente los
dos principios están
empeñados en una
lu-
151
cfra a ultranza. En la vieja concepción inorgánica
en la
que todos están comprom etidos,
los principios de libertad e igualdad, que en realidad no son más que expresión
de un único principio vital, el de la
espontaneidad, caen por su
base. Efectivam ente, en el ám bito de la vida inorgánica, la libertad no es
sino la independencia de uno con respecto
al otro, el no estar recíprocam ente vinculados. Pero
la sociedad es orgánica, es
decir, hum ana, sólo si sus m iem bros actúan colectiva, recíproca y arm ónicam
ente, y la libertad de la so- ciedad
inorgánica se contrapone
directam ente a la
libertad, a la igualdad, a la compensación de toda exigencia vital del
individuo. Por otra parte, la igualdad, considerada desde un punto de vista
inorgánico, en tra en conflicto con'
toda liber tad. De hecho, la igualdad,
en este caso, no es m ás que la
anulación de todo individualismo, de toda independencia per sonal en
particular. La igualdad nunca ha logrado
afirm arse sin recu rrir a una violencia despótica, violencia que
ha aho gado todo
tipo de libre evolución
del individuo, todo
tipo de libertad espiritual y m aterial. Sin em bargo, la libertad siem
pre ha tenido que servirse del interés privado, del egoís mo y de la
corrupción. Por un lado, la Convención y el Im
perio, por otro, la M onarquía Constitucional, dem uestran de hecho tal
necesidad. Y en vano nos esforzam os ahora, en realizar teóricam ente
lo que es
irrealizable en la
práctica. Sin embargo desde, el m om ento en que el contraste entre
bourgeoisie y peuple ha penetrado
en la conciencia
del pue blo de modo claro y
evidente, desde el m om ento en que el régim en burgués ha dejado de ser un m
isterio con todas sus consecuencias, es decir desde el m om ento en que se ha
hecho evidente el predom inio
unilateral del principio
liberal, des de entonces la
corriente dem ócrata conquista
cada vez m ás a las
m asas. E l odio
por el régim eu
burgués ha em pujado a la reacción contra el liberalism
o a una situación tal de evi denciar, incluso al hom bre m ás despreocupado,
que el prin cipio de la igualdad, si está en oposición al de la libertad, es
insuficiente, del m ism o modo que lo es el segundo cuando
está en oposición al prim ero.
E l partido dem ócrata, que alaba en todos los
tonos la
unidad, no és, a pesar de todo, un
partido unitario. Se divide, en prim er lugar, en dem ócratas
puros, es decir,
socialistas, que quieren la abolición de la propiedad
privada, y en aque llos que quieren organizar el trabajo,
como dicen ellos, con servando la propiedad privada.
152
Los prim eros c'emócratas, o comunistas, se dividen
nue vamente en religiosos y m aterialistas, en pacifistas y revolu cionarios,
prescindiendo de los diferentes sistemas
cada uno de los cuales reúne a
más o
menos adeptos. Y
los demó cratas anticom unistas.
¡Qué cantidad de opiniones! Y sin em bargo, los periódicos dem ócratas se
difunden por todas par tes, tanto en París como en provincias. Pero no
es la corrien
te propiam ente dem ócrata o com unista la que controla los periódicos.
Carece, fundam entalm ente, de los medios eco nómicos y de las subvenciones
necesarias para sostener un periódico, y en
segundo lugar, está todavía
excesivamente com prom etida .en la definición de su propia ideología,
de su propia esencia. Finalm ente,
intenta difundir sus
ideas no tanto a través del
Parlam ento, cuanto m ediante la propa ganda literaria y los clubs secretos,
hecho este del que son responsables no las ideas mism as, sino las leyes de
Septiem bre. Entretanto, el comunismo inunda Francia de sistemas, libros,
panfletos y periódicos. Junto al resto de los demó cratas el comunismo m ina
así el ya
vacilante orden, o, me
jo r desorden social, el derecho
público y el
privado. A pesar de esto, por muy
intensam ente que los dem ócratas puros
intenten im pugnar las objeciones que se les form ulan con respecto a la
libertad individual, no han conseguido en
abso luto, por el m om ento, basar teóricam ente la libertad en la
igualdad y llegar
a aquella orgánica
concepción de la
vida sin la que una sociedad organizada se hace imposible. Con respecto
a ellos, los liberales se consideran autorizados a sos tener unilateralm ente
su propio principio.
Los dem ócratas puros se dividen en dos o tres
grupos
principales: religiosos, m aterialistas e
indiferentes. Los últi mos utilizan la
religión como un medio para atraerse la
m asa del pueblo hacia sus propias teorías, no disponiendo eviden tem
ente, de ningún sistem a m ejor. Si se les incluye entre los dem ócratas religiosos, la gran m ayoría
de los com unistas se presenta entonces teñida de religión.
A pesar de ello, incluso aquellos que tom an en
serio la religión no profesan en absoluto ninguna religión positiva, quizás el
catolicism o que, en general, a pesar de todos los esfuerzos del clero francés,
no es en absoluto popular.
Los dem ócratas creyentes, los m ás religiosos son esencialm ente
racionalistas, es decir, racionalistas
del tipo clásico.
Veneran el «ser supremo» del pío Maximilano Robespierre «en el espíritu y en la verdad», no ju ran
sobre la Biblia, sino sobre
153
la religión de K ant « dentro de los
lím ites de la razón pura».*s Su dogm ática no supera la
«profesión de fe del Vicaire Sa- voyard».u
Tam bién pronuncian el nom bre del Salvador con
gran un ción, sin embargo, Cristo es
para ellos una
autoridad entre las demás, un «hom bre bueno como el pan». La
obrilla re cientem ente publicada por el pío dem ócrata Pecqueur De la
République de Dieu, unión religieuse *7 está, entre otros, de dicada a: «Ceux
qui ont foi que le praíique générale
de la morale de Jésus-Christ et
de Confucius sauverait
infaillible- m ent Vhumanité».
Los dem ócratas necesitan de un vínculo que abrace a la hum anidad y la eleve
por encima del egoísta interés privado.
N ecesitan tam bién una autoridad que establezca
los lí
m ites del arbitrio individual. Ahora bien, el
único y natural contrapeso al egoísmo es el amor, así como la razón lo es del
arbitrio. Pero el am or y la razón
de estos dem ócratas
no están aún suficientem ente vigorizados, están todavía dema siado com
prom etidos con sus opuestos
como para fiarse
de sí m ism os. Por el contrario!, esperan llegar, con la
ayuda de Dios a superar
el egoísmo y el
arbitrio individual. No
sólo los dem ócratas religiosos, sino tam bién los m aterialistas ne
cesitan una autoridad externa y sobrehum ana contra el egoís mo y el arbitrio.
Dado que
su m aterialism o no
es orgánico sino atom ístico.
Para suplir la unidad de la vida hum ana, a falta
de un principio que abrace completamente la
vida del hom bre
y cuya realización tenga que subordinarse a la práctica, cons truyen
sistem as dogm áticos que adolecen todos
del defecto de p resen tar
en form a de
constante universalidad aquello que está determ inado p o r
condiciones particulares e indivi duales, nacionales, clim áticas y locales.
En resum en, aquello que deba subordinarse a la libertad.
Nos referim os a la especial realización del
principio. Todos los dem ócratas se sem ejan
por el hecho de
que, en lugar de la real unidad de la vida orgánica hum
ana, buscan una tras
85 Cfr. Immanuel Kant, Die Religión
innerhálb der Grenzen
der btossen Vernunft. Konigsberg, 1793.
16 J. J. Rousseau, Profession de foi du Vicaire
Savoyard.
57 Constantin
Pcoquear (1801-1887), Colectivista, primero sensimo- mano y después
fourierista, autor, entre
otras cosas de,
Des amélio- rations materielles
dans leurs rapports
avec la liberté,
París, 1840 y de
De la republiqtie de Dieu. París, 1843.
154
cendente que es tan
contraria a la igualdad como nociva para la libertad.
Los franceses en el socialismo, como los alem anes
en el idealismo, no han logrado su propia esencia positiva. La esencia del
socialismo es la igualdad orgánica, humana, así como la esencia del idealism o
es la
libertad vital, humana. Pero, del m ism o m odo que anteriorm
ente los filósofos ale manes, excepto el m ás reciente, Feuerbach, encontraron
la verdad no en el hom bre, sino en su ser trascendente, en el
«Dios», en el « Espíritu Absoluto» o
en una «Lógica»
escin dida y aislada de la vida, así los franceses encontraron
su verdad, no en la sociedad, sino en su
conciencia trascen dente, en
un sistem a socialista
cualquiera. Por m ucho
que los dos pueblos hayan desarrollado el tem a m ediante
infini tas variaciones, la
disonancia fundam ental, la teológica ha perm anecido. Para los dem ócratas m
aterialistas, así como pará los
religiosos, la vida social sigue estando m ás
allá: unos la colocan en
Dios, otros en
un individuo que ha
encontrado la piedra filosofal, en un legislador com unista o en un
dicta dor, es decir, nos encontram os siem pre con un vínculo ex terno,
una unidad trascendente, una autoridad:
en definitiva, no se tra ta ni
del hom bre ni de la existencia hum ana.
París, 5 de enero
Todos los dem ócratas, por mucho que disientan sus
opi niones, tienen en com ún el deseo ardiente de una autoridad concreta.
Todos carecen de seguridad y viril confianza en sí mismos. Todos, todos sin
excepción, se caracterizan por una gazmoña infantil, afem inada e indistinta
búsqueda de una autoridad política y religiosa, el m ism o Lam artine,
cuando osó, con gran escándalo de los dem ócratas, reco rtar la liber tad de enseñanza, apuntó sim ultáneam ente a
la teocracia (!) en cuanto ideal
cuya realización resultaría auspiciable en un futuro m ás o menos próximo.
Estando así las
cosas ¿debe ríam os asom brarnos
de la puesta en guardia de
los jesuítas? Se teme la «disolución
de todo vínculo
social» y en
cuanto se atisba la
libertad individual se
habla de «anarquía».
Dad a entender que exigís seriamente, aquella libertad de ense ñanza que el clero reclam a hipócritam
ente, veréis a los periódicos dem ócratas declarar tem blando: «La juventud tiene que ser abandonada a mil
doctrinas -diferentes», por lo
155
tanto, ai
escepticismo. Este «escepticismo» es la
béte noire de la nueva generación
francesa, la pesadilla a la
que todos están sometidos. Dicho
escepticism o conduce, a unos
al seno de la religión
tradicional y em puja a otros a proclam ar una nueva. Es el origen de los
jesuítas y del m oderno Salvador; convierte a los republicanos en inválidos del
gran em perador y a los dem
ócratas en apóstoles
de Jesucristo. A
la m iseria del pueblo se une
ahora la hum illación m oral voluntaria y a aquellos que poseen riquezas
y poderes les es lícito,
frente a los dem ócratas, atrincherarse tras la enseñanza del pecado
original. La fe de la
autoridad conmovida sólo
superficial m ente por sus predecesores, hace valer nuevam ente sus
anti guos derechos antilibertarios sobre
los franceses de
hoy, m ientras que los
descendientes de Voltaire y Rousseau in
tentan colm ar las lagunas del
Dictionnaire philosophique Sí y del Contrat Social, sirviéndose de párrafos de
la Biblia.
Hemos visto, incluso, hom bres pertenecientes
al partido dem ócrata echar en cara la
«exagerada» y «anárquica» liber tad de prensa que en 1789
se concedía a
cualquiera. ¿Qué puede esperarse
de una sabiduría de este tipo que, en
tiem pos en el gobierno y, por lo tanto poderosa, se encuentra ahora
oprim ida e im potente? Por lo
demás, en cuanto
falta de confianza en sí mismos
todos son iguales:
Cabet, el co m unista,
no puede tolerar ningún
otro órgano comunista ju n to a su Populaire; 8? Louis B
lan c 50 no esconde su hostili dad
hacia la
libertad de prensa. Los
republicanos del Natio n a l 91 y los
socialistas de la
Reform e se declaran
contrarios a la libertad de enseñanza; los m ejores tem en una «anar
quía» de opiniones, que imaginan poder dom inar únicam en te a través de una
fe im puesta p o r la autoridad.
Y si
los jesuítas sinceros no constituyesen un enigma re suelto hace ya tiempo, no se hubiera sabido a priori que
enarboian la bandera de la libertad de
enseñanza sólo por hipocresía, y la cómica actitud hacia Lam artine y
Ledru-Rol-
58
Cfr. F. M.
V o l t a i r e , Dictionnaire philosophique portatif,
Ge- néve 1764.
89 El Populaire, órgano del
comunismo «pacífico» inspirado
en Ca bet, fue
publicado en París
desde 1833 a
1835 y después
desde 1841 a 1852.
M Louis Blanc (1811-1882), famoso
radical-socialista, autor de la «or ganización del trabajo» y miembro del
gobierno provisional del 48.
91 Le
National, publicado en París desde
1830 a 1852,
órgano del partido
republicano fundado por
Louis Adolphe Thiers
y dirigido du rante muchos años por Armand Carrel
(1800-1836), opositor a
la mo narquía de Julio,
156
lin, que se tom an la libertad en serio, habría
caracterizado suficientem ente su «liberalismo». Estos paladines de una re
ligión a la que debería pertenecer la «mayoría de los fran ceses», como dice
la C arta/2 y ios peres de famille, alma y cuerpo, como ellos mismos afirm an,
tem en la verdadera li bertad de enseñanza más de cuanto pueda tem erla
el Go
bierno. M irad cómo ocultan apenas su em barazo frente a las propuestas
de Lam artine y de Ledru-Rollin.
Y eso
que, para ellos, todavía no
ha llegado el m
omento de preocuparse; efectivam ente, el peligro todavía no es muy grande: pueden dejar
tranquilam ente a la
prensa dem ocrá tica la lucha
contra los diputados de la oposición y al Gíobe ”
m inisterial,
el trabajo de
defender sus privilegios. Pero
¿Qué dirían si el Estado retirase su magnífica m
ano de
la Iglesia Católica y les
abandonase a sí mismos?
Los inconvenientes que se han derivado de
la libertad de tipo egoísta, inconvenientes determ inados,
en otras palabras, por el arbitrio, han vuelto desconfiados a los franceses con
respecto a la libertad , y la m ism a reacción que en las rela ciones sociales se levanta hoy
contra la ficticia
libertad de com petencia y de
trabajo, a favor de posiciones serviles y anacrónicas, se hace valer tam bién
contra una libertad indi vidual de pensam iento, todavía sin im pregnar de
libertad hum ana real, a favor de una fe hoy
anacrónica, amenazando con no tom
ar en cuenta los recientes progresos. Al no poder perseguir coherentem ente la
superación de la esclavitud, se
■ nos
arro ja sobre las fortalezas ya conquistadas
y se empie zan a reconstruir los
castillos desm antelados de los tiranos. E n
este punto es evidente
que la m entalidad
francesa logra com pletarse en la alem ana, la cual, tras una lucha de
trescientos años, ha eliminado p ara siem pre todo el sistem a
de la fe, de la autoridad y de la fantasía
religiosa.
París, 6 de enero
La influencia del socialismo y del comtmismo sobre
las publicaciones francesas resulta cada vez más determ inante.
92 Cfr. Carta
del 4 de
junio de 1814,
art. 5: «Cadauno profesasu propia
r«ligión con libertad igual
y obtiene para
el propio culto
la misma protección.» Art. 6:
«Sin embargo, la
religión católica, apos tólica y romana es la religión del
Estado.»
93 Le
Globe, periódico liberal fundado por Pierre Lerroux en 1824.
157
Los viejos partidos tienen que adaptarse a seguir
el paso del tiem po, si no quieren
ser dejados atrás.
Actualm ente, la pren sa
puede dividirse en
dos grupos principales,
la vieja y la nueva, es decir, la
p rensa liberal y la dem ócrata.
jY hasta qué punto es respetada y vital esa prensa
m itad política, m itad socialista, nacida de una form a tan poco b ri llante
y, sin embargo, em peñada en defenderse de la difam a ción y la burla!
De los dos partidos principales, divergentes p o r
lo que se refiere a la nueva dirección político social, uno, el partido
conservador está representado p o r la Presse 94 y p o r la Demo- cratie
pacifique ; 95 y el
otro, el partido
reform ista o radical p o r el Bien Publique w y por la
Reform e . La Reform e y la Democratie pacifique constituyen la avanzada de los
dem ó cratas radical reform istas, la prim era y de los dem ócratas
conservadores y pacifistas la segunda. E n un intento de ca racterizar, en
general, su relación
con Le Bien
Publique y con la Presse, puede
decirse que aquellos
lo declaran abierta m ente, m
ientras que los últim os m urm uran diplom áticam en te entre bastidores. El
program a de los dem ócratas conser vadores, asi como el de los dem ócratas
reform istas, coincide precisam ente con los títulos de sus periódicas, Reform e y Democratie
Pacifique: estos quieren la paz, aquéllos la re forma, a toda costa. Para los
pacifistas cualquier régimen, cualquier dinastía, cualquier religión y
cualquier política son equivalentes, dado que tienen una fe sin lím ites en su
propia sabiduría, habilidad, inteligencia y astucia, m ediante las
cua les creen poder, finalm ente, transform ar todas las cosas. Co
quetean con Luis Felipe y
con los legitim istas, con Guizot y con Lam artine,
con la religión y con la filosofía y se ríen disim uladam ente dado, que han
encontrado, sin lugar a duda, la piedra filosofal. Pero su sabiduría
se reduce al m ás mecá nico, superficial
y pedante esquem atism o. Traducen todo en cifras y letras. El talento
y el trabajo, la
m ás orgánica, inte rio r y
libre actividad del hom bre, así
como el exterior, iner te, inorgánico capital, todo
lo calculan en porcentajes y frac-
w La Presse, diario conservador fundado por JEmil
de Girardín (1806-1891), en 1836. En 1850 Marx lo definió como «el
viejo portavoz literario de Jos
reformistas burgueses».
95 La Démocratie
pacifique, órgano de
los fourieristas, dirigido por Víctor Considerant (1808-1893),
apareció en París desde 1843 a 1851.
96 Le
Bien Publique, dirigido por Alphonse de Lamartine, se
editó desde 1843 a 1848.
158
clones: el
capital tiene un
tanto, el trabajo
tiene un tanto, y el talento un tanto por ciento en su
especial aritm ética.
Para los reform istas, p o r el contrario, todo
está lleno de vida: ferm enta y bulle un
volcán que todo lo aniquila y re genera, el fuego eterno
de la natura
naturans. Si allí
todo era agua, aquí todo es
sangre; si allí todo
era inorgánico, aquí todo es
orgánico. Es cierto
que su ardor,
hasta ahora, les ha
calentado más que
ilum inado; pero en sus
venas late la vida y en sus ojos brilla
la luz que en su día ilum inará el mundo entero. Es cierto que en lugar de juzgar
según su propia naturaleza creen,
m ás bien, en un obscuro
im pulso suyo. Sin embargo, el genio de las naciones vive en ellos,
aunque todavía latente. Consideran todo, tanto lo que aman como lo que odian,
lo que aprueban, y
lo que rechazan.
No nos encontram os frente a cifras, sino frente a hom bres que llevan
consigo el germen de todo conocim iento y yo prefiero errar con estos antes que
contabilizar escrupulosam ente con los otros. Los reform istas se oyen definir
a menudo por los conservadores y pacifistas como «poco prácticos». Nosotros
creemos que aquellos que se
abandonan al ágil
y vital fluir de la historia se m ueven entre elem
entos m ucho m ás prác ticos que los que perm anecen aislados
del pueblo y sin em bargo pretenden regir su destino y m ejorar su suerte.
Al mismo tiem po no
podem os dejar de atribuir a
los de m ócratas «pacifistas» el m érito de
haber introducido el
ele m ento socialista en la vida, en la
prensa, en la opinión públi ca.
Su eterno predicar la paz, y sus discursos
sobre la paz eterna, sugeridos tanto por la. astucia
como por su posición ideológica, narcotizaron a los tutores de las leyes
de Sep tiem bre, y pudieron decir cosas que de otra form a
hubieran sido consideradas como alta
traición y los
hubiera im plica do en procesos
sin fin. De esta form a acostum braron al m un
do del com ercio y a sus representantes a seguir la serena discusión de
los problem as sociales. Adularon hasta
tal pun to al Gobierno que, al
final, el Gobierno les acabó sonriendo graciosam ente. Entonces
se hicieron cada vez m ás
osados y se atrevieron finalm ente a despojarse del guante de tercio pelo y
estrellarlo en la
cara del Globe,
que se escandalizaba p o r la traición.
V erdaderam ente, nos fiam os tan poco de la
postura b a ta lladora que la dem ocracia pacifista ha asumido hace poco, como de la suavidad falanstérica
de antes; en cualquier caso, es indiscutible que
dicha p ostura ha
proporcionado nueva
159
m ente a la
dem ocracia la posibilidad de servirse
de la pren sa de la que había sido excluida
desde el
tiem po de la
con dena de Dupoty.57 Otros dem ócratas, distintos de los de la Pacifique, verdaderos hom bres del
pueblo, para los que no se tra ta de dogmas o
de su propia
sabiduría, partidarios fieles de la revolución francesa en lugar de
ser petulantes difam a dores suyos, sabrán disfrutar de las favorables
circunstan cias que hoy se presentan a los dem ócratas y a las que se ha llegado
gracias a los «pacifistas».
*
Auguste Dupoty (1797-1864),
escritor y periodista
radical socia lista, opuesto a
la monarquía orleanista.
Protocolo
firses! de la conferencia
ministerial de Viena dei 12 de ¡unió de 1834 con el discurso introductivo
y reecspltwlcsdor deí Príncipe de Meffemich, junto cors
un epílogo de Ferdinqnd CoeSestsn
Bernays
Del caos de nuestro tiem po ha surgido un partido
cuya audacia ha ido increm entándose, no
tanto por el
arraigo entre la gente como por su sinuosidad, hasta convertirse en
arrogancia. H ostil a cualquier tipo
de autoridad porque
se cree llam ado al poder, m antiene, en
la paz política
general, una guerra interna, envenena el
ánim o del pueblo,
corrom pe la juventud, seduce, incluso a
las generaciones m ás m
adu ras, turba y sacude todas las relaciones públicas y privadas, instiga
deliberadam ente a los pueblos a la desconfianza
sis tem ática para con sus legítimos soberanos y predica la des
trucción y la aniquilación de todo lo
que existe. E ste
parti do ha sabido hacerse con las form as constitucionales intro
ducidas en Alemania. Tanto si se decide por ese cam ino apa rentem ente legal,
largo y seguro, como por el de la insu rrección abierta, su objetivo siem pre es el
mismo. Procedien do sistem áticam ente, en un principio se contentó adoptando
una po stu ra contra loe gobiernos en las Cám aras de las Die
tas. G radualm ente, sus aspiraciones han ido creciendo. La postura
adoptada, allí donde fuera posible, tenía que refor zarse. Consecuentem ente,
se trató
de poner las m áxim as
li m itaciones al poder del gobierno; finalm ente la auténtica
soberanía no tenía por qué seguir
concentrada en la
figura del jefe del Estado, sino
que, por el
contrario, el poder
del E stado tendría que trasplantarse a
la om nipotencia de las Cá m aras
de las Dietas.
No debemos ocultam os
que, desgracia
161
n
dam ente, el partid o ha sabido lograr en unos y
otros sitios, con m ayor o m enor éxito, el objetivo que se propuso, y que,
además, si no encauzamos inm ediatam ente la corriente im pe tuosa de ese
espíritu, deteniéndola y salvándonos, si no cor tamos el pujante desarrollo de
esos progresos de la facción, dentro de m uy poco tiempo, en las m anos de
más de
un reinante no quedará ni som bra
del mínimo poder m onár quico. Preocupados por el m antenim iento de
la Constitu ción de la
Confederación Alemana, determ inada
por la ac tas confederales y desarrollada en las
conclusivas, preocu pados también p or la seguridad garantizada por esas leyes
básicas de autoridad de los
soberanos, así como por el
orden y tranquilidad en cada uno de los Estados confederados y, finalm
ente, en la serena decisión de preservar
escrupulosa m ente el estado de legalidad existente en Alemania de todo
intento de violación, con todos los medios utilizables p o r el derecho y
respetuosos con sus obligaciones, en
orden a diri gir la discusión de los principios a
los que deben atenerse uniform em ente todos los gobiernos para
la consecución de ese
objetivo común, así como las m edidas a
adoptar, los príncipes soberanos y las ciudades libres de
Alemania han nom brado los
siguientes plenipotenciarios, etc. (véase más abajo), los cuales
en Viena se han reunido en Conferencia de Gabinete, y han llegado al
unánim e acuerdo de dictar las disposiciones siguientes:
Art. L El principio básico de la Confederación
alemana, reconocido p o r el art. 57 de
las actas recapituladoras de
Viena,9* de acuerdo con las cuales, el poder estatal absoluto debe residir en el jefe del Estado, quedando el soberano
■ eventualmente
obligado p o r una Constitución dietal a la co laboración con los
representantes sólo en el ejercicio
de de term inados derechos,
tiene que perm anecer inviolado en toda
su extensión. Cualquier m
anifestación en contrario,
tendente a una repartición del poder estatal, es incom patible con el
derecho público de los Estados
reunidos en la
Confedera ción alem ana, y no podrá e n tra r en vigor en ninguna cons
titución local. Los gobiernos, por lo tanto, no adm itirán bajo ningún concepto
y en ningún caso, una extensión de las atri buciones que sea incom patible con
los derechos de la sobe ranía.
Art. 2. Si los representantes, en su intento de
extender
M Acta final del Congreso d.e Viena, 1815.
162
sus propias atribuciones form ulasen alguna duda
con res pecto al sentido de cualquiera de los párrafos del docum ento
constitucional, los gobiernos sostendrán la interpretación correspondiente a
los principios restantes. Si los represen tantes no se contentaran con
esa interpretación, el
gobierno en cuestión evacuará la reclam ación form ulada
a través de las vías establecidas en el párrafo
siguiente para resolución de esos desacuerdos,
Art. 3. En caso de que en alguno de los- Estados
confede-
rados surjan controversias entre el gobierno y los
represen tantes con respecto
a la interpretación de
la Constitución, o cerca de los lím ites de la colaboración
reservada a los re presentantes en la explicación -de determ inados derechos
del reinante, sobre todo por el rechazo de los medios necesarios para la guía de un gobierno cum
plidor de sus -¿tóberes fede rales y
correspondiente para con la
Constitución del Estado, y una vez que
todos, los caminos acordes con
la constitución y conciliables
con las leyes para su eliminación hayan sido probados sin éxito, los m iem bros
confederados, en cuanto tales, se com
prom eten recíprocam ente, antes de exigir la in tervención de la Confederación,
a prom over la resolución de dichas controversias con la m ediación
de un juez
arbitral en la form a que se especifica en el artículo siguiente.
Art. 4. Para form ar el tribunal arbitral, cada uno
de los
17 votos
del Consejo restringido de la
Asamblea federal," nom brará
de tres en tres años, dos
individuos de los
Esta dos representados, em inentes por
su carácter y principios,
que a través de años de servicio hayan
dado suficientes prue bas de
conocim ientos y form ación profesional, uno
de ellos en la ram a jurídica, el
o tro en la ram a
adm inistrativa. Los nom bres
elegidos serán com unicados por cada uno de los gobiernos a la Asamblea
Federal, etc., etc. (Hasta el art. 14
siguen las conocidas disposiciones relativas al Tribunal Fe deral).
Art. 15. Si las Asambleas de
las Dietas tienen
lugar en form a constitucional y están autorizadas p o
r el gobierno, no pueden, sin su aprobación* derogar la eficacia legal a p a
rtir
9’ De acuerdo
con el Acta
final del congreso
de Viena, los
nego cios de la
Confederación tenían que
discutirse y ser
dirigidos por una Dieta de 17
miembros, con sede en Frankfurt y presidida
por Aus tria. Todos los
delegados, que a veces
representaba a más
de un Esta do, podía proponer leyes y reglamentos;
pero allí donde estuvieran implicadas leyes
fundamentales era preciso
que se convocara
ía Dieta en Asamblea Plenaria, con un total de 69
representantes.
163
de sus propias deliberaciones, o por las de una
asam blea anterior. Lo dicho vale tam bién para las discusiones m ante nidas
en un período expresam ente determ inado, para la duración del mismo.
Allí donde las discusiones de la Dieta sean
frecuentes, los gobiernos cuidarán de que no se introduzca ninguna modi
ficación que pueda resolverse con m erm
a de los derechos soberanos en la form
a y
en el modo
de compilación que hasta ahora son válidos.
Art. 16. Las disposiciones que puedan em anar
del go bierno en virtud del
poder gobernativo en form a constitucio
nal son obligatorias para los súbditos
y desde el
principio, serán adm inistradas con energía.
Los gobiernos implicados afrontarán resueltam ente, en cualquier modo
com patible con las leyes, las violaciones de competencia de los tribunales
dirigidas contra tales dispo siciones.
La falta de
reconocim iento de tales
disposiciones p o r parte de los representantes no puede obstaculizar al
go bierno en la adm inistración de las m ism as, hasta que la re clamación de
la Dieta no se
reconozca justificada y
apoyada en la vía constitucional. La actividad de los gobiernos no puede
ser m olestada por las exigencias de
la Dieta, cualquie
ra que sea la form a en
que dichas exigencias
se form ulen, sino que éstas
deben esperar su resolución siem pre por la vía legal. En los proyectos de
ley que se
presenten por parte de las
Dietas, los gobiernos separarán
cuidadosam ente las disposiciones propiam ente legislativas de las auténticas y
reales disposiciones ejecutivas.
Art. 17. Los gobiernos no perm itirán que las Dietas
dis cutan o decidan acerca de la validez de las deliberaciones
confederales.
Art. 18. Los gobiernos disolverán las
Asambleas de las Dietas que se nieguen
a las prestaciones
necesarias a la
ad m inistración de las
deliberaciones confederales del 28 de junio de 1832,10 tras el infructuoso empleo
de todos los
me dios legales y constituciones (y, eventuaím ente, señalando las
razones); en un caso así, se les tiene que asegurar el apoyo
Ifl0 Las Deliberaciones del 28 de junio de
1832 eran, lógicamente, anteriores a
la disposición aguí
publicada por Bernays.
Los Gobier nos de
Prusia y Austria, valiéndose
del predominio que
ejercían so bre la dieta confederal
de Frankfurt, en las sesiones
del 5 y
28 de Ju nio
de 1832 hicieron
aprobar esas Deliberaciones, cuyo
objetivo era la represión de los
desórdenes e intrigas revolucionarias mediante
se veras restricciones en la prensa, y en la libertad de asociación.
164
de la Confederación, de acuerdo con las
disposiciones de los artículos 25-27 del Acta final. Estas
prescripciones son váli das tam bién para el caso de una im
pugnación total de las contribuciones.
;irt. 19. Las condicioaes consideradas inadm
isibles en la aprobación de los im puestos necesarios para la dirección del
o-obiemo, de acuerdo con el art. 2 de
la deliberación federal del 28 de junio de 1832, no pueden
hacerse valer ni
siquiera con especificaciones prelim inares o en cualquier otra forma
diferente.
Art. 20. El derecho de aprobación
de los im puestos
no tiene el mismo significado que
el derecho de regulación del presupuesto de gastos del Estado. Los gobiernos
conservarán bien nítida esa diferencia en
el m om ento de
discutir acerca del presupuesto y
h arán observar severam ente y con las precauciones pertinentes para los fondos
necesarios de dis ponibilidad y de reserva,
las lim itaciones puestas
por cada una de las
constituciones confederales. De dicha diferencia resulta que
las Dietas tampoco
tienen derecho a
establecer o anular ninguno de
los gastos que
componen el im porte
de la sum a determ inada en general por el Estado, aunque su aprobación
en este sentido no está
expresam ente reservada por las
Constituciones y las
leyes. Si los
gastos efectuados no se reconocen
o son anulados por las Dietas (aun en
aque llos Estados cuyas Dietas
están divididas en dos Cámaras, ambas Cámaras tendrán que ponerse de acuerdo),
las Dietas pueden m antenerlos para los casos futuros o, eventualm ente
encauzarse por otro camino perm itido en,.base a la constitu ción de cada Estado; las Dietas, sin embargo,
no pueden calcular dichas sumas, reconocidas en cuanto realm ente gas tadas,
en cuanto reservas efectivas de caja. La cuestión de la legalidad de un gasto
com probablem ente efectuado se deci dirá
por vía constitucional, y sí el
resultado es negativo, sólo a las autoridades compete, y
no a las Dietas, la sentencia con
respecto a la obligatoriedad del reconocim iento,
Art. 21. A fin de que las deliberaciones sobre el
presu puesto puedan estar term
inadas con certeza en el plazo ne cesario, los gobiernos convocarán con el
debido tiem po las Dietas, y en principio les presentarán el presupuesto al
prin cipio de las sesiones.
Si la cuestión del presupuesto no pudiese
resolverse por cualquiera de las vías legales o por una vía determ inada de
libre acuerdo antes de que caduque el período de aprobación
165
de los im puestos, los gobiernos interesados,
procederán, tem pestivam ente a decidir sobre los puntos
en litigio, de
acuer do con lo que se estableció en
el art. 3
acerca de la
form a ción de un tribunal arbitral, de
modo que la deliberación pueda continuarse
inexcusablem ente dentro de los seis
me ses a p a r tir de la caducidad del últim o período
de aproba ción de los im
puestos.
Si las Dietas no
estuviesen de acuerdo
ni siquiera acerca de una aprobación provisional de los
im puestos hasta la de cisión y si no quisiesen som eterse
a un arb itra je
m ientras que el gobierno se hubiere conform ado a las susodichas dis
posiciones, este últim o tiene
derecho a continuar y
proceder a las exanciones de
los im puestos necesarias al cum
plim ien to del deber federal y a la no interrupción de una adm inis tración
ordenada, tal como corresponde a la Constitución fe* deral, sin que exceda, sin
embargo, el im porte de la últim a aprobación de im puestos, excluido el caso
de prestaciones confederales extraordinarias u otros acontecim ientos de ca
rácter extraordinario y
urgente. Además, la
Confederación, en caso de necesidad h ará e n tra r en vigor el subsidio
confe deral de acuerdo con el art.
25 y 26 del
Acta final y el
art. 2 de la Deliberación confedera! del 28 de junio de 1832.
Art. 22. Los
soberanos confederados se esforzarán
por hacer de m odo que, allí donde
la introduccxóh del gobernan
te no esté constitucionalm ente asegurada,
las listas civiles
se basen en los im puestos fiscales y, en cualquier
caso, es tarán fijadas por las
Dietas de m anera que, tanto en vida de cualquier gobernante como en la form
ación de un nuevo go bierno, esos im puestos
no puedan reducirse
sin consenti m iento del
soberano ni aum entarse sin la aprobación de las Dietas.
Art. 23. Deberá ser escrupulosam ente respetado
el prin cipio p o r el que los
funcionarios estatales deben ser autori zados por el soberano para poder e n
tra r en
las Cám aras de las Dietas.
Art. 24. Los
gobiernos no perm itirán,
en ningún tiem po ni lugar, juram ento alguno de los m
ilitares sobre la Consti tución.
A rt. 25. Allí donde no se haya
dedicado suficiente aten ción a las ordenanzas adm inistrativas
existentes, los gobier nos tendrán que tom ar las m
edidas nécesarias para
posibi lita r una ejecución uniform e y eficaz del art. 5 de la deli beración confederal
del 28 de junio de 1832 y de las pres-
166
capciones
anteriores a ella,
en relación con
la publicidad de las
negociaciones de las Dietas estatales, y
a este fin
ten drán que proporcionar instm cciones apropiadas a los comi sarios
que asistan a las sesiones de la Dieta.
Art. 26. Se vigilará m uy especialm ente para que
los pre sidentes ele las Cám aras de las
Dietas no olviden llam ar al orden a los oradores por abuso de
palabra {tanto por
ata ques contra la Confederación en general y a los Gobiernos
Confederados en particular, como por la difusión de
prin cipios o doctrinas que m inen o perturben el orden legal del
Estado), y en caso de necesidad procedan a ulteriores in ter venciones
constitucionales. Si una asam blea
tuviese que apro b a r por m ayoría, tales invectivas de m iem bros
m erecedores de castigo, o si no tuviese que oponerse a los mismos, los
gobiernos, después de
haber utilizado sin
éxito los medios a su disposición, pueden, previa
expresa exposición de los motivos, llegar hasta la disolución de la Cámara.
Art. 27 Siem pre que, en sesión pública, la
discusión re lativa a los medios
y a la ejecución de deliberaciones confe derales, y m ientras la colaboración
de la Dieta sea constitu cionalm ente necesaria, pudiese tener una negativa
influencia sobre las condiciones de la Confederación o
sobre la prácti ca exterior de la Confederación
alemana, los gobiernos actua rán
adecuadam ente a fin de que las sesiones pasen a ser secretas (En el proyecto
se dice, después
del art. 27:
«Pues to que los m otivos que obligaron a la publicación de la ley
provisional de prensa del 20 de septiem bre de
1819, poste riorm ente am
pliada, subsisten todavía con toda evidencia, conservando la m ism a im
portancia, las norm as legislativas tienen que seguir vigentes en
toda su extensión,
y en todos
los Estados Confederados alem anes debe asegurarse su eje cución uniform
e». Baviera propuso insertar despu-és
de «nor m as legislativas», «
durante seis años». El resto de los m iem bro* r-esposfcdieron que «con
todos esos añadidos
se diluiría el objetivo del artículo, es
decir, el de
confirm ar y reforzar en toda su
eficacia la ley de 1819, ahora de indeterm inada vigencia». Pero puesto que
Baviera se negó decididam ente a firm ar
al artículo sin ese añadido, se acordó
que era preferi ble dejar todo el párrafo de lado.
Art. 28 Para
cum plir integram ente con
los com prom i
sos contraídos
acerca del m antenim iento del
orden en Ale m ania, es decir con los comprom
isos de
un vigilante y seve
ro control sobre los periódicos,
revistas, opúsculos publica-
167
clos en los
Estados Confederados, y
para aplicar oportuna m ente de m anera más
útil la censura
existente, conforme a la ley provisional de prensa, los gobiernos:
1) confiarán el cargo -de censor sólo a hom bres de
principios y capacidad probados, asegurándoles una posición correspondiente a
la honorable confianza que dicha posición presupone, tanto en calidad de
ejercicio separado como unido a otros cargos no tables; 2) im
partirán a los
censores instrucciones perfecta m ente bien definidas; 3) no tolerarán,
en ningún caso,
lagu nas de censura; 4) en aquellos
Estados Confederados en que
no se
observen disposiciones en
contrarío en la
constitución y en las leyes locales, encargarán a
una autoridad superior de la función de colegio
superior de censura, sin
perjuicio de lo dispuesto en
el art. 6
de la ley
provisional de prensa de 1819, por un lado, de vigilar el
debido cum plim iento de las obligaciones de censura y, p
or otro, tam bién de
resolver las reclam aciones
de los escritores
sobre los procedim ientos y las pretensiones de los
censores.
Art. 29 Convencidos de las desventajas de un núm ero
excesivo de diarios políticos, los gobiernos tom
arán en con sideración la gradual reducción a efectuar de dichos perió dicos, en la m edida
en que resulte
factible, sin m enoscabo de los derechos adquiridos.
Art. 30 En virtud de la vigilancia policíaca de su
com petencia, los gobiernos no consentirán la
publicación de nue vos
periódicos políticos, sin un perm iso
previo. Dicho perm i so se concederá con base
en el anterior art.
29, sólo en
caso de absoluta convicción
de la competencia
del redactor jefe y con la cláusula de revocabilidad ilim
itada.
Art. 31 El imprim atur concedido p o r un censor en
un Es tado Confederal a un im preso no exime al escrito de las me didas de
vigilancia existentes en
el resto de los Estados
de la Confederación.
Art. 32 Las
decisiones tom adas tras
las discusiones de la Confederación del 5 de julio de 1832,
relativas a la autori zación de las revistas y libelos de contenido político,
que superen los 20 pliegos en dieciseisavo publicados en lengua alem ana
.fuera del territorio federal/01 deben seguir siendo llevad-as a la práctica
con toda severidad. Con respecto a los periódicos editados en lengua
extranjera, los gobiernos acuer-
101 La cláusula
que permitía la
publicación de volúmenes
inferio res a los «veinte dieciseisavos» sin el examan previo de la
censura.
168
dan que las suscripciones a los mismos pueden
ser aceptadas por las oficinas de correos sólo
en base a una
lista autoriza da por el
gobierno. Los periódicos no autorizados de esta m a nera pueden, ciertam ente,
ser pedidos por los particulares, pero
no pueden ser públicam ente expuestos para su venta posterior.
'Art. 33 Con medios apropiados se cuidará de que en
la publicación de las actas de Ía Dieta, en los casos en que dicha publicación
se lleve a cabo, se suprim an todas aquellas ex presiones que, de acuerdo con
la préscrípción del
art. 26, hayan sido objeto de
alguna am onestación o llam ada al or den. Cuando las actas se publiquen en
periódicos u otras publicaciones periódicas, dicha im presión estará sujeta
a to das las últim as prescripciones
para su redacción, censura y vigilancia. Lo mismo vale p ara la comunicación en
form a de extractos, de las discusiones de la Dieta en los periódicos.
Art. 34 Los
funcionarios encargados de la
vigilancia y los censores de periódicos serán invitados
a proceder con gran circunspección y de acuerdo con las
m ism as reglas vá lidas para las
publicaciones relativas a
su Estado, tam bién en lo que se refiere a la publicación de hechos relativos a otras
discusiones de la Dieta Alemana.
Art. 35 Allí donde se den a publicidad los debates
de los juicios relativos -a cuestiQues de Estado, los gobiernos proce
derán a
su publicación en la prensa ■«^•-«feservaacia
de las m edidas de precaución com patibles con las leyes, en m odo de
salvaguardar la calma y el orden público de efectos ne gativos. (El proyecto
contenía un art. 59: «En los
pueblos donde subsiste la institución de los tribunales jurados, cuya
acción se extiende a las
condiciones políticas, los
gobiernos se com prom eterán a hacer de modo que dicha
institución quede reducida a los lím ites de lo
inocuo o, eventualm ente, sea eliminada.» Baviera
se negó a
aprobar ese artículo
y, por lo tanto, se decidió su
supresión).
Art. 36 Los
gobiernos acuerdan p ro hibir
la reim presión en todo el
territorio de la Confederación, así como la verifi cación y protección, según
principios uniform es, de la propie dad literaria.
Art. 37 E n la Dieta de la Confederación deberá nom brarse una
comisión que examine en qué m edida deberá es tipularse una convención p o r
parte de todos
los m iem bros de la
Confederación, relativa a la organización del m ercado
169
del libro alemán. A este fin, los gobiernos
interrogarán a los libreros más conocidos del país sobre
el tema y harán
¡legar los resultados del sondeo a los Comisarios de la
Confedera ción.
Art. 38 A fin de que los delegados del soberano,
nom brados para la Universidad en base a la
Deliberación confe deral del 20
de septiem bre de 1819, puedan ejercer sus obli gaciones con éxito seguro, los
gobiernos, previa revisión,
se com unicarán recíprocam ente, a través de la Asamblea, las
instrucciones que se les im parta, y las
adoptarán para lograr la m áxima
uniform idad en las disposiciones para las diferen tes universidades.
Art. 39 Los docentes privados serán adm itidos en
la Uni versidad sólo cuando hayan superado, con sobresaliente, el examen
prescrito para los candidatos
al servicio público
de la facultad de que se
trate. Además, los
gobiernos, tom arán en
consideración, en la m edida en que las instituciones exis tentes lo perm
itan, el hecho de que aquellos que quieren de dicarse a la enseñanza de
disciplinas cuyo estudio form a par te de la preparación al
servicio del. Estado, adquieran previa m ente la práctica
a través de los cam inos preparatorios pres critos para el servicio efectivo.
La venia legendi se concederá sólo con
aprobación de la autoridad que
presida la Universi dad y será siem pre revocable.
Ningún estudiante será adm iti do, como docente privado, en la Universidad
que frecuentó antes de que hayan transcurrido
dos años desde el
día en que la dejara.
Art. 40 Sin
previa autorización de
la autoridad arriba m encionada, ningún enseñante
universitario podrá dar leccio nes de disciplinas pertenecientes a una
facultad que no sea la suya. Allí donde no se haya hecho ya,
se dictarán disposi ciones para que los
honorarios p o r las lecciones
dadas no sean directam ente
pagadas a los profesores por los
estudian tes, sino que esos honorarios
sean depositados en m
anos de un recaudador nom brado por
las autoridades universitarias y p o r ellos entregado a
los enseñantes. (A
continuación vie nen -una
cantidad respetable de párrafos m inuciosam ente re dactados sobre la policía
y sobre la persecución de los estu diantes que desde entonces a acá han
perdido toda su im portancia. M
etternich y toda
la confederación alem ana te m
ían tanto a los jóvenes im berbes y sus brom as como a los discursos de los
líderes constitucionales de la Cámara. Las asociaciones estudiantiles fueron
suprim idas, la enseña negro-
170
í
rojo-oro l0z fue abolida, o «legitimada»,
pero un nuevo
espíri tu em pieza a despertarse en el m undo y, por lo
tanto, tam bién entre los
estudiantes; esto no
fue previsto en
ninguno de los párrafos y nadie
lo tocará).
Art. 54 Los Colegios Académicos, en cuanto tales
serán sustituidos en todas partes por la jurisdicción penal
hasta ahora aplicada a los estudiantes en
las cuestiones penales
y en todas las cuestiones generales
de policía. La
designación de la composición de la autoridad a la que tran sm itir
aquella jurisdicción se deja a la discreción de los gobiernos de los Estados.
La presente prescripción se refiere, no tanto a los
meros argum entos disciplinarios, especialm ente a los relativos
a la vigilancia de los estudios, costum bres y observancia de los
estatutos académicos, como al reconocim iento de castigos realm ente académicos.
Art. 55 Las disposiciones d e los arts.
28-34 y 39-53
segui rán vigentes seis años en
calidad de acuerdo
com prom ete dor, con reserva
de otro
ulterior que, entretanto,
con base en las experiencias acum uladas, llegue a
considerarse con veniente. (Baviera propuso este térm ino
de seis años,
sin cuya especificación negaba su
adhesión al art. 55. Por otra parte, al
térm ino de ese plazo, el vigor coercitivo de los arts. 28-34 y 39-53, fue
posteriorm ente ampliado).
A r t
56 Los arts.
39-53 deberán ser
aplicados tam bién a o tras
instituciones, tanto públicas como privadas, de ense ñanza e instrucción, en
la m edida en .que esa aplicación pue da ser útil de
acuerdo con su naturaleza. Los gobiernos harán valer aquí la asistencia m ás
oportuna, a fin de im pedir las asociaciones, especialm ente cuando tengan
alguna tendencia política y, p or lo tanto, las disposiciones del art. 2 de la
de liberación confederal del 20 de
septiem bre de 1819,
deberán ser extendidas especialm ente a los institutos privados.
Art. 57 Dado que las prescripciones contenidas en
los artículos anteriores, especialm ente las que se refieren a las relaciones
dietales y a un u lterior desarrollo
de los princi pios establecidos en los arts. 54-61
del Acta Final de Viena, tienden a buscar aplicación a la norm a
del art. 62
de la m is m a,
incluso en las
ciudades libres (en
la ciudad libre
de F rankfurt, con
particu lar referencia a las actas
del Congre-
102 La
bandera «negro-rojo-oro» había sido
izada por vez primera
por las Burschenschafterij en la fiesta pangermana de la Wartburg, el
18 de
octubre de 1817.
171
so de Viena de 1815) y puesto que sus autoridades
constitu cionales tienen, en consecuencia, que disponer siem pre de medios
para m antener el estado legal existente,
la tranquili dad pública y el
orden legal, 'así como pro cu rar respeto y ejecución de todos los comprom isos
derivados de las rela ciones
confederales, los Senados de las
ciudades libres harán tam bién
valer todos los medios a su disposición por las di ferentes constituciones para
una consecuente observancia de toda análoga aplicación.
Art, 59 El comprom iso contractual para cum plir
las obligaciones asum idas en el artículo anterior no puede ser prejuzgado p o
r obstáculos que estorben la inm ediata ejecu ción del acuerdo común en casos
particulares con constitucio nes existentes o prescripciones legislativas ya
válidas; los gobiernos en cuestión actuarán de modo que sean elimina dos esos
obstáculos.
Art. 60 Los gobiernos se consideran obligados por
el ar tículo anterior, resultado de un
acuerdo entre los m iem bros confederados, como si se tratase de un acuerdo
«levado a dis cusión confederal norm al. Los arts. 3-14 serán inm ediatam ente
llevados a la Dieta de la Confederación
con relación presiden cial y allí elevados a la deliberación de la
Confederación después de análogas declaraciones de los gobiernos de la Confederación. Con respecto a los
artículos restantes conte nidos en este acta final, a depositar
en el Archivo
presiden cial secreto de la
Confederación, actualm ente no
destinados a la publicación, los gobiernos com unicarán
a sus legaciones en la Dieta, con imposición de
secreto absoluto, las oportunas instrucciones com patibles con los
comprom isos asum idos por la
presente disposición, tanto con respecto
a la designa ción de la orientación general, como
para la aplicación de los casos
especiales que puedan presentarse. Para documen tación de todo esto, todos
los delegados, reunidos,
en el día de la fecha, firm an y sellan con sus
escudos, la presente acta.
Viena 12 de junio de 1834.
Firmado:
F. METTERNICH, MUNCH-BELLINGHAUSEN, ALVENSLEBEN,
MIEG, MINKWITZ, OMPTEDA, G, v. BERQLDINGEN, FRH. v. REITZENSTEXN,
172
TETTENBORN, FRH. v. TROLT ZU SOLZ, FRH. v. GRUBEN,
RÉVENTLGW-CRIMINILL, VERSTOLK VAN SQELEN, FR.ITSCH, FRH. v. PLESSEN,
v. BERG, V. STRAUCH, SMIDT.l0J
(El m inistro prusiano von A ncillon 101 tuvo que
dejar Viena antes del final de la
sesión, pero pidió como
favor especial que se le pudiese
enviar el acta final a Berlín para que
la fir mase allí).
En la clausura de las sesiones el príncipe de M
etternich, pronunció un discurso que transcribim os a continuación:
«Todos nosotros oondividimos, ciertam ente, la
<i*nnión de que los peligros por los que está amenazada nuestra patria común
son un triste resultado que tiene sus
raíces en aconte cim ientos pasados que nadie puede borrar, un producto de
deplorables errores im putables a generaciones enteras, sobre todo y en m áxim
a parte una consecuencia de causas, cuya
cul pa recae sobre un tiempo que no
es el nuestro
¿Quién va a ser ahora tan presuntuoso como para
creer que las
discusio nes de los hom bres pueden extirpar de raíz y b o rrar
las huellas de un m al que, desgraciadam
ente, tiene una
historia tan vasta y m ultiform
e, en
el espacio de
pocos meses? Sin em bargo puede consolarnos
el hecho de
que haya sucedido lo que las fuerzas hum anas en estas
circunstancias podían ha cer y que, adem ás se haya encontrado y
abierto un camino que, si seguim os con nueva y
constante perseverancia hacia cuanto ya reconocim os como justo, sin provocar
violentas sa cudidas y reacciones hostiles, es
el adecuado, no
sólo para salir dei laberinto de
peligros y de
la penosa situación
en que actualm ente nos encontram
os, sino tam bién, el
que, en un futuro nos conducirá a
un orden m ejor, a la auténtica libertad y a la justicia. E sta
esperanza se basa en dos insti-
193 Los más conocidos de entre los ministros
plenipotenciarios pre sentes eran,
además de Metternich (1773-1859), Joachin von Munch-Be- liinghausen,
(1786-1866), ministro de Estado y enviado austríaco en Frankfurt; Albrecht von
Alvensleben (1794-1858), ministro del Estado Prusiano; Ludwig Karl
von Ompteda (1767-1854),
ministro de Hanno- ver; Jo*eph Ignaz von Beroldingen
(1780-1868), ministro de asuntos ex teriores de Wurttembepg; Sigismund von
Reitzenstein (1766-1847), mi
nistro de Faden;
Friedrich Karl von
Tettenborn (17784845), genera] de Badén; Heinrich von
Reventlow-Criminill (1798-1869), ministro de Dinamarca; Cari Wilhelm von
Fritsch (1769-1850), ministro sajón (Wei- mar); Leopold von Plessen
(1769-1837), ministro de
Meclemburg; Gun- ther Heinrich
von Berg (1765-1863), ministro
de Hannover; Johann Smidt (1773-1857) hombre político de
la ciudad libre de Bremen.
104 Johann
Peter Friedrich Ancillon (1767*1837), ministro prusiano.
173
iliciones, que
quisiera definir como
el auténtico y verdade ro punto crucial
de las deliberaciones de
esta conferencia. La prim era
de ellas es
la institución del
Tribunal arbitral. M ientras el
sistem a representativo apunta
en su desarrollo n atural a un poder soberano de
las asam bleas de los represen tantes populares dem ocráticos, tendiendo
a arrancar a través de la responsabilidad ilim itada de
los m inistros el poder pro piam ente decisorio del Estado de las m anos
del gobierno, som etiendo a este
últim o, en la persona de sus órganos más necesarios, precisam ente en las
cuestiones m ás im portantes, al poder judicial de aquellas cám aras
republicanas, invir- tiendo consecuentem ente la naturaleza de las cosas,
nuestro Tribunal arbitral nos vuelve al recto
camino de las condicio nes naturales etc... La
segunda de las
susodichas institucio nes
surgida de nuestras deliberaciones, se liga a la prim era y concierne a la
seguridad del presupuesto estatal en los
E s ta dos confederados alem anes
contra los posibles
atentados de la facción anarquista.
La teoría del
sistem a representati vo
deposita en las m anos de los diputados populares
el po der de paralizar, por m edio
de una votación
la vida de la
adm inistración pública; tam bién en
las cám aras alem anas la m alignidad y la locura de una
oposición sistem ática am ena zaron
a los gobiernos
confederados con esa
auto-iniciativa de los Estados, m ientras no fuera satisfecha la
voluntad del partido antim onárquico en aquello que consideró oportuno exigir.
Excesos de este tipo serán evitados en
el futuro, (Sigue
una explicación del artículo 21). Resulta así evidente, y no ha cen
falta más argum entaciones, lo favorable de la nueva situación en que ahora,
gracias a estas deliberaciones, se en cuentran los gobiernos que, antes, con
aquella inoportuna am enaza hubiera llegado a ser dependientes de los represen
tantes. Asimismo resulta evidente
cómo ahora les
es posi ble una intervención
eficaz y decidida
a favor de
la justicia y del orden, así como
el progreso ininterrum pido p o r este camino, sin tener que tem er im pedim
entos por parte de los representantes en dicho progreso m arginados.
Epílogo glorioso
En todos los Estados de Alemania no hay más que una
for m a de gobierno vigente: el absolutism o; la m áscara bajo la
174
que se oculta ío único que hace es presentarle
con diversos rostros en cada
uno de los
Estados; cuando esa m áscara cae, es el mismo en todas partes. Su m
isterioso nom bre es «la confederación
alemana», su nom bre
científico «el principio m
onárquico», su origen está en Dios,
es decir, en
ese babau que perm anece
escondido detrás de todas las cosas y
sobre quien recaen las culpas
de todo lo que es
demasiado malo para ser invención
hum ana; su objetivo es la explotación inin terrum pida, al máximo posible,
de los llamados
súbditos, y su medio, el completo
aislam iento entre ellos.
Las consecuencias de esto son tangibles y subsisten
todas perfectam ente en Alemania. El alemán no tiene ningún de recho; hasta
cierto punto le está
consentido vivir en
liber tad; puede ser fuerte y sano
para llevar el sable de su señor
y, ocasionalm ente, dejarse m atar
por él. Tiene
que cuidar la propiedad privada p ara poder
pagar los im puestos,
pue de ejercer la autoridad en su familia, con
tal de que
cada nueva generación de jóvenes
sea educada en las delicias de la ciega obediencia. Le está
prescrita la m edida
de sus conoci m ientos, que a su vez están tam bién
basados en el enigma del Dios privilegiado del cielo y
en su tem or
y am or, p ara
ter m inar en los
auténticos y verdaderos
señores y en
el am or y tem or de éstos. El
enigm a del cielo se resuelve en tierra alemana. Aquí los alem anes no exigí en
como totalidad, no existe un pueblo alem án,
en Alemania sólo
existen súbditos, no una nación.
Frente a
los extranjeros, la Confederación ale m ana es insignificante,
ignorada y i.v representada. Para los
alem anes es la expresión del conjunto de sus señores, la ex presión del hecho
de que todos sin excepción,
tantos unos como otros, son
déspotas en su país. Por esta razón es
im posible que exista
representación popular y literatu ra
popu lar o filosofía popular o poesía popular o tribunales
popula res, o prensa popular, o
escuela popular o
teatro popular; pero contam os
con el
-campanilleo y la
apariencia de todo eso, porquue los caballos tiran m ejor del
carro cuando sien ten los
cascabeles en las
orejas, y el
buey de pentecostés m archa m ás tieso cuando sus cuernos
están adornados con cintas. Sólo para lograr ese campanilleo algunos de los
sobe ranos alem anes deja todavía
con vida una
parte de los
lla m ados E statutos Constitucionales, que son una
apariencia com pletam ente superficial, porque en realidad, com
prendien do Rusia y
China, no existe
un gobierno m ás absoluto que el de los príncipes alem anes. En Rusia,
de vez en cuando,
175
existe un partido que envenena al em perador, en
China le ex- trangula cuando se pasa
de la raya,
en Alemania, el
arbi trio puede ejercerse
en todas las
form as posibles pudiéndo se convertir en desagradable torm
ento en Churhessen, poder brutal en Hannover, latrocinio vulgar en Baviera,
refinada autosoberanía, ávida de resistencia en
Prusia {Siempre igual! La suerte de los súbditos, el orgullo
de ser
m altratados por unos señores tan
im portantes, nunca va más allá del recono cim iento de la propia miseria.
Los docum entos que hasta ahora se han honrado de
modo insensato con el nom bre de «leyes fundam entales» han sido aniquilados
todos juntos a p a rtir del 12 de
junio de 1834,
con la explícita abolición de todos sus efectos. Aniquilados por acuerdo
de todos
los m iem bros confederales o, lo que es jus to en contraposición a los
representantes por deseo unilate ral de los soberanos interesados, con la prom
esa de los restan tes de detenerse,
eventualm ente, antes de la fractura.
Esto es, en una palabra, el sentido del acta al
que nos hemos referido m ás arriba.
Lejos de caer
en el hum or
melancólico que debe
sacudir al partido constitucional o
liberal cuando reconoce
que has ta ahora ha hablado sólo
al viento, y que ha sido sólo la quinta
rueda del carro estatal alemán, nosotros, por el con trario, estamos contentos
de poder
aducir la prueba
de ello de modo tan fehaciente.
Sin embargo, ha sido estúpido,
por parte de los diecisie te señores que redactaron el acta
ponerlo en práctica; podían igualm ente hacer todo lo que se
prefijaban y elogiaban
en ella: las consecuencias dem uestran,
efectivamente, que nadie se lo
habría impedido. Ahora, por el contrario, una vez que ha sido publicado
sin su
consentim iento, pone al
descubierto m ucho más de lo
que debía: dem uestra sobre
todo que to das las controversias que desde entonces
tuvieron con las Dietas, quizá intencionadam ente provocadas estaban todas decididas con
anterioridad; ni aquéllos
tenían el valor de to m ar esa decisión, ni ésta b.
inteligencia —o las ganas— de notarlo.
Atacar el constitucionalism o en su principio,
sin em bar go, es un trab ajo
totalm ente infructuoso en Alemania. La teo ría lo
ha dejado atrás
hace m ucho tiempo,
y en la
prácti ca nunca existió. De m
odo que
no nos queda
m ás que asis t ir seriam ente a la comedia
simiesca del modo
en que, por un lado los potentados alem anes, sin
atreverse a proclam ar
176
lo, hace tiempo que torcieron el cuello a la
tullida y tísica constitución, y por otro, los representantes hacen
de centi nela, con todo su
pathos y toda su
consciencia, de la
digni dad liberal del arca
federal «Constitución», sin atreverse
a echar una ojeada dentro, tem iendo con razón, porque lo sa
ben, que dentro no haya nada. Y hacen bien, porque no han aprendido otra
cosa. ¡Si ya no pueden creer en este sueño, deben m orir!
Sigamos con lo nuestro.
El acta contiene sesenta párrafos que no son más
que variaciones sobre el tem a del art. 17: «Los gobiernos no consentirán que
las Dietas juzguen y decidan acerca
de la validez de las
deliberaciones confederales.»
El acta es una deliberación confederal (art. 60);
abarca y anula todos los derechos de las dietas: el rey Ernesto Augus to lü5
el justo, fue, por
lo tanto, el
único lo bastante
honesto y audaz que necesita el pueblo alem án para revocar expre sam
ente la Constitución de Hannover.
El hecho de que no declarase sus verdaderas razones
hace todavía m ás fuerte su golpe de fuerza y
su coraje no m
ere cería ser puesto particularm ente de relieve si hubiera decla rado que la ayuda de la Confederación había
sido garantiza da. Así pues:
¿Con qué fin el resto de la palabrería,
a qué fin todos esos golpes a un perro m uerto? Esta es
la voluntad de la tiranía que, como hemos dicho, sólo se
conoce en Ale mania. La condena a m uerte está firm ada, una rápida ejecu
ción no es necesaria
y proporcionaría una
alegría excesiva m ente
fugaz; se nos
contenta pudiendo apretar
el nudo de la cuerda
cuando querem os y
de vez en
cuando —sólo de vez en
cuando— se da
tirón, para que
la pobre Alemania no olvide nunca dónde está sumida.
Según el derecho constitucional estatal, todavía
vergonzo
sam ente enseñado en Alemania, a p esar de que no
exista ni siquiera como los constitucionalistas lo suponen todavía exis tente
con su com placiente autoilusión, las Dietas tienen de recho a:
1) Decidir
acerca de la legalidad de su composición;
2) Colaborar
aprobando o rechazando todas las leyes re-
105 Erast
August, de Hannover (1771-1851) —irónicamente llamado
«el justo» por Bernays—, quinto hijo del rey
de Inglaterra Jorge
III, desde 1837 rey de Hannover. El 1 de noviembre de 1837 abolió
for malmente la Constitución que se había negado a reconocer desde
1833.
177
n
I
lativas a la propiedad y a la libertad de las personas
p ro puestas p o r el gobierno;
3) A
probar los im puestos
y acordar el
presupuesto jun
to al gobierno, y
4) Dirigirse
a los príncipes con peticiones.
Con base en la
estructura interna de la Constitución, todos estos derechos,
incluso el derecho de petición, son ilu sorios; los m iem bros federales no se contentaron con la
consciencia de poder dom inar y dilapidar el
dinero de acuer do con su simple arbitrio, con una
pequeñísim a m edida de inteligencia
tras la cortina de esa
ilusión: tem ían incluso la som bra de la autorización popular
y conjuraron, por lo tanto, contra las form as constitucionales. E sta
es la única form a de in te rp retar las palabras
introductorias de M etter- nich, que definió estas form as
como « aparentem ente lega les» y
la oposición constitucional como
una «facción»: sólo así tienen un sentido. Efectivam ente,
esas form as son «apa rentem ente legales», los constitucionalistas son
efectivamente una «facción» en cuanto la confederación, es decir,
cada uno de los soberanos tiene
derecho a declararlo. La Confede ración se ha tomado este derecho, ha
declarado que nadie
debe negarlo (art. 17) y es
lo suficientem ente fuerte
como para defenderse de los ataques inocuos intentados hasta aho ra. De form a que tiene efectivam nete
derecho, m ejor dicho, todos los derechos, y vosotros no tenéis ninguno ¿Qué os
queda? Vosotros no queréis saberlo, queréis eterna e inin terrum pidam ente fantasear sobre una
resistencia por vía «le gal», puesto que hace tiempo que no existe
ninguna ley que estem os com prom etidos a observar
con respecto a
vosotros. M irad si rio fes verdad.
El prim er derecho constitucional de las Dietas
debe con sistir en el hecho
de que ellas,
y nadie m ás,
puedan juzgar si una Cám ara está
legalm ente constituida en e l sentido dei docum ehto constitucional. Si no
contáis con este prim er de recho no se puede
hablar de ningún
otro, porque el
prim e ro y m ás necesario derecho de la existencia individual
no existe. Es absurdo decir que
un hom bre tiene derecho
a ver con los ojos después
de habérselos arrancado.
La Cám ara de Baviera -tiene'que pensar y ya
no tiene cabeza, la
Cám ara de Badén debe actuar y está
paralítica. Este mal
fundam en tal tiene sus
raíces en la
subsistencia de la
soberanía, tanto en las
constituciones otorgadas desde arriba como en las ori ginadas p o r vía
constitucional; pero el acta todavía no está
178
satisfecha; en el art. 23 decide categórica y
preventivam ente sobre la cuestión de la adm isión de los representantes de Ba
dén (y, en form a todavía m ás cómica, hasta
de los de Ba-
viera): «deberá ser escrupulosam ente respetado
el principio por el que los
funcionarios estatales -deben ser autorizados por el soberano para poder e n
tra r en las cám aras de las Die tas».
Pero, a pesar del hecho de que el gobierno de
Baviera ya
una vez, hace unos diez años, había decidido reservarse a toda costa el derecho a negar la
admisión, a atenerse a él rigurosam ente en cuanto los insistentes discursos de
los seño res diputados lo hubiesen tocado, puesto que lo había prom e tido
contractualm ente y podía ser
obligado a ello
por razo nes de
la confederación, los m
inistros representaron, con las Cámaras convertidas en jaulas, una
execrable comedia hasta que se
acabaron aburriendo: a pesar de que los repre sentantes de Badén conocen ya el
art. 23,
insisten nuevamen te, precisam
ente ahora, acerca de
la ■'entrada en
la Cám ara del diputado Kuenzer,
al que la curia (la parte divina del go bierno) ha negado la admisión.
El señor K uenzer es un hom bre honesto,
y una vez
que está en la Cám ara, está en la
Cámara. Sí, todavía
voy más lejos; ¿y qué sucedería
si tam bién el Sr. Peter, el
Sr. Asch- bach y el Sr. Hoffm ann estuviesen en
la Cámara? La libertad de prensa, contrariam ente a la ley
revocada solam ente por decreto podría ser nuevam ente puesta en vigor; Badén
ob tendría sus jurados ¿Se renunciaría al insensato sistem a aran celario?
Dios nos guarde, los
señores estarían precisam ente en la Cámara, como lo
están los señores
M atthy y Basser- m ann/ 04 etc., que se definían e
incluso se hacían llam ar libe rales
y amigos del
pueblo, luchaban tam bién
por aranceles y sistem as
proteccionistas, hablaban quizá en favor de
la emancipación de los judíos: ésto sería todo y todo quedaría como
antes. B asta con que los liberales
estén eíi m ayoría; que no hagan nada, o que no sepan
ni siquiera obtener nada razonable o verdaderam ente dem ocrático es una
cuestión se cundaria. Así pues, digamos claram ente y
sin cumplidos lo que han hecho
los párrafos 17 y 23 de la conferencia m inis terial de Viena con los
representantes de Badén, y lo que
104
Karl Mathy (1807-1868) y
Friedrich Daniel Bassermann
(1811- 1855), liberales de Badén. Está equivocada la transcripción
Matthy, utilizada por Bernays.
179
ellos perm itieron que se hiciera sin darse
cuenta o
sin que rerse d ar cuenta: un
teatro de m arionetas, en el que se repre sentó la comedia «Constitución».
En Baviera la cuestión de la adm isión no aparece
tan fé rrea como en Badén.
En
Baviera, el docum ento
co n stitu cio n al107 establece ya que los funcionarios tieben obtener perm iso
para poder en tra r en ía Cámara.
Ahora el rey,
con om nipotencia germina- m ente bávara, ejerce ese derecho
convirtiendo, a su placer, a todos los hom bres en funcionarios.
Abogados, consejeros comunales, alcaldes, que no se
con sideran funcionarios desde el punto de
vista de la
pragm á tica de servicio,
derechos de pensión, estado jurídico,
etc., valen y son considerados
tales cuando son de
ideas liberales y son elegidos en
la Cámara. El Sr. Von Z e n tn e r
103 era
muy com petente en la redacción de constituciones: toda la
gran acta constitucional bávara,
aún considerada desde
el punto de vista estatal
constitucional alemán, no confiere a las re presentaciones ni un solo
derecho; de form a
que para el rey de Baviera es muy sencillo hacer
demagogia en las
sesio nes de la Confederación,
despotricar contra Ernesto
Au gusto y hacerse el original, como en los anteriorm ente m en
cionados artículos 27 y 35; es el
único demagogo de
Baviera, de m anera que puede
alardear de ignorar su propia voluntad. E ntre los absolutos es el m
ás absoluto de Alemania, y ¡ay! de quien se perm itiera recordarle el grito que
dio en 1828: «No quiero ser un soberano
absoluto». Es señor
absoluto aún en la Cámara. Su m inistro de hacienda —reíros
de los simplo nes, vosotros, franceses e
ingleses— es presidente
de la Cá m ara; diputados son todos aquellos que
el pueblo no ha que rido, es
decir, aquellos que
en las elecciones
obtuvieron el m enor núm ero de votos, porque aquellos que
recibieron más votos fueron declarados funcionarios p o r el rey
y no se les
deja e n tra r en la Cámara; de form a que no es difícil com prender cómo
los señores diputados, aunque no
lo hagan p o r estupidez o
resignación, votan contra el pueblo por m a licia, precisam ente porque ese
pueblo no les
eligió diputa dos. Resulta
evidente que una Cám ara así constituida, esté satisfecha de su composición, y
el Sr. von Camuzzi, un dipu-
107 La
Constitución Bávara se remontaba a 1818. El
primer Parla mento Bávaro fue abierto el 4 de febrero de
1819.
108 Georg
Friedrich von Zentner (1752-1335), ministro
bávaro y ju rista.
180
fado del Palatiriado con unos 7 votos de 80, tenía
todas las razon es del m undo para dejar en el bolsillo'el torrante discur so que quería llevarse consigo
a Munich contra
los dipu tados m inoritarios de
su patria.
Si he tom ado en consideración la cuestión de
la admisión en Badén, p ara hacer abstracción refiriéndom
e a las Dietas, debido a los bávaros, he tenido que volver a la vileza de los
principios confederados, que llegan incluso a tem er un
cadá ver tal de
constitución.
Consecuentemente me he
detenido un poco m ás de lo que se m erece sobre la cuestión de la ad
misión en Baviera, adm isión que sustancialm ente no es una cuestión real
porque nadie habla de ella excepto yo.
Avanzando un paso para poder llegar al segundo
punto, tenemos que aceptar una m entira como si se tratase de algo cierto,
tenem os que p a r tir del presupuesto
de que en
Ale m ania existen Cám aras representativas, con existencia cons
titucional, lo cual, como hem os visto no es cierto. Lo que pa sa es que
nosotros fingimos ser diputados alem anes y empeza mos conscientem ente
nuestro sistem a con una m entira.
De acuerdo con todas las constituciones, las diferentes
representaciones tienen derecho a colaborar
en la legisla
ción, sin iniciativa. Por lo
que se refiere
a la legislación
civil, la autorización de los representantes para la colaboración
ha sido poco atacada y quizá hubiera
sido m ejor que no hu biese sido así.
Que la legítim a 109 alcance los 3/8 o los
3/7, o si la infec ción pulm onar es un vicio red h ib
ito rio 110le im porta bien poco a un m inistro de Baviera. Allí
donde los privilegios
del fisco en tran :en conflicto
con los derechos privados, por ejemplo,
en las expropiaciones y
en las leyes
sobre el ferrocarril,
se nos ayuda con m entiras y engaños y el gobierno acaba siem pre haciendo
lo que quiere.
Véase, si no,
el ferrocarril de F rankfurt a Friedrichsfeld, vía D arm
stadt, y los motivos com pletam ente falsos de la línea Hof-Líndau.
Por lo que se refiere al derecho de los procedim
ientos pe nales, los gobiernos presentan leyes con las que la legis lación en general no avanza una sola pulgada, las m ejoras
!W La legítima
es la parte
de la herencia
que la ley
asegura a los herederos (ascendientes o
descendientes), de la cual el autor del testamento no puede disponer.
,w Vicio redhibitorio, es aquel que da derecho al
comprador para resolver el contrato.
181
nunca son aprobadas por las prim eras cám aras y,
si por casualidad lo son, quien las rechaza es el gobierno; por .lo ge neral,
las m ism as Dietas están todavía tan atrasadas con res pecto al espíritu de
la legislación m oderna, que ni siquiera aspiran a cosas razonables.-O bsérvese
Jo sucedido con los tratados para la prensa sajona, las discusiones sobre
los ju díos en Badén, la cuestión
de la lotería en Baviera, las de liberaciones en los tribunales jurados en W
iirttenberg, los apaleam ientos de Churhessen. Desde el m om ento
en que se tra ta de legislación política, las Dietas
nunca son interpela das. Como puede verse en el acta
del com unicado, los únicos progresos de la constitución estatal han sido
reservados para los grandes
señores. En las demás cuestiones los
represen tantes son interpelados y nunca se hace lo que
ellos quieren; con relación a la
legislación política, de hecho nunca se les interpela, b astará con que nos
acordem os de Viena.
Resumiendo: en sí
y para sí,
la colaboración de
las Die tas en la
legislación es de
muy poca im portancia,
si además se piensa en que un m
inistro no puede considerarse respon sable por ninguna parte, y si se debe
exíender el derecho eje cutivo de los soberanos tal como lo han hecho, al
carácter ab soluto de una legislación
de tipo policíaco,
ía colaboración a la que nos referim os aparece en toda
su insignificancia ¿De qué le sirve al Palatinado su Corte
de casación, si el gobier no,
para su exclusivo
goce y a
causa del control
policíaco, ha transferido dicha Corte a M unich? ¿ Para qué sirven
todas las leyes de la censura, dado
el poder igualm ente
ilim itado de la policía sobre la prensa? ¿Qué
finalidad tienen las
de term inaciones tem porales acerca de las detenciones, si uno puede
estar encarcelado durante siete años
sin ser condena do? ¿ Para qué tener derechos y
tribunales cuando sin ellos, gracias a la policía, uno puede ser destituido del
servicio, expulsado del país, vejado p o r cualquier cosa que se llame
«funcionario»? Es un engaño evidente, y para
no com prender lo hay que ser un
diputado o un funcionario. Pero los prínci pes alem anes no se contentarán
ni siquiera con esa tangible nulidad. A
la víctim a m uerta
tienen todavía que
arrancarle el corazón.
El art. 16 de la
Conferencia M inisterial de
Viena quita a los Estados constitucionales la facultad
de las
representacio nes de colaborar en las leyes, ordenando a los tribunales
que respeten como a leyes las
disposiciones gubernativas, dicta das sin aprobación de los
representantes. En Baviera y en
182
Churhessen ya estam os acostum brados a
esta doctrina; lo que pueda suceder en el resto de ios Estados
no lo sé.
El tercer derecho, el de aprobar los im puestos
y colaborar en la elaboración
del presupuesto —derecho
de los dere chos en ios Estados
constitucionales— ¿ podría m antenerse en pie cuando los dem ás han sido
suprim idos? ¿Acaso el go bierno bávaro, en un solo período fiscal, no ha
dilapidado 32 millones más de la suma fijada p o r el
presupuesto y, des
pués, se ha burlado de los representantes hasta que ellos m is mos
acabaron burlándose solos y sancionaron la infamia, contribuyendo a silenciarla?
Los párrafos 18, 19, 20 y 21 anulan expresam ente
el dere
cho a aprobar los
im puestos, así como
el derecho a
colabo ra r en la elaboración del presupuesto, y en
el párrafo 20, toda la disputa sobre los excedentes deL
presupuesto de Baviera resolvióse com pletam ente, en todos sus matices,
con pala bras huecas.111
Si en la Cám ara de Baviera del año pasado en lugar
de
diputados de la tro to n a hubiese habido hom bres,
hubieran podido decir: tenem os que p erm itir los excesos que
Vosotros, m inistros habéis hecho,
tenem os que tolerarlos,
aun cuando el m ero hecho de
que exista excedente es ilegal; pero nosotros im pedirem os eso consintiendo
unos im puestos directos me nores y con el aum ento de las partidas de los im
puestos indi rectos hasta su renta real y,
por últim o, con un justo
control del empleo del dinero. Lo que ahorréis lo
pondrem os como prim er saldo en
las entradas; aún en caso de que lo hayáis dilapidádó, ya veréis como lo
recuperáis nuevam ente. Asimis mo, hubieran debido decir: Para tener una m
edida a la que atenernos en relación con nuestro
voto sobre los
impues tos, así como p ara poder ejercer efectivam ente los
derechos que nos ofrece el capítulo
V II de la
Constitución, examina rem os con
vosotros cada una de las
partidas del presupues to, tal y como ha venido
haciéndose hasta la
últim a Asam blea (en donde,
digamos a modo de inciso, se recogieron
los prim eros frutos de la conferencia de Viena). De todo
esto, nada. Piénsese en el m odo en que las representaciones tuvie ron conocim iento del cambio de la
Constitución de Baviera. De acuerdo con el párrafo 20 arriba mencionado, lo
único que pueden hacer las
representaciones es aprobar
los impuestos.
11 A propósit s esto
veáse más adelante
el escrito del mismo
B e r n a y s , Diario apógrafo.
183
No pueden regular el presupuesto del E
stado ni m odificarlo, los gastos realizados por los m inistros siguen siendo
gastos; en el futuro las representaciones pueden
protestar o si no, (¡cuánta desfachatez
en estas palabras!) tom ar otra vía de acuerdo con la Constitución de cada uno
de los
Estados (el viejo dicho: si no te conviene vete por
otro camino), pero nunca podrán considerar las sum as que
se hayan dem ostrado gastos como reservas efectivas de caja. Así
es comp se han
com portado los representantes, han cumplido
diligentem ente la orden, pero se
han reservado algunos derechos p ara el futuro.
Otro tanto sucedería inm ediatam ente si ía
oposición de Badén rechazase la exigencia del
ferrocarril de Friedríchs- feld; no lo hace y hacerlo sería
una auténtica acción, la única que puede hablar.
No hace falta que recuerde aquí que el
gobierno de Bavie ra no intentó solucionar las cuestiones arriba m encionadas con
honestidad: tuvo el valor,
el gobierno bávaro,
con base en las norm as textualm
ente opuestas al acta constitucional bávara, de p ro b ar la ilegitim idad de las
Cámaras.
El últim o y ridículo derecho
de las representaciones ale m anas es el derecho
a la petición.
Dicho derecho m uere
ya, a lo más, en el veto de las
prim eras Cámaras, y siem
pre en ías graciosísimas respuestas negativas
de los altos
soberanos y puesto que, últim am ente, las respuestas llegaban más o m
e nos en form a áspera, los delicados amigos de los liberales
es tán atem orizados y ya ni siquiera
aconsejan la form ulación de las peticiones.
El acta calla a este respecto porque, de antem ano,
ex cluyó la posibilidad de que alguna de las súplicas fuera es
cuchada.
El acta no
nos ha traído
nada nuevo; todo
lo prescrito se ha cum plido,
hasta el últim o capricho de la censura a ex cepción de una cosa: la nueva
organización del comercio de libros alem
anes (art. 37). Pero tam bién
esto podía arreglar se rápidam ente, en cuanto los
libreros adm itiesen convertirse en policías a sueldo. Hasta los m ilitares
alemanes, que a una orden arrem eterán contra la canalla,
el pueblo alemán, se han dejado em plear como lacayos
asalariados de los prínci pes.
Por lo demás, si yo fuera diputado, envidiaría el
estado del soldado, por la prerrogativa que le concede el art. 24 de no
tener que p restar juram ento a la Constitución.
184
Lo único interesante es el sistem a vergonzoso que
nos ha perm itido el lujo de ver todo esto reunido en un solo pliego siguiendo
las huellas del jesuitism o, cuyos detalles han sido introducidos en la constitución. El partido
constitucional queda así privado <de todas sus ilusiones ¡Como si
los gobier nos luchasen
contra él en
el terreno de
las constituciones! El gobierno os había dejado ia fe en
la Constitución, y con ella
seguíais ¿Qué váis a hacer ahora, que os la han qui
tado?
Volveréis a representar la comedia sin
fe, pero tam bién
sin la participación del pueblo,
¡Traición!
por Georg Herwegh
Traición, vosotros lo habéis dicho. Traición, lo
habéis reconocido.
Bueno, basta ya,
hundam os los puentes
¿Habéis olvidado quizá
cómo vendisteis al pueblo?
¿Cómo en los Congresos
os enzarzábais por las coronas? 111
Prim eram ente, de los m ontes descendió el pantano
alem án,
después ellos, los enanos,
se m ofaron de la revolución los abstem ios, los
borrachínes
que cayeron al final
p o r haber apurado hasta el fondo el cáliz de la libertad.
H istriones coturnados
asom aron a los escenarios
13 En el
Congreso de Viena
participaron diplomáticos y
soberanos de la mayoría de las casas reinantes europeas.
Fueron algunos cen tenares entre los que surgieron vivas
discusiones que las grandes po tencias,
como es sabido, zanjaron con arbitrarias intervenciones. Los príncipes
alemanes, grandes y pequeños, representaban el grupo más numeroso.
186
de nuestra época, con la urna
de la m agnificencia perdida entre las manos,
hurgaron entre la inm undicia de las ruinas
llevaron a
Francia la túnica y el som brero de G essler113
Sobre un calvario ardiente,
de acuerdo con la fórm ula alemana, dorasteis
nuestras cadenas,
así las preservábais de la roña.
Criados de los Bordones 114
¡puaf! jQué sucia historia! Decid ¿Qué nación,
Alemania,
dejó de traicionar?
Pongo a los polacos por testigos, pueblo de héroes,
tres veces raptado
con vil p ira te r ía ;115
Pongo por testigo, aquella difunta Itálica
República.15*
M alditos seáis, Iscariotas de la política alemana.
También nosotros querem os traicionar la p a tria m aligna
de los cuarenta potentados;"7
y tu idiotez,
oh, pueblo,
que ves tu
salvación en una grisácea lejanía
m
Herwegh alude aquí
a los alemanes
como los responsables
de la restauración en Europa, y sobre todo en Francia. La expresión «el
sombrero de Gessler se r<^iere a
un episodia de la historia
suiza: Ges- síer era el tirano
contra quien luchaba Guillermo Tell.
IU Los
Borbones de Francia:
Luís XVIII, reinando
desde 1814 a
1824, y el conde d’Artois, Carlos X, que reinó de 1824 a 1830.
1!S A partir de la segunda mitad del siglo xvm
el reino de Polonia
quedó a
merced de sus
poderosos veéinos, Prusia,
Austria y Rusia, los cuales en diversas etapas se
repartieron todo el
territorio. Estas etapas fueron
fundamentalmente tres: en 1772, en los años de la Re volución francesa, y finalmente con ía
Restauración.
16 La
República Italiana, surgida tras la paz
de Lunéville en 1801, tenía a Napoleón Bonaparte como
presidente, con una constitución modelada
sobre la francesa:
a los patriotas
italianos les proporcionó la esperanza de la futura
realización de la unidad nacional.
17 Alemania,
en los años 40 estaba dividida
en 38 estados y
ciuda des libres.
187
y confías sólo en las estrellas, ya no en ti mismo.
Queremos decirlo y alto
traicionar abiertam ente y sin tem or los «fundam
entos» que sentáis
para nuestro espíritu alemán.
Traicionar el sonajero
que tintinea
al oído alemán, y a la blanda y turbia fuente
que b ro ta sobre la arena de Alemania.
Cómo faltaste a tu palabra,
tú, regim
iento de eunucos,1“s y qué vilm ente hem os sufrido
eso que llamáis vosotros libertad.
Libertad para la «gallarda raza germánica»:
el bastón sobre la plaza
y los privilegios en secreto.1*
Vosotros, que con ciegos resoplidos apagasteis la
luz últim a
y rem endásteis con trapos nuevos la vieja fe que
poseíais,
y nosotros, burlados
por vuestra
sabiduría, y el rey, único vencedor
entre las Cartas alem anas.120
Vosotros, clases fieles,
de espalda doblegada: Qué inerte vuestra mano y m uda vuestra boca.
E ntre
enigmas y rimes m
apenas si destiláis servilismo:
,lfi Juego
de palabras intraducibie
entre el sustantivo
Eunuchen y el verbo {das Worí)
beschneiden (cortar).
!19 Alusión a la política antiliberal y
reaccionaria de Austria y los Estados
alemanes en los años de la Restauración.
130 Las
diferentes constituciones locales,
que carecían de valor
al guno para los soberanos alemanes, los cuales no las respetaban.
121 Rime; signos de escritura de ios antiguos
pueblos nórdicos.
188
l
No. Decididam ente, vosotros
no seréis tribunos del pueblo alemán.
De m odo que, jacabemos de una vez!
H undam os los puentes.
Habéis dicho y justam ente reconocido, traición.
Tú, Tierra,
que aplastas sin clemencia la sem illa joven,
debes traicionar
la fidelidad y ser fiel a la
traición.
La situación eo SrsgSaterrcs
por Friedrích Srsgels
Pasado y presente
de Thomas Caríyíe,
Londres, 1843 132 De entre
los gruesos volúmenes y
opúsculos sutiles publi
cados
el año pasado
para esparcim iento y
educación de las
«personas
cultas» en Inglaterra,
el escrito que
nos ocupa es el único que vale
la pena leer. Todas las novelas en varios tomos, con sus complicaciones tristes
o alegres, los comen tarios m oralistas
o m editaciones, doctas o
no, sobre la Bi
blia —novelas y libros
m oralistas constituyen la m
ercancía de m oda de
la literatu ra inglesa—,
todo ello puede
dejarse a un lado tranquilam ente. Quizá pueda encontrarse algún
li bro de geología o
economía, de historia
o de m atem áticas
que contenga alguna novedad; pero se tra ta de cosas que se estudian, no
de cosas que se leen, se tra ta
de árida ciencia
para profesionales, ciencia estéril, plantas cuyas raíces hace tiem po fueron arrancadas del terreno
hum ano del cual ex traían su alim ento. Búsquese cuanto se quiera, el
libro de Carlyle es el único que
toca cuerdas hum anas, que represen ta relaciones hum anas y sigue la
huella de una hum ana con cepción.
Resulta
sorprendente com probar cómo
las clases eleva
das de la
sociedad, lo que
los ingleses llam an
su respecta- ble people, the
better sort of
the people,m se han
sumido, en
12 C fr. Thomas C a r ly le , Past and Present,
London, 1843.
123 «Gente respetable» y «los mejores estratos de
la población».
190
Inglaterra, en una auténtica decadencia. Toda
energía, toda actividad, todo contenido, han desaparecido; la nobleza de sangre
va de
caza, la nobleza
de toga escribe
libros inútiles y, todo lo más,
se a rra s tra entre una [literatura igualm ente vacía y sin significado^ Los
prejuicios políticos y religiosos se transm iten de una generación a
otra; hoy día,
todo se reci be ya elaborado y ya no es preciso como
antaño preocuparse por los principios; desde la m ism a cuna nos lo
encontram os preparados, no sabemos siquiera de dónde vienen ¿Qué más querem
os? Hemos gozado de una esm erada educación, es de cir, hem os sido
infructuosam ente atorm entados en las es cuelas con los griegos y rom anos,
adem ás, somos « respeta bles», es decir, poseem os unos
miles de libras
esterlinas, de m odo que sólo nos
esforzarem os por encontrar una buena esposa si es que todavía no la tenemos.
¿Y este fantasm a que la gente llam a
«espíritu»? ¿Cómo podría el espíritu
descender a una vida sim ilar y, si descen diera, dónde encontraría acomodo, p
o r parte de todos ellos? Allá todo está establecido y medido al modo
chino: ¡Ay de
aquel que sobrepasase los estrechos límites! ¡Pobre
y tres veces pobre de quien
choque con el antiguo y venerable pre juicio! Nueve veces pobre si se tra
ta de
prejuicio religioso. Para
cada..,-pregunta sólo existen dos respuestas:
una res puesta whig y una
respuesta íory, repuestas amba*s
que fue ron form uladas por
sabios m aestros de cerem onia de los res pectivos partidos;
no hay ninguna
necesidad de reflexio nes o complicaciones, todo está
hecho, ya lo ha dicho Dicky Cobden o Lord John Russel, y Bobby Peel o el
«duque» por excelencia, es decir, el
duque de W ellington,124 así lo dijo
y así será.
¿V osotros, com placientes alemanes, tenéis
que exigir de los periodistas y d e 'lo s representantes liberales
del pueblo que os digan el tipo
de gente extraordinaria o lo indepen dientes que son los ingleses, y todo ello
debido a sus libres instituciones. Eso, desde lejos se ve bastajuteJIjien. Los
de bates en las dos cám aras del Parlam ento, la libertad de pren sa, las tem pestuosas asam bleas populares,
las elecciones, los jurados no dejan de hacer su im pacto sobre el tím ido tem
124 Richard
Cobden (1804-1865), famoso
librecambista; Lord John Russel (1792-1878) dirigente whig y
primer ministro de
1846 a 1852.
Sir Robert Peeí (1788-1850)
primer ministro de
1841 a 1846;
Arthur Weller- ley, duque de
Wellington (1769-1852): había
sido primer ministro
de 1828 a 1830.
191
peram ento de Michel,125 y en su adm iración toma
por oro re luciente todo aquello que no es sino apariencia?!.Pero, en de
finitiva, el punto de vista del periodista lib eraf y del repre sentante del
pueblo no es todavía lo suficientem ente elevado como p ara asegurar una am
plitud de m iras, tanto con res pecto al
desarrollo de la hum anidad como
con respecto al de
la nación en particular. En
su tiem po la
Constitución ingle sa fue
bastante buena, ilegando, incluso, a hacer mucho bien; más
aún, desde 1828
tiene iniciada su m
ejor acción: traba ja r por su propia destrucción, aunque
sin haber realizado nada de lo que el
liberal le atribuye. No ha convertido a los ingleses en personas cultas. Los
ingleses, o lo que es lo
mismo, los ingleses cultos, a los cuales en el
continente se les considera representativos del carácter
nacional, son ios más despreciables esclavos que jam ás hayan
existido bajo la luz
del sol.] Sólo aquella
parte de los
ingleses desconocida en el Continente, los parias
de Inglaterra, los
pobres, son real m ente respetables, a pesar de su falta
de educación y su
fal ta de m oral. En ellos reside la esperanza de la
salvación in glesa, en ellos
reside la única m ateria
educable de Inglate rra; carecen de cultura, pero tam bién de prejuicios, tienen
fuerzas que gastar en una em presa nacional:
todavía tienen futuro.\L a aristocracia —que hoy com prende tam bién a
las clases m edias— está agotada; el contenido intelectual que tenía p ara
gastar ha sido llevado
a la práctica
y aprovecha do hasta el
final, y su
reino se dirige
a grandes pasos
hacia el final. Su obra es la
Constitución, y la
últim a consecuencia de dicha
obra es la recién tejida red
de instituciones con la
que im pedir a sus creadores cualquier libre m ovimiento es- piritual.jE l
dominio del prejuicio público es la prim era con secuencia de las llam adas
libres instituciones políticas, y dicho dom inio es, en el país políticam
ente más libre de Euro pa, en Inglaterra, más fuerte que en
cualquier otro, exclusión hecha de América del
Norte, donde m ediante la
ley de Lynch,m el prejuicio
público ha sido legalmente reconocido
como poder del Estado. El inglés se hum illa frente al
prejui cio público, a él se sacrifica
cotidianam ente, y cuanto m ás li beral es, m ás hum ilde se a rrastra por el
polvo frente a su ídolo^Pero en los «círculos cultos» el prejuicio público es
125 El
Deutscher Micheí, se refiere al típico bien pensante alemán burgués.
m La Lynch
Law facultaba a
civiles no autorizados
para procesar y ejecutar a los
delincuentes.
192
wigh o tory,
raram ente radical, y
si se da
este últim o caso, ya no es inm une a las sospechas. Probad a
correr la voz entre los ingleses cultos de que sois cartista o dem
ócrata, inme diatam ente se comenzará a
dudar de la salud de vuestro in telecto y a h u ir vuestra compañía.
O tam bién, declarad
que no creéis en la divinidad de Cristo, y seréis traicionados y ven
didos, confesad, finalm ente que sois ateos, y al ñnal del día siguiente se os
tra tará como a un desconocido. [Y el inde pendiente inglés,
si alguna vez se pone
a pensar realm en te, lo cual resulta bastante infrecuente,
se sacude el
yugo de los prejuicios m am ados
con la leche m aterna, tam poco en tonces ten d rá el valor necesario
p ara expresar librem ente sus convicciones, tam bién entonces fingirá,
frente a la opi nión pública, que profesa
opiniones toleradas, contentándo
se quizá con poder hablar de vez en cuando librem ente con quien sabe que piensa como él.J
De modo que las clases cultas
en Inglaterra están
nega das para cualquier tipo de
progreso y sólo pueden moverse, quizás, a impulsos de las clases trabajadoras.
No hay que es perar, p o r lo tanto, que el literario pan de cada día de esa
cultura senil sea
diferente de lo
que es. Toda
la literatu ra de m oda se reduce
a un eterno círculo y resulta tan ab u rri da y estéril como la sociedad de
moda, blasonada y desan grada.
Cuando la Vida de Jesús de Strauss m y su fam a
atrave saron el Canal de la M ancha ninguna persona norm al se
atre vió a traducir el libro, ningún
editor im portante osó im pri mirlo. Finalm ente lo tradujo un lecturer
socialista —es de cir, un hom bre de características lo m
enos de moda del m un do— lo publicó en fascículos de a penique un
insignificante editor socialista y los trabajadores de M anchester, Birmin- gham y Londres fueron el único
público de Strauss en In glaterra.
Si además, de los dos partidos en que se divide
la clase culta, alguno tiene cierta
ventaja, es el de los tories. •En la situación social inglesa, el whig es,
a su
vez demasiado par tido para poder gozar de cierto prestigio;
la industria, el centro de la sociedad inglesa, está en sus
m anos y, lo en riquece; el partido considera a la industria inmaculada, y
considera su expansión el único fin legítimo de toda legis
127
Cfr. David Friedrich S t
r a u s s , Das
Leben Jesu, Kritisch
bear- beitet, Tubingen, 1835-36.
193
13
lación, puesto que la industria le proporcionó riqueza
y po der. Por el contrario, el
tory, cuya potencia y soberanía
han sido sacudidos por ella, la
odia y la
considera, todo lo más
un mal necesario. Por eso se constituyó
aquella sección de tories filántropos, cuyos jefes
principales son Lord Ashley, Ferrand W alter, O astler,’28 etc, los cuales se
han com prom e tido a defender
a los trabajadores
de las fábricas
contra los industriales. Thomas Csrlyle es tam bién, en sus orígenes, un tory y sigue
estando, en cualquier caso,
m ás cerca de ese p artid o que de los
whigs. Por lo
que sabemos, un
whig nunca h ubiera escrito un libro que contuviese la m itad de hum
anidad que hay en Pasado y Presente.
Thomas Carlyle es conocido en Alemania p o r
sus esfuer zos por hacer
accesible a los ingleses la literatu ra alemana. Desde hace varios años se
ocupa principalm ente de la situa ción social inglesa —el
único de entre los hom bres cultos de su país que lo
hace— y ya en 1838 escribió una obrilla: Carlismo.™ En
aquel tiem po los whigs estaban
en el poder y proclam aban solem nem ente que el «fantasma» del
Carlis mo, surgido alrededor de 1835, había sido ahuyentado. El Cartism o era la continuación
natural del viejo radicalismo, obligado
a guardar silencio
durante una buena
tem porada p o r la Reform bilí y que, a p a rtir de 1835-36
reapareció con nueva fuerza y
características m ás acusadas que antes.
Los whigs creían haber
aplastado ese Cartism o
y Thomas Carly- le aprovechó la
ocasión para describir
las causas reales
del C artism o y dem ostrar la im
posibilidad de destruirlo
sin ha b e r atacado prim eram
ente las causas que lo produjeron. El punto de vista de este libro venía a ser,
m ás o
menos, el m is mo que el sostenido en Pasado y Presente, pero con
tintes tories m ás acusados, originados por la circunstancia de que los whigs
estaban en el
gobierno y resultaban
m ás directa m ente aludidos p o r la critica. En
cualquier caso Pasado y presente contiene todo lo que estaba ya contenido en
aquel librito, pero expuesto en form a más clara, m ejor desarrolla-
m Lord Anthony Ashley Cooper Shafíesbury (1801-1885),
político in glés, fue uno de los
promotores del «movimiento de las diez
horas»; William Bus field Ferrand (nacido en 1809),
socialreformista, partici pante
en el movimiento de las diez horas,
luchó contra la
Poor Law; John Walter
(1776-1847), editor y redactor del Times; Richard Oastler (1789-1861), contrarío
a las tesis
del libre comercio,
propugnador de la jornada de diez horas.
129 C fr. Thomas C a r ly le , Chartism, London
1840.
194
do y una
delineación más precisa
de las consecuencias, lo que nos exime, pues de realizar una
crítica del Carlismo.
Pasado y presente es un paralelo entre
la Inglaterra del siglo x m y la
del xix, dividido en cuatro
partes que se
titu lan: Procwnio; El m
onje de
la antigüedad; El
trabajador de la época moderna;
Horóscopo.™ Examinemos ordenadam ente cada una de estas
partes. No podemos resistir
a la
tentación de traducir los
párrafos más bellos, con frecuencia extraor dinariam ente bonitos, del libro.
La crítica pensará por sí misma.
El prim er capítulo del Proemio se titula:
Midas.'"
«La situación inglesa se considera, y con razón,
una de las más am enazadoras y,
en general, -«na de las
más singu lares que nunca se
hayan visto en el mundo. Inglaterra
está llena de riquezas de todas
clases, sin embargo,
en Inglaterra se m uere de ham
bre. Con vigor eternam ente igual el suelo inglés verdea y florece, ondeando, a la
par que sus espigas doradas, densam ente poblado de oficinas, instrum entos ar
tesanales de todo tipo, quince m illones de trabajadores que tendrían que ser
los m ás fuertes, los más hábiles y volun tariosos que hayan existido sobre
la tierra; estos
hom bres están aquí; el trabajo que realizan, los
frutos que producen, por todas partes
en vigorosa plenitud
son superabundan tes: y, sin em bargo, el nefasto im perativo
de un encantador pesa sobre él y dice: no lo toquéis, vosotros, trabajadores,
vosotros señores que trabajáis, vosotros
señores en paro; nadie
tiene que tocarlos,
ninguno de vosotros
debe gustar de ellos; se tra ta de un fruto embrujado.»v
Bicho im perativo pesa, en prim er lugaK ^obre los
traba jadores. En 1842 Inglaterra y Gales contaban con 1.430.000 pobres, de
los cuales 222.000 estaban hospedados
en asilos p ara pobres
—Bastillas de la ley de los pobres, los llam a el pueblo—. Gracias a la hum
anidad de los whigs, Escocia ca rece de una ley p ara los pobres, pero
tiene pobres en
masa. Por lo demás, Irlanda puede airear la m onstruosa cifra de
2.300.000 pobres.
«Ante la
Corte de Stockport
(Cheshire) un padre
y una m adre fueron acusados y
declarados culpables del envene-
130 C fr.
Thomas C a r ly le , Püst and Present, London 1843; Book
I, Proem; Book II, The Ancient Monk; Book III, The
Modern Worker; Book IV, Horoscope.
131 Cfr.
Past and Present, cit, cap. I, Midas, pp. 1-8.
195
i
11am iento de sus tres hijos, llevado a cabo para
hacerse frau dulentam ente, con las
tres libras y ocho chelines,
pagables a la m uerte de cada uno de
sus hijos por
una com pañía de pom pas fúnebres; y las
autoridades gubernativas inform a ron entonces que no
se trataba de
un caso aislado
y que quizá fuese m ejor no profundizar
demasiado en el
asunto. Ejem plos tales son sim ilares a una altísim a m o ’ita ñ a que
se yergue en el horizonte, alrededor de la
cual se extiende una zona tam bién plagada de m ontañas y de
terreno sin descu brir.
Una m adre y un
padre, seres hum anos, hablan entre sí: ¿Qué tendrem os que hacer para escapar
a la m uerte por inanición? Estam os aquí abajo, en lo más
profundo de nues tra obscura cantina, las ayudas
están lejos. Ah, en la
torre del ham bre de Ugolino
ocurren cosas gravísimas, el amadí simo hijo
Godda ha caído m uerto en las
rodillas del padre. Los padres de
Stockport reflexionan y dicen,
si nuestro po bre, pequeño, ham briento
Tom, que Hora
durante todo el día
porque quiere pan, que en este m undo verá
solo rnal y
nunca el bien, dejase repentinam ente de sufrir, quizás
noso tros podríam os seguir
viviendo. Pensado, dicho
y hecho. Y ahora Tom está m
uerto y todo ha sido gastado
y consumi do. ¿Le toca ahora
el turno
al pobre, pequeño,
ham briento Jack o al pobre, pequeño, ham briento Will? ¡Qué m
edita ción es esta! En las ciudades sitiadas
a la caída
de Jerusa- lén, que había
incurrido en las iras -del Señor, ya había sido profetizado: las m
adres de
las infelices m ujeres
cocinaron a sus propios hijos. La más hosca fantasía de los hebreos no
podía im aginarse un abismo más
negro de m iseria,
se tra taba del últim o
abism o del hom bre
degradado y m aldito de Dios; y nosotros aquí, en la m
oderna Inglaterra, en la plenitud de
nuestra riqueza, ¿Adónde
hemos sido capaces de llegar? ¿Cómo ha podido suceder? ¿De dónde viene
y por qué tiene que ser así?»
Todas estas cosas sucedían en 1841. Puedo añadir
que
hace cinco meses ha sido ahorcada en Liverpool una
tal Betty Eules de Bolton, que por idénticos motivos había en venenado a tres
hijos propios y 'dos adoptivos.
E sto por lo que se
refiere a los
pobres. Pero ¿Qué
suce de con los ricos?
«Esta victoriosa industria, con su hinchada riqueza
hasta
m Así en el original. R ecto : Gaddo, hijo del
personaje dantesco Ugolino.
196
el momento, no ha enriquecido a nadie.
Podemos gastar mil allí donde invertim os cien, pero con todo
eso no podemos adquirir nada que sea útil. Algunos pueden alim entarse a
base de
m anjares exquisitos beber vinos
preciadísim os, pero
¿es acaso esa la m ayor de las bendiciones? ¿Acaso
son más bellos, m ejores,
más fuertes o
valientes? ¿Acaso son
lo que
.se llama “ felices”?»
Quien trab a ja ya no es feliz, el ocioso, es
decir, «el propie tario de la
tierra, ya no
es feliz: de
modo que «¿para
quién es esa riqueza, la riqueza de Inglaterra? ¿Quién se ha bene
ficiado de ella? ¿A quién convierte la riqueza en m ás h e r moso, m ás reliz
o más
inteligente? Por el m
om ento a nadie. N uestra victoriosa industria, hasta
ahora 110 ha tenido nin gún éxito; el pueblo m uere de ham bre
en medio de la abun dancia; entre dorados
m uros y graneros llenos nadie se
sien te seguro o satisfecho. Midas suspiraba por el oro y m aldijo contra el
Olimpo. Obtuvo el oro. Todo lo que tocaba se convertía en
oro, sin embargo, de
bien poco le valió
todo eso con sus orejas de asno. Midas
había calum niado la m
ú sica celeste. H abía ofendido a Apolo y a los dioses y los dio ses
atendieron su deseo y añadieron un par
de largas ore jas, un apéndice apropiado ¡Cuánta
verdad en esa fábula'».
«¡Qué cierta es —continúa en su segundo
capítulo— aque lla antigua fábula de la
Esfinge; 133 la
Naturaleza es la
Esfin ge, una diosa, pero todavía no com pletam ente liberada, to
davía a medias inm ersa en la anim alidad, en la
nada espi ritual; orden,
sabiduría, por un lado, pero tam bién obscuri dad,
salvajismo, destino ineluctable.» /
La Esfinge-naturaleza —m isticism o alemán/ dicen
los in gleses cuando leen ese capítulo—
tiene una pregunta
para cada hom bre y p ara cada tiempo: feliz aquél que sabe res
ponderla correctam ente; el que no
responde, o lo hace de form a equivocada, obtiene a cam bio
la parte bestial y salva
je de la Esfinge, en lugar de una bella esposa encuentra en ella la
leona feroz. Otro tanto sucede con las
naciones ¿Po déis resolver el enigma del destino? Todos
los pueblos in felices, del mismo m odo
que los individuos infelices, han contestado equivocadamente, han tom ado
la apariencia por la verdad, han tom ado los eternos hechos
internos del uni verso como fenóm enos
externos y transitorios; esto es lo
13 Cfr. Past and Present, cit., cap. II, The
Sphinx, pp. 9-18.
197
que ha hecho tam bién Inglaterra. Como dice el
autor m ás adelante, Inglaterra ha caído en manos del ateísmo, y la si
tuación en que
hoy se encuentra
es la consecuencia
lógica de esa caída.
Después hablarem os de
este asunto; por
el m om ento nos lim itam os a observar que Carlyle podría haber llevado
la com paración de
la Esfinge más
adelante todavía, si es que se la
quiere aceptar en su sentido paleo-panteísta schellingui3.n0 arriba m
encionado; como en la leyenda, la solución del
enigma es hoy
el hom bre, y
es la solución
en su sentido m ás completo. Tam bién
esto tendrá su respuesta.
El capítulo siguiente nos-
proporciona la siguiente
des cripción de la insurrección de M anchester,134 en agosto de
1842:
«Un m illón-tíe trabajadores ham brientos irrum
pieron en las calles y en ellas perm
anecieron ¿qué o tra cosa podían hacer? Sus injusticias y sus acusaciones eran
amargas e intolerables, su furor, justificado, pero ¿ quién ha provocado esas
acusaciones? ¿Quién quería solucionarlas? No sabemos quiénes o qué son
nuestros enemigos; no
sabemos dónde están nuestros amigos. ¿Cómo vamos a poder atacar
a al guien, m atar a alguien,
o d ejar
de m atar a
alguien? Oh, si esta m aldita pesadilla,
que invisible oprim e
nuestra vida y la de nuestros sem ejantes, asumiese una
figura, si quisiese hacernos frente como un tigre, como Behem oth
del caos, como el mismo enemigo
capital, en una figura cualquiera pero
identificable.»
En eso consistía, precisam ente, la desgracia de
los tra bajadores en aquella rebelión del verano de 1842: no sabían contra
quién tendrían que com batir. !JE1 suyo era un
mal social, y los m
ales sociales no
pueden abolirse del m ism o m odo que se suprim en los
privilegios o la m onarquía. Los males
sociales no pueden
curarse a través de
las Cartas del pueblo, y esto
lo sentía el
pueblo; de no
haber sido así, la Carta del pueblo sería hoy la
ley fundam ental de
Ingla terra. Los m ales sociales
deben ser estudiados
y conocidos, y la m asa de los
trabajadores, por el m om ento, no lo ha he- cho2\El gran fruto de la rebelión
fue que
el problem a vital de Inglaterra, el
problem a de la
definitiva suerte de
la cla se trabajadora, como dice
Carlyle, fue puesto al alcance de cualquier
m ente inglesa. Hoy el
problem a no puede
ser mar-
n\
Cfr. Past and
Present, cit,, cap.
III, Manchester Insurrection,
pp. 19-29.
198
ginado, Inglaterra tiene que proporcionarle una
solución o perecer.
Dejamos a un lado
el capítulo final de esta sección, de jam os a un lado tam bién, p o r
el momento, toda la sección siguiente
y pasam os a
la tercera sección
que tra ta de
los 'T rabajadores de la época moderna ,13je n donde se resum e y
"toma cuerpo la situación inglesa, iniciada en el proemio.
Hemos rechazado, prosigue Carlyle, la religiosidad
del Medioevo sin recibir nada
a cambio; nos
«hemos olvidado de Dios, hem os
cerrado nuestros ojos a
la esencia eterna
de las cosas y los hemos
dejado abiertos sólo
para la aparien cia engañosa de las cosas, nos tranquilizam os ■diciendo
que este universo
es un enorm e
e incom prensible interrogante y, visto desde fuera, una gran
grey y una casa de trabajo, con gigantescas cocinas y comedores en
los que sólo
el astu to encuentra sitio;
toda verdad de
nuestro m undo es
relati va, sólo la ganancia y el placer, el goce njaterial y el aplauso
fueron y siguen siendo verdades aceptables para el hom bre práctico. Papa
nosotros ya no
existe Dios de
ninguna clase; las leyes de Dios
se han convertido en el
"principio de la m a
yor felicidad posible", una
intriga parlam entaria; el
cielo ha pasado a ser un reloj
astronóm ico, un coto
de caza para el telescopio de H erschel,136en donde
se cazan resultados cien tíficos y sentim ientos, de acuerdo con el lenguaje
de nuestro Ben Jonson: 137 el hom bre ha perdido su alma, y solo ahora empieza
a darse cuenta de la
dicha pérdida. Este
es el pun to delicado, el
centro del cáncer
universal de la
sociedad. No hay religión, el hom
bre ha
perdido su alm a y vano busca una sal que le preserve de
la corrupción. En vano
la busca en la decapitación
del rey, en
la Revolución francesa, en las R eform Bills, en las
insurrecciones de M anchester, ya no hay rem edio en nada, la
lepra putrefacta, durante un ins tante contenida viielve una y o tra vez m ás
fuerte y deses perante.»
Pero dado que el puesto de la antigua religión no
puede quedar vacante, en su lugar hemos colocado un nuevo Evan gelio, un
Evangelio que se corresponde a la nulidad y
la vacuidad de
nuestra época: el
Evangelio de Mammón.
In-
l3S
Cfr. Past and
Present, cit,, libro
XII, The Modern
Worker, pp.
185-318.
m William Herschel (1738-1822), astrónomo inglés.
17 Ben Jonson (1573-1637), famoso poeta y
dramaturgo inglés.
199
fierno
y Cielo cristianos
fueron abandonados, el
prim ero por problem ático, el segundo por carente de sentido, y habéis
recibido un nuevo infierno; el infierno de la Inglaterra con tem poránea es la
conciencia de «110 abrirse
camino, de no ganar dinero». «En realidad,
con ese Evangelio
hemos lle gado a conclusiones
bastante extrañasJ La llamamos
socie dad y, sin
em bargo institucionalizam os en todas partes la separación y el aislam iento
m ás totales. N uestra
vida no es un z'ecíproco ayudarse, sino una m
utua hostilidad, con
deter m inadas leyes de guerra, com petencia racional, etc, etc.
He mos olvidado com pletam ente que
la m era paga
no es el
único nexo entre los hom bres. ¿Mis
trabajadores afam ados? dice el
rico industrial: ¿Acasono los alquilé en el
mercado, legal y honestam ente? ¿Acaso no pagué mi correspondiente
deuda, hasta el
últim o céntim o? ¿Qué
más tengo que
com p artir con ellos?
Realmente, el culto a la riqueza
es una tris te fe.»_\
«Una pobre viuda de Edim burgo dirigióse a una
institu ción benéfica de la que conseguir socorro
para sí y
para sus tres hijos. Fue
expulsada con malos modos de todos los Ins titutos, le
fallaron las fuerzas
y el valor;
enferm ó de tifus, m urió y contagió a todos lo que
vivían en su
calle, de modo que m urieron otras diecisiete personas.
El hum ano médico que cuenta esa historia —el doctor W.
P. Alison—m se pre gunta: ¿No hubiera
resultado mucho más
económico ayudar a esta pobre m
ujer? Al enferm ar, hizo que m uriesen otras diecisiete personas. Es
extraordinario. La desam parada viuda escocesa se dirige a sus sem ejantes: m
irad, necesito ayuda, tenéis que socorrerm e, soy una herm ana vuestra, un
m iem bro de vuestros m iem
bros, un solo Dios nos creó. Y ellos respondieron: ¡Imposible! Tú no eres una
herm ana nuestra. Pero, a pesar de todo, ella dem ostró su
parentesco. Su en
ferm edad les m ató. E ran sus herm anos, aunque hubieran re negado de
ella ¿Podríam os encontrar testim onio más m or tificante?»
Dicho
sea de pasada,
Carlyle se equivoca
aquí, como se
equivocaba Alison. Los ricos no
tienen niguna compasión,
ni m uestran ningún interés
p o r la m uerte
de los «diecisiete»
¿Acaso no es una pública ventura el que la «población superflua» haya
dism inuido en diecisiete
personas? Si en
135
Se trata del
médico inglés William
Pulteney Alison (1790-1850).
200
i
lugar cíe esos diecisiete m iserables, se hubiera
tratado de un par de millones, todavía
hubiese sido mucho
m ejor. Este es el razonam iento de los m altusianos ricos
ingleses.
Pero todavía hay más. Evangelio peor que el d i le
ta n tismo, creado por un gobierno que no hace nreda, que lia qui tado a
los hom bres la
seriedad, impulsándoles a parecer lo qué no
son: la aspiración
al «bienestar», es
decir a comer y beber bien, se ha entronizado
la crasa m ateria,
destruyen do todo contenido espiritual. ¿Qué puede derivarse
de todo esto?
¿Y qué diríam os de un gobierno como el nuestro,
que acusa a sus trabajadores de la «superproducción»? ¿Super producción? ¿No
es este el punto clave? Todos vosotros, fa bricantes, todos vosotros habéis
producido demasiado. Nues tra acusación
es que habéis fabricado m ás de doscientas mil camisas para la desnudez de
los hom bres. Hasta los cal zones que fabricáis, de terciopelo, algodón,
cachemira, plaid, lienzo de Nankín, lana ¿no
son, acaso demasiados?
Som bre ros y zapatos,
sillas para sentarse
y cucharas para
comer, sí, y fabricáis incluso relojes
de oro, joyas, tenedores
de pla ta, aparadores,
chiffoniers y divanes: ¡Santo Cielb, todos los estantes del Howel & James
son insuficientes papa contener vuestros productos; habéis producido,
producido, produci do; el que quiera acusaros no tiene más que m irar a su al
rededor: m illones de cam isas y pantalones vacíos penden inertes a nuestro alrededor a
modo de
testigos de cargo
con tra vosotros. Nosotros os acusamos de superproducción: vosotros
sois los culpables -de haber
producido en asom brosa superabundancia, camisas,
pantalones, sombreros, za patos, etc., etc. Y ahora, a causa de
todo eso sobreviene
la crisis, y vuestros trabajadores tienen que m orir de ham bre.
«Lores y Gentlem en ¿De qué acusáis a esos pobres
tra b a jadores? Ellos, señores míos, tenían la obligación de
garan tizar que no sobrevinieren las crisis; vosotros teníais que
ocuparos de que el reparto por el
trabajo realizado se
hicie se ordenadam ente, y
que ningún trab ajad o r quedase
sin su salario, tanto en dinero
contante y sonante
como en soga de cáñamo; esa era, desde tiem po inm em
oriable vuestra ta rea. Esos pobres
tejedores han olvidado mucho
de lo que tenían
que h ab er pensado, de
acuerdo con la
ley interna y tácita de su
posición, pero ¿qué ley escrita han olvidado? Habían sido
destinados a fabricar camisas, demasiadas ca
201
m isas. V erdaderam ente, se trata de una cosa
nueva en
el loco m undo en que vivimos, con sus novecientos millones de cuerpos
desnudos. Pero, Lores y Gentlemen, vuestra ta rea, im puesta por la sociedad,
era la de seguir produciendo hasta
que esas
camisas estuvieran bien
repartidas, y ¿en qué se ha quedado esa repartición? Dos
millones de trab a jadores sin traje o m íseram ente vestidos están en las
bas tillas que son
los asilos de
los pobres,’59 otros cinco
m illones viven en bodegas
dignas del ham bre
de Ugolino; y para
poner rem edio a todo eso, decís: increm
entad nuestras ren tas. Exclamáis en tono triunfal: Por casualidad ¿ estáis
acu sándonos? ¿queréis cargar
sobre nosotros la
responsabili dad de un exceso de
producción? El cielo y
la tie rra son testigos de que nosotros no hemos
producido absolutam ente nada. En el vasto reino de la creación, no existe ni una
sola camisa hecha por nosotros. No tenem os un
ápice de culpa por lo que se
produce. Por el contrario ¡Oh, ingratos!
qué cantidad de cosas nos hemos visto obligados a "consum ir". Todas esas m
ontañas ¿No han
desaparecido acaso delante de
nosotros, como si
tuviésemos estómagos de
avestruz y una especie de divina
capacidad de consumo? ¡Ingratos!
¿acaso no habéis crecido a la som bra de nuestras
alas? ¿No surgen vuestras inm undas fábricas sobre nuestro propio te rreno?
¿Es que no tenem os que venderos
el trigo al precio que m ás nos agrada? ¿Qué pensáis que
sería de vosotros si, nosotros, propietarios del suelo de
Inglaterra decidiésem os no hacer
crecer el trigo?»
Esa m
entalidad de la
aristocracia, esa bárbara pregunta:
¿Qué sería de vosotros si
no fuésemos tan
benignos como para hacer
crecer el trigo?
es la causante
de las «dementes y desgraciadas leyes del trigo»;
leyes del trigo tan
dem entes que lo único que se
puede decir en
su contra es que
«harían llo rar a un ángel en el cielo
y a un
asno sobre la
tierra». La ley del trigo dem
uestra cómo la aristocracia todavía no ha aprendido a dejar de provocar
desgracias, a quedarse tran quila
después y no hacer absolutam ente nada,
y ahora me nos que nunca, a no
hacer absolutam ente nada de bueno;
y, sin em bargo, según Carlyle, ese sería precisam ente su deber;
«dada su posición está destinada
a guiar y regir los
destinos de Inglaterra, y
todo trab ajad o r de
la casa de
trabajo tiene
Los Asilos para
pobres eran una
especie de casas
de trabajo en las que los mendigos eran obligados a
permanecer.
202
derecho a
preguntarles: ¿Por qué
estoy aquí? Su
pregunta será escuchada en el
cielo, e
incluso llegará a
ser audible sobre la tierra,
aunque no atendida.
Su acusación va
diri gida contra
vosotros Lores y
Gentlemen; vosotros estáis
en la prim era fila de los acusados,
vosotros, dada la posición que ocupáis y asum ís, sois los
prim eros obligados a respon der. El destino de la aristocracia que se pudre
en el ocio puede leerse, como
en un horóscopo,
en las leyes
del trigo y sim ilares; es
un abism o que
llena el alma
de desespera ción. Sí, m is
rubicundos herm anos que
practicáis la caza de la zorra, con vuestros rostros frescos
y amables, con vues tra m ayoría
sobre las leyes
del trigo s-tidings-scales, arance les,
elecciones corrom pidas y fuegos
triunfales en Kent, arro jad una
vigilante m irada sobre los espantosos cuadros de la caída, dem asiado
espantosos como para ser dichos, un m anuscrito Mene-Mene;
Wí Dios mío,
¿Acaso la ociosa
aris tocracia francesa decía lo
mismo, hace apenas
cincuenta años?: no podem os existir, no podemos seguir vistiéndonos,
exhibim os como corresponde a
nuestro rango; nuestra
renta de la tie rra ya no nos basta, tenemos que tener
m ás de lo
que tenem os, se
nos tiene que
dispensar del pago
de tasas y -debemos in stitu ir
una ley del trigo
que aum ente nuestra ren ta de la tierra. Esto sucedía
en 1789,
y cuatro años
más tarde ¿no oísteis hablar de la tenería de Meudon donde los desnudos
se vestían con trajes confeccionados con piel hum a na? Que el cíelo m
isericordioso aleje de nosotros tan negro presagio; nosotros podem os ser más
inteligentes para no aca bar siendo tan
m iserables».
La
aristocracia que trab aja
se desarrolla entre
la aristo
cracia sum ida
en el ocio,
y con su
«mammonismo» tam bién a ella le
espera un triste fin. «Parece que la
gente del conti nente exporta nuestras m áquinas, teje
el algodón y
fabrica para sí, nos expulsa de todos los m ercados. Noticias tristes, pero, con m ucho, no las que más. Lo
más triste, como he oído decir, es que tenem os que ver nuestra existencia
nacional su bordinada a nuestra capacidad de
venta de tejidos
de algo dón un pico p o r m etro
más barato que el resto de los
pue blos. ¡Miserable E stado el
nuestro para una nación
tan grande! Un E stado que, p o r
lo que a
mí me parece, a pesar de la introducción de
todas las posibles leyes
del trigo, a la larga no va a
poder sostenerse. Ninguna
nación im portan
140 Legendario
manuscrito, anunciador de grandes desgracias.
203
te puede sostenerse así sobre la cúspide de una pirám ide, elevándose
cada vez más, em pinándose sobre
las puntas de los pies. En definitiva, este Evangelio de
la riqueza con su infierno de la
ganancia no lograda, oferta y demanda, com petencia, libertad de
comercio, " laissez j'aire
y que el
dia blo cargue con el resto ”,
empieza a convertirse
poco a poco en el Evangelio m ás digno de lástim a
que jam ás haya sido predicado sobre la faz de
la tierra, Y
aunque las leyes
del trigo fueran suprim idas m añana, tam poco habríam os llegado al
final, quedarte todavía campo
libre para em presas
de to da clase. Una vez abolidas
las leyes del trigo, liberalizado el comercio, es cierto que cesaría la actual
contracción de la industria. Volveríamos
a gozar de un período de em presas comerciales
y de florecim iento general;
el nudo corredizo de la carestía se aflojaría
alrededor de nuestro cuello,
ten dríam os espacio para respirar y tiempo para reflexionar y
arrepentim os, y un
tiempo tres veces
más precioso para com batir, como si se tratase de
nuestra vida, y
reform ar nuestro equivocado camino, enseñar a nuestro pueblo, edu
carle y gobernarle; proporcionarle un poco de alim ento es piritual, una guía
auténtica y un gobierno: sería una era im pagable. Efectivam ente, nuestro
nuevo período de
floreci m iento se dem
ostrará y, desgraciadam ente tendrá
que de m ostrarse según el antiguo
método de la «concurrencia y que el diablo cargue
con el resto»,
sólo paroxismo y,
probable m ente, para nosotros, el último. De hecho
si nuestra indus tria se duplicase
en veinte años,
nuestra población tam bién se duplicaría en ese mismo
período de tiempo;
y volvería mos a estar en el
mismo punto del principio,
solo que sere mos el doble que antes y tam bién doblem ente, m ejor dicho, diez veces más indomables. jAy,
dónde hemos ido
a caer al final de este zarandeo por la inm
ensidad de los
tiempos! donde los hom bres se mueven como cadáveres
galvanizados, con los ojos inmóviles y vacíos, sin alma, sólo con una
febril capacidad industrial y un estómago para digerir. Doloroso resulta el espectáculo
del ham bre desesperada en
las fábri cas de algodón, en las
m inas de carbón
y entre los asalaria dos agrícolas de Chandosse, pero
con todo, menos doloroso, para el pensador que esa b rutal y sacrilega
filosofía de la pérdida y la ganancia, y
de toda
esa inteligencia vital
de la que oímos hablar p o r todas
partes, en las sesiones del
Se nado, en las disputas de los
círculos, en los artículos de
204
fondo
de los periódicos, en los
púlpitos y tribunas,
procla m ada como Evangelio definitivo y digna práctica de la vida
humana.»
«Me atrevo a creer que en ninguna época, desde los
p rin cipios de la sociedad, la suerte de las m ultitudes, m udas y
explotadas, haya sido tan
intolerable como hoy.
Ni la m uer te ni el ham bre convierten al hom bre
en m iserable; todos nosotros tenem os que m orir, todos nosotros
harem os nues tro últim o
viaje en el
carro de fuego
del dolor; pero
ser m ísero sin conocer la razón,
trab a ja r hasta el
agotam iento por y para nada, tener el
corazón consumido y
cansado y estar sin em bargo aislados, huérfanos,
rodeados de un gélido laissez faire, m orir lentam ente durante todo el
curso de
la vida, em paredados por una
sorda, muda e infinita injusticia como en el vientre m aldito del toro de
Falarides, esto ejs y seguirá siendo
intolerable p a ra todos
los hom bres creados por Dios. ¿Y nos m aravillam os de
una Revolución francesa?
¿de la gran sem ana? ¿del Cartismo inglés?
Realmente, a poco que reflexionemos, qué
singulares resultan los tiempos que vhpunos.
| SÍ en tíem gos
tan singulares la
aristocracia se denuies-t ^ tra jín capaz dejdirigir la cosa
pública, es necesario
rem over-\ ía. De ahí la necesidad de la dem ocracia.^
«Con
sólo ab rir los
ojos, todo el
que quiera puede
ver la difusión y qué tipo de difusión ha logrado la democracia, la
insidiosa prisa, siem pre creciente, con que procede en cualquier campo de las
relaciones hum anas. Del
fragor de las batallas
napoleónicas a la salm odia de una reunión públi ca de com unidad en St. Mary Axe,;todo
anuncia la dem ocra cia.»^.
f P ero ¿qué es en definitiva esto de la
democracia? j
£<Ni más ni m enos que la falta de jefes que
podrían guia ros, y el
sacrificio en esa
irrem ediable carencia, el intento de arreglárselas sin ellos. Libre
e independiente lector; nadie te
oprim e, ¿pero es
que no te
oprim e, quizá, ese
estúpido ja rro de cerveza? Ningún hijo de Adán te m anda ir o
venir: pero ese absurdo jarro,
pesado licor (Heavy w e t) puede ha cerlo
y lo hace. Tú no
eres el siervo
de la gleba de
Cedric,ui el Sajón, sino de tus propios impulsos anim ales ¿y sigues
hablando de libertad? ¡Cretino integralI La representación
141 Recíe:
Cerdic. caudillo sajón que conquistó
ía Britania Meridio
nal en los siglos v y vi.
205
de
acuerdo con la
cual la libertad
de cada uno
consiste en el hecho de poder usar
la propia voz en las elecciones y de cir: ¿Ves? Tam bién yo, ahora, para un
ventim illonésim o soy un orador
de nuestra Asamblea Nacional de charlatanería
¿ Por qué razón los dioses no van a estar de mi
parte? Esa representación es una de las
más tontas del m undo^A dem ás, la libertad que se
adquiere por el hecho de encontrarse recí procam ente aislado, por el hecho de
no tener nada que hacer con los dem ás si no es a través
del dinero y los libros m a yores, esa libertad, al final, se revela para
miles y miles de trabajadores, como la libertad para m orir de ham bre, y la
libertad de pudrirse
para decenas de
miles de vagos.
H er m anos, después de varios siglos de gobierno constitucional,
nosotros todavía sabemos algo de
lo que significa
la liber tad y de lo que
significa la esclavitud JP ero la dem ocracia seguirá su
curso librem ente, los
millones de trabajadores
en su necesidad de vivir, en su instintivo,
apasionado anhe la r una guía,
rechazarán la farsa y durante un instante espe rarán que les baste con
su carencia; pero
sólo p o r un instan te. Podéis rechazar la opresión de vuestras falsas
au torida des: no os maldigo, sólo os compadezco y os prevengo; pero hacedlo y
el gran problem a seguirá todavía sin resolverlo, el problem a de encontrar
una.jdirectriz, una guía, entre
vues tras auténticas autoridades.» j
«"La guía, tal y como hoy la vemos, es desde
luego m ise rable". En el últim o Comité parlam entario sobre la corrup ción,
la opinión de
las m ás sanas
y prácticas cabezas
era la de que parecía imposible
evitar la corrupción
y que, bien o mal, tendríam os que tra ta r de ir
tirando sin elecciones ho nestas. ¿Qué tipo de legislación puede d ictar un
Parlam ento que se declara a sí mismo elegido o elegido m ediante la co
rrupción? Corrupción no significa sólo venalidad, sino tam bién
deshonestidad, engaño descarado, broncea
insensibili dad en relación con la m entira y la instigación a la m
entira. Pero sed honestos, instaurad en Downing Street un colegio electoral de
acuerdo con los im puestos ciudadanos: tan ta población, paga tanto de im
puestos sobre las
entradas, el valor de las casas
es tanto, elije dos diputados, elije un di
putado, que puede obtenerse con
tanto y tanto
dinero; Ispwich, tantos miles de libras esterlinas, N ottingham tantas,
así os vais deliciosa y^ honorablem
ente arreglando con la
com pra, sin m entiras. \ Nuestro Parlam ento se declara ele
206
gido y elegible m ediante la corrupción ¿Qué
será de ese Parlam ento? Cuando ni
Belial ni Belcebú
rigen el m undo, un Parlam ento así se prepara para
nuevos Reform Bills. Pero nosotros preferim os pro b ar el Cartismo o cualquier
otro sis tem a, antes que contentarnos con
ésteJ\Un Parlam ento que se inicia con la m entira en la boca, se
cava la fosa
a sí m is mo. En cualquier m om ento,
cualquier día, en
cualquier ho ra, puede surgir un
carlista, Cromwell arm ado cualquiera que intim e a dicho Parlam ento:
"Vosotros no sois un Parla mento. E n N om bre del Om nipotente, ¡M
archaos!”» ^
Ésta es, según Carlyle, la
situación inglesa; una
putre facta aristocracia terrateniente a que «todavía no ha
apren dido a estarse tranquila,
al menos, a
no suscitar desgracias, una aristocracia trab ajad o ra
hundida en el
afán de lucro; una aristocracia que tendría que ser
una asociación de diri gentes de trabajo, de
«capitanes de industria», se reduce a un m ontón de bucaneros, de
piratas de la industria,[ün
Par lam ento elegido m ediante la corrupción, una filosofía
de la vida basada en el m
ero ser espectadores, en el no hacer nada, en el taissez faire, una religión
exclusivista y m altre cha, un total desinterés por todos
los problem as hum anos generales, una desconfianza universal en la verdad y en la hum anidad, y consiguientem ente un
universal aislam iento de los hom bres en su « burda singularidad», una
caótica y desolada confusión de todas
las relaciones vitales,
una gue rra de todos contra
todos, una m uerte espiritual general, la carencia de «alma», es decir, de
auténtica conciencia hum a na, una clase trabajadora incom
parablem ente fuerte en una opresión y en una m iseria intolerables, en salvaje
insatis facción y rebelión contra
el viejo
orden social, y
de ahí una am enazadora dem ocracia que avanza im
parable; por todas partes, el caos, desorden, anarquía, ru p tu ra de los
antiguos nexos de la sociedad, por todas partes, vacío espiritual, ausen cia
de pensam iento y de inercia.JpSsta
es la situación
ingle- aquí —dejando de lado algunas expresiones que
derivan del particularísim o punto de vista de
Carlyle— tene mos que [darle la razón en todo^ Carlyle ha sido el único
de entre la 'clase respectable
que, cuando menos,
ha m ante nido los ojos abiertos
a los hechos, cuando menos, ha com prendido exactam ente el presente inm
ediato.' Lo cual, real mente, no es poco para un inglés «culto».
¿Cuáles
son las perspectivas
para el futuro?
Las cosas no
207
van a
seguir siendo así, ni
pueden, por otra
parte, seguir así. Ya lo hem os visto. Carlyle, por la
misión m ism a que ha asumido, no tiene ninguna píldora M orrison,1’2 ninguna
pa nacea universal p ara curar el
mal de la
sociedad. Tam bién en esto tiene
razón. Toda filosofía
social, hasta que
no aca ba proporcionando un par de proposiciones a
modo de re sultado final, hasta que no
proporciona una píldora
M orri son, resulta incompleta; no
necesitam os tanto resultados cuanto estudio; los resultados
carecen de valor sin el desa rrollo que a ellos conduce, lo sabemos
perfectam ente desde Hegel, y los
resultados son más
nocivos que útiles
cuando se establecen a p a rtir de sí
mismos, cuando no
se constitu yen, a su vez, en
prem isas de un desarrollo posterior. Pero, aunque sea
tem poralm ente, los resultados
tienen que asu m ir una form a determ inada, a través
del desarrollo, tienen que irse configurando a p artir de un
vago carácter indeter minado en pensam ientos claros, de modo que, en líneas
ge nerales, en una nación tan m eram ente em pírica como la in glesa, no
puede evitarse la fórm ula de
«píldoras de M orri son » . Carlyle
mismo, a pesar
de haber dado cabida en sí
a mucho de alem án, y quizá lo suficientem ente lejano
del craso em pirism o, hubiera
tenido al alcance de la
mano algu na píldora si hubiese sido
menos indeterm inado y
obscuro con respecto al porvenir.
De vez en cuando Carlyle declara que, m ientras la
hum a nidad persista en su ateísmo, todo va a resultar inútil e in fructuoso,
hasta que no haya recreado en sí m ism a su propia
«alma». No ya que vuelva a cristalizar con toda su
antigua energía y fuerza
vital el viejo
catolicismo, o que
tenga que m antenerse en pie la
religión contem poránea; Carlyle sabe pei'fectam ente que los ritos, dogmas,
letanías y truenos del Sínaí no valen, que todos los truenos del
Sinaí no hacen, m ás cierta la verdad y que ya no aterrorizan a ningún hom bre
ra zonable, que ha desaparecido ya
el miedo a
la religión, sino que la religión m ism a
tiene que volver
a cristalizar de otra
m anera. N osotros mismos podemos ver a dónde nos han
llevado «dos siglos de gobierno ateo» —desde la «bendita» restauración
de Carlos II—10 igualm ente tenem os que dar nos cuenta de cómo ese ateísmo se
va gastando y consu miendo. Pero ya hemos visto a qué llama
ateísm o nuestro
«Morrison's Pilis» conocida purga de la época.
“3 Carlos II (1630-1685), rey de Inglaterra y de
Irlanda.
208
autor; no ya
a la falta
de fe en un Dios
personal, sino a la
falta de fe en la sustancialidad intrínseca,
en el carácter
in finito del universo, la
falta de fe
en la razón,
e] -desesperar del espíritu y de la
verdad; su lucha
no se centra
contra la falta de fe
en la
revelación de la
Biblia, sirio contra
«la más espantosa falta de fe
en la Biblia
de la historia
m un dial». Ese es el eterno
libro divino en
el que todo
hombre, hasta que su alm a y
Ía luz de
sus ojos se
apaga, puede ver cómo
escribe el dedo de
Dios. Mofarse de
esto constituye una falta de fe sin parangón, una falta de
fe que
deberá casti garse no con
el fuego y la lluvia
de sal, sino
con la imposi ción de tener que
callar hasta que
no se tenga otra
cosa más interesante que decir. ¿Por
qué rom per el
feliz silencio con el estruendo
rechinante? ¿Para poder
g ritar sólo esas cosas? Si el pasado
no contiene en
sí ninguna razón
divina, sino sólo diabólica irracionalidad, olvidadlo para siem pre
ja más; a nosotros, que nuestros •padres fueron
todos ahorca dos, mal nos cuadra
charlar de huelgas. «La
Inglaterra mo derna no puede
creer en la historia».
De todo lo
existente, el ojo ve
sólo aquello que
puede aferrar con
las facultades que le son
intrínsecas. Un siglo
ateo no puede
com prender las épocas im pregnadas de divinidad. En el pasado (en el
me dioevo) apenas si distingue una vacía discordia, el señorío universal de la
fuerza bruta, y no distingue cómo, al final, coinciden fuerza y derecho,
distingue únicam ente la estupi
dez, una
irracionalidad salvaje más
adecuada a B edlam 144 que al m undo
hum ano. De donde
se deriva, naturalm ente, que idénticas cualidades
deben continuar e im perar
en nues tro tiempo. Millones de
seres encerrados en Bastillas, viudas irlandesas que dem uestran su propia hum
anidad a través del tifus; siem pre ha sido así o peor. ¿Qué m ás
queréis? ¿Qué ha sido la
historia sino el
testim onio de una
absurda estupidez a través
del triunfante charlatanism
o? En
el pasado no había m ugún Dios, no había m ás
que mecanicismo e
ídolos caóti cos y bestiales.
¿Cómo iba a poder el pobre «historiógrafo filósofo», p ara el que su siglo está
tan abandonado de Dios,
« distinguir a Dios en el pasado»?
Sin embargo, nuestro siglo no está tan abandonado.
«Incluso en nuestra pobre y fragm entada
Europa ¿es que no se han levantado en
estos ultim ísim os tiem pos voces religiosas, que a la antigua religión, unían
una nueva, irresis-
1W El manicomio de Londres.
209
14
tibie al corazón de
todos los hom bres?
He conocido algunas de esas voces, de las que no se
proclam aron ni llegaron
a creerse profetas, pero en las que resonaba plenam ente la verdad, naciendo del corazón eterno de la
naturaleza, espí ritu & eternam
ente venerados por todos aquellos
que poseen un alma. Una
revolución francesa es
un fenómeno; a modo
de com plem ento y exponente suyo, tam bién un poeta como Goethe y una
literatura como la alem ana son para mí un fenómeno. En la destrucción del
viejo m undo profano o práctico por el
fuego ¿no podemos
ver acaso un
presagio y el alba de un nuevo m undo espiritual, origen a
su vez de nuevos m undos prácticos, con mucho, m ás
nobles y m ás am plios? Una vida de antigua dedicación, de antigua verdad y
antiguo heroísm o, vuelve a ser posible
ahora. Para el hom
bre m oderno aquí se hace visible un fenómeno que en su certeza no puede ser com parado con ningún
otro. Existen los
acordes de una
nueva melodía celeste,
y vuelven ahora a ser
audibles a través
de la jerga
infinita y la
disonancia de lo que se llam a literatura.»
Goethe, el profeta de «la religión
del porvenir» y su
culto, el trabajo.
Efectivam ente, existe en
el trabajo una
eterna nobleza. Sí, en el trabajo
existe una santidad. Y por
m uy oscurecido que esté, por m uy
olvidado de su altísim a misión, habría esperanza para el hom bre, para
un hom bre que trabajase real y seriam ente; en el ocio
sólo encontram os la eterna de sesperación. El trabajo, aún estando como está,
tan degra dado, sigue siendo un nexo
con la naturaleza.
El deseo que im pulsa a ver term inado el
propio trab ajo será
más y m ás la verdad y conducirá a las determ
inaciones y leyes de la na turaleza. El
trabajo es de una im portancia
infinita. Gracias al trab ajo el
hom bre se com pleta. Los charcos de agua estan cada se remueven;
y son sustituidos
p o r campos cultivados y ciudades fastuosas y, esto es
lo más im portante, el hom bre m ism o deja de ser un charco de agua
estancada y un insano desierto. Reflexionad y com probaréis que en la más ínfim
a especie de trab ajo toda el alm a
del hom bre se
imbuye de una determ inada arm
onía. Dudas, deseos, angustias, inquie tudes, ira, la m ism a desesperación, a
modo de infernales can cerberos ocupan el alm a del pobre asalariado y el de cual quier otro, pero cuando, librem ente,
se ciñe a su fatiga co tidiana, todos retroceden gruñendo a sus rem otas
guaridas.
210
Ei hom bre es
ahora un hom bre;
el ardor sagrado
del traba jo representa
para él una
especie de fuego purificador, en el que cualquier veneno o el peor
torm ento se disuelven
en una lim pia y sagrada
llama. Bendito aquél
qué ha encontra do su trabajo: ya no necesita de m
ás bendiciones. Tiene un trabajo, una finalidad en la vida;
lo ha encontrado
lo persi gue, y ahora su
vida recorre un
cauce de libre
curso, excava do en m edio del
pantano putrefacto de la necesidad en la existencia, desviando el agua m uerta
del junco m ás
aparta-, do, transform ando el
pantano pestilente en un vergel
verde { y fecundo. El trabajo es vida: en definitiva no tienes más
conciencia que la adquirida con el trabajo, lo demás es todo hipótesis, m
ateria de discusiones escolásticas y especulacio nes, agotada en
vueltas y revueltas
lógicas sin fin, m
ientras no la experim entem os o la fijemos. La acción resuelve
cual quier tipo de dudas. Admirable resulta el principio enun ciado por los antiguos
m onjes: laborare est orare, el trabajo es culto. Mucho más antiguo
que cualquiera de
los Evange lios predicados es
ese otro Evangelio no predicado, no ex presado
pero im borrable: trab aja
y busca satisfacciones en tu trabajo. ¿Acaso en lo íntim o de tu
corazón no existe un espíritu activo y ordenador, una
fuerza de trabajo,
que que ma como fuego dolorosam
ente ardiente, que
no te d e ja
en paz hasta que no lo depliegas, hasta que no cristaliza en los hechos de tu alrededor? Todo lo que es desorden,
desierto, tienes que convertirlo en ordenado, regulado y cultivable,
obediente a ti y .para ti p
ortador de frutos.
Donde encuen tres desorden, allí
reside tu enemigo; atácalo im petuosam en te,
sojúzgalo; arráncalo del
dominio del caos,
ponlo bajo tu dominio, el
dominio de la
inteligencia y de
la divinidad. Pero sobre
todo, allí donde
encuentres ignorancia, estupi dez o bestialidad, atácala, abátela,
inteligente, infatigable, no descanses s! vi Ve m ientras vives tú,
golpea, golpea, en nom
bre de
Dios: golpea. T rabaja
m ientras quede luz;
cuando llega la noche nadie puede trabajar. Cualquier trabajo
autén tico es sagrado; sudor del rostro, sudor de la m ente y el
corazón, incluidos los cálculos de
Kepler, las m editaciones de Newton; todas las em presas heroicas
que se cuentan,
to das las. ciencias, todo el heroísm o del mundo, el m artirio,
hasta aquella «lucha m ortal del
sudor cruento», que
todos los hom bres han llam ado
divina. Si esto no es
culto, enton ces, vaya al
diablo el culto.
¿Quién eres tú, que
durante toda
2Í1
la vida te estás lam entando del
duro trabajo? No te lamen* tes, el cielo es severo contigo pero
no te es
hostil, una no ble m adre, como aquella m adre espartana
que entregó el es cudo a su hijo: ¡Con esto o sobre esto! No te lam entes, los
espartanos tam poco se lam entaban.
En el m undo
sólo exis te un m onstruo: el
ocioso. ¿Cuál es
su religión sino
la de que la Naturaleza es un fantasm a, Dios una m
entira y
m en tira tam bién el hom bre y
su vida?
Pero tam bién el trabajo se ha
precipitado en el
torbelli no salvaje del desorden
y del caos, el principio purificador, clarificador, form ativo ha llegado
a ser
presa de la
confu sión, del desorden y
de la oscuridad.
Todo esto nos
rem ite a la cuestión fundam ental: al porvenir del trabajo.
¿«Qué clase de trabajo será ese que nuestros amigos
del Continente, desde hace tiem po ya, y en form a absurda, an dando un poco a
tientas, llam an "organización del trabajo"? Tenemos que quitárselo
de las m anos a los absurdos char latanes y confiarlo a hom bres valientes,
inteligentes, traba jadores; hay que em pezar inm ediatam ente, ponerlo en
prác tica y continuarlo, si Europa,
o por lo
menos Inglaterra, tie ne intención de seguir siendo un lugar
habitable. Si tenemos en cuenta a nuestros nobilísim os
barones de las leyes
del trigo o a nuestros duqa.es eclesiásticos o pastores de almas
«con un m ínimo de cuatro mil quinientas libras
esterlinas anuales, indudablem ente, nuestras esperanzas se vienen aba jo. Pero
[valor! todavía quedan
m uchos hom bres honestos en Inglaterra. Tú, indom able
Lord de la
industria, ¿acaso no te queda un poco de esperanza? H asta hoy fuiste
un buca nero, pero en ese severo
entrecejo, en ese indom able cora zón que sojuzga el algodón ¿no existen otras victorias,
diez veces más nobles?» «Mirad a vuestro alrededor, vuestros ejércitos
de todo el m undo han sido presa del am otinam ien to, del desorden y la
indisciplina; es el crepúsculo de
la lo cura. Ya no quieren m
archar hacia adelante según el prin cipio de los seis jvence al día
y de
la oferta y la
deñianda; ya no quieren y, adem
ás, están en su derecho. Todos se
precipi tan en la locura de la
venganza; sed vosotros tam bién m ás razonables. ¡Estos hom bres ya no volverán
a m archar como una m uchedum bre
desordenada y m olesta,
sino como una m asa compacta, con auténticos jefes a su
frente. Todos los intereses hum anos, todas las em presas sociales, al llegar
a cierto grado de desarrollo tienen que
organizarse, y hoy, el
212
mayor de los intereses hum anos, el trabajo, exige
organiza ción.»,;
r Para poner en práctica esa organización, para
colocar una
guía auténtica y un verdadero gobierno en
el lugar de los
falsos, Carlyle exige
«una auténtica aristocracia», «un culto a los héroes», y plantea como
problem a im portante el de encontrar los «aristos», los m ejores, cuya guía
pueda hacer., confluir la inevitable dem ocracia con la necesaria soberanía.-,
De los párrafos
citados se deduce
con suficiente claridad el punto de vista de
Carlyle. Toda su
concepción es panteís- ta, y panteista en el sentido alem án
de la palabra,
los ingle ses no son panteístas sino escépticos; el resultado
de toda la filosofía inglesa es la resolución de la desesperanza en ía razón, la incapacidad confesada, las
contradicciones en las que cae; en últim a instancia y,
consecuentem ente, por un lado, una vuelta a la fe, p o r otro
la dedicación a
la pura praxis, sin volverse
a preocupar de
la m etafísica y sim
ila res. Por lo tanto, Carlyle, con su panteísm o derivado de la literatu ra alem ana, en Inglaterra,
constituye un auténtico
«fenómeno», un fenóm eno bastante incom prensible
para los prácticos y escépticos ingleses. La gente le m
ira con
asom bro, habla de «m isticism o alemán», de una lengua inglesa deform
ada; otros afirm an que detrás de todo
eso hay algo más, que a pesar de lo insólito de su
lengua, no deja
de ser bella, que es un profeta,
etc., Pero, en definitiva,
nadie sabe qué hacer con todo eso.
Para nosotros alemanes, que conocemos perfectam
ente las prem isas -del punto de vista de Carlyle, la cosa está bastante clara.
Por una p arte, restos de rom anticism o tory y concep ciones hum anistas tom
adas de Goethe, por otra, la Inglaterra escéptica y em pírica; estos factores
bastan para deducir
to da la concepción del m undo de Carlyle. Como todos los pan- teístas,
Carlyle, todavía no h
a salido
de la contradicción, y en él, el dualismo resulta tanto más grave
cuanto que, desde luego, conoce la literatu ra
alem ana, pero no
su complemen to indispensable;
la filosofía alem ana, de m anera que
todas sus opiniones son inm ediatas,
intuitivas, más schellinguia- nas que hegelianas. En
realidad, Carlyle tiene una gran canti
dad de puntos en común con Schelling —pero con el viejo Schelling, no con el
Schelling de la revelación.145 Su concep-
MS
Alusión a la
«filosofía de la
revelación» de Schelling,
ya criti cada por Engels en
otros escritos anteriores.
213
ción, como la de Strauss, es igualmente
panteista, coincide con él en el
«culto al héroe» o «culto al genio».
En los últim os tiempos, la crítica al panteísm o
se ha rea lizado en Alemania en form a tan exhaustiva que
poco nos queda ya que decir
al respecto. Las
Tesis de Fet.erbach
en los A nekdota 146 y los
escritos de Bruno Bauer contienen todo lo que a ello se
refiere. De modo que
nosotros podemos aho ra lim
itarnos a extraer
las conclusiones del
punto de vista de Carlyle, y m ostrar cómo, en el
fondo, no se tra ta más que dejuna introducción al punto de vista de dicha
revista.
.^Carlyle lam enta el vacio y el carácter insípido
de nuestro siglo, la com pleta corrupción
de todas nuestras
institucio nes sociales. La
acusación es justad] Pero
la m era acusación
no aporta nada y nada concluye. Para rem ediar el m al es preciso rem itirse al origen; y si Carlyle
lo hubiese hecho habría encontrado que ese desorden y ese vacío, esa «falta de
alma» tienen su fundam ento en la m ism a religión. Por su naturaleza, la
religión es la
pérdida por p arte del hom bre
y la naturaleza de todo
contenido, la trasposición de ese con tenido en el fantasm a de un Dios
sobrenatural, el cual,
des pués a su vez, concede, graciosam ente, a los hom bres y a la
naturaleza un poco
de su sobreabundancia. M ientras
la fe en ese fantasm a
sobrenatural se m antenga
viva y robusta, por ese camino indirecto,
al menos, el hom
bre logra hacer se con algún contenido. La
inquebrantable fe del Medioevo confirió a toda la época una notable energía que
no venía de fuera sino que
existía ya en
la naturaleza hum ana,
si bien en form a
inconsciente, todavía sin
desarrollar. La fe
se fue debilitando poco a poco,
la religión se
separó de la
nue va cultura, pero el hom bre
todavía seguía sin
darse cuenta de haber adorado y
divinizado su propia esencia como una esencia
extraña. En tal
estado de inconsciencia
y al m is
mo tiempo de incredulidad, el hom bre no puede tener con tenido alguno,
así el hom bre tiene que desesperar
de la
ver dad, de la razón
y de la
naturaleza, y ese
vacío y esa
falta de contenido, el desesperar de los hechos eternos del uni verso,
durarán hasta que la hum anidad com prenda que la esencia que ha adorado como
divinidad es su m ism a esen-
C fr. L u d w ig F e u e r b a c h , Vorlaufige
Thesen zur Reformation der Philosophie, en Anekdota zur neuesten deutschen
Philosophie und Pu- blizistik. Z u r ic h und Winterthur, 1843, vol II, pp. 62
y sgs.
214
i
cia, hasta el m om ento desconocida, hasta que...
¿pero para qué seguir
copiando a Feuerbach? ^
El vacío ha existido durante mucho tiempo, porque
la religión es el
acto del autovaciam iento del
hom bre. 1¿Y os m aravilláis hoy de que, una vez palidecida
ía púrpura de ía
que se am am antaba, disipada la niebla
que le circundaba, surja la luz del sol para
aterrorizaros?
[Adem ás,
Carlyle —y esta
es la consecuencia inm ediata de todo
lo anterior— acusa
a nuestro siglo
de hipocresía y m entira. Es natural, el vacío y
la falta de
sustancia tienen que estar
convenientem ente enm ascarados y sostenidos con ornam entos, trajes em butidos
y arm aduras de huesos de ballena, ^También nosotros atacam os la
hipocresía de nues tro m undo cristiano contem poráneo, la
lucha contra esa hi pocresía, nu estra liberación de esa hipocresía y la liberación del m undo constituyen tam bién nuestro
empeño; pero pues
to que a
través del desarrollo
de la filosofía
hemos llegado a reconocer dicha
hipocresía, y puesto que llevamos a cabo nuestra lucha de una m anera
científica, la esencia de esa hipocresía, a nosotros, no nos resulta, p o r lo
general, ni tan extraña ni tan incom prensible como a Carlyle. También noso
tros rem itim os la hipocresía a la religión, cuya prim era pa labra es ya una m entira. ¿Acaso la
religión no se inicia m os trándonos algo hum ano,
afirm ando, por el contrario, que se tra ta de algo sobrenatural y divino?
Pero, puesto que sa bemos que toda esa m entira e inm oralidad deriva de la re
ligión, que la hipocresía religiosa, la teología, es el modelo original de
cualquier o tra m entira e hipocresía, queda jus tificada la extensión del nom
bre de teología a todo
el con junto de falsedades
e hipocresías del
presente, como hicie ron los prim eros Bruno B auer y Feuerbach.
Carlyle tendría que leer sus obras
para enterarse de dónde proviene la inm o ralidad que infecta todas nuestras
relaciones.
IjBabría que fundar
y esperar una
nueva religión, un
cul to panteísta a los héroes, un culto
al trabajo: imposible.
To das las posibilidades de la religión
se han agotado
ya; des pués del cristianism o,
después de la
religión absoluta, es decir,
abstracta, después de «la
religión es cuanto
tal» ya no puede surgir ninguna
otra form a de religión^E l mismo Carlyle com prende cómo el cristianism o,
católico, protestan te, o en cualquier
otra form a que se presente se encuentra
irrem isiblem ente condenado a la periclitación; si conociese
215
Ia naturaleza del cristianism o, se daría cuenta de
que, des pués del cristianism o, ya no
es posible ninguna
otra reli gión. Ni siquiera
el panteísm o. El
panteísm o, a su
vez, es una consecuencia del cristianism o, inseparable
de su pre supuesto: al menos el panteísm o m oderno, espinoziano, sc'he-
llinguiano, hegeliano, e incluso el de Carlyle. Una vez más Feuerbach me
dispensa del trabajo de proporcionar aquí
1a dem ostración.
Como ya hemos dicho, tam bién nosotros tenemos la
obli gación de com batir la
inestabilidad, el vacío
interior, la m uerte espiritual,
la falta de verdad de nuestro
siglo; noso tros estam os em
peñados en una lucha a m uerte contra todo
esto, lo m ism o que Carlyle, pero tenemos bastantes más pro
babilidades de éxito
que él, porque
sabemos perfectam en te lo que
querem os. Queremos suprim ir
el ateísmo, tal como se le presenta a Carlyle, restituyendo
al hom bre ese
conte nido que había perdido
a causa de
la religión pero
no como un contenido divino, sino
hum ano; y esa restitución en el fondo
no es más que el resurgim iento de la autoconciencia. Pretendem os rem
over todo lo
que se proclam a
sobrenatural y sobrehum ano, haciendo así imposible la falta de verdad,
porque la pretensión de lo hum
ano y
de lo natural
de llegar a ser sobrehum ano y
sobrenatural es la raíz de
toda false dad y m entira.
Precisam ente por eso hemos declarado la guerra de una vez para siem pre a la
religión y a las represen taciones religiosas, y poco nos
preocupa que se nos
llame ateos o cosas parecidas. Por lo
demás,, la definición de ateís mo dada por Feuerbach, sí es exacta:
los auténticos ateos son los cristianos y no nosotros. N osotros no pretendem
os atacar «los hechos eternos del universo»; por
el contrario, lo que
hem os hecho ha
sido darles un
fundam ento real, al d em ostrar su eternidad y al ponerles al
reparo del om nipo tente arbitrio de una divinidad que se contradice a sí
misma. Nosotros no pretendem os afirm ar
que «el m undo, el hom bre y su
vida» sean una «mentira»; por
el contrario, son
nues tros adversarios cristianos
los que ponen
en práctica esa inm oralidad, ya que consideran al m undo
y al hom bre depen dientes de la gracia de Un Dios, el cual, en realidad,
ha sido creado exclusivam ente a través
del reflejo del hom bre en la desierta Hylo de su m ism a conciencia no
desarrollada. No sotros no pretendem os dudar
de la «revelación
de ía histo ria» o despreciarla; para nosotros la
historia es uno y todo,
216
1
y la tenem os en cuesata más que cualquier
co m en te filosó fica anterior,
más que el mismo Hegel, al cual, en definiti va, la historia servía únicam
ente de prueba para-su ejem plo lógico
de cálculo. /
El escarnio con respecto a la historia, el
desprecio en re lación con el desarrollo de la hum anidad pertenece entera
mente a la parte contraria; son los cristianos los que nue vamente, al «
construir una historia del reino de Dios»,
im pugnan la esencia interior de la historia real, y tom an en con
sideración tal esencia únicam ente para aquella su historia sobrenatural, ab
stracta y, además, inventada;
ellos son los que a través del perfeccionam iento de
la especie hum ana
en su Cristo, im ponen a la historia un fin imaginario, ellos son
quienes la interrum pen
a la m itad
de su curso y, en aras de la
coherencia, tienen que
calificar de vacío
sin sentido, y de simple inanidad los dieciocho siglos seguidos. Nosotros somos los que reclam am os
el' contenido de la historia, pero nosotros vemos en la historia la revelación
no ya de
«Dios», sino del hom bre y sólo
del hom bre. Para entender
la m aravi lla de la naturaleza hum ana,
para reconocer el
desarrollo de la especie en la
historia, su irresistible progreso,
su victoria siem pre cierta sobre
la irracionalidad de lo singular, su su peración de toda la aparente sobrehum
anidad, su dura pero victoriosa lucha contra la naturaleza para lograr la libre
auto- conciencia hum ana, «1 reconocim iento de la unidad de hom
bre y naturaleza así como la
libre, autónom a creación
de un m undo nuevo basado en las relaciones
hum anas y morales de la vida, para reconocer todo esto
en toda su grandeza, nosotros no necesitam os evocar en prim er lugar la
abstrac ción de un «Dios»
y atribuirle a
él, la belleza,
la grandeza, el carácter sublim
e y la hum anidad auténtica; no tenemos ningu&a necesidad de ese
camino indirecto, no
necesitam os im prim ir en prim er lugar a la
verdadera hum anidad la hue lla de lo divino, para estar seguros de
su grandeza y de su carácter sublime. Contrariam ente, cuanto más «divina» re
sulta alguna cosa, es decir, inhum ana, mucho menos
podre mos adm irarla. Sólo el origen humano d e l . contenido nos
merece algún respeto; sólo la
consciencia de que
hasta la más estúpida idolatría
contiene, sin embargo, en el fondo, las eternas disposiciones de la naturaleza
hum ana, si bien
en form a desfigurada y desnaturalizada,
sólo esa consciencia salva la historia de la religión,
y especialm ente la del Medio
217
evo, del
repudio total y
el aprobio eterno;
m ientras que esa es la suerte -de
la historia «impregnada
de divinidad». Cuan to m ás «divina», m ás inhum ana, más
bestial, y el «divino» Medioevo produjo en
realidad la perfección
de la bestiali dad hum ana, la servidum bre
de la
gleba, el jus
primae noc- üs, etc. La
irreligiosidad de nuestro
tiempo, de la
que tanto se lam enta Carlyle, es
precisam ente su «plenitud de
divini dad». De todo esto resultará
claro porque más
arrib a definí el hom bre como la solución del enigma
de la Esfinge.
H asta hoy la cuestión planteada era: ¿Qué es Dios? La Filosofía alem
ana ha resuelto esa cuestión
de la siguiente
m anera: Dios es el hom bre. Lo
que tiene ahora
que hacer el hom
bre es reconocerse a
sí mismo, m edir
las cosas con
respepío a sí mismo,
juzgar de acuerdo con su naturaleza,
ordenar el m undo según las exigencias
de su naturaleza
verdaderam en te hum ana, y de
esa m anera habrá resuelto el enigma de nuestro tiempo. No en regiones
ultram undanas, carentes de existencia, no más allá del tiempo o del espacio,
no en un
«Dios» inm anente al m undo o contrapuesto a él
tenemos que encontrar la verdad,
sino mucho más
cerca, en el
pecho del
m ism o hom bre. La peculiar naturaleza es b astan
te más es pléndida y sublim e que la naturaleza im aginaria de todas las
eventuales «divinidades», las cuales, en realidad no
son más que una copia, más o
menos oscura y
desnaturalizada del hom bre mismo.
De modo que
cuando Carlyle, siguiendo
a
• Ben Jonson
dice que el hom bre ha perdido su alm a y ahora empieza a darse cuenta de dicha
pérdida, tendría que,
decir, para expresar exactam ente su pensam iento: en la religión
el hom bre ha perdido
su propia naturaleza,
se ha despojado de su hum anidad, y se da cuenta
ahora, después de que la religión, a través del progreso de la
historia em pieza a
vaci lar, de su vacío y de su inestabilidad. Pero no existe otra sal
vación, el hom bre no puede volver a hacerse con su hum
a nidad y su naturaleza m ás que a través de una gradual supe ración de todas
las representaciones religiosas y de una
deci dida vuelta, escueta, no a «Dios», sino a sí mismo.
Todo esto está ya
en Goethe, en
el «profeta», y quien
ten ga los ojos abiertos puede leerlo. A Goethe no le gustaba ocuparse de «Dios»; la m ism a
palabra le resultaba
fastidio sa, Goethe se sentía a gusto sólo en lo huínano, y esa hum a
nidad, esa em ancipación del arte de
los grilletes de
la reli gión constituye precisam
ente la grandeza de Goethe. Ni los
21.8
antiguos, ni Shakespeare pueden
com pararse con él
desde este punto de vista. Pero esa hum anidad acabada, esa supe ración
del dualism o religioso resultará com prensible en 'to d a su im portancia histórica sólo para quien no
le sea extraño el otro lado del desarrollo de
la nación alem ana, la filosofía. Lo que Goethe sólo podía expresar inm
ediatam ente, por lo tanto, y en cierto
sentido, «proféticamente», está
desarrolla do y justificado
en la novísima filosofía alem
ana. Carlyle tam bién cuenta con las prem isas que coherentem ente, tienen que
conducirle al punto de vista
arriba desarrollado. El m is m o panteísm o no es sino el prim er
estadio hacia una con cepción m ás libre, m ás hum ana. La historia que
Carlyle pone como la auténtica y verdadera «revelación», contiene sólo precisam
ente, lo hum ano, y sólo m ediante un acto
de violen cia puede
sustraer su contenido
a la hum anidad
y atribuirlo a un «Dios». El trabajo,
la actividad libre,
en la que
Carlyle ve al m ism o tiempo
un «culto», es,
otra vez, un
hecho pura m ente hum ano, y
sólo con la violencia puede ponerse en re lación con «Dios».
¿Por qué motivo
poner siem pre en p
ri m er plano una palabra que, en
el mejor de
los casos, lo
úni co que expresa es la infinidad
de la inmediatez, y
además de eso m antiene la
apariencia del dualismo?
¿Una palabra que, en sí misma, es la proclam ación de la
nulidad de la
natura leza y de la hum anidad?
Esto por lo que se refiere al lado
interior, religioso del punto de vista de Carlyle. El juicio
acerca de lo
que llam a mos lado exterior, es
decir, político-social, se
enlaza con él de form a inm ediata; Carlyle tiene
todavía suficiente religión como para perm anecer en una condición de ilibertad;fel
pan teísm o reconoce siem pre algo m ás alto que el hom bre
en cuanto tal. De ahí su anhelo
de una « auténtica aristocracia», de unos «héroes»; como si los
héroes, en el m ejor de los casos, fuesen algo m ás que hom bres. Si Carlyle
hubiese com prendido al hom bre en
cuanto hom bre, en
toda su infini tud, no hubiera llegado a pensar
en dividir nuevam ente
la hum anidad en dos grupos, ovejas y corderos, regentes y súb ditos,
aristócratas y plebeyos, señores y pobres diablos, hu biera encontrado la posición
exacta del talento no en el go bierno
por la violencia, sino en el estím ulo y en la guía^ÍEl Talento tiene que
convencer a la m asa de la verdad
de las ideas propias, para que no
tenga que lam entarse cuando las ponga en práctica. En realidad, la hum anidad
no da el paso
219
hacia la dem ocracia sólo para después volver a su
punto de origen.jPor lo demás, lo
que Carlyle dice
de la democracia deja muy poco que desear, si
excluíamos lo que
apuntába mos un poco m ás arriba, es decir, la falta de claridad con
respecto a la m eta final, el objetivo de la dem ocracia m oder na. jQSustancialmente, la democracia no es m
ás que
un lugar de paso, pero no hacia
una nueva y m
ejor aristocracia, sino m ás bien hacia la libertad real del hom
bre; del
mismo modo que la irreligiosidad de la época conducirá finalm ente a la
com pleta em ancipación de todo aquello que es religioso, so brehum ano,
sobrenatural, pero nunca a su restauración.j
Carlyle reconoce
la insuficiencia de
la «competencia, de m anda» y «oferta, mammonismo», etc., y
está muy lejos de afirm ar la absoluta justificación de la
propiedad de la tierra.
¿A qué se debe, entonces, que no haya extraído la
sencilla conclusión de todas estas prem
isas rechazando la
propiedad en general? La «organización del trabajo» no
puede modifi car en nada esa situación, m ejor dicho, ni
siquiera puede llevarse a la
práctica sin una
identidad de intereses.
¿Poi qué entonces, no ha
procedido consecuentem ente, y no ha proclam ado la identidad de los intereses
como la única con dición hum ana, dando al traste así con todas las dificultades, con todo lo indeterm inado y
con toda oscuridad?
En todos sus lam entos, Carlyle no nom bra ni
siquiera una sola vez a los socialistas ingleses. M ientras siga con sus ac
tuales puntos de vista, sin duda alguna, bastante m ás avan zados que los del resto de los ingleses
cultos, pero siem pre abstractos y teóricos, desde luego que no podrá ponerse
de acuerdo con sus esfuerzos. Los socialistas ingleses son emi nentem ente
prácticos, y por lo tanto proponen m edidas, jco lonización de la p a tria
,1,17 etc., de unu form a que viene
a ser una especie
de «píldoras M orrison»;
su filosofía es
rígida m ente inglesa, escéptica, es decir, dudan de la teoría y se atienen al m aterialism o en
lo que a la praxis se refiere, m ate rialism o sobre el que está basado todo
el sistem a social. Todo esto no creo que le haga m ucha gracia a Carlyle,
y sin em bargo se m uestra tan unilateral
como todos ellos.
Uno y otros han superado la
contradicción exclusivamente en él in terior de la contradicción; los
socialistas en el interior de la
1,7 «Kolonisatíon der Heimat» en el
texto original; Owen
había llamado Home-Colonies
a sus Sociedades
modelo organizadas en
for ma comunista.
220
praxis, Carlyle en el interior de la teoría; y tam
bién aquí de form a inm ediata, m ientras que los socialistas han superado la
contradicción práctica, decidida y conscientem ente. De,- hecho, los socialistas siguen siendo
ingleses, m ientras que lo que tendrían que hacer es lim
itarse a
ser solam ente hom bres; de todo el desarrollo filosófico
del continente sólo co
nocen el m aterialism o, ni
siquiera la filosofía
alemana: este es su defecto y
sólo lograrán colm ar
esa laguna suprim iendo las diferencias nacionales. En
cualquier caso, constituyen el único partido
en Inglaterra con
cierto futuro, si
bien, por el m om ento son proporcionalm ente débiles.(
El Cartismo y la
dem ocracia tendrán que coincidir rápidam ente, y entonces
a toda la m asa de
los trabajadores ingleses
no les quedará otro rem edio que elegir entre m
orirse de ham bre y el so cialismo.^
La ignorancia de ía filosofía alem ana no puede
dejar in diferente a Carlyle
ni a su
punto de vista.
Por su parte
es un teórico alem án
y, sin embargo,
su carácter nacional
le im pulsa hacia el em pirism o; Carlyle se debate en una clamo rosa
contradicción que sólo
puede resolverse desarrollando el punto de vista alem
án-teórico hasta sus últim as conse cuencias, hasta su total conciliación con
la experiencia. Car lyle
tiene que d ar
todavía un sólo
paso, pero como
ha de m ostrado toda la historia
de Alemania, se tra ta de un paso
difícil, p ara superar la contradicción en la que se debate. Augurémonos que
lo dé, y
aunque no es
joven, seguro que lo conseguirá, porque el progreso dem
ostrado en su últim o libro indica lo abierto que se
encuentra al desarrollo.
E ste libro de Carlyle es diez veces más digno de
ser tra ducido al alem án que no toda la retahila de novelas que todos los
días y
a todas horas
suelen im portarse en
Alemania, de m odo que no puedo
dejar de aconsejar su
traducción. Pero que no se
precipiten nuestros traductores de
profesión. Car lyle escribe un
inglés singular, y un
traductor que no
conoz ca perfectam ente la lengua inglesa obtendría los
más ridícu los resultados.
Después de esta introducción un poco general, en
los próxim os núm eros de
esta re v is ta 148 intentaré profundizar
148 Los otros dos escritos sobre la Situación
en Inglaterra se pu
blicaron como dos
series de artículos
en el Vorwarts!
de París. Cfr. Die. Lage Englands I. Das achzfihnte
Jahrhundert (El siglo x v i i i ), en Vorwarts!
París na. 70
del 31 de
agosto, 72 del
7 de septiembre
y 73
221
m ás en la situación inglesa y en su problem a
central, la si tuación de la clase trabajadora. La situación inglesa es de
inconm ensurable im portancia para la
historia y para
todos los países: efectivam ente, en
lo que a
las relaciones sociales se refiere, Inglaterra es, con m
ucho, el m ás adelantada de entre todos los países.
del 11 de septiembre de 1844; y Die Lage Englands.
II. Die englische Konstitution (La constitución
inglesa), ivi, nn.
75 del 18
de septiembre, 76 del 21 de
septiembre, TI del
25 de septiembre,
78 de] 28 de septiem
bre, 80 del
5 íle octubre,
83 del 16
de octubre y
84 del 19
de octubre
de 1844.
Lo cuestión Judía
por
Karl Marx ■<>;
V '
1. Bruno
Bauer, «El problema judío», Braunschweig, 1843.
— 2. Bruno
Bauer, «La capacidad
de los judíos y de los cristianos de hoy
para llegar a ser
libres», de los « Veintiún
Pliegos desde Suiza», a cargo de Georg Herwegh, Zurich y W interthur, 1843, pp.
56-7l . m
i
Los judíos
alem anes aspiran a la
emancipación. ¿A qué em ancipación aspiran? A la emancipación cívica, a la em
an cipación política.
Bruno Bauer les contesta: en Alemania nadie está
políti cam ente emancipado. N osotros mismos carecemos de liber tad, ¿Cómo vamos a liberaros a
vosotros? Vosotros, judíos, sois unos egoístas al exigir una em
ancipación especial para vosotros, en
cuanto judíos. E n
cuanto alemanes tendríais
que tra b a ja r para la em ancipación política de Alemania, y como hom
bres por la em ancipación hum ana y no
sentir el tipo especial de
vuestra opresión y vuestra ignorancia
como una excepción a la regla, sino como su confirmación.
¿O es que lo que pretenden los judíos es que
se les equi pare a los súbditos
cristianos? Entonces reconocen
la legiti m idad del Estado
cristiano, reconocen el régim en de sojuz-
m Cfr. Bruno
B a u e r , Die Judenfrage, Braunschweig,
1843; Bruno Bau^r, Die Fahigkeit
der heutigen luden
und Christen, frei
zu werden, en Eimmdzwanzig Bogen
aus der Schweiz. Herausgegeben von Georg Herwegh. Zurich und WmíertLiur, 1843.
pp. 56-71.
223
gamiento
general. ¿.Por qué
les desagrada su
yugo especial, si les agrada el
yugo general? ¿Por qué ha de interesarse el alemán, por la liberación del
judío, si el judío no
se interesa por la liberación
alemana?
El E stado cristiano sólo conoce privilegios.
El judío po see
en él el privilegio de ser judío.
Tiene como judío,
dere chos de los cuales los
cristianos carecen. ¿Por
qué aspira a derechos que no
tiene y que los cristianos disfrutan?
Cuando el judío pretende que se le emancipe del
Estado cristiano, exige que el Estado
cristiano abandone su
prejui cio religioso. ¿Acaso él,
el judío, abandona el suyo? ¿Tiene, entonces, derecho a exigir de otros que
abdiquen de su reli gión?
El Estado cristiano
no puede, con
arreglo a su
esencia, em ancipar a los judíos, pero,
además, añade Bauer,
el judío no puede, con arreglo a
su esencia, ser emancipado. Mien
tras el Estado siga siendo cristiano y el judío,
judío, ambos serán igualm ente
incapaces de otorgar
la em ancipación el uno y de recibirla el otro.
El Estado cristiano
sólo puede com portarse
con respecto al judío a la m
anera del Estado cristiano, es decir,
a la ma nera del privilegio, consintiendo que se
segregue el judío de entre los demás
súbditos, pero haciendo que sienta
la pre sión de las otras esferas
m antenidas aparte y que
las sientan con tanta m ayor
fuerza cuanto m ayor sea el antagonismo re ligioso del judío frente a la
religión dom inante. Pero tam poco el judío, por su parte, puede
com portarse con respecto al Estado, más que a la m anera
judía, es decir,
como un extraño al Estado,
oponiendo a la nacionalidad real su nacio nalidad quim érica y a la ley real
su ilusoria ley,
creyéndose con derecho a m antenerse al m argen de la hum anidad, a no
participar, p o r principio del movim iento histórico, a aferrarse a la esperanza en el futuro, que
nada tiene que ver con el fu
turo general del hom bre, considerándose a sí mismo como m iem bro del pueblo
judío y al pueblo judío como el pueblo elegido.
¿ En aras de qué, entonces, aspiráis los judíos a
la eman cipación? ¿ En aras de vuestra religión? Se trata de la ene miga m
ortal de la religión del Estado. ¿En
cuanto ciudada nos? En Alemania,
la ciudadanía no
se reconoce. ¿ En
cuan to hom bres? No
sois tales, -del
mismo modo que
tam poco lo son aquellos a quienes recurrís.
224
Bauer plantea en térm inos nuevos el problem a de
la em an cipación de los
judíos, después de
ofrecem os una crítica
de los planteam ientos y soluciones anteriores. ¿Cuál es, se pre- z''
gunta, la naturaleza del judío a quien se tra ta de em ancipar
y la del Estado que tiene que em anciparlo?
Y contesta
con una crítica de
la religión judaica,
analiza la antítesis religiosa entre el judaism o y el
cristianism o y esclarece la
esencia del Estado
cristiano, todo ello
con auda cia, agudeza, espíritu
y profundidad y con un estilo
tan ri guroso como eficaz y
enérgico.
¿Cómo, pues, resuelve Bauer, la
cuestión judía? ¿Cuál
es el resultado? JLa form ulación de un problem a equivale a su
resolución. La crítica
de la cuestión
judía es la
respuesta a esta cuestión y el
resultado resum ido es el siguiente:
Antes de poder em ancipar a otros, tenem os que em
pezar por em anciparnos a nosotros mismos.
La form
a más
rígida -de la
contradicción entre -el
judío y el cristiano es la contradicción
religiosa. ¿Cómo se
resuel ve una contradicción?
Haciéndola imposible. ¿Y
cómo se hace imposible una contradicción
religiosa^ Aboliendo la re ligión, En cuanto el judío y el cristiano
reconozcan que sus respectivas religiones no son más que diferentes fases de
desarrollo del espíritu humano, diferentes
pieles de serpien te
que ha cambiado la y el hom bre la
serpiente que m uda en ellas de piel, dejarán de
enfrentarse a nivel religio so, para hacerlo solam ente a nivel crítico, científico, en un
plano hum ano. La ciencia constituirá, pues, su unidad. Y las contradicciones
a nivel
de la ciencia
serán resueltas p o r
la m ism a ciencia.
Efectivam ente, el
judío alemán se enfrenta
con la falta de em ancipación
política general y con el acusado carácter cristiano del Estado, Para Bauer, la
cuestión judía tiene, sin embargo, un alcance general, independiente
de las cuestio nes alem anas específicas. Se tra ta
del problem a de las rela ciones de la religión con el
Estado, de la contradicción
entre los prejuicios religiosos y la emancipación política. La em an
cipación religiosa se plantea como
una condición, tanto
para el judío que quiere em anciparse políticam ente como para el Estado
que ha de em ancipar y que tiene que,
al mismo
tiem po, ser em ancipado.
«Perfectam ente, se
dice, y lo dice
el judío mismo, el
judío
tiene
que ser emancipado,
pero en cuanto
judío, no por que
225
15
sea judío, no porque profese principios m orales
tan excelen tes y universalm
ente hum anos, el judío
desaparecerá, en cuanto tal, tras
su condición de
ciudadano, y será ciudadano a
pesar de ser
judío y de perm
anecer judío; es
decir, será y perm anecerá judío,
a pesar de
ser ciudadano y
de estar enm arcado en unas
relaciones generales hum anas: su ser
judío y lim itado seguirá triunfando
siem pre y a la
postre sobre sus deberes hum anos y políticos. Se m antendrá
en pie el prejuicio, a pesar de que sobre él dom
inen los principios generales. Pero
sí queda en
pie, dom inará, por
el contrario, a todo lo demás.»
«Sólo engañosa y falazm ente, podría el judío seguir siendo judío en la vida del Estado; la m era apariencia sería, por lo
tanto si quisiera seguir siendo judío,
.lo esencial y lo que acabaría
triunfando; es decii',
su vida en el
Estado sería una m
era apariencia o
una excepción m o m entánea frente a la
esencia y a
la regla.» («Die
Fahigkeit der heutigen Juden und Christen, frei zu werden», Veintiún
pliegos, p. 57.)
Veamos, por otra parte, cómo
plantea Bauer la
función del Estado:
«Francia — dice— nos ha ofrecido recientem ente
(Debates sostenidos en la Cám ara de los Diputados el 26 de de
diciem bre de 1840) con relación
a la cuestión judía —como, cons tantem
ente, en todas las cuestiones políticas (desde la rev<> lución de Julio)—
el espectáculo de una vida Ubre, pero re vocando su libertad en la ley, es
decir> declarándola una simple apariencia y, p o r otra parte,
refutando sus leyes
li bres con los hechos.» («Judenfrage», p. 64.)
«En Francia, la libertad general todavía no es ley,
la- cues tión judía aún no ha sido resuelta
tampoco, porque la
liber tad legal —la norm a de que todos los ciudadanos
son igua les— se ve coartada en
la realidad, todavía dom inada y es cindida por los privilegios
religiosos, y esta
falta de libertad de la vida repercute sobre la ley y
la obliga a sancionar la división de los ciudadanos, de p o r sí
libres, en oprim idos y opresores» (p. 65).
¿Cuándo, entonces, va a resolverse para
Francia, la cues tión judía?
«El judío
dejaría de ser
necesariam ente judío si
su ley no le im pidiera cum plir
con sus
deberes para con
el Estado y sus conciudadanos, como por ejemplo,
ir en sábado
a la Cám ara de D iputados o tom
ar parte en las deliberaciones
2 2 6
públicas. H abría que abolir todo privilegio
religioso en gene ral, incluyendo por lo tanto el monopolio de una iglesia
pri vilegiada, y cuando uno o varios,
o incluso, ía
gran mayoría se creyeran obligados
a cum plir con
sus deberes religiosos, el cum plim iento de esos deberes
debería dejarse a su propio arbitrio como asunto puramente
privado » (p. 65).
«Cuando no haya religiones privilegiadas, la religión habrá dejado de
existir. Quitadle a la religión su fuerza excluyente, y ya no habrá religión»
(p. 66). «Del mismo modo que el
señor Mar tin du N
ord ,s> considera la
propuesta encam inada a supri m
ir la mención del domingo en la ley como una propuesta dirigida a declarar que
el cristianism o ha dejado
de existir, con el mismo
-derecho (derecho perfectam ente justificado) la declaración de que la ley sabática
no tiene ya fuerza de obligar para el
judío equivaldría a proclam ar la
abolición del judaismo.» (p. 71).
Bauer exige,
por lo tanto, de
una parte, que
el judío aban
done el judaism o y que el hom bre abandone la
religión en general para em anciparse en cuanto ciudadano. Y, por otra parte,
considera, consecuentem ente, la abolición
política de la religión como
abolición de la religión
en general. El
Esta do que presupone la religión no
constituye todavía un Es tado auténtico, un E stado real. « Indudablem
ente, la creencia religiosa ofrece al
Estado garantía. Pero
¿a qué Estado?
¿A qué tipo de Estado?» (p. 97).
En este punto se pone de m anifiesto la form
ulación uni lateral de la cuestión judía.
No basta, ni m ucho m enos, con detenerse
a investigar quién ha de em
ancipar y quién debe ser emancipado.
La crí tica tiene que preguntarse,
además, oíra cosa,
a saber: de qué clase de emancipación política, se
trata; qué condiciones van im plícitas en la naturaleza
de em ancipación que se pos tula. La
crítica de la emancipación política m ism a
era, en rigor, la crítica final
de la cuestión judía y su verdadera disolución en el ám bito de los «probtemas
generales de la época».
]
Bauer incurre en
contradicciones por no
elevar el probie-
;m a a esta
altura. Pone condiciones
que no tienen
su funda m ento en la esencia de
la em ancipación política misma . For mula preguntas que
su problem a no
contiene y resuelve pro-
Nicolás Ferdinand Martin, llamado du Nord
(1790-1847), político francés, ministro de Justicia en 1840.
227
bleraas que dejan su pregunta sin contestar.
Cuando Bauer dice, refiriéndose a
los adversarios de la emancipación de los judíos: «Su erro r consistía solam
ente en p a rtir del supues to del
Estado cristiano como el único
verdadero y en no someterlo a la misma
crítica con que enfocaban
el judais mo» (p. 3), encontram
os que el erro r de Bauer reside en que somete a crítica solamente el «Estado
cristiano» y no el «Es tado en general», en que no investiga la
relación entre la emancipación política y la emancipación humana, lo
que le lleva a poner condiciones
que sólo pueden explicarse por la confusión, carente de espíritu crítico, de la
emancipación política con la
emancipación hum ana en general. Y si Bauer pregunta a los judíos. ¿Tenéis,
desde vuestro punto de vista, derecho a aspirar a la emancipación política ?
Nosotros pre guntam os a la inversa: ¿Tiene el punto de vista de la eman
cipación política derecho a exigir del judío la abolición del judaism o y del
hom bre en general la abolición
de la reli gión?
La cuestión judía presenta una
fisonomía diferente, se gún el Estado en que el judío viva. En Alemania,
donde no existe un Estado
político, un Estado como tal Estado, la cuestión judía es una cuestión puram ente
teológica. El judío se encuentra en contraposición religiosa con el Estado que
profesa el cristianism o como su fundam
ento. Ese Estado
es un teólogo ex profeso. La crítica es aquí, crítica
de la teolo gía,
una crítica de
doble filo, crítica
de la teología
cristiarm y una crítica de la teología judía, Pero aquí, nos seguimos
moviendo en el m arco de la teología, por mucho que crea mos m ovem os
críticament'e dentro de ellos.
En Francia, Estado constitucional, la cuestión
judía es el problem a del constitucionalism o, el problem a de la emanci
pación política incompleta . Al conservarse
aquí la apariencia de una
religión de Estado, aun bajo una fórm
ula insignifi cante y contradictoria
consigo m ism a, la fórm ula de una re ligión de la mayoría, la actitu d de
los judíos ante el E stado conserva la apariencia de una contraposición
religiosa, teo lógica.
Sólo en los Estados libres de N orteam érica o por
lo me nos en parte de ellos, pierde la
cuestión ’ju día su significado teológico, para convertirse en -una
verdadera cuestión terre nal. Solam ente allí donde el Estado
ha conseguido su total realización, la relación del hebreo, la del hom bre
religioso
228
en general, con el Estado político, es decir, la
relación de la rejigión con el Estado, puede presentarse en
su particulari dad y nitidez. La
crítica de esta relación
deja de ser
teoló gica en el m om ento en que el Estado deja de com portarle
teológicam ente con respecto a la
religión, en cuanto
empieza a com portarse como Estado, es decir políticamente, con res
pecto a ella. La crítica se hace entonces crítica del Estado político. Y en
este punto precisam ente, en cuanto la
cuestión deja de ser teológica, la crítica de Bauer deja de ser crítica.
«7¿ n'existe aux Etats-Unis ni réligion de l'Etat,
ni religión declarée celle de la m
ajorité ni prééminence
d'un cuite sur un autre. L ’E stat est étranger d touts
les cuites» (Marie ou Vesclavage aux Etats-Unis, etc., por G. de Beaumont, París, 1835, p. 214).i5! Es cierto
que existen algunos
Estados norte am ericanos en los que «la constitutlon n rim
pose pas les ero- yances religieuses et
la practique d ’un
cuite comme condi- tion des privileges politiques » (1,
c., p. 225). Sin embargo, «on ne croit pas aux Etats-Unis qu ’un homme
sans religión puisse étre un
honnete hom m e » (1,
c., p. 224).
A pesar de
lo cual N orteam érica es el
país de la
religiosidad, como unánim e m ente nos
aseguran Beaum ont, Tocqueville
y el británico H am ilton.152 Por otro lado los
Estados americanos nos sirven sólo de ejemplo. El problem a estriba en saber
cómo se articula una completa em ancipación política en relación a la religión.
Si hasta en un país de em ancipación
política com pleta nos encontram
os, no sólo con la existencia de
la reli gión, sino la existencia
vivaz y vital de la religión ello será la prueba de que la existencia de la
religión no contradice la perfección del Estado. Pero dado que ía existencia
de la
re ligión es la existencia de
un defecto, la fuente
de ese defecto no podemos seguir buscándola sólo en
la esencia del Estado mismo. Para nosotros, la religión ya no constituye el
funda mento, sino sim plem ente el fenómeno de la lim itación terre nal. Por
lo tanto, el carácter burdo de la
religión del ciuda dano libre nos lo explicam os por sus
ataduras terrenales. No estam os afirm ando que tengan que acabar con su lim
itación religiosa para poder d estru ir sus b arreras terrenales. Lo que
151 Gustave
Auguste Beaumont de
la Bonniniére (18024866).
escri bió junto con Tocqueville,
el Sysíéme pénitentiaíre aux
Etats-Unis, Pa rís, 1833. Autor
además de Marie, ou Vesclavage aux
Etats-Unis, París, 1835, y de L'iríande
sociale, politique et
religieuse, París, 1839
y 1842.
151
Thomas Hamilton (1789-1842),
científico y escritor
escocés, au- torj en 1833, de Men and Manners in America.
229
afirm am os es
que acabarán con
sus lim itaciones religiosas en cuanto destruyan sus barreras
terrenales. No estam os con virtiendo los problem as terrenales en problem as
teológicos. Después de haber
asistido durante siglos
a la disolución
de la historia en la superstición, ahora
disolvemos la supersti ción en la historia. El problem a
de las relaciones de la em an cipación política con la
religión, para nosotros
se convierte en el problem a de
las relaciones de la
emancipación política con la
emancipación humana. Criticam os la debilidad reli giosa del Estado político,
al criticar al Estado político, pres cindiendo de las debilidades religiosas,
en su estructura secular. H um anizam os la contradicción del Estado con una
determinada religión, por ejem plo, con el judaísm-o,
viendo en ella la contradicción del Estado con
determinados elemen tos seculares, hum anizam os la contradicción
del E stado con la religión general, al ver en ella la
contradicción del Estado con sus premisas en general.
La em ancipación política del judío, del cristiano
y del hom bre religioso en general es la emancipación del Estado del judaism o,
del cristianism o, y de
la religión en
general. En su form a, a
la m anera que
corresponde a su
esencia, el E stado en cuanto
Estado se em ancipa de la religión al eman ciparse de la religión del Estado ,
es decir, cuando el Estado, como tal Estado, no profesa religión
alguna, cuando el Esta do se
reconoce precisam ente tal.
La em ancipación política de la religión no
es la em ancipación
de la religión
definitiva y coherente, porque la em ancipación política no eg la form a
definitiva y coherente de la em ancipación humana .;
La lim itación de la em ancipación política se m
anifiesta inm ediatam ente en el hecho de qtie
el l i s t a d o puede liberar se de un vínculo sin que
el hom bre se libere
realmente de él, en que el Estado
puede ser un. justado Ubre, sin
que por ello el hom bre sea un
hombre libre. [Tácitamente esto está adm
i tido por el m ism o
B auer cuanáo, a modo de
condición de la em ancipación
política, establece que: «Todo privilegio en general, incluyendo, p o r lo
tanto, el monopolio de una Iglesia privilegiada, debería abolírse, y si
alguno o varios
o, inclu so, la gran mayoría se creyeran obligados a
cum plir con sus deberes religiosos, el cum plim iento de esos deberes
tendría que dejarse a su
propio arbitrio, en
cuanto asunto puramen te privado
». Por lo tanto, el E stado puede
haberse em anct pado de la
religión incluso cuando la gran mayoría siga sien-
230
do religiosa. Y esa gran mayoría no
va a dejar
de ser reli giosa
por el hecho
de que su
religiosidad sea algo
pura m ente privado.
Pero la actitud del Estado ante la religión, particularm en- / te del Estado libre, no es más
que la actitud
de los hombres que form an el E stado ante la religión.
De donde se infiere que el hom bre, a
través del Estado,
políticamente se libera de una lim itación, al ponerse-aa contradicción
consigo m is mo, al sobreponerse
a esa lim itación de un modo abstracto
y limitado, de un modo parcial. De donde tam bién
puede de ducirse que, adem ás, el hom
bre liberándose políticam ente, se libera dando un rodeo,
liberándose a travé.s de un medio, aunque
se trate de
un medio necesario.
Y, finalm ente, que el hom bre, aun cuando se proclam e ateo
por m ediación del Estado, es decir,
proclam ando al Estado
ateo, sigue sujeto a las ataduras religiosas, precisam
ente porque sólo se reco noce a sí mismo
m ediante un rocino,
a través de
un medio. La religión es,
precisam ente, el reconocim iento del hom bre dando un rodeo.
A través de
un mediador. El
Estado es un m ediador entre el hom bre y la libertad
del hom bre. Así como Cristo es el m ediador
sobre quien el hom
bre descarga toda su divinidad» toda su servidumbre
religiosa, así tam bién el Estado es el m ediador al que transfiere toda su esencia
te rrena, toda su no-servidum bre hum ana.
La elevación política del hom bre por encim a
de la reli
gión com parte todos los
inconvenientes y todas
las ventajas de la elevación
política, en general. El Estado, en cuanto tal, anula, p o r ejem plo, la p r o
p ie d a d privada, el hom bre declara abolida la propiedad privada, de un modo
político, cuando suprim e el censo de riqueza en la obtención del derecho al sufragio
activo y pasivo, tal y como ya se ha
hecho en m u chos de los E stados de N orteam érica.
Este hecho es inter pretado con toda exactitud p o r Hamilton, desde el punto
de vista político, cuando dice: «La gran masa ha triunfado so bre los
propietarios y sobre la
riqueza monetaria ».153 ¿Acaso no está idealm ente suprim ida la
propiedad privada cuando el desposeído se convierte en
legislador de los
que poseen? El censo es la últim a form a política de
reconocim iento de la propiedad privada.
153 Cfr.
Thomas H a m ilto n , Die Menschen und die Sitien in den Ve- reinigten Staaten von
Nordamerica, Naoh die
3, englische Auflage ufaers. von L. Hout. Mannheim, 1834,
val I, p. 14ó.
231
Sin embargo, ía anulación política
de la propiedad
priva da no sólo no acaba con la propiedad privada, sino que, además,
la presupone. A su m anera, el Estado anula las di ferencias de nacimiento, de
estado social, de cultura y de ocupación cuando declara el nacim iento, el
estado social y la ocupación del hom bre como diferencias no políticas, al pro
clam ar a todo m iem bro del pueblo, sin tener en cuenta esas diferencias,
partícipe por igual de la soberanía popular, cuan do tra ta a todos los elem entos
de la vida
real del pueblo desde el punto de vísta del Estado.
No obstante, el
Estado deja que la propiedad
privada, la cultura y
la ocupación actúen a su modo, es
decir, como propiedad privada, como cultura y como ocupación, y hagan valer
su especial natu raleza. Lejos de acabar con esas diferencias de
hecho, el Estado existe sólo
sobre esas prem isas, se siente sólo como Estado político y sólo hace valer su
generalidad en contra posición a esos elem entos suyos.
Por eso Hegel
determina. con toda exactitud la
actkud del Estado
político con res pecto a la religión cuando afirm a;
«Para que el E
stado co bre existencia
como realidad moral
del espíritu que
se sabe a sí misma, es necesario
que se distinga de la form a de la autoridad y
de la fe;
y esa distinción
sólo se m anifiesta
en la m edida en que
el E stado eclesiástico
llega a separarse; sólo así, por encima de las
Iglesias particulares, el Estado ha conquistado la universalidad del pensam
iento, el princi
pio de la propia form a
y le da
existencia» (Hegel, Filosofía del derecho, 1.a Ed., p. 346).í5*
Indudablem ente, sólo así, por encima de los elem entos especiales, se
constituye el Estado como generalidad.
El
Estado político perfecto
es, p o r su esencia, la
vida del
hom bre en cuanto especie, en oposición a su vida m
aterial. Todos los presupuestos de esa vida egoísta siguen vigentes al margen
de la esfera del Estado, en la sociedad
burguesa, pero como cualidades de la sociedad civil. Allí donde
el Es tado ha
logrado un auténtico
desarrollo, el hom bre
lleva, no sólo en el pensam iento, en la conciencia, sino en la
reali dad, en la existencia, una doble
vida, una celestial y una terrenal, la
vida en la comunidad política, en la que se con sidera como ser colectivo, y la vida en M
vocSsitad civil, en la
154 G. W.
H b g e l, Grunálinien der Philosophie des Rechtes oder Naturrecht und
Staatswissenschaft im Grundrisse,
en Werke, Berlín 1833, vol III, p. 346.
232
que actúa como particular; considera
a los otros
hom bres como medios, se degrada a sí mismo como medio y se con- ,
vierte en juguete de poderes extraños. Con respecto a la
j sociedad civil, el Estado
político se com porta de un m odo/ tan espiritualista como el cielo eos
respecto a la tierra. Se encuentra en oposición con ella y la supera del mismo
modo que la religión supera la lim itación del
mundo profano, es decir, reconociéndola -otra vez, restaurándola y
dejándose necesariam ente dom inar por ella. El hom bre, en su inme diata
realidad, en la sociedad civil, es
un ser profano.
Aquí, donde pasa ante sí mismo y
ante los otros
por un individuo real es una m anifestación carente
de verdad. Por
el contra rio, en el
Estado, donde el hom
bre es
considerado como un ser genérico, es el m iem bro im aginario
de una presunta so beranía y está
privado de su
vida real individual
e inmerso en una irreal
universalidad.
El conflicto en que se encuentra el hom bre, en
cuanto seguidor de una religión particular, con su posición de ciuda dano, y
el resto de los hom bres en cuanto m iem bros de la comunidad, se reduce a la
escisión terrena entre Estado po lítico
y sociedad burguesa. Para el hom
bre, en
cuanto bur gués «la vida en el
Estado es sólo apariencia o una
momen tánea excepción
contra la esencia
y la regla».
Indudable m ente, tanto el burgués como el judío, se insertan sólo so
físticam ente en la vida del Estado, del mismo modo que sólo sofísticam ente en
la vida el citoyen sigue siendo judío o bour- geois, pero esa sofística no es
personal. Se tra ta
de la sofís tica del mismo Estado político. La
diferencia entre el hom bre religioso y el ciudadano es
la m ism a que
existe entre el co
m erciante y el ciudadano, entre el jornalero y el ciudadano, entre el terrateniente y el
ciudadano, entre el individuo vi viente y el ciudadano. La contradicción entre
el hom bre po lítico, y el hom bre religioso es la m ism a contradicción que
existe entre el citoyen y el bourgeois, entre la piel de león política del m iem bro
de la sociedad
burguesa y ese
mismo m iem bro.
B auer deja en pie esa secular pugna a la que, a
fin de cuentas, se reduce la cuestión
judía, es decir, la relación entre el Estado político y sus presupuestos, áunque se tra ta
de ele m entos m ateriales,
tales como la propiedad privada, etc., o espirituales, como educación, religión,
la contradicción entre el interés
general y el
interés privado , la
fractura entre el
233
Estado político y la sociedad burguesa, m ientras
que, sin em bargo, polemiza contra
su expresión religiosa.
«Precisamente su fundam ento, la necesidad que asegura a fe sociedad b
ur guesa su existencia y garantiza su necesidad, expone su exis tencia a
constantes peligros, nutre en ella un
elem ento inse guro y provoca
aquella mezcla, sujeta
a constantes cambios, de pobreza y riqueza, de penuria y
prosperidad, provocan el cambio, en general (p. 8).
Confróntese todo el capítulo titulado «ía sociedad
civil» (pp. 8 y 9), escrito de acuerdo
con el esquem a
de la filosofía del derecho de Hegel. La sociedad
burguesa, en su contra posición al E stado político, se reconoce como necesaria
por que el E stado político se reconoce como necesario.
No cabe duda de que la emancipación política supone
un progreso enorm e, y aunque no sea la últim a form a de la emancipación hum ana
en general, sí
es la foriña últim a de la em ancipación hum ana
dentro del orden del m undo actual. Y claro está que nos estam os refiriendo a
la em an cipación real, a la emancipación práctica.
El hom bre se em ancipa políticamente de
la religión cuan do la destierra
del derecho público al privado. La
religión ya no es el espíritu del Estado, donde el hom
bre, aunque sea de un m odo lim itado, bajo una form a
especial y en una pe* culiar esfera, se
com porta como ser genérico, en com unidad con “o tros hom bres; se ha
convertido ahora en
el espíritu de la sociedad burguesa,
de la esfera
del egoísmo, del
bellum om nium contra omnes. Ya no se tra ta de la esencia de la
comunidad, sino la esencia de la diferencia.
Se ha convertido en expresión de la separación del
hom bre de su
comunidad, de sí mismo y del resto de los hom bres,
lo que originaria mente era.
No es m ás
que el reconocim iento abstracto
del c a rá c te r . particularm ente absurdo, de la extravagancia pri vada. El
infinito fraccionam iento de la religión
en los E sta dos Unidos, le confiere, ya exteriormente
la form a de un asunto puram ente individual. La religión
se ha visto derro cada para descender al m undo de
los intereses privados y ha sido desterrada de la com unidad
como tal comunidad.
Pero no nos engañemos acerca de las lim itaciones de la em anci pación política.
La escisión del hom bre entre público y
pri vado, la dislocación de la
religión con respecto
al Estado, para desplazarla a la
sociedad burguesa no constituye una fase, sino la coronación de la
em ancipación política, la cual,
234
por lo tanto, ni suprim e ni aspira a suprim ir la
religiosidad
real del hom bre.
La desintegración del hom bre en judío y ciudadano,
en I protestante y ciudadano,
en hom bre religioso
y ciudadano/ no es una m entira
contra la ciudadanía, no es una
evasión de la em ancipación política, sino que es la emancipación
po lítica m ism a, es el m odo político de la em ancipación de la religión. Es cierto que, en
las épocas en
que el Estado
polí tico brota violentam ente, en
cuanto Estado político,
del seno de la sociedad burguesa,
donde la autoliberación hum ana aspira a
realizarse en form a de autoliberación política,
el Estado puede y debe avanzar
hasta la abolición de
la reli gión, hasta su
destrucción, pero sólo en el modo en
que pro cede a
la abolición de
la propiedad privada,
hasta las tasas m áximas, a la confiscación, hasta el
im puesto progresivo, como procede a la abolición
de la vida,
hasta la guillotina. En los m om entos en que l a '
vida política tiene particular
conciencia de sí, tra ta de aplastar a lo que no es sino su
prem isa, la sociedad burguesa y sus elem entos, y
a consti tuirse en la vida genérica real del hom bre, exenta de contra
dicciones. Sólo puede conseguirlo, sin embargo, m ediante las contradicciones
violentas con-sus propias condiciones de vida, declarando la revolución como
perm anente y el dram a
polí tico term ina, por lo tentó, _no menos necesariam ente con la
restauración de la religión, de la propiedad privada, de
todos los elem entos de la
sociedad burguesa, del mismo modo
que la guerra term ina con la paz.
Efectivam ente,
el llam ado Estado
cristiano que profesa el cristianism o como religión de E
stado y adopta, consi guientem ente una actitud excluyente con respecto a
otras re ligiones, no es el Estado cristiano acabado, sino más bien el Estado
ateo, el E stado democrático,
e l Estado que
relega a la religión ju n to con
el resto de los efem entos de la sociedad burguesa. Al Estado que es
todavía teólogo, que m antiene todavía
oficialm ente la profesión de fe del
cristianism o, que aún no se
atreve a proclam arse como Estado,
no logra
toda vía expresar en form a profana, humana, en su realidad como Estado
el fundam ento hiüaaano cuya expresión superabun dante es el cristianism o. El llamado E stado
cristiano sólo es, sencillamente, el no-Estado no el cristianism o en cuanto
re ligión, sino sólo el substrato hum ano de la religión cristiana puede
conducir a creaciones realm ente hum anas.
235
El llam ado Estado cristiano es la negación
cristiana del Estado, pero de ningún m odo la realización estatal del cris
tianismo. El Estado que sigue profesando el Cristianism o en form a de religión no lo profesa en form
a de
Estado, pues se com porta
todavía religiosam ente ante
la religión; es
decir, no es la ejecución real del fundamente? hum ano de
la reli gión,, porque todavía
apela a la irrealidad, a la form a
imagi naria de ese meollo
hum ano. El llamado Estado cristiano es
el Estado imperfecto, y la religión cristiana le sirve
de com plem ento y de
santificación de su
imperfección. La religión se convierte' para él, por lo tanto
y necesariam ente en un medio, y ese Estado es el Estado de la
hipocresía. Existe una gran
diferencia entre que
el Estado perfecto cuente, entre sus prem isas, con la religión, en
razón de la deficiencia siem pre im plícita en la
esencia general del Estado, o qu£ el Es
tado im perfecto declare la religión como su fundam ento en razón de la deficiencia que su existencia
especial lleva con sigo, como Estado defectuoso. En
el segundo caso,
la reli gión se convierte en
política imperfecta. En
el prim er caso se acusa en la religión la imperfección
m ism a de la política perfecta. El llam ado Estado cristiano necesita de la
religión cristiana para perfeccionarse como Estado, El Estado dem o crático,
el Estado real, no necesita de la
religión para su perfeccionam iento político. Al revés, puede prescindir de la
religión, ya que en él
el fundam ento hum ano
-de la religión se realiza de un modo profano. El
llamado Estado cristiano, por el contrarío, se com porta
políticam ente con respecto a la religión y religiosam ente con respecto a la
política. Y, degra dando a m era apariencia las form as de Estado, degrada tam
bién la religión a m era apariencia.
Para aclarar esta antítesis, vamos a exam inar la
cons trucción, según Bauer, del Estado cristiano, construcción sur gida de la
contem plación del Estado cristiano-germánico.
«Últim am ente —dijo Bauer— suelen
invocarse para de m o strar la imposibilidad o la
inexistencia de un Estado cris tiano, esas sentencias de los Evangelios que el
Estado [ac tual] no sólo no acata,
sino que tam poco puede acatar, si no quiere disolverse totalm ente» [en cuanto
E stado]. «Pero la cosa no se resuelve tan fácilm ente. ¿Qué postulan
de hecho esas sentencias
evangélicas? La negación sobrenatural de sí mismo, la sum isión a ía
autoridad de la
revelación, la repul sa del Estado, la abolición de las
relaciones seculares. Pues
bien, todo eso es lo que postula y lleva a cabo el Estado
236
cristiano. E ste Estado ha hecho suyo el espíritu
del Evan gelio, y si no
lo predica con
las m ism as palabras
co n . que ; es expresado en el
Evangelio, es porque sencillamente, mani-y fiesta ese espíritu en form as
estatales, o sea, en form as de-/
rivadas de la esencia del Estado y de este mundo, pero
que quedan reducidas a m era apariencia, en ese renacim iento re
ligioso que se
ven obligadas a
experim entar. Ese Estado
es la repulsa del Estado que se lleva a cabo bajo ias form as estatales» (p. 55).
Bauer sigue después dem ostrando cómo el pueblo del
Es tado cristiano es,
sencillamente, un no-pueblo,
que no posee m ás que una voluntad, pero cuya
verdadera existencia reside en el jefe al que se
ha sometido, cuyo
origen y naturaleza,
sin em bargo le es extraño,
es decir, fue
instituido por Dios, sin cooperación por su parte, del mismo
modo que las
leyes de este pueblo no son obra
suya, sino revelaciones
positivas, de las que su caudillo
tiene absoluta necesidad, así como de m
ediadores privilegiados p ara entenderse con el verdadero pueblo, con la masa,
escindida en infinidad de círculos par ticulares form ados y
determ inados por el azar, distinguibles y distintos entre sí p o r sus
intereses, peculiares pasiones y prejuicios, y que reciben como si se tra tara
de un privilegio la autorización
para deslindarse los
unos de los
otros, etc. (p. 56).
Bauer m ism o dice después. «Cuando la política no
pre tende ser m ás que religión, no
puede ser política,
lo mismo que no podem os
considerar como asunto
doméstico el acto de fregar cacerolas si lo hiciésemos
a modo de
rito religio so.» (p. 108). Pues
bien, en el Estado cristianogerm ánico la religión es
un «asunto doméstico»
del mismo modo
que los
«asuntos dom ésticos son religión». En el Estado
cristiano- germánico, el poder de la
religión es la
religión del poder. La
separación del « espíritu
del Evangelio» de
la « letra del Evangelio»
es un acto
irreligioso. El Estado que hace
hablar al Evangelio con las palabras de la
política, con pa labras diferentes de las del Espíritu
Santo, comete un sacri legio, si no frente a los hom bres, cuando menos frente
a sus mismos ojos religiosos. Al Estado
que profesa el
cristianis mo como suprem a norm a, que tiene la Biblia por Constitu ción, se le deben oponer las
palabras de la Sagrada Escritura, porque la E scritura es Sagrada hasta
en la letra.
Ese E sta do, lo m
ism o que la
basura humana sobre
la cual descansa,
237
incurre en una aguda y dolorosa contradicción,
insuperable desde el punto de vista de
la conciencia religiosa,
cuando se le rem ite a aquellas
frases del Evangelio que
«no sólo no
acata, sino que tampoco puede acatar, si no quiere disol verse totalm ente ». Y ¿ por
qué no quiere disolverse com pleta m ente? El Estado del que hablam os no
puede contestar ni contestarse esta pregunta. Ante su propia conciencia, el Es
tado cristiano oficial es un deber ser,
cuya realización re sulta inasequible,
que sólo acierta
a com probar la realidad de su existencia m intiéndose a
sí mismo y que, por tanto, sigue siendo constantem ente ante sí
mismo un objeto
de duda, un objeto oscuro y problem ático. Por
eso la crítica está en su pleno
derecho cuando obliga ai Estado que es pecula con la Biblia a que reconozca lo
erróneo de su con ciencia, ya que ni él mismo sabe si se tra ta de fantasía
o realidad, desde el m om ento en
que la infam ia de sus fines terrenales, a los que la
religión sirve solam ente
de tapadera, se hallan en
insoluble contradicción con
la honorabilidad de su conciencia religiosa, que
ve en la
religión la finalidad
del m undo. Dicho E stado
sólo puede redim irse
de su torm ento in terio r convirtiéndose en
alguacil de la Iglesia católica. Eren
te a ella, frente a una Iglesia que considera el poder
secular como su brazo arm ado,
el Estado es im potente, im potente el poder secular que afirm a ser
el im perio del espíritu reli gioso.
E n el llamado E stado cristiano la alienación tiene
valor, pero 110 sucede lo m ism o con
el hom bre. El
único hom bre que vale, el rey,
es un ser
específicam ente diferente, distin to del resto de los hom bres, un ser
de por sí religioso, direc
tam ente relacionado con el
cielo, con Dios. Los
vínculos que se establecen aquí
siguen siendo vínculos basados en
la fe. Por lo tanto,
el espíritu religioso,
realm ente, todavía no se
ha secularizado.
Pero el espíritu religioso tam poco puede llegar a
seculari zarse realmente, porque ¿qué es ese espíritu sino la form a no
secutar de un determ inado grado de
desarrollo del espíritu hum ano? Pero el espíritu religioso
sólo puede llegar a reali zarse en la m edida en que el grado de desarrollo
del espíritu hum ano, del cual es expresión religiosa, se destaca y se
cons tituye en su form a
profana. El fundam ento
de este Estado no es el cristianism o, sino el
fundamento humano del cris tianism o. La religión sigue siendo la conciencia
ideal, no
238
secular, de sus m iem bros, puesto que es la form a
ideal del
grado humano de desarrollo que en él se lleva a
cabo.
Los m iem bros del E stado político son religiosos
póiNel dualismo existente entre la vida
individual y la
genérica, en'- tre la vida de la
sociedad burguesa y la vida política: son religiosos en la m edida que el hom
bre se com porta con res pecto a la vida del Estado, localizada en eí más allá
de su individualidad real, como con respecto a su verdadera vida;
religiosos en cuanto
que, aquí, la
religión es el
espíritu de la sociedad burguesa,
la expresión del
divorcio y del
aleja m iento del hom bre con
respecto al hom bre. La dem ocracia política es cristiana en la m edida en
que, en ella,
el hom bre, no sólo un hom bre sino cualquier hom bre, equivale a
un ser soberano, a un se? suprem o;
sin embargo, se tra
ta del hom bre en su form a m ás burda y
asocial, el hom bre en su existencia fortuita, el hom bre tal como vive y
vegeta, tal y como se encuentra corrom pido por toda la
organización de nuestra sociedad,
perdido a sí
mismo, enajenado, entregado al im perio de las relaciones y
elem entos más inhum anos; en una palabra, se tra ta del hom bre
que aún
no es un
genérico ser real La imagen fantástica, el sueño, el postulado del
cristianism o, el carácter soberano del
hom bre real, en
cuan to ser extraño, diferente del hom bre real, es, en la
demo cracia realidad sensible, presente, máxima profana.
En ía dem ocracia
perfecta, la m ism a
conciencia religio sa y
teológica tiene tanto más valor
religioso y teológico cuanto más carece, aparentem ente, de
significación política, de fines
terrenales, cuanto más se refiera,
siem pre aparente m ente, al
espíritu retraído del m undo, expresión de la limi tación del entendim
iento, producto de
la arbitrariedad y de
la fantasía, cuanto m ás es una vida real en el más allá. El cristianism o
adquiere la expresión práctica de su significado religioso-universal, en la m
edida en que las m ás dispares con cepciones del m undo se agrupan unas
junto a otras
en la form a del cristianism o
y, más
todavía, por el
hecho de que no se les plantea a otros ni síqúiera la
exigencia del cristia nismo, sino solam ente la de la religión general, de
cualquier religión (cfr. la citada obra de Beaum ont). La conciencia re
ligiosa se recrea en la
riqueza de la -antítesis religiosa y de la variedad religiosa.
Queda, por lo tanto, de m
anifiesto cómo la em
ancipa ción política de
3a religión deja
en pie la
religión, aunque no
239
/
una religión privilegiada. La contradicción en que
se encuen tra cualquier fiel de
una religión p articular con su ciuda
danía no es más que una parte de la contradicción general secutar entre el Estado político y la
sociedad burguesa. La perfección del Estado cristiano viene
dada por el Estado que se reconoce como tal y hace abstracción de la
religión de sus m iem bros. La em
ancipación del Estado con respecto a la religión no equivale a 3a emancipación
del hom bre real con respecto a ella.
De modo que, nosotros, contrariam ente a Bauer,
no de cimos a los judíos: vuestra em
ancipación política es impo sible sin
una radical em ancipación radical de vuestro judais mo. Más bien les dedm os: ya que os es
posible em anciparos políticam ente sin
llegar a desentenderos
radical y absoluta- m ente del judaism o, la
emancipación humana no equivale
a la emancipación política .
Cuando vosotros, judíos, queréis
em anciparos políticam ente sin em anciparos hum anam ente a vosotros mismos, la solución
a medias y
la contradicción en la que
incurrís no radica
en vosotros, sino
en la esencia
y en la categoría de la em
ancipación política. Si
seguís presos de esa categoría,
entonces quiere decir que estáis
partici pando de un proceso de
sujeción general. Del
mismo m odo que el Estado evangeliza
cuando, a pesar
de ser ya
Estado, se com porta cristianam ente con respecto a los judíos, así tam
bién el judío politiza cuando, a pesar de ser ya judío, ad quiere derecho de
ciudadanía dentro del Estado.
Pero si el hom bre, a pesar de ser
judío, puede emanci parse políticam ente, ad q u irir
-derechos de ciudadanía dentro del Estado ¿puede reclam ar y obtener los
llamados derechos hum anos ? Bauer lo niega. «El problem a estriba en saber
si el judío, en cuanto tal judío,
es decir, el
judío que confiesa por
sí mismo que se ve
obligado por su
esencia verdadera a vivir eternam
ente aislado del resto, es capaz de obtener y conceder a
los demás los
1derechos generales del
hombre.-»
«La idea de los
derechos hum anos no fue descubierta para el m undo cristiano sino
hasta el siglo pasado. No se tra ta de una
idea innata al hom bre, sino que el hom bre la va conquis tando en lucha
contra las tradiciones
históricas en las
que el hom bre había sido anteriorm ente educado. Los derechos hum anos no son, por lo
tanto, un regalo de la Naturaleza, un regalo de la historia precedente, sino el
fruto de la lucha contra el azar del nacim iento y contra los privilegios, que
240
la Historia, hasta el m om ento, venía transm
itiendo heredi tariam ente de generación en
generación. Son el
resultado de la cultura, y sólo
puede poseerlos quien haya sabido adqui
rirlos y
m erecerlos». I
«Ahora bien. ¿Puede realm ente el
judío llegar a
poseer esos derechos? M ientras siga siendo judío la esencia limi tada
que hace de él un judío tiene necesariam
ente que triun far sobre la esencia hum
ana que,
en cuanto hom bre,
le une al resto de los hom
bres y
le disocia de los judíos y,
a través de esa disociación
declara que la
esencia especial que
hace de él un judío es su
verdadera esencia suprem a ante la
cual tiene que relegarse
a un segundo
plano la esencia humana».
«Y del mismo
xnodo, al cristiano
le es imposible,
en
cuanto tal, garantizar ninguna clase de derechos
humanos,» (pp. 19-20).
Según Bauer, el hom bre, si quiere obtener los
derechos generales del hom bre,
tiene que sacrificar
el «privilegio de la fe». Detengámonos un m om ento a exam
inar ios llamados derechos hum anos, los derechos hum anos en su auténtica
forma, en la form a que les confirieron sus descubridores, los norteam ericanos
y franceses. En cierto modo, esos derechos hum anos son derechos políticos,
derechos que sólo pueden ejercerse en com unidad con el resto de los hom bres.
Su con tenido es la participación en
la comunidad, y
concretam ente en la com unidad política, en el Estado. Esos derechos hum a nos entran en la categoría de
la libertad política, en la cate goría de los derechos cívicos, que no
presuponen, ni mucho menos, como hemos
visto, la abolición absoluta
y positiva de la religión, ni tam
poco, consecuentem ente, y a m odo de ejemplo, la del judaism o. Queda
por considerar la otra
par te de los derechos hum anos,
los droits de
Vhomme, en cuan to que
diferentes de los droits du citoyen.
E ntre esos derechos figura el de
la libertad de
concien cia, el derecho a la libre práctica de cualquier culto. El pri
vilegio de la fe es expresam ente reconocido, tanto como de recho humano,
como consecuencia de
un derecho hum ano, de la libertad.
Déclaration des
droits de Vhomme
et du citoyen,
1791, art, 10: «Nul ne droit é
tre inquieté pour ses opinions méme religieuses», y en el títu lo I de la
Constitución de 1791 se garantiza como derecho hum ano: «La liberté á tout
homme d'exercer le cuite religieux auquel il est attaché».
241
te
La déclaration des droits de Vhomme, etc.,
1795, incluye, entre los derechos hum
anos, art. 7: «Le libre exercice de-s cuites». Más aún, en lo que se refiere al
derecho de hacer públicos sus pensam
ientos y opiniones llega a decirse: «La nécessité d ’e nnoncer ces droits
suppose ou la presence ou le souvenir récent du despotisme». En relación con
este punto puede consultarse la Constitución de
1795, título XIV, art. 354.
Constitution de Pennsylvanie, art,
9, párr. 3,
«Tous les hom mes ont recu de la
nature le droit im prescriptible d'ado- rer le tout
Puissant selon les
inspirations de leur conscience, et nul
ne peut légalment
étre er* train
de suivre, instituer o soutenir
contre son gré aucun cuite ou m inistére religieux. Nulle autorité hum aine ne
peut, dans aucun cas, intervenir dans les questions de conscience e t contróler
les pouvoirs de Táme.»
Constitution de N ew Hampshire, arts. 5 y 6:
«Au nom bre des droits naturels,
qúelques-uns sont inaliénables de leur
nature, parce que ríen ne peut étre I'equivalent.
De ce nom bre son les droits de conscience» 15
(Beaum ont, op. cit., 213-214).
La irreconciliabilidad de los derechos del hom bre
con la religión está tan poco im plícita en el concepto de
los dere chos del hom bre
que, lejos de ello, el derecho a ser religioso, a ser
religioso de cualquier
m anera, a practicar
el culto de la religión propia, está expresam ente
enum erado entre los derechos del hom bre. El privilegio de la fe es un derecho
universal del hom bre.
Los droits de Vhomme, los derechos del hom bre, en
cuan to tales, se distinguen así de los droits du citoyen, de los
derechos del ciudadano. ¿Quién es el homm e distinto del citoyen ? Ni más ni
menos que el miembro de la sociedad burguesa. ¿Fox qué al m
iem bro de la sociedad burguesa
se le llam a «hombre», sim plem ente hom bre, y por qué sus de rechos
se llam an derechos del hombre? ¿Cómo se explica esto? Podemos explicarlo rem
itiéndonos a las
relaciones en tre el Estado
político y la sociedad
burguesa, a la
ausencia o a la falta de la em ancipación política.
En prim er lugar constatam os el hecho de que los
llam a
153 Las
citas de la
Constitución de Pensilvania
(1776, modificada en 1790) y
de la Constitución
de New-Hampshire (de
1778), Marx las saca de G . A . B e a u m o n t ,
Marie... cit., pp. 213-214.
242
dos derechos cleí hom bre , los droits de Vhomme en
cuanto distintos de los droits du
citoyen, no son
sino los derechos
del m iem bro de la sociedad burguesa, es decir, del hoi^Ure egoísta,
del hom bre separado del hom bre y de la comunidad. La constitución más
radical, la de 1793, puede a f irm a r : '
Déclaration des droits de Vhomme et du citoyen:
Article 2: «Ces droits, etc. (les droits naturels
et im pres criptibles) sont: Vegalité, la liberté, la süreté, la propriété».
¿ En qué consiste la liberté ?
Article 6: «La liberté est le pouvoir qui appartient á l'hom- me de faire tout ce qui ne
nuit pas aux
droits d ’a utm i» o, de acuerdo con la Declaración de los
Derechos del hombre de 1791: «La liberté consiste á
pouvoir faire tout
ce qui ne nuit pas á autrui».
Así pues, la libertad es el derecho de hacer
o ejercitar todo lo que n© perjudica a
los demás. Los
lím ites entre los que uno puede moverse sin dañar a los
demás están estable cidos p o r la ley, del mismo
modo que la
empalizada m arca el lím ite o la
división entre las tierras.
Se tra ta de
la liber tad del hom bre en
cuanto m ónada aislada
y replegada en sí m ism a. ¿Por qué
entonces, de acuerdo
con Bauer, el
judío es incapaz de obtener los derechos hum anos? «M ientras siga
siendo judío la lim itada esencia que hace de él url judío tiene necesariam
ente que triunfar sobre la esencia hum ana que, en cuanto hom bre
tiene .que unirle
al resto de
los hom bres y separarle de los
que no son
judíos». Pero el
derecho hu m ano de la libertad no está basado
en la unión
del hom bre con el hom bre, sino,
por el contrario, en la separación
del hom bre con respecto al hom bre. Es el derecho a esta diso ciación,
el derecho del individuo delimitado, lim itado a sí mismo.
La aplicación práctica del derecho hum ano
de la libertad es el derecho hum ano de la
propiedad privada.
¿ En qué consiste el derecho hum ano de la
propiedad privada?
Art. 16: (Constitución 1793): «Le droit de
propieté est celui qui appartient
á tout citoyen
de jo u ir et
de disposer a son gré de
ses biens, de ses revenus,
du fruit de son travail
et de son industrie».
Así pues, el
derecho del hom bre
a la propiedad
privada es el derecho a disfrutar de su patrim onio y a disponer de él
abiertam ente (á son
gré), sin atender
al resto de
los hom
243
bres, independientem ente de la sociedad, del
derecho del in terés persona-». Esa libertad individual y su aplicación cons
tituyen el fundam ento de la sociedad burguesa. Sociedad que hace que todo hom
bre encuentre en los demás, no la reali zación, sino,
por el contrario, la limitdción
de su libertad. Y proclam a p o
r encima de todo el -derecho hum
ano «de jo u ir et de disposer a son
gré de ses
biens, de ses
revenus, du fruit de son travail
et de son industrie».
Quedan todavía por exam inar los otros derechos
hum a nos, la égaíité y la süreté.
La égalité, considerada aquí en
su sentid-::» <no
político, no es otra cosa que la igualdad
-de la liberté
más arriba descri ta, a saber, que
todo hom bre se
considere p or igual m ónada y a
sí m ism a se atenga. La Constitución de 1795 define del siguiente m odo esa
igualdad, de acuerdo con su significado:
Art. (Constitución de 1795):
«L'egalité consiste en ce que la loi est la méme
pour tous, soit qu'elle
protege, soit qu'elle punisse».
¿Y la süreté ?
Art. 8 (Constitución
de 1795): «La
súreté consiste dans la protection accordé p ar la
societé á chacun
-de ses mem- bres pour la
conservation de sa
personne, de ses
droits et de ses propriétés».
La seguridad es el concepto social suprem o de la
sociedad burguesa, el concepto de policía, de
acuerdo con el cual toda la sociedad existe para garantizar
a cada uno de
sus miem bros la conservación
-de su persona, de sus derechos y de su propiedad. En ese -sentido Hegel
califica a la sociedad b u r guesa de
«el Estado de la necesidad y del intelecto».154
El concepto de la seguridad no hace que la sociedad
b u r guesa supere su egoísmo. La
seguridad es, por
el contrario, la garantía -de ese
egoísmo.
Ninguno de
los llamados derechos
hum anos trasciende, p or lo
tanto, el hom bre egoísta, el hom
bre como
m iem bro de la sociedad
burguesa, es decir,
el individuo replegado
en sí mismo, en su interés
privado y en
su arbitrariedad priva da y disociado de la comunidad. Muy
lejos de concebir
al hom bre como
ser genérico, estos
derechos hacen aparecer, p o r el contrario, la vida genérica
m ism a, la sociedad,
como un m arco externo a los individuos, como una lim itación de
156 H e g e l , gp. cit., vol. VIII, p. 242.
244
su independencia originaria. El único
nexo que los m antiene en cohesión es la necesidad
natural, la necesidad y el inte rés privado, la conservación de su propiedad
y de su
per sona egoísta.
Resulta extraño que un pueblo,
que precisam ente empie za a liberarse, que empieza a derribar
todas las barreras entre los distintos m iem bros que lo
componen y a
crearse una conciencia
política, que este
pueblo proclame solemne
m ente la legitim idad del hom bre egoísta, disociado de sus sem ejantes
y de la com unidad (Déclaration de
1791); y más aún, que repita lo
mismo en un m
om ento en que
sólo la más heroica abnegación puede
salvar a la
nación y viene, por lo tanto, im periosam ente exigida,
en un m omento
en que se pone a la orden del día el sacrificio de todos los inte reses en aras de la sociedad burguesa
y en que
el egoísmo debe ser
castigado como un
crim en (Déclaration des
droits de Vhomme, etc., de 1793). Pero
este hecho resulta
todavía más extraño cuando vemos que los em ancipadores políticos
rebajan incluso la ciudadadanía, la
comunidad política, al papel de sim ple medio para la
conservación de los llamados derechos hum anos; que, por lo tanto, se declara
al citoyen servidor del homm e egoísta, se degrada la
esfera en que el
hom bre se com porta como com unidad por debajo
de la es fera en que se com porta como individuo
particular; que, por último, no se considera
como verdadero y
auténtico hom bre al hom bre en
cuanto ciudadano, sino al hom bre en cuanto burgués.
«Le but de toute association polítique est
la conservation des droits
naturels et im prescriptibles de l'homme», (Décla ration des droits, etc., de
1791, art. 2). «Le gouvem em ent est institué po u r garantir a l'hom m e la
jouissance de ses droits naturels et im prescriptibles». (Déclaration, etc.,
de 1793, art. 1). Por lo tanto, incluso en los m om
entos de entusiasm o ju venil, exaltado por la fuerza de las circunstancias,
la vida po lítica aparece como sim ple medio cuyo fin es la vida de la
sociedad burguesa. En realidad, su práctica revolucionaria se encuentra en
flagrante contradicción con su teoría. Así por ejemplo, proclam ándose la
seguridad como un derecho hu mano, se pone públicam ente a
la orden del
día la violación del secreto de la correspondencia.
Se garantiza «la liberté in- definie de la
presse» (Constitution de
1795, art. 122),
como una consecuencia del
derecho hum ano a la
libertad indivi
245
dual, pero ello 110 es óbice para que se amule
totalm ente la libertad de prensa, pues,
«la liberté de la presse
ne doit pas étre perm ise lorsqu’elle com prom et la
liberté polítique» (Ro- bespierre jeune, Histoire parlamentaire de la
Revolution frari- gaise», p ar Buchez et Roux, t. 28, pág. 159);157 es decir,
que el derecho hum ano de la libertad
deja de ser un
derecho cuan do en tra en
colisión con la vida política, m ientras que, con arreglo a la teoría, la vida
política sólo es ia garantía de los derechos hum anos, de los derechos del hom
bre en cuanto individuo, debiendo, por lo tanto, abandonarse
tan pronto como contradice a
su fin, a esos derechos hum anos. Pero
.la práctica es sólo la excepción, y la
teoría ía regía.
Ahora bien, si nos em peñáram os «en considerar la m ism a práctica
revolucionaría como el planteam iento
correcto de la
rela ción, quedaría por resolver el m isterio de por qué en la con
ciencia de los em
ancipadores políticos se
invierten los tér m inos
de la relación,
presentando el fin como m edio y el m edio como fin. Ilusión óptica de su
conciencia que no deja ría de ser un m isterio, aunque fuese un m
isterio psicológi co, teórico.
El enigma se resuelve de un m odo sencillo.
La em ancipación política es, al mismo tiempo, la disolu ción de la vieja sociedad, sobre
la que descansa el Estado ex traño al pueblo,
el poder señorial.
La revolución política
es 3a revolución de la
sociedad civil. ¿Cuál era el
carácter de la vieja sociedad? Se
caracteriza por una sola palabra. El feudalismo. La vieja sociedad civil tenía directam ente un carácter
político, es decir, los elem entos de la vida bur guesa, como por ejem plo,
la posesión, o
la familia, o
el tipo y el m odo
de trabajo, se habían elevado al
plano de ele m entos de la vida estatal, bajo la form
a de la propiedad te rritorial, el estam ento o la corporación. Desde este
punto de vista, determ inaban las relaciones entre el individuo y el conjunto
del Estado , es decir, sus relaciones
políticas o, lo que viene a ser lo mismo, sus relaciones
de separación o ex clusión del resto de las partes integrantes de la sociedad.
Efectivam ente, aquella organización de la vida del pueblo no elevaba la
posesión o el trab ajo al nivel de elem entos sociales, sino que, por el
contrario, llevaba a térm
ino su
separación del conjunto del Estado y l o s G o n s t i j u ía en
sociedades parti-
,í7 C fr. B u c h e z et Roux, Histoire Parlamentaire de la
revolution frangmse, París 1834-1836.
246
ciliares en el interior de la sociedad. A pesar de
todo, las funciones y condiciones de vida de la sociedad civil seguían siendo
políticas, aunque políticas en ,el
sentido feudal; es de cir, excluían al individuo del
conjunto del Estado,
y convexa tían la relación
particular de su corporación con
el conjufíto del Estado en su
propia relación universal qon la vida del pueblo, del mismo modo que convertían
su actividad y situa ción burguesas
determ inadas en su actividad y situación uni versal. Como consecuencia
de esta organización,
la unidad del Estado, en
cuanto conciencia, voluntad
y actividad de la unidad estatal, el poder general del
Estado aparece nece sariam ente como asunto particular de un soberano aislado del
pueblo y de sus servidores.
La revolución política, que derrocó ese poder
señorial y elevó los asuntos del Estado a asuntos del
pueblo y que cons tituyó al Estado político en asunto general, es decir,
como Estado real, destruyó necesariam ente todos los estam entos,
corporaciones, gremios y privilegios, que eran otras tantas expresiones de la
separación entre el pueblo y
su comunidad. La revolución con
ello, el carácter político de la. sociedad burguesa. Escindió la sociedad
burguesa en sus partes integrantes m
ás simples, de
una parte los
individuos y de otra los elementos materiales y
espirituales que form an el contenido vital, la situación
burguesa de estos individuos. Liberó de sus ataduras al espíritu político,
que se
hallaba como escindido, dividido y estancado en los
callejones sin salida de la
sociedad feudal; lo aglutinó sacándolo de esta dispersión, lo
liberó de su
confusión con la
vida burguesa a la que
se había unido y lo
constituyó en la
esfera de la co
m unidad, de la actividad universal del pueblo, en ideal inde pendencia con respecto
a aquellos elementos
particulares de la vida burguesa. Las determinadas actividades y condi
ciones de vida descendieron hasta una
significación pura m ente individual. D ejaron de representar ía
relación general entre el individuo y el conjunto del Estado. Lejos
de ello, la cosa pública en cuanto tal pasó a ser
ahora de incum bencia general de todo individuo, y la función política su
función universal.
Pero la puesta-en
práctica del idealism o del
Estado fue, al m ism o tiem po
la puesta en
práctica del m aterialism o de la sociedad burguesa. La supresión del
yugo político fue al mism o tiem po la supresión de las
ataduras que sujetaban el espíritu egoísta de la sociedad burguesa. La
emancipación
247
política fue contem poráneam ente, la em ancipación
de la so ciedad burguesa de la política, de la apariencia m ism a de un
contenido universal.
La sociedad feudal se hallaba disuelta
en su fundam ento: en el hombre. Pero en el hom bre
que constituía realm ente su fundam ento, en el hom bre egoísta. Este hom bre,
m iem bro de la sociedad burguesa, es
ahora la
base, la prem isa
del Esta do político. Y como tal
es reconocido por él en los derechos huhianos.
La libertad del egoísta y el reconocim iento de esa
libertad es más bien el
reconocimiento-del
movimiento desenfrenado de los
elem entos espirituales y m ateriales que form an su con tenido de vida.
Por lo tanto, el hom bre no se vio liberado de
la religión, sino que obtuvo la
libertad religiosa. No
se vio liberado
de la propiedad, sino que
obtuvo la libertad
de la propiedad. Np se vio liberado del
egoísmo de la
industria, sino que
obtuvo la libertad industrial.
La constitución del Estado político y la disolución
de la sociedad burguesa en individuos independientes —cuya re lación es el
derecho, m ientras que la relación en tre los hom bres de los estam entos y
los gremios era el
privilegio— se lleva a cabo en uno
y el mismo
acto. Ahora bien,
el hom bre, en cuanto m iem bro de la sociedad civil, el hom bre no políti
co, aparece necesariam ente como
el hom bre natural. Los droits de Vhomme aparecen como droits
naturels, pues la ac tividad consciente de sí misma se concentra en el
acto políti co. El hom bre
egoísta es el resultado pasivo, sim plem ente casual de la sociedad disuelta, objeto de
la certeza, inmediata y, por lo tanto, objeto natural.
La revolución política
disuel ve la vida burguesa en sus partes integrantes, sin revolu
cionar esas m ism as partes
ni som eterlas a
crítica. Se com p orta con respecto a la sociedad burguesa, con respecto
al m undo de las necesidades, del trabajo, de los intereses par ticulares, del
derecho privado, como
con respecto a
la base de su existencia, como
con respecto una
premisa que ya no
es posible seguir razonando, y, por lo tanto, como ante su base natural. Finalm
ente el hom bre, en
cuanto m iem bro de la sociedad burguesa, es considerado como
el verdadero hom bre, como el homme a diferencia del
citoyen, por ser el hom bre en su inmediata existencia sensible e
individual, m ientras que el hom bre político sólo es el
hom bre abstracto, artificial, el hom
bre en cuanto persona alegórica, moral. El hom bre
248
real sólo se reconoce bajo la form a del
individuo egoísta; el hom bre verdadero, sólo bajo la form a del
citoyen abstracto.
Rousseau describe, pues, certeram ente, la
abstracción del hom bre político, cuando dice:
«Ceiui qui ose entreprendre d 'in stituer un peuple
doit se" sentir en é ta t de changer
pour ainsi dire
la nature humaíne, de transformer chaqué individu, qui
p ar lui-méme est un tout parfait et solitaire, en partie d'un plus grand tout
aoní cet individu recoi ve en quelque sorte sa vie et
son étre, de
subs- titu er une existence partidle et morale á l'existence physi- que
et indépendante. II faut qu'il ote á l'horíime ses forces propres pour luí en
donner qui luí soient
étrangéres et dont il ne puisse faire usage sans le secours
d'autri». («Contrat social», lib. II, Londres, 1782, pág. 67 .)136
Toda em ancipación es la reducción del m undo hum
ano de las relaciones, al hombre mismo.
La em ancipación política es la reducción del hom
bre, de una parte, a m iem bro de la sociedad burguesa, al individuo egoísta
independiente , y, de otra parte, al ciudadano del Es tado, a la persona m
oral.
Sólo cuando el hom bre individual real reincorpora
a sí al ciudadano abstracto y se
convierte como hom bre
individual en ser genérico, en su trabajo individual y en sus relaciones
individuales; sólo cuando el hom bre ha reconocido y organi zado sus «forces
propres» como fuerzas
sociales y cuando,
por lo tanto, no desglosa ya
de sí la
fuerza social bajo
la form a de
fuerza política, sólo
entonces se lleva
a cabo la em ancipación hum ana.
158 Cfr. Jean-Jacques R o u s s e a u , Du C
ontrat social Londres,
1782, Libro II, cap. VII, Du legislateur, p. 67.
II
Capacidad de los actuales judíos y cristianos para
ser li bres (Die Fahigkeit der
heutigen luden und Christen, frei zu werden )
Por Bruno Bauer. («Ventiún pliegos», pp. 56-71.)
,5?
Bajo esta form a tra ta B auer la actitud
de la religión
ju día y la cristiana, como su actitud
ante la crítica. Su
actitud ante la crítica es su relación
con «la capacidad
para ser libres».
De donde se desprende: «El cristiano sólo necesita
rem on tarse sobre una fase, a saber, su religión, para superar la re ligión
en general», es decir, para llegar a
ser libre; «el
judío, por el contrario, tiene que rom per, no sólo con su esencia
judaica, sino tam bién con el
desarrollo, con la
culm inación de su religión, con un
desarrollo que perm anece
extraño a él», (p. 71).
Como vemos, Bauer
convierte aquí el
problem a de la em ancipación de los judíos en una
cuestión puram ente reli giosa. El escrúpulo teológico de quién tiene m ejores
perspec tivas para alcanzar la bienaventuranza, si el judío o el cris tiano, se repite
ahora bajo una
form a m ás clara:
¿cuál de los dos es más capaz de
llegar a emanciparse? La
pregunta desde luego, ya no es: ¿libera al hom bre el judaism o o el
cris tianism o?, sino m ás bien la
contraria: ¿Qué es lo
que hace m ás libre al hom bre,
la negación del judaism o o la
negación del cristianism o?
«Si quieren llegar a ser libres, los
judíos no deben
abra zar el cristianism o, sino
la disolución del
cristianism o y de la religión en general, es decir, la
ilustración, la crítica y su resultado, la libre hum anidad» (p. 70).
Sigue tratándose, para el judío, de
una profesión de fe,
que ya no es la del cristianism o, sino la de la disolución del cristianism o.
B auer pide a los judíos que rom pan con la esen cia de la religión cristiana,
exigencia que, como él mismo dice, no brota del desarrollo de la esencia
judía.
Después de que Bauer, al final de la «Cuestión
judía», concibiera el judaism o sim plem ente como la tosca crítica re ligiosa
del cristianism o, concediéndole por lo tanto «solamen te» una significación
religiosa, era de prever que tam bién la
15 C
fr. B r u n o B a u e r ,
D ie F a h ig k e i t d e r
h e u t ig e n . . . c i í
., p p . 56-71.
250
em ancipación de .los judíos se convirtiese,
para él, en un ac to filosófico, teológico.
Bauer concibe la esencia abstracta ideal del judío,
su re-
ligiónJ como toda su esencia. De aquí que concluya
con ra zón; «El judío no aporta nada a la hum anidad
cuando des precia de por sí su ley lim
itada», cuando supera todo su ju daismo (p. 65).
La
actitud de los
judíos y los
cristianos es, por
lo tanto,
la
siguiente: el único
interés del cristiano en la emancipa- / ción del judío es un interés general hum
ano, un interés teó
rico. El judaism o es un hecho injurioso para la m
irada reli giosa del cristiano. Tan
pronto como su m irada deja de ser religiosa el hecho deja de ser injurioso. La
em ancipación del judío no es de p o r sí una tarea para el cristiano.
Por el contrario, el jujdío, para liberarse,
no sólo tiene que llevar a cabo su propia tarea, sino
adem ás y al mismo tiempo la
tarea del cristiano,
la Crítica de
los Sinópticos y la Vida de Je sú s /40 etc.
«Ellos m ism os deben ab rir los
ojos: su destino está
en sus propias m anos, pero la historia no deja
que nadie se b u r le de ella.»
(pág. 71).
Nosotros intentam os rom per la form ulación
teológica del problem a. El problem a de la capacidad del judío para em an
ciparse se convierte, para
nosotros, en el
problem a de cuál as el
elem ento social específico
que hay que vencer para su p e rar el judaism o. La capacidad de
emancipación del judío actual es la actitud
del judaism o ante
la emancipación del m undo de hoy. A ctitud que se
desprende necesariam ente de la posición especial que ocupa el judaism
o en el m undo escla vizado de nuestros días.
Fijém onos en el judío real que
anda por el mundo; no en el judio del sabbat como hace Bauer, sino
en el
judío de to
dos ios días.
No busquem os el m isterio del judío en su
religión, sino busquem os el m isterio de la religión en el judío real.
¿Cuál es el fundam ento terrenal del judaism o? La
necesi dad práctica, el interés egoísta.
¿Cuál es el culto terrenal practicado por el judío?
El co mercio , ¿Cuál su dios terrenal? El dinero.
m Cfr. Bruno B a u e r , Kritik der evangelischen
Geschichte dar Sy~ noptiker.
Leipzig-Braunschweig,
184-142, 3 v o ls . , y
David Friedrich S t r a u s s ,
Das Leben Jesu, T u b in g e n , 1835-36, 2 v o ís .
251
Pues bien, la emancipación del comercio y el
dinero, es decir, del judaism o practico, real, sería la
autoem ancipación de n uestra época.
Una organización de la sociedad que acabase con
las pre m isas de la usura y, por lo tanto, con la
posibilidad de su exis tencia, haría imposible
la existencia del
judío. Su concien cia religiosa se despejaría como
un vapor turbio
que flotara en la atm ósfera
real de
la sociedad. Y, por
otra parte, cuan do el judío reconoce como nula esa esencia práctica suya y trabaja
en su anulación, trab aja al am paro de su desarrollo anterior, por la
emancipación humana pura y simple y se m a nifiesta en contra de la expresión
práctica suprema de la autoenajenación hum ana.
N osotros reconocemos, pues, en el
judaismo, un elemen to antisocial presente de carácter
general, qo/j el desarrollo histórico en que los judíos colaboran celosamente
en este aspecto malo se ha encargado de
exaltar hasta su apogeo ac tual, llegado al cual tiene, necesariam
ente, que llegar a disol verse.
La emancipación de los judíos es, en
últim a instancia, la em ancipación de la hum anidad del judaismo.
El judío se ha emancipado ya a la m anera judía. «El judío que en Viena por
ejem plo, sólo es
tolerado, determ ina con su poder m onetario la suerte de todo
el imperio». Un
judío que tal vez carece de derechos en el más pequeño de los Es tados
alemanes, decide la suerte de Europa.
«M ientras que las corporaciones y los gremios
cierran sus puertas al judío o
todavía no se
inclinan ante él lo
suficien te, la intrepidez de la industria se ríe de la tozudez de las
instituciones medievales.» (B. Bauer,
«Judenfrage», p. 114).
No se tra ta de un hecho aislado. El judío se ha em ancipa
do a la m anera judáica, no sólo al apropiarse del
poder del dinero, sino en la m edida en
que el dinero
se ha convertido, a través de él y sin él,
en una potencia
universal, y el
espí ritu práctico de Ips judíos en el espíritu práctico de los pue blos cristianos. Los judíos se
han emancipado en
la m edida en que los cristianos
se han hecho judíos.
El devoto habitante de Nueva Inglaterra, políticam ente libre, inform a por ejem plo
el coronel Ham ilton: «es una es pecie de Laocoonte, que no hace ni el m enor
esfuerzo para librarse de las serpientes que lo atenazan. Su ídolo es Mam
món, al que no adora solam ente
con sus labios,
sino con todas las fuerzas de su
cuerpo y de su espíritu. La tierra no
252
es a sus ojos más que una
inmensa bolsa, y
estas gentes es tán convencidas de que no tienen en
este m undo otra misión que llegar a ser más ricas que sus
vecinos. La usura se/ha apoderado de todos sus pensam ientos, y su única diversión
es ver cómo cam bian los objetos
sobre los que
se ejerce. Cuan do viajan llevan a la espalda, de un
lado para otro, por 'de cirlo así, su
tienda o su
escritorio, y sólo
hablan de intereses y beneficios. Y
cuando apartan la m irada por un m omento de sus negocios, lo hacen
para olfatear los de los otros».161 Más aún, el señorío práctico
del judaism o sobre el mun
do cristiano ha alcanzado en N orteam érica una
expresión ine quívoca y norm al, tanto que la misma predicación del
evan gelio y la enseñanza
de la doctrina cristiana se
ha convertido en un artículo
comercial, y el m ercader
quebrado comercia con el
evangelio como el evangelista enriquecido
se dedica a sus negocios: «Tel que vous voyez <X la
tete d ’une congrega- tion respectable a commencé par étre marchand; son
com- merca étant tombé, il s ’est
fait ministre; cet
autre a debuté par le stacerdoce, mais des qu’il
a eu quelque
somm e d ’ar- gent á sa
disposition, ü a laissé la chair pour
le négoce. Aux yeux d ’un grand nombre, le ministére
religieux est une
véri- table carriére industrielle ». (Beaumont,
I. c., pp.
185, 186).142
Según Bauer, el hecho de que, en teoría, se le
nieguen al judío los derechos políticos, m ientras
que, en
la práctica, posee un inmenso poder y
ejerce una influencia
política al por mayor, aunque se le menoscabe al detall,
constituye una situación ambigua. («Judenfrage», pág. 114).
La contradicción existente entre el poder
político prác tico del judío y sus
derechos políticos, es la
contradicción en tre la política
y el poder del
dinero en general. M ientras que la prim era predom ina idealm ente sobre
la segunda, en la práctica se convierte en su esclava.
El judaism o se ha m antenido ál lado del
cristianism o, no sólo como la
crítica religiosa de
éste, no' sólo como
la duda im plícita en el origen
religioso del cristianism o, sino tam
bién
porque el espíritu
práctico judío, el
judaism o, se ha m antenido en
la m ism a sociedad cristiana y en
ella ha expe rim entado su
máximo desarrollo. El judío,
que aparece en la
sociedad burguesa c o í t k v u
n m iem bro particular,
no es
16t
Cfr. Tt. H a m i l t o n ,
Die menschen und
die sitien, cit.,
vol.
I, pp. 109-110.
162 Cfr. Beaumont d e l a B o n n i n i Is r e ,
Marie... cit., p. 135.
253
sino la m anifestación particular del judaism o de
la sociedad burguesa.
El judaism o no se ha conservado a pesar de la
historia,
sino gracias a la historia.
La sociedad burguesa engendra
constantem ente al judío en su propia entraña.
¿Cuál era de por sí el fundam ento de la religión
judía?
La necesidad práctica, el egoísmo.
El m onoteísm o del judío es, por lo tanto, en
realidad, el politeísm o de las m uchas necesidades, un politeísm o que
convierte hastia la letrina en objeto
de ley divina.
La necesi dad práctica, el
egoísmo, es el principio de la sociedad
bur guesa y se m anifiesta como tal en toda su pureza tan pronto como
la sociedad burguesa
alum bra totalm ente de *su
seno el Estado político. El Dios de ía necesidad práctica y del
egoísmo es el dinero.
El dinero es el celoso Dios de Israel, ante el que
no puede legítim am ente prevalecer ningún otro. El dinero hum illa a
todos los dioses del
hom bre y los
convierte en m ercancía. El dinero es el
valor general de
todas las cosas,
constituido en sí mismo. Ha despojado,
por lo tanto,
de su valor
pecu liar al m undo entero, tanto -al m undo
de los hom bres
como al de la naturaleza. El
dinero es la
esen-cia del trabajo
y de la existencia del hom bre,
enajenada de éste, y esta esencia ex trañ a le dom ina y es adorada p o r él.
El Dios de los
judíos se ha
secularizado, se ha
converti do en Dios universal. La letra de cambio es el Dios
real del judío. Su Dios es solam
ente la letra de cambio ilusoria.
La concepción de la
naturaleza forjada bajo el im perio
de la propiedad y el dinero es el desprecio real, la degradación
práctica de la naturaleza, que en la religión
judía existe, cier tam ente,
pero sólo en la imaginación.
En este sentido, declara Thomas; Münzer
que es intolera ble «que todas las criaturas se
hayan convertido en propie dad: los
peces del agua, los
pájaros del aire
y las plantas
de la tierra, pues tam bién la criatura debe ser Ubre.» m
Lo que de un m odo abstracto se halla im plícito en
la re ligión judía, el desprecio de la
teoría, del arte, de la historia
163 Cfr.
Leopold RANKe, Deutsche Geschichte im Zeitalter
der Re formar ion. Berlín, 1839,
voí II p, 207. Thomas Munzer
(1488-1525), refor mador
«comunista», dirigente de
los campesinos insurrectos
alema nes. Cfr. E n g e l s , La guerra de los campesinos ya
citada y Ernst
B loch, Thomas Munzer, teólogo
de la revolución. Madrid,
Ciencia Nueva, 1968.
254
y del hom bre como fin en sí, es el punto de vista
real y cons ciente, la m oral del hom bre
de negocios. Los mism os
nexo~s, de la especie, las
relaciones entre hom bre y m ujer, etc., se convierten en objeto de comercio.
La m ujer es objeto de comercio.
La quimérica nacionalidad del
judío es la nacionalidad del m ercader, del hom bre de
negocios en general.
La ley a rb itraria y gratuita del
judío no es sino
la carica tu ra religiosa de la
m oralidad y el derecho en general, arbi trarios y gratuitos, de los ritos
puram ente -formales de los que
se rodea el m undo del egoísmo.
También aquí vemos
que la suprem a actitud
del hom bre es la actitud legal, la actitud
ante leyes que
no rigen pgra él porque sean las leyes de su propia
voluntad y de
su pro pia esencia, sino porque
imperan y su infracción está casti gada.
El jesuitism o judaico, ese mismo jesuitism o que
Bauer descubre en el Talmud, es la relación del m undo del interés individual
gon las leyes que lo dominan, y cuya
astuta elu- sión constituye el arte fundam ental de este
mundo.
Más aún, el m ovim iento de este m undo dentro de sus le yes estriba, necesariam ente en la abolición
constante de la ley.
El judaismo no pudo seguir desarrollándose como
reli gión, no pudo
seguir desarrollándose teóricam ente, porque la concepción del m undo de la
necesidad práctica es, por su naturaleza, lim itada y se reduce a unos cuantos
rasgos.
La religión de la necesidad práctica no podía, por su
pro pia esencia, encontrar su
coronación en la
teoría, sino sola m ente en la práctica, precisam ente
porque la práctica es su verdad.
El judaism o no
podía crear un
mundo nuevo; sólo
podia a tra e r las nuevas creaciones y las nuevas relaciones del m un do a la órbita de su actividad,
porque la necesidad
práctica, cuyo cerebro es el egoísmo, se
com porta pasivam ente y no se am
plía aleatoriam ente, sino que se ha ampliado con el suce sivo desarrollo de las condiciones
sociales.
El judaism o llega a su apogeo con la coronación de
la so ciedad burguesa; pero la sociedad
burguesa sólo se
corona en el m undo cristiano . Sólo bajo la égida del cristianism o,
que convierte en relaciones puram ente externas p ara el hom bre todas las
relaciones nacionales, naturales, m orales y teóricas, podía la sociedad
burguesa llegar a separarse totalm ente de
255
la vida del Estado,
desgarrar todos sus
vínculos genéricos con el
egoísmo, con la necesidad egoísta,
disolver el m undo de los hom bres en un m undo de
individuos enfrentados los unos a los
otros atom ística y hostilm ente.
El cristianism o ha brotado del judaism o. Y ha
vuelto a disolverse en él. El
cristiano fue desde
el prim er m omento el judío teorizante; el judío es,
por lo tanto, el cristiano práctico y el
cristiano práctico se
ha vuelto de
nuevo judío. El cristianism o
había llegado a
superar el judaism o
real sólo en apariencia. Era demasiado noble, demasiado espiri tualista
para elim inar la rudeza de las necesidades prácti
cas más que elevándolas al reino de las nubes.
El cristianism o es el pensam iento
sublime del judaism o, el judaism o la aplicación
práctica vulgar del
cristianism o, pero esta aplicación sólo podía llegar
a ser general
una vez que el cristianism o,
en cuanto religión completa, llevase a térm ino teóricamente
la autoenajenación del
hom bre de sí m ism o y de la naturaleza.
Sólo entonces pudo el judaism o im poner su general
do minio y hacer del hom bre y la-
naturaleza enajenada, obje tos alienables, vendibles, objetos entregados
a la servidum bre de la necesidad
egoísta, al tráfico y la usura.
La venta es la práctica de la enajenación. Así como
el hom bre, m ientras perm anece sujeto a ataduras religiosas sólo sabe
objetivar su esencia convirtiéndola en un ser fan tástico ajeno a él, así tam
bién sólo puede com portarse prác ticam ente bajo el im perio de la necesidad
egoísta, sólo puede producir prácticam ente objetos, poniendo sus
productos y su actividad bajo el im perio
de un ser ajeno y
confiriéndoles el significado de una esencia ajena: el dinero.
El egoísmo cristiano de la bienaventuranza se
trueca ne cesariam ente, en su práctica ya acabada, en el egoísmo cor póreo
del judío, la necesidad celestial en la terrenal, el sub jetivism o en la
utilidad propia. N osotros no explicamos la tenacidad del judío partiendo de su
religión, sino más bien arrancando del fundam ento hum ano de su religión, de
la ne cesidad práctica, del egoísmo.
Por realizarse y
haberse realizado de
un modo general en la sociedad
burguesa la esencia real
del judío, es p o r lo
que la sociedad burguesa no ha
podido convencer al judío de la irrealidad de su esencia religiosa, que
no es, cabalm ente, si no la concepción ideal de la necesidad
práctica. No es, por lo tanto, en el Pentateuco o en el Talmud, sino en la
sociedad
256
actual, donde encontram os la esencia del judío de
hoy, no en cuanto esencia
abstracta, sino en cuanto esencia
altam en te em pírica, no sólo en cuanto lim itación del judío, sino
en- cuanto la lim itación judáica de la sociedad.
Tan pronto logre la sociedad acabar con la
esencia em pírica del judaism o, con el
tráfico y con sus prem isas, será imposible el judío, porque su conciencia
carecerá ya de ob jeto, porque la base subjetiva del
judaism o, la necesidad práctica se h abrá hum anizado, porque se habrá
superado el conflicto entre la existencia individual sensible y la exis tencia
genérica del hom bre.
La em ancipación social del judío es la
emancipación de la sociedad del judaism o .
17
Panorama de S@s periódicos alem anes
Diario apógrafo
de Ferdinand Coelestín Bernaysití4
«Y la paja se convirtió en estiércol».
Es evidente que, denigrando los periódicos
alemanes, sus tancialm ente, ejercem os una actividad secundaria. Son el
hedor de todo lo putrefacto en la gnm charca de
agua podri da que es Alemania. ¿Por qué no rem over el fondo más pro
fundo, p o r que no confesar abiertam ente que
vuestros seño res grandes, y
pequeños, todos, no pueden ni siquiera reinar con el liberalism o paralítico que vosotros en Alemania, y sólo en secreto,
llamáis libertad y derecho, por qué no tienen ca pacidad para ello?
¿Es que hay que volver a explicar m inuciosam
ente lo
que ya sabéis por vosotros m ism
os? Conocéis vuestro m iserable Estado, del mismo m odo que las am antes
débiles y raquíti cas conocen el suyo y sois igualm ente incapaces de hacer nada p o r cam
biarlo. Vuestros reyes y señores, vuestros fun cionarios y dom adores dicen:
así lo querem os nosotros; vues tros representantes estatales: nosotros no
podemos cam biar las cosas; y
vosotros mism os: no
querem os cam biar porque el estiércol está caliente.
E stad tranquilos, alem anes, quiero curaros
algunas de vuestras llagas. Os
contaré un p a r
de historias auténticas, y después podréis darm e la
razón, me diréis si
habéis hecho m éritos para que
n&s «©cismemos tanto de vosotros. Escuchad me.
1M Como ya se ¡ha dicho en la Introducción sólo
esta nota puede atribuirse a Bernays.
Aunque con alguna duda, a Ruge
pueden asig nársele las otras
siete siguientes, mientras que las
cuatro últimas pue den atribuirse a Marx.
258
.i.
Ludovico
de Baviera,163 el fundador
de ciudades, se
corrí-"- place en tener un excedente de 32 m illones de florines en
una gestión financiera, es decir, en no em plear la m ayor parte del dinero
destinado a la construcción de carreteras y a
la en señanza pública a dichos
fines, dilapida esa y otras enorm es sumas,
derivantes de los im puestos
percibidos de más por Xas
necesidades estatales, para
fines y caprichos
personales: W alhalla, Panteón, Grecia,
Canal Danubio-Main, equipam ien to de la princesa,
palacios pompeyanos, estipendio
al prínci pe heredero, libros
chinos, etc., así como cualquier otra cosa idónea para satisfacer sus reales
gustos sin consultar ni a sus queridos
fieles, ni a
los representantes de
la Dieta. El
rey y sus m inistros Abel y Seinsheim 16 califican ese dispendio de
«ahorro», y explican a las Cám aras que ya está
hecho y qué de
los 32 millones ahorrados —'ingenuo hasta lo
increíble— que dan cincuenta y siete monedas. Quizá esto no sea com pleta m
ente constitucional, pero antes, en
Baviera estábam os en el
«terreno de la confianza» (un terreno del derecho y de la constitución que
pertenece a la
mitología bávara) de
modo que dichos m inistros no dudaron un instante en
defender ante la Cám ara y ante el Tribunal Suprem o del
rey lo que el rey había hecho: pero entonces, a
causa de las exigencias ex traordinarias para la construcción del
ferrocarril, en el fu
turo, ya no habría m ás «ahorros». Por lo tanto, la cám ara no quiere rom perse
la cabeza a causa dé
la legitimidad del
gas to; la Cá/nara puede «enterrar ese infeliz conflicto de
princi pios bajo la primera piedra del nuevo edificio de la Consti
tución». Si no hacéis nada, estará hasta
bien hecho —¡el dine ro está gastado! ¿Qué dijeron, a
propósito de todo esto, vues tros
representantes populares? Los m inistros han violado la Constitución, fes
cierto, y si fuera posible habría que
acusar les. La cosa en sí justificaría la denuncia, dijo el decano Friedrich, pero por deferencia personal para
con los señores ministros, no será él quien la presente. Y así hicieron todos.
«Nosotros —sostiene el señor Schwindel, m ordiendo
la agria m anzana— querem os dejar que las cosas pasen», porque una
Constitución riolada es siem pre m ucho
m ejor que nada. Por el m om ento hay que aprobar
el despilfarro. Pero en
el futu ro nos tenem os que
reservar algunos derechos
¿Qué dijo o, m ejor
dicho, qué pensó el pueblo de
esta actuación? Nuestro
143 Cfr. la nota 27 de este volumen.
¡6 Karl von Abel (1788-1859) ministro
del interior en Baviera;
August von Seinsheim (1789-1869), consejero de Estado eh Baviera,
259
rey —ya se sabe— nuestros m inistros nos han
engañado, y nuestros representantes
parlam entarios son de una las timosa
estupidez; así es
pero las cosas
m ejorarán de año en año, nosotros 110 tenemos
nada en contra, se
trata del rey, y nosotros somos ios súbditos bávaros
del rey. Así es exacta mente, el esclavo nunca es m ejor que el amo. Antes
érais pajas vacías, ahora os habéis convertido en estiércol, y el es
tiércol proporciona un cierto valor. Tenéis que sucum bir, no servís más que p
ara abonar el terreno.
Sin embargo, quiero contar a los demás un par de
co sas, de otro m odo acabarán por
creerse que son m ejores que los bávaros y ponerse orgullosos. En verdad
os digo que sois todavía más dignos de lástim a que aquel pueblo
de capu chinos, bebedores de
cerveza, devoradores de sémola y Ham- bacherns
inflados,1*7 porque vosotros
sois m ás inteligentes que ellos y toleráis mucho
peor los escándalos:
en vosotros no es que haya algo
podrido, en vosotros todo está podrido; todo, de arriba abajo, es
una gran m entira,
y la verdad
es que vosotros y vuestro Estado
estáis podridos, sois un cúm u lo de m entiras, inm undicia.
Escuchad, el rey de Prusia tam bién
convoca las Dietas,
las deja deliberar
y suplicar, pero no atiende sus súplicas, no hace lo que
aconsejan; como al pueblo, las nutre
de aplazamientos que,
si les quedara
un solo punto de carne u orgullo hum ano, tendrían
que esco cerles como alcohol.
Queréis libertad de prensa y no palos, trabajo y beneficio, queréis ser hom
bres y vuestro rey os la
dra en la cara: «no sois más que súbditos,
y estaréis con tentos si me complazco en hacer brom as
y experim entos con vosotros: os doy un Tribunal de censura, bastonazos en el
trasero, la Orden del Cisne 168 y tragedias griegas». ¿No son suficientes
novedades a cambio del pan?
Vosotros, prusia nos pensáis que se tra ta de un gobierno
repelente e infame, probáis un sordo dolor, llegáis incluso a suspirar, sofocados
como burlados ilotas; a pesar de
lo cual os
arrojáis a los pies de cualquier vapeur real,
aceptáis devotam ente cada una de las
patadas, os replegáis resignados en vuestras guaridas:
167 Hambachern,
término irónico para
designar a los
participantes en la fiesta de
«Hambach»: el 27
de .mayo, junto
al castillo de
Ham- bach se reunieron 20.000 hombres que, según lo que dice Mehring
«di luyeron sus
sentimientos ríos de
palabras, quizá truculentas,
pero com-
. plenamente inofensivas». Después ios
participantes fueron perseguidos por tcdos ios gobiernos alemanes.
161
Cfr. más adelante
la «nota» de
Marx, El comunismo
de la Or den del Cisne y el lujo de la Corte de
Berlín.
260
¡porque el
estiércol da calorí
Vosotros sabéis todo
esto per- a fe c ta m e n te .
Cuando estáis solos y os consideráis seguros, en tonces sois republicanos y com epiedras auténticos,
no hay nadie que
110 adm ita Ta
vergüenza, todos vosotros
habéis com prendido el sistema, todos vosotros lo aborrecéis, pero dicho
sistem a todavía no ha dejado de ser terrible y sopor
table para vosotros.
Acudo a vosotros, valerosos habitantes de Badén
con vuestra constitución l ib e ra l lí9 y vuestras ordenanzas m unici
pales, cuyo 25
aniversario habéis llegado
a celebrar ahora; no pretendo entreteneros hablando
de vuestros representan tes liberales, que tan com
placientem ente se ■escuchan a sí mismos, que nunca pasan de las portadas del
libro de la ver dad, y entre los que un
Trefurt puede estim ular
la ironía hasta intervenir contra
von Itzstein, Sander y
Rindeschwen- der 170 y pronunciarse por la emancipación
de los judíos,
en tre los que todos se
divinizan y Se dejan idolatrar en las
cajas de tabaco y sobre el
fuego de las
pipas en cuanto
han dicho un octavo de lo
que en
realidad piensan... No,
no, lo único
que quiero es contaros una
anécdota que vosotros
mismos me habéis contado en voz baja: la
historia de la
corte legí tima, con todas
las rem iniscencias del gran duque
Ludovi co,’71 de K aspar
H auser/72 del origen
del más legítimo
de todos los grandes duques, el «filo-burgués» Leopoldo,”5 la historia
de vuestro cuerpo constitucional de
oficiales —en pocas palabras: vuestra tan perfectam ente caracterizada mi
seria—, la pequeña historieta de la expulsión del barón ju dio von
Haber.14,
El pueblo granducal de Badén había obtenido perm iso oficial para representar en público
la ópera burguesa Aniver sario de
la Constitución. Dado
que el argum ento
carece de la m ínima profundidad
de ideas, de verdad concreta y de ac-
m La Constitución
de Badén, firmada
el 22 de
agosto de 1818
por el Gran Duque Carlos, fue obra de Friedrich Nebenius.
170 Liberales
moderados de Badén. Entre ellos, el
más conocido: Adam von Itzstein,
171 Ludwig
Wilhelm August, gran
duque de Badén
(1763-1830), mu rió sin
heredero y le
sucedió su hermanastro
Leopoldo (de Hochberg). m Kaspar Hauser, alemán, de origen
y final misterioso. Aparece
en 1828 en Nuremberg y
murió en 1832,
probablemente asesinado. Su vida inspiró a muchos poetas y
dramaturgos.
173
Karl Leopold Friedrich,
gran duque de Badén
(1790-1852), suce dió a su
hermanastro Ludwig en
1830, moderadamente liberal,
inicia dor de reformas.
m Morítz von Haber. No aparecen noticias en los
repertorios bio gráficos alemanes.
2 ó l
I
ción, sólo se podía poner en escena en form a
paralítica y aburrida, cosa que cualquiera que hubiese leído el anuncio
teatral, el program a y los periódicos, ya podía suponerse.
El presunto héroe de la obra, el
pueblo, había sido en par te absorbido por las filas de los
estadistas y en
parte tam bién por los m
ercenarios del aplauso; y los actores
que decla m aban los monólogos
con su característica m ediocridad, sin arte y sin entusiasm o tenían que sofocar
su cólera, debida al hecho de que el
noble público, la corte
deí gran duque
con sus funcionarios y oficiales, al que se pretendía asom brar con una
logradísim a representación, por el m om ento se m antenía en su habitual contención.
Pero tanto la co rte como el señor von B
littersdorf 173 y su séquito se habían engañado: la
esperanza de poder
sacar al go útil del
negocio había fracasado
frente al aburrim iento
y la falta de peligros del 22 de
agosto,176 y ya nos habíam os vis to
en la triste necesidad de renunciar a una
dem ostración contra el tono grandilocuente, aunque sin sustancia,
del hé roe augustiano, cuando el
m argrave Guillermo,17 u n enemigo del
partido noble en el
poder, por propia
iniciativa, empezó a m aldecir de
la Constitución y del
pueblo. N osotros tam bién
podemos recitar la
comedia, gritó a
sus oficiales, y m ucho m ejor que ellos. Que nuestro argum
ento sea la revo lución; nosotros mismos, la corte, la
nobleza y los
oficiales, los com ediantes y los
plebeyos form am os nuestro
público, un judío ía víctima; valor; si representam os m ejor que
voso tros y no nos aplaudís, hago traer
los cañones; quiero demos traros lo que quiere decir aburrirnos en el aniversario
de la Constitución. Dicho y hecho. Quince días después, la comedia burguesa
inicia la comedia noble,
representada hasta el fin
con creciente placer y furor.
Las escenas se suceden rápidam ente unas a otras;
el pueblo no respira, abre la boca y la nariz de loco estupor.
La gran duquesa Sofía,173 en íntim o coloquio con
el señor barón M auricio von H aber.
El agente del
Don Carlos char la con la noble señora acerca del
destino de su señor y de la
175 Friedrich
Karl L, von
Blittersdorf *1792-1861), primer
ministro de Badén desde 1835 a 1848, apoyó a toda la reacción y a su
vez fue apoyádo p>or los austríacos.
m «Veintidós de agosto»: fecha de la firma
de la Constitución
de Badén. Véase nota 169.
17 Wilhelm Ludwig August (1792-1859), margrave de
Badén.
ns Sophie Wilhelmine, princesa de Suecia, en 1819
se casó con Leo-
^yuMo de Badén. Tuvo tres hijos varones.
262
y
pretendida banalidad de la Gaceta Semanal Alemana,m
fun dada por él; sobre
las rodillas sostiene
Sofía al más
peque ño de sus hijos con su am
or legitim ista, cuya cabeza,
cubier ta de rizos negros,
proporciona al judío
ía dulce convicción de que la
oscura sangre oriental
no se opone
a la unión
con la pálida linfa germánica. Una
vez m ás una m
irada tierna, un apretón de m anos,
y el
señor von H aber deja a
la prince sa para no volverla a
ver. En el castillo, viéndole venir, se encolerizan los
cortesanos por su
suerte; la guardia,
frente a la que tiene que pasar, soldados y oficiales, m aldicen al
judío y mas-cullan blasfem ias entre dientes cada vez
que tie nen que
form ar delante del
«hebreucho» que va
de paseo con la niñera. La
felicidad convierte a von H aber en
presun tuoso e indiscreto: supone
que toda Alemania
le está m iran do porque se ocupa del dinero de
Don Garlos y porque
siem pre siem bra la discordia entre
los grandes potentados:
y tie ne razón, cosas así son
las que le interesan al pueblo ale mán.
Se pavonea delante de los oficiales, se
saca peqaaeñas notas del bolsillo: «Esta es
de Sofía», apuesta
por el color del traje con que aparecerá por la noche
en el baile
de la corte aum entando hasta la venganza la
envidia de los
oficia les y los guardias de
la corte, que
hasta ahora eran
los úni cos autorizados a tales
servicios de am or. El m argrave Gui
llerm o insiste en que el judío tiene
que ser expulsado
de la corte aum entando hasta ía
venganza la envidia de los oficia-
cíales contra él; tienen que declararle
deshonesto, les está prohibido verse con
él en ningún baile y
debe ser tratado
como vil e infame. Las dos razas de nobles se enfrentan ve nenosam
ente: victoria o m uerte; los com ediantes se ponen violentos y se
calientan, im provisan, la comedia se convierte
en una cosa seria; un arrojado ruso se alinea
con el judío pri vado de sus
derechos, se bate con el teniente von
Goeler,'80 que se p resta a
pasar p o r el ángel
vengador del gran duque; y am bos se m atan en un duelo de
carniceros en el que el es pañol Sarachaga actúa de agente
policíaco.
El destino se enfrenta con el m aravilloso
Guillermo: el barón hebreo, el intruso
en la legítima estirpe vive, y Goeler está m uerto. Destino, te desafío:
el judío
tiene que m orir
y mis oficiales tendrán qnue degollarle a traición.
179 D e u t s c h e W o c h e n - Z e i tu n g .
160 Los «Goler
von Ravensburg» eran
una eminente familia
de Badén,
263
Cae la noche, los oficiales y su servidum bre de
librea se reúnen bajo el
estandarte de M ückenschnabel151 conocido presidiario liberado,
al efecto; todo
su séquito con
hoces y jarras de vitriolo, m eretrices enroladas entre las prisas, car
gadas de piedras, sigue al cuerpo
de oficiales del
gran duque. La patrulla y la m úsica m ilitar reciben la
orden de no reco rre r el camino habitual frente a la
casa de Haber; en una cervecería cercana al
cuartel, la m esnada
se entusiasm a por la acción m ilitar a base
de cerveza, que acaba
convirtién dose así en una guerra santa; otra escena conmovedora: los
oficiales se aprietan al pecho ardiente de venganza sus lim piabotas y las
malas m ujeres de sus soldados, M ückenschna bel llora lágrim as
de alegría entre los brazos de un tímido teniente y al grito de guerra: «Op,
op», «Por el honor del du que», «Abajo los judíos», la banda se
precipita en la casa de Haber. El piso de abajo es inm ediatam ente destruido,
rom pen todo, cajas y arm arios
despedazados; la familia
estaba allí reunida; von H aber se salva escapando por la parte tra
sera de la casa y la
banda, que le gusta
revolucionar, se lan za contra otras casas de judíos. El
partido noble en el po
der, a cuya cabeza está B littersdorf, que no ha previsto ab solutam
ente nada de lo ocurrido, teme a M etternich y no sabe cómo ju stificar el
exceso frente a la Confederación; por lo tanto, m ete a H aber en la cárcel
y se
proclam a rápidam ente que el
pueblo ha querido
vengar a von
Goeler y hacer
una m anifestación contra la em ancipación de los judíos, A los li
berales todo eso, incluso les parece plausible y, en el prim er delirio de
alegría, consideran la revolución como una demos tración del pueblo
contra la legitim idad personificada en H aber {Qué inocencia! El m argrave
Guillermo, aunque ha representado su papel estupendam ente, casi m
uere de
rabia al ver cómo vuelve a
escapársele el judío;
el espía español im preca nuevam ente contra la víctim
a aplastada, la persigue en su fuga —el destino no está m
uy convencido del
honor de la familia de los soberanos de Badén — m uere la Gaceta se
manal alemana y von H aber m ata a su enemigo.
D urante toda la tragedia, el jefe del E stado no
pierde en ningún m om ento su habitual dignidad. El Estado personifi cado en
Leopoldo continúa bebiendo
tranquilo su cham pa ña y m antiene una total
neutralidad. Al día siguiente de la destrucción de la casa del judío, por prim
era vez después de
131 «Mückenschnabel»; ¿iteraímente «aguijón de
mosquito».
264
mucho tiempo, atraviesa la ciudad al
lado de Sofía,
sofocan do así, piensa, todas las voces m alintencionadas.
Y tú
tam bién, pueblo mío de Badén, perm aneciste neu tral; gritas
viva la Constitución
aunque los oficiales
te cor ten las
orejas; devoras los
opúsculos de nobles
indeseables que al día siguiente te llam an infame y te m atan a sueldo,
te
retiras m odestam ente a un rincón
de la Gaceta
de Karts ru- he 182 y declaras
que tú no has
sido malo: porque
el estiércol da calor.
Ocho días después de haber escrito el trozo
anterior me vienen a las manos dos piezas
justificativas que no
puedo dejar inutilizadas, y que constituyen el epílogo apropiado.
La p rim era
es el a c t a f i n a l d e l a
c o n f e r e n c i a m i n i s t e r i a l d e v i e n a d e l 12 d
e j u n i o d e 1834.i8} Con ella puede arrancarse definitivam ente el velo que
cubre los ojos
de los liberales
y los constitucionales: ¡Si ahora no ven es porque no les da la gana!
Desde 1834 todo el partido constitucional ha sido de clarado ilegal, hace diez
años, por lo tanto, que deja que, de
lante de él,
se represente una
comedia pueril; se
cree que los gobiernos hablan
en serio
cuando se m uestran
hostiles a él; no se da cuenta de
que ya fue anteriorm ente condenado.
Hace diez años
que está resuelta desde
arriba la cuestión del presupuesto, y sin em bargo en
la Cámara de Baviera el conflicto aparente sigue y sigue; hace diez años que, con respecto a los gastos anticipados de los
excedentes del pre supuesto, la Confederación estableció el principio de fait accompli, y la
Cám ara de Baviera
todavía ladra. De
igual m anera, a los representantes de Badén, se
les ha dejado
con las m anos vacías en lo que se refiere a la cuestión de la ad
misión,m a todos en general con respecto a cualquier perspec tiva de tener
jurados, libertad de prensa y el derecho al re chazo de los impuestos; se tíos ha
dicho que no hagamos ju rar a los m ilitares sobre
la Constitución: en
pocas palabras, se ha establecido
el principio de que
la legislación confede ral de cualquier
género ate las
manos a los
representantes, es decir, con otras palabras, que cada príncipe
confederado, que para su país es el trozo necesario de Confederación,
do-
m La Kartsruker Zeitung, órgano del gobierno de
Badén.
183 Véase su texto, publicado por Bernays, más arriba,
en este vo lumen.
!M Se refiere a «la cuestión de la admisión» en las
Dietas y Par
lamentos regionales a los funcionarios. Cfr. texto
publicado aquí por Barnays.
265
i
m ine en form a absoluta. Por lo tanto, cuando el
rey de Han- nover 185 revocó expresam ente la ley fundam ental
del Estado, lo que hizo fue
expresar honestam ente todo lo que, en
reali dad, ya se había hecho
mucho tiem po atrás:
si los demás no lo hacen, su generosidad
es sólo aparente;
aquí, como allá, esa generosidad ya no existe. Por eso
el rey de H annover es incluso m ejor que los demás, porque ha tenido el valor
del delito; los demás son
viles, muy viles,
porque tienen miedo a los esclavos, a los alemanes, el
pueblo más cobarde de la
tierra.
El segundo documento, que lo saco del suplem ento a
la Gaceta de Tr¿veris (n. 14),JWp roporciona una im presión m u cho más
alegre. No necesita de ninguna explicación.
«Alta Renania, 7 de
enero. En la
residencia de K arisruhe se ha producido una nueva alarm a,
cuyo motivo, sin em
bar go no se ha logrado saber. El
jard ín del príncipe
heredero, con la residencia de cam paña de S. A. R. la señora gran du quesa, ha sido esta vez testigo
de un atentado, del
cual hasta ios mismos golfos de la
calle h abrán tenido
que avergonzar se. En una herm osa
noche ha sido destruido todo el m
obilia rio de palacio, los espejos
despedazados, rajados los
divanes y, sobre los m uebles, se han escrito las groserías más as querosas. Los habitantes de K arlsruhe todavía
no han salido de su asom bro, y se hacen centenares
de suposiciones sin lle gar a ningún resultado satisfactorio. Se
dice que el gran duque heredero
pretende, después de lo ocurrido, tom ar po sesión de esa propiedad que tan
vilm ente ha sido profanada.»
Mistificación de los periódicos alemanes
Hace algunos meses leimos en los periódicos
unos extra ños m entís. En la
prensa se daban noticias de falsos emba razos de las reinas y princesas
herederas, de falsas asocia ciones, de
una falsa nave de carga a vapor, de una
carta fic ticia de M assm ann,197 etc. Ahora, el
opúsculo Historia de es cándalos para caracterización del genio alemán de los
censo res y redactores,m nos
aclara el origen
de las m istificacio nes. El título y el texto del breve escrito
son burdos, pero las
185 El rey de Hannover Ernesto Augusto (cfr. nota
105).
I3A La Triersche Zeitung, de Treveris, fundada en
1840, órgano del
«verdadero socialismo» y bajo la influencia de Karl
Grun.
187 Hans Ferdinand Massmann (cfr. nota 33).
n> Cfr. F . C. B e r n a y s ,
Schandgeschichte zur Charakteristik des deutschen Censaren und R.edaktorenpackes
[Mannheim], 1843.
266
m istificaciones agudísimas. Solían estar tan bien
calculadas, con base en
las debilidades de
los censores y
redactores, que a pesar de
su colosal im probabilidad fueron
inm ediata m ente publicadas.
La Gaceta del Rin y el Moseta IS,} recibe una carta
sin fran quear, pero con sello noble y
firm ada, una nota m
anuscrita del Rey, toda ella escrita en el m ás puro y fragante ele los to
nos, con todo el arom a de los obsequiosos periódicos alem a nes. La carta contiene la
noticia del em barazo
de la prince sa de la Corona de B aviera:150
«Karisruhe, 17 de septiem bre. Según una noticia recién llegada de
Aschaffenburg, de la corte de S. M. el
rey de Ba viera, S. A. R. la princesa de la corona
se encuentra en un es tado que debe
colm ar de gozo
a toda Baviera».
«La estirpe de W ittelsbach,m así
se espera en Aschaffenburg, pondrá nue
va ram a en su cepa a cuya som bra el pueblo bávaro vivirá en gloría y paz
durante m uchos siglos venideros.» (Palabras deí m anuscrito de S. M.; desde
Aschaffenburg.),
Todos los- periódicos repiten la
noticia. Al mismo
tiempo, el Journal de M annheim ,1” basándose en la m
ism a fuente, y con las m ism as expresiones obligadas,
publica la noticia
del em barazo de la reina de Grecia.w Después vienen las rectifi
caciones, prim ero de una m entira con otra, hasta que final m ente «la p
artera oficial», el
Journal de F rankfurt104 indaga sobre el asunto. «Qué
lástim a me dáis, vosotros, m entirosos», exclama el autor, «y cómo debe doler
desm entir dos aconte cim ientos tan faustos. Pero hasta
los niños conocían la impo sibilidad de que fuesen ciertos, Pater nóster, Ave
María etc., para eso no cabe ayuda posible».
La sim ulada asociación de tem planza para el
Palatinado contiene veintidós párrafos detalladam ente expuestos, para
católicos y protestantes, una introducción histórica y el m ás depurado estilo
burocrático de Baviera. Está dem asiado de tallado como para que podam os
citarlo, pero la carta que
w La Rhein und Moselzeitung, de Colonia.
m Mathiíde de Baviera, hija de Ludovico I y de
Teresa de Sajonia- Hildbtirghausen; se casó con el gran duque Ludovico de Asia.
1,1 La estirpe
de Wittelsbaoh, estirpe
dinástica a la
que se remon ta la casa real de
Baviera; principio de la estirpe
fue el margrave Liutpoldo de Baviera, muerto en el
907.
152 El Mannheimer Journal, órganos del partido constitucional de Badén. Oponente de la Mannheimer
Abendzeitung.
m Amalia de Oldenburg (1818-1875), en el 1836 se
casó con Otón de Baviera, rey de Grecia.
m El Frankfurter Journal, de tendencia liberal
pequeño burguesa.
el señor Bernays hizo escribir
a M assm ann desde
Berlín en el Journal de M annheim
sí ten'emos que transcribirla.
«Berlín 19 de septiem bre. Querido, querido F...
¿ves con qué solicitud pienso en
tí? Ayer quería haberte m andado la carta pero no lo hice a
fin de poder contarte lo brillante
que ha sido la revista realizada hoy por el rey, antes de la parti
da del
Em perador.195 Todos los regim ientos y
la guarnición de Fostdam y
Sanssouci estaban form ados ante un verdadero congreso de príncipes, porque
hoy, a prim eras horas del día, llegaron inesperadam ente los reyes de S a
jo n iam y Hanno- ver (Señor redactor,
qué vergüenza, las dos majestades no estaban en Berlín) Aunque no soy muy am
ante del fasto mi litar y prefiero moverm e en los
gimnasios con la fuerte ju ventud berlinesa, he perm anecido todo el día
en pie,
porque sólo en Berlín, el centro de las fuerzas arm adas alemanas, pude contem plar un alarde m ilitar
como ese. El
sexto regi m iento de los H
úsares (príncipe de Braunschweig) parecía un auténtico escuadrón de oro, el
esplendor de las
gualdrapas de los caballos deslum braba de tal form a
mis ojos desacos tum brados a sem ejante espectáculo,
que me veía
continua m ente obligado a buscar reparo tras el
abanico de mi m ujer. Mi m ujer y yo estam os bien
y, cuando mi
curso de gimna sia haya term inado, iremos juntos a
Rugen, Adiós mi queri dísimo F..., consérvate bien y que Dios te proteja».
Sin em bargo quien quiera com prender com pletam
ente la historia del rem olcador y
de Ludwigshafen, tendrá
que sa ber que la ciudad
de Ljidwxgshafen consiste en
una sola casa y que todo el
estilo estaba calculado p a ra hacer reír y
tom ar el pelo a la Gaceta estatal
Prusiana™ La cosa
salió bien y
tenía que salir. Al principio
se hablaba de
las «bendiciones de una paz de
trein ta años, de la calm a y
de la sagacidad
de ios valerosos habitantes
del Palatinado, después
se detallaba la fortuna de los
arriba m encionados y de
seis rem olcadores a vapor
grandes y cuatro pequeños, construidos bajo los aus picios del gobierno, un
documento de Ludovico de Baviera
encontrado en las excavación*-^ de los cim ientos de la Max burg,198 y finalm
ente una frase, que sólo un espíritu iniciado
15 El zar de Rusia, Nicolás I.
196 Federico Augusto II, rey de Sajónia.
m La AUgemeine Preussische Staatszeitung, órgano
oficial del go bierno de Berlín.
m «Maxfeurg»: castillo en ruinas cerca áv Hambach,
_así llamado después que fue
regalado, tras su
restauración, al príncipe
heredero de B a v ie r a , Maximiliano.
2 6 8
en los m isterios más profundos del tesoro
lingüístico de los periódicos alem anes podría apreciar: «La
pura necesidad ha b ría fundado Ludwigshafen, si el rey no
la hubiera previsto abrazando espontáneam ente, como si fuese cosa suya, la
fundación de esa nueva escala». El artículo dispone los alma cenes para
la nueva navegación en Landstuhl y Blies- kastel, los puebluchos m ás m iserables en
lo más alto del país, p or lo menos a unos 1.000 pies
6obre el nivel del m ar y a más de
20 horas del Rin, sin alterar la geografía de
la Gaceta es tatal, a pesar de lo conocidas que son
las alturas del Landstu- huL ¡Cómo iba a
tener que desm entir tam bién la Gaceta
es tatal todas estas delicadezas! con
lo cual el señor Bernays vencería una apuesta. Con unos amigos suyos el
señor Ber nays había sostenido
que los redactores de los periódicos
ale m anes valen tan poco como
los censores, m ejor dicho, son todavía mucho m ás estúpidos; y que el hecho de
que el Journal de M annheim, por
ejempto, sostenga que: «Hoy nues tra ciudad goza de la inesperada suerte
de ver pasar los caba llos de Su Alteza
Real, el príncipe Carlos, aquéllos (caballos) que eminentemente preceden al gran
señor en las maniobras del Rin,» «Estos hom bres, dice (Bernays), han perdido
la últim a brizna de sentido común con el tra-tran de
su defi ciente m odo de actuar»
y apuesta que en los ocho días si guientes hará creer a los redactores -de
toda la prensa servil quince de las invenciones y m entiras m ás pueriles
que uno pueda im aginarse, invenciones
que resultarán evidentem ente tales a la prim era ojeada de
cualquiera, que conozca de pasa da la situación. ¿ En qué form a fue
vencida la apuesta?
«¿Cómo hice p ara que los estúpidos creyeran en m is
m enti ras? dice (Bernays)».
«Me agencié un sello con la corona de
conde b ajo las le tras C. v. R., y otro
algo más noble;
tom é papel de
cartas con corte dorado, laca
finísim a, he firm ado según las cir cunstancias, barón, conde, consejero del
gobierno (vosotros, señores redactores, enderezad sólo las orejas, habéis sido
ig nom iniosam ente burlados); en las
cartas de acom pañam iento
decía tener las noticias de «altos m ilitares »,
«casas de banque ros», «caballeros de la corten, «de fuente oficial-» o de
«una persona autorizada », sólo
esto ha bastado
para perm itirm e
cualquier m entira. Estas fueron
las pruebas de lo fundado de
mis comunicados; presentados,
en cada una
de las redac-
w Nombre incomprensible por defecto de prensa en el
original
269
ciones por personas siem pre com pletam ente
ajenas: yo ya
■ tenía
m uchas pruebas de que la única m anera de que fuesen creídos consistía en dar
a los hechos un carácter vil, servil e idiota, o m ejor dicho, ridículo. De m
odo que
m entí cuanto me pareció,
enviando siem pre las m entiras m ás gordas a los redactores más inteligentes».
Así pues, las m istificaciones se han convertido en
carac terísticas de este movim iento general, negligente e inm oral, de los
periódicos alemanes tal y como ha
sido posible dem os t ra r im
pecablem ente. Apostando por su estupidez y vileza, se gana siempre. En el escrito
arriba m encionado se han tra n s crito citas exactas, y si se lee, se
acabará perdonando al es
critor su grosería. Uno se equivoca sólo si se considera a los censores y
redactores (il faut done
que je vive!)
como fenó m enos aislados. N
uestros com patriotas, lós buenos alemanes, son sus m ism os censores y en m
asa constituyen los
redac tores de su propia ignominia; sus periódicos son siem pre tan
nobles como ellos y el hecho de que se
declaren «eminentes» los
caballos, con toda la seriedad del mundo, se adecúa p e r fectam ente a la
conciencia que los alem anes tienen de los políticos a quienes sirven.
Indudablem ente, esa servil seriedad se
m uda en la m ás cruel de las ironías; el
au to r de las
his torias escandalosas ha dado ya la salida; solam ente nosotros
podrem os ir m ás allá de
la legítim a realidad
antes de obte n e r algo. Precisam os de un im
petuoso viento del oeste que ponga mesas
y bancos patas arriba; hoy por hoy no vive un Hércules que pueda lim piar de un
solo m anotazo el establo.
«El estiércol da calor».
Burdo desprecio de Alemania y de la lengua alemana
En el Journal de Frankfurt del día 7/m
algunos dé nues tros amigos protestan contra el «burdo
desprecio de Alema nia y de la lengua alemana». Tienen
toda la razón del m undo. Nada está más justificado que el miedo a ver, en
su total
y nocivo crecim iento espiritual en el aire de Alemania,
la len gua desacreditada,
vejada, incluso, pór los escritores m ejor intencionados; y no hay m ejor form
a de d ar tesíim onio del propio respeto p o r Alemania que
con el descrédito decisivo de la
lengua que utilizan sus servilistas periódicos. El des
20 Cfr. Frankfurter Journal, Frankfurt 7 de enero
1844.
270
crédito m ás burdo de Alemania, por
el contrario, es el sis tem a dom inante, que tra ta las leyes
de la hum anidad
como los escritores dom inantes las leyes del estilo. Se han conver
tido en juguetes del arbitrio de cada uno.
El sistem a produce el estilo, de modo
que para hacernos una idea del
sistem a, lo único que tenem os que hacer es
fi jam o s en el que adopta cualquier periódico alemán. Toda Alemania
escribe en los periódicos en el mismo estilo canci lleresco de su estado de
desorden oficial. El aire alem án lo produce, y cualquiera que lo respire está
expuesto al conta gio. Conservar esfe estilo es lo mismo
que conservar el sis tema. De
modo que el problem a
es de m áxim a
im portancia; y no sólo
el Congreso de K
arlsbad, sino todo
el pueblo así lo ha com prendido y
se ha aprovechado
de las bendiciones
de una censura vieja como el mundo. E n
estos últim os tiem pos está
teniendo lugar una revolución foi'mal
contra ía len gua alemana. E n tre todos los
periódicos, la Gaceta
Prusiana se revela como el m
ás revolucionario. Se
encuentra en per m anente rebelión contra todas las leyes
de la lengua. La prensa diaria alem ana hace tiem po que se emancipó
de las leyes de la lógica, de
todo lo
que hay de positivo en la
filoso fía, de las ideas del tiem po y
sobre todo, de cualquier conte nido hum ano. De m anera
que no
queda m ás que
la lengua, la lengua en calidad
de recipiente de la sensatez popular
existente antaño y respetada, incluso, en Alemania.
La Gaceta Prusiana del 12
de diciem bre de
1843 reprodu ce un
artículo de la
D. A. de la W estfalia no prusiana, porque se tra ta de una expresión
particularm ente feliz y de orientación digna de mención: el artículo
explica el fenóme no del «Estado cristiano». El autor
encuentra que «existe una diferencia tan grande en la interpretación del Estado
cristiano, que todavía carecem os de la
unificación acerca de su real y auténtico concepto, tal y como
su m últiple apli cación podría hacernos suponer». La com
prensión, sigue m ás adelante, «se hace tanto m ás im portante cuanto
menos fácil nos resulta llegar a una solución en algún sentido feliz y
fa vorable de una cantidad de em
barazosas cuestiones vitales, sin haber aclarado com pletam ente aquel
concepto».
Desde que existen los Estados, han existido los
Estados cristianos, si bien sólo recientem ente nos hemos visto obli gados a
reconocer el hecho. El autor califica de cristiano a
201 Deutsche AUgemeine Zeitung, de Leipzig.
271
un Estado «en el que la mayoría de
la población es
cristia na»; los judíos le m
olestan, si no, diría
en el que
sólo exis ten cristianos. «Un jefe de Estado no
cristiano, una legisla
ción que introdujese el fetichismo y la poligamia, una adm i nistración
que exigiese el juram ento de un súbdito cristiano sobre el Corán, sería totalm
ente inadm isible en un Estado cristiano, tal y como puede demostrarse
fácilmente, única y solam ente porque el Estado es un Estado cristiano: una
demostración de ulteriores motivos resultaría com pletam en te superflua. Parece que
todo esto es evidente, del mismo
mo do que a una persona con vista norm al no
dejaría de parecer- le raro la existencia de un árbol
azul en un
bosque verde». Pero si «naciese»,
y empezara a crecer ¡Y uno
lo viera! Oh, árbol azul, cuántos «motivos» habría de
tu parte para
«adu cir la prueba» de que el
pobre alem án tendría
frente a sus ojos verde y amarillo, si es
que « viera despuntar»
ese esti lo. Sin em bargo, quizá nadie viese el
fenómeno, «fenómeno que,
pensándolo bien, parecería tan evidente que nos
perm i tiría dejar de lado todos los motivos considerados como sufi
cientes para hacer superflua üna prueba
posterior, y asim is mo nos perm itiría aclarar y hallar
solución a esa
cuestión vital con una sola razón;
quizás en Alemania todavía nadie se ha dado cuenta
del estilo de
la Gaceta Prusiana,
precisa m ente porque no hay
nadie que la lea.
El habitante de la
W estfalia no prusiana, que desgraciadam
ente todavía tiene que ser conquistado por el
prusiano cristiano, está
directa m ente detrás del árbol azul. «Aun cuando
hoy la com pren sión de la
realidad del E stado
cristiano nos parece
natural y al alcance de la mano, no siem pre fue así en todos sitios, porque si no, el Estado cristiano no
tendría tantos oposito res. Para explicar que
un concepto, una
percepción, puede en general en co n trar oponentes, tenem os
que observar»: un asno que percibim os en una realidad, y un león que lo des truye sería el opositor de esa realidad.
El habitante de W est falia procede,
en su estilo
y en su
lógica, tal y
como lógica y estilo se han
ido desarrollando en
Prusia y al m
argen de
la m uerte de Hegel, dividiendo los oponentes de su
percep ción en tres categorías:
1. Se dice:
«Vuestro Estado cristiano
todavía no existe p ara nada.
2. No
puede existir ningún Estado cristiano, el E stado cristiano carece de sentido.
3. No
debe existir ningún Estado cristiano.»
272
Ahora bien el autor com entado no empieza con el
1, sino con el 2 y el 3.
«Ambos»,
dice «son la m
ism a cosa, sólo
que unos niegan
la
posibilidad del Estado
cristiano, los otros
no lo quieren
a ningún costo?.
No lo quieren
¡Sólo porque es imposible!
¡Serán descarados! ¡Pero qué sentido
en el no-sentido! Negar su existencia de poco sirve, si cree negar su
posibilidad, .lo cual no im pide que se desee;
todo lo que
pretende el cristia no es igualm
ente imposible, y sin embargo, lo pretende. Está loco, es
un puro no-sentido,
pero en eso
estriba el método.
«Los ideales cristianos tam bién tienen que perm
anecer imposibles, nunca tienen que
ser alcanzados», dice
la Gace ta Prusiana,
«la caridad cristiana, por ejem plo, no se basa en una hermandad patriótica, ni tampoco
en una pura co munidad de intereses, sino en la igualdad
en el cielo,
es de cir, en la imposible herm
andad de los hombres». Finalm ente con
«cristiano» no se hace referencia a ningún grado supe rior, no se contrapone
el Estado cristiano al Estado malo, sino al E stado judío, m ahom etano;
y ahora el habitante de W estfalia, con victoriosa elocuencia
concluye así: «Confiamos en haber posibilitado a
nuestros adversarios ad l -«-porque de 2 y 3 ni siquiera podem os
hablar— que nos com prendan cuando decimos:
"Vivimos en un Estado cristiano, porque aunque nosotros, es decir,
nosotros en Alemania, no hemos tenido los soberanos m ás cristianos, más
católicos y m ás creyentes, sin embargo, el nacim iento del carácter cristia
no de todo el país alem án coincide, por decir de alguna m a nera, con la hora ¿Leí nacimiento
del carácter del reino ale m án”» y con la de la m uerte. La locura del m
undo trasto cado, la rebelión contra
la razón, el m ism o estilo del
viejo reino ha sobrevivido al viejo reino, su carácter continúa vi
viendo tras las espaldas de su existencia, bajo los vacuos cerebros de la raza
germ ánica; y sólo el
estilo hum ano, la form ación hum ana del cerebro y
de la lengua, la
hora de la m uerté de esa falsa cultura
w estfálica y berlinesa
señalarán el nacim iento de una hum anidad alemana.
El progreso en Alemania,
y la form a de encontrarlo aventado en los
periódicos
H asta las m ism as dimisiones de las Dietas en
Prursia po drían calificarse de
progresos en la m
edida en que dichas di
273
18
misiones han tenido
lugar en todas
partes y más incivilmen te de lo acostum brado. Merecen una observación
particular. Aquí, nosotros
señaladnos una cantidad
de noticias sobre sus «justificaciones positivas». El
rey de Prusia ha
conce dido que varios miles de
tálers sean empleados en la
funda ción Santa Isabel
de E rfu rt y que se
intente obtener algo de
las herm anas de
la caridad; además,
ha dispuesto que se realice una colecta en Prusia
occidental, de casa en casa, tanto entre los católicos como entre los
protestantes, para construir, con lo que se saque, una
capilla a San
Adalberto qu£, en el
997 llevó el
cristianism o a aquella
zona, precisa- m ente en el lugar
donde le
m ataron los antiguos
prusianos por una innovación tan intem pestiva. El rey de Baviera ha
anunciado, a través de su Hoj<a de anuncios de ía Baja Fran- coniam que se
conceda subsidio a los padres del Santo
Se pulcro m ediante colectas
en las iglesias.
El rey de Prusia ha ordenado volver a crear
la O rden del
Cisne, y a
este fin, él m ism o ha redactado
una orden porm enorizada. Los cien tíficos suevios interrum pen la
publicación' de sus Anales del presente™ y fundan una
«revista del pasado»,2" periódico cuyo objetivo es dem ostrar cómo el
viejo W ürtem berg sigue en el m undo.
El rey de Prusia
funda una galería
de hom bres fam osos y a este
fin ha
adquirido a la
Galería de Dres de el Paolo Veronés que representa un
alano blanco, antici pando así proféticam ente los tra to s con
el gran Schelling. Este retrato
filosófico, cuyo valor
artístico intrínseco es m uy grande, abrirá la
galería. Seguirá un segundo
cuadro en el que está Schelling
con la alforja
de mendigo llena de Jacob
Bohm,203 etc., en el m om ento
de llevar la
filosofía de la verdad revelada a
.la m etrópoli de
la ciencia alemana,
y un tercero que le representa como escritor popular para niños. Por el m
om ento es suficiente, al m
enos hasta que los cristianos más jóvenes no hayam os
logrado la fam a de Schelling. Por lo demás, en Prusia se protesta generalm
ente porque los píos se preocupan dem
asiado por los
negocios de Estado y porque, consecuentem ente hay pocas posibili-
m El Intelligenzblatt von Unterfranken.
203 Jahrbücher
der Gegerrwart. Redactor
A. Schwegler, Síuttgart, 1843. Tubinga, 184446.
m La Revue der Vergangenheit.
ios
Jacob Bohme .(1575~lo24),
zapatero de profesión,
famoso filó sofo místico.
274
ciadles de proseguir la galería
de hom bres fam osos
y ama dos de Dios. Los
berlineses dicen:
Interrumpís demasiado a menudo el servicio divino,
hombres santos:
Haced de modo que la oración sea perma nente.
Veréis entonces que el
mundo os deja en paz.
Los periódicos acaban de contar m alam ente todos
estos síntom as de la historia alem ana.
Temen que operando
así con ellos se dé el decisivo paso del pensar al fantasear, del
filosofar al vivir. Tras el decreto
que introduce nuevam ente la Orden del
Cisne, en el estilo
de una oración
y de un serm ón cristiano, la Gaceta Prusiana
continúa sin entusias mo en sü viejo
estilo. Los hom bres del progreso, los
dos reyes alemanes, parece
que no encuentran
el cálido apoyo al que
querrían recurrir. Igualm ente
poco ha sido
aprecia do el principio socialista
«sobre la vía
de la form ación de la sociedad para
aliviar los dolores
físicos y m orales»,
que el rey ha puesto al
final de su
discurso. En su
breve gobier no el rey ha realizado
la experiencia de
todo lo que
puede em prenderse con el Estado, por lo tanto, esta grandísim a
sociedad es maciza, y él mismo es el jefe; consecuentem ente, ahora justifica
uniones m ás pequeñas, m anejables
y boni tas; y la Orden del
Cisne, que pretende «la profesión de la
verdad cristiana con la
acción», es evidentem ente lo que de o tro m odo se llama el E stado cristiano.
Lo cual absorberá toda la sociedad del Estado,
convirtiéndolo así en algo superfluo.
Voltaire, Schiüer y Goethe
La D.A.Z.206 del día 8 vuelve a expresar, una vez
más, su indignación por los serm ones
no patrióticos de
los banque tes de Dresde y
declara que no tiene nada contra
el comer, pero sí —todo lo
imaginable— contra los discursos que se
dicen en
tales ocasiones. El
corresponsal reclam a contra la
perversión de calificar
de «confusa» la
lengua alemana, y contra la mala
suerte del público que, por prim era vez, y con
su germ ánico desdén,
tam bién ha perm anecido «confu-*
206
Cfr. La Deutscht
AUgemeine Zeitung, Leipzig,
8 de enero de
1844.
275
so».
Nosotros, a quienes
no se nos
oculta la dificultad de ser com pletam ente claros en alemán,
confiamos en ser com prendidos inm ediatam ente, si observamos que el señor
co rresponsal que oyó los discursos
de Dresde tiene
las orejas mal hechas y el corazón, que no
se ha desbordado
inmedia tam ente, muy indeciso. Con toda su germ anicidad, el corres
ponsal hubiera podido ap o rta r
inm ediatam ente la prueba
de saber
qué es el
«espíritu». No lo
hizo cuando tan
fácil le hubiera resultado: para
saberlo, lo único que le habría hecho
falta era conocer a Voltaire. Entonces no
hubiese considerado como un
reproche, sino como
u-n gran honor, ser su sucesor, porque eso significa,
ni m ás ni menos, tener espíritu y dom inar el propio siglo, Voltaire se merece
el odio de todo lo que hay de lim
itado en Europa; el hecho d.e que disfrute de ese odio, lo único que hace es
dem ostrar su gran deza. Goethe y Schiller tienen tras de
sí el siglo
de Ilumi- nismo, y sólo por esa
razón no son honrados con tales per secuciones, porque ni sus principios,
ni sus
conclusiones emergen en form a tan persuasiva. Además de esto, es que
ningún poeta es original. No tiene que
destruir el viejo mundo,
su profesión no
es la de encontrar
principios, sino la de
desarrollarlos y llevarlos a las masas. Los únicos origi nales son los pensadores. N aturalm ente, sin embargo,
tan honroso es llevar a la práctica un gran principio como es tablecedlo. Por lo demás,
resulta totalm ente com prensible
que la fábula de que Voltaire haya sido
precisam ente una mona, le guste
al corresponsal de la D.A.Z.; así no tiene ni siquiera necesidad de
desesperarse por no ser un gran es critor.
El suplemento a la «Gaceta de Augusta» del...
¿Es que nadie sabe explicarm e el m ar de la
teología? Me produce m areo la niebla que llena el periódico.
« Suevia
se llam a el
mar, los vicarios guían
[las naves. Todos
-en el archipiélago buscan
la isla — la
[parroquia: E n
el nom bre de C
risto D ios y S
chelling su
[profeta,
Sin Schelling y sin él m
oriría de aprendiz».
H e i n r i
c h Ap r í l
Emigración irrespetuosa
Los periódicos alem anes protestaron anticipadam
ente con tra una literatu ra alem ana en París y dem ostraron un pro* fundo desprecio al darse cuenta de que
algunos escritores alemanes se habían vuelto hacia París: ¡Qué desconsidera ción! ¿Acaso
los alem anes aio cuentan con filósofos como Bülau, Kolb, Schm idt,
Schuster, Becker, Schneider,
Schafer y Rellstab? ¿No cuentan acaso con Mosen y los profetas He-
11er, Pfenning y
Schimmelpfennig? ¿ 0 con profetas
meno res como Schelling, Gutzkow y Laube? ¿Y con los apócrifos Goschel,
Henning, Gabler y G ruppe? w ¿Y con
los libros del rey de Baviera, los discursos, los
brindis, los decretos, los camaradas del Walhalla, la carta a [Nikolaus] Becker
y, fi nalm ente, con las poesías?
«Cuando por la noche me meto en la cama suelo leer
a Goethe, cuando me
levanto por la mañana, entonces
Schiller, te leo a ti».
¿Y ahora decís que os hemos dejado plantados? Os
deja mos en vuestro reino, perm itidnos nuestra pobreza. ¡Qué des
consideración, echam os de menos! Pero, además, ¡qué geo grafía tan defectuosa
1 Abrid el mapa. ¿Alsacia no es
alem a na? ¿Lorena no ha sido alem ana? ¿Bélgica no es flam enca?
¿El reino
de los francos no
es acaso alem án?
¿La m ism a len-
m Friedrich Bülau (1805-1859) enseñó filosofía v
ciencias políticas en Leipzig; Georg Friedrich Kolb (1808-1884), estadista,
editor de la Frank- furter Zeitting;
Julián Schmidt (1818-1886)
historiador de la
literatura; Karl Ferdinand Becker
(1775-1849) filólogo y
gramático; Otto Hermán
E. Schneider (1815-1880), filólogo; Johann Wilhelm
Schafer (1809-1880), histórico de la literatura; Ludwig Rellstab (1799-1860),
novelista y musi cólogo; Julius Mosen (1803-1867) escritor; Wilhelm Robert
Heller (1814- 1871), escritor y periodista;
Karl Gutzkow (1811-1878), poeta
y perio dista, fue uno de los
máximos representantes de la
«Joven Alemania» junto con Heinrich Heme y Ludwig Borne.
Heinrich Laube (1806-1884), escritor y publicista, perteneció
a la «Joven Alemania»; Friedrich Wilhelm Schelling (1775-1854), el
famoso filósofo representante del idea lismo clásico alemán; Karl
Friedrich Goschel (1781-1861),
filósofo hege- liano ortodoxo;
Leopold von Henning (1791-1866), filósofo
de la «dere cha»
hegeliana; Georg Abdreas
Gabler (1786-1853), filósofo hegeliano; Otto Friedrich Gruppe (1804-1876),
erudito reaccionario y ministro pru
siano de «asuntos espirituales». De los
otros personajes citados
no se tiene noticias. La «nota»
de Ruge hace referencia sobre todo al odio anti-francés surgido en Alemania en
los años 40 y que, en
campo lite rario, favoreció el florecimiento de
numerosísimas composiciones poé ticas que tenían
por objeto ei «Rin
alemán»: ía primera
y la más faínosa fue el Rheinlied titulado Sie
solten ihn nicht haben de Nikolaus Becker (mencionado por Ruge más adelante).
277
gua no es
precisam ente alem ana? Las nim iedades, oui y non, y lo que los
extranjeros tengan que añadir ¿a quién
moles tará? Francia debe ser reclam ada para Alemania de
acuerdo con todo derecho
histórico, y nosotros
¿No tendrem os aca so que vivir
provisionalm ente? ¡Imbéciles!
«Desde hace m ucho tiem po ya no rige el
Michele portu gués, ahora, el servio
se ha ido, ¿ cuándo le toca al alemán?»
La «Gaceta de Estado» y la «Gaceta de Voss»
El viaje a Londres y, todavía más, el viaje a
Ginebra*08 suscitaron un ím petu patriótico
de resonancia aparentem en te europea. Por lo
menos, hasta la Gaceta
estatal prusiana ha sido afectada
por el patriotism o, y lo
ha sufrido durante más de tres
días. El contagio
fue todavía m ucho
m ás allá. La Gaceta Prusiana no
sólo ha descubierto un aspecto pu nible en relación con Inglaterra, si no que
adem ás la ha
«cubierto de infamia».
La Gaceta de V o s sw había com etido la im
prudencia de encontrar a los ingleses m ás libres que los prusianos y, re
cordando el artículo .del Times del
año anterior, había pues to de relieve el peso de la prensa
inglesa frente a
la alema na. Por eso, la Gaceta
Prusiana la señala como
no patrióti ca, añadiendo am
enazadoram ente: «la Gazeta de Voss ha caído en una ilusión burda, cuando ha
creído estar autorizada para denigrar im punem ente al pueblo alem án en su
propio terri torio». «Por lo demás, de Inglaterra nunca podríam os espe
rarnos u ltra je alguno». Con servil sumisión, la Gaceta Pru siana había tom
ado los duros reproches
del Times por un
am istoso golpe en la espalda. La Gaceta de Voss —estam os asom brados de tan ta audacia— se
defiende, refresca la me
m oria de su
adversario y cita
el despiadado artículo
del Tim es. Sí, además, toca la
cuestión de si Prusia es «un
Esta do de derecho o de arbitrio». Pero
bien está lo que acaba bien. La Gaceta de
Voss «se siente
finalm ente segura sobre el sólido terreno de la ley». Es leal,
m ejor dicho, es, además, privilegiada y su
privilegio le proporciona
m uchos m illares de tálers
anuales, si evita con éxito hacer política strperflua.
203 Viaj.es oficiales de Federico Guillermo IV.
209 Vossiche
Zeitung, Konigliche privilegiarte Berlinische Zeitung von Staatsund Gelehrten
Sachen (Gaceta de Voss, periódico berlinés real
y privilegiado de cuestiones políticas y
culturales).
278
/
Así se concibe la audacia e incluso la lealtad del
atacado. Su privilegio la convierte
en audaz, su
renta, en leal.
Pero aho ra puede com prenderse
tam bién la amenaza de la Gaceta
Prusiana. Una disposición
radical de policía
y desaparecen al mismo tiempo la
herm osa renta y la seguridad
de la Ga ceta de Voss.; unas im perfecciones más,
y la Gaceta
Prusia na propone la abolición
de todos los
privilegios periodís ticos en
Prusia. Sabe ío fácil que es. El tercer día de su pa triotism o declara expresam ente: «La
fuerza del gobierno prusiano es m ayor que la del gobierno inglés.» El
gobierno inglés no puede prohibir el Times} pero ¡ay! tam bién de la
privilegiada Gaceta de Voss, si no es patriótica: el gobierno prusiano no la
dejará hablar im punem ente en m odo no pa triótico. ¿Acaso no es esta una
fuerza mucho m ayor? Sería la m áxim a fuerza existente, si Rusia
y M arruecos jao
tuviesen algo más. ¡Ah,
perros patriotas! Guardaos
bien de la
fuerza de los lobos, a los que el patriotism o no se les inculca a bas
tonazos. «¡Qué indignidad!» Dice la Gaceta Prusiana, «¡Qué falta de patriotism
o si los periódicos alemanes aprovechan la prim era ocasión para colm ar
indiferentem ente de alabanzas las leyes e instituciones
extranjeras, a costa de las' leyes de nuestra patria: todo
verdadero amigo de Alemania debe sen t
ir esto profundam ente!» ¿Quién tendría
que oponerse a ese « profundo sentim iento» de la Gaceta
Prusiana? Desde luego, ningún alem án. Así pues, en el futuro, todo alem án
encontrará indudablem ente m ucho m ejor la Gaceta de Foss que el Times, la Gaceta Prusiana más
ingeniosa que el Charivari™ m ás patrió tica que el National,2" y m ás im pru
dente que todos los
periódicos franceses juntos; ha
puesto en evidencia su «
profundo sentimiento», y
¿no es eso lo
m ás peligroso que puede hacerle, según dice Goethe?
«Aquellos tan estúpidos como para no proteger todo
su corazón siem pre fueron quem ados y crucificadas.»
El conflicto en tre los dos periódicos tiene
que cesar. Uno está am enazado con la pira, el otro con'
la pérdida de sus privilegios; si tienen o no fam ilia, no lo
sé. Pero, en
cual quier caso, insensatos,
haced las paces. Uno
y otro sois iguales ante el bastón, y, como dice el
proverbio, la cacerola insulta al caldero...
210 Charivari, París, 1&32-1866. Célebre
revista satírica francesa.
2U La National, periódico político-literario,
fundado en París en
1830 por Louis-Adolphe Thiers y ppr otros monárquicos-constitucionalistas:
luego se convirtió en republicano (cfr. nota 91).
279
La «Gaceta de Bremen»
Este joven periódico 212 ha descubierto en Berlín
una auténtica flor del viejo estilo de 1813 y 1815, un Baiardo
sin culpa ni m ancha. El corresponsal
de la Gaceta
de Augusta, que ha com prendido muy bien la Orden
del Cisne y
el .mé todo diesterw egico 2IÍ de
la enseñanza dialógica
universita ria, resulta eú 'comparación con él
un vulgar artesano.
El señor Guizot, por culpa del
duque de Bordeaux,21* amenazó con re tira r su em
bajador de Berlín. «Ni el derecho
público», dice el corresponsal de la
Gaceta de Bremen,
«ni la etique
ta protocolaria autorizan a Francia a
tal amenaza, que
noso tros austríacos y prusianos tendrem os que
considerar como una usurpación
form al, cuya pasiva aceptación consideram os que no podemos esperar del
gobierno ni del
gabinete. No com prendem os quién
querrá im pedir al rey de Prusia
recibir al ahijado de M aría T eresa 215 y hospedarlo en su palacio de
invierno. Ateniéndonos a lo que se dice por ahí,
varios círcu los diplom áticos
protestarán contra esas
declaraciones del señor Guizot».
De modo que, una vez más:
«la aceptación pasiva va a
ser excluida de las esferas
diplom áticas centra les y toda
la cuestión aparecerá como una ofensa al
proto colo». El estilo es alemán, de Bremen, absolutam ente cono cedor
de los am bientes diplomáticos, y ese hom bre, estilista centralizado,
concentrado, electrizado, este diplom
ático no periférico llevará a la Gaceta de Brem en a la
«aceptación pasiva» de toda Europa.
Allí se leerá
para m antenerse en
form a.
«Devolvedme mi manta»
El m ism o corresponsal ordinario de la Gaceta de
Bremen escribe desde Berlín, con
fecha 26 de enero.Iis
«En Sanssouci el rey vive en estancias polvorientas, am uebladas de una
for ma que no satisfarían las
exigencias del más simple de los burgueses. Sobre el escritorio del rey hay
extendida un a man ta medio agujereada y casi transparente. Cuando, hace muy
poco, el diligente ayuda de cám ara sustituyó
la m anta (usada ya por Federico el Grande) por
otra m oderna y elegante,
el rey se indignó mucho y gritó: Devoldeme mi m anta, cosas nuevas las
encuentro en cualquier sitio, pero, ¿quién puede proporcionarm e lo que
utilizaron m is antepasados?» No es necesario que ocurra nada p ara que los
periódicos resulten interesantes, pero
es necesario encontrar un corresponsal que haya visto los
vestidos de las dam as de la corte, o que
conozca al rey t) -a su ayuda de cám
ara o,
m ejor todavía, que él mismo sea
el ayuda de cám ara. Porque,
ahora en algunos am bientes diplom áticos, sólo existen
héroes para los camareros.
-
2,2 Bremer
- Zeitung für Staats - Gelehrten und Handéissachen, edi tado en Brema desde 1813 a 1848 por el
librero Joann Georg Heyse.
213 Friedrich
Adolí W. Diesterweg (1790-1866), pedagogo.
214 Enrique
de Borbón, duca de Bordeaux.
2,5 El duca de Bordeaux era un descendiente de
la emperatriz de
Austria.
216 1844.
El Comunismo a ta alemana
El 26 de enero,517 la Gaceta de Treverist gracias a
un inte ligente joven de Berlín, dem uestra que el comunismo es ori ginalm
ente alemán. «El Magister M.lli destruyó ayer en su lección el delirio febril
de la debilidad
alemana, que ha
vis to en el comunismo un espectro
extranjero. Con gran
can tidad de hechos dem ostró
que el comunismo y
el socialis mo son robustos
hijos del espíritu
alemán, no una
arb itra ria invención
fráncesa.» No por
nada Berlín es
la ciudad m ás inteligente del m
undo.
El
comunismo de la
Orden del Cisne y acerca del lujo de la corte de Berlín
El com unism o ha ascendido rápidam ente a nivel de
dig nidad. Se ha hecho alem án y
está perdido. El
corresponsal de la Gaceta de Brem en
y el corresponsal, ver nota original, de la Gaceta de Augusta están
obligados a describir al rey de Prusia como el hom bre que ha resuelto el
enigma del comu nismo, uno dice que a través de una orden religiosa, el otro a base de un lujo científicam ente calculado.
«Por un lado, nues tro m onarca está convencido de que el reino necesita,
especialmente en nuestros días, de una representación brillante y digna; por otro,
cree esta úitim a
está en relación directa con el bienestar de los
ouvriers y de la sociedad.
En el pasa do, los vestidos de nuestras damas de
la corte carecían
en cierto modo de im portancia, y no
podían d ejar de
producir un triste efecto sobre el estado de los
obreros; esto, ahora,
todo ha cam biado
com pletam ente, aunque, bien
es verdad, a costa
de no pocos
gravosos sacrificios, y
en este sentido se *stá desplegando un lujo
grandioso.» Se ha rem ediado todo m alestar, el lujo ha llegado, dice la Gaceta
de Bremen.
____
217 1844.
2,8 Magister era el título que se atribuía
a los profesores
universi tarios El profesor «M» es Theodor Mundt (1808-1861), escritor
y repre sentante en los años
1830-1840 de la cóm em e
literaria «Joven Alemania».
¡Qué desconsideración!
¿De modo que la Orden del Cisne
resulta superflúa? Antes de que
el corresponsal de la Gaceta de Augusta
hablara nadie com prendía la im portancia de la cuestión de la Orden del Cisne.
Si el corresponsal del Brem en es
brutal como Aquiles, éste es
astuto como Ulises, Con un estilo de
Cicerón, un i n genio de sem inarista, el Klopstock
en prosa del
nuevo Me sías 219 real.
Abramos con cuidado
uno de sus m
uchos grifos de miel
en el suplem ento
a la Gaceta
de Augusta del 19 de e n e ro 20 y la miel empezará a
brotar: «Hoy, m ás que
nunca, es necesario ejercitar lo
que desde su
fundación ha sido para el
reino cristiano el
prim ero y más
santo de los
derechos, la defensa, y protección de las viudas y los huérfanos,-
de los oprim idos y los míseros. Un príncipe que
constituye su coro na punto de apoyo de esfuerzos tales, de cuyo
éxito (¿de la
Orden del Cisne?) puede depender
el futuro de
Europa, de m uestra una firm
e confianza en
la m eta feliz
de los cami nos recientem ente iniciados p o r los
pueblos, confianza ahora necesariam ente inculcada en m uchas almas, que por m
ucho tiempo deberá enraizarse en el pueblo, p ara llegar a
conver tirse en el arm a contra
los que basan
sus planes crim inales en las fatigas y los
males del tiempo, para
alterar así el orden público.» ¡Qué arte, qué cultura! Todo
lo dice él: no sólo que el rey es el
centro' del comunismo,
sino tam bién que «el cisne elegido como emblema de la
sociedad, está a punto de anunciar su propio fin, para que
cada uno consi
dere el suyo en particular».
Si no pensara
y escribiera de
form a tan escolástica y no resultase tan aburrido de leer,
consideraríam os al corresponsal un hom bre muy experim en tado, porque, en
sustancia ¿Qué ha
venido a decir?
Sim ple m ente esto: «Si el reino cristiano piensa
guiar la revolución del viejo m undo con la Orden del
Cisne, lo único
que tiene que hacer es considerar
su fin.» Cuando habla de «cada uno»
_____________
219 Friedrich Gottlob Klopstock
(1724-1803), autor de un largo
poe ma, Der Messias.
m Cfr. Berlín, 8 enero, Bei de Wiederbelebung der
Gesselschaft des Schwanenordens. (Con ocasión del renacimiento
de la Orden
del Cisne, en Atígemeine Zeitung,
Augsburg, 19 de enero de 1844, n. 19B.
¿Se refiere tam bién al rey? El esclavo
de la casa
es muy astuto. Pero nosotros no
deseamos que la Orden del Cisne constituya el canto del cisne del rey de
Prusia; por el con trarío, esperam os verlo todavía durante m uchos años en el
buen camino. Los aduladores preven algo de su destino, pero quien juzgue
desapasionadam ente lo verá
claram ente ante sus ojos.
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Y M A R X . — Galvano
deila Voípe El desaparecido
profesor marxista plantea en este libro el problema de las dem ocracias
bur guesas frente al socialism o.
Et HOMBRE NUEVO. — Kosik, Leontief, liaría
R e p r e s e n t a n t e s m arxistas plantean
algunos pro blemas fundamentales sobre la concepción del
«nuevo humanismo».
E ST R U C T U R A L ISM O Y M A R X IS M O . — trías,
Garaudy, Weher
M arxistas y
estructuralistas polemizan en una
de ¡as controversias culturales m
ás apasionan tes de nuestro tiempo.
LITERATU RA
Y SO C IE D A D . — Barthes,
Gold^
mann, Lefebvre
Postulado teórico e
intento práctico de
estudia el arte literario desde
el prism a científico
d. la sociología.
C R IT IC A DE LO S F U N D A M E N T O S DE LA
PSICOLOGIA. — G. PolStzer
.Po.li.tz.er critica y valora los fundamentos de la
psicología siguiendo los esquem as de interpre tación marxistas.
O N T O LO G IA DE H E€£L, — Herbert M a rc use
El mayor intento por parte de Marcus-e dé s is
tematizar teóricamente su propio pensamiento.

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