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Libro N° 7611. Los Anales Franco-Alemanes. Marx, Karl; Rug, Amold .

 


© Libro N° 7611. Los Anales Franco-Alemanes. Marx,  Karl; Rug, Amold . Emancipación. Agosto 8 de 2020.

Título original: © Los Anales Franco-Alemanes. Karl Marx, Amold  Rug

 

Versión Original: © Los Anales Franco-Alemanes. Karl Marx, Amold        Rug

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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LOS ANALES

FRANCO-ALEMANES

Karl Marx

Amold  Rug

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los     Anales

Franco-Alemanes

Karl Marx

Amold Rug

   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Karl Marx

Amold Rug

 

 

Los     anales

franco-alemanes

 

E d ic io n e s M a rtín ez R o c a , S . A.

 

Traducción, introducción y notas de J. M. Bravo

 

F A G . DE    F I L O S O F I A

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FACT. N o......................

FECHA IMGRE

 

 

 

©  1970,   Ediciones  Martínez  Roca,   S.A. Avda. Generalísimo, 322 bis - BarceIona-13 Depósito legal ¿8120' 1970 impreso en España

Gráficas Universidad, Xkjuets de Valls, 1, Barcelona

 

 

 

 

 

 

 

In d ic e

 

 

Introducción

Notas bio-bibliográficas  

Los  anales  franco-alemanes    

Indice  de  la edición original    

Plan  de  íos Anales franco-alemanes   ..

Unas  cartas de  1843      

Cántico  dei  rey  Ludovíco

Sentencia del Tribunal Supremo en el proceso

contra  el  Dr. Johann Jacoby    

Contribución a la crítica de la filosofía de! derecho

de  Hegel       / n A A X    'I01

Embozo  de  crítica  de  la  economía  p o l í t i c a  i .       1

C artas desde  París

Protocolo final de la Conferencia Ministerial de Viena  del  12  de junio de  1834  con  el discurso

introductivo y recapitulador del Príncipe de Metternich, junto con  un  epílogo  de Ferdinand

Coeiestin  Bernays

¡Traición!     *       

La  situación en Inglaterra

La cuestión judía    i

Panorama  de  ios  periódicos alemanes        

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

In tro d u cció n

p o r

J. M . B r a v o

 

 

 

 

 

En la historia política alemana de  la  primera  mitad  del  siglo X IX los Deutsch-franzosische Jahrbücher (Anales fran- co~alemanes) de Karl Marx y Arnold Ruge  constituyen  una etapa de suma importancia: continuadores de todo un mo­ vimiento filosófico y político que a partir del liberalismo  ra­ dical tiende a superar, no sólo los planteamientos más pro­ gresistas en el campo de la burguesía, sino también las con­ cepciones más avanzadas del socialismo europeo  de  su  tiem­ po, para confluir en el comunismo ya germinado, dichos  Ana­  les representan, en la vida de sus dos colaboradores más importantes, Friedrich Engels y Karl Marx, ün momento de­ cisivo en el proceso de clarificación interior que,  tras  la  co­ mún experiencia periodística de los años 1842-43 de la Rhei- nische Zeitung (Gaceta Renana) y de los otros periódicos y revistas democráticas, iba a  desembocar  para  el  primero  en un examen detallado de la realidad obrera  inglesa,  por  lo tanto europea, y para el segundo en el estudio y  profundiza- ción de los temas filosóficos y de superación crítica de las di­ ferentes formas de sotialismo «burgués» y «sentimental» 1

________

1 A este  propósito  resulta  oportuno  recordar  que  Marx,  con  ayu­  da de Engeís, había elaborado la Sagrada Familia en  los  meses  de  sep­ tiembre  a  noviembre de   1844,   y   que   en   el   verano-otoño   del   mismo año,  en  París   había   redactado   aquellos   estudios   «filosófico-económi- cos» que han quedado para la historia  con  el  nombre  de  «Los  manus­ critos»; por su  parte,  Engels  había  redactado  la  Situación  de  la  clase obrera en Inglaterra, durante eí invierno 1844-45.

 

que pocos meses después de la publicación de los Anales fran­ co-alemanes le llevarían  a  la formulación  de  tina  definición de comunismo que acabaría siendo célebre unos años más tarde: «El comunismo es, en cuanto negación de la negación, afirmación, por  lo  tanto,  el  momento  real  y  necesario  para el desarrollo histórico futuro, de la emancipación y de la re­ conquista del hombre.  Se  trata  de  la  estructura  necesaria  y el principio propulsor del próximo futuro...».2

 

Pero,   fundamentalmente, los  Anales franco-alemanes, en su conjunto y en su concepción general, constituyen la cul­ minación, el punto más alto de  la  publicística  radical e  inclu­ so socialista del precuarentayocho alemán, el Vormarz, un trazo neto de separación, por uná. parte, del proto-socialismo, utopista o revolucionario, de los  franceses,  ingleses  y  algu­ nos sentares del más emancipado proletariado alemán, y por otra, del  radicalismo  extremista  alemán,  cuyos  exponentes los constituían algunos de los autores colaboradores de  la revista. Los Anales representan, por lo tanto no sólo una importantísima etapa en lo que hemos llamado proceso de clarificación interior, tanto de Marx como de Engels, sino también una auténtica piedra angular para la izquierda ale­ mana, que a partir de 1844 y hasta 1847, es decir hasta los primeros atisbos del movimiento revolucionario de 1848 se referirá a ellos asumiendo su núcleo de pensamiento y su planteamiento  político;  así lo  prueban  las  numerosas  citas de los artículos de  Marx  y  especialmente  de  Engels  que  en  los años posteriores (particularmente en la segunda mitad del 44 y 45) pueden leerse en la prensa diaria y política de Alemania, y mucho más todavía en  la  .prensa  suiza,  más  li­ bre y menos sujeta a los vínculos restrictivos de la censura. Filosófico y político, el texto de los Anales, no  logró  los objetivos que, de acuerdo con la denominación  de  su  por­  tada tendría que haber logrado, es decir, una elaboración unitaria de conceptos y..textos..por obra de alemanes y fran­ ceses conjuntamente: pero los superó y además llegó a con­ vertirse en la declaración oficial y  pública  del  ingreso  de Marx  y  Engels  en  el  campo  del  movimiento  social  europeo. 

 

La  atenta  censura  prusiana  —aparentemente  atenuada en los años posteriores a 1840 con el advenimiento al trono de Federico   Guillermo  IV,   espíritu,   desde   algunos  puntos  de vista, más abierto que el de su padre Federico Guillermo  III, pero influenciado por las corrientes más reaccionarias de su época, tendentes  a  la  construcción  de  un  estado  «orgánico» de tipo medieval  en  contraposición  a  los  estados  «naturales» al estilo de Inglaterra y Francia, los cuales, a su vez,  habían hecho suyas algunas tesis de la Ilustración 3 la censura pru­ siana, recrudecida tras algunas aperturas de tipo pasajero dificultaba la labor de la prensa democrática y liberal. La Rheinische Zeitung, órgano de la burguesía ilustrada  y  radi­ cal, dirigida por Marx, había suspendido su publicación en Marzo del 43; los periódicos de Wilhelm Weitling y de los ar­ tesanos comunistas fueron suprimidos en el  verano  del  mis­ mo año.  También  ese  año  fue  prohibida  la  publicación  de  los Deutsche Jahrbücher für Wissenschaft  and  Kunst,  órga­ no de la Izquierda Hegeliana dirigido por A. Ruge que, en vida desde 1839 habían tenido tina azarosa  existencia.  Más  o  me­ nos otro tanto ocurría a la prensa periódica alemana.  Ade­ más, la represión de  la  Administración  había  logrado  que,  aun cuando se presentaba una posibilidad  de  actuar, el  pue­ blo, desacostumbrado a pensar, era  el  primero  en  no  acep­  tar todo  lo  que  se  le  había ofrecido, rechazando  los  intentos y, por lo tanto,  permaneciendo  impasible  y  supino  frente  a los principios de los gobernantes.

________

2 Cfr. K. Mar x , Manuscritos del 44, trad.  de  F.  Rubio  Llórente, Alianza Editorial, Madrid 1968.

 

Karl Marx, joven pero espiritualmente maduro, y Arnold Ruge filósofo consagrado, muy conocido en los ambientes in­ telectuales, llegaron simultáneamente a la conclusión de la oportunidad de abrir una vez más el  diálogo  con  las  disper­ sas fuerzas de la democracia, es decir de la oportunidad de publicar un órgano que presentase al pueblo alemán la  reali­ dad germánica y europea sin falsear por las visiones de los funcionarios de la administración y los censores.

A pesar de las desilusiones y descalabros, Marx miró siem­ pre su época sin descorazonarse; en la primavera de 1843, precisamente cuando se comenzaba a hablar de la nueva re­ vista, escribía a Ruge: «Ño digo que tengo  demasiada  con­ fianza en el presente; y si, sin embargo, no dudo de él, es sólo porque su desesperada situación me llena  de  esperan­  za».''

 

__________

3 A este respecto consúltense los escritos juveniles de Engels. Prin­ cipalmente  F.  Engels.  Ernst  Moritz  Arndt,   en   Telegraph  für  Deutsch- land,  Hamburgo,  Enero  de  1841,  nn  2,  3,  4,  5;   Friedrick  Wilhelm  IV, Konig  von  Preussen  en  Einundzwanzig  Bogen  aus  der  Schweiz,  Zurich und Winterthur, 1843, pp.  189-196,  además  de  algunas  de  sus  correspon­ salías para la Rheinische Zeitung.

11

 

La empresa de la nueva publicación parecía difícil desde todos los puntos de vista. La impresión, imposible en  Alema­ nia, tendría que llevarse a cabo en el extranjero. Pero tam bién con respecto a la elección del lugar se planteaban algunos problem as. En septiem bre del año en cuestión, Marx, desde íCreuznach, donde se encontraba en compañía de su m ujer, Jenny, comunicaba  a  Ruge:  «...estaré  en  París  a  final  de mes, porque el aire de aquí  nos  esclaviza  y  en  Alemania  no veo ningún modo de desarrollar  ninguna  actividad  libre­ mente. En Alemania todo se sofoca con la violencia, reina una auténtica  anarquía  espiritual,  el  mismo  reino  de  la idiotez, y Zurich obedece las  órdenes  de  Berlín;  por  lo  tanto,  cada vez resulta más evidente que es preciso buscar un  nuevo  cen­ tro en el que agrupar las m entes trabajadoras e  independien­ tes. Estoy  convencido  de  que  nuestro  proyecto  corresponde  a una exigencia real y las exigencias reales deben  ser  real­ mente satisfechas. De modo que  no  dudo  de  la  empresa, con tal de que se la tome en serio».

 

Pero no se trataba sólo de un problem a de elección del lugar de  la  impresión:   era  la  misma  cultura  filosófica  la  que necesitaba im pregnarse de la carga  revolucionaria  pro­ pia del espíritu  francés.  Por  lo tanto,  desde  el  prim er  mo­ m ento de la discusión acerca de la posibilidad  de  crear  un nuevo órgano, Marx se había expresado categóricamente  a  favor de una colaboración franco-alemana.3

 

En carta al joven M. Bakunin, Ruge, en junio del 43, explicaba: «Es  cierto, nosotros  los  alemanes  estamos  todavía tan atrasados que lo que tenem os  que  hacer, en  prim er  lu­ gar, es recrear una nueva literatura hum ana para conquistar teóricam ente el mundo, para que, en un segundo  tiempo, di­  cho mundo posea ideas de  acuerdo  con  las  que  actuar. Qui­  zá sea posible iniciar una publicación en Francia, quizá tam ­ bién, incluso, con los  franceses».  En  realidad,  los  franceses no hicieron grandes contribuciones (como se verá más ade­ lante), pero los Anales, precisam ente por su prim itiva con­ cepción asumieron un significado cosmopolita: efectivamente, los Anales no  sólo presentaban  un  cuadro  ideológico y  social de la Alemania de la época, sino también, y gracias a  los  es­ critos de Engels y Hess, así como  por el  espíritu  de  casi  to­ dos los textos publicados, especialmente los de Marx, ofre­ cían una visión  de  la  situación  cultural,  política  y  económi­ ca de Inglaterra y Francia: es  decir,  fueron  europeos  o,  me­ jor dicho se elevaron  por  encima  de  las  barreras  nacionales de los estados de la Europa del príncipe de Meternich. Su significado  está  comprendido  en  las  palabras  finales de   la ya citada carta de Marx a Ruge  de  septiembre  de  1843,  en  la que precisaba, por un lado, el  planteam iento  revolucionario de la revista («Nosotros no anticipam os dogmáticamente el mundo, sino que a p a rtir de la crítica del viejo, pretendem os deducir el nuevo») definiendo después su program a universa­ lista: «Así pues podemos sintentizar en una palabra la ten­ dencia de nuestra  revista:  autoclarificación  (Filosofía  Críti­ ca) de nuestro tiempo en relación  con  sus  luchas  y  sus  de­ seos. Se tra ta de un trabajo para el mundo y  para  nosotros. Todo lo  cual  sólo  puede  derivarse  de  una  unión  de  fuer­ zas. Se trata de una confesión, y no de otra cosa».

 

* Para esta  y  el  resto  de  las  citas  que  siguen,  cfr.  en  este  volu­  men, la correspondencia; Unas cartas de 1843.

 

___________

5 Cfr. Carta de  Marx,  desde  Colonia, a  Ruge,  en  Dresde  (13  de marzo de 1843) en Ma r x -Engel s , Werke, Berlín, Dietz, 1963, vol XXVII,

p. 416.

 

 

 

M ientras discutía con Marx el contenido de la proyectada revista, Ruge, apoyándose en la editora radical de Zurich «Li- terarisches Comptoir», dirigida  por  el  profesor Julius  Frobel y por el conocido radical alemán August Folien  intentaba crear una organización financiera que perm itiera dar vida holgada al nuevo periódico.

 

Tras las prim eras incertidum bres, se había  descartado Zurich (por los motivos señalados por Marx), Estrasburgo y Bruselas, eligiéndose París que, además de famoso centro in­ telectual, hospedaba de 80 a 120.000 alemanes que se presenta­ ban como un auditorio potencialm ente abierto a quien diri­ girse. Ruge y Frobel intentaron crear una sociedad anónima, pero el experimento no tuvo éxito porque no surgieron sus- criptores de acciones y, finalmente sólo Ruge, que poseía un patrim onio considerable adquirió una determ inada  cantidad de acciones del Literarisches Comptoir,' cuya sede social, al menos por lo que a la revista se refería, fue transferida a la capital francesa.

Entre los demócratas alemanes y  los  emigrados se  reunió un  buen  núm ero  de  colaboradores. Descartados  los llamados «libres»  de  Berlín,  los  herm anos  Bauer,  Max  Stirner  y  sus amigos/ que partiendo de la crítica del hegelianismo y de la filosofía contem poránea  habían  degenerado  hacia  posicio­ nes de anarquism o intelectual y de encendido ateísmo y po­ lémica antirreligiosa, no  Ies quedaban  más  que  los  «jóve­ nes» hegelianos y los representantes de la izquierda hegeliana que se iban orientando poco  a  poco  hacia  la  democracia radical o el socialismo. No hay que olvidar que  Ruge  pocos meses antes se había empeñado en un estudio  de  las  doctri­  nas comunistas, diciendo, en un artículo suyo de la Gaceta Renana que no conocía a fondo sus tesis, y que  su  im portan­  cia derivaba de la actualidad de la cuestión en Francia e In­ glaterra,

 

Tenemos pues a un grupo  de  alemanes comprometidos ya en un trabajo social colaboradores o, cuando menos, simpa­ tizantes del periódico dirigido por Frobel en Zurich, el Schweizerischer Republikaner, los cuales, aun sin ser socia­ listas ni comunistas habían tenido el valor de asum ir la  de­ fensa de Weitling frente a los reaccionarios locales.  Reunía dicho grupo a Moses Hess, al poeta Georg Herwegh, Mijail Bakunin, Friedrich Engels (que había publicado sus Cartas  desde Londres en el periódico suizo), a los  que  se  unía tam ­ bién el periodista Ferdinand Coelestin Bernays, director y re­ dactor por aquellos años de algunos de los principales perió­ dicos radicales  alemanes, y el médico demócrata Johann Jacoby, bastante conocido por sus panfletos y por sus polé­ micas con la censura prusiana.7

 

Aspecto particularm ente interesante revestía la colabora­ ción del filósofo al que todos m iraban con respeto y admi­ ración, Ludwig Feuerbach, que, a  pesar  de  haber prom etido su colaboración, y a pesar de  la  insistencia  de  Marx y  Ruge, lim itóse a enviar una breve carta, inserta después en la co­ rrespondencia reelabora-da por Ruge y que se incluye en el presente volumen.  El  filósofo  carecía  del  valor necesario  pa­ r a com prom eterse politicamente, prefería actuar en silencio y continuar estudiando solo. En  junio  de  1843  confesaba  a Ruge: «No tengo absolutam ente  nada  contra  la  idea  en  si; to;»o lo contrario, el contacto con el  espíritu  francés  me  re­ sulta atrayente e incluso algo  más,  pero  desde  el  punto  de  vista práctico la idea es irrealizable. E sta alianza asume  el aspecto de una m anifestación con lo que  fracasa  eci  su  obje­ tivo, que es, prim ordialm ente,  crear  una  atm ósfera  favora­ ble. Por lo tanto es  necesario,  al  menos  en  la  Alemania  ac­ tual, reaccionaria y lim itada,  im pedir  que sople  el viento, sobre todo un viento tem pestuoso...  Todavía  no   podemos; pasar de la teoría a la praxis porque nos falta una teoría completam ente elaborada. La doctrina sigue siendo la co sa ; esencial, las revistas tienen que lim itarse a apoyarla»/

__________

6 «Libres»  eran  aquellos  pensadores,  pertenecientes   a   la   izquier­ da hegeliana que, en 1843 se habían reunido en Berlín en la llamada

«sociedad de los libres», inmediatamente  degenerados  en  un  subjeti­ vismo sin salida  ni  contactos  con  la  realidad  cultural  y  social  alema­ na. Entre sus miembros  se  contaban; los  hermanos  Bauer  (Bruno,  Edgar y Egbert),  el mismo  Engels  y  Eduard  Meyen,  Max  Stirner, Gustav Julius, Friedrich Sass, Ludwig Buhl y otros.

7 Engels había escrito un largo artículo  para  la  Rheinische  Zeitung, del 14 de julio de 1842 acerca  de  Jacoby  y  su  lucha  contra  los  tribu­ nales prusianos en relación con  los  problemas  de  la  censura:  Zur  Kri~ íik der preussischen Pressgesetze.

 

A pesar de la respuesta negativa, Feuerbach, por su pres­ tigio personal, por la celebridad de sus  estudios, por  su  m is­ ma actitud alejada de las polémicas políticas, podía resultar para la revista un elemento determ inante. Por lo tanto, el mismo  Marx  a  principios  de  octubre  volvía  a  dirigirse  a  él en una larga carta de respetuoso homenaje, invitándole  de nuevo a la colaboración: 5 «Egregio señor, el Dr. Ruge, en  su viaje de hace unos mesos  le  habrá  comunicado  nuestro  plan de publicar los Anales franco-alemanes,  al  mismo  tiempo  que le invitaba a colaborar. El asunto  está ya muy avanzado: París es nuestra sede editorial y el prim er cuaderno mensual tendrá que aparecer a finales de noviembre. Antes de mi m ar­ cha a París, que tendrá lugar dentro de pocos días no  puedo dejar de realizar este vuelo epistolar, ya que no me fue con­ cedido el honor de trab ar conocimiento pe.rsonal con usted. Usted ha sido uno de los prim eros autores que expresara la necesidad  de  una  alianza  científica  franco-alemana.  De   mo­ d a que, indudablemente, usted será uno de los prim eros en apoyar una empresa que pretende realizar esta alianza... Cual* quier escrito suyo será verdaderam ente bienvenido entre noso­ tros»; y, especificando  después  su  petición,  Marx  le  invitaba al envío de la Introducción a  la  segunda  edición  de  la  Esen­ cia del Cristianismo,  que  el  filósofo  estaba  preparando,  a cuyo  propósito  apuntaba: «será un espléndido principio».

Los    colaboradores,   particularm ente   considerados (aun aquellos  probables  o potenciales)  de  los Anales  franco-alema nes, son motivo de algunas observaciones interesantes:  1 . Marx y Engels, que  si  todavía  lejanos  entre    por  el  objeto de sus estudios, su educación,  tenían  ya  una  idea precisa  de las posiciones que la revista tendría que asumir, es decir, del papel de m ediadora entre la  ideología y  el  movimiento  social de origen obrero o genéricamente proletario;  2.  Hess  y,  en parte y en la medida en que su  ascendencia rusa se lo  perm i­  tía, Baktmin representaban un aspecto del prim itivo  socialis­ mo y el hum anismo alemán  del  momento, determinados, por un lado, por las tendencias  anarquizantes y libertarias  y, por otro, por la ideología pequeño-burguesa; w 3. Jacoby 11 era el típico exponente de  la  democracia  liberal  alemana  en  lu­ cha contra el absolutism o prusiano y contra  todos  los  resi­ duos feudales y medievales, la cual, en 1848 evidenciaría sus contradicciones en  el Parlam ento  Confedera!  de  Frankfurt, en sus diferentes corrientes, desde la izquierda al centro; 4. Ruge,12 Herwegh,'3 el editor Frobel 14 y Bernays,15 representan­ tes del radicalism o alemán político-social, se autodeclaraban hum anistas naturalm ente dem ócratas y, en algunos casos, vagamente comunistizantes; 5. Feuerbach no estaba muy in­ teresado en el problema político lim itándose a considerar

 

-

9Carta de  Feuerbach,  desde  Bruckberg  a  Ruge  (20/VI/43).  Citada  por Augusíe Cornu , Marx y Engels, del liberalismo al comunismo.

9 Cfr. Carta de Marx a Feuerbach (3/X/43) en Mar x -Encel s , Werke, cit. vol XXVII, p. 419.

 

10 Los estudios sobre el «joven» Hess que se han  realizado  en  los últimos cuarenta anos son bastante numerosos. Destacamos: Theodor Zlocisti, Afoses Hess.  Berlín  Wejt-Veriag,  1921.  Auguste  Co r n u  ,  Mases Hess et la gauche hegélienne, París,, Alean, 1934,   y  los  más  recientes;  Moses Hess Briefwchseí. Herausgegeben  von  E.  Süberner.  S'Gravenha- ge, Mouton, 1959; Moses Hess,  Philosophische  und  sozialistische  Schrif- ten 1837-1850. Herausgegeben  und  eíngeleitet  von  A.  Cornu  und  W. Monke.  Berlín,  Akademie, 1961.  Mencionamos  también   la   bibliografía de los escritos de Hess, realzada por Silbemer.

1 Con respecto  a  Jacoby,  cfr.  el  voí  XIII de  la  AUgemeine  Deuts­ che Biographie, pp. 620 y sgs. Además: R. Ad a m , Johann Jacoby, en Historische  Zeitschrift,  München,  1930,  n.  143;  Johann  Jacoby,  en Werner  Blumenberg,  Kampfer  für   die   freiheit,   Berlín   y   Hannover, J. H. W., Dietz, 1959, op. 13-17.

13 Sobre Ruge cfr. Walter N e h e r , Arnold Ruge ais Politiker und politischer SchriftsteUer, Heidelberg, C. Wínter, 1933_, y H. L. Schmiot, Arnold Ruge un der Volkerbundsgedanke 1848, Münster, 1952.

13       Acerca de Herwegh cfr. Christían Petzbt, Die Blütezeit der  deuís- chen  poiitischen  Lyrík  von  1840  bis   1850,   München,   Lehemann,   1902, pp. 129-162. y Victor  Flury,  Le  poete  Georges  Herwegh  (1817-1875)  Pa­ rís, Faculté de Lettres, 1911.

14       Cfr.  Erast  Feuz,  Jülius   Frobel.   Seine   politische   Entwicklung bis 1849, Bern Leipzig, 1932 (Berner TJntersuchungen zur Allgemeinen Geschichte) y W. Mo mmse n , Julius Frobel, en Historiche Zeitschrift, München 1956,  n.  181.  Sobre  Literarisches  Comptoir  cfr.  Werner  N af , Das literarisches Comptoir Zurich und Winterthur, Bem Francke, 1929.

15       Sobre Bernays cfr. las escasas noticias incluidas en The Forty- Eighters, Political Refugees  of  the  Germán  Revolution  of  1848.  Edited by  A.  E.  Zueker,  New  York  Cohimbia  University  Press,  1950,  pp.  65, 142, 271, 278.

 

16

 

el religioso, propugnador de las famosas tesis acerca de la emancipación religiosa como premisa  de la emancipación humana; !S 6. Caso aparte  lo  constituye  el  poeta  Heme,  el cual, tras  la  prohibición  de  la  introducción  de  sus  escritos  en Alemania (1841), se había aproximado mucho a la demo­ cracia y a sus exponentes, dedicándose cada vez con mayor interés a los temas sociales y al socialismo en sus correspon­ salías para la Allgemeine Zeitung de Augusta; recordemos asi­ mismo la sim patía alim entada por Marx hacia el poeta, y vi­ ceversa; 17 y, en contrapartida, la antipatía, hostilidad diría­  mos, de Ruge hacia Heine.

De acuerdo con las intenciones de los redactores y de  acuerdo con su lema, la revista tenía por objeto  la  colabora­ ción político-ideológica con los franceses. Pero antes de plan­ tearse dicha colaboración, dice Cojmi, era necesario «estable­ cer entre los principales  redactores  alemanes  cierta  unidad de tendencias y doctrinas»: éste y no otro era el objeto per­ seguido p o r la correspondencia sostenida entre Marx, Ruge, Feuerbach y Bakunin durante la  prim avera  y  el  verano  de 1843 (incluida en el presente  volumen). Del texto  de  las  car­  tas  puede  concluirse  que  Marx   fue  el   auténtico  anim ador y « director  espiritual»  de  la  empresa:  puede  afirm arse  esto a pesar de que dicha correspondencia aparece reelaborada a través de la «homogeneización»  de  Ruge,  ei.cual  revisó  to­  dos los escritos  recibidos  por  los  tres  corresponsales,  hasta el punto de poder decir después que se tratab a de una «obra suya».’* El mismo Engels, en carta a Wilhelm Liebknecht, sostenía que no era preciso considerar  auténticos  los  textos que llevaban la  firm a  de  Marx.  Sin  embargo,  la  larga  carta de septiem bre, en la que se proponía el program a de la re-

 

16       Sobre Ludwig Feuerbach, además del conocido escrito de F. Engels , Ludwig  Feuerbach  y  el  fin  de  la  filosofía  clásica  alemana  (1886) En Mar x -Engel s , Obras escogidas, Ed. Progreso,  Moscú  1966,  véase: Adolph Kohxjt , Ludwig Feuerbach, Leipzig, 1900.

n Los estudios  sobre  Heine  son  numerosísimos:  véanse  por  ejem­ plo, (sobre todo por cuanto se refiere  a  las  relaciones  entre  Heine y Marx) F. Fejto, Marx et  Heine,  en  Revue  Internationale,  París,  junio- julio 1946, pp, 578-585; Joachim Mu u e r , Marx und Heine,  en  Wiss, Zeitschrift der F. Schiüer XJniversit'dt lena,  1952-53,  n,  5.  pp.  9-19:  Jo- hanna Ru d o j j h ,  K.  Marx  und  H.  Heine,  en  Neues  Deutschíand,  Ber­ lín, 14   de  marzo  de  1953.  Sobre  Heine  en  particular,  en  castellano, véase el trabajo  de  M.  Sacristán,  Goethe-Heine,  Ciencia  Nueva,  Ma­ drid, 1968.

is    Ruge  en  una  carta  al  Frobel  del  19 de  diciembre  de   1843   confe­

saba «estar escribiendo todavía algunas cartas siguiendo los origina­ lxexs xdve rBna.kunin,  Feuerbach,  Marx  y  míos».  Cfr.  Mega ,  c it,  vol  1/2  pág.

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vista diferente del de Ruge, puede atribuirse a Marx, precisa­ mente en virtud de su contenido.

En París, y a la búsqueda de nuevos colaboradores,  Ruge prim ero y Marx después, habían intentado rem over los am­ bientes culturales de la izquierda: pero por todas partes, in­ cluso entre los socialistas, sólo tropezaron con la indiferen­ cia, cuando no con la hostilidad. El poeta Lamartine negó pú­ blicamente su colaboración  en  la  revísta;  el abad  Felicité  Ro- b ert de Lamennais  discutió largamente con  los redactores, pero acabó rechazando ia  invitación, y  permaneció  a  la  espe­ ra del prim er número; el  «socialista»  Louis Blanc echó en cara  a  los  alemanes  su  ateísmo  y  les  reprochó  el  rem itirse  al m aterialismo del siglo xvm ,  superado  ya  por  los  france­ ses. Pierre Leroux y Proudhon, únicos quizá capaces de com­ prender el planteam iento de los Anales, por motivos de ca­ rácter privado no pudieron adherirse a la  invitación  de  man­ dar sus colaboraciones.

Así  pues,  la revista  carecía  de  la  fracción  francesa  y  todo el peso de la misma recayó sobre las espaldas de los alemanes, particularm ente de Marx y  Ruge.  La  enfermedad que inm ediatam ente postró a este últim o le impidió  entre­ garse con la dedicación que le hubiera correspondido; Marx, ayudado exclusivamente por Hess, se transfirió también  a París y cargó con la mayor parte del trabajo, y el número doble, el único que salió entre  finales  de  febrero  y  princi­  pios de marzo,  fue,  en  su  m ayor  parte,  obra  suya:  precisa­ m ente por esto  empezaron  las  diferencias  con  Ruge  que, con el número ya im preso ,'19 se declaró en desacuerdo con él, tanto en sus planteam ientos generales, como con algunos ar­ tículos en particular.

A pesar de que Marx era  quien  poseía  las  ideas  más  cla­ ras en relación con  la  revista,  fue  Ruge  quien  redactó   él Plan; el cual, escribe Cornu se  lim itaba  a una vacía  fraseolo­ gía «liberal y  hum anitaria».  De  acuerdo  con  Ruge,  la  tarea de los Anales, era luchar por la libertad,  la  libertad  política, esa libertad que los franceses ya habían  conquistado  en  el  siglo anterior y conservado, aunque con dificultades, hasta el presente.

El artículo sobre la cuestión judía y la Introducción a la

 

19       Los Anales fueron impresos en  Zurich  a  petición  de  la  Litera- riches  Comptoir:  cfr.  carta  de  Marx,  desde  París   a  J.   Frobel,   en   Zu­ rich  (11  de  noviembre  de  1843)   en  Ma r x  -Engel s  ,  Werke,  cit.,  pp.  422-23. Sin embargo no existe comprobación tipográfica del hecho.

 

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Crítica de la filosofía del derecho de Hegel, de Marx, la  dis­ cusión acerca de la obra del inglés  T.  Carlyle y el Esquema de tina crítica de la economía política, de Engels, una auténtica ilustración de la economía burguesa a p artir de los plantea­ mientos de Adam Smith y del principio de  la  «Escuela  Clá­ sica», form aban el núcleo central del cuaderno. Las posi­ ciones de Engels y Marx eran   sustancialmente  análogas: ambos, el prim ero en Inglaterra y el segundo  en  París,  des­ pués de diferentes experiencias en su  patria  habían  encon­ trado el movimiento obrero, es decir,  asociaciones  organi­ zadas de obreros y  artesanos,  diversamente  influenciadas por el socialismo y el comunismo, y con objetivos políticos  bas­ tante precisos. Precisam ente en estos años ambos  dieron  el paso que todavía les separaba del comunismo,  Marx  supe­ rando la abstracta critica de Feuerbach, Engels a través del estudio de la situación del proletariado en sus form as más organizadas y «modernas», el proletariado inglés de las fábri­ cas. Liberados del  carácter  abstracto  y  la  incerticlumbre  de los tiempos juveniles, trabado conocimiento no sólo con los nuevos escritores de economía e historia, sino tam bién en contacto con una nueva realidad económica y social, Marx y Engels estaban en condiciones de precisar más y m ejor  su propio pensam iento y, precisam ente los artículos  de  los Anales, podían poner las prem isas de una mayor profun- dización futura “

El resto de las aportaciones no carecían tampoco de in­

terés. La poesía de  Heine, ferozmente sarcástica  con  respecto al rey de Baviera, atraía la  atención, no  sólo  de los  admirado- res del poeta, sino tam bién la de muchos espíritus libres de Alemania. Así tam bién los escritos de los autores «demócra­ tas», el poema ¡Traición! de Herwegh, los documentos pro­ porcionados per Bernays, las  crónicas  de  la  batalla  jurídica de Jacoby, presentaban un interés y un  espíritu  innovador hasta el punto de  ser  apreciados por un  público  vastó,  hasta el punto, decimos, de  «causar  impresión»  en  Alemania,  se­ gún el juicio del mismo Ruge que,  como  sabemos,  era  lite­  rato y filósofo en grado de juzgar con im parcialidad  los  es­ critos verdaderam ente originales.

 

20       A fin de  valorar  los  artículos  de  Engels  publicados  en  los  Ana­ les, nos  sirve  un  juicio  del  mismo  autor  que,  en  carta  a  Marx  de  oc­ tubre  «del  44  decía:  «Hasta  eí momento,  los  Anales  se   venden   solos. Tiene  gracia,  pero mi  artículo  sobre   Carlyle   ha   tenido   gran   reso­  nancia entre la masa, mientras que el otro sobre economía, apenas

si ha sido leído. Es natural.»

 

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Mención especial merece la participación de Hess en la revista. El joven de  Colonia  (miembro  unos  años  más  tarde de la Prim era Internacional) publicó las no muy elaboradas Cartas desde París,  en  las  que  esbozaba  una  breve  historia de las corrientes sociales en París; su escrito cuadraba per­ fectam ente con el espíritu de la revista. Sin embargo,  Hess había escrito para los Anales un artículo muy im portante, La esencia  del  dinero,  que  no  pudo  publicarse  en  la revista y que vio la luz un año más tarde/ 1 artículo en el que alineán­ dose con Marx y anticipando algunas de  sus  tesis,  dem ostra­ ba que la real enajenación del hom bre se producía en el te­ rreno de lo económico, porque el  dinero era el  elemento determ inante de la sociedad burguesa, y sólo aboliendo el dinero, es decir, la propiedad privada con todas sus impli­ caciones, se lograría  la  libertad  efectiva  del  individuo. Argu­ m entos análogos esgrim ía Marx cuando, quizá después  de  haber leído un borrador  del  artículo  de  Hess,  criticando  a su ex  amigo  Bruno  Bauer,  discutía  acerca  del  problem a  de la emancipación de los  judíos:  «¿Cuál  es  el  culto  m undano del judío?» preguntaba Marx en su Zur Judenfragc, con ex­ presiones que se rem iten a cuanto ya habían expuesto Char­ les Fourier en Francia y Weitling en Alemania, y respondía:

«El pequeño comercio. ¿Cuál es su dios profano? El dinero. Pues bien, la emancipación del  comercio  y  del  dinero,  es decir, del judaism o práctico, real, constituye  la  emancipa­  ción de nuestra época.»

La últim a parte de los  Anales,  se  llamaba  «Panorama  de los periódicos alemanes»: estaba compuesta por doce notas críticas y satíricas, la prim era de las cuales se atribuye  a Bernays. Probablem ente, el resto era obra  de  la  redacción  y en buena parte  de  ellas  se  aprecia  la  influencia  de  Ruge,  o las redactó él m ism o .22 Sólo las cuatro últim as  noticias,  uni­ das entre sí, no son atribuibles a Ruge y pueden, por el con­ trario, atribuirse a Marx, si bien, precisam ente, por motivos formales, es  decir, por la  irónica utilización  de  los  nom bres   y térm inos de la literatura clásica, por  la  habilísima  dialéc­ tica, por las concreciones sobre el «comunismo alemán», e tc .22

21 Cfr. Moses  He s s  .  Ueber  das Geldwesen,  en  Rheinische  Jahr- bücher zur gesellschaftlichen Reform, Darmastadt, 1845, vol I pp. 1-34.

2  De  acuerdo  con  Mbga   a  Ruge  pueden  atribuírsele  7  notas:  1.  Por el uso de términos particulares; 2. Por algunas referencias que  se encuentran a la carta de Bakunin (junio de 1843) y a Progresos en  Alemania; Porque estaba especialmente interesado en algunos de los problemas tratados ( Voltaire, Schíller y Goethe). Porque ya se había dedicado anteriormente a investigaciones de tipo literario.

 

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La aparición del núm ero doble fue acogida con  gran  in­ terés. Algunos ejem plares lograron  pasar a  Alemania. Aunque su éxito político fue grande, el m aterial y financiero fue escasísimo. Por su parte, el  gobierno  prusiano,  hizo  presio­ nes sobre el francés, a cuyo frente se encontraba el «historia­ dor» Guizot, a ñn de obtener un veto para la difusión de los Anales; en realidad el gobierno  de  Berlín  puesto  en  guardia por sus propios agentes secretos  en  París  había intentado  ya im pedir o, cuando menos, obstaculizar su publicación.  Dado que no había logrado su  objetivo,  ahora,  una  vez  aparecidos los Anales, prohibió su entrada en la nación y decretó la incautación de los ejem plares en las fronteras. Ordenó a las autoridades aduaneras el arresto de los principales colabora­ dores —Ruge, Marx, Heme y Bernays— caso de  que  intenta­ sen en trar en Prusia*. en realidad lo único que se hizo fue secuestrar numerosos ejem plares del  núm ero  aparecido.  Pa­ ra la revista todo esto, de acuerdo  con  Mehring,  supuso  un duro golpe dado el núm ero modesto de la tirada.

La  pobreza financiera, el  tem or de  Ruge a  comprom eterse

posteriorm ente con los comunistas, de los que seguía diver­ giendo, tanto con respecto a ideología como a actividades, la retirada del mismo Frobel de la iniciativa comercial,23 di­ vergencias personales entre los redactores y las  diferencias en  el  juicio   de  los  colaboradores  acerca  de  la  conducta  de  los

«poetas» comprom etidos en los Anales, Heine y Herwegh, que Marx defendía precisam ente en su  personalidad  de  poe­ tas, a pesar de reconocer sus defectos como hombres, le  lle­ varon a su ruptura con Ruge. Éste, en carta a Feuerbach, escribía en mayo  del  44:  «Marx  se  ha  separado  form alm en­ te de mí con  una  carta,  aprovechando  para  este fin  el  hecho de que me hubiera expresado un poco duram ente sobre el sibaritism o y el espíritu desencantando de Herwegh, que con­ trastan con su carácter.  Marx  defendió  a  Herwegh  diciendo que era un genio y que tenía un gran porvenir por delante.» 24

Con la división se llegó también a la m uerte de la revista. Pero, en realidad su publicación carecía ya de sentido. Así lo reconocía el mismo Ruge cuando decía, dos años más tarde, sin entender ni  lo  que  habían  significado  los  Anales,  ni en qué había consistido  en  Alemania  y  Suiza  el  movimiento com unista de los Artesanos.” «Desde el prim er cuaderno, los Anales cayeron en los planteam ientos de una secta, que en Francia está perfectam ente  limitada  y  no  cuenta  con  nadie de talento y que en Alemania no tiene razón de ser, apoyada únicam ente  por  un  pequeño  grupo  de  artesanos...   cuando el hilo se rompió a causa de la desaparición de  la  casa  edi­  torial, fue imposible reanudarla, precisam ente por el con­ tenido de la revista.»

 

 

n  En  abril,  Marx  escribía:  «Voces  diversas.,, me  obligan  a   decla­  rar que la librería editora suiza -se ha «'tirado de improviso  de  esta empresa por motivos económicos, y precisamente por eso ha sido im­ posible continuarla. París abril 1844 cfr. Mar x -Engel s , Werke, cit. vol. XXVII, p. 424.

24 Cfr. Carta de Rtrge a Feuerbach, en Bruckberg (15 de mayo del 44) en Auguste Co r nu , op. cit.

 

 

Por su parte, Marx, expresó su oposición al democratism o burgués —precisam ente este era el punto de roce con Ruge— después  de  haber  roto  con  los  «libres»  de  Berlín.  La  crítica a Bruno Bauer en la Sagrada familia, el  rechazo  del  socia­ lismo «sentimental» (el llamado  «verdadero  socialismo»  de Karl Grun y sus compañeros) contenido en la Ideología Ale- mana, la refutación del socialismo «pequeño-burgués» de Proudhon en la Miseria de la Filosofía, la impugnación del ingenuo comunismo revolucionario  de  los  artesanos  alema­ nes a cuyo frente  estaba  Weitling,  abrirán  la  vía  y  conclui­ rán al mismo  tiempo  la  evolución  hacia  la  claridad  que  cul­ m inará en febrero del 48, con la redacción del Manifiesto.

Tras la gran resonancia  de  que  gozaron  en  el  tiempo  de  su publicación y en los años inm ediatam ente posteriores, los Anales fueron olvidados; en frase de Rjazanov,  los  Anales fueron redescubiertos por M ehring y  Meyer.  Casi  completa­ m ente ignorados en España, a excepción quizá  de los  artícu­  los más famosos de Marx y Engels, constituyen un elemento decisivo para la  comprensión  de  todo  el movimiento  que llevó a los dos pensadores a la plena elaboración de  sus  teo­  rías. Esta es la razón que justifica su traducción integral al castellano.

 

 

2i        C fr. Arnold R u g e . Sammtliche Werke. Vol V: Siudien und Erine- nerungen atts der Jahren 1843-1845, Mannheirn, Grohe, 1847 (2.a Ed.),

p. 138.

 

22

 

M o fa s b io - b ib l io g r á f ic a s d e l o s

c o l a b o r a d o r e s d e l o s 66A n a l e s 441

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

MIJAIL BAKUNIN (1814-1876)

 

Anarquista ruso nacido en Torjok.  Oficial  de  la  Guardia  Impe­ rial, abandonó  el  ejército  en  1836.  Pasó  a  vivir  clandestinamente a Moscú. Estudió  filosofía en Berlín  (1841), de donde pasó  a Dresde y  a  París  (1847).  En  París  trabó  amistad  con  George Sand y Proudhon. Expulsado  de  París  intervino  activamente  en los movimientos revolucionarios de Praga y Dresde. En 1849 fue arrestado en Sajonia y condenado a muerte. A pesar de ello, fue entregado a Rusia, donde pasó varios  años  encarcelado  antes  de ser deportado a Siberia en 1855,  de  donde  logró  fugarse  al  Ja­ pón. En 1861 buscó refugio  en  Londres y  en  1865  aparece llevan­  do a cabo trabajos de agitación en Italia. En  1869   fundaba  la Alianza Socialdemócrata, que poco después incorporaría a la  Primera Internacional. Opuesto a Marx, fue expulsado de la Or­ ganización, retirándose a Suiza en 1872.

 

Escritos anteriores a 1843-44: En los primeros años del  quinto decenio del ochocientos escribió un artículo para los Anales Alemanes de Ruge, con el pseudónimo de  Jules  Eytel,  La  Reac­  ción en Alemania (Die Reaktion in Deutschíand, en Deutsche Jahrbücher für Wissenschaft und Kunst, Leipzig, 1842,  nn.  247 - 251). En el mismo 1844 fue colaborador del Vorwarts (Adelante) parisino de L. F. C. Bernays.

 

1 El espacio que  a  cada  uno  de  los  colaboradores  se  ha  concedido  en  las notas  bio-bibliográficas  está  relacionado  con  la  difusión  de   su obra en  España.  Sobre  los  autores  más  conocidos,  se   incluye  sólo   lo más importante de su obra hasta  el  momento  de  la  publicación  de  los Anales franco-alemanes.

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LAZARUS FERDINAND COELESTIN BERNAYS

 

Periodista  y  colaborador de  numerosas  hojas   radicales,  amigo de Marx, nació en Maguncia en 1815. Tras haber  estudiado  dere­  cho en la Universidad de Münich, Gottinga  y  Heidelberg,  el  jo­  ven jurista ejerció durante algún tiempo la profesión en el Pa- latinado renano. Pero pronto se dedicó al periodismo político, obteniendo resonantes éxitos con sus artículos en la Rheinische Zeitung, y con su opúsculo Alemania y las constituciones parla­ mentarias  de  Franconía,  Unos  años  más  tarde,  Engels,  en  Carta a Marx del 20 de  enero de  1845, ponía de relieve el  brillante  esti­ lo  de  Bernays:  «Me  he   divertido  muchísimo  con  algunas  cosas de Bernays. Se trata de un tipo  capaz  de  hacerte  reír  a  carcaja­ das, cosa que cada vez resulta menos frecuente.»

A finales de 1842 sustituyó a Karl Grün en la redacción de la Mannheimer  Abendzeitung;  el  tono  inconformista  del   periódico le obligó a abandonar Renania. Emigró a París, donde conoció a Heinrich Bórnstein, propietario del periódico editado en alemán Vorwarts! Ocupó  su  dirección  sustituyendo  al  moderado  Acial- bert von Borstein, junto a Marx y Engels.  Prohibida  la  publi­ cación de Vorwarts por el ministro Guizot, a instancias del  go­  bierno de Berlín, fue condenado a varios meses de prisión: a principios de 1845 fue, junto a Marx y Ruge, expulsado de-París. Después de los acontecimientos del 48  emigró  a  América.  Con­ tinuó su actividad periodística en  San Luis,  donde publicó, ayuda-  do por Heinrich Bórnstein, el Anzeiger des Westens, del cual fue colaborador también Ruge. Fue considerado uno de los mejores periodistas en lengua  alemana.  Por  aquel  tiempo  se  hizo  amigo de Abraham Lincoln y,  en  1861,  por  intervención  de  este  último fue enviado a Europa, a Zurich, como cónsul de los Estados Uni­

dos. Murió en los Estados Unidos en 1876. Redactó y colaboró en:

Rheinische Zeitung (Gaceta Renana). Colonia 1842,

Mannheimer Abendzeitung (Gaceta de la tarde de Mannheim)

Mannheim, 1842-3.

Deutsch-franzósische Jahrbücher, París 1844.

Anzeiger des Westens (Monitor de Occidente) S. Luis, 1850-60.

 

 

FRIEDRICH ENGELS (1820-1895).

 

Bibliografía hasta 1844: En la époc% de la publicación de los Ana­ les franco-alemanes, Engels ya había colaborado en numerosos periódicos y revistas,  entre  los  más  conocidos  están:  Telegraph für Deutschland, de Hamburgo, Rheinische Zeitung, de Colonia Scheweizerischer Republikaner, de Zurich, Einundzwanzig Bogen aus der Schweiz (Ventiún pliegos desde Suiza), de Zurich; había publicado, además, algunos opúsculos anónimos contra Schelling.

 

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LUDWIG FEUERBACH (1804- 1872).

 

De  formación  hegeliana,  era,  en  los  años  de  los  que  se habla, el  - pensador más  importante  de  la  izquierda  del  movimiento  filosó­ fico que tomaba  su  nombre  de  Hegel;  sus  escritos  más  impor­ tantes  hasta  1844  fueron:   Das  Wesen  des  Christeniums  (La  esen­ cia del Cristianismo), de 1841  y  las  Vorlaufige  Thesen  itber  die Reform der Philosophie (Tesis Provisorias para la reforma de

la Filosofía), en Anekdota zur neuesten  deutschen Philosophie und Publizistik («Anekdota» para la filosofía y la publicística alemana contemporánea) Zurich, 1843.

 

HEINRICH HEINE (1797-1856).

 

Los textos más conocidos de Heme en  los  años  de  la  publicación- de los Anales, fueron;  el  Buch  der  Lieder  (Libro  de  los  cantos), de 1827; Reisebildet (Imágenes de viaje), de  1827 y  1831,  así  como sus corresponsalías periodísticas desde París, redactadas para la AUgemeine Zeitung de  Augusta,  recogidas  en  un  volumen  años más tarde; en el mismo 1844 se publicó Deutschland'* ein Winter- marchen (Alemania, un cuento de invierno).

 

GEORG HERWEGH

 

Georg Herwegh fue, indiscutiblemente, el poeta «social» más  in­ signe que hubo en los años de la Alemania  prerrevoluczonaria. Nacido  en  Stuttgart  en  1817,  empezó  estudiando  en   la   Facul­ tad de Teología de Tubinga,  inscribiéndose  después  en  la  Facul­ tad de Leyes, dedicándose, finalmente  al  periodismo,  llegando  a  ser colaborador activo, en los años 183941, de la radical-demo­  crática Deutsche Volkshalle (Cámara  del  pueblo  alemana)  dirigi­ da por Georg ’Wirth.

Emigrante  a  Suiza,  traductor de  A. de  Lamartine,  en  1841 publicó

el libro que le proporcionó fama, las Gedichte eines Lebendigen,  cuyo éxito se materializó en numerosas ediciones en los años inmediatamente  posteriores;   en  sus  cantos  el  poeta  exaltaba  la «nueva» patria alemana, que había de surgir a partir de la «re­ volución» contra los príncipes y potentados, restauradora de la libertad por aquéllos suprimida.

 

A pesar de sus críticas y su  actividad entre la  oposición, Herwegh, un año más tarde, realizó un viaje triunfal por Alemania, siendo calurosamente acogido, incluso, por el mismo rey de Prusia, Fe­ derico Guillermo IV. Pero el período de armonía con la patria alemana fue breve. En 1842, el Gobierno de Berlín, prohibió  la entrada   en   Prusia  del   quincenal que  Herwegh había empezado a dirigir en Zurich, el Deutscher Bote aus der Schweiz y, a prin­ cipios del año siguiente, a instancias siempre del Gobierno  Pru­  siano fue expulsado de la  ciudad  de  los  lagos, donde, sin  embargo, y como anexo al Literarisch&r Comptoir de Jules Frobel y August Folien pudo publicar los Einundzwanzig  Bogen  aus  der  Schwei^. Se estableció después en París  donde en  1844,  vio la luz  el  segun­ do volumen de las Gedichte eines Lebendigen, Bastante conocido, incluso por ías críticas  que  Marx  llegó  a  formularle,  su  intento, en el transcurso de la revolución del 48, de agrupar un cuerpo expedicionario alemán para la liberación de Alemania; natural­ mente el intento fracasó.

 

El poeta se apagó en 1875, tras haber  publicado  numerosos  poe­ mas y obras de traducción.

Escritos fundamentales:

Gedichte eines Lebendigen (Poesías de un viviente), Zurich y Winterthur, Literarischer Comptoir, 1841.

Gedichte und Kritische Aufátsze aus den Jahren 1839 und 1840 (Poemas y composiciones críticas de los años 1839 y  1840),  Stutt- gart, Verlagsbuchhandlung, 1845.

Nene Gedichte (Nuevos poemas), Zurich, Verlags-Magazin, 1877. Briefe von und an Georg Herwegh (Cartas a y de G. Herwegh), Herausgegeben von Marcel Herwegh, Zurich, A. Müller, 1896.

Georg Herweghs Briefwechsel mit seiner Braut  (Correspondencia de Georg Herwegh con su novia). Stuttgart, R» Lutz, 1906.

 

MOSES HESS

 

Nació en Bonn en 1812, murió en 1875, es una de las figuraá más interesantes del socialismo alemán de mediados del siglo xix.  Hebreo, hijo de un pequeño industrial.  Muy  joven  abandonó  la casa de su padre para  dedicarse  a  los  estudios  filosóficos:  cono­ ció así la filosofía hegeliana y  se  interesó  por el  socialismo  fran­ cés de la época.  Inteligente y dotado de un  profundísimo  talento fue  intelectualmente  inestable.  Todo  esto  puede  deducirse   de sus obras, desde  su juvenil (1837) Die hdlíge Gesckichte der Menschheit. Von einem Jünger Spinozas, hasta  las  obras  «socia­ les» o sobre el sionismo en su madurez.

Amigo de Marx y Engels, a  pesar de  las muchas divergencias que en muchos momentos de la vida le alejaron  de  los  dos  pensa­  dores, permaneció siempre ligado a ellos, los cuales, aún criti­ cándole, siempre estimaron su  capacidad  y  su  honestidad. Ya  en la vejez se adhirió  al  movimiento  lasalleano  convirtiéndose  en  uno de los principales teóricos europeos del sionismo.

Obras más importantes:

Die heilige Geschichte der Menchheit.  Von  einem  Jünger  Spino­ zas (La historia sagrada de la humanidad. De un discípulo deSpínoza).  Stuttgart,  Halberg'sche  Verl.agsbuchhandlung,   1837. Die  europdische  Triarchie  {La  triarquía   europea). Leizpsig,  O. W igand, 1841.

Catéchisme rouge (Catecismo rojo). [Genéve], F. Melly [18513.

Rom und Jerusalem, die íetzte Ñationalitatsfrage.  Briefe  und  No­ ten (Roma y Jerusalén, la última cuestión de nacionalidad. Co­ rrespondencia y notas.) Leipzig, E. Wengler, 1862,

Rechte der Arbeit (Derechos del trabajo). Frankfurt a. M., R.

Baist, 1863.

Deber Socialokonomische Reformen (Sobre las reformas socio­ económicas). Hamburgo. Kohler, 1863.

Une nation déchue. Coalition de tous les  peuples  contre  l'AUe- magne prussifiée (Una nación  en  decadencia.  Coalición  de  todos tos pueblos contra Alemania prusificada). Bruxelles, Bureau du peuple, Í871.

 

 

 

 

JOHANN JACOBY

 

Hebreo de nacimiento (Kónisberg, 1805). J. Jacoby  estudió  medi­ cina en su ciudad natal y en Heidelberg, dedicándose después al ejercicio de la profesión. Desde muy joven se interesó por las cuestiones políticas. Publicó numerosos libros y opúsculos  rela­ tivos a cuestiones de actualidad y sobre el problema de 3a eman­ cipación hebrea. Repetidamente enfrentado a la censura prusiana. Sus Vier Fragen, beantwortet von einem Ost-preussen,  de  1841, donde manifestaba la necesidad para el pueblo de  una  constitu­ ción, fueron muy comentados en la época.

 

El libro le proporcionó una acusación por alta traición y  una condena de dos años y medio de  prisión,  a  continuación recurri­  da. En esos mismos años publicó muchísimos escritos polémicos relacionados todos con las escasas garantías de  libertad  conce­ didas en. Alemania, con las vanas promesas del rey Federico Gui­ llermo  IV  con  -ocasión  de  su coronación,  y  en  defensa   contra las muchas denuncias de que fue objeto por parte de la  magis­ tratura prusiana.

 

En 1848 liego a ser uno de los miembros más activos del Reform- partei, el partido liberal-reformista, y formó  parte  del parlamento de Frankfurt. Concluido  el período  revolucionario  con la  victoria de las fuerzas del orden, volvió a ejercer como médico en  Kónis­ berg. En 1863 volvió a ser elegido diputado en  el  Parlamento Prusiano y se adhirió a la oposición: siete años más tarde, al declararse contra la anexión de Alsacia y Lorena por parte de Alemania, fue nuevamente encarcelado  durante  un  tiempo.  Mu­  rió en 1877.

 

Escritos más importantes:

Ueber  das  Verhalt  des...  Oberregierungsrats Herrn  Streckfuss zur

 

Emancipation der luden (Comentarios al informe del Alto Con­ sejero de Prefectura... señor Streckfuss acerca de la  emancipación de los judíos), Hamburg, Hoffmann und Cape, 1833.

Der Streit der Pddagogen und Aertze. K onisberg, Bon. 1836.

Vier Fragen, beantwortet von einem Ostpreuss&n (Cuatro pre­ guntas, con respuesta de un prusiano oriental), Mannheim, 1841. Meine Rechtfertigung wider die gegen mich erhobene Anschuldi- gung des Hochverrathes etc. (Mi justificación con respecto a tas acusaciones de alta traición formuladas contra mí), Zurich und Wínterthur, Literarisches Comptoir, 1842.

Verthheidigung meiner Schrift; Das Kónigliche Wort Friedrich Wilhelm I II (Defensa de mi escrito: la real palabra de Federico Guillermo III), Mannheim, Bassermann, 1846.

Beschrcikung der Redefreiheit (Limitación de la libertad de ex­ presión), Mannheim, Bassermann, 1846.

Deutschland und Preussen (Alemania y Prusia), Frankfurt a. M., Literarische Anstalt, 1848.

Die Gründsdtze der preussischen  Demokratie  (Los  principios  de  la democracia prusiana), Berlín, F. Duncker, 1850.

 

KARL MARX (1818-1883)

 

En jos años anteriores al 1844, Marx había colaborado  en  nume­ rosas revistas filosóficas y políticas,  había  sido jefe  de  redacción de la Rheinische Zeitung, en  la  que publicó  numerosos  artículos;  en 1843 había redactado la Kritik des hegelschen  Staatsrechts (Crítica de la filosofía hegeliana del derecho del Estado), inédita hasta 1927.

 

ARNOLD RUGE

 

Nacido en 1802 en Bergen-Rügen, después de haber estudiado en varias universidades alemanas y de haber sido miembro de la asociación de estudiantes liberales, en 1825, Amold Ruge fue condenado a 14 años de prisión por haber tomado parte  en  di­ versos movimientos revolucionarios.  Liberado  en  Í83Q,  consiguió un puesto  de  privatdozent  en  la  Universidad  de  Halle;  a  través de sus Haltische Jahrbucher fur Wissenschaft und Kunst (lo que después serían los Deutsche Jahrbucher fur.,.),  publicados  a  par­ tir de 1839, llegó a convertirse en uno de los principales repre­ sentantes del movimiento neohegeliano, aun sin poseer  particu­ lares capacidades o excepcional inteligencia. Acerca de él Franz Mehring, en su Historia de la social-democracia alemana, ha  es­ crito: «Ruge tenía bastantes de las cualidades de  un  buen publi­ cista, formación filosófica, diligencia, sensibilidad, espíritu bata­

 

llador..., hacha robusta, la necesaria para las raíces del robusta tronco de la reacción...»

Obligado a abandonar primero Prusia y después Sajonia, se  tras­ ladó a París, donde trabajó durante algún tiempo, primero inte­ resándose por la publicación de los Deutsche-Franzósische Jahr- bücher, y colaborando después en diferentes periódicos alemanes. Durante los revolucionarios años de 1848 y  1849  publicó  en Berlín Die Reform; elegido parlamentario por  Frankfurt  intentó  agru­ par a su alrededor las fuerzas  burguesas democráticas de la oposición, convocando en Berlín un Congreso democrático pan- alemán.

 

Obras principales:

Neue  Vorschtile  der  Aestetik  (Nueva   escuela   preparatoria   de la Estética), Halle, Buchhandlung des Waissenhauses, 1836.

Preussen un die Reaktion (Prusia y la reacción), Leipzig,  O. Wi­ gand, 1838.

HalUsche  Jahrbücher  für  Wissenschaft  und   Kunst, Leipzig,  1839-

1841,   publicados  después  con  el  nombre  de  Deutsche Jahrbücher

■für Wissenschaft und Kunst, en Dresde.

Zwei Jáhre in Paris. Studien  und  Eriunerunjen  (Dos  años en París, estudios y recuerdos), Leipzig, Jurany, 1846.

Gesammelte Schriften (Escritos escogidos), 10 vols. Mannheim, Grohe, 184648.

Ncvellen  aus  Frankreich  un   der  Schweiz   (Noticias  de   Francia y Suiza), Leipzig, Verlagsbureau, 1848.

Die Gründung der Demokratie iñ Dmischland oder der Volksstaat und der soziál-demokratische Freiheit §La institución de la demo­ cracia en Alemania o el Estado popular y la libertad social demo- crática), Leipzig, Verlagsbureau, 1849.

Unser System (Nuestro sistema), Leipzig, 1850.

Aus früherer Zeit (Desde los tiempos pasados), 4 vols. Berlín,

F. Duncker, 1863-67.

An die deutsche Nation (A la natión alemana), Hamburg, O. Meis- sner, 1866.

Der Krieg und die Entwaffnung {La guerra  y  el  d e s a r m é Ber- iífit, A. Joñas, 1867.

Acht Reden über die Religión ( Ocho discursos sobre la Religión),

Berlín, Stuhrsche Buchhandlung, 1869.

Geschichte unsrer Zeit  (Historia de nuestro tiempo), Leipzig,

C. Winter, 1881.

 

 

 

Los      anales franco - alemanes

 

In d ic e d e la e d i c ió n o r ig in a l

 

 

 

 

 

 

Presentamos a continuación el índice  en  alem án  de  los Anales, con la paginación  del núm ero  de  la  revista aparecido en febrero de 1844,

 

 

Plan der Deutsch-franzosischen von ARNOLD RUGE     Jahrbücher 

págs.  

3-16

Ein Briefwechsel von 1843                 págs. 17-40

Lobgesánge auf Konig Ludwig RICH HEIN E        von HEIN- 

págs.  

41-44

Urtheil des Obert-Apeilations-Senats von Dr.

JOHANN JACOBY                  págs. 45-70

Zur K ritik des Hegel'schen ph'ie von KARL MARX       Rechts-Philoso-   

págs.  

71-85

Umrísse zu einer K ritik der       Nationalókono-             

mie von FRIEDRICH ENGELS XN MAN- CHESTER  

págs.  

86-114

Briefe aus París, von M. HESS  págs. 115-125

Schlussprotokoll     der    W iener       Ministerial- Konferenz von F. C. BERNAYS 

págs.  

126-148

Verrat! von GEORG HERW EGH      págs. 149-151

Die Lage Engíands von FRIEDRICH ENGELS      págs. 152-181

Zur Judenfrage von KARL MARX     págs. 182-214

Deutsche Zeitungssch.au  págs. 215-237

32                

 

PScrn de los  emoles fromco-alemosies

por ARNOLD RUGE

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Esta revista es una revista crítica, no un  periódico  literario alem án. En ella publicarem os exposiciones  de  fran­  ceses y alem anes relacionadas con:

1.        H om bres y sistem as particularm ente significativos, problem as actuales, la constitución, la legislación, la econo­ mía del Estado, la cultura y las costum bres. La fantasiosa política del gobierno central será abolida y en su lugar será instaurada la ciencia real de las costum bres hum anas.

2.        Una reseña de los  periódicos  y  revistas;  cualificación de su relación con los problem as de nuestro tiempo.

3.        Una reseña de la vieja literatura, seria o amena, de Alemania: reseña que,  necesariam ente  tendrá  que  llevarnos a una crítica  del  espíritu  alem án  tal  c o m o .hasta  ahora  se ha  m anifestado  en  sus  form as   trascendentales,  putrefactas e inmovilistas. Y, al m ism o tiempo, una reseña de  aquellos libros de am bas naciones, m ediante los cuales  nace  y  pro­ gresa la nueva época en que estam os entrando.

N uestro trabajo, interrum pí do durante algunos m eses con­ tinúa ahora bajo una nueva concepción.1

Cuando  el  año  pasado  los   gobiernos  alem anes  suprim ie­

ron la  tradicional  libertad  de  pensam iento  y  censuraron  la  p ren sa 2  que  presentaba  el  m undo de  acuerdo  con  la  con cepción filosófica más reciente,  encontraron,  donde  la ac­ ción fue com entada, el consenso de los representantes del pueblo o la general indiferencia de la gran m asa. Esta expe­ riencia dem uestra cómo en Alemania  la  filosofía  está  m uy lejos de constituir un hecho  racional.  Tiene  que  llegar  a  ser- lo. La indiferencia de las m asas y la hostilidad -entre los incultos y los doctos  tiene  que  acabar;  la  oposición  de  los que p o r am or al puesto que ocupan son  contrarios a la puesta en práctica y utilización de la razón, debe suprim irse. Un pueblo no es libre hasta  que  no  eleva  la  filosofía  a  principio de  su  evolución  y  es  tarea   de   la   filosofía  llevar  al  pueblo a dicha concepción.

 

 

-

! Ruge se refiere aquí a los Deutsche Jahrbücher.

2 A lo largo de los años 1842-43 se habían realizado numerosas in­ tervenciones legislativas, tanto en la Confederación Germánica como

en  Prusia,  tendentes  a  limitar  la   libertad   de   pensamiento  y   prensa. Se impuso un  sistema  de  censura  parecido  al  que había  estado  vi­ gente durante 1840-41.

 

 

Al ser la ciencia indiferente con respecto  a  la  vida o,  cuan­ do menos, al resu lta r su sublime esfera com pletam ente in­ abordable para la gran m asa, la hipocresía  parecía  insupe­ rable en Alemania. M ediante  relaciones  racionales  el  núcleo de la ciencia  llega  a  ser propiedad  común en  form a  de  praxis y  conciencia  general.  Pero   en   Alemania,  una  idea  práctica  o una palabra  vital  constituyen  sin  ningún género  de duda un atentado contra todo lo que es sagrado y p o r encim a del vulgo. La ciencia alem ana no es libre  ni  hum ana,  sino  m ás bien sagrada y noble, exactam ente igual que  el  Estado  Ale­ m án, y entregarla sin cortapisas a la  hum anidad  es  una traición. Esta traición la tenem os que llevar a cabo ahora.

 

Podría decirse, mejoar* que hay. que continuar con esa traición, desde el m om ento en que, realm ente, está ya em­ pezada. Los acontecim ientos de los últim os años  han  confe­ rido a  la  filosofía  una  im portancia  política  sin  precedentes en Alemania y han sacudido no poco la fe en ese m undo  li­ terario en que viven aislados los  dioses  tranquilos  de  un Olimpo artístico y culterano. La hum anidad ya no se intere­ sa p o r los lejanos destellos  de una sabiduría que  opera más  allá del horizonte cotidiano, o p o r la m uda contabilidad lite­ raria de ingenios m uertos y enterrados, sino m ás bien por el huracán real  al  que  apuntan  nuestros  cerebros,  por  el  tu­  m ulto, por el tranquilo  fluir  de  toda  la  atm ósfera  presente, en que se desarrolla la lucha de los  elem entos  contrastantes: por la  vida  de  este  real  y  laborioso  m undo  de  los  hom bres.

 

A ctuar  con  vistas  a   estos  intereses  aparece  así  como  la tarea de todo hom bre con posibilidades. La gran concepción ilum inista de una literatu ra de fam a m undial, resulta ahora puesta en práctica en toda su extensión; todo arte y  todo  ingenio,  toda  am bición  y  trabajo  que  no  pretenda  desperdiciarse, tendrán que ser  utilizados  para la puesta en  prác­ tica poderosa e irresistible  de  la  libertad  política  y  cultural, en cuanto patrim onio de todo pueblo civilizado.

 

Nosotros estam os empeñados en esta tarea. La acción alemana, por el  m om ento,  se reduce a un m undo libresco que se com porta como si la  revolución  y  la  época  en  que estam os viviendo no tuviese nada  que ver  con él;  p or lo  tan­  to, nosotros elim inarem os esa diferencia y perseguirem os objetivos políticos con plena conciencia. Todo estará en función de la libertad. A  los  filósofos  no  les  está  concedida una cultura  no  com prom etida.  Filosofía  equivale  a  libertad y pretende generar libertad; y por libertad nosotros enten­ demos libertad realm ente hum ana, por lo tanto libertad política, y no  cualquier  m elifluo  arom a  m etafísico  elaocra- do en un estudio o incluso en una cárcel.

 

Em pezarem os con lo de escribir una revista crítica: pensamos que una definición como esa  es  apropiada  en  cuanto  que lo  que  nos  proponem os  es  describir en form a filosófica y publicística la crisis de nuestro tiempo.

 

Por lo que se refiere a Alemania seguiremos teniendo en cuenta la literatura, dado que los escritores, como los go­  biernos, no producen m ás que pura literatura.

Por lo demás, las referencias a cualquier problem a de actualidad, prescindiendo del aspecto específicam ente lite­ rario del mismo, están incondicionalm ente referidas a los co­ laboradores de la revista proyectada.

 

In tro d u cir en las conciencias todo lo relacionado con la enorm e sacudida que se está operando  en  el  viejo  mundo, form ulado en el m odo m ás artístico, arm ónico y expresivo posible. E sta es la tarea que con frecuencia han asum ido brillantem ente  los  franceses y   que   ahora   se  nos   plantea a nosotros. El Contrat  Social  alemán:  ¿Qué  es  Alemania  y qué tiene que llegar a ser? La  política  alem ana  para  el  pue­ blo. Todos estos breves ensayos serán publicados.  No  debe­  mos dorm irnos sobre los laureles  inm ortales  de  los  fran­ ceses.

 

En realidad el carácter de dichos escritos que  se  diferen­ cian de la m archa de  la  vida  publica  y  contienen  el  origen de una nueva época,  son  a  la  cultura  alem ana  como  la  vida es al sueño. Las  concepciones audaces, el arte de la exposición y el éxito amplio a nosotros nos resultan imposibles.

 

Todo lo cual nos lleva a Francia. Toda divulgación de la ciencia,  cualquiera  de  sus  relaciones  con  la  política  compor1:a inm ediatam ente una referencia a  Francia.  E star en  contra de Francia y de la política equivale, en  Europa,  a  estar  en contra de la política y de la libertad. Por sí sola, Francia representa el principio político, el verdadero principio de libertad hum ana en Europa. Francia ha proclam ado y con­ quistado los derechos del hom bre, ha perdido y recuperado nuevam ente su  conquista,  y  lucha  ahora  por  la  realización de los  grandes  principios  hum anistas  que  transform aron  el m undo. De ahí que esta nación tenga  una  misión   cosmo­ polita: lo que Francia obtiene combatiendo es  una  conquis­ ta de todos. El odio  nacionalista  para  con  Francia  equivale, por lo tanto, exactam ente a la aversión  ciega  por  toda  liber­ tad política. En Alemania  el  grado   de  inteligencia  y  evolu­ ción m oral de un individuo resulta de lo que dicho individuo opina con respecto a Francia. Cuanto más obtusa es la inte­ ligencia  de  un  alemán,  y  su  m entalidad  más  servil,  tanto más arbitrario e injusto será su juicio sobre Francia. La grandeza y la fuerza m oral que para sí y para Europa ha conquistado la libertad, de la que  disfruta  hoy  el  m undo entero, se resum e para él en la aniquilación de su  único  enemigo, el filisteismo. Y a los impíos franceses no se les reconocerá siquiera  un  sentido  de  felicidad  doméstica.  El que, en  Alemania  com prende  y  aprecia  a  los  franceses  es ya una persona culta, libre. Y es natural.

La unión  real  del  espíritu  alem án  con  el  francés  se  lleva a cabo  m ediante  el encuentro  a  nivel hum anista:  dicha unión o encuentro es la prem isa de una evolución m oral del indi­ viduo a través de la  superación  de un  brutal odio  nacionalis­ ta, y de un reconocim iento de  los  m éritos  científicos,  so­  ciales y políticos de uno y o tro país.

En am bos casos se tra ta de una evolución espiritual. Tam ­ bién en esto nos superan los franceses. Los franceses han reconocido espontáneam ente nuestras cualidades,  en  un  mo­ m ento en que tenían todas las razones del m undo para odiarnos. Sin embargo, nos  estudian  y  nos  escuchan  llegan­ do incluso a sobrevalorarnos, tanto  a  nosotros  como  a  nues­ tra ciencia ultraterrena; y si  todavía  no  conocen  la trans­ form ación m undial de la nueva época, enseguida se hará evidente que,  precisam ente a este nivel,  se  encuentran  de hecho con nosotros. No nos es lícito perm anecer detrás de los franceses,  si  no   en   cuanto  a   libertad,  al   menos  en  cuanto a la cultura. Si hubo un tiem po  en  que  Lessing  tuvo  que liberar Alemania del yugo de la cultura francesa, ahora, indudablemente, el estudio del m undo  intelectual francés  y  de su culta elegancia,  representa  p ara  nosotros  una  liberación de las ataduras de los prejuicios,  una  defensa  contra  los abusos tiránicos y belicosos del espíritu nacionalista y, final­ mente, un  impulso  hacia  la  conquista  de  la  libertad  política y de una vida estatal pública. La unión efectiva de las dos naciones reside en las relaciones culturales;  indudablem ente una unión como esa representa la victoria de la libertad.

 

Nosotros alem anes hemos perdido mucho tiempo desen­ terrando,  cepillando  y  quitando  el   polvo   a   nuestra   vieja m ercancía religiosa y política. N ublándonos así la vista, con­ virtiéndonos en decididam ente rom ánticos. Pero al mismo tiempo hemos adquirido un sentido del orden y  una  aguda visión lógica que, a modo de  segura  brújula,  nos  guía  a  tra­ vés   de fantásticas regiones,  m ientras  que  los  franceses  van a la deriva, sin timón, vapuleados por un viento tem pes­ tuoso. Ni siquiera Lamennais o Proudhon, a pesar de su in­ superable concisión y claridad en  terreno  político,  consti­ tuyen una  excepción,  por  no  hablar  ya  de  los  sensimonistas o furieristas.3

Por muy extraño que pueda parecer a los incultos, lo que nos ha ¿iberado a  los  alem anes  del arbitrio  y  la  fantasía es el sistem a hegeliano. Al definir  todo  el  m undo  trascen­ dente de la m etafísica precedente como  reino  de  la  razón,  nos ha obligado  en  cierto  modo  a  abolir  la  trascendencia  de la razón para  disfrutar  de  todas  las  ventajas de  su  seguridad y coherencia lógica. Desde el cielo  del  sistem a  hegeliano  se baja a la tie rra que pertenece directam ente a  la razón  hu­ mana, provistos de la inteligencia piloto que utiliza el mapa celeste  aun  cuando  tiene  que  orientarse  en  la  tierra.  Este   m apa celeste es para nosotros, los alemanes,  la  lógica  del sistem a hegeliano, lógica que com pendia todo el sistem a en form a ab stracta.y divina.

Existe  una  diferencia  notable entre el  logro inmediato de la libertad hum ana  y  las  exigencias  de 1 puro  hum anismo, y el agotam iento  sistem ático  (es  decir,  filosófico)  y  comple­ ta superación de toda la «economía divina» que todavía obs­ taculiza la m archa de la  hum anidad,  y  el  inm enso  fárrago rom ántico con el que contam os, tanto en  el  terreno  reli­  gioso como en el político. La exigencia de libertad de los

 

3 Se trata de las «escuelas» de los  seguidores  de  Saint-Simon  y  Fourier, cuya  mayor  difusión  tuvo  lugar  en  el  ventenio  comprendido entre el 1826 y el 184748.

 

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seguidores del sistem a hegeliano no es, por lo tanto, un deseo gratuito, sino que está justificado, no  se tra ta de una gené­ rica buena voluntad liberal, sino una  necesidad  de  coheren­ cia,  no un  resultado  casual,  sino  el  producto  de  la   historia y del espíritu alemán, una form a de  tom a  de  conciencia  de todo su desarrollo  anterior, al cual, ahora, no se opone nada. En  esto  precisam ente  estriba  el  orgullo  del  actual espí­ ritu  del  tiempo:  en  haber  penetrado  incluso  aquello  que  se le hubiera podido contraponer, el pasado, su desarrollo an­ terio r y su sucesiva magnificencia. Una em presa como esta hubiera podido lograrse antes; en Alemania, la exigencia de libertad era en un tiem po tan  burda y confusa que lo único que  solía  expresarse era   una incondicional veneración por el pasado. Sin em bargo, en un prim er tiempo, cuando se trató de llevar  a  cabo  esa  exigencia,  el  pasado  coincidió  con el antiguo despotism o burocrático; después, cuando dicho despotism o burocrático fue reinstaurado se presentó la po­ sibilidad,  así lo  parecía,  al  menos,  de   retroceder un   paso m ás y servirse del rom anticism o, o lo que es lo m ism o, del principio de la restauración cristiano-germán& ar,''para la re­ form a del Estado  burocrático.  Indudablem ente,  se  tra tó  de un intento poco feliz. Desde el m om ento en que dos reyes alem anes 1’ intentaron   sin  éxito  reelaborar  el  Medioevo  a  tra­ vés de dicha reform a, la im potencia del rom anticism o fue am pliam ente dem ostrada. Pero, si no otra cosa, de todo ello derivó un  elem ento  positivo,  o  sea,  la  contraposición  neta en tre el espíritu  de  la  restauración  y  el  de  la revolución.  Los privilegios del antiguo Sacro Im perio y la libertad hu­

m ana de nuestra época son enemigos m ortales.

Del lado de la revolución están todas las potencias mo­ rales e intelectuales. Ante cualquier palabra pronunciada  en nom bre de la  libertad  tiem bla  el  bagaje  podrido  de  las  re­ m otas rarezas, y sus  guardianes y  defensores  saben  perfecta­ m ente que no hacen falta las trom petas de Jericó para des­ truirlo. En Alemania, este miedo  nos  ha  prohibido  la pala­ bra. Dicha  prohibición  es,  no  sólo la expresión de un odio m ortal, sino tam bién la expresión de u n m ortal miedo, y precisam ente por eso constituye para nosotros una  garantía para el futuro. Una derro ta como esta supone ya la victoria.

         Desde luego, los franceses responderían «Después  de  trein­ ta años de lucha, no haber obtenido más que un antiguo

 

4 Federico Guillermo IV de Prusia y Ludovico 1 de Baviera.

 

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despotismo, que en su te rro r m ortal ha aniquilado toda ex­ presión  libre  de  la   vida  pública,  y  ha   reducido  la   libertad a la vaga esperanza de una generación futura, significa, en realidad, haber  perdido  m ucho  tiempo  y  mucho terreno». Es cierto, lo admitim os, el cam bio proyectado  para  el  futuro no m ejora el futuro mismo, una realidad que para nosotros sigue siendo muy incierta.

No podíam os reconocer m ás claram ente este hecho que

sintiendo tener que desesperar,  antes  de  llegar  al  hospitala­ rio suelo francés, aunque sólo fuese por  volver  a  tener  algún día la facultad de  expresar  y  difundir  nuestro  pensam iento. Y, sin embargo, la investigación en el ám bito de  los  princi­  pios puros no es trabajo en balde; el estudio de las regiones trascendentales, al que nosotros los alemanes tanto tiem po hemos dedicado, no es inútil. Ese esfuerzo y esa investiga­  ción conducen, a través del conocimiento renovado, clarifi­  cado, del antiguo principio, á la conquista radical de  un  principio  nuevo:  convertir  los  nuevos  frutos  en   accesibles a los franceses; esta es la form a de custodiar y m antener al seguro la gran sacudida que  los  creó  a  través  de  la  revolu­ ción y la filosofía del siglo xvm .

N osotros garantizam os dicha sacudida, si logram os divul­ garla a través de la nueva filosofía alemana, contra toda de­ generación de aquella genialidad salvaje y desenfrenada fan­ tasía a la que suelen precisam ente abandonarse los  franceses con noble negligencia, como lo dem uestra cum plidam ente el fanatism o de Chateaubriand y Lamennais y la ínfulas rom án­ ticas de gran  parte  de  la  actual juventud francesa. T ras haber u ltrajad o la libertad luchando en  favor del  despotism o  con­ tra el acontecim iento m ás im portante  de  la  historia  m un­ dial, la Revolución, nosotros los alem anes podrem os resca­ tarnos preservando con  nuestra  filosofía  el  espíritu  francés de las tentaciones que le  asaltan, tentaciones  ante  las  cuales, los buenos alemanes, desde la época de las  guerras  de  libe­ ració n 5 no han dejado nunca de sucum bir.

El  ingenuo   que   no  conoce los  tortuosos caminos  de la

fantasía poética y  religiosa  y  que  apenas  si  la  sabe  esbozada y caracterizada para siem pre  en  ese  m etafísico  m apa  celes­ te, nunca está seguro. Desde tiem pos inm em oriales, los sa­ cerdotes, que tuvieron el valor de revelar al m undo m isterios

 

5 Las «guerras de liberación»  contra  el  imperio  francés  de  Na­ poleón.

 

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que  ellos   mismos no  conocían  y  en  cuyo  in terior  no  vieron

c la ra m en te ,  basaron su  sistem a  sobre la  ingenuidad hum ana.

En esta  ingenuidad  se apoyaba todo  el  sistem a  teologal de  la  Edad  Media,  sistema  al  que  se  sacrificaba  el  hom bre y la libertad.  Los  alemanes pueden alardear de pertenecer por decisión propia a  esta época falsa y  deshum ana. ¿A quién,  si no a las tonterías m etafísicas de nuestros antepasados, tiene que agradecer  el  m undo  su  precipitación  desde  las  lu­ m inosas vetas de la hum anidad griega hasta el  profundo abism o de la barbarie  cristiano-germánica?  Y  ahora toda esta m ilenaria tontería va precisam ente a sobrevivir a la  Revolu­ ción sin  desaparecer  ni  siquiera  después  del   desm orona­ m iento de toda la antigualla im perial. A principios de siglo, cuando los alem anes reconquistaron la independencia, vol­ vieron nuevam ente sus  ojos  a  toda  esa  antigualla,  y  lo que no podía constituir de nuevo una  realidad  siguió  siendo  ob­ jeto de inexpresable nostalgia y fuente -de tranquilidad.  Du­ rante  una  tem porada  los   alem anes   estuvieron  reevocando la magnificencia regio-papal;  pero  después, en un  segundo m om ento, m ediante esa reedición de la que hablam os, les resultó fácil com prender todo  aquel período, y la reciente filosofía dem uestra como tam bién los  alem anes  rechazan ahora espontáneam ente la ilusoria vuelta al pasado, decla­ rando la . guerra al Medioevo «cristiano-germánico»  e» ..nom­ bre de los im prescribibles derechos -del hom bre. Esto para Francia resulta una satisfacción: adem ás, como ya  hemos dicho, se tra ta de un hecho que habla en -favor  suyo;  consti­  tuye una fusión del pueblo francés y alem án en un idéntico principio hum ano, una invencible alianza de  la libertad de am bos pueblos, cuyo destino  com ún  perm anecerá  de  ahora en adelante como elem ento inexpugnable de su conciencia política.

Por otra p arte, el retorno de la conciencia alem ana a los conceptos fundam entales  de  la  revolución  nos  coloca  frente a una realidad que, hasta  ahora,  con  increíble  superficia­ lidad, •hemos dejado de lado. Francia es una nación que desde el tiem po de la Revolución trab aja por poner en práctica la filosofía: Francia es u n a nación esencialm ente

* filosófica. Si acaso se le pudiera acusar de haber perdido de  vista alguna vez los principios ideales, tam bién es cierto que tendrem os que reconocer el m aravilloso valor y  la  inteli­ gencia con que ha vuelto a ellos y con ellos  impregnó  su vida;   eso nadie  como   Francia  lo  hí>.   sabido  hacer  hasta  el

 

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momento. Por  eso  es  sagrado  el  suelo  de  esta  nación;  sobre él ha surgido una literatura clásica, viril, verdaderam ente sincera, fascinante en su form a y en su contenido. Nosotros, alemanes, poco o nada tenem os de todo esto. Todo eso ya lo sabemos, y por el m om ento no pretendem os siquiera  que  el alim ento espiritual que gratuitam ente  se  nos  concede  sea  puro y genuino. N uestra literatura  y  nuestra  vida  política  cada día están m ás corrom pidas, y si un escritor o un po­ lítico  está  lo  suficientem ente  desprevenido como para ser un sincero defensor del sistem a que rige  este  m undo  al revés, en el que todos existen en función del uno y muchos en función  de  pocos,  se   trata,  entonces,   de   una   autenticidad y de una libertad de expresión sin nigún valor, de una inge­ nuidad peligrosa como ninguna. ¿Cómo salvarnos  de  la  ma­  yor calam idad que puede asolar una nación, de la deprava­ ción m oral de su vida pública?

Debemos b uscar la vida pública auténtica y Ubre allí

donde se pueda encontrar, y dado que  Alemania  es  dem a­ siado obtusa p ara reclam ar en  voz  alta  y  con  gritos  enérgi­ cos la libertad  de  prensa,  tenemos,  por  lo  tanto  que  escribir y  publicar  en  el  exterior,   tal   y   como   se   vieron  obligados a hacer los franceses antes de la Revolución.

Para nosotros, alemanes,  se  trata  de  tener  ante  los  ojos un ejem plo de libertad efectiva de prensa, de  hacernos  una idea de la libertad que se  autogobierna im puesta  a  p artir de  las leyes, de una libertad que no  puede reprim irse y que perm anece fiel a las eternas leyes de la razón, de una libertad

         que, consciente y serena, se opone a la m ueca del esclavo encadenado; que no  pretende  agredir  ni  devastar  el  m un­ do, sino  fascinarlo,  conquistarlo,  elevarlo  por  encim a  de  sí m ism o; de una libertad qtf-e,  en  la  arm onía  y  en  la  verdad de la propia ley encuentra su m edida y su  objetivo. Sí,  seño­  res, de esta libertad precisam ente se trata.

D urante m ucho tiempo nos habéis estado llevando de  un sitio  para  otro,  pisoteándonos  sin  piedad,  habéis  suprim ido y arruinado  nuestro  trabajo,'  con  todo  lo  cual  lo  único  que se ha logrado es tro car en rabia la cólera que vuestra igno­  rancia y brutalidad provoca; después, tras haber incluso de­ form ado los  m atices  de una ju sta  pasión, nos habéis señala­ do con el  dedo  y  nos  habéis  calificado,  juzgándonos  a  tra­ vés de nuestros escritos tal como habían sido publicados por vuestra burocracia y decapitados por vuestra  prensa  li­ bre. Esto no es com batir: es vejar a quien tiene las manos

 

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atadas, tom arse a brom a los  derechos  y  la  dignidad  de  los hom bres. Basta de este juego. Parece que nos tem éis; pero no tenéis  por  qué  tem ernos  a  nosotros,  que  hasta  el  mo­  m ento  hem os sido  objeto  de  vuestros  cuidados  paternales. Si queréis com batir, ya tenemos las m ism as arm as, pero  si ahora nos presentam os tal y como  realm ente  somos  y  no como nos obligaba la censura y como astutam ente intentá- baís desfigurarnos, no os es lícito tem er que la luz nos fa­  vorezca ahora m ás que en otro tiempo.

Nos fortificam os ahora en la libertad de prensa e, im­ provisam ente, podem os disfrutarla, nosotros que ya no po­ díamos escribir ni siquiera bajo control de la  censura.  Es  el salto m ás grande que pueda concebirse; de la posición m ás degradante a la más digna, de la total opresión a la com pleta libertad. Este  salto,  a  pesar  de  todo,  es  una  cosa  natural. Las antiguas relaciones resultaban insostenibles porque nos­ otros las habíam os superado y dem ostrarem os que  en  el oscuro seno m aterno de Alemania llegamos a ser tan fuertes como para percibir toda la luz del m undo, com penetrándo­ nos en el aire de la atm ósfera libre.

Esperam os que nuestra libertad  de  prensa  sea  precurso­ ra de obras inm ortales del taller  de la  nueva  generación. Dicha libertad se convierte en libertad real en cuanto se pre­ senta como el futuro de serios y completos estudios  de  filo­ sofía; pero tam bién a vosotros, m iem bros de la vieja gene­ ración som etida, tam bién a vosotros os proporcionará una nueva libertad de prensa, al menos contra  nosotros.  Cuidad que no se convierta en una solapada deform ación de la autén­ tica, en un viejo y  burdo  fantasm a  alem án  carente  de  m o­ ral, inteligencia  y  belleza.  Unid  todas  vuestras  fuerzas  y  si no lográis ser libres adversarios de la libertad, intentad, al menos,  lograr  el  m érito  de  ser  siervos  dóciles  y  perfecta­ m ente aleccionados. Si llegáis a polem izar abiertam ente como adversarios dignos, si  lográis  dem ostrar  que  sois  alem anes sin brutalidad, patriotas y no abyectos, fieles sin som bra  de duda con respecto a los eternos derechos del honftbre,  enton­ ces, esa nueva condición tam bién os acabará liberando a vo­ sotros, si no lo hacéis, la culpa  no  es  nuestra,  porque  voso­ tros sois quienes desperdiciáis la ocasión que os ofrecemos. Cualquiera que sea la form a en que se presente la pren­

sa   alem ana  adversaria,  conocemos  su  contenido  y   sus obje­

tivos han irritado a todo el mundo. Aunque  bajase  el  Elicon com pleto  y   las  gracias  prestasen  su  cintura  a   todos  los es­

 

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colores de la buena  prensa  alemana,  sería  imposible  apla­  car la irritación general que provoca el  régim en  al  que  sir­  ven.  La  degradación de  la  fam a  alem ana  es   una realidad de la que todos y  cada  #mo  somos  dolorosam ente  conscien­  tes por cuanto vino a suceder las esperanzas  de  184041;  la nación se ha literalm ente precipitado desde la cima alcan­ zada, a la m ism a velocidad a la que había ascendido. Es nece­ sario' revelar ese sentido de  la  degradación  y  que  se  inserte  en claras y grandes letras en el libro  de  la  historia,  a  bene­ ficio de las generaciones  futuras.  Pero  no  basta:  es  preciso que el antiguo régimen sea totalm ente denunciado y que, res­ taurando la libertad hum ana no sólo se inaugure un nuevo sistem a político, sino que se plasme una  nueva  época,  del mismo m odo que la m etódica servidum bre de la hum anidad constituye casi la totalidad de la historia hasta nuestros días.

Llegó  la  hora  de  proporcionar  a  la  crítica  un  contenido de este tipo, es decir, d irecto ’y esencial. Tanto el fervor del mundo p o r aclararse su propia  condición y  el  celo  de  los  ilu- m inistas con respecto a su propio trabajo, como los desespe­ rados esfuerzos de los que tem en una y  otra  cosa  son  sínto­ mas de la proxim idad de una crisis real. Recordemos la ad­ monición  de  un  amigo:   «Mirad cómo  se   han  cerrado  a   cal y canto todas las ventanas de la vieja Alemania; hasta las buhardillas de  los  filósofos  están  cerradas,  para  que  el  sol  de la revolución no alim ente el corazón de los hom bres y su significado de libertad no pueda despuntar de nuevo. Ánimo ahora, levantem os el techo de nuestros oscuros edificios y dejemos b rillar doquiera la luz del sol».

Esto es lo que nosotros pretendem os m ediante nuestra crítica y esto, señores míos, constituye una nueva época.

No se tra ta  de una m ediación personal con  el nuevo m un­  do de la revolución  a  través  del  individuo  particular,  sino más bien de un  principio  que  llega  desde  Francia a  Alemania y de Alemania a Francia, y la confraternización de los  prin­ cipios equivale a la fusión de una nación con la otra. El  indi­ viduo no tiene m ás tarea que uniform arse a la voluntad ge­  neral. Cuanto más carácter político ha ido adquiriendo la filosofía alem ana, m ás se ha ganado las sim patías del pue­ blo. Sim patías que, abandonadas en la patria, volverá a en­ contrar duplicadas a su vuelta. El interés recíproco  del  es­  píritu francés y el alem án revela una  tensión  evidente,  ten­ sión, sin em bargo, am istosa, decididam ente amistosa.

Además de la crítica directa, de la que hemos hablado

 

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hasta ahora, seguiremos atenta y continuam ente I-a prensa alemana, llevando a cabo una especie de  censura, pero al revés. En el fondo se  tra ta  de  un  aspecto  del  análisis  direc­  to de la  vieja  política,  solo  que  m ás  inocuo:  se  vacía  el  saco y se ve qué es lo qué contiene.

Al mismo tiem po representam os la conciencia que esa vieja política ha extraviado. Pero m ientras las antiguas  Erim- nas incidían  trágicam ente como hipostáticas conciencias, las m odernas, nos parece, al m enos por  lo  que  a  la  prensa alem ana se refiere, que pueden tener un efecto  preponderan- tem ente cómico.

Esperam os, finalmente, que tanto para los  libros  de  crí­ tica como p ara los libros  de  la  Sibila,  se  m antenga  el  valor tan alto cuanto  m ás  bajo  su  núm ero  (todo  lo  contrario  que el Repertorio de G ersd o rf6 y que los Anales Suevios 7) a con­ dición de que tam bién  aquí logremos captar el punto a par­ tir del cual rem over el viejo m undo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

6 Cfr.  Repertorium  der  gesammten  deutschen  Literatur  für   das Jakr 1840 (-1843). Herausgegeben  von  E.  G.  Gersdorf,  Leipzig, Brock- haus, 184143. Continuado después en Leipziger Repertorium  der  deuts­ chen und auslandischen Literatur. Herausgegeben von E. G. Gersdorf, Leipzig, 1843-1846.

7 Ruge alude con toda probabilidad a los Anales del Presente,  edi­ tados en Suevia, en Stuttgart: véase nota n. 203.

 

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Unas carias de 1843

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

M. a R.®

 

A bordo del barco para D., marzo 1843

 

Viajo ahora a través de Holanda. A juzgar por los p erió ­ dicos locales y  franceses,  Alemania  está  caída  en  el  fango  y lo estará cada vez  más. Le aseguro que, a pesar de estar bien lejos de sen tir orgullo nacional, la vergüenza nacional,

•sin «ISlíWgO,«« siente incluso en H olanda.[El últim o de los holandeses es siem pre ciudadano de un Estado en  com para­ ción con el prim ero de los alemanes^ (Y los juicios de los ex­ tranjeros acerca del gobierno prusiano! Predom ina un asom ­ broso acuerdo,  ya  nadie  se  deja  engañar  por  este  sistem a  ni p o r su naturaleza simple. De form a que para algo  ha servi­  do la nueva escuela. ¡E l traje de gala del  liberalism o  se  h a caído y, a los ojos de todo el m undo ha aparecido, en toda su desnudez, el m ás repugnante despotismo^

También esto es una revelación, aunque al revés.

Es una verdad que  nos  enseña, por lo  menos, a  reconocer  la vacuidad de nuestro patriotism o, la degeneración de  nues­ tro Estado, y a esconder la cara. Usted m e m irará sonriendo

 

8 Las iniciales en el texto de los Anales  franco-alemanes  quieren  decir:

M .: Karl Marx. R.: Arnold Ruge.

B .: Mijail Bakunin.

F .: Ludwig Feuerbach.

 

y me preguntará: ¿qué hem os ganada?  De  la  vergüenza  no nace ninguna revolución.

Respondo: ¡la vergüenza es ya una revolución: en realidad,

se tra ta - .de la victoria de la Revolución Francesa sobre el patriotism o alemán,  por  el cual  aquélla  había  sido  vencida en  1813.  La  vergüenza es una especie de ira  contenida  dentro de sí misma, Y si realm ente llegara a avergonzarse toda una nación, dicha nación sem ejaría a un  león  que  se  recoge  so­  bre sí mismo  antes  de  saltar.  A  decir  verdad,  en  Alemania  no existe ni siguiera la vergüenza; por el contrario esos m ise­ rables se llam an patriotas^ Pero ¿qué otro sistem a podría liquidar su patriotism o sino esa bufonada del  nuevo  caba­ llero? 0(La comedia del despotism o que representa p ara noso­ tros resulta  tan  peligrosa  para  él  como  en  su  tiem po  lo  fue la tragedia para ios E stuardo y los Borbones. Y aunque  du­ rante  un largo período esta comedia no se considere como lo que es, se trataría ya, en cualquier caso, de  una  revolu­ ción. El Estado es una  cosa  demasiado  seria  para  conver­  tirlo en una arlequinada 3

Quizá pueda hacerse flota*- durante  mucho  tiem po una nave cargada de locos, em pujada por el viento; pero llegaría igualmente a su destino, porque los locos no lo creerían. Ese destino es la revolución que nos domina.

 

R. a M.

Berlín, marzo, 1843

 

«Son palabras duras, pero las pronuncio porque  son  ver­ dad: no* logro im aginarm e ningún pueblo m ás vejado que el alemán. Se ven artesanos, no hom bres, pensadores, no hom ­ bres, señores y siervos, jóvenes y viejos, pero no hom bres.

¿Acaso no es esto un cam po de  batalla  en  el  que  m anos, brazos y m iem bros yacen aquí y allá, m ientras la sangre de­  rram ada im pregna la arena?» —Hólderling en su H yperion .ia Se tra ta del  m ovimiento  de mi hum or  que,  desgraciadam en­ te no m e  es  desconocido.  De  vez  en  cuando  el  mismo  argu­ m ento provoca entre los hom bres reacciones sim ilares. Su carta es una ilusión. Su valor, lo único que hace, es desmo­ ralizarm e cada vez más.

9 Federico Guülerno IV.

10       Cfr. Friedrich H o l d e r l i m , Hyperion. De la obra existen diversas redacciones, algunas de las cuales se remontan a 1794.

 

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¿Así que vamos a tener una  revolución  política?  ¿Noso­  tros, los coetáneos  de  esos  alem anes?  Amigo  mío, usted  cree lo que desea. Sí, lo sé, es herm oso confiar, y abandonar las ilusiones es-‘■doloroso.  Hay  m ás  valor  en  la  desesperación que en la esperanza. Pero se tra ta del valor de la razón, y nosotros hem os llegado a un punto en  el  que  ya  no  nos  es lícito ilusionarnos. ¿Qué es lo que estam os  experim entando? Una segunda edición de los «decretos» de K arlsbad/' con el añadido  de  la  incum plida  prom esa  ele  libertad  de  prensa  y la prom esa de censura; otro fracaso del intento de libertad política, y esta  vez  sin  Lepzig  ni  Belle-alíiance,  sin  esfuer­ zos que den motivo para el descanso. Ahora descansamos del descanso. Y al descanso nos induce siem pre la sim ple re­ petición de la antigua m áxim a del despotism o,  la  transcrip­ ción de sus actos ofciales. Pasam os de una ignominia a otra. Experim ento la misma sensación  de  opresión y  envilecimien­ to que experim enté en tiem po de  las  conquistas  napoleóni­ cas, cuando Rusia  im puso  a  Alemania una  severidad  m ayor en  la  censura;  y  si  usted  encuentra  alivio  en  el  hecho  de que hoy seam os francos como  entonces,  a  mí,  ese  hecho  no me alivia en absoluto. Cuando en E rfurt, Napoleón dijo a los alemanes que congratulándose con él le llam aban « nuestro príncipe»: «Je he suis pas votre prince, je  suis  votre  maítre» fue  acogido  con  un  aplauso  cerrado,  y   si   las   naves  rusas no se hubieran encargado de contestarle, el desdén alem án estaría todavía m ás calmado. No me diga que la afrenta de aquella frase fue  lavada  después  con  sangre, no  me  diga  que la accidental venganza tenía inevitablem ente que haberse pro­ ducido, que todos los pueblos rechazarían el despotism o  cru­  do y descarnado apenas se hubiera evidenciado con alguna claridad. Yo me refiero a un pueblo que sienta sus afrentas independiente del resto  de  los  pueblos;  para  mí,  revolución  es la convergencia de todos los corazones y la  elevación  de  todas las m anos en honor del hom bre  libre,  por  el  E stado líbre e independiente de todo dueño, el Ser público que per­ tenece sólo a sí mismo. Los alemanes jam ás llegarán a  tanto; hace m ucho tiem po que están históricam ente aniquilados. El hecho de que alguna vez hayan tom ado  parte en  la  lucha  no dem uestra nada. A los pueblos  vencidos  y  sojuzgados  no  se Ies prohíbe com batir, pero no pasan de ser gladiadores que

 

1 Los «Decretos de Karlsbad» son las  famosas  decisiones  antilibe­ rales que se tomaron en 1819  por  la  Confederación  Germánica  en  dicha ciudad (Hoy Karlovy Vary).

 

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pelean por -objetivos que no  son  los  suyos y  que  se  degüellan en cuanto los amos bajan el pulgar. «Mirad cómo se bate el pueblo por nosotros», dijo en 1813  el  rey  de  Prusia. Alemania no es el heredero superviviente, sino la herencia con cuya posesión debemos hacernos algún día. Los alemanes nunca cuentan según los  partidos  en  lucha  sirio  según  el  núm ero  de almas por vender.

Afirma usted que la hipocresía liberal ha sido desenmas­ carada. Es cierto, y yo diría todavía más,  ha  sucedido  algo más: la gente se ha visto turbada y ofendida, amigos y cono­  cidos discuten entre  sí,  por todas partes se habla del destino de los Estuardo, y los que  tienen  miedo  de  hablar,  mueven, por lo menos, la cabeza, dem ostrando que hay algo en  él  que tam bién se mueve. Pero todos hablan y sólo hablan. ¿Existe acaso alguien cojwencido de  que  su  desdén  es  com partido por los  demás?  ¿Existe  alguien  tan  loco  como  para  renegar de nuestros m ezquinos burgueses y su perenne paciencia bo­ vina? En los cincuenta años siguientes a la  Revolución  Fran­ cesa hemos vivido la renovación de toda la ignominia del antiguo despotismo. Y no me diga que el siglo xix no va 3 soportarlo. Los alem anes han  resuelto este problem a.  No sólo lo  soportam os, sino  que lo  soportam os  con  patriotism o; y nosotros que nos avergonzamos de ello, sabemos que lo me­ recen. ¿Quién hubiera dudado de que esta dolorosa  recaída, desde la protesta al silencio, de la esperanza  a  la  desespera­ ción, de una condición más o m enos hum ana a una total es­ clavitud, habría rem ovido  los espíritus, convertido a cual­ quiera en ardoroso y suscitado  el  general  desprecio? Los  ale­  m anes no tenían m ás  que  la  libertad  espiritual, libertad  que se le concede incluso al esclavo, e incluso  esta  libertad les ha sido ahora arrebatada.

Antes, los filósofos alem anes  hablaban  y  callaban  cuando se les m andaba, K ant nos dio buenas pruebas de ello; pero se toleraba la audacia con  que,  en  abstracto, proclam aban  libre al hom bre. Ahora, esa libertad, llam ada científica o de princi­ pio, que se resigna a no realizarse nunca, tam bién ha sido su­ prim ida y, naturalm ente, nos hemos encontrado con m ucha gente que va predicando la doctrina de Tasso:

 

«...No creáis

que el ímpetu salvaje de la-libertad me llene  el  pecho».  El hombre no nació para ser libre,

 

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y para  un  espíritu  noble  no  hay  m ayor  felicidad que servir al príncipe que hoora.'2

 

Y si después quisiéram os objetar: ¿Y si no le honra? re­ petirían: no ha nacido para ser  libre.  De  3o  que  se  trata  es  de su concepto, no de su felicidad. Sí,  Tasso  tiene  razón:  un hom bre que sirve a  otro  hom bre y al que se le llam a escla­ vo puede sentirse feliz: la  historia y  Turquía  lo  dem uestran. Por lo tanto, si se adm ite, no sólo que el hom bre ya no  es libertad, sino tam bién que hom bre y esclavitud form an un único concepto, el viejo m undo está justificado.

Venticinco años después de  la revolución, los alemanes no han encontrado nada que  objetar  a  la  afirmación  de  que los hom bres nacen para servir y ser heredados entre las propiedades de los amos. Los príncipes  alemanes  se han uni­ do en la  Confederación  Alemana  para  restaurar  la  propie­ dad  privada  de  las  tierras  y  las  personas  y  para  derogar los

«derechos del hombre»: como eso era antifrancés, fueron aplaudidos.  Ahora,  el  enunciado  teórico  sigue  a   los  hechos:

¿Por qué razón Alemania  tendría  que  escuchar  ese  enuncia­ do con indignación? ¿Por qué no consolarse del  propio  desti­  no pensando que las cosas  tienen que  ser así y  que  el  hombre no ha naaido para ser libre?

Y en realidad así es,  esta  generación  no  ha  nacido  para  ser libre. Treinta años de falta  de  vida  política,  tran scu rri­ dos bajo una  opresión  tan  degradante  que  hasta  los  pensa­  m ientos y sentim ientos fueron vigilados y regulados por la policía secreta de la censura, han dejado a  Alemania  al  ni­ vel político más b ajo de su historia. Usted dice:  la nave de locos llevada p o r el viento y por las olas no escapará a  su destino, y ese destino es la revolución. Pero no añade:  esa revolución es la curación de los locos; por el  contrario  su imagen conduce sólo a  pensar en  el  final.  Pero  yo  no  conce­ do tam poco el final, p o r  lo  dem ás  com pletam ente  augura- ble. M aterialm ente, este pueblo útil no perecerá pero espi­ ritualm ente, en su existencia de pueblo libre, hace tiem po que ya está acabado.

Juzgo a Alemania basándom e  en  £u  historia  pasada  y  en la presente;  no  pretenderá  aducirm e  que   aquella historia es falsa y que la vida pública contem poránea no refleja la verdadera situación del pueblo. Lea todos los periódicos que

 

12 G oethe. Torcuato Tasso, acto II, escena I.

 

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quiera, se convencerá de que  no  se  deja,  y  eso  que  Ja  cen­ sura no impide a nadie que deje, de  entonar himnos por  nues­ tra  libertad  y  felicidad  nacional;  y  vaya  después  a  decir  a  un inglés, a un francés o, incluso, a un holandés que no

tra ta de un asunto nuestro que no es nuestro carácter.

El espíritu alemán, al menos en sus m anifestaciones, es pacato, y no tiene  ningún  escrúpulo  en  afirm ar  que  si  no  se m anifiesta diversam ente, ía culpa es sólo de su naturaleza pa­ cata. O ¿es que acaso usted cree que puede estim ar su  exis­ tencia privada, sus m éritos silenciosos, sus inéditos  discur­ sos convivales, sus rabias contenidas, hasta el punto de pensar que la vergüenza de su actitud actual podrá algún día ser lavada por la dignidad de su futuro? ¡Oh, el futuro alemán!

¿Dónde fue a caer su sim iente? ¿Acaso en la vergonzosa his­ toria que hasta ahora hemos vivido? ¿O quizá en la desespe­ ración de los que tienen el concepto de libertad y dignidad histórica? ¿O en el desprecio  que  los  pueblos extranjeros  dem uestran por nosotros y que resulta m ás y m ás punzante cuanto m ejor nos consideran.  Efectivam ente,  esos  pueblos  no pueden ni siquiera im aginar el grado de obtusidad y co­ rrupción  política  al  que  hemos;  llegado.  Le  bastará  con  leer el Times, a propósito de la censura de prensa en Prusia. Es­ cuche cómo hablan los hom bres libres,  lea  cuánta  dignidad nos atribuyen ahora, a nosotros que no tenemos en absoluto dignidad, y compadézcase de Prusia, compadézcase de Ale­ mania. Ya sé que yo tam bién estoy incluido: no piense que pretendo  sustraerm e  a  la   vergüenza  general.  Repróchem e si no actúo m ejor que los demás, incítem e a suscitar con el principio nuevo úna nueva época y a ser un escritor al que seguirá un siglo Ubre, háblem e con  aspereza;  estoy  resignado. N uestro pueblo carece de futuro: ¿Qué im porta entonces nuestra fama?

 

 

M. a R.

Colonia, mayo de 1843

 

Su carta, queridísim o amigo,  es  una buena  elegía, un  can­ to fúnebre que quita la repiración; pero desde el punto de vista político no es absolutam ente nada. Ningún pueblo deses­ pera-y aunque se  vea obligado  a  esperar por obtusidad, llega­  rá un día, después de m uchos años, que en un alarde  de repentina inteligencia, llevará a cabo sus m ás elevados deseos,

 

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L

 

Sin embargo, me ha contagiado  usted;  su  razonam iento fes? -.’, tá sin acabar;  quisiera  acabarlo  yo,  y  cuando  esté  completó/- 7 m ente term inado, tiéndam e su m ano para volver a empezar

de nuevo. Deje que los m uertos entierren y  lloren  a  sus pro­ pios m uertos. Sin  embargo,  es  envidiable  ser  los  prim eros  en acceder vivos a la nueva vida; ese tiene que ser nuestro destino.

Es cierto, el viejo m undo pertenece a los filisteos. Pero

no por eso tenem os que tra tarlo como un  viejo  espantapája­ ros ante el cual se huye atem orizado. Por el  contrario,  tene­ mos que m irarle fijamente a los ojos. Merece la pena estudiar este dueño -del m undo.

Indudablem ente es señor del  m undo sólo en cuanto lo

puebla con su sociedad, al m odo de los  gusanos  de  un  cadá­ ver. Por lo tanto,  la  sociedad  de  estos  señores  necesita  sólo de un conjunto  de  esclavos,  y  los  propietarios  de  esclavos no tienen ninguna necesidad de ser  libres.  Aunque,  por  po­ seer tierras y personas, se les llama señores, sobre todo en  sentido etimológico, no por eso son m enos filisteos que su gente.

Hom bres, es decir, individuos de genio, republicanos  li­ bres. Pero en su  m ezquindad, rehúsan una y otra cualidad

¿Qué les queda por ser o querer?

[Lo que quieren, vivir y m ultiplicarse (m ás  allá,  dice  Goe­ the, no va nadie), tam bién lo  quieren  los  anim ales;  todo  lo más, podría añadir un politicastro alem án que el hom bre es consciente de quererlo y que  los  alem anes  son  tan  juiciosos que  no  quieren  nada  m á s^  ..................

£Lo prim ero  que  habría   que   encender   en  el   pecho   de estos  individuos  es  la  consciencia  del   hom bre,  de   la   liber­ tad. Sólo este sentim iento, desaparecido  del  m undo  con  los griegos y sublim ado  por  el  cristianism o  en  el  aéreo  azul  del cielo, puede  volver  a  h acer  de  la sociedad una com unidad : : de hom bres con el m ás  alto  de  los  fines:  un  Estado  dem ocrá­ tico. Por el     los hom bres que no se sienten tales, se

m ultiplican p ara  su  señor,  como  una  cría  de  esclavos  a  la m anera de caballos. Los señores hereditarios constituyen el punto focal de toda la sociedad. A ellos les pertenece es&:j mundo. Y lo tom an como es y como cree ser. Se tom an a sí mismos por cabeza, y se colocan donde crecieron sus pies,  so­ bre  los  hom bros  de  estos  anim ales  políticos  que  no  tienen m ás  vocación  que la  de  ser  «sometidos, agradecidos am antes y devotos»?)

 

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¿ Un m undo de  filisteos  es  un  mundo  político  de  animales, y si tuviésemos  que  reconocer  su  existencia,  no  nos  queda­ ría m ás que rem itirnos sencillamente al status quo. Así ge­ nerado y plasm ado el m undo por siglos de barbarie, se nos presenta  ahora  como  un  sistem a  coherente,  cuyo  principio es el del m undo deshumanizado. El m undo de filisteos más perfecto, nuestra Alemania, tenía, obviamente, que perm a­ necer com pletam ente retrasado con respecto a la Revolución Francesa, restauradora del hom bre; y el  Aristóteles  alem án que a p a rtir de esto pretendiese  elaborar su  política  tendría que em pezar diciendo «El hom bre es un animal social, pero com pletam ente apolítico», pero no podría definir  el  Estado más exactam ente que como lo ha hecho el Señor Zópfl,13 autor del  Derecho  público  constitucional  en  Alemania.  Para  él,  el E stado es una «asociación de familias», la cual, añadimos nosotros, p o r herencia y difrute pertenece a la fam ilia más potente, que  suele  llam arse  dinastía.  Cuanto  más  proKñcas se m uestran las fam ilias, tanto más feliz  es  la  gente,  el  Es­ tado  más  grande  y  la  dinastía  más  potente;  precisam ente por todo esto, en  Prusia, país  típicam ente  despótico,  se  pre­ m ia con cincuenta tálers el nacim iento del séptim o h ijo -3

Los alem anes son realistas tan prudentes que sus más audaces deseos ,y pensam ientos no van más allá de  la  tran ­ quila existencia.[Dicha realidad, y  nada más,  aceptan  los  que la gobiernan. Tam bién ellos  son realistas, alejados de  toda lógica y de toda grandeza hum ana, funcionarios típicos y terratenientes; pero no se equivocan, m ejor dicho, tienen razón: tal y como son se bastan, indudablem ente, para ex­ plotar y dom inar este reino  de  anim ales  porque,  aquí  como en todas partes,  dom inio  y  explotación  son  la  m ism a  cosaj| Y cuando se hacen servir m irando desde arrib a las cabezas bulliciosas de esos seres carentes de cerebro ¿acaso puede concebirse actitud que les sea m ás conform e que la de Na­ poleón  en  Beresina? Se  cuenta  que  refiriéndose  al  bullicio de los que se estaban ahogando, dijo a sus acom pañantes:

«Voyez ces crapauds/» H Probablem ente la anécdota no es cierta, sin em bargo es verosím il.|La única teoría del despotis­ mo es el desprecio por el hom bre, el hom bre deshumaniza-

 

n Cfr. Heinrich Zopel , Grewsatze des Allgemeinen und des Consti- tutionnel Monarchiscken Sí¿iatsrechts m it Rücksicht auf das gemein- gültige  Recht  in  Deutschland.   Heidelberg,   1841.   Heinrich   Mathias Zópfl (1807-1877) fue un jurista conservador alemán.

u «Mirad esos reptiles».

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do, y esta  teoría,  con  respecto  a  las  demás,  tiene  la  ventaja de ser al m ism o tiem po una realidad efectiva. El déspota ve siempre  a  los  hom bres  a  nivel  inferior.  Para  él,  a  sus  ojos, el resto de los hom bres se hunden en el fango de la vida co­ tidiana, del cual, sin embargo, como las  ranas, siem pre  vuel­ ven a salir. Si esta concepción  se  im pone incluso  a  hom bres que fueron capaces de perseguir grandes fines,  como  Napo­  león antes de su locura dinástica ¿Cómo va a poder un vul­ garísimo rey, en una realidad como ésta, ser id ealista? J

fLa esencia de la m onarquía es el hom bre envilecido, des­ preciable, deshumanizado; y M ontesquieu se equivoca com­ pletam ente cuando pretende hacernos  creer  que  esa  esencia es el honor. M ontesquieu intenta aclarar la cuestión distin­ guiendo entre m onarquía, despotism o y  tiranía.  Pero  no  se trata más que de diferentes denominaciones de un único

.concepto, o todo lo  m ás  indican  una  diferencia  m oral  en  el ám bito del mismo principió^A llí donde el principio m onár­ quico  es  mayoría,  los  hom bres  están  en  minoría,  allí  donde ni siquiera se discute, no  hay hom bres. ¿Por qué razón un hom bre como el rey de Prusía,  que  no  tiene  ningún  motivo para  ser  problem ático,  no  va  a  actuar  sencillam ente  según su hum or? Actuando así ¿qué  sucede? ¿decisiones contra­ dictorias? pues bien, no pasa  absolutam ente  nada.  ¿Tenden­ cias inconscientes? Dichas tendencias constituyen siem pre la única realidad política. ¿Posturas embarazosas  y  ridiculas? [Sólo  hay  una  cosa  ridicula  y  embarazosa: b ajar  del  trono. M ientras el capricho sigue en  su  sitio  tiene  todas  las  razo­  nes. Por muy  voluble,  obtuso  y  despreciable  que  sea,  siem­ pre es lo suficientem ente capaz  como  para  gobernar un  pue­ blo que no ha conocido  más  leyes  que  el  arbitrio  de  sus  re­ yes. No digo que un  sistem a  obtuso  y  la  pérdida  de  pres­  tigio, tanto en el in terior como en  el extranjero, vayan  a  que­ dar sin consecuencias, no asum o la responsabilidad  de  la nave de los locos; sino que afirm o  lo  siguiente:  el  rey  de  Pru­ sia -continuará siendo  un  hom bre  de  s¡u  tiempo,  hasta  que este m undo al revés sea un m undo real.J

Usted  sabe  que  me  ocupe  m ucho  de  este  hom bre. Inclu­

so cuando contaba sólo con  la  Hoja política  semanal de  Ber­ lín !5  reconocía  ya  su  valor y  su  misión.  Con  el  juram ento de

 

!S  Berliner politisches  Wochenbtatt,  semanario  editado   en   Berlín con  el  apoyo  del  príncipe  heredero,  más  tarde  rey   de  Prusía,  Federi­ co Guillermo IV, cuya  redacción  estuvo  a  cargo,  entre  otros,  de  Lud­ wig von Haller y Heinrich Leo.

 

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Kónisberg justificó mi previsión de que todo acabaría con­ virtiéndose en un asunto  puram ente  personal.  Proclamó  que su corazón y sus sentim ientos form arían la  futura  consti­ tución de los  dominios  prusianos,  de  su  Estado;  y,{efectiva­ m ente, en Prusia, el rey es el sistema. Es la única  persona política. Su personalidad  determ ina  el  sistem a.  Lo  que  hace o lo que  se  deja  hacer, lo  que piensa  o  lo  que  dice,  es  lo  que el E stado hace o piensa en Prusia^D e modo que el hecho de haberlo declarado con  tanta  franqueza es  un  m érito  a  apun­ ta r en el haber del actual rey de Prusia.

D urante mucho tiempo hemos estado equivocados con respecto a una cosa: en creer que los deseos e intenciones expresadas por' el rey tuviesen alguna im portancia. Por el contrario, no cam biaban n a d a :|e l m aterial  de  la m onarquía es el filisteo, y el  m onarca  siem pre  será  rey  de  los  filisteos; no puede liberarse a sí mismo ni a su gente, no puede con­ vertirlos en hom bres reales, m ientras am bas partes sigan  siendo lo que son§¡.

El rey de Prusia intentó variar el sistem a con una con­ cepción efectivam ente diversa de la de  su  padre.  Todos  sa­ bem os la  suerte  de  dicho  intento:  fracasó  de  arrib a  a  aba­ jo. Es natural.{M ientras se actúe en el ám bito del m undo po­ lítico de los anim ales no se pueden dar reacciones más que dentro de  sus  lím ites,  y  no  existe  progreso  de  ninguna  cla­ se si no se abandona el elem ento básico, y se  pasa  al  m undo hum ano de la dem ocracia^ El viejo rey no  quería nada ex­ travagante. E ra un filisteo sin ninguna exigencia  espiritual. Sabía perfectam ente que un Estado de siervos y el corres­ pondiente gobierno no necesitan m ás que una existencia pro­ saica y tranquila.(E l joven rey era más despierto y más vivo, tenía un concepto bastante m ás amplio de la om nipotencia del m onarca, cuya única lim itación reside en  su  mismo cora­ zón e intelecto. El viejo y decrépito Estado  de siervos  y esclavos le repugnaba. Quería infundirle vitalidad, penetrán­ dolo com pletam ente de sus deseos, sentim ientos y pensamien- tos.^Y de haberlo logrado, podía perfectam ente haberlo pre­ tendido en su Estado. De ahí sus discursos y sus desahogos liberales. yLo que iba a gobernar a  los  súbditos  no  era  la  ári­ da  ley,  sino  el  ardiente   y   vivo   corazón   del   rey.^Preten- día poner en m archa todos los  corazones  y  todos  los  espíri­ tus para la realización de sus más recónditos deseos y sus perfectam ente ponderados  proyectos.  A  todo  lo  cual  suce­ dió cierta anim ación; pero el resto de los corazones no la-

 

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lían al compás del suyo y los que estaban en e] poder no abrían la boca, a no ser para  deplorar  la  supresión  del  anti­ guo señorxo.jLos  idealistas,  cuya  pretensión  era  la de  hacer un  hom bre   del  hom bre,  captaron  al  vuelo  las  palabras, y m ientras  el rey  fantaseaba  en  antiguo  alemán,  los  idealis­ tas pensaron que podrían filosofar en alem án m oderno^Indu- dablem ente, p ara Prusia, eso  era  inaudito. ’:P or  un  m omento el viejo orden pareció invertido, además hasta las cosas em ­ pezaron a convertirse en hom bres, existieron, incluso,  hom­ bres con nom bre propio, aunque en las Dietas  no  se  perm i­ tiera la apelación nom inal.^Pero enseguida los siervos del antiguo despotism o pusieron  fin  a  esa  actividad  antialem a­ na. ¡No  fue difícil provocar  un  conflicto  entre los deseos del rey, pleno de nostalgia  de  un  pasado  de  curas, caballe­ ros y siervos  de  la  gleba,  y  la  concepción  idealista,  que  era un producto de la Revolución Francesa, p o r consiguiente, esencialm ente republicana y a favor de un ordenam iento  de hom bres libres en lugar de una  jerarq u ía de   cosas  muer- tas^C uando el conflicto fue lo suficientem ente agudo y desa­ gradable y el colérico rey estuvo  lo  suficientem ente  alarm a­ do, se le presentaron aquellos siervos que  tan  fácilm ente habían guiado antes el curso  de  las  cosas y  le  dijeron que no era oportuno llevar, a los súbditos a inútiles razonam ientos y que sería difícil gobernar una prole de hom bres hablantes. Alarmóse hasta el señor de los rusos posteriores por ef fer­ m ento en las cabezas de los rusos anteriores li y exigía el es­ tablecim iento de la tranquilidad del antiguo estado.{Be  pro­ dujo  entonces  una  nueva  edición  de  la  antigua  prohibido: de todos los deseos y pensam ientos del hom bre acerca de los deberes y derechos hum anos, es decir, la vuelta al antiguo y fosilizado Estado  de  los  siervos,  en  el  cual  el  Estado  sirve en silencio y el  señor de  tierras y  personas dom ina en  el  mo­ do m ás tácito posible, a través  de  un a  servidum bre  perfec­ tam ente adiestrada, tranquila y obediente. Ni unos ni otros pueden decir lo que quieren: unos aspiran a  convertirse  en hom bres, otros niegan la posibilidad de la existencia  de  los hom bres en el país'^De form a que el silencio es la única posibilidad de salida; Muta pécora, prona  et ventri oboeáien- tia.

En esto consiste el infeliz intento de elevar el Estado de

 

14       Marx llama irónicamente a los prusianos borusos, «rusos  ante­ riores»  (Vorderrussen),  y  a  Nicolás I,   zar   de   Rusia,   «señor   de   los rusos posteriores» (Hinterrussen ).

 

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las filisteos en el  ám bito  de  su  m ism a  esencia: fel  resultado es que el despotism o de todos ha puesto en evidencia la ne­ cesidad de la violencia y la im posibilidad de  actu ar  hum a­  nam ente. Una relación brutal sólo puede m antenerse con la brutalidad^

Y así acabo con nuestra común tarea, o sea, con el análi­

sis del filisteo y de su Estado. No dirá ahora que  tengo  ex­ cesiva confianza  en  el  presente;  y  si,  sin  embargo,  no  dudo de él, se debe, exclusivamente a  que su  desesperada  situación me colma de esperanza. No hablo, en absoluto de la  incapa­ cidad de los señores y de la indolencia de los siervos y los súbditos, los cuales dejan que todo ocurra como ocurre, aun cuando am bas cosas ju n tas bastarían para provocar una ca­ tástrofe. Llamo su atención sobre el hecho  de  que  los  ene­ migos del filisteísmo, es  decir  todos  los  que  piensan  y  su­ fren, están de  acuerdo en que  en  el  pasado  íes  faltaban medios;  y  que,  incluso,  el sistem a   pasivo  de   reproducción de los antiguos súbditos  increm enta  sus  filas  de  día  en  día con nuevos reclutas  al  servicio  de  la  nueva  humanidad.TPoro el sistem a de  la  industria  y  del  comercio,  de  la  propiecfad  y la explotación  del  hom bre  conduce,  más  aún  que  el  incre­  m ento de la población, en el interior de la sociedad contem ­ poránea, a una fractura que  el  viejo   sistem a  no  puede  sa­ nar, porque dicho sistem a no sana ni crea, sino sólo existe y disfruta. La  existencia  de  la  hum anidad  doliente  que  piensa y la de la hum anidad pensante  oprim ida,  tiene,  necesaria­  m ente, que llegar  a  convertirse  en  insoportable  e  indigeri­ ble  para  el •m undo  anim al  de  los  filisteos  que  goza  pasiva y obtusam ente^ Por nuestra parte, tenem os que poner en evidencia el viejo m undo y crear positivam ente el nuevo. Cuanto más tiem po dejen los acontecim ientos p ara que la hum anidad que piensa reflexione y a la  hum anidad  que sufre se. una, tanto ítrás perfecto será  el  fruto  que  el  m undo  lleva en su regazo.

 

B. a R.

Peterinsel, a orillas del lago Bienne, mayo, 1843

 

N uestro amigo M. me ha inform ado de su carta desde Berlín. Parece usted  m uy  pesim ista  con  respecto  al  futuro de Alemania.'[Usted ve sólo la  familia  y  al  filisteo  encerrado en sus cuatro paredes con todos sus deseos y pensam ientos,

 

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y se  resistg;  a  creer  en  la  prim avera,  que  le  obligará  a  salir al exteriocJ  Por  lo  m enos  usted,  querido  amigo,  no  pierda la fe. Piense que yo, el ruso, el bárbaro, no la abandono, no abandono Alemania; y usted, que está incorporado a su  m ar­ cha, usted que hs í/ivido sus comienzos y se sorprende de su impulso ¿ pretende ahora reducir a la im potencia esas mis­ mas ideas en las que  antes  había  depositado  toda su  confian­ za, cuando su fuerza todavía no se había  visto  puesta  a  prue- ba? -Oh7 desde luego adm ito que queda lejos el 1789 alemán.]

¿Cuándo han dejado de retrasarse siglos los alemanes? Pero

eso no justifica ponerse m ano  sobre  mano,  ni  la desespera­ ción inútil.  Si  hom bres  como  usted  han  dejado  de  creer  en  el futuro de  Alemania,  si  ya  no  quieren  trab a ja r en función de ese futuro ¿quién va a creer entonces? ¿quién va a actuar? Escribo esta carta desde la rusoniana isla  de  Bienne.jjLJsted sabe que yo no vivo de  fantasías y  palabras;  pero  me  recorre los huesos un tem blor cuando pienso en haber  venido  pre­ cisam ente hoy, m ientras  le  escribo  sobre  todo esto'.j Estoy com pletam ente seguro de  que  mi  fe  en  la  victoria  de  la  hu­ m anidad sobre fanáticos y tiranos es la misma fe que supo infundir el gran exilado en millones  de  corazones,  la  m ism a que se  trajo  aquí  consigo.  Rousseau  y  Voltaire,  aquellos  in­ m ortales, vuelven  a  ser  jóvenes;  y  celebran  su  resurrección en las m entes más lúcidas de Alemania. j'ÉI m undo  de  hoy vuelve a tem blar ante  el  gran  entusiasmó"  por  el H um anis­ mo y el Estado, cuya esencia,  en  definitiva,  es  realm ente  el hom bre,  frente  al   odio   ardiente contra fanáticos  religiosos y su insolente corrupción de toda grandeza y verdad humana.^ Una vez más, la filosofía efercerá la función que tan glorio­ samente ejerció en Francia; y en su dem érito no habla  pre­ cisam ente el hecho de  que  su  potencia  y  el  eventual  miedo que inspire,  resulten  antes  evidentes  para  sus  enemigos  que p ara sí m ism a.

jJLa filosofía es ingenua, no espera luchas ni persecuciones, porque sostiene la racionalidad de todos los hom bres y  a  la razón se dirige, como  su  am a y señora. Resulta perfectam en­ te lógico que nuestros adversarios, los cuales tienen la desfa­ chatez de declarar:  nosotros  somos  irracionales  y  así  que­ rem os seguir, hayan empezado, prácticam ente, la lucha y el asalto a la razón  con  m edidas  irracionales.  Tal  situación  de­ m uestra, exclusivamente, la superioridad de la filosofía^Ese gritar contra ella lo único que dem uestra es su victoria^ Vol­ taire dijo; «Votis, petits hommes, revétus d ’iin petit emploi,

 

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qui vous donne une petit duíoriié dans  un  petit  pays,  vous criez contre la  philosophie? N osotros vivimos ahora en Ale­ m ania el siglo de Rousseau y Voltaire, y «aquellos de entre nosotros que son  lo  bastante  jóvenes  como  para  poder  go­ zar de los frutos de nuestro trabajo, vivirán una gran  revo­ lución y un tiem po en que valdrá la pena haber nacido». No­ sotros  podem os repetir  con  Voltaire  estas  palabras,  sin  te­ m or de que las ultim as resulten menos confirm adas por la historia que las prim eras.

jXos franceses, todavía hoy, siguen siendo nuestros  m aes­ tros. Políticam ente nos llevan  una  ventaja  de  siglos.  ¡Cuán­ tas cosas  se  deducen  de  todo  esto Esa poderosa  literatura, esa poesía vital y ese arte creador, esa educación y espiri­ tualización de todo el pueblo, relaciones todas que nosotros apenas si conocemos de lejos. Tenemos que recuperar el tiem ­  po perdido, tenem os que cortar de raíz nuestra soberbia me­ tafísica que no ilum ina ni calienta el m undo, tenemos que aprender, tra b a ja r día y noche para llegar a vivir como hom ­ bres, para ser y hacer a los demás libres; repetiré siem pre, apoderarnos de la época con nuestro pensam iento. £Á1 pen­ sador y al poeta  les  es  dado  anticipar  el  futuro  y  edificar un m undo nuevo de libertad y belleza racim a de la  pútrida  y caótica disolución que nos circunda.^

Ante todo esto, usted, iniciado en el  m isterio  de  las  fuer­ zas eternas que el tiempo regenerará  en  su  regazo  pretende sum irse en la  desesperación. Cuando usted  desespera  de  Ale­ m ania, no  se  desespera  sólo  de    mismo,  usted  renuncia  a la fuerza de la verdad, verdad por la que se  esfuerza.  Pocos hom bres son tan  nobles como  para  dedicarse com pletam ente y sin reservas a te je r y edificar la verdad  liberadora,  pocos saben infundir a sus contem poráneos  ese  im pulso  de  cora­ zón y m ente; pero el que una vez ha sabido ser boca de la verdad y ceñir el m undo con las notas argentinas de su  voz, posee una garantía de la victoria de su causa, garantía que otros no pueden  obtener  más  que  con  tanto  éxito  como traba io.

una vez, estoy de acuerdo, con nuestro pasado. Hemos sido  derrotados,  y  si  bien  es  cierto que sólo la fuerza b ru ta ha obstaculizado el  camino  del pen­ sam iento y la poesía, esa  m ism a  brutalidad hubiera  resulta­ do im posible de no haber vivido aislados en el cielo de la eru­ dición teórica, si hubiésem os tenido al pueblo  de  nuestra parte?) N osotros no le enfrentam os con su causa. Todo lo

 

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contrario que los  franceses. De haber sido posible, hasta sus mismos libertadores se hubieran visto arrollados.

Yo sé que usted ama a los franceses, que siente su supe­ rioridad. A tan fuerte voluntad, p o r tan noble causa,  eso  le basta para em ularlos y alcanzarlos. ¡Qué sentimiento!  ¡Qué indecible beatitud en ese anhelo y esa potencia! ¡Cómo le en­  vidio en  su  trabajo,  m ejor  dicho,  en  su  ira,  puesto  que  ese es tam bién  el sentim iento  de  todos  los  espíritus  nobles  de  su pueblo! ¡Si  yo  pudiera  tra b a ja r  con  vosotros!  f¡Mi  san­ gre y mi existencia por su liberación!) Créame cuando  le  digo que acabará alzándose y alcanzando la luz del  sol  de  la  his­ toria hum ana. La vergüenza de los alemanes, la  de  consti­  tuirse siem pre en los m ejores siervos de todas las  tiranías, dejará algún  día  de  ser m otivo  de  su  orgullo. Usted reprocha  a este  pueblo  su  falta  de  libertad, de  tratarse  únicam ente de un pueblo de particulares. Pero lo que usted  dice es  lo  que  e§: ¿Cómo quiere dem ostrar lo que será?

¿Acaso Francia no se  encontraba  en  idénticas  condicio­ nes? Y, sin  em bargo, [toda  Francia  ha  llegado  a  ser  rápida­ m ente  patrim onio  de lo d o s  y  sus  hijos  hom bres  políticos. A nosotros no nos es  lícito  abandonar  la  causa  del  p u eb la aun cuando el m ism o pueblo sea el prim ero en abandonarla^ Reniegan de nosotros, esos filisteos, nos  persiguen;  con  m a­ yor entrega sus hijos acabarán dedicándose a  nuestra  causa. Sus padres intentaron m atar la libertad:  ellos,  sin  embargo, irán a m orir p o r esa m ism a libertad.

¿Qué ventajas tenem os sobre los hom bres del siglo xvm ? Aquellos hom bres hablaban en una época desolada; nosotros tenem os a n u estra vista, vivo el resultado de sus ideas; po­ demos, prácticam ente, ponernos en  contacto con  ellos. Vamos a Francia, ponem os los pies al otro lado  del  Rhin y  de  golpe  nos encontram os en medio  de  aquellos  elem entos  nuevos  que, en Alemania, todavía ni siquiera han nacido.|L a difu­ sión del pensam iento político en todos los estratos ae la so­ ciedad, la energía del pensam iento y de la  palabra irrum pien­ do en las m entes excelsas sólo porque en cada una de las palpitantes palabras se siente el peso de  todo  un  pueblo,  de todo ello nosotros, hoy, podem os tener una visión  rea O U n viaje a Francia, una estancia prolongada en París, nos  resul­ taría altam ente beneficiosa.

La   teoría  alem ana  tiene  bien  m erecido  el   haberse preci­

pitado  desde  su  firm am ento,  como  le  está  pasando  ahora, m ientras  burdos  teólogos  y   terratenientes  imbéciles  la sacu-

 

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den por las orejas  como  a  un  perro  de  caza y  la  señalan  con el dedo el camino a recorrer. No le vendrá mal  si  en  la  caída sana de su soberbia. De ella  sólo depende el que asimile o no  esta  enseñanza:  que  perm aneciendo  en  las  vetas  oscuras y solitarias, la teoría está perdida, m ientras que en el corazón del pueblo se  encuentra  al  reparo.  ¿Quién  se  gana  al  pue­ blo, nosotros o vosotros?  Así  gritan  los  oscuros  eunucos  a  los filósofos. ¡Oh, la vergüenza de un hecho como ese! Pero tam bién el respeto y el honor a los  héroes,  que ahora  comba­ ten victoriosam ente por la causa de la hum anidad.

Aquí, precisam ente aquí, empezó la batalla, y es tanta la grandeza de nuestra causa que nosotros pequeños hom bres dispersos y paralizados, con nuestro desnudo grito de guerra aterrorizam os a sus m ultitudes, ¡Arriba, adelante! Yo, el  Es­ cita, quiero fundir vuestros grilletes, [alemanes que  preten ­  déis llegar a ser griegos^M andadm e vuestras  obras. Las  haré im prim ir en la isla  de  Rousseau  y  una  vez  más  escribiré  en el cielo de la historia con letras  de fuego: ¡Muerte a los Persas!

 

R.  a  B.

Dresde, junio J843

 

Acabo de recibir su carta; pero su  contenido no enveje­ ce tan aprisa» Usted tiene razón. Es cierto, nosotros los ale­ manes estam os todavía tan retrasados que lo prim ero que tenemos que hacer es volver a crear  una  literatura  hum ana para conquistar teóricam ente el m undo, p a ra proporcionarle ideas de acuerdo con las cuales poder actuar. Quizás hasta po­ damos iniciar una publicación común en Francia, con los franceses. A este respecto quiero establecer una correspon­ dencia con m is amigos. Por lo demás, creo que no tiene  ra­ zones para tom arse tan  a  pecho  mi  desconfianza  de  Berlín. Los demás  se  encuentran  m ucho  más  satisfechos,  y  basta que el prim er berlinés, el  rey,  satisfaga  un  solo  deseo  para que resulte equilibrado todo un  m undo  pleno  de  m alhumor. No vaya a pensarse que desconozco esos difusos deseos. Por ejemplo, el cristianism o es,  por  decir  de  alguna  m anera, todo. Ahora acaba de ser  restaurado.  El  Estado  es  cristiano, un auténtico convento, el rey es m uy cristiano y los funcio­ narios reales son los más cristianos de todos. Estoy  de acu er­  do, esta gente es pía sólo porque no tiene suficiente con una

 

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sola servidum bre. ÁI terreno servicio de la corte tienen que añadir tam bién  el  celeste.  La  servidum bre  no  tiene que  li­ m itarse a ser m ansión,  sino que  debe  ser  tam bién concien cia. Y,  del  m ism o  modo  que  los  salvajes  norteam ericanos que se castigan a sí  mismos,  azotándose,  los  pecados,  confío en que los pueblos querrán aplicar una vez más idéntico procedim iento para esos perros del cielo. Pero, por ahora

¿Quién no encuentra que, en el reino de Dios, todo m archa estupendam ente? De no h ab er pensado que un  desengañado mal hum or es m ejor que una satisfacción desilusionada, in­ dudablem ente, hubiera participado en la alegría general. Usted me dirá  que  me hubiera resultado  beneficiosa  la  lectu­ ra del Eulenspiegel,” el cual  cuando  iba  cuesta  abajo  se  po­ nía de mal hum or pensando en la cuesta arrib a que le  espe­ raba; los berlineses tam bién  lo  han  leído,  y  lo  siguen  leyen­ do a la p a r que su  historia,  pero  sin  provecho  alguno.  De modo que siguen siendo de la opinión de que todas sus eulens- piegelerías son hallazgos  interesantes,  frases  brillantes.  Has­ ta su cristianism o les interesa sólo como una  cosa  graciosa, como una locución genial. Resulta lúbrico profesar todas las locuras de la superstición y, al mismo tiem po, endosar una túnica sagrada;  lúbrico  sentirse apostrofar  con   el   estilo del Im perio Sacro. Romano «lo prim ero saludos y apretón de manos» o, cuando  menos,  chocante,  en  esta  época  irreligio­ sa, fechar en cualquier día sagrado, dado que no  es  posible fechar tam bién  en  lugar  sagrado,  como  San  Juan  de  Letrán o el Vaticano, prom ulgar desde el  castillo  del  impío  Fede­ rico/ 8 la Bula para la reconstitución de las Herm anas de la Caridad  o  p a ra  la  fundación  de  la  Capilla  de  San Adalberto.

Pero no quiero correr el riesgo de hab.itar en el desierto ni siquiera con  la  fantasía.  Adiós,  Berlín.  Prefiero  Dresde. Allí todo se h a conseguido, allí se goza de todo aquello  que Prusia, a pesar de su  hum orism o  oficial,  no  logra  conquis­ tar.  Los  «órdenes»,  las  corporaciones,  las  viejas   leyes,   el m undo religioso junto al laico,  el  prelado  católico  en  la  sala de los consejeros de Estado, los pantalones  cortos  y  las  me­ dias negras, incluso para el clero luterano, la diferencia o di­ ferencias en tre los consuelos religiosos y la potencia del Consistorio en tales circunstancias, las  fiestas  dominicales  y la  m ulta  de  16   gross  y   5   tálers  para  quien  profane  la fies­

 

17       Till Eulespiege!,  héroe  popular   germano-holandés   de   los   si­ glos x i i i y xiv: existen, numerosas narraciones de su vida.

!S Federico II, rey de Prusia.

 

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ta realizando  algún  trabajo  pesado,  una  sociedad  protecto­  ra de anim ales pero ninguna para la protección de los ba­ rrenderos ni para las criaturas abandonadas; no, para ser jus­ tos, no  hay  que  olvidar  aquel  ferviente  cristiano  que  se to­ m aba en serio las doctrinas hum anistas e intentaba, con m e­ dios relativam ente ingeniosos, abolir en parte  los  m alos  tra­ tos para los niños pobres, fracasando no por su propia in­ capacidad, sino por la excelencia  de  lo  que  ya  existía.  Sajo­ rna lleva en su regazo, rejuvenecido, todo el esplendor del pasado; hace mucho tiem po que nadie se ocupa de este filón de la antigua jurisprudencia y teología,  este  Im perio  Sacro Rom ano en miniature, en el que los diferentes oficios  y  las cargas adm inistrativas comunales van a declararse  inm edia­ tam ente independientes las unas de las otras, y cuya univer­ sidad de Lepzig hace ya tiempo que se independizó de la  le­ vísima  agitación   cultural   de  la   vasta,  desolada Alemania, p o r no hablar ya de Europa. Con todo lo cual, en absoluto pretendo decir que la nación sajona no haga ningún progreso. Voy a contarle  una  historia.  Por  no  ser buenos cristianos, los hebreos no gozan de ninguna de las libertades de las que disfruta, sin embargo, el resto del pueblo sajón, carecen de derechos  civiles  y  no  pueden  hacer  algunas  de  las  cosas que les están perm itidas a los bautizados. La terraza B rühl antes era el jardín  Brühl. Junto al puente, donde se alza aho­ ra la escalinata había, delimitándolo, una altísim a m uralla, por la o tra parte estaba cerrado. Había días en los que el centinela no  dejaba  pasar  a  nadie,  pero,  en  cualquier  caso, el paso estaba siem pre prohibido a  los  perros y  a  los  judíos. Un día llegó la  m ujer  de  un  general  con  un  perro  en  brazos y, a causa del perro, fue obligada por el centinela a retirarse. Indignada, la señora fue a lam entarse al general, y salió en­ tonces una orden p or la que se suprim ía la consigna del cen­ tinela con respecto a los perros. Desdé  entonces,  los  perros iban de vez en cuando al jardín Brühl; ¿y los judíos? No, todavía no. Entonces  los  hebreos  protestaron  exigiendo  que se les equiparase a los perros. El general estaba en un gran aprieto. ¿Debía, acaso, desdecirse de su  orden, cuyas revo­ lucionarias consecuencias no había previsto? La m u je r  re­  clam aba justicia para su perro y para los perros  de  sus amigas.  El  derecho  había  sido  ya  adquirido  y  los  hebreos, el general lo sabía perfectam ente, gritarían  con  toda  la  fuer­ za de sus pulmones, si, en el siglo xix no se les hubiera con­  cedido un privilegio del que disfrutaban incluso los perros.

 

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De form a que  el  general,  bajo  su  exclusiva  responsabilidad, se decidió  a  adm itir  tam bién  a  los judíos en  el  jardín  Brühl, a menos que dicho jard ín no estuviera cerrado a causa de la presencia de la corte. La indignación fue grandísim a, pero el general no modificó su decisión. Después llegaron los rusos. Su gobernador, el general Repnin/ 9no encontró Corte alguna, Indudablem ente pensó que ya no habría más cortes y tran s­ form ó el Jardín Brühl en la terraza B rühl con la gran  escali­ nata, de libre acceso que hay  hoy.  La  cosa  indignó  a  todo  sajón de bien y si los rusos no hubieran sido tan popula­ res como los sajones hubiese estallado una revolución.  El pueblo, por el contrario, se m ostró entusiasta del cambio, llegando, incluso, a m atar los nobles faisanes del jardín, complaciéndose enorm em ente en el hecho de que los rusos hubieran abierto a los hom bres aquel paseo en otro tiem po reservado a los  faisanes.  Pero  uno  de  estos  sajones,  el  sa­ jón m ás de bien de  todos ellos, un consejero  del  príncipe todavía  con  vida,  nunca  perdonó  a  los  rusos  su   inoportuna y  frenética  m anía  de  hacer  innovaciones.  No  reconoció  ni la terraza Brühl ni el gran jardín; nunca sube ni baja la

«escalinata rusa», y pasa siem pre  por  la  legítima  puertecita del antiguo « jardín Brühl», nunca lleva  consigo  perros  ni judíos y,  del  paseo  donde  circulaban  los  faisanes,  no  reco­ rre más que la avenida central, que tam bién en  aquellos buenos  tiem pos de   ¡estaba abierto al público excepción hecha del período de incubación.

Indudablem ente, este  cristiano  conservador  es  razona­ ble, y si todos los alem anes fuesen sajones de bien, o si no hubiera rusos que, de vez en cuando, vienen a inaugurar sus paseos, o franceses que  en  Jena  les  cortan  la  coleta  o,  final­ m ente, ni siquiera prusianos con su relativa m anía de inno­ vaciones en la cabeza de sus reales paganos y cristianos, en ninguna o tra parte del m undo se viviría tan tranquilam ente como en Dresde. Por el  contrario,  tal  y  coríio  están  las  co­  sas, nu estra patria sajona, con toda su pom pa interior, siem ­ pre tiene que tem er grandes convulsiones del exterior.

 

El m undo es perfecto

allí donde no llega el hombre con su torm ento.20

 

 

19       N ik o la í G r ig o r y e v ic h R epnin~W olans.ky.

20       S c h i l l e r , D ie B r a u t v o n M e s s in a , a c to IV , e s c e n a V IL

 

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F .aR .

Bruckberg, junio de 1843

 

Las cartas y proyectos literarios  que  me  ha  comunicado me hacen  recapacitar.    soledad  necesita  de estas cosas. No olvide repetir estos envíos. La degeneración de los Anales alemanes me recuerda a la de Polonia. En el estancam iento general de una vida popular corrom pida,  los  esfuerzos  de unos pocos han sido com pletam ente inútiles.

En Alemania  no  recogeremos  los  frutos tan  pronto.  En su base, desde la m ism a  raíz,  ya  está  todo  podrido  de  una u otra manera. Necesitam os hom bres nuevos.  Pero  ahora no van a salir  de  las  selvas  y  los  pantanos  como  en  el  tiempo  de las m igraciones de los pueblos; nosotros mismo  los  ten­ drem os que generar. Y la nueva  estirpe  llegará  al  mundo nuevo a través del  pensam iento  y  de  la  poesía.  Un  gigantes­ co trabajo de todas las fuerzas unidas. Hay que rom per definitivam ente  los  lazos  con  el   Antiguo  Régimen,   Nuevo am or, nueva vida, dice Goethe; nuevas ideas, vida nueva, de­ cimos nosotros.

La  cabeza  no  siem pre  da  lo m ejor;  es   lo  más  inestable y al mismo tiempo lo más lento. Lo nuevo germ ina de  la  ca­ beza, pero tam bién a la cabeza  es  donde  se  aferra  por  más tiem po lo  viejo.  Manos  y  pies  se  abandonan  alegrem ente  a la cabeza. Por lo  tanto  habrá,  prim eram ente,  que  tenerla lim pia y purgada. La cabeza  representa  lo  teórico,  al  filóso­ fo. Y lo  que  tiene  que  hacer  es  soportar  el  áspero  yugo  de la práctica, al que la  hemos  atado,  aprendiendo  a  m orar hu­ m anam ente en este m undo sobre las  espaldas  de  los  hom ­ bres activos. Se tra tá sólo de un m odo diferente de vivir.

¿Qué es teoría? ¿Qué es práctica? ¿ En qué se diferencian? Teórico  es  lo  que  todavía  se  lim ita   a   mi  cabeza;   práctico lo que aparece en las  cabezas  de  muchos.  Lo  que  une  mu­ chas cabezas hace masa, se dilata y  se  abre paso  en  el  m un­  do. La posibilidad de crear un órgano nuevo para el nuevo principio es un intento que no estam os dejando de lado.

 

R. a M.

París, agosto, 1843

 

El nuevo Anacarsis y el nuevo  filósofo  me  han  convenci­ do. Es cierto, Polonia se ha derrum bado, pero Polonia to­

 

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davía no se ha perdido, eso  es  lo  que  no  deja  de  oírse  entre las ruinas, y si Polonia quisiese sacar  enseñanzas  de  su  des­ tino, echándose en brazos de la razón de  la  democracia, deja­ ría, inm ediatam ente, de ser Polonia  y,  entonces,  sin  duda,  se la podría salvar. «Nueva doctrina, vida  nueva»  ¡Desde  luego! Del m ism o modo que la  fe  católica y  la  libertad  aristocrática no salvan Polonia, la filosofía teológica y la  ciencia  aristocrá­ tica nunca pueden proporcionarnos la libertad. Lá única  for­  ma de proceder con nuestro pasado es rom per, clara y deci­ didam ente con él. Los Anales perecieron.  La filosofía  de  He- gel pertenece  al  pasado.  Lo  que  querem os  fundar  en  París es un órgano  con  el  que  juzgar escueta  pero  inexorablem en­ te a nosotros mismos y a  la m ism a  Alemania. Esto  es  lo  úni­  co que puede constituir una regeneración real, un principio nuevo, una nueva tom a de postura, una  liberación  de  la  b u r­ da esencia del nacionalism o y un  claro  contragolpe a la b ru ­ tal reacción de caóticos m itos populares que con el tirano Napoleón engulleron, incluso, el hum anism o de  la Revo­ lución Francesa. Filosofía y nacionalism o burdo  ¿Cómo  po­ dían conjugarse am bas  cosas,  aún  en  los  mismos  encabeza­ m ientos de los periódicos? Una vez  m ás  la  Confederación germ ánica ha prohibido, y con razón, el renacim iento de los Anales alemanes; n la Confederación nos grita: ¡Ni hablar de restauración! ¡Qué razonable  se ha  vuelto  ahora!  Tenemos que escoger algo nuevo, sí todavía  tenem os  intenciones  de hacer algo. Yo me encargaré del aspecto  comercial  del  asun­  to. Contamos con usted. Escríbam e qué le parece  el  adjunto pian del nuevo periódico.

M. a R.

Kreuznach, septiembre, 1843

Qvie conforta verle tan  decidido  y  m e  alegra  el  que,  de  la m irada retrospectiva haya pasado usted a proyectar su  pen­ sam iento hacía adelante, hacia una nueva em presa.2^ Por lo

 

21       Los    Deutsche   Jahrbucher   f i’tr   Wissenschaft   und   Kunst   (anales alemanes  de  ciencia  y  arte)  fueron  editados  en  Leipzig  en   julio   de 1841, bajo la dirección de Arnold Ruge. Anteriormente se  habían  pu­ blicado en Halle con el título de Hallische JahrbücHer für deutsche Wissenschaft  und  Kunst  (Anales  de  Halle  para  la  ciencia  y   el   arte.) En enero de 1843,  los  Anales  alemanes  fueron  prohibidos  por  el  gobier- no sajón; a través de un decreto  del  Parlamento  confedera!  de  Frank-  furt, la resolución fue inmediatamente extendida a todo  el territorio alemán.

2  Marx  alude aquí  al  plan  de  edición   de  los  Anales  franco-alema­ nes elaborado por Ruge.

 

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tanto, en París,  antiguo ateneo filosófico ¡absit ornen/ y nueva capital  del  m undo  nuevo.  Lo  ineluctable  se  consuma. 0 e ahí que no dude en la posibilidad de rem over y  su p erar todos los obstáculos, cuya gravedad, desde luego, no se me escapa.

La em presa puede o no puede tener éxito. ^En  cualquier caso, a final de mes, estaré en París, porque el aire que  res­ piram os en  Alemania  nos  esclaviza  y  m e  resulta  com pleta­ m ente im posible desarrollar una actividad libreé

,; En Alemania todo lo sofocan  a  base  de  violencia^ reina una auténtica anarquía espiritual, el régim en de la idiotez misma; y Zurich obedece las órdenes de B erlín .23 Consiguien­ tem ente, cada vez está m ás claro que hay que  buscar  otro centro  de  reunión  para  las   m entes  realm ente  trabajadoras e independientes. Estoy convencido  de  que  nuestro  proyecto se corresponde a una exigencia real, y las exigencias  reales tienen que satisfacerse  en  la  realidad.  Por  lo  tanto  no  dudo de la em presa con tal de que se lleve adelante en serio.

Las dificultades internas representan, casi, obstáculos m ás serios que las externas. Efectivam ente, siendo cierto  el  acuer­ do con respecto al «desde dónde», no ocurre otro tanto en relación con el «hacia dónde». Cada uno  tendrá  que confesar­  se a sí mismo que no  sólo ha  surgido una general anarquía en ­ tre los  reform adores,  sino  que  ni  siquiera  él  mismo  tiene una idea precisa de lo que hay  que  hacer.  Por  otro  lado,  en esto estriba, precisam ente, la ventaja de  la  nueva  orienta­  ción: ^nosotros no anticipam os dogm áticam ente el m undo, pero a p a rtir de la crítica del viejo pretendem os deducir el nuevo. H asta ahora, todos los filósofos  tenían  preparada, so­ bre sus cátedras, la solución a cualquier  enigma,  y  el  esoté­ rico m undo  dem ente  no tenía  m ás   que  alargar  el   m orro p ara que le vinieran a  la boca las palom as  asadas de la cien­  cia absoluta. La filosofía se ha  popularizado  y  la  dem ostra­ ción más evidente de ese fenómeno la constitue su im pli­ cación, no sólo exterior sino tam bién interiorm ente, en el

 

23       Se refiere a las persecuciones realizadas por el jurista  Johann  Kaspar Bhmtschli (1808-1881) contra Wilhelm Weitling y los artesanos comunistas, durante los meses de junio  y  julio  -ek* .1843,  y  al  secuestro llevado a cabo por la policía de Zurioh, siempre por orden de Bluntch-

li,  de  las obras  recién  editadas  por  la   casa  Literarisches  Comptoir: Das  entdecke  Christentum  (El  Cristianismo  desvelado),  de   Bruno Bauer y los Einundzwanzig Bogen  aus  des  Schweiz  (Ventiuna  hojas desde Suiza) redactados por Georg Herwegh; Herwegh había sido anteriormente expulsado de la ciudad suiza a principios de 1843.

 

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torm ento m ism o de la lucha) Si la construcción  del futuro  y la invención de una fórm ula perennem ente actual no es obli­ gación nuestra, tanto más evidente resulta que penem os que actuar sobre  el  presente,  a  través  de  la  crítica  radical  de todo lo existente ¿ radical  en  el  sentido  de  que  la  crítica  no  se asusta ni frente a los resultados logrados ni frente al  con­ flicto con las fuerzas existentes.

^Esta es la razón por  la  que  nosotros  no  tendríam os  que alzar ninguna bandera dogmática; todo lo contrario.  Tenemos que in tentar acudir en  ayuda  de  los  dogmáticos,  a  fin  de  que se aclaren a sí m ism os  sus  propios  principios.  Así,  sobre  to­ do, el comunismo es  una  abstracción  dogmática,  con  lo  cual me refiero, no a cualquier presunto  y  eventual  comunismo, sino más bien  al  comunismo  realm ente  existente,  tal  y  como lo   profesan Cabet, Dézamy, W eitling" etc7j[l)icho  com unis­ mo no es m ás una particular m anifestación del principio hu­ m anista, contam inado por s u ‘opuesto, el elem entó privado.]

^Abolición de la propiedad privada  y  comunismo,  por  lo  tan­ to, no son en absoluto idénticos, y no p o r casualidad, sino necesariam ente,  el  comunismo  ha  acabado  enfrentándose con otras doctrinas socialistas, como las de Fourier, Proud- hon,31 etc., precisam ente porque dicho comunismo, con fre­ cuencia, no era sino una particular puesta en práctica, uni­ lateral, del principio socialista.^

j^Todo el principio socialista, a su vez, no es m ás que uno  de  los aspectos, el concerniente a la realidad, de la  auténtica esencia hum ana. Asimismo tenem os que ocuparnos del otro aspecto, de la  esencia  teórica  del  hom bre,  es  decir,  hacer tam bién  objeto de  nuestra  crítica  la religión  y  la   ciencia, p o r ejem plo. P or otra parte, pretendem os influir sobre nues­ tros contem poráneos^ especialm ente sobre los alemanes. La cuestión es la siguiente: j^Cómo hacer todo eso? Hay dos he­ chos indiscutibles: en prim er lugar la religión, y después la política, polarizan los intereses de los alem anes contem porá­ neos. A ellos hem os de rem itirnos, tal como están, y no con­ traponerlos a cualquier sistem a, como se hace, por ejem plo, en^el Voyage en Icarie,26^

[ La razón ha existido siem pre, pero no siem pre en form a

 

M  Etierme  Cabet  (1788-185Ó).  Théodore   Dézamy   (1803-1850);   Wil- he3m Weitling (1808-1871).

35 Charles Fourier (1772-1837); Fierre Joseph Proudhon (1809-1865).

76 Cfr. Etienne C a b e t, Voyage en I&arie,  París  1842,  2.a Ed.,  la  pri­  mera, en un número muy  limitado  de  ejemplares,  había  aparecido  en 1840.

 

 

racional..i|)e m odo que el crítico puede rem itirse a cualquier form a de conciencia teórica y práctica, y a p a r tir  de  las  for­ mas propias de la realidad  existente,  desarrollar  la  verda­  dera realidad en cuanto  deber  y  objetivo  teológico. Por 1q que se refiere a la vida real, lo que  contiene en  todas  sus  for­ mas modernas las instancias de la razón, es precisam ente, el Estado político, aun cuando todavía no conscientem ente sen­ sible a las instancias  socialistas.  Pero tam poco  se  lim ita  a eso. Presupone en cualquier caso la realización  de  la  razón. Pero, tam bién en  cualquier  caso,  incurre  en  la  contradic­ ción entre su destino ideal y sus prem isas reales

!be este conflicto del Estado  político consigo  mismo,  pue­ de, consecuentem ente, derivarse la verdad social. Del mismo modo que la religión  es  el  índice  de  las  batallas  teóricas  de los hom bres, el Estado político lo es de  sus  batallas  prácti­ cas. De m odo  que  el  E stado  político  expresa,  en  el  interior de su form a, sub specie republicae, todas las exigencias, las luchas, las verdades sociales. Por  lo  tanto,  convertir    ob­ jeto de crítica el problem a  político  más  especializado,  p o r ejem plo, la diferencia entre el sistem a de los  órdenes  y  el sistem a representativo, no está en absoluto por debajo de la hauteur des principes. Así, pues,  el  crítico  no  sólo  puede,  sino que debe  interesarse  por  los  problem as políticos  (que, a decir de los socialistas comunes, son absolutam ente in- dignos).j£riustrando las ventajas del sistem a representativo sobre el  ae  los  órdenes,  el  crítico  interesa  prácticamente  a un gran partido. Elevando el sistem a político de su form a po­ lítica a una form a  general  y  poniendo  de  relieve  su  auténti­ co y  esencial  significado,  el  crítico  obliga,  sim ultáneam ente, a dicho partido a superarse, puesto que su victoria supone tajpbién su derrota.^

¿De form a que nada nos impide ligar nuestra crítica a  la crítica política, a la participación política y, consecuente­ mente, a las luchas  políticas, e  identificarlas con  ellasj& sa  es la m anera de afrontar  el  m undo  en  modo  no   doctrinario;  esa es la m anera de afrontar el mundo con un  nuevo  princi­  pio; ¡Aquí está la verdad, arrodillaos! A través de  los  princi­  pios mismos del m undo nosotros ilustrarem os el mundo con principios nuevos. Nunca diremos: «Abandona tu  lucha, es una locura;  nosotros  gritarem os  la  verdadera  consigna  de  la lucha». Nos lim itarem os  a  m ostrarle  la razón  efectiva  de su combate, porgue la conciencia es una cosa que  tiene  que asum ir él mismo."!

 

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' La reform a de la conciencia consiste sólo en hacer  cons­ ciente al m undo de sí mismo, en reactivarle de su aturdido replegam iento sobre  sí,  en  explicarle  sus  propias  acciones.!  Al igual que en la crítica de la religión llevada a cabo por Feuerbach, nuestra finalidad no es otra que* la de conducir a forma hum ana autoconsciente  todas  las  cuestiones  religio­  sas y políticas.

Se form a que nuestro lema será: reform a de  la  conciencia, no m ediante dogmas, sino m ediante el análisis de  la  concien­  cia m ística oscura a sí misma, tanto si se presenta en form a religiosa,  como  en  form a  política, \Veremos   entonces  cómo el m undo hace tiem po que tiene un sueño, del cual Jbasta con tener conciencia, para  convertirlo  en  realidad..'.Resultará claro que no se tra ta de trazar unaj^ecta del pasado al futuro, sino de realizar las ideas  del pasado^ Veremos  finalmente, que la hum anidad no se iniciará en un nuevo trabajo, sino que realizará desde el principio, conscientem ente, su trabajo antiguo.

lEodemos sintetizar en una  palabra  la  tendencia  de  nues­ tra revista: auto-aclaración  (filosofía  de  la crítica)  de  nues­ tro tiempo con respecto  a  sus luchas y  a  sus  aspiraciones. Se tra ta de un trab ajo para el m undo y para nosotros. Puede derivar, exclusivamente,  de una  unión  de  fuerzas.  Se  tra ta de una confesión, y no de otra cosa.^3

La hum anidad, para hacerse perdonar sus culpas, no tie­

ne más que declararlas en cuanto tales.

 

Córátic© del Rey Ludovic© por Heinrich Heine

 

 

 

 

 

 

 

 

 

I

He aquí al rey Ludovico de Baviera,” difícilm ente encontraréis igual;

en él honra el  pueblo  bávaro al príncipe heredero.

 

Ama el arte y las bellas m ujeres cuyo retrato conserva:

como eunuco del arte

pasea en su serrado de ilusión.

 

En R atisbona se ha hecho construir un calvario de m arm ol,

allí tiene Su Alteza preparadas

etiquetas para todas las cabezas.

 

 

  Ludovico  I  rey  de   Baviera  (1786-1868)   coronado  en   1825,   conoci­ do protector de las fcrtes  y  los  artistas;  él  mismo  era  un  poeta  bas­ tante mediocre. A las afueras de Ratisbona hizo erigir un gigantesco monumento de estilo neoclásico, el Walhalla,  de  significado  alegórico,  para exaltación del germanismo, del que se sentía portador. De senti­ mientos moderadamente  liberales  favoreció  mediante  ayudas   políti­ cas y financieras la causa nacional griega. Abdicó en marzo de 1848, a consecuencia del escándalo suscitado  por  sus  relaciones  con  la  baila­ rina española Lola Montez.

 

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Compañeros del Walhalla, obra m ae s tra ” donde no se om iten m éritos

acciones y opiniones de ningún© desde Teut a S chinderhannes”

 

Falta Lutero, em pecinado, sin celebrar en el libelo:

con frecuencia, en las colecciones de los naturalistas no  se  incluye  a  la  ballena.39

El  rey  Ludovico  es  un  gran  poeta, y canta hasta que Apolo

se arrodilla, reza e im plora:

¡Calla  de  una  vez,  que  me enloqueces!

 

El rey Ludovico es un héroe arriesgado, como  Otón,  su  h ijito ,31    que  en Grecia

m anchó su trono dim inuto de diarrea.

 

Si, finalm ente, tuviera que m orir, rey Ludovico sería canonizado por el Papa.

A un m orro como el suyo la Gloria

le sienta como collares a los gatos.

 

Apenas convertidas al cristianism o, m onas y canguros

tendrán en San Ludovico patrón a venerar.

 

Ludovico, rey de Baviera m urm ura suspirando:

 

 

21       Cfr. Konig L tjdw ig l ,  Walhallas  Genosses.  Munchen,  1842  (segun­ da  edición  1847).  La  obra  poética,  de  escaso  valor,  fue   también  criti­ cada por Engels en una breve corresponsalía desde Berlín (sin título)

en la Rheinische Zeitung, Colonia, 29 de agosto de 1842, n. 241.

* Teut, dios de  la  mitología  alemana  del  que  se  deriva  el  nombre  de Teutones;  Schinderhannes,  alias  de  Johann  Bückler  (1777-1803),  fa­ moso jefe de una cuadrilla de bandoleros operante en Renania.

30       Juego de  palabras  intraducibie,  entre  Walhalí-Wisch  (papelucho del Walhalla) y Wallfisch (ballena).

31       Otón (1815-1867). Segundo hijo de rey Ludovico I, en 1832  fue nombrado rey de Grecia por la  Conferencia  de  Londres,  ocupando  el trono de Atenas un año más tarde.

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Huye el verano, el invierno se aproxima las hojas am arillean.

 

Aquí y allá pueden pasear Schelling y Cornelius.31

AI uno se  le  apaga la razón al o tro la fantasía.

 

Pero a mi  corona  le  robaron la perla m ás bella,

me quitaron el M assm ann 33

la joya hum anizada, personificada arm onía.

 

Esto me aflige y me doblega me desgarra el alm a

Ahora me falta el hom bre que con su arte trepó hasta la pértiga más alta.

 

Ya no veo sus piernas  cortas, su nariz chata: daba

volteretas en el prado

como un terrier fresco-pio-feliz-libre.

 

Sólo com prendía bajo alem án, él, el patriota, cuentos sólo a lo Jacob Grimm y a lo Z eune” ■

vocablos extranjeros le resultaron siem pre extraños especialm ente los griegos y latinos.

 

Apenas si bebía sentim iento patriótico, café de bellota,

 

 

32       Friedrich Wilhelm Joseph Schelling  (17554854),  profesor  en  Mu­ nich  desde  1827  a  1841, año  en   que,   a  instancia  de  Federico   Guiller­ mo IV rey  de Prusia,  entró  a  formar  parte  de  la  Academia  de  Cien­ cias de Berlín,  obteniendo  también  una  cátedra  en  la  Universidad  lo­ cal. Peter von Cornelius (1783-1867), pintor alemán relativamente  cono­  cido; desde 1819 trabajó en Munich por  encargo  de  Ludovico  I,  que  en 1841- le licenció. El pintor se instaló en Berlín, donde fue ayudado y protegido  por  Fedenco  Guillermo  IV,  Los  trabajos  más  conocidos  de su  estancia  en   Munich   son   la   decoración  de   la   Ludwigskirche  (1829) y el Juicio Universal (1836-1839).

3 Otro juego de palabras; Massmann, en alemán quiere decir

«profesor  de  gimnasia».  La  persona  ridiculizada  en  este  trozo  por Heine es Hans Ferdinand Massmann (1797-1874), filólogo, liberal-demó­ crata.

14 Jacob.  Grimm  (1785-1863),  el  conocido  filólogo  y  germanista; Johann August Zeune (1778-1853), geógrafo y germanista.

 

devoraba quesos de  Francia y  de  Lim burgo -35  y a ellos apestaba.

 

Oh, cuñado,36 devuélveme mi Massmann porque de entre los rostros

es el suyo el que dibujo como  poeta  de poetas.

 

Oh, cuñado, quédate ,a Gornelius quédate con Schelling

( R ü ck e rt37 incluido, claro)

pero devuélveme a m i Masmann,

 

Oh, cuñado, confórm ate con tu gloria que hoy me ofusca.

Yo, que fui prim ero en Alemania, solo segundo soy ahora.'..

 

II

 

En Munich, en la capilla del castillo hay una herm osa Virgen:

Entre sus brazos tiene a Jesús Niño delicia del cielo y de la tierra.

 

Cuando Ludovico de Baviera vio la sagrada imagen,

arrodillóse devoto

y en santo arrobo articuló:

 

«María reina del cielo, princesa inm aculada,

tu gente es santa

y tus siervos son los ángeles.

 

 

35 Limburgo  (Bélgica)  conocido  por su  floreciente  industria  de quesos fuertes e industrias derivadas de la leche en general.

56       Federico  Guillermo  IV,  que  en  1823  Labia  casado  con  Isabel Luisa (1801-61),  hija  de  Maximiliano  I,  hermana  de  Ludovico  I  de  Ba- viera.

37       Friedrich Rückert (1788-1866), poeta y traductor: enseñó filo­

logía oriental en la  Universidad  de  Berlín  durante  siete  a8i<*$  (desde 1841).

 

73

 

Pajes alados te circundan,

enredan flores y guirnaldas en tus cabellos rubios, pajes

sostienen el borde de tu vestido.

 

M aría, estrella p ura de la m añana, jazm ín sin mancha,

tú has hecho ¿osas maravillosas, santos milagros.

 

Deposita sobre mí

una gota de tu fuente de gracia, Hazme una señal de tu clemencia,

tan frecuentem ente bendecida.»

 

La M adre de Dios se mueve

agita visiblem ente sus brazos ladea m olesta la cabeza

y dice al niño:

 

« Afortunadam ente te tengo entre mis brazos y no en el vientre,

A fortunadam ente no es el caso que pueda equivocarme.

 

Si durante mi em barazo

hubiera visto esa cara o ese gesto

ten p o r cierto  que hubiera sido  m ás  difícil, h ijo de Dios, el generarte.

 

S^nfaudcs del Tribunal Supremo en el proceso  e@ntres ©S  Dr.  Johann   Jacoby por  ®Sta  traición;  le sa  majestad  y critica insolente @ irreverente de las l@y©§ del Estado

Exposición del Dr. Jacoby

 

 

 

 

 

Del mismo modo que nunca supe de tribu­ nales que negasen a los criminales la  con­  dena de  ellos  emanada,  nada    ahora  en este sentido de una censura de prensa entre nosotros.

¿Qué censor no  se  sentiría  feliz  de  ayudar a disipar las cerradas nubes de una inmere­ cida condena en primera instancia puso al­ rededor  del  luminoso  rayo  de  la  fáma  de  un hombre sin mancha? Cuando  menos, quisiera creer que ninguno de mis compa­ triotas fuese capaz de diverso sentimiento*

HXTZIG38 (1828)

 

 

El 2 de febrero de  1843  fue publicada  la  sentencia  absolu­ to ria del Tribunal Suprem o.

Después de las deliberaciones del tribunal crim inal de Kónigsberg, el Juez in stru cto r me prom etió una copia de la sentencia, copia que, sin em bargo, m e fue posteriorm ente ne­ gada, p o r recom endación del presidente van Zander:

 

 

* El  censor  de  Kónigsberg,  consejero  del  gobierno  Schmidt,  negó el permiso para publicar este párrafo, y las paginas siguientes. INota

de Jacoby.J

38       Juíius Eduard  Hitzig  (1780-1849)  estudioso y  escritor  de  cues­ tiones penales.

75

 

Al regio, actual M inistro Secretario de gracia y justicia, Caballero, etc., etc., Su Excelencia Señor M ühler.3’

Me perm ito exponer respetuosam ente a Su Excelencia la si­ guiente reclamación, concerniente a la sección  de  lo  crim i­  nal del Tribunal de Apelación local.

El proceso llevado a cabo contra el escrito Cuatro pre­ guntas, con una respuesta adjunta de un prusiano orientalí0 acabó en una sentencia  absolutoria,  publicada  el  2  de  octu­ bre del corriente mes. Se  me  prom etió  y  preparó  una  copia del veredicto, copia que me fue posteriorm ente negada so pretexto de interrogaciones  por  p arte  de  V uestra  Excelen­ cia.

Tras haber sido públicam ente acusado de alta traición y lesa m ajestad, condenado a dos años  y  medio  de  prisión  en una fortaleza y a la pérdida  de  la  escarapela  nacional,  y  al final reconocido inocente tras  dos  años  de  penosos procesos, no creo pretender nada excepcional si  deseo  poseer  una  co­ pia de  la sentencia.  La  cuestión  no  puede  serm e  indiferen­ te, al experim entar en la prim era  instancia,  cómo  al  tiempo que absuelto, se puede  ser  acreedor  de  m ayores  sospechas.  Su  excelencia  definió  el  juicio  público  como  una  «necesi­ dad ¿üStificada del pueblo» y la garantía m ás  segura  del  honor burgués: así pues, con tanta m ayor confianza me diri­

jo a V uestra Excelencia en súplica respetuosa:

de que se digne dar  instrucciones  al  tribunal,  para  que no  me  niegue  por  más  tiem po   la   copia  de  la  sentencia

DR.  JACOBY

Konisberg, 11 de febrero de 1843

 

Al M inistro de Justicia,

Su Excelencia Señor Mühler,

El día 11 del mes pasado dirigí a V uestra Excelencia una reclam ación concerniente a la sección de lo crim inal del Tri­ bunal de Apelación local. Ruego de V uestra Excelencia bené­ vola respuesta.

 

Konisberg, 1 de m arzo de 1843.

 

DR. JACOBY

 

 

         39 Heinrich Gottlob von Mühler (1780-1857), ministro de  justicia  en Prusia desde 1838 hasta 1846.

40 Cfr. Johann Jacoby, Vier Fragen beantwortet  von  einem  Ostpreus- sen, Mannheim, 1841.

 

76

 

\

í

 

Berlín, 6 de marzo de 1843.

 

Objeto: Reclamación concerniente a la sección de lo crim inal del Real Tribunal  de  Apelación  por  denegación  de  la copia de la sentencia de absolución a su cargo.

En relación con la reclam ación por Usted form ulada el

11       de abril, le comunicam os que Su petición  debe  conside­ rarse subordinada a la  expedición  de  la  copia  de  la  senten­ cia.

(fdo.) MÜHLER

Al Dr. Jacoby en Konigsberg.

M inisterio de Justicia. Secr. Diario Nr. A. 405.

 

 

A la sección de lo crim inal

del Real Tribunal de Apelación de Konigsberg.

 

H abiendo sido inform ado  por  el  M inisterio  de  Justicia que la sentencia dictada en relación conmigo,  ha  sido  solici­ tada por el M inisterio mismo, ruego a  ese  tribunal penal que  me  comunique  la  fecha  en  que  dicha  sentencia  fue expedida.

 

DR.  JACOBY

Konigsberg, 11 de m arzo de 1843.

 

 

En relación con vuestra consulta del  11  de  los  corrientes, le comunicam os que la sentencia pronunciada en dos instan­ cias en relación con Usted fue enviada al  M inisterio  de  Jus­ ticia el 18 de febrero del presente año.

 

La sección de  lo crim inal del Regio Tribunal cíe Apelación

(fdo.) V. KEBER

Konigsberg, 14 de m arzo de  1843 Al Dr. Jacoby. Ciudad.

 

 

Al real m inistro prusiano de gracia y justicia Caballero etc., Su excelencia Señor Mühler.

Al solicitar copia  de  la  sentencia  dictada  en  relación  con m i  caso,  V uestra Excelencia me comunicó que el envío  debe­

 

77

 

ría considerarse subordinado a la llegada de  la  sentencia misma.

Tal y como V uestra Excedencia puede constata;* por la declaración del tribunal penal adjunta, dicha expedición tuvo lugar el 18 de febrero: De modo que la sentencia tendría que  estar en Berlín desde hace 14 días, en el m om ento de vuestra benévola  respuesta y,  hoy,  desde  hace  más de cinco  semanas.

 

DR.  JACOBY

Kónigsberg, 29 de m arzo de 1843.

 

 

Berlín, 3 de abril de 1843.

 

En respuesta a su renovada petición del 29 de los corrientes, relativa a la comunicación de una copia com pleta de la sentencia en segunda instancia dictada contra usted,

Se  le  inform a  que  debe  Usted  esperar  la  sentencia  del  Tri­ b unal Suprem o del Real Tribunal de Apelación de Kónigsberg,  al cual ya he cursado oportunas instrucciones.

 

(Fdo.) MÜHLER

 

Al  Doctor en  M edicina  Sr.  Johann Jacoby,  de Kónigsberg.

Citissime.  Secr.  M inisterio  de  Justicia,  Expediente  n. 428

 

 

Dado que V uestra  Ilustrísim a Señoría no ha com pareci­ do en el plazo convenido, en  el  día  de  la  fecha,  le  comunico que Su Excelencia, el M inistro de Justicia, por decreto del

3 de los corrientes ha decidido que, habiendo sido usted ab- suelto com pletam ente, en base a los párrafos 515 y 534 del Código Penal, carece de  derecho  a  la  com unicación  m edian­ te  copia  de  las  motivaciones  de  la   sentencia.  La  redacción de la fórm ula  de la  sentencia le  será  transm itida inm ediata­  m ente, en cuanto la pida.

 

 

Kónigsberg, 15 de abril de  1843 Al Sr, Dr, Jacoby. Ciudad Citissime.

 

78

 

El D irector instructor (Fdo.) RICHTER

 

A su M ajestad  el  Rey,  Berlín Su Alteza Serenísim a, etc., etc.

 

La augusta protección que Vuestra Ilustrísim a M ajestad tuvo ocasión de concederm e ya  una  vez,  contra  el  veredicto de su Alteza el M inistro de Justicia, me confiere ánimo para acudir a vuestro trono con una nueva súplica.

Condenado en prim era instancia  a  una  pena  deshonrosa en cuanto au to r del escrito Cuatro preguntas, con respuesta adjunta de un Prusiano Oriental/" he sido absuelto  de  toda culpa por sentencia del Tribunal Supremo.

A  causa  de  la  publicidad otorgada al   inm erecido  ju i­ cio condenatorio, la posesión de la sentencia absolutoria me parece deseable —deseable para satisfacción m ía  personal  y tam bién para la pública defensa frente a eventuales sospe­ chas. Pero este objetivo  sólo  puede  ser  satisfecho  con  la  co­ m unicación integral del juicio, puesto que el código penal, teniendo en cuenta el efecto, distingue entre dos clases de absoluciones totales: «Por inocencia dem ostrada» y «por in- sitficiencia de  pruebas»;  el  decreto  del  29  de  abril  de   1817  (v. B.l.L. v o l 9, pág. 248), sin embargo, prohíbe expresar esta diferencia en la fórm ula de la sentencia.

Por parte del juez in stru cto r se m e llegó a prom eter, sin ninguna dificultad, una copia de la sentencia; pero a conti­ nuación  —sin  aducir  ningún  motivo—  me  fue denegada.  A m i recurso, al M inisterio de Justicia,  se  me  h a  respondido que:

 

«habiendo sido yo  absuelto  completamente, en base a los párrafos 515 y 534 del Código penal, carezco de derecho a la comunicación mediante copia de las motivaciones  de la sentencia».

 

Con  todo  el  respeto  debido  al  Consejero   de   Justicia  de V uestra Ilustrísim a M ajestad me atrevo, sin  em bargo,  a  ha­ cer  notar que los párrafos de las leyes citadas —lejos de con­ tener un  motivo        suficiente para rechazar jni petición— son tales que confirm an, incluso, su legitimidad.

En el párrafo 515 del Código Penal se establece que, a la- publicación  de  la sentencia, deben leerse  las  motivaciones al im putado: el derecho, del im putado a la comunicación

 

M Cfr. nota' n. 40.

79

 

m ediante copia de dichas m otivaciones, por lo tanto,  no  es, aquí, ni afirm ado ni negado.

El párrafo  534  determ ina  que  quien  sea  absuelto  de  to ­ da  culpa  puede  exigir  la entrega gratuita de  la   fórm ula  de la sentencia.

Si  se  toma  en  consideración   tam bién la  disposición in­ m ediatam ente posterior del Código Penal, de acuerdo con la cual,  en  caso  de  absolución  de   la  instancia, hay que negar la entrega gratuita, el sentido del Párrafo 534  no  ofrece  nin­ guna duda:

en él no se dice que

al absuelto  tenga  que  entregársele  sólo  la fórm ula  de la sentencia,

sino que

el absuelto está autorizado a exigirla gratuitam ente .

A favor  de  la  validez  de  esta  interpretación  no  está  sólo la jurisprudencia hasta ahora en uso, puesto  que  a  un  ab­ suelto nunca  debería  negársele  copia  de  la  sentencia  contra el pago de  las  tasas  de  escritura, sino tam bién  los principios  de derecho correspondientes, establecidos por el mismo Mi­ nisterio de Justicia de  V uestra  Ilustrísim a  M ajestad;   por­ que en  el  Decreto  M inisterial  del  12  de  noviem bre  de  1831  (J. B. vol, 38, pág. 433) se dice expresamente:

 

«Sería una  conclusión  errada   deducir                 del silencio de la ley que la comunicación me­ diante copia de las motivaciones de la sen­ tencia   esté prohibida;   mejor   dicho, una prohibición explícita de la comunicación es­ crita ■de lo que tiene que ser oralmente co­ municado sería tanto más necesaria  cuanto  que la comunicación oral es con frecuencia inútil. Teniendo en cuenta esto, los párra­

fos  534   y 535       del Código  Penal disponensólo acerca       de  la medida  en  que puede sersoli­ citada  una  concesión   gratuita  de   las   sen­ tencias  —ejemplar  o  copia—  sin   referencia alguna a la comunicación y, por lo tanto, a

la cuestión de la medida en que eso pueda suceder si  el  imputado  la  desea  a  cargo suyo,  consiguientemente  en  ninguna   parte se dice que también  la  concesión  de  una copia o ejemplar de Ja sentencia  con las motivaciones no pueda tener lugar».

«De donde se deduce —dice para terminar el mencionado decreto del Ministerio de Justicia— que todo imputado está autoriza­

 

80

 

do  para  exigir,  a  su   cargo,   ur¡a   copia   o ejem plar de la sentencia  penal  dictada  con­ tra él,   con   las   relativas   m otivaciones   que a él se refieren y se in vita al M inisterio de Justicia,   y   con   él   a   la   autoridad   judicial, a proceder seguidam ente de acuerdo con lo expuesto».

 

El M inisterio de Justicia carece de motivo jurídico imagi­ nable para denegarme la concesión de  la  copia  de  la  senten­ cia, ni en base  a  los  párrafos  por  él  indicados,  ni  en  base  a la declaración m inisterial acerca de los mismos. Con  menos razón su com portam iento puede ser determ inado por consi­ deraciones políticas particulares, porque dichas  considera­ ciones tendrían que basarse en hipótesis que no  se dan  en Prusia. Si, finalm ente, la denegación de la copia debiese im­ plicar una  desaprobación  los  principios  jurídicos  expre­ sados en la sentencia, d eb ería. recordarse, p o r  el  contrarío, que las motivaciones jurídicas del M agistrado, que sim ultá­ neam ente denotan su grado  de  consciencia  y  responsabili­  dad  m oral,  en  Prusia,   desde  tiem po   inm em oriable,  frente a las Autoridades Adm inistrativas,  son  tan  inatacables  como el juicio mismo.

Así, yo, confiado en la  augusta  justicia  de  mi  Rey,  me perm ito expresar m i súplica:

Que Su Ilustrísim a M ajestad quiera graciosam ente dig­ narse ordenar  que  me  sea  entregada  una  copia  integral de la sentencia dictada contra mí.

Con el más profundo respeto,

devotísimo de V uestra M ajestad

DR. JACOBY

Kónigsberg, 25 de abril de 1843.

 

 

A Su M ajestad el Rey, en Berlín Alteza Serenísim a, etc., etc.

 

Dirigiéndome directam ente a V uestra M ajestad,  el  25  de los corrientes en  devota  súplica,  solicitaba  respetuosam ente la augusta protección de V uestra Ilustrísim a M ajestad,

a causa de la negación de concederme una copia de la sentencia dictada contra mí.

 

81

 

6

 

E ntretanto el M inisterio de Justicia de  V uestra  Ilustrí- sima M ajestad, por Decreto del 6 de mayo del corriente año, dirigido al Tribunal penal local, ha establecido que me sean leídas las m otivaciones de  la sentencia, pero que se evite cuidadosam ente toda nota escrita.

Por mi parte, he considerado un deber negarm e a esta desacostum brada fórm ula  de   publicación  que  no   sirve   ni p ara mi satisfacción personal, ni frente a eventuales  sospe­ chas, así como esperar antes la alta decisión de Vuestra Ma­ jestad.

Con inquebrantable  confianza  en  la  justicia  de  V uestra M ajestad y en lo fundado de  mi petición, me  atrevo  a  reno­ var mi respetuosa súplica:

Que vuestra Ilustrísim a M ajestad quiera graciosam ente dignarse ordenar que m e sea  entregada  una  copia  inte­  gral de la sentencia dictada a mi favor.

 

DR. JACOBY

Konigsberg, 3 de julio de 1843.

 

Berlín, 1 de septiem bre de  1843 En respuesta a Su instancia del 25 de abril del año en

curso, se Le comunica, en base a la real  ordenanza  del  17  p. pdo., que su M ajestad el Rey  no  ha estim ado  oportuno aten­ der Su petición

para que Le sea concedida la com unicación m ediante copia de las motivaciones  de  la  sentencia  em itida  por el Tribunal  Suprem o  de  la  Real  Corte  de  Justicia  en  el proceso seguido contra Usted.

En ausencia del M inistro  de  Justicia: D irector y Consejero Secr.

Suprem o en funciones (fdo.) RUPPENTHAL

 

Al Sr. Dr. Jacoby, de Konigsberg, en Prusia.

Secr. del M inisterio de Justicia, expediente n. 467.

 

Egregio Señor,

H abiendo recibido una respuesta negativa a mis instancias de fechas 25 de abril y de 5 de julio del año en curso (reía-

 

82

 

tivas  a  la  denegada concesión  de copia de  la  sentencia dictada a mi favor), Le niego fije  un  plazo  para la  lectura  del  juicio.  Al mismo tiem po renuevo la súplica a fin de que me  sea entregado un ejem plar escrito de la form ulación de la sen­

tencia

DR. JACOBY

Konigsberg, 5 de septiem bre de 1843

Al Ilustrísim o Juez D irector penal local

 

 

Atestado del 7 de septiem bre Dado en Konigsberg, el 7 de septiembre de 1844, a las 16 horas  El Dr. Jacoby se ha presentado hoy para la lectura de  la sentencia del Tribunal Suprem o, a lo cual procedió el abajo

firm ante Juez penal.

El abajo firm ante Juez penal observó  que,  tras  la  lectura de las prim eras páginas, el doctor Jacoby empezó a tom ar algunas notas en su pizarra. Se le hizo no tar que no podía escribir ni la sentencia ni partes de ella;  el  Dr.  Jacoby  pro­ testó contra esta declaración, exigiendo los motivos de la negación.

Se le leyó entonces el párrafo 51 del Código Penal, de

acuerdo con el cual, a petición del  im putado, se  le  deben leer  las motivaciones  de  la  sentencia,  sin  que  en  él  se  mencione  la facultad del im putado de anotar todo lo que  se  le  lea,  im­ prim iéndolo así en su m em oria.

El Dr. Jacoby sostiene que  eso  no  agota  ni  es  apto  para lim itar su derecho de ayudar a su propia m em oria tom ando algunas notas, dado que el Código Penal no prohíbe  la  escri­ tura, e incluso Ja,prohibición —para él perfectam ente cono­ cida— contrasta con la práctica seguida  hasta  ahora  y  re­ sulta contraria a la equidad:

Dado que el abajo  firm ante  declara  que  tiene  intención  de continuar la lectura de  la  sentencia,  sólo  a  condición  de que el Dr. Jacoby interrum pa la escritura, éste declara que, ciertam ente, se resigna a esa  orden,  pero  exige  conste  en  acta su solem ne protesta contra dicho procedim iento, puesto que no puede reconocerle a nadie y menos que a nadie al Ministro de Justicia, el derecho de prohibir que se tom en algunas notas.

Asimismo, el Dr. Jacoby declara estar en conocim iento de la  disposición  dictada  el  6 de  Mayo  por  el  M inistro  de Justi-

 

83

 

cía, Señor M ühler, en base a la cual no le está perm itido es­ cribir, pero protesta respetuosam ente contra esta m edida insólita em pleada en su caso que, en su opinión, no se co­ rresponde a una regular administración de la justicia.

Leído, aprobado, suscrito

DR.  JACOBY

(suplica una copia de este acta) (Fdo. BYORK)

 

 

A continuación se transcribe el juicio  del  Tribunal  Su­ prem o * —es decir, la fórm ula de la  sentencia—  de  acuerdo con la copia que se  m e  leyó, y  los  considerandos  del veredic­ to, tal y como quedaron en m i m em oria.

Los párrafos entre comillas me fueron leídos dos veces, a petición mía, de modo que puedo casi garantizar su corres­ pondencia, palabra por palabra, con el original.

 

 

SENTENCIA DEL TRIBUNAL SUPREMO

 

Para posterior defensa del médico Dr, Johann Jacoby de Kónigsberg,

el Tribunal Suprem o de  la Real Corte de  Justicia conform e a los actos, considera justo,

que

sea rectificada la sentencia del  Tribunal  de  la  Real Corte  de  Justicia del 5  de  abril  de  1842,  absolvien­ do de todo cargo al im putado Dr. Johann Jacoby de la acusación  de  critica  insolente   e   irreverente,   bu rla de las leyes -del estado e instigación al descontento, así como de  la  im putación  de  lesa  M ajestad,"  supri­  m iendo la deuda a su cargo por las costas de la ins­ trucción, pero adeudándole los gastos de la defensa posterior.

 

* de 40 pliegos Inota de Jacoby].

42  El  párrafo  151, título   XX,  II   parte   del   Allgemeines  Landrecht für die Preussischen Staaten (Berlín  1794),  decretaba:  «Aquél  que mediante  crítica  insolente  &  irreverente  o  burla   de   las   leyes  del  país y de los  reglamentos,  provoque  descontento  en  el  Estado,  incurre  en una pena de seis meses a dos años de prisión.»

 

84

 

EXPOSICIÓN DE LOS HECHOS Y MOTIVACIÓN

 

La sentencia empieza con una breve presentación de la propuesta de Constitución hecha por lía Dieta y las conse­ cuencias de la misma.

«Teniendo en cuenta estos acontecim ientos —se dice lue­ go— poco después de la apertura de  la  Dieta  de  1841,  apa­  reció un escrito anónimo: Cuatro preguntas, con respuesta adjunta de un Prusiano Oriental,  que  como  resultó  después, fue im preso en Leizpig sin autorización de la censura, publi­ cado  por  Georg  W igand,43 enviándose   después  a  todas   las  li­ brerías alem anas 2.500 ejemplares».

«Este escrito está dirigido a los Estados provinciales de Prusia  y  a  ellos  les  fue  entregado  junto  a  una  petición  fir­ m ada por m uchos habitantes de Kónigsberg».

Tras ía indicación, hecha £n gran parte con palabras  del autor, del fin y el contenido ele las Cuatro preguntas, la sen­ tencia prosigue:

«Poco después de su  aparición,  el  escrito,  cuyo  conteni­ do acaba de  ser  explicado,  fue  prohibido,  no  sólo  en  Pru­  sia, sino en toda Alemania por  decisión  federal,  y  secuestra­ dos los ejem plare6 que fueron encontrados en las librerías.»

« Entretanto,  el  Dr.  Jacoby,  de  Kónigsberg,  en  una instancia

dirigida  a   Su  M ajestad el Rey, había revelado ser su autor y —asum iendo él m ism o las propias responsabilidades lega­ les— ponía su escrito bajo el augusto patrocinio de Su Ma­ jestad, frente a cualquier intervención de  arbitraria inter­ pretación.»  «Mediante  Decreto  del  2  de  marzo  de  1841,  Su M ajestad el Rey, encargó al M inisterio de Justicia y al Minis­ terio del Interior, de in stru ir sum ario contra el Dr.  Jacoby, tanto a causa del contenido como por la difusión del escrito.»

«El M inisterio del  Interior  redactó  un  acta  detallada,  en la cual, con  especial  indicación  de  las  expresiones  punibles, el im putado fue inculpado de crítica insolente e irreverente, burla de  las  leyes  del  Estado  e  instigación  al  descontento, así  como  tam bién  de  lesa  M ajestad  e   intento  de   traición.»

«El Tribunal penal del Suprem o de Kónigsberg abrió el proceso por la  ofensa  m encionada  y,  al  térm ino  del  mismo, la Corte del Real Tribunal de Justicia, autorizada por la Or~

 

43       En los repertorios bibliográficos alemanes no está citada esta adi­ ción de Leipzig, hecha por Otto Wigand, conocido editor liberal.

 

85

 

den del  U  de  diciem bre  de  1841 y a solicitud del im putado m ism o, dictó sentencia, de acuerdo con la cual

el im putado era plenam ente absuelto  de I3 im putación de alta traición; sin embargo, por lesa M ajestad y por crítica insolente e irreverente, burla de las leyes  del Estado e instigación al descontento es punible con dos años y m edio de arresto en una fortaleza; asim ism o de­ bía de ser privado del derecho de llevar la escarapela nacional prusiana.»

«Contra este juicio el  im putado,  en  un  escrito   de  defen­ sa redactado personalm ente, promovió nueva acción  legal», etc...

 

 

1.        ALTA TRAICIÓN

 

«Considerando que  el  im putado  fue  plenam ente absuel­ to en prim era instancia de la im putación de alta  traición, di­ cha acusación no puede ser objeto de discusión.

En su escrito  de  defensa,  el  im putado  ha  reclam ado  por la m otivación especificada en la absolución, y precisam ente por el hecho de que, en la sentencia de prim era instancia se avanzaron sospechas acerca de  su  carácter, y  fuera  califica­ da su concepción política de  desleal y reprobable. Conside­ rando, sin em bargo, que,  de  acuerdo  con  nuestras leyes pue­ de recurrirse a acciones legales en segunda  instancia  sólo contra  sentencias  desfavorables,  en  caso   de   absolución  las m otivaciones del juicio no están sujetas á ulterior examen judicial, por lo  tanto, aquí debe excluirse toda discusión acer­  ca de la form ulación de las m otivaciones de la prim era sen­ tencia.»

 

 

CRITICA INSOLENTE E IRREVERENTE DE LAS  LEYES DEL ESTADO, ETC., ETC.

 

El Párrafo  151 (Título 20, parte II)  del  A.L.R“  dice  así:  el que con críticas insolentes o irreverentes o burla de las leyes del País y sus instituciones, provoca en el Estado

 

Jt*  Cfr.  supra  Jacoby   cita   aquí  una  versión   formalmente   diferen­  te de la mencionada en el párrafo 151.

 

86

 

descontentos o insatisfacción entre los ciudadanos con respecto al Gobierno,  incurre  en  una  pena  de  seis  meses a dos años de reclusión en una fortaleza.

«Una escueta discusión de la Adm inistratación estatal y las instituciones del Estado, está expresam ente consentida en las leyes del Estado Prusiano. Ya el edicto del 18 de  octubre  de 1819" ordenaba que  no  se  impidiese  ninguna  seria  y  discre­ ta investigación acerca de la verdad, y la disposición  m inis­ terial del 24 de diciem bre de  1841,  dictada  como  continuación al Decreto del 10 de diciembre, invita a los censores a no rechazar ningún examen público  de  la  adm inistración  esta­ tal, en razón de que  se  tra te  de  escrito  co«  espíritu  diferen­ te del espíritu del Gobierno.»

En nuestra patria, adem ás de la libertad de fe, siem pre fueron respetadas y protegidas  las  libertades  de  pensam ien­ to y la libertad de expresar de viva voz o por escrito los propios pensam ientos. Sólo  en  determ inadas  circunstancias se consideró  necesario  lim itar  esa  libertad  en  interés  del bien común, pero entonces, cada  una  de las vece^, fueron tam bién delim itados los confines de las m ism as  m ediante leyes apropiadas. A pesar de lo cual, tam bién entonces hom ­ bres expertos, fíeles y devotos  al  propio  m onarca, celosamen­ te preocupados p o r el bien del pueblo, calificaron de des­ ventajosos tales procedim ientos,  porque  (tal  y  como  hicie­ ron notar, y no  sin  razón)  el  juicio  acerca  de  la  observancia de los mismos se deja  siem pre  al  arbitrio  de  los  particula­ res, de form a que, m ientras por una parte  se  tra ta  de  im pe­ dir la m entira, puede con facilidad  sofocarse  tam bién la verdad, quedando  obstaculizada  la aclaración de  cuestiones im portantísim as.

En su escrito de defensa el im putado dice con razón:

la verdad —así enseña la historia-— nunca fue per­ judicial a los Estados.  P o r el  contrario, lo  es  esconder la verdad; lo que ha puesto al Gobierno en e«±red¿fiho nunca ha sido la franqueza del escritor, sino su perse­ cución.

«Considerando que el  objetivo  de  toda  pública  crítica  es la  prom oción  de  las  eliminaciones  de   los presuntos  abusos,

 

*5  El  edicto  del  18 de  octubre  de  1819,   párrafo  XVII,  n.  2  estable­ cía  que  «en  caso  de  crítica  insolente  e  irreverente  o  burla  de  las le­ yes  del  País  y  de  los  reglamentos  del  Estado,  no  debe  considerarse sólo si se ha provocado malhumor  o  descontento:  la  oena  citada  se aplica, sin embargo, con motivo de dichas manifestaciones punibles».

 

87

 

al escritor nunca se le puede negar que dirija a este fin su crítica. Sólo la crítica insolente, irreverente o la burla está prohibida, de acuerdo con el sentido del  párrafo  151  del  Có­ digo Penal.»

«La sentencia, en prim era instancia, no ha dado ninguna definición de ia palabra insolente, porque

una determ inación ab stracta de dicho concepto es im­ posible y porque en el caso presente, la  insolencia  con que el acusado ha atacado la Constitución existente, resulta clara y evidente.»

«Sólo de ulteriores prácticas resulta claram ente  que  el Juez de Primera Instancia confirió  al concepto  «insolente»  una dimensión desacostum brada.»

«Insolente» dice «es aquel que  pretende  enseñar  sin  ha­ ber sido, a su vez, convenientem ente instruido, porque se p ro ­ pone como autoridad en relación con un asunto que no le compete».

A todo aquel  que  actúa  así  se  le  puede  reprochar  tener un  concepto  exageradam ente alto de  sus   propias  fuerzas, de sobrevalorarse o, como dice el mismo juez, de ser un presuntuoso, sin embargo, no tiene, necesariam ente que tra­ tarse de un insolente.

«EBERHARD 46 dice: insolente es aquel que desafía  las leyes conocidas de la m oral y la decencia.

ADELUNG1,7 define insolente como el que desprecia el pe­ ligro de modo desconsiderado  y  que,  incluso,  viola  las  leyes de la decencia, del orden, de la hum anidad y la costum bre sin vergüenza.»

La auténtica y verdadera característica de la insolencia estriba en el hecho de desafiar.»

«De m odo que una crítica  puede, por lo  tanto,  ser insolen­ te tanto en su form a como en su contenido.»

«Con respecto al contenido , definimos insolente una  crí­ tica, si los  argum entos  que  la  m otivan  desafían  las  leyes  de la conveniencia y de  la  buena  educación,  si  en  dicha  crítica de aducen hechos falsos y si existe deliberada intención de tergiversar la verdad.»

«Con respecto a la forma, es insolente la crítica, si está

 

4t>  Johann  Augxist   Eberhard   (1739-1809),   filósofo  y   filólogo,   duran­ te muchos años  ocupó  la  cátedra  de  filosofía  de  la  Universidad  de Halle.

47 Johann Cristoph Adelung (1732-1806), filólogo, especialista en cuestiones gramaticales.

 

form ulada en form a lesiva a la buena educación y desafía las leyes de la conveniencia.»

«Con respecto a la crítica form alm ente insolente, el vere­ dicto recaerá esencialm ente sobre el sentim iento; el juicio sobre la crítica m aterialm ente insolente,  sin embargo, se form ulará tras el examen de los argum entos y  hechos aduci­  dos a título de m otivación de la misma.»

«Diverso es, sin embargo, el juicio sobre las convicciones políticas del escritor. Las cuestiones  de  principio  de  política, las máximas del bien común, los conceptos acerca de la acep­ tabilidad o condenabilidad de la Constitución y las  institu­ ciones estatales, sobre stis defectos o virtudes, los  estudios acerca de los medios para poner rem edio a a f e l i o s o poten­ ciar éstas, todo eso no puede ser objeto de decisión judicial.

         Las discusiones de este tipo pertenecen a  un  campo del cual está excluida la actividad del Juez, y de la cual,  por lo  tanto, debe m antenerse alejado.

La actividad del juez encuentra su lim itación  natural  y legal en la esfera del derecho positivo; tiene que  m antenerse libre de toda opinión política.  Al  juzgar  controversias  priva­ das explica sus funciones en calidad  de  Justicia  civil,  juz­ gando  la  culpabilidad  o  inocencia  de  un  individuo  acusado de un crim en explica sus funciones en calidad  de  Justicia   penal. Una opinión, en cuanto tal, nunca puede  ser  un  cri­  men; sólo la form a en que dicha  opinión  llega  a  hacerse pública, o la intención existente en la publicación pueden ser castigados. De ahí que sólo la form a  y  la intención de un escrito puedan ser m ateria de  sentencia judicial;  y  con  cuan­ ta m ayor frecuencia resulte  difícil  distinguir  ese   contenido del escrito, tanto más severa es la obligación  del  Juez  de  prestar atención a fin de que  la  autonomía  y  la  independen­ cia de su juicio no estén influenciadas por sus propias convic­ ciones políticas.

 

 

Estos principios expresados por el Tribunal Suprem o se aplican, prim eram ente, a cada uno de los pasajes  del escrito, que el Juez de prim era instancia —de  acuerdo  con  la  acusa ción redactada p o r el M inisterio del In terior— definió como insolentes e irreverentes. A la prim era sentencia no se le con­ cedió la razón en ningún  punto;  m ás  aún, fue  rechazada y  re. fu taaa la  deducción  de  la  m ism a  en  todas  sus  partes y  se re­

 

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conoció favorablem ente tanto la verdad de  los  hechos aduci­ dos en las Cuatro preguntas como la form a de expresión uti­ lizada.

En las palabras que aparecen en la página 8 del escrito

incrim inado:

¿Qué le debe al gobierno este pueblo  tan  em inente por su educación y su  inteligencia?  Llenos  de  vergüenza hem os de confesar: ni lo más mínimo,

la primera sentencia pretendió encontrar una  irrefutable prueba de la tendencia dolosa  del  im putado. El  acusado  con esa frase habría pretendido suscitar en sus lectores el des­ contento y la insatisfacción, tom ando en consideración ese sentim iento que norm alm ente  existe  en  un  m ayor  de  edad en época de grandes restricciones.

«Aquí —dice la segunda sentencia— no se puede dar ab­ soluta razón al  Juez  de  prim era  instancia.  El  acusado  cita con verdadero orgullo patriótico la elevada form ación espi­ ritual y m oral del pueblo prusiano y expresa  su reconocim ien­ to del hecho de que ese  pueblo —tan  em inente  desde el  pun­  to de vista intelectual y moral— ha quedado rezagado, en re­ lación con otras naciones, en la form ación política .

«¿Qué le debe al Gobierno  —pregunta—  este  pueblo  tan em inente por su educación y su inteligencia?» y responde él mismo «Llenos de vergüenza hemos de confesar: ni lo m ás mínimo.» Si el acusado se  avergüenza  por  el  hecho  de  que nos hayam os rezagado con respecto a otras naciones en nuestra form ación política (y dado que él sólo responde por sí mismo), nadie puede im pedírselo.

 

«Con referencia a las expresiones sobre la censura conte­ nidas en las páginas 9 y 10 del  escrito  en  cuestión, la  senten­  cia de la primera instancia dice:

un súbdito no debe pronunciarse  en  esa  form a  acerca de las leyes y decretos del Estado, etc., etc.

El acusado ha proporcionado, como prueba de sus afirm a­ ciones, varios ejem plares de censura de la Gaceta de Kónigs- berg,4í un decreto m inisterial con el que se prohibió la dis­  cusión de las cuestiones de H annover/’ respuestas de las auto-

 

At La Kónisberger Zeitung.

49       En 1837,  .algunos  pensadores  y  profesores  liberales,   entre   los que se encontraban  los  hermanos  Grimm,  fueron  expulsados  de  Han- nover por el nuevo monarca Ernesto Augusto.

 

90

 

ridades de la censura, un intercam bio de correspondencia confidencial entre  el  Prim er Consejero  del Gobierno S e iften y el red acto r de la Gaceta general de Leipzig 50 etc. La auten­ ticidad de estas pruebas  no  ha  sido  negada;  sin  embargo  se tra ta de pruebas superfluas, porque, con bas,e en la form a, susbsiste a  este  respecto  una  crítica  insolente.  Desde  nin­ gún punto de vista se  im puta  a  los  censores  una  transgre­ sión de  su  deber;  ni  siquiera  se  llega  a  form ular  una  críti­ ca expresa de las leyes de censura,  sino  sólo  el  uso  de  la misma. Sin embargo, que dicha utilización h¿iya sido  exce­ sivam ente severa, está fuera de toda  duda,  y  desde  entonces así se ha reconocido incluso  ofcialm ente,  m ediante  el  De­ creto de Censura del 24 de diciem bre de 1841.»

«El Juez de primera instancia apreció insolencia punible especialm ente  en  el  hecho  de  que  el   acusado  calificara  a   la censura de «enemigo de la prensa», y al modo  en  que  se  aplica en Prusia de « presuntuosa tutela» y « auténtica opre­ sión de la opinión pública». En relación con esto debemos observar que la m ism a Dieta confederal Alemana, en sus de­ liberaciones del 20 de septiem bre de 1819, ha reconocido la censura como  un  estado  de  emergencia  pasajero  y  que,  del m ism o m odo que m uchos la califican de amiga del orden, con idéntico derecho otrbs pueden calificarla de «enemiga de la libertad».

«El acusado —prosigue la  primera  sentencia— n o 'ju zg a en form a de pacífica discusión, sino que lo hace con expre­ siones tales que, de estar dirigidas contra personas, serían, indudablem ente consideradas como injurias.»

«En los considerandos de  la sentencia, sin embargo, el prim er Juez no precisó cuales eran esas expresiones que, por otro lado, tampoco han sido encontradas en el escrito incri­ minado.»

 

«Las palabras del acusado (P. 11 del escrito):

la vieja ordenación ciudadana lleva la huella del  ca­ rácter liberal de  su  tiempo  y  respeta  la  independen­  cia de los ciudadanos; el  que hem os revisado fue  siem­ pre favorecido p o r el actual Gobierno y recom endado insistentem ente a las ciudades,

 

50       La Lepziger Aílgemeine Zeitung que amena-zada por el gobierno prusiano en 1843, tuvo que cambiar el nombre por  el  de  Deutsche  AH~ gemeine Zeitung.

 

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contienen, según la sentencia de la primera instancia

la insolente insinuación, no sólo acerca de ia iíiberali- dad del Gobierno, sino de su carácter lesivo  y  atenta- torio contra la independencia de los ciudadanos.

Con razón el acusado objeta que si, basándose en hechos evidentes, califica  el  actual  Gobierno  de  menos liberal que el precedente, su afirm ación  puede  sólo  tener valor en  cuan­  to juicio  histórico  y  en  absoluto  como  una  ofensa  punible. A cada uno  le  es  lícito  considerar una ordenación ciudadana m ás liberal que otra.  La  expresión  iliberal  no  es  ni  insolen­ te ni punible, porque con ella lo único a lo que se hace  refe­ rencia es a un ordenam iento indeterm inado y no  se  excluye para nada la posibilidad de que tam bién ese  gobierno  cali­ ficado de  iliberal pueda servir igualmente al bien común.»

Con base en la  com paración  de  las  páginas  11 y  12  entre los ordenam ientos ciudadanos el prim er juez intenta  demos­ tra r

la concepción desleal y la reprobable tendencia del es­ crito.

La equivocación en este sentido  está  dem ostrada  para an­ da. uno de los puntos y, en gran parte, con las palabras u ti­ lizadas en el escrito de defensa por el autor de la segunda sentencia.

B astará con señalar aquí algunos ejem plos:

En la p. 12 del escrito incrim inado se dice: finalmente, incluso los m inistros (la ley dice el Rey)  están  facul­ tados para disolver, en caso de escisiones, las asambleas ciudadanas o para expulsar a los culpables.

La acusación m inisterial ha encontrado  en  esas  palabras un a incitación al descontento y  una  crítica  al  m onar­ ca, al que se le reprocha que preste su nom bre sin con­ sulta previa de la voluntad de los m inistros.

De acuerdo con la acusación m inisterial, la sentencia en

primera  instancia  declara que

el acusado tra ta de presentar la cuestión como si la disolución de la asam blea ciudadana dependiera arbi­ trariam ente de los M inistros. Aunque, dada su im por­ tancia en casos sim ilares, Su M ajestad el Rey se haya reservado el derecho de una decisión suprem a, el acu­ sado afirm a, a pesar de  todo, que dicha reserva es sólo una apariencia, etc.

La sentencia del Tribunal Suprem o califica esa interpre­ tación de m uy im prudente y la contrapone a la defensa del

 

92

 

 

I

 

autor (v. Justificación en pág. 29 y Actas voL 1 , folio 138)* y sigue:

Dar un sentido  a  las  palabras  que  no  pueda  ni  deducirse a p artir  de  ellas  mismas,  ni  explicarse  con  relación  a  nada es  un  procedimiento  ilícito,   sobre  todo   cuando,  como   en ei caso  presente  se  tra ta  de  decidir  si  una  cosa  es  punible o no.

 

 

La ex-presión arbitrio del ministro (p. 14 del escrito)  y  la afirm ación de

que sólo m ediante una representación popular podría ponerse coto al arbitrio de los funcionarios (p. 36)

son calificadas por el prim er juez de crítica insolente, aña­ diéndose la siguiente observación:

ataques contra los funcionarios, como «1 citado más arriba esconden la sobada estratagem a de ocultar, tras

de sí, los ataques al gobierno mismo.

«Con lo cual —responde  la  segunda  sentencia— no  se  de­ m uestra nada. Del m ism o m odo y por la m ism a razón podría decirse que la pretensión de encontrar, tras de cada ataque contra los funcionarios  una  dem ostración  contra  el  gobier­ no y las instituciones estatales existentes, constituye una em­ presa sin éxito. Una cosa dem uestra tan poco como la otra.»

 

 

En relación con las observaciones form uladas acerca de las Representaciones Provinciales (pp. 14-17 del escrito) la sentencia del Tribunal Suprem o dice:

«El acusado ha expresado aquí un juicio franco que se corresponde perfectam ente a sus convicciones políticas acer­  ca   de   la   im portancia de  las  Representaciones Provinciales.

 

* El  párrafo  sacado  del  acta  del  octavo   interrogatorio  dice:   «Si  he mencionado al ministro , es porque —según Ja experiencia— en las cuestiones ciudadanas, las decisiones se tomen, todo lo más a propues­

ta del ministro. Así, por  ejemplo,  con  base  en  la  propuesta  del  minis­ tro, todas las entradas de la  ciudad  de  Kónigsberg  han  sido  secues­ tradas  a  favor  del  Fondo  de  contribuciones  bélicas,  a  pesar   de  tener ya un destino particular aprobado, esto sucedió sin consultar a los interesados y sin tener en cuenta las molestias que causaba a los re­ presentantes ciudadanos. Este y otros casos similares había, en mi  opi­ nión, que  mencionarlos  com o  obra  del  ministro ,  mientras  que  en  la ley se habla sólo del Rey.» [ Nota de Jacoby.]

93

 

Al  Juez  no  le   corresponde  dictar  acerca  del   carácter  justo o injusto de dicha convicción. Las expresiones  de  las  que  se vale el acusado son quizás ásperas, pero nunca insolentes ni malignas. Toda apariencia de insolencia desaparece si se ob­ serva el escrito en toda su  continuidad,  ligándolo  a  los  he­ chos históricos.»

A continuación se  incluyen  una  serie  de  leyes  que  tratan de las representaciones nacionales a introducir en Prusia. Los edictos del 27 de  octubre de  1810,  el  edicto  del  17 de ene­ ro de 1820, y sobre todo  la  ley del  22  de  mayo  de  1815,  se citan en parte por su espíritu, en parte por su letra, dedu­ ciéndose a p a r tir  de  ellos  que  la  opinión  del  au to r  acerca  de la insuficiencia  de  la§ representaciones provinciales   y acerca de la necesidad de representaciones im periales inte­ grales, está históricam ente justificada.

 

 

La frase (p. 14 del escrito):

los  procedim ientos  judiciales  en  Prusia  son,  de  la   a la z, algo secreto, en m anos exclusivamente de los fun­ cionarios a sueldo del gabinete;

constituye, según afirm ación del  prim er  juez  un  descrédito de la organización judicial prusiana.

A este respecto la segunda sentencia se expresa de la si­ guiente m anera: «Si en com paración con el procedim iento público de Renania y con  referencia  a  la  relación  del  Minis­ tro de  Justicia sobre la  introducción  del procedim iento  oral,  el au to r  califica  el  nuestro  de  secreto,  la  expresión  puede ser im propia en el sentido  de  que  no  afecta  verdaderam ente al punto  que  es  im portante  en  la   com paración,  y   por  lo tan to la discusión acerca del tratam iento público y oral se plantea en un cam po que le es ajeno;* sin em bargo, la expre­ sión no es en absoluto insolente y  tanto  menos  tiene  que ver con un descrédito a la organización judicial prusiana.»

 

 

* Presumiblemente, el juez entiende aquí la diferencia entre el procedimiento *de. acusación y- de  inquisición.  En  una  confrontación jurídica, este punto, a decir verdad, puede ser el más  importante;  sin embargo, en el presente escrito, que lo único que pretende demostrar

es que «la actividad  judicial  del  estado  está  absolutamente  al  margen  del examen y 3a colaboración del pueblo», tendría que resaltarse, pre­ cisamente, el carácter  secreto del  procedimiento  antes  que  cualquier otro punto. [Mota de Jacoby.]

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En la página 17 del escrito se dice:

En los casos habíteteles no faltará, por lo general  la im parcialidad; pero én aqtiéil-os otros en  los  que  de algún m odo estén im plicados los  m inistros o lo que ellos llam an el Estado, esta virtud de  los jueces po­ dría en tra r en colisión con los  intereses personales, porque —prescindiendo de las relaciones de subordina­ ción— el aum ento de su  estipendio, las promociones, los traslados, todo el futuro del servidor de  la jus­  ticia, depende de la voluntad del m inistro, etc.

Según la primera sentencia la «vejación de los jueces y de sus superiores contenida en estas palabras» es «evidente».

Por el contrario, en la segunda instancia, se especifica:

«Es cierto que con un juez consciente, lo suficientem ente fuerte como para no pensar en  las  ventajas  terrenales,  no hacen falta m ás  garantías;  sin  embargo,  no  es  m enos  cier­ to que entre los jueces,  los  hay.de  naturaleza  débil,  incapa­ ces de sustraerse com pletam ente a la influencia de aquellas ventajas exteriores, dependientes de la voluntad de sus su­ periores. Aunque, entre nosotros, —para m ayor gloria de la justicia prusiana— estos casos  sean  infrecuentes,  no cabe duda de que sería excesivo  p retender negar com pletam ente tal posibilidad y considerar, por  lo  tanto,  inútil  cualquier  otro tipo de garantía.

 

 

En la  página  19  del  escrito  se  hace  referencia  al  decreto  d e l 25 de enero de 1823, el cual dice que:  si  en  los  procesos entre los privados y el Estado, a la decisión de la cuestión contribuye una determ inación contenida en tratados del Es­ tado, los jueces —tanto si el E stado prusiano  h a  contribui­ do a la  compilación  de  dichos  tratados  como  si  no—  antes de la form ulación de su juicio, tienen que consultar al Mi­ nisterio de Asuntos exteriores, teniendo en cuenta  el  resul­ tado de dicha consulta en el m om ento de su fallo.

El prim er juez reconoce en esto una «inteligente dispo­ sición preventiva»; la sentencia de segunda instancia, sin em­ bargo, observa:

«El acusado tenía toda la razón al referirse a esta ley, puesto que es innegable que, teniéndola en  cuenta,  la  activi­ dad de  los  jueces  en  algunos  casos  está  sustancialmente  li­ m itada. D em ostrar esto es, precisam ente, la intención del autor.»

 

95

 

En el escrito incrim inado (p. 18) se hace notar:

Los comisarios de  justicia,  que  en  cuanto  defensores del acusado tendrían que adoptar  una  postura  más libre e independiente, ahora podrán ser  colocados  fue­  ra de servicio  sin  decisión  de  los  jueces,  por vía  pura­ m ente adm inistrativa (es decir, a través de los  Minis­ tros).

La  primera  sentencia,  como  asim ism o   el   acta   de acusa­

ción redactada por el M inistro deí Interior, ha puesto de relieve la palabrita «ahora», a modo  de  evidente  dem ostra­ ción de la «tendencia punible y  de la  insolencia  del  acusado». En la ulterior defensa (pp. 62-63) se responde am pliam en­

te a este punto.

El juez de segunda instancia confiere pleno valor a los motivos en ella  presentados y añade:  «En  relación  con  el punto citado del  escrito  se  trata  sólo  de  un  Factum, y  no  de la edad de la disposición. El reproche que se le hace al acu­ sado no es justificable».

 

La acusación de la página 20:

Los balances  publicados  en  los  años  1815  y  1838  no han sido deliberadam ente suprim idos,

es  rechazada  por  el  au to r  de  la  segunda  sentencia  con  las m ism as razones de la  otra defensa  (pp. 65-66). A este respec­ to se m enciona el real decreto  de  acuerdo  con  el  cual,  con­ tem poráneam ente al balance «tienen que ser publicadas las explicaciones sobre el  mismo  en  las  gacetas  oficiales»  (Der. del 21 de febrero de 1839); sin em bargo, dicha disposición, a excepción de 1859/51 nunca se cumplió, y  consiguientem ente, tam bién el objetivo indicado por la disposición del 17 de enero de 1820, es decir, que todo ciudadano pueda estar per­ fectam ente convencido de que la hacienda pública no  exige nada m ás que los estrictam ente necesarios, no ha sido al­ canzado.

 

El acusado {dice la primera sentencia) resum e así sus observaciones:

Este es el defecto de nuestra querida patria: omnipo­ tencia de los funcionarios y nulidad política de sus ciu­

 

51 Equivocado en texto de Jacoby; recte 1839.

 

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dadanos independientes. Los amigos de la patria  no tienen eludas ni de su  enferm edad  ni  de  su  remedio,  que se llam a publicidad, y representatividad real.

En la página 42 del escrito se dice:

La unidad popular  prusiana  ha  sido  hasta  ahora  más m ecánica que orgánica porque no  todas las  8  pro­ vincias pueden asegurar con firmeza que  se  sienten como si se les arrancase un m iem bro del cuerpo al separarse com pletam ente  de  acontecim ientos  fuera de lo común; entre  nosotros,  desde  Saarlouis  a  Me-  mel, no existe dicha articulación. Todo desarrollo uni­ lateral de la constitución provincial sin Dietas estatales resulta así un  peligro  p ara el  futuro. Sin  embargo, de un Estado orgánicam ente articulado obtendrem os hoy como entonces, un  agregado  de  provincias,  cada  una de las cuales se preocuparía sólo en su interés par­ ticular. En nuestra querida p a tria  se  repetiría,  a  esca­ la m enor lo que ya hem os esperim entado a  gran escala  en  Alemania:  desunificación,  pérdida   de   la   libertad de los ciudadanos y servidum bre del extranjero.

El sentim iento de cada patriota en  particular (continua así  la prim era sentencia) se sentirá ofendido por tales afir­

maciones.

Si la Constitución, para bien o p ara m al de la p a tria pru­ siana, estuviese ¿realmente en tan grave situación, cada p ru ­ siano tendría que sentirse invadido p o r  un  profundo  males­ tar, debido al hecho de  que  el  gobierno   deja  inutilizado  el rem edio que el acusado define como único y obvio, y que conduce al Estado a u n fin tan cercano como seguro.

La insolencia  y  la  irreverencia  contenida  en  dicha  críti­ ca son  suficientem ente  evidentes.  Resum iendo  brevem ente su  sentido,  -dicha  crítica   contiene  la  siguiente   afirm ación: la Constitución actualm ente existente com porta el germ en que abocará necesariam ente en la decadencia del E stado me­ diante escisiones internas y servidum bre del extranjero.

Todo el m undo reconoce este defecto a excepción del Go­ bierno. Dicho germ en  ya  se  ha  desarrollado  hasta  el  punto de representar un inm inente peligro. Al mismo  tiem po  no existe ninguna duda acerca de cómo rem ediarlo;  pero,  dado que el gobierno desconoce la enferm edad, no hace nada para prevenirlo; todos sus esfuerzos, se diría están encam inados a increm entar el m al y a aum entar el peligro.

El juicio en segunda instancia responde como sigue:

97

 

7

 

«El  juicio  acerca  de  si  la  opinión  política  del  acusado esté justificada, y si se contribuye o  no  al  bien  de  la  p atria sólo con una Constitución de  Dietas estatales o con una representatividad general y no sim plem ente lim itada a las provincias, no compete al magistrado . Su juicio debe perm a­ necer ajeno a toda opinión política debiendo lim itarse ex­ clusivam ente a indagar si  el  acusado  ha  abusado  claram en­ te de  la  libertad  de  expresar  su  propia  opinión,  si  su  crítica a las instituciones existentes ha degenerado en insolencia e irreverencia y si, por  lo  tanto,  se  han  sobrepasado  los  lími­ tes establecidos p o r el Código penal.

Hemos dem ostrado que el acusado ha respetado siem pre dichos lím ites y que las m otivaciones aducidas por el primer juez no han podido probar lo contrario.

 

 

Cuando, finalm ente, la sentencia en prim era instancia dice:

La m ultiplicidad de las inexactitudes aducidas por el acusado lleva  a  la  convicción  de  que  ha  distorsionado o silenciado deliberadam ente la verdad,

por la presente resulta que dicha acusación no está en absoluto justificada por  los  considerandos  de  la  sentencia. No han sido probadas las indicaciones  erróneas ni las m enti­ ras «deliberadas del autor, m ás aun, su escrito nunca ha so­ brepasado los lím ites de la libertad de juicio y de la conve­ niencia, m anteniéndose siem pre alejado  de las cuestiones personales.

«Consecuentemente, el juicio en prim era instancia tendrá que ser m odificado en el sentido de que el acusado será ple­ namente absuelto de la acusación de crítica insolente e irre­ verente, burla de las leyes del Estado e instigación al des­ contento.»

 

 

 

LESA MAJESTAD

 

La definición, dada por el Tribunal Supremo, de lesa Ma­ jestad, puede, por lo tanto, y con toda razón dejarse de lado puesto que contiene sólo  cosas bastante conocidas.

A p a r tir de las palabras (p. 21):

 

98

 

sólo los m inistros  y  sus  funcionarios  están  iniciados  en el secreto de la adm inistración, pero ellos mismos callan y ¿quién se atreverá a hablar en contra de su voluntad? Como  aquí,  siem pre,  el  saber  y  el  actuar son m onopolio de los m inistros, y del párrafo arriba citado:

finalm ente, hasta  los  m inistros  (la  ley dice:  el  Rey) son libres de disolver las asam bleas municipales, etc.

la primera sentencia ha deducido una «ofensa al respeto debido al Jefe Suprem o del  Estado»,  «una  difam ación  de  la M ajestad, en relación con sus actividades».

El juicio en segunda instancia observa,  por  el  contrario, que, en los párrafos citados, el au to r se lim ita  a  tra ta r de de­ m ostrar el gran poder de los m inistros y que ha hablado sin hacer referencia alguna a la persona  y  las  acciones  del  Rey; allí donde no existe  dicha  referencia, evidentem ente, no  pue­ de hablarse de lesa M ajestad ni de falta de respeto».

Con respecto a la cita de Ifig en ia 52 (en la p. 40 del escri­

to):

«un Rey no prom ete, como el resto de los hom bres,

que vayan a desaparecer inm ediatam ente todos los pe­ sares de los hombres»

la sentencia del Tribunal Suprem o se expresa asi:

«El intento del prim er juez de in te rp retar estas palabras como un ataque a la conciencia y al com portam iento del Rey actualm ente en el poder es inútil y, con pleno derecho, en su defensa, el acusado dice que el resultado que le hace  sospe­ choso sólo puede obtenerse invirtiendo com pletam ente el sen­ tido de las palabras.»

 

 

La discusión  de  la  sesión  final  de  la  Dieta  (p.  37  y  sgs.) es calificada por el prim er juez de «crítica ofensiva e irre­ verente» resaltando particularm ente la diferencia que debe establecerse entre una simple ley «y una m anifestación  es­ pecial de la voluntad de Su M ajestad».

E sta diferencia, a  p a rtir  de  la  cual  debe  concluirse  que  la m anifestación de la voluntad del Rey tiene que ser menos librem ente discutida que una ley, no se hace valer en la

 

52       Cfr. G o e t h e , Iphigenie auf Tauris, cuya redacción en verso fue publicada en 1787.

 

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segunda instancia; la cual prueba, en prim er lugar la insos- tenibilidad de cada una de las im putaciones y term ina, con­ secuentem ente, con las siguientes palabras:

«El acusado no ha violado,  en  ningún  punto  de  su  escri­ to, el respeto debido al soberano, m ejor  dicho,  ha  demos­  trado su devoción al Rey  de  tal  modo  y  en  tan  alto  grado,  que no puede dudarse de  la  sinceridad  de  sus  sentim ientos. Ño puede ponerse  en  duda  que  una  discusión  abierta,  en  el m arco de los lím ites consentidos por la conveniencia de las acciones del Gobierno, es compatible con dichos  sentim ien­ tos».

«Consiguientemente, la primera sentencia debe  m odificar­ se en el sentido  de  absolver plenam ente  al  acusado  tam bién de la acusación de lesa M ajestad  y  ultraje,  debiendo  soste­ ner, exclusivamente, en base al párrafo 622  del  Código  Penal, las costas de la segunda instancia.»

 

 

«Finalmente, tam bién debe aquí discutirse la conclusión del escrito:

¿Qué puede hacer, entonces, la Asamblea de los Estados? Exigir de ahora en adelante, en  cuanto  derecho,  lo  que hasta el presente dicha Asamblea obtuvo sólo como  un  favor.

La estirpe, heredera de la  casa  de  Isaia, ha hablado la  pri­  m era, y los demás no se alzarán en sus cabañas.»

«Puesto  que  lo  único  que  puede  deducirse  de   dicha  frase es sólo  una tendencia de alta traición, pero el acusado ha sido plenam ente absuelto  de  la  acusación  de  alta  traición y, al no encontrar la prim era  sentencia  en  dichas  palabras  ul­ tra je alguno, no se procede contra él.»

 

Fdo. V. GROLMANN

B erlín 19 de enero de 1843.

 

Contribución o lo crítica de la filosofía del derecho de  Hegel pos- Karl M arx

 

 

 

 

 

 

 

 

[E n Alemania, la crítica de la religión, en lo esencial ha llegado a su fin,\y la crítica  de  la  religión  es  la  condición  prim era de cualquier crítica.

La existencia profana del erro r  ha  quedado  com prom e­ tida desde el m om ento en que  se  ha  refutado  su  celestial oratio pro aris et focis. El hom bre, cuya única realidad fan­ tástica la ha e n c o n t r a d .«a-el-cielo, donde buscaba el super­ hom bre, el reflejo de sí mismo, no se sentirá desde ahora inclinado a  encontrar  solam ente  la  apariencia  de    mismo, el no-hombre, allí donde  busca  y  debe  necesariam ente  bus­ car su verdadera realidad.

jJEl fundam ento  de  la  crítica  religiosa  es: el  hombre  hace la religión.; la religión no hace  al  hom bre^Y la  religión  es, bien entendido, la autoconciencia y  el  autosentim iento  del hom bre que aún no se ha ganado para sí mismo o que. ya ha vuelto a perderse.iPero el hombre no  es  ningún  ser  abstrac­ to, agazapado fuera del m undo. El. hom bre es el m undo de los hombres, el Estado, la sociedad. Ese  Estado  y  esa  socie- ded producen la religión, una  conciencia  invertida  del  m un­ do, porque Estado y sociedad son un m undo invertido^La re­ ligión es la teoría general de ese mundo, su compendio enci­ clopédico, su lógica en form a popular, su point d ’honneur espiritualista, su entusiasm o, su  sanción  moral,  su  comple­ m ento solemne, su razón general de consolación y justifica­ ción. ISe tra ta de la fantástica realización de la esencia huma*

 

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na, porque la esencia  hum ana  carece  de  verdadera  realidad J E nfrentarse a la religión, por lo tanto es indirectam ente un enfrentam iento a ese otro mundo que tiene su  aroma  espi­  ritual en la religión.

£La m iseria religiosa es, por un lado, la expresión de la mi­ seria real, y p o r otro, la protesta contra la m iseria real. La religión es el suspiro de  la criatura  agobiada,  el  estado  de ánim o de un m undo sin corazón, porque es el espíritu de los estados de cosas carentes de  espíritu.  La  religión  es  el  opio del pueblo^

LLa superación de la religión, en cuanto ilusoria dicha del pueblo, es la exigencia de su dicha real. La exigencia de aban­ donar las ilusiones acerca de un estado de cosas  es  lo  mismo que exigir  que  se abandone un  estado de cosas que necesi­ ta ilusiones^Así pues, la  critica  de  la  religión  es,  en  germen, la crítica del valle de lágrimas que  V&  religión  rodea  de  un  halo de santidad.

JLa crítica no arranca de  las  cadenas  las  flores  imagina­  rias para que el hom bre soporte las cadenas sin fantasía ni consuelo, sino para que se las sacuda y puedan b ro ta r las flores  vivas.^La  crítica  -de  la  religión  desengaña  al  hom ­  bre para que piense, para que actúe y  organice  su  realidad como un hom bre desengañado y que ha entrado en razón, para que gire en torno a sí mismo y en  torno  a  un  sol autén­ tico. La  religión  constituye  un  sol ilusorio  que gira  en  tom o al hom bre, m ientras el hom bre no gira en torno a sí mismo.

] L a misión de la historia consiste, por lo tanto, una vez desaparecido el más ■allá de la verdad,  en averiguar el  más acá. Y en prim er  térm ino,  la  misión  de  la  filosofía,  que  se  halla al servicio de la  historia,  consiste,  una  vez  que  se  ha  desen­ m ascarado la form a de santidad de la autoenajenación hum a­ na, e& desenm ascarar esa autoenajenación en sus formas no santas. De form a que  la  crítica  del  cielo  llega  a  convertirse en crítica de la  tierra,  la  crítica  de  la  religión  en  la  crítica  del derecho, la crítica de la teología en la  crítica  de  la  polí­ tica^

La siguiente exposición “ —aportación  a  ese  trabajo—  no se  refiere  directam ente al original, sino a una copia, a la filo-

 

53       Marx   se  refiere   aquí  a  su   trabajo  Para  la   crítica   de   la   filoso­ fía .del derecho público de Hegel, inacabado y publicado postumamen­

te y  que,  de  acuerdo  con  las  intenciones  del  autor  iba  a  ser  entregado a la imprenta tras la aparición  de  la  Introducción  al  mismo  en  los  Anales franco-alemanes.

 

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sofía alem ana del derecho y  del  Estado, por la  sencilla  razón de que está circunscrita a Alemania.

fS i pretendiéram os atenem os al status quo  alem án,  aun­ que fuera sólo en  el único modo adecuado, es  decir de  un  mo­ do negativo, el resultado seguiría siendo anacronismo. La negación m ism a de nuestro presente político se halla ya cu­ bierta de polvo en el desván de los trastos viejos de los pue­ blos   m odernos-3 Aunque   neguemos   las   coletas   empolvadas, seguiremos conservando las coletas sin empolvar. Aunque neguemos los estados de cosas existentes en  la  Alemania  de 1843,  apenas  nos  situarem os  según  la   cronología  francesa, en 1789, y m ucho m enos todavía en lo  que  podemos  consi­ derar punto crucial de nuestra época.

Se da adem ás el hecho de que la historia de Alemania alar­ dea de un m ovim iento  en el  que ningún pueblo  del frrmamen- to histórico se le ha  adelantado, ni  la  seguirá.jjEfectivamente, los alem anes hem os com partido las restauraciones de los pueblos m odernos, sin haber tom ado nunca parte en sus re- voluciones^H em os pasado por una restauración, en prim er lugar, porque otros pueblos se atrevieron a hacer la revolu­ ción y, en segundo lugar, porque otros pueblos sufrieron la contrarrevolución, la prim era vez porque nuestros señores tuvieron miedo, y la segunda  porque  no  lo  tuvieron.  Noso­ tros, con nuestros pastores a  la  cabeza,  sólo  una  vez  nos hemos encontrado junto a la libertad, a saber: el día de su entierro.

Una escuela 54 que legitim a la vileza de hoy y la de ayer

del mismo m odo; una escuela que  declara  acto  de  rebeldía todo grito del siervo contra el  knut, desde el m om ento en  que  se tra ta de un knut cargado  de  años,  tradicional,  histórico; una escuela a la que la  historia  sólo le m uestre  su  a posterio-  ri, del mismo m odo que el Dios de Israel hizo con su siervo Moisés, en una palabra, la Escuela histórica del Derecho, hu­ biera sido una invención de  la  historia alem ana  de no haber­ se tratado de u n a invención de ella misma. Es Shylock,55p ero Shylock envilecido, que por cada libra de carne cortada del corazón del pueblo ju ra y p erju ra por las E scrituras, por sus títulos históricos, por sus títulos cristiano-germánicos.

Por el contrario, algunos bondadosos entusiastas, germ a­ nistas de sangre y liberales por su reflexión, van a buscar

 

M La «Escuela histórica del derecho».

5 Cfr. S h a k e s p e a r e , El mercader de Venecia.

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nuestra historia de la  libertad  más  allá  de  nuestra  historia, en las selvas vírgenes teutónicas. Pero ¿en qué se distingue nuestra historia de  la  libertad  de  la  historia  de  la  libertad del jabalí, si sólo se halla en la  selva? Además, es  bien  sabido que  cuanto  m ás  se  interna  uno  en  el  bosque,  más  resuena la voz fuera de este. De modo que, dejem os en paz la selva virgen teutónica,

jGuerra a las condiciones  sociales alemanas!  Es  cierto que se encuentran por debajo del nivel de la historia, por  de­ bajo de toda crítica, pero, a pesar  de  ello,  siguen  siendo  ob­ jeto de crítica,   como  el  crim inal  que,  no   por  encontrarse por debajo  del  nivel de la hum anidad deja  de  ser  objeto del verdugo. En lucha contra ellos  la  crítica mo  es  una  pa­  sión de  la cabeza,  sino  la cabeza  de  la  pasión.  No  se  tra ta del bisturí anatóm ico, sino de un arm a. Su objeto es el ene­  migo, al que no tra ta de refutar, sino de destruir, porque el espíritu de aquellas condiciones de vida ya se ha refutado. De por sí, esas condiciones no son dignas  de  ser  recordadas, sino tan despreciables como las existencias proscritas, j La crítica, de por sí, no necesita llegar a esclarecer, ante    m is­  ma, ese objeto, puesto que ya ha  term inado  con  él.  Esa  crí­ tica no se com porta como un fin  en  sí,  sino  sim plem ente co­ mo un medio. Su  sentim iento esencial es el de  la indignación, su tarea esencial, la denuncia^,

Se tra ta de describir una sorda  presión  m utua  de  £&das las esferas sociales, unas sobre otras, de un apático desa- cuerdo general, de una lim itación que  se  reconoce  tanto  co­ mo se desconoce, encuadrada en el m arco de un sistem a de gobierno que, viviendo de la conservación de todo lo insu­ ficiente, no es de por sí o tra cosa que lo que  hay  de  insufi­ ciente en el gobierno.

’j Q u é espectáculo tan lam entable! La división de  la  socie­ dad JUevada hasta el infinito en las razas más diferentes, en­ frentadas unas a otras por pequeños problem as, m alas in­ tenciones y una brutal m ediocridad que, precisam ente  en razón de su m utua y  recelosa  posición  m utua,  son  tratadas por sus señores, todas ellas sin excepción, aunque con dife­ rentes form alidades, como existencias sujetas a sus concesio­ nes. Y hasta eso mismo, hasta el hecho de verse dominadas, gobernadas y poseídas, tiene que ser reconocido  y  confesado por ellas como una concesión del cieló?\ Por otro lado, los señores, cuya grandeza se halla en relación inversa a su  nú­ mero.

 

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La crítica que  se  ocupa  de  ese  contenido  es  la  crítica  en  la refriega, y en la  refriega  no  se  tra ta  de  saber  si  el  enemi­ go es un enemigo noble y del mismo rango, un enemigo inte­ resante, sino que se tra ta de  zurrarle.  Se  trata  de  no  conce­ der a los alemanes ni un solo instante  de  ilusión  y  resigna­  ción. Hay que hacer la opresión real más opresora todavía, añadiendo a  aquélla  la conciencia  de  la   opresión, haciendo la infam ia más infam ante al pregonarla.  Hay  que  pintar  to­ das y cada  una  de  las  esferas  de  la  sociedad  alem ana  como la partie honteuse de la sociedad alem ana, obligar a esas relaciones anquilosadas a danzas, cantándoles su propia me­ lodía. Hay que enseñar al  pueblo  a  asustarse  de    mismo para infundirle ánimo. \,Se  satisface  con  ello  una  insoslaya­ ble necesidad del pueblo alemán, y las necesidades de  los pueblos son en  su  propia  persona  los  fundam entos  últim os de su satisfacción.

esa lucha contra el status tyuo alem án tampoco carece de interés para el resto de los pueblos modernos, puesto que el status quo alem án es la franca y sincera  coronación  del anti­ guo régimen, y el antiguo régimen la debilidad oculta  del Estado moderno\ La lucha contra el presente  político  alem án es la lucha contra el pasado de  los  pueblos  m odernos,  y  las rem irúcencias de este pasado siguen pesando  todavía  sobre ellos  y   agobiándolos.  Resulta  instructivo   para  esos  pueblos a  los  que  nos  referim os  ver  cómo  el  antiguo  régimen,  que en ellos conoció su tragedia, representa -ahora  su  comedia,  como el espectro  alemán.  Su  historia  fue trágica  m ientras  era el poder preexistente del m ando y la libertad, en cam ­ bio, una ocurrencia personal;  en  una  palabra,  m ientras  creía y tenía que creer en su legitim idad. M ientras el antiguo ré­ gimen,  en  cuanto  orden del m undo  existente   luchaba  con un m undo en estado sólo de gestación, cometía un e rro r histórico universal, pero no de  carácter personal. Por  lo  tan­ to, su catástrofe resultó trágica.

Por el contrario, el régim en alem án actual, que es un ana­ cronism o,  una  contradicción  flagrante  con  todos  los  axio­ m as universalm ente reconocidos, la nulidad del antiguo ré­ gimen pLiesta en evidencia ante todo el  mundo,  se  imagina creer sólo en sí mismo y exige del m undo la misma creencia ilusoria. Si creyera en su propio ser ¿acaso  iba  a  esconderlo bajo la apariencia de  un  ser  ajeno  y  buscar  su  salvación  en la hipocresía y el  sofisma?  No,  el  antiguo  régimen  m oderno no  es  sino el  comediante  de  un  orden  universal, cuyos héroes

 

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reales  han  m uerto.  La  historia  es  concienzuda  y^pasa  por m uchas fases antes de en te rrar las viejas form as.[La últim a fase de una form a histérico-universal es su comedia^Los dio­  ses de Grecia, un día ya trágicam ente heridos en el Prometeo encadenado de Esquilo, tuvieron que volver a m orir otra  vez cóm icam ente en los coloquios de Luciano. ¿Por qué esa tra ­ yectoria histórica? Para que la hum anidad pueda separarse alegremente  de  su  pasado.  Este  alegre   destino  histórico  es el que nosotros reivindicam os para las potencias políticas de Alemania.

Sin embargo, en cuanto la rnoderna realidad político so­

cial se ve som etida  a  la  critica,  es  decir, en  cuanto  la  crítica se eleva al  nivel  de  los  problem as  auténticam ente humanos, es que ya  no  se  inserta  en  el status-quo alemán, pues  de  otro  m odo abordaría su objeto, por debajo de su objeto. Un ejem ­ plo: 'Ja relación entre la industria, el m undo de la riqueza en general y el m undo político es un problem a fundam ental de nuestra época^ ¿Bajo qué aspecto ese  problem a empieza a preocupar a los alem anes? En form a de aranceles protectores, de sistem a prohibitivo, de economía nacional.  El  germanismo ha pasado ele los hom bres a la m ateria  y  un  buen  día  nues­ tros caballeros del algodón y nuestros héroes del hierro  se vieron convertidos en patriotas. De m odo que", en Alemania, se empieza a reconocer la soberanía del monopolio con  res­ pecto al interior confiriéndole la soberanía con respecto al exterior. Es decir, que en Alemania se  empieza por  donde  se está ya acabando en Francia o en Inglaterra.  El  viejo  y  po­ drido estado de cosas contra  el que, teóricam ente, esos  países se sublevan y que soportan sólo  como  se  soportan  las  cade­ nas, se saluda en Alemania como la prim era  luz del am anecer  de un  bello  futuro,  que  apenas  si  se  atreve  a  pasar de  la  la- d ina M teoría a la m ás im placable  de  las  prácticas. M ientras en Francia e Inglaterra el problem a se plantea así: economía política o imperio de la sociedad sobre la riqueza, en  Ale­ mania, los térm inos del problem a son otros: economía na­ cional o imperio de la propiedad privada  sobre  la  nacionali­ dad. Es» Sramcia e  Inglaterra  se  tra ta ,  por lo  tanto, de  abolir el monopolio, que ha llegado hasta sus últim as consecuen­ cias; por el contrario, de lo que se tra ta en Alemania es de

 

34       Marx utiliza aquí el término  íistig,  en  un  doble  sentido,  haciendo un juego de palabras que se basa en  la  simultánea  utilización  de  la derivación  de List:  Friedrich  List  (1789-1846),   conocido   economista alemán, teórico del proteccionismo.

 

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llevar hasta sus últim as consecuencias el  monopolio.  En  el prim er caso se tra ta de la solución, en el segundo de  la  coli­  sión, sim plem ente. Ejem plo suficiente nos lo proporciona la form a alemana que allí adoptan los problem as contem porá­ neos, cómo nuestra historia, a la  m anera del recluta  torpe,  no ha tenido hasta el m om ento otra misión que  practicar y  re­ petir los ejercicios ya trillados.

Consiguientemente,  si  todo  el  desarrollo  de  Alemania  no se saliese de los m arcos de su desarrollo  político, un alem án sólo podría, a lo sumo, participar de los problem as del  pre­ sente a la m anera de como puede participar en ellos un ruso. Pero, si el individuo  suelto  no  se  halla vinculado  por las  ata­  d u ras de la nación, m ucho m enos liberada se ve todavía la nación entera p o r la liberación  de  un  individuo.  Los  escitas no avanzaron un solo paso hacia la cultura griega porque Grecia contase con un escita entre sus filósofos.57

A fortunadam ente, los alem anes no somos escitas.

Del mismo m odo que los  pueblos antiguos vivieron su px-ehistoria  en  la  imaginación,  en      mitología, nosotros, los a le m a n e s , tam bién hem os vivido nuestra prehistoria en el pensam iento, en la fü o so f ía ^ o m o s contem poráneos filosófi­ cos del presente, sin ser sus contem poráneos históricos^ha filosofía alem ana es la prolongación ideal de la historia de Alemania. Por lo tanto, si  en  lugar  de  las  oeuvres  incomple­ tas de nuestra historia real, criticam os las  oeuvres posthum es de nuestra  historia ideal,  la   filosofía, nuestra  crítica   figu­ ra en el centro de los problem as de  los  que  el  presente  dice that is the question.^ho que en los pueblos es la ru p tu ra práctica con las situaciones del  estado  m oderno,  en  Alema­ nia, donde esas  situaciones  ni  siquiera  existen,  ante  todo,  es la ru p tu ra crítica  con  el  reflejo  filosófico  de  dichas situacio­ n e s^

| La filosofía alemana  del  derecho  y  del  Estado  es  la  úni­ ca itoforáz alemana que se halla, al pari,% con el presente oficial m oderno, p o r eso el  pueblo  alem án  no  tiene  más  re­ m edio que incluir tam bién esa historia suya, hecha de sue­ ños, en el estado social existente  y  som eter a  crítica  no  sólo ese estado social  existente,  sino tam bién,  sim ultáneam ente, su prolongación abstracta^ El fu tu ro de este pueblo no  puede lim itarse ni a la negación directa de su orden jurídico es­

 

57 Marx  alude  aquí  al  filósofo  Anacarsis  (siglo  iv  a.  C.),  escita.  S5 En italiano en el texto.

 

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tatal real  ni  a  la  ejecución  inm ediata del ideal  de  su  E stado  y de su derecho, ya que  la  negación  directa  de  sus  condicio­ nes reales va im plícita ya en  su  orden  ideal  y  la  realización inm ediata de su orden ideal casi ha sido superada ya, en la contem plación de sus pueblos vecinos. De modo que tiene razón el partido político práctico alemán al reclam ar la ne­ gación de la filosofía. Su e rro r no consiste en dicha reivindi­ cación, sino en detenerse  en  su  m era exigencia, que ni reali­ za ni puede realizan seriam ente. Cree llevar a cabó aquella negación  por  el  hecho  de  volver  la espalda  a  la  filosofía  y  m ascullar acerca de ella, m irando para  otro  lado, unas  cuan­ tas frases banales y m alhum oradas. El  lim itado  carácter  de sus horizontes no incluye  tam poco  a  la  filosofía,  ni  siquiera en  el  ám bito  de  la  realidad  alemana,  y  eso  cuando  no  llega a considerarla por debajo de la praxis  alem ana y de  las teorías de las que se  sirve,   Se  exige  una  trabazón  con  los gérm enes reales de la  vida,  pero  se  olvida que  el  germ en real de la  vida  del  pueblo alem án  sólo  ha brotado hasta aho­  ra bajo su bóveda craneana. En una  palabra, )no  podéis  su­ perar la filosofía sin realizarla.?

Y el m ism o error, solo que en térm inos contrarios, lo ha

cometido tam bién el partido  político  teórico,  que  arrancaba de la filosofía.

Ese partido, en  la  lucha  actual  sólo  veía  la  lucha ■crítica de la  filosofía  con el  mundo alemán, sin  pararse a  pensar que  la filosofía anterior  pertenecía  a  su  vez  a  este  m undo  y  era su complemento, siquiera fuese su complemento ideal. Mos­ traba una actitud crítica ante la parte  contraría,  pero  adop­ taba un com portam iento no crítico para  consigo  misma,  ya que arrancaba de las premisas de la filosofía, y, o bien  se  de­ tenía en sus resultados adquiridos, o bien presentaba como postulados y resultados directos  de  la  filosofía  los  postula­ dos traídos de o tra parte, a pesar  de  que  estos —suponiendo que fuesen legítim os— sólo  pueden  m antenerse  en  pie,  por el contrarío, m ediante la negación  de  la  filosofía precedente,  de la filosofía en  cuanto  tal  filosofía.  Nos reservam os  el  tra ­ ta r más a fondo sobre este  partido. Su  principal  defecto  pue- de resum irse así: creía poder realizar la filosofía sin elimi­ narla.

La crítica de la filosofía alemana del derecho y del es­ tado que ha encontrado en Hegel su expresión últim a, la más consecuente y la más rica es ambas cosas a la vez: tanto el análisis crítico del Estado m oderno y de la realidad que a

 

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él se refiere, como la resuelta negacióq. de todo el modo  an­ terior de la conciencia política y jurídica alemana, cuya ex­ presión m ás noble, más universal, elevada a ciencia, es preci­ sam ente  la  m ism a  filosofía  especulativa  del  derecho. 4jSi  la  fi­ losofía especulativa del derecho, esa imagen abstracta y su­ perabundante del Estado m oderno  cuya  realidad  sigue  sien­ do un más allá, aunque este más allá  se  encuentre  apenas  al otro lado  del  Rhín,  sólo  podía  darse  en/Alemania;{(a  su  vez, y a la inversa la imagen alemana, conceptual del Éstado mo­ derno, abstraída del hom bre  real,  sólo  era  posible  porque  y en cuanto que el mismo E stado m oderno se abstrae del  hom­ bre real o satisface al hom bre total de un m odo puram ente imaginario. En política, los  alemanes  han  pensado  lo  que otros pueblos han  hecho\ Alemania  era  su  conciencia  teóri­ ca. La abstracción y la arrogancia de su  pensam iento  corría siem pre pareja con la lim itación y  la  pequenez  de  su  reali­ dad. ÍPor lo tanto, si  el  sta tu s  quo  del Estado alemán expresa la perfección del antiguo régimen, la consumación de la pica clavada en la carne del Estado moderno, el status quo de la conciencia del Estado alemán, expresa la imperfección del Estado moderno, la falta de solidez de su carne misma.

Ya en  cuanto  resuelto   adversario  del  modo  anterior  de  la conciencia política alemana, se orienta la crítica de la fi­  losofía política del derecho, no hacia sí miscaa, si no hacia tareas para cuya solución no existe más que un medio: La práctica.

Nos preguntam os: Puede llegar Alemania a una prác­ tica a la  hauteur  des~principes,  es  decir,  a  una revolución que la eleve, no sólo al  nivel  oficial  de  los  pueblos  m oder­ nos, sino a la  altura  humana  que  habrá  de  ser  el  futuro  in­ m ediato de esos pueblos? ^

‘{^Evidentemente, el arm a de  la  crítica  110  puede  sustituir  a la crítica de las arm as, que la fuerza m aterial tiene que derro­

carse m ediante la fuerza m aterial, pero tam bién la teoría sé convierte en poder m aterial tan pronto como se apodera de las masas. Y la teoría es capaz de apoderarse de las masas cuando argum enta y dem uestra ad homínem, y argum enta y dem ues­ tra ad hominém,  cuando se hace   radical,  ser   fadical  es atacar  el  problem a  por  la  raíz.  Y   la  raíz  para  el  hom bre, es  el  hom bre  m ism o^L a  prueba  evidente  del  radicalism o de la teoría  alem ana  y,  p o r  lo  tanto,  de  su  energía  prác­  tica, consiste en saber p a r tir de la decidida superación po­ sitivista de la religión. La crítica de la religión desem boca en

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la doctrina de que el hombre es la esencia suprema para el hombre y, por consiguiente, en el imperativo categórico de invertir todas las relaciones  en  que  el  hom bre  sea  un  ser hum illado, sojuzgado, abandonado y despreciable, relaciones que no cabría pintar m ejor  que  con  aquella  exclamación  de un francés al enterarse de  que  existía  un  proyecto para crear un im puesto sobre los perros: [Pobres perros! ¡Quieren tra ­ tarlos como si fuesen personas!

La misma emancipación teórica, en Alemania y desde un punto de vista histórico, tiene un interés específicamente práctico. El pasado revolucionario de  Alemania es,  en  efecto, un pasado histórico: es la Reforma, to m o entonces en el ce­ rebro del fraileu la revolución comienza ahora en el cere­ bro del filósofo. \

|\ i i te ro venció, efectivam ente, a -la servidum bre por la devoción, porque la sustituyó por la servidum bre en la con­ vicción. Acabó con la fe en la autoridad, porque restauró la autoridad de la fe. Convirtió a los curas en seglares, porque convirtió a los seglares en curas. Liberó al hom bre de la reli­ giosidad externa, porque erigió la religiosidad en el hom bre interior. Em ancipó  de  las  cadenas  al  cuerpo,  porque  cargó de cadenas el corazón.^

Pero si el protestantism o  no  fue la  verdadera solución, si llegó a ser el auténtico  planteam iento  del problem a|A hora ya no se trataba de la lucha  del  laico  contra  el  cura,  es decir, contra algo que estaba fuera  de  él,  sino  de  la  lucida  contra el propio cura  interior,  contra  su  naturaleza  de  cura)[ Y si la transform ación protestante del seglar alem án en c ií ra  em ancipó  a  los  papas  seglares,  a  los  principes  con  toda su clerecía, a los privilegiados y a los filisteos, la  transform a­ ción filosófica de los alem anes cúreseos en hom bres eman­ cipará al pueblo. Pero, del  mismo  m odo  que  la  em ancipa­ ción no  se detuvo  en  los  príncipes,  ím&poco  la seculariza­ ción de los bienes se detendrá en el despojo  de  la  iglesia, lle­ vada a cabo, fundam entalm ente por la hipócrita Prusia. La guerra de los cam pesinos,59 el hecho más radical de la his-

 

5!> La guerra de los campesinos estalló en  la  Alemania  Centro- meridional entre los años 1525-1526: los motivos  que  originaron  la  revuelta  de  los  habitantes  del  campo  contra  los  nobles   y   burgueses de las ciudades fueron económicos, espirituales y teológicos: de gran importancia  fueron  las   exigencias  comunistizantes  de  Thomas  Münzer

{1488-1525) Cfr. Friedrich E n g e l s , La guerra  de  los  campesinos  en Alemania y Efnst B l o c h , Thomas  Münzer,  teólogo  de  la  revolución Ciencia Nueva, Madrid 1968.

 

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toria alem ana, se estrelló en  su  día  contra  la  teología.  Hoy, que la  m ism a  teología  ha  fracasado,  el  hecho  más  serí/il  de la historia alemana,  n uestro  status  quo,  se  estrellará  contra la filosofía. En vísperas  de  la  Reforma,  el  siervo  m ás  sum i­ so de Rom a era la Alemania oficial. En vísperas de su revolu­ ción, es el siervo más sum iso de algo menos que  Roma,  de Prusia y Austria, de los hidalgüelos rurales y los filisteos.

Sin embargo, parece ser  que  existe  una  dificultad  funda­ m ental que im pide la revolución alem ana radical

[ L as revoluciones necesitan, en efecto, de un elem ento pa­ sivo, de una base material. En cualquier pueblo, la teoría se realiza  sólo  en  la  m edida  en  que  supone  la  realización  de sus necesidades. Ahora bien ¿Corresponderá al inmenso di­ vorcio  existente  entre  los  postulados  del  pensam iento   ale­ m án y las respuestas de la  realidad alem ana el  mismo divor­  cio  que  existe  entre  la  sociedad  alemana,  el  E stado  y   ella m ism a? ¿ Serán las necesidades, teóricas  necesidades  directa­ m ente prácticas? No basta con que  el  pensam iento  acucie hacia su realización; es necesario que la misma realidad acu- cie;„hacia el pensam iento.^

{J*ero Alemania no ha escalado sim ultáneam ente con los pueblos m odernos las fases interm edias de la emancipación política. No ha llegado  siquiera,  prácticam ente,  a  las  fases que  teóricam ente ha superado]^ Cómo podría, de  un   salto m oríale^ rem ontarse no  sólo  sobre sus propios lím ites,, sino  al mismo tiem po sobre los lím ites de los pueblos m odernos, sobre los lím ites que en la realidad debía sentir y a los que debía asp irar como a la em ancipación de  sus  lím ites rea­ les? Qlna revolución radical, sólo  puede ser una  revolución de necesidades radicales, cuyas prem isas y cuyos orígenes parecen cabalm ente f a l t a r ^

TSin em bargo, si bien es cierto que Alemania s-ólo ha acom­ pañado con la actividad ab stracta  al  desarrollo  de  los  pue­ blos m odernos sin llegar a tom ar parte activa en las  luchas reales de ese desarrollo, no lo es menos que, por otro  lado, ha com partido los  sufrim ientos  de  ese  mismo desarrollo sin p articipar de sus ventajas 'ni de su parcial satisfacción. A la actividad  ab stracta  corresponde  la  contrapartida  del  sufri­ m iento abstracto. De fo'rma que, una  buena  m añana  Alema­ nia  se  "encontrará  al  nivel  de  la   decadencia  europea  antes de haber llegado a encontrarse nunca al nivel de la em an­

 

 

60 En italiano en el original.

 

 

 

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cipación europea. ¡Podríam os com pararla  a  un  adorador  de los ídolos que agonizara, víctim a de las dolencias del cris­ tianismo.

Fijémonos en   prim er  lugar  en   los   gobiernos  alemanes, y los verem os em pujados por  las  condiciones  de  la  época, por la situación de Alemania, p or el  punto  de  vista  de  la cultera alem ana y, finalmente, por su propio y  certero  instin­ to, alspm binar los defectos civilizados del mundo de  los  esta­ dos modernos, de cuyas v entajas,no gozamos,  con  los  defec­ tos bárbaros del antiguo régimen,\ d e los que podemos jac­ tarnos hasta  la  saciedad,  de  tal  m odo que  Alemania, si no  en la racionalidad, por lo m enos en la irracionalidad tiene que participar cada vez más de aquellas form aciones de Estado que quedan más allá de  su  statu  quo . ¿Acaso  hay, por ejem ­ plo, en el m undo un país que com parta  tan  sim plistam ente como la llam ada Alemania  constitucional  todas  las  ilusiones del Estado constitucional sin  com partir sus realidades? ¿O no tenía que  ser  necesariam ente  una  ocurrencia  del  gobier­ no alem án el asociar los  torm entos  de  la  censura con  los  tor­ m entos de las leyes de septiem bre 61 en  Francia  que  presupo­ nen  la  libertad  de  prensa?  Así  como  en  *el Panteón  rom ano se reunían los dioses de todas las  naciones,  en  el  Sacro  im­ perio Romano-Germánico se reúnen los pecados de todas las form as de Estado. Y  que  este  eclecticismo  llegará  a  alcan­ zar una altura  hasta  hoy  insospechada lo garantiza, en  efecto, la gourm anderiea estético-política de un m onarca a lem án 63 que aspira a desem peñar, si no a través de la  persona del pue­ blo, por lo m enos  en  su  propia  persona, si  no  p ara el  pueblo, p o r lo m enos para sí mismo, todos los papeles de la  m onar­ quía, la feudal y la burocrática, la absolutista y la constitu­ cional, la autocrática y la dem ocrática. ^¡Alemania, como la ausencia del presente político constituido en un mundo  pro­ pio, no podrá derribar las b arreras específicamente alem a­ nas sin d errib ar la b arrera general del presente político^

] El sueño utópico, para Alemania, no es la revolución  ra­  dical, no es la em ancipación humana general, sino, por el contrario, la revolución parcial, la revolución m eram ente po-

 

M Las «leyes de septiembre» fueron promulgadas por  el  gobierno francés de Luis Felipe  en  1835,  como  consecuencia  de  un  atentado contra el rey. Limitaban la actividad de las Cortes y proponían serias medidas contra la prensa.

u  Glotonería,  en  francés   en   el   original. ” Federico Guillermo IV de Prusia.

 

lítica, la revolución que deja en pie los pilares del edificio.

¿Sobre qué  descansa  una  revolución  parcial,  una  revolución m eram ente política? En el hecho  de  que  se  emancipe la  par­ te de la sociedad burguesa que instaura su dominación ge­ neral, en el  hecho  de  que  una  determ inada  clase  em prenda la emancipación general de la sociedad, a p a rtir de su especial situación. Esa clase libera al resto de la sociedad,  pero  sólo en el supuesto de que toda la sociedad se encuentre en la si­ tuación de esa clase, es decir, de que posea, por  ejemplo,  el dinero y la cultura, o de que pueda adquirirlo a su antojo. J

¡Ninguna clase de la sociedad civil puede desem peñar ese papel sin provocar un m om ento de entusiasm o en sí y en  la masa,  m om ento  durante  el cual  confraterniza  y  se   funde con la sociedad en general, se confunde con ella  y  es  sen­  tida y reconocida como su  representante  universal, en  el  que sus pretensiones  y  sus  derechos  son,  en  verdad, los derechos y las pretensiones de la  sociedad  misma,  en  el  que  esa  clase es realm ente la cabeza social y el corazón  social.  Sólo en nom bre de los derechos .generales de la sociedad puede  una clas^  en  particu lar  reivindicar  para    la   dominación gene- r a l j X para escalar  esa  posición  em ancipadora y  poder, por lo tanto, explotar políticam ente todas las esferas de  la  socie­ dad  en  interés  de  la  propia  esfera,  no  bastan  por  sí solos  la energía revolucionaria ni el am or p ro p io . espiritual. Para que coincidan la  revolución  de  un  pueblo  y  la  emancipación de una clase en particular de la sociedad civil,  para  que  una clase valga por toda la sociedad,  es  necesario, por  el  contra­ rio, que todos los defectos de la sociedad se condensen en una clase, que una determ inada  clase  resum a  en    la  repul­ sa general, sea la incorporación del  obstáculo general; es necesario para ello que una determ inada esfera social sea considerada como el crimen  notorio  de  toda  la  sociedad,  de tal modo que la liberación de esta esfera aparezca como la autoliberación general^ Para que  un  estado  sea  par  excellen- ce el estado de liberación, es necesario que otro estado sea el estado de sujeción por antonom asia. La significación  nega­ tiva general de la nobleza y la clerecía francesas condicionó la significación positiva general  de  la  clase  prim eram ente  de- lim itadora y contrapuesta de la burguesía

Pero cualquiera de las  clases de Alemania carece de la consecuencia, el rigor, el arrojo, la intransigencia capaces de convertirla en el representante negativo de  la  sociedad.  Y todas ellas carecen, asim ism o, de esa grandeza de alma que

 

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pudiera identificar a una, aunque sólo fuese m om entáneam en­ te, con el  alma  del  pueblo,  de  esa  genialidad  que  infunde  a  la fuerza m aterial el entusiasm o del poder político, de esa intrepidez revolucionaria  que  arroja  a  la cara  del  enemigo las retadoras palabras; ¡No soy nada, y debiera serlo todo /

|jEl fondo básico de la m oral  y  la  honradez  alem anas,  y  no  sólo de los individuos, sino tam bién  de las clases, es  más bien ese modesto egoísmo que hace valer y perm ite que otros hagan valer  contra ellos  sus propias lim itaciones^ Por  eso, la relación  existente entre  las  diversas  esferas  de  la socie­ dad alem ana no es dram ática s<ino épica. Cada una de ellas comienza a sentirse y a hacer llegar a las otras  sus  preten­ siones, no cuando se ve oprim ida, sino  cuando las circuns­ tancias del m om ento, sin intervención suya, crean una base social sobre la  que  ella,  a  su  vez, pueda  ejercer presiónXHas- ta el m ism o amor propio moral de la clase media alemana descansa sobre la conciencia  de  ser  el  representante  general de la filistea m ediocridad de  todas las demás clases. [No son, p o r lo  tanto,  solam ente  los  reyes  alemanes,  que  llegan al trono mal á propos, sino todas las  esferas  de  la  sociedad ci­ vil que sufren su derrota antes  de  haber festejado  la  victoria, las que desarrollan sus propios  lím ites  antes  de hab er salta­  do por encima de los lím ites  que  a  estos  se  oponen,  que ha­ cen valer su pusilanim idad antes  de  que  hayan  podido  ha­ cer valer su arrogancia, de tal modo que hasta  la  oportunidad de llegar a desem peñar un gran papel desaparece  antes  de haber existido, y cada clase, tan pronto  como  empieza  a  lu­ char con la clase que está p or encim a de ella, se ve enreda­ da en la lucha con la que está debajo.Sfte  aquí que  los  prín­ cipes se hallen en lucha contra la burguesía, los burócratas contra la nobleza y los  burgueses  contra  todos  ellos,  mien­ tras el proletario comienza a luchar contra el burguést^La clase  m edia  no  se  atreve  siquiera,  desde  su  punto  de  vista, a concebir el pensam iento de la emancipación, y ya el desa­ rrollo de las condiciones sociales, lo mismo que el progreso de la teoría  política, se  encargan  de  revelar este  mismo pun­  to de  vista  como   algo   anticuado   o  por lo   menos  proble­ m ático.

En Francia, basta con que alguien sea  algo  para  que  quie­  ra serlo todo. En Alemania, nadie puede ser nada si no quiere verse obligado a renunciar a todo. fEn Francia, la emanci­ pación parcial es el fundam ento de l a emancipación univer­ sal. En Alemania, la em ancipación universal es la conditio

 

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sine  qtia  non  de  toda  em ancipación  parcial:  En  Francia,  es la realidad de la liberación gradual, en Alemania su imposi­ bilidad, la que tiene que engendrar la libertad total. En Francia, cualquier clase del  pueblo  es  políticam ente  idealis­ ta, sintiéndose, ante todo, no como una clase  especial,  sino como representante de  las  necesidades  sociales  en  general. Por eso, el papel  de  emancipador pasa  por turno, en  un  dra­ m ático movimiento, a las diferentes clases  del  pueblo  fran­  cés, hasta que llega a la clase que no  realiza  ya  la  libertad  social, no ya bajo el supuesto de determ inadas condiciones extrañas al hom bre y, sin embargo, creadas  por  la sociedad hum ana, sino  que  organiza más bien  todas las  condiciones de la existencia hum ana bajo el supuesto de  la libertad social. Por el contrario, en  Alemania,  donde  la  vida  práctica  tiene tan poco de espiritual como la vida espiritual  tiene  de  prác­ tica, ninguna clase de la sociedad burguesa, sie»te  la  necesi­ dad, ni tiene capacidad para  la  em ancipación  generaI  hasta que se ve obligada a ello por la situación inmediata, por la necesidad material, p o r sus mismas cadenas.

r¿Dónde reside, entonces, la posibilidad positiva de em anci­ pación alem ana?

Respuesta: en la form ación de una clase con cadenas radi­ cales, de una clase  de  la  sociedad  civil  que  no  sea  una  clase de la  sociedad  civil;  de  un  estado  que  sea  la  disolución  de  los estados; de una esfera que posea un cará-cter universal por lo universal de  sus  sufrim ientos,  y  que  no  reclam e  para sí ningún derecho especial, puesto que, contra  ella  no  se  ha com etido ningún  desafuero  en  particular,  sino  el  desafuero en sí, absoluto. XJna ciase a la que le resulte im posible ape­ lar a ningún título histórico, y que se limite a  reivindicar  su título humano. Que no se encuentre en  contradicción unilate­ ral con sus consecuencias, sino en om nilateral contraposi­ ción con las prem isas del E stado alem án; de una esfera, final­  m ente, que no pueda em anciparse sin  em anciparse en el  res­  to de las esferas de la sociedad y, sim ultáneam ente, em anci­ parlas a todas ellas; que sea, en una palabra, la pérdida com­ pleta del hom bre. E sta descom posición de la sociedad, en cuanto clase particular, es el proletariado3

El proletariado comienza a  existir  en  Alemania'  a  través del m ovim iento industrial naciente, puesto  que  lo  que form a el proletariado no es la pobreza nacida naturalmente, sino la pobreza artificialmente provocada, no se tra ta  de la m asa hu­  m ana m ecánicam ente agobiada por el peso de la sociedad,

 

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sino la que brota de la aguda disolución de ésta,  y  prefe­  rentem ente de la disolución de la clase media, aunque gra­ dualm ente, como puede com prenderse, vayan  incorporándo­ se tam bién a sus filas la pobreza natural y los siervos cristia- no-germánicos de la gleba.

["Cuando el proletariado proclam a la disolución del orden universal precedente , no hace más que pregonar el secreto de su propia  existencia,  ya  que  él  es  la  disolución  de  hecho de ese orden universal. Cuando el proletariado red am a la negación  de  la  propiedad  privada ,  no  hace  más  que  elevar  a principio de la sociedad, lo que la sociedad ha elevado a principio suyo , lo que ya está personificado en él, sin in te r­ vención suya, como resultado negativo de la sociedad^De mo­  do que el proletariado  se  encuentra  asistido, con  respecto  al m undo en que surge, de la misma razón que asiste al rey alemán con respecto al m undo existente cuando llam a  al pueblo su pueblo, como al  caballo,  su  caballo.  El  rey,  cuan­ do proclam a al pueblo propiedad privada suya, se lim ita a expresar que el propietario privado es rey.

^Asx como la filosofía encuentra en el proletariado  sus  ar­ mas materiales, el proletariado encuentra en  la  filosofía  sus arm as espirituales, y tan  pronto como el  rayo  del pensam ien­ to  m uerda  a  fondo en  ese  candoroso suelo popular, se llevará a cabo la em ancipación de los alemanes en cuanto hombres'^ Resum iendo y concluyendo:

La única liberación  prácticam ente posible de  Alemania es  la liberación, desde el punto de vista  de  la  teoría,  que  decla­  ra al hom bre su suprem a esencia. En Alemania, la em ancipa­ ción  de  la  Edad  Media  sólo  puede  llevarse  a  efecto  como em ancipación sim ultánea de las superaciones parciales de la Edad  Media.  En   Alemania  no   puede  abatirse   ningún  tipo d e servidum bre sin ab a tir todo tipo de servidum bre en ge­ neral. La meticulosa Alemania no puede revolucionar sin re­ volucionar desde el mism o fundam entó^ La emancipación del alemán es la  emancipación  del  hom bre .  La  cabeza  de  esta em ancipación es la  filosofía,  su  corazón  es  el  proletariado.  La filosofía no puede llegar a realizarse sin la abolición del proletariado, y el proletariado no puede abolirse sin la reali­ zación de la filosofía.^

Cuando se cum plan todas estas condiciones interiores, el canto del gallo galo anunciará el día de resurrección de Ale­ mania.

 

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Esbozo de crítica de ¡ o economía política

por Friedrich Engels

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La economía política  surgió como consecuencia natural de la extensión del  comercio,  y  con  ella  apareció,  en  lugar  del tráfico vulgar sin ribetes  de  ciencia,  un  sistem a  acabado de fraude lícito, toda una ciencia sobre el modo de enrique­ cerse.

E sta economía política o ciencia del enriquecim iento, que brota -de la  envidia  y  la  avaricia  entre  m ercaderes,  viene  al m undo trayendo en  la  frente  el  estigm a  del  más  repugnan­ te de los egoísmos.  Se  profesaba todavía  la  ingenua  creencia de que el oro y la plata constituían la riqueza, y no se en­ contraba,  por  esta  razón,  nada  m ás  urgente  que   prohibir en todas partes la exportación de m etales «preciosos». Las naciones se enfrentaban  unas  a  otras  como  avaros  rodean­  do cada una de ellas con ambos brazos  su  querida  talega  de  oro y m irando u sus vecinos con ojos envidiosos y llenos de recelo. Y se recurría a todos los  medios imaginables  para extraer de los pueblos con los que se com erciaba la m ayor cantidad posible de dinero contante y sonante, procediendo luego a  colocar  celosam ente  detrás  de  la  línea  aduanera  la m oneda arrebatada.

E ste principio, aplicado del modo más consecuente, hu­

biera m atado el comercio. De m odo que se  comenzó  a  reba­ sar esta prim era etapa; se com prendió  que  en  las  arcas  ya­ cía inactivo el  capital, m ientras  que en  circulación  se  incre­  m entaba continuam ente. Esta consideración hizo que se

 

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rom piera la reserva; las naciones echaron  a  volar  sus  duca­ dos como reclam o para cazar m ás  dinero  y  se  reconoció  que en nada perjudicaba el pagar a otro un precio  demasiado alto por su m ercancía, siem pre y  cuando  se  pudiera obtener de él otro todavía m ayor por la m ercancía propia.

Surgió así sobre esta base, el sistema m ercantil. Con él quedaba disim ulada en parte la avaricia del com erciante; las naciones se acercaron un poco más, concertaron tratados de comercio y am istad, se dedicaron a negociar las unas con las otras  y,  con  el  señuelo  de  m ayores  ganancias  se   abrazaban y se hacían todas las prom esas de  am or imaginables. Pero en el fondo seguía rem ando  entre  ellas  la  codicia y  la  avari­ cia de siem pre, que estallaban de vez en cuando en las gue­ rras, encendidas todas ellas en aquél período por  la riva­  lidad comercial. En estas guerras se  ponía  de  m anifiesto que  en el comercio, lo mismo  que  en  el  robo,  no  había  más  ley que el derecho del m ás fuerte; no se  sentía  el  m enor  escrú* pulo en arran car al otro, por la astucia o la violencia los  tratados considerados como m ás beneficiosos.

La piedra angular de todo  el  sistem a  m ercantil es  la  teo­ ría de la balanza comercial. En efecto, como las naciones se aferraban todavía  al  principio  de  que  el  oro  y  la  plata  eran la riqueza, sólo se consideraban beneficiosos  aquellos  tratos que, a fin de cuentas, traían al país dinero contante. Para averiguar  el  saldo  favorable,  se  cotejaban  las  im portaciones y las exportaciones. Quien exportaba más  de  lo  que  im por­ taba daba p or supuesto que la diferencia afluía al país en dinero efectivo  y  se  consideraba  enriquecido  con  ella.  Todo el arte de los econom istas estribaba, por lo tanto, en  velar porque al final de  cadja  ejercicio,  las  exportaciones  arro ja ­ ran un saldo o balanza favorable sobre las  im portaciones, jY en aras de esta grotesca ilusión miles de hom bres m orían sacrificados en los campos de batalla! Tam bién el comercio puede enorgullecerse, como se ve, de su Inquisición y de sus Cruzadas.

El siglo xvili, el siglo de la revolución,  revolucionó  tam ­ bién la Econom ía. Pero, así como  todas  las  revoluciones  de este siglo  pecaron  de  unilaterales  y  quedaron  estancadas  en la contradicción, así como al esplritualism o  abstracto  se  opu­ so  el  abstracto  m aterialism o  a  la  m onarquía  la   república  y al derecho divino el contrato social, vemos que tampoco la revolución económica pudo sobreponerse a la contradicción correspondiente. Las prem isas siguieron en pie por todas

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partes; el m aterialism o no atentó contra el  desprecio  y  la hum illación cristianos del hom bre y  se  lim itó  a  oponer  al hom bre, en vez del Dios cristiano, la naturaleza como algo absoluto; la política  no  pensó  siquiera  en  en tra r  a  investi­ gar las bases  en  las  que  descansaba  el  Estado  en  y  de  por  sí; y, por su parte, a  la  Econom ía  no  se  le  ocurrió  pregun­ tarse por la razón  de  ser  de  la  propiedad privada. De  ahí  que la   nueva  Econom ía   no  representara  más  que  un  progreso  a  medias;  veíase  obligada  a   traicionar  sus  propias  prem isas y a renegar de ellas, a recu rrir  al  sofisma  y  a  la  hipocresía para encubrir las contradicciones en que se veía  envuelta  y poder llegar a conclusiones a las que la em pujaba más el espíritu hum ano del siglo que  la-s prem isas de  las  que  par­ tía. Esto hizo que la Econom ía adoptase un carácter filan­ trópico; retiró su favor a los productores  para  encam inarlo hacia los consum idores; aparentó una  santa  aversión  contra los sangrientos horrores  d e l's is tem a  m ercantil  y  proclam ó el comercio como un lazo de am istad y concordia entre las naciones y los individuos. Todo aparecía envuelto  en  herm o­  sos colores, pero las prem isas, que seguían en  pie,  no  tarda­ ron en im ponerse de nuevo, y engendraron, en  contraste  con esta esplendorosa filantropía, la teoría m altusiana de la po­ blación, el sistem a más brutal y más bárbaro que jam ás haya existido,  un  sistem a   basado  en  la   desesperación, que  venía a echar por  tie rra  todos  aquellos  herm osos  discursos  sobre el am or  de  la  hum anidad  y  el  cosmopolitismo;  engendraron y pusieron en pie el sistem a  fabril  y  la  m oderna  esclavitud, que nada tiene que envidiar  a  la  antigua  en  cuanto  a  cruel­ dad e inhum anidad. La nueva Economía, el sistem a de la libertad de com ercio basado en la W ealth  of  Nations*  de  Adam Sm ith, revela los m ism os rasgos de hipocresía, incon­ secuencia e inm oralidad q u e actualm ente se  enfrentan  en todos los cam pos al libre sentido humano.

¿Quiere  decir  esto  que  el  sistem a   de  A.   Sm ith  no repre­

sentó un progreso en modo alguno? Sin duda que sí, y un progreso, adem ás, necesario. E ra necesario, en efecto, que el sistem a m ercantil, con sus m onopolios y sus trabas com er­ ciales, se viniera a  tierra  para  que  pudiesen  revelarse  ct?n toda su fuerza las consecuencias reales de la propiedad pri­ vada;  fue  necesario  que pasaran  a  segundo  plano  todas aque-

 

 

64       Cfr.  Adam S m  i t h ,  An  Enquiry  into  the  Nature  and   Causes  of the Wealth of the Nations, London 1776.

 

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lias pequeñas consideraciones localistas y nacionales para que la lucha de nuestro tiempo se generalizara y cobrara un carácter más hum ano; fue necesario que la teoría de la pro­ piedad privada abandonase la  senda puram ente  em pírica,  de la lim itación puram ente objetiva y asumiese un carácter más científico que la hiciera responsable tam bién de las  conse­ cuencias, llevando así el problem a a un terreno  general  más hum ano; que la inm oralidad  contenida en  la  vieja  Economía se viera en la tesitura de ser negada pcu' su  im plícita  hipo­ cresía hasta el punto  de  in tentar  su  desaparición.  Todo  ello se hallaba im plícito en la naturaleza m ism a de la cosa. Re­ conocemos de  buen  grado  que  la justificación y la práctica de  la.  libertad  de   comercio  nos  han  puesto  en   condiciones de rem ontam os por encim a de la Econom ía basada en la propiedad privada, pero debemos tener tam bién derecho a presentar  esa  libertad   reducida  a   toda  su  nulidad   teórica y práctica.

Y        nuestro juicio tendrá que ser,  por  fuerza,  tanto  más duro  cuanto  más  pertenezcan  a   nuestros  días  los   economis­ tas a quienes enjuiciem os. M ientras Sm ith y M althus sólo se

encontraron con fragm entos  sueltos, los economistas pos­ teriores tenían ya  ante    todo  el  sistem a  term inado; estaban a la  vista  todas  las  consecuencias,  aparecían  bien  de  relie­  ve las contradicciones, a pesar  de  lo  cual  no  fueron  capaces de e n tra r a analizar las prem isas, haciéndose sin embargo responsables de todo el sistema. Cuanto m ás se acercan los econom istas a los tiem pos presentes, más se  van alejando  de los postulados de la honradez. A m edida que  avanza el  tiem ­  po,  aum entan  necesariam ente  los  sofismas  encam inados  a m antener la Econom ía a la altura de la época. Esto hace que  Ricardo,65  por  ejem plo,  sea  más  culpable   que  Adam Sm ith, y Mac C ultoch 6 y M ili61 m ás  culpables  que  Ricardo. La Econom ía m oderna no puede ni siquiera enjuiciar cer­

 

65 David Ricardo  (1772-1823),  famoso  economista  y  político  inglés autor, entre otras cosas de Principies of  Political  Economy  and  Ta-  xation y del Essay on the Influence  of  a  Law  Price  of  Corn  on  the  Profits of Stock .

6 John Ramsay  M'Culíoch  (1789-1864),  economista,  alumno  y  se­ guidor de Ricardo cuya obra completa publicó en 1846. Autor de The Principies of Political Economy. Edinburgh, 1825. Essay on the cir- cumstances  which  determine  the   Rate   of  Wages   and   the   Condition of Labourin<? Classes, Edinburgh, 1826. A treatise on  the  Principies, Practice  ana  History  of  Commerce,  London,  1831,  y  otras   muchas obras.

67 James  Mili (1773-1836),  filósofo  y  economista,  seguidor  de  Ri­ cardo. Autor de Elements of Political Economy, London 1821.

 

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teram ente el sistem a m ercantil, porque ella m ism a peca de unilateral y se halla todavía im pregnada de sus  prem isas.  Y sólo  estará  en  condiciones  de  asignar a  cada  uno  -de   ellos el lugar que le corresponde aquel punto de  vista que se sobreponga a la contradicción entre ambos sistem as, que critique las prem isas comunes a uno  y  otro  y  que  parta  de  una  base  general  y  puram ente  hum ana.  Los   defensores de la  libertad  de  com ercio  son,  como  se   dem ostrará, peores m onopolistas que los  mismos viejos m ercantilistas. Y  asim is­ m o se pondrá de m anifiesto  que  bajo  et  falaz  hum anitaris­ mo de los m odernos se esconde una barbarie de la que los antiguos ni siquiera imaginaban;  que  el  embrollo  concep­ tual de éstos  m ostraba  cierta  sencillez  y  consecuencia,  si  se le comp.ara .con la am bigüedad lógica  de  sus  detractores,  y  que ninguna de las dos partes puede echar en  cara a  la  otra  nada de lo que  no  tenga  que acusarse  a  sí misma. De ahí que  la Econom ía liberal m oderna resulte incapaz para  com pren­ der la restauración del sistem a m ercantil de List, que para nosotros es perfectam ente simple. La inconsecuencia y la du­ plicidad de la Econom ía liberal tiene  que  disolverse  de  nue­ vo, necesariam ente, en las partes fundam entales que la inte­ gran. Así como la teología no tiene ante sí m ás que  dos  ca­ minos: o re tro te d e r hacia la fe ciega o avanzar hacia la filo­ sofía libre,  la  libertad  de  comercio   tiene  necesariam ente que provocar, de una parte, la restauración  de  los  m onopo­ lios, y, de otra, la abolición de la propiedad privada.

El único avance positivo que ha logrado la Economía liberal ha sido el desarrollo de las leyes de la  propiedad pri­ vada. Claro está que estas leyes se hallan im plícitas en ella, aunque no aparezcan todavía llevadas hasta sus últim as con­ secuencias y claram ente form uladas. De  donde  se  sigue  que, en todos aquellos  puntos  en  que  se  tra ta  de  decidir  acerca de la m anera más rápida  de  enriquecerse, es  decir,  en  todas las controversias estrictam ente económicas, los defensores de la libertad de  comercio  tienen  la  razón  de  su  parte.  En  las  controversias, bien entendido, con los m onopolistas y no con los adversarios de la propiedad privada, ‘pues la su­ perioridad de éstos para llegar a conclusiones más acerta­ das de los problem as económicos, ha sido dem ostrada  hace largo tiempo, en la práctica y  en  la  teoría,  por  los  socialis­  tas ingleses.

Así pues, en la crítica de la  Econom ía  política  investiga­ rem os   las   categorías  fundam entales,   pondrem os   al descu­

 

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bierto la contradicción introducida por el sistem a de la li­  bertad comercial y sacarem os las consecuencias que se des­ prenden de los dos térm inos de la contradicción,

La expresión riqueza nacional tiene su origen  sólo  en  el  afán de generalización de los economistas liberales. Esta ex­ presión carece de todo sentido m ientras exista la propie­ dad privada. La «riqueza nacional» de los ingleses es muy grande, pero ello no im pide que el pueblo inglés sea  el  más pobre bajo el sol. Una de dos:  o  se  prescinde  de  esa  expre­ sión, o se aceptan las condiciones necesarias para que tenga sentido. Y otro tanto podem os decir de las expresiones Eco­ nomía nacional, Econom ía política o Econom ía pública. En realidad, esta ciencia, m ientras se m antengan en pie las con­ diciones actuales, debería llam arse Econom ía privada, ya que sólo en aras de la propiedad privada existen en ía Economía relaciones públicas.

La consecuencia inm ediata de la propiedad privada es el comercio, el intercam bio de las m utuas  necesidades, la  com ­ pra y la venta. Bajo el im perio de 1a propiedad privada, este comercio, como cualquier otra actividad, no  puede  por  me­ nos de ser una fuente directa de  lucro  para  quienes  lo  ejer­ cen; dicho en otros térm inos, todo com erciante  tiene  por fuerza que aspirar a vender lo m ás caro y a com prar lo m ás barato posible. En toda com praventa se enfrentan, pues, dos individuos movidos  por  intereses diam etralm ente  opuestos, y el conflicto que entre  ellos  se  crea  no  puede  ser  más  hos­ til, ya que el uno  conoce  perfectam ente  las  intenciones  del otro y sabe que son antagónicas a las suyas. El  prim er  re­ sultado de ello es, por lo tanto, de  una parte, la m utua desconfianza, y de otra  la  justificación  de  dicha  desconfian­ za, el  empleo  de  medios  inm orales  para  la  consecución  de  un fin inmoral. Así, p o r ejem plo, uno de los prim eros p rin ­ cipios del comercio es el secreto, la ocultación de  cuanto pueda m erm ar el valor de la m ercancía d e que se trata. Con­ secuencia de ello: al com erciante le es lícito sacar el m ayor provecho posible de la ignorancia, de la confianza de la o tra parte, y a trib u ir a  su  m ercancía  cualidades  que  no  posee. En una palabra, el comercio es el fraude legal. Y  que  la prác­ tica  confirm a  esta  teoría  nos  lo  podría  decir  cualquier  co­ m erciante que quisiera hacer  honor  a  la  verdad.  Él  sistem a m ercantil aún podía  alegar  en  su  favor  una  cierta  franque­ za católica, que no tratab a de  encubrir en  lo  más m ínimo  la inm oralidad del comercio. Ya hemos visto cómo hacía gala

 

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de su vil codicia.  La  hostilidad  m utua  eníre  las  naciones,  en el siglo x v i i i la repugnante envidia  y  la  rivalidad  comercial que las movían, eran los resultados, consecuentes  del com er­  cio en general. Aún no se había hum anizado la opinión  pú­ blica y, por lo  tanto,  no  había  por  qué  disfra'¿ar  lo  que  no era más que una consecuencia directa del carácter hostil  e  inhum ano del comercio.

Pero cuando Adam Sm ith, el Lutero económico, hizo la crítica de la Econom ía an terior a él, las cosas  habían  cam ­ biado ya mucho. El siglo se había  hum anizado, se había he­ cho valer la razón, y la m oral comenzaba a  invocar  sus títulos eternos. Los tratados de comercio arrancados a la fuer­ za, las guerras comerciales., el tajante aislam iento de las na­ ciones, chocaban dem asiado  contra la conciencia  progresi­ va. La franqueza católica dejó el puesto a la hipocresía pro­ testante. Adam Sm ith  dem ostró  que  tam bién  la  hum anidad se hallaba en la esencia del comercio; que el comercio, en vez de ser «la fuente más fecunda de la discordia y la  hosti­ lidad», debía convertirse en «el lazo de la  concordia y la am is­ tad, tanto entre las naciones como entre los individuos» (V. Weatth of Nations, libro IV,  cap.  3,  §  2),48 pues  el  comercio, por su naturaleza misma, debía beneficiar en general a to­ dos los que participaran en él.

Y        Sm ith estaba en lo cierto al ensalzar el comercio  como hum ano. En  el  m undo  no  hay  nada  absolutam ente  inm oral; tam bién el comercio tiene una faceta en la que paga tributo

a la m oral y a  la  hum anidad.  Pero  ¡qué  tributo!  el  derecho del m ás fuerte, el  asalto  a  m ano  arm ada  de  la  Edad  Media, al convertirse en comercio, fue  hum anizado en  la  prim era etapa  del  comercio,  caracterizada  por  la prohibición de  ex­ p o rta r m oneda, es decir, en el sistem a m ercantil.  Ahora  se hum anizaba tam bién  éste.  Por  supuesto,  es interés  del  co­  m erciante m antenerse en la m ejor arm onía, lo m ism o  con aquél a quien  com pra barato, que  con  el  que  le  com pra  caro a él. Obra, pues, muy torpem ente la nación que induce a sus proveedores o a sus clientes  a  una  actitud  hostil  para  con ella. A m ayores amigos, m ayores  ganancias.  En  esto  consiste la hum anidad del comercio, y esta m anera  hipócrita  de  abu­ sar de la m oral con fines inm orales es precisam ente lo que enorgullece al sistem a de la libertad  comercial.  ¿Acaso,  ex­ clam an  los hipócritas, no  hem os  acabado  con  la  barbarie de

 

 

68 Cfr. sum a nota n. 64.

 

 

 

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los monopolios, no husmos llevado la civilización a los conti* nentes más rem otos, no hemos hecho a todos los pueblos herm anos y reducido las guerras? Sí, es cierto  que  habéis hecho todo eso, pero ¡Cómo  lo  habéis  hecho!  \Habéis  acaba­ do con los pequeños m onopolios, para dar más libertad y rien d a suelta a un gran m onopolio básico, que es el de la propiedad; habéis civilizado los confines  de  la  tierra,  para ganar nuevo terreno en que pueda desarrollarse vuestra re­ pugnante codicia; habéis im plantado la fraternidad entre los pueblos, pero una fraternidad  de  ladrones,  y  habéis  reduci­ do  las  guerras  para  poder  lucraros  más  con  la  paz  y  llevar h asta sus últim as consecuencias la-hostilidad entre los indivi­ duos, la infam e guerra  de  la  competencia!  ¿Cuándo  ni  don­ de habéis hecho vosotros algo por motivos  de  pura hum ani­ dad, movidos por la conciencia de <ep*e a nada conduce el antagonism o entre el interés colectivo y  el individual? ¿Cuán­ do habéis obrado p o r razones de moral, sin el resorte del interés, sin obedecer en el fondo a móviles egoístas?

Después que la Econom ía liberal había hecho todo lo que

podía para  generalizar  la  hostilidad  m ediante  la  disolución de las nacionalidades y convertir a la hum anidad en una horda de bestias feroces —¿qué, si no, son los  com petido­ res?— que se devoran las unas a las otras  sencillamente  por­ que cada una de ellas obra m ovida  por el mismo interés que las demás; después de haber preparado así el terreno, no le quedaba ya más que  dar  un  paso  para  alcanzar  la  m eta,  y ese paso era la disolución de  la  fam ilia.  Le  ayudó  a  lograrlo esa herm osa invención suya que es el sistem a fabril. Este se encargó de m inar el últim o  vestigio  de  los  intereses  comu­ nes, la com unidad fam iliar  de  bienes,  que  se  halla  ya  —por lo m enos  aquí,  en Inglaterra—■en  trance  de  liquidación.  Es el pan nuestro de  cada día  el que los  hijos,  al  alcanzar  la edad legal para  trab a ja r, es  decir, a  los nueve  años, empleen  el salario que ganan en cu b rir sus propias necesidades, con­ sideren la casa paterna sim plem ente como una fonda y en­ treguen a los padres cierta cantidad por el sustento y la habitación.

¿Y cómo  podría  ser  de  otro  modo?  ¿A  qué  otro  estado de cosas puede conducir el  aislam iento  de  intereses  que  sir­ ve de base al sistem a de la libertad comercial? Cuando un principio se pone en m archa, llega por sí  m ism o  hasta  las últim as consecuencias, aunque los economistas no  lo vean con buenos ojos.

 

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Pero  el  mismo  econom ista  no  sabe cuál  es  la  causa   a  la que sirve. No sabe que,  con  tocios  su  razonamientos egoís­ tas, no es más que un eslabón en la cadena del progreso  ge­ neral de la hum anidad. No sabe que, al reducirlo todo a  una tram a de intereses  particulares,  no  hace  más  que  desbrozar el camino para la gran transform ación hacia la que m archa nuestro siglo, que llevará a  la  hum anidad  a  reconciliarse  con la naturaleza y consigo misma.

La siguiente categoría condicionada por el comercio  es el valor. Acerca de ésta y  de  las  demás  categorías  económi­  cas no media disputa alguna entre los viejos y los nuevos eco­ nom istas, por la sencilla razón de que a los monopolistas, llevados por la furia incontenible de enriquecerse, no  les quedaba tiem po libre  para  ocuparse  de  las  categorías.  To­ das las disputas en  torno  a  estos  problem as  han  partido  de los modernos.

El econom ista, que vive de contradicciones, m aneja tam ­ bién, como es natural, un  doble  valor:  el  valor  abstracto  o real y el valor de cambio.  Acerca  de  la  naturaleza  del  valor real han disputado durante m ucho tiempo los  ingleses,  quie­ nes determ inaban el coste de  producción  como  la  expresión del valor real, y el francés Say,69 que  decía  m edir  este  valor con arreglo a la utilidad de la cosa. Esta disputa viene ven­ tilándose desde  comienzos  del  siglo  actual  y  al presente se ha adorm ecido, pero  no  zanjado.  Y  es  que  los  economistas no pueden zanjar nada.

Los   ingleses —principalm ente   Mac   Culloch  y Ricardo—

afirm aban, pues, que el valor abstracto de una  cosa  se  deter­  m ina por el costo de  producción.  Bien entendido  que  se  tra ­ ta del valor abstracto, no del valor de cambio,  del  exchan- geable valué o valor en el comercio, que es algo distinto.  ¿Por qué — jfijaos  bien!—  por  qué  nadie,  en  condiciones  usuales y dejando a un  lado  el  factor competencia, vendería una  co­  sa por menos de lo que le ha costado producirla? Pero,  ¿qué tiene que ver la «venta» aquí, en que no se tra ta del valor comercial? Volvemos a encontram os con el comercio, es  de­ cir, con lo que precisam ente se tra tab a de dejar a un lado.  ¡Y con qué comercio! ¡Con un comercio en el que no entra en juego el valor fundam ental, la competencia! Prim ero un va­ lor  abstracto;  ahora,  un. comercio  tam bién  abstracto,  un co-

 

Jean  Baptiste  Say  (1767-1832)  economista  liberal,   en   1803   publi­ có el Traite d ’econom ie politique.

 

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m ercio sin competencia, es decir, un hom bre sin cuerpo, un pensam iento sin cerebro para pensar. ¡Y el econom ista no se para siquiera a pensar que, al dejar a un lado la  compe­ tencia, no existe ninguna garantía de  que  el  productor  ven­ da precisam ente al costo de producción! ¡Vaya embrollo!

Prosigamos. Concedamos, p o r un m omento, que  todo  sea tal y como el econom ista dice. Suponiendo que alguien fa­ brique, con un trem endo esfuerzo y enorm es  gastos,  algo totalm ente inútil, que nadie  apetezca,  ¿ Tendrá  esto  tam bién el valor correspondiente al costo de producción? De ningún modo, dice el economista, pues, ¿quién lo com praría? Nos sale, pues, al paso, de golpe y porrazo,  no  sólo  la  desacredi­ tada  «utilidad»  de  Say,  sino,  además,  —con  la  «compra»—, el factor competencia. No  es  posible, el  econom ista no  acier­  ta a  retener  su  abstracción  ni  por  un  instante.  A  cada  mo­ m ento se le desliza entre los dedos no sólo lo que tra ta de rechazar por la  fuerza,  la  competencia,  sino  tam bién  lo  que es blanco de sus ataques, la utilidad. Y es que  el  valor  abs­ tracto y su determ inación  por  el  costo  de   producción,  no son, en efecto, m ás que abstracciones, absurdos.

Pero demos la razón, por un m em ento, al economista: suponiendo que  fuese  así,  cómo  iba  a  determ inar  el  costo  de producción sin tener en cuenta la com petencia? Cuando investiguem os lo que es -el costo de producción verem os que tam bién esta categoría se  basa  en  la  competencia, y  una  vez m ás nos encontradnos aquí con que el econom ista no puede convalidar sus afirmaciones.

Ahora bien, en Say, nos encontram os con la m ism a abs­ tracción. La utilidad de una cosa  es  algo  puram ente  subje­ tivo, que en m odo alguno puede decidirse en térm inos abso­ lutos, por lo m enos m ientras nos movemos en medio de con­ tradicciones. Según esta teoría, los artículos de prim era nece­ sidad deberían tener m ás valor que los artículos de lujo. El único camino p o r  el  que  puede  llegarse  a  una  solución  m ás o  menos  objetiva,  aparentemente  general,   en   cuanto   a   la m ayor o m enor utilidad de una cosa, bajo el régim en de la propiedad privada, es el camino de la competencia que es precisam ente el que  se  nos dice que dejem os  a  un  lado. Aho­ ra  bien,  adm itido  el  factor  concurrencia,  se deslizará  en  él el costo de producción, ya que nadie  venderá las m ercancías por m enos de lo que le ha  costado producirlas.  Como vemos, tam bién aquí uno de los térm inos de la  contradicción  se trueca involuntariam ente en el otro.

 

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Intentem os aclarar el embrollo. El valor de una cosa in­ cluye ambos factores,  que  las  partes  en  litigio  se  empeñan, sin éxito como hem os visto, en m antener a la fuerza divor­ ciados.  El  valor  es  la  relación  entre  el costo  de  producción y la utilidad. El valor tiene que decidir, ante todo, acerca del problem a de si una cosa debe o no  producirse; es decir, acerca de si  la  utilidad  de  esa  cosa  com pensa o no el coste de su producción. Sólo partiendo de ahí cabe hablar de la aplicación  del  valor  al cambio. Suponiendo que los  costos de producción de dos  cosas  sean  iguales  entre  sí,  el  momen­ to decisivo para determ inar com parativam ente  su  valor  será la utilidad.

Esta es la única base  ju sta  sobre  la  que  puede descansar el cambio. Pero, si partim os de ella ¿quién ha de decidir acerca  de  la  utilidad  de  la  cosa?  ¿sim plem ente  la  opinión de los interesados? En este caso, saldrá defraudada,  desde luego, una  de  las  partes. ¿O  una  determ inación  basada  en la utilidad inherente a la cosa,  independientem ente  de  las partes  interesadas  y  p ara  las  que  no   les  resulta  evidente? De  este modo sólo podría establecerse el cambio m ediante la coacción,  y  ambas  partes   se   considerarían   defraudadas. E sta contradicción  entre  la  utilidad  real  inherente  a  la  cosa y la determ inación de esta utilidad,  entre  dicha  determ ina­ ción y la libertad de las partes interesadas en el  cambio,  no puede abolirse sin abolir la propiedad  privada;  y,  abolida ésta, ya no  se  podrá  seguir  hablando  de  cambio,  tal  y  como el cambio existe en la actualidad. En estas condiciones, la aplicación práctica del concepto del valor  se  circunscribirá cada vez m ás a la decisión en cuanto a lo que haya de   producirse, que es, en efecto, su verdadera esfera de acción. Ahora bien.  ¿Cómo  están  actualm ente  las  cosas?  Hemos visto  cómo  se  desgarra  violentam ente  el  concepto  del  valor y se trata de presentar a fuerza de gritar, a cada  una  de  las partes como si fuese  el  todo.  Se  pretende  hacer  pasar  el coste  de  producción,  tergiversado   de   antem ano   m ediante la competencia, por el valor mismo; otro tanto ocurre  con la utilidad puram ente subjetiva, ya que  no  existe  otra.  Para que  estas  definiciones  tullidas  se  tengan  en  pie  hay   que recu rrir en am bos casos a la competencia, y lo  m ejor del asunto es que, en los ingleses, la competencia  defiende  la utilidad  frente al costo  de  producción,  m ientras  que  Say, por el contrario, aboga por el  costo  de  producción  en  contra de la utilidad. Pero ¡qué utilidad y qué costo de producción

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se m anejan aquí! Una utilidad que depende del azar,  de  la moda, del capricho de los  ricos,  y  un  costo  de  producción  que  oscila  con  arreglo  a  la  relación  fortuita  entre  la  oferta y la demanda.

La diferencia entre el valor real y el valor de cambio responde a un  hecho,  a  saber:  al  hecho  de  que  el  valor  de una cosa difiere del llamado equivalente  que  por  ella  se obtiene  en  el  comercio,  lo  que  vale   tanto  como  decir  que  no es tal equivalente. Este llamado equivalente es el precio de  la  cosa,  y  si  los  economistas  fuesen  honrados  deberían em plear esta palabra para designar el  «valor  comercial». Pero no tienen más rem edio que m antener en  pie,  por  lo menos,  alguna  apariencia de   que   el   precio  coincide   más o menos con el valor, para  que no  salga  demasiado  a  relucir  ía inm oralidad del comercio. Sin embargo,  la  afirm ación  de que el precio viene determ inado  por  la acción  m utua  del coste  de  producción  y  la   com petencia  es  totalm ente  cierta y constituye una ley fundam ental  de  la  propiedad  privada. Esta ley puram ente em pírica es la prim era que descubre el economista; y de ella abstrae luego su valor  real,  o  sea,  el precio en el m om ento en que se equilibra la relación de la competencia, en que coinciden la  oferta  y  la  demanda,  en cuyo caso sobra,  naturalm ente, el  costo de  producción, y esto es lo que el econom ista llama valor  real,  cuando  en realidad se tra ta sim plem ente de la  determ inación  del  pre­ cio. En la Econom ía todo aparece, pues,  de  cabeza:  el  valor, que es lo  originario,  la  fuente  del  precio,  s$  hace  depender de éste, es decir, de su producto. En  esta  inversión  reside,  como es sabido, la esencia de   la  abstracción,  como  puede verse en Feuerbach.

Según el economista, el costo de producción de una m er­ cancía está form ado por  tres  elem entos:  la  renta  que  hay que pagar por el terreno necesario para producir la  m ateria prim a, el capital con su  ganancia  correspondiente  y  el  sala­ rio  abonado por  el  trabajo  requerido  p ara   la   producción y  la   elaboración.   Pero   inm ediatam ente se  ve  que capital y trabajo son uno y lo mismo, pues los propios economistas confiesan que el capital es « trabajo acumulado». Quedan, pues, en  pie,  solam ente  dos  lados,  el  lado  natural,  objetivo, la tierra, y el lado hum ano,  subjetivo,  el  trabajo,  que  in­  cluye el capital,  y,  adem ás  del  capital,  un  tercer  factor  en que el econom ista  no  piensa:  el  elem ento  intelectual  que  es ía inventiva, el pensam iento, y que coexiste con el elemento

 

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físico del trabajo puro y simple. Pero ¿qué le  im porta  al econom ista  el espíritu inventivo? ¿Acaso no se le han venido a la m ano todos los inventos sin que él pusiera  nada  de  su parte? ¿Acaso le ha costado  algo  cualquiera  de  esos  inven­ tos? ¿ Para qué tiene, pues, que preocuparse de  esto, al calcular el costo de producción? Las  condiciones  de  la  ri­ queza son  para  él  la  tierra,  el  capital  y  el  trabajo,  y  a  esto se  reduce  todo.  La  ciencia  le   tiene   sin  cuidado.  Si  gracias a Berthollet, a Davy, a Liebig,  a  W att,  a  Cartwright,™  etc., recibe regalos que le  enriquecen  y  acrecientan  su   produc­ ción  en  proporciones  infinitas  ¿qué  le  im porta  a  él  todo eso? Con esos factores, el econom ista no sabe hacer sus cálculos; los progresos de la ciencia no entran en  sus guaris­ mos, Pero, p ara un cálculo racional que trascienda de esa partición de intereses  que  es   la  tarea  del  economista,  no cabe duda de que el elem ento espiritual entra en  los  elemen­  tos de la producción y que tam bién en  la Econom ía  debe ocupar el lugar que le corresponde entre los costes de pro­ ducción. Claro está que, ya en este terreno,  es  grato  com­ probar cómo el cultivo de  la  ciencia  resulta  tam bién renta­ ble  en  el  aspecto  m aterial;  un  solo  fruto  de   la  ciencia, la m áquina de vapor de Jam es W att ha aportado  más  al  m un­  do, en los prim eros cincuenta años de  su  existencia,  de  lo  que  el m undo ha gastado en cultivar la ciencia  desde que el m undo existe.

Tenemos, pues, en acción, dos  elementos  de  la  produc­ ción, la naturaleza y el hom bre, y un tercero que es  a  la  vez físico y espiritual. Ahora  podemos  volver  al  economista  y  a su costo de producción.

Lo que no puede m onopolizarse carece de valor, dice el economista, afirm ación que más  adelante  habrem os  de  exa­ m inar de cerca. Si, en vez de valor, decimos precio, no  cabe duda de que la  afirm ación  responde  a  la  verdad, en un esta­ do de cosas cuya base es la propiedad  privada.  Si  fuese  tan fácil disponer de la  tierra  como  del  aire,  nadie  pagaría  ren­ ta por ella. Pero como no  es  así,  sino  que  la  extensión  de  lá tie rra poseída es  lim itada en cada país, se  paga una  renta por  la tie rra apropiada, es decir, monopolizada, o se le  fija  un precio. Pues bien, después de estas dos palabras acerca del

 

 

70       Claude Louis Bert-hollet (1748-1822), Humphrey Davy (1778-1829), Justus  von  Liebig (1803-1873),  James  Watt  (1736-1819),  F.dmund   Cart- wright (1743-1843\ químicos y científicos.

 

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nacim iento del valor de la tierra,  resulta  extraño  oír  decir  a los econom istas que la renta  del  suelo  representa la  diferen­ cia entre el rendim iento de la  finca  rentada  y  la  tie rra  de  peor calidad, pero que aún compensa los esfuerzos del cul­ tivo. Tal es, en efecto, la definición que se da  de  la  renta  del suelo y que  Ricardo  desarrolló  en  su  totalidad  por  vez  pri­  m era.

E sta  definición  sería  prácticam ente   exacta,   indudable­ m ente, a condición de que la dem anda reaccionase instantá­ neamente a la renta, poniendo fuera de  explotación,  en  segui­ da, una cantidad correspondiente de  tierra  de  la  peor  cali­  dad. Pero no ocurre así. La definición, no es, por lo tanto, satisfactoria; adem ás no explica las causas de la renta  del  suelo,  con   lo  que  habría   que   desecharía  aunque  no   fuese m ás que por  esta  única  razón.  El  coronel  T.  P.  Thom pson, m iem bro de la liga en contra de las leyes sobre el trig o /1 ha vuelto a poner en circulación, en oposición a ésta,  la  defini­  ción de Adam Sm ith, justificándola. Según  él,  la  ren ta  del suelo es la relación que m edia entre la  com petencia  de  quie­ nes aspiran a utilizar la tierra y la cantidad lim itada de tie­ rra disponible. En esta definición se hace por lo menos una referencia al nacim iento de la propiedad territorial; pero en

«ella se excluye la diferente fertilidad  de  la  tierra,  lo  m ism o que en la anterior se daba de lado la competencia.

Nos encontram os, pues, con dos  definiciones del mismo concepto, am bas unilaterales, y, por lo tanto, definiciones a medias. Y, como hicim os con respecto al concepto del valor, tenem os que com binarlas p ara encontrar la  explicación  ca­ bal, la que se desprende del desarrollo m ism o  de  las  cosas  y que abarca, por lo  tanto,  todos  los  casos  de  la  práctica.  Y así, vemos que la renta del suelo  es  la relación  que  m edia  entre la  capacidad  de  rendim iento  de  la  tierra,  o  sea,  entre el factor natural, (form ado, a su vez, por las condiciones na­ turales y el cultivo humano es  decir, el  trab ajo  invertido  para m ejorar la tierra), y el factor  hum ano,  la  competencia.  De­ jem os que íos econom istas se lleven  las  m anos a la cabeza ante esta «definición»; quiéranlo o no,  se  contienen  en  ella todos los elem entos que guardan relación con nuestro asunto. El terrateniente nada tiene que echarle en cara al com er­

ciante.

 

71       Thomas  Perronet  Thompson  (1783-1869),  economista  y  miembro del Parlamento  inglés,  uno  de  los  fundadores   de   la   Liga   contía   las leyes a g r a r ia s . (Anti-Corn-Law-League.)

 

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Roba al m onopolizar la tierra. Roba al explotar en su pro­ vecho el increm ento de la población que  eleva  la  com peten­ cia, y, con ella, el valor de su tierra, al convertir en fuente de lucro personal lo que es, p ara él,  algo-puram ente-fortuito. Roba al jarrendar su tierra, apropiándose las m ejoras in tro­ ducidas en ella por el arrendatario. He ahí el secreto de las riquezas acum uladas sin cesar por los  grandes  propietarios de tierras.

Mo son  afirm aciones  nuestras  los  axiomas  que  califican de  robo  los  ingresos  derivados  de  la  propiedad  de  la  tierra  y sostienen que cada cual tiene derecho al producto de su tra ­ bajo, o que nadie debe cosechar sin haber sem brado. El pri­  mero de estos axiomas desm iente el deber de alim entar a los hijos y el segundo privaría a cualquier generación  del  de­ recho a existir, ya que cada una recoge la herencia de la  an­ terior. Estos axiomas son m ás bien una consecuencia de la propiedad privada. Y una de dos: o se aceptan las conse­ cuencias o se suprim e la prem isa.

Más aún, hasta la m ism a apropiación originaria se quiere justificar acogiéndose a la afirm ación del derecho posesorio común an terior a ella. Dondequiera que m iremos, la  propie­ dad privada nos lleva a contradicciones por todas partes.

Convertir la tierra en objeto de tráfico, que  es  para  noso­ tros lo uno y el todo, la condición prim ordial de nuestra exis­ tencia, representa el paso definitivo hacia el tráfico de sí mis­ mo. E ra y sigue  siendo  hasta  el  día   de  hoy  una  inm orali­ dad sólo superada por la inm oralidad de la propia  enajena­ ción. Y la apropiación originaria, la monopolización de  la  tie­ rra  por  un  puñado  de  gentes,  eliminando  a  los  demás de  lo que constituye la condición de  su vida, nada tiene que envidiar en cuanto a inm oralidad al sistem a posterior al tráfico del suelo.

Si tam bién en este punto damos de lado a la propiedad privada, verem os  que  la  ren ta  de  la  tie rra  se  reduce  a  lo que hay en ella de verdad, a la concepción racional que esen­ cialm ente le sirve de base. El valor  desglosado  de  la tierra como ren ta revertirá, asi, sobre la tie rra misma. Este valor, calculado a base de la  capacidad  de  producción  de  superfi­ cies iguales con igual inversión de trabajo, reaparece, evi­ dentem ente, como parte del costo  de  producción  al  determ i­ n a r el valor de los productos y representa, al  igual que la  ren­  ta del suelo, la relación  que media entre la capacidad de

 

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producción y la competencia, pero  la  verdadera  com peten­ cia, tal como más adelante se explicará.

Hemos visto cómo  capital  y  trabajo  son,  originariam en­ te, idénticos; y asim ism o vemos, por los argum entos de los propios econom istas, cómo el capital, resultado del trabajo, vuelve a convertirse enseguida, dentro del proceso de produc­ ción, en sustrato, en  m aterial  de  trabajo;  cómo,  por lo  tanto, la separación establecida por un momento entre  capital  y trabajo vuelve a  desaparecer  en  la  unidad  de  ambos.  Y,  sin em bargo, el econom ista separa el capital del trabajo y m an­ tiene esa separación, sin reconocer la unidad m ás que en la definición del capital como  « trabajo  acumulado».  El  divor­  cio entre capital  y  trabajo,  nacido  de  la  propiedad  privada, no es o tra cosa que el desdoblam iento del trabajo  en  sí m is­  mo, correspondiente a ese  estado  de  divorcio  y  resultante  de él. Después de  establecida  la  separación,  el  capital  se  divide, a su vez, en  capital  originario y  ganancia, o  sea,  el  increm en­ to del  capital  obtenido  es  el  proceso  de  la  producción,  si bien la práctica  se  encarga  de   incorporar  inm ediatam ente esa ganancia al capital, para  ponerla  en  circulación  con  él. Más aún, la m ism a ganancia se subdivide en beneficio  e  in­ terés. El concepto  de  interés  revela  el  carácter  irracional  de la división, llevado hasta el absurdo. La  inm oralidad  del préstam o a interés, del cobrar sin  trabajar,  sim plem ente  a base del préstam o, aunque ^aya ya implícita en la propiedad privada, salta demasiado a la vista y se halla reconocida y condenada desde hace ya m ucho tiem po por la conciencia po­ pular, que en estas cosas casi nunca se equivoca. Todos esos sutiles distingos  y  divisiones  responden  al divorcio  origina­ rio entre capital y trabajo,  que  se  lleva  a  cabo  con  la  esci­ sión de la hum anidad en capitalistas y  trabajadores, escisión que se ahonda y cobra perfiles cada vez más  agudos, y,  que, como veremos, tiene necesariamente que  acentuarse  m ás  y más. Ahora bien, esta separación, como  la  que examinábam os m ás arriba de tierra, capital y trabajo, representa en últim a instancia algo inadmisible.   Resulta  de  todo  punto  imposi­ ble, en efecto, determ inar cuál es la parte  que  en  un  p ro­  ducto dado corresponde a la tierra, cuál al capital y cuál al trabajo. Son tres m agnitudes  inconm ensurables  entre  sí.  La tie rra crea la m ateria prim a, pero  nunca  sin  la  intervención del capital y el trabajo; el capital presupone la existencia del trabajo y de la tierra  y  el  trabajo, a  su  vez,  presupone  cuan­ do menos la tierra, y a veces tam bién el capital. Las operacio­

 

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nes ele los tres difieren totalm ente  y  no  pueden  m edirse  en una cuarta p auta común. Por eso cuando, en las condiciones actuales,  se  procede  a   distribuir   los   rendim ientos   entre los tres elem entos, no se hace de acuerdo con una m edida in­ herente a ellos, m edida inexistente, sino de acuerdo con un criterio totalm ente ajeno y puram ente fortuito en lo que a ellos se refiere:  la  com petencia  o  el  refinado  derecho  del más fuerte. La renta de la tierra implica la competencia, la ganancia del capital se determ ina exclusivamente por la com­ petencia, y ahora verem os lo que sucede con el salario.

Á1 suprim ir la propiedad privada, desaparecerán todas  es­ tas divisiones antinaturales. D esaparecerá la diferencia entre interés y beneficio, ya que el  capital  no  es  nada  sin  trabajo, sin movimiento. La  ganancia verá  reducida  su  función  al  peso que el capital arro ja a  la  balanza al  determ inar el  costo de producción, y será,  por  lo  tanto,  algo  inherente  al  capi­ tal, a la vez que este revertirá a su originaria unidad con el trabajo.

El trabajo, el elem ento fundam ental de la producción, la

«fuente de la  riqueza»,  la  actividad  hum ana  libre,  sale  muy m alparado con los economistas. Así como antes se  separó capital y trabajo, ahora vuelve a efectuarse una nueva separa­ ción; el producto  del  trabajo se  enfrenta a  éste  como  salario, se divorcia de él  y  es  determ inado, como de costum bre, por la competencia, ya que, según veíamos,  no  existe  una medida ñja en cuanto a la participación del trabajo en la producción. Suprim ida la propiedad privada, desaparecerá tam bién esta división antinatural, el trabajo será su propio salario y se re­ velará la verdadera  función  del  salario  antes  enajenado:  la im portancia del trabajo en cuanto a la  determ inación del cos­  to de producción de una cosa.

Hemos visto que, m ientras perm anezca en pie la propie­ dad privada, todo tiende, a fin de cuentas, hacia  la  compe­ tencia. E sta es la categoría fundam ental  del  economista,  su hija predilecta, a la que mima y acaricia sin cesar, pero, cui­ dado, pues en ella  se esconde una terrible cabeza de Me­ dusa.

La consecuencia inm ediata de la propiedad privada es la escisión de la producción en dos térm inos antagónicos: la producción natural y la producción hum ana;  la  tierra, m uer­  ta y estéril si el trab ajo hum ano  no  la  fecunda,  y  la  activi­ dad del hom bre, cuya condición  prim ordial  es  precisam ente la  tierra.  Y,  del  m ism o  modo, veíamos  cómo  la  actividad hu­

 

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m ana se desdobla, a su  vez,  en  trabajo  y  capital, y  cómo  es­ tos dos térm inos se enfrentan entre sí como antagónicos. El resultado es, por lo  tanto,  la  lucha  entre  los  tres  elementos, en vez de la m utua ayuda y colaboración. Y  a  ello  se  añade ahora el hecho de que la propiedad privada trae consigo el desdoblam iento  y  la  desintegración  de  cada  uno  de   estos tres elem entos por separado. Se  enfrentan  entre    las  tie­  rras de los diferentes propietarios, la m ano de obra de los distintos trabajadores, los capitales de estos y aquellos ca­ pitalistas. En otros térm inos:  como  la propiedad  privada aísla a  cada  uno  dentro  de  su  tosca  individualidad  y  cada uno abriga, sin em bargo, el mismo interés que su vecino, tenem os que un capitalista se enfrenta a otro como su ene­ migo,  un  terrateniente  al  otro  y  un obrero  a   otro   obrero. La inm oralidad del orden hum ano actual culmina en esa hostilidad entre intereses   iguales,   en   razón   precisam ente de su igualdad: esa culm inación es la competexicia.

Lo opuesto a la concurrencia es el monopolio. El  mo­ nopolio era el grito de guerra de los m ercantiiistas; l<a con­ currencia es el grito de  com bate  de  los  economistas  libera­ les. No resulta difícil com prender que el pretendido  antago­ nism o no pasa de ser una frase. Todo com petidor, ya sea obrero, capitalista o terrateniente, aspira necesariamente a alcanzar el monopolio. Toda pequeña agrupación de compe­ tidores tiene necesariam ente que aspirar a lograr  el  m ono­ polio para sí, con exclusión de todos los demás. La  compe­  tencia  descansa  sobre  el  interés,  y  éste   engendra  de  nuevo el m onopolio; en una palabra,  la  com petencia  deriva  hacia el monopolio. Y, por otra parte, el monopolio no puede con- tener el flujo de la competencia, sino que  a  su  vez  lo  engen­ dra, del  mismo  modo  que,  por  ejem plo,  la  prohibición  de  im p o rtar o los aranceles elevados propician directam ente la com petencia del contrabando. La contradicción de la com­ petencia es exactam ente la m ism a que la de la propiedad pri­ vada.  Cada  individuo  se  halla  interesado  en  poseerlo  todo,  m ientras que el interés de la colectividad es  que  cada  cual  posea  la  m ism a  cantidad  que  los  otros.  El  interés  colectivo y el individual son, pues, radicalm ente opuestos. La contra­ dicción de la com petencia  estriba §n lo siguiente: en que ca­ da uno aspira necesariam ente al monopolio, m ientras que la colectividad en cuanto  tal  sale  perdiendo  con  él  y  tiene, p or lo tanto, que evitarlo.  Más  aún, la  com petencia  presupone ya el monopolio, es decir el monopolio de la propiedad —y aquí

 

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vuelve a m anifestarse la  hipocresía  de  los  liberales—, ya  que m ientras se m antenga el monopolio de la propiedad será igualmente legítim a la propiedad del monopolio, porque el monopolio, una vez creado, es  tam bién  una  propiedad.  Por eso resulta de una lam entable m ediocridad atacar a los pe­ queños monopolios m ientras se deja en pie el monopolio fun­ damental. Y si traem os a colación, además, la afirm ación del econom ista consignada m ás arriba de que sólo  tiene  valor lo que puede monopolizarse, lo que  equivale  a  decir  que  la  lu­ cha de la com petencia no puede recaer sobre lo que no adm i­ ta esa monopolización, quedará com pletam ente justificada nuestra afirm ación de que la concurrencia presupone el mo­ nopolio.

La ley  de  la  concurrencia  es  que  la  oferta  y  la  dem anda se com plem entan  siem pre y, precisam ente  por  eso,  no se com plem entan nunca. Los dos térm inos  se  desgajan y  entran en la m ás flagrante contradicción. La Oferta va  siem pre  a  la zaga de la demanda, pero sin llegar a coincidir totalm ente con ella. Es o dem asiado grande o demasiado pequeña, sin equilibrarse nunca con la dem anda, porque en este estado inconsciente en que vive  la hum anidad,  nadie  puede  saber qué  proporcionas  alcanza  la una o  la   otra.   Cuando  la   de­ m anda es m ayor  que  la  oferta  suben  los  precios,  lo  que  in­ m ediatam ente sirve de incentivo a la oferta; tan pronto  como ésta se m anifiesta en el m ercado, los precios bajan, y  al  ex­ ceder la oferta a la dem anda, la baja de  los  precios  se  acen­ túa tanto que la dem anda reacciona a  su  vez.  Y  así  constan­ tem ente sin llegar nuncá a un estado de  equilibrio  saludable, sino en una constante alternativa de flujo y reflujo que hace imposible todo progreso, en una eterna  sucesión  de  vaivenes, sin llegar jam ás a  la  m eta.  Al  econom ista  se  le  antoja  esta ley el paradigm a de lá belleza, con su constante ritm o com­ pensatorio, en el que se  recobra  allí  lo  que  se  ha  perdido aquí. La considera cortio su glorioso m érito, no se cansa de  contem plarla y la examina bajo todas las condiciones posi­ bles e imposibles.  Y,  sin  embargo, salta  a  la  vista  que  esta ley es una ley puram ente natural,  y  no  una  ley  del  espíritu. Una ley que  engendra  la  revolución.  El  econom ista  desplie­ ga ante vosotros su herm osa  teoría  de  la  oferta y  la  dem an­ da, os dem uestra  que  «nada  puede  producirse  en  exceso»  y la práctica responde a sus  palabras  con  las  crisis  com ercia­ les, que reaparecen con la m ism a  regularidad  que  los  come­ tas y cada una de las cuales se reproduce ahora por térm ino

 

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medio cada cinco o siete  años.  Estas  crisis  comerciales  vie­ nen produciéndose desde hace unos ochenta años con la pe­ riodicidad con que antes estallaban las grandes pestes y pro­ vocan más m iseria y consecuencias más inm orales que ellas (véase Wade, History of the  Middle and W orking Classes, pág. 211 ).72 Como es natural, estas revoluciones comerciales confirm an la ley, la confirm an  en  toda  su  extensión, pero  de un modo muy distinto a como los economistas quisieran ha­ cernos creer. ¿Qué pensar de una ley que sólo acierta a im­ ponerse por medio de revoluciones periódicas? Que se trata precisam ente de una  ley  natural  basada  en  la inconsciencia de los interesados. Si los productores como  tales  supieran cuánto necesitan los consum idores, si pudieran organizar la producción y distribuirla entre ellos, serían imposibles las oscilaciones de la competencia y su gravitación hacia las crisis. Producid de un m odo consciente, como hom bres y no como átomos sueltos sin conciencia colectiva, y os sobrepon­ dréis a todas estas contradicciones  artificiales  e  insosteni­ bles. Pero m ientras  sigáis  produciendo  como  lo  hacéis  aho­ ra, de un modo inconsciente y atolondrado, a m erced del azar, seguirán produciéndose crisis comerciales, y cada una de ellas será necesariam ente más  universal  y,  por  lo  tanto, más devastadora que  las  anteriores, em pujará  a  la  miseria  a m ayor núm ero de pequeños capitalistas y h ará crecer en pro­ porción  cada  vez m ayor la clase de quienes viven sólo de su trabajo; es decir, aum entará a ojos vistas la m asa  del  tra­ bajo al que  hay  que  dar ocupación,  que es  problem a  funda­  m ental de nuestros econom istas, hasta que por últim o se provoque una revolución  social  que  la sabiduría  escolar  de los economistas no puede ni siquiera im aginar.

Las eternas oscilaciones de  los  precios  determ inadas  por la com petencia acaban de privar al  comercio  del últim o  ras­ go de m oralidad. Ya no puede  hablarse  ni  de  valor.  El  mis­ mo sistem a que tanta im portancia parece d ar al valor y que confiere a la abstracción valor, plasm ada en el dinero, los honores de una existencia aparte, ese mismo sistem a  se encar­ ga de destruir, p o r medio de la competencia, todo valor in­ herente, y hace cam biar diariam ente y a cada hora la pro­ porción de valor  de  las  cosas  entre  sí.  ¿Dónde  encontrar, en m edio de este torbellino, la posibilidad de un cambio basa­

 

72       C fr. John W ade (1788-1875), History of de Middle  and  Working Classes. London 1835.

 

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do en un  fundam ento  m oral?  En  este  continuo  vaivén,  todo el mundo tiene que tra ta r  de  encontrar el  m om ento  favora­ ble para com prar o vender, todo el  mundo, quiéralo  o  no, tie­ ne que hacerse especulador, es decir, cosechar sin haber sembrado, lucrarse  a  costa  de lo  que  oíros  pierden,  calcu­ lar a expensas de la desgracia ajena  o  hacer que  el  azar tra ­ baje a favor suyo. El especulador cuenta siem pre con los in­ fortunios, especialm ente con las malas cosechas, se  vale  de todo, como en su día se aprovechó del incendio de Nueva York. El colmo de la inm oralidad es la especulación de  la bolsa de valores, la cual convierte a la  historia  y  la  hum a­ nidad en medios de satisfacción de la codicia  del  especula­  dor que calcula fríam ente o  juega  al  azar.  Y  p o r  mucho  que el com erciante «sano» y  honrado  se  considere  farisaicam en­ te por encima de   los  jugadores  de   bolsa  —doy  gracias  a Dios, etc,—, es tan m alo como el especulador bursátil, pues especula como él, no tiene m ás rem edio que hacerlo, la com­ petencia le obliga a ello,  y  su  comercio  entraña,  por  lo  tan­ to, la m ism a inm oralidad que  el  otro.  Lo  que  hay  de  verdad en la com petencia es la relación  que  m edia  entre  la  capaci­ dad de consumo y la capacidad de producción. Esta com­ petencia será la única que prevalezca en un estado  de  cosas digno de la  hum anidad.  La  colectividad  tendrá  que  calcular lo que  es  capaz  de  producir  con  los  medios  de  que  dispone y determ inar, en base a la relación entre este potencial de producción y la m asa de los consum idores,  en  qué  medida debe la producción  aum entar  o  dism inuir,  hasta  qué  punto se puede tolerar  el  lujo  o  debe  restringirse. Ahora bien, a los lectores que quieran juzgar  con  conocim iento  acerca  de esa relación y del aum ento del potencial de  producción  que debe esperarse de un estado racional de la colectividad, les aconsejo que lean las obras de los socialistas ingleses y tam ­  bién, en parte, las de Fourier.

La com petencia subjetiva, la pugna de capital contra ca­

pital, de trab ajo contra trabajo, etc., se reducirá, en estas condiciones, a la emulación que tiene su fundam ento en la naturaleza hum ana y que hasta ahora sólo ha  sido  aceptable­  m ente estudiada por Fourier, em ulación que, después de abolidos los intereses antagónicos, se verá circunscrita a su esfera peculiar y racional.

La lucha de capital contra capital, de trabajo contra  tra ­ bajo, de tierra contra tierra, arrastra la producción a un  vér­  tigo en el que se vuelven del revés todas las relaciones natu­

 

rales y racionales. Ningún capital puede hacpr frente a la competencia del otro sin verse espoleado a la más febril actividad. Ninguna finca puede ser cultivada con provecho a menos que intensifique constantem ente su capacidad de pro­ ducción. Ningún obrero puede defenderse  de  sus  com petido­ res si no consagra al trabajo todas sus fuerzas.  Y,  en  gene­ ral, nadie que se  vea  arrastrado  a  la  lucha  de  la  com peten­ cia puede salir a flote en ella sin poner a contribución el máximo sus energías, renunciando a todo fin verdaderam ente hum ano. Y, como  es  natural,  la  consecuencia  necesaria  de esta tensión  del  esfuerzo  en  uno  de  los  lados  es  el  descuido de energías en el otro. Cuando las oscilaciones de la  compe­ tencia son pequeñas, cuando la oferta y la demanda, la pro­ ducción y el consumo casi se equilibran, el desarrollo de la producción tiene  que  llegar  necesariam ente  a   una  fase   en la que queden tantas  fuerzas  productivas  sobrantes  que  la gran m asa de  la nación no tenga de qué vivir y las gentes pasen ham bre en medio de la abundancia. Se tra ta ,de una postura verdaderam ente demencíal,  el  absurdo  viviente  en que se  halla  Inglaterra  desde  hace  ya  bastante  tiempo.  Y  si la producción oscila  con  m ayor fuerza, como necesariam en­ te tiene  que  ocu rrir por efecto de  sem ejante estado  de  cosas, se presentará la  alternativa  entre  el  florecim iento  y  la  cri­  sis, .la superproducción y el estancam iento.  El  economista  no ha acertado jam ás a explicar esta disparatada situación; para explicarla ha inventado la teoría de ía población, tan absur­ da e incluso más, si cabe, que la  contradicción  entre  la  ri­ queza y  la  m iseria  sim ultáneas. Y es que  al  econom ista  no le era lícito ver la  verdad;  no  le  era  lícito  com prender  que esta contradicción es  sencillam ente  una  consecuencia  lógica de la concurrencia, pues si lo  com prendiera  así  se  vendría abajo todo su sistema.

Para nosotros, la cosa tiene  fácil  explicación.  La  capaci­  dad de producción de que  dispone  la  hum anidad  es  ilim ita­ da. La inversión de capital, trab ajo y ciencia puede poten­ ciar hasta el infinito la  capacidad  de  rendim iento  de  la  tie­ rra. Un país «superpoblado» como la Gran B retaña  podría, según los cálculos de los econom istas y estadísticos más ca­ paces (véase Alison, Principies  of population,  tom o I, caps.  1 y 2),73 llegar a producir en diez años trigo bastante para ali­

 

73       Archibald Alison (1792-1867), historiador y economista antimal- thusiano, autor de Principies of Population, London 1840, 2 vols.

 

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m entar a una población seis veces m ayor que la actual. El capital aum enta diariam ente; la m ano de obra crece con la población, y la ciencia va sometiendo  cada  vez  más  día  tras día,  las  fuerzas  naturales  al  dominio  del  hom bre.   Esta  ili­ m itada capacidad de producción, m anejada de un modo cons­ ciente y en interés de  todos,  no  tardaría  en  reducir  al  míni­ mo la m asa de  trabajo  que pesa  sobre la hum anidad;  confiada a la competencia, hace  lo  mismo,  pero  dentro  del  m arco  de la contradicción. M ientras  una  parte  de  la  tierra  se  cultiva con los m ejores m étodos, otra —que en Gran Bretaña  e  I r ­ landa llega a 30 m illones de acres— perm anece  baldía.  Una parte del capital circula con  asom brosa  rapidez, m ientras otra se m antiene ociosa  en  las  arcas.  Unos  obreros  trabajan  has­ ta catorce y dieciséis  horas  al  día,  m ientras  que  otros  están sin hacer nada, parados y pasando ham bre. O, lo que  es lo mismo,  nos  encontram os  con  que  la  distribución surge  de esa sim ultaneidad: hoy, el comercio se desenvuelve bien, la demanda es grande, todo el m undo trabaja, la rotación del capital adquiere  una  rapidez  pasmosa,  florece  la agricultu­  ra, los obreros se m atan a trabajar; y m añana surge el estan­ camiento, la agricultura deja de .ser rentable y grandes exten­ siones de tie rra se quedan baldías, el capital  se  paraliza  en medio de su flujo, los obreros se hallan sin trabajo y  el  país entero adolece de exceso de riqueza  y  de  exceso de pobla­ ción.

Esta m archa de las cosas no puede ser considerada como acertada por el econom ista, ya  que  de  otro  m odo  tendría que renunciar, como hem os dicho, a todo su sistem a de la competencia; tendría que reconocer la vacuidad de su contra­ dicción entre la producción y el consumo, entre la superpo­ blación y la  riqueza  superflua.  Pues  bien,  ya  que  el  hecho  era innegable, se inventó la teoría de la población, para  poner el hecho en consonancia con la teoría.

M althus, inventor de esa doctrina,  afirm a  que  la pobla­ ción presiona constantem ente sobre los medios de  sustento, que, al aum entar la producción, la población aum enta en las mism as proporciones y que la tendencia inherente a la pobla­ ción de crecer por encima de los límites de los medios de sus­ tento disponibles constituye la causa de toda la m iseria y de  todos los males. En efecto, cuando hay exceso de seres hu­  manos, los seres sobrantes, según M althus,  tienen  que  ser eli­  m inados de un  modo  o  de  otro,  o  perecer de  m uerte violen­  ta o m orirse de ham bre. Pero, una vez eliminados, vienen

 

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nuevos sobrantes de población  a  cubrir la  vacante, con lo  que el mal que se creía rem ediado se reproduce. Y esto ocurre, además, en  todos  los  pueblos,  tanto  en  los  civilizados  como en los prim itivos; los salvajes de la isla de Australia, cuya densidad de población es de un  habitante  p o r  m illa  cuadra­ da, adolecen de  una  superpoblación  igual  a  la de  los  ingle­ ses. En una palabra: aplicando consecuentem ente esta doctri­ na, deberíam os decir que la tierra se hallaba ya superpoblada cuando la habitaba un solo hom bre . ¿Y cuáles son las conse­ cuencias de esta m archa  de  las  cosas?  Que  los  que  sobran son precisam ente los pobres, por los  cuales  no  se «f>uede  ha­ cer  otra cosa  que  aliviarles   en la  m edida de lo  posible la m uerte por ham bre, convencerles de que  el  asunto  no  tiene rem edio y  que  el  único  camino  de  salvación  para  su  clase es reducir hasta el máximo la procreación, y si esto no se consigue, no cabe solución m ejor  que  crear un establecim ien­ to estatal que se encargue de m atar sin  dolor a  los  hijos de los pobres, como el que ha propuesto «Marcus»,7* calcu­ lándose que cada familia obrera sólo  podrá  sostener  a  dos  hijos y m edio  y  que  los que excedan de esta cifra deberán ser condenados a la m uerte indolora.  El  hecho  de  dar  limos­ na constituiría un crim en,  ya  que  favorecería  el  increm ento de la población sobrante; en cam bio resultará muy benefi­ cioso declarar que la pobreza es un delito y convertir los es­ tablecim ientos de  beneficencia  en  centros  penales,  como  lo ha hecho ya en Inglaterra la nueva ley «liberal» sobre los po­ bres. Es cierto que esta teoría se compagina m uy mal con la doctrina de la Biblia sobre la perfección de Dios y de su crea­ ción, pero «¡es una m ala refutación el invocar la  Biblia  en  contra de los hechos!»

¿Hace falta continuar desarrollando todavía más, seguir hasta sus últim as consecuencias esta infam e y asquerosa doctrina, esta repugnan se blasfem ia en contra de  la  natura­ leza y de la hum anidad? En ella se  nos  m uestra la inm orali­  dad del econom ista llevada al límite. ¿Qué significan todas las guerras y todos los horrores del sistem a m onopolista en com­ paración con esa teoría? Pero en ella tenem os la clave de bó­ veda del sistem a liberal de la libertad  de  comercio,  que,  al caer, arrastra consigo todo el edificio. Pues  si  se  dem uestra que la com petencia es la causa de la m iseria, de la pobreza

 

14  Firmados  c o n  el  se u d ó n im o   M a r c u s   a p a r e c ie r o n   a lg u n o s   o p ú s c u ­ lo s : On the Possibility of Limiting Popnlottsness, L o n d o n , 1838.

 

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y el crim en ¿ quién se atreverá a levantar la  voz  en  su  defen­ sa? Álison, en la  obra  citada  arriba, ha  refutado  la  teoría  de M althus al  apelar  a  la  capacidad  de  producción  de  la  tierra y oponer al principio m altusiano el hecho de que cualquier adulto puede producir más de lo que consume,  hecho  sin  el cual no podría m ultiplicarse la  hum anidad,  ni  siquiera exis­ tir, pues ¿de qué, si no, iban a vivir los q%ie crecieran?  Pero Álison no entra en el fondo del problem a, razón  por  la  cual llega,  en  definitiva,  al  m ism o   resultado   que   Malthus.  De­ m uestra, es cierto, la falsedad del principio  m altusiano,  pero no puerto negar los hechos que condujeron a aquél a este principio.

Si M althus no  hubiera  enfocado  el  asunto  de  un  modo tan unilateral,  se  habría  dado  cuenta  de  que  la  población  o m ano de obra  sobrante  aparece  siem pre  unida  a  un  exceso de riqueza, de capital y de propiedad sobre la tierra. La población sólo es excesiva  allí  donde es  excesiva,  en  general, la capacidad de producción.  Así  lo  revela  del  modo  más pal­ m ario el  estado  de  todo  país  superpoblado,  principalm ente el de Inglaterra, desde los  días en que M althus escribió. Estos eran los hechos que M althus tenía  que  haber conside­ rado en su conjunto, y cuya consideración le habría llevado necesariam ente a una conclusión  acertada;  pero,  en  vez de eso, destacó un solo hecho, dio de lado  a  los  otros  y  llegó, como  era  natural,  a  una  conclusión  disparatada.  El segundo

error en que incurrió fue el de confundir los medios  de  sus­ tento y la ocupación.  Un  hecho,  el  m érito  de  cuyo  descubri­ m iento hay que a trib u ir a M althus, lo constituye el que la población presiona siem pre sobre los empleos y que se en­ gendran tantos individuos  com o pueden encontrar  ocupa­ ción, lo que quiere  decir  que, hasta  ahora,  la  procreación  de m ano de obra se regula p o r  la  ley  de  la  competencia  y  se halla expuesta, p o r lo tanto, a  crisis  y  oscilaciones  periódi­ cas. Pero una cosa son las ocupaciones y otra los medios de sustento. Las ocupaciones sólo se m ultiplican en últim o extre­ mo al increm entarse la  fuerza  de  las  m áquinas  y  el  capital; en cambio, los medios de sustento aum entan tan pronto como crece, aunque sólo sea en pequeña m edida, la capacidad de producción. Se revela aquí una nueva contradicción de la Economía. La dem anda del econom ista no es  la  verdadera dem anda y su consumo es un consumo a rtificial Para el econom ista sólo es verdadero agente de la  demanda,  verda­ dero consum idor, quien puede ofrecer el equivalente de lo

 

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que recibe. Ahora bien, si es un hecho que cualquier adulto produce m ás de lo que puede consum ir, y que los niños  son como los  árboles,  que  devuelven  con  creces  lo  que  en  ellos se ha invertido —y nadie podrá dudar que estos son hechos— habría que llegar a la conclusión de que cada obrero tendrá necesariam ente que producir m ás de  lo  que  necesita,  y  de que, por lo tanto, una fam ilia  num erosa  representa  un  re­ galo muy apetecible para  la  comunidad.  Pero  el  economista, en su tosquedad, no reconoce más equivalente que  el  que  se paga en dinero contante y sonante. Y  se  halla  tan  aferrado  a sus contradicciones que los hechos  m ás palm arios le tienen sin cuidado como los principios científicos.

La contradicción se  suprim e  sencillam ente  superándola. Al fundirse los intereses  actualm ente  antagónicos,  desapa­ rece la  contradicción  entre  la  superpoblación,  de  una  parte, y el exceso cíe riqueza de  otra;  desaparece  el  hecho  m ilagro­ so, m ás m ilagroso que los m ilagros de todas las religiones juntas, de que una nación se m uera de ham bre a fuerza de riqueza y abundancia; se viene abajo  la  demencial afirm ación de que la tie rra no  tiene fuerza para  alim entar  a  los  hom ­ bres. Esta afirm ación constituye la cúspide de la Econom ía cristiana, y que nuestra Econom ía es esencialm ente cristiana podría dem ostrarlo a la luz de cada postulado, de cada ca­ tegoría,  y  lo  haré  en   su   m om ento  oportuno;  la   teoría  de M althus no es m ás que la expresión económica del dogma re­ ligioso  de  la   contradicción  entre  el  espíritu  y   la  naturaleza y de la corrupción que de ella se deriva. La nulidad de esta contradicción, desde hace m ucho tiempo resuelta en la reli­ gión, espero haberla puesto de m anifiesto tam bién en el  te­ rreno económico; por lo demás, no aceptaré como com peten­ te ninguna defensa de la teoría m altusiana  que  antes  no  me dem uestre, partiendo de sus propios principios, cómo un pue­ blo puede p asar ham bre a  fuerza  de  abundancia y  ponga  es­  to en consonancia con la razón y los hechos.

Por lo dfemás, la teoría de M althus ha representado un punto de transición absolutam ente necesario,  que  nos  ha  hecho avanzar un trecho incalculable. Gracia a ella y, en ge­ neral, a la Econom ía, se ha fijado nuestra atención en la ca­ pacidad de producción de la tie rra y de  la  hum anidad, y, una vez que nos hem os sobrepuesto a este estado  de  desespera­ ción,  económica,  estam os para  siem pre  a   salvo   del  m iedo a la superpoblación. De él extraem os los  m ás  poderosos  ar­ gum entos económicos en pro  de la transform ación social;

 

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pues, incluso aunque M althus  tuviera  razón,  habría  que  aco­ m eter esta transform ación sin  demora, ya  que  solam ente  ella y la cultura de las m asas que traerá consigo, harán posible esa lim itación m oral del instinto  de  procreación que  el  p ro­ pio M althus  considera  como  el más  fácil  y  eficaz  medio  de co n trarrestar la superpoblación. Ese m iedo  nos ha  perm iti­ do conocer la hum illación m ás profunda de la hum anidad, la supeditación de ésta a las  condicionas  de  la  competencia;  y  nos ha hecho ver cómo, en últim a instancia, la  propiedad privada ha convertido al hom bre en una m ercancía cuya creación y destrucción dependen tam bién  sólo  de  la  dem an­ da,  y  cómo  el sistem a   de  la   competencia  ha  sacrificado  así y sacrifica diariam ente a  m illones  de  seres;  todo  esto  lo hemos visto y nos lleva a la necesidad de acabar con esa hu­ millación de la hum anidad m edíante la abolición de la p ro ­ piedad privada, de la com petencia y de los intereses antagó­ nicos.

Volvamos, sin embargp, p ara  privar de toda base al mie­ do general a la  superpoblación,  a  la  relación  que  m edia  en­ tre la capacidad de producción y la población. M althus esta­ blece un cálculo, sobre el que descansa todo su sistema. La población —dice— crece  en  progresión geométrica:  1 4 - 2   +  4

-f 8 -f- 16 -f 32, etc., m ientras que la  capacidad  de  produc­ ción de la tie rra aum enta solam ente en progresión aritm é­ tica:  1  +  2  -|-  3  +  4  -f   5 +  6. La diferencia salta a la vista y es sencillam ente pavorosa, pero, ¿es cierta? ¿dónde está la prueba de que  la  capacidad  de  rendim iento  de  la  tierra  au­ m ente  en  proporción  aritm ética?  La  extensión  de  la  tierra es lim itada, es cierto. La m ano de obra que en ella puede invertirse aum enta con la población; aún concediendo que el aum ento del rendim iento debido al aum ento de trabajo no registre siem pre un increm ento a tono con la proporción del trabajo invertido, siem pre quedará  un  tercer  elem ento, que al econom ista, ciertam ente, no le dice nada,  la  ciencia, cuyo progreso es  tan  ilim itado  y  rápido, por lo  menos,  como el  de  la población. ¿Qué   «© debe la agricultura del siglo actual solam ente a  la  química,  m ás  aún,  solam ente  a dos hom bres, sir H um phrey Davy y Justus Liebig? Ahora bien;  la  ciencia  crece,  por  lo  menos,  como  la  población;  ésta crece en proporción al  núm ero  de  la  generación  ante­ rior y la ciencia avanza en proporción a la  m asa  de  los  co­ nocim ientos que la generación precedente le  ha  legado,  es decir,  en   las  condiciones  más   norm ales,  tam bién   en pro­

 

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porción geométrica, y para  la  ciencia  no  hay  nada  imposi­  ble.  Y  es  ridículo  hablar  de   superpoblación m ientras   «en el valle del M issisipí haya  terreno  baldío  bastante para asen­  ta r en él a toda la población  de  Europa»,7’ m ientras  sólo  pue­ da considerarse en cultivo, digamos, la tercera  parte  de  la tierra, y la producción solam ente  de  esta  tercera  parte  pue­ da aum entar en seis veces  y  más,  sim plem ente  aplicando los m étodos de m ejora de la tierra que hoy se conocen.

La com petencia enfrenta, como hemos visto, a unos capi­ tales con otros, a un trabajo con otro, a una propiedad terri­ torial con otra, y a cada uno de estos elem entos  con los  otros dos. En la lucha triunfa  el  más fuerte, y,  si  querem os prede­ cir el resultado de esta lucha, tenem os que investigar la fuer­  za de los contrincantes. En p rim er lugar, tenem os que la propiedad  >de  la  tie rra  y  el  capital,  considerados  cada  uno de por sí, son m ás fuertes que el trabajo, pues m ientras  el obrero necesita tra b a ja r para  poder  vivir,  el  propietario  de la tierra  vive  de  sus  rentas  y  el  capitalista  de  sus  intereses, y, si se ven apurados, pueden vivir de su capital o de la pro­ piedad de la tie rra  capitalizada. Consecuencia  de  esto  es  que al obrero sólo le corresponde lo estrictam ente necesario, los medios -de sustento indispensables, m ientras que la  m ayor parte del producto se distribuye entre  el  capital y  la  propie­ dad  territorial.  Además,  el  obrero  más  fuerte   desplaza  del m ercado al más débil, el m ayor capital al m enor, y la  pro­ piedad de la tie rra m ás extensa  a  la  más  reducida. La prác­ tica se encarga  de  confirm ar  esta  conclusión.  Nadie  ignora las ventajas que  el  industrial  o  el  com erciante  más  podero­ so tiene sobre el m ás débil, o el gran  propietario  de  tierras sobre el poseedor de una pequeña  parcela.  Consecuencia  de ello  es  que,  ya  en  las   condiciones  normales,  el  gran  capital y la gran  propiedad  de  la  tierra  devoran,  según  el  derecho del más fuerte, a los pequeños: la concentración de la  propie­ dad. Concentración que es  aún  mucho  más rápida en  las  cri­ sis comerciales y agrícolas.  La gran  propiedad  crece  siem pre m ucho más aprisa que la pequeña, porque sólo necesita des­ contar una p arte mucho m enor en concepto de gastos. Esa concentración de la propiedad es una ley inm anente a la propiedad privada,  como  lo  son  todas  las  demás;  las  clases  m edias tienden necesariam ente a desaparecer, hasta que  lle­ gue  un  m om ento  en  que  el  m undo  se  halle  dividido  en  mi­

 

75     Cfr.   A.   Alison,   The   Principies  of  Population,  cit.  vol.   I,   p.  548,

 

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llonarios y pobres, en grandes terratenientes y m íseros jor­ naleros. Y de nada servirán todas las leyes encam inadas a evitarlo, todas las divisiones de  la  propiedad  territorial,  to­  das las posibles desm em braciones del capital: este resultado tiene  que  producirse  y  se  producirá,  a  m enos  que  le   salga al paso  una  total  transform ación de  las  relaciones  sociales, la fusión de los intereses antagónicos, la abolición de la pro­ piedad privada.

La libre  com petencia,  ese  tópico  cardinal  de  los  econo­  m istas de nuestros días, es imposible. Por lo menos el mono­ polio se proponía, aunque el propósito fuera irrealizable, pro­ teger de fraudes al consum idor. La abolición  del  monopolio abre las puertas de p ar en par al fraude. D*ots que la concu­ rrencia lleva en sí el rem edio contra el  fraude, ya  que  nadie com prará cosas m alas —lo que quiere decir que todo com­ prador tendría que ser un  conocedor  perfecto  de  los  artícu­ los que se  le  ofrecen,  cosa  imposible—  de  ahí  la  necesidad del monopolio, que se hace valer con respecto a m uchos ar­ tículos. Las  farm acias, etc.,  tienen  necesariamente que funcio­ n a r sobre bases m onopolistas. Y  el  artículo  más  im portante de todos, el dinero, es precisam ente el que más necesita aco­ gerse al régim en de monopolio. El medio circulante ha pro­ vocado una crisis  comercial  cuantas  veces  ha  dejado  de  ser m onopolio del estado, y los  econom istas  ingl-eses,  entre otros el Dr. Wade, reconocen tam bién la necesidad del mono­ polio en cuanto al dinero. Pero tam poco el m onopolio  ga­ rantiza contra la circulación de m oneda falsa. De  cualquier lado que nos volvamos, veremos que lo uno es  tan difícil como lo otro, que el  monopolio  engendra  la  libre  compe­ tencia y ésta a su vez  el  monopolio;  ambos  deben,  por  lo tanto, ser destruidos, y estas dificultades sólo  pueden re­ solverse m ediante la abolición  del  principio que las en­ gendra.

La com petencia ha calado en todas las  regiones  de  nues­  tra  vida  y  ha  llevado  a  térm ino  la  servidum bre  de  unos hom bres con respecto a otros. La competencia es el gran acicate  que  espolea  constantem ente  nuestro   viejo   ordei?, o m ejor dicho, desorden social, ya en declive, pero  devo­ rando en cada esfuerzo una parte  de  sus  m altrechas  fuerzas. La com petencia dom ina el progreso num érico de  los  hom ­ bres y gobierna tam bién su progreso m oral. Quien se halla ocupado un poco de la estadística de los  crím enes,  no puede  por  menos  de  haber  advertido  la  curiosa regularidad

 

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con que la delincuencia progresa de año en año y  con  que ciertas causas engendran ciertos delitos. La  expansión  del sistem a  fabril  conduce  en  todas  partes  a  la m ultiplicación de la delincuencia. Cabe determ inar de antem ano, todos los años, el núm ero de  detenciones, de  procesos crim inales y hasta de  asesinatos,  robos, pequeños hurtos, etc., con  la  m is­  m a certera precisión  con  que  en  Inglaterra se ha  hecho m ás de una vez. E sta regularidad  dem uestra  que  tam bién  los delitos se rigen por  la  ley  de  la  competencia,  que  la  socie­ dad provoca una demanda de delincuentes a la que da satis­ facción la correspondiente  oferta,  que  el  vacío que se  abre con la  detención,  la  deportación  o  la  ejecución  de   cierto núm ero de crim inales se cubre inm ediatam ente   con  una nueva prom oción, ni más ni m enos que cualquier vacío pro­ ducido en la población se cubre con una  nueva  hornada;  o, dicho en otras palabras, que el  delito  presiona  sobre  los  medios punitivos los  mismo que  presionan  los  pueblos so­ bre los medios de ocupación. Y dejo al buen juicio de  mis  lectores el opinar si, en tales condiciones, es realm ente justo condenar a quienes delinquen. Lo que a mi m e interesa es, sencillam ente, pernea  >e!!ev&      l a com petencia se hace tam bién extensiva al campo m oral, y  m ostrar  a  qué  pro­  funda degradación condena al hom bre  la  propiedad privada.  En  la   lucha  del  capital  y   la   tierra  contra  el  trabajo,  los dos prim eros elem entos le llevan a éste todavía una ventaja especial: el auxilio de la .ciencia, que en las  condiciones  ac­ tuales va tam bién dirigida en contra  del  trabajo.  Por  ejem ­ plo, casi todos los inventos mecánicos deben su origen a la  escasez de  m ano  de  obra  como  ocurre  fundam entalm ente con m ecánico inventado  por  Heargraves,  Crom pton y Arkwrighi.76 De la necesidad de esforzarse p o r encontrar trabajo  ha   surgido   siem pre  un  invento,  lo   cual  ha  venido a ser una especie de  considerable  m ultiplicación  de  la  m ano de obra, y consecuente dism inución de la dem anda de  tra ­ bajo hum ano. De ello tenem os un ejem plo constante en la historia de Inglaterra desde 1770  hasta  nuestros  días.  El  úl­ tim o invento im portante de la industria  de  tejidos  de  algo­ dón, el self-acting m ulé ,n fue causado única y exclusivam ente

 

74       James Hargreaves (muerto en 1778) fue  el inventor  de  una  má­ quina  para  hilar  llamada  «Jenny»;  otra  hiladora  fue  inventada  por Samuel  Crompton  (1753-1827); el   industrial   Richard   Arkwright   (1732- 1792) fabricó numerosos tipos de telares mecánicos.

7 La «self acting mulé» es una máquina automática para hilar.

 

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por el aum ento de la dem anda de trabajo y el alza  de  los salarios; dicho invento ha venido a duplicar el trabajo ma- quinizado, reduciendo así el trabajo m anual a la m itad, de­ jando sin  trabajo  a  la  m itad  de  los  obreros  y  presionando así el salario de la otra m itad;  este invento logró aplastar una conspiración de los  obreros  contra  los  'fabricantes  y  acabó de este m odo con el últim o vestigio de fuerza con que todavía podía enfrentarse el trabajo  a  la  desigual  lucha  con­ tra el capital  (cfr.  DR.  URE  Phüosophy  of  manufactures, tomo ÍI).7Í

 

El econom ista dice: es verdad que, en últim a instancia, la m áquina favorece al obrero, ya  que abarata  la produc­ ción,  abriendo  con   ello   un   m ercado  nuevo  y   más  extenso p ara sus productos, lo que  a  la  postre  hace  que  los  obreros, en principio desalojados, vuelvan  a  encontrar  trabajo.  Esto es cierto, pero el  econom ista  se  olvida  de  una  cosa, y  es  que la creación de m ano de obra se regula siem pre por la com­ petencia, y que la m ano de obra presiona siem pre sobre los medios de ocupación, y que, por lo tanto, para que esos be­ neficios se produzcan, tiene qu£  haber a  su  vez  gran  núm ero de obreros aguardando trabajo, lo cual contrarresta  y  con­ vierte en ilusorios dichos beneficios, al paso que los  perjui­ cios, es decir, la repentina supresión de  m edios  de  -sustento para  la m itad  de  los  obreros  y  la   reducción  para  la   otra m itad, no tiene nada de  ilusorio.  Olvida  que  el  progreso  de los inventos jam ás  se  detiene,  de  form a  que  esos  perjuicios se  eternizan.  Olvida  que,  con  la   división del trabajo  llevada a un grado tan alto por nuestra civilización, un obrero sólo puede vivir a condición de poder trab a ja r en una m áquina determ inada, al m ism o tiem po que  ejecuta  una  determ inada y m ínima operación. Olvida que,  para  el  obrero  adulto,  el paso de una ocupación a o tra nueva resulta casi siem pre una cosa imposible.

 

Al fijarme en los efectos de la  m aquinaria  se  me  ocurre otro tema algo m ás apartado. Me refiero al sistema fabril, el cual no tengo tiem po ni ganas de tra ta r aquí. Por otra parte, no  tard aré  en tener  ocasión  de  desarrollar  despacio la repugnante  inm oralidad   de   dicho   sistem a  y  poner de m anifiesto sin ningún m iram iento la hipocresía de los eco­ nom istas, que brilla aquí en todo su esplendor.

 

7i        Andrew  Ure  (1778-1857),  químico   escocés,   autor   de   Philosophy of Manufactures.

 

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Cartas desde París

por Moses Hess

 

 

 

 

 

 

 

 

París, 2 de enero de 1844

 

El term óm etro de  la vida política  francesa,  igual  que  el de la tem peratura, está en este m om ento a cero, cosa  per­ fectam ente norm al dado que se han abierto las Cámaras.

Aquí, como todo el m undo sabe, las revoluciones se hacen sólo en el verano y las  leyes en el  invierno. Las Cám aras fue­  ron convocadas hace pocos días p ara que les dijesen que todo procede del m ejor de los  m odos,  que  el  país  está  feliz  y  la paz asegurada. Desgraciadam ente,  el  m iem bro  más  anciano de la Cám ara de los Diputados  recordaba  todavía  los  tiem ­ pos en Iqs que se disfrutaba otro  tipo  de  felicidad,  existían otras condiciones diferentes y, por lo tanto, no  estaba en absoluto dispuesto a declararse  satisfecho  p o r  la  prosperi­ dad de la nación.  Pero  los  representantes  de  tal  prosperidad se rebelaron contra la protesta de Lafitte,75 y así, según el famoso m étodo dialéctico  de  la  filosofía  alem ana,  m ediante la negación de la  negación,  todo  quedó  como  estaba. La  úni­ ca satisfacción p ara Lafitte la constituyó la visita del  vene­ rando Béranger® el cual vive norm alm ente en  soledad  agres­ te, apareciendo de vez eti cuando a modo  de  símbolo  para volver a desaparecer inm ediatam ente, en los escasos mo-

 

7Í Jacques  Lafitte  (1767-1844),  banquero  y   político   francés,   minis­ tro de finanzas en tiempo de Luis Felipe -de Orleans.

w Pierre  Jean  de Béranger  (1780-1857),  poeta  liberal;  en  1830,  des­ pués de la caída del régimen borbónico, del que se  había  mostrado acérrimo opositor, se retiró de la vida pública.

 

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meníos en que el m ejor ingenio de la nación  se  hace  reco­ nocer entre la corrupción.

Béranger es el genio  benigno  de  la  revolución  de  Julio,  que a hurtadillas espía los  m ovimientos  de  la política  ofi­ cial. Su sonrisa de tácita aprobación podía indem nizar con largueza a los viejos diputados del clam or de sus jóvenes colegas.

La desventura de Francia reside en el antagonism o de los

dos partidos que respectivam ente representan los dos p rin ­ cipios revolucionarios: la libertad y la igualdad, es decir el antagonismo entre el partido liberal y el demócrata.

Unidos en un principio, estos dos  partidos  son  hoy  hosti­ les el uno al otro como nunca. No nos estam os refiriendo aquí al contraste entre radicales y m oderados. Por liberales entendemos  todos  aquellos  que  exigen  reform as a  favor  de la libertad política, tanto en form a  conservadora,  pacífica, como en form a radicalmente- revolucionaria.  Por  el  contra­ rio, denom inam os dem ócratas a todos los que aspiran ex­ clusiva  o  principalm ente  a  la igualdad  social  y   consideran la libertad del mismo m odo que los liberales consideran la igualdad, es decir, en el m ejor de los casos, con indiferencia, o quizá, en algunos casos, con aversión.

En la prim era revolución francesa,  los  únicos  opositores que  había  eran  los  progresistas,  seguros  de  vencer  al  viejo  y enroñecido régim en. Indudablem ente, los radicales se dife­ renciaban de los m oderados, pero no así  los  liberales  de  los dem ócratas en el sentido en  que  hoy  tienen  estas  palabras. Por lo menos, el contraste no  estaba  presente  en  la  con­ ciencia del pueblo.  Con  la conciencia  da dicho  contraste, desde luego el entusiasm o  popular  no  hubiera  aum entado; del mismo m odo que el  fuego  popular  se  hubiese  apagado  inm ediatam ente si, después del estallido de la prim era revo­ lución francesa, dicho contraste hubiera penetrado en las

conciencias.

La diferencia  entre  el  elemento  liberal  y  el dem ócrata, que estriba sólo  en  el  contraste  entre  libertad  e  igualdad  en la vida configurada asocialmente, se desarrolló sobre todo en el curso de la revolución. En la república, y precisam ente hasta el directorio, el principio  m otor lo constituyó la liber­ tad y la igualdad, todavía unidas.

La constitución de 1791, a decir  verdad,  establece ya  para las prim eras asam bleas una diferencia entre ciudadanos ac­ tivos e inactivos, es decir, entre Bourgeois y Peuple, entre

 

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ios que pagaban contribución y los verdaderos y auténticos proletarios cuya participación en las reuniones, así como el disfrute de los derechos políticos más elementales no  les estaba perm itido; más aún,  aquella  constitución,  por  cuanto se  refiere  a  las  elecciones  de  los   representantes  populares va m ás allá, al  poner  como  condición   necesaria  p ara  ser adm itido en los comicios  electorales patrim onios todavía más conspicuos. Sin embargo, sería totalm ente erróneo pre­ tender a trib u ir por todo esto a la Asamblea N acionalíl una actitud hostil con respecto al principio de igualdad.

El m érito de estas gloriosas asam bleas lo constituyó la abolición de  todos  los  derechos  feudales,  y  la  constitución  de 1793 com pletó la de 1791.  La  Declaración  de  los  derechos del h o m b re 82 es una solem ne protesta  contra  cualquier tipo de privilegios, una inequívoca proclam ación  de libertad e igualdad.

La m ism a Asamblea que declaró los derechos del hom bre, sancionó, sin embargo, nuevam ente algunos privilegios: inge­ nuo e rro r que la constitución  de  1793  pensó  que. podía ata­ jar. Dicha constitución lo corrigió a su  m anera, aboliendo toda distinción económica incluso para los  máximos  dere­ chos políticos, lo cual condujo necesariam ente  al  terrorism o. El terrorism o es el despotism o de la igualdad a nivel del egoísmo social. En nuestras antisociales condiciones la igual­  dad sólo puede aparecer en form a de negación de  toda  li­ bertad individual, de toda vida individual, en form a de  do­  minio de una unidad abstracta y trascendente,  de   una autoridad externa y absolutista, en definitiva en form a de despotism o . Consecuencia de la constitución de 1793 fue la dictadura de Robespierre y la restauración del « Etre  Su- préme». Los dem ócratas contem poráneos son perfectam ente conscientes de esas necesidades. Pero la Convención, en  su ingenuidad consideró el terrorism o como una  m edida  pasa­ jera y provisional. Efectivam ente,  destruyó  la  libertad,  pero no por  principio  como  nuestros  dem ócratas  de  hoy.  Ledrú- R o l í i n e n su respuesta a la R e fo rm e* a propósito de la

 

51 Los Estados Generales, convocados en la primavera de 1789, se transformaron en Asamblea Nacional el 17 de junio de 1789.

82 La  declaración  de  los  Derechos   del  Hombre   y   del   Ciudadano del 3 de septiembre de 1791.

3 Alexandre-Auguste Ledru-Rollin, demócrata-republicano,  miembro del gobierno provisional del 48 en cargo de Ministro del Interior.

s< La Reforme, órgano  de los  radicales  pequeño-burgueses,  dirigido por Ledru-Roliin a partir de 1843.

 

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libertad de enseñanza  dem uestra eficazm ente hasta  qué  pun­ to es inadm isible el que los dem ócratas  de  hoy,  que  preten­ den sacrificar la libertad en  aras  de  la  igualdad,  se   basen  en las tesis de la Convención. La contradicción entre el p rin­ cipio de igualdad y el de libertad empezó  a  evidenciarse  por prim era vez en la Constitución de 1795.

En dicha Convención volvió a aparecer la distinción entre ciudadanos  activos  e  inactivos,  así  como  las  diferentes  for­ m as de censo electoral, no ya en la m edida im p ard al de la Asamblea Nacional, sino como reacción al terrorism o. Como durante el Directorio el principio unilateral de la libertad había reaccionado frente al igualmente unilateral de la igual­ dad, así m ás  tarde,  en  tiem po  de  Bonaparte  y  del  Im perio, el principio terro rista igualitario, por prim era  vez,  reaccionó en form a consciente frente al principio de la libertad.

El étre-supréme de Robespierre vino al m undo  sólo  des­ pués  de  él:  era  Napoleón.  Si  Robespierre  hubiera  conocido su étre-supréme, no lo hubiese hecho proclam ar, sino guillo­ tinar. Tras la caída de Napoleón, la nación francesa realizó varios intentos infructuosos p ara poner  en  práctica  uni­ tariam ente los dos principios revolucionarios. Pero em pe­ ñarse p o r la libertad o la igualdad no era propio de la res­ tauración. La R estauración realizó sólo aparentem ente  estos dos principios capitales y fue  derrocada  en  -cuanto   se  des­ pojó de su  m áscara de hipocresía. La revolución de  Julio, tendría que haber concillado  ambos  principios;   sin  em bar­ go, ha  probado  la  im posibilidad  de  dicha  realización  sin una radical transform ación de la  vida social.  Con el  régim en de la revolución de Julio, el  contraste  entre  los  dos  princi­ pios revolucionarios, penetró en la conciencia del pueblo  y  desde entonces podem os -distinguir claram ente entre las fi­ sonom ías del partido liberal y el dem ócrata.

 

París, 4 de enero

 

Los dos Partidos que representan respectivam ente  los dos principios revolucionarios, hasta ahora sólo han podido afirm ar esporádicam ente su hegemonía en relación con el otro. Apenas un principio tom aba la delantera, el otro adqui­ ría la capacidad de reaccionar, puesto que bastaba que la par­ cialidad se hiciese evidente para alienarse toda la na-ción. Actualm ente  los  dos  principios  están  empeñados  en  una  lu-

 

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cfra a ultranza. En la vieja concepción inorgánica en  la  que  todos están comprom etidos, los principios de libertad e igualdad, que en realidad no son más que expresión de un único principio vital, el de  la espontaneidad,  caen  por  su base. Efectivam ente, en el ám bito de la vida inorgánica, la libertad no es sino la independencia de uno  con  respecto  al otro, el no estar recíprocam ente vinculados.  Pero  la  sociedad es orgánica, es decir, hum ana, sólo si sus m iem bros actúan colectiva, recíproca y arm ónicam ente, y la libertad de la so- ciedad  inorgánica  se  contrapone  directam ente  a  la  libertad, a la igualdad, a la compensación de toda exigencia vital del individuo. Por otra parte, la igualdad, considerada desde un punto de vista inorgánico, en tra en conflicto  con' toda  liber­ tad. De hecho, la igualdad, en este caso, no es m ás  que la anulación de todo individualismo, de toda independencia per­ sonal en particular. La igualdad nunca  ha  logrado  afirm arse sin recu rrir a una violencia despótica, violencia que ha  aho­ gado  todo  tipo de  libre  evolución   del  individuo,  todo  tipo de libertad espiritual y m aterial. Sin em bargo, la libertad siem pre ha tenido que servirse  del  interés privado, del egoís­ mo y de la corrupción. Por un lado, la Convención  y  el  Im­ perio, por otro, la M onarquía Constitucional, dem uestran de hecho tal necesidad. Y en vano nos esforzam os ahora, en realizar  teóricam ente  lo  que  es  irrealizable  en  la  práctica. Sin embargo desde, el m om ento en que el contraste entre bourgeoisie y peuple ha penetrado  en  la  conciencia  del  pue­ blo de modo claro y evidente, desde el m om ento en que el régim en burgués ha dejado de ser un m isterio con todas sus consecuencias, es decir desde el m om ento en que se ha hecho evidente el predom inio  unilateral  del  principio  liberal,  des­ de entonces  la  corriente  dem ócrata  conquista  cada  vez  m ás a las  m asas.  E l  odio  por  el  régim eu  burgués  ha  em pujado a la reacción contra el liberalism o a una situación tal de evi­ denciar, incluso al hom bre m ás despreocupado, que el prin­ cipio de la igualdad, si está en oposición al de la libertad, es insuficiente, del m ism o modo que lo es el segundo cuando

está en oposición al prim ero.

E l partido dem ócrata, que alaba en todos los tonos  la  unidad, no és, a pesar de todo, un  partido  unitario. Se  divide, en prim er lugar, en dem ócratas puros,  es  decir,  socialistas, que quieren la abolición de la  propiedad  privada, y  en  aque­ llos que quieren organizar el trabajo, como dicen ellos, con­ servando la propiedad privada.

 

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Los prim eros c'emócratas, o comunistas, se dividen nue­ vamente en religiosos y m aterialistas, en pacifistas y revolu­ cionarios, prescindiendo de los  diferentes  sistemas  cada  uno de los cuales reúne a más  o  menos  adeptos.  Y  los  demó­ cratas anticom unistas. ¡Qué cantidad de opiniones! Y sin em­ bargo, los periódicos dem ócratas se difunden  por todas par­  tes, tanto en París  como en provincias. Pero  no  es  la  corrien­  te propiam ente dem ócrata o com unista la que controla los periódicos. Carece, fundam entalm ente, de los medios eco­ nómicos y de las subvenciones necesarias para sostener un periódico, y en  segundo  lugar, está  todavía  excesivamente com prom etida .en la definición de su propia ideología, de su propia esencia. Finalm ente,  intenta  difundir  sus  ideas  no tanto a través del Parlam ento, cuanto m ediante la propa­ ganda literaria y los clubs secretos, hecho este del que son responsables no las ideas mism as, sino las leyes de Septiem ­ bre. Entretanto, el comunismo inunda Francia de sistemas, libros, panfletos y periódicos. Junto al resto de los demó­ cratas el comunismo  m ina  así  el  ya  vacilante  orden,  o,  me­ jo r desorden social, el derecho  público  y  el  privado.  A pesar de esto, por muy intensam ente  que los dem ócratas puros intenten im pugnar las objeciones que se les form ulan con respecto a la libertad individual, no han conseguido en  abso­ luto, por el m om ento, basar teóricam ente la libertad en la igualdad  y  llegar  a  aquella  orgánica  concepción  de  la  vida sin la que una sociedad organizada se hace imposible. Con respecto a ellos, los liberales se consideran autorizados a sos­ tener unilateralm ente su propio principio.

Los dem ócratas puros se dividen en dos o tres grupos

principales: religiosos, m aterialistas e indiferentes. Los  últi­ mos utilizan la religión como un medio para atraerse la  m asa del pueblo hacia sus propias teorías, no disponiendo eviden­ tem ente, de ningún sistem a m ejor. Si se les incluye entre  los dem ócratas religiosos, la gran m ayoría de los com unistas se presenta entonces teñida de religión.

A pesar de ello, incluso aquellos que tom an en serio la religión no profesan en absoluto ninguna religión positiva, quizás el catolicism o que, en general, a pesar de todos los esfuerzos del clero francés, no es en  absoluto  popular.  Los dem ócratas creyentes, los m ás religiosos son esencialm ente racionalistas, es decir, racionalistas  del  tipo  clásico.  Veneran el «ser supremo» del pío Maximilano Robespierre  «en el espíritu y en la verdad», no ju ran sobre la Biblia, sino sobre

 

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la religión de K ant « dentro  de los  lím ites de  la  razón pura».*s Su dogm ática no supera la «profesión de fe del Vicaire Sa- voyard».u

Tam bién pronuncian el nom bre del Salvador con gran un­ ción, sin embargo, Cristo es  para  ellos  una  autoridad  entre  las demás, un «hom bre bueno como el pan». La obrilla re­ cientem ente publicada por el pío dem ócrata Pecqueur De la République de Dieu, unión religieuse *7 está, entre otros, de­ dicada a: «Ceux qui ont foi que le  praíique  générale  de  la morale de Jésus-Christ  et  de  Confucius  sauverait  infaillible-  m ent Vhumanité». Los dem ócratas necesitan de un vínculo que abrace a la hum anidad y la eleve por encima del egoísta interés privado.

N ecesitan tam bién una autoridad que establezca los lí­

m ites del arbitrio individual. Ahora bien, el único y natural contrapeso al egoísmo es el amor, así como la razón lo es del arbitrio. Pero el am or y  la  razón  de  estos  dem ócratas  no están aún suficientem ente vigorizados, están todavía dema­ siado com prom etidos con  sus  opuestos  como  para  fiarse  de sí m ism os. Por el contrario!, esperan llegar, con  la  ayuda  de Dios a  superar  el  egoísmo  y  el arbitrio  individual.  No  sólo los dem ócratas religiosos, sino tam bién los m aterialistas ne­ cesitan una autoridad externa y sobrehum ana contra el egoís­ mo y el arbitrio. Dado  que  su  m aterialism o  no  es  orgánico sino atom ístico.

Para suplir la unidad de la vida hum ana, a falta de un principio que abrace completamente la  vida  del  hom bre  y cuya realización tenga que subordinarse a la práctica, cons­ truyen sistem as dogm áticos que  adolecen  todos  del  defecto de p resen tar en  form a  de  constante  universalidad  aquello que está determ inado p o r condiciones particulares e indivi­ duales, nacionales, clim áticas y locales. En resum en, aquello que deba subordinarse a la libertad.

Nos referim os a la especial realización del principio. Todos los dem ócratas se sem ejan  por  el hecho  de  que, en  lugar  de la real unidad de la vida orgánica hum ana, buscan una tras­

 

 

85 Cfr. Immanuel Kant,  Die Religión  innerhálb  der  Grenzen  der btossen Vernunft. Konigsberg, 1793.

16 J. J. Rousseau, Profession de foi du Vicaire Savoyard.

57       Constantin Pcoquear (1801-1887), Colectivista, primero sensimo- mano y  después  fourierista,  autor,  entre  otras  cosas  de,  Des  amélio- rations  materielles  dans  leurs   rapports  avec  la   liberté,  París,  1840  y   de De la republiqtie de Dieu. París, 1843.

 

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cendente que es tan  contraria a  la  igualdad como nociva para  la libertad.

Los franceses en el socialismo, como los alem anes en el idealismo, no han logrado su propia esencia positiva. La esencia del socialismo es la igualdad orgánica, humana, así como la esencia del idealism o es  la  libertad  vital,  humana. Pero, del m ism o m odo que anteriorm ente los filósofos ale­ manes, excepto el m ás reciente, Feuerbach, encontraron la verdad no en el hom bre, sino en su ser trascendente, en el

«Dios», en el « Espíritu Absoluto»  o  en  una  «Lógica»  escin­ dida y aislada de la vida, así los franceses  encontraron  su verdad, no en la sociedad, sino en su  conciencia  trascen­  dente, en  un  sistem a  socialista  cualquiera.  Por  m ucho  que los dos pueblos hayan desarrollado el tem a  m ediante  infini­  tas variaciones, la disonancia fundam ental, la teológica ha perm anecido. Para los dem ócratas m aterialistas, así  como pará los religiosos, la vida social  sigue  estando m ás  allá:  unos la colocan en Dios,  otros  en  un  individuo que  ha  encontrado la piedra filosofal, en un legislador com unista o en  un  dicta­ dor, es decir, nos encontram os siem pre con un vínculo ex­ terno, una unidad trascendente, una autoridad:  en  definitiva, no se tra ta ni del hom bre ni de la existencia hum ana.

 

París, 5 de enero

 

Todos los dem ócratas, por mucho que disientan sus opi­ niones, tienen en com ún el deseo ardiente de una autoridad concreta. Todos carecen de seguridad y viril confianza en sí mismos. Todos, todos sin excepción, se caracterizan por una gazmoña infantil, afem inada e indistinta búsqueda de una autoridad política y religiosa, el m ism o  Lam artine,  cuando osó, con gran escándalo de los dem ócratas, reco rtar la liber­  tad de enseñanza, apuntó  sim ultáneam ente  a  la  teocracia (!) en cuanto ideal cuya realización resultaría auspiciable en un futuro m ás o menos próximo. Estando  así  las  cosas  ¿debe­ ríam os asom brarnos de la puesta en  guardia  de  los  jesuítas? Se teme la  «disolución  de  todo  vínculo  social»  y  en  cuanto  se atisba  la  libertad  individual  se  habla  de  «anarquía».  Dad a entender que exigís seriamente, aquella libertad de  ense­ ñanza que el clero reclam a hipócritam ente, veréis a los periódicos dem ócratas declarar tem blando:  «La juventud tiene que ser abandonada a mil doctrinas -diferentes», por lo

 

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tanto, ai  escepticismo.  Este  «escepticismo»  es la  béte  noire de la nueva generación francesa, la pesadilla  a  la  que  todos están sometidos. Dicho escepticism o  conduce, a  unos  al  seno de la religión tradicional y em puja a otros a proclam ar una nueva. Es el origen de los jesuítas y del m oderno Salvador; convierte a los  republicanos en  inválidos del  gran  em perador y a los dem ócratas  en  apóstoles  de  Jesucristo.  A  la  m iseria del pueblo se une ahora la hum illación m oral voluntaria y a aquellos  que  poseen  riquezas  y  poderes  les  es   lícito,  frente a los dem ócratas, atrincherarse tras la enseñanza del pecado original.  La  fe  de   la   autoridad  conmovida  sólo  superficial­ m ente por sus predecesores, hace valer nuevam ente sus anti­ guos  derechos   antilibertarios   sobre  los   franceses  de  hoy,  m ientras que los descendientes de Voltaire y Rousseau  in­ tentan colm ar las  lagunas del Dictionnaire philosophique Sí y del Contrat Social, sirviéndose de párrafos de la Biblia.

Hemos visto, incluso, hom bres pertenecientes al  partido dem ócrata echar en cara la «exagerada» y  «anárquica»  liber­ tad de prensa que en  1789  se  concedía  a  cualquiera.  ¿Qué puede esperarse de una sabiduría de este tipo  que,  en  tiem ­ pos en el gobierno y, por lo tanto poderosa, se encuentra ahora oprim ida e im potente?  Por  lo  demás,  en  cuanto  falta de  confianza  en    mismos  todos  son  iguales:  Cabet,  el  co­ m unista,  no  puede tolerar  ningún  otro  órgano  comunista ju n to a su Populaire; 8? Louis B lan c 50 no esconde  su hostili­ dad hacia  la  libertad  de  prensa. Los  republicanos  del  Natio­ n a l 91 y  los  socialistas  de  la  Reform e  se  declaran  contrarios a la libertad de enseñanza; los m ejores tem en una «anar­ quía» de opiniones, que  imaginan  poder dom inar únicam en­ te a través de una fe im puesta p o r la autoridad.

Y        si los jesuítas sinceros no constituyesen un enigma re­ suelto hace  ya tiempo, no se hubiera sabido a priori que enarboian la bandera de la libertad de  enseñanza sólo por hipocresía, y la cómica actitud hacia Lam artine y Ledru-Rol-

 

58   Cfr.    F.    M.    V o l t a i r e    ,    Dictionnaire   philosophique   portatif,   Ge- néve 1764.

89 El Populaire, órgano  del  comunismo  «pacífico»  inspirado  en  Ca­ bet,  fue  publicado  en  París  desde  1833  a  1835  y  después  desde  1841  a 1852.

M Louis Blanc (1811-1882), famoso radical-socialista, autor de la «or­ ganización del trabajo» y miembro del gobierno provisional del 48.

91       Le National, publicado en París desde  1830  a  1852,  órgano  del partido republicano  fundado  por  Louis  Adolphe  Thiers  y  dirigido  du­ rante muchos años por Armand  Carrel  (1800-1836),  opositor  a  la  mo­ narquía de Julio,

 

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lin, que se tom an la libertad en serio, habría caracterizado suficientem ente su «liberalismo». Estos paladines de una re­ ligión a la que debería pertenecer la «mayoría de los fran­ ceses», como dice la C arta/2 y ios peres de famille, alma y cuerpo, como ellos mismos afirm an, tem en la verdadera li­ bertad de enseñanza más de cuanto pueda tem erla el  Go­  bierno. M irad cómo ocultan apenas su em barazo frente a las propuestas de Lam artine y de Ledru-Rollin.

Y        eso que, para ellos,  todavía  no  ha  llegado  el  m omento de preocuparse; efectivam ente, el peligro todavía no es  muy grande: pueden  dejar  tranquilam ente  a  la  prensa  dem ocrá­ tica la lucha contra los diputados de la oposición y al Gíobe ”

m inisterial,  el   trabajo   de   defender   sus   privilegios.   Pero

¿Qué dirían si el Estado retirase su magnífica m ano  de  la  Iglesia Católica y les abandonase a sí mismos?

Los inconvenientes que se han derivado  de  la  libertad  de tipo egoísta, inconvenientes determ inados, en otras palabras, por el arbitrio, han vuelto desconfiados a los franceses con respecto a la libertad , y la m ism a reacción que en las  rela­ ciones sociales se levanta  hoy  contra  la  ficticia  libertad  de com petencia y de trabajo, a favor de posiciones serviles y anacrónicas, se hace valer tam bién contra una libertad indi­ vidual de pensam iento, todavía sin im pregnar de libertad hum ana real, a favor de una fe hoy  anacrónica,  amenazando con no tom ar en cuenta los recientes progresos. Al no poder perseguir coherentem ente la superación de la esclavitud, se

         nos arro ja sobre las fortalezas  ya  conquistadas  y  se  empie­ zan a reconstruir  los  castillos  desm antelados  de  los  tiranos. E n  este  punto  es evidente  que  la  m entalidad   francesa logra com pletarse en la alem ana, la cual, tras una lucha de trescientos años, ha eliminado p ara siem pre todo el sistem a

de la fe, de la autoridad y de la fantasía religiosa.

 

París, 6 de enero

 

La influencia del socialismo y del comtmismo sobre las publicaciones francesas resulta cada vez más determ inante.

 

92       Cfr.   Carta  del  4  de  junio  de    1814,  art.  5:    «Cadauno profesasu propia  r«ligión con  libertad  igual  y  obtiene  para  el  propio   culto   la misma protección.»  Art.  6:  «Sin  embargo,   la   religión   católica,   apos­ tólica y romana es la religión del Estado.»

93       Le Globe, periódico liberal fundado por Pierre Lerroux en 1824.

 

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Los viejos partidos tienen que adaptarse a seguir el paso del tiem po, si no quieren  ser  dejados  atrás.  Actualm ente,  la  pren sa  puede  dividirse  en   dos  grupos  principales,  la  vieja y la nueva, es decir, la p rensa liberal y la dem ócrata.

jY hasta qué punto es respetada y vital esa prensa m itad política, m itad socialista, nacida de una form a tan poco b ri­ llante y, sin embargo, em peñada en defenderse de la difam a­ ción y la burla!

De los dos partidos principales, divergentes p o r lo que se refiere a la nueva dirección político social, uno, el partido conservador está representado p o r la Presse 94 y p o r la Demo- cratie pacifique ; 95  y  el  otro,  el  partido  reform ista  o  radical p o r el Bien Publique w y por la Reform e . La Reform e y la Democratie pacifique constituyen la avanzada de los dem ó­ cratas radical reform istas, la prim era y de los dem ócratas conservadores y pacifistas la segunda. E n un intento de ca­ racterizar, en general,  su   relación  con  Le  Bien  Publique  y con la Presse, puede decirse  que  aquellos  lo  declaran abierta­ m ente, m ientras que los últim os m urm uran diplom áticam en­ te entre bastidores. El program a de los dem ócratas conser­ vadores, asi como el de los dem ócratas reform istas, coincide precisam ente con los títulos  de sus periódicas, Reform e y Democratie Pacifique: estos quieren la paz, aquéllos la re­ forma, a toda costa. Para los pacifistas cualquier régimen, cualquier dinastía, cualquier religión y cualquier política son equivalentes, dado que tienen una fe sin lím ites en su propia sabiduría, habilidad, inteligencia y astucia, m ediante  las  cua­ les creen poder, finalm ente, transform ar todas las cosas. Co­ quetean  con Luis  Felipe y   con  los   legitim istas, con Guizot y con Lam artine, con la religión y con la  filosofía  y  se  ríen disim uladam ente dado, que han encontrado, sin  lugar a  duda, la piedra filosofal. Pero su sabiduría se reduce al m ás  mecá­ nico, superficial y pedante esquem atism o. Traducen todo en cifras y letras. El  talento  y  el  trabajo, la  m ás  orgánica, inte­ rio r y libre actividad del  hom bre,  así  como  el  exterior, iner­ te, inorgánico capital, todo lo calculan en porcentajes y frac-

 

 

w La Presse, diario conservador fundado por JEmil de Girardín (1806-1891), en 1836. En 1850 Marx lo definió como  «el  viejo  portavoz literario de Jos reformistas burgueses».

95       La  Démocratie  pacifique,  órgano  de   los   fourieristas,   dirigido por Víctor Considerant (1808-1893), apareció en París desde 1843 a 1851.

96       Le Bien Publique, dirigido por Alphonse de Lamartine,  se  editó  desde 1843 a 1848.

 

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clones: el  capital  tiene  un   tanto,  el  trabajo  tiene  un  tanto, y el talento un tanto por ciento en su especial aritm ética.

Para los reform istas, p o r el contrario, todo está lleno  de vida: ferm enta y bulle un volcán que todo lo aniquila y re­ genera, el fuego  eterno  de  la  natura  naturans.  Si  allí  todo  era agua, aquí todo  es  sangre; si  allí  todo  era  inorgánico, aquí todo es orgánico.  Es  cierto  que  su  ardor,  hasta  ahora, les ha calentado  más  que  ilum inado;  pero en sus venas  late la vida y en sus ojos brilla la luz que en su día ilum inará el mundo entero. Es cierto  que en lugar de  juzgar  según  su propia naturaleza creen, m ás bien, en  un  obscuro  im pulso suyo. Sin embargo, el genio de las naciones vive en ellos, aunque todavía latente. Consideran todo, tanto lo que aman como lo que odian, lo que  aprueban,  y  lo  que  rechazan.  No nos encontram os frente a cifras, sino frente a hom bres que llevan consigo el germen de todo conocim iento y yo prefiero errar con estos antes que contabilizar escrupulosam ente con los otros. Los reform istas se oyen definir a menudo por los conservadores y pacifistas como «poco prácticos». Nosotros creemos que aquellos  que  se  abandonan  al  ágil  y  vital  fluir de la historia se m ueven entre elem entos m ucho  m ás  prác­ ticos que los que perm anecen aislados del pueblo y sin em ­ bargo pretenden regir su destino y m ejorar su suerte.

Al mismo tiem po no  podem os  dejar de  atribuir a  los  de­  m ócratas «pacifistas» el m érito  de  haber  introducido  el  ele­ m ento socialista en la vida, en la  prensa, en la opinión  públi­ ca. Su eterno predicar la paz, y sus discursos  sobre  la  paz eterna, sugeridos tanto por la. astucia como por su posición ideológica, narcotizaron a los tutores de las  leyes  de Sep­ tiem bre, y pudieron decir cosas que de otra  form a  hubieran sido consideradas como alta  traición  y  los  hubiera  im plica­ do en procesos sin fin. De esta form a acostum braron al m un­  do del com ercio y a sus representantes a seguir la serena discusión de los problem as  sociales. Adularon  hasta  tal  pun­ to al Gobierno que, al final, el Gobierno les acabó sonriendo graciosam ente.  Entonces  se  hicieron cada  vez m ás  osados y se atrevieron finalm ente a despojarse del guante de tercio­  pelo y  estrellarlo  en  la  cara  del  Globe,  que  se  escandalizaba p o r la traición.

V erdaderam ente, nos fiam os tan poco de la postura b a ta ­ lladora que la dem ocracia pacifista ha asumido hace  poco, como de la suavidad  falanstérica  de antes;  en  cualquier caso, es   indiscutible   que   dicha  p ostura  ha  proporcionado nueva­

 

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m ente a la  dem ocracia la  posibilidad  de servirse  de  la  pren­ sa de la que había sido excluida desde  el  tiem po  de  la  con­ dena de Dupoty.57 Otros dem ócratas, distintos de los  de la Pacifique, verdaderos hom bres del pueblo, para los que no se tra ta de dogmas o  de  su  propia  sabiduría,  partidarios  fieles de la revolución francesa en lugar de ser petulantes difam a­ dores suyos, sabrán disfrutar de las favorables circunstan­ cias que hoy se presentan a los dem ócratas y a las que se ha llegado gracias a los «pacifistas».

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*  Auguste  Dupoty  (1797-1864),  escritor  y  periodista  radical  socia­ lista, opuesto a la monarquía orleanista.

 

Protocolo  firses! de  la  conferencia  ministerial de Viena dei 12 de ¡unió de 1834 con el discurso introductivo y reecspltwlcsdor deí Príncipe de Meffemich, junto  cors  un  epílogo de Ferdinqnd CoeSestsn Bernays

 

 

 

 

 

 

 

Del caos de nuestro tiem po ha surgido un partido cuya audacia ha ido increm entándose, no  tanto  por  el  arraigo entre la gente como por su sinuosidad, hasta convertirse en arrogancia. H ostil a cualquier tipo  de  autoridad  porque  se cree llam ado al poder, m antiene, en  la  paz  política  general, una guerra interna, envenena el  ánim o  del  pueblo,  corrom pe la juventud, seduce, incluso a  las  generaciones  m ás  m adu­ ras, turba y sacude todas las relaciones públicas y privadas, instiga deliberadam ente a los pueblos a  la  desconfianza  sis­ tem ática para con sus legítimos soberanos y predica la des­ trucción y la aniquilación de  todo  lo  que  existe.  E ste  parti­ do ha sabido hacerse con las form as constitucionales intro­ ducidas en Alemania. Tanto si se decide por ese cam ino apa­ rentem ente legal, largo y seguro, como por el de la insu­ rrección abierta, su objetivo siem pre  es  el mismo. Procedien­ do sistem áticam ente, en un principio se contentó adoptando una po stu ra contra loe gobiernos en las Cám aras de las  Die­  tas. G radualm ente, sus aspiraciones han ido creciendo. La postura adoptada, allí donde fuera posible, tenía que refor­ zarse. Consecuentem ente, se  trató  de  poner las  m áxim as  li­ m itaciones al poder del gobierno; finalm ente la auténtica soberanía no tenía por  qué  seguir  concentrada  en  la  figura del jefe del  Estado,  sino  que,  por  el  contrario,  el  poder  del E stado tendría que trasplantarse a  la  om nipotencia de las  Cá­ m aras  de  las  Dietas.  No  debemos  ocultam os  que, desgracia­

 

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dam ente, el partid o ha sabido lograr en unos y otros sitios, con m ayor o m enor éxito, el objetivo que se propuso, y que, además, si no encauzamos inm ediatam ente la corriente im pe­ tuosa de ese espíritu, deteniéndola y salvándonos, si no cor­ tamos el pujante desarrollo de esos progresos de la facción, dentro de m uy poco tiempo, en las m anos de más  de  un  reinante no quedará ni som bra del mínimo  poder  m onár­ quico. Preocupados por el  m antenim iento  de   la  Constitu­ ción de  la  Confederación  Alemana,  determ inada  por  la  ac­ tas confederales y desarrollada en las conclusivas, preocu­ pados también p or la seguridad garantizada por esas leyes básicas de autoridad  de  los  soberanos,  así  como por el  orden y tranquilidad en cada uno de los Estados confederados y, finalm ente, en la serena  decisión de preservar escrupulosa­ m ente el estado de legalidad existente en Alemania de todo intento de violación, con todos los medios utilizables p o r el derecho y respetuosos con sus  obligaciones,  en  orden  a  diri­ gir la discusión de los principios a los que deben atenerse uniform em ente todos los gobiernos  para  la  consecución  de  ese objetivo  común, así como las m edidas a adoptar, los príncipes soberanos y las ciudades libres  de  Alemania  han nom brado los siguientes plenipotenciarios, etc. (véase más abajo), los  cuales  en  Viena  se han reunido en  Conferencia de Gabinete, y han llegado al unánim e acuerdo de dictar las disposiciones siguientes:

Art. L El principio básico de la Confederación alemana, reconocido p o r el art. 57 de  las actas recapituladoras  de Viena,9* de acuerdo con las cuales, el poder estatal  absoluto debe residir en el  jefe del Estado, quedando el soberano

         eventualmente obligado p o r una Constitución dietal a la co­ laboración con los representantes sólo en el ejercicio  de  de­ term inados derechos, tiene que perm anecer inviolado en  toda su extensión.  Cualquier m anifestación  en  contrario,  tendente a una repartición del poder estatal, es incom patible con el derecho público de  los  Estados  reunidos  en  la  Confedera­ ción alem ana, y no podrá e n tra r en vigor en ninguna cons­ titución local. Los gobiernos, por lo tanto, no adm itirán bajo ningún concepto y en ningún caso, una extensión de las atri­ buciones que sea incom patible con los derechos de la  sobe­ ranía.

Art. 2. Si los representantes, en su intento de extender

 

M Acta final del Congreso d.e Viena, 1815.

 

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sus propias atribuciones form ulasen alguna duda con res­ pecto al sentido de cualquiera de los párrafos del docum ento constitucional, los gobiernos sostendrán la interpretación correspondiente a los principios restantes. Si los represen­ tantes no se contentaran  con  esa  interpretación,  el  gobierno en cuestión evacuará la reclam ación  form ulada  a  través  de las vías establecidas  en  el  párrafo  siguiente  para  resolución de esos desacuerdos,

Art. 3. En caso de que en alguno de los- Estados confede-

rados surjan controversias entre el gobierno y los represen­ tantes  con  respecto  a   la  interpretación  de  la   Constitución,  o cerca de los lím ites de la colaboración reservada a los re­ presentantes en la explicación -de determ inados derechos del reinante, sobre todo por el rechazo de los medios  necesarios para la guía de un gobierno cum plidor de sus -¿tóberes fede­ rales y  correspondiente para  con  la  Constitución  del  Estado, y una vez  que  todos,  los  caminos acordes  con  la  constitución y conciliables con las leyes para su eliminación hayan sido probados sin éxito, los m iem bros confederados, en  cuanto tales, se com prom eten recíprocam ente, antes de exigir la in­ tervención de la Confederación, a prom over la resolución de dichas controversias con la  m ediación  de  un  juez  arbitral en la form a que se especifica en el artículo siguiente.

Art. 4. Para form ar el tribunal arbitral, cada uno de los

17       votos del  Consejo restringido de  la  Asamblea  federal," nom brará de tres en tres  años,  dos  individuos  de  los  Esta­ dos representados, em inentes por  su  carácter  y  principios, que a través de años de servicio hayan  dado suficientes prue­  bas de conocim ientos y form ación  profesional,  uno  de  ellos en la ram a jurídica, el o tro en  la  ram a  adm inistrativa.  Los nom bres elegidos serán com unicados por cada uno de los gobiernos a la Asamblea Federal, etc., etc. (Hasta el art.  14 siguen las conocidas disposiciones relativas al Tribunal Fe­ deral).

Art. 15. Si las Asambleas  de  las  Dietas  tienen  lugar  en  form a constitucional y están autorizadas p o r el gobierno, no pueden, sin su aprobación* derogar la eficacia legal a p a rtir

 

9’  De  acuerdo  con  el  Acta  final  del  congreso   de  Viena,  los   nego­ cios  de  la  Confederación  tenían  que  discutirse   y   ser   dirigidos   por una Dieta de 17 miembros, con sede en Frankfurt  y  presidida  por  Aus­ tria. Todos los delegados, que  a  veces  representaba  a  más  de  un  Esta­ do, podía proponer leyes y reglamentos; pero allí donde estuvieran implicadas leyes  fundamentales  era  preciso  que  se  convocara  ía  Dieta  en Asamblea Plenaria, con un total de 69 representantes.

 

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de sus propias deliberaciones, o por las de una asam blea anterior. Lo dicho vale tam bién para las discusiones m ante­ nidas en un período expresam ente determ inado, para la duración del mismo.

Allí donde las discusiones de la Dieta sean frecuentes, los gobiernos cuidarán de que no se introduzca ninguna modi­ ficación que pueda resolverse con  m erm a de los derechos soberanos en la  form a  y  en  el  modo  de  compilación  que hasta ahora son válidos.

Art. 16. Las disposiciones que puedan  em anar  del  go­ bierno en virtud del poder gobernativo en form a  constitucio­ nal son obligatorias para los súbditos  y  desde  el  principio, serán adm inistradas con energía.

Los gobiernos implicados  afrontarán resueltam ente, en cualquier modo com patible con las leyes, las violaciones de competencia de los tribunales dirigidas contra tales dispo­ siciones.  La  falta  de  reconocim iento  de  tales   disposiciones p o r parte de los representantes no puede obstaculizar al go­ bierno en la adm inistración de las m ism as, hasta que la re­ clamación de la Dieta  no  se  reconozca  justificada  y  apoyada en la vía constitucional. La actividad de los gobiernos no puede ser m olestada por las exigencias de  la  Dieta,  cualquie­  ra que sea la  form a  en  que  dichas  exigencias  se  form ulen, sino que éstas deben esperar su resolución siem pre por la vía legal. En los proyectos  de  ley  que  se  presenten  por parte de las Dietas, los gobiernos  separarán cuidadosam ente las disposiciones propiam ente legislativas de las auténticas y reales disposiciones ejecutivas.

Art. 17. Los gobiernos no perm itirán que las  Dietas  dis­ cutan o decidan acerca de la validez de las deliberaciones confederales.

Art. 18. Los gobiernos disolverán  las  Asambleas  de  las Dietas que se  nieguen  a  las  prestaciones  necesarias  a  la  ad­  m inistración de las deliberaciones confederales del 28 de junio de 1832,10 tras el infructuoso  empleo  de  todos  los  me­ dios legales y constituciones (y, eventuaím ente, señalando las razones); en un caso así, se les tiene que asegurar el apoyo

 

Ifl0 Las Deliberaciones del 28 de junio de 1832  eran, lógicamente, anteriores  a  la  disposición  aguí  publicada  por  Bernays.  Los   Gobier­ nos  de  Prusia y  Austria,  valiéndose  del  predominio  que  ejercían  so­ bre la dieta  confederal  de  Frankfurt,  en  las  sesiones  del  5  y  28  de  Ju­ nio  de  1832  hicieron   aprobar   esas   Deliberaciones,   cuyo   objetivo   era la represión de los desórdenes e  intrigas  revolucionarias  mediante  se­ veras restricciones en la prensa, y en la libertad de asociación.

 

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de la Confederación, de acuerdo con las disposiciones de los artículos 25-27 del Acta final.  Estas  prescripciones  son  váli­ das tam bién para el caso de una im pugnación total de las contribuciones.

;irt. 19. Las condicioaes consideradas inadm isibles en la aprobación de los im puestos necesarios para la dirección del o-obiemo, de acuerdo con el art.  2  de  la  deliberación  federal del 28 de junio de 1832, no  pueden  hacerse  valer  ni  siquiera con especificaciones prelim inares o en cualquier otra forma diferente.

Art. 20. El derecho de  aprobación  de  los  im puestos  no  tiene el mismo significado que el derecho de regulación del presupuesto de gastos del Estado. Los gobiernos conservarán bien nítida esa diferencia en  el  m om ento  de  discutir  acerca del presupuesto y h arán observar severam ente y con las precauciones pertinentes para los fondos necesarios de dis­ ponibilidad y de reserva,  las  lim itaciones  puestas  por  cada una de las constituciones confederales. De dicha diferencia resulta  que  las  Dietas  tampoco  tienen  derecho  a  establecer o anular ninguno de  los  gastos  que  componen  el  im porte  de la sum a determ inada en general por el Estado, aunque su aprobación en este sentido  no  está  expresam ente  reservada por  las  Constituciones  y  las  leyes.  Si  los  gastos  efectuados no se reconocen o son anulados por las Dietas  (aun  en  aque­  llos Estados cuyas Dietas están divididas en dos Cámaras, ambas Cámaras tendrán que ponerse de acuerdo), las Dietas pueden m antenerlos para los casos futuros o, eventualm ente encauzarse por otro camino perm itido en,.base a la constitu­  ción de cada Estado; las Dietas, sin embargo, no pueden calcular dichas sumas, reconocidas en cuanto realm ente gas­ tadas, en cuanto reservas efectivas de caja. La cuestión de la legalidad de un gasto com probablem ente efectuado  se  deci­ dirá  por vía  constitucional, y    el resultado  es  negativo, sólo a las autoridades compete, y no a las Dietas, la  sentencia con respecto a la obligatoriedad del reconocim iento,

Art. 21. A fin de que las deliberaciones sobre  el  presu­  puesto puedan estar term inadas con certeza en el plazo ne­ cesario, los gobiernos convocarán con el debido tiem po las Dietas, y en principio les presentarán el presupuesto al prin­ cipio de las sesiones.

Si la cuestión del presupuesto no pudiese resolverse por cualquiera de las vías legales o por una vía determ inada  de  libre acuerdo antes de que caduque el período de aprobación

 

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de los im puestos, los gobiernos interesados, procederán, tem ­ pestivam ente a decidir sobre los  puntos  en  litigio,  de  acuer­ do con lo que se estableció en  el  art.  3  acerca  de  la  form a­ ción de un tribunal arbitral, de  modo  que  la deliberación pueda continuarse inexcusablem ente dentro de  los  seis  me­ ses a p a r tir de la caducidad del últim o  período  de  aproba­ ción de los im puestos.

Si las Dietas no  estuviesen  de  acuerdo  ni  siquiera  acerca de una aprobación provisional de los im puestos hasta la de­ cisión y si no quisiesen  som eterse  a  un  arb itra je  m ientras que el gobierno se hubiere conform ado a las susodichas dis­ posiciones, este  últim o  tiene  derecho  a  continuar y  proceder a las exanciones de  los  im puestos necesarias  al  cum plim ien­ to del deber federal y a la no interrupción de una adm inis­ tración ordenada, tal como corresponde a la Constitución fe* deral, sin que exceda, sin embargo, el im porte de la últim a aprobación de im puestos, excluido el caso de prestaciones confederales extraordinarias u otros acontecim ientos de ca­ rácter  extraordinario  y  urgente.  Además,  la  Confederación, en caso de necesidad h ará e n tra r en vigor el subsidio confe­ deral de acuerdo con  el  art.  25  y  26  del Acta  final y  el  art. 2 de la Deliberación confedera! del 28 de  junio de 1832.

Art. 22. Los  soberanos confederados  se  esforzarán  por hacer de m odo que, allí donde  la  introduccxóh  del gobernan­  te no  esté  constitucionalm ente  asegurada,  las  listas  civiles  se basen en los im puestos fiscales y, en  cualquier  caso,  es­ tarán fijadas por las Dietas de m anera que, tanto en vida de cualquier gobernante como en la form ación de un nuevo go­ bierno,  esos  im puestos  no  puedan  reducirse  sin  consenti­ m iento del soberano ni aum entarse sin la aprobación de las Dietas.

Art. 23. Deberá ser escrupulosam ente respetado el  prin­ cipio p o r el que los funcionarios estatales deben ser autori­ zados por el soberano para poder e n tra r  en  las  Cám aras  de las Dietas.

Art. 24. Los  gobiernos  no  perm itirán,  en  ningún  tiem po ni lugar, juram ento alguno de los m ilitares sobre la Consti­ tución.

A rt. 25. Allí donde no se  haya  dedicado  suficiente  aten­ ción a las ordenanzas adm inistrativas existentes,  los  gobier­ nos tendrán que tom ar las m edidas  nécesarias  para  posibi­ lita r una ejecución uniform e y eficaz  del art. 5 de la deli­ beración confederal del 28 de junio de 1832 y de las pres-

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capciones  anteriores  a  ella,  en  relación  con   la   publicidad de las negociaciones de las Dietas estatales, y  a  este  fin  ten­ drán que proporcionar instm cciones apropiadas a los comi­ sarios que asistan a las sesiones de la Dieta.

Art. 26. Se vigilará m uy especialm ente para que los pre­ sidentes ele las Cám aras de las  Dietas no olviden  llam ar  al orden a los oradores por abuso  de  palabra  {tanto  por  ata­ ques contra la Confederación en general y a los Gobiernos Confederados en particular, como por la difusión  de  prin­ cipios o doctrinas que m inen o perturben el orden legal del Estado), y en caso de necesidad procedan a ulteriores in ter­ venciones constitucionales. Si una asam blea  tuviese que  apro­  b a r por m ayoría, tales invectivas de  m iem bros  m erecedores de castigo, o si no tuviese que oponerse a los mismos, los gobiernos,  después  de  haber  utilizado  sin   éxito   los  medios a su disposición, pueden, previa expresa exposición de los motivos, llegar hasta la disolución de la Cámara.

Art. 27 Siem pre que, en sesión pública,  la  discusión  re­ lativa a los medios y a la ejecución de deliberaciones confe­ derales, y m ientras la colaboración de la Dieta sea constitu­ cionalm ente necesaria, pudiese tener una negativa influencia sobre las condiciones  de  la  Confederación  o  sobre  la  prácti­ ca exterior de la Confederación alemana, los gobiernos actua­  rán adecuadam ente a fin de que las sesiones pasen a ser secretas (En el  proyecto  se  dice,  después  del  art.  27:  «Pues­ to que los m otivos que obligaron a la publicación de la ley provisional de prensa del 20 de septiem bre de   1819,  poste­ riorm ente am pliada, subsisten todavía con toda evidencia, conservando la m ism a im portancia, las norm as legislativas tienen que seguir vigentes  en  toda  su  extensión,  y  en  todos  los Estados Confederados alem anes debe asegurarse su eje­ cución uniform e». Baviera propuso insertar despu-és  de  «nor­ m as legislativas», « durante seis años». El resto de los m iem ­ bro* r-esposfcdieron que  «con  todos  esos  añadidos  se  diluiría  el objetivo del artículo,  es  decir,  el  de  confirm ar y  reforzar en toda su eficacia la ley de 1819, ahora de indeterm inada vigencia». Pero puesto que Baviera se negó  decididam ente a firm ar al artículo sin ese añadido, se acordó  que  era  preferi­ ble dejar todo el párrafo de lado.

Art.  28       Para  cum plir  integram ente  con  los com prom i­

sos contraídos  acerca  del  m antenim iento  del  orden  en  Ale­ m ania, es decir con los comprom isos  de  un  vigilante y  seve­  ro  control sobre los periódicos, revistas,  opúsculos  publica-

 

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clos  en  los  Estados  Confederados,  y  para  aplicar  oportuna­ m ente de m anera  más  útil  la  censura  existente,  conforme  a la ley provisional de prensa, los  gobiernos:   1)  confiarán  el cargo -de censor sólo a hom bres de principios y capacidad probados, asegurándoles una posición correspondiente a la honorable confianza que dicha posición presupone, tanto en calidad de ejercicio separado como unido a otros cargos no­ tables;  2)  im partirán  a  los  censores  instrucciones  perfecta­ m ente bien definidas; 3) no  tolerarán,  en  ningún  caso,  lagu­ nas de censura; 4)  en  aquellos  Estados  Confederados  en  que no  se  observen  disposiciones  en  contrarío  en  la  constitución y en las  leyes  locales, encargarán  a  una  autoridad  superior de la función de  colegio  superior de  censura,  sin  perjuicio  de lo dispuesto  en  el   art.  6   de   la   ley   provisional  de   prensa de 1819, por un lado, de vigilar el debido cum plim iento de las obligaciones de censura  y,  p or otro,  tam bién  de  resolver las reclam aciones  de  los  escritores  sobre  los  procedim ientos y las pretensiones de los censores.

Art. 29 Convencidos de  las desventajas de un núm ero

excesivo de diarios políticos, los gobiernos tom arán en con­ sideración la gradual reducción a efectuar de dichos  perió­ dicos, en  la m edida  en  que  resulte  factible,  sin  m enoscabo de los derechos adquiridos.

Art. 30 En virtud de la vigilancia policíaca de su com­ petencia, los gobiernos no consentirán la  publicación de  nue­ vos periódicos políticos, sin  un  perm iso  previo. Dicho perm i­ so se concederá con  base  en  el  anterior art.  29,  sólo  en  caso de  absoluta  convicción  de  la   competencia  del  redactor  jefe y con la cláusula de revocabilidad ilim itada.

Art. 31 El imprim atur concedido p o r un censor en un Es­ tado Confederal a un im preso no exime al escrito de las  me­ didas de  vigilancia  existentes  en  el  resto  de  los  Estados  de  la Confederación.

Art.  32  Las   decisiones   tom adas  tras  las   discusiones  de la Confederación del 5 de julio de 1832, relativas a la autori­ zación de las revistas y libelos de contenido  político,  que superen los 20 pliegos en dieciseisavo publicados en lengua alem ana .fuera del territorio federal/01 deben seguir siendo llevad-as a la práctica con toda severidad. Con respecto a los periódicos editados en lengua extranjera, los gobiernos acuer-

 

101     La  cláusula  que  permitía  la  publicación  de  volúmenes  inferio­ res a los «veinte dieciseisavos» sin el examan previo de la censura.

 

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dan que las suscripciones a los  mismos pueden  ser aceptadas por las oficinas de correos  sólo  en  base a  una  lista  autoriza­ da por el gobierno. Los periódicos no autorizados de esta m a­ nera pueden, ciertam ente, ser pedidos por los  particulares, pero no pueden ser públicam ente expuestos para su venta posterior.

'Art. 33 Con medios apropiados se cuidará de que en la publicación de las actas de Ía Dieta, en los casos en que dicha publicación se lleve a cabo, se suprim an todas aquellas ex­ presiones que, de acuerdo con la  préscrípción  del  art.  26, hayan sido objeto de alguna am onestación o llam ada al or­ den. Cuando las actas se publiquen en periódicos u otras publicaciones periódicas, dicha im presión estará sujeta a  to­ das las últim as prescripciones para su redacción, censura y vigilancia. Lo mismo vale p ara la comunicación en form a de extractos, de las discusiones de la Dieta en los periódicos.

Art.  34  Los  funcionarios  encargados  de  la vigilancia  y  los censores de periódicos serán  invitados  a  proceder  con gran circunspección y de acuerdo con las m ism as reglas vá­  lidas para  las  publicaciones  relativas  a  su  Estado,  tam bién en lo que se refiere a  la publicación de hechos relativos a otras discusiones de la Dieta Alemana.

Art. 35 Allí donde se den a publicidad los debates de los juicios relativos -a cuestiQues de Estado, los gobiernos proce­ derán  a  su  publicación  en la prensa  ■«^•-«feservaacia de las m edidas de precaución com patibles con las leyes, en m odo de salvaguardar la calma y el orden público de efectos ne­ gativos. (El proyecto contenía un art. 59:  «En  los  pueblos donde subsiste la institución de los tribunales jurados, cuya acción se extiende  a  las  condiciones  políticas,  los  gobiernos se com prom eterán a hacer de modo que  dicha  institución quede reducida a los lím ites de  lo  inocuo  o,  eventualm ente, sea eliminada.»  Baviera  se  negó  a  aprobar  ese  artículo  y,  por lo tanto, se decidió su supresión).

Art. 36 Los  gobiernos  acuerdan  p ro hibir  la  reim presión en todo el territorio de la Confederación, así como la verifi­ cación y protección, según principios uniform es, de la propie­ dad literaria.

Art. 37 E n la Dieta de  la Confederación deberá nom ­ brarse una comisión que examine en qué m edida deberá es­ tipularse una convención  p o r  parte  de  todos  los  m iem bros de la Confederación, relativa a la organización del m ercado

 

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del libro alemán. A este fin, los gobiernos interrogarán a los libreros más conocidos del país  sobre  el  tema y  harán  ¡legar los resultados del sondeo a los Comisarios de  la  Confedera­  ción.

Art. 38 A fin de que los delegados del soberano, nom­ brados para la Universidad en base a la  Deliberación  confe­ deral del 20 de septiem bre de 1819, puedan ejercer sus obli­ gaciones con éxito seguro, los gobiernos,  previa  revisión,  se com unicarán recíprocam ente, a través de la Asamblea, las instrucciones que  se  les im parta, y  las  adoptarán para lograr  la m áxima uniform idad en las disposiciones para las diferen­ tes universidades.

Art. 39 Los docentes privados serán adm itidos en la Uni­ versidad sólo cuando hayan superado, con sobresaliente, el examen prescrito para  los  candidatos  al  servicio  público  de  la facultad de que  se  trate.  Además,  los  gobiernos,  tom arán en consideración, en la m edida en que las instituciones exis­ tentes lo perm itan, el hecho de que aquellos que quieren de­ dicarse a la enseñanza  de  disciplinas  cuyo estudio form a  par­ te de la preparación  al  servicio  del.  Estado, adquieran previa­ m ente la práctica a través de los cam inos preparatorios pres­ critos para el servicio efectivo. La venia legendi se concederá  sólo con aprobación de la autoridad que  presida  la  Universi­ dad y será siem pre revocable. Ningún estudiante será adm iti­ do, como docente privado, en la Universidad que  frecuentó  antes de que hayan  transcurrido  dos  años  desde el  día en  que la dejara.

Art.  40  Sin  previa  autorización   de  la   autoridad   arriba m encionada, ningún enseñante universitario podrá dar leccio­ nes de disciplinas pertenecientes a una facultad que  no  sea la suya. Allí donde no se haya hecho ya, se dictarán disposi­ ciones para que los  honorarios p o r  las  lecciones  dadas  no sean directam ente pagadas a los profesores por los  estudian­ tes, sino que esos honorarios  sean  depositados  en  m anos  de un recaudador  nom brado por  las  autoridades  universitarias y p o r ellos entregado a los  enseñantes.  (A  continuación  vie­ nen -una cantidad respetable de párrafos m inuciosam ente re­ dactados sobre la policía y sobre la persecución de los estu­ diantes que desde entonces a acá han perdido toda su im­ portancia.  M etternich  y  toda  la confederación alem ana  te­ m ían tanto a los jóvenes im berbes y sus brom as como a los discursos de los líderes constitucionales de la Cámara. Las asociaciones estudiantiles fueron suprim idas, la enseña negro-

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í

 

rojo-oro l0z fue abolida, o  «legitimada»,  pero  un  nuevo  espíri­ tu em pieza a despertarse en el m undo y,  por lo  tanto,  tam ­ bién entre los estudiantes;  esto  no  fue  previsto  en  ninguno  de los párrafos y nadie lo tocará).

Art. 54 Los Colegios Académicos, en cuanto tales serán sustituidos en todas partes por la jurisdicción  penal  hasta ahora aplicada a los  estudiantes  en  las  cuestiones  penales  y en todas las  cuestiones  generales  de  policía.  La  designación de la composición de la autoridad a la que tran sm itir aquella jurisdicción se deja a la discreción de los gobiernos de los Estados.

La presente prescripción se refiere, no tanto a los meros argum entos disciplinarios, especialm ente a los   relativos  a la vigilancia de los estudios, costum bres y observancia de los estatutos académicos, como al reconocim iento de  castigos realm ente académicos.

Art. 55 Las disposiciones d e los  arts.  28-34  y  39-53  segui­  rán vigentes seis años en calidad  de  acuerdo  com prom ete­  dor, con reserva de  otro  ulterior  que,  entretanto,  con  base  en las experiencias acum uladas, llegue a considerarse con­ veniente. (Baviera propuso este  térm ino  de  seis  años,  sin  cuya especificación negaba su adhesión al art. 55. Por  otra parte, al térm ino de ese plazo, el vigor coercitivo de los arts. 28-34 y 39-53, fue posteriorm ente ampliado).

A r t  56   Los  arts.  39-53   deberán  ser  aplicados  tam bién a o tras instituciones, tanto públicas como privadas, de ense­ ñanza e instrucción, en la  m edida  en .que esa aplicación pue­ da ser útil de acuerdo con su naturaleza. Los gobiernos harán valer aquí la asistencia m ás oportuna, a fin de im pedir las asociaciones, especialm ente cuando tengan alguna tendencia política y, p or lo tanto, las disposiciones del art. 2 de la de­ liberación confederal del 20 de  septiem bre  de  1819,  deberán ser extendidas especialm ente a los institutos privados.

Art. 57 Dado que las prescripciones contenidas en los artículos anteriores, especialm ente las que se refieren a las relaciones dietales y a un  u lterior  desarrollo  de  los  princi­ pios establecidos en los arts. 54-61 del Acta Final de Viena, tienden a buscar aplicación a la  norm a  del  art.  62  de  la  m is­ m a,  incluso  en  las   ciudades  libres  (en  la   ciudad  libre   de   F rankfurt,  con  particu lar referencia a   las  actas  del Congre-

 

102     La bandera «negro-rojo-oro»  había  sido  izada  por  vez primera  por las Burschenschafterij en la fiesta pangermana de la Wartburg, el

18       de octubre de 1817.

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so de Viena de 1815) y puesto que sus autoridades constitu­ cionales tienen, en consecuencia, que disponer siem pre de medios para m antener el estado legal existente,  la  tranquili­ dad pública y el orden legal, 'así como pro cu rar respeto y ejecución de todos los comprom isos derivados de las rela­  ciones confederales, los Senados de las  ciudades libres  harán tam bién valer todos los medios a su disposición por las di­ ferentes  constituciones  para   una  consecuente   observancia de toda análoga aplicación.

Art, 59 El comprom iso contractual para cum plir las obligaciones asum idas en el artículo anterior no puede ser prejuzgado p o r obstáculos que estorben la inm ediata ejecu­ ción del acuerdo común en casos particulares con constitucio­ nes existentes o prescripciones legislativas ya válidas; los gobiernos en cuestión actuarán de modo que sean elimina­ dos esos obstáculos.

Art. 60 Los gobiernos se consideran obligados por el  ar­ tículo anterior, resultado de un acuerdo entre los m iem bros confederados, como si se tratase de un acuerdo «levado a dis­ cusión confederal norm al. Los arts. 3-14 serán inm ediatam ente llevados a la Dieta de la Confederación  con relación presiden­ cial y allí elevados a la deliberación de la Confederación después de análogas declaraciones de los gobiernos de  la Confederación. Con respecto a los artículos restantes conte­ nidos en este acta final, a  depositar  en  el  Archivo  presiden­ cial secreto  de  la  Confederación,  actualm ente  no  destinados a la publicación, los gobiernos  com unicarán  a  sus  legaciones en la Dieta, con imposición de secreto absoluto, las oportunas instrucciones com patibles con  los  comprom isos  asum idos por la presente disposición, tanto con respecto  a  la  designa­ ción de la orientación general, como para la  aplicación de los casos especiales que puedan presentarse. Para documen­ tación de todo esto,  todos  los  delegados,  reunidos,  en  el  día de la fecha, firm an y sellan con sus escudos, la presente acta.

 

Viena 12 de junio de 1834.

 

 

Firmado:

 

F. METTERNICH, MUNCH-BELLINGHAUSEN, ALVENSLEBEN, MIEG, MINKWITZ, OMPTEDA, G, v. BERQLDINGEN, FRH. v. REITZENSTEXN,

 

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TETTENBORN, FRH. v. TROLT ZU SOLZ, FRH. v. GRUBEN, RÉVENTLGW-CRIMINILL, VERSTOLK VAN SQELEN, FR.ITSCH, FRH. v. PLESSEN,

v. BERG, V. STRAUCH, SMIDT.l0J

 

(El m inistro prusiano von A ncillon 101 tuvo que dejar Viena antes del final de  la sesión, pero  pidió  como  favor  especial que se le pudiese enviar el acta final a Berlín para  que la  fir­ mase allí).

En la clausura de las sesiones el príncipe de M etternich, pronunció un discurso que transcribim os a continuación:

«Todos nosotros oondividimos, ciertam ente, la <i*nnión de que los peligros por los que está amenazada nuestra patria común son un triste resultado que tiene  sus raíces en aconte­ cim ientos pasados que nadie puede borrar, un producto de deplorables errores im putables a generaciones enteras, sobre todo y en m áxim a parte una consecuencia de  causas, cuya cul­ pa recae sobre un tiempo  que  no  es  el  nuestro  ¿Quién  va  a ser ahora tan presuntuoso como para creer  que  las  discusio­ nes de los hom bres pueden extirpar de raíz y b o rrar las  huellas de un m al que, desgraciadam ente,  tiene  una  historia tan vasta y  m ultiform e,  en  el  espacio  de  pocos  meses?  Sin em bargo puede  consolarnos  el  hecho  de  que  haya  sucedido lo que las fuerzas hum anas en estas circunstancias podían ha­ cer y que, adem ás se haya encontrado  y  abierto  un  camino que, si seguim os con nueva y constante perseverancia hacia cuanto ya reconocim os como justo, sin provocar violentas sa­ cudidas y reacciones hostiles, es  el  adecuado,  no  sólo  para salir dei laberinto  de  peligros  y  de  la  penosa  situación  en  que actualm ente nos encontram os, sino  tam bién,  el  que,  en un futuro nos conducirá a un orden m ejor, a  la  auténtica libertad y a la justicia. E sta esperanza se basa en dos insti-

 

193 Los más conocidos de entre los ministros plenipotenciarios  pre­ sentes eran, además de Metternich (1773-1859), Joachin von Munch-Be- liinghausen, (1786-1866), ministro de Estado y enviado austríaco en Frankfurt; Albrecht von Alvensleben (1794-1858), ministro del Estado Prusiano; Ludwig  Karl  von  Ompteda  (1767-1854),  ministro  de   Hanno- ver; Jo*eph Ignaz von Beroldingen (1780-1868), ministro de asuntos ex­ teriores de Wurttembepg; Sigismund von Reitzenstein (1766-1847),  mi­ nistro  de  Faden;  Friedrich   Karl   von   Tettenborn   (17784845),   genera] de Badén; Heinrich von Reventlow-Criminill (1798-1869), ministro de Dinamarca; Cari Wilhelm von Fritsch (1769-1850), ministro  sajón  (Wei- mar); Leopold von  Plessen  (1769-1837),  ministro  de  Meclemburg;  Gun- ther  Heinrich  von Berg  (1765-1863),  ministro  de  Hannover;   Johann Smidt (1773-1857) hombre político de la ciudad libre de Bremen.

104     Johann Peter Friedrich Ancillon (1767*1837), ministro prusiano.

 

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iliciones, que  quisiera  definir  como  el auténtico  y  verdade­ ro punto  crucial  de  las  deliberaciones  de  esta  conferencia. La  prim era  de  ellas  es  la   institución  del  Tribunal  arbitral. M ientras  el  sistem a   representativo  apunta  en  su   desarrollo n atural a un poder soberano de las asam bleas de los represen­ tantes populares dem ocráticos, tendiendo a  arrancar a  través de la responsabilidad ilim itada de los m inistros el poder pro­ piam ente decisorio del Estado de las  m anos  del  gobierno, som etiendo a este últim o, en la persona de sus órganos más necesarios, precisam ente en  las  cuestiones m ás im portantes, al poder judicial de aquellas cám aras republicanas, invir- tiendo consecuentem ente la naturaleza de las cosas, nuestro Tribunal arbitral nos vuelve al recto  camino de  las  condicio­ nes naturales etc... La segunda  de  las  susodichas  institucio­ nes surgida de nuestras deliberaciones, se liga a la prim era y concierne a la seguridad del presupuesto estatal en  los E s ta ­ dos  confederados  alem anes  contra  los   posibles  atentados de la facción anarquista.  La  teoría  del  sistem a  representati­ vo deposita en las m anos  de  los  diputados  populares  el  po­ der de paralizar, por  m edio  de  una  votación  la  vida  de  la adm inistración pública; tam bién en  las  cám aras  alem anas la m alignidad y la locura de una oposición sistem ática am ena­ zaron  a  los  gobiernos  confederados  con  esa  auto-iniciativa de los Estados, m ientras no fuera satisfecha la voluntad del partido antim onárquico en aquello que consideró oportuno exigir.

Excesos de este tipo serán evitados  en  el  futuro,  (Sigue  una explicación del artículo 21). Resulta así evidente, y no ha­ cen falta más argum entaciones, lo favorable de la nueva situación en que ahora, gracias a estas deliberaciones, se en­ cuentran los gobiernos que, antes, con aquella inoportuna am enaza hubiera llegado a ser dependientes de los represen­ tantes. Asimismo  resulta  evidente  cómo  ahora  les  es  posi­ ble una  intervención  eficaz  y  decidida  a  favor  de  la  justicia y del orden, así como el progreso ininterrum pido p o r este camino, sin tener que tem er im pedim entos por parte de los representantes en dicho progreso m arginados.

 

 

Epílogo glorioso

 

En todos los Estados de Alemania no hay más que una for­ m a de gobierno vigente: el absolutism o; la m áscara bajo la

 

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que se oculta ío único que hace es presentarle con  diversos rostros en  cada  uno  de  los  Estados; cuando esa m áscara cae, es el mismo en todas partes. Su m isterioso nom bre es «la confederación  alemana»,  su  nom bre  científico «el  principio m onárquico», su origen está en Dios,  es  decir,  en  ese  babau que perm anece escondido detrás de todas las cosas y  sobre quien recaen las culpas  de  todo  lo  que  es  demasiado  malo para ser invención hum ana; su objetivo es la explotación inin­ terrum pida, al máximo  posible,  de  los  llamados  súbditos,  y su medio, el completo aislam iento entre ellos.

Las consecuencias de esto son tangibles y subsisten todas perfectam ente en Alemania. El alemán no tiene ningún de­ recho; hasta cierto punto  le  está  consentido  vivir  en  liber­ tad; puede ser  fuerte  y  sano para llevar el  sable  de  su  señor  y, ocasionalm ente,  dejarse  m atar  por  él.  Tiene  que  cuidar  la propiedad privada p ara  poder  pagar  los  im puestos,  pue­ de ejercer la autoridad en su familia,  con  tal  de  que  cada  nueva generación de jóvenes sea educada en las delicias de la ciega obediencia. Le  está  prescrita  la  m edida  de  sus  conoci­ m ientos, que a su vez están tam bién basados en el enigma del Dios privilegiado del cielo  y  en  su  tem or  y  am or,  p ara  ter­ m inar  en  los  auténticos  y  verdaderos  señores  y  en  el  am or y tem or de éstos. El enigm a del cielo se resuelve en tierra alemana. Aquí los alem anes no exigí en como totalidad, no existe un pueblo alem án,  en  Alemania  sólo  existen  súbditos, no una nación. Frente  a  los  extranjeros, la  Confederación ale­ m ana es insignificante, ignorada y i.v representada. Para  los alem anes es la expresión del conjunto de sus señores, la ex­ presión del hecho de  que todos sin  excepción,  tantos  unos como otros, son déspotas en su país. Por esta razón es  im­  posible que exista representación popular  y  literatu ra  popu­ lar o filosofía popular o poesía popular o  tribunales  popula­ res, o prensa popular, o  escuela  popular  o  teatro  popular; pero contam os con  el  -campanilleo  y  la  apariencia  de  todo eso, porquue los caballos tiran  m ejor del  carro  cuando sien­ ten  los  cascabeles  en  las   orejas,  y   el  buey  de  pentecostés m archa m ás tieso cuando sus cuernos están adornados con cintas. Sólo para lograr ese campanilleo algunos de los sobe­ ranos alem anes  deja  todavía  con  vida  una  parte  de  los  lla­ m ados E statutos Constitucionales, que son  una  apariencia com pletam ente superficial, porque en realidad, com prendien­ do  Rusia  y  China,  no  existe  un gobierno m ás absoluto que el de los príncipes alem anes. En Rusia, de vez en cuando,

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existe un partido que envenena al em perador, en China le ex- trangula  cuando  se pasa  de  la  raya,  en  Alemania,  el  arbi­ trio puede ejercerse  en  todas  las  form as  posibles  pudiéndo­ se convertir en desagradable torm ento en Churhessen, poder brutal en Hannover, latrocinio vulgar en Baviera, refinada autosoberanía, ávida de resistencia en  Prusia  {Siempre  igual! La suerte de los súbditos, el orgullo de  ser  m altratados  por unos señores tan im portantes, nunca va más  allá  del recono­ cim iento de la propia miseria.

Los docum entos que hasta ahora se han honrado de modo insensato con el nom bre de «leyes fundam entales» han sido aniquilados todos juntos a p a rtir del  12  de  junio  de  1834,  con la explícita abolición de todos sus efectos. Aniquilados por acuerdo de  todos  los m iem bros confederales o, lo que es jus­ to en contraposición a los representantes por deseo unilate­ ral de los soberanos interesados, con la prom esa de  los restan­ tes de detenerse, eventualm ente, antes de la fractura.

Esto es, en una palabra, el sentido del acta  al  que  nos  hemos referido m ás arriba.

Lejos de caer  en  el  hum or  melancólico  que  debe  sacudir al partido constitucional o  liberal  cuando  reconoce  que  has­ ta ahora ha hablado sólo al viento, y que ha sido  sólo la quinta rueda del carro estatal alemán, nosotros, por el con­ trario, estamos contentos de  poder  aducir  la  prueba  de  ello de modo tan fehaciente.

Sin embargo, ha sido  estúpido,  por  parte  de  los  diecisie­ te señores que redactaron el acta ponerlo en práctica; podían igualm ente hacer todo lo que  se  prefijaban  y  elogiaban  en ella: las consecuencias dem uestran,  efectivamente, que  nadie se lo habría impedido. Ahora, por el contrario, una vez que ha sido publicado sin  su  consentim iento,  pone  al  descubierto m ucho más de lo  que  debía: dem uestra  sobre  todo  que  to­ das las controversias que desde entonces tuvieron  con  las Dietas, quizá intencionadam ente  provocadas estaban todas decididas con anterioridad;  ni  aquéllos  tenían el  valor de  to­ m ar esa decisión, ni ésta b. inteligencia —o las ganas— de notarlo.

Atacar el constitucionalism o en su  principio,  sin  em bar­ go, es un trab ajo totalm ente infructuoso en Alemania. La teo­ ría  lo  ha  dejado  atrás  hace  m ucho  tiempo,  y  en  la  prácti­ ca nunca  existió.  De  m odo  que  no  nos  queda  m ás  que  asis­ t ir seriam ente a la  comedia  simiesca  del  modo  en  que,  por un lado los potentados alem anes, sin atreverse a proclam ar­

 

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lo, hace tiempo que torcieron el cuello a la tullida y tísica constitución, y por otro, los representantes  hacen  de  centi­ nela, con todo su pathos y  toda  su  consciencia,  de  la  digni­  dad liberal del arca federal «Constitución»,  sin  atreverse  a echar una ojeada dentro, tem iendo con razón, porque lo  sa­  ben, que dentro no haya nada. Y hacen bien, porque no han aprendido otra cosa. ¡Si ya no pueden creer en este sueño, deben m orir!

Sigamos con lo nuestro.

El acta contiene sesenta párrafos que no son más que variaciones sobre el tem a del art. 17: «Los gobiernos no consentirán que las Dietas juzguen y decidan acerca  de  la validez de las deliberaciones confederales.»

El acta es una deliberación confederal (art. 60); abarca y anula todos los derechos de las dietas: el rey Ernesto Augus­ to lü5 el justo,  fue,  por  lo  tanto,  el  único  lo  bastante  honesto y audaz que necesita el pueblo alem án para revocar expre­ sam ente la Constitución de Hannover.

El hecho de que no declarase sus verdaderas razones hace todavía m ás fuerte su golpe de fuerza y  su  coraje  no  m ere­ cería ser puesto particularm ente de relieve si hubiera  decla­ rado que la ayuda de  la  Confederación  había  sido  garantiza­ da. Así pues: ¿Con qué fin  el resto de la palabrería, a qué fin todos esos golpes a  un  perro m uerto? Esta  es  la  voluntad  de la tiranía que, como hemos dicho, sólo se conoce en Ale­ mania. La condena a m uerte está firm ada, una rápida ejecu­ ción no  es  necesaria  y  proporcionaría  una  alegría  excesiva­ m ente fugaz;  se  nos  contenta  pudiendo  apretar  el  nudo  de la cuerda  cuando  querem os  y  de  vez  en  cuando  —sólo  de vez en  cuando—  se  da  tirón,  para  que  la   pobre  Alemania no olvide nunca dónde está sumida.

Según el derecho constitucional estatal, todavía vergonzo­

sam ente enseñado en Alemania, a p esar de que no exista ni siquiera como los constitucionalistas lo suponen todavía exis­ tente con su com placiente autoilusión, las Dietas tienen de­ recho a:

1)        Decidir acerca de la legalidad de su composición;

2)        Colaborar aprobando o rechazando todas las leyes re-

 

105     Erast August, de Hannover (1771-1851) —irónicamente llamado

«el justo» por Bernays—, quinto hijo del  rey  de  Inglaterra  Jorge  III, desde 1837 rey de Hannover. El 1 de noviembre de 1837  abolió  for­ malmente la Constitución que se había negado a reconocer desde 1833.

 

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n

 

I

 

lativas a la propiedad y a la libertad de las  personas  p ro­ puestas p o r el gobierno;

3)        A probar  los  im puestos  y  acordar  el  presupuesto jun­

to al gobierno, y

4)        Dirigirse a los príncipes con peticiones.

Con base en la  estructura  interna de  la Constitución, todos estos derechos, incluso el derecho de petición, son ilu­ sorios; los  m iem bros federales no se contentaron con la consciencia de poder dom inar y dilapidar el  dinero  de  acuer­ do con su simple arbitrio, con una pequeñísim a m edida de inteligencia  tras la cortina de esa  ilusión:  tem ían  incluso la som bra de la autorización popular y conjuraron, por lo tanto, contra las form as constitucionales.  E sta  es  la  única form a de in te rp retar las palabras introductorias de M etter- nich, que definió estas  form as  como  « aparentem ente  lega­ les» y  la oposición  constitucional  como  una  «facción»:  sólo así tienen un sentido. Efectivam ente, esas form as son «apa­ rentem ente legales», los constitucionalistas son efectivamente una «facción» en cuanto  la  confederación, es  decir,  cada  uno de los soberanos tiene derecho a declararlo. La Confede­ ración se ha tomado este derecho,  ha  declarado  que  nadie  debe negarlo (art. 17)  y  es  lo  suficientem ente  fuerte  como para defenderse de los ataques inocuos  intentados hasta  aho­ ra. De form a que tiene efectivam nete derecho, m ejor dicho, todos los derechos, y vosotros no tenéis ninguno ¿Qué os queda? Vosotros no queréis saberlo, queréis eterna e inin­  terrum pidam ente fantasear sobre una resistencia por vía «le­ gal», puesto que hace tiempo que no existe ninguna  ley  que estem os com prom etidos a observar con  respecto  a  vosotros. M irad si rio fes verdad.

El prim er derecho constitucional de las Dietas debe con­ sistir en  el  hecho  de  que  ellas,  y  nadie  m ás,  puedan  juzgar si una Cám ara está legalm ente constituida en e l sentido dei docum ehto constitucional. Si no contáis con este prim er de­ recho no se puede  hablar  de  ningún  otro,  porque  el  prim e­ ro y m ás necesario derecho de la existencia  individual  no  existe. Es absurdo decir que un hom bre  tiene  derecho  a  ver con los ojos  después  de  habérselos  arrancado.  La  Cám ara  de Baviera -tiene'que pensar y  ya  no  tiene  cabeza, la  Cám ara de Badén debe actuar y está  paralítica.  Este  mal  fundam en­ tal tiene sus  raíces  en  la  subsistencia  de  la  soberanía,  tanto en las constituciones otorgadas desde arriba como en las ori­ ginadas p o r vía constitucional; pero el acta todavía no está

 

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satisfecha; en el art. 23 decide categórica y preventivam ente sobre la cuestión de la adm isión de los representantes de Ba­ dén (y, en form a todavía m ás cómica, hasta  de  los  de  Ba- viera): «deberá ser escrupulosam ente respetado  el  principio por el que los funcionarios estatales -deben ser autorizados por el soberano para poder e n tra r en las cám aras de las Die­ tas».

Pero, a pesar del hecho de que el gobierno de Baviera ya

una vez, hace unos diez años, había decidido  reservarse a toda costa el derecho a negar la admisión, a atenerse a él rigurosam ente en cuanto los insistentes discursos de los seño­ res diputados lo hubiesen tocado, puesto que lo había prom e­ tido contractualm ente y podía ser  obligado  a  ello  por  razo­ nes  de   la  confederación,  los  m inistros  representaron,  con las Cámaras convertidas en jaulas,  una  execrable  comedia hasta que se acabaron aburriendo: a pesar de que los repre­ sentantes de Badén conocen ya el art.  23,  insisten  nuevamen­ te, precisam ente ahora,  acerca  de  la  ■'entrada  en  la  Cám ara del diputado Kuenzer, al que la curia (la parte divina del go­ bierno) ha negado la admisión.

El señor K uenzer es un hom bre  honesto,  y  una  vez  que está en la Cám ara, está en la  Cámara.  Sí,  todavía  voy  más lejos; ¿y qué sucedería si tam bién el Sr.  Peter,  el  Sr.  Asch-  bach y el Sr. Hoffm ann  estuviesen en  la  Cámara? La  libertad de prensa, contrariam ente a la ley revocada solam ente por decreto podría ser nuevam ente puesta en vigor; Badén ob­ tendría sus jurados ¿Se renunciaría al insensato sistem a aran ­ celario? Dios nos  guarde,  los  señores  estarían  precisam ente en  la Cámara, como  lo  están  los   señores  M atthy  y  Basser- m ann/ 04 etc., que se definían e incluso se hacían llam ar libe­ rales  y  amigos  del  pueblo,  luchaban  tam bién  por  aranceles y sistem as proteccionistas, hablaban quizá en favor de  la emancipación de los judíos: ésto sería todo y todo quedaría como antes. B asta  con que los  liberales  estén  eíi  m ayoría; que no hagan nada, o que no sepan ni siquiera obtener nada razonable o verdaderam ente dem ocrático es una cuestión se­ cundaria. Así pues, digamos claram ente  y  sin  cumplidos lo que han hecho los párrafos 17 y 23 de la  conferencia  m inis­ terial de Viena con los representantes de Badén, y lo que

 

 

104  Karl  Mathy (1807-1868)  y  Friedrich   Daniel   Bassermann   (1811- 1855), liberales de Badén. Está equivocada la  transcripción  Matthy, utilizada por Bernays.

 

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ellos perm itieron que se hiciera sin darse cuenta  o  sin  que­ rerse d ar cuenta: un teatro de m arionetas, en el que se repre­ sentó la comedia «Constitución».

En Baviera la cuestión de la adm isión no  aparece  tan  fé­ rrea como en Badén.

En   Baviera,   el   docum ento   co n stitu cio n al107  establece   ya que los funcionarios tieben obtener  perm iso  para  poder  en­ tra r en ía  Cámara.  Ahora  el  rey,  con  om nipotencia  germina- m ente bávara, ejerce ese derecho convirtiendo, a su placer, a todos los hom bres en funcionarios.

Abogados, consejeros comunales, alcaldes, que no se con­ sideran funcionarios desde el punto de  vista  de  la  pragm á­  tica de servicio, derechos de pensión,  estado  jurídico,  etc., valen y  son  considerados  tales  cuando  son de  ideas  liberales y son elegidos en la Cámara. El  Sr. Von Z e n tn e r 103  era  muy com petente en la redacción de constituciones: toda  la  gran acta constitucional bávara,  aún  considerada  desde  el  punto de vista estatal constitucional alemán, no confiere a las re­ presentaciones ni un  solo  derecho;  de  form a  que  para  el rey de Baviera es muy sencillo hacer demagogia  en  las  sesio­ nes de  la Confederación, despotricar   contra  Ernesto  Au­ gusto y hacerse el original, como en los anteriorm ente m en­ cionados artículos 27 y 35;  es  el  único  demagogo  de  Baviera, de m anera  que puede alardear de  ignorar su  propia voluntad. E ntre los absolutos es el m ás absoluto de Alemania, y ¡ay! de quien se perm itiera recordarle el grito que dio en 1828: «No quiero ser un soberano  absoluto».  Es  señor  absoluto  aún  en la Cámara. Su m inistro de hacienda  —reíros  de  los  simplo­ nes, vosotros, franceses  e  ingleses—  es  presidente  de  la  Cá­ m ara; diputados son todos aquellos que el pueblo no ha que­ rido, es  decir,  aquellos  que  en  las  elecciones  obtuvieron  el  m enor núm ero de votos, porque aquellos que recibieron más votos fueron declarados funcionarios p o r el  rey  y  no  se  les deja e n tra r en la Cámara; de form a que no es difícil com­ prender  cómo  los  señores  diputados, aunque  no  lo  hagan p o r estupidez o resignación, votan contra el pueblo por m a­ licia, precisam ente porque ese pueblo  no  les  eligió  diputa­ dos. Resulta evidente que una Cám ara así constituida, esté satisfecha de su composición, y el Sr. von Camuzzi, un dipu-

 

107     La Constitución Bávara se remontaba a 1818. El  primer  Parla­  mento Bávaro fue abierto el 4 de febrero de 1819.

108     Georg Friedrich von Zentner (1752-1335), ministro  bávaro  y  ju­ rista.

 

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fado del Palatiriado con unos 7 votos de 80,  tenía  todas  las  razon es del m undo para dejar en  el bolsillo'el torrante  discur­ so que quería llevarse  consigo  a  Munich  contra  los  dipu­ tados m inoritarios de su patria.

Si he tom ado en consideración la  cuestión de  la  admisión  en Badén, p ara hacer abstracción refiriéndom e a las Dietas, debido a los bávaros, he tenido que volver a la vileza de los principios confederados, que llegan incluso a tem er  un  cadá­ ver  tal  de  constitución.  Consecuentemente  me  he  detenido un poco m ás de lo que se m erece sobre la cuestión de la ad­ misión en Baviera, adm isión que sustancialm ente no es una cuestión real porque nadie habla de ella excepto yo.

Avanzando un paso para poder llegar al segundo punto, tenemos que aceptar una m entira como si se tratase de algo cierto, tenem os que p a r tir  del  presupuesto  de  que  en  Ale­ m ania existen Cám aras representativas, con existencia cons­ titucional, lo cual, como hem os visto no es cierto. Lo que pa­ sa es que nosotros fingimos ser diputados alem anes y empeza­ mos conscientem ente nuestro sistem a con una m entira.

De acuerdo con todas las  constituciones, las diferentes representaciones tienen derecho a colaborar  en  la  legisla­  ción, sin iniciativa. Por lo  que  se  refiere  a  la  legislación  civil, la autorización de los representantes para la colaboración ha  sido poco atacada y quizá  hubiera  sido  m ejor  que  no  hu­ biese sido así.

Que la legítim a 109 alcance los 3/8 o  los  3/7,  o  si  la  infec­ ción pulm onar es un vicio red h ib ito rio 110le im porta bien poco a un m inistro de Baviera.  Allí  donde  los  privilegios  del  fisco en tran :en conflicto con los derechos privados, por ejemplo,

en las expropiaciones  y  en  las  leyes  sobre  el  ferrocarril,  se nos ayuda con m entiras y engaños y el gobierno acaba siem­ pre  haciendo  lo  que  quiere.  Véase,  si   no,  el   ferrocarril  de F rankfurt a Friedrichsfeld, vía D arm stadt, y los motivos com­ pletam ente falsos de la línea Hof-Líndau.

Por lo que se refiere al derecho de los procedim ientos pe­ nales, los gobiernos presentan leyes con las  que la legis­ lación en general no  avanza una sola pulgada, las m ejoras

 

 

!W  La  legítima  es  la  parte  de   la   herencia   que   la   ley  asegura  a   los herederos (ascendientes o descendientes), de la cual el autor del testamento no puede disponer.

,w Vicio redhibitorio, es aquel que da derecho al comprador para  resolver el contrato.

 

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nunca son aprobadas por las prim eras cám aras y, si por casualidad lo son, quien las rechaza es el gobierno; por .lo ge­ neral, las m ism as Dietas están todavía tan atrasadas con res­ pecto al espíritu de la legislación m oderna, que ni siquiera aspiran a cosas razonables.-O bsérvese Jo sucedido con los tratados para la prensa sajona, las discusiones  sobre  los  ju­ díos en Badén, la cuestión de la lotería en Baviera, las de­ liberaciones en los tribunales jurados en W iirttenberg, los apaleam ientos de Churhessen. Desde el  m om ento  en  que  se tra ta de legislación política, las Dietas nunca  son  interpela­ das. Como puede verse en el acta del com unicado, los únicos progresos de la constitución estatal han  sido  reservados  para los grandes señores. En las demás cuestiones los  represen­ tantes son interpelados y nunca se hace lo  que  ellos  quieren; con relación a la legislación política, de hecho nunca se les interpela, b astará con que nos acordem os de Viena.

Resumiendo: en sí  y  para  sí,  la  colaboración  de  las  Die­ tas en la legislación  es  de  muy  poca  im portancia,  si  además se piensa en que un m inistro no puede considerarse respon­ sable por ninguna parte, y si se debe exíender el derecho eje­ cutivo de los soberanos tal como lo han hecho, al carácter ab­ soluto de una legislación  de  tipo  policíaco,  ía  colaboración  a la que nos referim os aparece en  toda  su  insignificancia  ¿De qué le sirve al Palatinado su  Corte  de  casación,  si  el  gobier­ no,  para  su  exclusivo  goce  y  a  causa  del  control  policíaco, ha transferido dicha Corte a M unich? ¿ Para qué  sirven  todas las leyes de la censura, dado  el  poder  igualm ente  ilim itado de la policía sobre la prensa?  ¿Qué  finalidad  tienen  las  de­ term inaciones tem porales acerca de las detenciones, si uno puede estar encarcelado durante siete años  sin  ser  condena­ do? ¿ Para qué tener derechos y tribunales cuando sin ellos, gracias a la policía, uno puede ser destituido del servicio, expulsado del país, vejado p o r cualquier cosa que se llame

«funcionario»? Es un engaño evidente, y para no  com prender­ lo hay que ser un diputado o  un  funcionario. Pero  los prínci­ pes alem anes no se contentarán ni siquiera con esa tangible nulidad. A  la  víctim a  m uerta  tienen  todavía  que  arrancarle el corazón.

El art. 16 de la  Conferencia  M inisterial  de  Viena  quita  a los Estados constitucionales la facultad de  las  representacio­ nes de colaborar en las leyes, ordenando a los tribunales que respeten como a leyes las  disposiciones  gubernativas,  dicta­ das sin aprobación de los representantes. En Baviera y en

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Churhessen ya estam os acostum brados  a  esta  doctrina;  lo que pueda suceder en el resto de ios Estados no lo sé.

El tercer derecho, el de aprobar los im puestos y  colaborar en la  elaboración  del  presupuesto  —derecho  de  los  dere­ chos en ios  Estados  constitucionales—  ¿ podría  m antenerse en pie cuando los dem ás han sido suprim idos? ¿Acaso el go­ bierno bávaro, en un solo período fiscal, no ha dilapidado 32 millones más de la suma fijada p o r  el  presupuesto  y,  des­  pués, se ha burlado de los representantes hasta que ellos m is­ mos acabaron burlándose solos y sancionaron la infamia, contribuyendo a silenciarla?

Los párrafos 18, 19, 20 y 21 anulan expresam ente el dere­

cho a aprobar los  im puestos,  así  como  el  derecho  a  colabo­ ra r en la elaboración del presupuesto, y  en  el  párrafo  20, toda la disputa sobre los excedentes deL presupuesto de Baviera resolvióse com pletam ente, en todos sus matices, con  pala­ bras huecas.111

Si en la Cám ara de Baviera del año pasado en lugar de

diputados de la tro to n a hubiese habido hom bres, hubieran podido decir: tenem os que p erm itir los excesos  que  Vosotros, m inistros habéis hecho,  tenem os  que  tolerarlos,  aun  cuando el m ero hecho de que  exista excedente es ilegal;  pero nosotros im pedirem os eso consintiendo unos im puestos directos me­ nores y con el aum ento de las partidas de los im puestos indi­ rectos hasta su renta real y,  por últim o,  con un  justo  control del empleo del dinero. Lo que ahorréis  lo  pondrem os  como prim er saldo en las entradas; aún en caso de que lo hayáis dilapidádó, ya veréis como lo recuperáis nuevam ente. Asimis­ mo, hubieran debido decir: Para tener una m edida a la que atenernos en relación  con  nuestro  voto  sobre  los  impues­ tos, así como p ara poder ejercer efectivam ente  los  derechos que nos ofrece el capítulo  V II  de  la  Constitución,  examina­ rem os con vosotros cada una  de  las  partidas  del  presupues­ to, tal y como ha  venido  haciéndose  hasta  la  últim a  Asam­ blea (en donde, digamos a modo de inciso, se recogieron  los prim eros frutos de la conferencia de Viena). De  todo  esto, nada. Piénsese en el m odo en que las  representaciones  tuvie­ ron conocim iento del cambio de la Constitución de Baviera. De acuerdo con el párrafo 20 arriba mencionado, lo único que pueden  hacer  las  representaciones  es  aprobar  los impuestos.

 

11   A  propósit      s   esto  veáse   más   adelante   el   escrito del   mismo

B e r n a y s , Diario apógrafo.

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No pueden regular el presupuesto  del  E stado ni m odificarlo, los gastos realizados por los m inistros siguen siendo gastos;  en  el futuro las representaciones pueden protestar  o si no, (¡cuánta desfachatez en estas palabras!) tom ar otra vía de acuerdo con la Constitución de cada uno de  los  Estados  (el  viejo dicho: si no te conviene vete  por  otro  camino),  pero nunca podrán considerar las sum as que se hayan dem ostrado gastos como reservas efectivas de caja.  Así  es  comp  se  han com portado los representantes, han cumplido  diligentem ente la orden, pero  se han reservado algunos derechos p ara el futuro.

Otro tanto sucedería inm ediatam ente si ía oposición de Badén rechazase la exigencia del  ferrocarril  de  Friedríchs- feld; no lo hace y hacerlo sería una auténtica acción, la única que puede hablar.

No hace falta que recuerde  aquí que el  gobierno  de  Bavie­ ra no intentó solucionar las  cuestiones arriba m encionadas con honestidad: tuvo  el  valor,  el  gobierno  bávaro,  con  base en las norm as textualm ente opuestas al acta constitucional bávara, de p ro b ar la ilegitim idad de las Cámaras.

El últim o y ridículo  derecho  de  las  representaciones  ale­ m anas es el  derecho  a  la  petición.  Dicho  derecho  m uere  ya, a lo más, en el veto  de  las  prim eras  Cámaras,  y  siem pre  en ías graciosísimas respuestas  negativas  de  los  altos  soberanos y puesto que, últim am ente, las respuestas llegaban más o m e­ nos en form a áspera, los delicados amigos de los  liberales  es­ tán atem orizados y ya  ni  siquiera  aconsejan  la  form ulación de las peticiones.

El acta calla a este respecto porque, de  antem ano,  ex­ cluyó la posibilidad de que alguna de las súplicas fuera es­ cuchada.

El  acta  no  nos  ha  traído  nada  nuevo;  todo  lo  prescrito se ha cum plido, hasta el últim o capricho de la censura a ex­ cepción de una cosa: la nueva organización del comercio  de libros alem anes (art. 37).  Pero  tam bién  esto  podía  arreglar­ se rápidam ente, en cuanto los libreros adm itiesen convertirse en policías a sueldo. Hasta los m ilitares alemanes, que a una orden arrem eterán contra la  canalla,  el  pueblo  alemán, se han dejado em plear como lacayos asalariados de  los  prínci­ pes.

Por lo demás, si yo fuera diputado, envidiaría el estado del soldado, por la prerrogativa que le concede el art. 24 de  no  tener que p restar juram ento a la Constitución.

 

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Lo único interesante es el sistem a vergonzoso que nos ha perm itido el lujo de ver todo esto reunido en un solo pliego siguiendo las huellas del jesuitism o, cuyos detalles han sido introducidos en  la constitución. El  partido  constitucional queda así privado <de todas sus ilusiones ¡Como si los  gobier­  nos luchasen  contra  él  en  el  terreno  de  las  constituciones! El  gobierno os había dejado ia fe   en   la   Constitución, y con ella seguíais ¿Qué váis a hacer ahora, que os la han qui­

tado?

Volveréis a representar la comedia  sin  fe,  pero  tam bién  sin la participación del pueblo,

 

¡Traición!

por Georg Herwegh

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Traición, vosotros lo habéis dicho. Traición, lo habéis reconocido.

Bueno, basta ya,

hundam os los puentes

¿Habéis olvidado quizá

cómo vendisteis al pueblo?

¿Cómo en los Congresos

os enzarzábais por las coronas? 111

Prim eram ente, de los m ontes descendió el pantano alem án,

después ellos, los enanos,

se m ofaron de la revolución los abstem ios, los borrachínes

que cayeron al final

p o r haber apurado hasta el  fondo el cáliz de la libertad.

 

H istriones coturnados

asom aron a los escenarios

 

13  En  el  Congreso  de  Viena  participaron  diplomáticos  y  soberanos de la mayoría de las casas reinantes  europeas.  Fueron  algunos  cen­ tenares entre los que surgieron vivas discusiones que las grandes  po­ tencias, como es sabido, zanjaron con arbitrarias intervenciones. Los príncipes alemanes, grandes y pequeños, representaban el grupo más numeroso.

 

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de nuestra época, con la urna

de la m agnificencia perdida entre las manos, hurgaron entre la inm undicia de las ruinas

llevaron a  Francia  la  túnica y el som brero de G essler113

Sobre un calvario ardiente,

de acuerdo con la fórm ula alemana, dorasteis nuestras cadenas,

así las preservábais de la roña.

Criados de los Bordones 114

¡puaf! jQué sucia historia! Decid ¿Qué nación, Alemania,

dejó de traicionar?

 

Pongo a los polacos por testigos, pueblo de héroes,

tres veces raptado

con  vil  p ira te r ía ;115

Pongo por testigo, aquella difunta Itálica República.15*

M alditos seáis, Iscariotas de la política alemana.

 

También nosotros querem os  traicionar la p a tria m aligna

de los cuarenta potentados;"7

y tu idiotez,

oh, pueblo,  que  ves  tu  salvación en una grisácea lejanía

 

m  Herwegh  alude  aquí  a   los   alemanes   como  los  responsables  de la restauración en Europa, y sobre todo en Francia. La expresión «el sombrero de Gessler se r<^iere a  un  episodia  de  la  historia  suiza:  Ges- síer era el tirano contra quien luchaba Guillermo Tell.

IU Los  Borbones  de  Francia:  Luís  XVIII,  reinando  desde  1814  a  1824, y el conde d’Artois, Carlos X, que reinó de 1824 a 1830.

1!S A partir de la segunda mitad del siglo  xvm  el  reino  de  Polonia quedó  a  merced  de   sus   poderosos  veéinos,  Prusia,  Austria  y   Rusia, los cuales en diversas etapas  se  repartieron  todo  el  territorio.  Estas etapas fueron fundamentalmente tres: en 1772, en los años de la Re­  volución francesa, y finalmente con ía Restauración.

16       La República Italiana, surgida tras la paz  de  Lunéville  en 1801, tenía a Napoleón Bonaparte como presidente, con una constitución modelada  sobre  la  francesa:  a   los  patriotas  italianos  les  proporcionó la esperanza de la futura realización de la unidad nacional.

17       Alemania, en los años 40  estaba  dividida  en  38 estados  y  ciuda­  des libres.

187

 

y confías sólo en las estrellas,  ya no en ti mismo.

 

Queremos decirlo y alto

traicionar abiertam ente y sin tem or los «fundam entos» que sentáis

para nuestro espíritu alemán.

Traicionar el sonajero

que tintinea  al  oído  alemán, y a la blanda y turbia fuente

que b ro ta sobre la arena de Alemania.

 

Cómo faltaste a tu palabra,

tú,  regim iento   de   eunucos,1“s y qué vilm ente hem os sufrido

eso que llamáis vosotros libertad.

Libertad para la «gallarda raza germánica»:

el bastón sobre la plaza

y los privilegios en secreto.1*

 

Vosotros, que con ciegos resoplidos apagasteis la luz últim a

y rem endásteis con trapos nuevos la vieja fe que poseíais,

y nosotros, burlados

por vuestra  sabiduría, y el rey, único vencedor

entre las Cartas alem anas.120

Vosotros, clases fieles,

de espalda doblegada: Qué inerte vuestra  mano y m uda vuestra boca.

E ntre  enigmas y  rimes m

apenas si destiláis servilismo:

 

 

,lfi  Juego de   palabras   intraducibie  entre   el   sustantivo  Eunuchen  y el verbo {das Worí) beschneiden (cortar).

!19 Alusión a la política antiliberal y reaccionaria de Austria y los  Estados alemanes en los años de la Restauración.

130     Las diferentes constituciones locales,  que  carecían  de valor  al­ guno para los soberanos alemanes, los cuales no las respetaban.

121 Rime; signos de escritura de ios antiguos pueblos nórdicos.

 

188

 

 

 

l

 

No. Decididam ente, vosotros

no seréis tribunos del pueblo alemán.

 

De m odo que, jacabemos de una vez!

H undam os los puentes.

Habéis dicho y justam ente reconocido, traición.

Tú, Tierra,  que  aplastas sin  clemencia la sem illa joven,

debes traicionar  la  fidelidad y ser fiel a la traición.

 

La situación eo SrsgSaterrcs

por Friedrích Srsgels

 

 

 

 

 

 

 

 

Pasado  y  presente  de  Thomas  Caríyíe,  Londres,  1843 132 De  entre  los  gruesos volúmenes  y  opúsculos  sutiles publi­

cados  el  año  pasado  para  esparcim iento  y   educación  de las

«personas  cultas»  en  Inglaterra,  el  escrito  que  nos   ocupa es el único que vale la pena leer. Todas las novelas en varios tomos, con sus complicaciones tristes o alegres, los  comen­ tarios m oralistas o m editaciones,  doctas  o  no,  sobre  la  Bi­ blia —novelas  y  libros  m oralistas  constituyen  la  m ercancía de  m oda  de  la  literatu ra  inglesa—,  todo  ello  puede  dejarse a un lado tranquilam ente. Quizá pueda encontrarse  algún  li­ bro de geología o  economía,  de  historia  o  de  m atem áticas  que contenga alguna novedad; pero se tra ta de cosas que se estudian, no de cosas que se leen,  se  tra ta  de  árida  ciencia  para profesionales, ciencia estéril, plantas cuyas raíces  hace tiem po fueron arrancadas del terreno hum ano del cual ex­ traían su alim ento. Búsquese cuanto se quiera, el libro  de Carlyle es el único  que  toca  cuerdas hum anas, que  represen­ ta relaciones hum anas y sigue la huella de una hum ana con­ cepción.

Resulta  sorprendente  com probar  cómo  las   clases   eleva­

das de la  sociedad,  lo  que  los  ingleses  llam an  su  respecta- ble  people, the  better  sort  of  the  people,m se  han  sumido, en

 

12 C fr. Thomas C a r ly le , Past and Present, London, 1843.

123 «Gente respetable» y «los mejores estratos de la población».

 

190

 

Inglaterra, en una auténtica decadencia. Toda energía, toda actividad, todo contenido, han desaparecido; la nobleza de sangre va  de  caza,  la  nobleza  de  toga  escribe  libros  inútiles y, todo lo más, se a rra s tra entre una [literatura igualm ente vacía y sin significado^ Los prejuicios políticos y religiosos se transm iten de una generación  a  otra;  hoy  día,  todo  se  reci­ be ya elaborado y ya no es preciso  como  antaño preocuparse por los principios; desde la m ism a cuna nos lo encontram os preparados, no sabemos siquiera de dónde vienen ¿Qué más querem os? Hemos gozado de una esm erada educación, es de­ cir, hem os sido infructuosam ente atorm entados en las es­ cuelas con los griegos y rom anos, adem ás, somos « respeta­ bles», es decir, poseem os  unos  miles  de  libras  esterlinas,  de m odo que sólo nos esforzarem os por encontrar una buena esposa si es que todavía no la tenemos.

¿Y este fantasm a que la gente llam a «espíritu»?  ¿Cómo podría el espíritu descender a una vida sim ilar y, si descen­ diera, dónde encontraría acomodo, p o r parte de todos ellos? Allá todo está establecido y medido al  modo  chino:  ¡Ay  de  aquel que sobrepasase los estrechos límites!  ¡Pobre  y  tres veces pobre de quien choque con el antiguo y venerable pre­ juicio! Nueve veces pobre si  se  tra ta  de  prejuicio  religioso. Para cada..,-pregunta sólo existen dos respuestas:  una  res­ puesta whig y una respuesta íory,  repuestas  amba*s  que  fue­ ron form uladas por sabios m aestros de cerem onia de los res­ pectivos  partidos;  no  hay   ninguna  necesidad  de  reflexio­ nes o complicaciones, todo está hecho, ya lo ha dicho Dicky Cobden o Lord John Russel, y Bobby Peel o el «duque» por excelencia, es  decir,  el  duque  de  W ellington,124 así  lo dijo  y así será.

¿V osotros, com placientes alemanes,  tenéis  que  exigir  de los periodistas y d e 'lo s representantes  liberales  del  pueblo que os digan el tipo de gente extraordinaria o lo indepen­ dientes que son los ingleses, y todo ello debido a sus libres instituciones. Eso, desde lejos se ve  bastajuteJIjien.  Los  de­ bates en las dos cám aras del Parlam ento, la libertad de pren­  sa, las tem pestuosas asam bleas populares, las elecciones, los jurados no dejan de hacer su im pacto sobre el tím ido tem ­

 

124     Richard Cobden (1804-1865), famoso  librecambista;  Lord  John Russel (1792-1878) dirigente whig  y  primer  ministro  de  1846  a  1852.  Sir Robert  Peeí  (1788-1850)  primer  ministro  de   1841   a   1846;   Arthur  Weller- ley, duque  de  Wellington   (1769-1852):   había   sido   primer   ministro   de 1828 a 1830.

191

 

peram ento de Michel,125 y en su adm iración toma por oro re­ luciente todo aquello que no es sino apariencia?!.Pero, en de­ finitiva, el punto de vista del periodista lib eraf y del repre­ sentante del pueblo no es todavía lo suficientem ente elevado como p ara asegurar una am plitud de m iras, tanto  con  res­ pecto al  desarrollo  de la hum anidad como con  respecto  al  de la nación en  particular.  En  su  tiem po  la  Constitución  ingle­ sa fue bastante buena, ilegando, incluso, a hacer mucho  bien; más  aún,  desde  1828  tiene  iniciada  su  m ejor  acción:  traba­ ja r por su propia destrucción, aunque sin  haber realizado nada de lo que el liberal le atribuye. No ha convertido a los ingleses en personas cultas. Los ingleses, o lo  que es  lo  mismo, los ingleses cultos, a los cuales en   el   continente  se  les considera representativos del carácter nacional, son ios más despreciables esclavos que jam ás  hayan  existido  bajo  la  luz del  sol.] Sólo  aquella  parte  de   los   ingleses   desconocida  en el Continente, los  parias  de  Inglaterra,  los  pobres,  son  real­ m ente respetables, a pesar  de  su  falta  de  educación y  su  fal­ ta de m oral. En ellos reside la esperanza de  la  salvación  in­ glesa, en ellos reside la  única  m ateria  educable  de  Inglate­ rra; carecen de  cultura, pero tam bién de prejuicios, tienen fuerzas que gastar en una em presa nacional:  todavía tienen futuro.\L a aristocracia —que hoy com prende tam bién a las clases m edias— está agotada; el contenido intelectual que tenía p ara gastar ha  sido  llevado  a  la  práctica  y  aprovecha­ do hasta  el  final,  y  su  reino  se  dirige  a  grandes  pasos  hacia el final. Su obra  es  la  Constitución,  y  la  últim a  consecuencia de dicha obra es la recién  tejida  red  de  instituciones  con  la que im pedir a sus creadores cualquier libre m ovimiento es- piritual.jE l dominio del prejuicio público es la prim era con­ secuencia de las  llam adas  libres instituciones políticas, y dicho dom inio es, en el país políticam ente más libre  de  Euro­ pa, en Inglaterra, más fuerte que en cualquier otro, exclusión hecha de América del  Norte, donde  m ediante  la  ley  de Lynch,m el prejuicio público ha sido legalmente  reconocido como poder del Estado. El inglés se hum illa frente  al  prejui­  cio público, a él se sacrifica cotidianam ente, y cuanto m ás li­ beral es, m ás hum ilde se a rrastra por el polvo frente a su ídolo^Pero en los «círculos cultos» el prejuicio público es

 

125     El Deutscher Micheí, se refiere al típico bien pensante alemán burgués.

m  La   Lynch  Law  facultaba  a   civiles  no   autorizados  para  procesar y ejecutar a los delincuentes.

 

192

 

wigh o tory,  raram ente  radical,  y  si  se  da  este  últim o  caso, ya no es inm une a las  sospechas. Probad  a  correr la voz entre los ingleses cultos de que sois cartista o dem ócrata,  inme­ diatam ente se comenzará a dudar de la salud de vuestro in­ telecto y a h u ir vuestra  compañía.  O  tam bién,  declarad  que no creéis en la divinidad de Cristo, y seréis traicionados y ven­ didos, confesad, finalm ente que sois ateos, y al ñnal del día siguiente se os tra tará como a un desconocido. [Y el inde­ pendiente  inglés,  si  alguna  vez  se  pone  a  pensar  realm en­ te, lo cual resulta bastante  infrecuente,  se  sacude  el  yugo  de los prejuicios m am ados con la leche m aterna, tam poco en­ tonces ten d rá el valor  necesario  p ara expresar librem ente sus convicciones, tam bién entonces fingirá, frente a la opi­ nión pública, que profesa  opiniones  toleradas,  contentándo­  se quizá con poder hablar de vez en cuando librem ente  con quien sabe que piensa como él.J

De modo que las clases  cultas  en  Inglaterra  están  nega­  das para cualquier tipo de progreso y sólo pueden moverse, quizás, a impulsos de las clases trabajadoras. No hay que es­ perar, p o r lo tanto, que el literario pan de cada día  de  esa cultura  senil  sea  diferente  de  lo  que  es.  Toda  la  literatu ra de m oda se reduce a un eterno círculo y resulta tan ab u rri­ da y estéril como la sociedad de moda, blasonada  y  desan­ grada.

Cuando la Vida de Jesús de Strauss m y su  fam a  atrave­ saron el Canal de la M ancha ninguna persona norm al se atre­  vió a traducir el libro, ningún editor im portante osó im pri­ mirlo. Finalm ente lo tradujo un  lecturer  socialista  —es  de­ cir, un hom bre de características lo m enos de moda del m un­ do— lo publicó en fascículos de a penique un insignificante editor socialista y los trabajadores de M anchester,  Birmin- gham y Londres fueron el único público de Strauss en In ­ glaterra.

Si además, de los dos partidos en que se divide la  clase culta, alguno tiene cierta ventaja, es el de los tories. •En la situación social inglesa, el whig es, a  su  vez  demasiado  par­ tido para poder gozar de cierto  prestigio;   la  industria,  el centro de la sociedad inglesa, está en sus m anos y, lo en­ riquece; el partido considera a la industria inmaculada, y considera su expansión el único fin legítimo de toda legis­

 

127  Cfr.  David  Friedrich S t  r a u s s  ,  Das  Leben  Jesu,   Kritisch   bear- beitet, Tubingen, 1835-36.

193

 

13

 

lación, puesto que la industria le proporcionó  riqueza  y  po­ der. Por el contrario, el tory, cuya potencia  y  soberanía  han sido sacudidos por  ella,  la  odia  y  la  considera,  todo  lo  más un mal necesario. Por eso se constituyó  aquella  sección  de tories filántropos, cuyos jefes principales son Lord Ashley, Ferrand W alter, O astler,’28 etc, los cuales se han com prom e­ tido  a  defender  a  los  trabajadores  de  las  fábricas   contra los industriales. Thomas Csrlyle es tam bién,  en  sus  orígenes, un tory y  sigue  estando, en  cualquier  caso,  m ás cerca de ese p artid o que de los  whigs.  Por  lo  que  sabemos,  un  whig nunca h ubiera escrito un libro que contuviese la m itad de hum anidad que hay en Pasado y Presente.

Thomas Carlyle es conocido en Alemania  p o r  sus  esfuer­ zos por hacer accesible a los ingleses la literatu ra alemana. Desde hace varios años se ocupa principalm ente de  la  situa­ ción social inglesa  —el  único  de  entre los hom bres cultos de su país que lo hace— y ya en 1838 escribió una obrilla: Carlismo.™  En  aquel  tiem po los whigs estaban en el poder y proclam aban solem nem ente que el «fantasma»  del  Carlis­ mo, surgido alrededor de 1835, había  sido ahuyentado. El Cartism o era la continuación natural del viejo radicalismo, obligado  a  guardar  silencio   durante  una  buena  tem porada p o r la Reform bilí y que, a p a rtir de 1835-36 reapareció  con nueva fuerza y características m ás acusadas que antes.  Los whigs creían haber  aplastado  ese  Cartism o  y  Thomas  Carly- le aprovechó  la  ocasión  para  describir  las  causas  reales  del C artism o y dem ostrar la  im posibilidad  de  destruirlo  sin  ha­ b e r atacado prim eram ente las causas que lo produjeron. El punto de vista de este libro venía  a  ser, m ás  o  menos, el m is­ mo que el sostenido en Pasado y Presente, pero con tintes tories m ás acusados, originados por la circunstancia de que los whigs estaban  en  el  gobierno  y  resultaban  m ás  directa­  m ente aludidos p o r la critica. En cualquier caso Pasado y presente contiene todo lo que estaba ya contenido en aquel librito, pero expuesto en form a más clara, m ejor desarrolla-

 

 

m Lord Anthony Ashley Cooper Shafíesbury  (1801-1885),  político  in­ glés, fue uno de los promotores del «movimiento de  las  diez  horas»; William Bus field Ferrand (nacido en  1809),  socialreformista,  partici­ pante en el movimiento de las  diez  horas,  luchó  contra  la  Poor  Law; John Walter (1776-1847), editor y redactor del Times; Richard Oastler (1789-1861),  contrarío  a   las   tesis   del  libre  comercio,  propugnador   de   la jornada de diez horas.

129 C fr. Thomas C a r ly le , Chartism, London 1840.

 

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do y una  delineación  más  precisa  de  las  consecuencias,  lo que nos exime, pues de realizar una crítica del Carlismo.

Pasado y presente es un paralelo  entre  la Inglaterra  del siglo x m y la del xix, dividido  en  cuatro  partes  que  se  titu ­ lan: Procwnio; El  m onje  de  la  antigüedad;  El  trabajador  de la época moderna; Horóscopo.™ Examinemos ordenadam ente cada una de  estas  partes. No  podemos resistir a  la  tentación  de traducir los párrafos más bellos, con frecuencia extraor­ dinariam ente bonitos, del libro. La crítica pensará por sí misma.

El prim er capítulo del Proemio se titula: Midas.'"

«La situación inglesa se considera, y  con razón,  una  de las más am enazadoras y, en general, -«na  de  las  más  singu­ lares que nunca se hayan visto en el  mundo.  Inglaterra  está llena de riquezas  de  todas  clases,  sin  embargo,  en  Inglaterra se m uere de ham bre. Con vigor eternam ente igual  el  suelo inglés verdea y florece, ondeando, a la par que sus espigas doradas, densam ente poblado de oficinas, instrum entos ar­ tesanales de todo tipo, quince m illones de trabajadores que tendrían que ser los m ás fuertes, los más hábiles y volun­ tariosos que hayan existido sobre la  tierra;  estos  hom bres están aquí; el trabajo que realizan,  los  frutos  que  producen, por todas  partes  en  vigorosa  plenitud  son  superabundan­  tes: y, sin em bargo, el nefasto im perativo de un encantador pesa sobre él y dice: no lo toquéis, vosotros, trabajadores, vosotros señores que trabajáis, vosotros  señores  en  paro; nadie  tiene  que  tocarlos,  ninguno  de  vosotros  debe  gustar  de ellos; se tra ta de un fruto embrujado.»v

Bicho im perativo pesa, en prim er lugaK ^obre los traba­ jadores. En 1842 Inglaterra y Gales contaban con 1.430.000 pobres,  de  los  cuales  222.000 estaban  hospedados  en   asilos p ara pobres —Bastillas de la ley de los pobres, los llam a el pueblo—. Gracias a la hum anidad de los whigs,  Escocia  ca­ rece de una ley p ara los  pobres, pero  tiene  pobres  en  masa. Por lo demás, Irlanda puede airear la m onstruosa cifra de

2.300.000 pobres.

«Ante la  Corte  de  Stockport  (Cheshire)  un  padre  y  una m adre fueron acusados y declarados culpables del envene-

 

130     C fr. Thomas C a r ly le , Püst and Present, London 1843;  Book  I, Proem; Book II, The Ancient Monk; Book III,  The  Modern  Worker;  Book IV, Horoscope.

131     Cfr. Past and Present, cit, cap. I, Midas, pp. 1-8.

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i

 

11am iento de sus tres hijos, llevado a cabo para hacerse frau­ dulentam ente,  con  las  tres   libras y ocho chelines, pagables a la m uerte de cada uno de  sus  hijos  por  una  com pañía  de pom pas fúnebres; y  las  autoridades  gubernativas  inform a­ ron entonces que  no  se  trataba  de  un  caso  aislado  y  que  quizá fuese m ejor no profundizar demasiado  en  el  asunto. Ejem plos tales son sim ilares a una altísim a m o ’ita ñ a que se yergue en el horizonte, alrededor de la  cual  se  extiende  una zona tam bién plagada de m ontañas y  de  terreno  sin  descu­ brir.  Una  m adre  y  un padre, seres hum anos, hablan entre sí: ¿Qué tendrem os que hacer para escapar a la m uerte por inanición? Estam os aquí abajo, en  lo  más profundo  de  nues­ tra obscura cantina, las  ayudas  están  lejos.  Ah,  en  la  torre  del ham bre de Ugolino ocurren cosas gravísimas, el amadí­ simo hijo  Godda  ha  caído m uerto en  las  rodillas  del padre. Los padres de Stockport reflexionan  y  dicen,  si  nuestro  po­ bre, pequeño,  ham briento  Tom,  que  Hora  durante  todo  el  día porque quiere pan, que en este m undo verá  solo  rnal  y  nunca el bien, dejase repentinam ente de sufrir,  quizás  noso­ tros  podríam os  seguir  viviendo.   Pensado,   dicho  y   hecho. Y ahora Tom está m uerto y todo ha  sido  gastado  y  consumi­ do. ¿Le toca ahora el  turno  al  pobre,  pequeño,  ham briento Jack o al pobre, pequeño, ham briento Will?  ¡Qué  m edita­ ción es esta! En las  ciudades  sitiadas  a  la  caída  de  Jerusa- lén, que había incurrido en las iras -del Señor, ya había sido profetizado:  las   m adres  de  las   infelices   m ujeres  cocinaron a sus propios hijos. La más hosca fantasía de los hebreos no podía im aginarse un abismo más  negro  de  m iseria,  se  tra­ taba  del últim o  abism o  del  hom bre  degradado  y   m aldito de Dios; y nosotros aquí, en la m oderna Inglaterra, en  la plenitud  de  nuestra  riqueza,  ¿Adónde  hemos sido capaces de llegar? ¿Cómo ha podido suceder? ¿De  dónde viene  y  por  qué tiene que ser así?»

Todas estas cosas sucedían en 1841. Puedo añadir que

hace cinco meses ha sido ahorcada en Liverpool una tal Betty Eules de Bolton, que por idénticos motivos había en­ venenado a tres hijos propios y 'dos adoptivos.

E sto por lo que se  refiere  a  los  pobres.  Pero  ¿Qué  suce­  de con los ricos?

«Esta victoriosa industria, con su hinchada riqueza hasta

 

m Así en el original. R ecto : Gaddo, hijo del personaje  dantesco Ugolino.

 

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el momento, no ha enriquecido a  nadie.  Podemos  gastar  mil allí donde invertim os cien, pero con todo eso no podemos adquirir nada que sea útil. Algunos pueden alim entarse a base  de  m anjares  exquisitos  beber vinos  preciadísim os, pero

¿es acaso esa la m ayor de las bendiciones? ¿Acaso son más  bellos,  m ejores,  más  fuertes  o   valientes?  ¿Acaso  son   lo que

.se llama “ felices”?»

Quien trab a ja ya no es feliz, el ocioso, es decir, «el propie­  tario de  la  tierra,  ya  no  es  feliz:  de  modo  que  «¿para  quién es esa riqueza, la riqueza de Inglaterra? ¿Quién se ha bene­ ficiado de ella? ¿A quién convierte la riqueza en m ás h e r­ moso, m ás reliz o  más  inteligente?  Por  el  m om ento  a  nadie. N uestra victoriosa industria, hasta ahora 110 ha  tenido  nin­ gún éxito; el pueblo m uere de ham bre en medio de la abun­ dancia; entre dorados  m uros  y  graneros llenos  nadie  se sien­ te seguro o satisfecho. Midas suspiraba por el oro y m aldijo contra el Olimpo. Obtuvo el oro. Todo lo que tocaba se convertía  en  oro,  sin  embargo, de  bien  poco le  valió  todo eso con sus orejas de asno. Midas  había  calum niado  la  m ú­ sica celeste. H abía ofendido a Apolo y a los dioses y los dio­ ses atendieron su deseo y  añadieron  un  par de  largas  ore­ jas, un apéndice apropiado ¡Cuánta verdad en esa fábula'».

«¡Qué cierta es —continúa en su  segundo  capítulo— aque­ lla antigua fábula de la  Esfinge;  133  la  Naturaleza  es  la  Esfin­ ge, una diosa, pero todavía no com pletam ente liberada,  to­  davía a medias inm ersa en la anim alidad, en  la  nada  espi­ ritual; orden, sabiduría, por un lado, pero  tam bién  obscuri­ dad,  salvajismo,  destino  ineluctable.» /

La Esfinge-naturaleza —m isticism o alemán/ dicen los in­ gleses cuando leen ese capítulo—  tiene  una   pregunta  para cada hom bre y p ara cada tiempo: feliz aquél que sabe res­ ponderla correctam ente; el que no  responde, o lo hace de form a equivocada, obtiene a  cam bio  la  parte bestial y  salva­  je de la Esfinge, en lugar de una bella esposa encuentra en ella la leona feroz. Otro tanto sucede  con  las  naciones  ¿Po­  déis resolver el enigma del destino? Todos los  pueblos in­ felices, del mismo m odo que los individuos infelices, han contestado equivocadamente, han  tom ado  la  apariencia  por la verdad, han tom ado los eternos hechos internos del  uni­ verso como fenóm enos externos y transitorios; esto es lo

 

 

13 Cfr. Past and Present, cit., cap. II, The Sphinx, pp. 9-18.

 

 

 

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que ha hecho tam bién Inglaterra. Como dice el autor m ás adelante, Inglaterra ha caído en manos del ateísmo, y la si­ tuación  en  que  hoy  se  encuentra  es  la  consecuencia  lógica de  esa  caída.  Después  hablarem os  de  este   asunto;   por  el m om ento nos lim itam os a observar que Carlyle podría haber llevado la  com paración  de  la  Esfinge  más  adelante  todavía, si es que se la quiere aceptar en su sentido paleo-panteísta schellingui3.n0 arriba m encionado; como en la leyenda, la solución  del  enigma  es  hoy  el  hom bre,  y  es  la   solución  en su sentido m ás completo. Tam bién  esto  tendrá su  respuesta.  El capítulo siguiente nos-  proporciona  la  siguiente  des­ cripción de la insurrección de M anchester,134 en agosto de

1842:

«Un m illón-tíe trabajadores ham brientos irrum pieron  en las calles y en ellas perm anecieron ¿qué o tra cosa podían hacer? Sus injusticias y sus acusaciones eran amargas e intolerables, su furor, justificado, pero ¿ quién ha provocado esas acusaciones? ¿Quién quería solucionarlas? No sabemos quiénes o qué son nuestros  enemigos;  no  sabemos dónde están nuestros amigos. ¿Cómo vamos a poder  atacar  a  al­ guien, m atar a alguien, o  d ejar  de  m atar  a  alguien?  Oh,  si esta m aldita  pesadilla,  que  invisible  oprim e  nuestra  vida  y la de nuestros sem ejantes, asumiese una figura, si quisiese hacernos frente como un tigre, como  Behem oth  del   caos, como el mismo enemigo capital, en una figura  cualquiera pero identificable.»

En eso consistía, precisam ente, la desgracia de los tra ­ bajadores en aquella rebelión del verano de 1842: no sabían contra quién tendrían que com batir. !JE1 suyo era un  mal social,  y  los  m ales  sociales  no  pueden abolirse  del  m ism o m odo que se suprim en los privilegios o la m onarquía. Los males  sociales  no  pueden  curarse  a  través de  las  Cartas del pueblo, y  esto  lo  sentía  el  pueblo;  de  no  haber  sido  así, la Carta del pueblo sería hoy la ley  fundam ental  de  Ingla­ terra. Los  m ales  sociales  deben  ser  estudiados  y  conocidos, y la m asa de los trabajadores, por el m om ento, no lo ha he- cho2\El gran fruto de la rebelión fue  que  el  problem a  vital de Inglaterra,  el  problem a  de  la  definitiva  suerte  de  la  cla­ se trabajadora, como dice Carlyle, fue puesto al alcance de cualquier  m ente  inglesa.  Hoy el  problem a  no  puede  ser mar-

 

n\      Cfr.   Past   and  Present,   cit,,   cap.   III,   Manchester Insurrection,

pp. 19-29.

 

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ginado, Inglaterra tiene que proporcionarle una solución o perecer.

Dejamos a un lado  el capítulo final de esta sección, de­ jam os a un lado tam bién, p o r el momento, toda la sección siguiente  y  pasam os  a  la  tercera  sección   que  tra ta   de   los 'T rabajadores de la época moderna ,13je n donde se resum e y "toma cuerpo la situación inglesa, iniciada en el proemio.

Hemos rechazado, prosigue Carlyle, la religiosidad del Medioevo sin  recibir  nada  a  cambio;  nos  «hemos  olvidado de Dios, hem os cerrado nuestros  ojos  a  la  esencia  eterna  de las cosas y  los  hemos  dejado  abiertos  sólo  para  la  aparien­ cia engañosa de las cosas, nos  tranquilizam os  ■diciendo  que  este  universo  es  un  enorm e  e   incom prensible  interrogante y, visto desde fuera, una gran grey y una casa de trabajo, con gigantescas cocinas y comedores  en  los  que  sólo  el  astu­ to encuentra sitio; toda  verdad  de  nuestro  m undo  es  relati­ va, sólo la ganancia y el placer, el goce njaterial y el aplauso fueron y siguen siendo verdades aceptables para el hom bre práctico. Papa nosotros  ya  no  existe  Dios  de  ninguna  clase; las leyes de Dios se han convertido en el  "principio  de la m a­ yor  felicidad  posible",  una  intriga   parlam entaria;  el  cielo ha pasado a ser  un  reloj  astronóm ico,  un  coto  de  caza  para el telescopio de H erschel,136en donde se cazan resultados cien­ tíficos y sentim ientos, de acuerdo con el lenguaje de nuestro Ben Jonson: 137 el hom bre ha perdido su alma, y solo ahora empieza a darse cuenta  de  la  dicha  pérdida.  Este  es  el  pun­ to delicado,  el  centro  del  cáncer  universal  de  la  sociedad.  No hay religión,  el  hom bre  ha  perdido  su  alm a y vano busca una sal que le preserve de la corrupción.  En  vano  la busca en la decapitación  del  rey,  en  la  Revolución  francesa, en las R eform Bills, en  las  insurrecciones  de  M anchester, ya no hay rem edio en nada, la lepra putrefacta, durante un ins­ tante contenida viielve una y o tra vez m ás fuerte y deses­ perante.»

Pero dado que el puesto de la antigua religión no puede quedar vacante, en su lugar hemos colocado un nuevo Evan­ gelio, un Evangelio que se corresponde a la nulidad y  la  vacuidad   de  nuestra  época:   el  Evangelio  de  Mammón.   In-

 

l3S      Cfr.   Past  and   Present,   cit,,  libro   XII,   The  Modern  Worker, pp.

185-318.

m William Herschel (1738-1822), astrónomo inglés.

17 Ben Jonson (1573-1637), famoso poeta y dramaturgo inglés.

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fierno  y  Cielo  cristianos  fueron  abandonados,   el   prim ero por problem ático, el segundo por carente de sentido, y habéis recibido un nuevo infierno; el infierno de la Inglaterra con­ tem poránea es la conciencia de  «110  abrirse  camino,  de  no ganar dinero». «En  realidad,  con  ese  Evangelio  hemos  lle­ gado a  conclusiones  bastante  extrañasJ La  llamamos  socie­ dad  y,    sin   em bargo  institucionalizam os en  todas partes la separación y el  aislam iento  m ás  totales.  N uestra  vida  no  es un z'ecíproco ayudarse, sino  una  m utua  hostilidad,  con  deter­ m inadas leyes de guerra, com petencia racional, etc,  etc.  He­ mos olvidado com pletam ente que  la  m era  paga  no  es  el  único nexo entre los hom bres. ¿Mis  trabajadores  afam ados? dice el rico industrial: ¿Acasono los alquilé en el  mercado, legal y honestam ente? ¿Acaso no pagué mi correspondiente deuda,  hasta  el  últim o  céntim o?   ¿Qué  más  tengo  que  com­ p artir con ellos?  Realmente, el culto a  la  riqueza  es  una  tris­ te fe.»_\

«Una pobre viuda de Edim burgo dirigióse a  una  institu­ ción benéfica de la que conseguir  socorro  para    y  para  sus tres hijos. Fue expulsada con malos modos de todos los Ins­ titutos,  le  fallaron  las  fuerzas  y  el  valor;  enferm ó   de  tifus, m urió y contagió a todos lo  que  vivían  en  su  calle,  de  modo que m urieron otras diecisiete  personas.  El  hum ano  médico que cuenta esa historia —el doctor W. P. Alison—m se  pre­ gunta: ¿No  hubiera  resultado  mucho  más  económico  ayudar a esta pobre m ujer? Al enferm ar, hizo que m uriesen otras diecisiete personas. Es extraordinario. La desam parada viuda escocesa se dirige a sus sem ejantes: m irad, necesito ayuda, tenéis que socorrerm e, soy una herm ana  vuestra, un  m iem ­  bro de vuestros m iem bros, un solo Dios nos creó. Y ellos respondieron: ¡Imposible! Tú no eres una herm ana nuestra. Pero, a pesar de todo, ella dem ostró  su  parentesco.  Su  en­  ferm edad les m ató. E ran sus herm anos, aunque hubieran re­ negado de ella ¿Podríam os encontrar testim onio más m or­ tificante?»

Dicho  sea  de  pasada,  Carlyle  se  equivoca  aquí,  como   se

equivocaba Alison. Los ricos  no  tienen  niguna  compasión,  ni m uestran  ningún   interés  p o r   la   m uerte  de  los «diecisiete»

¿Acaso no es una pública ventura el  que la «población superflua»  haya   dism inuido  en   diecisiete   personas?   Si en

 

135         Se   trata   del   médico   inglés  William   Pulteney   Alison (1790-1850).

 

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lugar cíe esos diecisiete m iserables, se hubiera tratado de  un  par de millones,  todavía  hubiese  sido  mucho  m ejor.  Este  es el razonam iento de los m altusianos ricos ingleses.

Pero todavía hay más. Evangelio peor que el d i le ta n ­ tismo, creado por un gobierno que no hace nreda, que lia qui­ tado  a  los  hom bres   la   seriedad, impulsándoles  a  parecer lo qué  no  son:  la  aspiración  al  «bienestar»,  es  decir  a  comer y beber bien, se ha  entronizado  la  crasa  m ateria,  destruyen­ do todo contenido espiritual. ¿Qué puede  derivarse  de  todo esto?

¿Y qué diríam os de un gobierno como el nuestro, que acusa a sus trabajadores de la «superproducción»? ¿Super­ producción? ¿No es este el punto clave? Todos vosotros, fa­ bricantes, todos vosotros habéis producido  demasiado. Nues­ tra acusación es que habéis  fabricado m ás  de doscientas mil camisas para la desnudez de los hom bres. Hasta los cal­ zones que fabricáis, de terciopelo, algodón, cachemira, plaid, lienzo de Nankín, lana ¿no  son,  acaso  demasiados?  Som bre­ ros  y  zapatos,  sillas  para  sentarse  y   cucharas  para  comer, sí, y fabricáis incluso relojes  de  oro, joyas,  tenedores  de  pla­ ta, aparadores, chiffoniers y divanes: ¡Santo Cielb, todos los estantes del Howel & James son insuficientes papa contener vuestros productos; habéis producido, producido, produci­ do; el que quiera acusaros no tiene más que m irar a su al­ rededor: m illones de cam isas y pantalones vacíos  penden inertes a nuestro alrededor a modo  de  testigos  de  cargo  con­ tra vosotros. Nosotros os acusamos de superproducción: vosotros sois los culpables  -de  haber  producido  en  asom ­ brosa superabundancia, camisas, pantalones, sombreros, za­ patos, etc., etc. Y ahora, a causa  de  todo  eso  sobreviene  la crisis, y vuestros trabajadores tienen que m orir de ham bre.

«Lores y Gentlem en ¿De qué acusáis a esos pobres tra b a ­ jadores? Ellos, señores míos, tenían la obligación  de  garan­ tizar que no sobrevinieren las crisis; vosotros teníais que ocuparos de que el  reparto  por el  trabajo  realizado  se  hicie­ se  ordenadam ente,  y  que  ningún trab ajad o r  quedase   sin su salario, tanto en dinero  contante  y  sonante  como  en  soga de cáñamo; esa era, desde tiem po inm em oriable  vuestra ta ­ rea. Esos pobres tejedores han  olvidado  mucho  de  lo  que tenían  que h ab er  pensado,  de   acuerdo  con   la   ley   interna y tácita de su posición, pero ¿qué ley escrita han olvidado? Habían  sido   destinados   a  fabricar camisas, demasiadas ca­

 

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m isas. V erdaderam ente, se trata de una cosa nueva  en  el loco m undo en que vivimos, con sus novecientos millones de cuerpos desnudos. Pero, Lores y Gentlemen, vuestra ta­ rea, im puesta por la sociedad, era la de seguir  produciendo hasta que  esas  camisas  estuvieran  bien  repartidas,  y  ¿en qué se ha quedado esa repartición? Dos millones de trab a­ jadores sin traje o m íseram ente vestidos están en las bas­ tillas  que  son  los  asilos  de  los  pobres,’59 otros  cinco  m illones viven en bodegas  dignas  del  ham bre   de  Ugolino;  y  para poner rem edio a todo eso, decís:  increm entad nuestras ren­ tas. Exclamáis en tono triunfal: Por casualidad ¿ estáis acu­ sándonos? ¿queréis cargar  sobre  nosotros  la  responsabili­  dad de un exceso de producción? El   cielo  y  la  tie rra  son testigos de que nosotros no hemos producido absolutam ente nada. En el vasto reino de la creación, no existe ni una sola camisa hecha por nosotros. No tenem os un  ápice de  culpa por lo que se produce. Por el contrario ¡Oh, ingratos!  qué cantidad de cosas nos hemos visto obligados a  "consum ir". Todas esas m ontañas  ¿No  han  desaparecido acaso delante de  nosotros,  como  si  tuviésemos  estómagos  de  avestruz  y una especie de divina capacidad de consumo? ¡Ingratos!

¿acaso no habéis crecido a la som bra de nuestras alas? ¿No surgen vuestras inm undas fábricas sobre nuestro propio te­ rreno? ¿Es que no tenem os  que  venderos  el  trigo al  precio que m ás nos agrada? ¿Qué pensáis que sería de vosotros si, nosotros, propietarios del  suelo de  Inglaterra  decidiésem os no hacer crecer el trigo?»

Esa  m entalidad  de  la  aristocracia,  esa  bárbara pregunta:

¿Qué sería de vosotros  si  no  fuésemos  tan  benignos  como para  hacer  crecer  el  trigo?  es  la  causante  de  las  «dementes y desgraciadas leyes del trigo»; leyes del  trigo  tan  dem entes que lo único que se  puede  decir  en  su  contra es  que  «harían llo rar a un ángel en el cielo  y  a  un  asno  sobre  la  tierra».  La ley del trigo dem uestra cómo la aristocracia todavía no ha aprendido a dejar de provocar desgracias, a quedarse  tran ­ quila después y no hacer  absolutam ente  nada,  y  ahora  me­ nos que nunca, a  no  hacer absolutam ente nada  de  bueno;  y, sin em bargo, según Carlyle, ese sería precisam ente su deber;

«dada su posición está  destinada  a  guiar y  regir los  destinos de  Inglaterra,  y  todo  trab ajad o r   de  la  casa  de  trabajo tiene

 

Los Asilos para  pobres  eran  una  especie  de  casas  de  trabajo  en las que los mendigos eran obligados a permanecer.

 

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derecho a  preguntarles:  ¿Por  qué  estoy  aquí?  Su  pregunta será escuchada en  el cielo,  e  incluso  llegará  a  ser  audible sobre la tierra, aunque  no  atendida.  Su  acusación  va  diri­  gida  contra  vosotros  Lores  y  Gentlemen;  vosotros  estáis  en la prim era fila de  los  acusados,  vosotros,  dada  la posición que ocupáis y asum ís, sois los prim eros obligados a respon­ der. El destino de la aristocracia que se pudre en el ocio puede  leerse,  como  en  un  horóscopo,  en  las  leyes   del  trigo y sim ilares; es un  abism o  que  llena  el  alma  de  desespera­ ción. Sí,  m is  rubicundos  herm anos   que  practicáis  la   caza de la zorra, con vuestros rostros  frescos  y amables, con vues­  tra m ayoría sobre  las  leyes  del  trigo  s-tidings-scales,  arance­ les,  elecciones  corrom pidas y fuegos triunfales en  Kent, arro jad una vigilante m irada sobre los espantosos cuadros de la caída, dem asiado espantosos como para ser dichos, un m anuscrito   Mene-Mene;    Dios   mío,   ¿Acaso   la   ociosa   aris­ tocracia francesa decía  lo mismo,   hace  apenas  cincuenta años?: no podem os existir, no podemos seguir vistiéndonos, exhibim os como corresponde a  nuestro  rango;  nuestra  renta de la tie rra ya no nos basta, tenemos que  tener  m ás  de  lo  que  tenem os,  se  nos  tiene  que   dispensar  del  pago  de  tasas y -debemos in stitu ir una  ley del  trigo  que  aum ente  nuestra ren ta de la tierra. Esto sucedía en  1789,  y  cuatro  años  más tarde ¿no oísteis hablar de la tenería de Meudon donde los desnudos se vestían con trajes confeccionados con piel hum a­ na? Que el cíelo m isericordioso aleje de nosotros tan negro presagio; nosotros podem os ser más inteligentes para no  aca­ bar siendo tan m iserables».

La  aristocracia  que  trab aja  se   desarrolla  entre  la  aristo ­

cracia sum ida  en  el  ocio,  y  con  su  «mammonismo»  tam bién a ella le espera un triste fin. «Parece que la  gente  del  conti­ nente exporta nuestras m áquinas, teje el  algodón  y  fabrica para sí, nos expulsa de todos los m ercados. Noticias  tristes, pero, con m ucho, no las que más. Lo más triste, como he oído decir, es que tenem os que ver nuestra existencia nacional su­ bordinada a nuestra capacidad de  venta  de  tejidos  de  algo­ dón un pico p o r m etro más barato que el resto  de  los  pue­  blos. ¡Miserable E stado el nuestro para  una  nación   tan grande! Un E stado  que,  p o r  lo  que  a    me parece, a  pesar de la introducción  de  todas las  posibles  leyes  del trigo, a la  larga  no  va  a  poder  sostenerse.  Ninguna  nación im portan­

 

 

140     Legendario manuscrito, anunciador de grandes desgracias.

 

 

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te puede sostenerse así  sobre la cúspide de una pirám ide, elevándose cada vez más, em pinándose sobre  las  puntas  de los pies. En definitiva, este Evangelio de la riqueza con  su infierno de la ganancia no lograda, oferta y demanda, com­ petencia, libertad  de  comercio,  " laissez  j'aire  y  que  el  dia­ blo cargue con  el  resto ”,  empieza  a  convertirse  poco  a  poco en el Evangelio m ás digno de lástim a que jam ás haya sido predicado sobre la faz de  la  tierra,  Y  aunque  las  leyes  del trigo fueran  suprim idas  m añana, tam poco habríam os llegado al final, quedarte  todavía  campo  libre  para  em presas  de  to­ da clase. Una vez abolidas las leyes del trigo, liberalizado el comercio, es cierto que cesaría la actual contracción de  la industria. Volveríamos a gozar de un período de em presas comerciales  y  de  florecim iento  general;  el  nudo  corredizo de la carestía se aflojaría alrededor de  nuestro  cuello,  ten­ dríam os espacio para respirar y tiempo para reflexionar y arrepentim os,  y  un  tiempo  tres  veces   más  precioso  para com batir, como si se tratase de nuestra  vida,  y  reform ar nuestro equivocado camino, enseñar a nuestro pueblo, edu­ carle y gobernarle; proporcionarle un poco de alim ento es­ piritual, una guía auténtica y un gobierno: sería una era im­ pagable.  Efectivam ente,  nuestro  nuevo  período   de  floreci­ m iento  se dem ostrará  y,  desgraciadam ente  tendrá  que  de­ m ostrarse según el  antiguo  método de la «concurrencia y que el diablo  cargue  con  el  resto»,  sólo  paroxismo  y,  probable­ m ente, para nosotros, el último. De  hecho  si  nuestra  indus­ tria se  duplicase  en  veinte  años,  nuestra  población  tam bién se duplicaría en ese  mismo  período  de  tiempo;  y  volvería­ mos a estar en el mismo punto  del  principio,  solo  que  sere­ mos el doble que antes y tam bién  doblem ente, m ejor  dicho, diez veces más indomables. jAy, dónde  hemos  ido  a  caer  al final de este zarandeo por la inm ensidad  de  los  tiempos! donde los hom bres se mueven como  cadáveres  galvanizados, con los ojos inmóviles y vacíos, sin alma, sólo con una febril capacidad industrial y un estómago para digerir. Doloroso resulta el espectáculo del ham bre  desesperada  en  las  fábri­ cas de algodón, en las m inas  de  carbón  y  entre los  asalaria­ dos agrícolas de Chandosse, pero con todo, menos doloroso, para el pensador que esa b rutal y sacrilega filosofía de  la pérdida y la ganancia, y de  toda  esa  inteligencia  vital  de  la que oímos hablar p o r todas partes, en las  sesiones  del  Se­ nado, en las disputas  de los círculos, en los artículos de

 

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fondo  de  los periódicos, en  los  púlpitos  y  tribunas,  procla­ m ada como Evangelio definitivo y digna práctica de la vida humana.»

«Me atrevo a creer que en ninguna época, desde los p rin­ cipios de la sociedad, la suerte de las m ultitudes, m udas y explotadas, haya sido tan  intolerable  como  hoy.  Ni  la  m uer­ te ni el ham bre convierten al hom bre en m iserable; todos nosotros tenem os que m orir, todos  nosotros  harem os  nues­ tro  últim o  viaje  en   el   carro  de  fuego  del  dolor;   pero   ser m ísero sin conocer la razón,  trab a ja r  hasta  el  agotam iento por y para nada, tener el  corazón  consumido  y  cansado  y  estar sin em bargo aislados, huérfanos, rodeados de un gélido laissez faire, m orir lentam ente durante todo el curso  de  la  vida, em paredados por una sorda, muda e infinita injusticia como en el vientre m aldito del toro de Falarides, esto ejs y  seguirá siendo intolerable  p a ra  todos  los  hom bres  creados por Dios. ¿Y nos m aravillam os de una Revolución francesa?

¿de la gran sem ana? ¿del Cartismo inglés? Realmente, a  poco que reflexionemos, qué singulares resultan los tiempos que vhpunos.

| SÍ  en  tíem gos  tan  singulares  la  aristocracia  se  denuies-t ^ tra jín capaz dejdirigir la  cosa  pública,  es  necesario  rem over-\ ía. De ahí la necesidad de la dem ocracia.^

«Con  sólo  ab rir  los  ojos,   todo  el   que  quiera  puede  ver la difusión y qué tipo de difusión ha logrado la democracia, la insidiosa prisa, siem pre creciente, con que procede en cualquier campo de  las  relaciones  hum anas.  Del  fragor  de las batallas napoleónicas a la salm odia  de  una reunión públi­  ca de com unidad en St. Mary Axe,;todo anuncia la dem ocra­ cia.»^.

f P ero ¿qué es en definitiva esto de la democracia? j

£<Ni más ni m enos que la falta de jefes  que  podrían  guia­ ros, y  el  sacrificio  en  esa  irrem ediable carencia,  el  intento de arreglárselas sin ellos.  Libre  e  independiente lector;  nadie te  oprim e,  ¿pero  es  que  no  te  oprim e,  quizá,  ese  estúpido ja rro de cerveza? Ningún hijo de Adán te m anda ir  o  venir:  pero ese absurdo jarro, pesado licor (Heavy w e t) puede  ha­ cerlo y lo hace.    no  eres  el  siervo  de  la  gleba de  Cedric,ui el Sajón, sino de tus propios impulsos anim ales ¿y sigues hablando de libertad? ¡Cretino integralI La representación

 

141     Recíe: Cerdic. caudillo sajón que conquistó  ía  Britania  Meridio­  nal en los siglos v y vi.

 

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de  acuerdo  con  la  cual  la  libertad  de  cada  uno  consiste  en el hecho de poder usar la propia voz en las elecciones y de­ cir: ¿Ves? Tam bién yo, ahora, para  un  ventim illonésim o  soy un orador de nuestra Asamblea Nacional de charlatanería

¿ Por qué razón los dioses no van a estar de mi parte? Esa representación es una de las  más  tontas  del m undo^A dem ás, la libertad que se adquiere por el hecho de encontrarse recí­ procam ente aislado, por el hecho de no  tener nada  que hacer con los dem ás si no es a través del dinero y los libros m a­ yores, esa libertad, al final, se revela para miles y miles de trabajadores, como la libertad para m orir de ham bre, y la libertad  de  pudrirse  para  decenas  de  miles  de  vagos.  H er­ m anos, después de varios siglos de gobierno constitucional, nosotros todavía sabemos  algo  de  lo  que  significa  la  liber­ tad y de lo que significa la esclavitud JP ero la dem ocracia seguirá  su  curso  librem ente,  los  millones  de  trabajadores  en su necesidad de  vivir,  en  su  instintivo,  apasionado  anhe­ la r una guía, rechazarán la farsa y durante un instante espe­ rarán que les baste  con  su  carencia;  pero  sólo p o r un instan­ te. Podéis rechazar la opresión de vuestras falsas au torida­ des: no os maldigo, sólo os compadezco y os prevengo; pero hacedlo y el gran problem a seguirá todavía sin resolverlo, el problem a de encontrar una.jdirectriz, una  guía,  entre  vues­ tras auténticas autoridades.» j

«"La guía, tal y como hoy la vemos, es desde luego m ise­ rable". En el últim o Comité parlam entario sobre la  corrup­ ción,  la  opinión  de  las  m ás   sanas  y   prácticas  cabezas  era la de que  parecía  imposible  evitar  la  corrupción  y  que,  bien o mal, tendríam os que tra ta r de ir tirando sin elecciones ho­ nestas. ¿Qué tipo de legislación puede  d ictar un  Parlam ento que se declara a sí mismo elegido o elegido m ediante la co­ rrupción? Corrupción no significa sólo venalidad, sino tam ­ bién deshonestidad, engaño  descarado,  broncea  insensibili­ dad en relación con la m entira y la instigación a la m entira. Pero sed honestos, instaurad en Downing Street un colegio electoral de acuerdo con los im puestos ciudadanos: tan ta población, paga tanto de im puestos  sobre  las   entradas,  el valor de las casas es tanto, elije dos diputados, elije un di­  putado, que puede obtenerse con  tanto  y  tanto  dinero; Ispwich, tantos miles de libras esterlinas, N ottingham tantas, así os vais deliciosa  y^ honorablem ente   arreglando  con  la com pra, sin m entiras. \ Nuestro Parlam ento se declara ele­

 

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gido y elegible m ediante la corrupción  ¿Qué  será  de  ese Parlam ento? Cuando  ni  Belial  ni  Belcebú  rigen  el  m undo, un Parlam ento así se prepara para nuevos Reform Bills. Pero nosotros preferim os pro b ar el Cartismo o cualquier otro sis­ tem a, antes que  contentarnos  con  ésteJ\Un  Parlam ento  que se inicia con la m entira en la  boca, se  cava  la  fosa  a    m is­ mo. En cualquier m om ento, cualquier  día,  en  cualquier  ho­ ra, puede surgir un carlista, Cromwell arm ado cualquiera que intim e a dicho Parlam ento: "Vosotros no sois un Parla­ mento. E n N om bre del Om nipotente, ¡M archaos!”» ^

Ésta es, según Carlyle,  la  situación  inglesa;  una  putre­ facta aristocracia terrateniente a que «todavía no  ha  apren­  dido a estarse tranquila, al  menos,  a  no  suscitar  desgracias, una aristocracia trab ajad o ra hundida  en  el  afán  de  lucro; una aristocracia que tendría que ser una asociación de diri­ gentes de trabajo, de  «capitanes de industria», se reduce a un m ontón de bucaneros, de piratas de  la  industria,[ün  Par­ lam ento elegido m ediante la corrupción, una  filosofía  de  la vida basada en  el  m ero ser espectadores, en  el no  hacer nada, en el taissez faire, una religión exclusivista  y  m altre­ cha, un total desinterés por todos los problem as hum anos generales, una desconfianza universal en  la verdad y en  la hum anidad, y consiguientem ente  un  universal aislam iento de los hom bres en su « burda singularidad», una caótica y desolada confusión de todas  las  relaciones  vitales,  una  gue­ rra de todos contra todos, una m uerte espiritual general, la carencia de «alma», es decir,  de  auténtica  conciencia  hum a­ na, una clase trabajadora incom parablem ente fuerte en una opresión y en una m iseria intolerables, en salvaje insatis­  facción y rebelión contra el  viejo  orden  social,  y  de  ahí  una am enazadora dem ocracia que avanza im parable; por todas partes, el caos, desorden, anarquía, ru p tu ra de los antiguos nexos de la sociedad, por todas partes, vacío espiritual, ausen­ cia de pensam iento y de inercia.JpSsta  es  la  situación  ingle- aquí —dejando de lado algunas expresiones que

derivan del particularísim o punto de vista de Carlyle— tene­ mos que [darle la razón en todo^ Carlyle ha sido el  único  de entre la 'clase respectable  que,  cuando  menos,  ha  m ante­ nido los ojos abiertos a los hechos, cuando menos, ha com­ prendido exactam ente el presente inm ediato.' Lo cual, real­ mente, no es poco para un inglés «culto».

¿Cuáles  son  las  perspectivas  para  el  futuro?  Las  cosas no

 

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van a  seguir  siendo  así, ni  pueden,  por  otra  parte,  seguir  así. Ya lo hem os visto. Carlyle, por la misión m ism a que ha asumido, no tiene ninguna píldora M orrison,1’2 ninguna pa­ nacea universal p ara curar el  mal  de  la  sociedad.  Tam bién en esto tiene razón.  Toda  filosofía  social,  hasta  que  no  aca­  ba proporcionando un par de proposiciones a modo de re­ sultado final, hasta que no  proporciona  una  píldora  M orri­ son, resulta incompleta; no  necesitam os  tanto  resultados cuanto estudio; los resultados carecen de valor sin  el desa­  rrollo que a ellos conduce, lo sabemos perfectam ente desde Hegel,  y  los  resultados  son   más  nocivos  que  útiles  cuando se establecen a p a rtir de sí  mismos,  cuando  no  se  constitu­ yen, a su vez, en prem isas de un desarrollo posterior. Pero, aunque  sea  tem poralm ente,  los  resultados   tienen que asu­ m ir una form a determ inada, a  través  del  desarrollo,  tienen que irse configurando a p artir de un vago carácter indeter­ minado en pensam ientos claros, de modo que, en líneas ge­ nerales, en una nación tan m eram ente em pírica como la in­ glesa, no puede evitarse la fórm ula de  «píldoras  de  M orri­ son » .  Carlyle   mismo,  a   pesar  de   haber dado cabida  en   sí a mucho de alem án, y quizá  lo  suficientem ente  lejano  del  craso em pirism o, hubiera tenido al alcance  de  la  mano algu­ na píldora si hubiese sido  menos  indeterm inado  y  obscuro con respecto al porvenir.

De vez en cuando Carlyle declara que, m ientras la hum a­ nidad persista en su ateísmo, todo va a resultar inútil e in­ fructuoso, hasta que no haya recreado en sí m ism a su propia

«alma». No ya que vuelva a cristalizar con toda su antigua energía  y  fuerza  vital  el  viejo  catolicismo,  o  que  tenga  que m antenerse en pie la religión contem poránea; Carlyle sabe pei'fectam ente que los ritos, dogmas, letanías y  truenos  del Sínaí no valen, que todos los truenos del Sinaí no hacen, m ás cierta la verdad y que ya no aterrorizan a ningún hom bre ra­ zonable, que ha desaparecido ya  el  miedo  a  la  religión,  sino que la religión  m ism a  tiene  que  volver  a  cristalizar  de  otra m anera. N osotros mismos podemos ver a dónde nos  han  llevado «dos siglos de gobierno ateo» —desde la «bendita» restauración de Carlos II—10 igualm ente tenem os que dar­ nos cuenta de cómo ese ateísmo se va gastando y  consu­  miendo. Pero ya hemos visto a qué llama ateísm o nuestro

 

«Morrison's Pilis» conocida purga de la época.

“3 Carlos II (1630-1685), rey de Inglaterra y de Irlanda.

 

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autor; no ya  a  la  falta  de  fe  en  un  Dios  personal,  sino  a  la falta de fe en la sustancialidad intrínseca,  en  el  carácter  in­ finito del  universo,  la  falta  de  fe  en  la  razón,  e]  -desesperar  del espíritu y de  la  verdad;  su  lucha  no  se  centra  contra  la falta  de  fe en  la  revelación  de  la   Biblia,  sirio   contra  «la más espantosa falta de fe  en  la  Biblia  de  la  historia  m un­  dial». Ese es el  eterno  libro  divino  en  el  que  todo  hombre, hasta que su alm a y  Ía  luz  de  sus  ojos  se  apaga,  puede  ver cómo  escribe  el dedo  de  Dios.  Mofarse  de  esto  constituye  una falta de fe sin parangón, una falta de fe  que  deberá casti­ garse no con  el  fuego  y  la  lluvia  de  sal,  sino  con  la  imposi­ ción de  tener que  callar  hasta  que  no  se   tenga otra   cosa más interesante que  decir.  ¿Por  qué  rom per  el  feliz  silencio con el estruendo rechinante?  ¿Para  poder  g ritar  sólo  esas cosas? Si el  pasado  no  contiene  en    ninguna  razón  divina, sino sólo diabólica irracionalidad, olvidadlo para  siem pre  ja­ más; a nosotros,  que  nuestros •padres  fueron  todos  ahorca­ dos, mal nos cuadra charlar de  huelgas.  «La  Inglaterra  mo­ derna no puede creer en  la  historia».  De  todo  lo  existente,  el ojo  ve  sólo   aquello  que   puede  aferrar  con   las   facultades que  le son  intrínsecas.  Un  siglo  ateo  no  puede  com prender las épocas im pregnadas de divinidad. En el pasado (en el me­ dioevo) apenas si distingue una vacía discordia, el señorío universal de la fuerza bruta, y no distingue cómo, al final, coinciden fuerza y  derecho,  distingue  únicam ente la estupi­ dez,  una  irracionalidad  salvaje  más   adecuada  a  B edlam 144 que al  m undo  hum ano.  De  donde  se  deriva,  naturalm ente, que idénticas cualidades deben  continuar e  im perar  en  nues­ tro tiempo. Millones de seres encerrados en Bastillas, viudas irlandesas que dem uestran su propia hum anidad a través del tifus; siem pre ha sido así o peor. ¿Qué  m ás  queréis?  ¿Qué ha sido  la  historia  sino  el  testim onio  de  una  absurda  estupidez  a través  del  triunfante charlatanism o?  En  el  pasado no había  m ugún Dios, no había  m ás  que  mecanicismo  e  ídolos  caóti­ cos y bestiales. ¿Cómo iba a poder el pobre «historiógrafo filósofo», p ara el que su siglo está tan abandonado de Dios,

« distinguir a Dios en el pasado»?

Sin embargo, nuestro siglo no está tan abandonado.

«Incluso en nuestra pobre y fragm entada Europa  ¿es que no se han levantado en estos ultim ísim os tiem pos voces religiosas, que a la antigua religión, unían una nueva, irresis-

 

 

1W El manicomio de Londres.

 

 

 

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tibie al corazón de  todos  los  hom bres?  He  conocido  algunas de esas voces, de las que no se proclam aron  ni  llegaron  a creerse profetas, pero en las que resonaba plenam ente  la verdad, naciendo del corazón eterno  de  la naturaleza, espí­  ritu & eternam ente venerados por todos aquellos  que  poseen un alma.  Una  revolución  francesa  es  un  fenómeno;  a  modo de com plem ento y exponente suyo, tam bién un poeta como Goethe y una literatura como la alem ana son para mí un fenómeno. En la destrucción del viejo m undo profano o práctico por el  fuego  ¿no  podemos  ver  acaso  un  presagio  y el alba de un  nuevo m undo espiritual, origen  a  su  vez  de nuevos m undos prácticos, con mucho, m ás nobles y m ás am ­ plios? Una vida de antigua dedicación, de antigua verdad y antiguo heroísm o, vuelve a ser posible  ahora.  Para  el  hom ­ bre m oderno aquí se hace visible un fenómeno que en  su certeza no puede ser com parado con ningún otro.  Existen  los  acordes  de  una  nueva  melodía  celeste,  y   vuelven  ahora a ser  audibles  a  través  de  la  jerga  infinita  y  la  disonancia de lo que se llam a literatura.»

Goethe, el profeta de «la  religión  del  porvenir» y  su  culto, el trabajo.

Efectivam ente, existe  en  el  trabajo  una  eterna  nobleza. Sí, en el trabajo existe una  santidad.  Y  por m uy  oscurecido que esté, por m uy olvidado de su altísim a misión, habría esperanza para el hom bre,  para  un  hom bre  que trabajase real y seriam ente; en el ocio sólo encontram os la eterna de­ sesperación. El trabajo, aún estando como está, tan  degra­ dado, sigue siendo un  nexo  con  la  naturaleza.  El  deseo  que im pulsa a ver term inado  el  propio  trab ajo  será  más  y  m ás la verdad y conducirá a las determ inaciones y leyes de la na­ turaleza. El  trabajo  es  de  una  im portancia  infinita.  Gracias al trab ajo el hom bre se com pleta. Los charcos de agua estan­ cada se  remueven;  y  son  sustituidos  p o r  campos  cultivados y ciudades fastuosas y, esto  es  lo  más im portante, el  hom bre m ism o deja de ser un charco de agua estancada y un insano desierto. Reflexionad y com probaréis que en la más ínfim a especie de trab ajo toda  el  alm a  del  hom bre  se  imbuye  de una determ inada arm onía. Dudas, deseos, angustias, inquie­ tudes, ira, la m ism a desesperación, a modo de infernales can­ cerberos ocupan el alm a del pobre asalariado y  el  de  cual­ quier otro, pero cuando, librem ente, se ciñe a su fatiga co­ tidiana, todos retroceden gruñendo a sus rem otas guaridas.

 

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Ei hom bre es  ahora  un  hom bre;  el  ardor  sagrado  del  traba­ jo   representa  para  él  una  especie   de   fuego purificador,  en el que cualquier veneno  o  el  peor  torm ento  se  disuelven  en una lim pia y sagrada  llama.  Bendito  aquél  qué  ha  encontra­ do su trabajo: ya no necesita de m ás bendiciones. Tiene un trabajo, una finalidad en la  vida;  lo  ha  encontrado  lo  persi­ gue, y ahora su vida  recorre  un  cauce  de  libre  curso,  excava­ do en m edio del pantano putrefacto de la necesidad en la existencia, desviando el agua  m uerta  del  junco  m ás  aparta-, do, transform ando el  pantano  pestilente  en  un  vergel  verde { y fecundo. El trabajo es vida: en definitiva no tienes más conciencia que la adquirida con el trabajo, lo demás es todo hipótesis, m ateria de discusiones escolásticas y especulacio­ nes, agotada  en  vueltas  y  revueltas  lógicas  sin  fin,  m ientras no la experim entem os o la fijemos. La acción  resuelve  cual­ quier tipo de dudas. Admirable resulta el principio  enun­ ciado por los  antiguos  m onjes: laborare est orare,  el  trabajo es culto. Mucho más  antiguo  que  cualquiera  de  los  Evange­ lios predicados es ese otro Evangelio no predicado,  no  ex­ presado  pero  im borrable:  trab aja  y  busca  satisfacciones  en tu trabajo. ¿Acaso en lo íntim o de tu corazón no existe un espíritu activo y ordenador,  una  fuerza  de  trabajo,  que  que­ ma como fuego dolorosam ente  ardiente,  que  no  te  d e ja  en paz hasta que no lo depliegas, hasta que no cristaliza en  los hechos de tu alrededor? Todo lo  que  es  desorden,  desierto, tienes que convertirlo en ordenado, regulado y cultivable, obediente a ti y  .para  ti  p ortador  de  frutos.  Donde  encuen­ tres desorden, allí reside tu enemigo; atácalo im petuosam en­ te,  sojúzgalo;  arráncalo del dominio  del  caos,  ponlo  bajo tu dominio, el dominio  de  la  inteligencia  y  de  la  divinidad.  Pero sobre  todo,  allí  donde  encuentres  ignorancia,  estupi­ dez o bestialidad, atácala, abátela, inteligente, infatigable, no descanses s! vi Ve m ientras vives  tú,  golpea,  golpea,  en  nom ­ bre  de  Dios:  golpea.  T rabaja  m ientras  quede  luz;  cuando llega la noche nadie puede trabajar. Cualquier  trabajo  autén­ tico es sagrado; sudor del rostro, sudor de la m ente y el corazón, incluidos los  cálculos  de  Kepler, las m editaciones de Newton; todas las em presas  heroicas  que  se  cuentan,  to­ das las. ciencias, todo el heroísm o del mundo, el m artirio,

hasta aquella «lucha m ortal  del  sudor  cruento»,  que  todos  los hom bres han llam ado divina. Si esto  no  es  culto, enton­ ces,  vaya  al  diablo  el  culto.  ¿Quién eres  tú,  que  durante toda

 

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la vida te estás lam entando  del  duro  trabajo?  No  te  lamen* tes, el cielo es severo contigo pero no  te es  hostil,  una  no­ ble m adre, como aquella m adre espartana que entregó el es­ cudo a su hijo: ¡Con esto o sobre esto! No te lam entes, los espartanos tam poco se lam entaban.  En  el  m undo  sólo exis­ te un  m onstruo:  el  ocioso.  ¿Cuál  es  su  religión  sino  la  de  que la Naturaleza es un fantasm a, Dios una m entira  y  m en­  tira tam bién el hom bre y su vida?

Pero tam bién el trabajo se  ha  precipitado  en  el  torbelli­  no salvaje del desorden y del caos, el principio purificador, clarificador, form ativo ha llegado a  ser  presa  de  la  confu­ sión,  del  desorden y  de  la  oscuridad.  Todo  esto  nos  rem ite a la cuestión fundam ental: al porvenir del trabajo.

¿«Qué clase de trabajo será ese que nuestros amigos del Continente, desde hace tiem po ya, y en form a absurda, an­ dando un poco a tientas, llam an "organización del trabajo"? Tenemos que quitárselo de las m anos a los absurdos char­ latanes y confiarlo a hom bres valientes, inteligentes, traba­ jadores; hay que em pezar inm ediatam ente, ponerlo en prác­ tica y continuarlo, si  Europa, o  por lo  menos  Inglaterra, tie­  ne intención de seguir siendo  un  lugar habitable.  Si  tenemos en cuenta a nuestros nobilísim os barones de  las  leyes  del trigo o a nuestros duqa.es eclesiásticos o pastores de almas

«con un m ínimo de cuatro mil quinientas libras esterlinas anuales, indudablem ente, nuestras esperanzas se vienen aba­  jo. Pero  [valor!  todavía  quedan  m uchos  hom bres  honestos en Inglaterra. Tú,  indom able  Lord  de  la  industria, ¿acaso no te queda un poco de esperanza? H asta hoy  fuiste  un  buca­ nero, pero en ese severo entrecejo, en ese indom able cora­ zón que sojuzga el algodón ¿no existen otras  victorias,  diez veces más nobles?» «Mirad a vuestro alrededor, vuestros ejércitos de todo el m undo han sido presa del am otinam ien­ to, del desorden y la indisciplina; es el  crepúsculo  de  la  lo­ cura. Ya no quieren m archar hacia adelante según el prin­ cipio de los seis jvence  al  día y  de  la  oferta y  la  deñianda;  ya no quieren y, adem ás, están en su derecho. Todos se  precipi­  tan en la locura de la venganza; sed vosotros tam bién m ás razonables. ¡Estos hom bres ya no volverán a m archar  como una  m uchedum bre  desordenada  y  m olesta,  sino  como  una m asa compacta, con auténticos jefes a su frente. Todos los intereses hum anos, todas las em presas sociales, al llegar a  cierto grado de desarrollo tienen que organizarse, y hoy, el

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mayor de los intereses hum anos, el trabajo, exige organiza­ ción.»,;

r Para poner en práctica esa organización, para colocar una

guía auténtica y un verdadero gobierno  en  el  lugar  de  los falsos,  Carlyle  exige   «una  auténtica  aristocracia»,  «un culto a los héroes», y plantea como problem a im portante el de encontrar los «aristos», los m ejores, cuya guía pueda hacer., confluir la inevitable dem ocracia con la necesaria soberanía.-,

De los párrafos  citados  se  deduce  con  suficiente  claridad el punto de vista  de  Carlyle.  Toda  su  concepción  es  panteís- ta, y panteista en el sentido  alem án  de  la  palabra,  los  ingle­ ses no  son panteístas sino escépticos; el resultado de toda la filosofía inglesa es la resolución de la desesperanza en  ía razón, la incapacidad confesada, las contradicciones en las que cae; en últim a instancia  y,  consecuentem ente,  por  un lado, una vuelta a la fe, p o r  otro  la  dedicación  a  la  pura praxis, sin volverse a  preocupar  de  la  m etafísica  y  sim ila­ res. Por lo tanto, Carlyle, con su panteísm o derivado de  la literatu ra alem ana, en Inglaterra, constituye un auténtico

«fenómeno», un fenóm eno bastante incom prensible para los prácticos y escépticos ingleses. La gente  le  m ira  con  asom ­ bro, habla de «m isticism o alemán», de una lengua inglesa deform ada; otros afirm an que detrás de todo  eso  hay  algo más, que a pesar de lo insólito de su lengua,  no  deja  de  ser bella, que es un profeta, etc., Pero,  en  definitiva,  nadie  sabe qué hacer con todo eso.

Para nosotros alemanes, que conocemos perfectam ente las prem isas -del punto de vista de Carlyle, la cosa está bastante clara. Por una p arte, restos de rom anticism o tory y concep­ ciones hum anistas tom adas de Goethe, por otra, la Inglaterra escéptica y em pírica; estos  factores  bastan  para  deducir  to­ da la concepción del m undo de Carlyle. Como todos los pan- teístas, Carlyle,  todavía  no  h a  salido  de  la  contradicción,  y en él, el dualismo resulta tanto más grave cuanto que, desde luego, conoce la literatu ra  alem ana,  pero  no  su  complemen­ to indispensable; la filosofía alem ana, de m anera que  todas sus opiniones  son  inm ediatas,  intuitivas,  más  schellinguia- nas que hegelianas. En realidad, Carlyle tiene una gran  canti­ dad de puntos en común con Schelling —pero con el viejo Schelling, no con el Schelling de la revelación.145 Su concep-

 

MS   Alusión   a   la   «filosofía   de   la   revelación»   de   Schelling,  ya   criti­ cada por Engels en otros escritos anteriores.

 

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ción, como la de Strauss, es  igualmente  panteista,  coincide con él en el «culto al héroe» o «culto al genio».

En los últim os tiempos, la crítica al panteísm o se ha rea­ lizado en Alemania en form a tan exhaustiva  que  poco  nos queda ya que  decir  al  respecto.  Las  Tesis  de  Fet.erbach  en los A nekdota 146 y los  escritos  de  Bruno Bauer contienen todo lo que a ello  se  refiere. De  modo  que  nosotros podemos  aho­  ra  lim itarnos  a  extraer  las  conclusiones  del  punto  de  vista de Carlyle, y m ostrar cómo, en el fondo, no se tra ta más que dejuna introducción al punto de vista de dicha revista.

.^Carlyle lam enta el vacio y el carácter insípido de nuestro siglo, la com pleta corrupción  de  todas  nuestras  institucio­  nes sociales. La acusación  es  justad] Pero  la  m era  acusación  no aporta nada y nada concluye. Para rem ediar el m al  es preciso rem itirse al origen; y si Carlyle lo hubiese hecho habría encontrado que ese desorden y ese vacío, esa «falta de alma» tienen su fundam ento en la m ism a religión. Por su naturaleza, la religión  es  la  pérdida por p arte  del  hom bre  y  la naturaleza de todo contenido, la trasposición de ese con­ tenido en el fantasm a de un Dios sobrenatural,  el  cual,  des­ pués a su vez, concede, graciosam ente, a los hom bres y a la naturaleza  un  poco  de  su   sobreabundancia.  M ientras  la  fe en ese fantasm a sobrenatural  se  m antenga  viva  y  robusta, por ese camino  indirecto,  al  menos,  el  hom bre  logra  hacer­ se con algún contenido. La inquebrantable fe del Medioevo confirió a toda la época una notable energía que no  venía de fuera sino  que  existía  ya   en  la  naturaleza  hum ana,  si  bien en  form a  inconsciente,  todavía  sin  desarrollar.  La   fe   se fue debilitando poco a poco,  la  religión  se  separó  de  la  nue­ va cultura, pero  el  hom bre  todavía  seguía  sin  darse  cuenta de haber adorado y divinizado su propia esencia como una esencia  extraña.  En  tal  estado  de  inconsciencia  y  al  m is­  mo tiempo de incredulidad, el hom bre no puede tener con­ tenido alguno, así el hom bre tiene que  desesperar de  la  ver­ dad, de  la  razón  y  de  la  naturaleza,  y  ese  vacío  y  esa  falta de contenido, el desesperar de los hechos eternos del uni­ verso, durarán hasta que la hum anidad com prenda que la esencia que ha adorado como divinidad es su m ism a esen-

 

 

C fr. L u d w ig F e u e r b a c h , Vorlaufige Thesen zur Reformation der Philosophie, en Anekdota zur neuesten deutschen Philosophie und Pu- blizistik. Z u r ic h und Winterthur, 1843, vol II, pp. 62 y sgs.

 

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cia, hasta el m om ento desconocida, hasta  que...  ¿pero  para qué  seguir  copiando a  Feuerbach? ^

El vacío ha existido durante mucho tiempo, porque la religión   es   el   acto   del   autovaciam iento   del   hom bre.   1¿Y   os m aravilláis hoy de que, una vez  palidecida  ía  púrpura  de  ía que se am am antaba, disipada la niebla  que  le  circundaba, surja la luz del sol para aterrorizaros?

[Adem ás,  Carlyle  —y  esta  es  la consecuencia   inm ediata de  todo  lo  anterior—  acusa  a  nuestro  siglo  de  hipocresía  y m entira. Es natural,  el vacío y  la  falta  de  sustancia  tienen que estar convenientem ente enm ascarados y sostenidos con ornam entos, trajes em butidos y arm aduras de huesos de ballena, ^También nosotros atacam os  la  hipocresía  de  nues­ tro m undo cristiano contem poráneo, la lucha contra esa hi­ pocresía, nu estra liberación de esa  hipocresía y la liberación del  m undo constituyen tam bién nuestro empeño;  pero  pues­  to  que  a   través  del  desarrollo  de  la  filosofía  hemos  llegado a reconocer dicha hipocresía, y puesto que llevamos a cabo nuestra lucha de una m anera científica, la esencia de esa hipocresía, a nosotros, no nos resulta, p o r lo general, ni tan extraña ni tan incom prensible como a Carlyle. También noso­ tros rem itim os la hipocresía a la religión, cuya prim era  pa­ labra es ya una m entira. ¿Acaso la religión no se inicia m os­ trándonos  algo hum ano,  afirm ando,  por  el contrario,   que se tra ta de algo sobrenatural y divino? Pero, puesto que sa­ bemos que toda esa m entira e inm oralidad deriva de  la  re­ ligión, que la hipocresía religiosa, la teología, es el modelo original de cualquier o tra m entira e hipocresía, queda jus­ tificada la extensión del nom bre de teología  a  todo  el  con­ junto de falsedades e  hipocresías  del  presente,  como  hicie­ ron los prim eros Bruno B auer y  Feuerbach.  Carlyle  tendría que leer sus obras para enterarse de dónde proviene la inm o­ ralidad que infecta todas nuestras relaciones.

IjBabría que fundar  y  esperar  una  nueva  religión,  un  cul­ to panteísta a los héroes, un culto  al  trabajo:  imposible.  To­ das las posibilidades de la religión  se  han  agotado  ya;  des­ pués del cristianism o, después  de  la  religión  absoluta,  es decir,  abstracta,  después  de  «la religión  es  cuanto  tal»  ya no puede surgir ninguna otra form a de religión^E l mismo Carlyle com prende cómo el cristianism o, católico,  protestan­ te, o en cualquier otra form a que se  presente  se  encuentra irrem isiblem ente condenado a la periclitación; si conociese

 

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Ia naturaleza del cristianism o, se daría cuenta de que, des­ pués del  cristianism o, ya no es  posible  ninguna  otra  reli­ gión. Ni siquiera el  panteísm o.  El  panteísm o,  a  su  vez,  es  una consecuencia del cristianism o, inseparable de su pre­ supuesto: al menos el panteísm o m oderno, espinoziano, sc'he- llinguiano, hegeliano, e incluso el de Carlyle. Una vez más Feuerbach me dispensa del trabajo de  proporcionar  aquí  1a dem ostración.

Como ya hemos dicho, tam bién nosotros tenemos la obli­ gación de  com batir   la   inestabilidad,   el   vacío  interior,   la m uerte espiritual, la falta de verdad  de  nuestro  siglo;  noso­ tros estam os em peñados en una lucha a m uerte contra todo  esto, lo m ism o que Carlyle, pero tenemos bastantes más pro­ babilidades  de  éxito  que  él,   porque  sabemos  perfectam en­ te lo que querem os.  Queremos  suprim ir  el  ateísmo, tal  como se le presenta a Carlyle,  restituyendo  al  hom bre  ese  conte­ nido que había perdido  a  causa  de  la  religión  pero  no  como un contenido divino, sino hum ano; y esa restitución en  el fondo no es más que el resurgim iento de la autoconciencia. Pretendem os rem over  todo  lo  que  se  proclam a  sobrenatural y sobrehum ano, haciendo así imposible la falta de verdad, porque la pretensión  de  lo  hum ano  y  de  lo  natural  de  llegar a ser sobrehum ano y sobrenatural  es  la  raíz  de  toda  false­ dad y m entira. Precisam ente por eso hemos  declarado  la guerra de una vez para siem pre a la religión y a las represen­ taciones religiosas, y poco  nos  preocupa  que  se  nos llame ateos o cosas parecidas. Por lo  demás,, la definición  de  ateís­ mo dada por Feuerbach, sí es exacta: los auténticos ateos son los cristianos y no nosotros. N osotros no pretendem os atacar  «los hechos  eternos del universo»;  por  el  contrario, lo  que  hem os  hecho  ha  sido  darles  un  fundam ento  real,  al d em ostrar su eternidad y al ponerles al reparo del om nipo­ tente arbitrio de una divinidad que se contradice a sí misma. Nosotros no  pretendem os  afirm ar  que  «el m undo, el hom bre y su vida» sean una  «mentira»;  por  el  contrario,  son  nues­ tros  adversarios  cristianos  los  que  ponen  en  práctica  esa inm oralidad, ya que consideran al m undo y al hom bre depen­ dientes de la gracia de Un Dios, el cual, en realidad, ha  sido creado exclusivam ente a través del reflejo del hom bre en la desierta Hylo de su m ism a conciencia no desarrollada. No­ sotros no pretendem os dudar  de  la  «revelación  de  ía  histo­ ria» o despreciarla; para nosotros la historia es uno y todo,

 

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y la tenem os en cuesata más que  cualquier  co m en te  filosó­ fica anterior, más que el mismo Hegel, al cual, en definiti­ va, la historia servía únicam ente de prueba para-su ejem plo lógico  de  cálculo.  /

El escarnio con respecto a la historia, el desprecio en re­ lación con el desarrollo de la hum anidad pertenece entera­ mente a la parte contraria; son los cristianos los que nue­ vamente, al « construir una historia del reino de Dios»,  im­ pugnan la esencia interior de la historia real, y tom an en con­ sideración tal esencia únicam ente para aquella su historia sobrenatural, ab stracta y,  además,  inventada;  ellos  son  los que a través del  perfeccionam iento  de  la  especie  hum ana  en su Cristo, im ponen a la historia un fin imaginario, ellos son quienes  la  interrum pen  a  la  m itad   de su curso y, en  aras de la coherencia,  tienen  que  calificar  de  vacío  sin  sentido,  y de simple inanidad los  dieciocho siglos  seguidos. Nosotros somos los que reclam am os el' contenido de la historia, pero nosotros vemos en la historia la  revelación  no  ya  de  «Dios», sino del hom bre y sólo  del hom bre.  Para entender la  m aravi­ lla de la naturaleza  hum ana,  para  reconocer  el  desarrollo  de la especie en la historia, su  irresistible  progreso,  su  victoria siem pre cierta sobre la irracionalidad de lo singular, su su­ peración de toda la aparente sobrehum anidad, su dura pero victoriosa lucha contra la naturaleza para lograr la libre auto- conciencia hum ana, «1 reconocim iento de la unidad  de  hom ­ bre y  naturaleza así como  la  libre,  autónom a  creación  de un  m undo nuevo basado  en  las  relaciones  hum anas  y  morales de la vida, para reconocer todo esto en toda su grandeza, nosotros no necesitam os evocar en prim er lugar  la  abstrac­ ción  de  un «Dios»  y  atribuirle  a  él,  la   belleza,  la   grandeza, el carácter sublim e y la hum anidad auténtica; no tenemos ningu&a necesidad de  ese  camino  indirecto,  no  necesitam os im prim ir en prim er lugar a  la  verdadera hum anidad  la  hue­ lla de lo divino, para estar seguros de su grandeza y de su carácter sublime. Contrariam ente, cuanto más «divina»  re­  sulta alguna cosa, es decir, inhum ana, mucho  menos  podre­ mos adm irarla. Sólo el origen humano d e l . contenido nos merece algún respeto; sólo  la consciencia  de  que  hasta  la más estúpida idolatría contiene, sin embargo, en el fondo, las eternas disposiciones de la naturaleza hum ana,  si  bien  en form a desfigurada y desnaturalizada,  sólo  esa  consciencia salva la historia de la religión, y especialm ente la del Medio­

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evo, del  repudio  total  y  el  aprobio  eterno;  m ientras  que  esa es la suerte  -de  la  historia  «impregnada  de  divinidad».  Cuan­ to m ás «divina», m ás inhum ana, más bestial, y el «divino» Medioevo produjo en  realidad  la  perfección   de   la  bestiali­ dad hum ana, la servidum bre de  la  gleba,  el  jus  primae  noc- üs, etc.  La  irreligiosidad  de  nuestro  tiempo,  de  la  que  tanto se lam enta Carlyle, es precisam ente su  «plenitud  de  divini­ dad». De todo  esto  resultará  claro  porque  más  arrib a definí el hom bre como la solución del  enigma  de  la  Esfinge.  H asta hoy la cuestión planteada era: ¿Qué es Dios? La Filosofía alem ana ha resuelto  esa  cuestión  de  la  siguiente  m anera:  Dios es el hom bre.  Lo  que  tiene  ahora  que  hacer  el  hom bre es  reconocerse  a     mismo,  m edir  las  cosas  con   respepío  a sí  mismo,  juzgar  de  acuerdo con su  naturaleza,  ordenar  el m undo según las  exigencias  de  su  naturaleza  verdaderam en­ te hum ana, y de  esa m anera habrá resuelto el enigma de nuestro tiempo. No en regiones ultram undanas, carentes de existencia, no más allá del tiempo o del espacio, no en un

«Dios» inm anente al m undo o contrapuesto a él tenemos que encontrar  la  verdad,  sino  mucho  más  cerca,  en  el  pecho del

m ism o hom bre. La peculiar naturaleza es b astan te más es­ pléndida y sublim e que la naturaleza im aginaria de todas las eventuales «divinidades», las cuales, en realidad  no  son  más que una copia, más  o  menos  oscura  y  desnaturalizada  del hom bre   mismo.  De   modo  que  cuando  Carlyle,  siguiendo   a

Ben Jonson dice que el hom bre ha perdido su alm a y ahora empieza a darse cuenta de dicha pérdida,  tendría  que,  decir, para expresar exactam ente su pensam iento: en la  religión  el hom bre  ha  perdido  su  propia  naturaleza,  se  ha   despojado de su hum anidad, y se da cuenta ahora, después de que la religión, a través del progreso de  la  historia  em pieza  a  vaci­ lar, de su vacío y de su inestabilidad. Pero no existe otra sal­ vación, el hom bre no puede volver a hacerse con  su  hum a­ nidad y su naturaleza m ás que a través de una gradual supe­ ración de todas las representaciones religiosas y de una  deci­ dida vuelta, escueta, no a «Dios», sino a sí mismo.

Todo esto está ya  en  Goethe,  en  el  «profeta», y  quien  ten­ ga los ojos abiertos puede leerlo. A Goethe no  le gustaba ocuparse de «Dios»; la  m ism a  palabra  le  resultaba  fastidio­ sa, Goethe se sentía a gusto sólo en lo huínano, y esa hum a­ nidad, esa em ancipación del arte de  los  grilletes  de  la  reli­ gión constituye precisam ente la grandeza de Goethe. Ni los

 

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antiguos, ni Shakespeare  pueden  com pararse  con  él  desde este punto de vista. Pero esa hum anidad acabada, esa supe­ ración del dualism o religioso resultará com prensible en 'to d a  su im portancia histórica sólo para quien no le sea  extraño  el otro lado del  desarrollo de  la nación alem ana, la filosofía. Lo que Goethe sólo podía expresar inm ediatam ente, por lo tanto, y en cierto  sentido,  «proféticamente»,  está  desarrolla­ do y justificado  en  la novísima filosofía alem ana. Carlyle tam bién cuenta con las prem isas que coherentem ente, tienen que conducirle al punto  de  vista  arriba  desarrollado. El  m is­ m o panteísm o no es sino el prim er estadio hacia una con­ cepción m ás libre, m ás hum ana. La historia que Carlyle pone como la auténtica y verdadera «revelación», contiene sólo precisam ente, lo hum ano, y sólo m ediante un acto  de  violen­ cia puede sustraer  su  contenido  a  la  hum anidad  y  atribuirlo a un «Dios». El  trabajo,  la  actividad  libre,  en  la  que  Carlyle ve al m ism o tiempo  un  «culto»,  es,  otra  vez,  un  hecho  pura­ m ente hum ano, y sólo con la violencia puede ponerse en re­ lación  con «Dios».  ¿Por  qué  motivo  poner  siem pre  en  p ri­ m er plano una palabra que, en  el  mejor  de  los  casos,  lo  úni­ co que expresa es la infinidad  de  la  inmediatez, y  además  de eso m antiene la apariencia  del  dualismo?  ¿Una  palabra  que, en sí misma, es la proclam ación de  la  nulidad  de  la  natura­ leza y de la hum anidad?

Esto por lo que se refiere al  lado  interior,  religioso  del punto de vista de Carlyle. El  juicio  acerca  de  lo  que  llam a­ mos  lado exterior,  es  decir,  político-social,  se  enlaza  con  él de form a inm ediata; Carlyle tiene todavía suficiente religión como para perm anecer en una condición de ilibertad;fel pan­ teísm o reconoce siem pre algo m ás alto que el  hom bre  en cuanto tal. De ahí  su  anhelo  de una  « auténtica  aristocracia», de unos «héroes»; como si los héroes, en el m ejor de los casos, fuesen algo m ás que hom bres. Si Carlyle hubiese com­ prendido al hom bre en  cuanto  hom bre,  en  toda  su   infini­ tud, no hubiera llegado a  pensar  en  dividir  nuevam ente  la hum anidad en dos grupos, ovejas y corderos, regentes y súb­ ditos, aristócratas y plebeyos, señores y pobres diablos, hu ­ biera encontrado la posición exacta del talento no en el  go­ bierno por la violencia, sino en el estím ulo y en la guía^ÍEl Talento tiene que convencer a la m asa de  la  verdad  de  las ideas propias, para que no tenga que lam entarse cuando las ponga en práctica. En realidad, la hum anidad no da el paso

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hacia la dem ocracia sólo para después volver a su punto de origen.jPor lo demás, lo  que  Carlyle  dice  de  la  democracia deja muy poco que desear, si excluíamos  lo  que  apuntába­ mos un poco m ás arriba, es decir, la falta de claridad con respecto a la m eta final, el objetivo de la dem ocracia m oder­  na. jQSustancialmente, la democracia no  es  m ás  que  un  lugar de paso, pero no  hacia  una  nueva  y  m ejor  aristocracia,  sino m ás bien hacia la libertad real del hom bre;  del  mismo modo que la irreligiosidad de la época conducirá finalm ente a la com pleta em ancipación de todo aquello que es religioso, so­ brehum ano, sobrenatural, pero nunca a su restauración.j

Carlyle reconoce  la  insuficiencia  de  la  «competencia,  de­ m anda» y «oferta, mammonismo», etc., y está muy  lejos  de afirm ar la absoluta justificación de la propiedad de la tierra.

¿A qué se debe, entonces, que no haya extraído la sencilla conclusión de todas estas  prem isas  rechazando  la  propiedad en general? La «organización del trabajo»  no  puede  modifi­  car en nada esa situación, m ejor dicho, ni siquiera  puede llevarse a la práctica  sin  una  identidad  de  intereses.  ¿Poi­  qué entonces, no ha procedido consecuentem ente, y no ha proclam ado la identidad de los intereses como la única con­ dición hum ana, dando al traste así con todas las  dificultades, con todo lo indeterm inado y con toda oscuridad?

En todos sus lam entos, Carlyle no nom bra ni siquiera una sola vez a los socialistas ingleses. M ientras siga con sus ac­ tuales puntos de vista, sin duda alguna, bastante m ás  avan­ zados que los del resto de los ingleses cultos, pero siem pre abstractos y teóricos, desde luego que no podrá ponerse de acuerdo con sus esfuerzos. Los socialistas ingleses son emi­ nentem ente prácticos, y por lo tanto proponen m edidas, jco lonización de la p a tria ,1,17 etc., de unu form a  que  viene  a  ser una  especie  de  «píldoras  M orrison»;  su  filosofía  es  rígida­ m ente inglesa, escéptica, es decir, dudan de  la teoría y se atienen al m aterialism o en lo que a la praxis se refiere, m ate­ rialism o sobre el que está basado todo el sistem a social. Todo esto no creo que le haga m ucha gracia a  Carlyle,  y  sin  em­ bargo se m uestra tan  unilateral  como  todos  ellos.  Uno  y otros han superado la contradicción exclusivamente en él in­ terior de la contradicción; los socialistas en el interior de la

 

1,7 «Kolonisatíon der Heimat» en  el  texto  original;  Owen  había llamado Home-Colonies  a  sus  Sociedades  modelo  organizadas  en  for­ ma comunista.

 

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praxis, Carlyle en el interior de la teoría; y tam bién aquí de form a  inm ediata,  m ientras que los socialistas han superado la contradicción práctica, decidida y conscientem ente. De,-  hecho, los socialistas siguen siendo ingleses, m ientras que lo que tendrían que hacer  es  lim itarse  a  ser  solam ente  hom ­ bres; de todo el desarrollo filosófico del continente  sólo  co­  nocen el  m aterialism o,  ni  siquiera  la  filosofía  alemana:   este es su defecto y sólo  lograrán  colm ar  esa  laguna  suprim iendo las diferencias nacionales. En cualquier caso, constituyen el único partido  en  Inglaterra  con  cierto  futuro,  si  bien,  por  el m om ento son proporcionalm ente débiles.( El  Cartismo  y  la dem ocracia tendrán que coincidir rápidam ente, y entonces

a toda la m asa de  los  trabajadores  ingleses  no  les  quedará otro rem edio que elegir entre m orirse de ham bre y el so­ cialismo.^

La ignorancia de ía filosofía alem ana no puede dejar in­ diferente  a  Carlyle  ni  a  su  punto  de  vista.  Por  su  parte  es un  teórico  alem án  y,  sin  embargo,  su  carácter  nacional  le im pulsa hacia el em pirism o; Carlyle se debate en una clamo­ rosa contradicción  que  sólo  puede  resolverse   desarrollando el punto de vista alem án-teórico hasta sus últim as conse­ cuencias, hasta su total conciliación con la  experiencia.  Car­ lyle  tiene  que  d ar  todavía  un  sólo  paso,  pero  como  ha  de­ m ostrado toda la historia de Alemania, se tra ta de un  paso difícil, p ara superar la contradicción en la que se debate. Augurémonos  que  lo  dé,  y  aunque  no  es  joven,  seguro  que lo conseguirá, porque el progreso dem ostrado en  su  últim o libro indica lo abierto que se encuentra al desarrollo.

E ste libro de Carlyle es diez veces más digno de ser tra ­ ducido al alem án que no toda la retahila de novelas que todos los días  y  a  todas  horas  suelen  im portarse  en  Alemania,  de m odo que no puedo dejar de  aconsejar  su  traducción.  Pero que no se precipiten nuestros traductores de  profesión.  Car­ lyle escribe un inglés  singular, y  un  traductor  que  no  conoz­ ca perfectam ente la lengua inglesa obtendría  los  más  ridícu­ los resultados.

Después de esta introducción un poco general, en los próxim os  núm eros  de  esta  re v is ta 148       intentaré profundizar

 

148 Los otros dos escritos sobre la Situación en  Inglaterra  se  pu­ blicaron  como  dos  series  de  artículos  en  el  Vorwarts!  de  París.  Cfr. Die. Lage Englands I. Das achzfihnte Jahrhundert (El siglo x v i i i ), en Vorwarts!  París   na.  70   del  31   de   agosto,  72   del  7  de  septiembre  y  73

 

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m ás en la situación inglesa y en su problem a central, la si­ tuación de la clase trabajadora. La situación inglesa es de inconm ensurable im portancia para la  historia  y  para  todos los países: efectivam ente, en  lo  que  a  las  relaciones  sociales se refiere, Inglaterra es, con m ucho, el m ás adelantada de entre todos los países.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

del 11 de septiembre de 1844; y Die Lage Englands. II. Die englische Konstitution (La constitución  inglesa),  ivi,  nn.  75  del  18  de  septiembre, 76  del  21   de  septiembre,  TI  del  25  de  septiembre,  78 de]  28  de septiem­

bre,  80  del  5  íle  octubre,  83  del  16  de  octubre  y  84  del  19  de  octubre

de 1844.

 

Lo cuestión Judía

por  Karl  Marx      ■<>;

V '

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1.        Bruno Bauer, «El problema judío», Braunschweig, 1843.    2.   Bruno  Bauer,  «La  capacidad  de  los  judíos y de los cristianos de  hoy  para  llegar a  ser  libres», de  los « Veintiún Pliegos desde Suiza», a cargo de Georg Herwegh, Zurich y W interthur, 1843, pp. 56-7l . m

 

i

 

Los judíos  alem anes  aspiran  a  la emancipación. ¿A qué em ancipación aspiran? A la emancipación cívica, a la em an­ cipación política.

Bruno Bauer les contesta: en Alemania nadie  está  políti­ cam ente emancipado. N osotros mismos carecemos de  liber­ tad, ¿Cómo vamos a liberaros  a  vosotros?  Vosotros,  judíos, sois unos egoístas al exigir una em ancipación especial para vosotros, en  cuanto  judíos.  E n  cuanto  alemanes  tendríais  que tra b a ja r para la em ancipación política de Alemania, y como hom bres por la em ancipación hum ana  y  no  sentir  el tipo especial de vuestra opresión y  vuestra  ignorancia  como una excepción a la regla, sino como su confirmación.

¿O es que lo que pretenden los judíos es  que  se  les  equi­ pare a los  súbditos  cristianos?  Entonces  reconocen  la  legiti­ m idad del Estado cristiano, reconocen el régim en de sojuz-

 

m Cfr. Bruno  B a u e r  ,  Die Judenfrage,  Braunschweig,  1843;  Bruno Bau^r, Die Fahigkeit der  heutigen  luden  und  Christen,  frei  zu  werden, en Eimmdzwanzig Bogen aus der Schweiz. Herausgegeben von Georg Herwegh. Zurich und WmíertLiur, 1843. pp. 56-71.

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gamiento  general.  ¿.Por  qué  les  desagrada  su  yugo  especial, si les agrada el yugo general? ¿Por qué ha de interesarse el alemán, por la liberación del judío, si el  judío  no  se  interesa por la liberación alemana?

El E stado cristiano sólo conoce  privilegios.  El  judío  po­  see en él el privilegio de ser judío.  Tiene  como  judío,  dere­ chos de  los   cuales los   cristianos   carecen.  ¿Por  qué  aspira a derechos que no tiene y que los cristianos disfrutan?

Cuando el judío pretende que se le emancipe del Estado cristiano, exige que el Estado  cristiano  abandone  su  prejui­  cio religioso. ¿Acaso él, el judío, abandona el suyo? ¿Tiene, entonces, derecho a exigir de otros que abdiquen de  su  reli­ gión?

El Estado cristiano  no  puede,  con  arreglo  a  su  esencia, em ancipar a los judíos, pero,  además,  añade  Bauer,  el  judío no puede, con arreglo a su esencia, ser  emancipado.  Mien­  tras el Estado siga siendo cristiano y el  judío,  judío,  ambos serán igualm ente incapaces  de  otorgar  la  em ancipación  el uno y de recibirla el otro.

El Estado cristiano  sólo  puede  com portarse  con  respecto al judío a la m anera del Estado cristiano,  es  decir,  a  la  ma­ nera del privilegio, consintiendo que se segregue el judío  de entre los demás súbditos, pero haciendo que sienta  la  pre­ sión de las otras esferas m antenidas  aparte y  que  las  sientan con tanta m ayor fuerza cuanto m ayor sea el antagonismo re­ ligioso del judío frente a la religión dom inante. Pero tam ­ poco el judío, por su  parte, puede  com portarse  con  respecto al Estado, más que a la m anera judía,  es  decir,  como  un extraño al Estado, oponiendo a la nacionalidad real su nacio­ nalidad quim érica y a la ley  real  su  ilusoria  ley,  creyéndose con derecho a m antenerse al m argen de la hum anidad, a no participar, p o r principio del movim iento histórico, a  aferrarse a la esperanza en el futuro, que nada tiene que ver  con  el  fu­ turo general del hom bre, considerándose a sí mismo como m iem bro del pueblo judío y al pueblo judío como el pueblo elegido.

¿ En aras de qué, entonces, aspiráis los judíos a la eman­ cipación? ¿ En aras de vuestra religión? Se trata de la ene­ miga m ortal de la religión del Estado. ¿En  cuanto  ciudada­ nos? En Alemania, la  ciudadanía  no  se  reconoce.  ¿ En  cuan­ to  hom bres?  No  sois  tales,  -del  mismo  modo  que  tam poco lo son aquellos a quienes recurrís.

 

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Bauer plantea en térm inos nuevos el problem a de la em an­ cipación  de  los  judíos,  después  de  ofrecem os  una  crítica  de los planteam ientos y soluciones anteriores. ¿Cuál es, se pre- z'' gunta, la naturaleza del judío a quien se tra ta de em ancipar

y la del Estado que tiene que em anciparlo?

Y        contesta con una  crítica  de  la  religión  judaica,  analiza la antítesis religiosa entre el judaism o y  el  cristianism o  y esclarece la esencia  del  Estado  cristiano,  todo  ello  con  auda­ cia, agudeza, espíritu y profundidad  y  con  un  estilo  tan  ri­ guroso como eficaz y enérgico.

¿Cómo, pues, resuelve Bauer,  la  cuestión  judía?  ¿Cuál  es el resultado? JLa form ulación de un problem a equivale a su resolución.  La  crítica  de  la  cuestión  judía  es  la  respuesta  a esta cuestión y el resultado resum ido es el siguiente:

Antes de poder em ancipar a otros, tenem os que em pezar por em anciparnos a nosotros mismos.

La  form a  más  rígida  -de  la   contradicción  entre  -el   judío y el cristiano es  la  contradicción  religiosa.  ¿Cómo  se  resuel­ ve una contradicción?  Haciéndola  imposible.  ¿Y  cómo  se hace imposible una contradicción religiosa^ Aboliendo la re­ ligión, En cuanto el judío y el cristiano reconozcan que sus respectivas religiones no son más que diferentes fases de desarrollo del espíritu  humano,  diferentes  pieles  de  serpien­ te  que  ha cambiado la     y el hom bre  la  serpiente que m uda en ellas de piel, dejarán  de  enfrentarse a  nivel religio­  so, para hacerlo solam ente a nivel crítico, científico,  en  un plano hum ano. La ciencia constituirá, pues, su unidad. Y las contradicciones a  nivel  de  la  ciencia  serán  resueltas  p o r  la m ism a ciencia.

Efectivam ente, el  judío  alemán  se enfrenta  con  la falta de em ancipación política general y con el acusado carácter cristiano del Estado, Para Bauer, la cuestión judía tiene, sin embargo, un alcance general,  independiente  de  las  cuestio­ nes alem anas específicas. Se tra ta del problem a de las rela­ ciones de la religión con  el  Estado, de  la  contradicción  entre los prejuicios religiosos y la emancipación política. La em an­ cipación religiosa se plantea  como una  condición,  tanto  para el judío que quiere em anciparse políticam ente como para el Estado que ha de em ancipar y que tiene  que, al  mismo  tiem ­ po, ser em ancipado.

«Perfectam ente, se  dice, y  lo  dice  el  judío  mismo, el  judío

tiene  que  ser  emancipado,  pero  en  cuanto  judío,  no  por que

 

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sea judío, no porque profese principios  m orales  tan  excelen­ tes y universalm ente  hum anos, el judío desaparecerá,  en cuanto tal,  tras  su  condición  de  ciudadano, y  será ciudadano  a  pesar  de  ser  judío  y   de  perm anecer  judío;  es  decir,  será y perm anecerá  judío,  a  pesar  de  ser  ciudadano  y  de  estar enm arcado en unas relaciones generales hum anas:  su ser judío y lim itado seguirá triunfando  siem pre  y  a  la postre sobre sus deberes hum anos y políticos. Se  m antendrá  en  pie  el prejuicio, a pesar de que sobre él dom inen los principios generales. Pero    queda  en  pie,  dom inará,  por  el  contrario, a todo lo demás.» «Sólo engañosa y falazm ente, podría el judío seguir siendo  judío en la vida  del Estado; la m era apariencia sería, por lo tanto si quisiera seguir siendo judío,

.lo esencial y lo que  acabaría  triunfando;  es  decii',  su  vida  en el  Estado  sería  una  m era  apariencia  o  una  excepción  m o­ m entánea frente a  la  esencia  y  a  la  regla.»  («Die  Fahigkeit der heutigen Juden und Christen, frei zu werden», Veintiún pliegos, p. 57.)

Veamos, por otra parte,  cómo  plantea  Bauer  la  función del Estado:

«Francia — dice— nos ha ofrecido recientem ente (Debates sostenidos en la Cám ara de los Diputados el 26 de  de  diciem­  bre de 1840) con relación a la cuestión judía —como,  cons­ tantem ente, en todas las cuestiones políticas (desde la rev<> lución de Julio)— el espectáculo de una vida Ubre, pero re­ vocando su libertad en la  ley, es  decir>  declarándola  una simple apariencia y, p o r otra parte, refutando  sus  leyes  li­ bres con los hechos.» («Judenfrage», p. 64.)

«En Francia, la libertad general todavía no es ley, la- cues­ tión judía aún no ha  sido  resuelta  tampoco,  porque  la  liber­ tad legal —la norm a de que todos los  ciudadanos  son  igua­ les— se ve coartada en la realidad, todavía dom inada y es­ cindida por los privilegios religiosos,  y  esta  falta  de  libertad de la vida repercute sobre la ley y la obliga a  sancionar  la división de los ciudadanos, de p o r sí libres, en oprim idos y opresores» (p. 65).

¿Cuándo, entonces, va a resolverse para Francia,  la  cues­ tión judía?

«El judío  dejaría  de  ser  necesariam ente  judío  si  su  ley no le im pidiera cum plir con  sus  deberes  para  con  el  Estado  y sus conciudadanos, como por  ejemplo,  ir  en  sábado  a  la Cám ara de D iputados o tom ar parte en las deliberaciones

 

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públicas. H abría que abolir todo privilegio religioso en gene­ ral, incluyendo por lo tanto el monopolio de una iglesia pri­ vilegiada, y cuando uno  o  varios,  o  incluso,  ía  gran  mayoría se creyeran  obligados  a  cum plir  con  sus  deberes  religiosos, el cum plim iento de esos deberes debería dejarse a su propio arbitrio como asunto  puramente  privado »  (p.  65).  «Cuando no haya religiones privilegiadas, la religión habrá dejado de existir. Quitadle a la religión su fuerza excluyente, y ya no habrá religión» (p. 66). «Del mismo modo que el  señor  Mar­ tin  du  N ord ,s>  considera  la  propuesta  encam inada a supri­ m ir la mención del domingo en la ley como una propuesta dirigida a declarar que el cristianism o  ha  dejado  de  existir, con el mismo -derecho  (derecho  perfectam ente  justificado) la declaración de que la ley sabática no tiene ya fuerza de obligar para  el judío equivaldría a  proclam ar  la  abolición del judaismo.» (p. 71).

Bauer exige,  por lo  tanto,  de  una  parte,  que  el  judío aban­

done el judaism o y que el hom bre abandone la religión en general para em anciparse en cuanto ciudadano. Y, por otra parte, considera,  consecuentem ente, la  abolición  política  de la religión como abolición de  la  religión  en  general.  El  Esta­ do que presupone la religión no  constituye todavía un Es­ tado auténtico, un E stado real. « Indudablem ente, la creencia religiosa   ofrece   al   Estado   garantía.   Pero   ¿a   qué Estado?

¿A qué tipo de Estado?» (p. 97).

En este punto se pone de m anifiesto la form ulación uni­ lateral de la cuestión judía.

No basta, ni m ucho m enos, con  detenerse  a  investigar quién ha de em ancipar y quién debe  ser emancipado. La  crí­ tica tiene que  preguntarse,  además,  oíra  cosa,  a  saber:  de qué clase de emancipación política, se trata;  qué  condiciones van im plícitas en la naturaleza de em ancipación que se pos­  tula. La crítica de la emancipación  política  m ism a  era,  en rigor, la crítica final de la cuestión judía y su verdadera disolución en el ám bito de los «probtemas generales de  la época».

]      Bauer  incurre  en  contradicciones  por  no  elevar  el probie-

;m a a esta  altura.  Pone  condiciones  que  no  tienen  su  funda­ m ento en la esencia de la em ancipación política misma . For­ mula preguntas  que  su  problem a  no  contiene  y  resuelve pro-

 

Nicolás Ferdinand Martin, llamado du Nord (1790-1847), político francés, ministro de Justicia en 1840.

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bleraas que dejan su pregunta sin  contestar.  Cuando  Bauer dice, refiriéndose a los adversarios de la emancipación de los judíos: «Su erro r consistía solam ente en p a rtir del supues­ to del  Estado cristiano  como el único verdadero y en no someterlo a la misma  crítica  con que  enfocaban  el  judais­ mo» (p. 3), encontram os que el erro r de Bauer reside en que somete a crítica solamente el «Estado cristiano» y no  el  «Es­ tado en general», en que no investiga la relación entre la emancipación política y la emancipación humana,  lo  que  le lleva a poner condiciones que sólo pueden explicarse por la confusión, carente de espíritu crítico, de la emancipación  política con la emancipación hum ana en general. Y si Bauer pregunta a los judíos. ¿Tenéis, desde vuestro punto de vista, derecho a aspirar a la emancipación política ? Nosotros pre­ guntam os a la inversa: ¿Tiene el punto de vista de la eman­ cipación política derecho a exigir del judío la abolición del judaism o y del hom bre en general  la  abolición  de  la  reli­ gión?

La cuestión judía presenta  una  fisonomía  diferente,  se­ gún el Estado en que el judío viva. En  Alemania,  donde  no existe un Estado político, un Estado como tal  Estado,  la cuestión judía es una cuestión puram ente teológica. El judío se encuentra en contraposición religiosa con el Estado que profesa el cristianism o como su  fundam ento.  Ese  Estado  es un teólogo ex profeso. La crítica es aquí,  crítica  de  la  teolo­ gía,  una  crítica  de  doble  filo,  crítica  de  la  teología  cristiarm y una crítica de la teología judía, Pero aquí, nos seguimos moviendo en el m arco de la teología, por mucho que crea­ mos m ovem os críticament'e dentro de ellos.

En Francia, Estado constitucional, la cuestión judía es el problem a del constitucionalism o, el problem a de la emanci­ pación política incompleta . Al conservarse  aquí la  apariencia de una religión de Estado, aun bajo una  fórm ula  insignifi­ cante y contradictoria consigo m ism a, la fórm ula de una re­ ligión de la mayoría, la actitu d de los judíos ante el E stado conserva la apariencia de una contraposición religiosa, teo­ lógica.

Sólo en los Estados libres de  N orteam érica  o  por lo  me­ nos en parte de ellos, pierde la cuestión ’ju día su significado teológico, para convertirse en -una verdadera  cuestión  terre­ nal. Solam ente allí donde el Estado ha conseguido su total realización, la relación del hebreo, la del hom bre religioso

 

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en general, con el Estado político, es decir, la relación de la rejigión con el Estado, puede presentarse  en  su  particulari­ dad y nitidez. La crítica de  esta  relación  deja  de  ser  teoló­ gica en el m om ento en que el Estado deja de com portarle teológicam ente con respecto  a  la  religión,  en  cuanto  empieza a com portarse como Estado, es decir políticamente, con res­ pecto a ella. La crítica se hace entonces crítica del Estado político. Y en este punto precisam ente, en cuanto la  cuestión deja de ser teológica, la crítica de Bauer deja de ser crítica.

«7¿ n'existe aux Etats-Unis ni réligion de l'Etat, ni  religión declarée celle de  la  m ajorité  ni  prééminence  d'un  cuite  sur un autre. L ’E stat est étranger d touts les cuites» (Marie ou Vesclavage aux Etats-Unis, etc., por G. de  Beaumont, París, 1835, p. 214).i5! Es cierto que  existen  algunos  Estados  norte­  am ericanos en los que «la constitutlon n rim pose pas les ero- yances religieuses et  la  practique  d ’un  cuite  comme  condi- tion des privileges politiques » (1, c., p. 225).  Sin embargo,  «on ne croit pas aux Etats-Unis qu ’un homme sans religión puisse étre un  honnete  hom m e »  (1,  c.,  p.  224).  A  pesar  de  lo  cual N orteam érica es  el  país  de  la  religiosidad,  como  unánim e­ m ente  nos  aseguran  Beaum ont,  Tocqueville  y  el   británico H am ilton.152 Por otro lado los Estados americanos nos sirven sólo de ejemplo. El problem a estriba en saber cómo se articula una completa em ancipación política en relación a la religión. Si hasta en un país de em ancipación  política  com­ pleta nos encontram os, no sólo con la  existencia  de  la  reli­ gión, sino la existencia vivaz y vital de la religión ello será la prueba de que la existencia de la religión no contradice la perfección del Estado. Pero dado que ía existencia de  la  re­ ligión es la existencia de  un  defecto, la  fuente  de  ese  defecto no podemos seguir buscándola sólo en la esencia del Estado mismo. Para nosotros, la religión ya no constituye el funda­ mento, sino sim plem ente el fenómeno de la lim itación terre­ nal. Por lo tanto, el carácter burdo de la  religión  del  ciuda­ dano libre nos lo explicam os por sus ataduras terrenales. No estam os afirm ando que tengan que acabar con su lim itación religiosa para poder d estru ir sus b arreras terrenales. Lo que

 

151 Gustave  Auguste  Beaumont  de  la  Bonniniére  (18024866).   escri­  bió junto con Tocqueville, el Sysíéme  pénitentiaíre  aux  Etats-Unis,  Pa­ rís, 1833. Autor además de Marie, ou  Vesclavage  aux  Etats-Unis,  París, 1835,  y   de  L'iríande  sociale,  politique  et  religieuse,  París,   1839   y   1842.

151  Thomas  Hamilton  (1789-1842),  científico  y  escritor  escocés,  au-   torj en 1833, de Men and Manners in America.

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afirm am os es  que  acabarán  con  sus  lim itaciones  religiosas en cuanto destruyan sus barreras terrenales. No estam os con­ virtiendo los problem as terrenales en problem as teológicos. Después  de  haber  asistido  durante  siglos  a  la  disolución  de la historia en la superstición, ahora  disolvemos  la  supersti­ ción en la historia. El problem a de las relaciones de la em an­ cipación política con  la  religión,  para  nosotros  se  convierte en el problem a de las relaciones  de  la  emancipación  política con la emancipación humana. Criticam os la debilidad reli­ giosa del Estado político, al criticar al Estado político, pres­ cindiendo de las debilidades religiosas, en su estructura secular. H um anizam os la contradicción del Estado con una determinada religión, por  ejem plo,  con  el  judaísm-o,  viendo en ella la contradicción del Estado  con  determinados elemen­ tos seculares, hum anizam os la contradicción del  E stado  con la religión general, al ver en ella  la  contradicción  del  Estado con sus premisas en general.

La em ancipación política del judío, del cristiano y del hom bre religioso en general es la emancipación del Estado del judaism o, del cristianism o,  y  de  la  religión  en  general. En su  form a,  a  la  m anera  que  corresponde  a  su  esencia,  el E stado en cuanto Estado se em ancipa de la religión al eman­ ciparse de la religión del Estado , es decir, cuando el Estado, como tal Estado, no profesa  religión  alguna, cuando  el  Esta­ do se  reconoce  precisam ente  tal.  La  em ancipación  política de la religión  no  es  la  em ancipación  de  la  religión  definitiva y coherente, porque la em ancipación política no eg la form a definitiva y coherente de la em ancipación humana .;

La lim itación de la em ancipación política se m anifiesta inm ediatam ente en el hecho de qtie  el  l i s t a d o  puede liberar­ se de un vínculo sin  que  el  hom bre se  libere  realmente de él,  en que el  Estado  puede  ser un. justado Ubre,  sin  que  por ello el hom bre sea un hombre libre. [Tácitamente esto está  adm i­ tido por  el  m ism o  B auer  cuanáo,  a  modo  de  condición  de la em ancipación política, establece que: «Todo privilegio en general, incluyendo, p o r lo tanto, el monopolio de una Iglesia privilegiada, debería abolírse, y  si  alguno  o  varios  o,  inclu­  so, la gran mayoría se creyeran obligados a cum plir con sus deberes religiosos, el cum plim iento de esos  deberes  tendría que dejarse a su  propio  arbitrio,  en  cuanto  asunto puramen­ te privado ». Por lo tanto, el E stado puede  haberse  em anct pado de la religión incluso cuando la gran mayoría siga sien-

 

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do religiosa. Y esa gran mayoría  no  va  a  dejar  de  ser  reli­ giosa  por  el  hecho  de   que   su   religiosidad   sea   algo  pura­ m ente privado.

Pero la actitud del Estado ante la  religión, particularm en- /  te del Estado libre, no es  más  que  la  actitud  de  los  hombres que form an el E stado ante la religión. De donde se infiere que el  hom bre,  a  través  del  Estado,  políticamente  se  libera de una lim itación, al ponerse-aa  contradicción  consigo  m is­ mo, al sobreponerse a esa lim itación de un modo abstracto

y limitado, de un modo parcial. De donde tam bién puede de­ ducirse que,  adem ás,  el  hom bre  liberándose  políticam ente, se libera dando un rodeo, liberándose a travé.s de un medio, aunque  se  trate  de  un  medio  necesario.  Y,  finalm ente,  que el hom bre, aun cuando se proclam e ateo por m ediación del Estado,  es  decir,  proclam ando  al  Estado  ateo,  sigue  sujeto a las ataduras religiosas, precisam ente porque sólo  se  reco­ noce a sí  mismo  m ediante  un  rocino,  a  través  de  un  medio. La religión es, precisam ente, el reconocim iento del hom bre dando un  rodeo.  A  través  de  un  mediador.  El  Estado  es  un m ediador entre el hom bre y la libertad del hom bre. Así como Cristo es el m ediador  sobre  quien  el  hom bre  descarga  toda su divinidad» toda su servidumbre religiosa, así tam bién el Estado es el m ediador al que transfiere toda su  esencia  te­ rrena, toda su no-servidum bre hum ana.

La elevación política del hom bre por  encim a  de  la  reli­  gión com parte todos los  inconvenientes  y  todas  las  ventajas de la elevación política, en general. El Estado, en cuanto tal, anula, p o r ejem plo, la p r o p ie d a d privada, el hom bre declara abolida la propiedad privada, de un modo político, cuando suprim e el censo de riqueza en la obtención del derecho al sufragio activo y pasivo, tal y como ya  se  ha  hecho  en  m u­ chos de los E stados de N orteam érica. Este hecho es inter­ pretado con toda exactitud p o r Hamilton, desde el punto de vista político, cuando dice: «La gran masa ha triunfado so­ bre los propietarios y  sobre  la  riqueza  monetaria ».153  ¿Acaso no está idealm ente suprim ida la propiedad  privada  cuando el desposeído se convierte  en  legislador  de  los  que  poseen?  El censo es la últim a form a política de reconocim iento de la propiedad privada.

 

153     Cfr. Thomas H a m ilto n , Die Menschen und die Sitien in den Ve- reinigten  Staaten von  Nordamerica,   Naoh   die   3,   englische   Auflage ufaers. von L. Hout. Mannheim, 1834, val I, p. 14ó.

 

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Sin embargo, ía anulación  política  de  la  propiedad  priva­ da no sólo no acaba con la propiedad privada, sino que, además, la presupone. A su m anera, el Estado anula las di­ ferencias de nacimiento, de estado social, de cultura y de ocupación cuando declara el nacim iento, el estado social y la ocupación del hom bre como diferencias no políticas, al pro­ clam ar a todo m iem bro del pueblo, sin tener en cuenta esas diferencias, partícipe por igual de la  soberanía  popular, cuan­ do tra ta a todos los  elem entos  de  la  vida  real  del  pueblo desde el punto de vísta del  Estado.  No  obstante,  el  Estado  deja que la propiedad privada, la  cultura  y  la  ocupación actúen a su modo, es decir, como propiedad privada, como cultura y como ocupación, y hagan valer su  especial  natu­ raleza. Lejos de  acabar con esas diferencias  de  hecho,  el Estado existe sólo sobre esas prem isas, se siente sólo como Estado político y sólo hace valer su generalidad en contra­ posición a esos elem entos  suyos.  Por  eso  Hegel  determina. con toda exactitud  la actkud  del  Estado  político  con  res­ pecto a la religión cuando  afirm a;  «Para  que  el  E stado  co­ bre  existencia  como  realidad  moral  del  espíritu  que  se  sabe a sí misma, es necesario que se distinga de la form a de la autoridad y  de  la  fe;  y  esa  distinción  sólo  se  m anifiesta  en  la m edida en  que  el  E stado  eclesiástico  llega  a  separarse; sólo así, por encima de las Iglesias particulares, el Estado ha conquistado la universalidad del pensam iento,  el  princi­  pio de la  propia  form a  y  le  da  existencia»  (Hegel,  Filosofía del derecho, 1.a Ed., p. 346).í5* Indudablem ente, sólo así, por encima de los elem entos especiales, se constituye  el  Estado como generalidad.

El  Estado  político  perfecto  es, p o r  su  esencia, la  vida del

hom bre en cuanto especie, en oposición a su vida m aterial. Todos los presupuestos de esa vida egoísta siguen vigentes al margen de la esfera del Estado, en  la  sociedad  burguesa, pero como cualidades de la sociedad civil. Allí  donde  el  Es­ tado  ha  logrado  un  auténtico  desarrollo,  el  hom bre  lleva, no sólo en el pensam iento, en la conciencia, sino en la reali­  dad, en la existencia, una doble vida, una celestial y  una terrenal, la vida en la comunidad política, en la que se con­  sidera como ser colectivo, y la vida en M vocSsitad civil, en la

 

154     G. W. H b g e l, Grunálinien der Philosophie des Rechtes oder Naturrecht  und  Staatswissenschaft  im  Grundrisse,   en   Werke,   Berlín 1833, vol III, p. 346.

 

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que actúa como particular;  considera  a  los  otros  hom bres como medios, se degrada a sí mismo como medio y se con- , vierte en juguete de poderes extraños. Con respecto a  la  j  sociedad civil, el  Estado  político  se com porta  de  un   m odo/ tan espiritualista como el cielo eos respecto a la tierra. Se encuentra en oposición con ella y la supera del mismo modo que la religión supera la lim itación del  mundo profano, es decir, reconociéndola -otra vez, restaurándola y dejándose necesariam ente dom inar por ella. El hom bre, en su inme­ diata realidad, en la sociedad civil, es  un  ser  profano.  Aquí, donde pasa ante sí mismo y  ante  los  otros  por  un  individuo real es una m anifestación  carente  de  verdad.  Por  el  contra­ rio, en el Estado,  donde  el  hom bre  es  considerado  como  un ser genérico, es el m iem bro im aginario de una presunta so­ beranía  y  está  privado  de  su  vida  real  individual  e  inmerso en una irreal universalidad.

El conflicto en que se encuentra el hom bre, en cuanto seguidor de una religión particular, con su posición de ciuda­ dano, y el resto de los hom bres en cuanto m iem bros de la comunidad, se reduce a la escisión terrena entre Estado  po­ lítico y sociedad burguesa. Para el  hom bre,  en  cuanto  bur­ gués «la vida en el Estado es sólo apariencia o  una momen­  tánea  excepción  contra  la  esencia  y   la   regla».   Indudable­ m ente, tanto el burgués como el judío, se insertan sólo so­ físticam ente en la vida del Estado, del mismo modo que sólo sofísticam ente en la vida el citoyen sigue siendo judío o bour- geois, pero esa sofística no es personal.  Se  tra ta  de  la  sofís­ tica del mismo Estado político. La diferencia entre el hom bre religioso y el ciudadano  es  la  m ism a  que  existe  entre  el  co­ m erciante y el ciudadano, entre el jornalero y el  ciudadano, entre el terrateniente y el ciudadano, entre el individuo vi­ viente y el ciudadano. La contradicción entre el hom bre po­ lítico, y el hom bre religioso es la m ism a contradicción que existe entre el citoyen y el bourgeois, entre la piel de león política del  m iem bro  de  la  sociedad  burguesa  y  ese  mismo m iem bro.

B auer deja en pie esa secular pugna a la que, a fin  de cuentas, se reduce la cuestión judía, es decir, la  relación  entre el Estado político y sus  presupuestos, áunque se  tra ta  de  ele­ m entos m ateriales, tales como la propiedad privada, etc., o espirituales, como educación,  religión,  la  contradicción entre el   interés  general  y   el  interés  privado ,  la  fractura  entre  el

 

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Estado político y la sociedad burguesa, m ientras que, sin em­ bargo, polemiza contra  su  expresión  religiosa.  «Precisamente su fundam ento, la necesidad que asegura a fe sociedad b ur­ guesa su existencia y garantiza su necesidad, expone su exis­ tencia a constantes peligros, nutre en ella un  elem ento  inse­ guro y provoca aquella  mezcla,  sujeta  a  constantes  cambios, de pobreza y riqueza, de penuria y prosperidad, provocan el cambio, en general (p. 8).

Confróntese todo el capítulo titulado «ía sociedad civil» (pp. 8 y 9), escrito de acuerdo  con  el  esquem a  de  la  filosofía del derecho de Hegel. La sociedad burguesa, en su contra­ posición al E stado político, se reconoce como  necesaria  por­ que el E stado político se reconoce como necesario.

No cabe duda de que la emancipación política supone un progreso enorm e, y aunque no sea la últim a form a de la emancipación  hum ana  en  general,     es   la  foriña últim a de la em ancipación hum ana dentro del orden del m undo actual. Y claro está que nos estam os refiriendo a la em an­ cipación real, a la emancipación práctica.

El hom bre se em ancipa políticamente  de  la  religión cuan­ do la destierra del derecho público  al  privado. La  religión  ya  no es el espíritu del Estado, donde  el  hom bre,  aunque  sea de un m odo lim itado, bajo una form a especial y en una  pe* culiar esfera, se com porta como ser genérico,  en  com unidad con “o tros hom bres; se  ha  convertido  ahora  en  el  espíritu  de la sociedad  burguesa,  de  la  esfera  del  egoísmo,  del  bellum om nium contra omnes. Ya no se tra ta de la esencia de la comunidad, sino la esencia de  la  diferencia.  Se  ha  convertido en expresión de la separación  del  hom bre  de  su  comunidad, de sí mismo y del resto de los  hom bres,  lo  que  originaria­ mente  era.  No  es  m ás  que   el reconocim iento abstracto del c a rá c te r . particularm ente absurdo, de la extravagancia pri­ vada. El infinito fraccionam iento de  la  religión  en  los  E sta­ dos Unidos, le confiere, ya  exteriormente  la form a  de  un asunto puram ente individual. La religión se ha  visto  derro­ cada para descender al m undo de los  intereses privados y  ha sido desterrada de la  com unidad  como  tal  comunidad.  Pero no nos engañemos acerca de las lim itaciones de la em anci­ pación política. La escisión del hom bre entre público y  pri­ vado, la dislocación  de  la  religión  con  respecto  al  Estado, para desplazarla a la sociedad burguesa  no  constituye una fase, sino la coronación de la em ancipación política, la cual,

 

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por lo tanto, ni suprim e ni aspira a suprim ir la religiosidad

real del hom bre.

La desintegración del hom bre en judío y ciudadano, en I protestante  y  ciudadano,  en  hom bre  religioso  y  ciudadano/ no  es  una  m entira  contra  la ciudadanía, no es una evasión de la em ancipación política, sino que es la  emancipación  po­ lítica m ism a, es el m odo político de la em ancipación de  la religión. Es cierto que,  en  las  épocas  en  que  el  Estado  polí­ tico brota violentam ente, en  cuanto  Estado  político,  del  seno de la sociedad burguesa, donde  la autoliberación hum ana aspira a realizarse en form a  de  autoliberación  política,  el Estado puede y  debe  avanzar  hasta  la abolición  de  la  reli­ gión, hasta su destrucción, pero sólo en el  modo  en  que  pro­ cede  a  la  abolición  de  la  propiedad  privada,  hasta  las   tasas m áximas, a la confiscación, hasta el im puesto progresivo, como  procede  a  la  abolición  de  la  vida,  hasta  la  guillotina. En los m om entos en que l a ' vida política  tiene particular conciencia de sí, tra ta de aplastar a lo que no es sino su

prem isa, la sociedad burguesa y sus elem entos, y a consti­ tuirse en la vida genérica real del hom bre, exenta de contra­ dicciones. Sólo puede conseguirlo, sin embargo, m ediante las contradicciones violentas con-sus propias condiciones de vida, declarando la revolución como perm anente y  el  dram a  polí­ tico term ina, por lo tentó, _no menos necesariam ente con la restauración de la religión, de  la  propiedad privada,  de  todos los elem entos de la  sociedad  burguesa, del mismo  modo  que la guerra term ina con la paz.

Efectivam ente,  el  llam ado  Estado  cristiano  que  profesa el cristianism o como religión de E stado y adopta, consi­ guientem ente una actitud excluyente con respecto a otras re­ ligiones, no es el Estado cristiano acabado, sino más bien el Estado ateo, el  E stado  democrático,  e l  Estado  que  relega  a la religión ju n to con el resto de los efem entos de la sociedad burguesa. Al Estado que es todavía  teólogo, que m antiene todavía oficialm ente la profesión de fe del  cristianism o, que  aún no se atreve a proclam arse  como Estado, no  logra  toda­ vía expresar en form a profana, humana, en su realidad como Estado el fundam ento hiüaaano cuya expresión superabun­  dante es el cristianism o. El llamado E stado cristiano sólo es, sencillamente, el no-Estado no el cristianism o en cuanto re­ ligión, sino sólo el substrato hum ano de la religión cristiana puede conducir a creaciones realm ente hum anas.

 

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El llam ado Estado cristiano es la negación cristiana del Estado, pero de ningún m odo la realización estatal del cris­ tianismo. El Estado que sigue profesando el Cristianism o  en form a de religión no lo profesa en form a  de  Estado, pues  se com porta todavía  religiosam ente  ante  la  religión;  es  decir, no es la ejecución real del fundamente? hum ano  de  la  reli­ gión,, porque todavía apela a la irrealidad, a la form a  imagi­ naria de  ese  meollo  hum ano. El llamado  Estado  cristiano es  el Estado imperfecto, y la religión cristiana le  sirve  de  com­ plem ento y  de  santificación  de  su  imperfección.  La  religión se convierte' para él, por lo tanto y necesariam ente  en  un medio, y ese Estado es el Estado de  la  hipocresía.  Existe una gran diferencia  entre  que  el  Estado  perfecto cuente,  entre sus prem isas, con la religión, en razón  de la  deficiencia siem­ pre im plícita en la esencia general del  Estado,  o  qu£  el  Es­ tado im perfecto declare la religión como su fundam ento  en razón de la deficiencia que su existencia especial lleva con­ sigo, como Estado defectuoso.  En  el  segundo  caso,  la reli­ gión se  convierte  en  política  imperfecta.  En  el  prim er  caso se acusa en la religión la imperfección m ism a de la política perfecta. El llam ado Estado cristiano necesita de la religión cristiana para perfeccionarse como Estado, El Estado dem o­ crático, el Estado real, no necesita de  la religión para su perfeccionam iento político. Al revés, puede prescindir de la religión, ya que  en  él  el  fundam ento  hum ano  -de  la  religión se realiza de un modo profano.  El  llamado  Estado  cristiano, por el contrarío, se com porta políticam ente con respecto a la religión y religiosam ente con respecto a la política. Y, degra­ dando a m era apariencia las form as de Estado, degrada tam ­ bién la religión a m era apariencia.

Para aclarar esta antítesis, vamos a exam inar la cons­ trucción, según Bauer, del Estado cristiano, construcción sur­ gida de la contem plación del Estado cristiano-germánico.

«Últim am ente —dijo Bauer—  suelen  invocarse  para  de­ m o strar la imposibilidad o la inexistencia de un Estado cris­ tiano, esas sentencias de  los Evangelios que  el  Estado  [ac­ tual] no sólo no acata, sino que tam poco puede acatar, si no quiere disolverse totalm ente» [en cuanto E stado]. «Pero la cosa no se resuelve tan fácilm ente. ¿Qué  postulan  de  hecho esas sentencias evangélicas? La negación sobrenatural de sí mismo, la sum isión a ía autoridad  de  la  revelación,  la  repul­ sa del Estado, la abolición de las relaciones  seculares.  Pues  bien, todo eso es lo que postula y lleva a cabo el Estado

 

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cristiano. E ste Estado ha hecho suyo  el espíritu  del  Evan­ gelio, y si  no  lo  predica  con  las  m ism as  palabras  co n . que ;  es expresado en el Evangelio, es porque sencillamente, mani-y fiesta ese espíritu en form as estatales, o sea, en form as  de-/ rivadas de la esencia del Estado y de este mundo,  pero  que quedan reducidas a m era apariencia, en ese renacim iento re­ ligioso  que  se  ven  obligadas  a   experim entar.  Ese  Estado  es la repulsa del Estado que se lleva a cabo bajo ias  form as estatales» (p. 55).

Bauer sigue después dem ostrando cómo el pueblo del Es­ tado cristiano es,  sencillamente,  un  no-pueblo,  que  no  posee m ás que una voluntad, pero cuya verdadera  existencia  reside en el jefe al que  se  ha  sometido,  cuyo  origen  y  naturaleza,  sin em bargo le es extraño,  es  decir,  fue  instituido  por  Dios, sin cooperación por su parte, del  mismo  modo  que  las  leyes  de este pueblo no son  obra  suya,  sino  revelaciones  positivas, de las que  su  caudillo  tiene  absoluta  necesidad, así como  de  m ediadores privilegiados p ara entenderse con el verdadero pueblo, con la masa, escindida en infinidad de círculos par­ ticulares form ados  y  determ inados por el  azar,  distinguibles y distintos entre sí p o r sus intereses, peculiares pasiones y prejuicios, y que reciben como si se tra tara de un privilegio la autorización  para  deslindarse  los   unos   de  los   otros, etc. (p. 56).

Bauer m ism o dice después. «Cuando la política no pre­ tende ser m ás que religión, no  puede  ser  política,  lo  mismo que no podem os considerar  como  asunto  doméstico  el  acto de fregar cacerolas si lo  hiciésemos  a  modo  de  rito  religio­ so.» (p. 108). Pues bien, en el Estado cristianogerm ánico la religión  es  un  «asunto  doméstico»  del  mismo  modo  que  los

«asuntos dom ésticos son religión». En el Estado cristiano- germánico, el poder  de  la  religión  es  la  religión  del  poder. La  separación  del   « espíritu   del   Evangelio»  de  la   « letra del   Evangelio»   es  un   acto   irreligioso. El  Estado  que hace

hablar al Evangelio con las palabras de la política,  con  pa­ labras diferentes de las del Espíritu Santo, comete un sacri­ legio, si no frente a los hom bres, cuando menos frente a sus mismos ojos religiosos. Al Estado  que  profesa  el  cristianis­ mo como suprem a norm a, que tiene la Biblia por  Constitu­ ción, se le deben oponer las palabras de la Sagrada Escritura, porque la E scritura es Sagrada  hasta  en  la  letra.  Ese  E sta­ do,  lo  m ism o  que  la  basura  humana  sobre  la  cual descansa,

 

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incurre en una aguda y dolorosa contradicción, insuperable desde el punto de  vista  de  la  conciencia  religiosa,  cuando  se le rem ite a aquellas frases del  Evangelio  que  «no  sólo  no  acata, sino que tampoco puede acatar, si no  quiere disol­ verse totalm ente ». Y ¿ por qué no quiere disolverse com pleta­ m ente? El Estado del que hablam os no puede contestar ni contestarse esta pregunta. Ante su propia conciencia,  el  Es­ tado cristiano  oficial es un deber ser, cuya realización re­ sulta inasequible,  que  sólo  acierta  a  com probar  la realidad de su existencia m intiéndose a sí mismo y que, por tanto, sigue siendo constantem ente ante    mismo  un  objeto  de duda, un objeto oscuro  y  problem ático.  Por  eso  la crítica está en su pleno derecho cuando obliga ai Estado que es­ pecula con la Biblia a que reconozca lo erróneo de su con­ ciencia, ya que ni él mismo sabe si se tra ta de  fantasía  o  realidad, desde el m om ento en que la infam ia de sus fines terrenales, a los que  la  religión  sirve  solam ente  de  tapadera, se hallan en insoluble  contradicción  con  la  honorabilidad  de su conciencia religiosa,  que  ve  en  la  religión  la  finalidad  del m undo. Dicho E stado  sólo  puede  redim irse  de  su  torm ento in terio r convirtiéndose en alguacil de la Iglesia católica. Eren­  te a ella, frente a una Iglesia que considera el  poder  secular como su  brazo  arm ado,  el Estado es  im potente,  im potente el poder secular que afirm a ser el im perio del espíritu  reli­ gioso.

E n el llamado E stado cristiano la alienación  tiene  valor, pero 110 sucede lo m ism o con  el  hom bre.  El  único  hom bre que vale, el  rey,  es  un  ser  específicam ente  diferente,  distin­ to del resto de los hom bres, un ser de  por sí religioso,  direc­  tam ente relacionado con el  cielo,  con  Dios. Los  vínculos  que se establecen aquí siguen siendo vínculos  basados  en  la  fe.  Por lo tanto,  el  espíritu  religioso,  realm ente,  todavía  no  se ha secularizado.

Pero el espíritu religioso tam poco puede llegar a seculari­ zarse realmente, porque ¿qué es ese espíritu sino la form a no secutar de un determ inado grado de  desarrollo  del  espíritu hum ano? Pero el espíritu religioso sólo puede llegar a reali­ zarse en la m edida en que el grado de  desarrollo  del espíritu hum ano, del cual es expresión religiosa, se destaca y se cons­ tituye en  su  form a  profana.  El  fundam ento  de  este  Estado no es el cristianism o, sino el fundamento humano del cris­ tianism o. La religión sigue siendo la conciencia ideal, no

 

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secular, de sus m iem bros, puesto que es la form a ideal del

grado humano de desarrollo que en él se lleva a cabo.

Los m iem bros del E stado político son religiosos póiNel dualismo existente entre la vida  individual  y  la  genérica,  en'- tre la vida de la sociedad burguesa y la vida política: son religiosos en la m edida que el hom bre se com porta con res­ pecto a la vida del Estado, localizada en eí más allá de su individualidad real, como con respecto a su verdadera vida; religiosos  en  cuanto  que,  aquí,  la  religión  es  el   espíritu  de la sociedad  burguesa,  la  expresión  del  divorcio  y  del  aleja­  m iento del hom bre con respecto al hom bre. La dem ocracia política es cristiana en la  m edida en  que,  en  ella,  el  hom bre, no sólo  un hom bre sino cualquier hom bre, equivale a un ser soberano, a un se?  suprem o; sin  embargo,  se  tra ta  del hom bre en su form a m ás burda y asocial, el hom bre en su existencia fortuita, el hom bre tal como vive  y  vegeta,  tal  y como se encuentra corrom pido por toda la organización de nuestra sociedad,  perdido  a    mismo,  enajenado,  entregado al im perio de las relaciones y elem entos más  inhum anos;  en una palabra, se tra ta del hom bre que  aún  no  es  un  genérico ser real La imagen fantástica, el sueño, el postulado del cristianism o, el carácter soberano  del hom bre  real,  en  cuan­ to ser extraño, diferente del hom bre real, es,  en  la demo­ cracia realidad sensible, presente, máxima profana.

En ía dem ocracia  perfecta,  la  m ism a  conciencia  religio­ sa y teológica tiene tanto  más  valor  religioso  y  teológico cuanto más carece,  aparentem ente,  de  significación  política, de fines terrenales, cuanto más  se  refiera,  siem pre  aparente­ m ente, al espíritu retraído del m undo, expresión de la limi­ tación del entendim iento,  producto  de  la  arbitrariedad  y  de la fantasía, cuanto m ás es una vida real en el más allá. El cristianism o adquiere la expresión práctica de su significado religioso-universal, en la m edida en que las m ás dispares con­ cepciones del m undo se agrupan  unas  junto  a  otras  en  la form a del cristianism o y,  más  todavía,  por  el  hecho  de  que no se les plantea a otros ni síqúiera la exigencia del cristia­ nismo, sino solam ente la de la religión general, de cualquier religión (cfr. la citada obra de Beaum ont). La conciencia re­ ligiosa se  recrea  en  la riqueza de la -antítesis religiosa y de la variedad religiosa.

Queda, por lo tanto,  de  m anifiesto   cómo  la  em ancipa­ ción  política  de  3a  religión  deja  en  pie  la  religión,  aunque no

 

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una religión privilegiada. La contradicción en  que  se  encuen­ tra cualquier fiel de una religión p articular con su  ciuda­ danía no es más que una parte de la contradicción  general secutar entre el Estado político y la sociedad burguesa. La perfección del Estado cristiano  viene  dada por el  Estado  que se reconoce  como tal y hace abstracción de  la  religión  de sus m iem bros. La em ancipación del Estado con respecto a la religión no equivale a 3a emancipación del hom bre real con respecto a ella.

De modo que, nosotros, contrariam ente a Bauer, no  de­ cimos a los judíos: vuestra em ancipación política es  impo­ sible sin una radical em ancipación radical de vuestro judais­  mo. Más bien les dedm os: ya que os es posible em anciparos políticam ente sin  llegar  a  desentenderos  radical  y  absoluta- m ente del judaism o, la emancipación humana  no  equivale  a la emancipación política .  Cuando  vosotros, judíos, queréis em anciparos políticam ente sin em anciparos hum anam ente a vosotros mismos, la  solución  a  medias  y  la  contradicción  en la que  incurrís  no  radica  en  vosotros,  sino  en  la  esencia  y en la categoría de la  em ancipación  política.  Si  seguís  presos de esa categoría, entonces quiere  decir que  estáis  partici­ pando de un proceso de  sujeción  general.  Del  mismo  m odo que el Estado  evangeliza  cuando,  a  pesar  de  ser  ya  Estado, se com porta cristianam ente con respecto a los judíos, así tam bién el judío politiza cuando, a pesar de ser ya judío, ad­ quiere derecho de ciudadanía dentro del Estado.

Pero si el hom bre, a pesar de  ser  judío,  puede  emanci­ parse políticam ente, ad q u irir -derechos de ciudadanía dentro del Estado ¿puede reclam ar y obtener los llamados derechos hum anos ? Bauer lo niega. «El  problem a estriba en  saber  si el judío, en cuanto tal judío,  es  decir,  el  judío  que  confiesa por    mismo  que  se  ve  obligado  por  su  esencia  verdadera a vivir eternam ente aislado del resto, es capaz de obtener y conceder  a  los  demás  los  1derechos  generales  del  hombre.-»

«La idea de los  derechos hum anos no  fue  descubierta para el m undo cristiano sino hasta el siglo pasado. No se  tra ta  de  una idea innata al hom bre, sino que el hom bre la va conquis­ tando en  lucha  contra  las   tradiciones  históricas  en  las  que el hom bre había sido anteriorm ente educado. Los  derechos hum anos no son,  por  lo tanto, un regalo de la Naturaleza, un regalo de la historia precedente, sino el fruto de la lucha contra el azar del nacim iento y contra los privilegios, que

 

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la Historia, hasta el m om ento, venía transm itiendo heredi­ tariam ente de generación en  generación.  Son  el  resultado  de la cultura, y sólo puede poseerlos quien haya sabido  adqui­ rirlos  y  m erecerlos».  I

«Ahora bien. ¿Puede realm ente  el  judío  llegar  a  poseer esos derechos? M ientras siga siendo judío la esencia limi­ tada que hace de él un judío  tiene necesariam ente que triun­ far sobre la esencia  hum ana  que,  en  cuanto  hom bre,  le  une al resto de los hom bres  y  le  disocia  de  los  judíos y,  a  través de esa disociación declara  que  la  esencia  especial  que  hace  de él un judío es su verdadera esencia suprem a  ante  la  cual tiene  que  relegarse  a  un  segundo  plano  la  esencia  humana».

«Y   del  mismo   xnodo,   al   cristiano  le    es   imposible,  en

cuanto tal, garantizar ninguna clase de derechos humanos,» (pp. 19-20).

Según Bauer, el hom bre, si quiere obtener los derechos generales  del  hom bre,  tiene  que  sacrificar  el  «privilegio  de la fe». Detengámonos un m om ento a exam inar ios llamados derechos hum anos, los derechos hum anos en su auténtica forma, en la form a que les confirieron sus descubridores, los norteam ericanos y franceses. En cierto modo, esos derechos hum anos son derechos políticos, derechos que sólo pueden ejercerse en com unidad con el resto de los hom bres. Su con­ tenido es la participación en  la  comunidad,  y  concretam ente en la com unidad política, en el Estado. Esos  derechos hum a­ nos entran en la categoría de la libertad política, en la  cate­  goría de los derechos cívicos, que no presuponen, ni mucho menos,  como  hemos  visto,  la abolición  absoluta  y  positiva de la religión, ni tam poco, consecuentem ente, y a m odo de ejemplo, la del judaism o.  Queda  por considerar  la  otra  par­ te de los derechos hum anos,  los  droits  de  Vhomme, en  cuan­ to que diferentes de los droits du citoyen.

E ntre esos derechos figura el  de  la  libertad  de  concien­ cia, el derecho a la libre práctica de cualquier culto. El pri­ vilegio de la fe es expresam ente reconocido, tanto como de­ recho humano, como  consecuencia  de  un  derecho  hum ano, de la libertad.

Déclaration des  droits  de  Vhomme  et  du  citoyen,  1791,  art, 10: «Nul ne droit é tre inquieté pour ses opinions méme religieuses», y en el títu lo I de la Constitución de 1791 se garantiza como derecho hum ano: «La liberté á tout homme d'exercer le cuite religieux auquel il est attaché».

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te

 

La déclaration des droits de Vhomme, etc., 1795,  incluye, entre los derechos hum anos, art. 7: «Le libre exercice de-s cuites». Más aún, en lo que se refiere al derecho de  hacer públicos sus pensam ientos y opiniones llega a decirse: «La nécessité d ’e nnoncer ces droits suppose ou la presence ou le souvenir récent du despotisme». En relación con este punto puede consultarse la Constitución de  1795, título XIV, art. 354.

Constitution de Pennsylvanie,  art,  9,  párr.  3,  «Tous  les hom mes ont recu de la nature le  droit  im prescriptible d'ado- rer le tout Puissant  selon  les  inspirations  de  leur conscience, et  nul  ne  peut  légalment  étre  er*  train  de   suivre, instituer o soutenir contre son gré aucun cuite ou m inistére religieux. Nulle autorité hum aine ne peut, dans aucun cas, intervenir dans les questions de conscience e t contróler les pouvoirs de Táme.»

Constitution de N ew Hampshire, arts. 5 y  6:  «Au  nom bre des droits naturels, qúelques-uns sont inaliénables de  leur nature, parce que ríen ne peut  étre  I'equivalent.  De  ce  nom­ bre son les droits de conscience» 15 (Beaum ont,  op.  cit., 213-214).

La irreconciliabilidad de los derechos del hom bre con la religión está tan poco im plícita en el concepto  de  los  dere­ chos  del hom bre  que, lejos  de  ello, el derecho a  ser religioso,  a ser  religioso  de  cualquier  m anera,  a  practicar  el  culto  de la religión propia, está expresam ente enum erado entre los derechos del hom bre. El privilegio de la fe es un derecho universal del hom bre.

Los droits de Vhomme, los  derechos del hom bre,  en  cuan­ to tales, se distinguen así de los droits du citoyen, de los derechos del ciudadano. ¿Quién es el homm e distinto del citoyen ? Ni más ni menos que el miembro de la sociedad burguesa. ¿Fox qué  al  m iem bro de la  sociedad  burguesa  se le llam a «hombre», sim plem ente hom bre, y por qué sus de­ rechos se llam an derechos del hombre? ¿Cómo se explica esto? Podemos explicarlo rem itiéndonos  a  las  relaciones  en­ tre  el Estado  político  y  la  sociedad  burguesa,  a  la   ausencia o a la falta de la em ancipación política.

En prim er lugar constatam os el hecho de que los llam a­

 

153  Las citas   de   la   Constitución   de   Pensilvania   (1776,   modificada en  1790) y  de  la  Constitución  de  New-Hampshire  (de  1778),  Marx  las saca de G . A . B e a u m o n t , Marie... cit., pp. 213-214.

 

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dos derechos cleí hom bre , los droits de Vhomme en cuanto distintos de los droits du  citoyen,  no  son  sino  los  derechos  del m iem bro de la sociedad burguesa, es decir, del hoi^Ure egoísta, del hom bre separado del hom bre y de la comunidad. La constitución más radical, la de 1793, puede a f irm a r : '

Déclaration des droits de Vhomme et du citoyen:

Article 2: «Ces droits, etc. (les droits naturels et im pres­ criptibles) sont: Vegalité, la liberté, la süreté, la propriété».

¿ En qué consiste la liberté ?

Article 6: «La liberté est le  pouvoir qui appartient á  l'hom- me de faire tout  ce  qui  ne  nuit  pas  aux  droits  d ’a utm i»  o, de acuerdo con la Declaración de  los  Derechos  del  hombre de 1791: «La liberté consiste á pouvoir  faire  tout  ce  qui  ne nuit pas á autrui».

Así pues, la libertad es el derecho de  hacer  o  ejercitar  todo lo que n© perjudica  a  los  demás.  Los  lím ites  entre  los que uno puede moverse sin dañar a los demás están  estable­ cidos p o r la  ley,  del  mismo  modo  que  la  empalizada  m arca el lím ite o la división entre  las  tierras.  Se  tra ta  de  la  liber­ tad del hom bre  en  cuanto  m ónada  aislada  y  replegada en  sí m ism a. ¿Por  qué  entonces,  de  acuerdo  con  Bauer,  el  judío es incapaz de obtener los derechos hum anos? «M ientras siga siendo judío la lim itada esencia que hace de él url judío tiene necesariam ente que triunfar sobre la esencia hum ana que, en cuanto  hom bre  tiene  .que  unirle  al  resto  de  los  hom bres y separarle de  los  que  no  son  judíos».  Pero  el  derecho  hu­  m ano de la libertad no está  basado  en  la  unión  del  hom bre con el hom bre, sino, por el  contrario,  en  la  separación  del hom bre con respecto al hom bre. Es el derecho a esta diso­ ciación, el derecho del individuo delimitado, lim itado a sí mismo.

La aplicación práctica del derecho  hum ano  de  la  libertad es el derecho hum ano de la propiedad privada.

¿ En qué consiste el derecho hum ano de la propiedad privada?

Art. 16: (Constitución 1793):  «Le droit de  propieté  est celui qui  appartient  á  tout  citoyen  de  jo u ir  et  de  disposer a  son gré de  ses biens, de  ses revenus, du  fruit de  son travail  et de son industrie».

Así pues, el  derecho  del  hom bre  a  la  propiedad  privada es el derecho a disfrutar de su patrim onio y a disponer de él abiertam ente    son  gré),  sin  atender  al  resto  de  los  hom ­

 

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bres, independientem ente de la sociedad, del derecho del in­ terés persona-». Esa libertad individual y su aplicación cons­ tituyen el fundam ento de la sociedad burguesa. Sociedad que hace que todo hom bre encuentre en los demás, no la reali­ zación,  sino,  por  el contrario, la  limitdción  de   su libertad. Y proclam a p o r encima de  todo el -derecho hum ano  «de jo u ir et de disposer a  son  gré  de  ses  biens,  de   ses  revenus,  du fruit de son travail et de son industrie».

Quedan todavía por exam inar los otros  derechos  hum a­ nos, la égaíité y la süreté.

La égalité, considerada aquí  en  su  sentid-::» <no político,  no es otra cosa que la  igualdad  -de  la  liberté  más  arriba  descri­ ta, a saber,  que  todo  hom bre  se  considere p or igual  m ónada y a sí m ism a se atenga. La Constitución de 1795 define del siguiente m odo esa igualdad, de acuerdo con su significado:

Art. (Constitución de  1795):  «L'egalité  consiste  en  ce  que la loi est  la méme  pour  tous,  soit qu'elle  protege,  soit qu'elle punisse».

¿Y la süreté ?

Art.  8  (Constitución  de  1795):   «La   súreté  consiste  dans la protection accordé p ar la societé  á  chacun  -de  ses  mem- bres pour  la  conservation  de  sa  personne,  de  ses  droits  et  de ses propriétés».

La seguridad es el concepto social suprem o de la sociedad burguesa, el concepto  de  policía, de  acuerdo con  el  cual toda la sociedad existe para garantizar a cada  uno  de  sus  miem­ bros la conservación -de su persona, de sus derechos y de su propiedad. En ese -sentido Hegel califica a la sociedad  b u r­ guesa de «el Estado de la necesidad y del intelecto».154

El concepto de la seguridad no hace que la sociedad b u r­ guesa supere su  egoísmo.  La  seguridad  es,  por  el  contrario, la garantía -de ese egoísmo.

Ninguno  de los  llamados  derechos  hum anos  trasciende, p or lo tanto, el hom bre  egoísta,  el  hom bre  como  m iem bro de la sociedad  burguesa,  es  decir,  el  individuo  replegado  en sí mismo, en su interés  privado  y  en  su  arbitrariedad  priva­ da y disociado de la comunidad.  Muy  lejos  de  concebir  al  hom bre  como  ser  genérico,  estos  derechos  hacen  aparecer, p o r el contrario, la vida  genérica  m ism a,  la  sociedad,  como un m arco externo a los individuos, como una lim itación de

 

156 H e g e l , gp. cit., vol. VIII, p. 242.

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su independencia originaria. El  único  nexo  que los  m antiene en cohesión es la necesidad natural, la necesidad y el inte­ rés privado, la conservación de su  propiedad  y  de  su  per­  sona egoísta.

Resulta extraño que un  pueblo,  que  precisam ente  empie­ za a liberarse, que empieza a derribar todas las barreras entre los distintos m iem bros que  lo  componen  y  a  crearse  una conciencia política,  que  este  pueblo  proclame  solemne­  m ente la legitim idad del hom bre egoísta, disociado de sus sem ejantes y de la com unidad (Déclaration de  1791);  y  más aún, que repita  lo  mismo  en  un  m om ento  en  que  sólo  la  más heroica abnegación  puede  salvar  a  la  nación  y  viene, por lo tanto, im periosam ente  exigida,  en  un  m omento  en que se pone a la orden del día el sacrificio de todos los inte­  reses en aras de la sociedad  burguesa  y  en  que  el  egoísmo debe ser castigado  como  un  crim en  (Déclaration  des  droits de Vhomme, etc., de  1793).  Pero  este  hecho  resulta  todavía más extraño cuando vemos que los em ancipadores políticos rebajan incluso la ciudadadanía, la  comunidad  política,  al papel de sim ple medio para la conservación de los llamados derechos hum anos; que, por lo tanto, se declara al citoyen servidor del homm e egoísta, se degrada  la  esfera  en  que  el hom bre se com porta como com unidad por debajo  de  la  es­ fera en que se com porta como individuo particular; que, por último, no se considera  como  verdadero  y  auténtico  hom bre al hom bre en cuanto ciudadano, sino al hom bre en cuanto burgués.

«Le but de toute association polítique  est  la  conservation des droits naturels et im prescriptibles de l'homme», (Décla­ ration des droits, etc., de 1791, art. 2). «Le gouvem em ent est institué po u r garantir a l'hom m e la jouissance de ses droits naturels et im prescriptibles». (Déclaration,  etc.,  de  1793,  art. 1). Por lo tanto, incluso en los m om entos de entusiasm o ju ­ venil, exaltado por la fuerza de las circunstancias, la vida po­ lítica aparece como sim ple medio cuyo fin es la vida de la sociedad burguesa. En  realidad, su  práctica revolucionaria se encuentra en flagrante contradicción con su teoría. Así por ejemplo, proclam ándose la seguridad como un derecho hu­ mano, se pone públicam ente  a  la  orden  del  día  la  violación del secreto de la correspondencia. Se garantiza «la liberté in- definie de la  presse»  (Constitution  de  1795,  art.  122),  como una  consecuencia  del  derecho hum ano  a   la   libertad indivi­

 

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dual, pero ello 110 es óbice para que se amule totalm ente  la libertad de prensa, pues, «la liberté de  la  presse  ne  doit  pas étre perm ise lorsqu’elle com prom et la liberté polítique» (Ro- bespierre jeune, Histoire parlamentaire de la Revolution frari- gaise», p ar Buchez et Roux, t. 28, pág. 159);157 es decir, que el derecho hum ano de la libertad  deja  de  ser un  derecho  cuan­ do en tra en colisión con la vida política, m ientras que, con arreglo a la teoría, la vida política sólo es ia garantía de los derechos hum anos, de los derechos del hom bre en cuanto individuo, debiendo, por lo tanto,  abandonarse  tan  pronto como contradice a su  fin, a esos derechos hum anos. Pero

.la práctica es sólo la excepción, y  la  teoría  ía  regía.  Ahora bien, si nos em peñáram os «en considerar la m ism a práctica revolucionaría como el planteam iento  correcto  de  la  rela­ ción, quedaría por resolver el m isterio de por qué en la con­ ciencia  de  los  em ancipadores  políticos  se  invierten  los  tér­ m inos  de  la  relación,  presentando  el fin   como m edio y   el m edio como fin. Ilusión óptica de  su  conciencia que no  deja­  ría de ser un m isterio, aunque fuese un m isterio psicológi­ co, teórico.

El enigma se resuelve de un m odo sencillo.

La em ancipación política es, al mismo tiempo,  la disolu­ ción de la vieja sociedad, sobre la que descansa el Estado ex­ traño al pueblo,  el  poder  señorial.  La  revolución  política  es 3a  revolución  de  la sociedad  civil. ¿Cuál era  el   carácter  de la vieja sociedad? Se caracteriza por una sola palabra. El feudalismo. La vieja sociedad  civil tenía directam ente un carácter político, es decir, los  elem entos  de la vida bur­ guesa, como  por ejem plo,  la  posesión,  o  la  familia,  o  el  tipo y  el m odo   de   trabajo, se   habían elevado  al  plano  de  ele­ m entos de la vida estatal, bajo la form a de la propiedad te­ rritorial, el estam ento o la corporación. Desde este punto de vista, determ inaban las relaciones entre el individuo y el conjunto del Estado , es decir,  sus  relaciones  políticas  o,  lo que viene a ser lo mismo, sus relaciones de separación o ex­ clusión del resto de las partes integrantes de la sociedad. Efectivam ente, aquella organización de la vida del pueblo no elevaba la posesión o el trab ajo al nivel de elem entos sociales, sino que, por  el  contrario,  llevaba  a  térm ino  su  separación del conjunto del Estado y l o s G o n s t i j u ía en sociedades parti-

 

,í7 C fr. B u c h e z et Roux, Histoire  Parlamentaire de  la  revolution frangmse, París 1834-1836.

 

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ciliares en el interior de la sociedad. A pesar de todo, las funciones y condiciones de vida de la sociedad civil seguían siendo políticas, aunque políticas en ,el  sentido feudal;  es  de­ cir, excluían al individuo del conjunto  del  Estado,  y  convexa tían la relación particular de su  corporación  con  el  conjufíto del Estado en su propia relación universal qon la vida del pueblo, del mismo modo que convertían su actividad y situa­  ción burguesas determ inadas en su actividad y situación uni­ versal. Como  consecuencia  de  esta  organización,  la unidad del  Estado,  en  cuanto   conciencia,  voluntad  y   actividad   de la unidad estatal, el poder general del Estado aparece nece­ sariam ente como asunto particular de un soberano aislado del pueblo y de sus servidores.

La revolución política, que derrocó ese poder señorial  y  elevó los asuntos del Estado a asuntos del pueblo y que cons­ tituyó al Estado político en asunto general, es  decir,  como Estado real, destruyó necesariam ente todos los estam entos, corporaciones, gremios y privilegios, que eran otras tantas expresiones de la separación entre  el  pueblo y  su  comunidad. La  revolución       con ello, el carácter político de la. sociedad burguesa. Escindió la sociedad burguesa en sus partes integrantes  m ás  simples,  de  una  parte  los  individuos y de otra  los  elementos materiales  y  espirituales  que  form an el contenido vital, la situación burguesa de estos individuos. Liberó de sus ataduras al espíritu político, que  se  hallaba como escindido, dividido y estancado en  los  callejones  sin salida de la sociedad feudal; lo aglutinó sacándolo de esta dispersión,  lo  liberó  de  su  confusión  con  la  vida  burguesa  a la que  se  había unido y  lo  constituyó  en  la  esfera  de  la  co­ m unidad, de la actividad universal del pueblo, en ideal inde­ pendencia  con respecto  a  aquellos   elementos   particulares de la vida burguesa. Las determinadas actividades y condi­ ciones de  vida  descendieron hasta  una  significación  pura­  m ente individual. D ejaron de representar ía relación general entre el individuo y el conjunto del Estado.  Lejos  de  ello,  la cosa pública en cuanto tal pasó a ser ahora de incum bencia general de todo individuo, y la función política su función universal.

Pero la puesta-en  práctica  del idealism o  del  Estado  fue, al m ism o tiem po la  puesta  en  práctica  del  m aterialism o  de la sociedad burguesa. La supresión del yugo político  fue  al mism o tiem po la supresión de las ataduras que sujetaban el espíritu egoísta de la sociedad burguesa. La emancipación

 

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política fue contem poráneam ente, la em ancipación de la so­ ciedad burguesa de la política, de la apariencia m ism a de un contenido universal.

La sociedad feudal se hallaba  disuelta  en  su  fundam ento: en el hombre. Pero en el hom bre que constituía realm ente su fundam ento, en el hom bre egoísta. Este hom bre, m iem bro  de la sociedad burguesa, es ahora  la  base,  la  prem isa  del  Esta­ do político. Y como tal es reconocido por él en los derechos huhianos.

La libertad del egoísta y  el reconocim iento  de  esa libertad es más bien el  reconocimiento-del  movimiento  desenfrenado de los elem entos espirituales y m ateriales que form an su con­ tenido de vida.

Por lo tanto, el hom bre no se vio liberado  de  la  religión, sino que obtuvo  la  libertad  religiosa.  No  se  vio  liberado  de  la propiedad, sino que obtuvo  la  libertad  de  la  propiedad. Np se vio liberado  del  egoísmo  de  la  industria,  sino  que  obtuvo la libertad industrial.

La constitución del Estado político y la disolución de la sociedad burguesa en individuos independientes —cuya re­ lación es el derecho, m ientras que la relación en tre los hom ­ bres de los estam entos y los gremios  era  el  privilegio—  se  lleva a cabo en  uno  y  el  mismo  acto.  Ahora  bien,  el hom bre, en cuanto m iem bro de la sociedad  civil, el hom bre  no políti­  co, aparece necesariam ente  como el hom bre natural.  Los  droits de Vhomme aparecen como droits naturels, pues la ac­ tividad consciente de sí misma se concentra en  el  acto  políti­ co. El hom bre egoísta es el resultado pasivo, sim plem ente casual de la sociedad  disuelta, objeto  de  la  certeza,  inmediata y, por lo tanto, objeto  natural.  La  revolución  política  disuel­ ve la vida burguesa en sus partes integrantes, sin revolu­ cionar esas  m ism as  partes  ni  som eterlas  a  crítica.  Se  com­ p orta con  respecto a la sociedad burguesa, con respecto al m undo de las necesidades, del trabajo, de los intereses par­ ticulares, del derecho  privado,  como  con  respecto  a  la  base de su existencia,  como  con  respecto  una  premisa  que  ya  no es posible seguir razonando, y, por lo tanto, como ante su base natural. Finalm ente  el hom bre,  en  cuanto  m iem bro  de la sociedad burguesa, es considerado como el verdadero hom ­ bre, como el homme a diferencia  del  citoyen, por ser el hom­ bre en su inmediata existencia sensible e individual, m ientras que el hom bre político sólo  es  el hom bre  abstracto, artificial, el hom bre en cuanto persona alegórica, moral. El hom bre

 

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real sólo se reconoce bajo la form a del individuo  egoísta;  el hom bre verdadero, sólo bajo la form a del citoyen abstracto.

Rousseau describe, pues, certeram ente, la abstracción del hom bre político, cuando dice:

«Ceiui qui ose entreprendre d 'in stituer un peuple doit se" sentir en é ta t de changer  pour  ainsi  dire  la  nature  humaíne, de transformer chaqué individu, qui p ar lui-méme est un tout parfait et solitaire, en partie d'un plus grand tout aoní cet individu recoi ve en quelque sorte sa vie  et  son  étre,  de  subs- titu er une existence partidle et morale á l'existence physi- que et indépendante. II faut qu'il ote á l'horíime ses  forces propres pour luí  en  donner qui  luí  soient  étrangéres  et  dont il ne puisse faire usage sans le secours d'autri». («Contrat social», lib. II, Londres, 1782, pág. 67 .)136

Toda em ancipación es la reducción del m undo hum ano de las relaciones, al hombre mismo.

La em ancipación política es la reducción del hom bre, de una parte, a m iem bro de la sociedad burguesa, al individuo egoísta independiente , y, de otra parte, al ciudadano del Es­ tado, a la persona m oral.

Sólo cuando el hom bre individual real reincorpora a sí al ciudadano abstracto y se  convierte  como  hom bre  individual en ser genérico, en su trabajo individual y en sus relaciones individuales; sólo cuando el hom bre ha reconocido y organi­ zado sus «forces propres»  como  fuerzas  sociales  y  cuando,  por lo tanto, no desglosa ya  de    la  fuerza  social  bajo  la  form a  de  fuerza  política,  sólo  entonces  se  lleva  a  cabo  la em ancipación hum ana.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

158 Cfr. Jean-Jacques  R o u s s e a u ,  Du  C ontrat  social  Londres,  1782, Libro II, cap. VII, Du legislateur, p. 67.

 

II

 

Capacidad de los actuales judíos y cristianos  para  ser  li­ bres (Die Fahigkeit der heutigen luden und Christen, frei zu werden )

Por Bruno Bauer. («Ventiún pliegos», pp. 56-71.) ,5?

 

Bajo esta form a tra ta B auer la  actitud  de  la  religión  ju­ día y la cristiana, como su actitud  ante la  crítica.  Su  actitud ante la crítica es su relación  con  «la  capacidad  para  ser libres».

De donde se desprende: «El cristiano sólo necesita rem on­ tarse sobre una fase, a saber, su religión, para superar la re­ ligión en general», es decir, para llegar a  ser  libre;  «el  judío, por el contrario, tiene que rom per, no sólo con su esencia judaica, sino tam bién  con  el  desarrollo,  con  la  culm inación de su religión, con un  desarrollo  que  perm anece  extraño  a  él», (p. 71).

Como vemos, Bauer  convierte   aquí   el  problem a  de   la em ancipación de los judíos en una cuestión puram ente reli­ giosa. El escrúpulo teológico de quién tiene m ejores perspec­ tivas para alcanzar la bienaventuranza, si el judío o el  cris­ tiano, se  repite  ahora  bajo  una  form a  m ás  clara:  ¿cuál  de los dos es más capaz de llegar a  emanciparse?  La  pregunta desde luego, ya no es: ¿libera al hom bre el judaism o o el cris­ tianism o?, sino  m ás bien la contraria: ¿Qué  es  lo  que  hace m ás libre al hom bre, la negación del judaism o  o  la  negación del cristianism o?

«Si quieren llegar a ser libres,  los  judíos  no  deben  abra­ zar el  cristianism o,  sino  la  disolución  del  cristianism o  y  de la religión en general, es decir, la ilustración, la crítica y su resultado, la libre hum anidad» (p. 70).

Sigue tratándose, para el judío,  de  una  profesión  de  fe, que ya no es la del cristianism o, sino la de la disolución del cristianism o. B auer pide a los judíos que rom pan con la esen­ cia de la religión cristiana, exigencia que, como él  mismo  dice, no brota del desarrollo de la esencia judía.

Después de que Bauer, al final de la «Cuestión judía», concibiera el judaism o sim plem ente como la tosca crítica re­ ligiosa del cristianism o, concediéndole por lo tanto «solamen­ te» una significación religiosa, era de prever que tam bién la

 

15        C fr.  B r u n o   B a u e r ,   D ie   F a h ig k e i t   d e r   h e u t ig e n . . .    c i í .,  p p .   56-71.

 

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em ancipación de .los judíos se  convirtiese,  para  él,  en  un  ac­ to filosófico, teológico.

Bauer concibe la esencia abstracta ideal del judío, su re-

ligiónJ como toda su esencia. De aquí que  concluya  con  ra­  zón; «El judío no aporta nada a la hum anidad cuando  des­ precia de por sí su ley lim itada», cuando supera todo su ju ­ daismo (p. 65).

La  actitud  de  los  judíos  y  los  cristianos  es,  por  lo  tanto,

la   siguiente:   el   único  interés del cristiano en la  emancipa-  / ción del judío es un interés general hum ano, un interés teó­

rico. El judaism o es un hecho injurioso para la m irada  reli­ giosa del cristiano. Tan pronto como su m irada deja de ser religiosa el hecho deja de ser injurioso. La em ancipación del judío no es de p o r sí una tarea para el cristiano.

Por el contrario, el jujdío, para  liberarse,  no  sólo  tiene que llevar a cabo su propia tarea, sino adem ás y al  mismo tiempo  la  tarea  del  cristiano,  la  Crítica  de  los  Sinópticos  y la Vida de Je sú s /40 etc.

«Ellos m ism os deben ab rir  los  ojos: su  destino  está  en sus propias m anos, pero la historia no  deja  que nadie se b u r­  le de ella.» (pág. 71).

Nosotros intentam os rom per la form ulación teológica del problem a. El problem a de la capacidad del judío para em an­ ciparse se  convierte,  para  nosotros,  en  el  problem a  de  cuál as el  elem ento  social  específico  que  hay  que vencer para  su­ p e rar el judaism o. La capacidad de emancipación del judío actual  es  la actitud  del  judaism o  ante  la  emancipación  del m undo de hoy. A ctitud que  se  desprende  necesariam ente  de la posición especial que ocupa el judaism o en el m undo escla­ vizado de nuestros días.

Fijém onos en el judío real  que  anda por el  mundo;  no  en  el judio del sabbat como hace Bauer, sino en  el  judío  de  to­  dos ios días.

No busquem os el m isterio del judío en su religión, sino busquem os el m isterio de la religión en el judío real.

¿Cuál es el fundam ento terrenal del judaism o? La necesi­ dad práctica, el interés egoísta.

¿Cuál es el culto terrenal practicado por el judío? El co­ mercio , ¿Cuál su dios terrenal? El dinero.

 

m Cfr. Bruno B a u e r , Kritik der evangelischen Geschichte dar Sy~ noptiker.   Leipzig-Braunschweig,    184-142,    3    v o ls . ,    y    David   Friedrich S t r a u s s , Das Leben Jesu, T u b in g e n , 1835-36, 2 v o ís .

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Pues bien, la emancipación del comercio y el dinero, es decir, del judaism o practico, real, sería  la  autoem ancipación de n uestra época.

Una organización de la  sociedad que acabase  con  las  pre­  m isas de la usura y, por lo tanto, con la posibilidad de su exis­ tencia, haría imposible  la  existencia  del  judío.  Su  concien­ cia religiosa se despejaría  como  un  vapor  turbio  que  flotara en la atm ósfera real  de  la  sociedad.  Y,  por otra parte, cuan­ do el judío reconoce como nula esa esencia práctica suya y trabaja en su anulación, trab aja al am paro de su desarrollo anterior, por la emancipación humana pura y simple y se m a­ nifiesta en contra de la expresión práctica suprema de la autoenajenación hum ana.

N osotros reconocemos, pues, en  el  judaismo,  un  elemen­ to antisocial presente de carácter general, qo/j el desarrollo histórico en que los judíos colaboran celosamente en  este aspecto malo se ha encargado de exaltar hasta su  apogeo  ac­ tual, llegado al cual tiene, necesariam ente, que llegar a disol­ verse.

La emancipación de los judíos es,  en  últim a  instancia,  la em ancipación de la hum anidad del judaismo.

El judío se ha emancipado ya a la  m anera judía.  «El judío que en Viena  por  ejem plo,  sólo  es  tolerado,  determ ina  con su poder m onetario la suerte de  todo  el  imperio».  Un  judío que tal vez carece de derechos en el más pequeño de los Es­ tados alemanes, decide la suerte de Europa.

«M ientras que las corporaciones y los gremios cierran sus puertas al judío o  todavía  no  se  inclinan  ante  él lo  suficien­ te, la intrepidez de la industria se ríe de la tozudez de las instituciones medievales.» (B. Bauer,  «Judenfrage»,  p.  114).  No se tra ta de un hecho aislado. El judío se ha em ancipa­

do a la m anera judáica, no sólo al apropiarse del poder del dinero, sino en  la  m edida en  que  el  dinero  se  ha  convertido, a través de él y sin  él,  en  una  potencia  universal,  y  el  espí­ ritu práctico de Ips judíos en el espíritu práctico  de  los  pue­ blos cristianos. Los judíos  se  han  emancipado  en  la  m edida en que los cristianos se han hecho judíos.

El devoto habitante de Nueva Inglaterra,  políticam ente libre, inform a por ejem plo el coronel Ham ilton: «es una es­ pecie de Laocoonte, que no hace ni el m enor esfuerzo para librarse de las serpientes que lo atenazan. Su ídolo es  Mam­  món, al que no adora solam ente  con  sus  labios,  sino con  todas las fuerzas de su cuerpo y de su espíritu. La tierra no

 

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es a sus ojos más que  una  inmensa  bolsa,  y  estas  gentes  es­ tán convencidas de que no  tienen en  este  m undo otra  misión que llegar a ser más ricas que sus vecinos. La usura se/ha apoderado de todos sus pensam ientos, y su única  diversión  es ver cómo cam bian los objetos  sobre  los  que  se  ejerce.  Cuan­ do viajan llevan a la espalda, de un lado para otro, por 'de­ cirlo así, su  tienda  o  su  escritorio,  y  sólo  hablan  de  intereses y beneficios.  Y  cuando  apartan  la m irada por un  m omento de sus negocios, lo  hacen  para  olfatear  los  de  los otros».161 Más aún, el señorío práctico del judaism o sobre el mun­

do cristiano ha alcanzado en N orteam érica una expresión ine­ quívoca y norm al, tanto que la misma predicación  del  evan­ gelio y la enseñanza  de  la  doctrina cristiana  se  ha  convertido en un artículo comercial, y  el  m ercader  quebrado  comercia con el evangelio como el  evangelista  enriquecido  se  dedica  a sus negocios: «Tel que vous voyez <X la tete d ’une congrega- tion respectable a commencé par étre marchand;  son  com- merca étant tombé, il s ’est  fait  ministre;  cet  autre  a  debuté par le stacerdoce, mais des  qu’il  a  eu  quelque  somm e  d ’ar- gent á sa disposition, ü a laissé la  chair  pour  le  négoce.  Aux yeux d ’un grand nombre, le ministére religieux  est  une  véri- table  carriére  industrielle ».   (Beaumont,  I.   c.,  pp.  185,  186).142

Según Bauer, el hecho de que, en teoría, se le nieguen  al  judío los derechos políticos, m ientras que,  en  la práctica, posee un inmenso poder y  ejerce  una  influencia  política  al  por mayor, aunque se le menoscabe al detall, constituye una situación ambigua. («Judenfrage», pág. 114).

La contradicción existente entre el poder político  prác­ tico del judío y sus derechos  políticos, es  la  contradicción en tre la política  y  el  poder del  dinero  en  general. M ientras  que la prim era predom ina idealm ente sobre la segunda, en la práctica se convierte en su esclava.

El judaism o se ha m antenido ál lado del cristianism o,  no sólo como la crítica  religiosa  de  éste,  no' sólo  como  la  duda im plícita en el origen religioso del cristianism o, sino  tam ­  bién  porque  el  espíritu  práctico  judío,  el  judaism o, se   ha m antenido en la m ism a sociedad cristiana y en  ella  ha expe­  rim entado su  máximo desarrollo.  El  judío,  que  aparece  en la   sociedad burguesa c o í t k v    u n   m iem bro   particular,  no es

 

16t         Cfr.    Tt.    H a m i l t o n    ,     Die    menschen    und    die    sitien,   cit.,  vol.

I, pp. 109-110.

162 Cfr. Beaumont d e l a B o n n i n i Is r e , Marie... cit., p. 135.

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sino la m anifestación particular del judaism o de la sociedad burguesa.

El judaism o no se ha conservado a pesar de la historia,

sino gracias a la historia.

La sociedad burguesa  engendra  constantem ente  al  judío en su propia entraña.

¿Cuál era de por sí el fundam ento de la religión judía?

La necesidad práctica, el egoísmo.

El m onoteísm o del judío es, por lo tanto, en realidad, el politeísm o de las m uchas necesidades, un politeísm o que convierte hastia la letrina en objeto  de  ley  divina.  La  necesi­ dad práctica, el egoísmo, es el principio de la sociedad  bur­ guesa y se m anifiesta como tal en toda su pureza tan  pronto como  la  sociedad  burguesa  alum bra  totalm ente  de *su  seno el Estado político. El Dios de ía necesidad práctica  y  del egoísmo es el dinero.

El dinero es el celoso Dios de Israel, ante el que no puede legítim am ente prevalecer ningún otro. El dinero hum illa a todos  los dioses  del  hom bre  y  los  convierte  en  m ercancía. El dinero es  el  valor  general  de  todas  las  cosas,  constituido en sí mismo. Ha despojado,  por  lo  tanto,  de  su  valor  pecu­ liar al m undo entero,  tanto  -al m undo  de  los  hom bres  como al de la naturaleza. El  dinero  es  la  esen-cia  del  trabajo  y  de la existencia del hom bre, enajenada de éste, y esta esencia ex­ trañ a le dom ina y es adorada p o r él.

El Dios de los  judíos  se  ha  secularizado,  se  ha  converti­ do en Dios universal. La letra de cambio es el  Dios  real  del judío. Su Dios es solam ente la letra de cambio ilusoria.

La concepción de la  naturaleza forjada bajo  el  im perio  de la propiedad y el dinero es el desprecio real, la degradación práctica de la naturaleza, que en la religión  judía existe,  cier­ tam ente, pero sólo en la imaginación.

En este sentido, declara Thomas;  Münzer  que  es  intolera­ ble «que todas las criaturas se hayan convertido en  propie­ dad: los peces  del  agua, los  pájaros  del  aire  y  las  plantas  de la tierra, pues tam bién la criatura debe ser Ubre.» m

Lo que de un m odo abstracto se halla im plícito en la  re­ ligión judía, el desprecio de la teoría, del arte, de la historia

 

163     Cfr. Leopold RANKe, Deutsche Geschichte im Zeitalter  der  Re­ formar ion. Berlín, 1839, voí II p,  207. Thomas  Munzer  (1488-1525),  refor­ mador «comunista»,   dirigente   de   los   campesinos   insurrectos   alema­ nes. Cfr. E n g e l s , La guerra de los campesinos  ya  citada  y  Ernst  B loch, Thomas   Munzer,   teólogo   de   la    revolución.   Madrid,   Ciencia   Nueva, 1968.

 

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y del hom bre como fin en sí, es el punto de vista real y cons­ ciente, la m oral del hom bre  de  negocios. Los  mism os  nexo~s,  de la especie, las relaciones entre hom bre y m ujer, etc., se convierten en objeto de comercio. La m ujer es  objeto de comercio.

La quimérica nacionalidad  del  judío  es  la nacionalidad del m ercader, del hom bre de negocios en general.

La ley a rb itraria y gratuita  del  judío no  es  sino  la  carica­ tu ra religiosa de la m oralidad y el derecho en general, arbi­ trarios y gratuitos, de los  ritos  puram ente -formales  de los que se rodea el m undo del egoísmo.

También aquí vemos  que la  suprem a  actitud  del hom bre  es  la actitud legal,  la actitud  ante  leyes  que  no   rigen  pgra él porque sean las leyes  de  su  propia  voluntad  y  de  su  pro­ pia esencia, sino porque imperan y su infracción está casti­ gada.

El jesuitism o judaico, ese mismo jesuitism o que Bauer descubre en el Talmud, es la relación del m undo del interés individual gon las leyes que lo dominan,  y  cuya  astuta  elu-  sión constituye el arte fundam ental de este mundo.

Más aún, el m ovim iento de este m undo  dentro de sus le­  yes estriba, necesariam ente en  la abolición  constante  de  la ley.

El judaismo no pudo seguir desarrollándose como reli­  gión, no   pudo  seguir  desarrollándose  teóricam ente,  porque la concepción del m undo de la necesidad práctica es, por su naturaleza, lim itada y se reduce a unos cuantos rasgos.

La religión de la necesidad práctica no  podía, por su  pro­  pia esencia, encontrar  su  coronación  en  la  teoría,  sino  sola­ m ente en la práctica, precisam ente porque la práctica es su verdad.

El judaism o no  podía  crear  un  mundo  nuevo;  sólo  podia a tra e r las nuevas creaciones y las nuevas relaciones  del m un­ do a la órbita de su actividad, porque  la  necesidad  práctica, cuyo cerebro es el egoísmo, se  com porta pasivam ente y  no se am plía aleatoriam ente, sino que se ha ampliado con el  suce­ sivo desarrollo de las condiciones sociales.

El judaism o llega a su apogeo con la coronación de la so­ ciedad burguesa; pero la  sociedad burguesa  sólo  se  corona en el m undo cristiano . Sólo bajo la égida del cristianism o, que convierte en relaciones puram ente externas p ara el hom bre todas las relaciones nacionales, naturales, m orales y teóricas, podía la sociedad burguesa llegar a separarse totalm ente de

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la vida del Estado,  desgarrar  todos  sus  vínculos  genéricos con el egoísmo, con la  necesidad  egoísta,  disolver  el  m undo de los hom bres en un m undo de individuos enfrentados  los unos a los otros atom ística y hostilm ente.

El cristianism o ha brotado del judaism o. Y ha vuelto a disolverse en  él.  El  cristiano  fue  desde  el  prim er  m omento el judío teorizante; el judío es, por lo tanto, el cristiano práctico y el  cristiano  práctico  se  ha  vuelto  de  nuevo  judío. El  cristianism o  había  llegado  a  superar  el  judaism o  real sólo en apariencia. Era demasiado noble, demasiado espiri­ tualista para elim inar la rudeza de las necesidades prácti­

cas más que elevándolas al reino de las nubes.

El cristianism o es el  pensam iento  sublime  del  judaism o, el judaism o la aplicación práctica  vulgar  del  cristianism o, pero esta aplicación sólo podía  llegar  a  ser  general  una  vez que el cristianism o, en  cuanto  religión completa, llevase a térm ino  teóricamente  la  autoenajenación  del  hom bre  de  sí m ism o y de la naturaleza.

Sólo entonces pudo el judaism o im poner su general do­ minio y hacer del hom bre  y  la-  naturaleza  enajenada,  obje­ tos alienables, vendibles, objetos  entregados  a  la servidum ­ bre de la necesidad egoísta, al tráfico y la usura.

La venta es la práctica de la enajenación. Así como el hom bre, m ientras perm anece sujeto a ataduras religiosas sólo sabe objetivar su esencia convirtiéndola en un ser fan­ tástico ajeno a él, así tam bién sólo puede com portarse prác­ ticam ente bajo el im perio de la necesidad egoísta, sólo puede producir prácticam ente objetos, poniendo  sus  productos  y su actividad bajo el  im perio  de un  ser ajeno  y  confiriéndoles el significado de una esencia ajena: el dinero.

El egoísmo cristiano de la bienaventuranza se trueca ne­ cesariam ente, en su práctica ya acabada, en el egoísmo cor­ póreo del judío, la necesidad celestial en la terrenal, el sub­ jetivism o en la utilidad propia. N osotros no explicamos la tenacidad del judío partiendo de su religión, sino más bien arrancando del fundam ento hum ano de su religión, de la ne­ cesidad práctica, del egoísmo.

Por realizarse y  haberse  realizado  de  un  modo general en la sociedad burguesa  la  esencia real  del judío, es  p o r  lo  que  la sociedad burguesa no ha podido convencer al judío de la irrealidad de su esencia religiosa,  que  no  es,  cabalm ente, si­  no la concepción ideal de la necesidad práctica. No es, por lo tanto, en el Pentateuco o en el Talmud, sino en la sociedad

 

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actual, donde encontram os la esencia del judío de hoy, no en cuanto esencia  abstracta,  sino  en  cuanto   esencia  altam en­ te em pírica, no sólo en cuanto lim itación del judío, sino en- cuanto la lim itación judáica de la sociedad.

Tan pronto logre la sociedad acabar con la esencia  em­ pírica del judaism o, con el tráfico y con sus prem isas, será imposible el judío, porque su conciencia carecerá ya  de  ob­ jeto, porque la base subjetiva del judaism o, la necesidad práctica se h abrá hum anizado, porque se habrá superado el conflicto entre la existencia individual sensible y la exis­ tencia genérica del hom bre.

La em ancipación social del judío es la emancipación de la sociedad del judaism o .

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

17

 

Panorama de S@s periódicos alem anes

Diario apógrafo

de Ferdinand Coelestín Bernaysití4

 

 

 

 

 

 

«Y la paja se convirtió  en estiércol».

 

Es evidente que, denigrando los periódicos alemanes, sus­ tancialm ente, ejercem os una actividad secundaria.  Son  el hedor de todo lo putrefacto en la gnm charca de  agua podri­ da que es Alemania. ¿Por qué no rem over el fondo más pro­ fundo, p o r que no confesar abiertam ente que  vuestros  seño­ res grandes, y pequeños, todos, no pueden ni  siquiera  reinar con el liberalism o paralítico  que vosotros en Alemania, y sólo en secreto, llamáis libertad y derecho, por qué no tienen ca­ pacidad para ello?

¿Es que hay que volver a explicar m inuciosam ente  lo  que  ya sabéis por vosotros m ism os? Conocéis vuestro m iserable Estado, del mismo m odo que las  am antes  débiles  y  raquíti­ cas conocen el suyo y sois  igualm ente incapaces de hacer nada p o r cam biarlo. Vuestros reyes y señores, vuestros fun­ cionarios y dom adores dicen: así lo querem os nosotros; vues­ tros representantes estatales: nosotros  no  podemos  cam biar las cosas; y vosotros  mism os:  no  querem os  cam biar  porque el estiércol está caliente.

E stad tranquilos, alem anes, quiero curaros algunas de vuestras  llagas.  Os   contaré  un  p a r   de  historias  auténticas, y después podréis darm e  la  razón, me  diréis  si  habéis  hecho m éritos para que n&s «©cismemos tanto de vosotros. Escuchad­ me.

 

1M Como ya se ¡ha dicho en la Introducción sólo esta nota  puede atribuirse a Bernays. Aunque con alguna duda, a Ruge  pueden  asig­ nársele las otras siete siguientes, mientras  que  las  cuatro  últimas  pue­ den atribuirse a Marx.

 

258

 

 

 

.i.

 

Ludovico   de  Baviera,163 el  fundador   de   ciudades,  se  corrí-"- place en tener un excedente de 32 m illones de florines en una gestión financiera, es decir, en no em plear la m ayor parte del dinero destinado a la construcción de carreteras y a  la  en­ señanza pública a dichos fines, dilapida esa y otras enorm es sumas,  derivantes de  los  im puestos  percibidos de  más  por Xas  necesidades  estatales,  para  fines  y  caprichos  personales: W alhalla, Panteón, Grecia,  Canal  Danubio-Main,  equipam ien­ to de la  princesa,  palacios  pompeyanos,  estipendio  al  prínci­ pe heredero, libros chinos, etc., así como cualquier otra cosa idónea para satisfacer sus reales gustos sin consultar ni a sus queridos  fieles,  ni  a  los  representantes  de   la   Dieta.  El   rey y sus m inistros Abel y Seinsheim 16 califican ese dispendio de

«ahorro», y explican a las Cám aras que ya está hecho y qué de

los 32 millones ahorrados —'ingenuo hasta lo increíble— que­ dan cincuenta y siete monedas. Quizá esto no sea com pleta­ m ente  constitucional, pero antes, en Baviera  estábam os  en el

«terreno de la confianza» (un terreno del  derecho y de la constitución que pertenece  a  la  mitología  bávara)  de  modo que dichos m inistros no dudaron un instante  en  defender ante la Cám ara y ante el Tribunal Suprem o  del  rey  lo  que el rey había hecho: pero entonces, a causa de las exigencias ex­ traordinarias para la construcción del ferrocarril,  en  el  fu­ turo, ya no habría m ás «ahorros». Por lo tanto, la cám ara no quiere rom perse la cabeza a  causa    la  legitimidad  del  gas­ to; la Cá/nara puede «enterrar ese infeliz conflicto  de  princi­ pios bajo la primera piedra del nuevo edificio de la Consti­ tución». Si no hacéis nada, estará hasta  bien  hecho —¡el  dine­ ro está gastado! ¿Qué dijeron, a propósito de todo esto, vues­  tros representantes populares? Los m inistros han violado la Constitución, fes cierto, y si fuera posible  habría  que  acusar­ les. La cosa en sí justificaría la denuncia, dijo el decano  Friedrich, pero por deferencia personal para con los señores ministros, no será él quien la presente. Y así hicieron todos.

«Nosotros —sostiene el señor Schwindel, m ordiendo la agria m anzana— querem os dejar que las cosas pasen», porque una Constitución riolada es siem pre  m ucho m ejor  que  nada. Por el m om ento hay que aprobar el  despilfarro. Pero  en  el  futu­  ro nos tenem os  que  reservar  algunos  derechos  ¿Qué  dijo  o, m ejor  dicho, qué  pensó el pueblo  de  esta  actuación?  Nuestro

 

143 Cfr. la nota 27 de este volumen.

¡6 Karl von Abel (1788-1859)  ministro  del  interior en  Baviera;  August von Seinsheim (1789-1869), consejero de Estado eh Baviera,

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rey —ya se sabe— nuestros m inistros nos han engañado, y nuestros representantes  parlam entarios son de  una  las­ timosa  estupidez;  así  es  pero   las  cosas  m ejorarán  de   año en año, nosotros 110  tenemos  nada  en  contra, se  trata  del  rey, y nosotros somos ios súbditos bávaros del rey. Así es exacta­ mente, el esclavo nunca es  m ejor que el amo.  Antes  érais pajas vacías, ahora os habéis convertido en estiércol, y el es­ tiércol proporciona un cierto valor. Tenéis que sucum bir, no servís más que p ara abonar el terreno.

Sin embargo, quiero contar a los demás un par de co­ sas, de otro m odo acabarán  por creerse  que  son m ejores que  los bávaros y ponerse orgullosos. En verdad os digo que sois todavía más dignos de lástim a que aquel  pueblo  de  capu­ chinos, bebedores de cerveza, devoradores de sémola y Ham- bacherns   inflados,1*7  porque   vosotros   sois   m ás   inteligentes que ellos y toleráis  mucho  peor  los  escándalos:  en  vosotros no es que haya algo podrido, en vosotros todo  está  podrido; todo, de arriba abajo,  es  una  gran  m entira,  y  la  verdad  es que vosotros y vuestro Estado  estáis  podridos, sois un  cúm u­ lo de m entiras, inm undicia. Escuchad, el rey de Prusia  tam ­ bién convoca  las  Dietas,  las  deja  deliberar  y  suplicar,  pero no atiende sus súplicas, no hace lo que aconsejan; como  al pueblo, las  nutre  de  aplazamientos  que,  si  les  quedara  un solo punto de carne u orgullo hum ano,  tendrían  que  esco­ cerles como alcohol. Queréis libertad de prensa y no palos, trabajo y beneficio, queréis ser hom bres y vuestro  rey  os  la­ dra en la cara:  «no sois más que  súbditos,  y  estaréis  con­ tentos si me complazco en hacer brom as y experim entos con vosotros: os doy un Tribunal de censura, bastonazos en el trasero, la Orden del Cisne 168 y tragedias griegas». ¿No son suficientes novedades a cambio  del  pan?  Vosotros,  prusia­  nos pensáis que se tra ta de un gobierno repelente e infame, probáis un sordo dolor, llegáis incluso a suspirar, sofocados como burlados  ilotas;  a  pesar  de  lo  cual  os  arrojáis  a  los pies de cualquier vapeur real, aceptáis  devotam ente cada una de las patadas, os replegáis resignados en vuestras guaridas:

 

167 Hambachern,  término  irónico  para  designar   a   los  participantes en la fiesta de  «Hambach»:  el  27  de  .mayo,  junto  al  castillo  de  Ham- bach se reunieron 20.000 hombres que, según lo que dice Mehring «di­  luyeron  sus  sentimientos  ríos  de  palabras,  quizá  truculentas,  pero com-

. plenamente inofensivas». Después  ios  participantes  fueron  perseguidos por tcdos ios gobiernos alemanes.

161  Cfr.  más  adelante  la  «nota»   de   Marx,  El  comunismo  de   la  Or­ den del Cisne y el lujo de la Corte de Berlín.

 

260

 

¡porque el  estiércol  da  calorí  Vosotros  sabéis  todo  esto  per- a fe c ta m e n te . Cuando estáis solos y os consideráis seguros, en­ tonces sois  republicanos y com epiedras  auténticos,  no  hay nadie  que  110  adm ita  Ta  vergüenza,   todos   vosotros   habéis com prendido el sistema, todos vosotros lo aborrecéis, pero dicho sistem a todavía no ha dejado de ser terrible y sopor­

table para vosotros.

Acudo a vosotros, valerosos habitantes de  Badén  con vuestra constitución l ib e ra l lí9 y vuestras ordenanzas m unici­ pales,  cuyo  25  aniversario  habéis  llegado  a  celebrar  ahora; no pretendo entreteneros hablando de  vuestros  representan­ tes liberales, que tan com placientem ente se ■escuchan a sí mismos, que nunca pasan de las portadas del libro de  la ver­  dad, y entre los que  un  Trefurt  puede  estim ular  la  ironía hasta intervenir contra von Itzstein,  Sander  y  Rindeschwen- der 170 y pronunciarse por la  emancipación  de  los  judíos,  en­ tre los que todos se  divinizan y  Se  dejan idolatrar en  las  cajas de tabaco y sobre el  fuego  de  las  pipas  en  cuanto  han  dicho un octavo de lo que  en  realidad  piensan...  No,  no,  lo  único  que quiero es  contaros  una  anécdota  que  vosotros  mismos me habéis contado en voz baja: la  historia  de  la  corte  legí­ tima, con todas las  rem iniscencias del gran duque Ludovi­ co,’71  de   K aspar   H auser/72  del   origen   del   más   legítimo   de todos los grandes duques, el «filo-burgués» Leopoldo,”5 la historia de  vuestro cuerpo constitucional de oficiales —en pocas palabras: vuestra tan perfectam ente caracterizada mi­ seria—, la pequeña historieta de la expulsión del barón ju­ dio  von  Haber.14,

El pueblo granducal de Badén había obtenido  perm iso oficial para representar en público la ópera burguesa Aniver­ sario de  la  Constitución.  Dado  que  el  argum ento  carece  de la m ínima profundidad de ideas, de verdad concreta y de ac-

 

m  La  Constitución  de  Badén,  firmada  el  22  de  agosto  de   1818   por el Gran Duque Carlos, fue obra de Friedrich Nebenius.

170     Liberales moderados de Badén. Entre  ellos,  el  más  conocido: Adam von Itzstein,

171     Ludwig Wilhelm  August,  gran  duque  de  Badén  (1763-1830),  mu­  rió sin  heredero  y  le  sucedió  su  hermanastro  Leopoldo  (de  Hochberg). m Kaspar Hauser, alemán, de origen y final misterioso. Aparece

en 1828 en Nuremberg  y  murió  en  1832,  probablemente  asesinado.  Su vida inspiró a muchos poetas y dramaturgos.

173  Karl  Leopold  Friedrich,  gran duque  de  Badén   (1790-1852),   suce­ dió a  su  hermanastro  Ludwig  en  1830,  moderadamente  liberal,  inicia­ dor de reformas.

m Morítz von Haber. No aparecen noticias en los repertorios  bio­ gráficos alemanes.

 

2 ó l

 

I

 

ción, sólo se podía poner en escena en form a paralítica y aburrida, cosa que cualquiera que hubiese leído el anuncio teatral, el program a y los periódicos, ya podía suponerse.

El presunto héroe de la  obra, el  pueblo, había sido  en  par­ te absorbido por las filas de  los  estadistas  y  en  parte  tam ­ bién por los m ercenarios del aplauso; y los actores  que decla­  m aban los monólogos con su característica m ediocridad, sin arte y sin entusiasm o tenían que sofocar su cólera, debida al hecho de que el  noble  público,  la corte  deí  gran  duque  con sus funcionarios y oficiales, al que se pretendía asom brar con una logradísim a representación, por el m om ento se  m antenía en su habitual contención.

Pero tanto la co rte como el señor von B littersdorf 173 y su séquito se habían engañado:  la  esperanza  de  poder  sacar  al­ go útil del negocio  había  fracasado  frente  al  aburrim iento  y la  falta de peligros del  22  de agosto,176 y ya nos habíam os vis­   to en la triste necesidad de renunciar a una  dem ostración contra el tono grandilocuente, aunque sin  sustancia,  del  hé­ roe augustiano, cuando el m argrave Guillermo,17 u n  enemigo del partido noble  en  el  poder,  por  propia  iniciativa,  empezó a m aldecir de la Constitución  y  del  pueblo.  N osotros  tam ­ bién  podemos  recitar  la   comedia,  gritó   a   sus   oficiales,  y m ucho m ejor que ellos. Que nuestro argum ento sea la revo­ lución; nosotros mismos, la corte,  la  nobleza  y  los  oficiales, los com ediantes y los  plebeyos  form am os  nuestro  público, un judío ía víctima; valor; si representam os m ejor que voso­  tros y no nos aplaudís, hago traer los cañones; quiero demos­ traros lo que quiere decir aburrirnos en el aniversario de la Constitución. Dicho y hecho. Quince días después, la comedia burguesa inicia la comedia noble,  representada  hasta  el  fin con creciente placer y furor.

Las escenas se suceden rápidam ente unas a otras; el pueblo no respira, abre la boca y la nariz de loco estupor.

La gran duquesa Sofía,173 en íntim o coloquio con el señor barón M auricio von H aber.  El  agente  del  Don  Carlos  char­ la con la noble señora acerca del destino de su señor y de la

 

175 Friedrich  Karl  L,   von   Blittersdorf  *1792-1861),   primer   ministro de Badén desde 1835 a 1848, apoyó a toda la reacción  y  a  su  vez  fue  apoyádo p>or los austríacos.

m «Veintidós de agosto»: fecha de la  firma  de  la  Constitución  de Badén. Véase nota 169.

17 Wilhelm Ludwig August (1792-1859), margrave de Badén.

ns Sophie Wilhelmine, princesa de Suecia, en 1819 se casó con Leo-

^yuMo de Badén. Tuvo tres hijos varones.

 

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y

 

pretendida banalidad de la Gaceta Semanal  Alemana,m  fun­ dada por  él;  sobre  las  rodillas  sostiene  Sofía  al  más  peque­ ño de sus  hijos con  su  am or legitim ista,  cuya  cabeza,  cubier­ ta de  rizos  negros,  proporciona  al  judío  ía  dulce  convicción de que  la  oscura  sangre  oriental  no  se  opone  a  la  unión  con la pálida linfa  germánica.  Una  vez  m ás  una  m irada  tierna, un apretón de m anos, y  el  señor von  H aber deja  a  la  prince­ sa para no volverla a ver. En el castillo, viéndole venir, se encolerizan  los  cortesanos  por  su   suerte;   la   guardia,  frente a la que tiene que pasar, soldados y oficiales, m aldicen al judío y mas-cullan blasfem ias entre dientes cada  vez  que  tie­ nen  que  form ar  delante  del  «hebreucho»  que  va  de  paseo con la niñera. La felicidad convierte a von H aber en  presun­ tuoso e indiscreto: supone  que  toda  Alemania  le  está  m iran­ do porque se ocupa del dinero  de  Don  Garlos  y porque  siem­ pre siem bra la discordia entre  los  grandes  potentados:  y  tie­ ne razón, cosas así son las  que le interesan al pueblo ale­ mán. Se pavonea delante de los oficiales, se  saca  peqaaeñas notas del  bolsillo: «Esta  es  de  Sofía»,  apuesta  por  el  color del traje con que aparecerá  por  la  noche  en  el  baile  de  la  corte aum entando hasta la venganza  la  envidia  de  los  oficia­ les y los guardias de  la  corte,  que  hasta  ahora  eran  los  úni­ cos autorizados a tales servicios de am or. El m argrave  Gui­ llerm o insiste en que el judío tiene  que  ser  expulsado  de  la corte aum entando hasta ía venganza la envidia de los  oficia- cíales contra él; tienen  que declararle deshonesto, les  está prohibido verse con él en ningún  baile  y  debe  ser  tratado  como vil e infame. Las dos razas de nobles se enfrentan ve­ nenosam ente: victoria o m uerte; los com ediantes se ponen violentos y se calientan,  im provisan, la comedia se convierte en una cosa seria; un arrojado ruso se alinea  con el  judío pri­ vado de sus derechos, se bate con el  teniente  von  Goeler,'80 que  se  p resta a  pasar p o r  el  ángel  vengador del  gran  duque; y am bos se m atan en un duelo de carniceros en el  que el  es­ pañol Sarachaga actúa de agente policíaco.

El destino se enfrenta con el m aravilloso Guillermo:  el barón hebreo, el intruso en la legítima  estirpe vive, y  Goeler está m uerto. Destino, te desafío: el  judío  tiene  que  m orir  y mis oficiales tendrán qnue degollarle a traición.

 

 

179 D e u t s c h e W o c h e n - Z e i tu n g .

160  Los  «Goler  von  Ravensburg»  eran  una  eminente   familia   de Badén,

 

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Cae la noche, los oficiales y su servidum bre de librea se reúnen    bajo   el   estandarte    de   M ückenschnabel151  conocido presidiario  liberado,  al  efecto;   todo   su  séquito  con  hoces y jarras de vitriolo, m eretrices enroladas entre las prisas, car­ gadas de piedras, sigue al  cuerpo de  oficiales  del  gran  duque. La patrulla y la  m úsica m ilitar  reciben la  orden de  no  reco­ rre r el camino habitual frente a la casa de Haber; en una cervecería cercana al  cuartel,  la  m esnada  se  entusiasm a  por la acción m ilitar a  base  de  cerveza, que  acaba  convirtién­ dose así en una guerra santa; otra escena conmovedora: los oficiales se aprietan al pecho ardiente de venganza sus lim ­ piabotas y las malas m ujeres de  sus  soldados, M ückenschna­ bel llora lágrim as de alegría entre los brazos de un tímido teniente y al grito de guerra: «Op, op», «Por el honor del  du­  que», «Abajo los judíos», la banda se precipita en la casa de Haber. El piso de abajo es inm ediatam ente  destruido,  rom ­ pen todo, cajas  y  arm arios  despedazados;  la  familia  estaba allí reunida; von H aber se salva escapando por la  parte  tra ­  sera de la casa  y  la  banda, que  le  gusta  revolucionar,  se  lan­ za contra otras casas de judíos.  El  partido  noble  en  el  po­  der, a cuya cabeza está B littersdorf, que no ha previsto ab­ solutam ente nada de lo ocurrido, teme a M etternich y no sabe cómo ju stificar el exceso frente a la Confederación; por lo tanto, m ete a H aber en la cárcel y  se  proclam a rápidam ente que el  pueblo  ha  querido  vengar  a  von  Goeler  y  hacer  una m anifestación contra la em ancipación de los judíos, A los li­ berales todo eso, incluso les parece plausible y, en el prim er delirio de alegría, consideran la revolución como una demos­ tración del  pueblo   contra  la   legitim idad   personificada  en H aber {Qué inocencia! El m argrave Guillermo, aunque ha representado su papel estupendam ente,  casi  m uere  de  rabia al ver cómo  vuelve  a  escapársele  el  judío;  el  espía  español im preca nuevam ente contra la víctim a  aplastada, la  persigue en su fuga  —el destino no  está  m uy  convencido  del  honor de la familia de los soberanos de Badén — m uere la Gaceta se­ manal alemana y von H aber m ata a su enemigo.

D urante toda la tragedia, el jefe del E stado no pierde en ningún m om ento su habitual dignidad. El Estado personifi­ cado en Leopoldo  continúa  bebiendo  tranquilo  su   cham pa­ ña y m antiene una total neutralidad. Al día siguiente de la destrucción de la casa del judío, por prim era vez después de

 

131 «Mückenschnabel»; ¿iteraímente «aguijón de mosquito».

 

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mucho tiempo, atraviesa la ciudad  al  lado  de  Sofía,  sofocan­ do así, piensa, todas las voces m alintencionadas.

Y        tú tam bién, pueblo mío de Badén, perm aneciste neu­ tral;  gritas  viva  la  Constitución  aunque  los   oficiales   te   cor­ ten  las  orejas;  devoras  los  opúsculos  de  nobles   indeseables que al día siguiente te llam an infame y te m atan a sueldo, te

retiras m odestam ente a un  rincón  de  la  Gaceta  de  Karts ru- he 182 y declaras que tú  no  has  sido  malo:  porque  el  estiércol da calor.

Ocho días después de haber escrito el trozo anterior me vienen a las manos dos piezas  justificativas  que  no  puedo dejar inutilizadas, y que constituyen el epílogo apropiado.

La p rim era  es el a c t a f i n a l  d e   l a   c o n f e r e n c i a   m  i n i s t e r i a l d e v i e n a d e l 12 d e j u n i o d e 1834.i8} Con ella puede arrancarse definitivam ente el velo que cubre  los  ojos  de  los  liberales  y los constitucionales: ¡Si ahora no ven es porque no les da la gana! Desde 1834 todo el partido constitucional ha sido de­ clarado ilegal, hace diez años, por lo tanto, que deja que, de­  lante  de  él,  se  represente  una  comedia  pueril;  se  cree  que los gobiernos hablan en  serio  cuando  se  m uestran  hostiles  a él; no se da cuenta de que ya fue  anteriorm ente condenado. Hace  diez  años  que  está resuelta  desde  arriba  la  cuestión del presupuesto, y sin em bargo en la Cámara de Baviera el conflicto aparente sigue y sigue;  hace diez años que,  con respecto a los gastos anticipados de los excedentes del pre­ supuesto, la Confederación estableció  el principio de fait accompli,  y  la Cám ara   de  Baviera  todavía  ladra.  De  igual m anera, a los representantes de Badén,  se  les  ha  dejado  con las m anos vacías en lo que se refiere a la cuestión de la ad­ misión,m a todos en general con respecto a cualquier perspec­ tiva de tener jurados, libertad de prensa y el derecho al re­ chazo de los  impuestos; se tíos  ha  dicho  que no hagamos ju ­  rar a los m ilitares  sobre  la  Constitución:  en  pocas  palabras, se ha establecido el principio  de  que  la  legislación  confede­ ral de  cualquier  género  ate  las  manos  a  los  representantes, es decir, con otras palabras, que cada  príncipe  confederado, que para su país es el trozo necesario de Confederación, do-

 

m La Kartsruker Zeitung, órgano del gobierno de Badén.

183 Véase su texto, publicado por Bernays, más  arriba,  en  este  vo­ lumen.

!M Se refiere a «la cuestión de la admisión» en las Dietas y Par­

lamentos regionales a los funcionarios. Cfr. texto publicado aquí por Barnays.

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i

 

m ine en form a absoluta. Por lo tanto, cuando el rey de Han- nover 185 revocó expresam ente la ley  fundam ental  del  Estado, lo que hizo fue expresar honestam ente todo lo que, en  reali­  dad, ya se había  hecho  mucho  tiem po  atrás:  si  los  demás no lo hacen, su  generosidad  es  sólo  aparente;  aquí,  como  allá, esa generosidad ya no existe. Por eso el rey de H annover es incluso m ejor que los demás, porque ha tenido el valor del delito; los  demás  son  viles,  muy  viles,  porque  tienen  miedo a los esclavos, a los alemanes, el pueblo más  cobarde  de  la tierra.

El segundo documento, que lo saco del suplem ento a la Gaceta de Tr¿veris (n. 14),JWp roporciona una im presión m u­ cho más alegre. No necesita de ninguna explicación.

«Alta Renania, 7 de  enero.  En  la  residencia  de  K arisruhe se ha producido una nueva  alarm a,  cuyo  motivo,  sin  em bar­ go no se ha logrado  saber.  El  jard ín  del  príncipe  heredero, con la residencia de cam paña de S. A. R. la señora gran  du­ quesa, ha sido esta vez  testigo  de  un  atentado, del  cual hasta ios mismos golfos de la  calle  h abrán  tenido  que  avergonzar­ se. En una herm osa noche ha sido destruido todo  el m obilia­  rio de palacio, los  espejos  despedazados,  rajados  los  divanes y, sobre los m uebles, se han escrito las groserías más as­  querosas. Los habitantes de K arlsruhe  todavía  no  han  salido de su asom bro, y se hacen centenares de suposiciones  sin  lle­ gar a ningún resultado  satisfactorio.  Se  dice  que el gran duque heredero pretende, después de lo ocurrido, tom ar po­ sesión de esa propiedad que tan vilm ente ha sido profanada.»

 

Mistificación de los periódicos alemanes

Hace algunos meses leimos en los  periódicos  unos  extra­ ños m entís. En la prensa se daban noticias de  falsos  emba­ razos de las reinas y princesas herederas, de falsas asocia­  ciones, de una falsa nave de carga a  vapor, de  una  carta  fic­  ticia de M assm ann,197 etc. Ahora, el opúsculo Historia de es­ cándalos para caracterización del genio alemán de  los  censo­  res y redactores,m nos aclara  el  origen  de  las  m istificacio­  nes. El título y el texto del breve escrito son burdos, pero las

185 El rey de Hannover Ernesto Augusto (cfr. nota 105).

I3A La Triersche Zeitung, de Treveris, fundada en 1840,  órgano del

«verdadero socialismo» y bajo la influencia de Karl Grun.

187 Hans Ferdinand Massmann (cfr. nota 33).

n> Cfr. F . C. B e r n a y s , Schandgeschichte  zur  Charakteristik  des deutschen Censaren und R.edaktorenpackes [Mannheim], 1843.

 

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m istificaciones agudísimas. Solían estar tan bien calculadas, con  base  en  las  debilidades  de  los  censores  y  redactores, que a pesar de  su  colosal  im probabilidad  fueron  inm ediata­ m ente publicadas.

La Gaceta del Rin y el Moseta IS,} recibe una carta sin fran­ quear, pero con sello noble y  firm ada,  una  nota  m anuscrita del Rey, toda ella escrita en el m ás puro y fragante ele los  to­  nos, con todo el arom a de los obsequiosos periódicos  alem a­ nes. La carta contiene  la  noticia  del  em barazo  de  la  prince­ sa de la Corona de B aviera:150

«Karisruhe, 17 de septiem bre.  Según una noticia recién llegada de Aschaffenburg, de la corte de S. M. el  rey  de  Ba­ viera, S. A. R. la princesa de la corona se  encuentra en  un es­ tado que  debe  colm ar  de  gozo  a  toda  Baviera».  «La  estirpe de W ittelsbach,m así se espera en  Aschaffenburg, pondrá nue­ va ram a en su cepa a cuya som bra el pueblo bávaro vivirá en gloría y paz durante m uchos  siglos venideros.»  (Palabras deí m anuscrito de S. M.; desde Aschaffenburg.),

Todos los- periódicos repiten  la  noticia.  Al  mismo  tiempo, el Journal de M annheim ,1” basándose en  la  m ism a  fuente, y  con las m ism as expresiones obligadas, publica  la  noticia  del em barazo de la reina de Grecia.w Después vienen las rectifi­ caciones, prim ero de una m entira con otra, hasta que final­ m ente   «la  p artera   oficial»,  el  Journal  de  F rankfurt104 indaga sobre el asunto. «Qué lástim a me dáis, vosotros, m entirosos», exclama el autor, «y cómo debe doler desm entir  dos  aconte­ cim ientos tan faustos. Pero hasta los niños conocían la impo­ sibilidad de que fuesen ciertos, Pater nóster, Ave María etc., para eso no cabe ayuda posible».

La sim ulada asociación de tem planza para el Palatinado contiene veintidós párrafos detalladam ente expuestos, para católicos y protestantes, una introducción histórica y el m ás depurado estilo burocrático de Baviera. Está dem asiado de­ tallado como para que podam os citarlo, pero la carta que

 

w La Rhein und Moselzeitung, de Colonia.

m Mathiíde de Baviera, hija de Ludovico I y de Teresa de Sajonia- Hildbtirghausen; se casó con el gran duque Ludovico de Asia.

1,1      La  estirpe  de  Wittelsbaoh,  estirpe  dinástica  a  la  que  se   remon­ ta la casa real  de  Baviera;  principio  de  la  estirpe  fue  el  margrave Liutpoldo de Baviera, muerto en el 907.

152 El Mannheimer Journal, órganos del partido  constitucional  de Badén. Oponente de la Mannheimer Abendzeitung.

m Amalia de Oldenburg (1818-1875), en el 1836 se casó con  Otón  de Baviera, rey de Grecia.

m El Frankfurter Journal, de tendencia liberal pequeño burguesa.

 

el señor Bernays hizo  escribir  a  M assm ann  desde  Berlín  en el Journal de M annheim sí ten'emos que transcribirla.

«Berlín 19 de septiem bre. Querido, querido  F...  ¿ves  con qué solicitud pienso en tí? Ayer quería haberte m andado la carta pero no lo hice  a  fin  de  poder contarte lo  brillante  que ha sido la revista realizada hoy por el rey, antes de la parti­ da   del   Em perador.195 Todos   los   regim ientos   y  la   guarnición de Fostdam y Sanssouci estaban form ados ante un verdadero congreso de príncipes, porque hoy, a prim eras horas del día, llegaron inesperadam ente los reyes  de  S a jo n iam y  Hanno- ver (Señor redactor, qué vergüenza, las dos majestades no estaban en Berlín) Aunque no soy muy am ante del  fasto  mi­ litar y prefiero moverm e en los gimnasios con la fuerte ju ­ ventud berlinesa, he perm anecido todo el día en  pie,  porque sólo en Berlín, el centro de las fuerzas  arm adas alemanas,  pude contem plar un alarde  m ilitar  como  ese.  El  sexto  regi­ m iento de los H úsares (príncipe de Braunschweig) parecía un auténtico escuadrón  de  oro,  el  esplendor  de  las  gualdrapas de los caballos deslum braba de tal  form a  mis  ojos  desacos­ tum brados a sem ejante  espectáculo,  que  me  veía  continua­ m ente obligado a buscar reparo tras  el  abanico  de  mi m ujer. Mi m ujer y yo estam os  bien  y,  cuando  mi  curso  de  gimna­ sia haya term inado, iremos juntos a Rugen, Adiós mi queri­ dísimo F..., consérvate bien y que Dios te proteja».

Sin em bargo quien quiera com prender com pletam ente la historia del rem olcador y  de  Ludwigshafen,  tendrá  que  sa­ ber que la  ciudad  de  Ljidwxgshafen  consiste en  una sola  casa  y que todo el  estilo  estaba  calculado p a ra  hacer reír y  tom ar el pelo a la Gaceta estatal  Prusiana™  La  cosa  salió  bien  y  tenía que salir.  Al  principio  se  hablaba  de  las  «bendiciones de una paz de trein ta años, de la  calm a  y  de  la  sagacidad  de ios valerosos habitantes  del  Palatinado,  después  se  detallaba la fortuna de  los  arriba  m encionados y  de  seis  rem olcadores a vapor grandes y cuatro pequeños, construidos bajo los aus­ picios del gobierno, un documento de  Ludovico de Baviera encontrado en las excavación*-^ de los cim ientos de la Max burg,198 y finalm ente una frase, que sólo un espíritu iniciado

 

15 El zar de Rusia, Nicolás I.

196 Federico Augusto II, rey de Sajónia.

m La AUgemeine Preussische Staatszeitung, órgano oficial del  go­ bierno de Berlín.

m «Maxfeurg»: castillo en ruinas cerca áv Hambach, _así llamado después  que  fue  regalado,  tras  su   restauración,  al   príncipe  heredero de B a v ie r a , Maximiliano.

 

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en los m isterios más profundos del tesoro lingüístico de los periódicos alem anes podría apreciar:  «La  pura  necesidad  ha­ b ría fundado Ludwigshafen, si el rey no la hubiera previsto abrazando espontáneam ente, como si fuese cosa suya, la fundación de esa nueva escala». El artículo dispone los alma­ cenes  para  la  nueva navegación en        Landstuhl y Blies- kastel, los  puebluchos m ás m iserables  en  lo  más alto  del país, p or lo menos a unos  1.000 pies  6obre el nivel del  m ar y a  más  de 20 horas del Rin, sin alterar la geografía de  la  Gaceta  es­ tatal, a pesar de lo conocidas que son las alturas del Landstu-  huL ¡Cómo iba a tener que desm entir tam bién la  Gaceta es­  tatal todas estas delicadezas! con lo cual el señor Bernays vencería una apuesta. Con unos amigos suyos  el  señor  Ber­ nays había sostenido que los redactores de  los  periódicos  ale­  m anes valen tan poco como los censores, m ejor dicho, son todavía mucho m ás estúpidos; y que el hecho  de  que  el Journal de M annheim, por ejempto, sostenga que: «Hoy nues­ tra ciudad goza de la inesperada suerte de  ver pasar los caba­ llos de Su Alteza Real, el príncipe Carlos,  aquéllos  (caballos) que eminentemente preceden al gran señor en las maniobras del Rin,» «Estos hom bres, dice (Bernays), han perdido la últim a brizna de sentido común con el tra-tran  de  su  defi­ ciente m odo de actuar» y apuesta que en los ocho días si­ guientes hará creer a los redactores -de toda la prensa servil quince de las invenciones y m entiras m ás pueriles que  uno pueda im aginarse, invenciones que resultarán evidentem ente tales a la prim era ojeada  de  cualquiera, que conozca de pasa­ da la situación. ¿ En qué form a fue vencida la apuesta?

«¿Cómo hice p ara que los estúpidos creyeran  en m is  m enti­ ras? dice (Bernays)».

«Me agencié un sello con la corona  de  conde b ajo  las  le­ tras C. v. R., y  otro  algo  más  noble;  tom é  papel  de  cartas  con corte dorado, laca finísim a, he firm ado según las cir­ cunstancias, barón, conde, consejero del gobierno (vosotros, señores redactores, enderezad sólo las orejas, habéis sido ig­ nom iniosam ente burlados); en las  cartas  de  acom pañam iento

decía tener las noticias de «altos m ilitares », «casas de banque­ ros», «caballeros de la corten, «de fuente oficial-» o de «una persona  autorizada »,  sólo  esto  ha  bastado  para  perm itirm e

cualquier m entira. Estas  fueron  las  pruebas  de  lo  fundado de  mis  comunicados;  presentados,  en  cada  una  de  las redac-

 

w Nombre incomprensible por defecto de prensa en el original

 

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ciones por personas siem pre com pletam ente ajenas: yo ya

         tenía m uchas pruebas de que la única m anera de que fuesen creídos consistía en dar a los hechos un carácter vil, servil e idiota, o m ejor dicho, ridículo.  De  m odo  que  m entí  cuanto me pareció, enviando siem pre las m entiras m ás gordas a los redactores más inteligentes».

Así pues, las m istificaciones se han convertido en carac­ terísticas de este movim iento general, negligente e inm oral, de  los  periódicos  alemanes tal y  como ha  sido  posible dem os­ t ra r im pecablem ente. Apostando por su estupidez y vileza, se gana siempre. En el escrito arriba m encionado se han tra n s­ crito citas exactas, y si se lee, se acabará  perdonando  al  es­ critor su grosería. Uno se equivoca sólo si se considera a los censores y redactores (il  faut  done  que  je  vive!)  como  fenó­ m enos aislados. N uestros com patriotas, lós buenos alemanes, son sus m ism os censores y en m asa  constituyen  los  redac­ tores de su propia ignominia; sus periódicos son siem pre tan nobles como ellos y el hecho de  que  se  declaren  «eminentes» los caballos, con toda la seriedad del mundo, se adecúa p e r­ fectam ente a la conciencia que los alem anes tienen de los políticos a quienes sirven. Indudablem ente, esa  servil seriedad se m uda en la m ás cruel de las ironías; el  au to r  de  las  his­ torias escandalosas ha dado ya la salida; solam ente nosotros podrem os ir m ás  allá  de  la  legítim a  realidad  antes  de  obte­ n e r algo. Precisam os de un im petuoso viento del oeste  que ponga mesas y bancos patas arriba; hoy por hoy no vive un Hércules que pueda lim piar de un solo m anotazo el establo.

«El estiércol da calor».

 

Burdo desprecio de Alemania y de la lengua alemana

 

En el Journal de Frankfurt del día  7/m  algunos    nues­ tros amigos protestan contra el  «burdo  desprecio  de  Alema­ nia y de la lengua alemana». Tienen toda la razón del m undo. Nada está más justificado que el miedo a ver, en su  total  y nocivo crecim iento espiritual en el aire de  Alemania,  la  len­ gua desacreditada, vejada, incluso, pór los escritores m ejor intencionados; y no hay m ejor form a de d ar tesíim onio del propio respeto p o r Alemania  que  con  el descrédito decisivo de la lengua que utilizan sus servilistas periódicos. El des­

 

20 Cfr. Frankfurter Journal, Frankfurt 7 de enero 1844.

 

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crédito m ás burdo de Alemania,  por  el  contrario,  es  el  sis­ tem a dom inante, que tra ta las  leyes  de  la  hum anidad  como los escritores dom inantes las leyes del estilo. Se han conver­ tido en juguetes del arbitrio de cada uno.

El sistem a produce el estilo, de  modo  que para  hacernos una idea del sistem a, lo único que  tenem os que  hacer es  fi­ jam o s en el que adopta cualquier periódico alemán. Toda Alemania escribe en los periódicos en el mismo estilo canci­ lleresco de su estado de desorden oficial. El aire alem án lo produce, y cualquiera que lo respire  está  expuesto  al  conta­ gio. Conservar esfe estilo es lo mismo que conservar el  sis­  tema. De  modo que  el  problem a  es  de  m áxim a  im portancia; y  no  sólo  el  Congreso  de  K arlsbad,  sino  todo  el  pueblo  así lo ha com prendido  y  se  ha  aprovechado  de  las  bendiciones  de una censura vieja como el mundo. E n  estos  últim os tiem ­ pos está teniendo lugar una revolución foi'mal  contra  ía  len­ gua alemana. E n tre todos  los  periódicos,  la  Gaceta  Prusiana se revela  como  el  m ás  revolucionario.  Se  encuentra  en  per­ m anente rebelión contra todas las leyes de la lengua. La prensa diaria alem ana hace tiem po que se  emancipó  de  las leyes de la lógica, de todo  lo  que hay  de positivo en la filoso­  fía, de las ideas del tiem po y sobre todo,  de  cualquier conte­ nido hum ano. De m anera que  no  queda  m ás  que  la  lengua, la lengua en calidad de  recipiente de la sensatez popular existente antaño y respetada, incluso, en Alemania.

La Gaceta Prusiana del  12  de  diciem bre  de  1843  reprodu­ ce  un  artículo   de  la  D.  A.  de la W estfalia no prusiana, porque se tra ta de una expresión particularm ente feliz y de orientación digna de mención: el  artículo  explica  el  fenóme­ no del «Estado cristiano». El autor encuentra que «existe una diferencia tan grande en la interpretación del Estado cristiano, que todavía carecem os  de  la  unificación  acerca  de su real y auténtico concepto, tal y  como  su  m últiple  apli­ cación podría hacernos suponer». La com prensión, sigue m ás adelante, «se hace tanto m ás im portante  cuanto  menos fácil nos resulta llegar a una solución en algún sentido feliz y fa­ vorable de una cantidad de  em barazosas cuestiones vitales, sin haber aclarado com pletam ente aquel concepto».

Desde que existen los Estados, han existido los Estados cristianos, si bien sólo recientem ente nos hemos visto obli­ gados a reconocer el hecho. El autor califica de cristiano a

 

201 Deutsche AUgemeine Zeitung, de Leipzig.

 

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un Estado «en el que la mayoría  de  la  población  es  cristia­  na»; los judíos le m olestan, si  no,  diría  en  el  que  sólo  exis­  ten cristianos. «Un jefe de Estado  no  cristiano,  una  legisla­  ción que introdujese el fetichismo y la poligamia, una adm i­ nistración que exigiese el juram ento de un súbdito cristiano sobre el Corán, sería totalm ente inadm isible en un Estado cristiano, tal y como puede demostrarse fácilmente, única y solam ente porque el Estado es un Estado cristiano: una demostración de ulteriores motivos  resultaría  com pletam en­ te superflua. Parece que todo  esto es evidente, del  mismo  mo­ do que a una persona con vista norm al  no  dejaría  de  parecer- le raro la existencia de un  árbol  azul  en  un  bosque  verde». Pero si «naciese», y empezara a crecer  ¡Y  uno  lo  viera!  Oh, árbol azul, cuántos «motivos» habría  de  tu  parte  para  «adu­ cir la prueba» de que el  pobre  alem án  tendría  frente  a  sus ojos verde y amarillo, si  es  que  « viera  despuntar»  ese  esti­  lo. Sin em bargo, quizá nadie viese  el  fenómeno,  «fenómeno que, pensándolo bien, parecería tan evidente que nos  perm i­ tiría dejar de lado todos los motivos considerados como sufi­ cientes para hacer superflua üna  prueba posterior, y asim is­ mo nos perm itiría aclarar y  hallar  solución  a  esa  cuestión vital con una sola razón;  quizás en Alemania  todavía  nadie se ha dado  cuenta  del  estilo  de  la  Gaceta  Prusiana,  precisa­ m ente  porque  no  hay nadie  que la  lea.  El  habitante  de  la W estfalia no prusiana, que  desgraciadam ente  todavía  tiene que ser conquistado  por  el  prusiano  cristiano,  está  directa­ m ente detrás del árbol azul. «Aun  cuando  hoy  la  com pren­ sión de  la  realidad  del  E stado  cristiano  nos  parece  natural y al alcance de la mano, no siem pre fue así en todos  sitios, porque si no, el Estado cristiano  no  tendría  tantos  oposito­ res. Para explicar  que  un  concepto,  una  percepción,  puede  en general en co n trar oponentes, tenem os que observar»: un asno que percibim os en una realidad, y un león  que  lo  des­ truye sería el opositor de esa realidad. El habitante de  W est­ falia  procede,  en  su  estilo  y  en  su  lógica,  tal  y  como  lógica y estilo se  han  ido  desarrollando  en  Prusia  y  al  m argen  de  la m uerte de Hegel, dividiendo los oponentes de  su  percep­ ción en tres categorías:

1.        Se  dice:  «Vuestro  Estado  cristiano  todavía  no  existe p ara nada.

2.        No puede existir ningún Estado cristiano, el E stado cristiano carece de sentido.

3.        No debe existir ningún Estado cristiano.»

 

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Ahora bien el autor com entado no empieza con  el  1,  sino  con el 2 y el 3.

«Ambos»,  dice  «son  la  m ism a  cosa,  sólo  que  unos niegan

la  posibilidad  del  Estado  cristiano,  los  otros  no  lo  quieren  a  ningún  costo?.  No   lo   quieren   ¡Sólo   porque  es imposible!

¡Serán descarados! ¡Pero qué  sentido  en el no-sentido! Negar su existencia de poco sirve, si  cree  negar  su  posibilidad,  .lo  cual no im pide que se  desee;  todo  lo  que  pretende el  cristia­ no es igualm ente imposible, y sin embargo, lo pretende. Está loco,  es  un  puro  no-sentido,  pero  en  eso  estriba  el  método.

«Los ideales cristianos tam bién tienen que perm anecer imposibles, nunca  tienen  que  ser  alcanzados»,  dice  la  Gace­ ta  Prusiana,  «la caridad cristiana, por ejem plo, no se  basa en una hermandad patriótica, ni tampoco en una pura co­ munidad de intereses, sino en la  igualdad  en  el  cielo,  es  de­ cir, en la imposible herm andad de los  hombres». Finalm ente con «cristiano» no se hace referencia a ningún grado supe­ rior, no se contrapone el Estado cristiano al Estado malo, sino al E stado judío,  m ahom etano;  y  ahora  el  habitante  de W estfalia, con victoriosa elocuencia concluye así: «Confiamos  en haber posibilitado  a  nuestros  adversarios  ad  l  -«-porque de 2 y 3 ni siquiera podem os hablar— que nos com prendan cuando decimos:  "Vivimos en un Estado cristiano, porque aunque nosotros, es decir, nosotros en Alemania, no hemos tenido los soberanos m ás cristianos, más católicos y m ás creyentes, sin embargo, el nacim iento del carácter cristia­ no de todo el país alem án coincide, por decir de  alguna m a­ nera, con la hora ¿Leí nacimiento del carácter del reino ale­ m án”» y con la de la m uerte. La locura  del  m undo  trasto ­ cado, la rebelión contra la razón, el m ism o  estilo  del  viejo reino ha sobrevivido al viejo reino, su carácter continúa vi­ viendo tras las espaldas de su existencia, bajo los vacuos cerebros de la raza germ ánica; y  sólo  el  estilo  hum ano,  la form ación hum ana del  cerebro y  de  la  lengua, la  hora  de  la m uerté de esa falsa  cultura  w estfálica  y  berlinesa  señalarán el nacim iento de una hum anidad alemana.

 

El progreso en Alemania,

y la form a de encontrarlo aventado en los periódicos

 

H asta las m ism as dimisiones de las Dietas en Prursia po­ drían  calificarse  de  progresos  en  la  m edida en  que  dichas di­

 

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misiones han tenido  lugar  en  todas  partes y más incivilmen­ te de lo acostum brado. Merecen una observación particular. Aquí, nosotros  señaladnos  una  cantidad  de   noticias   sobre sus «justificaciones positivas». El rey de  Prusia  ha  conce­  dido que varios miles de tálers sean empleados  en  la  funda­ ción  Santa  Isabel  de  E rfu rt  y  que  se  intente  obtener  algo de  las  herm anas  de  la   caridad;  además,  ha   dispuesto  que se realice una colecta en Prusia occidental, de  casa  en  casa, tanto entre los católicos como entre los protestantes, para construir, con lo que se saque,  una  capilla  a  San  Adalberto qu£,  en  el  997  llevó  el  cristianism o  a  aquella  zona,  precisa- m ente en el lugar donde  le  m ataron  los  antiguos  prusianos por una innovación tan intem pestiva. El rey de Baviera ha anunciado, a través de su Hoj<a de anuncios de ía Baja Fran- coniam que se conceda subsidio a los padres del Santo  Se­ pulcro  m ediante  colectas  en  las  iglesias.  El  rey  de   Prusia  ha ordenado volver a  crear  la  O rden  del  Cisne,  y  a  este  fin, él m ism o ha redactado una orden porm enorizada. Los cien­ tíficos suevios interrum pen la publicación' de sus Anales del presente™ y fundan  una  «revista  del  pasado»,2"  periódico cuyo objetivo es dem ostrar cómo el viejo W ürtem berg  sigue en el m undo. El rey  de  Prusia  funda  una  galería  de  hom­ bres fam osos y a este fin  ha  adquirido  a  la  Galería  de  Dres­ de el Paolo Veronés que representa un alano blanco, antici­ pando así proféticam ente los tra to s  con  el  gran  Schelling. Este  retrato  filosófico,  cuyo   valor   artístico   intrínseco   es m uy grande, abrirá  la  galería.  Seguirá un  segundo  cuadro en el que está Schelling  con  la  alforja  de  mendigo llena de Jacob Bohm,203 etc., en  el  m om ento  de  llevar  la  filosofía  de  la verdad revelada  a  .la  m etrópoli  de  la  ciencia  alemana,  y un tercero que le representa como escritor popular  para niños. Por  el  m om ento  es  suficiente,  al  m enos  hasta  que los cristianos más jóvenes no hayam os logrado la fam a de Schelling. Por lo demás, en Prusia se protesta generalm ente porque los píos se preocupan  dem asiado  por  los  negocios de Estado y porque, consecuentem ente hay pocas posibili-

 

 

m El Intelligenzblatt von Unterfranken.

203 Jahrbücher  der  Gegerrwart.  Redactor  A.  Schwegler,  Síuttgart, 1843. Tubinga, 184446.

m La Revue der Vergangenheit.

ios  Jacob  Bohme  .(1575~lo24),  zapatero   de   profesión,   famoso   filó­ sofo místico.

 

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ciadles de proseguir la  galería  de  hom bres  fam osos  y  ama­ dos de Dios. Los berlineses dicen:

 

Interrumpís demasiado a menudo el servicio divino, hombres santos:

Haced de modo que la oración sea perma­ nente. Veréis entonces  que  el  mundo os deja en paz.

 

Los periódicos acaban de contar m alam ente todos estos síntom as de la  historia  alem ana.  Temen  que  operando  así con ellos se dé el decisivo paso del pensar al fantasear, del filosofar al vivir. Tras  el  decreto  que  introduce  nuevam ente la Orden  del  Cisne,  en  el estilo  de  una  oración  y  de  un serm ón cristiano, la Gaceta Prusiana continúa sin entusias­ mo en sü  viejo estilo. Los hom bres del  progreso, los dos reyes  alemanes,  parece  que  no  encuentran  el cálido  apoyo al que querrían  recurrir.  Igualm ente  poco  ha  sido  aprecia­ do el  principio  socialista  «sobre  la  vía  de   la  form ación de la sociedad  para  aliviar  los  dolores  físicos  y  m orales»,  que el rey ha puesto al  final  de  su  discurso.  En  su  breve gobier­ no el rey  ha  realizado  la  experiencia  de  todo  lo  que  puede em prenderse con el Estado, por lo tanto, esta grandísim a sociedad es maciza, y él mismo es el jefe; consecuentem ente, ahora justifica uniones m ás  pequeñas,  m anejables  y  boni­ tas; y la Orden del Cisne, que pretende «la  profesión  de  la verdad cristiana  con  la  acción»,  es  evidentem ente  lo  que  de o tro m odo se llama el E stado  cristiano.  Lo  cual  absorberá toda la sociedad del Estado, convirtiéndolo así en algo superfluo.

 

Voltaire, Schiüer y Goethe

 

La D.A.Z.206 del día 8 vuelve a expresar, una vez más, su indignación por los serm ones  no  patrióticos  de  los  banque­ tes de Dresde y declara que no tiene  nada  contra  el  comer, pero sí —todo lo imaginable— contra los  discursos  que  se dicen  en  tales   ocasiones.   El   corresponsal  reclam a   contra la  perversión  de   calificar  de   «confusa»  la   lengua  alemana, y contra la mala suerte del público que, por prim era vez, y con  su  germ ánico  desdén,  tam bién  ha  perm anecido «confu-*

 

206       Cfr.   La   Deutscht   AUgemeine   Zeitung,   Leipzig,   8   de   enero de

1844.

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so».  Nosotros,  a  quienes  no  se  nos  oculta  la dificultad  de ser com pletam ente claros en alemán, confiamos en ser com­ prendidos inm ediatam ente, si observamos que el señor co­ rresponsal que oyó los discursos  de  Dresde  tiene  las  orejas  mal hechas y el corazón, que  no  se  ha  desbordado  inmedia­ tam ente, muy indeciso. Con toda su germ anicidad, el corres­ ponsal hubiera  podido  ap o rta r  inm ediatam ente  la prueba de  saber  qué  es  el   «espíritu».  No  lo  hizo  cuando  tan  fácil   le hubiera resultado: para saberlo, lo único que le  habría hecho falta era conocer a Voltaire. Entonces no  hubiese considerado como  un reproche,  sino  como  u-n  gran  honor, ser su sucesor, porque eso significa, ni m ás ni menos, tener espíritu y dom inar el propio siglo, Voltaire se  merece  el  odio de todo lo que hay de lim itado en Europa; el hecho d.e que disfrute de ese odio, lo único que hace es dem ostrar su gran­ deza. Goethe y Schiller tienen tras  de    el  siglo  de  Ilumi- nismo, y sólo por esa razón no son honrados con tales per­ secuciones, porque ni sus principios, ni  sus  conclusiones emergen en form a tan persuasiva. Además de esto,  es  que ningún poeta es original. No  tiene  que  destruir  el  viejo mundo,  su  profesión  no  es  la de  encontrar  principios,  sino la de desarrollarlos y llevarlos a las masas. Los únicos  origi­ nales son  los pensadores. N aturalm ente, sin embargo, tan honroso es llevar a la práctica un gran principio como es­ tablecedlo. Por lo  demás,  resulta totalm ente  com prensible que la fábula de que Voltaire haya sido  precisam ente  una mona, le guste al corresponsal de la D.A.Z.; así no tiene ni siquiera necesidad de desesperarse por no ser un gran es­ critor.

 

El suplemento a la «Gaceta de Augusta» del...

 

¿Es que nadie sabe explicarm e el m ar de la teología? Me produce m areo la niebla que llena el periódico.

 

« Suevia  se  llam a  el  mar,  los  vicarios guían

[las naves. Todos  -en el  archipiélago  buscan   la   isla  — la

[parroquia: E n   el  nom bre  de  C risto  D ios  y  S chelling su

[profeta,                                                 Sin   Schelling  y   sin   él   m oriría  de aprendiz».

H e i n r  i c h Ap r í l

 

Emigración irrespetuosa

 

Los periódicos alem anes protestaron anticipadam ente con­ tra una literatu ra alem ana en París y dem ostraron un  pro* fundo desprecio al darse cuenta de que algunos escritores alemanes se habían vuelto hacia  París: ¡Qué desconsidera­ ción! ¿Acaso los  alem anes aio cuentan con  filósofos como Bülau, Kolb,  Schm idt,  Schuster,  Becker,  Schneider,  Schafer y Rellstab? ¿No cuentan acaso con Mosen y los profetas He- 11er,  Pfenning  y  Schimmelpfennig? ¿ 0  con profetas meno­ res como Schelling, Gutzkow y Laube? ¿Y con los apócrifos Goschel, Henning, Gabler y G ruppe? w ¿Y con  los  libros  del rey de Baviera, los discursos, los brindis, los decretos, los camaradas del Walhalla, la carta a [Nikolaus] Becker y,  fi­ nalm ente, con las poesías?

 

«Cuando por la noche me meto en la cama suelo leer a Goethe,  cuando  me  levanto  por la mañana, entonces Schiller, te leo a ti».

 

¿Y ahora decís que os hemos dejado plantados?  Os  deja­ mos en vuestro reino, perm itidnos nuestra pobreza. ¡Qué des­ consideración, echam os de menos! Pero, además, ¡qué geo­ grafía tan defectuosa 1 Abrid el mapa. ¿Alsacia  no  es  alem a­ na? ¿Lorena no ha sido alem ana? ¿Bélgica no es flam enca?

¿El reino  de  los  francos no  es  acaso  alem án?  ¿La m ism a len-

 

m Friedrich Bülau (1805-1859) enseñó filosofía v ciencias políticas en Leipzig; Georg Friedrich Kolb (1808-1884), estadista, editor de la  Frank- furter Zeitting; Julián Schmidt (1818-1886)  historiador  de  la  literatura; Karl  Ferdinand  Becker  (1775-1849)   filólogo   y   gramático;   Otto  Hermán

E. Schneider (1815-1880), filólogo; Johann Wilhelm Schafer (1809-1880), histórico de la literatura; Ludwig Rellstab (1799-1860), novelista y musi­ cólogo; Julius Mosen (1803-1867) escritor; Wilhelm Robert Heller  (1814-  1871), escritor y  periodista;  Karl Gutzkow  (1811-1878),  poeta  y  perio­ dista, fue uno de los máximos representantes  de  la  «Joven  Alemania»  junto con Heinrich Heme y Ludwig Borne. Heinrich Laube (1806-1884), escritor y publicista,  perteneció  a  la  «Joven Alemania»;  Friedrich Wilhelm Schelling (1775-1854), el famoso filósofo representante del idea­ lismo clásico alemán; Karl Friedrich  Goschel  (1781-1861),  filósofo  hege- liano ortodoxo; Leopold von Henning  (1791-1866),  filósofo  de  la  «dere­ cha»  hegeliana;  Georg  Abdreas  Gabler (1786-1853),  filósofo  hegeliano; Otto Friedrich Gruppe (1804-1876), erudito reaccionario y ministro  pru­ siano de «asuntos espirituales». De los  otros  personajes  citados  no  se tiene noticias. La «nota» de Ruge hace referencia sobre todo al odio anti-francés surgido en Alemania en los años 40 y  que,  en  campo  lite­  rario, favoreció el florecimiento de numerosísimas  composiciones  poé­ ticas que  tenían  por  objeto  ei «Rin  alemán»:  ía  primera  y  la  más faínosa fue el Rheinlied titulado Sie solten ihn nicht haben de Nikolaus Becker (mencionado por Ruge más adelante).

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gua no es  precisam ente alem ana? Las nim iedades, oui y non, y lo que los extranjeros tengan que añadir  ¿a  quién  moles­ tará? Francia debe ser reclam ada para Alemania  de  acuerdo con todo derecho  histórico,  y  nosotros  ¿No  tendrem os aca­ so que vivir provisionalm ente? ¡Imbéciles!

«Desde hace m ucho tiem po ya no rige el Michele  portu ­ gués, ahora, el servio se ha ido, ¿ cuándo le toca al alemán?»

 

La «Gaceta de Estado» y la «Gaceta de Voss»

 

El viaje a Londres y, todavía más, el viaje a Ginebra*08 suscitaron un ím petu patriótico  de  resonancia  aparentem en­ te europea.  Por  lo menos, hasta  la  Gaceta  estatal  prusiana ha sido afectada por el patriotism o,  y  lo  ha  sufrido  durante más de  tres  días.  El  contagio  fue  todavía  m ucho  m ás  allá. La Gaceta Prusiana no sólo ha descubierto un aspecto pu­ nible en relación con Inglaterra, si no que adem ás la ha

«cubierto de infamia».

La Gaceta de V o s sw había com etido la im prudencia de encontrar a los ingleses m ás libres que los prusianos y, re­ cordando el artículo .del  Times  del  año  anterior, había  pues­ to de relieve el peso  de  la  prensa  inglesa  frente  a  la  alema­ na. Por eso, la  Gaceta  Prusiana  la señala  como  no  patrióti­ ca, añadiendo am enazadoram ente: «la Gazeta de Voss ha caído en una ilusión burda, cuando ha creído estar autorizada para denigrar im punem ente al pueblo alem án en su propio terri­ torio». «Por lo demás, de Inglaterra nunca podríam os espe­ rarnos u ltra je alguno». Con servil sumisión, la Gaceta Pru­ siana había tom ado los  duros  reproches  del  Times  por  un am istoso golpe en la espalda. La Gaceta de Voss  —estam os asom brados de tan ta audacia—  se  defiende,  refresca  la  me­ m oria  de  su  adversario  y  cita  el  despiadado  artículo  del Tim es. Sí, además, toca la  cuestión de  si Prusia  es  «un Esta­  do de derecho o de arbitrio». Pero bien está lo  que acaba bien. La Gaceta  de  Voss  «se  siente  finalm ente  segura  sobre el sólido terreno de la ley». Es leal, m ejor dicho, es, además, privilegiada y su  privilegio  le  proporciona  m uchos  m illares de tálers anuales, si evita con éxito hacer política strperflua.

 

203 Viaj.es oficiales de Federico Guillermo IV.

209     Vossiche Zeitung, Konigliche privilegiarte Berlinische Zeitung von Staatsund Gelehrten Sachen (Gaceta de Voss, periódico berlinés real

y privilegiado de cuestiones políticas y culturales).

 

278

 

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Así se concibe la audacia e incluso la lealtad del atacado. Su privilegio la convierte  en  audaz,  su  renta,  en  leal.  Pero  aho­ ra puede com prenderse tam bién la amenaza  de la Gaceta Prusiana.  Una  disposición  radical  de  policía  y   desaparecen al mismo tiempo la herm osa renta y  la  seguridad  de  la  Ga­ ceta de Voss.; unas  im perfecciones  más,  y  la  Gaceta  Prusia­ na propone la abolición  de  todos  los  privilegios  periodís­ ticos en Prusia. Sabe ío fácil que es. El tercer día de su  pa­ triotism o declara expresam ente: «La fuerza del gobierno prusiano es m ayor que la del gobierno inglés.»  El  gobierno inglés no puede prohibir el Times} pero ¡ay! tam bién de la privilegiada Gaceta de Voss, si no es patriótica: el gobierno prusiano no la dejará hablar im punem ente en m odo no pa­ triótico. ¿Acaso no es esta  una  fuerza mucho  m ayor?  Sería la m áxim a fuerza existente, si Rusia y  M arruecos  jao  tuviesen algo más. ¡Ah,  perros  patriotas!  Guardaos  bien  de  la  fuerza de los lobos, a los que el patriotism o no se les inculca a bas­ tonazos. «¡Qué indignidad!» Dice la Gaceta Prusiana, «¡Qué falta de patriotism o si los periódicos alemanes aprovechan la prim era ocasión para colm ar indiferentem ente  de  alabanzas las leyes e instituciones extranjeras, a costa de las' leyes de nuestra patria:  todo  verdadero  amigo  de Alemania debe  sen­  t ir esto profundam ente!»  ¿Quién  tendría  que   oponerse  a ese « profundo sentim iento» de la Gaceta Prusiana? Desde luego, ningún alem án. Así pues, en el futuro, todo alem án encontrará indudablem ente m ucho m ejor la Gaceta de  Foss que el Times, la Gaceta Prusiana más ingeniosa que el Charivari™ m ás patrió tica que el National,2" y m ás im pru­ dente que  todos  los  periódicos  franceses  juntos; ha  puesto en  evidencia  su  « profundo  sentimiento»,  y   ¿no   es  eso  lo m ás peligroso que puede hacerle, según dice Goethe?

«Aquellos tan estúpidos como para no proteger todo su corazón siem pre fueron quem ados y crucificadas.»

El conflicto en tre los dos periódicos tiene que  cesar.  Uno está am enazado con la pira, el otro con' la pérdida de sus privilegios; si tienen o no fam ilia, no  lo  sé.  Pero,  en  cual­  quier caso, insensatos, haced las  paces.  Uno  y  otro  sois iguales ante el bastón, y, como dice el proverbio, la cacerola insulta al caldero...

 

210 Charivari, París, 1&32-1866. Célebre revista satírica francesa.

2U La National, periódico político-literario, fundado en  París  en  1830 por Louis-Adolphe Thiers y ppr otros monárquicos-constitucionalistas: luego se convirtió en republicano (cfr. nota 91).

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La «Gaceta de Bremen»

 

Este joven periódico 212 ha descubierto en Berlín una auténtica flor del viejo estilo de 1813 y 1815, un  Baiardo  sin culpa ni m ancha. El corresponsal  de  la  Gaceta  de  Augusta,  que ha com prendido muy bien la Orden del  Cisne  y  el  .mé­ todo  diesterw egico 2IÍ  de  la  enseñanza  dialógica  universita­ ria, resulta eú 'comparación con  él  un  vulgar  artesano.  El señor Guizot, por  culpa  del  duque  de  Bordeaux,21* amenazó con re tira r su em bajador de Berlín. «Ni el  derecho público», dice el corresponsal  de  la  Gaceta  de  Bremen,  «ni  la  etique­  ta protocolaria autorizan a Francia a  tal  amenaza,  que  noso­ tros austríacos y prusianos tendrem os  que  considerar  como una usurpación form al, cuya pasiva aceptación consideram os que no podemos esperar  del  gobierno  ni   del   gabinete.  No com prendem os quién querrá im pedir al rey  de  Prusia  recibir al ahijado de M aría T eresa 215 y hospedarlo en su palacio de invierno. Ateniéndonos a lo que se  dice  por ahí,  varios  círcu­ los diplom áticos protestarán contra esas  declaraciones  del señor Guizot». De modo que, una  vez  más:  «la  aceptación pasiva va a ser  excluida  de  las  esferas  diplom áticas  centra­ les y toda la cuestión aparecerá como una  ofensa  al  proto­ colo». El estilo es alemán, de Bremen, absolutam ente cono­ cedor de los am bientes diplomáticos, y ese hom bre, estilista centralizado, concentrado, electrizado,  este diplom ático no periférico llevará a la Gaceta de Brem en a  la  «aceptación pasiva» de toda Europa.  Allí  se  leerá  para  m antenerse  en  form a.

 

 

«Devolvedme mi manta»

 

El m ism o corresponsal ordinario de la Gaceta de Bremen escribe desde Berlín, con  fecha  26  de  enero.Iis «En Sanssouci el rey vive en estancias polvorientas, am uebladas de una for­  ma que no satisfarían las exigencias del más simple de los burgueses. Sobre el escritorio del rey hay extendida un a man ta medio agujereada y casi transparente. Cuando, hace muy poco, el diligente ayuda de  cám ara  sustituyó  la m anta (usada ya por Federico el Grande)  por  otra  m oderna y  elegante,  el rey se indignó mucho y gritó: Devoldeme mi m anta, cosas nuevas las encuentro en cualquier sitio, pero, ¿quién puede proporcionarm e lo que utilizaron m is antepasados?» No es necesario que ocurra nada p ara que los periódicos resulten interesantes, pero  es  necesario  encontrar un corresponsal que haya visto los vestidos de las dam as de la corte, o  que conozca al rey t) -a su  ayuda  de  cám ara  o,  m ejor  todavía, que él mismo sea el ayuda de  cám ara.  Porque,  ahora  en  algunos am bientes diplom áticos, sólo existen héroes para los camareros.

-

 

2,2      Bremer - Zeitung für Staats - Gelehrten und Handéissachen, edi­  tado en Brema desde 1813 a 1848 por el librero Joann Georg Heyse.

213     Friedrich Adolí W. Diesterweg (1790-1866), pedagogo.

214     Enrique de Borbón, duca de Bordeaux.

2,5 El duca de Bordeaux era un descendiente de la  emperatriz  de  Austria.

216 1844.

 

 

 

El Comunismo a ta alemana

 

El 26 de enero,517 la Gaceta de Treverist gracias a un inte­ ligente joven de Berlín, dem uestra que el comunismo es ori­ ginalm ente alemán. «El Magister M.lli destruyó ayer en su lección el delirio  febril  de  la  debilidad  alemana,  que  ha  vis­ to en el comunismo un espectro  extranjero.  Con  gran  can­ tidad de  hechos  dem ostró  que  el comunismo  y  el  socialis­ mo son robustos hijos  del  espíritu  alemán,  no  una  arb itra­ ria invención  fráncesa.»  No  por  nada  Berlín   es   la   ciudad m ás inteligente del m undo.

 

El  comunismo  de  la   Orden  del  Cisne y acerca del lujo de la corte de Berlín

 

El com unism o ha ascendido rápidam ente a nivel de dig­ nidad. Se ha hecho  alem án  y  está  perdido.  El  corresponsal de la Gaceta de Brem en  y  el  corresponsal, ver nota  original, de la Gaceta de Augusta están obligados a describir al rey de Prusia como el hom bre que ha resuelto el enigma del comu­ nismo, uno dice que a través de una orden religiosa, el otro  a base de un lujo científicam ente calculado. «Por un lado, nues­ tro m onarca está convencido de que el reino necesita, especialmente en nuestros días, de una representación brillante y digna;  por otro,  cree    esta  úitim a  está  en  relación directa con el bienestar de los ouvriers y de  la  sociedad.  En  el  pasa­ do, los vestidos de nuestras damas  de  la  corte  carecían  en cierto modo de im portancia,  y  no  podían  d ejar  de  producir un triste efecto sobre el estado de  los  obreros;  esto,  ahora,  todo  ha  cam biado  com pletam ente,  aunque,  bien  es  verdad, a  costa  de  no  pocos  gravosos  sacrificios,  y  en  este  sentido se *stá desplegando un lujo grandioso.» Se ha rem ediado todo m alestar, el lujo ha llegado, dice la Gaceta de Bremen.

 

____

217 1844.

2,8 Magister era el título que  se atribuía  a  los  profesores  universi­ tarios El profesor «M» es Theodor Mundt (1808-1861), escritor y repre­ sentante  en los  años  1830-1840  de la  cóm em e  literaria  «Joven Alemania».

 

 

¡Qué desconsideración!

 

¿De modo que la Orden del  Cisne  resulta  superflúa? Antes de que el corresponsal de la Gaceta de  Augusta hablara nadie com prendía la im portancia de la cuestión de la Orden del Cisne. Si el corresponsal del Brem en es  brutal  como Aquiles, éste es astuto como Ulises, Con un estilo de  Cicerón,  un  i n ­ genio de sem inarista, el  Klopstock  en  prosa  del  nuevo  Me­ sías 219 real. Abramos  con  cuidado  uno  de  sus  m uchos  grifos de  miel  en  el  suplem ento  a   la   Gaceta  de  Augusta  del  19  de e n e ro 20 y la miel empezará  a  brotar:  «Hoy, m ás  que  nunca, es necesario ejercitar lo  que  desde  su  fundación  ha sido  para el  reino  cristiano  el  prim ero  y  más  santo  de   los   derechos, la defensa, y protección de las viudas y los huérfanos,- de  los oprim idos y los míseros. Un  príncipe que  constituye su  coro­  na punto de apoyo de esfuerzos tales, de cuyo éxito  (¿de  la  Orden del Cisne?)  puede  depender  el  futuro  de  Europa,  de­ m uestra una firm e  confianza  en  la  m eta  feliz  de  los  cami­ nos recientem ente iniciados p o r los pueblos, confianza ahora necesariam ente inculcada en m uchas almas, que por m ucho tiempo deberá enraizarse en el pueblo, p ara  llegar a  conver­ tirse en el  arm a  contra  los  que  basan  sus  planes  crim inales en las  fatigas y los  males  del tiempo,  para  alterar  así  el orden público.» ¡Qué arte,  qué  cultura!  Todo  lo dice  él:  no sólo que el rey es  el  centro'  del  comunismo,  sino  tam bién  que «el cisne elegido como emblema de  la  sociedad,  está  a punto de anunciar su propio fin, para  que  cada  uno  consi­  dere el suyo en particular».  Si  no  pensara  y  escribiera  de  form a tan escolástica y no resultase tan aburrido de leer, consideraríam os al corresponsal un hom bre muy experim en­ tado, porque, en sustancia  ¿Qué  ha  venido  a  decir?  Sim ple­ m ente esto: «Si el reino cristiano  piensa  guiar  la  revolución del viejo m undo con la Orden  del  Cisne,  lo  único  que  tiene que hacer es considerar su fin.» Cuando habla de «cada uno»

 

_____________

219 Friedrich Gottlob  Klopstock  (1724-1803),  autor  de  un  largo  poe­ ma, Der Messias.

m Cfr. Berlín, 8 enero, Bei de Wiederbelebung der Gesselschaft des Schwanenordens. (Con ocasión del  renacimiento  de  la  Orden  del  Cisne, en Atígemeine Zeitung, Augsburg, 19 de enero de 1844, n. 19B.

 

 

¿Se refiere tam bién al rey? El  esclavo  de  la  casa  es  muy astuto. Pero nosotros no deseamos que la Orden del Cisne constituya el canto del cisne del rey de Prusia; por el con­ trarío, esperam os verlo todavía durante m uchos años en el buen camino. Los aduladores preven algo de su destino, pero quien juzgue desapasionadam ente  lo  verá  claram ente  ante sus ojos.

 

 

 

 

 

COLECCION        NOVOCURSO

Biblioteca de ciencias hum anas

 

 

 

 

 

 

L A S  ¡M TERNACSO NALES        O B R ER A S.           Annie

Kriege!

Un documentado estudio dei complejo proceso histórico en el que se organizó y desarrolló el movimiento obrero.

 

U M A M IN O R IA  PROFETICA.         Jack Newfield

El autor describe ¡a historia de los jóvenes ra­ dicales norteamericanos, lo que él llama «una minoría profética».

 

ESTETICA Y M A R X IS M O . — Garandy, Sastre, Fischer

¿ L o s m arxistas preconizan una  forma diferente de hacer y criticar el arte? Excelentes  teóricos dan su s respuestas.

 

SO B R E EL M O D O D E P R O D U C C IO N A S IA T IC O S.

Godeíier, Engeis, M arx

Una cumplida antología de los textos de la ca­ tegoría metodológica que ha venido a denomi­ narse «modo de producción asiático».

 

T E O R IA C R IT IC A D E L A SO C IE D A D . — G. E. Rus-

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El análisis de cincuenta años de m arxism o y so ­ ciología  crítica  y  un  primer  balance  de  las  te­  s is criticosociales.

 

R O U SS E A U  Y  M A R X .  — Galvano  deila  Voípe El desaparecido profesor marxista  plantea  en este libro el problema de las dem ocracias bur­ guesas frente al socialism o.

 

Et HOMBRE NUEVO. — Kosik, Leontief, liaría

R e p r e s e n t a n t e s m arxistas plantean algunos pro­ blemas fundamentales sobre la concepción del

«nuevo humanismo».

 

E ST R U C T U R A L ISM O   Y       M A R X IS M O .       trías,

Garaudy, Weher

M arxistas y  estructuralistas  polemizan  en  una de ¡as controversias culturales  m ás  apasionan­ tes de nuestro tiempo.

 

LITERATU RA  Y SO C IE D A D .         Barthes, Gold^

mann, Lefebvre

Postulado teórico e  intento  práctico  de  estudia el  arte literario  desde  el  prism a   científico  d. la sociología.

 

C R IT IC A DE LO S F U N D A M E N T O S DE LA PSICOLOGIA. — G. PolStzer

.Po.li.tz.er critica y valora los fundamentos de la psicología siguiendo los esquem as de interpre­ tación marxistas.

 

O N T O LO G IA DE H E€£L, — Herbert M a rc use

El mayor intento por parte de Marcus-e dé s is ­ tematizar teóricamente su propio pensamiento.

 

 

 

 

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