© Libro N° 7610. Dirección Única. Benjamin, Walter.
Emancipación. Agosto 8 de 2020.
Título original: © Walter
Benjamin. Dirección única
Versión Original: © Walter
Benjamin. Dirección única
Circulación
conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
http://mimosa.pntic.mec.es/~sferna18/benjamin/Direccion_unica-WalterBenjamin.pdf
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La Biblioteca
Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante
los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus respectivos
autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los Diseños y
edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de textos. El
uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida su
comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No
comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No
derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Portada E.O.
de Imagen original:
http://mimosa.pntic.mec.es/~sferna18/benjamin/Direccion_unica-WalterBenjamin.pdf
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
DIRECCIÓN ÚNICA
Walter Benjamin
Dirección Única
Walter Benjamin
En Dirección Única, colección de textos publicados
originalmente en 1928, nos adentramos en una construcción móvil, en una deriva
por calles y textos empedrados, apreciando el amable y fascinante pneuma
benjamineano. Erramos por el libro, por extraños escritos encabezados por
nombres como si de carteles indicadores se tratase, y por momentos somos
transeúntes microscópicos. Como una suerte de Kabalah portátil, Dirección única nos interpela desde el vertiginoso relato
de una Historia de escombros, sueños y decadencias, desde la visión modernista
de lo urbano como una nueva Babel aún por descubrir.
Walter Benjamin
Dirección única
ePUB v1.0
chungalitos 30.03.12
Título original: Einbahnstrasse
Traducción de Juan J. del Solar y Mercedes
Allendesalazar
1955 BY SUHRKAMP VERLAG FRANKFURT AM MAIN
De esta edición:
Ediciones Alfaguara
I.S.B.N.: 84-204-2449-8
ESTA CALLE SE LLAMA
CALLE ASJA LACIS,
NOMBRE DE AQUELLA QUE
COMO INGENIERO
LA ABRIÓ EN EL AUTOR
GASOLINERA
La construcción de la vida se halla, en estos
momentos, mucho más dominada por hechos que por convicciones. Y por un tipo de
hechos que casi nunca, y en ningún lugar, han llegado aún a fundamentar
convicciones. Bajo estas circunstancias, una verdadera actividad literaria no
puede pretender desarrollarse dentro del marco reservado a la literatura: esto
es más bien la expresión habitual de su infructuosidad. Para ser significativa,
la eficacia literaria sólo puede surgir del riguroso intercambio entre acción y
escritura; ha de plasmar, a través de octavillas, folletos, artículos de
revista y carteles publicitarios, las modestas formas que se corresponden mejor
con su influencia en el seno de las comunidades activas que el pretencioso
gesto universal del libro. Sólo este lenguaje rápido y directo revela una
eficacia operativa adecuada al momento actual. Las opiniones son al gigantesco
aparato de la vida social lo que el aceite es a las máquinas. Nadie se coloca
frente a una turbina y la inunda de lubricante. Se echan unas cuantas gotas en
roblones y junturas ocultas que es preciso conocer.
SALITA PARA DESAYUNAR
Una tradición popular desaconseja contar sueños por
la mañana, en ayunas. De hecho, quien acaba de despertarse sigue aún, en ese
estado, bajo el hechizo del sueño. Pues el aseo no devuelve a la luz más que la
superficie del cuerpo y sus funciones motrices visibles, mientras que en las
capas más profundas, y también durante la ablución matinal, la penumbra gris
del sueño sigue persistiendo, e incluso se consolida, en la soledad de la
primera hora de vigilia. Quien rehúya el contacto con el día, ya sea por temor
a la gente, ya sea por necesidad de recogimiento, no querrá comer y desdeñará
el desayuno. De este modo evita la ruptura entre los mundos nocturno y diurno.
Cautela ésta que sólo se justifica consumiendo el sueño mediante un intenso
trabajo matinal, cuando no a través de la oración, ya que de otro modo provoca
una confusión de los ritmos vitales. En esta disposición anímica, contar sueños
resulta funesto porque el hombre, que aún es a medias cómplice del mundo
onírico, lo traiciona con sus palabras y ha de
atenerse a su venganza. Dicho en términos más modernos: se traiciona a sí
mismo. Libre de la protección que le ofrecía la ingenuidad del sueño, queda
totalmente desamparado al rozar, sin dominio alguno sobre ellas, sus propias
visiones oníricas. Pues sólo desde la otra orilla, desde la claridad del día,
es lícito apostrofar al sueño con el poder evocador del recuerdo. Este más allá
del sueño sólo es alcanzable mediante una ablución análoga al aseo y que, no
obstante, difiere totalmente de él. Pasa por el estómago. Quien está en ayunas
habla del sueño como si hablase en sueños.
NR. 113
Las horas que contienen la forma
han transcurrido en la casa del sueño.
SUBTERRÁNEO
Hemos olvidado hace tiempo el ritual según el cual
fue edificada la casa de nuestra vida. Pero cuando hay que tomarla por asalto y
empiezan a caer las bombas enemigas, ¡qué de antigüedades descarnadas y
extrañas no dejan éstas al descubierto entre sus fundamentos! ¡Cuántas cosas no
fueron allí enterradas y sacrificadas entre conjuros y ensalmos! ¡Qué siniestro
gabinete de curiosidades aparece allí abajo, donde las zanjas más profundas se
hallan reservadas a lo más cotidiano! Una noche de desesperación me vi en
sueños renovando impetuosos lazos de amistad y fraternidad con el primer
compañero de mis tiempos de colegial, a quien llevaba sin ver varios decenios y
apenas había recordado en todo ese tiempo. Al despertar, sin embargo, lo vi
claro: aquello que la desesperación, como una carga explosiva, había sacado a
la luz, era el cadáver de ese hombre que estaba allí emparedado y debía impedir
que quien viviera allí alguna vez, pudiera asemejársele en algo.
VESTÍBULO
Visita a la casa de Goethe. No recuerdo haber visto
habitaciones en el sueño. Era una sucesión de pasillos enjalbegados como los de
una escuela. Dos visitantes inglesas de mediana edad y un guardián son los
figurantes del
sueño. El guardián nos invita a firmar en el libro
de visitas, abierto sobre un pupitre, junto a la ventana, en el extremo más
alejado de uno de los pasillos. Cuando me acerco y empiezo a hojearlo, descubro
mi nombre ya anotado en él con una letra infantil, torpe y desmesurada.
COMEDOR
En un sueño me vi en el gabinete de trabajo de
Goethe. No se parecía en nada al de Weimar. Ante todo era muy pequeño y tenía
sólo una ventana. Contra la pared, situada frente a ella, adosaba el escritorio
uno de sus lados angostos. Sentado a él, el poeta, ya muy anciano, estaba
escribiendo algo. Yo me había puesto a un lado, cuando él se interrumpió y me
obsequió con un pequeño jarro, una vasija antigua. La hice girar entre mis
manos. En la habitación hacía un calor espantoso. Goethe se levantó y se dirigió
conmigo a la estancia contigua, donde habían dispuesto una larga mesa para mi
parentela. Sin embargo, parecía calculada para muchas más personas de las que
ésta contaba. También la habían puesto, sin duda, para mis antepasados. Tomé
asiento en el extremo derecho, junto a Goethe. Concluida la cena, él se levantó
con dificultad, y yo, haciendo un gesto, le rogué que me permitiera sostenerle.
Al tocarle el codo, rompí a llorar de emoción.
PARA HOMBRES
Convencer es estéril.
RELOJ REGULADOR
Para los grandes hombres, las obras concluidas
tienen menos peso que aquellos fragmentos en los cuales trabajan a lo largo de
toda su vida. Pues la conclusión sólo colma de una incomparable alegría al más
débil y disperso, que se siente así devuelto nuevamente a su vida. Para el
genio, cualquier cesura, no menos que los duros reveses de fortuna o el dulce
sueño, se integran en la asidua laboriosidad de su taller, cuyo círculo mágico
él delimita en el fragmento. «El genio es laboriosidad».
¡VUELVE! ¡TODO HA SIDO PERDONADO!
Como alguien que en la barra fija hace la rueda,
así también, de adolescente, uno mismo hace girar la rueda de la fortuna de la
que tarde o temprano saldrá el número premiado. Pues sólo aquello que ya
sabíamos o practicábamos a los quince años constituirá algún día nuestra
attrattiva. Por eso hay algo que ya nunca se podrá remediar: el no haberse
escapado de la casa paterna. A esa edad, en cuarenta y ocho horas de estar
abandonado a sí mismo toma cuerpo, como en una solución alcalina, el cristal de
la felicidad de toda la vida.
PISO DE LUJO, AMUEBLADO, DE DIEZ HABITACIONES
La única descripción satisfactoria —a la vez que
análisis— del estilo del mobiliario en la segunda mitad del siglo XIX, la
ofrece cierto tipo de novelas policíacas en cuyo centro dinámico se halla el
terror suscitado por la casa. La disposición de los muebles es al mismo tiempo
el plano de las trampas mortales, y la hilera de habitaciones prescribe a la
víctima el itinerario de su huida. El que este género de novela policíaca
comience con Poe, es decir, en una época en que casi no existían esta clase de
viviendas, no prueba nada en contra. Porque los grandes poetas, sin excepción,
ejercen su arte combinatoria en un mundo que vendrá después de ellos; así, las
calles parisinas de los poemas de Baudelaire, al igual que los personajes de
Dostoyevski, no empezaron a existir antes de 1900. El interior burgués de los
años sesenta a noventa, con sus inmensos aparadores rebosantes de tallas de
madera, sus rincones sin sol en los que se alza una palmera, el mirador
protegido por una balaustrada y los largos pasillos con su cantarina llama de
gas, no puede cobijar adecuadamente más que a un cadáver. «En este sofá, la tía
sólo puede ser asesinada». La inánime exuberancia del mobiliario no se vuelve
realmente cómoda sino en presencia del cadáver. Mucho más interesante que los
paisajes orientales de las novelas policíacas resulta el frondoso Oriente de
sus interiores: la alfombra persa y la otomana, el candil y el noble puñal
caucasiano. Tras los gruesos kelirtis arregazados, el dueño de casa celebra sus
orgías con valores bursátiles y puede llegar a
sentirse un mercader oriental o un corrupto e indolente pachá en el reino de la
mohatra, hasta que ese puñal de vaina plateada que cuelga, sobre el diván,
acabe cualquier tarde con él y con su siesta. Este rasgo característico de la
casa burguesa que tiembla al pensar en el anónimo asesino como una anciana
lasciva que sueña con su galán, fue bien captado por algunos escritores que,
como «autores de novelas policíacas» —y quizá también porque sus obras reflejan
claramente un aspecto del pandemónium burgués—, se han visto despojados de los
honores que se merecían. Lo que aquí se intenta explicar, Conan Doyle lo puso
en evidencia en algunas de sus obras, y la escritora A. K. Green, en su vasta
producción. Con El fantasma de la Ópera, una de las grandes novelas sobre el
siglo XIX, Gastón Leroux contribuyó a la apoteosis de este género.
PORCELANA CHINA
Hoy en día, nadie debe empecinarse en aquello que
«sabe hacer». En la improvisación reside la fuerza. Todos los golpes decisivos
habrán de asestarse como sin querer.
Un portal se abre al comienzo de un largo camino
que, cuesta abajo, lleva hasta la casa de… a quien yo solía visitar cada tarde.
Desde que ella se mudó, el arco del portal sigue presente ante mis ojos como el
pabellón de una oreja que hubiera perdido el oído.
No hay forma de conseguir que un niño en camisón,
salude a una visita que entra. Desde lo alto de su autoridad moral, los
presentes intentan en vano persuadirle y vencer su recato. Pocos minutos más
tarde, el niño se presenta, esta vez en cueros vivos, ante la visita.
Entretanto se había lavado.
La fuerza de una carretera varía según se la
recorra a pie o se la sobrevuele en aeroplano. Así también, la fuerza de un
texto varía según sea leído o copiado. Quien vuela sólo ve cómo la carretera va
deslizándose por el paisaje y se desdevana ante sus ojos siguiendo las mismas
leyes del terreno circundante. Tan sólo quien recorre a pie una carretera
advierte su dominio y descubre cómo en ese mismo terreno, que para el aviador
no es más que una llanura desplegada, la carretera, en cada una de sus curvas,
va ordenando el
despliegue de lejanías, miradores, calveros y
perspectivas como la voz de mando de un oficial hace salir a los soldados de
sus filas. Del mismo modo, sólo el texto copiado puede dar órdenes al alma de
quien lo está trabajando, mientras que el simple lector jamás conocerá los
nuevos paisajes que, dentro de él, va convocando el texto, esa carretera que
atraviesa su cada vez más densa selva interior: porque el lector obedece al
movimiento de su Yo en el libre espacio aéreo del ensueño, mientras que el copista
deja que el texto le dé órdenes. De ahí que la costumbre china de copiar libros
fuera una garantía incomparable de cultura literaria, y la copia, una clave
para penetrar en los enigmas de la China.
GUANTES
En la repulsión que nos inspiran los animales, la
sensación predominante es el temor a que nos reconozcan al tocarlos. Lo que se
aterra en las profundidades del hombre es la oscura conciencia de que en él
vive algo que, siendo muy poco ajeno al animal que provoca la repulsión, pueda
ser reconocido por éste. Toda repulsión es, en su origen, repulsión al
contacto. Incluso el afán dominador sólo consigue pasar por alto este
sentimiento mediante gestos bruscos y desmesurados: estrujará con violencia y
devorará al objeto de la repulsión, mientras que la zona del más leve contacto
epidérmico seguirá siendo tabú. Sólo así se puede satisfacer la paradoja del
imperativo moral que exige al ser humano la superación y, a la vez, el cultivo
más sutil de la sensación de asco.
No le es lícito negar su parentesco bestial con la
criatura, a cuya llamada responde su repulsión: ha de enseñorearse de ella.
EMBAJADA MEJICANA
Je ne passe jamais devant un fétiche de bois,
un Bouddha doré, une idole mexicaine sans me
diré: C'est peut-etre le vrai dieu.
CHARLES BAUDELAIRE
Soñé que estaba en Méjico, participando en una
expedición científica. Después de atravesar una selva virgen de árboles muy
altos, desembocamos en un sistema de cuevas excavado al pie de una montaña,
donde, desde la época de los primeros misioneros, se había mantenido una orden
cuyos hermanos proseguían su labor de conversión entre los indígenas. En una
inmensa gruta central, rematada por una bóveda gótica, se estaba celebrando un
oficio divino según un rito antiquísimo. Al acercarnos, pudimos presenciar su momento
culminante: un sacerdote elevaba un fetiche mejicano ante un busto de madera de
Dios Padre, colocado muy alto, en una de las paredes de la gruta. En ese
instante, la cabeza del dios se movió negando tres veces de derecha a
izquierda.
ESTAS PLANTACIONES SE ENCOMIENDAN A LA PROTECCIÓN
DEL PÚBLICO
¿Qué ha sido «resuelto»? ¿Acaso todos los
interrogantes de la vida ya vivida no han quedado atrás como un boscaje que nos
impedía la visión? Apenas se nos ocurriría arrancarlo, ni siquiera aclararlo.
Seguimos caminando, lo dejamos atrás, y si bien de lejos lo abarcamos con la
mirada, lo vemos borroso, sombrío y tanto más misteriosamente enmarañado.
El comentario y la traducción se comportan con el
texto como el estilo y la mimesis con la naturaleza: el mismo fenómeno visto
desde distintas perspectivas. En el árbol del texto sagrado, ambos no son sino
las hojas eternamente susurrantes; en el árbol del texto profano, los frutos
que caen a tiempo.
Quien ama no se aferra tan sólo a los «defectos» de
la amada, ni a los caprichos o debilidades de una mujer; mucho más duradera e
inexorablemente que cualquier belleza le atan las arrugas del rostro y las
manchas de la piel, los vestidos raídos y un andar disparejo. Esto se sabe hace
ya tiempo. ¿Y por qué? De ser cierta esa teoría según la cual las sensaciones
no anidan en la cabeza, y sentimos una ventana, una nube o un árbol no en el
cerebro, sino
más bien en el lugar donde los vemos al contemplar
a la mujer amada también estamos fuera de nosotros mismos. Aunque, en este
caso, torturadamente tensos y embelesados. Deslumbrada, la sensación revolotea
como una bandada de aves en el resplandor de la mujer. Y así como los pájaros
buscan refugio en los frondosos escondites del árbol, las sensaciones huyen
hacia las arrugas umbrosas, los gestos sin gracia y las manchas insignificantes
del cuerpo amado, donde se acurrucan, seguras, como en un escondrijo. Y ningún
paseante ocasional adivinará que precisamente ahí, en aquellos rasgos
imperfectos, criticables, anida, veloz como una flecha, el ímpetu amoroso del
adorador.
TERRENO EN CONSTRUCCION
Resulta necio devanarse pedantemente los sesos
sobre la fabricación de objetos —material ilustrativo, juguetes o libros—
destinados a los niños. Desde la Ilustración, ésta viene siendo una de las
especulaciones más mohosas de los pedagogos. Su fatuo apasionamiento por la
psicología les impide advertir que la Tierra está repleta de los más
incomparables objetos que se ofrecen a la atención y actividad infantiles. Y
objetos concretísimos. Pues, de hecho, los niños tienden de modo muy particular
a frecuentar cualquier sitio donde se trabaje, a ojos vistas con las cosas. Se
sienten irresistiblemente atraídos por los desechos provenientes de la
construcción, jardinería, labores domésticas y de costura o carpintería. En los
productos residuales reconocen el rostro que el mundo de los objetos les vuelve
precisamente, y sólo, a ellos. Los utilizan no tanto para reproducir las obras
de los adultos, como para relacionar entre sí, de manera nueva y caprichosa,
materiales de muy diverso tipo, gracias a lo que con ellos elaboran en sus
juegos. Los mismos niños se construyen así su propio mundo objetal, un mundo
pequeño dentro del grande. Habría que tener presentes las normas de este
pequeño mundo objetal si se quiere crear intencionadamente cosas para los
niños, y no se prefiere dejar que sea la propia actividad, con todo lo que en
ella es instrumento y accesorio, la que encuentre por sí sola el camino hacia
ellos.
MINISTERIO DEL INTERIOR
Cuanto más hostil a la tradición sea un hombre, más
inexorablemente someterá su vida privada a las normas que desea convertir en
legisladoras de un orden social futuro. Es como si éstas, que en ninguna parte
han llegado aún a ser realidad, le impusieran la obligación de prefigurarlas,
al menos en el ámbito de su vida personal. Sin embargo, el hombre que se sabe
en consonancia con las más antiguas tradiciones de su condición social o de su
pueblo, contrapone a veces ostentosamente su vida privada a las máximas que, de
forma implacable, defiende en la vida pública, y, sin sentir la menor zozobra,
venera en secreto su propia conducta como la prueba más concluyente de la
inquebrantable autoridad de los principios que él mismo profesa. Así se
diferencian los tipos políticos del anarco-socialista y del conservador.
BANDERA…
¡Cuánto más fácil resulta querer al que se despide!
Pues la llama destinada a quien se aleja arde con mayor pureza, alimentada por
el fugaz pañuelo que hace señas desde el barco o la ventanilla del tren. El
alejamiento penetra como un tinte en aquel que desaparece, impregnándole de un
suave ardor.
… A MEDIA ASTA
Cuando muere un ser muy próximo a nosotros, nos
parece advertir en las transformaciones de los meses subsiguientes algo que,
por mucho que hubiéramos deseado compartir con él, sólo podía haber
cristalizado estando él ausente. Y al final lo saludamos en un idioma que él ya
no entiende.
PANORAMA IMPERIAL
VIAJE POR LA INFLACIÓN ALEMANA
I. En el legado de frases hechas que revelan a
diario la forma de vida del burgués alemán —esa aleación de estupidez y
cobardía—, hay una, la de la catástrofe inminente —el «esto no puede seguir
así»—, que resulta particularmente memorable. Ese desvalido apego a las ideas
de seguridad y propiedad de los últimos decenios, impide al ciudadano medio
percibir los mecanismos estabilizadores, altamente novedosos y significativos,
sobre los que reposa la situación actual. Como la relativa estabilización de
los años anteriores a la guerra le favorecía, se cree obligado a considerar
inestable cualquier situación que lo desposea. Pero las situaciones estables no
tienen por qué ser, ni ahora ni nunca, situaciones agradables, y ya antes de la
guerra había estratos para los que las situaciones de estabilidad no eran sino
miseria estabilizada. La decadencia no es en nada menos estable ni más
sorprendente que el progreso. Sólo un cálculo que admitiera reconocer en ella
la única ratio de la situación actual, podría, liberándose del enervante
asombro ante algo que se repite diariamente, considerar las manifestaciones de
la decadencia como lo estable por antonomasia, y únicamente la salvación como
algo extraordinario, casi rayano en lo portentoso e incomprensible. Los pueblos
de Europa central viven como los habitantes de una ciudad sitiada que empiezan
a quedarse sin alimentos ni pólvora, y para los cuales, según todo cálculo
humano, apenas cabe esperar salvación. Caso éste en que la rendición, tal vez
incondicional, debería ponderarse muy seriamente. Pero el poder mudo e
invisible que Europa central siente frente a ella no se sienta a negociar. Así
pues, ya sólo queda, en la espera permanente del asalto final, dirigir la
mirada hacía lo único que aún puede aportar salvación: lo extraordinario. Pero
ese estado de atención extrema y resignada que la situación exige, podría, ya
que mantenemos un misterioso contacto con las fuerzas que nos asedian, provocar
realmente el milagro. Por el contrario, quienes aún esperan que las cosas no
sigan así, acabarán por descubrir algún día que para el sufrimiento, tanto del
individuo como de las comunidades, sólo hay un límite más allá del cual ya no
pueden Seguir: la aniquilación.
II. Una extraña paradoja: al actuar, la gente sólo
piensa en su interés
privado más mezquino, pero al mismo tiempo su
comportamiento está, más qué nunca, condicionado por los instintos de masa. Y,
más que nunca, éstos vagan a la deriva, ajenos a la vida. Allí donde el oscuro
instinto animal — como relatan innumerables anécdotas— encuentra una salida
ante el peligro inminente y en apariencia invisible, esta sociedad en la que
cada cual sólo tiene en mente su propio y vulgar provecho, sucumbe también como
una masa ciega, con torpeza animal, pero sin ese saber torpe de los animales, a
cualquier peligro, incluso al más próximo, y la diversidad de los objetivos
individuales pierde toda su importancia ante la identidad de las fuerzas
condicionantes. Siempre ha sido evidente que el apego de la sociedad a una vida
consuetudinaria, pero perdida hace ya tiempo, es tan rígido que, incluso en
caso de extremo peligro, hace fracasar el uso propiamente humano del intelecto;
la previsión. Y a tal punto que, en ella, la imagen de la estupidez alcanza su
culminación: inseguridad, e incluso perversión de los instintos vitales
básicos, e impotencia y hasta deterioro del intelecto. Esta es la disposición
anímica de la totalidad de los ciudadanos alemanes.
III. Todas
las relaciones humanas de cierta intimidad son iluminadas por una penetrante y
casi intolerable evidencia, ante la cual apenas logran mantenerse firmes. Pues
al ocupar el dinero de forma devastadora el centro de. todos los —intereses
vitales, por un lado, y constituir justamente, por el otro, la barrera ante la
que fracasan casi todas las relaciones humanas, van desapareciendo más y más,
tanto en el ámbito de la naturaleza como en el de las costumbres, la confianza
espontánea, la calma y la salud.
IV. No en vano suele hablarse de miseria «desnuda».
Lo más siniestro de su exhibición, que empezó a ser costumbre bajo la ley de la
necesidad y sólo muestra, sin embargo, una milésima parte de lo que oculta, no
es la compasión, ni la conciencia —igualmente terrible— de la propia
intangibilidad que se abren paso en el observador, sino su vergüenza. Resulta
imposible vivir en una gran ciudad alemana en la que el hambre obliga a los más
miserables a vivir de los billetes con que los transeúntes intentan cubrir una
desnudez que les hiere.
V. «Pobreza no es vileza». Perfecto. Pero ellos sí
que envilecen al pobre. Lo hacen y le consuelan con la frasecilla de marras. Es
una de aquellas que en
otra época pudieron tener validez, pero cuyo plazo
ha expirado hace ya tiempo. No otra cosa ocurre con aquel brutal «quien no
trabaja, que no coma». Cuando había trabajo y se podía comer, también había
pobreza, pero ésta no envilecía al individuo al abatirse sobre él por una mala
cosecha o cualquier otra fatalidad. Sí envilece, en cambio, esta indigencia en
la que han nacido millones y en cuyas redes van cayendo otros cientos de miles
a medida que empobrecen. La suciedad y la miseria crecen a su alrededor como
muros construidos por manos invisibles. Y así como el individuo que está solo
puede soportar muchas cosas, pero siente una justa vergüenza si su mujer ve
cómo las soporta y ha de padecerlas ella misma, así también a ese individuo se
le permite aguantar mucho mientras esté solo, y todo, siempre que lo oculte.
Pero nadie deberá hacer nunca sus propias paces con la pobreza, si ésta, cual
gigantesca sombra, se abatiera sobre su pueblo y su casa. Tendrá entonces que
mantener sus sentidos muy despiertos frente a cualquier humillación que le
toque en suerte, y someterlos a una disciplina hasta que sus sufrimientos hayan
abierto no ya el abrupto camino de la aflicción, que lleva cuesta abajo, sino
el sendero ascendente de la rebeldía. Aunque aquí no cabe esperar nada mientras
todos y cada uno de los destinos más terribles y oscuros, discutidos cada día,
e incluso cada hora, por la prensa, analizados en todas sus causas y
consecuencias ficticias, no ayuden a nadie a descubrir las fuerzas oscuras a
las que su vida ha sido esclavizada.
VI. Al extranjero que siga someramente la andadura
de la vida alemana e incluso haya recorrido por poco tiempo el país, sus
habitantes no le parecerán menos extraños que los de una raza exótica. Un
francés perspicaz dijo una vez: «Es rarísimo que un alemán tenga las ideas
claras con respecto a sí mismo. Y si alguna vez las tiene, no lo dirá. Y si lo
dice, no se hará entender». La guerra ha aumentado esta desoladora distancia, y
no sólo por las atrocidades, reales o legendarias, que solían contarse de los
alemanes. Lo que más bien acaba de rematar el grotesco aislamiento de Alemania
a los ojos de los demás europeos, lo que en el fondo les hace pensar que tienen
que vérselas con hotentotes (como muy acertadamente se ha dicho de los
alemanes), es la violencia —de todo punto incomprensible para el que está
fuera, y totalmente inconsciente para el prisionero— con que las condiciones
de vida, la miseria y la estupidez someten a la
gente, en este escenario, a las fuerzas de la comunidad, como sólo la vida de
cualquier primitivo se halla condicionada por las leyes de su clan. El más
europeo de todos los bienes, esa ironía más o menos conspicua con que la vida
del individuo pretende seguir un curso distinto del de la comunidad en que le
ha tocado recalar, es algo que los alemanes han perdido totalmente.
VII, La libertad de la conversación se está
perdiendo. Así como antes era obvio y natural interesarse por el interlocutor,
ese interés se sustituye ahora por preguntas sobre el precio de sus zapatos o
de su paraguas. Ineluctablemente, en cada tertulia acaba insinuándose el tema
de las condiciones de vida, del dinero. Y no es que se hable tanto de las
preocupaciones y padecimientos de cada cual —tema en el que quizá podrían
ayudarse unos a otros—, como de la situación en general. Es como estar
prisionero en un teatro y tener que seguir, de grado o por fuerza, la obra que
se está escenificando; como tener que convertirla constantemente, de grado o
por fuerza, en tema de pensamientos y conversaciones.
VIII. Quien no se resiste a percibir el deterioro
acaba reivindicando, sin demora, una justificación especial para su
permanencia, actividad y participación en este caos. Hay tantas consideraciones
sobre el fracaso general como excepciones para la propia esfera de acción,
domicilio y circunstancia. La voluntad ciega de salvar el prestigio de la
propia existencia, más que de liberarla al menos —mediante una valoración
distanciada de su impotencia e intrincamiento— del telón de fondo de la
ofuscación general, se va imponiendo casi en todas partes. Por eso está el aire
tan cargado de teorías sobre la vida y concepciones del mundo, y por eso éstas
parecen aquí, en este país, tan pretenciosas. Pues al final casi siempre sirven
para legitimar alguna situación particular, totalmente insignificante. Por eso
también está el aire tan cargado de las quimeras y espejismos propios de un
futuro cultural que, pese a todo, irrumpiría floreciente de la noche a la
mañana: porque cada cual se compromete con las ilusiones ópticas de su punto de
vista aislado.
IX. Los hombres que viven apriscados en el redil de
este país han perdido la visión para discernir los contornos de la persona
humana. Ante ellos, cualquier espíritu libre parece un ser extravagante.
Imaginemos las cadenas
montañosas del macizo alpino recortadas no contra
el cielo, sino contra los pliegues de un paño oscuro. Sólo confusamente se
dibujarían las poderosas formas. Del mismo modo, una pesada cortina ha cubierto
el cielo de Alemania y ya ni siquiera vemos el perfil de los más grandes
hombres.
X. El calor se está yendo de las cosas. Los objetos
de uso cotidiano rechazan al hombre suave, pero tenazmente. Y al final éste se
ve obligado a realizar día a día una labor descomunal para vencer las
resistencias secretas — no sólo las manifiestas— que le oponen esos objetos,
cuya frialdad tiene él que compensar con su propio calor para no helarse al
tocarlos, y coger sus púas con una destreza infinita para no sangrar al
asirlos. Que no espere la menor ayuda de quienes le rodean. Revisores,
funcionarios, artesanos y vendedores, todos se sienten representantes de una
materia levantisca cuya peligrosidad se empeñan en patentizar mediante su
propia rudeza. Y hasta la tierra misma conspira en la degeneración con que las
cosas, haciéndose eco del deterioro humano, castigan al hombre. Al igual que
ellas, la tierra lo consume, y la eternamente ausente primavera alemana no es
más que una de las innumerables manifestaciones similares de la naturaleza
alemana, que también se va descomponiendo. En ella se vive como si,
contrariando todas las leyes, la presión de esa columna de aire cuyo peso cada
cual soporta, empezara, de pronto, a hacerse sentir por estos pagos.
XI. Al despliegue de cualquier movimiento humano,
ya provenga de impulsos espirituales o incluso naturales, se opone la desmedida
resistencia del entorno. La escasez de viviendas y el encarecimiento del
transporte se están encargando de aniquilar por completo ese símbolo elemental
de la libertad europea que, bajo ciertas formas, le fue dado incluso a la Edad
Media: la libertad de cambiar de domicilio. Y si la coacción medieval ataba al
hombre a agrupaciones naturales, ahora se halla encadenado a una comunidad
antinatural. Pocas cosas fortalecerán tanto la funesta violencia del impulso
migratorio y su propagación como el estrangulamiento de la libertad de cambiar
de domicilio, y nunca ha sido mayor la desproporción entre la libertad de
movimiento y la riqueza de los medios de locomoción.
XII. Con la ciudad ocurre lo mismo que con todas
las cosas sometidas a un proceso irresistible de mezcla y contaminación:
pierden su expresión
esencial y lo ambiguo pasa a ocupar en ellas el
lugar de lo auténtico. Las grandes ciudades, cuyo poder incomparablemente
apaciguador y estimulante encierra al creador en un recinto de paz, y, junto
con la visión del horizonte, también logra quitarle la conciencia de las
fuerzas elementales siempre en vela, aparecen penetradas e invadidas por el
campo en todas partes. No por el paisaje, sino por aquello que la naturaleza
libre tiene de más amargo: la tierra laborable, las carreteras, el cielo
nocturno no cubierto ya por el temblor de un velo rojizo. La inseguridad,
incluso de las zonas animadas, sume por completo al habitante de la ciudad en
esa situación opaca y absolutamente aterradora en la que, bajo las inclemencias
de la llanura desierta, se ve obligado a enfrentarse a los engendros de la
arquitectura urbana.
XIII. Cierta noble indiferencia hacia las esferas
de la riqueza y la pobreza ha abandonado totalmente las cosas que se fabrican.
Cada una marca con un sello a su propietario, quien no tiene otra elección que
presentarse como un pobre diablo o un estraperlista. Pues mientras que el
verdadero lujo es de tal índole que el espíritu y la sociabilidad logran
penetrarlo y hacer que sea olvidado, lo que aquí se va imponiendo como artículo
de lujo ostenta una macicez tan impúdica que cualquier irradiación espiritual
se quiebra contra ella.
XIV. Desde los más antiguos usos de los pueblos
parece llegar hasta nosotros una especie de amonestación a que evitemos el
gesto de la codicia al recibir aquello que tan pródigamente nos otorga la
naturaleza. Pues con nada nuestro podemos obsequiar a la madre tierra. De ahí
que sea conveniente mostrar un profundo respeto al aceptar sus dones,
restituyéndole, antes de apoderarnos de aquello que nos pertenece, una parte de
todo lo que continuamente recibimos de ella. Este profundo respeto se
manifiesta a través de la antigua costumbre de la libatio. Y quizá fuera esta
antiquísima y noble práctica la que se mantuvo, transformada, en la prohibición
de rebuscar las espigas olvidadas y recoger las uvas caídas, ya que éstas
resultan provechosas para la tierra o los ancestros dispensadores de
abundancia. La usanza ateniense prohibía recoger las migajas durante las
comidas, porque pertenecían a los héroes. Si algún día la sociedad, impulsada
por la necesidad y la avidez, llegase a un grado tal de degeneración que no pudiera
recibir los
dones de la naturaleza sin recurrir a la
depredación, que arrancara los frutos aún verdes para colocarlos ventajosamente
en el mercado y tuviera que vaciar cada fuente sólo para hartarse, ese día su
tierra se empobrecerá y el campo dará malas cosechas.
OBRAS PÚBLICAS
En sueños vi un terreno yermo. Era la plaza del
mercado de Weimar. Estaban haciendo excavaciones. También yo escarbé un poco en
la arena. Y entonces surgió la aguja de un campanario. Contentísimo, pensé: un
santuario mejicano de la época del preanimismo, el anaquivitzli. Me desperté
riendo. (Ana=ὰνά; vi=vie; witz=iglesia mejicana (!).)
PELUQUERO PARA SEÑORAS QUISQUILLOSAS
Detener una mañana en sus camas, sin decir nada, a
tres mil damas y caballeros del Kurfurstendamm, y tenerlos veinticuatro horas
en la cárcel. Distribuir a medianoche, en las celdas, un cuestionario sobre la
pena de muerte, pidiendo a sus firmantes que indiquen el tipo de ejecución que,
llegado el caso, elegirían a título personal. Quienes hasta entonces solían
expresarse «según su leal entender» y sin que nadie se lo pidiera, tendrían que
rellenar ese documento bajo estricta vigilancia y «según su leal saber». Antes
del amanecer, sagrado desde siempre, pero consagrado en este país al verdugo,
se habría esclarecido la cuestión de la pena de muerte.
¡CUIDADO CON LOS PELDAÑOS!
El trabajo en una buena prosa tiene tres peldaños:
uno musical, donde es compuesta; uno arquitectónico, donde es construida, y,
por último, uno donde es tejida.
CENSOR JURADO DE LIBROS
Así como la época actual es, por antonomasia, la
antítesis del Renacimiento, también se contrapone, en particular, al momento
histórico en que se inventó el arte de la imprenta. Se trate o no de un azar,
su aparición en Alemania coincide con una época en que el libro, en el sentido
más noble del término, el Libro de los libros, se convirtió, gracias a la
traducción de la Biblia por Lutero, en patrimonio colectivo. Ahora, todo parece
indicar que el libro, en esta forma heredada de la tradición, se encamina hacia
su fin. Mallarmé, que desde la cristalina concepción de su obra, sin duda
tradicionalista, vio la verdadera imagen de lo que se avecinaba, utilizó por
vez primera en el Coup de dés las tensiones gráficas de la publicidad,
aplicándolas a la disposición tipográfica. Los experimentos que los dadaístas
intentaron luego con la escritura no provenían ciertamente de un afán de
construcción, sino de las puntuales reacciones nerviosas propias de los
literatos, y fueron por ello mucho menos consistentes que el intento de
Mallarmé, surgido de la esencia misma de su estilo. Pero esto permite
justamente reconocer la actualidad de aquello que, cual mónada, Mallarmé, en su
aposento más hermético descubrió en armonía preestablecida con todos los
acontecimientos decisivos de esta época en los ámbitos de la economía, la
técnica y la vida pública. La escritura, que había encontrado en el libro
impreso un asilo donde llevaba su existencia autónoma, fue arrastrada
inexorablemente a la calle por los carteles publicitarios y sometida a las
brutales heteronomías del caos económico. Tal fue el severo aprendizaje de su
nueva forma. Si hace siglos empezó a reclinarse gradualmente, pasando de la
inscripción vertical al manuscrito que reposaba inclinado en los atriles para
terminar recostándose en la letra impresa, ahora comienza, con idéntica
lentitud, a levantarse otra vez del suelo. Ya el periódico es leído más
vertical que horizontalmente, el cine y la publicidad someten por completo la
escritura a una verticalidad dictatorial. Y antes de que el hombre
contemporáneo consiga abrir un libro, sobre sus ojos se abate un torbellino tan
denso de letras volubles, coloreadas, rencillosas, que sus posibilidades de
penetrar en la arcaica quietud del libro se ven reducidas. Las nubes de langostas
de la escritura, que al habitante de la gran ciudad le eclipsan ya hoy el sol
del pretendido espíritu, se irán espesando más y más
cada año. Otras exigencias del mundo de los
negocios llevan más lejos. Con el archivo se conquista la escritura
tridimensional, es decir, un sorprendente contrapunto a la tridimensionalidad
de la escritura en su origen, cuando era runa o quipo. (Y ya hoy es el libro,
como enseña el modo actual de producción científica, una mediación anticuada
entre dos sistemas diferentes de ficheros. Pues todo lo esencial se encuentra
en el fichero del investigador que lo escribió, y el erudito, que estudia en
él, lo asimila a su propio fichero.) Pero no cabe la menor duda de que la
evolución de la escritura no quedará eternamente ligada a las pretensiones de
dominio de una actividad caótica en la ciencia y en la economía, y de que más
bien vendrá el momento en que la cantidad se transforme en calidad, y la
escritura, que se adentra cada vez más en el ámbito gráfico de su nueva y
excéntrica plasticidad, se apoderará de golpe de sus contenidos objetivos
adecuados (Sachgehalte). En esta escritura pictográfica, los poetas, que como
en los tiempos más remotos serán en primer término, y sobre todo, expertos en
escritura, sólo podrán colaborar si hacen suyos los ámbitos en los que (sin
darse demasiada importancia) se lleva a cabo la construcción de esa escritura:
los del diagrama estadístico y técnico. Con la instauración de una escritura
internacional variable, ellos renovarán su autoridad en la vida de los pueblos
y descubrirán un papel frente al cual todas las aspiraciones tendentes a
renovar la retórica resultarán triviales ensoñaciones.
MATERIAL DIDÁCTICO
PRINCIPIOS DEL MAMOTRETO O EL ARTE DE FABRICAR
LIBROS GRUESOS
I. En toda la exposición deberán entreverarse
continuas y prolijas referencias al plan de la obra.
II. Se
introducirán términos para designar conceptos que, salvo en su definición
misma, no vuelvan a aparecer en todo el libro.
III. Las distinciones conceptuales a las que con
gran dificultad se llegue a lo largo del texto deberán desdibujarse de nuevo en
las notas a los pasajes
correspondientes.
IV. Se darán ejemplos para ilustrar conceptos que
sólo sean tratados en su acepción general: así, donde se hable de máquinas, se
enumerarán todos sus tipos.
V. Todo cuanto a priori esté claro de un objeto,
será corroborado por una retahíla de ejemplos.
VI. Las correlaciones representables gráficamente
serán descritas con palabras. En vez de dibujar, por ejemplo, un árbol
genealógico, todos los vínculos de parentesco serán pormenorizados e
ilustrados.
VII. Varios adversarios que defiendan la misma
argumentación deberán ser refutados uno a uno.
La producción media del erudito actual aspira a ser
leída como un catálogo. Pero ¿cuándo se llegarán a escribir libros como
catálogos? Si, de esta suerte, la mala calidad del contenido aflora al
exterior, nacerá una excelente obra literaria en la que el valor de las
opiniones vendrá indicado por una cifra, sin que por ello éstas sean puestas en
venta.
La máquina de escribir convertirá la mano del
literato en algo extraño al portaplumas sólo cuando la precisión de las formas
tipográficas intervenga directamente en la concepción de sus libros.
Probablemente se necesiten entonces sistemas nuevos con caracteres tipográficos
más variables. Y aquéllos sustituirán la escritura a mano por la inervación de
los dedos que dan órdenes.
Un período concebido métricamente, cuyo ritmo sea
luego perturbado en un único punto, producirá la frase en prosa más bella que
se pueda imaginar. Así, por una pequeña brecha abierta en el muro se filtra un
rayo de luz en el gabinete del alquimista, haciendo destellar cristales,
esferas y triángulos.
¡ALEMANES, BEBED CERVEZA ALEMANA!
Frente a la vida intelectual, la plebe está poseída
por un odio frenético que ha descubierto en el recuento de los cuerpos la mejor
garantía para aniquilarla. Dondequiera que se les permita, se colocan en fila y
avanzan a paso de marcha al encuentro del fuego de artillería y del
encarecimiento de las
mercancías. Ninguno ve más allá de la espalda del
que le precede, y cada cual se enorgullece de ser, de ese modo, un ejemplo para
el que le sigue. Esto lo descubrieron los hombres hace siglos en los campos de
batalla; pero el desfile de la miseria, el hacer cola, lo han inventado las
mujeres.
¡PROHIBIDO FIJAR CARTELES!
LA TÉCNICA DEL ESCRITOR EN TRECE TESIS
I. Quien se proponga escribir una obra de gran
envergadura, que se dé buena vida y, al terminar su tarea diaria, se conceda
todo aquello que no perjudique la prosecución de la misma.
II. Habla
de lo ya realizado, si quieres, pero en el curso de tu trabajo no leas ningún
pasaje a nadie. Cada satisfacción que así te proporciones, amenguará tu ritmo.
Siguiendo este régimen, el deseo cada vez mayor de comunicación acabará siendo
un estímulo para concluirlo.
III. Mientras estés trabajando, intenta sustraerte
a la medianía de la cotidianidad. Una quietud a medias, acompañada de ruidos
triviales, degrada. En cambio, el acompañamiento de un estudio musical o de un
murmullo de voces puede resultar tan significativo para el trabajo como el
perceptible silencio de la noche. Si éste agudiza el oído interior, aquél se
convierte en la piedra de toque de una dicción cuya plenitud sepulta en sí
misma hasta los ruidos excéntricos.
IV. Evita emplear cualquier tipo de útiles.
Aferrarse pedantemente a ciertos papeles, plumas, tintas, es provechoso. No el
lujo, pero sí la abundancia de estos materiales es imprescindible.
V. No dejes pasar de incógnito ningún pensamiento,
y lleva tu cuaderno de notas con el mismo rigor con que las autoridades llevan
el registro de extranjeros.
VI. Que tu pluma sea reacia a la inspiración; así
la atraerá hacia ella con la fuerza del imán. Cuanto más cautela pongas al
anotar una ocurrencia, más madura y plenamente se te entregará. La palabra
conquista al pensamiento, pero la escritura lo domina.
VII. Nunca dejes de escribir porque ya no se te
ocurra nada. Es un imperativo del honor literario interrumpirse solamente
cuando haya que respetar algún plazo (una cena, una cita) o la obra esté ya
concluida.
VIII. Ocupa las intermitencias de la inspiración
pasando en limpio lo escrito. Al hacerlo se despertará la intuición.
IX. Nalia dies sine linea —pero sí semanas.
X. Nunca des por concluida una obra que no te haya
retenido alguna vez desde el atardecer hasta el despuntar del día siguiente.
XI. No escribas la conclusión de la obra en tu
cuarto de trabajo habitual.
En él no encontrarías el valor para hacerlo.
XII. Fases de la composición:
idea-estilo-escritura. El sentido de fijar un texto pasándolo en limpio es que
la atención ya sólo se centra en la caligrafía. La idea mata la inspiración, el
estilo encadena la idea, la escritura remunera al estilo.
XIII. La obra es la mascarilla funeraria de la
concepción.
TRECE TESIS CONTRA LOS ΕSNOBS
(Esnob en el despacho privado de la crítica de
arte. A la izquierda, un dibujo infantil, a la derecha, un fetiche. Esnob:
«Ante esto, todo Picasso es una auténtica birria».)
I. El
artista hace una obra.
II. La
obra de arte sólo incidentalmente es un documento.
III. La
obra de arte es una pieza de examen.
IV. En la
obra de arte aprenden su oficio los artistas.
V. Las
obras de arte se mantienen
El primitivo se expresa en documentos.
Ningún documento es, en cuanto tal, obra de arte.
El documento sirve de pieza didáctica.
Ante los documentos se educa a un público.
En el material se comunican los
alejadas unas de otras por su documentos.
perfección.
VI. Contenido
(Inhalt) y forma (Form) son una sola cosa en la obra de arte: tenor (Gebalt).
En los documentos domina por completo el material.
VII. Tenor
es todo lo que ha sido Material es lo
sonñado.
sometido a prueba.
VIII. En la obra de arte, el material es un lastre
que la contemplación desecha.
IX. En la
obra de arte, la ley de la forma es central.
X La
obra de arte es sintética: central eléctrica.
XI. La
contemplación repetida potencia una obra de arte.
XII. La
virilidad de las obras está en el ataque.
XIII. Tenor es lo que el artista intenta
conquistar.
Cuanto más profundamente se pierde uno en un
documento, más denso se vuelve: el material.
En el documento, las formas sólo están
desperdigadas.
La productividad de un documento exige análisis.
Un documento sólo subyuga por sorpresa.
Al documento su inocencia le sirve de cobertura.
El hombre primitivo se atrinchera detrás de los
materiales.
NR. 13
Treize j'eus un plaisir cruel de m'arreter
sur ce nombre.
MARCEL PROUST
Le reploiement vierge du livre, encore, préte à un
sacrifice dont seigna la tranche rouge des anciens tomes; l'introduction d'une
arme, ou coupe-papier, pour établir la prise de possession.
STÉPHANE MALLARMÉ
I. Los libros y las prostitutas pueden llevarse a
la cama.
II. Los
libros y las prostitutas entrecruzan el tiempo. Dominan la noche como el día y
el día como la noche.
III. Nadie nota en los libros ni en las prostitutas
que los minutos les son preciosos. Sólo al intimar un poco más con ellos, se
advierte cuánta prisa tienen. No dejan de calcular mientras nosotros nos
adentramos en ellos.
IV. Los libros y las prostitutas se han amado desde
siempre con un amor desgraciado.
V. Los libros y las prostitutas tienen cada cual su
tipo de hombres que viven de ellos y los atormentan. A los libros, los
críticos.
VI. Libros y prostitutas en casas públicas… para
estudiantes.
VII. Libros y prostitutas: raras veces verá su
final quien los haya poseído. Suelen desaparecer antes de perecer.
VII. Qué gustosa y embusteramente cuentan los
libros y las prostitutas cómo han llegado a ser lo que son. En realidad, muchas
veces ni ellos mismos se dan cuenta. Durante años se cede a todo «por amor»,
hasta que un buen día aparece en la calle convertido en un voluminoso «corpus»
que se pone en venta, aquello que, «por amor a la causa», nunca había pasado de
ser un vago proyecto.
IX. A los libros y a las prostitutas les gusta
lucir el lomo cuando se exhiben,
X. Los libros y las prostitutas se multiplican
mucho.
XI. Libros y prostitutas: «vieja beata —joven
golfa—». ¡De cuántos libros proscritos antaño no ha de aprender hoy la
juventud!
XII. Los libros y las prostitutas ventilan sus
discusiones en público.
XIII. Libros y prostitutas: las notas al pie de
página son para aquéllos lo que, para éstas, los billetes ocultos en la media.
ARMAS Y MUNICIONES
Había llegado a Riga para visitar a una amiga. Su
casa, la ciudad, el
idioma me eran desconocidos. Nadie me esperaba,
nadie me conocía. Deambulé dos horas solo por las calles. Nunca he vuelto a
verla así. De cada portal brotaba una llamarada, cada guardacantón lanzaba
chispas, cada tranvía surgía de improviso como un coche de bomberos. Sí, bien
podía ella salir de este portal, doblar la esquina y sentarse en el tranvía. De
los dos tenía que ser yo, a toda costa, el primero en ver al otro. Pues de
haberme rozado ella con la mecha de su mirada, yo habría volado por los aires
como un depósito de municiones.
PRIMEROS AUXILIOS
De un golpe puede abarcar con la mirada un barrio
totalmente laberíntico, una red de calles que durante años había yo evitado, el
día en que un ser querido se mudó a él. Era como si en su ventana hubieran
instalado un reflector que recortara la zona con haces luminosos.
ARQUITECTURA INTERIOR
El tratado es una forma árabe. Su apariencia
externa no es discontinua ni demasiado llamativa, como corresponde a la fachada
de los edificios árabes, cuya articulación sólo comienza en el patio. Así, la
estructura articulada del tratado tampoco es perceptible desde fuera, sino que
se reveía únicamente desde dentro. Si está integrado por capítulos, éstos no
vienen titulados con palabras, sino indicados por cifras. La superficie de sus
deliberaciones no está animada pintorescamente, sino más bien recubierta por
los almocarbes de la ornamentación, que se imbrican sin solución de
continuidad. En la densidad ornamental de esta exhibición se anula la
diferencia entre argumentaciones temáticas y digresivas.
ARTÍCULOS DE ESCRITORIO Y PAPELERÍA
PLANO-PHARUS. Conozco a una mujer que es distraída.
Ahí donde yo tengo a mano los nombres de mis proveedores, el lugar donde guardo
mis documentos, las direcciones de mis amigos y conocidos, la hora de una cita,
en ella se han fijado conceptos políticos, consignas del partido, fórmulas
confesionales y órdenes. Vive en una ciudad de consignas y habita en un barrio
de términos conspiradores y hermanados, en el que cada callejuela toma partido
y cada palabra tiene por eco un grito de guerra.
PLIEGO DE DESEOS. «Una caña se yergue / para
endulzar mundos, / ¡Ojalá de mi cálamo / fluya amoroso surco!» Estos versos
siguen a Dichosa nostalgia como una perla que hubiera rodado fuera de la
madreperla abierta.
AGENDA DE BOLSILLO. Pocas cosas caracterizan tanto
al hombre nórdico como ésta: cuando ama tiene que estar, antes que nada y a
toda costa, a solas consigo mismo, contemplar primero su propio sentimiento y
disfrutar de él, antes de ir a ver a la mujer y declarárselo.
PISAPAPELES. Place de la Concorde. Obelisco. Lo que
en él se grabó hace cuatro mil años se alza hoy en el centro de la más grande
de todas las plazas. Si se lo hubieran vaticinado ¡qué triunfo para el faraón!
El primer imperio cultural de Occidente llevará un día, en su centro, el
monumento que conmemora su poderío. ¿Qué aspecto tiene, en realidad, esta
gloria? Ni una sola de las diez mil personas que pasan por aquí se detiene; ni
una sola de las diez mil personas que se detienen es capaz de leer la inscripción.
Así cumple cada fama con lo prometido, y no hay oráculo que la iguale en
astucia. Pues el inmortal está allí como este obelisco: dirige un tráfico
espiritual que bulle a su alrededor y a nadie le sirve ya la inscripción en él
grabada.
ARTÍCULOS DE FANTASÍA
Lenguaje incomparable de la calavera: la
inexpresividad total —la negrura de sus cuencas— unida a la más salvaje de las
expresiones —la sonrisa sarcástica de la dentadura.
Alguien que se cree abandonado está leyendo, y le
duele que la página que quiere pasar ya esté cortada, que ya ni siquiera ella
lo necesite.
Los regalos deben afectar al obsequiado hasta el
extremo de asustarle.
Cuando un amigo muy apreciado, culto y elegante, me
envió su nuevo libro, me sorprendí a mí mismo, en el momento de abrirlo,
arreglándome la corbata.
Quien cuida los modales, pero rechaza la mentira,
se asemeja a alguien que, si bien se viste a la moda, no lleva camisa.
Si el humo del cigarrillo en la boquilla y la tinta
de la estilográfica fluyeran con igual ligereza, yo, como escritor, estaría en
la Arcadia.
Ser feliz significa poder percibirse a sí mismo sin
temor.
AMPLIACIONES
NIÑO LEYENDO. En la biblioteca escolar te dan un
libro. El reparto se efectúa en los cursos elementales. Sólo de vez en cuando
te atreves a formular un deseo. A menudo ves con envidia cómo libros
ardientemente deseados van a parar a otras manos. Por fin te traían el tuyo.
Durante una semana quedabas totalmente a merced de los vaivenes del texto que,
suave y misterioso, denso e incesante, te iba envolviendo como un torbellino de
nieve. En él entrabas con una confianza ilimitada. ¡Silencio del libro, cuyo
poder de seducción era infinito! Su contenido no era tan importante. Pues la
lectura coincidía aún con la época en que tú mismo inventabas en la cama tus
propias historias. El niño intenta seguir sus trazas ya medio borradas. Se tapa
los oídos al leer; su libro descansa sobre la mesa, demasiado alta, y una de
las manos está siempre encima de la página. Para él, las aventuras del héroe se
han de leer todavía entre el torbellino de las letras, como figura y mensaje
entre la agitación de los copos. Respira el mismo aire de los acontecimientos,
y todos los personajes le empañan con su aliento. Entre ellos se pierde con
mucha más facilidad que un adulto. Las aventuras y las palabras intercambiadas
le afectan a un grado indecible, y, al levantarse, está enteramente cubierto
por la nieve de la lectura.
NIÑO QUE LLEGA TARDE. El reloj del patio del
colegio parece estropeado por su culpa. Da las «demasiado tarde». Y por las
puertas de las aulas ante las que él se desliza sigilosamente, llega, hasta el
pasillo, un murmullo de secretos conciliábulos. Allí detrás, maestros y alumnos
son
amigos, O bien todo guarda silencio, como en espera
de alguien. Imperceptiblemente pone su mano en el pomo. El sol inunda el lugar
donde él está. Y él profana el joven día y abre. Oye matraquear la voz del
maestro como la rueda de un molino; se halla ante la piedra de moler. El
matraqueo de la voz mantiene un ritmo, pero los mozos molineros lanzan ya toda
su carga sobre el recién llegado; diez, veinte pesados sacos vuelan hacia él, y
tiene que cargarlos hasta el banco. Cada hilo de su abriguito está cubierto de
polvo blanco. Como un alma en pena a media noche avanza haciendo ruido a cada
paso, pero nadie le ve. Una vez en su sitio, se pone a trabajar en silencio,
junto con los demás, hasta que toca la campana. Mas no encuentra dicha alguna.
NIÑO GOLOSO. Por la rendija de la despensa, apenas
entreabierta, penetra su mano como un amante en la noche. Una vez hecha a la
oscuridad, busca a tientas azúcar o almendras, pasas o confituras. Y así como
el amante abraza a su amada antes de besarla, también el tacto tiene aquí una
cita con estas golosinas antes de que la boca saboree su dulzor. ¡Con qué
zalamería se entregan la miel, los montoncillos de pasas e incluso el arroz a
esa mano! ¡Qué encuentro tan apasionado el de estos dos, libres al fin de la
cuchara! Agradecida y fogosa, como si la hubieran raptado de la casa paterna,
la mermelada de fresas se rinde sin panecillo, dejándose saborear a la
intemperie, como quien dice, y hasta la mantequilla responde con ternura a las
audacias de ese pretendiente que ha irrumpido en la alcoba de la doncella. La
mano, joven Don Juan, no tarda en penetrar en todas las celdas y aposentos,
dejando tras de sí un reguero de frascos y montoncillos derramados: virginidad
que se renueva sin quejarse.
NIÑO MONTADO EN EL TIOVIVO. La plataforma con los
solícitos animales gira casi a ras del suelo. Tiene la altura ideal para soñar
que se está volando. Ataca la música, y el niño se aleja, dando tumbos, de su
madre. Al principio tiene miedo de abandonarla. Pero luego advierte lo fiel que
es a sí mismo. Cual fiel soberano, gobierna desde su trono un mundo que le
pertenece. En la tangente, árboles e indígenas hacen calle. De pronto, en algún
oriente, reaparece la madre. De la selva virgen surge luego la copa de un árbol
tal como el niño la vio hace ya milenios, tal como acaba de verla ahora en el
tiovivo. Su animal le tiene afecto: cual mudo Arión
va el niño montado en su pez mudo, un toro-Zeus de madera lo rapta como a una
Europa inmaculada. Hace ya tiempo que el eterno retorno de todas las cosas se
ha vuelto sabiduría infantil, y la vida, una antiquísima embriaguez de dominio
con el estruendoso organillo en el centro, cual tesoro de la corona. Al tocar
éste más lentamente, el espacio empieza a tartamudear y los árboles, a volver
en sí. El tiovivo se convierte en terreno inseguro. Y aparece la madre, ese
poste tantas veces abordado, en torno al cual, el niño, al tocar tierra,
enrolla la amarra de sus miradas.
NIÑO DESORDENADO. Cada piedra que encuentra, cada
flor arrancada y cada mariposa capturada son ya, para él, el inicio de una
colección, y todo cuanto posee constituye una colección sola y única. En él
revela esta pasión su verdadero rostro, esa severa mirada india que sigue
ardiendo en los anticuarios, investigadores y bibliófilos, sólo que con un
brillo turbio y maniático. No bien ha entrado en la vida, es ya un cazador. Da
caza a los espíritus cuyo rastro husmea en las cosas; entre espíritus y cosas se
le van años en los que su campo visual queda libre de seres humanos. Le ocurre
como en los sueños: no conoce nada duradero, todo le sucede, según él, le
sobreviene, le sorprende. Sus años de nomadismo son horas en la selva del
sueño. De allí arrastra la presa hasta su casa para limpiarla, conservarla,
desencantarla. Sus cajones deberán ser arsenal y zoológico, museo del crimen y
cripta. «Poner orden» significaría destruir un edificio lleno de espinosas,
castañas que son manguales, de papeles de estaño que son tesoros de plata, de
cubos de madera que son ataúdes, de cactáceas que son árboles totémicos y
céntimos de cobre que son escudos. Ya hace tiempo que el niño ayuda a ordenar
el armario de ropa blanca de la madre y la biblioteca del padre, pero en su
propio coto de caza sigue siendo aún el huésped inestable y belicoso.
NIÑO ESCONDIDO. Ya conoce todos los escondrijos del
piso y vuelve a ellos como a una casa donde se está seguro de encontrarlo todo
como antes. Siente palpitar su corazón. Contiene la respiración. Aquí está
encerrado en el mundo de la materia, que le resulta prodigiosamente claro y se
le acerca sin palabras. Del mismo modo, sólo entiende lo que son cuerda y
madera aquel a quien van a ahorcar. El niño, de pie tras la antepuerta, se
vuelve él mismo algo
flotante y blanco, un fantasma. La mesa del comedor
bajo la cual se ha acurrucado lo transforma en el ídolo de madera del templo
cuyas columnas son las cuatro patas talladas. Y detrás de una puerta será él
mismo puerta, se la pondrá como una máscara pesada y, cual sacerdote-brujo,
hechizará a todos los que entren desprevenidos. No deberán encontrarlo en
ningún caso. Cuando hace muecas le dicen que bastaría con que el reloj diera la
hora para que él se quedara así. Lo que hay de cierto en ello lo sabe él en su
escondite. Quien lo descubra, podrá dejarlo convertido en ídolo bajo la mesa,
entretejerlo como fantasma en la cortina, para siempre, o encerrarlo de por
vida en la pesada puerta. Por eso, cuando alguien que lo anda buscando le echa
mano, él deja escapar, dando un fuerte alarido, al demonio que lo había
transformado en todo aquello para que no lo encontrasen; por eso ni siquiera
aguarda aquel momento, sino que se adelanta a él con un chillido de
autoliberación. Por eso no se cansa de luchar con el demonio. El piso es, a
todo esto, el arsenal de las máscaras. Pero una vez al año hay regalos ocultos
en lugares misteriosos, en las vacías cuencas de sus ojos, en su boca
petrificada. La experiencia mágica se vuelve ciencia. Y, como su ingeniero, el
niño deshace el encanto de la lóbrega casa paterna y busca huevos de Pascua.
ANTIGÜEDADES
MEDALLÓN. Resulta paradójica la manifestación de
todo cuanto con razón se denomina bello.
MOLINILLO DE ORACIONES. Sólo la imagen representada
mantiene vivo el deseo. Al contacto con la simple palabra, éste puede, en
cambio, prender con fuerza para luego seguir ardiendo como fuego de brasa. No
hay deseo íntegro sin representación figurativa exacta. No hay representación
sin inervación. Y la respiración es su regulador más sutil. El rumor de las
letanías es un canon de esta respiración. De ahí la práctica yoga de meditar
respirando sobre las sílabas sagradas. De ahí su omnipotencia.
CUCHARA ANTIGUA. Una cosa les está reservada a los
grandes autores épicos: poder alimentar a sus héroes.
MAPA ANTIGUO. En un amor, la mayoría busca una
patria eterna.
Otros, aunque muy pocos, un eterno viajar. Estos
últimos son melancólicos que tienen que rehuir el contacto con la madre tierra.
Buscan a quien mantenga alejada de ellos la melancolía de la patria. Y le
guardan fidelidad. Los tratados medievales sobre los humores saben de la
apetencia de viajes largos de este tipo de gente.
ABANICO. Todo el mundo habrá tenido la experiencia
siguiente: cuando se ama a una persona, incluso cuando sólo se piensa
intensamente en ella, casi no hay libro en el que no se descubra su retrato. Y
hasta se presenta como protagonista o antagonista. En los relatos, novelas y
cuentos reaparece en metamorfosis siempre nuevas. Y de esto se deduce: la
capacidad de la fantasía es el don de interpolar dentro de lo infinitamente
pequeño, de inventarle una plenitud nueva, compacta, a cada intensidad que se
traduzca en extensión; en pocas palabras, de considerar cada imagen como si
fuera la de un abanico cerrado que sólo toma aliento al desplegarse, y, en su
nueva dimensión, exhibe los rasgos de la persona amada que ocultaba en su
interior.
RELIEVE. Se está en compañía de la mujer amada, se
habla con ella. Luego, al cabo de semanas o de meses, mediando ya la
separación, vuelve a la memoria aquello de lo que entonces se habló. Y el tema
resulta esta vez trivial, disonante, superficial, y uno se da cuenta de que
sólo ella, al inclinarse sobre él por amor, lo cubría ante nosotros con su
sombra, cuidando de que la idea, como un relieve, viviera en todos los pliegues
y rincones. Si estamos solos, como ahora, quedará allí plana, sin sombra ni consuelo,
a la luz de nuestro conocimiento.
TORSO. Únicamente quien supiera contemplar su
propio pasado como un producto de la coacción y la necesidad, sería capaz de
sacarle para sí el mayor provecho en cualquier situación presente. Pues lo que
uno ha vivido es, en el mejor de los casos, comparable a una bella estatua que
hubiera perdido todos sus miembros al ser transportada y ya sólo ofreciera
ahora el valioso bloque en el que uno mismo habrá de cincelar la imagen de su
propio futuro.
RELOJES Y JOYERÍA
Quien despierto y ya vestido vea ante sí salir el
sol —durante un paseo, por ejemplo—, conservará ante todos los demás, y por el
resto del día, la soberanía de alguien que ha sido coronado con una diadema
invisible, y aquel a quien el sol haya sorprendido trabajando, tendrá la
impresión, a mediodía, de haberse puesto él mismo la corona.
Como el reloj de la vida, en el que los segundos no
hacen más que huir, pende sobre los personajes novelescos el número de páginas.
¿Qué lector no le ha echado, al menos una vez, un vistazo fugaz y angustiado?
En sueños me vi a mí mismo —profesor interino
(Privatdozent) de reciente hornada— conversando con Roethe de colega a colega
mientras recorríamos las espaciosas salas de un museo que él dirige. Mientras
él habla con un empleado, en una sala contigua, yo me acerco a una vitrina. En
ella, junto a otros objetos dispersos, sin duda más pequeños, se yergue,
reflejando la luz turbiamente, el busto metálico o esmaltado, de tamaño casi
natural, de una mujer muy parecida a la llamada Flora de Leonardo del museo de
Berlín. La boca de esta cabeza de oro está abierta y sobre los dientes de la
mandíbula inferior hay dijes y adornos que, a intervalos bien calculados,
cuelgan parcialmente hacia fuera. No tuve la menor duda de que era un reloj,
(Motivos del sueño: el rubor de la vergüenza; la hora matinal tiene oro en la
boca[1]; «La tête, avec l'amas de sa criniére sombre / Et de ses bijoux
préciéux, / Sur la table de nuit, comme une renonculc, / Repose». Baudelaire.)
LÁMPARA DE ARCO
A una persona la conoce únicamente quien la ama sin
esperanza.
LOGGIA
GERANIO. Dos personas que se aman se aferran sobre
todo a sus nombres.
CLAVEL SILVESTRE. Al que ama, el ser amado le
parece siempre un ser solitario.
ASFODELO. Detrás del que es amado se cierra el
abismo del sexo como el de la familia.
FLOR DE CACTUS. El que ama de veras se alegra
cuando, en una discusión, el ser amado no tiene razón.
NOMEOLVIDES. El recuerdo siempre ve empequeñecido
al ser amado. PLANTA DE HOJAS PERENNES. Si a la unión se opone algún
impedimento, no tarda en presentarse la ilusión de
una vida en común, carente de deseos, durante la vejez.
OFICINA DE OBJETOS PERDIDOS
OBJETOS PERDIDOS. Lo que hace tan incomparable e
irrecuperable la primera visión de una aldea o de una ciudad en medio del
paisaje es el hecho de que, en ella, la lejanía y la proximidad vibran
estrechísimamente unidas. La costumbre aún no ha culminado su labor. No bien
empezamos a orientarnos, el paisaje desaparece de golpe como la fachada de una
casa cuando entramos en ella. Aún no ha conseguido imponerse gracias a la
exploración constante, convertida en costumbre. Una vez que empezamos a
orientarnos en algún lugar, aquella imagen primera no podrá reproducirse nunca
más.
OBJETOS HALLADOS. Esa lontananza azul que no cede a
ninguna proximidad ni se diluye a medida que uno se le acerca, que tampoco se
extiende prolija y pretenciosa ante quien se aproxima, sino que sólo se yergue
frente a él más hermética y amenazadora, es la lontananza pintada de los
bastidores. Esto confiere a los decorados teatrales su carácter incomparable.
PARADA PARA NO MÁS DE TRES COCHES DE ALQUILER
Llevaba diez minutos en una parada esperando un
autobús. «L'Intran… Paris Soir… La Liberté», voceaba a mis espaldas,
ininterrumpidamente, sin alterar la cadencia, una vendedora de periódicos.
«L'Intran… Paris Soir… La Liberté»…, una celda de prisión de planta triangular.
¡Qué vacías se ofrecían a mi vista las esquinas!
Vi en sueños «una casa de mala fama». «Un hotel
donde miman un animal. Casi todos beben sólo agua de animal mimado». Estaba
soñando con estas palabras cuando me desperté sobresaltado. De puro cansancio
me había tumbado en la cama sin desvestirme y con la habitación iluminada,
durmiéndome enseguida por espacio de algunos segundos.
Hay en las grandes casas de vecindad una música de
un alborozo tan mortalmente triste que uno se resiste a creer que esté
destinada a quien la interpreta: es música para esas habitaciones amuebladas en
las que uno se sienta los domingos, absorto en pensamientos que no tardan en
adornarse con aquellas notas como una fuente de fruta excesivamente madura con
hojas marchitas.
MONUMENTO A LOS COMBATIENTES MUERTOS
KARL KRAUS. Nada más desconsolador que sus adeptos,
nada más desamparado que sus adversarios. Ningún nombre podría ser más
decorosamente honrado por el silencio. Esgrimiendo una rabiosa sonrisa dentro
de una viejísima armadura, cual ídolo chino que blande en sus dos manos sendas
espadas desenvainadas, baila la danza guerrera ante el mausoleo de la lengua
alemana. Él, que es sólo «uno de los epígonos que habitan la antigua mansión
del lenguaje», se ha convertido en el guardián de su tumba. Ante ella monta la
guardia día y noche. Nunca puesto alguno ha sido más celosamente guardado, y
ninguno ha estado nunca más perdido. En él se mantiene firme aquel que, como
una Danaide, no para de alimentarse del mar de lágrimas de sus contemporáneos
y, al igual que Sísifo, ve cómo la roca destinada a sepultar a sus enemigos se
le escapa rodando de las manos. ¿Qué hay más desvalido que su conversión? ¿Qué
más impotente que su humanitarismo? ¿Qué más desesperanzado que su lucha contra
la prensa? ¿Qué sabe él de las potencias que le son realmente aliadas? Y, no
obstante, ¿qué dones proféticos de los nuevos magos pueden compararse con la
fineza auditiva de este sacerdote-brujo, al que hasta una lengua remota le
inspira palabras? ¿Quién ha conjurado nunca un espíritu como lo ha hecho Kraus
en Los abandonados, como si Dichosa nostalgia jamás hubiera sido escrito
previamente? Con el mismo desamparo con que sólo
dejan oír su voz los espíritus le llega el vaticinio, como en un murmullo,
desde las profundidades crónicas de la lengua. Por separado, cada sonido es
incomparablemente auténtico, pero todos juntos producen perplejidad, como un
mensaje espectral. Ciego como los Manes, limitado como los espíritus que sólo
conocen la voz de la sangre y a quienes no les importa lo que puedan provocar
en el reino de los vivos, el lenguaje lo exhorta a la venganza. Pero él no puede
equivocarse. Infalibles son los mandatos del idioma. Quien cae en brazos de
Kraus, ya está juzgado: su propio nombre se vuelve condena en esa boca. Cuando
él la abre, la incolora llama de la ironía aletea en sus labios. Y que nadie
tropiece con él por los caminos de la vida. En un arcaico campo del honor
—gigantesco campo de batalla de un sangriento trabajo—, sigue rabiando frente a
un monumento funerario abandonado. Sus honras fúnebres serán inconmensurables,
las últimas que se celebren.
AVISADOR DE INCENDIOS
La idea de la lucha de clases puede inducir a
error. No se trata de una prueba de fuerza en la que se decide la cuestión de
quién vence o quién sucumbe, ni de un combate a cuyo término le irá bien al
vencedor y mal al vencido. Pensar así es disimular los hechos bajo un tinte
romántico. Pues, ya salga vencedora o sucumba en el combate, la burguesía está
condenada a perecer por las contradicciones internas que, en el curso de su
evolución, habrán de resultarle fatales. La pregunta es únicamente si perecerá
por sí misma o a manos del proletariado. Su respuesta decidirá sobre la
pervivencia o el final de una evolución cultural de tres milenios, la historia
nada sabe de la mala infinitud contenida en la imagen de esos dos luchadores
eternamente en pugna. El verdadero político sólo calcula a plazos. Y si la
abolición de la burguesía no llega a consumarse antes de un momento casi
calculable de la evolución técnica y económica (señalado por la inflación y la
guerra química), todo estará perdido. Es preciso cortar la mecha encendida
antes de que la chispa llegue a la dinamita. La intervención, el riesgo y el
ritmo del político
son cuestiones técnicas… no caballerescas.
RECUERDOS DE VIAJE
ATRANI. La escalera barroca arqueada que sube en
suave pendiente hacia la iglesia. La verja detrás de la iglesia. Las letanías
de las viejas durante el Ave María: iniciación al primer curso de la muerte. Si
uno se gira, la iglesia, como el propio Dios, colinda con el mar. Cada mañana,
la era cristiana irrumpe en la roca, pero entre las murallas de abajo la noche
sigue disgregándose en los cuatro antiguos barrios romanos. Callejuelas como
pozos de ventilación. En la plaza del mercado, una fuente. A última hora de la
tarde, mujeres a su alrededor. Luego, solitaria: chapaleteo arcaico.
MARINA. La belleza de los grandes veleros es única
en su género. Pues no sólo han conservado invariable su perfil durante siglos,
sino que aparecen en el más inmutable de todos los paisajes: en el mar,
realzados contra el horizonte.
VERSALLES, FACHADA. Es como si hubieran olvidado
este castillo allí donde, hace cientos de años, lo erigieron Par Ordre Du Roí
—y sólo por dos horas— como el decorado móvil de una féerie. De su esplendor no
se reserva nada para sí, lo entrega todo entero a ese paraje real que se cierra
con él. Ante ese telón de fondo, el paraje se transforma en el escenario donde
la monarquía absoluta era representada, en clave trágica, como ballet
alegórico. Hoy, no obstante, es sólo la pared cuya sombra se busca para gozar
de la perspectiva hacia el azul creada por Le Nôtre.
CASTILLO DE HEIDELBERG. Las construcciones cuyas
ruinas se elevan hacia el cielo resultan a veces doblemente hermosas los días
claros, cuando la mirada se cruza, a través de sus ventanas o en sus partes más
altas, con nubes que pasan. La destrucción reafirma, gracias al efímero
espectáculo que abre en el cielo, la eternidad de aquellas ruinas.
SEVILLA, ALCÁZAR. Una arquitectura que sigue el
primer impulso de la fantasía. No es interrumpida por consideraciones
prácticas. Sólo sueños y fiestas, y su realización, están previstas en los
altos salones. En ellos, baile y silencio se vuelven leitmotiv, porque todo
movimiento humano es absorbido
por el silencioso tumulto de la ornamentación,
MARSELLA, CATEDRAL. En la plaza más desierta y
soleada se alza la catedral. Todo aquí está muerto, aunque al Sur, a sus pies,
colinde con La Joliette, el puerto, y al Norte, con un barrio proletario. Lugar
de transbordo de impalpables e inescrutables mercancías, el yermo edificio se
eleva entre el malecón y los almacenes. Invirtieron en él unos cuarenta años.
Pero cuando todo estuvo listo, en 1893, lugar y tiempo se conjuraron
victoriosamente contra arquitectos y contratista, y de las riquezas del clero
surgió una gigantesca estación ferroviaria que jamás pudo ser entregada al
tráfico. En la fachada se distinguen las salas de espera del interior, donde
los viajeros de primera a cuarta clase (aunque ante Dios todos sean iguales),
apretujados entre sus bienes espirituales como entre maletas, leen, sentados,
libros de cánticos muy similares, con sus concordancias y correspondencias, a
las guías internacionales de ferrocarriles. Extractos del reglamento de tráfico
ferroviario cuelgan de las paredes como cartas pastorales; se consultan tarifas
de indulgencia para efectuar excursiones en el tren de lujo de Satanás, y, a
modo de confesionarios, hay aseos preparados donde el que acaba de llegar de un
largo viaje puede lavarse discretamente. Esta es la estación de la religión de
Marsella. De ella parten, a la hora de las misas, convoyes de coches-cama con
destino a la eternidad.
CATEDRAL DE FRIBURGO. Al más íntimo sentimiento de
pertenencia a una ciudad se hallan unidos, para sus habitantes —y también, en
el recuerdo, para el viajero que se haya detenido un tiempo en ella— el timbre
y los intervalos con que los relojes de sus torres dan las primeras campanadas.
MOSCÚ, CATEDRAL DE SAN BASILIO. Lo que la «madonna»
bizantina sostiene en brazos no es más que un muñeco de madera de tamaño
natural. Su expresión de dolor ante un Cristo cuya condición de niño queda sólo
evocada, sugerida, es más intensa que la que sería capaz de exteriorizar ante
la imagen real de un niño.
BOSCOTRECASE. Elegancia de los pinares: su techo
está construido sin entrelazamientos.
NÁPOLES, MUSEO NAZIONALE. En su sonrisa, las
estatuas arcaicas ofrecen a quien las contempla la conciencia de su cuerpo como
un niño nos
tiende las flores recién cortadas, mezcladas y sin
atar, mientras que el arte posterior anuda con mayor severidad la expresión de
los rostros, semejante a un adulto que con hierbas cortantes entrelaza el ramo
que ha de durar.
FLORENCIA, BAPTISTERIO. En el portal, la Spes de
Andrea Pisano. Sentada, alza los brazos con gesto desvalido hacia un fruto que
le resulta inalcanzable. Y sin embargo es alada. Nada más verdadero.
CIELO. En sueños salí de una casa y alcé la mirada
al cielo nocturno. Un violento resplandor emanaba de él. Pues, al estar
constelado, las figuras según las cuales se agrupa a las estrellas se hallaban
ahí, físicamente presentes. Un León, una Virgen, una Balanza y muchas otras,
compactos cúmulos de estrellas, miraban fijamente hacia la Tierra. De la Luna,
ni trazas.
ÓPTICO
En verano llama la atención la gente gorda, en
invierno, la delgada.
En primavera, con tiempo claro y soleado, se notan
los brotes del follaje; bajo la lluvia fría, las ramas aún sin hojas.
Cómo ha transcurrido una velada con invitados es
algo que, quien se quede hasta el final, podrá apreciar de una ojeada por la
posición de los platos y tazas de las copas y las fuentes.
Principio fundamental de la publicidad y del
galanteo: colocarse siete veces, septuplicado, en torno a quienes se desea
conquistar.
La mirada es el poso del hombre.
JUGUETES
PLIEGOS DE FIGURAS RECORTABLES. Como grandes
embarcaciones oscilantes, los barracones de feria han atracado a ambos lados
del muelle de piedra sobre el que se agolpa la gente. Hay veleros provistos de
altos mástiles de los que cuelgan gallardetes; vapores de cuyas chimeneas sube
humo; gabarras que mantienen largo tiempo su carga estibada. Entre ellos hay
barcos en cuyo vientre uno desaparece; sólo dejan bajar hombres,
pero a través de las escotillas se ven brazos
femeninos, velos y plumas de pavo real. En otros sitios pueden verse, en
cubierta, forasteros que parecen dispuestos a ahuyentar al público con una
música extravagante. Sin embargo, ¡con qué indiferencia es éste recibido! Uno
sube titubeando, a grandes pasos y contoneándose como por las escalerillas de
un barco, y, una vez arriba, se queda a la espera de ver todo aquello alejarse
de la orilla. Los que luego reaparecen, silenciosos y ligeramente aturdidos, han
visto su propio matrimonio surgir y desvanecerse en rojas escalas por las que
sube y baja espíritu de vino coloreado; el hombre amarillo que, en la parte
inferior, empezaba a conquistar a la mujer azul, la abandona en el extremo
superior de aquella escala. Han mirado el espejo donde el suelo acuoso se les
escurría bajo los pies a trompicones, salen al aire libre por las escaleras
mecánicas. Revuelo es lo que la flota trae al barrio: hay mujeres y chicas
casquivanas allí dentro, y todo lo comestible fue cargado en el mismísimo país
de Jauja. Uno está tan totalmente aislado por el océano que, aquí, se encuentra
con todo como por vez primera y última al mismo tiempo. Leones marinos, enanos
y perros son guardados como en un arca. Hasta el ferrocarril ha sido instalado
aquí de una vez para siempre, y en su movimiento circular atraviesa todo el
tiempo un túnel. Por unos días el barrio se ha convertido en la ciudad
portuaria de una isla del Mar del Sur, y sus habitantes en salvajes que, ahítos
de estupor y deseo, se desvanecen ante todo lo que Europa arroja a sus pies.
BLANCOS. Habría que describir, reuniéndolos en un
corpus, los paisajes de las barracas de tiro al blanco. Veíase un desierto de
hielo del cual emergían, en muchos sitios, cabezas de pipas de barro blancas,
puntos de mira dispuestos como haces de rayos. Detrás, ante una franja
inarticulada de bosque, había dos guardabosques pintados al óleo, y en primer
plano, como, piezas de quita y pon, dos sirenas de provocadores pechos. En otro
lado se erizan pipas en el pelo de mujeres que raras veces van pintadas con faldas
y más bien llevan mallas. O bien surgen de algún abanico que ellas abren en la
mano. Hay pipas móviles que giran lentamente al fondo de los Tirs aux pigeons,
Otros barracones ofrecen teatros en; los que el espectador dirige la
representación con la escopeta. Si da en el blanco, empieza la función. Una vez
había treinta y seis cajas, y sobre el marco del escenario estaba escrito lo
que se esperaba que hubiera detrás: Jeanne d'Arc en
prison, L’hospitalité, Les rues de Paris. En otro barracón: Exécution capitale.
Ante el portón cerrado, una guillotina, un juez en toga negra y un sacerdote
sosteniendo un crucifijo. Si el tiro es válido, se abre el portón y avanza una
plataforma de madera en la que se ve al delincuente entre dos esbirros. Éste se
coloca automáticamente bajo la guillotina y le cortan la cabeza. Lo mismo: Les
délices du mariage. Un mísero interior se ofrece al espectador. Se ve al padre
en el centro de la habitación; en sus rodillas sostiene a un niño, y con la
mano libre mece una cuna en la que hay otro, echado. L'enfer: cuando se abren
sus puertas, se ve un diablo que tortura a un alma en pena. A su lado, otro
empuja a un fraile en un caldero donde los condenados deberán cocerse a fuego
lento. Le bagne: un portón, y ante él, un carcelero que tira de una campana
cuando se ha dado en el blanco. Ésta suena y se abre el portón. Se ve a dos
presidiarios moviendo una gran rueda; parecen tener que girarla. Y de nuevo
otra constelación: un violinista con su oso bailarín. Uno dispara y el arco del
violín se mueve. El oso golpea el bombo con una zarpa y levanta una pata.
Imposible no pensar en el cuento del sastrecillo valiente; también cabría
imaginarse a la Bella Durmiente despertada por un tiro, a Blanca Nieves
liberada de la manzana por un disparo y a Caperucita Roja salvada por otro.
Como en un cuento de hadas, el disparo irrumpe en la existencia de los muñecos
con esa violencia redentora que arranca a los monstruos la cabeza del tronco y
revela su condición de princesas. Como en aquel gran portal sin letrero: si se
ha apuntado bien, el portón se abre y, ante cortinas de pana roja, un moro
parece esbozar una ligera reverencia. Sostiene una fuente de oro. En ella hay
tres frutas. Se abre la primera, y en su interior se inclina una figurilla
minúscula. En la segunda, dos muñecos igualmente minúsculos bailan girando
sobre sí mismos. (La tercera no se abrió.) Debajo, frente a la mesa sobre la
cual se alza el resto del decorado, un pequeño jinete de madera con la
inscripción:. Route minée. Si se da en el blanco, se oye un estallido y el
jinete da una voltereta con su caballo, quedando, por supuesto, sentado encima
de él.
ESTEREOSCOPIO. Riga. El mercado diario, la
apretujada ciudad de casuchas de madera bajas se extiende por el malecón, un
dique de piedra ancho y sucio, sin almacenes, siguiendo el curso del Duina.
Pequeños
vapores, cuya chimenea apenas sobrepasa el muro del
muelle, han atracado en la liliputiense y negruzca ciudad (los barcos más
grandes están fondeados Duina abajo). Sucios tablones constituyen el fondo
arcilloso sobre el cual, brillando en el aire frío, se difuminan unos cuantos
colores. En algunas esquinas pueden verse todo el año, junto a puestos de
pescado, carne, botas y ropa, mujeres de la pequeña burguesía con esas varillas
de papel coloreado que sólo por Navidad suelen llegar hasta Occidente. Ser reñido
por la voz que más se ama: así son esas varillas. Por pocos céntimos, azotes
multicolores. Al final del malecón, entre barreras de madera y a sólo treinta
pasos del agua, se alza el mercado de manzanas con sus montañas rojiblancas.
Las manzanas por vender se esconden entre la paja, y las ya vendidas, sin paja,
en las cestas de las amas de casa. Al fondo se eleva una iglesia de color rojo
oscuro que, en el aire fresco de noviembre, no puede competir con las mejillas
de las manzanas. Varias tiendas de accesorios náuticos en casitas diminutas, no
lejos del malecón. En ellas han pintado amarras. Por todas partes se ven
mercancías pintadas en letreros o pintarrajeadas en las paredes de las casas.
En su pared de ladrillos sin enlucir, una tienda de la ciudad ofrece maletas y
correas de tamaño superior al natural. Otra, de corsetería y sombreros de
mujer, situada en una casa baja, que hace esquina, ha pintado, sobre un fondo
amarillo ocre, acicalados rostros femeninos y rígidos corpiños. En la esquina
de enfrente se alza una farola que muestra algo parecido en sus cristales. El
conjunto parece la fachada de un burdel de fantasía. En otra casa, que tampoco
está lejos del puerto, se ven sacos de azúcar y carbón de color gris y negro
sobre una pared gris. En otro lugar hay representadas cornucopias de las que
llueven zapatos. Varios artículos de ferretería —martillos, ruedas dentadas,
alicates y tornillos diminutos— han sido pintados con todo detalle en un
letrero que parece un modelo de esos antiguos álbumes infantiles para colorear.
La ciudad está llena de imágenes similares, como extraídas de cajones. Pero en
medio se alza un gran número de edificios altos y tristísimos, con aspecto de
fortificaciones, que evocan todos los horrores del zarismo.
EXCLUIDO DE LA VENTA. Gabinete mecánico en la feria
de Lucca. Una tienda de campaña alargada y simétricamente distribuida alberga
la exposición. Varios escalones conducen a ella. Una mesa y algunos muñecos
inmóviles sirven de cartel anunciador. Por la
abertura derecha se entra en la tienda, y se vuelve a salir por la izquierda.
En el interior iluminado, dos mesas avanzan hacia el fondo. Se tocan por el
borde longitudinal interno, de suerte que sólo queda un espacio estrecho para
circular. Ambas mesas son bajas y están recubiertas de cristal. Encima se ven
los muñecos (de una media de veinte a veinticinco centímetros de altura),
mientras que de la parte inferior, oculta, llega el tictac del mecanismo de relojería
que acciona a los autómatas. Una pequeña pasarela para niños bordea las dos
mesas. De las paredes cuelgan espejos deformantes. Cerca de la entrada se ven
personajes principescos. Cada uno hace algún movimiento: éste un amplio gesto
de invitación con el brazo derecho o izquierdo, aquéllos desvían sus miradas de
cristal, otros revuelven los ojos al tiempo que mueven los brazos. Allí están
Francisco José, Pío IX en su trono, flanqueado por dos cardenales, la reina
Elena de Italia, la sultana, Guillermo I a caballo, Napoleón III en pequeño y,
en más pequeño aún, Vittorio Emmanuele de príncipe heredero. Siguen figurillas
bíblicas; luego, la Pasión. Herodes ordena la matanza de los inocentes con
variados movimientos de cabeza. Abre mucho la boca e inclina la cabeza, estira
el brazo y lo deja caer nuevamente. Delante de él hay dos verdugos: uno de
ellos haciendo girar en el vacío su cortante espada, con un niño decapitado
bajo el brazo, el otro, a punto de asestar el golpe, permanece inmóvil y se
limita a girar los ojos. Y al lado, dos madres: una moviendo suavemente y sin
parar la cabeza como una desconsolada, la otra alzando lentamente los brazos en
gesto implorante.—La Crucifixión. La cruz está en el suelo. Los verdugos fijan
los clavos. Cristo mueve la cabeza. Cristo crucificado prueba la esponja
embebida en vinagre que un soldado le tiende lentamente, a intervalos, y luego
retira de golpe. El Salvador levanta ligeramente la barbilla. Desde atrás, un
ángel se inclina sobre la cruz con el cáliz destinado a recibir la sangre, lo
acerca y luego, como si estuviera lleno, lo retira.—La otra mesa muestra
cuadros de costumbres. Gargantúa ante un plato de albóndigas. Se las lleva a la
boca con ambas manos, alzando alternativamente ora el brazo derecho, ora el
izquierdo. Las dos manos sostienen sendos tenedores en los que hay una
albóndiga ensartada.-Una joven hilandera alpina.—Dos monos tocando el
violín.-Una mago tiene
delante dos recipientes en forma de tonel. Se abre
el de la derecha y de él surge el busto de una dama. Pero se esconde enseguida.
Se abre el de la izquierda: de él emerge hasta la mitad el cuerpo de un hombre.
Se vuelve a abrir el recipiente, de la derecha y esta vez aparece un cráneo de
macho cabrío con el rostro de la dama entre sus cuernos. Acto seguido se abre
el de la izquierda: surge un mono en vez del hombre. Luego todo vuelve a
empezar desde el principio.—Otro mago: tiene ante sí una mesa y en cada mano
sostiene una copa invertida. Cuando las levanta alternativamente, aparecen
debajo tan pronto un panecillo o una manzana, como una flor o un dado.—La
fuente mágica: de pie ante una fuente, un joven campesino sacude la cabeza. Una
muchacha tira de la palanca y un grueso y continuo chorro de cristal fluye por
el caño de la fuente.—Los amantes embrujados: un zarzal o una llama. dorados se
abren en dos mitades. En su interior se ven dos muñecos. Giran la cabeza el uno
hacia el otro y luego la apartan como si se miraran entre asombrados y
perplejos. Debajo de cada figura, un papelito con el título. Todo fechado en
1862.
POLICLÍNICA
El autor coloca la idea sobre la mesa de mármol del
café. Larga reflexión: pues aprovecha el tiempo en que aún no tiene delante el
vaso, esa lente con la cual examina al paciente. Luego saca poco a poco su
instrumental; estilográfica, lápiz y pipa. La masa de clientes, dispuesta como
en un anfiteatro, constituye el público de su hospital. E1 café, servido y
degustado previsoramente, sumerge la idea en cloroformo. Aquello que tiene en
mente tiene tan poco que ver con el asunto mismo como el sueño de un anestesiado
con la intervención quirúrgica. En los cautelosos lineamientos de la letra
manuscrita se practican cortes; ya en el interior, el cirujano desplaza
acentos, cauteriza las excrecencias verbales e intercala algún extranjerismo
como una costilla de plata. Por último, la puntuación le cose todo con finas
suturas y él remunera al camarero, su asistente, en metálico.
SE ALQUILAN ESTAS SUPERFICIES
Insensatos quienes lamentan la decadencia de la
crítica. Porque su hora sonó hace ya tiempo. La crítica es una cuestión de
justa distancia. Se halla en casa en un mundo donde lo importante son las
perspectivas y visiones de conjunto y en el que antes aún era posible adoptar
un punto de vista. Entretanto, las cosas han arremetido con excesiva virulencia
contra la sociedad humana. La «imparcialidad», la «mirada objetiva» se han
convertido en mentiras, cuando no en la expresión, totalmente ingenua, de la pura
y simple incompetencia.
La mirada hoy por hoy más esencial, la mirada
mercantil, que llega al corazón de las cosas, se llama publicidad. Aniquila el
margen de libertad reservado a la contemplación y acerca tan peligrosamente las
cosas a nuestros ojos como el coche que, desde la pantalla del cine, se
agiganta al avanzar, trepidante, hacia nosotros. Y así como el cine no ofrece a
la observación crítica los muebles y fachadas en su integridad, sino que sólo
su firme y caprichosa inmediatez es fuente de sensaciones, también la verdadera
publicidad acerca vertiginosamente las cosas y tiene un ritmo que se
corresponde con el del buen cine. De este modo la «objetividad» ha sido dada
definitivamente de baja, y frente a las descomunales imágenes visibles en las
paredes de las casas, donde el «Chlorodont» y el «Sleipnir» para gigantes se
hallan al alcance de la mano, la sentimentalidad recuperada se libera a la
americana, como esas personas a las que nada mueve ni conmueve aprenden a
llorar nuevamente en el cine. Al hombre de la calle, sin embargo, es el dinero
lo que le aproxima de este modo las cosas y establece el contacto decisivo con
ellas. Y el crítico remunerado que trafica con cuadros en la galería de arte
del marchante sabe sobre ellos cosas, si no mejores, al menos más importantes que
el aficionado que los ve en el escaparate. La calidez del tema se le revela y
lo pone sentimental. ¿Qué es, en definitiva, lo que sitúa a la publicidad tan
por encima de la crítica? No lo que dicen los huidizos caracteres rojos del
letrero luminoso, sino el charco de fuego que los refleja en el asfalto.
ARTÍCULOS DE OFICINA
El despacho del jefe rebosa de armas. Lo que bajo
una apariencia de confort seduce al que entra es, en realidad, un arsenal
camuflado, Sobre el escritorio, un teléfono suena a cada instante. Le corta a
uno la palabra en el momento crucial, dando tiempo al que tiene enfrente de
preparar su respuesta. Entretanto, fragmentos de la conversación permiten ver
cuántos asuntos son allí tratados, todos más importantes que el que está
esperando turno. Uno se dice esto y empieza a desistir de su propio punto de vista.
Comienza a preguntarse de quién estarán hablando, escucha con terror que el
interlocutor viaja a Brasil al día siguiente y muy pronto se solidariza a tal
punto con la empresa que la jaqueca de la que el otro se queja por teléfono es
calificada de lamentable contratiempo para el negocio (en vez de como una
suerte). La hayan llamado o no, entra la secretaria. Es muy guapa. Y, ya esté
su patrón inmunizado contra sus encantos, ya sepa hace tiempo, como admirador,
a qué atenerse con ella, el recién llegado la mirará más de una vez y ella
sabrá cómo agenciarse el agradecimiento de su jefe. El personal está en acción,
sirviéndole ficheros en los que el invitado se sabe inscrito bajo las más
diversas rúbricas. Comienza a cansarse. Pero el otro, que tiene la luz a sus
espaldas, lee satisfecho ese cansancio en los rasgos de la cara cegada por la
fuerte iluminación. También el sillón surte su efecto; uno se ha retrepado
profundamente en él como en el del dentista y acaba considerando el penoso
procedimiento como el curso normal y ordinario de las cosas. Una liquidación
seguirá también, tarde o temprano, a este tratamiento.
PAQUETES POSTALES: EXPEDICIÓN Y EMBALAJE
Muy de mañana atravesaba Marsella en coche, rumbo a
la estación, y a medida que en el trayecto me salían al paso sitios conocidos,
o nuevos, desconocidos, o bien otros de los que sólo guardaba un vago recuerdo,
la ciudad se transformó en un libro que tenía entre mis manos y al que aún eché
un par de ojeadas rápidas antes de que desapareciera de mi vista en el baúl del
desván, por quién sabe cuánto tiempo.
¡CERRADO POR OBRAS!
Soñé que me quitaba la vida con un fusil. Cuando
salió el disparo, no me desperté, sino que me vi yacer, un rato, como un
cadáver. Sólo entonces me desperté.
RESTAURANTE AUTOMÁTICO "AUGIAS"
Ésta es la objeción más fuerte contra el modo de
vida de un solterón: que hace sus comidas solo. Comer a solas vuelve fácilmente
hosca y dura a la gente. Quien tenga por costumbre hacerlo, ha de vivir
espartanamente para no degenerar. Aunque sólo fuera por eso, los ermitaños se
alimentaban con frugalidad. Pues sólo en comunidad se hace justicia a la
comida, que para probar bien exige ser compartida y repartida. No importa con
quién: antiguamente, un mendigo a la mesa enriquecía cualquier comida. Lo que importa
es el dar y el compartir, no la conversación mundana de los comensales. Es
asombroso comprobar, por otra parte, cómo la sociabilidad se torna crítica sin
alimentos. La hospitalidad nivela y une. El conde de Saint-Germain se mantenía
sobrio ante las mesas llenas y de esta forma dominaba la conversación. Pero
allí donde cada cual se va con el estómago vacío, surgen las rivalidades y su
secuela de riñas.
TIENDA DE SELLOS
A quien revisa atados de correspondencia vieja, un
sello retirado de la circulación hace ya tiempo y pegado en algún sobre frágil,
le dirá a menudo más que docenas de páginas leídas. A veces aparecen pegados en
postales y uno no sabe si despegarlos o guardar tal cual la tarjeta postal,
como la hoja de algún antiguo gran maestro que tuviera en la cara y al dorso
dos dibujos distintos e igualmente valiosos. Hay también, en las vitrinas de
ciertos cafés, cartas que tienen la conciencia sucia y se hallan expuestas, en
la picota, a las miradas de todo el mundo. ¿O acaso las han deportado y deben
languidecer en
aquella vitrina año tras año, sobre un Salas y
Gómez[2] de cristal? Las cartas que llevan mucho tiempo sin abrir adquieren
cierto aire brutal; son desheredadas que malignamente y en silencio, traman
venganza por sus largos días de sufrimiento. Muchas de ellas serán más tarde,
en los escaparates de las tiendas de sellos, los sobres con sello impreso
estigmatizados por matasellos a lo ancho y largo de su superficie.
Hay, como se sabe, coleccionistas que sólo se
interesan por los sellos usados, y uno creería fácilmente que son los únicos
que han logrado penetrar el secreto. Se aferran a la parte oculta del sello: el
matasellos. Porque el matasellos es su lado nocturno. Los hay solemnes, que
dibujan una aureola sobre la cabeza de la reina Victoria, y proféticos, que
ciñen a Humberto [3] la corona del martirio. Pero ninguna fantasía sádica se
aproxima al negro procedimiento que cubre de estrías los rostros y, como un terremoto,
abre grietas en la superficie de continentes enteros. Y el placer perverso que
produce el contraste entre el cuerpo ultrajado del sello y su blanco vestido de
tul, guarnecido de encajes: el dentado. Quien ande tras los matasellos deberá
poseer, como detective, la filiación de las oficinas de correos más
sospechosas, como arqueólogo, el arte de completar el torso de los más ignotos
topónimos, y, como cabalista, el inventario de las fechas de todo un siglo.
Los sellos abundan en numeritos, letras diminutas,
hojas y ocelos minúsculos. Son tejidos celulares gráficos. Y todo ese
hormigueante entrevero sigue viviendo, como los animales inferiores, incluso
despedazado. Por eso se forman imágenes tan vivas y sugerentes al pegar juntos
trocitos de sellos. En éstos, sin embargo, la vida conserva siempre un rasgo de
putrefacción, como signo de que resurge a partir de trozos muertos. Sus
retratos y grupos obscenos aparecen repletos de osamentas y amasijos de gusanos.
¿Se quiebra tal vez en la gama cromática de las
series largas la luz de algún sol exótico? ¿Capturarían acaso en los correos
centrales de los Estados Pontificios o de Ecuador rayos que nosotros no
conocemos? ¿Y por qué no se nos muestran los sellos de planetas más felices?
¿Los mil matices de rojo encendido que circulan en Venus? ¿Y los cuatro grandes
valores grises de
Marte? ¿Y los sellos sin cifras de Saturno?
En los sellos, países y mares son sólo las
provincias, los reyes son simples mercenarios de las cifras que, a discreción,
derraman sobre ellos sus colores. Los álbumes de sellos son obras de consulta
mágicas, en las que se registran los números de los monarcas y palacios, de los
animales, alegorías y Estados. El tráfico postal reposa en la armonía de esos
números como el movimiento de los planetas, en las armonías de los números
celestes.
Viejos sellos de diez céntimos que en su óvalo
muestran sólo una o dos grandes cifras. Se asemejan a esas primeras fotos desde
las cuales nos miran, en sus marcos barnizados de negro, antepasados a los que
nunca conocimos: tías abuelas o bisabuelos cifrados. También Thurn und Taxis
[4] tiene grandes cifras en sus sellos, que parecen números de taxímetros
embrujados. No sería nada extraño ver, una noche, la luz de una vela brillar
detrás de ellos. Pero también hay pequeños sellos sin dentado, ni mención de moneda
o de país. En la tupida telaraña llevan tan sólo un número. Son quizá los
verdaderos «parias».
Los rasgos de escritura en los sellos de piastra
turcos son como el alfiler demasiado llamativo y destellante que adorna
oblicuamente la corbata de un taimado comerciante de Constantinopla,
europeizado sólo a medias. Son de la raza de los advenedizos postales, aquellos
formatos grandes y chillones, de dentado imperfecto, de Nicaragua o de
Colombia, que con su atuendo pretenden dárselas de billetes de banco.
Los sellos de sobretasa son los espíritus entre los
sellos postales. No se modifican. El cambio de monarcas y de formas de gobierno
pasa sin rozarlos como si fueran espectros, y no dejan huellas.
El niño mira hacia la remota Liberia a través de
unos gemelos de teatro que sostiene al revés: allí está, tras su franjita de
mar, con sus palmeras, tal como la muestran los sellos. Navega con Vasco de
Gama alrededor de un triángulo que es isósceles como la esperanza y cuyos
colores cambian según el tiempo. Prospecto de viaje del cabo de Buena
Esperanza. El cisne que se ve en los sellos australianos será siempre, incluso
en los valores azules, verdes y marrones, el cisne negro que sólo existe en
Australia y aquí se desliza sobre las aguas de un estanque como sobre el más
pacífico de los océanos.
Los sellos son las tarjetas de visita que los
grandes Estados dejan en la habitación de los niños.
Como Gulliver recorre el niño países y pueblos de
sus sellos postales. La geografía e historia de los liliputienses, la ciencia
entera del diminuto pueblo con todos sus nombres y números le es explicada en
sueños. Participa en sus asuntos, asiste a sus purpúreas asambleas, presencia
la botadura de sus barquitos y celebra jubileos con sus testas coronadas que,
detrás de setos vivos, reinan solemnemente en sus tronos.
Hay, como se sabe, un lenguaje de los sellos que es
al lenguaje de las flores lo que el alfabeto Morse al escrito. Pero ¿cuánto
tiempo vivirá aún la florescencia entre los postes telegráficos? ¿No son ya los
grandes sellos artísticos de la posguerra, con sus intensos colores, los ásters
y las dalias otoñales de esta flora? Stephan [5], un alemán —que no por azar
fue contemporáneo de Jean Paul—, plantó aquella simiente en la estival mitad
del siglo XIX. No sobrevivirá al XX.
SI PARLA ITALIANO
Una noche estaba sentado en un banco, presa de
violentos dolores. En otro, enfrente del mío, tomaron asiento dos muchachas.
Parecían querer decirse cosas íntimas y empezaron a cuchichear. Fuera de mí no
había nadie en las inmediaciones, y, por muy alto que hubieran hablado, yo no
habría entendido su italiano. Pero el caso es que, frente a ese bisbiseo
inmotivado en una lengua para mí inaccesible, no pude librarme de la sensación
de que me estaban aplicando un vendaje fresco en la zona dolorida.
ASISTENCIA TÉCNICA
Nada hay más pobre que una verdad expresada tal
como se pensó. En un caso así, ponerla por escrito no equivale ni siquiera a
una mala fotografía. Además, la verdad (como un niño, como una mujer que no nos
ama) se niega a quedarse tranquila y sonreír ante el objetivo de la escritura
cuando nosotros
nos acomodamos bajo el paño negro. Bruscamente,
como de golpe quiere ser arrancada de su ensimismamiento y sobresaltada por
alborotos, música o gritos de auxilio. ¿Quién querría contar las señales de
alarma con las que está equipado el interior del verdadero escritor? Y
«escribir» no significa otra cosa que ponerlas en funcionamiento. Entonces la
dulce odalisca pega un salto, agarra lo primero que cae en sus manos en el
desorden de su alcoba, nuestra caja craneana, se envuelve en ello, y huye así
de nosotros, casi irreconocible, hacia la gente. Pero ¡qué bien constituida ha
de estar, y qué salud tan sólida la suya para presentarse entre ellos así,
disfrazada, acosada, aunque victoriosa y adorable!
QUINCALLA
En mi trabajo, las citas son como salteadores de
caminos que irrumpen armados y despojan de su convicción al ocioso paseante.
El asesinato de un criminal puede ser moral…, su
legitimación, jamás. Dios cuida de la nutrición de todos los hombres, y el
Estado, de su
desnutrición.
La expresión de quienes se pasean en las
pinacotecas revela una mal disimulada decepción por el hecho de que en ellas
sólo haya cuadros colgados.
ASESORAMIENTO FISCAL
No hay duda: existe una correlación secreta entre
la medida de los bienes y la medida de la vida, quiero decir, entre dinero y
tiempo. Cuanto más fútilmente esté ocupado el tiempo de una vida, tanto más
frágiles, proteicos y heterogéneos serán sus momentos, mientras que el gran
período caracteriza la existencia del hombre superior. Muy justamente propone
Lichtenberg hablar de «empequeñecimiento», en lugar de «acortamiento» del
tiempo, y observa que: «Un par de docenas de millones de minutos hacen una vida
de cuarenta y cinco años y algo más». Allí donde una docena de millones de
unidades de la
moneda en curso no valga absolutamente nada, la
vida, para parecer respetable como suma, tendrá que ser medida en segundos, en
vez de en años. Y de acuerdo con eso, será despilfarrada, como un fajo de
billetes: Austria no logra perder la costumbre de calcular en coronas.
El dinero y la lluvia van juntos. El tiempo
meteorológico es un índice del estado de este mundo. La beatitud no tiene nubes
ni sabe de climas. También llegará el imperio sin nubes de los bienes
perfectos, sobre los que no lloverá dinero alguno.
Debería hacerse un análisis descriptivo de los
billetes de banco. Un libro cuya ilimitada fuerza satírica sólo tuviera su
igual en la fuerza de su objetividad. Pues en sitio alguno adopta el
capitalismo, dentro de su sacrosanta seriedad, un aire más ingenuo que en estos
documentos. Esos niños inocentes que juguetean alrededor de las cifras,
aquellas diosas que sostienen las Tablas de la Ley o esos héroes maduros que
envainan su espada ante las unidades monetarias constituyen un mundo de por sí,
arquitectura para la fachada del infierno. De haber visto Lichtenberg difundido
el papel moneda, el plan de esta obra no se le habría escapado.
PROTECCIÓN LEGAL PARA INDIGENTES
EDITOR: Mis expectativas se han visto seriamente
defraudadas. Sus cosas no tienen ningún impacto en el público; no atraen lo más
mínimo. Y eso que no he escatimado en la presentación. Me he arruinado con los
gastos de publicidad.—Ya sabe cuánto le aprecio, ahora igual que antes. Pero no
podrá tomarme a mal que mi conciencia comercial también empiece a alarmarse. Si
hay alguien que hace lo que puede por sus autores soy yo. Pero en fin de
cuentas también tengo mujer e hijos que mantener. No quiero decir, desde luego,
que le guarde rencor por las pérdidas de los últimos años. Pero sí me quedará
un amargo sentimiento de desilusión. Lamentablemente, por ahora me es imposible
seguir ayudándole.
AUTOR: ¡Pero oiga! ¿Y usted por qué se hizo editor?
Lo averiguaremos de inmediato. Pero antes permítame decirle una cosa: yo figuro
en su archivo con el número 27. Usted ha editado cinco libros míos; es decir,
ha apostado
cinco veces por el 27. Lamento que el 27 no
saliera. Por lo demás, sólo me ha apostado cheval. Simplemente porque estoy
junto a su número de la suerte, el 28.—Por qué se hizo usted editor, pues ya lo
sabe. Igual hubiera podido abrazar una profesión honesta, como su señor padre.
Pero eso de vivir al día…, así es la juventud. Siga con sus costumbres de
siempre. Pero evite hacerse pasar por un honrado comerciante. Y no ponga cara
de inocente si lo pierde todo jugando; no me venga ahora con su jornada laboral
de ocho horas ni las noches en que apenas logra descansar. «Sobre todo una
cosa, hijo mío: ¡sé fiel y sincero!» ¡Y no le monte escenas a sus números! ¡O
acabarán echándole!
TIMBRE DE NOCHE PARA AVISAR AL MÉDICO
La satisfacción sexual desliga al hombre de su
secreto, que no reside en la sexualidad, pero que en su satisfacción, y quizá
sólo en ella, es truncado, no resucito. Hay que compararlo al lazo que lo liga
a la vida. La mujer lo corta, y el hombre queda libre para la muerte porque su
vida ha perdido el secreto. De este modo vuelve a nacer, y así como la amada lo
libera del hechizo de la madre, la mujer lo desliga más literalmente de la
madre tierra; es la comadrona que corta ese cordón umbilical entretejido con el
secreto de la naturaleza.
MADAME APIANE, SEGUNDO PATIO A LA IZQUIERDA
Quien interroga adivinas para conocer el futuro
revela, sin saberlo, un conocimiento íntimo de lo venidero mil veces más
preciso que todo cuanto pueda escuchar de boca de ellas. Lo guía más la inercia
que la curiosidad, y nada se parece menos a la resignada torpeza con la que
asiste a la revelación de su destino que la maniobra veloz y peligrosa con que
el valiente afronta el futuro. Pues la presencia de ánimo es la quintaesencia
de este futuro; captar exactamente lo que está sucediendo en el lapso de un segundo
es más decisivo que conocer con antelación futuros remotísimos. Presagios,
presentimientos y señales atraviesan día y noche nuestro organismo como series
de ondas.
Interpretarlas o utilizarlas, ésta es la cuestión.
Ambas cosas son incompatibles. La cobardía y la pereza aconsejan lo primero, la
lucidez y la libertad, lo segundo. Pues antes de que una profecía o advertencia
semejante se convierta en algo mediatizable, palabra o imagen, ya se habrá
extinguido lo mejor de su fuerza, esa fuerza con la que da de lleno en nuestro
centro, obligándonos —apenas sabemos cómo— a actuar en función de ella. Si la
desatendemos, entonces —y sólo entonces— se descifrará por sí misma. La leemos.
Pero ya es demasiado tarde. De ahí que cuando un incendio estalla de improviso
o de un cielo despejado llega la noticia de una muerte, surja, en el primer
momento de terror mudo, un sentimiento de culpa unido al vago reproche: ¿Acáso
no lo sabías ya, en el fondo? La última vez que hablaste del muerto, ¿no tenía
ya su nombre una sonoridad distinta en tus labios? Ese ayer-noche cuyo lenguaje
sólo ahora entiendes ¿no te hacía acaso señas desde las llamas? Y si se pierde
un objeto al que querías ¿no había ya en torno a él —horas, días antes— un halo
fatídico de burla o de tristeza? Como los rayos ultravioleta, el recuerdo
muestra a cada cual, en el libro de la vida, una escritura que, invisible, iba
ya glosando el texto a modo de profecía. Pero no se intercambian impunemente
las intenciones ni se confía la vida aún no vivida a cartas, espíritus y
estrellas que la disipan y malgastan en un instante para devolvérnosla
profanada; no se le escamotea impunemente al cuerpo su poder para medirse con
los hados en su propio terreno y salir victorioso. El instante equivale a las
Horcas Caudinas bajo las cuales el destino se doblega ante él. Transformar la
amenaza del futuro en un ahora pleno, este milagro telepático —el único
deseable—, es obra de una presencia de ánimo corpórea. Los tiempos primitivos,
en los que un comportamiento semejante formaba parte de la economía doméstica
del hombre día a día, le ofrecían en el cuerpo desnudo el instrumento más
fiable para la adivinación. La Antigüedad conocía aún la verdadera praxis, y es
así como Escipión, al pisar suelo de Cartago, da un traspiés y exclama,
abriendo desmesuradamente los brazos, la fórmula de la victoria: Temo te, terra
africana! Lo que pudo haber sido signo funesto, imagen de la desgracia, él lo
ata corporalmente al instante y se convierte a sí mismo en factótum de su
cuerpo. Y es precisamente en esto donde las antiguas prácticas ascéticas del
ayuno, la continencia y la vigilia han
celebrado, desde siempre, sus mayores triunfos. El
día yace cada mañana sobre nuestra cama como una camisa recién lavada; el
tejido incomparablemente delicado, incomparablemente denso de un vaticinio
limpio, nos sienta como de molde. La dicha de las próximas veinticuatro horas
dependerá de que sepamos hacerlo nuestro al despertarnos.
MÁSCARAS-GUARDARROPA
Quien transmite la noticia de una muerte se ve a sí
mismo muy importante. Su sensación le convierte —en contra incluso de cualquier
lógica— en mensajero del reino de los muertos. Pues la comunidad de los muertos
es tan gigantesca que hasta quien sólo anuncia una muerte, advierte su
presencia. Ad plures ire significaba, para los antiguos romanos, morir.
En Bellinzona me puse a observar a tres religiosos
en la sala de espera de la estación. Estaban sentados en un banco colocado casi
enfrente de mi asiento. Me fijé, fascinado, en los gestos del que estaba en
medio y se distinguía de sus hermanos por una capucha roja. Les hablaba
manteniendo las manos juntas en el regazo y sólo de vez en cuando alzaba y
movía muy poco una u otra. Pensé: la mano derecha debe saber siempre lo que
hace la izquierda.
¿Quién no se ha sorprendido alguna vez al salir del
metro al aire libre y verse caminando, arriba a plena luz del sol? Y, sin
embargo, el sol brillaba con la misma claridad unos minutos antes, cuando él
bajó. Así de rápido ha olvidado qué tiempo hacía en el mundo de arriba. Y éste,
a su vez, lo olvidará con igual rapidez. Pues, ¿quién puede decir de su
existencia algo más que esto: que ha pasado por la vida de dos o tres personas
con la misma dulzura y proximidad con que va cambiando el tiempo?
En Shakespeare y en Calderón, las batallas ocupan
continuamente el último acto, y los reyes, príncipes, escuderos y séquitos
«entran en escena huyendo». El instante en que se vuelven visibles a los
espectadores los hace detenerse. El escenario da la voz de alto a la huida de
los personajes del drama. Su ingreso en el campo visual de quienes no
participan en la acción y están realmente por encima de ellos, permite tomar
aliento a esos abandonados
a su suerte y los envuelve en una atmósfera nueva.
Por eso la entrada en escena de los que llegan «huyendo» tiene su significado
oculto. En la lectura de esta indicación entra en juego la esperanza de un
lugar, de una luz o de unas candilejas en las que nuestra huida por la vida
también quede a salvo de observadores extraños.
OFICINA DE APUESTAS MUTUAS
La existencia burguesa es el régimen de los asuntos
privados. Cuanto más importante y rico en consecuencias sea un tipo de
conducta, tanto más lo eximirá aquélla de todo control. Profesión de fe
política, situación financiera, religión…, todo esto quiere ocultarse, y la
familia es la madriguera tenebrosa y pútrida en cuyos escondrijos y rincones
han arraigado los instintos más mezquinos. El filisteísmo proclama la
privatización total de la vida amorosa. De ahí que cortejar se haya convertido,
para él, en un proceso mudo y obstinado que se realiza sin testigos, y este
galanteo totalmente privado, exento de cualquier responsabilidad, es lo
realmente nuevo en el «flirteo». En cambio, el tipo proletario y el feudal se
asemejan en que el galanteo es para ellos mucho menos una victoria sobre la
mujer que sobre sus rivales. Pero esto significa respetar a la mujer mucho más
profundamente que en su «libertad», significa acatar su voluntad sin pedirle
explicaciones. Feudal y proletario es el desplazamiento de los acentos eróticos
a la esfera pública. Dejarse ver con una mujer en tal o cual ocasión puede
significar más que acostarse con ella. Así también, el valor del matrimonio no
radica en la estéril «armonía» de los cónyuges: al igual que el hijo, la fuerza
espiritual del matrimonio se manifiesta asimismo como repercusión excéntrica de
sus luchas y rivalidades.
CERVECERÍA
Los marineros bajan raramente a tierra; el servicio
en alta mar es un permiso dominical comparado con el trabajo en los puertos,
donde a menudo
hay que cargar y descargar día y noche. Luego,
cuando a un grupo le llega el permiso para desembarcar por unas horas, ya ha
oscurecido. En el mejor de los casos, la catedral se yergue como una mole
oscura camino de la taberna. La cervecería es la llave de cualquier ciudad;
saber dónde se puede beber cerveza alemana es, como conocimiento de geografía y
etnología, más que suficiente. La taberna de los marineros alemanes despliega
el plano nocturno de la ciudad: desde ella no es difícil dar con el camino al
burdel o a los otros bares. Su nombre suena hace días en las conversaciones a
la hora de comer. Pues cuando han dejado atrás un puerto, todos van
enarbolando, uno tras otro y como si fueran minúsculos gallardetes, los motes
de los locales y salas de baile, de las mujeres guapas y los platos nacionales
de la escala siguiente. Pero quién sabe si esta vez bajarán a tierra. Por eso,
no bien el barco ha efectuado su declaración y echado las amarras, suben a
bordo vendedores de recuerdos: collares y postales, cuadros al óleo, cuchillos
y estatuillas de mármol. La ciudad no se visita, se compra. En la maleta del
marinero cohabitan el cinturón de cuero de Hong Kong, la vista panorámica de
Palermo y la foto de una chica de Stettin. Exactamente así es su verdadero hogar.
Nada sabe de esa nebulosa lejanía que, para el burgués, encierra mundos
desconocidos. Lo primero que se impone en cada ciudad es el servicio a bordo;
luego vienen la cerveza alemana, el jabón de afeitar inglés y el tabaco
holandés. Tienen presente hasta en la médula la norma internacional de la
industria; no son víctimas de las palmeras ni de los icebergs. El marinero ha
«engullido» la cercanía y sólo le dicen algo los matices más exactos. Sabe
distinguir mejor los países según su forma de preparar el pescado que según la
arquitectura o la decoración del paisaje. A tal punto se halla a gusto en el
detalle que, en medio del océano, las rucas en las que se cruza con otros
barcos (y saluda con señales de sirena a los de su propia compañía) se vuelven
para él ruidosas carreteras en las que es preciso ceder el paso. Vive en alta
mar en una ciudad donde, en la Cannebiére de Marsella, un bar de Port Said
queda casi enfrente de una casa de citas de Hamburgo, y el Castel del Ovo
napolitano se encuentra en la Plaza de Cataluña de Barcelona. Entre los
oficiales, la ciudad natal aún tiene la primacía. Pero para el grumete o el
fogonero, para la gente cuya fuerza de trabajo transportada está siempre en
contacto con la mercancía en el casco del barco,
los puertos más distantes ya ni siquiera son una patria, sino una cuna. Y al
escucharlos uno se percata de lo engañoso que es viajar.
PROHIBIDO MENDIGAR Y VENDER A DOMICILIO
Todas las religiones han honrado al mendigo. Pues
él demuestra que el espíritu y los postulados, las consecuencias y los
principios fracasan ignominiosamente en un asunto tan prosaico y trivial como
sagrado y vivificante, cual era el dar limosna.
Nos quejamos de los mendigos del Sur y olvidamos
que la insistencia con que se nos plantan en las narices se halla tan
justificada como la obstinación del erudito frente a textos difíciles. No hay
sombra de vacilación ni indicio de aquiescencia o deliberación, por mínimo que
sea, que ellos no adviertan en nuestros gestos. La telepatía del cochero que
sólo con sus gritos nos hace ver claramente que no somos reacios a viajar en su
coche, o la del chamarilero que extrae de su baratillo el único collar o camafeo
capaz de seducirnos, son de la misma especie.
HACIA EL PLANETARIO
Si hubiera que enunciar, como lo hizo Hiliel[6] con
la doctrina judía, la doctrina de la Antigüedad en pocas palabras
concentrándola toda en una sola frase, ésta debería rezar: «Sólo poseerán la
Tierra quienes vivan de las fuerzas del cosmos». Nada distingue tanto al hombre
antiguo del moderno como su entrega a una experiencia cósmica que este último
apenas conoce. El ocaso de esa entrega se anuncia ya en el florecimiento de la
astronomía, a principios de la Edad Moderna. Kepler, Copérnico y Tycho Brahe no
actuaron, sin duda, movidos únicamente por impulsos científicos. Sin embargo,
en la importancia exclusiva otorgada a una vinculación óptica con el universo
—resultado al que muy pronto condujo la astronomía— aparece un signo precursor
de lo que habría de venir. La relación del mundo antiguo con el cosmos se
desarrollaba
en otro plano: el de la embriaguez. Y, de hecho, la
embriaguez es la única experiencia en la que nos aseguramos de lo más próximo y
de lo más remoto, y nunca de lo uno sin lo otro. Pero esto significa que, desde
la embriaguez, el hombre sólo puede comunicar con el cosmos en comunidad. La
temible aberración de los modernos consiste en considerar irrelevante y
conjurable esta experiencia, y dejarla en manos del individuo para que delire y
se extasíe al contemplar hermosas noches consteladas. Pero lo cierto es que se
impone cada vez de nuevo, y los pueblos y razas apenas logran escapar a ella,
tal como lo ha demostrado, y del modo más terrible, la última guerra, que fue
un intento por celebrar nuevos e inauditos desposorios con las potencias
cósmicas. Masas humanas, gases, fuerzas eléctricas fueron arrojadas a campo
raso, corrientes de alta frecuencia atravesaron el paisaje, nuevos astros se
elevaron al cielo, el espacio aéreo y las profundidades marinas resonaron con
el estruendo de las hélices y en todas partes se excavaron fosas de sacrificio
en la madre tierra. Este gran galanteo con el cosmos se realizó por primera vez
a escala planetaria, es decir, en el espíritu de la técnica. Pero como el afán
de lucro de la clase dominante pensaba satisfacer su deseo en ella, la técnica
traicionó a la humanidad y convirtió el lecho nupcial en un mar de sangre.
Dominar la naturaleza, enseñan los imperialistas, es el sentido de toda
técnica. Pero ¿quién confiaría en un maestro que, recurriendo al palmetazo,
viera el sentido de la educación en el dominio de los niños por los adultos?
¿No es la educación, ante todo, la organización indispensable de la relación
entre las generaciones y, por tanto, si se quiere hablar de dominio, el dominio
de la relación entre las generaciones y no de los niños? Lo mismo ocurre con la
técnica: no es dominio de la naturaleza, sino dominio de la relación entre
naturaleza y humanidad. Si bien los hombres, como especie, llegaron hace
decenas de miles de años al término de su evolución, la humanidad como especie
está aún al principio de la suya. La técnica le está organizando una physis en
la que su contacto con el cosmos adoptará una forma nueva y diferente de la que
se daba en los pueblos y familias. Baste con recordar la experiencia de
velocidades gracias a las cuales la humanidad se está equipando para realizar
vertiginosos viajes hacia el interior del tiempo y toparse allí con ritmos que
permitirán a los enfermos recuperarse como antes
lo hacían en la alta montaña o los mares
meridionales. Los parques de atracciones prefiguran los futuros sanatorios. El
estremecimiento que acompaña una verdadera experiencia cósmica no está ligado a
ese minúsculo fragmento de la naturaleza que solemos llamar «naturaleza». En
las noches de exterminio de la última guerra, una sensación similar a la
felicidad de los epilépticos sacudía los miembros de la humanidad. Y las
rebeliones que siguieron luego constituyeron la primera tentativa por hacerse
con el control del nuevo cuerpo. El poder del proletariado es la escala que
mide su convalecencia. Si la disciplina de éste no logra penetrarlo hasta la
médula, no lo salvará ningún razonamiento pacifista. Sólo en el delirio de la
procreación supera el ser vivo el vértigo del aniquilamiento.
Notas
[1] El
refrán alemán «Morgenstunde hat Gold im Munde», que hemos traducido
literalmente para orientar al lector, equivale en castellano a «Al que madruga.
Dios lo ayuda». Ei juego homofónico entre Schamrole (rubor producido por la
vergüenza) y el apellido del amigo de Benjamín, Roethe, podría quizá ampliarse
a la palabra alemana Morgenrote, que significa alba, aurora, y enlazaría con la
Morgenstunde (hora matinal) del refrán citado. (N. de los T.)
[2] Alusión
al islote desierto de un poema de A. von Chamisso (N. de los
T.)
[3] Humberto
I (1844-1900), hijo de Víctor Enmanuel II asesinado por un disparo anarquista
en Monza. (N. de los T.)
[4] Sello
de la familia de Thurn und Taxis que desde 1495 hasta 1866 estuvo al frente de
la organización postal del imperio alemán. (N. de los T.)
[5] Heinrich
von Stephan (1831-1897), dirigió a partir de 1870 la administración postal
prusiano-alemana reformándola y modernizándola por completo. (N. de los T.)
[6] Hillel
el Viejo (70 a. de C.-10 d. de C.), uno de los grandes doctores de ta Ley
judaica, fue autor de las siete reglas, método de interpretación de los libros
sagrados que sentó las bases de la hermenéutica hebrea. (N. de los T.)

No hay comentarios:
Publicar un comentario