© Libro N° 7609. Walter Benjamin: La Lengua Del Exilio.
Collingwood-Selby, Elizabeth. Emancipación. Agosto 8 de 2020.
Título original: © Walter
Benjamin: La Lengua Del Exilio. Elizabeth Collingwood-Selby
Versión Original: © Walter
Benjamin: La Lengua Del Exilio. Elizabeth Collingwood-Selby
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
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WALTER BENJAMIN:
La Lengua Del Exilio
Elizabeth Collingwood-Selby
WALTER BENJAMIN:
La Lengua Del Exilio
Elizabeth Collingwood-Selby
INDICE
Introducción
Capítulo I. El comienzo 10
Diálogo de sordos 11
Desarmaduría 14
Capítulo II. La verdad 23
Capítulo III. Sobre el lenguaje en general 25
Capítulo IV. La caída 38
Capítulo V. La cita 55
Capítulo VI. La traducción 62
Babel 65
La traducción en su versión convencional
73
Las inconsistencias 77
Babel: la lengua caída, la lengua del deseo 80
La Traducción en su otra versión
86
Capítulo VII. La Muerte 91
Capítulo VIII. Prensa y experiencia 98
La noticia 102
Conclusión 115
Bibliografía 120
PREAMBULO
"The end of exile is the end of being".
Importa poco no saber orientarse en una ciudad.
Perderse, en cambio, en una ciudad como quien se pierde en un bosque, requiere
aprendizaje. Los rótulos de las calles deben entonces hablar al que va errando
como el crujir de las ramas secas, y las callejuelas de los barrios céntricos
reflejarle las horas del día tan claramente como las hondanadas del monte.1
Depositar el texto sobre la mesa y abrirlo,
exponerlo a la mirada que instantáneamente mide y calcula; entonces acercarse
apenas y leerlo, sobrevolarlo, dibujar mentalmente el arreglo de los signos, el
cuadro de su significado, como quien traza desde el aire el mapa de una ciudad
desconocida. Hemos aprendido a leer de lejos -a escribir y hablar de lejos-, a
guardar prudentemente esa distancia que nos separa de la distancia, que nos
inhabilita para la diferencia. De lejos, el texto es imagen y puede apresarse;
comprenderlo es, idealmente, agotarlo, someterlo a los límites de una cierta
intención, dominar su significado, alejarse de las palabras para apoderarse de
lo que las palabras quieren decir; es, metafóricamente hablando, desvestir una
fruta para apoderarse de su cuesco. Haber comprendido un texto es, por tanto,
haberse apropiado de su significado. Esta manera de enfrentarse a la lectura
-de entender la lectura como enfrentamiento-, es producto de una concepción de
lenguaje para la cual la intención en el decir -el "querer decir
algo"-es el elemento fundamental; un lenguaje que, en último término
declara no querer ser más que instrumento de la voluntad humana, una voluntad
que siempre se sitúa a sí misma más allá, o más acá, del lenguaje.
1Walter Benjamin, Infancia en Berlín hacia 1900.
p.15.
Los
escritos de Walter
Benjamin llaman a
un acercamiento radicalmente distinto. Llamada y acercamiento
son aquí palabras claves. El texto -o debería más bien decir "la
lengua"-, llama, y quien se deja llamar se entrega al vértigo de un acercamiento
que descontrola, que descubre la diferencia en el centro mismo de la identidad
y hace, por tanto, impensable cualquier apropiación. Quien se deja llamar camina
por las calles de una ciudad que la mirada no logra dominar, debe someterse al
poder de su perpetua transformación y a la nostalgia de aquello que le sale
alpaso.
Yo estaba, subyugado ante Notre-Dame. Y lo que me
subyugaba era la nostalgia. Nostalgia precisamente del París en el que, en
sueños, me encontraba. ¿De dónde venía esa nostalgia? ¿Y de dónde su objeto
desplazado, irreconocible? Ya está: me acerqué demasiado a él en mi sueño. La
inaudita nostalgia, que me había sobrecogido en el corazón mismo de lo que
añoraba, no era esa que desde lejos apremia hacia la imagen. Era la venturosa
que ha traspasado ya el umbral de la imagen y de la posesión y sólo sabe aún de
la fuerza del nombre por el cual lo que vive se transforma, envejece, se
rejuvenece y, sin imagen, es el refugio de todas las imágenes.2
Abrirse a la lengua como llamada y someterse a la ley de su
desencuentro, dejarse arrastrar por la corriente de su misterio, acercarse a la distancia
infranqueable que separa al texto de sí mismo, que hace de cada palabra su
propia diferencia -que hace
de cada palabra
una diferencia-, ésta
es la lectura
que Benjamin reclama, la lectura del copista. Dicho de otro modo, leer a
Benjamin -y
2Walter Benjamin, Demasiado cerca de Sombras
Breves, en Discursos interrumpidos I. p.145.
escribir desde Benjamin- es un ejercicio de entrega
a la palabra y, por lo mismo, de reconocimiento de la precariedad de ese
"uno mismo" que lee, habla y escribe.
Tal vez este no sea, estratégicamente hablando, el
lugar más apropiado para confesar el tedio que en los últimos tiempos ha venido
provocándome la filosofía, y sin embargo, presiento que referirme a él aquí
puede, en cierto modo, explicar el cariz de mi interés por Benjamin. La causa
del tedio me parece más o menos obvia: se trata de una cierta “manera de
hablar” de la filosofía en general, de una aridez discursiva que acaba por
distanciarnos del discurso mismo, de una especie de obstinación temática que pretende
casi siempre ir al grano a través de la lengua en vez de hacerlo madurar en
ella, una obstinación que muchas veces parece negarle a la filosofía su gracia
más dulce, la del lenguaje mismo, la gracia de una manifestación que, en su
sentido más radical, escapa a cualquier intención.
Benjamin se mueve -y nos mueve- por la cara oculta
-o tal vez sería más apropiado decir "el borde oculto"- del lenguaje
y de la filosofía, ese que no tiene que ver con la posesión de
"verdades", ni con la adquisición y el traspaso de conocimientos, ese
borde -ese filo- que es la exposición. Benjamin tiene para mí el raro -rarísimo
especialmente en eso que llamamos "filosofía"- encanto de quien sabe
escuchar, de quien, por ponerlo de algún modo, no quiere decir, sino más bien
dejar que algo -algo que no es simplemente ese querer- pueda decirse.
Si la filosofía quiere mantenerse fiel a la ley de
su forma, en cuanto exposición de la verdad, y no en cuanto guía para la
adquisición del conocimiento, tiene que dar importancia al ejercicio de esta
forma suya y no a su anticipación en el sistema.3
Este rescate benjaminiano del lenguaje como lugar
de todo pensar -no como instrumento-, como lugar de manifestación de una verdad
indivisible, inapropiable, inutilizable, inseparable de la exposición misma, es
lo que me ha incitado a correr el riesgo de intentar escribir desde uno de sus
textos, o más bien, de querer dejar que ese "desde" se vaya
escribiendo entre las líneas de este libro.
Siguiendo de algún modo el tono y la trama de esta
introducción quisiera, como en una especie de eco del texto “Sobre el lenguaje
en general y sobre el lenguaje del hombre” 4, dejar al descubierto en los ocho
capítulos que vienen, que la concepción benjaminiana de la lengua sólo puede
entenderse en relación a una cierta noción de experiencia, que en su centro, en
la palabra humana, la lengua es lugar de una experiencia -y no, como suele
suponerse, instrumento de comunicación de pensamientos, de objetos y acontecimientos
que son siempre fuera de la lengua. Se trata, ante todo, de entender que no hay
ser fuera de la lengua, que el lenguaje es el lugar de todo ser, que ser es
ser-en-el-lenguaje; y, como consecuencia inevitable de esto, que la lengua
humana es, para el hombre, el lugar de la experiencia del ser, pero de un ser
que no puede entenderse como identidad -y que, por tanto, tampoco puede
comunicarse ni apropiarse a través de la lengua-, sino como ser permeable a y
determinado por la alteridad, por una condición de la cual no puede escapar: la
de ser siempre en relación a algo otro, la de ser en espera. En último término,
se trata de entender que la lengua es el lugar de la experiencia del ser como
deseo; pero ésta es también, necesariamente, la experiencia de la muerte
3Walter Benjamin, El origen del drama barroco
alemán. p.10.
4La traducción de Murena, en los “Ensayos
escogidos” dice: “Sobre el lenguaje en general y sobre el lenguaje de los
hombres”, la traducción literal del
de la intención en la lengua, y de la manifestación
de la lengua como lengua de algo otro -lengua de la lengua-, algo de lo cual nosotros somos efecto... manifestación de una
alteridad que podríamos, si se quiere, llamar divina.
Por otra parte, puesto que nuestra propia actitud
frente al lenguaje -nuestra manera cotidiana de usarlo nuestro modo de
percibirlo y de referirnos a él-, se sostiene tan sólidamente sobre una
concepción del lenguaje como instrumento de comunicación, habrá que tomarse muy
a pecho la crítica de Benjamin a la
"concepción burguesa de la lengua"5,
crítica que por cierto no tiene relevancia sólo en el campo de la lengua y de
la filosofía -justamente porque en Benjamin el lenguaje no es sólo un campo,
sino, por así decirlo, eso que da lugar a todos los campos- sino que
inevitablemente resulta poner en cuestión el aparataje entero de las relaciones
políticas -de poder- establecidas, y de las concepciones históricas y
teológicas convencionales.
Me parece importante mencionar aquí el hecho de que
pensar la experiencia -en los términos en que, a modo de esbozo, la he
presentado- implica necesariamente poner sobre el tapete el asunto -siempre
recurrente para la filosofía-de la temporalidad. Es precisamente esta relación
entre experiencia y temporalidad, la que, anuncia la relevancia fundamental que
puede tener hoy para el título en alemán sería, sin embargo, según se me ha
hecho ver: “Sobre el lenguaje en general y sobre el lenguaje del hombre”.
5Quisiera aclarar aquí, que no pretendo referirme a
ciertos autores o a ciertas teorías particulares del lenguaje que podrían caer
dentro de lo que Benjamin llama “concepción burguesa de la lengua”. Más bien me
interesa mostrar que la crítica de Benjamin a tal concepción puede aplicarse
directamente a la concepción del lenguaje que delata la trama aparentemente
simple de nuestro propio y cotidiano “quehacer” lingüístico.
pensamiento la discusión acerca de la experiencia y
su íntima relación con el lenguaje.
Para terminar, y antes de volver a comenzar,
quisiera explicar que la elección de "Sobre el lenguaje en general y sobre
el lenguaje del hombre" como texto medular para este libro, no ha sido, en
ningún caso, fortuita. Más que ningún otro texto de Benjamin que haya leído, y,
por cierto, más que prácticamente todos los textos filosóficos que me ha tocado
conocer, éste tiene para mí un encanto particular -encanto que se relaciona
directamente con el asunto que tratamos. Sin dejar de ser un "texto
filosófico", "Sobre el lenguaje en general y sobre el lenguaje del
hombre" propone un ejercicio de lectura radicalmente distinto al que
habitualmente propone la filosofía. Tal ejercicio está relacionado con aquello
que en el texto es más que comunicación de "contenidos"... o más bien
, con el hecho de que, el único contenido que nos presenta el texto es el texto
mismo -no poder nunca acomodarnos frente al él, sentirnos siempre como
sobrepasados por sus paradojas es parte esencial de el ejercicio que es su
lectura. No hay una verdad que el texto nos entregue, como objeto -envuelta y
lista para llevar-, más allá de su forma; y, a pesar de esto, él es, de manera
inapresable, de manera inagotable, más allá de toda intención, lugar de
manifestación de la verdad -una verdad indivisible. Así, entonces, "Sobre
el lenguaje en general y sobre el lenguaje del hombre" resulta ser, no el
medio a través del cual un cierto conocimiento se nos comunica, sino más bien
un ejercicio de entrega a la lengua -de escucha- que da lugar a la experiencia
del ser y de la lengua como verdad inapropiable, como manifestación de la
espera que es tanto el ser como la lengua -de la espera, que, en último
término, es la historia.
Esto por una parte, por otra, la elección del texto
tiene que ver con el hecho de que éste funciona, en cierto modo, como centro de
toda la obra de Benjamin, lo que tiene particular importancia si se considera
que la obra de Benjamin parece desarrollarse circularmente. Son los mismos
temas los que a lo largo de los años lo obsesionan; una y otra vez vuelve sobre
ellos, y no para desdecirse y comenzar de nuevo, sino más bien para evocarlos
desde otra perspectiva, para recuperar lo que en ellos tuvo que permanecer
callado. Respecto de su obra podríamos decir lo que él mismo decía de su
infancia: "Yo en cambio, no pensaba conservar lo nuevo, sino renovar lo
antiguo".6 "Sobre el lenguaje en general y sobre el lenguaje del
hombre", es para mi el cajón abierto donde se amontonan, se relacionan y
se transforman asombrosamente los temas de su colección, ésos que una y otra
vez vuelve a rescatar: el lenguaje, la experiencia, la historia, el poder, la
redención, el tiempo, el arte, lo humano...
6Walter Benjamin, Infancia en Berlín hacia 1900.
p105.
I
EL COMIENZO
Diálogo de sordos
Toda manifestación de la vida espiritual humana
puede ser concebida como una especie de lenguaje y esta concepción plantea
-como todo método verdadero- múltiples problemas nuevos. (...). Lenguaje
significa en este contexto el principio encaminado a la comunicación de
contenidos espirituales en los objetos en cuestión: en la técnica, en el arte,
en la justicia o en la religión. En resumen, toda comunicación de contenidos
espirituales es lenguaje.7
Algo sorprende desde el comienzo en el texto de
Benjamin. Una especie de incomodidad ante términos como "vida
espiritual" o "contenido espiritual", ligados así, de sopetón,
al lenguaje en general, al lenguaje sin apellido, empieza a delatarnos, a quebrar
el silencio que la costumbre ha amontonado sobre nuestra propia y muy arraigada
-aunque tal vez poco consciente- concepción del lenguaje. Pero, ¿qué es exactamente
lo que aquí nos incomoda? No se trata, por cierto, de que los términos "lenguaje", "vida espiritual" o "contenido espiritual" carezcan de sentido para
nosotros; sin embargo, la relación que Benjamin parece establecer entre ellos
resulta, por decir lo menos, desconcertante.
___
7Walter Benjamin, Sobre el lenguaje en general y
sobre el lenguaje de los hombres, en Ensayos escogidos. p.89.
Vivimos en la "era de las
comunicaciones", la "era de la información", era de aparatos
multiportadores, portadores múltiples de múltiples informaciones, medios
multiplicados para una comunicación masiva, burbujeante, indispensable, incesante.
En este paraíso de intercambios, comunicar quiere decir, ante todo, informar e
informarse, y el lenguaje es la herramienta que hace posible tal comunicación.
¿Qué podría tener que ver entonces el lenguaje en general con la
"comunicación de contenidos espirituales"? Y aquí habría que poner el
énfasis sobre eso de "lenguaje en general", porque, sin lugar a
dudas, aceptaremos que algo tiene que ver la "vida espiritual" y la
"comunicación de contenidos espirituales" con ciertos tipos de lenguaje.
Sin embargo, Benjamin se refiere no a un "tipo de lenguaje", sino a
todo lenguaje -donde "todo", lo comprobaremos con cierto estupor más
adelante, no sólo incluye al lenguaje humano, sino también al lenguaje de las
cosas. En otras palabras dice: todo lenguaje es "principio encaminado a la
comunicación de contenidos espirituales". Este "todo" es, a
primera vista, el que nos descoloca. ¿Acaso las distinciones que comúnmente
hacemos entre "tipos de lenguaje" -lenguaje poético, técnico,
filosófico, científico, afectivo, cotidiano, jurídico, etc.-, no apuntan
precisamente a diferenciar los contenidos y el carácter de los contenidos que
cada tipo de lenguaje tiene por objeto comunicar?
(...) los fines del lenguaje en nuestras
disertaciones con otros hombres son principalmente estos tres: primero, dar a
conocer los pensamientos o ideas
de un hombre a otro; segundo, hacerlo con la mayor
facilidad y prontitud que sea posible, y tercero, transmitir el conocimiento de
las cosas.8
A pesar de la distancia temporal que nos separa de
esta afirmación de Locke, ¿no parece ella interpretar de manera mucho más
certera no sólo nuestro propio y cotidiano sentir respecto del lenguaje, sino
también describir más apropiadamente que la afirmación de Benjamin, el comercio
que a diario establecemos con él? Indudablemente, yo diría que esta afirmación
de Locke, a diferencia de la de Benjamin, describe casi a la perfección nuestra
propia concepción del lenguaje, concepción del lenguaje como instrumento para
un cierto comercio. El lenguaje es el medio a través del cual los hombres
comunican a otros hombres lo que ven, lo que sienten, lo que saben, lo que
piensan, lo que quieren, lo que creen, etc. ¿Cómo puede entonces decirse que
todo lenguaje es comunicación de contenidos espirituales? Si esto fuera así,
todo lenguaje comunicaría lo mismo, y sería por tanto, inútil. Habría que decir
más bien que hay un tipo de lenguaje que tiene por objeto la comunicación de
contenidos espirituales, al igual que otros tipos de lenguaje tienen por objeto
la comunicación de contenidos que tal vez podríamos llamar materiales o
funcionales. Llegado este punto sin embargo, la argumentación tendrá
obligadamente que interrumpirse y cambiar de rumbo.
__________
8John Locke, Ensayo sobre el entendimiento
humano.p.499.
Desarmaduría
El comienzo del texto es una trampa tendida en la
que hay que caer. Caer y verse des-armado es aquí parte de un mismo movimiento.
Algo de cálculo hay en esta trampa que Benjamin nos tiende y en la que él, a su
vez, debe dejarse caer. Algo de cálculo digo, porque esta trampa es al mismo
tiempo una voz de alerta, un llamado a la precaución; ante todo nos previene a
doble escala contra el comienzo: contra el comienzo de este texto en
particular, por un lado, y por otro, contra la noción misma de comienzo.
Digamos antes que nada, que el comienzo de
"Sobre el lenguaje en general y sobre el lenguaje del hombre" no es
lo que a primera vista parece ser; el convencionalismo de su forma resulta, a
la luz de la descabellada duplicidad textual en la que pronto habremos de caer,
tremendamente sospechoso. Nada en el comienzo parece anunciar el descontrol al
que dará lugar; y es esta aparente inocencia la que callada y astutamente nos
entregará al espectáculo de nuestra propia sordera, y al de la burda persistencia
de nuestra intención, esa que debe apoderarse de una vez por todas de lo que
Benjamin ha querido decir.
¿Qué es lo que creemos encontrar en el comienzo?
Aparentemente, la presentación de la concepción de lenguaje a cuya explicación
el texto habrá de abocarse: lenguaje es "el principio encaminado a la
comunicación de contenidos espirituales". Formalmente la propuesta no
tiene nada de extraordinario. La noción de "comunicación", y con ella
-aunque más calladamente- la de "contenido" forma ya, por así
decirlo, parte del vocabulario técnico de las definiciones del lenguaje a las que
estamos acostumbrados. Lo que en realidad extraña es, como se ha mencionado ,
la afirmación de que los contenidos que el lenguaje comunica sean siempre
espirituales. Pero aquí es precisamente donde la trampa se ha tendido, aquí precisamente
donde caemos. Cuatro páginas más adelante, después de un recorrido textual que
sin temor a exagerar podría calificarse de vertiginoso, nos encontramos con la
siguiente "afirmación":
No hay contenido de la lengua; como comunicación la
lengua comunica un ser espiritual, es decir una comunicabilidad pura y simple.9
Nuestra sorpresa inicial se vuelve nimia, se ha
visto extrañamente despojada del objeto de su extrañeza. Ahora somos testigos
perplejos de una especie de desplazamiento. ¿O hemos de suponer, más bien, en
contra de la propia lógica del texto -por descabellada que ésta sea-, que
Benjamin simplemente ha cambiado de opinión? Digamos, aunque sea sólo
tentativamente, que lo que se ha desplazado en un sentido, es un cierto
significado; y que ha sido desplazado por un lugar y un tiempo donde
"significar" ya no dice lo mismo, ya no dice la equivalencia
intencional de ser y lenguaje, donde el significado no es nada que pueda ser
capturado, y donde, por tanto, ni "lenguaje", ni
"comunicación", ni "contenido espiritual" dicen ya lo que
parecían decir. En otro sentido, lo que ha sido desplazado somos nosotros.
Una cierta lectura no puede más que concebir tal
desplazamiento simplemente como pura contradicción: la contradicción del autor
respecto a sus propias afirmaciones. Una cierta lectura... la lectura sorda de
una presuposición: el lenguaje no es, en rigor, más que un instrumento de
comunicación, una herramienta de la intención, el medio a través del cual
decimos -con mayor o menor eficacia, claro está- lo que queremos decir; y eso
que queremos decir no es, por cierto, el lenguaje mismo. La diferencia entre
"lenguaje" y "contenido del lenguaje" no puede ser más
clara, y de esta claridad depende justamente la eficacia de nuestra
comunicación; saber exactamente lo que queremos decir y cómo decirlo es señal
de maestría. Macabramente deliciosa resulta en este contexto la expresión
"dominar una lengua" (decir, por ejemplo, que alguien tiene un
“dominio admirable de la lengua"), pues de eso se trata precisamente, de
dominarla, no dejarse dominar por ella, de someterla al poder de la voluntad,
de hacerla decir lo que se quiere decir, de que a través de ella hable clara e
ininterrumpidamente nuestra propia intención. Desde esta perspectiva, decir
primero que la lengua comunica sólo contenidos espirituales es limitar
desmedidamente el rango de su utilidad, pero decir entonces que no hay
contenido de la lengua es aniquilarla, despojarla de todo sentido. El comienzo
no es aquí ni trampa ni aviso, sino, a la luz de la última frase citada de
Benjamin, pura inconsistencia.
______
9Walter Benjamin, Sobre el lenguaje en general y
sobre el lenguaje de los hombres.p93.
Existe empero otra lectura, la del copista, la de
quien se somete a la voz del texto, a la tortuosidad de sus transformaciones,
la lectura, en suma, de quien escucha y se deja llamar. Esta lectura pasa
necesariamente por el camino que separa las "afirmaciones" del
comienzo de la frase que parece negarlas. El argumento que lleva de una
"afirmación" a las otras, y las sostiene a todas, es extenso y
complejo, y no pretendo -y no podría- seguirlo paso por paso. Más bien, lo que
me interesa aquí es poner de manifiesto la consistencia abrumadora que hay -si
aún cabe hacer tal distinción- entre lo que Benjamin dice y lo que hace en este
escrito10. Un par de frases en este camino entregan la clave para leer en la
"contradicción" un desplazamiento.
________
10Éste no es de ninguna manera un caso aislado en
la argumentación de Benjamin, más bien podría afirmarse que este movimiento
describe en cierto modo la estructura lógica del texto en su totalidad.
(...) nada se comunica a través de la lengua.11
El ser espiritual se comunica en y no a través de
una lengua.12
El contenido de la lengua no es aquello que se
comunica a través de la lengua. Nada se comunica a través de la lengua. La
lengua no es el medio a través del cual algo se comunica, sino el medio de la
comunicación. Lo que comunica la lengua, es decir, lo que se comunica en ella,
es y no es un contenido. En tanto eso que se comunica no es la lengua misma,
puede hablarse de un contenido de la lengua ("la esencia espiritual que se
comunica en la lengua no es la lengua misma sino algo distinto de ella"13);
la lengua sin embargo, no es un contenedor, el medio a través del cual algo se
transporta; es, por decirlo de alguna manera, un continente, el único,
insituable, lugar-tiempo del deseo. En tanto eso que se comunica en la lengua
es la lengua misma ("La respuesta a la pregunta: ¿qué comunica la lengua?
es, por tanto: cada lengua se comunica a sí misma"14), no hay contenido de
la lengua, o dicho de otro modo, el contenido de la lengua es la lengua misma.
Esto por una parte; por otra, el contenido
espiritual de la lengua no es un "objeto espiritual", como
necesariamente ha de interpretarlo la concepción utilitaria
11Walter Benjamin, Sobre el lenguaje en general y
sobre el lenguaje de los hombres. p.91.
12Ibid. p.90.
13Walter Benjamin, Sobre el lenguaje en general y
sobre el lenguaje de los hombres. p.90.
14Ibid. p.90.
del lenguaje. No se trata en absoluto de pensar
que, junto al catastro de objetos materiales, de "contenidos
mundanos" de la comunicación, existe también un conjunto de "objetos
espirituales", de "asuntos espirituales" que el lenguaje sirva
para comunicar. En rigor, no hay ningún objeto -ni mundano ni espiritual- de la
comunicación. Lo que se comunica en el lenguaje es un "ser
espiritual", "una comunicabilidad pura y simple".15 Esta última
frase anuncia ya la necesidad imperiosa de dar un nuevo paso al interior del
texto, puesto que la noción de "comunicabilidad" únicamente puede
entenderse a partir del reconocimiento de que el lenguaje de los hombres no es
el único lenguaje, que existe también un "lenguaje de las cosas" que
se relaciona estrechamente con él. Antes de esto empero, hay, acerca de la
cuestión del comienzo y la trampa del comienzo, varias cosas que tienen que ser
explicadas.
He presentado -aunque sólo haya sido a manera de
esbozo-, una doble manera de leer una de las tantas "contradicciones"
del texto. Con ello he querido mostrar, por una parte, que la lectura de
"Sobre el lenguaje en general y sobre el lenguaje del hombre" resulta
ser un ejercicio de escucha y de sumisión al texto, a la lengua. El texto en su
totalidad -esto es, en su estilo, en su forma- es expresión de la concepción
benjaminiana de la lengua, su lectura, por tanto, sólo puede llevarse a cabo
-no a término-, gracias a una cierta disposición: disposición a verse
vulnerado, a dejarse afectar por lo que se lee. Esta es precisamente la
disposición de que por lo general carece la lectura convencional, y esta
carencia no le permite, en este caso, más que sobrevolar el texto y rápidamente
tacharlo de incoherente.
15A la diferencia que hay entre “ser” y “objeto” en
Benjamin me referiré más detalladamente en el capítulo VI. Por ahora sólo
quisiera mencionar que todo ser es en Benjamin “ser espiritual”, y esta
“espiritualidad” habla de lo que en el ser es inapresable, incontenible; en
último término, habla del ser como deseo. El objeto en cambio, expulsa de sí
todo deseo, toda diferencia, es, ante todo, identidad consigo mismo, una
identidad apropiable.
Por otra parte, la exposición de esta doble lectura
pone de manifiesto lo que el comienzo del texto tiene de trampa y de llamado a
la precaución. La trampa tendida es justamente la inocencia con que el comienzo
nos invita a leer "convencionalmente", a apoderarnos inmediatamente
de lo que creemos es el significado de lo que se ha dicho. Descubrir la
posibilidad de una segunda lectura - una lectura que es en realidad un cambio
de posición (de disposición) respecto del texto y del lenguaje mismo: ya no hay
lugar frente al texto, frente al lenguaje, sino sólo en ellos- es descubrir
también la torpeza -pero al mismo tiempo la inevitabilidad-de nuestra caída.
Este doble descubrimiento es el que nos pone sobre aviso, el que nos previene
acerca del terreno en que ahora nos movemos. El comienzo remite inevitablemente
al resto del texto y se ve, inevitablemente transformado por él, es decir, el
comienzo no es, ni puede ser idéntico a si mismo, se debe, como comienzo, y en
la multiplicidad de sus manifestaciones, al resto del texto. Y se debe también
a un cierto olvido. No hay por tanto, estrictamente hablando, un comienzo del
texto.
Esto último alude al sentido en que me he referido
a la trampa del comienzo como prevención contra la noción misma de comienzo.
Sin embargo, una mirada más exhaustiva requiere traer a colación una nueva
cita:
La opinión de que la esencia espiritual de una cosa
consista en su lengua, tal opinión, tomada como hipótesis, es el gran abismo en
el cual corre el riesgo de caer toda teoría del lenguaje*, y su tarea consiste
en mantenerse sobre ese abismo, justamente sobre él.16
16Walter Benjamin, Sobre el lenguaje en general y
sobre el lenguaje de los hombres. p.90.
A esto Benjamin agrega una nota a pie de página
cuya importancia no debe pasar inadvertida:
*¿O es más bien la tentación de poner la hipótesis
en el comienzo lo que constituye el abismo de todo filosofar?
Lo que me ocupa aquí de manera particular no es,
por ahora -aunque indirectamente se trata de ello-, la mención de la distinción
que debe hacerse entre ser lingüístico y esencia espiritual, sino la cuestión
del "abismo", de la "hipótesis" y del "comienzo".
Como una especie de aviso caminero este pasaje nos
previene contra los peligros del comienzo. Extraño aviso, hay que decirlo, éste
que nos previene contra peligros que, al parecer, ya debiéramos haber
enfrentado. Extraño e inútil por cierto, a menos que... Algo en esta cita dice
que el peligro no ha pasado, que no puede pasar. Algo en esta cita alude a un
comienzo que no sólo dice "el principio del texto", sino que habla de
este principio como una manifestación entre otras, manifestación de un comienzo
que existe sólo como tentación.
Si el texto mismo -el filosofar mismo- es el
peligro, ¿cómo podría éste superarse? No hay teoría del lenguaje, no hay
filosofía sin abismo y sin tentación; no hay por tanto, filosofía sin riesgo.
Tentación poderosa para la filosofía la de poner la hipótesis al comienzo; y
ponerla al comienzo no dice -y esto es lo que tiene que aclararse-ponerla al
principio de un argumento, de un texto, sino como principio, como fundamento,
como origen, como verdad pre-textual, preargumental. La tentación constituye el
abismo de todo filosfar, el abismo que es filosofar; su condena.
El comienzo de un texto es la primera manifestación
de la tentación como caída, y de la caída como olvido. Sólo un olvido puede dar
lugar al comienzo. No es el inicio del texto lo que da lugar al texto; habría
que decir más bien que tanto el inicio como el texto tienen lugar gracias a una
falta, a una huida. Reconocer que el comienzo es el lugar de un olvido es
reconocerlo como imposibilidad, como deuda perpetua.
En rigor, no hay ni inicio, ni fundamento del
texto, ni de la teoría del lenguaje, pero tal teoría existe en la tentación del
inicio, en la tentación del fundamento, en un cierto olvido. Siendo así, habrá
que asumir que tampoco Benjamin, el preventor, el avisador, escapa al abismo de
su propio filosofar. Pero no es escapar al abismo lo que pretende, sino, por el
contrario, ponerse a resguardo de la ceguera que no ve en el filosofar ningún
abismo, ninguna tentación, ninguna caída -y esto dirá también: ponerse a
resguardo de la ceguera que no ve en el lenguaje ningún abismo, ninguna
tentación, ninguna caída. Únicamente quien sabe la existencia del abismo puede
mantenerse sobre él y sufrirlo como riesgo. Abalanzarse sobre la hipótesis como
sobre una presa que corre por fuera del texto, que existe antes que él, y
levantarse luego sobre ella como sobre un fundamento, es olvidar todo peligro,
olvidar el olvido, olvidar la deuda que hace posible cualquier fundamento.
Reconocer la imposibilidad del comienzo es
reconocer en la tentación de poner la hipótesis al comienzo, la tentación de
armarse de un cierto poder, de arrogárselo: el poder de situar lo insituable,
de apresar lo inapresable, de apropiarse de lo inapropiable.
La tentación de poner la hipótesis al comienzo
constituye el abismo de todo filosofar; pero mantenerse sobre tal abismo,
justamente sobre él es su tarea. Una
acrobacia entonces es lo que reclama la teoría del
lenguaje; y la fuerza requerida para realizarla existe sólo como reconocimiento
de una debilidad. Ésta es la acrobacia del texto de Benjamin, ésta la fuerza
que delata la "descabellada" lógica de su pensar, ésa que a ritmo de
contradicciones insuperables, lo mantiene -y nos mantiene- oscilando sobre el
abismo, sobre el fondo del comienzo, sobre el fondo de una hipótesis simple y
sin reverso, sobre el fondo de una verdad pre-textual, sobre el fondo de las apropiaciones;
ésa que nos obliga a reconocer -y con ello nos abre el camino de una cierta
salvación- en la caída del comienzo -nuestra caída- una debilidad abrumadora,
la de quien está siempre dispuesto a abalanzarse sobre cualquier afirmación
para poseerla, para dominarla, para transformarla en certeza; la espantosa y
vacua debilidad de quien sólo sabe escucharse a sí mismo.
Por último, y con el propósito de referirme, ahora
de manera más precisa, a eso que Benjamin llama "abismo", me parece
sumamente importante echarle una mirada -aunque por ahora sea sólo
tentativamente- a la afirmación que en un principio dejé de lado: "La
opinión de que la esencia espiritual de una cosa consista en su lengua, tal
opinión, tomada como hipótesis, es el gran abismo en el cual corre el riesgo de
caer toda filosofía del lenguaje (...)". En primer lugar, habría que
enfatizar que el peligro al que Benjamin se refiere no es el abismo mismo, sino
la posibilidad de caer en él. Para la teoría del lenguaje, esta caída consiste
en identificar, sin ninguna precaución, la esencia espiritual de las cosas con
su lengua, en tomar tal identidad como hipótesis. Caer es perder de vista el
abismo, olvidarlo. Pero ¿qué es lo que se olvida cuando se olvida el abismo?
¿qué es lo que se olvida cuando ser y lenguaje se identifican sin precauciones?
Lo que se olvida es precisamente el lugar-tiempo que da lugar -valga la
redundancia- al ser y a la lengua; se olvida aquello a lo cual se
24
debe la identidad de ser y lengua. A esta
identidad, y al tiempo y lugar en que se hace postulable, voy a referirme más
detalladamente en el tercer capítulo. Lo que ahora sí debe explicitarse, es que
la figura del abismo que Benjamin nos presenta, es la figura de una alteridad
radical; no la de otro ser cuya existencia se manifiesta más allá de la lengua,
sino la de una alteridad que ha de concebirse como el espacio-tiempo en que
tiene lugar el ser y la lengua; o, si se quiere, como el "tener lugar",
como el acontecer, del ser y de la lengua; una alteridad que se manifiesta como
alteridad en la paradójica identidad de ser y lengua. La figura del abismo en
Benjamin es, así, la figura de una alteridad que no es presencia, pero que, sin
embargo, es condición de posibilidad de todo "hacerse presente"; una
alteridad que, por cierto, no puede ser dicha a través del lenguaje, sino sólo
vivida como experiencia en él.
Así, el ejercicio de mantenerse sobre el abismo
-sólo esta incómoda posición, éste estar siempre a punto de caer, permite
reconocer la existencia del abismo y la deuda que para con él tienen el ser y
el lenguaje- puede entenderse como la espera laboriosa de un instante que, como
recuerdo súbito, es la experiencia inapresable, incontrolable de una cierta
paradoja, ésa que "como solución tiene su puesto en el centro de la teoría
del lenguaje, a pesar de seguir siendo tan paradójica e insoluble como cuando
se la pone al comienzo"17.
II
LA VERDAD
17Walter Benjamin, Sobre el lenguaje en general y
sobre el lenguaje de los hombres. p.90.
No es necesario que salgas de casa. Quédate a tu
mesa y escucha. Ni siquiera escuches, espera solamente. Ni siquiera esperes,
quédate completamente solo y en silencio. El mundo llegará a ti para hacerse
desenmascarar, no puede dejar de hacerlo, se prosternará extático a tus
pies.18
18Franz Kafka, Consideraciones acerca del pecado el
dolor la esperanza y el camino verdadero. p.33.
El modo adecuado de acercarse a la verdad no es,
por consiguiente, un intencionar conociendo, sino un adelantarse y desaparecer
en ella. La verdad es la muerte de la intención.19
III
SOBRE EL LENGUAJE EN GENERAL
La comunicación mediante la palabra constituye sólo
un caso particular, el del lenguaje humano (...).20
(...) al identificar la lengua denominante con la
lengua en general, la teoría lingüística se priva de sus nociones más
profundas.21
Estas afirmaciones no deben, en modo alguno,
tomarse a la ligera. Que la teoría lingüística se prive de sus nociones más
profundas no dice simplemente que algo -lo más profundo, lo más importante- ha
escapado a su consideración. En cierto sentido, su negligencia no tiene
remedio, puesto que no se trata meramente de que algo se le haya escapado a la
teoría lingüística, sino más bien de que eso que se le ha escapado es lo
decisivo, lo que la obligaría a concebir la lengua de manera radicalmente
distinta. Que esta ceguera sea inocente o estratégica es un asunto que por
ahora quedará pendiente; pero lo que sí ha de quedar claro es que la concepción
convencional de la lengua depende enteramente de ella.
20Walter Benjamin, Sobre el lenguaje en general y
sobre el lenguaje de los hombres. p.89.
21Ibid. p.91.
La arbitrariedad y consensualidad significativa que
la concepción convencional de la lengua -la nuestra- le atribuye a la palabra
humana y la valoración estrictamente utilitaria de sus "cualidades",
dependen en gran medida de que la lengua denominante se identifique con la
lengua en general, de que, estrictamente hablando, pueda decirse que sólo el
hombre tiene lenguaje.22 Si únicamente el hombre está dotado de la habilidad de
comunicarse, si sólo la palabra
se considera como medio de comunicación, como
lenguaje, entonces, en cierto
sentido, hay que suponer que la autonomía e
independencia lingüística del hombre
está limitada únicamente por el poder de su propia
voluntad y por la capacidad de
su memoria y de su inventiva.
Aun cuando el hombre tenga una gran variedad de
pensamientos, y tales, que de ellos otros hombres, así como él mismo, puedan
recibir provecho y gusto, sin embargo, esos pensamientos están alojados dentro
de su pecho, invisibles, y escondidos de la mirada de los otros hombres, y, por
otra parte, no pueden manifestarse por sí solos. Y como el consuelo y el
beneficio de la sociedad no podría obtenerse sin comunicación de ideas, fue
necesario que el hombre encontrara unos signos externos sensibles, por los cuales
esas ideas invisibles de que están hechos sus pensamientos pudieran darse a
conocer a otros hombres. (...) no sin embargo porque hubiere alguna natural
conexión entre sonidos particulares articulados y ciertas ideas, pues en ese
caso no habría sino un sólo lenguaje entre los hombres, sino por una voluntaria
imposición, por la cual un nombre dado se convierte arbitrariamente en señal de
una idea determinada.23
22Que también esta capacidad se le atribuya en
cierta medida a algunos animales es cuestión que no me interesa tratar aquí;
pero lo que espero quedará claro, es que este tipo de atribuciones no
contradicen sino que confirman que la concepción utilitaria de la lengua es
eminentemente, arrogantemente, antropomórfica.
23John Locke, Ensayo sobre el entendimiento humano.
pp.393-394.
31
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Si sólo el hombre tiene lenguaje, y si la única
lengua es la lengua denominante del hombre, entonces el hombre nombra las cosas
-la idea que tiene de las cosas- como le da la gana, restringido en su nombrar
únicamente por la necesidad y eficacia a la que debe someterse su comunicación.
Mientras más exactamente se pongan de acuerdo lo hombres sobre lo que quieren
decir -sobre lo que quieren significar, sobre lo que quieren señalar- con cada
palabra, más certera y eficiente será su comunicación. El lenguaje humano
entonces sólo le debe fidelidad a su propia eficiencia. En el ámbito de esta
fidelidad, se identifican para la concepción utilitaria de la lengua, el ser
que se nombra y su nombre. "Identidad" quiere decir aquí,
"equivalencia". La palabra significa simplemente lo que el hombre
quiere que signifique. Bajo el arbitrio de la convención, la palabra significa
la cosa, se intercambia, por comodidad, por la cosa que se quiere comunicar, y
para efecto de esta comunicación, lo que interesa es que, una vez transmitida
la palabra, una vez dicha y recibida, lo que quede no sea ella, sino lo que
ella significa. La palabra es sustituto provisional -en sí mismo sin
importancia- de aquello que importa comunicar; y lo que importa es que lo que
dice la palabra, su significado, sea el mismo para quien habla y para quien
escucha. Mientras menos conspicua sea la palabra misma, mejor cumplirá con su
objetivo, el de desaparecer para dejar al descubierto, para dejar en manos de
otro -en la mira de otro- la cosa misma, el significado mismo, eso que se ha
querido decir. Sustituto, desechable en su equivalencia, de lo que se quiere
comunicar, la palabra no debe, idealmente, decir nada más que lo que se ha
querido decir, y eso que se ha querido decir es un objeto, un significado idéntico,
un ser plenamente identificable.
32
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Hasta aquí, todo a pedir de boca... de la boca
tiránica y solitaria del hombre. Pero algo se ha escapado -¿se ha dejado
escapar tal vez?-: una cierta inconsistencia. El asunto que subyace aquí es el
de la relación entre la lengua humana y las cosas. La cuestión acerca de cómo
le pone nombre el hombre a las cosas es aquí el problema central. Sin embargo,
tal cuestión, en profundidad, no es y no debe ser sólo ¿cómo le pone nombre a
las cosas el hombre?, sino también y principalmente, ¿cómo es posible que el hombre
nombre las cosas?. Así, la pregunta de Benjamin -pregunta que indudablemente
alude a la exclusión de las cosas del campo lingüístico- dice: si las cosas no
se comunicaran con el hombre, ¿cómo podría él nombrarlas? Es la pregunta por la
posibilidad de tal denominación la que impide una respuesta de simpleza
conveniente pero vacua. Si se sostiene que sólo el hombre posee lenguaje, es
decir, que sólo él tiene la habilidad de comunicarse, entonces es indispensable
preguntarse de qué manera puede él dar nombre a un ser que no tiene relación
alguna con el lenguaje, a un ser inhabilitado para la comunicación. La
respuesta es obvia, a menos claro, que se diga que el hombre también crea a
partir de la nada la percepción y la idea que tiene de las cosas.
La concepción del lenguaje como medio
exclusivamente humano de comunicación se anula a sí misma en esta exclusividad.
Y, permítaseme volver a insistir, ahora desde otro ángulo: mucho tiene que ver
esta exclusión con la posibilidad de concebir el lenguaje utilitariamente. Si
el lenguaje es una herramienta para comunicarse, entonces debe estar sujeto a
una voluntad: la de decir algo, la de comunicar algo, la de transmitir algún
contenido. En este contexto, parece absurdo afirmar que todas las cosas, animadas
e inanimadas, tienen su propio lenguaje. ¿Qué pueden querer decir las cosas?,
¿qué pueden querer comunicar?,
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¿cuál podría ser el contenido de su comunicación?
¿cuáles los signos que utilizan para comunicarse? Con la exclusión del ámbito
lingüístico de todo lo que no es humano, lo que se excluye es la posibilidad de
pensar un lenguaje desprovisto de intencionalidad. Dicho de otro modo, la
posibilidad de pensar el lenguaje, en su esencia, como instrumento de la
intención, depende en gran medida de la certeza con que se logre afirmar que no
existe nada en el universo, que tenga lenguaje, que se comunique, y que no tenga,
sin embargo, intención evidente de comunicar algo. En el contexto de una lengua
considerada únicamente en su funcionalidad, la pregunta de Benjamin acusa, en
la imposibilidad de su respuesta, una inconsistencia: las cosas no tienen
lenguaje y por tanto no pueden comunicarse, ¿cómo puede el hombre entonces
saber de su existencia? ¿c ómo puede nombrarlas?
La claridad con que se perciba la posibilidad de
una respuesta dependerá en este caso, de la intensidad con que se recuerde que
nada se comunica a través de la lengua, que lo que se comunica se comunica en
la lengua, y que eso que se comunica no puede, por tanto, ser un objeto. Que
las cosas se comuniquen no dice entonces, de ninguna manera, que tengan que
tener un lenguaje a través del cual comunicar lo que quieren, ni que tengan que
querer decirle algo a alguien, ni que tengan que tener la intención de comunicar
algo. Por el contrario, habría que decir más bien que el ser no puede evitar
comunicarse, o más aún, que el ser es esa comunicación. "No hay un
contenido de la lengua", el único contenido de la comunicación es el ser
espiritual que se comunica.
34
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No hay acontecimiento o cosa en la naturaleza
animada o inanimada que no participe de alguna forma de la lengua, pues es
esencial a toda cosa comunicar su propio contenido espiritual.24
El concepto de "expresión", tiene, en la
concepción benjaminiana de la lengua una importancia capital. Comprender, como
es de vital importancia hacerlo, que cuando se habla de la lengua de las cosas
no se está hablando metafóricamente, depende en cierto sentido, de entender que
en Benjamin los términos "lenguaje" y "expresión" se
identifican. Y esto, a su vez, echará nueva luz sobre el asunto de la relación
entre el lenguaje y el ser espiritual.
(...) es una noción plenamente objetiva la de que
no podemos concebir nada que no comunique en la expresión su esencia
espiritual.25
Todo lo que es debe manifestar su existencia de una
u otra forma; todo lo que es debe expresarse. Dicho de otro modo, la expresión
es esencial al ser, a todo ser, y no sólo al del hombre. Si la palabra fuera el
único modo de expresión, entonces sólo el hombre podría expresarse, sólo el
hombre podría manifestar su existencia, sólo el hombre sería. Todo lo que es se
expresa, y eso que se expresa -más allá de toda intención- es su ser
espiritual; pero el ser espiritual de las cosas no se expresa a través de su
lengua, sino en su lengua. Es decir: la expresión de un ser espiritual es su
lengua y el ser espiritual es hasta cierto punto, su expresión.
24Walter Benjamin, Sobre el lenguaje en general y
sobre el lenguaje de los hombres. p.89.
25Ibid. p.89.
35
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Y no hay dudas de que la expresión, en su entera
esencia, sólo puede ser entendida como lenguaje; y por otra parte, para
entender a un ser lingüístico es necesario preguntarse siempre de qué ser
espiritual es él la expresión inmediata. Es decir que la lengua alemana, por
ejemplo, no es precisamente la expresión para todo aquello que nosotros podemos
o suponemos poder expresar a través de ella, sino que es la expresión inmediata
de lo que en ella se comunica. Este "se" es una esencia espiritual.26
En su lengua las cosas comunican su ser espiritual;
pero lo comunican "sólo en
cuanto es comunicable"27. Cada lengua
particular comunica entonces lo que tiene
de comunicable cada ser particular, y eso
"comunicable" es lo que Benjamin llama el
"ser lingüístico de las cosas". Cada
lengua se comunica entonces a sí misma puesto
que lo que
comunica es eso que de comunicable tiene cada ser
espiritual; lo
comunicable sólo puede ser el ser en la
comunicación, la lengua misma, la expresión
misma.
El lenguaje de esta lámpara, por ejemplo, no
comunica la lámpara (pues la esencia espiritual de la lámpara, en cuanto
comunicable, no es en absoluto la lámpara misma), sino la-lámpara-del-lenguaje,
la lámpara-en-la-comunicación, la lámpara-en-la-expresión. Pues así acontece en
la lengua: el ser lingüístico de las cosas es su lengua. La comprensión de la
teoría lingüística depende de la capacidad de llevar dicha afirmación a un
grado de claridad que elimine en ella toda apariencia de tautología.28
Y aquí podría aventurarme a decir que para la
teoría lingüística no hay algo como el
ser-en-sí de las cosas, lo que hay es siempre el
ser-en-la-comunicación. Y, más aún,
26Walter Benjamin Sobre el lenguaje en general y
sobre el lenguaje de los
hombres. pp.89-90.
27Ibid. p.90.
28Ibid. p.90.
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me tienta decir que es precisamente ese ser-en-sí
el que no es comunicable. El ser
está siempre determinado por algo otro, por la
lengua. Eso que en el ser espiritual de
una cosa es comunicable es, inmediatamente, la
lengua misma. "Inmediatamente"
dice aquí: sin mediación; es decir, la lengua no es
el medio a través del cual el ser
espiritual comunicable de las cosas se comunica, sino que ella es ese ser
comunicable. Cada lengua es el medio, el centro -el
lugar y tiempo- en que el ser
espiritual comunicable se comunica.
Ahora bien, la cuestión de la comunicabilidad del
ser espiritual es una cuestión
de medios, cuestión de centros.
Las diferencias de las lenguas son diferencias de
medios (centros), que se distinguen, por así decirlo, por su espesor, es decir
gradualmente, y ello en el doble sentido del espesor del comunicante
(nominante) y del comunicable (nombre) en la comunicación. Estas dos esferas,
distintas y sin embargo unidas en la lengua nominal de los hombres, se
corresponden, como es obvio, constantemente.29
La lengua nominal de los hombres se anuncia aquí,
sin reparos, como el centro en
que el comunicante y el comunicable se unen, se
identifican; es decir, como el
centro de todos los centros. Ya lo hemos dicho: todo ser es, por esencia,
comunicante, todo ser necesariamente se manifiesta,
se expresa. Y eso que en cada
lengua particular se expresa es el ser comunicable
de la cosa a la que corresponde.
El ser de todas las cosas y su lengua se
corresponden por lo tanto constantemente.
Esta correspondencia no dice sin embargo, una
constante, una continua identidad;
29Walter Benjamin, Sobre el lenguaje en general y
sobre el lenguaje de los hombres. p.93.
37
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de ahí esa precaución, esa reserva del "en
cuanto comunicable". El ser espiritual de
las cosas en su lengua no es enteramente
comunicable, y la lengua misma tampoco
se despliega enteramente, tampoco habla plenamente como medio de la
comunicación del ser espiritual comunicable de las
cosas. Esta no-comunicabilidad
del ser dice algo no sólo respecto de la lengua de
ese ser, sino también respecto del
ser mismo; dice, por una parte, que la lengua del
ser no es perfecta, y, por otra, que
el ser que en ella se comunica no es, en sí mismo,
en su propio centro, lingüístico.
La lengua es imperfecta en su esencia comunicante,
en su universalidad, cuando el ser espiritual que en ella habla no es
lingüístico, es decir comunicable en toda su estructura.30
"En su propio centro" -esto es lo que debe recalcarse- el ser
espiritual que no es
enteramente comunicable no puede definirse como
lingüístico; sin embargo, en el
centro del centro, en el centro de la lengua -de
todas las lenguas-, en el nombre,
todo ser espiritual es lingüístico, es decir,
enteramente comunicable.
En el problema de la esencia espiritual -no sólo
del hombre (puesto que ésta lo es necesariamente), sino también de las cosas-,
la esencia espiritual en general puede ser definida, desde el punto de vista de
la teoría del lenguaje, como lingüística.31
La lengua de las cosas, su ser espiritual, es
llamada de otra lengua, deseo de una
lengua más perfecta, de un medio lingüístico
superior. Este medio es el nombre, la
30Walter Benjamin, Sobre el lenguaje en general y
sobre el lenguaje de los hombres. p.93.
31Ibid. p.93.
38
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lengua del hombre y a la vez "la lengua de la
lengua"32. Únicamente el ser espiritual
del hombre es, necesariamente, idéntico al lingüístico, puesto que su ser es
enteramente comunicable, es decir, es pura
comunicación, pura comunicabilidad.
(...) la lengua humana es la esencia espiritual del
hombre; y sólo por ello la esencia espiritual del hombre, el único entre todos
los seres espirituales, es enteramente comunicable.33
Sin embargo, en el nombre que el hombre le da a las
cosas, el ser espiritual de éstas
alcanza su entera comunicabilidad, es decir, se
completa, se perfecciona.
Si la esencia espiritual es idéntica a la
lingüística, la cosa es, en su esencia espiritual, centro de la comunicación, y
aquello que en ella se comunica es -de acuerdo con la relación central- este
mismo centro (la lengua). La lengua es entonces la esencia espiritual de las
cosas. La esencia espiritual es por lo tanto puesta a priori como comunicable o
puesta más bien en la comunicabilidad misma, y la tesis que dice que la esencia
lingüística de las cosas es idéntica a su esencia espiritual en cuanto ésta es
comunicable, se convierte en el "en cuanto", en una tautología.34
La lengua es entonces la esencia espiritual de las
cosas. Sólo en el "entonces" de la
lengua humana, en el "entonces" del
nombre, en ese "entonces" que es la lengua de
la lengua, se identifican plenamente -una plenitud
que resultará ser paradójica- el ser
espiritual y la lengua. La lengua no es en todo
momento y en todo lugar la esencia
espiritual de las cosas, lo es sólo en ese tiempo y
ese lugar que es el nombre. En su
centro, es decir, en el nombre, lenguaje y ser se
identifican. Este centro sin embargo -
es fundamental entenderlo- no es tiempo y lugar
donde la identidad diga la plenitud
32Ibid. p.92.
33Ibid. p.92.
34Walter Benjamin, Sobre el lenguaje en general y
sobre el lenguaje de los hombres. p.93.
39
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de una pura presencia, sino más bien el lugar de
una interrupción, no es tiempo y
lugar donde el significado sea algo apresable,
identificable plenamente, separable
del decir mismo. Pero a esto me referiré más
adelante.
Es fundamental en todo esto no perder de vista el
hecho de que el nombre
que el hombre le da a las cosas no depende de su
mera voluntad, sino "de la forma
en que las cosas se comunican con él"35. Las
cosas se comunican con el hombre, y
sólo
por ello puede él nombrarlas, sólo por ello pueden el
hombre y el nombre
definirse como centro de la comunicación. Desde
este punto de vista, postular,
como lo hace la concepción convencional de la
lengua, que la relación entre la
cosa y el nombre se establece arbitrariamente -es
decir, que la intención es, por
decirlo así, el signo de equivalencia que permite
hablar de una identidad entre la
cosa y el nombre, es pasar por alto un hecho
innegable. Existe entre el nombre y el
ser una íntima relación, una relación eminentemente
lingüística. Aceptar que las
cosas se comunican y que se comunican con el
hombre, implica aceptar que el
nombre que el hombre les da, debe estar determinado
inevitablemente por esta
comunicación.
Mediante la palabra el hombre se halla unido a la
lengua de las cosas. La palabra humana es el nombre de las cosas. Así no se
puede plantear más la idea que corresponde a la concepción burguesa de la
lengua, de que la palabra corresponde a la cosa casualmente, de que constituya
un signo de las cosas (o de su conocimiento) puesto por una determinada
convención.36
35Ibid. p.97.
36Walter Benjamin, Sobre el lenguaje en general y
sobre el lenguaje de los hombres. p.97.
40
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Pero un par de preguntas comienzan aquí a reclamar
sus respuestas. ¿Cómo se
comunican las cosas? ¿Por qué se comunican con el
hombre? La primera pregunta
nos obliga a volver atrás, a retomar eso que el
texto de Benjamin no permite olvidar,
a saber: las cosas comunican su ser espiritual en
la lengua y no a través de ella. La
lengua de las cosas es el medio en que el ser
lingüístico de las cosas se comunica, es
decir, la lengua de las cosas es la expresión de
las cosas o las cosas-en-la-expresión.
Si el ser comunicable de las cosas es su lengua,
entonces podemos decir que la
lengua de las cosas es una lengua material. Las
cosas se comunican en su materia.
A las cosas les está negado el puro principio
formal lingüístico: el sonido. Pueden comunicarse entre ellas sólo mediante una
comunidad más o menos material. Esta comunidad es inmediata e infinita como la
de toda comunicación lingüística; y es mágica (puesto que hay también una magia
de la materia)37.
La lengua material de las cosas es inmediata y en
su inmediatez, mágica.38 Sin
embargo, su ser no es lingüístico y su lengua es
imperfecta. Esta imperfección es
37Ibid. p.94.
38Otra cita de “Sobre el lenguaje en general y
sobre el lenguaje del hombre” servirá para aclarar en qué consiste la magia de
la lengua a la que aquí se refiere Benjamin: “(...) cada lengua se comunica a
sí misma, cada lengua es - en el sentido más puro- el “medio” de la
comunicación. Lo “medial”, es decir lo inmediato de cada comunicación
espiritual, es el problema fundamental de la teoría lingüística, y si se quiere
llamar mágica a esta inmediatez, el problema originario de la lengua es su
magia”.(p.91). Es decir, la magia del lenguaje -tanto del de las cosas como del
de los hombres- consiste en el acontecimiento mismo de la comunicación. Por una
parte, está el hecho de que la lengua de un ser no es el medio a través del
cual ese ser puede comunicarse, sino, inevitablemente, inmediatamente, el medio
en el cual el ser mismo se comunica. Así, si bien en un cierto sentido el ser
ha de distinguirse de la lengua, en la comunicación, lo que se comunica es el
ser, pero a la vez, y sin mediación alguna, la lengua. La comunicación es
entonces, al mismo tiempo, ser y lenguaje. Lo que en la lengua del ser se
comunica es la lengua
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índice de esa necesidad que puede atribuírsele a
las cosa de comunicarse con el
hombre, la necesidad del centro, necesidad del instante de su entera
comunicabilidad, de la expresión irrestricta de su
ser.
Un doble movimiento entonces hace posible el
nombre, una escucha, una
receptividad y al mismo tiempo una espontaneidad.
Las cosas son mudas y en sí
mismas, por tanto, innominadas; el hombre las
nombra espontáneamente, pero las
nombra de acuerdo a la forma que tienen ellas de
comunicarse con él, las nombra a
partir de su escucha. Este doble movimiento que se
despliega en el nombre es el
movimiento característico de la lengua, su ley
esencial. El hombre no sólo se expresa
a sí mismo nombrando todas las otras cosas, sino
que ese nombrar es al mismo tiempo
llamar a todas las otras cosas (nombrar es llamar a
aquello que se nombra, dar lugar
en la escucha, en la receptividad que es el nombre,
a la manifestación de aquello
que se nombra). El movimiento de la lengua es el
movimiento de la traducción, su ley
-cuya enunciación directa quiero evitar en este
momento- es la ley de la traducción
-ley que es a la vez una condena.
Pero para receptividad y espontaneidad a la vez
-tal como se encuentran en esta conexión única, sólo en el campo lingüístico-
la lengua posee un término propio, que vale también para esta receptividad que
hay en el nombre para lo innominado. Es la traducción de la lengua de las cosas
a la lengua de los hombres. Es necesario fundar el concepto de traducción en
misma. Algo en todo esto, sin embargo, queda sin
decirse -o más bien, no se dice ni como ser ni como lenguaje. Este “algo” es
precisamente lo que hace pensable el acto de la comunicación como un acto de
magia. Algo hace posible el acto de la comunicación, pero es justamente este
“algo” lo que permanece oculto. Cuando la inmediatez de toda comunicación tiene
lugar, este lugar, este medio es lo que se olvida, lo que desaparece, lo que se
pasa por alto. Y, sin embargo, para una mirada perspicaz, este lugar, es
justamente lo que se manifiesta como lugar, como medio, en la inmediatez de la
comunicación.
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el estrato más profundo de la teoría lingüística,
puesto que dicho concepto es de magnitud demasiado amplia y grave para poder
ser tratado en cualquier sentido a posteriori (como a veces se piensa). El
concepto de traducción conquista su pleno significado cuando se comprende que
toda lengua superior (con la excepción de la palabra de Dios) puede ser
considerada como traducción de todas las otras39.
Este concepto de traducción, concepto fundamental
para la concepción
benjaminiana de la lengua, sólo es comprensible si
se acepta que todo lo que es
tiene lenguaje. Al excluir a las cosas del ámbito
de la lengua, la teoría lingüística
convencional se priva de ésta, la concepción de la
lengua como traducción. Para
ella la traducción es prueba de la equivalencia de
las lenguas humanas, es decir, de
su convencionalidad. En Benjamin la forma de todo
lenguaje es la forma de la
traducción. Esto me obliga a volver a la caída, a retomar, ahora con más
profundidad, la relación insoslayable que existe en
Benjamin entre la lengua y la
caída.
39Walter Benjamin, Sobre el lenguaje en general y
sobre el lenguaje de los hombres hombres. p.97.
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IV
LA CAÍDA
La lengua y su ley:
Pero el nombre no es sólo la última exclamación,
sino también la verdadera alocución de la lengua. Aparece así en el nombre la
ley
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esencial de la lengua, para la cual expresarse y
apostrofar toda otra cosa es un mismo movimiento.40
El pecado:
La palabra debe comunicar algo (fuera de sí misma).
Tal es el verdadero pecado original del espíritu lingüístico.41
El pecado suena a eco distorsionado de la ley.
Descubrir el carácter y magnitud de esta distorsión será de suma importancia
para entender la inmensa diferencia que existe entre la enunciación de la ley y
la del pecado. Tanto la ley como el pecado parecen referirse a una cierta
obligación en el campo de la lengua humana, a algo que en la lengua no puede
ser evitado, a saber, su remisión -ya sea en la "llamada", ya sea en
la "comunicación"- a algo otro que sí misma. Ahora bien, para entender
la diferencia entre la remisión a la que se alude en la ley y aquella a la que
se alude en el pecado, hay que comprender, en primer lugar, que la ley nace, o
es provocada en cuanto ley, por la transgresión que es el pecado. La
enunciación misma de la ley, como precepto, es ya manifestación de la caída. La
ley sólo debe enunciarse como ley, ahí donde ha sido transgredida. Desde otro
ángulo, esto pone de manifiesto que un "antes del pecado", un
"antes de la caída", sólo es pensable como concordancia plena de la
lengua "humana" con la ley. Tal concordancia dice ante todo que el
hombre se expresa -expresa su propio ser- en el nombre que da a las cosas, pero
que este nombre es, al mismo tiempo, un llamar al ser que se nombra, un invocar
la presencia de lo nombrado. Valga agregar a esto que en el nombre, lo nombrado
no
40Walter Benjamin, Sobre el lenguaje en general y
sobre el lenguaje de los hombres. p.93.
41Ibid. p.99.
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puede sino manifestarse como lo que ha sido
llamado. No cabe, sin embargo, llamar
"humana" a esta pureza, a esta
concordancia, puesto que lo humano es en Benjamin,
irrevocablemente, lo caído.
(...) el pecado original es el acto de nacimiento
de la palabra humana, en la cual el nombre no vive ya más intacto, es la
palabra que ha salido fuera de la lengua nominal, conocedora, y casi se podría
decir: que ha salido de la propia magia inmanente para convertirse en
expresamente mágica.42
Es necesario mencionar aquí, que la caída para
Benjamin, en concordancia con el
relato bíblico, es doble. La primera, es la que
expulsa a los hombres del paraíso; se
trata de la caída en la palabra que juzga, esa que
da lugar al conocimiento del bien
y del mal. La lengua paradisíaca es la lengua
puramente denominante, es decir, la
lengua que da a cada cosa creada su propio nombre y
permite que, en la llamada
que es ese nombre, cada cosa se manifieste
plenamente como aquello que ha sido
llamado; es decir, una lengua en la que cada cosa
es su nombre. Sin embargo, "el
saber del bien y del mal abandona el nombre, es un
conocimiento extrínseco, la
imitación
improductiva del verbo
creador. El nombre
sale de sí
mismo en este
conocimiento (...)"43. El juicio transforma la
lengua en un medio para decir y conocer
algo que no ha sido creado, algo inexistente, algo
que, en cierto sentido, expulsa a la
lengua del ser, y al ser de la lengua.
Ser "conocedores del bien y del mal" es
la promesa que la serpiente hace a los primeros humanos. Pero de Dios se dice
después de la Creación: "Y
42Walter Benjamin, Sobre el lenguaje en general y
sobre el lenguaje de los hombres. p.99.
43Ibid. p.99.
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vio Dios ser muy bueno cuanto había hecho". El
conocimiento del mal carece, por tanto, de su correspondiente objeto. El mal no
existe en el mundo. No comienza a surgir en el hombre mismo más que con el afán
de conocer, o, más bien, de juzgar.44
En el mismo momento de la Caída la unidad de la
culpa y el acto de significar emerge como abstracción, delante del árbol del
"conocimiento".45
Con el afán de juzgar, el hombre sale de la lengua
de la llamada para hacer de la
lengua un vehículo de asignación de ser, de
dominación.
La segunda caída, la caída babélica, la que da
lugar a la multiplicidad de las
lenguas, es consecuencia directa de la primera.
En cuanto el hombre sale de la pura lengua del
nombre, hace de la lengua un medio (para un conocimiento inadecuado al nombre)
y por lo tanto también -al menos en parte- una simple señal, lo cual tiene
luego como consecuencia la pluralidad de las lenguas.46
Pero volveré sobre esto en el capítulo sobre la
traducción.
Por ahora, lo que no debe perderse de vista, es que
la lengua humana es, en
esencia, una lengua caída, una lengua de palabra
-donde el nombre es también, en cierto sentido, palabra. No hay lengua humana
sin caída, lo humano es inevitablemente, irrevocablemente, lo caído. En otras
palabras, no hay, humanamente hablando, lingüísticamente hablando, un antes de
la caída, o más
bien, no hay un "antes" que pueda
entenderse como idéntico a sí mismo, como
44Walter Benjamin, El origen del drama barroco
alemán. p.231.
45Walter Benjamin, El origen del drama barroco
alemán. p.231.
46Walter Benjamin, Sobre el lenguaje en general y
sobre el lenguaje de los hombres. p.100.
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presente a sí, como pasado pleno. El nombre intacto
sólo puede pensarse ahora -y desde siempre- como pérdida, como un "ya
no", como una desaparición; sólo puede evocarse, es decir, sólo puede
pensarse en su haber desaparecido. La palabra humana es ese "ya no",
es huella de esa pérdida; y a su vez, el nombre intacto sólo existe, sólo es
intacto en su ser un "ya no".
Existe sin embargo, como ya se ha dicho, entre la
enunciación del pecado y la de la ley una diferencia abismal, una diferencia
que tal vez pueda entenderse en términos de obediencia. Someterse a la ley,
entregarse a ella, implica reconocer el pecado; no reconocer la ley, olvidar el
pecado, es reiterarlo. En el nombre, en la ley del nombre, se deja sentir a la
vez el peso de una condena y la posibilidad de una salvación: la condena en el
pecado, la salvación en la ley. Pero no nos dejemos confundir; no hay salvación
sin pecado. Un abismo distingue al pecado de la ley. Someterse a la ley -o más
bien, entregarse a ella- es mantenerse sobre ese abismo, olvidar el pecado es
caer ciegamente en él. Sometimiento y olvido, ley y pecado, en términos de
estas antinomias puede entenderse también la diferencia entre la concepción
convencional de la lengua (concepción de la lengua como convención) y la
concepción de la lengua como expresión. La remisión a algo otro que sí misma de
que habla tanto la ley de la lengua como su pecado no es la misma en el olvido
del pecado que en el sometimiento a la ley. Y es aquí donde el término
"comunicación" en su diversidad significativa marca, anuncia y en
cierto modo constituye el abismo que distingue el sometimiento del olvido, la
palabra como expresión de la palabra como instrumento. "La palabra debe
comunicar algo (fuera de sí misma)", éste, por cierto, es el pecado, la
caída; sin embargo, éste también
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puede ser, en cuanto reconocimiento de la ley, el
medio de acceso -o más bien, el
acceso mismo- a la salvación.
¿Comunica el hombre su ser espiritual mediante los
nombres que da a las cosas? ¿O más bien en tales nombres? En la paradoja de
esta pregunta está ya su respuesta. Quien considera que el hombre comunica su
ser espiritual a través de los nombres no puede sostener que es su ser
espiritual lo que comunica, porque ello no acontece a través de los nombres de
cosas, a través de las palabras con las que las cosas son designadas. Sólo
puede sostener que el hombre comunica un objeto a otros hombres, porque ello ocurre
mediante la palabra con la cual designo una cosa. Esta concepción es la
concepción burguesa de la lengua, cuya vacua inconsistencia resultará en
seguida más clara. Tal teoría dice que el medio de la comunicación es la
palabra, que su objeto es la cosa y que su destinatario es un hombre.47
En tanto el nombre ya no es "nombre
intacto", no puede decirse así, sin más, que el
ser espiritual es idéntico a su nombre, en otras
palabras, el nombre comunica algo
que no es él mismo. Este "comunicar"
tiene empero -como toda palabra- un doble
filo; el filo de un arma por una parte, el de un
reconocimiento por otra -un filo
utilizable por una parte, un filo habitable, por
otra. La pregunta de Benjamin pone al
descubierto esta duplicidad, y con ella, también la
duplicidad del pecado y de la ley.
La paradoja de la pregunta delata ya la
obligatoriedad de una respuesta y la
vacuidad e inconsistencia de otra.
Es absurdo afirmar que el hombre comunica su ser
espiritual a través de los
nombres con que designa las cosas, pues a través de
los nombres lo único que
podría comunicar son objetos, los objetos que esos
nombres designan, los objetos de
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su intención. Es decir, si algo se comunica a
través de la lengua, este algo no puede ser más que un objeto apresado por la
intención. Éste es el olvido del pecado y su reiteración: el nombre comunica
algo fuera de sí mismo, un objeto, algo que en última instancia debe dispensar
del nombre, algo a lo que el nombre equivale por pura convención y que por
tanto, en su ser, es absolutamente independiente del nombre. En otras palabras,
el olvido del pecado -olvido que en cierto sentido es el pecado mismo- da lugar
a la arrogante ilusión de absoluta independencia, de absoluta libertad y de
eternidad del ser. Si el nombre es el medio a través del cual el hombre se
comunica, entonces el hombre se sitúa a sí mismo y a los objetos de su
intención, más allá de la lengua, más allá de la palabra; olvida aquello que lo
hace posible y se autodesigna señor, creador, origen, de aquello a lo que en
verdad está sujeto. Vistas de este modo las cosas, es decir, convencionalmente,
habría que decir entonces que nada se comunica en el nombre, que lo que se
comunica se comunica a través de él, y, como el único ser capaz de nombrar es
el hombre, entonces sólo él se comunica; pero no se comunica él, sino que, a
través de los nombres con que designa las cosas, comunica su propia intención.
Ese algo que comunica la palabra fuera de sí misma, no es en este contexto,
algo otro, sino siempre lo mismo: la intención -intención que hace que, para
efectos de la "comunicación", el objeto sea equivalente a su nombre,
y que el nombre no sea más que el medio de una transacción, la transacción de
la pura intención humana. Dominio absoluto sobre la lengua, eso es lo que en
verdad se comunica. Extraño dominio, hay que decirlo, éste que el hombre cree
tener sobre una lengua que al fin
47Walter Benjamin, Sobre el lenguaje en general y
sobre el lenguaje de los hombres. p.92.
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y al cabo resulta ser, como instrumento de la
dominación, absolutamente muda, absolutamente inexpresiva.
Pero está también el otro filo del pecado, el filo
de su sometimiento a la ley. Aquí "comunicación" ya no dice lo mismo
-ya no dice el traslado de un objeto (siempre el mismo) apresado por la
intención-, sino lo otro -algo que escapa a la intención humana, algo que tiene
lugar como diferencia-; aquí la comunicación está sometida a la ley de la
lengua, o más bien, es, en la total entrega a la ley, la ley misma; aquí el ser
no puede situarse más allá de la lengua puesto que se reconoce como determinado
por ella. Aquí, el hombre -y no sólo él- se comunica en la lengua, no a través
de ella. La palabra humana debe comunicar algo fuera de sí misma puesto que es,
desde siempre, palabra caída (caída desde el nombre intacto, desde el ser
intacto). Pero "comunicar" no quiere decir aquí, trasladar,
intercambiar, ni desechar... no es un mero "decir lo que se quiere"
sino más bien un "decir" que antecede y determina todo querer, un
decir que es en "sí mismo", deseo de decir, de que algo se diga -un
decir que no puede entonces ser simplemente "sí mismo".48 Aquí,
48Es absolutamente indispensable entender aquí que
la diferencia entre el decir como deseo y la intención de decir es
irreconciliable. La intención de decir tiene necesariamente que ver con la
posesión. Aquello que se tiene la intención de decir debe haberse constituído
ya como objeto de posesión. “Esto es lo que quiero decir”, proclama la
intención, y, para proclamarlo, debe suponer que el “esto” del que se habla es
un objeto, idéntico a sí mismo, capturable... algo (un “en-sí”, no un
“en-el-lenguaje”) que el lenguaje sólo sirve para transportar. El deseo, en
cambio se refiere a algo esencialmente inapropiable, a algo esencialmente
lejano que se quiere alcanzar, pero no se alcanza jamás. El deseo no habla de
algo idéntico a sí mismo y presente a la intención, sino fundamentalmente de
algo que jamás se hace plenamente presente, de algo que es y se dice como un
“no estar presente”. Afirmar que se tiene la intención de decir algo que luego
se dice, así, sin más, es afirmar que se tiene dominio pleno no sólo sobre el
modo de decirlo, sino también sobre lo dicho, es afirmar que aquello que se
quiere decir está siempre bajo nuestro control: “sé exactamente lo que quiero
decir y lo digo”. Por el
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en concordancia con la ley, comunicar es expresar,
o más bien, expresarse; y expresarse es al mismo tiempo, en un mismo movimiento
interpelar toda otra cosa. Aquí no puede distinguirse "ningún medio,
ningún objeto, ningún destinatario de la comunicación. (...) en el nombre el
ser espiritual del hombre se comunica con Dios"49. Sin embargo, Dios no es
el destinatario de la comunicación, sino más bien la comunicación misma. En el
nombre el ser espiritual del hombre se comunica con Dios, precisamente porque
"el nombre es aquello a través de lo cual no se comunica ya nada y en lo
cual la lengua misma se comunica absolutamente"50. Valga recordar aquí, a
modo de explicación, eso de que "en el principio fue el Verbo".
En el nombre la lengua se expresa, se manifiesta
plenamente; manifiesta el carácter irremediablemente paradojal de su plenitud.
El nombre no dice aquello que nombra como si el
nombrar mismo y lo nombrado mismo fueran plenitudes; no atrapa, no contiene un
significado pleno, no lo presenta como si fuera un hecho. El nombre caído, en
su sometimiento a la ley, no puede más que aludir, más que llamar a aquello que
nombra. Como expresión del hombre, como expresión de la lengua, el nombre es
eminentemente, inevitablemente alusivo; y lo es no sólo porque la lengua es,
desde siempre, lengua caída, sino porque con ella lo que ha caído -lo que está
desde siempre caído- es el ser: el ser del hombre y el ser de las cosas. El
nombre como llamada no es ni más ni
contrario, el deseo de decir anuncia más bien que
algo se nos ha escapado, y que eso que se nos ha escapado tiene un cierto poder
sobre nosotros, a saber: nos obliga, por su “ausencia”, a invocarlo, a llamarlo
perpetuamente. El decir como deseo es entonces el decir como llamada, como
invocación. Algo más sobre esto se dirá en el capítulo acerca de la prensa y la
experiencia.
49Walter Benjamin, Sobre el lenguaje en general y
sobre el lenguaje de los hombres. p.92.
50Ibid. p.92.
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menos que alusión a un significado pleno, es decir,
no contiene tal significado, no lo afirma, no lo dice, sino que lo llama, lo
desea, lo invoca. El nombre es deseo de su significado, deseo del ser nombrado,
y como tal, no es signo desechable de aquello que significa, sino huella de su
huida -no de su inexistencia, sino de su existencia como huida-, huella de la
huida del ser, huella del ser como huida. Ese significado al que alude el
nombre puede entenderse como el lugar dejado por el nombre y por el ser en la
huida de su plenitud. El nombre entonces no es instrumento, sino expresión, y
por tanto no puede usarse, sino sólo experimentarse como acontecimiento.
Entender el nombre como alusión es entenderlo como
comunicación, como la comunicación en sí misma. En este contexto, el ideal de
la transparencia del nombre, de la desechabilidad del significante, se delata
como el ideal de una lengua inexistente, una lengua muda. El nombre no es una
parálisis, no es un objeto muerto, sino un acto, un movimiento, y lo que en él
se comunica se comunica en el acto mismo del nombrar, en el movimiento de la
alusión. Precisamente porque nada se dice a través del nombre, porque el nombre
es el lugar de todo decir, de toda comunicación, éste no puede desecharse.
Pero ¿qué es, de acuerdo con esta compleja ley de
la lengua, lo que en el nombre se comunica? En primer lugar, podría decirse que
lo que en él se comunica es su propia diferencia. El nombre no se dice a sí
mismo, no se llama a sí mismo, sino al ser nombrado; decirse es llamar al ser
que se nombra, invocar la presencia de algo que no es él mismo. El nombre es
entonces el centro donde se manifiesta su propia diferencia; con ello, sin
embargo, se manifiesta a la vez la diferencia en el ser nombrado, puesto que el
ser sólo se expresa en la lengua, sólo es, en última instancia, en el nombre,
es decir, en eso que no es sí mismo. El ser es aquello que se deja llamar
53
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por su nombre y se manifiesta -como ser-llamado- en
el nombre como llamada. Sólo
en relación a esta alteridad entonces, en relación
a aquello que no es ni nombre ni
ser, pueden el ser y el nombre identificarse. El
nombre, como interpelación al ser es,
por decirlo así, el lugar y el tiempo donde lo
otro, la alteridad misma -la diferencia
entre el nombre y el ser, entre el nombre y el
nombre, entre el ser y el ser- se
manifiesta; pero, y esto debe quedar muy claro, no
se manifiesta ni como nombre ni
como ser, sino como aquello que da lugar al nombre
-al nombre como lugar de la
llamada- y que da lugar al ser en el nombre -el ser
como ser-llamado-, aquello que
hace posible el acontecimiento que es la lengua. La
lengua no puede usarse, sólo
vivirse, sólo experimentarse.
El desencuentro que caracteriza al nombre... que su
expresarse sea a la vez un
llamar a lo otro, un significar algo otro que sí
mismo, permite ver en la alegoría -como
Benjamin
la entiende- un modelo
particularmente iluminador de ese ser que es,
contradictoriamente, convención y expresión, que es
a la vez mundano y divino. La
palabra es, en su remisión al ser, en esa expresión
que es también llamada, alegórica
-y en este sentido habría que decir que el ser, en
tanto ser-llamado, lo es también; es
algo y al mismo tiempo, algo otro. Las antinomias
que caracterizan a lo alegórico son
también las que caracterizan a la lengua.
Cada persona, cada cosa, cada relación puede
significar otra cualquiera. Esta posibilidad profiere contra el mundo profano
un veredicto devastador, aunque justo: es caracterizado como un mundo en el que
el detalle apenas cuenta. Sin embargo, está fuera de toda duda (sobre todo para
quien tenga presente la exégesis textual alegórica) que todos esos objetos
utilizados para significar, precisamente por el hecho de referirse a algo
distinto, cobran una fuerza que los hace aparecer inconmensurables con las cosas
profanas y los sitúa en un plano más elevado, pudiendo
54
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llegar hasta a santificarlos. Según esto, el mundo
profano aumenta de rango y se devalúa al mismo tiempo cuando se lo considera
alegóricamente. Esta dialéctica religiosa del contenido tiene su correlato
formal en la dialéctica de la convención y la expresión. Pues la alegoría es
ambas cosas: convención y expresión; y las dos son por naturaleza
antagónicas.51
Tanto en la alegoría como en la lengua se revela el
carácter antagónico de la significación, ése que, por una parte, permite ver en
el significante un sustituto, arbitrariamente establecido, del significado -un
significado que es entonces idéntico a sí mismo-, y por tanto, en sí mismo,
insignificante, valioso únicamente en cuanto útil; pues aquí, su significar
otra cosa no es más que un ser equivalente a ella, un ser intercambiable por
ella. Por otra parte sin embargo, este significar algo otro puede entenderse
como llamada, es decir, como el comparecer de lo otro en la llamada que es el
"significante" -un significante que no es entonces instrumento, sino
lugar de manifestación de lo otro-,y por ende, en tanto lo otro sólo puede
comparecer en él, indispensable; una especie de lugar sagrado. Así entonces, la
palabra y el objeto alegórico, entendidos como útiles, carecen en sí mismos de
toda importancia, no guardan en sí ningún misterio -como a fin de cuentas,
tampoco puede guardarlo, en su ininterrumpido proceso de transacciones, ningún
objeto o acontecimiento del mundo. Entendidos como lugar de advenimiento de
algo otro -de algo que no es simplemente sí mismo-, como manifestación de una
diferencia, como interrupción del intercambio mercantil de objetos y signos, la
palabra y el objeto alegórico son lugares sagrados donde lo misterioso se
revela como misterioso, irrupción del misterio
51Walter Benjamin, El origen del drama barroco
alemán. pp.167-168.
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en el corazón de lo cotidiano, rescate de la
singularidad que contiene en sí lo
incontenible, que es sí misma pero, al mismo
tiempo, otra.
Pues ahora me disponía a desenvolver "la
tradición" de su bolsa de lana. La aproximaba cada vez más hacia mí, hasta
que se obraba lo más sorprendente, que la "tradición" saliese por
completo de su bolsa, en tanto que ésta dejaba de existir. No me cansaba nunca
de hacer la prueba de esta verdad enigmática: que forma y contenido, el velo y
lo velado, la "tradición" y la bolsa, no eran sino una sola cosa. Y
había algo más, un tercer fenómeno, aquel calcetín en el cual se convertían las
dos.52
Como huella, como vestigio, como ruina, el nombre
es sitio y tiempo de una
catástrofe, pero por lo mismo, a su vez, promesa de
redención, anuncio de un
pasado que ha de rescatarse, que ha de manifestarse
en la rememoración en la
evocación, en el reconocimiento de la pérdida.
(...) en las ruinas de los grandes edificios la
idea de su proyecto habla con más fuerza que en los edificios de menores
proporciones, por bien conservados que estén.53
Es imposible entender todo esto sin hacer referencia a la idea de la
interrupción, al tiempo del nombrar como tiempo de
una convergencia, de un
cruzamiento.
Que el nombre sea llamada del ser que se nombra,
alusión a un significado y
no su sustituto temporal -es decir, que el nombre no sea simplemente,
idealmente,
intercambiable por su significado-, significa que
ni el ser ni el nombre son entendibles
52Walter Benjamin, Infancia en Berlín hacia 1900.
pp.102-103.
56
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en términos de un presente sólido, simple, de una
identidad plena. Que el ser se manifieste en el nombre que lo llama,
implica que el tiempo del nombre, el tiempo del
llamar, no puede ser un tiempo simple -el tiempo simple de una pura identidad,
de una pura presencia (presencia a sí). La llamada acusa la lejanía de aquello
que se llama, su no-presencia, su alteridad temporal, su "ya no", su
"todavía no". Y sin embargo, la llamada misma sólo es en relación a
aquello que se llama; es la manifestación de lo llamado en su no-presencia. El
ser que se manifiesta en el nombre que lo llama sólo puede entenderse en
términos de su no-presencia, de su huida, como una lejanía, como un pasado;
pero no un pasado que se hace presente (que vuelve en el presente a ser
idéntico a sí mismo), sino un pasado que se manifiesta en la huida, que retorna
como pérdida. El tiempo del nombre es el tiempo en que el pasado adviene, pero
adviene en lo que tiene de olvido, de desaparición. El tiempo del nombre es el
tiempo de la huella, el tiempo-ahora que interrumpe como un disparo la aparente
continuidad y homogeneidad del transcurso temporal. Pero esta conjunción no
sólo es el tiempo del nombre, sino también, a la vez, el de la historia. Por
esto, detenerse en la noción de temporalidad de las "Tesis de filosofía de
la historia" es fundamental para comprender esta relación entre tiempo y
nombre.
La historia es objeto de una construcción cuyo
lugar no está constituido por el tiempo homogéneo y vacío, sino por un tiempo
pleno, "tiempo-
ahora".54
53Walter Benjamin, El origen del drama barroco
alemán. p.233.
54Walter Benjamin, Tesis de filosofía de la
historia, en Discursos interrumpidos I. p.188.
57
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El materialista histórico no puede renunciar al
concepto de un presente que no es transición, sino que ha llegado a detenerse
en el tiempo. Puesto que dicho concepto define el presente en que escribe
historia por cuenta propia. El historicismo plantea la imagen
"eterna" del pasado, el materialismo histórico en cambio plantea una
experiencia con él que es única.55
El historicismo culmina con pleno derecho en la
historia universal. Y quizás con más claridad que de ninguna otra se separa de
ésta metódicamente la historiografía materialista. La primera no tiene ninguna
armadura teórica. Su procedimiento es aditivo; proporciona una masa de hechos
para llenar el tiempo homogéneo y vacío. En la base de la historiografía
materialista hay por el contrario un principio constructivo. No sólo el
movimiento de las ideas, sino que también su detención forma parte del pensamiento.
Cuando éste se para de pronto en una constelación saturada de tensiones, le
propina a ésta un golpe por el cual cristaliza en mónada. El materialista
histórico se acerca a un asunto de historia únicamente, solamente cuando dicho
asunto se le presenta como mónada. En esta estructura reconoce el signo de una
detención mesiánica del acaecer, o dicho de otra manera: de una coyuntura
revolucionaria en la lucha en favor del pasado oprimido.56
En cierto sentido hay que decir que el pasado es
irrescatable; en el sentido de
que no se
lo puede rescatar
como presencia a
sí; el pasado
jamás ha sido
enteramente presente a sí, esto es lo que lo
caracteriza como pasado: sólo puede
"hacerse presente", sólo puede recobrarse
-o más bien, de acuerdo con la deuda
que es, habría que decir, cobrarse- como pasado,
como olvido, en otro tiempo. La
pérdida irremediable del pasado es lo que el nombre
en la llamada rescata -la
rescata en cuanto pérdida. En otras palabras, el
pasado no es eso que algún día fue
55Ibid. p.189.
56Ibid. pp.189-190.
58
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plenamente presente; no puede predicarse del pasado
un "así fue exactamente", puesto que lo que lo caracteriza es ser
siempre un "ya no", no un presente perdido sino la pérdida misma,
pérdida que sólo se reconoce como tal, que sólo puede tener lugar, como
pérdida, en el presente.
Articular históricamente lo pasado no significa
conocerlo "tal y como verdaderamente ha sido". Significa adueñarse de
un recuerdo tal y como relumbra en el instante de un peligro.57
Ahora bien, en cuanto evocación de ese "ya
no" que es el pasado, el presente es, a su vez un "todavía no",
puesto que lo que evoca, lo que en él se manifiesta es precisamente el "ya
no", no un "ahora sí"; es decir: el presente rescata al pasado
del olvido de su olvido, pero al rescatarlo como "lo que ha sido
olvidado" lo reconoce -y se reconoce- como lo que todavía no ha alcanzado
su plenitud, como lo que todavía no se ha consumado. Todo esto dice algo no
sólo acerca de la no-identidad del pasado consigo mismo, sino también pone de
manifiesto que el presente tampoco pude entenderse en términos de pura
presencia, de pura identidad. El presente es el advenimiento de un pasado
olvidado, reprimido, un pasado que aguarda su consumación. En este sentido, el
presente sólo existe en su relación con el pasado; es aquello a lo que la deuda
que el pasado tiene consigo mismo da lugar. El presente mismo sólo puede tener
lugar, sólo puede acontecer si el pasado no es ya un hecho consumado, si el
pasado es lo que ha sido reprimido, lo que se ha olvidado y está todavía
pendiente. En otras palabras, el presente sólo tiene lugar como rememoración
-no como identidad. Tal rememoración es, al mismo tiempo un anuncio -un futuro
que jamás ha de llegar-, un "todavía no", el "todavía no"
59
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del pasado que le ha dado lugar. El presente es
entonces el tiempo de una colisión,
el tiempo de una cita, el encuentro del pasado con
el futuro -ese que jamás llega-, el
instante de una interrupción que como el despertar
es un "ya no" y a la vez un
"todavía no"; tiempo pleno, tiempo-ahora,
donde lo pleno es una diferencia, pérdida
y anuncio, catástrofe y promesa.
"Los cinco raquíticos decenios del homo
sapiens", dice un biólogo moderno, "representan con relación a la
historia de la vida orgánica sobre la tierra algo así como dos segundos al
final de un día de veinticuatro horas. Registrada según esta escala, la
historia entera de la humanidad civilizada llenaría un quinto del último
segundo de la última hora". El tiempo-ahora, que como modelo del mesiánico
resume en una abreviatura enorme la historia de toda la humanidad, coincide
capilarmente con la figura que dicha historia compone en el universo.58
La redención en Benjamin no es entonces un ser
levantado de la caída, no es
un "ahora estás limpio, todo ha sido olvidado", no es un olvido sino un
reconocimiento.
El pasado lleva consigo un índice temporal mediante
el cual queda remitido a la redención. Existe una cita secreta entre las
generaciones que fueron y la nuestra. Y como a cada generación que vivió antes
que nosotros, nos ha sido dada una flaca [débil] fuerza mesiánica sobre la que
el pasado exige sus derechos.59
57Walter Benjamin, Tesis de filosofía de la
historia. p.180.
58Walter Benjamin, Tesis de filosofía de la
historia. pp.190-191.
59Ibid. p.178.
60
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Lo que aguarda su redención es precisamente lo que
ha caído, y redimirlo no puede ser levantarlo y olvidar que ha caído, sino
reconocerlo como valor en cuanto caído, rescatar lo caído en su caer. Es por
esto que en Benjamin la redención no es el "Mas Allá" de la historia,
no es su telos sino su fin monádico, su interrupción.
A cada instante corresponde también alguna cosa
extraordinaria. A la vida terrena no puede seguir el Más Allá, porque el Más
Allá es eterno, de manera que no puede estar en contacto temporal con la vida
terrena.60
La redención no puede seguir a la historia, no
puede ser un "después de la historia". Todo lo que es, todo lo que ha
sido debe ser redimido en su ser, en su haber sido. En cada acontecimiento
singular, en cada ser singular está depositada ya la semilla de su redención. A
cada cosa particular, a cada instante vivido corresponde una cosa
extraordinaria; el tiempo-ahora de la reconocibilidad es el tiempo, el instante
fugaz, en que lo extraordinario de cada cosa, de cada acontecimiento se revela.
"El historicismo plantea una imagen "eterna" del pasado, el
materialista histórico en cambio plantea una experiencia con él que es
única". Esta experiencia descubre el pasado en el corazón del presente y
rescata con ello lo extraordinario de todo ser, su ser-otro, su estar siempre
atravesado y determinado por algo que no es sí mismo; su ser como deseo, su ser
como manifestación de "lo propio", pero a la vez de algo radicalmente
ajeno...su ser en la lengua como lengua.
60Franz Kafka, Consideraciones acerca del pecado el
dolor la esperanza y el camino verdadero. p.68.
61
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Más bien penetramos el misterio sólo en el grado en
que lo reencontramos en lo cotidiano por virtud de una óptica dialéctica que
percibe lo cotidiano como impenetrable y lo impenetrable como cotidiano.61
La redención no es nunca un hecho, es más bien una
experiencia.
Respecto del nombre y de la lengua esto dice que la
lengua, la lengua pura, la
lengua en la cual ya no habla la intención humana
sino algo otro, es el tiempo-lugar
de una redención en tanto lo que en ella habla, lo
que en ella se manifiesta es esa
alteridad -no como algo presente a sí, sino como
pura relación- que da lugar a la
lengua y que da lugar al ser -que tiene lugar en la
lengua, en el ser. En el nombre
entendido como revelación, lo que se manifiesta es
una especie de plenitud del ser
singular, de lo individual, la plenitud de lo que
es, en tanto lo que es, en su debilidad,
en su caer está atravesado de parte a parte por lo
otro, por -si lo ponemos en
términos
benjaminianos- Dios, pura expresión, entera comunicabilidad. La lengua
humana no puede decir a Dios, y no puede precisamente porque lo que
permanentemente quiere es decirlo, decirlo como en
su caer pretende decir los
objetos de su intención. Sin embargo, Dios, lo
otro, se dice plenamente en la lengua
humana, se dice como la lengua se dice a si misma,
se dice en la lengua y en cuanto
pura comunicabilidad, es la lengua, pura
revelación.
El supremo campo espiritual de la religión es (en
el concepto de la revelación) también el único que no conoce lo inexpresable.
Porque es declarado en el nombre y se expresa como revelación. Pero aquí se
advierte que sólo el ser espiritual supremo, tal como aparece en la religión,
se apoya sobre el hombre y sobre la lengua, mientras que todo
61Walter Benjamin, El surrealismo, la última
instantánea de la inteligencia europea, en Sobre el programa de la filosofía
futura y otros ensayos.
62
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arte, sin excluir a la poesía, no se funda sobre la
última quintaesencia del espíritu lingüístico, sino sobre el espíritu
lingüístico de las cosas, aun cuando ello sea en su más perfecta belleza.
"La lengua, madre de la razón y revelación, su A y ", dice
Hamann.62
V
LA CITA
"Dios no es el límite del hombre, pero el
límite del hombre es divino. Dicho de otra forma, el hombre es divino en la
experiencia de sus límites." (Bataille)
62Walter Benjamin, Sobre el lenguaje en general y
sobre el lenguaje de los hombres. p.94.
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Hay algo de divino, según Benjamin, en el acto de
citar, algo de una divinidad que no preside, que no precede ni sucede al acto
mismo de citar. Arrancada de su contexto original, la cita subvierte el orden
de la mismidad, desmiente la apariencia - esa que tan fácil y tan profundamente
nos cautiva- de que las cosas son siempre las mismas. Como el despertar, la
cita es experiencia dialéctica de una interrupción, manifestación de esa
diferencia imponderable que de parte a parte atraviesa el corazón de lo mismo.
Lugar de paso, como el despertar, la cita es insituable, inapropiable, y como
el despertar, es el tiempo inconmensurable y fugaz de una transición. Ni aquí
ni allá, ni fuera ni dentro, ni ahora ni entonces, la cita, como el despertar,
es una experiencia de límite, experiencia que ha de llamarse divina en tanto lo
divino en Benjamin está, por decirlo así, sujeto a la manifestación de lo otro
en el centro de lo mismo.
64
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¿Sería el despertar la síntesis a partir de la
tesis de la conciencia del sueño y de la conciencia de la vigilia? Entonces, el
momento del despertar sería idéntico con el “ahora de la congnoscibilidad”, en
que las cosas ponen su semblante verdadero -surrealista-.63
Sometida ella misma, aparentemente, a esa historia
de sometimientos que es
la concepción burguesa del lenguaje, la cita no
parece ser más que un medio de
corroboración, de legitimación de intenciones
presentes mediante la utilización de
intenciones pasadas, una muestra más de la
habilidad con que el hombre hace buen uso del lenguaje -y en este caso, no sólo
del suyo, sino también del ajeno. Aparentemente, digo, porque en verdad la cita
es, como el lenguaje mismo, eminentemente, inevitablemente, subversiva; y ni
las mejores intenciones pueden
evitar que, escapando al dominio de toda intención,
eche por tierra en un instante
redentor, el imperio poderoso y arduamente
levantado de la autoridad.
La fuerza de una carretera varía según se la
recorra a pie o se la sobrevuele en aeroplano. Así también, la fuerza de un
texto varía según sea leído o copiado. Quien vuela, sólo ve cómo la carretera
va deslizándose por el paisaje y se desdevana ante sus ojos siguiendo las
mismas leyes del terreno circundante. Tan sólo quien recorre a pie una
carretera advierte su dominio y descubre cómo en ese mismo terreno, que para el
aviador no es más que una llanura desplegada, la carretera, en cada una de sus
curvas, va ordenando el despliegue de lejanías, miradores, calveros y
perspectivas como la voz de mando de un oficial hace salir a los soldados de
sus filas. Del mismo modo, sólo el texto copiado puede dar órdenes al alma de
quien lo está trabajando, mientras que el simple lector jamás conocerá los
nuevos paisajes que, dentro de él, va convocando el texto, esa carretera que
atraviesa su cada vez más densa selva interior: porque el lector obedece al
movimiento de su Yo en el libre
63Walter Benjamin, La obra de los pasajes (Cnvoluto
N) -Fragmentos sobre teoría del conocimiento y teoría del progreso-, en La
dialéctica en suspenso. p.125.
65
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espacio aéreo del ensueño, mientras que el copista
deja que el texto le dé órdenes.64
Citar es entregarse a la labor de copiar,
entregarse y perderse en ella irremediablemente. No es la voz del copista la
que resuena, la que permea el texto; no es su intención la que dirige ni la que
produce; nada queda de él en lo que escribe, salvo el escribir mismo, el
ejercicio paciente, sagrado, de la reproducción. El copista no puede más que
someterse al mandato del texto que copia, dejarse guiar por esa voz que habla
en él y que sin embargo no es la suya. Hablando una palabra que no es la
propia, sometido a un mandato que no es el de su intención, el copista no tiene
autoridad alguna sobre aquello que copia, nada de lo que dice le pertenece; a
pesar de ser él quien escribe, eso que escribe no procede de él, tiene su
origen en otro lugar y en otro tiempo; y, más aún, él mismo, en el acto de
copiar, se debe a esa alteridad. No es el presente lo que en la cita se
manifiesta, sino un pasado el que se recupera. El presente da lugar al pasado y
es, a la vez, producto de él. El tiempo de la cita no es el tiempo de una
identidad sino el instante a la vez eterno y fugaz de la diferencia. El tiempo
de la cita es ese tiempo-ahora donde el pasado y el presente se interceptan,
donde el flujo homogéneo y vacío de la continuidad temporal se interrumpe, el
instante en que todo acontecer se revela como producto de una deuda, de un
olvido, de una falta. Un pasado sólido, idéntico a sí mismo, es impensable,
como es impensable la cita de una plenitud. Algo ha de faltarle al pasado para
que el presente pueda citarlo, y la cita sólo es posible si el presente es el
tiempo de advenimiento de un pasado que reclama su consumación, su redención.
¿Qué es entonces lo que el presente rescata en su cita del pasado? No
64Walter Benjamin, Dirección única. pp.21-22.
66
65Richard
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es, por cierto, una importancia ya establecida,
sino más bien una importancia que no
ha sido reconocida, que ha sido olvidada. Sólo
aquello que se ha olvidado puede
recordarse, puede citarse, sólo aquello que no se
ha consumado puede dar lugar al
devenir. Eso que el pasado ha descartado como
inútil, como inservible, es lo que el
presente puede y debe rescatar; y la
descontextualización, la cita, es el método de
este rescate. Arrancada de su contexto, la cita, la
palabra misma, ya no dice nada
de su supuesta utilidad originaria, no dice nada de la intención a la que en un
principio debía responder, escapa a toda intención
para entregarse a la celebración
de su verdad, a la manifestación de su belleza,
para entregarse a esa celebración
que es pura expresión, pura comunicación. En su
descontextualización la cita se ve
liberada de la opresión avasalladora de una
voluntad que en el clamor del uso
silencia a la lengua y condena a la palabra a ser
mero instrumento, herramienta de
una arrogancia; se libera de su valoración
utilitaria para ser rescatada como valor,
en la gratuidad de su pura exposición.
(...) the act of copying involves a repetition of
the same, a reduplication of identity -but an identity that contains within
itself a crucial, infinitesimal difference. For in the asymtotic distance that
separates the original from its literal translation, the document from its
handwritten transcription, lies that ontological threshold where, according to
Benjamin, "pure language" may come into being.65
Sieburth, Benjamin the scrivener, en Benjamin
-Philosophy, Aesthetics, History. p.29.
(...) el acto de copiar implica una repetición de
lo mismo, una reduplicación de la identidad -pero una identidad que contiene en
sí misma una diferencia crucial, infinitesimal. Porque en la distancia
asintótica que separa al original de su traducción literal, al documento de su
transcripción
67
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Escapando al contexto, la cita se libera del
dominio de esa autoridad subjetiva a la
que supuestamente siempre está sujeto el lenguaje.
No hay, en el ámbito de la cita,
un sujeto del lenguaje, nadie se comunica ya a
través de él, lo que dice el lenguaje
ya no es lo que alguien ha querido decir; nadie
habla ya a través de la lengua. Lugar
preciso,
éste, para recordar,
para re-citar esa frase corta
pero tremendamente
intensa de "El origen del drama barroco
alemán": "La verdad es la muerte de la
intención". Cuando la intención muere, algo
otro puede hablar en la lengua, y ese
algo otro es la verdad de la lengua -la lengua de la verdad-, es decir, la lengua
misma, la lengua pura, su pura manifestación.
El método, que para el conocimiento es un camino
que le permite alcanzar el objeto de la posesión (aunque sea a costa de
engendrarlo en la conciencia), para la verdad consiste en la exposición de sí
misma y, por tanto, es algo dado con ella en cuanto forma. Esta forma no
pertenece a una correlación interior a la conciencia, como sucede con la
metodología del conocimiento, sino a un ser.66
Pero la cita no es, como ya habrá podido intuirse,
sólo celebración de un
original rescatado de su mudez, sino también una
especie de destrucción. Como
reproducción del original, la cita pone en cuestión
toda originalidad.
But if the act of copying serves to redeem or raise
the fallen language of the original into a new (Messianic) light, this
Aufhebung also observes an opposite impulse -to cancel the original by mimesis,
to erase it by repetition.67
manuscrita, se encuentra ese umbral ontológico
donde, según Benjamin, “la lengua pura” puede llegar a ser. (La traducción es
mía).
66Walter Benjamin, El origen del drama barroco
alemán. pp.11-12.
67Richard Sieburth, Benjamin the scrivener.
pp.29-30.
68
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La copia vuelve insituable al original, lo desplaza
en su repetición, hace impensable
una originariedad entendida como comienzo. La copia
del original es, por decirlo así,
su desdoblamiento. En la repetición el original
queda por siempre desplazado, y sólo
puede entenderse como desplazamiento. Dicho más
rigurosamente, no es la copia la
que da lugar a la diferencia, sino la diferencia la
que hace posible la copia. La copia,
en lo que la distingue del original, delata la
diferencia radical que da lugar al original
mismo, acusa en el original y en el origen una
diferencia -pone de manifiesto que la
diferencia es el origen del origen. Únicamente una
diferencia al interior del original
mismo podría dar lugar a su reproducción, a su
desdoblamiento. Lo que la cita
reproduce -o más bien rescata- es lo que en el
propio original ha sido olvidado, su
propia diferencia. En otras palabras, lo que la
copia, en su relación inolvidable con el
original,
pone en cuestión,
es la continuidad
y homogeneidad del
tiempo, su
linealidad -y, dicho sea de paso, con ello pone
también en cuestión la supuesta
solidez e identidad del ser.
El origen se localiza en el flujo del devenir como
un remolino que engulle en su ritmo el material relativo a la génesis. Lo
originario no se da nunca a conocer en el modo de existencia bruto y manifiesto
de lo fáctico, y su ritmo se revela solamente a un enfoque doble que lo
reconoce como restauración, como rehabilitación, por un lado, y justamente
debido a ello, como algo imperfecto y sin terminar por otro.68
Pero si bien el acto de copiar sirve para redimir o
levantar e introducir al lenguaje caído del original en una nueva luz
(mesiánica), esta Aufhebung también obedece a un impulso contrario -cancelar el
original mediante la mímesis, borrarlo mediante la repetición. (La traducción
es mía).
68Walter Benjamin, El origen del drama barroco
alemán. pp.28-29.
69
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En otro sentido, la copia se debe, por cierto, al
original, pero el original se debe en su originalidad a la copia. La cita, como
advenimiento de un pasado que ha sido olvidado, acusa en el original un origen
que está desde siempre diferido, un origen que en sí mismo puede entenderse
como deseo: deseo de su propia consumación, deseo de asistir a su cita futura
-cita en la que fugazmente habrá de recuperarse.
Me parece que ha llegado la hora de quitarle las
comillas a la cita, la hora de descubrir lo que tiene de cita ese lenguaje que
se anuncia en el texto de Benjamin. La cita ha de entenderse aquí no sólo como
la descontextualización de los pasajes que se citan, que se reproducen en el
contexto -marginal, por cierto- de un nuevo texto, sino también y
primordialmente como un modo de concebir todo lenguaje humano.
Concebir la palabra como cita es reconocer en ella
una duplicidad insuperable, entenderla a la vez como catástrofe y como
salvación. Catástrofe, la de la caída, la de la fractura y diseminación de una
lengua única, inmediata, medio de la comunicación del ser, comunicación
inmediata del ser, nombre sin residuo de un ser sin residuo, sin reserva. La
palabra caída, condenada a ser ruina de un pasado irremediablemente perdido,
promesa de una plenitud futura inalcanzable.
Nada se comunica a través de la cita, la cita es
pura comunicación, pura lengua, puro ser. Lugar minúsculo de una conjunción
asombrosa, instante fugaz de una plenitud que ha de vivirse a la vez como
pérdida y como promesa. Despojada violentamente de toda intención, la lengua
habla, se revela. Ésta es la divinidad de la lengua humana, la divinidad de su
límite, allí donde ya nada se dice a través de
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ella, la lengua misma se dice plenamente, se dice
en esa plenitud que es pura diferencia, se dice como pura comunicabilidad, se
dice como lengua de Dios, como revelación.
VI
LA TRADUCCIÓN
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Nuevamente, bajo el título, la pantalla vacía
invitándome a escribir. Nuevamente el vértigo de querer y no poder decir, de
decir inevitablemente y sin querer. ¿Pero decir desde dónde?... ¿decir para
quién; para qué? Extraño juego éste de combinar letras, de suceder palabras.
Pero ¿quién combina?, ¿quién provoca las sucesiones?, ¿quién escribe? La
tentación es responder "yo", simplemente. Pero ¿no es ese
"yo" que me dice, también una combinación de letras que me antecede?
Yo queriendo decir, pero queriendo ya en el lenguaje, queriendo ya en palabras,
siendo "yo" en la lengua, por ella, nunca antes que ella. Soy yo, por
cierto, la que escribe, pero soy también, y con anterioridad, lo escrito. Soy,
en este momento, la que combina letras y deja sucederse las palabras, y sin
embargo no soy yo el fondo desde el cual ellas surgen, nuevas, recién creadas,
intactas... no soy el origen de lo que escribo; todas las palabras me preceden,
son lugar de incontables transformaciones de las que no he sido testigo y que
ni siquiera puedo imaginar en su totalidad. Cada
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palabra es un acontecimiento, una vida, una
historia más antigua que la mía. Escribo, pero eso que escribo se escribe desde
otro tiempo. Digo, pero mi decir está empapado de otro decir, no me pertenece,
se me escapa y no puedo agotarlo ni controlarlo, como tampoco quien lee podrá
hacerlo. No digo simplemente lo que quiero a través de las palabras; son más
bien las palabras las que me dicen como deseo de decir.
(...) la evidencia de que yo estoy escribiendo la
vida (en mi mente, claro está) gracias a esas fórmulas heredadas de una
escritura anterior; o, incluso, dicho con más precisión, que la vida es eso que
aparece ya constituido como una escritura literaria: la escritura naciente es
una escritura pasada.69
Sobre el horizonte de este juego de decires
incontrolados, pende, y aguarda el tema de la traducción.
Pensar la traducción no es, como espero poner de
manifiesto aquí, pensar una técnica derivada de la multiplicidad lingüística,
sino más bien, pensar la estructura misma del lenguaje en general.
Frente a esto, y después del cuestionamiento que he
planteado anteriormente respecto de la concepción del lenguaje como sistema de
equivalencias, parece indispensable
preguntarse: ¿cómo ha de concebirse la tarea del
traductor -si tal tarea es en verdad concebible- si el lenguaje no se entiende
ya como herramienta a través de la cual el hombre puede decir, sin más, eso que
quiere decir? Y, sin embargo, esta
69Roland Barthes, El estilo y su imagen, en El
susurro del lenguaje -Más allá de la palabra y la escritura. p.157.
73
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pregunta resulta ser del todo equívoca, pues, antes
que nada, lo que aquí deberá ponerse de manifiesto es que no se trata de que
una concepción no-convencional del lenguaje dé lugar a un concepto
no-convencional de traducción, sino más bien de que la posibilidad misma de
traducir, delata, irremediablemente, una fisura, un desencuentro, una deuda
pendiente, en todo lenguaje y en todo ser. Pensar la traducción es descubrir el
ser y el lenguaje como lugar del deseo. Y es por esto que pensar la traducción
será fundamental para entender el sentido en que aquí se postula que la
concepción benjaminiana del lenguaje sólo puede entenderse en relación la
noción de experiencia, que sólo puede entenderse como una cierta experiencia.
En otras palabras, lo que pretendo aquí no es discutir las implicancias que
tiene la concepción benjaminiana de la lengua para el concepto de la
traducción, sino más bien descubrir lo que la traducción dice acerca del
lenguaje en general.
En primer lugar entonces, la pregunta que intentaré
responder es, más bien: ¿Qué dice la traducción -su existencia como actividad-
acerca del lenguaje en general?, o, dicho de otro modo: ¿Cómo ha de entenderse
el lenguaje para que la traducción sea siquiera imaginable? El camino de esta
respuesta pasa inevitablemente por "La tarea del traductor".
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Babel
Era la tierra toda de una sola lengua y de unas
mismas palabras. (...) Bajó Yavé a ver la ciudad y la torre que estaban
haciendo los hijos de los hombres, y se dijo: "He aquí un pueblo uno, pues
tienen todos una lengua sola. Se han propuesto esto, y nada les impedirá
llevarlo a cabo. Bajemos, pues, y confundamos su lengua, de modo que no se
entiendan unos a otros". Y los dispersó de allí Yavé por toda la haz de la
tierra, y así cesaron de edificar la ciudad. Por eso se llamó Babel, porque
allí confundió Yavé la lengua de la tierra toda, y de allí los dispersó por la
haz de toda la tierra.
Babel se llama toda la tierra y todos los lugares
que habita el hombre. Babel es
el nombre del exilio; y el exilio del hombre es
irrevocable. Exilio de la lengua y exilio
del ser: exilio del ser en la lengua. Ser es, como
ya se ha dicho, ser en la lengua, pero
la lengua del ser jamás le es propia. La lengua
propia es, desde siempre, lengua
perdida, diseminada.
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Babel es el lugar de la confusión de la lenguas, el
lugar de su fractura. Babel es entonces el lugar de la traducción, pues ¿no es
acaso la multiplicidad y la diferencia entre las lenguas la que da lugar a la
traducción? o, dicho de otro modo, ¿no es sólo a partir de la multiplicidad y
diferencia lingüística que puede pensarse la traducción? Llevada un poco más
lejos, esta pregunta puede decir: ¿Qué tipo de multiplicidad, qué tipo de
diferencia entre las diversas lenguas es la que supone la traducción?
Para intentar dar respuesta a esta pregunta -y, en
principio, con miras a descubrir si la traducción es realmente pensable a
partir de la multiplicidad y la diferencia que postula la concepción
convencional de la lengua-, quisiera retomar ciertas cosas que he dicho
anteriormente respecto de tal concepción. En primer lugar, me parece importante
volver a referirme a la relación que para la concepción convencional del
lenguaje existe entre el nombre y la cosa nombrada. ¿Cómo le pone nombre el
hombre a las cosas? Para ser consecuente con la idea del nombre como producto
de una convención, habría que decir que el nombre que el hombre da a las cosas
es casual; en otras palabras, que depende sólo de la voluntad humana de
establecer un signo que, para efectos de la comunicación, pueda intercambiarse
por la cosa misma. Pura espontaneidad; así podrían describirse los bautizos de
la convención. Nada tiene, en verdad, que ver el nombre con la cosa nombrada,
nada más que la intención y el acuerdo humano de capturarla, de decirla, sea
como sea -pero que, por razones obvias, sea de común acuerdo. De eso que en
"Sobre el lenguaje en general y sobre el lenguaje del hombre",
Benjamin llama "receptividad", la concepción convencional del
lenguaje no sabe prácticamente nada; digamos que la roza, débil y
arbitrariamente en el ámbito de aquellos nombres que dice son
"onomatopéyicos", es decir, semejantes en su sonido a aquello que
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nombran. Y digo que la roza, puesto que la
onomatopeya, como sea que se la conciba, nos sitúa necesariamente en un campo
donde el vínculo entre el nombre y la cosa nombrada no depende sólo de la
voluntad humana, sino que implica que la cosa se comunica con el hombre de
cierta forma, y que el hombre la nombra de acuerdo con ese modo suyo de
comunicarse. Pero digo también "débil y arbitrariamente", puesto que,
aparentemente al menos, el único tipo de semejanza entre el nombre y la cosa
nombrada que la concepción convencional del lenguaje parece percibir, o estar
dispuesta a aceptar, es la de los sonidos, es decir, una semejanza puramente
material o sensible. Lo curioso es que, aún en éste ámbito, declara que la
elección de éste vínculo como fundamento del nombre es, cabalmente, cuestión de
decisión humana, cuestión de capricho.70 Ahora, de paso, sólo quisiera decir,
en relación con esto, que la onomatopeya resulta ser, para la concepción
convencional del lenguaje, una desviación tremendamente peligrosa. El peligro
reside justamente en el hecho de que, una consideración más detenida del
concepto de "onomatopeya", podría, fácilmente, poner al descubierto
una inconsistencia profunda en la postulación del convencionalismo del
lenguaje. Por ahora, sin embargo, es necesario evitar este desvío y volver a lo
dicho antes de la onomatopeya.
Si no existe entre la cosa y su nombre una relación
más que casual, entonces hay que suponer que lo que en verdad dice el nombre no
puede, aunque sea eso lo que pretenda, ser la cosa -no puede ser el ser de la
cosa (es vital recordar aquí que ser, en términos benjaminianos, es
necesariamente "ser espiritual")-, pues ¿cómo
70¿A qué se debe, por ejemplo, el hecho de que un
nombre, que en una lengua particular es onomatopéyico, no lo sea en otra?
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podría decirse el ser de la cosa, en un nombre que se le ha asignado
arbitrariamente?, ¿cómo podría decirse el ser de la
cosa, en un nombre en cuya
forma ella no tiene ninguna injerencia directa?.
¿Qué es entonces lo único que
puede decir el nombre de las cosas, entendido
convencionalmente?. Una primera
respuesta dice: el nombre que el hombre da a las
cosas sólo puede decir eso que el
hombre ha decidido y acordado decir acerca de las
cosas, su significado; y tal vez
esto se clarifique si se comprende la relación que
tal concepción establece entre el
significado de una palabra y la "esencia"
de la cosa a la cual la palabra se refiere.
Entender el significado de una palabra -una palabra
que nombra una cosa-, es tener
en mente, cuando se la nombra o se la escucha,
aquellas características que son
esenciales al ser de esa cosa; en otras palabras,
es equiparar el nombre de la cosa,
con su esencia.
Resulta pues, que lo significado por las palabras
generales es una clase de cosas; y cada una de esas palabras significa eso, en
cuanto que son signo de una idea abstracta que tenemos en la mente; y en la
medida que las cosas existentes se conforman a esa idea, caen bajo aquel
nombre, o, lo que es lo mismo, son de aquella clase. De donde resulta evidente
que las esencias de las diversas clases, o de las (si gusta más la palabra
latina) especies de cosas, no son sino esas ideas abstractas. Porque, como el
tener la esencia de cualquier especie es aquello que hace que cualquier cosa
sea de esa especie, y como la conformidad con la idea, a la cual se anexa el
nombre, es lo que otorga el derecho a llevar ese nombre, el tener la esencia y
el guardar esa conformidad tienen necesariamente que ser lo mismo, ya que el
ser de cualquier especie y el tener derecho al nombre de la especie es una y la
misma cosa; como por ejemplo, ser un hombre, o ser de la especie hombre, y
tener el derecho al nombre de hombre es todo la misma cosa.71
71John Locke, Ensayo sobre el entendimiento humano.
p.404.
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(...) la esencia puede tomarse por el ser de
cualquier cosa, en razón de lo cual es lo que es. (...) esencia, en su
denotación primaria, significa propiamente ser.72
Puesto de otro modo: si el nombre se entiende como
contenedor, como el medio -
donde "medio" dice más bien, un
envoltorio- a través del cual un hombre comunica -
entrega- algo a otros hombres, lo contenido no
sería, como parece suponerse, el ser
de la cosa, sino el "ser" que el hombre
le adjudica a la cosa, su intención, entendida
como ser de lo nombrado. Entender la diferencia a
la que aquí me refiero implica
entender la diferencia entre el nombre como
expresión y, a la vez, como experiencia
del ser, y el nombre como apropiación del ser. Esta
diferencia remite inevitablemente
a esa que presenta Benjamin en "Sobre el
lenguaje en general y sobre el lenguaje del
hombre", entre la comunicación de un "ser
espiritual" y la de un "objeto".
Quien considera que el hombre comunica su ser
espiritual a través de los nombres no puede sostener que es su ser espiritual
lo que comunica, porque ello no acontece a través de los nombres de cosas, a
través de las palabras con las que las cosas son designadas. Sólo puede
sostener que el hombre comunica un objeto a otros hombres, porque ello ocurre
mediante la palabra con la cual designo una cosa.73
Sin duda, Benjamin discute aquí la comunicación del
ser espiritual del hombre a
través del nombre, sin embargo, tal afirmación puede, fácilmente y sin ser
desvirtuada, ampliarse y ayudarnos a entender la
diferencia a la cual me refiero;
puesto que, en último término, y de acuerdo con lo
planteado por Benjamin a lo
72Ibid. pp.406-407.
73Walter Benjamin, Sobre el lenguaje en general y
sobre el lenguaje de los hombres. p.92.
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largo de todo el texto, tal afirmación no dice sólo
que el hombre no comunica su propio ser espiritual a través de los nombres que
da a las cosas, sino también alude al hecho de que no es a través de los
nombres de las cosas que el ser espiritual de éstas se comunica. Pienso que es
éste el momento apropiado para comentar que la mención constante del "ser
espiritual" que en Benjamin parece reemplazar al uso común de
"ser", dista mucho de ser un capricho literario; funciona más bien como
un radical alejamiento de las connotaciones que comúnmente se ha otorgado a esa
palabra. Todo ser es en Benjamin "ser espiritual", y para decirlo
brevemente, la "espiritualidad" del ser alude a su inapropiabilidad,
a su inacotabilidad, en último término, a su ser como ser fisurado. La
diferencia planteada se vuelve, con esto, abismal. El ser de las cosas es
incontenible. Cuando el hombre se arroga el poder de contenerlo en el nombre
que le da, lo que hace es más bien cosificarlo, objetivizarlo. En resumen, la
diferencia que, en principio interesa destacar aquí, es la diferencia entre el
ser, entendido como "ser espiritual", y el ser entendido como
"objeto de la intención". La intención y el acuerdo de decir el ser,
lo transforman en objeto, es decir, en algo pleno, idéntico a sí mismo, pura
presencia; y hacen del nombre una plenitud enteramente equivalente a lo
nombrado, un contenedor perfecto de un ser perfecto -es decir, de un objeto. De
acuerdo con esto, entonces, el hombre se bastaría a sí mismo en su nombrar,
sería un creador absoluto e independiente de nombres; los produciría, como
quien acuña monedas para comprar lo que quiere, al ritmo y amparo de su pura
voluntad y conveniencia. Pero no sólo esto puede concluirse, sino también que
el hombre debe ser creador de los objetos que nombra, y si aquellos objetos son
un ser, entonces el hombre es creador del ser de las cosas.
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(...) las palabras en su significación primaria o
inmediata nada significan, salvo las ideas que están en la mente de quien las
usa (...). Cuando un hombre le habla a otro es para que se le entienda; y la
finalidad del habla es que aquellos sonidos, en cuanto señales, den a conocer
sus ideas a quien las escucha.74
(...) Y todo hombre tiene una tan inviolable
libertad de hacer que las palabras signifiquen las ideas que mejor le parezcan,
que nadie tiene el poder de lograr que otros tengan en sus mentes las mismas
ideas que las que él tiene, cuando usa las mismas palabras que él usa.75
Una vez más se pone de manifiesto con esto la
tremenda inconsistencia que se
denunció ya en el capítulo tercero: o el hombre es
creador de todas las cosas -y
esto, por cierto, no es lo que la concepción
convencional del lenguaje postula76- o
es imposible que el hombre nombre cosas que están
privadas de lenguaje, ya que si
las cosas no expresaran de algún modo su
existencia, el hombre no podría percibirlas
ni tener ideas acerca de ellas.
Con
todo esto, sin
embargo, estoy aún
muy lejos de
dar respuesta a la
pregunta formulada -¿es
pensable la traducción
a partir de
la multiplicidad y
diferencia entre las lenguas planteada por la concepción convencional del
lenguaje?-; para hacerlo es indispensable
preguntarse ahora por el tipo de relación
que existe, según esta concepción, entre las
diversas lenguas humanas; preguntarse
por el sentido en que se dice que tales lenguas son
diferentes unas de otras.
74John Locke, Ensayo sobre el entendimiento humano.
p.394.
75John Locke, Ensayo sobre el entendimiento humano.
p.397.
76”(...) ya que, según se ha probado, no tenemos
nosotros ninguna idea en absoluto, sino las que originalmente nos vienen de los
objetos sensibles externos, o las que sentimos dentro de nosotros mismos por
interno funcionamiento de nuestros propios espíritus, y del cual tenemos para
nosotros mismos interna conciencia”. (Ensayo sobre el entendimiento humano.
p.393).
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En primer lugar, si, como hemos visto, se postula
que las palabras de un idioma significan, sin más, eso que el hombre quiere, y
ha acordado que signifiquen, entonces habría que decir que, idealmente al
menos, el hombre dice plenamente a otros hombres, a través de las palabras, lo
que quiere decir. De aquí a la explicación que habitualmente se da de la
existencia de las diversas lenguas hay sólo un paso. Las distintas lenguas
humanas son lenguas de diversas comunidades, y cada comunidad acuerda representar,
a través de un nombre que arbitrariamente inventa, las cosas que quiere
comunicar. Esto explica que existan diversas lenguas, y que las diversas
lenguas tengan nombres diferentes para decir las mismas cosas. En "El
estilo y su imagen", Barthes presenta una analogía que puede ayudar
muchísimo a entender lo que aquí está en juego. Refiriéndose a la relación
entre el "fondo" y la "forma" de un texto dice:
(...) si bien hasta el presente se ha visto el
texto con la apariencia de un fruto con hueso (un albaricoque, por ejemplo)
cuya pulpa sería la forma y la almendra sería el fondo, hoy conviene verlo más
con la apariencia de una cebolla, (...).77
Del mismo modo, podríamos decir aquí, que la
concepción convencional del lenguaje entiende la diferencia entre los diversos
nombres que en las diversas lenguas se da a una misma cosa, como podría
entenderse la diferencia entre distintas pulpas que contienen en su interior un
mismo cuesco. En otras palabras, los diversos nombres de las cosas en los
distintos idiomas, son sólo diferentes en apariencia, puesto que esencialmente,
todos dicen, todos contienen en su interior, lo mismo; todos quieren decir lo mismo,
todos significan lo mismo -donde "querer decir",
77Roland Barthes, El estilo y su imagen. p.158.
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donde "significar" es justamente,
apresar, contener la esencia de la cosa, como contiene la fruta su cuesco. El
nombre es aquí el envoltorio en el que el significado está preso, el contenedor
que permite transportarlo, que permite entregarlo a otro, comunicarlo. Al mismo
tiempo, y como ya se ha mencionado, decir que el nombre contiene como un cuesco
su significado -su esencia, su ser-, implica necesariamente afirmar que ese
significado es algo pleno, presente a sí, idéntico a sí mismo, acabado, puesto
que, de otro modo, no sería capturable. En este contexto, me parece que echar
una mirada, aunque sólo sea superficialmente, a ese proyecto de lengua
universal que se ha llamado "Esperanto", puede resultar muy
interesante. Únicamente desde una concepción convencional del lenguaje pueden
apreciarse las bondades de tal proyecto; y no sólo eso, sino que únicamente el
convencionalismo podría concebir una lengua a través de la cual todos los
hombres puedan comunicarse, y todas las cosas -dichas ya, por cierto, en otras
lenguas- ser comunicadas. Sólo
si se piensa que todas las lenguas humanas dicen ya
lo mismo, y que "lo mismo" es plenamente "decible" en todos
los idiomas, puede concebirse una lengua que enriquezca y facilite las
relaciones humanas, reduciendo las aparentes diferencias a un solo fruto, a una
sola pulpa. En otras palabras, sólo si se concibe que las diferencias entre las
diversas lenguas son meramente aparentes, meramente cuestión de significantes
-a la larga desechables, intercambiables-, puede pensarse - como solución a los
problemas de entendimiento entre las diversas razas y culturas-, una lengua que
traduzca, mediante significantes simples y accesibles a todos, eso que cada una
de las diversas lenguas ha dicho ya a su manera.
En suma, la diferencia entre los distintos idiomas,
planteada por la concepción convencional del lenguaje, es una diferencia que
podríamos llamar aparente, una
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diferencia a nivel de significantes, que deja
intactos los significados. Volver a construir la torre de Babel, como proyecto
único de todos los pueblos, como prueba de una unidad lingüística -de un
acuerdo lingüístico universal-, es desde el punto de vista de esta concepción,
una tarea no sólo pensable, sino además, en diversos sentidos, fomentable.
Pensar que es posible abolir las diferencias, o más bien, que es posible
intercambiarlas por una fuerza y unidad absolutas, es haber olvidado del todo,
la caída babélica.
La traducción en su versión convencional
La traducción es, para la concepción burguesa de la
lengua, un ejercicio técnico, derivado de, y anexo a las diversas lenguas ya
existentes; posible gracias al carácter aparente de sus diferencias. En la
línea de lo que aquí se quiere averiguar, es necesario preguntarse ahora si es
posible sostener, de manera consistente, que el ejercicio de la traducción
-como se lo entiende, claro, convencionalmente- se deriva del tipo de
diferencias que la concepción convencional supone que existe entre las diversas
lenguas.
Lo primero que aquí cabe recordar, es que, para el
convencionalismo, la traducción es una actividad que se desarrolla
exclusivamente en el terreno de las relaciones entre los diversos idiomas
humanos. Ahora bien, en este terreno, y como se ha explicado hace poco, las
relaciones se establecen a partir de la equivalencia:
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por una parte, la equivalencia entre el nombre y lo
nombrado, y por otra, la equivalencia entre los diversos nombres que las
diversas lenguas asignan a una misma cosa. Aquí, sólo el hombre tiene la
habilidad de comunicarse; el fin último del lenguaje que utiliza es el de
comunicar -a sí mismo y a los demás- sus ideas sobre las cosas que lo rodean y
los acontecimientos en los que, de una u otra forma, participa; Y eso que
comunica, a través del lenguaje, es -efectivamente para sí mismo, idealmente
para los demás-, exactamente -plenamente-, lo que quiere comunicar. Ahora bien,
en relación a la traducción, esto dice -tomemos como ejemplo un obra escrita
que quiere traducirse-, que la obra, en su idioma original, ha dicho plenamente
ya, eso que su autor ha querido decir; que contiene ya en sí misma - mediando
claro, la intención y la convención humana- todo su significado. En otras
palabras, el original es plenamente sí mismo, es idéntico a sí mismo en su
intención de decir algo, nada le falta para decir eso que el autor ha querido
decir78; el original es, en sí, definitivo. ¿Qué tipo de relación es entonces
la que existe entre el original y su traducción? Pues bien, si se afirma que el
original dice ya lo que el autor ha querido decir, entonces el objetivo de la
traducción debe ser reproducir, en otra lengua, y lo más exactamente posible,
eso que el autor ha dicho ya en la suya. Idealmente, la traducción debería ser
una copia perfecta del original. Paradójicamente, el modelo ideal de la
traducción sería aquí el de una transcripción literal de la obra original; una
copia perfecta sería ésa donde el fondo y la forma de la obra fueran
exactamente iguales en el original y en la traducción. Como el propósito de la
traducción, sin
78De acuerdo con esto, entender cabalmente una obra
es entender exactamente lo que el autor ha querido decir a través de ella; es
descubrir detrás de cada palabra y de cada frase, intacta, la intención de su
autor -aquello que ella o él tenía en mente al momento de escribir lo que
escribió.
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embargo, es que pueda leerse la obra original, en
otra lengua, es decir, que eso que el autor dijo en su lengua se diga también
en la lengua a la cual se traduce, la tarea del traductor será reproducir con
la mayor exactitud posible, la forma, y, sobre todo, el sentido del original.
Esto es traducir, no definir, cuando cambiamos dos
palabras de igual significación la una por la otra; lo cual, cuando una de
ellas se entiende mejor que la otra, puede servir para descubrir qué idea está
significada por la palabra desconocida (...).79
Ahora bien, en cuanto a la forma, habría que decir
que, inevitablemente, su reproducción en la traducción no podrá más que ser
analógica, es decir, no podrá más que imitar a distancia, la relación que en el
original se ha establecido entre la forma y el sentido. Aún así, el
convencionalismo sostiene que si bien es imposible que la forma del original y
la de la traducción sean idénticas, el sentido del original es plenamente
reproducible -es posible decir exactamente lo mismo, de maneras distintas. Ante
todo, entonces, la traducción le debe fidelidad absoluta al sentido del
original, pues, en último término, la razón de ser del original es la voluntad
del autor de comunicar algo a otros -o a sí mismo-, de enviar -a otros o a sí
mismo-, como en una botella, un mensaje particular; ese mensaje es el sentido
de la obra, y el lenguaje es únicamente el medio -utilizado de modo más, o
menos, atractivo- a través del cual el sentido puede ser comunicado... la
botella en la cual el mensaje es transportado. Así entonces, el traductor debe,
ante todo, descubrir el sentido detrás de la forma del original, para
reproducirlo a través de su propia lengua. En relación con esto, puede resultar
sumamente esclarecedor echar una mirada a ciertas afirmaciones de
79John Locke, Ensayo sobre el entendimiento humano.
p.413.
86
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Benjamin en "La tarea del traductor"
sobre el conflicto tradicional entre libertad y
fidelidad en la traducción:
La fidelidad y la libertad -libertad de la
reproducción en su sentido literal y, a su servicio, la fidelidad respecto a la
palabra- son los conceptos tradicionales que intervienen en toda discusión
acerca de las traducciones. (...) A decir verdad, su empleo tradicional
considera estos conceptos en discrepancia permanente. Porque, en realidad, ¿qué
valor tiene la fidelidad para la reproducción del sentido? La fidelidad de la
traducción de cada palabra aislada casi nunca puede reflejar por completo el
sentido que tiene el original, (...).80
Dicho de otro modo, el traductor convencional se ve
obligado -obligado por la
propia concepción del lenguaje que sustenta su
tarea- a traicionar la fidelidad a las
palabras con miras a reproducir, a capturar, el
sentido del original. Y no se trata de
que las palabras que se utilizan en dos idiomas
para nombrar lo mismo no sean
equivalentes, sino más bien de que el sentido de la
obra -aquello que el autor ha
querido decir-, no está, en verdad, contenido en
cada palabra aislada, sino en su
combinación, en las frases que ha compuesto.
Lo que quiero decir es desestabilizado por el modo
en que lo digo (...). Esta disyunción se comprende mejor (...) en términos de
la difícil relación entre la hermenéutica y la poética de la literatura. Al
hacer hermenéutica tratas del significado de la obra, al hacer poética tratas
de la estilística o de la descripción, del modo como una obra significa. (...)
Las dos no son complementarias, en cierto modo son mutuamente excluyentes y
esto es parte del problema que Benjamin expone, un problema puramente lingüístico.
80Walter Benjamin, La tarea del traductor, en
Ensayos escogidos. p.84.
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Él desarrolla una versión ampliada de este problema
cuando habla de la disyunción entre la palabra y la frase, entre Wort y Satz.81
Comienzan ya en todo esto, a asomar ciertas
inconsistencias profundas en el modo convencional de pensar tanto el lenguaje
en general como la traducción. A esas inconsistencias, a la imposibilidad de
pensar la traducción a partir de las diferencias lingüísticas presupuestas por
la concepción convencional del lenguaje quisiera referirme ahora.
81Paul De Man, La tarea del traductor de Walter
Benjamin, en Resistencia a la teoría. p.136.
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Las inconsistencias
La primera de estas inconsistencias es esa que se
ha mencionado ya reiteradas veces y que es vital no perder de vista: si se
sostiene que las cosas no tienen lenguaje -y que por tanto no pueden
comunicarse de ninguna manera con el hombre-, entonces es absurdo sostener que
el hombre puede nombrarlas. En otras palabras, si se afirma que el hombre
nombra las cosas -cosas que él no ha creado-, y que estos nombres se refieren
de alguna manera al ser de las cosas, entonces tendría que afirmarse también
que los nombres que les da no pueden ser únicamente producto de su voluntad.
Desde ésta perspectiva, la ampliación del concepto tradicional de traducción
resulta inevitable, puesto que si el nombre que el hombre da a las cosas no es
mera espontaneidad, sino que es, necesariamente, lugar de una cierta
receptivitad -manifestación del lenguaje de las cosas en el lenguaje de los
hombres-, entonces cada nombre particular ha de concebirse ya como traducción.
En segundo lugar, respecto a la relación de las
distintas lenguas humanas, si la diferencia entre las lenguas fuera aparente,
si consistiera fundamentalmente en el modo que cada lengua utiliza para decir
lo mismo, y eso "mismo" fuera dicho ya plenamente a través de cada
lengua, entonces, en verdad, el ejercicio de la traducción sería impensable. Si
ya se ha dicho plenamente lo que se tenía intención de decir, ¿cómo podría
reproducirse, cómo podría volver a decirse eso que en sí mismo está ya acabado,
eso que está ya completo, que es idéntico a sí mismo? Pues, como dije al hablar
de la cita, es imposible pensar la reproducción de una plenitud; toda
reproducción es en realidad un desdoblamiento de eso que dice reproducirse,
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y únicamente aquello que no coincide absolutamente
consigo mismo puede desdoblarse. En otras palabras: o las lenguas no dicen
jamás plenamente lo que el hombre pretende que digan, o la multiplicidad de las
lenguas y la traducción serían impensables. Puestas así las cosas, habría que
decir que la diferencia entre las lenguas no puede ser una diferencia meramente
formal; la posibilidad misma de la traducción delata una diferencia anterior y
más radical, una diferencia al interior de cada lengua particular y al interior
de cada ser nombrado, una diferencia que da lugar a la multiplicidad
lingüística, y que hace pensable la traducción.
Para terminar, quisiera referirme brevemente a la
afirmación de Paul de Man citada un poco más arriba: "Lo que quiero decir
es desestabilizado por el modo en que lo digo". Si, como sostiene el
convencionalismo, el hombre es el creador y dominador absoluto del lenguaje, si
el lenguaje es el instrumento a través del cual
decimos exactamente lo que queremos82, entonces el
hecho de que muchas veces -incluso cuando quien habla o escribe es también
quien recibe el mensaje- eso que se ha querido decir es traicionado -se
transforma y de golpe dice lo que no estaba presupuestado que dijera- por el
modo en que se lo dice, no tendría explicación alguna. Únicamente si se
entiende que eso que aquí se llama el "modo de decir" no es
simplemente el medio a través del cual decimos lo que queremos, sino más bien
el medio, particular e irreemplazable en el cual el ser de lo dicho, el ser de
lo nombrado, se manifiesta como ser, puede entenderse este desbordamiento del
82Si la concepción burguesa de la lengua se
sostiene, hay que decir que, al menos para quien habla, para quien escribe, lo
dicho coincide exactamente con lo que se ha querido decir. La comunicación con
los demás no puede, por cierto, apelar al mismo grado de exactitud, puesto que
ésta depende no sólo de que quien habla sepa lo que quiere decir mediante las
palabras que utiliza,
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lenguaje, su transgresión constante de los límites
que la intención cree imponerle. Y si el "modo de decir" hace que lo
que se ha querido decir se tambalee, entonces, la traducción, entendida como
reproducción de la intención, a través de otro "modo de decir", no
podría, en su tarea, más que entregarse al azar, más que confiar en la suerte
de una mínima coincidencia; en suma, no podría más que aceptar su propia
imposibilidad, su propia derrota.
En el fondo, todo esto pone de manifiesto que la
concepción de la traducción como ejercicio técnico, derivado de la
multiplicidad lingüística entendida convencionalmente, es insostenible; que más
bien la traducción es el modelo a partir del cual la lengua en general, en
cuanto lengua caída, puede pensarse.
Babel: la lengua caída, la lengua del deseo
La imposibilidad de pensar la traducción a partir
de la multiplicidad y diferencia lingüística postulada por la concepción
convencional del lenguaje, nos obliga a reformular las preguntas con que se
abrió este capítulo. Nos encontramos ahora frente a un concepto ampliado de
traducción. Ésta no puede concebirse más como el proceso simple y técnico de
intercambiar significantes, de decir lo mismo de otro modo. La traducción se
anuncia ya, en el nombre -que es necesariamente receptivo y a la vez espontáneo-
como estructura fundamental de la lengua. Esta
sino también de que el acuerdo entre el emisor del
mensaje y sus receptores, respecto del significado de las palabras utilizadas,
sea también, exacto.
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ampliación echa nueva luz sobre el asunto de la
diferencia y multiplicidad que la
traducción tiene como supuesto, y, al mismo tiempo,
echa por tierra la concepción
de la traducción
como sistema de
equivalencias. La diversidad
lingüística, de
acuerdo con lo dicho, no se refiere puramente a la
diferencia entre las distintas
lenguas humanas, sino también y necesariamente, a
la diferencia que existe entre la
lengua material de las cosas, y la lengua nominal
de los hombres. Así entonces, no
puede afirmarse que la traducción sea el
intercambio de un nombre por otro de otra
lengua que diga lo mismo; la lengua de las cosas no
es una lengua nominal; las cosas
no se han nombrado ya a sí mismas; sólo en la
lengua del hombre alcanzan su
nombre las cosas. En otras palabras, la
traducción -al menos en este campo- no
puede ser una simple reproducción, sino que ha de
entenderse más bien como una
cierta transformación, como una especie de
perfeccionamiento.
La traducción es la transposición de una lengua a
otra mediante una continuidad de transformaciones. La traducción rige espacios
continuos de transformación y no abstractas regiones de igualdad y semejanza.
La traducción de la lengua de las cosas a la de los hombres no es sólo
traducción de lo mudo a lo sonoro, es la traducción de aquello que no tiene
nombre al nombre. Es por lo tanto la traducción de una lengua imperfecta a una
lengua más perfecta, y no puede menos que añadir algo, es decir, conocimiento.83
El nombre, como traducción, no equivale meramente a
la cosa en su expresión
material, sino que necesariamente agrega algo;
nombrando las cosas, el hombre las
83Walter Benjamin, Sobre el lenguaje en general y
sobre el lenguaje de los hombres. p.98.
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conoce, y las conoce porque en el nombre el ser de
las cosas alcanza su máxima expresión.
Ahora bien, pareciera sin embargo, estarse
delatando en todo esto, una tremenda inconsistencia; una objeción de Locke, que
en su momento pasé por alto, apunta al problema que aquí parece estarse
obviando:
(...) no sin embargo porque hubiese alguna natural
conexión entre sonidos particulares articulados y ciertas ideas, pues en ese
caso no habría sino un solo lenguaje entre los hombres (...).84
Si La relación entre el nombre y la cosa85 no es
una relación meramente convencional, si existe entre ellos una relación
"natural" -si existe entre el nombre y aquello que nombra una
semejanza inmaterial-, ¿cómo explicar entonces la multiplicidad de las lenguas
humanas?, ¿cómo explicar que los hombres nombren de manera diversa una misma
cosa, si es que se postula que no la nombran arbitrariamente, sino de acuerdo a
la forma en que la cosa se comunica con ellos? Pues bien, dar respuesta a estas
interrogantes implica, precisamente, poner de manifiesto el carácter de la
diferencia y multiplicidad lingüística que postula la concepción benjaminiana
de la lengua.
Ante todo, lo que ha de reconocerse aquí es que la
diferencia y la multiplicidad de las lenguas, en Benjamin, remiten
inevitablemente a la caída, son manifestación
84John Locke, Ensayo sobre el entendimiento humano.
p.394.
85Otra cita de Locke ayudará a entender la relación
que él sostiene existe entre las ideas y las cosas: “(...) según se ha probado,
no tenemos nosotros ninguna idea en absoluto, sino las que originalmente nos
vienen de los objetos sensibles externos, o las que sentimos dentro de nosotros
mismos por interno funcionamiento de nuestros propios espíritus, y del cual
tenemos para nosotros mismos interna conciencia” (Ensayo sobre el entendimiento
humano. p.393).
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patente de la lengua humana como lengua caída. La
caída es lo que la concepción
benjaminiana de la lengua no permite olvidar.
La palabra muda de las cosas es tan infinitamente
inferior a la palabra denominante del conocimiento del hombre como ésta lo es,
a su vez, a la palabra creadora de Dios: esto constituye el fundamento de la
pluralidad de las lenguas humanas. La lengua de las cosas puede pasar a la
lengua del conocimiento y del nombre sólo en traducción: y tantas traducciones,
tantas lenguas, apenas el hombre cae del estado paradisíaco en que conocía una
sola lengua.86
Aceptar que la traducción no sólo es posible, sino
que la lengua humana sólo tiene
lugar como traducción, es aceptar, por una parte,
que ninguna lengua humana dice
jamás plenamente lo que pretende decir, y, por
otra, que aquello que pretende
decir -el ser de las cosas- no puede ser dicho
plenamente, porque tampoco es un
algo pleno. Pero vamos por parte.
La lengua humana jamás dice plenamente lo que
pretende decir, y no lo dice,
precisamente
porque lo que
media entre el
nombre y la
cosa nombrada es,
humanamente, inevitablemente, la intención. Esta
mediación es, como caída desde
la lengua pura, efecto del juicio. La palabra que
juzga, como ya lo hemos visto, hace
de la lengua humana un medio para la adquisición de
un conocimiento que escapa
a la lengua -que en último término puede llamarse
inexistente.
En cuanto el hombre sale de la pura lengua del
nombre, hace de la lengua un medio (para un conocimiento inadecuado al nombre)
y por lo
86Walter Benjamin, Sobre el lenguaje en general y
sobre el lenguaje de los hombres. pp.98-99.
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tanto también -al menos en parte- una simple señal,
lo cual tiene luego como consecuencia la pluralidad de las lenguas.87
Lo que, ante todo, me interesa no perder de vista
aquí, es que la diferencia lingüística
que tiene lugar con el juicio es, primordialmente,
la diferencia de la lengua respecto a sí misma -la diferencia de la lengua
respecto del ser. Hacer de la lengua un medio para decir algo, para conocer
algo, es arrancarla violentamente de un ámbito de pureza absoluta -una pureza
que, en último término, sólo puede pensarse como la identidad perfecta de ser y
nombre, de cosa y palabra. Dicho de otro modo: la distancia que se abre entre
la lengua humana y las cosas es, al mismo tiempo, la distancia abierta entre la
lengua y sí misma. Ésta es la diferencia que da lugar a la multiplicidad de las
lenguas; cada lengua es fragmento de aquella lengua pura ahora quebrantada
-concebida en su pureza sólo a partir de la fragmentación-, cada lengua es el
lugar donde se ha instalado ya una cierta distancia. Precisamente porque
ninguna lengua
humana es lengua plena, porque la lengua plena es
ya fragmentación, pluralidad de lenguas, y cada lengua particular acusa desde
siempre, en sí misma, una diferencia, puede pensarse la multiplicidad de las
lenguas; y la diferencia ente ellas, ha de pensarse necesariamente como
diferencia insuperable.
Esto por una parte -por parte de la lengua, si se
quiere. Sin embargo, la diferencia entre las lenguas no apunta meramente a una
diferencia en el modo de decir, sino también en eso que se dice en cada una de
las lenguas particulares, es decir, en el ser. Cada lengua es única e
irreemplazable. Si ser es, como se ha dicho
87Ibid. p.100.
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ya,
comunicarse, entonces es
imposible postular que
la caída de
la lengua ha
dejado, sin embargo, intacto al ser. La caída de la
lengua es la caída del ser en la
diferencia, su fisura; lo uno no puede pensarse sin
lo otro pues el vínculo entre el ser y
la lengua es indisoluble; la distancia que los
separa y liga a la vez, sólo puede
pensarse desde la caída, como caída.
Dado que los hombres habían ofendido la pureza del
nombre [en el juicio], bastaba sólo que se cumpliese el apartamiento de aquella
contemplación de las cosas mediante la cual la lengua de éstas pasa al hombre,
para que les fuese quitada a los hombres la base común del ya quebrantado
espíritu lingüístico. Los signos deben confundirse donde las cosas se
complican. Al sometimiento de la lengua a la charla sigue el sometimiento de
las cosas a la locura casi como una consecuencia inevitable. En esta separación
respecto de las cosas, que era la esclavitud, surgió el plano de la torre de
Babel y con él la confusión de las lenguas.88
Ahora bien, ¿cómo entender la caída del ser y de la
lengua en la diferencia, a
la luz de lo que he afirmado en el capítulo III
acerca de la identidad del ser y de la
lengua ("En su centro, es decir, en el nombre,
lenguaje y ser se identifican")? ¿Cómo
ha de entenderse la identidad entre ser y lenguaje
si se ha postulado que tanto la
lengua como el ser están, desde siempre,
atravesados por la diferencia? Pues bien,
digamos para comenzar, que tal identidad sólo puede
entenderse bajo la forma del
deseo. En el nombre, ser y lenguaje se identifican
como deseo, como llamada -
recuérdese aquí lo que en "La caída" se
citó como la ley esencial de la lengua. El
nombre
llama al ser
nombrado, es deseo
de la comparecencia
plena del ser
nombrado en el nombre. Y ser es ser llamado, deseo
de completarse, de manifestarse
88Walter Benjamin, Sobre el lenguaje en general y
sobre el lenguaje de los hombres. pp.100-101.
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plenamente en el nombre. Podría parecer, sin
embargo, que con todo esto no se ha hecho más que reafirmar lo que se pretendía
criticar a la concepción convencional del lenguaje. ¿No se ha dicho acaso que,
de la concepción convencional de la lengua, se desprende inevitablemente la
conclusión de que lo dicho en el nombre no es propiamente el ser de la cosa,
sino más bien la intención de decir el ser, la intención concebida como ser de
la cosa nombrada? ¿No equivale esto acaso, a decir que el nombre es deseo de
decir el ser, que lo que se manifiesta en el nombre no es el ser de la cosa
sino el deseo del hombre de decirlo? A mi modo de ver, la respuesta a estas
preguntas es categóricamente negativa. Ante todo, hay que tener presente aquí,
que el nombre que el hombre da a las cosas, benjaminianamente entendido, no es
jamás producto de su pura voluntad. El hombre nombra las cosas de acuerdo a la
forma en que ellas se comunican con él. Es decir, el nombre que el hombre le da
a las cosas sí es lugar del deseo, pero no del deseo de decir lo que se quiere
a través del nombre, sino de que eso que se nombra, eso que se comunica con el
hombre, se manifieste -más allá de todo control-, como lo que es, en el nombre.
Aquí el nombre es llamada y a la vez, necesariamente, escucha; espontaneidad y
a la vez, receptividad. Aquí el nombre no dictamina, no asigna, no dice -no
afirma- sin más el ser de las cosas, sino que se constituye en relación a otro
lenguaje también anhelante: el lenguaje de las cosas. Las cosas reclaman un nombre,
y lo reclaman precisamente por estar inconclusas, por estar en sí mismas,
fisuradas, por no ser ya plenamente sí mismas. En el nombre el ser de las cosas
y el ser del hombre se dicen plenamente como deseo de ser -como deseo de decir
plenamente.
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Desde otro ángulo, podemos decir entonces que el
"significado" es el costo de la caída, su efecto inevitable. El
significado es la distancia -el tiempo- que media entre la lengua y el ser.
Pero tal significado no puede entenderse, al modo convencional, como "lo
dicho" a través del nombre, sino que ha de entenderse más bien como
aquello inalcanzable, inapropiable, que se dice en cada lengua -en el nombre-
como inapropiable, como inalcanzable, como aquello que cada lengua quiere decir
en el nombre pero nunca logra decir plenamente, aquello a lo cual cada lengua,
en el nombre, no puede más que aludir.
La traducción, he dicho, supone una diferencia, una
fisura tanto al interior de la lengua como al nterior del ser; esta diferencia
es, al mismo tiempo, la distancia abierta entre la lengua y el ser. La
inevitable apelación de la lengua humana a un significado, es, por decirlo así,
la marca de tal diferencia. Pues bien, me parece necesario ahora seguir el
trazo de los múltiples círculos que se han dibujado en la argumentación, pero
esta vez en sentido contrario; es decir, examinar cómo debe entenderse la traducción
-en el ámbito de las lenguas humanas- a partir de las diferencias que aquí se
han puesto de manifiesto. Si ninguna lengua humana particular dice plenamente
lo que dice, sino que más bien llama y aguarda la manifestación de lo nombrado
en el nombre, entonces ¿qué es lo que el traductor puede y debe traducir? ¿cuál
es la tarea del traductor y la razón de ser de la traducción?
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La traducción en su otra versión
(...) ninguna traducción sería posible si su
aspiración suprema fuera la semejanza con el original.89
A la luz de la concepción tradicional de la
traducción, esta afirmación no puede más que parecer completamente absurda. ¿A
qué otra cosa, si no es a ser lo más parecida posible al original, podría
aspirar la traducción? ¿Cuál otro podría ser su objetivo? En la respuesta a
estas preguntas se manifestará, sin lugar a dudas, la diferencia radical que
existe entre la concepción tradicional y la concepción benjaminiana de la
traducción.
Comencemos por concentrarnos, con Benjamin, en el
ejemplo de una obra literaria que ha de traducirse. Si, como lo hemos visto ya
en relación al lenguaje en
89Walter Benjamin, La tarea del traductor. p.77.
99
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general,
la razón -y
posibilidad- primera de
ser de la
obra original, "no
es la
comunicación ni la afirmación"90 de algún
contenido extra lingüístico; es decir, si el
original no es el medio -en último término,
desechable- a través del cual se quiere y
se puede decir algo que escapa al ámbito del
lenguaje mismo, entonces, en primer
lugar, una traducción que aspire a decir lo mismo
que el original supuestamente ha
dicho, es totalmente insostenible, pues nada se ha
dicho ya a través del original. Si la
relación entre el original y la traducción no es
una relación de semejanza, ¿en qué
consiste entonces esta relación? ¿Qué sentido tiene
la traducción? Volvamos a
retomar la idea planteada por Benjamin, sobre las
diversas lenguas humanas como
fragmentos de una lengua pura.
Como sucede cuando se pretende volver a juntar los
fragmentos de una vasija rota que deben adaptarse en los menores detalles
aunque no sea obligada su exactitud, así también es preferible que la
traducción, en vez de identificarse con el sentido del original, reconstituya
hasta en los menores detalles el pensamiento de aquél en su propio idioma, para
que ambos, del mismo modo que los trozos de la vasija, puedan reconocerse como
fragmentos de un lenguaje superior. Por esta razón, la traducción, en su propósito
de comunicar algo, debe prescindir en gran parte del sentido, y el original ya
sólo le es indispensable en la medida en que haya liberado al traductor y a su
obra del esfuerzo y de la disciplina del comunicante.91
Y esto se relaciona directamente con lo siguiente:
90Ibid. p.77.
91Walter Benjamin, La tarea del traductor. p.85.
100
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La misión del traductor es rescatar ese lenguaje
puro confinado en el idioma extranjero, para el idioma propio, y liberar el
lenguaje preso en la obra al nacer la adaptación.92
Como ya lo vimos, la pugna entre libertad y
fidelidad, remite precisamente al asunto
que aquí se presenta. Únicamente la fidelidad, es
decir, la traducción literal, puede
rescatar eso que en el original es más que
comunicación, más que mera intención. El
objetivo del buen traductor no es reproducir el
sentido acabado y muerto que, bajo
la arrogancia de una cierta mirada, comunica el
original, sino más bien, dejar al
descubierto la vida que late, incontenible e
incontrolable, en él. La semejanza en el
sentido no puede más que ser la semejanza entre un
objeto muerto y otro, es decir, la
semejanza a algo que no es esencial a la obra.
Ahora bien, lo que hay en una obra literaria -y
hasta el mal traductor reconoce que es lo esencial- ¿no es lo que se considera
en general como intangible, secreto, "poético"?93
Es precisamente eso "intangible",
"secreto", "poético", en el original lo que la traducción
debe poner al descubierto. Y aún más, puede decirse que sólo la traducción es
capaz de hacer estallar y manifestarse en el original, esa vida que en
él, hasta el momento de su traducción adecuada,
permanece oculta. Es, a mi modo
de ver, en este sentido que debe entenderse la
siguiente afirmación de Benjamin:
El problema de la traducibilidad de una obra tiene
una doble significación. Puede significar en primer término que entre el
conjunto de sus lectores la obra encuentre un traductor adecuado. Y puede
significar también -con
92Ibid. p.86.
93Ibid. p.77.
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mayor propiedad- que la obra, en su esencia,
consiente una traducción y, por consiguiente, la exige, de acuerdo con la
significación de su forma.94
El original no sólo consiente una traducción, sino
que, de acuerdo con su propia
imperfección, de acuerdo con su propio deseo de
alcanzar el lenguaje puro, de ser
lenguaje puro, la exige.
La vida del original alcanza en ellas [las
traducciones] su expansión póstuma más vasta y siempre renovada.95
Precisamente porque el original es deseo de decir
plenamente, y jamás una plenitud
dicha, precisamente por ser fragmento -pedazo de una plenitud diseminada-, no
puede nunca, por sí solo, poner de manifiesto el
carácter particular de esta plenitud.
Visto aisladamente, el original, dictamina su
propia muerte, se presenta como algo
acabado y cerrado sobre sí mismo, como algo preso
entre los límites de una cierta
intención; únicamente la traducción pone al
descubierto la inestabilidad radical que
lo atraviesa, la perpetua transformación a la que su ser como deseo está
inevitablemente sujeto, su vida, es decir, su
espera.
Tanto la crítica como la traducción están atrapadas
en el gesto que Benjamin llama irónico, un gesto que desequilibra la
estabilidad del original dándole una forma definitiva, canónica en la
traducción o en la teorización. De un modo curioso, la traducción canoniza su
propia versión más de lo que lo era el original. Que el original no era
puramente canónico resulta claro desde el momento en que exige traducción; no
puede ser definitivo ya que puede ser traducido. (...) La traducción canoniza,
congela un original y muestra en él una movilidad, una
94Walter Benjamin, La tarea del traductor. p.78.
95Ibid. p.79.
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inestabilidad que al principio no se notaba. El
acto de la lectura crítica, teórica, (...) -por medio de la cual la obra
original no es imitada o reproducida sino hasta cierto punto puesta en
movimiento y descanonizada, cuestionada de un modo que desautoriza su
pretensión de autoridad canónica- es similar al que lleva a cabo el
traductor.96
Únicamente la traducción pone al descubierto la
muerte del original como original y
descubre en él la fisura a través de la cual otra
lengua -la lengua que escapa a la
intención, la lengua de la verdad, o, la verdad de
la lengua- se manifiesta.
(...) si existe una lengua de la verdad, en la cual
los misterios definitivos que todo pensamiento se esfuerza por descifrar se
hallan recogidos tácitamente y sin violencias, entonces el lenguaje de la
verdad es el auténtico lenguaje. Y justamente este lenguaje, en cuya intención
y en cuya descripción se encuentra la única perfección a que pueda aspirar el
filósofo, permanece latente en el fondo de la traducción.97
En ella se exalta el original hasta una altura del
lenguaje que, en cierto modo, podríamos calificar de superior y pura, en la
que, como es natural, no se puede vivir eternamente, ya que no todas las partes
que constituyen su forma pueden ni con mucho llegar a ella, pero la señalan por
lo menos con una insistencia admirable, como si esa región fuese el ámbito
predestinado e inaccesible donde se realiza la reconciliación y la perfección
de las lenguas. No alcanza tal altura en su totalidad, pero tal altura está
relacionada con lo que en la traducción es más que comunicación.98
La traducción -que por decirlo así, ha de ser fiel
a la lengua en lugar de al sentido-,
pone de manifiesto la íntima relación que existe
entre los idiomas, pero la descubre
no como una relación de semejanza -de equivalencia- sino más bien como
96Paul De Man, La tarea del traductor de Walter
Benjamin. p.128.
97Walter Benjamin, La tarea del traductor. p.84.
98Ibid. p.82.
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complementariedad. Cada lengua es, en su deseo de
alcanzar el lenguaje puro, apelación a todas las otras lenguas, llamada de eso
que en cada lengua particular es insustituible e irreemplazable, de eso que en
cada lengua, tomada aisladamente, se revela como falta.
Todo el parentesco suprahistórico de dos idiomas se
funda más bien en el hecho de que ninguno de ellos por separado, sin la
totalidad de ambos, puede satisfacer recíprocamente sus intenciones, es decir
el propósito de llegar al lenguaje puro.99
Poner al descubierto la singularidad, pero a la
vez, la imperfección de los idiomas, es la tarea de la traducción. La
traducción descubre la fuerza y a la vez la debilidad de cada lengua
particular; sólo este descubrimiento... únicamente el reconocimiento de la
débil fuerza de que dispone la lengua humana puede dar lugar a la experiencia
de esa otra lengua -no-humana si se quiere- que se anuncia en cada lengua
particular, más allá de toda intención.
Para concluir, y a modo de resumen, habría que
decir que lo que, ante todo, se ha puesto de manifiesto aquí, es que pensar la
traducción es necesariamente pensar la caída -caída del ser y caída de la
lengua-, pensar la lengua humana como lengua caída, como fractura. La lengua
humana es manifestación de la distancia que separa al ser de sí mismo; esta
distancia es el deseo; la lengua es el lugar del deseo, lugar de la caída. No
hay para el hombre un fuera de la lengua, la lengua no puede por tanto ser instrumento
de comunicación humana. La lengua es el lugar -el único lugar- del ser, el
lugar del deseo, el lugar de una cierta experiencia -esa que la traducción pone
de manifiesto: la experiencia del ser como distancia, como llamada,
99Walter Benjamin, La tarea del traductor. p.81.
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como espera, como fragmento; la experiencia de ser
siempre e inevitablemente en
versión a algo otro, a algo que no es nunca uno
mismo.
105
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VII
LA MUERTE
Somos pecadores no sólo por haber probado del árbol
de la ciencia, sino también por no haber probado aún del árbol de la vida.100
100Franz Kafka, Consideraciones acerca del pecado
el dolor la esperanza y el camino verdadero. p.29.
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"Lo grande" y "lo importante"
siempre llaman la atención -en realidad no la llaman, la dirigen. Al modo de
esos amantes que dicen "no tener ojos más que para ella", bien
podríamos decir nosotros que "no tenemos ojos más que para "lo
grande", ni atención más que para "lo importante"". Y, a
fin y a principio de cuentas, es grande e importante lo que ha vencido en este
terreno de dominios en el que tan cómodamente nos hemos instalado -o nos hemos dejado
instalar. Dominar es tomarse la palabra, apropiársela, manejarla no sólo para
decir lo que se quiere, sino también para silenciar a lo otro -donde "lo
otro" no dice únicamente el otro que habla o que quisiera hablar, sino
también eso otro que habla en la lengua, como lengua, eso que tiene lugar más allá
(o más acá) de cualquier intención. Lógica de la importancia ésta que declara
su "estado de guerra" a mansalva, que instaura su regimiento de
poderes aquí y en la quebrada del ají. Lógica de guerra ésta que permite
aceptar las barbaridades más grandes en nombre de la necesidad -la de vencer.
Pero ésta, a pesar de su mercantilismo -o precisamente debido a él- no es
lógica de deudas: el precio ha de pagarlo siempre lo pequeño, lo que se ha
quitado del camino, lo que se ha descartado, lo que se ha olvidado a causa de
su "insignificancia".
Lógica de la victoria perpetua, del progreso sin
reverso, ésta que significa, así sin más -sin menos-... central de controles,
oficina de pesos y medidas: aquí se decreta lo que significa y lo que no
significa, aquí se le otorga a cada significado, según tamaño y peso, una
palabra que le corresponda exactamente, convencionalmente; así entonces, según
decreto, cada palabra se vuelve intercambiable por un significado, cada
significado intercambiable por una palabra - con la salvedad claro, de aquello
cuyo escaso valor haga inviable toda equiparación. Tal es el poder que se
significa a sí mismo, se dice constantemente a sí
107
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mismo en el estado de su importancia; él es lo
significante y, sin lugar a dudas, lo
significado, puesto que es siempre dueño de sí mismo -y de lo demás-... significa
siempre y sin residuos lo que quiere significar.
"Olvido de la propia precariedad",
"olvido de la muerte", podría llamarse a
este delirio de grandeza, a esta fascinación por lo
grande... olvido de la impropiedad
-inapropiabilidad- del ser y de la lengua. Dicho de
otro modo, lo grande no es más
que imagen de una totalidad acabada; y tal imagen
sólo se sostiene a distancia.
Guardar férreamente esta distancia es la consigna
del poder, ya que, del mismo
modo en que, por ejemplo, al acercarnos a un cuadro
hasta perder de vista la
imagen, lo descubrimos como juego de múltiples
trazos, de incontables manchas
diseminadas, así también cada acercamiento
inevitablemente revela que el todo
aparente no es en sí mismo más que fragmentación y
fisura. Lo que se olvida en la
imagen de la totalidad acabada, de la grandeza, es
la finitud, el límite que distingue a
cada cosa y a cada ser de sí mismo.
(...) el mar está en su bahía terso como un espejo;
los bosques suben como masas inmóviles, mudas, hasta la cumbre de las montañas;
allá arriba, desmoronadas ruinas de castillos, tal y como ya lo estaban hace
siglos; el cielo brilla sin nubes en un eterno azul. Así lo quiere el soñador.
Que ese mar se alza y se hunde en miles, pero que miles de olas; que los
bosques se estremecen a cada instante desde las raíces hasta la última hoja;
que en las piedras de los castillos en ruinas imperan derrumbamientos y grietas
constantes; que en el cielo, antes de que se formen nubes, hierven gases en
luchas invisibles; todo esto tiene que olvidarlo para entregarse a las
imágenes. En ellas tiene reposo, eternidad.101
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Únicamente a partir de este olvido puede desecharse
lo pequeño como fragmento sin importancia. Olvidar la caducidad es olvidar la
pequeñez de lo grande, la debilidad de toda fuerza humana. La muerte obliga a
pensar al ser-mortal como fragmento, como diseminación, como quiebre. Aquello
que debe morir es aquello que sólo puede ser-en-suspenso, que sólo puede
ser-en-versión a su fin, aquello que ha de considerarse desde siempre y para
siempre como inacabado, como pendiente. El ser-mortal es entonces el ser que
espera, por así decirlo, la consumación de su ser, el ser que aguarda aquello
que le es radicalmente ajeno, pero cuya alteridad constituye en la espera que
él mismo es, lo más "propio" de sí mismo, es decir, su no poder ser
sí mismo más que en versión a algo otro.
La concepción burguesa de la lengua, concepción de
la lengua como aparato de significación convencional, como mero instrumento de
comunicación - instrumento de la intención-, se delata entonces como la
concepción de un ser que se declara a sí mismo como un "fuera de
juego", como el dueño del juego de las significaciones -y con ello en el
fondo como dueño de su propia muerte; el ser es para él un "fuera del
lenguaje", intacto, idéntico a sí mismo, presente a sí mismo en sí mismo.
Asimismo, y paradójicamente, el lenguaje es también aquí un ser idéntico a sí,
sólido, es decir, desde el punto de vista de la lengua, un ser fuera de la
lengua, pero dependiente en su ser de la intención humana; precisamente porque
para la concepción convencional del lenguaje ser y lenguaje son realidades
plenas, presentes a sí, no fisuradas, pueden ser, en el ámbito de la
significación, intercambiables, equivalentes. Es aquí donde aflora la
relevancia política y teológica
101Walter Benjamin, La lejanía
de las imágenes, en
Discursos interrumpidos I.
p.152.
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de la concepción benjaminiana de la lengua. Lo que
se juega en la teoría lingüística no es meramente una concepción del lenguaje,
sino que con ella inevitablemente se pone en juego una concepción del ser, una
concepción del poder, del tiempo y de la historia.
Si ser es ser llamado, entonces este ser sólo puede
entenderse a partir de la llamada -en la llamada-, en la lengua; sólo puede
asumirse con "propiedad" en la lengua, como fisura, como caída, como
fragmento, como deseo. Y es sólo este reconocimiento el que hace pensable la
redención, el rescate de lo singular de lo fragmentado como valor pleno en su
alteridad. Así entonces, no se trataría de devaluar lo grande, de subvertir el
criterio de la importancia -importancia histórica, política, ontológica, etc.-,
para llevar al poder a aquello que el poder ha oprimido y acallado, sino más
bien de comprender que eso que se ha oprimido, que se ha descartado como precio
necesario de la victoria, puede ser rescatado únicamente fuera de la esfera del
poder y la dominación, fuera de la esfera de las apropiaciones, en un ámbito
que es apertura, acercamiento y escucha -no como escucha el cazador los
movimientos de su presa y se le acerca, sino como escucha y se acerca quien es
llamado a quien lo llama. Importa comprender que no puede haber algo así como
una redención de lo grande, ni de lo importante, puesto que lo grande y lo
importante son sólo imágenes; únicamente lo singular -y lo singular es
inconmensurablemente pequeño- puede ser redimido, rescatado; y puede serlo, precisamente
porque en lo singular se reconoce la fisura por donde algo otro puede hacer su
entrada: esa alteridad que en un instante fugaz e inmanejable se revela en lo
singular como la conjunción asombrosa de todos los tiempos y de todos los
seres.
110
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Breaking with the sweeping, imperial overviews of
traditional historicism, Benjamin will therefore focus on the infinitesimal,
the overlooked, the transitory, in order "to detect the crystal of the
total event in the analysis of the small, discrete moment". If read with
sufficient attention, any such moment could reveal itself to be "a muscle
strong enough to contract the whole of historical time" into an
apocalyptic Now (Jetztzeit), providing "the strait gate through which the Messiah
might enter".102
La traducción y la cita permiten pensar la lengua benjaminianamente,
justamente
porque las dos,
entendidas como las
entiende Benjamin, hablan
de
descontextualización, de límites, de fragmentación
e inapropiabilidad; las dos hablan
de la lengua humana como lengua de remisiones, como
lengua del exilio y del
deseo, hablan de una pérdida y a la vez de una
promesa, de una catástrofe y al
mismo tiempo de una redención; hablan en suma, de
un filo, de un borde, de un
espacio y un tiempo limítrofes, interruptores, y de
ese espacio y ese tiempo como el
espacio y el tiempo de la lengua y del ser.
No existe el tener, existe solamente el ser: ese
ser que aspira hasta el último aliento, hasta la sofocación.103
102Richard Sieburth, Benjamin the scrivener. p.14.
Rompiendo con las dogmáticas e imperiales visiones
del historicismo tradicional, Benjamin se concentrará, por tanto, en lo
infinitesimal, lo que se ha pasado por alto, lo transitorio, “para detectar el
cristal del evento total en el análisis del momento pequeño, discreto”. Si es
leído con suficiente atención, cualquier momento de este tipo podría revelarse
como “un músculo lo suficientemente fuerte como para contraer la totalidad del
tiempo histórico” en un Ahora (Jetztzeit) apocalíptico, proporcionando la “puerta
por donde el Mesías podría hacer su entrada”. (La traducción es mía).
103Franz Kafka, Consideraciones acerca del pecado
el dolor la esperanza y el camino verdadero. p.25.
111
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En el pecado, en su ley, la lengua humana está
desde siempre arrancada de su
contexto, o habría que decir más bien, es siempre
un fuera-de-contexto. Lengua del
ser en el exilio, del ser que es, por decirlo así,
deseo de ser.
La expulsión del paraíso es, en su parte esencial
un hecho de siempre. Quiero decir que la expulsión del paraíso es, sí
definitiva, que la vida en el mundo es inevitable, pero que la eternidad del
hecho (o por decirlo en términos temporales: la eterna repetición del hecho)
hace posible no sólo el poder permanecer para siempre en el paraíso, sino el
quedarnos efectivamente, y siempre, se sepa o no se sepa en esta tierra.104
El hombre es desde siempre, un ser caído y su
lengua es la lengua de un ser caído -
por decirlo con Benjamin en términos bíblicos, un
ser expulsado del paraíso de la
lengua, un ser
de lengua fragmentada
y diseminada. Ahora
bien, este "desde
siempre" no ha de tomarse a la ligera -algo de esto se ha dicho ya: "el pecado
original es el acto de nacimiento de la palabra
humana". Ya me he referido, en el
contexto
de la caída,
a la lengua
humana y al
ser humano, sin
embargo, es
indispensable entender que, del mismo modo, sólo a
partir de la caída pueden
concebirse el "paraíso" y la "lengua
paradisíaca" (lengua inmediatamente creadora
de Dios, e inmediatamente conocedora del hombre
-que en verdad en ese estado
no puede llamarse "hombre"). El
nacimiento de la palabra humana es al mismo tiempo
el nacimiento del "paraíso" y de la
lengua paradisíaca, ya que ambos sólo pueden
entenderse como "aquello que se ha
perdido", y el hombre sólo es hombre, y la
104Ibid. p.27.
112
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lengua
humana sólo es
lengua humana debido
a esa pérdida.105
De aquí la
imposibilidad de entender el ser y a la lengua
-divinos o humanos- en términos de una
linealidad temporal, en términos de identidad y
homogeneidad. El paraíso lingüístico -
paraíso de la identidad de ser y lenguaje sin
residuo sin remisión- no es un antes que
retornará algún día, después de la historia humana,
en plena presencia -no es esa
presencia la que ha de rescatarse-, sino un ahora
inmanejable -porque no depende
de una voluntad- que interrumpe y transforma de
pronto y fugazmente la apariencia
de la homogeneidad temporal, de la identidad del
ser, y revela eso otro -ese otro
tiempo, esa otra lengua- que desde siempre late en
el corazón de "lo mismo". Así
entonces, el hombre -y con él también todas las
cosas- es desde siempre un ser-en-el-
exilio, y únicamente como ser-en-el-exilio puede
tener acceso al paraíso perdido, a
la lengua perdida pues tanto la lengua plena como
el paraíso son esa pérdida. Ser en
el exilio es ser en el borde, en el filo de la
diferencia, es ser siempre en versión, en
relación, a algo que no es uno mismo.
Es un libre e indudable ciudadano de la tierra,
porque está unido a una cadena suficientemente larga para permitirle alcanzar
cualquier lugar terrestre, pero no tanto como para que algo pueda arrastrarlo
más allá de los límites de la tierra. Pero es, al mismo tiempo, también un
libre e indudable ciudadano del cielo, porque está unido también a una análoga
cadena celeste. Ahora bien, si quiere descender a la tierra, lo estrangula el
collar del cielo, si quiere ascender al cielo, lo estrangula el collar de la
tierra. Sin embargo, tiene a su disposición todas las posibilidades, y lo
siente.106
105La caída babélica no es sólo -según me parece
puede desprenderse del texto de Benjamin- fractura y diseminación de una lengua
y un ser originarios, sino también, astillamiento de un tiempo, de un
presente-pleno originario.
106Franz Kafka, Consideraciones acerca del pecado
el dolor la esperanza y el camino verdadero. p.68.
113
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VIII
PRENSA Y EXPERIENCIA
115
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Sabíamos muy bien lo que era experiencia: los
mayores se la habían pasado siempre a los más jóvenes. En términos breves, con
la autoridad de la edad, en proverbios; prolijamente, con locuacidad, en
historias; a veces como una narración de países extraños, junto a la chimenea,
ante hijos y nietos. ¿Pero dónde ha quedado todo eso? ¿Quién encuentra hoy
gentes capaces de narrar como es debido? ¿Acaso dicen hoy los moribundos
palabras perdurables que se transmiten como un anillo de generación en
generación? ¿A quién le sirve hoy de ayuda un proverbio? ¿Quién intentará
habérselas con la juventud apoyándose en la experiencia?107
Dije al comienzo que lo que me interesaba poner de
manifiesto era que la
concepción benjaminiana de la lengua es inseparable
de la noción de experiencia,
que la lengua, en último término, sólo podía entenderse como una cierta
experiencia. Todo lo dicho hasta aquí, apunta en
esa dirección. La diferencia, la
constante remisión a algo otro que sí mismo que se
da a la vez en el ser y en la
lengua, en tanto el ser y la lengua se revelan como
escisión, como fractura, como
deseo, no puede ser dicha, ni puesta de manifiesto
por un lenguaje entendido como
instrumento
de comunicación, como
modo de decir lo que se quiere
decir. La
diferencia no es jamás objeto de la intención ni de
la comunicación; la diferencia no
es objeto, no puede apresarse ni manipularse, no puede transmitirse como
tradicionalmente creemos transmiten los
significantes sus significados.
La concepción de un lenguaje cuya máxima aspiración
es la transparencia
lingüística, el decir exactamente lo que se
quiere -como si el lenguaje fuera una
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ventana limpia -olvidable- a través de la cual
pudiéramos hacer llegar a los otros lo que queremos hacerles llegar (y eso que
queremos hacerles llegar fuera un algo pleno, idéntico a sí mismo)-, es una
concepción para la cual la diferencia solo puede manifestarse como subversión.
Dicho de otro modo, todo lenguaje es juego de diferencias, sin embargo, la
"consistencia" teórica -y práctica, por supuesto- de la concepción
convencional depende de la habilidad con que se logre desterrar del campo de la
lengua y del ser -al menos en apariencia- toda diferencia, para poder
convertirlo así en instrumento para decir lo mismo, para decir la identidad del
ser a través de una lengua que es también igual a sí misma. Pero la diferencia
no es un "algo" que pueda ser dicho -ni expulsado-, sino, en cierto
sentido, el decir mismo, el juego de remisiones que se da entre la lengua y el
ser, y que por cierto, no es ni lengua ni ser.108 Dicho de otro modo, la
diferencia no es un ser, sino aquello que da lugar a y que se manifiesta como
diferencia en ese juego de remisiones que son el ser y la lengua. Sólo así
puede entenderse esa última frase de Benjamin en "Sobre el lenguaje en
general y sobre el lenguaje del hombre":
Toda lengua superior es traducción de la inferior,
hasta que se despliega, en la última claridad, la palabra de Dios, que es la
unidad de este movimiento lingüístico.109
107Walter Benjamin, Experiencia y pobreza, en
Discursos interrumpidos I. p.167. 108No se trata -y éste es el peligro de
querer decir la diferencia- de pensar la diferencia como ser, como un ser entre
otros -de entre todos el más grande, el más importante- ni de instaurar un
reino y un poder de la diferencia como se han instaurado los reinos y poderes
de la identidad.
109Walter Benjamin, Sobre el lenguaje en general y
sobre el lenguaje de los hombres. p.103.
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La palabra de Dios no existe, no se dice más allá
de la lengua humana como otra lengua, como otra palabra, sino que ha de
entenderse más bien como el acontecimiento mismo de la lengua -y del ser-, como
el "tener lugar" del movimiento lingüístico en su totalidad. La
palabra de Dios no es otra palabra, sino palabra de lo otro; no es otra lengua,
sino lengua de lo otro, lengua de la lengua.
Pero ¿dónde intento llegar con esto? Pues
justamente a hacer ver (intención y transparencia... condena inevitable ésta,
especialmente en eso que se llama filosofía, de tener que "querer decir
algo") que la lengua de la pura expresión, ese lugar y ese tiempo donde el
ser es su lengua porque es pura expresión, está siempre más acá o más allá, de
cualquier intención. En otras palabras, que sólo donde muere la intención nace
la lengua, que sólo donde muere la intención habla la lengua como lengua. Se
trata entonces de una lengua que no es instrumento dominable, que no es
manejable... de una lengua que es el lugar y el tiempo de una experiencia, que
puede únicamente vivirse como experiencia. Dicho de otro modo: la muerte de la
intención da lugar a la experiencia, o, digamos también: la muerte de la
intención es la experiencia. Sin lugar a dudas, todas estas afirmaciones aluden
a un concepto particular de experiencia. Por lo pronto, podemos decir que tal
concepto es inseparable de aquello que en la lengua es más que comunicación de
contenidos, inseparable de la distancia que separa al ser y a la lengua de sí
mismos, inseparable de esa diferencia. Existe, sin embargo, una concepción de
la experiencia que no concuerda para nada con la que aquí he propuesto; se
trata de una experiencia vivida, por así decirlo, a resguardo del lenguaje; una
experiencia para la cual el
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lenguaje no es otra cosa que el medio a través del
cual ella puede, como contenido, ser comunicada a otros.
Ahora bien, la prensa -y, por razones prácticas,
cuando hable de la prensa me referiré en particular al periódico-, en su
intención de comunicar "noticias", es una de las manifestaciones más
patentes y cotidianas de un lenguaje instrumentalizado. Mostrar que sus
intenciones, que su uso del lenguaje, veda todo acceso a la experiencia
verdadera, que transforma y empobrece el concepto mismo de experiencia, es el
objetivo de este último capítulo.
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La noticia
Para Proust, depende del azar la circunstancia de
que el individuo conquiste una imagen de sí mismo o se adueñe de su propia
experiencia. Depender del azar en tal cuestión no resulta en modo alguno
natural. Los intereses interiores del hombre no tienen por naturaleza ese
carácter irremediablemente privado, sino que lo adquieren únicamente cuando
disminuye, debido a los hechos externos, la posibilidad de que sean
incorporados a su experiencia. El periódico es uno de los tantos signos de esta
disminución. Si la prensa se propusiese proceder de tal forma que el lector
pudiera apropiarse de sus informaciones como partes de su experiencia, no
alcanzaría de ninguna forma su objetivo. Pero su objetivo es justamente lo
opuesto, y lo alcanza. Su propósito consiste en excluir rigurosamente los
acontecimientos del ámbito en el cual podrían obrar sobre la experiencia del
lector. Los principios de la información periodística (novedad, brevedad,
inteligibilidad y, sobre todo, la falta de toda conexión entre las noticias aisladas)
contribuyen a dicho defecto tanto como la compaginación y el estilo
lingüístico.110
Mantenerse informado parece ser hoy una especie de
necesidad para el
ciudadano
"educado". Bastan unos
cuantos días de
aislamiento -sin acceso
a
noticiarios
ni a periódicos- para que nos dejemos invadir por
una callada pero
persistente incomodidad, para que un extraño
sentimiento de culpa se deje caer
sobre nosotros. No me parece que esto se deba
simplemente a que hoy, además del
tiempo, también la información valga su peso en
oro. Este desasosiego tiene, a mi
modo de ver, un alcance más amplio, y desde cierto
punto de vista, bastante más
interesante.
Es como si,
de pronto, y
casi sin darnos
cuenta, hubiésemos sido
120
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expulsados del curso de la historia, como si, súbitamente, la historia hubiese
comenzado a desarrollarse a nuestras espaldas.
Ha sido mérito de los calendarios haber unido el
reconocimiento de la calidad a la medición de la cantidad, en cuanto dejan en
blanco, por así decirlo, en los días de fiesta, los espacios del recuerdo. El
hombre que pierde la capacidad de tener experiencias se siente excluido del
calendario. El ciudadano conoce esta sensación los días domingo.111
¿No será el contacto con la información
periodística, una especie de antídoto contra
esta sensación? ¿No será para evitar sentirse
expulsados del calendario y del paso de
la historia, que tantos ciudadanos consagran hoy devotamente sus mañanas
dominicales a la lectura del periódico?
Sentir que lo importante, que lo que tiene
relevancia histórica, ocurre siempre
fuera del "espacio propio", parece ser un
signo característico de nuestra época. Y
aquí alguien podría suspirar y dar gracias por la
invención de la prensa, pues es ella
la que fielmente nos vincula a ese mundo de
acontecimientos relevantes de los que
de otro modo no participaríamos. Pero ¿se trata verdaderamente de que lo
importante, lo digno de mencionarse, ocurre sólo en
el ámbito de "lo público"? ¿No
será más bien que hemos perdido la capacidad de
relacionarnos con "lo propio" de
manera auténtica? ¿No será más bien que, como
explica Benjamin, hemos perdido
"la capacidad de tener experiencias"? El
"espacio propio" parece hoy estar vacío.
Nadie "tiene ya fácilmente algo "de sí
para contar" al prójimo".112
110Walter
Benjamin, Sobre algunos
temas en Baudelaire,
en Ensayos escogidos.
pp.9-10.
111Walter Benjamin, Sobre algunos temas en
Baudelaire. p.23.
112Ibid. p.10.
121
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Tal vez todo esto podría llevar a pensar que,
inevitablemente, también la experiencia se ha trasladado al ámbito público; que
lo que hoy pasa a formar parte de la experiencia individual es justamente
aquello que tiene "relevancia histórica"113 , aquello que parece
digno de contarse. Éste es precisamente el empobrecimiento del concepto de
experiencia con el que ha colaborado la prensa. Ella reduce la experiencia a un
caudal de información que vamos acumulando de manera consciente en el recuerdo,
y del cual podemos echar mano en cualquier momento. Este empobrecimiento
corresponde a "una sociedad en la que el ejercicio se atrofia"114; y
este ejercicio -digámoslo aquí, aunque sólo sea crípticamente- es, en último
término, el ejercicio de la receptividad.
Ahora bien, lo que pretendo mostrar aquí, es que la
estructura del "acontecimiento público" con que nos mantiene en
contacto la prensa, se opone de modo radical a la estructura de la experiencia
-de la experiencia como la presenta Benjamin, y como la entiendo yo en relación
a su concepción del lenguaje. Para ello analizaré cómo, en manos de la prensa,
tales acontecimientos se transforman en objetos de información, con lo cual
toda posibilidad de que el lector los incorpore a su propia experiencia queda
excluida. Quisiera, al mismo tiempo, poner de manifiesto que esta exclusión y
que el concepto mismo de "acontecimiento" como objeto de información,
se deben en gran medida, a la concepción del lenguaje sobre la que se sostiene
la prensa, y a la concepción de la temporalidad que va inevitablemente ligada a
ella.
113Cuando digo “relevancia histórica” me refiero a
eso que a ojos de la concepción tradicional de la historia parece relevante.
114Walter Benjamin, Sobre algunos temas en
Baudelaire. p.34.
122
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La noticia en el periódico pretende reproducir, a
través del lenguaje, aquello que se ha hecho notar, aquello que ha llamado la
atención -o debería más bien decir, aquello en ol que la atención se ha
fijado-, lo importante, lo novedoso. El lenguaje es el medio a través del cual
la noticia es comunicada al público. La noticia es el contenido de la
comunicación, pero la comunicación misma, el lenguaje a través del cual lo
ocurrido se comunica, tiene que permanecer callado, transparente, olvidado,
para que el en-sí de lo sucedido, pueda ser visto tal como fue, por todo aquél
que no estuvo ahí para presenciarlo. La relación que la prensa establece entre
el acontecimiento y el lenguaje es entonces idéntica a la que convencionalmente
se supone existe entre el nombre y la cosa nombrada. En base a esto apela
entonces a la "objetividad"; y eso que conocemos como "estilo
periodístico", es, supuestamente, su manifestación más clara. La idea es
que todas las noticias se lean como si fueran escritas por la misma mano -idealmente,
la mano de un Dios omnisciente. Debe resultarle obvio al lector que el
acontecimiento es, y siempre será el mismo, sin importar quien lo comunique
-esto, por supesto, si quienes lo comunican han sido entrenados en el arte de
la observación y comunicación objetiva. La mismidad del acontecimiento es lo
que la noticia parece reproducir. Para ello, hay que suponer, ante todo, que el
acontecimiento es idéntico a sí mismo, que es un algo acabado, entero,
independiente de cualquier mirada particular que lo enfrente, independiente de
su comunicación. Digamos entonces que, desde el punto de vista de la prensa, el
acontecimiento es un hecho. En términos temporales, esto quiere decir que el
acontecimiento comunicado forma parte de un pasado absoluto, cerrado sobre sí
mismo, agotado e imperturbable; un pasado que el presente puede traer a
colación plenamente, es decir, tal cual fue. La única relación
123
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que, por lo tanto, puede establecerse con él es la
de pertenencia; sólo apropiándonoslo entramos en contacto con él. Esta
apropiación es la que la prensa lleva a cabo al transformar el acontecimiento
en objeto de información. Y ésta es también, la única relación que con la
información puede establecer el lector... si le parece importante, la agrega al
caudal de informaciones que ya ha acumulado. El lector se enfrenta a lo
sucedido como algo que ha sucedido a distancia115 , como algo que, a pesar de
su importancia histórica, no le incumbe más que tangencialmente -le incumbe
verdaderamente, sólo en la medida en que puede verse afectado por sus
consecuencias- algo que reconoce como importante en-sí, pero que no tiene, por
lo general, repercusión sobre su propia vida. El lector se acerca
imaginariamente a los lugares y los hechos mencionados; guardando la distancia
que su indiferencia le impone, los compadece, los aplaude o los maldice, hace
sus cálculos si es necesario, y se dedica luego a lo suyo; la noticia queda
siempre fuera del campo de la experiencia -y no sólo de la suya, sino fuera del
campo de toda experiencia.
Es necesario comenzar a diferenciar ya, de modo más
preciso, y en relación con la cuestión del lenguaje y la temporalidad, la
acumulación de información de lo que aquí ha de entenderse como experiencia.
Para ello, un par de citas de "Sobre algunos temas en Baudelaire"
resultan ser claves.
115Curiosamente, se trata aquí de una distancia que
resulta ser completamente franqueable, una distancia que, como el hilo de una
caña de pescar, se lanza o se recoge a voluntad. No importa cuán lejos hayan
ocurrido las cosas, esa lejanía no tiene, en el fondo, nada que ver con el
en-sí del acontecimiento. Hoy, gracias a la prensa podemos decir: “Esto ha
ocurrido en la China”, con la misma seguridad con que decimos: “Esto ha
ocurrido en la esquina de mi casa” - sólo que, en términos históricos -no personales-,
la China suele parecer mucho más importante.
124
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En efecto, la experiencia es un hecho de tradición,
tanto en la vida privada como en la colectiva. La experiencia no consiste
principalmente en acontecimientos fijados con exactitud en el recuerdo, sino
más bien en datos acumulados, a menudo en forma inconsciente, que afluyen a la
memoria.116
La rígida exclusión de la información respecto al
campo de la experiencia depende asimismo del hecho de que la información no
entra en la "tradición".117
Comencemos por referirnos a la diferencia entre eso
que Benjamin describe como
"acontecimientos fijados con exactitud en el
recuerdo" y los "datos acumulados, a
menudo en forma inconsciente, que afluyen a la
memoria". La primera descripción
coincide perfectamente
con eso que
aquí he llamado
"acumulación de información". El
hecho de que
sepamos cuándo y cómo ocurrió algo, o que
recordemos ese saber, no quiere, en
ningún caso, decir que lo ocurrido haya pasado a
formar parte de nuestra
experiencia. Por el contrario, será precisamente la
experiencia la que pondrá en tela
de juicio la aparente inmutabilidad de ese
"cuando" y ese "como". La experiencia no
consiste
en una serie
de recuerdos precisos
e inmutables, sino
más bien en la
rememoración de "datos" que muchas veces,
en su momento, pasaron inadvertidos.
Claro que decir "en su momento" resulta
bastante problemático, pues "su momento"
es en realidad el momento de una conjunción
temporal. El modelo de la cita puede
ayudarnos a entender esta conjunción. La afluencia
de esos datos a la memoria, es,
116Walter Benjamin, Sobre algunos temas en
Baudelaire. p.8.
117Ibid. p.10.
125
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por así decirlo, la cita del pasado; pero no de un
pasado "tal cual fue", sino más bien
de un pasado que alcanza, en el presente, una
especie de débil consumación. En
otras palabras, no es la plenitud de los hechos lo
que se rememora y lo que forma
parte de nuestra experiencia, sino aquello que en
el pasado ha quedado pendiente,
ha pasado inadvertido y que cobra -en el presente-
vida en la memoria; aquello que
de pronto retorna, pero retorna a mostrarnos la
cara oculta de lo obvio, la cara
inadvertida de los acontecimientos.
Pasábamos horas siguiendo la aguja de la cual
colgaba perezoso un hilo gordo de lana. Sin decirlo, cada uno se ponía a coser
y embastar platos de cartón, limpiaplumas, fundas, bordando flores de acuerdo
con los dibujos. Y mientras el papel se abría a la aguja con un ligero crujido,
yo caía de vez en cuando en la tentación de enamorarme del enrejado del envés,
el cual se volvía cada vez más enredado, en anto que la parte del haz iba
aproximándome a la meta.118
La tradición se refiere, sin duda, a una cierta
continuidad, pero también, a la vez, a una especie de interrupción. Se trata,
por decirlo de algún modo, de una continuidad que sólo se vuelve patente en el
instante interruptor que es la rememoración. De pronto, lo que se vuelve
consciente es lo que la continuidad ha
ido tejiendo subrepticiamente. La experiencia es un
hecho de tradición, pero la
tradición no ha de entenderse como una serie de
preceptos que se entregan -como
si hubiesen sido anotados claramente en un libro-
de generación a generación, sino
más bien como aquello que se ha ido escribiendo
entre las líneas y que aflora, de
pronto, en un instante de reconocimiento, como lo
relevante, como lo que ha
dejado huellas.
118Walter Benjamin, Infancia en Berlin hacia 1900.
pp.116-117.
126
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La
información periodística excluye
de sí toda
experiencia, precisamente
porque escapa al ámbito de la tradición. No hace
más que entregar -como en
bandeja- el en-sí (siempre uno y el mismo) de lo
sucedido; y su selección apela ante
todo, a la novedad.
La novedad es una cualidad independiente del valor
de uso de la mercadería. Es el origen de la apariencia, inevitable en las
imágenes que produce el inconsciente colectivo. Es la quintaesencia misma de la
falsa consciencia cuyo agente infatigable es la moda.119
No existe en el periódico, conexión alguna entre
las diferentes noticias que leemos.
Junto a la descripción de un partido de fútbol,
fácilmente podemos encontrar la de
una masacre. Cambiamos de tema con una facilidad
abismante -y logramos hacerlo,
justamente porque lo que leemos no pasa de ser
un tema para nosotros. En este
sentido, la lectura del periódico tiene, a mi modo
de ver, la misma estructura que
Benjamin descubre en el juego de azar y en el
trabajo mecanizado:
Cada intervención en la máquina está tan
herméticamente separada de aquella que la ha precedido como un coup de la
partida de azar del coup inmediatamente precedente. Y la esclavitud del
asalariado hace en cierta forma pendant a la del jugador. El trabajo de ambos
está igualmente libre de contenido.120
El juego rechaza los órdenes de la experiencia.121
El hecho de comenzar siempre de nuevo es la idea
regulativa del juego (como del trabajo asalariado).122
119Walter Benjamin, París capital del siglo XIX, en
Sobre el programa de la filosofía futura y otros ensayos. p.135.
120Walter Benjamin, Sobre algunos temas en
Baudelaire. p.27.
121Ibid. p.28.
122Ibid. p.28.
127
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Del mismo modo, también el lector de noticias
comienza, con cada noticia que lee,
siempre de nuevo y desde el principio. El juego de
azar, el trabajo mecanizado y la
información periodística rechazan los órdenes de la experiencia puesto que
clausuran
todo acceso a
la lejanía temporal
-todo acceso a
la tradición-; nos
condenan a un presente que reproduce con exactitud
y sin residuos un pasado
siempre igual; nos expulsan de esa distancia que es
el deseo -el pasado como deseo
de una consumación que jamás tiene lugar; el
presente como manifestación del
deseo de un pasado que no ha alcanzado su plenitud. La experiencia
nada tiene
que ver con la aparición y conservación intacta de
lo "nuevo", sino más bien con la
"transformación" de lo antiguo. "Yo,
en cambio, no pensaba conservar lo nuevo, sino
renovar lo antiguo".123
El deseo, en cambio, pertenece a los órdenes de la
experiencia. "Lo que se desea de jóvenes, se tiene en abundancia de
viejos", dice Goethe. Cuanto antes se formula en la vida un deseo tanto
más grandes son sus perspectivas de cumplirse. Cuanto más lejos en el tiempo se
halla un deseo tanto más puede esperarse su realización. Pero lo que lleva
lejos en el tiempo es la experiencia, que lo llena y articula. Por ello el
deseo realizado es la corona reservada a la experiencia.124
Nada hay ni en la escritura ni en la lectura del periódico que se asemeje
remotamente al deseo. Hay por el contrario, la
intención de decir exactamente lo
que ha ocurrido, de reproducirlo fielmente a través
de las palabras; hay la suposición
de
haberlo dicho, de
haberlo reproducido; hay
también, en la
lectura medio
mecanizada de las noticias, la avidez por
informarse, por saberse -aunque sea sólo
123Walter Benjamin, Infancia en Berlín hacia 1900.
p.105.
128
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remotamente mediante la acumulación de información- partícipe
de la masa
incesante de acontecimientos que luego habrá de
conocerse como "historia". Pero
de lejanía, de espera, de inapropiabilidad, de
tradición, de deseo y experiencia, no
hay ni la mas remota huella. Todo lo ocurrido tiene
lugar a distancia de la distancia, a
distancia del deseo que permite comprender la
historia no como una serie de hechos
consumados que se dejan atrás como las hojas
muertas de cada otoño, sino como
una espera, como el instante que precede a toda
consumación.
El momento decisivo de la evolución humana está
siempre en transcurso. Por eso tienen razón aquellos movimientos espirituales
revolucionarios que declaran insignificante todo lo anterior, ya que,
efectivamente, no ha sucedido nada todavía.125
El Mesías llegará sólo cuando no haga falta,
llegará sólo un día después de su propia llegada, no llegará el último día, si
no en el ultimísimo.126
Sólo el Mesías mismo consuma todo suceder
histórico, y en el sentido precisamente de crear, redimir, consumar su relación
para con lo mesiánico. Esto es, que nada histórico puede pretender referirse a
lo mesiánico por sí mismo. El reino de Dios no es el telos de la dynamis
histórica; no puede ser propuesto aquél como meta de ésta. Visto históricamente
no es meta, sino final. Por eso el orden de lo profano no debe edificarse sobre
la idea del Reino Divino (...).127
El orden de lo profano tiene que erigirse sobre la
idea de felicidad.128
124Walter Benjamin, Sobre algunos temas en
Baudelaire. pp.27-28.
125Franz Kafka, Consideraciones acerca del pecado
el dolor la esperanza y el camino verdadero. p.55.
126Ibid. p.65.
127Walter Benjamin,
Fragmento Teológico-Político, en Discursos Interrumpidos I.
p.193.
128Ibid. p.193.
129
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(...) la imagen de felicidad que albergamos se
halla enteramente teñida por el tiempo en que de una vez por todas nos ha
relegado el decurso de nuestra existencia. La felicidad que podría despertar
nuestra envidia existe sólo en el aire que hemos respirado, entre los hombres
con los que hubiésemos podido hablar, entre las mujeres que hubiesen podido
entregársenos.129
Y aquí comienza a descubrirse ya el modo en que
todo esto se relaciona con
el lenguaje, el sentido en que experiencia e
información se relacionan, de manera
ineludible, a dos concepciones de lenguaje que se
excluyen entre sí.
Existe una especie de competencia histórica entre
las diversas formas de comunicación. En la sustitución del antiguo relato por
la información y de la información por la "sensación" se refleja la
atrofia progresiva de la experiencia. Todas estas formas se separan, a su
turno, de la narración, que es una de las formas más antiguas de comunicación.
La narración no pretende, como la información, comunicar el puro en-sí de lo
acaecido, sino que lo encarna en la vida del relator para proporcionar a
quienes escuchan lo acaecido como experiencia. Así en lo narrado queda el signo
del narrador, como la huella de la mano del alfarero sobre la vasija de
arcilla.130
La lengua es el lugar de la experiencia -no el
medio a través del cual ésta se
comunica-, el lugar del deseo y la rememoración. No
hay experiencia fuera de la
lengua. No existen los hechos consumados en el
orden de la experiencia, lo que hay
es un presente que tiene lugar como cita
de un pasado pendiente; ese lugar es la lengua:
lugar de manifestación del ser
espiritual que en ella se comunica, no instrumento
a través del cual se dice lo
acabado. Si los acontecimientos fueran -como
postula la información- idénticos a sí
129Walter Benjamin, Tesis de filosofía de la
historia. p.178.
130
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mismos, no podrían ser dichos. Claro que, desde el
punto de vista de la información,
tales hechos sólo son comunicables como hechos porque en relación a la
experiencia, todos son idénticos entre sí, es
decir, carentes de contenido. En último
término, la información es la erradicación de una
verdad: la verdad de nuestra
situación, la verdad de la espera que somos, de la
espera que es la historia humana.
Finalmente, quisiera referirme, aunque sea sólo
brevemente, al concepto de
"aura". El problema de la experiencia
sólo puede entenderse en profundidad al
relacionarlo con este concepto.
Benjamin relaciona la cuestión del aura
principalmente a la obra artística, y su
desmoronamiento, a la aparición de la reproducción
técnica de la obra de arte. Me
parece, sin embargo, que el concepto de aura, y el
de su decadencia, se relaciona
también de modo directo con otros fenómenos. Tal
concepto ayudará a entender
aquí
eso que en
los acontecimientos escapa
a toda apropiación,
a cualquier
reproducción. Comencemos por lo siguiente:
¿Pero qué es propiamente el aura? Una trama muy
particular de espacio y tiempo: irrepetible aparición de una lejanía, por cerca
que esta pueda estar. (...) Hacer las cosas más próximas a nosotros mismos,
acercarlas más bien a las masas, es una inclinación actual tan apasionada como
la de superar lo irrepetible en cualquier coyuntura por medio de su
reproducción. Día a día cobra una vigencia más irrecusable la necesidad de
adueñarse del objeto en la proximidad más cercana, en la imagen o más bien en
la copia.131
130Walter Benjamin, Sobre algunos temas en
Baudelaire. p.10.
131Walter Benjamin, Pequeña historia de la
fotografía, en Discursos interrumpidos I. p.75.
131
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Acercar las cosas -y esto puede decir también:
acercar los acontecimientos- a nosotros mismos, superar lo irrepetible mediante
la reproducción y adueñarse del objeto, es precisamente lo que hace la prensa
al comunicar sus noticias. Acerca cualquier acontecimiento -incluso el más
distante- y lo entrega como objeto reproducible a las masas de lectores.
"Esto es lo que ha sucedido", declara la prensa, y no es necesario
haber estado allí para acceder a ese conocimiento. ¿Pero qué es lo que tal acercamiento
pasa por alto? Pues bien, lo que ignora es precisamente una distancia, una
distancia que tiene, por así decirlo, dos caras: una, es la que separa al
observador de lo observado -sin importar la cercanía física en que tenga lugar
el acontecimiento-; esa distancia es infranqueable e impide cualquier
apropiación, cualquier manipulación del acontecimiento como objeto de
información. Pero esta distancia va ligada necesariamente a otra, más difícil,
si se quiere, de asumir, a saber, aquella que separa a todo acontecimiento, a
todo ser, de sí mismo, "una trama muy particular de espacio y
tiempo". Esta distancia se relaciona de manera directa con el hecho de que
nada histórico -ni el ser ni la lengua- puede por sí mismo y en sí mismo
alcanzar su plenitud. La lengua es llamada, invocación, alusión; sólo es en
versión al ser que invoca. Por otra parte, tampoco el ser es un algo pleno, un
en-sí; el ser es lo llamado a ser, es decir, es sólo en versión a la llamada,
es sólo en versión a la lengua en que se dice como ser-llamado. Esta constante
e inevitable remisión del ser a la lengua y de la lengua al ser es lo que da
lugar a la historia. Nada humano, nada histórico es plenamente.
Esta falta de plenitud es lo que da lugar al
tiempo, lo que hace del presente una cita del pasado, pero no de un pasado
tal-cual-fue, sino de un pasado que
132
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aguarda desde siempre, su consumación, un pasado
que desaparece en el instante
mismo en que el presente lo reconoce, un pasado que
es siempre un "ya no".
La verdadera imagen del pasado transcurre
rápidamente. Al pasado sólo puede retenérsele en cuanto imagen que relampaguea,
para nunca más ser vista, en el instante de su cognoscibilidad.132
Éste es el instante del reconocimiento de la
lejanía insuperable que separa a todo
acontecimiento y a todo ser de sí mismo; ese
instante es irrepetible, irreproducible.
Comunicar un acontecimiento como
si estuviera clausurado,
como si fuera
un
paquete
muerto -y en
su muerte, eterno-, es anularlo como acontecimiento, es
ignorar la lejanía que hace del acontecimiento un
acontecimiento. Nada en el
lenguaje de la prensa, en su modo de
"comunicar", da cuenta de esta lejanía, de la
diferencia que da lugar al acontecer; y no lo hace
precisamente porque esta
distancia es lo que el acontecimiento tiene de
inapropiable, de inaccesible... "lo
esencialmente lejano es inaccesible (...)"133.
El aquí y ahora de cada acontecimiento
-un aquí y ahora que es la manifestación
irrepetible de una lejanía (la lejanía del ser a
sí mismo), un aquí y ahora que es deseo de ser, que
es llamada, y a la vez, respuesta
a otra llamada- eso es lo que la información pasa
por alto. Esta manifestación es el
aura.
La experiencia del aura reposa por lo tanto sobre
la transferencia de una reacción normal en la sociedad humana a la relación de
lo inanimado o de la naturaleza con el hombre. Quien es mirado o se cree mirado
levanta
132Walter Benjamin, Tesis de filosofía de la
historia. p.180.
133Walter Benjamin, Sobre algunos temas en
Baudelaire. p.36.
133
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los ojos. Advertir el aura de una cosa significa
dotarla de la capacidad de mirar.134
Esto comienza a sonar como un eco de aquello que en
el nombre no era meramente espontaneidad, sino también y obligatoriamente,
receptividad. El nombre que el hombre le da a las cosas depende de la forma en
que las cosas se comunican con él. Y ahora me arriesgaría a decir que, advertir
la existencia de esta comunicación - que inevitablemente desemboca en el nombre
como traducción- es advertir el aura de la cosa, es dotarla de la capacidad de
alzar la mirada y llamarnos. Y llevando el asunto un poco más lejos, diría que
el encuentro de esas miradas -que son también llamadas- es la lengua humana.
La prensa destruye el aura de todo lo que toca, les
niega a los acontecimientos la capacidad de alzar la mirada -de manifestar su
lejanía-, los reproduce como cosa muerta. Esto es lo que la desaloja -y nos
desaloja- del ámbito de la experiencia, pues es precisamente al alzar la
mirada, al llamarnos, al interrumpir la aparente continuidad y homogeneidad del
tiempo y de la intención, que las cosas y los acontecimientos pasan a formar
parte de nuestra experiencia... una experiencia que es la interrupción de nuestra
propia voz, de nuestra propia escritura, la manifestación en ella de otra voz,
de otra escritura, de algo que no somos nosotros.
Al pretender comunicar el en-sí de lo ocurrido, la
prensa declara, secretamente por cierto, haber comunicado lo incomunicable,
haber consumado lo humanamente inconsumable.
¿No es éste acaso el camino que lleva al hombre,
más allá de la lengua, a presenciar el fin de la historia?
134Ibid. p.36.
134
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CONCLUSIÓN
135
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Quisiera, para concluir, volver al título de este
libro que, de algún modo, parece haber quedado de lado. No hacen falta, sin
embargo, demasiadas explicaciones para comprender cómo se relaciona todo lo
dicho hasta aquí respecto del lenguaje y la experiencia con la cuestión del
exilio. Ante todo, habría que decir que la lengua, humanamente entendida, no
puede más que concebirse como lengua del exilio. Tal afirmación apunta, por una
parte, al reconocimiento de la impropiedad de todo lenguaje. Estamos condenados
a una lengua que jamás nos es propia; y esto no dice: "estamos condenados
a hacer uso de una lengua que no nos es propia", sino más bien:
"estamos condenados a ser en una lengua que no nos es propia". Somos
la lengua en el exilio; somos en lengua extranjera.
Por otra parte, decir que la lengua es lengua del
exilio, es, inevitablemente, ligar la problemática de la lengua y del ser, a la
del tiempo y el espacio. El exilio implica la lejanía y la falta de un lugar y
un tiempo específicos, un lugar y un tiempo al que se tiene acceso únicamente
como falta, como lejanía. Tal lejanía, tal falta, se manifiesta en la lengua y
en el ser como deseo: deseo de un tiempo pleno, de un lugar pleno... deseo de
la plenitud del ser y de la lengua. La manifestación de ese otro tiempo, de ese
otro lugar en la lengua humana como lo que se ha perdido,
136
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como lo que ha huido, no puede tener lugar más que
como experiencia. El exilio no es un estado, sino más bien un modo particular
de relacionarnos con algo que nos es radicalmente ajeno. El exilio es la
experiencia de ser en versión a un lugar, a un tiempo, a una lengua, que existe
sólo fuera de nuestros dominios, un lugar y un tiempo que no está en nuestro
poder visitar y del cual, sin embargo, dependemos; un lugar y un tiempo, una
lengua, por la cual y en la cual somos desde siempre... llamados a ser.
Ahora bien, llevando la cosa un poco más lejos,
habría que decir que el tiempo y el lugar del exilio -exilio del ser y de la
lengua- es también el tiempo y lugar de la historia. Con ello se pone de
manifiesto una cuestión a la que no me he referido explícitamente, y que sin
embargo ha estado latente en prácticamente todo lo tratado en este libro; me
refiero a la íntima relación que existe entre lenguaje e historia. Y es a esta
relación a la que quisiera referirme muy brevemente para terminar... para presentar
el final simplemente como comienzo de otra lectura.
Concebir la historia como historia del exilio es
concebirla como consecuencia inmediata de la caída, o más bien, como la caída
misma. No existen en tal historia los hechos consumados, no puede hacerse en
ella la distinción entre los grandes acontecimientos y los pequeños, entre lo
importante y lo sin importancia. "Nada de lo que una vez haya acontecido
ha de darse por perdido para la historia"135. La historia no es esa
sucesión de datos, de hechos consumados, que los vencedores van anotando uno
tras otro, y con tinta indeleble, en el libro de lo que merece ser recordado.
Los respectivos dominadores son los herederos de
todos los que han vencido una vez. La empatía con el vencedor resulta siempre
ventajosa
135Walter Benjamin, Tesis de filosofía de la
historia. pp.178-179.
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para los dominadores de cada momento. (...) Quien
hasta el día actual se haya llevado la victoria, marcha en el cortejo triunfal
en el que los dominadores de hoy pasan sobre los que también hoy yacen en
tierra. Como suele ser costumbre, en el cortejo triunfal llevan consigo el
botín.136
Ésta no es más que la historia de la intención, la
historia de la arrogancia: ésa que
cree decir -que cree establecer- simple y
plenamente lo que quiere decir -lo que
quiere establecer. Ésta no es más que la historia
de un dominio mal entendido, la
historia
bárbara de ese
poder que con
desfachatez se atreve
a declarar: "los
vencedores no se defienden porque son los que
escriben la historia".
Importa, ante todo, haber comprendido que no se
trata aquí meramente de
una comparación; no es que la historia se asemeje
de algún modo al lenguaje, sino
más bien de que la historia no puede sino
concebirse como lenguaje.
No hay acontecimiento o cosa en la naturaleza
animada o inanimada que no participe de alguna forma de la lengua, pues es
esencial a toda cosa comunicar su propio contenido espiritual.137
Así entonces, concebir la historia como lenguaje es
concebirla como aquello que
tiene lugar más allá de toda intención, más allá de
todo dominio. La historia no puede
ser la historia de la victoria ni de los
vencedores, porque "no ha sucedido nada
todavía". Más allá de todo control, más allá
del poder, y en el exilio, la historia
humana se escribe como historia de la
fragmentación, como historia de una pérdida,
como historia del deseo.
136Ibid. p.181.
137Walter Benjamin, Sobre el lenguaje en general y
sobre el lenguaje de los hombres. p.89.
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La bella imagen de la ruptura de los vasos que se
encuentra en el "Prólogo" al origen del drama barroco alemán,
reaparece en el ensayo sobre la tarea del traductor: "Así como los
múltiples fragmentos de un cántaro roto no son iguales sino correspondientes,
de la misma manera la traducción no debe intentar parecerse al sentido del
original, sino acercarse amorosamente en cada una de sus partes a la forma de
expresión del original con el fin de hacerlos reconocibles como fragmentos de
un vaso o fragmentos de una lengua superior". La comparación proviene de
la mística de Isaac Luria que respondía a la deportación de los judíos en 1492
y da testimonio de la profunda conexión entre historia y exilio. En el día de
la creación Dios ejerce una suerte de autolimitación, de contracción que le
permite al mundo surgir en un espacio hasta entonces ocupado por su plenitud
innombrable. La luz divina que emana del creador es tan fuerte que las
criaturas, semejantes a recipientes de barro, no pueden resistirla de manera
que se quiebran. Esta ruptura de los recipientes o Schebira es la fuente del
desorden original que padece el mundo, de este estallido o dispersión universal
que sólo tendrá fin a través de una recolección mesiánica. (...) Estas bellas
metáforas que aparecen con frecuencia en los textos de Benjamin describen el
sufrimiento causado por el exilio y su necesidad como dos elementos
inseparables: desde que la creación y la historia existen hay también ruptura,
desorden, división. Antes que eso no había nada más que Dios, del que nada
podía decirse, ni siquiera este "antes"; nada se puede decir del fin
de la historia o del exilio. Fiel a esta tradición, Benjamin refutará las
especulaciones politico-filosóficas sobre el futuro de la historia ya sean
sionistas o socialistas. El fin del exilio y de la historia no puede ser
descrito ni previsto, tan sólo precariamente nombrado a través de la llegada
del Mesías.138
138Jeanne
Marie Gagnebin, El original y el otro,
en Sobre Walter
Benjamin.
p.31.
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