© Libro N° 7608. Escritos. La Literatura Infantil, Los Niños Y Los
Jóvenes. Benjamin, Walter. Emancipación. Agosto 8 de 2020.
Título original: © Über
Kinder, Jugend und Erziehung. Suhrkamp Verlag, Frankfurt, 1969
Versión Original: © Escritos.
La Literatura Infantil, Los Niños Y Los Jóvenes. Walter Benjamin
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ESCRITOS
La Literatura Infantil, Los
Niños Y Los Jóvenes
Walter Benjamin
Escritos
La Literatura Infantil, Los
Niños Y Los Jóvenes
Walter Benjamin
Escritos
La literatura infantil, los niños y los jóvenes
Walter Benjamin
Ediciones Nueva Visión, Buenos Aires, 1989.
Colección Diagonal dirigida por Aníbal V.
Giacone. Traducido por Juan J. Thomas.
Título original: Über Kinder, Jugend und Erziehung.
Suhrkamp Verlag, Frankfurt, 1969.
El estudio preliminar de Giulio Schiavoni (“Avanzi
di un mondo di sogno. Walter Benjamin e l'enciclopedia magica dell'
infan-zia”), así como el artículo de W. Benjamin “Abecedarios de hace cien
años” (“Abbecedari di cent'anni fa”) fueron publicados en Walter Benjamin.
Orbis Pictus. Scritti sulla letteratura infantile. A cura di Giulio Schiavoni.
Milano, Emme Edizioni, 1981, y traducidos por Luciana Daelli.
La paginación se corresponde con la edición
impresa. Se han eliminado las páginas en blanco
PRESENTACIÓN
El presente volumen ofrece una selección de los
escritos que Ben-jamin dedica a los temas indicados en el título. Contiene
algunos ejemplos de los trabajos de su primer período, cuando pertenecía a la
Freideutsche Jugendbewegung (Movimiento de la Juventud Li-bre). Se incluyen
íntegramente los textos del período maduro del autor que se refieren a
educación infantil, libros infantiles y jugue-tes, salvo algunas excepciones
sin importancia.
El Programa de un teatro infantil proletario,
reproducido de acuerdo con el manuscrito, fue escrito por Benjamin para Asja
La-cis, que en 1918, en tiempos del comunismo de guerra, había fun-dado y
dirigido un teatro infantil en Orel. En 1928 trató de reanu-dar el experimento
en la casa Liebknecht de Berlín. Cuarenta años más tarde, Asja Lacis escribía:
“Conversé muy detenidamente so-bre ese tema con Benjamin. Me había pedido que
elaborara un pro-grama. Walter Benjamin dijo que él lo escribiría y daría un funda-mento
teórico a mi labor de Orel. Realmente lo escribió, pero en la primera versión
expuso mis tesis de una manera sumamente com-plicada. En la casa Liebknecht lo
leyeron y comentaron riendo: ‘Es-to te lo escribió Benjamin.’ Le devolví el
programa pidiéndole que lo escribiera en forma más comprensible.” El Programa
de un tea-tro infantil proletario que se ha conservado es la segunda versión.
La que ofrecemos es la única que se encontró entre las obras pós-tumas de
Benjamin.
Las ilustraciones del libro se tomaron de las
primeras ediciones y es probable que el mismo Benjamin las haya elegido. Al
menos, pertenecen en parte a su colección de libros infantiles.
ADVERTENCIA DEL EDITOR
Se reproducen aquí los escritos de Walter Benjamin
recopilados en 1969 por la Suhrkamp Verlag de Frankfurt am Main con el título
de Über Kinder, Jugend und Erziehung a los que se alude en la “Pre-sentación” y
publicados por Ediciones Nueva Visión en 1974 (Re-flexiones sobre niños,
juguetes, libros infantiles, jóvenes y educa-ción), a los que se han agregado
el estudio de Giulio Schiavoni “Frente a un mundo de sueño. Walter Benjamin y
la enciclopedia mágica de la infancia”, así como el artículo “Abecedarios de
hace cien años” del propio Benjamin, publicados en: Walter Benjamin. Orbis
pictus. Scritti sulla letteratura infantile, Milano, Emma Edi-zioni, 1981.
FRENTE A UN MUNDO DE SUEÑO. WALTER BENJAMÍN Y LA
ENCICLOPEDIA MÁGICA DE LA INFANCIA
Giulio Schiavoni
Sólo puede descubrir este campo de colección —el
libro para niños— quien no ha repudiado el júbilo infantil por él.
Walter Benjamin
1. “HISTORIAS AMENAS Y FIGURAS BURLESCAS...”
La surreal aventura de Pedrito el Desgreñado de
Heinrich Hof-fmann, aparecida en Frankfurt en 1845, tenia como subtítulo:
His-torias amenas y figuras burlescas [Lustige Geschichten und drolli-ge
Bilder]. La promesa de alegres gratificaciones para la mente y para los ojos
anunciada por ese conocido libro para niños acababa sin embargo sofocada y
contradicha por el humillante repliegue que asume el relato: al niño que se
chupa los pulgares se los cortan al fin con las tijeras del sastre; al niño que
le divierte salir a la calle du-rante los temporales un buen día se lo lleva el
viento como castigo. Frente a las desmentidas que ese programa optimista de
carcajadas y notas de color recibía por obra de las crueles moralejas y las
tre-mendas amenazas esparcidas a manos llenas en el texto, es lícito
preguntarse: ¿qué pretenden los “grandes” cuando eligen una lectu-ra para los
niños? ¿asegurar un lugar de libre efusión de la creati-vidad y la fantasía
infantil, “lugar de todos los posibles”, sin excluir la prefiguración de “un
mundo diferente y mejor” que se crearía luego viviendo?, como afirmaba Gianni
Rodari en la presentación de su antología de fábulas de Andersen?1 ¿O bien
propinarles, de manera más o menos consciente, “educadores ocultos” —como se los
ha querido definir2—, es decir, instrumentos capaces de guiar, entre líneas, a
comportamientos hechos a la medida de los adultos, que han olvidado el espíritu
“burlón” y la “alegría” que tal vez co-nocieron en la infancia?
1 Andersen,
H.C., Fiabe, Einaudi, Torino, 1970, pp. XIX–XX
El dilema, sobre el que todavía parece demorarse el
debate de cuantos aman y sirven la literatura infantil, encuentra sus razones
profundas no sólo en el inevitable dualismo existente entre la pers-pectiva de
los adultos (padres y educadores) que eligen los libros para la infancia, y la
de los niños, que los leen o los miran, sino tam-bién en el paisaje no poco
accidentado de la propia tradición de pensamiento que esos libros cargan sobre
sus espaldas.3 En efecto, en ella parecen cruzarse o alternarse continuamente
adultos que re-verencian la fantasía y la espontaneidad infantiles (como el
gramá-tico bohemio Comenius, autor del primer libro ilustrado de texto, el
Universo figurado de las cosas sensibles —Nuremberg, 1654— o como el romántico
Jean Paul) y otros que, con moralismos más o menos bien estructurados, nada
tienen en su corazón salvo el de-seo de someter esa fantasía y esa ingenuidad a
la ética filistea de un útil de clase, ética que se refleja a menudo en la
literatura para la in-fancia introduciendo la obligación de la “moral”
conclusiva, para la que los “niños buenos” siempre deban “estar limpios”, los
“ni-ños buenos” nunca deban “contestar” y así sucesivamente.
2 Esta es la
tesis central de una seria contribución histórico–crítica sobre el te-ma
aparecida hace algunos años en Alemania Occidental con el título Die heim-
lichen Erzieher. Kinderbücher und politisches
Lernen, a cargo de Dieter Richter y Jochen Vogt, Rowohlt Verlag, Reinbeck,
Hamburg, 1974, p. 21
3 Entre los
intentos de reconstrucción histórica de las diferentes tendencias que operan en
la literatura infantil de los dos últimos siglos con particular atención al
área específicamente alemana, véanse especialmente: Kónneker, M.L. (dir.),
Kin-derschaukel Ein Lesebuch zur Geschichte der kindheit in Deutschland, 2 vol
(I = 1745-1860; II = 1860-1930), Luchterhand Verlag, Darmstadt–Neuwied, 1976
(1979); Hürlimann, B., Europaïsche Kinderbücher in drei Jahrhunderten,
Zurich–Frei-burg, 1963 (1967); Müller, K., Müller, H., Das Bilderbuch.
Geschichte und Ent-wicklung des Bilderbuchs in Deutschland von den Anfängen bis
zur Gegenwart, Weinheim, 1973; Maier, K.E. (dir.), Historische Aspekte zur
Jugendliteratur, Stuttgart, 1974. En italiano se dispone, entre otras, de las
obras de Marchetti, I., Pe-trini E., Buonincontro. Guida storico–critica e
antologica della letteratura per ra-
gazzi
italiana e straniera, Le Monnier,
Firenze, 1963; Hazard,
P., Uomini, ragaz-
zi e libri,
Armando, Roma, 1970;
Faeti, A., Letteratura
per l’infanzia, La
Nuova
Italia, Firenze, 1977; Tutto é fiaba. Atti del
Convegno Inlernazionale di studio su-
lla fiaba, Emme Edizioni, Milano, 1980.
10
2. EL LIBRO RESTITUIDO A LA VIDA
A ese universo móvil, polícromo e incodificable de
la infancia y del libro para niños se abrió, a fines de los años veinte, con
una contri-bución teórica y práctica poco común —por fragmentaria— el ber-linés
Walter Benjamin, nacido en 1892 y futura víctima del nazis-mo en 1940, pensador
incómodo, objeto —aún hoy— de una ver-dadera cinchada entre quienes quieren
hacer de él un puro y simple exponente del misticismo hebreo y quienes tratan
en cambio de ubi-carlo en una dimensión a menudo demasiado rígidamente
marxis-ta. Precursor y luego miembro de la Escuela de Frankfurt, conoci-do por
el gran público sobre todo por su actividad de crítico de arte y ensayista
refinado y rebelde a los fetiches de una “cultura” domi-nante orientada sólo en
sentido afirmativo, este escritor hebreo, ex-cluido entre los años 1926 y 1927
de la carrera académica y que a continuación vivió de artículos y traducciones,
que se abrió en los años de su madurez a las solicitudes del pensamiento
marxista–re-volucionario, asumió también la infancia como alegoría de un
pro-yecto de destrucción de la subjetividad y de la realidad burguesas, de las
cuales él fue un finísimo intérprete y en cuyos paños, no obs-tante, no se
resignó a quedar limitado. Su “felicidad” al arrimarse al potencial de la
infancia en su vertiente incontaminada para sal-varla de los “colonizadores”
sin escrúpulos había obtenido creden-ciales más que considerables en la
magistral recordación que nos dejara en 1950 su admirador y amigo Theodor
Wiesengrund Ador-no, titulada Perfil de Walter Benjamin: “Lo que Benjamin decía
y escribía sonaba como si el pensamiento hiciera suyas las premisas de los
libros de fábulas para la infancia —en lugar de rechazarlas con la ignominiosa
madurez del adulto— y tan literalmente que hasta el cumplimiento de lo real
entra en los horizontes del cono-cimiento. La resignación estaba radicalmente
erradicada de su to-pografía filosófica. Quien entraba en consonancia con él se
sentía como un niño que descubre a través de las rendijas de la puerta ce-rrada
la luz del árbol de Navidad”.4
Al esbozar una suerte de fragmentaria antropología
materialis-ta de la infancia, cuyos sostenes ocasionales fueron algunos artícu-los
publicados en el término de un decenio en diversos periódicos
4 Reunido en: Adorno, T.W., Prismi. Saggi sulla
critica della cultura, Einau-di, Torino, 1972, p. 234.
11
alemanes,5 así como algunas secciones del libro de
aforismos Ca-lle de mano única [Einbahnstrasse, 1928] y de la colección de
me-morias Infancia berlinesa hacia el 1900 [Berliner Kindheit um
Neunzehnhundert, 1932-1933], Walter Benjamin mantuvo la preo-cupación constante
de separarse del viejo ideal pedagógico de-cimonónico del “¡Sé educado, sé
ordenado y sé piadoso!” que resuena en las páginas de Pedrito el Desgreñado y
de la misma pe-dagogía reformista oficial de la Alemania de Weimar de los años
veinte, una pedagogía que —a su juicio— aturdía a los niños con tonos melosos,
empalagosos y estetizantes, con el fin de preservar-los del mundo conflictivo
de los “grandes”, pero no eximiéndose en realidad de considerar la “tierna y
reservada fantasía del niño en el sentido de una sociedad productora de
mercancías”6. Benjamin se apresuró a “salvar” ese secreto y tácito
entendimiento entre niños y adultos que puede tal vez subsistir incluso donde
los “grandes” se cuidan mucho de imponer contenidos de verdad a criaturas que
les parecen contentarse con una existencia no del todo lejana de lo au-téntico,
o —según una categoría central del Drama barroco alemán [Ursprung des deutschen
Trauerspiels, 1928]— del “origen” del que los adultos–colonizadores ya no
pueden descubrir trazas en sí mismos.
El acuerdo “tácito” que el escritor berlinés
pareció buscar con los niños (casi rebatiendo su no disponibilidad al
“crecimiento”, para la integración en la colectividad de los
adultos–colonizadores) se funda en premisas y elecciones insólitas para la mayor
parte de los educadores en el sentido más común del término. Sobre todo por vía
de la particular experiencia personal de Benjamin.
La infancia se configura en su vida como una
especie de tierra de desembarco (categoría al mismo tiempo histórica y mítica)
recupe-rada luego de su toma de distancia ideológica del potencial
fascis-tizante ínsito en los “movimientos de la juventud” (las Jugendbe-wegungen)
que operaban a principios de siglo, y del idealismo de
5 Sobre todo
“Libros para la infancia viejos y olvidados”, 1924 [publicado en esta obra en
su primera versión, “Viejos libros infantiles”, 1924]; “Panorama del libro
infantil”, 1926; “Abecedarios de hace cien años”, 1928; “Juguetes antiguos”,
1928; “Historia cultural del juguete”, 1928;
“Juguetes y juego”, 1928; “Programa de un teatro infantil proletario”, 1928;
“Una pedagogía comunista”, 1929; “Chich-leuchlauchra”, 1930; “Pedagogía
colonial”, 1930; “Alabanza de la muñeca”, 1930; “Comienzos florecientes”, 1930.
6 Benjamin W.,
“Pedagogía colonial”, p. 131 de esta obra.
12
impronta liberal activo en el círculo reformista de
Gustav Wyne-ken, el innovador “maestro” de su adolescencia y fundador de la
“libre comunidad escolar” de Wickerdorf en Turingia, con el que Benjamin rompió
drásticamente en el verano de 1915 por las elec-ciones filomilitares
patrocinadas por Wyneken.7 Pero Walter Ben-jamin se liga a la infancia también
por precisas elecciones de gus-to. Al mundo infantil pareció acceder
indirectamente (“a hurtadi-llas” según sus mismas palabras) abstraído y tal vez
no del todo excluido, a través del ocasional instrumento de la crítica (dos
inter-venciones en Frankfurter Zeitung, una de las principales revistas
li-terarias de la época de Weimar que representaba entonces, en 1930 y 1931,
“para la opinión pública, el periodismo alemán de la iz-quierda democrática”,
luego de la publicación de una cartilla en va-rios volúmenes de la escritora
Tom Seidmann–Freud (una sobrina de Sigmund Freud que Benjamin había conocido en
Mónaco en 1921 y a la que estimaba como autora e ilustradora de libros para
niños) y sobre todo a través de la puerta secundaria y mágica del
co-leccionismo y de la pasión por las antigüedades. Estos últimos te-mas fueron
lúcidamente sondeados por él en un ensayo que lleva por título “Eduard Fuchs,
el coleccionista y el historiador” [“Edu-ard Fuchs, der Sammler und der
Historiker”] aparecido en 1937 en la Revista para la investigación social de
Adorno y Horkheimer, además de referirse a ellos en breves escritos
precedentes: críticas de una cuidada historia de la literatura infantil de Kart
Hobrecker titulada “Libros para la infancia viejos y olvidados” (1924), el
en-cantador “Panorama del libro infantil” [“Aussicht ins Kinder-buch”] (1926),
“Saco mi biblioteca de las cajas” [“Ich packe mei-ne Bibliothek aus”] (1931) y
“Para coleccionistas pobres” [“Für arme Sammler”] (1931).
“Sólo puede descubrir este campo de colección —el
del libro pa-ra niños— quien no ha repudiado el júbilo infantil por él”
escribió Walter Benjamin criticando el texto de Hobrecker. En esas palabras la
pasión por las antigüedades abre las propias tendencias secretas: las de
medirse siempre con el presente histórico, en el cual la expe-riencia de
“repudio” a la jovialidad “infantil” involucra, a los ojos
7 Schiavoni,
G., “Nel regno dei bambini: l’infanzia incancellabile e la cittá la-birinto”,
en S.G., Walter Benjamin. Sopravvivere alla cultura, Sellerio, Palermo, 1980,
pp. 96-148. También se remite a este primer estudio italiano comprehensi-vo
sobre el pensamiento y la obra de Benjamín para una bibliografía y
profundi-zación de las multiformes temáticas del escritor berlinés.
13
de Benjamin, no sólo la relación con los “viejos y
olvidados libros para la infancia”, sino la relación con la autenticidad misma
(con las “experiencias” positivas). Con el hechizo melancólico de quien,
incluso entre lo viejo, en los fondos de las tiendas, en las cosas fue-ra de
moda, en la manera de lo olvidado y de lo abandonado, bus-ca y explora
recorriendo encarnizadamente signos que puedan ofrecer anticipaciones de un
futuro liberado, del que no obstante se sabe condenado a quedar excluido, el
crítico berlinés se arroja so-bre las diseminadas ruinas del pasado para
oponerse obstinadamen-te al ritmo de la historia misma historicistamente
entendida, es de-cir, como un continuum homogéneo de hechos que ratifican el
triunfo de los vencedores y en cuyo contexto las señales de lo dife-rente (los
potenciales revolucionarios) resultan despojadas de su sentido. Sobre la huella
del coleccionismo de Fuchs —un estudio-so alemán de fines del siglo XIX,
fundador de un archivo para la his-toria de la caricatura, del arte erótico y
del cuadro de costumbres, cuyo mérito le parece ser el de haber buscado iniciar
el proceso de liberación de la obra de arte presa en la estética aristocrática
del si-glo, anclada en los criterios de “inefabilidad” y de “unicidad”, y, al
mismo tiempo, de haber “salvado” auténticos tesoros del mercado de los objetos
de arte, lo que le permitió ubicarse en los albores de la historiografía
materialista— Benjamin también aspira a sustra-er objetos al museo de los
“bienes” del historicismo y a liberarlos de su aspecto de ruina, para aprender
a “leer” en ellos la alteridad. Con la pasión —no desprovista de cierta nota
nostálgica—de quien se sabe envuelto indefectiblemente en los procesos de
“reproduc-ción técnica” y de “masificación” que hacen presa de los produc-tos
artísticos, en detrimento de la “experiencia auténtica” (aconte-cimiento típico
de la era contemporánea a la que, no obstante, en La obra de arte en la época
de su reproductibilidad técnica [1937], él adscribe el nada despreciable mérito
de haber arañado el “aura” y la “unicidad”, los signos de la distinción
clasista inherentes a la fruición estética), Benjamin tuvo todavía tiempo de
hacer suyo el reclamo de los viejos libros para niños en tanto “tesoros”
inconta-minados por la triunfante producción en serie y destinados a tener
significado también —en su marginalidad respecto del proceso productivo— para
criaturas escindidas entre lo antiguo y lo moder-no y laceradas frente a la
ambivalencia misma que invisten los “bie-nes de la cultura”, cuyo control
puede, por un lado, transformarlos en instrumento de emancipación social, y,
por el otro, puede, sin embargo, acabar acrecentando “el peso de los tesoros
que gravan
14
sobre las espaldas de la humanidad” sin otorgar a
esta última “la fuerza de quitárselos de encima y, por lo tanto, de hacerlos
suyos”.8 En lugar de llevar agua al molino de la vanity fair de las
antigüe-dades, que acrecienta el “museo de la humanidad” y arcaíza el
pre-sente, Benjamin se abre a los testimonios comúnmente desprecia-dos del
pasado, porque se siente atraído por la “nueva belleza” que se manifiesta
—según su célebre comentario a la obra de Leskov ti-tulado El narrador (1936)—
precisamente “en lo que se desva-nece”9 y porque desea medir el pasado mismo
con los “peligros” siempre renovados que están a punto de dominar la vida que
con-tinúa. Oprimido por el horror a lo nuevo, que se anuncia sin espe-ranzas de
rescate, busca cómo “restituir a la vida” una literatura que había permanecido
dormitando en los cajones de los muebles Bie-dermeier y que su contemporáneo
Karl Hobrecker había empeza-do a sacar del olvido, aunque sin lograr superar el
espíritu de un ar-chivismo dulzón. Contemporáneamente, Benjamin intenta
relacio-narse —a través del libro para la infancia abandonado y deterio-rado—
con una experiencia de la “felicidad” a la que los niños se avecinan a pesar
del alero burgués que pende sobre sus encuentros con las imágenes y con los
cuentos. En Benjamin (como también en los surrealistas contemporáneos a él que
compartieron un pro-yecto de crítica radical a la burguesía) volvía a
encenderse, en ese sentido, la experiencia que había suscitado en Baudelaire
—en Mo-rale du joujoux— la contemplación de los juguetes:
Il y a dans un grand magasin de joujoux une gaieté
extraordinaire qui le rend préférable á un bel appartement bourgeois. Toute la
vie en miniature ne s’ y trouve–t–elle pas, et beaucoup plus colorée, netto-yée
et luisante que la vie réelle?10
8 Benjamin,
W., “Eduard Fuchs, il collezionista e lo storico”, en B.W., L’ope-ra d’ arte
nell’ epoca della sua riproducibilitá tecnica, trad. it. de E. Filippini,
Ei-naudi, Torino, 1966, p. 92.
9 Benjamin,
W., “Il narratore. Considerazioni sull’opera di Nicola Leskov”, en B.W.,
Angelus Novus, Einaudi, Torino, 1962, p. 238.
10 Baudelaire,
C., Ouvres completes (a cargo de Y. G. Le Dantec), Gallimard, París, 1951, p.
674.
15
3. EL
PARAÍSO DE PAPEL Y MAGOS, Y EL SUEÑO DE UN MUNDO MEJOR
“¿Por qué colecciona libros?” Si pudiésemos
exhortar al bibliófi-lo Walter Benjamin para que reflexionase sobre las razones
profun-das que lo indujeron a recoger y rehabilitar una literatura marginal o,
mejor dicho, marginada, como la de los viejos libros para la infancia (cosas
para mujeres o para niños, se sentiría uno tentado a decir, según un viejo
lugar común), considerada un montón de “papeluchos” hasta hace muy poco tiempo,
un género que se había difundido entre los ricos de los siglos XVIII y XIX, tesoros
obligados a dormir un sueño de casi cien años en los bellos muebles estilo
Bie-dermeier de la primera mitad del XIX, tal vez nos hablara de un programa
general de “salvataje” de testimonios históricos (sobre todo de los que veía en
peligro de desaparecer) y del “legado del pa-sado”, no para complacer el gusto
narcicista de acumular cosas ex-trañas, sino para captar en ellas el deber del
futuro. Era una pasión por los residuos de un pasado ya sin contexto, para lo
que él llama-ba “restos de un mundo de sueño”, ruinas para las cuales ya no
ha-bía espacio alguno en la historia de los modernos, hacia las cuales —de
Rimbaud y Baudelaire al Dadá y los surrealistas— el pensa-miento europeo se
estaba dirigiendo, a las cuales él consideraba una “testaruda protesta
subversiva contra lo típico y lo clasificable” y que “salvaba” para
involucrarlas en la estrategia de la destrucción de la continuidad
histórico–cultural. Lo anacrónico conservó para Benjamin el carácter de
receptáculo de lo auténtico marginado de la historia de los grandes
acontecimientos y, en consecuencia, la ca-pacidad “anárquica” de atestiguar
contra la chatura filistea que ho-mogeneiza el tiempo histórico y sólo sabe
proponer la apología de lo existente.
“El coleccionista de arte —se lee en uno de los
pasajes que ilu-minan más incisivamente la pasión del escritor berlinés por los
li-bros para la infancia viejos y olvidados— no se limita a soñar que se está
en un mundo remoto en el espacio y en el tiempo, sino tam-bién en un mundo
mejor, donde los hombres, es verdad, están tan poco provistos de lo necesario
como de lo cotidiano, pero donde las cosas son liberadas de la esclavitud de
ser útiles.”11 Capaces de per-
11 Benjamin,
W., “Parigi. La capitale del XIX secolo”, en B.W., Angelus Novus, trad. it. de
R. Solmi, Einaudi, Tormo, 1962, p. 148.
16
manecer refractarios a las leyes del mercado que no
perdonan a la cultura y al libro, los auténticos coleccionistas orientan por lo
tan-to —según Benjamin— su propia mirada hacia el texto inhallable
entendiéndolo ya no como un enésimo artículo de intercambio (co-mo una
mercadería), sino como el lugar donde se halla adormeci-do el “recuerdo” del
“origen” que los hombres han reprimido. La afirmación de Benjamin anuncia no
sólo la total incompatibilidad con la historiografía de impronta historicista e
idealista que glori-fica el acontecer como unilinealidad de sucesos
irreversibles en ca-mino hacia un indudable “progreso”, sino también la
inclinación que sentía Benjamín por el aspecto anarcorrevolucionario inheren-te
a lo arcaico y a lo marginado, su confianza en el coleccionismo como pasión
anárquica por la realidad, ya que toda recuperación del objeto individual
proveniente de la “lejanía” se vuelve, en sus ma-nos, un acto de “destrucción”:
“La verdadera, desconocidísima pa-sión del coleccionista es siempre anárquica,
destructiva”.12
El mundo de los niños aparece, en este trasfondo,
como el reino donde la “maldición de ser útiles” podría suspenderse, dada la
mar-ginalidad —si no la total irrelevancia— que les corresponde en el sistema
productivo de los adultos. De aquí proviene la casi progra-mática resistencia
de Benjamín a “crecer”, el querer quedarse del lado de las hadas y de los niños
antes que del lado de los filisteos, de los adultos que crecieron de manera
equivocada.
Las remotas raíces de la pasión de Benjamin por los
“tesoros” re-chazados y olvidados por la historia oficial, y de su placer y
gusto por cultivar —como reliquias de una desaparecida ingenuidad— objetos
fuera de moda a los que arrimarse casi instintivamente, se encontrarían en las
premisas platónicas que subyacen en su concep-ción de la historia (evidentes
sobre todo en la “Introducción gno-seológica” de su Drama barroco alemán,
1928), extravagantemen-te entretejidas con elementos propios de la tradición milenaria
del mesianismo hebreo. Se diría en efecto que en el pensamiento de Benjamin
sobrevive un eco de la platónica irreductibilidad de his-toria e Idea, de su
proceder, por así decir, paralelo.13 Es ésta una perspectiva que hace que las
realidades terrestres y las mismas ac-
12 Benjamin,
W., “Lob der Puppe”, en B.W., Gesammelte Schriften, III, Suhr-kamp, Frankfurt,
1972, p. 216.
13 Sobre
la vinculación de la Idea benjaminiana con la Idea platónica, sobre to-do del
Platón del Timeo, cfr. Holz, H.H., “Prismatisches Denken”, en AA.VV., Ue-ber
Walter Benjamin, Suhrkamp Frankfurt, 1968, pp. 87 y sig.
17
ciones humanas puedan reconquistar su identidad (su
condición originaria) sólo a la luz de una perspectiva que las arranque de la
cadena de la mera facticidad (el “así fue”) y las oriente a una expe-riencia de
la alteridad respecto de las categorías del interés y de la instrumentalidad
(no es extraño que Benjamin rechace acalorada-mente el carácter “a–intencional”
de las Ideas).14 Al mismo tiempo, esta perspectiva hacía que los objetos de
descarte, las realidades abandonadas, marginadas y rechazadas resultasen —precisamente
por rechazadas— las preferidas de la Idea, las más próximas —pla-tónicamente— a
la Idea, y a lo que Benjamin llamaba en otra par-te el “origen”, que él veía
precisamente testimoniado por las ínfi-mas realidades. En su cabinet de
curiosités los niños (y los libros para niños, así como las obras de los
enfermos mentales) encuen-tran un espacio propio en cuanto seres inmaduros, no
crecidos, im-perfectos, indefensos y espontáneos, del mismo modo en que
Ben-jamin consideró predilectos de Kafka los locos como Don Quijo-te, los
segundones y hasta los animales: figuras todas que han renunciado a las
certezas absolutas y a la “sabiduría”, y que preci-samente por esta defección
le parecen a Benjamin depositarias de la esperanza de redención. Los objetos “salvados”
del olvido se transmutan en reliquias, en vestigios de una autenticidad que
está desterrada del universo de la “reproductibilidad técnica”, porque
contienen un residuo del originario, un recuerdo de la Idea.
4. HISTORIA DE LA “COLECCIÓN BENJAMIN”
Es precisamente sobre la huella de una “nostalgia
consciente de sí, de una insatisfacción respecto del presente, lúcida y sin
re-mordimientos, motivada por un recuerdo de plenitud”, tan sutil-mente
analizada en sus contradicciones y en su fascinación por Fre-deric Jameson15 y,
al mismo tiempo, bajo la perspectiva de una esperanza y de una utopía que él
vio ya paradójicamente relampa-guear en lugares del pasado concreto, que el
escritor berlinés se
14 Benjamin,
W., Dramma barocco tedesco, trad. it. de E. Filippini, Einaudi, Torino, 1971,
p. 16.
15 Jameson,
F., “Walter Benjamin o della nostalgia”, en J.F., Marxismo e for-ma. Teorie
dialettiche della letteratura nel XX secolo, Liguori, Napoli, 1975, p. 99
18
ocupa en reunir —por lo menos desde 1918— estos
antiguos tex-tos, cuya parte esencial constituye la famosa “Colección Walter
Benjamin de libros para niños” (Kinderbuchsammlung Walter Benjamin), arrancada
afortunadamente de la destrucción (de la misére del “instante de peligro” de
entonces, es decir, el nazismo, que el escritor judío, con su exilio parisino,
había tratado hasta el final de combatir) y que hoy se conserva en Londres, una
colección, única que sólo conocieron pocos íntimos.16
En el testimonio de las personas que conocieron a
Walter Ben-jamin más de cerca, la fascinación que ejercieron sobre él los
viejos libros para niños, tanto como los libros de enfermos mentales, los
jeroglíficos o los textos de emblemas y de enigmas, parece haber constituido
una verdadera obsesión psicológica que roza la biblio-manía y que, por lo
demás, se ubica en el trasfondo de una tradición familiar de coleccionismo:
Emil, su padre, tras abandonar sus ac-tividades bancarias, se ocupó de
antigüedades y ejerció la profesión de negociante de objetos de arte; su madre,
Johanna Schönflies, descendiente de una familia de estudiosos ilustres, se
jactaba de po-seer una valiosa biblioteca de libros para la infancia; su mujer,
Dora Kellner, la vienesa a la que Walter Benjamin consideraba como la
propietaria de la Colección y a la cual —luego del divorcio en 1930— le quedó
efectivamente, era hija de una apasionada cultora de la literatura infantil que
había traducido del inglés varios libros de fábulas; y su mismo hijo Stefan
tendrá más tarde, en Londres, un negocio de reliquias bibliográficas “también
debido a su pasión por los libros”.17
16 La
colección actualmente disponible no parece contener la serie total de los
volúmenes “salvados” por el escritor, como observa Tilmann Rexroth en las
ano-taciones al vol. IV/2 de los Gesammelte Schriften de Benjamin (Suhrkamp,
Frank-furt, 1972, p. 1049). Por otra parte, en las cartas y en los escritos de
Benjamin se encuentran alusiones al hecho de que la colección computaba
ejemplares que ya no figuran. En ese sentido, Gershom Scholem, el máximo
experto viviente en mís-tica hebrea y confidente de Walter Benjamín, escribía
recientemente a Jörg Drews, quien junto con Antje Friedrichs ha ordenado el
conjunto de la actual Colección Benjamin: “La colección ocupaba a mediados de
los años veinte y en 1927, cuan-do se encontraba en la habitación de Dora en la
vivienda que todavía compartían, cerca de dos estanterías de libros...” (cit.
en Zum Kinderbuch, a cargo de Drews, J. Insel, Frankfurt, 1975, p. 202: carta
del 8-5-1924). Esto a su vez induce al pro-fesor Drews a sostener que tal
extensión “podría corresponder más o menos a la ex-tensión actual” de la
Colección tal como la vio en Londres.
17Cfr. una carta de Mrs. Janet Benjamin al autor,
desde Londres (174-1978)
19
No falta quien ha creído poder individualizar en la
actitud de Benjamin hacia los libros en general hasta una coloración
“eróti-ca”.18 Y no es casual, en este sentido, que en su libro de aforismos
Calle de mano única [Einbahnstrasse, 1925], dedicado a la comu-nista letona
Asja Lacis cuya obra —junto con la de Georg Lukács y la de Ernst Bloch y con la
producción de Bertolt Brecht— permi-tió su aproximación al comunismo a mediados
de los años veinte, Walter Benjamin haya incluido trece máximas sobre las afinidades
existentes entre libros y prostitutas, máximas que se abren con las siguientes
palabras:
I. Libros y putas pueden llevarse a la cama.
II. Libros
y putas hacen pasar bien el tiempo. Dominan la noche co-mo el día y el día como
la noche.
III. Libros
y putas: nadie entiende que para ellos los minutos son pre-ciosos. Pero
uniéndose a ellos más estrechamente se observa qué pri-sa tienen. Cuentan en la
medida en la que nos sumergimos en ellos...19
La “Colección Walter Benjamin” es tal vez el cofre
más valio-so y al mismo tiempo más frágil en el que se recogen y se custodian
testimonios de esta aventura “erótica” envilecedora/exaltante. Es sin duda
testigo de la seducción (que un Benjamin ya no niño no de-jó sin embargo de
secundar) que brotaba de ese “reino de hadas” en el que el crítico berlinés
pareció experimentar una suspensión fu-gaz del hoy histórico con su misére y la
de la subjetividad filistea junto con sus falsedades;
Benjamin amaba las hadas como las amaba yo. Cuando
vivía en Ber-lín —recuerda Adrienne Monnier— había reunido una colección de
libros para niños que en su mayor parte pertenecían al siglo XVIII: li-bros
encuadernados, con diseños dorados e ilustraciones ingenuas y llameantes. Gran
parte de esta Colección se dispersó, dado que él no había podido llevar consigo
todos los volúmenes a París, pero po-seía, no obstante, los más valiosos, que
colmaban una cesta en su pe-queño departamento en la rue Dombasle. Sobre esta
cesta estaba col-gado un bellísimo Klee [titulado Angelus Novus, N. del A.], un
re-
18 Fuld
W., Walter Benjamin zwischen den Stühlen, Eine Biographie, Hanser, Monaco,
1979, p. 28.
19 Benjamin,
W., “Senso unico”, trad. it. de M. Bertoni, en Il Verri, diciembre, 1976, p.
11.
20
galo del artista que había sido su amigo. Recuerdo
mi estupor fren-te a esa primera edición del cuento de Brentano “Gockel,
Hinckel y Gackeleya”.20
No es menor el asombro con que evoca la “pasión”
anticuaria de
Walter Benjamin su amigo Gershom Scholem en 1965:
Su más tenaz pasión personal —escribió— era
coleccionar libros. Autor y coleccionista armonizaban en él con rara
perfección, y esa pasión mezclaba a su temperamento, de tendencia melancólica,
un rasgo de alegría. Entre sus escritos existe un ensayo que destaca
per-fectamente esta disposición de espíritu: “Ich packe meine Bibliot-hek aus”
[“Saco mi biblioteca de las cajas”] donde leemos la inspi-rada frase de Jean
Paul: “De todas las maneras de procurarse libros, la que se considera más digna
de alabanzas es escribirlos”, en tan-to “entre los modos más comunes que tienen
los coleccionistas de conseguirlos, el más conveniente” sería el de “tomarlos
en préstamo y luego no devolverlos”. Su biblioteca, que conocí bastante bien,
re-flejaba en efecto con gran limpidez su naturaleza tan diferenciada. Se
hallaban las grandes obras que para él tenían un significado, en barroca
vecindad con los escritos más extravagantes y peculiares a los que se dirigía
su apasionado amor de anticuario y, a la vez, de fi-lósofo. De toda esa
colección recuerdo especialmente dos sectores: libros de psicópatas y libros
para la infancia. En los sistemas univer-sales de los psicópatas, que ignoro a
través de qué fuentes había lo-grado reunir, encontraba material para
profundísimas consideracio-nes filosóficas acerca de la arquitectura de los
sistemas en general y acerca de la naturaleza de las asociaciones en las que,
tanto los in-dividuos mentalmente sanos como los enfermos nutren en igual
me-dida el pensamiento y la fantasía. Pero más importante para él era el mundo
de los libros para la infancia. Entre los caracteres realmen-te esenciales de
la naturaleza de Benjamin está el hecho de que du-rante toda su vida se sintió
atrapado, con una fuerza directamente mágica, por el mundo de los niños y por
la naturaleza infantil. Ese mundo fue el objeto de sus reflexiones más
duraderas y pertinaces y todo lo que escribió en este sentido forma parte de
sus obras más perfectas [...] Fascinantes son al respecto las páginas de su
libro de aforismos Einbahnstrasse [Calle de mano única} donde se encuen-tran
las frases más bellas que jamás se hayan escrito acerca de las es-tampillas; no
menos encantadores son los ensayos que dedicara a muestras de libros para la
infancia y a temas afines, en los que el me-
20 Monnier,
A., “Ein Porträt Walter Benjamin” en Zur Aktualität Walter Ben-jamins, a cargo
de Unseld, S., Surhkamp, Frankfurt, 1972, p. 70.
21
tafísico describe el mundo todavía no deformado del
niño y de su fantasía creativa con estupor tan reverente como sus esfuerzos por
penetrarlo conceptualmente. En muchos otros lugares de su obra de-sarrolla sus
consideraciones sobre este campo. La obra de Proust de-fine para Benjamin el
lugar donde se encuentran de manera más per-fecta el mundo del adulto y el del
niño, y constituye por lo tanto uno de los puntos fundamentales de su interés
especulativo. Este apasio-nado interés repercute en las anotaciones que en la
primera mitad de los años treinta le dedicó a su propia infancia con el título
Berliner Kindheit um Neuzehnhundert [infancia berlinesa hacia el 1900], que en
gran parte aparecieron en Frankfurter Zeitung como trozos de prosa y que
salieron reunidos en un volumen tal como habían si-do concebidos sólo después
de la Segunda Guerra Mundial. Aquí poesía y verdad se convirtieron realmente en
una sola cosa.21
Los comienzos de la Colección Benjamin de antiguos
libros pa-ra niños, cuyos orígenes se encuentran —según lo recordado por el
mismo autor en “Saco mi biblioteca de las cajas”— en su familia, están
ilustrados por Benjamin en una carta de julio de 1918 a Ernst Schoen, un ex
compañero de escuela y luego querido amigo:
Mi cumpleaños —le escribía— es una alegre ocasión
para hablarle nuevamente de libros. Usted debe saber que mi mujer me regaló una
pequeña biblioteca —no es que los libros hayan estado expuestos en un armarito
aunque en efecto llenan uno. Ante todo debe saber que como un verdadero
coleccionista de libros me he creado por lo me-nos un sector específico. Esto
me indujo sobre todo a reservar una atención escrupulosa a todo lo que ya
estaba en mi poder y a todo lo que puede ser accesible. Es un sector que generalmente
no se colec-ciona hoy, en el que, por lo tanto, puede sonreír todavía la
fortuna de algún descubrimiento (como efectivamente me ocurrió hace poco tiempo
con indescriptible júbilo). Se trata de viejos libros para la in-fancia, de
viejas fábulas e, incluso, de bellas leyendas. El meollo de la Colección es el
fruto de mis sistemáticas incursiones durante lar-go tiempo en la biblioteca de
mi madre, en la biblioteca de la prime-ra infancia.22
Basta con releer algunas secciones de Infancia
berlinesa hacia el 1900 para entender que esas “incursiones” en la biblioteca
ma-
21 Scholem,
G., Walter Benjamin e il suo angelo, trad, it. de M.T. Mandalari, Adelphi,
Milano, 1978, p. 74-76.
22 Benjamin,
W., Briefe, I, Suhrkamp, Frankfurt, 1966, p. 198
22
tema solo habían terminado confiriendo viviente y
vívida actuali-dad a un “patrimonio” cultural de familia que amenazaba con
redu-cirse a un polvoriento mausoleo junto con los adornos (contraseña de
status de la élite burguesa) que en el libro de memorias benjami-niano vienen a
proyectar una luz inquietante sobre aquel falso lim-bo que constituye para el
Benjamin maduro el intérieur placente-ro de la propia infancia.
Un precioso testimonio que documenta también el
interés de Benjamin por el mundo de la imaginación infantil, que se desper-tó
en él paralelamente al crecimiento de su único hijo Stefan, naci-do en 1918 y
al cual dedicará precisamente Infancia berlinesa, es el que ofrece Gershom
Scholem en su reciente Historia de una amistad:
De ese período [en 1918 y en los años sucesivos, N.
del A.] —escri-be el amigo que había intentado en vano llevarlo a la
Universidad de Jerusalem a pesar de sus divergencias ideológicas con el
marxismo al cual Benjamin adhería— son también los inicios de su colección de
viejos libros para la infancia [...], colección que se encaminó en serio tan
sólo gracias al entusiasmo de Dora por este género especí-fico. Dora también
amaba mucho las sagas y los libros de fábulas. Era común —al menos hasta 1923
en que estuve junto a ellos— que se regalaran para los respectivos cumpleaños
libros ilustrados para la infancia, dando especial importancia a los ejemplares
que tuvie-sen dibujos coloreados a mano. Walter me mostraba, por ejemplo, las
creaciones de Lyser, en un rapto en que se fundían íntimamen-te la alegría por
el descubrimiento y el júbilo por el resultado artís-tico. Le gustaba conversar
sobre ellos y subrayar en particular nexos poco evidentes, a menudo
descuidados. En junio de 1918 encontra-mos en lo de un anticuario de Berna el
primer volumen de Bilder-buch für Kinder [Libro ilustrado para niños] de
Bertuch —del Círculo de Weimar— del que compró inmediatamente también otros
volúmenes, ya que constituía un punto de interés muy particu-lar en su
apasionada dedicación. Mientras comentaba esta o aquella página brillaba ya
entonces, sin que fuésemos conscientes, su agu-da sensibilidad por la
emblemática. Las imágenes que en esos libros eran fruto de asociaciones lo
fascinaban no menos de lo que más tar-de lo fascinaron la Melancholia I de
Durero y los libros de emble-mas de los siglos XVI y XVII.23
23 Cfr. Scholem, G., Walter Benjamin - die
Geschichte einer Freundschaft, Suhrkamp, Frankfurt, 1975, pp. 85-86.
23
Para darse una idea de la ansiedad y, al mismo
tiempo, del amor desinteresado con los que Benjamin seguía aquel “rapto” que
Scho-lem había entrevisto en sus ojos bastaría releer la minuciosa cróni-ca de
la imprevisible adquisición del volumen Peau de Chagrin de Balzac en una
subasta pública, hecho al que hace referencia en su conferencia de 1931 “Saco
mi biblioteca de las cajas”:
Entre los recuerdos más hermosos del coleccionista
figura el del ins-tante en el que corrió a salvar un libro —al que jamás en su
vida le había dedicado siquiera un pensamiento y mucho menos había de-seado—
por el simple hecho de que estaba abandonado y traiciona-do en un mercado
libre, y lo compró —como el príncipe de Las Mil y una Noches compra una bella
esclava— para restituirle la libertad. En efecto, para el coleccionista de
libros, la verdadera libertad de ca-da volumen está en algún lugar de su
biblioteca.24
Sobre la Colección, Benjamin vuelve sobre todo en
una carta a Scholem del 16 de setiembre de 1924, en un período delicado pa-ra
su proyectos futuros (está preparado el Drama barroco alemán, tal vez su
esfuerzo conceptual más consistente, con el que inútil-mente tratará de acceder
a la actividad académica habilitándose en la Universidad de Frankfurt en 1925),
al punto que considerará de allí en más la posibilidad de dedicarse a las
antigüedades para su propio sostén económico,25 y en un año en el que se publica
en Ber-lín una historia del libro para niños, obra de Karl Hobrecker que
cri-tica no sin reservas:
Ha salido recientemente el libro de mi competidor
berlinés, maestro y envidioso promotor de mi colección, Karl Hobrecker: Alte
verges-sene Kinderbücher [Libros para la infancia viejos y olvidados]. He
recibido recientemente una copia para la crítica. El texto del viejo parece
escrito por un tío bonachón, con un ingenuo humorismo que produce quizás el
efecto de un budín mal hecho. La selección de las ilustraciones es en parte
cuestionable, pero la realización de las de color es, en realidad, notable. Creo
que, en su debido momento, te conté que el editor no se perdonaba no haberme
confiado el encar-
24 Benjamin W., “Ich packe meine Bibliothek aus”,
en B.W., Gesammelte Schriften, IV, 1, Suhrkamp, Frankfurt, 1978, pp. 392-393.
25 Cfr.
carta a Florens Christian Rang, de Berlín (14 de octubre de 1922) en Ben-jamin,
W., Lettere 1913-1940, trad. it. A. Marietti y G. Backhaus, Einaudi, Tori-no,
1978, p. 58.
24
go después de haber sabido de mi colección y del
hecho de que la po-seyera.26
Que Benjamin haya acariciado durante cierto tiempo
la idea de escribir un trabajo de importancia sobre la literatura infantil es
al-go que se pone en evidencia en un apunte del Diario de Moscú [Moskauer
Tagebuch 1926-1927] donde el escritor recuerda haber “expuesto” a un
coleccionista moscovita de libros para niños su “gran proyecto” de una obra de
carácter documental titulada La Fantasía [Die Phantasie].27 Por lo demás, este
proyecto aparece sintonizado con la atención que Benjamín reservaba a la
fábula, “la primera consejera de los niños, luego de haber sido durante algún
tiempo consejera de la humanidad”, mundo mágico capaz —a su juicio— de disipar
y desvalorizar las fuerzas oscuras de la saga y al que le dedicó algunas de las
páginas más relevantes y esencia-les de toda la literatura sobre el tema.
Años más tarde el editor Richard Weissbach de
Heidelberg se di-rigía a Benjamín interesándolo en una publicación sobre libros
pa-ra niños. El escritor berlinés, que en 1933 había escogido vivir ais-lado en
París, en tanto intelectual democrático y hebreo persegui-do por el
nacionalsocialismo, respondía el 23 de junio de. 1932:
Su propuesta me interesa particularmente. Usted
sabrá sin duda que poseo una de las colecciones más relevantes de libros
infantiles ale-manes. Y existen pocas expresiones del mundo del libro con las
que me encuentre vinculado de un modo tan íntimo.28
La precipitación de los acontecimientos políticos
con el adveni-miento de Hitler impidió a Benjamin llevar a cabo ese proyecto.
Mientras tanto, un eco de sus más recónditas intenciones de acce-der a la
“enciclopedia mágica”, de la que incluso las piezas de su Colección no son sino
elementos de poco peso, se hacía sentir en el ensayo “Panorama del libro
infantil” [“Aussicht ins Kinderbuch”, 1926], un texto que junto con el
“Abecedario de hace cien años” [“ABC–Bücher von hundert Jahren”, 1928] forma
parte de ese tipo
26 Carta
F. Ch. Rang (14/10/1922), cit., p. 101
27 Benjamin,
W., Moskauer Tagebuch, Suhrkamp, Frankfurt, 1980, p. 145. Ben-jamin estuvo en
Moscú durante el invierno de 1926.
28 Carta
a R. Weissbach, publicada por primera vez en Benjamin, W., Gesam-melte
Schriften, IV, 2, cit., p. 1049.
25
particular de sus escritos definido como
“illustrierte Aufsätze” [“ensayos ilustrados”] en los que las ilustraciones se
insertan en la trama del ensayismo benjaminiano casi hasta desintegrar el
tejido conceptual, intentando una sintonía con el specificum fantástico de los
niños.
Al parecer, Benjamin siguió ampliando su Colección
de libros para la infancia hasta comienzos de los años treinta, considerándo-la
no obstante (como resulta de una carta hallada recientemente en uno de los
ejemplares) de propiedad de su mujer Dora, que en los años treinta —después del
divorcio— cuidó de esos libros en la Francia meridional y los llevó luego con
ella a Londres a comien-zo de los años cuarenta. Después de la muerte de Dora
en 1964, la colección fue heredada por el hijo Stefan y desde la muerte de
es-te último, en febrero de 1972, está custodiada por la viuda, Janet Benjamin,
en Londres.
5.”...UNA IMAGEN QUE HACE HUNDIRSE A TODO EL
MUNDO”:
LA ALIANZA ENTRE LIBROS Y NIÑOS
Y EL REPUDIO DE UNA “PEDAGOGÍA COLONIAL”
Los verdaderos destinatarios de los escritos
benjaminianos sobre la literatura infantil que se publican en el presente
volumen no son tanto los niños, sino más bien los adultos, sobre cuya
duplicidad y ambigüedad existencial intenta proyectar luz la pasión anticuaria
de Benjamin. Y esto no sólo porque el escritor berlinés está conven-cido de que
“los niños pueden educar a los educadores atentos”,29 sino porque el abrevar en
los escombros de lo olvidado y en el co-fre de la infancia misma sólo son para
él un simple pretexto para arrancar esos restos de la ‘‘tradición” cultural de
las garras del con-formismo “que está a un tris de someterlos”, como teorizará
en una de sus Tesis de filosofía de la historia (1940).30 Incluso el “hurgar en
el libro para niños” era una ocasión para hablar a los contempo-ráneos, a quienes
considera privados de la dimensión de una “sabi-duría” épica y presa de un
derrotero histórico en el cual la “mano
29 Benjamin, W., “Programm eines proletarischen
Kindertheaters”, en B.W., Gesammelte Schriften, II, 2, Suhrkamp, Frankfut 1978,
p. 768 (trad. it. en Fachi-nelli E., Il bambino dalle uova d’oro, Feltrinelli,
Milano, 1974, pp. 156-163).
38 Benjamin,
W., Angelus Novus, op. cit, p. 74.
26
libre y suelta” ha tomado el timón por sobre
aquella “seria y pe-sada”.31
En un momento histórico como el de la Alemania de
fines de los años veinte y comienzos de los treinta, en el que prevalecen
tenden-cias irracionalistas y en el que —presintiendo el ascenso del nazis-mo—
Benjamin ve engrosarse las columnas de los “mercenarios” prontos a marchar “con
paso pesado”32 sobre los restos de una cul-tura de tradición
liberal–democrática, cuyo núcleo histórico trata-rá poco después de “salvar” en
la colección epistolar Hombres ale-manes [Deutsche Menschen, 1936] y que había
sufrido el golpe de-cisivo en 1848, Benjamin es obviamente consciente de la
fragilidad (del infantilismo —en cierto sentido— propio de quien se entretie-ne
con letras, palabras, imágenes, mientras los enemigos usan ca-ñones y
ametralladoras) con que los críticos productores de cultu-ra contrastan el
“paso pesado” de los nuevos “mercenarios”. El “juego con las letras” (y por lo
tanto el propio inquieto ensayismo de Benjamin, su extraordinaria capacidad de
hablar mediante imá-genes) que en los “Comienzos florecientes” (1931) se
definen como a la vez “seductoras y rechazantes”, encuentra no obstante so-bre
el mismo trasfondo de la “miseria” de la “privación de los de-rechos” y de la
“inseguridad” reales de esos años una legítima razón de existencia, dado que
para Benjamin persiste fundamentalmen-te la exigencia de no traicionar la
consigna de obrar concretamente para abrir paso a la llegada del Mesías “a
través de la puerta estre-cha”, según una formulación suya plena de
connotaciones teológi-cas. Sin embargo, en la “total falta de ilusiones frente
a la época” —como confesará en una carta— Benjamin cultivará hasta el final
(arrancándola de un siempre renovado “juego con las letras”) una spes contra
spem, una “esperanza a pesar de todo” que, como pa-ra Kafka, le parece que
sigue brillando “pero no para nosotros” y que persigue con una tenacidad sobre
la que pesa la sombra del fracaso (ratificado quizá por su suicidio para huir
del riesgo de ser detenido por la Gestapo después de haber sido sorprendido en
fu-ga a Port Bou, en la frontera entre Francia y España).
Estos escritos benjaminianos revelan una
irreductible ambiva-lencia con respecto a los “adultos”. Aliándose con los
niños, en cu-
31 Cfr.
Benjamin, W., Chichleuchlauchra, pp. 125-130 de esta obra.
32 Benjamín,
W., “Storia della letteratura”, en AA.VV., Storia e scienza della letteratura,
Libreria del Convegno, Cremona, 1970, p. 10
27
yo lenguaje, en cuyo juego y en cuyo vínculo con
las palabras, imá-genes y colores él encuentra las huellas de una secreta
“felicidad”, cuya inmediatez parece escapar al adulto (los niños le parecen, en
cierto momento, como una suerte de “representantes del Paraíso”, cfr. Ges.
Schriften, cit. I, 3, p. 1243), Benjamin trata, por un lado, de sustraer tales
textos del universo de las certidumbres filisteas. En tal sentido, cuando no
interviene la impronta moralizante, los libros para niños quedan ante sus ojos
como una suerte de texto sacro, un lugar en el que se alberga esa promesse du
bonheur que tantos adul-tos han perdido y traicionado y en el cual los niños
son simplemen-te ellos mismos en virtud de una unión inmediata, espontánea con
el relato y con las imágenes, gracias a una fantasía carente de gra-mática,
capaz de ver reunir las palabras en “ropajes” siempre reno-vados.
Sin embargo, al mismo tiempo Benjamin sabe que los
grandes vigilan el “mundo de la percepción del niño”, un mundo que “mues-tra
por todas partes huellas de la generación anterior”,33 y que los libros para la
infancia pueden tornarse irreconocibles para aquel que intervenga con
intenciones autoafirmativas. De aquí la fatali-dad —según Benjamin— de que el
niño exhiba espontáneamente una “relación dialéctica” al confrontarse con
aquellas “huellas”. Y de aquí la exigencia —para el historiador de la cultura—
de perse-guir en la historia del libro infantil también aquellos puntos límite
en los que la fe en un continuum pedagógico positivo, siempre con-figurado
sobre las expectativas de los “vencedores” y defendido a menudo con árida
pedantería, ha sufrido un hondo cuestionamien-to. El interrogante con el que
Benjamin cierra su estupendo “Jugue-tes y juego” (“Un poeta moderno dice que
para cada hombre exis-te una imagen cuya contemplación le hace olvidarse del
mundo en-tero: ¿cuántos no la encontrarán en una vieja caja de juguetes.”33) se
puede aplicar, en tal sentido, con pleno derecho también al vie-jo libro para
niños.
Releyendo la historia de la literatura infantil
—desde el Orbis pictus de Comenius hasta el Biedermeier y el expresionismo— el
crítico berlinés no deja de poner en evidencia aquellos momentos en los que es
patente su carácter de catecismo privado y público de la aristocracia, primero,
y de la burguesía en ascenso después, siem-pre preocupado por abordar esa
literatura en su contextualidad so-cial, ligándola a la conciencia de la
burguesía en sus procesos de de-
33 Benjamin,
W., “Juguetes y juego”, p. 94 de esta misma obra.
28
sarrollo material (piénsese en este aspecto, por
ejemplo, en sus con-sideraciones sobre el significado de la ilustración): “Pues
el niño no es un Robinson; —escribe en la “Historia cultural del juguete”. Los
niños no constituyen una comunidad aislada, sino que son una par-te del pueblo
y de la clase de la cual proceden.”34 Pero de aquí tam-bién la atención que
presta a los aspectos contradictorios del fenó-meno, en la convicción de que la
literatura para niños (que hoy constituye el soporte de una floreciente
industria del libro) está car-gada de elementos autoritarios y represivos,
ideológicos en senti-do lato, pero al mismo tiempo plena de potenciales
iluminístico–re-volucionarios. Para ese propósito Walter Benjamin no ahorra
fle-chas dirigidas a esos pedagogos de la Kindertümlichkeit (“carácter
infantil”), sus contemporáneos, que no perdían ocasión de burlar-se de los
libros para niños de impronta iluminista, a los que él no les niega su “aridez”
“y hasta su “falta de interés para el niño”, pero a propósito de los cuales, no
obstante, añade en una crítica del ya re-cordado texto de Karl Hobrecker:
Pero esos errores de antaño son leves en
comparación con las abe-rraciones que, a causa de la supuesta empatía con el
ser infantil, es-tán de moda hoy en día: la desconsoladora y distorsionada
alegría de las historias rimadas, los ridículos monigotes ideados por
dibujan-tes poco sutiles que creen interpretar al niño. El niño exige del
adul-to una representación clara y comprensible, no infantil; y menos aun
quiere lo que éste suele considerar como tal.
De allí la necesidad para el escritor berlinés de
captar señales que manifiesten las secretas intenciones nutridas de vez en
cuando por los adultos educadores y de tematizar —para combatirlas— las for-mas
en que ha expresado sus ideales educativos la burguesía en as-censo, encaminada
con creciente agresividad a defender sus “posi-ciones”, pero privada del
“espíritu” que la sostenía.35 Benjamin no renuncia a gozar de ese paraíso de
papel y de magos precisamen-te porque sabe que hay sepultados posibles “signos”
de lo diverso, cuya clave —aparentemente perdida— yace tal vez sepultada,
ol-vidada, bajo la costra de los hábitos adultos, “formas petrificadas y ya
irreconocibles de nuestra primera felicidad, de nuestro primer
34 Benjamin,
W., p. 88 de esta obra.
35 Ésta
es la meditación que precede a una estupenda antología de cartas reali-zada por
Benjamin: Uomimi tedeschi, trad, it. de C. Bovero, Adelphi, Milano, 1979, p. 11
29
horror”, como se le aparecen en Juguetes y juego.
Si los “grandes”, incapaces de “ser fieles” a los países de las fábulas que han
pene-trado sus corazones de niños y de llevar a “cabo” en la existencia adulta
los deseos expresados cuando niños,36 se le aparecen a Ben-jamin como viviendo
mutilados de su infancia, los niños —en cuanto portavoces de la “esperanza” de
las generaciones— le pa-recen expuestos a la amenaza de tener que vivir
exclusivamente de manera “infantil”. La fantasmagoría de las imágenes de los
anti-guos libros de lectura y abecedarios no parece tener un fin en sí mis-ma;
detrás del fulgor cromático trata en cambio de remontarse a una burguesía que
necesitó a los niños y que en ellos buscó las bases necesarias y biológicas de
la propia subsistencia. Precisamente con esto se relaciona la recuperación que
hace Benjamin de los compo-nentes más “destructivos” de la actividad
coleccionista. Esto indu-ce a Benjamin a rechazar la no total utilizabilidad de
los libros pa-ra niños por parte de los burgueses que inculcan el “patrimonio
cul-tural” y lo adecúan a la afirmación del propio dominio de clase, a las
leyes de una “pedagogía colonial” que perturbe la “delicada y cerrada” fantasía
del niño. En los armarios estilo Biedermeier (en los que Benjamin mismo pudo
todavía hurgar de muchacho) los viejos libros para niños, con sus estupendas y
vividas ilustraciones coloreadas en las que aun no había descendido la sombra
de la se-rialidad y de la “reproductibilidad técnica”, además de salvarse de la
segura desaparición, en realidad pudieron en cierta medida man-tener íntegra
(frente a las miras de la burguesía que no renunciaba a hacer de ellos meros
objetos de uso) su peculiaridad de puros pro-ductos de un saber que huía del
provecho y dejaba abiertas —fren-te a niños y pedagogos— todas las vías hacia
la alteridad y lo diver-so. En esos armarios parecían haber conservado íntegra
su peculia-ridad de instrumentos destinados al “goce” y al “placer” de los más
pequeños, y también de esos adultos que hubieran tratado de sinto-nizarse con
ese saber.
Confiado en la “suerte” íntima a la que, según la
frase de Teren-ziano Mauro (habent sua fata libelli), ni siquiera los libros
parece-rían lograr sustraerse en el curso de la historia, el coleccionista
au-téntico, como Benjamin lo delinea, parece unirse a ellos en:
36 Benjamin, W., Infanzia berlinese, trad, it. de
M. Bertolini Peruzzi, Einaudi, Torino, 1973, p. 29: “El hada, gracias a la cual
se tiene derecho a un deseo, exis-te para todos. Sólo que son pocos los que
logran recordar el deseo que han expre-sado”.
30
una relación [... ] que no ponga en primer plano el
valor funcional y, por lo tanto, la utilidad, eso que en ellos puede servir,
sino que los estudie y los ame como la escena de su destino.37
Mientras que el burgués es par excellence un
acumulador de co-sas para disfrutar, el niño —en la nobleza de intenciones que
Ben-jamin le otorga— trata de gozarlas y gustarlas como ese verdade-ro señor
que el filisteo no es capaz de ser. El niño sabe aceptar ser mirado por las
imágenes, así como someterlas al uso personal. Asiste al libre fluir de las
palabras–imágenes, al desovillarse de ese mundo que casi reposa en sí mismo. Y
no obstante, el niño no se su-bordina jamás —a juicio de Benjamin— a realidades
exteriores, como los libros de imágenes o de cuentos (o incluso los juguetes),
sino que vive con ellos una situación dialéctica: sufre, sí, la fasci-nación,
pero sabe mantener distancia de ellos, sabe jugar con ellos. Queda por lo tanto
envuelto en la dialéctica del aceptar y el trans-formar: aceptar las leyes de
lo diverso, lo gratuito, lo entretenido, que se traslucen en la literatura
infantil; transformar y dar vuelta instintivamente los materiales con los que
la primera experiencia histórica lo confronta: colores, letras, figuras, a los
que su fantasía —incansable— parece reservar siempre nuevas combinaciones:
Cuando inventan historias, los niños son registros
que no se dejan cortar las alas por el “sentido común” —escribe Benjamin en
“Pa-norama del libro infantil”— [...] de golpe las palabras se cubren con
trajes y —en un relámpago— están implicadas en duelos, escenas de amor o
reyertas. Es así como los niños escriben sus textos; pero es también así como
los leen.
Del dualismo de fondo que parece existir entre la
experiencia histórica del adulto que ha olvidado su propia “infancia” (aceptar
para someterse a la propia utilidad) y la experiencia histórica del ni-ño
(aceptar para abrirse a lo distinto) se diría que surge el compo-nente de
“peligro” que Benjamin ve representado —por la burgue-sía que los produjo— en
los libros para la infancia, casi como si el filisteo, justamente mientras
trata de someterlos a sus propias mi-ras, se quitara una serpiente del seno y apretara
un material queman-te entre sus manos. Caben en este tipo de consideraciones,
por ejemplo, el “tácito” entendimiento que Benjamin ha visto estable-
37 Benjamin,
W., “Ich packe meine Bibliothek aus”, ob. cit, p. 389”.
31
cerse —sobre la cabeza de los pedagogos— entre los
niños y los ilustradores refractarios a las leyes del provecho e inclinados al
anonimato, es decir, criaturas que permanecen inmunes a la maldi-ción de la
“fama”, a la mendacidad del “yo” burgués (que para Ben-jamin constituye el
receptáculo del dominio y de la violencia de la sociedad), seres que —en su
simplicidad— quedaron privados del rígido encuadramiento social y, en
consecuencia, están aun lejos de irrumpir en la producción industrial. Con esos
artistas “subversi-vos” los niños parecerían “andar del brazo”, riéndose de los
escrú-pulos de los pedagogos filántropos.
A juicio de Benjamin los niños parecen conducidos a
una acti-tud de refractariedad al universo ideológico de la burguesía en su
ascenso por dos constantes de la literatura de fábulas como la exa-geración y
la repetición. Gracias a la exageración ellos lograrían, en efecto —en
presencia de un texto como Pedrito el Desgreñado de Hoffmann— huir de las
violencias de los adultos que les desti-nan esas historias atroces (cf.
“Comienzos florecientes”). Por otra parte, gracias a la fuerza de la repetición
inherente al hecho de con-tar fábulas, el niño y el adulto mismo que narra
estarían en condi-ciones de huir del “terror”:
Para él [el niño] no han de ser dos veces, sino una
y otra vez, cien, mil veces. Esto no solo es la manera de reelaborar
experiencias pri-mitivamente terroríficas mediante el embotamiento, la
provocación traviesa, la parodia, sino también la de gozar una y otra vez, y
del mo-do más intenso, de triunfos y victorias. El adulto libera su corazón del
temor y disfruta nuevamente de su dicha cuando habla de ellos. El niño los
recrea, vuelve a empezar.38
Por lo tanto no sorprende que Benjamin entrevea en
los espan-tajos inventados, durante siglos, por los educadores para reprimir la
fantasía infantil (los chichleuchlauchra) la implícita disminu-ción de una
“autoridad” auténticamente capaz de mantener al niño abierto en el horizonte de
la “felicidad”, cuyo “deseo” ha sido, des-de el nacimiento de cada uno —por
gracia de las hadas—, poder “expresar”. Contra el terrorismo pedagógico o
contra la “carrera” afanosa de señalar “metas” o de desplegar un “saber”
prefijado pa-ra los niños, Benjamin no deja en cambio de entusiasmarse por esas
cartillas, silabarios o libros de lectura en los que resulta evidente la
preocupación por:
38 Benjamin,
W. “Juguetes y juegos”, pp. 93-94 de este libro.
32
tutelar la soberanía del que juega, de no hacerle
desperdiciar ener-gías en los contenidos didácticos y de prohibir el terror con
el que las primeras cifras y letras se plantan tan gustosas como un fetiche
fren-te al niño.
En esta dirección él ve moverse, por ejemplo, los
textos de Seid-mann–Freud, iniciativas que le parecen capaces de despertar en
los niños una “confianza en ellos mismos y sentido de seguridad”.
Los libros para la infancia y las mismas figuras de
las ilustracio-nes, a las que Benjamin adscribe la función de “despertar en el
ni-ño la palabra” recuperan así una “autoridad” legítima (y en esto consiste,
tal vez, su enigmático poder) sobre los niños en la medida en que no exhiben
voluntad inhibitoria o terrorífica sino que —pu-ras cáscaras de un saber que
supera tanto a los niños como a los adultos— los invitan a la alteridad,
potencian en ellos las capacida-des de evocar lo diverso y les permiten situarse
fuera de la patria mítica (o de la Infancia, con i mayúscula) que los grandes
esbozan para ellos a su propia imagen y semejanza.
Releídas hoy, las intervenciones de Walter Benjamin
no parecen haber perdido nada de esa actualidad verdadera que el ensayista
berlinés pareció buscar: la actualidad de lo que contribuye a abrir la puerta
de los sueños y el libro de la felicidad, y no a sellarlos, tal vez
definitivamente.
33
LA ENSEÑANZA DE LA MORAL (1913)
Quizá nos tiente la idea de cortar de raíz
cualquier disquisición teó-rica acerca de la asignatura “Moral”, con la
afirmación de que las influencias sobre la moral son un asunto puramente
personal, que se sustrae a toda esquematización y normalización. Estemos o no
en lo cierto, hay un hecho concreto que para nada tiene en cuenta ese
principio: la enseñanza de la moral es fomentada, porque se la considera
necesaria. Y si se fomenta teóricamente la enseñanza de la moral, también es
preciso analizar teóricamente esta exigencia.
Intentaremos a continuación contemplar la enseñanza
de la mo-ral de manera aislada e independiente. No preguntaremos en qué medida
es posible lograr un relativo mejoramiento con respecto a una deficiente
enseñanza religiosa, sino cuál será la situación de la enseñanza de la moral
frente a exigencias pedagógicas absolutas.
Partimos de la ética kantiana, pues en esta
cuestión es imprescin-dible un anclaje en lo filosófico; Kant distingue entre
legalidad y moralidad y a veces expresa tal diferencia de este modo:
Para que algo sea considerado moralmente bueno, no
es suficiente que esté de acuerdo con la ley ética; es preciso que se haga por
amor a ella.
Eso marca otra determinación más de la voluntad
ética: es “in-motivada”, está condicionada únicamente por la ley moral, por una
norma: ¡obra bien!
35
Dos sentencias paradójicas de Fichte y Confucio
arrojan una cla-ra luz sobre ese pensamiento.
Fichte niega la significación ética del “conflicto
de deberes”. Evidentemente, al hacerlo sólo brinda una interpretación de
nues-tra conciencia moral; si para cumplir un deber tuviéramos que des-cuidar
otro, nos hallaríamos en un aprieto, por decirlo así, técnico; pero íntimamente
no nos sentiríamos culpables, porque la ley mo-ral no exige que se haga
concretamente esto o aquello, sino que se haga lo ético. La ley moral es la
norma del obrar, no su contenido.
Según Confucio, la ley moral implica el doble
peligro de pare-cerle demasiado alta al sabio y demasiado baja al necio. Con
ello quiere decir que la realización empírica de la ética nunca está con-tenida
en la norma ética; que sería sobrestimarla creer que dentro de ella están dados
todos los mandamientos empíricos.
Confucio se dirige contra el necio, pues opina que
toda acción, por legal que sea, sólo adquiere valor ético si surge de una
intención ética. Con esto volvemos a Kant y a su célebre formulación:
No es posible nada en el mundo, ni fuera de él, que
pueda conside-rarse sin restricción como bueno, excepto una buena voluntad.
Esta sentencia contiene el credo básico de la ética
kantiana, la única que aquí nos interesa. En ese contexto, la “voluntad” no
tie-ne un significado psicológico. La psicología reconstruye mecanis-mos de
acción psicológica, en cuya realización la voluntad es, en tanto causa, a lo
sumo uno de los factores. Lo que le importa al éti-co es el carácter ético de
la acción, y ésta tiene tal carácter no por haber nacido de numerosas causas,
sino de la sola y única intención ética. La voluntad del hombre concibe su obligación
frente a la ley moral, y en esto agota su significación ética.
Nos hallamos aquí ante una idea que parece apta
para constituir-se en punto de partida de todas las reflexiones concernientes a
la educación moral. Tenemos frente a nosotros la evidencia de una an-tinomia en
la educación moral, que tal vez sea tan sólo un aspecto aislado de una
antinomia más general.
La meta de la educación moral es la formación de la
voluntad éti-ca; y, sin embargo, no hay nada más inaccesible que esa voluntad
ética, puesto que, como tal, no constituye una dimensión psicoló-gica tratable
con determinados medios. Ninguna influencia empí-rica nos da la garantía de
tener realmente repercusión en la volun-tad ética. Falta la palanca con la que
se pueda manejar la educación
36
moral. La ley pura y única es tan inaccesible como
inabordable es la voluntad pura para el educador. Comprender este hecho en toda
su gravedad constituye un requisito previo a toda teoría de la edu-cación
moral. Inmediatamente se impone una conclusión: dado que el proceso de
educación moral se opone, por principio, a toda racio-nalización o
esquematización, no tiene nada que ver con ningún ti-po de enseñanza, pues la
enseñanza es para nosotros, y por princi-pio, el medio racionalizado de
educación. Nos conformamos aquí con esta deducción, para analizar esa
proposición más adelante, cuando consideremos la enseñanza actual de la moral.
Ahora bien, ¿traerán estas reflexiones como
consecuencia la bancarrota de la educación moral? Así sería si el
irracionalismo sig-nificara la bancarrota de la educación. Pero el
irracionalismo sólo significa la bancarrota de una ciencia exacta de la educación:
la re-nuncia a una teoría científicamente acabada de la educación moral parece
ser la consecuencia real de lo dicho. Sin embargo, a conti-nuación procuraremos
esbozar la posibilidad de una educación moral concebida como un todo, aunque
carente de unidad sistemá-tica en cuanto a sus partes. Desde este punto de
vista, el principio de la comunidad escolar libre, de la comunidad ética,
parecería ser fundamental. La forma en que se concreta la educación ética en
es-ta comunidad es la religiosidad, porque tal comunidad experimen-ta una y
otra vez, en su interior, un proceso que engendra la religión y despierta la
contemplación religiosa, proceso que quisiéramos llamar “plasmación de lo
ético”. Como ya hemos visto, la ley mo-ral carece de toda relación con lo empíricamente
ético (en cuanto empírico). No obstante, la comunidad ética vivencia una y otra
vez la transmutación de la norma en un orden empírico legal. Tal mo-do de vida
exige una libertad que permita a lo legal ajustarse a la norma. Mas sólo a
través de esa norma se obtiene el concepto de co-munidad. La esencia de la
constitución ética de comunidades pare-cería estar representada por una íntima
fusión entre rigor ético en la conciencia de la obligación común y confirmación
de la ética en el orden de la comunidad. Empero, como proceso religioso se
opo-ne a todo análisis.
Con esto nos hallamos frente a una peculiar
inversión de aser-ciones muy actuales. Mientras que hoy en día se multiplican
por doquier las voces que consideran la moral y la religión como
in-dependientes entre sí, a nosotros nos parece que sólo en la religión, y sólo
en ella, puede hallar su contenido la voluntad pura. La vida cotidiana de una
comunidad ética lleva la impronta de la religión.
37
Esto es lo que cabe afirmar, teórica y
positivamente, con respec-to a la educación moral, antes de poder formular una
crítica de la educación moral en vigencia. Incluso al formular esa crítica
siem-pre debemos tener presente el pensamiento señalado.
Dicho en forma puramente dogmática, el peligro más
profundo de la enseñanza de la moral yace en la motivación y legalización de la
voluntad pura, es decir en la supresión de la libertad. Si la edu-cación moral
se propone realmente la formación ética del alumno, podemos afirmar que se ésta
abocado a una tarea irrealizable. Si quisiera detenerse en lo universalmente
válido, no iría más allá de lo dicho aquí o de ciertas doctrinas kantianas. Los
medios del inte-lecto, es decir los de validez universal, no permiten
aprehender más exactamente la ley moral, porque ésta es determinada por la
religio-sidad del individuo allí donde recibe sus contenidos concretos. Las
palabras de Goethe nos demuestran la imposibilidad de penetrar en la relación,
todavía amorfa, del individuo con la moral:
En el hombre, lo supremo carece de forma, y debemos
guardarnos de dársela de otro modo que mediante la acción noble.
¿Quién se arroga todavía, en el día de hoy (fuera
de la Iglesia), el papel de intermediario entre el hombre y Dios? ¿Quién
quisiera introducirlo en la educación, cuando esperamos que toda ética y
re-ligiosidad emanen del estar a solas con Dios?
La educación moral carece de sistema; la educación
moral se ha propuesto una tarea irremplazable: he aquí la doble expresión de un
mismo hecho fundamental. A esta asignatura sólo le resta impartir —en lugar de
educación moral— una rara especie de educación cí-vica, según la cual todo lo
necesario ha de ser espontáneo y todo lo que en el fondo es espontáneo debe ser
necesario. Se cree poder sus-tituir la motivación ética por ejemplos
racionalistas y no se admi-te que en ellos la ética se halla a su vez ya presupuesta.1
Por ejem-plo, cuando en la mesa de desayuno se quiere introducir en el niño la
idea del amor al prójimo describiéndole el trabajo de todos aque-llos a quienes
les debe los goces que experimenta. Quizá sea tris-te que tales perspectivas
sobre la vida muchas veces se le abran al
1 “No se
podría causar mayor daño a la ética que intentar basarla en ejemplos. Pues es
necesario que todo ejemplo que se me ofrezca sea él mismo juzgado pre-viamente
según principios de moralidad, para saber si es digno de servir de ejem-plo
prístino, es decir de modelo; pero de ninguna manera puede brindarnos el
con-cepto de ética por sobre todo” (Kant).
38
niño sólo a través de la enseñanza de la moral. Por
otro lado, ese ti-po de explicaciones sólo puede hacer impresión en un niño que
ya conozca la simpatía y el altruismo, y estos sentimientos no son vivenciados
en clases de moral, sino en la comunidad.
Sea dicho de paso, la “energía específica” del
sentido moral, la capacidad de empatía moral, no aumentará por la incorporación
de motivaciones, de material, sino únicamente por su aplicación. Existe el
peligro de que el material supere en mucho a la excitabi-lidad moral y la
embote.
La enseñanza de la moral se caracteriza por cierta
inescrupulo-sidad de los medios; al no disponer de la motivación ética
propia-mente dicha, debe servirse no sólo de reflexiones racionalistas, sino
también preferentemente de estímulos psicológicos. Pocas veces se llegará al
extremo del orador que en el Congreso de Enseñanza de la Moral, de Berlín,
aconsejó entre otras cosas apelar incluso al egoísmo de los alumnos (en este
caso sólo puede tratarse de un me-dio de lograr la legalidad, no ya la
educación moral). Pero tampo-co la invocación de la heroicidad, la exigencia o
el elogio de lo ex-traordinario, en cuanto desembocan en una exaltación
emocional, tienen nada que ver con la continuidad de la actitud moral interior.
Kant no se cansa de condenar semejantes prácticas.
Lo psicológico implica aun el peligro especial de
un autoanáli-sis sofisticado, en el cual todo parece necesario, adquiere un
inte-rés genético y no moral. ¿A dónde llegaríamos si, por ejemplo,
ana-lizáramos y enumeráramos los distintos tipos de mentiras, tal como lo
propuso un pedagogo de la moral?
Como ya lo dijimos, lo específicamente ético
forzosamente se pierde. He aquí otro ejemplo característico de ello, tomado, al
igual que los anteriores, de la Jugenlehre de Foerster. Un muchacho es golpeado
por sus compañeros, y Foerster argumenta: tú devuelves los golpes para
satisfacer tu impulso de autoafirmación, pero ¿quién es tu enemigo más
constante, aquél contra el cual necesitas defenderte más? Tu pasión, tu sed de
venganza. Entonces, en el fondo, tu autoafirmación consistiría en no devolver
los golpes, en suprimir el impulso íntimo. Es éste un ejemplo de transformación
mediante la interpretación psicológica. En otro caso similar, se le promete al
muchacho golpeado por sus compañeros que al final vencerá y que, a pesar de
todo, si no se defiende los otros lo deja-rán en paz. Pero un alegato basado en
el resultado nada tiene que ver con una motivación ética. La atmósfera de lo
ético no es la moti-vación utilitaria, la utilidad propia o ajena, sino la
conversión.
39
Nos excederíamos en el espacio si ofreciéramos
otros ejemplos de una práctica a menudo peligrosa desde el punto de vista de la
mo-ral. No mencionaremos las analogías técnicas de la moral, ni el ma-nejo
moralista de las cosas más triviales. Referiremos solamente la siguiente escena
de una clase de caligrafía. El maestro pregunta:
¿Qué faltas será capaz de cometer quien, no
obligándose a observar con toda precisión las líneas, siempre las sobrepasa con
sus letras?
La variedad de respuestas de los alumnos fue
sorprendente. ¿No es esto casuística de la peor especie? No existe relación
alguna en-tre tales ocupaciones caligráficas y el sentimiento moral.
Por lo demás, ese tipo de enseñanza de la moral de
ninguna ma-nera es independiente —como suele afirmarse— de las concepcio-nes
morales vigentes, o sea de la legalidad. Al contrario: el peligro de
sobreestimar la convención legal está presente, puesto que la en-señanza, con
su fundamentación racionalista y psicológica, nunca puede alcanzar la actitud
ética, sino únicamente lo empírico, lo prescrito. Tales reflexiones harán que a
menudo al alumno le parez-ca que la buena conducta (que debería sobrentenderse)
es algo ex-traordinario. El simple concepto del deber está a punto de perderse.
Pero si, a pesar de todo, se insiste en enseñar
moral, es necesario aceptar los peligros. Hoy en día ya no son peligrosas las
antinomias de los primeros cristianos: ‘‘bien–mal” igual a
“espiritual-sensual”. Peligrosos son lo “sensualmente bueno” y lo “espiritualmente
ma-lo”, ambas formas del snobismo. En este sentido, el Dorian Gray de Wilde
podría ser la base de una enseñanza de la moral.
Según lo dicho, la enseñanza de la moral está muy
lejos de sa-tisfacer una exigencia pedagógica absoluta; sin embargo, puede
tener y tendrá su importancia como etapa de transición. No por constituir un
eslabón —como hemos visto, muy imperfecto— en la evolución de la enseñanza
religiosa, sino por poner en relieve la de-ficiencia de la cultura actual. La
enseñanza de la moral se orienta hacia lo periférico, lo carente de convicción
en nuestro saber, el ais-lamiento intelectual de la formación escolar. Pero lo
importante no es aprehender el material informativo desde lo exterior, a través
de la tendencia de la enseñanza ética, sino captar la historia de ese
ma-terial, del espíritu objetivo en sí. En este sentido hemos de esperar que la
enseñanza de la moral constituya la transición hacia una nueva didáctica de la
historia, en la cual también el presente ha de encontrar el lugar
histórico–cultural que le corresponde.
40
“EXPERIENCIA” (1913)
Libramos nuestra lucha por la responsabilidad
contra un enmasca-rado. La máscara del adulto se llama “experiencia”. Es
inexpresi-va, impenetrable, siempre igual; ese adulto ya lo ha experimenta-do
todo: la juventud, los ideales, las esperanzas, la mujer. Todo era ilusión. A
menudo nos sentimos intimidados o amargados. Quizás ese adulto tenga razón.
¿Qué podemos contestarle? Nosotros aún no hemos experimentado nada.
Pero trataremos de quitar la máscara. ¿Qué ha
experimentado ese adulto? ¿Qué quiere demostramos? Ante todo, una cosa: él
tam-bién ha sido joven, también él quería lo que queremos nosotros; él tampoco
quería a sus padres, pero la vida le ha enseñado que los pa-dres tenían razón.
Y muestra su sonrisa de superioridad, pues a no-sotros nos sucederá lo mismo.
De antemano desvaloriza nuestros años, los convierte en una época de simpáticas
necedades, en una infantil embriaguez que precede a la larga sobriedad de la
vida for-mal. Así son los benévolos, los liberales. Pero conocemos otros
pe-dagogos cuya amargura no pretende ni siquiera permitirnos los bre-ves años
de la “juventud”. Severos y crueles, quieren sometemos —ya— a la servidumbre de
la vida. Unos y otros desvalorizan nues-tros años, los destruyen. Y, cada vez
más, nos invade una sensación: la juventud no es más que una breve noche
(¡llénala de embria-guez!); después vendrá la gran “experiencia”, años de
compromi-sos pobres de ideas y carentes de inspiración. Así es la vida. Lo que
nos dicen los adultos es lo que ellos experimentaron.
41
¡Sí! Esto es lo único que experimentaron, jamás
supieron de otra cosa: el absurdo de la vida, la brutalidad. ¿Nos alentaron
alguna vez a emprender cosas grandes, cosas nuevas, a acometer lo futuro? ¡Oh,
no, porque eso no se experimenta! Todo lo que tiene sentido, lo que es
verdadero, lo que es bello, lo que es bueno, está fundado en sí mismo. ¿Para
qué nos sirve allí la experiencia? Y he aquí el se-creto; como jamás eleva la
vista hacia la grandeza, hacia la inspi-ración, el burgués ha convertido la experiencia
en Evangelio, en mensaje de la vulgaridad de la vida. El jamás ha comprendido
que hay algo más que la experiencia, que existen valores a los cuales servimos
y que no están sujetos a experimentación.
¿Por qué la vida carece de consuelo y sentido para
el burgués? Porque lo único que conoce es la experiencia. Porque él mismo
carece de consuelo y sentido. Y porque él no mantiene ninguna relación tan
intima como la que lo liga a lo ordinario, a lo que es “eternamente ayer”.
Pero nosotros conocemos otra cosa, que ninguna
experiencia nos da ni nos quita. Sabemos que existe la verdad, aunque todo lo
pensado hasta ahora haya sido un error. Sabemos también que se debe ser fiel,
aunque nadie lo haya sido hasta ahora. Ninguna ex-periencia puede robamos esa
voluntad. Sin embargo ¿tendrían en algo razón los padres con sus cansados
gestos y su desesperanza pe-tulante? ¿Será triste lo que hemos de experimentar?
¿Sólo en lo que no es posible experimentar podemos fundar la intrepidez y el sen-tido?
En tal caso, el espíritu sería libre, pero la vida sin cesar lo arrastraría
hacia abajo, porque esa vida, esa suma de experiencias, resultaría
desconsoladora.
Nosotros, sin embargo, no comprendemos tales
interrogantes. ¿Acaso llevamos todavía la vida de aquellos que ignoran el
espíri-tu, de aquellos cuyo Yo inerte es arrojado por la borda como las olas
contra un arrecife? No. Pues cada una de nuestras experiencias tie-ne ahora un
contenido. Nosotros mismos le daremos un contenido con nuestro espíritu. El
irreflexivo se conforma con el error. “Nun-ca encontrarás la verdad —le dice al
investigador—, lo sé por ex-periencia.” Pero el investigador hallará en el error
una nueva ayuda para encontrar la verdad (Spinoza). La experiencia sólo carece
de sentido y de impulso para el espíritu embotado. Quizá resulte do-lorosa para
quien aspira a alcanzar las alturas; pero difícilmente lo precipitará en la
desesperación.
Una cosa es cierta: jamás caerá en una morosa
resignación ni se dejará adormecer por el ritmo del burgués. Porque —como
habréis
42
notado— éste sólo celebra todo nuevo fracaso.
¿Acaso eso nos es-tá demostrando que él tenía razón? Su creencia se ha
confirmado: es verdad que el espíritu no existe. Sin embargo, nadie exige como
él un sometimiento tan absoluto, una “veneración” tan rigurosa al “espíritu”.
Porque si criticara, tendría que participar en la creación. Y él no puede
hacerlo. Hasta la experiencia del espíritu, que él ha-ce contra su voluntad,
carece para él de espíritu.
Dígale usted
que cuando sea hombre
respete los sueños de su juventud.*
Nada más odioso para el burgués que sus “sueños de
juventud”. (Y la sensiblería suele ser una forma de mimetismo de ese odio.)
Porque lo que aparecía en esos sueños era la voz
del espíritu, que también a él lo llamó una vez, como a todo ser humano. La
juven-tud es el eterno recuerdo de ello y por eso la combate, le habla de esa
experiencia gris y todopoderosa y enseña al joven a reírse de sí mismo.
“Vivenciar” sin espíritu es cómodo, pero funesto.
Repito: nosotros conocemos otra experiencia. Esa
experiencia puede ser hostil al espíritu y destruir muchos sueños; no obstante
es lo más hermoso, lo más intocable, lo más inmediato, porque jamás puede
faltar el espíritu si nosotros seguimos siendo jóvenes. Uno siempre se vivencia
sólo a sí mismo, dice Zaratustra al final de su peregrinaje. El burgués hace su
“experiencia”; y es la eterna y úni-ca experiencia de la falta de espíritu. El
joven vivenciará el espíri-tu y cuanto más le cueste lograr algo grande, más
fácilmente encon-trará el espíritu en todo su camino y en todos los hombres. El
joven será indulgente cuando sea hombre. El burgués es intolerante.
* Federico Schiller. (N. del T.)
43
LA POSICIÓN RELIGIOSA DE LA NUEVA JUVENTUD (1914)
El movimiento de la juventud que despierta señala
hacia ese pun-to infinitamente lejano donde sabemos se encuentra la religión.
Y el solo hecho de ser movimiento ya nos brinda la
más firme ga-rantía de lo acertado de su dirección. La juventud que se
despierta en Alemania se halla igualmente alejada de todas las religiones y
asociaciones ideológicas por igual. Tampoco adopta una actitud re-ligiosa. Pero
esa juventud significa algo para la religión, y la reli-gión empieza a adquirir
una muy nueva significación para ella. Allí donde nace lo nuevo, allí, en el
centro, está la juventud. Sufre la pe-nuria más apremiante y la ayuda de Dios
está más cerca de ella.*
Sólo en la juventud puede alcanzar la religión un
grado tan alto de penetración en la comunidad y sólo en la juventud el ansia de
re-ligión es tan concreta, tan íntima, tan honda. Porque el camino que recorre
la joven generación, en su proceso formativo, carece de sen-tido sin ella. Es
desierto y penoso si no existe en él ese punto en que aparece la bifurcación,
la opción decisiva. Ese punto de bifurcación ha de ser común a toda una
generación, y allí se levanta el templo de su dios.
El anhelo religioso despertó tardía y aisladamente
en los mayo-res. Eran decisiones secretas, tomadas ante encrucijadas
particula-res, y no ante una encrucijada única, general. La decisión no impli-
* Referencia
al proverbio alemán Wenn die Not am grössten, ist Gott am nächsten (Cuando la
penuria es más apremiante, Dios está más cerca).(N. del T.)
45
caba ninguna garantía, le faltaba la objetividad
religiosa: así perma-neció siempre el individuo frente a la religión.
Y ahora aparece una juventud que está unida a la
religión, que es el cuerpo en el cual la religión sufre sus propias penurias.
Una ge-neración quiere verse nuevamente en la encrucijada, pero la bifur-cación
de caminos no aparece. Todas las juventudes debieron ele-gir, pero los objetos
de su elección estaban predeterminados. La nueva juventud se halla ante un caos
en el cual se pierden los ob-jetos (sagrados) de su elección. Las palabras que
le señalan el ca-mino no son “puro” o “espurio”, no son “sagrado” o
“pecaminoso”; sólo son términos compulsivos como “permitido” o “prohibido”. Se
siente sola y perpleja, y ello garantiza su seriedad religiosa, garantiza que
la religión ya no le significa una forma cualquiera de espíritu, ni uno de esos
caminos transitables que se encuentran por millares y pueden tomarse en
cualquier momento. Nada desea ella con más vehemencia que la elección, la
posibilidad de elección, la sagrada decisión en sí misma. La elección crea sus
propios objetos; es este el aspecto que más la acerca a la religión.
Una juventud que se acepte a sí misma significa una
religión que todavía no es. Rodeada por un caos de cosas y hombres, sin que
na-da sea sagrado ni nada pecaminoso, necesita elegir. Y no podrá ele-gir con
la más profunda seriedad mientras la Gracia no haya vuel-to a crear lo sagrado
y lo pecaminoso. La juventud confía en que lo sagrado y lo condenado se revelen
en el momento en que su volun-tad mancomunada de elegir haya alcanzado la
tensión más alta.
Pero mientras tanto lleva una vida difícil de
comprender, llena de entrega y desconfianza, veneración y escepticismo,
sacrificio y egoísmo. Esa vida es su virtud. No debe desechar ninguna cosa, ni
a ningún ser humano, porque en cada uno (en la columna de anun-cios y en el
delincuente) puede surgir el símbolo o el santo. Y, sin embargo, a nadie debe
entregarse del todo; jamás debe volver a en-contrarse enteramente a sí misma,
ni en el héroe a quien venera, ni en la muchacha a quien ama, porque las relaciones
del héroe y de la amada con lo último, con lo esencial, con lo sagrado, son
oscuras e inciertas, como es incierto el propio Yo al que aún no encontra-mos
en la elección. Es posible que esa juventud tenga muchos ras-gos en común con
los primeros cristianos, para quienes también en el mundo alentaba lo sagrado
—que podía surgir en cada uno—, hasta tal punto que les impedía la palabra y la
acción. La doctrina del no hacer está muy cercana a esa juventud. Y, no
obstante, su in-finito escepticismo (que no es otra cosa que una infinita
confianza)
46
le obliga a desear la lucha. También de la lucha
puede surgir Dios. Luchar no significa execrar al enemigo. Sus luchas son
ordalías. Son luchas en que esa juventud está tan dispuesta a vencer como a ser
derrotada. Porque lo único que importa es que en esas luchas se revele la forma
de lo sagrado. Esa lucha la mantiene alejada tam-bién del misticismo, que daría
al individuo la ilusión de una salva-ción, en tanto aún no exista la comunidad
religiosa. La juventud sa-be que luchar no es odiar, que si todavía encuentra
resistencias, si todavía no lo penetra todo con su juventud, es por causa de su
pro-pia imperfección. En la lucha, tanto en la victoria como en la derro-ta,
eligiendo entre lo sagrado y lo profano, quiere encontrarse a sí misma. Sabe
que a partir de ese momento ya no conocerá a ningún enemigo, pero que ello no
la llevará al quietismo.
Pero los contemporáneos comprenderán, poco a poco,
que esa juventud no puede ser objeto de debates religiosos, medidas
disci-plinarias y campañas periodísticas difamatorias. Combate enmas-carada a
sus enemigos, y quien lucha contra ella no puede conocer-la. Sin embargo, a
través de la historia, esa juventud ennoblecerá a sus adversarios, que
finalmente serán impotentes ante ella.
47
LA VIDA DE LOS ESTUDIANTES (1915)
Hay una concepción de la historia que, confiando en
la infinitud del tiempo, sólo distingue el tempo de los hombres y las épocas,
que avanzan rápida o lentamente por las vías del progreso. Tal posición
coincide con la incoherencia, la falta de precisión y rigor de la exi-gencia
que esa concepción impone al presente. El punto de vista que adoptaremos a
continuación, en cambio, sólo abarca un deter-minado estado de cosas en el cual
la historia se halla concentrada en un único foco, tal como en las imágenes utópicas
de los pensa-dores de todos los tiempos. Los elementos del resultado final no
aparecen en ella bajo la forma de una amorfa tendencia hacia el pro-greso, sino
que se encuentran profundamente implantados en el presente, aunque bajo la
forma de creaciones e ideas perseguidas, desacreditadas y ridiculizadas. Dar al
estado inmanente de perfec-ción la forma pura de lo absoluto, hacerlo visible y
soberano en el presente, he aquí la misión de la historia. Pero tal estado no
se de-ja atrapar por medio de una exposición pragmática de detalles
(ins-tituciones, costumbres, etc.); por el contrario, se sustrae a ella. Sólo
se lo puede aprehender en su estructura metafísica, como en el caso del Reino
mesiánico o la idea de la Revolución Francesa. De ma-nera que la significación
histórica actual de los estudiantes y de la universidad, su modo de existencia
en el presente, sólo puede des-cribirse como metáfora, como imagen de un estado
más elevado, metafísico, de su historia. Sólo así es comprensible y posible.
Es-
49
ta descripción no pretende ser una proclama ni un
manifiesto (pues-to que ambos se han mostrado ineficaces); pero señala una
crisis que, por la naturaleza de las cosas, conduce a aquella decisión an-te la
cual los cobardes sucumben y los valientes se subordinan. Sólo se puede tratar
el lugar histórico del estudiantado y de la universi-dad por medio del sistema.
Mientras se nos nieguen algunas de las condiciones que ello requiere, no nos
queda más posibilidad que li-berar cognoscitivamente lo futuro de su
desfigurada forma presen-te. Sólo para esto sirve la crítica.
La vida del estudiantado enfrenta el problema de su
unidad consciente. Esa unidad tiene que representar el punto de partida, pues
de nada sirve distinguir en la vida estudiantil diversos aspec-tos —ciencia,
Estado, virtud— si falta en ella el valor de someter-se. Lo característico de
la vida del estudiante es, en efecto, la nega-tiva a someterse a un principio,
a compenetrarse con la idea. El nombre de la ciencia sirve, ante todo, para
ocultar un conformismo y una indiferencia que han arraigado profundamente.
Medir la vi-da estudiantil en función de la idea de la ciencia no es, de
ninguna manera, panlogismo, intelectualismo, como muchos se inclinan a creer;
se trata de una crítica válida, puesto que, con harta frecuen-cia, la ciencia
es el escudo que se interpone entre los estudiantes y cualquier pretensión
“ajena”. Se trata, pues, de unidad interior, no de crítica desde afuera. En
este aspecto, la respuesta está dada: pa-ra la mayoría de los estudiantes la
ciencia es escuela profesional. Como “la ciencia nada tiene que ver con la
vida”, debe modelar ex-clusivamente la vida de quien se dedica a ella. Una de
las exigen-cias más inocentemente falaces impuestas por la ciencia es la de que
ayuda a fulano o mengano a ejercer una profesión. La profesión no emana de la
ciencia, tanto es así que hasta puede excluirla. Pues por su misma índole, la
ciencia no admite que uno se separe de ella; obliga al investigador, en cierto
modo, a comportarse siempre co-mo maestro, pero nunca a adoptar las profesiones
estatuidas de mé-dico, jurista, profesor universitario. Denominar “moradas de
la ciencia” a los institutos donde se pueden adquirir títulos, diplomas,
posibilidades de ganarse la vida y ejercer una profesión, no condu-ce a nada
bueno. La objeción que deriva de preguntarse cómo el Es-tado actual obtendrá
sus médicos, juristas y profesores no es ningu-na prueba en contra de lo dicho.
Sólo revela la revolucionaria mag-nitud de la tarea: fundar una comunidad de
hombres que buscan la cognición, en lugar de una corporación de individuos
habilitados para ejercer una profesión. Sólo señala hasta qué punto las
ciencias
50
de hoy en día, por desarrollar su aparato
profesional (mediante co-nocimientos y habilidades), se han apartado de su
origen común, basado en la idea del saber; ese origen se les ha convertido en
un misterio o, peor aún, en una ficción. Quien acepta la inamovilidad de la
institución estatal actual y considera todo lo existente inclui-do en su
evolución tiene que rechazar esto, a menos que se atreva a exigir al Estado la
protección y el apoyo para la “ciencia”. Pues la corrupción no radica en el
convenio de la universalidad con el Es-tado —que no se avendría mal con una
honesta barbarie—; el mal está en garantizar y pregonar la libertad de la
ciencia y, sin embar-go, dar por sentado —con brutal franqueza— que ella
confiere a sus discípulos individualidad social y una carrera pública.
El hecho de que se toleren las opiniones y
doctrinas más libres en nada ayuda mientras no se garantice el modo de vida que
ellas imponen (no menos que las doctrinas más rígidas) y la existencia de ese
abismo se niegue ingenuamente por medio del vínculo en-tre la universidad y el
Estado. Es engañoso desarrollar exigencias detalladas que, al cumplirse por
separado, estarían privadas de es-píritu de totalidad. Baste con señalar un
hecho sorprendente: en la institución del college, dos totalidades, la de los
maestros y la de los alumnos, pasan una junto a la otra sin verse jamás, como
si estuvie-ran empeñadas en un grotesco juego de escondite. El estudiantado,
por no hallarse habilitado para el ejercicio de una profesión, siem-pre estará
a la zaga del cuerpo docente, y el fundamento legal de la universidad,
—encarnado por el Ministro de Culto e Instrucción Pública, a quien designa el
soberano, no la universidad— institu-ye una relación semioculta de las
autoridades universitarias con los órganos estatales, por encima de las cabezas
de los alumnos (y en contados y afortunados casos, también de los profesores).
La sumisión sin crítica ni resistencia a ese estado
de cosas es uno de los rasgos esenciales en la vida del estudiante. Es cierto
que las llamadas organizaciones estudiantiles libres,* y otras de tendencia
* Al hablar de
estudiantes asociados y no asociados o libres (aunque éstos tam-bién tenían sus
organizaciones), el autor se refiere a la organización, llamada Burschenschaft,
fundada en 1815 por estudiantes y profesores de las universida-des alemanas. En
su tiempo conducían el movimiento de unidad y liberación. A tra-vés de muchas
vicisitudes se han conservado hasta el día de hoy, aunque actual-mente han
perdido mucho del “brillo” y la importancia de antaño. Tenían regla-mentos muy
estrictos, con uniformes, colores, el duelo estudiantil como prueba de valor e
incluso preceptos de comportamiento en la vida diaria. Frente a ellos se
for-maron las organizaciones “libres” que desechaban todo aquello y, entre
otras co-sas, se dedicaron a problemas sociales, aunque con poco o ningún
éxito, por las ra-zones a que alude el autor (N. del T,).
51
social han emprendido una aparente tentativa de
solución. Esta de-semboca, en última instancia, en un total aburguesamiento de
la Institución, y nunca se ha demostrado con mayor claridad que los estudiantes
de hoy, como comunidad, son incapaces de plantear si-quiera la cuestión de la
vida científica y de formular una firme pro-testa contra la vida profesional de
la época. La crítica a las ideas de los estudiantes “libres” nos permite ver
con claridad la imagen caó-tica que el estudiantado se forma de la vida
científica. Por ello ci-taremos palabras de una conferencia pronunciada por el
suscrito ante una audiencia de estudiantes, con el fin de abogar por la
reno-vación.
Existe un criterio muy sencillo y seguro para
determinar el valor es-piritual de una comunidad. Consiste en preguntar: ¿se
expresa en ella el individuo activo, en su totalidad?, ¿se compromete en ella
el hombre como un todo?, ¿necesita ella del hombre en su plenitud?, ¿o puede
prescindir la comunidad del individuo, en la misma medi-da que él puede
prescindir de ella? Es sencillo formular tales pregun-tas; es sencillo
contestarlas con respecto a los tipos actuales de co-munidad social; y la
respuesta es decisiva. Todo individuo que par-ticipa de una empresa aspira a la
totalidad, y el mérito de su acción reside precisamente en esa totalidad, es
decir en que la acción ex-prese al ser total e indiviso. Pero la acción de
fundamento social, tal como la encontramos hoy en día no contienen la
totalidad; es algo completamente fragmentario y derivado. No pocas veces la
comu-nidad social es el terreno donde —en secreto y en compañía de igua-les—se
lucha contra deseos más elevados, metas más propias, mien-tras se oculta la
evolución más profundamente innata. La realización social del hombre común
sirve, en la mayoría de los casos, para re-primir las aspiraciones originales y
no escindidas del fuero íntimo del hombre. Estamos hablando de universitarios,
hombres que por su oficio mantienen de todos modos alguna relación íntima con
las luchas espirituales, con el escepticismo y criticismo del estudioso. Esos
hombres toman como lugar de trabajo un medio completamen-te extraño, separado
por mundos de distancias de su propio medio. Allí, en un lugar apartado, se
crean una actividad limitada; la tota-lidad de tal quehacer consiste en que
redunda en beneficio de una comunidad general muchas veces abstracta. No existe
ninguna rela-ción íntima ni original entre la existencia espiritual de un
estudiante y su solícito interés por los hijos de los obreros y hasta por los
demás estudiantes. Ninguna relación, salvo un concepto del deber sin co-nexión
alguna con su trabajo propio e individual, un concepto que establece la
maquinal relación de: ‘becario del pueblo–prestación
52
social’. Este sentido del deber es calculado,
deducido y desviado; no emanado del trabajo mismo. Y se cumple con ese deber;
pero no se sufre por una verdad concebida como tal, no se soportan todos los
es-crúpulos que acucian al investigador, ni se actúa en función de una actitud
íntima que guarde relación con la propia vida espiritual. Só-lo se obedece a
una dicotomía tajante y a la vez sumamente super-ficial, comparable a los
opuestos ideal–material, teórico–práctico. En una palabra: este tipo de obra social
no representa un perfeccio-namiento ético de la vida espiritual, sino una
temerosa reacción de ésta. Pero la objeción más esencial no es que el trabajo
social se man-tenga fundamentalmente aislado del trabajo estudiantil
propiamen-te dicho y constituya así la suprema y más reprobable expresión de un
relativismo que —incapaz de alcanzar una síntesis en la vida— quiere que todo
lo espiritual esté acompañado de lo físico, y toda proposición, de su
contrario. Lo decisivo no es que la ‘totalidad’ de esta acción social sólo sea
de hecho un utilitarismo general y vacío. Lo grave es que, a pesar de todo
esto, exige el gesto y la actitud del amor donde no hay otra cosa que un deber
maquinal, y muchas ve-ces tan sólo un rehuir las consecuencias de la existencia
espiritual y crítica a la cual está obligado el estudiante. Pues, en realidad,
se es estudiante para que el problema de la vida espiritual cuente más que la
práctica de la ayuda social. Por último, y he aquí un indicio infa-lible, del
trabajo social estudiantil no ha surgido ninguna renovación del concepto ni de
la apreciación del trabajo social en sí. Para la gran mayoría, el trabajo
social sigue siendo una peculiar mezcla de deber y de clemencia por parte del
individuo. Los estudiantes no han con-seguido dar forma concreta a su necesidad
espiritual y por eso nun-ca lograron fundar en ella una comunidad de propósitos
realmente seria, sino sólo interesada y celosa por cumplir con su deber. En las
comunidades estudiantiles no ha surgido ese espíritu tolstoiano que mostró el
abismo entre la existencia del burgués y la del proletario, que propugnó la
idea de que servir a los pobres es una misión del gé-nero humano y no una tarea
accesoria para el estudiante; ese espíri-tu que aquí, y precisamente aquí,
exigía todo o nada, que nació en las ideas de los anarquistas más profundos y
de las comunidades mo-násticas cristianas, ese espíritu verdaderamente riguroso
de trabajo social, que no necesitaba de infantiles tentativas de identificación
con la psiquis del obrero y del pueblo. El ensayo de organizar la voluntad de
una comunidad universitaria para convertirla en co-munidad de trabajo social
naufragó en la abstracción y el aislamien-to del objeto. La ‘totalidad’ del
individuo no encontró expresión en tal comunidad, porque su voluntad no podía
orientarse hacia la to-talidad.
53
Lo sintomático en los ensayos realizados por los
estudiantes li-bres, por los sociocristianos y por muchos otros es que —en
bene-ficio de su capacitación para el Estado y para la vida— reproducen en sus
microcosmos, en la universidad, la escisión que existe entre ésta y el Estado
en conjunto. Han convertido a la universidad en asi-lo de casi todos los
egoísmos y altruismos, de todas las cosas que se dan por sentadas en la vida;
sólo permanece cerrada para la du-da radical, la crítica fundamental y (lo más
imprescindible) para una vida dedicada a una total renovación. En estas cosas,
la volun-tad progresista de los estudiantes no enfrenta al poder reaccionario
de las asociaciones estudiantiles tradicionales. Tal como hemos tratado de
demostrarlo y como, por lo demás, surge de la uniformi-dad y mansedumbre de
toda la situación universitaria, las propias organizaciones de estudiantes no
asociados están muy lejos de de-mostrar una voluntad espiritual premeditada y
consciente. Hasta ahora, no han dejado oír su voz de manera decisiva en nada
que se refiera a alguno de los interrogantes aquí planteados. No se la oye
porque le falta decisión. Su oposición sigue los caminos allanados de la
política liberal; la evolución de sus principios sociales se ha detenido en el
nivel de la prensa liberal. El estudiantado libre no ha reflexionado acerca del
problema fundamental de la universidad. Por eso se hace sentir la amarga
justicia de la historia en el hecho de que las asociaciones, que en su hora
vivenciaron y defendieron el problema de la comunidad académica, aparezcan
ahora en los ac-tos oficiales como indignos representantes de la tradición
estudian-til. En cuanto a las cuestiones esenciales, el estudiante libre no
de-muestra más seriedad ni más coraje que la asociación, y su acción es casi
más peligrosa que la de ésta, porque es más engañosa y de-sorientadora, pues
esta corriente burguesa, indisciplinada y mez-quina, se erige en paladín de la
libertad dentro de la vida universi-taria. El estudiantado actual no está presente
allí donde se lucha por la elevación espiritual de la nación; no está presente
en el campo donde se libra una nueva batalla por el arte; no está presente al
la-do de sus escritores y poetas; no está presente en las fuentes de la vida
religiosa. Es que el estudiantado alemán, como tal, no existe. Y no porque esté
ausente de las corrientes “más modernas”, sino porque desconoce todos esos
movimientos en profundidad, porque ese estudiantado se deja arrastrar
continuamente por las corrientes más amplias de la opinión pública, porque es
el niño mimado y con-sentido de todos los partidos y federaciones; alabado por
todos, por-que en cierto modo pertenece a todos aunque haya perdido por com-
54
pleto la nobleza que, hace cien años, ponía de
manifiesto el estu-diantado alemán, esa nobleza que lo llevaba a dar la cara
como de-fensor de una vida más digna.
Esa adulteración que vemos obrando por doquier, que
convier-te el espíritu creador en espíritu profesional, ha invadido totalmen-te
la universidad, aislándola de la vida espiritual creadora, ajena al ejercicio
de cargo alguno. El desdeñoso espíritu de casta, con que se rechaza al
científico y al artista libre, ajeno al Estado y a menu-do opositor a él,
constituye un síntoma dolorosamente claro de ello. Uno de los más célebres
profesores universitarios alemanes habló desde su cátedra de “los literatos de
café, para los cuales el cristia-nismo está en quiebra desde hace mucho”. El
tono y la veracidad de tales palabras corren parejos. Una universidad así
organizada tie-ne que hallarse con las manos completamente vacías frente a las
Musas, aun más que frente a la ciencia, pues ésta, por su “aplicabi-lidad”,
aparenta servir al Estado. Orientada hacia la profesión, tie-ne que fallar
necesariamente en cuanto a la creatividad inmediata como forma de comunidad. En
efecto, el rechazo hostil, la incom-prensión de la escuela con respecto a la
vida exigida por el arte pue-de interpretarse como rechazo de la creación
inmediata, no orien-tada hacia ninguna profesión. Esto se hace profundamente
visible en la inmadurez y la ingenuidad del estudiante. Desde el punto de vista
del sentimiento estético, lo más sorprendente y penoso de la imagen de la
universidad es la reacción maquinal con que el audi-torio sigue al
conferenciante. Tanta receptividad sólo podría ser equilibrada por un cultivo
del diálogo realmente académico o so-fista. Pero incluso los seminarios están
muy lejos de practicarlo, pues también emplean principalmente la forma de
disertación, sin importar que el que habla sea maestro o alumno. La
organización de la universidad ya no se basa en la productividad de los estudian-tes,
según la concepción de sus fundadores. Ellos pensaban esen-cialmente como
maestros y alumnos al mismo tiempo; como maes-tros, porque productividad
significa independencia total, significa que lo importante es la ciencia, no el
que enseña. La ciencia no pue-de constituir la idea dominante en la vida
estudiantil si ésta se ba-sa en la noción del cargo y la profesión. La vida del
estudiante no puede estar consagrada a un conocimiento que amenaza apartarla
del sendero de la seguridad burguesa. No puede estar consagrada a la ciencia ni
al bien de una generación futura. Y, no obstante, esa misión, la de enseñar—si
bien en formas muy diferentes de las ac-tuales—, está contenida en toda
aprehensión genuina de la ciencia.
55
Esa arriesgada consagración a la ciencia y a la
juventud tiene que alentar ya en el estudiante bajo la forma de capacidad de
amar y de-be constituir la raíz de su quehacer. A ello se opone la vida que le
señalan sus mayores: aprende la ciencia del maestro, pero no pro-sigue su
misión; renuncia con toda facilidad a la comunidad que lo une con los creadores
y que sólo adquiere forma universal a través de la filosofía. Su objetivo
debería consistir en ser, al mismo tiem-po, creador, filósofo y maestro, en su
naturaleza esencial y deter-minante. Ello plasma la profesión y la vida. La
comunidad de hom-bres creativos eleva todo estudio a la universalidad, en forma
de filosofía. Esa universalidad que no se logra exponiéndole proble-mas
literarios al jurista, o legales al médico (como procuran hacer-lo algunos
grupos estudiantiles), sino constituyéndose la comuni-dad por sí misma, la
comunidad universitaria como tal —por enci-ma de toda especificidad del estudio
(que sólo puede mantenerse con miras a una profesión), por encima de todo el
quehacer de la es-pecialidad—, la productora y guardiana de la forma
comunitaria fi-losófica que, lejos de formularse los interrogantes de una
filosofía científica especializada y limitada, se plantee los problemas
meta-físicos de Platón y de Spinoza, de los románticos y de Nietzsche. Porque
tal actitud, no las visitas a los institutos de asistencia social, forjaría el
vínculo más profundo entre la profesión y la vida (una vi-da, por cierto, más
profunda). Se evitaría, así, qué el estudio que-dara paralizado en un montón de
saber. Este estudiantado debería rodear a la universidad, que transmite el
caudal metodológico del saber, al mismo tiempo que ensaya nuevos métodos
prudentemen-te audaces y, sin embargo, exactos. Debería rodearla como el
inde-finido oleaje del pueblo rodea al palacio del soberano. Rodearla co-mo a
la morada de una permanente revolución espiritual, en la cual se perfilan por
primera vez nuevos planteos, más generales, más imprecisos, más inexactos que
los científicos; pero, a veces, surgi-dos de una intuición más profunda que
éstos. El estudiantado, asu-miendo su función creadora, tendría que
considerarse el gran trans-formador que, mediante su actitud filosófica,
convierta en cuestio-nes científicas las nuevas ideas que suelen despertar en
el arte y en la vida social, antes que en la ciencia.
El secreto dominio ejercido por la idea de la
profesión no es la más profunda de esas adulteraciones, una de cuyas más
terribles ca-racterísticas comunes es el impacto que hacen en el centro mismo
de la vida creadora. Una actitud trivial frente a la vida sustituye el espíritu
por sucedáneos; logra cada vez más ocultar la peligrosidad
56
de la vida espiritual y tildar de ilusos a quienes
aún pueden perci-birla. Pero la vida inconsciente del estudiante es deformada
más profundamente aun por convenciones en el terreno erótico. Con la misma
naturalidad con que la ideología profesional encadena la conciencia
intelectual, la idea del matrimonio y la familia pesa co-mo una oscura
convención sobre el eros. Diríase que el eros ha de-saparecido de ese período
que se extiende —vacío e impreciso— entre la existencia del hombre en tanto
hijo y en tanto padre de fa-milia. ¿Dónde hallar la unidad en la existencia del
creador y del pro-creador? ¿Está dada esa unidad en la forma de la familia? No
era po-sible plantear tales preguntas mientras se estaba a la expectativa
se-creta del casamiento, en un intervalo ilegítimo durante el cual a lo sumo
podía ponerse de manifiesto una resistencia admirable a las tentaciones. El
eros de los creadores... Si hay alguna comunidad capaz de verlo y de luchar
para lograrlo, es la de los estudiantes. Pero aún allí donde faltan todas las
circunstancias exteriores de la vida burguesa, donde es utópico tratar de
establecer condiciones burguesas (es decir, fundar familias), donde, como en
muchas ciu-dades de Europa, millares de mujeres —las prostitutas— basaron su
existencia económica únicamente en los estudiantes, aun allí el es-tudiante no
se ha preguntado por su eros esencial. Debería poner en duda la necesidad de un
divorcio entre procreación y creación; de-bería preguntarse seriamente si una
corresponde a la familia y la otra a la profesión y si —desfiguradas ambas por
ese divorcio— ninguna de ellas ha de emanar de su propia y peculiar existencia.
Pues es necesario, aunque sea una duda dolorosa, plantear semejan-te pregunta
frente a la vida de los estudiantes de hoy, porque en ellos esos dos polos de
la existencia humana —por su esencia— se dan en forma simultánea. Se trata de
un problema que ninguna comu-nidad puede dejar sin solución y cuyo núcleo, sin
embargo, desde los tiempos de los griegos y los primeros cristianos, no ha sido
re-suelto por ningún pueblo. Siempre ha pesado sobre los grandes cre-adores:
¿cómo cumplir con la imagen del género humano y, con to-do, hacer posible la
convivencia con mujeres y niños cuya produc-tividad está orientada hacia otras
metas? Sabemos que los griegos recurrieron a la violencia, subordinando el eros
procreador al cre-ador, hasta que su Estado, de cuya esencia estaban
proscriptos las mujeres y los niños, se derrumbó. Los cristianos aportaron la
solu-ción posible para la civitas dei: desecharían la singularidad de am-bos
aspectos. El estudiantado, en los sectores más avanzados, se ha detenido
siempre en consideraciones infinitamente estetizantes
57
acerca del compañerismo y las compañeras de
estudio; no se vaci-ló en esperar una “sana” neutralización erótica de alumnos
y alum-nas. En efecto, con ayuda de las prostitutas se ha conseguido
neu-tralizar el eros en la universidad. Y donde esa neutralización no se
produjo, surgió esa inocuidad tan veleidosa, esa jovialidad sofo-cante, y se
aceptó jubilosamente a la alegre compañera de estudios como sucesora de la
maestra vieja y fea. Y cabe intercalar aquí una observación de carácter
general: el instintivo temor al poder y a la necesidad del eros es mucho más
fuerte en la Iglesia Católica que en la burguesía. Las universidades tienen una
tremenda tarea, sin solución clara, desplazada de la conciencia, negada; una
tarea más grande que las múltiples tareas en las que se afana la actividad
so-cial. Esa tarea consiste en reunir en una unidad el distorsionado y
fragmentado eros espiritual, que hoy asoma tristemente, como in-dependencia
espiritual del creador (en el estudiantado asociado) y como indómita fuerza de la
naturaleza (en la prostitución). El estu-diante tiene derecho a exigir la
necesaria independencia del hom-bre creador y la necesaria inclusión de la
mujer en una única comu-nidad creadora, aunque la mujer no sea productiva en el
mismo sen-tido que el hombre. Tiene derecho a exigirlo, porque ésa es su for-ma
de vida.
Pero en esa esfera reina un convencionalismo tan
funesto que el estudiante ni siquiera ha dejado de sentirse culpable ante la
prosti-tución. Tan funesto que se procura contrarrestar esos blasfemos
es-tragos con recomendaciones de castidad, porque no se tiene el va-lor de
mirar a los ojos a un eros propio y más hermoso. Esa muti-lación de la juventud
afecta su esencia demasiado profundamente como para gastar muchas palabras al
respecto. Debemos confiarla a la conciencia de los pensantes y a la resolución
de los valientes, porque está fuera del alcance de la polémica.
¿Cómo se ve a sí misma, qué imagen lleva de sí en
su fuero ín-timo una juventud que admite semejante oscurecimiento de su pro-pia
idea, semejante deformación de sus contenidos vitales? Esa imagen se expresa en
el espíritu de las asociaciones estudiantiles, que siguen siendo el portador
más visible del concepto de juventud, del estudiantado; contra él arrojan sus
slogans sociales las otras or-ganizaciones, ante todo las libres. El
estudiantado alemán está más o menos obsesionado, según los casos, por la idea
de tener que go-zar de su juventud. Ese período de espera, enteramente
irracional, que precede al cargo y al matrimonio, debía generar algún
conte-nido, y éste tenía que ser juguetón, seudorromántico, divertido. La
58
celebrada alegría de las canciones estudiantiles,
el nuevo esplendor del estudiante, están marcados con un horrible estigma. Es
el mie-do a lo que vendrá y al mismo tiempo un despreocupado pacto con lo
inevitable de la vida burguesa que encarnan los egresados y que se mira en
ellos con gran complacencia. Porque vendieron el alma a la burguesía, con la
profesión y el matrimonio, por eso se reser-van rigurosamente esos pocos años
de libertad burguesa. Ese true-que se hace en nombre de la juventud. Abierta o
secretamente —en la taberna o en los aturdidores discursos de las asambleas— se
va provocando una embriaguez que se paga a precio de oro y que no ha de ser
perturbada. Es que la conciencia de haberse jugado la ju-ventud y vendido la
vejez busca ser calmada, y esa conciencia ha hecho fracasar, en última
instancia, las tentativas de insuflar un al-ma al estudiantado. Pero esa forma
de vida, que hace escarnio de to-do lo establecido, es castigada por todos los
poderes espirituales y naturales, por la ciencia a través del Estado, por el
eros a través de la ramera, y también es castigada en forma demoledora por la
na-turaleza. Porque los estudiantes no son la generación más joven: ya están
envejeciendo. Reconocer su edad es una decisión heroica pa-ra quienes perdieron
sus años de adolescencia en las escuelas ale-manas y a quienes el estudio
universitario por fin parecía abrirles esa vida juvenil que año tras años se
les había impedido. No obs-tante, es necesario reconocer que deben ser
creativos, es decir so-litarios y maduros, que ya existe una generación más
rica de jóvenes y niños a la cual pueden consagrarse únicamente como maestros.
Este es para ellos el más extraño de todos los sentimientos. Preci-samente
porque no se conforman con su existencia y no están dis-puestos a vivir, desde
un principio, con los niños —y eso es ense-ñar—, porque los niños nunca entran
en la esfera de la soledad. No reconocen su edad y por eso andan ociosos. El
anhelo admitido de una hermosa niñez y una digna juventud es condición primordial
para crear. Sin esto, sin lamentarse de la grandeza no alcanzada, no les será
posible renovar su vida. El temor a la soledad, el temor a la entrega, son las
causas de su disolución erótica. Se miden, se com-paran con los mayores, no con
los que nacieron después de ellos. Así salvan la apariencia de su juventud. Su
amistad carece de gran-deza y soledad. Esa expansiva amistad de los creadores,
dirigida hacia lo infinito y orientada hacia la humanidad entera, aunque
per-manezcan entre dos o a solas con su anhelo, esa amistad no en-cuentra lugar
entre la juventud de las universidades. Su lugar está ocupado por esa
confraternidad personal, limitada y desenfrenada
59
a la vez, que mantiene las mismas características
en la taberna o al fundar una asociación en el café. Esas instituciones de la
vida uni-versitaria constituyen un mercado de cosas provisionales, y al igual
que la actividad en colegios y cafés, sirven para llenar el tiempo va-cío de
espera, para no escuchar la voz que los llama a edificar su vi-da en un
espíritu único de creación, eros y juventud. Necesitamos una juventud casta y
abstinente, llena de respeto a los que le siguen, esa juventud de la cual hablan
estos versos de George:
Creadores de canciones sonoras,
de diálogos chispeantes y sagaces: espera y
despedida permitid que en mi placa conmemorativa
grabe el nombre de mi adversario —¡haced lo mismo!
Pues la escala del arrobamiento y la exaltación
ambos estamos descendiendo. Ya nunca me halagarán
así loor y júbilo de los muchachos—
nunca más retumbarán en tu oído versos como éstos.
Los estudiantes, por desaliento, se han alejado de
tal reconoci-miento. Pero toda forma de vida y su ritmo surgen de los dictados
que determinan la vida de los creadores. Mientras se sustraigan a es-to, su
existencia los castigará con fealdad y aun el embotado sen-tirá la
desesperación en su corazón.
Está en juego todavía la necesidad extrema. Es
necesaria una orientación rigurosa. Cada uno encontrará sus propios dictados si
formula la exigencia suprema a su propia vida. Liberará lo futuro,
reconociéndolo, de su forma desfigurada en el presente.
60
ANDRÉ GIDE: LA PORTE ÉTROITE (1919)
La culpa y la felicidad se mantienen en formas más
puras en la vi-da de los niños que más tarde, porque en el niño los fenómenos
no requieren otra cosa que contener en sí los sentimientos esenciales. Culpa y
felicidad, huestes enemigas, aún se hallan incorporadas en el escenario, en el
campo todavía apacible de la futura batalla, cu-yo ambiguo desarrollo y
decisivo desenlace sólo los años venide-ros sabrán apreciar. Por eso no hay
nada más consolador y más es-clarecedor a la vez que dirigir la mirada desde la
altura de los años al paisaje de la niñez, apacible aunque fragoso. Es
necesario alcan-zar esa altura para poder comparar la niñez con el rigor de la
suer-te actual; así sucede en los liberadores y esclarecedores episodios
infantiles de Los Hermanos Karamazov. El camino opuesto, en cambio, el camino
que va desde la niñez hacia el hombre ó la mu-jer adultos, no puede ser tema
para un artista que lucha por obtener la imagen desnuda de la culpa y la
felicidad, del aspecto moral de su héroe. Porque ese panorama de la niñez en
cuanto pacífico cam-po de batalla que el autor debe buscar, y su exploración
mediante los resortes de la felicidad y la culpa sólo se logran desde aquella
altura; la contemplación que se detiene en el paisaje de la niñez, por hermoso
que sea lo que descubre, no revela el parentesco de su se-riedad con la
tristeza adulta.
Ese tema insoluble fue elegido por André Gide. La
porte étroi-te, la puerta estrecha, no es aquella a través de la cual entran en
el Cielo los virtuosos, sino más bien la que utiliza la infancia. Pero en
61
la realización del niño y en su convertirse en
hombre intervienen fuerzas enteramente nuevas, que no se preparan ni se
encuentran si-no en Dios; no son entonces tema para el arte. Gide trata de
elevar por la fuerza a la niñez hasta que llegue al último Cielo, a Dios; trata
de acuñar su seriedad de la manera más profunda. A pesar de todo no consigue
hacerla recorrer los estados terrenales de la evolución, y el camino del alma
es trazado con arbitrariedad meteórica, por-que lo que se trata de explicar, es
decir la seria y esencial devoción de la niñez, sólo pertenece al recuerdo del
hombre, no al presente de quien aún está creciendo. Gide trata de acortar el
fatigoso cami-no y, como reconoce la fuerza impulsora de la devoción, busca el
impulso entre los niños. Pero trata en vano de hacer visible allí la piadosa
seriedad del impulso, aquella seriedad similar a una ora-ción en medio de la
batalla, y esto es visible. Dostoievski, en cam-bio, muestra en la figura de un
hombre el espejo en que la seriedad y la felicidad del niño reflejan,
igualmente conmovedoras, el aspec-to de la culpa y la felicidad.
El impulso, atrapado en el amor como el aire en una
red, en va-no trata de adquirir una fuerza decisiva. Es previsible que ha de
nau-fragar, o incluso perecer, antes de poder desplegar su propia fuer-za. El
libro trata de un amor infantil que busca el camino del Cie-lo a través de la
puerta estrecha. Cree poder alcanzar ésa, su patria, sólo por el
renunciamiento, un renunciamiento que no se origina en preceptos y valoraciones
eclesiásticas, sino que surge del hálito del impulso mismo, sentido demasiado temprano.
La niña se aparta lenta pero inexorablemente del muchacho, para que él se
dirija hacia Dios. Y esto sucede sin motivo alguno, como si la niña obe-deciera
a una voz. La arbitrariedad de su proceder agobia al mucha-cho y pesa sobre el
lector como un enigma cuya solución no prome-te nada bueno. El lector reconoce
lo que no descubren los persona-jes de la obra: que el proceder de Alisa no
obedece a una revelación, a un mandato irrevocable, sino a una confusión
íntima, es decir a la arbitrariedad.
Por eso, mientras que el libro es inspirado en
todos sus detalles por la consumada verdad del impulso, por una verdad que
revela el anhelo del autor por la vida verdadera, el todo se desmorona
inte-riormente en un solo punto. El acontecer se frustra a sí mismo, y se pone
en evidencia el infinito error del planteo. Alisa, muerta, se lleva a la tumba
una cruz de amatistas que, obsequiada por ella, y preciosa para su amado al
volver a sus manos, selló su separación. Pero después de todo lo sucedido, esa
cruz está de más, y yace allí
62
como un guijarro a los pies de los bienaventurados
en el Cielo. De una manera insidiosa, más aun, trivial, ese pobre emblema de
re-cuerdo delata el vicio de esos acontecimientos. No se atrofian (co-mo todo
lo trivial) en un sentimiento esencialmente falso, sino en un sentimiento que a
causa de su planteo primitivo, se frustra a sí mismo en su expresión.
Gide podía haber encontrado en la niñez lo que
buscaba en ella. Investiga su fondo como un desesperado, pero en ese terreno no
es-tá el tesoro, no está la felicidad misma, sólo aparece su descripción, para
el observador que la conoce. Ese escurrírsele de entre las ma-nos esa
frustración es lo que el mismo Gide sintió, lo que prevé al principio y que, al
final, le hizo lamentarse. Precisamente a esto re-miten sus primeras palabras,
con las cuales quiere evitar que se dé el título de obra a esa historia: D’ autres
en auraient fait un livre. No registra este suceso porque su solución lo haya
conmovido, lo ha-ce porque su frustración lo ha estremecido. Lo registra para
expre-sar el dolor que provoca cualquier agravio —exterior o interior— a la
niñez.
63
VIEJOS LIBROS INFANTILES (1924)
“¿Por qué colecciona usted libros?” ¿Se ha
formulado alguna vez esta pregunta a los bibliófilos para estimular un examen
de concien-cia? Cuan interesantes serían las respuestas, al menos las sinceras.
Pues sólo el no iniciado puede creer que en ese campo no haya na-da que ocultar
o disimular. Soberbia, soledad, amargura, he aquí el lado oscuro de más de un
alma de coleccionista, culta y feliz. To-da pasión muestra, de vez en cuando,
sus rasgos demoníacos; la his-toria de la bibliofilia lo sabe no menos que cualquier
otra. Pero na-da de esto se encuentra en el Credo del coleccionista, de Karl
Ho-brecker, cuya gran colección de libros infantiles se presenta ahora al
público a través de su obra.l Sólo quien haya permanecido fiel al placer que le
brindaban los libros en su infancia puede descubrir co-mo coleccionista el
campo del libro infantil. Esa fidelidad se reve-la en la personalidad afable y
delicada de este autor, se revela en ca-da una de las páginas de su libro. Y
esa fidelidad es el origen de su colección. Cualquier colección similar
necesitará de igual fidelidad para prosperar. Un libro, tal vez tan sólo una
página o, menos aun, una estampa de un anticuado ejemplar, heredado quizá de la
madre o la abuela, puede ser la tierra fértil donde se desarrolle la prime-ra y
delicada raíz de esa afición.
Cuando Hobrecker inició su colección, hace
veinticinco años, los antiguos libros infantiles eran nada más que viejos y
sucios plie-
1 Karl
Hobrecker, Alte vergessene Kinderbücher, Berlín, 1924.
65
gos. Él fue el primero que les ofreció un asilo
donde, al menos, es-tarán a salvo de ser triturados en las fábricas de papel.
Entre los varios millares de libros que llenan sus bibliotecas, algunos
cente-nares han de ser el último ejemplar. Ese primer archivero del libro
infantil no ostenta en manera alguna un aire de austera dignidad al
Portada de una edición alemana de Robinson Crusoe
de comienzos
del siglo XVIII.
ofrecer su obra al público. No busca el
reconocimiento de su labor, sino la participación del lector en la belleza que
le ha revelado. Todo lo erudito, sobre todo un suplemento bibliográfico con
apro-ximadamente doscientos de los títulos más importantes, es acceso-rio y
resulta bienvenido por el coleccionista sin molestar al lector común.
El libro infantil alemán —con estas palabras
introduce el autor su historia— nació en la época de la Ilustración. Los
filántropos pu-sieron a prueba, con su pedagogía, un vasto programa de
formación humanitaria. Si el hombre era piadoso, bueno y sociable por
natu-raleza, debía ser posible convertir al niño, el ser natural por exce-
66
lencia, en el hombre más piadoso, mejor y más
sociable por medio de la educación. Y como en toda pedagogía de orientación
teórica la técnica de la influencia objetiva sólo se descubre tardíamente, y
son las exhortaciones problemáticas las que abren el camino, el li-bro infantil
de las primeras décadas fue edificante, moralista y to-
De Geschichtembuch für die Kinderstube (Libro de
cuentos para
la pieza de las niños) de Franz Hoffmann.
Stuttgart, 1850.
maba el catecismo y la exégesis en el sentido del
deísmo. Hobrec-ker condena severamente esos textos. Su aridez, su falta de
signi-ficación para el niño son innegables. Pero esos errores de antaño son
leves en comparación con las aberraciones que, a causa de la su-puesta empatía
con el ser infantil, están de moda hoy en día: la des-consoladora y
distorsionada alegría de las historias rimadas, los ri-dículos monigotes
ideados por dibujantes poco sutiles que creen in-terpretar al niño. El niño
exige del adulto una representación clara y comprensible, no infantil; y menos
aún quiere lo que éste suele considerar como tal. Dado que el niño comprende
exactamente
67
incluso la seriedad distante y grave, siempre que
ésta salga del co-razón con sinceridad y sin ambages, algo podría decirse
también en favor de esos textos chapados a la antigua. Junto con la cartilla y
el catecismo, el libro infantil se inicia con el léxico intuitivo, el
vocabulario ilustrado o como quiera llamarse al Orbis pictus de Amos Comenius.*
La Ilustración también se apoderó a su manera de este género creando la
monumental Obra elemental de Base-dow.** Este libro es loable en muchas de sus
partes, inclusive en cuanto al texto. Porque, además de una prolija enseñanza
universal que, de acuerdo con la época, expone como corresponde la “utili-dad”
de todas las cosas —desde la de las matemáticas hasta la del equilibrio—,
ofrece cuentos moralistas de una severidad que sue-le caer, voluntariamente, en
lo cómico.
Junto a esas dos obras, hubiera merecido una
mención el poste-rior Bilderbuch für Kinder [Libro de estampas para niños].
Com-prende doce tomos, cada uno con un centenar de grabados colorea-dos; fue
publicado en Weimar bajo la dirección de J. F. Bertuch, desde 1792 hasta 1847.
La esmerada ejecución de esa enciclope-dia ilustrada muestra con qué fervor se
trabajaba entonces para los niños. Otras tantas fuentes para los textos de los
libros infantiles eran el cuento de hadas y la canción, así como, a cierta distancia,
el libro popular y la fábula.
Aun en las obras más anticuadas y tendenciosas de
esa época, un elemento suscita el interés: la ilustración. Ésta se sustraía a
la fis-calización de las teorías filantrópicas de modo que, rápidamente los
artistas y los niños se comunicaron por encima de las cabezas de los pedagogos.
Nada más asombroso que el hecho de que en el siglo
XIX, que de-bido al incremento del saber universal tenía que perder tantos
bie-nes culturales de la centuria anterior, el libro infantil no haya sufri-do
menoscabo, ni en el texto ni en las ilustraciones. Es cierto que
* Johan Amos
Comenius (1592-1671). Teólogo y pedagogo del siglo XVII que influyó
decisivamente en la pedagogía de los siglos posteriores. Exigía una peda-gogía
y una didáctica naturales, así como una estructura escolar uniforme hasta los
24 años. Sus obras enciclopédicas habían de servir a la idea de la civitas dei
(N. del T.).
** Johannes
Bernhard Basedow, pedagogo (1723-1790). En 1774 fundó en Dessau el
Philantropinum, instituto educacional moderno y liberal, del cual fue rector
hasta 1778. El instituto dio su nombre a los filántropos Campe, Salzmann,
Olivier y otros, que luchaban por una renovación de la pedagogía. El
filantropis-mo puede concebirse como un racionalismo pedagógico (N. del T.).
68
obras tan delicadas, tan cultas como las Fábulas de
Esopo, de Vie-na (segunda edición de Müller, Viena, sin fecha), que me siento
fe-liz de poder agregar a la lista de Hobrecker, ya no aparecen desde 1810. No
es precisamente en el refinamiento del grabado y el co-
De Bilderfibel mit mannigfaltigen Ubungen (Cartilla
ilustrada
con ejercicios variados) de F. Zuckschwerdt, 1827.
lorido donde el libro infantil del siglo XIX podría
competir con sus predecesores. Su atracción reside fundamentalmente en su
carácter de documento de una época en la que la antigua manufactura se
en-frenta con los comienzos de nuevas técnicas. A partir de 1840 do-minaba la
litografía, mientras que en los cobres de antes muchas ve-ces encontramos
todavía motivos del siglo XVIII. El Biedermeier, estilo de las décadas del
veinte y del treinta, sólo es característico y nuevo en el color.
69
Pero los fenómenos más notables aparecen hacia el
final del Bie-dermeier, en la década del treinta, junto con el auge de la
civiliza-ción tecnológica y la nivelación de la cultura que ella trajo
consi-go. Ya estaba consumada la desintegración de los órdenes medie-
Dibujo que ilustraba la primer a edición —muy rara
(1845)—
del Struwwelpeter (el desgreñado) de Heinrich
Hoffmann.
“¡Conrado! dijo la mamá/yo saldré y tu te quedas.
Pórtate bien y
sé prudente/hasta que yo vuelva.”
vales de vida, escalonados en esferas. En ese
desmantelamiento, muchas veces habían quedado relegados los elementos más finos
y nobles, y a ello se debe que quien descienda un poco, encuentre pre-cisamente
en los llanos de la literatura —como es el terreno de los libros infantiles—
aspectos que busca en vano en los documentos culturales reconocidos. El
desmoronamiento de todos los estratos y modos de acción espirituales se pone de
manifiesto con suma cla-ridad en la vida de un bohemio de aquellos días a quien
debemos al-gunos de los libros infantiles más perfectos, pero también más ex-
70
traños. Se trata de Johann Peter Lyser, periodista,
poeta, pintor y músico. El Fabelbuch [Fabulario] de A. L. Grimm con
ilustracio-nes de Lyser (Grimma, 1827), el Buch der Märchen für Söhne und Töchter
gebildeter Stände [Libro de cuentos para niños y niñas de las clases cultas],
textos y grabados de Lyser (Leipzig, 1834), y Li-nas Märchenbuch [Libro de
cuentos de Lina], texto de A. L. Grimm, ilustraciones de Lyser (Grimma; sin
fecha), son tres de los libros infantiles más hermosos.
El período que más interesaba a Hobrecker es el de
las décadas que van del cuarenta al sesenta, en Berlín, donde el dibujante
The-odor Hosemann dedicaba su amable talento, ante todo, a la ilustra-ción de
libros para la juventud. Aun en las láminas menos elabora-das, la agradable
frescura del color y la simpática sobriedad en la expresión de las figuras
dejan una impronta que ha de causar pla-cer a todo berlinés nativo. Junto a
Hosemann trabajaban Ramberg, Richter, Speckter, Pocci, sin mencionar a los menores.
Sus xilogra-fías en blanco y negro abren un mundo sui generis a la visión del
niño. En el reino de las estampas no iluminadas el niño se despier-ta; en el de
las coloreadas prolonga sus sueños.
El punto acerca del cual divergirán más fácilmente
las opiniones será la apreciación de los libros juveniles pertenecientes al
último cuarto del siglo XIX. Puede ser que Hobrecker, al condenar su car-goso
tono pedantesco, haya pasado por alto fallas más ocultas de la literatura
infantil posterior. Por otra parte, esa crítica es ajena a su misión. La
soberbia generada por los conocimientos sobre psicolo-gía infantil
—conocimientos que jamás podrán compararse, en cuanto a profundidad y valor
para la vida, con una de las antiguas. pedagogías, como la Levana de Jean Paul—
ha producido una lite-ratura que, con sus vanidosos esfuerzos por atraer la
atención del público, perdió aquel contenido ético que confiere su dignidad aun
a los más frágiles ensayos de la pedagogía clásica. Ese contenido ético fue
suplantado por una dependencia con respecto a las consig-nas de la prensa
diaria. Falta la secreta comunicación entre el arte-sano anónimo y el niño que
contempla la estampa. Cada vez más tanto el escritor como el ilustrador se
dirigen al niño a través del me-dio deshonesto de las preocupaciones y modas
del día. Anida en las estampas un gesto empalagoso que no corresponde al niño,
sino a las ideas corrompidas que de él suelen hacerse. Su forma pierde la noble
sencillez y se vuelve pesada.
71
PANORAMA DEL LIBRO INFANTIL (1926)
Grüne Schmmer schon in Abendrot
[Reflejos verdes en el vespertino arrebol].
C.F. Heinle
En un cuento de Anderson se menciona un libro de
estampas cuyo precio de compra había sido “la mitad del reino”. En él todo
estaba vivo. “Los pájaros cantaban, las personas salían del libro y habla-ban.”
Pero cuando la princesa daba vuelta la hoja “volvían a entrar de un salto para
que no hubiera desorden”. Delicado e impreciso, como tantas cosas que
escribiera Anderson, también esta pequeña fantasía yerra exactamente el quid de
la cuestión. No es que las co-sas emerjan de las páginas, al ser contempladas por
el niño, sino que éste mismo entre en ellas, como celaje que se nutre del
policromo esplendor de ese mundo pictórico. Ante su libro iluminado, prac-tica
el arte de los taoístas consumados; vence el engaño del plano y, por entre
tejidos de color y bastidores abigarrados, sale a un es-cenario donde vive el
cuento de hadas. Hoa, palabra china que sig-nifica “colorear”, equivale a kua,
“colgar”: cinco colores cuelgan de las cosas. En ese mundo permeable, adornado
de colores, don-de todo cambia de lugar a cada paso, el niño es recibido como
ac-tor. Con el ropaje de todos los colores que recoge al leer y mirar, se
interna en una mascarada. Participa en ella al leer —porque tam-bién las
palabras intervienen en esa mascarada, y revolotean en ella cual sonoros copos
de nieve. “Príncipe es una palabra condecora-da con una estrella”, dijo un
muchacho de siete años. Cuando los ni-ños inventan cuentos, son escenógrafos
que no admiten la censura del “sentido”. Es muy fácil hacer la prueba. Si se
les da cuatro o cin-co palabras para que las reúnan rápidamente en una breve
oración, aparecerá la más sorprendente prosa: no una visión del libro infan-
73
til, sino una indicación del camino que lleva hacia
él. Las palabras se disfrazan de un solo golpe, y en un abrir y cerrar de ojos
quedan envueltas en combates, escenas amorosas o trifulcas. Así escriben los
niños sus textos, pero también los leen así. Y existen raras pe-ro apasionantes
cartillas que juegan un juego parecido a través de imágenes. Así, por ejemplo,
en la lámina “A” encontramos una naturaleza muerta que resulta bastante
enigmática, hasta que uno se da cuenta de que en ella están reunidos la anguila,
el abecedario, el águila, el ananá, el armadillo, la araña, el ancla, el ábaco,
el abani-co, el aspa y el arca. Los niños conocen esas estampas como su pro-pio
bolsillo, también hurgaron en ellas y las dieron vuelta de adentro hacia
afuera, sin olvidar el menor trocito o hilito. Y si en el cobre coloreado la
fantasía del niño se hunde en sus propios ensue-ños, la xilografía en blanco y
negro, la ilustración sobria y prosai-ca, lo hace salir de sí mismo. La
imperiosa exigencia de describir el contenido de esas estampas despierta en el
niño la palabra. Pero tal como describe esas imágenes con palabras, así las
“escribe” de hecho, las llena de garabatos. A diferencia de una superficie
colo-reada, la de ellas solo ha sido sombreada someramente, por decir-lo así, y
admite cierta densificación. Así el niño proyecta sobre ellas su imaginación.
Junto con el lenguaje le enseñan la escritura je-roglífica. Signos jeroglíficos
acompañan aún hoy las primeras palabras de la cartilla, delineando los
contornos de las cosas que significan: huevo, sombrero. El auténtico valor de
esos libros infantiles, sencillos y gráficos, se halla pues muy alejado de la
contundente severidad que hizo que los recomendara la pedagogía racionalista.
La forma en que el niño “recuerda un lugarcito”, en que atraviesa su paisaje
pictórico con el ojo y el dedo, está indica-da en estos ejemplares versos
infantiles de un viejo libro de ense-ñanza intuitiva:
Delante del pueblito está sentado un enanito,
detrás del enanito hay una montañita, sobre el arroyito flota un techito, bajo
el techito hay una piecita,
en la piecita hay un muchachito,
detrás del muchachito hay un banquito
sobre el banquito se apoya un armarito,
en el armarito hay una cajita,
esa cajita guarda un nidito,
ante el nidito está sentado un conejito,
74
así recordaré el lugarcito.
J.P. Wich,
Steckenpferd und Puppe,
Nördlingen, 1843
De un modo menos sistemático, más caprichoso y
travieso el ni-ño persigue al “ladrón”, al “alumno haragán” o al “maestro
escon-dido”, en el cuadro–enigma, que disimula una figura entre sus tra-zos.
Esas imágenes, que parecen emparentadas con los dibujos lle-nos de
contradicciones e imposibilidades que hoy se denominan tests, no son otra cosa
que una mascarada, picardías improvisadas, donde las personas se paran sobre la
cabeza, donde piernas y bra-zos se esconden entre ramas y un techo hace las
veces de manta. El bullicio de este carnaval penetra hasta en el ámbito más
riguroso de los abecedarios y libros de lectura. En la primera mitad del siglo
pa-sado, Renner publicó una serie de veinticuatro láminas que presen-tan
disfrazadas, por así decirlo, a las letras mismas. La “F” apare-ce en el ropaje
de un franciscano, la “C” en el de un carnicero, la “T” en la de un torero.*
Ese juego ha gustado tanto que hasta el día de hoy podemos encontrar esos
viejos motivos en diversas transmuta-ciones. Por último, el jeroglífico anuncia
el miércoles de ceniza de ese carnaval, cuando palabras y letras se quitan la
máscara, y des-de el brillante corso, el aforismo, la razón descarnada,
enfrenta a los niños. Ese jeroglífico es de la más noble alcurnia, desciende en
línea recta del Renacimiento, y uno de sus impresos más preciosos, la
Hypnerotomachia Poliphili es, por decirlo así, su carta de hidal-guía. Tal vez
nunca estuvo tan difundido en Alemania como en Francia, donde hacia 1840
estaban de moda bonitas series de sellos con textos jeroglíficos. Con todo,
también los niños alemanes te-nían sus muy atractivos libros de jeroglíficos
“pedagógicos”. De fines del siglo dieciocho, a más tardar, son las
Sittensprüche des Buchs Jesus Sirach für Kinder und junge Leute aus allen Ständen
mit Bildern, welche dievornehmsten Wörter ausdrücken [Máximas morales del Libro
del Eclesiástico para niños y jóvenes de todas las clases, con imágenes que
representan las palabras más importan-tes]. El texto está grabado prolijamente
en cobre, y todos los sus-tantivos que lo permiten están representados por
imágenes hermo-samente pintadas, concretas y alegóricas. Aun en 1842, publicó
Teubner una Pequeña Biblia para niños con 460 ilustraciones de ese tipo. Tanto
el pensamiento y la fantasía como la mano tenían un am-
* Los ejemplos se han adaptado al castellano. (N.
del T.).
75
plio campo de acción en el libro infantil de
antaño. Están los libros de tiras movibles (que son los que más rápidamente
degeneraron y parecen haber tenido una vida más breve en cuanto género y en
cuanto ejemplar), como aquel encantador Livre jou–jou publicado en París por
Janet, probablemente en la década del cuarenta. Es la novela de un príncipe
persa. Todas las vicisitudes de su historia es-tán representadas en imágenes;
en cada una de ellas aparece, como por arte de magia, un acontecimiento fausto
y salvador cuando se mueve la tira desde el margen. De una manera similar están
hechos los libros en que puertas, cortinas, etc., representadas en las
ilustra-ciones, pueden abrirse y descubren otras imágenes que se encuen-tran
detrás.
Por ese mismo camino deben de haber entrado en el
libro aque-llas deliciosas láminas en las que ciertas figuras de cartón podían
ser fijadas en unos cortes disimulados y ser así dispuestas de las maneras más
diversas; como la muñeca para vestir, que halló su no-vela en Isabellens
Verwandlungen oder das Mädchen in sechs Ges-talten. Ein unterhaltendes Buchfür
Mädchen, mit sieben kolorier-ten beweglichen Kupfern, [Las transformaciones de
Isabel o la ni-ña en seis aspectos. Interesante libro para niñas, con siete
cobres coloreados y móviles]. El paisaje o la habitación podían transfor-marse
de acuerdo con las distintas situaciones del cuento. Para los pocos que cuando
niños —o aun como coleccionistas— tuvieron la suerte de encontrar un libro
mágico, todo lo demás habrá perdido importancia en comparación con él. Esos
ingeniosos ejemplares mostraban, según la posición de la mano que los hojeaba,
cambian-tes secuencias. Al iniciado en su manejo, la obra le muestra diez
ve-ces la misma imagen en distintas hojas, hasta que la mano se des-liza, y
entonces, como si el libro se hubiese transformado, aparecen otras tantas
imágenes distintas. Semejante libro (tengo ante mí un ejemplar en cuarto, del
siglo dieciocho) parece contener, según el caso, nada más que un florero,
siempre la misma cara diabólica, luego unos loros, después sólo hojas blancas o
negras, un molino de viento, un bufo, un arlequín, etc. Otro mostraba, según se
lo hojea-ba, series de juguetes, golosinas para el niño bueno y después,
ho-jeándolo de otra manera, instrumentos de castigo y espantajos pa-ra el malo.
El gran florecimiento del libro infantil durante la
primera mitad del siglo pasado surgió no tanto de nociones pedagógicas
concre-tas (que en más de un aspecto eran superiores a las actuales), como de
la misma vida burguesa de esos días. En una palabra: surgió del
76
Biedermeier. Aun en las ciudades más pequeñas había
editores cu-yas obras más corrientes eran tan graciosas como los modestos
muebles de uso diario de aquella época, en cuyos cajones durmie-ron durante
cien años. Por eso no sólo hay libros infantiles de Ber-lín, Leipzig,
Nuremberg, Viena. Para el coleccionista, nombres ta-les como Meissen, Grimma,
Gotha, Pirna, Plauen, Magdeburgo, Neuhaldensleben suenan mucho más promisorios
como lugares de edición. En casi todos ellos trabajaban ilustradores que por lo
ge-neral permanecían anónimos. Pero de vez en cuando uno de ellos es descubierto
y encuentra su biógrafo. Así el caso de Johann Pe-ter Lyser, pintor, músico y
periodista. El Fabulario de A. L. Grimm (Grimma, 1827) con ilustraciones de
Lyser, el Buch der Märchen für Söhne uns Töchter gebildeter Stände [Libro de
cuentos de ha-das para niños y niñas de las clases cultas] (Leipzig, 1834),
texto e ilustraciones de Lyser, y Linas Märchenbuch [Libro de cuentos para
Lina] (Grimma, sin fecha), texto de A. L. Grimm, ilustracio-nes de Lyser,
contienen sus más hermosos trabajos para niños. El colorido de esas litografías
es más apagado que el vivo color del Biedermeier y se adecúa mejor a los
personajes enjutos, a menudo apesadumbrados, al paisaje impreciso, a la
atmósfera hechizada, no exenta de un toque irónico y satánico. La artesanía de
esos libros es-taba íntimamente vinculada con la vida cotidiana del pequeño
bur-gués; no se disfrutaba, se utilizaba, tal como ocurre con las recetas de
cocina, o los refranes. Es la variante popular, más aun, infantil, de los
delirantes desvaríos del Romanticismo. Por eso Jean Paul es su santo tutelar.
El mágico mundo centro–alemán de sus cuentos se refleja en esos cuadritos.
Ninguna poesía está más emparentada que la suya con ese mundo de color,
sumergido en sus propios es-plendores. Porque su ingenio se basa, igual que el
del color, en la fantasía, no en la fuerza creadora. En la visión de los
colores, la aprehensión por medio de la fantasía se muestra como fenómeno
prístino, a diferencia de la imaginación creadora. Porque en toda forma, en
todo contorno que el hombre percibe, se revela él mismo en cuanto posee la
aptitud de producirlo. El cuerpo mismo en la danza, la mano en el dibujo,
reproducen esa forma, ese contorno, y se apoderan de ellos. Mas esa capacidad
llega a su límite en el mun-do del color; el cuerpo del hombre no puede
producir el color. No coincide con él de un modo creativo, sino receptivo,
mediante el ojo que reluce con su color. Además, desde un punto de vista
antropo-lógico, la vista es la línea divisoria de las aguas para los sentidos,
porque aprehende la forma y el color a un tiempo. Y así le pertene-
77
cen, por un lado, las facultades de correspondencia
activa: la visión de la forma y el movimiento, el oído y la voz, y por el otro
las pa-sivas: la visión del color pertenece a la esfera sensorial del olfato y
el gusto. El propio lenguaje reúne ese grupo en los verbos “ver”, “oler”,
“gustar” que tanto se aplican al objeto (intransitivos) como al sujeto humano
(transitivos). En resumidas cuentas: el color pu-ro es el medio de la fantasía,
la nube en que se encuentra a gusto el niño, no el riguroso canon del artista
constructor. El efecto “ético-sensorial” de los colores que Goethe captara tan
conforme al espí-ritu del Romanticismo está vinculado con esto.
Los colores transparentes son ilimitados, tanto en
la luz como en la oscuridad, así como el fuego y el agua pueden considerarse
como su culminación y su abismo... La relación de la luz con el color
trans-parente es infinitamente encantadora, si nos compenetramos de ella, y el
encenderse de los colores, el confundirse unos con otros, el re-sucitar y
desaparecer, se asemeja a un respirar con grandes interva-los, de eternidad en
eternidad, desde la luz más alta hasta la solita-ria y eterna quietud de los tonos
más profundos. Los colores opacos, en cambio, son como flores que no se atreven
a medirse con el cie-lo; no obstante, se vinculan, por un lado, el blanco, con
la debilidad, y por el otro, el negro, con la maldad. Pero precisamente éstos
son capaces[...] de producir variaciones tan amenas y efectos tan natu-rales
que[...] los transparentes, al final, juegan encima de ellos co-mo espíritus y
sólo sirven para hacerlos resaltar.
Con estas palabras, el “suplemento” a la Teoría de
los colores hace justicia al sentir de esos buenos coloristas y por ende
también al espíritu de los mismos juegos infantiles. Recordemos que mu-chos de
éstos se dirigen a la fantasía pura: las pompas de jabón, la húmeda policromía
de la linterna mágica, la acuarela, las calcoma-nías. En todos ellos se cierne,
alado, por encima de las cosas, el color. Porque su embeleso no irradia de la
cosa coloreada, ni del co-lor muerto en sí, sino del reflejo, del brillo, del
rayo de color. Ha-cia el final del panorama del libro infantil, la vista cae
sobre una roca cubierta de flores, al estilo Biedermeier. Apoyado contra una
diosa de color celeste, se recuesta allí el poeta de las manos melo-diosas. Un
niño alado que se encuentra junto a él, anota lo que la musa le inspira.
Dispersos yacen alrededor el arpa y el laúd. Los gnomos tocan la flauta y el
violín en el seno de la montaña. Y en el cielo se pone el sol. Así pintó Lyser
una vez el paisaje cuyo fuego multicolor se refleja en la mirada y las mejillas
de los niños incli-nados sobre los libros.
78
JUGUETES ANTIGUOS (1928)
Sobre la exposición de juguetes del Märkischen
Museum
Desde hace algunas semanas se puede ver en el
Märkischen Mu-seum [Museo de la Marca de Brandeburgo] de Berlín una exposi-ción
de juguetes. Ocupa solamente una sala de medianas dimensio-nes, de lo cual se
infiere que no se trata de mostrar productos sun-tuosos y gigantescos, muñecos
de tamaño natural para los hijos de príncipes, extensas redes ferroviarias, o
enormes caballos de made-ra. Se trata de exhibir, en primer lugar, lo que en
materia de juguetes se producía en el Berlín de los siglos XVIII y XIX con
características propias y, en segundo término, el posible contenido de un cofre
de juguetes bien provisto en el hogar de un ciudadano berlinés de aquella
época. Por eso se ha atribuido un valor especial a aquellas piezas que siguen
siendo propiedad de antiguas familias berlinesas. En segundo lugar se hallan
las piezas de coleccionistas.
Señalemos primeramente con pocas palabras lo
peculiar de esa exposición: no sólo reúne juguetes en el sentido estricto de la
pala-bra sino además material que está muy próximo a los límites de es-te
terreno. ¿En qué otro lugar podrían juntarse tan hermosos juegos de sociedad,
cajas de construcción, pirámides navideñas, cámaras oscuras, además de libros,
estampas y láminas para la enseñanza in-tuitiva? Todos esos detalles, a veces
un tanto insólitos, ofrecen un cuadro total más vivo que el que podría brindar
una exposición sis-temáticamente estructurada. Y se advierte también en el
catálogo la presencia de la misma mano feliz que ordenó la sala. No es és-te
una árida lista de los objetos expuestos, sino un texto coherente,
79
lleno de una precisa documentación referente a cada
una de las pie-zas, pero que contiene también exactas indicaciones acerca de la
edad, fabricación y difusión de grupos enteros de juguetes.
De éstos, el estudiado más detenidamente es
probablemente, desde la monografía publicada por Hampe, del Museo Germánico, el
soldadito de plomo. Delante de atractivos fondos —decorados de teatro de
títeres berlineses— los vemos formando escenas de géne-ro, junto con otras
figuritas burguesas o bucólicas. En Berlín, su fa-bricación se inició
tardíamente. En el siglo XVIII, era negocio de los ferreteros ofrecer los
productos del sur de Alemania. Sólo de eso es posible deducir que el juguetero
propiamente dicho sólo poco a po-co entró en escena, hacia el final de un
período de la más rigurosa especialización comercial. Sus precursores fueron,
por una parte, los vendedores de artículos de tornería, de hierro, papel y
fantasía y, en ciudades y ferias, los buhoneros.
En un nicho con la inscripción “Artículos de
Confitería” encon-tramos un tipo muy especial de figuras. Allí se ve al muñeco
de con-fitura, cuyo recuerdo se ha conservado gracias a los Cuentos de
Hoffmann, junto con monumentos de azúcar y antiguas figuras de pan de miel. En
la Alemania protestante esas cosas desaparecieron; en Francia, en cambio,
incluso en los barrios más apacibles de Pa-rís, el viajero atento puede
encontrar aún dos de las principales fi-guras de esa antigua repostería: bebés
en su cunita, para obsequiar a los niños mayores al llegar un hermanito, y
niños vestidos de pri-mera comunión que rezan arrodillados sobre almohadones de
azú-car celeste o rosa, con un cirio y el libro de oraciones entre las ma-nos,
a veces ante un reclinatorio del mismo material. Parece, sin embargo, que la
variante más alambicada de esas figuras se ha per-dido: eran muñecos chatos de
azúcar, también corazones y otras fi-guras, fáciles de partir en sentido
longitudinal en cuyo centro, don-de se juntaban las dos mitades, había un
papelito que contenía un verso. En la exposición se ve una hoja que muestra
tales poesías de pastelero. Allí leemos:
Meinen ganzen Wochenlohn
Hab mit dir vertanzt ich schon
[Todo el sueldo de la semana
lo gasté contigo en una jarana]
o bien
Hier du kleine Lose
Nimm die Aprikose
80
[Ven, mi bribonzuela,
toma la ciruela]
Esos lapidarios dísticos eran llamados “divisas”,
por ser necesa-rio partir la figura por la mitad para que aparecieran. Así, un
aviso de un diario berlinés, de la época del Biedermeier, reza “La confi-tería
de Zimmerman, en la Königsstrasse, ofrece deliciosas figuras de azúcar de todas
clases, así como otras confituras con divisas. Precios módicos.”
Pero también se encuentran textos muy distintos. La
Gran Sala de Teatro con Piscina de Natke, Palisadenstr. 76, anunciaba: “El
es-parcimiento con buen humor y decoroso ingenio es de reconocida calidad”. El
Teatro de Títeres Autómatas, de Julius Linde, invita a presenciar sus obras más
recientes con estas palabras: “El caballe-ro bandido desollado o Amor y
canibalismo o Corazón y pellejo al horno... Al final, gran ballet artístico de
metamorfosis, durante el cual varias figuras danzantes y otros personajes móviles
sorprende-rán agradablemente al ojo del espectador con sus graciosos y
per-fectos movimientos. Por último, se verá al milagroso perro Pussel.” Aun con
más profundidad que el teatro de títeres, nos introducen en los misterios del
mundo lúdico las cámaras oscuras y los dioramas, mirioramas y panoramas, cuyas
imágenes solían fabricarse en Augsburgo. “Esas cosas ya no se ven”, se oye
decir a menudo al adulto ante la vista de los viejos juguetes. Por lo general,
cree es-to sólo porque se ha vuelto indiferente frente a tales cosas, mientras
que el niño las percibe a cada paso. Pero en este caso, con respec-to a los
juegos panorámicos, tiene razón. Son productos del siglo XIX, que se
desvanecieron junto con él y no pueden separarse de sus peculiaridades.
Actualmente, los juguetes antiguos adquieren
importancia des-de muchos puntos de vista. Son tema fructífero para el
folklore, el psicoanálisis y la historia del arte. Pero esto no es la única
causa de que la pequeña sala de exposición nunca esté vacía y de que, ade-más
de los colegios, muchos centenares de adultos la visitaran en las últimas
semanas. Tampoco se debe esto a la presencia de asom-brosas piezas primitivas,
aunque ellas por sí solas serían suficien-tes para que el snob patrocinara esa
exposición. Nos referimos no sólo a títeres de cartón, ovejitas de lana que
delatan ser producto de pobres industrias domésticas que durante mucho tiempo
se mantu-vieron independientes de las normalización industrial, ni a los
plie-gos de aleluyas de Neuruppin con sus famosas escenas en colores
81
chillones, sino además, por no mencionar más de una
cosa, a las lá-minas encontradas hace poco en el desván de una escuelita de la
Marca. Pertenecen a un tal Wilke, maestro sordomudo, quien las hi-zo para niños
sordos. Su dramatismo es tan angustiante, que el te-mor causado por ese mundo
sin atmósfera coloca a la persona nor-mal en peligro de perder por algunas
horas la vista y el oído.
Más allá vemos piezas talladas y pintadas, obras de
un pastor de mediados del siglo pasado. Los tipos pertenecen ya a la vida
pro-fana, ya a la bíblica, y todos ellos son híbridos de modelos en mi-niatura
de personajes de la Danza Macabra de Strindberg y de esos seres inanimados de
tela que en los parques de diversiones, entro-nizados en el fondo de algunos
puestos, sirven de blanco a pelotas de madera.
Todo esto constituye, por cierto, un atractivo para
los adultos, pero no es el único, ni el decisivo. Es conocida la escena de la
fa-milia reunida bajo el árbol de Navidad: el padre profundamente concentrado
en jugar con el trencito que acaba de regalar al hijo, mientras éste lo observa
llorando. Si el adulto se ve invadido por se-mejante impulso de jugar, ello no
es producto de una simple regre-sión a lo infantil. Es cierto que el juego
siempre libera. Rodeados de un mundo de gigantes, los niños al jugar crean uno
propio, más pequeño; el hombre, brusca y amenazadoramente acorralado por la
realidad, hace desaparecer lo terrorífico en esa imagen reducida. Así le resta
importancia a una existencia insoportable y ello ha con-tribuido en gran manera
al creciente interés que han despertado des-de el fin de la guerra los juegos y
libros infantiles.
No todos los nuevos estímulos que a la sazón
recibió la industria del juguete la han favorecido. La remilgada silueta de las
figuras de madera esmaltada que, entre tantos objetos antiguos aparecen en una
de las vitrinas representando la producción moderna, no se des-taca
ventajosamente; muestra en realidad cómo un adulto imagina un juguete, y no lo
que el niño exige de un muñeco. En este caso re-sultan útiles para fines de
comparación. En la habitación de los ni-ños no sirven.
Más interesantes son las curiosidades antiguas,
entre ellas un muñeco de cera del siglo XVIII, que se parece enteramente a un
mo-derno muñeco de carácter. Probablemente sea acertada la suposi-ción que me
comunicó en una conversación el director del Museo, señor Stengel, organizador
de la exposición, en el sentido de que se trataría del retrato de cera de un
bebé. Hemos tardado mucho en dar-nos cuenta de que los niños no son hombres y
mujeres en escala re-
82
ducida, y los muñecos muestran ese error de
concepto. Es sabido que hasta el vestido infantil empezó a distinguirse de la
indumen-taria del adulto. Ello sucedió en el siglo XIX. A veces parece que el
nuestro ha dado un paso más y, lejos de ver en los niños pequeños hombres o
mujeres, ni siquiera está totalmente dispuesto a conside-rarlos pequeños seres
humanos. Se ha descubierto el lado cruel, grotesco y sombrío de la vida
infantil. Mientras piadosos pedago-gos siguen entregándose a sueños
rousseanianos, escritores como Ringelnatz, pintores como Klee, captaron el
aspecto despótico e in-humano de los niños. Los niños son duros y están alejados
del mun-do. Frente a todas las sensiblerías del Biedermeier, Mynona acier-ta
más que nunca con su proposición del año 1916:
Si los niños han de ser hombres cabales algún día,
no debemos ocultarles nada de lo humano. Su inocencia se encarga, de por sí, de
crear las necesarias barreras, y más tarde, cuando éstas vayan ce-diendo poco a
poco, lo nuevo penetrará en almas preparadas. Los pe-queños se ríen de todo,
aun de los lados sombríos de la vida; preci-samente, esa hermosa extensión de
la alegría hace que su luz alcan-ce zonas por lo general privadas de ella y que
sólo por eso resultan tan tristes. Logrados atentados terroristas en miniatura,
contra prín-cipes que se parten en dos, pero pueden curarse; grandes tiendas
que sufren incendios, robos y hurtos, muñecos–víctimas que pueden su-frir las
muertes más diversas, y sus correspondientes muñecos-ver-dugo, con todos los
instrumentos especiales, la guillotina y la hor-ca. ... Mis chicos, por lo
menos, no quisieran prescindir de todo es-to.
Es cierto que ese tipo de juguetes no se encuentra
en la exposi-ción. Pero una cosa no debe olvidarse: la rectificación más eficaz
del juguete nunca está a cargo de los adultos —sean ellos pedago-gos,
fabricantes o literatos— sino de los niños mismos, mientras juegan. Una vez
descartada, despanzurrada, reparada y readoptada, hasta la muñeca más
principesca se convierte en una camarada pro-letaria muy estimada en la comuna
lúdica infantil.
83
HISTORIA CULTURAL DEL JUGUETE (1928)
La moderación constituye el principio de la obra de
Karl Gröber Kinderspielzeug aus alter Zeit [Juguetes infantiles de tiempos
re-motos].1 El autor se abstiene de tratar el juego infantil y, limitándo-se
expresamente a su material concreto, se dedica a la historia del juguete. Se
concentra sobre el ciclo cultural europeo, tal como lo re-comienda no tanto el
tema como la extraordinaria solidez de su plan de trabajo. Si Alemania es el
centro geográfico de Europa, también ha sido el centro espiritual en el terreno
del juguete. Porque buena parte de las piezas más hermosas que aún hoy
encontramos en los museos y en los cuartos de los niños pueden considerarse
como un obsequio que Alemania ha hecho a Europa. Nuremberg es el lugar de
nacimiento de los soldaditos de plomo y de la acicalada fauna del Arca de Noé.
La casa de muñecas más antigua que se conoce proviene de Munich. Incluso el que
no quiera saber nada de prio-ridades, que en este caso tienen poca importancia,
admitirá que los muñecos de madera de Sonneberg, los “arbolitos de viruta” del
Erz-gebirge, la fortaleza de Oberammergau, los almacenes, las sombre-rerías y
la fiesta del trigo con figuras de estaño hechas en Hanno-ver constituyen
muestras insuperables de sobria belleza.
Los cierto es que esos juguetes, en un principio,
no fueron inven-tados por fabricantes especializados, sino que nacieron en
talleres
1 Karl Gröber:
Kinderspielzeug aus alter Zeit. Eine Geschichte des Spielzeugs, Berlín, 1928.
85
de tallistas de madera, de fundidores de estaño,
etc. Sólo en el si-glo XIX la fabricación de juguetes llega a convertirse en
una indus-tria especializada. El estilo y la belleza de los tipos más antiguos
só-lo se explican por el hecho de que los juguetes eran anteriormente un
subproducto de las numerosas industrias artesanales que, res-tringidas por la
reglamentación gremial, sólo podían fabricar lo que específicamente pertenecía
a su ramo. Cuando más tarde, durante el siglo XVIII, surgieron los rudimentos
de una fabricación especia-lizada, chocaron por todas partes contra las
barreras de los gremios. Estos prohibían al tornero pintar sus muñequitos, y
obligaban a las distintas industrias, cuando se trataba de fabricar juguetes de
diver-sos materiales, a dividirse entre sí aun los trabajos más sencillos, con
lo cual encarecían la mercadería.
Se sobrentiende que por ello la distribución de los
juguetes al por menor, en un principio, tampoco era obra de determinados
merca-deres. Se compraban animales de madera en el taller del tornero, se
adquirían los soldados de plomo en el del calderero, las figuras de confituras
en el negocio del pastelero, las muñecas de cera en ca-sa del fabricante de
velas. En cambio, no sucedía lo mismo en cuan-to al comercio intermediario,
mayorista.
También el negocio del distribuidor aparece en
primer término en Nuremberg. Allí, los exportadores del lugar empezaron a
com-prar los juguetes producidos por los artesanos de la ciudad y sobre todo
por la industria doméstica de los alrededores para distribuir-los entre los
minoristas. Más o menos al mismo tiempo, el avance de la Reforma obligó a
muchos artistas, que antes habían trabaja-do para la Iglesia, “a adaptarse a la
demanda de objetos artesanales y a producir, en vez de obras de gran tamaño,
pequeños objetos de arte para el hogar”. A esto se debe la enorme difusión de
ese mun-do de cosas minúsculas que en aquel entonces era fuente de alegría para
los niños en las arcas de juguetes y para los adultos en las “cá-maras de arte
y maravillas” y, a través de la fama que adquirieron esas “chucherías de
Nuremberg”, el predominio de los juguetes ale-manes en el mercado mundial, que
se ha mantenido inalterado has-ta el día de hoy.
Si consideramos la historia del juguete en su
totalidad, el tama-ño parece tener una importancia mucho mayor de lo que se
pudie-ra creer en un primer momento. Pues en la segunda mitad del siglo XIX,
cuando comienza la definitiva decadencia de esas cosas, obser-vamos cómo los
juguetes se van agrandando, cómo van perdiendo su sencillez, su delicadeza.
¿Sólo ahora se le da al niño su propio
86
cuarto para jugar, una biblioteca donde pueda
guardar sus libros se-paradamente de los que leen sus padres? No cabe duda, los
tomos antiguos, con sus formatos pequeños, exigían mucho más entraña-blemente
la presencia de la madre. Los modernos tomos en cuarto, con su insulsa y
estirada ternura, están destinados más bien a hacer olvidar su ausencia. Se
inicia una emancipación del juguete; cuanto más se impone la industrialización,
tanto más se sustrae al control de la familia, volviéndose cada vez más extraño,
tanto para los niños como para los padres.
Pero en la falsa sencillez del nuevo juguete
subyacía el auténtico anhelo de reconquistar lo primitivo, el estilo de una
industria doméstica que precisamente en aquella época luchaba por su
exis-tencia, en Turingia y en el Erzgebirge, cada vez más desesperada-mente.
Quien estudia las estadísticas de los salarios de esas indus-trias, sabe que se
están acercando a su fin. Esto es doblemente lamentable si se tiene en cuenta
que no hay material más apropiado para los juguetes que la madera, por su
resistencia y la facilidad con que absorbe la pintura. Cabe señalar que ese
punto de vista, el más superficial de todos —la cuestión de técnicas y
materiales—, es el que más ayuda a penetrar al espectador en el mundo del
juguete. Gröber lo pone de relieve de manera sumamente gráfica e instruc-tiva.
Si además pensamos en el niño que juega, podemos hablar de una antinomia. Por
un lado, nada se adecua más al niño que la com-binación de los materiales más
heterogéneos en sus construcciones: piedra, plastilina, madera, papel. Por el
otro, nadie es más sobrio que el niño frente a los materiales: un trocito de
madera, una piña, una piedrita llevan en sí, pese a su unidad, a la simplicidad
de su sus-tancia, un sinnúmero de figuras diversas.
Y cuando los adultos fabrican para los niños
muñecos de corteza de abedul o de paja, cunas de cristal, barcos de estaño,
están inter-pretando a su manera el sentir de ellos. Madera, huesos, tejidos,
ar-cilla, son las materias más importantes en ese microcosmo, y todas ellas ya
se utilizaban en aquellos tiempos patriarcales en que los ju-guetes aún
constituían la parte del proceso de producción que unía a padres e hijos. Más
tarde se agregaron los metales, el vidrio, el pa-pel e incluso el alabastro.
Sólo las muñecas poseían los senos de ala-bastro cantados por los poetas del
siglo XVII, y más de una vez tu-vieron que pagar ese lujo con su frágil
existencia.
En una reseña sólo podemos señalar someramente la
densidad de ese trabajo, la profundidad de su planteo, la atractiva objetividad
de su presentación. Quien no lea atentamente esa obra ilustrada con lá-
87
minas técnicamente perfectas, en el fondo no sabe
lo que es el juguete, y mucho menos lo que significa. Es cierto que este último
interrogante rebasa los márgenes de la obra para entrar en una cla-sificación
filosófica de los juguetes. Mientras dominó un rígido na-turalismo, no existió
la posibilidad de mostrar el verdadero rostro del niño que juega. Puede ser que
hoy ya estemos en condiciones de superar el error fundamental de considerar la
carga imaginativa de los juguetes como determinante del juego del niño; en
realidad, sucede más bien al revés. El niño quiere arrastrar algo y se
convierte en caballo, quiere jugar con arena y se hace panadero, quiere
escon-derse y es ladrón o gendarme. Por añadidura conocemos algunos ju-guetes
antiquísimos que prescinden de toda máscara imaginativa (es posible que, en su
tiempo, hayan sido objetos de culto): la pe-lota, el arco, el molinete de
plumas, el barrilete, son todos objetos genuinos, “tanto más genuinos cuanto
menos le dicen al adulto”. Porque cuanto más atractivos, en el sentido común de
la palabra, son los juguetes, tanto menos “útiles” son para jugar; cuanto más
ilimitada se manifiesta en ellos la imitación, tanto más se alejan del juego
vivo. Son características, en este sentido, las diversas casas de muñecas
presentadas por Gröber. La imitación—así podríamos formularlo— es propia del
juego, no del juguete.
Pero también es cierto que no describiríamos ni la
realidad ni el concepto del juguete si tratáramos de explicarlo únicamente en
fun-ción del espíritu infantil. Pues el niño no es un Robinson; los niños no
constituyen una comunidad aislada, sino que son parte del pue-blo y de la clase
de la cual proceden. Así es que sus juguetes no dan testimonio de una vida
autónoma, sino que son un mudo diálogo de señas entre ellos y el pueblo. Un
diálogo de señas para cuya com-prensión la mencionada obra ofrece un seguro
fundamento.
88
JUGUETES Y JUEGO (1928)
Comentario sobre una obra monumental
Uno demora mucho en iniciar la lectura de este
libro, tanto fascina el espectáculo del inmenso mundo de juguetes que la parte
ilustrada exhibe ante el lector: regimientos, carrozas, teatros, literas,
vajilla, todo reproducido en tamaño liliputiense. Ya era hora de descubrir el
árbol genealógico de los caballitos de madera y de los soldadi-tos de plomo, de
describir la arqueología de los almacenes y casas de muñecas. Esto se da, con
todas las garantías científicas y sin pe-dantería archivológica, en el texto de
este libro, cuyo nivel no es en nada inferior al de la parte ilustrada. Es una
obra de una sola pieza que no delata en ningún momento el esfuerzo que exigió
su confec-ción; ahora que existe, no se comprende cómo se ha podido pres-cindir
de ella.
Por lo demás, la inclinación hacia tales
investigaciones es una tendencia de la época. El Museo Germánico de Munich, el
Museo de Juguetes de Moscú, la sección juguetería del Museo de Artes
De-corativas de París —creaciones todas ellas de un pasado reciente o del
presente— señalan que por doquier, y probablemente por bue-nas razones, está
despertando el interés por los juguetes bien he-chos. Tocó a su fin la era de
los muñecos de carácter, en que los adultos se valían de presuntas necesidades
infantiles para satisfacer sus propias necesidades pueriles; los moldes del
individualismo es-
1 Karl Gröber, Kinderspielzeug aus alter Zeit. Eine
Geschichle des Spielzeugs, Berlín, 1928.
89
quemático de las artesanías y la imagen del niño
dada por la psico-logía del individuo —que, en el fondo, tan bien se entendían
entre sí— cedieron a la presión de fuerzas internas. Al mismo tiempo se dieron
los primeros pasos para salir del círculo mágico de la psico-logía y el
esteticismo. El arte popular y la cosmovisión infantil habían de comprenderse
como configuraciones colectivas.
Jinete de arcilla de Rodas (siglo II a C.).
En términos generales, la obra a que nos referimos
corresponde a ese estado más reciente de la investigación, en la medida en que
se pueda exigir una actitud teórica a una obra de índole documental. De hecho,
debe tratarse de una transición hacia una determinación más precisa de las
cosas. Pues así como el mundo de la percepción del niño muestra por todas
partes las huellas de la generación an-terior y se enfrenta con ellas, lo mismo
ocurre con sus juegos. Es im-posible confinarlos a una esfera de fantasía, al
país feérico de una infancia o un arte puros. El juguete no es imitación de los
útiles del adulto, es enfrentamiento, no tanto del niño con el adulto, sino más
bien al revés. ¿Quién da al niño los juguetes si no los adultos? Y si bien el
niño tendrá la libertad de rechazar las cosas, no pocos de los
90
juguetes más antiguos (pelotas, aros, molinetes de
plumas, barri-letes) le habrán sido impuestos, por decirlo así, como enseres de
culto que sólo más tarde se transformaron en juguetes; gracias a la fuerza con
que afectaban la imaginación, se prestaban por cierto pa-ra ello.
La suposición de que la necesidad misma de los
niños determi-na, sin más, el carácter de los juguetes contiene, pues, un gran
error. Una obra reciente, por demás meritoria, comete un desatino cuan-do cree
poder explicar el sonajero del bebé diciendo que: “Por re-gla general, el oído
es el primero de los sentidos que pide ocupar-se...” Desde los tiempos más
remotos el sonajero o matraca ha si-do un instrumento para ahuyentar a los
malos espíritus y precisa-mente por eso se le ha dado al recién nacido. ¿No
estará también equivocado el autor de la obra que estamos comentando, cuando
afirma:
El niño sólo quiere en su muñeco lo que ve y
reconoce en el adulto. Por eso, hasta el siglo XIX, se quería siempre una
muñeca vestida con las ropas del adulto. La criatura en pañales o el bebé, que
predomi-nan hoy en día en el mercado de juguetes, faltaban por completo.
No, esto no se debe a los niños. Para el niño que
juega, la muñe-ca puede ser niña o adulta, y como ser subordinado, seguramente
más a menudo una niña. Lo que sucedía era que hasta el siglo XIX se desconocía
al bebé en tanto ser dotado de espíritu; por otra par-te, el adulto era el
ideal del educador, quien trataba de formar a los niños a su imagen. Ese
racionalismo que veía en el niño un adulto en miniatura, que hoy es recordado
con una sonrisa de superioridad, por lo menos otorgaba su derecho a la seriedad,
que es la esfera ade-cuada al niño. El “humor” subalterno del juguete, en
cambio, se presenta junto con los tamaños grandes, como expresión de la
in-seguridad que el burgués no es capaz de vencer cuando se enfren-ta con el
niño. La alegría forzada, nacida de una conciencia de cul-pa, se expresa
perfectamente en las tontas deformaciones. Quien tenga ganas de ver el rostro
del capital encarnado en la mercancía sólo tiene que recordar la juguetería
típica hasta hace cinco años, que sigue siendo la regla en las pequeñas
ciudades. El clima bási-co es de diabólico alborozo. La misma máscara parecía
sonreír sar-dónicamente desde las cajas de juegos de sociedad o en el rostro de
los muñecos de carácter, parecía atraer desde la negra boca del ca-ñón o hacer
oír su risita falsa en los ingeniosos “vagones de acci-
91
dentes” que, al producirse la catástrofe
ferroviaria, se deshacían las partes previstas.
Muñeca alemana (Rococó).
Pero apenas hubo desaparecido de este terreno la
maldad mili-tante, el carácter clasista de este tipo de juguetes apareció en
otro lugar. La “sencillez” llegó a ser el lugar común de las artesanías. Pe-ro,
en cuanto a los juguetes se refiere, la verdadera sencillez no se halla en las
formas, sino en la transparencia del proceso de fabrica-ción. De modo que no es
posible juzgarla en función de un canon abstracto, sino que varía en las
distintas regiones y no tiene nada que ver con la forma, tanto menos cuando
algunas técnicas —so-bre todo la talla— pueden desplegar toda su juguetona
arbitrarie-dad en un objeto sin volverse de manera alguna incomprensibles.
Anteriormente, la genuina y natural sencillez de los juguetes no se debía a la
construcción formalista, sino a la técnica. Pues precisa-mente los juguetes
permiten reconocer con toda claridad un rasgo característico de todo arte
popular: la combinación de una técnica refinada con la utilización de
materiales preciosos es imitada por una técnica primitiva que trabaja con
material más burdo. Porce-lanas de las grandes manufacturas zaristas, que de
alguna manera fueron a parar a aldeas rusas, servían de modelo para muñecos y
es-cenas de género tallados en madera. El estudio moderno del folk-lore ha
abandonado desde hace mucho la creencia de que lo más pri-mitivo es
indefectiblemente lo más antiguo. Muchas veces lo que se llama arte popular no
es otra cosa que bienes culturales de una
92
clase dominante, que han naufragado y renacen al
ser recogidos por un grupo social más numeroso.
No es el menor mérito de la obra de Gröber el haber
mostrado a to-das luces que los juguetes están así condicionados por la cultura
económica, y sobre todo técnica, de las colectividades.
Pero si hasta el día de hoy los juguetes han sido
considerados por demás como creaciones para el niño, si no del niño, el jugar
conti-núa siendo considerado, a su vez, desde el punto de vista demasia-do
adulto de la imitación. Es innegable que se necesitaba esa enci-clopedia del
juguete para reavivar la teoría del juego, que nunca volvió a tratarse en su
conjunto desde que Karl Groos publicara, en 1899, su importante obra Spiele der
Menschen [Juegos humanos]. Tendría que estudiarse en primer lugar ese “gestaltismo
de los ges-tos lúdicos”, los más significativos de los cuales fueron señalados
hace poco (el 18 de mayo de 1928) por Willy Haas; primero: el ga-to y el ratón
(todos los juegos de persecución); segundo: la hembra que defiende la nidada
(por ejemplo el arquero de fútbol, el tenis-ta); tercero: la pelea entre dos
animales por la presa, el hueso, el ob-jeto sexual (la pelota de fútbol, de
polo, etcétera). Debería investi-gar, además, la enigmática dualidad de aro y
palo, peonza y látigo, pelota y paleta, el magnetismo originado entre ambas
partes. Pro-bablemente surja lo siguiente: antes que en los transportes del
amor, entramos en la existencia y el ritmo a menudo hostil y no compe-netrado
de otro ser humano; lo experimentamos tempranamente con los ritmos primitivos,
que se manifiestan en sus formas más simples en esos juegos con cosas
inanimadas. O mejor dicho, son precisamente esos ritmos lo que desde más
temprano nos permiten captarnos a nosotros mismos.
Por último, semejante estudio tendría que
profundizar en la gran ley que, por encima de todas las reglas y ritmos
aislados, rige sobre el conjunto del mundo de los juegos: la ley de la
repetición. Sabemos que para el niño esto es el alma del juego, que nada lo
ha-ce más feliz que el “otra vez”. El oscuro afán de reiteración no es menos
poderoso ni menos astuto en el juego, que el impulso sexual en el amor. No en
vano creía Freud haber descubierto en él un “más allá del principio del
placer”. En efecto, toda vivencia profunda busca insaciablemente, hasta el
final, repetición y retorno, busca el restablecimiento de la situación
primitiva en la cual se originó. “To-do podría lograrse a la perfección, si las
cosas pudieran realizarse dos veces”; el niño procede de acuerdo con este verso
de Goethe. Pero para él no han de ser dos veces, sino una y otra vez, cien, mil
93
veces. Esto no sólo es la manera de reelaborar
experiencias primi-tivamente terroríficas mediante el embotamiento, la
provocación traviesa, la parodia, sino también la de gozar una y otra vez, y
del modo más intenso, de triunfos y victorias. El adulto libera su cora-zón del
temor y disfruta nuevamente de su dicha, cuando habla de ellos. El niño los
recrea/vuelve a empezar. La esencia del jugar no es un “hacer de cuenta
que...”, sino un “hacer una y otra vez”, la transformación de la vivencia más
emocionante en un hábito.
Porque el juego, y ninguna otra cosa, es la partera
de todo hábi-to. Comer, dormir, vestirse, lavarse, tienen que inculcarse al
peque-ño en forma de juego, con versitos que marcan el ritmo. El hábito entra
en la vida como juego; en él, aun en sus formas más rígidas, perdura una pizca
de juego hasta el final. Formas irreconocibles, petrificadas, de nuestra
primera dicha, de nuestro primer horror, eso son los hábitos. Aun el más árido
de los pedantes juega, sin sa-berlo, en forma pueril, no infantil; tanto más
juega allí donde se muestra más pedante. Pero no recordará sus juegos. Sólo
para él permanecerá muda una obra como ésta. Un poeta moderno dice que para
cada hombre existe una imagen cuya contemplación le hace olvidarse del mundo
entero: ¿cuántos no la encontrarán en una vie-ja caja de juguetes?
94
CALLE DE MANO ÚNICA (1926-28)
[Extractos]
¡VUELVE! ¡TE PERDONAMOS!
Como alguien que ejecutara el gran molinete en la
barra horizontal, así uno mismo hace girar, cuando muchacho, la rueda de la
fortu-na, de la cual tarde o temprano saldrá el premio mayor. Pues úni-camente
lo que ya sabíamos o practicábamos a los quince años constituirá algún día
nuestro atractivo. Por eso hay una cosa que nadie puede recuperar jamás: el no
haber escapado de su casa. De cuarenta y ocho horas de abandono en esos años
nace, como en una lejía, el cristal de la felicidad de la vida.
OBRA
Es necio cavilar pedantescamente sobre la
confección de objetos— medios visuales, juguetes o libros— que sean adecuados
al niño. Esta es, desde la época de la Ilustración, una de las especulaciones
más enmohecidas de los pedagogos. Su embeleso con la psicología les impide
reconocer que el mundo está lleno de objetos incompa-rables para la atención y
ejercitación de los niños; objetos muy es-pecíficos. Los niños tienden, de una
manera muy especial, a acudir a todo lugar de trabajo donde visiblemente se manejen
cosas. Se sienten irresistiblemente atraídos por los desechos de la edifica-
95
ción, del trabajo en la huerta o la casa, de la
confección de vestidos o de muebles. En los residuos ven el rostro que el mundo
de las co-sas les muestra precisamente a ellos, y sólo a ellos. No tanto porque
con ellos reproduzcan las obras de los adultos, sino más bien por-que con las
cosas que se hacen jugando entre sustancias de muy di-versa índole crean una
nueva y caprichosa relación. Así los niños se forman su propio mundo objetivo,
pequeño entre lo grande. Se deberían tener presentes las normas de ese pequeño
mundo de ob-jetos si lo que se desea es crear específicamente para los niños, y
no hacer que la propia actividad —con todos sus requisitos y todo su
instrumental— se abra camino hacia ellos.
AMPLIACIONES
Niño que lee. De la biblioteca del colegio se
recibía algún libro. En los grados inferiores, los libros se repartían, y sólo
muy de vez en cuando, uno se atrevía a expresar un deseo. A menudo se veían en
otras manos, con envidia, libros que uno mismo deseaba. Final-mente, uno
recibía el suyo. Durante una semana, uno se entregaba por entero al torbellino
del texto que lo envolvía suave y silencio-so, denso e incesante como copos de
nieve. Uno se internaba con infinita confianza. ¡El silencio del libro llamaba
y llamaba! El con-tenido no era tan importante. Porque la lectura coincidía con
la épo-ca en que aún uno mismo inventaba historias en la cama. El niño tra-ta
de seguir los caminos imprecisos de esas historias. Se tapa los oí-dos mientras
lee; el libro está sobre la mesa, demasiado alta, y una mano descansa siempre
sobre la hoja. Todavía lee las aventuras del héroe en el torbellino de las
letras como si distinguiera los contor-nos de una figura y percibiera el
contenido de un mensaje entre los remolinos de una tormenta de nieve. Su
aliento se confunde con la atmósfera de los acontecimientos, y todos los
personajes lo respi-ran. El niño se mezcla mucho más íntimamente con los
personajes que el adulto. El acontecer y las palabras cambiadas lo afectan en
lo más hondo, y cuando se levanta, todo él se ha impregnado de lo leído.
Niño que llega tarde. El reloj del patio de la
escuela le parece de-teriorado por su culpa. Marca “tarde”. Y sale al pasillo,
frente a las puertas de las aulas, a través de las cuales se desliza un
murmullo
96
como de secreta liberación. Detrás de las puertas
el maestro y los alumnos son amigos. O está todo en silencio, como si esperaran
a alguien. Pone la mano sobre el picaporte en forma imperceptible para el oído.
El sol empapa el lugar donde él está parado. Entonces profana el día verde y
abre. Oye tabletear la voz del maestro como una rueda de molino. Se detiene
ante el juego de las muelas. La ma-traca de la voz conserva su ritmo, pero los
mozos lo descargan aho-ra todo en el recién llegado; diez, veinte pesadas
bolsas le llegan vo-lando y tiene que llevarlas al banco. Cada hilacha de su
abrigo es-tá blanca de polvo. Cual alma en pena a medianoche, hace ruido con
cada paso, y nadie lo ve. Cuando por fin está sentado en su lugar par-ticipa en
silencio hasta que toca el timbre. Pero falta la bendición.
Niño que golosinea. A través de la puerta
entreabierta de la despen-sa, su mano avanza como un enamorado por la noche.
Una vez que se ha orientado en la oscuridad, tantea el azúcar o las almendras,
las pasas de uva o la jalea. Así como el amante abraza a su chica antes de
besarla, el sentido del tacto tiene una cita con las golosinas an-tes que la
boca saboree su dulzura. ¡Cómo se adaptan suavemente a la mano la miel, los
puñados de pasas y hasta el arroz! ¡Qué apa-sionado el encuentro de dos que,
por fin, se han liberado de la cu-chara! Agradecida y salvaje, como la muchacha
que uno ha rapta-do de la casa paterna, se entrega al gusto la mermelada de
frutilla, sin pan y en libertad, y hasta la manteca responde con ternura a la
audacia de un pretendiente que penetró en su aposento de niña. La mano, juvenil
Don Juan, ha entrado pronta en todas las celdas y aposentos, dejando atrás
capas que se escurren y masas que fluyen: virginidad que se renueva sin
lamento.
Niño que anda en calesita. El tablado con sus
complacientes ani-males gira a poca distancia del suelo. Es la altura que mejor
nos per-mite soñar que volamos. Se inicia la música y el niño se aleja a
sa-cudones de la madre. Primero tiene miedo de separarse de ella, pero después
se percata de su propia fidelidad. Cual soberano fiel está entronizado sobre un
mundo que le pertenece. Por la tangente, árboles e indígenas forman fila.
Entonces, en un oriente, vuelve a aparecer la madre. Luego se levanta de la
selva una cima que el ni-ño ya vio hace miles de años, como acaba de verla en
la calesita. Su animal lo quiere: como mudo Anón se desliza sobre su mudo pez;
un Zeus–toro de madera lo secuestra como a una Europa inmacula-da. El eterno
retomo de todas las cosas se ha convertido, mucho ha,
97
en sabiduría infantil, y la vida llegó a ser
prístina embriaguez de poder, con el retumbante organillo en el centro como
tesoro de la Corona. Cuando la música se hace más lenta, el espacio empieza a
tartamudear, y los árboles tratan de recordar. La calesita se convier-te en
terreno inseguro. Y surge la madre, el poste muchas veces cho-cado en el cual
el niño, al aterrizar, arrolla la cuerda de sus miradas.
Niño desordenado. Cada piedra que encuentra, cada
flor arranca-da y cada mariposa cazada son para él comienzo de una colección, y
todo lo que posee es para él una sola colección. En él, esa pasión muestra su
verdadero rostro, la adusta mirada de indio que en los anticuarios,
investigadores o bibliómanos sólo sigue ardiendo em-pañada y maníaca. Apenas
entra en la vida, el niño es ya cazador. Caza los espíritus, cuya huella husmea
en las cosas; entre espíritus y cosas transcurren años en que su campo visual permanece
libre de seres humanos. Le sucede como en los sueños: nada es permanen-te; todo
le ocurre —cree él—, acaece, le pesa. Sus años de nóma-de son horas en la selva
de los ensueños. Desde allí arrastra la presa al hogar, para limpiarla,
consolidarla, quitarle el hechizo. Sus ca-jones tienen que convertirse en
arsenal y zoológico, museo policial y cripta. “Ordenar” equivaldría a destruir
un edificio lleno de espi-nosas castañas que son luceros, de papeles de estaño
que son un tesoro de plata, cubos de madera que son ataúdes, cactus que son
tó-tems y monedas de cobre que son escudos. Hace tiempo que el ni-ño presta
ayuda en el ropero de la madre, en la biblioteca del padre, pero en su propio
ámbito sigue siendo aún el huésped errante e in-seguro.
Niño escondido. Ya conoce todos los escondrijos de
la casa, y vuel-ve a ellos como a un hogar donde uno está seguro de encontrarlo
to-do como antes. Le palpita el corazón; retiene la respiración. Aquí se halla
encerrado en el mundo material. Se le hace inmensamen-te preciso, se le acerca
de una manera inefable. Sólo el reo, en el mo-mento de la ejecución, se da
cuenta de lo que son la soga y la ma-dera. El niño oculto detrás del cortinado
se convierte, él mismo, en una cosa blanca movida por el viento, en fantasma.
La mesa del co-medor, debajo de la cual se acuclilló, lo transforma en ídolo de
ma-dera de un templo en el cual las patas talladas son cuatro columnas. Y
detrás de una puerta, él mismo es puerta, la lleva cual máscara pe-sada, y como
sacerdote hechicero embrujará a todos lo que entren sin sospechar nada. Por
nada del mundo debe dejarse encontrar. Le
98
dicen que si hace muecas, es suficiente que el
reloj dé la hora para que su cara quede deformada. En su escondite sabe qué hay
de ver-dad en tal cosa. Quien lo descubra hará que se petrifique como ídolo
debajo de la mesa, que quede entretejido para siempre como fantas-ma con la
cortina, que permanezca confinado para toda la vida en el interior de la pesada
puerta. Por eso, cuando lo toca quien lo bus-ca, deja escapar con un estridente
grito al demonio que así lo trans-figuró para que no fuese hallado; más aun, no
espera ese momen-to, lo anticipa con un grito de autoliberación. Por eso la
lucha con el demonio no lo cansa. Y el hogar es arsenal de máscaras. Pero una
vez por año hay regalos en los lugares secretos, en las cuencas va-cías de sus
ojos, en su rígida boca. La experiencia mágica se con-vierte en ciencia. Como
un ingeniero, el niño desencanta el sombrío hogar paterno y busca huevos de
Pascua.
FILATELISTA
A través de un prismático dado vuelta, el niño
contempla la lejana Liberia, que se extiende con sus palmeras detrás de su
pequeña fa-ja de mar, así la muestran las estampillas. Navega con Vasco da
Ga-ma alrededor de un triángulo, que tiene dos lados iguales como la esperanza,
y cuyos colores cambian según el tiempo que haga: prospecto turístico del Cabo
de Buena Esperanza. Cuando ve el cis-ne de las estampillas australianas, es
siempre —aun en los valores azules, verdes y pardos— el cisne negro que sólo
vive en Austra-lia y que allí se desliza sobre las aguas de un estanque como en
el océano más tranquilo.
Las estampillas son las tarjetas de visita que las
grandes nacio-nes dejan en la pieza de los niños.
Transformado en Gulliver, el niño viaja a través de
los países y pueblos de sus estampillas. La geografía e historia de los
liliputien-ses, toda la ciencia del pequeño pueblo, todos sus números y
nom-bres, le son infundidos en el sueño. Participa en sus negocios, asis-te a
sus purpúreos mitines, observa la botadura de sus barquitos y celebra los
aniversarios de sus testas coronadas, entronizadas de-trás de los zarzales.
99
PROGRAMA DE UN TEATRO INFANTIL PROLETARIO (1928)
NOTA INTRODUCTORIA
Todo movimiento proletario, una vez salvado de la
discusión par-lamentaria, ve ante sí a la nueva generación como la potencia más
fuerte y también la más peligrosa de las muchas fuerzas a las cua-les se halla
expuesto repentinamente y sin estar preparado. La au-toconfianza de la
estulticia parlamentaria se origina precisamente en el hecho de que los adultos
permanecen relacionados entre sí. En los niños, en cambio, las frases huecas no
influyen para nada. En un año se puede lograr que los niños de todo el país las
repitan. Pero la cuestión es cómo lograr que dentro de diez o veinte años se
cum-pla con el programa del partido. Y en esto las palabras rimbomban-tes no
contribuyen nada.
La educación proletaria tiene que levantarse sobre
el programa del partido, mejor dicho sobre la conciencia de clase. Pero el
programa del partido no es un instrumento para la educación de la conciencia de
clase, porque la ideología, de por sí importantísima, al niño le llega
únicamente como frase huera. Simplemente pregun-tamos y continuaremos
preguntando con qué instrumentos se cuen-ta para educar la conciencia de clase
de los niños proletarios. De-jaremos de lado en lo que sigue, la enseñanza
científica; porque mu-cho antes de poder enseñar a los niños la técnica, la
historia de cla-ses, la elocuencia, etc., en forma proletaria, es necesario
educarlos en forma, proletaria. Empezamos a los tres años cumplidos.
101
La educación burguesa de los niños pequeños es
asistemática a causa de la situación de clase de la burguesía. Por supuesto que
és-ta tiene su sistema educacional. Pero lo inhumano de sus conteni-dos se
revela en el hecho de que fracasan ante la temprana niñez. A esa edad, sólo lo
veraz puede surtir un efecto productivo. La edu-cación proletaria de los niños
pequeños tiene que distinguirse de la burguesa ante todo por el sistema. Y en
este caso, sistema quiere de-cir marco. Sería un estado insoportable para el
proletariado si, co-mo sucede en los jardines de infantes de la burguesía, cada
seis me-ses entrara en su pedagogía un método nuevo con los últimos
refi-namientos psicológicos. En todos los terrenos —y la pedagogía no es una
excepción— el interés por el “método” es una actitud típi-camente burguesa, es
la ideología del “seguir mal que bien como hasta ahora” y de la pereza. De
modo, pues, que la educación pro-letaria necesita, antes que nada y sin falta,
un marco, un ámbito ob-jetivo dentro del cual educar. No necesita, como la
burguesía, una idea para la cual educar.
Fundamentaremos aquí por qué el marco de la
educación prole-taria, desde los tres hasta los trece años cumplidos, es el
teatro in-fantil proletario.
La educación del niño debe abarcar toda su vida.
La educación proletaria debe realizarse dentro de
un espacio li-mitado.
He aquí la dialéctica positiva de la cuestión.
Ahora bien, como la vida entera, en su abundancia infinita, aparece única y
exclusi-vamente en el teatro dentro de un marco y como espacio; por eso el
teatro infantil proletario es para el niño proletario el lugar de edu-cación
dialécticamente fijado.
ESQUEMA DE LA TENSIÓN
No consideraremos si el teatro infantil, del cual
hablaremos ahora, mantiene o no una relación precisa con el gran teatro en los
puntos culminantes de su historia. En cambio, afirmamos con toda energía que
ese teatro nada tiene en común con el de la burguesía actual. El teatro de la
burguesía de hoy tiene un condicionamiento económi-co, está determinado por el
lucro. Desde un punto de vista socio-lógico es, delante y detrás de bastidores,
fundamentalmente un ins-trumento de sensación. No así el teatro infantil
proletario. Así como
102
la primera acción de los bolcheviques fue levantar
en alto la ban-dera roja, así su primer instinto los llevó a organizar a los
niños. En el seno de esa organización, y como su centro, se desarrolló el
tea-tro infantil proletario, tema fundamental de la educación bolchevi-que. La
contraprueba, que no deja resquicio, es el hecho de que nada considera la
burguesía más peligroso para los niños que el teatro. Esto no es tan sólo un
efecto residual del viejo espantajo del come-diante vagabundo que secuestraba a
los niños. Lo que se expresa, más bien, en esta resistencia es la angustiada
conciencia de que el teatro despierta la poderosa fuerza del futuro en los
niños. Y esa conciencia hace que la pedagogía burguesa proscriba el teatro.
Cuál no sería su reacción si sintiera de cerca el fuego que en los niños
producen realidad y juego amalgamados y confundidos de tal modo que los
sufrimientos representados pueden convertirse en verdaderos y que las bofetadas
simuladas se convierten en reales.
Sin embargo, las funciones de ese teatro no son,
como las de los grandes teatros burgueses, la meta específica del esforzado
traba-jo colectivo que se realiza en los clubes infantiles. Allí, las
funcio-nes se producen como de paso, podría decirse por descuido, casi co-mo
una travesura de los niños, que de esa manera interrumpen el es-tudio que, por
principio, nunca termina. El director concede poca importancia a esos finales.
A él le interesan las tensiones que se re-suelven en tales funciones. Las tensiones
del trabajo colectivo son las que educan. Ese sistema prescinde del precipitado
trabajo edu-cativo, tardío e inmaduro, que el régisseur burgués verifica en el
ac-tor burgués. ¿Por qué? Porque en el club infantil no podría mante-nerse
ningún director que intentara, de manera típicamente burgue-sa, influir en los
niños directamente como “personalidad moral”. Allí no existe influencia moral.
Tampoco existe influencia directi-va. (Y en éstas se basa la régie del teatro
burgués.) Lo único que cuenta es la influencia indirecta del director sobre los
niños por me-dio de materiales, tareas, actos. Los inevitables equilibramientos
y correcciones surgen de la propia colectividad infantil. A ello se debe que
las funciones del teatro infantil causen en los adultos el efecto de una
auténtica instancia moral. Un público que se sintie-ra superior no tendría
lugar posible frente al teatro infantil. El que todavía no se haya idiotizado
por completo tal vez sienta ver-güenza.
Pero esto tampoco nos lleva adelante. Los teatros
infantiles pro-letarios, para ser fructíferos, exigen inexorablemente un ente
colec-tivo como público. En una palabra: la clase. Por otra parte, sólo la
103
clase obrera posee el sentido infalible de la
existencia de entes co-lectivos. Tales entes colectivos son el mitin, el
ejército, la fábrica. Pero también lo son los niños. Y es privilegio de la
clase obrera el prestar mucha atención al ente colectivo infantil, al que la
burgue-sía no podrá ver jamás. Ese cuerpo social irradia no sólo las fuer-zas
más potentes, sino también las más actuales. De hecho, la ac-tualidad de la
creación infantil no tiene igual. (Remitimos a las ex-posiciones más recientes
de dibujos infantiles.)
Al restar importancia a la “personalidad moral” del
director, se libera una fuerza enorme, que favorece la esencia misma de la
edu-cación: la observación. Sólo ella constituye el núcleo de un amor no
sensiblero. Cualquier amor pedagógico que no pierda —en nueve de cada diez
casos— el coraje y las ganas de corregir, al observar la vida infantil, carece
de efectividad. Es sensiblero y vano. Para la observación, en cambio —y con
ella empieza la educación— toda acción y todo gesto infantil se convierten en señal.
No tanto en se-ñal del inconsciente, de lo latente, reprimido, censurado, como
pre-tende el psicólogo, sino en señal de un mundo en el que el niño vi-ve y
manda. El conocimiento del niño, que se ha ido gestando en los clubes
infantiles rusos, ha permitido formular el postulado de que el niño vive en su
mundo como un dictador. Por eso, la “teoría de las señales” es más que una mera
palabra. Casi todo gesto infantil es orden y señal de un medio del cual sólo
unos pocos hombres ge-niales abrieron una perspectiva. El primero de ellos fue
Jean Paul.
La misión del director consiste en liberar las
señales infantiles del peligroso reino mágico de la mera fantasía y llevarlas
hacia su realización en lo material. Esto se lleva a cabo en los distintos
de-partamentos. Sabemos —para hablar tan sólo de la pintura— que también en esa
actividad infantil lo esencial es el gesto. Konrad Fiedler fue el primero en
demostrar, en sus Schriften über Kunst [Escritos sobre el Arte], que el pintor
no es un hombre de visión más naturalista, poética o estática que otra gente.
Es un hombre que ve más de cerca con la mano allí donde el ojo no alcanza, que
transmi-te la inervación receptora de los músculos ópticos a la inervación
creadora de la mano. Todo gesto infantil es una inervación creado-ra
exactamente relacionada con la inervación receptiva. Incumbe a los distintos
departamentos desarrollar ese gesto infantil hacia las diversas formas de
expresión, hacia la confección de utilería, pin-tura, recitación, música, danza
e improvisación.
En todas ellas, la improvisación es el núcleo
central; en última instancia, la representación teatral no es más que la
síntesis impro-
104
visada de ellas. La improvisación es lo
predominante; ella es el es-tado de ánimo del cual surgen las señales, los
gestos señaladores. La representación teatral tiene que ser la síntesis de esos
gestos, pre-cisamente porque sólo en esa síntesis se halla esa súbita unicidad
que constituye el espacio genuino del gesto infantil. Lo que se obtiene de los
niños por la fuerza, como “rendimiento” acabado, nunca puede compararse, en
cuanto a autenticidad, con la improvi-sación. El aristocrático diletantismo que
buscaba esas “realizacio-nes artísticas” de los pobres educandos, al final sólo
llenaba sus armarios y memorias con baratijas, que se cuidaban con gran pie-dad
para atormentar después a los propios hijos en memoria de la juventud de los
padres. Lo que persigue toda realización infantil no es la “perpetuidad” de los
productos, sino el “momento” del gesto. El teatro, por ser arte perecedero, es
infantil.
ESQUEMA DE RESOLUCIÓN
El objeto de la labor pedagógica en los
departamentos es la repre-sentación teatral como resolución de la tensión. Allí
el director de-saparece por completo. Porque ninguna sabiduría pedagógica es
capaz de prever cómo los niños reunirán, con mil variantes sorpren-dentes, sus
gestos y sus habilidades en una totalidad teatral. Si pa-ra el actor
profesional el estreno no pocas veces es momento para hallar las más felices
variantes del papel estudiado, en el niño con-duce a su pleno poder al genio de
la variación. La representación es, en oposición a la ejercitación pedagógica,
la liberación radical de un juego ante el cual el adulto sólo puede ser
espectador.
Los apuros de la pedagogía burguesa y de la
burguesía en desa-rrollo se revelan últimamente en el movimiento de “cultura
juve-nil”. Esa nueva tendencia intenta ocultar el dilema que plantean las
exigencias de la sociedad burguesa (como las de toda sociedad po-lítica) frente
a las energías de la juventud, que jamás pueden des-pertarse políticamente en
forma directa. Esto se refiere sobre todo a las energías infantiles. La
“cultura juvenil” trata ahora de realizar este desesperado compromiso: elimina
el entusiasmo juvenil por medio de reflexiones idealistas acerca de sí mismo, a
efectos de sus-tituir clandestinamente las ideologías formales del idealismo
ale-mán por contenidos de la clase burguesa. El proletariado no debe acercar a
los jóvenes a sus intereses de clase utilizando los medios
105
espurios de una ideología destinada a someter la
sugestibilidad in-fantil. La disciplina que la burguesía exige a los niños es
su estig-ma de ignominia. El proletariado sólo disciplina a los proletarios
adolescentes; su educación ideológica de clase empieza con la pubertad. La
pedagogía proletaria demuestra su superioridad al garantizar a los niños la
realización de su niñez. Pero no por eso el ámbito donde esto se realiza ha de
estar aislado del escenario de las luchas de clases. En forma de juego, sus contenidos
y símbolos pue-den —y quizá deben— encontrar muy bien su lugar. Pero no pue-den
asumir un dominio formal sobre el niño, ni lo pretenderán. Por eso el
proletariado puede abstenerse también de la utilización de las mil palabrejas
con que la burguesía disimula las luchas de clases en su pedagogía. Se podrá
prescindir de prácticas “imparciales”, “comprensivas”, “empáticas”, así como de
las educadoras llenas de “amor al niño”.
La representación teatral es la gran pausa creadora
en la obra educacional. Es en el reino de los niños, lo que el carnaval era en
los cultos antiguos. Se invierten los términos, y así como en las sa-turnales
romanas el amo servía al esclavo, durante la función están los niños en el
escenario para enseñar y educar a los atentos educa-dores. Aparecen nuevas
fuerzas, nuevos impulsos que el director a menudo no conocía, que sólo ahora,
en esa salvaje liberación de la fantasía infantil, y no durante el trabajo,
llega a conocer. Los niños que han hecho teatro de esa manera se han liberado
en tales repre-sentaciones. Su niñez se realiza jugando. No arrastran un lastre
que más tarde inhibirá, con sus plañideros recuerdos de infancia, una actividad
libre de sentimentalismo. Al mismo tiempo, ese teatro es el único que sirve al
espectador infantil. Cuando los adultos hacen teatro para niños, resultan de
ello tonterías.
En ese teatro infantil vive una fuerza que
aniquilará el gesto seu-dorrevolucionario del más reciente teatro burgués. Pues
no es ver-daderamente revolucionaria una propaganda de ideas que, de vez en
cuando, estimulan acciones irrealizables y desaparecen ante la primera
reflexión sobria a la salida del teatro. Verdaderamente re-volucionaria es la
señal secreta de lo venidero que se revela en el gesto infantil.
106
ABECEDARIOS DE HACE CIEN AÑOS (1928)
No hay palacio real o mansión de millonario que
haya experimen-tado la milésima parte del cuidado ornamental que merecieron en
el curso de la historia de la cultura, las letras del alfabeto, a la vez por la
alegría por lo bello y por rendirles honor. Pero también con intención astuta.
Las letras del alfabeto constituyen los estípites de una puerta en la que
podrían grabarse perfectamente las palabras que Dante leyera en la puerta del
Infierno, sólo que en este caso su áspera forma originaria no debería
atemorizar a los muchos niños que deben atravesarla. Cada uno de estos pilares
era así adornado con guirnaldas y arabescos. Pero sólo más tarde se comprendió
que no se facilitaban las cosas para el niño revistiendo los esqueletos de las
letras con decoraciones y más decoraciones para hacerlas más atrayentes.
Al mismo tiempo, las letras empezaron a reunir en
torno de sí a una corte de objetos. Los más ancianos de nosotros hemos visto
pender de la letra S un sombrero listo para usar, la tranquila laucha roedora
de la L y hemos aprendido a reconocer la R como la par-te más espinosa de la
rosa. Con el vibrante fervor por los pueblos extranjeros, por la infancia y por
los marginados que recorrió el Ilu-minismo europeo y con la irradiación de ese
humanismo del que el Clasicismo [die Klassik] sólo representa el eclipse, se
proyecta de pronto en los libros de lectura una luz totalmente diversa. Los
pe-queños objetos empleados con afán ilustrativo que hasta ese mo-
107
mentó habían vagado embarazados alrededor de las
letras que se las daban de patrones o que habían sido amasados en cajitas,
compri-midos como las ventanas de las casas burguesas del siglo XVIII, die-ron
imprevistamente soluciones revolucionarias. Los Amen [nodri-zas] los Apotheker
[farmacéuticos], los Artilleristen [artilleros], las Adler [águilas] y las
Affen [monas], los Kinder [niños], los Kellner [mozos], los Katzen [gatos], los
Kegeljungen [recogedores de bo-los], las Köchinnen [cocineras], las Karpfen
[carpas], los Uhrma-cher [relojeros], Ungarn [Hungría], los Ulanen [ulanos] se
recono-cieron solidarios. Anunciaron grandes reuniones, hicieron sus comparsas
delegaciones de todas las A, las B, las C y así sucesiva-mente, y se dirigieron
tumultuosamente a sus asambleas. Si Rous-seau afirma que toda soberanía
proviene del pueblo, estas láminas lo anuncian en tonos claros y decididos: “El
espíritu de las letras proviene de las cosas. En estas letras nos hemos
expresado a no-sotros mismos, nuestro modo de ser–así–y–no–de–otro–modo.
Noso-tros no somos sus vasallos, ellas son más bien expresión sensible de
nuestro común deseo”.
108
UNA PEDAGOGÍA COMUNISTA (1929)
La psicología y la ética son los polos en torno a
los cuales se agru-pa la pedagogía burguesa. No hay que suponer que ésta se ha
estan-cado. Obran en ella fuerzas diligentes y a veces importantes. Pero no
pueden evitar que el pensamiento de la burguesía —en éste co-mo en todo los
ámbitos— esté escindido de una manera no dialéc-tica y desgarrado en sí mismo.
Por un lado, está el problema de la naturaleza del educando: psicología de la
infancia, de la adolescen-cia; por el otro, el objetivo de la educación; el
hombre íntegro, el ciudadano. La pedagogía oficial es el método que adapta
entre sí a esos dos elementos —la predisposición natural, abstracta, y el ideal
quimérico— y sus adelantos siguen la tendencia a sustituir, cada vez más, la
violencia por la astucia. La sociedad burguesa parte del supuesto de la
existencia de una niñez o adolescencia absolutas, a las cuales asigna el
nirvana de los Wandervögel* y de los boyscouts, así como del supuesto de un ser
humano y un ciudadano absolutos a los cuales adorna con los atributos de la
filosofía idealista. En re-alidad se trata de disfraces, relacionados entre sí,
del conciudada-no útil, socialmente confiable y consciente de su casta. He
aquí, pues, la índole inconsciente de esa educación a la cual correspon-de una
estrategia de insinuaciones y empatías. “Los niños nos ne-
* Wandervögel
(aves de paso) era la denominación de ciertas agrupaciones ju-veniles —en un
principio sólo de colegios secundarios—, que constituían algo muy similar a los
modernos mochileros. (N. de T.)
109
cesitan más que nosotros a ellos” es la inconfesada
máxima de esa clase que subyace tanto en las especulaciones más sutiles de su
pe-dagogía, como en su práctica de procreación. La burguesía ve en su prole al
heredero; los desheredados ven en la suya auxiliadores, vengadores,
liberadores. Es ésta una diferencia bastante dramática. Sus consecuencias
pedagógicas son incalculables.
La pedagogía proletaria no parte, en primer lugar,
de dos datos abstractos, sino de uno concreto. El niño proletario nace en el
seno de su clase. Mejor dicho, desciende de su clase y no de su familia. Es,
desde un principio, un elemento de esa descendencia, y su fu-turo no está
determinado por ningún objetivo educacional doctrina-rio, sino por la situación
de la clase. Esa situación lo encierra desde el primer momento, ya en el
vientre de su madre; la vida y el con-tacto con ella serán muy propicios para
agudizar desde un principio su conciencia, a través de la escuela de la
indigencia y el sufrimien-to. Y ésta se convierte en conciencia de clase.
Porque la familia pro-letaria no brinda al niño mejor protección contra la
cortante comprensión de lo social que le brinda su desilachado abriguito de
verano contra el cortante viento invernal. Edwin Hoernle1 ofrece suficientes
ejemplos de organizaciones infantiles revolucionarias, de huelgas escolares
espontáneas, de huelgas de niños en la cose-cha de la papa, etc. Lo que
distingue su pensamiento aun del más sincero y mejor de la burguesía es que
toma en serio no solamen-te al niño, a su naturaleza, sino también su situación
social, que pa-ra el “reformador escolar” nunca llegará a constituir un
verdadero problema. A éste dedicó Hoernle el agudo párrafo final de su libro,
que menciona a los “reformadores escolares austromarxistas” y al “idealismo
pedagógico seudorrevolucionario” que protestan con-tra la “politización del
niño”. Pero —señala Hoernle—, ¿cuál es la función oculta pero precisa, de la
escuela primaria y profesional, el militarismo y la Iglesia, las asociaciones
juveniles y los explorado-res, si no la de ser instrumentos para una formación
antiproletaria de los proletarios? A todo eso se opone la educación comunista,
no de manera defensiva, por cierto, sino como función de la lucha de clases. De
la lucha de la clases por los niños que le pertenecen y pa-ra los cuales ella
existe.
La educación es una función de la lucha de clases,
pero no sólo esto. De acuerdo con el credo comunista constituye el
aprovecha-miento total del medio dado al servicio de los objetivos revolucio-
1 Edwin
Hoernle, Grundfragen der proletarischen Erziehung, Berlín, 1929.
110
narios. Como ese medio no sólo es lucha, sino
también trabajo, la educación se presenta al mismo tiempo como educación
revolucio-naria para el trabajo. El libro alcanza su máximo grado de interés al
referirse al programa de esa educación revolucionaria. Al mismo tiempo
introduce en el programa de los bolcheviques un punto de-cisivo. En la era de
Lenin tuvo lugar en Rusia el significativo en-frentamiento entre partidarios de
la educación politécnica y de la educación monotécnica. ¿Especialización o
universalismo del tra-bajo? La respuesta del marxismo es: universalismo. Sólo
el hom-bre que experimenta los más diversos cambios en el medio; sólo aquel que
vuelve a movilizar sus energías al servicio de la clase en cualquier ambiente,
logrará esa disposición universal para la ac-ción que el programa comunista
opone a lo que Lenin llama “el rasgo más repugnante de la vieja sociedad
burguesa”: el divorcio entre la práctica y la teoría. La audaz e imprevisible
política de los rusos con respecto a la mano de obra es enteramente el producto
de esa nueva universalidad, no humanista y contemplativa, sino acti-va y
práctica: la universalidad del estar dispuesto. Las incalculables posibilidades
de utilización del trabajo humano liso y llano, esas posibilidades que el capital
demuestra al explotado a toda hora, se revierten en un nivel más alto bajo la
forma de formación politéc-nica del hombre, en oposición a la especialización.
Estos son prin-cipios de la educación de las masas, cuya fecundidad para la de
los jóvenes es palpable.
Sin embargo no es fácil aceptar sin reservas la
formulación de Hoernle según la cual la educación de los niños no se distingue
esencialmente de la de las masas adultas. Semejantes aseveracio-nes nos hacen
ver cuan deseable, más aun necesario, hubiera sido complementar la exposición
política así presentada con una expo-sición filosófica.
Pero faltan, por cierto, las bases preliminares
para una antropo-logía marxista, dialéctica, del niño proletario. (Así como el
estudio del proletariado adulto tampoco ha adelantado gran cosa desde los días
de Marx).
Esa antropología no sería otra cosa que un
enfrentamiento con la psicología del niño, que tendría que ser sustituida por
los detalla-dos protocolos —elaborados según los principios de la dialéctica
materialista— de las experiencias hechas en los jardines de infan-tes
proletarios y en los grupos infantiles, en teatros infantiles y en ligas de
exploradores. El manual comentado debería ser completa-do cuanto antes con
ellos.
111
Es un manual, en efecto, pero es más. En Alemania
no existe nin-guna literatura marxista ortodoxa, fuera de la política y
económica. Es ésta la causa principal de la sorprendente ignorancia de los
in-telectuales —incluso los de la izquierda— en cuanto a las cuestio-nes
marxistas. El libro de Hoernle demuestra, en uno de los temas más elementales,
la pedagogía, con autoridad y agudeza, qué es el pensamiento marxista ortodoxo
y a dónde conduce. Hay que tener-lo presente.
112
JUGUETES RUSOS (1930)
En un principio, los juguetes de todos los pueblos
fueron produc-to de la industria doméstica. El primitivo caudal de formas del
ba-jo pueblo, de campesinos y artesanos, constituye, hasta el día de hoy, una
base segura para el desarrollo del juguete infantil. Esto no tiene nada de
extraño. En el juguete está presente el espíritu que da origen a los productos,
todo su proceso de elaboración y no sólo su resultado; es natural que el niño
comprenda un objeto de manufac-tura rústica mejor que otro procedente de un
complicado proceso industrial. De paso sea dicho, éste es también el núcleo de
la mo-
Caballito de madera. Talla en madera de la
gobernación de Vladimir.
derna y razonable aspiración de fabricar juguetes
“primitivos”. Pe-ro nuestros creadores artesanales no deberían olvidar con
tanta fre-cuencia que el efecto de lo primitivo no llega a los niños a través
de formas de construcción esquemáticas, sino a través de toda la con-
113
figuración de su muñeco o perrito, en tanto puedan
imaginarse có-mo fueron hechos. Es esto, precisamente, lo que quiere saber, lo
que le permite establecer una relación viva con sus cosas. Y dado que esto es
lo importante con respecto a los juguetes, puede decirse que, entre todos los
europeos, tal vez únicamente los alemanes y los ru-sos posean el genio del
juguete propiamente dicho.
Modelo en madera de una máquina de coser (trabajo
de campesino). Al dar vuelta a la manivela el clavo sube y baja, produciendo el
ruido rítmico de la máquina de coser.
Son por todos conocidos, no sólo en Alemania sino
en el mun-do entero (la industria alemana del juguete es la más internacional
de todas), los minúsculos muñequitos y animalitos, las casitas de campo en una
caja de fósforo, las arcas de Noé y los rediles de ove-jas que se producen en
las aldeas de Turingia y del Erzgebirge y también en los alrededores de
Nuremberg. Pero el juguete ruso sue-le ser desconocido. Su producción está poco
industrializada, y fue-ra de las fronteras rusas apenas se ha difundido poco
más que la es-tereotipada figura de la baba, ese trocito cónico de madera que,
pin-tado de muchos colores, representa una campesina.
De hecho, los juguetes rusos son los más ricos y
variados de to-dos. Los 150 millones de almas que habitan el país se
distribuyen entre centenares de grupos étnicos, y todos esos pueblos poseen una
artesanía más o menos primitiva, más o menos evolucionada. Así es que hay
juguetes pertenecientes a centenares de lenguajes mor-fológicos y
confeccionados con los más diversos materiales. Ma-dera, arcilla, hueso, tela,
papel maché, aparecen solos o combina-dos. La madera es el más importante de
esos materiales.
114
Coche con dos caballos. Talla en madera
de la gobernación de Vladimir (alrededor de 1860).
Casi por doquier existe en ese país de grandes
bosques una maes-tría incomparable en su tratamiento, en la talla, en la
pintura y en el esmaltado. Desde los sencillos títeres de madera de sauce,
blanca y blanda, las vacas, cerdos y ovejas, tallados en forma realista, has-ta
los cofrecillos artísticamente pintados y esmaltados de vivos co-lores, en que
se hallan representados el campesino en su troika, la-bradores reunidos en
derredor del samovar, segadoras o leñadores durante el trabajo, e inclusive grupos
monstruosos, representacio-nes plásticas de viejas sagas y leyendas, los
juguetes y chucherías de madera llenan negocio tras negocio en las calles más
elegantes
Izquierda: samovar (amarillo, rojo y verde) para
árbol de
Navidad. Derecha: tamborilero, mueve el brazo
y hace ruido cuando se da vuelta la manivela
115
de Moscú, Leningrado, Kiev, Jarkov y Odesa. La
colección más grande es la del Museo de Juguetes de Moscú. Tres vitrinas
exhi-ben juguetes de arcilla del norte de Rusia. La expresión rústica, ro-
Cascanueces. Imitación en madera de
una figura de mayólica.
Gobernación de Moscú (alrededor de 1860)
busta, de esos muñecos contrasta bastante con su
textura sumamen-te frágil. Pero han sobrevivido sanos y salvos el largo viaje.
Y es bueno que hayan encontrado un asilo seguro en el museo de Mos-
Muñeco de paja, 6 pulgadas de altura (Tobolsk). Se
confecciona en verano durante la cosecha y se guarda seco. Reminiscencia de un
antiquísimo fetiche de mieses.
116
cú. Pues quién sabe hasta cuándo esa manifestación
del arte popu-lar podrá resistir a la marcha triunfal de la técnica que
atraviesa la Rusia moderna. Dicen que la demanda de ese tipo de objetos se
es-tá extinguiendo, por lo menos en las ciudades. Pero seguramente estarán
todavía vivos, allí arriba, en sus tierras, seguirán siendo mo-delados en la
casa del labriego, después de la jornada, pintados con colores vivos, y
cocidos.
117
ALABANZA DE LA MUÑECA (1930)
Comentarios críticos a Puppen und Puppenspiele1
[Muñecas y títeres] de Max von Boehn
Los libros de Max von Boehn son de aquellos a los
que, de buen gra-do, se designa como “fuente de conocimientos”. Por supuesto no
lo son en el sentido fuertemente original que poseen las obras de un Görres,
Bastian o hasta un Borinski que, en parte, contienen toda-vía elementos de
primera mano. Pero también el libro de Boehn po-see la plétora de material, la
confusión que a veces parece intencio-nal, la predilección por lo lejano y
desconocido que, con el desnu-do encanto del material, constituyen la esencia
de un tipo de libro científico anticuado, que sólo los pedantes mirarán con
desprecio. Si a esto se suma —al igual que en los muy difundidos libros de
mo-da de este autor— una serie de láminas en vivos colores, es natu-ral que la
disposición a leer y contemplar surja rápidamente. Y es-ta disposición de ánimo
no abandona al lector ni siquiera por efec-to de algunas reflexiones críticas
que el texto sugiera, a veces con bastante insistencia.
La primera se refiere a la exposición. Podría
considerarse como la objeción más superficial; sin embargo basta para definir
lo cues-tionable de grandes partes de la obra. Esa monótona serie de oracio-nes
simples (en algunas páginas se cuentan siete y hasta diez, una tras otra)
reproduce lingüísticamente la actitud con que un guía de turismo (más que el
propietario) muestra al público las joyas de un gabinete de curiosidades, que
para él ya han perdido todo su mis-
1 Dos tomos,
Munich, 1929.
119
terio. Es cierto que compenetrarse con ese material
inmenso no es nada fácil; y en este caso, la marea crece en forma
particularmen-te peligrosa, porque los principios de selección científica no
armo-nizan mucho con el carácter de los libros de Boehn. No obstante (o quizá
precisamente por eso; porque aquí no se puede exigir la per-fección) nos causa
una cierta molestia ver cómo en las partes dedi-cadas a la actualidad, la
producción artística y artesanal, ligada a los nombres de sus creadores, es
puesta de relieve en demasía, en de-trimento de la creación anónima que aún
existe. El interés no sólo se concentra en Käte Kruse, Lotte Pritzel (cuyas
características aparecen muy bien definidas) y Marion Kaulitz,* sino también en
otras figuras de méritos más dudosos. Y cuando vemos reproduci-das diez muñecas
de porcelana de Nymphenburg,** nos pregunta-mos dónde quedan los
extraordinarios muñecos de arcilla que no provienen de ninguna manufactura
estatal, sino de las manos de los campesinos de la gobernación rusa de Wjatka.
En lugar de los mu-ñecos de trapo, divertidos pero superfluos, que se colocan
sobre los discos fonográficos, nos gustaría ver los deshollinadores,
verdule-ras, cocheros, panaderos y colegialas, confeccionados con papeles
pegados, que en Riga se compran por pocos céntimos en juguete-rías y
papelerías. Más que el histérico exotismo de los muñecos Relly de Milán, nos
interesa el exotismo simple de los muñecos bar-celoneses, que en vez de corazón
llevan una bolita de azúcar en el pecho.
Es que el autor roza de muy cerca los polos del
mundo de los mu-ñecos: el amor y el juego. Pero sin timón, sin compás ni
derrotero. Del espíritu del juego poco sabe y lo que ha cosechado en el otro
he-misferio es escaso: cabría dentro de la definición de “fetichismo”. Nunca ha
escuchado la gran confesión susurrada por labios ardien-tes a los oídos de las
muñecas. “Si yo te amo, ¿qué te importa?” ¿Quién nos hará creer que es la
humildad del amante que lo susu-rra? Es el deseo, el deseo loco, y su ídolo, la
muñeca. ¿O debería-mos decir: el cadáver? Pues el ídolo del amor perseguido
hasta la muerte constituye una meta para el amor, y este hecho confiere
ina-gotable magnetismo al pelele rígido o desarticulado cuya mirada no es
indiferente sino vidriosa. La Olimpia de Hoffmann la tiene, co-
* Famosas
creadoras de muñecas características que conquistaron los mercados
internacionales (N. del T.).
** Localidad
próxima a Munich donde existe una famosa fábrica de porcelana, fundada en 1761
(N. del T.).
120
mo asimismo la Madame Lampenbogen de Kubin.* Y yo
conocí a uno que escribió sobre la espalda áspera y sin pintura que poseen las
muñecas de madera de Nápoles, estas palabras de Baudelaire: “Que m’ importe que
tu sois sage”; luego la regaló para recuperar su tranquilidad. El eros que,
desollado, vuelve revoloteando al cuerpo de la muñeca, es el mismo que alguna
vez se desprendió de ella, bajo las cálidas manos infantiles, por lo cual aún
el más maniá-tico coleccionista y aficionado se halla más cerca del niño que el
Cándido pedagogo que obra por empatía. Porque el niño y el colec-cionista, y
hasta el niño y el fetichista, pisan el mismo terreno, si bien, por cierto,
ascienden por diferentes lados el escarpado y an-fractuoso macizo de la
experiencia sexual.
La obstinada inclinación del autor hacia el justo
medio, que nun-ca podrá satisfacerse del todo en ese mundo de los muñecos,
lleno de tensiones; se revela con meridional claridad en la discusión que
inicia, un tanto imprudentemente, acerca del ensayo de Kleist** so-bre los
títeres. Pretende nada menos que descartar definitivamen-te de la discusión del
problema esas páginas que todos los amigos filósofos de los títeres (¿y habrá
alguno que no sea filósofo?) con-sideran la clave de su comprensión. ¿Con qué
motivos? Afirma que Kleist desarrolló en forma metafórica, para asegurarse
contra la censura, pensamientos políticos. Boehn no explica cuáles. Pero pa-ra
mí fue una bien venida ocasión de releer por cuarta o quinta vez ese ensayo del
cual algunos afirman que sólo la gente que jamás lo ha leído puede hacer tanto
ruido en torno a él. La manera en que allí el títere se confronta con el dios;
la manera en que el hombre se ha-lla suspendido, impotente, entre ambos,
víctima de los límites que le impone su razón, es una imagen tan inolvidable
que bien podría encubrir más de una idea tácita. Pero no sabemos nada al
respecto. Y si el autor se hubiera atenido lisa y llanamente a lo dicho, el
ins-pirado ímpetu con que el romanticismo se apoderó de su tema, ha-ce cien años,
no hubiera sido vano para él.
Pero inmediatamente después de esa dudosa exégesis
del escri-to de Kleist, tenemos el placer de encontrar los “Muñecos de
Trans-formación o Metamorfosis”. Boehn señala a Franz Gesenius como
* Alfred
Kubin, gráfico y escritor austriaco, nacido en 1877; ilustrador de obras de
Poe, E.T.A. Hoffman y Dostoievski. (N. del T.).
** Heinrich
von Kleist, 1777-1811, poeta, oficial del ejército y finalmente pe-riodista.
Uno de los más importantes novelistas y dramaturgos alemanes. (N. del T.).
121
su inventor. Desempeñaba un papel principal en el
teatro de títeres de Schwiegerling, ciertamente uno de los más grandes
titiriteros de todos los tiempos. Parece difícil hallar material sobre su
teatro, y por eso diré aquí lo que recuerdo de la representación del teatro de
títeres de Schwiegerling en Berna, en 1918. Más que un teatro de títeres, era
un tinglado encantado. No había más que una función por noche. Pero antes se
presentaban sus muñecos artísticos. Veo todavía con toda claridad dos números.
Sale a escena el arlequín, bailando con una hermosa dama. De repente, mientras
la música toca la melodía más dulce, la dama se transforma en un globo que
lleva al cielo al arlequín que, por amor, no lo suelta. Por un minu-to el
escenario queda vacío; luego el arlequín cae estruendosamen-te desde lo alto.
El otro número era triste. Una niña, con el aspec-to de una princesa encantada,
toca una melancólica melodía en un organillo. De repente el organillo cae en
pedazos; de ellos salen vo-lando doce minúsculas palomitas. La princesa se
hunde en la tierra, muda, con los brazos en alto. Y mientras escribo esto
recuerdo otra escena de entonces. En el escenario, un larguirucho payaso, se
in-clina ante el público y empieza a bailar. Mientras baila cae de su manga un
payaso enano vestido igual que él, con un disfraz florea-do en rojo y amarillo.
Y con cada decimosegundo compás de vals, cae otro, hasta que al final doce
payasos enanos o bebés, exacta-mente iguales, bailan en derredor de él.
Es innegable que, precisamente con respecto al
teatro de títeres a más de un lector le dará pena ver cómo ese perseverante
ocupar-se de lo extraño, ese incansable hurgar en el tesoro de curiosidades de
la existencia, se llevan a cabo sin ninguna pasión (sin pasión or-denada, esto
se comprende, pero ¡ay! tampoco atormentadora ni diente), con tanta frialdad y
diligencia. Cuánta simpatía se granjea-ría el autor si por una vez olvidara,
ante una muñeca o un títere, tema y su manuscrito, al editor y al público, su
“tempo” y, sobre do, se olvidara de sí mismo. Cuánto le hubiere ayudado la
actitud de coleccionista que lamentablemente le falta por completo (sin en-trar
en la cuestión de si lo es o no).
Esa exactitud, ese devanar del material, ese
inventario comple-to de todos los datos ¿no serán características de
coleccionista? No por supuesto. La verdadera pasión del coleccionista, la que
por lo general se ignora, es siempre anárquica, destructiva. Su dialéctica es
combinar con la fidelidad a un objeto único, protegido por él, la porfiada y
subversiva protesta contra lo típico, lo clasificable. La relación de posesión
muestra acentos completamente irracionales.
122
Para el coleccionista, el mundo está presente en
cada una de sus pie-zas. En forma ordenada, pero ordenada de acuerdo con una
relación sorprendente, más aún, comprensible para el profano. Basta con te-ner
presente la importancia para todo coleccionista, no sólo del ob-jeto sino
también de todo el pasado de éste, tanto el que pertenece a su origen y
calificación objetiva como los detalles de su historia aparentemente exterior:
el propietario anterior, precio de compra, valor, etc. Todo esto, los hechos científicos
y los otros, se reúnen para el verdadero coleccionista en cada uno de sus
tesoros para for-mar una enciclopedia mágica, un orden universal, cuyo resumen
es el destino que ha sufrido su objeto. Los coleccionistas son fisono-mistas
del mundo de los objetos. Es suficiente observar a uno de ellos mientras
manipula las cosas de su vitrina. Apenas las tiene en la mano, parece inspirado
por ellas, como un mago que viera a tra-vés de ellas su lejanía.
Nada de eso encontramos en Boehn. Y, sin embargo,
tendríamos el derecho de esperarlo. Pues, por lo demás, el autor reprime tan
po-co su subjetividad, que en algunos pasajes respiramos, en vez del dulce
aroma de barniz y moho de muñecas nuevas o antiguas, el tu-fo de cerveza de los
locales de reunión hitleristas. “Todos conoce-mos los profundos daños que ha
sufrido el genio de nuestro pueblo y sabemos quiénes son los culpables que
tienen interés, expresable en moneda contante y sonante, en que el pueblo alemán
no llegue a adquirir conciencia de sí mismo y no puedan expresarse los
inte-reses cristianos y germánicos.” Conocemos este lenguaje, sabemos dónde se
habla, aunque el autor no mencione “su insatisfacción” con el bombo
propagandístico y la falta de buen gusto tan caracte-rísticos de todos los
actos berlineses. Pero, en el fondo, nos gusta-ría imaginar a un viejo y
rezongón aristócrata provinciano que nos hace entrar en su más recóndita cámara
de tesoros, que levanta al-guna de las hermosas piezas y que, de vez en cuando,
da rienda suel-ta a sentimientos no compartidos. Pero ¿dónde encontramos en
es-ta obra, que cien veces daría motivo a ello, lo afable, lo tierno, que nos
permitiera soportar ese tipo de manifestaciones (aunque no en el lenguaje de
los editoriales de prensa)?
Hasta aquí los comentarios. Finalmente, y pese a
todo, volvemos a consideraciones más conciliadoras: el tema intercede en favor
de su autor. Es que nada parece más divertido, menos comprometido, más fácil
que juzgar con curiosidades. Aunque aparentemente es-tén al alcance de
cualquier folletinista, en realidad sólo el genio sa-be tratar a esos niños
expósitos. Ninguno mejor que Jean Paul, que
123
los extraía de su fichero para introducirlos
profundamente, en for-ma de metáforas, en la viruta épica de sus novelas con el
fin de trans-mitirlos intactos a la posteridad. A más de un lector de ese libro
so-bre muñecas podría sucederle inventar textos a la manera de Jean Paul con el
fin de hacer justicia a hechos tan alegóricos como el del títere ahorcado, que
en la horca se descompone en pedazos que des-pués vuelven a unirse. O el animal
vivo del guiñol que en Viena es un conejo, en Hamburgo un pichón, en Lyon un
gato. Los Gon-court,* habitantes del depravado París, que a Boehn tanto le
desa-grada, lograron una vez, sin embargo, más gráficamente que nin-gún otro,
lo que Boehn intenta en sus libros sobre modas y muñe-cos: “Hacer historia con
los desechos de la historia.” Y esto es y se-rá siempre algo loable.
* Edmond y
Jules de Goncourt (1822-1896, 1830-1870). Escribieron las prime-ras novelas
naturalistas de temática social de la literatura francesa, basadas sobre
estudios del medio. También realizaron trabajos sobre historia del arte. (N.
del T.)
124
CHICHLEUCHLAUCHRA (1930)
Comentarios a una cartilla1
Apresurémonos a asegurar que este título no
pertenece a la nueva cartilla, sino a una cartillla vieja. Con tales
monstruosidades foné-ticas trataban de llegar a los niños las cartillas de los
siglos XVI y XVII. ¿Por qué? Si uno lo investiga, verá con agrado que a los
“ma-yores” nunca les ha faltado un pretexto pedagógico para echárse-las de
sabios ante los niños e imponerles sus mañas y manías del momento. Así leemos:
xakbak, zauzezizau, o spisplospruspla; no necesitamos encontrar en su vecindad
palabras tales como Hrats-chin, Jekutiel o Nabucodonosor para reconocer en
ellas la espuma de los alejandrinos de Hofmannswaldau* y Lohenstein** que ha
sal-picado por error las cartillas de la época. Pero seguramente los maestros
de escuela del siglo lo entendían de muy otra manera de-bajo de sus pelucas. Se
habrán dicho que eso era útil, porque los ni-ños no podían hacer trampa o tal
vez adivinar en lugar de leer. La idea de que aprender a leer es, en gran
parte, aprender a adivinar no se les podía ocurrir en aquel entonces ni a los
pedagogos más dili-
1 Tom Seidmann–Freud, Hurra, wir lesen! Hurra, wir
schreiben! Eine Spiel-fibel, Berlín, 1930.
* Christian
Hofmann von Hofmannswaldau (1617-1679), poeta y creador lin-güístico del
barroco tardío. (N. del T.)
** Daniel
Casper von Lohenstein (1635-1683), poeta y dramaturgo del barro-co. Hacia el
final de su vida lo patético de las grandes pasiones degenera en am-pulosidad y
rimbombancia de la expresión. En este sentido, es comparable a Gón-gora. (N.
del T.)
125
gentes. Porque mientras la totalidad de la
enseñanza se agrupó en derredor de los clérigos, su lugar estuvo siempre en el
frente del sa-ber, junto a Dios por así decirlo.
Nada hay más curioso y conmovedor que los torpes
pasos con que trataban de acercarse por vez primera al frente de los niños. No
todos podían seguir el consejo de Erasmo de Rotterdam y hacer co-mer a los
niños un abecedario de masitas secas por orden alfabéti-co. Inventaron entonces
loterías de letras, dados de letras y juegos similares. En fin, la idea de
aligerar la cartilla, dándole forma de juego, es ya vieja, y el ensayo más
reciente y radical, la cartilla pós-tuma de Seidmann–Freud, no se halla fuera de
la tradición peda-gógica.
No obstante, algo distingue ese libro elemental de
todos los an-teriores: la rara combinación del espíritu más profundo con la
ma-no más ligera. Tal conjunción ha permitido aprovechar de manera
verdaderamente dialéctica las inclinaciones infantiles para poner-las al
servicio de la escritura. La base para ello era la excelente idea de reunir la
cartilla con el cuaderno. El hecho de efectuar sus pri-meros ensayos de
escritura y dibujo entre las dos tapas del librito otorgan al niño confianza en
sí mismo. Es muy natural la objeción referida a la falta de espacio. En efecto,
no es posible aprender a es-cribir en un espacio delimitado, por amplio que
sea. Pero ¡cuán in-teligente es esto! En comparación con la paralizante aridez
de los cuadernos que muestran, al comienzo del renglón y a menudo tan sólo de
la hoja, el modelo que, como la punta de una torre de igle-sia sobresale del
desierto de nieve, del cual la mano infantil tiene que alejarse cada vez más en
su viaje, esas páginas representan paí-ses de letras densamente poblados, y la
tentación de viajar con el lá-piz de una estación a otra llegaría también sin
necesidad de que se ordenase: “Llena estos renglones con las nuevas letras.”
Los ren-glones son tan pocos que el niño sale del libro muy rápidamente. Y con
esto ya se ha alcanzado uno de los principales objetivos de 1a autora. Porque
lo que ella quiere es incorporar el libro a todo el quehacer infantil. Es una
pequeña enciclopedia de su vida donde encuentran su lugar los lápices de color
y el correo infantil, juegos de carreras y colecciones de flores para colorear,
sobres para car-tas, “gimnasia de letras” y columnas de palabras.” Y hasta las
trave-suras. A los niños les gusta garabatear en los libros. La autora lo
aprovecha con la proposición: “Tacha en este cuento: todas con lápiz rojo,
todas las S con negro, todas las G con amarillo, to-das las E con azul.” Casi
no hay hoja alguna limitada al blanco y
126
negro, y no hay otra cartilla donde las letras
tengan que hacer an-tesala tanto tiempo antes de llegar a conocerse unas a
otras en las palabras.
Es cierto que esta cartilla exige “palabras que
empiezan con A; palabras que empiezan con E” ya en las primeras páginas, pero
no es necesario leerlas ni escribirlas, sino simplemente dibujarlas.
Goethe dijo —si no me equivoco— de Lichtenberg* que
en ca-da uno de sus chistes se ocultaba un problema; lo mismo puede de-cirse
del juego infantil: donde juegan los niños se halla enterrado un secreto. Por
casualidad descubrí el que se ocultaba aquí.
Sucedió por medio de un dibujo infantil que
representaba un au-tomóvil. El autor, de cinco o seis años, acababa de aprender
las le-tras y le habían dicho que “auto” empieza con A. ¿Y qué pasó? El
automóvil dibujado, que tenía ante sí, empezaba realmente con A. La solución
—para el niño no había problema alguno— era el hue-vo de Colón. El auto estaba
representado de frente. El radiador con las ruedas delanteras daba los
contornos; la base del radiador, la ra-ya transversal de la A. Así me vino al
encuentro la A en forma de auto, o el auto en forma de A. Si de esta manera la
autora quiere incorporar el placer de escribir a la alegría de dibujar, se
halla no só-lo en terreno firme, sino también ya transitado. Setenta años
atrás, el excelente Karl Vogel propuso iniciar la enseñanza de la escritu-ra
con el dibujo de una casa o una rueda, y luego explicar a los ni-ños que esa
casa o rueda también podían escribirse.
Los historiadores del arte suelen hablar de la
“grafía” de los di-bujantes. Esta es una frase rutinaria que probablemente
defina más la rutina que el origen del asunto. La más reciente grafología,
em-pero, ha invertido la expresión. Y el resultado es asombroso.
Está demostrado —escribe Anja Mendelssohn en su
libro Der Mensch in der Handschrift [El hombre en la letra]— que nuestras
letras derivan de una escritura ideográfica. Todas nuestras letras eran
imágenes, y en algunas de ellas aún se reconoce sin dificultad la imagen
primitiva. No es difícil explicar a un niño que la P signi-ficaba un hombre con
su cabeza, que la O es un ojo... También com-prende el niño sin más que la H y
la E representan una verja, e inclu-so enriquece a la E con una cuarta raya
transversal que una vez tu-vo y sólo perdió en el período más temprano de la
escritura griega.
* Georg
Christoph Lichtenberg (1742-1799), físico y escritor. Ingenioso satí-rico. Uno
de los más importantes aforistas alemanes. (N. del T.).
127
Las cartillas del siglo XVII avanzaron mucho hacia
ese biomor-fismo de las letras. Salvar mediante un truco el abismo entre
obje-to y signo era una tarea que debía resultar sumamente fascinante pa-ra el
hombre del barroco. En su cartilla —Deutsche Sprachkunst— Tilman Olearius
acompaña todas las letras con la representación de su forma por medio de
representaciones orgánicas o útiles de la vi-da diaria. Si a esto se agrega
que, en la mayoría de los casos, esos objetos empiezan también con las letras
que representan, nos pode-mos hacer una idea de la atmósfera pesada y viciada
de esas carti-llas. Ese método —alphabeticum lusu lo llamaban— adoptó for-mas
grotescas en cartillas posteriores de mediados del siglo. Allí se combinan, por
ejemplo, en un dibujo hecho en honor de la W, las asentaderas de un muchacho
castigado, cuyas líneas reproducen la letra, y la boca abierta que profiere la
W de Weh (= dolor). Ahora bien, la nueva cartilla ofrece una variante
inteligente y atractiva de ese anticuado biomorfismo.
Ya en la segunda página vemos una serie de objetos
dibujados con las líneas más sencillas: la verja, el carro, la regadera, la
esca-lera, el techo, etc. Las líneas de esos dibujos son, de por sí, negras.
Pero una parte de cada uno es destacada por una segunda línea ro-ja. Esas
partes rojas constituyen las letras, veintiséis en total. Se so-brentiende que
los juegos de sonidos de las viejas cartillas no apa-recen en éste.
Otra hoja. Más de un adulto la recorrerá sin darse
cuenta de lo que puede significar en una habitación infantil o, más aun, en un
aula. Me hubiera sucedido lo mismo de no ser por un chico de doce años que me
enseñó el camino. Le llamaron la atención los catorce niños que, formando siete
parejas de un varón y una niña, representan con sus nombres de pila típicos,
impresos en rojo junto a ellos, a siete países europeos; “Francia”, “Holanda”,
“Suecia”, etc. El mucha-cho se sorprendió; le parecía un error; señaló el
programa: “El mun-do es materia de cuarto grado.” En efecto ¿qué hacen en
primer gra-do los nombres de los países europeos? Pero ¿es posible que una
cartilla proceda en forma radical sin interferir profundamente en el programa
elemental tradicional? Todo perfeccionamiento en ese campo sigue una línea
enciclopédica. Este criterio surgió por estre-chez, en épocas en que el
objetivo de la enseñanza basada en ella eran sus últimas páginas, que contenían
el catecismo. Y se orienta hacia lo enciclopédico desde que, con la
Ilustración, fue surgiendo la enseñanza intuitiva, para confundirse a mediados
del siglo pasa-do con la enseñanza de la lectura. También la geografía requiere
su
128
lugar en la cartilla. Y nada más equivocado que
esperarlo todo del avanzar metódico de la “visión”, pues así se logra que la
cercanía, el propio país y cosas por el estilo se hagan cargo del aprendizaje.
“América” es para el niño de Berlín una palabra por lo menos tan familiar y
útil como “Potsdam”*, y la palabra importa más de lo que se suele creer. El
hecho de que se refiera a algo muy lejano no im-pide a la fantasía
familiarizarse con ella de una manera creativa. Yo conocí a un niño en cuyo
hogar se hablaba mucho de grabados en cobre. Sabía perfectamente qué era el
grabado. Y cuando uno se lo preguntaba, metía la cabeza por entre las patas de
la silla.
Esta cartilla termina con una “Introducción para
adultos”, que se puede separar. Contiene observaciones juiciosas; son, por
cierto, las formulaciones más avanzadas que hoy en día pueden dedicar-se al
tema.
Uno de los principios más importantes del método
educacional aquí expuesto, consiste en que éste no se dirige hacia la
‘adquisición’ y el ‘dominio’ de una determinada unidad didáctica—ese modo de
es-tudiar sólo es adecuado al adulto— sino que toma en cuenta el ca-rácter del
niño, para el cual el estudio, como todo lo demás, es por naturaleza una gran
aventura... La vieja escuela sólo obliga a una continua persecución de metas, a
una lucha por llegar a ‘saber’ lo que el omnipotente adulto exige. Por eso obstruye
las puertas que con-ducen hacia el saber verdadero.
Lo que se entiende por “saber verdadero” se infiere
con toda claridad del contexto. Es la ejercitación inconsciente por el juego,
cuyos resultados han de mostrarse superiores a los logrados cons-cientemente
por prescripción. De modo que, pese a todos los es-fuerzos anteriores, la
irrupción del juego en el centro de la enseñan-za elemental no fue posible
hasta que no se impusieron las bases científicas echadas por la teoría
freudiana del inconsciente y la hi-pótesis de Klages** acerca de la voluntad
como esfuerzo inhibito-rio contraproducente. Pero haríamos un uso superficial
de esa gra-
* Antigua
capital de Brandeburgo, al sudoeste de Berlín, con el palacio de Sans-Souci,
residencia de Federico el Grande. (N. del T.)
** Ludwig
Klages (1872-1956), psicólogo y filósofo alemán. A través de la gra-fología
echó nuevos fundamentos para la caracterología. Un ejemplo de la volun-tad como
esfuerzo contraproducente: cuando uno no consigue conciliar el sueño, cuando
mas se esfuerza su voluntad para dormir, tanto menos lo logrará. (N. del T.)
129
ciosa entrega de las letras al impulso lúdico, si
no consideráramos también el reverso de la medalla. Cuando un niño ha terminado
esa cartilla, se dice en el epilogo, se lo habrá inducido “de manera
in-sidiosa”, por así decirlo, a leer o escribir. Esas palabras señalan sin
quererlo, con gran exactitud, la problemática que caracteriza a nuestros
métodos de formación. Por doquier, la mano ligera y libre empieza a suplantar a
la mano seria y pesada. Pero no es fácil sa-ber cuánta debilidad hay en esa
ligereza y cuánta desorientación en esa libertad. Es que el impulso más fuerte
para esa pedagogía radi-cal no ha partido de los adelantos de la ciencia sino
del colapso de la autoridad. ¿Podrán compensar todos los progresos de humanidad
e higiene en la enseñanza la pérdida de su profunda solidaridad con el objeto,
primero con las letras, después con la ciencia? ¿Tendrá el Chichleuchlauchra,
con todo, su buena razón de ser? Es ésta una pregunta que este libro impone en
grado mayor que ningún otro de nivel inferior, precisamente por lo metódico y
sincero de su con-cepción. Jamás se conseguirá organizar una enseñanza
colectiva sin autoridad. Mas esa cartilla no se dirige tanto al juego ruidoso e
indeciso de los grupos, como al juego ensimismado del niño indi-vidual. Y a esa
limitación debe su éxito.
130
PEDAGOGÍA COLONIAL (1930)
A este libro1 se le puede dedicar un raro elogio:
ya está dado ínte-gramente en la sobrecubierta. Ésta presenta un fotomontaje:
cas-tilletes de extracción, rascacielos, chimeneas en el fondo; una enorme
locomotora en el centro, y delante de ese panorama de hor-migón, asfalto y
acero, una docena de niños agrupados alrededor de la institutriz que narra un
cuento de hadas. Es innegable que quien aplique las medidas que el autor
recomienda en el texto, comuni-cará tanto del cuento de hadas como si lo
contara al pie de un mar-tinete a vapor o en una calderería. Y los niños
obtendrán tanto pro-vecho en su corazón de los cuentos reformados con los
cuales se piensa obsequiarlos, como sus pulmones lo extraen del desierto de
cemento armado al cual los traslada ese eximio portavoz de “nues-tro presente”
No es fácil encontrar otro libro que exija con
igual naturalidad la renuncia a lo más genuino e ingenuo, que con la misma
incondi-cionalidad entienda la tierna y reservada imaginación del niño en el
sentido de una sociedad productora de mercancías y que con tan-ta y tan triste
despreocupación considere a la educación como un mercado colonial para la venta
de bienes de cultura. El tipo de psi-cología infantil en que el autor es
experto es el exacto equivalente de la famosa “psicología de los pueblos primitivos”,
vistos como
1 Alois Jalkotzky, Marchen und Gegenwart. Das
deutsche Volksmärchen und unsere Zeit, Viena, 1930.
131
clientes a los que Dios envía para comprar las
baratijas europeas.
Se delata en cada página:
El cuento de hadas permite al niño equipararse al
héroe. Esa nece-sidad de identificación surge de la debilidad que el niño
siente fren-te al mundo de los adultos.
Apelar a la grandiosa interpretación freudiana de
la superioridad infantil (en su estudio sobre el narcisismo), o tan sólo a toda
la ex-periencia que demuestra lo contrario, sería hacer demasiado ruido en
torno a un texto que proclama su superficialidad con un fanatis-mo que, bajo la
bandera de los “tiempos modernos”, desencadena la guerra santa contra todo lo
que no corresponda al “sentimiento actual” y coloca a los niños (como ciertos
pueblos africanos) en las primeras líneas de esa batalla.
Los elementos de los cuales se vale el cuento de
hadas son frecuen-temente inservibles, anticuados y ajenos a nuestro
sentimiento ac-tual. La madrastra malvada desempeña un papel especial. Asesinos
de niños y ogros son figuras típicas del cuento de hadas alemán. La sed de
sangre es sorprendente; se suceden las descripciones de ase-sinatos y matanzas.
También el mundo sobrenatural del cuento de hadas es, ante todo, horripilante.
Los cuentos de Grimm se regodean en las palizas. Muchas veces el cuento de
hadas alemán exalta los placeres del alcohol o, por lo menos, nunca los condena.
Así cambian los tiempos. Mientras que, según hemos
de inferir de las expresiones del autor, el ogro debe de haber sido, hasta
ha-ce poco, un personaje bastante corriente en la vida diaria de los ale-manes,
ahora es ajeno al “sentimiento actual”. Tal vez sea así. ¿Pe-ro qué sucedería
si los niños, invitados a elegir, prefiriesen ser tra-gados por él antes que
por esa nueva pedagogía? ¿Y si también ellos se mostraran ajenos al
“sentimiento actual”? Entonces difícilmen-te los volverá el autor a atraer mediante
la radio, ese “milagro de la técnica” del cual se promete un nuevo
florecimiento del cuento de hadas.
Pues el cuento de hadas... necesita la narración
como expresión vital más importante. Éste es el lenguaje del hombre que aborda
la obra de los hermanos Grimm con el fin de adaptarla a nuestras “necesidades”.
Y como no se acobarda ante nada, todavía da prue-bas de esa adaptación con un
método que sustituye la rueca por la máquina de coser y los palacios reales por
suntuosas mansiones de magnates. Porque:
132
el esplendor monárquico de nuestro mundo
centroeuropeo ha que-dado, por suerte, atrás. Y cuanto menos ofrezcamos a
nuestros niños de ese aquelarre y esa pesadilla de la historia alemana, tanto
mejor para ellos y para el desarrollo del pueblo alemán y su democracia.
¡No! No es tan oscura la noche de nuestra República
como pa-ra que todos los gatos sean pardos y ya no se pueda distinguir en-tre
Guillermo II y el rey Barbilongo. Todavía hallará la fuerza su-ficiente como
para oponerse a ese rebosante reformismo para el cual la psicología, el
folklore y la pedagogía no son más que otras tantas banderas bajo las cuales el
cuento de hadas se embarca, cual mercadería de exportación, hacia el continente
negro donde los ni-ños languidecen en las plantaciones de su pío pensamiento.*
* Expresión de
Guillermo Tell, de Schiller: “En cáustico veneno de dragón has convertido la
leche de mi pío pensamiento” (N. del T.).
133
COMIENZOS FLORECIENTES (1931)
Notas suplementarias a las cartillas de juego1
Hace un año, el Frankfurter Zeitung presentó a sus
lectores la pri-mera cartilla de juego de Tom Seidmann–Freud. Describimos
entonces el desarrollo histórico de la idea de aligerar la cartilla dán-dole un
carácter de juego, y señalamos las circunstancias que se constituyen en
premisas de esa última y más radical solución. Mientras tanto, la empresa ha
progresado: se ha publicado la segun-da parte de la cartilla de lectura y la
primera parte de la de aritméti-ca. Una vez más, dos principios metodológicos,
la plena activación del impulso lúdico mediante la íntima combinación de
escritura y dibujo y el estímulo a la confianza del niño en sus propias
fuerzas, por medio de una ampliación enciclopédica de la cartilla, han
brin-dado espléndidos resultados. Cabe recordar en esta oportunidad una de las
proposiciones decisivas de la introducción a la primera cartilla:
No se orienta hacia la adquisición y el dominio de
una determinada unidad didáctica —ese modo de estudiar sólo es adecuado al
adul-to— sino que se toma en cuenta él carácter del niño, para el cual el
estudio, como todo lo demás, es por naturaleza una gran aventura.
Si al comienzo de ese viaje de aventuras, flores y
colores, nom-bres de niños y países eran las islitas en el mar de la fantasía,
aho-
1 Tom
Seidmann–Freud, Spielfibel 2, Berlín, 1931; del mismo autor: ¡Hurra wir
rechnen! (Spielfibel 3), Berlin, 1931.
135
ra ya surgen continentes articulados, el mundo de
las hojas de los árboles y de los peces, de las tiendas y las mariposas. Y las
estacio-nes o refugios están previstas por doquier. Esto quiere decir que el
niño no tiene que seguir caminando hasta el cansancio; aquí una es-tampa espera
que le ponga la firma, allá un cuento le pide que com-plete las palabras que
faltan, más allá una jaula invita a que dibu-je el pájaro. En otro lugar es el
perro, el burro y el gallo que espe-ran su guau–guau, i–a y quiquiriquí. Se
agregan agrupaciones y clasificaciones, que a veces son ya de tipo
lexicográfico —los ob-jetos pintados se ordenan según las iniciales— o de tipo
verdade-ramente enciclopédico —se los clasifica según conceptos. Hay ca-sillas
para A, B, C así como también para objetos de madera, cue-ro, metal, vidrio o
para muebles, frutas y objetos de uso. Y el niño nunca es colocado delante,
sino siempre por encima del objeto de enseñanza, como si, por ejemplo, en la
clase de zoología no se le mostrara un caballo, sino que se lo hiciera montar.
Cada letra, cada palabra son aquí ese caballo e incumbe al dibujo —que acompaña
todas las etapas de ese curso— someterlo con sus curvas, como con otras tantas
riendas y colleras, bajo la autoridad del pequeño jinete. Es realmente
extraordinario cómo la autora impone desde un prin-cipio (también frente a los
números), el poder de mando, tan deci-sivo para el juego infantil. El esquema
de los puntitos es abandona-do después de pocas páginas, luego siguen
batallones rojos y negros de peces o insectos, mariposas o ardillas, y cuando
el niño pone su número al final de cada renglón, pinta el guarismo como si
pusie-ra un sargento delante de su sección.
En todas partes se ha cuidado preservar la
soberanía del niño que juega, de no hacerle perder fuerzas ante el objeto
didáctico y de con-jurar el horror que tan fácilmente causan la primeras cifras
o letras cuando se plantan cual ídolos ante él. Algunos mayores, por lo me-nos,
recordarán todavía la impresión, difícil de describir, que le causaron los
primeros “problemas de aplicación” en el libro de cuentas. ¡Cuánto frío
irradiaba la falsa honestidad de esas líneas, en las cuales se hallaba
incorporado, de vez en cuando, un numeral co-mo una trampa! No eran otra cosa
que una traición verificada por medio de lo más familiar y querido que el niño
tenía, después de su madre: los cuentos. Por eso emana un mundo de conciliación
del sencillo imperativo de esa cartilla aritmética: “8 – 6 = 2. Inventa un
cuento referido a estoy escríbelo aquí.”
El encanto —y a un tiempo el alto nivel pedagógico—
de estos libros consiste en la manera en que incorporan la fluidez propia de
136
semejante actitud soberana, esa naturalidad que el
niño quizá co-mience por buscar fuera de ello; pero cuando comience a jugar, de
palabra y de hecho, con lo que acaba de aprender, nuevamente ese libro será su
mejor amigo. Es que ofrece suficientes espacios blan-cos para ser pintados y
garabateados, vastos y fértiles territorios donde asentar holgadamente todos
los temores y amores de su pro-pietario.
Se entiende que son muy necesarios ciertos trabajos
de tala en ese monte:
tacha en este cuento
todas las A y a con lápiz rojo
todas las R y r con azul
todas las D y d con verde
todas las L y 1 con marrón.
¡Pero a qué fiestas se ve invitado después de ese
trabajo! Atra-viesan el país de lectura aquellas guirnaldas que ya aparecieron
en la primera cartilla como “gimnasia de letras”; se prestan para
car-navalescos disfraces. “Hebúe ine vaz ine nuñe qia tanúe in geto
me-revulloso. Asa geto sebúe hebler”, se lee en un extraño idioma; pero, a
continuación, se brinda la clave para desenmascarar esa je-rigonza: “Copia este
cuento pero sustituyendo toda a por e y vice-versa y toda i por u y viceversa.”
Queda resuelta de paso una vie-ja controversia pedagógica: ¿es lícito presentar
a los niños errores a modo de advertencia? Respuesta: sí, siempre que se
exageren. Esa experimentada confidencia de los más pequeños, la exageración, es
la que extiende su poderosa mano protectora sobre páginas de esa cartilla. ¿O
no es una exageración de la mentira comenzar así un cuento: “Un chico llamado
Eva se levantó una mañana del ropero y se sentó para cenar”? ¿Ha de causar
extrañeza si un chico tal pone fin a su jornada arrancando chocolatines, que
crecen entre la hier-ba, y comiendo hasta no sentir más hambre? Es seguro que
un ni-ño se satura con tales cuentos. O cuando otra empieza así: “Adol-fo vivía
con un barbero, junto con la pequeña Cecilia” ¿no exagera el orden universal al
hacer entrar en la historia todos los sustantivos, hasta Yucatán y zorra, por
orden alfabético? Y, por último, ¿no sig-nifica exagerar la importancia
concebida al alumno de primeras letras el presentarle cuestionamientos como a
un profesor: ¿qué haces el lunes? ¿Martes? ¿Miércoles? etc., ¿o presentarle una
me-sa con platos rayados donde puede anotar sus manjares preferidos?
Es cierto. Pero también es exagerado el
Struwwelpeter, también
137
es exagerado Max y Moritz* y exagerado es Gulliver.
Exagerados son la soledad de Robinson y lo que Alicia ve en el País de las
Ma-ravillas. ¿Por qué las letras y las cifras no habrían de aumentar su
prestigio ante los niños haciendo exageradas travesuras? Ya llega-rá el momento
en que sus exigencias se tornen bastante rigurosas. Tal vez alguien (como quien
escribe estas líneas) guarde todavía la cartilla con la cual aprendió a leer su
madre. “Huevo”, “sombre-ro”, “ratón” leerá quizás en la primera página. No
tenemos nada en contra de esas cartillas. ¿Cómo podría rebelarse contra ellas
quien aprendió a leer en ellas? ¿Cuánto de lo que enfrentó más tarde en la vida
puede compararse con la severidad y seguridad con que esos rasgos aparecieron
ante él? ¿Qué sumisión le hizo presentir la su-misión a la letra? No tenemos
nada contra esas viejas cartillas. Pero era “el rigor de la vida” que hablaba
de ellas, y el dedo que seguía sus líneas había traspasado el umbral de un
reino de cuyo territorio ningún viajero vuelve: se hallaba en el círculo de lo
fijado por escri-to, de la ley y el derecho, de lo irrevocable, de lo cimentado
para la eternidad. Hoy sabemos lo que hemos de pensar de todo esto. Qui-zá la
miseria, la anarquía, la inseguridad de nuestros días sea el precio que tenemos
que pagar para poder dedicarnos al juego en-cantador y desencantador de las
letras, en el cual esas cartillas de Seidmann–Freud hallan una razón tan
profunda.
* Struwwelpeter
[Pedrito el desgreñado], del médico de niños Heinrich Hoff-man, publicado en
1845, y Max und Moritz [Max y Moritz], del poeta y pintor ale-mán Wilhelm
Busch, siguen siendo aún hoy dos de los libros más populares entre los niños
alemanes (N. de T.).
138
PESTALOZZI EN YVERDON (1932)
Comentarios a una monografía ejemplar1
“Educador de la humanidad en Iferten”, se lee en la
lápida coloca-da sobre la tumba de Pestalozzi junto con la bella y clara
enumera-ción de los períodos de su vida. El Instituto de Yverdon, la última
gran fundación de Pestalozzi, se hallaba, probablemente al igual que todas sus
obras, sujeto a una extraña paradoja. Cuando Pesta-lozzi, casi a los sesenta
años cumplidos, se ausentó a München-buchsee, consideraba su labor práctica
como terminada. Para Iferten (Yverdon) había nombrado una comisión que debía hacer-se
cargo de la dirección de la escuela. Pero al renunciar uno de los miembros más
importantes de dicha comisión—lo que no tardó en suceder— toda la carga cayó en
Pestalozzi, Se hallaba entonces en la séptima década de su vida y en la cumbre
de su fama, era auto-ridad suprema, maestro de Europa, y sin embargo le
incumbía a él —como en los primeros tiempos, en el Neuhof— ayudar a salir a
flote a una comunidad en cierne, dirigir desde la administración económica
hasta los servicios religiosos. Es muy posible que bajo el efecto de tales
contradicciones la siempre desgarrada personali-dad de este hombre haya
manifestado sus rasgos más bruscos, pe-ro también los más sublimes. Pone de
relieve la confiabilidad y fidelidad del trabajo de Zander el hecho de que en
su descripción
1 Alfred
Zander: Leben und Erzielhung in Pestalozzis Institut zu Iferten. Nach Briefen,
Tagebüchern und Berichten von Schülern, Lehrern und Besuchern, Aa-rau, 1932.
139
presenta al Instituto, por así decirlo, como la
proyección de un gran carácter en una comunidad ilimitada. Y ninguna de las
facetas de esa comunidad será más fascinante y, en última instancia, tampo-co
más instructiva, hasta el día de hoy, desde un punto de vista pe-dagógico.
Iferten era un permanente congreso pedagógico. Sus
delegados —alumnos, maestros, visitantes— acudían desde todo el mundo. De
Hannover, Munich, Königsberg, Würzburgo, igual que de Kla-genfurt o Viena,
París, Marsella, Orleans, Milán, Napóles, Madrid, Málaga, Riga, Esmirna,
Londres, Filadelfia, Baltimore y Ciudad del Cabo. En la enseñanza, como en
todas las medidas educaciona-les, Pestalozzi nunca veía otra cosa que
experimentos; y todos po-dían acercársele. No sólo sucedía que forasteros
entraran durante las clases para escuchar un momento; más de una vez los
maestros mismos debían mezclarse entre los alumnos. Era pues cosa muy co-mún
encontrar adultos en los bancos del aula. En las cartas e infor-mes citados se
encuentran repetidas quejas acerca de las dificulta-des que eso sumaba a la
enseñanza. Pero lo común y lo caracterís-tico era, evidentemente, que los
estudiantes recibieran al forastero en sus filas, con la mayor naturalidad. Es
que no se trataba de cla-ses en nuestra acepción de la palabra.
El continuo movimiento de los educandos durante la
clase, su sen-tarse, ir y venir, la formación y disolución de grupos de alumnos
sor-prendieron a más de un visitante.
No pocas veces se reunían en una misma habitación
los más di-versos círculos de trabajo, y los numerosos grupos de repaso —nos
dicen— producían en la sala un zumbido similar al de las abejas en la colmena.
La naturaleza de Pestalozzi, la sucesión imprevisible de sus impulsos, el rayo
de amor de sus ojos que a veces irradiaban luz como las estrellas, y otras
veces volvían la mirada hacia adentro, como si se perdiesen en una inmensidad
interior, su repentino en-mudecer en los momentos en que lo invadía la ira,
ciertamente to-do esto contribuía al estado de alerta, grandioso y a veces
rayano en lo insoportable, de todos los miembros de ese internado que no
co-nocía las vacaciones. Pero el otro origen de ese orden era la nece-sidad. La
vida en Iferten era espartana. Uno de los maestros escri-be que toda su fortuna
estaba constituida por un ropero en el corre-dor, un pupitre en la sala de los
chicos, una silla y una cama en el dormitorio de éstos. En ese dormitorio
dormían sesenta niños. Y
140
cuando a las siete de la mañana, en ayunas y sin
lavar, salían a la primera clase, se detenían ante uno de los largos caños de
madera del patio a través de cuyos agujeros salía un chorro de agua fría pa-ra
cada uno de los alumnos. No había palanganas. Pero otra de las grandes y
fructíferas paradojas de Pestalozzi es que esa sobriedad espartana estuviera
enteramente exenta de toda ambición belicosa. Ninguno de los resentimientos que
gustan ocultarse tras el ideal de la veracidad tenía cabida allí. El de Iferten
era el espíritu esparta-no de la clase burguesa en vías de liberación. La
dureza que los ni-ños sentían allí no era nunca la de los seres humanos, sino
solamen-te la de la madera, de la piedra, del hierro o de alguno de los
mate-riales cuya elaboración habría de permitirles, más tarde, ocupar con honor
su lugar entre sus conciudadanos. “Gymnastique industrie-lle” llamaba
Pestalozzi a la enseñanza técnica, así vinculada de la manera más estrecha con
el humanismo tal como él lo comprendía. Y éste era, en general, el modo en que
el anciano Pestalozzi solía enfrentar los fenómenos problemáticos, como el del
“saber libres-co” de los nuevos humanistas. En vez de combatirlo, lo
modifica-ba en silencio. Era un gran ironista: no tenemos motivo alguno para
ver en el premio que anualmente otorgaba a los mejores tiradores de entre los
niños otra cosa que una medida bastante insidiosa; se les permitía criar
corderitos.
En el año 1808, cuando el Instituto estaba en su
apogeo, Pesta-lozzi escribe a Stapfer:
Amigo, nosotros creíamos sembrar un grano para
alimentar al ne-cesitado que se encuentra a nuestro lado y hemos plantado un
árbol cuyas ramas se extienden por toda la Tierra.
Así describe un arco, un arco iris realmente sobre
la obra de su vida. No se había olvidado de Neuhof donde, aún desconocido,
ha-bía hecho por los hijos de los pobres, lo que en Iferten, ante los ojos de
los sabios y los poderosos, hacía por los de los ricos.
Era su viejo anhelo reunir en su derredor un grupo
de niños pobres y abandonados con el fin de ser un padre para ellos. En lugar
de es-to, tenía que convertirse en director de un instituto mundialmente
fa-moso. ¡Cuántas veces le dolía esa renuncia, cómo le gustaba soñar con su
escuelita de pobres! El anciano Pestalozzi no cabía en sí de felicidad cuando
Schmid consiguió fundar un instituto para pobres en Clindy, cerca de Iferten.
En esto hemos de pensar cuando se habla de
Pestalozzi y, más aun, de la “educación de la personalidad”. Porque ésta
significó pa-
141
ra él otra cosa que para sus epígonos. No había
formado su concep-to de la personalidad en el trato con los hijos de las clases
privile-giadas. Los pobres y los débiles le habían enseñado cuán molestos
pueden ser los rasgos de la personalidad y, sobre todo, en qué mo-mentos
inoportunos pueden irrumpir. Esa personalidad áspera, es-quiva e incluso
amenazadora, que tan profundamente sentía en sí mismo, era aquella cuya
irrupción aguardaba con incesante aten-ción y hasta con temor. No había nada de
ejemplar en Pestalozzi. Lo que él ofrecía a esos niños sin los cuales no podía
vivir, no era su ejemplo, sino su mano: les tendía la mano (Handbietung), para
usar una de sus expresiones preferidas. Esa mano siempre estaba dispuesta, ya
ayudando en el juego o el trabajo, ya acariciando de improviso la frente de un
niño al pasar. Mucho de ello lo encontra-mos en su doctrina, pero lo mejor se
halla en la práctica a la que de-dicó en Iferten, con toda exclusividad, sus
últimas energías. Nada más es necesario decir acerca de los méritos de la
primera obra que profundiza realmente en aquella práctica.

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