© Libro N° 6213.
Einstein, Su Vida Y Su Universo. Isaacson, Walter. Emancipación. Julio 13 de 2019.
Título
original: © Einstein, Su Vida Y Su Universo. Walter Isaacson
Versión Original: © Einstein, Su Vida Y Su Universo. Walter Isaacson
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
EINSTEIN, SU VIDA Y SU UNIVERSO
Walter Isaacson
CONTENIDO
Agradecimientos
Personajes principales
El hombre que viajaba con un rayo de luz
Infancia
El Politécnico de Zurich
Los amantes
El año milagroso
La relatividad especial
La idea más feliz
El profesor errante
La relatividad general
El divorcio
El universo de Einstein
La fama
El sionista errante
El Premio Nobel
Teorías del campo unificado
La cincuentena
El Dios de Einstein
El refugiado
Estados Unidos
El entrelazamiento cuántico
La bomba
Un solo mundo
Un hito
Caza de brujas
El final
Epílogo
Bibliografía
Reseña
ALBERT EINSTEIN es uno de los científicos más importantes de la
historia y un icono del siglo XX. Pero ¿cómo funcionaba su mente? ¿Qué le hizo
un genio? ¿Cómo era el ser humano detrás del personaje público? En la primera
biografía completa de Albert Einstein, escrita pudiendo consultar todos sus
archivos, Walter Isaacson logra un extraordinario retrato del personaje y de su
época y un fascinante relato de su vida.
A partir de la correspondencia privada de Einstein este libro
explora cómo un funcionario de patentes imaginativo e impertinente (un padre
incómodo con un matrimonio complicado, en principio incapaz de conseguir un
trabajo en la universidad ni un doctorado) fue capaz de desvelar los secretos
del cosmos y comprender los misterios del átomo y del universo. Su éxito se
debió a cuestionar los conocimientos existentes y asombrarse ante misterios que
a otros les parecían mundanos. Así acabó adoptando una moral y unas ideas
políticas basadas en el respeto por las mentes libres, los espíritus libres y
los individuos libres. Su fascinante historia demuestra la relación entre
creatividad y libertad.
Einstein en Santa Bárbara, 1933
La vida es como montar en bicicleta.
Si quieres mantener el equilibrio no puedes parar.
Albert Einstein, en una carta a su hijo Eduard
5 de febrero de 1930.[1]
A mi padre, la persona más buena,
inteligente e íntegra que conozco
Diana Kormos Buchwald, responsable de los archivos de Einstein, leyó este libro
meticulosamente y realizó numerosos comentarios y correcciones en muchos de sus
borradores. Además, me ayudó a obtener un rápido y completo acceso a la rica
variedad de nuevos documentos de Einstein disponibles a partir de 2006, y me
guió a través de ellos. Fue también una amable anfitriona y me facilitó mucho
mi tarea durante mis visitas al Einstein Papers Project del Instituto
Tecnológico de California. Siente verdadera pasión por su trabajo y tiene un
delicado sentido del humor, que sin duda habría agradado al sujeto de su tarea.
Dos de sus colaboradores fueron también de gran ayuda a la hora de guiarme
tanto a través de los nuevos documentos disponibles como de las riquezas
todavía inexploradas del antiguo material archivístico. Tilman Sauer, que
también contrastó y comentó este libro, examinó especialmente las secciones que
tratan de la investigación de Einstein de las ecuaciones de la relatividad
general y su búsqueda de una teoría del campo unificado. Zeiev Rosenkranz,
antiguo editor de los papeles de Einstein y ex conservador de los archivos del
científico en la Universidad Hebrea de Jerusalén, me dio ideas sobre las
actitudes de Einstein con respecto a Alemania y su legado judío.
Barbara Wolff, que actualmente trabaja en los mencionados
archivos de la Universidad Hebrea, realizó una minuciosa comprobación de datos
en cada una de las páginas del manuscrito, haciendo escrupulosas correcciones,
grandes y pequeñas. Aunque ella me advirtió de que tenía fama de excesivamente
puntillosa, yo le agradezco sinceramente todas y cada una de sus «puntillas».
Aprecio asimismo el aliento de Roni Grosz, el conservador actual.
Brian Greene, físico de la Universidad de Columbia y autor
de El tejido del cosmos, fue un amigo y editor indispensable.
Comentó conmigo numerosas revisiones, pulió la terminología de los pasajes
científicos, y leyó el manuscrito definitivo. Es un auténtico maestro tanto en
ciencia como en lenguaje. Además de haber contribuido a la teoría de cuerdas,
él y su esposa, Tracy Day, son los organizadores de un festival científico
anual que se celebra en la ciudad de Nueva York, con lo que contribuyen a
difundir ese entusiasmo por la física que tan evidente resulta en su trabajo y
en sus libros.
Lawrence Krauss, profesor de física en la Universidad Case
Western Reserve y autor de Oculto en el espejo, también leyó
mi manuscrito, examinó las secciones sobre relatividad especial, relatividad
general y cosmología, y me ofreció muy buenas sugerencias y correcciones.
También él siente un entusiasmo contagioso por la física.
Krauss me ayudó a reclutar a un protegido suyo en Case, Craig J.
Copi, que enseña relatividad en esa universidad. Le pedí que hiciera una
completa revisión de todo lo relacionado con ciencia y matemáticas, y le
agradezco sus diligentes correcciones.
Douglas Stone, profesor de física en Yale, también examinó la
parte científica de este libro. Teórico especializado en materia condensa-da,
en este momento está escribiendo lo que será una importante obra sobre las
aportaciones de Einstein a la mecánica cuántica. Además de comprobar mis
secciones científicas, me ayudó a escribir los capítulos relativos al artículo
de 1905 sobre los cuantos de luz, la teoría cuántica, las estadísticas de
Bose-Einstein y la teoría cinética.
Murray Gell-Mann, premio Nobel de Física en 1969, fue un
agradable y apasionado guía desde el principio hasta el final de este proyecto.
Me ayudó a revisar los primeros borradores, revisó y corrigió los capítulos
sobre relatividad y mecánica cuántica, y me ayudó a redactar las secciones que
explicaban las objeciones de Einstein a la incertidumbre cuántica. Con su
mezcla de erudición y humor, y su admiración por los personajes implicados,
convirtió esa tarea en una gran alegría.
Arthur I. Miller, profesor emérito de historia y filosofía de la
ciencia en el University College de Londres, es autor de Einstein y
Picasso y de El imperio de las estrellas. Leyó y
releyó las versiones de mis capítulos científícos y me ayudó con numerosas
revisiones, sobre todo las relacionadas con la relatividad especial (sobre la
que ha escrito un libro pionero), la relatividad general y la teoría cuántica.
Sylvester James Gates hijo, profesor de física en la Universidad de Maryland,
aceptó leer mi manuscrito cuando salió de Aspen para ir a dar una conferencia
sobre Einstein. Realizó una exhaustiva revisión, llena de comentarios
inteligentes, y rehízo algunos pasajes científicos.
John D. Norton, profesor de la Universidad de Pittsburgh, se ha
especializado en el estudio de los procesos de pensamiento de Einstein cuando
este desarrolló tanto la relatividad especial como, más tarde, la relatividad
general. Leyó las secciones de mi libro relacionadas con ambas, hizo
correcciones y me ofreció útiles comentarios. Agradezco asimismo la guía que me
proporcionaron dos de sus colegas especializados en el método de desarrollo de
las teorías de Einstein: Jürgen Renn, del Instituto Max Planck de Berlín, y
Michel Janssen, de la Universidad de Minnesota.
George Stranahan, uno de los fundadores del Centro de Física de
Aspen, aceptó también leer y revisar mi manuscrito. Me resultó de especial
ayuda en la corrección de las secciones relativas al artículo sobre los cuantos
de luz, el movimiento browniano, y la historia y ciencia de la relatividad
especial.
Robert Rynasiewicz, filósofo de la ciencia en la Universidad Johns Hopkins,
leyó muchos de los capítulos sobre ciencia y realizó útiles sugerencias sobre
la investigación de la relatividad general.
N. David Mermin, profesor de física teórica en la Universidad de Cornell y
autor de Va sobre el tiempo: Para entender la relatividad de Einstein,
revisó y corrigió la versión definitiva del capítulo introductorio y de los
capítulos 5 y 6 sobre los artículos de Einstein de 1905.
Gerald Holton, profesor de física en Harvard, ha sido uno de los
pioneros en el estudio de Einstein, y sigue siendo una autoridad en el tema. Me
siento profundamente halagado de que decidiera leer mi libro, hacer comentarios
o ofrecerme su generoso aliento. Su colega de Harvard Dudley Herschbach, que
tanto ha hecho en favor de la enseñanza de la ciencia, también me dio su apoyo.
Tanto Holton como Herschbach hicieron útiles comentarios sobre mi borrador, y
ambos pasaron una tarde conmigo en el despacho del primero repasando
sugerencias y puliendo mis descripciones de los actores históricos.
Ashton Carter, profesor de ciencia y asuntos internacionales en
Harvard, leyó y contrastó amablemente uno de mis primeros borradores. Fritz
Stern, profesor en la Universidad de Columbia y autor de El mundo
alemán de Einstein, me dio aliento y consejo en los primeros momentos.
Robert Schulmann, uno de los editores originales del Einstein Papers Project,
hizo lo mismo. Y Jeremy Bernstein, que ha escrito varios buenos libros sobre
Einstein, me advirtió de lo difícil que podía resultar la ciencia. Tenía razón,
y también por eso le doy las gracias.
Asimismo, pedí a dos profesores de física de secundaria que realizaran una
cuidadosa lectura del libro a fin de asegurarse de que los temas científícos no
solo resultaran correctos, sino también comprensibles para todas aquellas
personas cuyos últimos estudios de física hayan sido los de secundaria. Nancy
Stravinsky Isaacson enseñaba física en Nueva Orleans hasta que, por desgracia,
el huracán Katrina la dejó con mucho más tiempo libre. David Derbes enseña
física en el Laboratorio Escuela de la Universidad de Chicago. Sus comentarios
fueron muy perspicaces y dirigidos al lector profano.
Existe un corolario al principio de incertidumbre que dice que,
por mucho que se revise un libro, siempre quedará alguna errata. Las que haya
solo a mí deben atribuírseme.
También me fue de ayuda poder contar con algunos lectores no científicos, que
me hicieron sugerencias muy útiles desde la perspectiva del profano en física
sobre diversas partes a lo largo de todo el manuscrito. Entre ellos se incluyen
William Mayer, Orville Wright, Daniel Okrent, Steve Weisman y Strobe Talbott.
Durante veinticinco años, Alice Mayhew, de Simon & Schuster, ha sido mi
editora, y Amanda Urban, de ICM, mi agente. No puedo imaginar mejores
compañeras, y en sus comentarios sobre este libro volvieron a mostrarse, como
siempre, útiles y entusiastas. Agradezco asimismo la ayuda de Carolyn Reidy,
David Rosenthal, Roger Labrie, Victoria Meyer, Elizabeth Hayes, Serena Jones,
Mara Lurie, Judith Hoover, Jackie Seow y Dana Sloan, de Simon & Schuster.
Por sus incontables actos de apoyo a lo largo de los años, doy las gracias también
a Elliot Ravetz y Patricia Zindulka.
Natasha Hoffmeyer y James Hoppes me tradujeron del alemán cartas
y escritos de Einstein, especialmente el nuevo material que aún no había sido
traducido, y les agradezco su diligencia. Jay Colton, que fuera editor
fotográfico del especial «Personaje del siglo» de la revista Time,
realizó también una labor creativa buscando fotografías para este libro.
Tuve también otros dos lectores y medio que fueron los más
valiosos de todos. El primero fue mi padre, Irwin Isaacson, un ingeniero que
infundió en mí el amor a la ciencia y que ha sido el maestro más inteligente
que jamás he tenido. Le doy las gracias por el universo que él y mi difunta
madre crearon para mí, y se las doy asimismo a mi brillante y sabia madrastra,
Julanne.
La otra valiosa lectora fue mi esposa, Cathy, que leyó cada página con su
sabiduría, sentido común y curiosidad habituales. Y la no menos valiosa «medio
lectora» fue mi hija, Betsy, quien, como de costumbre, leyó párrafos escogidos
de mi libro. La seguridad con la que luego emitió sus juicios compensa lo
aleatorio de su lectura. Las quiero entrañablemente a las dos.
·
MICHELE ANGELO BESSO
(1873-1955). El mejor amigo de Einstein. Un ingeniero simpático, aunque no muy
centrado, que conoció a Einstein en Zúrich y luego le siguió en su trabajo en
la oficina de patentes de Berna. Actuó como caja de resonancia con respecto al
artículo de 1905 sobre la relatividad especial. Se casó con Anna Winteler,
hermana de la primera novia de Einstein.
·
NIELS BOHR (1885-1962).
Pionero de la teoría cuántica, de origen danés. En los Congresos Solvay y otros
encuentros intelectuales posteriores rechazó el entusiasta desafío de Einstein
a la denominada «interpretación de Copenhague» de la mecánica cuántica.
·
MAX BORN (1882-1970). Físico
y matemático alemán. Durante cuarenta años mantuvo una brillante y estrecha
correspondencia con Einstein, al que trató de convencer de que se sintiera a
gusto con la mecánica cuántica; su esposa, Hedwig, se enfrentó a Einstein en
temas personales.
·
HELEN DUKAS (1896-1982). La
fiel secretaria de Einstein, una especie de can Cerbero que convivió con él
desde 1928 hasta su muerte y que, tras esta, se convirtió en la protectora de
su legado y de sus papeles.
·
ARTHUR STANLEY EDDINGTON
(1882-1944). Astrofísico inglés y paladín de la relatividad, cuyas
observaciones de un eclipse en 1919 vinieron a confirmar espectacularmente la
predicción de Einstein acerca de cómo la gravedad hace curvarse la luz.
·
PAUL EHRENFEST (1880-1933).
Físico de origen austríaco, apasionado e inseguro, que se unió a Einstein en
una visita a Praga en 1912 y se convirtió en profesor en Leiden, donde
invitaría a Einstein con frecuencia.
·
EDUARD EINSTEIN (1910-1965).
Segundo hijo de Mileva Maric y Einstein. Menudo y con dotes artísticas, estaba
obsesionado con Freud y quería ser psiquiatra, pero sucumbió a los demonios de
su propia esquizofrenia cuando rondaba la veintena y permaneció casi todo el
resto de su vida internado en Suiza.
·
ELSA EINSTEIN (1876-1936).
Prima camal y segunda esposa de Einstein. Madre de Margot y de Ilse Einstein,
hijas de su primer matrimonio con el comerciante textil Max Lowenthal. Ella y
sus hijas recuperaron el apellido de soltera, Einstein, tras su divorcio en
1908. En 1919 se casó con Einstein. Era más inteligente de lo que aparentaba, y
sabía bien cómo manejarle.
·
HANS ALBERT EINSTEIN
(1904-1973). Primer hijo de Mileva Maric y Einstein, un difícil papel que supo
interpretar con elegancia. Estudió ingeniería en el Politécnico de Zúrich. En
1927 se casó con Frieda Knecht (1895-1958). El matrimonio tuvo dos hijos, Bernard
(n. 1930) y Klaus (1932-1938), y una hija adoptiva, Evelyn (n. 1941). En 1938
se trasladó a Estados Unidos y más tarde se convirtió en profesor de ingeniería
hidráulica en Berkeley. Tras la muerte de Frieda, en 1959 se casó con Elizabeth
Roboz (1904-1995). Bernard tiene cinco hijos, los únicos bisnietos conocidos de
Albert Einstein.
·
HERMANN EINSTEIN
(1847-1902). Padre de Einstein, procedente de una familia judía de la Suabia
rural. Con su hermano Jakob, dirigió compañías eléctricas en Munich y luego en
Italia, aunque sin demasiado éxito.
·
ILSE EINSTEIN (1897-1934).
Hija del primer matrimonio de Elsa Einstein. Tuvo escarceos amorosos con el
médico y aventurero Georg Nicolai, y en 1924 se casó con el periodista
literario Rudolph Kayser, quien más tarde escribiría un libro sobre Einstein
bajo el seudónimo de Anton Reiser.
·
LIESERL EINSTEIN (1902-?).
Hija prematrimonial de Einstein y Mileva Maric. Posiblemente Einstein ni
siquiera llegara a conocerla. Se cree que fue dada en adopción en la ciudad
natal de su madre, Novi Sad, en Serbia, y que probablemente murió de escarlatina
a finales de 1903.
·
MARGOT EINSTEIN (1899-1986).
Hija del primer matrimonio de Elsa Einstein, de carácter tímido y escultora de
profesión. En 1930 se casó con el ruso Dimitri Marianoff. No tuvieron hijos.
Más tarde escribió un libro sobre Einstein. Se divorció en 1937, se trasladó
con Einstein a Princeton y vivió en el número 112 de Mercer Street hasta su
muerte.
·
MARÍA «MAJA» EINSTEIN
(1881-1951). Única hermana de Einstein y una de sus más íntimas confidentes. Se
casó con Paul Winteler, con quien no tuvo hijos, y en 1938 se trasladó, sin él,
de Italia a Princeton para vivir con su hermano.
·
PAULINE KOCH EINSTEIN
(1858-1920). La madre de Einstein, una persona resuelta y de carácter práctico.
Hija de un próspero comerciante de cereales judío de Württemberg. En 1876 se
casó con Hermann Einstein.
·
ABRAHAM FLEXNER (1866-1959).
Reformador pedagógico estadounidense. Fundó el Instituto de Estudios Avanzados
de Princeton e invitó a Einstein a incorporarse a él.
·
PHILIPP FRANK (1884-1966).
Físico austríaco. Sucedió a Su amigo Einstein en la Universidad Alemana de
Praga, y más tarde escribió un libro sobre él.
·
MARCEL GROSSMANN
(1878-1936). Diligente compañero de clase en el Politécnico de Zúrich que
tomaba apuntes de matemáticas para Einstein, y que más tarde le ayudaría a
encontrar trabajo en la oficina de patentes. Como profesor de geometría
descriptiva en el Politécnico, guió a Einstein en las fórmulas matemáticas que
necesitaba para la relatividad general.
·
FRITZ HABER (1868-1934).
Químico alemán y pionero en el uso del gas como arma de guerra. Ayudó a
reclutar a Einstein en Berlín y medió entre él y Maric. Judío convertido al
cristianismo en un esfuerzo por ser un buen alemán, predicó a Einstein las
virtudes de la asimilación hasta que los nazis llegaron al poder.
·
CONRAD HABICHT (1876-1958).
Matemático e inventor aficionado, miembro del trío de debate de la «Academia
Olimpia» en Berna, y destinatario de dos famosas cartas de Einstein que
anunciaban sus futuros artículos.
·
WERNER HEISENBERG
(1901-1976). Físico alemán. Pionero de la mecánica cuántica, formuló el
principio de incertidumbre, al que Einstein se pasó años oponiéndose.
·
DAVID HILBERT (1862-1943).
Matemático alemán que en 1915 compitió con Einstein por descubrir las
ecuaciones matemáticas de la relatividad general.
·
BANESH HOFFMANN (1906-1986).
Físico y matemático que colaboró con Einstein en Princeton y más tarde escribió
un libro sobre él.
·
PHILIPP LENARD (1862-1947).
Físico húngaro-alemán cuyas observaciones experimentales sobre el efecto
fotoeléctrico fueron explicadas por Einstein en su artículo de 1905 sobre los
cuantos de luz. Más tarde se haría antisemita, nazi y detractor de Einstein.
·
HENDRIK ANTOON LORENTZ
(1853-1928). Genial y sabio físico holandés cuyas teorías prepararon el terreno
a la relatividad especial. Para Einstein sería una figura paterna.
·
MILEVA MARIC (1875-1948).
Estudiante serbia de física en el Politécnico de Zúrich que se convertiría en
la primera esposa de Einstein. Madre de Hans Albert, Eduard y Lieserl.
Apasionada e impulsiva, pero también melancólica y cada vez más depresiva, venció
muchos de los obstáculos a los que entonces se enfrentaba cualquier mujer que
aspirara a ser física, aunque no todos. Se separó de Einstein en el año 1914 y
se divorció en 1919.
·
ROBERT ANDREWS MILLIKAN
(1868-1953). Físico experimental estadounidense que confirmó la ley del efecto
fotoeléctrico de Einstein y le invitó a incorporarse al Instituto Tecnológico
de California como profesor visitante.
·
HERMANN MINKOWSKI
(1864-1909). Profesor de matemáticas de Einstein en el Politécnico de Zúrich,
que en cierta ocasión aludió a él calificándole de «perro perezoso», y más
tarde concibió una formulación matemática de la relatividad especial en
términos de espacio-tiempo tetradimensional.
·
GEORG FRIEDRICH NICOLAI, N.
LEWINSTEIN (1874-1964). Médico, pacifista, aventurero carismático y donjuán.
Amigo y médico de Elsa Einstein y probable amante de su hija Ilse, en 1915
escribió un panfleto pacifista junto con Einstein.
·
ABRAHAM PAIS (1918-2000).
Físico teórico de origen holandés que fue colega de Einstein en Princeton y
escribió una biografía científica de él.
·
MAX PLANCK (1858-1947).
Físico teórico prusiano que fue uno de los primeros mentores de Einstein y
ayudó a que se le reclutara en Berlín. Sus instintos conservadores, tanto en la
vida como en la política, le contraponían a Einstein, pero ambos mantuvieron
una cálida y estrecha relación hasta la llegada de los nazis al poder.
·
ERWIN SCHRÖDINGER
(1887-1961). Físico teórico austríaco que fue pionero de la mecánica cuántica,
pero que luego se unió a Einstein manifestando su malestar frente a las
incertidumbres y probabilidades que esta entrañaba.
·
MAURICE SOLOVINE
(1875-1958). Estudiante de filosofía rumano en Berna que fundó la «Academia
Olimpia» con Einstein y Habicht. Se convirtió en el editor francés de Einstein,
con el que mantuvo correspondencia durante toda su vida.
·
LEÓ SZILÁRD (1898-1964).
Físico de origen húngaro, excéntrico y encantador, que conoció a Einstein en
Berlín y patentó un refrigerador con él. Concibió la reacción nuclear en cadena
y fue coautor de la carta que en 1939 Einstein envió al presidente estadounidense
Franklin Roosevelt llamando su atención sobre la posibilidad de construir una
bomba atómica.
·
CHAIM WEIZMANN (1874-1952).
Químico de origen ruso que emigró a Inglaterra y se convirtió en presidente de
la Organización Sionista Internacional. En 1921 llevó a Einstein por primera
vez a Estados Unidos, utilizándole como gancho para recaudar fondos. Fue el
primer presidente de Israel, cargo que a su muerte le sería ofrecido a
Einstein.
·
FAMILIA WINTELER. Einstein
se hospedó en su casa mientras fue estudiante en Aarau, Suiza. Jost Winteler
fue su maestro de historia y de griego, mientras que su esposa, Rosa, se
convirtió en una especie de madre para él. De los siete hijos del matrimonio,
Marie fue la primera novia de Einstein; Anna se casó con su mejor amigo,
Michele Besso, y Paul se casó con su hermana, Maja.
·
HEINRICH ZANGGER
(1874-1957). Profesor de fisiología en la Universidad de Zúrich. Entabló
amistad con Einstein y Maric, y ayudó a mediar en sus disputas y en su
divorcio.
Capítulo 1
El hombre que viajaba con un rayo de luz
«Te prometo cuatro artículos», le escribió el joven examinador
de patentes a su amigo. La carta resultaría ser portadora de algunas de las
nuevas más significativas en la historia de la ciencia, pero su carácter
trascendental quedaba oculto por un tono bromista muy típico de su autor. Al
fin y al cabo, este acababa de dirigirse a su amigo llamándolo «ballena
congelada», disculpándose por escribirle una carta que no era sino una
«cháchara insustancial». Solo cuando pasaba a referirse a los artículos, que
habría redactado en su tiempo libre, daba algún indicio que permitía percibir
su trascendencia.[2]
«El primero trata de la radiación y las propiedades energéticas
de la luz, y es bastante revolucionario», explicaba. En efecto, era ciertamente
revolucionario. Sostenía que la luz podía concebirse no solo como una onda,
sino también como un chorro de partículas diminutas llamadas «cuantos». Las
consecuencias que a la larga se derivarían de esa teoría —un cosmos sin una
causalidad o una certeza estrictas— le asustarían a él mismo durante el resto
de su vida.
«El segundo artículo es una determinación del verdadero tamaño
de los átomos». Aunque la propia existencia de los átomos seguía siendo todavía
objeto de debate, este era el más sencillo de los artículos, y de ahí que fuera
precisamente el que eligiera como la apuesta más segura en su última tentativa
de tesis doctoral. Estaba en proceso de revolucionar la física, pero en
repetidas ocasiones se habían visto frustrados sus esfuerzos de obtener un
puesto académico o incluso de obtener el doctorado, cosa que él esperaba que le
ayudaría a ascender de examinador de tercera a examinador de segunda en la
oficina de patentes.
El tercer artículo explicaba el errático movimiento de las
partículas microscópicas en un líquido empleando un análisis estadístico de
colisiones aleatorias. Y de paso establecía que los átomos y las moléculas
existían realmente.
«El cuarto artículo es todavía un tosco borrador de una electrodinámica de los
cuerpos en movimiento que emplea una modificación de la teoría del espacio y el
tiempo». Bueno, no cabía duda de que aquello era algo más que una cháchara
insustancial. Basándose meramente en experimentos mentales —realizados en su
cabeza, y no en un laboratorio—, había decidido descartar la concepción
newtoniana de un espacio y un tiempo absolutos, en lo que pasaría a conocerse
como la «teoría de la relatividad especial».
Lo que no le decía a su amigo, debido a que todavía no se le había ocurrido,
era que aquel mismo año iba a redactar un quinto artículo, un breve apéndice
del cuarto, que postulaba una relación entre energía y masa. De ahí surgiría la
ecuación más conocida de toda la física: E = mc2.
Tanto si volvemos la vista atrás, a un siglo que será recordado
por su voluntad de romper las cadenas clásicas, como si miramos hacia delante,
a una época que aspira a alimentar la creatividad necesaria para la innovación
científica, una figura destaca como icono supremo de nuestra era, el bondadoso
refugiado de la opresión cuya desordenada melena, brillantes ojos, contagiosa
humanidad y extraordinaria inteligencia hicieron de su rostro un símbolo y de
su nombre un sinónimo del genio. Albert Einstein fue un pionero dotado de una
gran imaginación y guiado por la fe en la armonía de la obra de la naturaleza.
Su fascinante historia, un testamento del vínculo entre creatividad y libertad,
refleja los triunfos y tumultos de la época moderna.
Ahora que sus archivos se han abierto completamente, es posible explorar cómo
el lado privado de Einstein —su personalidad inconformista, su instinto de
rebeldía, su curiosidad, sus pasiones y desapegos— se entretejió con su lado
político y su lado científico. Conocer al hombre nos ayudará a comprender las
fuentes de su ciencia, y viceversa. Su carácter, su imaginación y su genio
creativo se hallaban mutuamente relacionados, como si formaran parte de una
especie de campo unificado.
Pese a su reputación de persona distante, en realidad era
apasionado tanto en su vida personal como en sus afanes científicos. En la
universidad se enamoró locamente de la única mujer que había en su clase de
física, una oscura y vehemente serbia llamada Mileva Maric. Tuvieron una hija
ilegítima, luego se casaron y tuvieron otros dos hijos. Ella actuó como caja de
resonancia para sus ideas científicas y le ayudó a verificar las fórmulas
matemáticas de sus artículos; pero a la larga su relación se desintegró.
Einstein le ofreció un acuerdo. Algún día, le dijo, ganaría el Premio Nobel; si
ella le concedía el divorcio, él le daría el dinero del premio. Ella lo pensó
durante una semana y acabó aceptando. Dado que sus teorías eran tan radicales,
habrían de pasar diecisiete años tras su milagrosa producción desde la oficina
de patentes para que finalmente obtuviera el galardón y ella cobrara.
La vida y obra de Einstein reflejan el trastorno de las certidumbres sociales y
los absolutos morales que caracterizó la atmósfera modernista de comienzos del
siglo XX. Flotaba en el aire un imaginativo inconformismo; Picasso, Joyce,
Freud, Stravinski, Schonberg y otros rompían los límites convencionales. Y
asimismo formaba parte de esa atmósfera una concepción del universo en la que
el espacio y el tiempo y las propiedades de las partículas parecían basados en
los caprichos de la observación.
Einstein, sin embargo, no era un auténtico relativista, aunque
fuera así como muchos lo interpretaran, incluyendo algunos cuyo desdén estaba
teñido de antisemitismo. Por debajo de todas sus teorías, incluida la
relatividad, subyacía la búsqueda de constantes, certezas y absolutos. Einstein
creía que existía una realidad armónica tras las leyes del universo y que el
objetivo de la ciencia era descubrirla.
Su búsqueda se inició en 1895, cuando a los dieciséis años de edad trató de
imaginar qué sentiría alguien que viajara con un rayo de luz. Una década más
tarde tendría lugar su año milagroso, descrito en la carta anteriormente
mencionada, que sentaría las bases de los dos grandes avances de la física del
siglo XX: la relatividad y la teoría cuántica.
Una década después de eso, en 1915, arrebató a la naturaleza su
gloria suprema con una de las teorías más hermosas de toda la ciencia, la
teoría de la relatividad general. Como en el caso de la relatividad especial,
su pensamiento había evolucionado a través de experimentos mentales. «Imagine
que se encuentra en un ascensor completamente cerrado que es objeto de una
aceleración a través del espacio», conjeturaba en uno de ellos; «los efectos
que sentiría resultarían indistinguibles de la experiencia de la gravedad».
La gravedad, imaginó, era una deformación del espacio y el
tiempo, e ideó unas ecuaciones que describían cómo la dinámica de esta
curvatura se deriva de la interacción entre materia, movimiento y energía. Ello
puede describirse mediante otro experimento mental. Imagine que se hace rodar,
por ejemplo, una bola de bolera sobre la superficie bidimensional de una cama
elástica. Una vez que esta se haya detenido, haremos rodar unas cuantas bolas
de billar. Estas últimas se moverán hacia la bola de bolera no porque esta
ejerza alguna atracción misteriosa, sino debido al modo en que hace curvarse el
tejido de la cama elástica. Ahora imagine que eso mismo sucede en la superficie
tetradimensional del espacio-tiempo. Es cierto que imaginar esto último no nos
resulta nada fácil, pero precisamente por eso nosotros no somos Einstein y él
sí.
El punto medio exacto de su carrera tuvo lugar una década después de eso, en
1925, y resultó ser asimismo un punto de inflexión. La revolución cuántica que
Einstein había ayudado a iniciar se estaba transformando en una nueva mecánica
que se basaba en incertidumbres y probabilidades. Ese año hizo sus últimas
grandes contribuciones a la mecánica cuántica, pero al mismo tiempo empezó a
oponerse a ella. Einstein pasaría las tres décadas siguientes, hasta finalizar
con unas cuantas ecuaciones garabateadas en su lecho de muerte en 1955,
criticando tenazmente lo que él consideraba el carácter incompleto de la
mecánica cuántica, al tiempo que trataba de incorporar esta a una teoría del
campo unificado.
Tanto durante sus treinta años de revolucionario como durante
sus treinta posteriores de opositor, Einstein se mantuvo constante en su
voluntad de ser un solitario serenamente divertido con un confortable
inconformismo. De pensamiento independiente, se dejaba arrastrar por una
imaginación que rompía los límites del saber convencional. Era una oveja negra,
un rebelde reverente, y se guiaba por la fe —llevada con ligereza y con cierto
guiño— en un Dios que no jugaba a los dados dejando que las cosas acontecieran
por casualidad.
El rasgo inconformista de Einstein era evidente tanto en su personalidad como
en sus ideas políticas. Aunque suscribía los ideales socialistas, era demasiado
individualista para sentirse cómodo con un control estatal excesivo o una
autoridad centralizada. Su instintivo desapego, que tan bien le serviría Como
joven científico, le hacía alérgico al nacionalismo, al militarismo o a
cualquier cosa que oliera a mentalidad gregaria. Y hasta que Hitler le hizo
revisar sus ecuaciones geopolíticas, fue un pacifista instintivo que defendió
la objeción a la guerra.
Su historia abarca el amplio recorrido de la ciencia moderna, de lo
infinitesimal a lo infinito, desde la emisión de fotones hasta la expansión del
cosmos. Un siglo después de los grandes triunfos de Einstein seguimos viviendo
todavía en su universo, un universo definido a escala macroscópica por su
teoría de la relatividad y a escala microscópica por una mecánica cuántica que
se ha revelado duradera pese a seguir resultando desconcertante.
Sus huellas impregnan todas las tecnologías actuales. Las células
fotoeléctricas y los láseres, la energía nuclear y la fibra óptica, los viajes
espaciales e incluso los semiconductores; todo ello tiene su origen en las
teorías de Einstein. Fue él quien firmó la carta dirigida a Franklin Roosevelt
en la que advertía de la posibilidad de construir una bomba atómica, y su
célebre ecuación que relacionaba la energía y la masa flota en nuestra mente
cada vez que recordamos la nube en forma de hongo resultante de ella.
El salto a la fama de Einstein, que se produjo cuando las
mediciones realizadas durante un eclipse vinieron a confirmar su predicción
acerca de en qué medida la gravedad hace curvarse la luz, coincidió con el
nacimiento de una nueva era de celebridades, al que también contribuyó.
Einstein se convirtió en una supernova científica y en un icono humanista, en
uno de los rostros más famosos del planeta. La opinión pública se afanó en
tratar de comprender sus teorías, lo elevó a la categoría de genio de culto y lo
canonizó como una especie de santo secular.
Si no hubiera tenido aquella desordenada melena y aquellos ojos penetrantes,
¿se habría convertido de todos modos en uno de los rostros científicos
predominantes de los posters de la época? Supongamos, a modo de experimento
mental, que hubiera tenido un aspecto más similar al de Max Planck o al de
Niels Bohr. ¿Habría permanecido confinado a la órbita propia de su reputación,
es decir, la de un mero genio científico? ¿O de todos modos habría dado el
salto al panteón habitado por Aristóteles, Galileo y Newton?[3]
Personalmente creo que lo cierto es esto último. Su obra tenía
un carácter muy personal, una impronta que la hacía reconociblemente suya, del
mismo modo que un Picasso es perfectamente reconocible como Picasso. Dio saltos
imaginativos y discernió grandes principios a través de experimentos mentales
en lugar de hacerlo a través de inducciones metódicas basadas en datos
experimentales. Las teorías que resultaron de ello fueron a veces asombrosas,
misteriosas y contrarias a la intuición, y sin embargo contenían nociones
capaces de cautivar la
imaginación popular, como la relatividad del espacio y el
tiempo, E = mc2, la curvatura de los rayos de luz o la
deformación del espacio.
A esta aureola venía a sumarse su sencilla humanidad. Su
seguridad interior se veía atemperada por la humildad de quien siente
reverencia ante la naturaleza. Podía mostrarse despegado y distante de las
personas cercanas a él, pero con respecto a la humanidad en general, emanaba
una auténtica bondad y una amable compasión.
Sin embargo, pese a todo su atractivo popular y su aparente accesibilidad,
Einstein también vino a simbolizar la percepción de que la física moderna era
algo que el profano común y corriente no podía comprender, «competencia de unos
expertos cuasi sacerdotales», en palabras del profesor de Harvard Dudley
Herschbach.[4] No siempre había sido así. Galileo y Newton fueron ambos
grandes genios, pero su explicación mecánica del mundo, a base de causas y
efectos, era algo que las personas reflexivas podían llegar a comprender. En el
siglo XVIII de Benjamin Franklin y en el XIX de Thomas Edison, una persona
culta podía adquirir cierta familiaridad con la ciencia e incluso hacer sus
pinitos como científico aficionado.
Dadas las necesidades del siglo XXI, habría que recuperar, si es posible, el
interés popular por las empresas científicas. Esto no significa que toda la
bibliografía importante deba dedicarse a popularizar una física diluida o que
un abogado de empresa deba estar al día en física cuántica. Lejos de eso,
significa que la apreciación por el método científico constituye un valioso
activo para una ciudadanía responsable. Lo que la ciencia nos enseña, de manera
harto significativa, es la correlación entre evidencias factuales y teorías
generales, algo que ilustra muy bien la vida de Einstein.
Asimismo, el aprecio por las glorias de la ciencia constituye un
rasgo festivo para toda buena sociedad. Nos ayuda a permanecer en contacto con
esa capacidad de asombro, propia de la infancia, ante cosas tan ordinarias como
las manzanas que caen o los ascensores, lo que caracteriza a Einstein y a otros
grandes físicos teóricos.[5]
De ahí que merezca la pena estudiar a Einstein. La ciencia es estimulante y
noble, y su búsqueda constituye una misión encantadora, tal como nos recuerdan
las epopeyas de sus héroes. Cerca del final de su vida, el Departamento de
Enseñanza del estado de Nueva York le preguntó a Einstein en qué creía que las
escuelas debían hacer mayor hincapié. «En la enseñanza de la historia —repuso
este—, deberían estudiarse extensamente las personalidades que beneficiaron a
la humanidad a través de la independencia de carácter y de juicio».[6] Él mismo entra en esta categoría.
En una época en la que, frente a la competencia global, se da un
nuevo énfasis a la enseñanza de la ciencia y de las matemáticas, debemos
señalar también la segunda parte de la respuesta de Einstein: «Hay que acoger
los comentarios críticos de los estudiantes con un espíritu cordial —añadió—.
La acumulación de material no debe asfixiar la independencia de los
estudiantes». La ventaja competitiva de una sociedad no vendrá de lo bien que
se enseñe en sus escuelas la multiplicación y las tablas periódicas, sino de lo
bien que se sepa estimular la imaginación y la creatividad.
Ahí radica la clave —creo— de la genialidad de Einstein y de las
lecciones de su vida. De joven estudiante nunca se le dio bien el aprendizaje
de memoria. Y más tarde, como teórico, su éxito provino, no de la fuerza bruta
de su capacidad mental, sino de su imaginación y su creatividad. Podía
construir ecuaciones complejas, pero lo más importante era que sabía que las
matemáticas constituyen el lenguaje que usa la naturaleza para describir sus
maravillas. Así, fue capaz de visualizar cómo las ecuaciones se reflejaban en
realidades; cómo las ecuaciones del campo electromagnético descubiertas por
James Clerk Maxwell, por ejemplo, se manifestarían en un muchacho que viajara
con un rayo de luz. Como declaró en cierta ocasión, «la imaginación es más
importante que el conocimiento».[7]
Ese enfoque le exigió adoptar una actitud inconformista. «¡Viva
la imprudencia! —le dijo exultante a la amante que más tarde se convertiría en
su esposa—. Es mi ángel guardián en este mundo». Muchos años después, cuando
otros creían que su renuencia a suscribir la mecánica cuántica demostraba que
había perdido su agudeza, él se lamentaba: «Para castigarme por mi desprecio a
la autoridad, el destino ha hecho que me convierta en autoridad yo mismo».[8]
Su éxito provino de cuestionar la opinión convencional, de
desafiar la autoridad y de maravillarse ante misterios que a otros les parecían
mundanos. Ello le llevó a adherirse a una moral y una política basadas en el
respeto a las mentes libres, los espíritus libres y los individuos libres. La
tiranía le repugnaba, y veía la tolerancia no simplemente como una virtud
agradable, sino como una condición necesaria para una sociedad creativa. «Es
importante fomentar la individualidad —decía—, ya que solo el individuo puede
producir las nuevas ideas».[9]
Este punto de vista hizo de Einstein un rebelde que respetaba la armonía de la
naturaleza, que tenía la mezcla exacta de imaginación y sabiduría para
transformar nuestra comprensión del universo. Y estos rasgos son exactamente
tan vitales en este nuevo siglo de globalización, en el que nuestro éxito
dependerá de nuestra creatividad, como lo fueron a comienzos del siglo XX,
cuando Einstein contribuyó a introducimos en la era moderna.
Maja, con tres años, junto a Albert Einstein, con cinco.
Contenido:
·
Suabos
·
Münich
·
La escuela
·
Aarau
Suabos
Tardó en aprender a hablar. «Mis padres estaban tan preocupados —recordaría más
tarde— que consultaron a un médico». Aun después de haber empezado a utilizar
palabras, en algún momento a partir de los dos años, desarrolló una rareza que
llevó a la criada de la familia a llamarle der Depperte (el
atontado) y a otros miembros de su familia a calificarle de «casi retrasado».
Cada vez que tenía algo que decir, primero lo ensayaba consigo mismo,
murmurándolo en voz baja hasta que le sonaba lo bastante bien como para
pronunciarlo en voz alta. «Cada frase que decía —recordaría su respetuosa
hermana pequeña—, independientemente de lo rutinaria que fuera, la repetía para
sus adentros, moviendo los labios». Resultaba muy preocupante, añadía. «Tenía
tal dificultad con el lenguaje, que los que le rodeaban temían que nunca
aprendiera».[10]
Su lento desarrollo iba de la mano de una descarada rebeldía
frente a la autoridad, que llevó a uno de sus maestros a enviarle a casa y a
otro a hacer reír a la historia al declarar que nunca llegaría a nada. Esos
rasgos harían de Albert Einstein el santo patrón de los alumnos desaplicados en
todas partes.[11] Pero también ayudaron a convertirle —o al menos eso dedujo
más tarde— en el genio científico más creativo de los tiempos modernos.
Su arrogante desprecio por la autoridad le llevó a cuestionar la opinión
general de tales maneras que a los bien entrenados acólitos de la academia
jamás se les pasaron por la cabeza. Y en cuanto a la lentitud de su desarrollo
verbal, Einstein llegaría a creer que esta le había permitido observar con
admiración fenómenos cotidianos que otros daban por sentados. «Cuando me pregunté
cómo había sido que yo concretamente hubiera descubierto la teoría de la
relatividad —explicó Einstein en cierta ocasión—, la respuesta parecía residir
en la circunstancia siguiente. El adulto ordinario nunca se molesta en ocupar
su cabeza en los problemas del espacio y el tiempo. Son cosas en las que ya ha
pensado de niño. Pero yo me desarrollé tan lentamente que no empecé a
preguntarme por el espacio y el tiempo hasta que ya había crecido. En
consecuencia, profundicé más en el problema de lo que lo habría hecho cualquier
niño normal».[12]
Los problemas de desarrollo de Einstein probablemente se han
exagerado, quizá incluso por parte de él mismo, puesto que disponemos de
algunas cartas de sus devotos abuelos en las que se afirma que era exactamente
tan inteligente y simpático como cualquier otro nieto. Sin embargo, a lo largo
de toda su vida Einstein padeció una forma leve de ecolalia, que le llevaba a
repetirse frases a sí mismo dos o tres veces, especialmente si le divertían. Y
en general prefería pensar en imágenes, sobre todo en sus famosos experimentos
mentales, como la idea de observar relámpagos desde un tren en marcha o
experimentar la gravedad estando dentro de un ascensor que cae. «Rara vez
pienso en palabras para nada —le diría más tarde a un psicólogo—. Me viene una
idea, y puede que trate de expresarla en palabras después».[13]
Einstein descendía, por parte de ambos progenitores, de
comerciantes y vendedores ambulantes judíos que durante al menos dos siglos
habían llevado vidas modestas en poblaciones rurales de Suabia, en el sudoeste
de Alemania. Con el paso de las generaciones se habían ido asimilando —o al
menos eso creían— en la cultura alemana que tanto amaban. Aunque judíos por
designio cultural e instinto familiar, apenas manifestaban interés en la
religión judía o en sus rituales.
Einstein despreciaría constantemente el papel que había desempeñado su legado
familiar a la hora de modelar la persona en la que se convirtió. «La
exploración de mis ancestros —le diría a un amigo más adelante— no lleva a
ningún sitio».[14]Esto no es del todo cierto. Tuvo la fortuna de nacer en un
linaje familiar inteligente y de mente independiente que valoraba la educación,
y sin duda su vida se vería afectada, de forma tan hermosa como trágica, por la
pertenencia a un legado religioso que contaba con una tradición intelectual
distintiva y un historial de nómadas y extranjeros. Obviamente, el hecho de que
le tocara ser judío en la Alemania de principios del siglo XX le hizo ser aún
más extranjero, y aún más nómada, de lo que él hubiera querido; pero también
eso sería parte integrante de su persona y del papel que desempeñaría en la
historia del mundo.
El padre de Einstein, Hermann, nació en 1847 en la aldea suaba de Buchau, cuya
próspera comunidad judía apenas empezaba a disfrutar del derecho de seguir
cualquier vocación. Hermann mostraba «una marcada inclinación por las
matemáticas»,[15] y su familia pudo enviarle a un instituto de secundaría
situado a 120 kilómetros al norte de Stuttgart. No pudieron permitirse, sin
embargo, enviarle a ninguna universidad, y en cualquier caso la mayoría de
ellas estaban cerradas para los judíos, de modo que regresó a casa, a Buchau,
para dedicarse al comercio.
Unos años después, en el contexto de una emigración generalizada
de los judíos de la Alemania rural a los centros industriales producida a
finales del siglo XIX, Hermann y sus padres se trasladaron a 56 kilómetros, a
la población —más próspera— de Ulm, que de manera profética ostentaba como lema
el de Ulmenses sunt mathematici («los Ulmenses son
matemáticos»).[16]
Allí se convirtió en socio de una empresa de colchones de plumas
de un primo suyo. Era «extremadamente amable, apacible y prudente», recordaría
su hijo más tarde.[17] Con una amabilidad que rayaba en la docilidad, Hermann se
revelaría como un empresario inepto y siempre muy poco habilidoso en asuntos
financieros. Pero su docilidad le hacía especialmente apto para ser un genial
hombre de familia y un buen marido para una mujer de voluntad fuerte. A los
veintinueve años de edad se casó con Pauline, once años más joven que él.
El padre de Pauline, Julius Koch, había amasado una considerable fortuna como
comerciante de cereales y proveedor de la corte real de Württemberg. Pauline
heredó su carácter práctico, pero atemperó su predisposición adusta con un
ingenio burlón rayano en el sarcasmo y una risa que podía resultar tan
contagiosa como hiriente (dos rasgos que transmitiría a su hijo). La unión de
Hermann y Pauline fue feliz en todos los sentidos, y su fuerte personalidad
encajaba «en completa armonía» con la pasividad de su esposo.[18]
Su primer hijo nació a las once de la mañana del viernes 14 de marzo de 1879,
en Ulm, que recientemente se había incorporado, junto al resto de Suabia, al
nuevo Reich alemán. Inicialmente, Pauline y Hermann habían planeado llamar al
niño Abraham, por su abuelo paterno. Pero, según explicaría el propio Einstein,
al final les pareció que el nombre sonaba «demasiado judío»,[19] de modo que mantuvieron la inicial y decidieron llamarle
Albert.
Münich
En 1880, justo un año después del nacimiento de Albert, la empresa de colchones
de plumas de Hermann se fue a pique y este se trasladó a Múnich siguiendo el
consejo de su hermano Jakob, que había abierto allí una compañía de suministro
eléctrico y de gas. A diferencia de Hermann, Jakob, el más joven de cinco
hermanos, había podido recibir una educación superior y había obtenido el
título de ingeniero. Mientras ambos competían por conseguir contratos para
suministrar generadores y luz eléctrica a los municipios del sur de Alemania,
Jakob se hacía cargo de la parte técnica, mientras que Hermann aportaba un
mínimo dominio del arte de la venta, además —y quizá lo más importante— de
diversos préstamos procedentes de la familia de su esposa.[20]
Pauline y Hermann tuvieron un segundo y último hijo en noviembre de 1881, esta
vez una niña, a la que llamaron María, pero que, en cambio, durante toda su
vida empleó su diminutivo, Maja. Cuando le mostraron a Albert a su nueva
hermana por primera vez, le hicieron creer que se trataba de una especie de
maravilloso juguete del que podía disfrutar. Su respuesta fue observarla y
luego exclamar: «Sí, pero ¿dónde están las ruedas?».[21] Puede que no fuera una pregunta especialmente perspicaz,
pero sí mostraba que durante su tercer año los problemas de lenguaje de
Einstein no le impidieron hacer algunos comentarios memorables. A pesar de
algunas riñas infantiles, Maja habría de convertirse en la compañera espiritual
más íntima de su hermano.
Los Einstein se establecieron en un confortable hogar con grandes árboles y un
elegante jardín, en un barrio residencial de Múnich, para llevar lo que habría
de ser, al menos durante la mayor parte de la infancia de Albert, una
respetable existencia burguesa. Múnich había sido arquitectónicamente renovada
por el rey loco Luis II (1845-1886) y ostentaba un montón de iglesias, galerías
de arte y salas de conciertos que favorecían las obras de uno de sus
residentes, Richard Wagner. En 1882, justo después de que llegaran los
Einstein, la ciudad tenía unos trescientos mil habitantes, el 85 por ciento de
ellos católicos y el 2 por ciento judíos, y fue la sede de la primera
exposición eléctrica de Alemania, con motivo de la cual se introdujo el
alumbrado eléctrico en las calles de la ciudad.
El jardín trasero de la casa de Einstein solía estar lleno de niños, algunos de
los cuales eran primos suyos, pero él temía sus bulliciosos juegos, así que «se
ocupaba de cosas más tranquilas». Una institutriz le apodaba el «Padre
Aburrido». En general era un solitario, una tendencia que afirmaría apreciar
durante toda su vida, aunque en su caso se trataba de una clase de desapego
especial que se entrelazaba con cierto gusto por la camaradería y el
compañerismo intelectual. «Desde el principio se mostraba inclinado a separarse
de los niños de su edad y a entregarse a sus ensueños y a sus cavilaciones»,
diría Philipp Frank, durante largo tiempo colega científico suyo.[22]
Le gustaba hacer rompecabezas, erigir complejas estructuras con su juego de
construcciones, jugar con una máquina de vapor que le había dado su tío y
construir castillos de naipes. Según Maja, Einstein era capaz de construir
castillos de naipes de hasta catorce pisos. Aun rebajando un poco los recuerdos
de una hermana pequeña que sin duda se sentía impresionada por la fama de su
hermano, probablemente hay mucho de verdad en su afirmación de que «era
evidente que la persistencia y la tenacidad formaban ya parte de su carácter».
También era propenso, al menos de pequeño, a coger rabietas. «En tales momentos
su rostro se volvía completamente amarillo, la punta de su nariz adquiría un
color blanco como la nieve, y perdía completamente el control de sí mismo»,
recordaría Maja. En cierta ocasión, a los cinco años de edad, cogió una silla y
se la arrojó a su tutor, que salió corriendo y no volvió jamás. La cabeza de
Maja se convirtió en el objetivo de varios objetos contundentes. «¡Hace falta
tener un buen cráneo —diría ella más tarde bromeando— para ser la hermana de un
intelectual!». A diferencia de su persistencia y su tenacidad, a la larga
consiguió superar su mal genio.[23]
Empleando el lenguaje de los psicólogos, la capacidad de sistematización del
joven Einstein (es decir, de identificar las leyes que gobiernan un sistema)
era muy superior a su capacidad de empatía (esto es, de percibir y preocuparse
por lo que sienten otros seres humanos), lo que ha llevado a algunos a
preguntarse si podría haber exhibido leves síntomas de algún trastorno del
desarrollo.[24] Sin embargo, es importante señalar que, pese a sus maneras
distantes y ocasionalmente rebeldes, no cabe duda de que tenía capacidad para
hacer amigos íntimos y para sentir empatía tanto con sus colegas como con la
humanidad en general.
Los grandes despertares que acontecen en la infancia no suelen conservarse en
la memoria. Pero en el caso de Einstein, cuando tenía cinco o seis años tuvo
una experiencia que no solo alteraría su vida, sino que también quedaría
grabada para siempre en su mente, y en la historia de la ciencia.
Un día que estaba enfermo en la cama, su padre le trajo una brújula.
Posteriormente recordaría que al examinar sus misteriosos poderes se emocionó
tanto que temblaba y sentía escalofríos. El hecho de que la aguja magnética se
comportara como si estuviera bajo la influencia de algún campo de fuerza
oculto, en lugar de hacerlo según el familiar método mecánico derivado del
tacto o del contacto, le produjo un sentimiento de asombro que le motivaría a
lo largo de toda su vida. «Todavía recuerdo —o al menos creo que recuerdo— que
aquella experiencia me causó una profunda y duradera impresión», escribiría en
una de las numerosas ocasiones en las que relataría el incidente. «Detrás de
las cosas tenía que haber algo profundamente oculto».[25]
«Es una historia muy representativa —señala Dennis Overbye en su libro Einstein
enamorado—: el joven que tiembla ante el orden invisible que subyace a la
caótica realidad». La historia se relata también en la película El
genio del amor, en la que Einstein, interpretado por Walter Matthau, lleva
la brújula colgada del cuello, y constituye el argumento de un libro infantil
titulado Al rescate de la brújula de Albert, de Shulamith
Oppenheim, cuyo suegro había escuchado el relato de boca de Einstein en 1911.[26]
Tras haberse sentido hipnotizado por la lealtad de la aguja de la brújula a un
campo invisible, Einstein desarrollaría durante toda su vida una especial
devoción por las teorías de campos como forma de describir la naturaleza. Las
teorías de campos emplean cantidades matemáticas —como números, vectores o
tensores— para describir cómo las condiciones de un punto dado del espacio
afectan a la materia o a otro campo. Así, por ejemplo, en un campo gravitatorio
o electromagnético hay fuerzas que pueden actuar sobre una partícula que se
halle en un punto dado, y las ecuaciones de una teoría de campo describen cómo
dichas fuerzas cambian a medida que uno se desplaza por ese campo. El primer
párrafo de su gran artículo de 1905 sobre la relatividad especial empieza con
una consideración de los efectos de los campos eléctricos y magnéticos; su
teoría de la relatividad general se basa en ecuaciones que describen un campo
gravitatorio, y al final de su vida Einstein seguía garabateando tenazmente
nuevas ecuaciones de campo con la esperanza de que estas pudieran constituir la
base para una teoría del todo. Como ha señalado el historiador de la ciencia
Gerald Holton, Einstein consideraba que «el concepto clásico de campo
[constituía] la mayor contribución al espíritu científico».[27]
Su madre, consumada pianista, también le hizo un regalo aproximadamente en la
misma época, un regalo que Einstein conservaría también durante toda su vida:
dispuso que a partir de entonces Albert tomara clases de violín. Al principio
le irritaba la mecánica disciplina de la instrucción. Pero después de escuchar
las sonatas de Mozart, la música se convirtió para él en algo tan mágico como
emotivo. «Creo que el amor es mejor maestro que el sentido del deber —diría—,
al menos para mí».[28]
Pronto interpretaría duetos de Mozart con su madre acompañándole al piano. «La
música de Mozart es tan pura y hermosa que yo la veo como un reflejo de la
belleza interior del propio universo», le diría más tarde a un amigo, y
añadiría: «Evidentemente, como toda gran belleza, su música era pura
simplicidad», una observación que hacía patente su visión de las matemáticas y
la física además de la de Mozart.[29]
Pero la música no era una mera diversión. Antes al contrario, le ayudaba a
pensar. «Cada vez que sentía que había llegado al final del camino o que
afrontaba un reto difícil en su trabajo —explicaría su hijo Hans Albert—, solía
refugiarse en la música y ello solía resolver todas sus dificultades». Así, el
violín le resultaría útil en los años en que vivió solo en Berlín lidiando con
la relatividad general. «A menudo tocaba el violín en la cocina hasta altas
horas de la noche, improvisando melodías mientras reflexionaba sobre
complicados problemas —recordaría un amigo—. Luego, de repente, en plena
interpretación, anunciaba con excitación: “¡Lo tengo!”. Como si fuera una
inspiración, la respuesta al problema solía venirle en medio de la música».[30]
Es posible que su aprecio por la música, y especialmente por Mozart, reflejara
su gusto por la armonía del universo. Como señalaba Alexander Moszkowski, que
en 1920 escribió una biografía de Einstein basada en conversaciones con él: «La
música, la naturaleza y Dios se entrelazaron en él formando un conjunto de
sentimientos, una unidad moral, cuyo rastro jamás se desvanecería».[31]
A lo largo de toda su vida, Albert Einstein conservaría la intuición y la
impresionabilidad de un niño. Jamás perdería su capacidad de asombro ante la
magia de los fenómenos de la naturaleza —campos magnéticos, gravedad, inercia,
aceleración, rayos de luz— que tan comunes parecen a los adultos. Conservaría
la capacidad de albergar dos pensamientos a la vez en su mente, de sentirse
perplejo cuando estos se contraponían, y de maravillarse cuando era capaz de
intuir que había una unidad subyacente. «Las personas como tú y como yo jamás
envejecemos —le escribió a un amigo, ya más avanzada su vida—. Nunca dejamos de
permanecer como niños curiosos frente al gran misterio en el que hemos nacido».[32]
La Escuela
En años posteriores, Einstein solía explicar un viejo chiste sobre un tío
agnóstico que era el único miembro de su familia que acudía a la sinagoga.
Cuando le preguntaban por qué lo hacía, el tío solía responder:
—¡Ah! ¡Nunca se sabe!
Por su parte, los padres de Einstein eran «completamente irreligiosos» y
tampoco sentían ninguna necesidad de cubrirse las espaldas. Ni seguían el kosher ni
acudían a la sinagoga, y el padre de Einstein calificaba los rituales judíos de
«supersticiones antiguas».[33]
Consecuentemente, cuando Albert cumplió los seis años y tuvo que ir a la
escuela, a sus padres no les preocupó lo más mínimo que cerca de casa no
hubiera ninguna que fuera judía. En lugar de ello, asistió a la gran escuela
católica del barrio, la Petersschule. Siendo el único judío entre los setenta
estudiantes de su clase, Einstein siguió el curso normal de religión católica,
de la que acabó disfrutando inmensamente. De hecho, sus estudios de religión
iban tan bien que incluso ayudaba a sus compañeros de clase.[34]
Un día, su profesor llevó a la clase un largo clavo. «Los clavos con los que
Jesús fue clavado en la cruz eran como este», les dijo.[35] Sin embargo, Einstein diría más tarde que no había sentido
discriminación alguna por parte de los profesores. «Los maestros eran liberales
y no hacían ninguna distinción basada en la confesión», escribiría. El caso de
sus compañeros, en cambio, era muy distinto. «Entre los niños de la escuela
elemental predominaba el antisemitismo», recordaría.
El hecho de ser objeto de burla en el camino de ida y vuelta a la escuela
basándose en «características raciales de las que los niños eran extrañamente
conscientes» ayudó a reforzar la sensación de ser un extraño, algo que le
acompañaría durante toda su vida. «Las agresiones físicas e insultos en el
camino a casa desde la escuela eran frecuentes, pero en su mayor parte no
demasiado crueles. No obstante, sí lo fueron lo bastante como para consolidar,
aun en un niño, la vivida sensación de ser un extraño».[36]
Cuando cumplió los nueve años, Einstein pasó a una escuela de secundaria
situada cerca del centro de Múnich, el Luitpold Gymnasium, conocido por ser una
institución progresista que hacía hincapié en las matemáticas y la ciencia
tanto como en el latín y el griego. Además, la escuela le proporcionó un
maestro para impartirles formación religiosa a él y a otros niños judíos.
Pese al secularismo de sus padres, o quizá precisamente a causa de él, Einstein
desarrolló de manera repentina un apasionado fervor por el judaísmo. «Era tan
ferviente en sus sentimientos, que por propia iniciativa observaba puntualmente
las escrituras religiosas judías», recordaría su hermana. No comía cerdo,
seguía las leyes de la alimentación kosher y respetaba
el sabbath, todo ello bastante difícil de realizar dado que el
resto de su familia tenía una falta de interés rayana en el desprecio por tales
manifestaciones. Incluso componía sus propios himnos para glorificar a Dios,
que cantaba para sus adentros mientras volvía andando de la escuela a casa.[37]
Existe la idea ampliamente extendida sobre Einstein de que siendo estudiante
suspendía las matemáticas, una afirmación que, a menudo acompañada de la frase
«como todo el mundo sabe», aparece en montones de libros y miles de sitios web
destinados a consolar a los estudiantes que no rinden demasiado. Incluso llegó
a aparecer en la célebre columna periodística estadounidense de Robert Ripley
«¡Lo creas o no!».
Por desgracia, aunque la infancia de Einstein ofrece a la historia numerosas y
jugosas ironías, esta no es una de ellas. En 1935, un rabino de Princeton le
mostró a Einstein un recorte de la columna de Ripley en la que aparecía este
titular: «El más grande matemático viviente suspendía las matemáticas».
Einstein soltó una carcajada: «Jamás he suspendido las matemáticas —replicó,
haciendo honor a la verdad—. Antes de los quince años ya dominaba el cálculo
diferencial y el cálculo integral».[38]
De hecho, fue un maravilloso estudiante, al menos desde el punto de vista
intelectual. En la escuela elemental era el primero de su clase. «Ayer Albert
trajo sus notas —le explicaba su madre a una tía cuando él tenía siete años—.
Ha vuelto a ser el primero». En la escuela de secundaria le disgustaba el
aprendizaje mecánico de lenguas como el latín y el griego, un problema
exacerbado por lo que más tarde diría que era su «mala memoria para las
palabras y los textos». Pero aun en esos cursos, Einstein siguió sacando
constantemente notas altas. Años después, cuando Einstein celebraba su
quincuagésimo cumpleaños y circulaban historias sobre lo mal que le había ido
al genio en secundaria, el que por entonces era director de la escuela tuvo la
feliz idea de publicar una carta en la que revelaba lo buenas que en realidad
habían sido sus notas.[39]
En cuanto a las matemáticas, lejos de fracasar, Einstein estaba «muy por encima
de las exigencias de la escuela». A los doce años de edad, recordaría su
hermana, «sentía ya predilección por resolver complicados problemas de
aritmética aplicada», y además decidió ver si podía dar un salto adelante
aprendiendo geometría y álgebra por sí mismo. Sus padres le compraron los
libros de texto antes de tiempo para que pudiera estudiarlos durante las
vacaciones de verano. No se limitó a aprender las demostraciones de los libros,
sino que abordó las nuevas teorías tratando de demostrarlas por sí mismo. «Se
olvidaba de jugar y de sus compañeros de juego —añadía su hermana—. Durante
días interminables permanecía sentado y solo, inmerso en la búsqueda de una
solución, sin ceder hasta que la había encontrado».[40]
Su tío Jakob Einstein, el ingeniero, le introdujo en las delicias del álgebra.
«Es una divertida ciencia —le explicaba—. Cuando no podemos atrapar al animal
al que queremos dar caza, lo llamamos x temporalmente y
continuamos la caza hasta que lo tenemos en el saco». Luego, recordaría Maja,
pasó a plantear a la chica retos aún más difíciles, «siempre con afectuosas
dudas sobre su capacidad de resolverlos». Cuando Einstein triunfaba, como hacía
invariablemente, él «se sentía inundado de una gran felicidad, y ya entonces
era consciente de la dirección en la que le llevaba su talento».
Entre los conceptos que le planteó el tío Jakob se hallaba el teorema de
Pitágoras (la suma de los cuadrados de los catetos de un triángulo rectángulo
es igual al cuadrado de su hipotenusa). «Después de muchos esfuerzos logré
“demostrar” este teorema basándome en las semejanzas entre triángulos»,
recordaría Einstein. Una vez más pensaba en imágenes. «Me pareció “evidente”
que las relaciones entre los lados de los triángulos rectángulos habían de
venir completamente determinadas por uno de los ángulos agudos».[41]
Maja, con el orgullo de la hermana pequeña, calificó la demostración de
Einstein del teorema de Pitágoras de «nueva y enteramente original». Aunque
quizá resultara nueva para él, es difícil imaginar que el planteamiento de
Einstein, que seguramente resultaba similar a los planteamientos estándar
basados en la proporcionalidad de los lados de triángulos semejantes, fuera
completamente original. En cambio sí demostraba la apreciación del joven
Einstein de que pueden derivarse elegantes teoremas de axiomas simples, y
también el hecho de que no había peligro alguno de que suspendiera las
matemáticas. «Cuando era un chico de doce años, me emocionaba ver que era
posible encontrar la verdad solo mediante el razonamiento, sin la ayuda de
ninguna experiencia externa —le diría años después a un reportero de un
periódico escolar de Princeton—. Cada vez me convencía más de que se podía
comprender la naturaleza como una estructura matemática relativamente simple».[42]
El mayor estímulo intelectual de Einstein provenía de un estudiante de medicina
pobre que solía cenar con su familia una vez a la semana. Existía la antigua
costumbre judía de invitar a un estudiante religioso necesitado de compartir la
comida del sabbath; los Einstein modificaron esa tradición y, en
lugar de ello, invitaron a un estudiante de medicina todos los jueves. Se
llamaba Max Talmud (más tarde, cuando emigró a Estados Unidos, cambió su
apellido por Talmey) y sus visitas comenzaron cuando él tenía veintiún años y
Einstein diez. «Era un chico agradable de cabello oscuro —recordaría Talmud—.
En todos aquellos años jamás le vi leer literatura liviana. Ni tampoco le vi
nunca con compañeros de clase o con otros chicos de su edad».[43]
Talmud le trajo libros de ciencia, incluida una colección popular ilustrada que
llevaba por título Libros populares sobre ciencias naturales, «una
obra que leí con ininterrumpida atención», diría Einstein. Los veintiún
pequeños volúmenes estaban escritos por Aaron Bernstein, quien hacía especial
hincapié en las interrelaciones entre biología y física, y describía con gran
lujo de detalles los experimentos científicos que se realizaban en la época,
especialmente en Alemania.[44]
En la sección inicial del primer volumen, Bernstein trataba de la velocidad de
la luz, un tema que era evidente que le fascinaba. De hecho, volvía a él
repetidamente en los volúmenes posteriores, incluidos once artículos sobre el
tema solo en el octavo volumen. A juzgar por los experimentos mentales que
Einstein emplearía más tarde a la hora de crear su teoría de la relatividad,
parece que los libros de Bernstein ejercieron cierta influencia.
Así, por ejemplo, Bernstein pedía a sus lectores que se imaginaran que viajaban
en un tren a gran velocidad. Si se disparara una bala a través de la ventana,
su trayectoria no sería perpendicular al movimiento del tren, sino que formaría
un cierto ángulo con este, dado que el tren habría recorrido cierta distancia
desde el momento en que la bala entraba por una ventana hasta que salía por
otra ventana del otro lado. De modo similar, dada la velocidad de la Tierra a
través del espacio, podría decirse lo mismo de la luz que pasa a través de un
telescopio. Lo asombroso —decía Bernstein— era que los experimentos mostraban
el mismo resultado independientemente de lo rápido que se moviera la fuente de
luz. En una frase que, dada su relación con las famosas conclusiones
posteriores de Einstein, pareció causarle una gran impresión, Bernstein
declaraba: «Dado que todas las clases de luz resultan tener exactamente la
misma velocidad, bien puede afirmarse que la ley de la velocidad de la luz es
la más general de todas las leyes de la naturaleza».
En otro volumen, Bernstein llevaba a sus jóvenes lectores en un viaje
imaginario a través del espacio; el medio de transporte era la onda de una
señal eléctrica. Sus libros celebraban las alegres maravillas de la
investigación científica e incluían pasajes tan exuberantes como el siguiente,
que trataba de la acertada predicción de la posición del nuevo planeta Urano:
«¡Loada sea esta ciencia! ¡Loados sean los hombres que la hicieron! ¡Y loada
sea la mente humana, que ve con mayor agudeza que el ojo humano!».[45]
Bernstein, como le ocurriría a Einstein más tarde, estaba ansioso por unir
todas las fuerzas de la naturaleza. Así, por ejemplo, después de analizar cómo
todos los fenómenos electromagnéticos, como la luz, podían considerarse ondas,
especulaba con la posibilidad de que pudiera ocurrir lo mismo con la gravedad.
Había una unidad y una simplicidad —escribía Bernstein— que subyacían a todos
los conceptos aplicados por nuestras percepciones. La verdad, en ciencia,
consistía en descubrir teorías que describieran esta realidad subyacente. Más
adelante Einstein recordaría la revelación, y la actitud realista que esto
infundió en él de joven: «Allí fuera estaba ese enorme mundo, que existe
independientemente de nosotros los seres humanos, y que se alza ante nosotros
como un grande y eterno enigma».[46]
Años después, cuando se encontraron en Nueva York durante la primera visita de
Einstein a la ciudad, Talmud le preguntó qué pensaba de la obra de Bernstein,
vista retrospectivamente. «Un libro muy bueno —le respondió—. Ha ejercido una
gran influencia en toda mi evolución».[47]
Talmud también ayudó a Einstein a seguir explorando las maravillas de las
matemáticas al proporcionarle un libro de texto de geometría dos años antes de
que le tocara aprender esta materia en la escuela. Más tarde, Einstein se
referiría a él como «el sagrado librito de geometría» y hablaría de él con
admiración: «Había allí aseveraciones, como, por ejemplo, la intersección de
las tres alturas de un triángulo en un punto, que, aunque en absoluto
evidentes, no obstante podían probarse con tal certeza que cualquier duda
parecía estar fuera de lugar. Esta lucidez y certeza me causaron una impresión
indescriptible». Tiempo después, en una conferencia pronunciada en Oxford,
Einstein señalaría: «Si Euclides no es capaz de suscitar vuestro entusiasmo
juvenil, entonces es que no habéis nacido para ser pensadores científicos».[48]
Cuando llegaba Talmud cada jueves, Einstein se deleitaba enseñándole los
problemas que había resuelto aquella semana. Al principio Talmud podía
ayudarle, pero no pasó mucho tiempo sin que se viera superado por su discípulo.
«Después de un breve periodo, unos pocos meses, había resuelto el libro entero
—recordaría Talmud—. A partir de ese momento se dedicó a las matemáticas
superiores… Pronto el vuelo de su genio matemático era tan alto que ya no pude
seguirle».[49]
Así, el asombrado estudiante de medicina pasó a introducir a Einstein en la
filosofía. «Le recomendé a Kant —recordaría—. En aquella época todavía era un
niño, tenía solo trece años, pero las obras de Kant, incomprensibles para los
mortales corrientes, parecían estar claras para él». Durante un tiempo, Kant se
convirtió en el filósofo favorito de Einstein, y su Crítica de la razón
pura le llevaría a la larga a ahondar también en David Hume, en Ernst
Mach y en la cuestión de qué es lo que puede conocerse de la realidad.
El contacto de Einstein con la ciencia le produjo una súbita reacción contra la
religión a los doce años de edad, justo cuando tendría que haber estado
preparándose para el ritual del bar mitzvá. Bernstein, en sus
volúmenes de ciencia popular, había reconciliado la ciencia con la inclinación
religiosa. Como él mismo señalaba: «La inclinación religiosa radica en la vaga
conciencia que reside en los humanos de que toda la naturaleza, incluyendo en
ella a los propios humanos, no constituye en absoluto u n juego accidental,
sino una obra legitima, de que hay una causa fundamental de toda la
existencia».
Einstein se aproximaría más tarde a esos mismos sentimientos. Pero por entonces
su alejamiento de la fe fue radical. «A través de la lectura de libros
científícos populares, pronto llegué a la convicción de que una gran parte de
las historias de la Biblia no podían ser ciertas. La consecuencia de ello fue
una orgía positivamente fanática de libre pensamiento acompañado de la
impresión de que el estado engaña intencionadamente a la juventud con mentiras;
aquella fue una impresión aplastante».[50]
A consecuencia de ello, Einstein evitaría los rituales religiosos durante todo
el resto de su vida. «Surgió en Einstein una aversión a la práctica ortodoxa de
la religión judía o de cualquier religión tradicional, así como a la asistencia
a servicios religiosos, y jamás ha vuelto a perderla», señalaría más tarde su
amigo Philipp Frank. No obstante, de la etapa religiosa de su juventud sí
conservó una profunda reverencia por la armonía y la belleza de lo que él
denominaba la mente de Dios tal como se expresaba en la creación del universo y
sus leyes.[51]
La rebelión de Einstein contra el dogma religioso tuvo un profundo efecto en su
opinión general sobre el saber recibido. Le imbuyó de una reacción alérgica
contra toda forma de dogma y autoridad, que habría de afectar tanto a su
actitud política como a su ciencia. «El recelo frente a toda clase de autoridad
surgió de esta experiencia, una actitud que ya nunca me ha vuelto a abandonar»,
diría más tarde. De hecho, fue esta sensación de comodidad sintiéndose
inconformista lo que definiría tanto su ciencia como su pensamiento social
durante el resto de su vida.
Posteriormente lograría zafarse de esa contradicción con una gracia que en
general resultaría encantadora una vez que fue aceptado como un genio. Pero no
le ocurría lo mismo cuando era solo un estudiante descarado en una escuela de
secundaria de Múnich. «Se sentía muy incómodo en la escuela», diría su hermana.
Consideraba repugnante el estilo de enseñanza: aprendizaje de memoria,
impaciencia frente al cuestionamiento… «El tono militar de la escuela, el entrenamiento
sistemático en el culto a la autoridad que se suponía que acostumbraba a los
alumnos a la disciplina militar a temprana edad, resultaba particularmente
desagradable».[52]
Incluso en Múnich, donde el espíritu bávaro engendraba un planteamiento vital
menos reglamentado, había prendido esta prusiana glorificación de lo militar, y
a muchos de los niños les gustaba jugar a ser soldados. Cuando desfilaban las
tropas, acompañadas de pífanos y tambores, los niños se lanzaban a la calle
para unirse al desfile y marchar a paso militar. Pero Einstein no. En cierta
ocasión, al observar aquel despliegue se puso a llorar. «Cuando crezca, no
quiero ser como esos pobres», les dijo a sus padres. Como él mismo explicaría
más tarde: «Cuando una persona puede obtener placer en marchar al ritmo de una
pieza de música, eso basta para hacer que la desprecie. Se le ha dado su gran
cerebro solo por error».[53]
La aversión que sentía por cualquier clase de reglamentación hizo que su
educación en la escuela de secundaria de Múnich resultara cada vez más
fastidiosa y polémica. El aprendizaje mecánico que allí se practicaba —se
quejaría— «parecía muy similar a los métodos del ejército prusiano, donde se
alcanzaba una disciplina mecánica mediante la ejecución repetida de órdenes sin
sentido». En años posteriores, Einstein compararía a sus maestros con los
miembros del ejército. «Los maestros de la escuela elemental me parecían
sargentos de instrucción —diría—, y los de la escuela de secundaria,
tenientes».
En cierta ocasión le preguntó a C. P. Snow, el escritor y científico inglés, si
conocía el término alemán Zwang. Snow admitió que sí; significaba
constricción, compulsión, obligación, coerción. ¿Y por qué quería saberlo?
Einstein le respondió que en su escuela de Múnich había librado su primera
batalla contra la Zwang, y ello había contribuido a definirle desde
entonces.[54]
El escepticismo y cierta resistencia a la opinión general se convertirían en un
rasgo distintivo de su vida. Como él mismo proclamaba en una carta a un amigo
paterno en 1901: «Una fe insensata en la autoridad es el peor enemigo de la
verdad».[55]
A lo largo de sus seis décadas de trayectoria científica, ya fuera liderando la
revolución cuántica, más tarde, oponiéndose a ella, esta actitud contribuyó a
configurar toda la obra de Einstein. «Su temprano recelo frente a la autoridad,
que jamás le abandonó del todo, habría de revelarse de una
importancia decisiva —diría Banesh Hoffmann, que fue colaborador de Einstein en
sus años posteriores—. Sin él no habría podido desarrollar la poderosa
independencia de mente que le dio el coraje necesario para cuestionar las
creencias científicas establecidas y, de ese modo, revolucionar la física».[56]
Este desdén por la autoridad no le granjeó precisamente las simpatías de los
«tenientes» alemanes que le enseñaban en su escuela. Como resultado, uno de sus
profesores proclamó que su insolencia le convertía en una persona molesta en
clase. Cuando Einstein insistió en que él no había cometido ninguna ofensa, el
maestro le replicó: «Sí, es verdad, pero se sienta usted ahí en la última fila
y sonríe, y su mera presencia erosiona el respeto que me debe la clase».[57]
El malestar de Einstein entró en una espiral que le condujo a la depresión, o
quizá más aún a una crisis nerviosa, cuando el negocio de su padre sufrió un
repentino revés. Fue un colapso bastante precipitado. Durante la mayor parte de
sus años escolares, la compañía de los hermanos Einstein había sido un éxito.
En 1885 tenía doscientos empleados, y fue la que suministró el primer alumbrado
eléctrico para la Oktoberfest de Múnich. En los años siguientes ganó el
concurso para proveer de electricidad al municipio de Schwabing, un barrio de
Múnich de diez mil habitantes, utilizando motores de gas para impulsar unas
dobles dinamos que habían diseñado los propios Einstein. Jakob obtuvo seis
patentes por diversas mejoras en arcos voltaicos, disruptores automáticos y
contadores eléctricos. Su empresa empezaba a rivalizar con Siemens y otras
compañías eléctricas entonces florecientes. Para disponer de más capital, los
dos hermanos hipotecaron sus casas, pidieron prestados más de 60.000 marcos al
10 por ciento de interés, y se endeudaron fuertemente.[58]
Pero en 1894, cuando Einstein tenía quince años, la compañía se fue a pique
después de perder los concursos para iluminar la parte central de Múnich y
otros lugares. Sus padres y su hermana, junto con el tío Jakob, se trasladaron
al norte de Italia —primero a Milán y luego a la cercana Pavía—, donde los
socios italianos de la compañía creían que podría haber terreno fértil para una
empresa más pequeña. Su elegante residencia fue derribada por un promotor
inmobiliario para construir un bloque de pisos. A Einstein lo dejaron en
Múnich, en casa de un pariente lejano, para que pudiera completar los tres años
de escuela que le quedaban.
No está claro si Einstein, en aquel triste otoño de 1894, fue realmente
obligado a la fuerza a dejar el Luitpold Gymnasium, o si solo se le invitó
cortésmente a que lo abandonara. Años después recordaría que el profesor que
había declarado que su «presencia erosiona el respeto que me debe la clase»
había pasado a «expresar el deseo de que yo abandonara la escuela». Una
temprana biografía escrita por un miembro de su familia diría que había sido
por decisión propia: «Albert estaba cada vez más resuelto a no permanecer en
Múnich, e ideó un plan».
Aquel plan consistía en recibir una carta del médico de la familia, el hermano
mayor de Max Talmud, en la que certificaba que sufría de agotamiento nervioso.
La utilizó para justificar su ausencia de la escuela en las vacaciones de
Navidad de 1894, de las que ya no regresó. En lugar de ello, cogió un tren que
cruzó los Alpes rumbo a Italia e informó a sus «alarmados» padres de que jamás
volvería a Alemania. En cambio, les prometió que estudiaría por su cuenta e
intentaría que le admitieran en una escuela técnica de Zúrich al otoño
siguiente.
Quizá hubo otro factor más en su decisión de abandonar Alemania. De haber
permanecido allí hasta cumplir los diecisiete, para lo que le faltaba poco más
de un año, se le habría requerido para su incorporación al ejército, una
perspectiva que, según su hermana, «contemplaba con espanto». Así, además de
anunciar que no volvería a Múnich, no tardaría en pedirle ayuda a su padre para
renunciar a su ciudadanía alemana.[59]
Aarau
Einstein pasó la primavera y el otoño de 1895 viviendo con sus padres en su
piso de Pavía y ayudando en la empresa familiar. Mientras tanto pudo
familiarizarse con el funcionamiento de los imanes, las bobinas y la
electricidad inducida. El trabajo de Einstein impresionó a su familia. En
cierta ocasión, el tío Jakob tenía problemas con ciertos cálculos para una
nueva máquina, de modo que Einstein se puso a trabajar en ello. «Después de que
mi ingeniero ayudante y yo nos hubiéramos estado devanando los sesos durante
días, aquel jovenzuelo lo resolvió todo en sólo quince minutos —le explicó
Jakob a un amigo—. Ya oirás hablar de él».[60]
Enamorado de la sublime soledad que se halla en las montañas, Einstein hacía
largas caminatas que duraban varios días por los Alpes y los Apeninos,
incluyendo una excursión de Pavia a Génova para ver al hermano de su madre,
Julius Koch. Adondequiera que viajaba en el norte de Italia, se sentía
encantado por la gracia y la «delicadeza» no germánicas de la población. Su
«naturalidad» —recordaría su hermana— contrastaba con los «autómatas
espiritualmente quebrados y mecánicamente obedientes» de Alemania.
Einstein había prometido a su familia que estudiaría por su cuenta para entrar
en la escuela técnica local, el Politécnico de Zúrich. De modo que adquirió los
tres volúmenes de la física avanzada de Jules Violle y anotó profusamente sus
ideas en los márgenes. Sus hábitos de trabajo mostraban su habilidad para
concentrarse, tal como recordaría su hermana. «Incluso en medio de un grupo
nutrido y ruidoso, él era capaz de retirarse al sofá, coger lápiz y papel en la
mano, disponer la escribanía precariamente en el apoyabrazos, y sumergirse tan
completamente en un problema que la conversación de las numerosas voces le
estimulaba antes que perturbarle».[61]
Aquel verano, a los dieciséis años de edad, escribió su primer ensayo sobre
física teórica, que tituló «Sobre la investigación del estado del éter en un
campo magnético». El tema era importante, puesto que la noción del éter
desempeñaría un papel fundamental en la trayectoria de Einstein. En aquella
época, los científícos concebían la luz simplemente como una onda, y, en
consecuencia, daban por supuesto que el universo debía de contener una
sustancia omnipresente, aunque invisible, capaz de experimentar ondulaciones y
propagar así las ondas, del mismo modo que el agua era el medio que, con sus
ondulaciones, propagaba las ondas en el océano. Denominaban «éter» a dicha
sustancia, y Einstein (al menos por entonces) se contentaba con ese supuesto.
Como señalaba en su ensayo, «una corriente eléctrica genera algún tipo de
movimiento transitorio en el éter circundante». El artículo, de catorce
párrafos y escrito a mano, se hacía eco del libro de texto de Violle, así como
de algunas de las noticias aparecidas en las revistas de divulgación científica
acerca de los recientes descubrimientos de Heinrich Hertz sobre las ondas
electromagnéticas. En él, Einstein proponía experimentos que podrían explicar
«el campo magnético formado en tomo a una corriente eléctrica». Ello resultaría
interesante —sostenía— «debido a que la exploración del estado elástico del
éter en este caso nos permitiría echar un vistazo a la enigmática naturaleza de
la corriente eléctrica».
Aquel estudiante que había abandonado la escuela de secundaria admitía con
franqueza que se limitaba a hacer unas cuantas sugerencias sin saber adónde
podrían conducir. «Dado que carecía por completo de los materiales que me
habrían permitido ahondar en el tema más profundamente que limitándome a
meditar sobre él —escribía—, ruego que no se interprete tal circunstancia como
señal de superficialidad».[62]
Envió el artículo a su tío Caesar Koch, un comerciante que vivía en Bélgica,
que era uno de sus parientes preferidos y, ocasionalmente, también un mecenas
financiero. «Es bastante ingenuo e imperfecto, como cabría esperar de un joven
como yo», confesaba Einstein con fingida humildad. Y añadía que tenía la
intención de matricularse en el Politécnico de Zúrich al otoño siguiente, pero
que le preocupaba el hecho de estar por debajo de la edad mínima exigida.
«Tendría que tener al menos dos años más».[63]
Para ayudarle a sortear el requisito de la edad, un amigo de la familia
escribió al director del Politécnico pidiéndole que hiciera una excepción.
Puede deducirse el tono de la carta por la respuesta del director, que
expresaba su escepticismo frente a la posibilidad de admitir a aquel «supuesto
“niño prodigio”». Pese a ello, se le permitió a Einstein realizar el examen de
ingreso, y en octubre de 1895 cogió el tren rumbo a Zúrich, «con una
comprensible sensación de inseguridad».
Obviamente superó con facilidad la sección del examen que versaba sobre
matemáticas y ciencia, pero no ocurrió lo mismo con la sección general, que
incluía partes de literatura, francés, zoología, botánica y política. El
profesor titular del departamento de física del Politécnico, Heinrich Weber,
sugirió que Einstein se quedara en Zúrich y asistiera a sus clases como oyente.
Pero en lugar de ello, Einstein decidió, por consejo del director del
instituto, dedicar un año a prepararse en la escuela cantonal de la aldea de
Aarau, situada a 40 kilómetros al oeste de Zúrich.[64]
Era aquella una escuela perfecta para Einstein. La enseñanza se basaba en la
filosofía de un reformador pedagógico suizo de principios del siglo XIX, Johann
Heinrich Pestalozzi, que creía en el método de alentar a los estudiantes a
visualizar imágenes. También consideraba importante alimentar la «dignidad
interior» y la individualidad de cada niño. Pestalozzi predicaba que había que
permitir a los estudiantes llegar a sus propias conclusiones, empleando una
serie de pasos que se iniciaban con las observaciones prácticas y luego pasaban
a las intuiciones, el pensamiento conceptual y las imágenes visuales.[65] Incluso era posible aprender —y comprender realmente— las
leyes de las matemáticas y de la física de ese modo. Se evitaba el aprendizaje
a base de repeticiones, la memorización y los datos impuestos a la fuerza.
A Einstein le gustaba Aarau. «Se trataba a los alumnos como individuos
—recordaría su hermana—, se hacía más hincapié en el pensamiento independiente
que en la acumulación de conocimientos, y los jóvenes veían al profesor no como
una figura de autoridad, sino, al igual que el propio estudiante, cómo un
hombre con una personalidad claramente definida». Era lo opuesto a la educación
alemana que tanto había odiado Einstein. «Cuando lo comparaba con mis seis años
de escolarízación en un autoritario colegio alemán —diría más tarde Einstein—,
me daba cuenta claramente de lo superior que resulta una educación basada en la
libre acción y la responsabilidad personal a otra basada en una autoridad
externa».[66]
La comprensión visual de los conceptos, enfatizada por Pestalozzi y sus
seguidores en Aarau, se convertiría en un significativo aspecto del genio de
Einstein. «La comprensión visual constituye el único medio esencial y verdadero
de enseñar a juzgar las cosas correctamente», escribía Pestalozzi, y «el
aprendizaje de los números y el lenguaje debe subordinársele categóricamente».[67]
No resulta sorprendente, pues, que fuera en aquella escuela donde Einstein
emprendiera por primera vez el experimento de pensamiento visualizado que
contribuiría a hacer de él el mayor genio científico de su época, tratar de
imaginarse cómo sería viajar con un rayo de luz. «En Aarau hice mis primeros
experimentos de pensamiento, bastante infantiles, que tenían una relación
directa con la teoría especial —le diría más tarde a un amigo—. Si una persona
pudiera perseguir una onda luminosa con la misma velocidad de la luz, tendría
una disposición de onda que podría ser completamente independiente del tiempo.
Obviamente, tal cosa es imposible».[68]
Esa clase de experimentos mentales visualizados (Gedankenexperiment) se
convertiría en un rasgo distintivo de la trayectoria de Einstein. A lo largo de
los años imaginaría en su mente cosas tales como rayos que caen y trenes en
movimiento, ascensores que se aceleran y pintores que caen, escarabajos ciegos
bidimensionales arrastrándose por ramas curvadas, así como toda una serie de
artilugios destinados a determinar, al menos en teoría, la posición y velocidad
de vertiginosos electrones.
Mientras estudió en Aarau, Einstein se alojó en casa de una maravillosa
familia, los Winteler, cuyos miembros formarían parte de su vida durante largo
tiempo. Estaba Jost Winteler, que enseñaba historia y griego en la escuela; su
esposa, Rosa, a la que Einstein no tardaría en llamar Mamerl, o
«mamá», y sus siete hijos. Su hija Marie se convertiría en la primera novia de
Einstein; otra de las hijas, Anna, se casaría con su mejor amigo, Michele
Besso, y su hijo Paul se casaría con la amada hermana de Einstein, Maja.
«Papá» Winteler era un progresista que compartía la alergia de Einstein al
militarismo alemán y al nacionalismo en general. Su abierta franqueza y su
idealismo político ayudarían a conformar la filosofía social de Einstein. Como
su mentor, Albert se convertiría en un defensor del federalismo mundial, el
internacionalismo, el pacifismo y el socialismo democrático, con una fuerte
devoción por la libertad individual y la libertad de expresión.
Y lo que es más importante: bajo el cálido abrazo de la familia Winteler, Einstein
se hizo más seguro y amigable. Aunque seguía dándoselas de solitario, los
Winteler le ayudaron a florecer emocionalmente y a abrirse a la relación
íntima. «Tenía un gran sentido del humor, y a veces reía de buena gana»,
recordaría Anna, la hija del matrimonio. Por las tardes a veces estudiaba,
«pero lo más frecuente era que se sentara en tomo a la mesa con la familia».[69]
Einstein se había convertido en un apuesto adolescente que poseía, en palabras
de una mujer que le conocía, «un aspecto masculino y atractivo del tipo que
hacía estragos a finales de siglo». Tenía un cabello oscuro y ondulado, ojos
expresivos, frente despejada y un porte elegante. «La mitad inferior de su
rostro podía corresponderse muy bien con la de una persona sensual con un
montón de razones para amar la vida».
Uno de sus compañeros de escuela, Hans Byland, escribiría más tarde una
llamativa descripción del «insolente suabo» que tal impresión causaba: «Seguro
de sí mismo, con su sombrero de fieltro gris echado hacia atrás sobre su espeso
y negro cabello, caminaba enérgicamente dando grandes zancadas arriba y abajo,
con el rápido, casi podría decirse desenfrenado ritmo del espíritu incansable
que lleva todo un mundo en sí mismo. Nada escapaba a la aguda mirada de sus
grandes y brillantes ojos marrones. Quienquiera que se acercara a él se sentía
cautivado por su personalidad superior. La mueca burlona de su boca carnosa con
el labio inferior saliente desalentaba a los palurdos a confraternizar con él».
Especialmente —añadía Byland—, el joven Einstein tenía un ingenio descarado que
a veces llegaba a intimidar: «Afrontaba el espíritu mundano como un sonriente
filósofo, y su ingenioso sarcasmo castigaba sin misericordia toda vanidad y
artificialidad».[70]
Einstein se enamoró de Marie Winteler a finales de 1895, justo unos meses
después de haberse instalado en casa de sus padres. Acababa de terminar
magisterio, y vivía en casa mientras esperaba una plaza en una aldea cercana.
Ella acababa de cumplir los dieciocho; él todavía tenía dieciséis. El romance
emocionó a ambas familias. Cuando Albert y Marie le enviaron una felicitación
de Año Nuevo a la madre de él, esta respondió afectuosamente: «Su pequeña
carta, querida señorita Marie, me ha llenado de una inmensa alegría».[71]
En el mes de abril, cuando se hallaba de nuevo en Pavía por las vacaciones de
primavera, Einstein escribió a Marie la que sería su primera carta de amor
conocida:
Cariño mío:
Muchas, muchas gracias, cariño, por tu encantadora cartita, que me ha hecho
inmensamente feliz. Fue maravilloso poder estrechar contra mi corazón un
trocito de papel que antes habían contemplado dos ojitos tan queridos para mí y
sobre el que se habían deslizado arriba y abajo dos encantadoras y delicadas
manitas. Ahora me doy cuenta, mi pequeño ángel, del significado de la nostalgia
y de la añoranza. Pero el amor da una gran felicidad, muy superior al dolor que
produce la nostalgia…
Mi madre también te lleva en el corazón a pesar de que todavía no te conoce;
solo le he dado a leer dos de tus encantadoras cartitas. Y siempre se ríe de mí
porque ya no me siento atraído por las chicas que se suponía que tanto me
encantaban en el pasado. Tú significas más para mi alma de lo que antes
significaba el mundo entero.
Luego, la madre de Einstein añadía una posdata: «Aunque
no he leído la carta, le envío cordiales saludos».[72]
Aunque le gustaba la escuela de Aarau, Einstein resultó ser un estudiante
irregular. Su informe de admisión señalaba que necesitaba clases de refuerzo en
química, y que había «grandes lagunas» en sus conocimientos de francés. Mediado
el curso, todavía se le pedía que «siguiera con las clases particulares de
francés y química», y «la queja con respecto al francés todavía sigue en
vigor». Su padre se mostró optimista cuando Jost Winteler le envió el informe
de mitad de curso: «No todas sus partes cumplen mis deseos y expectativas
—escribió—, pero con Albert me he acostumbrado a ver notas mediocres junto con
otras muy buenas, y, en consecuencia, no me siento desconsolado por ello».[73]
La música seguía siendo una pasión para él. En su clase había nueve
violinistas, y su profesor señalaba que en general sufrían de «algunas
dificultades dispares en el dominio de la técnica del arco». Pero a la vez se
elogiaba concretamente a Einstein: «Un estudiante, apellidado Einstein, incluso
destacó por su interpretación de un adagio de una sonata de Beethoven con una
profunda comprensión». En un concierto celebrado en la iglesia local, se eligió
a Einstein como primer violín para interpretar una obra de Bach. Su «tono
encantador e incomparable ritmo» impresionaron al segundo violinista, que le
preguntó: «¿Qué cuentas los compases?». «¡De ninguna manera! —repuso Einstein—.
Lo llevo en la sangre».
Su compañero de clase Byland recordaría a Einstein tocando una sonata de Mozart
con tal pasión —«¡Qué ardor había en su interpretación!»— que le parecía estar
oyendo al propio compositor interpretándola por primera vez. Al escucharle,
Byland se dio cuenta de que la apariencia bromista y sarcástica de Einstein era
una coraza para proteger un alma interior más blanda: «Era una de esas
personalidades divididas que saben cómo proteger, con un exterior erizado de
espinas, el delicado ámbito de su intensa vida personal».[74]
El desprecio de Einstein por las autoritarias escuelas y la atmósfera
militarista de Alemania le llevó a querer renunciar a su ciudadanía alemana,
una idea reforzada todavía más por Jost Winteler, que despreciaba toda forma de
nacionalismo e imbuyó en Einstein la creencia de que las personas debían
considerarse únicamente ciudadanos del mundo. De ahí que le pidiera a su padre
que le ayudara a tramitar su renuncia a la ciudadanía alemana, que se haría
efectiva en enero de 1896, con lo que Einstein se convertiría temporalmente en
un apátrida.[75]
Aquel mismo año Einstein se convirtió también en una persona sin afiliación
religiosa. En la solicitud de renuncia a la ciudadanía alemana, su padre había
escrito —presumiblemente a instancias del propio Einstein—, «sin confesión
religiosa». Sería una declaración que Albert reiteraría unos años después al
solicitar la residencia en Zúrich, y en varias ocasiones más durante las dos
décadas siguientes.
Su rebelión frente al ardiente judaísmo de su infancia, junto con sus
sentimientos de desapego con respecto a los judíos de Múnich, le habían
distanciado de su tradición. «La religión de los padres, tal como yo la
encontré en Múnich durante la instrucción religiosa y en la sinagoga, me
repelía antes que atraerme —le explicaría más tarde a un historiador judío—.
Los círculos burgueses judíos que pude conocer en mis años de juventud, con su
opulencia y su falta de sentimiento comunitario, no me ofrecieron nada que
pareciera tener valor».[76]
Años más tarde, y a partir de su exposición al virulento antisemitismo de la
década de 1920, Einstein empezaría a recuperar su identidad judía. «Aunque no
hay nada en mí que pueda calificarse de “fe judía” —afirmaría—, estoy contento
de pertenecer al pueblo judío». Posteriormente haría esa misma observación de
otras formas más llamativas.
«El judío que abandona su fe —diría en cierta ocasión— se halla en una
situación parecida a la del caracol que abandona su concha, sigue siendo un
caracol».[77]
Su renuncia al judaísmo en 1896 debe interpretarse, pues, no como una clara
ruptura, sino como parte de una evolución vital de sus sentimientos con
respecto a su identidad cultural. «En aquel momento yo ni siquiera habría
entendido lo que podía significar abandonar el judaísmo —le escribiría a un
amigo un año antes de su muerte—. Pero era plenamente consciente de mi origen
judío, aunque no comprendería hasta más tarde el significado pleno de la
pertenencia al ámbito judaico».[78]
Einstein terminó su año en la escuela de Aarau de una forma que habría parecido
impresionante para cualquiera que no fuera uno de los grandes genios de la
historia, obteniendo las segundas mejores notas de su clase (lamentablemente,
el nombre del chico que superó a Einstein no ha pasado a la historia). En una
escala del uno al seis, donde el seis representaba la puntuación más alta,
Albert obtuvo cinco o seis en todas sus asignaturas de ciencia y matemáticas,
así como en historia e italiano. Su peor nota fue la de francés, donde obtuvo
un tres.
Esto le hacía apto para realizar una serie de exámenes, escritos y orales, que
le permitirían, si los aprobaba, entrar en el Politécnico de Zúrich. En su
examen de alemán hizo un somero resumen de una obra de Goethe, y sacó un cinco.
En matemáticas tuvo un pequeño lapsus, calificando a un número de «imaginario»
cuando tenía que haber puesto «irracional», pero pese a ello sacó una nota
alta. En el examen de física llegó tarde y lo terminó antes de tiempo,
completando una prueba de dos horas en tan solo una hora y cuarto; sacó la
máxima nota. En conjunto obtuvo una puntuación de 5,5, la más alta de los nueve
estudiantes que se examinaban.
La única asignatura en la que no obtuvo tan buenos resultados fue el francés.
No obstante, su ensayo, de tres párrafos, paradójicamente es la parte de todos
sus exámenes que más interesante resulta para nosotros. El tema era Mes
projets d’avenir (Mis planes de futuro). Aunque su francés no era
demasiado memorable, sí lo eran sus ideas personales:
Si tengo la suerte de aprobar mis exámenes, me matricularé en el
Politécnico de Zúrich. Estaré allí cuatro años estudiando matemáticas y física.
Supongo que seré profesor de esas ramas de la ciencia y optaré por la parte
teórica de dichas ciencias.
He aquí las razones que me han llevado a este plan. Son, sobre todo, mi talento
personal para el pensamiento abstracto y matemático… También mis deseos me han
llevado a la misma decisión. Ello resulta bastante natural, pues todo el mundo
desea hacer aquello para lo que tiene talento. Además, me atrae la
independencia que ofrece la profesión de la ciencia.[79]
En el verano de 1896, la compañía eléctrica de los hermanos
Einstein volvió a quebrar, esta vez debido a que fracasaron a la hora de
obtener los derechos de explotación del agua necesarios para construir un
sistema hidroeléctrico en Pavía. La sociedad se disolvió de manera amistosa, y
Jakob se incorporó a una gran empresa como ingeniero. Pero Hermann, cuyo
optimismo y orgullo tendían a superar siempre a su prudencia, insistió en abrir
de nuevo otra empresa dinamoeléctrica, esta vez en Milán. Albert dudaba tanto
de las perspectivas de su padre, que acudió a sus parientes para sugerirles que
no le financiaran de nuevo, pero estos lo hicieron.[80]
Hermann confiaba en que un día su hijo se uniría a él en el negocio, pero lo
cierto es que Albert se sentía muy poco atraído por la ingeniería. «Al
principio yo suponía que sería ingeniero —le escribiría posteriormente a un
amigo—, pero la idea de tener que gastar mi energía creadora en cosas que
hicieran la vida cotidiana práctica cada vez más refinada, con una sombría
ganancia de capital como objetivo, se me hacía intolerable. ¡El pensamiento,
por sí mismo, como la música!».[81] Y con esa idea partió hacia el Politécnico de Zúrich.
Capítulo 3
El Politécnico de Zurich
1896-1900
Contenido:
·
El alumno insolente
·
El lado humano
·
Mileva Maric
·
La graduación, agosto de
1900
El alumno insolente
El Politécnico de Zúrich, con sus 841 estudiantes, era sobre todo una escuela
de magisterio y de carácter técnico cuando Albert Einstein, que entonces
contaba diecisiete años, se matriculó en él en octubre de 1896. Era una
institución menos prestigiosa que la vecina Universidad de Zúrich, y qué las
universidades de Ginebra y Basilea, todas las cuales podían dar el título de
doctorado (un estatus que el Politécnico, denominado oficialmente
Eidgenóssische Polytechnische Schule, obtendría en 1911 al convertirse en
Eidgenóssische Technische Hochschule, o ETH). Sin embargo, el Politécnico tenía
una sólida reputación en la enseñanza de la ingeniería y de la ciencia. El
director del departamento de física, Heinrich Weber, había conseguido
recientemente un edificio grande y nuevo financiado por el magnate de la
electrónica (y competidor de los hermanos Einstein) Werner von Siemens, que
contaba con unos laboratorios modélicos famosos por sus precisas mediciones.
Einstein fue uno de los once nuevos alumnos matriculados en la sección dedicada
a la formación «de maestros especializados en matemáticas y física». Vivía en
un alojamiento para estudiantes por el que pagaba una mensualidad de 100
francos suizos, que recibía de sus parientes de la familia Koch. Cada mes ahorraba
20 de esos francos, destinados a la tasa que tendría que pagar para convertirse
en ciudadano suizo.[82]
En la década de 1890, la física teórica empezaba a despuntar como disciplina
académica independiente y por toda Europa brotaban cátedras de la materia. Los
pioneros en dicha disciplina —como Max Planck en Berlin, Hendrik Lorentz en
Holanda y Ludwig Boltzmann en Viena— combinaban la física con las matemáticas a
fin de sugerir vías por donde pudieran transitar quienes se dedicaran a la
física experimental. Debido a ello, se suponía que las matemáticas constituían
una parte importante de los estudios requeridos a Einstein en el Politécnico.
Albert, sin embargo, tenía más intuición para la física que para las
matemáticas, y ni siquiera llegaba a imaginar de qué forma tan integral
llegarían a relacionarse ambas materias en la búsqueda de nuevas teorías.
Durante sus cuatro años en el Politécnico obtuvo notas de cinco o seis (en una
escala de seis) en todos sus cursos de física teórica, pero solo cuatros en la
mayoría de sus cursos de matemáticas, especialmente en los de geometría.
«Cuando era estudiante —admitiría— no tenía claro que el conocimiento más
profundo de los principios básicos de la física iba unido a los métodos
matemáticos más intrincados».[83]
Esa percepción no surgiría hasta una década más tarde, cuando Einstein habría
de bregar con la geometría de su teoría de la gravitación y se vería forzado a
depender de la ayuda del profesor de matemáticas que antaño le había calificado
de «perro perezoso». «He llegado a sentir un gran respeto por las matemáticas
—le escribiría a un colega en 1912—, la parte más sutil de las cuales yo, en mi
ignorancia, había considerado un mero lujo hasta ahora». Hacia el final de su
vida expresaría un lamento similar en una conversación con un amigo más joven:
«A muy temprana edad di por supuesto que un físico de éxito solo necesita saber
matemáticas elementales —diría—. Más adelante, y con gran pesar, me di cuenta
de que mi presuposición estaba completamente equivocada».[84]
Su principal profesor de física fue Heinrich Weber, el mismo que un año antes
había quedado tan impresionado por Einstein, y que, pese a haber suspendido su
examen de ingreso en el Politécnico, le había instado a permanecer en Zúrich y
asistir a sus clases como oyente. Durante los dos primeros años de Einstein en
el Politécnico, su mutua admiración se mantuvo. Las clases de Weber eran de las
pocas que impresionaban a Albert. «Weber dio una clase sobre el calor con gran
maestría —escribió en su segundo año—. Una tras otra, todas sus clases me
gustan». Trabajó en el laboratorio de Weber «con fervor y pasión», hizo quince
cursos con él (cinco de laboratorio y diez de clase) y sacó buenas notas en
todos.[85]
A la larga, no obstante, Einstein se fue desencantando con Weber. Consideraba
que el profesor se centraba demasiado en los fundamentos históricos de la
física, mientras que apenas trataba de sus fronteras contemporáneas. «Todo lo
que venía después de Helmholtz simplemente era ignorado —se quejaba un coetáneo
de Einstein—. Al final de nuestros estudios conocíamos todo el pasado de la
física, pero no sabíamos nada de su presente y su futuro».
Algo manifiestamente ausente de las clases de Weber era el estudio de los
grandes avances de James Clerk Maxwell, quien a partir de 1855 había
desarrollado profundas teorías y elegantes ecuaciones matemáticas que
describían la propagación de las ondas electromagnéticas como la luz. «En vano
esperábamos una presentación de la teoría de Maxwell —escribía otro compañero
de estudios—. Sobre todo Einstein se sentía decepcionado».[86]
Dada su actitud descarada, Einstein no ocultaba sus sentimientos.
Y dado el digno concepto que tenía de sí mismo, Weber se enfurecía ante el mal
disimulado desdén de Einstein. Al final de sus cuatro años de convivencia los
dos hombres se habían convertido en antagonistas.
La irritación de Weber fue otro ejemplo más de cómo la vida científica de
Einstein, además de su vida personal, se vio afectada por los rasgos
profundamente engendrados en su alma suaba: su superficial predisposición a
cuestionar la autoridad, su actitud descarada frente a toda reglamentación y su
falta de respeto por la opinión generalizada. Así, por ejemplo, Einstein tendía
a dirigirse a Weber de una manera bastante informal, llamándole «Herr Weber»
en lugar de «Herr Professor».
Cuando su frustración superó finalmente a su admiración, el comentario del
profesor Weber sobre Einstein recordaría al del irritado profesor del Gymnasium
de Múnich unos años antes:
—Es usted un muchacho muy inteligente, Einstein —le dijo Weber—. Un muchacho
extremadamente inteligente. Pero tiene un gran defecto: jamás permite que se le
diga nada.
Aquella afirmación tenía algo de verdad. Pero Einstein demostraría que, en el
discordante mundo de la física de finales de siglo, esa despreocupada capacidad
para ignorar la opinión generalizada no era precisamente el peor de los
defectos que uno podía tener.[87]
La impertinencia de Einstein también le trajo problemas con el otro profesor de
física del Politécnico, Jean Pernet, que se encargaba de los experimentos y los
ejercicios de laboratorio. En su curso de «Experimentos de física para
principiantes» le puso a Einstein un uno, la peor nota posible, ganándose con
ello la distinción histórica de haber sido el único que suspendió a Einstein en
un curso de física. Esto se debió en parte al hecho de que Albert apenas
apareció por clase. Por requerimiento explícito y por escrito de Pernet, en
marzo de 1899 Einstein recibió oficialmente una «amonestación del director por
su falta de diligencia en la práctica de la física».[88]
«¿Por qué está estudiando usted física —le preguntó cierto día Pernet a
Einstein—, en lugar de elegir un campo como la medicina o incluso la
abogacía?». Albert le respondió: «Pues porque para esas materias todavía tengo
menos talento. Así que, ¿por qué no probar suerte al menos con la física?».[89]
En las ocasiones en las que Einstein sí se dignaba a aparecer por el
laboratorio de Pernet, su vena independiente a veces también le creaba
problemas, como el día en que le dieron la hoja de instrucciones para realizar
un experimento concreto. «Con su habitual independencia —cuenta su amigo, y uno
de sus primeros biógrafos, Carl Seelig—, Einstein tiró la hoja a la papelera
con toda naturalidad», y luego pasó a realizar el experimento a su propia
manera.
—¿Qué vamos a hacer con Einstein? —le preguntó Pernet a un ayudante—. Siempre
hace algo distinto de lo que le he ordenado.
—Es cierto que lo hace, Herr Professor—repuso el ayudante—, pero
sus soluciones son correctas y los métodos que emplea resultan de gran interés.[90]
A la larga, sin embargo, tales métodos le perjudicaron. En julio de 1899
provocó una explosión en el laboratorio de Pernet que le produjo «graves daños»
en la mano derecha y le obligó a ir al hospital a que le dieran puntos. La
herida le acarreó dificultades para escribir al menos durante dos semanas y le
forzó a dejar el violín durante más tiempo todavía. «He tenido que dejar a un
lado mi violín —le escribió a una mujer con la que había tocado en Aarau—.
Estoy seguro de que se está preguntando por qué nunca lo sacan de su caja
negra. Probablemente cree que ha tenido un padrastro».[91] Einstein volvería pronto a tocar el violín, pero el
accidente pareció unirle aún más al papel de físico teórico antes que
experimental.
Pese al hecho de que Einstein se centraba más en la física que en las
matemáticas, el maestro que a la larga tendría un impacto más positivo en él
sería el profesor de matemáticas Hermann Minkowski, un apuesto judío de origen
ruso y mandíbula cuadrada de treinta y pocos años. Einstein apreciaba el modo
en que este unía las matemáticas a la física, pero evitaba los más difíciles de
entre sus cursos, y ese sería precisamente el motivo que llevaría a Minkowski a
calificarle de «perro perezoso»: «En matemáticas jamás hacía el menor
esfuerzo».[92]
Einstein prefería estudiar, basándose en sus propios intereses y pasiones, con
uno o dos amigos.[93] Aunque seguía enorgulleciéndose de ser «un vagabundo y un
solitario», empezó a frecuentar los cafés y a asistir a las veladas musicales
con un simpático grupo de compañeros bohemios y estudiantes. Pese a su
reputación de distante, en Zúrich forjó una serie de duraderas amistades
intelectuales que crearían importantes vínculos en su vida.
Una de aquellas amistades fue la de Marcel Grossmann, un judío de clase media y
mago de las matemáticas cuyo padre tenía una fábrica cerca de Zúrich. Grossmann
tomaba copiosos apuntes que luego compartía con Einstein, algo menos diligente
a la hora de asistir a las clases. «Sus apuntes podrían haberse impreso y
publicado —le diría más tarde Einstein a la esposa de Grossmann con
admiración—. Cuando llegaba el momento de prepararme para mis exámenes, él
siempre me prestaba aquellos cuadernos de apuntes, que eran mi salvación. Ni
siquiera imagino lo que habría hecho sin aquellos libros».
Juntos, Einstein y Grossmann fumaban en pipa y bebían café helado mientras
discutían sobre filosofía en el Café Metropole, a orillas del río Limmat. «Este
Einstein un día será un gran hombre», les predijo Grossmann a sus padres.
Tiempo después, él mismo contribuiría a hacer realidad esa predicción al
conseguirle su primer trabajo a Einstein en la Oficina Suiza de Patentes y, más
tarde, al ayudarle con las matemáticas que necesitaba para convertir la teoría
de la relatividad especial en una teoría general.[94]
Puesto que muchas de las clases del Politécnico parecían obsoletas, Einstein y
sus amigos leían las teorías más recientes por su cuenta. «Hacía muchos
novillos y me quedaba en casa estudiando a los maestros de la física teórica
con un celo sagrado», recordaría. Entre dichas teorías estaban las de Gustav
Kirchhoff sobre radiación; Hermann von Helmholtz, sobre termodinámica; Heinrich
Hertz, sobre electromagnetismo, y Ludwig Boltzmann, sobre mecánica estadística.
También se vio influenciado por la lectura de un teórico menos conocido, August
Foppl, que en 1894 había escrito un texto de divulgación titulado Introducción
a la teoría de la electricidad de Maxwell Como ha señalado el
historiador de la ciencia Gerald Holton, el libro de Foppl está lleno de
conceptos que pronto hallarían eco en el trabajo de Einstein. Así, por ejemplo,
el libro tiene una sección dedicada a «La electrodinámica de los conductores
móviles» que empieza cuestionando el concepto de «movimiento absoluto». La
única forma de definir el movimiento, explica Foppl, es en relación con otro
cuerpo. De ahí pasa a considerar una pregunta relacionada con la inducción de
una corriente eléctrica por un campo magnético: «Si ocurre lo mismo cuando se
mueve un imán en las inmediaciones de un circuito eléctrico en reposo que
cuando es este el que se mueve mientras está en reposo el imán». En el año
1905, Einstein iniciaría su artículo sobre la relatividad especial planteando
esta misma pregunta.[95]
Albert también leyó, en su tiempo libre, a Henri Poincaré, el gran erudito
francés que tan cerca llegaría a estar de descubrir los conceptos fundamentales
de la relatividad especial. Casi al final del primer curso de Einstein en el
Politécnico, en la primavera de 1897, hubo un congreso de matemáticos en Zúrich
en el que se había invitado a conferenciar al gran Poincaré. En el último
momento no pudo acudir, pero se leyó un artículo suyo que contenía lo que se
convertiría en una famosa afirmación: «El espacio absoluto, el tiempo absoluto,
e incluso las geometría euclidea, no son condiciones que puedan imponerse a la
mecánica», había escrito.[96]
El lado humano
Una tarde en que Einstein estaba en casa con su patrona, oyó que alguien tocaba
una sonata para piano de Mozart. Cuando preguntó quién era, su patrona le dijo
que era una anciana que vivía en el ático de al lado y que daba clases de
piano. Cogiendo su violín, Einstein salió corriendo sin ponerse siquiera cuello
ni corbata.
—¡No puede ir así, Herr Einstein! —le gritó la patrona.
Pero él la ignoró y se dirigió apresuradamente a la casa vecina. La profesora
de piano alzó la vista sorprendida.
—Siga tocando —le rogó Einstein.
Al cabo de un momento, el aire se llenó con los sonidos de un violín que
acompañaba la sonata de Mozart. Más tarde, la profesora le preguntó quién era a
su atrevido acompañante.
—Solo un inofensivo estudiante —la tranquilizó su vecino.[97]
La música seguía cautivando a Einstein. No era tanto una escapatoria como una
conexión: con la armonía subyacente al universo, con el genio creador de los
grandes compositores y con otras personas que se sentían cómodas comunicándose
con algo más que palabras. Él se sentía cautivado, tanto en la música como en
la física, por la belleza de las armonías.
Suzanne Markwalder era una joven de Zúrich cuya madre celebraba veladas
musicales en las que se interpretaba sobre todo a Mozart. Ella tocaba el piano
mientras Einstein tocaba el violín. «Él era muy paciente con mis deficiencias
—recordaría Suzanne—. Como mucho solía decir: “Se ha quedado usted atascada
como el burro en la montaña”, y señalaba con su arco el lugar al que tenía que
ir».
Lo que más apreciaba Einstein en Mozart y en Bach era la clara estructura
arquitectónica que hacía que su música pareciera «determinista» y, como sus
propias teorías científicas favoritas, arrancadas al universo antes que
compuestas. «Beethoven creaba su música», diría Einstein en cierta ocasión,
pero «la música de Mozart es tan pura que parece haber estado siempre presente
en el universo». También comparaba a Beethoven con Bach: «Yo me siento incómodo
escuchando a Beethoven. Creo que es demasiado personal, casi desnudo. Prefiero
que me den a Bach, y luego más Bach».
Admiraba asimismo a Schubert por su «superlativa habilidad para expresar la
emoción». Sin embargo, en un cuestionario que rellenó en cierta ocasión se
mostró crítico con otros compositores de una forma que reflejaba algunos de sus
sentimientos científicos: Händel tenía «cierta superficialidad»; Mendelssohn
exhibía «un talento considerable, pero una indefinible falta de profundidad que
a menudo lleva a la banalidad»; Wagner adolecía de una «falta de estructura
arquitectónica que yo veo como decadencia», y Strauss tenía «talento, pero sin
verdad interior».[98]
Einstein también se dedicaba a navegar —una afición más solitaria— en los
magníficos lagos alpinos de las inmediaciones de Zúrich. «Todavía recuerdo
cómo, cuando la brisa se detenía y las velas caían como hojas marchitas, él
sacaba su pequeño cuaderno de notas y se ponía a escribir —recordaría Suzanne
Markwalder—. Pero en cuanto soplaba el menor hálito de viento, de inmediato
estaba listo para empezar a navegar de nuevo».[99]
Los sentimientos políticos que había tenido de muchacho —el desprecio por la
autoridad arbitraria, la aversión al militarismo y al nacionalismo, el respeto
a la individualidad, el desdén por el consumo burgués o la riqueza ostentosa y
el deseo de igualdad social— se habían visto alentados por su casero y padre
sustituto en Aarau, Jost Winteler. Ahora, en Zúrich, conocería a un amigo de
este que se convertiría en algo así como su mentor político: Gustav Maier, un
banquero judío que había ayudado a organizar la primera visita de Einstein al
Politécnico. Con el apoyo de Winteler, Maier fundó la filial suiza de la
Sociedad pro Cultura Ética, y Einstein sería un invitado frecuente en las
reuniones informales de dicha sociedad, celebradas en casa de Maier.
Einstein también tuvo ocasión de conocer y admirar a Friedrich Adler, hijo del
líder de la socialdemocracia austríaca, que estaba estudiando en Zúrich, y a
quien acabaría calificando como el «más puro y ferviente idealista» que jamás
había conocido. Adler trató de que Einstein se uniera a los socialdemócratas,
pero no iba con el estilo de este dedicar tiempo a reuniones de instituciones
organizadas.[100]
Su porte distraído, su apariencia informal, sus desgastadas ropas y su carácter
olvidadizo, que posteriormente le harían aparecer como el símbolo del profesor
despistado, resultaban ya evidentes en sus días de estudiante. Era un hecho
sabido que cuando viajaba se olvidaba prendas de vestir, y a veces incluso su
maleta, y su incapacidad para acordarse de coger las llaves se convirtió en una
broma recurrente con su patrona. En cierta ocasión —recordaría posteriormente—
visitó la casa de unos amigos de la familia, y «me dejé olvidada la maleta. Mi
anfitrión les dijo a mis padres: “Este hombre nunca llegará a nada, ya que es
incapaz de recordar nada”».[101]
Su vida despreocupada de estudiante se veía ensombrecida por los continuos
fracasos financieros de su padre, quien, desoyendo el consejo del propio
Albert, seguía tratando de montar su propio negocio en lugar de buscar un
trabajo asalariado en una empresa estable, tal como había acabado haciendo
finalmente el tío Jakob. «Si me hubiera hecho caso, papá habría buscado un
empleo asalariado hace dos años», le escribió a su hermana en un momento
particularmente difícil en 1898, cuando los negocios de su padre parecían
destinados a fracasar de nuevo.
La carta resultaba inusualmente desesperada, quizá más de lo que realmente
merecía la situación financiera de sus padres:
Lo que más me deprime es la desgracia de mis pobres padres, que
desde hace tantos años no tienen un momento de felicidad. Y lo que me duele
profundamente es que, siendo un adulto, no puedo más que observar sin poder
hacer nada. No soy más que una carga para mi familia… Sería mejor que no
estuviera vivo. Solo la idea de que he hecho siempre lo que estaba en mi
modesta mano, y de que no me permito un solo placer o distracción salvo los que
mis estudios me ofrecen, me sostiene y, a veces, me protege de la desesperación.[102]
Quizá no fuera más que uno de los ataques de angustia propios de
los adolescentes. Pero en cualquier caso, su padre pareció superar la crisis
con su optimismo habitual. En febrero del año siguiente había obtenido los
contratos de alumbrado público de dos pequeños pueblos situados cerca de Milán.
«Estoy contento al pensar que para nuestros padres las peores preocupaciones
han pasado —escribía Einstein a Maja—. Si todo el mundo viviera así, es decir,
como yo, la escritura de novelas jamás se habría inventado».[103]
La nueva vida bohemia de Einstein y su viejo carácter ensimismado hacen
improbable que prosiguiera su relación con Marie Winteler, la dulce y algo
voluble hija de la familia con la que se había alojado en Aarau. Al principio,
él todavía le enviaba por correo cestas de ropa, que ella lavaba y luego le
devolvía. A veces ni siquiera las acompañaba con una nota, pero ella trataba de
complacerle de buen grado. En una carta, ella le decía que había tenido que
«cruzar el bosque bajo una intensa lluvia» para llegar a la oficina de correos
a fin de devolverle su ropa limpia. «En vano se esforzaron mis ojos en
encontrar alguna pequeña nota, pero la mera visión de tu adorada letra en la
dirección fue suficiente para hacerme feliz».
Cuando Einstein le envió recado de que planeaba hacerle una visita, Marie se
volvió loca de alegría: «Te agradezco de verdad, Albert, que quieras venir a
Aarau, y no hace falta que te diga que contaré los minutos hasta que llegue ese
momento —escribió—. No podría describir, puesto que no hay palabras para ello,
lo dichosa que me siento desde que tu adorada alma ha venido a vivir y a
entrelazarse con la mía. Te amaré por toda la eternidad, amor mío».
Pero él deseaba poner fin a la relación. En una de sus primeras cartas después
de llegar al Politécnico de Zúrich le sugería que se abstuvieran de escribirse.
«Amor mío, no entiendo un solo párrafo de tu carta —le respondió ella—. Me
escribes diciendo que ya no quieres mantener correspondencia conmigo, pero ¿por
qué no, cariño?… Tienes que estar muy enfadado conmigo para escribirme con tal
rudeza». Luego intentaba reírse del problema: «Pero espera, que ya recibirás la
correspondiente regañina cuando llegue a casa».[104]
La siguiente carta de Einstein fue todavía menos amable, y en ella se quejaba
de una tetera que ella le había dado. «La cuestión de que yo te enviara esa
estúpida tetera no tiene por qué agradarte en absoluto mientras no puedas beber
un buen té en ella —le respondió Marie—. Deja de poner esa cara de enfado que
me mira desde todos los lados y rincones del papel de carta». Luego le decía
que en la escuela donde daba clase había un niño llamado Albert que se parecía
a él: «Le quiero muchísimo —añadía—. Algo me pasa cuando me mira, y siempre
creo que eres tú quien está mirando a tu cariñito».[105]
Pero después las cartas de Einstein se interrumpieron pese a los ruegos de
Marie. Ella incluso llegó a escribir a la madre de Albert pidiéndole consejo.
«El muy canalla se ha vuelto terriblemente perezoso —le respondió Pauline
Einstein—. Yo llevo tres días esperando noticias suyas en vano; cuando esté
aquí, tendré que leerle la cartilla».[106]
Finalmente, Einstein dio por terminada la relación en una carta a la madre de
Marie, en la que le decía que no iría a Aarau durante sus vacaciones escolares
de aquella primavera. «Sería más que indigno por mi parte comprar unos pocos
días de dicha al precio de un nuevo dolor —escribió—, del cual ya ha sufrido
bastante la querida niña por mi culpa».
Luego pasaba a hacer un análisis extraordinariamente introspectivo —y
memorable— acerca de cómo había empezado a evitar el dolor de los compromisos
emocionales y las distracciones de lo que él calificaba de «meramente
personal», para retirarse al ámbito de la ciencia:
Me llena de una peculiar satisfacción el hecho de que ahora yo
mismo haya de probar algo del dolor que he causado a la querida niña por mi
falta de rigor y la ignorancia de su delicada naturaleza. El arduo trabajo
intelectual y la contemplación de la naturaleza de Dios son los ángeles
reconciliadores y fortificadores, aunque inexorablemente estrictos, que me
guiarán a través de todos los problemas de la vida. ¡Si pudiera darle algo de
ello a esta buena niña! Y sin embargo, ¡qué manera tan peculiar es esta de
sobrellevar los temporales de la vida! En más de un momento de lucidez me
parece que soy como un avestruz que entierra la cabeza en la arena del desierto
para no percibir el peligro.[107]
Desde nuestra perspectiva, la frialdad de Einstein para con
Marie Winteler puede parecer cruel. Pero las relaciones, especialmente las de
los adolescentes, resultan muy difíciles de juzgar desde fuera. Se trataba de
dos personas muy distintas, particularmente en el aspecto intelectual. Las
cartas de Marie, en especial cuando ella se sentía más insegura, a menudo
degeneraban en balbuceos. «Escribo un montón de tonterías, ¿no?, y seguro que
ni siquiera lo leerás hasta el final (aunque no lo creo)», escribía en una. En
otra decía: «Yo no pienso en mí, cariño, eso es del todo cierto, pero la única
razón de ello es que no pienso en absoluto, excepto cuando se trata de algún
cálculo tremendamente estúpido que requiere, para variar, que yo sepa más que
mis alumnos».[108]
Con independencia de quien friera la culpa, si es que hubo algún culpable, lo
cierto es que no resulta sorprendente que acabaran siguiendo caminos distintos.
Tras finalizar su relación con Einstein, Marie cayó en una depresión nerviosa
que la llevó a perder con frecuencia días de clase, y unos años después se casó
con el director de una fábrica de relojes. Einstein, por su parte, se recuperó
de la relación cayendo en brazos de alguien que resultaría ser casi lo más
distinto de Marie que uno podría imaginar.
Mileva Maric
Mileva Maric era la hija mayor y la preferida de un ambicioso campesino serbio
que se había incorporado al ejército, había emparentado con una familia de
modesta riqueza, y luego se había dedicado a asegurarse de que su brillante
hija pudiera prevalecer en el mundo masculino de las matemáticas y la física.
Ella había pasado casi toda su infancia en Novi Sad, una ciudad serbia que por
entonces pertenecía a Hungría,[109] y había asistido a una serie de escuelas cada vez más
exigentes, en todas las cuales había sido la primera de su clase, culminando su
trayectoria cuando su padre convenció a la dirección del Gimnasio Clásico de
Zagreb, exclusivamente masculino, para que le permitieran matricularse en él.
Tras la graduación, en la que obtuvo las notas más altas en física y
matemáticas, se dirigió a Zúrich, donde se convirtió, justo antes de cumplir
los veintiún años, en la única mujer de la sección del Politécnico en la que
estudiaba Einstein.
Mileva, más de tres años mayor que Albert, afectada por una dislocación de
cadera congénita que le hacía cojear, y propensa a sufrir brotes de
tuberculosis y depresiones, no destacaba especialmente ni por su atractivo ni
por su personalidad. «Muy inteligente y seria, menuda, delicada, morena, fea»,
así la describía una de sus amistades femeninas en Zúrich.
Sin embargo poseía una serie de cualidades que Einstein, al menos durante sus
románticos años escolares, encontraba atractivas: una gran pasión por las
matemáticas y la ciencia, una melancólica profundidad y un alma cautivadora.
Sus ojos hundidos miraban con una intensidad inquietante y su rostro mostraba
un atractivo toque de melancolía.[110] Con el tiempo se convertiría en musa, compañera, amante,
esposa, bestia negra y antagonista de Einstein, creando para él un campo
emocional más potente que el de cualquier otra persona en su vida, que le
atraía unas veces y repelía otras con una fuerza tal que un mero científico
como él jamás sería capaz de descifrar.
Se conocieron cuando ambos entraron en el Politécnico, en octubre de 1896, pero
su relación tardó un tiempo en surgir. Durante el primer año académico no hay
indicio alguno, a juzgar por sus cartas o por sus recuerdos, de que fueran algo
más que compañeros de clase. En el verano de 1897 sí decidieron, en cambio, ir
juntos de excursión. Luego, en el otoño, «asustada ante los nuevos sentimientos
que estaba experimentando» a causa de Einstein, Maric decidió abandonar
temporalmente el Politécnico y, en su lugar, acudir a la Universidad de
Heidelberg como oyente.[111]
La primera de las cartas a Einstein que se ha conservado, escrita unas semanas
después de su traslado a Heidelberg, muestra indicios de una atracción
romántica, pero también revela su confiado distanciamiento. Se dirige a
Einstein con el término formal alemán Sie («usted»), en lugar
de emplear el du («tú»), más íntimo. A diferencia de Marie
Winteler, deja claro, bromeando, que no ha estado obsesionada con Einstein a
pesar de que este le había escrito una carta inusualmente larga. «Ha pasado
cierto tiempo desde que recibí su carta —decía—, y mi primer impulso habría
sido responder de inmediato y agradecerle el esfuerzo de llenar cuatro largas
páginas, y le habría hablado también de la alegría que me proporcionó con el
viaje que hicimos juntos. Pero usted me decía que debía escribirle algún día
que estuviera aburrida. Como soy muy obediente, he esperado y esperado a que
llegara el aburrimiento; pero hasta ahora mi espera ha sido en vano».
Algo que distinguía aún más a Mileva Maric de Marie Winteler era la intensidad
intelectual de sus cartas. En la primera se mostraba entusiasmada por las
clases a las que había asistido de Philipp Lenard, por entonces profesor
agregado en Heidelberg, sobre la teoría cinética, que explica las propiedades
de los gases en función de las acciones de millones de moléculas individuales.
«La clase de ayer del profesor Lenard fue auténticamente genial —escribía—.
Ahora está hablando de la teoría cinética del calor y de los gases. Así,
resulta que las moléculas de oxígeno se desplazan con una velocidad de más de
400 metros por segundo, luego el buen profesor calculó y calculó… y finalmente
resultaba que, a pesar de que las moléculas se desplazan con esa velocidad,
recorren una distancia de solo 1/100 del grosor de un cabello».
La teoría cinética todavía no había sido plenamente aceptada por el estamento
científico (como tampoco lo había sido, por cierto, la existencia de los átomos
y las moléculas), y la carta de Marie indicaba que ella no tenía un
conocimiento profundo del tema. Además, en todo ello había una triste ironía:
Lenard sería una de las primeras fuentes de inspiración de Einstein, pero más
tarde se convertiría también en uno de sus más acérrimos detractores
antisemitas.
Asimismo, Maric comentaba algunas ideas que Einstein le había manifestado en su
carta anterior acerca de lo difícil que resulta para los mortales comprender lo
infinito. «No creo que haya que culpar a la estructura del cerebro humano del
hecho de que el hombre no pueda entender la infinidad —escribía Mileva—. El hombre
es muy capaz de imaginar la felicidad infinita, y debería ser capaz de entender
la infinidad del espacio; creo que habría de resultar mucho más fácil». En
estas palabras también se vislumbra algo de la huida de Einstein de lo
«meramente personal» a la seguridad del pensamiento científico: el hecho de que
se considere más fácil imaginar el espacio infinito que la felicidad infinita.
Pero lo que resulta evidente en la carta de Maric es que también pensaba en
Einstein de una manera más personal. Incluso le había hablado de él a su devoto
y protector padre. «Papá me dio algo de tabaco para que me lo llevara, y se
suponía que se lo tenía que dar a usted en persona —le decía—. Quería estimular
su interés por nuestra pequeña tierra de bandidos. Yo se lo he contado todo de
usted; un día tiene que volver usted conmigo inexcusablemente. ¡Seguro que los
dos tienen mucho de qué hablar!». El tabaco, a diferencia de la tetera de Marie
Winteler, era un presente que sin duda habría gustado a Einstein, pero Marie le
decía en broma que no se lo iba a enviar. «Tendría que pagar un arancel por él
y entonces me maldeciría».[112]
Aquella contradictoria mezcla de humor y seriedad, de despreocupación y
vehemencia, de intimidad y desapego —tan peculiar, pero evidente también en
Einstein—, debió de resultarle atractiva, ya que Albert la instó a que
regresara a Zúrich. En febrero de 1898 había tomado ya la decisión de hacerlo,
y estaba entusiasmada. «Estoy seguro de que no lamentará su decisión —le
escribió él—. Debe volver lo antes posible».
Luego le hacía un esbozo de cómo daban las clases cada uno de los profesores
(admitiendo que encontraba al que enseñaba geometría «algo impenetrable»), y
prometía echarle una mano para ponerse al día con la ayuda de los apuntes que
habían tomado él y Marcel Grossmann. El único problema era que probablemente no
podría recuperar su «vieja y agradable habitación» en la pensión cercana. «¡Te
lo mereces, pequeña fugitiva!».[113]
En abril ella estaba ya de regreso, en una casa de huéspedes situada a unas
cuantas calles de la de él, y formaban ya pareja. Compartían libros,
entusiasmos intelectuales e intimidades, y accedían mutuamente a sus
respectivos pisos. Un día en que él olvidó de nuevo sus llaves y se encontró
con que no podía entrar en su propio piso, acudió al de ella y le cogió
prestado un ejemplar de un texto de física. «No te enfades conmigo», le decía
en la notita que le dejó. Más tarde, aquel mismo año, una nota parecida
destinada a ella rezaba: «Si no te importa, me gustaría venir esta noche a leer
contigo».[114]
Sus amigos estaban sorprendidos de que un hombre apuesto y sensual como
Einstein, del que se podría haber enamorado casi cualquier mujer, estuviera con
una menuda y sencilla serbia que cojeaba y emanaba un aire de melancolía. «Yo
jamás tendría el valor de casarme con una mujer que no estuviera completamente
sana», le dijo un estudiante compañero suyo. Einstein repuso: «¡Pero es que
tiene una voz tan adorable…!».[115]
La madre de Einstein, que había sentido verdadera adoración por Marie Winteler,
albergaba parecidas dudas sobre la oscura intelectual que había venido a
reemplazarla. «Su fotografía ha causado gran efecto en mi madre —escribía
Einstein desde Milán, donde había ido a visitar a sus padres durante las
vacaciones de primavera de 1899—. Mientras ella la estudiaba detenidamente, yo
le dije con la más profunda simpatía: “Sí, sí, desde luego que es de las
inteligentes”. Ya he tenido que soportar muchas bromas sobre ello».[116]
Es fácil ver por qué Einstein sentía tal afinidad por Maric. Ambos eran
espíritus gemelos que se percibían a sí mismos como estudiantes desapegados e
independientes. Algo rebeldes frente a las expectativas burguesas, los dos eran
intelectuales que buscaban como amante a alguien que fuera a la vez compañero,
colega y colaborador. «Ambos entendemos muy bien la oscura alma del otro, y
también tomando café y comiendo salchichas, etcétera», le escribía Einstein.
Él sabía hacer que ese «etcétera» tuviera connotaciones picaras. Así, cerraba
otra carta diciendo: «Saludos, etc., especialmente lo último». En otra, después
de haber estado separados unas cuantas semanas, él le hizo una lista de las
cosas que le gustaba hacer con ella: «Pronto estaré de nuevo con mi amada y
podré besarla, abrazarla, tomar café con ella, regañarla, estudiar con ella,
reír con ella, pasear con ella, charlar con ella, y así sucesivamente». Los dos
se enorgullecían de compartir una peculiaridad: «Soy el mismo viejo bribón que
siempre he sido —escribía él—, lleno de caprichos y travesuras, y tan
temperamental como siempre».[117]
Pero Einstein amaba a Maric sobre todo por su mente. «Qué orgulloso estaré de
tener a una pequeña doctora como amada», le escribió en cierto momento. Ciencia
y romance parecían entrelazarse. En 1899, mientras estaba de vacaciones con su
familia, Einstein se lamentaba en una carta a Maric: «Cuando leí a Helmholtz
por primera vez no podía creer —y sigo sin poder— que estuviera haciéndolo sin
que usted estuviera sentada a mi lado. Disfruto cuando trabajamos juntos, lo
encuentro relajante y también menos aburrido».
De hecho, la mayoría de sus cartas mezclaban las efusiones románticas con los
entusiasmos científicos, a menudo haciendo énfasis en estos últimos. En una de
ellas, por ejemplo, Einstein anticipaba no solo el título, sino también algunos
de los conceptos de su gran artículo sobre la relatividad especial. «Estoy cada
vez más convencido de que la electrodinámica de los cuerpos en movimiento tal
como hoy se presenta no se corresponde con la realidad, y de que será posible
presentarla de una manera más simple —escribía—. La introducción del concepto
de “éter” en las teorías de la electricidad ha llevado a la concepción de un
medio cuyo movimiento puede describirse sin que, a mi entender, se le pueda
atribuir significado físico alguno».[118]
Aunque esta mezcla de compañerismo intelectual y emocional le resultaba
atractiva, de vez en cuando Einstein recordaba la tentación del deseo más
simple representada por Marie Winteler. Y con la falta de tacto que él hacía
pasar por honestidad (o quizá debido a su malicioso deseo de tormento), se lo
hacía saber a Mileva. Tras sus vacaciones de verano de 1899, Einstein decidió
acompañar a su hermana para que se matriculara en la escuela de Aarau, donde
vivía Marie. Escribió a Maric para tranquilizarla, asegurándole que no pasaría
mucho tiempo con su antigua novia, pero la promesa estaba escrita de una manera
que, acaso intencionadamente, resultaba más inquietante que tranquilizadora:
«No voy a ir a Aarau tan a menudo ahora que la muchacha de la que tan perdidamente
me enamoré hace cuatro años vuelve a casa —le decía—. En general me siento
bastante seguro en mi alta fortaleza de calma. Pero sé que si la viera unas
cuantas veces más, sin duda me volvería loco. De eso estoy seguro, y lo temo
como al fuego».
Pero afortunadamente para Maric, la carta continúa con una descripción de lo
que harían cuando volvieran a encontrarse en Zúrich, un párrafo en el que
Einstein mostraba una vez más por qué su relación era tan especial. «Lo primero
que haremos será subir al Ütliberg», decía, refiriéndose a una elevación
situada en las afueras de la ciudad. Allí podrían «deleitarse desempolvando
nuestros recuerdos» sobre las cosas que habían hecho juntos en otras
excursiones. «Ya imagino lo bien que lo pasaremos», añadía. Por último, con una
retórica que solo ellos podían apreciar plenamente, concluía: «Y luego
empezaremos con la teoría electromagnética de la luz de Helmholtz».[119]
En los meses siguientes sus cartas se hicieron todavía más íntimas y
apasionadas. Él empezó a llamarla su Doxerl («muñeca»), además
de «mi indómita pillina» y «mi golfilla»; ella le llamaba a él Johannzel («Juanito»)
y «mi travieso cariñito». A comienzos de 1900 ya se tuteaban, un proceso que se
inició con una pequeña nota de ella que rezaba:
Mi pequeño Juanito:
Como me gustas tanto, y como estás demasiado lejos para que pueda darte un
besito, escribo esta carta para preguntarte si yo te gusto tanto como tú a mí.
Respóndeme enseguida.
Mil besos de tu Muñeca.[120]
La graduación, agosto de 1900
Las cosas también le iban bien a Einstein desde el punto de vista académico. En
sus exámenes parciales de octubre de 1898 había terminado el primero de su
clase, con una media de 5,7 sobre un máximo de 6. El segundo, con un 5,6, era
su amigo y encargado de tomar apuntes de matemáticas Marcel Grossmann.[121]
Para graduarse, Einstein tenía que hacer una tesis. Inicialmente le propuso al
profesor Weber realizar un experimento para medir la velocidad con la que se
desplazaba la Tierra a través del éter, la supuesta sustancia que permitía que
las ondas de la luz se propagaran a través del espacio. La creencia
generalizada, que él se encargaría de destruir con su teoría de la relatividad
especial, era que si la Tierra se moviera a través de este éter acercándose o
alejándose de la fuente de un rayo de luz, podríamos detectar una diferencia en
la velocidad de la luz observada.
Durante su visita a Aarau hacia el final de las vacaciones de verano de 1899,
Einstein trabajó sobre el tema con el rector de su antigua escuela en dicha
población. «He tenido una buena idea para investigar el modo en que el
movimiento relativo de un cuerpo con respecto al éter afecta a la velocidad de
propagación de la luz», le escribió a Maric. Su idea implicaba construir un
aparato que empleara espejos dispuestos en ángulo «de modo que la luz
procedente de una sola fuente se reflejara en dos direcciones distintas»,
enviando una parte del rayo en la misma dirección del movimiento de la Tierra y
la otra parte en dirección perpendicular a él. En una conferencia acerca de
cómo descubrió la relatividad, Einstein recordaría que su idea era dividir un
rayo de luz, reflejarlo en direcciones distintas y ver si había «una diferencia
de energía en función de si su dirección era o no la misma que la del
movimiento de la Tierra a través del éter». Ello podía hacerse —postulaba—,
«empleando dos pilas termoeléctricas para examinar la diferencia del calor
generado en ellas».[122]
Weber rechazó la propuesta. Einstein no estaba plenamente informado de que
muchos otros habían realizado ya experimentos similares, incluyendo a los
estadounidenses Albert Michelson y Edward Morley, y ninguno de ellos había sido
capaz de detectar evidencia alguna del desconcertante éter, o de que la
velocidad de la luz variara en función del movimiento del observador o de la
fuente luminosa. Tras discutir el tema con Weber, Einstein leyó un artículo
redactado el año anterior por Wilhelm Wien, que describía brevemente 13
experimentos que se habían llevado a cabo para detectar el éter, incluyendo el
de Michelson-Morley.
Einstein le envió al profesor Wien su propio trabajo especulativo sobre el
tema, pidiéndole que le diera su opinión. «Me escribirá a través del
Politécnico —le predijo Einstein a Maric—. Si ves que ahí hay una carta para
mí, puedes cogerla y abrirla». Sin embargo, no hay evidencias de que Wien le
respondiera jamás.[123]
La siguiente propuesta de investigación de Einstein consistía en explorar la
relación entre la capacidad de distintos materiales para conducir el calor y
para conducir la electricidad, una relación sugerida por la teoría del
electrón. Al parecer, a Weber tampoco le gustó la idea, de modo que Einstein se
vio limitado, junto con Marie, a realizar un estudio meramente sobre la
conducción del calor, que era una de las especialidades de Weber.
Posteriormente Einstein descartaría sus trabajos de graduación, que calificaría
de «carentes de interés para mí». Weber puso a Einstein y Maric las notas más
bajas de todos los trabajos de su clase, 4,5 y 4,0, respectivamente; Grossmann,
en cambio, sacó un 5,5. Para más inri, Weber afirmó que Einstein no había
escrito su trabajo siguiendo las pautas adecuadas, y le obligó a redactarlo de
nuevo íntegramente.[124]
Pese a la baja puntuación obtenida en su trabajo, Einstein logró salir con una
media de 4,9 en las notas finales, quedando el cuarto de una clase de cinco.
Aunque la historia refuta el delicioso mito de que Einstein suspendía las
matemáticas en la escuela secundaria, al menos sí ofrece como consuelo la
curiosidad de que se graduara quedando casi el último de su clase.
Pero al menos él se graduó. Su media de 4,9 le permitió obtener su diploma
aunque friera por los pelos, lo que hizo oficialmente en julio de 1900. Mileva
Marie, en cambio, sacó solo una media de 4,0, con mucho la más baja de su
clase, y no se le permitió graduarse. Decidió, pues, que lo volvería a intentar
al año siguiente.[125]
No resulta sorprendente que los años de Einstein en el Politécnico estuvieran
marcados por el orgullo de considerarse un inconformista. «Su espíritu de
independencia se reafirmó un día en clase cuando el profesor mencionó una suave
medida disciplinaría que acababan de tomar las autoridades escolares»,
recordaría un compañero de clase. Einstein protestó. El requisito fundamental
de la educación, consideraba, era la «necesidad de libertad intelectual».[126]
Durante toda su vida, Einstein hablaría con afecto del Politécnico de Zúrich,
pero también señalaría que no le gustaba la disciplina inherente al sistema de
exámenes. «El obstáculo aquí era, obviamente, que uno tenía que meterse todo
eso en la cabeza para los exámenes, le gustara o no —decía—. Esa coacción tuvo
un efecto disuasorio tal, que una vez hube superado los exámenes finales,
cualquier consideración sobre problemas científicos me resultó desagradable
durante un año entero».[127]
En realidad aquello no era ni posible ni cierto. Einstein se curó en unas
cuantas semanas, y acabó llevándose unos cuantos libros de ciencia, incluyendo
textos de Gustav Kirchhoff y Ludwig Boltzmann, cuando se unió a su madre y a su
hermana bien entrado el mes de julio para pasar las vacaciones de verano en los
Alpes suizos. «He estado estudiando mucho —le escribió a Maric—, sobre todo la
célebre investigación de Kirchhoff sobre el movimiento del cuerpo rígido».
Admitía que su resentimiento contra los exámenes se había disipado ya. «Mis
nervios se han calmado bastante, de modo que felizmente ya puedo volver a
trabajar —le decía—. Y los tuyos ¿cómo están?»[128]
Capítulo 4
Los Amantes
1900-1904
Con Mileva y Hans Albert Einstein, 1904.
Contenido:
·
Vacaciones de verano,
1900
·
El primer artículo
publicado de Einstein
·
La angustia del
desempleo
·
Lago de Como, mayo de
1901
·
Las disputas con Drude y
otros
·
Lieserl
·
La oficina de patentes
·
La Academia Olimpia
·
El matrimonio con Mileva
Vacaciones de verano, 1900
Recién graduado, y cargado con su libro de Kirchhoff y otros textos de física,
a finales de julio de 1900 Einstein se dispuso a pasar las vacaciones de verano
con su familia en Melchtal, una aldea enclavada en los Alpes suizos entre el
lago de Lucerna y la frontera con el norte de Italia. Le acompañaba también su
«terrible tía» Julia Koch. Fueron recibidos en la estación de tren por la madre
y la hermana de Einstein, que le cubrió de besos, y luego se amontonaron todos
en un carruaje para ascender a lo alto de la montaña.
Cuando se acercaban al hotel, Einstein y su hermana se bajaron para seguir
andando. Maja le confesó que no se había atrevido a discutir con su madre de la
relación de él con Mileva Maric, conocida en la familia como el «asunto Muñeca»
debido al mote con el que él la designaba, y le pidió que «fuera paciente con
mamá». Sin embargo, no iba con la naturaleza de Albert «mantener mi bocota
cerrada», como más tarde le diría él mismo en una carta a Maric relatándole la
escena, tal como tampoco lo estaba proteger los sentimientos de Mileva
ahorrándole todos los detalles dramáticos de lo que sucedería a continuación.[129]
Einstein fue a la habitación de su madre, y esta, tras escuchar cómo le habían
ido sus exámenes, le preguntó:
—¿Y qué va a ser ahora de tu Muñeca?
—Va a ser mi esposa —le respondió Albert, tratando de afectar la misma
indiferencia que acababa de emplear su madre al formular la pregunta.
Einstein recordaría que su madre «se echó en la cama, enterró la cabeza bajo la
almohada y se puso a llorar como una niña». Finalmente logró recuperar la
compostura y pasó al ataque:
—Estás arruinando tu futuro y destruyendo tus oportunidades —le dijo—. Ninguna
familia decente la querrá. Si se queda embarazada te meterás en un buen lío.
En ese momento fue a Einstein a quien le llegó el tumo de perder la compostura.
«Negué vehementemente que hubiéramos estado viviendo en pecado —le explicaría a
Maric—, y la reñí con rotundidad».
Justo cuando estaba a punto de perder los estribos, apareció una amiga de su
madre, «una señora menuda y vivaz, una vieja chocha de la variedad más
simpática». Ambas se apresuraron a enzarzarse en la obligada cháchara: sobre el
tiempo, los nuevos huéspedes del balneario, los hijos maleducados… Luego se
fueron a comer y a tocar algo de música.
Tales períodos de tormenta y de calma se alternaron durante todas las
vacaciones. De vez en cuando, justo cuando Einstein pensaba que la crisis había
amainado, su madre volvía a sacar el tema:
—Ella es un libro, igual que tú; pero lo que tú necesitas es una esposa —le
dijo en cierto momento.
Otra vez sacó a colación el hecho de que Marie tenía veinticuatro años, mientras
que él tenía solo veintiuno:
—Para cuando tú tengas treinta, ella será una vieja bruja.
El padre de Einstein, que todavía trabajaba en Milán, medió con una «carta
moralista». La clave de la opinión de sus padres —al menos en lo que se refería
a la situación de Mileva Maric, a diferencia de la de Marie Winteler— era que
una, esposa representaba «un lujo» que un hombre solo podía permitirse cuando
se ganaba cómodamente el sustento. «Yo tengo una pobre opinión de esa visión de
la relación entre un hombre y su esposa —le diría Einstein a Maric—, puesto que
hace a la esposa distinguible de la prostituta solo en tanto en cuanto que la
primera es capaz de obtener un contrato vitalicio».[130]
Durante los meses siguientes, habría momentos en que parecería que sus padres
hubieran decidido aceptar su relación. «Mamá está resignándose poco a poco», le
escribió Einstein a Marie en agosto. Lo mismo en septiembre: «Parecen haberse
reconciliado con lo inevitable. Creo que a ambos llegarás a gustarles mucho
cuando te conozcan». Y de nuevo en octubre: «Mis padres se han retirado, a
regañadientes y con vacilaciones, de la batalla de la Muñeca, ahora que han
visto que la iban a perder».[131]
Pero repetidamente, después de cada período de aceptación, su resistencia
estallaba de nuevo, para pasar en más de una ocasión a un estado de frenesí.
«Mamá a menudo llora amargamente, y yo no tengo un solo momento de paz
—escribió a finales de agosto—. Mis padres lloran por mí casi como si me
hubiera muerto. Una y otra vez se quejan de que yo mismo me he acarreado la
desgracia por mi devoción a ti. Creen que no eres sana».[132]
La consternación de sus padres tenía poco que ver con el hecho de que Maric no
fuera judía, puesto que Marie Winteler tampoco lo era, ni con que fuera serbia,
aunque eso ciertamente no ayudaba mucho a su causa. Sobre todo parece ser que
la consideraban una esposa inapropiada por muchas de las razones que esgrimían
también algunos de los amigos de Einstein: era mayor que él, algo enfermiza,
cojeaba, tenía un aspecto sencillo, y era una intelectual apasionada, pero no
estelar.
Toda esta presión emocional avivó los instintos de rebeldía de Einstein y su
pasión por su «indómita golfilla», como él la llamaba. «¡Solo ahora veo lo
locamente enamorado que estoy de ti!». La relación, tal como se expresaba en
sus cartas, seguía siendo intelectual y emocional a partes iguales, pero la
parte emocional se había llenado ahora de un ardor inesperado para venir de
alguien que se autoproclama un solitario. «Acabo de darme cuenta de que no he
podido besarte desde hace un mes entero, y te echo terriblemente de menos», le
escribió en cierto momento.
Durante un corto viaje a Zúrich, en el mes de agosto, para sondear sus
perspectivas de trabajo, Einstein se sorprendió a sí mismo caminando de un lado
a otro, aturdido. «Sin ti me falta la confianza en mí mismo, el gusto por mi
trabajo, el gusto por la vida; en resumen: sin ti mi vida no es vida». Incluso
probó a escribirle un poema, que empezaba diciendo: «¡Pobre de mí! ¡Este
Juanito! / Tan loco de deseo. / Cuando piensa en su Muñeca / Su almohada
estalla en llamas».[133]
Su pasión, no obstante, era una pasión elevada, al menos en la mente de ambos.
Con el solitario elitismo de los jóvenes habituales de los cafés alemanes que
habían leído la filosofía de Schopenhauer más de lo que aconsejaba la
prudencia, ambos expresaban desenfadadamente la distinción mística entre sus
propios espíritus enrarecidos y los más básicos instintos e impulsos de las
masas. «En el caso de mis padres, como en el de la mayoría de la gente, los
sentidos ejercen un control directo sobre sus emociones —le escribiría él a
ella en medio de las guerras familiares de agosto—. Con nosotros, gracias a las
afortunadas circunstancias en las que vivimos, el disfrute de la vida se ve
ampliamente ensanchado».
Hay que decir en honor de Einstein que este le recordaba a Maric (y se
recordaba a sí mismo) que «no debemos olvidar que muchas existencias como la de
mis padres hacen la nuestra posible». Habían sido los instintos honestos y
sencillos de personas como sus progenitores los que habían asegurado el
progreso de la civilización. «Así pues, trato de proteger a mis padres sin
comprometer lo que es importante para mí; ¡es decir, tú, cariño mío!».
En un intento de agradar a su madre, Einstein se convirtió en un hijo
encantador en su gran hotel de Melchtal. Encontraba excesivas las interminables
comidas, y a los clientes «demasiado arreglados», además de «indolentes y
consentidos»; pero tocaba diligentemente su violín para las amigas de su madre,
se mostraba un educado conversador y afectaba un talante alegre. Y eso funcionó.
«Mi popularidad entre los huéspedes y mis éxitos musicales actúan como un
bálsamo en el corazón de mi madre».[134]
En cuanto a su padre, Einstein decidió que el mejor modo de apaciguarle, además
de aliviar algo de la carga emocional generada por su relación con Maric, era
ir a verle a Milán, visitar algunas de sus nuevas plantas eléctricas e
interesarse por la empresa familiar, «para poder ocupar el puesto de papá en
caso de emergencia». Hermann Einstein pareció tan encantado que prometió llevar
a su hijo a Venecia, después de la visita de inspección. «El sábado parto hacia
Italia a fin de participar de los “santos sacramentos” administrados por mi
padre, pero el valiente suabo[*] nada teme».
La visita de Einstein a su padre fue en general bien. Como hijo atento, por más
que distante, se había preocupado sobremanera en cada crisis financiera
familiar, quizá incluso más que su propio padre. Pero de momento los negocios
iban bien, y eso mantenía alta la moral de Hermann Einstein. «Mi padre es un
hombre completamente distinto ahora que ya no tiene preocupaciones
financieras», le escribió Einstein a Marie. Solo en una ocasión el «asunto
Muñeca» irrumpió con tal fuerza como para hacer considerar a Albert la
posibilidad de acortar su visita, pero esa amenaza alarmó tanto a su padre que
al final Einstein se atuvo a sus planes iniciales. Parecía sentirse halagado
por el hecho de que su padre apreciara tanto su compañía como su predisposición
a prestar atención al negocio de la familia.[135]
Aunque ocasionalmente Einstein despreciaba la idea de ser ingeniero, a finales
del verano de 1900 probablemente habría podido seguir ese rumbo, especialmente
si, en su viaje a Venecia, su padre se lo hubiera pedido, o si el destino
hubiera querido que se hubiera visto en la necesidad de ocupar su lugar. Al fin
y al cabo no era más que un graduado de baja titulación de una escuela de
magisterio sin un puesto de trabajo docente, sin ningún logro relevante en el
ámbito de la investigación y, ciertamente, sin ningún mecenas académico.
De haber tomado tal decisión en 1900, Einstein probablemente se habría
convertido en un ingeniero bastante bueno, aunque probablemente no en un gran
ingeniero. De hecho, en los años siguientes Einstein hizo sus pinitos en el
mundo de los inventos como aficionado, y sacó algunas buenas ideas para
dispositivos que iban desde refrigeradores silenciosos hasta un aparato que
medía la electricidad a muy bajos voltajes. Pero ninguno de ellos se traduciría
en un avance significativo en la ingeniería o en un éxito mercantil. Aunque
habría sido un ingeniero más brillante que su padre o su tío, no está claro que
Albert hubiera obtenido mejores resultados en el ámbito financiero.
Entre las numerosas cosas sorprendentes que aparecen en la vida de Albert
Einstein, una son las dificultades que tuvo para encontrar un empleo académico.
De hecho, habrían de pasar nada menos que nueve años desde su graduación en el
Politécnico de Zúrich, en 1900 —y cuatro años tras el milagroso año en el que
no solo puso la física patas arriba, sino que logró finalmente que se le
aceptara una tesis doctoral—, antes de que le ofrecieran un puesto como
profesor universitario.
La demora no se debió precisamente a falta de ganas por su parte. A mediados de
agosto de 1900, entre sus vacaciones familiares en Melchtal y la visita a su
padre en Milán, Einstein recaló en Zúrich para ver si podía conseguir un puesto
de ayudante de profesor en el Politécnico. Era habitual que todo graduado, si
quería, asumiera ese puesto, y Einstein confiaba en ello. Mientras tanto,
rechazó la oferta de un amigo de ayudarle a encontrar empleo en una compañía de
seguros, descartándolo como «una jomada de ocho horas de trabajo pesado y
absurdo». Como le diría a Maric, «hay que evitar lo que anquilosa».[136]
El problema era que los dos profesores de física del Politécnico eran
extremadamente conscientes de la insolencia de Einstein, pero no de su genio.
No había ni que pensar en obtener un puesto con el profesor Pernet, que le
había amonestado. Y en cuanto al profesor Weber, este había desarrollado tal
alergia a Einstein que, cuando se encontró con que no había otros graduados del
departamento de física y matemáticas disponibles para el puesto de ayudante,
prefirió contratar a dos alumnos dé la sección de ingeniería.
Eso dejaba como única posibilidad al profesor de matemáticas Adolf Hurwitz.
Cuando uno de los ayudantes de este encontró trabajo como maestro de
secundaria, Einstein le dijo exultante a Maric: «Eso significa que yo me
convertiré en el sirviente de Hurwitz, Dios mediante». Por desgracia, Albert se
había saltado la mayoría de las clases de Hurwitz, un desaire que aparentemente
el profesor no había olvidado.[137]
A finales de septiembre, Einstein permanecía todavía con sus padres en Milán, y
todavía no había recibido ninguna oferta. «Tengo pensado ir a Zúrich el primero
de octubre para hablar personalmente con Hurwitz sobre el puesto —decía—. Sin
duda es mejor que escribirle».
Mientras tanto, planeaba también buscar posibles clases particulares que
pudieran sacarles de apuros mientras Marie se preparaba para repetir sus
exámenes finales. «No importa lo que ocurra, tendremos la vida más maravillosa
del mundo. El placer de trabajar y de estar juntos; y lo que es más importante:
no respondemos ante nadie, podemos sustentamos por nosotros mismos y disfrutar
al máximo de nuestra juventud. ¿Quién podría pedir más? Cuando hayamos ahorrado
juntos bastante dinero, podremos comprar bicicletas y salir de excursión en
bici cada par de semanas».[138]
Einstein acabó decidiendo escribir a Hurwitz en lugar de ir a visitarle, lo que
probablemente fue un error. Sus dos cartas no pueden considerarse precisamente
un modelo para las generaciones futuras que quisieran aprender a redactar una
solicitud de empleo. Einstein se apresuraba a reconocer que no se había
presentado a las clases de cálculo de Hurwitz y que estaba más interesado en la
física que en las matemáticas. «Dado la falta de tiempo me impidió tomar parte
en el seminario de matemáticas —decía con escasa convicción—, no hay nada en mi
favor excepto el hecho de que asistía a la mayor parte de las clases
disponibles». De manera bastante presuntuosa, decía que ansiaba una respuesta
debido a que «la obtención de la ciudadanía en Zúrich, que he solicitado, se ha
condicionado a que demuestre que tengo un puesto de trabajo permanente».[139]
La impaciencia de Einstein no era menor que su confianza. «Hurwitz todavía no
me ha escrito —decía solo tres días después de haber enviado su carta—, pero no
tengo casi ninguna duda de que conseguiré el empleo». Pero no lo consiguió. De
hecho, se convirtió en el único graduado de su sección del Politécnico al que
no se le ofreció un puesto de trabajo. «De golpe me vi abandonado por todo el
mundo», recordaría más tarde.[140]
A finales de octubre de 1900, Einstein y Maric estaban de nuevo en Zúrich, y él
pasaba la mayor parte del día en el piso de ella, leyendo y escribiendo. En su
solicitud de ciudadanía entregada aquel mismo mes, Albert escribió «ninguna»
como respuesta a la pregunta acerca de su religión, y en cuanto a su ocupación,
escribió: «Doy clases particulares de matemáticas hasta que encuentre un puesto
de trabajo permanente».
Durante todo aquel otoño solo pudo encontrar ocho trabajos esporádicos como
profesor particular, al tiempo que sus parientes habían dejado de darle apoyo
financiero. Pero Einstein ponía al mal tiempo buena cara: «Nos sustentamos
gracias a las clases particulares, eso cuando podemos encontrar alguna, lo cual
resulta todavía muy difícil —le escribió a un amigo de Maric—. ¿No es esta una
vida de oficial o, incluso, de gitano? Pero creo que seguiremos tan alegres
como siempre».[141] Lo que a él le alegraba concretamente, aparte de la
presencia de Maric, eran los artículos teóricos que estaba escribiendo por su
cuenta.
El primer artículo publicado de Einstein
El primero de dichos artículos trataba de un tema que resultaba familiar para
la mayoría de los escolares: el efecto de capilaridad que, entre otras cosas,
hace que el agua se adhiera al extremo de una pajita y se curve hacia arriba.
Aunque más tarde Einstein calificaría su ensayo de «carente de valor», este
resulta interesante desde una perspectiva biográfica. No solo constituye el
primer trabajo publicado de Einstein, sino que revela el hecho de que este
creía con entusiasmo en una importante premisa —todavía no aceptada
plenamente—, que constituiría el núcleo de una gran parte de su trabajo durante
los cinco años siguientes: que las moléculas (y los átomos que las constituyen)
realmente existían, y que muchos fenómenos naturales podían explicarse
analizando el modo en que dichas partículas interactúan mutuamente.
Durante sus vacaciones de verano de 1900, Einstein había estado leyendo la obra
de Ludwig Boltzmann, quien había desarrollado una teoría de los gases basada en
el comportamiento de incontables moléculas chocando unas con otras. «Boltzmann
es absolutamente magnífico —le decía con entusiasmo a Maric en septiembre—.
Estoy firmemente convencido de que los principios de su teoría son correctos;
es decir, estoy convencido de que en el caso de los gases estamos tratando
realmente con partículas discretas de tamaño finito y definido que se mueven en
función de ciertas condiciones».[142]
Comprender la capilaridad, no obstante, requería observar las fuerzas que
actúan entre las moléculas de un líquido, no de un gas. Tales moléculas se
atraen mutuamente, lo que explica la tensión superficial de un líquido o el
hecho de que se formen las gotas, además del propio efecto de capilaridad. La
idea de Einstein era que esas fuerzas podrían ser análogas a las fuerzas
gravitatorias de Newton, por las que dos objetos se atraen mutuamente de manera
directamente proporcional a su masa e inversamente proporcional a la distancia
que los separa.
Einstein observó si el efecto de capilaridad mostraba esa misma relación con el
peso atómico de las diversas sustancias líquidas. Los resultados fueron
alentadores, de modo que decidió ver si podía encontrar datos experimentales
que reforzaran aún más la teoría. «Los resultados sobre la capilaridad que
recientemente he obtenido en Zúrich parecen ser enteramente nuevos a pesar de
su simplicidad —escribió a Maric—. Cuando estemos de nuevo en Zúrich trataremos
de obtener datos empíricos sobre esta materia… Si eso revela una ley de la
naturaleza, enviaremos los resultados a los Annalen».[143]
En efecto, en diciembre de 1900 Einstein acabó enviando el artículo a los Annalen
der Physik, la principal revista de física de Europa, que lo publicaría en
marzo del año siguiente. Escrito sin la elegancia o el brío de sus posteriores
artículos, comportaba únicamente lo que constituye, en el mejor de los casos,
una tenue conclusión. «He partido de la sencilla idea de las fuerzas de
atracción entre las moléculas y he probado experimentalmente las consecuencias
—escribía—. He tomado las fuerzas gravitatorias como analogía». Al final del
artículo, declara débilmente: «La cuestión de si nuestras fuerzas están
relacionadas, y cómo, con las fuerzas gravitatorias, debe dejarse, pues, por lo
pronto completamente abierta».[144]
El artículo no generó ningún comentario ni contribuyó en nada a la historia de
la física. Su conjetura básica era errónea, ya que la dependencia de la
distancia no es la misma para distintos pares de moléculas.[145] Pero sí supuso que Einstein publicara por primera vez, lo
que significaba que ahora contaba con un artículo impreso que podía añadir a
las cartas de solicitud de empleo con las que empezaba a inundar a los
profesores de toda Europa.
En su carta a Maric, Einstein había empleado el término «nosotros» al referirse
a su plan de publicar el artículo. En otras dos cartas escritas en el mes
siguiente al de su publicación, Albert aludía a «nuestra teoría de las fuerzas
moleculares» y «nuestra investigación». Este hecho ha suscitado un debate
histórico acerca del posible mérito que pudiera tener Maric por haber ayudado a
Einstein a concebir sus teorías.
En este caso concreto, parece ser que ella participó sobre todo en la búsqueda
de datos que él pudiera emplear. Las cartas de él hablaban de sus últimas ideas
sobre las fuerzas moleculares, pero las de ella apenas contenían sustancia
científica. Y en una carta escrita a su mejor amiga, Maric daba la impresión de
haber asumido el papel de amante y apoyo antes que de colaboradora científica.
«Albert ha escrito un artículo de física que probablemente se publicará muy
pronto en los Annalen der Physik —escribía—. Imaginarás lo
orgullosa que me siento de mi amor. No se trata de un artículo corriente, sino
de uno muy significativo. Trata de la teoría de los líquidos».[146]
La angustia del desempleo
Habían pasado casi cuatro años desde que Einstein renunciara a su ciudadanía
alemana, y desde entonces había sido un apátrida. Cada mes ahorraba algo de
dinero, destinado a la cantidad que tendría que pagar para convertirse en
ciudadano suizo, un estatus que deseaba profundamente. Una razón de ello era el
hecho de que admiraba el sistema suizo, su democracia, y su amable respeto por
el individuo y su privacidad. «Me gustan los suizos porque, en general, son más
humanos que las otras personas entre las que he vivido», diría posteriormente.[147] Había también razones prácticas: para poder trabajar como
funcionario o como profesor en una escuela pública, tenía que ser ciudadano
suizo.
Las autoridades de Zúrich le examinaron bastante minuciosamente, e incluso
pidieron a Milán un informe sobre sus padres. En febrero de 1901 se dieron por
satisfechas y le concedieron la ciudadanía suiza, una condición que conservaría
durante toda su vida pese a aceptar posteriormente también la ciudadanía
alemana (de nuevo), la austríaca y la estadounidense. De hecho, estaba tan
ansioso por ser un ciudadano suizo que incluso dejó a un lado sus sentimientos
antimilitaristas y se presentó al servicio militar, tal como estaba mandado. No
obstante, fue rechazado por tener pies sudorosos («hyperidrosis ped»), pies
planos («pes planus») y venas varicosas («varicosis»). Según parece, el
ejército suizo discriminaba bastante, y, así, en la cartilla militar de
Einstein se estampó el sello de «no apto».[148]
Unas semanas después de obtener la ciudadanía, sin embargo, sus padres
insistieron en que volviera a Milán y viviera con ellos. A finales de 1900
habían decretado que no podía permanecer en Zúrich más allá de Pascua a menos
que encontrara un empleo. Cuando llegó la Pascua, Einstein seguía en paro.
Maric, no sin razón, supuso que la invitación de vivir en Milán se debía a la
antipatía que sentían los padres de Einstein hacia ella. «Lo que más me
deprimía era el hecho de que nuestra separación hubiera de producirse de una
forma tan antinatural, a causa de calumnias e intrigas», le escribiría a su
amiga. Con un despiste que llegaría a hacerse proverbial, Einstein se dejó en
Zúrich la camisa de dormir, el cepillo de dientes, el peine, el cepillo para el
pelo (por entonces utilizaba uno) y otros artículos de aseo. «Envíaselo todo a
mi hermana —le pedía a Maric—, para que ella pueda traérmelo cuando venga».
Cuatro días después, añadía: «De momento quédate con mi paraguas. Ya veremos
más adelante qué hacemos con él».[149]
Tanto en Zúrich como, después, en Milán, Einstein escribió un montón de cartas
de solicitud de empleo, cada vez más implorantes, a profesores de toda Europa.
Todas iban acompañadas de su artículo sobre el efecto de capilaridad, lo cual
resultó no ser especialmente impresionante; es más, solo en raras ocasiones
recibía la cortesía de una carta de respuesta. «Pronto habré honrado a todos
los físicos desde el mar del Norte hasta el extremo sur de Italia con mi
oferta», le escribía a Maric.[150]
En abril de 1901, Einstein se vio obligado a comprar un montón de tarjetas
postales que incluían impresos de respuesta con el franqueo pagado, con la
remota esperanza de que al menos de ese modo recibiría alguna respuesta. En los
dos casos en que dichas tarjetas se han conservado, se han convertido, bastante
curiosamente, en apreciados artículos de coleccionista. Una de ellas, dirigida
a un profesor holandés, se exhibe actualmente en el Museo de Historia de la
Ciencia de Leiden. En ninguno de los dos casos se empleó el impreso de
respuesta incluido en la carta; Einstein ni siquiera obtuvo la cortesía de una
negativa por escrito. «No dejé piedra por mover ni renuncié a mi sentido del
humor —escribiría a su amigo Marcel Grossmann—, Dios creó el burro y lo dotó de
una piel gruesa».[151]
Entre los grandes científicos a los que escribió Einstein se hallaba Wilhelm
Ostwald, profesor de química en Leipzig, cuyas contribuciones a la teoría de la
dilución le harían acreedor al premio Nobel. «Su obra sobre química general me
inspiró para escribir el artículo adjunto», decía Einstein, tras de lo cual
adoptaba un lastimero tono adulador al preguntarle «si podría hacer uso de un
físico matemático». Einstein concluía suplicando: «No tengo dinero, y solo un
puesto de esta clase me permitiría proseguir mis estudios». No obtuvo
respuesta. Einstein volvió a escribirle dos semanas después, usando el pretexto
de que «no estoy seguro de si incluí mi dirección» en la carta anterior. «Su
opinión sobre mi artículo es muy importante para mí». Tampoco hubo respuesta.[152]
El padre de Einstein, con quien este vivía en Milán, compartía en silencio la
angustia de su hijo, y trató de ayudarle de una manera dolorosamente tierna. Al
ver que no llegaba ninguna respuesta a la segunda carta dirigida a Ostwald,
Hermann Einstein emprendió, por su propia cuenta y sin conocimiento de su hijo,
un torpe e inusual esfuerzo, impregnado de conmovedora emoción, para persuadir
por sí mismo a Ostwald:
Perdone, por favor, a un padre tan atrevido como para dirigirse
a usted, estimado Herr Profesor, en interés de su hijo. Albert tiene veintidós
años, estudió durante cuatro en el Politécnico de Zúrich, y aprobó su examen
con completo éxito el verano pasado. Desde entonces ha estado tratando sin
éxito de conseguir un empleo como profesor ayudante, lo que le permitiría
proseguir su educación en física. Todos los que están en posición de juzgarle
elogian su talento; puedo asegurarle que es extraordinariamente estudioso y
diligente, y que experimenta un gran amor por su ciencia. Debido a ello, se
siente profundamente infeliz ante su actual falta de empleo, y cada vez se
convence más de que ha perdido el rumbo de su carrera. Asimismo, se siente
oprimido por la idea de que representa una carga para nosotros, que somos
personas de medios modestos. Dado que es a usted a quien mi hijo parece admirar
y estimar más que a ningún otro erudito en física, es también a usted a quien
me he tomado la libertad de dirigirme con el humilde ruego de que lea su
artículo y le escriba, si es posible, unas palabras de aliento, a fin de que
pueda recuperar su alegría de vivir y de trabajar. Si además pudiera
conseguirle un puesto de ayudante, mi gratitud no tendría límites. Le ruego me
perdone por mi atrevimiento al escribirle, y sepa que mi hijo no sabe nada de
este paso mío tan inusual.[153]
Ostwald siguió sin responder. Sin embargo, por una de las
maravillosas ironías de la historia, nueve años después se convertiría en la
primera persona que nominaría a Einstein para el premio Nobel.
Albert Einstein estaba convencido de que su «némesis» en el Politécnico de
Zúrich, el profesor de física Heinrich Weber, estaba detrás de todas las
dificultades que encontraba. Tras haber contratado a dos ingenieros en lugar de
a Einstein como ayudantes, al parecer ahora estaba dando referencias poco
favorables de él. Tras solicitar un puesto junto al profesor de Gotinga Eduard
Riecke, Einstein le escribía desesperado a Maric: «He dado más o menos el
puesto por perdido. No puedo creer que Weber deje pasar tan buena oportunidad
sin hacer alguna maldad». Maric le aconsejó que escribiera a Weber,
enfrentándose a él directamente, y Einstein le respondió que ya lo había hecho.
«Al menos ha de saber que no puede hacer esas cosas a mis espaldas. Le he
escrito diciéndole que sé que en este momento mi nombramiento depende solo de
su informe».
Tampoco eso sirvió de nada: Einstein fue rechazado de nuevo. «El rechazo de
Riecke no me ha sorprendido —le escribió a Maric—. Estoy absolutamente
convencido de que la culpa es de Weber». Se sentía tan desalentado que, al
menos por el momento, consideraba inútil proseguir su búsqueda. «En estas
circunstancias ya no tiene sentido seguir escribiendo a más profesores, ya que,
en el caso de que las cosas llegaran lo bastante lejos, no cabe duda de que
todos acabarían pidiéndole información a Weber, y este volvería a dar malas
referencias». Asimismo, se lamentaba a Grossmann: «Podría haber encontrado
trabajo hace tiempo de no haber sido por las maquinaciones de Weber».[154]
¿Qué papel tuvo el antisemitismo en estas circunstancias? Einstein llegó a
creer que era uno de los factores en juego, lo que le llevó a buscar trabajo en
Italia, donde dicho sentimiento no era tan pronunciado. «Uno de los principales
obstáculos para encontrar colocación se halla aquí ausente, esto es, el
antisemitismo, que en los países angloparlantes constituye un desagradable
obstáculo», le escribía a Maric. Ella, por su parte, se lamentaba ante su amiga
de las dificultades de su amante: «Ya sabes que mi amor tiene la lengua
afilada, y además es judío».[155]
En su tentativa de encontrar trabajo en Italia, Einstein pidió ayuda a uno de
los amigos que había hecho cuando estudiaba en Zúrich, un ingeniero llamado
Michele Angelo Besso. Como Einstein, Besso provenía de una familia judía de
clase media que había deambulado por toda Europa y al final se había
establecido en Italia. Tenía seis años más que Einstein, y cuando se conocieron
ya se había graduado en el Politécnico y trabajaba en una empresa de
ingeniería. Él y Einstein forjaron una estrecha amistad, que se mantendría
durante el resto de sus vidas (ambos morirían en 1955, con solo unas semanas de
diferencia).
Con los años, Besso y Einstein compartirían tanto las confidencias personales
más íntimas como las más elevadas nociones científicas. Tal como escribiría el
propio Einstein en una de las 229 cartas que se conservan de su
correspondencia: «No hay nadie que esté tan próximo a mí, que me conozca tan
bien, que esté tan favorablemente predispuesto hacia mí como tú».[156]
Besso tenía un delicioso intelecto, pero carecía de capacidad de centrarse, de
empuje y de disciplina. Como Einstein, en cierta ocasión se le había invitado a
abandonar la escuela secundaria debido a su actitud insubordinada (había
enviado un escrito quejándose de un profesor de matemáticas). Einstein
consideraba a Besso «un tremendo debilucho … incapaz de animarse a emprender
ninguna acción ni en la vida ni en la creación científica, pero que posee una
mente extraordinariamente fina cuyo funcionamiento, aunque desordenado, observo
con gran deleite».
En Aarau, Einstein le había presentado a Besso a Anna Winteler, la hermana de
Marie, con la que este acabaría casándose. En 1901 se había trasladado a
Trieste con ella. Cuando Einstein se reunió con él, encontró a Besso tan
inteligente, divertido y exasperantemente descentrado como siempre.
Recientemente su jefe le había pedido que inspeccionara una planta eléctrica, y
él había decidido partir la noche antes para asegurarse de que llegaba a
tiempo. Pero el caso es que perdió el tren, tampoco pudo llegar al día
siguiente, y finalmente llegó al tercer día, solo «para comprobar con horror
que se le había olvidado lo que tenía que hacer»; de modo que escribió a su
oficina pidiéndoles que le repitieran sus instrucciones. La opinión de su jefe
era que Besso era «un completo inútil y casi un desequilibrado».
Einstein, en cambio, tenía una opinión más afectuosa de Besso. «Michele es un
tremendo schlemiel», le escribía a Maric, empleando un término
yiddish que viene a significar «torpe infeliz». Una tarde, Besso y Einstein
pasaron casi cuatro horas hablando de ciencia, incluyendo las propiedades del
misterioso éter y «la definición del reposo absoluto». Todas esas ideas
florecerían cuatro años después, en la teoría de la relatividad que concebiría
Einstein con Besso como caja de resonancia. «Él está interesado en nuestra
investigación —le escribiría Einstein a Marie—, aunque a menudo pierde de vista
la generalidad preocupándose por pequeñas consideraciones».
Besso tenía algunos contactos que Einstein confiaba en que le resultarían
útiles. Su tío era profesor de matemáticas en el Politécnico de Milán, y el
plan de Einstein era que Besso le presentara: «Le agarraré por el cuello y lo
arrastraré hasta su tío, y allí ya hablaré yo». Besso logró persuadir a su tío
de que escribiera cartas en favor de Einstein, pero el esfuerzo no sirvió de
nada. Lejos de ello, Einstein se pasó la mayor parte de 1901 alternando las
sustituciones docentes con algunas clases particulares.[157]
Fue el otro íntimo amigo de Einstein en Zúrich, su compañero de clase y
encargado de los apuntes de matemáticas Marcel Grossmann, quien acabó
finalmente encontrándole un empleo, aunque no del tipo que cabría esperar.
Justo cuando Einstein estaba empezando a desesperar, Grossmann le escribió
diciéndole que era probable que hubiera una plaza de funcionario en la Oficina
Suiza de Patentes, situada en Berna. El padre de Grossmann conocía al director,
y estaba dispuesto a recomendar a Einstein.
«Me he sentido profundamente emocionado por tu devoción y compasión, que te ha
llevado a no olvidarte de tu desafortunado amigo —le respondió Einstein—. Me
encantaría conseguir ese magnífico empleo, y no ahorraría esfuerzo alguno para
estar a la altura de tu recomendación».
Y a Maric le escribía exultante: «¡Piensa en lo maravilloso que sería ese
trabajo para mí! Me volvería loco de alegría si saliera algo así».
Sabía que habían de pasar meses antes de que el puesto de trabajo en la oficina
de patentes se materializara; eso si es que llegaba a materializarse. De modo
que aceptó un trabajo temporal de dos meses en una escuela técnica de
Winterthur, sustituyendo a un profesor de permiso militar. La jomada sería
larga y, lo que era aún peor, tendría que enseñar geometría descriptiva, una
materia que ni entonces ni después sería su fuerte. «Pero el valiente suabo
nada teme», proclamaba, repitiendo una de sus frases poéticas preferidas.[158]
Mientras tanto, él y Maric tendrían la posibilidad de pasar juntos unas
románticas vacaciones; unas vacaciones que iban a tener consecuencias
fatídicas.
Lago de Como, mayo de 1901
«Tienes que venir a verme a Como sin falta, pequeña bruja —le escribió Einstein
a Maric a finales de abril de 1901—. Verás por ti misma lo alegre y radiante
que me he vuelto y cómo todas las arrugas de mi frente han desaparecido».
Las disputas familiares y la frustrante búsqueda de trabajo le habían vuelto
irritable, pero él le prometía que ahora eso ya había pasado. «Ha sido solo por
nerviosismo por lo que he sido malo contigo», se disculpaba. Y para
compensarla, le proponía que tuvieran una cita romántica y sensual en uno de
los lugares más románticos y sensuales del mundo: el lago de Como, el mayor de
los alargados lagos alpinos que adornan como joyas la frontera entre Italia y
Suiza, donde a primeros de mayo el exuberante follaje florece bajo los
majestuosos picos coronados por la nieve.
«Trae mi bata azul para que podamos envolvemos en ella —le decía—. Te prometo
una excursión como no habrás visto nunca».[159]
Marie se apresuró a aceptar, pero luego cambió de idea: había recibido una
carta de su familia de Novi Sad «que me ha privado de todo deseo, no solo de
divertirme, sino incluso por la propia vida». Habría de hacer el viaje él solo,
le decía enfurruñada. «Parece ser que no puedo tener nada sin sufrir un
castigo». Pero al día siguiente volvió a cambiar de opinión. «Ayer te escribí
una pequeña tarjeta con el peor de los ánimos debido a una carta que había
recibido. Pero al leer hoy tu carta me he puesto un poco más alegre, ya que veo
cuánto me quieres, así que creo que al final sí vamos a hacer ese viaje».[160]
Así fue cómo a primera hora de la mañana del domingo 5 de mayo de 1901, Albert
Einstein estaba esperando a Mileva Marie en la estación de tren del pueblo de
Como, en Italia, «con los brazos abiertos y el corazón dando saltos». Pasaron
allí el día, admirando su catedral gótica y su antigua dudad amurallada, y
luego cogieron uno de los imponentes barcos de vapor blancos que iban de pueblo
en pueblo siguiendo las orillas del lago.
Se detuvieron a visitar Villa Carlotta, la más exquisita de todas las mansiones
famosas que salpicaban la costa, con sus techos llenos de frescos, su versión
de la escultura erótica Cupido y Psique, de Antonio Canova, y sus
quinientas especies de plantas. Posteriormente Maric escribiría a un amigo
hablándole de lo mucho que había admirado «el espléndido jardín, que preservo
en mi corazón, tanto más cuanto que no se nos permitió birlar ni una sola flor».
Tras pasar la noche en una posada, decidieron cruzar a pie el paso montañoso a
Suiza; pero lo encontraron todavía cubierto de una capa de nieve de hasta seis
metros de espesor, de modo que alquilaron un pequeño trineo «de los que usan
ellos, que tiene el espacio justo para dos personas enamoradas, con un cochero
que va de pie en una pequeña tabla situada detrás y que parlotea todo el rato y
te llama signora —escribiría Maric—. ¿Puedes imaginar algo más
hermoso?».
La nieve caía alegremente hasta donde alcanzaba la vista, «de modo que esa fría
y blanca infinidad me daba escalofríos y sujetaba firmemente a mi amor en mis
brazos bajo los abrigos y chales con que nos cubríamos». A la bajada, daban
puntapiés a la nieve para producir pequeñas avalanchas, «a fin de asustar
convenientemente al mundo que había abajo».[161]
Unos días después, Einstein recordaría «qué hermosa fue la última vez que me
dejaste estrechar contra mí a tu menuda y amada persona de la forma más
natural».[162] Y de la forma más natural, Mileva. Marie quedó embarazada
de un hijo de Albert Einstein.
Tras regresar a Winterthur, donde ejercía de maestro suplente, Einstein
escribió a Marie una carta en la que hacía referencia a su embarazo.
Extrañamente —o quizá, después de todo, no friera tan extraño—, empezaba
tratando de temas científicos antes que personales. «Acabo de leer un
maravilloso artículo de Lenard sobre la generación de rayos catódicos mediante
luz ultravioleta —empezaba diciendo—. Bajo la influencia de este hermoso
trabajo me siento tan lleno de felicidad y alegría que debo compartir parte de
ella contigo». Pronto Einstein revolucionaría la ciencia basándose en el
artículo de Lenard para elaborar una teoría de los cuantos de luz que explicara
este efecto fotoeléctrico; pero aun así, resulta bastante sorprendente, o
cuando menos divertido, que cuando Einstein hablaba con tal entusiasmo de
compartir su «felicidad y alegría» con su amada recién embarazada, lo hiciera
aludiendo a un artículo sobre haces de electrones.
Solo después de esta exaltación científica vendría una breve referencia al hijo
que esperaban, y al que Einstein se refería como al «niño»: «¿Cómo estás,
querida? ¿Y el niño?». Luego pasaba a manifestar una extraña idea acerca de
cómo iba a ser su paternidad: «¿Imaginas qué agradable será cuando podamos
volver a trabajar de nuevo, completamente tranquilos, sin que haya nadie que
nos diga qué hemos de hacer?».
Sobre todo, trataba de mostrarse tranquilizador. Encontraría trabajo —le
prometía—, aunque ello significara meterse en el negocio de los seguros. Juntos
crearían un hogar confortable. «Alégrate y no te preocupes, querida. Yo no te
abandonaré y haré que todo acabe felizmente. ¡Solo has de tener paciencia!
Verás que no es tan malo descansar en mis brazos, a pesar de que las cosas
hayan empezado con cierta incomodidad».[163]
Maric estaba preparándose para repetir sus exámenes de graduación, y confiaba
en que luego pasaría a obtener el doctorado y a dedicarse a la física. A lo
largo de los años tanto ella como sus padres habían invertido mucho, tanto
emocional como financieramente, en aquel objetivo. De haberlo deseado, habría
podido interrumpir su embarazo. Zúrich era entonces el centro de una
floreciente industria del control de la natalidad, en la que se incluía, la
producción de un medicamento abortivo que se vendía por correo y cuya fábrica
tenía allí su sede.
Pero en lugar de ello, decidió que quería tener el hijo de Einstein aunque él
todavía no estuviera preparado o dispuesto a casarse con ella. En el entorno en
el que se había criado, tener un hijo fuera del matrimonio era un acto de
rebeldía, pero no constituía un hecho infrecuente. Las estadísticas oficiales
de Zúrich de 1901 muestran que el 12 por ciento de los nacimientos eran
ilegítimos. Entre los residentes austro-húngaros, además, la proporción de
embarazos fuera del matrimonio era aún mayor: en el sur de Hungría el 33 por
ciento de los nacimientos eran ilegítimos. El mayor porcentaje de nacimientos
ilegítimos se daba entre los serbios; el menor, entre los judíos.[164]
Aquella decisión hizo que Einstein empezara a pensar más en el futuro. «Buscaré
una colocación de inmediato, independientemente de lo humilde que sea —le diría
a Maric—. Mis objetivos científicos y mi vanidad personal no me impedirán
aceptar incluso el puesto más subordinado». Decidió, pues, llamar al padre de
Besso, así como al director de la compañía de seguros local, y le prometió a
Maric que se casaría con ella en cuanto encontrara trabajo. «Así nadie podrá
arrojar una sola piedra a tu querida cabe cita».
El embarazo también podía resolver, o al menos eso esperaba, los problemas que
ambos tenían con sus respectivas familias. «Cuando tus padres y los míos se
vean frente a un hecho consumado, no les quedará más remedio que aceptarlo lo
mejor que puedan».[165]
Maric, que en ese momento estaba postrada en la cama debida a las náuseas del
embarazo, se sintió entusiasmada. «Entonces, amor, ¿quieres buscar trabajo
inmediatamente? ¡Y que me vaya a vivir contigo!». Era una vaga propuesta, pero
ella se declaró de inmediato «feliz» de aceptarla. «Evidentemente, eso no debe
suponer que aceptes una colocación realmente penosa, querido —añadía—. Ello me
haría sentir terriblemente mal». A instancias de su hermana, trató de convencer
a Einstein de que en las vacaciones de verano fuera a visitar a sus padres a
Serbia. «¡Me haría tan feliz! —suplicaba—. Y cuando mis padres nos vean a los
dos físicamente ante ellos, todas sus dudas se desvanecerán».[166]
Pero Einstein, para consternación de Marie, decidió volver a pasar las
vacaciones de verano con su madre y su hermana en los Alpes. Como resultado, no
estuvo a su lado para ayudarla y animarla a finales de julio de 1901, cuando
ella hubo de repetir sus exámenes. Quizá a consecuencia de su embarazo y de su
situación personal, el caso es que Mileva acabó suspendiendo por segunda vez,
obteniendo de huevo un 4,0 sobre 6, y de nuevo fue la única que no aprobó de su
grupo.
Así fue como Mileva Marie acabó resignándose a renunciar a su sueño de
convertirse en erudita científica. Fue a ver a sus padres en Serbia, sola, y
les contó lo de su fracaso académico y lo de su embarazo. Antes de partir, le
pidió a Einstein que le enviara una carta a su padre contándole los planes de
ambos, y, presumiblemente, pidiéndole su mano. «¿Me enviarás la carta para que
pueda ver lo que has escrito? —le preguntaba—. Luego yo ya le daré la
información necesaria, incluidas las noticias desagradables».[167]
Las disputas con Drude y otros
La insolencia de Einstein y su desprecio por los convencionalismos, unos rasgos
que fueron espoleados aún más por Maric, se harían patentes en 1901 en su vida
científica además de en la personal. Aquel año, el entusiasta desempleado se
enredó en una serie de disputas con diversas autoridades académicas.
Aquellas disputas revelan que Einstein no tenía escrúpulos a la hora de
cuestionar a quienes ejercían el poder. De hecho, incluso parecía regocijarse
en ello. Como él mismo proclamaría a Jost Winteler en medio de las disputas de
aquel año: «El respeto ciego por la autoridad es el mayor enemigo de la
verdad». Este resultaría ser un credo muy valioso, y muy apropiado para
grabarlo en su escudo de armas en el caso de que alguna vez hubiera querido
tener uno.
Sus disputas de aquel año también revelan un aspecto mucho más sutil del
pensamiento científico de Einstein: su deseo —más bien su compulsión— de
unificar conceptos de diferentes ramas de la física. «Es una sensación gloriosa
descubrir la unidad de un conjunto de fenómenos que al principio parecen ser
completamente independientes», le escribía a su amigo Grossmann aquella
primavera, cuando se embarcó en el intento de vincular su trabajo sobre el
efecto de capilaridad a la teoría de los gases de Boltzmann. Aquella frase, más
que ninguna otra, resume la fe que subyace a la misión científica de Einstein,
desde su primer artículo hasta las últimas ecuaciones de campo que garabateó, y
que le guiaría con la misma seguridad que mostraba la aguja de la brújula de su
infancia.[168]
Entre los conceptos potencialmente unificadores que más atraían a Einstein, así
como a una gran parte del mundo de la física en general, se hallaban los
derivados de la teoría cinética, que se había desarrollado a finales del siglo
XIX aplicando los principios de la mecánica a fenómenos tales como la
transferencia de calor y el comportamiento de los gases. Ello implicaba
considerar un gas, por ejemplo, como un conjunto formado por un enorme número
de partículas diminutas —en este caso, moléculas formadas a su vez por uno o
más átomos—, que se movían libremente a gran velocidad en todas direcciones y
ocasionalmente chocaban unas contra otras.
La teoría cinética estimuló el desarrollo de la mecánica estadística, que
describe el comportamiento de un gran número de partículas empleando cálculos
estadísticos. Obviamente, resultaba imposible seguir el movimiento de cada
molécula y de cada colisión en un gas, pero el estudio de su comportamiento
estadístico generó una teoría viable acerca de cómo actuaban miles de millones
de moléculas bajo diversas condiciones.
Los científicos procedieron a aplicar esos conceptos no solo al comportamiento
de los gases, sino también a los fenómenos producidos en los líquidos y
sólidos, incluyendo la conductividad eléctrica y la radiación. «Surgió la
oportunidad de aplicar los métodos de la teoría cinética de gases a otras ramas
de la física completamente distintas —escribiría más tarde Paul Ehrenfest,
íntimo amigo de Einstein y él mismo experto en ese campo—. Sobre todo, la
teoría se aplicó al movimiento de los electrones en los metales, al movimiento
browniano de las partículas microscópicas en las suspensiones, y a la teoría de
la radiación del cuerpo negro».[169]
Aunque muchos científicos utilizaron el atomismo para explorar sus propias
especialidades, para Einstein este constituyó una forma de establecer vínculos,
y desarrollar teorías unificadoras, entre toda una serie de disciplinas
diversas. En abril de 1901, por ejemplo, adaptó las teorías moleculares que
había utilizado para explicar el efecto de capilaridad en los líquidos y las
aplicó a la difusión de las moléculas de gas. «He tenido una idea
extremadamente afortunada, que hará posible aplicar nuestra teoría de las
fuerzas moleculares también a los gases», le escribía a Maric. Asimismo, le
comentaba a Grossmann: «Ahora estoy convencido de que mi teoría de las fuerzas
de atracción atómicas también puede extenderse a los gases».[170]
Luego pasó a interesarse por la conducción del calor y de la electricidad, lo
que le llevó a estudiar la teoría electrónica de los metales de Paul Drude.
Como señala Jürgen Renn, estudioso de Einstein: «La teoría electrónica de Drude
y la teoría cinética de los gases de Boltzmann no son solo dos temas de interés
arbitrarios para Einstein, sino que más bien comparten una importante propiedad
común con varios otros de sus temas de investigación iniciales; se trata de dos
ejemplos de la aplicación de las ideas atomísticas a problemas físicos y
químicos».[171]
La teoría electrónica de Drude postulaba que en los metales hay partículas que
se mueven libremente, tal como hacen las moléculas de gas, y, en consecuencia,
conducen tanto el calor como la electricidad. Cuando Einstein la examinó,
encontró que había partes de ella que le agradaban especialmente. «Tengo en mis
manos un estudio de Paul Drude sobre la teoría electrónica que se ha escrito a
mi entera satisfacción, a pesar de que contiene algunas cosas muy poco
rigurosas», le decía a Maric. Un mes más tarde, con su habitual falta de
deferencia hacia la autoridad, declaraba: «Quizá escriba a Drude privadamente
para señalarle sus errores».
Y así lo hizo. En una carta a Drude escrita en junio, Einstein señalaba lo que
él consideraba que eran dos errores. «Difícilmente tendrá nada coherente con lo
que refutarme —se jactaba Einstein ante Maric—, puesto que mis objeciones son
bastante claras». Acaso creyendo con encantadora inocencia que el hecho de
señalar a un eminente científico sus supuestos lapsos constituía un buen método
para conseguir empleo, Einstein incluía también en su carta una petición en ese
sentido.[172]
Sorprendentemente, Drude le contestó, aunque —no tan sorprendentemente—
rechazando las objeciones de Einstein. Este se sintió ofendido. «Ello
constituye una prueba tan manifiesta de la miseria de su autor que no hace
falta que añada ningún comentario —diría Einstein al transmitirle la respuesta
de Drude a Maric—. A partir de ahora ya no volveré a dirigirme a esa clase de
personas, y en lugar de ello les atacaré inexorablemente en las revistas, tal
como se merecen. No es extraño que poco a poco uno se vaya volviendo
misántropo».
Einstein también aireó su frustración en una carta dirigida a Jost Winteler, su
figura paterna de Aarau, que incluía su frase acerca de que el respeto ciego
por la autoridad era el mayor enemigo de la verdad. «Me responde señalando que
otro “infalible” colega suyo comparte su misma opinión. Pronto le haré la vida
imposible con una publicación genial».[173]
En los artículos publicados de Einstein no se identifica a ese «infalible»
colega citado por Drude; pero ciertas investigaciones realizadas por Renn han
llevado hasta una carta de Maric en la que esta declara que se trata de Ludwig
Boltzmann.[174] Eso explica por qué a continuación Einstein procedió a
sumergirse en los textos de este último. «He estado inmerso en los trabajos de
Boltzmann sobre la teoría cinética de los gases —le escribiría a Grossmann en
septiembre—, y estos últimos días yo mismo he escrito un breve artículo que
proporciona la piedra angular que falta en la cadena de pruebas que él había
iniciado».[175]
Boltzmann, por entonces en la Universidad de Leipzig, era el maestro de la
física estadística en Europa. Había contribuido al desarrollo de la teoría
cinética, y defendía la idea de que los átomos y las moléculas realmente
existían. Debido a ello, había considerado necesario re-formular la importante
segunda ley de la termodinámica. Esta ley, que tiene numerosas formulaciones
equivalentes, establece que el calor fluye naturalmente de los cuerpos
calientes a los fríos, pero no al revés. Otra manera de describir la segunda
ley es en términos de entropía, es decir, el grado de desorden y aleatoriedad
de un sistema. Todo proceso espontáneo tiende a incrementar la entropía de un
sistema. Así, por ejemplo, las moléculas de perfume salen del frasco abierto y
se esparcen por la habitación; pero, en cambio, al menos en nuestra experiencia
ordinaria, no se juntan espontáneamente para volver a meterse en el frasco.
El problema para Boltzmann era que, de acuerdo con Newton, todos los procesos
mecánicos, como el de las moléculas colisionando unas con otras, podían
invertirse. Así pues, era posible una disminución espontánea de la entropía, al
menos en teoría. El carácter absurdo de postular que las moléculas de perfume
esparcidas por el aire podían juntarse de nuevo en el frasco, o que el calor
podía fluir espontáneamente de un cuerpo frío a uno caliente, fue esgrimido
contra Boltzmann por sus oponentes, como Wilhelm Ostwald, que no creía en la
realidad de los átomos y las moléculas. «La proposición de que todo fenómeno natural
puede reducirse en última instancia a fenómenos mecánicos no puede tomarse ni
siquiera como una hipótesis de trabajo útil: es sencillamente un error
—declararía Ostwald—. La irreversibilidad de los fenómenos naturales prueba la
existencia de procesos que no pueden describirse mediante ecuaciones
mecánicas».
Boltzmann respondió reformulando la segunda ley de modo que esta no fuera una
afirmación absoluta, sino meramente una cuasi certeza estadística. Así,
teóricamente era posible que millones de moléculas de perfume pudieran
colisionar aleatoriamente de un modo tal que en un momento dado las llevara a
meterse todas ellas en un frasco; pero ello resultaba sumamente improbable,
quizá con una probabilidad billones de veces inferior a la de que, por ejemplo,
las cartas de una baraja nueva, tras barajarse cientos de veces, acabaran
quedando colocadas de nuevo en el preciso orden jerárquico que tenían
inicialmente.[176]
Cuando Einstein, de manera bastante inmodesta, declaraba en septiembre de 1901
que estaba colocando la «piedra angular» que faltaba en la cadena de pruebas de
Boltzmann, añadía que planeaba publicar pronto su trabajo. Sin embargo, antes
envió un artículo a los Annalen der Physik sobre un método
eléctrico para investigar las fuerzas moleculares que empleaba cálculos
derivados de experimentos que habían realizado otros utilizando soluciones
salinas y un electrodo.[177]
Luego publicó su crítica a las teorías de Boltzmann. Einstein señalaba que
estas funcionaban bien a la hora de explicar la transferencia de calor en los
gases, pero que no habían sido adecuadamente generalizadas para aplicarse a
otros ámbitos. «Por grandes que hayan sido los logros de la teoría cinética del
calor en el ámbito de la teoría de los gases —escribía—, la ciencia de la
mecánica todavía no ha sido capaz de producir un fundamento adecuado para la
teoría general del calor». Su objetivo era «llenar esa laguna».[178]
Tal empeño resultaba bastante presuntuoso para un mediocre estudiante del
Politécnico que no había sido capaz de obtener un doctorado ni de encontrar
trabajo. El propio Einstein admitiría posteriormente que aquellos artículos
apenas aumentaron el corpus de conocimientos de la física. Pero sí daban una
idea de dónde residía el núcleo de sus cuestionamientos a Drude y Boltzmann en
1901. Sus teorías, consideraba Einstein, no cumplían la máxima que le había
revelado a Grossmann tiempo antes aquel mismo año acerca de lo glorioso que
resultaba descubrir una unidad subyacente en un conjunto de fenómenos que
parecían completamente independientes.
Paralelamente, en noviembre de 1901, Einstein había enviado una tentativa de
tesis doctoral al profesor Alfred Kleiner, de la Universidad de Zúrich. Dicha
tesis no se ha conservado, pero Maric le explicó a una amiga que «trata de la
investigación sobre las fuerzas moleculares en los gases empleando varios
fenómenos conocidos». Einstein se mostraba tranquilo: «No se atreverá a
rechazar mi tesis —decía, refiriéndose a Kleiner—; si es así, de bien poco me
servirá ese hombre tan corto de vista».[179]
En diciembre, Kleiner ni siquiera había respondido, y Einstein empezó a pensar
que acaso la «frágil dignidad» del profesor le hiciera sentirse incómodo
aceptando una tesis que denigraba la obra de maestros tales como Drude y
Boltzmann. «Si se atreve a rechazar mi tesis, yo publicaré su rechazo junto con
mi artículo y así le pondré en ridículo —decía Einstein—. Pero si la acepta,
veremos qué tiene que decir entonces el bueno de Herr Drude».
Ansioso de obtener una resolución, Einstein decidió ir a ver a Kleiner en
persona. Curiosamente, la reunión fue bastante bien. Kleiner admitió que
todavía no había leído la tesis, y Einstein le dijo que se tomara su tiempo.
Luego pasaron a hablar de varias ideas que Einstein estaba desarrollando,
algunas de las cuales a la larga fructificarían en su teoría de la relatividad.
Kleiner le prometió a Einstein que podía contar con él para que le recomendara
la próxima vez que saliera un puesto docente. «No es tan estúpido como yo había
creído —fue el veredicto de Einstein—. Además, es un buen tipo».[180]
Puede que Kleiner fuera un buen tipo, pero no le gustó la tesis de Einstein
cuando finalmente encontró tiempo para leerla. En particular, le desagradó su
ataque al estamento científico, de modo que la rechazó; o más exactamente, le
dijo a Einstein que la retirara voluntariamente, lo que le permitiría recuperar
su tasa de 230 francos suizos. Según un libro que escribiría el hijastro
político de Einstein, la acción de Kleiner se debió a la «consideración hacia
su colega Ludwig Boltzmann, cuya sucesión de razonamientos Einstein había
criticado duramente». Pero este último, que carecía de tal sensibilidad, se
dejó convencer por un amigo de que dirigiera su ataque directamente contra
Boltzmann.[181]
Lieserl
Marcel Grossmann le había mencionado a Einstein que era probable que hubiera un
puesto para él en la oficina de patentes, pero dicho puesto aún no se había
materializado. De modo que, cinco meses después, Einstein le había recordado
amablemente a Grossmann que seguía necesitando ayuda. Tras enterarse por el
periódico de que Grossmann había obtenido un puesto docente en una escuela de
secundaria suiza, Einstein le manifestó su «gran alegría», para luego añadir
lisa y llanamente: «También yo había solicitado ese puesto, pero lo hice solo
para no tener que echarme en cara a mí mismo que era demasiado apocado para
solicitarlo».[182]
En el otoño de 1901, Einstein obtuvo un puesto aún más humilde como profesor en
una pequeña academia privada de Schaffhausen, una aldea situada a orillas del
Rin a unos 32 kilómetros al norte de Zúrich. El trabajo consistía únicamente en
enseñar a un rico estudiante inglés que había allí. Llegaría un día en que el
hecho de tener a Einstein como profesor parecería un buen negocio fuera al
precio que fuese; pero por entonces el que hacía el negocio era el dueño de la
escuela, Jacob Nüesch, quien cobraba 4.000 francos anuales a la familia del
niño, mientras que a Einstein le pagaba solo 150 francos al mes, más cama y
comida.
Einstein seguía prometiendo a Maric que tendría «un buen marido en cuanto sea
factible», pero estaba empezando a desesperarse por conseguir el puesto en la
oficina de patentes. «La plaza de Berna todavía no ha sido anunciada, así que
estoy empezando a perder las esperanzas al respecto».[183]
Maric ansiaba estar con él, pero su embarazo hacía imposible que se presentaran
juntos en público. Así que pasó casi todo el mes de noviembre en un pequeño
hotel de un pueblo vecino. Su relación empezaba a volverse tirante. Pese a los
ruegos de ella, Einstein solo iba a visitarla de vez en cuando, afirmando a
menudo que no disponía de tiempo libre. «¿Me vas a dar una sorpresa, verdad?»,
rogaba ella después de recibir la enésima nota cancelando una visita. Sus
súplicas y su enfado se alternaban, a menudo incluso en la misma carta:
Si supieras la terrible añoranza que siento, sin duda vendrías.
¿De verdad te has quedado sin dinero? ¡Esa sí que es buena! ¡El señor gana 150
francos, le dan cama y comida, y a final de mes no le queda ni un céntimo!… No
lo uses como excusa para el domingo, por favor. Si para entonces no has
conseguido dinero, ya te enviaré yo algo… ¡Si supieras cuánto deseo volver a
verte! Pienso en ti todo el día, y todavía más por la noche.[184]
La impaciencia de Einstein ante la autoridad no tardó en
enfrentarle al dueño de la academia. Einstein había tratado de camelarse a su
alumno para que se trasladara a Berna con él y le pagara directamente, pero la
madre del chico se había opuesto. Entonces le pidió a Nüesch que canjeara las
comidas por dinero en efectivo para no verse obligado a comer con su familia.
—Y a sabe cuáles son nuestras condiciones —repuso Nüesch—. No hay razón para
apartarse de ellas.
Einstein le amenazó toscamente con buscarse otro sitio, y Nüesch acabó cediendo
malhumorado. En una frase que podría considerarse muy bien otra de las máximas
de su vida, Einstein le relataría la escena a Maric y añadiría exultante:
«¡Viva la insolencia! Ella es mi ángel guardián en este mundo».
Aquella noche, cuando se disponía a hacer su última comida en casa de los
Nüesch, encontró una carta dirigida a él junto a su plato de sopa. Era de su
verdadero ángel guardián, Marcel Grossmann. La plaza en la oficina de patentes
—le escribió Grossmann— estaba a punto de anunciarse, y no había duda de que
iba a ser para Einstein. Pronto sus vidas sufrirían un «radiante cambio para
mejor —le escribiría Einstein a Maric emocionado—. Me siento aturdido de
alegría cuando pienso en ello —añadiría—. Incluso estoy más contento por ti que
por mí. Juntos seremos sin duda las personas más felices de la tierra».
Pero quedaba todavía la cuestión de qué hacer con el bebé, que había de nacer
en menos de dos meses, a primeros de febrero de 1902. «El único problema que
nos quedaría por resolver sería el de cómo tener a nuestra Lieserl con
nosotros», le escribió Albert (que había empezado a aludir a su futuro hijo
como a una niña) a Mileva, que había vuelto a casa de sus padres en Novi Sad
para tener allí el bebé. «No quisiera tener que renunciar a ella». Era una
noble intención de su parte, pero era muy consciente de que en Berna le
resultaría difícil presentarse a buscar trabajo con un hijo ilegítimo.
«Pregúntale a papá; él es un hombre experimentado, y conoce el mundo mejor que
tú, mi agotado y poco práctico Juanito». Para terminar, declaró que al bebé,
una vez nacido, «no hay que atiborrarle de leche de vaca, ya que eso la hará
estúpida». La leche de Maric sería mucho más nutritiva, añadía.[185]
Aunque estaba dispuesto a consultar a la familia de Maric, Einstein no tenía
ninguna intención de permitir que su propia familia supiera que los peores
temores de su madre con respecto a su relación —un embarazo y una posible boda—
se estaban materializando. Su hermana pareció darse cuenta de que él y Marie
estaban planeando casarse en secreto, y así se lo dijo a los miembros de la
familia Winteler en Aarau. Pero ninguno de ellos mostró signo alguno de
sospechar que había un hijo implicado. La madre de Einstein se enteró del
supuesto compromiso por boca de la señora Winteler. «Estamos resueltamente en
contra de la relación de Albert con Fraulein Maric, y quisiéramos no tener
siquiera nada que ver con ella», se lamentaba Pauline Einstein.[186]
La madre de Albert incluso dio el extraordinario paso de escribir una
desagradable carta, firmada también por su marido, a los padres de Maric. «Esa
señora —se lamentaría Marie a una amiga, aludiendo a la madre de Einstein—
parece haberse propuesto como objeto de su vida amargar lo máximo posible no
solo mi vida, sino también la de su propio hijo. Jamás hubiera creído posible
que pudiera haber personas tan despiadadas y completamente malvadas! No tienen
escrúpulos en escribir a mis padres una carta en la que me han injuriado de
manera vergonzosa».[187]
El anuncio oficial del puesto vacante en la oficina de patentes apareció
finalmente en diciembre de 1901. Al parecer, su director, Friedrich Haller,
adaptó los requisitos exigidos para que Einstein pudiera conseguir el puesto.
No era necesario que los candidatos tuvieran ningún doctorado, pero sí debían
poseer formación en mecánica y asimismo tener conocimientos de física. «Haller
lo ha puesto por mí», le diría Einstein a Maric.
Haller le escribió a Einstein una afectuosa carta dejándole claro que él era el
principal candidato, y Grossmann le llamó para felicitarle. «Ya no cabe duda
—le diría Einstein a Maric, exultante—. Pronto serás mi feliz mujercita, espera
y verás. Se han acabado nuestros problemas. Solo ahora que ya no siento ese
terrible peso sobre mis hombros me doy cuenta de lo mucho que te quiero… Pronto
podré coger a mi Muñeca entre mis brazos y llamarla mía ante el mundo entero».[188]
Sin embargo, le prometía que el matrimonio no les convertiría en una
confortable pareja burguesa: «Trabajaremos diligentemente en ciencia juntos,
así que no nos convertiremos en unos viejos palurdos, ¿verdad?». Incluso su
hermana —pensaba— se estaba volviendo «grosera» al rodearse de comodidades
materiales. «Mejor que tú no sigas ese camino —le decía a Maric—. Eso sería
terrible. Has de ser siempre mi bruja y mi golfilla. Todo el mundo, menos tú,
me parece extraño, como si les separara de mí un muro invisible».
Previendo que obtendría el puesto en la oficina de patentes, Einstein dejó al
estudiante al que había estado dando clases en Schaffhausen y se trasladó a
Berna a finales de enero de 1902. Einstein estaría por siempre agradecido a
Grossmann, cuya ayuda proseguiría de distintos modos durante los años
siguientes. «Grossmann está haciendo su tesis sobre un tema que se halla
relacionado con la geometría no euclidea —le señalaba Einstein a Maric—. Pero
no sé exactamente cuál es».[189]
Unos días después de que Einstein llegara a Berna, Mileva Marie, que permanecía
en casa de sus padres en Novi Sad, daba a luz a su bebé, una niña a la que
llamaron Lieserl. Debido a las dificultades del parto, Marie no pudo
escribirle, y fue su padre quien le dio la noticia a Einstein.
«¿Está sana? ¿Y llora convenientemente? —le preguntaría Einstein a Maric—.
¿Cómo son sus ojos? ¿A cuál de nosotros se parece más? ¿Quién le da la leche?
¿Tiene hambre? ¡Debe de ser completamente calva! ¡Todavía no la conozco, y ya
la quiero tanto!». Sin embargo, su amor por el bebé parecía existir sobre todo
de una forma abstracta, puesto que no fue bastante para inducirle a coger el
tren e ir a Novi Sad.[190]
Einstein no les habló a su madre, a su hermana ni a ninguno de sus amigos del
nacimiento de Lieserl. De hecho, no hay indicios de que les hablara jamás de
ella. Ni una sola vez habló tampoco de ella públicamente o reconoció siquiera
su existencia. No se conserva ninguna alusión a ella en toda su
correspondencia, con la excepción de unas cuantas cartas entre él y Marie, que
permanecerían ocultas hasta 1986, año en que los estudiosos y los editores de
sus archivos se vieron completamente sorprendidos al saber de la existencia de
Lieserl.[I]
Pero en su carta a Maric escrita inmediatamente después del nacimiento de la
niña, esta despertó la vena irónica de Einstein: «Sin duda ya es capaz de
llorar, pero no aprenderá a reír hasta mucho más tarde —decía—. Ahí reside una
profunda verdad».
La paternidad también le hizo pensar en la necesidad de ganar algo de dinero
mientras esperaba el puesto en la oficina de patentes. Al día siguiente, pues,
apareció este anuncio en el periódico: «Clases particulares de matemáticas y
física… impartidas exhaustivamente por Albert Einstein, poseedor de un diploma
de maestro del Politécnico federal… Clases de prueba gratis».
El nacimiento de Lieserl incluso hizo que Einstein manifestara
un instinto doméstico y hogareño invisible hasta entonces. Encontró una gran
habitación en Berna y le hizo un esbozo a Maric, añadiendo dibujos que
representaban la cama, seis sillas, tres armarios, él mismo («Juanito»), y un
sofá acompañado del rótulo «¡Mira esto!».[191] Sin embargo, Maric no iba a vivir allí con él. No estaban
casados, y alguien que aspiraba a un puesto de funcionario suizo no podía
dejarse ver cohabitando con una pareja de aquel modo. En lugar de ello, al cabo
de unos meses Maric se trasladó de nuevo a Zúrich para aguardar allí a que
Einstein obtuviera el empleo y, tal como le había prometido, se casara con
ella. No se llevó consigo a Lieserl.
Parece ser que Einstein y su hija no llegaron a verse jamás. Como veremos, la
niña solo merecería una breve alusión en la correspondencia que ha llegado
hasta nosotros, menos de un año después, en septiembre de 1903; a partir de
entonces no se la vuelve a mencionar más. En ese tiempo se dejó a la niña en
Novi Sad con parientes o amigos de la madre, a fin de que Einstein pudiera
mantener tanto su desahogado estilo de vida como la respetabilidad burguesa que
necesitaba para convertirse en funcionario suizo.
Existe una críptica insinuación que parece sugerir que la persona que se hizo
cargo de la custodia de Lieserl pudo haber sido una íntima amiga de Maric,
Helene Kaufler Savic, a quien había conocido en el año 1899, cuando ambas
vivían en la misma casa de huéspedes de Zúrich. Savic procedía de una familia
judía de Viena, y en 1900 se había casado con un ingeniero serbio. Durante su
embarazo, Maric le había escrito una carta confesándole todas sus aflicciones,
pero luego la rompió antes de echarla al correo. Según le explicó ella misma a
Einstein dos meses antes del nacimiento de la niña, estaba contenta de haberlo
hecho, ya que «no creo que todavía debamos decir nada sobre Lieserl». Luego,
Marie añadía que Einstein debía escribir a Savic unas cuantas líneas de vez en
cuando: «Hemos de tratarla muy bien. Al fin y al cabo, va a tener que ayudamos
en algo importante».[192]
La oficina de patentes
Mientras aguardaba a que le ofrecieran el puesto en la oficina de patentes,
Einstein se tropezó con un conocido que trabajaba allí. El trabajo era
aburrido, se quejó aquella persona, señalando que el puesto que esperaba
Einstein era «de la categoría más baja», así que por lo menos no tenía que
preocuparse por la posibilidad de que hubiera algún otro aspirante. Einstein ni
se inmutó. «Hay gente que todo lo encuentra aburrido», le escribía a Maric. En
cuanto a la posible humillación que suponía estar en el peldaño más bajo del
escalafón, Einstein le decía que deberían sentir más bien todo lo contrario:
«¡No tendríamos menos preocupaciones estando arriba!».[193]
El empleo llegó finalmente el 16 de junio de 1902, cuando en una sesión del
Consejo Suizo se le eligió de manera oficial y «provisionalmente Experto
Técnico de Clase 3 de la Oficina Federal de Propiedad Intelectual, con un
salario anual de 3.500 francos», que de hecho era más de lo que ganaba un
profesor novel.[194]
Su oficina, en el nuevo edificio de Correos y Telégrafos de Berna, estaba cerca
de la mundialmente famosa Torre del Reloj que corona la puerta del casco viejo.
De camino al trabajo, Einstein giraba cada día hacia la izquierda al salir de
su casa y pasaba por ella. El reloj se construyó originariamente poco después
de la fundación de la ciudad, en 1191, y en 1530 se añadió un artefacto
astronómico que mostraba las posiciones de los planetas. Cada hora el reloj
exhibía su espectáculo; primero salía un bufón bailando y tocando campanas,
luego un desfile de osos, un gallo cantando y un caballero con armadura, al que
seguía Cronos con su cetro y su reloj de arena.
El reloj de la torre era la referencia horaria oficial para la cercana estación
de tren, con la que se sincronizaban todos los demás relojes que se alineaban
en el andén. Los trenes que llegaban de otras ciudades, donde la hora local no
siempre estaba estandarizada, sincronizaban también sus propios relojes
observando la Torre del Reloj de Berna al entrar en la ciudad.[195]
Fue así, pues, como Albert Einstein acabaría pasando los siete años más
creativos de su vida —incluso después de haber escrito sus artículos y de haber
dado una orientación completamente nueva a la física—, llegando a su trabajo a
las ocho en punto, seis días a la semana, y examinando solicitudes de patentes.
«Estoy terriblemente ocupado —le escribió a un amigo unos meses después—. Cada
día paso ocho horas en la oficina y al menos una hora dando clases
particulares, y luego, además, realizo algo de trabajo científico». Sería un
error creer, no obstante, que examinar solicitudes de patentes era un trabajo
especialmente pesado. «Disfruto mucho de mi trabajo en la oficina, ya que
resulta extraordinariamente diverso».[196]
No tardó en descubrir que podía trabajar en las solicitudes de patentes lo
bastante rápido como para que le quedara tiempo de dedicarse furtivamente a su
propio pensamiento científico durante la jomada. «Era capaz de hacer el trabajo
de todo el día en dos o tres horas —recordaría posteriormente—. La parte
restante de la jomada solía trabajar en mis propias ideas». Su jefe, Friedrich
Haller, era un hombre de buen corazón, sano escepticismo y humor genial, que
ignoraba cortésmente las hojas de papel que se amontonaban sobre el escritorio
de Einstein y desaparecían en su cajón cuando alguien se acercaba a él. «Cada
vez que alguien se acercaba, yo metía apresuradamente mis notas en el cajón de
mi escritorio y fingía que hacía mi trabajo de oficina».[197]
En realidad no debemos lamentar que Einstein se encontrara aislado de los
claustros académicos. Él mismo llegó a la conclusión de que el hecho de que, en
lugar de ello, hubiera trabajado en «aquel claustro mundano donde concebí mis
más hermosas ideas»,[198] había resultado beneficioso para su ciencia, antes que una
carga.
Cada día hacía experimentos mentales basados en premisas teóricas, examinando
las realidades subyacentes. El hecho de centrarse en cuestiones de la vida real
—diría más tarde— «me estimulaba a ver las ramificaciones físicas de los
conceptos teóricos».[199] Entre las ideas que tenía que examinar para la concesión
de patentes se hallaban docenas de nuevos métodos para sincronizar relojes y
coordinar la hora mediante señales enviadas a la velocidad de la luz.[200]
Además, su jefe, Haller, tenía un credo que resultaba tan útil para, un teórico
creativo y rebelde como para un funcionario de patentes: «Hay que permanecer
siempre críticamente vigilantes». Cuestionar cada premisa, poner en tela de
juicio la opinión generalizada, y no aceptar jamás la verdad de algo
simplemente porque hay alguien que lo considera evidente. Resistirse a la
credulidad. «Cuando coja una solicitud —le instruía Haller—, piense que todo lo
que dice el inventor está equivocado».[201]
Einstein había crecido en una familia que creaba patentes y trataba de
aplicarlas a los negocios, y encontraba aquel proceso satisfactorio. Asimismo,
venía a reforzar una de sus dotes de ingenio, la capacidad para realizar
experimentos mentales en los que podía visualizar cómo funcionaría una teoría
en la práctica. También le ayudaba a prescindir de los datos irrelevantes que
siempre rodean a cualquier problema.[202]
De haber quedado relegado, en cambio, el puesto de ayudante de profesor, puede
que se hubiera visto obligado a publicar una sucesión de artículos
convencionales y a ser excesivamente cauto a la hora de cuestionar las ideas
aceptadas. Como él mismo señalaría más tarde, la originalidad y la creatividad
no constituían precisamente el principal activo a la hora de ascender en el
escalafón académico, especialmente en el mundo de habla alemana, y se habría
visto presionado a atenerse a los prejuicios de la opinión predominante entre
sus superiores. «Una carrera académica en la que una persona se ve forzada a
producir escritos científícos en grandes cantidades crea el peligro de la
superficialidad intelectual», afirmaba.[203]
Como resultado, la casualidad de que aterrizara en un escritorio de la Oficina
Suiza de Patentes, en lugar de convertirse en un acólito del mundo académico,
probablemente vino a reforzar algunos de los rasgos responsables de su futuro
éxito: un alegre escepticismo frente a lo que aparecía en las páginas que tenía
delante, y una independencia de juicio que le permitía cuestionar presupuestos
básicos. Entre los funcionarios de patentes no había presiones ni incentivos
para comportarse de otro modo.
La academia Olimpia
Maurice Solovine, un rumano que estudiaba filosofía en la Universidad de Berna,
compró un día el periódico mientras daba un paseo durante las vacaciones de
Pascua de 1902, y observó el anuncio de Einstein ofreciendo clases particulares
de física («clases de prueba gratis»). Solovine, un atildado diletante de pelo
muy corto y barba de chivo, era cuatro años mayor que Einstein, pero todavía no
había decidido si quería ser filósofo, físico u otra cosa. De modo que acudió a
la dirección del anuncio, tocó el timbre, y un momento después una voz potente
le respondió «¡Aquí dentro!». Einstein le causó una impresión inmediata. «Me
sentí impresionado por el extraordinario brillo de sus grandes ojos»,
recordaría Solovine.[204]
Su primera conversación duró casi dos horas, después de lo cual Einstein
acompañó a Solovine a la calle, donde siguieron hablando durante media hora
más. Acordaron volver a verse al día siguiente. En la tercera sesión, Einstein
le anunció que conversar gratis con él le resultaba más divertido que dar
clases cobrando.
—No tienes por qué recibir clases de física —le dijo—. Ven a verme cuando
quieras, y estaré encantado de charlar contigo.
Luego decidieron leer juntos a los grandes pensadores y después comentar sus
ideas.
También vino a incorporarse a sus sesiones Conrad Habicht, hijo de un banquero
y antiguo estudiante de matemáticas en el Politécnico de Zúrich. Mofándose un
poco de las pomposas sociedades académicas, adoptaron el nombre de «Academia
Olimpia». Aunque Einstein era el más joven de los tres, fue designado
presidente, y Solovine preparó un certificado con el dibujo del busto de
Einstein de perfil bajo una ristra de salchichas. «Un hombre perfecta y
claramente erudito, imbuido de un conocimiento exquisito, sutil y elegante,
empapado de la revolucionaria ciencia del cosmos», rezaba la dedicatoria.[205]
En general, sus comidas eran frugales, a base de salchichas, queso gruyere,
fruta y té. Pero para el cumpleaños de Einstein, Solovine y Habicht decidieron
sorprenderle poniendo tres platos de caviar en la mesa. Einstein estaba absorto
en el análisis del principio de inercia de Galileo, y mientras hablaba se comía
un bocado tras otro del caviar aparentemente sin darse cuenta. Habicht y
Solovine intercambiaban miradas furtivas.
—¿Te das cuenta de lo que estás comiendo? —le preguntó finalmente Solovine.
—¡Por el amor de Dios! —exclamó Einstein—. ¡Así que esto era el famoso caviar!
—Hizo una pausa momentánea, y luego añadió—: Bueno, si ofrecéis comida de
gourmet a campesinos como yo, ya podéis contar con que no sabré apreciarla.
Tras sus conversaciones, que podían durar toda la noche, Einstein a veces solía
tocar el violín, y en verano ocasionalmente subían a una montaña de las afueras
de Berna para observar la salida del sol. «La visión de las parpadeantes
estrellas causaba una fuerte impresión en nosotros y nos llevaba a hablar de
astronomía —recordaría Solovine—. Nos maravillaba ver asomar el sol lentamente
sobre el horizonte y aparecer finalmente en todo su esplendor para bañar los
Alpes de un místico color rosa». Luego esperaban a que se abriera la cafetería
que había en la montaña para tomarse un café bien cargado antes de bajar de
nuevo para ir a trabajar.
En cierta ocasión, Solovine decidió faltar a una sesión que iba a celebrarse en
su piso porque, en su lugar, se sintió tentado de asistir a un concierto de un
cuarteto checo. Para compensar a los demás, les dejó, tal como rezaba una nota
escrita en latín, «huevos duros y un saludo». Einstein y Habicht, sabedores de
lo mucho que Solovine odiaba el tabaco, se vengaron de él fumando pipas y
cigarrillos en su habitación, y apilando sus muebles y su vajilla sobre la
cama. «Espeso humo y un saludo», le dejaron escrito, también en latín. Solovine
cuenta que a su regreso se sintió «casi superado» por el humo. «Creí que iba a
asfixiarme. Abrí la ventana de par en par y empecé a quitar de la cama aquel
montón de cosas que casi llegaba al techo».[206]
Solovine y Habicht se convertirían en amigos de Einstein durante toda su vida,
y posteriormente este recordaría junto a ellos «nuestra alegre “Academia”, que
resultaba menos infantil que aquellas otras tan respetables que luego llegué a
conocer tan de cerca». En respuesta a una tarjeta conjunta enviada desde París
por sus dos colegas en su setenta y cuatro cumpleaños, Einstein también le
rendiría tributo: «Tus miembros te crearon para mofarse de tus consolidadas
academias hermanas. Hasta qué punto sus mofas dieron en el blanco es algo que
he llegado a apreciar plenamente a través de largos años de cuidadosa
observación».[207]
La lista de lecturas de la Academia Olimpia incluía a algunos clásicos cuyos
temas Einstein apreciaba especialmente, como Antígona, la ardiente
obra de Sófocles sobre el desafío a la autoridad, o él Quijote, la
epopeya cervantina que hablaba de la lucha tenaz contra molinos de viento. Pero
sobre todo, los tres académicos leían libros que exploraban la intersección de
la ciencia y la filosofía: el Tratado de la naturaleza humana, de
David Hume; el Análisis de las sensaciones y el Desarrollo
histórico-crítico de la mecánica, de Ernst Mach; la Ética, de
Baruch Spinoza, y La ciencia y la hipótesis, de Henri Poincaré.[208] Fue a partir de la lectura de estos autores cuando el
joven examinador de patentes empezó a desarrollar su propia filosofía de la
ciencia.
Einstein diría más tarde que el que más le influyó de todos ellos fue el
empirista escocés David Hume (1711-1776). Siguiendo la tradición de Locke y de
Berkeley, Hume se mostraba escéptico con respecto a cualquier conocimiento que
no pudiera ser percibido directamente por los sentidos. Incluso las aparentes
leyes de causalidad le resultaban sospechosas, meros hábitos de la mente; puede
que una bola que choque con otra se comporte del modo en que predicen las leyes
de Newton una vez y otra y otra; pero, estrictamente hablando, esa no es una
razón suficiente para creer que la próxima vez ocurrirá lo mismo. «Hume vio
claramente que ciertos conceptos, como, por ejemplo, el de causalidad, no
pueden deducirse de nuestras percepciones de la experiencia por métodos
lógicos», señalaba Einstein.
Otra versión de esta filosofía, denominada a veces positivismo, negaba la
validez de cualesquiera conceptos que fueran más allá de las descripciones de
fenómenos que experimentamos directamente. Einstein se sintió atraído por ella,
al menos inicialmente. «La teoría de la relatividad se insinúa ya en el
positivismo —diría—. Esta línea de pensamiento tuvo una gran influencia en mi
trabajo, especialmente Mach y todavía más Hume, cuyo Tratado de la
naturaleza humana había estudiado con avidez y admiración poco antes
de descubrir la teoría de la relatividad».[209]
Hume aplicaba su rigor escéptico al concepto de tiempo. No tenía sentido
—afirmaba— hablar del tiempo como si estuviera dotado de una existencia
absoluta que fuera independiente de los objetos observables cuyos movimientos
nos permitían definirlo. «A partir de la sucesión de ideas e impresiones nos
formamos la idea del tiempo —escribía Hume—. No es posible que el tiempo
aparezca nunca aislado». Esa idea de que no existe algo así como un tiempo
absoluto hallaría eco más tarde en la teoría de la relatividad de Einstein. Las
ideas concretas de Hume sobre el tiempo, sin embargo, tuvieron menos influencia
en él que su noción, más general, del peligro de hablar de conceptos que no
resulten definibles mediante percepciones y observaciones.[210]
Las opiniones de Einstein sobre Hume se vieron moderadas por su valoración de
Immanuel Kant (1724-1804), el metafísico alemán a cuyo pensamiento le había
introducido Max Talmud cuando todavía era un estudiante. «Kant saltó a la
palestra con una idea que representó un paso hacia la solución del dilema de
Hume», diría Einstein. Había algunas verdades que entraban en una categoría de
«conocimiento definitivamente asegurado» que se «basaba en la propia razón».
En otras palabras, Kant distinguía entre dos tipos de verdades: 1)
proposiciones analíticas, que se basan en la lógica y la «propia razón», y no
en la observación del mundo, como, por ejemplo, «ningún soltero está casado»,
«dos más dos es igual a cuatro» o «todos los ángulos de un triángulo suman
siempre 180 grados»; 2) proposiciones sintéticas, que se basan en la
experiencia y las observaciones, como, por ejemplo, «Múnich es mayor que Berna»
o «todos los cisnes son blancos». Las proposiciones sintéticas podían
reformularse a partir de nuevas evidencias empíricas, pero no así las
proposiciones analíticas. Podemos descubrir un cisne negro, pero no un soltero
casado, ni tampoco (al menos eso pensaba Kant) un triángulo con 181 grados.
Como diría Einstein, aludiendo a la primera categoría de verdades kantiana:
«Este se considera que es el caso, por ejemplo, de las proposiciones de la
geometría y el principio de causalidad. Estos y otros diversos tipos de
conocimiento… no han de obtenerse previamente de datos sensoriales, o, en otras
palabras, se trata de un conocimiento a priori».
Inicialmente Einstein encontró maravilloso que ciertas verdades pudieran
descubrirse solo mediante la razón. Pero pronto empezó a cuestionar la rígida
distinción kantiana entre verdades analíticas y sintéticas. «Los objetos con
los que trata la geometría parecían no ser de un tipo distinto que los de la
percepción sensorial», recordaría. Y más tarde pasaría a rechazar directamente
aquella distinción kantiana: «Estoy convencido de que esta diferenciación es
errónea», escribía. Una proposición que parece puramente analítica —como la de
que los ángulos de un triángulo suman siempre 180 grados— podría resultar falsa
en una geometría no euclidea o en un espacio curvo (como sería el caso en la
teoría de la relatividad general). Como diría más tarde, aludiendo a los
conceptos de la geometría y la causalidad: «Hoy todo el mundo sabe, obviamente,
que los conceptos mencionados no contienen nada de la certeza, de la necesidad
intrínseca, que les atribuyera Kant».[211]
El empirismo de Hume daba todavía un paso más de la mano de Ernst Mach
(1838-1916), el físico y filósofo austríaco cuyos escritos leyera Einstein a
instancias de Michele Besso. Mach se convirtió en uno de los autores preferidos
de la Academia Olimpia, y ayudó a imbuir a Einstein de aquel escepticismo
frente a la opinión generalizada y las convenciones establecidas que se
convertiría en un rasgo distintivo de su creatividad. Einstein proclamaría
posteriormente, con palabras que podrían emplearse también para describirle,
que el genio de Mach se debía en parte a su «escepticismo e independencia
incorruptibles».[212]
La esencia de la filosofía de Mach, en palabras de Einstein, era esta: «Los
conceptos solo poseen significado si podemos señalar los objetos a los que se
refieren y las reglas mediante las que se asignan a dichos objetos».[213] En otras palabras, para que un concepto tenga sentido hace
falta una definición operativa de él, que describa cómo se observaría el
concepto en funcionamiento. Esta idea fructificaría en Einstein cuando, unos
años más tarde, él y Besso dirían que la observación daría sentido al concepto,
aparentemente simple, de que dos sucesos ocurrían «simultáneamente».
Lo que más influiría en Einstein de todo lo que hizo Mach fue su aplicación de
este enfoque a los conceptos newtonianos de «tiempo absoluto» y «espacio absoluto».
Era imposible definir tales conceptos —afirmaba Mach— en términos de
observaciones que pudieran llevarse a cabo. En consecuencia, carecían de
sentido. Mach ridiculizaba la «monstruosidad conceptual del espacio absoluto»
de Newton, que calificaba de «mero constructo mental que no puede basarse en la
experiencia».[214]
El último héroe intelectual de la Academia Olimpia era Baruch Spinoza
(1632-1677), el filósofo judío de Ámsterdam. Su influencia fue primordialmente
religiosa, ya que Einstein hizo suyo el concepto spinoziano de un Dios amorfo
reflejado en la impresionante belleza, racionalidad y unidad de las leyes de la
naturaleza. Sin embargo, y al igual que Spinoza, Einstein no creía en un Dios
personal que premiaba y castigaba e intervenía en nuestra vida cotidiana.
Asimismo, Einstein sacó de Spinoza su fe en el determinismo: el sentimiento de
que las leyes de la naturaleza, una vez que lográbamos penetrar en ellas,
dictaban causas y efectos inmutables, y que Dios no jugaba a los dados
permitiendo cualesquiera sucesos aleatorios o indeterminados. «Todas las cosas
vienen determinadas por la necesidad de la naturaleza divina», declaraba
Spinoza, y aun cuando la mecánica cuántica pareció demostrar que estaba
equivocado, Einstein siguió creyendo firmemente que tenía razón.[215]
El matrimonio con Mileva
Hermann Einstein no estaba destinado a ver a su hijo convertirse en algo más
que un examinador de patentes de tercera clase. Algo más tarde, en octubre de
1902, cuando la salud de Hermann empezó a declinar, Einstein viajó a Milán para
estar junto a él en sus últimos momentos. Su relación había sido desde hacía
largo tiempo una mezcla de distanciamiento y afecto, y concluiría también en
esa misma línea. «Cuando llegó el final —le diría más tarde Einstein a su
secretaria, Helen Dukas—, Hermann les pidió a todos que salieran de la
habitación para poder morir solo».
Durante el resto de su vida, Einstein experimentaría un sentimiento de culpa
con respecto a aquel momento que en realidad ocultaba su incapacidad para
forjar un auténtico vínculo con su padre. Por primera vez, se sintió aturdido,
«abrumado por un sentimiento de desolación». Posteriormente se referiría a la
muerte de su padre como la conmoción más profunda que había experimentado
jamás. El suceso, no obstante, vino a resolver una importante cuestión. En su
lecho de muerte, Hermann Einstein finalmente le dio a su hijo el consentimiento
para que se casara con Mileva Maric.[216]
Los colegas de Einstein en la Academia Olimpia, Maurice Solovine y Conrad
Habicht, convocaron una sesión especial el 6 de enero de 1903 a fin de actuar
como testigos en la pequeña ceremonia civil celebrada en la oficina del
registro civil de Berna, donde Albert Einstein se casó con Mileva Maric.
Ninguno de sus familiares —ni la madre o la hermana de Einstein, ni los padres
de Maric— acudieron a Berna. El reducido grupo de camaradas intelectuales lo
celebraron en un restaurante aquella noche, y luego Einstein y Maric se
dirigieron juntos al piso de él. Como de costumbre, Einstein había olvidado la
llave, y tuvo que despertar a su patrona.[89]
«Bueno, ahora ya soy un hombre casado, y llevo una vida muy cómoda y agradable
con mi esposa —le explicaría a Michele Besso dos semanas después—. Ella cuida
excelentemente de todo, cocina bien, y siempre está alegre». Por su parte,
Mileva Maric[II] le diría a su mejor amiga: «Estoy aún más cerca de mi
amor, si ello es posible, de lo que lo estaba en nuestros días de Zúrich».
Ocasionalmente asistía también a las sesiones de la Academia Olimpia, aunque
casi siempre como observadora. «Mileva, inteligente y reservada, escuchaba
intensamente, pero nunca intervenía en nuestras discusiones», recordaría
Solovine.
Pero no tardarían en formarse nubes de tormenta. «Mis nuevas tareas me están
pasando factura», decía Maric aludiendo a sus tareas domésticas y a su papel de
mera espectadora cuando se hablaba de ciencia. Los amigos de Einstein creían
que se estaba volviendo aún más triste. A veces parecía lacónica, y también
desconfiada. Y Einstein había empezado a recelar, o al menos así lo afirmaría
retrospectivamente. Más tarde diría que había sentido una «resistencia
interior» a casarse con Maric, pero que la había ignorado por su «sentido del
deber».
Marie no tardó en empezar a buscar el modo de recuperar la magia de su
relación. Confiaba en que escaparían a la pesadez burguesa que parecía
inherente a la familia de un funcionario público suizo, y, de hecho, buscó la
oportunidad de recobrar el carácter bohemio de su antigua vida académica. Así,
decidieron —o al menos eso esperaba Maric— que Einstein buscara un puesto
docente en algún lugar lejos de allí, quizá junto a su olvidada hija.
«Probaremos en cualquier sitio —le escribía a su amiga de Serbia—. ¿Crees, por
ejemplo, que en Belgrado unas personas como nosotros podríamos encontrar
algo?». Marie añadía que harían cualquier cosa de tipo académico, quizá enseñar
alemán en una escuela de secundaria. «Ya ves, todavía seguimos teniendo ese
viejo espíritu emprendedor».[217]
Por lo que sabemos, Einstein jamás fue a Serbia a buscar trabajo ni a ver a su
hija. Unos meses después de su matrimonio, en agosto de 1903, la secreta nube
que se cernía sobre sus vidas de repente adquirió un tono más negro. Maric se
enteró de que Lieserl, que entonces tenía diecinueve meses, había cogido la
escarlatina. De inmediato cogió un tren para Novi Sad. Cuando este se detuvo en
Salzburgo, compró una postal de un castillo local y garabateó una nota, que
luego echó al correo en la estación de Budapest: «Esto va muy rápido, pero se
hace duro. No me siento nada bien. ¿Qué haces tú, mi pequeño Juanito? Escríbeme
pronto, ¿vale? Tu pobre Muñeca».[218]
Al parecer, se había dado a la niña en adopción. La única pista que tenemos es
una críptica carta que Einstein escribió a Marie en septiembre, cuando ella
llevaba ya un mes en Novi Sad: «Estoy muy preocupado por lo que le ha pasado a
Lieserl. La escarlatina suele dejar algunas secuelas permanentes. ¡Ojalá que
todo vaya bien! ¿Cómo está registrada Lieserl? Debemos tener mucho cuidado, no
vayan a surgir dificultades para la niña en el futuro».[219]
Fuera cual fuese el motivo que tuviera Einstein para plantear la cuestión, no
se sabe que se haya conservado ningún documento de registro de Lieserl ni
ningún otro indicio documental de su existencia. Diversos investigadores
serbios y estadounidenses, como Robert Schulmann, del Einstein Papers Project,
y Michele Zackheim, que escribió un libro sobre su búsqueda de Lieserl, han
recorrido en vano iglesias, registros, sinagogas y cementerios.
Toda evidencia sobre la hija de Einstein fue cuidadosamente borrada. Casi toda
la correspondencia entre Einstein y Maric del verano y el otoño de 1902, en la
que presumiblemente había muchas cartas que hablaban de Lieserl, fue destruida.
La correspondencia producida entre Maric y su amiga Helene Savic durante aquel
mismo período fue intencionadamente quemada por la familia Savic. Durante el
resto de su vida, incluso después de divorciarse, Einstein y su esposa hicieron
todo lo posible, con sorprendente éxito, por ocultar no solo el destino de su
primera hija, sino su propia existencia.
Uno de los pocos datos que han escapado a este agujero negro de la historia es
el de que en septiembre de 1903 Lieserl todavía vivía. La expresión de
preocupación de Einstein, en su carta a Marie escrita aquel mes, por las
posibles dificultades «para la niña en el futuro», lo deja claro. La carta
indica asimismo que para entonces ya se había dado a la niña en adopción,
puesto que en ella Einstein habla de la conveniencia de tener un hijo
«sustituto».
Hay dos explicaciones plausibles del destino de Lieserl. La primera es que
sobrevivió al brote de escarlatina y fue criada por una familia de adopción.
Más adelante en su vida, en un par de ocasiones en que se presentaron mujeres
afirmando (resultaría que falsamente) ser hijas ilegítimas suyas, Einstein no
descartó esa posibilidad de antemano, si bien, dado el número de aventuras que
tuvo, no hay indicios de que creyera que podían ser precisamente Lieserl.
Otra posibilidad, defendida por Schulmann, es que fuera la amiga de Maric,
Helene Savic, la que adoptara a Lieserl. De hecho, ella crió a una hija,
llamada Zorka, que era ciega desde su más tierna infancia (acaso a consecuencia
de la escarlatina), que jamás se casó y cuyo sobrino siempre la protegió de las
personas que pretendieron entrevistarla. Zorka murió en la década de 1990.
El sobrino que protegió a Zorka, Milan Popovic, rechaza esa posibilidad. En un
libro que escribió sobre la amistad y la correspondencia entre Mileva Maric y
su propia abuela, y amiga de esta, Helene Savic (A la sombra de Albert),
Popovic afirmaba: «Se ha planteado la teoría de que mi abuela adoptó a Lieserl,
pero un examen de la historia de mi familia revela que carece de fundamento».
Sin embargo, no aportaba ninguna evidencia documental —como, por ejemplo, el
certificado de nacimiento de su tía— que respaldara su afirmación. Su madre
quemó la mayor parte de las cartas de Helene Savic, incluidas algunas que
hablaban de Lieserl. La teoría del propio Popovic, basada en parte en las
historias familiares recopiladas por un escritor serbio llamado Mira Aleckovic,
es la de que Lieserl murió de escarlatina en septiembre de 1903, después de la
carta de Einstein de dicho mes. Michele Zackheim, en el libro en el que
describe su búsqueda de Lieserl, llega a una conclusión similar.[220]
Fuera lo que fuese lo que ocurrió, no hizo sino aumentar la tristeza de Maric.
Poco después de la muerte de Einstein, un escritor llamado Peter Michelmore,
que no sabía nada de Lieserl, publicó un libro basado en parte en
conversaciones con el hijo de Einstein, Hans Albert. Refiriéndose al año
inmediatamente posterior al de su matrimonio, Michelmore señalaba: «Algo había
ocurrido entre los dos, pero Mileva diría únicamente que era “sumamente
personal”. Fuera lo que fuese, era algo en lo que ella pensaba mucho, y Albert
parecía ser de algún modo el responsable. Sus amigos alentaban a Mileva a
hablar del problema y sacarlo a la luz. Pero ella insistía en que era demasiado
personal y mantuvo el secreto toda su vida; un detalle vital en la historia de
Albert Einstein que todavía permanece rodeado de misterio».[221]
El malestar del que se quejaba Marie en su postal desde Budapest probablemente
se debiera al hecho de que volvía a estar embarazada. Cuando descubrió que lo
estaba, le preocupó la posibilidad de que ello enfadara a su marido. Pero
Einstein manifestó contento al saber la noticia de que pronto tendría un
sustituto para su hija. «No estoy enfadado lo más mínimo porque mi pobre Muñeca
esté incubando un nuevo polluelo —escribía—. De hecho, estoy contento de ello,
y de hecho incluso he estado pensando un poco acerca de si no debería
considerarlo como que tienes una nueva Lieserl. Al fin y al cabo, no se te
podría negar tal cosa, que es un derecho de toda mujer».[222]
Hans Albert Einstein nació el 14 de mayo de 1904. El nuevo hijo levantó la
moral de Marie y devolvió algo de alegría a su matrimonio, o al menos eso le
diría ella a su amiga Helene Savic: «Pásate por Berna para que pueda volver a
verte y pueda enseñarte a mi querido amorato, que también se llama Albert. No
puedo decirte cuánta alegría me da cuando ríe tan alegremente al despertarse o
cuando agita las piernas mientras se baña».
Einstein se «comportaba con paternal dignidad», observaba Maric, y se pasaba el
tiempo fabricando pequeños juguetes para su bebé, como un funicular que
construyó con cajas de cerillas y una cuerda. «Era uno de los mejores juguetes
que tenía entonces, y además funcionaba —recordaría todavía Hans Albert de
adulto—. Con una cuerdecita, cajas de cerillas y cosas así, podía hacer las
cosas más hermosas».[223]
Milos Maric estaba tan lleno de alegría por el nacimiento de su nieto que fue a
visitarles y les ofreció una considerable dote, que, según se cuenta en la
familia (probablemente con cierta exageración), era de 100.000 francos suizos.
Pero Einstein declinó el ofrecimiento, diciendo que no se había casado con su
hija por dinero, según relataría luego el propio Milos Marie con lágrimas en
los ojos. De hecho, Einstein estaba empezando a arreglárselas bastante bien por
sí solo. Después de más de un año en la oficina de patentes, había dejado ya de
estar a prueba.[224]
Capítulo 5
El año milagroso
Cuantos y moléculas, 1905
En la oficina de patentes, 1905.
Contenido:
·
Cambio de siglo
·
Cuantos de luz, marzo de
1905
·
La tesis doctoral sobre
el tamaño de las moléculas, abril de 1905
·
El movimiento browniano,
mayo de 1905
Cambio de siglo
«Ya no queda nada nuevo por descubrir en física —parece ser que declaró el
reverenciado lord Kelvin en 1900, ante la Asociación Británica para el Progreso
de la Ciencia—. Lo único que queda es realizar mediciones cada vez más
precisas».[225] Pero se equivocaba.
Isaac Newton (1642-1727) había establecido los fundamentos de la física clásica
a finales del siglo XVII. Basándose en los descubrimientos de Galileo y otros,
desarrolló una serie de leyes que describían un universo mecánico bastante
comprensible: la caída de una manzana y la órbita de la Luna estaban gobernadas
por las mismas reglas de gravedad, masa, fuerza y movimiento. Las causas
producían efectos, las fuerzas actuaban sobre los objetos, y en teoría todo
podía explicarse, determinarse y predecirse. Como diría, exultante, el
matemático y astrónomo Laplace con respecto al universo newtoniano: «Una
inteligencia que conociera todas las fuerzas que actúan en la naturaleza en un
instante dado, así como las posiciones momentáneas de todas las cosas en el
universo, podría abarcar en una sola fórmula los movimientos de los cuerpos de
mayor tamaño junto con los de los átomos más ligeros del mundo; para él no
habría nada incierto, y ante sus ojos estaría presente tanto el futuro como el
pasado».[226]
Einstein admiraba esta estricta causalidad, que consideraba «la característica
más profunda de las enseñanzas de Newton».[227] Y resumía así, irónicamente, la historia de la física: «En
el principio (si es que hubo tal cosa), Dios creó las leyes del movimiento
newtonianas junto con las fuerzas y masas necesarias». Lo que más impresionaba
a Einstein eran «los logros de la mecánica en áreas que aparentemente no tenían
nada que ver con ella», como la teoría cinética, que él había estado explorando
y que explicaba el comportamiento de los gases como causado por las acciones de
miles de millones de moléculas chocando unas con otras.[228]
A mediados de la década de 1800, otro gran avance vino a unirse a la mecánica
newtoniana. El investigador inglés Michael Faraday (1791-1867), hijo
autodidacta de un herrero, descubrió las propiedades de los campos eléctricos y
magnéticos. Demostró que una comente eléctrica producía magnetismo, y luego
demostró también que un campo magnético cambiante podía generar una corriente
eléctrica. Cuando se mueve un imán junto a una bobina, o viceversa, se produce
una corriente eléctrica.[229]
Fue precisamente el trabajo de Faraday sobre la inducción electromagnética el
que permitió que emprendedores con inventiva, como el padre y el tío de
Einstein, crearan nuevas formas de combinar bobinas giratorias e imanes móviles
para construir generadores eléctricos. Como resultado, el joven Albert Einstein
tenía una profunda experiencia física con los campos de Faraday, y no solo un
conocimiento teórico de ellos.
Posteriormente, un físico escocés de poblada barba, James Clerk Maxwell
(1831-1879), concibió una serie de maravillosas ecuaciones que especificaban,
entre otras cosas, cómo los campos eléctricos cambiantes crean campos
magnéticos, y cómo los campos magnéticos cambiantes crean campos eléctricos. De
hecho, un campo eléctrico cambiante podía producir un campo magnético
cambiante, el cual, a su vez, podía producir un campo eléctrico cambiante, y
así sucesivamente. El resultado de este acoplamiento era una onda
electromagnética.
Así como Newton había nacido el mismo año de la muerte de Galileo, también
Einstein había nacido el mismo año en que murió Maxwell, un hecho que veía como
parte de su misión de extender la obra del escocés. Era aquel un teórico que se
había despojado de los prejuicios predominantes, había dejado que las melodías
matemáticas le llevaran a territorios inexplorados y había encontrado una
armonía que se basaba en la belleza y simplicidad de una teoría de campo.
Einstein se sentiría fascinado por las teorías de campos durante toda su vida,
y describiría el desarrollo de este concepto en un libro de texto que escribió
junto con un colega:
Apareció un nuevo concepto en física, la invención más
importante desde la época de Newton: el de campo. Hacía falta una gran
imaginación científica para darse cuenta de que no son las cargas ni las
partículas, sino el campo que hay en el espacio comprendido entre dichas cargas
y partículas, lo que resulta esencial para la descripción de los fenómenos
físicos. El concepto de campo se reveló fructífero cuando llevó a la
formulación de las ecuaciones de Maxwell que describen la estructura del campo
electromagnético.[230]
Al principio, la teoría del campo electromagnético desarrollada
por Maxwell parecía compatible con la mecánica de Newton. Así, por ejemplo,
Maxwell creía que las ondas electromagnéticas, que incluyen la luz visible,
podían explicarse por medio de la mecánica clásica, siempre que presupongamos
que el universo está inundado de un fino e invisible «éter portador de luz»,
que actúa como la sustancia física que ondula y oscila para propagar las ondas
electromagnéticas, un papel comparable al que desempeña el agua con las olas
del mar y el aire con las ondas sonoras.
A finales del siglo XIX, sin embargo, habían empezado a aparecer fisuras en los
fundamentos de la física clásica. Un problema era que los científícos, por
mucho que se esforzaban, no podían hallar evidencia alguna de nuestro
movimiento a través de ese supuesto éter propagador de la luz. El estudio de la
radiación —es decir, de cómo la luz y otras ondas electromagnéticas emanan de
los cuerpos físicos— planteaba también otro problema: ocurrían cosas extrañas
en la frontera donde las teorías newtonianas, que describían la mecánica de
partículas discretas, interactuaban con la teoría de campo, que describía todos
los fenómenos electromagnéticos.
Por entonces Einstein llevaba publicados cinco artículos, apenas reseñados, que
no le habían hecho acreedor a un doctorado ni un puesto docente, siquiera en
una escuela de secundaria. Si hubiera renunciado a la física teórica en ese
punto, la comunidad científica no lo habría notado en absoluto, y él podría
haber ascendido en el escalafón hasta convertirse en el jefe de la Oficina
Suiza de Patentes, un puesto en el que probablemente le habría ido muy bien.
No había signo alguno de que estuviera a punto de desencadenar un annus
mirabilis de los que la ciencia no había visto desde 1666, cuando
Isaac Newton, recluido en casa de su madre, en la aldea de Woolsthorpe, para
escapar a la peste que asolaba Cambridge, desarrolló el cálculo, un análisis
del espectro luminoso y las leyes de la gravitación.
Pero la física estaba a punto de elevarse de nuevo, y Einstein estaba a punto
de ser el artífice de ello. Tenía el ímpetu necesario para prescindir de las
capas de saber convencional que oscurecían las grietas presentes en los
fundamentos de la física, y su imaginación visual le permitía dar saltos
conceptuales que escapaban a otros pensadores más tradicionales.
Los avances que forjó durante un frenético período de cuatro meses entre marzo
y junio de 1905 se anunciaban ya en la que se convertiría en una de las más
famosas cartas personales de toda la historia de la ciencia. Conrad Habicht, su
jocoso colega filosófico de la Academia Olimpia, acababa de trasladarse a vivir
fuera de Berna, lo cual, afortunadamente para los historiadores, proporcionó a
Einstein una razón para escribirle a finales de mayo:
Querido Habicht:
Ha descendido entre nosotros un aire de silencio tan solemne que casi siento
que estuviera cometiendo un sacrilegio al romperlo ahora con un poco de
cháchara insustancial…
¿Qué es, pues, de ti, ballena congelada, trozo de alma ahumado, seco y
enlatado…? ¿Por qué no me has enviado todavía tu tesis? ¿No sabes que yo soy
uno de los 1 1/2 colegas que la leerán con interés y placer, oh, miserable? Te
prometo cuatro artículos a cambio. El primero trata de la radiación y las
propiedades energéticas de la luz, y es bastante revolucionario, como podrás
ver si primero me envías tu trabajo. El segundo artículo es una determinación
del verdadero tamaño de los átomos… El tercero prueba que los cuerpos del orden
de magnitud de 1/1.000 mm, suspendidos en líquidos, deben realizar ya un
movimiento aleatorio observable, que está producido por el movimiento térmico.
Este movimiento de los cuerpos en suspensión ha sido observado ya de hecho por
los fisiólogos, que lo denominan movimiento molecular browniano. El cuarto
artículo, que en este momento es solo un tosco borrador, es una electrodinámica
de los cuerpos en movimiento que emplea una modificación de la teoría del
espacio y el tiempo.[231]
Cuantos de luz, marzo de 1905
Como señalaba Einstein a Habicht, era el primero de aquellos cuatro artículos
de 1905 —y no el famoso último, en el que exponía una teoría de la relatividad—
el que merecía el calificativo de «revolucionario». De hecho, puede que
contenga el avance más revolucionario de toda la historia de la física. Su
sugerencia de que la luz se propaga no solo en ondas, sino también en diminutos
paquetes —cuantos de luz, que más tarde se denominarían «fotones»— nos sumerge
en una extraña bruma científica que resulta mucho más tenebrosa, y, de hecho,
más espeluznante, que incluso los aspectos más extraños de la teoría de la
relatividad.
El propio Einstein lo reconocía en el título, algo extravagante, que había dado
a su artículo, que envió el 17 de marzo de 1905 a los Annalen der
Physik: «Sobre un punto de vista heurístico en relación a la producción y
transformación de la luz».[232] ¿Heurístico? El término se refiere a una hipótesis que
sirve de guía y proporciona una directriz para resolver un problema, pero que
no se considera probada. Y en efecto, desde la primera frase que publicó sobre
la teoría cuántica hasta, la última de tales frases, que apareció en un
artículo exactamente cincuenta años después, justo antes de su muerte, Einstein
consideró el concepto de los cuantos y todas sus perturbadoras consecuencias
como heurístico en el mejor de los casos: provisional e incompleto, y no del
todo compatible con sus propias indicaciones acerca de la realidad subyacente.
En el núcleo del artículo de Einstein había una serie de cuestiones que
acosaban a la física de comienzos de siglo, y que, de hecho, han estado
haciéndolo desde la época de los antiguos griegos hasta hoy: ¿Está el universo
hecho de partículas, como los átomos y electrones? ¿O bien es un continuum
ininterrumpido, como parece serlo un campo gravitatorio o electromagnético? Y
si los dos métodos de describir las cosas resultan válidos a veces, ¿qué ocurre
cuando ambos se intersecan?
Desde la década de 1860, los científicos habían estado explorando precisamente
este punto de intersección al analizar lo que se denominaba «radiación del
cuerpo negro». Como sabe muy bien cualquiera que haya manipulado un horno o un
quemador de gas, el resplandor que desprende un material como el hierro cambia
de color conforme se va calentando. Primero parece irradiar sobre todo luz
roja; al calentarse más, el color se vuelve anaranjado; luego pasa al blanco, y
después al azul. Para estudiar esta radiación, Gustav Kirchhoff y otros
diseñaron un recipiente metálico cerrado, con un pequeño agujero que dejaba
escapar algo de luz. Luego trazaron un gráfico de la intensidad de cada
longitud de onda cuando el dispositivo alcanzaba el equilibrio a una
temperatura dada. Independientemente del material y la forma de las paredes del
recipiente, los resultados eran siempre los mismos: la forma de los gráficos
dependía únicamente de la temperatura.
Por desgracia, había un problema. Nadie había sabido explicar completamente la
base de la fórmula matemática que producía la forma de aquellos gráficos,
similar a una montaña.
Cuando murió Kirchhoff, su cátedra en la Universidad de Berlín le fue
adjudicada a Max Planck. Nacido en 1858, en el seno de una antigua familia
alemana de grandes eruditos, teólogos y abogados, Planck era muchas cosas que
no era Einstein; con sus quevedos y su meticulosa vestimenta, se sentía
orgullosamente alemán; era algo tímido, de férrea determinación, instinto
conservador y maneras formales. «Es difícil imaginar a dos hombres de actitudes
más distintas —diría posteriormente su amigo mutuo Max Born—: Einstein,
ciudadano del mundo, poco apegado a la gente que le rodeaba, independiente del
entorno emocional de la sociedad en la que vivía; Planck, profundamente
arraigado en las tradiciones de su familia y de su país, ardiente patriota,
orgulloso de la grandeza de la historia alemana y conscientemente prusiano en
su actitud hacia el estado».[233]
Su conservadurismo hacía a Planck escéptico con respecto al átomo y con
respecto a las teorías de partículas en general (por oposición a las de ondas y
campos continuos). Como escribía en 1882: «Pese al gran éxito del que ha
disfrutado hasta ahora la teoría atomista, a la larga tendremos que abandonarla
en favor del presupuesto de una materia continua». En una de las pequeñas
ironías de nuestro planeta, Planck y Einstein compartirían la suerte de sentar
las bases de la mecánica cuántica, y luego también los dos se echarían atrás al
hacerse patente que esta socavaba los conceptos de causalidad estricta y de
certidumbre que tanto reverenciaban.[234]
En 1900 Planck ideó una ecuación, utilizando en parte lo que él calificaba de
«una suposición fortuita», que describía la curva de las ondas de radiación
para cada temperatura. Al hacerlo, aceptaba que los métodos estadísticos de
Boltzmann, a los que previamente se había resistido, finalmente eran correctos.
Pero la ecuación poseía un extraño rasgo: requería el uso de una constante, una
diminuta cantidad que no se explicaba (aproximadamente 6,62607 x 10-34 julios
por segundo), y que era necesario incluir para que resultara correcta. Pronto
se la denominaría «constante de Planck», representada por h, y hoy
se la considera una de las constantes fundamentales de la naturaleza.
Al principio Planck no tenía ni idea de cuál era el significado físico de su
constante matemática, si es que tenía alguno. Pero luego ideó una teoría que,
según creía, se aplicaba no a la propia naturaleza de la luz, sino a la acción
que se producía cuando la luz era absorbida o emitida por un trozo de materia.
Postulaba que la superficie de cualquier cuerpo que irradiara calor y luz —como
las paredes del dispositivo del cuerpo negro— contenía «moléculas vibratorias»
u «osciladores armónicos», que eran como una especie de pequeños muelles
vibratorios.[235]Esos osciladores armónicos podían absorber o emitir energía solo
en la forma de paquetes o haces discretos. Dichos paquetes o haces de energía
se daban solo en cantidades fijas, determinadas por la constante de Planck, en
lugar de resultar divisibles o de poseer un abanico de valores continuo.
Planck consideraba su constante un mero artificio de cálculo que explicaba el
proceso de emisión o absorción de luz, pero que no se aplicaba a la naturaleza
fundamental de la propia luz. Pese a ello, su declaración ante la Sociedad
física de Berlín en diciembre de 1900 resultaría trascendental: «Consideramos,
pues —y este es el punto más esencial del cálculo entero—, que la energía se
compone de un número muy definido de paquetes finitos iguales».[236]
Einstein se dio cuenta enseguida de que la teoría cuántica podía socavar la
física clásica: «Todo esto me resultaba bastante claro poco después de la
aparición del fundamental trabajo de Planck —escribiría más tarde—. Todos mis
intentos de adaptar el fundamento teórico de la física a estos conocimientos
fracasaron completamente. Era como si se hubiera retirado el suelo bajo
nuestros pies, y ya no pudiera verse ningún fundamento firme por ninguna
parte».[237]
Además del problema de explicar de qué iba realmente la constante de Planck,
había otro aspecto curioso de la radiación que necesitaba explicación. Se
denominaba «efecto fotoeléctrico», y se produce cuando la luz que brilla en una
superficie metálica hace que se liberen y emitan electrones. En la carta que
escribió a Maric en mayo de 1901, justo después de enterarse de su embarazo,
Einstein se mostraba entusiasmado por una «hermosa pieza» de Philipp Lenard que
exploraba esta cuestión.
Los experimentos de Lenard revelaban algo inesperado. Cuando aumentaba la frecuencia de
la luz —pasando del infrarrojo y la luz roja a la violeta y la ultravioleta—
los electrones emitidos salían con mucha más energía. Luego había incrementado
la intensidad de la luz utilizando la luz procedente de una
lámpara de arco de carbón, cuyo brillo podía multiplicarse por un factor de
mil. La luz más brillante e intensa tenía mucha más energía, de modo que
parecía lógico que los electrones emitidos también tuvieran más energía y
salieran a mayor velocidad. Pero tal cosa no ocurría. Una luz más intensa
producía un mayor número de electrones, pero la energía de cada uno de ellos
seguía siendo la misma. Esto era algo que la teoría ondulatoria de la luz no
explicaba.
Einstein había estado analizando el trabajo de Planck y Lenard durante cuatro
años. En su último artículo de 1904, «Sobre la teoría general molecular del
calor», examinaba cómo fluctúa la energía media de un sistema de moléculas.
Luego lo había aplicado a un volumen lleno de radiación, y había encontrado que
los resultados experimentales eran comparables. Su conclusión era: «Creo que
esta coincidencia no puede atribuirse al azar».[238] Como escribía a su amigo Conrad Habicht justo después de
terminar ese artículo en 1904: «Ahora he encontrado de la manera más simple la
relación entre el tamaño de los cuantos elementales de materia y las longitudes
de onda de la radiación». Así pues, parecía que estaba preparado para
establecer la teoría de que el campo de radiación estaba formado por cuantos.[239]
En su artículo de 1905 sobre los cuantos de luz, publicado al año siguiente,
Einstein hizo precisamente eso: cogió la rareza matemática que Planck había
descubierto, la interpretó literalmente, la relacionó con los resultados
fotoeléctricos de Lenard, y analizó la luz como si realmente estuviera formada
por partículas puntuales —a las que denominó «cuantos de luz»— en lugar de ser
una ondulación continua.
Einstein empezaba su artículo describiendo la gran distinción entre las teorías
basadas en partículas (como la teoría cinética de los gases) y las que
implicaban funciones continuas (como los campos electromagnéticos o la teoría
ondulatoria de la luz). «Existe una profunda diferencia formal entre las
teorías que los físicos han formulado sobre los gases y otros cuerpos
ponderables, y la teoría de Maxwell de los procesos electromagnéticos en el
llamado espacio vacío —señalaba—. Mientras consideramos que el estado de un
cuerpo viene completamente determinado por las posiciones y velocidades de un
número muy elevado, aunque finito, de átomos y electrones, hacemos uso de
funciones espaciales continuas para describir el estado electromagnético de un
volumen dado».[240]
Antes de pasar a defender la teoría corpuscular de la luz, subrayaba que
esta nohacía necesario descartar la teoría ondulatoria, que también
seguiría resultando útil. «La teoría ondulatoria de la luz, que opera con
funciones espaciales continuas, ha funcionado bien en la representación de
fenómenos puramente ópticos, y probablemente jamás será reemplazada por otra
teoría».
Su forma de concertar tanto una teoría ondulatoria como una teoría corpuscular
consistía en sugerir, de una forma «heurística», que nuestra observación de las
ondas implica el uso de medias estadísticas de las posiciones de lo que podrían
ser incontables partículas. «Hay que tener en cuenta —decía— que las
observaciones ópticas se refieren a medias temporales antes que a valores
instantáneos».
Luego venía la que podría ser la frase más revolucionaria que jamás escribiera
Einstein, en la que sugiere que la luz está formada por partículas o paquetes
de energía discretos: «Según el presupuesto que aquí se considera, cuando un
rayo de luz se propaga desde un punto, la energía no se distribuye de manera
continua a lo largo de un espacio creciente, sino que consiste en un número
finito de cuantos de energía que se localizan en puntos del espacio y que
únicamente pueden producirse y absorberse como unidades completas».
Einstein exploraba esta hipótesis determinando si un volumen de radiación del
cuerpo negro, que él presuponía que estaba formado por cuantos discretos, podía
de hecho comportarse como un volumen de gas, que sabía integrado por partículas
discretas. Primero observaba las fórmulas que mostraban cómo la entropía de un
gas cambia cuando lo hace su volumen. Luego lo comparaba con el modo en que
cambia la entropía de la radiación del cuerpo negro al hacerlo su volumen. Y
observaba que la entropía de la radiación «varía con el volumen según la misma
ley que la entropía de un gas ideal».
Einstein hacía un cálculo empleando las fórmulas estadísticas de Boltzmann para
la entropía. La mecánica estadística que describía un gas diluido de partículas
era matemáticamente la misma que la de la radiación del cuerpo negro. Ello
llevaba a Einstein a declarar que la radiación «se comporta termodinámicamente
como si consistiera en cuantos de energía mutuamente independientes». Asimismo,
proporcionaba el modo de calcular la energía de una «partícula» de luz a una
frecuencia concreta, que resultaba estar en consonancia con lo que había
descubierto Planck.[241]
Einstein pasaba luego a mostrar cómo la existencia de esos cuantos de luz podía
explicar lo que él denominaba cortésmente el «trabajo pionero» de Lenard sobre
el efecto fotoeléctrico. Si la luz se propagaba en cuantos discretos, entonces
la energía de cada uno de ellos venía determinada simplemente por la frecuencia
de la luz multiplicada por la constante de Planck. «Si suponemos —sugería
Einstein— que un cuanto de luz transfiere su energía íntegra a un solo
electrón», de ello se sigue que la luz de una frecuencia más alta haría que los
electrones se emitieran con más energía. Por otra parte, aumentar la intensidad
de la luz (pero no la frecuencia) se traduciría simplemente en que se emitirían
más electrones, pero la energía de cada uno de ellos sería la misma.
Y eso era precisamente lo que había observado Lenard. Con un rasgo de humildad
o de cautela, junto con el deseo de mostrar que sus conclusiones se habían
deducido teóricamente en lugar de deducirse íntegramente a partir de datos
experimentales, Einstein declaraba, con respecto a la premisa de su artículo de
que la luz estaba formada por diminutos cuantos: «Por lo que se me alcanza,
nuestro concepto no se halla en conflicto con las propiedades del efecto
fotoeléctrico observado por el señor Lenard».
Aventando las brasas de Planck, Einstein las había convertido en una llama que
llegaría a consumir la física clásica. Pero ¿qué fue exactamente lo que produjo
Einstein, que convertiría su artículo de 1905 en un salto discontinuo —uno se
siente tentado de decir «cuántico»— más allá del mundo de Planck?
De hecho, como el propio Einstein señalaba en otro artículo publicado al año
siguiente, su papel consistió en descubrir la trascendencia física de lo que
había descubierto Planck.[242] Para este, revolucionario a su pesar, el cuanto era un
artificio matemático que explicaba cómo la energía era emitida y absorbida
cuando interactuaba con la materia. Pero él no veía que se relacionara con una
realidad física que fuera inherente a la naturaleza de la luz y del propio
campo electromagnético. «Se puede interpretar que el artículo de 1900 de Planck
implica únicamente que la hipótesis del cuanto se emplea como una
conveniencia matemática introducida a fin de calcular una
distribución estadística, no como un nuevo presupuesto físico»,
escriben los historiadores de la ciencia Gerald Holton y Steven Brush.[243]
Einstein, por su parte, consideraba que el cuanto de luz era una realidad
física: una desconcertante, incómoda, misteriosa y a veces exasperante rareza
del cosmos. Para él, esos cuantos de energía (que en 1926 pasarían a llamarse
«fotones»)[244] existían incluso cuando la luz se propagaba en el vacío.
«Nos gustaría mostrar que la determinación de los cuantos elementales del señor
Planck es en cierta medida independiente de su teoría de la radiación del
cuerpo negro», escribía. En otras palabras, Einstein afirmaba que la naturaleza
corpuscular de la luz era una propiedad de la propia luz, y no una mera
descripción del modo en que esta interactúa con la materia.[245]
Sin embargo, aun después de que Einstein publicara su artículo, Planck no
aceptaba ese salto. Dos años después, Planck advertía al joven empleado de la
oficina de patentes de que había ido demasiado lejos, y de que los cuantos
representaban un proceso que tenía lugar durante la emisión o la absorción,
antes que una propiedad real de la radiación en el vacío. «Yo no busco el
significado del “cuanto de acción” (cuanto de luz) en el vacío, sino en el
lugar de la absorción y la emisión», advertía.[246]
La resistencia de Planck a creer que los cuantos de luz tuvieran una realidad
física persistió. Ocho años después de que se publicara el artículo de
Einstein, Planck le propuso para uno de los codiciados sillones de la Academia
Prusiana de Ciencias. La carta que escribieron él y otros partidarios estaba
llena de elogios, pero Planck añadía: «El hecho de que a veces haya podido ir
demasiado lejos en sus especulaciones, como, por ejemplo, en su hipótesis del
cuanto de luz, no debería pesar demasiado en su contra».[247]
Justo antes de morir, Planck reflexionaría sobre el rechazo que sentía desde
hacía largo tiempo ante las consecuencias de su descubrimiento: «Mis fútiles
intentos de encajar el cuanto de acción elemental de algún modo en la teoría
clásica continuaron durante varios años y me costaron un gran esfuerzo
—escribiría—. Muchos de mis colegas veían en ello algo que bordeaba la
tragedia».
Irónicamente, más tarde se emplearían palabras similares para aludir a
Einstein, quien, según diría Born de él, se mostraría cada vez más «distante y
escéptico» con respecto a los descubrimientos cuánticos de los que había sido
pionero. «Muchos de nosotros lo consideramos una tragedia».[248]
La teoría de Einstein produjo una ley del efecto fotoeléctrico que resultaba
experimentalmente comprobable: la energía de los electrones emitidos dependería
de la frecuencia de la luz, según una sencilla fórmula matemática que incluía
la constante de Planck. Posteriormente dicha fórmula se revelaría correcta. El
físico que realizó el experimento crucial sería Robert Millikan, que
posteriormente dirigiría el Instituto de Tecnología de California, en el que
trataría de reclutar a Einstein.
Sin embargo, aun después de que verificara las fórmulas fotoeléctricas de
Einstein, Millikan seguiría rechazando la teoría. «Pese al éxito aparentemente
completo de la ecuación de Einstein —declararía—, la teoría física de la que
estaba destinada a ser expresión simbólica se considera tan insostenible que,
según creo, ya ni el propio Einstein la mantiene».[249]
Millikan se equivocaba al decir que la formulación einsteiniana del efecto
fotoeléctrico había sido abandonada. De hecho, fue precisamente por descubrir
la ley del efecto fotóeléctrico por lo que se concedería a Einstein su único
premio Nobel. Con el advenimiento de la mecánica cuántica, en la década de
1920, la realidad del fotón se convirtió en una parte fundamental de la física.
Sin embargo, Millikan sí tenía razón en algo: Einstein encontraría cada vez más
profundamente perturbadoras las desconcertantes implicaciones del cuanto, y de
la dualidad onda-partícula de la luz. En una carta que escribiría hacia el
final de su vida a su querido amigo Michele Besso, después de que la mecánica
cuántica hubiera sido aceptada ya por casi todos los físicos vivientes,
Einstein se lamentaría: «Estos cincuenta años de reflexión no me han llevado en
absoluto más cerca de la respuesta a la pregunta: ¿qué son los cuantos de
luz?».[250]
La tesis doctoral sobre el tamaño de las moléculas, abril de 1905
Einstein había escrito un artículo que revolucionaría la ciencia, pero todavía
no había podido obtener un doctorado. De modo que trató una vez más de que le
aceptaran una tesis.
Era consciente de que necesitaba un tema seguro, y no uno radical como los
cuantos o la relatividad, de modo que eligió el segundo artículo en el que
estaba trabajando, titulado «Una nueva determinación de las dimensiones
moleculares», que terminó el 30 de abril y envió a la Universidad de Zúrich en
julio.[251]
Quizá por cautela o por deferencia al enfoque conservador de su asesor, Alfred
Kleiner, en general evitaba aquí la innovadora física estadística que aparecía
en sus anteriores artículos (así como en su trabajo sobre el movimiento
browniano, completado unos días más tarde), para basarse, en cambio,
principalmente en la hidrodinámica clásica.[252] Pese a ello, supo explorar cómo el comportamiento de
innumerables partículas diminutas (átomos, moléculas) se refleja en fenómenos
observables, e, inversamente, cómo los fenómenos observables pueden hablamos de
la naturaleza de esas diminutas partículas que no vemos.
Casi un siglo antes, un científico italiano llamado Amedeo Avogadro (1776-1856)
había desarrollado la hipótesis —que resultaría correcta— de que cualesquiera
volúmenes iguales de cualquier gas, medidos a la misma presión y la misma
temperatura, tendrían el mismo número de moléculas. Ello llevaba a una difícil
empresa, descubrir exactamente cuántas eran.
El volumen que usualmente se elegía es el que ocupa un mol del gas (esto es, su
peso molecular en gramos), que en condiciones normales de presión y temperatura
corresponde a 22,4 litros. El número de moléculas presente bajo tales
condiciones pasaría a conocerse más tarde como el «número de Avogadro».
Determinarlo de manera precisa era, y sigue siendo, bastante difícil. Las
estimaciones actuales lo sitúan aproximadamente en 6,02214 x 1023 (se
trata de una cifra enorme; si se esparciera esa misma cantidad de palomitas de
maíz sin abrir por todo el territorio estadounidense, formaría una capa de más
de 14 kilómetros de espesor).[253]
La mayoría de las anteriores mediciones de moléculas se habían realizado
estudiando gases. Pero como Einstein señalaba en la primera frase de su
artículo: «Los fenómenos físicos observados en líquidos hasta ahora no han
servido para determinar los tamaños moleculares». En su tesis (después de que
se hicieran, más tarde, algunas correcciones matemáticas y de datos), Einstein
era el primero que obtenía un resultado respetable empleando líquidos.
Su método implicaba hacer uso de datos sobre la viscosidad, que es la
resistencia que ofrece un líquido a un objeto que trate de moverse a través de
él. El alquitrán y la melaza, por ejemplo, son extremadamente viscosos. Si
disolvemos azúcar en agua, la viscosidad de la solución se incrementa conforme
va adquiriendo una consistencia más espesa. Einstein imaginó las moléculas de
azúcar difundiéndose gradualmente a través de las moléculas de agua, de menor
tamaño. Y logró idear un sistema de dos ecuaciones, cada una de las cuales
contenía las dos variables desconocidas —el tamaño de las moléculas de azúcar y
el número de ellas que hay en el agua— que trataba de determinar. Pudo, así,
despejar las variables desconocidas, y al hacerlo obtuvo como resultado para el
número de Avogadro la cifra de 2,1 x 1023.
Por desgracia, no era precisamente un resultado muy aproximado. Cuando envió su
artículo a los Annalen der Physik en el mes de agosto, poco
después de que hubiera sido aceptado por la Universidad de Zúrich, el director
de la publicación, Paul Drude (que felizmente no estaba al tanto del antiguo
deseo de Einstein de ponerle en ridículo), retrasó su publicación debido a que
sabía de la existencia de datos más fiables sobre las propiedades de las
soluciones de azúcar. Usando esos nuevos datos, Einstein obtuvo un resultado que
se acercaba más al correcto: 4,15 x 1023.
Unos años después, un estudiante francés comprobó el planteamiento
experimentalmente y descubrió que había algo que fallaba, lo que llevó a
Einstein a pedirle a un ayudante de Zúrich que lo revisara todo de nuevo. Este
encontró un pequeño error, que, una vez corregido, produjo un resultado de 6,56
x 1023, que acabó siendo bastante respetable.[254]
Einstein diría posteriormente, acaso medio en broma, que cuando envió su tesis
el profesor Kleiner la rechazó por ser demasiado breve, de modo que él añadió
una frase más, y de inmediato fue aceptada. Pero no hay evidencia documental
alguna de ello.[255] Sea como fuere, lo cierto es que su tesis se convertiría
en uno de sus trabajos más citados y de mayor utilidad práctica, con
aplicaciones en ámbitos tan diversos como la mezcla de cemento, la producción
de leche y la fabricación de aerosoles. Y a pesar de que no le ayudó a
conseguir un puesto académico, sí hizo posible que pasara a conocérsele,
finalmente, como doctor Einstein.
El movimiento browniano, mayo de 1905
Once días después de terminar su tesis, Einstein realizó otro artículo en el
que exploraba diversas evidencias de cosas invisibles. Como había estado
haciendo desde 1901, se basaba en el análisis estadístico de las acciones
aleatorias de partículas invisibles para mostrar cómo estas se reflejaban en el
mundo visible.
Al hacerlo, Einstein explicó un fenómeno, conocido como «movimiento browniano»,
que había traído de cabeza a los científicos desde hacía casi ochenta años: por
qué se observa que las pequeñas partículas suspendidas en un líquido como el
agua se mueven constantemente de un lado a otro. Y de paso dejaba prácticamente
establecido de una vez por todas que los átomos y las moléculas realmente
existían como objeto físicos.
El movimiento browniano recibía ese nombre por el del botánico escocés Robert
Brown, que en 1828 había publicado una serie de detalladas observaciones acerca
de cómo, cuando se las examina bajo un microscopio lo bastante potente, se
puede apreciar que las minúsculas partículas de polen suspendidas en el agua
serpentean y se desplazan constantemente de un lado a otro. El estudio se
reprodujo con otras partículas, incluyendo limaduras de la Esfinge, y se dieron
toda una serie de distintas explicaciones. Quizá tuviera algo que ver con
minúsculas corrientes de agua, o con el efecto de la luz. Pero ninguna de esas
teorías se reveló plausible.
Con el auge, en la década de 1870, de la teoría cinética, que empleaba los
movimientos aleatorios de las moléculas para explicar cosas tales como el
comportamiento de los gases, algunos trataron de utilizarla para explicar
también el movimiento browniano. Sin embargo, dado que las partículas en
suspensión eran unas 10.000 veces mayores que una molécula de agua, parecía
lógico que dicha molécula no tuviera más capacidad para hacer moverse la
partícula de la que podría tener, por ejemplo, una pelota de béisbol para hacer
que se moviera un objeto que tuviera alrededor de un kilómetro de diámetro.[256]
Einstein mostraba que, aunque no bastaba una colisión para hacer moverse una
partícula, el efecto de millones de colisiones aleatorias por segundo podía
explicar el movimiento observado por Brown. «En este artículo —anunciaba en su
primera frase—, se mostrará que, según la teoría cinética molecular del calor,
los cuerpos de tamaño microscópicamente visible suspendidos en líquidos deben,
como resultado de movimientos moleculares térmicos, realizar movimientos de
magnitudes tales que puedan ser fácilmente observados al microscopio».[257]
Luego pasaba a decir algo que, a primera vista, parece un poco desconcertante:
su artículo no era un intento de explicar las observaciones del movimiento
browniano. De hecho, actuaba como si ni siquiera estuviera seguro de que los
movimientos que él deducía de su teoría fueran los mismos que los observados
por Brown: «Es posible que los movimientos de los que aquí se tratará sean
idénticos al denominado movimiento molecular browniano; sin embargo, los datos
de los que dispongo sobre este último son tan imprecisos que no podría formarme
un juicio sobre la cuestión». Mis adelante Einstein distanciaría aún más su
trabajo de la posibilidad de pretender dar una explicación al movimiento
browniano: «Yo descubrí que, según la teoría atomista, tendría que haber un
movimiento de partículas microscópicas en suspensión abierto a las
observaciones, sin saber que las observaciones relativas al movimiento
browniano ya se conocían desde hacía tiempo».[258]
A primera vista, sus objeciones ante la posibilidad de que pudiera estar
tratando del movimiento browniano parecen extrañas, e incluso poco sinceras. Al
fin y al cabo, unos meses antes le había escrito a Conrad Habicht: «Dicho
movimiento de cuerpos en suspensión ya ha sido observado por los fisiólogos,
que lo denominan movimiento browniano». Pero lo cierto es que la afirmación de
Einstein resultaba tan verdadera como significativa: su artículo no partía de
los datos observados del movimiento browniano para aspirar a encontrar una
explicación; antes bien se trataba de una continuación de su anterior análisis
estadístico acerca de cómo las acciones de las moléculas podían manifestarse en
el mundo visible.
En otras palabras, Einstein quería afirmar que había ideado una teoría que se
había deducido de grandes principios y postulados, y no una que se hubiera
construido examinando datos físicos (del mismo modo en que había dejado claro
que su artículo sobre los cuantos de luz no había partido de los datos sobre el
efecto fotoeléctrico recopilados por Philipp Lenard). Era esta una distinción
que haría también, como pronto veremos, al insistir en que su teoría de la
relatividad no se derivaba meramente del objetivo de tratar de explicar
resultados experimentales sobre la velocidad de la luz y el éter.
Einstein era consciente de que el golpe de una sola molécula de agua no haría
que una partícula de polen en suspensión se moviera lo bastante como para que
dicho movimiento resultara visible. Sin embargo, en cualquier momento dado la
partícula estaba siendo golpeada por todas partes por miles de moléculas.
Habría algunos momentos en que, por azar, la partícula recibiría muchos más
golpes en uno de sus lados que en los demás. Luego, en otros momentos, sería
otro de los lados el que recibiría la lluvia de golpes.
El resultado serían una serie de pequeñas sacudidas aleatorias que se
traducirían en lo que se conoce como un «recorrido aleatorio». El mejor modo de
hacemos una idea de ello es imaginamos a un borracho que parte de una farola y
avanza dando traspiés en una dirección aleatoria al ritmo de un paso cada
segundo. Después de haber dado dos pasos cabe la posibilidad de que haya
avanzado y luego retrocedido hasta volver a la farola. O también es posible que
se haya alejado dos pasos en una misma dirección. O puede que haya dado un paso
en dirección oeste y luego otro en dirección noreste. Una pequeña
representación gráfica revelará algo interesante de este recorrido aleatorio:
estadísticamente, la distancia del borracho a la farola será proporcional a la
raíz cuadrada del número de segundos transcurridos.[259]
Einstein era consciente de que no era ni posible ni necesario medir uno a uno
cada zigzag del movimiento browniano, como tampoco lo era medir la velocidad de
la partícula en cada momento. Pero sí resultaba bastante fácil medir las
distancias totales recorridas por las partículas que se movían aleatoriamente,
dado que dichas distancias aumentaban con el tiempo.
Einstein quería obtener predicciones concretas que pudieran comprobarse, de
modo que empleó tanto su conocimiento teórico como los datos experimentales
sobre índices de viscosidad y difusión para lograr predicciones precisas que
mostraran la distancia que debería recorrer una partícula en función de su
tamaño y de la temperatura del líquido. Por ejemplo, predecía que, en el caso
de una partícula con un diámetro de una milésima de milímetro suspendida en
agua a 17 grados centígrados, «el desplazamiento medio en un minuto sería de
unos 6 micrones».
He aquí algo que ciertamente podía comprobarse, y que tendría grandes
consecuencias. «Si el movimiento aquí descrito puede observarse —escribía—,
entonces la termodinámica clásica ya no podrá considerarse estrictamente
válida». Einstein, que era mucho mejor a la hora de teorizar que a la de
realizar experimentos, acababa su artículo con una encantadora exhortación:
«Esperemos que pronto haya un investigador que logre resolver el problema
presentado aquí, y que tan importante resulta para la teoría del calor».
Al cabo de unos meses, un investigador alemán llamado Henry Seidentopf,
utilizando un potente microscopio, confirmó las predicciones de Einstein. A
todos los efectos prácticos, la realidad física de los átomos y las moléculas
se había probado de forma concluyente. «En una época en la que los átomos y las
moléculas estaban todavía lejos de considerarse reales —recordaría
posteriormente el físico Max Born—, creo que esas investigaciones de Einstein
hicieron más que ningún otro trabajo para convencer a los físicos de la
realidad de los átomos y las moléculas».[260]
Como propina, el artículo de Einstein proporcionaba asimismo otra manera de
determinar el número de Avogadro. «Está lleno de nuevas ideas —diría Abraham
Pais aludiendo al artículo—. La conclusión final, que el número de Avogadro
puede determinarse básicamente a partir de observaciones con un microscopio
ordinario, no deja de causar asombro aunque uno haya leído ya antes el artículo
y, por lo tanto, conozca de antemano el final».
Una de las virtudes de la mente de Einstein era que podía compaginar varías ideas
de manera simultánea. Así, mientras examinaba el baile de las partículas en un
líquido, al mismo tiempo había estado bregando con una teoría distinta que
afectaba a los cuerpos en movimiento y la velocidad de la luz. Más o menos al
día siguiente de haber enviado su artículo sobre el movimiento browniano,
estaba hablando con su amigo Michele Besso cuando tuvo una idea genial. Aquella
idea —como le escribiera Einstein a Habicht en su famosa carta de aquel mes—
daría lugar a «una modificación de la teoría del espacio y el tiempo».
Capítulo 6
La relatividad especial
1905
La Torre del Reloj de Berna.
Contenido:
·
Los orígenes
·
El camino a la
relatividad de Einstein
·
«Inducción y deducción
en física»
·
Los dos postulados
·
«El paso»
·
«Sobre la
electrodinámica de los cuerpos en movimiento»
·
La compañera
·
E = mc2, la
coda de septiembre de 1905
Los orígenes
El de relatividad es un concepto sencillo. Afirma que las leyes fundamentales
de la física son las mismas cualquiera que sea nuestro estado de movimiento.
Para el caso especial de unos observadores que se muevan
a velocidad constante, este concepto resulta bastante fácil de
aceptar. Imagínese a un hombre sentado en un sillón en casa y a una mujer en un
avión planeando uniformemente por encima. Ambos pueden llenar una taza de café,
hacer botar una pelota, disparar un flash o calentar un bollo en un homo de
microondas, y para ambos regirán las mismas leyes de la física.
De hecho, no hay forma de determinar cuál de ellos está «en movimiento» y cuál
«en reposo». El hombre del sillón podría considerar que él está en reposo y el
avión en movimiento. La mujer del avión, por su parte, podría considerar que
ella está en reposo y que es la Tierra la que se desliza a sus pies. No hay
experimento alguno que pueda demostrar quién tiene razón.
De hecho, tampoco hay «razón» absoluta. Lo único que puede decirse es que cada
uno de ellos está en movimiento en relación con el otro. Y, evidentemente,
ambos están moviéndose a gran velocidad con respecto a otros planetas,
estrellas y galaxias.[III]
La teoría de la relatividad especial que desarrolló Einstein en 1905 se aplica
únicamente a este caso especial (de ahí su nombre): una situación en la que los
observadores se mueven a velocidad constante unos respecto de otros —más
específicamente, de manera uniforme, en línea recta y a velocidad constante—,
en lo que se conoce como un «sistema inercial».[262]
Resulta algo más difícil demostrar que en el caso más general de una persona
que está acelerando, o girando, o rotando, o pisando el freno, o moviéndose de
manera arbitraria, esta no se halla tampoco en ninguna forma de movimiento
absoluto, dado que aquí el café se vierte y las pelotas ruedan de manera
distinta que para la gente que se desliza uniformemente en un tren, un avión o
un planeta. Como veremos, Einstein necesitaría una década más para idear lo que
denominaría teoría de la relatividad general, que incorporaría el
movimiento acelerado a una teoría de la gravitación y trataría de aplicar a
ella el concepto de relatividad.[263]
La historia de la relatividad se inicia, de hecho, en 1632, cuando Galileo
articuló el principio de que las leyes de movimiento y de la mecánica (las
leyes del electromagnetismo aún no habían sido descubiertas) eran las mismas en
todos los marcos de referencia de velocidad constante. En su Diálogo
sobre los dos sistemas máximos del mundo, Galileo trataba de defender la
idea copernicana de que la Tierra no permanecía inmóvil en reposo en el centro
del universo mientras todo lo demás giraba a su alrededor. Los escépticos
sostenían que si la Tierra se moviera tal como afirmaba Copémico, nosotros lo
notaríamos. Galileo refutó esta idea con un experimento mental brillantemente
claro acerca de viajar dentro de un camarote en un barco que navegara
deslizándose de manera uniforme:
Enciérrese con algún amigo en el camarote principal bajo la
cubierta de algún gran barco, y llévese consigo unas cuantas moscas, mariposas
y otros pequeños animales voladores. Lleve también un gran cuenco de agua con
algunos peces; cuelgue una botella que vacíe su contenido gota a gota en una
vasija ancha situada debajo. Con el barco completamente inmóvil, observe con
detenimiento cómo los pequeños animales vuelan con la misma velocidad a todos
los rincones del camarote. Los peces nadarán indistintamente en todas
direcciones; las gotas caerán en la vasija de debajo; y si le lanza algo a su
amigo, no tendrá que lanzárselo más fuerte en una dirección que en otra siendo
las distancias iguales; si salta con los pies juntos, avanzará el mismo espacio
en cualquier dirección. Cuando haya observado todas esas cosas cuidadosamente,
haga que el barco avance con la velocidad que desee, con tal de que el
movimiento sea uniforme y no fluctúe de aquí para allá. No descubrirá el menor
cambio en todos los efectos mencionados, ni tampoco podría deducir por ninguno
de ellos si el barco estaba en movimiento o permanecía inmóvil.[264]
No hay mejor descripción de la relatividad, o al menos de cómo
se aplica este principio a los sistemas que se mueven con velocidad constante
unos respecto de otros.
En el barco de Galileo es fácil mantener una conversación, puesto que el aire
que transporta las ondas sonoras se mueve uniformemente junto con las personas
del camarote. Del mismo modo, si uno de los pasajeros de Galileo arrojara una
piedra en un cuenco de agua, las ondulaciones que produciría se difundirían del
mismo modo que si el cuenco hubiera estado en reposo en la orilla; ello se debe
a que el agua en la que se propagan las ondulaciones se mueve uniformemente
junto con el cuenco y todo lo demás que hay en el camarote.
Las ondas sonoras y las ondulaciones del agua se explican fácilmente mediante
la mecánica clásica. Se trata sencillamente de una perturbación que se propaga
a través de un medio. De ahí que el sonido no pueda propagarse en el vacío,
pero sí pueda hacerlo a través de cosas tales como el aire, el agua o el metal.
Así, por ejemplo, las ondas sonoras se desplazan por el aire a temperatura
ambiente, como una perturbación vibratoria que comprime y rarifica ese aire, a
una velocidad de alrededor de 1.220 kilómetros por hora.
En lo más recóndito del interior del barco de Galileo, las ondas sonoras y las
ondulaciones del agua se comportan como lo hacen en tierra, debido a que el
aire del camarote y el agua de los cuencos se mueven a la misma velocidad que
los pasajeros. Pero imaginemos ahora que subimos a cubierta y observamos las
olas del océano, o que medimos la velocidad de las ondas sonoras producidas por
la bocina de otro barco. La velocidad a la que dichas olas y ondas llegarán
hasta nosotros dependerá de nuestro movimiento con respecto al medio (el agua o
el aire) en el que se propagaran.
En otras palabras, la velocidad a la que nos alcanzará una ola del océano
dependerá de lo rápido que nos movamos a través del agua acercándonos o
alejándonos del origen de dicha ola. Del mismo modo, la velocidad de una onda
sonora con respecto a nosotros dependerá de nuestro movimiento en relación con
el aire por el que se propaga dicha onda sonora.
Esas velocidades relativas se suman. Imaginemos que nos hallamos inmóviles en
el océano mientras las olas se dirigen hacia nosotros a 10 kilómetros por hora.
Si ahora nos subimos a una moto acuática y nos dirigimos directamente hacia las
olas a 40 kilómetros por hora, las veremos moverse hacia nosotros y cruzarse
con nosotros a una velocidad (relativa a nosotros) de 50 kilómetros por hora.
Del mismo modo, imaginemos que las ondas sonoras se aproximan a nosotros desde
la bocina de un barco distante, propagándose a través del aire inmóvil hacia la
costa a 1.220 kilómetros por hora. Si nos montamos de nuevo en nuestra moto
acuática y nos dirigimos hacia la bocina a 40 kilómetros por hora, las ondas
sonoras se moverán hacia nosotros y se cruzarán con nosotros a una velocidad
(relativa a nosotros) de 1.260 kilómetros por hora.
Todo esto llevaba a plantear una cuestión en la que Einstein había estado
reflexionando desde los dieciséis años, cuando se imaginaba viajando junto a un
rayo de luz: ¿se comporta la luz también del mismo modo?
Newton había concebido la luz primordialmente como un haz de partículas
emitidas. Pero en la época de Einstein la mayoría de los científicos aceptaban
la teoría rival, propugnada por un contemporáneo de Newton, Christiaan Huygens,
que decía que la luz debía considerarse un movimiento ondulatorio.
A finales del siglo XIX toda una serie de experimentos habían confirmado la
teoría ondulatoria de la luz. Thomas Young, por ejemplo, hizo un experimento
famoso —que actualmente reproducen los estudiantes de secundaria— que mostraba
cómo la luz que pasa a través de dos ranuras produce un patrón de interferencia
parecido al que generan las ondulaciones del agua cuando pasan también a través
de dos ranuras. En ambos casos, las crestas y valles de las ondas que surgen de
cada una de las dos ranuras se refuerzan mutuamente en algunos puntos, mientras
que se anulan en otros.
James Clerk Maxwell contribuyó a consagrar esta teoría ondulatoria cuando
postuló con éxito una relación entre la luz, la electricidad y el magnetismo.
Ideó unas ecuaciones que describían el comportamiento de los campos eléctricos
y magnéticos, y, al combinarse, predecían las ondas electromagnéticas. Maxwell
descubrió que dichas ondas electromagnéticas habían de viajar a una cierta
velocidad, alrededor de 299.792 kilómetros por segundo.[IV] Esa era la velocidad que los científicos habían medido ya
para la luz, y estaba claro que no se trataba de una mera coincidencia.[265]
Se hizo evidente que la luz era la manifestación visible de todo un abanico de
ondas electromagnéticas, entre las que se incluyen las que hoy denominamos
señales de radio de AM (con una longitud de onda de unos 275 metros), señales
de radio de FM (unos 3 metros) y microondas (unos 8 centímetros). Al decrecer
la longitud de onda (e incrementarse, por tanto, la frecuencia de los ciclos
ondulatorios), se produce el espectro de la luz visible, que va desde el rojo
(75 millonésimas de centímetro) hasta el violeta (40 millonésimas de
centímetro). Las longitudes de onda aún más cortas dan lugar a los rayos
ultravioleta, los rayos X y los rayos gamma. Cuando hablamos de la «luz» y de
la «velocidad de la luz», nos referimos a todas las ondas electromagnéticas, no
solo a las que resultan visibles a nuestros ojos.
Lo anterior planteaba algunas grandes preguntas: ¿cuál era el medio a través
del cual se propagaban esas ondas? Y su velocidad de 300.000 kilómetros por
segundo, era una velocidad relativa ¿a qué?
La respuesta parecía ser que las ondas luminosas constituían una perturbación
de un medio invisible, al que se denominaba éter, y que su velocidad era
relativa a dicho éter. En otras palabras, el éter era para las ondas luminosas
algo parecido a lo que era el aire para las ondas sonoras. «Parecía estar fuera
de duda que había que interpretar la luz como un proceso vibratorio en un medio
elástico e inerte que llenaba el espacio universal», señalaría más tarde
Einstein.[266]
Por desgracia, ese éter había de poseer toda una serie de desconcertantes
propiedades. Dado que la luz procedente de las estrellas distantes llega hasta
la Tierra, ello significaba que el éter había de impregnar todo el universo
conocido. Había de ser tan fino y, valga la redundancia, etéreo, que no causara
efecto alguno en los planetas ni en una pluma que lo atravesara; pero a la vez
había de ser lo bastante rígido como para permitir que una onda vibrara a
través de él a una velocidad enorme.
Todo esto llevaría a una desesperada búsqueda del éter a finales del siglo XIX.
Si de verdad la luz era una onda que se propagaba a través del éter, entonces,
si uno se movía a través del éter hacia la fuente luminosa,
tendría que ver esas ondas moviéndose hacia él a mayor velocidad. Los
científicos idearon toda clase de ingeniosos dispositivos y experimentos para
detectar tales diferencias.
Emplearon toda una serie de supuestos acerca de cómo podría comportarse el
éter. Imaginaron que podría ser inmóvil y que la Tierra se deslizaba libremente
a través de él. Imaginaron que la Tierra podría arrastrar consigo partes de él
al desplazarse, formando una especie de burbuja parecida a la de su propia
atmósfera. Incluso consideraron la improbable posibilidad de que la Tierra
fuera el único objeto en reposo con respecto al éter, y que todo lo demás en el
cosmos girara a su alrededor, incluyendo a los otros planetas, el Sol, las
estrellas, y quizá también al pobre Copémico revolviéndose en su tumba.
Uno de los experimentos que se realizaron, y del que Einstein diría más tarde
que había resultado «de fundamental importancia en la teoría de la relatividad
especial»,[267] fue el del físico francés Hippolyte Fizeau, que trató de
medir la velocidad de la luz en un medio en movimiento. Para ello, dividió un
rayo de luz con un espejo semirreflectante que enviaba una parte del rayo a
través del agua en la misma dirección en la que esta fluía y la otra parte en
la dirección contraria. Luego ambas partes del rayo volvían a juntarse. Si la
luz empleaba más tiempo en recorrer una de las dos trayectorias, entonces las
crestas y valles de sus ondas no estarían sincronizados con los de las ondas
del otro rayo. Los investigadores podrían saber si tal cosa ocurría, o no,
observando el patrón de interferencia resultante al volver a juntar las dos
ondas.
Otro experimento distinto, y mucho más famoso, fue el realizado en Cleveland,
en 1887, por Albert Michelson y Edward Morley, quienes construyeron un
artefacto que dividía un rayo de luz de modo similar y enviaba una parte —en
una trayectoria de ida y vuelta— hasta un espejó situado al final de un brazo
que se extendía en la misma dirección del movimiento de la Tierra, mientras que
la otra parte viajaba —también en una trayectoria de ida y vuelta— a lo largo
de otro brazo situado perpendicularmente al primero. Una vez más, se volvieron
a juntar las dos partes del rayo y se analizó el patrón de interferencia para
ver si la trayectoria perpendicular al supuesto «viento del éter» requería más
tiempo.
Pero lo cierto es que, con independencia de quién observara, de cómo observara
o de los supuestos que hiciera sobre el comportamiento del éter, nadie era
capaz de detectar aquella escurridiza sustancia. Independientemente de qué se
moviera o de cómo se moviera, lo que se observaba era que la velocidad de la
luz era exactamente la misma.
De modo que los científicos, no sin cierto embarazo, dirigieron su atención a
encontrar explicaciones al hecho de que el éter existiera pero no pudiera
detectarse por medio de ningún experimento. A principios de la década de 1890,
Hendrik Lorentz —el cosmopolita y agradable padre holandés de la física
teórica— y, de manera independiente, el físico irlandés George Fitzgerald,
concibieron la hipótesis de que los objetos sólidos se contraían ligeramente
cuando se movían a través del éter. La denominada «contracción de
Lorentz-Fitzgerald» hipotéticamente lo encogía todo, incluidos los brazos de
medición empleados por Michelson y Morley, y lo hacía justo en la magnitud
exacta para hacer que el efecto del éter en la luz resultara indetectable.
Einstein calificaría aquella situación de «muy deprimente». Los científicos se
encontraban con que no eran capaces de explicar el electromagnetismo utilizando
la «visión mecánica de la naturaleza» de Newton, y ello —diría— «llevó a un
dualismo fundamental que a largo plazo resultó insoportable».[268]
El camino a la relatividad de Einstein
«Una idea nueva surge de repente y más bien de manera intuitiva —diría Einstein
en cierta ocasión—. Sin embargo —se apresuraría a añadir—, la intuición no es
más que el resultado de una experiencia intelectual anterior».[269]
El descubrimiento de la relatividad especial requirió de Einstein una intuición
basada en una década de experiencias tanto intelectuales como personales.[270]En mi opinión, creo que la más importante y evidente de ellas
fue su profunda comprensión y conocimiento de la física teórica. También le
sirvió de ayuda su capacidad para visualizar experimentos mentales, fomentada
por su escolarízación en Aarau. Estaba asimismo su base filosófica; a partir de
Hume y de Mach, Einstein había desarrollado cierto escepticismo frente a las
cosas que no podían observarse. Y dicho escepticismo se había visto potenciado
por su innata tendencia a cuestionar la autoridad.
También formaba parte de ese conjunto —y probablemente había reforzado asimismo
su capacidad tanto para visualizar situaciones físicas como para llegar al
núcleo de los conceptos— el marco tecnológico de su vida: ayudar a su tío Jakob
a perfeccionar las bobinas e imanes móviles de un generador; trabajar en una
oficina de patentes inundada de solicitudes para patentar nuevos métodos de
sincronizar relojes; tener un jefe que le alentaba a aplicar su escepticismo;
vivir cerca de la Torre del Reloj y de la estación de ferrocarril de Berna, y
justo encima de la oficina de Correos y Telégrafos de dicha ciudad,
precisamente en un momento en el que Europa empleaba señales eléctricas para
sincronizar los relojes dentro de una misma zona horaria; y tener como caja de
resonancia a su amigo e ingeniero Michele Besso, que trabajaba con él en la
oficina de patentes examinando dispositivos electromecánicos.[271]
El orden de importancia de estas influencias constituye, obviamente, un juicio
subjetivo. Al fin y al cabo, ni siquiera el propio Einstein llegaría a estar
seguro de cómo se desarrolló exactamente el proceso: «No es fácil hablar de
cómo llegué a la teoría de la relatividad —diría—. Hubo demasiadas
complejidades ocultas que motivaron mi pensamiento».[272]
Algo que si podemos señalar con cierta seguridad es el principal punto de
partida de Einstein, ya que él mismo afirmaría repetidamente que su camino
hacia la teoría de la relatividad se inició con el experimento mental que
realizó a los dieciséis años de edad acerca de cómo sería viajar con un rayo de
luz a la velocidad de esta. Ello —diría— daba lugar a una «paradoja» que le
tuvo preocupado durante los diez años siguientes:
Si persigo un rayo de luz con la velocidad c (la
velocidad de la luz en el vacío), debería observar dicho rayo de luz como un
campo electromagnético en reposo, aunque espacialmente oscilante. Sin embargo,
no parece haber tal cosa, ni basándonos en la experiencia, ni según las
ecuaciones de Maxwell. Desde el primer momento me pareció intuitivamente claro
que, juzgando desde la perspectiva de tal observador, todo tendría que ocurrir
según las mismas leyes que para otro observador que se hallara en reposo en relación
con la Tierra, puesto que ¿cómo podría saber o ser capaz de determinar el
primer observador que se hallaba en estado de movimiento rápido y uniforme?
Puede verse que esta paradoja contiene ya el germen de la teoría de la
relatividad especial.[273]
Este experimento mental no socavaba necesariamente la teoría de
las ondas luminosas propagándose a través del éter, un teórico del éter podía
concebir un rayo de luz inmovilizado. Pero sí violaba la intuición de Einstein
de que las leyes de la óptica habían de obedecer el principio de relatividad.
En otras palabras, las ecuaciones de Maxwell, que especifican la velocidad de
la luz, deberían ser las mismas para todos los observadores en movimiento a
velocidad constante. El énfasis que hiciera Einstein en ese recuerdo indica que
la noción de un rayo de luz inmovilizado —o de unas ondas electromagnéticas
inmovilizadas— le parecía instintivamente errónea.[274]
Además, el experimento mental sugiere que percibía un conflicto entre las leyes
de la mecánica newtoniana y la constancia de la velocidad de la luz en las
ecuaciones de Maxwell. Todo ello le producía «un estado de tensión psíquica»
que consideraba profundamente desconcertante. «Desde el primer momento, cuando
la teoría de la relatividad especial empezó a germinar en mí, experimenté toda
clase de conflictos nerviosos —recordaría más tarde—. De joven solía perderme
durante semanas enteras en un estado de confusión».[275]
Había también una «asimetría» más específica que empezaba a molestarle. Cuando
se mueve un imán con respecto a una bobina, se produce una corriente eléctrica.
Como Einstein sabía bien por su experiencia con los generadores de su familia,
la magnitud de dicha corriente eléctrica es exactamente la misma si se mueve el
imán mientras la bobina parece inmóvil que si es la bobina la que se mueve
mientras el que parece inmóvil es el imán. También había estudiado un libro
publicado en 1894 por August Foppl, Introducción a la teoría de la
electricidad de Maxwell. Este tenía un apartado dedicado especialmente a
«La electrodinámica de los conductores en movimiento» que planteaba si, al
producirse la inducción, debería haber alguna diferencia en función de si se
dice que lo que está en movimiento es el imán o la bobina.[276]
«Sin embargo —recordaría Einstein—, según la teoría de Maxwell-Lorentz, la
interpretación teórica del fenómeno es muy distinta en cada uno de los dos
casos». En el primero, la ley de inducción de Faraday decía que el movimiento
del imán a través del éter creaba un campo eléctrico. En el segundo, la ley de
la fuerza de Lorentz decía que el movimiento de la bobina conductora a través
del campo magnético creaba una corriente. «La idea de que estos dos casos
fueran esencialmente distintos me resultaba insoportable», afirmaría.[277]
Einstein había estado bregando durante años con la noción de éter, que
teóricamente determinaba la definición del concepto de «en reposo» en las
mencionadas teorías sobre inducción eléctrica. En 1899, siendo estudiante en el
Politécnico de Zúrich, había escrito a Mileva Maric diciéndole que «la
introducción del término “éter” en las teorías sobre electricidad ha llevado a
la concepción de un medio cuyo movimiento puede describirse sin que, en mi
opinión, se le haya podido adscribir significado físico alguno».[278] Sin embargo, aquel mismo mes se hallaba de vacaciones en
Aarau, trabajando junto con un maestro de su antigua escuela en la búsqueda de
un método para detectar el éter. «He tenido una buena idea para investigar el
modo en que el movimiento relativo de un cuerpo con respecto al éter afectaba a
la velocidad de propagación de la luz», le decía a Maric.
El profesor Weber le dijo a Einstein que su método resultaba poco práctico.
Probablemente a instancias de Weber, Einstein leyó entonces un artículo de
Wilhelm Wien en el que se describían los nulos resultados de trece experimentos
realizados para detectar el éter, incluidos el de Michelson-Morley y el de
Fizeau.[279] También supo del experimento de Michelson-Morley por la
lectura, en algún momento anterior al año 1905, de una obra publicada por
Lorentz en 1895, Esbozo de una teoría de los fenómenos eléctricos y
ópticos en los cuerpos en movimiento. En dicha obra, Lorentz examinaba
varios intentos fallidos de detectar el éter como preludio para desarrollar su
teoría de las contracciones.[280]
«Inducción y deducción en física».
Así pues, ¿qué efecto tuvieron en Einstein los resultados del experimento de
Michelson-Morley —que no mostraban evidencia alguna del éter ni diferencia
alguna en la velocidad de la luz observada independientemente de la dirección
en la que se moviera el observador— cuando aquél incubaba sus ideas sobre la
relatividad? Según él, casi ninguno. De hecho, en ocasiones Einstein incluso
recordaría (erróneamente) que antes de 1905 ni siquiera conocía el experimento.
Las incoherentes declaraciones de Einstein durante los cincuenta años
siguientes con respecto a la influencia de Michelson-Morley resultan útiles en
cuanto que constituyen una llamada de atención con respecto a la especial
cautela que hay que tener cuando se escribe historia basándose en recuerdos
difusos.[281]
La lista de declaraciones contradictorias de Einstein sobre este tema se inicia
en 1922, en un discurso que pronunció en la ciudad japonesa de Kyoto, donde
señaló que los resultados negativos de Michelson a la hora de detectar el éter
representaron «la primera vía que me llevó a lo que denominamos el principio de
relatividad especial». En un brindis pronunciado en Pasadena en 1931, en una
cena homenaje a Michelson, Einstein se mostró cortés con el eminente
investigador, pero a la vez sutilmente circunspecto: «Usted descubrió un
insidioso defecto en la teoría de la luz basada en el éter, tal como entonces
existía, y estimuló las ideas de Lorentz y Fitzgerald, a partir de las cuales
se desarrolló la teoría de la relatividad especial».[282]
Einstein describiría su proceso de pensamiento en una serie de conversaciones
con Max Wertheimer, pionero de la psicología de la Gestalt, quién más tarde
calificaría los resultados de Michelson-Morley de «cruciales» para el
pensamiento de Einstein. Sin embargo, y como ha indicado Arthur I. Miller,
probablemente tal afirmación vino motivada por el propósito de Wertheimer de
utilizar el relato de Einstein como una forma de ilustrar los principios de la
psicología de la Gestalt.[283]
Einstein añadiría todavía más confusión al asunto en los últimos años de su
vida al hacer una serie de declaraciones sobre el tema a un físico llamado
Robert Shankland. Al principio le dijo que no había leído nada sobre el
experimento de Michelson-Morley hasta después de 1905; luego,
que había leído sobre él en el libro de Lorentz antes de 1905,
y finalmente añadió: «Supongo que simplemente di por sentado que era correcto».[284]
Esa última observación es la más significativa, ya que Einstein la haría a
menudo. Sencillamente dio por sentado, cuando empezaba a trabajar en serio en
la relatividad, que no había necesidad de revisar todos los experimentos
relacionados con el éter debido a que, de acuerdo con sus presupuestos
iniciales, todo intento de detectar el éter estaba condenado al fracaso.[285] Para él, la trascendencia de aquellos resultados
experimentales residía en que venían a reforzar lo que él ya creía, que el
principio de relatividad de Galileo resultaba aplicable a las ondas luminosas.[286]
Esto puede explicar la escasa atención que concedía a los experimentos en su
artículo de 1905. En ningún momento mencionaba el experimento de
Michelson-Morley por su nombre, ni siquiera cuando ello habría resultado
pertinente, ni tampoco el experimento de Fizeau con agua en movimiento. Lejos
de ello, inmediatamente después de hablar de la relatividad de los movimientos
del imán y la bobina, se limitaba a despachar el asunto con una frase sobre
«los infructuosos intentos de detectar un movimiento de la Tierra en relación
con el medio lumínico».
Algunas teorías científicas dependen primordialmente de la inducción, es decir,
de analizar un montón de hallazgos experimentales y luego encontrar teorías que
expliquen las pautas empíricas. Otras dependen más de la deducción, esto es, de
empezar partiendo de principios y postulados elegantes que se consideran
sagrados, y luego deducir las consecuencias de ellos. Todos los científicos
mezclan ambos enfoques en diferentes grados. Einstein apreciaba los hallazgos
experimentales, y utilizó ese conocimiento para encontrar ciertos puntos fijos,
sobre los que pudiera construir una teoría.[287] Pero su principal énfasis residía en el enfoque deductivo.[288]
¿Recuerda el lector cómo Einstein, en su artículo sobre el movimiento
browniano, minimizaba —extraña, pero acertadamente— el papel que habían
desempeñado los hallazgos experimentales en lo que en esencia era una deducción
teórica? Bueno, pues en su teoría de la relatividad se producía una situación
similar. Lo que dejaba entrever en el caso del movimiento browniano lo decía
explícitamente al hablar de la relatividad y de Michelson-Morley: «Yo estaba
bastante convencido de la validez del principio antes de saber de este
experimento y sus resultados».
De hecho, sus tres cruciales artículos de 1905 empiezan afirmando su intención
de seguir un método deductivo. Einstein inicia cada uno de ellos señalando
alguna rareza causada por las diferentes teorías en conflicto, en lugar de
incidir en algún conjunto de datos experimentales no explicados. Luego postula
grandes principios, al tiempo que minimiza el papel desempeñado por los datos,
ya sea en el movimiento browniano, en la radiación del cuerpo negro o en la
velocidad de la luz.[289]
En un ensayo de 1919 titulado «Inducción y deducción en física», Einstein
hablaba de su preferencia por este último enfoque:
La imagen más simple que uno puede formarse sobre la creación de
una ciencia empírica es la que se basa en un método inductivo. Se seleccionan y
agrupan hechos individuales a fin de que las leyes que los vinculan resulten
evidentes… Sin embargo, los grandes avances en el conocimiento científico se
han originado de ese modo solo en pequeña medida … Los avances realmente
grandes en nuestro conocimiento de la naturaleza se originaron de un modo casi
diametralmente opuesto a la inducción. La captación intuitiva de lo esencial de
un gran conjunto de hechos lleva al científico a postular una hipotética ley o
leyes básicas. A partir de esas leyes derivan sus conclusiones.[290]
Su aprecio por este enfoque iría en aumento. «Cuanto más hondo
penetramos y más extensas se hacen nuestras teorías —declararía hacia el final
de su vida—, menos se necesita el conocimiento empírico para determinar dichas
teorías».[291]
A comienzos de 1905, Einstein había empezado a dar mayor énfasis a la deducción
que a la inducción en su intento de explicar la electrodinámica. «Poco a poco
desesperé de la posibilidad de descubrir las verdaderas leyes mediante
esfuerzos constructivos basados en hechos conocidos experimentales —diría más
tarde—. Cuanto más tiempo y más desesperadamente lo probaba, más llegaba a la
convicción de que solo el descubrimiento de un principio formal universal podía
conducimos a unos resultados asegurados».[292]
Los dos postulados
Ahora que Einstein había decidido elaborar su teoría desde arriba, derivándola
de grandes postulados, había de tomar una decisión: ¿de qué postulados —de qué
presupuestos básicos de principios generales— iba a partir?[293]
Su primer postulado era el principio de relatividad, que afirmaba que todas las
leyes fundamentales de la física, incluidas las ecuaciones de Maxwell que
gobiernan las ondas electromagnéticas, son las mismas para todos los
observadores que se muevan a velocidad constante unos con respecto a otros; o
dicho de manera más precisa, son las mismas para todos los sistemas inerciales,
las mismas para alguien que se halle en reposo con respecto a la Tierra que
para alguien que viaje a velocidad uniforme en un tren o en una nave espacial.
Einstein había alimentado su fe en este postulado a partir de su experimento
mental acerca de cómo sería viajar con un rayo de luz: «Desde el primer momento
me pareció intuitivamente claro que, desde la perspectiva de tal observador,
todo tendría que ocurrir según las mismas leyes que para un observador que se
hallara en reposo con respecto a la Tierra».
Para escoger un postulado complementario relativo a la velocidad de la luz,
Einstein tenía al menos dos opciones:
1. Podía optar por una teoría de emisión en la que la luz
saldría disparada de su fuente como partículas de un cañón. No habría necesidad
de éter. Las partículas de luz podían atravesar el vacío, y su velocidad sería
relativa a la fuente. Si dicha fuente se desplazara hacia nosotros, sus
emisiones nos llegarían a mayor velocidad que si se alejara de nosotros
(imagínese, por ejemplo, a un lanzador de béisbol capaz de lanzar la pelota a
100 kilómetros por hora; si la lanza hacia nosotros desde un coche que se nos
acerca, la pelota se aproximará a mayor velocidad que si lo hace desde un coche
que se aleja de nosotros). Dicho de otro modo: la luz de una estrella sería
emitida por dicha estrella a 300.000 kilómetros por segundo; pero si esa
estrella se dirigiera hacia la Tierra a una velocidad de 10.000 kilómetros por
segundo, para un observador de la Tierra la velocidad de su luz sería de
310.000 kilómetros por segundo.
2. Una alternativa era postular que la velocidad de la luz era una constante de
300.000 kilómetros por segundo independientemente del movimiento de la fuente
que la emitía, lo cual resultaba más coherente con una teoría ondulatoria.
Haciendo una analogía con las ondas sonoras, la sirena de un camión de bomberos
no emite su sonido hacia nosotros más deprisa cuando el camión corre hacia
nosotros que cuando permanece inmóvil. En ambos casos el sonido viaja a través
del aire a 1.220 kilómetros por hora.[V]
Durante un tiempo, Einstein exploró la vía de la teoría de
emisión. Este enfoque resultaba especialmente atractivo si se concebía que la
luz se comportaba como un haz de cuantos. Y como ya hemos señalado en el
capítulo anterior, esta noción de los cuantos de luz era precisamente la que
había propugnado Einstein en marzo de 1905, justo cuando bregaba con su teoría
de la relatividad.[294]
Pero este enfoque planteaba problemas. Parecía implicar el abandono de las
ecuaciones de Maxwell y de la teoría ondulatoria. Si la velocidad de una onda
luminosa dependía de la velocidad de la fuente que la emitía, entonces la onda
luminosa debía codificar de algún modo esa información en sí misma. Pero los
experimentos y las ecuaciones de Maxwell indicaban que ese no era el caso.[295]
Einstein trató de encontrar la manera de modificar las ecuaciones de Maxwell
para que estas encajaran en una teoría de emisión, pero sus esfuerzos
resultaron frustrantes. «Esta teoría requiere que en todas partes y en cada
dirección fija sean posibles ondas luminosas con distinta velocidad de
propagación —recordaría más tarde—. Probablemente sea imposible establecer una
teoría electromagnética razonable capaz de tal hazaña».[296]
Además, los científicos no habían podido encontrar ninguna evidencia de que la
velocidad de la luz dependiera de la de su fuente. La luz procedente de
cualquiera de las estrellas parecía llegar a la Tierra a la misma velocidad.[297]
Cuanto más pensaba Einstein en una teoría de emisión, más problemas encontraba.
Como le explicaría a su amigo Paul Ehrenfest, era difícil calcular qué ocurría
cuando la luz de una fuente «en movimiento» era refractada o reflejada por una
pantalla en reposo. Asimismo, en una teoría de emisión, la luz procedente de
una fuente en movimiento acelerado podría acabar volviendo sobre sí misma.
De modo que Einstein rechazó la teoría de emisión para pasar a postular que la
velocidad de un rayo de luz era constante independientemente de lo rápido que
se moviera su fuente. «Llegué a la convicción de que toda luz debía definirse
solo por su frecuencia e intensidad, de manera completamente independiente de
si esta provenía de una fuente luminosa en movimiento o estacionaria», le diría
a Ehrenfest.[298]
Ahora Einstein tenía dos postulados: «el principio de relatividad» y este otro
nuevo, al que denominaba «postulado de la luz», y que definía meticulosamente:
«La luz se propaga siempre en el espacio vacío con una velocidad definida V que
es independiente del estado de movimiento del cuerpo que la emite».[299] Así, por ejemplo, si se mide la velocidad de la luz
procedente del faro delantero de un tren, esta será siempre una constante de
300.000 kilómetros por segundo, tanto si el tren corre hacia nosotros como si
retrocede alejándose de nosotros.
Por desgracia, este postulado de la luz parecía incompatible con el principio
de relatividad. ¿Por qué? Einstein emplearía posteriormente el siguiente
experimento mental para explicar este aparente dilema.
«Imaginemos —decía— que se proyecta un rayo de luz a lo largo del terraplén»
sobre el que discurre una vía férrea. Un hombre que estuviera de pie en el
terraplén y midiera la velocidad de la luz que pasa junto a él obtendría un
resultado de 300.000 kilómetros por segundo. Pero imaginemos ahora a una mujer
que viaja en un vagón de un tren muy veloz, que se aleja de la fuente de luz a
una velocidad de 2.000 kilómetros por segundo. Lógicamente supondríamos que la
mujer observaría que el rayo de luz que pasa a su lado viaja a solo 298.000
kilómetros por segundo. «La velocidad de propagación de un rayo de luz en
relación con el vagón de tren resulta, pues, menor», escribía Einstein.
«Pero este resultado entra en conflicto con el principio de relatividad —añadía
a continuación—, puesto que, al igual que todas las demás leyes generales de la
naturaleza, la ley de la transmisión de la luz, de acuerdo con el principio de
relatividad, debe ser la misma cuando el vagón de tren es el cuerpo de
referencia que cuando lo es el terraplén». En otras palabras, las ecuaciones de
Maxwell, que determinan la velocidad a la que se propaga la luz, deberían
actuar del mismo modo en el vagón en movimiento que en el terraplén. No debería
haber experimento alguno que uno pudiera hacer, incluida la medición de la
velocidad de la luz, que permitiera distinguir qué sistema inercial está «en
reposo» y cuál está moviéndose a velocidad constante.[300]
Este era un resultado extraño. Una mujer que corriera por la vía acercándose o
alejándose de la fuente de un rayo de luz debería ver pasar el rayo junto a
ella con la misma velocidad exacta con la que lo vería pasar junto a él un
observador que permaneciera inmóvil en el terraplén. La velocidad de la mujer
relativa al tren variaría en función de si corría hacia él o se alejaba de él.
Pero la velocidad relativa al rayo de luz procedente del faro delantero del
tren sería invariable. Todo esto —consideraba Einstein— hacía a los dos
postulados «aparentemente incompatibles». Cómo explicaría más adelante en una
conferencia acerca de cómo llegó hasta su teoría, «la constancia de la
velocidad de la luz no es coherente con la ley de la suma de velocidades. El
resultado de ello fue que necesité casi un año de pensamiento infructuoso».[301]
Combinado el postulado de la luz con el principio de relatividad, eso
significaba que un observador que midiera la velocidad de la luz obtendría el
mismo resultado si la fuente se movía hacia él o se alejaba de él, o si él se
movía hacia la fuente o se alejaba de ella, o ambas cosas, o ninguna de las
dos. La velocidad de la luz sería la misma cualesquiera que fueran los
movimientos tanto del observador como de la fuente.
Así es como estaban las cosas a principios de mayo de 1905. Einstein había
hecho suyo el principio de relatividad y lo había elevado a la categoría de
postulado. Luego, no sin cierta inquietud, había adoptado como postulado que la
velocidad de la luz era independiente del movimiento de su fuente. Y ahora le
daba vueltas al aparente dilema que planteaba el hecho de que un observador que
corriera por la vía hacia la luz vería al rayo dirigirse hacia él a la misma
velocidad que si corría en la dirección opuesta, alejándose de la luz; y
también con la misma velocidad que observaría en dicho rayo alguien que
permaneciera inmóvil en el terraplén.
«En vista de este dilema, no parece que pueda hacerse otra cosa que abandonar o
bien el principio de relatividad, o bien la sencilla ley de propagación de la
luz», escribió Einstein.[302]
Pero entonces ocurrió algo magnífico. Mientras charlaba con un amigo, Albert
Einstein dio uno de los saltos imaginativos más elegantes de toda la historia
de la física.
«El paso».
Hacía un hermoso día en Berna —según recordaría posteriormente él mismo— cuando
Einstein pasó por casa de su mejor amigo, Michele Besso, el brillante aunque
descentrado ingeniero al que había conocido cuando estudiaba en Zúrich y que
luego se había unido a él en la Oficina Suiza de Patentes. Muchos días iban
andando juntos al trabajo, y en aquella ocasión Einstein le habló a Besso del
dilema que le traía de cabeza.
—Voy a tener que dejarlo correr —le dijo Einstein en cierto momento.
Pero mientras hablaban —recordaría más tarde—, «de repente di con la clave del
problema». Al día siguiente, cuando se encontró con Besso, Einstein se hallaba
en estado de gran excitación. Saltándose el saludo, pasó a declarar de
inmediato:
—¡Gracias! He resuelto completamente el problema.[303]
Solo pasaron cinco semanas entre aquel momento de eureka y el día en que
Einstein envió el que sería su artículo más famoso: «Sobre la electrodinámica
de los cuerpos en movimiento». Este artículo no contenía citas de otras obras,
ni mención alguna a otros trabajos, ni tampoco agradecimientos, salvo la
encantadora alusión de la última frase: «Permítaseme señalar que mi amigo y
colega Michele Besso permaneció en todo momento a mi lado en mi trabajo sobre
el problema aquí tratado, y que estoy en deuda con él por varias sugerencias
valiosas».
¿Cuál fue, pues, la idea que se le ocurrió a Einstein mientras hablaba con
Besso? «Mi solución fue un análisis del concepto de tiempo —diría más tarde—.
El tiempo no puede definirse de manera absoluta, y existe una inseparable
relación entre tiempo y velocidad de la señal».
Más concretamente, la idea clave era que dos sucesos que parecen ser
simultáneos para un observador, no parecerán serlo para otro observador que se
mueva a gran velocidad. Y no hay forma alguna de afirmar que uno de los
observadores es quien está en lo cierto. En otras palabras, no hay forma alguna
de afirmar que los dos sucesos son realmente simultáneos.
Posteriormente, Einstein explicaría este concepto utilizando un experimento
mental con trenes en movimiento. Supongamos que caen dos relámpagos en el
terraplén de la vía del tren en dos lugares distintos, A y B. Si afirmamos que
ambos caen simultáneamente, ¿qué significa eso?
Einstein era consciente de que se necesitaba una definición operativa, una que
pudiera aplicarse en la práctica y que requiriera tener en cuenta la velocidad
de la luz. Y su respuesta fue que definiríamos los dos relámpagos como
simultáneos si permanecíamos inmóviles exactamente en el punto medio de la
distancia que los separaba y, en consecuencia, la luz procedente de cada uno de
ellos nos alcanzaba en el mismo momento exacto.
Pero imaginemos ahora cómo se observa el suceso desde un tren de pasajeros que
se desplace por la vía a gran velocidad. En un libro que Einstein escribió en
1916 para explicar esto a no científicos, utilizó el siguiente dibujo, en el
que la línea superior representa al prolongado tren:
Supongamos que en el instante exacto (desde la perspectiva de la
persona que está en el terraplén) en el que los relámpagos alcanzan los puntos
A y B, hay un pasajero situado justo en el punto medio del tren, M', que pasa
exactamente junto al observador situado en el punto medio de la vía, M. Si el
tren se hallara inmóvil en relación con el terraplén, el pasajero de dentro
vería el destello de los dos relámpagos simultáneamente, justo igual que el
observador del terraplén.
Pero si el tren se mueve hacia la derecha en relación con el terraplén, el
observador de dentro se acercará con rapidez hacia el punto B mientras viajan
las señales de luz. En consecuencia, cuando llegue la luz, él se hallará
ligeramente desplazado hacia la derecha; como resultado, verá la luz del
relámpago que cae en el punto B antes de ver la del que cae en
el punto A. Por lo tanto, afirmará que el relámpago de B ha caído antes que el
de A, y que ambos relámpagos no son simultáneos.
«Llegamos, pues, a un importante resultado: dos sucesos que son simultáneos con
referencia al terraplén no son simultáneos con referencia al tren», diría
Einstein. El principio de relatividad sostiene que no hay forma alguna de
afirmar que el terraplén se halla «en reposo» y el tren «en movimiento». Solo
podemos decir que cada uno de ellos se halla en movimiento con respecto al
otro. Así pues, no hay una respuesta «real» o «correcta». No hay forma alguna
de afirmar que dos sucesos cualesquiera son «absolutamente» o «realmente»
simultáneos.[304]
Esta es una idea sencilla, pero también radical. Significa que no hay un tiempo
absoluto. Lejos de ello, todo marco de referencia móvil tiene su propio
tiempo relativo. Aunque Einstein se abstendría de decir que aquel salto hubiera
sido tan auténticamente «revolucionario» como el que había dado con respecto a
los cuantos de luz, lo cierto es que de hecho vino a transformar la ciencia.
«Fue este un cambio en los propios fundamentos de la física, un cambio
inesperado y bastante radical que requirió todo el coraje de un joven y
revolucionario genio», señalaría Werner Heisenberg, quien posteriormente
contribuiría a un logro similar con su principio de incertidumbre cuántica.[305]
En su artículo de 1905, Einstein empleaba una vivida imagen, que podemos
imaginar que concibió mientras observaba los trenes que entraban en la estación
de Berna pasando junto a las hileras de relojes que se sincronizaban con el que
adornaba la famosa torre de la ciudad. «Nuestros juicios en los que interviene
el tiempo son siempre juicios de sucesos simultáneos —escribía—. Si, por
ejemplo, yo digo: “El tren llega aquí a las siete en punto”, eso significa algo
parecido a esto: “El momento en que la manecilla pequeña de mi reloj señala el
7 y la llegada del tren son sucesos simultáneos”». Una vez más, sin embargo,
dos observadores que se muevan a gran velocidad uno con respecto al otro
tendrán visiones distintas acerca de si dos sucesos distantes son o no simultáneos.
El concepto de tiempo absoluto —que alude a un tiempo que existe «en realidad»
y cuyo tictac avanza independientemente de cualquier observación que se haga de
él— había sido un pilar fundamental de la física ya desde que Newton lo
convirtiera en premisa de sus Principios doscientos dieciséis
años antes. Y lo mismo podía decirse del espacio y la distancia absolutos. «El
tiempo absoluto, verdadero y matemático, por sí mismo y por su propia
naturaleza, fluye uniformemente sin relación con nada externo —había escrito Newton,
en célebre frase, en el Libro 1 de sus Principios—. El espacio
absoluto, por su propia naturaleza, sin relación con nada externo, permanece
siempre semejante e inamovible».
Pero incluso el propio Newton parecía incómodo con el hecho de que esos
conceptos no pudieran observarse directamente. «El tiempo absoluto no es un
objeto de percepción», admitía. Y para salir del dilema, había de recurrir a la
presencia de Dios. «La Divinidad perdura para siempre y es omnipresente, y por
existir siempre y en todas partes, Él constituye la duración y el espacio».[306]
Ernst Mach, cuyos libros habían influido en Einstein y en sus colegas de la
Academia Olimpia, criticaba duramente la noción newtoniana de tiempo absoluto
tildándolo de «inútil concepto metafísico» que «no puede presentarse a la
experiencia». Newton —acusaba— «actuaba en contra de su intención declarada de
investigar solo hechos reales».[307]
Henri Poincaré señalaba también los puntos débiles del concepto newtoniano de
tiempo absoluto en su libro La ciencia y la hipótesis, otro de los
favoritos de la Academia Olimpia: «No solo no tenemos ninguna intuición directa
de la paridad de dos momentos —escribía—, sino que ni siquiera la tenemos de la
simultaneidad de dos sucesos que ocurren en dos lugares distintos».[308]
Parece, pues, que tanto Mach como Poincaré fueron especialmente útiles a la
hora de sentar las bases del gran avance de Einstein. Pero según diría él mismo
más tarde, le debió aún más al escepticismo que aprendió del filósofo escocés
David Hume frente a los constructos mentales que se alejaban de las
observaciones meramente factuales.
Dado el número de veces que emplea Einstein en sus artículos experimentos
mentales relacionados con trenes en movimiento y relojes distantes, también
parece lógico suponer que en la visualización y articulación de sus
pensamientos contó con la ayuda de los trenes que pasaban junto a la Torre del
Reloj de Berna y las hileras de relojes sincronizados del andén de la estación.
De hecho, hay un relato que retrata a Einstein hablando de la nueva teoría con
sus amigos al tiempo que señala (o al menos alude) a los relojes sincronizados
de Berna, así como al reloj, no sincronizado, visible en el campanario de la
vecina aldea de Muni.[309]
Peter Galison nos proporciona un estimulante estudio del espíritu tecnológico
del momento en su libro Relojes de Einstein, mapas de Poincaré. En
aquella época, la sincronización de relojes era un tema que flotaba en la
atmósfera. En 1890, Berna había inaugurado una red horaria urbana de relojes
sincronizados eléctricamente, y una década después, para cuando Einstein llegó
a la ciudad, encontrar el modo de hacer los relojes más precisos y de
sincronizarlos con los de otras ciudades se convirtió en una auténtica pasión
en Suiza.
Asimismo, la principal tarea de Einstein en la oficina de patentes, que
realizaba junto con Besso, consistía en evaluar dispositivos electromecánicos.
Ello incluía un auténtico diluvio de solicitudes de patentes para métodos de
sincronización de relojes empleando señales eléctricas. Entre 1901 y 1904,
señala Galison, se concedieron en Berna 28 de tales patentes.
Una de ellas, por ejemplo, se titulaba «Instalación con reloj central para
indicar la hora simultáneamente en varios lugares separados unos de otros».
Otra solicitud parecida llegó el 25 de abril, justo tres semanas antes de que
Einstein mantuviera su trascendental conversación con Besso; trataba de un
reloj con un péndulo controlado electromagnéticamente que podía sincronizarse
con otro reloj igual a través de una señal eléctrica. Lo que tenían en común
esas solicitudes de patentes es que todas empleaban señales que viajaban a la
velocidad de la luz.[310]
Deberíamos, no obstante, ser cautos para no sobrestimar el papel desempeñado
por el contexto tecnológico de la oficina de patentes. Aunque los relojes
forman parte de la descripción que hiciera Einstein de su teoría, esta trata
más bien de las dificultades que tienen los observadores en movimiento
relativo a la hora de emplear señales de luz para sincronizarlos, algo
que no importaba en absoluto a los solicitantes de las patentes.[311]
Sin embargo, es interesante señalar que los dos primeros apartados de su
artículo sobre la relatividad tratan casi íntegramente, de manera directa y con
vividos detalles prácticos (de forma muy distinta de los textos, pongamos por
caso, de Lorentz y Maxwell), de los dos fenómenos tecnológicos del mundo real
que mejor conocía. Einstein escribe sobre la generación de «comentes eléctricas
de la misma magnitud» debido a la «igualdad de movimiento relativo» de bobinas
e imanes, y el uso de «una señal luminosa» para asegurarse de que «dos relojes
son síncronos».
Como diría el propio Einstein, su época en la oficina de patentes «me alentó a
ver las ramificaciones físicas de los conceptos teóricos».[312] Y Alexander Moszkowski, que en 1921 publicó un libro
basándose en conversaciones con Einstein, señalaría que este creía que había
«un vínculo definitivo entre el conocimiento adquirido en la oficina de
patentes y los resultados teóricos».[313]
«Sobre la electrodinámica de los cuerpos en movimiento».
Veamos ahora cómo Einstein argumentó todo esto en el famoso artículo que se
recibió en los Annalen der Physik el 30 de junio de 1905. Pese
a su trascendental importancia, probablemente sea uno de los artículos más
entretenidos y agradables de toda la historia de la ciencia. La mayoría de sus
ideas se transmiten mediante palabras y vividos experimentos mentales, antes
que por medio de complejas ecuaciones. Ciertamente se emplea algo de
matemáticas, pero de un nivel comprensible para un buen estudiante de los
cursos superiores de secundaria. «Todo el artículo da testimonio del poder del
lenguaje sencillo para transmitir ideas profundas y poderosamente
perturbadoras», afirma el escritor científico Dennis Overbye.[314]
El artículo empieza con la «asimetría» representada por el hecho de que, si
bien un imán y una bobina inducen una corriente eléctrica basada solo en su
movimiento relativo, desde los días de Faraday había habido dos explicaciones
teóricas distintas para dicha corriente en función de si era el imán o la
bobina lo que estaba en movimiento.[315] «El fenómeno observable depende aquí únicamente del
movimiento relativo del conductor y el imán —escribe Einstein—, mientras que la
visión habitual establece una marcada distinción entre los dos casos según sea
uno u otro de esos cuerpos el que esté en movimiento».[316]
La distinción entre los dos casos se basaba en la creencia, que la mayoría de
los científicos sostenían todavía, de que existía algo así como un estado de
«reposo» con respecto al éter. Pero el ejemplo del imán y la bobina, junto con
todas las observaciones realizadas sobre la luz, «sugiere que el fenómeno de la
electrodinámica, como el de la mecánica, no posee propiedades que correspondan
a la idea del reposo absoluto». Esto lleva a Einstein a elevar «al rango de
postulado» el principio de relatividad, que sostiene que las leyes de la
dinámica y de la electrodinámica son las mismas en todos los sistemas de
referencia que se muevan a velocidad constante unos con respecto a otros.
Luego Einstein pasa a proponer el otro postulado en el que se basaba su teoría,
la constancia de la velocidad de la luz «independientemente del estado de
movimiento del cuerpo emisor». A continuación, de un plumazo y empleando el
término maravillosamente despreocupado de «superfluo», el rebelde examinador de
patentes rechaza el equivalente al saber acumulado de dos generaciones de dogma
científico: «La introducción de un “éter luminoso” se revelará superflua, ya
que la visión de lo aquí desarrollado no requerirá de un “espacio en reposo
absoluto”».
Empleando esos dos postulados, Einstein explicaba el gran paso conceptual que
había dado durante su conversación con Besso. «Dos sucesos que vistos desde un
sistema de coordenadas son simultáneos, ya no pueden considerarse sucesos
simultáneos cuando se contemplan desde un sistema que se halla en movimiento
con respecto al primero». En otras palabras, no existe la simultaneidad
absoluta.
En frases tan sencillas como seductoras, Einstein señalaba que el propio tiempo
solo puede definirse por referencia a sucesos simultáneos, como la manecilla de
un reloj que señala las siete y la llegada de un tren. La conclusión, evidente,
aunque no por ello menos asombrosa: dado que no existe la simultaneidad
absoluta, tampoco existe el tiempo «real» o absoluto. Como él mismo señalaría
más tarde: «No hay ningún tictac audible en ninguna parte del mundo que pueda
considerarse que es el tiempo».[317]
Además, esto significaba asimismo derribar el otro supuesto que hiciera Newton
al comienzo de sus Principios. Einstein señalaba que si el tiempo
es relativo, también el espacio y la distancia lo son: «Si el hombre del vagón
cubre la distancia w en una unidad de tiempo —medida
desde el tren—, entonces dicha distancia —medida desde el terraplén—
no será necesariamente igual a w».[318]
Einstein explicaba este hecho pidiéndonos que imaginásemos una vara que tiene
una determinada longitud si se mide cuando está estacionaria con respecto al
observador. Ahora imaginemos que la vara se halla en movimiento. ¿Cuánto
medirá?
Una forma de determinarlo consiste en moverse junto con la vara, a la misma
velocidad, y superponerle una cinta métrica. Pero ¿cuánto medirá la vara si la
mide alguien que no está en movimiento con ella? En ese caso,
una forma de medir la vara en movimiento sería determinar, basándose en una
serie de relojes estacionarios sincronizados, la situación exacta de cada uno
de sus extremos en un momento dado, y luego emplear una regla estacionaría para
medir la distancia entre esos dos puntos. Einstein demuestra que ambos métodos
producen resultados distintos.
¿Por qué? Pues porque los dos relojes estacionarios han sido sincronizados por
un observador también estacionario. Pero ¿qué ocurre si un observador que se
mueve a la misma velocidad que la vara trata de sincronizar esos relojes? Los
sincronizaría de manera distinta, puesto que tendría una percepción distinta de
la simultaneidad. Como diría Einstein: «Los observadores que se movieran junto
con la vara en movimiento encontrarían, pues, que los dos relojes no eran
síncronos, mientras que los observadores del sistema estacionario afirmarían
que sí lo eran».
Otra consecuencia de la relatividad especial es que una persona que permanezca
en el andén observará que el tiempo transcurre más lentamente en un tren que
pasa a gran velocidad. Imaginemos que en el tren hay un «reloj» formado por un
espejo colocado en el suelo y otro en el techo, y un rayo de luz que se refleja
arriba y abajo entre uno y otro. Desde la perspectiva de la mujer del tren, la
luz sube verticalmente y también baja verticalmente. Pero desde la perspectiva
del hombre que está inmóvil en el andén, parece que la luz parte de abajo pero
se mueve en diagonal para alcanzar el espejo del techo, que, mientras, ha
avanzado un poco hacia delante, y luego se refleja y desciende de nuevo en
diagonal hasta el espejo del suelo, que, por su parte, también ha avanzado un
poco hacia delante. Para ambos observadores, la velocidad de la luz es la misma
(ese es el gran supuesto de Einstein). El hombre del andén observa que la
distancia que la luz debe recorrer es más larga de la que observa la mujer del
tren. Así, desde la perspectiva del hombre del andén, el tiempo está
transcurriendo más lentamente dentro del tren en movimiento.[319]
Otra forma de describir esto es empleando el barco de Galileo. Imaginemos que
se proyecta un rayo de luz desde el extremo superior del mástil hasta la
cubierta. Para un observador que vaya en el barco, el rayo de luz recorrerá una
distancia exactamente igual a la longitud del mástil. Para un observador
situado en tierra, en cambio, el rayo de luz recorrerá una trayectoria igual a
la longitud del mástil más la distancia (¡es un barco rápido!
) que haya avanzado la nave durante el tiempo que ha tardado la luz en llegar
desde el extremo superior del mástil hasta su extremo inferior. Para ambos
observadores la velocidad de la luz es la misma; pero para el observador
situado en tierra, esta habrá recorrido una mayor distancia hasta alcanzar la
cubierta. En otras palabras, exactamente el mismo suceso (un rayo de luz
proyectado desde el extremo superior del mástil que alcanza la cubierta) tarda
más cuando lo observa una persona situada en tierra que cuando lo hace una
persona que viaja en el barco.[320]
Este fenómeno, denominado «dilatación del tiempo», lleva a la que se conoce
como la «paradoja de los gemelos». Si un hombre permanece en el andén mientras
su hermana gemela despega en una nave espacial que recorre grandes distancias a
una velocidad cercana a la de la luz, cuando regrese, ella será más joven que
él. Pero dado que el movimiento es relativo, esto parece plantear una paradoja:
la hermana que está en la nave espacial podría pensar que es su hermano, en la
Tierra, el que está realizando el viaje a gran velocidad, y al reunirse de
nuevo, ella esperaría observar que era él quien había envejecido menos.
¿Es posible que cada uno de ellos sea más joven que el otro? Obviamente no. El
fenómeno no funciona en ambos sentidos. Dado que la nave espacial no
viaja a velocidad constante, sino que, en cambio, tiene que dar la
vuelta, es el gemelo de la nave, y no el de la Tierra, el que envejecerá más
despacio.
El fenómeno de la dilatación del tiempo se ha confirmado experimentalmente,
incluso utilizando relojes testigo en aviones comerciales. Pero en nuestra vida
normal no tiene un impacto real dado que nuestro movimiento relativo a
cualquier otro observador no se acerca ni por asomo a la velocidad de la luz.
De hecho, si pasáramos prácticamente toda nuestra vida subidos a un avión, a
nuestro regreso habríamos envejecido solo unos 0,00005 segundos menos que
nuestro gemelo en tierra, un efecto que probablemente se vería más que
contrarrestado por haber pasado toda una vida alimentándonos a base de comida
de avión.[321]
La relatividad especial tiene muchas otras manifestaciones curiosas. Pensemos
de nuevo en el reloj de luz instalado en el tren. ¿Qué ocurre cuando el tren se
aproxima a la velocidad de la luz con relación a un observador del andén? El
rayo de luz del tren necesitaría casi una eternidad para reflejarse del suelo
al techo en movimiento y luego regresar de nuevo al suelo, también en
movimiento. En consecuencia, desde la perspectiva del observador del andén, el
tiempo en el tren casi se detendría.
Cuando un objeto se aproxima a la velocidad de la luz, su masa aparente también
aumenta. La ley de Newton de que la fuerza es igual a la masa por la
aceleración sigue vigente, pero dado que la masa aparente se incrementa, cada
vez más fuerza producirá cada vez menos aceleración. No hay forma alguna de
aplicar la fuerza suficiente para impulsar siquiera un guijarro a una velocidad
superior a la de la luz. Esta constituye el límite de velocidad definitivo del
universo, y según la teoría de Einstein, ninguna partícula ni unidad de
información puede ir más deprisa.
Con todo esto de que la distancia y la duración son relativas y dependen del
movimiento del observador, alguno puede sentirse tentado de preguntar:
entonces, ¿qué observador tiene «razón»? ¿Qué reloj muestra el tiempo
«realmente» transcurrido? ¿Qué longitud de la vara es la «real»? ¿Qué concepto
de simultaneidad es el «correcto»?
Según la teoría de la relatividad especial, todos los sistemas inerciales son
igualmente válidos. No es una cuestión de si las varas realmente se
encogen o de si el tiempo realmente se ralentiza; lo único que
sabemos es que los observadores en diferentes estados de movimiento obtendrán
resultados distintos en sus mediciones. Y ahora que nos hemos librado ya del
éter como «superfluo», no existe ningún marco de referencia «en reposo»
predeterminado que tenga preferencia sobre todos los demás.
Una de las explicaciones más claras que diera Einstein sobre lo que había
ideado era la que aparecía en una carta dirigida a Solovine, su colega de la Academia
Olimpia:
La teoría de la relatividad se puede esbozar en unas pocas
palabras. En contraste con el hecho, conocido desde tiempos antiguos, de que el
movimiento solo es percibible como movimiento relativo, la física se
basaba en la noción de movimiento absoluto. El estudio de las ondas
luminosas había supuesto que había un estado de movimiento, el del éter
portador de la luz, que era distinto de todos los demás. Se suponía que todos
los movimientos de cuerpos eran relativos al éter portador de la luz, que era
la encamación del reposo absoluto. Pero después de que los intentos de
descubrir el privilegiado estado de movimiento de este hipotético éter mediante
experimentos hubieran fracasado, parecía que había que replantear el problema.
Eso es lo que hizo la teoría de la relatividad. Esta suponía que no había
estados físicos de movimiento privilegiados y se preguntaba qué consecuencias
podían derivarse de ello.
La idea de Einstein, tal como se la explicaría a Solovine, era
que había que descartar cualquiera de los conceptos que «no tengan relación con
la experiencia», como los de «simultaneidad absoluta» y «velocidad absoluta».[322]
Es muy importante señalar, no obstante, que la teoría de la relatividad no
significa que «todo es relativo», en el sentido de que todo sea subjetivo.
Lejos de ello, implica que las mediciones del tiempo, incluyendo la duración y
la simultaneidad, pueden ser relativas, dependiendo del movimiento del
observador. Y lo mismo ocurre con las mediciones del espacio, como la distancia
y la longitud. Pero existe una unión de ambos, que denominamos
«espacio-tiempo», y que permanece invariable en todos los sistemas inerciales.
Del mismo modo, hay otras cosas, como la velocidad de la luz, que también
permanecen invariables.
De hecho, Einstein consideró brevemente la posibilidad de llamar a su creación
«teoría de la invariancia», pero el nombre no cuajó. En 1906 Max Planck
utilizaba el término de Relativtheorie, y en 1907, en la
correspondencia con su amigo Paul Ehrenfest, Einstein la denominaba Relativitätstheorie.
Una forma de entender que de lo que hablaba Einstein era de la invariancia,
lejos de declarar que todo fuera relativo, es pensar en cuán lejos viajaría un
rayo de luz en un período de tiempo dado. Esa distancia sería la velocidad de
la luz multiplicada por la cantidad de tiempo que viajaba. Si estuviésemos en
un andén observando cómo ocurría esto en un tren a gran velocidad, el tiempo
transcurrido nos parecería menor (el tiempo parece transcurrir más lentamente
en el tren en marcha) y la distancia nos parecería también menor (las reglas
parecen contraerse en el tren en marcha). Pero existe una relación entre ambas
cantidades —una relación entre las mediciones del espacio y el tiempo— que
permanece invariable cualquiera que sea nuestro marco de referencia.[323]
Otra forma más compleja de entenderlo es el método empleado por Hermann
Minkowski, el antiguo profesor de matemáticas de Einstein en el Politécnico de
Zúrich. Reflexionando sobre el trabajo de este último, Minkowski manifestaría
la expresión de asombro que a todo estudiante atormentado le gustaría suscitar
algún día entre sus condescendientes profesores: «Fue una tremenda sorpresa, ya
que en sus días de estudiante Einstein había sido un perro perezoso —le diría
al físico Max Born—. Jamás se había tomado la menor molestia por las
matemáticas».[324]
Minkowski decidió dotar la teoría de una estructura matemática formal. Su
enfoque fue el mismo que sugiriera el viajero del tiempo que aparece en la
primera página de la gran novela de H. G. Wells La máquina del tiempo,
publicada en 1895: «Hay en realidad cuatro dimensiones; tres que denominamos
los tres planos del espacio, y una cuarta, el tiempo». Minkowski convirtió
todos los sucesos en coordenadas matemáticas en cuatro dimensiones, con el
tiempo como cuarta dimensión. Ello permitía que se produjeran transformaciones,
pero las relaciones matemáticas entre los sucesos permanecían invariables.
Minkowski anunció teatralmente su nuevo enfoque matemático en una conferencia
pronunciada en 1908: «Las visiones del espacio y el tiempo que quisiera someter
a su consideración han brotado en el terreno de la física experimental, y ahí
radica su fuerza —declaró—. Son radicales. En lo sucesivo, el espacio por sí
solo y el tiempo por sí solo están condenados a convertirse en meras sombras, y
solo una especie de unión entre ambos preservará la realidad independiente».[325]
Einstein, que seguía sin ser un apasionado de las matemáticas, en cierto
momento calificó el trabajo de Minkowski de «erudición superflua», y añadió
bromeando: «Desde que los matemáticos se han apoderado de la teoría de la
relatividad, ni yo mismo la entiendo». Pero lo cierto es que Einstein llegaría
a admirar el trabajo de Minkowski y escribiría un apartado sobre él en su
popular libro de 1916 sobre la relatividad.
¡Qué maravillosa podría haber sido su colaboración! Pero el caso es que a
finales de 1908 Minkowski ingresó en el hospital fatalmente aquejado de una
peritonitis. Dice la leyenda que declaró: «¡Qué pena que tenga que morir en la
era del desarrollo de la relatividad!».[326]
Una vez más, vale la pena preguntarse por qué Einstein descubrió una nueva
teoría, y sus contemporáneos no. Tanto Lorentz como Poincaré habían concebido
ya muchos de los elementos de la teoría de Einstein. El segundo incluso llegó a
cuestionar el carácter absoluto del tiempo.
Pero ni Lorentz ni Poincaré dieron el gran salto: que no había necesidad de
postular un éter, que no había un reposo absoluto, que el tiempo era relativo
en fundón del movimiento de un observador, e igualmente el espacio. Ambos
hombres —explica el físico Kip Thorne—, «caminaban a tientas hada la misma
revisión de nuestras nociones de espacio y de tiempo que Einstein, pero ellos
andaban a tientas a través de una niebla de percepciones erróneas que les había
encasquetado la física newtoniana».
Einstein, en cambio, fue capaz de despojarse de dichos conceptos erróneos. «Su
convicción de que el universo ama la simplicidad y la belleza, y su voluntad de
dejarse guiar por esa convicción, aunque ello significara destruir los
fundamentos de la física newtoniana, le condujeron, con una claridad de
pensamiento que otros no pudieron igualar, hacia su nueva formulación del
espacio y el tiempo».[327]
Poincaré jamás estableció el vínculo entre la relatividad de la simultaneidad y
la relatividad del tiempo, y «se echó atrás cuando estaba a punto» de
comprender plenamente las ramificaciones de sus ideas sobre el tiempo local.
¿Por qué vaciló? Pese a sus interesantes ideas, también él era demasiado
tradicionalista en física para exhibir la vena de rebeldía que albergaba el
desconocido examinador de patentes.[328] «Cuando llegó el momento de dar el paso decisivo, le faltó
el valor y se aferró a los viejos hábitos de pensamiento y las ideas familiares
sobre el espacio y el tiempo —diría Banesh Hoffmann hablando de Poincaré—. Si
esto parece sorprendente, es porque subestimamos la osadía de Einstein a la
hora de afirmar el principio de relatividad como axioma y, manteniendo su fe en
él, cambiar nuestra noción del espacio y el tiempo».[329]
Una explicación clara de las limitaciones de Poincaré y la osadía de Einstein
es la que nos proporciona uno de los sucesores de este último como físico
teórico en el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, Freeman Dyson:
La diferencia esencial entre Poincaré y Einstein consistía en
que Poincaré era de temperamento conservador y Einstein, de temperamento
revolucionario. Cuando Poincaré buscó una nueva teoría del electromagnetismo,
trató de preservar todo lo que pudo de la vieja. Le gustaba el éter, y siguió
creyendo en él, a pesar de que su propia teoría demostraba que resultaba
inobservable. Su versión de la teoría de la relatividad era una especie de
mosaico de trozos superpuestos. La nueva idea del tiempo local, que dependía
del movimiento del observador, se superpuso al viejo marco del espacio y el
tiempo absolutos definidos por un éter rígido e inamovible. Einstein, por su
parte, veía el viejo marco como algo incómodo e innecesario, y estuvo encantado
de poder librarse de él. Su versión de la teoría era más simple y elegante. No
había espacio y tiempo absolutos, ni había éter. Todas las complicadas
explicaciones de las fuerzas eléctricas y magnéticas como tensiones elásticas
en el éter podían arrojarse al cubo de basura de la historia, junto con los
famosos viejos profesores que todavía creían en ellas.[330]
Como resultado, Poincaré expresó un principio de relatividad que
contenía ciertas similitudes con el de Einstein, pero que tenía con respecto a
él una diferencia fundamental: Poincaré mantenía la existencia del éter, y para
él la velocidad de la luz era constante únicamente cuando la medían quienes se
hallaban en reposo en ese supuesto marco de referencia del éter.[331]
Todavía más sorprendente, y revelador, es el hecho de que Lorentz y Poincaré
jamás fueran capaces de dar el salto de Einstein aun después de
haber leído su artículo. Lorentz siguió aferrándose a la existencia del éter y
a su marco de referencia «en reposo». En una conferencia pronunciada en 1913,
que más tarde reproduciría en su libro de 1920 El principio de
relatividad, afirmaba: «Según Einstein, no tiene sentido hablar de un
movimiento relativo al éter. Asimismo, niega la existencia de la simultaneidad
absoluta. En lo que respecta a este conferenciante, encuentro cierta
satisfacción en las interpretaciones más antiguas, según las cuales el éter
posee al menos algo de realidad, se puede distinguir netamente entre espacio y
tiempo, y se puede hablar de simultaneidad sin más añadidos».[332]
Por su parte, parece que Poincaré jamás llegó a comprender plenamente el gran
avance de Einstein. Todavía en 1909 seguía insistiendo en que la teoría de la
relatividad requería un tercer postulado, que era el de que «un cuerpo en
movimiento sufre una deformación en la dirección en la que se desplaza». En
realidad, la contracción de la vara no es, como mostrara Einstein, una
hipótesis independiente relativa a una deformación real, sino más bien la
consecuencia de aceptar la teoría de la relatividad einsteiniana.
Hasta su muerte, en 1912, Poincaré jamás renunciaría del todo al concepto de
éter o a la noción de reposo absoluto. Lejos de ello, aludiría a su adopción
del «principio de relatividad según Lorentz». En ningún momento entendió o
aceptó plenamente las bases de la teoría de Einstein. «Poincaré mantuvo
firmemente su postura de que en el mundo de las percepciones existía una
simultaneidad que tenía un carácter absoluto», señala el historiador de la
ciencia Arthur I. Miller.[333]
La compañera
«¡Qué feliz y orgulloso me sentiré cuando los dos juntos hayamos llevado a
término nuestro trabajo sobre el movimiento relativo!», le había escrito
Einstein a su amante Mileva Maric en 1901.[334] Ahora ese trabajo se había llevado a término, y Einstein
estaba tan exhausto al acabar un borrador en junio, que «su cuerpo se resintió
y tuvo que estar dos semanas en cama», mientras Maric «revisaba el artículo una
y otra vez».[335]
Luego ambos hicieron algo poco habitual, lo celebraron juntos. En cuanto él
hubo terminado los cuatro artículos que había prometido en su memorable carta a
Conrad Habicht, le envió otra misiva a su viejo colega de la Academia Olimpia,
esta vez una postal firmada también por su esposa. Decía únicamente: «Los dos
estamos, ¡ay!, borrachos perdidos debajo de la mesa».[336]
Todo esto plantea una cuestión más sutil y polémica que las suscitadas por la
influencia de Lorentz y Poincaré: ¿cuál fue el papel de Mileva Maric?
Aquel mes de agosto, los dos se fueron juntos de vacaciones a Serbia para
visitar a la familia y los amigos de ella. Mientras estuvo allí, Maric se
mostró tan orgullosa como dispuesta a aceptar parte del mérito. «No hace mucho
hemos terminado un trabajo muy importante que hará a mi marido mundialmente
famoso», le dijo a su padre, según afirmarían sus allegados. Su relación
parecía haberse recuperado por el momento, y Einstein elogiaba con satisfacción
la ayuda de su esposa. «Necesito a mi esposa —les diría a los amigos de ella en
Serbia—. Ella es la que me resuelve todos los problemas matemáticos».[337]
Hay quien ha afirmado que Marie colaboró de igual a igual con Einstein, e
incluso circuló la noticia, hoy desacreditada,[338] de que hubo un primer borrador del artículo sobre la
relatividad que llevaba también la firma de ella. En un congreso celebrado en
1990 en Nueva Orleans, la Asociación Estadounidense para el Progreso de la
Ciencia reunió a un grupo de expertos sobre esta cuestión, en el que Evan
Walker, un físico e investigador del cáncer de Maryland, se enfrentó a John
Stachel, director del Einstein Papers Project. Walker presentó las diversas
cartas en las que se hacía alusión a «nuestro trabajo», y Stachel replicó que tales
frases eran claramente una cortesía romántica y que no había «evidencia alguna
de que ella contribuyera con ideas propias».
La controversia, comprensiblemente, fascinó tanto a los científicos como a la
prensa. La columnista Ellen Goodman escribió un irónico comentario en el Boston
Globe, donde exponía juiciosamente las evidencias, mientras que The
Economistpublicaba una noticia que llevaba por titular «La relativa
importancia del señor Einstein». En 1994 se celebró otro congreso en la
Universidad de Novi Sad, cuyo organizador, Rastko Maglic, sostenía que había
llegado el momento de «destacar el mérito de Mileva para asegurarle el lugar
que se merece en la historia de la ciencia». La polémica culminó en un
documental emitido en 2003 por la televisión pública estadounidense, y
titulado La esposa de Einstein, que en general se mostraba bastante
equilibrado, aunque daba un inmerecido crédito a la versión de que el nombre de
Mileva Maric aparecía en el manuscrito original.[339]
Todas las evidencias indican que Maric actuó meramente como caja de resonancia,
aunque tampoco fue tan importante en ese papel como Besso. También ayudó a
comprobar la parte matemática, pero no hay evidencia alguna de que ninguno de
los conceptos matemáticos se le ocurriera a ella. Asimismo, fue ella la que dio
aliento a Einstein y la que (cuando los tiempos fueron difíciles) le soportó.
Tanto por hacer más pintoresca la historia como por las resonancias emocionales
que ello tendría, no cabe duda de que resultaría tentador poder llegar más
lejos en esta cuestión. Pero, por desgracia, debemos seguir un camino menos
emocionante, que es el de limitarse a las evidencias. Ninguna de sus numerosas
cartas, entre ellos o dirigidas a sus amigos, menciona un solo ejemplo de una
idea o concepto creativo relacionado con la relatividad que procediera de
Maric.
Tampoco ella afirmó en ningún momento —ni siquiera ante su familia y amigos
íntimos cuando se iniciaba su amargo divorcio— que hubiera hecho ninguna
aportación sustantiva a las teorías de Einstein. El hijo de ambos, Hans Albert,
que permaneció fiel a ella y vivió con ella durante el divorcio, daría su
propia versión, que luego se publicaría en un libro de Peter Michelmore, y que
parece reflejar lo que Marie le dijo a su hijo: «Mileva le ayudó a resolver
ciertos problemas matemáticos, pero nadie podía ayudarle con el trabajo
creativo, con el flujo de ideas».[340]
No hay, de hecho, necesidad alguna de exagerar las contribuciones de Marie para
admirarla, honrarla y simpatizar con ella como pionera. Pero atribuirle más
mérito del que ella misma se atribuyó nunca —afirma el historiador de la
ciencia Gerald Holton— «no hace sino empañar tanto su auténtico y significativo
lugar en la historia como la trágica frustración de sus primeras esperanzas y
promesas».
e = mc2, La coda de septiembre de 1905
Einstein admiraba el ánimo y el coraje de aquella física llena de vida que
había surgido de una tierra en la que en general no se permitía a las mujeres
dedicarse a tal menester. Hoy en día, cuando los mismos problemas todavía se
mantienen vigentes después de un siglo, es el coraje que mostró Marie al
incorporarse y competir en un mundo dominado por los hombres, como era el de la
física y las matemáticas, lo que debería hacerle ocupar un lugar admirable en
los anales de la historia de la ciencia. Es algo que merece de sobra sin
necesidad de exagerar la importancia de su aportación a la teoría de la
relatividad especial.[341]
Einstein había levantado el telón de su año milagroso en la carta a su
compañero de la Academia Olimpia Conrad Habicht, y luego había celebrado la
culminación con su «ebria» postal de una sola frase también dirigida a él. En
septiembre, Einstein le escribió otra carta más a Habicht, esta vez tratando de
convencerle de que fuera a trabajar con él en la oficina de patentes. La
reputación de lobo solitario de Einstein era en cierto modo artificial: «Quizá
sería posible meterte de extranjis entre los esclavos de las patentes —le
decía—. Probablemente lo encontrarías relativamente agradable. ¿De verdad
estarías preparado y dispuesto a venir? Ten en cuenta que, aparte de las ocho
horas de trabajo, cada día tiene otras ocho horas para perder el tiempo, y
luego está también el domingo. Me gustaría que estuvieras aquí».
Como hiciera en su carta de seis meses antes, Einstein pasaba luego a revelar
bastante de pasada un importante avance científico; un avance que se expresaría
mediante la ecuación más famosa de toda la historia de la ciencia:
Ha pasado por mi mente una consecuencia más del artículo sobre
electrodinámica. A saber: el principio de relatividad, junto con las ecuaciones
de Maxwell, requieren que la masa sea una medida directa de la energía
contenida en un cuerpo. La luz transporta masa consigo. En el caso del radio,
debería haber una reducción de masa observable. La idea es divertida y
seductora; pero por lo que yo sé, el buen Dios podría estar riéndose de todo
esto y podría muy bien haberme tomado el pelo.[342]
Einstein desarrolló la idea con hermosa simplicidad. El artículo
que se recibió de él en los Annalen der Physik el 27 de
septiembre de 1905, «¿Depende la inercia de un cuerpo de su contenido de
energía?», implicaba solo tres pasos y llenaba únicamente tres páginas.
Refiriéndose a su artículo sobre la relatividad especial, Einstein declaraba:
«Los resultados de una investigación electrodinámica recientemente publicada
por mí en esta revista llevan a una conclusión muy interesante, que aquí se
deducirá».[343]
Una vez más, deducía una teoría a partir de principios y postulados, y no
tratando de explicar los datos empíricos que los físicos experimentales,
estudiando los rayos catódicos, habían empezado a recopilar sobre la relación
entre la masa y la velocidad de las partículas. Uniendo la teoría de Maxwell a
la de la relatividad, Einstein empezaba —como era de esperar— con un
experimento mental. Calculaba las propiedades de dos pulsos luminosos emitidos
en direcciones opuestas por un cuerpo en reposo. Luego calculaba las
propiedades de esos pulsos luminosos cuando se observaban desde un marco de
referencia en movimiento. A partir de ahí deducía las ecuaciones que expresaban
la relación entre velocidad y masa.
El resultado era una elegante conclusión: masa y energía son manifestaciones
diferentes de una misma cosa. Ambas son fundamentalmente intercambiables. Como
él mismo decía en su artículo: «La masa de un cuerpo es una medida de su
contenido de energía».
La fórmula que utilizaba para representar esa relación resultaba también
asombrosamente simple. «Si un cuerpo emite la energía L en forma de radiación,
su masa disminuye en L/V2». O bien, para expresar la
misma ecuación de forma distinta: L = mV2. Einstein
utilizó la letra L para representar la energía hasta 1912, cuando la tachó en
un manuscrito y la reemplazó por el símbolo E, que era más común. También
empleó V para representar la velocidad de la luz antes de
pasar a utilizar el símbolo más común, c. Así, representada
mediante los símbolos que pronto se convertirían en el estándar, Einstein había
ideado su memorable ecuación:
E = mc2
La energía es igual a la masa multiplicada por el cuadrado de la
velocidad de la luz. Obviamente, la velocidad de la luz ya es una cifra enorme,
y su cuadrado resulta casi inconcebiblemente mayor. De ahí que una diminuta
cantidad de materia, si se convierte completamente en energía, genere una
fuerza enorme. Un kilogramo de masa, por ejemplo, se convertiría
aproximadamente en 25.000 millones de kilovatios hora de electricidad. O
expresado de una manera más gráfica: la energía contenida en la masa de una uva
pasa podría satisfacer casi todas las necesidades energéticas de la ciudad de
Nueva York durante un día entero.[344]
Como de costumbre, Einstein terminaba proponiendo métodos experimentales para
confirmar la teoría que acababa de deducir. «Quizá sea posible —escribía—
comprobar esta teoría empleando cuerpos cuyo contenido de energía sea variable
en alto grado, como, por ejemplo, sales de radio».
Capítulo 7
La idea más feliz
1906-1909
Contenido:
·
El reconocimiento
·
La equivalencia de
gravedad y aceleración
·
Profesor universitario
·
La luz puede ser onda y
partícula
El reconocimiento
El brote de creatividad de Einstein en 1905 resultó asombroso. Había concebido
una revolucionaria teoría cuántica de la luz, había contribuido a probar la
existencia de los átomos, había explicado el movimiento browniano, había
cambiado el concepto de espacio y tiempo, y había ideado la que se convertiría
en la ecuación más conocida de la historia de la ciencia. Pero al principio no
pareció haber mucha gente que fuera consciente de ello. Según su hermana,
Einstein había esperado que su avalancha de ensayos publicados en una destacada
revista le sacarían de la oscuridad del puesto de un funcionario de patentes de
tercera clase y le harían acreedor a cierto reconocimiento académico, y quizá
incluso a un puesto en el ámbito académico. «Pero se sintió amargamente
decepcionado —señalaba—. A la publicación solo le siguió un gélido silencio».[345]
Eso no era del todo cierto. Hubo un pequeño pero respetable grupo de físicos
que no tardaron en tomar nota de los artículos de Einstein, y este tuvo la
buena fortuna de que uno de ellos resultara ser el más importante de todos los
posibles admiradores que habría podido tener, Max Planck, el reverenciado
soberano europeo de la física teórica, cuya misteriosa constante matemática
para explicar la radiación del cuerpo negro había transformado Einstein en una
radical y nueva realidad de la naturaleza. Como miembro del consejo editorial
de los Annalen derPhysik responsable de los artículos
teóricos, Planck había examinado los trabajos de Einstein, y el de la
relatividad «de inmediato me había llamado vivamente la atención», según
recordaría más tarde. En cuanto se publicó, Planck dio una conferencia sobre
relatividad en la Universidad de Berlin.[346]
Planck se convirtió en el primer físico que incorporó la teoría de Einstein. En
un artículo publicado en 1906, sostenía que la relatividad se ajustaba al
principio de mínima acción, un fundamento de la física que afirma que la luz, o
cualquier objeto que se mueva entre dos puntos, debe seguir el camino más
fácil.[347]
El artículo de Planck no solo contribuyó al desarrollo de la teoría de la
relatividad, también ayudó a legitimarla entre otros físicos. Cualquier
decepción que Maja Einstein pudiera haber detectado en su hermano se disipó.
«Mis artículos son mucho más apreciados y están dando lugar a nuevas
investigaciones —le diría Einstein, exultante, a Solovine—. Recientemente el
profesor Planck me ha escrito hablándome de ello».[348]
El orgulloso funcionario de patentes no tardaría en intercambiar
correspondencia con el eminente profesor. Cuando otro teórico cuestionó la
afirmación de Planck de que la teoría de la relatividad se ajustaba al
principio de mínima acción, Einstein tomó partido en defensa de aquel y le
envió una postal diciéndoselo. Planck se sintió satisfecho. «Mientras los
partidarios del principio de relatividad constituyan un grupo tan reducido y
modesto como es actualmente el caso —le respondió a Einstein—, resulta doblemente
importante que haya acuerdo entre ellos». Y añadía que esperaba ir a Berna al
año siguiente y conocer a Einstein personalmente.[349]
Planck no llegó a ir a Berna, pero sí envió allí a su principal ayudante, Max
Laue.[VI] Einstein y él habían intercambiado ya correspondencia con
respecto al artículo del primero sobre los cuantos de luz, en la que Laue decía
que compartía «su visión heurística de que la radiación solo se puede absorber
y emitir en cuantos finitos concretos».
Sin embargo —insistía Laue, tal como había hecho Planck—, Einstein se
equivocaba al suponer que esos cuantos eran una característica de la propia
radiación. En lugar de ello, Laue sostenía que los cuantos constituían
meramente una descripción del modo en que la radiación era emitida o absorbida
por un trozo de materia. «Esta no es una característica de los procesos
electromagnéticos en un vacío, sino más bien de la materia emisora o absorbente
—escribía Laue—, y por lo tanto la radiación no consiste en cuantos de luz como
se dice en el sexto apartado de su primer artículo»[350] (en dicho apartado, Einstein había escrito que la
radiación «se comporta termodinámicamente como si consistiera en cuantos de
energía mutuamente independientes»).
Cuando Laue preparaba su visita, en el verano de 1907, se sorprendió al
descubrir que Einstein no estaba en la Universidad de Berna, sino que trabajaba
en la oficina de patentes, en el tercer piso del edificio de Correos y
Telégrafos. Conocer a Einstein no menguó en nada su asombro. «El joven que
había venido a recibirme me causó una impresión tan inesperada que yo no creía
posible que él fuera el padre de la teoría de la relatividad —diría Laue—, de
modo que dejé que pasara de largo». Al cabo de un rato, Einstein reapareció de
nuevo en la sala de espera, y finalmente Laue se dio cuenta de quién era.
Estuvieron paseando y hablando durante horas; en un momento dado, Einstein le
ofreció a Laue un cigarro que, según recuerda este, «era tan desagradable que
“accidentalmente” lo dejé caer al río». Las teorías de Einstein, en cambio, le
produjeron una agradable impresión. «Durante las primeras dos horas de nuestra
conversación echó abajo toda la mecánica y la electrodinámica», señalaría Laue,
quien de hecho quedó tan cautivado que durante los cuatro años siguientes
publicaría ocho artículos sobre la teoría de la relatividad de Einstein, de
quien se convertiría también en íntimo amigo.[351]
Algunos teóricos encontraron la asombrosa avalancha de artículos del
funcionario de la oficina de patentes incómodamente abstracta. Arnold
Sommerfeld, que más tarde se haría amigo de Einstein, fue uno de los primeros
en sugerir que su enfoque teórico tenía algo de judío, un tema del que
posteriormente se harían eco los antisemitas. Carecía del debido respeto a la
idea de orden y de absoluto, y no parecía sólidamente fundamentado. «Por
remarcables que sean los artículos de Einstein —le escribiría a Lorentz en
1907—, me sigue pareciendo que hay algo casi insano en este dogma imposible de
interpretar y de visualizar. Un inglés difícilmente nos habría dado esta
teoría. Podría ser muy bien que también aquí, como en el caso de Cohn, se
expresara el carácter conceptual abstracto del semita».[352]
Todo este interés no sirvió para dar fama a Einstein, como tampoco le dio
ninguna oferta de trabajo. «Me sorprendió leer que debe permanecer usted ocho
horas al día sentado en un despacho —le escribía otro joven físico que tenía la
intención de visitarle—. La historia está llena de bromas pesadas».[353] Sin embargo, gracias a que finalmente había conseguido su
doctorado, al menos Einstein había sido ascendido en la oficina de patentes de
experto técnico de segunda a experto técnico de primera clase, lo que
comportaba un considerable aumento de 1.000 francos, con lo que su salario
anual pasaba a ser ahora de 4.500.[354]
Su productividad era asombrosa. Además de trabajar seis días a la semana en la
oficina de patentes, proseguía su torrente de artículos y revisiones: seis en
1906 y otros diez en 1907. Al menos una vez a la semana tocaba en un cuarteto
de cuerda. Y además era un buen padre para su hijo de tres años al que
calificaba orgullosamente de «impertinente». Como escribía Maric a su amiga
Helene Savic: «Mi marido a menudo pasa su tiempo libre en casa jugando con el
niño».[355]
A partir del verano de 1907, Einstein también encontró tiempo para hacer sus
pinitos en lo que podría haber derivado, si los hados se hubiesen mostrado más
traviesos, en una nueva trayectoria profesional: la de inventor y vendedor de
dispositivos eléctricos, como su padre y su tío. En colaboración con Conrad
Habicht —su colega de la Academia Olimpia— y su hermano Paul, Einstein
desarrolló una máquina que amplificaba las cargas eléctricas muy pequeñas a fin
de que pudieran medirse y estudiarse. El mecanismo tenía un objetivo más
académico que práctico; la idea era crear un dispositivo de laboratorio que
permitiera el estudio de pequeñas fluctuaciones eléctricas.
El concepto era sencillo. Cuando dos tiras de metal se mueven estando muy
próximas entre sí, una carga eléctrica en una de ellas inducirá una carga
opuesta en la otra. La idea de Einstein era emplear una serie de tiras que
indujeran la carga diez veces y luego la transfirieran a otro disco. El proceso
se repetiría hasta que la minúscula carga original se multiplicara un gran
número de veces y, por tanto, resultara fácilmente mensurable. El truco estaba
en que el artefacto funcionara realmente.[356]
Dados sus antecedentes familiares, su educación y los años transcurridos en la
oficina de patentes, Einstein tenía el contexto adecuado para convertirse en un
genio de la ingeniería. Pero resultó que estaba más capacitado para teorizar.
Por fortuna, Paul Habicht era un hábil constructor, y en agosto de 1907 tenía
ya un prototipo de la Maschinchen, o «maquinita», listo para ser
exhibido. «Estoy asombrado por la vertiginosa velocidad con la que has
construido la Maschinchen—escribiría Einstein—. El domingo la
presentaré». Por desgracia, la máquina no funcionó. «Siento una mortal curiosidad
por saber en qué andáis metidos», escribiría Einstein un mes más tarde,
mientras trataban de arreglarla.
Durante todo el año 1908 hubo un montón de cartas de ida y vuelta entre
Einstein y los Habicht, llenas de complejos diagramas y de un torrente de ideas
para hacer funcionar el dispositivo. Einstein publicó una descripción en una
revista, lo que produjo temporalmente un potencial patrocinador. En octubre,
Paul Habicht pudo construir una versión mejorada, pero la máquina tenía
problemas para mantener la carga. Entonces la llevó a Berna, donde Einstein se
apropió del laboratorio de una de las escuelas y presionó a un mecánico local
para que trabajara en ella. En noviembre la máquina parecía funcionar. Hizo
falta otro año más o menos para obtener la patente y empezar a fabricar algunas
versiones para su venta. Pero ni siquiera entonces el invento cuajó ni encontró
un mercado, y a la larga Einstein acabó perdiendo todo interés en él.[357]
Puede que esas proezas prácticas resultaran divertidas, pero lo cierto es que
el glorioso aislamiento de Einstein del estamento sacerdotal de los físicos
académicos estaba empezando a comportarle más contratiempos que ventajas. En un
artículo que escribió en la primavera de 1907, empezaba irradiando una alegre
confianza en sí mismo por el hecho de no tener ni la biblioteca ni la
inclinación necesarias para conocer lo que habían escrito otros teóricos sobre
el tema. «Otros autores podrían haber clarificado ya parte de lo que voy a
decir —escribía—. Creo que puedo prescindir de hacer una búsqueda bibliográfica
(que habría resultado muy problemática para mí), especialmente teniendo en
cuenta que existen buenas razones para esperar que otros llenen esa laguna».
Sin embargo, cuando a finales de aquel mismo año le pidieron que escribiera un
artículo sobre la relatividad para un importante anuario, había menos
petulancia en su advertencia al editor de que podría no estar al comente de
toda la bibliografía al respecto: «Por desgracia, no estoy en situación de
familiarizarme con todo lo que se ha publicado sobre el tema —escribía—, ya que
en mis horas libres la biblioteca está cerrada».[358]
Aquel año solicitó un puesto en la Universidad de Berna como privatdozent,
un peldaño inicial del escalafón académico, que comportaba dar clases y cobrar
una pequeña tarifa de cualquiera que se le antojara aparecer por allí. Para
llegar a convertirse en profesor en la mayoría de las universidades europeas,
resultaba útil la ayuda de este aprendizaje. Con su solicitud, Einstein incluyó
diecisiete artículos que había publicado, entre ellos los de la relatividad y
los cuantos de luz. También tenía que incluir un trabajo inédito, lo que se
conocía como «tesis de habilitación», pero decidió no tomarse la molestia de
escribir uno, ya que en ocasiones se dispensaba de ese requisito a quienes
poseían «otros logros destacados».
Solo un profesor del claustro respaldó la idea de contratarle sin exigirle que
escribiera una nueva tesis, «en vista de los importantes logros científicos de
Herr Einstein». Pero los demás se mostraron en desacuerdo, y no se le dispensó
del requisito. Como era de esperar, Einstein encontró el asunto «divertido», y
ni escribió la tesis de habilitación ni obtuvo el puesto.[359]
La equivalencia de gravedad y aceleración
El camino de Einstein hacia la teoría de la relatividad general se inició en
noviembre de 1907, cuando luchaba con la fecha límite que tenía para terminar
un artículo destinado a un anuario científico en el que explicaría su teoría de
la relatividad especial. Había dos limitaciones de dicha teoría que seguían
molestándole: que se aplicara solo al movimiento uniforme y a velocidad
constante (las cosas se percibían y se comportaban de otro modo si la velocidad
o la dirección del observador cambiaba), y que no incorporara la teoría de la
gravitación de Newton.
«Estaba sentado en una silla en la oficina de patentes de Berna cuando de
repente se me ocurrió una idea —recordaría—. Si una persona cae libremente, no
sentirá su propio peso». Aquel descubrimiento, que le «sobresaltó», le lanzaría
a un arduo esfuerzo de ocho años para generalizar su teoría de la relatividad
especial, y «me impulsó hacia una teoría de la gravitación».[360] Más tarde, la calificaría grandilocuentemente como «la
idea más feliz[VII] de mi vida».[361]
La historia del hombre que cae se ha convertido en todo un símbolo, y en
algunas versiones incluso se relaciona con un pintor que se cayó del tejado de
un bloque de pisos situado cerca de la oficina de patentes.[362] De hecho, probablemente como las otras grandes historias
de descubrimientos gravitatorios —Galileo tirando objetos desde la Torre de
Pisa o la manzana que le cae a Newton en la cabeza—,[363] esta ha sido embellecida por la tradición popular, y
seguramente fue más un experimento mental que un suceso real. Pese a la
predisposición de Einstein a centrarse en la ciencia antes que en lo meramente
personal, no es probable que ni siquiera él, al ver a un ser humano real
cayendo desde un tejado, se pusiera a pensar en la teoría gravitatoria, y mucho
menos que lo considerara la idea más feliz de su vida.
Einstein perfeccionó su experimento mental de modo que el hombre que caía
estuviera dentro de una cámara cerrada, como, por ejemplo, un ascensor en caída
libre sobre la Tierra. En esa cámara que cae (al menos hasta el momento del
choque), el hombre se sentiría ingrávido. Cualquiera de los objetos que se
saque de los bolsillos y los deje ir quedará flotando junto a él.
Viéndolo de otro modo, Einstein imaginó a un hombre en una cámara cerrada
flotando en las profundidades del espacio «lejos de las estrellas y de otras
masas apreciables». Este experimentaría la misma sensación de ingravidez. «La
gravitación no existe naturalmente para este observador. Tendrá que atarse con
cuerdas al suelo, ya que, de lo contrario, el más ligero impacto contra el
suelo le hará elevarse lentamente hacia el techo».
Luego Einstein imaginó que se enganchaba una soga en el techo de la cámara y se
tiraba de ella con una fuerza constante. «La cámara junto con el observador
empezarán a moverse “hacia arriba” con un movimiento uniformemente acelerado».
El hombre de dentro se sentirá apretado contra el suelo. «Estará de pie en el
cajón exactamente del mismo modo que lo está cualquiera en una habitación de
una casa de nuestra Tierra». Si se saca algo del bolsillo y lo deja ir, se
caerá al suelo «con un movimiento relativo acelerado» que es el mismo con
independencia del peso del objeto, exactamente como Galileo había descubierto
que sucedía en el caso de la gravedad. «El hombre de la cámara llegará a la
conclusión, pues, de que él y el cajón están en un campo gravitatorio.
Obviamente se sentirá desconcertado durante un momento preguntándose por qué el
cajón no cae en ese campo gravitatorio. Justo entonces, sin embargo, descubre
el gancho en mitad de la tapa del cajón y la soga enganchada a él y,
consecuentemente, llega a la conclusión de que la cámara se halla suspendida en
reposo en el campo gravitatorio».
«¿Debemos sonreír ante este hombre y decirle que su conclusión es errónea?», se
preguntaba Einstein. Como ocurriera con la relatividad especial, no había una
percepción correcta y una equivocada. «Debemos más bien admitir que su modo de captar
la situación no viola ni la razón ni las leyes mecánicas conocidas».[364]
Einstein abordaba esta misma cuestión de otra forma, que resultaba
característica de su ingenio, examinando un fenómeno que fuera tan conocido que
raramente desconcertara a los científicos. Todo objeto posee una «masa
gravitatoria», que determina su peso en la superficie de la Tierra o, de modo
más general, la atracción existente entre él y cualquier otro objeto. También
posee una «masa inerte», que determina cuánta fuerza debe aplicársele para
hacer que se acelere. Como señalara Newton, la masa inerte de un objeto es
siempre la misma que su masa gravitatoria a pesar de que ambas se definan de
manera distinta. Obviamente, se trataba de algo más que una mera coincidencia,
pero nadie había sabido explicar plenamente por qué.
Einstein, incómodo ante el hecho de que hubiera dos explicaciones para lo que
parecía ser un único fenómeno, sondeó la equivalencia entre masa inerte y masa
gravitatoria por medio de un experimento mental. Si imaginamos que el ascensor
cerrado está siendo acelerado hacia arriba en una región del espacio exterior
en la que no hay gravedad, entonces la fuerza hacia abajo que siente el hombre
que va dentro (o la fuerza que tira hacia abajo de un objeto suspendido del
techo por una cuerda) se debe a la masa inerte. Si en cambio
imaginamos que el ascensor cerrado está en reposo en un campo gravitatorio,
entonces la fuerza hacia abajo que siente el hombre que va dentro (o la fuerza
que tira hacia abajo de un objeto suspendido del techo por una cuerda) se debe
a la masa gravitatoria. Pero la masa inerte equivale siempre a la
masa gravitatoria. «De esta correspondencia —decía Einstein— se deduce que
resulta imposible descubrir mediante un experimento si un sistema de
coordenadas dado está acelerado, o si… los efectos observados se deben a un
campo gravitatorio».[365]
Einstein lo denominó el «principio de equivalencia»,[366] que afirma que los efectos locales de la gravedad y de la
aceleración son equivalentes. Este se convertiría en el fundamento de su
tentativa de generalizar la teoría de la relatividad, de modo que esta no se
limitara únicamente a los sistemas que se mueven con velocidad uniforme. La
idea básica que desarrollaría a lo largo de los ocho años siguientes sería que
«los efectos que atribuimos a la gravedad y los efectos que atribuimos a la
aceleración están producidos por una sola y única estructura».[367]
El camino de Einstein hacia la relatividad general mostraba de nuevo cómo
tendía a funcionar su mente:
1. Se sentía incómodo por el hecho de que hubiera dos teorías
aparentemente independientes para el mismo fenómeno observable. Ese había sido
el caso con la bobina en movimiento o el imán en movimiento que producían la
misma corriente eléctrica observable, que él había resuelto mediante la teoría
de la relatividad especial. Ahora ocurría lo mismo con las distintas
definiciones de masa inerte y masa gravitatoria, que empezaba a resolver
basándose en el principio de equivalencia.
2. Se sentía igualmente incómodo cuando una teoría hacía distinciones que no
podían observarse en la naturaleza. Ese había sido el caso de los observadores
en el movimiento uniforme, no había forma de determinar quién estaba en reposo
y quién estaba en movimiento. Y al parecer ahora ocurría lo mismo con los
observadores en el movimiento acelerado, no había forma de saber quién estaba
siendo acelerado y quién se hallaba en un campo gravitatorio.
3. Einstein estaba ansioso por generalizar teorías antes que conformarse con
dejar que se limitaran a un caso especial. Consideraba que no tenía que haber
un conjunto de principios para el caso especial del movimiento a velocidad
constante y otro conjunto distinto para todos los demás tipos de movimiento. Su
vida fue una continua búsqueda de teorías unificadoras.
En noviembre de 1907, apremiado por el plazo de entrega impuesto
por el Anuario de Radiactividad y Electrónica, Einstein hilvanaba
un quinto apartado para su artículo sobre la relatividad general en el que se
esbozaban sus nuevas ideas: «Hasta ahora hemos aplicado el principio de
relatividad… solo para los sistemas de referencia no acelerados —empezaba
diciendo—. ¿Es concebible que el principio de relatividad se aplique a sistemas
que están acelerados unos con respecto de otros?».
Imaginemos dos entornos —decía—, uno de los cuales está acelerado, mientras que
el otro se halla en un campo gravitatorio.[368] No hay ningún experimento físico que uno pueda hacer para
diferenciar ambas situaciones. «En la exposición que sigue presupondremos,
pues, la completa equivalencia física entre un campo gravitatorio y la
correspondiente aceleración del sistema de referencia».
Empleando varios cálculos matemáticos que pueden realizarse en un sistema
acelerado, Einstein procedía a demostrar que, si sus ideas eran correctas, en
un campo gravitatorio más intenso los relojes irían más despacio. También
planteaba numerosas predicciones que podían comprobarse, incluidas las de que
la luz debería curvarse por la acción de la gravedad y que la longitud de onda
de la luz emitida por una fuente con una gran masa, como el Sol, debería
aumentar ligeramente en lo que ha pasado a conocerse como el desplazamiento
hacia el rojo gravitatorio. «Sobre la base de algunas cavilaciones, las cuales,
aunque atrevidas, presentan ciertas ventajas, he llegado a la opinión de que la
diferencia gravitatoria podría ser la causa del desplazamiento hacia el extremo
rojo del espectro —le explicaba a un colega—. De esos mismos argumentos se
deriva la curvatura de los rayos de luz por la acción de la gravedad».[369]
Einstein necesitaría otros ocho años, hasta noviembre de 1915, para establecer
los fundamentos de su teoría y encontrar la formulación matemática que la
expresara. Luego habrían de pasar otros cuatro para que la más vivida de sus
predicciones, la medida en que la gravedad había de curvar la luz, se
verificara por medio de espectaculares observaciones. Pero al menos Einstein
tenía ahora una visión que le pondría en camino hacia uno de los logros más
elegantes e impresionantes de la historia de la física, la teoría de la
relatividad general.
Profesor universitario
A comienzos de 1908, y a pesar de que grandes figuras académicas como Max
Planck y Wilhelm Wien le escribían para pedirle sus opiniones, Einstein había
moderado sus aspiraciones de ser profesor universitario. En lugar de ello, y
aunque parezca mentira, había empezado a buscar trabajo como profesor de
secundaria. «Este anhelo —le dijo a Marcel Grossmann, quien le había ayudado a
encontrar el empleo en la oficina de patentes— proviene solo de mi ardiente
deseo de poder proseguir mi trabajo científico privado en condiciones más
fáciles».
Incluso se mostró interesado en volver a la Escuela Técnica de Winterthur,
donde había trabajado brevemente como maestro suplente. «¿Cómo lo hago? —le
preguntaba a Grossmann—. ¿Podría llamar a alguien y hablarle del gran valor de
mi admirable persona como maestro y como ciudadano? ¿No le causaría una mala
impresión (falta de dialecto suizo-alemán, mi apariencia semítica, etc.)?».
Había escrito artículos que estaban transformando la física, pero no sabía si
eso podría servirle de ayuda. «¿Serviría de algo que en tal coyuntura hiciera
hincapié en mis artículos científicos?».[370]
También respondió a un anuncio en el que se pedía un «profesor de matemáticas y
geometría descriptiva» en una escuela de secundaria de Zúrich, y señaló en su
solicitud «que también estaría dispuesto a enseñar física». Finalmente decidió
acompañar dicha solicitud de todos los artículos que había escrito hasta
entonces, incluido el referente a la teoría de la relatividad especial. Hubo
veintiún aspirantes, y Einstein ni siquiera llegó a estar entre los tres
finalistas.[371]
Así pues, Einstein finalmente decidió tragarse su orgullo y escribir una tesis
a fin de poder convertirse en privatdozent en Berna. Como él
mismo le escribió a la persona que le avalaría en dicha institución: «La
conversación que mantuve con usted en la biblioteca municipal, así como el
consejo de varios amigos, me han inducido a modificar mi decisión por segunda
vez y probar suerte después de todo con una habilitación en la Universidad de
Berna».[372]
El artículo que envió, una ampliación de su revolucionario trabajo sobre los
cuantos de luz, fue prontamente aceptado, y a finales de febrero de 1908 se
convirtió en privatdozent. Finalmente había escalado los muros, o
al menos la muralla exterior, de la academia. Pero su puesto no estaba lo
bastante bien pagado ni era lo bastante importante como para permitirle
renunciar a su empleo en la oficina de patentes, de modo que sus clases en la
Universidad de Berna se convirtieron para Einstein simplemente en una tarea
más.
Su tema para el verano de 1908 fue la teoría del calor, impartido los martes y
sábados a las siete de la mañana, e inicialmente atrajo solo a tres asistentes:
Michele Besso y otros dos compañeros que trabajaban en Correos. En el curso de
invierno pasó a la teoría de la radiación, donde a sus tres colaboradores vino
a unírseles un verdadero estudiante llamado Max Stern. En el verano de 1909
Stern fue el único asistente, y Einstein canceló sus clases. Mientras tanto,
había empezado a adoptar su aspecto de profesor; tanto sus cabellos como su
ropa serían víctimas de la tendencia de la naturaleza hacia la aleatoriedad.[373]
Alfred Kleiner, el profesor de física de la Universidad de Zúrich que ayudó a
Einstein a obtener su doctorado, le había animado a conseguir el puesto de
privatdozent.[374] Pero también había realizado un prolongado esfuerzo, que
había dado sus frutos en 1908, para convencer a las autoridades docentes de
Zúrich de que incrementaran el nivel de su universidad creando un nuevo puesto
relacionado con la física teórica. No se trataba de una cátedra propiamente
dicha, sino más bien de una especie de cátedra adjunta, subordinada al propio
Kleiner.
Era obviamente un puesto a la medida de Einstein; pero había un obstáculo:
Kleiner tenía a otro candidato en mente, su asistente Friedrich Adler, un
pálido y apasionado activista político que había hecho amistad con Einstein
cuando ambos estudiaban en el Politécnico. Adler, hijo del líder del Partido
Socialdemócrata austríaco, sentía más inclinación hacia la filosofía política
que hacia la física teórica; de modo que una mañana de junio de 1908 se fue a
ver a Kleiner, y ambos concluyeron que Adler no resultaba tan apto para el
puesto como Einstein.
En una carta dirigida a su padre, Adler relataba aquella conversación y decía
que Einstein «no sabía relacionarse con la gente» y que había sido «tratado por
los profesores del Politécnico con absoluto desprecio». Pero también añadía que
Einstein merecía el puesto debido a su genio, y que probablemente lo obtendría.
«Tienen mala conciencia por el modo en que le han tratado anteriormente. No
solo aquí, sino también en Alemania se considera un escándalo que un hombre
como él tenga que sentarse en la oficina de patentes».[375]
Adler se aseguraba de que las autoridades de Zúrich —y, por ende, todo el
mundo— supieran que él optaba por ceder el paso oficialmente a su amigo. «Si es
posible conseguir a un hombre como Einstein para nuestra universidad, sería
absurdo nombrarme a mí», escribía. Con ello venía a resolver las posibles
implicaciones políticas para el concejal de educación, que era un militante
socialdemócrata. «Ernst habría preferido a Adler, dado que era miembro del
partido igual que él —le explicaría Einstein a Michele Besso—. Pero las
declaraciones de Adler sobre sí mismo y sobre mí lo hicieron imposible».[376]
Así pues, a finales de junio de 1908 Kleiner viajó de Zúrich a Berna para
asistir a una de las clases de Einstein como privatdozent y,
en palabras del propio Einstein, «tantear a la bestia». Por desgracia, no fue
aquel un gran espectáculo. «No di una dase especialmente maravillosa —se
lamentaría a un amigo—, debido en parte a que no iba bien preparado, y en parte
a que el hecho de ser investigado me puso un poco nervioso». Kleiner se sentó a
escuchar con el ceño fruncido, y tras la clase informó a Einstein de que su
estilo de enseñanza no era lo bastante bueno como para hacerle acreedor al
puesto docente. Einstein afirmó tranquilamente que él consideraba aquel puesto
«completamente innecesario».[377]
Kleiner regresó a Zúrich e informó de que Einstein «sostiene monólogos» y de
que estaba «muy lejos de ser profesor». Eso parecía poner fin a sus
posibilidades. Como informaría Adler a su poderoso padre: «La situación, pues,
ha cambiado, y el asunto Einstein se ha cerrado». Por su parte, Einstein fingía
optimismo: «El asunto del puesto de profesor universitario se ha venido abajo,
pero ya me parece bien —le escribiría a un amigo—. Ya hay bastantes profesores
sin mí».[378]
En realidad Einstein estaba molesto, y aún se molestó más cuando se enteró de
que las críticas de Kleiner a sus capacidades docentes circulaban por todas
partes, incluso en Alemania. De modo que escribió a Kleiner, reprochándole
airadamente que «difundiera rumores poco favorables sobre mí». Ya le estaba
resultando bastante difícil encontrar un puesto académico adecuado, y ahora las
declaraciones de Kleiner lo harían imposible.
Pero las críticas de Kleiner no carecían de fundamento. Einstein jamás fue un
gran profesor, y sus clases tendieron a juzgarse desorganizadas hasta que su
celebridad vino a asegurar que cualquier tropezón que daba se convirtiera en
una encantadora anécdota. A pesar de ello, Kleiner se ablandó, y le dijo que
estaría encantado de ayudarle a conseguir el puesto en Zúrich con tal de que
pudiera mostrar «cierta capacidad docente».
Einstein respondió sugiriendo que podía desplazarse a Zúrich para dar allí una
conferencia con todas las de la ley (y presumiblemente bien preparada) ante la
sociedad de física de la ciudad, cosa que hizo en febrero de 1909. «Tuve suerte
—diría Einstein poco después—. Contrariamente a mi costumbre, en esa ocasión di
bien la clase».[379] Cuando, después de eso, fue a visitar a Kleiner, este le
insinuó que no tardaría en recibir una oferta de trabajo.
Unos días después de que Einstein regresara a Berna, Kleiner hizo llegar su
recomendación oficial al cuerpo docente de la Universidad de Zúrich. «Einstein
se cuenta entre los físicos teóricos más importantes y se le ha reconocido como
tal desde su trabajo sobre el principio de relatividad», escribía. En cuanto a
las capacidades docentes de Einstein, Kleiner decía, del modo más cortés
posible, que sin duda podían mejorar: «El doctor Einstein probará su valía
también como profesor, puesto que es demasiado inteligente y demasiado
consciente para no estar abierto a los consejos en caso necesario».[380]
Estaba, sin embargo, la cuestión de que Einstein fuera judío. Algunos de los
miembros del cuerpo docente lo consideraban un potencial problema; pero Kleiner
les aseguró que Einstein no exhibía las «desagradables peculiaridades»
supuestamente asociadas a los judíos. Su conclusión constituye una reveladora
visión tanto del antisemitismo de la época como de los intentos de superarlo
Las expresiones de nuestro colega Kleiner, basadas en varios
años de contacto personal, han resultado tanto más valiosas para el comité, así
como para el cuerpo docente en su conjunto, cuanto que Herr doctor Einstein es
un israelita, y dado precisamente que a los israelitas, entre los académicos,
se les atribuyen (en numerosos casos no del todo sin fundamento) toda clase de
desagradables peculiaridades de carácter, como la indiscreción, la insolencia,
y una mentalidad de tenderos en la percepción de su puesto académico. Habría
que decir, no obstante, que también entre los israelitas existen hombres que no
exhiben ni rastro de esas desagradables cualidades, y que, en consecuencia, no
resulta adecuado descalificar a un hombre solo porque da la casualidad de que
es judío. De hecho, en ocasiones uno encuentra a gente también entre los
académicos no judíos que, en lo que se refiere a la percepción comercial y la
utilización de su profesión académica, desarrollan cualidades que normalmente
se consideran específicamente judías. En consecuencia, ni el comité ni el
cuerpo docente en su conjunto han considerado compatible con su dignidad
adoptar el antisemitismo como política.[381]
La votación secreta del cuerpo docente, celebrada a finales de
marzo de 1909, dio el resultado de diez votos a favor y una abstención. Así
pues, se ofreció a Einstein su primer puesto de profesor universitario cuatro
años después de que hubiera revolucionado la física. Por desgracia, el salario
propuesto era inferior al que cobraba en la oficina de patentes, de modo que
inicialmente declinó la oferta. Al final, sin embargo, las autoridades de
Zúrich aumentaron la cifra, y Einstein aceptó. «Ahora también yo soy un miembro
oficial del gremio de putas», le diría exultante a un colega.[382]
Una de las personas que leyeron la noticia del nombramiento de Einstein en el
periódico fue un ama de casa de Basilea llamada Anna Meyer-Schmid Diez años
antes, cuando era una muchacha soltera de diecisiete años, ambos se habían
conocido durante una de las vacaciones que pasara Einstein con su madre en el
Hotel Paradies. A él la mayoría de los huéspedes le habían parecido unos
«palurdos», pero a Anna le había cogido cariño, e incluso había escrito un
poema en el álbum de ella: «¿Qué debería escribidle aquí? / Podría pensar en
muchas cosas / Incluido un beso / En su pequeña boquita / Si eso le enfada / No
se ponga a llorar / El mejor castigo / Es darme uno a mí también». Y firmaba:
«Su pícaro amigo».[383]
En respuesta a una postal de felicitación de ella, Einstein le escribió una
misiva cortés y un tanto sugerente. «Sin duda guardo el recuerdo de las
hermosas semanas que tuve la oportunidad de pasar junto a usted en el Paradies
con más cariño que usted misma —le escribía—. ¡Así que ahora me he convertido
en un profesor tan importante que hasta los periódicos mencionan mi nombre!
Pero sigo siendo un tipo sencillo».
Luego le decía que se había casado con su compañera de estudios Mileva Maric,
pero también le daba la dirección de su despacho. «Si alguna vez pasa usted por
Zúrich y dispone de tiempo, vaya a verme allí; será un gran placer para mí».[384]
Pretendiera o no Einstein que su respuesta oscilara de manera imprecisa entre
la inocencia y la insinuación, al parecer la mirada de Anna se decantó por la
segunda posibilidad. De modo que le escribió una carta de respuesta, que
interceptó Maric. Presa de celos, esta le escribió a su vez otra carta al
marido de Anna, donde afirmaba (probablemente confundiendo su visión con la
verdad) que Einstein se había sentido ofendido por la «inapropiada carta» de
Anna y su descarado intento de reavivar su antigua relación.
Para calmar las cosas, Einstein tuvo que acabar pidiendo excusas al marido de
Anna. «Lamento mucho haberle causado aflicción por mi descuidado comportamiento
—escribió—. Respondí a la carta de felicitación que su esposa me envió con
ocasión de mi nombramiento demasiado efusivamente, y debido a ello reavivé el
antiguo afecto que sentíamos el uno por el otro; lo cual, sin embargo, no se
hizo con intenciones impuras. El comportamiento de su esposa, por la que siento
el mayor respeto, fue del todo honorable. Fue un error por parte de mi esposa
—y excusable únicamente por sus extremados celos— el haberse comportado —sin mi
conocimiento— de la forma en que lo hizo».
Aunque el incidente en sí mismo no tuvo consecuencias, sí marcó un punto de
inflexión en la relación de Einstein con Marie. Sus amenazadores celos la
volvían más sombría a los ojos de él. Varias décadas después, irritado todavía
por el comportamiento de Marie, Einstein escribiría a la hija de Anna
asegurándole, con brutal franqueza, que los celos de su esposa habían
constituido un rasgo patológico típico de una mujer de «tan insólita fealdad».[385]
Marie poseía ciertamente una vena celosa. Le molestaban no solo los flirteos de
su marido con otras mujeres, sino también los ratos que pasaba en compañía de
sus colegas masculinos. Ahora que él se había convertido en profesor, ella era
víctima de cierta envidia profesional que resultaba comprensible dada su
interrumpida carrera científica. «Con toda esa fama, no le queda mucho tiempo
para su esposa —le decía a su amiga Helene Savic—. Me decías que he de sentir
celos de la ciencia. Pero ¿qué se le va a hacer? Uno se queda la perla, y el
otro la caja».
En particular, a Maric le preocupaba la posibilidad de que la fama de su marido
le volviera más frío y más centrado en sí mismo. «Estoy muy contenta de su
éxito, puesto que realmente se lo merece —escribía en otra carta—. Solo espero
que la fama no ejerza una influencia perniciosa en su lado humano».[386]
En cierto sentido, las inquietudes de Maric resultaban infundadas. Incluso
cuando su fama llegara a crecer exponencialmente, Einstein conservaría su
sencillez personal, una actitud carente de toda afectación y al menos cierto
barniz de genial humildad. Pero desde un marco de referencia distinto, sí se
puede decir que su lado humano fue objeto de transformaciones. En un momento
dado, alrededor de 1909, empezó a distanciarse de su esposa. Su resistencia
ante cualquier clase de vínculos y cadenas le llevaron a refugiarse cada vez
más en su trabajo, al tiempo que adoptaba una actitud de desapego frente a
aquel ámbito que él desechaba tildándolo de «lo meramente personal».
Uno de los últimos días en que trabajó en la oficina de patentes, Einstein
recibió un sobre de gran tamaño con una elegante hoja llena de lo que parecía
ser caligrafía latina. Dado que parecía tratarse de algo extraño e impersonal,
la tiró a la papelera. En realidad era una invitación para ser una de las
personas que iban a recibir un doctorado honorario en la conmemoración de la
fundación de la Universidad de Ginebra, que iba a celebrarse en julio de 1909,
y las autoridades universitarias finalmente lograron que un amigo de Einstein
le persuadiera para que asistiera. Einstein llevó solo un sombrero de paja y un
traje informal, con lo que destacó de manera bastante peculiar tanto en la
celebración como en la opulenta cena oficial que se celebró aquella noche.
Divertido por la situación, se volvió hacia el aristócrata que tenía sentado a
su lado y se puso a especular sobre el austero líder de la reforma protestante
que había fundado la universidad:
—¿Sabe lo que habría hecho Calvino de haber estado aquí?
El caballero, algo aturdido, le respondió que no. Einstein añadió:
—Habría erigido una estaca enorme y nos habría hecho quemar a todos por nuestra
pecaminosa extravagancia.
Como el propio Einstein recordaría posteriormente: «El hombre no volvió a
dirigirme la palabra».[387]
La luz puede ser onda y partícula
También a finales del verano de 1909, Einstein fue invitado a asistir al
congreso anual del Naturforscher, el preeminente encuentro de los
científicos germanoparlantes, que ese año se celebraba en Salzburgo. Los
organizadores habían incluido en la agenda tanto la relatividad como la
naturaleza cuántica de la luz, y esperaban que Einstein disertara sobre el primero
de los temas. Pero en lugar de ello, Einstein decidió que prefería hacer
hincapié en lo que él consideraba la cuestión más acuciante: cómo interpretar
la teoría cuántica y reconciliarla con la teoría ondulatoria de la luz que
Maxwell había formulado tan elegantemente.
Tras su «idea más feliz», a finales de 1907, sobre el modo en que la
equivalencia entre gravedad y aceleración podía conducir a una generalización
de la teoría de la relatividad, Einstein había dejado aparte el tema para
centrarse, en cambio, en lo que él denominaba «el problema de la radiación» (es
decir, la teoría cuántica). Cuanto más reflexionaba sobre esta noción
«heurística» de que la luz estaba hecha de cuantos, o paquetes indivisibles,
más le preocupaba la posibilidad de que él y Planck hubieran desencadenado una
revolución que pudiera destruir los fundamentos clásicos de la física,
especialmente las ecuaciones de Maxwell. «He llegado a formarme esta opinión
pesimista principalmente como resultado de interminables y vanos intentos de
interpretar… la constante de Planck de una manera intuitiva —le escribía a un
colega, físico como él, a principios de 1908—. Incluso dudo seriamente de que
sea posible mantener la validez general de las ecuaciones de Maxwell».[388] (Al final, su aprecio por las ecuaciones de Maxwell se
revelaría bien fundado, puesto que estas se cuentan entre los pocos elementos
de la física teórica que no se verían afectados ni por la revolución
relativista ni por la revolución cuántica que Einstein contribuyó a
desencadenar).
Cuando Einstein, que todavía no era oficialmente profesor universitario, llegó
a la conferencia de Salzburgo, en septiembre de 1909, por fin pudo conocer
personalmente a Max Planck y a otros gigantes a los que hasta entonces solo
había conocido por carta. La tarde del tercer día subió al estrado ante más de
un centenar de afamados científicos y pronunció una conferencia que Wolfgang
Pauli, que habría de convertirse en pionero de la mecánica cuántica,
calificaría posteriormente de «uno de los hitos del desarrollo de la física
teórica».
Einstein empezó explicando que la teoría ondulatoria de la luz ya no resultaba
completa. La luz (o cualquier otra clase de radiación) podía contemplarse
también como un haz de partículas o paquetes de energía, lo cual —añadió— era
algo parecido a lo que había postulado Newton. «La luz posee ciertas
propiedades básicas que pueden comprenderse más fácilmente desde la perspectiva
de la teoría newtoniana de la emisión que desde la perspectiva de la teoría
ondulatoria —declaró—. Creo, pues, que la fase siguiente de la física teórica
nos traerá una teoría de la luz que pueda interpretarse como una especie de
fusión de las teorías ondulatoria y de emisión de la luz».
Combinar la teoría corpuscular con la teoría ondulatoria —advertía—,
comportaría «un profundo cambio». Pero él temía que eso no fuera bueno, ya que
podría socavar las certezas y el determinismo inherentes a la física clásica.
Por un momento, Einstein había imaginado que tal vez aquel destino pudiera
evitarse aceptando la interpretación de Planck, más limitada, de los cuantos,
la de que estos eran meramente características del modo en que una superficie
emitía y absorbía la radiación antes que un rasgo de la onda luminosa real en
su propagación a través del espacio. «¿No sería posible —se preguntaba—
conservar al menos las ecuaciones de propagación de la radiación y concebir
únicamente los procesos de emisión y absorción de manera distinta?». Pero tras
comparar el comportamiento de la luz con el de las moléculas de gas, como había
hecho en su artículo de 1905 sobre los cuantos de luz, Einstein concluía que,
por desgracia, ello no era posible.
Como resultado —añadía—, debe considerarse que la luz se comporta a la vez como
un movimiento ondulatorio y como un haz de partículas. «Esas dos propiedades
estructurales exhibidas simultáneamente por la radiación —declaraba al final de
su charla— no deben considerarse mutuamente incompatibles».[389]
Se trataba de la primera formulación bien fundada de la dualidad
ondulatoria-corpuscular de la luz, y tendría implicaciones tan profundas como
los anteriores avances teóricos de Einstein. «¿Es posible combinar los cuantos
de energía con los principios ondulatorios de la radiación? —le escribiría en
tono desenfadado a un amigo físico como él—. Las apariencias dicen lo
contrario, pero al parecer el Todopoderoso conoce el truco».[390]
La conferencia de Einstein fue seguida de una vibrante polémica, encabezada por
el propio Planck. Incapaz todavía de admitir la realidad física subyacente a la
constante matemática que él mismo concibiera nueve años antes, o de aceptar las
revolucionarías ramificaciones imaginadas por Einstein, Planck se convertía
ahora en el protector del viejo orden. Admitía que la radiación comportaba
cuantos discretos, «que deben concebirse como átomos de acción»; pero insistía
en que dichos cuantos existían solo como parte del proceso de
emisión o absorción de la radiación. «La cuestión es dónde hay que buscar esos
cuantos —decía—. Según el señor Einstein, habría que concebir que la radiación
libre en el vacío y por ende las propias ondas luminosas consisten en cuantos
atómicos, lo que nos fuerza a renunciar a las ecuaciones de Maxwell. Este me
parece un paso que todavía no es necesario».[391]
En el plazo de dos décadas, Einstein asumiría un papel similar como protector
del viejo orden. De hecho, ya entonces estaba buscando el modo de salir de los
inquietantes dilemas que planteaba la teoría cuántica. «Tengo grandes
esperanzas de que podré resolver el problema de la radiación, y de que lo haré
sin los cuantos de luz», escribiría a un joven físico con el que trabajaba.[392]
Resultaba todo demasiado desconcertante, al menos por el momento. Así que,
mientras ascendía en el escalafón profesional de las universidades
germanoparlantes de Europa, Einstein centró de nuevo su atención en el tema que
resultaba propiamente suyo, la relatividad, y que durante un tiempo se
convertiría en un refugio para huir de aquella especie de país de las
maravillas que representaban los cuantos. Como el propio Einstein se lamentaría
a un amigo: «Cuantos más éxitos obtiene la teoría cuántica, más ridícula
parece».[393]
Capítulo 8
El profesor errante
1909-1914
Contenido:
·
Zurich, 1909
·
Praga, 1911
·
El Congreso Solvay de
1911
·
Aparece Elsa
·
Zurich, 1912
·
Berlín, 1914
Zurich, 1909
Cuando era un confiado muchacho de diecisiete años, Einstein se había
matriculado en el Politécnico de Zúrich y allí había conocido a Mileva Maric,
la mujer con la qué luego se casaría. Ahora, en octubre de 1909, a sus treinta
años de edad, volvía a aquella ciudad para ocupar su puesto de profesor
universitario en la cercana Universidad de Zúrich.
La vuelta a casa devolvió, al menos temporalmente, algo de romanticismo a su
relación. Maric estaba entusiasmada por encontrarse de nuevo en su originario
nido de amor, y al final de su primer mes en la ciudad estaba embarazada de
nuevo.
El piso que alquilaron se hallaba en un edificio en el que, según descubrieron
felizmente, vivían también Friedrich Adler y su esposa, y la amistad entre las
dos parejas se hizo aún más estrecha. «Tienen una casa bohemia —le escribía
Adler a su padre en tono de aprobación—. Cuanto más hablo con Einstein, más me
doy cuenta de que mi opinión favorable de él estaba justificada».
Los dos hombres discutían de física y de filosofía casi todas las noches, a
menudo retirándose al ático de aquel edificio de tres pisos para que no les
molestaran sus hijos o sus esposas. Adler introdujo a Einstein a la obra de
Pierre Duhem, cuyo libro La teoría física, publicado
originariamente en francés en 1906, se acababa de traducir al alemán. Duhem
ofrecía un enfoque más holístico que Mach de la relación entre teorías y
evidencias experimentales; un enfoque que parecería influir en Einstein cuando
este propugnara su propia filosofía de la ciencia.[394]
Adler respetaba en especial la mente «de lo más independiente» de Einstein.
Según le explicaba a su padre, había una vena inconformista en él que reflejaba
seguridad interior, aunque no arrogancia. «Solemos estar de acuerdo en
cuestiones que la mayoría de los físicos ni siquiera entenderían», se jactaba
Adler.[395]
Einstein trató de persuadir a Adler de que se centrara en la ciencia en lugar
de dejarse seducir por la política. «Ten un poco de paciencia —le dijo—. Sin
duda, un día serás mi sucesor en Zúrich» (Einstein daba ya por supuesto que
acabaría trasladándose a otra universidad más prestigiosa). Pero Adler ignoró
el consejo y decidió convertirse en redactor del periódico del Partido
Socialdemócrata. Einstein consideraba que la lealtad a un partido implicaba
renunciar a cierta independencia de pensamiento, y aquella conformidad le
confundía. «Para mí es un completo misterio cómo un hombre inteligente puede
afiliarse a un partido», se lamentaría posteriormente, refiriéndose a Adler.[396]
Einstein se reencontró también con su antiguo compañero de clase y proveedor de
apuntes Marcel Grossmann, que también le había ayudado a conseguir el puesto en
la oficina de patentes y ahora era profesor de matemáticas en su viejo
Politécnico. Einstein visitaría con frecuencia a Grossmann después de comer
para que le ayudara con la compleja geometría y los complejos cálculos que
necesitaba para ampliar la relatividad, convirtiéndola en una teoría de campo
más general.
Einstein incluso llegó a hacer amistad con el otro distinguido profesor de
matemáticas del Politécnico, Adolf Hurwitz, cuyas clases se había saltado con
frecuencia siendo estudiante, y que había rechazado su solicitud para un puesto
de trabajo. Albert se hizo habitual de los recitales de música dominicales que
se celebraban en casa de Hurwitz. Cuando este le dijo un día, mientras paseaban
juntos, que a su hija le habían puesto como deberes un problema de matemáticas
que ella no entendía, Einstein se presentó aquella misma tarde en su casa para ayudarla
a resolverlo.[397]
Como Kleiner había predicho, las habilidades docentes de Einstein mejoraron. No
era un orador brillante, pero, en lugar de ello, sabía sacar provecho a su
carácter informal. «Cuando se sentó en la silla con su desaliñado atuendo y
aquellos pantalones demasiado cortos para él, nos mostramos escépticos»,
recordaría Hans Tanner, que asistió a la mayoría de sus clases en Zúrich. En
lugar de notas preparatorias, Einstein empleaba una tira de papel tamaño
tarjeta lleno de garabatos. De ese modo, los alumnos podían verle desarrollar
sus ideas al tiempo que hablaba. «Llegábamos a hacemos una idea de su técnica
de trabajo —diría Tanner—. Y sin duda apreciábamos más eso que una clase
estilísticamente perfecta».
En cada paso del camino, Einstein se detenía y preguntaba a los alumnos si le
seguían, e incluso permitía interrupciones. «Esa camaradería entre profesor y
alumno era, en aquella época, un hecho muy raro», diría Adolf Fisch, otro de
los estudiantes que asistieron a las clases. A veces hacía una pausa y dejaba que
los alumnos se agruparan a su alrededor para mantener una conversación
informal. «Con gran impulsividad y naturalidad, solía coger a los estudiantes
del brazo para discutir las cosas», recordaría Tanner.
Durante una de sus clases, Einstein se encontró momentáneamente confuso con
respecto a los pasos necesarios para completar un cálculo.
—Debe de haber alguna estúpida transformación matemática que en este momento no
encuentro —dijo—. ¿Alguno de ustedes, caballeros, sabe verla?
Como era de esperar, ninguno de ellos supo. De modo que Einstein prosiguió:
—Pues dejen un cuarto de página en blanco. No podemos perder tiempo.
Diez minutos después, Einstein se interrumpió en medio de otro razonamiento
para exclamar:
—¡Ya lo tengo!
Como recordaría posteriormente Tanner, maravillado: «Durante el complicado
desarrollo de su tema todavía había encontrado tiempo para reflexionar sobre la
naturaleza de aquella transformación matemática concreta».
Al final de muchas de sus clases vespertinas, Einstein solía preguntar:
—¿Quién se viene al Café Terraza?
Allí, en el marco informal de una terraza que daba al río Limmat, charlaban
hasta la hora del cierre.
En cierta ocasión, Einstein preguntó si alguien quería acompañarle a su piso.
—Esta mañana he recibido un trabajo de Planck en el que tiene que haber un
error —dijo—. Me gustaría que lo leyéramos juntos.
Tanner y otro alumno aceptaron la oferta y le acompañaron a casa, donde se
pusieron a escudriñar el artículo de Planck.
—Miren si pueden descubrir el fallo mientras yo preparo un poco de café —les
dijo.
Al cabo de un rato, Tanner respondió:
—Sin duda se equivoca, Herr Profesor. Aquí no hay ningún error.
—Sí, sí lo hay —replicó Einstein, señalando ciertas discrepancias en los
datos—, ya que de lo contrario esto y esto se convertirían en esto otro y esto
otro.
Era aquel un vivido ejemplo de dónde radicaba la gran fuerza de Einstein; era
capaz de observar una compleja ecuación matemática, que para otros no era más
que una abstracción, e imaginar la realidad física que subyacía a ella.
Tanner estaba asombrado.
—Escribamos al profesor Planck —sugirió— y hablémosle del error.
Por entonces Einstein se había vuelto algo más diplomático, especialmente con
aquellas personas a las que tenía en un pedestal como Planck y Lorentz.
—No le diremos que ha cometido un error —dijo—. El resultado es correcto, pero
la demostración es defectuosa. Sencillamente le escribiremos y le diremos cómo
habría de hacerse la demostración correcta. Lo importante es el contenido, no
las fórmulas.[398]
Pese a su trabajo en la máquina de medir cargas eléctricas, Einstein se había
convertido en un consumado teórico antes que en un físico experimental. Cuando,
en su segundo año como profesor universitario, se le pidió que supervisara el
trabajo de laboratorio, se sintió consternado. Según le dijo a Tanner, apenas
se atrevía a «coger ningún aparato por temor a que pudiera explotar», al tiempo
que le confiaría a otro eminente profesor: «Mis temores con respecto al
laboratorio estaban bastante bien fundados».[399]
Cuando Einstein terminaba su primer año académico en Zúrich, en julio de 1910,
Maric dio a luz, de nuevo con dificultades, a su segundo hijo, al que llamaron
Eduard y apodaron Tete. Después del parto estuvo enferma durante varias
semanas. Su médico, alegando que Mileva estaba agotada, le sugirió a Einstein
que buscara un modo de ganar más dinero y contratara a una criada. Pero Maric
reaccionó mostrándose tan airada como protectora: «¿Acaso no es evidente para
todo el mundo que mi marido se mata a trabajar?», dijo. En lugar de contratar a
nadie, la madre de Maric se desplazó desde Novi Sad para echar una mano.[400]
A lo largo de toda su vida, en ocasiones Einstein se mostraría distanciado de
sus dos hijos, en especial de Eduard, que sufriría de una enfermedad mental
cuya gravedad aumentaría con la edad. Pero mientras los hijos fueron pequeños,
en general fue un buen padre. «Cuando mi madre estaba ocupada con las tareas de
la casa, padre dejaba su trabajo y nos cuidaba durante horas, haciéndonos
cabalgar en sus rodillas —relataría posteriormente Hans Albert—. Recuerdo que
solía contamos historias, y que a menudo tocaba el violín para que estuviésemos
tranquilos».
Uno de sus puntos fuertes como pensador, ya que no como padre, era que poseía
la habilidad, y la inclinación, de saber evitar cualquier distracción, una
categoría en la que entraban también su mujer y sus hijos. «Ni siquiera el más
potente llanto de un bebé parecía perturbar a padre —diría Hans Albert—. Podía
continuar con su trabajo completamente insensible al ruido».
Un día su alumno Tanner fue de visita, y encontró a Einstein en su estudio
enfrascado en un montón de papeles. Escribía con la mano derecha mientras
sostenía a Eduard con la izquierda. Hans Albert jugaba con un juego de
construcciones y trataba de llamar su atención. «Aguarda un minuto, ya casi he
terminado», le dijo Einstein mientras dejaba que Tanner cogiera a Eduard, sin
dejar de garabatear sus ecuaciones. «Aquello —diría Tanner— me dio una idea de
su inmensa capacidad de concentración».[401]
Praga, 1911
Einstein llevaba en Zúrich menos de seis meses cuando recibió, en marzo de
1910, la propuesta de que considerara un puesto de trabajo más prestigioso, la
plaza de profesor titular— equivalente a una cátedra— en la sección alemana de
la Universidad de Praga. Tanto la universidad como el puesto académico
representaban Una mejora; sin embargo, trasladarse de la familiar y agradable
Zúrich a la menos propicia Praga podría resultar perturbador para su familia.
Finalmente, las consideraciones profesionales de Einstein pudieron más que las
personales.
De nuevo estaba pasando un período difícil en casa. «El malhumor que pudo
observar en mí no tiene nada que ver con usted —le escribía a su madre, que a
la sazón vivía en Berlín—. Dar vueltas a las cosas que nos deprimen o enfadan
no ayuda a superarlas. Uno tiene que superarlas por sí mismo».
Su trabajo científico, por otra parte, le proporcionaba una gran satisfacción,
y Einstein manifestaba su emoción ante aquella posible nueva oportunidad: «Es
muy probable que me ofrezcan el puesto de profesor titular en una gran
universidad, con un salario significativamente mejor del que tengo ahora».[402]
Cuando en Zúrich se corrió la voz del posible traslado de Einstein, quince de
sus alumnos, encabezados por Hans Tanner, firmaron una petición instando a los
funcionarios docentes a «hacer todo lo posible por mantener a este destacado
investigador y profesor en nuestra universidad». Subrayaban la importancia de
tener un profesor en «esta recién creada disciplina» de la física teórica, y le
ensalzaban personalmente en términos efusivos. «El profesor Einstein tiene un
asombroso talento para presentar los problemas más difíciles de física teórica
de forma tan clara y comprensible que para nosotros constituye un gran placer
seguir sus clases, y también se le da muy bien establecer una perfecta relación
con su audiencia».[403]
Las autoridades docentes de Zúrich estaban tan interesadas en no perderle que
aumentaron su salario de los 4.500 francos que cobraba entonces —y que era lo
mismo que ganaba como funcionario de patentes— a los 5.500 francos. Por su
parte, quienes trataban de atraerle a Praga en aquel momento no lo tenían
fácil.
El cuerpo docente de Praga había elegido a Einstein como primera opción y había
enviado su recomendación a la sede del Ministerio de Educación en Viena (Praga
formaba parte por entonces del Imperio austrohúngaro, y el nombramiento había
de ser aprobado por el emperador Francisco José y sus ministros). El informe
iba acompañado de la recomendación más alta posible de la mejor autoridad
posible, Max Planck. Para él, la teoría de la relatividad de Einstein
«probablemente excede en audacia a todo lo realizado hasta ahora en ciencia
especulativa —proclamaba Planck—. Este principio ha comportado una revolución
en nuestra imagen física del mundo que solo puede compararse a la producida por
Copémico». En un comentario que posteriormente podría parecerle profético a
Einstein, Planck añadía: «En comparación, la geometría no euclidiana es un
juego de niños».[404]
El aval de Planck debería haber bastado. Pero no fue así. El ministerio decidió
que prefería al segundo candidato al puesto, Gustav Jaumann, que tenía una
doble ventaja: era austríaco y además no era judío. «No van a llamarme de Praga
—se lamentaba Einstein a un amigo en agosto—. Fui propuesto por el cuerpo
docente, pero debido a mi origen semítico el ministerio no lo ha aprobado».
Jaumann, sin embargo, no tardó en descubrir que era el segundo candidato del
cuerpo docente, y montó en cólera: «Si se ha propuesto a Einstein como primera
opción por la creencia de que se le pueden atribuir mayores logros —declaró—,
entonces prefiero no tener nada que ver con una universidad que corre tras la
modernidad y no aprecia el mérito». Así, en octubre de 1910 Einstein podía
declarar confiado que su propio nombramiento era «casi seguro».
Había, no obstante, un último obstáculo, también relacionado con la religión.
Ser judío era una desventaja, pero no ser creyente y afirmar no tener ninguna
religión constituía directamente un factor de descalificación. El imperio
exigía que todos sus súbditos, incluidos los profesores, fueran miembros de
alguna religión. En sus formularios oficiales Einstein había declarado no tener
ninguna. «En estos casos Einstein tiene tan poco sentido práctico como un
niño», observaba la esposa de Friedrich Adler.
Pero finalmente resultó que el deseo de Einstein de obtener el puesto fue mayor
que su airada falta de sentido práctico; y aceptó escribir «mosaica» en la
casilla correspondiente a su religión, además de aceptar asimismo la ciudadanía
austrohúngara, con la condición de que se le permitiera seguir siendo al tiempo
ciudadano suizo. Sumando la ciudadanía alemana, de la que había abdicado, pero
que no tardarían en volver a endosarle, ello significaba que a sus treinta y
dos años Einstein había pasado ya por tres nacionalidades distintas. En enero
de 1911 se le adjudicó oficialmente el puesto, con una paga que era el doble de
la que había estado ganando hasta su reciente ascenso. Se acordó que se trasladaría
a Praga en el mes de marzo.[405]
Einstein tenía dos héroes científicos a los que todavía no había tenido ocasión
de conocer, Ernst Mach y Hendrik Lorentz, y antes de trasladarse a Praga
decidió visitarlos a ambos. Cuando fue a Viena para su presentación oficial a
los ministros, llamó a Mach, que vivía en un barrio residencial de dicha
ciudad. El anciano físico y defensor del empirismo, que tan profundamente había
influido en la Academia Olimpia y qué infundiera en Einstein su escepticismo
con respecto a los conceptos inobservables como el tiempo absoluto, tenía una
enmarañada barba y una personalidad aún más enmarañada.
—Por favor, hábleme fuerte —le espetó a Einstein cuando este entró en su
habitación—. Además de mis otros rasgos desagradables, estoy casi tan sordo
como una tapia.
Einstein quería convencer a Mach de la realidad de los átomos, que el anciano
había rechazado durante largo tiempo como meros constructos imaginarios de la
mente humana.
—Supongamos que, si damos por sentado la existencia de átomos en un gas,
podemos predecir una propiedad observable de dicho gas que no podría predecirse
basándose en una teoría no atomista —le dijo Einstein—. ¿Aceptaría entonces esa
hipótesis?
—Si con ayuda de la hipótesis atomista realmente se pudiera establecer una
conexión entre varías propiedades observables que sin ella permanecerían
aisladas, entonces tendría que decir que esta era una hipótesis «económica»
—respondió Mach a regañadientes.
No constituía una aceptación plena, pero para Einstein fue suficiente. «Por el
momento Einstein se sentía satisfecho», señalaría su amigo Philipp Frank. Sin
embargo, Einstein empezaba a distanciarse del escepticismo de Mach con respecto
a algunas teorías de la realidad que no se basaban en datos directamente
observables, desarrollando —diría Frank— «cierta aversión a la filosofía
machiana».[406] Era el principio de una importante conversión.
Justo antes de trasladarse a Praga, Einstein viajó a la ciudad holandesa de
Leiden para encontrarse con Lorentz. Maric le acompañó, ya que ambos habían
aceptado la invitación de quedarse unos días con Lorentz y su esposa. Einstein
le escribió y le dijo que estaba deseando poder mantener una conversación sobre
«el problema de la radiación», y añadió: «Deseo asegurarle por adelantado que
no soy el ortodoxo cuantificador de la luz por el que me toma».[407]
Durante mucho tiempo, Einstein había idealizado a Lorentz desde la distancia.
Poco antes de ir a visitarle, le había escrito a un amigo: «Admiro a ese hombre
como a ningún otro; casi podría decir que le amo». Y ese sentimiento se vio
reforzado cuando ambos finalmente se conocieron. Aquel sábado por la noche se
quedaron hasta muy tarde discutiendo sobre cuestiones tales como la relación
entre temperatura y conductividad eléctrica.
Lorentz creía que había descubierto un pequeño error matemático en uno de los
artículos de Einstein sobre los cuantos de luz, pero en realidad, como
señalaría el propio Einstein, se trataba simplemente de «un único error de
escritura» por el que se había dejado la cifra «1/2», que más tarde se añadiría
al artículo.[408]Tanto la hospitalidad como el «estímulo científico» de Lorentz
harían que Einstein escribiera efusivamente en su siguiente carta: «Irradia
usted tanta bondad y benevolencia que durante mi estancia en su casa la
perturbadora convicción de que no merezco tanta amabilidad ni honores ni
siquiera se me pasó por la mente».[409]
En palabras de Abraham Pais, Lorentz se convertiría en «la única figura paterna
en la vida de Einstein». Tras su placentera visita al estudio de Lorentz en
Leiden, Einstein volvería a visitarle cada vez que tuviera la menor excusa. Su
colega Paul Ehrenfest supo captar perfectamente la atmósfera de aquellos
encuentros:
Se colocó cuidadosamente el mejor sillón junto a la gran mesa de
trabajo para el estimado huésped. Le obsequió a este con un cigarro, y luego
Lorentz empezó tranquilamente a formular cuestiones relativas a la teoría de
Einstein de la curvatura de la luz en un campo gravitatorio… Mientras Lorentz
hablaba, Einstein empezó a aspirar cada vez con menor frecuencia el humo de su
cigarro y a arrellanarse cada vez más en su sillón. Y cuando Lorentz hubo
terminado, Einstein se encorvó sobre el trozo de papel en el que aquel había
escrito sus fórmulas matemáticas. El cigarro se había terminado, y Einstein se
rizaba pensativamente con el dedo un mechón de cabello sobre su oreja derecha.
Lorentz permanecía sentado, sonriendo a un Einstein completamente sumido en sus
meditaciones, exactamente del mismo modo en que un padre observa a un hijo
especialmente querido: plenamente confiado en que el joven resolverá el
problema que le ha planteado, pero ansioso por ver cómo lo hace. De repente,
Einstein alzó gozoso la cabeza: lo tenía. Hubo todavía un poco más de tira y
afloja, interrumpiéndose el uno al otro, cierto desacuerdo parcial, una muy
rápida aclaración y un completo entendimiento mutuo; y luego ambos hombres
examinaron con ojos radiantes las brillantes riquezas de la nueva teoría.[410]
Cuando murió Lorentz, en 1928, Einstein diría en su panegírico:
«Me hallo ante la tumba del hombre más grande y más noble de nuestra época». Y
en 1953, en la celebración del centenario del nacimiento de Lorentz, Einstein
escribiría un artículo sobre su importancia científica. «Todo lo que procedía
de su mente suprema era tan lúcido y hermoso como una buena obra de arte
—declararía—. Para mí personalmente significó más que ninguna otra persona de
las que he conocido en mi vida».[411]
A Maric no le hacía gracia la idea de trasladarse a Praga. «No me voy de buena
gana y espero pocas alegrías», le escribiría a una amiga. Pero inicialmente,
hasta que la suciedad y el esnobismo de la ciudad se hicieron opresivos, su
vida allí fue bastante buena. Por primera vez tenían luz eléctrica en casa, y
disponían tanto del espacio como del dinero necesarios para tener una criada
interna. «Las personas son arrogantes, les gusta aparentar o se muestran
serviles, según el papel que les haya tocado en la vida —decía Einstein—.
Muchas de ellas poseen una cierta elegancia».[412]
Desde el despacho que tenía en la universidad, Einstein podía contemplar abajo
un hermoso parque con frondosos árboles y cuidados jardines. Por las mañanas el
parque se llenaba exclusivamente de mujeres, y por las tardes exclusivamente de
hombres. Algunas personas —observaba Einstein— caminaban solas como si
estuvieran profundamente ensimismadas, mientras que otras se reunían en grupos
y mantenían animadas conversaciones. Finalmente Einstein preguntó qué parque
era aquel. Pertenecía —le dijeron— a un manicomio. Cuando le mostró aquella
vista a su amigo Philipp Frank, Einstein comentó con pesar «He ahí a los locos
a los que no les preocupa la teoría cuántica».[413]
Los Einstein conocieron a Bertha Fanta, una mujer culta y encantadora que
albergaba en su domicilio una tertulia literaria y musical para la
intelectualidad judía de Praga. Einstein fue una adquisición ideal; un erudito
en alza que estaba igualmente dispuesto, y con el mismo entusiasmo, a tocar el
violín que a hablar de Hume y de Kant según lo requiriera la ocasión. Entre
otros habituales de la tertulia se incluían el joven escritor Franz Kafka y su
amigo Max Brod.
En su libro La redención de Tycho Brahe, Brod parecería utilizar a
Einstein (aunque él a veces lo negara) como modelo para el personaje de
Johannes Kepler, el brillante astrónomo que previamente había sido ayudante de
Brahe en Praga en 1600. El personaje está plenamente dedicado a su trabajo científico
y siempre dispuesto a prescindir del pensamiento convencional. Pero en el
ámbito de lo personal se protege de «las aberraciones del sentimiento» gracias
a su actitud distante y abstraída. «No tenía corazón y, por tanto, nada que
temer del mundo —escribía Brod—. Era incapaz de emoción o de amor». Cuando
apareció la novela, un colega científico, Walther Nernst, le dijo a Einstein:
«Ese Kepler es usted».[414]
Eso no era del todo cierto. Pese a la imagen de solitario que a veces
proyectaba, Einstein no dejó de establecer —como ya hiciera en Zúrich—
estrechas relaciones y vínculos emocionales, especialmente con otros colegas
pensadores y científicos. Uno de aquellos amigos fue Paul Ehrenfest, un joven
físico judío de Viena que enseñaba en la Universidad de San Petersburgo, pero
que se sentía profesionalmente bloqueado debido a su origen. A comienzos de
1912 emprendió un viaje por toda Europa en busca de un nuevo trabajo, y antes
de ir a Praga se puso en contacto con Einstein, con quien ya había mantenido
correspondencia en tomo a las cuestiones de la gravedad y la radiación.
«Quédate en mi casa para que podamos aprovechar mejor el tiempo», le respondió
Einstein.[415]
Cuando llegó Ehrenfest, un lluvioso viernes por la tarde del mes de febrero,
Einstein, que no paraba de dar bocanadas a su cigarro, y su esposa estaban en
la estación de tren para recibirle. Luego fueron juntos a una cafetería, donde
estuvieron comparando las grandes ciudades de Europa. Cuando se fue Maric, la
conversación pasó a tratar de ciencia, especialmente de mecánica estadística, y
continuaron hablando mientras se dirigían al despacho de Einstein. «De camino
al instituto, primera discusión sobre todo», anotaría Ehrenfest en el diario
que escribió sobre los siete días que pasó en Praga.
Ehrenfest era un hombre tímido e inseguro, pero su ansia de amistad y su amor
por la física hicieron que le resultara fácil forjar un vínculo con Einstein.[416]Ambos parecían tener un gran deseo de hablar de ciencia, y
posteriormente Einstein diría que «al cabo de unas horas ya éramos amigos, como
si la naturaleza nos hubiese creado el uno para el otro». Sus intensas
conversaciones prosiguieron al día siguiente, cuando Einstein le explicó sus
esfuerzos para generalizar la teoría de la relatividad. El domingo por la
mañana se relajaron un poco interpretando a Brahms, con Ehrenfest al piano y
Einstein al violín, y el pequeño Hans Albert, que entonces tenía siete años,
cantando. «Sí, seremos amigos —escribiría Ehrenfest en su diario aquella
noche—. Fui terriblemente feliz».[417]
Einstein estaba pensando ya en abandonar Praga, y planteó la posibilidad de que
Ehrenfest le sucediera. Sin embargo —se lamentaba—, «se niega categóricamente a
profesar ninguna afiliación religiosa». A diferencia del propio Einstein, que
estaba dispuesto a ceder y escribir «mosaica» en sus formularios oficiales,
Ehrenfest había abandonado el judaísmo y no profesaba ninguna otra religión.
«Su terca negativa a aceptar afiliación religiosa alguna realmente me saca de
quicio —le escribiría Einstein en abril—. Ceda usted, en nombre de sus hijos.
Al fin y al cabo, una vez se haya convertido en profesor, podrá volver a esa
extraña obsesión suya».[418]
A la larga las cosas se solucionaron satisfactoriamente, ya que Ehrenfest
aceptó una oferta —que el propio Einstein había recibido previamente, pero que
había declinado— para sustituir al reverenciado Lorentz, que había reducido su
dedicación a la docencia en la Universidad de Leiden. Einstein se mostró
entusiasmado, ya que eso significaba que ahora iba a tener dos amigos a los que
visitar regularmente. Para él, aquello se convertiría casi en un segundo hogar
académico y en una forma de escapar a la opresiva atmósfera que más tarde
encontraría en Berlín. Durante las dos décadas siguientes, hasta 1933, cuando
Ehrenfest se suicidó y Einstein se trasladó a Estados Unidos, casi cada año
este último viajaría regularmente para ver a Ehrenfest y a Lorentz, o bien en
Leiden, o bien en alguna población turística costera cercana.[419]
El congreso Solvay de 1911
Ernest Solvay era un químico e industrial belga que había amasado una fortuna
inventando un método para fabricar sosa. Dado que deseaba hacer algo original,
pero a la vez útil, con su dinero, y debido también a que tenía unas extrañas
teorías sobre la gravedad que quería que oyeran los científicos, decidió crear
un encuentro que reuniera a la élite de los físicos europeos. Aquel encuentro,
celebrado a finales del mes de octubre de 1911, acabaría generando toda una
serie de influyentes reuniones, conocidas como «Congresos Solvay», que
seguirían celebrándose de manera esporádica durante los años siguientes.
Veinte de los más famosos científicos europeos se presentaron en el Grand Hotel
Metropole de Bruselas. Einstein, con sus treinta y dos años, era el más joven
de todos. Estaban también Max Planck, Henri Poincaré, Marie Curie, Ernest
Rutherford y Wilhelm Wien. El químico Walther Nernst organizó el evento y actuó
de secretario del extravagante Ernest Solvay, mientras que el bondadoso Hendrik
Lorentz actuó como presidente —tal como diría Einstein, su más ferviente
admirador— «con incomparable tacto e increíble virtuosismo».[420]
Dado que el tema central del congreso era «el problema cuántico», se pidió a
Einstein que presentara una ponencia sobre dicho tema, conviniéndole así en uno
de los ocho «miembros especialmente competentes» dignos de tal honor. Einstein
expresó cierto fastidio, quizá algo más fingido que real, ante el prestigioso
encargo. Tras calificar la inminente reunión de «aquelarre de brujas», se
quejaría a Besso: «Estoy abrumado por esa tontería mía para el congreso de
Bruselas».[421]
La ponencia de Einstein se tituló «El estado actual del problema de los calores
específicos». El tema del calor específico —esto es, la cantidad de energía
requerida para aumentar la temperatura de una cantidad de sustancia dada en una
magnitud determinada— había constituido una especialidad del antiguo profesor
de Einstein y antagonista suyo en el Politécnico de Zúrich, Heinrich Weber.
Este había descubierto algunas anomalías, especialmente a bajas temperaturas,
en las leyes que se suponía que reglan el calor específico. Desde finales de
1906, Einstein había ideado lo que él denominaba enfoque «cuantificado» del
problema, que presuponía que los átomos de cada sustancia podían absorber
energía solo en forma de paquetes discretos.
En su ponencia del Congreso Solvay de 1911, Einstein situaba esas cuestiones en
el contexto, más amplio, del denominado «problema cuántico». ¿Era posible —se
preguntaba— evitar aceptar la realidad física de esas partículas atómicas de
luz, que eran como balas dirigidas al corazón de las ecuaciones de Maxwell y,
de hecho, de toda la física clásica?
Planck, que había sido el pionero del concepto de cuantos, seguía insistiendo
en que estos solo entraban en juego cuando la luz era emitida o absorbida. No
constituían —sostenía— un rasgo real de la propia luz. Einstein, en su ponencia
del congreso, discrepaba muy a su pesan «Esas discontinuidades, que tan
perturbadoras juzgamos para la teoría de Planck, parece que existen realmente
en la naturaleza».[422]
«Existen realmente en la naturaleza»; para Einstein, aquella era una extraña
frase. Para un partidario neto de Mach o, para el caso, de Hume, la expresión
«existen realmente en la naturaleza» carecía de un significado claro. En su
teoría de la relatividad especial, Einstein había evitado presuponer la
existencia de cosas tales como el tiempo absoluto y la distancia absoluta,
puesto que parecía carente de sentido afirmar que «realmente» existían en la
naturaleza cuando no podían observarse. A partir de entonces, sin embargo,
durante las más de cuatro décadas en las que expresaría su incomodidad frente a
la teoría cuántica, Einstein fue adoptando cada vez más la actitud de un
científico realista, de alguien que creía que existía una realidad subyacente
en la naturaleza que era independiente de nuestra capacidad de observarla o de
medirla.
Cuando hubo terminado, Einstein se enfrentó a una lluvia de objeciones por
parte de Lorentz, Planck, Poincaré y otros. Lorentz se levantó para señalar que
parte de lo que había dicho Einstein «parece de hecho totalmente incompatible
con las ecuaciones de Maxwell».
Einstein convino, quizá demasiado pronto, en que «la hipótesis cuántica es
provisional» y en que «no parece compatible con las conclusiones
experimentalmente verificadas de la teoría ondulatoria». De algún modo —les
dijo a quienes le cuestionaban— era necesario acomodar el enfoque ondulatorio y
el enfoque corpuscular para comprender la naturaleza de la luz. «Además de la
electrodinámica de Maxwell, que nos resulta esencial, debemos admitir una
hipótesis como la de los cuantos».[423]
No estaba claro, ni siquiera para Einstein, que Planck estuviera convencido de
la realidad de los cuantos. «Logré persuadir a Planck en gran medida de que mi
concepción es correcta después de que hubiera estado luchando contra ella
durante muchos años», le escribiría Einstein a su amigo Heinrich Zangger. Pero
una semana después, Einstein le daría a Zangger una noticia distinta: «Planck
se aferra tercamente a unos presupuestos indudablemente erróneos».
En cuanto a Lorentz, Einstein siguió admirándole tanto como siempre: «¡Una obra
de arte viviente! En mi opinión, era el más inteligente de todos los teóricos
presentes». En cambio, despachaba a Poincaré, que le había prestado muy poca
atención, de un plumazo: «Poincaré simplemente adoptó una actitud negativa en
general, y, pese a toda su astucia, pareció captar muy poco la situación».[424]
En general, Einstein puso una baja calificación al congreso, alegando que se
había dedicado la mayor parte del tiempo a lamentarse en lugar de resolver la
amenaza de la teoría cuántica a la mecánica clásica. «El congreso de Bruselas
parecía las lamentaciones por las ruinas de Jerusalén —le escribiría a Besso—.
Nada positivo ha salido de él».[425]
Hubo, en cambio, un asunto marginal que sí despertó el interés de Einstein, el
romance entre la viuda Marie Curie y el casado Paul Langevin. Marie Curie,
honrada y consagrada a su profesión, había sido la primera mujer que había
obtenido un premio Nobel, ya que en 1903 había compartido el Nobel de física
con su esposo y otro científico más por su trabajo sobre la radiación. Tres
años después, su esposo había muerto atropellado por un coche de caballos.
Marie se había sentido desolada, al igual que el protegido de su difundo
esposo, Paul Langevin, que enseñaba física en la Sorbona junto al matrimonio
Curie. Langevin se hallaba atrapado en su matrimonio con una esposa que lo
maltrataba físicamente, y al poco tiempo él y Marie Curie mantenían una
aventura en un apartamento de París. Pero su esposa hizo que alguien irrumpiera
en su interior y les robara sus cartas de amor.
Justo cuando estaba celebrándose el Congreso Solvay, al que asistieron tanto
Curie como Langevin, las cartas robadas empezaron a aparecer en un periódico
parisino como preludio de lo que sería un caso de divorcio sensacionalista.
Además, en aquel mismo momento se anunció que Curie había ganado el Nobel de
química por su descubrimiento del radio y el polonio.[VIII] Un miembro de la Academia sueca le escribió sugiriéndole
que no se presentara a recogerlo, dado el furor suscitado por su relación con
Langevin, pero ella respondió fríamente: «Creo que no hay relación alguna entre
mi trabajo científico y los hechos de mi vida privada». Luego se dirigió a
Estocolmo y aceptó el premio.[426]
A Einstein, todo aquel furor le parecía ridículo. «Ella es una persona honesta
y nada pretenciosa —decía—, con una brillante inteligencia». Asimismo, llegó a
la cruda conclusión, en absoluto justificada, de que no era una mujer lo
bastante hermosa como para romper el matrimonio de nadie. «Pese a su apasionada
naturaleza —diría—, no es lo bastante atractiva como para representar un
peligro para nadie».[427]
Algo más cortés sería la enérgica carta de apoyo que posteriormente le enviaría
aquel mismo mes:
No se ría de mí por escribirle sin tener nada sensato que decir.
Pero estoy tan enfadado por el modo vil en que actualmente la opinión pública
se atreve a meterse con usted, que necesito absolutamente airear este
sentimiento. Me siento obligado a decirle cuánto he llegado a admirar su
intelecto, su empuje y su honestidad, y que me considero afortunado por haber
podido conocerla personalmente en Bruselas. Cualquiera que no se cuente entre
esos reptiles sin duda estará contento, ahora como antes, de que tengamos entre
nosotros a personajes como usted, y también como Langevin, personas reales con
las que uno se siente privilegiado de estar en contacto. Si la chusma continúa
metiéndose con usted, simplemente no se moleste en leer esas tonterías; déjelas
para los reptiles para los que han sido inventadas.[428]
Aparece Elsa
Mientras Einstein recorría Europa dando conferencias y gozando de su creciente
renombre, su esposa permanecía en Praga, una ciudad que odiaba, amargándose por
no formar parte de los círculos científicos a los que antaño se había esforzado
en incorporarse. «Me gustaría haber estado allí, haber podido escuchar un poco
y haber visto a todas aquellas magníficas personas —le escribía a Einstein
después de una de sus charlas, en octubre de 1911—. Hace tanto que no nos vemos
que me pregunto si me reconocerás». Y firmaba: Deine alte D («tu
vieja D»), como si fuera todavía su Doxerl («su Muñeca»),
aunque algo más vieja.[429]
Las circunstancias de Maric, acaso unidas a cierta predisposición innata a
ello, hicieron que se convirtiera en una persona cada vez más triste, incluso
depresiva. Cuando Philipp Frank la conoció en Praga por primera vez, pensó que
podría muy bien estar esquizofrénica. Einstein estuvo de acuerdo, y más tarde
le diría a un colega que la tristeza de ella «sin duda se remonta a una
predisposición genética a la esquizofrenia procedente de la familia de su
madre».[430]
Así pues, el matrimonio de Einstein pasaba de nuevo por una fase de
inestabilidad cuando él viajó solo a Berlin durante las vacaciones de Pascua de
1912. Allí se reencontró con una prima suya, tres años mayor que él, a la que
no veía desde niño.
Elsa Einstein[IX] era hija de Rudolf Einstein, apodado el Rico, y Fanny Koch
Einstein. Era prima de Einstein por partida doble. El padre de ella era primo
camal del padre de Einstein, Hermann, y le había ayudado a fundar su empresa.
La madre, por su parte, era hermana de la madre de Einstein, Pauline (lo que
convertía a Elsa y Albert en primos camales). Tras la muerte de Hermann,
Pauline se fue a vivir durante unos años con Rudolf y Fanny Einstein,
ayudándoles a llevar la casa.
De niños, Albert y Elsa habían jugado juntos en la casa de los padres de él en
Múnich, y en cierta ocasión también habían compartido una primera experiencia
artística en la ópera.[431] Desde entonces, Elsa se había casado, se había divorciado,
y ahora, a sus treinta y seis años, vivía con sus dos hijas, Margot e Ilse, en
el mismo bloque de pisos que sus padres.
El contraste con la esposa de Einstein no podía ser más marcado. Mileva Maric
era exótica, intelectual y compleja. Elsa no era nada de eso. Antes bien, era
una mujer de una belleza convencional hecha a la vida hogareña. Le gustaban
las delicatessen y el chocolate, lo que tendía a darle su
redondeado aspecto de matrona. Su rostro era parecido al de su primo, y a
medida que ambos fueron envejeciendo, el parecido aumentaría de manera
asombrosa.[432]
Einstein buscaba nueva compañía, y al principio estuvo flirteando con la
hermana de Elsa. Pero hacia el final de su visita de Pascua ya se había
decidido por la propia Elsa, ya que esta le ofrecía el consuelo y la seguridad
que ahora anhelaba. Al parecer, la clase de amor que buscaba no era un
tempestuoso romance, sino un apoyo y un afecto sin complicaciones.
Y Elsa, que adoraba a su primo, estaba ansiosa por dárselo. Cuando Einstein
regresó a Praga, ella le escribió enseguida, enviando la carta a su despacho,
no a su casa, y le proponía un modo de mantener correspondencia en secreto.
«Qué buena es usted por no ser demasiado orgullosa para comunicarse conmigo de
ese modo —le respondió él—. No puedo siquiera empezar a decirle lo que la he
echado de menos durante estos pocos días». Elsa le pedía que destruyera sus
cartas, cosa que él hizo. Pero ella, por su parte, guardó las respuestas de él
durante el resto de su vida, atadas en una carpeta a la que más tarde añadiría
esta etiqueta: «Cartas especialmente hermosas de tiempos mejores».[433]
Einstein le pidió disculpas por sus flirteos con su hermana Paula. «Me resulta
difícil entender cómo pude encapricharme de ella —declaraba—. Pero en realidad
es sencillo. Era joven, una muchacha, y muy servicial».
Una década antes, cuando escribía sus cartas de amor a Maric en las que
celebraba su propio planteamiento vital extravagante y bohemio, Einstein habría
situado a los parientes como Elsa en la categoría de «palurdos burgueses». Pero
ahora, en unas cartas que resultaban casi tan efusivas como las que antaño
escribiera a Maric, profesaba su nueva pasión por Elsa. «He de tener a alguien
a quien amar, ya que de lo contrario la vida es miserable —escribía—. Y ese
alguien es usted».
Ella sabía cómo hacer que se pusiera a la defensiva; se metía con él por
dejarse dominar por Marie, asegurándole que era un «calzonazos». Como cabía
esperar, Einstein respondía protestando y afirmando que él le demostraría lo
contrarío. «¡No piense en mí de ese modo! —le decía—. Le aseguro
categóricamente que me considero un hombre con todas las de la ley. Quizá en
algún momento tenga la oportunidad de demostrárselo».
Espoleado por aquel nuevo afecto y por la perspectiva de trabajar en la capital
mundial de la física teórica, el deseo de Einstein de trasladarse a Berlín
aumentó. «Las probabilidades de recibir una llamada de Berlín, por desgracia,
son muy pequeñas», reconocía a Elsa. Pero en su visita había hecho todo lo
posible por aumentar las posibilidades de obtener un puesto allí algún día; en
su agenda anotó las entrevistas que había podido conseguir con importantes
figuras académicas, incluyendo a los científicos Fritz Haber, Walther Nernst y
Emil Warburg.[434]
El hijo de Einstein, Hans Albert, recordaría posteriormente que había sido
justo después de su octavo cumpleaños, en la primavera de 1912, cuando había
empezado a ser consciente de que el matrimonio de sus padres se desmoronaba.
Sin embargo, tras regresar de Berlín a Praga, Einstein pareció sentir ciertos
escrúpulos por su aventura con su prima, a la que trató de poner fin en dos
cartas. «Ceder a nuestra atracción mutua solo traería confusión y desgracia»,
le escribiría a Elsa.
Más tarde, aquel mismo mes, trató de mostrarse aún más tajante. «No será bueno
para nosotros dos, y tampoco para los demás, que establezcamos un vínculo más
estrecho. De modo que le escribo hoy por última vez y me someto de nuevo a lo
inevitable, y usted debe hacer lo mismo. Ya sabe que no es la dureza de corazón
o la falta de sentimientos la que me hace escribir así, puesto que sabe bien
que, como usted, yo sobrellevo mi cruz sin esperanza».[435]
Había algo que Einstein y Maric sí compartían, el sentimiento de que vivir
entre la clase media alemana de Praga se había hecho aburrido. «No son personas
con sentimientos naturales», le diría Einstein a Besso, puesto que mostraban
«una peculiar mezcla de esnobismo y servilismo, sin ninguna clase de buena
voluntad hacia su prójimo». El agua era imbebible, el aire estaba lleno de
hollín, y un ostentoso lujo se yuxtaponía a la miseria de las calles. Pero lo
que más molestaba a Einstein eran las artificiales estructuras de clase.
«Cuando llego al instituto —se quejaría—, un hombre servil que apesta a alcohol
se inclina y me dice: “su más humilde servidor”».[436]
A Maric le preocupaba que la mala calidad del agua, la leche y el aire
perjudicaran la salud de su hijo pequeño, Eduard, que había perdido el apetito
y no dormía bien. Y ahora también estaba claro que a su marido le importaba más
su ciencia que su familia. «Trabaja incansablemente en sus problemas; podría
decirse que vive solo para ellos —le diría a su amiga Helene Savic—. Debo
confesar con cierta vergüenza que para él no somos importantes y ocupamos un
segundo lugar».[437]
Así pues, Einstein y su esposa decidieron regresar al único lugar en el que
creían que podrían recuperar su relación.
Zurich, 1912
En junio de 1911, el Politécnico de Zúrich, donde Einstein y Maric habían
compartido gozosamente sus libros y sus almas, había adquirido categoría
universitaria, pasando a denominarse Eidgenössische Technische Hochschule
(ETH), o Instituto Federal Suizo de Tecnología, con facultad para conceder
títulos de graduado. Einstein, que a sus treinta y dos años era ya bastante
conocido en el mundo de la física teórica, debió de representar una opción
bastante clara y evidente a la hora de ocupar una de las nuevas plazas de
profesor titular de las que ahora disponía la institución.
De hecho, ya se había tratado de esa posibilidad hacía un año. Antes de partir
rumbo a Praga, Einstein había llegado a un acuerdo con las autoridades docentes
de Zúrich. «En privado les prometí que les avisaría antes de aceptar cualquier
otra oferta de quien fuese, a fin de que la administración del Politécnico
también pudiera hacerme una oferta si lo juzgaba adecuado», le diría a un
profesor holandés que quería llevárselo a Utrecht.[438]
En noviembre de 1911, Einstein había recibido la oferta de Zúrich, o al menos
eso creía, y como resultado declinó la de Utrecht. Pero el asunto no estaba
zanjado del todo, ya que algunos de los funcionarios docentes de Zúrich se
oponían. Alegaban que tener un profesor de física teórica era «un lujo», que no
había suficiente espacio en el laboratorio para acomodar a uno, y que Einstein
en concreto no era un buen profesor.
Heinrich Zangger, un viejo amigo que era investigador médico en Zúrich,
intervino en defensa de Einstein. «Hoy en día hace falta un físico teórico
especializado», escribió en una carta dirigida a uno de los principales
consejeros de Zúrich. Y señalaba asimismo que para desempeñar ese papel,
Einstein «no necesita laboratorio». En cuanto a las habilidades docentes de
este, Zangger daba una descripción maravillosamente matizada y reveladora:
Él no es un buen profesor para los caballeros mentalmente
perezosos que solo pretenden llenar un cuaderno de apuntes y luego aprendérselo
de memoria para el examen; no es un brillante orador, pero cualquiera que desee
aprender cómo desarrollar sus ideas en física de una manera honesta, desde muy
adentro, y cómo examinar todas las premisas minuciosamente y ver los escollos y
los problemas en sus reflexiones, encontrará en Einstein a un maestro de
primera, ya que todo esto se expresa en sus clases, que obligan a la audiencia
a pensar.[439]
Zangger escribió a Einstein para expresar su enfado por las
vacilaciones de Zúrich, y este le respondió: «Las queridas gentes de Zúrich
pueden besarme el…» («und die lieben Züricher können mich auch…»; los
puntos suspensivos están en el propio original). También le pidió a Zangger que
no insistiera más en el asunto. «Deje el Politécnico[X] a los inescrutables designios del Señor».[440]
Einstein, sin embargo, decidió no dejar el asunto; antes al contrario, le jugó
al Politécnico una pequeña treta. Los funcionarios de la Universidad de Utrecht
estaban a punto de ofrecerle la plaza vacante a otro, Peter Debye, cuando
Einstein les pidió que aplazaran su decisión. «Me dirijo a ustedes con una
extraña petición», escribió. Inicialmente el Politécnico de Zúrich había
parecido muy ansioso por reclutarle —decía—, y se había actuado con prisas por
temor a que se fuera a Utrecht. «Pero si se enteraran en un futuro inmediato de
que Debye iba a ir a Utrecht, perderían su fervor de golpe y me dejarían
permanentemente en suspenso. Les pido, pues, que aplacen un poco más la oferta
oficial a Debye».[441]
De manera bastante curiosa, Einstein se encontró con que necesitaba cartas de
recomendación para conseguir un puesto en su propia alma mater. Marie Curie le
escribió una. «En Bruselas, donde asistí a un congreso científico en el que el
señor Einstein también participó, tuve ocasión de admirar la claridad de su
intelecto, el alcance de su información, y la profundidad de sus
conocimientos», señalaba.[442]
Para aumentar aún más la ironía, la otra principal carta de recomendación
provenía de Henri Poincaré, el hombre que había estado a punto de descubrir la
teoría de la relatividad especial, pero que, en cambio, seguía sin suscribirla.
Según su carta, Einstein era «una de las mentes más originales con las que
jamás me he tropezado». Resultaba especialmente conmovedora su descripción de
la predisposición de Einstein, de la que carecía el propio Poincaré, a realizar
saltos conceptuales radicales: «Lo que admiro particularmente en él es la
facilidad con la que se adapta a los nuevos conceptos. No permanece apegado a
los principios clásicos, y cuando se le presenta un problema de física, está
dispuesto a considerar todas las posibilidades». Poincaré, sin embargo, no pudo
resistirse a la tentación de afirmar, acaso con la relatividad en mente, que
era posible que Einstein no estuviese acertado en todas sus teorías: «Dado que
busca en todas direcciones, cabe esperar que la mayor parte de los caminos que
emprende sean callejones sin salida».[443]
Pronto todo aquello dio sus frutos, y en julio de 1912 Einstein regresaba a
Zúrich. Le dio las gracias a Zangger por ayudarle a lograrlo «contra todo
pronóstico», y le dijo exultante: «Estoy enormemente contento de que volvamos a
reunimos». También Maric estaba entusiasmada, ya que creía que el retomo podía
ayudar a salvar tanto su cordura como su matrimonio. Hasta sus hijos parecían
contentos de marcharse de Praga y volver a su ciudad natal. Como señalaría
Einstein en una postal escrita a otro amigo: «Gran alegría hay por ello entre
nosotros los viejos y entre los dos cachorros».[444]
Su partida suscitó una pequeña polémica en Praga. Algunos periódicos señalaban
que el antisemitismo de la universidad podría haber tenido algo que ver. De
modo que Einstein se sintió obligado a hacer una declaración pública. «Pese a
todas las presunciones —dijo—, yo no he sentido ni observado ningún prejuicio
religioso». Además —añadía—, el nombramiento de Philipp Frank, judío, como
sucesor suyo confirmaba que «tales consideraciones» no constituían un verdadero
problema.[445]
La vida en Zúrich debería haber sido gloriosa. Los Einstein pudieron permitirse
coger un moderno piso de seis habitaciones con magníficas vistas. Se
reencontraban con amigos como Zangger y Grossmann, e incluso ahora había un
adversario menos. «El feroz Weber ha muerto, lo que me resulta muy agradable
desde un punto de vista personal», escribiría Einstein refiriéndose a su
antiguo profesor de física y azote, Heinrich Weber.[446]
Volvía a haber veladas musicales en casa del profesor de matemáticas Adolf
Hurwitz. Los programas incluían no solo a Mozart, el favorito de Einstein, sino
también a Schumann, que lo era de Maric. Los domingos por la tarde, Einstein
solía aparecer con su esposa y sus dos hijos en la puerta anunciando: «Aquí
viene la familia Einstein en pleno».
Sin embargo, a pesar de reencontrarse con sus amigos y distracciones, la
depresión de Maric siguió agravándose, al tiempo que su salud se hacía cada vez
más precaria. Desarrolló un reumatismo que hacía que le resultase difícil salir
de casa, especialmente cuando se helaban las calles en invierno. Asistía a los
recitales de Hurwitz con menos frecuencia, y cuando aparecía, su tristeza
resultaba cada vez más evidente. En febrero de 1913, para hacerla salir de
casa, la familia Hurwitz planificó un recital completamente dedicado a
Schumann. Ella asistió, pero parecía estar paralizada por el dolor, tanto
mental como físico.[447]
Así pues, la atmósfera era la idónea para que se produjera una catálisis que
perturbara aquella situación familiar ya inestable. Y esta vino en forma de
carta. Después de casi un año de silencio, Elsa Einstein escribió a su primo.
El mes de mayo anterior, cuando le había declarado que la escribía «por última
vez», Einstein le había dado, no obstante, la dirección del que sería su nuevo
despacho en Zúrich. Ahora Elsa había decidido enviarle una felicitación por su
trigésimo cuarto cumpleaños, añadiendo la petición de que le enviara una foto
suya y de que le recomendara un buen libro sobre relatividad que ella pudiera
leer. Sabía bien cómo halagarle.[448]
«No hay ningún libro sobre la relatividad que resulte comprensible para el
profano —le respondió él—. Pero ¿para qué tiene usted un primo relativista? Si
alguna vez se pasa por Zúrich, ambos (sin mi esposa, que por desgracia es muy
celosa) daremos un hermoso paseo y le hablaré de todas esas cosas curiosas que
he descubierto». Luego dio un paso más. En lugar de enviarle una foto, ¿no
sería mejor verse en persona? «Si desea usted hacerme verdaderamente feliz,
halle el modo de poder venir alguna vez a pasar unos días aquí».[449]
Unos días después la escribió de nuevo, diciéndole que había dado instrucciones
a un fotógrafo de que le enviara una foto suya. Él había estado trabajando en
la generalización de la teoría de la relatividad —le explicaba—, y estaba
exhausto. Como hiciera un año antes, se quejaba por estar casado con Maric:
«¡Qué no daría por poder pasar unos días con usted, pero sin mi cruz!». Y le
preguntaba a Elsa si a finales de verano estaría en Berlín. «Me gustaría
hacerle una breve visita».[450]
No resulta sorprendente, pues, que Einstein se mostrara sumamente receptivo
cuando, unos meses después, los dos puntales del estamento científico berlinés,
Max Planck y Walther Nernst, se presentaron en Zúrich con una tentadora
propuesta. Impresionados por la actuación de Einstein en el Congreso Solvay de
1911, habían estado sondeando a sus colegas sobre la posibilidad de llevarle a
Berlín.
La oferta que trajeron consigo cuando llegaron, acompañados de sus esposas, en
el tren nocturno procedente de Berlín, el 11 de julio de 1913, contaba con tres
elementos impresionantes: Einstein sería elegido para cubrir una codiciada
vacante en la Academia Prusiana de Ciencias, que llevaba aparejado un
sustancioso estipendio; sería nombrado director de un nuevo instituto de
física, y se incorporaría a la Universidad de Berlín como profesor. El paquete
incluía un montón de dinero, y no representaba ni de lejos tanto trabajo como
podría parecer a primera vista. Planck y Nernst dejaron claro que no se
exigiría de Einstein ni compromisos docentes en la universidad ni verdaderas
tareas administrativas en el instituto. Y aunque sí se le requeriría que
aceptara de nuevo la ciudadanía alemana, podría seguir conservando también la
suiza.
Los dos visitantes plantearon su propuesta durante una larga visita al soleado
despacho de Einstein en el Politécnico. Este les dijo que necesitaba una horas
para pensarlo, aunque lo más probable es que ya hubiera decidido aceptar. De
modo que Planck y Nernst se llevaron a sus esposas de excursión en un funicular
que ascendía a una de las montañas cercanas. Con travieso espíritu de
diversión, Einstein les dijo que aguardaría su regreso en la estación con una
señal. Si había decidido declinar la oferta, llevaría una rosa blanca; si había
decidido aceptar, una rosa roja (según algunas versiones de la anécdota, la
señal sería un pañuelo blanco). Cuando bajaron del tren, descubrieron con
satisfacción que había aceptado.[451]
Ello significaba que Einstein, a sus treinta y cuatro años, se convertiría en
el miembro más joven de la Academia Prusiana de Ciencias. Pero primero Planck
tenía que hacer que le eligieran. La carta que escribió, que también firmaron
Nernst y otros, hacía la memorable, aunque incorrecta concesión —ya citada—, de
que «puede que a veces haya ido demasiado lejos en sus especulaciones, como,
por ejemplo, en su hipótesis del cuanto de luz». Pero el resto de la misiva
estaba plagada de extravagantes elogios de cada una de sus numerosas
aportaciones científicas. «Entre los grandes problemas que abundan en la física
moderna, apenas queda alguno al que Einstein no haya hecho alguna aportación
notable».[452]
Einstein era consciente de que los berlineses asumían un riesgo. No se le
contrataba precisamente por sus habilidades docentes (puesto que no se
dedicaría a la docencia) ni administrativas. Y aunque había publicado resúmenes
y artículos en los que describía sus constantes esfuerzos por generalizar la
relatividad, no estaba claro que su búsqueda fuera a tener éxito. «Los alemanes
están apostando por mí como lo harían por una gallina que hubiera ganado un
concurso —le diría a un amigo al salir de una fiesta—. Pero no sé si todavía
puedo poner huevos».[453]
También Einstein asumía un riesgo. Tenía un puesto de trabajo seguro y
lucrativo en una ciudad y en una sociedad que amaban tanto él como su esposa y
su familia. La personalidad suiza iba muy bien con su manera de ser. Su esposa
sentía el rechazo propio de cualquier eslavo por todo lo teutón, mientras que a
él mismo se le había inculcado una aversión similar en su infancia. De muchacho
había huido de los desfiles prusianos y la rigidez alemana. Solo la oportunidad
de poder dejarse mimar en la capital mundial de la ciencia podía impulsarle a
dar aquel paso.
Einstein consideraba aquella perspectiva tan excitante como divertida. «Voy a
Berlín como académico sin ninguna obligación, más bien como una momia viviente
—le escribió a su colega Jakob Laub, físico como él—. ¡Ardo en deseos de
iniciar esa difícil carrera!».[454] Ante Ehrenfest, admitía: «Acepto esta extraña sinecura
porque dar clases me crispa los nervios».[455] Sin embargo, ante el venerable Hendrik Lorentz, en
Holanda, Einstein mostraba algo más de gravedad: «No podía resistir la
tentación de aceptar un puesto en el que se me releva de toda responsabilidad
para poder entregarme completamente a la reflexión».[456]
Había, obviamente, otro factor que hacía atractivo el nuevo puesto, la
posibilidad de estar con su prima y nuevo amor, Elsa. Como el propio Einstein
admitiría posteriormente a su amigo Zangger: «Como sabes, ella fue la principal
razón de que me fuera a Berlin».[457]
La misma tarde en que Planck y Nernst abandonaron Zúrich, Einstein escribió a
Elsa una emocionada carta en la que le explicaba el «colosal honor» que le
habían ofrecido. «La próxima primavera a más tardar iré definitivamente a
Berlín —le decía exultante—. ¡Ya gozo al pensar en los maravillosos ratos que
pasaremos juntos!».
Durante la semana siguiente le envió otras dos notas. «Gozo ante la idea de que
pronto iré a verla», le escribió en la primera. Y unos (días más tarde: «¡Ahora
estaremos juntos y gozaremos el uno del otro!». Resulta imposible saber con
certeza qué peso relativo cabe asignar a cada uno de los factores que le
atrajeron a Berlín: la insuperable comunidad científica que allí había, las
glorias y privilegios del puesto que se lo ofrecía, o la posibilidad de estar
con Elsa. Pero al menos ante ella, Einstein afirmaba que el principal era este
último. «Ardo en deseos de ir a Berlín, sobre todo porque estoy impaciente por
usted».[458]
De hecho, Elsa había tratado de ayudarle a aceptar la oferta. A principios de
aquel año, y por iniciativa propia, había ido a visitar por sorpresa a Fritz
Haber, que dirigía el Instituto de Química Káiser Guillermo de Berlín, y le
había hecho saber que su primo podía optar a un puesto que le llevaría a dicha
ciudad. Cuando supo de la intervención de Elsa, Einstein se mostró divertido.
«Haber sabe con quién está tratando. Sabe apreciar la influencia de una
simpática prima… La despreocupación con la que fue usted a ver a Haber por
sorpresa es Elsa en estado puro. ¿Le habló a alguien de ello, o lo consultó
solo con su malicioso corazón? ¡Cómo me habría gustado verla!».[459]
Aun antes de que Einstein se trasladara a Berlín, él y Elsa empezaron a
mantener una correspondencia que parecía propia de una pareja. Ella se
preocupaba por su agotamiento, y le envió una larga carta en la que le
prescribía más ejercicio, reposo y una dieta más sana. Él le respondió diciendo
que planeaba «fumar como una chimenea, trabajar como un caballo, comer sin
pensar y salir a pasear solocon una compañía realmente placentera».
No obstante, le dejaba claro que no debía esperar que abandonara a su esposa:
«Usted y yo podemos muy bien ser felices juntos sin tener que hacerle daño a
ella».[460]
De hecho, incluso en medio de aquel frenesí de cartas de amor con Elsa,
Einstein seguía tratando de ser un adecuado padre de familia. En sus vacaciones
de agosto de 1913, decidió llevarse de excursión a su esposa y sus dos hijos
junto con Marie Curie y las dos hijas de ella. El plan era atravesar las
montañas del sudeste de Suiza hasta llegar al lago de Como, donde él y Maric
habían pasado sus momentos más románticos y apasionados doce años antes.
Resultó, no obstante, que el enfermizo Eduard no pudo hacer el viaje, y Maric
se quedó unos cuantos días para dejarlo con unos amigos. Luego se unió a ellos
cuando ya se aproximaban al lago de Como. Durante las caminatas, Curie
desafiaba a Einstein a que les dijera el nombre de todos los picos. También
hablaban de ciencia, especialmente cuando los niños se adelantaban y ellos se
quedaban rezagados. En un momento dado, Einstein se detuvo en seco y cogió a
Curie del brazo. «Comprenda que lo que yo necesito saber es exactamente qué les
ocurre a los pasajeros de un ascensor cuando cae al vacío», le dijo,
refiriéndose a sus ideas sobre la equivalencia entre gravedad y aceleración.
Como señalaría posteriormente la hija de Curie, «aquella conmovedora
preocupación hizo estallar en carcajadas a la generación más joven».[461]
Luego Einstein acompañó a Maric y a sus hijos a visitar a la familia de ella en
Novi Sad y en su residencia de verano en Kac. En su último domingo en Serbia,
Maric, sin su marido, se llevó a los niños a que los bautizaran. Hans Albert
recordaría posteriormente los hermosos cantos, y que su hermano, Eduard, de
solo tres años, no paraba de molestar. En cuanto a su padre, después pareció
mostrarse optimista y divertido. «¿Sabes cuál es el resultado? —le diría a
Hurwitz—. Se han vuelto católicos. Bueno, a mí me da lo mismo».[462]
Sin embargo, aquella fachada de armonía familiar ocultaba el deterioro del
matrimonio. Tras su viaje a Serbia, y después de hacer escala en Viena para su
cita anual en el congreso de físicos germanoparlantes, Einstein prosiguió su
viaje hasta Berlín, solo. Allí se reunió con Elsa. «Ahora tengo algo en lo que
pensar con puro deleite y por lo que vivir», le dijo a ella.[463]
La cocina casera de Elsa, una saludable atención que ella le prodigaba como una
madre, se convertiría en uno de los temas de sus cartas. Su correspondencia,
como su relación, supondría un marcado contraste con la que habían mantenido
Einstein y Maric doce años atrás. El y Elsa tendían a escribirse sobre asuntos
domésticos —comida, tranquilidad, higiene, afecto—, antes que sobre besos y
gozos románticos, o sobre las intimidades del alma y las ideas del intelecto.
Pese a tan convencionales preocupaciones, Einstein seguía acariciando la idea
de que su relación podía evitar hundirse en una pauta mundana. «¡Qué hermoso
sería que uno de estos días pudiéramos compartir una pequeña vivienda bohemia!
—le escribía—. ¡No tiene usted idea de lo encantadora que sería una vida con
muy pocas necesidades y sin grandezas!».[464] Cuando Elsa le dio un cepillo para el pelo, inicialmente
él se mostró orgulloso de sus progresos en su aseo personal, pero luego volvió
a sus desaliñadas maneras, y le dijo a ella, bromeando solo a medias, que había
de guardarse de los palurdos y de la burguesía. Eran términos que había
empleado también con Maric, aunque más en serio.
Elsa no solo quería domesticar a Einstein, sino también casarse con él. Incluso
antes de que se trasladara a Berlín, le escribió instándole a que se divorciara
de Maric. Aquella se convertiría en una batalla constante durante años, hasta
que ella finalmente ganaría la partida. Pero por el momento Einstein resistía.
«¿Cree usted —le preguntaba— que es tan fácil obtener el divorcio cuando uno no
tiene ninguna prueba de la culpa de la otra parte?». Elsa debía aceptar que en
la práctica estaba separado de Maric aunque no fuera a divorciarse de ella.
«Trato a mi esposa como si fuese una empleada a la que no puedo despedir. Yo
tengo mi propio lecho y evito quedarme a solas con ella». A Elsa le contrariaba
que Einstein no quisiera casarse con ella, y temía que una relación ilícita
pudiera influir negativamente en sus hijas; pero Einstein insistía en que era
lo mejor.[465]
Como era de esperar, Maric estaba deprimida ante la perspectiva de trasladarse
a Berlín. Allí tendría que tratar con la madre de Einstein, a la que jamás
había gustado, y con su prima, a la que suponía, acertadamente una posible
rival. Además, Berlín se había mostrado en diversas ocasiones menos tolerante
incluso con los eslavos que con los judíos. «Mi esposa se me queja
constantemente de Berlín y de su temor a los parientes —le escribía Einstein a
Elsa—. Bueno, algo hay de verdad en ello». En otra carta, tras explicarle que
Maric tenía miedo de ella, añadía: «¡Espero que con razón!».[466]
De hecho, en aquel momento todas las mujeres de su vida —su madre, su hermana,
su esposa y su adorada prima— estaban en guerra unas con otras. Al aproximarse
las Navidades de 1913, la lucha de Einstein por generalizar la relatividad
contaba con el beneficio añadido de constituir una forma de evitar las
emociones familiares. Ese esfuerzo representaría para él una nueva reafirmación
del modo en que la ciencia podía rescatarle de lo meramente personal. «El amor
a la ciencia florece bajo tales circunstancias —le decía a Elsa—, puesto que me
eleva de manera impersonal por encima de este valle de lágrimas hacia pacíficas
esferas».[467]
Poco antes de la llegada de la primavera de 1914 y del traslado de la familia a
Berlín, Eduard cogió una infección de oído que obligó a Maric a llevárselo a un
balneario alpino para que se recuperara. «Eso tiene su lado bueno», le diría
Einstein a Elsa. Inicialmente viajaría a Berlín él solo y, «a fin de poder
saborearlo», decidió saltarse un congreso en París para llegar antes.
En una de sus últimas tardes en Zúrich, él y Maric fueron a casa de Hurwitz
para disfrutar de una velada musical de despedida. Una vez más, el programa
incluyó a Schumann en un intento de elevar el ánimo de Maric. Pero no lo logró,
ya que permaneció ensimismada en un rincón sin hablar con nadie.[468]
Berlín, 1914
En abril de 1914, Einstein se había establecido en un espacioso piso situado
justo al oeste del centro de Berlín. Maric, que era la que había elegido el
piso cuando había visitado la ciudad en sus vacaciones navideñas, llegó a
finales de abril, una vez que la infección de oído de Eduard hubo remitido.[469]
Las tensiones de la vida doméstica de Einstein se vieron exacerbadas por el
exceso de trabajo y la tensión mental. Estaba adaptándose a su nuevo puesto de
trabajo —de hecho, a sus tres nuevos puestos de trabajo— y seguía enfrascado en
sus intermitentes tentativas de generalizar su teoría de la relatividad y
vincularla a la teoría de la gravitación. Aquel primer mes de abril en Berlín,
por ejemplo, mantuvo una intensa correspondencia con Paul Ehrenfest sobre el
modo de calcular las fuerzas que afectaban a los electrones en rotación en un
campo magnético. Empezó esbozando una teoría para tales situaciones, y luego se
dio cuenta de que era errónea. «El ángel se había revelado solo a medias en su
magnificencia —le decía a Ehrenfest—, pero luego dejó ver sus pezuñas, y salí
corriendo».
Todavía más revelador, acaso más de lo que pretendía serlo, era su comentario a
Ehrenfest con respecto a su vida personal en Berlín. «Estoy disfrutando de
verdad de mis parientes locales —explicaba—, en especial de una prima de mi edad».[470]
Cuando Ehrenfest fue a visitarles, a finales de abril, Maric acababa de llegar,
y él la encontró triste y añorada de Zúrich. Einstein, por su parte, se había
sumergido en su trabajo. «Tenía la impresión de que la familia estaba robándole
demasiado tiempo, y que tenía el deber de concentrarse completamente en su
trabajo», diría posteriormente su hijo Hans Albert, recordando aquella fatídica
primavera de 1914.[471]
En las relaciones personales siempre entran en juego las fuerzas más
misteriosas de la naturaleza. Es fácil hacer juicios desde fuera, cuya
veracidad, sin embargo, resulta difícil de verificar. De manera repetida y
quejumbrosa, Einstein insistiría a todos los amigos de ambos —especialmente los
Besso, los Haber y los Zangger— que debían tratar de contemplar la ruptura de
su matrimonio desde la perspectiva de él a pesar de su aparente culpabilidad.
Probablemente es verdad que no cabe atribuirle solo a él toda la culpa. El
declive del matrimonio fue una espiral descendente. Él se había retirado
emocionalmente, al tiempo que Maric se había vuelto más depresiva y sombría, y
cada nueva acción de uno venía a reforzar las del otro. Einstein tendía a
evitar las dolorosas emociones personales sumergiéndose en su trabajo. Marie,
por su parte, se sentía amargada por el fracaso de sus propios sueños y cada
vez más resentida ante el éxito de su marido. Sus celos la hacían sentirse
hostil hacia cualquier otra persona que estuviera cercana a Einstein,
incluyendo a su madre (con la que el sentimiento era recíproco) y sus amigos.
Su naturaleza desconfiada era en cierta medida un efecto del desapego de
Einstein, pero a la vez también era lo que causaba.
Para cuando se trasladaron a Berlín, Marie había establecido también al menos
una nueva relación personal, con un profesor de matemáticas de Zagreb llamado
Vladimir Varicak, quien había cuestionado las interpretaciones de Einstein
acerca de cómo se aplicaba la relatividad especial a un disco en rotación. El
propio Einstein era consciente de esa situación. «Él mantenía una especie de
relación con mi esposa que no cabe echarles en cara a ninguno de los dos —le
escribiría a Zangger en junio—. Pero hada que mi sensación de aislamiento me
resultara doblemente dolorosa».[472]
El final llegaría en el mes de julio. En medio de la confusión, Maric se
trasladó con sus dos hijos a casa de Frizt Haber, el químico responsable de la
contratación de Einstein y que dirigía el instituto donde se hallaba el
despacho de este. Haber tenía también su propia experiencia con las discordias
domésticas. Su esposa, Clara, acabaría suicidándose al año siguiente tras una
pelea sobre la participación de Haber en la guerra. Pero por el momento ella
era la única amiga de Mileva Maric en Berlín, y Fritz se convirtió en
intermediario al estallar abiertamente las disputas entre los Einstein.
A través de los Haber, a mediados de junio Einstein le envió a Marie un brutal
ultimátum. Este tenía la forma de una propuesta de contrato, donde el frío
planteamiento científico de Einstein se combinaba con su hostilidad personal y
su distanciamiento emocional, produciendo un asombroso documento. Rezaba así:
Condiciones
A. Te encargarás:
1.
de que mi ropa y mi colada
se mantengan en orden;
2.
de que reciba regularmente
mis tres comidas en mi habitación;
3.
de que mi dormitorio y mi
estudio estén siempre limpios, y especialmente de que mi escritorio quede
para mi exclusivo uso.
B. Renunciarás a todas las relaciones personales conmigo en
tanto estas no sean completamente necesarias por razones sociales. En concreto,
habrás de renunciar a:
1.
que esté junto a ti en casa;
2.
que vaya de viaje contigo.
C. Obedecerás los siguientes puntos en tus relaciones conmigo:
1.
no esperarás ninguna
intimidad de mí, ni me harás ningún reproche;
2.
dejarás de hablarme cuando
te lo pida;
3.
saldrás de mi dormitorio o
de mi estudio inmediatamente sin protestar cuando te lo pida.
D. No me menospreciarás delante de nuestros hijos, ni con
palabras ni con tu comportamiento.[473]
Maric aceptó los términos. Cuando Haber le entregó su respuesta,
Einstein insistió en escribirla de nuevo «a fin de que tengas la situación
completamente clara». Él estaba dispuesto a que vivieran juntos de nuevo
«porque no quiero perder a los niños ni quiero que ellos me pierdan a mí».
Estaba fuera de toda duda que mantendría una relación «amistosa» con ella, pero
intentaría que esta fuera «formal». «Los aspectos personales deben reducirse a
su mínima expresión —decía—. A cambio, te garantizo un comportamiento correcto
por mi parte, como el que tendría con cualquier mujer extraña».[474]
Solo entonces se dio cuenta Maric de que su relación ya era insalvable. Luego
se reunieron todos un viernes en casa de Haber para arreglar un acuerdo de
separación. Tardaron tres horas. Einstein aceptó entregar a Maric y a sus hijos
5.000 marcos anuales, algo menos de la mitad de su principal salario. Luego
Haber y Maric fueron a un abogado para que redactara el contrato; Einstein no
les acompañó, sino que envió a su amigo Michele Besso, que había venido de
Trieste para representarle.[475]
Einstein abandonó la reunión en casa de Haber y se fue directamente a casa de
los padres de Elsa, que también eran sus tíos. Estos llegaron a casa más tarde,
a la hora de comer, y se lo encontraron allí. Recibieron la noticia con «cierto
disgusto», pero, a pesar de ello, Einstein pudo quedarse en su casa. Elsa
estaba pasando sus vacaciones de verano en los Alpes bávaros con sus dos hijas,
y Einstein le escribió para informarle de que en aquel momento estaba durmiendo
en la cama de ella, en el piso de arriba de la vivienda. «Resulta peculiar lo
confusamente sentimental que se vuelve uno —le dijo—. Es una cama como otra
cualquiera, como si jamás hubieras dormido en ella. Y sin embargo me resulta
confortante». Ella le había invitado a que fuera a verla a los Alpes bávaros,
pero él le respondió que no podía, «por temor a dañar de nuevo tu reputación».[476]
Se habían sentado ya las bases del divorcio —le aseguraba a Elsa—, lo que él
consideraba «un sacrificio» que había hecho por ella. Maric volvería a Zúrich y
se quedaría con la custodia de sus dos hijos, y cuando estos fueran a visitar a
su padre, solo podrían encontrarse en un «terreno neutral», no en una casa que
él compartiera con Elsa. «Eso está justificado —concedía Einstein—, porque no
está bien hacer que los niños vean a su padre con una mujer que no sea su
propia madre».
A Einstein la perspectiva de separarse de sus hijos le resultaba desoladora.
Pretendía estar desapegado de los sentimientos personales, y en ocasiones
ciertamente lo estaba. Pero cuando se imaginaba la vida separado de sus hijos,
los sentimientos le embargaban. «Sería un verdadero monstruo si sintiera de
otro modo —le escribía a Elsa—. He cogido en brazos a esos niños innumerables
veces día y noche, los he paseado en su cochecito, he jugado con ellos, he
retozado y bromeado con ellos. Solían gritar de alegría cuando yo llegaba; el
menor todavía se alegraba, ya que era aún demasiado pequeño para entender la
situación. Ahora se irán para siempre, y se está arruinando la imagen de su
padre».[477]
El miércoles 29 de julio de 1914, Maric y los dos niños abandonaron Berlín,
acompañados de Michele Besso, en el tren matutino con destino a Zúrich. Haber
acudió a la estación con Einstein, que estuvo «llorando como un niño» toda la
tarde y toda la noche. Aquel representó un momento personal de lo más
desgarrador para un hombre que sentía un perverso orgullo por evitar los
momentos personales. Pese a toda su reputación de ser inmune a los apegos
humanos más profundos, había estado desesperadamente enamorado de Mileva Maric
y se hallaba profundamente unido a sus hijos. Aquella fue una de las pocas
veces en las que Einstein lloró en toda su vida adulta.
Al día siguiente fue a visitar a su madre, que le dio ánimos. A ella nunca le
había gustado Marie, y estaba encantada de que se hubiera ido. «¡Si tu pobre
papá hubiera vivido para verlo!», le dijo, aludiendo a su separación. Incluso
se mostró encantada con Elsa, a pesar de que en alguna ocasión las dos habían
chocado. Y los padres de Elsa también parecían bastante contentos con la
situación, aunque expresaron su incomodidad por el hecho de que Einstein se
hubiera mostrado demasiado generoso económicamente con Marie, lo que
significaba que la renta para él y para Elsa sería «algo escasa».[478]
Aquella dura experiencia dejó a Einstein tan exhausto que, a pesar de lo que le
había dicho a Elsa solo una semana antes, decidió que todavía no estaba
preparado para volver a casarse. De ese modo tampoco tendría que forzar la
cuestión del divorcio legal, al que Marie se resistía fieramente. Elsa, que
todavía estaba de vacaciones, se sintió «amargamente decepcionada» por la
noticia, y Einstein trató de tranquilizarla. «Para mí no hay otra criatura
femenina más que usted —le escribió—. ¡No es por falta de verdadero afecto por
lo que el matrimonio no deja de asustarme! ¿Es el temor a la vida confortable,
a los muebles hermosos, al odio que me agobia, o incluso a convertirme en una
especie de satisfecho burgués? Ni siquiera yo lo sé; pero verás que mi apego hacia
ti perdura».
Insistía en que ella no debía sentirse avergonzada, ni dejar que la gente la
compadeciera por confraternizar con un hombre que no se casaría con ella. Ambos
pasearían juntos, y estarían el uno al lado del otro. Si ella decidía ofrecerle
algo más, él le estaría agradecido. Pero al no casarse, se protegían a sí
mismos de caer en una «satisfecha» existencia burguesa y evitaban que su
relación «se volviera banal y cada vez más tenue». Para él, el matrimonio era
confinamiento, un estado al que se resistía instintivamente. «Me alegro de que
nuestra delicada relación no tenga que fundarse en un estilo de vida provincial
y estrecho de miras».[479]
En los viejos tiempos, Maric había sido la clase de alma gemela que respondía a
tales sentimientos bohemios. Pero Elsa no era así. A ella le atraía la vida
confortable con muebles confortables. Y también el matrimonio. Le dijo que
aceptaría su decisión de no casarse por un tiempo, pero no para siempre.
Mientras tanto, Einstein se enzarzaba en una larga batalla con Maric por el
dinero, los muebles y el modo en que supuestamente ella estaba «envenenando» a
sus hijos en contra de él.[480] Y a su alrededor estallaba una reacción en cadena que
sumiría a Europa en la guerra más incomprensiblemente sangrienta de toda su
historia.
No es de extrañar, pues, que Einstein reaccionara ante toda aquella confusión
sumergiéndose en su ciencia.
Capítulo 9
La relatividad general
1911-1915
Contenido:
·
Luz y gravedad
·
Las fórmulas matemáticas
·
El Cuaderno de Zurich,
1912
·
El Entwurf y el cubo de
Newton, 1913
·
Freundlich y el eclipse
de 1914
·
La Primera Guerra
Mundial
·
El frente en casa, 1915
·
La carrera hacia la
relatividad general, 1915
Luz y gravedad
Después de que Einstein formulara su teoría de la relatividad especial en 1905,
se dio cuenta de que esta estaba incompleta en al menos dos aspectos. En primer
lugar, sostenía que ninguna otra interacción física podía propagarse a mayor
velocidad que la de la luz, lo cual entraba en conflicto con la teoría de la
gravitación de Newton, que concebía la gravedad como una fuerza que actuaba
instantáneamente entre objetos distantes. En segundo término, esta se aplicaba
únicamente al movimiento con velocidad constante. De modo que durante los diez
años siguientes, Einstein se consagraría de manera alterna al intento de
concebir una nueva teoría de campo de la gravitación y al de generalizar su
teoría de la relatividad a fin de que esta se aplicara también al movimiento
acelerado.[481]
Su primer gran avance conceptual se había producido a finales del año 1907,
mientras escribía un artículo sobre la relatividad para un anuario científico.
Como ya hemos señalado anteriormente, un experimento mental sobre lo que
sentiría un observador en caída libre le llevó a formular el principio de que
los efectos locales de estar en movimiento acelerado o de hallarse en un campo
gravitatorio resultan indistinguibles.[XI] Una persona metida en una cámara cerrada y sin ventanas
que sienta la presión de sus pies contra el suelo, no sabrá decir si ello se
debe a que la cámara se halla en el espacio exterior sometida a una aceleración
hacia arriba o a que está en reposo en un campo gravitatorio. Si se saca una
moneda del bolsillo y la suelta, esta caerá al suelo con un movimiento
acelerado en ambos casos. Del mismo modo, una persona que se sienta flotar en
la cámara cerrada no sabrá si ello se debe a que la cámara está en caída libre
o suspendida en una región del espacio exterior libre de gravedad.[482]
Esto llevó a Einstein a formular un «principio de equivalencia» que guiaría
tanto su búsqueda de una teoría de la gravitación como su intento de
generalizar la relatividad. «Me di cuenta de que podría ampliar o generalizar
el principio de relatividad para aplicarlo a los sistemas acelerados además de
aquellos que se mueven a velocidad uniforme —explicaría más tarde—. Y al
hacerlo, esperaba poder resolver al mismo tiempo el problema de la
gravitación».
Así como la masa inerte y la masa gravitatoria son equivalentes, del mismo modo
se dio cuenta de que existía una equivalencia entre todos los efectos
inerciales, como la resistencia a la aceleración, y los efectos gravitatorios,
como el peso. Su idea era que ambos son manifestaciones de la misma estructura,
lo que hoy se denomina a veces el campo inercio-gravitatorio.[483]
Una consecuencia de esta equivalencia es que la gravedad, como había señalado
Einstein, debería curvar un rayo de luz. Esto resulta fácil de mostrar
empleando el experimento mental de la cámara. Imaginemos que dicha cámara está
sometida a una aceleración hacia arriba. Un rayo láser penetra en su interior a
través de un agujero del tamaño de un alfiler practicado en una de sus paredes.
Cuando el rayo alcance la pared opuesta, se hallará un poco más cerca del
suelo, puesto que la cámara ha ascendido cierta distancia. Y si pudiéramos
dibujar su trayectoria a través de la cámara, veríamos que esta es curva debido
a la aceleración hacia arriba. El principio de equivalencia afirma que este
efecto debería ser el mismo tanto si la cámara está sometida a una aceleración
hacia arriba como si se halla inmóvil y en reposo en un campo gravitatorio. Así
pues, cuando la luz atraviesa un campo gravitatorio debería observarse también
que su trayectoria se curva.
Durante casi cuatro años después de haber planteado este principio, Einstein
apenas hizo nada con él. En lugar de ello, se centró en los cuantos de luz.
Pero en 1911 le confesó a Michele Besso que estaba cansado de darle vueltas al
tema de los cuantos, y pasó a concentrar de nuevo su atención en concebir una
teoría de campo de la gravitación que le ayudara a generalizar la relatividad.
Era una tarea que le llevaría casi otros cuatro años y que culminaría en su
erupción de genio en noviembre de 1915.
En un artículo que envió a los Annalen derPhysik, en junio de 1911,
«Sobre la influencia de la gravedad en la propagación de la luz», retomaba su
idea de 1907 y le daba una expresión más rigurosa. «En una memoria publicada
hace cuatro años, trataba de responder a la cuestión de si la propagación de la
luz se veía influida por la gravitación —empezaba diciendo—. Ahora veo que una
de las consecuencias más importantes de mi anterior planteamiento puede
comprobarse experimentalmente». Tras una serie de cálculos, Einstein formuló
una predicción sobre la luz que atraviesa el campo gravitatorio del Sol: «Un
rayo de luz que pase junto al Sol experimentará una desviación de 0,83 segundos
de arco».[XII]
Una vez más, Einstein deducía una teoría a partir de grandes principios y
postulados, y luego derivaba de ella algunas predicciones que los
experimentadores pudieran proceder a comprobar. Como otras veces, terminaba su
artículo pidiendo que se hiciera esa comprobación. «Dado que las estrellas
situadas en las partes del cielo más cercanas al Sol resultan visibles durante
los eclipses totales de este, esa consecuencia de la teoría puede observarse.
Sería algo muy deseable que los astrónomos se encargaran de ello».[484]
Erwin Finlay Freundlich, un joven astrónomo del observatorio de la Universidad
de Berlín, leyó el artículo y se sintió estimulado ante la perspectiva de hacer
la prueba. Pero esta no podía realizarse hasta que hubiera un eclipse, cuando
la luz estelar que pasa junto al Sol resultara visible, y no habría un eclipse
apropiado hasta tres años después.
De modo que Freundlich se propuso tratar de medir la desviación de la luz
estelar causada por el campo gravitatorio de Júpiter. Por desgracia, Júpiter
resultó no ser lo suficientemente grande para la tarea. «¡Si tuviéramos un
planeta realmente mayor que Júpiter! —le dijo Einstein a Freundlich bromeando a
finales de aquel verano—. Pero la naturaleza no ha considerado que fuera tarea
suya facilitamos el descubrimiento de sus leyes».[485]
La teoría de que los rayos de luz debían curvarse llevaba a plantear algunas
cuestiones interesantes. La experiencia cotidiana muestra que la luz viaja en
línea recta. Hoy en día los albañiles utilizan niveles láser para marcar líneas
rectas y construir las casas niveladas. Si un rayo de luz se curva al atravesar
diversas regiones de campos gravitatorios cambiantes, ¿cómo puede determinarse
una línea recta?
Una solución podría ser la de comparar la trayectoria de un rayo de luz a
través de un campo gravitatorio cambiante con la de una línea dibujada en una
esfera o en una superficie curva. En tales casos, la línea más corta entre dos
puntos es una curva, una línea geodésica como un gran arco o una gran ruta
circular en nuestro globo terráqueo. Acaso la curvatura de la luz significaba
que la propia estructura del espacio, a través del cual viajaba el rayo de luz,
se curvaba debido a la gravedad. El camino más corto a través de una región del
espacio que se curva debido a la gravedad podría resultar muy distinto de las
líneas rectas de la geometría euclidiana.
Había también otro indicio de que quizá hiciera falta una nueva forma de
geometría. Este principio le resultó evidente a Einstein cuando consideró el
caso de un disco en rotación. Al girar el disco, su circunferencia se
contraería en la dirección de su movimiento cuando se observaba desde el marco
de referencia de una persona que no giraba con él. El diámetro del círculo, sin
embargo, no experimentaría contracción alguna. En consecuencia, la relación
entre la circunferencia del disco y su diámetro dejaría de estar representada
por pi; en tales casos no se aplicaría la geometría euclidiana.
El movimiento rotatorio es una forma de aceleración, puesto que en todo momento
hay un punto del borde que está experimentando un cambio de dirección, lo cual
significa que su velocidad (que de hecho constituye una combinación de rapidez
y dirección) está experimentando un cambio. Dado que para describir este tipo
de aceleración haría falta una geometría no euclidiana, según el principio de
equivalencia, esta haría falta también para la gravitación.[486]
Por desgracia, y como había demostrado en el Politécnico de Zúrich, la
geometría no euclidiana no era precisamente uno de los puntos fuertes de
Einstein. No obstante, por fortuna tenía un viejo amigo y compañero de clase en
Zúrich para quien sí lo era.
Las fórmulas matemáticas
Cuando Einstein regresó a Zúrich procedente de Praga, en julio de 1912, una de
las primeras cosas que hizo fue llamar a su amigo Marcel Grossmann, el
compañero que tomaba los apuntes que luego utilizaba Einstein cuando se saltaba
las clases de matemáticas en el Politécnico de Zúrich. Einstein había sacado un
4,25 sobre un máximo de 6 en sus dos cursos de geometría en el Politécnico.
Grossmann, por su parte, había sacado un 6 en ambos cursos, había escrito su
tesis sobre la geometría no euclidiana, había publicado siete artículos sobre
el tema, y ahora era el director del departamento de matemáticas.[487]
«Grossmann, tienes que ayudarme o me volveré loco», le dijo Einstein,
explicándole que necesitaba una sistema matemático que expresara —y que quizá
incluso le ayudara a descubrir— las leyes que gobernaban el campo gravitatorio.
«Al instante se mostró deseoso de ayudar», recordaría Einstein de la respuesta
de Grossmann.[488]
Hasta entonces, el éxito científico de Einstein se había basado en su especial
talento para olfatear los principios físicos subyacentes a la naturaleza. Había
dejado a otros la tarea, que a él le parecía menos elevada, de hallar las
mejores expresiones matemáticas de dichos principios, tal como había hecho
Minkowski, su colega de Zúrich, con la relatividad especial.
Pero en 1912 Einstein había llegado a ser consciente de que las matemáticas
podían ser una herramienta de descubrimiento —y no meramente de descripción— de
las leyes de la naturaleza. Las matemáticas constituían el libro de estrategias
de la naturaleza. «La idea central de la relatividad general es que la gravedad
surge de la curvatura del espacio-tiempo —afirma el físico James Hartle—. La
gravedad es geometría».[489]
«Ahora estoy trabajando exclusivamente en el problema de la gravitación y creo
que, con la ayuda de un amigo matemático que tengo aquí, superaré todas las
dificultades —le escribiría Einstein al física Arnold Sommerfeld—. He adquirido
un enorme respeto por las matemáticas, cuyas partes más sutiles consideraba
hasta ahora, en mi ignorancia, como un mero lujo».[490]
Grossmann se fue a casa para reflexionar sobre la cuestión. Tras consultar la
bibliografía sobre la materia, acudió a Einstein y le recomendó la geometría no
euclidiana concebida por Bernhard Riemann.[491]
Riemann (1826-1866) fue un niño prodigio que inventó un calendario perpetuo a
los catorce años porque quería hacer un regalo a sus padres, y luego pasó a
estudiar en el gran centro matemático de la ciudad alemana de Gotinga bajo la
batuta de Carl Friedrich Gauss, que había sido un pionero en la geometría de
las superficies curvas. Ese fue precisamente el tema que Gauss asignó a Riemann
para su tesis, y el resultado de ello transformaría no solo la geometría, sino
también la física.
La geometría euclidiana describe superficies planas. Pero en las superficies
curvas pierde su validez. Así, por ejemplo, la suma de los ángulos de un
triángulo dibujado sobre la superficie plana de una hoja de papel vale 180
grados. Pero cojamos un globo terráqueo y dibujemos un triángulo tomando el
ecuador como base, el meridiano que discurre desde el ecuador hasta el polo
norte pasando por Londres (longitud 0°) como uno de los lados, y el meridiano
que discurre desde el ecuador hasta el polo norte pasando por Nueva Orleans (longitud
90°) como el otro. Si observamos este triángulo en la superficie del globo,
veremos que sus tres ángulos son ángulos rectos, lo cual, obviamente, resulta
imposible en el mundo plano de Euclides.
Gauss y otros habían desarrollado distintos tipos de geometrías que pudieran
describir la superficie de las esferas y otras superficies curvas. Riemann
llevó las cosas aún más lejos; desarrolló una forma de describir una superficie
independientemente de cómo cambiara su geometría, aplicable incluso si esta
pasaba de esférica a plana y a hiperbólica de un punto al siguiente. También
dio un paso más al abordar la curvatura de superficies meramente
bidimensionales, y asimismo, basándose en el trabajo de Gauss, exploró los
diversos modos en que las matemáticas podrían describir la curvatura del
espacio tridimensional e, incluso, tetradimensional.
Este último constituye un concepto estimulante. Podemos visualizar
perfectamente una línea o una superficie curva, pero resulta difícil imaginar
cómo sería un espacio tridimensional curvo, y aún más cuatro dimensiones
curvas. Pero para los matemáticos, ampliar el concepto de curvatura a distintas
dimensiones resulta fácil o, cuando menos, factible. Ello presupone utilizar el
concepto de geometría métrica, que especifica cómo calcular la
distancia entre dos puntos en el espacio.
En una superficie plana con solo las coordenadas normales x e y,
cualquier estudiante de álgebra de secundaría, con la ayuda del viejo
Pitágoras, puede calcular la distancia entre puntos. Pero imaginemos un mapa
plano (del mundo, por ejemplo) que represente los emplazamientos en lo que en
realidad es la superficie curvada del globo. Al acercarse a los polos, las
distancias se alargan y las mediciones se hacen más complejas. Calcular la
distancia real entre dos puntos en el mapa de Groenlandia es distinto de
hacerlo cerca del ecuador. Riemann encontró el modo de determinar
matemáticamente la distancia entre puntos en el espacio con independencia de lo
arbitrariamente que este se halle curvado y retorcido.[492]
Para hacerlo, empleó lo que se denomina un tensor. En la geometría
euclidiana, un vector es una cantidad (como la velocidad o la fuerza) dotada
tanto de una magnitud como de una dirección, y que, en consecuencia, necesita
más que una sola y simple cifra para describirla. En la geometría no
euclidiana, donde el espacio está curvado, hace falta algo más generalizado
—una especie de «supervector»— para poder incorporar más componentes de un modo
matemáticamente ordenado; es lo que se conoce como tensor.
Un tensor métrico es una herramienta matemática que nos dice
cómo calcular la distancia entre puntos en un espacio dado. En el caso de los
mapas bidimensionales, un tensor métrico tiene tres componentes. En el del
espacio tridimensional, tiene seis componentes independientes.
Y cuando uno pasa a esa magnífica entidad tetradimensional conocida como
espacio-tiempo, el tensor métrico necesita diez componentes independientes.[XIII]
Riemann contribuyó a desarrollar este concepto de tensor métrico, representado
como guv (y pronunciado: «ge-mi-ni»). Tenía dieciséis
componentes, diez de ellos independientes unos de otros, que podían emplearse
para definir y describir una distancia en un espacio-tiempo tetradimensional
curvado.[493]
El aspecto más útil del tensor de Riemann, así como de otros tensores que
Einstein y Grossmann adoptaron de los matemáticos italianos Gregorio
Ricci-Curbastro y Tullio Levi-Civita, es que estos son generalmente
covariantes. Este era un concepto importante para Einstein cuando se
trataba de generalizar la teoría de la relatividad. Significaba que las
relaciones entre sus componentes permanecían constantes aunque hubiera cambios
o rotaciones arbitrarios en el sistema de coordenadas del espacio y el tiempo.
En otras palabras, la información codificada en dichos tensores podía
experimentar toda una serie de transformaciones basadas en un marco de
referencia cambiante, pero las leyes básicas que gobiernan las relaciones de
dichos componentes entre sí permanecían constantes.[494]
El objetivo de Einstein en la búsqueda de su teoría de la relatividad general
era encontrar las ecuaciones matemáticas que describieran dos procesos
complementarios:
1.
Cómo actúa un campo
gravitatorio sobre la materia, diciéndole cómo moverse.
2.
Y a su vez, cómo la materia
genera campos gravitatorios en el espacio-tiempo, diciéndole cómo curvarse.
Su genial intuición fue que la gravedad podía definirse como una
curvatura del espacio-tiempo y, en consecuencia, podía representarse por medio
de un tensor métrico. Durante más de tres años, Einstein buscaría de manera
intermitente las ecuaciones adecuadas para completar su misión.[495]
Tiempo después, cuando su hijo pequeño, Eduard, le preguntara por qué era tan
famoso, Einstein le respondería empleando una sencilla imagen para describir su
gran intuición de que la gravedad era una curvatura de la estructura del
espacio-tiempo. «Cuando un escarabajo ciego repta por la superficie de una rama
curvada, no puede apreciar que la trayectoria que está recorriendo en realidad
es curva —le dijo—. Yo tuve la suerte de percibir lo que no había percibido el
escarabajo».[496]
El cuaderno de Zurich, 1912
A partir de aquel verano de 1912, Einstein se esforzó en desarrollar ecuaciones
del campo gravitatorio empleando tensores y siguiendo la línea desarrollada por
Riemann, Ricci y otros. La primera de aquellas intermitentes tentativas quedó
reflejada en un cuaderno de trabajo. Con los años, este revelador «Cuaderno de
Zúrich» ha sido diseccionado y analizado por un equipo de eruditos, entre los
que se incluyen Jürgen Renn, John D. Norton, Tilman Sauer, Michel Janssen y
John Stachel.[497]
En él, Einstein seguía un atrevido planteamiento. Por una parte, emprendía lo
que él denominaba una «estrategia física», por la que trataba de crear las
ecuaciones correctas a partir de una serie de requisitos dictados por su
percepción de la física. Y al mismo tiempo seguía una «estrategia matemática»,
por la que trataba de deducir las ecuaciones correctas a partir de los
requisitos matemáticos más formales empleando el análisis de tensores que
recomendaban Grossmann y otros.
La «estrategia física» de Einstein se iniciaba con su misión de generalizar el
principio de relatividad de modo que pudiera aplicarse a observadores que se
estuvieran en movimiento acelerado o se movieran de forma arbitraria. Cualquier
ecuación del campo gravitatorio que ideara habría de cumplir los siguientes
requisitos físicos:
1.
Debía remitir a la teoría
newtoniana en el caso especial de los campos gravitatorios débiles y estáticos.
En otras palabras: bajo ciertas condiciones normales, su teoría había de
incorporar las conocidas leyes de la gravitación y el movimiento de Newton.
2.
Debía preservar las leyes de
la física clásica, muy especialmente la conservación de la energía y el
momento.
3.
Debía satisfacer el
principio de equivalencia, que sostiene que las observaciones realizadas por un
observador que está en movimiento uniformemente acelerado tienen que ser
equivalentes a las realizadas por un observador que está inmóvil en un campo
gravitatorio comparable.
Por su parte, la «estrategia matemática» de Einstein se centraba
en el uso del conocimiento matemático genérico sobre el tensor métrico para
encontrar una ecuación del campo gravitatorio que fuera generalmente (o al
menos mayoritariamente) covariante.
El proceso funcionaría de las dos formas; Einstein examinaría las ecuaciones
extraídas de sus requisitos físicos para comprobar sus propiedades de
covariancia, y examinaría las ecuaciones derivadas de elegantes formulaciones
matemáticas para ver si cumplían los requisitos de su física. «Página tras
página del cuaderno de notas, abordó el problema desde ambas perspectivas, ora
escribiendo ecuaciones sugeridas por los requisitos físicos del límite
newtoniano y la conservación energía-momento, ora escribiendo expresiones
naturalmente sugeridas por las cantidades generalmente covariantes
proporcionadas por las matemáticas de Ricci y de Levi-Civita», explica John
Norton.[498]
Sin embargo ocurrió algo decepcionante. Los dos grupos de requisitos no
encajaban, o al menos eso creía Einstein. No lograba que los resultados
producidos por una estrategia cumplieran los requisitos de la otra.
Utilizando su estrategia matemática, dedujo algunas ecuaciones muy elegantes. A
instancias de Grossmann, había empezado a emplear un tensor desarrollado por
Riemann y luego otro más adecuado desarrollado por Ricci. Por último, a finales
de 1912, logró concebir una ecuación de campo empleando un tensor que
resultaría ser bastante parecido al que emplearía a la larga en su triunfante
formulación de finales de noviembre de 1915. En otras palabras, en su Cuaderno
de Zúrich Einstein llegó a una solución que se aproximaba mucho a la correcta.[499]
Pero luego la descartó, y permanecería aparcada durante más de dos años. ¿Por
qué? Entre otras consideraciones, creía (no del todo acertadamente) que esa
solución no remitía a las leyes de Newton en el caso de un campo débil y
estático. Cuando lo intentaba de manera distinta, no cumplía los requisitos de
la conservación de la energía y el momento. Y si introducía una condición de
coordenadas que permitiera a las ecuaciones satisfacer uno de estos requisitos,
esta resultaba incompatible con las condiciones necesarias para satisfacer el
otro.[500]
Como resultado, Einstein decidió depender menos de la estrategia matemática.
Fue una decisión que más tarde lamentaría. De hecho, cuando finalmente volviera
a la estrategia matemática y esta se revelara espectacularmente fructífera,
Einstein pasaría a proclamar desde entonces las virtudes —tanto científicas
como filosóficas— del formalismo matemático.[501]
El «Entwurf» y el cubo de Newton, 1913
En mayo de 1913, tras haber descartado las ecuaciones derivadas de la
estrategia matemática, Einstein y Grossmann elaboraron una imprecisa teoría
alternativa basada más en la estrategia física. Sus ecuaciones se construyeron
de tal forma que se adaptaran a los requisitos de la conservación de la energía
y el momento, y fueran compatibles con las leyes de Newton en un campo débil y
estático.
Aunque aquellas ecuaciones no parecían satisfacer el objetivo de ser adecuadamente
covariantes, Einstein y Grossmann creían que por el momento era lo mejor que
podían hacer. El título del trabajo reflejaba su carácter provisional: «Esbozo
de una teoría de la relatividad generalizada y de una teoría de la
gravitación». Debido a ello, el artículo pasaría a conocerse como el Entwurf,
el término alemán que emplearon para denotar «esbozo».[502]
Durante unos meses después de haber elaborado el Entwurf, Einstein
se sintió tan satisfecho como agotado. «Hace unas semanas he resuelto
finalmente el problema —le escribió a Elsa—. Es una atrevida ampliación de la
teoría de la relatividad, junto con una teoría de la gravitación. Ahora debo
tomarme un descanso o, de lo contrario, me voy a ir a paseo».[503]
Sin embargo, no tardaría en empezar a cuestionar el trabajo que había
realizado. Y cuanto más reflexionaba en el Entwurf, más se daba
cuenta de que sus ecuaciones no satisfacían el objetivo de ser generalmente, o
siquiera mayoritariamente, covariantes. En otras palabras, la forma en que
dichas ecuaciones se aplicaban a observadores en movimiento arbitrariamente
acelerado podía no ser siempre la misma.
Su confianza en la teoría no se vio precisamente fortalecida cuando se sentó
con su viejo amigo Michele Besso, que había ido a verle en junio de 1913, a
estudiar las implicaciones del Entwurf Ambos elaboraron más de
cincuenta páginas de notas sobre sus deliberaciones, de las que cada uno
escribió aproximadamente la mitad, y en las que analizaron cómo concordaba
el Entwurf con algunos hechos curiosos conocidos que exhibía
la órbita de Mercurio.[504]
Desde la década de 1840, los científicos se habían sentido desconcertados ante
un pequeño pero inexplicable cambio en la órbita de este planeta. Se conoce
como perihelio, en la órbita elíptica de un planeta, al punto en el que este se
halla más cerca del Sol. A lo largo de los años, el perihelio de Mercurio se
había desplazado una distancia algo mayor (aunque minúscula: alrededor de 43
segundos de arco cada siglo) de lo que las leyes de Newton podían explicar. Al
principio se supuso que había algún otro planeta aún no descubierto que lo
atraía; un razonamiento similar al que anteriormente había llevado al
descubrimiento de Neptuno. El astrónomo francés que descubrió la anomalía de
Mercurio incluso había calculado dónde podría estar ese planeta, al que llamó
«Vulcano». Pero lo cierto es que no estaba allí.
Einstein confiaba en que su nueva teoría de la relatividad, una vez aplicadas
al Sol sus ecuaciones del campo gravitatorio, podría explicar la órbita de
Mercurio. Por desgracia, después de un montón de cálculos y errores
posteriormente corregidos, a él y a Besso les salía que el perihelio de
Mercurio debía desplazarse 18 segundos de arco por cada siglo, una cifra que no
era siquiera la mitad de la real. Aquel mal resultado convenció a Einstein de
no publicar sus cálculos sobre Mercurio, pero no de que descartara el Entwurf,
o al menos no todavía.
Einstein y Besso estudiaron también si la rotación podía considerarse una forma
del movimiento relativo regido por las ecuaciones de la teoría del Entwurf.
Dicho de otro modo, imaginemos que un observador está en rotación y, en
consecuencia, experimenta una inercia. ¿Es posible que este sea otro caso más
de movimiento relativo, y que resulte indistinguible del caso en el que el
observador está en reposo y el resto del universo gira a su alrededor?
El experimento mental más famoso en ese sentido era el que describía Newton en
el tercer libro de sus Principios. Imaginemos un cubo colgado de
una soga que empieza a girar. En un primer momento, el agua de su interior
permanece quieta y su superficie, plana. Pero pronto la fricción del cubo hace
que el agua empiece a girar con él, y la superficie de esta adopta una forma
cóncava. ¿Por qué? Porque la inercia empuja el agua en rotación hacia fuera, es
decir, hacia las paredes del cubo.
Cierto; pero si sospechamos que todo movimiento es relativo, podríamos
preguntamos: ¿la rotación del agua es relativa a qué? No al cubo, puesto que la
superficie del agua es cóncava mientras esta gira junto con el cubo, pero
también lo es cuando este se detiene y el agua sigue girando en su interior por
un tiempo. Quizá la rotación del agua sea relativa a cuerpos cercanos, como la
Tierra, que ejercen una fuerza gravitatoria.
Pero imaginemos que el cubo gira en el espacio exterior sin gravedad ni puntos
de referencia. O imaginemos que gira solo en un universo vacío en el que no hay
nada más. ¿Seguiría habiendo inercia? Newton creía que sí, y decía que ello se
debía a que la rotación del cubo era relativa al espacio absoluto.
Cuando apareció el antiguo héroe de Einstein, Ernst Mach, a mediados del siglo
XIX, desacreditó esta noción de espacio absoluto, afirmando que la inercia
existía debido a que la rotación del agua era relativa al resto de la materia
del universo. En realidad —decía— se observarían los mismos efectos si el cubo
estuviese inmóvil y todo el resto del universo girara a su alrededor.[505]
Einstein esperaba que la teoría de la relatividad general contara con lo que él
denominaba el «principio de Mach» como uno de sus pilares. Por fortuna, cuando
analizó las ecuaciones de su teoría del Entwurf, concluyó que
estas si parecían predecir que los efectos serían los mismos
si era el cubo el que giraba o si permanecía inmóvil mientras el resto del
universo giraba a su alrededor.
O al menos eso creía Einstein. Él y Besso realizaron una serie de
inteligentísimos cálculos diseñados para ver si ese era realmente el caso. En
su cuaderno de notas, Einstein escribió una jovial exclamación ante la que
parecía ser la conclusión acertada de dichos cálculos: «¡Es correcto!».
Por desgracia, él y Besso habían cometido algunos errores en su trabajo.
Einstein acabaría descubriendo esos errores dos años después, y se daría cuenta
de que, lamentablemente, el Entwurf en realidad no satisfacía
el principio de Mach. Es muy probable que Besso le hubiera advertido ya de que
ese podía ser el caso. En un memorando que al parecer escribió en agosto de
1913, Besso sugería que una «métrica de rotación» no era de hecho una solución
permitida por las ecuaciones de campo del Entwurf.
Pero Einstein desechó aquellas dudas en diversas cartas que escribió tanto a
Besso como a Mach y otros, al menos por el momento.[506] Si los experimentos respaldaban la teoría, «sus brillantes
investigaciones sobre los fundamentos de la mecánica habrán recibido una
espléndida confirmación —le escribiría Einstein a Mach unos días después de la
publicación del Entwurf—, ya que esta muestra que la inercia tiene
su origen en alguna clase de interacción entre los cuerpos, lo que concuerda
exactamente con su argumentación sobre el experimento del cubo de Newton».[507]
Lo que más preocupaba a Einstein del Entwurf, comprensiblemente,
era que sus ecuaciones matemáticas en general no resultaran ser covariantes, lo
que mermaba su objetivo de asegurar que las leyes de la naturaleza eran las
mismas para un observador en movimiento acelerado o arbitrario que para uno que
se moviera a velocidad constante. «Lamentablemente, todo el asunto resulta aún
tan difícil que mi confianza en la teoría sigue siendo vacilante —escribiría en
respuesta a una cálida carta de felicitación de Lorentz—. Por desgracia, las
propias ecuaciones gravitatorias no tienen la propiedad de la covariancia
general».[508]
Pronto se convenció, al menos durante un tiempo, de que tal hecho era
inevitable. En parte lo hizo a través de un experimento mental, que pasaría a
conocerse como el «argumento del agujero»,[509] y que parecía sugerir que aquella especie de santo grial
consistente en hacer que las ecuaciones del campo gravitatorio fueran
generalmente covariantes resultaba imposible de alcanzar o, cuando menos,
físicamente carente de interés. «El hecho de que las ecuaciones gravitatorias
no sean generalmente covariantes, algo que me perturbó bastante durante un
tiempo, resulta inevitable —le escribió a un amigo—. Se puede demostrar con
facilidad que no puede existir una teoría con ecuaciones generalmente covariantes
si se plantea la exigencia de que el campo sea matemáticamente determinado de
manera completa por la materia».[510]
En aquel momento hubo muy pocos físicos que suscribieran la nueva teoría de
Einstein, y algunos incluso llegaron a denunciarla.[511] Einstein afirmaba estar encantado de que la cuestión de la
relatividad «al menos se haya abordado con el vigor requerido», tal como le
diría a su amigo Zangger. «Es objeto de controversias. A la manera de Fígaro:
“¿Se atrevería mi noble Señor a un pequeño baile? ¡Debe decírmelo! Empezaré a
tocar para él”».[512]
Pese a todo, Einstein seguía tratando de salvar el planteamiento de su Entwurf.
Logró encontrar el modo —o al menos eso creía— de obtener la suficiente
covariancia como para satisfacer la mayoría de aspectos de su principio sobre
la equivalencia entre gravedad y aceleración. «Conseguí probar que las
ecuaciones gravitatorias valen para los sistemas de referencia en movimiento
arbitrario y, por tanto, que la hipótesis de la equivalencia entre aceleración
y campo gravitatorio es absolutamente correcta —le escribió a Zangger a
comienzos de 1914—. La naturaleza nos muestra solo la cola del león. Pero no
tengo duda alguna de a qué león pertenece, aunque este no se nos revele de
inmediato. Lo vemos solo como lo vería un piojo que estuviese encima de él».[513]
Freundlich y el eclipse de 1914
Como sabía Einstein, había una forma de disipar las dudas. Él solía concluir
sus artículos sugiriendo la forma en que futuros experimentos podrían confirmar
lo que fuese que hubiera propugnado. En el caso de la relatividad general, ese
proceso se había iniciado en 1911, cuando había especificado con cierta
precisión en qué grado creía que la luz de una estrella sería desviada por la
gravedad del Sol.
Esto era algo que Einstein consideraba que podría medirse fotografiando
estrellas cuya luz pasara cerca del Sol, y determinando si parecía haber un
minúsculo desplazamiento en su posición en comparación con el caso de que su
luz no pasara cerca del Sol. Pero ese era un experimento que había de
realizarse durante un eclipse, cuando la luz estelar resultara visible.
Así pues, no resulta sorprendente que, mientras su teoría suscitaba a la vez
ruidosos ataques por parte de sus colegas y silenciosas dudas en su propia
mente, Einstein se fuera interesando cada vez más por lo que pudiera
descubrirse durante el próximo eclipse total de Sol que resultaba adecuado para
realizar la comprobación, previsto para el 21 de agosto de 1914. Ello requería
una expedición a la región rusa de Crimea, por donde pasaría la trayectoria del
eclipse.
Einstein estaba tan ansioso por comprobar su teoría durante el eclipse, que
cuando pareció que no iba a haber suficiente dinero para aquella expedición, se
ofreció a pagar parte de los costes de su propio bolsillo. Erwin Freundlich, el
joven astrónomo berlinés que había leído las predicciones sobre la curvatura de
la luz en el artículo de Einstein de 1911 y se había mostrado interesado en
demostrar que eran correctas, estaba dispuesto a asumir el mando. «Me siento
extremadamente satisfecho de que haya abordado tan celosamente la cuestión de
la curvatura de la luz», le escribió Einstein a comienzos de 1912. Y en agosto
de 1913 siguió bombardeando al astrónomo con palabras de aliento. «No hay nada
más que puedan hacer los teóricos —le escribió—. En este asunto son solo
ustedes los astrónomos quienes pueden prestar el año que viene un servicio
sencillamente inestimable a la física teórica».[514]
Freundlich se casó en agosto de 1913, y decidió hacer su viaje de luna de miel
a las montañas de las inmediaciones de Zúrich, con la esperanza de poder
conocer a Einstein. Y así fue. Cuando Freundlich le habló en una carta de su
proyectada luna de miel, Einstein le invitó a que fuera a visitarle. «Eso es
maravilloso, ya que encaja con nuestros planes», le escribiría Freundlich a su
prometida, de cuya reacción ante la perspectiva de pasar parte de su luna de
miel con un físico teórico al que ni siquiera conocía no ha quedado constancia.
Cuando los recién casados entraron en la estación de tren de Zúrich, se
encontraron con un desaliñado Einstein que, como recordaría la esposa de
Freundlich, llevaba un gran sombrero de paja y que tenía al lado al rollizo
químico Fritz Haber. Einstein condujo al grupo a una población cercana donde
tenía que dar una conferencia, después de lo cual se los llevó a comer. Pero
resultó que se había olvidado de coger dinero, cosa nada sorprendente en él, y
un ayudante que le acompañaba tuvo que deslizarle un billete de cien francos
por debajo de la mesa. Durante casi todo el día Freundlich estuvo hablando de
la gravedad y la curvatura de la luz con Einstein, incluso cuando el grupo fue
a hacer una caminata en plena naturaleza, dejando sola a su esposa para que
pudiera admirar tranquilamente el paisaje.[515]
En su conferencia de ese día, que versaba sobre la relatividad general,
Einstein señaló a Freundlich al público, calificándole de «el hombre que
comprobará la teoría el año que viene». El problema sin embargo, era recaudar
el dinero. Por entonces, Planck y otros estaban tratando de atraer a Einstein
de Zúrich a Berlín para hacerle miembro de la Academia Prusiana, y este se
aprovechó de la situación para escribir a Planck instándole a que proporcionara
a Freundlich el dinero necesario para realizar la tarea.
De hecho, el mismo día en que Einstein aceptó formalmente el puesto en Berlín y
su elección como miembro de la Academia —el 7 de diciembre de 1913—, escribió a
Freundlich con la oferta de echar mano de su propio bolsillo. «Si la Academia
se acobarda —decía Einstein—, conseguiremos esos pocos cuartos de personas
privadas. En el caso de que todo fallara, yo mismo lo pagaré de lo poco que
tengo ahorrado, al menos los primeros 2.000 marcos». Lo principal —recalcaba
Einstein— era que Freundlich siguiera con sus preparativos. «Usted siga
adelante y pida las placas fotográficas, y no permita que se pierda tiempo por
el problema del dinero».[516]
Al final resultó que sí hubo suficientes donaciones privadas, principalmente de
la Fundación Krupp, para hacer posible la expedición. «Puede imaginar lo
contento que estoy de que las dificultades externas de su empresa hayan quedado
más o menos superadas —escribiría Einstein, añadiendo una nota de confianza
sobre lo que se iba a descubrir—: He considerado la teoría desde todos los
ángulos, y tengo plena confianza en el asunto».[517]
El 19 de julio, Freundlich y otros dos colegas salieron de Berlín con rumbo a
Crimea, donde se les unió otro grupo de científicos procedentes del
observatorio de la ciudad argentina de Córdoba. Si todo iba bien, dispondrían
de dos minutos para hacer fotografías que luego pudieran usarse para analizar
si la luz estelar se desviaba o no por la acción de la gravedad del Sol.
Pero no todo fue bien. Veinte días antes del eclipse, Europa se sumió en la
Primera Guerra Mundial y Alemania declaró la guerra a Rusia. Freundlich y sus
colegas alemanes fueron capturados por el ejército ruso, y su equipo fue
confiscado. Dadas las circunstancias, no resulta sorprendente que estos no
lograran convencer a los soldados rusos de que, con todas aquellas potentes
cámaras y dispositivos de localización, no eran más que astrónomos que
planeaban observar las estrellas a fin de comprender mejor los secretos del
universo.
Aunque les hubieran dado vía libre, es probable que las observaciones hubieran
fracasado. Durante los minutos que duró el eclipse el cielo estuvo nublado, y
un grupo norteamericano que también estaba en la región fue incapaz de obtener
ninguna fotografía aprovechable.[518]
Pese a todo, el hecho de que la misión del eclipse se viera frustrada tuvo
también su lado bueno, puesto que las ecuaciones del Entwurf de
Einstein no eran correctas. El grado en que la gravedad había de desviar la
luz, según la teoría einsteiniana de aquel momento, era el mismo que predecía
la teoría newtoniana de la emisión de la luz. Sin embargo, y como el propio
Einstein acabaría descubriendo un año después, la predicción correcta acabaría
siendo el doble de aquella. Si Freundlich hubiera tenido éxito en 1914, podría
haberse revelado públicamente que Einstein se equivocaba.
«Mi buen amigo el astrónomo Freundlich, en lugar de experimentar un eclipse
solar en Rusia, va a tener que experimentar la cautividad en dicho país —le
escribió Einstein a su amigo Ehrenfest—. Estoy preocupado por él».[519] Pero no había necesidad de preocuparse; el joven astrónomo
sería liberado en un intercambio de prisioneros unas semanas después.
En agosto de 1914, sin embargo, Einstein tenía otras razones para preocuparse:
su crisis matrimonial acababa de estallar, su gran obra maestra teórica
necesitaba aún mucho trabajo, y ahora el nacionalismo y el militarismo
característicos de su país natal —aquellos rasgos que él tanto aborrecía desde
su infancia— lo habían sumido en una guerra que le convertiría en un extranjero
en una tierra extranjera, y en Alemania esa resultaría ser una situación
especialmente peligrosa.
La Primera Guerra Mundial
La reacción en cadena que puso a Europa en guerra en agosto de 1914 vino a
inflamar tanto el orgullo patriótico de los prusianos como —en una reacción de
igual magnitud, aunque de sentido opuesto— el pacifismo visceral de Einstein,
un hombre tan amable y con tal aversión al conflicto que incluso le disgustaba
jugar al ajedrez. «Europa, en su locura, se ha embarcado en algo increíblemente
absurdo —le escribiría a Ehrenfest aquel mes—. En tales momentos uno descubre a
qué deplorable raza de brutos pertenecemos».[520]
Ya desde que huyera de Alemania siendo estudiante y se viera influido por el
diáfano nacionalismo de Jost Winteler en Aarau, Einstein había albergado
sentimientos que le predisponían favorablemente al pacifismo, el federalismo
mundial y el socialismo. Sin embargo, en general había rehuido el activismo
público.
La Primera Guerra Mundial cambió aquella situación. Einstein jamás abandonaría
la física, pero desde entonces pasaría a defender firmemente en público,
durante la mayor parte de su vida, sus ideales sociales y políticos.
La irracionalidad de la guerra hizo creer a Einstein que, de hecho, los
científicos tenían el deber especial de intervenir en los asuntos públicos.
«Nosotros los científicos en particular debemos fomentar el internacionalismo
—afirmaba—. Por desgracia, en este aspecto hemos tenido que sufrir serias
decepciones incluso entre los propios científicos».[521] Se sentía especialmente consternado por la cerrada
mentalidad belicista de sus tres colegas más próximos, los científicos que le
habían llevado a Berlín: Fritz Haber, Walther Nernst y Max Planck.[522]
Haber era un químico calvo, atildado y de corta estatura que había nacido en
una familia judía, pero que había tratado con todas sus fuerzas de asimilarse
convirtiéndose, haciéndose bautizar y adoptando la vestimenta, las maneras e
incluso los quevedos característicos de un auténtico prusiano. Era el director
del instituto químico donde Einstein tenía su despacho, y estaba mediando en la
guerra entre Einstein y Maric justo cuando estalló aquella otra guerra, más
grave, en Europa. Aunque esperaba ser nombrado oficial del ejército, el hecho
de ser un académico de ascendencia judía le obligó a conformarse con el rango
de sargento.[523]
Haber reorganizó su instituto para dedicarlo a la fabricación de armas químicas
para el ejército alemán. Había hallado ya el modo de sintetizar amoníaco a
partir del nitrógeno, lo que permitía a los alemanes la producción en masa de
explosivos. Luego centró su atención en fabricar un gas mortífero a base de
cloro, el cual, al ser más pesado que el aire, penetraría en las trincheras y
asfixiaría dolorosamente a los soldados quemándoles la garganta y los pulmones.
En abril de 1915 se inauguró la moderna guerra química, cuando alrededor de
cinco soldados franceses y belgas encontraron aquel fatídico final en Ypres,
donde el propio Haber en persona supervisó el ataque. (En una ironía digna del
inventor de la dinamita, el mismo que luego instituyó el premio Nobel, en 1918
Haber obtendría el Nobel de química por su proceso de síntesis del amoníaco).
Su colega y ocasional rival académico, Nernst, un hombre de cincuenta años que
llevaba gafas, le pidió a su esposa que comprobara su estilo mientras
practicaba la marcha y el saludo delante de su casa. Luego cogió su automóvil
particular y se presentó en el frente occidental como conductor voluntario. A
su regreso a Berlin, experimentó con gas lacrimógeno y otros irritantes que
pudieran emplearse como una forma humanitaria de hacer salir al enemigo de las
trincheras; sin embargo, los generales decidieron que preferían el enfoque
letal de Haber, de modo que Nernst pasó a incorporarse al equipo de este
último.
Incluso el reverenciado Planck respaldó lo que él calificaba de «guerra justa»
de Alemania. Como les dijo a sus alumnos cuando partían hacia el frente:
«Alemania ha desenvainado su espada contra un criadero de insidiosa perfidia».[524]
Einstein logró evitar que la guerra provocara una ruptura personal entre él y
sus tres colegas, y durante la primavera de 1915 estuvo dando clases de
matemáticas al hijo de Haber.[525] Pero cuando firmaron una declaración defendiendo el
militarismo de Alemania, se sintió obligado a romper con ellos políticamente.
La declaración, publicada en octubre de 1914, se titulaba «Llamamiento al mundo
culto», y pasaría a conocerse como el «Manifiesto de los 93» por el número de
intelectuales que lo firmaron. Con escaso respeto a la verdad, negaba que el
ejército alemán hubiera cometido ataques contra civiles en Bélgica, y luego
pasaba a proclamar que la guerra era necesaria. «De no ser por el militarismo
alemán, la cultura alemana habría sido borrada de la faz de la tierra
—afirmaba—. Libraremos esta lucha hasta el final como nación culta, una nación
que no considera el legado de Goethe, Beethoven y Kant menos sagrado que la
casa y el hogar».[526]
No era extraño que entre los científicos que firmaron se encontrara el
conservador Philipp Lenard, famoso por el efecto fotoeléctrico, quien más tarde
se convertiría en rabioso antisemita y detractor de Einstein. Lo más doloroso
fue que Haber, Nernst y Planck también firmaron. Como ciudadanos, al igual que
como científicos, tenían cierta tendencia natural a secundar los sentimientos
de otros. Einstein, en cambio, solía mostrar una inclinación natural a no secundarlos,
lo que en ocasiones constituía una ventaja como científico a la vez que como
ciudadano.
Un carismático aventurero y médico ocasional llamado Georg Friedrich Nicolai,
que era de origen judío (su nombre original era Lewinstein) y amigo tanto de
Elsa como de su hija Ilse, colaboró con Einstein para escribir una réplica
pacifista. Su «Manifiesto a los europeos» apelaba a una cultura que
trascendiera el nacionalismo y atacaba a los autores del manifiesto anterior.
«Han hablado con un espíritu hostil —escribieron Einstein y Nicolai—. Las
pasiones nacionalistas no pueden excusar esta actitud, que resulta indigna de
lo que el mundo hasta ahora ha llamado cultura».
Einstein le sugirió a Nicolai que Max Planck, a pesar de haber sido uno de los
firmantes del manifiesto original, tal vez quisiera participar en su
contra-manifiesto debido a su «amplitud de miras y buena voluntad». También le
dio el nombre de Zangger como posibilidad. Pero al parecer ninguno de ellos
estuvo dispuesto a participar. En lo que constituye un buen indicio del talante
de la época, Einstein y Nicolai solo pudieron conseguir otros dos partidarios,
de modo que renunciaron a su intento y por el momento su manifiesto permaneció
inédito.[527]
Einstein también se convirtió en uno de los primeros miembros de la denominada
Liga de la Nueva Patria, un club de espíritu liberal y moderadamente pacifista
que propugnaba un pronto acuerdo de paz y el establecimiento de una estructura
federal en Europa a fin de evitar futuros conflictos. La Liga publicó un
panfleto titulado «La creación de los Estados Unidos de Europa», y ayudó a la
difusión de literatura pacifista en las cárceles y otros lugares. Elsa asistió
con Einstein a algunas de sus reuniones, los lunes por la tarde, hasta que se
prohibió el grupo a principios de 1916.[528]
Uno de los pacifistas más destacados durante la guerra fue el escritor francés
Romain Rolland, que había tratado de fomentar la amistad entre su país y
Alemania. Einstein fue a verle en septiembre de 1915, cerca del lago Léman.
Rolland anotó en su diario que Einstein, que hablaba el francés con dificultad,
le dio «un giro divertido al más serio de los temas».
Mientras permanecían sentados en la terraza de un hotel entre enjambres de
abejas que saqueaban las viñas en flor, Einstein bromeó sobre las reuniones del
cuerpo docente de Berlín, donde todos los profesores se mostraban tan
angustiados por el tema de «por qué el mundo nos odia tanto a los alemanes» y
luego «eludían minuciosamente la verdad». De manera bastante atrevida, quizá
incluso imprudente, Einstein dijo abiertamente que él creía que Alemania no
podía reformarse y que, en consecuencia, esperaba que ganaran los aliados, lo
cual «aplastaría el poder de Prusia y de la dinastía».[529]
El mes siguiente, Einstein mantuvo una acerba correspondencia con Paul Hertz,
un destacado matemático de Gotinga que era, o al menos había sido, amigo suyo.
Hertz era simpatizante de la Liga de la Nueva Patria como Einstein, pero se
había echado atrás a la hora de convertirse en miembro de pleno derecho cuándo
el club se había convertido en objeto de controversia. «Esta clase de cautela,
la de no defender los propios derechos, es la causa de toda la lamentable
situación política —le amonestaba Einstein—. Tiene usted ese tipo de valiente
mentalidad que tanto aprecian las potencias dominantes en los alemanes».
«Si hubiera dedicado usted tanta atención a comprender a las personas como a
comprender la ciencia, no me habría escrito una carta tan insultante», replicó
Hertz. Era una afirmación reveladora, y también cierta. Einstein era mucho
mejor a la hora de entender las ecuaciones físicas que las personales, como muy
bien sabía su familia, y él mismo admitiría en su carta pidiendo excusas. «Debe
usted perdonarme, especialmente teniendo en cuenta —como usted mismo me dice
acertadamente— que no he otorgado la misma atención a comprender a las personas
que a comprender la ciencia», escribiría.[530]
En noviembre, Einstein publicó un ensayo de tres páginas titulado «Mi opinión
sobre la guerra», que rozaba el límite, incluso para un gran científico, de lo
que estaba permitido decir públicamente en Alemania. Especulaba con la
posibilidad de que existiera «un rasgo biológicamente determinado del Carácter
masculino» que fuera una de las causas de las guerras. Cuando el artículo fue
publicado por la Liga Goethe, aquel mismo mes, se eliminaron algunos pasajes en
aras de la seguridad, incluido un ataque al patriotismo como potencial
recipiente de «los requisitos morales del odio bestial y el asesinato masivo».[531]
La idea de que la guerra tuviera una base biológica en la agresión masculina
sería un tema que Einstein exploraría también en una carta a su amigo de
Zúrich, Heinrich Zangger. «¿Qué impulsa a la gente a matarse y mutilarse tan
salvajemente? —se preguntaba—. Creo que es el carácter sexual del macho el que
lleva a tan salvajes explosiones».
El único método de refrenar tal agresividad —sostenía— era crear una
organización mundial que tuviera el poder de vigilar a los países miembros.[532]Sería este un tema que Einstein retomaría dieciocho años
después, en una de sus últimas manifestaciones públicas de pacifismo, al
mantener una correspondencia abierta con Sigmund Freud tanto sobre la
psicología masculina como sobre la necesidad de un gobierno mundial.
El frente en casa, 1915
Los primeros meses de la guerra, en 1915, vinieron a hacer aún más difícil la
separación de Einstein de sus hijos Hans Albert y Eduard, tanto emocional como
logísticamente. Estos querían que fuera a visitarles en Zúrich aquel año por
Pascua, y Hans Albert, que acababa de cumplir los once años, le escribió dos
cartas destinadas a ablandarle: «Solo pienso que en Pascua estarás aquí y
volveremos a tener un papá».
En su siguiente postal le decía que su hermano pequeño le había contado que
había soñado que «papá estaba aquí». También le describía lo bien que le iban
las matemáticas: «Mamá me pone problemas; tenemos un cuadernillo; también
podría hacer lo mismo contigo».[533]
La guerra hizo imposible que pudiera ir por Pascua, pero Einstein respondió a
las cartas prometiendo a Hans Albert que iría en julio para hacer una excursión
a los Alpes suizos. «En verano, tú y yo nos iremos un viaje solos durante
quince días o tres semanas —le escribió—. Eso se repetirá cada año, y Tete
[Eduard] también podrá venir cuando sea lo bastante mayor».
Einstein expresaba asimismo su contento porque su hijo se aficionara a la
geometría. Esta —le decía— había sido su «pasatiempo favorito» cuando tenía más
o menos la misma edad que él, «pero yo no tenía a nadie que me enseñara nada,
de modo que tuve que aprenderla en los libros». Deseaba estar con su hijo para
ayudarle a aprender matemáticas y «explicarte muchas cosas buenas e
interesantes sobre la ciencia y muchas otras cosas». Pero eso no siempre sería
posible. Quizá podrían hacerlo por correo. «Si me escribes cada vez que
aprendas algo nuevo, te pondré un buen problema para que lo resuelvas». Enviaba
un juguete para cada uno de sus hijos, junto con el consejo de que se
cepillaran bien los dientes. «Yo lo hago y estoy muy contento de tener unos
dientes sanos».[534]
Pero la tensión en la familia se agravó. Einstein y Maric intercambiaron cartas
discutiendo tanto por el dinero como por las vacaciones, y a finales de junio
llegó una breve postal de Hans Albert. «Si eres tan antipático con ella —le
decía a su padre, refiriéndose a su madre—, no quiero ir contigo». De modo que
Einstein canceló su planeado viaje a Zúrich y, en lugar de ello, se fue con
Elsa y sus dos hijas a la población turística de Sellin, a orillas del Báltico.
Einstein estaba convencido de que Maric estaba volviendo a sus hijos contra él.
Sospechaba —probablemente con razón— que detrás de las postales que le enviaba
Hans Albert estaba la mano de ella, tanto en las lastimeras, que trataban de
hacerle sentir culpable por no encontrarse en Zúrich, como en las otras, más
ariscas, en las que rechazaba las excursiones vacacionales. «El bueno de mi
chico ya había sido apartado de mí durante unos años por parte de mi esposa,
que tiene una especial disposición vengativa —se quejaba a Zangger—. La postal
que recibí del pequeño Albert había sido inspirada, si no directamente dictada,
por ella».
Einstein le pedía a Zangger, que era profesor de medicina, que examinara al
joven Eduard, que había sufrido infecciones de oído y otras afecciones. «Por
favor, escríbeme para decirme qué le pasa a mi pequeño —le rogaba—. Siento un
cariño especial por él. ¡Es todavía tan dulce conmigo y tan inocente!».[535]
No fue hasta comienzos de septiembre cuando finalmente Einstein puso rumbo a
Suiza. Maric consideraba que lo más adecuado era que se alojara con ella y los
niños a pesar de las tensiones; al fin y al cabo seguían estando casados. Lo
cierto es que tenía ciertas esperanzas de reconciliación. Pero Einstein no
mostró interés alguno por estar con ella, y en cambio prefirió alojarse en un
hotel y pasar gran parte del tiempo con sus amigos Michele Besso y Heinrich
Zangger.
Al final resultó que solo tuvo la oportunidad de ver a sus hijos en dos
ocasiones durante las tres semanas que estuvo en Suiza. En una carta dirigida a
Elsa, Einstein culpaba de ello a su mujer: «La causa fue el temor de su madre
de que los pequeños se hicieran demasiado dependientes de mí». Hans Albert le
hizo saber a su padre que su visita le hacía sentirse incómodo.[536]
Después de que Einstein hubiera regresado a Berlín, Hans Albert fue a ver a
Zangger. El amable profesor de medicina, amigo de ambas partes en la disputa,
trató de forjar un acuerdo para que Einstein pudiera ver a sus hijos. También
Besso hizo de intermediario. Al final, Einstein podría ver a sus hijos —según
le informaba Besso en una carta formal que escribió en presencia de Maric—,
pero no en Berlín ni en presencia de la familia de Elsa. Sería mejor hacerlo
«en una buena posada suiza», al principio solo con Hans Albert, donde pudieran
pasar algún tiempo juntos libres de toda distracción. Hans Albert tenía
planeado ir a ver a la familia de Besso hacia las navidades, y sugería que
quizá Einstein pudiera ir también.[537]
La carrera hacia la relatividad general, 1915
Lo que hizo tan remarcable la avalancha de problemas políticos y personales del
otoño de 1915 fue que esta vino a resaltar aún más la capacidad de Einstein
para concentrarse y aislar sus tareas científicas de toda distracción. Durante
ese período, con gran esfuerzo y ansiedad, se entregó a una competitiva carrera
hacia lo que más tarde calificaría como el mayor logro de su vida.[538]
Cuando Einstein se trasladó a Berlín, en la primavera de 1914, sus colegas
dieron por supuesto que crearía un instituto y atraería acólitos para que
trabajaran en el problema más acuciante de la física, las implicaciones de la
teoría cuántica. Pero Einstein era más bien un lobo solitario. A diferencia de
Planck, él no quería rodearse de una camarilla de colaboradores o protegidos, y
prefería concentrarse en la que había vuelto a convertirse su pasión personal:
la generalización de su teoría de la relatividad.[539]
Así pues, cuando su esposa y sus hijos se fueron a Zúrich, Einstein abandonó su
antiguo piso y alquiló uno que estaba más cerca de la casa de Elsa y del centro
de Berlín. Era aquel un refugio de soltero, apenas amueblado, pero en cambio
bastante espacioso; tenía siete habitaciones y estaba en la tercera de las
cinco plantas de un bloque de reciente construcción.[540]
El estudio del piso tenía una gran mesa de escritorio de madera, llena de
montones de papeles y revistas. Moviéndose por aquella especie de eremitorio,
comiendo y trabajando cuando le convenía, y durmiendo cuando tenía sueño,
Einstein libró su solitaria batalla.
A lo largo de la primavera y el verano de 1915, Einstein luchó con su teoría
del Entwurf, perfeccionándola y defendiéndola frente a toda una
serie de cuestionamientos. Empezó a llamarla «la teoría general», en lugar de
calificarla meramente de «una teoría generalizada» de la relatividad, pero eso
no ocultaba los problemas que esta presentaba, y que seguía tratando de
solventar.
Einstein afirmaba que sus ecuaciones tenían la mayor covariancia que le
permitían su «argumento del agujero» y otras restricciones de la física, pero
empezaba a sospechar que tal vez aquello no fuera correcto. También emprendió
un agotador debate con el matemático italiano Tullio Levi-Civita, que le señaló
varios problemas de su manejo del cálculo de tensores. Y seguía estando también
el rompecabezas del resultado incorrecto que daba la teoría para el
desplazamiento de la órbita de Mercurio.
Al menos su teoría del Entwurf sí explicaba acertadamente —o
al menos eso creyó durante todo el verano de 1915— la rotación como una forma
de movimiento relativo, esto es, un movimiento que podía definirse
únicamente en relación con las posiciones y los movimientos de otros objetos.
Sus ecuaciones de campo —creía— permanecían constantes bajo una transformación
a unas coordenadas en rotación.[541]
Einstein confiaba lo suficiente en su teoría como para hacer alarde de ella en
una serie de conferencias de dos horas de duración que dio a lo largo de una
semana, a partir de finales de junio de 1915, en la Universidad de Gotinga, que
se había convertido en el principal centro de conocimiento en relación con los
aspectos matemáticos de la física teórica. El más destacado entre todos sus
genios era David Hilbert, y Einstein estaba particularmente ansioso —al final
resultaría que demasiado ansioso— por explicarle todos los entresijos de la
relatividad.
La visita a Gotinga fue un triunfo. Einstein escribió exultante a Zangger
diciéndole que había tenido «la agradable experiencia de convencer por completo
a los matemáticos de allí». Refiriéndose a Hilbert, pacifista como él, añadía:
«Le conocí y de inmediato sentí un gran afecto por él». Unas semanas más tarde,
y después de explicar de nuevo que «logré convencer a Hilbert de la teoría de
la relatividad general», Einstein lo calificaba de «un hombre con asombrosa
energía e independencia». En una carta dirigida a otro físico se mostraba aún
más efusivo: «En Gotinga tuve el gran placer de ver que se entendía todo hasta
sus últimos detalles. ¡Estoy totalmente encantado con Hilbert!».[542]
También Hilbert estaba encantado con Einstein y su teoría. Tanto, que pronto se
propuso ver si podía adelantarse a él en el objetivo de dar con las ecuaciones
de campo correctas. A los tres meses de sus conferencias de Gotinga, Einstein
hubo de afrontar dos dolorosos descubrimientos: que su teoría del Entwurf en
realidad era defectuosa y que Hilbert estaba trabajando febrilmente para
averiguar por sí mismo las formulaciones correctas.
El hecho de que Einstein acabara por darse cuenta de que su teoría del Entwurfno
se sostenía se debió a una acumulación de problemas, pero que sobre todo
culminó con dos grandes decepciones producidas a comienzos de octubre de 1915.
La primera fue que, tras volverlas a comprobar, Einstein descubrió que las
ecuaciones del Entwurf en realidad no explicaban la rotación
como había creído.[543] Había confiado en demostrar que se podía concebir la
rotación meramente como otra forma de movimiento relativo, pero resultaba que
el Entwurf en realidad no demostraba tal cosa. Las ecuaciones
del Entwurf no eran, como él había supuesto, covariantes bajo
una transformación que rotara uniformemente los ejes de coordenadas.
Besso ya le había advertido, en un memorando escrito en 1913, de que allí
parecía haber un problema. Pero Einstein lo había ignorado. Ahora, tras rehacer
sus cálculos, veía consternado cómo aquel pilar se desmoronaba. «Es una
flagrante contradicción», se lamentaba ante el astrónomo Freundlich.
Einstein supuso que aquel mismo error era el que explicaba el hecho de que su
teoría no pudiera dar cumplida cuenta del desplazamiento de la órbita de
Mercurio. Pero se desesperaba por no ser capaz de detectar el problema. «No
creo que pueda encontrar el error por mí mismo, ya que en este asunto mi mente
está demasiado hundida en un profundo surco».[544]
Además, se dio cuenta de que había cometido un error en lo que él calificaba
como su argumento de la «unicidad», que el conjunto de condiciones requeridas
por la conservación de la energía y el momento y otras restricciones físicas
llevaban únicamente a las ecuaciones de campo del Entwurf. Y
escribió a Lorentz explicándole con detalle sus anteriores «afirmaciones
erróneas».[545]
A estos problemas venían a sumarse otros que ya conocía; las ecuaciones
del Entwurf no eran generalmente covariantes, lo cual
significaba que en realidad no hacían que todas las formas de movimiento
acelerado y no uniforme fueran relativas, y tampoco explicaban plenamente la
anómala órbita de Mercurio. Y ahora, mientras todo ese edificio se tambaleaba,
le parecía oír los pasos de Hilbert adelantándole desde Gotinga.
Pero parte del genio de Einstein residía en su tenacidad. Podía aferrarse a una
serie de ideas incluso ante su «aparente contradicción», tal como él mismo
había escrito en su artículo de 1905 sobre la relatividad. También tenía una
profunda fe en su capacidad de intuición del mundo físico. Trabajando de un
modo más solitario que la mayoría de los otros científicos, se mantenía fiel a
sus propios instintos pese a los reparos de otros.
Pero aunque era tenaz, no era, ni mucho menos, absurdamente terco. Cuando al
final decidió que el planteamiento de su Entwurf era
insostenible, se dispuso a abandonarlo de golpe. Y eso fue lo que hizo en
octubre de 1915.
Para reemplazar su ya condenada teoría del Entwurf, Einstein dejó
de centrar tanto su atención en la estrategia física, que dependía más de su
intuición de los principios básicos de dicha ciencia, para conceder mayor
importancia a la estrategia matemática, que empleaba los tensores de Riemann y
Ricci. Era un planteamiento que había empleado inicialmente en sus cuadernos de
Zúrich y que luego había abandonado; pero al volver a él descubrió que podía
proporcionarle un modo de concebir ecuaciones de campo generalmente
covariantes. «El cambio de dirección de Einstein —escribe John Norton—
representó un camino por el mar Rojo que le llevó de la esclavitud a la tierra
prometida de la relatividad general».[546]
Obviamente, como siempre, su planteamiento seguía siendo una mezcla de ambas
estrategias. Para seguir una estrategia matemática ahora revitalizada, había de
revisar los postulados físicos que constituían el fundamento de su teoría
del Entwurf. «Esa era exactamente la clase de convergencia de
consideraciones físicas y matemáticas que eludió Einstein en su cuaderno de
Zúrich y en su trabajo sobre la teoría del Entwurf», escriben
Michel Janssen y Jürgen Renn.[547]
Así pues, volvió al análisis de tensores que había empleado en Zúrich, haciendo
mayor hincapié en el objetivo matemático de encontrar ecuaciones que fueran
generalmente covariantes. «Una vez que hubo desaparecido todo rastro de
confianza en las anteriores teorías —le diría a un amigo—, vi con claridad que
solo a través de una teoría de covariancia general, esto es, solo con la
covariante de Riemann, podía encontrarse una solución satisfactoria».[548]
El resultado fueron cuatro agotadoras semanas de frenesí durante las que
Einstein luchó contra una sucesión de tensores, ecuaciones, correcciones y
actualizaciones que se apresuró a llevar a la Academia Prusiana en sendas
conferencias que dio durante cuatro jueves. El momento culminante llegaría con
la triunfante revisión del universo de Newton, a finales de noviembre de 1915.
Cada semana, los aproximadamente cincuenta miembros de la Academia Prusiana se
reunían en la gran sala de la Biblioteca Pública Prusiana, situada en el
corazón de Berlín, para tratarse mutuamente de «Su Excelencia» y escuchar a sus
colegas desplegar su sapiencia. La serie de cuatro conferencias de Einstein
había sido programada con semanas de antelación, pero cuando empezaron —y aun
después de haber empezado— Einstein todavía seguía trabajando frenéticamente en
la revisión de su teoría.
La primera de ellas la pronunció el 4 de noviembre. «Durante los últimos cuatro
años —empezó diciendo—, he tratado de establecer una teoría de la relatividad
general basada en el presupuesto de la relatividad incluso en un movimiento no
uniforme». Refiriéndose a su ya descartada teoría del Entwurf, dijo
que «realmente creía que había descubierto la única ley de la gravitación» que
se ajustaba a las realidades físicas.
Pero entonces, con gran candor, pasó a detallar todos los problemas con los que
se había topado la teoría. «Por esa razón, perdí completamente la fe en las
ecuaciones de campo» que había estado defendiendo durante más de dos años. En
lugar de ello —explicó—, había retomado al planteamiento que él y su ayudante
matemático, Marcel Grossmann, habían estado empleando en 1912. «Volví, pues, al
requisito de una covariancia más general de las ecuaciones de campo, que había
abandonado no sin pesar cuando colaboraba con mi amigo Grossmann. De hecho, en
aquel momento habíamos estado muy cerca de la solución».
Einstein volvió, pues, a los tensores de Riemann y Ricci que Grossmann le
llevara a descubrir en 1912. «Casi nadie que la entienda realmente puede
resistirse al encanto de esta teoría —afirmó—. Significa un verdadero triunfo
del método del cálculo fundado por Gauss, Riemann, Christoffel, Ricci y
Levi-Civita».[549]
Ese método le llevó mucho más cerca de la solución correcta, pero el 4 de
noviembre sus ecuaciones todavía no eran generalmente covariantes. Para ello
harían falta otras tres semanas.
Einstein estaba sumergido en uno de los más concentrados frenesís de
creatividad científica de toda la historia. Trabajaba —decía— «con una tremenda
intensidad».[550] Y en medio de esa experiencia había de afrontar también la
crisis personal con su familia. Llegaban cartas tanto de su esposa como de
Michele Besso, que actuaba en representación de ella, en las que se insistía en
la cuestión de sus obligaciones financieras y se planteaban las directrices del
contacto con sus hijos.
El mismo día en que presentó su primer artículo, el 4 de noviembre, escribió
una angustiada —y dolorosamente conmovedora— carta a Hans Albert, que estaba en
Suiza:
Trataré de estar contigo un mes entero cada año para que tengas
un padre que esté cerca de ti y pueda quererte. Puedes aprender un montón de
cosas buenas de mí que nadie más puede ofrecerte. Todo lo que he conseguido con
tanto trabajo agotador debería ser de valor no solo para los extraños, sino
especialmente para mis propios chicos. En los últimos días he completado uno de
los mejores artículos de mi vida. Cuando seas mayor te hablaré de él.
Terminaba con una pequeña disculpa por parecer tan distraído: «A
menudo estoy tan enfrascado en mi trabajo que me olvido hasta de comer».[551]
Einstein también pudo sacar tiempo de la frenética revisión de sus ecuaciones
para meterse en un incómodo lío con su antiguo amigo y actual rival David
Hilbert, que competía con él por hallar las ecuaciones de la relatividad
general. Einstein había sido informado de que el matemático de Gotinga había
descubierto los defectos de las ecuaciones del Entwurf. Preocupado
por la posibilidad de verse adelantado, le escribió una carta a Hilbert en la
que le decía que él ya había descubierto esos defectos cuatro semanas antes y
le adjuntaba una copia de su conferencia del 4 de noviembre. «Tengo curiosidad
por saber si le gustará a usted esta nueva solución», le decía Einstein,
poniéndose ligeramente a la defensiva.[552]
Hilbert no era solo un matemático puro mejor que Einstein, sino que también
tenía la ventaja de no ser tan buen físico. No se veía restringido, como le
ocurría a Einstein, por la obligación de asegurarse de que cualquier nueva
teoría se adaptara a la antigua teoría newtoniana en un campo gravitatorio
débil y estático o de que obedeciera las leyes de la causalidad. En lugar de
una doble estrategia matemática y física, Hilbert seguía meramente una
estrategia matemática e intentaba centrarse en encontrar las ecuaciones que
fueran covariantes. «A Hilbert le gustaba bromear diciendo que la física era
demasiado compleja para dejarla en manos de los físicos», señala Dennis
Overbye.[553]
Einstein presentó su segundo artículo el jueves siguiente, 11 de noviembre. En
él empleaba el tensor de Ricci e imponía nuevas condiciones de coordenadas que
permitían que las ecuaciones fueran generalmente covariantes. Resultó, sin
embargo, que aquello no mejoraba mucho las cosas. Einstein seguía estando cerca
de la respuesta definitiva, pero hacía pocos progresos.[554]
Una vez más, le envió el artículo a Hilbert. «Si mi actual modificación (que no
cambia las ecuaciones) es legítima, entonces la gravitación debe desempeñar un
papel fundamental en la composición de la materia —decía Einstein—. ¡Mi propia
curiosidad interfiere en mi trabajo!».[555] La respuesta que envió Hilbert al día siguiente debió de
haber puesto nervioso a Einstein. Decía que estaba a punto de ofrecer «una
solución axiomática a su gran problema». Había planeado no discutirla hasta que
hubiera explorado más sus ramificaciones físicas, pero «dado que está usted tan
interesado, me gustaría exponer mi teoría en sus detalles más completos este
próximo jueves», que era el 16 de noviembre.
Hilbert invitó a Einstein a acudir a Gotinga para tener el dudoso placer de
oírle personalmente exponer la respuesta. La reunión empezaría a las seis de la
tarde, y Hilbert le facilitó amablemente a Einstein las horas de llegada de dos
trenes vespertinos procedentes de Berlín. «Mi esposa y yo estaríamos encantados
de que se alojara con nosotros».
Luego, tras firmar con su nombre, Hilbert se sintió obligado a añadir lo que
seguramente debió de ser una posdata tan tentadora como desconcertante: «Por lo
que alcanzo a comprender de su nuevo artículo, la solución que da usted es
completamente distinta de la mía».
El lunes 15 de noviembre Einstein escribió cuatro cartas que permiten hacerse
una idea de por qué sufría de dolores de estómago. A su hijo Hans Albert le
decía que le gustaría ir a Suiza más o menos por Navidad y Año Nuevo para
verle. «Quizá lo mejor sería que nos fuéramos tú y yo solos a alguna parte»
como una solitaria posada, le sugería a su hijo. «¿Qué te parece?».
También escribió a su esposa una carta conciliadora en la que le daba las
gracias por su buena voluntad al no «socavar mis relaciones con los chicos». Y
asimismo informó a su mutuo amigo Zangger de que «he modificado la teoría de la
gravitación, ya que me he dado cuenta de que mis anteriores pruebas tenían una
laguna… A finales de año tendré el placer de ir a Suiza para ver a mi querido
muchacho».[556]
Por último, respondió a Hilbert declinando su invitación para ir a Gotinga al
día siguiente. La carta no ocultaba su inquietud: «Su análisis me interesa
enormemente… Las alusiones que hacía usted en sus mensajes despiertan la mayor
de las expectaciones. Sin embargo, por el momento debo abstenerme de ir a
Gotinga… Estoy agotado y agobiado por los dolores de estómago… Si le es
posible, por favor, envíeme un borrador de su estudio para mitigar mi
impaciencia».[557]
Afortunadamente para Einstein, su inquietud se vería en parte aliviada aquella
misma semana por un feliz descubrimiento. Aunque sabía que sus ecuaciones no se
hallaban todavía en la forma definitiva, decidió ver si el nuevo planteamiento
que había adoptado produciría los resultados correctos con respecto a lo que se
sabía del desplazamiento de la órbita de Mercurio. Dado que él y Besso ya
habían hecho anteriormente los cálculos en una ocasión (obteniendo un
decepcionante resultado), no necesitó mucho tiempo para rehacer dichos cálculos
y en este caso empleó su teoría revisada.
La respuesta, que anunció triunfalmente en la tercera de sus cuatro
conferencias de noviembre; resultó correcta: 43 segundos de arco por siglo.[558] «Creo que ese descubrimiento representó, con mucho, la
experiencia emocional más fuerte de toda la vida científica de Einstein, quizá
incluso de toda su vida», diría posteriormente Abraham Pais. Einstein estaba
tan entusiasmado que el corazón le palpitaba como si «algo se hubiera roto
dentro». «Me sentía desbordado de gozosa emoción», le confesaría a Ehrenfest,
mientras que a otro físico le diría exultante: «Los resultados del movimiento
del perihelio de Mercurio me llenan de gran satisfacción. ¡Qué útil resulta
para nosotros la pedante exactitud de la astronomía, que yo solía ridiculizar
en secreto!».[559]
En la misma conferencia, Einstein informó también de otro cálculo que había
hecho. Cuando había empezado a formular la relatividad general, ocho años
antes, había dicho que una de sus consecuencias era que la gravedad curvaría la
luz. Y había determinado que la curvatura de la luz debida al campo
gravitatorio del Sol sería aproximadamente de 0,83 segundos de arco, lo cual se
correspondía con lo que predecía la teoría de Newton cuando se trataba la luz
como partícula. Ahora, sin embargo, empleando su teoría recién revisada,
Einstein calculó que la curvatura de la luz por la gravedad había de ser el
doble debido al efecto producido por la curvatura del espacio-tiempo. En
consecuencia, su predicción ahora era que la gravedad del Sol haría curvarse el
rayo de luz aproximadamente en 1,7 segundos de arco. Era aquella una predicción
cuya comprobación había de aguardar a que se produjera el siguiente eclipse
adecuado, a más de tres años vista.
Aquella misma mañana, la del 18 de noviembre, Einstein recibió el nuevo trabajo
de Hilbert, aquel para cuya presentación había sido invitado a Gotinga. Se
sintió sorprendido, e incluso algo consternado, al comprobar lo parecido que
resultaba al suyo. La respuesta de Einstein a Hilbert fue escueta, algo fría y
claramente orientada a reafirmar la prioridad de sus propios trabajos:
El sistema que usted proporciona concuerda —por lo que puedo ver— exactamente
con lo que yo he descubierto en las últimas semanas y he presentado a la
Academia. La dificultad no estribaba en hallar ecuaciones generalmente
covariantes… puesto que ello se logra fácilmente con el tensor de Riemann… Hace
tres años, con mi amigo Grossmann, ya habíamos tenido en cuenta las únicas
ecuaciones covariantes, que ahora han resultado ser las correctas. Luego nos
habíamos distanciado de ellas, aunque de mala gana, porque me pareció que el
análisis físico producía una incongruencia con la ley de Newton. Hoy presento a
la Academia un artículo en el que deduzco cuantitativamente a partir de la
relatividad general, sin ninguna hipótesis de guía, el movimiento del perihelio
de Mercurio. Ninguna teoría gravitatoria ha logrado tal cosa hasta ahora.[560]
Hilbert le respondió de manera amable y bastante generosa al día siguiente, sin
atribuirse ninguna prioridad a sí mismo. «Mis más cordiales felicitaciones por
la conquista del perihelio de Mercurio —escribió—. Si yo pudiera calcular tan
rápidamente como usted, en mis ecuaciones el electrón habría de capitular y el
átomo de hidrógeno tendría que escribir una nota excusándose por no irradiar».[561]
Pese a ello, al día siguiente, 20 de noviembre, Hilbert envió su artículo a una
revista científica de Gotinga, anunciando su propia versión de las ecuaciones
de la relatividad general. El título que eligió para su trabajo no era
precisamente modesto: «Los fundamentos de la física».
Se ignora cuán detalladamente leyó Einstein el artículo que Hilbert le había
enviado, o qué hubo en él —si es que hubo algo— que pudiera influir en su
propio pensamiento mientras preparaba febrilmente su cuarta y apoteósica conferencia
en la Academia Prusiana. Fuera como fuese, el caso es que los cálculos que
había realizado la semana anterior, sobre Mercurio y sobre la desviación de la
luz, le ayudaron a darse cuenta de que podía evitar las restricciones y las
condiciones de coordenadas que había estado imponiendo a sus ecuaciones del
campo gravitatorio. Así, logró elaborar a tiempo para su última conferencia
—«las ecuaciones de campo de la gravitación», pronunciada el 25 de noviembre de
1915— una serie de ecuaciones covariantes que culminaban su teoría de la
relatividad general.
El resultado no era ni de lejos tan claro para el profano como podía ser, por
ejemplo, E = mc2. Sin embargo, empleando las notaciones
condensadas de tensores, que permiten comprimir intrincadas complejidades en
pequeños subíndices, el quid de las definitivas ecuaciones de campo de Einstein
resulta lo bastante compacto como para llegar a ser —y de hecho así ha sido—
estampado en camisetas diseñadas para orgullosos estudiantes de física. En una
de sus numerosas variaciones,[562] puede escribirse así:
El miembro izquierdo de la ecuación se inicia con la expresión Rµv' que
representa el tensor de Ricci que Einstein ya había empleado anteriormente. La
expresión es el importantísimo tensor métrico, mientras que R representa
una traza del tensor de Ricci denominada «escalar de Ricci». En conjunto, este
miembro izquierdo de la ecuación —que hoy se conoce como «tensor de Einstein» y
que puede escribirse simplemente como Gµv— contiene en forma
comprimida toda la información relativa al modo en que la geometría del
espacio-tiempo resulta deformada y curvada por los objetos.
El miembro derecho, por su parte, describe el movimiento de la materia en el
campo gravitatorio. La interrelación entre los dos miembros muestra cómo los
objetos curvan el espacio-tiempo y cómo, a su vez, dicha curvatura afecta al
movimiento de los propios objetos. Como ha señalado el físico John Wheeler, «La
materia le dice al espacio-tiempo cómo curvarse, y el espacio curvo le dice a
la materia cómo moverse».[563]
Se establece así una especie de «tango» cósmico, tal como lo describe otro
físico, Brian Greene:
El espacio y el tiempo se convierten en actores en un cosmos en evolución.
Cobran vida. La materia de aquí hace que se deforme el espacio de allí, lo cual
hace que la materia de acá se mueva, y esto hace que el espacio de allá se
deforme todavía más, y así sucesivamente. La relatividad general proporciona la
coreografía de una entrelazada danza cósmica de espacio, tiempo, materia y
energía.[564]
Finalmente, Einstein tenía unas ecuaciones que eran auténticamente covariantes
y, en consecuencia, una teoría que incorporaba, al menos de forma bastante
satisfactoria para él, todas las formas de movimiento, ya fuera inercial,
acelerado, rotatorio o arbitrario. Como él mismo proclamaría en la presentación
oficial de su teoría, que se publicaría el mes de marzo siguiente en los Annalen
der Physik, «Las leyes generales de la naturaleza se expresan mediante
ecuaciones que valen para todos los sistemas de coordenadas, esto es, son
covariantes con respecto a cualquier sustitución».[565]
Einstein estaba entusiasmado por su éxito, pero al mismo tiempo le preocupaba
la posibilidad de que se le atribuyera a Hilbert, que había presentado su
propia versión cinco días antes en Gotinga, parte del mérito de la teoría.
«Solo un colega lo ha entendido de verdad —le escribiría a su amigo Heinrich
Zangger—, y está tratando de nostrificarlo (en expresión de Abraham)
inteligentemente». El término «nostrificar» (nostrifizieren), que había
sido empleado por el físico y matemático de Gotinga Max Abraham, aludía a la
práctica conocida como «nostrification», por la que las universidades alemanas
convertían los títulos concedidos por otras universidades en los suyos propios.
«En mi experiencia personal raramente he podido comprender mejor la miseria de
la condición humana». En una carta dirigida a Besso, unos días después,
Einstein añadía: «Mis colegas están actuando horriblemente en este asunto.
Cuando te lo cuente te reirás a gusto».[566]
Entonces, ¿a quién hay que atribuir realmente el principal mérito de las
ecuaciones matemáticas definitivas? La cuestión de la prioridad entre Einstein
y Hilbert ha suscitado un pequeño aunque intenso debate histórico, parte del
cual en ocasiones parece estar impulsado por pasiones que van más allá de la
mera curiosidad científica. Hilbert presentó una versión de sus ecuaciones en
su conferencia del 16 de noviembre y en un artículo fechado el 20 del mismo
mes, es decir, antes de que Einstein presentara las suyas definitivas el día
25. Sin embargo, en 1997 un equipo de estudiosos de Einstein encontró una serie
de pruebas de imprenta del artículo de Hilbert en las que este había hecho una
serie de correcciones que luego había enviado a la editorial el 16 de
diciembre. En la versión original, las ecuaciones de Hilbert diferían en una
pequeña pero importante cuestión de la versión final de Einstein presentada en
la conferencia del 25 de noviembre. En realidad no eran generalmente
covariantes, y tampoco incluían el paso que comportaba contraer el tensor de
Ricci e incluir la expresión traza resultante —el escalar de Ricci—, en la
ecuación, lo que Einstein sí hizo en su conferencia del 25 de noviembre. Al
parecer, Hilbert hizo una corrección en la versión revisada de su artículo para
que coincidiera con la versión de Einstein. Sus revisiones también
incorporaron, con bastante generosidad, la expresión «introducidos por primera
vez por Einstein» al referirse a los potenciales gravitatorios.
Los partidarios de Hilbert (y detractores de Einstein) responden con diversos
argumentos, incluyendo que en las pruebas de imprenta falta una parte y que la
expresión traza, ausente en la versión de Hilbert, resultaba o innecesaria o
evidente.
Lo justo es decir que ambos hombres —en cierta medida independientemente, pero
también estando cada uno de ellos al tanto de lo que hacía el otro— dedujeron
en noviembre de 1915 unas ecuaciones matemáticas que daban expresión formal a
la teoría general. A juzgar por las correcciones de Hilbert en sus propias
pruebas de imprenta, parece que Einstein fue el primero en publicar la versión
definitiva de dichas ecuaciones. Y en última instancia, incluso el propio
Hilbert cedió el mérito y la prioridad a Einstein.
Fuera como fuese, lo cierto es que, sin lugar a dudas fueron estas ecuaciones
las que formalizaron la teoría de Einstein, la misma que este le había
explicado a Hilbert durante el tiempo que habían estado juntos en Gotinga aquel
verano. Incluso el físico Kip Thorne, uno de los que atribuyen a Hilbert el
mérito de haber elaborado las ecuaciones de campo correctas, afirma, no
obstante, que el mérito de la teoría subyacente a dichas ecuaciones es de
Einstein. «Hilbert dio los últimos pasos matemáticos hacia su descubrimiento de
forma independiente y casi a la vez que Einstein, pero este fue el responsable
básicamente de todo lo que precedió a esos pasos —escribe Thorne—. Sin
Einstein, puede que las leyes relativistas generales de la gravitación no se
hubieran descubierto hasta varias décadas después».[567]
Hilbert, cortésmente, pensaba lo mismo. Como afirmaba claramente en la versión
definitiva publicada de su artículo: «Las ecuaciones diferenciales de la
gravitación resultantes están, en mi opinión, en concordancia con la magnífica
teoría de la relatividad general establecida por Einstein». A partir de
entonces, Hilbert reconocería en todo momento, socavando con ello los
argumentos de quienes pretendían utilizarle para rebajar a Einstein, que este
era el único autor de la teoría de la relatividad.[568] «Cualquier muchacho de las calles de Gotinga sabe más de
geometría tetradimensional que Einstein —se dice que dijo—. Pero a pesar de
ello, fue Einstein quien hizo el trabajo, y no los matemáticos».[569]
De hecho, Einstein y Hilbert no tardaron en volver a mantener una relación
amistosa. Hilbert le escribiría en diciembre, solo unas semanas después de que
terminara su carrera por encontrar las ecuaciones de campo, para informarle de
que, con su apoyo, Einstein había sido elegido miembro de la Academia de
Gotinga. Tras expresarle su agradecimiento, Einstein le diría: «Me siento
obligado a decirle algo más». Y le explicaría:
Ha habido cierta hostilidad entre nosotros, cuya causa no deseo analizar. Yo he
luchado, con completo éxito, contra el sentimiento de rencor que ello lleva
aparejado. Pienso de nuevo en usted con total cordialidad, y le pido que trate
de hacer lo mismo conmigo. Es una vergüenza que dos verdaderos colegas que han
logrado salir en cierta medida de este mezquino mundo no se permitan disfrutar
mutuamente el uno del otro.[570]
Así pues, reanudaron su correspondencia regular, compartieron ideas y
colaboraron juntos para encontrarle un puesto de trabajo al astrónomo
Freundlich. En febrero, Einstein incluso volvería a viajar a Gotinga y a
alojarse en casa de Hilbert.
El orgullo de Einstein como autor de su teoría resulta perfectamente
comprensible. En cuanto dispuso de copias impresas de sus cuatro conferencias,
las envió por correo a sus amigos. «Asegúrate de darles una buena ojeada —le
decía a uno de ellos—. Representan el descubrimiento más valioso de mi vida». Y
a otro le señalaba: «La teoría resulta de incomparable belleza».[571]
A sus treinta y seis años, Einstein había elaborado una de las más imaginativas
y espectaculares revisiones de nuestros conceptos sobre el universo de toda la
historia. La teoría de la relatividad general no era meramente la
interpretación de algunos datos experimentales o el descubrimiento de un
conjunto de leyes más precisas; era una forma totalmente nueva de ver la
realidad.
Newton le había legado a Einstein un universo en el que el tiempo tenía una
existencia absoluta que transcurría independientemente de los objetos y
observadores, y en la que también el espacio tenía una existencia absoluta. Se
creía que la gravedad era una fuerza que ejercían las masas unas sobre otras de
una manera bastante misteriosa a través del espacio vacío. En este marco, los
observadores obedecían leyes mecánicas que se habían revelado
extraordinariamente acertadas —casi perfectas— a la hora de explicarlo todo,
desde las órbitas de los planetas hasta la difusión de los gases, pasando por
los movimientos de las moléculas y la propagación de las ondas del sonido
(aunque no las de la luz).
Con su teoría de la relatividad especial, Einstein había demostrado que el
espacio y el tiempo no tenían una existencia independiente, sino que, en lugar
de ello, configuraban juntos la estructura del espacio-tiempo. Ahora, con su
versión general de la teoría, dicha estructura del espacio-tiempo dejaba de ser
un mero contenedor de objetos y acontecimientos. Lejos de ello, poseía su
propia dinámica, la cual venía determinada por —y a su vez contribuía a
determinar—, el movimiento de los objetos en su seno; exactamente del mismo
modo que la superficie de una cama elástica se verá curvada y ondulada por una
bola de bolera inmóvil y algunas bolas de billar que rueden junto a ella; a su
vez, esa curvatura y ondulación dinámicas de la superficie de la cama elástica
determinarán la trayectoria de las bolas que ruedan por ella y harán que las
bolas de billar se dirijan hacia la bola de bolera.
La estructura curvada y ondulada del espacio-tiempo explicaba la gravedad, su
equivalencia con la aceleración y también —afirmaba Einstein— la relatividad
general de todas las formas de movimiento.[572] En opinión de Paul Dirac, premio Nobel y pionero de la
mecánica cuántica, aquel fue «probablemente el mayor descubrimiento científico
jamás realizado». Otro de los grandes gigantes de la física del siglo XX, Max
Born, lo calificó de «la mayor hazaña del pensamiento humano en torno a la
naturaleza, la más asombrosa combinación de penetración filosófica, intuición
física y habilidad matemática».[573]
Todo aquel proceso dejó a Einstein exhausto, pero eufórico. Su matrimonio se
había derrumbado y la guerra asolaba Europa, pero Einstein se sentía más feliz
que nunca. «Mis sueños más audaces se han hecho realidad —le diría exultante a
Besso—. Covariancia general. Movimiento del perihelio de Mercurio
maravillosamente preciso». Y firmaba: «Contento, pero derrotado».[574]
Capítulo 10
El divorcio
1916-1919
Con Elsa en junio de 1922.
Contenido:
·
«El estrecho torbellino
de la experiencia personal»
·
El acuerdo
·
El socialdemócrata
·
El matrimonio con Elsa
«El estrecho torbellino de la experiencia personal».
De joven, Einstein había predicho, en una carta escrita a la madre de su
primera novia, que las alegrías de la ciencia serían para él un refugio frente
a las dolorosas emociones personales. Y en efecto lo eran. Conquistar la
relatividad general le resultó más fácil que descubrir la fórmula del
torbellino de fuerzas que se agitaban en el seno de su familia.
Se trataba de fuerzas muy complejas. En el mismo momento en que él terminaba
sus ecuaciones de campo —la última semana de noviembre de 1915—, su hijo Hans
Albert le decía a Michele Besso que quería pasar algún tiempo solo con su padre
durante las Navidades, preferiblemente en el monte Zugerberg o en algún lugar
parecidamente aislado.
Pero a la vez el chico escribía a su padre una desagradable carta diciéndole
que no quería que fuera a Suiza para nada.[575]
¿Cómo explicar esa contradicción? En ocasiones la mente de Hans Albert parecía
mostrar cierta dualidad —al fin y al cabo solo tenía once años—, y mostraba
actitudes fuertemente contradictorias con respecto a su padre. Eso no resultaba
sorprendente. Einstein era vehemente y apasionado, a veces incluso carismático.
También era distante y distraído, y se había distanciado física y
emocionalmente del muchacho, custodiado ahora por una madre devota que se
sentía humillada.
La tenacidad y paciencia que exhibía Einstein cuando trataba con problemas
científicos era solo comparable a su impaciencia cuando había de afrontar
enredos personales. De modo que informó al muchacho de que cancelaba el viaje.
«El desagradable tono de tu carta me causa mucha aflicción —le escribió
Einstein solo unos días después de haber terminado su última conferencia sobre
la relatividad general—. Veo que mi visita te traería muy poca alegría, así que
creo que no vale la pena estar sentado en un tren durante dos horas y veinte
minutos».
Estaba también el asunto del regalo de Navidad. Hans Albert se había convertido
en un pequeño aficionado al esquí, y Maric le había regalado un equipo que
costaba 70 francos. «Mamá me lo ha comprado con la condición de que tú también
contribuyas —le escribió—. Lo considero un regalo de Navidad». A Einstein
aquello no le gustó, y respondió que él le enviaría un regalo en metálico. Pero
«creo que un regalo de lujo que cuesta 70 francos no se corresponde con
nuestras modestas circunstancias», añadía, subrayando la frase.[576]
Besso desplegó lo que él denominaba su «pastoral modo» de mediación. «No
deberías sentirte ofendido por el chico», decía. La fuente de fricción —creía
Besso— era Maric, pero le pedía a Einstein que recordara que ella estaba
compuesta «no solo de maldad, sino también de bondad». Debía tratar de entender
—le instaba— lo difícil que le resultaba a Maric tratar con él. «El papel de
esposa de un genio nunca resulta fácil».[577] En el caso de Einstein, aquello sin duda era muy cierto.
La inquietud que rodeaba la propuesta de visita de Einstein se debía en parte a
un malentendido. Einstein había supuesto que el plan de reunirse con su hijo en
casa de los Besso se había organizado porque Marie y Hans Albert así lo
querían. Pero, lejos de ello, el chico no tenía el menor deseo de convertirse
en un mero espectador mientras su padre y Besso hablaban de física. Deseaba
justamente lo contrario, tener a su padre para él solo.
Maric acabó escribiendo una carta para aclarar las cosas, cosa que Einstein
agradeció. «También yo me sentía un poco decepcionado por no poder tener a
Albert a solas, sino únicamente bajo la protección de Besso», le respondió.
De modo que Einstein había decidido reanudar su plan de ir a Zúrich, y prometía
que aquel sería solo uno de los muchos viajes que haría para ver a su hijo.
«[Hans] Albert[XIV] está entrando en una edad en la que puedo significar mucho
para él —decía—. Quiero sobre todo enseñarle a pensar, juzgar y apreciar las
cosas objetivamente». Una semana después, en otra carta dirigida a Maric,
Einstein reafirmaba que estaba contento de hacer el viaje, «puesto que hay una
pequeña posibilidad de que mi venida agrade a Albert». No obstante, añadía con
bastante franqueza: «Ocúpate de que me reciba con la suficiente alegría. Estoy
bastante cansado y agobiado de trabajo, y no me siento capaz de soportar más
inquietudes y decepciones».[578]
Pero no iba a tener ocasión de comprobarlo. El agotamiento de Einstein
persistía, y la guerra dificultaba el paso de la frontera alemana. Dos días
antes de la Navidad de 1915, cuando se suponía que tenía que ponerse en camino
rumbo a Suiza, Einstein le escribía una carta a su hijo: «He estado trabajando
tanto en los últimos meses que necesito urgentemente un descanso durante las
vacaciones de Navidad —le decía—. Aparte de esto, hoy por hoy la posibilidad de
cruzar la frontera es muy incierta, pues hasta hace poco ha estado casi
constantemente cerrada. Debido a ello, en este momento por desgracia debo
privarte de mi visita».
Einstein pasó la Navidad en casa. Aquel día sacó de su maletín algunos de los
dibujos que Hans Albert le había enviado y le escribió una postal al chico
diciéndole lo mucho que le gustaban. Le prometió que iría por Pascua, y expresó
su satisfacción por el hecho de que a su hijo le gustara tocar el piano. «Quizá
puedas practicar algo para acompañar a un violín, y así en Pascua podremos tocar
cuando estemos juntos».[579]
Después de que él y Maric se separaran, inicialmente Einstein había decidido no
pedir el divorcio. Una de las razones de ello era que no tenía el menor deseo
de casarse con Elsa. Su compañerismo carente de compromiso le iba muy bien.
«Los intentos de forzarme al matrimonio provienen de los padres de mi prima, y
deben atribuirse principalmente a la vanidad, aunque el prejuicio moral, que en
la vieja generación sigue estando muy vivo, también desempeña un papel», le
escribiría Einstein a Zangger al día siguiente de haber dado su apoteósica
conferencia de noviembre de 1915. «Si me dejara atrapar, mi vida se complicaría
y, sobre todo, probablemente representaría un duro golpe para mis chicos. Por
lo tanto, no debo permitirme dejarme llevar por mi inclinación o por las
lágrimas, y debo permanecer como estoy». Sería una resolución que le repetiría
también a Besso.[580]
Éste y Zangger coincidían en que no debía pedir el divorcio. «Es importante que
Einstein sepa que sus verdaderos amigos —le escribió Besso a Zangger—
considerarían un divorcio y un posterior nuevo matrimonio como un gran mal».[581]
Pero Elsa y su familia siguieron presionando. De modo que en febrero de 1916
Einstein le escribió a Maric proponiéndole —en realidad, rogándole— que
aceptara el divorcio, «a fin de que podamos organizar el resto de nuestras
vidas independientemente». Einstein sugería que el acuerdo de separación que
habían establecido con la ayuda de Fritz Haber podía servir de base para el de
divorcio. «Seguramente será posible resolver los detalles a tu entera
satisfacción», Je prometía. La carta incluía también algunas instrucciones
acerca de cómo evitar que sus hijos sufrieran de un déficit de calcio.[582]
Al ver que Maric se resistía, Einstein se volvió más insistente. «Para ti solo
es una mera formalidad —le decía—. Para mí, en cambio, es un deber imperativo».
Asimismo, informaba a Marie de que Elsa tenía dos hijas cuya reputación y
posibilidades de matrimonio se veían comprometidas por «los rumores» que
circulaban sobre la relación ilícita que su madre tenía con Einstein. «Esto me
abruma, y debería arreglarse mediante un matrimonio formal —le decía a Maric—.
Por una vez intenta ponerte en mi lugar».
Como incentivo, Einstein le ofrecía más dinero. «Saldrás ganando con el cambio
—le decía—. Quiero hacer más de lo que me había impuesto hasta ahora».
Transferiría 6.000 marcos a un fondo para los niños e incrementaría sus pagos a
5.600 marcos anuales. «Al hacerme este frugal lecho de paja, te demuestro que
el bienestar de mis chicos ocupa el lugar más cercano a mi corazón, por encima
de cualquier otra cosa en el mundo».
A cambio, quería tener derecho a que sus hijos pudieran ir a verle a Berlín,
prometiendo que no tendrían contacto alguno con Elsa. Incluso añadía otra
promesa algo sorprendente: no viviría con Elsa ni en el caso de que se casaran.
En lugar de ello, se quedaría en su propio piso: «Puesto que jamás renunciaré
al estado de vivir solo, que se ha revelado una indescriptible bendición».
Maric no estuvo dispuesta a concederle el derecho de que los niños fueran a
verle a Berlín, pero sí aceptó provisionalmente —o al menos eso creyó Einstein—
iniciar las conversaciones sobre el divorcio.[583]
Como le había prometido a Hans Albert, Einstein llegó a Suiza a primeros de
abril de 1916 para pasar tres semanas de vacaciones de Pascua, y se alojó en un
hotel situado cerca de la estación de tren de Zúrich. Al principio las cosas
fueron muy bien. Los chicos fueron a verle y le recibieron con alegría. Desde
su hotel, Einstein le envió a Maric una nota de agradecimiento:
Mis felicitaciones por la buena condición de nuestros chicos.
Están en una forma física y mental tan excelente que no podría haber pedido
más. Y sé que ello se debe en su mayor parte a la adecuada crianza que tú les
das. También te agradezco que no me hayas distanciado de los niños. Vinieron a
recibirme de manera espontánea y dulce.
Maric envió recado de que quería reunirse personalmente con
Einstein; su propósito era asegurarse de que realmente quería el divorcio y que
lo que sucedía no era simplemente que Elsa le estaba presionando. Tanto Besso
como Zangger trataron de organizar el encuentro, pero Einstein se negó. «Una
conversación entre nosotros no tendría ningún sentido, y solo serviría para
reabrir viejas heridas», le escribiría en una nota a Maric.[584]
Einstein se llevó a Hans Albert solo, tal como el chico deseaba, a lo que
inicialmente había de ser una excursión de diez días en una población turística
de montaña desde la que se contemplaba el lago de Lucerna. Allí les cogió el
típico temporal de nieve de final de temporada, que les mantuvo confinados en
la posada, lo que en un primer momento agradó a ambos. «Estamos cubiertos de
nieve en Seelisberg, pero disfrutamos inmensamente el uno del otro —le escribió
Einstein a Elsa—. El chico me encanta, especialmente por sus inteligentes
preguntas y su falta de exigencias. No hay discordia entre nosotros». Por
desgracia, el clima, y quizá también su forzada compañía, pronto se volvieron
opresivos, y al final volvieron a Zúrich unos días antes de lo previsto.[585]
De regreso en Zúrich, las tensiones se reavivaron. Una mañana, Hans Albert fue
a ver a su padre al instituto de física para presenciar un experimento. Fue una
actividad bastante placentera, pero cuando el chico se disponía a ir a comer,
instó a su padre a que fuera a casa y le hiciera al menos una visita de
cortesía a Maric.
Einstein se negó. Hans Albert, que apenas acababa de cumplir los doce años, se
enfadó y dijo que no pensaba volver por la tarde a ver el final del experimento
a menos que su padre cediera. Pero Einstein no lo hizo. «Así quedó la cosa —le
informaría a Elsa una semana más tarde, el mismo día que partía de Zúrich—, y
desde entonces no he vuelto a ver a ninguno de los niños».[586]
Posteriormente Maric se sumiría en una debacle emocional y física. En julio de
1916 sufrió una serie de pequeños problemas cardíacos, acompañados de una
extrema ansiedad, y los médicos le ordenaron que se quedara en cama. Los niños
se trasladaron primero a casa de los Besso, y luego a Lausana, donde se
alojaron con la amiga de Marie, Helene Savic, que vivía allí capeando la
guerra.
Besso y Zangger trataron de que Einstein dejara Berlín para estar con sus
hijos, pero este se opuso a ello. «Si voy a Zúrich, mi esposa exigirá verme —le
escribió a Besso—. Yo tendría que negarme, debido en parte a una inalterable
resolución y en parte para evitar causarle agitación. Además, ya sabéis que las
relaciones personales entre los niños y yo se deterioraron tanto durante mi
estancia de Pascua (tras un comienzo muy prometedor), que dudo mucho de que mi
presencia les resulte tranquilizadora».
Einstein suponía que la enfermedad de su esposa era en gran medida psicológica
y, tal vez, incluso fingida en parte. «¿No es posible que los nervios estén
detrás de todo esto?», le preguntaba a Zangger, mientras que con Besso se
mostraba más directo: «Tengo la sospecha de que la mujer os está embaucando a
los dos, que sois hombres de buen corazón. No tiene miedo de emplear todos los medios
a su alcance cuando quiere lograr algo. No tenéis idea de la astucia natural de
una mujer así».[587] La madre de Einstein estaba de acuerdo con él. «Mileva
nunca ha estado tan enferma como usted parece creer», le diría a Elsa.[588]
Einstein le pidió a Besso que le mantuviera informado de la situación,
añadiendo una nota de humor científico al decirle que no hacía falta que sus
informes tuvieran una «continuidad» lógica, ya que «ello resulta permisible en
la era de la teoría cuántica». Besso no se mostró muy comprensivo, y escribió a
Einstein una dura carta en la que le decía que la situación de Maric no era «un
engaño», sino que, lejos de ello, se debía a la tensión emocional. La esposa de
Besso, Anna, se mostró aún más dura, añadiendo una posdata en la que se dirigía
a Einstein de usted.[589]
Einstein se retractó de su acusación de que Maric estaba fingiendo su
enfermedad, pero se quejó de que su tensión emocional resultaba injustificada.
«Lleva una vida libre de preocupaciones, tiene consigo a sus dos preciados
chicos, vive en un barrio fabuloso, hace lo que quiere con su tiempo, y
representa inocentemente el papel de la parte libre de culpa», le escribió a
Besso.
Se había sentido especialmente molesto por la fría posdata, que erróneamente
creía que provenía del propio Michele, y no de su esposa Anna; de modo que
añadió la suya propia: «Nos hemos llevado bien durante veinte años, y ahora veo
que muestras acritud hacia mí por culpa de una mujer que no tiene nada que ver
contigo. ¡Resiste!». Pero aquel mismo día se dio cuenta de que había confundido
la dura posdata de Anna creyendo que la había escrito su marido, y se apresuró
a enviarle a este otra carta pidiéndole disculpas por ello.[590]
Por consejo de Zangger, Maric ingresó en un sanatorio. Einstein seguía
resistiéndose a ir a Zúrich a pesar de que sus hijos ahora estaban solos en
casa con una criada, pero le dijo a Zangger que cambiaría de actitud «si tú lo
crees apropiado». Sin embargo Zangger no lo creía. «La tensión por ambas partes
es demasiado grande», le explicaría este a Besso, quien también se mostraría de
acuerdo.[591]
Pese a su actitud desapegada, Einstein amaba a sus hijos y siempre cuidaría de
ellos. Pidió a Zangger que les hiciera saber que él los acogería bajo su
protección en el caso de que su madre muriera. «Yo mismo criaría a los dos
chicos —decía—. Aprenderían en casa y, en la medida de lo posible, de mí
personalmente». En varias cartas escritas durante los meses siguientes,
Einstein describiría sus distintas ideas y fantasías acerca de la educación
escolar de sus hijos en casa, lo que les enseñaría, e incluso la clase de
paseos que darían. También escribió a Hans Albert para asegurarle que estaba
«pensando constantemente en vosotros dos».[592]
Pero Hans Albert estaba tan enfadado, o dolido, que había dejado de responder a
las cartas de su padre. «Creo que su actitud hacia mí ha caído por debajo del
punto de congelación —se lamentaría Einstein a Besso—. En determinadas
circunstancias, yo habría reaccionado del mismo modo». Después de que
escribiera tres cartas a su hijo y no recibiera respuesta durante tres meses,
Einstein volvió a escribirle en tono de queja: «¿Ya no te acuerdas de tu padre?
¿No volveremos a vemos nunca más?».[593]
El muchacho al final, respondió enviándole un retrato de un bote que estaba
construyendo con trozos de madera. También le explicó el regreso de su madre
del sanatorio. «Cuando mamá llegó a casa hicimos una fiesta. Yo había
practicado una sonata de Mozart, y Tete había aprendido una canción».[594]
Einstein hizo una concesión ante aquella triste situación: decidió no volverle
a pedir el divorcio a Maric, al menos por el momento. Aquello pareció
contribuir a su recuperación. «Procuraré que no tenga ninguna molestia más por
mi parte —le dijo Einstein a Besso—. He renunciado a seguir con el divorcio.
Ahora, ¡a los asuntos científicos!».[595]
Lo cierto es que, cada vez que los asuntos personales empezaban a abrumarle,
Einstein se refugiaba en su trabajo, que le protegía y le servía de escape.
Como él mismo le diría a Helene Savic, probablemente con la intención de que
esta se lo transmitiera a su amiga Maric, tenía la intención de centrarse en la
reflexión científica. «Parezco un hombre hipermétrope encantado ante el vasto
horizonte y a quien el primer plano sólo molesta cuando un objeto opaco le
impide ver a lo lejos».[596]
Así, incluso cuando su batalla personal se hallaba en su apogeo, su ciencia le
proporcionaba consuelo. En 1916 empezó a escribir de nuevo sobre los cuantos.
También escribió una exposición formal de su teoría de la relatividad general,
que resultaba mucho más completa, y también algo más comprensible, que la que
había elaborado en sus conferencias semanales durante su carrera con Hilbert el
anterior mes de noviembre.[597]
Además, redactó también una versión aún más comprensible, un libro dirigido al
profano, Sobre la teoría de la relatividad especial y general, que
todavía hoy sigue siendo una obra popular. Para asegurarse de que el lector
medio lo entendiera, leyó en voz alta cada página a la hija de Elsa, Margot,
haciendo frecuentes pausas para preguntarle si de verdad lo entendía. «Sí,
Albert», le respondía ella invariablemente, a pesar de que, según confesaría a
otras personas, encontraba todo aquello completamente desconcertante.[598]
Esta capacidad de la ciencia de constituir un refugio frente a las emociones
personales dolorosas sería precisamente el tema de una charla que daría
Einstein en la celebración del sexagésimo cumpleaños de Max Planck. Aunque
supuestamente trataba sobre este último, en realidad la charla parecía
referirse más al propio Einstein. «Uno de los más fuertes motivos que llevan a
los hombres al arte y a la ciencia es el de escapar de la vida cotidiana con su
dolorosa crudeza y su tristeza desesperada —decía Einstein—. Dichos hombres
hacen del cosmos y su construcción el eje de su vida emocional, a fin de hallar
la paz y la seguridad que no pueden encontrar en el estrecho torbellino de la
experiencia personal».[599]
El acuerdo
A comienzos de 1917 le tocó a Einstein el tumo de caer enfermo. Empezó a
experimentar dolores de estómago, que inicialmente creyó que se debían a un
cáncer. Ahora que había terminado su misión, la muerte no le aterrorizaba. Así,
le dijo al astrónomo Freundlich que no le preocupaba la idea de morir porque
había completado ya su teoría de la relatividad.
A Freundlich, por su parte, sí le preocupaba su amigo, que solo tenía treinta y
ocho años. De modo que envió a Einstein a un médico, que diagnosticó el
problema como una afección estomacal crónica, que ahora se veía exacerbada por
la escasez de comida derivada de la guerra. Durante cuatro semanas lo puso a
dieta de arroz, macarrones y biscotes.
Aquellos problemas de estómago le tendrían postrado durante cuatro años, y
luego le acompañarían durante el resto de su vida. Einstein vivía solo y tenía
problemas para encontrar comida adecuada. Desde Zúrich, Zangger le enviaba
paquetes para ayudarle a realizar la dieta prescrita, pero en el plazo de dos
meses Einstein había perdido cerca de 23 kilos. Finalmente, en el verano de
1917, Elsa pudo alquilar otro piso en el bloque donde vivía, e hizo que
Einstein se trasladara allí para ser su vecina, cuidadora y compañera.[600]
Para Elsa era una satisfacción poder conseguir comida que a él le aliviara.
Ella era una mujer de recursos, y lo bastante rica como para pedir los huevos,
la mantequilla y el pan que quisiera a pesar de que la guerra había hecho que
aquellos productos de primera necesidad resultaran difíciles de encontrar. Cada
día cocinaba para él, hacía punto para él e incluso le conseguía cigarros. Los
padres de ella también ayudaban invitándoles a ambos a reconfortantes comidas.[601]
Asimismo, la salud del hijo pequeño de Einstein, Eduard, era precaria. De nuevo
volvía a padecer fiebres, y en 1917 sufrió una inflamación pulmonar. Tras
recibir un pesimista diagnóstico médico, Einstein se lamentaba a Besso: «El
estado de mi pequeño me deprime sobremanera. Es imposible que se convierta en
una persona plenamente desarrollada. ¡Quién sabe si no sería mejor para él que
se fuera antes de llegar a saber de verdad cómo es la vida!».
En una carta a Zangger, Einstein reflexionaba sobre el «método espartano»
—dejar morir a los niños enfermizos en lo alto de una montaña—, pero luego
decía que no podía aceptar aquel planteamiento. Lejos de ello, prometía pagar
lo que hiciera falta para que Eduard estuviera bien cuidado, y le decía a
Zangger que le enviara al centro de tratamiento que considerara mejor. «Aunque
por dentro creas que todo esfuerzo es inútil, envíalo de todos modos, a fin de
que mi esposa y mi Albert piensen que se está haciendo algo».[602]
Aquel verano, Einstein viajó de nuevo a Suiza para llevar a Eduard a un
sanatorio situado en la pequeña población de Arosa. Su capacidad de emplear la
ciencia para elevarse por encima de las tribulaciones personales queda patente
en una carta que envió a su amigo el físico Paul Ehrenfest: «El pequeño es muy
enfermizo y tiene que pasar un año en Arosa. Mi esposa también está enferma.
Preocupaciones y más preocupaciones. Sin embargo, he encontrado una magnífica
generalización de la ley cuántica de Sommerfeld-Epstein».[603]
Hans Albert se unió a su padre en el viaje para llevar a Eduard a Arosa, y
luego fue a visitarle cuando Einstein se alojaba en casa de su hermana, Maja, y
el marido de esta, Paul Winteler, en Lucerna. Allí encontró a su padre acosado
por los dolores de estómago, pero su tío Paul le llevó de excursión. Poco a
poco, y salvando unos cuantos baches, la relación de Einstein con su hijo mayor
se iba recuperando. «La carta de mi Albert fue la mayor alegría que he tenido
en el último año —le diría a Zangger—. El vínculo íntimo que existe entre
nosotros me llena de gozo». También las preocupaciones financieras se iban
aliviando. «He recibido un premio de 1.500 coronas de la Academia Vienesa, que
puedo emplear en la curación de Tete».[604]
Ahora que Einstein se había trasladado al mismo bloque donde vivía Elsa, y que
ella cuidaba de su salud, era inevitable que la cuestión del divorcio de Maric
surgiera de nuevo. Y eso fue lo que sucedió a comienzos de 1918. «Mi deseo de
poner un poco de orden en mis asuntos privados me lleva a sugerirte un divorcio
por segunda vez —le escribiría—. Estoy resuelto a hacer todo lo que pueda para
hacer posible este paso». Esta vez su oferta financiera fue aún más generosa.
Le pagaría 9.000 marcos en lugar de lo que ahora se había convertido ya en un
estipendio anual de 6.000, con la condición de que 2.000 se destinaran a un
fondo para sus hijos.[XV]
Luego añadía un sorprendente y nuevo incentivo. Einstein estaba convencido —y
no le faltaba razón— de que algún día ganaría el premio Nobel. Aunque la
comunidad científica todavía no había aceptado plenamente la relatividad
especial, y mucho menos aún su reciente y todavía no comprobada teoría de la
relatividad general, a la larga lo haría. O bien se reconocerían sus
innovadoras ideas sobre los cuantos de luz y el efecto fotoeléctrico. En
consecuencia, Einstein le hizo una llamativa oferta a Maric: «El premio Nobel
—en el caso del divorcio y en el caso de que me lo otorgaran— te sería cedido
en su totalidad».[605]
Era una tentadora apuesta financiera. Entonces, como hoy, el premio Nobel
resultaba muy lucrativo; de hecho, tenía una dotación enorme. En 1918 era de
unas 135.000 coronas suecas, o 225.000 marcos alemanes, es decir, más de 37
veces lo que Maric cobraba anualmente. Además, el marco alemán estaba empezando
a desplomarse, pero el Nobel se pagaría en la estable moneda sueca. Y lo que
resultaba aún más conmovedor: ello entrañaba cierto grado de justicia
simbólica, ya que Marie había ayudado a Einstein en sus artículos de 1905 con
las fórmulas matemáticas, la corrección de pruebas y el apoyo doméstico, y
ahora podría obtener parte de la recompensa.
Al principio ella se puso furiosa. «Exactamente hace dos años, cartas como esta
me llevaron al borde de la desgracia, de la que todavía no he podido
recuperarme —le respondió—. ¿Por qué me atormentas sin descanso de esta manera?
De verdad que no merezco esto de ti».[606]
Pero al cabo de unos días empezó a evaluar la situación más fríamente. Su vida
había tocado fondo. Sufría dolores, ansiedades y depresión. Su hijo pequeño
estaba en un sanatorio. La hermana que había ido a ayudarla había sucumbido a
la depresión y ahora estaba encerrada en un manicomio. Y su hermano, que era
médico del ejército austríaco, había sido capturado por los rusos. Acaso poner
fin a las batallas con su esposo y la posibilidad de tener una seguridad
financiera podría ser realmente lo mejor para ella. De modo que decidió
consultarle el asunto a su vecino y amigo Emil Zürcher, que era abogado.
Unos días después Maric decidió aceptar el acuerdo. «Haz que tu abogado escriba
al doctor Zürcher para decirle cómo lo ve él, cómo debería ser el contrato —le
dijo a Einstein—. Debo dejar los asuntos molestos en manos de personas
objetivas. Si estás tan decidido, no quiero interponerme en tu felicidad».[607]
Las negociaciones prosiguieron a través de cartas y terceras partes durante
todo el mes de abril. «Tengo curiosidad por ver qué durará más, la guerra
mundial o nuestros trámites de divorcio», se quejaría él ligeramente en un
determinado momento. Pero dado que las cosas avanzaban como él quería, luego
añadiría: «En comparación, este asuntito nuestro resulta con mucho el más
agradable. Saludos amistosos para ti y besos a los niños».
La cuestión principal era el dinero. Maric se quejaba a una amiga de que Einstein
se mostraba tacaño (lo que no era cierto) por culpa de Elsa. «Elsa es muy
codiciosa. Sus dos hermanas son muy ricas y ella siempre las envidia». Hubo un
intercambio de cartas acerca de cómo se pagaría exactamente el supuesto dinero
del premio Nobel, qué derecho tendrían a él los niños y qué pasaría si ella se
volvía a casar, e incluso qué compensación le ofrecería él en el improbable
caso de que jamás se le concediera el premio.[608]
Otra cuestión polémica fue la de si sus hijos podían ir a ver o no a Einstein a
Berlín. Marie se mantenía firme en su prohibición,[609] y a finales de abril él cedió en ese último punto. «Cedo
en lo de los niños porque ahora creo que deseas llevar las cosas de una manera
conciliadora —le dijo—. Quizá más adelante adoptes la postura de que los chicos
puedan venir aquí sin reservas. Por el momento, los veré en Suiza».[610]
Dada la mala salud de Marie, Einstein había tratado de encontrar otra opción
para los dos chicos, hacer que vivieran en la vecina Lucerna con su hermana,
Maja, y el marido de esta, Paul Winteler. Los Winteler estaban dispuestos a
hacerse cargo de sus sobrinos, y un día incluso fueron en tren a Berna para ver
si el asunto podía arreglarse, pero cuando llegaron Zangger estaba fuera de la
ciudad. Ellos querían contar con su ayuda antes de tratar del asunto con Maric,
de modo que Paul fue a visitar a su enérgica hermana, Anna, que era la esposa
de Michele Besso, para ver si ellos disponían de una habitación donde pasar la
noche.
Paul había planeado no decirle a Anna cuál era el objetivo de su misión, ya que
ella siempre mostraba una actitud protectora con respecto a Maric y era muy
propensa a albergar sentimientos de indignación y superioridad moral. «Pero
ella imaginó el propósito de nuestra llegada —le explicaría Maja a Einstein—, y
cuando Paul le confirmó sus sospechas, brotó un torrente de acusaciones, reprimendas
y amenazas».[611]
Así que Einstein le escribió una carta a Anna tratando de obtener su apoyo.
Maric —afirmaba— era «incapaz de llevar una casa» dado su estado. Sería mejor,
por tanto, que Hans Albert fuera a vivir con Maja y Paul. Eduard podía hacer lo
mismo, o bien permanecer en una clínica respirando el aire de la montaña hasta
que su salud mejorara. Einstein lo pagaría todo, incluidos los costes de la
estancia de Maric en un sanatorio de Lucerna, donde podría ver a sus hijos cada
día.
Por desgracia, Einstein cometió el error de acabar la carta rogándole a Anna
que le ayudara a resolver la situación para poder casarse con Elsa y terminar
con la vergüenza que su relación suponía para las hijas de ella. «Piensa en las
dos niñas, cuyas perspectivas de matrimonio se ven obstaculizadas —le decía—.
Intercede de vez en cuando por mí ante Miza [Maric] y hazle ver lo cruel que
resulta complicar innecesariamente la vida de los demás».[612]
Anna le respondió diciendo que Elsa era un ser egoísta: «Si Elsa no hubiera
querido hacerse tan vulnerable, no tendría que haber corrido detrás de ti de
una manera tan descarada».[613]
Lo cierto es que Anna era una persona bastante difícil, y no tardaría en
pelearse también con Marie. «Trataba de entrometerse en mis asuntos de una
manera que revela una potencial malicia humana», se quejaría Maric a Einstein,
lo cual, como mínimo, ayudaría a mejorar las relaciones entre ellos dos. «Veo
por tu carta que también tú has tenido problemas con Anna Besso —le escribiría
Einstein a Marie poco después de haber acordado los términos del divorcio—.
Ella me ha escrito cartas tan impertinentes que he puesto fin a nuestra
correspondencia».[614]
Habrían de pasar unos meses más antes de que la sentencia de divorcio se
hiciera definitiva, pero ahora que las negociaciones habían terminado, todo el
mundo parecía aliviado por dejar zanjado el tema. La salud de Maric mejoró lo
suficiente como para que sus hijos pudieran quedarse con ella,[615] y las cartas que se intercambiaban entre Berlín y Zúrich
adquirieron un tono más amistoso. «A través de la correspondencia del divorcio
se ha formado una relación satisfactoria entre mi esposa y yo —le diría
Einstein a Zangger—. De hecho, una graciosa oportunidad de reconciliación».[616]
Esta distensión significaba que Einstein tenía dos alternativas para sus
vacaciones de verano de 1918: ir a ver a sus hijos a Zúrich o pasar unos días
más relajados con Elsa. Eligió la segunda opción, debido en parte a que su
médico le había desaconsejado las alturas; así que durante siete semanas Elsa y
él permanecieron en la villa turística de Ahrenshoop, a orillas del Báltico.
Einstein llevó consigo algo de lectura fácil para la playa, los Prolegómenos de
Immanuel Kant; pasó «incontables horas reflexionando sobre el problema
cuántico», y disfrutó relajándose y recuperándose de sus afecciones de
estómago. «Nada de teléfonos, nada de responsabilidades, tranquilidad absoluta
—le escribió a un amigo—. Estoy tumbado en la orilla como un cocodrilo,
dejándome tostar por el sol, sin ver ni un solo periódico y sin importarme nada
eso que llaman el mundo».[617]
Desde aquel insólito retiro trataba de apaciguar a Hans Albert, que le había
escrito diciéndole que echaba de menos a su padre. «Escríbeme, por favor, y
dime al menos por qué no vienes», le preguntaba.[618] La explicación de Einstein fue bastante triste y muy a la
defensiva:
Te será fácil imaginar por qué no podía ir. Este invierno he
estado tan enfermo que he tenido que permanecer en cama durante más de dos
meses. Me tienen que cocinar la comida aparte. No puedo hacer ningún movimiento
brusco. Así que no me habrían dejado ni siquiera ir a pasear contigo ni comer
en el hotel… A esto hay que añadir que me había peleado con Anna Besso, y que
no quería volver a ser una carga para el señor Zangger, y por último, dudaba de
si mi llegada realmente te importaría mucho.[619]
Su hijo se mostró comprensivo. Le escribió cartas llenas de
noticias e ideas, incluyendo una descripción y un boceto de una idea que tenía
para un péndulo situado dentro de un monorraíl, que se balancearía, cortando la
corriente, en el caso de que el tren oscilara demasiado.
Einstein había reprendido a Hans Albert, injustamente, por no haber hallado el
modo de ir a verle a Alemania durante las vacaciones. Ello habría requerido que
Maric levantara la prohibición de tales viajes, que constaba en su acuerdo de
separación, y por desgracia también habría resultado muy poco práctico. «Mi
viaje a Alemania sería casi más imposible que tu viaje aquí —le escribió Hans
Albert—, ya que al final yo soy el único de la familia que puedo ir a la
compra».[620]
Debido a ello, Einstein, deseoso de estar más cerca de sus hijos, se sintió
brevemente tentado de volver a Zúrich. Durante sus vacaciones en el Báltico,
aquel verano de 1918, consideró la posibilidad de aceptar una oferta conjunta
de la Universidad de Zúrich y su viejo Politécnico. «Puede designar su puesto
aquí exactamente como quiera», le había escrito el físico Edgar Meyer. Como el
propio Einstein le diría en broma a Besso: «¡Qué contento habría estado hace
dieciocho años con un miserable puesto de profesor agregado!».[621]
Einstein admitía que la decisión le atormentaba. Zúrich era su «verdadero
hogar» y Suiza era el único país por el que sentía alguna afinidad.
Y además quería estar cerca de sus hijos.
Pero había un problema. Si se iba a vivir cerca de sus hijos, ello significaría
también vivir cerca de la madre de ellos. Incluso para Einstein, que tan bueno
era a la hora de protegerse de las emociones personales, resultaría duro
establecer su residencia con Elsa en la misma ciudad donde vivía su primera
esposa. «Mis principales dificultades personales persistirían si volviera a
plantar mi tienda en Zúrich —le diría a Besso—, aunque parece tentador estar
cerca de mis hijos».[622]
Elsa también se oponía con firmeza a aquella posibilidad, que incluso le
horrorizaba, y le rogó a Einstein que le prometiera que jamás sucedería tal
cosa. Este podía mostrarse bastante solícito ante los deseos de Elsa, de modo
que renunció a establecerse del todo en Zúrich.
En lugar de ello, hizo algo que normalmente solía evitar: llegar a una solución
de compromiso. Conservó su puesto en Berlín, pero aceptó ir a Zúrich en calidad
de profesor invitado, lo cual le suponía un par de estancias al año, de un mes
de duración, en dicha ciudad. Einstein pensó que con ello, se quedaba con lo
mejor de ambas opciones.
En lo que podría parecer un exceso de la característica cautela suiza, las
autoridades docentes de Zúrich aprobaron un contrato de enseñanza por el que se
pagaba a Einstein sus gastos, pero no honorarios, «a manera de experimento». Lo
cierto es que estuvieron acertados: al principio las clases de Einstein fueron
muy populares, pero a la larga la asistencia menguó y a los dos años se
cancelaron.
El socialdemócrata
¿Qué acabaría antes —le había preguntado Einstein medio en broma a Maric—, la
guerra mundial o sus trámites de divorcio? Resultó que ambas cosas llegaron a
una torpe conclusión a finales de 1918. Aquel noviembre, mientras el Reich
alemán se derrumbaba, una revuelta de marineros en Kiel acabó dando lugar a una
huelga general y a un levantamiento popular. «Clases canceladas por la
Revolución», anotó Einstein en su diario de clases el 9 de noviembre, el día en
que los manifestantes ocuparon el Reichstag y el káiser abdicó. Cuatro días
después, un consejo revolucionario obrero-estudiantil tomó la Universidad de
Berlín y encarceló a los decanos y al rector.
Con el estallido de la guerra, Einstein se había convertido, por primera vez en
su vida, en una figura pública que hablaba abiertamente, defendiendo el
internacionalismo, el federalismo europeo y la resistencia al militarismo.
Ahora, el advenimiento de la paz haría que el pensamiento político de Einstein
se volviese hacia cuestiones de orden más interno y social.
Desde su juventud, en que fuera admirador de Jost Winteler y amigo de Friedrich
Adler, Einstein se había sentido tan atraído por el ideal del socialismo como
por el de la libertad individual. La revolución de Berlín —liderada por un
conjunto de socialistas, consejos obreros, comunistas, así como otros miembros
y organizaciones de la izquierda— le obligaría ahora a afrontar casos en los
que ambos ideales entraban en conflicto.
Durante el resto de su vida, Einstein suscribiría un socialismo democrático con
una base liberal y antiautoritaria. Defendería la igualdad, la justicia social
y la constricción del capitalismo. Sería un fiero defensor de los más débiles.
Pero en la medida en que hubiera revolucionarios que se sintieran tentados por
el deseo bolchevique de imponer un control centralizado, o en la medida en que
un régimen como el de Rusia le conmocionara por su autoritarismo, el amor
instintivo de Einstein por la libertad individual normalmente provocaría en él
una reacción de desdén.
«Para él, el socialismo refleja el deseo ético de eliminar la espantosa brecha
existente entre las clases y producir un sistema económico más justo
—escribiría su hijastro político, refiriéndose a las actitudes de Einstein
durante la década de 1920—. Y sin embargo no puede aceptar un programa
socialista. Aprecia demasiado la aventura de la soledad y la felicidad de la
libertad como para acoger favorablemente un sistema que amenaza con eliminar
completamente al individuo».[623]
Sería aquella una actitud que se mantendría constante. «La filosofía política
básica de Einstein no experimentó cambios significativos a lo largo de su vida
—decía el socialista Otto Nathan, que llegaría a convertirse en íntimo amigo de
Einstein y, luego, en su albacea literario cuando este se trasladó a Estados
Unidos—. Acogió favorablemente los sucesos revolucionarios de Alemania en 1918
debido a su interés por el socialismo y especialmente por su profunda e
incondicional devoción a la democracia. Un aspecto básico de su pensamiento
político era el reconocimiento de la dignidad del individuo y la protección de
la libertad política e intelectual».[624]
Cuando los revolucionarios estudiantiles de Berlín encarcelaron al rector y a
sus decanos, Einstein acudió a poner en práctica su filosofía. Aquel día, el
físico Max Born estaba en la cama con gripe cuando sonó el teléfono. Era
Einstein. Iba a ir a la universidad para ver qué podía hacer para que liberaran
al rector y a los decanos, e insistió a Born para que se levantara de la cama y
le acompañara. Luego ambos fueron a buscar a un amigo común, el psicólogo y
pionero de la Gestalt Max Wertheimer, quizá en la creencia de
que su especialidad podría resultar más útil que la física teórica para lograr
su objetivo.
Los tres fueron en tranvía desde el piso de Einstein hasta el Reichstag, donde
se reunían los estudiantes. Al principio una numerosa multitud les impidió el
paso, pero cuando reconocieron a Einstein les dejaron pasar y les condujeron a
la sala de conferencias donde se reunía el soviet estudiantil.
El presidente le saludó y le pidió que aguardara mientras el grupo terminaba de
elaborar sus nuevos estatutos de gobierno de la universidad. Luego se volvió a
Einstein:
—Antes de que atendamos a su petición de palabra, profesor Einstein, ¿me
permite preguntarle qué opina de los nuevos reglamentos?
Einstein hizo una breve pausa. Algunas personas se ven condicionadas de manera
instintiva a ser comedidas en sus palabras, tratar de agradar a sus oyentes y
disfrutar de la comodidad que proporciona la conformidad. Pero no Einstein.
Lejos de ello, respondió críticamente: —Siempre he creído que la institución
más valiosa de la universidad alemana es la libertad académica, por la que en
ningún momento se dice a los profesores lo que han de enseñar, y los
estudiantes pueden elegir a qué clases asistir sin demasiada supervisión ni
control —declaró—. Sus nuevos estatutos parecen abolir todo esto. Yo me
sentiría muy afligido si se pusiera fin a la vieja libertad.
En aquel punto —recordaría Born— «los arrogantes jóvenes caballeros permanecían
sumidos en un perplejo silencio».
Aquello no ayudó en nada a su misión. Tras cierta discusión, los estudiantes
decidieron que aquellos tres hombres no tenían autoridad para liberar al rector
y a los decanos. De modo que Einstein y compañía salieron del palacio del
canciller del Reich para buscar a alguien que sí la tuviera. Al final lograron
encontrar al nuevo presidente alemán, que parecía preocupado y desconcertado,
además de perfectamente dispuesto a garabatear una nota ordenando la
liberación.
Aquello funcionó. El trío logró que soltaran a sus colegas y, como recordaría
Born, «salimos del palacio del canciller con la moral muy alta, sintiendo que
habíamos tomado parte en un acontecimiento histórico y confiando en haber visto
la última muestra de la arrogancia prusiana».[625]
Luego Einstein se dirigió a una masiva reunión de la reavivada Liga de la Nueva
Patria, donde pronunció un discurso de dos páginas que llevaba consigo en su
enfrentamiento con los estudiantes. Calificándose a sí mismo de «viejo creyente
en la democracia», dejó claro de nuevo que sus sentimientos socialistas no le
llevaban a simpatizar con los controles de estilo soviético.
—Todos los verdaderos demócratas debemos estar en guardia para que la vieja
tiranía de clase de la derecha no se vea reemplazada por una nueva tiranía de
clase de la izquierda —declaró.
Parte de la izquierda insistía en que la democracia, o al menos la democracia
liberal pluripartidista, había de dejarse a un lado hasta que pudiera educarse
a las masas y arraigara una nueva conciencia revolucionaria. Einstein se mostró
en desacuerdo:
—No nos dejemos seducir por la impresión de que temporalmente es necesaria una
dictadura del proletariado para meter el concepto de libertad en la cabeza de
nuestros compatriotas —dijo a los congregados.
Lejos de ello, calificó el nuevo gobierno alemán de izquierdas de «dictatorial»
y exigió que convocara elecciones abiertas de inmediato, «eliminando así lo
antes posible cualquier temor ante una nueva tiranía».[626]
Años después, cuando Adolf Hitler y sus nazis accedieran al poder, Einstein
recordaría con pesar lo sucedido aquel día en Berlín. «¿Recuerdas todavía
aquella ocasión, hace unos veinticinco años, en que fuimos juntos al edificio
del Reichstag, convencidos de que podíamos convertir a las personas que allí
había en honestos demócratas? —le escribiría a Born—. ¡Qué ingenuos éramos para
ser cuarentones!».[627]
El matrimonio con Elsa
Justo después que terminara la guerra, finalizaron también los trámites del
divorcio de Einstein. Como parte del proceso, se vio obligado a hacer una
declaración admitiendo haber cometido adulterio. El 23 de diciembre de 1918
compareció ante un tribunal de Berlin, se puso delante del juez y declaró:
—He estado viviendo con mi prima, la viuda Elsa Einstein, divorciada de
Lowenthal, durante unos cuatro años y medio, y esas relaciones íntimas han
continuado desde entonces.[628]
Para demostrarlo, llevó a Elsa consigo cuando viajó a Zúrich el mes siguiente
para dar allí su primera tanda de clases. Sus clases inaugurales, a diferencia
de las finales, contaron con tal asistencia que, para fastidio de Einstein, se
apostó un policía en la puerta para evitar que entrara público no autorizado.
Hans Albert fue a verle a su hotel, presumiblemente cuando Elsa no estaba
presente, y asimismo Einstein pasó unos días en Arosa, donde Eduard seguía
recuperándose en un sanatorio.[629]
Einstein permaneció en Zúrich hasta el 14 de febrero, el día en que se presentó
ante tres magistrados locales que le otorgaron su definitiva sentencia de
divorcio. Esta incluía las condiciones relativas a su hipotético premio Nobel.
En su declaración, Einstein había puesto «disidente» como religión, pero en la
sentencia de divorcio el funcionario de tumo había escrito «mosaica». También a
Maric se la calificaba de «mosaica», a pesar de que desde su nacimiento era
cristiana ortodoxa serbia.
Como era costumbre, la sentencia incluía la orden de que «se impide al acusado
[Einstein] contraer nuevo matrimonio por un período de dos años».[630] Pero Einstein no tenía la menor intención de obedecer
aquella condición. Había decidido ya que se casaría con Elsa, y acabaría
haciéndolo en el plazo de cuatro meses.
Su decisión de volver a casarse vino acompañada de un drama que, sin duda
alguna, resultaba extravagante incluso para la pauta normal en su inusual
dinámica familiar. Este tuvo que ver con la hija de Elsa Einstein, Use, y el
médico, pacifista y aventurero Georg Nicolai.
Ilse, que entonces tenía veintiún años, era la mayor de las dos hijas de Elsa.
Einstein la había contratado como secretaria del Instituto de física Káiser
Guillermo, todavía no construido, pero de cuya creación se suponía que se
estaba encargando él (el único científico que había contratado hasta el momento
era su fiel astrónomo Freundlich). De carácter animoso e idealista, y de una
delicada belleza, el aura de Ilse se veía reforzada por el hecho de que de niña
había perdido la visión de un ojo a causa de un accidente. También se sentía
atraída por la política radical y los hombres fascinantes como las polillas por
la llama.
No es de extrañar, pues, que cayera presa de Georg Nicolai, quien había
colaborado con Einstein en 1914 en la respuesta pacifista al «Llamamiento al
mundo culto» de los intelectuales alemanes. Entre otras cosas, Nicolai era un
médico especializado en electrocardiogramas que había tratado ocasionalmente a
Elsa. Brillante ególatra con un insaciable apetito sexual, había nacido en
Alemania y había vivido en Paris y en Rusia. Durante una visita a este último
país había hecho una lista con las mujeres con las que había tenido sexo, un
total de dieciséis, incluyendo dos parejas madre-hija.
Ilse se enamoró de Nicolai y de su política. Además de ser su amante, al menos
brevemente, le ayudó a mecanografiar y distribuir sus cartas de protesta.
También le ayudó a persuadir a Einstein de que respaldara la publicación de la
obra pacifista de Nicolai La biología de la guerra, que incluía su
frustrado manifiesto de 1914 y una serie de escritos liberales de Kant y otros
autores alemanes clásicos.[631]
Inicialmente Einstein había respaldado su proyecto editorial, pero a principios
de 1917 había calificado la idea de «completamente vana». Nicolai, que había
sido reclutado como humilde enfermero por el ejército alemán, pensaba por
alguna razón que Einstein financiaría la empresa, y no dejaba de acosarle. «No
hay nada más difícil que decir que no a Nicolai —le escribió Einstein,
refiriéndose a él en tercera persona—. Este hombre, que en otras cosas es tan
sensible que incluso la hierba al crecer representa para él un considerable
estrépito, parece casi sordo cuando el sonido incluye una negativa».[632]
En una de las visitas de Ilse a Nicolai, ella le dijo que Einstein estaba
pensando en casarse con su madre. Nicolai, especialmente aficionado al arte de
ser amante a la vez de la madre y la hija, le dijo a Ilse que Einstein se
equivocaba; debería casarse con ella, y no con su madre.
No está claro a qué clase de juego psicológico estaba jugando con la mente de
su joven amante. Y tampoco lo está a qué clase de juego psicológico jugaba ella
con la mente de él, o con la suya propia, cuando le escribió una detallada
carta en la que le decía que de repente la cuestión de «Ilse o Elsa» había
pasado a convertirse en un hecho para Einstein. La carta resulta tan llamativa
y curiosa que vale la pena reproducirla íntegramente:
Tú eres la única persona a la que puedo confiar lo siguiente y
el único que puede darme consejo… Recordarás que recientemente hablamos del
matrimonio de Albert y mamá, y tú me dijiste que considerabas que un matrimonio
entre Albert y yo resultaría más adecuado. Yo no me lo tomé en serio en ningún
momento hasta ayer mismo. Ayer surgió de repente la cuestión de si Albert
quería casarse con mamá o conmigo. Esta cuestión, inicialmente planteada medio
en broma, se convirtió en unos minutos en un tema serio, que ahora hay que
considerar y discutir de manera plena y completa. El propio Albert se niega a
tomar una decisión, y está dispuesto a casarse o conmigo o con mamá. Sé que
Albert me quiere mucho, quizá más de lo que me querrá nunca ningún otro hombre.
Él mismo me lo dijo ayer. Por una parte, incluso podría preferirme como su
esposa, dado que yo soy joven y podría tener hijos conmigo, lo que naturalmente
no se aplica en absoluto en el caso de mamá; pero es demasiado decente y quiere
demasiado a mamá para incluso mencionarlo. Ya sabes lo que siento por Albert.
Le quiero mucho; le tengo el mayor respeto como persona. Si alguna vez ha
habido una auténtica amistad y camaradería entre dos seres de distinto tipo,
así son ciertamente mis sentimientos por Albert. Jamás he querido ni he sentido
el menor deseo de estar con él físicamente. No ocurre lo mismo en su caso, al
menos recientemente. En una ocasión me reconoció lo difícil que se le hace
mantenerse a raya. Pero ahora creo que mis sentimientos por él no son suficientes
para la vida conyugal… La tercera persona que todavía falta mencionar en este
extraño, y en verdad también sumamente cómico asunto, sería Madre. Por ahora,
puesto que todavía no cree firmemente que yo hable en serio. Me ha dejado
escoger con total libertad. Si ella viera que yo solo podía ser realmente feliz
con Albert, seguro que se apartaría por amor a mí. Pero sin duda ello le
resultaría amargamente duro. Y además no sé si en realidad sería justo que
—después de todos sus años de lucha— yo hubiera de competir con ella por el
lugar que se había ganado ahora que finalmente ha logrado su propósito. Los
ignorantes de los abuelos se sienten, lógicamente, horrorizados ante esos
nuevos planes. Madre supuestamente sería desgraciada y otras cosas desagradables
… Albert también pensaba que, si yo no deseaba tener un hijo suyo, sería mejor
para mí que no me casara con él. Y yo la verdad es que no tengo tal deseo. Te
parecerá peculiar que yo, una tonta poquita cosa de veinte años, tenga que
decidir sobre asuntos tan serios; apenas me lo puedo creer, y además me siento
muy desdichada haciéndolo. ¡Ayúdame!
Tuya, Ilse.[633]
En la parte superior de la primera página escribió una nota en
letras grandes: «¡Por favor, destruye esta carta inmediatamente después de
leerla!». Pero Nicolai no lo hizo.
¿Era cierto? ¿Lo era solo a medias? ¿Acaso aquí la verdad era relativa al
observador? La única evidencia que tenemos de la posible indecisión de Einstein
entre madre e hija es esta carta. Nadie más, ni entonces ni posteriormente,
mencionaría nunca la cuestión. La carta fue escrita por una apasionada y
enamoradiza joven a un apuesto mujeriego cuyas atenciones anhelaba. Quizá fuera
meramente una fantasía, o un ardid para provocar los celos de Nicolai. Como
suele ocurrir con la naturaleza, y especialmente con la naturaleza humana,
puede que la realidad subyacente, si es que hay tal cosa, no resulte
cognoscible.
Lo cierto es que Einstein se casó con Elsa en junio de 1919, e Ilse acabó
permaneciendo muy próxima a ellos.
Las relaciones entre la familia Einstein parecían mejorar en todos los frentes.
Ya al mes siguiente, Albert fue a Zúrich a ver a sus hijos, y estuvo con Hans
Albert en el piso de su primera esposa mientras ésta se hallaba ausente. Elsa
parecía preocupada por la situación, pero él la tranquilizó en al menos dos
cartas diciéndole que Maric apenas hacía acto de presencia. «Acampar en la
guarida de la leona está resultando muy útil —le decía en una—, y no hay temor
de que ocurra ningún incidente». Juntos, él y Hans Albert fueron a navegar,
tocaron música y construyeron una maqueta de aeroplano. «El chico me produce
una indescriptible alegría —le escribiría a Elsa—. Es muy diligente y
persistente en todo lo que hace. También toca muy bien el piano».[634]
Sus relaciones con su primera familia eran ahora tan tranquilas que, durante su
visita de julio de 1919, Einstein volvió a pensar que tal vez debería
trasladarse allí con Elsa y sus hijas. Esto desconcertó por completo a Elsa,
que había dejado muy clara su opinión al respecto. De modo que Einstein lo dejó
correr. «¡Cálmate, pues, y no temas nada!».[635]
El nuevo matrimonio de Einstein no se parecía al anterior. No era romántico ni
apasionado; desde el primer momento, él y Elsa tuvieron camas separadas en
extremos opuestos de su laberíntico piso de Berlín. Tampoco era intelectual;
como diría ella posteriormente, entender la relatividad «no es necesario para
mi felicidad».[636]
Por otra parte, Elsa tenía talento en asuntos prácticos que a menudo escapaban
a su marido. Hablaba bien francés e inglés, lo que le permitía hacer de
traductora y representante de él cuando viajaban. «No tengo talento en nada
especial salvo quizá como esposa y madre —decía—. Mi interés por las
matemáticas se da principalmente en las facturas de la casa».[637]
Este comentario refleja su humildad, al tiempo que una cierta inseguridad
sosegada, pero no le hace justicia. No era tarea sencilla desempeñar el papel
de esposa y madre de Einstein, que requería ambas cosas, ni gestionar sus
finanzas y su logística. Y ella lo hacía con buen juicio y afabilidad. Aunque
de vez en cuando sucumbía a ciertas pretensiones que llevaba aparejada su
posición, en general exhibía unas maneras sencillas y la capacidad de reírse de
sí misma; y de ese modo contribuía a asegurarse de que su esposo conservara
también esos rasgos.
El matrimonio de hecho constituía una sólida simbiosis y, en general, servía
adecuadamente a las necesidades y deseos de ambas partes. Elsa era una mujer
activa y eficiente, ansiosa de servir y proteger a Einstein. Le gustaba la fama
de este, y (a diferencia de él) no trataba de ocultar ese hecho. También sabía
apreciar la posición social que ello les daba, aunque significara que tuviera
que ahuyentar alegremente a periodistas y otros invasores de la intimidad de su
esposo.
Le gustaba tanto que él la cuidara como cuidarle a él. Ella le decía cuándo
comer y a dónde ir. Le hacía las maletas y le distribuía el dinero en efectivo.
En público se mostraba protectora con aquel hombre al que ella llamaba «el
profesor» o simplemente «Einstein».
Todo esto le permitía a él pasar horas y horas en un estado de distracción,
centrándose más en el cosmos que en el mundo que le rodeaba.
Y a ella eso le producía tanta emoción como satisfacción. «El Señor ha puesto
en él muchas cosas hermosas, y yo lo encuentro maravilloso, aunque la vida a su
lado resulte enervante y difícil», diría en cierta ocasión.[638]
Cuando Einstein se hallaba en uno de sus períodos de intenso trabajo, como
ocurría a menudo, Elsa «advertía la necesidad de apartar de él cualquier
elemento perturbador», señalaba un pariente. Solía hacerle su comida favorita a
base de sopa de lentejas y salchichas, iba a buscarle a su estudio y luego le
dejaba solo mientras comía mecánicamente. Pero si murmuraba o protestaba, ella
le recordaba lo importante que para él era comer. «La gente tiene siglos para
descubrir las cosas —solía decirle—, pero tu estómago no, ese no va a esperar
siglos».[639]
Llegó a saber, por la mirada ausente de sus ojos, cuándo estaba «atrapado por
un problema» —como ella decía— y, por tanto, no había que molestarle. Entonces
él caminaba de un lado a otro de su estudio, y ella hacía que le subieran la
comida. Cuando su período de intensa concentración terminaba, finalmente bajaba
a comer a la mesa, y a veces les pedía a Elsa y a sus hijas si querían salir a
dar un paseo con él. Ellas siempre accedían, pero jamás hacían la propuesta por
sí mismas. «Es él quien tiene que pedirlo —se decía en un periódico que había
entrevistado a Elsa—, y cuando les pide salir a dar un paseo ellas saben que su
mente se ha aliviado del trabajo».[640]
A la larga, Ilse, la hija de Elsa, se casaría con Rudolf Kayser, editor de la
principal revista literaria de Alemania, y formaron un hogar siempre lleno de
arte, artistas y escritores. Su hermana Margot, a la que le gustaba la
escultura, era tan tímida que a veces se escondía bajo la mesa cuando Venían
invitados de su padre. Vivió en casa con ellos aun después de casarse, en 1930,
con un ruso llamado Dimitri Marianoff. Con el tiempo resultaría que los dos
yernos acabarían escribiendo sendos libros —igualmente floridos, aunque
indistinguibles— sobre la familia Einstein.
Pero de momento, Einstein, Elsa y sus dos hijas vivían juntos en un piso
espacioso y oscuramente amueblado situado cerca del centro de Berlín. El papel
de las paredes era de color verde oscuro y los manteles, de lino blanco con
bordados de encaje. «Uno sentía que Einstein sería siempre un extraño en
aquella casa —diría su amigo y colega Philipp Frank—, un bohemio que estaba de
huésped en una casa burguesa».
Desafiando la normativa del edificio, convirtieron tres habitaciones del desván
en un estudio buhardilla al que añadieron una gran ventana. En ocasiones estaba
polvoriento, nunca se ordenaba, y los papeles se amontonaban bajo la benigna
mirada de Newton, Maxwell y Faraday. Allí Einstein solía sentarse en un viejo
sillón, con el cuaderno en las rodillas. Ocasionalmente se levantaba a andar y
luego se sentaba de nuevo a garabatear las ecuaciones que, según esperaba, iban
a ampliar su teoría de la relatividad convirtiéndola en una explicación del
cosmos.[641]
Capítulo 11
El universo de Einstein
1916-1919
En el estudio de su casa de Berlín.
Contenido:
·
Cosmología y agujeros
negros, 1917
·
El eclipse de 1919
Cosmología y agujeros negros, 1917
La cosmología es el estudio del universo en su conjunto, incluyendo su tamaño y
su forma, su historia y su destino, de un extremo al otro, desde el comienzo
hasta el fin de los tiempos. Se trata, pues, de un tema no menor. Y nada fácil.
Ni siquiera resulta sencillo definir qué significan esos conceptos, o siquiera
si tienen significado. Con las ecuaciones del campo gravitatorio de su teoría
de la relatividad general, Einstein sentó las bases para el estudio de la
naturaleza del universo, convirtiéndose de este modo en el principal fundador
de la cosmología moderna.
Le ayudó en dicha empresa, al menos en las primeras etapas, un profundo
matemático y aún más distinguido astrofísico, Karl Schwarzschild, que dirigía
el Observatorio de Potsdam. Este leyó la nueva formulación de la relatividad
general de Einstein, y a comienzos de 1916 se propuso tratar de aplicarla a los
objetos del espacio.
Había algo que hacía muy difícil el trabajo de Schwarzschild. Durante la guerra
se había presentado voluntario al ejército alemán, y cuando leyó los artículos
de Einstein estaba destinado a Rusia, encargado de establecer la trayectoria de
los proyectiles de artillería. Pese a ello, supo encontrar tiempo para calcular
cómo sería, de acuerdo con la teoría de Einstein, el campo gravitatorio en tomo
a un objeto en el espacio. Fue una especie de equivalente, en tiempos de
guerra, de la capacidad de Einstein de elaborar la teoría de la relatividad
especial mientras examinaba solicitudes de patentes para la sincronización de
relojes.
En enero de 1916, Schwarzschild envió por correo sus resultados a Einstein, con
la declaración de que estos permitían a su teoría «brillar con mayor pureza».
Entre otras cosas, volvían a confirmar, con mayor rigor, el éxito de las
ecuaciones de Einstein al explicar la órbita de Mercurio. Einstein se sintió
entusiasmado.
«Jamás habría esperado que la solución exacta al problema pudiera formularse de
una manera tan simple», le respondió. El jueves siguiente, él mismo en persona
llevó el artículo a la reunión semanal de la Academia Prusiana. [642]
Los primeros cálculos de Schwarzschild se centraron en la curvatura del
espacio-tiempo Juera de una estrella esférica y carente de
rotación. Unas semanas después, le envió a Einstein otro artículo sobre lo que
ocurriría dentro de dicha estrella.
En ambos casos había algo inusual que parecía posible; de hecho, inevitable. Si
toda la masa de la estrella (o de cualquier objeto) se comprimía en un espacio
lo suficientemente diminuto —definido por lo que pasaría a conocerse como
«radio de Schwarzschild»—, entonces todos los cálculos parecían venirse abajo.
En el centro, el espacio-tiempo se curvaría infinitamente sobre sí mismo. En el
caso de nuestro Sol, tal cosa ocurriría si toda su masa se comprimiera en un
radio de algo menos de tres kilómetros; en el de la Tierra, si toda su masa se
comprimiera en un radio de algo menos de un centímetro.
¿Qué significaría eso? En tal situación, nada dentro del radio de Schwarzschild
podría escapar a la fuerza gravitatoria, ni siquiera la luz o ninguna otra
forma de radiación. También el tiempo formaría parte de esta curvatura,
dilatándose hasta cero. En otras palabras, un viajero que se aproximara al
radio de Schwarzschild podría parecerle, a alguien que lo observara desde
fuera, congelado e inmóvil.
Einstein no creería, ni entonces ni después, que esos resultados se
correspondieran con nada real. En 1919, por ejemplo, elaboró un artículo que,
según decía, proporcionaba «una clara explicación de por qué esas
“singularidades de Schwarzschild” no existen en la realidad física». Unos meses
después, no obstante, J. Robert Oppenheimer y su alumno Hartland Snyder
afirmaban lo contrario, prediciendo que las estrellas podían experimentar un
colapso gravitatorio.[643]
En cuanto a Schwarzschild, no tuvo la oportunidad de estudiar la cuestión más
en profundidad. Unas semanas después de escribir sus artículos, mientras estaba
en el frente, contrajo una terrible enfermedad autoinmune que atacaba las
células de la piel, y murió aquel mes de mayo a los cuarenta y dos años.
Como descubrirían los científicos tras la muerte de Einstein, la extraña teoría
de Schwarzschild resultaría ser cierta. Las estrellas podían colapsarse
y producir aquel fenómeno, y de hecho a menudo lo hacían. En la década de 1960,
físicos como Stephen Hawking, Roger Penrose, John Wheeler, Freeman Dyson y Kip
Thorne señalaron que aquella era en realidad una característica de la teoría de
la relatividad general de Einstein, una característica muy real. Wheeler los
bautizó como «agujeros negros», y desde entonces han constituido un rasgo más
de la cosmología, así como de los episodios de Star Trek.[644]
Actualmente se han descubierto agujeros negros en todo el universo, incluido
uno en el centro de nuestra galaxia con una masa varios millones de veces
superior a la de nuestro Sol. «Los agujeros negros no son raros, y no
constituyen un adorno accidental de nuestro universo —afirma Dyson—. Son los
únicos lugares del universo donde la teoría de la relatividad de Einstein se
muestra en toda su potencia y esplendor. Aquí, y en ningún otro sitio, el
espacio y el tiempo pierden su individualidad y se funden en una estructura
tetradimensional fuertemente curvada delineada con precisión por las ecuaciones
de Einstein».[645]
Einstein creía que su teoría general resolvía la cuestión del cubo de Newton de
un modo que habría gustado a Mach; la inercia (o las fuerzas centrífugas) no
existiría para algo que girara en un universo completamente vacío.[XVI] Lejos de ello, la inercia solo la causaba la
rotación relativa a todos los demás objetos del universo.
«Según mi teoría, la inercia es simplemente una interacción entre masas, no un
efecto en el que interviene el “espacio” por sí mismo, independientemente de
las masas observadas —le decía Einstein a Schwarzschild—. Podría expresarse
así. Si dejo que todas las cosas se desvanezcan, según Newton, el espacio
inercial galileano permanece; según mi interpretación, en cambio, nada permanece».[646]
La cuestión de la inercia llevó a Einstein a un debate con uno de los grandes
astrónomos de la época, Willem de Sitter, de Leiden. Durante todo el año 1916,
Einstein luchó por preservar la relatividad de la inercia y el principio de
Mach utilizando toda clase de constructos, incluida la presuposición de
diversas «condiciones limítrofes», como las de las masas distantes situadas en
los límites del espacio, que eran, por necesidad, imposibles de observar. Como
señalaba De Sitter, esto en sí mismo habría sido anatema para Mach, que se
oponía con firmeza a que se postularan cosas que resultaban imposibles de
observar.[647]
En febrero de 1917, Einstein había elaborado un nuevo planteamiento. «He
abandonado completamente mis perspectivas, que usted me discutía acertadamente
—le escribió a De Sitter—. Tengo curiosidad por saber su opinión sobre la idea
algo descabellada que estoy considerando ahora».[648] Tan excéntrica le pareció a Einstein al principio, que le
comentó lo siguiente a su amigo Paul Ehrenfest, que estaba en Leiden: «Me
expone al peligro de que me encierren en una casa de locos». Bromeando, le
pedía a Ehrenfest que antes de ir a visitarle le asegurara, que en Leiden no
había ningún manicomio.[649]
Su nueva idea se publicaría aquel mes en el que se convertiría en otro de los
trascendentales artículos de Einstein, «Consideraciones cosmológicas de la
teoría de la relatividad general».[650] A primera vista, ciertamente parecía basarse en una noción
descabellada: el espacio no tiene límites porque la gravedad lo hace curvarse
sobre sí mismo.
Einstein empezaba señalando que un universo absolutamente infinito lleno de
estrellas y otros objetos no resultaba plausible. Habría entonces una cantidad
infinita de gravedad tirando desde cada punto y una cantidad infinita de luz
brillando en todas direcciones. Por otra parte, un universo finito flotando en
algún emplazamiento aleatorio del espacio resultaba igualmente inconcebible.
Entre otras cosas, ¿qué evitaría que las estrellas y la energía escaparan fuera
y vaciaran el universo?
De modo que desarrolló una tercera opción, un universo finito pero sin límites.
Las masas del universo hacían que el espacio se curvara, y a lo largo de toda
la extensión del universo hacían que el espacio (de hecho, toda la estructura
tetradimensional del espacio-tiempo) se curvara completamente sobre sí mismo.
El sistema es cerrado y finito, pero carece de fin o de límites.
Un método que empleaba Einstein para ayudar a la gente a visualizar esta noción
era empezar por imaginar a unos exploradores bidimensionales en un universo
bidimensional, como una superficie plana. Estos habitantes «planestres» pueden
deambular en cualquier dirección de la superficie plana, pero el concepto de ir
arriba o abajo carece de significado para ellos.
Ahora imaginemos una variación. ¿Y si las dos dimensiones de esos planestres
siguieran estando en una superficie, pero dicha superficie estuviera (de una
manera muy sutil para ellos) suavemente curvada? ¿Y si ellos y su mundo
siguieran estando limitados a dos dimensiones, pero su superficie plana fuera
como la superficie de un globo? Como decía el propio Einstein: «Consideremos
ahora una existencia bidimensional, pero esta vez sobre una superficie
esférica, en lugar de una plana». Si uno de aquellos planestres disparaba una
flecha, a ellos les seguiría pareciendo que esta describía una trayectoria
recta, pero a la larga daría toda la vuelta y regresaría, del mismo modo que un
marinero en la superficie de nuestro planeta que zarpara en línea recta a
través de los mares acabaría volviendo por el horizonte opuesto.
La curvatura del espacio bidimensional de los planestres convierte a su
superficie en infinita y, sin embargo no podrán encontrarle límite alguno. No
importa en qué dirección viajen; no llegarán a ningún final ni límite de su
universo, sino que a la larga acabarán volviendo al mismo lugar. En palabras de
Einstein: «El gran encanto de esta consideración reside en el reconocimiento de
que el universo de esos seres es finito y, sin embargo, no tiene
límites». Y si la superficie de los planestres fuera como la de un globo
que se estuviera hinchando, todo su universo se hallaría en expansión, pero
seguiría sin tener límites.[651]
Por extensión —nos dice Einstein—, podemos tratar de imaginar cómo el espacio
tridimensional puede curvarse de manera similar para crear un sistema cerrado y
finito que no tenga límites. No resulta fácil para nosotros, criaturas
tridimensionales, visualizarlo, pero sí se describe con facilidad
matemáticamente mediante las geometrías no euclianas de las que fueron pioneros
Gauss y Riemann. Y lo mismo puede decirse de las cuatro dimensiones del
espacio-tiempo.
En tal universo curvo, un rayo de luz que parta en cualquier dirección puede
recorrer lo que parece una línea recta y, sin embargo, curvarse sobre sí mismo.
«Esta sugerencia de un espacio finito pero ilimitado constituye una de las más
grandes ideas sobre la naturaleza del mundo que jamás se hayan concebido»,
declaró el físico Max Born.[652]
Cierto, pero ¿qué hay Juera del universo curvo? ¿Qué hay al
otro lado de la curva? Esta no es solo una pregunta imposible de responder,
sino que además carece de sentido, del mismo modo que no tendría sentido para
un planestre preguntar qué hay fuera de su superficie. Se podría especular,
imaginativa o matemáticamente, acerca de cómo son las cosas en una cuarta
dimensión espacial, pero, dejando aparte la ciencia ficción, no tiene mucho
sentido preguntar qué hay en un reino que existe fuera de las tres dimensiones
espaciales de nuestro universo curvo.[653]
Este concepto de cosmos que dedujo Einstein de su teoría de la relatividad
general resultaba tan elegante como mágico. Pero parecía haber un obstáculo, un
defecto que había que arreglar o esquivar. Su teoría indicaba que el universo
había de estar o bien en expansión o bien en contracción, pero no permanecer
estático. De acuerdo con sus ecuaciones de campo, un universo estático
resultaba imposible, ya que entonces las fuerzas gravitatorias juntarían toda
la materia.
Esto no concordaba con lo que la mayoría de los astrónomos consideraban que
habían observado. Por lo que sabían, el universo estaba compuesto únicamente
por nuestra Vía Láctea, y todo él parecía bastante estable y estático. Las
estrellas parecían vagar lentamente antes que alejarse a toda velocidad como
parte de un universo en expansión. Otras galaxias, como la de Andrómeda, no
eran más que borrones inexplicables en el cielo. (Unos cuantos astrónomos
estadounidenses, que trabajaban en el Observatorio Lowell de Arizona, habían
observado que el espectro de algunas misteriosas nebulosas espirales se
desplazaba hacia el extremo rojo, pero los científicos no habían determinado
aún que se trataba de galaxias distantes que se alejaban de nosotros con gran
rapidez).
Cuando la opinión predominante en física parecía entrar en conflicto con alguna
de sus elegantes teorías, Einstein se sentía inclinado a cuestionar dicha
opinión antes que su teoría, y a menudo su terquedad se veía recompensada. En
este caso, sus ecuaciones del campo gravitatorio parecían implicar —o, mejor
dicho, proclamar a los cuatro vientos— que el pensamiento convencional relativo
a un universo estable era erróneo y debía desecharse, al igual que el concepto
newtoniano de tiempo absoluto.[654]
Esta vez, en cambio, lo que hizo fue lo que él calificó de una «ligera
modificación» en su teoría. Para impedir que la materia del universo
implosionara, Einstein incorporó una fuerza «repulsiva», un pequeño añadido a
las ecuaciones de su teoría de la relatividad general para contrarrestar la
gravedad en el esquema general.
En sus ecuaciones revisadas, esta modificación se representaba mediante la
letra griega lambda (?), que utilizaba para multiplicar su tensor métrico gµv de
manera que produjera un universo estable y estático. En su artículo de 1917
casi adoptaba un tono de justificación: «Hay que reconocer que tuvimos que
introducir una ampliación de las ecuaciones de campo que no está justificada
por nuestro conocimiento actual de la gravitación».
Denominó a aquel nuevo elemento «término cosmológico» o «constante
cosmológica» («kosmologische Gleid»fue la expresión que utilizó).
Posteriormente,[XVII] al descubrirse que de hecho el universo se expandía,
Einstein lo calificaría como su «mayor metedura de pata». Sin embargo, aun hoy,
a la luz de las evidencias de que la expansión del universo se está acelerando,
se lo considera un concepto útil, incluso necesario.[655]
A lo largo de cinco meses, en el año 1905, Einstein había puesto la física
patas arriba al concebir los cuantos de luz, la relatividad especial y los
métodos estadísticos para demostrar la existencia de los átomos. Ahora acababa
de completar un esfuerzo creativo aún más prolongado, que le había llevado
desde el otoño de 1915 hasta la primavera de 1917, y que Dennis Overbye ha
calificado de «probablemente el más prodigioso esfuerzo de genialidad sostenida
por parte de un hombre en toda la historia de la física». Aparentemente su
primer estallido de creatividad, siendo empleado de la oficina de patentes,
apenas había llevado aparejada demasiada angustia. Pero este último fue un
esfuerzo arduo e intenso, que le dejó exhausto y atormentado por los dolores de
estómago.[656]
Durante este período, Einstein generalizó la relatividad, descubrió las
ecuaciones de campo de la gravedad, encontró una explicación física a los
cuantos de luz, percibió de qué modo los cuantos implicaban probabilidad antes
que certeza,[XVIII] e ideó una concepción de la estructura del universo en su
conjunto. Einstein demostraba dominar desde el elemento más pequeño concebible,
el cuanto, hasta el más grande, el propio cosmos.
El eclipse de 1919
Con respecto a la relatividad general, existía una espectacular prueba
experimental que era posible realizar; una prueba que tenía el deslumbrante
potencial de ayudar a curar a un mundo hastiado de la guerra. Se basaba en un
concepto tan sencillo que cualquiera podía entenderlo: la gravedad había de curvar
la trayectoria de la luz. Más concretamente, Einstein había predicho el grado
de curvatura observada en la luz procedente de una estrella lejana al atravesar
el fuerte campo gravitatorio de las proximidades del Sol.
Para comprobarlo, los astrónomos primero tenían que determinar de manera
precisa la posición de una estrella en condiciones normales. Luego aguardarían
hasta que se dieran los alineamientos convenientes para que la trayectoria de
la luz pasara cerca del Sol. Y entonces, ¿parecía variar la posición de la
estrella?
Era un emocionante desafío. La observación requería un eclipse total, a fin de
que las estrellas resultaran visibles y se pudieran fotografiar. Por fortuna,
casualmente la naturaleza había hecho que la proporción entre el tamaño del Sol
y el de la Luna fuera exactamente tal que cada pocos años se producían eclipses
totales, observables en momentos y lugares que los hacían ideales para tal
experimento.
En el artículo de 1911, «Sobre la influencia de la gravedad en la propagación
de la luz», así como en las ecuaciones del Entwurf del año
siguiente, Einstein había calculado que la luz experimentaría una desviación
aproximada (teniendo en cuenta algunas correcciones de datos posteriores) de
0,85 segundos de arco al pasar cerca del Sol, que era lo mismo que habría
predicho una teoría de emisión como la de Newton, que trataba la luz como
partículas. Tal como ya hemos señalado anteriormente, el intento de comprobarlo
realizado durante el eclipse de agosto de 1911 en Crimea se había visto frustrado
por la guerra, salvando así a Einstein de la potencial situación embarazosa
producida al comprobar que se había equivocado.
Ahora, según las ecuaciones de campo que había formulado a finales de 1915, y
que explicaban la curvatura del espacio-tiempo causada por la gravedad, la
magnitud de la desviación era del doble. La luz que pasara cerca del Sol
—afirmaba Einstein— debería curvarse alrededor de 1,7 segundos de arco.
En su libro de divulgación sobre la relatividad publicado en 1916, Einstein
hacía un nuevo llamamiento a los científicos para que comprobaran esta
conclusión. «Las estrellas deberían aparecer desplazadas en dirección contraria
al Sol 1,7 segundos de arco en comparación con su posición aparente en el cielo
cuando el Sol está situado en otra parte del firmamento —decía—. El examen del
acierto o no de esta deducción es un problema de la mayor importancia, cuya
temprana solución cabe esperar de los astrónomos».[657]
En 1916, Willem de Sitter, el astrofísico holandés, se las había arreglado para
enviar una copia del artículo de Einstein sobre la relatividad general a través
del canal de la Mancha en plena guerra, haciéndolo llegar a manos de Arthur
Eddington, director del Observatorio de Cambridge. Einstein no era muy conocido
en Inglaterra, donde por entonces los científicos tenían a honra ignorar o
denigrar a su colegas alemanes. Pero Eddington se convirtió en una excepción;
abrazó con entusiasmo la relatividad general y escribió una versión en inglés
que sirvió para popularizar la teoría, al menos entre los eruditos.
Tras consultar con el Astrónomo Real, sir Frank Dyson, a Eddington se le
ocurrió la audaz idea de que un equipo de científicos ingleses comprobara la
teoría de un alemán, a pesar de que los dos países estaban en guerra. Además,
esto ayudaría a Eddington a resolver un problema personal; él era cuáquero y,
debido al carácter pacifista de su religión, se enfrentaba a la posibilidad de
ir a la cárcel por negarse a hacer el servicio militar en Inglaterra (en 1918
tenía treinta y cinco años, y todavía podía ser llamado a filas). Dyson logró
convencer al Almirantazgo británico de que Eddington podría servir mejor a su
país dirigiendo una expedición para comprobar la teoría de la relatividad
durante el siguiente eclipse solar.
Dicho eclipse había de producirse el 29 de mayo de 1919, y Dyson señaló que se
trataría de una oportunidad única. El Sol estaría en medio del rico cúmulo de
estrellas conocidas como las Híades, que nosotros los astrónomos aficionados
reconocemos como el centro de la constelación de Tauro. Pero no iba a resultar
cómodo; donde mejor se vería el eclipse sería en una franja que se extendía a
través del Atlántico, cerca del ecuador, desde la costa de Brasil hasta el
África Ecuatorial. Ni tampoco resultaría fácil; mientras se estudiaba la
misión, en 1918, había submarinos alemanes en la zona, y sus comandantes
estaban más interesados en el control de los mares que en la curvatura del
cosmos.
Por fortuna la guerra terminó antes de que se iniciara la expedición. A
comienzos de marzo de 1919, Eddington zarpó de Liverpool con dos equipos. Un
grupo se separó para montar sus cámaras en la aislada población de Sobral, en
la jungla amazónica del norte de Brasil. El segundo grupo, que incluía al
propio Eddington, puso rumbo a la pequeña isla de Príncipe, una colonia
portuguesa situada a un grado al norte del ecuador, justo frente a la costa
atlántica de África. Eddington montó su equipo en lo alto de un risco de 150
metros situado en el extremo norte de la isla.[658]
El eclipse había de empezar exactamente a partir de las tres horas y trece
minutos de la tarde, hora local de Príncipe, y duraría unos cinco minutos.
Aquella mañana llovió intensamente, pero conforme se aproximaba la hora del
eclipse el cielo empezó a clarear. Aun así, el firmamento insistió en
atormentar y torturar a Eddington en los minutos más importantes de su carrera,
ya que las nubes que quedaron estuvieron tapando y destapando constantemente el
escurridizo Sol.
«No vi el eclipse, ya que estaba demasiado ocupado cambiando placas, salvo por
un primer vistazo para asegurarme de que había empezado, y otro hacia la mitad
para ver si estaba muy nublado», anotaría Eddington en su diario. Tomó
dieciséis fotografías. «En todas sale bien el Sol, mostrando una extraordinaria
protuberancia; pero la nube ha interferido con las imágenes de las estrellas».
En el telegrama que envió a Londres aquel día se mostró más telegráfico:
«Nublado todo el rato, esperanzado. Eddington».[659]
El equipo de Brasil tuvo mejor clima, pero los resultados finales habían de
esperar hasta que todas las placas fotográficas de ambos lugares pudieran
enviarse a Inglaterra en barco, y luego se revelaran, midieran y compararan.
Todo ello condujo al mes de septiembre, mientras los científicos europeos
aguardaban ansiosos. Para algunos observadores, aquello adquirió el tinte
político de una contienda de posguerra entre la teoría inglesa de Newton, que
predecía una desviación de unos 0,85 segundos de arco, y la teoría alemana de
Einstein, que predecía alrededor de 1,7 segundos de arco.
La «foto-finish» no produjo un resultado inmediatamente claro. Un conjunto de
fotografías especialmente buenas hechas en Brasil mostraba una desviación de
1,98 segundos de arco. Otro instrumento, también en Brasil, reprodujo
fotografías que salían un poco más borrosas debido a que el calor había
afectado al espejo, y que indicaban una desviación de 0,86, aunque con un
margen de error más elevado. Y luego estaban las placas del propio Eddington en
la isla de Príncipe. Estas mostraban menos estrellas, de modo que hubo que
realizar una serie de complejos cálculos para extraer algunos datos. Dichos
cálculos parecían indicar una desviación de alrededor de 1,6 segundos de arco.
La capacidad predictiva de la teoría de Einstein —el hecho de que esta
ofreciera una predicción comprobable— tal vez ejercía cierto atractivo sobre
Eddington, cuya admiración por la elegancia matemática de la teoría le inducía
a creer profundamente en ella. De modo que Eddington descartó el valor más
bajo, procedente de Brasil, con el argumento de que el equipamiento estaba
defectuoso, y con cierto sesgo en favor de sus propios resultados difusos en
África, obtuvo una media de poco más de 1,7 segundos de arco, lo que coincidía
con las predicciones de Einstein. No era aquella precisamente la confirmación
más neta posible, pero sí lo fue lo suficiente para Eddington, y además resultó
ser válida. Posteriormente, Eddington se referiría a la obtención de aquellos
resultados como el momento más importante de su vida.[660]
En Berlín, Einstein había adoptado una actitud de aparente indiferencia, pero
no podía ocultar del todo su ansiedad mientras aguardaba las noticias. En 1919,
la espiral descendente de la economía alemana había obligado a cerrar el
ascensor de su bloque de pisos, y ahora se preparaba para un invierno sin
apenas calefacción. «Este invierno nos esperan muchos escalofríos —le escribió
a su madre enferma el 5 de septiembre—. Sigue sin haber noticias del eclipse».
En una carta escrita una semana después a su amigo Paul Ehrenfest, que estaba
en Holanda, Einstein acababa con una pregunta fingidamente casual: «¿Por
casualidad has oído algo ahí sobre la observación inglesa del eclipse solar?».[661]
El mero hecho de hacer aquella pregunta revela que Einstein no se sentía ni de
lejos tan confiado como trataba de aparentar, ya que no cabe duda de que sus
amigos de Holanda le habrían dado noticias en el caso de haberlas tenido. Y
finalmente lo hicieron. El 22 de septiembre de 1919, Lorentz envió un
cablegrama basado en lo que acababa de oír de un colega astrónomo que había
hablado con Eddington en una reunión: «Eddington encontró desplazamiento
estelar en borde solar, valor aproximado entre nueve décimas de un segundo y el
doble de eso». Se trataba de un texto maravillosamente ambiguo. ¿Era un
desplazamiento de 0,85 segundos de arco, como querían la teoría de emisión de
Newton y la ya descartada teoría de Einstein de 1912? ¿O bien el doble, como
este último predecía en ese momento?
Einstein no tenía dudas. «Hoy ha habido una noticia feliz —le escribió a su
madre—. Lorentz me ha telegrafiado diciéndome que las expediciones británicas
han verificado la desviación de la luz por el Sol».[662] Quizá su confianza era en parte un intento de animar a su
madre, que sufría un cáncer de estómago, pero es más probable que se debiera a
que sabía que su teoría era correcta.
Einstein se encontraba con una estudiante de posgrado, Ilse Schneider, cuando
llegaron las noticias de Lorentz. «De repente interrumpió la conversación»,
recordaría Ilse más tarde, y fue a coger el telegrama, que estaba en el
alféizar de una ventana.
—Quizá esto le interese —le dijo Einstein, alargándoselo a ella.
Lógicamente, Ilse se sintió eufórica y emocionada, pero Einstein se mantenía
tranquilo.
—Yo sabía que la teoría era correcta —le dijo.
Pero Ilse le preguntó por la posibilidad de que los experimentos hubieran
revelado que su teoría estaba equivocada, a lo que Einstein respondió:
—Entonces lo sentiría por el buen Dios, ya que la teoría es correcta.[663]
Cuando se difundieron noticias más precisas sobre los resultados del eclipse,
Max Planck fue uno de los que señalaron a Einstein, con delicadeza, que estaba
muy bien que la confianza en uno mismo se viera confirmada por unos cuantos
hechos reales. «Usted ha dicho ya muchas veces que en ningún momento ha tenido
dudas de cuál sería el resultado —escribiría Planck—, pero resulta beneficioso,
no obstante, que ahora este hecho quede establecido fuera de toda duda también
por otros». Para el imperturbable mecenas de Einstein, el triunfo tenía un
aspecto trascendente: «Se ha demostrado de nuevo la unión íntima entre lo
bello, lo verdadero y lo real». Einstein respondió a Planck con cierta vena de
humildad: «Es un don del misericordioso destino que se me haya permitido
experimentar esto».[664]
El intercambio de correspondencia de Einstein con sus amigos más íntimos de
Zúrich celebrando la noticia resultaría bastante más desenfadado. El seminario
de física de dicha ciudad le envió unos ripios:
Todas las dudas se han disipado
Pues al final se ha averiguado:
¡La luz se curva de manera natural
para dar a Einstein fama mundial![665]
A lo que Einstein respondió, al cabo de unos días, refiriéndose
al eclipse:
Luz y calor Don Sol nos proporciona
Pero no le gusta quien cavila y reflexiona.
Durante muchos años así se las ha ingeniado.
¡De qué modo ha guardado su secreto amado!
Pero llegó el amable visitante lunar;
De alegría, el Sol casi olvidó brillar.
También sus más profundos secretos perdió:
Ya sabéis que Eddington lo fotografió.[666]
Hay que decir, en honor de las habilidades poéticas de Einstein,
que los versos suenan bastante mejor en el original alemán, cuyas dos últimas
líneas terminan con gekommen y aufgenommen.
El primer anuncio extraoficial se produjo en una reunión de la Real Academia
Holandesa. Einstein se sentaba orgullosamente en el estrado mientras Lorentz
explicaba los hallazgos de Eddington a una entregada audiencia de cerca de un
millar de estudiantes y eruditos. Pero fue una reunión cerrada, sin prensa, de
modo que las filtraciones sobre los resultados no hicieron sino aumentar la
expectación ante el inminente anuncio oficial, previsto para dos semanas más
tarde en Londres.
Los distinguidos miembros de la Real Sociedad Geográfica, la institución
científica más venerable de Gran Bretaña, se unieron a sus colegas de la Real
Sociedad Astronómica la tarde del 6 de noviembre de 1919 en Burlington House,
en Piccadilly, para lo que sabían que probablemente iba a ser un acontecimiento
histórico. Había un solo asunto en el orden del día, el informe sobre las
observaciones del eclipse.
Presidía el acto sir J. J. Thomson, presidente de la Real Sociedad Geográfica y
descubridor del electrón. El filósofo Alfred North Whitehead había viajado
desde Cambridge y se hallaba entre el público, tomando notas, mientras Isaac
Newton los contemplaba a todos desde un imponente retrato colgado en la gran
sala. «Toda aquella atmósfera de tenso interés era exactamente la de una
tragedia griega —anotaría Whitehead—. Nosotros éramos el coro comentando los
designios del destino… y en el fondo el retrato de Newton nos recordaba que la
mayor de las generalizaciones científicas iba ahora a recibir, después de más
de dos siglos, su primera modificación».[667]
El Astrónomo Real, sir Frank Dyson, tuvo el honor de presentar los
descubrimientos. Describió con detalle el equipamiento, las fotografías y las
complejidades de los cálculos, Su conclusión, no obstante, fue sencilla: «Tras
un cuidadoso estudio de las placas, puedo afirmar que no cabe la menor duda de
que confirman las predicciones de Einstein —anunció—. Los resultados de las
expediciones a Sobral y Príncipe no dejan lugar a dudas de que se produce una
desviación de la luz en las proximidades del Sol, y que esta es de la magnitud
requerida por la teoría de la relatividad generalizada de Einstein».[668]
En la sala había cierto escepticismo. «Debemos a este gran hombre la necesidad
de proceder con gran cuidado a la hora de modificar o retocar su ley de la
gravitación», advirtió Ludwig Silberstein, señalando el retrato de Newton. Pero
fue el imponente gigante J. J. Thompson quien marcó la pauta: «El resultado
representa uno de los mayores logros del pensamiento humano», declaró.[669]
Einstein estaba de nuevo en Berlín, de modo que se perdió toda aquella
excitación. Celebró el acontecimiento comprándose un nuevo violín, pero era muy
consciente del impacto histórico que suponía el anuncio de que las leyes de sir
Isaac Newton ya no gobernaban plenamente todos los aspectos del universo.
«Newton, perdóname —escribiría Einstein posteriormente al consignar aquel
momento—. Tú encontraste la única vía que en tu época resultaba posible para un
hombre de la mayor capacidad mental y creativa».[670]
Fue un gran triunfo, aunque no uno que resultara fácilmente comprensible. El
escéptico Silberstein, dirigiéndose a Eddington, dijo que la gente pensaba que
solo había tres científicos en el mundo que entendieran la relatividad general,
y que le habían dicho que uno de ellos era Eddington.
El tímido cuáquero permaneció en silencio.
—¡No sea tan modesto, Eddington! —le dijo Silberstein.
—No, nada de eso —repuso él—. Solo me estaba preguntando quién debe de ser el
tercero.[671]
Con Charlie Chaplin y Elsa en el estreno de "Luces de la ciudad"
en Hollywood, enero de 1931.
Contenido:
·
«Todas las luces se
tuercen»
·
La paradoja de la
publicidad
·
«Viajero solitario»
·
Las derivaciones de la
relatividad
«Todas las luces se tuercen».
La teoría de la relatividad de Einstein irrumpió en la conciencia de un mundo
que estaba hastiado de la guerra y anhelaba un triunfo de la trascendencia
humana. Casi un año después del fin del brutal conflicto, se producía el
anuncio de que un cuáquero inglés había demostrado la validez de la teoría de
un judío alemán. «¡Científicos pertenecientes a dos naciones en conflicto
habían colaborado de nuevo! —recordaba exultante el físico Leopold Infeld—.
Aquello parecía el principio de una nueva era».[672]
El 7 de noviembre, el londinense Times publicaba la noticia de
que los alemanes derrotados habían sido convocados a París para afrontar las
demandas de reparaciones de guerra de británicos y franceses. Pero también
publicaba el siguiente triple titular:
Revolución en la ciencia
Nueva teoría del universo
Derribadas las ideas newtonianas
«La concepción científica de la estructura del universo debe
modificarse», proclamaba el periódico. La recientemente confirmada teoría de
Einstein «requerirá una nueva filosofía del universo, una filosofía que
eliminará casi todo lo aceptado hasta ahora».[673]
Por su parte, el New York Times publicaba la noticia dos días
después.[674] Al no disponer de un corresponsal científico en Londres,
el periódico había asignado el reportaje a su experto en golf, Henry Crouch,
que al principio decidió ignorar el anuncio de la Real Sociedad Astronómica y
luego cambió de opinión, pero entonces ya no pudo entrar. De modo que telefoneó
a Eddington para que este le hiciera un resumen, y a continuación, algo
desconcertado, le pidió que se lo repitiera en un lenguaje más sencillo.[675]
Tal vez debido al entusiasmo de Eddington a la hora de volver a explicarlo, o
debido al de Crouch a la hora de redactar la noticia, la opinión de Eddington
sobre la teoría de Einstein se hinchó hasta llegar a decir que era «uno de los
mayores logros —quizá el mayor— de toda la historia del pensamiento Rumano».[676] Aun así, y dado el frenesí que estaba a punto de
desencadenarse, el titular resultaba bastante comedido:
Al día siguiente, al parecer, el New York Times decidió
que se había mostrado demasiado comedido. De modo que pasó a publicar una
noticia aún más entusiástica, esta vez con un séxtuple titular, todo un clásico
de la época en la que los periódicos sabían cómo escribir titulares clásicos:
Durante días, el New York Times, con un obsoleto
toque de alegre populismo, exageró la complejidad de la teoría como una especie
de afrenta al sentido común. «Esta noticia resulta claramente espantosa, y
surgirán aprensiones a la hora de confiar incluso en la tabla de multiplicar»,
rezaba el editorial del 11 de noviembre. La idea de que «el espacio tiene
límites» —sentenciaba el periódico— era a todas luces ridícula. «Simplemente no
los tiene, por definición, y se acabó; al menos para la gente normal y comente,
por mucho que pueda serlo para los más altos matemáticos». Cinco días después
volvía sobre el mismo tema: «Los científicos que proclaman que el espacio
termina en algún sitio tienen cierta obligación de decimos qué hay después de
él».
Por último, una semana después de publicar su primera noticia, el periódico
decidió que unas palabras de calma, con más bromas que veras, podrían resultar
útiles. «Los científicos británicos parecieron haber caído presa de una especie
de pánico intelectual al enterarse de la verificación fotográfica de la teoría
de Einstein —señalaba el periódico—, pero están recuperándose poco a poco al
darse cuenta de que el Sol sigue saliendo, aparentemente, por el este, y
seguirá haciéndolo en un futuro próximo».[677]
El 2 de diciembre, un intrépido corresponsal del periódico en Berlín logró
entrevistar a Einstein en su piso, y de paso dio origen a una de las historias
apócrifas que llegarían a circular sobre la relatividad. Tras describir el
estudio de Einstein en el ático, el reportero afirmaba: «Fue desde esta elevada
biblioteca desde donde observó hace años a un hombre que caía de un tejado
vecino —por fortuna, lo hizo sobre un montón de suaves desechos— y que salió
casi indemne. El hombre le explicó al doctor Einstein que al caer no había
experimentado en absoluto la sensación normalmente asociada al efecto de la
gravedad». Así fue —decía el artículo— cómo Einstein desarrolló «una
sublimación o suplemento» de la ley de la gravitación de Newton. Como señalaba
una de las líneas que integraban el titular del artículo: «Inspirado como
Newton, pero por la caída de un hombre desde un tejado, en lugar de la caída de
una manzana».[678]
En realidad, todo aquello no era —como el propio periódico diría— más que «un
montón de suaves desechos». Einstein había realizado su experimento mental en
1907, mientras trabajaba en la oficina de patentes de Berna, y no en Berlín, y
tampoco había habido nadie que se cayera realmente. «Las tonterías que dice de
mí el periódico resultan patéticas», le escribiría Einstein a Zangger cuando
apareció el artículo, aunque entendía muy bien, y aceptaba, la manera de
funcionar del periodismo: «Esta clase de exageración obedece a ciertas
necesidades de la opinión pública».[679]
Existía, ciertamente, un asombroso sector de la opinión pública ávido de
comprender la relatividad. ¿Por qué? Es cierto que la teoría parecía algo
desconcertante, pero a la vez resultaba tremendamente atractiva en su propio
misterio. ¿Espacio curvo? ¿Curvatura de los rayos de luz? ¿Un tiempo y un
espacio no absolutos? La teoría tenía esa maravillosa mezcla de «¿Cómo?» y
«¡Vaya!» que tanto cautivaba la imaginación de la opinión pública.
El tema fue también objeto de sátira por parte del dibujante Rea Irvin, con una
viñeta publicada en el New Yorker donde aparecía un bedel, una
matrona envuelta en pieles, un portero, unos niños y varias personas más, todos
ellos rascándose la cabeza con aire desconcertado mientras andaban por la
calle. Al pie se reproducía una fiase de Einstein: «Poco a poco la gente se fue
acostumbrando a la idea de que los estados físicos del propio espacio
constituían la realidad física última». Como el propio Einstein le diría a
Grossmann: «Ahora todo cochero y camarero que se precie discute acerca de si la
teoría de la relatividad es o no correcta».[680]
Los amigos de Einstein se veían asediados cada vez que daban conferencias sobre
el tema. Leopold Infeld, que posteriormente trabajaría con Einstein, era por
entonces un joven maestro de escuela en una pequeña aldea polaca. «En aquel
momento yo hice lo que hicieron varios centenares de personas más en todo el
mundo —recordaría—. Di una conferencia pública sobre la teoría de la
relatividad, y la multitud que se congregó en aquella fría noche de invierno
era tan grande que no se la pudo acomodar ni en el salón más grande del
pueblo».[681]
Lo mismo le ocurrió a Eddington cuando fue a dar una charla en el Trinity
College de Cambridge. Cientos de personas abarrotaban la sala, y varios
centenares más se quedaron sin poder entrar. En su intento de hacer que el tema
resultara comprensible, Eddington dijo que si viajara a una velocidad próxima a
la de la luz, solo tendría un metro de estatura. Aquello se convirtió en
titular de prensa. También Lorentz dio una charla en una sala abarrotada. Este
comparó la Tierra con un vehículo en movimiento como una forma de ilustrar
algunos ejemplos de relatividad.[682]
Pronto muchos de los más importantes físicos y pensadores empezaron a escribir
sus propios libros explicando la teoría, incluyendo a Eddington, Von Laue,
Freundlich, Lorentz, Planck, Born, Pauli, e incluso el filósofo y matemático
Bertrand Russell. En total, durante los primeros seis años tras las
observaciones del eclipse se publicaron más de seiscientos libros y artículos
sobre la relatividad.
El propio Einstein tuvo la oportunidad de explicarla con sus propias palabras
en el Times de Londres, que le encargó la redacción de un
artículo titulado «¿Qué es la teoría de la relatividad?».[683] El resultado era, ciertamente, bastante comprensible. Su
propio libró de divulgación sobre el tema, Sobre la teoría de la
relatividad especial y general, se había publicado inicialmente en alemán
en 1916. Ahora, a raíz de la observación del eclipse, la obra de Einstein se
publicó también en inglés. Lleno de experimentos mentales que podían
visualizarse con facilidad, el libro se convirtió en un éxito de ventas, y
durante los años siguientes no dejaron de aparecer ediciones actualizadas.
La paradoja de la publicidad
Einstein tenía exactamente los ingredientes necesarios para convenirse en una
estrella. Los periodistas, sabedores de que la opinión pública ansiaba el
refrescante estimulo de una celebridad internacional, se sintieron
entusiasmados al ver que el genio recién descubierto no era precisamente un
triste y reservado académico. Lejos de ello, se trataba de un personaje
encantador de cuarenta años de edad que justo en aquel momento pasaba de
apuesto a distinguido, con una desordenada mata de pelo, cierta desaliñada
informalidad, ojos brillantes y una clara predisposición a impartir su
sabiduría en forma de ocurrencias y frases breves.
Su amigo Paul Ehrenfest encontraba bastante ridícula toda aquella atención
mediática. «Los asustados patos de la prensa revolotean en medio de un
imponente estruendo de graznidos», bromeaba. Para la hermana de Einstein, Maja,
que había crecido en una época anterior al gusto por la publicidad que ya
imperaba entonces, toda aquella atención era asombrosa, y ella daba por supuesto
que a Einstein le resultaba completamente desagradable. «¡En un periódico de
Lucerna se ha publicado un artículo sobre ti! —le decía maravillada, no
demasiado bien enterada de que Einstein había aparecido ya en portadas de todo
el mundo—. Imagino que te causa un gran desagrado que se escriba tanto sobre
ti».[684]
De hecho, Einstein se quejaría repetidamente de su reciente fama. Se sentía
«acosado por la prensa y otra gentuza», le diría a Max Born. «Resulta tan
espantoso que casi no puedo respirar, por no hablar de tener tiempo para hacer
algún trabajo práctico». A otro amigo le pintaría un retrato aún más vivido de
los peligros de la publicidad: «Dado el diluvio de artículos de periódico, me
he visto tan inundado de preguntas, invitaciones y peticiones, que sueño que me
quemo en el Infierno y que el cartero es el Diablo que me grita eternamente,
arrojándome nuevos montones de cartas en la cabeza porque todavía no he
respondido a las anteriores».[685]
La aversión de Einstein a la publicidad, no obstante, existía un poco más en la
teoría que en la práctica. Para él habría sido perfectamente posible, e incluso
fácil, haber evitado todas las entrevistas, declaraciones, fotografías y
apariciones públicas. Las personas a las que de verdad desagrada ser el foco de
atención no aparecen —como harían más adelante los Einstein— junto a Charlie
Chaplin, en una alfombra roja, en uno de los estrenos de sus películas.
«Había una vena en él que le hacía disfrutar con los fotógrafos y las
multitudes —diría de Einstein el ensayista C. P. Snow después de tener ocasión
de conocerle—. Tenía algo de exhibicionista y de histriónico. De no haber sido
por ese rasgo, no habría habido ni fotógrafos ni multitudes. Nada es más fácil
de evitar que la publicidad. Si uno no la quiere de verdad, no la tiene».[686]
La respuesta de Einstein a la adulación era tan compleja como la del cosmos a
la gravedad. Se sentía atraído y a la vez repelido por las cámaras, le gustaba
la publicidad y le gustaba quejarse de ella. Aquella relación de amor-odio con
la fama y los periodistas podría parecer inusual, hasta que uno reflexiona
sobre lo parecida que resulta a la mezcla de disfrute, diversión, aversión y
fastidio que tantas otras personas famosas han sentido.
Una de las razones de que Einstein —a diferencia de Planck, Lorentz o Bohr— se
convirtiera en un símbolo fue que daba el papel, y, además, pudo y quiso
desempeñarlo. «Los científicos que se convierten en símbolos no deben ser solo
genios, sino también actores, interpretando ante la multitud y disfrutando de
los aplausos del público», ha señalado el físico Freeman Dyson (que no tiene
nada que ver con el Astrónomo Real).[687] Y ciertamente Einstein actuaba. Concedía entrevistas con
facilidad, las amenizaba con deliciosos aforismos y sabía exactamente cómo dar
un buen titular.
Incluso Elsa, o quizá especialmente Elsa, disfrutaba con la atención pública.
Ella ejercía de protectora de su esposo, temible en sus amenazas y fulminante
en su mirada de miope cuando los intrusos no deseados irrumpían en su órbita.
Pero aún más que su marido, gozaba a la vez de la estatura y la deferencia que
la fama conllevaba. Así, empezó a cobrar una tarifa por fotografiada, y luego
donaba el dinero a organizaciones benéficas que alimentaban a los niños
hambrientos de Viena y otros lugares.[688]
En nuestra época actual, empapada en celebridad, se hace difícil recordar en
qué medida hace un siglo la gente sentía verdadera repugnancia por la
publicidad y desdeñaba a aquellos que la conseguían. Especialmente en el reino
de la ciencia, centrarse en lo personal parecía discordante. Cuando Max Born,
que era amigo de Einstein, publicó un libro sobre la relatividad, poco después
de las observaciones del eclipse, incluyó en la primera edición un retrato de
aquel en el frontispicio, además de una breve biografía suya. Max von Laue y
otros amigos de ambos se horrorizaron. Von Laue escribió a Born diciéndole que
tales cosas no resultaban apropiadas en una obra científica, ni siquiera en una
de divulgación. Born, obedientemente, suprimió aquellos elementos en la
siguiente edición.[689]
Como resultado, Born se sintió consternado cuando en 1920 se anunció que
Einstein había cooperado en la redacción de una inminente biografía suya por
parte de un periodista judío, Alexander Moszkowski, que hasta entonces había
escrito principalmente libros de humor y de ocultismo. En el propio título, el
libro se anunciaba como basado en conversaciones con Einstein, y en efecto así
era. Durante la guerra, el gregario Moszkowski había hecho amistad con
Einstein, había atendido solícito a sus necesidades, y le había introducido en
un círculo semiliterario que se reunía en un café berlinés.
Born era un judío no practicante ansioso por asimilarse en la sociedad alemana,
y temía que el libro viniera a avivar el antisemitismo latente. «Las teorías de
Einstein habían sido tildadas de “física judía” por algunos colegas —recordaría
Born, aludiendo al creciente número de nacionalistas alemanes que habían
empezado a condenar la naturaleza abstracta y el supuesto “relativismo” moral
inherente a las teorías de Einstein—. Y ahora aparecía un autor judío, que
había publicado ya varios libros con títulos frívolos, y pretendía escribir un
libro similar sobre Einstein». Debido a ello, Born y su esposa, Hedwig, que
nunca se privó de amonestar a Einstein, lanzaron una cruzada con sus amigos
para impedir su publicación.
«Tiene que retirar usted su permiso —le ordenaba Hedwig a Einstein— de
inmediato y por carta certificada». Le advertía también de que la «prensa
amarilla» lo utilizaría para deslustrar su imagen y retratarle como un judío
lleno de autobombo. «Se desatará una oleada de persecuciones completamente
nueva y mucho peor». El pecado —remarcaba— no era lo que decía, sino el hecho
de que se permitiera a sí mismo la menor publicidad:
Si yo no le conociera bien, sin duda no admitiría motivos
inocentes en tales circunstancias, lo achacaría todo a la vanidad. Este libro
constituirá su sentencia de muerte moral para todos, salvo cuatro o cinco de
sus amigos. Posteriormente podría ser la mejor confirmación de la acusación de
autobombo.[690]
Su esposo intervino una semana más tarde con la advertencia de
que todos los antagonistas antisemitas de Einstein «triunfarían» si no
bloqueaba la publicación del libro. «Sus “amigos” judíos [es decir, Moszkowski]
habrán conseguido lo que no habían logrado una panda de antisemitas».
Si Moszkowski se negaba a dar marcha atrás, Born aconsejaba a Einstein que
consiguiera una inhibitoria de la oficina de la fiscalía pública. «Asegúrese de
que eso salga en los periódicos —le decía—. Ya le enviaré los detalles de dónde
solicitarla». Como muchos de sus amigos, a Born le preocupaba el hecho de que
Elsa fuera la más susceptible a los atractivos de la publicidad. Como él mismo
le diría a Einstein: «En estos asuntos es usted como un niño. Todos le
queremos, y tiene que obedecer a las personas juiciosas (y no a su esposa)».[691]
Einstein siguió el consejo de sus amigos hasta cierto punto, y envió a
Moszkowski una carta certificada en la que le pedía que no diera a la imprenta
su «espléndida» obra. Pero cuando Moszkowski se negó a dar marcha atrás,
Einstein tampoco emprendió ninguna medida legal. Tanto Ehrenfest como Lorentz
coincidían en que acudir a los tribunales solo serviría para exacerbar la
cuestión y empeorar aún más las cosas; pero Born no estaba de acuerdo. «Puede
huir a Holanda», le decía, aludiendo a los constantes esfuerzos de Ehrenfest y
Lorentz para atraer a Einstein a dicho país; pero sus amigos judíos que
permanecieran en Alemania «se verían afectados por el hedor».[692]
El desapego de Einstein le permitía afectar un aire divertido, antes que
angustiado. «Todo este asunto me resulta indiferente, al igual que todo el
alboroto, y la opinión de todos y cada uno de los seres humanos —decía—.
Afrontaré lo que me esté reservado como un espectador indiferente».[693]
Cuando salió publicado, el libro convirtió a Einstein en un objetivo más fácil
para los antisemitas, que lo utilizaron para reforzar su opinión de que no era
más que un aficionado al autobombo que trataba de convertir su ciencia en un
negocio.[694] Pero, por lo demás, apenas causó conmoción entre la
opinión pública. No hubo, como el propio Einstein señalaría a Born, ningún
«temblor de tierra».
Visto retrospectivamente, la controversia sobre la publicidad parece
pintoresca, y el libro, un inofensivo entretenimiento de escasa calidad. «Lo he
ojeado un poco, y no lo encuentro tan malo como había esperado —admitiría más
tarde Born—. Contiene muchas historias y anécdotas bastante divertidas que
resultan muy características de Einstein».[695]
Einstein fue capaz de evitar que su fama destruyera su actitud sencilla ante la
vida. En un viaje nocturno que hizo a Praga, temió que hubiera dignatarios o
curiosos que quisieran agasajarle, de modo que decidió alojarse con su amigo
Philipp Frank y su esposa. El problema era que, de hecho, estos vivían en el
gabinete de Frank en el laboratorio de física, donde el propio Einstein había
trabajado anteriormente. De modo que este último durmió en el sofá que allí
había. «Probablemente no era lo bastante bueno para un hombre tan famoso
—recordaría Frank—, pero sí se adaptaba a su gusto por los hábitos de vida
sencillos y las situaciones que contravenían las convenciones sociales».
Al volver de la cafetería, Einstein insistió en que compraran comida para la
cena a fin de que la esposa de Frank no tuviera que ir a la compra. Eligieron
un poco de hígado de ternera, que la señora Frank procedió a cocinar en el
mechero Bunsen que había en el laboratorio del despacho. De repente Einstein se
sobresaltó.
—¿Qué estás haciendo? —le preguntó—. ¿Hierves el hígado en agua? —La señora
Frank le dijo que, en efecto, eso era lo que hacía—. El punto de ebullición del
agua es demasiado bajo —declaró Einstein—. Tienes que usar una sustancia con un
punto de ebullición más elevado, como la mantequilla o la manteca.
Desde aquel momento, la señora Frank se referiría a la necesidad de freír el
hígado como la «teoría de Einstein».
Tras la conferencia de Einstein de aquella noche, hubo una pequeña recepción
organizada por el departamento de física en la que se pronunciaron varios y
efusivos discursos. Cuando le tocó el tumo de responder a Einstein, en lugar de
ello declaró:
—Creo que resultaría más placentero y comprensible que, en lugar de dar un
discurso, tocara una pieza para ustedes con el violín.
Y a continuación procedió a interpretar una sonata de Mozart, en palabras de
Frank, con «su manera sencilla, precisa y, por lo tanto, doblemente
conmovedora».
A la mañana siguiente, antes de partir, un joven lo localizó en el despacho de
Frank e insistió en mostrarle un manuscrito. Basándose en la ecuación E
= mc2 —insistió el hombre—, sería posible «usar la energía
contenida en el átomo para la producción de aterradores explosivos». Einstein
se negó a tratar del tema, calificando el concepto de insensato.[696]
Desde Praga, Einstein cogió el tren en dirección a Viena, donde tres mil
científicos y emocionados espectadores aguardaban para oírle hablar. En la
estación, su anfitrión esperaba verle descender del vagón de primera clase,
pero no le encontró. Siguiendo el andén, buscó en el vagón de segunda, pero
allí tampoco pudo verle. Finalmente pudo ver a Einstein bajando del vagón de
tercera clase, en un extremo del andén, cargado con el estuche de su violín
como un músico ambulante.
—¿Sabe? Me gusta viajar en primera, pero mi rostro está haciéndose demasiado
conocido —le dijo a su anfitrión—. En tercera no me molestan tanto.[697]
«Con la fama me vuelvo cada vez más estúpido, lo cual, obviamente, es un
fenómeno muy común», le comentaría a Zangger en cierta ocasión.[698] Pero pronto desarrolló la teoría de que su fama, pese a
todas las molestias, constituía al menos un signo grato de la prioridad que
daba la sociedad a las personas como él:
El culto a las personalidades individuales está siempre, en mi
opinión, injustificado… Me parece injusto, e incluso de mal gusto, seleccionar
a unos cuantos para profesarles ilimitada admiración, atribuyendo poderes
sobrehumanos a su mente y a su carácter. Ese ha sido mi sino, y el contraste
entre la estimación popular de mis logros y la realidad resulta sencillamente
grotesco. Este extraordinario estado de cosas sería insoportable salvo por un
pensamiento que resulta de gran consuelo: constituye un signo grato en una
época, a la que normalmente se denuncia como materialista, que se convierta en
héroes a hombres cuyas ambiciones residen plenamente en la esfera moral e
intelectual.[699]
Un problema de la fama es que esta puede engendrar
resentimientos. Especialmente en los círculos académicos y científicos, el
autobombo se consideraba un pecado. Había aversión hacia quienes obtenían
publicidad personal, un sentimiento que podría haberse visto exacerbado por el
hecho de que Einstein fuera judío.
En el artículo que había escrito para el Times de Londres en
el que explicaba la relatividad, Einstein insinuaba con humor los problemas que
podían surgir. «Por una aplicación de la teoría de la relatividad, hoy en
Alemania se me considera un hombre de ciencia alemán, mientras que en
Inglaterra se me representa como un judío suizo —escribió—. Si se me llegara a
ver como una bestia negra, esas descripciones se invertirían, y me convertiría
en un judío suizo para los alemanes y un hombre de ciencia alemán para los
ingleses».[700]
No era un mero chiste. Justo unos meses después de que alcanzara fama mundial,
este último fenómeno se produjo realmente. Por una parte, tras informarle de
que se le iba a conceder la prestigiosa medalla de oro de la Real Sociedad
Astronómica británica a comienzos de 1920, una rebelión de un grupo chovinista
de puristas ingleses obligó a que se le retirara tal honor.[701] Por otra, y de manera mucho más ominosa, en su país natal
un pequeño pero creciente grupo pronto empezó a retratarle ruidosamente como
judío antes que alemán.
«Viajero solitario»
A Einstein le gustaba definirse como un solitario. Aunque tenía una risa
contagiosa que recordaba al grito de una foca, a veces esta podía resultar más
hiriente que cálida. Le gustaba estar en grupo tocando música, discutiendo
ideas, tomando café cargado y fumando puros de toque acre. Sin embargo, existía
un muro apenas visible que le separaba incluso de su familia y sus íntimos
amigos.[702] Ya desde la Academia Olimpia, Einstein frecuentaba muchos
salones de la mente, pero se espantaba ante las cámaras más interiores del
corazón.
No le gustaban las constricciones, y también podía mostrarse frío con los
miembros de su familia. Pero le agradaba la camaradería de sus compañeros
intelectuales, y tendría amistades que conservaría durante toda su vida. Era
amable con las personas de todas las edades y clases de su entorno, se llevaba
bien con empleados y colegas, y tendía a mostrarse afable con la humanidad en
general. Mientras no trataran de imponérsele exigencias o cargas emocionales,
Einstein podía forjar con facilidad amistades, e incluso afectos.
Esta mezcla de frialdad y calidez producía en Einstein un irónico desapego
cuando atravesaba los aspectos humanos de su mundo. «Mi apasionado sentido de
la justicia social y la responsabilidad social siempre ha contrastado
extrañamente con mi pronunciada falta de necesidad de contacto directo con
otros seres humanos y comunidades —reflexionaba—. Soy realmente un “viajero
solitario” y jamás he pertenecido a mi país, mi hogar, mis amigos, o incluso mi
familia inmediata, de todo corazón; frente a todos estos vínculos, jamás he
perdido cierta sensación de distancia y cierta necesidad de soledad».[703]
Incluso sus colegas científicos se maravillaban ante la falta de conexión entre
la afable sonrisa que dispensaba a la humanidad en general y el desapego que
mostraba frente a las personas más próximas a él. «No conozco a nadie más
solitario y desapegado que Einstein —decía su colaborador Leopold Infeld—. Su
corazón no conoce el sufrimiento, y pasa por la vida con apacible regocijo e
indiferencia emocional. Su extrema amabilidad y decencia son completamente
impersonales y parecen proceder de otro planeta».[704]
Max Born, otro amigo personal y profesional, advertía ese mismo rasgo, que
parecía explicar la capacidad de Einstein de permanecer relativamente
inconsciente de las tribulaciones que afectaron a Europa durante la Primera
Guerra Mundial. «Pese a toda su amabilidad, su sociabilidad y su amor a la
humanidad, estaba totalmente distanciado de su entorno y de los seres humanos
que había en él».[705]
El desapego personal y la creatividad científica de Einstein parecían estar
sutilmente vinculados. Según su colega Abraham Pais, ese desapego surgía del
prominente rasgo del «apartamiento» de Einstein, que le llevaba a rechazar la
opinión científica generalizada tanto como la intimidad emocional. Es más fácil
ser inconformista y rebelde, tanto en la ciencia como en una cultura
militarista como la alemana, cuando uno puede distanciarse fácilmente de los
demás. «El desapego le permitía andar por la vida inmerso en sus pensamientos»,
diría Pais. Y asimismo le permitía —o le obligaba— a centrarse en sus teorías
«sin otro propósito y sin otra ayuda».[706]
Einstein comprendía las fuerzas enfrentadas de su propia alma, y parecía pensar
que a todo el mundo le ocurría lo mismo. «El hombre es, a la vez y al mismo
tiempo, un ser solitario y un ser social», decía.[707] Su propio sentimiento de desapego chocaba con su deseo de
compañerismo, lo que se reflejaba en la lucha entre su atracción por la fama y
su aversión a ella. Utilizando la jerga del psicoanálisis, el pionero de esta
terapia, Erik Erikson, dijo una vez de Einstein: «Cierta alternancia de
aislamiento y extroversión parece haber conservado el carácter de una
polarización dinámica».[708]
El deseo de desapego de Einstein se reflejaría también en sus relaciones
extramatrimoniales. Mientras las mujeres no le plantearan ninguna exigencia y
él tuviera la libertad de acercarse, o no, a ellas según su propio humor, podía
tener una aventura sin problemas. Pero el temor a que pudiera tener que ceder
parte de su independencia le llevaba a erigir siempre una coraza.[709]
Esto resultaba aún más evidente en las relaciones con su familia. Einstein no
solo se mostraba simplemente frío, ya que hubo veces, especialmente cuando se
trató de la relación con Mileva Maric, en que las fuerzas tanto de atracción
como de repulsión ardían en su interior con feroz apasionamiento. Su problema,
especialmente con su familia, era que se resistía a aceptar esos fuertes
sentimientos en los demás. «No tenía ninguna capacidad de empatía —escribe el
historiador Thomas Levenson—, ni la capacidad de ponerse en la situación
emocional de otro».[710] Cuando había de enfrentarse a las necesidades emocionales
de los demás, Einstein tendía a retirarse a la objetividad de su ciencia.
El colapso de la moneda alemana le había llevado a instar a Maric a que se
trasladara allí, ya que se había hecho muy difícil para él costearle su nivel
de vida en Suiza con los depreciados marcos alemanes. Pero una vez que las
observaciones del eclipse le hicieron famoso y le dieron mayor seguridad
financiera, se mostró dispuesto a dejar que su familia permaneciera en Zúrich.
Para sustentarlos, contaba con los honorarios de sus conferencias por Europa,
que se enviaban directamente a Ehrenfest, en Holanda, a fin de que el dinero no
se convirtiera a la devaluada moneda alemana. Einstein escribía a Ehrenfest
crípticas misivas aludiendo a sus reservas en moneda fuerte como los
«resultados que usted y yo hemos obtenido aquí en iones Au», es decir, en oro[711] Luego, Ehrenfest reenviaba el dinero a Maric y los niños.
Poco después de que se volviera a casar, Einstein fue a Zúrich para ver a sus
hijos. Hans Albert, que entonces tenía quince años, le anunció que había
decidido ser ingeniero.
—Me parece una idea repugnante —le dijo Einstein, cuyo padre y cuyo tío habían
sido ingenieros.
—Aun así voy a ser ingeniero —replicó el muchacho.
Einstein se marchó enfadado, y una vez más su relación se deterioró,
especialmente después de que recibiera una desagradable carta de Hans Albert.
«Me ha escrito como ninguna persona decente ha escrito jamás a su padre —le
explicaría Einstein a su otro hijo, Eduard, en una afligida carta—. Dudo de que
alguna vez pueda reanudar la relación con él».[712]
Pero por entonces Maric procuraba que las relaciones de Einstein con sus hijos
mejoraran en lugar de socavarlas. De modo que insistió a los niños en que
Einstein era «un hombre extraño en muchos aspectos», pero seguía siendo su
padre y deseaba su amor. Podía ser frío —les decía— pero también «bueno y
amable». Según relataría posteriormente Hans Albert: «Mileva sabía que, pese a
todas las apariencias, a Einstein se le podía herir en cuestiones personales, y
herirle profundamente».[713]
Pero más tarde, aquel mismo año, Einstein y su hijo mayor volvían a mantener
correspondencia regular sobre todos los temas, desde la política hasta la
ciencia. También expresaba su aprecio a Marie, diciendo en broma que debía de
ser más feliz ahora que ya no tenía que soportarle a él. «Tengo previsto ir
pronto a Zúrich, y deberíamos dejar atrás todo lo malo que ha habido entre
nosotros. Deberías disfrutar de lo que te ha dado la vida, como los
maravillosos niños, la casa, y el hecho de que ya no estés casada conmigo».[714]
Hans Albert se matricularía en el alma máter de sus padres, el Politécnico de
Zúrich, y se haría ingeniero. Luego encontraría trabajo en una acerería y, más
tarde, como ayudante de investigación en el propio Politécnico, investigando
sobre hidráulica y sobre los ríos. Especialmente después de que quedara el
primero de su clase en sus exámenes, su padre no solo se reconciliaría con él,
sino que también se sentiría orgulloso de él. «Mi Albert se ha convertido en un
tío sano y fuerte —le escribiría Einstein a Besso en 1924—. Es la propia imagen
de un hombre, un marino de primera, modesto y formal».
Posteriormente Einstein repetiría lo mismo a Hans Albert, pero añadiendo que
probablemente había hecho bien en ser ingeniero. «La ciencia es una profesión
difícil —escribiría—. A veces estoy encantado de que hayas elegido un campo
práctico, donde uno no tiene que buscar un trébol de cuatro hojas».[715]
Una persona que suscitaba siempre emociones personales fuertes y sostenidas en
Einstein era su madre. A finales de 1919, cuando estaba enferma terminal de
cáncer de estómago, se había trasladado a vivir con él y Elsa, y presenciar su
sufrimiento era algo que superaba cualquier posible desapego humano que
Einstein pudiera sentir o fingir. Cuando murió, en febrero de 1920, las
emociones habían dejado a Einstein exhausto. «Uno siente en sus propios huesos
lo que significan los vínculos de sangre», le escribió a Zangger. Kathe
Freundlich había oído a Einstein jactarse ante su marido, el astrónomo, de que
ninguna muerte le afectaba, y ahora se sentía aliviada al ver que la muerte de
su madre revelaba que aquello no era cierto: «Einstein lloró como cualquier otro
hombre —decía—, y yo supe que en realidad había quien le importaba».[716]
Las derivaciones de la relatividad
Durante casi tres siglos, el universo mecánico de Isaac Newton, basado en
certezas y leyes absolutas, había constituido el fundamento psíquico de la
Ilustración y del orden social, con su creencia en las causas y efectos, en el
orden, e incluso en el deber. Pero ahora surgía otra visión del universo,
conocida como relatividad, en la que el espacio y el tiempo dependían de los
marcos de referencia. Este aparente rechazo de las certezas y el abandono de la
fe en lo absoluto les pareció vagamente herético, quizá incluso impío, a
algunas personas. «Formó como un cuchillo —escribe el historiador Paul Johnson
en su magnífica historia del siglo XX, Tiempos modernos— que
contribuyó a cortar las amarras tradicionales de la sociedad, dejándola a la
deriva».[717]
Los horrores de la Gran Guerra, la ruptura de las jerarquías sociales, el
advenimiento de la relatividad y su aparente socavación de la física clásica;
todo ello pareció combinarse para crear incertidumbre. «Durante estos últimos
años, el mundo entero se ha hallado en un estado de malestar, tanto mental como
físico —declaraba al New York Times un astrónomo de la
Universidad de Columbia, Charles Poor, la semana después de que se anunciara la
confirmación de la teoría de Einstein—. Es muy posible que los aspectos físicos
de este malestar, la guerra, las huelgas, las revueltas bolcheviques, sean en
realidad los objetos visibles de algún trastorno más profundo subyacente de
carácter mundial. Este mismo espíritu de malestar ha invadido la ciencia».[718]
Indirectamente, debido más a los malentendidos populares que a una supuesta
lealtad al pensamiento de Einstein, el concepto de relatividad pasó
a asociarse al nuevo relativismo que irrumpía en la moral, el
arte y la política. Había ahora menos fe en los absolutos, no solo en cuanto al
tiempo y el espacio, sino también con respecto a la verdad y la moralidad. En
un editorial sobre la teoría de la relatividad de Einstein publicado en
diciembre de 1919, y titulado «Asalto a lo absoluto», el New York Times afirmaba
con inquietud que «se han socavado los cimientos de todo el pensamiento
humano».[719]
Einstein se habría sentido —como de hecho se sentiría más tarde— horrorizado
ante aquella confusión de relatividad con relativismo. Como ya hemos señalado,
en su momento había estado considerando precisamente la posibilidad de
denominar a su teoría «de la invariancia» debido a que las leyes físicas del
conjunto espacio-tiempo, según su teoría, eran de hecho invariantes antes que
relativas.
Además, él no era relativista en su propia moral, o siquiera en sus gustos. «El
término relatividad ha sido ampliamente malinterpretado como
relativismo, [es decir] la negación de, o las dudas sobre, la objetividad de
los valores morales —se lamentaría posteriormente el filósofo Isaiah Berlin—.
Esto era lo contrario de lo que creía Einstein. El era un hombre de convicciones
morales sencillas y absolutas, que se expresaron en todo lo que fue e hizo».[720]
Tanto en su ciencia como en su filosofía moral, Einstein se sintió impulsado
por la búsqueda de la certeza y de unas leyes deterministas. Si su teoría de la
relatividad produjo una serie de derivaciones que perturbaron los ámbitos de la
moral y la cultura, ello se debió no a lo que creía Einstein, sino al modo en
que esto se interpretó popularmente.
Uno de esos intérpretes populares, por ejemplo, fue el estadista británico lord
Haldane, que se las daba de filósofo y erudito científico. En 1921 publicó un libro
titulado El reino de la relatividad, donde se apropiaba de la
teoría de Einstein para respaldar sus propias opiniones políticas sobre la
necesidad de evitar el dogmatismo para tener una sociedad dinámica. «El
principio einsteiniano de la relatividad de nuestras mediciones del espacio y
el tiempo no puede tomarse aisladamente —escribió—. Cuando se considera su
importancia puede verse muy bien que en general tiene su contrapartida en otros
dominios de la naturaleza y del conocimiento».[721]
La teoría de la relatividad tendría profundas consecuencias para la teología,
según le advirtió Haldane al arzobispo de Canterbury, quien inmediatamente
trató de entender la teoría, aunque solo con mediano éxito. «El arzobispo
—informaba un ministro al decano de la ciencia inglesa, J. J. Thompson— no le
encuentra ni pies ni cabeza a Einstein, y se queja de que, cuanto más escucha a
Haldane y más artículos de periódico lee sobre el tema, menos entiende».
En 1921, Haldane persuadió a Einstein de que fuera a Inglaterra. Él y Elsa se
alojaron en la magnífica y elegante vivienda de aquel en Londres, donde se
encontraron completamente anonadados ante el lacayo y mayordomo que se les
asignó. La cena que celebró Haldane en honor de Einstein reunió a todo un grupo
de «vacas sagradas» de la intelectualidad británica, lo bastante sagradas como
para impresionar a cualquier sala de profesores de Oxford. Entre los presentes
se encontraban George Bernard Shaw, Arthur Eddington, J. J. Thompson, Harold
Laski y, obviamente, el desconcertado arzobispo de Canterbury, que había
recibido un resumen de manos del propio Thompson a fin de que pudiera
prepararse.
Haldane sentó al arzobispo junto a Einstein para que pudiera plantear su
acuciante pregunta directamente a la fuente. ¿Qué ramificaciones —inquirió Su
Gracia— tenía la teoría de la relatividad para la religión?
La respuesta probablemente decepcionó tanto al arzobispo como a su anfitrión:
—Ninguna —respondió Einstein—. La relatividad es una materia puramente
científica, y no tiene nada que ver con la religión.[722]
Aquello sin duda era cierto. No obstante, existía una relación más compleja
entre las teorías de Einstein y todo el brebaje de ideas y emociones que a
principios del siglo XX hervían en el abarrotado caldero del modernismo. En su
novela Baltasar, Lawrence Durrell le haría declarar a su personaje:
«La propuesta de la relatividad fue directamente responsable de la pintura
abstracta, la música atonal y la literatura informe».
Resulta evidente que la propuesta de la relatividad no fue directamente
responsable de nada de eso. Lejos de ello, su relación con el modernismo tuvo
un carácter más misteriosamente interactivo. Hay momentos históricos en que una
conjunción de fuerzas produce un cambio en la perspectiva humana. Eso fue lo
que le ocurrió al arte, a la filosofía y a la ciencia en los inicios del
Renacimiento y, de nuevo, en los comienzos de la Ilustración. Ahora, a
principios del siglo XX, nacía el modernismo quebrantando las viejas
restricciones y verdades. Se produjo una combustión espontánea que incluiría
las obras de Einstein, Picasso, Matisse, Stravinski, Schönberg, Joyce, Eliot,
Proust, Diáguilev, Freud, Wittgenstein y varias docenas más de otros pioneros
que parecerían romper los vínculos del pensamiento clásico.[723]
En su libro Einstein y Picasso: el espacio, el tiempo y los estragos de
la belleza, el historiador de la ciencia y de la filosofía Arthur I. Miller
exploraba las fuentes comunes que produjeron, por ejemplo, la teoría de la
relatividad especial en 1905 y la obra maestra modernista de Picasso, Las
señoritas de Aviñón, en 1907. Miller señalaba que ambos fueron hombres con
un gran encanto, «pero que prefirieron el desapego emocional». Cada uno a su
propia manera, percibieron que algo fallaba en las constricciones que definían
su ámbito de trabajo, y los dos se sintieron intrigados por los debates sobre
la simultaneidad, el espacio y el tiempo, y especialmente por los escritos de
Poincaré.[724]
Einstein sirvió de fuente de inspiración para muchos de los artistas y
pensadores modernistas, aun en el caso de que estos no le entendieran. Esto
resultaba especialmente cierto cuando los artistas celebraban conceptos tales
como el de «liberarse del orden del tiempo», tal como diría Proust al final
de En busca del tiempo perdido. «Cómo me gustaría hablarte de
Einstein —le escribiría Proust a un amigo físico en 1921—. No entiendo una sola
palabra de sus teorías, ya que no sé álgebra. [Sin embargo] me parece que
tenemos maneras análogas de deformar el Tiempo».[725]
Una de las cumbres de la revolución modernista se produjo en el año 1922, el
mismo año en que se anunció la concesión del Nobel a Einstein. Ese año se
publicó el Ulises de James Joyce, así como La tierra
baldía de T. S. Eliot. En mayo se celebró una cena de medianoche en el
Hotel Majestic de París para festejar el estreno de Renard,
compuesta por Stravinski e interpretada por los Ballets Rusos de Diáguilev.
Tanto Diáguilev como Stravinski estuvieron presentes, como también lo estuvo
Picasso. Asistieron asimismo Joyce y Proust, que «estaban destruyendo las
certezas literarias del siglo XIX tan claramente como Einstein estaba
revolucionando la física». El orden mecánico y las leyes newtonianas que habían
definido la física, la música y el arte clásicos habían perdido su vigencia.[726]
Fueran cuales fueren las causas del nuevo relativismo y el nuevo modernismo, la
liberación del mundo de sus amarras clásicas no tardaría en producir algunos
ecos y reacciones desconcertantes. Y en ningún lugar resultaría esta atmósfera
tan problemática como en la Alemania de la década de 1920.
Capítulo 13
El sionista errante
1920-1921
Desfile de vehículos en Nueva York, 4 de abril de 1921.
Contenido:
·
Parentela
·
Weyland, Lenard y los
antirrelativistas
·
Einstein en Estados
Unidos, 1921
·
El mal alemán
·
Asia y Palestina,
1922-1923
Parentela
En el artículo que escribió para el Times de Londres tras la
confirmación de su teoría de la relatividad, Einstein había insinuado que, si
las cosas iban mal, los alemanes ya no le considerarían un compatriota, sino un
judío suizo. Era una inteligente observación, tanto más cuanto que Einstein
sabía, ya entonces, que había en ella un odioso tufillo de verdad. Aquella
misma semana, en una carta dirigida a su amigo Paul Ehrenfest, describía así la
atmósfera imperante en Alemania: «El antisemitismo es aquí muy fuerte. ¿A dónde
se supone que llevará esto?».[727]
El auge del antisemitismo alemán después de la Primera Guerra Mundial provocó
una contrarreacción en Einstein, le hizo identificarse de una forma más acusada
con su ascendencia y su comunidad judías. En un extremo estaban los judíos
alemanes como Fritz Haber, que hacían todo lo posible —incluyendo convertirse
al cristianismo— para asimilarse, e instaban a Einstein a hacer lo mismo. Este,
sin embargo, adoptó el planteamiento opuesto; justo cuando empezaba a
hacerse famoso, abrazó la causa sionista. No es que se incorporara
a ninguna organización sionista o, para el caso, que frecuentara o fuera a
rezar a ninguna sinagoga. Pero sí se declaró en favor de los asentamientos
judíos en Palestina, de una identidad nacional entre los judíos de todas partes
y del rechazo de los deseos asimilacionistas.
Fue reclutado para la causa por el pionero y líder del sionismo Kurt
Blumenfeld, que fue a visitarle a Berlín a comienzos de 1919. «Me hizo varias
preguntas con extrema ingenuidad», recordaría este. Dos de las preguntas de
Einstein fueron: dadas sus dotes espirituales e intelectuales, ¿por qué había
que hacer un llamamiento a los judíos para que crearan una nación-estado
agraria?; ¿acaso el nacionalismo no era el problema, antes que la solución?
Finalmente, Einstein se unió a la causa. «Como ser humano, estoy en contra del
nacionalismo —declaró—. Pero como judío, soy desde hoy partidario del esfuerzo
sionista».[728] También se convirtió, más concretamente, en defensor de la
creación de una nueva universidad judía en Palestina, que a la larga se
convertiría en la Universidad Hebrea de Jerusalén.
Una vez hubo decidido abandonar el postulado de que todas las formas de
nacionalismo eran malas, le fue fácil abrazar el sionismo con mayor entusiasmo.
«Se puede ser internacionalista sin ser indiferente a los miembros de la propia
tribu —le escribió a un buen amigo en octubre de 1919—. La causa sionista está
muy cerca de mi corazón… Me gusta que haya un pequeño trozo de tierra donde
nuestros hermanos no se consideren extranjeros».[729]
Su apoyo al sionismo vino a enemistar a Einstein con los asimilacionistas. En
abril de 1920, fue invitado a hablar en una reunión de uno de aquellos grupos
que insistían en la lealtad de sus miembros a Alemania, los Ciudadanos Alemanes
de Fe Judía. Einstein respondió acusándoles de tratar de distanciarse de los
judíos de la Europa del Este, más pobres y menos cultos que ellos. «¿Pueden
respetar los “arios” a tales pusilánimes?», les reprochó.[730]
Pero declinar privadamente la invitación no bastaba. Einstein también se sintió
obligado a escribir un ataque público a quienes trataban de encajar hablando
«de fe religiosa en lugar de afiliación tribal».[XIX] En particular, despreciaba lo que él calificaba de
planteamiento «asimilatorio», que trataba «de superar el antisemitismo
prescindiendo de casi todo lo judío». Eso no funcionaba; de hecho, «parece un
poco cómico para los no judíos», puesto que los judíos eran un pueblo aparte de
los demás. «La raíz psíquica del antisemitismo reside en el hecho de que los
judíos constituyen un grupo de personas por sí mismo —escribiría—. Su judaísmo
es visible en su aspecto físico, y su ascendencia judía se nota en su trabajo
intelectual».[731]
Los judíos que practicaban y predicaban la asimilación tendían a ser aquellos
que se enorgullecían de su ascendencia alemana o europeo-occidental. En aquella
época (y durante una gran parte del siglo XX), estos solían despreciar a los
judíos de Europa oriental, como los rusos y polacos, que les parecían menos
cultos, refinados y asimilados. Aunque Einstein era un judío alemán, se
horrorizaba ante quienes desde ese entorno «trazaban una marcada línea
divisoria entre los judíos europeo-orientales y europeo-occidentales». Aquel
planteamiento —afirmaba— estaba destinado a volverse contra los propios judíos,
y además no se basaba en una distinción real. «El judaísmo europeo-occidental
contiene un rico potencial de talentos humanos y fuerzas productivas que pueden
compararse muy bien con la más alta civilización de los judíos
europeo-occidentales».[732]
Einstein era muy consciente —más aún que los asimilacionistas— de que el
antisemitismo no era resultado de causas racionales. «En Alemania, el odio a
los judíos ha adoptado hoy en día expresiones horribles», escribió a principios
de 1920. Parte del problema era que la inflación estaba fuera de control. A
comienzos de 1919, el marco alemán valía la mitad que antes de la guerra, pero
todavía era controlable. A principios de 1920, en cambio, su valor se había
reducido aproximadamente en un 83 por ciento con respecto al de un año antes, y
seguía devaluándose cada mes.
Asimismo, la derrota en la guerra había resultado humillante. Alemania había
perdido seis millones de hombres, y luego se había visto forzada a ceder
territorios que contenían la mitad de sus recursos naturales, además de todas
sus colonias de ultramar. Muchos alemanes orgullosos creían que aquello tenía
que haber sido el resultado de alguna traición. La República de Weimar que
había surgido después de la guerra, aunque respaldada por liberales, pacifistas
y judíos como Einstein, era despreciada por una gran parte del antiguo orden, e
incluso de la clase media.
Había un grupo al que podía tildarse muy fácilmente de ser la extraña y oscura
fuerza mayoritariamente responsable de la humillación a la que se enfrentaba
aquella orgullosa cultura. «La gente necesita un chivo expiatorio y hace
responsables a los judíos —señalaba Einstein—. Estos son destinatarios de un
resentimiento instintivo debido a que pertenecen a una tribu distinta».[733]
Weyland, Lenard y los antirrelativistas
La explosión de arte e ideas producida en Alemania en aquella época, tal como
escribió Amos Elon en su libro La piedad de todo, se debió en gran
medida a mecenas y pioneros judíos en toda una serie de ámbitos. Y ello fue
especialmente así en la ciencia. Como señalaba Sigmund Freud, parte del éxito
de los científicos judíos residía en su «escepticismo creador», que surgía de
su naturaleza esencial de foráneos.[734] Lo que subestimaban los judíos asimilacionistas era la
virulencia con la que muchos alemanes, a quienes ellos consideraban sus
compatriotas, les veían de hecho como esencialmente foráneos, o, en palabras de
Einstein, como «una tribu distinta».
El primer choque público de Einstein con el antisemitismo se produjo en el
verano de 1920. Un sombrío nacionalista alemán llamado Paul Weyland, ingeniero
de formación, se había convertido en polemista con aspiraciones políticas. Era
miembro activo de un partido político nacionalista de derechas que en 1920, en
su programa oficial, prometía «reducir la dominante influencia judía que se
aprecia de manera creciente en el gobierno y en la opinión pública».[735]
Weyland era consciente de que Einstein, como judío que gozaba de una gran fama,
había engendrado celos y resentimiento. Asimismo, resultaba fácil atacar su
teoría de la relatividad, ya que mucha gente, incluidos algunos científicos, se
sentían desconcertados por el modo en que esta parecía socavar los absolutos y
basarse en hipótesis abstractas antes que en experimentos sólidos. De modo que
Weyland publicó varios artículos denunciando la relatividad como un «gran
engaño» y formó una organización de pacotilla (aunque misteriosamente bien
financiada) bautizada de manera grandilocuente como Grupo de Estudio de los
Científicos Alemanes para la Preservación de la Ciencia Pura.
A Weyland se le había unido un físico experimental de modesta reputación
llamado Ernst Gehrcke, que durante años había arremetido contra la relatividad
con más vehemencia que comprensión. Su grupo orquestó varios ataques personales
a Einstein y a la «naturaleza judía» de la teoría de la relatividad, y luego
convocó una serie de reuniones por toda Alemania, incluyendo un gran encuentro
en la sala de conciertos de la Filarmónica de Berlín el 24 de agosto.
Weyland habló el primero, y con la rotunda retórica propia de un demagogo,
acusó a Einstein de organizar una «sistemática campaña en favor de su teoría y
de su nombre». La afición de Einstein a la publicidad, le gustara o no, se
estaba empleando contra él, tal como le habían advertido sus amigos
asimilacionistas. La relatividad era un engaño —dijo Weyland—, y además un
plagio. Gehrcke dijo prácticamente lo mismo con cierto barniz técnico, leyendo
de un texto escrito. La reunión —según informaría el New York Times—
«tuvo un decidido carácter antisemita».[736]
En medio del discurso de Gehrcke surgió entre el público un discreto murmullo:
«¡Einstein!, ¡Einstein!». En efecto, este había acudido a presenciar aquel
circo y, tan poco reacio a la publicidad como a la controversia, se reía
abiertamente del espectáculo. Como señalaba su amigo Philipp Frank: «Siempre le
gustaba ver los acontecimientos del mundo que le rodeaba como si fuera un
espectador en un teatro». Sentado entre el público con su amigo el químico
Walther Nernst, se rió a carcajadas en varias ocasiones, y al final declaró que
todo el evento había sido «de lo más divertido».[737]
Pero en realidad aquello no le divertía nada, e incluso consideró la
posibilidad de marcharse de Berlin.[738] Airado, cometió el error táctico de responder con una
fuerte diatriba que se publicó tres días después en la portada del Berliner
Tageblatt, un periódico liberal propiedad de unos amigos judíos. «Soy muy
consciente de que los dos oradores no merecen una réplica de mi pluma», decía,
pero luego no dejaba que esa conciencia le frenara en absoluto. Gehrcke y
Weyland no se habían mostrado explícitamente antisemitas, ni tampoco criticaban
abiertamente a los judíos en sus discursos. Pero Einstein afirmaba que no habrían
atacado su teoría «si yo fuera un nacionalista alemán, con o sin esvástica, en
lugar de judío».[739]
Einstein dedicaba la mayor parte de su artículo a refutar a Weyland y Gehrcke.
Pero también atacaba a un físico más reputado que no estaba en la reunión,
aunque había dado su apoyo a la causa antirrelativista, Philipp Lenard.
Lenard, que había recibido el premio Nobel en 1905, había sido un investigador
pionero que había descrito el efecto fotoeléctrico. Antaño Einstein le había
admirado. «Acabo de leer un maravilloso artículo de Lenard —le había dicho
exultante a Maric allá por 1901—. Este hermoso trabajo me llena de tal
felicidad y alegría que necesito absolutamente compartir una parte de ella
contigo». Después de que Einstein publicara su primera tanda de trascendentales
artículos en 1905, citando a Lenard por su nombre en el que trataba de los
cuantos de luz, los dos científicos habían intercambiado cartas halagadoras.[740]
Sin embargo, como ardiente nacionalista alemán que era, Lenard había ido
alimentando un resentimiento cada vez mayor frente a los ingleses y los judíos,
despreciaba la publicidad de la que era objeto la teoría de Einstein, y atacaba
cada vez más abiertamente los aspectos «absurdos» de la relatividad. Había
permitido que se empleara su nombre en unos panfletos que se repartieron en la
reunión de Weyland, y, en calidad de premio Nobel, había estado trabajando
entre bastidores para asegurarse de que no se otorgara ese mismo galardón a
Einstein.
Dado que Lenard se había abstenido de aparecer en la reunión de la sala de
conciertos de la Filarmónica, y dado que las críticas a la relatividad que
había publicado habían mantenido siempre un tono académico, Einstein no tenía
ninguna necesidad de atacarle en su artículo. Pero lo hizo. «Admiro a Lenard
como maestro de la física experimental, pero todavía no ha producido nada
destacado en física teórica, y sus objeciones a la teoría de la relatividad
general resultan de una superficialidad tal que hasta ahora no había juzgado
necesario responder a ellas —escribió—. Trataré de subsanarlo».[741]
Los amigos de Einstein le dieron su respaldo público. Un grupo que incluía a
Von Laue y a Nernst publicó una carta en la que afirmaba, no del todo
acertadamente, que «cualquiera que sea lo bastante afortunado como para estar
cerca de Einstein sabe que jamás nadie podrá superarle en su… aversión a toda
publicidad».[742]
En privado, sin embargo, sus amigos estaban horrorizados. Se había dejado
provocar a una exhibición de ira pública contra quienes tenían que haber
seguido sin merecer una réplica de su pluma, generando con ello todavía más
publicidad desagradable. La esposa de Max Born, Hedwig, que no había tenido
reparo alguno en regañar a Einstein por la forma en que trataba a su familia,
le sermoneaba ahora: «No [debía] haberse dejado incitar a esa desafortunada
réplica». Debería mostrar más respeto —le decía— por «el recóndito templo de la
ciencia».[743]
Paul Ehrenfest se mostró aún más duro: «Mi esposa y yo no podemos creer en
absoluto que hayas sido tú quien ha escrito algunas de las frases del artículo
—le decía—. Si de verdad las escribiste de tu propia mano, esto demuestra que
esos condenados cerdos finalmente han conseguido llegar a tu alma. Te insto con
todas mis fuerzas a no arrojar una palabra más sobre este tema a esa bestia
voraz que es la opinión pública».[744]
Einstein se mostró algo contrito. «No sean tan severos conmigo —les respondió a
los Born—. Todo el mundo debe, de vez en cuando, hacer un sacrificio ante el
altar de la estupidez, a fin de agradar al dios de la humanidad. Y yo lo he
hecho a fondo con mi artículo».[745] Pero no se excusó en absoluto por no haber estado a su
altura en cuanto a lo de evitar la publicidad. «Tenía que hacerlo si quería
permanecer en Berlín, donde hasta los niños me reconocen por las fotografías
—le diría a Ehrenfest—. Si uno cree en la democracia, debe conceder también ese
derecho a la opinión pública».[746]
Lenard se sintió ofendido por el artículo de Einstein —lo cual no resulta
sorprendente—, y exigió una disculpa, dado que ni siquiera había tomado parte
en el mitin antirrelativista. Arnold Sommerfeld, presidente de la Sociedad
física Alemana, trató de mediar, e instó a Einstein «a escribir unas palabras
conciliadoras a Lenard».[747] Pero no sirvió de nada. Einstein se negaría a retractarse,
y Lenard acabaría estando cada vez más cerca de convertirse en abiertamente
antisemita y, más tarde, en un nazi.
Posteriormente este acontecimiento tendría un extraño epílogo. En 1953, y según
una serie de documentos desclasificados del expediente del FBI sobre Einstein,
en cierta ocasión un alemán muy bien vestido entró en la sede del FBI en Miami
y le dijo al recepcionista que tenía la información de que Einstein había
admitido ser comunista en un artículo publicado en el Berliner
Tageblatt en agosto de 1920. Aquel aspirante a soplón no era otro que
Paul Weyland, que había aterrizado en Miami y estaba tratando de emigrar a
Estados Unidos después de varios años dedicándose al timo y la estafa por todo
el mundo. El FBI de J. Edgar Hoover estaba tratando de probar ansiosamente
—hasta entonces sin éxito— que Einstein era comunista, y decidió seguir la
pista. Al cabo de tres meses, finalmente encontró y tradujo el artículo. Pero
no había nada en él que indicara que Einstein fuera comunista. Pese a ello,
Weyland consiguió la ciudadanía estadounidense.[748]
El fuego cruzado público derivado del mitin antirrelativista vino a aumentar el
interés por la inminente reunión anual de científicos alemanes prevista para
finales de septiembre en la población termal de Bad Nauheim. Tanto Einstein
como Lenard iban a asistir, y el primero había terminado su réplica mediática
proclamando que, a instancias suyas, en dicha reunión se organizaría un debate
público sobre la relatividad. «Cualquiera que se atreva a enfrentarse a un foro
científico puede presentar allí sus objeciones», decía, arrojando el guante a
Lenard.
Durante el encuentro de Bad Nauheim, de una semana de duración, Einstein se
alojó con Max Born en Frankfurt, a unos 30 kilómetros de distancia, y los dos
hombres cogieron el tren cada día para asistir a la reunión. La gran
confrontación sobre la relatividad, en la que se produjo la esperada
participación tanto de Einstein como de Lenard, se celebró la tarde del 23 de
septiembre. Einstein se había olvidado de llevar consigo algo con lo que
escribir, de modo que tuvo que pedirle un lápiz a la persona que tenía al lado
para poder tomar notas mientras hablaba Lenard.
Planck ocupaba la presidencia, y, tanto por su imponente presencia como por sus
calmadas palabras fue capaz de evitar en todo momento cualquier tipo de ataque
personal. Las objeciones de Lenard a la relatividad eran similares a las de
muchos físicos no teóricos. La teoría —dijo— se basaba en ecuaciones antes que
en observaciones, y «ofende al simple sentido común de un científico». Einstein
replicó que lo que «parece obvio» cambia con el tiempo. Y eso valía incluso
para la mecánica de Galileo.
Era la primera vez que Einstein y Lenard se encontraban cara a cara, pero no se
dieron la mano ni se dirigieron la palabra. Y aunque las actas oficiales de la
reunión no lo registran, al parecer hubo un momento en que Einstein perdió su
ecuanimidad. «Einstein se dejó provocar dando una réplica mordaz», recordaría
Born. Unas semanas después, Einstein le escribiría para asegurarle que «no se
dejaría excitar de nuevo como en Nauheim».[749]
Finalmente, Planck puso fin a la sesión, antes de que llegara la sangre al río,
con un chiste malo: «Dado que por desgracia la teoría de la relatividad hasta
ahora no ha logrado ampliar el tiempo absoluto disponible para esta reunión
—dijo—, debemos aplazarla». Los periódicos del día siguiente se quedaron sin
titulares, y el movimiento antirrelatividad amainó por el momento.[750]
En cuanto a Lenard, se distanció del extraño grupo de los originales
antirrelativistas. «Por desgracia, Weyland resultó ser un ladrón», diría más
tarde. Pero no renunció a su propia antipatía por Einstein. Tras la reunión de
Bad Nauheim se mostraría cada vez más corrosivo y antisemita en sus ataques a
Einstein y a la «ciencia judía». Asimismo, se convertiría en partidario de la
creación de una Deutsche Physik que purgara a la física
alemana de influencias judías, que para él se ejemplificaban en la teoría de la
relatividad de Einstein, con su enfoqué abstracto, teórico y no experimental, y
su tufillo (al menos para él) a un relativismo que rechazaba los absolutos, el
orden y las certezas.
Unos meses después, a principios de enero de 1921, un oscuro funcionario de
partido de Múnich recogería ese mismo tema. «La ciencia, antaño nuestro mayor
orgullo, es hoy enseñada por hebreos», escribiría Adolf Hitler en una invectiva
publicada en un periódico.[751] Hubo incluso ecos que cruzaron el Atlántico. Aquel mes de
abril, el Dearborn Independent, un semanario propiedad del
fabricante de automóviles Henry Ford, ferviente antisemita, exhibía un
estridente titular que ocupaba toda la parte superior de la portada: «¿Es
Einstein un plagiario?», preguntaba de manera acusadora.[752]
Einstein en Estados Unidos, 1921
La creciente fama mundial de Albert Einstein y su sionismo en ciernes se
unirían en la primavera de 1921 en un acontecimiento único en la historia de la
ciencia y, de hecho, remarcable desde todos los puntos de vista, una gran
caravana de automóviles que recorrería durante dos meses todo el Este y el
Medio Oeste de Estados Unidos, y que suscitaría la clase de frenesí de las
masas y adulación de la prensa que habría entusiasmado a cualquier estrella del
rock de gira. El mundo nunca antes había visto, ni quizá volvería a ver más, a
una celebridad científica con tal rango de gran estrella, que además daba la
casualidad de que era un símbolo de los valores humanistas y un santo patrón
viviente para los judíos.
Inicialmente Einstein había pensado que su primera visita a Estados Unidos
podría constituir un modo de ganar algo de dinero en una moneda estable a fin
de sustentar a su familia en Suiza. «He pedido 15.000 dólares a Princeton y
Wisconsin —le dijo más tarde a Ehrenfest—. Probablemente los asustaré. Pero si
pican, ese dinero contribuirá a mi independencia económica, que no es cosa
desdeñable».
Las universidades estadounidenses no picaron. «Mis demandas eran demasiado
elevadas», le diría de nuevo a Ehrenfest.[753] De modo que en febrero de 1921 había hecho ya otros planes
para la primavera: presentaría una ponencia en el tercer Congreso Solvay de
Bruselas, y daría unas cuantas conferencias en Leiden a instancias de
Ehrenfest.
Fue entonces cuando Kurt Blumenfeld, líder del movimiento sionista en Alemania,
se presentó de nuevo en el piso de Einstein. Había ido a verle por primera vez
exactamente dos años antes, y entonces había recabado su apoyo para la causa de
la creación de una patria judía en Palestina. Ahora traía una invitación —o
quizá una orden— en la forma de un telegrama del presidente de la Organización
Sionista Mundial, Chaim Weizmann.
Weizmann era un brillante bioquímico que había emigrado de Rusia a Inglaterra,
y en la Primera Guerra Mundial había ayudado a su país de adopción ideando un
método bacteriano para fabricar el explosivo cordita de manera más eficiente.
Durante la guerra había trabajado a las órdenes del ex primer ministro Arthur
Balfour, que por entonces era primer lord del Almirantazgo. Posteriormente
contribuiría a persuadir a Balfour, después de que se convirtiera en ministro
de Exteriores, de que publicara su famosa declaración de 1917 en la que Gran
Bretaña se comprometía a dar su apoyo «al establecimiento en Palestina de una
patria nacional para el pueblo judío».
El telegrama de Weizmann invitaba a Einstein a acompañarle en un viaje a
Estados Unidos a fin de recaudar fondos para contribuir a la creación de
Palestina, y, en particular, a la fundación de la Universidad Hebrea de
Jerusalén. Cuando Blumenfeld se lo leyó, al principio Einstein se mostró
renuente. Él no era orador —le dijo— y el papel de limitarse a aprovechar su
celebridad para atraer multitudes a la causa le parecía «indigno».
Blumenfeld no discutió. En lugar de ello, se limitó a leerle de nuevo el
telegrama de Weizmann en voz alta.
—Él es el presidente de nuestra organización —añadió a continuación—, y si
usted se toma en serio su conversión al sionismo, entonces tengo derecho a
pedirle, en nombre del doctor Weizmann, que vaya con él a Estados Unidos.
—Lo que usted dice es correcto y convincente —respondió Einstein, ante el
«ilimitado asombro» de Blumenfeld—. Soy consciente de que ahora yo mismo formo
parte de la situación y de que debo aceptar la invitación.[754]
La respuesta de Einstein era, ciertamente, para asombrarse. Se había
comprometido ya con el Congreso Solvay y otras conferencias en Europa,
declaraba qué le disgustaba ser el centro de la atención pública, y su frágil
estómago le había hecho reacio a viajar. Además, no era un judío practicante, y
su alergia al nacionalismo le impedía ser un sionista puro y duro.
Y sin embargo, ahora hacía algo que iba en contra de su propia naturaleza:
aceptar una orden implícita de una figura de autoridad, basada en lo que él
percibía como sus vínculos y compromisos con otras personas. ¿Y por qué?
La decisión de Einstein reflejaba una importante transformación acaecida en su
vida. Hasta la finalización y confirmación de su teoría de la relatividad
general, se había dedicado casi totalmente a la ciencia, dejando en un segundo
plano incluso sus relaciones personales, familiares y sociales. Pero el tiempo
que llevaba en Berlín le había hecho cada vez más consciente de su identidad de
judío. Su reacción ante el omnipresente, antisemitismo alemán fue sentirse aún
más conectado —de hecho, inextricablemente conectado— a la cultura y la
comunidad de su pueblo.
Así pues, en 1921 Einstein hizo profesión, no de fe, sino de compromiso. «En
realidad hago todo lo que puedo por mis hermanos de raza a los que se trata tan
mal en todas partes», le escribió a Maurice Solovine.[755] Después de su ciencia, este se convertiría en el principal
vínculo definitorio para él. Como él mismo señalaría hacia el final de su vida,
tras rechazar la presidencia de Israel: «Mi relación con el pueblo judío ha
sido el más fuerte de mis vínculos humanos».[756]
Una persona que se sintió no solo asombrada, sino incluso consternada por la
decisión de Einstein, fue su amigo y colega de Berlín el químico Fritz Haber,
que había renunciado al judaísmo y había hecho todo lo posible por asimilarse a
fin de parecer un auténtico prusiano. Al igual que otros asimilacionistas, le
preocupaba (comprensiblemente) la posibilidad de que una visita de Einstein al
gran enemigo de guerra en representación de la organización sionista viniera a
reforzar la creencia de que los judíos tenían una doble lealtad y no eran
buenos alemanes.
Además, Haber se había sentido entusiasmado al saber que Einstein tenía
planeado asistir al Congreso Solvay de Bruselas, el primero que se celebraba
después de la guerra. No se había invitado a ningún otro alemán, y su
asistencia se veía como un paso crucial para el retomo de Alemania a la
comunidad científica.
«La gente de este país lo verá como una muestra de deslealtad de los judíos —le
escribió Haber a Einstein cuando supo de su decisión de viajar a Estados
Unidos—. Sin duda sacrificará usted la exigua base sobre la que se asienta la
existencia de profesores y estudiantes de fe judía en las universidades
alemanas».[757]
Parece ser que Haber hizo que le entregaran la carta en mano, y Einstein le
respondió el mismo día. Se mostraba en desacuerdo con la forma de Haber de
referirse a los judíos como personas «de fe judía», y en lugar de ello,
afirmaba una vez más que la identidad judía era inextricablemente materia de
parentela étnica. «Pese a mis rotundas creencias internacionalistas, siempre me
he sentido en la obligación de salir en defensa de compañeros tribales
perseguidos y moralmente oprimidos —decía—. La perspectiva de establecer una
universidad judía me llena de especial alegría después de haber visto
recientemente innumerables ejemplos de un trato pérfido y poco caritativo a
magníficos jóvenes judíos con intentos de negar sus oportunidades de
educación».[758]
Fue así como los Einstein zarparon de Holanda el 12 de marzo de 1921 para
visitar por primera vez Estados Unidos. Para que el viaje resultara modesto y
no demasiado caro, Einstein había dicho que estaba dispuesto a viajar en
tercera clase. Pero su petición no fue atendida, y se le dio un magnífico
camarote. También había pedido que a él y a Elsa les dieran habitaciones
separadas, tanto en el barco como luego en los hoteles, a fin de poder seguir
trabajando durante todo el viaje. Esta vez sí le hicieron caso.
Aquella fue, en todos los aspectos, una placentera travesía del Atlántico,
durante la cual Einstein trató de explicarle la relatividad a Weizmann. Cuando,
a su llegada, le preguntaron a este si entendía la teoría, dio una encantadora
respuesta: «Durante la travesía Einstein me ha explicado su teoría cada día, y
a nuestra llegada estoy plenamente convencido de que realmente la entiende».[759]
Cuando el barco se detuvo en el puerto de Manhattan, la tarde del día 2 de
abril, Einstein se hallaba en cubierta vestido con un abrigo descolorido de
lana gris y un sombrero de fieltro negro que ocultaba parte de su espesa
cabellera, que empezaba a encanecer. En una mano llevaba una reluciente pipa de
brezo, mientras con la otra sujetaba una desgastada funda de violín. «Parecía
un artista —informaba el New York Times—. Pero bajo su desaliñada
apariencia se ocultaba una mente científica cuyas deducciones han dejado
perplejos a los intelectos más capaces de Europa».[760]
En cuanto les dejaron, docenas de periodistas y cámaras se precipitaron a bordo
del barco. El jefe de prensa de la organización sionista le dijo a Einstein que
tendría que dar una conferencia de prensa.
—No puedo hacer eso —protestó—. Sería como desnudarme en público.[761]
Pero evidentemente sí podía, y lo hizo.
Primero siguió obedientemente instrucciones durante casi media hora mientras
los fotógrafos y los reporteros de los noticiarios les ordenaban a él y a Elsa
que adoptaran toda una serie de poses. Luego, en el camarote del capitán,
Einstein se mostraría más contento que desganado al dar su primera rueda de
prensa acompañado del ingenio y el encanto del alcalde de aquella ciudad tan
grande y alegre. «Por sus risas podría decirse —escribiría el periodista
del Philadelphia Public Ledger— que disfrutaba con ello».[762] Y también disfrutaron quienes le hicieron las preguntas.
Todo el acto, salpicado de pullas y respuestas breves a modo de aforismos,
mostró por qué Einstein estaba destinado a convertirse en una celebridad tan
extraordinariamente popular.
Hablando por medio de un intérprete, Einstein empezó haciendo una declaración
sobre su esperanza «de conseguir el apoyo, tanto material como moral, de los
judíos estadounidenses para la Universidad Hebrea de Jerusalén». Pero los
periodistas estaban más interesados en la relatividad, y la primera pregunta
consistió en pedirle una descripción de la teoría en una sola frase, una
petición que se repetiría en casi cada etapa del viaje de Einstein.
—Llevo toda mi vida tratando de resumirla en un libro —repuso—, ¡y ahora me
pide nada menos que la resuma en una sola frase!
Al insistirle en que lo intentara, dio un sencillo resumen:
—Es una teoría del espacio y el tiempo en lo que a la física se refiere, que
conduce a una teoría de la gravitación.
¿Y qué pasaba con quienes, especialmente en Alemania, atacaban su teoría?
—Nadie con conocimientos se opone a mi teoría —respondió—. Los físicos que se
oponen a ella lo hacen animados por motivos políticos.
¿Qué motivos políticos?
—Su actitud se debe en gran medida al antisemitismo —repuso.
Finalmente el intérprete dio por terminada la sesión.
—Bueno, espero haber aprobado el examen —concluyó Einstein con una sonrisa.
Cuando se marchaban, le preguntaron a Elsa si ella entendía la relatividad.
—¡Qué va! ¡Y eso que me la ha explicado muchas veces! —respondió ella—. Pero no
es necesaria para mi felicidad.[763]
Miles de espectadores, junto con la banda de música de la Legión Judía,
aguardaban en Battery Park cuando el alcalde y otros dignatarios acompañaron a
Einstein a la orilla en un remolcador de la policía. Mientras se izaban
banderas de color azul y blanco, la multitud cantó La bandera
estrellada, y luego el himno judío Hatikvah.
Los Einstein y los Weizmann tenían la intención de dirigirse directamente al
Hotel Commodore, en Midtown. Pero en lugar de ello, su caravana recorrería los
barrios judíos del Lower East Side hasta bien entrada la noche. «Cada coche
llevaba su bocina, y todas las bocinas se pusieron en acción —recordaría
Weizmann—. Llegamos al Commodore alrededor de las once y media, cansados,
hambrientos y completamente aturdidos».[764]
Al día siguiente, Einstein recibió a un constante desfile de visitantes, y, con
lo que el Times calificaría de «una inusual impresión de
cordialidad», incluso celebró otra conferencia de prensa. ¿Por qué —le
preguntaron— había atraído aquella inusitada explosión de interés público? Él
confesó sentirse desconcertado. Quizá un psicólogo pudiera determinar por qué
la gente a la que normalmente no le importaba la ciencia había sentido tanto
interés por él.
—Parece algo psicopatológico —añadió con una carcajada.[765]
Weizmann y Einstein fueron objeto de una bienvenida oficial más tarde, aquella
misma semana, en el ayuntamiento de la ciudad, donde diez mil emocionados
espectadores se congregaron en el parque para escuchar los discursos. Weizmann
recibió corteses aplausos, pero Einstein, que todavía no había dicho nada, fue
objeto de una «tumultuosa ovación» tras ser presentado. «Cuando se marchaba
—informaría el neoyorquino Evening Post—, el doctor Einstein fue
izado a hombros por sus colegas y de este modo le condujeron hasta el
automóvil, que atravesó en triunfal procesión una masa de banderas ondeantes y
un estruendo de voces que le aclamaban».[766]
Uno de los visitantes de Einstein en el Hotel Commodore fue un físico alemán
inmigrante llamado Max Talmey, cuyo nombre había sido Max Talmud allá por la
época en que era un estudiante pobre en Múnich. Era el amigo de la familia que
había introducido al joven Einstein en las matemáticas y la filosofía, y no
estaba seguro de si el ahora famoso científico se acordaría de él.
Einstein sí se acordaba. «Hacía diecinueve años que no me veía ni mantenía
correspondencia conmigo —señalaría Talmey posteriormente—. Pero en cuanto entré
en su habitación del hotel, exclamó: “¡Se distingue usted por su eterna
juventud!”».[767] Luego charlaron sobre su época de Múnich y su vida desde
entonces. Einstein volvió a invitar a Talmey varias veces en el transcurso de
su estancia, y antes de partir incluso fue a su casa para conocer a sus hijas
pequeñas.
A pesar de que hablaba en alemán de teorías abstrusas, o permanecía en silencio
mientras Weizmann trataba de recaudar dinero para los asentamientos judíos en
Palestina, Einstein atraía multitudes dondequiera que fuese en Nueva York.
«Todas las localidades del Metropolitan Opera House, desde el foso hasta el
gallinero, estaban llenas, y había cientos de personas de pie», informó un día
el Times. Del mismo modo, el periódico informaba con respecto a
otra conferencia pronunciada aquella semana: «Habló en alemán, pero todos los
que estaban ansiosos por ver y oír al hombre que ha aportado una nueva teoría
del espacio, el tiempo y el movimiento a las concepciones científicas del
universo, llenaron todos los asientos y los pasillos».[768]
Después de tres semanas de conferencias y recepciones en Nueva York, Einstein
se dirigió a Washington. Por razones que solo los habitantes de dicha ciudad
pueden llegar a comprender, el Senado decidió debatir la teoría de la
relatividad. Entre los líderes que afirmaban que esta resultaba incomprensible
se encontraban el senador republicano por Pensilvania Boies Penrose, famoso por
haber declarado en cierta ocasión que «el cargo público es el último refugio
del canalla», y el senador demócrata por Mississippi John Sharp Williams, que
se retiraría un año más tarde diciendo: «Preferiría ser un perro ladrando a la
luna que permanecer otros siete años en el Senado».
En la cámara capitolina, el congresista por Nueva York J. J. Kindred propuso
incluir una explicación de las teorías de Einstein en el boletín del Congreso.
David Walsh, de Massachusetts, se opuso a ello. ¿Acaso Kindred entendía la
teoría?
—Llevó tres semanas estudiando esta teoría —respondió este—, y estoy empezando
a ver algo de luz.
—Pero ¿qué relevancia puede tener para los asuntos del Congreso? —le
preguntaron.
—Puede afectar a la legislación del futuro con respecto a las relaciones
generales con el cosmos.
Todo aquel discurso hizo inevitable que, cuando Einstein acudió con un grupo de
personas a la Casa Blanca, el 25 de abril, el presidente Warren G. Harding
hubiera de enfrentarse a la pregunta de si él mismo entendía la relatividad.
Mientras el grupo posaba ante las cámaras, Harcling confesó sonriendo que no
entendía la teoría en absoluto. El Washington Post publicó una
viñeta en la que aparecía el presidente observando desconcertado un papel en el
que se leía «Teoría de la relatividad», mientras Einstein hacía lo propio con
otro en el que podía leerse «Teoría de la normalidad», que era el nombre que Harding
había dado a su política de gobierno. Por su parte, el New York Times publicaba
en su primera página el siguiente titulan «Harding admite que la idea de
Einstein le desconcierta».
En una recepción celebrada en la sede de la Academia Nacional de Ciencias, en
la avenida de la Constitución (que actualmente exhibe la estatua de Einstein
más curiosa del mundo, una figura de bronce dé cuerpo entero de casi cuatro
metros de alto que le representa reclinado),[769] escuchó largos discursos de varias personas a las que se
rendía homenaje, incluyendo al príncipe Alberto I de Mónaco, que era un ávido
oceanógrafo, un estudioso del anquilostoma de Carolina del Norte, y un hombre
que había inventado una estufa solar. Al ver que la velada se alargaba,
Einstein se dirigió a un diplomático holandés que estaba sentado a su lado y le
dijo:
—Acabo de desarrollar una nueva teoría de la eternidad.[770]
Para cuando Einstein llegó a Chicago, donde dio tres conferencias y tocó el
violín en una cena, se había acostumbrado mucho más a responder a preguntas
enojosas, especialmente a la más frecuente de todas, la que había desencadenado
el extravagante titular que publicara el New York Times después
del eclipse de 1919 afirmando que solo había doce personas que podían entender
su teoría.
—¿Es verdad que solo hay doce grandes mentes que pueden entender su teoría?
—preguntó el reportero del Chicago Herald and Examiner.
—No, en absoluto —respondió Einstein con una sonrisa—. Creo que la mayoría de
los científicos que la han estudiado pueden entendería.
Luego pasó a tratar de explicársela al periodista empleando su metáfora acerca
de cómo vería el universo una criatura bidimensional que pasara su vida
moviéndose en una superficie que resultaba ser un globo.
—Podría viajar durante millones de años, y siempre volvería al punto de partida
—dijo Einstein—. Jamás sería consciente de lo que había por encima o por debajo
de él.
El reportero, como todo buen periodista de Chicago que se preciara de serlo,
elaboró un magnífico relato, narrado en tercera persona, sobre las
profundidades de su propia confusión. «Cuando el reportero volvió en sí estaba
tratando en vano de encender un cigarrillo tridimensional con una cerilla
tridimensional —concluía la historia—. Empezó a penetrar en su cerebro la idea
de que el organismo bidimensional aludido era él mismo, y lejos de ser la
decimotercera Gran Mente que comprendía la teoría, se vio condenado desde ese
momento a formar parte de la Inmensa Mayoría que vive en Main Street y conduce
Fords».[771]
Cuando un periodista del diario rival Tribune le hizo a
Einstein la misma pregunta acerca de si solo había doce personas capaces de
entender su teoría, este volvió a negarlo:
—Vaya donde vaya, alguien me hace esa pregunta —dijo—. Es absurdo. Cualquiera
que posea la suficiente formación científica puede comprender fácilmente la
teoría.
Esta vez, sin embargo, ni Einstein ni el periodista hicieron el menor intento
de explicarla. «El Tribune lamenta informar a sus lectores de
que no es capaz de presentarles la teoría de la relatividad de Einstein
—empezaba el artículo—. Después de que el profesor explicara que la exposición
más superficial de la cuestión llevaría de tries a cuatro horas, se decidió
limitar la entrevista a otras cosas».[772]
Einstein pasó después a Princeton, donde pronunció una serie de conferencias
científicas a lo largo de una semana y recibió un título honorario «por surcar
los extraños mares del pensamiento». No solo cobró unos buenos honorarios por
las conferencias (aunque al parecer no los 15.000 dólares que había pedido
inicialmente), sino que, estando allí, también negoció un acuerdo por el que
Princeton podía publicar sus conferencias en forma de un libro, del que
recibiría un 15 por ciento en concepto de derechos.[773]
A instancias del presidente de Princeton, todas las conferencias de Einstein
fueron bastante técnicas. Incluyeron más de 125 ecuaciones complejas que
garabateó en la pizarra mientras hablaba en alemán. Como reconocería un
estudiante ante un periodista: «Yo estaba sentado en la parte más alta, pero él
hablaba por encima de mi cabeza de todos modos».[774]
En una fiesta celebrada después de una de aquellas conferencias, Einstein
pronunció la que se convertiría en una de sus fiases más memorables y
reveladoras. Alguien le informó lleno de excitación de que acababa de llegar la
noticia de que una serie de experimentos que mejoraban la técnica de
Michelson-Morley parecían demostrar que el éter existía y que la velocidad de
la luz era variable. Einstein simplemente se negó a aceptarlo. Él sabía que su
teoría era correcta, de modo que respondió con calma:
—Sutil es el Señor, pero malicioso no lo es.[XX]
El profesor de matemáticas Oswald Veblen, que estaba presente, oyó aquella
observación, y cuando una década después se construyera un nuevo edificio para
el departamento de matemáticas, le pediría permiso a Einstein para grabar
aquellas palabras en la repisa de piedra de la chimenea de la sala de
profesores. Einstein no sólo le daría encantado su aprobación, sino que además
le explicaría lo que significaba: «La naturaleza oculta su secreto debido a su
nobleza esencial, pero no por medio de ardides».[775]
El edificio se convertiría más tarde, y bastante acertadamente, en la sede
temporal del Instituto de Estudios Avanzados, y Einstein tendría su despacho
allí cuando inmigrara para establecerse en Princeton, en 1933. Hacia el final
de su vida, Einstein se hallaba un día delante de la chimenea en una fiesta
organizada para celebrar la jubilación del matemático Hermann Weyl, un amigo
que le había seguido de Alemania a Princeton cuando los nazis llegaron al
poder. Aludiendo a su frustración ante las incertidumbres de la mecánica
cuántica, Einstein señalaría con la cabeza al tiempo que le diría a Weyl en
tono de lamento:
—¿Quién sabe? A lo mejor sí es un poco malicioso.[776] A Einstein pareció gustarle Princeton, que calificaba de
«joven y refrescante. Una pipa todavía por fumar».[777] Para un hombre que siempre llevaba invariablemente alguna
nueva pipa de brezo, aquello era un auténtico cumplido. No resultaría
sorprendente, pues, que doce años después decidiera trasladarse allí de forma
permanente.
Harvard, donde Einstein fue a continuación, no le granjeó tantas simpatías.
Quizá ello se debiera a que el presidente de Princeton, John Hibben, le había
presentado en alemán, mientras que el de Harvard, A. Lawrence Lowell, se
dirigía a él en francés. Además, Harvard había invitado a Einstein a visitar la
universidad, pero no a dar ninguna conferencia.
Algunos dijeron que aquel desaire se debía a la influencia de un grupo sionista
rival en Estados Unidos que lideraba Louis Brandeis, un graduado de la facultad
de derecho de aquella universidad que se había convertido en el primer juez
judío del Tribunal Supremo. La acusación se extendió hasta el punto de que un
protegido de Brandeis, Felix Frankfurter, hubo de desmentirlo públicamente.
Aquello generó una divertida carta de Einstein a Frankfurter sobre los peligros
del asimilacionismo. Era —escribía— «una debilidad judía tratar siempre y
ansiosamente de hacer que los gentiles estuviesen de buen humor».[778]
Brandeis, un judío extremadamente asimilado que había nacido en Kentucky y se
había convertido en un bostoniano de pro, era un caso parecido a los judíos de
Alemania cuyas familias habían llegado en el siglo XIX y tendían a mirar con
desprecio a los inmigrantes, más recientes, procedentes de Europa oriental y de
Rusia. Por razones tanto políticas como personales, Brandeis se había
enemistado con Weizmann, un judío ruso que tenía un enfoque del sionismo más
agresivo y político.[779] Las entusiásticas multitudes que habían vitoreado a
Einstein y a Weizmann en su viaje estaban integradas principalmente por judíos
europeo-orientales, mientras que Brandeis y los de su ralea se mantenían más
distantes.
Einstein dedicó la mayor parte de los dos días que pasó en Boston a apariciones
públicas, mítines y comidas (incluido un banquete kosher para quinientas
personas), mientras Weizmann recaudaba contribuciones para su causa sionista.
El Boston Herald informaba de la reacción en uno de los actos
de recaudación de fondos celebrado en una sinagoga de Roxbury:
La respuesta fue electrizante. Las jóvenes azafatas se abrían
paso con dificultad a través de los atiborrados pasillos, cargadas con largas
cajas, mientras en dichos receptáculos llovían billetes de diversos valores.
Una prominente judía gritó con gran entusiasmo que tenía ocho hijos que habían
estado en el ejército y que quería hacer una donación proporcional a sus
sacrificios. Se desprendió del reloj de pulsera, una valiosa pieza de
importación, y se quitó los anillos de las manos. Otras siguieron su ejemplo, y
pronto cestos y cajas se llenaron de diamantes y otros preciosos ornamentos.[780]
Mientras estuvo en Boston, Einstein se sometió a una prueba
conocida como el «test de Edison». El inventor Thomas Edison era un hombre
práctico que con la edad se había vuelto más irritable (tenía entonces setenta
y cuatro años) y que menospreciaba a sus colegas estadounidenses por ser
demasiado teóricos, opinión que también le merecía Einstein. Había ideado un
test que hacía a quienes solicitaban un empleo, y que, en función del puesto al
que se aspirara, podía llegar a incluir hasta ciento cincuenta preguntas
objetivas; por ejemplo: ¿cómo se curte la piel?, ¿qué país es el que consume
más té?, ¿de qué estaban hechos los tipos de Gutenberg?[XXI]
El Times la calificaba de «la omnipresente controversia del
cuestionario de Einstein» y, obviamente, Einstein participó en ella. Un
periodista le formuló una de las preguntas del test: «¿Cuál es la velocidad del
sonido?». Si había alguien que entendiera la propagación de las ondas sonoras,
ese era Einstein. Sin embargo, admitió que ya no guardaba «esa información en
mi mente desde que está fácilmente disponible en los libros». Luego hizo una
observación algo más larga destinada a menospreciar la visión que Edison tenía
de la educación. «El valor de una educación universitaria no es el aprendizaje
de muchos datos, sino el entrenamiento de la mente para pensar», afirmó.[781]
Un rasgo importante de la mayoría de las etapas de la gran gira de Einstein fue
la organización de un ruidoso desfile, lo cual resultaba bastante inusual para
un físico teórico. En Hartford (Connecticut), por ejemplo, la procesión incluyó
más de un centenar de automóviles encabezados por una banda, un grupo de
veteranos de guerra y portaestandartes con las banderas estadounidense y
sionista. El recorrido estuvo flanqueado por más de 15.000 espectadores. «North
Main Street estaba abarrotada de una multitud que luchaba por acercarse a
estrecharles la mano —informaba el periódico—. La multitud prorrumpió en una
gran ovación cuando el doctor Weizmann y el profesor Einstein se levantaron en
el coche para recibir flores».[782] Fue aquella una escena asombrosa, pero todavía se vería
superada por la de Cleveland. Varios miles de personas abarrotaron la terminal
ferroviaria para recibir a la delegación visitante, y el desfile incluyó
doscientos coches tocando la bocina y adornados con banderas. Einstein y
Weizmann viajaban en un coche descubierto, precedidos por la marcha de una
banda de la Guardia Nacional y un grupo de veteranos de guerra judíos de
uniforme. A lo largo de todo el camino, los admiradores se agarraban al coche
de Einstein y saltaban a bordo mientras circulaba, al tiempo que la policía
trataba de hacerles bajar.[783]
Durante su estancia en Cleveland, Einstein dio una charla en la Escuela Case de
Ciencias Aplicadas (hoy Universidad Case Western), donde se habían realizado
los célebres experimentos de Michelson-Morley. Allí mantuvo una reunión
privada, durante más de una hora, con el profesor Dayton Miller, cuya nueva
versión de dicho experimento había provocado la ya mencionada respuesta
escéptica de Einstein en el cóctel de Princeton. Einstein dibujó bocetos de los
modelos de deriva del éter de Miller y le instó a seguir perfeccionando sus
experimentos. Miller siguió albergando dudas sobre la relatividad y mostrándose
favorable al éter, pero a la larga otros experimentos vendrían a confirmar la
creencia de Einstein de que el Señor era ciertamente más sutil que malicioso.[784]
La excitación, la efusión pública y el vertiginoso rango de gran estrella
conferidos a Einstein no tuvieron precedentes. Sin embargo, en términos
financieros, la gira representó únicamente un éxito modesto para el movimiento
sionista. Los judíos más pobres y los inmigrantes más recientes habían acudido
en masa a verle y habían dado dinero con entusiasmo. Pero pocos de los judíos
eminentes y de la vieja guardia con grandes fortunas personales se habían
sumado a aquel frenesí. Estos, en general, estaban más asimilados y no eran tan
ardientes sionistas. Weizmann esperaba recaudar al menos cuatro millones de
dólares, pero lo cierto es que a finales de año solo había reunido 750.000.[785]
Einstein, por su parte, aun después de su viaje a Estados Unidos no llegaría a
convertirse en un miembro plenamente integrado del movimiento sionista.
Respaldaba la idea general de los asentamientos judíos en Palestina, y
especialmente la Universidad Hebrea de Jerusalén, pero jamás albergó el deseo
de trasladarse a vivir allí ni tampoco hizo campaña en favor de la creación de
un estado-nación judío. Lejos de ello, su vinculación fue más visceral. Llegó a
sentirse más ligado al pueblo judío, y se resintió más de ello, que quienes
abandonaron sus raíces a fin de asimilarse.
En ese sentido, Einstein formaba parte de una tendencia crucial que estaba
reconfigurando la identidad judía, por elección y por imposición, en Europa.
«Hasta hace una generación, los judíos de Alemania no se consideraban miembros
del pueblo judío —le dijo a un periodista el día en que abandonó Estados
Unidos—. Simplemente se consideraban miembros de una comunidad religiosa». Pero
él creía que el antisemitismo había cambiado eso, y que aquella era la parte
buena dentro de lo malo. «La indigna manía de tratar de adaptarse, y
conformarse, y asimilarse, que se da entre muchas personas de mi nivel social,
siempre me ha resultado bastante repulsiva», añadió.[786]
El mal alemán
El viaje de Einstein a Estados Unidos le convirtió de manera indeleble en lo
que él quería ser, un ciudadano del mundo, un internacionalista, no un alemán.
Esa imagen se vería reforzada aún más por sus viajes a los otros dos enemigos
de Alemania en la Gran Guerra. En su visita a Inglaterra, habló ante la Real
Sociedad Geográfica y depositó flores en la tumba de Isaac Newton, en la abadía
de Westminster. En Francia, cautivó al público dando conferencias en francés y
haciendo un lúgubre recorrido por las tumbas de los más famosos campos de
batalla.
También fue una época de reconciliación con su familia. Aquel verano de 1921,
Einstein fue de vacaciones al Báltico con sus dos hijos, infundió en el joven
Eduard el amor por las matemáticas, y luego se llevó a Hans Albert a Florencia.
Pasaron una temporada tan agradable que incluso sirvió para restaurar un poco
más sus relaciones con Maric. «Te agradezco que los criaras de forma que
sintieran aprecio por mí —le escribiría a esta—. La verdad es que has realizado
un trabajo ejemplar en todos los aspectos». Y lo que resulta todavía más
sorprendente: a su regreso de Italia pasó por Zúrich, y no solo llamó a Maric,
sino que incluso consideró la posibilidad de alojarse en «el cuartito de
arriba», como él lo llamaba, de su casa. También se juntaron todos con la
familia Hurwitz y celebraron varías veladas musicales como en los viejos
tiempos.[787]
Pero pronto aquella atmósfera se vería empañada por el constante colapso del
marco alemán, que hacía que a Einstein le resultara cada vez más difícil
sustentar a una familia cuyo consumo se producía en moneda suiza. A comienzos
de 1920 el valor del marco había bajado un 92 por ciento con respecto al que
tenía antes de la guerra. Por entonces, con un marco se podía comprar una
hogaza de pan. Pero luego la moneda se desplomó completamente. A principios de
1923 el precio de la hogaza de pan era de 700 marcos, mientras que a finales de
ese mismo año costaba mil millones. Sí, no es una errata: mil millones de
marcos. En noviembre de 1923 se introdujo una nueva moneda, el Rentenmark,
respaldada por las propiedades del estado; mil millones de marcos viejos
equivalían a un Rentenmark nuevo.
Ante aquella situación, el pueblo alemán tendía cada vez más a buscar chivos
expiatorios. Culpaban a los internacionalistas y pacifistas de haber forzado la
rendición en la guerra. Culpaban a los franceses e ingleses de imponer lo que
había resultado ser una paz onerosa. Y, por supuesto, culpaban a los judíos. De
modo que la Alemania de la década de 1920 no representaba precisamente el mejor
sitio ni el mejor momento para ser judío, internacionalista, pacifista e
intelectual.
El hito que señaló la transformación del antisemitismo alemán, pasando de ser
un desagradable trasfondo de opinión a convertirse en un peligro público, fue
el asesinato de Walther Rathenau. Procedente de una rica familia judía de
Berlín (su padre había fundado la empresa AEG, una compañía eléctrica que
compitió con la del padre de Einstein y posteriormente se convirtió en una
enorme corporación), había sido un alto funcionario del Ministerio de la
Guerra, más tarde ministro de la Reconstrucción y, finalmente, ministro de
Exteriores.
Einstein había leído un libro sobre política de Rathenau en 1917 y, con ocasión
de una cena, le había dicho personalmente: «He comprobado con asombro y alegría
hasta qué punto concuerdan nuestras visiones de la vida». Rathenau le devolvió
el cumplido leyendo la explicación popular de la relatividad que había escrito
Einstein. «No digo que me resulte fácil, pero sí relativamente fácil»,
bromeaba, para luego acribillar a Einstein con unas cuantas preguntas bastante
penetrantes: «¿Cómo sabe un giroscopio que está rotando? ¿Cómo distingue la
dirección en el espacio hacia la que no quiere inclinarse?».[788]
Aunque llegaron a ser amigos íntimos, había una cuestión que les separaba:
Rathenau se oponía al sionismo, y creía, erróneamente, que los judíos como él
podían reducir el antisemitismo asimilándose completamente como buenos
alemanes.
Con la esperanza de que Rathenau pudiera unirse a la causa sionista, Einstein
le presentó a Weizmann y Blumenfeld. Mantuvieron varias discusiones, tanto en
el piso de Einstein como en la gran mansión que Rathenau tenía en el barrio
berlinés de Grunewald, pero este mantuvo firmemente su postura.[789] La mejor opción —afirmaba— era que los judíos asumieran
cargos públicos y se convirtieran en parte de la estructura de poder de
Alemania.
Blumenfeld sostenía que era un error que un judío se atreviera a regir los
asuntos exteriores de otro pueblo, pero Rathenau seguía insistiendo en que él
era alemán. Aquella era una actitud que resultaba «demasiado típica de los
judíos alemanes asimilados», decía Weizmann, que despreciaba a los judíos
alemanes que trataban de asimilarse y, especialmente, a los cortesanos que se
convertían en lo que él denominaba Kaiserjuden. «Parecían no tener
ni idea de que estaban sobre un volcán».[790]
En 1922, en calidad de ministro de Exteriores, Rathenau apoyó la sumisión
alemana al Tratado de Versalles y negoció los de Rapallo con la Unión
Soviética, lo que provocó que fuera una de las primeras personas que el
floreciente Partido Nazi etiquetaría como miembros de una conspiración
judeo-comunista. La mañana del 24 de junio de 1922, un grupo de jóvenes
nacionalistas se colocaron al lado del coche descubierto en el que Rathenau se
dirigía a su trabajo, lo acribillaron con fuego de ametralladora, le arrojaron
una granada de mano y luego salieron a toda velocidad.
Einstein se sintió desolado por aquel brutal asesinato, que lloró la mayor
parte de Alemania. Escuelas, universidades y teatros se cerraron en señal de
respeto el día de su funeral. Un millón de personas, Einstein entre ellas, le
rindieron tributo delante del Parlamento.
Pero no todo el mundo sintió lástima. Adolf Hitler calificó de héroes a los
asesinos alemanes. Asimismo, en la Universidad de Heidelberg, el enemigo de
Einstein, Philipp Lenard, decidió desafiar el día de luto oficial y dar su
clase habitual. Se presentaron varios estudiantes que le aplaudieron, pero un
grupo de trabajadores que pasaban por allí se enfurecieron tanto que sacaron al
profesor de la clase a rastras y estaban a punto de arrojarlo al río Neckar
cuando intervino la policía.[791]
Para Einstein, el asesinato de Rathenau representaba una amarga lección: la
asimilación no comportaba la seguridad. «Yo deploraba el hecho de que se
hubiese convertido en ministro del gobierno —escribiría en un texto de homenaje
que envió a una revista alemana—. En vista de la actitud que un gran número de
alemanes cultos muestran frente a los judíos, siempre he pensado que la
conducta propia de los judíos en la vida pública debería ser la de una
orgullosa reserva».[792]
La policía advirtió a Einstein de que él podía ser el próximo, ya que su nombre
aparecía en las listas de objetivos elaboradas por los simpatizantes nazis.
Tenía que abandonar Berlín —le dijeron los agentes—, o al menos evitar
cualquier conferencia pública.
Einstein se trasladó temporalmente a Kiel, pidió la excedencia temporal de sus
tareas docentes y escribió a Planck cancelando el discurso que tenía previsto
pronunciar en la convención anual de científicos alemanes. Lenard y Gehrcke
habían encabezado un grupo de diecinueve científicos que habían publicado una
«Declaración de protesta» en la que se instaba a prohibir dicha convención, y
Einstein era consciente de que su fama se había vuelto en su contra. «Los
periódicos han mencionado demasiadas veces mi nombre, movilizando así a la
chusma contra mí», explicaba en su nota de justificación a Planck.[793]
Los meses que siguieron al asesinato de Rathenau fueron «para destrozar los
nervios», se lamentaba Einstein ante su amigo Maurice Solovine. «Yo estoy
siempre alerta».[794] Asimismo, le confió a Marie Curie que probablemente habría
de abandonar sus puestos académicos en Berlín y buscar otro lugar donde vivir.
Ella le instó a que, en lugar de ello, se quedara y luchara: «Creo que su amigo
Rathenau le habría alentado a hacer un esfuerzo».[795]
Una opción que consideró brevemente fue la de trasladarse a Kiel, en la costa
báltica de Alemania, para trabajar en una empresa de ingeniería local que
dirigía un amigo. De hecho, Einstein había inventado ya para aquella firma un
nuevo diseño de giroscopio de navegación, que había patentado en 1922 y por el
que había cobrado 20.000 marcos en efectivo.
El dueño de la empresa se mostró tan sorprendido como entusiasmado cuando
Einstein le sugirió que podría estar dispuesto a trasladarse allí, comprar una
casa y trabajar como ingeniero en lugar de físico teórico. «La perspectiva de
llevar una existencia humana absolutamente normal y sosegada, junto con la
bienvenida posibilidad de realizar un trabajo práctico en la fábrica, me
encanta —diría Einstein—. Añádase el maravilloso paisaje, navegar…
¡Envidiable!».
Pero pronto descartaría la idea, de lo cual culpó al «horror» de Elsa ante
cualquier cambio. Esta, por su parte, señalaría —sin duda con razón— que en
realidad había sido una decisión del propio Einstein. «Todo ese asunto del
sosiego no es más que una ilusión», escribiría.[796]
Entonces, ¿por qué Einstein no abandonó Berlín? Llevaba viviendo allí ocho
años, más tiempo que en ningún otro sitio desde que huyera de Múnich siendo
estudiante. El antisemitismo iba en aumento, la economía se desmoronaba, y sin
duda Kiel no era su única opción. El brillo de su estrella hacía que sus amigos
tanto de Leiden como de Zúrich trataran repetidamente de reclutarle con
lucrativas ofertas de trabajo.
Su inercia es difícil de explicar, pero resulta indicativa de un cambio que se
haría evidente tanto en su vida personal como en su trabajo científico durante
la década de 1920. Antaño, Einstein había sido un incansable rebelde que
saltaba de empleo en empleo, de idea en idea, resistiéndose a todo lo que
oliera a constricción. La respetabilidad convencional le repugnaba. Ahora, sin
embargo, él mismo la personificaba. De ser un joven romántico que se las daba
de bohemio libre de responsabilidades se había instalado —aunque con tintes de
irónico desapego— en una vida burguesa con una solícita ama de casa y una
residencia lujosamente empapelada y llena de macizos muebles de estilo
Biedermeier. Ya no se sentía incansable, sino confortable.
Pese a sus escrúpulos frente a la publicidad y su determinación de pasar
desapercibido, no iba con la naturaleza de Einstein acobardarse a la hora de
decir lo que pensaba. Ni tampoco era siempre capaz de resistirse a las demandas
de que desempeñara un papel público. Así, el primero de agosto, solo cinco
semanas después del asesinato de Rathenau, se presentó en un enorme mitin
pacifista celebrado en un parque público de Berlín. Aunque no habló, aceptó
desfilar entre los allí reunidos en coche.[797]
Anteriormente, aquel mismo año, Einstein se había unido al Comité Internacional
de Cooperación Intelectual de la Sociedad de Naciones, que aspiraba a promover
un espíritu pacifista entre los eruditos, y había persuadido a Marie Curie de
que ella se uniera también. No cabe duda de que su nombre y su misión
inflamarían a los nacionalistas alemanes, de modo que, tras el asesinato de
Rathenau, Einstein declaró su intención de renunciar. «La situación aquí es tal
que cualquier judío haría bien en reprimirse a la hora de participar en asuntos
políticos —le escribiría a un funcionario de la Sociedad de Naciones—. Además,
debo decir que no tengo el menor deseo de representar a personas que sin duda
no me elegirían como su representante».[798]
Pero ni siquiera pudo mantener ese pequeño acto de reticencia pública. Curie,
así como el profesor de Oxford Gilbert Murray, uno de los líderes del comité,
le pidieron que siguiera siendo miembro de él, y Einstein no tardó en retirar
su dimisión. Durante los dos años siguientes seguiría vinculado a la Sociedad
de Naciones de manera tangencial, pero a la larga acabaría rompiendo con dicha
organización, en parte debido al hecho de que esta respaldó la anexión por
parte de Francia de la región del Ruhr cuando Alemania ya no pudo pagar sus
reparaciones de guerra.
Einstein trató a la Sociedad de Naciones, como hiciera con muchos aspectos de
su vida, con cierto aire desapegado y divertido. Se suponía que cada miembro
había de pronunciar un discurso a los estudiantes de la Universidad de Ginebra,
pero Einstein, en lugar de ello, les dio un recital de violín. Una noche, en
una cena, la esposa de Murray le preguntó cómo era que siempre estaba tan
alegre, dada la depravación del mundo.
—No debemos olvidar que esta es una estrella muy pequeña —le respondió
Einstein—, y es probable que algunas de las mayores y más importantes estrellas
sean muy virtuosas y felices.[799]
Asia y Palestina, 1922-1923
La desagradable atmósfera de Alemania predispuso a Einstein a hacer el que
sería el viaje más largo de su vida, un recorrido de seis meses, iniciado en
octubre de 1922, que representó la única ocasión en que visitó Asia o lo que
hoy es Israel. Adondequiera que fue en ese viaje, lo trataron como a una
celebridad, suscitando las habituales emociones contradictorias en tomo a su
figura. A su llegada a Ceilán, los Einstein se sintieron espantados al ver que
les aguardaba un rickshaw. «Nos desplazamos en pequeños carruajes
de una plaza tirados al trote por un hombre de fortaleza hercúlea, aunque
delicada complexión —anotó él en su diario de viaje—. Yo me sentí amargamente
avergonzado de compartir la responsabilidad del abominable trato otorgado a
otros seres humanos, pero no pude hacer nada al respecto».[800]
En Singapur, casi toda la comunidad judía de más de seiscientas personas acudió
al muelle, por fortuna sin llevar rickshaws consigo. El
objetivo de Einstein era el más rico de todos ellos, sir Menasseh Meyer, que
había nacido en Bagdad y había hecho su fortuna con el opio y el mercado
inmobiliario. «Se rechaza la admisión de nuestros hijos en las universidades de
otros países», declaró Einstein en su discurso dirigido a recaudar donativos
para la Universidad Hebrea. Pero entre sus oyentes no había muchos que hablaran
alemán, y Einstein calificaría el evento como una «desperada calamidad
lingüística con un pastel que sabía muy bien». Aun así mereció la pena, ya que
Meyer hizo una generosa donación.[801]
La recaudación del propio Einstein fue aún mayor. Su editor y sus anfitriones
japoneses le pagaron 2.000 libras por la serie de conferencias que dio en ese
país, que tuvieron un éxito enorme. Casi dos mil quinientos espectadores de
pago se presentaron a su primera charla en Tokio, que duró cuatro horas y contó
con traducción, mientras que aún hubo muchos más abarrotando las inmediaciones
del Palacio Imperial para presenciar su llegada allí para reunirse con el
emperador y la emperatriz:
A Einstein, como de costumbre, todo aquello le resultaba divertido.
—Ninguna persona viviente merece esta clase de recepción —le dijo a Elsa
mientras permanecían en el balcón de su hotel, al amanecer, escuchando los
vítores de un millar de personas que habían pasado toda la noche en vela con la
esperanza de verles—. Me temo que somos unos estafadores. Todavía acabaremos en
la cárcel.
El embajador alemán, cargando un poco las tintas, informaba de que «todo el
viaje de este hombre famoso se ha montado y ejecutado como una empresa
comercial».[802]
Sintiendo algo de lástima por sus oyentes, Einstein redujo la duración de su
siguiente conferencia a menos de tres horas. Pero cuando se dirigía en tren a
la siguiente ciudad (un tren que, por cierto, pasaba por Hiroshima), pudo oír
que algo iba mal con sus anfitriones. Tras preguntar cuál era el problema, le
respondieron cortésmente:
—Las personas que organizaron la segunda conferencia se han sentido ofendidas
porque esta no durara cuatro horas como la primera.
Desde entonces, Einstein dio siempre largas conferencias a sus pacientes
oyentes japoneses.
El pueblo japonés le impresionó por su amabilidad y su modestia, así como por
su profundo aprecio por la belleza y las ideas. «De todas las personas que he
conocido, los japoneses son los que más me gustan, ya que son modestos,
inteligentes, considerados y saben apreciar el arte», les escribiría a sus dos
hijos.[803]
En su viaje de regreso a Occidente, Einstein hizo la que sería su única visita
a Palestina, una memorable estancia de doce días que le llevó a Lod, Tel Aviv,
Jerusalén y Haifa. Fue recibido con la típica pompa británica, como si fuese un
jefe de Estado en lugar de un físico teórico. Una salva de cañón anunció su
llegada a la residencia palatina del alto comisionado británico, sir Herbert
Samuel.
Einstein, por su parte, manifestó su característica modestia. Tanto él como
Elsa llegaron cansados porque él había insistido en viajar en el vagón de
tercera del tren nocturno procedente de la costa, en lugar de hacerlo en el
coche cama de primera clase que les habían dispuesto. Elsa se sentía tan
desconcertada por la formalidad británica que había noches en que se acostaba
temprano solo para evitar los actos ceremoniales. «Cuando mi esposo se salta
una norma de etiqueta, dicen que se debe a que es un hombre de genio —se
quejaba—. En mi caso, sin embargo, se atribuye a la falta de cultura».[804]
Al igual que lord Haldane, el comisionado Samuel era un gran aficionado a la
filosofía y a la ciencia. Él y Einstein recorrieron juntos la Ciudad Vieja de
Jerusalén hasta el que constituía el santuario más sagrado de la religión
judía, el Muro Occidental, o Muro de las Lamentaciones, que flanquea el monte
del Templo. No obstante, el amor cada vez más profundo que sentía Einstein por
su acervo judío no se tradujo en una mayor apreciación de la religión judía.
«Compañeros tribales de mente embotada rezan, con el rostro vuelto hacia el
muro, balanceando sus cuerpos hacia delante y hacia atrás —anotaría en su
diario—. Una lastimera visión de hombres con pasado, pero sin futuro».[805]
La visión del industrioso pueblo judío construyendo una nueva tierra suscitó,
en cambio, una reacción más positiva en él. Un día acudió a una recepción de
una organización sionista, y las puertas del edificio se estremecían por la
multitud que quería entrar a oírle.
—Considero que este es el día más importante de mi vida —proclamó Einstein
llevado por la emoción del momento—. Hasta ahora había encontrado siempre algo
que lamentar en el alma judía, y era el descuido para con su propio pueblo. Hoy
me ha hecho feliz la visión del pueblo judío aprendiendo a reconocerse y a
hacerse reconocer como una fuerza en el mundo.
La pregunta que con mayor frecuencia se le planteó a Einstein fue si algún día
volvería a Jerusalén para quedarse allí. Este se mostró inusualmente discreto
en sus respuestas, y no dijo nada memorable. Pero sabía, tal como le confió a
uno de sus anfitriones, que si volvía se convertiría en «un adorno» sin
posibilidad alguna de paz o de intimidad. Como él mismo anotaría en su diario:
«Mi corazón dice que sí, pero mi razón dice que no».[806]
Capítulo 14
El Premio Nobel
1921-1927
Einstein en París, 1922.
Contenido:
·
El premio de 1921
·
l cubo de Newton y la
reencarnación del éter
·
Niels Bohr, los rayos
láser y el «azar»
·
Saltos cuánticos
·
«Dios no juega a los
dados»
El premio de 1921
Parecía evidente que Einstein ganaría algún día el Premio Nobel de física. De
hecho, había acordado ya transferir el dinero del premio a su primera esposa,
Mileva Maric, cuando eso ocurriera. Pero las preguntas eran entonces: ¿cuándo
sucedería?, y ¿por qué?
Una vez anunciado —en noviembre de 1922 se conoció la concesión del premio
correspondiente a 1921—, las preguntas pasaron a ser: ¿por qué tardó tanto?, y
¿por qué se le otorgaba «especialmente por su descubrimiento del efecto
fotoeléctrico»?
Ha formado parte de la creencia popular la idea de que Einstein se enteró de
que finalmente había obtenido el premio cuando iba de camino a Japón. «Se le ha
concedido el Premio Nobel de física. Más por carta», rezaba un telegrama
enviado el 10 de noviembre. Pero lo cierto es que se había avisado a Einstein
en cuanto la Academia Sueca había tomado la decisión, en el mes de septiembre,
mucho antes de que iniciara aquel viaje.
El presidente del comité del premio de física, Svante Arrhenius, se había
enterado de que Einstein planeaba hacer un viaje a Japón en octubre, lo que
significaba que el día de la ceremonia no estaría presente a menos que
decidiera posponer dicho viaje. De modo que escribió a Einstein diciéndole de
manera directa y explícita: «Probablemente resultaría muy deseable que
estuviera usted en Estocolmo en diciembre».
Y expresando un principio físico de la época anterior a los viajes en avión,
añadía: «Y si por entonces está usted en Japón, eso será imposible».[807] Viniendo del jefe de un comité del Premio Nobel, estaba
claro lo que aquello significaba. No hay muchas razones más para convocar a un
físico a Estocolmo en el mes de diciembre.
Pese a saber que por fin iba a obtener el premio, Einstein no consideró
adecuado posponer su viaje. Esto se debía en parte a que el galardón se le
había escapado en tantas ocasiones que el asunto había empezado a fastidiarle.
Había sido nominado por primera vez en 1910, por parte del Nobel de química
Wilhelm Ostwald, el mismo que nueve años antes había rechazado la solicitud de
trabajo de Einstein. Ostwald citó la relatividad especial, haciendo hincapié en
el hecho de que la teoría tenía que ver con la física fundamental, y no, como
afirmaban algunos detractores de Einstein, con la mera filosofía. Sería aquel
un aspecto que reiteraría en los años siguientes cuando volviera a proponer su
nominación.
El comité sueco era consciente de la voluntad de Alfred Nobel de que el premio
se concediera «al descubrimiento o invención más importante», y consideraba que
la teoría de la relatividad no era exactamente ni lo uno ni lo otro. De modo
que respondió que había que aguardar a la existencia de más evidencias
experimentales «antes de poder aceptar el principio y, en particular, de
concederle un Premio Nobel».[808]
Einstein seguiría siendo nominado por su trabajo sobre la relatividad durante
la mayor parte de los diez años siguientes, obteniendo el apoyo de distinguidos
teóricos como Wilhelm Wien, aunque rio el de un Lorentz todavía escéptico. Su
mayor obstáculo era que en aquella época el comité recelaba de los teóricos
puros. Durante el período comprendido entre 1910 y 1922, tres de sus cincos
miembros eran físicos experimentales de la universidad sueca de Uppsala,
conocida por su ferviente devoción al perfeccionamiento de mediciones
experimentales y técnicas. «Los físicos suecos con un fuerte sesgo experimental
dominaban el comité —señala Robert Mac Friedman, historiador de la ciencia de
Oslo—. Consideraban las mediciones precisas el más alto objetivo de su disciplina».
Esa fue una de las razones por las que Max Planck habría de esperar hasta 1919
(cuando se le concedería el premio correspondiente a 1918), mientras que a
Henri Poincaré no se le otorgaría nunca.[809]
El espectacular anuncio, en noviembre de 1919, de que las observaciones del
eclipse habían confirmado parte de la teoría de Einstein debería haber
convertido 1920 en su gran año. Por entonces Lorentz ya no se mostraba tan
escéptico. Él, junto con Bohr y otros seis nominadores oficiales, escribieron
en apoyo de Einstein, centrándose principalmente en su ya completa teoría de la
relatividad (también Planck escribió para dar su apoyo, pero su carta llegó
después de la fecha límite de admisión). Como declararía posteriormente el
propio Lorentz, Einstein «se ha situado en la primera línea de los físicos de
todos los tiempos». La carta de Bohr no era menos elocuente: «Nos enfrentamos
aquí a un avance de decisiva trascendencia».[810]
Pero también intervino la política. Hasta entonces, las principales
justificaciones para negar un Nobel a Einstein habían sido de índole
científica: su trabajo era puramente teórico, carecía de una base experimental
y, supuestamente, no llevaba aparejado el «descubrimiento» de ninguna ley
nueva. Tras las observaciones del eclipse, la explicación del desplazamiento de
la órbita de Mercurio y otras confirmaciones experimentales, siguieron
esgrimiéndose los mismos argumentos contra Einstein, pero ahora teñidos de un
sesgo más cultural y personal. De repente Einstein había alcanzado rango de
gran estrella como el científico más celebrado internacionalmente desde que el
domador de rayos Benjamin Franklin desfilara por las calles de París. Para sus
críticos, aquello se debía más a su gusto por el autobombo que a su
merecimiento del Premio Nobel.
Este trasfondo resultaba evidente en el informe interno de siete páginas
preparado por Arrhenius, el presidente del comité, en el que se explica por qué
Einstein no debía obtener el Nobel en 1920. Señalaba que los resultados del
eclipse habían sido criticados como ambiguos y que los científicos aún no
habían confirmado la predicción de la teoría de que la luz procedente del Sol
se vería desplazada hacia el extremo rojo del espectro por la gravedad del
propio astro. También citaba el ya desacreditado argumento de Ernst Gehrcke,
uno de los antirrelativistas antisemitas que habían dirigido el célebre mitin
de 1920 contra Einstein aquel verano en Berlín, de que el desplazamiento de la
órbita de Mercurio podía explicarse por medio de otras teorías.
Entre bastidores, el otro gran detractor antisemita de Einstein, Philipp
Lenard, libraba su propia cruzada contra él (por cierto que al año siguiente
Lenard propondría para el Nobel nada menos que a Gehrcke). Sven Hedin, un
explorador sueco que también era un destacado miembro de la Academia,
recordaría posteriormente que Lenard había hecho todo lo posible para
persuadirles a él y a otros de que «la relatividad no era en realidad ningún descubrimiento»
y de que, además, no había sido demostrada.[811]
El informe de Arrhenius citaba la «fuerte crítica [de Lenard] a las rarezas de
la teoría de la relatividad generalizada de Einstein». Las opiniones de Lenard
se recogían aparentemente como la crítica a una física que no se fundamentaba
en experimentos y descubrimientos concretos. Pero en el informe era patente el
trasfondo de la animosidad de Lenard hacia el tipo de «conjetura filosófica»
que solía despreciar como rasgo distintivo de la «ciencia judía».[812]
De modo que el Nobel de 1920 se concedió a otro graduado del Politécnico de
Zúrich que representaba científicamente el extremo opuesto a Einstein, Charles
Edouard Guillaume, director de la Oficina Internacional de Pesos y Medidas, que
había dejado su modesta impronta en la ciencia tras garantizar que las
mediciones estándar fueran más precisas y después de descubrir aleaciones
metálicas que tendrían usos prácticos, incluido la fabricación de buenas varas
de medir. «Cuando el mundo de la física había iniciado una aventura intelectual
de proporciones extraordinarias, resultaba asombroso ver que los logros de
Guillaume, basados en un estudio rutinario y en una limitada finura teórica, se
reconocían como un modelo a seguir —dice Friedman—. Incluso quienes se oponían
a la teoría de la relatividad encontraron extravagante la elección de
Guillaume».[813]
En 1921, la obsesión de la opinión pública por Einstein se hallaba en pleno
apogeo, para bien o para mal, y existía una auténtica corriente de apoyo hacia
él en la que participaban tanto físicos teóricos como experimentales, alemanes
como Planck y no alemanes como Eddington. Obtuvo 14 nominaciones oficiales,
muchas más que ningún otro competidor. «Einstein se alza por encima de sus
contemporáneos como hizo el propio Newton», escribió Eddington en lo que sería
el mejor elogio que podía venir de un miembro de la Real Sociedad Geográfica.[814]
Esta vez el comité del premio asignó la tarea de elaborar un informe sobre la
relatividad a Allvar Gullstrand, profesor de oftalmología en la Universidad de
Uppsala, que había obtenido el Nobel de medicina en 1911. Sin apenas
conocimientos ni de las matemáticas ni de la física de la relatividad,
Gullstrand criticó la teoría de Einstein con tanta contundencia como
ignorancia. Claramente decidido a socavar las posibilidades de Einstein por
todos los medios, el informe de quince páginas declaraba, por ejemplo, que la
curvatura de la luz no constituía una auténtica prueba de la teoría de
Einstein, que los resultados no eran experimentalmente válidos, y que aun en el
caso de serlo, seguía habiendo otras maneras de explicar el fenómeno empleando
la mecánica clásica. En cuanto a la órbita de Mercurio, declaraba: «A la espera
de más noticias, sigue sin saberse si la teoría de Einstein se puede hacer
concordar del todo con el experimento del perihelio». Y los efectos de la
relatividad especial —decía— «caen dentro de los límites del error
experimental». Dado que se trataba de alguien que se había labrado su
reputación diseñando instrumentos de medición óptica de precisión, Gullstrand
parecía especialmente desconcertado por la teoría einsteiniana de que la
longitud de las varas de medir rígidas podía variar con respecto a los
observadores en movimiento.[815]
Aunque algunos de los miembros de la Academia eran conscientes de que la
oposición de Gullstrand resultaba muy burda, también resultaba difícil
ignorarla. Se trataba de un respetado y popular profesor sueco, que además
insistía tanto en público como en privado en que no debía otorgarse el gran
honor del Nobel a una teoría extremadamente especulativa, que asimismo era
objeto de una inexplicable histeria por parte de las masas que no tardaría en
deshincharse. En lugar de elegir a otro, la Academia hizo algo que no diera
tanto (¿o que diera más?) la impresión de ser una bofetada pública a Einstein:
votó no elegir a nadie y aplazar provisionalmente el galardón de 1921 para otro
año.
Pero aquel gran impasse amenazó con volverse embarazoso. La no
concesión del premio a Einstein empezó a reflejarse más negativamente en el
Nobel que en el propio científico. «Imagínense por un momento cuál será la
opinión general dentro de cincuenta años si el nombre de Einstein no aparece en
la lista de los Premios Nobel», escribió el físico francés Marcel Brillouin en
su carta de nominación de 1922.[816]
Por fortuna, acudió al rescate un físico teórico de la Universidad de Uppsala,
Carl Wilhelm Oseen, que se incorporó al comité en 1922. Oseen era colega y
amigo de Gullstrand, al que ayudó amablemente a superar algunas de sus
infundadas, pero no por ello menos tenaces objeciones. Y se dio cuenta asimismo
de que toda la cuestión de la teoría de la relatividad estaba tan envuelta de
polémica que sería mejor adoptar un enfoque distinto. De modo que Oseen decidió
presionar para que se diera el Nobel a Einstein por «el descubrimiento de la
ley del efecto fotoeléctrico».
Cada parte de esta frase estaba meticulosamente calculada. No era, obviamente,
una nominación por la relatividad. De hecho, y pese al modo en que se ha
descrito por parte de algunos historiadores, no era por la teoría einsteiniana
de los cuantos de luz, a pesar de que aquel era el principal centro de interés
del trascendental artículo de 1905. Ni, de hecho, era por ninguna teoría en
absoluto; lejos de ello, era por el descubrimiento de una ley.
Un informe del año anterior había analizado la «teoría del
efecto fotoeléctrico» de Einstein, pero Oseen dejaba claro su diferente
planteamiento en el título de su informe: «La ley del efecto
fotoeléctrico de Einstein» (las cursivas son mías). En él, Oseen no se centraba
en los aspectos teóricos del trabajo de Einstein, sino que en realidad se
limitaba a lo que él calificaba de una ley natural fundamental, plenamente
demostrada experimentalmente, propugnada por él: la descripción matemática de
cómo se explicaba el efecto fotoeléctrico presuponiendo que la luz se absorbía
y emitía en cuantos discretos, y el modo en que ello se relacionaba con la
frecuencia de la luz.
Oseen planteaba también que dar a Einstein el Nobel atrasado de 1921 permitiría
a la Academia otorgar al mismo tiempo el de 1922 a Niels Bohr, puesto que su
modelo del átomo se basaba en las leyes que explicaban el efecto fotoeléctrico.
Era una forma de matar dos pájaros de un tiro y asegurarse de que los dos
físicos teóricos más importantes de la época fueran Premios Nobel sin ofender a
la vieja guardia del establishment de la Academia. Gullstrand
estuvo de acuerdo. Arrhenius, que había conocido a Einstein en Berlín y había
quedado encantado, también estaba dispuesto ahora a aceptar lo inevitable. El 6
de septiembre de 1922 la Academia votó en consonancia, y Einstein y Bohr
recibieron el premio Nobel de 1921 y 1922, respectivamente.
Fue así como a Einstein se le otorgó el Premio Nobel de 1921, en palabras de
una convocatoria oficial, «por sus servicios a la física teórica, y
especialmente por su descubrimiento de la ley del efecto fotoeléctrico». Tanto
en la convocatoria como en la carta del secretario de la Academia en la que
informaba oficialmente a Einstein se incluía explícitamente una inusual advertencia.
Ambos documentos especificaban que el premio se otorgaba «sin tener en cuenta
el valor que se concederá a sus teorías de la relatividad y de la gravitación
una vez que estas se confirmen en el futuro».[817] Resultaría, pues, que Einstein jamás ganaría un Premio
Nobel por su trabajo sobre la relatividad y la gravitación, ni por ninguna otra
cosa que no fuera el efecto fotoeléctrico.
Había una oscura ironía en el hecho de que se utilizara el efecto fotoeléctrico
como vía para dar el premio a Einstein. Su «ley» se basaba principalmente en
observaciones realizadas por Philipp Lenard, que había sido quien más
fervientemente había hecho campaña para hacerle el vacío. En su artículo de
1905, Einstein había rendido homenaje al trabajo «pionero» de Lenard. Pero tras
el mitin antisemita de 1920 en Berlín, se habían convertido en enemigos
encarnizados. De modo que ahora Lenard se sintió doblemente ofendido: por el
hecho de que, pese a su oposición, se diera el Nobel a Einstein, y, lo que era
aún peor, porque se le otorgara en un ámbito en el que él mismo había sido
pionero. Así pues, escribió una airada carta a la Academia —la única protesta
oficial que esta recibió— en la que decía que Einstein malinterpretaba la auténtica
naturaleza de la luz y que, además, era un judío ávido de publicidad cuyo
planteamiento era ajeno al verdadero espíritu de la física alemana.[818]
El 10 de diciembre Einstein estaba viajando por Japón, y no pudo asistir a la
ceremonia oficial de la entrega de premios. Después de no poca controversia
acerca de si debía considerársele alemán o suizo, el premio fue recogido por el
embajador alemán, aunque en el registro oficial se consignó que Einstein tenía
las dos nacionalidades.
El discurso de presentación oficial, de boca de Arrhenius, el presidente del
comité, había sido meticulosamente redactado: «Probablemente no hay ningún otro
físico viviente cuyo nombre haya llegado a ser tan ampliamente conocido como el
de Albert Einstein —empezó diciendo—. La mayor parte de la discusión se centra
en su teoría de la relatividad». Luego pasó a afirmar, casi con desdén, que
«esto pertenece básicamente a la epistemología y, en consecuencia, ha sido
objeto de un vivido debate en los círculos filosóficos».
Tras mencionar brevemente otros trabajos de Einstein, Arrhenius explicaba la
postura de la Academia acerca de por qué se le había otorgado el premio. «La
ley del efecto fotoeléctrico de Einstein ha sido comprobada con extremo rigor
por el estadounidense Millikan[XXII] y sus alumnos, y ha pasado la prueba brillantemente
—decía—. La ley de Einstein se ha convertido en la base de la fotoquímica
cuantitativa del mismo modo que la ley de Faraday es la base de la
electroquímica».[819]
Einstein pronunció su discurso oficial de aceptación del premio el mes de julio
siguiente, en un congreso científico sueco que contó con la asistencia del rey
Gustavo Adolfo V. No habló del efecto fotoeléctrico, sino de la relatividad, y
concluyó subrayando la importancia de su nueva pasión, encontrar una teoría del
campo unificado que reconciliara la relatividad general con la teoría
electromagnética y, de ser posible, con la mecánica cuántica.[820]
El importe del premio fue ese año de 121.572 coronas suecas, lo que
representaba más de diez veces el salario anual medio de un profesor. Siguiendo
lo estipulado en su acuerdo de divorcio con Maric, Einstein dispuso que una
parte de él se enviara directamente a Zúrich para constituir un fondo destinado
a ella y a sus hijos, mientras que el resto fue a una cuenta corriente en
Estados Unidos cuyos intereses pasarían a estar a disposición de ella.
Este hecho desató otra disputa. Hans Albert se quejó de que el acuerdo de
fideicomiso, que previamente había aceptado, solo permitía a la familia acceder
a los intereses del dinero. Una vez más, Zangger intervino calmando los ánimos.
Y Einstein escribiría a sus hijos: «Vais a ser todos tan ricos que puede que un
buen día tenga que pediros un préstamo». A la larga, Maric emplearía el dinero
para comprar tres casas con apartamentos de alquiler en Zúrich.[821]
El cubo de Newton y la reencarnación del éter
«Todo lo realmente nuevo uno solo lo inventa durante su juventud —se lamentaba
Einstein a un amigo después de terminar su trabajó sobre relatividad general y
cosmología—. Después te vuelves más experimentado, más famoso, y más zopenco».[822]
Einstein cumplió los cuarenta en 1919, el mismo año en que las observaciones
del eclipse le dieron fama mundial. Durante los seis años siguientes siguió
haciendo importantes aportaciones a la teoría cuántica.
Pero después de eso —como veremos— empezaría a parecer, ya que no zopenco,
ciertamente sí un poco testarudo, en la medida en que se resistiría a la
mecánica cuántica y se embarcaría en un largo, solitario e infructuoso esfuerzo
para concebir una teoría unificada que situara a aquella en un marco más determinista.
Durante los años siguientes, los investigadores descubrirían nuevas fuerzas en
la naturaleza, aparte del electromagnetismo y la gravedad, así como nuevas
partículas, que harían los intentos de unificación de Einstein mucho más
complejos. Pero a la vez él se encontraría menos familiarizado con los últimos
datos de la física experimental y, en consecuencia, no tendría ya la misma
intuición para saber cómo arrebatar a la naturaleza sus principios
fundamentales.
Si Einstein se hubiera retirado después de las observaciones del eclipse y se
hubiera dedicado a navegar durante los treinta y seis años que le quedaban de
vida, ¿habría sufrido la ciencia? Sin duda alguna, puesto que, a pesar de que
sus ataques a la mecánica cuántica se revelaron injustificados, contribuyó a
fortalecer la teoría con la aportación de unos cuantos avances y también
—aunque no tan intencionadamente— con sus ingeniosos pero fútiles intentos de
encontrar lagunas en ella.
Esto plantea otra cuestión: ¿por qué Einstein se mostró mucho más creativo
antes de los cuarenta años que después? En parte, constituye un riesgo
profesional para los matemáticos y los físicos teóricos realizar sus grandes
descubrimientos antes de cumplir los cuarenta.[823] «El intelecto se paraliza —le explicaba Einstein a un
amigo—, pero la concha calcificada sigue recubierta de un brillante renombre».[824]
Más concretamente, los éxitos científicos de Einstein se habían derivado en
parte de su rebeldía. Existía un vínculo entre su creatividad y su
predisposición a desafiar a la autoridad. No tenía ningún apego sentimental al
viejo orden, lo que le predispuso a ponerlo patas arriba. Su terquedad había
jugado a su favor.
Pero ahora, justo cuando acababa de trocar sus actitudes bohemias de juventud
por las comodidades de un hogar burgués, se había adherido a la creencia de que
las teorías de campos podían preservar las certezas y el determinismo de la
ciencia clásica. A partir de ese momento su terquedad pasaría a jugar en su
contra.
Era un destino que él mismo había empezado a temer ya años antes, no mucho
después de haber terminado su famosa avalancha de artículos de 1905. «Pronto
llegaré a la edad del estancamiento y la esterilidad, cuando uno lamenta el
espíritu revolucionario de la juventud», le había confesado con preocupación a
su colega de la Academia Olimpia Maurice Solovine.[825]
Ahora, después de muchos éxitos, había jóvenes revolucionarios que creían que,
en efecto, eso era lo que le había sucedido. En una de las observaciones más
reveladoras que haría acerca de sí mismo, Einstein se lamentaría: «Para
castigarme por mi desprecio a la autoridad, el Destino me ha convertido en
autoridad a mí mismo».[826]
No resulta sorprendente, pues, que durante la década de 1920 Einstein se
dedicara a recortar algunas de las más audaces de sus anteriores ideas. Así,
por ejemplo, era un hecho bien conocido que en su artículo sobre la relatividad
especial de 1905 había desdeñado el éter como «superfluo». Sin embargo, después
de terminar su teoría de la relatividad general, concluyó que en dicha teoría
los potenciales gravitatorios caracterizaban las cualidades físicas del espacio
vacío y servían de medio de transmisión de las perturbaciones. Y empezó a
referirse a ello como una nueva forma de concebir el éter. «Estoy de acuerdo
con usted en que la teoría de la relatividad general admite la hipótesis de un
éter», le escribiría a Lorentz en 1916.[827]
En una conferencia pronunciada en Leiden, en mayo de 1920, Einstein propuso
públicamente una reencarnación —aunque no un renacimiento— del éter. «Una más
cuidadosa reflexión nos enseña, sin embargo, que la teoría de la relatividad
especial no nos obliga a negar el éter —declaró—. Podemos suponer la existencia
de un éter, pero debemos renunciar a atribuirle un estado de movimiento
definido».
Esta nueva perspectiva se justificaba —decía— por los resultados de la teoría
de la relatividad general. Dejaba claro que su nuevo éter era distinto del
antiguo, que se había concebido como un medio que podía experimentar
ondulaciones y, en consecuencia, explicar cómo se movían las ondas luminosas a
través del espacio. En lugar de ello, él reintroducía la idea a fin de explicar
la rotación y la inercia.
Tal vez habría podido ahorrar algo de confusión si hubiera elegido otro
término. Pero en su discurso dejaba claro que reintroducía precisamente este de
manera intencionada:
Negar el éter equivale en última instancia a presuponer que el
espacio vacío carece de cualidades físicas. Los hechos fundamentales de la
mecánica no concuerdan con esta visión… Aparte de los objetos observables, hay
otra cosa, que no es perceptible, que debe considerarse real a fin de permitir
que la aceleración o la rotación se consideren a su vez algo real… El concepto
de éter ha adquirido de nuevo un contenido inteligible, aunque dicho contenido
difiere ampliamente del éter de la teoría ondulatoria mecánica de la luz… Según
la teoría de la relatividad general, el espacio está dotado de cualidades
físicas; en ese sentido, existe un éter. El espacio sin éter resulta
impensable, puesto que en tal espacio no solo no habría propagación de la luz,
sino tampoco posibilidad alguna de la existencia de pautas de espacio y tiempo
(varas de medir y relojes), ni, por ende, intervalos espaciotemporales en el
sentido físico. Pero este éter puede que no se conciba como dotado de las
cualidades de los medios ponderables, como consistente en partes que pueden
rastrearse a través del tiempo. Puede que no se le aplique la idea de
movimiento.[828]
Entonces, ¿qué era este éter reencarnado?, y ¿qué significado
tenía para el principio de Mach y para la cuestión planteada por el cubo de
Newton?[XXIII]Inicialmente Einstein había declarado con entusiasmo que la
relatividad general explicaba la rotación simplemente como un movimiento relativo a
otros objetos del espacio, tal como había afirmado Mach. En otras palabras; si
estuviésemos dentro de un cubo colgado en el espacio vacío, sin que en el
universo hubiera ningún otro objeto, no habría forma de saber si girábamos o
no. Einstein incluso escribió a Mach diciéndole que estaba encantado de que su
principio se viera respaldado por la relatividad general.
Einstein había afirmado esta opinión en una carta a Schwarzschild, el joven y
brillante científico que le había escrito desde el frente ruso del ejército
alemán durante la guerra hablándole de las implicaciones cosmológicas de la
relatividad general. «La inercia es simplemente una interacción entre masas, no
un efecto en el que interviene el “espacio” en sí mismo, independientemente de
las masas observadas», había declarado Einstein entonces.[829] Schwarzschild, sin embargo, se había mostrado en
desacuerdo con tal afirmación.
Y ahora, cuatro años después, el propio Einstein había cambiado de opinión. En
su discurso de Leiden, a diferencia de su interpretación de la relatividad
general de 1916, aceptaba que su teoría del campo gravitatorio implicaba que el
espacio vacío poseía cualidades físicas. El comportamiento mecánico de un
objeto que flotara en el espacio vacío, como el cubo de Newton, «depende no
solo de las velocidades relativas, sino también de su estado de rotación». Y
ello suponía que «el espacio está dotado de cualidades físicas».
Como él mismo admitía sin ambages, eso significaba que Einstein abandonaba el
principio de Mach. Entre otras cosas, la idea de este de que la inercia estaba
causada por la presencia de todos los cuerpos distantes del universo implicaba
que dichos cuerpos podían ejercer un efecto instantáneo en un
objeto dado, por muy lejos que estuvieran de él. Pero la teoría de la
relatividad de Einstein no aceptaba las acciones instantáneas a distancia. Ni
siquiera la gravedad ejercía su fuerza instantáneamente, sino solo a través de
determinados cambios en el campo gravitatorio que obedecían al límite de la
velocidad de la luz. «La resistencia inercial a la aceleración en relación con
masas distantes supone una acción a distancia —declaraba Einstein—. Dado que la
física moderna no acepta eso de la acción a distancia, esta acude de nuevo al
éter, que ha de servir de medio a los efectos de la inercia».[830]
Es esta una cuestión que aún hoy suscita controversia, pero Einstein parecía
creer —al menos cuando pronunció su conferencia en Leiden— que, según la
relatividad general tal como él la veía ahora, el agua del cubo de Newton se
vería empujada hacia las paredes de este aun en el caso de que estuviera
girando en un universo desprovisto de cualquier otro objeto. «En contradicción
con lo que habría predicho Mach —escribe Brian Greene—, incluso en un universo
que por lo demás estuviera vacío, sí nos veríamos empujados hacia las paredes
interiores del cubo en rotación… En la relatividad general, el espacio-tiempo
vacío proporciona un punto de referencia para el movimiento acelerado».[831]
La inercia que empujaba el agua hacia las paredes del cubo estaba causada por
su rotación con respecto al campo métrico, que Einstein reencarnaba ahora en
forma de éter. Como resultado, había de afrontar la posibilidad de que la
relatividad general no eliminara necesariamente el concepto de movimiento
absoluto, al menos con respecto a la métrica del espacio-tiempo.[832]
No era exactamente una retractación, ni tampoco un retomo al concepto
decimonónico de éter. Pero sí una forma más conservadora de contemplar el
universo, y representaba una ruptura con el radicalismo de Mach que antaño
suscribiera Einstein.
Esto le hacía sentirse claramente incómodo. La mejor manera de eliminar la
necesidad de un éter que existiera independientemente de la materia —concluía—
sería encontrar su escurridiza teoría del campo unificado. ¡Qué glorioso
descubrimiento sería ese! «El contraste entre el éter y la materia
desaparecería —afirmaba—, y, a través de la teoría de la relatividad general,
todo el conjunto de la física se convertiría en un sistema de pensamiento
completo».[833]
Niels Bohr, los rayos láser y el «azar».
La manifestación más importante de la transición de revolucionario a
conservador que haría Einstein hacia la mitad de su vida sería su actitud de
oposición cada vez más dura a la teoría cuántica, que a mediados de la década
de 1920 había dado lugar a un sistema de mecánica radicalmente nuevo. Los
escrúpulos de Einstein frente a la nueva mecánica cuántica, y su búsqueda de
una teoría unificadora que la reconciliara con la relatividad y devolviera la
certeza a la naturaleza, dominaría —y en cierta medida rebajaría— la segunda
mitad de su trayectoria científica.
Einstein había sido antaño un intrépido pionero de la teoría cuántica. Junto
con Max Planck, había iniciado aquella revolución a principios de siglo, pero,
a diferencia de este, había sido también uno de los pocos científicos que
creían verdaderamente en la realidad física de los cuantos, es decir, que la
luz realmenteconstaba de paquetes de energía. Esos cuantos se
comportaban a veces como partículas. Eran unidades indivisibles, no parte de un
continuo.
En su discurso de 1909 en Salzburgo, Einstein había predicho que la física
habría de reconciliarse con una dualidad en la que la luz podía contemplarse a
la vez como onda y como partícula. Y en el primer Congreso Solvay, en 1911,
había declarado que «esas discontinuidades, que tan desagradables nos resultan
en la teoría de Planck, parecen existir realmente en la naturaleza».[834]
Esto hizo que Planck, que se resistía a aceptar que sus cuantos tuvieran
verdaderamente una realidad física, dijera de Einstein, en su recomendación
para que se le eligiera miembro de la Academia Prusiana: «Puede que su
hipótesis de los cuantos de luz resulte exagerada». Del mismo modo, también
otros científicos se resistían a aceptar la hipótesis cuántica de Einstein.
Walther Nernst la calificó de «probablemente lo más extraño jamás concebido»,
mientras que Robert Millikan la definía como «totalmente inadmisible», aun
después de haber confirmado su capacidad predictiva en su propio laboratorio.[835]
En 1913 se inició una nueva etapa en la revolución cuántica cuando Niels Bohr
ideó un modelo revisado de la estructura del átomo. Bohr, seis años más joven
que Einstein, brillante, pero más bien tímido y con cierta dificultad de
expresión, era danés, lo que le permitió partir del trabajo sobre la teoría
cuántica que estaban realizando alemanes como Planck y Einstein, y, a la vez,
del trabajo sobre la estructura del átomo que estaban llevando a cabo ingleses
como J. J. Thomson y Ernest Rutherford. «En aquella época, la teoría cuántica
era un invento alemán que apenas había penetrado en Inglaterra», recordaría
Arthur Eddington.[836]
Bohr había ido a estudiar con Thomson en Cambridge. Pero el apocado danés y el
brusco británico tuvieron problemas de comunicación, de modo que Bohr emigró a
Manchester para trabajar con Rutherford, que era más sociable, y que había
concebido un modelo de átomo que comportaba un núcleo con carga positiva en
tomo al que orbitaban diminutos electrones con carga negativa.[837]
Bohr perfeccionó el modelo partiendo del hecho de que dichos electrones no se
precipitaban hacia el núcleo y emitían un continuo espectro de radiación, tal
como sugería la física clásica. En el nuevo modelo de Bohr, que se basaba en el
estudio del átomo de hidrógeno, el electrón giraba alrededor del núcleo solo en
determinadas órbitas permitidas y en estados con energías discretas. El átomo
podía absorber energía de una radiación (como la luz) solo en incrementos que
subieran al electrón un grado hasta otra de las órbitas permitidas. Del mismo
modo, el átomo podía emitir radiación solo en incrementos que bajaran al
electrón un grado hacia otra órbita permitida.
Cuando un electrón pasaba de una órbita a la siguiente, se producía un salto
cuántico. En otras palabras, había un desplazamiento inconexo y discontinuo de
un nivel a otro, sin posibilidad de estado intermedio. Bohr pasó luego a
mostrar cómo ese modelo explicaba las líneas del espectro de la luz emitida por
el átomo de hidrógeno.
Einstein se sintió a la vez impresionado y algo celoso cuando supo de la teoría
de Bohr. Como le diría otro científico a Rutherford: «Me dijo que una vez él
había tenido ideas similares, pero que no se había atrevido a publicarlas».
Posteriormente, Einstein declararía, aludiendo al descubrimiento de Bohr:
«Constituye la más alta forma de musicalidad en la esfera del pensamiento».[838]
En 1916 Einstein utilizó el modelo de Bohr como fundamento de una serie de
artículos, el más importante de los cuales, «Sobre la teoría cuántica de la
radiación», se publicaría también oficialmente en una revista en 1917.[839]
Einstein empezaba con un experimento mental en el que se llenaba una cámara con
una nube de átomos. Luego se rociaba a estos con luz (una forma de radiación
electromagnética). A continuación, Einstein combinaba el modelo del átomo de
Bohr con la teoría de los cuantos de Planck. Si cada cambio producido en la
órbita de un electrón se correspondía con la absorción o emisión de un cuanto
de luz, entonces —¡sorpresa!— de ello se derivaba una manera nueva y mejor de
deducir la fórmula de Planck para explicar la radiación del cuerpo negro. Como
se jactaría Einstein ante Michele Besso: «Ha surgido en mí una brillante idea
sobre la absorción y la emisión de radiación. Te interesará. Una derivación
asombrosamente simple; yo diría la derivación de la fórmula de Planck. Un
asunto absolutamente cuantificado».[840]
Los átomos emiten radiación de forma espontánea, pero Einstein planteaba la
hipótesis de que ese proceso también podía estimularse. Una forma muy
simplificada de describirlo es suponer que un átomo se halla ya en un estado de
alta energía por haber absorbido un fotón. Si se dispara hacia él otro fotón
con una determinada longitud de onda, se emitirán dos fotones de la misma
longitud de onda y dirección.
Lo que descubrió Einstein resultaba algo más complejo. Supongamos que tenemos
un gas formado por átomos hacia los que se proyecta energía, pongamos por caso,
mediante impulsos de electricidad o de luz. Muchos de los átomos absorberán
energía y pasarán a un estado energético más alto, con lo que empezarán a
emitir fotones. Einstein afirmaba que la presencia de esa nube de fotones hacía
más probable aún que se emitiera un fotón de la misma longitud de onda y
dirección que los del resto de la nube.[841] Casi cuarenta años después, este proceso de emisión
estimulada constituiría la base para la invención del láser, un acrónimo de la
expresión inglesa «light amplification by the stimulated emission of radiation»
(«amplificación de la luz mediante emisión inducida de radiación»).
Había una parte de la teoría cuántica de la radiación de Einstein que tenía
extrañas implicaciones. «Puede demostrarse de manera convincente —le diría a
Besso— que los procesos elementales de emisión y absorción son procesos dirigidos».[842] En otras palabras, cuando un fotón es emitido por un
átomo, no lo hace (como habría querido la teoría ondulatoria clásica) en todas
direcciones a la vez, sino que, lejos de ello, el fotón tiene momento.
Es decir, las ecuaciones solo funcionan si cada cuanto de radiación se emite en
una dirección concreta.
Eso no representaba necesariamente un problema. Pero había otra cosa: no
había forma alguna de determinar qué dirección podía tomar el fotón emitido;
y asimismo, no había forma alguna de determinar cuándo ocurriría eso.
Si un átomo se hallaba en un estado de alta energía, era posible calcular
la probabilidad de que emitiera un fotón en un momento dado.
Pero no era posible determinar de forma precisa el momento de la emisión, como
tampoco lo era determinar la dirección. Daba igual la cantidad de información
que tuviéramos; todo era cuestión de azar, como el rodar de los dados.
Y eso sí era un problema, puesto que suponía una amenaza para el estricto
determinismo de la mecánica newtoniana. Socavaba la certeza de la física clásica
y la fe en que, si se conocieran todas las posiciones y velocidades de un
sistema, se podría determinar su futuro. Puede que la relatividad pareciera una
idea radical, pero al menos preservaba unas rígidas reglas de causa y efecto.
El caprichoso e impredecible comportamiento de los fastidiosos cuantos, en
cambio, andaba a la greña con esta causalidad.
«Constituye un punto débil de la teoría —concedía Einstein— el hecho de que
deje el tiempo y la dirección del proceso elemental al “azar”». El propio concepto
de azar—Zufall era la palabra alemana que empleaba— le resultaba
tan desconcertante, tan extraño, que puso el término entre comillas, como para
distanciarse de él.[843]
Para Einstein, y, de hecho, para la mayoría de los físicos clásicos, la idea de
que pudiera haber una aleatoriedad fundamental en el universo —es decir, que
los acontecimientos simplemente pudieran suceder sin que hubiera una causa— no
solo era motivo de malestar, sino que socavaba íntegramente el programa de la
física. De hecho, Einstein jamás llegaría a reconciliarse con dicha idea. «El
asunto de la causalidad me atormenta bastante —le escribiría a Max Born en
1920—. ¿Es concebible la absorción y emisión cuántica de la luz en términos de
una causalidad completa?».[844]
Durante el resto de su vida, Einstein seguiría siendo renuente a la noción de
que en el reino de la mecánica cuántica la naturaleza se rigiera por
probabilidades e incertidumbres. «Considero completamente intolerable la idea
de que un electrón expuesto a radiación elija por su propia voluntad no
solo el momento de saltar, sino también su dirección —le diría desesperado a
Born unos años después—. En ese caso, preferiría ser zapatero remendón, o
incluso empleado de una casa de juego, antes que físico».[845]
Filosóficamente, la reacción de Einstein parecía ser un eco de la actitud
manifestada por los antirrelativistas, que interpretaban (o malinterpretaban)
que la teoría de la relatividad de Einstein suponía el fin de las certezas y
los absolutos en la naturaleza. En realidad, Einstein consideraba que la teoría
de la relatividad conduciría a una descripción más profunda de dichas certezas
y absolutos —lo que él denominaba «invariancias»— basándose en la combinación
de espacio y tiempo en una estructura tetradimensional. La mecánica cuántica,
por su parte, se basaría en auténticas incertidumbres subyacentes en la
naturaleza, acontecimientos que únicamente podían descifrarse en términos de
probabilidades.
En una visita a Berlín realizada en 1920, Niels Bohr, que se había convertido
en el abanderado del movimiento pro mecánica cuántica en Copenhague, tuvo
ocasión de reunirse por primera vez con Einstein. Bohr se presentó en el piso
de este llevándole queso y mantequilla daneses, y luego se lanzó a una
discusión sobre el papel que el azar y la probabilidad desempeñaban en la
mecánica cuántica. Einstein expresó sus recelos ante la idea de «abandonar la
continuidad y la causalidad». Bohr, en cambio, se mostraba más audaz a la hora
de adentrarse en aquel nebuloso reino. Abandonar la causalidad estricta
—replicó a Einstein— era «la única vía» dadas las evidencias.
Einstein admitió que se sentía impresionado, pero también preocupado, por los
trascendentales descubrimientos de Bohr sobre la estructura del átomo y la
aleatoriedad que ello implicaba para la naturaleza cuántica de la radiación.
«Probablemente yo podría haber llegado a algo parecido por mí mismo —se
lamentaba Einstein—, pero si todo esto es cierto, entonces significa el fin de
la física».[846]
Aunque Einstein consideraba desconcertantes las ideas de Bohr, el desgarbado e
informal danés le pareció encantador. «No ha habido muchas veces en mi vida en
que un ser humano me haya causado tal alegría con su mera presencia como hizo
usted», le escribiría a Bohr inmediatamente después de la visita, añadiendo que
para él era un placer recordar «su rostro alegre y juvenil». No menos efusivo
se mostraba a la hora de hablar de él a otros. «Bohr estuvo aquí, y me ha
entusiasmado tanto como a ti —le escribiría a su amigo mutuo Paul Ehrenfest, en
Leiden—. Es un muchacho extremadamente sensible y se mueve por este mundo como
si estuviera en trance».[847]
Bohr, por su parte, reverenciaba a Einstein. Cuando se anunció, en el año 1922,
que ambos habían ganado sendos premios Nobel correspondientes a dos años
seguidos, Bohr le escribió diciéndole que su propia alegría se había visto
incrementada por el hecho de que se hubiera reconocido primero a Einstein por
«la contribución fundamental que usted ha realizado en el especial ámbito en el
que yo trabajo».[848]
En su regreso a casa después de haber pronunciado el discurso de aceptación en
Suecia, el verano siguiente, Einstein se detuvo en Copenhague para ver a Bohr,
que fue a recibirle a la estación de tren para luego acompañarle hasta su casa
en tranvía. En el camino entablaron un debate. «Cogimos el tranvía y hablamos
tan animadamente que nos pasamos de largo —recordaría Bohr—. Nos bajamos y
cogimos otro de vuelta, pero de nuevo nos pasamos de largo». La conversación
resultaba tan fascinante que a ninguno de los dos parecía importarle. «Íbamos
arriba y abajo —relataría Bohr—, y podíamos imaginar muy bien lo que la gente
debía de pensar de nosotros».[849]
Más que una mera amistad, su relación se convertiría en una interrelación
intelectual que se inició con opiniones divergentes sobre la mecánica cuántica,
pero que luego se amplió a otras cuestiones relacionadas de la ciencia, el
conocimiento y la filosofía. «En toda la historia del pensamiento humano no hay
mayor diálogo que el que tuvo lugar durante años entre Niels Bohr y Albert
Einstein sobre el significado del cuanto», afirma el físico John Wheeler, que
estudió con Bohr. Por su parte, el filósofo social C. P. Snow aún iba más
lejos: «Jamás se ha llevado a cabo un debate intelectual más profundo»,
proclamaba.[850]
Su disputa abordó el núcleo fundamental del diseño del cosmos: ¿había una
realidad objetiva que existía independientemente de que nosotros pudiéramos
observarla o no?, ¿había leyes que restauraban la causalidad estricta en los
fenómenos que parecían intrínsecamente aleatorios?, ¿había algo predeterminado
en el universo?
Durante el resto de su vida, Bohr farfullaría de rabia ante sus reiterados
fracasos a la hora de tratar de convertir a Einstein a la mecánica cuántica.
«¡Einstein… Einstein… Einstein!», murmuraba exasperado después de cada
encuentro. Pero se trataría de una discusión realizada con profundo afecto, e
incluso con gran sentido del humor. En una de las numerosas ocasiones en las
que Einstein declaró que Dios no jugaba a los dados, fue Bohr quien le dio una
réplica que llegaría a hacerse célebre: «¡Einstein, deje de decirle a Dios lo
que tiene que hacer!».[851]
Saltos cuánticos
A diferencia del desarrollo de la teoría de la relatividad, que fue en gran
medida el producto del trabajo de un hombre realizado en un cuasi solitario
esplendor, el desarrollo de la mecánica cuántica, de 1924 a 1927, se produjo a
partir de una explosión de actividad por parte de una clamorosa congregación de
jóvenes innovadores que trabajaron tanto en paralelo como en colaboración.
Estos se basaron en los fundamentos establecidos por Planck y Einstein, quienes
seguirían resistiéndose a las radicales derivaciones de los cuantos, así como
en los avances de Bohr, que actuaría como mentor de la nueva generación.
Louis de Broglie, que ostentaba el título de príncipe por estar emparentado con
la depuesta familia real francesa, estudió historia con la esperanza de
convertirse en funcionario público. Pero cuando terminó la carrera empezó a
sentirse fascinado por la física. Su tesis doctoral de 1924 contribuiría a
transformar este campo. Si una onda puede actuar como partícula —se
preguntaba—, ¿no debería también una partícula poder actuar como onda?
En otras palabras, Einstein había dicho que la luz debía contemplarse no solo
como onda, sino también como partícula. Del mismo modo, para De Broglie, una
partícula como un electrón también podía contemplarse como onda. «Tuve una
súbita inspiración —recordaría posteriormente De Broglie—. El dualismo
onda-partícula de Einstein era un fenómeno absolutamente general que se
extendía a toda la naturaleza física, y al ser ese el caso, el movimiento de
todas las partículas —fotones, electrones, protones o cualquier otra— se podía
asociar a la propagación de una onda».[852]
Utilizando la ley einsteiniana del efecto fotoeléctrico, De Broglie demostraba
que la longitud de onda asociada a un electrón (o a cualquier partícula) era
proporcional a la constante de Planck dividida por el momento de la partícula.
Esta resulta ser una longitud de onda increíblemente diminuta, lo que significa
que normalmente solo resulta relevante para las partículas del ámbito
subatómico, pero no para cosas tales como las piedras, los planetas o las
pelotas de béisbol.[XXIV]
En el modelo de átomo de Bohr, los electrones podían cambiar sus órbitas (o más
exactamente, sus pautas de onda estacionaria estable) solo en determinados
saltos cuánticos. La tesis de De Broglie ayudaba a explicar este hecho al
concebir a los electrones no solo como partículas, sino también como ondas.
Dichas ondas se despliegan en la trayectoria circular que rodea el núcleo, y
ello solo se da si el círculo alberga un número entero —como 2,3 o 4— de
longitudes de onda de las partículas; si queda alguna fracción de longitud de
onda suelta, esta no encajará netamente en el círculo prescrito.
De Broglie hizo tres copias mecanografiadas de su tesis y envió una de ellas a
su asesor, Paul Langevin, que era amigo de Einstein (y también de madame
Curie). Langevin, algo desconcertado, le pidió otra copia para enviársela a
Einstein, quien elogiaría efusivamente el trabajo. Según sus palabras, este
había «levantado un extremo del gran velo». Como señalaría orgullosamente el
propio De Broglie: «Eso hizo que Langevin aceptara mi trabajo».[853]
Einstein realizó su propia aportación cuando, en junio de aquel mismo año,
recibió un artículo escrito en inglés de un joven físico de la India llamado
Satyendra Nath Bose. Este deducía la ley de la radiación del cuerpo negro de
Planck tratando la radiación como si fuera una nube de gas y aplicándole luego
un método de análisis estadístico. Pero había una diferencia: Bose decía que
dos fotones cualesquiera que tuviesen el mismo estado de energía resultaban
completamente indistinguibles, tanto en teoría como de hecho, y no debían
tratarse de manera independiente en los cálculos estadísticos.
Aquella creativa utilización del análisis estadístico por parte de Bose
recordaba el juvenil entusiasmo de Einstein por dicho planteamiento. De modo
que este no solo hizo publicar el artículo de Bose, sino qué lo amplió con
otros tres de cosecha propia. En ellos, Einstein aplicaba el método de conteo
de Bose —que más tarde pasaría a conocerse como «estadística de Bose-Einstein»—
a las moléculas de gases reales, convirtiéndose así en el principal inventor de
la mecánica cuántico-estadística.
El artículo de Bose hablaba de fotones, que carecen de masa. Einstein, por su
parte, ampliaba, la idea tratando partículas cuánticas con masa también como
indistinguibles unas de otras a efectos estadísticos en determinados casos.
«Los cuantos o las moléculas no se tratan como estructuras estadísticamente
independientes», escribiría.[854]
La idea clave, que Einstein extrajo del artículo inicial de Bose, tiene que ver
con el modo de calcular las probabilidades para cada estado posible de
múltiples partículas cuánticas. Por emplear una analogía sugerida por el físico
de Yale Douglas Stone, imaginemos cómo se realiza este cálculo en el caso de
los dados. A la hora de calcular las probabilidades de que la tirada de dos
dados (A y B) dé como resultado el afortunado 7, tratamos, por ejemplo, la
posibilidad de que en A salga 4 y en B salga 3 como un resultado, y la de que
en A salga 3 y en B salga 4 como otro resultado distinto, contando, así, cada
una de estas dos combinaciones como una forma distinta de sacar 7. Einstein se
dio cuenta de que la nueva manera de calcular las probabilidades de estados
cuánticos implicaba tratarlas no como dos posibilidades distintas, sino como
una sola. Una combinación 4-3 resultaba aquí indistinguible de una combinación
3-4, del mismo modo que, por ejemplo, una combinación 5-2 resultaba
indistinguible de una combinación 2-5.
Esto reduce a la mitad el número de formas distintas en que se puede sacar un 7
tirando dos dados. Pero no afecta al número de formas en que puede salir un 2 o
un 12 (empleando cualquiera de ambos métodos de conteo hay solo una forma de
sacar cada uno de esos dos totales), y solo reduce de cinco a tres el número de
formas en que ambos dados pueden arrojar un total de 6. Bastan unos minutos de
anotar posibles resultados para mostramos cómo este sistema cambia las
probabilidades totales de sacar un determinado número. Las posibilidades
derivadas de este nuevo método de cálculo son aún mayores si las aplicamos a
varias docenas de dados. Y si tratamos con miles de millones de partículas,
dicho cambio de probabilidades se hace enorme.
Cuando aplicó este planteamiento a un gas de partículas cuánticas, Einstein
descubrió una asombrosa propiedad: a diferencia de un gas de partículas
clásicas, que seguirá siendo un gas a menos que dichas partículas se atraigan
mutuamente, un gas de partículas cuánticas puede condensarse en una especie de
líquido aun cuando no exista una fuerza de atracción entre ellas.
Este fenómeno, hoy denominado «condensación de Bose-Einstein»,[XXV]representó un descubrimiento genial e importante en el ámbito de
la mecánica cuántica, y se debe atribuir a Einstein casi todo el mérito. Bose
todavía no se había dado cuenta de que las matemáticas estadísticas que
empleaba representaban un planteamiento fundamentalmente nuevo. Como en el caso
de la constante de Planck, Einstein supo reconocer la realidad física, y la
trascendencia, de una innovación concebida por otra persona.[855]
El método de Einstein tenía el efecto de que trataba las partículas como si
estas poseyeran rasgos ondulatorios, tal como habían sugerido De Broglie y él
mismo. Incluso predijo que si se realizaba el viejo experimento de la doble
ranura de Thomas Young (el que demostraba que la luz se comporta como una onda
haciendo pasar un rayo a través de dos ranuras y observando el patrón de
interferencia) empleando un haz de moléculas de gas, estas interferirían unas
con otras como si fueran ondas. «Un haz de moléculas de gas que pase a través
de una abertura —escribió— debe experimentar una difracción análoga a la de un
rayo de luz».[856]
Asombrosamente, no tardó en haber experimentos que demostraran que tal cosa era
cierta. Pese a su malestar ante la dirección que estaba tomando la teoría
cuántica, Einstein seguía contribuyendo a su avance, al menos por el momento.
«En consecuencia, Einstein ha colaborado claramente en los fundamentos de la
mecánica ondulatoria —diría más tarde Max Born—, y ello no puede refutarse bajo
ningún pretexto».[857]
Einstein admitía que encontraba «bastante misteriosa» aquella «mutua
influencia» de las partículas, puesto que parecía como si estas se comportaran
de manera independiente. «Los cuantos o moléculas no son tratados
independientemente unos de otros», le escribió a otro físico que había
expresado su desconcierto. En una posdata, admitía que todo aquello funcionaba
bien matemáticamente, pero que «la naturaleza física sigue velada».[858]
A primera vista, este presupuesto de que dos partículas podían tratarse como
indistinguibles violaba un principio al que, pese a ello, Einstein trataría de
aferrarse en el futuro, el principio de diferenciación, que afirma que las
partículas con distintas posiciones en el espacio poseen realidades distintas e
independientes. Uno de los objetivos de la teoría de la gravitación en la
relatividad general había sido el de evitar cualquier «fantasmagórica acción a
distancia», como Einstein la calificaría posteriormente, por la que algo que le
ocurriera a un cuerpo pudiera afectar instantáneamente a otro cuerpo distante.
Einstein se hallaba de nuevo en la vanguardia del descubrimiento de un aspecto
de la teoría cuántica que en el futuro le produciría malestar.
Y una vez más, otros colegas más jóvenes adoptarían sus ideas más fácilmente
que él mismo, de igual modo que él había adoptado antaño las implicaciones de
las ideas de Planck, Poincaré y Lorentz más fácilmente que ellos.[859]
Hubo aquí otro participante imprevisto que vino a dar un paso más, Erwin
Schrödinger, un físico teórico austríaco que, desesperado de poder descubrir
algo significativo, había decidido convertirse en filósofo.
Pero al parecer el mundo tenía ya suficientes filósofos austríacos, puesto que
no logró encontrar trabajo en ese ámbito. De modo que volvió a la física e,
inspirado por los elogios de Einstein a De Broglie, ideó una teoría denominada
«mecánica ondulatoria». Esta conducía a una serie de ecuaciones que regían el
comportamiento ondulatorio de los electrones de De Broglie, que Schrödinger
(repartiendo el mérito tal como él creía que correspondía) denominaba «ondas de
Einstein-De Broglie».[860]
Al principio Einstein manifestó su entusiasmo, pero pronto empezó a preocuparse
por algunas de las ramificaciones de las ondas de Schrödinger, sobre todo la de
que con el tiempo estas podían propagarse por un área enorme. Einstein no creía
que en realidad un electrón pudiera experimentar tal ondulación. Entonces, ¿qué
representaba verdaderamente la ecuación ondulatoria en el mundo real?
La persona que ayudó a responder a esta pregunta fue Max Born, íntimo amigo de
Einstein y (junto a su esposa, Hedwig) también frecuente corresponsal suyo, que
por entonces enseñaba en Gotinga. Born sugirió que la onda no describía el
comportamiento de la partícula, sino que en realidad describía la probabilidad de
su posición en un momento dado.[861] Era aquel un planteamiento que revelaba el hecho de que la
mecánica cuántica se basaba esencialmente —más aún de lo que previamente se
creía— en el azar antes que en las certezas causales; y esto hizo a Einstein
todavía más receloso.[862]
Paralelamente, en el verano de 1925 se había desarrollado otra aproximación a
la mecánica cuántica de la mano de un joven de veintitrés años de rostro jovial
y entusiasta del excursionismo, Werner Heisenberg, que fue alumno de Niels Bohr
en Copenhague y luego de Max Born en Gotinga. Como había hecho el propio
Einstein en sus años de juventud más radicales, Heisenberg partió como base de
la sentencia de Ernst Mach de que las teorías debían evitar cualquier concepto
que no pudiera ser observado, medido o verificado. Para Heisenberg, eso
significaba evitar el concepto de las órbitas de electrones, dado que estas no
podían observarse.
En lugar de ello, se basó en un planteamiento matemático que explicara algo que
él podía observar: las longitudes de onda de las líneas espectrales de la
radiación de esos electrones cuando estos perdían energía. El resultado era tan
complejo que Heisenberg le envió su artículo a Born y se marchó de acampada con
otros miembros de su grupo excursionista, confiando en que su mentor lo
descifrara. Y Born lo hizo. Las fórmulas matemáticas implicaban lo que se
conoce como matrices; Born las resolvió e hizo publicar el artículo.[863] En colaboración con Born y otros científicos de Gotinga,
Heisenberg procedió luego a perfeccionar una mecánica matricial que más tarde
se revelaría equivalente a la mecánica ondulatoria de Schrödinger.
Einstein escribió cortésmente a la esposa de Born, Hedwig, diciéndole que «los
conceptos de Heisenberg-Born nos dejan sin aliento», palabras cuidadosamente
expresadas que pueden leerse de diversas maneras. En una carta dirigida a
Ehrenfest, en Leiden, Einstein se mostraba más directo: «Heisenberg ha puesto un
gran huevo cuántico —escribió—. En Gotinga creen en ello. Yo no».[864]
La aportación más famosa y perturbadora de Heisenberg se produciría dos años
después, en 1927, y para el público en general constituye uno de los aspectos
más conocidos y desconcertantes de la física cuántica: el principio de
incertidumbre.
Es imposible conocer —declararía Heisenberg— la posición exacta
de una partícula (como un electrón en movimiento) y su momento exacto
(esto es, su velocidad multiplicada por su masa) en un mismo instante. Cuanto
más precisamente se mida la posición de la partícula, menos precisamente será
posible medir su momento. Y la formula que describe esta disyuntiva incorpora
(de manera nada sorprendente) la constante de Planck.
El propio acto de observar algo —de dejar que los fotones, o electrones, o
cualquier otra partícula u onda de energía, toquen el objeto— afecta a la
observación. Pero la teoría de Heisenberg iba más allá. Un electrón —decía— no
tiene una posición o trayectoria definidas hasta que lo observamos. Se trata de
una característica de nuestro universo, no simplemente de un defecto de nuestra
capacidad de observación o de medición.
El principio de incertidumbre, tan sencillo y a la vez tan asombroso, fue como
una estaca clavada en el corazón de la física clásica. Afirma que no hay
realidad objetiva —ni siquiera posición objetiva de una partícula— fuera de
nuestras observaciones. Además, el principio de Heisenberg y otros aspectos de
la mecánica cuántica socavan la noción de que el universo obedece a leyes
causales estrictas. El azar, la indeterminación y la probabilidad pasaban a
ocupar el lugar de la certeza. Einstein le escribió una nota oponiéndose a
tales conceptos, a lo que Heisenberg respondió abiertamente: «Creo que el
indeterminismo, esto es, la invalidez de la causalidad rigurosa, es necesario».[865]
Cuando Heisenberg fue a Berlín a dar una conferencia en 1926, pudo reunirse con
Einstein por primera vez. Este le invitó a su casa una tarde, y allí ambos
entablaron un amistoso debate; un debate que sería un reflejo del tipo de
discusión que podría haber tenido muy bien el propio Einstein en 1905 con los
conservadores que se resistían a su idea de descartar la noción de éter:
—No podemos observar las órbitas de los electrones dentro del átomo —dijo
Heisenberg—. Una buena teoría debe basarse en magnitudes directamente
observables.
—Pero ¿no creerá usted en serio que solo las magnitudes observables deben
formar parte de una teoría física? —protestó Einstein.
—¿No es eso precisamente lo que usted ha hecho con la relatividad? —preguntó
Heisenberg, no sin cierta sorpresa.
—Posiblemente empleé esa clase de razonamiento —admitió Einstein—, pero aun así
es un sinsentido.[866]
En otras palabras, el planteamiento de Einstein había evolucionado. Este
mantendría una conversación similar con su amigo de Praga, Philipp Frank:
—Ha surgido una nueva moda en física —se quejaba Einstein, añadiendo que dicha
moda declaraba que ciertas cosas no podían observarse y, en consecuencia, no
debían adscribirse a la realidad.
—¡Pero si esa moda de la que hablas la inventaste tú en 1905! —protestó Frank.
A lo que Einstein repuso:
—¡Un buen chiste no debe repetirse demasiado![867]
Los avances teóricos producidos a mediados de la década de 1920 configuraron,
de la mano de Niels Bohr y sus colegas, incluido Heisenberg, lo que pasaría a
conocerse como la interpretación de Copenhague de la mecánica cuántica. Solo se
puede hablar de una propiedad de un objeto en el contexto de cómo dicha
propiedad es observada o medida, y dichas observaciones no constituyen
simplemente aspectos de un único panorama, sino que resultan mutuamente
complementarias.
En otras palabras, no hay una única realidad subyacente que sea independiente
de nuestras observaciones. «Es erróneo creer que la tarea de la física consiste
en descubrir cómo es la naturaleza —declaró Bohr—. La física se ocupa de qué
podemos decir nosotros acerca de la naturaleza».[868]
Esta imposibilidad de conocer una supuesta «realidad subyacente» significaba
que no había un determinismo estricto en el sentido clásico. «Cuando uno desea
calcular el “futuro” a partir del “presente” solo puede obtener resultados
estadísticos —decía Heisenberg—, puesto que nunca puede descubrir todos los
detalles del presente».[869]
Cuando esta revolución llegó a su apogeo, en la primavera de 1927, Einstein
aprovechó el bicentenario de la muerte de Newton para defender el sistema
clásico de mecánica basado en la causalidad y la certeza. Dos décadas antes,
Einstein había derribado, con juvenil despreocupación, muchos de los pilares
del universo de Newton, incluyendo el espacio y el tiempo absolutos. Ahora era
un defensor del orden establecido, y de Newton.
En la nueva mecánica cuántica —decía—, la causalidad estricta parecía
desaparecer. «Pero todavía no se ha dicho la última palabra —afirmaba—. Que el
espíritu del método de Newton nos otorgue la capacidad de restaurar la unión
entre la realidad física y la más profunda característica de las enseñanzas de
Newton: la causalidad estricta».[870]
Einstein jamás se dejaría convencer a pesar de que hubo repetidos experimentos
que demostraron la validez de la mecánica cuántica. Seguiría siendo un
realista, cuyo credo se basaría en la creencia en una realidad objetiva,
arraigada en la certeza, que existía independientemente de que nosotros
pudiésemos observarla o no.
«Dios no juega a los dados».
¿Qué fue, pues, lo que hizo que Einstein cediera el camino revolucionario a
otros científicos más jóvenes y radicales, y pasara a adoptar una postura
defensiva?
Como joven empirista, emocionado por sus lecturas de Ernst Mach, Einstein había
estado dispuesto a rechazar cualquier concepto que no pudiera ser observado,
como el éter, el tiempo y el espacio absolutos, y la simultaneidad. Pero el
éxito de su teoría general le había convencido de que el escepticismo de Mach,
aunque podía ser útil para deshacerse de conceptos superfluos, no servía de
mucha ayuda a la hora de construir nuevas teorías.
—Cabalga el pobre caballo de Mach hasta dejarlo exhausto —se quejaba Einstein a
Michele Besso, aludiendo a un artículo escrito por un amigo mutuo.
—No debemos ofender al pobre caballo de Mach —respondió Besso—. ¿Acaso no hizo
posible el tortuoso viaje a través de las relatividades? ¡Y quién sabe si en el
caso de los repugnantes cuantos no podrá llevar también a Don Quijote de la
Einsteina a través de ellos!
—Ya sabes lo que pienso del caballito de Mach —le contestó Einstein, a su vez,
a Besso—. No puede dar a luz nada viviente. Solo puede exterminar a las dañinas
alimañas.[871]
En su madurez, Einstein creía más firmemente que había una realidad «objetiva»
que existía con independencia de que nosotros pudiésemos observarla o no. La
creencia en un mundo externo independiente de la persona que lo observaba
—diría repetidamente— era la base de toda ciencia.[872]
Asimismo, Einstein se resistió a la mecánica cuántica debido a que esta
abandonaba la causalidad estricta y, en lugar de ello, definía la realidad en
términos de indeterminación, incertidumbre y probabilidad. A un auténtico
discípulo de Hume aquello no le habría preocupado. No hay una verdadera razón
—aparte de una fe metafísica o de un hábito mental arraigado— para creer que la
naturaleza debe actuar con absoluta certeza. Es igualmente razonable, aunque
quizá menos satisfactorio, creer que algunas cosas simplemente ocurren por
casualidad. Sin duda había crecientes evidencias de que en el nivel subatómico
ese era precisamente el caso.
Pero para Einstein aquello sencillamente no sonaba a cierto. El objetivo último
de la física —decía repetidamente— era descubrir las leyes que determinan
estrictamente las causas y efectos. «Yo soy muy, muy reacio a renunciar a la
causalidad completa», le diría a Max Born.[873]
Su fe en el determinismo y la causalidad reflejaba la de su filósofo religioso
preferido, Baruch Spinoza. «Estaba absolutamente convencido —escribiría
Einstein acerca de él— de la dependencia causal de todos los fenómenos, en una
época en la que el éxito de los esfuerzos por alcanzar un conocimiento de la
relación causal de los fenómenos naturales resultaba todavía bastante modesto».[874] Era aquella una frase que Einstein podría haber escrito
para referirse a sí mismo, subrayando el carácter transitorio implícito en el
término todavía, tras el advenimiento de la mecánica cuántica.
Como Spinoza, Einstein no creía en un Dios personal que interactuaba con el
hombre. Pero sí creían ambos que había un diseño divino reflejado en las
elegantes leyes que gobernaban el funcionamiento del universo.
Esto no era meramente una expresión de fe; era un principio que Einstein
elevaba (como hiciera con el principio de relatividad) a la categoría de
postulado que le guiaba en su trabajo. «Cuando juzgo una teoría —le diría a su
amigo Banesh Hoffmann—, me pregunto si, en el caso de que yo fuera Dios, habría
dispuesto el mundo de esa manera».
Cuando planteaba esa cuestión, había una posibilidad que sencillamente no podía
creer, que el buen Dios hubiera creado hermosas y sutiles reglas que
determinaban la mayor parte de lo que ocurría en el universo, mientras que
dejaba unas cuantas cosas completamente al azar. Esa idea le parecía un error.
«Si el Señor hubiera querido hacer eso, lo habría hecho del todo, y no
ajustándose a una pauta… Lo habría llevado hasta el final. Y en ese caso no
tendríamos que buscar leyes en absoluto».[875]
Esto daría lugar a una de las frases más citadas de Einstein, escrita en una
carta a Max Born, el amigo y físico con el que discutiría este tema a lo largo
de más de tres décadas: «La mecánica cuántica sin duda resulta imponente —diría
Einstein—. Pero una voz interior me dice que eso no es todavía lo real. La
teoría dice mucho, pero en realidad no nos acerca en absoluto a los secretos
del Viejo. Sea como fuere, yo estoy convencido de que Dios no juega a los
dados».[876]
Fue así como Einstein acabó decidiendo que la mecánica cuántica, aunque podía
no ser errónea, sí era cuando menos incompleta. Debía
de haber una explicación más plena de cómo funciona el universo; una que
incorporara tanto la teoría de la relatividad como la mecánica cuántica, y, al
hacerlo, no dejara cosas al azar.
Capítulo 15
Teorías del campo unificado
1923-1931
Con Bohr en el Congreso Solvay de 1927.
Contenido:
·
La búsqueda
·
Los grandes debates de
Solvay, 1927 y 1930
·
Arrebatarle sus
principios a la naturaleza
·
¿Su mayor error?
La búsqueda
Mientras otros seguían desarrollando la mecánica cuántica sin dejarse
amedrentar por las incertidumbres que encerraba en su seno, Einstein
perseveraba en su solitaria búsqueda de una explicación más completa del
universo, una teoría del campo unificado que integrara la electricidad, el
magnetismo, la gravedad y la mecánica cuántica. En el pasado había mostrado su
genio a la hora de descubrir vínculos inadvertidos entre teorías distintas. Las
primeras frases de sus artículos de 1905 sobre la relatividad especial y los
cuantos de luz eran ejemplos de ello.[XVI]
Einstein confiaba en ampliar las ecuaciones del campo gravitatorio de la
relatividad general de modo que pudieran describir también el campo
electromagnético. «La mente que ambiciona la unificación no puede darse por
satisfecha con la existencia de dos campos que, por su naturaleza, sean
completamente independientes —explicaría Einstein en el discurso de recepción
del Nobel—. Buscamos una teoría del campo matemáticamente unificado en la que
el campo gravitatorio y el campo electromagnético se interpreten solo como
distintos componentes o manifestaciones del mismo campo uniforme».[877]
Confiaba que dicha teoría unificada podía hacer la mecánica cuántica compatible
con la relatividad. Einstein invitó públicamente a Planck a unirse a la tarea
con un brindis pronunciado en la celebración del sexagésimo aniversario de su
mentor, en 1918: «¡Qué tenga éxito en unir la teoría cuántica con la
electrodinámica y la mecánica en un solo sistema lógico!».[878]
La búsqueda de Einstein fue básicamente una sucesión de pasos en falso, marcada
por una creciente complejidad matemática, que se inició con su reacción a los
pasos en falso que habían dado otros. El primero fue el del matemático y físico
Hermann Weyl, que en 1918 propuso una forma de ampliar la geometría de la
relatividad general, que al parecer serviría asimismo de geometrización del
campo electromagnético.
Al principio Einstein se mostró impresionado. «Es un golpe de genio de primer
orden», le dijo a Weyl. Pero este tenía un problema: «Todavía no he podido
resolver mi objeción de la vara de medir».[879]
En la teoría de Weyl, las varas de medir y los relojes variarían en función de
la trayectoria que siguieran a través del espacio. Pero las observaciones
experimentales no mostraban que tal fenómeno se produjera. En su siguiente
carta, después de otros dos días de reflexión, Einstein deshinchaba la burbuja
de sus elogios con una fiase despectiva: «Su cadena de razonamiento resulta
asombrosamente autónoma —escribió a Weyl—. Salvo por el hecho de no concordar
con la realidad, se trata ciertamente de un gran logro intelectual».[880]
Luego vino una propuesta realizada en 1919 por Theodor Kaluza, profesor de
matemáticas en Königsberg, que propugnaba que se añadiera una quinta dimensión
a las cuatro del espacio-tiempo. Kaluza sostenía además que aquella dimensión
espacial añadida era circular, lo que significaba que si uno partía en
dirección a ella volvía al punto de partida, exactamente como si caminara
alrededor de una circunferencia o de un cilindro.
Kaluza no trataba de describir la realidad física o la localización de esa
nueva dimensión espacial. Al fin y al cabo él era matemático, y no tenía por
qué hacerlo. En lugar de ello, la concibió como un mecanismo matemático. La
métrica del espacio-tiempo tetradimensional de Einstein requería diez
magnitudes para describir todas las posibles relaciones de coordenadas para
cualquier punto dado. Kaluza sabía que se requerían quince de tales magnitudes
para especificar la geometría de un reino pentadimensional.[881]
Jugando con las fórmulas de esta compleja construcción, Kaluza descubrió que
podían emplearse cuatro de las cinco magnitudes extra para producir las
ecuaciones electromagnéticas de Maxwell. Al menos matemáticamente, esta podría
ser una forma de producir una teoría que unificara la gravedad y el
electromagnetismo.
Una vez más, Einstein se mostró tan impresionado como crítico. «Nunca había
pensado en un mundo cilíndrico pentadimensional —le escribió a Kaluza—. A
primera vista, su idea me gusta enormemente».[882] Por desgracia, no había razón para creer que la mayor
parte de aquellas fórmulas matemáticas realmente tuvieran fundamento alguno en
la realidad física. Kaluza, que podía permitirse el lujo de ser un matemático
puro, admitía este hecho, al tiempo que retaba a la física a resolver el
problema. «Aun así, es difícil creer que todas esas relaciones, en su unidad
formal prácticamente insuperable, no representen más que el atractivo juego de
un caprichoso accidente —escribió—. Si se descubriera que tras esas presuntas
conexiones reside algo más que una vacía formalización matemática, nos
enfrentaríamos a un nuevo triunfo de la relatividad general de Einstein».
Por entonces Einstein se había convertido a la fe en la formalización
matemática, que tan útil le había resultado en su definitivo salto a la
relatividad general. De modo que, una vez resueltos algunos problemas, ayudó a
que se publicara en artículo de Kaluza en 1921, añadiendo más tarde sus propias
aportaciones.
La siguiente contribución vendría del físico Oskar Klein, hijo del primer
rabino de Suecia y alumno de Niels Bohr. Klein no solo consideraba que una
posible teoría del campo unificado serviría para unir la gravedad y el
electromagnetismo, sino que también confiaba en que pudiera explicar algunos de
los misterios que encerraba la mecánica cuántica. Quizá incluso podría
proporcionar un modo de descubrir «variables ocultas» que pudieran eliminar la
incertidumbre.
Klein era más físico que matemático, de modo que se centraba más que Kaluza en
la cuestión de cuál podría ser la realidad física de una cuarta dimensión
espacial. Su idea era que esta podía estar enrollada en un círculo, demasiado
pequeño para ser detectado, proyectando hacia una nueva dimensión todos y cada
uno de los puntos de nuestro espacio tridimensional observable.
Todo ello resultaba bastante ingenioso, pero el caso es que no explicaba
demasiadas cosas acerca de las extrañas, pero cada vez mejor confirmadas ideas
de la mecánica cuántica o de los nuevos avances en la física de partículas. Las
teorías de Kaluza y Klein al final se dejarían de lado, si bien Einstein, con
los años, volvería a algunos de sus conceptos. De hecho, también la física
actual lo hace; en la teoría de cuerdas, por ejemplo, hay ecos de esas ideas,
especialmente en la forma de dimensiones extracompactas.
El siguiente en entrar en escena fue Arthur Eddington, el astrónomo y físico
británico responsable de las famosas observaciones del eclipse. Este
perfeccionó las fórmulas de Weyl empleando un concepto geométrico conocido como
«conexión afín». Einstein leyó las ideas de Eddington cuando se dirigía a
Japón, y las adoptó como base de una nueva teoría propia. «Creo que finalmente
he comprendido la conexión entre electricidad y gravitación —le escribiría
emocionado a Bohr—. Eddington ha llegado más cerca de la verdad que Weyl».[883]
Por entonces, el canto de sirena de una teoría unificada había empezado a
fascinar a Einstein. «En ella pervive la marmórea sonrisa de la naturaleza», le
diría a Weyl.[884] En su viaje en barco a través de Asia acabó de pulir un
nuevo artículo, y a su llegada a Egipto, en febrero de 1923, se lo envió de
inmediato por correo a Planck, en Berlín, para que lo publicara. Su objetivo
—declararía— era «entender el campo gravitatorio y electromagnetismo como uno
solo».[885]
Una vez más, las declaraciones de Einstein se convertirían en titulares en todo
el mundo. «Einstein explica su nueva teoría», proclamaba el New York
Times. Y una vez más, se exageraría la complejidad de su planteamiento.
Como advertía un subtitular: «Ininteligible para los profanos».
Einstein, sin embargo, declaraba al periódico que no resultaba tan complicada
ni mucho menos. «Puedo explicarle de qué trata en una sola fiase —diría, según
el periodista—. Se ocupa de la relación entre electricidad y gravitación».
También le atribuía parte del mérito a Eddington, añadiendo: «Se basa en las
teorías del astrónomo inglés».[886]
En sus posteriores artículos de aquel año, Einstein dejaba claro que su
objetivo no era meramente la unificación, sino encontrar un modo de superar las
incertidumbres y probabilidades de la teoría cuántica. El título de uno de los
artículos de 1923 establecía claramente en qué consistía su búsqueda: «¿Ofrece
la teoría del campo la posibilidad de solucionar los problemas cuánticos?».[887]
El artículo empezaba describiendo cómo las teorías del campo electromagnético y
gravitatorio proporcionan determinaciones causales basadas en ecuaciones
diferenciales parciales combinadas con determinadas condiciones iniciales. En
el reino de los cuantos puede que no sea posible elegir o aplicar las
condiciones iniciales libremente. ¿Podemos tener, a pesar de ello, una teoría
causal basada en ecuaciones de campo?
«Casi seguro que sí», respondía Einstein con optimismo. Lo que hacía falta
—decía— era un método para «sobredeterminar» las variables de campo en las
ecuaciones apropiadas. Esa vía de la sobredeterminación se convertiría en otra
herramienta más de las que Einstein emplearía, en vano, para tratar de
solventar lo que él persistía en calificar el «problema» de la incertidumbre
cuántica.
Dos años después, Einstein había llegado a la conclusión de que esos
planteamientos eran erróneos. «Mi artículo publicado [en 1923] —escribiría— no
refleja la verdadera solución de este problema». Sin embargo, para bien o para
mal, había ideado otro método. «Tras una búsqueda incesante durante los dos
últimos años, creo que he encontrado la verdadera solución».
Su nuevo planteamiento consistía en hallar la expresión formal más simple
posible de la ley de la gravitación en ausencia de cualquier campo
electromagnético, y luego generalizarla. Y consideraba que la teoría del
electromagnetismo de Maxwell proporcionaba una primera aproximación.[888]
Ahora se basaba más en las matemáticas que en la física. El tensor métrico que
había incluido en las ecuaciones de su relatividad general tenía diez
magnitudes independientes, pero si dichas ecuaciones se hacían asimétricas,
pasarían a tener dieciséis magnitudes, las suficientes para dar cabida al
electromagnetismo.
Pero este planteamiento, como los otros, no llevaba a ninguna parte. «El
problema de esta idea, del que Einstein se hizo dolorosamente consciente, es
que en realidad no hay nada en ella que una los seis componentes de los campos
eléctrico y magnético a los diez componentes del tensor métrico ordinario que
describe la gravitación —explica Steven Weinberg, físico de la Universidad de
Texas—. Una transformación de Lorentz o cualquier otra transformación de
coordenadas convertirá los campos eléctrico o magnético en una mezcla de campos
eléctricos y magnéticos, pero no hay ninguna transformación que los una al
campo gravitatorio».[889]
Sin dejarse amedrentar, Einstein se puso a trabajar de nuevo, esta vez probando
un planteamiento que calificó de «paralelismo distante». Este permitía
relacionar vectores de diferentes partes del espacio curvo, y a partir de ahí
derivar nuevas formas de tensores. De manera más sorprendente (o al menos eso
creía), Einstein pudo concebir asimismo ecuaciones que no requirieran la
incómoda constante de Planck para representar los cuantos.[890]
«Esto parece obsoleto, y mis queridos colegas, y también tú, vais a sacarme la
lengua porque la constante de Planck no está en las ecuaciones —le escribió a
Besso en enero de 1929—. Pero cuando hayan llegado al límite de su obsesión por
la moda estadística, volverán llenos de arrepentimiento al paisaje del
espacio-tiempo, y entonces esas ecuaciones constituirán un punto de partida».[891]
¡Qué maravilloso sueño! Una teoría unificada sin los incordiantes cuantos;
planteamientos estadísticos que resultan no ser más que una manía pasajera; un
retomo a las teorías de campo de la relatividad, ¡y el arrepentimiento de los
colegas que antes le habían sacado la lengua!
En el mundo de la física, donde la mecánica cuántica ya estaba plenamente
aceptada, Einstein y su intermitente búsqueda de una teoría unificada empezaban
a parecer pintorescos. Pero en la imaginación popular seguía siendo una gran estrella.
El frenesí que rodeó a la publicación de su artículo de cinco páginas en enero
de 1929, que no era más que la última de toda una serie de tentativas teóricas
fallidas, resultó asombroso. Periodistas de todo el mundo se apelotonaron ante
el bloque de pisos donde vivía, y Einstein a duras penas logró escapar al cerco
para refugiarse en la villa de su médico, fuera de la ciudad, a orillas del río
Havel. El New York Times había iniciado los redobles de tambor
varias semanas antes, con un artículo titulado «Einstein al borde de un gran
descubrimiento. Molesto ante la intrusión».[892]
El artículo de Einstein no se hizo público hasta el 30 de enero de 1929, pero
durante todo el mes anterior los periódicos difundieron toda una serie de
filtraciones y especulaciones. Una muestra de los titulares del New
York Times, por ejemplo, incluye los siguientes:
12 de enero: «Einstein amplía la teoría de la relatividad / Un
nuevo trabajo pretende unificar las leyes de campo de la gravitación y el
electromagnetismo / Lo califica como su “libro” más importante / El científico
berlinés ha necesitado diez años para prepararlo».
19 de enero: «Einstein asombrado ante el revuelo provocado por su teoría /
Mantiene a raya a cien periodistas durante una semana / Berlín. Durante la
última semana toda la prensa aquí representada ha concentrado sus esfuerzos en
conseguir el manuscrito de cinco páginas del doctor Albert Einstein “Nuevo
campo de teoría”. Asimismo, han llegado centenares de cables de todas partes
del mundo, con respuesta pagada, e innumerables cartas pidiendo una descripción
detallada o una copia del manuscrito».
25 de enero (pág. 1): «Einstein reduce toda la física a una ley / La nueva
teoría electro-gravitatoria vincula todos los fenómenos, afirma el traductor
berlinés / También una única sustancia / Una hipótesis suscita visiones de
personas capaces de flotar en el aire, afirma un profesor de la Universidad de
Nueva York / Berlín. El más reciente trabajo del profesor Albert Einstein, “Una
nueva teoría de campo”, que pronto saldrá de la imprenta, reduce a una sola
fórmula las leyes básicas de la mecánica relativista y de la electricidad,
según la persona que lo ha traducido al inglés».
Einstein salió a escena desde su escondite a orillas del Havel.
Aun antes de que se publicara su pequeño artículo, concedió una entrevista
acerca de él a un periódico berlinés. «Mi mayor ambición ha sido resolver la
dualidad de las leyes naturales en una unidad —declaraba—. El propósito de mi
trabajo es extender esta simplificación, y en especial reducir a una fórmula la
explicación de los campos gravitatorio y electromagnético. Por esta razón lo
califico de contribución a “una teoría del campo unificado”… Ahora, pero solo
ahora, sabemos que la fuerza que mueve los electrones en sus elipses alrededor
de los núcleos de los átomos es la misma fuerza que mueve nuestra Tierra en su
trayectoria anual alrededor del Sol».[893] Evidentemente, resultó que en realidad Einstein no sabía
tal cosa; ni tampoco lo sabemos aún hoy.
También concedió una entrevista a la revista Time, que sacó una
foto de él en su portada en la que sería la primera de un total de cinco
apariciones similares. La revista informaba de que, mientras el mundo aguardaba
que se hiciera pública su «abstrusa teoría del campo coherente», Einstein
seguía trabajando en su refugio campestre con aspecto «demacrado, nervioso e
irritable». Su aspecto lánguido —explicaba la revista— se debía a los dolores
de estómago y al constante desfile de visitantes. Además —señalaba— «el doctor
Einstein, como tantos otros judíos y eruditos, no hace ningún ejercicio
físico».[894]
La Academia Prusiana hizo imprimir un millar de copias del artículo de
Einstein, un número inusualmente elevado. Cuando se publicaron, el 30 de enero,
se vendieron todas de inmediato, de modo que la Academia encargó otras tres mil
a la imprenta. Asimismo, se colgaron todas las páginas del artículo en el
escaparate de unos grandes almacenes londinenses, donde la multitud se
apelotonaba para tratar de comprender el complejo tratamiento matemático con
sus 33 arcanas ecuaciones, que no habían sido precisamente adaptadas para ser
expuestas en una tienda a la vista de los clientes. La Universidad Wesleyan, en
Connecticut, pagó una suma considerable para que el manuscrito original quedara
depositado a modo de tesoro bibliográfico en su biblioteca.
Los periódicos estadounidenses no supieron muy bien cómo reaccionar ante la
noticia. El New York Herald Tribune decidió reproducir el
artículo íntegro al pie de la letra, pero tenía problemas a la hora de
cablegrafiar todas las letras y símbolos griegos con los aparatos telegráficos.
De modo que contrató a varios profesores de física de Columbia para que
diseñaran un sistema de codificación y luego reconstruyeran el artículo en
Nueva York, cosa que hicieron. El pintoresco artículo del Tribune acerca
de cómo transmitieron el artículo resultaba mucho más comprensible para la
mayoría de los lectores que el propio artículo de Einstein.[895]
El New York Times, por su parte, elevaba la teoría unificada a un
nivel religioso enviando aquel domingo varios reporteros a iglesias de toda la
ciudad para que informaran acerca de los sermones que versaran sobre ella.
«Einstein considerado casi un místico», rezaba el titular. Se informaba de que
un tal reverendo Henry Howard había dicho que la teoría unificada de Einstein
respaldaba la síntesis de san Pablo y la «unicidad» del mundo. Un miembro de la
Ciencia Cristiana afirmaba que proporcionaba respaldo científico a la teoría de
la materia ilusoria de la fundadora de dicha religión, Mary Baker Eddy. Otros
la celebraban como un «avance en la libertad» y un «paso hacia la libertad
universal».[896]
Puede que los teólogos y periodistas se sintieran cautivados, pero los físicos
no. Eddington, normalmente incondicional de Einstein, esta vez expresó sus
dudas. Durante el siguiente año, este siguió perfeccionando su teoría e
insistiendo ante sus amigos en la «belleza» de las ecuaciones. Ante su querida
hermana, sin embargo, admitiría que su trabajo había suscitado «el vivo recelo
y el rechazo apasionado de mis colegas».[897]
Uno de los que más consternados se mostraron fue Wolfgang Pauli, quien le dijo
abiertamente a Einstein que sus nuevos planteamientos «traicionaban» su teoría
de la relatividad general, y además se basaban en una formalización matemática
que carecía de relación con las realidades físicas. Acusaba a Einstein de
«haber pasado por encima de los matemáticos puros», y predecía que «en el plazo
de un año, si no antes, habrá abandonado completamente el paralelismo distante,
tal como hizo anteriormente con la teoría afín».[898]
Pauli acertó. Al cabo de un año Einstein había renunciado a la teoría. Pero no
renunció a su búsqueda. Lejos de ello, volvió su atención hacia otro
planteamiento revisado que daría lugar a más titulares, pero que no adelantaría
nada a la hora de resolver el gran enigma que él mismo se había planteado.
«Einstein completa la teoría del campo unificado», informaba el New
York Timesel 23 de enero de 1931, con muy pocos indicios de que aquella
fuera ni la primera ni la última vez que se producía tal anuncio. Y de nuevo el
26 de octubre del mismo año: «Einstein anuncia una nueva teoría del campo».
Por fin, el mes de enero siguiente, Einstein acabaría admitiendo ante Pauli:
«Después de todo tenías razón, canalla».[899]
Y así pasarían otras dos décadas. Ninguna de las propuestas de Einstein se
traduciría jamás en una teoría del campo unificado que se revelara fructífera.
De hecho, con los descubrimientos de nuevas fuerzas y partículas, la física se
fue haciendo cada vez menos unificada. En el mejor de los casos, el intento de
Einstein se justificaba por el débil elogio del matemático francés Elie Joseph
Cartan en 1931: «Aunque su intento no tenga éxito, nos habrá obligado a pensar
en las grandes cuestiones que constituyen los fundamentos de la ciencia».[900]
Los grandes debates de Solvay, 1927 y 1930
La tenaz acción de retaguardia que libraba Einstein contra el ataque de la
mecánica cuántica llegó a su apogeo en dos memorables Congresos Solvay en
Bruselas. En ambos asumió un papel provocador, tratando de socavar la nueva
opinión predominante.
En el primero de ellos, celebrado en octubre de 1927, estaban presentes los
tres grandes maestros que habían contribuido a iniciar la nueva era de la
física, pero que ahora se mostraban escépticos frente al extraño reino de la
mecánica cuántica que esta había engendrado: Hendrik Lorentz, de setenta y
cuatro años de edad —solo unos meses le separaban de la muerte— y premio Nobel
por su trabajo sobre la radiación electromagnética; Max Planck, de sesenta y
nueve, premio Nobel por su teoría del cuanto, y Albert Einstein, de cuarenta y
ocho, premio Nobel por el descubrimiento de la ley del efecto fotoeléctrico.
De los otros veintiséis asistentes, más de la mitad habían obtenido también el
premio Nobel o lo obtendrían en el futuro. Estaban allí todas las jóvenes
promesas de la nueva mecánica cuántica, que confiaban en convencer o rebatir a
Einstein: Werner Heisenberg, de veinticinco años de edad; Paul Dirac, también
de veinticinco; Wolfgang Pauli, de veintisiete; Louis de Broglie, de treinta y
cinco, y en representación del continente americano, Arthur Compton, también de
treinta y cinco. Asimismo estaba Erwin Schrödinger, de cuarenta años, atrapado
a mitad de camino entre los jóvenes innovadores y los viejos escépticos. Y
evidentemente también estaba el viejo innovador, Niels Bohr, de cuarenta y dos
años, que había contribuido a engendrar la mecánica cuántica con su modelo del
átomo y que se había convertido en acérrimo defensor de sus contraintuitivas
ramificaciones.[901]
Lorentz le había pedido a Einstein que presentara el informe del congreso sobre
el estado de la mecánica cuántica. Este aceptó al principio, pero luego se echó
atrás. «Después de darle muchas vueltas, he llegado a la conclusión de que no
estoy capacitado para realizar dicho informe de una manera que corresponda al
actual estado de cosas —dijo—. Esto se debe en parte a que no apruebo el método
de pensamiento puramente estadístico en el que se basan las nuevas teorías». Y
luego añadía de forma bastante lastimera: «Le ruego que no se enfade conmigo».[902]
En su lugar, quien realizó la presentación inaugural fue Niels Bohr, que se
prodigó en su descripción de todo lo que había aportado la mecánica cuántica.
La certeza y la causalidad estricta —dijo— no existían en el reino subatómico.
No había leyes deterministas, sino únicamente probabilidades y azar. No tenía
sentido hablar de una «realidad» que fuera independiente de nuestras
observaciones y mediciones. Según el tipo de experimento elegido, la luz podía
ser onda o partícula.
Einstein habló poco en las sesiones oficiales. «Debo pedir excusas por no haber
penetrado en la mecánica cuántica con la suficiente profundidad», admitió ya
desde el primer momento. Pero durante las cenas y las discusiones prolongadas
hasta altas horas de la noche y reanudadas de nuevo en el desayuno, entablaría
un animado debate con Bohr y sus partidarios, aligerado por afectuosas bromas
en tomo a dioses que jugaban a los dados. «No se puede elaborar una teoría a
partir de un montón de “quizá” —recordaría posteriormente Pauli que había dicho
Einstein—. En esencia será errónea por mucho que resulte empírica y lógicamente
correcta».[903]
«Las discusiones pronto se centraron en el duelo entre Einstein y Bohr acerca
de si la teoría atómica, en su forma actual, podía considerarse o no la
solución definitiva», recordaría por su parte Heisenberg.[904] Como les diría más tarde Ehrenfest a sus alumnos: «¡Ah,
fue delicioso!».[905]
Einstein seguía presionando con inteligentes experimentos mentales, tanto en
las sesiones como en las discusiones extraoficiales, destinados a probar que la
mecánica cuántica no proporcionaba una descripción completa de la realidad.
Trataba de mostrar cómo, por medio de algún artilugio imaginario, sería
posible, al menos conceptualmente, medir todas las características de una
partícula en movimiento con toda certeza.
Así, por ejemplo, uno de los experimentos mentales de Einstein hablaba de un
haz de electrones que es proyectado a través de una ranura en una pantalla,
para registrar luego las posiciones de los electrones al alcanzar estos una
placa fotográfica. Einstein añadía varios elementos más, como un obturador que
abría o cerraba la ranura instantáneamente, en su ingenioso intento de
demostrar que en teoría podían conocerse con precisión tanto la posición como
el momento.
«Einstein solía presentarse a desayunar con alguna propuesta de ese tipo»,
recordaría Heisenberg. Pero a él no le preocupaban demasiado las maquinaciones
de Einstein; ni tampoco a Pauli. «Todo se arreglará —repetían—, todo se
arreglará». Pero Bohr solía enfurecerse y acabar mascullando entre dientes.
Los miembros de este grupo solían dirigirse juntos a la sala de congresos,
buscando el modo de refutar el problema de Einstein. «Para la hora de cenar
normalmente ya podíamos probar que sus experimentos mentales no contradecían
las relaciones de incertidumbre», recordaría Heisenberg, y Einstein aceptaba la
derrota. «Pero a la mañana siguiente se presentaba a desayunar con un nuevo
experimento mental, generalmente más complicado que el anterior». También este
sería rebatido en la cena.
En este tira y afloja, cada pelota que lanzaba Einstein era convenientemente
devuelta por Bohr, que fue capaz de mostrar cómo el principio de incertidumbre,
en cada caso, ciertamente limitaba la cantidad de información cognoscible sobre
un electrón en movimiento. «Y así durante varios días —diría Heisenberg—. Al
final, nosotros —es decir, Bohr, Pauli y yo— sabíamos que podíamos estar
seguros del terreno que pisábamos».[906]
«Einstein, me avergüenzo de ti», le reprendió Ehrenfest, contrariado al ver que
aquel estaba mostrando la misma terquedad frente a la mecánica cuántica que
antaño habían mostrado los físicos conservadores frente a la relatividad.
«Ahora él se comporta con Bohr exactamente como se habían comportado con él los
paladines de la simultaneidad absoluta».[907]
Los propios comentarios de Einstein realizados el último día del congreso
muestran que el principio de incertidumbre no era el único aspecto de la
mecánica cuántica que le preocupaba. También se sentía molesto —y
posteriormente aún se sentiría más— por el modo en que la mecánica cuántica
parecía permitir la acción a distancia. En otras palabras, algo que le
ocurriera a un objeto, según la interpretación de Copenhague, podía determinar
instantáneamente cómo sería observado otro objeto situado en algún otro lugar.
Según la teoría de la relatividad, las partículas separadas en el espacio son
independientes. Si una acción que afecta a una de ellas puede influir de manera
inmediata en otra situada a una determinada distancia —señalaba Einstein—, «en
mi opinión esto contradice el postulado de la relatividad». Ninguna fuerza,
incluida la gravedad —insistía—, puede propagarse más deprisa que la velocidad
de la luz.[908]
Puede que Einstein hubiera perdido los debates, pero seguía siendo la estrella
del acontecimiento. De Broglie había estado esperando la ocasión de poder
reunirse con él personalmente, y no se sintió decepcionado. «Me sentí
especialmente impresionado por su expresión benigna y pensativa, por su
amabilidad en general, por su sencillez y su cordialidad», recordaría más
tarde.
Los dos hicieron buenas migas, ya que De Broglie, como Einstein, trataba de ver
si había alguna forma de poder salvar la causalidad y la certeza de la física
clásica. Había estado trabajando en lo que él denominaba «la teoría de la doble
solución», que confiaba en que proporcionara una base clásica a la mecánica
ondulatoria.
«La escuela indeterminista, cuyos partidarios eran en su mayoría jóvenes e
intransigentes, acogió mi teoría con fría desaprobación», recordó De Broglie.
Einstein, por su parte, apreciaba los esfuerzos de este, y viajó con él en tren
hasta París en su camino de regreso a Berlín.
En la Gare du Nord mantuvieron una charla de despedida en el andén. Einstein le
dijo a De Broglie que todas las teorías científicas, dejando aparte sus
expresiones matemáticas, habían de prestarse a una descripción tan sencilla que
«hasta un niño pudiera entenderlas». ¿Y qué podía ser menos sencillo —continuó
Einstein— que la interpretación puramente estadística de la mecánica
ondulatoria?
—Siga adelante —le dijo a De Broglie cuando se despidieron en la estación—.
¡Está en el camino correcto!
Pero no lo estaba. En 1928 existía ya un amplio consenso en el sentido de que
la mecánica cuántica era correcta, y De Broglie cedió y adoptó ese
planteamiento. «Einstein, en cambio, se mantuvo en sus trece y siguió
insistiendo en que no era posible que la interpretación puramente estadística
de la mecánica ondulatoria fuera completa», recordaría De Broglie años después,
no sin cierta reverencia.[909]
De hecho, Einstein mantuvo la postura de un terco inconformista. «Admiro el
nivel superior de logros de la generación más joven de físicos que se conocen
con el nombre de mecánica cuántica, y creo en el profundo nivel de verdad de
esta teoría —diría en 1929, al aceptar la medalla Planck de manos del propio
Planck—. Pero —y siempre habría un pero en cualquier declaración de apoyo de
Einstein a la teoría cuántica— creo que el restringirla solo a leyes
estadísticas será algo pasajero».[910]
Se habían sentado las bases, pues, para un enfrentamiento aún más drástico
entre Einstein y Bohr en Solvay, esta vez en el congreso de octubre de 1930. La
física teórica rara vez ha presenciado un debate tan interesante.
En esta ocasión, en un esfuerzo por vencer al grupo Bohr-Heisenberg y devolver
la certeza a la mecánica, Einstein ideó un experimento mental todavía más
inteligente. Un aspecto del principio de incertidumbre, ya mencionado, es el de
que existe una disyuntiva entre medir de forma precisa el momento de una
partícula y su posición. Además, el principio afirma que existe una
incertidumbre similar intrínseca a la hora de medir la energía implicada en el
proceso y la duración temporal de dicho proceso.
El experimento mental de Einstein consistía en una caja con un obturador que
puede abrirse y cerrarse tan rápidamente que permite que solo escape un fotón
cada vez. El obturador está controlado por un reloj preciso. El peso de la caja
está determinado con exactitud. Entonces, en un determinado momento concreto,
se abre el obturador y escapa un fotón. Se pesa de nuevo la caja. La relación
entre energía y masa (recuérdese: E = mc2) permitía una
determinación precisa de la energía de la partícula. Y sabemos, por el reloj,
el momento exacto en que ha abandonado el sistema. ¡Hala!
Obviamente, las limitaciones físicas harían imposible realizar ese experimento
en la práctica. Pero en teoría, ¿refutaba el principio de incertidumbre?
Bohr vaciló ante aquel desafío. «Iba de una persona a otra, tratando de
persuadirles a todos de que aquello no podía ser cierto, de que si Einstein
tenía razón eso significaría el fin de la física —recordaría un participante en
el congreso—. Pero no se le ocurría ninguna refutación. Jamás olvidaré la
visión de los dos adversarios saliendo del club universitario. Einstein, con
majestuosa figura, andando tranquilamente con una débil sonrisa irónica, y Bohr
trotando a su lado, extremadamente turbado»[911] (véase la foto al principio de este capítulo).
En una de las grandes ironías del debate científico, Bohr, tras una noche de
insomnio, fue capaz de lograr que a Einstein le saliera el tiro por la culata.
El experimento mental no había tenido en cuenta nada menos que el hermoso
descubrimiento del propio Einstein, la teoría de la relatividad. Según dicha
teoría, los relojes situados en campos gravitatorios más fuertes corren más
despacio que los que son objeto de una gravedad más débil. Einstein lo había
olvidado, pero Bohr se lo recordó. Durante la liberación del fotón, la masa de
la caja disminuye. Dado que la caja se halla en una balanza (a fin de poderla
pesar), en la gravedad terrestre subirá una pequeña distancia. Esa pequeña
distancia es precisamente la magnitud necesaria para restaurar la relación de
incertidumbre energía-tiempo.
«Era esencial tener en cuenta la relación entre el ritmo de un reloj y su
posición en un campo gravitatorio», recordaría Bohr, que atribuyó a Einstein el
mérito de haberle ayudado gentilmente a realizar los cálculos que en última
instancia darían el triunfo al principio de incertidumbre. Pero Einstein jamás
llegaría a convencerse del todo. Un año después todavía seguía ideando
variaciones de aquellos experimentos mentales».[912]
La mecánica cuántica acabó revelándose una teoría fructífera, y posteriormente
Einstein fue adoptando lo que podría calificarse de su propia versión de la
incertidumbre. Ya no denunciaba la mecánica cuántica como incorrecta, sino solo
como incompleta. Y en 1931 nominó a Heisenberg y Schrödinger para el Nobel (que
obtuvieron en 1932 y 1933, junto con Dirac). «Estoy convencido de que esta
teoría sin duda contiene una parte de la verdad última», escribiría Einstein en
su carta de nominación.
Parte de la verdad última. Einstein consideraba, pues, que había más
realidad de la que explicaba la interpretación de Copenhague de la mecánica
cuántica.
El defecto de esta consistía en que «no pretende en absoluto describir la
propia realidad física, sino solo las probabilidades de que se
dé una realidad física que nosotros vemos», escribiría ese año en un homenaje a
James Clerk Maxwell, el maestro del planteamiento físico que tanto apreciaba la
teoría del campo. Einstein concluía su texto con un sonoro credo realista —una
negación directa de la declaración de Bohr de que la física no trata de lo que
la naturaleza es, sino solo «de lo que nosotros podemos decir de
la naturaleza»— que habría hecho fruncir el ceño a Hume, a Mach y,
posiblemente, incluso al joven Einstein. Declaraba: «La creencia en un mundo
externo independiente del sujeto que lo percibe es la base de toda ciencia
natural».[913]
Arrebatarle sus principios a la naturaleza
En sus días de juventud más radicales, Einstein no suscribía ese credo, sino
que se consideraba más bien un empirista o un positivista. En otras palabras,
había aceptado las obras de Hume y de Mach como textos sagrados, lo que le
había llevado a evitar los conceptos, como el de éter o el de tiempo absoluto,
que no resultaran cognoscibles por medio de la observación directa.
Ahora que su oposición al concepto de éter se hacía más sutil y aumentaba su
malestar frente a la mecánica cuántica, iba alejándose poco a poco de aquella
ortodoxia. «Lo que menos me gusta de esta clase de argumentación —reflexionaría
el Einstein más maduro— es la actitud positivista básica, que desde mi punto de
vista resulta insostenible, y que me parece que viene a ser lo mismo que el
principio de Berkeley, Esse est percipi».[914][XVII]
La filosofía de la ciencia de Einstein se caracteriza por tener una gran
continuidad, de modo que resultaría erróneo insistir en que se produjo un
cambio claramente definido en su pensamiento, del empirismo al realismo.[915] Es justo decir, no obstante, que durante su lucha con la
mecánica cuántica, en la década de 1920, fue perdiendo la fe en el dogma de
Mach y adoptando una postura cada vez más realista, la de alguien que creía,
como él mismo diría en su tributo a Maxwell, en una realidad subyacente que
existe independientemente de nuestras observaciones.
Ello se reflejaría en una conferencia que Einstein pronunció en Oxford en junio
de 1933, titulada «Sobre el método de la física teórica», donde esbozaba su
filosofía de la ciencia.[916] Empezaba con una advertencia: para comprender realmente
los métodos y la filosofía de los físicos —decía—, «no escuchen sus palabras;
fijen su atención en sus obras».
Si nosotros nos fijamos en lo que hacía Einstein en lugar de en lo que decía,
es evidente que creía (como cualquier científico que se precie) que el producto
final de cualquier teoría debían ser una serie de conclusiones que pudieran
confirmarse mediante la experiencia y las pruebas empíricas. Era conocida su
costumbre de terminar sus artículos con propuestas para la realización de tales
experimentos.
Pero ¿cómo concebía los elementos iniciales de su pensamiento teórico, los
principios y postulados que luego desencadenaban sus deducciones lógicas? Como
ya hemos visto, normalmente no partía de un conjunto de datos experimentales
que necesitaran una explicación. «Ninguna colección de datos empíricos, por muy
exhaustiva que sea, puede conducir jamás a la formulación de tan complejas
ecuaciones», decía, describiendo cómo había concebido la teoría de la
relatividad general.[917] En muchos de sus famosos artículos tenía especial cuidado
en insistir en que no había partido de tales datos experimentales —del
movimiento browniano, o los intentos de detectar el éter, o el efecto
fotoeléctrico— para deducir sus nuevas teorías.
Lejos de ello, en general partía de postulados que había extraído de su
comprensión del mundo físico, como la equivalencia entre gravedad y
aceleración. Dicha equivalencia no era algo que se le hubiera ocurrido
estudiando datos empíricos. La gran fuerza de Einstein como teórico residía en
que poseía una capacidad mayor que otros científicos para idear lo que él
denominaba «los postulados y principios generales que sirven de punto de
partida».
Era un proceso en el que se mezclaban la intuición y la percepción de las
pautas derivadas de los datos experimentales. «El científico tiene que sonsacar
esos principios generales a la naturaleza discerniendo, al observar conjuntos
de datos empíricos, ciertos rasgos generales».[918] Mientras se esforzaba en buscar un punto de apoyo de cara
a una teoría unificada, Einstein supo captar la esencia de este proceso en una
carta a Hermann Weyl: «Creo que, a fin de poder hacer algún progreso real,
habría que encontrar de nuevo un principio general arrebatado a la naturaleza».[919]
Una vez arrebatado dicho principio a la naturaleza, Einstein empleaba una
mezcla de intuición física y formalización matemática para caminar hacia alguna
conclusión comprobable. En sus días de juventud a veces había menospreciado el
papel que podía desempeñar el matemático puro. Pero durante su último asalto a
la teoría de la relatividad sería el enfoque matemático el que acabaría
llevándole a la línea de meta.
A partir de entonces pasaría a depender cada vez más de la formalización
matemática en su búsqueda de una teoría del campo unificado. «El desarrollo de
la teoría de la relatividad general permitió a Einstein descubrir la potencia
de las formalizaciones matemáticas abstractas, especialmente la del cálculo de
tensores —escribió el astrofísico John Barrow—. Había una profunda perspectiva
física orquestando las fórmulas matemáticas de la relatividad general, pero en
los años que siguieron la balanza se desplazó hacia el otro lado. La búsqueda
de Einstein de una teoría unificada se caracterizó por la fascinación por las
propias formalizaciones abstractas».[920]
En su conferencia de Oxford, Einstein empezaba con un gesto de reverencia hacia
el empirismo: «Todo conocimiento de la realidad parte de la experiencia y acaba
en ella». Pero de inmediato pasaba a subrayar el papel que desempeñaban la
«razón pura» y las deducciones lógicas. Aceptaba sin paliativos que su éxito a
la hora de emplear el cálculo de tensores para concebir las ecuaciones de la
relatividad general le había convertido a la fe en un enfoque matemático, un
enfoque que hiciera especial hincapié en la simplicidad y elegancia de las
ecuaciones más que en el papel de la experiencia.
El hecho de que ese método hubiera dado su fruto en la relatividad general
—decía— «justifica nuestra creencia en que la naturaleza es la
realización de las ideas matemáticas más simples concebibles».[921] He aquí un credo elegante, al tiempo que asombrosamente
interesante, que captaba la esencia del pensamiento de Einstein durante las
décadas en que la «simplicidad» matemática le guió en su búsqueda de una teoría
del campo unificado, y a la vez se hacía eco de lo que declarara el gran Isaac
Newton en el libro 3 de sus Principios: «A la naturaleza le
complace la simplicidad».
Pero Einstein no ofrecía prueba alguna de la validez de su credo; un credo que,
por lo demás, parece desmentir la moderna física de partículas.[922] Ni tampoco jamás llegaría a explicar del todo qué entendía
exactamente por «simplicidad matemática». Lejos de ello, se limitaría a afirmar
su profunda intuición de que así era como Dios habría hecho el universo. «Estoy
convencido de que podemos descubrir por medio de construcciones matemáticas
puras los conceptos y las leyes que los vinculan mutuamente», afirmaba.
Era una creencia —de hecho, una fe— que había expresado ya en su anterior
visita a Oxford, cuando en mayo de 1931 dicha universidad le había concedido el
doctorado honoris causa. En la conferencia que pronunció en aquella ocasión,
Einstein explicaba que su constante búsqueda de una teoría del campo unificado
venía impulsada por la atracción de la elegancia matemática antes que por el
empuje de los datos experimentales. «Me he guiado, no por la presión ejercida
desde atrás por los datos experimentales, sino por la atracción ejercida desde
delante por la simplicidad matemática —decía—. Solo cabe esperar que los
experimentos sigan la enseña matemática».[923]
Del mismo modo, Einstein concluía su conferencia de Oxford de 1933 afirmando
que había llegado a creer que las ecuaciones matemáticas de las teorías de
campos constituían el mejor modo de captar «la realidad». Hasta ahora —admitía—
eso no había funcionado en el nivel subatómico, que parecía regido por el azar
y las probabilidades. Sin embargo decía a su audiencia que él seguía aferrado a
la creencia de que aún no se había dicho la última palabra. «Sigo creyendo en
la posibilidad de un modelo de realidad; es decir, de una teoría que represente
las propias cosas, y no meramente la probabilidad de que estas sucedan».[924]
¿Su mayor error?
Allá en 1917, cuando Einstein había analizado las «consideraciones
cosmológicas» derivadas de su teoría de la relatividad general, la mayoría de
los astrónomos creían que el universo estaba integrado únicamente por nuestra
Vía Láctea, que flotaba, con sus aproximadamente cien mil millones de
estrellas, en un espacio vacío. Parecía ser asimismo un universo bastante
estable, con estrellas que iban de un lado a otro, pero que no se expandían
hacia fuera o se colapsaban hacia dentro de una manera perceptible.
Esto había llevado a Einstein a añadir a sus ecuaciones de campo una constante
cosmológica que representaba una fuerza «repulsiva» (véase el capítulo 11),
inventada para contrarrestar la atracción gravitatoria, la cual, en el caso de
que las estrellas no se alejaran unas de otras con el suficiente impulso,
acabaría agrupándolas a todas.
Pero entonces se produjeron una serie de asombrosos descubrimientos, a partir
de 1924, de la mano de Edwin Hubble, un pintoresco y simpático astrónomo que trabajaba
con el telescopio reflector de 2,5 metros del Observatorio Monte Wilson,
situado en las montañas del norte de Pasadena, en California. El primero fue
que la borrosa imagen conocida como nebulosa de Andrómeda era en realidad otra
galaxia, más o menos del tamaño de la nuestra, situada a casi un millón de años
luz (hoy sabemos que en realidad se halla a más del doble de esa distancia).
Hubble no tardó en descubrir al menos otras dos docenas de galaxias todavía más
distantes (actualmente se cree que hay más de cien mil millones de ellas).
Luego Hubble realizó otro descubrimiento aún más asombroso. Midiendo el
desplazamiento hacia el rojo de los espectros de las estrellas (que es el
equivalente en las ondas luminosas al efecto Doppler en las sonoras), se dio
cuenta de que las galaxias se alejaban de nosotros. Había al menos dos
explicaciones posibles para el hecho de que las estrellas distantes de todas
direcciones parecieran alejarse de nosotros: 1) porque nosotros éramos el
centro del universo, algo que desde los tiempos de Copémico solo creen los
colegiales; 2) porque toda la métrica del universo se expandía, lo que
significaba que todo se extendía en todas direcciones, de modo que todas las
galaxias se alejaban unas de otras.
Se hizo evidente que la segunda explicación era la correcta cuando Hubble
confirmó que, en general, las galaxias se alejaban de nosotros a una velocidad
que era proporcional a la distancia que nos separaba de ellas. Las que se
encontraban al doble de distancia se alejaban el doble de rápido; las que se
hallaban al triple de distancia, el triple de rápido, etc.
Una forma de entender esto es imaginar una cuadrícula de puntos situados entre
sí a un centímetro de distancia sobre la superficie elástica de un globo.
Supongamos que el globo se hincha, con lo que su superficie se expande al doble
de sus dimensiones originales. Ahora todos los puntos están a dos centímetros
unos de otros. Así, durante la expansión, un punto que originariamente se
hallaba a un centímetro de distancia de otro determinado se alejará otro
centímetro más de él. Y durante ese mismo período, un punto que originariamente
se encontrara a dos centímetros de aquel se alejará otros dos, uno que
estuviera a tres centímetros se alejará otros tres, y uno que se hallara a diez
se alejará otros diez. Cuanto más lejos estuviera inicialmente el punto en
cuestión, más rápido se alejará de nuestro punto. Y lo mismo valdría desde la
perspectiva de todos y cada uno de los puntos del globo.
Todo esto constituye una manera sencilla de decir que no es que las galaxias
estén simplemente alejándose de nosotros, sino que, lejos de ello, es la
métrica del espacio, o la estructura del cosmos, la que se está expandiendo
íntegramente. Para hacemos una idea de esto en tres dimensiones, imaginemos que
los puntos son pasas en un pastel que está en el homo «expandiéndose» en todas
direcciones.
En su segundo viaje a Estados Unidos, en enero de 1931, Einstein decidió acudir
a Monte Wilson (casualmente situado de camino al Instituto Tecnológico de California,
la institución que había ido a visitar) para verlo por sí mismo. Él y Edwin
Hubble remontaron la serpenteante carretera en un reluciente automóvil de
turismo de la marca Pierce-Arrow. Arriba les esperaba el ya anciano y achacoso
Albert Michelson, famoso por su experimento del éter.
Era un día soleado, y Einstein jugó alegremente con los diales e instrumentos
del telescopio. A Elsa, que le acompañaba, le explicaron que aquel equipamiento
se empleaba para determinar el alcance y la forma del universo. Se dice que
ella respondió:
—Bueno, mi marido lo hace en el dono de un sobre viejo.[925]
La evidencia de que el universo se expandía se presentó en la prensa popular
como un desafío a las teorías de Einstein. Era un drama científico, que cautivó
la atención de la opinión pública. «Grandes sistemas estelares —empezaba una
noticia de la agencia Associated Press—, que se alejan de la Tierra a 12.000
kilómetros por segundo, plantean un problema al doctor Albert Einstein».[926]
Este, sin embargo, celebraría la noticia. «La gente del observatorio Monte
Wilson es excepcional —le escribiría a Besso—. Recientemente han descubierto
que las nebulosas espirales se distribuyen más o menos uniformemente en el
espacio, y que exhiben un fuerte efecto Doppler, proporcional a sus distancias,
que puede deducirse fácilmente a partir de la teoría de la relatividad general
sin el término “cosmológico”».
En otras palabras, la constante cosmológica, que Einstein había inventado a
regañadientes para explicar un universo estático, al parecer ya no era
necesaria, puesto que de hecho el universo se expandía.[XXVIII] «La situación es verdaderamente emocionante», le diría
exultante a Besso.[927]
Obviamente habría sido aún más emocionante que Einstein hubiera confiado en sus
ecuaciones originales, y simplemente hubiera anunciado que su teoría de la
relatividad general predecía que el universo se expandía. De haber hecho tal
cosa, la confirmación de dicha expansión por parte de Hubble más de una década
después habría tenido tanto impacto como cuando Eddington confirmó su
predicción respecto al modo en que la gravedad del Sol curvaría los rayos de
luz. Puede que el Big Bang (o «gran explosión»), se hubiera
denominado entonces Einstein Bang (o «explosión de Einstein»),
y habría pasado a la historia, además de a la imaginación popular, como uno de
los descubrimientos teóricos más fascinantes de la física moderna.[928]
Pero la realidad fue que Einstein solo tuvo el placer de renunciar a la
constante cosmológica, que nunca le había gustado.[929] En una nueva edición de su libro de divulgación sobre la
relatividad, publicada en 1931, añadió un apéndice en el que explicaba por qué
el término que anteriormente había metido con calzador en sus ecuaciones de
campo afortunadamente ya no era necesario.[930] «Cuando discutía los problemas cosmológicos con Einstein
—recordaría posteriormente George Gamow—, él recalcaba que la introducción de
la constante cosmológica había sido el mayor error que había cometido en su
vida».[931]
Lo cierto es que incluso los errores de Einstein resultaban más fascinantes y
complejos que los aciertos de otros científicos menores. Ahora resultaba
complicado limitarse simplemente a eliminar el término de las ecuaciones de
campo. «Por desgracia —afirma el premio Nobel Steven Weinberg—, no era tan
sencillo como quitar simplemente la constante cosmológica, puesto que todo lo
que contribuye a la densidad energética del vacío actúa precisamente como una
constante cosmológica».[932]
Resultó, pues, que la constante cosmológica no solo era difícil de eliminar
sino que aún hoy sigue siendo necesaria para los cosmólogos, que la utilizan
para explicar la expansión acelerada del universo.[933] La misteriosa energía oscura que parece causar esta
expansión se comporta exactamente como si fuera una manifestación de la
constante de Einstein. Como resultado, dos o tres veces al año se producen
nuevas observaciones que generan noticias caracterizadas por tener titulares
como este, de noviembre de 2005: «El genio de Albert Einstein, que añadió una
“constante cosmológica” a su ecuación de la expansión del universo, pero que
luego la retiró, puede verse reivindicado por nuevas investigaciones».[934]
Capítulo 16
La cincuentena
1929-1931
La casa de Einstein en Caputh, cerca de Berlín.
Contenido:
·
Caputh
·
Compañeras
·
Otra vez América
·
El pacifismo de Einstein
·
Ideales políticos
·
La correspondencia entre
Einstein y Freud
Caputh
Einstein deseaba cierta soledad para celebrar su cincuentenario, un lugar donde
refugiarse de la publicidad. De modo que en marzo de 1929 huyó de nuevo, como
había hecho durante la publicación de su artículo sobre la teoría del campo
unificado unos meses antes, y se alojó en la cabaña del jardinero de una finca
situada a orillas del río Havel y propiedad de Janos Plesch, un extravagante y
chismoso médico de origen húngaro, una celebridad en la materia, que había
añadido a Einstein a su llamativa colección de pacientes-amigos.
Durante días Einstein vivió solo, cocinándose sus propias comidas, mientras
periodistas y admiradores oficiales le buscaban. Su paradero se convirtió en
materia de especulación en los periódicos. Solo su familia y su ayudante sabían
dónde estaba, y se negaban a decírselo incluso a sus amigos íntimos.
El día de su cumpleaños, a primera hora de la mañana, Einstein salió de su
escondite, que no tenía teléfono, para dirigirse a una casa vecina a fin de
llamar a Elsa. Ella empezó a felicitarle por traspasar la frontera del medio
siglo, pero él la interrumpió.
—¡Tanta lata por un cumpleaños! —le dijo riendo.
En realidad era una llamada por un asunto relacionado con la física, no
meramente personal. Le dijo que había cometido un pequeño error en algunos
cálculos que le había entregado a su ayudante, Walther Mayer, y quería que ella
tomara nota de las correcciones y se las pasara.
Elsa y sus hijas salieron aquella tarde para disfrutar de una pequeña
celebración privada. Al llegar, se sintió consternada al encontrar a Einstein
ataviado con su traje más viejo, que ella le había escondido.
—¿Cómo te las has arreglado para encontrarlo? —le preguntó.
—¡Ah! ¡Yo lo sé todo sobre esos escondrijos![935]
El New York Times, tan intrépido como siempre, fue el único
periódico que logró encontrarle. Un miembro de la familia recordaría
posteriormente que el aspecto airado de Einstein había ahuyentado al
periodista. Pero no era cierto. El reportero era listo, y Einstein, pese a su
fingida furia, se mostró tan complaciente como de costumbre. «Einstein es
descubierto escondido en su cumpleaños», sería el titular del periódico. El
científico le enseñó al periodista un microscopio que alguien le había
regalado, y aquel informaría de que era como un «niño encantado» con un nuevo
juguete.[936]
De todo el mundo llegaron más regalos y felicitaciones, pero los que más le
emocionaron provenían de personas sencillas. Una costurera le envió un poema, y
un parado había ahorrado unas monedas para comprarle un pequeño paquete de
tabaco. Este último regalo le arrancó lágrimas de los ojos, y fue el primero
por el que escribió una carta de agradecimiento.[937]
Hubo, sin embargo, otro regalo de cumpleaños que le causaría más problemas. La
ciudad de Berlín, a instancias del siempre entrometido doctor Plesch, decidió
honrar a su ciudadano más famoso otorgándole el derecho vitalicio a alojarse en
una casa de campo que formaba parte de una gran propiedad que había adquirido
el municipio a orillas de un lago. Allí podría refugiarse, navegar en su barco
de madera y garabatear sus ecuaciones con tranquilidad.
Fue un gesto generoso y cortés. Y también bien recibido. A Einstein le gustaba
navegar tanto como la soledad y la sencillez, pero no tenía ninguna residencia
de fin de semana y tenía que guardar su velero en casa de unos amigos. De modo
que aceptó con entusiasmo.
La casa, de estilo clásico, se hallaba en medio de un parque situado cerca del
pueblo de Cladow, en uno de los lagos del Havel. En los periódicos aparecieron
varias fotos de ella, y un pariente la definió como «la residencia ideal para
una persona de intelecto creativo y para un hombre aficionado a navegar». Pero
cuando Elsa fue a inspeccionarla, se encontró con que todavía estaba viviendo
allí la aristocrática pareja que había vendido la finca a la ciudad. Ellos le
dijeron que en el acuerdo habían conservado el derecho a vivir en la propiedad.
El estudio de los documentos pertinentes reveló que estaban en lo cierto, y
que, por tanto, no se les podía desalojar.
De modo que la ciudad decidió dar a los Einstein otra parte de la finca en la
que pudieran construir su propio hogar. Pero también eso violaba los términos
del acuerdo de compraventa. Las presiones y la publicidad no hicieron sino
reforzar aún más la determinación de la familia originaria de impedir que los
Einstein construyeran en aquel terreno, y el asunto se convirtió en un
embarazoso desastre que apareció en todas las portadas, especialmente después
de que una tercera propuesta alternativa también se revelara inviable.
Finalmente se decidió que lo mejor era que los Einstein buscaran y eligieran su
propio trozo de terreno, y la ciudad se lo compraría. De modo que Albert eligió
una parcela, propiedad de unos amigos, algo más lejos de la ciudad, junto a un
pueblo situado justo al sur de Potsdam y llamado Caputh. Se hallaba en una zona
silvestre entre el Havel y un denso bosque, y a Einstein le gustaba. Consecuentemente,
el alcalde pidió a la asamblea de diputados de la ciudad que aprobara un gasto
de 20.000 marcos en la compra de la finca como regalo a Einstein en su
cincuentenario.
Un joven arquitecto dibujó los planos, y Einstein compró una pequeña parcela
ajardinada cercana. Entonces intervino la política. En la asamblea, los
nacionalistas alemanes de derechas se oponían, retrasaban la votación, e
insistían en que se incluyera la propuesta en una futura agenda para que fuera
objeto de un exhaustivo debate. Era evidente que Einstein personalmente sería
el objeto de dicho debate.
De modo que este escribió una carta, no exenta de cierto tono divertido, en la
que rechazaba el regalo. «La vida es muy corta —le decía al alcalde—, mientras
que las autoridades trabajan despacio. Mi cumpleaños ha pasado ya, y yo rehúso
el regalo». Al día siguiente, el titular del Berliner Tageblatt rezaba:
«Completo deshonor público / Einstein rehúsa».[938]
Para entonces, los Einstein se habían enamorado ya de la parcela de Caputh,
habían negociado su compra y tenían el diseño de una casa que construir en
ella. Así que decidieron seguir adelante y pagarla de su propio bolsillo.
«Hemos gastado casi todos nuestros ahorros —se quejaría Elsa—, pero tenemos
nuestra tierra».
La casa que construyeron era sencilla, con paneles de madera pulimentada por
dentro y tablones sin barnizar en el exterior. A través de una gran ventana
panorámica se contemplaba una tranquila vista del Havel. Marcel Breuer, el
afamado diseñador de muebles de la Bauhaus, se había ofrecido a hacer el diseño
interior; pero Einstein era un hombre de gustos conservadores. «Yo no voy a
sentarme en un mueble que me recuerde constantemente a un taller de maquinaria
o a la sala de operaciones de un hospital», diría. En lugar de ello, utilizaron
algunas de las macizas piezas sobrantes del piso de Berlin.
La habitación de Einstein, en la planta baja, contaba con una espartana mesa de
madera, una cama y un pequeño retrato de Isaac Newton. También la habitación de
Elsa estaba en el piso de abajo, y entre ambas habitaciones había un baño
común. Arriba había unas habitaciones pequeñas con literas para sus dos hijas y
la criada. «Me gusta muchísimo vivir en la nueva casita de madera, aunque como
resultado me haya arruinado —le escribiría Einstein a su hermana poco después
del traslado—. El velero, las magníficas vistas, los solitarios paseos de
otoño, la relativa quietud… es un paraíso».[939]
Allí pudo botar el nuevo barco de diez metros de eslora que sus amigos le
habían regalado para su cumpleaños, el Tümmler (o «Delfín»),
construido según sus especificaciones. Le gustaba salir solo a surcar las
aguas, a pesar de que no sabía nadar. «Se sentía absurdamente feliz en cuanto
llegaba al agua», recordaría un visitante.[940] Durante horas dejaba el barco a la deriva deslizándose sin
rumbo fijo mientras él jugaba indolente con el timón. «Su pensamiento
científico, que no le abandona ni siquiera en el agua, adopta el carácter de un
ensueño —diría un pariente—. El pensamiento teórico es rico en imaginación».[941]
Compañeras
A lo largo de toda la vida de Einstein, sus relaciones con las mujeres
parecieron estar gobernadas por fuerzas indómitas. Su magnético atractivo y sus
entrañables maneras atrajeron repetidamente a las mujeres. Y aunque normalmente
se abstuvo de caer en enredos amorosos, ocasionalmente se vio atrapado en el
torbellino de una atracción apasionada, tal como le había ocurrido con Mileva
Maric e incluso con Elsa.
En 1923, después de casarse con Elsa, Einstein se enamoró de su secretaria,
Betty Neumann. Según una serie de cartas recientemente reveladas, su romance
fue serio y apasionado. Aquel otoño, mientras realizaba una visita a Leiden, él
la escribió sugiriéndole que quizá podría buscar un empleo en Nueva York y que
ella podría acompañarle en calidad de secretaría. Allí viviría con él y con
Elsa —fantaseaba—. «Yo convenceré a mi esposa de que lo permita —decía—.
Podríamos vivir juntos para siempre. Podríamos tener una gran casa en las
afueras de Nueva York».
Ella respondió mofándose tanto de él como de la idea, lo que predispuso a
Einstein a aceptar lo «locamente burro» que había sido. «Tienes tú más respeto
por las dificultades de la geometría triangular que yo, un viejo matemático».[942]
Finalmente terminaron su romance con el lamento de que él «debía buscar en las
estrellas» el verdadero amor que se le negaba en la tierra. «Querida Betty,
ríete de mí, el viejo burro, y encuentra a alguien que sea diez años más joven
que yo y que te quiera tanto como yo te quiero».[943]
Pero la relación persistió. El verano siguiente, Einstein fue a ver a sus hijos
al sur de Alemania, y desde allí escribió a su esposa diciéndole que no podía
ir a verlas a ella y a sus hijas, que estaban en un balneario cercano, porque
«lo poco agrada y lo mucho cansa». Pero al mismo tiempo escribía a Betty
Neumann para decirle que iba a ir secretamente a Berlín, pero que no debía
decírselo a nadie porque si Elsa se enteraba, «volverá volando».[944]
Después de que construyera su casa en Caputh, hubo toda una serie de amistades
femeninas que fueron a visitarle allí, con la reticente aquiescencia de Elsa.
Toni Mendel, una rica viuda que tenía una finca a orillas del lago Wannsee, iba
en ocasiones a navegar con él a Caputh, mientras que otras veces era él quien
iba en barco hasta su villa, donde permanecían hasta altas horas de la noche
tocando el piano. Incluso iban juntos al teatro en Berlín de vez en cuando. En
cierta ocasión, en que ella envió a su chófer a recoger a Einstein en su
limusina, Elsa tuvo una furiosa pelea con él y se negó a darle dinero en
efectivo.
Einstein también mantuvo una relación con una mujer de la alta sociedad
berlinesa llamada Ethel Michanowski, que le siguió en uno de sus viajes a
Oxford, en mayo de 1931, y aparentemente se alojó en un hotel de la localidad.
Einstein le escribió un poema de cinco líneas en un carné de notas de la
universidad. «De largas ramificaciones y delicadamente engarzada, nada escapará
a su mirada», empezaba diciendo. Unos días después ella envió un costoso
regalo, que no fue debidamente apreciado. «El paquetito me ha enfadado de
verdad —le escribió Einstein—. Tienes que dejar de enviarme regalos
incesantemente… ¡Mira que enviarme algo como eso a una universidad inglesa
donde estamos rodeados de todos modos de una insensata opulencia!».[945]
Cuando Elsa se enteró de que Michanowski había ido a ver a Einstein a Oxford,
se puso furiosa, especialmente con ella por haberla engañado al decirle dónde
iba. Einstein escribió desde Oxford para decirle a Elsa que se tranquilizara.
«Tu disgusto con Frau M carece totalmente de fundamento, puesto que se ha
comportado completamente de acuerdo con la mejor moral judeocristiana —le
decía—. He aquí la prueba: 1) lo que a uno le agrada y no hace daño a otros,
debe hacerlo; 2) lo que a uno no le agrada y solo irrita a otros, no debe
hacerlo. Debido a 1 ella vino conmigo, y debido a 2, no te dijo nada al
respecto. ¿No es una conducta impecable?». Pero en una carta a la hija de Elsa,
Margot, Einstein afirmaba que la persecución de Michanowski le resultaba
molesta. «Me saca de quicio que vaya detrás de mí —le escribiría a Margot, que
era amiga de Michanowski—. No me importa lo que diga de mí la gente, pero para
madre [Elsa] y para Frau M es mejor que el asunto no sea la comidilla de todo
quisque».[946]
En su carta a Margot, Einstein insistía en que no se sentía especialmente
apegado a Michanowski, ni tampoco a la mayoría de las otras mujeres que
flirteaban con él. «De todas las mujeres, solo me siento realmente apegado a
Frau L, que es perfectamente inocente y respetable», decía, de manera nada
tranquilizadora.[947] Se refería a una rubia austríaca llamada Margarete Lebach,
con la que mantenía una relación bastante pública. Cuando Lebach iba de visita
a Caputh solía llevar pasteles para Elsa; pero esta, comprensiblemente, no
podía soportarla, de modo que los días en que iba de visita ella solía
marcharse de compras a Berlín.
En una de aquellas visitas, Lebach se dejó una prenda de ropa en el barco de
Einstein, lo que provocó un altercado familiar e hizo que la hija de Elsa
instara a su madre a que obligara a Albert a poner fin a la relación. Pero Elsa
temía que su marido se negara, ya que le había dado a entender que él creía que
los hombres y las mujeres no eran naturalmente monógamos.[948] Al final Elsa decidió que salía ganando si preservaba todo
lo que podía de su matrimonio, ya que en otros aspectos este se adecuaba a sus
aspiraciones.[949]
A Elsa le gustaba su marido, al que también reverenciaba. Era consciente de que
debía aceptarlo con todas sus complejidades, especialmente dado que su vida
como señora Einstein incluía muchas cosas que la hacían feliz. «Un genio así
debería ser irreprochable en todos los sentidos —le diría al artista y grabador
Hermann Struck, que hizo un retrato de Einstein más o menos cuando este cumplió
los cincuenta (como había hecho también al cumplir los cuarenta)—. Pero la
naturaleza no funciona así. Allí donde derrocha en exceso, también exige en
exceso». Había que aceptar lo bueno y lo malo como un todo. «Tiene usted que
verlo de una sola pieza —le explicaba—. Dios le ha dado una gran nobleza y yo
lo encuentro maravilloso, aunque la vida con él resulta agotadora y complicada,
y no solo en un aspecto, sino en varios».[950]
La otra mujer importante en la vida de Einstein fue una que se mostraría
completamente discreta, protectora y leal, y que no representaría una amenaza
para Elsa. Helen Dukas empezó a trabajar como secretaria de Einstein en 1928,
cuando este se vio postrado en cama por una afección cardíaca. Elsa conocía a
la hermana de Helen, que dirigía la Organización de Huérfanos Judíos, de la que
ella era presidenta honoraria. Antes de permitir que conociera a Einstein, Elsa
se entrevistó con Dukas, que le pareció digna de confianza y, sobre todo,
«segura» en todos los aspectos. De modo que le ofreció el empleo antes incluso
de que llegara a conocer a Einstein.
Cuando Helen, que entonces tenía treinta y dos años, fue conducida por primera
vez a la habitación donde Einstein yacía enfermo, en abril de 1928, él le
alargó la mano y le sonrió:
—Aquí yace el cuerpo de un viejo niño.
Desde aquel momento hasta la muerte de Einstein, en 1955 —en realidad, hasta la
muerte de ella, en 1982—, Helen Dukas, que jamás llegaría a casarse, se
convertiría en la fiel protectora de su tiempo, de su privacidad, de su
reputación y, más tarde, de su legado. «Su instinto era tan infalible y directo
como una brújula magnética», declararía posteriormente George Dyson. Aunque
podía exhibir una agradable sonrisa y una viva franqueza con quienes le caían
bien, en general se mostraba austera, dura y, en ocasiones, bastante
malhumorada.[951]
Más que una secretaría, frente a los extraños entrometidos podía parecer una
especie de perro guardián de Einstein; o, como él mismo la llamaba, su can
Cerbero, el perro que custodiaba las puertas de su propio y pequeño reino del
Hades. Mantendría a los periodistas a raya, le ahorraría leer las cartas que
ella considerara que representaban una pérdida de su tiempo, y ocultaría
cualquier cosa que ella considerara que debía permanecer en privado. Al cabo de
un tiempo era casi como un miembro de la familia.
Otro visitante frecuente era un joven matemático de Viena, Walther Mayer, que
se convertiría en ayudante de Einstein y, en palabras de este, en su
«calculador». Ambos colaboraron juntos en varios artículos sobre la teoría del
campo unificado, y Einstein le calificaría de «un espléndido colega que, si no
fuera judío, haría ya tiempo que tendría una cátedra».[952]
Incluso Mileva Maric, que había vuelto a utilizar su apellido de soltera tras
el divorcio, empezó a usar de nuevo el apellido Einstein y logró establecer con
él una relación tensa pero viable. Cuando Einstein fue de viaje a Sudamérica, a
su regreso le trajo unas cestas de cactus. Dado que a ella le gustaban mucho
las plantas, cabe suponer que aquel era un regalo amistoso. Asimismo, en sus
visitas a Zúrich, a veces Einstein se alojaba en el piso de ella.
Incluso la invitó a que se hospedara con él y con Elsa cuando ella fue a
Berlín, una situación que probablemente habría provocado la incomodidad de
todos los implicados. Sin embargo, Maric prefirió, prudentemente, instalarse en
casa de los Haber. Einstein le decía que su relación había mejorado tanto que no
era sorprendente que sus amigos hablaran de lo bien que se llevaban ahora.
«Elsa también está contenta de que tú y los chicos ya no os mostréis hostiles
con ella», añadía.[953]
Sus dos hijos —le decía también a Maric— representaban lo mejor de su vida
interior, un legado que permanecería una vez que el reloj de su propio cuerpo
se hubiera agotado. Pese a ello, o precisamente por ello, su relación con sus
hijos seguía estando plagada de tensiones, que se acentuaron todavía más cuando
Hans Albert decidió casarse.
Como si los dioses quisieran ejercer su venganza, la situación fue similar a la
que Einstein había planteado a sus propios padres cuando había decidido casarse
con Mileva Maric. Hans Albert se había enamorado, mientras estudiaba en el
Politécnico de Zúrich, de una mujer nueve años mayor que él llamada Frieda
Knecht. Medía menos de metro y medio de estatura, y era sencilla y de maneras
abruptas, pero muy inteligente. Tanto Maric como Einstein se reunieron por este
motivo y coincidieron en que era intrigante, poco atractiva, y probablemente
engendraría una descendencia poco apta físicamente. «He hecho todo lo posible
por convencerle de que casarse con ella sería una locura —le escribiría
Einstein a Maric—. Pero parece que él es completamente dependiente de ella, de
modo que ha sido en vano».[954]
Einstein suponía que su hijo se había dejado atrapar debido a que era tímido e
inexperto con las mujeres. «Ella ha sido la que te ha pillado primero, y ahora
crees que es la encamación de la feminidad —le escribiría Einstein a Hans
Albert—. Esa es la conocida manera que tienen las mujeres de aprovecharse de
los ingenuos». En consecuencia, sugería que una mujer atractiva pondría remedio
a los problemas.
Pero Hans Albert era tan terco como lo había sido su padre veinticinco años
antes, y estaba decidido a casarse con Frieda. Einstein aceptó que no podía
impedirlo, pero instó a su hijo a que le prometiera que no tendría hijos. «Y en
el caso de que alguna vez tuvieras ganas de dejarla, que tu orgullo no te
impida contármelo —le escribía—. Al fin y al cabo, ese día sin duda llegará».[955]
Hans Albert y Frieda se casaron en 1927, tuvieron hijos y siguieron casados
hasta la muerte de ella, treinta y un años después. Como recordaría mucho más
tarde Evelyn Einstein, su hija adoptiva: «Albert lo había pasado tan mal con
sus padres por lo de su matrimonio, que uno diría que habría tenido el sentido
común de no entrometerse en los de sus propios hijos. Pero no. Cuando mi padre
fue a casarse con mi madre, hubo una explosión tras otra».[956]
Einstein expresó su disgusto por el matrimonio de Hans Albert en varias cartas
a Eduard. «El deterioro de la raza es un problema grave —le escribió—. Por eso
no puedo perdonarle a [Hans] Albert su pecado. Instintivamente evito verle, ya
que no puedo ponerle buena cara».[957]
Pero al cabo de dos años Einstein había empezado a aceptar a Frieda. La pareja
fue a visitarle en el verano de 1929, y luego él le explicaría a Eduard que
habían hecho las paces. «Me ha causado mejor impresión de lo que me esperaba
—le escribiría—. Él es realmente dulce con ella. Dios bendiga esa visión de
color de rosa».[958]
Por su parte, Eduard se mostraba cada vez más distraído en sus tareas
académicas, al tiempo que sus problemas psíquicos iban haciéndose más
evidentes. Le gustaba la poesía, y escribía ripios y aforismos que a menudo
resultaban cortantes, especialmente cuando el tema era su familia.
Tocaba el piano, sobre todo a Chopin, con una pasión que inicialmente parecía
suponer un afortunado contraste con su habitual letargia, pero que a la larga
resultaría aterradora.
Las cartas a su padre no eran menos intensas, y en ellas abría su alma sobre
cuestiones filosóficas y artísticas. Einstein respondía unas veces con ternura
y otras con desapego. «Con frecuencia enviaba a mi padre cartas bastante
entusiastas, y en varias ocasiones me preocupé porque él mostraba una actitud
más fría —recordaría Eduard más tarde—. Solo mucho después me enteré de cuánto
las apreciaba».
Eduard fue a la Universidad de Zúrich, donde estudió medicina con la intención
de hacerse psiquiatra. Se interesó por Sigmund Freud, cuyo retrato tenía
colgado en su habitación, y trató de analizarse a sí mismo. Las cartas a su
padre escritas durante este período ponen de manifiesto sus intentos, casi
siempre sagaces, de utilizar las teorías de Freud para analizar diversos
ámbitos de la vida, incluyendo el cine y la música.
No resulta sorprendente que Eduard se interesara en especial en las relaciones
entre padres e hijos. Algunos de sus comentarios eran sencillos y mordaces. «A
veces es difícil tener un padre tan importante, porque sientes que tú no
importas», escribiría en un momento dado. Unos meses después volvería a
manifestar más inseguridades: «Las personas que dedican su tiempo al trabajo
intelectual traen al mundo a hijos enfermizos, nerviosos y a veces incluso
completamente idiotas (como, por ejemplo, tú a mí)».[959]
Después sus comentarios se harían más complejos, como cuando analizaba el
famoso lamento de su padre de que el destino le había castigado por su
desprecio a la autoridad convirtiéndole en autoridad a (él mismo. Escribía
Eduard: «Psicoanalíticamente eso significa que, puesto que no querías ceder
ante tu propio padre y, en lugar de ello, luchabas con él, tenías que
convertirte en una autoridad para pasar a ocupar su lugar».[960]
Einstein conoció a Freud cuando este viajó de Viena a Berlín el día de Año
Nuevo de 1927. Freud, que entonces tenía setenta años de edad, sufría un cáncer
de boca y estaba sordo de un oído; a pesar de ello, los dos hombres mantuvieron
una agradable charla, debido en parte a que se centraron en la política en
lugar de hablar de sus respectivos ámbitos de estudio. «Einstein sabe tanto de
psicología como yo de física», le escribiría Freud a un amigo.[961]
Einstein nunca le pidió a Freud que viera o que tratara a su hijo, ni tampoco
parece que la idea del psicoanálisis le impresionara demasiado. «Puede que
ahondar en el subconsciente no siempre resulte útil —diría en una ocasión—.
Nuestras piernas están controladas por un centenar de músculos distintos. ¿Cree
que nos ayudaría a caminar que analizáramos nuestras piernas y supiéramos la
finalidad exacta de cada músculo y el orden en el que estos funcionan?» Y desde
luego jamás expresó el menor interés en someterse él mismo a terapia. «Me
gustaría mucho permanecer en la oscuridad de no haber sido analizado»,
declararía.[962]
A la larga, sin embargo, acabaría concediendo a Eduard —acaso para hacerle
feliz— que la obra de Freud podía tener algún mérito. «Debo admitir que, a
través de varías experiencias personales, estoy convencido al menos de sus
principales tesis».[963]
Mientras estudiaba en la universidad, Eduard se enamoró de una mujer mayor que
él, un rasgo que al parecer era cosa de familia y que seguramente habría
divertido a Freud. Cuando esta relación llegó a una dolorosa conclusión, Eduard
cayó en una apática depresión. Su padre le sugirió que buscara algún escarceo
con algún «juguete» más joven, y le sugirió también que buscara trabajo. «Hasta
un genio como Schopenhauer se vio aplastado por el paro —le escribiría—. La
vida es como montar en bicicleta. Si quieres mantener el equilibrio no puedes
parar».[964]
Pero Eduard fue incapaz de mantener el equilibrio. Empezó a faltar a las
clases, quedándose en su habitación. Conforme fueron aumentando sus problemas,
también pareció incrementarse la atención y el afecto de Einstein hacia él.
Había una dolorosa dulzura en las cartas de Albert a su afligido hijo cuando
trataba de sus ideas sobre psicología y luchaba por entender sus enigmáticos
aforismos.
«La vida no tiene ningún sentido fuera de la propia vida», declaraba Eduard en
uno de dichos aforismos.
Einstein le respondió cortésmente que él podía aceptar la frase, pero que «eso
aclara muy poco». La vida por sí misma —añadía Einstein— era vacía. «Las
personas que viven en una sociedad, que disfrutan de mirarse mutuamente a los
ojos, que comparten sus problemas, que centran sus esfuerzos en lo que es
importante para ellos y disfrutan con eso; esas personas llevan una vida
plena».[965]
Aquella exhortación tenía algo de intencional y de autobiográfico. El propio
Einstein apenas tenía inclinación o talento para compartir los problemas de
otros, y lo compensaba concentrándose en lo que era importante para él. «Tete
tiene en realidad mucho de mí mismo, aunque en él parece más pronunciado —le
reconocería a Maric—. Es un muchacho interesante, pero las cosas no van a ser
fáciles para él».[966]
Einstein fue a ver a Eduard en octubre de 1930 y, junto con Maric, trató de
sacarle de la espiral descendente en que había caído su mente. Pasaron mucho
tiempo tocando el piano juntos, pero no sirvió de nada. Eduard seguía
precipitándose hacia un sombrío reino. Poco después de que Einstein se
marchara, el joven amenazó con tirarse por la ventana de su habitación, pero su
madre le detuvo.
Las complejas hebras de la vida familiar de Einstein vendrían a entrelazarse en
una extraña escena producida en noviembre de 1930. Cuatro años antes, un
intrigante escritor ruso llamado Dimitri Marianoff había tratado de
entrevistarse con Einstein. Con no menos caradura que tenacidad, se presentó en
su casa y logró convencer a Elsa de que le dejara entrar. Allí procedió a
encandilar a Einstein hablándole del teatro ruso, y también llamó la atención
de la hija de Elsa, Margot, con una grandiosa exhibición de análisis
grafológico.
Margot era tan terriblemente tímida que a menudo se ocultaba de los extraños,
pero los ardides de Marianoff pronto la hicieron salir de su caparazón. Se
casaron unos días después de que Eduard tratara de suicidarse, al tiempo que
Maric, alterada, se presentaba de manera imprevista en Berlín para pedirle
ayuda a su ex marido. Marianoff describiría posteriormente la escena producida
hacia el final de su ceremonia de boda: «Cuando bajábamos las escaleras, me di
cuenta de que había una mujer de pie junto al pórtico. No habría reparado en
ella de no haber sido porque nos observaba con una mirada tan intensa que me
impresionó. Margot dijo en voz baja: “Es Mileva”».[967]
Einstein se sentiría profundamente conmocionado por la enfermedad de su hijo.
«Esta aflicción está devorando a Albert —escribiría Elsa—. Le resulta difícil
afrontarla».[968]
Pese a ello, no había mucho que él pudiera hacer. El día después de la boda,
por la mañana, él y Elsa partieron en tren hacia Amberes, desde donde zarparían
para realizar el que sería su segundo viaje a América. El comienzo del viaje
fue de locos. Einstein se separó de Elsa en la estación de Berlín y luego
extravió los billetes de tren.[969] Pero finalmente se reencontraron y emprendieron la que iba
ser otra visita triunfal a tierras americanas.
Otra vez América
El segundo viaje de Einstein al continente americano, iniciado en diciembre de
1930, se suponía que iba a ser distinto del primero. Esta vez no habría frenesí
multitudinario ni tanto alboroto. En lugar de ello, principalmente iba a
trabajar durante dos meses en calidad de investigador en el Instituto
Tecnológico de California. Los responsables de organizar el viaje estaban
ansiosos por proteger su intimidad, y al igual que los amigos de Einstein en
Alemania, consideraban indigna cualquier clase de publicidad.
Como de costumbre, Einstein pareció estar de acuerdo; al menos en teoría. Pero
una vez corrió la noticia de su viaje, se vio inundado por docenas de
telegramas diarios con propuestas para dar conferencias e invitaciones a
premios, todas las cuales rechazó. Durante el camino, él y su calculador
matemático, Walther Mayer, permanecieron recluidos, trabajando en revisiones de
su teoría del campo unificado, en un camarote de primera con un marinero
custodiando la puerta.[970]
Incluso decidió que no desembarcaría cuando el barco atracara en Nueva York.
«Odio enfrentarme a las cámaras y tener que responder a un torrente de
preguntas —afirmaba—. Por qué la imaginación popular ha ido a reparar en mí, un
científico, que trata de cosas abstractas y es feliz cuando se le deja solo;
constituye una manifestación de la psicología de masas que escapa a mi
entendimiento».[971]
Pero por entonces, el mundo, y en especial Estados Unidos, había entrado
irremisiblemente en la nueva era de la celebridad. La aversión a la fama había
dejado de considerarse algo natural. Puede que la publicidad fuera algo que
mucha gente de pro tendiera a evitar, pero había empezado a aceptarse su
atractivo. El día antes de que su barco atracara en Nueva York, Einstein avisó
de que había cedido a los requerimientos de los periodistas, y a su llegada
celebraría una conferencia de prensa y una sesión fotográfica.[972]
Aquello fue «peor que la más fantástica de las expectativas», escribiría en su
diario de viaje. Cincuenta reporteros, acompañados de cincuenta cámaras, se
precipitaron a bordo junto al cónsul alemán y su obeso ayudante. «Los
reporteros plantearon preguntas exquisitamente estúpidas, a las que yo respondí
con chistes baratos, que fueron acogidos con entusiasmo».[973]
Cuando le pidieron que definiera las cuatro dimensiones en una palabra,
Einstein respondió: «Tendrá que preguntárselo a un espiritista». ¿Podía definir
la relatividad en una sola fiase? «Dar una definición breve me llevaría tres
días».
Hubo, no obstante, una pregunta a la que trató de responder en serio, y en cuya
respuesta, por desgracia, Einstein se equivocaría. Era sobre un político cuyo
partido había surgido de las sombras tres meses antes obteniendo el 18 por
ciento de los votos en las elecciones de Alemania.
«¿Qué piensa de Adolf Hitler?», fue la pregunta. A la que Einstein respondió:
«Vive del estómago vacío de Alemania. En cuanto la situación económica mejore,
dejará de ser importante».[974]
La revista Time de aquella semana publicó en la portada una
foto de Elsa, ataviada con un alegre sombrero y exultante en su papel de esposa
del científico más famoso del mundo. Según la revista: «Dado que el matemático
Einstein no sabe manejar correctamente su cuenta bancaria», su esposa tenía que
equilibrar sus finanzas, y también hubo de gestionar los arreglos para el
viaje. «Debo hacer todas esas cosas para que él se sienta libre —declaraba Elsa
a la revista—. Él es toda mi vida. Y lo merece. Me gusta mucho ser la señora
Einstein».[975] Una de las tareas que ella misma se había atribuido era la
de cobrar un dólar por cada autógrafo de su esposo y cinco dólares por su
fotografía; llevaba un libro de cuentas, y luego donaba el dinero a
instituciones benéficas infantiles.
Einstein cambió de opinión con respecto a lo de quedarse recluido en el barco
cuando este se hallaba atracado en el puerto de Nueva York. De hecho, empezó a
aparecer inesperadamente en todas partes. Celebró la Januká con quince mil
personas en el Madison Square Garden, recorrió Chinatown en coche, comió con el
consejo de redacción del New York Times, fue vitoreado a su llegada
al Metropolitan Opera para oír a la sensacional soprano María Jeritza
interpretando Carmen, recibió las llaves de la
ciudad (que según le dijo bromeando el alcalde, Jimmy Walker, se le entregaban
«relativamente»), y fue presentado por el presidente de la Universidad de
Columbia como «el monarca reinante de la mente».[976]
También hizo una visita a la iglesia de Riverside, una enorme estructura con
una nave de 2.100 bancos cuya construcción acababa de finalizar. Se trataba de
una iglesia baptista, pero sobre su pórtico occidental, tallada en piedra en
medio de una docena de grandes pensadores de la historia, había una estatua de
cuerpo entero de Einstein. El conocido pastor baptista Harry Emerson Fosdick
recibió al matrimonio Einstein en la puerta y les hizo de guía. Albert hizo una
pausa para admirar un vitral donde se representaba a Immanuel Kant en su
jardín, y luego se interesó por su propia estatua.
—¿Soy el único hombre viviente entre todas esas figuras de todos los tiempos?
El doctor Fosdick, con un tono de gravedad del que los periodistas presentes
darían cumplida cuenta, respondió:
—Sí, es cierto, profesor Einstein.
—Entonces habré de tener mucho cuidado con lo que hago y digo durante el resto
de mi vida —replicó Einstein.
Más tarde, y según un artículo publicado en el boletín de la iglesia, añadiría
bromeando:
—¡Podía haber imaginado que harían de mí un santo judío, pero nunca creí que me
convertiría en uno protestante![977]
La iglesia se había construido con donaciones de John D. Rockefeller Jr., y
Einstein se las arregló para entrevistarse con el gran capitalista y
filántropo. El propósito del encuentro era tratar de las complejas
restricciones que imponían las fundaciones Rockefeller a las becas de
investigación.
—La burocracia —le dijo Einstein— recubre la mente como las manos de una momia.
También hablaron de economía y de justicia social en el ámbito de la Gran
Depresión. Einstein sugirió que se redujera la jomada laboral a fin de que —al
menos por lo que él sabía de economía— hubiera más gente que tuviera la
oportunidad de encontrar empleo. También dijo que prolongar los años de
escolarízación ayudaría a que los jóvenes se mantuvieran fuera de la población
activa.
—Y esa idea —preguntó Rockefeller—, ¿no impone una indeseable restricción a la
libertad individual?
Einstein replicó que la crisis económica vigente justificaba que se tomaran
medidas como las que se imponían en tiempo de guerra. Esto le dio también la
oportunidad de defender su postura pacifista, que Rockefeller, cortésmente,
rehusó compartir con él.[978]
Su discurso más memorable fue un llamamiento pacifista que hizo ante la
Sociedad Nueva Historia, donde pidió una «firme resistencia a la guerra y la
negativa a realizar el servicio militar bajo ninguna circunstancia». Luego
lanzó la que se convertiría en su célebre apelación a un 2 por ciento de
valientes:
Los tímidos podrían decir «¿Y para qué servirá eso? Nos mandarán a la cárcel».
A ellos les respondería: aunque solo un dos por ciento de las personas
convocadas al servicio militar anunciaran su rechazo a combatir… los gobiernos
se verían impotentes, y no se atreverían a mandar a la cárcel a un número tan
elevado de personas.
Aquel discurso se convertiría rápidamente en un manifiesto en favor de quienes
se oponían a la guerra. En las solapas de estudiantes y pacifistas empezaron a
aparecer broches en los que se leía simplemente: «2%».[XXIX] El New York Timespublicaba el titular de la
noticia en su primera página y luego reproducía el discurso íntegro. También un
periódico alemán publicó el titular, aunque con menos entusiasmo: «Einstein
pide objetores al servicio militar: los increíbles métodos de publicidad del
científico en América».[979]
El día en que abandonó Nueva York, Einstein rectificó ligeramente una de las
declaraciones que había hecho a su llegada. Al preguntarle de nuevo sobre
Hitler, declaró que si alguna vez los nazis lograban obtener el control, él
consideraría la posibilidad de abandonar Alemania.[980]
El barco de Einstein se dirigió luego a California a través del canal de
Panamá. Mientras su esposa pasaba el tiempo en la peluquería, él le dictaba
cartas a Helen Dukas y trabajaba en las ecuaciones de la teoría del campo
unificado con Walther Mayer. Aunque se quejaba de «las perpetuas fotografías»
que había de soportar por parte de los otros pasajeros, dejó que un joven le
hiciera un dibujo y luego añadió su propio humilde ripio para convertirlo en
objeto de coleccionista.
En Cuba, donde disfrutó del buen clima, Einstein habló ante la Academia de
Ciencias. Luego fue a Panamá, donde se gestaba una revolución que acabaría
derrocando a un presidente que, casualmente, también era un graduado del
Politécnico de Zúrich. Esto no impidió a las autoridades del país ofrecer a
Einstein una elaborada ceremonia de bienvenida, en la que se le regaló un
sombrero que «un indio ecuatoriano analfabeto había estado tejiendo durante
seis meses». El día de Navidad, Einstein felicitó a América a través de la
radio del barco.[981]
Cuando atracó en San Diego, la última mañana del año 1930, docenas de
periodistas se precipitaron a bordo, y en su fiebre por subir a cubierta
incluso hubo dos de ellos que se cayeron por la escalerilla. En el puerto había
quinientas muchachas uniformadas aguardando para darle una serenata. La
llamativa ceremonia de bienvenida se prolongó durante cuatro horas, y estuvo
plagada de discursos y presentaciones.
¿Había hombres —le preguntaron a Einstein— viviendo en otras partes del
universo? «Otros seres, quizá —respondió—, pero no hombres». ¿Estaban en
conflicto la ciencia y la religión? En realidad no —respondió—, «aunque
obviamente eso depende de las creencias religiosas de cada uno».[982]
Los amigos que vieron todo el alboroto organizado a su llegada en los
noticiarios de Alemania se sintieron asombrados, a la vez que un poco
consternados. «Siempre me divierte mucho verle y oírle en el noticiario semanal
—le escribiría la mordaz Hedwig Born—, ser obsequiado con una ofrenda floral
que incluye amables ninfas marinas en San Diego y esa clase de cosas. Por muy
descabelladas que parezcan las cosas desde fuera, yo siempre tengo la sensación
de que el buen Dios sabe lo que hace».[983]
Fue en este viaje, tal como señalábamos en el capítulo anterior, cuando
Einstein fue a ver el Observatorio de Monte Wilson, le mostraron las evidencias
de la expansión del universo, y renunció a la constante cosmológica que
anteriormente había añadido a sus ecuaciones de la relatividad general. También
rindió homenaje al ya anciano Albert Michelson, elogiando escrupulosamente sus
famosos experimentos en los que no se detectaba rastro alguno del éter, aunque
sin decir explícitamente que estos habían constituido la base de su teoría de
la relatividad especial.
Einstein disfrutó de varios de los placeres que podía ofrecerle el sur de
California. Asistió al desfile de la final de fútbol universitario Rose Bowl,
se le obsequió con un pase especial de Sin novedad en el frente, y
tuvo la oportunidad de tomar un baño de sol desnudo en el desierto de Mohave
mientras pasaba el fin de semana en casa de un amigo. En un estudio de
Hollywood, el equipo de efectos especiales le filmó fingiendo conducir un coche
parado, y luego, por la tarde, le divirtieron mostrándole cómo hacían que
pareciera que iba conduciendo a toda velocidad a través de Los Ángeles,
saliendo disparado hacia las nubes, sobrevolando las Rocosas y, finalmente,
aterrizando en la campiña alemana. Incluso le ofrecieron que interpretara
varios papeles en el cine, lo cual rehusó cortésmente.
También salió a navegar por el Pacífico con Robert A. Millikan, el presidente
del Tecnológico de California, quien, según anotaría Einstein en su diario,
«desempeña el papel de Dios» en su universidad. Millikan era físico, y en 1923
había ganado el premio Nobel —en palabras de la propia organización— por haber
«verificado experimentalmente la importantísima ecuación del efecto
fotoeléctrico de Einstein». Asimismo, había verificado la interpretación
einsteiniana del movimiento browniano. Resultaba comprensible, pues, que en su
esfuerzo por convertir el Tecnológico de California en una de las instituciones
científicas más prestigiosas del mundo, trabajara diligentemente para llevar
allí a Einstein.
Pese a todo lo que tenían en común, Millikan y Einstein eran lo bastante
distintos en sus opiniones personales como para estar destinados a mantener una
relación incómoda. Millikan era científicamente tan conservador que se resistía
a aceptar la interpretación de Einstein del efecto fotoeléctrico y el hecho de
que hubiera descartado el éter incluso después de que aparentemente este
hubiera quedado verificado por sus propios experimentos. Pero todavía era más
conservador políticamente. Robusto y atlético, hijo de un predicador de Iowa,
sentía una predilección por el militarismo patriótico que resultaba aún más
pronunciada que la aversión de Einstein hacia este.
Por otro lado, Millikan estaba engrandeciendo el Tecnológico de California
gracias a una serie de generosas donaciones de conservadores como él. Los
sentimientos pacifistas y socialistas de Einstein desconcertaban a muchos de
ellos, y le habían instado a Millikan a que limitara al mínimo las
declaraciones de Einstein sobre asuntos terrenales en lugar de cósmicos. Como
diría el general de división Amos Fried, debían evitar «ayudar y alentar la
enseñanza de la traición a la juventud de este país por ser anfitriones del
doctor Albert Einstein». Millikan respondió prontamente denunciando la
apelación de Einstein a la objeción al servicio militar y declarando que «el
comentario del dos por ciento, si es que realmente lo hizo, es un comentario
que no puede hacer ningún hombre experimentado».[984]
Millikan despreciaba especialmente al activista, escritor y sindicalista Upton
Sinclair, al que calificaba del «hombre más peligroso de California», y al
actor Charlie Chaplin, que igualaba a Einstein como celebridad mundial y le
superaba incluso en su postura izquierdista. Para mayor desesperación de
Millikan, el científico no tardaría en hacerse amigo de ambos.
Einstein había mantenido correspondencia con Sinclair en tomo al compromiso con
la justicia social que ambos compartían, y a su llegada a California estuvo
encantado de aceptar su invitación a toda una serie de cenas, fiestas y
reuniones. Incluso mantuvo una actitud cortés, por más que divertida, el día en
que asistió a una grotesca sesión de espiritismo en casa de Sinclair. Cuando la
señora Sinclair cuestionó las opiniones de Einstein sobre la ciencia y la
espiritualidad, Elsa la regañó por su presunción.
—Y a sabe que mi marido tiene la mayor mente del mundo —le dijo.
La señora Sinclair le respondió:
—Sí, lo sé, pero seguro que no lo sabe todo.[985]
Durante una visita a los estudios Universal, Einstein mencionó que siempre
había deseado conocer a Charlie Chaplin. De modo que el jefe del estudio le
llamó, y aquel mismo día Chaplin se reunió con los Einstein para comer juntos
en la cantina. El resultado, unos días después, sería una de las escenas más
memorables de aquella nueva era de culto a la celebridad: Einstein y Chaplin
llegando juntos, vestidos de etiqueta y junto a una Elsa radiante, al estreno
de Luces de la ciudad. Al ser aplaudidos mientras se dirigían a la
entrada del cine, Chaplin observó en una memorable frase (y no sin razón):
—A mí me aplauden porque todos me entienden, y a usted le aplauden porque nadie
le entiende.[986]
Einstein adoptó una actitud más seria cuando hubo de dirigirse a los
estudiantes del Tecnológico de California hacia el final de su estancia en
Estados Unidos. Su sermón, basado en su visión humanista, versaba acerca de
cómo la ciencia todavía no se había empleado en hacer más bien que mal. Durante
la guerra, esta proporcionaba a las personas «los medios para envenenarse y
mutilarse unas a otras», y en tiempos de paz «ha vuelto nuestras vidas
apresuradas e inciertas». En lugar de constituir una fuerza liberadora, «ha
hecho a los hombres esclavos de las máquinas», obligándoles a dedicar «largas y
pesadas horas, casi siempre sin alegría, a su trabajo». La preocupación por
hacer mejor la vida de las personas normales y corrientes debería ser el
principal objetivo de la ciencia. «¡Nunca olviden esto cuando reflexionen sobre
sus propios diagramas y ecuaciones!».[987]
Los Einstein cogieron un tren que atravesaba el territorio estadounidense en
dirección Este para iniciar desde Nueva York su viaje de regreso en barco. Por
el camino se detuvieron en el Gran Cañón, donde fueron recibidos por un
contingente de indios hopi (estos eran empleados de la concesionaria del
mirador del cañón, aunque eso Einstein no lo sabía) que le iniciaron en las
costumbres de su tribu como «el Gran Pariente» y le obsequiaron con un denso
tocado de plumas que se tradujo en unas cuantas fotografías clásicas.[988]
Cuando su tren llegó a Chicago, Einstein pronunció un discurso desde la
plataforma del vagón a un grupo de pacifistas que habían ido a recibirle.
Millikan debió de sentirse consternado. El discurso fue parecido al del «dos
por ciento» que Einstein había pronunciado en Nueva York. «La única forma de
ser eficaz es a través del revolucionario método de rechazar el servicio
militar —declaró—. Muchos que se consideran buenos pacifistas no querrán
participar en una forma de pacifismo tan radical; afirmarán que el patriotismo
les impide adoptar tal política. Pero en caso de emergencia, de todos modos
tampoco se puede contar con esas personas».[989]
El tren de Einstein entró en la ciudad de Nueva York la mañana del primero de
marzo, y durante las dieciséis horas siguientes la «einstein-manía» llegaría a
alcanzar nuevas cotas. «La personalidad de Einstein, no se sabe bien por qué
razón, desata brotes de una especie de histeria de masas», informaría el cónsul
alemán a Berlín.
Einstein se dirigió primero a su barco, donde le aguardaban cuatrocientos
miembros de la Liga de Objetores a la Guerra. Les invitó a todos a subir a
bordo, y luego se dirigió a ellos en una sala de baile. «Si en tiempos de paz
los miembros de las organizaciones pacifistas no están dispuestos a hacer
sacrificios oponiéndose a las autoridades a riesgo de ser encarcelados, sin
duda fallarán en tiempos de guerra, cuando solo cabe esperar que se atreva a
objetar la persona más valerosa y resuelta». La multitud estalló en una especie
de delirio, y muchos pacifistas, exaltados, se precipitaron hacia Einstein
besándole la mano y tocándole la ropa.[990]
El líder socialista Norman Thomas estaba en la reunión, y trató de convencer a
Einstein de que el pacifismo no era posible sin que hubiera primero una serie
de reformas económicas radicales. Pero Einstein no estuvo de acuerdo con él.
—Es más fácil convertir a la gente al pacifismo que al socialismo —le dijo—.
Deberíamos trabajar primero por el pacifismo, y solo después por el socialismo.[991]
Aquella tarde llevaron a los Einstein al Hotel Waldorf donde les dieron una
amplia suite en la que pudieron recibir a un torrente de visitantes, entre
ellos la célebre escritora Hellen Keller y varios periodistas. En realidad se
trataba de dos suites unidas por un gran comedor privado. Cuando llegó un amigo
aquella tarde, le preguntó a Elsa:
—¿Dónde está Albert?
—No lo sé —respondió ella con cierta exasperación—. Siempre se pierde en alguna
de todas esas habitaciones.
Finalmente lo encontraron deambulando de un lado a otro mientras trataba de
encontrar a su esposa. Tanta ostentación le molestaba.
—Te diré qué hacer— le sugirió el amigo—. Deja completamente cerrada la segunda
suite y te sentirás mejor.
Einstein lo hizo, y funcionó.[992]
Aquella noche asistió a una exclusiva cena destinada a recaudar fondos para la
causa sionista, y finalmente regresó al barco justo antes de medianoche. Pero
ni siquiera entonces había terminado su jomada. Una gran multitud de jóvenes
pacifistas, que coreaban «¡No a la guerra para siempre!», le rindieron una
fuerte ovación cuando llegó al muelle. Más tarde estos mismos formarían la
Federación de Juventudes Pacifistas, y Einstein les enviaría un mensaje de
aliento escrito de su puño y letra: «Les deseo grandes progresos en la
radicalización del pacifismo».[993]
El pacifismo de Einstein
Este pacifismo radical se había ido forjando en el pensamiento de Einstein
durante la década de 1920. A los cincuenta años, y en la medida en que se iba
retirando de la palestra de la física, Einstein se comprometía cada vez más con
la política. Su principal causa, al menos hasta que Adolf Hitler y sus nazis
tomaron el poder, fue la del desarme y la oposición a la guerra. «No soy solo
un pacifista —le diría a un periodista en su viaje a América—. Soy un pacifista
militante».[994]
Rechazaba el planteamiento, más modesto, adoptado por la Sociedad de Naciones,
la organización internacional formada después de la Primera Guerra Mundial y a
la que Estados Unidos había rehusado incorporarse. En lugar de pedir el desarme
completo, la Sociedad de Naciones se limitaba a propugnar medidas marginales,
como tratar de definir unas reglas adecuadas que regularan el combate y el
control de armamentos. Cuando en enero de 1928 se le pidió que se incorporara a
una de las comisiones de desarme de la organización, que planeaba estudiar
formas de limitar el uso de la guerra química, Einstein proclamó públicamente
su disgusto frente a aquellas medidas que se quedaban a mitad de camino:
Me parece una tarea completamente inútil prescribir reglas y
limitaciones para la conducta en la guerra. La guerra no es un juego; y por lo
tanto, no se puede librar la guerra con reglas como se hace en los juegos.
Nuestra lucha debe ser contra la propia guerra. Las masas populares pueden
luchar más eficazmente contra la institución de la guerra estableciendo una
organización para el rechazo absoluto al servicio militar.[995]
Así fue como Einstein se convirtió en uno de los líderes
espirituales del creciente movimiento encabezado por la Internacional de
Objetores a la Guerra. «El movimiento internacional para rechazar la
participación en cualquier clase de servicio de guerra constituye uno de los
acontecimientos más alentadores de nuestra época», escribía Einstein a la
filial londinense de dicho grupo en noviembre de 1928.[996]
Aun cuando los nazis iniciaron su ascensión al poder, Einstein se negó a
admitir, al menos inicialmente, que pudiera haber excepciones a su postulado
pacifista. ¿Qué haría —le preguntó un periodista checo— si estallara otra
guerra europea y uno de los bandos fuera claramente el agresor? «Rechazaría
incondicionalmente cualquier servicio de guerra, directo o indirecto, y
trataría de persuadir a mis amigos de que adoptaran la misma postura,
independientemente de lo que yo pudiera pensar sobre las causas de una
determinada guerra en concreto», respondió.[997] Los censores de Praga se negaron a permitir que el
comentario se publicara, pero al final se hizo público en otros lugares, y
contribuyó a aumentar aún más el prestigio de Einstein como portaestandarte de
los pacifistas más radicales.
Tales sentimientos no resultaban nada inusuales en la época. La Primera Guerra
Mundial había conmocionado a la gente por el hecho de haber sido tan
asombrosamente brutal y aparentemente innecesaria. Entre quienes compartían el
pacifismo de Einstein estaban Upton Sinclair, Sigmund Freud, John Dewey y H. G.
Wells. «Creemos que todos los que sinceramente desean la paz deben exigir la
abolición del entrenamiento militar de la juventud —declaraban en 1930, en un
manifiesto que también firmó Einstein—. El entrenamiento militar es la
educación de la mente y del cuerpo en la técnica de matar. Frustra el
desarrollo de la voluntad de paz del hombre».[998]
La defensa de Einstein de la oposición a la guerra alcanzaría su punto
culminante en 1932, un año antes de que los nazis accedieran al poder. Ese año
se celebraba en Ginebra la Conferencia General de Desarme, organizada por la
Sociedad de Naciones más Estados Unidos y Rusia.
Inicialmente Einstein tenía puestas grandes esperanzas en la conferencia, tal
como escribió en un artículo para el diario Nation: «Será decisiva
para el destino de la generación actual y para la futura». Pero advertía
también de que no debía contentarse con establecer unas tibias normas de
limitación de armamentos. «Los meros acuerdos para limitar armamentos no
confieren protección alguna», decía. Lejos de ello, debería haber un organismo
internacional dotado de la capacidad de arbitrar en las disputas e imponer la
paz. «El arbitrio obligatorio debe verse respaldado por una fuerza ejecutiva».[999]
Sus temores se vieron confirmados. La conferencia se quedó empantanada en
cuestiones tales como el modo de calcular la capacidad ofensiva de los
portaaviones a la hora de evaluar el equilibrio en el control de armamentos.
Einstein se presentó en Ginebra en mayo, justo cuando se abordaba este tema.
Cuando apareció en la tribuna de espectadores, los delegados interrumpieron sus
discusiones y se levantaron a aplaudirle. Pero Einstein no estaba contento.
Aquella noche convocó una conferencia de prensa en su hotel para denunciar su
timidez.
«No se hace menos probable que haya guerras formulando reglas de combate
—declaró ante docenas de excitados periodistas que habían abandonado la
conferencia para dar cuenta de sus críticas—. ¡Deberíamos subimos a las
azoteas, todos nosotros, y denunciar esta conferencia como una farsa!».
Einstein afirmaba que sería mejor que la conferencia fracasara abiertamente
antes que terminar con un acuerdo para «humanizar la guerra», que él
consideraba un trágico error.[1000]
«Einstein tendía a volverse poco práctico fuera del ámbito científico»,
comentaría su amigo, novelista y pacifista como él Romain Rolland. Teniendo en
cuenta lo que estaba a punto de ocurrir en Alemania, el desarme era una
quimera, y las esperanzas pacifistas resultaban —por emplear un término que en
ocasiones se usó contra Einstein— ingenuas. Pero habría que señalar que sus
críticas no estaban exentas de mérito, ya que los acólitos del control de
armamentos reunidos en Ginebra no se mostrarían menos ingenuos: pasarían cinco
años enzarzados en inútiles y arcanos debates mientras Alemania se dedicaba a
rearmarse.
Ideales políticos
«¡Dé un paso más, Einstein!», exhortaba el titular. Pertenecía a un artículo
publicado en agosto de 1931 en forma de carta abierta a Einstein y escrito por
el líder socialista alemán Kurt Hiller, uno de los muchos activistas de la
izquierda que instaban a Einstein a extender su pacifismo a una visión política
más radical. El pacifismo —decía Hiller— representaba solo un paso parcial; el
verdadero objetivo era propugnar la revolución socialista.
Einstein calificó el artículo de «bastante tonto». El pacifismo no requería el
socialismo, y a veces las revoluciones socialistas llevaban a la supresión de
la libertad. «No estoy convencido de que quienes obtuvieran el poder por medio
de acciones revolucionarias actuaran de acuerdo con mis ideales —le escribiría
a Hiller—. También creo que la lucha por la paz debe propugnarse enérgicamente,
mucho más que cualquier intento de realizar reformas sociales».[1001]
El pacifismo, la defensa del federalismo mundial y la aversión al nacionalismo
de Einstein formaban parte de una opinión política que incluía también la
pasión por la justicia social, la simpatía por los oprimidos, la antipatía por
el racismo y la predilección por el socialismo. Pero durante la década de 1930,
como en el pasado, su recelo ante la autoridad, su lealtad al individualismo y
su afición a la libertad personal le hacían resistirse a los dogmas del
bolchevismo y el comunismo. «Einstein no era ni rojo ni crédulo», escribe Fred
Jerome, que ha analizado tanto la postura política de Einstein como el abultado
dossier de materiales sobre él recopilados por el FBI.[1002]
El recelo frente a la autoridad reflejaba el más fundamental de todos los
principios morales de Einstein: la libertad y el individualismo son necesarios
para que florezcan la creatividad y la imaginación. Lo había demostrado ya
siendo un joven investigador impertinente, y en 1931 había proclamado
claramente ese mismo principio. «Creo que la misión más importante del estado
es proteger al individuo y posibilitar que desarrolle una personalidad
creativa», había dicho.[1003]
Thomas Bucky, hijo de un médico que cuidaba de las hijas de Elsa, tenía trece
años cuando conoció a Einstein en 1932, y ambos iniciaron lo que se convertiría
en una prolongada discusión sobre política. «Einstein era humanista, socialista
y demócrata —recordaría Bucky—. Estaba completamente en contra de cualquier
totalitarismo, fuera ruso, alemán o sudamericano. Aprobaba cierta combinación
de capitalismo y socialismo. Y odiaba todas las dictaduras, de derechas o de
izquierdas».[1004]
El escepticismo de Einstein frente al comunismo se hizo evidente cuando fue
invitado al Congreso Mundial Antibélico de 1932. Aunque en teoría se trataba de
un encuentro pacifista, en realidad se había convertido en una avanzadilla de
los comunistas soviéticos. La convocatoria oficial del congreso, por ejemplo,
denunciaba a las «potencias imperialistas» por alentar la actitud agresiva de
Japón hacia la Unión Soviética. Einstein se negó a asistir y a respaldar su
manifiesto. «Dada la glorificación de la Rusia soviética que este incluye
—dijo—, no puedo prestarme a firmarlo».
Einstein añadía que había llegado a algunas sombrías conclusiones sobre Rusia.
«Por arriba parece haber una lucha personal en la que se emplean los medios más
sucios por parte de individuos hambrientos de poder que actúan por motivos
puramente egoístas. Por abajo parece haber una completa supresión de la
libertad individual y de expresión. Uno se pregunta si vale la pena vivir en
tales condiciones». De manera perversa, posteriormente, cuando el FBI recopiló
un dossier secreto sobre Einstein durante la caza de brujas de la década de
1950, una de las pruebas citadas en su contra era que había aceptado, en lugar
de rechazar, la invitación a participar activamente en aquel congreso mundial.[1005]
Uno de los amigos de Einstein en aquella época era Isaac Don Levine, un
periodista estadounidense de origen ruso que había simpatizado con los
comunistas, pero que luego había criticado resueltamente a Stalin y su régimen
brutal como columnista de los periódicos del grupo Hearst. Junto con otros
defensores de las libertades civiles, incluidos Roger Baldwin, fundador de la
ACLU (Unión Americana por las Libertades Civiles), y Bertrand Russell, Einstein
respaldó la publicación de un texto de Levine donde este revelaba los horrores
estalinistas, Cartas desde las prisiones rusas. Incluso hizo un
artículo, escrito a mano, en el que denunciaba «el régimen de terror de Rusia».[1006]
Einstein también leyó la biografía de Stalin que Levine escribió después, en la
que se revelaban con una crítica feroz las brutalidades del dictador; un texto
que Einstein calificó de «profundo», ya que veía en él una clara lección sobre
los regímenes tiránicos tanto de izquierdas como de derechas. «La violencia
engendra violencia —le escribió a Levine en una carta de elogio—. La libertad
es el fundamento necesario para el desarrollo de todos los valores verdaderos».[1007]
A la larga, sin embargo, Einstein empezaría a distanciarse de Levine. Como
muchos ex comunistas que luego abrazaban la causa anticomunista, Levine poseía
el celo de un converso y exhibía un apasionamiento que hacía que le resultara
difícil apreciar ninguno de los matices intermedios del espectro. Einstein, por
su parte, estaba demasiado predispuesto a aceptar —en opinión de Levine— que
algunos aspectos de la represión soviética no eran más que un desafortunado
subproducto del cambio revolucionario.
Ciertamente había muchos aspectos de Rusia que Einstein admiraba, incluido lo
que él veía como un intento de eliminar las distinciones de clase y las
jerarquías económicas. «Considero las diferencias de clase contrarias a la
justicia —escribiría en una declaración personal de su credo—. Considero
asimismo que la vida sencilla es buena para todo el mundo, física y
mentalmente».[1008]
Esos sentimientos llevaban a Einstein a mostrarse crítico con lo que él
consideraba el consumo excesivo y las disparidades de riqueza de Estados
Unidos. Como resultado, se adhirió a diversos movimientos en favor de la
justicia racial y social de aquel país. Abrazó, por ejemplo, la causa de los
chicos de Scottsboro, un grupo de jóvenes negros que fueron condenados por
violación en Alabama después de un controvertido juicio, así como la de Tom
Mooney, un sindicalista encarcelado por asesinato en California.[1009]
Mientras, en el Instituto Tecnológico de dicho estado, Millikan se sentía
contrariado por el activismo de Einstein, y le escribió para decírselo.
Einstein le respondió diplomáticamente: «No es cosa mía —aceptaba— insistir en
un asunto que solo concierne a los ciudadanos de su país».[1010] Millikan consideraba que Einstein era ingenuo en sus
posturas políticas, una opinión que compartía mucha gente. En cierta medida lo
era, pero hay que recordar que sus recelos ante las condenas de los chicos de
Scottsboro y de Mooney se revelarían justificadas, y que su defensa de la
justicia racial y social resultaría estar en el lado correcto de la historia.
Pese a su relación con la causa sionista, las simpatías de Einstein se
extendían también a los árabes que se veían desplazados por la afluencia de judíos
al territorio que a la larga sería el estado de Israel. Su mensaje en ese
sentido resultaría profético. «Si no somos capaces de encontrar una forma de
cooperación honesta y unos pactos honestos con los árabes —le escribiría a
Weizmann en 1929—, no habremos aprendido absolutamente nada en dos mil años de
sufrimiento».[1011]
Él proponía, tanto directamente a Weizmann como en una «carta abierta a un
árabe», que se creara un «consejo privado» de cuatro judíos y cuatro árabes,
todos ellos de ideas independientes, encargado de dirimir cualquier disputa.
«Los dos grandes pueblos semitas —decía— tienen un gran futuro común». Si los
judíos no se aseguraban de que las dos partes vivían en armonía —advertiría a
sus amigos del movimiento sionista—, la guerra les atormentaría en las décadas
futuras.[1012] Una vez más fue tachado de ingenuo.
La correspondencia entre Einstein y Freud
Cuándo en 1932 un grupo conocido como Instituto de Cooperación Intelectual
invitó a Einstein a intercambiar cartas con un pensador de su elección sobre
cuestiones relativas a la guerra y la política, este eligió como su
corresponsal a Sigmund Freud, el otro gran símbolo intelectual y pacifista de
la época. Einstein empezó proponiendo una idea que había ido puliendo con los
años. La eliminación de la guerra —decía— exigía que los diversos países
renunciaran a una parte de su soberanía en favor de una «organización
supranacional competente para dar veredictos de incontestable autoridad e
imponer la sumisión absoluta a la ejecución de dichos veredictos». En otras
palabras, había que crear una autoridad internacional más poderosa que la
Sociedad de Naciones.
Ya desde que era un adolescente resentido con el militarismo alemán, Einstein
había sentido repulsa hacia el nacionalismo. Uno de los postulados
fundamentales de su visión política, que permanecería invariable aun después de
que el auge de Hitler hiciera tambalear su adhesión a los principios del
pacifismo, fue su apoyo a una entidad internacional, o «supranacional», que
trascendiera el caos de la soberanía nacional imponiendo su resolución de las
disputas.
«La búsqueda de la seguridad internacional —le escribiría a Freud— implica la
entrega incondicional por parte de toda nación, en cierta medida, de su
libertad de acción —esto es, de su soberanía—, y está claro que no hay ningún otro
camino que conduzca a dicha seguridad». Años después Einstein se comprometería
aún más con este planteamiento como una forma de trascender los peligros
militares de la era atómica que él mismo había contribuido a engendrar.
Einstein acababa planteando una pregunta al «experto en el saber sobre los
instintos humanos». Dado que los seres humanos albergan en su interior un
«ansia de odio y destrucción», los líderes pueden manipularla para desatar
pasiones militaristas. «¿Es posible —preguntaba Einstein— controlar la
evolución mental del hombre para hacerle inmune a la psicosis del odio y la
destructividad?».[1013]
En una respuesta compleja y enrevesada, Freud se mostraba pesimista. «Supone
usted que el hombre lleva en sí un instinto activo de odio y destrucción
—escribió—. Estoy completamente de acuerdo». Los psicoanalistas habían llegado
a la conclusión de que había dos tipos de instintos humanos entremezclados:
«los que conservan y unifican, que denominamos “eróticos”… y, en segundo
término, los instintos de destruir y matar, que asimilamos a los instintos
agresivos o destructivos». Freud advertía que no había que etiquetar a los
primeros de buenos y a los segundos de malos. «Cada uno de esos instintos es
exactamente tan indispensable como su opuesto, y todos los fenómenos de la vida
se derivan de su actividad, ya trabajen en concierto o en oposición».
Freud llegaba, pues, a una conclusión pesimista:
El resultado de esas observaciones es que no hay probabilidad de
que seamos capaces de suprimir las tendencias agresivas de la humanidad En
algunos felices rincones de la tierra, según dicen, donde la naturaleza
suministra en abundancia todo lo que el hombre desea, florecen razas cuyas
vidas transcurren amablemente, desconociendo la agresión o la constricción. Yo
apenas puedo dar crédito a tal cosa, y me gustaría disponer de más detalles
sobre esas gentes felices. También los bolcheviques aspiran a eliminar la
agresividad humana asegurando la satisfacción de las necesidades materiales e
imponiendo la igualdad entre unos hombres y otros. A mí esta esperanza me
parece vana. Y mientras tanto se ocupan de perfeccionar sus armamentos.[1014]
A Freud no le agradaba aquel intercambio epistolar, y bromeaba
diciendo que dudaba de que les hiciera ganar a ninguno de ellos el Nobel de la
paz. En cualquier caso, cuando las cartas estuvieron listas para su
publicación, en 1933, Hitler ya había llegado al poder. De modo que el tema
había pasado a resultar controvertido y solo se imprimieron unos miles de
ejemplares. Para entonces Einstein, como buen científico, estaba revisando sus
teorías a la luz de los nuevos datos.
Capítulo 17
El Dios de Einstein
En la playa de Santa Bárbara, 1933.
El Dios de Einstein
Una noche, en Berlín, Einstein y su esposa estaban en una cena cuando uno de
los invitados manifestó su creencia en la astrología. Einstein ridiculizó la
idea como pura superstición. Otro invitado se levantó y denigró de modo
parecido la religión. La creencia en Dios —insistió— era como una especie de
superstición.
En ese momento el anfitrión trató de silenciarle invocando el hecho de que
incluso Einstein albergaba ideas religiosas.
—¡No es posible! —exclamó el huésped escéptico, volviéndose hacia Einstein para
preguntarle si de verdad era religioso.
—Sí, puede llamarlo así —repuso este en tono calmado—. Trate de penetrar con
nuestros limitados medios los secretos de la naturaleza y se encontrará con
que, detrás de todas las leyes y conexiones discernibles, sigue habiendo algo
sutil, intangible e inexplicable. La veneración por esta fuerza que va más allá
de todo lo que podemos comprender es mi religión. Y en esa medida ciertamente
soy religioso.[1015]
De niño, Einstein había pasado por una fase de éxtasis religioso, y luego se
había rebelado contra ella. Durante las tres décadas siguientes tendería a no
pronunciarse demasiado sobre el tema. Pero más o menos a partir de los
cincuenta años empezó a expresar con mayor claridad —en varios ensayos,
entrevistas y cartas— su cada vez más profunda apreciación de su tradición
judía, así como, de manera relativamente independiente, su creencia en Dios, si
bien con un concepto de Dios impersonal y deísta.
Había probablemente muchas razones para ello, además de la natural propensión a
reflexionar sobre lo eterno que suele darse a los cincuenta años. La afinidad
que sentía por los demás judíos debido a su constante opresión hizo renacer
algunos de sus sentimientos religiosos. Pero sobre todo, sus creencias parecían
surgir de la actitud de reverencia por el orden trascendente que había
descubierto a través de su trabajo científico.
Ya fuera al abrazar la belleza de sus ecuaciones del campo gravitatorio, ya al
rechazar la incertidumbre de la mecánica cuántica, Einstein mostraba una
profunda fe en el carácter ordenado del universo. Esto servía de base a su
perspectiva científica, y también a su perspectiva religiosa. «La mayor
satisfacción para un científico», escribía en 1929, es llegar a darse cuenta de
«que el propio Dios no podría haber dispuesto esas conexiones de ninguna otra
manera que de la que de hecho existe, no más de lo que habría estado en Su
poder hacer del cuatro un número primo».[1016]
Para Einstein, como para la mayoría de las personas, la creencia en algo más
grande que él mismo se convertiría en un sentimiento definitorio. Produciría en
él una mezcla de confianza y humildad, aligerada por una agradable sencillez. Y
dada su proclividad a centrarse en sí mismo, serían estas dotes bien recibidas.
Junto con su humor y la conciencia de sus propias limitaciones, le ayudarían a
evitar la ostentación y la pomposidad que podrían haber afligido a la mente más
famosa del mundo.
Sus sentimientos religiosos de reverencia y humildad informaban también su
sentido de la justicia social, el cual le impulsaba a rebelarse ante las
trampas de la jerarquía o la diferencia de clase, a evitar el consumo excesivo
y el materialismo, y a dedicarse a los esfuerzos en favor de los refugiados y
los oprimidos.
Poco después de su cincuentenario, Einstein hizo una remarcable entrevista en
la que se mostró más revelador de lo que se había mostrado nunca con respecto a
su pensamiento religioso. La entrevista fue con un pomposo, aunque obsequioso
poeta y propagandista llamado George Sylvester Viereck, que había nacido en
Alemania, se había trasladado a Estados Unidos de niño, y luego había dedicado
su vida a escribir poesía erótica bastante ordinaria, a entrevistar a grandes
hombres y a expresar su complejo amor por su patria.
Tras haber realizado entrevistas a personas que iban desde Freud hasta Hitler
pasando por el káiser, con las que a la larga publicaría un libro
titulado Visiones de los grandes, logró concertar una cita para
hablar con Einstein en su piso de Berlín. Allí Elsa sirvió zumo de frambuesa y
ensalada de frutas, y luego los dos hombres subieron al eremítico estudio de
Einstein. Por razones no del todo claras, Einstein suponía que Viereck era
judío. En realidad este afirmaba orgullosamente estar emparentado con la
familia del káiser, posteriormente se convertiría en simpatizante nazi, y
durante la Segunda Guerra Mundial sería encarcelado en Estados Unidos por
actuar como propagandista alemán.[1017]
Viereck empezó preguntándole a Einstein, si se consideraba alemán o judío. «Se
pueden ser ambas cosas —replicó Einstein—. El nacionalismo es una enfermedad
infantil, el sarampión de la humanidad».
¿Debían tratar de asimilarse los judíos? «Nosotros los judíos hemos estado
demasiado ansiosos por sacrificar nuestra idiosincrasia para adaptamos».
¿En qué medida se sentía influido por el cristianismo? «De niño recibí
instrucción tanto sobre la Biblia como sobre el Talmud. Soy judío, pero me
siento cautivado por la luminosa figura del Nazareno».
¿Aceptaba la existencia histórica de Jesús? «¡Sin duda alguna! Nadie puede leer
los Evangelios sin sentir la presencia real de Jesús. Él personalmente palpita
en cada palabra. Ningún mito está tan lleno de vida».
¿Creía en Dios? «No soy ateo. El problema que ello entraña es demasiado vasto
para nuestras mentes limitadas. Estamos en la situación de un niño pequeño que
entra en una enorme biblioteca llena de libros en muchas lenguas. El niño sabe
que alguien debe de haber escrito esos libros. No sabe cómo. No entiende las
lenguas en las que están escritos. El niño sospecha vagamente que hay un orden
misterioso en la disposición de los libros, pero no sabe cuál es. Esa, me
parece, es la actitud de incluso el ser humano más inteligente hacia Dios.
Vemos que el universo está maravillosamente dispuesto y que obedece a ciertas
leyes pero solo comprendemos esas leyes vagamente».
¿Era ese un concepto judío de Dios? «Yo soy determinista. No creo en el libre
albedrío. Los judíos creen en el libre albedrío. Creen que el hombre configura
su propia vida. Yo rechazo esa doctrina. En ese aspecto no soy judío».
¿Era entonces el Dios de Spinoza? «Me siento fascinado por el panteísmo de
Spinoza, pero admiro todavía más su contribución al pensamiento moderno, puesto
que él es el primer filósofo que trata el alma y el cuerpo como una sola cosa,
y no como dos cosas separadas».
¿Cómo obtenía sus ideas? «Yo tengo bastante de artista que dibujo libremente en
mi imaginación. La imaginación es más importante que el conocimiento. El
conocimiento es limitado. La imaginación rodea el mundo».
¿Creía en la inmortalidad? «No. Y para mí, una vida es suficiente».[1018] Einstein pretendía expresar esos sentimientos con
claridad, tanto para sí mismo como para todos aquellos que deseaban de él una
respuesta sencilla sobre su fe. De modo que en el verano de 1930, mientras se
dedicaba a navegar y a reflexionar en Caputh, compuso un credo personal, «Lo
que creo». Este concluía con una explicación de lo que quería decir cuando se
calificaba a sí mismo de religioso:
La más bella emoción que podemos experimentar es el misterio. Es
la emoción fundamental que subyace a todo arte y ciencia verdaderos. Aquel que
desconoce esta emoción, que ya no puede maravillarse y sentirse arrobado de
sobrecogimiento, es como si estuviera muerto, como una vela apagada. Sentir que
detrás de todo lo que podemos experimentar hay algo que no pueden captar
nuestras mentes, cuya belleza y sublimidad nos alcanza solo de manera
indirecta; eso es la religiosidad. En este sentido, y solo en este sentido, yo
soy un hombre devotamente religioso.[1019]
La gente encontraría este texto evocador, incluso estimulante, y
de él se reeditarían repetidamente toda una serie de traducciones a distintos
idiomas. Pero no debe sorprendemos que no satisficiera a quienes deseaban una
respuesta sencilla y directa a la pregunta de si creía o no en Dios. Como
resultado de ello, conseguir que Einstein respondiera de manera concreta a esa
pregunta vendría a reemplazar a la anterior obsesión por tratar de que
explicara la relatividad en una sola fiase.
Un banquero de Colorado escribió que había recibido ya la respuesta de
veinticuatro premios Nobel a la pregunta de si creían en Dios, y le pidió a
Einstein que la respondiera él también. «No puedo concebir un Dios personal que
influya directamente en las acciones de los individuos o que se siente a juzgar
a las criaturas que él mismo ha creado —garabateó Einstein en una carta—. Mi
religiosidad consiste en una humilde admiración por el espíritu infinitamente
superior que se revela en lo poco que podemos comprender del mundo cognoscible.
Esta convicción profundamente emocional de la presencia de una potencia
racional superior, que se revela en el incomprehensible universo, constituye mi
idea de Dios».[1020]
Una joven que estudiaba sexto curso en una escuela dominical de Nueva York le
planteó la cuestión de una forma ligeramente distinta: «¿Rezan los
científicos?», preguntaba. Einstein se la tomó en serio: «La investigación
científica se basa en la idea de que todo lo que acontece viene determinado por
las leyes de la naturaleza, y esto vale también para las acciones de las
personas —le explicó—. Por esa razón, un científico difícilmente se sentirá
inclinado a creer que los acontecimientos puedan verse influidos por una
oración, es decir, por un deseo dirigido a un Ser sobrenatural».
Eso no significaba, sin embargo, que no hubiera un Todopoderoso, un espíritu
mayor que nosotros. Como él mismo pasaría a explicar a continuación a la
muchacha:
Todo el que se dedica en serio a la actividad de la ciencia se
convence de que un espíritu se manifiesta en las leyes del universo; un
espíritu inmensamente superior al del hombre, y uno ante el que nosotros, con
nuestros modestos poderes, debemos sentimos humildes. De ese modo la actividad
de la ciencia lleva a una clase especial de sentimiento religioso, que de hecho
resulta bastante distinto de la religiosidad de alguien más ingenuo.[1021]
Para algunos, solo la creencia clara en un Dios personal que
controlara nuestra vida diaria se consideraría una respuesta satisfactoria, y
las ideas de Einstein acerca de un espíritu cósmico impersonal, al igual que
sus teorías de la relatividad, merecían ser calificadas como lo que en realidad
eran. «Dudo muy seriamente de que el propio Einstein sepa realmente lo que está
dando a entender», diría el cardenal de Boston, William Henry O’Connell. Pero
una cosa parecía clara, era una creencia atea. «El resultado de esta dudosa y
oscura especulación sobre el tiempo y el espacio es una capa bajo la que se
oculta la espantosa aparición del ateísmo».[1022]
Aquel ataque público por parte de un cardenal llevó al célebre líder judío
ortodoxo de Nueva York, el rabino Herbert S. Goldstein, a enviar a Einstein un
telegrama bastante directo: «¿Cree usted en Dios? Stop. Respuesta pagada. 50
palabras». Einstein apenas usó la mitad del número de palabras permitido, en un
texto que se convertiría en la versión más famosa de una respuesta que solía
dar a menudo: «Creo en el Dios de Spinoza, que se revela en la legítima armonía
de todo lo que existe, pero no en un Dios que se ocupa del destino y de los
actos de la humanidad».[1023]
La respuesta de Einstein no resultaba reconfortante para todo el mundo. Algunos
judíos religiosos, por ejemplo, señalaron que Spinoza precisamente había sido
excomulgado de la comunidad judía de Ámsterdam por sustentar aquellas ideas, y
por si ello fuera poco, también había sido condenado por la Iglesia católica.
«El cardenal O’Connell habría hecho bien en no atacar la teoría de Einstein
—diría un rabino del Bronx—. Einstein aún habría hecho mejor en no proclamar su
incredulidad en un Dios que se ocupa de los destinos y las acciones de las
personas. Ambos han pronunciado dictámenes sobre ámbitos que están fuera de su
competencia».[1024]
Pese a ello, la mayoría de la gente se sentiría satisfecha, compartiera
plenamente la opinión de Einstein o no, puesto que podía apreciar perfectamente
lo que este decía. La idea de un Dios impersonal, cuya mano se ve reflejada en
la gloria de la creación pero que no interviene en la existencia cotidiana,
forma parte de una respetable tradición tanto en Europa como en América. Se
encuentra en algunos de los filósofos preferidos de Einstein, y en general
concuerda también con las creencias religiosas de muchos de los padres
fundadores de Estados Unidos, como Jefferson y Franklin.
Algunos creyentes religiosos desechan las frecuentes invocaciones que hizo
Einstein de Dios tildándolas de mera figura retórica. Y lo mismo hacen algunos
no creyentes. En dichas invocaciones Einstein utilizó muchas expresiones
distintas, que van desde der Herrgott («el Señor Dios»)
hasta der Alte («el Viejo»). Pero no iba con su manera de ser
el hecho de hablar de forma insincera para aparentar conformidad; más bien todo
lo contrarío. De modo que deberíamos concederle el beneficio de tomarle en
serio cuando insiste, en repetidas ocasiones, en que aquellas expresiones que
tan frecuentemente utilizaba no constituían en absoluto una forma semántica de
disfrazar el hecho de que en realidad era ateo.
Durante toda su vida, Einstein fue coherente a la hora de rechazar la acusación
de que era ateo. «Hay personas que dicen que no hay Dios —le diría a un amigo—.
Pero lo que de verdad me enfada es que se citen frases mías para respaldar
tales opiniones».[1025]
A diferencia de Sigmund Freud, o de Bertrand Russell, o de George Bernard Shaw,
Einstein jamás sintió la necesidad de denigrar a quienes creían en Dios; lejos
de ello, tendía más bien a denigrar a los ateos. «Lo que me diferencia de la
mayoría de los llamados ateos es un sentimiento de absoluta humildad ante los
inalcanzables secretos de la armonía del cosmos», explicaba.[1026]
De hecho, Einstein solía mostrarse más crítico con los escépticos, que parecían
carecer de humildad o de cualquier sentimiento de reverencia, que con los
creyentes. «Los ateos fanáticos —explicaba en una carta— son como esclavos que
todavía sienten el peso de sus cadenas cuando ya se han despojado de ellas tras
una dura lucha. Son criaturas que —en su resentimiento contra la religión
tradicional como “opio de las masas”— son incapaces de oír la música de las
esferas».[1027]
Posteriormente, Einstein mantendría un intercambio epistolar sobre este tema
con un alférez de la marina estadounidense al que ni siquiera conocía. ¿Era
cierto —le preguntaba el marino— que Einstein se había convertido a la creencia
en Dios gracias a un sacerdote jesuita? Tal cosa era absurda, le respondía
Einstein, que luego pasaba a explicarle que él consideraba que la creencia en
un Dios que era una especie de figura paterna se debía a «analogías
infantiles». ¿Le permitía —preguntaba luego el marino— que citara su respuesta
en sus debates con sus compañeros de tripulación más religiosos? Einstein le
advertía de que no la simplificara en exceso. «Puede llamarme agnóstico, pero
yo no comparto el espíritu de cruzada del ateo profesional cuyo fervor se debe
principalmente a un doloroso acto de libración de los grilletes del
adoctrinamiento religioso recibido en su juventud —le explicaba—. Prefiero la
actitud de humildad correspondiente a la debilidad de nuestra comprensión
intelectual de la naturaleza y de nuestro propio ser».[1028]
¿Cómo se relacionaba ese instinto religioso con la ciencia? Para Einstein, la
belleza de su fe residía en que esta informaba e inspiraba su trabajo
científico antes que entrar en conflicto con él. «El sentimiento religioso
cósmico —decía— constituye el motivo más fuerte y noble de la investigación
científica».[1029]
Más adelante, Einstein explicaría su visión de la relación entre religión y
ciencia en una conferencia sobre el tema pronunciada en el Seminario Teológico
de la Unión de Nueva York. El ámbito de la ciencia —decía— consistía en
averiguar cuál era el caso, pero no en evaluar los pensamientos y acciones
humanos acerca de cuál debería ser el caso. La religión tenía el mandato
contrario. Sin embargo, en ocasiones ambos empeños iban de la mano. «Solo se
puede crear ciencia por parte de quienes se hallan completamente imbuidos de la
aspiración a la verdad y la comprensión —añadía—. Pero el origen de este
sentimiento proviene de la esfera de la religión».
La charla daría lugar a titulares de portada, y su sucinta conclusión se haría
célebre: «La situación puede expresarse por medio de una imagen: la ciencia sin
religión está coja; la religión sin ciencia está ciega».
Había, no obstante, un concepto religioso —seguía diciendo Einstein— que la
ciencia no podía aceptar, una deidad que interviniera a su capricho en los acontecimientos
de su creación o en las vidas de sus criaturas. «La principal fuente de los
actuales conflictos entre los ámbitos de la religión y la ciencia reside en
este concepto de un Dios personal», afirmaba. Los científicos aspiran a
descubrir las leyes inmutables que gobiernan la realidad, y para ello deben
rechazar la noción de que la voluntad divina, o, para el caso, la voluntad
humana, desempeña un papel que violaría esa causalidad cósmica.[1030]
Esta creencia en un determinismo causal, inherente a la visión científica de
Einstein, no solo chocaba con el concepto de un Dios personal. Resultaba
también, al menos en opinión de Einstein, incompatible con el libre albedrío
humano. Aunque él era un hombre profundamente moral, su creencia en el
determinismo estricto hacía que le resultara difícil aceptar la idea de la
elección moral y la responsabilidad individual que constituye el núcleo de la
mayoría de los sistemas éticos.
En general, tanto los teólogos judíos como los cristianos han creído siempre
que las personas poseen este libre albedrío y son responsables de sus actos.
Incluso son libres de elegir —tal como ocurre en la Biblia— desafiar las
órdenes de Dios, pese al hecho de que ello parece entrar en conflicto con la
creencia de que Dios es todopoderoso y omnisciente.
Por su parte, Einstein creía —como Spinoza—[1031] que las acciones de una persona estaban exactamente tan
determinadas como las de una bola de billar, un planeta o una estrella. «Los
seres humanos, en su pensar, su sentir y su obrar, no son libres, sino que se
hallan causalmente atados como las estrellas en sus movimientos», sostendría
Einstein en el año 1932, en una declaración a la Sociedad Spinoza.[1032]
Según creía, las acciones de los seres humanos vienen determinadas, más allá de
su control, por leyes tanto físicas como psíquicas. Era este un concepto que
derivaba también de su lectura de Schopenhauer, a quien atribuía, en su credo
personal de 1930 («Lo que creo»), una máxima en los siguientes términos:
Yo no creo en absoluto en el libre albedrío en el sentido
filosófico. Todo el mundo actúa no solo bajo una compulsión externa, sino
también de acuerdo con una necesidad interna. El dicho de Schopenhauer —«un
hombre puede hacer lo que quiera, pero no querer lo que quiera»—[1033] ha sido para mí una auténtica inspiración desde mi
juventud; ha representado un consuelo constante frente a las miserias de la
vida, mías y de otros, y una inagotable fuente de tolerancia.[1034]
¿Cree usted —le preguntaron en cierta ocasión a Einstein— que
los seres humanos tienen libertad de acción? «No, yo soy determinista —repuso—.
Todo está determinado, tanto el principio como el final, por fuerzas sobre las
que no tenemos ningún control. Está determinado para el insecto tanto como para
la estrella. Los seres humanos, los vegetales o el polvo cósmico; todos
danzamos a un misterioso son, interpretado desde lejos por un músico
invisible».[1035]
Esta actitud desconcertaría a algunos amigos, como Max Born, que consideraba
que socavaba completamente los fundamentos de la moralidad humana. «No puedo
entender cómo puede combinar un universo íntegramente mecanicista con la
libertad del individuo ético —le escribió a Einstein—. A mí un mundo
determinista me resulta del todo aborrecible. Puede que tenga razón, y que el
mundo es tal como usted dice. Pero de momento no parece realmente así en la
física, y todavía menos en el resto del mundo».
Para Born, la incertidumbre cuántica proporcionaba una vía de escape a ese
dilema. Como algunos filósofos de la época, él percibía que la indeterminación
inherente a la mecánica cuántica resolvía «la discrepancia entre libertad ética
y leyes naturales estrictas».[1036] Einstein aceptaba que la mecánica cuántica ponía en
cuestión el determinismo estricto, pero le decía a Born que seguía creyendo en
él, tanto en el ámbito de las acciones personales como en el de la física.
Born le explicó la cuestión a su irritable esposa, Hedwig, siempre ansiosa por
debatir con Einstein. Esta le dijo que, al igual que él, también ella era
«incapaz de creer en un Dios “que juega a los dados”». En otras palabras: a
diferencia de su marido, ella rechazaba la visión de la mecánica cuántica de
que el universo se basaba en incertidumbres y probabilidades. Sin embargo
—añadía— «tampoco soy capaz de imaginar que usted crea —como me ha dicho Max—
que su “absoluto imperio de la ley” significa que todo está predeterminado, por
ejemplo, si yo voy a hacer vacunar a mi hijo».[1037] Esto significaría —señalaba— el fin de toda ética.
En la filosofía de Einstein, el modo de resolver la cuestión era contemplar la
creencia en el libre albedrío como algo que resultaba útil, incluso necesario,
para una sociedad civilizada, dado que hacía que las personas asumieran la
responsabilidad de sus actos. Actuar como si las personas fueran responsables
de sus acciones las predispondría, psíquica y prácticamente, a actuar de forma
más responsable. «Estoy obligado a actuar como si existiera el libre albedrío
—explicaba—, puesto que si deseo vivir en una sociedad civilizada, debo actuar
de manera responsable». Incluso podía considerar a la gente responsable del
bien o el mal que hacía, puesto que ello constituía un planteamiento vital tan
pragmático como sensato, sin dejar de creer intelectualmente que las acciones
de todos y cada uno estaban predeterminadas. «Yo sé que filosóficamente un
asesino no es responsable de su crimen —decía—, pero prefiero no tomar el té
con él».[1038]
Hay que señalar en defensa de Einstein, así como en la de Max y Hedwig Born,
que los filósofos de todos los tiempos han luchado —a veces torpemente y sin
demasiado éxito— por reconciliar el libre albedrío con el determinismo y con la
idea de un Dios omnisciente. Fuera Einstein más o menos adepto que otros a
enfrentarse a ese nudo gordiano, hay en él un hecho sobresaliente que vale la
pena destacar: fue capaz de desarrollar, y de practicar, una fuerte moralidad
personal, al menos con respecto a la humanidad en general ya que no siempre con
los miembros de su familia, la cual no se vio entorpecida por todas esas
irresolubles especulaciones filosóficas. «La empresa humana más importante es
la lucha por la moralidad en nuestros actos —le escribiría a un pastor de
Brooklyn—. Nuestro equilibrio interior e incluso nuestra existencia dependen de
ello. Solo la moralidad en nuestras acciones puede dar belleza y dignidad a la
vida».[1039]
Para Einstein, el fundamento de dicha moralidad consistía en elevarse por
encima de lo «meramente personal» para vivir de un modo que beneficiara a la
humanidad. Hubo épocas en las que Einstein pudo mostrarse insensible con
quienes estaban más próximos a él, lo que demuestra que, como el resto de
nosotros los humanos, tenía sus defectos. Sin embargo se consagró honestamente
y, en ocasiones, valerosamente —más que la mayoría de las personas— a acciones
que él consideró que trascendían sus deseos egoístas a fin de alentar el
progreso humano y la preservación de las libertades individuales. En general
fue amable, bondadoso, cortés y sencillo. Cuando él y Elsa partieron rumbo a
Japón, en 1922, Einstein ofreció a hijas de ella algunos consejos acerca de
cómo llevar una vida moral: «Usad poco para vosotras —les dijo—, pero dad mucho
a los demás».[1040]
Capítulo 18
El refugiado
1932-1933
Con Winston Churchill en su casa, Chartwell, 1933.
Contenido:
·
Caputh
·
Compañeras
·
Otra vez América
·
El pacifismo de Einstein
·
Ideales políticos
·
La correspondencia entre
Einstein y Freud
«Ave de paso».
«Hoy he resuelto renunciar a mi puesto en Berlín y ser un ave de paso durante
el resto de mi vida —escribió Einstein en su diario de viaje—. Estoy
aprendiendo inglés, pero este se niega a permanecer en mi viejo cerebro».[1041]
Corría el mes de diciembre de 1931, y Einstein navegaba a través del Atlántico
para realizar su tercera visita al continente americano. Tenía un talante
pensativo, consciente de que el curso de la ciencia podía seguir sin él y de
que los acontecimientos de su tierra natal podían volver a convertirle en una
persona desarraigada. Cuando una tremenda tormenta, mucho mayor de lo que había
presenciado nunca, se apoderó del barco, Einstein consignó sus pensamientos en
su diario de viaje. «Uno siente la insignificancia del individuo —escribiría—,
y eso le hace feliz».[1042]
Pero en su interior se sentía desgarrado ante la posibilidad de abandonar
Berlín para siempre. La ciudad había sido su hogar durante diecisiete años, y
para Elsa todavía durante más tiempo. Pese al reto que ahora le planteaba
Copenhague, seguía constituyendo aún el mayor centro de física teórica del
mundo. Pese a todas sus oscuras corrientes políticas, era todavía un lugar
donde en general se le quería y se le reverenciaba, ya fuera recibiendo visitas
en Caputh u ocupando su asiento en la Academia Prusiana.
Paralelamente, sus opciones no dejaban de aumentar. Este viaje a Estados Unidos
tenía como objetivo otra estancia de dos meses como profesor visitante en el
Tecnológico de California, que Millikan estaba tratando de que se convirtiera
en una estancia permanente. Asimismo, los amigos de Einstein en Holanda
llevaban años tratando de reclutarle, y ahora Oxford también intentaba lo
mismo.
Poco después de que se instalara en sus habitaciones en el Ateneo, el elegante
club de profesores del Tecnológico de California, surgió otra oportunidad más.
Una mañana recibió la visita del célebre educador estadounidense Abraham
Flexner, que pasó más de una hora recorriendo con él el patío en forma de
claustro. Cuando Elsa les encontró y llamó a su esposo para acudir a una comida
a la que se habían comprometido a asistir, él le hizo señas con la mano de que
les dejara.
Flexner, que había contribuido a remodelar la enseñanza superior en Estados
Unidos como directivo de la Fundación Rockefeller, estaba en aquel momento
creando un «refugio» donde los eruditos pudieran trabajar sin ninguna presión
académica ni tarea docente, y también, como él mismo decía, «sin ser
arrastrados por el torbellino de lo inmediato».[1043] Financiada con una donación de cinco millones de dólares
de Louis Bamberger y su hermana Caroline Bamberger Fuld, que tuvieron la buena
fortuna de vender su cadena de grandes almacenes solo unas semanas antes del
crac bursátil de 1929, la institución recibiría el nombre de Instituto de
Estudios Avanzados, y tendría su sede en New Jersey, probablemente junto a la
Universidad de Princeton (aunque no adscrito oficialmente a ella), donde
Einstein había pasado ya una agradable temporada.
Flexner había acudido al Tecnológico de California para discutir algunas ideas
con Millikan, el cual le había insistido en que hablara con Einstein, cosa que
más tarde lamentaría. Cuando Flexner celebró finalmente aquella entrevista con
el científico, se sintió impresionado —según escribiría más tarde— por su
«porte noble, sus maneras sencillas y encantadoras, y su genuina humildad)».
Era evidente que Einstein representaría a la vez el pilar y el ornamento
perfecto para el nuevo instituto de Flexner, pero habría resultado inapropiado
que este le hiciera una oferta en el territorio de Millikan. En lugar de ello,
acordaron que Flexner iría a visitar a Einstein en Europa para seguir hablando
del asunto. En su autobiografía, Flexner afirmaría que ni siquiera después de
su encuentro en el Tecnológico de California «no tenía ni idea de que él
[Einstein] estuviera interesado en vincularse al Instituto». Pero eso se
contradice con las cartas que escribió en aquel momento a sus patrocinadores,
en las que se refería a Einstein como un «pollo que no ha salido del cascarón»,
cuyas perspectivas habían de tratar con prudencia.[1044]
Por entonces Einstein se sentía algo desencantado con la vida en el sur de
California. Cuando dio una conferencia a un grupo de estudiantes de relaciones
internacionales, en la que denunció los compromisos de control de armamentos y
defendió el desarme completo, su público pareció tratarle como a un mero
entretenimiento. «Aquí las clases adineradas se apropian de todo lo que pueda
proporcionarles munición en su lucha contra el aburrimiento», anotaría en su
diario. Elsa, por su parte, reflexionaría sobre el malestar de Einstein en una
carta a una amiga: «El asunto no solo carecía de seriedad, sino que se trató
como una especie de entretenimiento social».[1045]
Como resultado, adoptó una actitud desdeñosa cuando su amigo Ehrenfest le
escribió desde Leiden para pedirle que le ayudara a encontrar un puesto de
trabajo en Estados Unidos. «Debo decirte honestamente que a largo plazo yo
preferiría estar en Holanda antes que en Estados Unidos —le respondió
Einstein—. Aparte de un puñado de eruditos realmente buenos, esta es una
sociedad aburrida y estéril que no tardaría en hacerte sentir escalofríos».[1046]
Sin embargo, en este, como en otros temas, la mente de Einstein no era una
mente simple. Disfrutaba claramente de la libertad, del entusiasmo e incluso
(ciertamente) del estatus de celebridad que Estados Unidos le otorgaba. Como
muchos otros, podía mostrarse crítico con ese país sin dejar de sentirse
atraído por él. Podía retroceder ante sus ocasionales exhibiciones de estupidez
y materialismo, pero a la vez sentirse poderosamente fascinado por las
libertades y el abierto individualismo que formaban la otra cara de la misma
moneda.
Poco después de regresar a Berlín, donde la situación política se había hecho
aún más desconcertante, Einstein viajó a Oxford para dar otra serie de
conferencias. Una vez más, encontró opresiva la refinada formalidad de esa
universidad, especialmente en comparación con las estadounidenses. Durante las
agobiantes sesiones del organismo rector de Christ Church, su colegio
universitario en Oxford, Einstein se sentaba en la sala de profesores veteranos
ocultando un bloc de notas bajo el mantel a fin de poder garabatear sus
ecuaciones. Se dio cuenta, una vez más, de que Estados Unidos, pese a sus
muestras de mal gusto y sus excesos de entusiasmo, le ofrecía libertades que
puede que ya no encontrara en Europa.[1047]
Así, se sintió encantado cuando se presentó Flexner, tal como le había
prometido, para proseguir la conversación que habían iniciado en el Ateneo del
Tecnológico de California. Los dos hombres sabían desde el primer momento que
no se trataba meramente de una discusión abstracta, sino que formaba parte de
un intento de reclutar a Einstein. De modo que Flexner se mostraría poco
sincero cuando posteriormente escribiría que no fue hasta que ambos iban
paseando por el recortado césped del colegio universitario de Christ Church
cuando «caí en la cuenta» de que Einstein podía estar interesado en ir al nuevo
instituto. «Si después de reflexionarlo, concluye que ello le daría las
oportunidades que usted se merece —le dijo Flexner—, será bienvenido en las
condiciones que desee».[1048]
El acuerdo que llevaría a Einstein a Princeton se ratificó al mes siguiente,
junio de 1932, cuando Flexner fue a verle a Caputh. Aquel día hacía frío, y
Flexner llevaba un sobretodo, mientras que Einstein iba vestido de verano. Él
prefería vestir —le dijo bromeando— «de acuerdo con la estación, no de acuerdo
con el clima». Se sentaron en la terraza de la preciada nueva casita de
Einstein, y estuvieron hablando toda la tarde y luego durante toda la cena,
hasta que Einstein acompañó a Flexner a la parada del autobús de Berlín, a las
once de la noche.
Flexner le preguntó a Einstein cuánto quería ganar. Alrededor de 3.000 dólares,
le sugirió este tímidamente. Flexner pareció sorprendido.
—¡Vaya! —se apresuró a añadir Einstein—. ¿Acaso podría vivir con menos?
A Flexner le hizo gracia la respuesta, ya que él pensaba en una cantidad mayor,
no menor.
—Deje que la señora Einstein y yo arreglemos el asunto —le dijo.
Acabaron fijando una cantidad de 10.000 dólares anuales, una cifra que no
tardaría en incrementarse cuando Louis Bamberger, el principal patrocinador,
descubriera que el matemático Oswald Veblen, la otra joya del Instituto, estaba
ganando 15.000 dólares al año; Bamberger insistiría en que el salario de
Einstein debía ser igual.
Había otro punto más que negociar. Einstein insistió en que a su ayudante,
Walther Mayer, se le diera también un puesto de trabajo. El año anterior había
hecho saber a las autoridades docentes de Berlín que estaba considerando
posibles ofertas en Estados Unidos que incluían a Mayer, algo que Berlín había
sido incapaz de hacer. El Tecnológico de California había puesto pegas a su
petición, y lo mismo hizo Flexner inicialmente, aunque luego cedió.[1049]
Einstein no consideraba su puesto en el Instituto como un trabajo a tiempo
completo, pero sí era probable que constituyera su principal actividad. Elsa
abordó delicadamente el tema en una carta dirigida a Millikan: «Dadas las
circunstancias, ¿seguirá queriendo que mi marido vaya a Pasadena el próximo
invierno? —le preguntaba—. Tengo dudas al respecto».[1050]
El caso es que Millikan sí quería, y acordaron que Einstein volviera de nuevo
en enero, antes de que se inaugurara el Instituto en Princeton.
A pesar de ello, Millikan se sentía contrariado por no haber logrado formalizar
un acuerdo a largo plazo, y era consciente de que Einstein, en el mejor de los
casos, solo acabaría siendo un visitante ocasional en el Tecnológico de
California. Al final resultaría que el viaje que Elsa ayudó a organizar, en
enero de 1933, sería el último que Einstein hiciera a California.
Millikan le expresó su enfado a Flexner. La relación de Einstein con el
Tecnológico de California había «sido cuidadosamente cimentada a lo largo de
los últimos diez años», le escribió. Como resultado de la perniciosa incursión
de Flexner, Einstein pasaría ahora su tiempo en un nuevo refugio en lugar de
hacerlo en un gran centro de física tanto teórica como experimental. «Que con
tal medida el progreso de la ciencia en Estados Unidos avance, o que con ese
traslado se incremente la productividad del profesor Einstein, resulta cuando
menos discutible». Él proponía, como fórmula de compromiso, que Einstein
dividiera el tiempo que pasara en Estados Unidos entre el Instituto y el
Tecnológico de California.
Pero Flexner no se mostró magnánimo en su victoria. Alegó, falsamente, que
había sido un hecho «completamente accidental» que se hubiera presentado en
Oxford y hubiera hablado con Einstein, un cuento que incluso sus propias
memorias contradicen. En cuanto a lo de compartir a Einstein, Flexner rehusó
hacerlo, afirmando que velaba por los intereses del propio Einstein. «No creo
que la residencia anual durante breves períodos en varios lugares sea sana ni
saludable —escribió—. Contemplando todo el asunto desde el punto de vista del
profesor Einstein, creo que usted y todos sus amigos se alegrarán del hecho de
que haya sido posible crear para él un puesto permanente».[1051]
Por su parte, Einstein no estaba muy seguro de cómo repartiría su tiempo. Creía
que podría ser capaz de combinar los puestos de profesor visitante en
Princeton, Pasadena y Oxford. De hecho, esperaba incluso poder mantener su
puesto en la Academia Prusiana y su preciada casita en Caputh siempre que las
cosas no empeoraran en Alemania. «No me voy de Alemania —anunció cuando su
puesto en Princeton se hizo público, en el mes de agosto—. Mi residencia
permanente seguirá estando en Berlín».
Flexner, en cambio, veía las cosas al revés, y declaró al New York
Times que Princeton sería la residencia principal de Einstein.
«Einstein dedicará su tiempo al Instituto —decía—, y sus viajes al extranjero
serán períodos vacacionales de descanso y meditación en su residencia de verano
en las afueras de Berlin».[1052]
Al final resultó que fueron una serie de acontecimientos que escapaban al
control de los dos hombres los que acabaron de zanjar la cuestión. Durante el
verano de 1932 la situación política en Alemania se fue ensombreciendo.
Mientras los nazis seguían perdiendo las elecciones generales, pero aumentando
en número de votos, el octogenario presidente del país, Paul von Hindenburg,
eligió como canciller al inepto Franz von Papen, que trató de gobernar
imponiendo una autoridad marcial. Cuando Philipp Frank fue a verle a Caputh
aquel verano, Einstein se lamentó: «Estoy convencido de que un régimen militar
no evitará la inminente revolución nacionalsocialista».[1053]
Cuando Einstein se preparaba para iniciar su tercera visita al Tecnológico de
California, en diciembre de 1932, hubo de sufrir una nueva indignidad. Los
titulares sobre su futuro puesto en Princeton habían suscitado la indignación
de la Corporación de Mujeres Patriotas, un grupo estadounidense de mujeres
antaño poderoso, aunque por entonces ya en decadencia, que se autocalificaban
de guardianes contra socialistas, pacifistas, comunistas, feministas y
extranjeros indeseables. Aunque Einstein encajaba solo en las dos primeras de
tales categorías, las mujeres patriotas estaban seguras de que en realidad
encajaba en todas ellas con la posible excepción de la de feministas.
La líder del grupo, la señora Randolph Frothingham (que, dado el contexto,
parecía disponer de un distinguido apellido familiar inventado por Dickens),
envió un memorando mecanografiado de dieciséis páginas al Departamento de
Estado norteamericano detallando las razones para «rechazar y retirar el visado
al profesor Einstein». Él era un militante pacifista y un comunista que
defendía doctrinas que «permitirían que la anarquía acechara sin trabas»,
acusaba el memorando. «Ni siquiera el propio Stalin está
afiliado a tantos grupos internacionales anarco-comunistas que promueven esta
“condición previa” de la revolución mundial y la anarquía definitiva como
Albert Einstein» (las letras cursiva y las versalita son del original).[1054]
Los funcionarios del Departamento de Estado podrían haber ignorado el
memorando, pero, en lugar de ello, lo metieron en un expediente que durante los
siguientes veintitrés años iría creciendo hasta convertirse en un dossier del
FBI con 1.427 páginas de documentos. Además, las mujeres enviaron el memorando
al cónsul estadounidense en Berlín para que sus funcionarios pudieran
interrogar a Einstein y averiguar si las acusaciones eran ciertas antes de
otorgarle otro visado.
Al principio, cuando las leyó en los periódicos, a Einstein estas acusaciones
le parecieron divertidas. Llamó al jefe de la delegación de United Press en
Berlín, Louis Lochner, con el que había hecho amistad, y le transmitió una
declaración en la que no solo ridiculizaba las acusaciones, sino que además
demostraba de manera concluyente que no se le podía acusar de feminismo:
Nunca antes había experimentado por parte del bello sexo tan
enérgico rechazo a todas mis insinuaciones, o, si me había ocurrido, nunca por
parte de tantas a la vez. Pero ¿no tienen razón esas vigilantes ciudadanas?
¿Por qué iba a abrir alguien su puerta a una persona que devora capitalistas
cocidos con tanto apetito y gusto como el ogro Minotauro en Creta devoraba
antaño deliciosas mozas griegas, una persona que es también tan vulgar que se
opone a toda clase de guerra, excepto la inevitable con su propia esposa? En
consecuencia, presten atención a sus inteligentes y patrióticas mujeres, y
recuerden que la capital de la poderosa Roma fue salvada antaño por el graznido
de sus fieles gansos.[1055]
El New York Times publicó la noticia en su
portada con el titular: «Einstein ridiculiza la lucha de algunas mujeres de
aquí contra él. Subraya que antaño el graznido de los gansos salvó Roma».[1056] Pero Einstein se mostraría bastante menos divertido dos
días después, cuando, mientras él y Elsa hacían las maletas para partir,
recibieron una llamada telefónica de la oficina consular estadounidense en
Berlín pidiéndole que fuera aquella misma tarde para mantener una entrevista.
El cónsul general estaba de vacaciones, de modo que fue su desafortunado
suplente quien realizó la entrevista, cosa que Elsa se apresuraría a contar a
los periodistas.[1057] Según el New York Times, que al día siguiente
publicó tres artículos sobre el incidente, la sesión empezó bastante bien, pero
luego la cosa degeneró.
«¿Cuál es su credo político?», le preguntó a Einstein. Este puso una mirada
vacía y luego prorrumpió en una carcajada. «Pues no lo sé —respondió—. No puedo
responder a esa pregunta».
«¿Es usted miembro de alguna organización?». Einstein se pasó la mano por su
«amplia cabellera» y luego se volvió hacia Elsa. «¡Sí! —exclamó—. Soy objetor a
la guerra».
La entrevista se prolongó durante cuarenta y cinco minutos, y Einstein se fue
mostrando cada vez más impaciente. Cuando se le preguntó si era simpatizante de
algún partido comunista o anarquista, Einstein perdió la paciencia: «Sus
compatriotas me han invitado —dijo—. Sí, me lo han rogado. Pero si voy a entrar
en su país como sospechoso, no deseo ir en absoluto. Si no quiere darme un
visado, por favor, dígamelo».
A continuación se levantó para coger su abrigo y su sombrero. «¿Están haciendo
esto por su propio gusto —preguntó— o actúan siguiendo órdenes de arriba?». Y
sin esperar respuesta, salió llevando a remolque a Elsa.
Esta hizo saber a los periódicos que Einstein había dejado de preparar las
maletas y había salido de Berlín para desplazarse a su casita de campo en
Caputh. Si no tenía un visado a mediodía del día siguiente, cancelaría su viaje
a Estados Unidos. El mismo día, ya bien entrada la noche, el consulado publicó
una declaración en la que se afirmaba que habían revisado el caso y que
emitirían un visado de inmediato.
Como informaría correctamente el Times: «Él no es comunista, y ha
declinado invitaciones a dar conferencias en Rusia porque no quería dar la
impresión de que simpatizaba con el régimen de Moscú». Pero lo que no dijo
ningún periódico fue que Einstein, a instancias del consulado, aceptó firmar
una declaración diciendo que no era miembro del Partido Comunista ni de ninguna
organización que pretendiera derrocar al gobierno estadounidense.[1058]
«Einstein vuelve a hacer las maletas para viajar a Estados Unidos», rezaba el
titular del Times al día siguiente. «Por el diluvio de cables
que nos han llegado esta noche pasada —les diría Elsa a los periodistas—
sabemos que los estadounidenses de todas clases se han sentido profundamente
consternados por el caso». El secretario de Estado, Henry Stimson, dijo que
lamentaba el incidente, pero también señaló que se había tratado a Einstein
«con total cortesía y consideración». Cuando la pareja partió de Berlín en tren
con destino a Bremerhaven, para coger allí el barco, Einstein bromeó sobre el
incidente, diciendo que al final todo había acabado bien.[1059]
Pasadena, 1933
Cuando los Einstein salieron de Alemania, en diciembre de 1932, él todavía
creía que podría volver, aunque no estaba del todo seguro. Así, escribió a su
amigo de toda la vida Maurice Solovine, que ahora publicaba sus obras en París,
pidiéndole que le enviara ejemplares «el próximo mes de abril a mi dirección de
Caputh». Sin embargo, al salir de Caputh Einstein le había dicho a Elsa, como
si fuera una premonición: «Míralo bien; no volverás a verlo más». Cuando el
vapor Oaklandpartió con rumbo a California, los Einstein llevaban
consigo treinta maletas, probablemente más de lo necesario para un viaje de
solo tres meses.[1060]
Debido a ello, resultaría algo incómodo, y dolorosamente irónico, el hecho de
que una de las actividades públicas que Einstein tenía programadas a su llegada
a Pasadena fuera pronunciar un discurso para celebrar la amistad
germano-estadounidense. Para financiar la estancia de Einstein en el
Tecnológico de California, su presidente Millikan había obtenido una beca de
7.000 dólares de la Oberlander Trust, una fundación estadounidense que aspiraba
a promover los intercambios culturales con Alemania. El único requisito era que
Einstein hiciera «una alocución radiofónica que resultara útil a las relaciones
germano-estadounidenses». Tras la llegada de Einstein, Millikan anunció que
este «venía a Estados Unidos con la misión de moldear a la opinión pública en
favor de unas mejores relaciones germano-estadounidenses»,[1061] una opinión que sin duda sorprendería a un Einstein que se
había presentado cargado con treinta maletas.
Normalmente Millikan prefería que su preciado invitado evitara hablar sobre
temas no científicos. De hecho, poco después de su llegada le forzó a que
cancelara un discurso que tenía previsto pronunciar en la delegación de la Liga
de Objetores a la Guerra en la Universidad de California en Los Angeles, en el
que tenía planeado denunciar de nuevo el servicio militar obligatorio. «No hay
ningún poder en la tierra del que debamos estar dispuestos a aceptar la orden
de matar», había escrito en el borrador de aquel discurso que jamás llegaría a
pronunciar.[1062]
Pero con tal de que Einstein expresara sentimientos pro alemanes, en lugar de
pacifistas, a Millikan le parecía muy bien que hablara de política,
especialmente cuando había una financiación de por medio. Millikan no solo
había podido conseguir los 7.000 dólares de la beca Oberlander gracias al
discurso, que había de ser radiado por la NBC, sino que también había invitado
a otros grandes donantes a una cena de etiqueta que iba a celebrarse antes del
discurso en el Ateneo del Tecnológico de California.
Einstein constituía tal atracción, que hubo lista de espera para adquirir las
invitaciones. Entre los que sentaron en la mesa con Einstein estaba Leon
Watters, un rico fabricante de productos farmacéuticos de Nueva York. Al
observar que Einstein parecía aburrido, se inclinó hacia él por delante de la
mujer que estaba sentada entre ambos para ofrecerle un cigarrillo, que Einstein
se fumó en tres caladas. Posteriormente, los dos hombres se harían amigos
íntimos, y a partir de entonces, cuando Einstein visitara Nueva York desde
Princeton, se alojaría en el piso que Watters tenía en la Quinta Avenida.
Al finalizar la cena, Einstein y los demás invitados pasaron al Auditorio
Cívico de Pasadena, donde varios miles de personas aguardaban para escuchar su
discurso. Un amigo le había traducido el texto, que Einstein pronunciaría en un
inglés bastante decente.
Tras bromear con la dificultad que entrañaba parecer serio cuando uno iba
vestido de esmoquin, pasó a atacar a la gente que empleaba los términos
«cargado de emoción» para intimidar la libre expresión. Lo mismo ocurría con el
término «herético» —decía— tal como se había utilizado durante la Inquisición.
Luego citó ejemplos que tenían connotaciones parecidamente odiosas para las
gentes de diversos países: «la palabra “comunista” actualmente en Estados
Unidos, o el término “burguesía” en Rusia, o la palabra “judío” para el grupo
reaccionario de Alemania». No todos esos ejemplos parecían calculados para
complacer a Millikan ni a sus anticomunistas y pro alemanes patrocinadores.
Tampoco su crítica a la crisis mundial vigente fue tal que pudiera agradar a
los más fervientes capitalistas. La depresión económica, especialmente en
Estados Unidos —dijo—, parecía estar causada sobre todo por avances
tecnológicos que «reducían la necesidad de mano de obra humana» y, en
consecuencia, causaban un descenso de la capacidad adquisitiva del consumidor.
En cuanto a Alemania, Einstein hizo un par de intentos de expresar simpatía y
ganarse la beca de Millikan. Estados Unidos haría bien —dijo— en no presionar
demasiado exigiendo el constante pago de deudas y reparaciones de la guerra
mundial. Asimismo, él consideraba que la demanda de igualdad militar de
Alemania no estaba exenta de justificación.
Pero eso no significaba —se apresuró a añadir— que se hubiera de permitir a
Alemania que reintrodujera el servicio militar obligatorio. «El servicio
militar universal supone la formación de la juventud en un espíritu bélico»,
concluyó.[1063] Puede que Millikan hubiera conseguido su discurso sobre
Alemania, pero el precio que pagó por ello fue el de tener que tragarse unos
cuantos pensamientos del discurso sobre la objeción a la guerra que había
obligado a cancelar a Einstein.
Una semana más tarde, todas aquellas cuestiones —la amistad
germano-estadounidense, los pagos de la deuda, la objeción a la guerra, e
incluso el pacifismo de Einstein— recibirían un golpe mortal que las despojaría
de sentido durante más de una década. El di a 30 de enero de 1933, mientras
Einstein estaba tranquilamente en Pasadena, Adolf Hitler tomaba el poder como
nuevo canciller de Alemania.
Al principio Einstein parecía no estar muy seguro de lo que eso podía
significar para él. Durante la primera semana de febrero estuvo escribiendo
cartas a Berlín acerca del modo de calcular su salario tras su regreso,
previsto para el mes de abril. Las esporádicas entradas en su diario de viaje
correspondientes a esa semana registraban únicamente discusiones científicas
serias, sobre temas tales como los experimentos con rayos cósmicos, y frívolas
reuniones sociales, como: «Noche Chaplin. Tocaron cuartetos de Mozart. Señora
gorda cuya ocupación consiste en hacer amistad con todas las celebridades».[1064]
A finales de febrero, sin embargo, con el Reichstag en llamas y los camisas
pardas asaltando hogares de judíos, las cosas resultaban mucho más claras. «Por
culpa de Hitler no me atrevo a poner el pie en suelo alemán», le escribiría
Einstein a una de sus amistades femeninas.[1065]
El 10 de marzo, el día antes de que abandonara Pasadena, Einstein paseaba por
los jardines del Ateneo. Evelyn Seely, del New York World Telegram,
le encontró allí, con un talante especialmente comunicativo. Estuvieron
hablando durante cuarenta y cinco minutos, y una de sus declaraciones sería
titular de portada en todo el mundo: «Mientras tenga la posibilidad de elegir,
viviré en un país en el que prevalezca la libertad civil, la tolerancia y la
igualdad de todos los ciudadanos ante la ley —declaró—. En el momento actual,
tales condiciones no se dan en Alemania».[1066]
Justo cuando Seeley se marchaba, Los Ángeles se vio sacudida por un terremoto
devastador —hubo 116 muertos—, pero Einstein apenas pareció darse cuenta de
ello. Con la aquiescencia de un director quizá demasiado indulgente, Seeley
terminó su artículo con una dramática metáfora: «Al dirigirse hacia el
seminario, caminando a través del campus, el doctor Einstein sintió que el
suelo temblaba bajo sus pies».
Retrospectivamente, se podría excusar a Seeley por haberse mostrado tan teatral
si se tiene en cuenta el drama que se desarrollaba aquel mismo día en Berlín,
aunque en aquel momento ni ella ni Einstein lo sabían. Aquella tarde, los nazis
irrumpieron dos veces en el piso de Einstein en dicha ciudad ante la
aterrorizada Margot, la hija de Elsa, que era la única que se encontraba
presente. Su marido, Dimitri Marianoff, se hallaba fuera haciendo gestiones, y
a punto estuvo de caer en manos de una de las bandas de matones que recorrían
las calles. Luego le envió recado a Margot de que se llevara los papeles de Einstein
a la embajada francesa para más tarde reunirse con él en París. Margot logró
hacer ambas cosas. Por su parte, Ilse y su marido, Rudolph Kayser, consiguieron
escapar a Holanda. Durante los dos días siguientes, el piso de Berlín fue
objeto de saqueo en otras tres ocasiones. Einstein ya no volvería a verlo
jamás; pero sus papeles estaban a salvo.[1067]
En su viaje en tren hacia el Este desde el Tecnológico de California, Einstein
llegó a Chicago justo el día en que cumplía cincuenta y cuatro años. Allí
asistió a un mitin del Consejo de Juventudes Pacifistas, donde los oradores
prometieron que la causa pacifista se mantendría pese a los acontecimientos
producidos en Alemania. Algunos de los asistentes salieron con la impresión de
que él estaba plenamente de acuerdo. «Einstein jamás abandonará el movimiento
pacifista», señalaría uno de ellos.
Pero se equivocaban. Einstein había empezado a acallar su retórica pacifista.
En una comida celebrada ese día en Chicago para festejar su cumpleaños, habló
vagamente de la necesidad de organizaciones internacionales que mantuvieran la
paz, pero se abstuvo de repetir sus llamamientos a la objeción a la guerra.
También se mostraría parecidamente cauto unos días después, en una recepción
celebrada en Nueva York con motivo de la publicación de una antología de sus
escritos pacifistas, La lucha contra la guerra. Habló sobre todo de
los dolorosos sucesos de Alemania. El mundo debía manifestar su rechazo moral
de los nazis —dijo—, pero añadiendo que no por ello había que anatematizar al
propio pueblo alemán.
A pesar de que estaba a punto de zarpar, todavía no estaba claro dónde iba a
vivir ahora. Paul Schwartz, el cónsul alemán en Nueva York, que había sido
amigo de Einstein en Berlín, se reunió con él en privado para asegurarse de que
no tratara de regresar a Alemania. «Le arrastrarán por las calles cogido de los
pelos», le advirtió.[1068]
Su destino inicial, donde había de llevarle el barco, era Bélgica, y Einstein
sugirió a unos amigos que después tal vez podría ir a Suiza. Cuando se
inaugurara el Instituto de Estudios Avanzados, al año siguiente, planeaba pasar
allí anualmente cuatro o cinco meses, y quizá se quedara más tiempo todavía. El
día antes de que zarpara el barco, él y Elsa hicieron una escapada a Princeton
para ver casas en venta.
El único lugar de Alemania que Einstein deseaba volver a ver, según les dijo a
los miembros de su familia, era Caputh. Pero en el viaje a través del Atlántico
le llegó la noticia de que los nazis habían saqueado su casita de campo con la
excusa de buscar un alijo de armas comunistas, que por supuesto no existía.
Luego volvieron y confiscaron su preciado barco alegando que podría emplearse
para hacer contrabando. «Mi casa de verano se ha visto honrada a menudo por la
presencia de numerosos invitados —diría Einstein en un mensaje desde el barco—.
Siempre han sido bienvenidos. Nadie tenía ninguna razón para entrar a la
fuerza».[1069]
Las hogueras
La noticia del saqueo de su casita de Caputh decidió cuál iba a ser la relación
de Einstein con su patria alemana; jamás volvería a poner el pie en ella.
En cuanto su barco atracó en Amberes, el 28 de marzo de 1933, hizo que un coche
le llevara hasta el consulado alemán en Bruselas, donde devolvió su pasaporte y
—como había hecho ya una vez cuando era un adolescente— declaró que renunciaba
a su ciudadanía alemana. También envió una carta, que había escrito durante la
travesía, en la que presentaba su dimisión a la Academia Prusiana. «La
dependencia del gobierno prusiano —afirmaba— es algo que en las actuales
circunstancias considero intolerable».[1070]
Max Planck, que le había introducido en la Academia diecinueve años antes, se
sintió aliviado. «Esta idea suya parece ser la única vía que le asegura una
ruptura digna de sus relaciones con la Academia», le escribiría con un suspiro
casi audible, añadiendo una cortés petición de que «pese a la profunda brecha
que separa nuestras opiniones políticas, nuestras amistosas relaciones
personales jamás deben experimentar ningún cambio».[1071]
Lo que Planck esperaba evitar, en medio de la avalancha de diatribas
antisemitas contra Einstein que estaba apareciendo en la prensa nazi, era que
se le abrieran oficialmente expedientes disciplinarios, tal como pedían algunos
ministros del gobierno. Ello supondría una agonía personal para Planck, además
de un bochorno histórico para la Academia. «Iniciar trámites de expulsión
oficiales contra Einstein me crearía los más graves problemas de conciencia —le
escribiría a un secretario de la Academia—. Aunque en cuestiones políticas me
separa de él una profunda brecha, por otra parte estoy absolutamente seguro de
que en la historia de los siglos venideros el nombre de Einstein será celebrado
como una de las estrellas más brillantes que jamás relucieron en la Academia».[1072]
Por desgracia, la Academia no se contentó con dejar las cosas como estaban. Los
nazis se mostraban furiosos por el hecho de que Einstein se les hubiera
anticipado, al renunciar, de una manera notoriamente pública y con titulares en
los diarios, tanto a su ciudadanía alemana como a su pertenencia a la Academia
antes de que ellos pudieran despojarle de ambas cosas. De modo que uno de los
secretarios de la Academia, simpatizante nazi, publicó una declaración en
nombre de dicha institución. Aludiendo a las noticias de prensa sobre algunos
de los comentarios que Einstein había hecho en Estados Unidos, y que en
realidad habían sido bastante cautelosos, denunciaba su «participación en la
difusión de falsas atrocidades» y sus «actividades como agitador en países extranjeros»,
concluyendo: «No hay, pues, razón alguna para lamentar la dimisión de
Einstein».[1073]
Max von Laue, colega y amigo de Einstein desde hacía largo tiempo, protestó. En
una reunión de la Academia celebrada aquella misma semana, trató de que sus
miembros desautorizaran la medida que había tomado el secretario. Pero no le
apoyó ningún otro miembro, ni siquiera Haber, el judío converso que había sido
uno de los más estrechos amigos y defensores de Einstein.
Pero este no estaba dispuesto a dejar pasar aquella calumnia. «Por la presente
declaro que jamás he tomado parte en la difusión de falsas atrocidades»,
respondió. Se había limitado a decir la verdad sobre la situación de Alemania,
sin recurrir a contar cuentos sobre atrocidades de ninguna clase. «Describí el
actual estado de cosas en Alemania como un estado de trastorno psíquico en las
masas», escribiría.[1074]
Por entonces ya no había duda de que aquello era cierto. A primeros de aquel
mismo mes, los nazis habían propugnado el boicot a todas las empresas cuyos
propietarios fueran judíos, y habían apostado tropas de asalto delante de sus
tiendas. En la Universidad de Berlín se prohibió la entrada a profesores y
estudiantes judíos, a los que se confiscó sus tarjetas de identificación
académica. Al mismo tiempo, el premio Nobel Philipp Lenard, el viejo
antagonista de Einstein, declaraba en un periódico nazi: «El ejemplo más
importante de la peligrosa influencia de los círculos judíos en el estudio de
la naturaleza es el que ha dado herr Einstein».[1075]
Luego la correspondencia entre Einstein y la Academia se hizo algo menos
irascible. Un funcionario escribió a Einstein diciéndole que, aunque no hubiera
difundido calumnias activamente, tampoco había sabido unirse «al bando de los
defensores de nuestra nación contra la avalancha de mentiras que se ha vertido
sobre ella… Una palabra de defensa de usted en particular podría haber
producido un gran efecto en el extranjero». Pero Einstein consideraba aquello
absurdo. «De haber dado tal testimonio en las actuales circunstancias, habría
estado contribuyendo, siquiera indirectamente, a la corrupción moral y la
destrucción de todos los valores culturales existentes», respondió.[1076]
Pero la propia discusión iría teniendo cada vez menos sentido. A primeros de
abril de 1933, el gobierno alemán aprobó una ley en la cual declaraba que los
judíos (a quienes definía como cualquiera que tuviera como mínimo un abuelo
judío) no podían ostentar ningún cargo oficial, incluyendo la Academia y las
universidades. Entre quienes se vieron obligados a abandonar el país había
catorce premios Nobel y veintiséis de los sesenta profesores de física teórica
del país. Afortunadamente, aquellos refugiados del fascismo que hubieron de
salir de Alemania y de los otros países que esta pasaría a dominar —Einstein,
Edward Teller, Victor Weisskopf Hans Bethe, Lise Meitner, Niels Bohr, Enrico
Fermi, Otto Stern, Eugene Wigner, Leó Szilárd y otros— contribuirían a asegurar
que fueran los aliados, y no los nazis, quienes fabricaran primero la bomba
atómica.
Planck trató de moderar las medidas antisemitas, llegando al extremo de apelar
a Hitler personalmente. «Nuestras políticas nacionales no se verán revocadas o
modificadas, ni siquiera para los científicos —le, respondió este en tono
airado—. ¡Si la destitución de científicos judías significa la aniquilación de
la ciencia alemana contemporánea, nos pasaremos unos cuantos años sin
ciencia!». Después de eso; Planck mantuvo una postura discreta y advirtió a
otros científicos de que su papel no era cuestionar a los líderes políticos.
A Einstein le resultaba imposible enfadarse con Planck, ya que era para él como
un tío, además de un mentor. Incluso en medio de su acerbo intercambio de
correspondencia con la Academia, aceptó la petición de Planck de que
mantuvieran intacto su respeto personal. «A pesar de todo, estoy contento de
que me ofrezca su vieja amistad y de que ni siquiera las mayores tensiones
hayan logrado nublar nuestras relaciones mutuas —le escribiría Einstein,
empleando el estilo formal y respetuoso que había empleado siempre en sus
misivas con Planck—. Estas se mantienen en su antigua belleza y pureza,
independientemente de lo que, por decirlo así, está ocurriendo más abajo».[1077]
Entre quienes huyeron de la purga nazi estaba también Max Born, quien, junto a
su cortante esposa, Hedwig, acabó en Inglaterra. «Nunca he tenido una opinión
especialmente favorable de los alemanes —les escribió Einstein al saber la
noticia—. Pero debo confesar que su grado de brutalidad y cobardía me ha cogido
por sorpresa».
Born se lo tomó todo bastante bien y, al igual que Einstein, desarrolló un
aprecio más profundo por su propia tradición. «En cuanto a mi esposa y mis
hijos, solo han tomado conciencia del hecho de ser judíos o “no arios” (por
emplear el delicioso término técnico) durante los últimos meses, y yo mismo
jamás me había sentido especialmente judío —escribiría en su carta de respuesta
a Einstein—. Ahora, por supuesto, soy extremadamente consciente de ello, no
solo porque se nos considera tales, sino porque la opresión y la injusticia me
provocan ira y resistencia».[1078]
Más patético aún fue el caso de Frizt Haber, amigo tanto de Einstein como de
Maric, que creía que se había hecho alemán por convertirse al cristianismo,
afectar un aire prusiano y ser uno de los pioneros en la guerra química
trabajando por su patria durante la Primera Guerra Mundial. Con las nuevas
leyes, sin embargo, incluso él fue obligado a renunciar a su puesto en la
Universidad de Berlín y en la Academia a sus sesenta y cuatro años de edad,
justo antes de que hubiera podido jubilarse y cobrar una pensión.
Como si quisiera expiar el hecho de haber renunciado a su ascendencia, Haber se
dedicó a ayudar a los judíos que de la noche a la mañana se veían en la
necesidad de buscar un puesto de trabajo fuera de Alemania. Einstein no pudo
resistir la tentación de mofarse de él, en la socarrona manera que ambos habían
empleado a menudo en sus cartas, con respecto al fracaso de su teoría de la
asimilación: «Puedo entender sus conflictos internos —le escribió—. Es algo
parecido a tener que renunciar a una teoría a la que uno ha dedicado toda su
vida. A mí no me ocurre porque jamás he creído en ella ni lo más mínimo».[1079]
En la nueva tarea de ayudar a sus recién hallados compañeros tribales a
emigrar, Haber hizo amistad con el líder sionista Chaim Weizmann. Incluso trató
de mediar en una desavenencia surgida entre este y Einstein con respecto al
trato de los judíos a los árabes y la gestión de la Universidad Hebrea. «Jamás
en toda mi vida me he sentido tan judío como ahora!», diría exultante, lo que
en realidad no significaba decir mucho.
Einstein le respondió diciéndole lo contento que estaba de ver que «su antiguo
amor a la bestia rubia se ha enfriado un poco». Los alemanes eran todos una
mala raza —insistía Einstein—, «con la excepción de unas cuantas excelentes
personalidades (Planck 60 por ciento noble, y Laue 10 por ciento)». Ahora, en
aquel período de adversidad, al menos podían consolarse por el hecho de haber
sido arrojados junto a su verdadera familia. «Para mí, lo más hermoso es estar
en contacto con algunos judíos excelentes; al fin y al cabo, unos cuantos
milenios de un pasado civilizado significan algo».[1080]
Einstein jamás volvería a ver a Haber. Este decidió que trataría de empezar una
nueva vida en la Universidad Hebrea de Jerusalén, que Einstein había ayudado a
crear. Pero de camino hacia allí, en Basilea, le falló el corazón y murió.
Cerca de cuarenta mil alemanes se congregaron ante el teatro de la ópera de
Berlín el 10 de mayo de 1933, mientras un desfile de estudiantes portadores de
esvásticas y de camorristas armados con antorchas se dedicaban a arrojar libros
a una enorme hoguera. De todas partes llegaban ciudadanos normales y corrientes
cargados con volúmenes saqueados de bibliotecas y residencias privadas. «¡El
intelectualismo judío ha muerto! —vociferaba desde el estrado con rostro fiero
Joseph Goebbels, el ministro de Propaganda—. ¡El alma alemana puede expresarse
de nuevo!».
Lo que había ocurrido en Alemania en 1933 no era simplemente una brutalidad
perpetrada por unos líderes desalmados y alentada por las turbas ignorantes.
Era también, como lo describiría el propio Einstein, «el completo fracaso de la
llamada aristocracia intelectual». Einstein y otros judíos fueron expulsados de
lo que había sido uno de los centros de investigación de mentalidad más abierta
del mundo, y los que se quedaron hicieron bien poco por resistir. Esto
representó el triunfo de los de la calaña de Philipp Lenard, el viejo detractor
antisemita de Einstein, que sería nombrado por Hitler nuevo responsable de la
ciencia aria. «Debemos reconocer que resulta indigno de un alemán ser seguidor
intelectual de un judío —declararía exultante Lenard aquel mes de mayo—. ¡Heil
Hitler!». Habrían de pasar doce años antes de que las tropas aliadas se
abrieran paso hasta Berlín y le echaran de aquel puesto.[1081]
Le Coq Sur Mer, 1933
Al encontrarse «amarrados» en Bélgica, más por el azar de las rutas oceánicas
que por una elección consciente, Einstein y su séquito —Elsa, Helen Dukas y
Walther Mayer— establecieron temporalmente su residencia allí. Tras
considerarlo con cierto detenimiento, Einstein no se vio con la suficiente
energía emocional como para trasladar a su nueva familia a Zúrich, junto con la
antigua. Tampoco estaba dispuesto a comprometerse con Leiden o con Oxford
mientras aguardaba su prevista visita, o quizá traslado, a Princeton. De modo
que decidió alquilar una casa en las dunas de Le Coq sur Mer, un pueblo
turístico situado cerca de Ostende, desde donde pudiera contemplar —y Mayer
calcular— el universo y sus ondas en paz.
La paz, sin embargo, resultaría ser bastante escurridiza. Ni siquiera por mar
podía escapar completamente a las amenazas de los nazis. Los periódicos
informaban de que su nombre figuraba en una lista de objetivos de asesinato, y
corría el rumor de que había una recompensa de 5.000 dólares por su cabeza. Al
enterarse de ello, Einstein se tocó la cabeza y exclamó alegremente: «¡No sabía
que valiera tanto!».
Pero los belgas se tomaron la amenaza más en serio, y no sin cierta irritación
por su parte, asignaron a dos fornidos policías la misión de montar guardia en
su casa.[1082]
Casualmente, Philipp Frank, que todavía conservaba el antiguo puesto y el
antiguo despacho de Einstein en Praga, pasó por Ostende aquel verano y decidió
ir a verle por sorpresa. Preguntó a algunos lugareños cómo podía encontrar a
Einstein, y pese al vigente mandamiento judicial que prohibía dar tal
información, fue diligentemente conducido a la casita situada entre las dunas.
Al acercarse, pudo ver a dos hombres robustos, que ciertamente no tenían el
aspecto de los habituales visitantes de Einstein, en una animada conversación
con Elsa. De repente —recordaría más tarde Frank— «los dos hombres me vieron,
se precipitaron sobre mí y me cogieron».
Afortunadamente intervino Elsa, todavía pálida por el sobresalto: «Sospechaban
que era el supuesto asesino».
Einstein encontró toda aquella situación bastante hilarante, incluida la
ingenuidad de la población del vecindario que tan amablemente había indicado a
Frank el camino a su casa. Einstein le explicó su intercambio de cartas con la
Academia Prusiana, que guardaba en una carpeta junto con algunas líneas de
ripios humorísticos que había compuesto a modo de imaginaría respuesta:
«Gracias por su nota, de ternura tan patente. Es tan alemana como lo es su
remitente».
Cuando Einstein dijo que abandonar Berlín había supuesto una liberación, Elsa
defendió la ciudad que durante tanto tiempo había amado. «A menudo me decías,
al volver a casa del coloquio de física, que en ningún otro lugar podía
encontrarse un grupo de físicos tan destacado como aquel».
«Es cierto —respondió Einstein—. Desde un punto de vista puramente físico, la
vida en Berlín solía ser muy buena. Sin embargo, siempre tenía la sensación de
que alguien me presionaba, y tenía siempre el presentimiento de que el final no
iba a ser bueno».[1083]
Ahora que Einstein tenía libertad de acción, empezaron a lloverle ofertas de
toda Europa. «En este momento tengo más cátedras que ideas racionales en la
cabeza», le diría a Solovine.[1084] Aunque se había comprometido a pasar al menos unos meses
al año en Princeton, empezó a aceptar aquellas invitaciones de manera un tanto
promiscua. Lo cierto es que nunca había sido muy bueno a la hora de rechazar
peticiones.
Esto se debía en parte a que las ofertas eran tentadoras y él se sentía
halagado. Pero en parte obedecía también al hecho de que todavía seguía
tratando de conseguir mejores condiciones para su ayudante, Walther Mayer.
Asimismo, las ofertas se convirtieron, tanto para él como para diversas
universidades, en una forma de demostrar su desafío ante lo que los nazis
estaban haciendo con las academias alemanas. «Quizá creas que tenía el deber de
no haber aceptado las ofertas española y francesa —le confesaría a Paul
Langevin, que estaba en París—. Sin embargo, tal negativa podría haberse
malinterpretado, dado que ambas invitaciones eran, al menos en cierta medida,
manifestaciones políticas que yo consideraba importantes y que no quería echar
a perder».[1085]
Su aceptación de un puesto en la Universidad de Madrid saltaría a los
titulares. «El ministro español anuncia que el físico ha aceptado una cátedra
—rezaba el New York Times—. La noticia se recibe con alegría». El
periódico señalaba que ello no afectaría a sus períodos anuales en Princeton,
pero Einstein advirtió a Flexner que sí lo haría si no se daba a Mayer el
puesto de profesor titular, en lugar del de profesor asociado, en el nuevo
Instituto. «Se habrá enterado por la prensa de que he aceptado una cátedra en
la Universidad de Madrid —le escribió—. El gobierno español me ha otorgado el
derecho de recomendarles a un matemático para nombrarle profesor titular… En
consecuencia, me encuentro en una posición difícil: o bien le recomiendo para
el puesto en España, o bien le pido a usted si sería posible elevar su
nombramiento al de profesor titular». Y por si la amenaza no estaba bastante
clara, Einstein añadía: «Su ausencia del Instituto incluso podría crear algunas
dificultades para mi propio trabajo».[1086]
Flexner se comprometió. En una carta de cuatro páginas advertía a Einstein de
los peligros de apegarse demasiado a un ayudante, y le relataba otros casos en
los que tal cosa había tenido malas consecuencias, pero luego cedía a su
requerimiento. Aunque el título de Mayer seguiría siendo el de profesor
asociado, se le daría una plaza fija, lo que fue suficiente para asegurar el
acuerdo.[1087]
Einstein también aceptó o mostró interés por diversas ofertas para dar clases
en Bruselas, París y Oxford. Estaba especialmente ansioso por pasar más tiempo
en este último lugar. «¿Cree que en Christ Church se podría encontrar una
pequeña habitación para mí? —le escribió a su amigo el profesor Frederick
Lindemann, un físico de aquella universidad que llegaría a convertirse en un
importante asesor de Winston Churchill—. No hace falta que sea tan distinguida
como la de los dos últimos años». Al final de la carta añadía una pequeña nota
de tristeza: «Jamás volveré a ver la tierra donde nací».[1088]
Esto planteaba una cuestión obvia: ¿por qué Einstein no consideró la
posibilidad de pasar un tiempo en la Universidad Hebrea de Jerusalén? Al fin y
al cabo esta era, en parte, hija suya. Durante la primavera de 1933 había
estado hablando activamente de la idea de crear una nueva universidad, tal vez
en Inglaterra, que pudiera servir de refugio para los académicos judíos
desplazados. ¿Por qué, en lugar de ello, no trató de que todos ellos, y también
él personalmente, se incorporaran a la Universidad Hebrea?
El problema era que durante los cinco años anteriores Einstein había estado
batallando con los administradores de dicha universidad y en 1933 el asunto
había derivado en un inoportuno enfrentamiento, justo cuando él y otros
profesores huían de los nazis. El objeto de su ira era el presidente de la
universidad, Judah Magnes, un antiguo rabino de Nueva York que se sentía en la
obligación de agradar a sus acaudalados patrocinadores estadounidenses en todo
lo que hacía, incluidos los nombramientos del cuerpo docente, aunque ello
supusiera comprometer la distinción académica. Einstein deseaba que la
universidad funcionara más en la tradición europea, donde las diversas
facultades y departamentos académicos gozaban de un gran poder a la hora de
tomar decisiones relativas al currículo y la permanencia de los puestos
docentes.[1089]
Mientras estaba en Le Coq sur Mer, las frustraciones de Einstein con respecto a
Magnes alcanzaron su punto álgido. «Está persona ambiciosa y débil se ha
rodeado de otros hombres moralmente inferiores», le escribió a Haber,
advirtiéndole de que no fuera a la Universidad Hebrea. Y a Born se la describía
como «una pocilga, pura charlatanería».[1090]
Las quejas de Einstein le enemistaron con el líder sionista Chaim Weizmann.
Cuando este y Magnes le enviaron una invitación oficial para incorporarse al
cuadro docente de la Universidad Hebrea, Einstein dejó que aflorara
públicamente su malestar, declarando a la prensa que la universidad era
«incapaz de satisfacer necesidades intelectuales» y que, en consecuencia, había
rechazado la invitación.[1091]
Einstein declaró que Magnes tenía que irse. Y asimismo escribió a sir Herbert
Samuel, el alto comisionado británico, que había sido designado miembro de un
comité encargado de proponer reformas, diciéndole que Magnes había causado «un
daño enorme» y que «si alguna vez la gente desea mi colaboración, mi condición
es su renuncia inmediata». En junio, Einstein le diría lo mismo a Weizmann:
«Solo un cambio decisivo de personal cambiaría las cosas».[1092]
Pero Weizmann era un político muy hábil, y decidió convertir el desafío de
Einstein en una oportunidad para reducir el poder de Magnes. Si tenía éxito,
Einstein se sentiría obligado a incorporarse a la universidad. En un viaje a
Estados Unidos, que realizó aquel mismo mes de junio, le preguntaron por qué
Einstein no iba a Jerusalén, al lugar donde sin duda pertenecía. Ciertamente
debería ir —respondió Weizmann—, y se le había invitado a hacerlo. Si decidía
ir a Jerusalén —añadió—, «dejaría de tener que ir de un lado a otro por todas
las universidades del mundo».[1093]
Einstein se puso furioso. Dijo que Weizmann conocía de sobra cuáles eran sus
razones para no ir a Jerusalén, «y también sabe en qué circunstancias estaría
dispuesto a comprometerme a trabajar en la Universidad Hebrea». Ello llevó a
Weizmann a nombrar un comité que él sabía que apartaría a Magnes del control
directo de la parte académica de la universidad. Luego, durante una visita a
Chicago, anunció que las condiciones de Einstein se habían cumplido y que, en
consecuencia, debería ir finalmente a la Universidad Hebrea. «Albert Einstein
ha decidido definitivamente aceptar la dirección del instituto de física de la
Universidad Hebrea», informaría la Agencia Telegráfica Judía basándose en la
información facilitada por Weizmann.
Aquello era un ardid de Weizmann, que ni era verdad ni llegaría a serlo jamás.
Sin embargo, aparte de dejar helado a Flexner, permitió que la polémica de la
Universidad Hebrea se sosegara y que pudieran realizarse reformas en dicha
universidad.[1094]
El fin del pacifismo
Como buen científico, Einstein era perfectamente capaz de cambiar de postura
cuando se veía confrontado a nuevas evidencias. El pacifismo constituía uno de
sus más profundos ideales personales. Pero a principios de 1933, con el auge de
Hitler, los hechos habían cambiado.
De modo que Einstein declaró abiertamente que había llegado a la conclusión de
que el pacifismo absoluto y la objeción militar no estaban justificados, al
menos en aquel momento. «El momento parece poco propicio para seguir
defendiendo determinadas propuestas del movimiento pacifista radical —le
escribiría a un pastor holandés que le pedía su apoyo para una organización
pacifista—. Por ejemplo, ¿está justificado que se le pida a un francés o a un
belga que rechace el servicio militar frente al rearme alemán?». Einstein
consideraba que la respuesta estaba clara: «Francamente, no lo creo».
En lugar de defender el pacifismo, Einstein redobló su compromiso con una
organización federalista mundial, como una Sociedad de Naciones, pero con
verdadera fuerza, que contara con su propio ejército profesional para imponer
sus decisiones. «Me parece que en la situación actual debemos respaldar una
organización o fuerza supranacional antes que defender la abolición de todas
las fuerzas —decía—. Los recientes acontecimientos me han enseñado una lección
en este sentido».[1095]
Esta propuesta encontró la oposición por parte de la Internacional de Objetores
a la Guerra, una organización a la que Einstein respaldaba desde hacía largo
tiempo. Su líder, lord Arthur Ponsonby, denunció la idea, calificándola de
«indeseable debido a que equivale a admitir que la fuerza es el factor que
puede resolver las disputas internacionales». Einstein discrepaba. A partir de
la nueva amenaza que surgía en Alemania, su nueva filosofía defendía otra
postura: «No puede haber desarme sin seguridad».[1096]
Cuatro años antes, mientras visitaba Amberes, Einstein había sido invitado al
palacio real de Bélgica por la reina Isabel,[1097] la hija de un duque bávaro que se había casado con el rey
Alberto I. A la reina le gustaba la música, y Einstein pasó la tarde
interpretando a Mozart con ella, tomando té y tratando de explicarle la
relatividad. Invitado de nuevo al año siguiente, tuvo ocasión de conocer a su
esposo, el rey, y quedó encantado por la pareja menos real de toda la realeza.
«Estas dos personas sencillas son de una pureza, y una bondad que raramente se
encuentra», le escribiría a Elsa. Una vez más, la reina y él interpretaron a
Mozart, y luego invitaron a Einstein a quedarse a cenar a solas con la pareja.
«Sin criados, vegetariano, espinacas con huevo frito y patatas —explicaría—. Me
gustó muchísimo, y estoy seguro de que el sentimiento es mutuo».[1098]
Así se iniciaría una relación de amistad con la reina belga que duraría toda la
vida, una relación que más adelante tendría su pequeño papel en la
participación de Einstein en el desarrollo de la bomba atómica. Pero en julio
de 1933 la cuestión que estaba sobre el tapete era el pacifismo y la objeción
militar.
«El marido de la segunda violinista quisiera hablar con usted de un asunto
urgente»; de esta críptica manera se identificaba el rey Alberto en un mensaje
enviado a Einstein, sabiendo que este, pero casi nadie más, lo entendería. El
científico se dirigió a palacio. La mente del rey estaba ocupada en resolver un
problema que agitaba su país. Había dos Objetores de conciencia encarcelados
por negarse a servir en el ejército belga, y los pacifistas internacionales
presionaban a Einstein para que hablara en su favor. Obviamente esto causaría
problemas.
El rey confiaba en que Einstein se abstuviera de intervenir en el caso. Por su
amistad, por respeto al jefe del país que le albergaba, y también por sus nuevas
y sinceras creencias, Einstein aceptó. E incluso llegó al extremo de escribir
una carta que permitió que se hiciera pública.
«En la presente situación amenazadora, creada por los acontecimientos de
Alemania, las fuerzas armadas de Bélgica deben verse solo como un medio de
defensa, no como un instrumento de agresión y —declaró—. Y es ahora, entre
todas las épocas, cuando más urgentemente se necesitan tales fuerzas de
defensa».
No obstante, por ser quien era, Einstein se sintió obligado a añadir algunos pensamientos
adicionales: «Los hombres que, por sus convicciones morales y religiosas, se
ven obligados a rechazar el servicio militar no deberían ser tratados como
criminales —afirmaba—. Se les debería ofrecer la alternativa de aceptar un
trabajo más oneroso y arriesgado que el servicio militar». Por ejemplo, se les
podría poner a trabajar como reclutas con una mínima paga haciendo «trabajo de
minería, alimentando las calderas en los barcos, servicios hospitalarios en
pabellones de enfermedades infecciosas o en determinadas secciones de
instituciones mentales».[1099] El rey Alberto le envió una cálida nota de agradecimiento,
en la que evitaba cortésmente hablar de la posibilidad de cualquier servicio
alternativo.
Cuando Einstein cambió de opinión, en ningún momento trató de ocultar el hecho.
De modo que también escribió una carta abierta al líder del grupo pacifista que
le había alentado a intervenir en el caso belga. «Hasta hace poco, en Europa
podíamos suponer que la objeción personal a la guerra constituía un ataque
eficaz al militarismo —declaraba—. Hoy nos enfrentamos a una situación
completamente distinta. En el corazón de Europa reside una potencia, Alemania,
que obviamente se encamina a la guerra con todos los medios disponibles».
Incluso llegaba al extremo de proclamar lo impensable, que él mismo se uniría
al ejército si fuera un hombre joven.
Debo decírselo francamente: en las actuales circunstancias, si
yo fuera belga, no rechazaría el servicio militar, sino que lo aceptaría de
buen grado con la conciencia de servir a la civilización europea. Eso no
significa que renuncie al principio que he estado defendiendo hasta ahora. No
tengo otra esperanza mayor que la de que en no mucho tiempo el rechazo al
servicio militar vuelva a ser de nuevo un método eficaz de servir a la causa
del progreso humano.[1100]
Durante semanas la noticia tuvo eco en todo el mundo. «Einstein
altera sus opiniones pacifistas / Aconseja a los belgas armarse frente a la
amenaza de Alemania», rezaba el titular del New York Times.[1101] Einstein no solo se mantendría firme, sino que se
explicaría de manera cada vez más apasionada frente a cada nuevo ataque:
Al secretario francés de la Internacional de Objetores a la
Guerra: «Mis opiniones no han cambiado, pero la situación europea si… Mientras
Alemania persista en rearmar y adoctrinar sistemáticamente a sus ciudadanos
para una guerra de venganza, las naciones de Europa occidental dependen, por
desgracia, de la defensa militar. De hecho, incluso llegaré más lejos al
afirmar que, si son prudentes, no aguardarán, desarmadas, a ser atacadas… No
puedo cerrar los ojos a las realidades».[1102]
A lord Ponsonby, su colega pacifista en Inglaterra: «¿Es posible que no sea
usted consciente del hecho de que Alemania está rearmándose febrilmente, y de
que se está adoctrinando a toda la población con el nacionalismo y entrenándola
para la guerra?… ¿Qué protección sugeriría usted aparte de la fuerza
organizada?».[1103]
Al Comité Belga de Objetores a la Guerra: «Mientras no exista una fuerza de
policía internacional, esos países deben asumir la defensa de la cultura. La
situación en Europa ha cambiado extremadamente en el último año; si cerráramos
los ojos a este hecho, nos pondríamos en manos de nuestros más acérrimos
enemigos».[1104]
A un profesor estadounidense: «Para evitar el mal mayor, es necesario que el
mal menor —el odiado ejército— sea aceptado por el momento».[1105]
Y todavía, un año después, a un rabino contrariado de Rochester. «Soy el mismo
ardiente pacifista que era antes. Pero creo que solo podemos defender el
rechazo al servicio militar cuando la amenaza militar de dictaduras agresivas
hacia los países democráticos haya dejado de existir».[1106]
Después de años y años en que sus amigos conservadores lo
calificaron de ingenuo, ahora eran sus amigos de izquierdas quienes
consideraban poco firme su comprensión de la política: «Einstein, un genio en
su ámbito científico, es débil, indeciso e incoherente fuera de él», escribiría
en su diario el consagrado pacifista Romain Rolland.[1107] Seguramente la acusación de incoherente debió de divertir
a Einstein, para un científico, alterar sus doctrinas cuando cambian los hechos
no constituye precisamente un signo de debilidad.
La despedida
El otoño anterior, Einstein había recibido una carta larga, farragosa y, —como
solía ser el caso, intensamente personal de Michele Besso, uno de sus más
viejos amigos. La mayor parte de ella trataba del pobre Eduard,
el hijo pequeño de Einstein, que había seguido sucumbiendo a su enfermedad
mental y ahora estaba confinado en un manicomio en las inmediaciones de Zúrich.
Einstein —señalaba Besso— aparecía a menudo fotografiado con sus hijastras,
pero nunca con sus hijos. ¿Por qué no viajaba con ellos? Tal vez pudiera
llevarse a Eduard en uno de sus viajes a Estados Unidos y llegar a conocerlo
mejor.
Einstein quería a Eduard. Elsa le había dicho a una amiga: «Esta aflicción está
devorando a Albert». Pero él creía que la esquizofrenia de Eduard la había
heredado de su madre —y en cierta medida es probable que así fuera—, y que
había muy poco que él pudiera hacer al respecto. Esa era también la razón de
que se resistiera a la posibilidad de hacer psicoanalizar a su hijo. Einstein
consideraba el psicoanálisis ineficaz, especialmente en los casos de enfermedad
mental grave que parecía tener causas hereditarias.
Besso, por su parte, sí había pasado por el psicoanálisis, y su carta era
expansiva y apabullante, exactamente tal como había sido él mismo cuando los
dos hombres solían ir andando a casa juntos desde la oficina de patentes más de
un cuarto de siglo antes. El tenía sus propios problemas matrimoniales, le
decía Besso, refiriéndose a Anna Winteler, a la que le había presentado el
propio Einstein. Sin embargo, forjando una relación mejor con su hijo, había
logrado que su matrimonio funcionara y había dotado de un mayor sentido a su
vida.
Einstein le respondió que esperaba llevarse a Eduard consigo en su visita a
Princeton. «Por desgracia, todo indica que hay una fuerte herencia que se
manifiesta de manera muy definida —se lamentaba—. La he visto venir, lenta pero
inexorable, desde la juventud de Tete. Las influencias externas desempeñan
únicamente un pequeño papel en tales casos en comparación con las secreciones
internas, con respecto a las cuales nadie puede hacer nada».[1108]
El envite estaba ahí; Einstein sabía que tenía que ver a Eduard, y además
quería hacerlo. Se suponía que a finales de mayo tenía que ir a Oxford, pero
decidió aplazar el viaje una semana para poder ir a Zúrich y estar con su hijo.
«No puedo esperar seis semanas para ir a verle —le escribió a Lindemann,
pidiendo su indulgencia—. Usted no es padre, pero sé que lo entenderá».[1109]
Su relación con Maric había mejorado tanto, que cuando esta se enteró de que no
podía volver a Alemania, les invitó tanto a él como a Elsa a ir a Zúrich y
alojarse en su bloque de pisos. Einstein se sintió agradablemente sorprendido,
y cuando viajó él solo a la ciudad aquel mes de mayo, se alojó en casa de ella.
Sin embargo, su visita a Eduard resultaría ser más desgarradora de lo que había
previsto.
Einstein llevó consigo su violín. Él y Eduard habían tocado juntos con
frecuencia, expresando por medio de su música una serie de emociones que no
podían expresar con palabras. La fotografía de ambos realizada durante aquella
visita resulta especialmente patética. Están los dos sentados de manera
embarazosa uno al lado del otro, vestidos con traje, en lo que parece ser la
sala de visitas del manicomio. Einstein sostiene su violín y su arco con la
mirada ausente. Eduard, cabizbajo, contempla fijamente un montón de papeles,
mientras su rostro, ahora carnoso, parece contraerse en una mueca de dolor.
Cuando Einstein salió de Zúrich en dirección a Oxford, seguía imaginando que en
el futuro inmediato podría pasar la mitad de cada año en Europa. Ignoraba que
aquella sería la última vez que vería a su primera esposa y a su hijo pequeño.
Durante su estancia en Oxford, Einstein pronunció una conferencia en la que
explicó su filosofía de la ciencia, y luego viajó a Glasgow, donde explicó el
camino recorrido para llegar al descubrimiento de la relatividad general.
Disfrutó tanto de ese viaje que, poco después de su regreso a Le Coq sur Mer,
decidió volver a Inglaterra a finales de julio, invitado esta vez por una de
sus más improbables amistades.
El comandante británico Oliver Locker-Lampson era muchas cosas que no era
Einstein. Aventurero e hijo de un poeta Victoriano, había sido aviador en la
Primera Guerra Mundial, jefe de una división acorazada en Laponia y en Rusia,
consejero del gran duque Nicolás, y supuesto conspirador en la muerte de
Rasputín. Ahora era abogado, periodista y miembro del Parlamento. Había
estudiado en Alemania, conocía la lengua y las gentes de ese país, y quizá como
consecuencia de ello, se había convertido en temprano defensor de la idea de
que había que estar preparado para enfrentarse a los nazis. Con un especial
apetito por lo interesante, empezó a escribir a Einstein, a quien solo había
visto una vez al pasar por Oxford, pidiéndole que fuera su huésped en
Inglaterra.
Cuando Einstein aceptó su oferta, el apuesto comandante supo sacar el máximo
partido de ello. Le llevó a ver a Winston Churchill, que por entonces sufría
unos años de olvido como miembro de la oposición parlamentaria. En una comida
celebrada en los jardines de la residencia de Churchill —«Chartwell»—, hablaron
del rearme alemán. «Es un hombre eminentemente sabio —le escribiría Einstein a
Elsa aquel mismo día—. Ahora tengo claro que esa gente está haciendo
preparativos y está decidida a actuar pronto y de manera resuelta».[1110] Sonaba exactamente como la declaración de alguien que
acababa de comer con Churchill.
Locker-Lampson también llevó a Einstein a ver a Austen Chamberlain, otro
defensor del rearme, y al ex primer ministro Lloyd George. Cuando llegaron a
casa de este último, le dieron a Einstein el libro de visitas para que firmara
en él. Cuando llegó al espacio reservado para la dirección, se detuvo un
momento y luego escribió ohne, es decir, «sin» dirección.
Locker-Lampson relató el incidente al día siguiente, cuando, con gran pompa,
presentó un proyecto de ley en el Parlamento —mientras Einstein observaba desde
la grada de invitados ataviado con un traje de lino blanco— destinado a
«ampliar las oportunidades de obtener la ciudadanía para los judíos». Alemania
estaba destruyendo su cultura y amenazaba la seguridad de sus más grandes
pensadores. «Ha rechazado a su ciudadano más glorioso, Albert Einstein
—declaró—. Cuando se le pide que indique su dirección en los libros de visitas,
este se ve obligado a escribir “sin dirección”. ¡Qué orgulloso debe sentirse
este país por haberle ofrecido un refugio en Oxford!».[1111]
Cuando regresó a su casita de la costa belga, Einstein decidió que había una
cuestión que debía aclarar —o al menos intentarlo— antes de volver a embarcar
con rumbo a Estados Unidos. La Corporación de Mujeres Patriotas y otras
organizaciones seguían tratando de vetarle como subversivo o comunista
peligroso, y él consideraba que tales acusaciones resultaban tan ofensivas como
potencialmente problemáticas.
Debido a sus sentimientos socialistas, a su historial de pacifista y a su
oposición al fascismo, en Estados Unidos por entonces se creía —y se seguiría
creyendo durante toda su vida— que Einstein podía simpatizar con los comunistas
rusos. Tampoco ayudaba precisamente el hecho de que se hubiera mostrado tan
predispuesto a prestar su nombre a casi cualquier manifiesto o cabecera de
periódico que le llegaba por correo, y que a primera vista le parecía que
merecía la pena, sin averiguar si los grupos implicados podían representar una
tapadera que encubriera otras ideologías.
Por fortuna, aquella predisposición a prestar su nombre a las más diversas
organizaciones iba acompañada también de una aversión a presentarse
personalmente en mitin alguno o a dedicar su tiempo a cualquier sesión de
planificación entre camaradas. De modo que en realidad no había demasiados
grupos políticos, y ciertamente ningún grupo comunista, en los que realmente
participara. Asimismo, Einstein se empeñó en no viajar jamás a Rusia, puesto
que sabía que ello podría utilizarse con fines propagandísticos.
Cuando se acercaba la fecha de su partida, Einstein concedió dos entrevistas
destinadas a dejar claros esos aspectos. «Soy un demócrata convencido —le dijo
a Leo Lania, refugiado alemán como él y periodista del New York World
Telegram—. Es por esta razón por la que no voy a Rusia, aunque he recibido
invitaciones muy cordiales. No cabe duda de que mi viaje a Moscú sería
explotado por los gobernantes de los soviéticos en beneficio de sus propios
objetivos políticos. En este momento soy tan adversario del bolchevismo como lo
soy del fascismo. Estoy en contra de todas las dictaduras».[1112]
En otra entrevista, que apareció publicada tanto en el Times de
Londres como en el New York Times, Einstein admitía que
ocasionalmente se había dejado «embaucar» por organizaciones que pretendían ser
meramente pacifistas o humanitarias, pero que «en realidad no son más que
propaganda camuflada al servicio del despotismo ruso —subrayaba—. Nunca he sido
favorable al comunismo, ni lo soy ahora». La esencia de su creencia política
consistía en oponerse a cualquier poder que «esclavice al individuo por medio
del terror y de la fuerza, ya surja bajo la bandera fascista o comunista».[1113]
No cabe duda de que aquellas declaraciones se hacían con el fin de acallar
cualquier posible controversia en Estados Unidos con respecto a sus supuestas
inclinaciones políticas. Pero además tenían la virtud añadida de ser verdad.
Einstein en ocasiones había sido engañado por grupos cuyos objetivos no eran
los que aparentaban ser; pero ya desde niño había mantenido como principio
rector la aversión al autoritarismo, fuera de izquierdas o de derechas.
A finales del verano Einstein recibió una noticia devastadora. Tras haberse
separado recientemente de su esposa y colaboradora, su amigo Paul Ehrenfest
había ido a ver a su hijo de dieciséis años, que estaba internado en una
institución de Ámsterdam con síndrome de Down. Allí había sacado una pistola y
le había disparado a su hijo en el rostro, sacándole un ojo, pero sin llegar a
matarle. Luego se había apuntado con el arma y se había suicidado.
Más de veinte años antes, Ehrenfest, un joven físico judío que iba de un lado a
otro, había aparecido en Praga, donde a la sazón trabajaba Einstein, y le había
pedido que le ayudara a encontrar un trabajo. Tras recorrer varios cafés y
haber estado hablando de física durante horas a lo largo de aquel día, los dos
hombres se hicieron devotos amigos. La mente de Ehrenfest era muy distinta de
la de Einstein en numerosos aspectos. Aquel tenía «una falta de confianza en sí
mismo casi enfermiza», diría el propio Einstein, y era mucho mejor a la hora de
encontrar defectos a las teorías ya existentes que a la de idear otras nuevas. Ello
le convertía en un buen profesor, «el mejor que he visto nunca», aunque su
«sentimiento de incapacidad, objetivamente injustificado, le acosaba
incesantemente».
Había, no obstante, un importante aspecto en el que Ehrenfest era igual que
Einstein: jamás llegaría a hacer las paces con la mecánica cuántica. «Aprender
y enseñar cosas que uno no puede aceptar plenamente de corazón es siempre un
asunto difícil —escribiría Einstein de Ehrenfest—; doblemente difícil para un
hombre de fanática honestidad».
Einstein, que sabía lo que representaba cumplir cincuenta años, pasaba a
continuación a dar una descripción que decía tanto sobre su propio
planteamiento ante la mecánica cuántica como sobre el de Ehrenfest: «Añádase a
ello la creciente dificultad de adaptarse a las nuevas ideas que siempre
afronta el hombre que ha pasado de los cincuenta. No sé cuántos de los lectores
de estas líneas serán capaces de comprender plenamente esta tragedia».[1114] Desde luego que Einstein lo era.
El suicidio de Ehrenfest desconcertó profundamente a Einstein, como lo hizo la
creciente intensidad de las amenazas a su propia vida. Su nombre se había
asociado falsamente a un libro en el que se atacaba el terror hitleriano; como
solía hacer, se había prestado a que se utilizara su nombre como presidente
honorario de un comité, el cual más tarde había publicado el libro, pero
Einstein no había leído ni una sola línea de él. Los periódicos alemanes
publicaron un titular en letras rojas que rezaba: «La infamia de Einstein». Una
revista le incluyó en una lista de enemigos del régimen alemán, enumerando sus
«crímenes» y acompañado de la frase «aún no colgado».
De modo que Einstein decidió aceptar de nuevo la hospitalidad británica de
Locker-Lampson durante el mes que faltaba para su previsto viaje a Estados
Unidos en octubre. Elsa, que prefirió quedarse en Bélgica para ir preparando
las maletas, le pidió a un periodista del Sunday Express que
se encargara de que Einstein llegara a salvo a Inglaterra. Dado que era un buen
periodista, él mismo acompañó a Einstein en el viaje, e informó de que,
mientras cruzaban el canal de la Mancha, el científico había sacado su cuaderno
de notas y se había puesto a trabajar en sus ecuaciones.
En una escena digna de una película de James Bond, Locker-Lampson hizo que dos
jóvenes «ayudantes» femeninas se llevaran a Einstein a una escondida casita de
campo de su propiedad situada en un páramo costero al nordeste de Londres. Allí
se vio envuelto en una astracanada mezcla de secretismo y publicidad. Las dos
jóvenes posaron junto a él esgrimiendo sendas escopetas de caza para una
fotografía que luego se entregó a las agencias de prensa, al tiempo que
Locker-Lampson declaraba: «Si se acerca cualquier persona no autorizada,
recibirá una ráfaga de postas». Menos intimidante sería la valoración que haría
el propio Einstein de su seguridad: «La belleza de mis guardaespaldas
desarmaría a un conspirador antes que sus escopetas», le diría a un visitante.
Entre quienes penetraron en aquel modesto perímetro de seguridad se encontraba
un ex ministro de Exteriores, que deseaba hablar de la crisis de Europa; el
hijastro político de Einstein, Dimitri Marianoff, que fue a entrevistarle para
escribir un artículo que había vendido a una publicación francesa; Walther
Mayer, que le ayudó a proseguir su ingrata tarea de encontrar las ecuaciones de
la teoría del campo unificado, y el famoso escultor Jacob Epstein, que pasó
tres días realizando un hermoso busto del científico.
El único que tuvo problemas con las guardaespaldas fue Epstein, que les
preguntó si podía sacar una de las puertas de sus goznes a fin de tener mejor
ángulo para elaborar la escultura. «Ellas me preguntaron socarronas si luego
querría quitar el tejado —recordaría posteriormente—. Creo que eso también me
habría gustado, pero no se lo pedí, ya que a aquellos ángeles guardianes
parecía molestarles un poco mi intrusión en el retiro de su profesor». Al cabo
de tres días, sin embargo, las guardianas se mostraban ya más afectuosas con
Epstein, y al acabar las sesiones de escultura se sentaban a beber cerveza
todos juntos.[1115]
Durante todo ese tiempo el humor de Einstein permaneció intacto. Entre las
cartas que recibió mientras estuvo en Inglaterra había una de un hombre que
tenía la teoría de que la gravedad significaba que, conforme la Tierra iba
rotando, había momentos en que la gente estaba cabeza abajo, o en posición
horizontal. Tal vez —especulaba— eso llevaba a la gente a hacer estupideces,
tales como enamorarse. «Enamorarse no es lo más estúpido que hace la gente
—garabateó Einstein en la carta—, pero no puede hacerse responsable de ello a
la gravitación».[1116]
La principal aparición pública que hizo Einstein durante este viaje fue para
pronunciar un discurso en el Royal Albert Hall de Londres, el 3 de octubre, en
un acto destinado a recaudar dinero para los eruditos alemanes desplazados.
Algunos sospecharon —seguramente con razón— que Locker-Lampson había exagerado
la amenaza a la seguridad de Einstein y la publicidad dada a su escondite a fin
de promover la venta de invitaciones para aquel acto. Si fue así, desde luego
lo consiguió. Las nueve mil localidades de la sala se llenaron, al tiempo que
la gente abarrotaba el pasillo central y los laterales. Un millar de
estudiantes hicieron de acomodadores, además de formar una guardia contra
cualquier manifestación pro nazi que pudiera materializarse (aunque no hubo
ninguna).
Einstein habló, en inglés, sobre la vigente amenaza a la libertad, aunque tuvo
especial cuidado de no atacar concretamente al régimen nazi. «Si queremos
resistir a las potencias que amenazan con suprimir la libertad intelectual e
individual, debemos tener claro lo que está en juego —dijo—. Sin dicha libertad
no habría existido Shakespeare, ni Goethe, ni Newton, ni Faraday, ni Pasteur,
ni Lister». La libertad era uno de los fundamentos de la creatividad.
Habló también sobre la necesidad de la soledad. «La monotonía de una vida
tranquila estimula la mente creativa», declaró, y a continuación repitió una
sugerencia que ya había hecho cuando era más joven: que los científicos
deberían trabajar como fareros a fin de que pudieran dedicarse a pensar «sin que
nadie les molestara».[1117]
Era aquella una observación reveladora. Para Einstein la ciencia era una
actividad solitaria, y parecía no darse cuenta de que para otros esta podía
resultar mucho más fructífera cuando se realizaba de manera colectiva. En
Copenhague y en otros lugares, los miembros del equipo de científicos que
habían desarrollado la mecánica cuántica se habían ido basando mutuamente unos
en las ideas de otros a un ritmo frenético. En cambio, los grandes avances de
Einstein eran del tipo de los que podían lograrse —tal vez contando solo con
alguien que hiciera ocasionalmente de caja de resonancia y de ayudante
matemático— por parte de alguien que trabajara en una oficina de patentes de
Berna, en el desván de un piso de Berlín incluso en un faro.
El 7 de octubre de 1933, el trasatlántico Westmoreland, que había
zarpado de Amberes con Elsa y Helen Dukas a bordo, recogió a Walther Mayer y a
Einstein en Southampton. Este no pensaba alejarse por mucho tiempo. De hecho,
tenía planeado pasar otra temporada en el colegio universitario de Christ
Church, en Oxford, la primavera siguiente. Sin embargo, y a pesar de que
viviría aún otros veintidós años más, Einstein jamás volvería a ver Europa.
Capítulo 19
Estados Unidos
1933-1939
El número 112 de Mercer Street.
Contenido:
·
Princeton
·
Pasatiempos
·
La muerte de Elsa
·
La política de preguerra
Princeton
El trasatlántico Westmoreland, que llevaba a Einstein, a sus
cincuenta y cuatro años de edad, a la que se convertiría en su nueva patria,
atracó en el puerto de Nueva York el 17 de octubre de 1933. Aguardando para
recibirle bajo la lluvia en el muelle de la calle Treinta y tres había un
comité oficial encabezado por su amigo Samuel Untermyer, un destacado abogado,
que llevaba unas orquídeas que él mismo había cultivado y que iba acompañado de
un grupo de animadoras que tenían previsto desfilar con él en una espectacular
ceremonia de bienvenida.
Sin embargo, ni Einstein ni su séquito aparecieron por ninguna parte. Abraham
Flexner, el director del Instituto de Estudios Avanzados, estaba obsesionado
por protegerles de la publicidad independientemente de cuáles fueran las
peculiares preferencias de Einstein. De modo que había enviado un remolcador,
en el que viajaban dos administradores del Instituto, con el encargo de hacer
desaparecer a Einstein del Westmoreland en cuanto el barco
pasara la cuarentena. «No haga declaraciones ni conceda entrevistas sobre
ningún tema», le había advertido Flexner por cable. Para reiterar el mensaje,
le envío también una carta por medio de uno de los administradores que fueron a
recibir el barco de Einstein. «Su seguridad en Estados Unidos depende de su
silencio y de que se abstenga de asistir a actos públicos», decía.[1118]
Cargado con el estuche de su violín, y con la profusa cabellera asomándole por
debajo de un sombrero negro de ala ancha, Einstein desembarcó furtivamente en
el remolcador, que les trasladó a él y a su equipo hasta el puerto de Battery
Park, donde aguardaba un coche que les Devana de inmediato a Princeton. «Lo
único que quiere el doctor Einstein es que se le deje en paz y tranquilidad»,
declaró Flexner a los periodistas.[1119]
En realidad también quería un periódico y un helado. De modo que en cuanto
estuvo instalado en la posada Peacock Inn de Princeton, se puso ropa más
informal y, fumando su pipa, se dirigió a pie a un quiosco, donde compró un
periódico vespertino para reírse con los titulares que hablaban del misterio de
su paradero. Luego se dirigió a una heladería, denominada Baltimore, donde
señaló con el dedo el helado que un joven estudiante acababa de comprar y luego
se señaló a sí mismo. Mientras la camarera le cobraba y le daba el cambio, le
dijo: «Este irá a mi álbum de recortes».[1120]
A Einstein se le dio un despacho situado en una esquina de una sala
universitaria que servía de sede temporal del Instituto. Había en ese momento
dieciocho académicos en régimen de residencia, entre ellos los matemáticos
Oswald Veblen (sobrino del teórico social Thorstein Veblen) y John von Neumann,
pionero de la teoría de computación. Cuando Einstein se presentó en su
despacho, le preguntaron qué material necesitaba. «Un escritorio o mesa, una
silla, papel y lápices —respondió—. ¡Ah, sí! Y una gran papelera donde poder
arrojar todos mis errores».[1121]
Elsa y él pronto encontraron una casa en alquiler, lo que celebraron ofreciendo
un pequeño recital musical en el que se interpretaron obras de Haydn y de
Mozart. El célebre violinista ruso Toscha Seidel hizo de solista, mientras
Einstein hacía de segundo violín. A cambio de algunos trucos para mejorar su
técnica con el violín, este trató de explicarle la teoría de la relatividad a
Seidel y le hizo unos cuantos dibujos de varas en movimiento cuya longitud se
contraía.[1122]
A partir de aquí empezaron a proliferar en la localidad los relatos populares
en tomo al amor de Einstein por la música. Uno de ellos le retrataba tocando en
un cuarteto con el virtuoso del violín Fritz Kreisler. En un determinado
momento pierden la sincronización. Kreisler deja de tocar y se vuelve hacia
Einstein con burlona exasperación:
—¿Qué ocurre, profesor? ¿Es que no sabe contar?[1123]
Otro relato más conmovedor cuenta que una tarde, un grupo cristiano de oración
decidió reunirse para pedir por los judíos perseguidos. Einstein les sorprendió
a todos preguntando si podía asistir. Llevó consigo su violín, y, a modo de
plegaria, interpretó un solo.[1124]
Muchas de sus interpretaciones eran totalmente improvisadas. En la primera
fiesta de Halloween que pasó en Estados Unidos desarmó a un grupo de asombradas
niñas de doce años, que habían ido a su casa con la intención de gastarle una
broma, apareciendo de repente en la puerta y dándoles una serenata con su
violín. En Navidad, cuando se presentaron varios miembros de la Primera Iglesia
Presbiteriana delante de su casa cantando villancicos, él salió fuera, se
dirigió caminando sobre la nieve hacia una de las mujeres, le pidió prestado su
violín y les acompañó en su actuación. «¡Era una persona tan amable!»,
recordaría uno de los miembros del grupo.[1125]
Einstein no tardó en adquirir la imagen —que casi llegó a asumir proporciones
de leyenda, pero que, no obstante, tenía una base real— de ser un profesor
amable y bondadoso, distraído a veces pero indefectiblemente agradable, que
caminaba siempre sumido en sus pensamientos, ayudaba a los niños con sus
deberes, y rara vez se peinaba o llevaba calcetines. Con la divertida
conciencia de sí mismo habitual en él, Einstein alimentaba aquellas
percepciones. «Soy una especie de figura antigua conocida sobre todo por no
usar calcetines y a la que pasean en ocasiones especiales como curiosidad»,
bromeaba. Su aspecto algo desaliñado era en parte una manifestación de su
sencillez y en parte un pequeño acto de rebeldía. «He llegado a una edad en la
que, si alguien me dice que lleve calcetines, no tengo por qué hacerle caso»,
le diría a un vecino.[1126]
Sus ropas amplias y cómodas se convirtieron en símbolo de su falta de
pretensiones. Tenía una chaqueta de cuero que solía llevar tanto a los actos
oficiales como a los extraoficiales. Cuando una amiga descubrió que tenía algo
de alergia a los jerséis de lana, fue a una tienda de excedentes y le compró
unas sudaderas de algodón, que luego él llevaría constantemente. En cuanto a su
aversión a los cortes de pelo y los acicalamientos capilares, resultaba tan
contagiosa que Elsa, Margot y su hermana Maja acabarían exhibiendo la misma
desaliñada profusión de canas.
Einstein haría tan famosa la imagen del genio desaliñado como Chaplin la del
vagabundo. Era amable, pero solitario; brillante, pero perplejo. Iba por ahí
con aire distraído y una irónica sensibilidad. Rezumaba honestidad; a veces
—aunque no siempre— era tan ingenuo como aparentaba; se preocupaba
apasionadamente por la humanidad, y a veces también por las personas concretas.
Fijaba su mirada en verdades cósmicas y en cuestiones globales, lo que le
permitía parecer distanciado del aquí y el ahora. Este papel que él
representaba no estaba lejos de la verdad, pero disfrutaba representándolo a
fondo, sabedor de que se trataba de un gran papel.
Asimismo, por entonces Einstein se había adaptado de buena gana al papel que
representaba Elsa, el de una esposa que podía ser tan devota como exigente, tan
protectora como acosada ocasionalmente por las aspiraciones sociales. Habían
aprendido a convivir cómodamente después de haber pasado algunas dificultades.
«Yo lo manejo —diría Elsa orgullosa—, pero nunca dejo que sepa que lo manejo».[1127]
En realidad él sí lo sabía, e incluso lo encontraba un tanto divertido. Así,
por ejemplo, cedió a las críticas de Elsa en el sentido de que fumaba
demasiado, y cuando llegó la festividad del día de Acción de Gracias (a finales
de noviembre), le prometió que se abstendría dé fumar su pipa hasta el año
nuevo. Cuando Elsa se jactó de ello en una comida, él refunfuñó:
—Como veis, ya no soy esclavo de mi pipa, pero ahora soy esclavo de esa mujer.
Einstein mantuvo su palabra, pero «la mañana de Año Nuevo se levantó con las
primeras luces del alba, y ya no se ha quitado la pipa de la boca salvo para
comer y dormir», según les contaría Elsa a unos vecinos días después de que
hubiera finalizado la promesa.[1128]
La mayor fuente de fricción para Einstein provenía del deseo de Flexner de
protegerle de la publicidad. Einstein, como siempre, se mostraba menos
melindroso con ese asunto que sus amigos, sus patrocinadores y sus
autoproclamados protectores. El destello ocasional de los flashes hacía
destellar también sus ojos. Y lo que era más importante, estaba dispuesto a
soportar tales indignidades —e incluso deseoso de hacerlo— si podía emplear su
fama para recaudar dinero y simpatías para la difícil situación de los judíos
europeos, que seguía empeorando.
Aquel activismo político hacía que la propensión de Einstein a la publicidad le
resultara aún más desconcertante a Flexner, él mismo un judío estadounidense
tradicionalista y asimilado. El consideraba que podía provocar una reacción de
antisemitismo, especialmente en Princeton, donde el Instituto estaba atrayendo
a numerosos eruditos judíos hacia un entorno que, en el mejor de los casos, se
mostraba socialmente receloso de ellos.[1129]
Flexner se sintió especialmente contrariado cuando Einstein, de manera bastante
encantadora, aceptó un sábado reunirse en su casa con un grupo de muchachos de
una escuela de Newark que habían formado un club científico al que habían dado
su nombre. Elsa hizo galletas, y cuando la conversación se centró en los
líderes políticos judíos, señaló: «No creo que en este país haya
antisemitismo». Einstein estuvo de acuerdo. Aquella se habría limitado a ser
simplemente una agradable visita de no ser porque el asesor que acompañaba a
los chicos escribió un pintoresco relato, centrándose en las ideas de Einstein
acerca de la difícil situación de los judíos, que luego se publicó en la
portada del periódico Sunday Ledger, de Newark.[1130]
Flexner se puso furioso. «Yo quería sencillamente protegerle», escribió en una
carta a Elsa, a quien envió el artículo de Newark acompañado de una adusta
nota. «Esa es exactamente la clase de cosas que me parecen absolutamente
indignas del profesor Einstein —le decía—. Esto dañará la estima que le tienen
sus colegas, puesto que creerán que él busca esa publicidad, y yo no veo cómo
se les puede convencer de que no es ese el caso».[1131]
Luego Flexner le pedía a Elsa que disuadiera a su marido de presentarse en un
recital de música que estaba previsto que se celebrara en Manhattan, y cuya
invitación él ya había aceptado, destinado a recaudar dinero para los
refugiados judíos. Sin embargo, y al igual que su esposo, Elsa no era del todo
reacia a la publicidad ni a colaborar en las causas judías, y tampoco le hacían
demasiada gracia los intentos de control de Flexner. De modo que le respondió
con una negativa bastante directa.
Eso hizo que Flexner le enviara al día siguiente una carta sorprendentemente
rotunda, cuyo contenido, según señalaba, había discutido con el presidente de
la Universidad de Princeton. Haciéndose eco de los sentimientos de algunos de
los amigos europeos de Einstein, incluidos los Born, Flexner advertía a Elsa de
que, si los judíos recibían demasiada publicidad, esto podía avivar el
antisemitismo:
Es perfectamente posible crear un sentimiento antisemita en
Estados Unidos. No hay peligro de que se cree dicho sentimiento si no es por
parte de los propios judíos. Hay ya signos inconfundibles de que en
Norteamérica se ha incrementado el antisemitismo. Es precisamente porque yo soy
judío y porque deseo ayudar a los judíos oprimidos en Alemania por lo que mis
esfuerzos, aunque continuos y en cierta medida fructíferos, son absolutamente
callados y anónimos… Lo que está en juego es la dignidad de su esposo y del
Instituto según los más elevados criterios norteamericanos y la forma más
efectiva de ayudar a la raza judía en Norteamérica y en Europa.[1132]
Aquel mismo día, Flexner escribió directamente a Einstein
defendiendo el argumento de que los judíos como ellos debían pasar
desapercibidos debido, a que la tendencia a una excesiva publicidad podía
despertar el antisemitismo. «Soy de tal parecer desde el momento en que Hitler
inició su política antijudía, y he actuado en consecuencia —escribió—. Ha
habido indicios en las universidades norteamericanas de que los estudiantes y
profesores judíos pueden sufrir si no se emplea la máxima cautela».[1133]
De manera en absoluto sorprendente, Einstein siguió adelante con su previsto
recital benéfico en Manhattan, donde cada uno de los 264 invitados tuvo que
pagar por su asistencia 25 dólares. Se interpretó el Concierto para dos
violines en re menor de Bach y el Cuarteto en sol mayor de
Mozart. Incluso se permitió libre acceso a la prensa. «Quedó tan absorto en la
música —informaba la revista Time— que, con la mirada ausente,
seguía pulsando las cuerdas cuando la representación ya había terminado».[1134]
En su intento de evitar actos como aquel, Flexner había empezado a interceptar
el correo de Einstein y a declinar invitaciones en su nombre. Se hallaba, pues,
el terreno abonado para un enfrentamiento cuando el rabino Stephen Wise, de
Nueva York, decidió que sería buena idea lograr que Einstein se entrevistara
con el presidente Franklin Roosevelt, confiando en que ello serviría para
llamar la atención sobre el trato dado a los judíos en Alemania. «F. D. R. no
ha movido un dedo en favor de los judíos de Alemania, y con eso bastaría», le
escribió Wise a un amigo.[1135]
El resultado fue una llamada telefónica del secretario para Asuntos Sociales de
Roosevelt, coronel Marvin Maclntyre, en la que invitaba a Einstein a la Casa
Blanca. Cuando Flexner se enteró de ello, se puso furioso. Llamó a la Casa
Blanca y le soltó un duro sermón al no poco sorprendido coronel Maclntyre.
Todas las invitaciones —le dijo Flexner— habían de pasar primero por él mismo;
a continuación declinó la oferta en nombre de Einstein.
Por si ello fuera poco, Flexner procedió luego a escribirle una carta oficial
al presidente. «Esta tarde me he sentido obligado a explicarle a su secretario
—le dijo— que el profesor Einstein había venido a Princeton con el propósito de
llevar a cabo su trabajo científico en soledad, y que resultaba absolutamente
imposible hacer ninguna excepción que inevitablemente se convertiría en noticia
pública».
Einstein no supo nada de todo aquello hasta que Henry Morgenthau, un destacado
líder judío que estaba a punto de convertirse en secretario del Tesoro, quiso
averiguar a qué se debía aquel aparente desaire. Consternado al descubrir el
atrevimiento de Flexner, Einstein escribió a Eleanor Roosevelt, su alma gemela
política. «No puede imaginarse lo interesante que habría sido para mí conocer
al hombre que está abordando con titánica energía el mayor y más difícil
problema de nuestro tiempo —le escribió—. Sin embargo, el caso es que no me ha
llegado ninguna invitación en ese sentido».
Eleanor Roosevelt le respondió personal y cortésmente. La confusión se debía
—le explicaba— al hecho de que Flexner se hubiera mostrado tan categórico en su
llamada telefónica a la Casa Blanca. «Espero que usted y la señora Einstein
puedan venir pronto», añadió. Elsa le respondió no menos cortésmente: «Ante
todo, excuse, por favor, mi rudimentario inglés. El doctor Einstein y yo misma
aceptamos con un sentimiento de gratitud su muy amable invitación».
Albert y Elsa llegaron a la Casa Blanca el 24 de enero de 1934 a la hora de
cenar, y pasaron allí la noche. El presidente pudo conversar con ellos en un
alemán pasable. Entre otras cosas, hablaron de los grabados marinos de
Roosevelt y de la pasión de Einstein por la navegación. A la mañana siguiente,
este escribió ocho líneas de ripios dedicados a la reina Isabel de los belgas
en papel de carta de la Casa Blanca informando de su visita, pero no hizo
ninguna declaración pública.[1136]
La intromisión de Flexner había enfurecido a Einstein, que se quejó de ello en
una carta dirigida al rabino Wise, en la que puso como dirección del remitente
«Campo de concentración de Princeton». Asimismo, envió una lista de cinco
páginas con las injerencias de Flexner a los administradores del Instituto. O
le aseguraban que no volvería a haber más «interferencias constantes de un tipo
que no toleraría nadie que se respete» —amenazaba Einstein—, o «les propondré
tratar con ustedes la manera de romper mis relaciones con el Instituto de una
manera digna».[1137]
Se le dio la razón a Einstein, y Flexner hubo de rectificar. Sin embargo, como
resultado de ello, Einstein perdió su influencia con Flexner, a quien
posteriormente se referiría como uno de sus «pocos enemigos» en Princeton.[1138] Cuando Erwin Schrödinger, compañero de viaje de Einstein a
través de los campos minados de la mecánica cuántica, llegó a Princeton como
refugiado aquel mes de marzo, se le ofreció un puesto en la universidad. Él, en
cambio, deseaba ir al Instituto de Estudios Avanzados. Einstein trató de
interceder en favor suyo ante Flexner, pero fue en vano; Flexner ya no le hacía
favores, aunque ello significara privar al Instituto de Schrödinger.
Durante su breve estancia en Princeton, Schrödinger le preguntó a Einstein si
finalmente iba a volver a Oxford más adelante aquella primavera, tal como tenía
previsto. El mismo se había calificado de «ave de paso» cuando había puesto
rumbo al Tecnológico de California allá por el 1931, y no estaba muy claro
—acaso ni siquiera en su propia mente— si aquello lo veía como una liberación o
como algo lamentable. Pero lo cierto es que ahora se encontraba cómodo en
Princeton, sin ningún deseo de volver a levantar el vuelo.
«¿Por qué un viejo como yo no habría de disfrutar de paz y sosiego por una
vez?», le había preguntado Einstein a su amigo Max Born. De modo que le pidió a
Schrödinger que transmitiera sus más sinceras disculpas. «Lamento decirle que
me ha pedido que le escriba para darle un no definitivo —informaría Schrödinger
a Lindemann—. La razón de su decisión es en realidad que le aterroriza todo el
ruido y el alboroto que se armaría a su alrededor si fuera a Europa». Asimismo,
a Einstein le preocupaba la idea de que si iba a Oxford, también se esperaría
que fuera a París y a Madrid, «y me falta coraje para acometer todo eso».[1139]
Los astros se habían confabulado para crear en Einstein cierta sensación de
inercia, o al menos cierto cansancio de ir de un lado a otro. Además,
Princeton, que él había calificado como «una pipa todavía por fumar» en su
primera visita en 1921, le cautivó con su frondoso encanto y sus ecos
neogóticos de ciudad universitaria europea. «Un pueblo pintoresco y ceremonioso
de endebles semidioses que se pavonean sobre sus agarrotadas piernas —lo
llamaba en una carta a Isabel, la reina madre de Bélgica desde la muerte del
rey—. Al ignorar ciertas convenciones sociales, he podido crearme una atmósfera
propicia para el estudio y libre de distracciones».[1140]
A Einstein le gustaba especialmente el hecho de que Estados Unidos, pese a sus
desigualdades de riqueza y sus injusticias raciales, tenía más de meritocracia
que Europa. «Lo que hace al recién llegado devoto de este país es el rasgo
democrático de la gente —decía con admiración—. Nadie se humilla ante otra
persona o clase».[1141]
Esto era consecuencia del derecho de las personas a decir y pensar lo que
querían, una característica que siempre había sido importante para Einstein.
Además, la falta de tradiciones asfixiantes alentaba más la clase de
creatividad de la que él había disfrutado siendo estudiante. «La juventud
estadounidense tiene la buena fortuna de que sus puntos de vista no se ven
perturbados por tradiciones anticuadas», señalaba.[1142]
También a Elsa le gustaba Princeton, lo cual era importante para Einstein. Ella
le había estado cuidando tan bien y durante tanto tiempo, que él se había
vuelto más solícito a sus deseos, especialmente a su instinto hogareño. «Todo
Princeton es un gran parque con árboles maravillosos —le escribiría Elsa a una
amiga—. Casi se podría creer que estamos en Oxford». La arquitectura y la
campiña le recordaban a las de Inglaterra, e incluso se sentía algo culpable
por el hecho de que ella estuviera tan cómoda mientras que en Europa otros
sufrían. «Aquí somos muy felices, quizá demasiado felices. A veces uno tiene
mala conciencia».[1143]
Así pues, en abril de 1934, justo seis meses después de su llegada, Einstein
anunció que se quedaba en Princeton definitivamente y que pasaba a incorporarse
al Instituto a tiempo completo (en los veintiún años que le quedaban de vida,
Einstein jamás volvería a vivir en ningún otro lugar). No obstante, sí se
presentó en las fiestas «de despedida» que se habían programado aquel mes a fin
de recaudar fondos para varías de sus instituciones benéficas preferidas. Esas
causas se habían hecho casi tan importantes para él como su ciencia. Como
declararía en uno de aquellos actos: «Luchar por la justicia social es lo más
valioso que se puede hacer en la vida».[1144]
Por desgracia, justo cuando habían decidido quedarse, Elsa tuvo que viajar a
Europa para cuidar de su enérgica y aventurera hija mayor, Use, que, después de
divertirse con el romántico radical Georg Nicolai, se había casado con el
periodista literario Rudolf Kayser. Ilse padecía lo que en un primer momento se
había creído que era tuberculosis, pero que había resultado ser leucemia, y su
afección había ido a peor.
Ahora se había trasladado a París para que su hermana Margot pudiera cuidar de
ella.
Insistiendo en que sus problemas eran meramente psicosomáticos, Ilse se había
negado a recibir medicación y, en lugar de ello, se había embarcado en una
prolongada psicoterapia. Ya al comienzo de su enfermedad, Einstein había
tratado de persuadirla de que fuera a ver a un médico, pero ella se había
negado. Cuando toda la familia, a excepción del propio Einstein, se congregó
junto a su lecho en el piso de Margot en París, ya poco se pudo hacer.
La muerte de Ilse dejó desolada a Elsa, que «cambió y envejeció —recordaría
posteriormente el marido de Margot— hasta hacerse casi irreconocible». En lugar
de disponer que las cenizas de Ilse se depositaran en una cripta, Elsa las puso
en una bolsa precintada para llevárselas consigo. «No puedo separarme de ellas
—dijo—. He de tenerlas». Luego cosió la bolsa dentro de una almohada para poder
tenerlas cerca durante el viaje de regreso a Estados Unidos.[1145]
Elsa también se llevó varias cajas de papeles de su marido, que Margot había
sacado clandestinamente de Berlín y se había llevado a Paris empleando los
canales de la diplomacia francesa y de la resistencia antinazi. Para llevar los
papeles, Elsa recabó la ayuda de una amable vecina de Princeton, Caroline
Blackwood, que viajaba con ella de regreso en el mismo barco.
Elsa había conocido a los Blackwood unos meses antes en Princeton, y estos le
habían mencionado que iban a viajar a Palestina y a Europa y que querían
conocer a algunos líderes sionistas. «No sabía que fueran ustedes judíos», les
había dicho Elsa.
La señora Blackwood le explicó que en realidad eran presbiterianos, pero que
existía un profundo vínculo entre la tradición judía y la cristiana; «y además,
Jesús era judío».
Elsa la abrazó. «Ningún cristiano me había dicho eso en mi vida». También le
pidió su ayuda para conseguir una Biblia en alemán, ya que en el traslado desde
Berlín habían perdido las suyas. La señora Blackwood le encontró un ejemplar de
la traducción de Martín Lutero, que Elsa estrechó contra su pecho. «Quisiera
haber tenido más fe», le dijo.
Elsa tomó nota del trasatlántico en el que viajaban los Blackwood, y a
propósito compró su pasaje en él cuando hubo de regresar a Estados Unidos. Una
mañana, condujo a la señora Blackwood al salón del barco, que a aquellas horas
estaba desierto, para pedirle un favor. Dado que ella no era ciudadana
estadounidense, temía que los papeles de su marido pudieran ser retenidos en la
aduana. ¿Podrían encargarse de llevarlos?
Ellos aceptaron, aunque la señora Blackwood tuvo buen cuidado de no mentir en
su declaración aduanera. «Material adquirido en Europa con fines académicos»,
escribió. Luego Einstein se acercaría un día bajo la lluvia al cobertizo de los
Blackwood para recoger sus papeles. «¿Escribí yo esa campaña?», diría bromeando
mientras ojeaba un periódico. Pero el hijo de los Blackwood, que estaba
presente, recordaría más tarde que Einstein «obviamente se sentía profundamente
emocionado por tener sus libros y papeles en sus manos».[1146]
La muerte de Ilse Junto con la consolidación del poder de Hitler durante la
«Noche de los cuchillos largos», en el verano de 1934 vinieron a romper los
vínculos que todavía les quedaban a los Einstein con Europa. Margot inmigró
aquel mismo año a Princeton, después de que ella y su peculiar marido ruso se
separaran. Hans Albert no tardaría en seguirle. Poco después de su regreso,
Elsa escribiría a Caroline Blackwood diciéndole que «no añoro Europa en
absoluto. En este país me siento como en casa».[1147]
Pasatiempos
Cuando Elsa volvió de Europa, se unió a Einstein en una casita de verano que
este había alquilado en Watch Hill, Rhode Island, un tranquilo enclave situado
en una península cerca de donde el estrecho de Long Island se junta con el
Atlántico. Era un lugar perfecto para navegar, y de ahí que Einstein, a
instancias de Elsa, decidiera veranear allí con su amigo Gustav Bucky y su
familia.
Bucky era físico, ingeniero, inventor y pionero de la tecnología de los rayos
X. De origen alemán, había obtenido la ciudadanía estadounidense durante la
década de 1920 y había conocido a los Einstein en Berlín. Cuando Albert fue a
Estados Unidos, su amistad con Bucky se intensificó; incluso sacaron la patente
conjunta de un dispositivo que idearon para controlar un diafragma fotográfico,
y Einstein testificó como experto en favor de Bucky en una disputa en tomo a
otro invento.[1148]
Su hijo, Peter Bucky, disfrutaba llevando a Einstein en coche a los sitios, y
posteriormente consignaría por escrito algunos de sus recuerdos en extensos
cuadernos de notas. Estos proporcionan un delicioso retrato del Einstein de los
últimos años, algo excéntrico, pero profundamente sencillo. Peter cuenta, por
ejemplo, que iba con Einstein en su descapotable cuando de repente se puso a
llover. El científico se quitó el sombrero y se lo puso debajo del abrigo. Ante
la mirada curiosa de Peter, Einstein le explicó: «Mira, mis cabellos han
resistido al agua ya muchas veces, pero no sé cuántas podrá resistirla mi
sombrero».[1149]
Einstein saboreaba la simplicidad de la vida en Watch Hill. Deambulaba por sus
veredas, e incluso acompañaba a la señora Bucky a comprar comestibles. Pero
sobre todo, le gustaba navegar en su barco de madera de cinco metros, el Tinef,
que es un término yiddish que significa «junco». Normalmente salía solo, sin
rumbo fijo y a menudo de manera imprudente. «Con frecuencia pasaba el día
entero simplemente dejándose llevar a la deriva —recordaría un miembro del club
marítimo local que hubo de salir a buscarle en más de una ocasión—.
Aparentemente se dedicaba a meditar».
Como hacía en Caputh, Einstein se dejaba llevar por la brisa y a veces se ponía
a garabatear ecuaciones en su cuaderno de notas cuando esta se calmaba. «Una
vez estuvimos todos aguardando su regreso de una salida vespertina con
creciente preocupación —recordaría Bucky—. Finalmente, a las once de la noche,
decidimos enviar a la Guardia Costera en su busca. Los guardacostas lo
encontraron en la bahía, sin preocuparse lo más mínimo por su situación».
En un momento dado, un amigo le ofreció un costoso motor fuera borda para que
lo utilizara en caso de emergencia. Pero Einstein rechazó la oferta. Sentía un
placer infantil asumiendo pequeños riesgos —por ejemplo, jamás llevaba
salvavidas, a pesar de que no sabía nadar— y escapando por sus propios medios.
«Para una persona normal, encontrarse con horas y horas de calma chicha
representaría una terrible prueba —diría Bucky—. Para Einstein, tal cosa
simplemente le proporcionaba más tiempo para pensar».[1150]
Las epopeyas de rescate marítimo continuaron el verano siguiente, cuando los
Einstein empezaron a alquilar una casa en Old Lyme, Connecticut, también a
orillas del estrecho de Long Island. Una de aquellas historias llegaría incluso
al New York Times. «La relativa marea y los bancos de arena atrapan
a Einstein», rezaba el titular. Los jóvenes que lo salvaron fueron invitados a
su casa a tomar zumo de frambuesa.[1151]
A Elsa le gustaba la casa de Old Lyme, aunque tanto ella como su familia la
encontraban demasiado imponente. Se hallaba en un terreno de ocho hectáreas,
tenía pista de tenis y piscina, y el comedor era tan grande que al principio
incluso tenían miedo de utilizarlo. «Todo es tan lujoso aquí que los primeros
diez días, ¡te lo juro!, comíamos en la despensa —le escribiría Elsa a una
amiga—. El comedor era demasiado grandioso para nosotros».[1152]
Cuando finalizaba el verano, los Einstein solían ir a visitar a la familia
Bucky en su casa de Manhattan una o dos veces al mes. Asimismo, Einstein
también solía alojarse, especialmente cuando iba solo, en casa del viudo Leon
Watters, el propietario de una empresa farmacéutica al que había conocido en
Pasadena. En cierta ocasión sorprendió a este al presentarse sin llevar consigo
camisa de dormir ni pijama. «Cuando me retiro, duermo tal como me hizo la
naturaleza», le dijo. Watters recordaría que, sin embargo, sí pidió un lápiz y
un bloc para su mesilla de noche.
Tanto por cortesía como por una cierta vanidad, a Einstein le resultaba difícil
rechazar las peticiones de fotógrafos y artistas que querían que posara para
ellos. Un fin de semana de abril de 1935, estando en casa de Watters, Einstein
posó para dos artistas en un mismo día. Su primera sesión fue con la esposa del
rabino Stephen Wise, que no era conocida precisamente por sus dotes artísticas.
¿Y por qué lo hacía? «Porque es una mujer muy agradable», fue su respuesta.
Más tarde, aquel mismo día, Watters acompañó a Einstein en el transbordador
hasta Greenwich Village para realizar una sesión con el escultor ruso Serguéi
Konenkov, que seguía el estilo del realismo soviético y que elaboró un
distinguido busto de Einstein que actualmente se encuentra en el Instituto de
Estudios Avanzados. Einstein había conocido a Konenkov a través de Margot, que
también era escultora. Pronto todos ellos hicieron también amistad con su
esposa, Margarita Konenkova, que era una espía soviética, algo que Einstein
ignoraba. De hecho, tras la muerte de Elsa, incluso tendría una aventura
romántica con ella, lo que acabaría creándole —como veremos— más complicaciones
de las que había tenido nunca.[1153]
Ahora que habían decidido permanecer en Estados Unidos, para Einstein tenía
sentido solicitar la ciudadanía de ese país. En su visita a la Casa Blanca, el
presidente Roosevelt le había sugerido que debía aceptar la oferta de algunos
congresistas que proponían que se aprobara un proyecto de ley especial para
resolver su caso. Pero Einstein prefirió pasar por el proceso normal, lo que
comportaba tener que salir del país a fin de que tanto él como Elsa, Margot y
Helen Dukas pudieran volver a entrar, no ya como visitantes, sino como personas
que aspiraban a la ciudadanía.
De modo que en mayo de 1935 zarparon en el Queen Mary rumbo a las Bermudas para
pasar allí unos días a fin a cumplir aquel trámite. Cuando llegaron a la
capital, Hamilton, se encontraron con que el gobernador había ido a recibirles.
Este les recomendó los dos mejores hoteles de la isla, pero Einstein los
encontró agobiantes y pretenciosos. Mientras paseaban por la ciudad vio una
modesta casa de huéspedes, y fue allí donde terminaron alojándose.
Einstein rehusó todas las invitaciones oficiales de la élite de las Bermudas, y
en lugar de ello, trabó amistad con un cocinero alemán al que conoció en un
restaurante y que le invitó a ir a navegar en su modesto barco. Estuvieron
fuera durante siete horas, y Elsa llegó a temer que unos agentes nazis pudieran
haber secuestrado a su esposo. Pero lo encontró en casa del cocinero, adonde
había ido a fin de disfrutar de una comida a base de platos alemanes.[1154]
Aquel verano quedó en venta una casa situada un poco más abajo en la misma
manzana donde los Einstein tenían alquilada la suya en Princeton. Aquella
vivienda del número de 112 de Mercer Street, una modesta estructura de madera
blanca que asomaba tras un pequeño jardín delantero y se hallaba situada en una
calle flanqueada de árboles, una de las arterias más agradables de la
población, estaba destinada a convertirse en un lugar de fama mundial, no por
su magnificencia, sino por el hecho de adecuarse y simbolizar de una forma tan
perfecta al hombre que viviría allí. Como el personaje público que albergaría
al final de su vida, la casa era modesta, agradable, encantadora y sin
pretensiones. Estaba en una calle principal, extremadamente visible, pero, a la
vez, ligeramente oculta tras una galería.
Su modesta sala de estar quedó un poco sobrecargada por los pesados muebles
alemanes de Elsa, que de algún modo esta había logrado recuperar después de ir
de un lado a otro. Helen Dukas se apropió de la pequeña biblioteca situada en
el primer piso, que convirtió en su sala de trabajo, donde gestionaba la
correspondencia de Einstein y se hacía cargo del único teléfono de la casa (el
número, que no figuraba en la guía telefónica, era «Princeton 1606»).
Elsa supervisó la construcción de un despacho para Einstein en la segunda
planta. Quitaron parte de la pared trasera e instalaron un ventanal que daba al
amplio y exuberante jardín trasero. A los lados pusieron librerías hasta la
altura del techo. En el centro se instaló una gran mesa de madera, llena de
papeles, pipas y lápices, de cara al ventanal, y había también una butaca en la
que Einstein se sentaría durante horas garabateando en un bloc colocado sobre
las rodillas.
Los habituales retratos de Faraday y Maxwell se colgaron en la pared. También
se puso, obviamente, el de Newton, aunque se cayó al cabo de un tiempo. Se
añadió asimismo un cuarto retrato a la colección, el de Mahatma Gandhi, el
nuevo héroe de Einstein ahora que las pasiones de este eran mucho más políticas
que científicas. Como una especie de pequeña broma, el único trofeo exhibido
era un certificado enmarcado de la pertenencia de Einstein a la Sociedad
Científica de Berna.
Aparte de su corte de mujeres, con los años se incorporarían también varias
mascotas al hogar de Einstein. Habría un loro llamado Bibo, que requeriría una
injustificable cantidad de cuidados médicos; un gato llamado Tigre, y un
terrier blanco llamado Chico que había pertenecido a la familia Bucky. Chico
planteaba algún que otro problema ocasional. «El perro es muy inteligente
—explicaría Einstein—. Siente lástima de mí porque recibo tantas cartas. Por
eso intenta morder al cartero».[1155]
«El profesor no conduce —solía decir Elsa—. Resulta demasiado complicado para
él». En cambio, a Einstein le gustaba andar o, más exactamente, caminar a paso
cansino, recorriendo cada mañana Mercer Street hasta llegar a su despacho en el
Instituto. La gente solía volver la cabeza al verle pasar, pero la visión de
Einstein caminando sumido en sus pensamientos no tardaría en convertirse en uno
de los atractivos más conocidos de la población.
En su camino de vuelta a casa a mediodía, siempre había tres o cuatro
profesores o estudiantes que solían acompañarle. Normalmente Einstein caminaba
despacio y en silencio, como ensimismado, mientras los demás se pavoneaban a su
lado, agitando los brazos y tratando de convencerle de sus ideas. Cuando
llegaban a la casa, los otros seguían su camino, pero a veces Einstein se
quedaba en la puerta, pensativo. De vez en cuando, sin darse cuenta, incluso
emprendía el camino de vuelta hacia el Instituto. Dukas, que observaba siempre
desde su ventana, salía fuera, le cogía del brazo y le llevaba dentro a comer
sus macarrones. Luego él solía echar una cabezada, dictaba algunas respuestas a
sus cartas, y se dirigía a su estudio para dedicar una hora o dos más a
reflexionar sobre las teorías del campo unificado.[1156]
En ocasiones Einstein paseaba solo sin rumbo fijo, lo cual incluso podía
resultar arriesgado. Un día, alguien llamó al Instituto y preguntó por un
decano en concreto. Cuando su secretario le dijo que en aquel momento el decano
no podía ponerse, preguntó vacilante cuál era la dirección particular de
Einstein. Esa información —le dijeron— no se podía facilitar. Entonces la voz
de la persona que llamaba por teléfono se redujo a un susurro. «Por favor, no
se lo diga a nadie —dijo—, pero yo soy el doctor Einstein; voy para casa, pero
he olvidado dónde está».[1157]
Este incidente lo relataría el hijo del decano en cuestión, pero es posible
que, como muchas de las historias sobre la conducta distraída de Einstein,
también esta resulte algo exagerada. La imagen del profesor distraído le
cuadraba tan bien y encajaba de manera tan natural con su persona que al final
se reforzaría a sí misma. Sería un papel que Einstein disfrutaría de
representar en público y del que a sus vecinos también les gustaría hablar. Y
como la mayoría de los papeles voluntariamente asumidos, habría una parte de
verdad en él.
Por ejemplo, en una cena en la que se le rindió homenaje a Einstein, este
estaba tan distraído que sacó su cuaderno y empezó a garabatear ecuaciones.
Cuando le presentaron, los reunidos se pusieron en pie y prorrumpieron en una
ovación, pero él seguía sumido en sus pensamientos. Dukas le llamó la atención
y le dijo que se levantara. Él lo hizo, pero al observar que los congregados
estaban de pie y aplaudiendo, supuso que aquello iba por alguna otra persona, y
de inmediato se unió a la ovación. Dukas tuvo que acercarse e informarle de que
la ovación iba dedicada a él.[1158]
Además de las historias sobre el Einstein ensimismado, otro tema muy común
sería el del Einstein amable que ayudaba a un escolar, normalmente una niña
pequeña, a hacer sus deberes. La más conocida de esas historias hablaba de una
vecina de ocho años de Mercer Street, Adelaide Delong, que llamó al timbre de
su puerta y le pidió ayuda con un problema de matemáticas. La niña llevaba
consigo una bandeja de dulce de azúcar casero a modo de «soborno». «Pasa —le
dijo Einstein—. Estoy seguro de que podemos resolverlo». Luego le explicó el
problema matemático, pero hizo que fuera ella la que hiciera sus deberes. A
cambio del dulce de azúcar, Einstein le dio una galleta.
Después de eso, la niña volvió a presentarse varias veces. Cuando sus padres se
enteraron, se deshicieron en excusas, pero Einstein les tranquilizó. «Eso es
innecesario —les dijo—. Yo estoy aprendiendo tanto de su hija como ella de mí».
Einstein solía relatar aquella historia a sus visitas con ojos brillantes. «Era
una niña muy traviesa —decía riendo—. ¿Sabe que trataba de sobornarme con
dulces?».
Una amiga de Adelaide recordaría haber ido con ella y otra niña en una de
aquellas visitas a la casa de Mercer Street. Cuando subieron a su estudio,
Einstein les ofreció algo de comida, que ellas aceptaron. «De modo que quitó un
montón de papeles de la mesa, abrió cuatro latas de judías con un abridor y las
calentó una a una en un hornillo, luego metió una cuchara dentro de cada una, y
aquella fue nuestra comida —recordaría—. No nos dio nada de beber».[1159]
Más tarde, Einstein, en una frase que se haría célebre, le dijo a otra niña que
se quejaba de sus problemas con las matemáticas: «No te preocupes por tus
dificultades con las matemáticas; te aseguro que las mías son aún mayores».
Pero por si alguien pensaba que solo ayudaba a las niñas, acogió también a un
grupo de muchachos mayores de la Escuela Diurna del Condado de Princeton que
estaban desconcertados por un problema que entraba en su examen final de
matemáticas.[1160]
Einstein ayudó asimismo a un chico de quince años de la Escuela de Secundaria
de Princeton, Henry Rosso, que estaba sacando malas notas en un curso de
periodismo. Su profesor había prometido un sobresaliente a quienquiera que
lograra una entrevista con Einstein, de modo que Rosso se presentó en Mercer
Street, donde no le dejaron pasar de la puerta. Cuando ya se iba con el rabo
entre las piernas, el lechero le dio un consejo: cada mañana, a eso de las
nueve y media, se podía encontrar a Einstein caminando por una determinada
ruta. De modo que un día Rosso salió furtivamente de la escuela, se situó en un
lugar adecuado, y logró acercarse a Einstein cuando este apareció.
Rosso estaba tan confundido que no sabía qué preguntar, lo cual podría muy bien
ser la razón de que sacara malas notas en el curso. Entonces Einstein se apiadó
de él y le sugirió unas cuantas preguntas. Nada de temas personales —le dijo—,
indicándole que, en lugar de ello, le preguntara sobre matemáticas. Rosso fue
lo bastante inteligente como para seguir su consejo. «Descubrí que la
naturaleza estaba construida de una forma maravillosa, y que nuestra tarea
consiste en descubrir la estructura matemática de la propia naturaleza —le
explicó Einstein, hablándole de su propia educación a los quince años de edad—.
Es una especie de fe que me ha ayudado durante toda mi vida».
La entrevista le valió a Rosso el sobresaliente, pero también le provocó cierta
consternación. Él le había prometido a Einstein que solo se publicaría en el
diario de la escuela, pero, sin su permiso, apareció también recogida en el
periódico de Trenton y, a continuación, en otros de todo el mundo, lo que de
hecho venía a ser como otra lección más de periodismo.[1161]
La muerte de Elsa
Poco después de su traslado al 112 de Mercer Street, Elsa sufrió una
inflamación ocular. Las pruebas realizadas en Manhattan revelaron que aquello
era síntoma de problemas de corazón y de riñón, y se le ordenó que guardara
reposo en la cama.
Einstein a veces iba a leerle un rato, pero por regla general se enfrascaba aún
más intensamente en sus estudios. «El arduo trabajo intelectual y la
contemplación de la naturaleza de Dios son los ángeles reconciliadores y
fortificadores, aunque inexorablemente estrictos, que me guiarán a través de
todos los problemas de la vida», le había escrito Einstein antaño a la madre de
su primera novia. Entonces, como ahora, podía escapar a las emociones humanas
ahondando en la elegancia matemática que podía describir el cosmos. «Mi marido
se aferra terriblemente a sus cálculos —le escribiría Elsa a Watters—. Jamás le
había visto tan enfrascado en su trabajo».[1162]
Al escribir a su amiga Antonina Vallentin, Elsa haría un retrato algo más
cálido de su esposo. «Está muy disgustado por mi enfermedad —le decía—. Va de
un lado a otro como un alma en pena. No creí que me quisiera tanto. Y eso me
consuela».
Elsa decidió que a los dos les sentaría bien salir friera aquel verano, como
solían hacer, así que alquilaron una casita en la población de Saranac Lake, al
pie de los montes Adirondack, en el estado de Nueva York. «Estoy segura de que
allí me pondré mejor —dijo—. Si mi Ilse apareciera en este momento en mi
habitación, me recuperaría de golpe».[1163]
Aquel resultó ser un agradable verano, pero en invierno Elsa estaba de nuevo
postrada en cama y cada vez más débil. Moriría el 20 de diciembre de 1936.
Einstein acusó su muerte mucho más de lo que él mismo habría esperado. Lo
cierto es que incluso lloró, tal como había hecho en la muerte de su madre.
«Jamás le había visto derramar una lágrima —explicaría Peter Bucky—, pero esta
vez lo hizo, mientras decía, suspirando: “¡Cómo la voy a echar de menos!”».[1164]
Su relación no había sido precisamente un modelo de romanticismo. Antes de su
matrimonio, las cartas que le dirigía Einstein estaban llenas de dulces
expresiones de cariño, pero estas fueron desapareciendo con los años. A veces
Einstein podía mostrarse malhumorado y exigente, aparentemente insensible a las
necesidades emocionales de ella, y en ocasiones incluso flirtear con otras
mujeres.
Sin embargo, bajo la superficie de muchos romances, que luego parecen
convertirse en una mera relación amistosa de pareja, subyace algo muy profundo
que no resulta visible a los observadores externos. Elsa y Albert Einstein se
apreciaban, se comprendían, y lo que quizá era más importante (y por parte de
ella fue también bastante inteligente a su modo), se divertían mutuamente. De
modo que, aunque no fuera precisamente el más propicio para ser ensalzado por
la poesía, el vínculo que les unía era sólido. Se había forjado a base de
satisfacer cada uno los deseos y necesidades del otro, era genuino y funcionaba
en ambas direcciones.
De manera en absoluto sorprendente, Einstein buscó consuelo en su trabajo. Pese
a admitir ante Hans Albert que le resultaba difícil concentrarse, su esfuerzo
le proporcionaba los medios para escapar a lo dolorosamente personal. «En la
medida en que pueda trabajar, no debo quejarme ni lo haré, ya que el trabajo es
lo único que da sustancia a la vida».[1165]
Cuando volvió a su despacho estaba «pálido de dolor», según señalaría su
colaborador Banesh Hoffmann, pero insistió en enfrascarse de nuevo en su
trabajo cotidiano. Lo necesitaba más que nunca, declaró. «Al principio sus
intentos de concentrarse resultaban patéticos —recordaría Hoffmann—. Pero ya
había conocido antes la aflicción, y había aprendido que el trabajo resultaba
un precioso antídoto».[1166] Juntos, trabajaron aquel mes en dos importantes artículos:
uno en el que se exploraba cómo la curvatura de la luz por el campo
gravitatorio de las galaxias podía crear «lentes cósmicas» que tendrían el
efecto de ampliar las estrellas distantes, y otro que trataba de la posible
existencia de ondas gravitatorias.[1167]
Max Born se enteró de la muerte de Elsa por una carta de Einstein en la que
mencionaba la trágica noticia, casi como de pasada, al explicarle por qué se
había vuelto menos sociable. «Vivo como un oso en mi caverna, y en realidad me
siento más en mi casa que nunca antes en mi azarosa vida —le decía a su viejo
amigo—. Esta vida de oso se ha visto reforzada aún más por la muerte de mi
compañera, que se llevaba mejor que yo con los demás». Posteriormente, Born
manifestaría su sorpresa ante «la manera incidental» en la que Einstein le
había dado la noticia de la muerte de su esposa. «Pese a toda su amabilidad, su
sociabilidad y su amor a la humanidad —comentaría Born—, se hallaba totalmente
distanciado de su entorno y de los seres humanos que había en él».[1168]
Eso no era del todo cierto. Para ser un supuesto oso viviendo en una caverna,
la verdad era que Einstein atraía a un grupo de gente allí donde iba. Ya fuera
caminando a casa desde el Instituto, paseando por los alrededores del 112 de
Mercer Street, o compartiendo casitas de verano y fines de semana en Manhattan
con los Watters o los Bucky, Einstein raramente estaba solo, salvo cuando se
encerraba en su estudio. Puede que exhibiera un irónico desapego o que se
sumiera en sus propias cavilaciones, pero solo era un auténtico solitario en su
imaginación.
Tras la muerte de Elsa, Einstein seguiría viviendo con Helen Dukas y con su
hijastra Margot, y poco después también su propia hermana se trasladaría a
vivir con ellos. Maja había estado viviendo en las inmediaciones de Florencia
con su marido, Paul Winteler. Pero cuando Mussolini, en 1938, promulgó una
serie de leyes que retiraban el estatus de residente a todos los judíos
extranjeros, Maja decidió irse sola a Princeton. Einstein, que la quería mucho
y se encontraba inmensamente bien con ella, tuvo una gran alegría.
Einstein también alentó a su hijo, Hans Albert —que entonces tenía treinta y
tres años— a que fuera a Estados Unidos, al menos para hacerle una visita. Su
relación había sido inestable, pero Einstein había llegado a admirar la calidad
del trabajo de su hijo como ingeniero, especialmente en lo relativo al caudal
de los ríos, una materia que él mismo había estudiado antaño.[1169] También había cambiado de opinión y había instado a Hans
Albert a tener hijos, y ahora estaba contento de tener dos nietos pequeños.
En octubre de 1937, Hans Albert llegó a Estados Unidos para una estancia de
tres meses. Einstein fue a recibirle al muelle, donde posaron para los
fotógrafos, y Hans Albert, bromeando, encendió una larga pipa holandesa que le
había llevado a su padre. «A mi padre le gustaría que me viniera aquí con mi
familia —dijo—. Ya saben que su esposa ha muerto hace poco y que ahora está
solo».[1170]
Durante su visita, el joven y atento Peter Bucky se ofreció a llevarle en coche
por Estados Unidos para que pudiera visitar universidades y buscar un puesto
como profesor de ingeniería. El viaje, que abarcó más de 15.000 kilómetros, les
llevó a Salt Lake City, Los Ángeles, Iowa City, Knoxville, Vicksburg,
Cleveland, Chicago, Detroit e Indianápolis.[1171] Más tarde, Einstein le explicaría a Mileva Maríc lo mucho
que había disfrutado estando con su hijo. «Tiene una gran personalidad —le
escribiría—. Es una desgracia que tenga esa mujer, pero ¿qué se le va a hacer
si él es feliz?».[1172]
Einstein había escrito a Frieda unos meses antes sugiriéndole que no acompañara
a su marido en aquel viaje.[1173] Pero ahora, con su afecto por Hans Albert plenamente
restaurado, Einstein instó a ambos a que volvieran juntos el año siguiente,
acompañados de sus dos hijos, y se quedaran en Estados Unidos. Y así lo
hicieron. Hans Albert encontró trabajo en un laboratorio del Departamento de
Agricultura estadounidense en Clemson, Carolina del Sur, donde estudiaría la
conservación del suelo, y allí se convertiría en una autoridad en el transporte
aluvial de los ríos. Mostrando los mismos gustos que su padre, se hizo construir
una sencilla casa de madera, parecida a la de Caputh, en la vecina Greenville,
donde solicitaría la ciudadanía estadounidense en diciembre de 1938.[1174]
Mientras su padre se vinculaba cada vez más a la tradición judía, Hans Albert,
bajo la influencia de su esposa, se haría miembro de la iglesia de la Ciencia
Cristiana. El rechazo de los cuidados médicos que en ocasiones exigía esa
religión tendría resultados trágicos para él. Unos meses después de su llegada,
su hijo de seis años, Klaus, contrajo la difteria y murió. Fue enterrado en un
pequeño cementerio de reciente construcción en Greenville. «Os ha sobrevenido
la más profunda aflicción que pueden experimentar unos amantes padres», les
escribiría Einstein en su nota de condolencia. La relación con su hijo se iría
haciendo cada vez más estable e incluso, a veces, más cariñosa.
Durante los cinco años en los que Hans Albert vivió en Carolina del Sur, antes
de trasladarse al Tecnológico de California y, más tarde, a Berkeley, Einstein
cogió el tren en varías ocasiones para ir a verle. Allí hablaban de problemas
de ingeniería que le recordaban a Einstein sus días en la oficina de patentes
suiza. Por las tardes, a veces, recorría las calles y bosques de las
inmediaciones, a menudo sumido en sus pensamientos, generando pintorescas
anécdotas entre los asombrados lugareños que habían de ayudarle a encontrar el
camino de vuelta a casa.[1175]
Dada su condición de enfermo mental, a Eduard no se le permitió emigrar a
Estados Unidos. Conforme su enfermedad iba progresando, su rostro se iba
hinchando y su hablar se hacía más lento. A Maric le resultaba cada vez más
problemático llevárselo a casa, de modo que sus estancias en la institución
mental se fueron haciendo cada vez más prolongadas. La hermana de Mileva,
Zorka, que había ido a cuidar de ellos, sucumbió a sus propios demonios. Tras
la muerte de su madre se volvió alcohólica, quemó por accidente todo el dinero
de la familia, que estaba escondido en un viejo hornillo, y murió sola en 1938,
en un suelo cubierto de paja y rodeada únicamente de sus gatos.[1176] Maric superó todo aquello, aunque en un estado de
creciente desesperación.
La política de preguerra
Visto retrospectivamente, se puede afirmar que el auge de los nazis representó
un reto moral fundamental para Estados Unidos; en aquella época, sin embargo,
eso no estaba tan claro. Especialmente en Princeton, que era una población de
talante conservador, y en su universidad, que albergaba a un sorprendente
número de estudiantes que compartían la vaga actitud antisemita de una parte de
su clase social. Una encuesta realizada en 1938 entre los estudiantes de primer
año reveló unos resultados que hoy parecen asombrosos, y que deberían haberlo
parecido también entonces: Adolf Hitler ocupaba el primer lugar en la lista de
las «personas vivientes más notables»; el segundo era Albert Einstein.[1177]
«¿Por qué odian a los judíos?», escribiría este en un artículo para el popular
semanario Collier’s aquel mismo año. En el artículo, Einstein
no se limitaba a explorar el antisemitismo, sino que también trataba de
explicar cómo el credo social que encamaban la mayoría de los judíos, y de
acuerdo con el cual trataba de vivir él mismo, formaba parte de una larga y
orgullosa tradición. «El vínculo que ha unido a los judíos durante miles de
años y que les une hoy es, sobre todo, el ideal democrático de la justicia
social junto con el ideal de la ayuda mutua y la tolerancia entre todos los
hombres».[1178]
Su afinidad con el resto de los judíos, y su horror ante la difícil situación
que atravesaban, le llevaron a esforzarse en aliviar a los refugiados. Aquella
fue una tarea tanto pública como privada. Pronunció docenas de discursos en
favor de la causa, asistió a cada vez más cenas en calidad de homenajeado, e
incluso dio algún ocasional recital de violín para organizaciones como el
Comité de Servicio de los Amigos Americanos o el Llamamiento pro Unidad Judía.
Un truco que empleaban los organizadores de aquellos actos consistía en hacer
que la gente escribiera sus cheques a nombre del propio Einstein, y luego este
los endosaba a una organización benéfica. De ese modo, el donante conservaba
como recuerdo un cheque cancelado con la firma de Einstein.[1179] Asimismo, respaldó discretamente a montones de personas
que necesitaban garantías financieras para poder inmigrar, especialmente cuando
en Estados Unidos empezó a resultar más difícil obtener visados.
Einstein también se convirtió en defensor de la tolerancia racial. Cuando la
contralto afroamericana Marian Anderson fue a Princeton para dar un concierto
en 1937, la posada Nassau Inn se negó a darle habitación. Entonces Einstein la
invitó a alojarse en su casa de Mercer Street, en un gesto simbólico profundamente
personal además de público. Dos años después, cuando se le prohibió actuar en
el Constitution Hall de Washington, la cantante daría el que se convertiría en
un histórico concierto gratuito en la escalinata del monumento a Lincoln.
Luego, cada vez que regresara a Princeton, se alojaría en casa de Einstein; su
última visita se produciría solo dos meses antes de la muerte de este.[1180]
Un problema que planteaba la predisposición de Einstein a suscribir toda clase
de movimientos, llamamientos y presidencias honorarias era que, como antaño,
atraía sobre sí toda clase de acusaciones afirmando que era un títere en manos
de quienes no representaban otra cosa que una avanzadilla de los comunistas o
de otros subversivos. A este supuesto pecado vendría a añadírsele, a ojos de
quienes recelaban de su lealtad, el hecho de que se negara a adherirse a
determinadas campañas que atacaban a Stalin o a los soviéticos.
Así, por ejemplo, cuando en el año 1934 su amigo Isaac Don Levine —cuyos
escritos anticomunistas Einstein había respaldado anteriormente— le pidió que
firmara una petición condenando el asesinato de presos políticos por parte de
Stalin, esta vez Einstein se mostró reacio. «También yo lamento inmensamente
que a los líderes políticos rusos se les vaya la mano —le escribió Einstein—.
Pese a ello, no puedo adherirme a su petición. Esta no tendrá efecto alguno en
Rusia. Los rusos han demostrado que su único objetivo es en realidad la mejora
de la totalidad del pueblo ruso».[1181]
Era aquella una visión difuminada de los rusos y del régimen asesino de Stalin;
una visión que la historia revelaría errónea. Pero Einstein estaba tan empeñado
en combatir a los nazis, y se sentía tan molesto por el hecho de que Levine
hubiera pasado tan radicalmente de la izquierda a la derecha, que reaccionó con
firmeza frente a quienes comparaban las purgas rusas con el holocausto nazi.
En 1936 se iniciaron en Rusia una serie de juicios, todavía de mayor
envergadura, relacionados con los partidarios del exiliado León Trotski, y de
nuevo Einstein desairó a algunos de sus antiguos amigos de la izquierda que
ahora habían pasado a ser ardientes anticomunistas. El filósofo Sidney Hook,
antiguo marxista, escribió a Einstein pidiéndole que hablara en favor de la
creación de una comisión pública internacional que asegurara que Trotski y sus
seguidores tuvieran una vista justa en lugar de un simulacro de juicio. «No
cabe duda de que a toda persona acusada debe dársele la oportunidad de
demostrar su inocencia —respondió Einstein—. Y lo mismo vale ciertamente para
Trotski».
Pero ¿cómo lograrlo? Einstein sugirió que sería mejor hacerlo en privado, en
lugar de mediante una comisión pública.[1182]
En una carta bastante larga, Hook trató de rebatir cada uno de los argumentos
de Einstein, pero este no estaba interesado en discutir con él y ni siquiera le
respondió. De modo que Hook le llamó por teléfono a Princeton. Habló con Helen
Dukas, y de algún modo logró atravesar su escudo defensivo y acordar una
entrevista.
Einstein recibió a Hook cordialmente, le hizo pasar a su estudio-guarida,
encendió su pipa y se dirigió a él en inglés. Tras escuchar de nuevo sus
argumentos, Einstein le reiteró sus simpatías, pero le dijo que consideraba que
era poco probable que el asunto diera algún resultado. «Desde mi punto de vista
—declaró—, tanto Stalin como Trotski son gángsteres políticos». Hook diría
posteriormente que, pese a estar en desacuerdo con Einstein, «podía comprender
sus razones», especialmente debido a que Einstein subrayó que era «consciente
de lo que los comunistas eran capaces de hacer».
Vestido con una vieja sudadera, y sin calcetines, Einstein acompañó luego a
Hook hasta la estación de tren. Por el camino, le expresó su rabia contra los
alemanes. Estos —le dijo— habían saqueado su casa de Caputh buscando armas
comunistas, y lo único que pudieron confiscar fue un cuchillo de pan. Una de
las observaciones que hizo resultaría ser bastante profética: «Si hay guerra
—observó—, Hitler se dará cuenta del daño que ha hecho a Alemania al expulsar a
los científicos judíos».[1183]
Capítulo 20
El entrelazamiento cuántico
1935
Contenido:
·
«La fantasmagórica
acción a distancia»
·
El gato de Schrödinger
·
«Física y realidad»
·
Contracorriente
«La fantasmagórica acción a distancia».
Los experimentos mentales que Einstein había lanzado como granadas contra el
templo de la mecánica cuántica apenas habían dañado el edificio. En realidad,
incluso habían ayudado a ponerla a prueba y a comprender mejor sus
implicaciones. Pero Einstein seguía resistiéndose a ella, y seguía ideando
nuevas formas de demostrar que las incertidumbres inherentes a las
interpretaciones formuladas por Niels Bohr, Werner Heisenberg, Max Born y otros
significaban meramente que en su explicación de la «realidad» faltaba algo.
Justo antes de que abandonara Europa en 1933, Einstein asistió a una
conferencia de Léon Rosenfeld, un físico belga con ciertas inclinaciones
filosóficas. Cuando esta terminó, Einstein se levantó para plantear una
pregunta. «Supongamos que se pone en movimiento a dos partículas, cada una en
dirección hacia la otra, y ambas con el mismo momento, muy grande, y que estas
interactúan mutuamente durante un tiempo muy breve cuando pasan por unas
posiciones conocidas», postuló. Cuando las partículas han salido rebotadas, un
observador mide el momento de una de ellas. «Entonces, a partir de las
condiciones del experimento, obviamente podrá deducir el momento de la otra
partícula —añadió Einstein—. Si, por el contrario, prefiere medir la posición
de la primera partícula, podrá decir dónde está la otra».
Dado que las dos partículas estaban distanciadas una de otra, Einstein podía
afirmar, o al menos suponer, que «toda interacción física ha cesado entre
ellas». Así, su desafío a la interpretación de Copenhague de la mecánica
cuántica, planteado en forma de pregunta a Rosenfeld, era muy simple: «¿Cómo
puede verse influenciado el estado final de la segunda partícula por una
medición realizada en la primera?».[1184]
Con los años, Einstein se había adherido cada vez más al concepto de realismo,
la creencia de que hay, según sus propias palabras, una «situación fáctica
real» que existe «independientemente de nuestras observaciones».[1185] Esta creencia era un aspecto de su malestar frente al
principio de incertidumbre de Heisenberg y otras tesis de la mecánica cuántica
que afirman que son las observaciones las que determinan las realidades. Con su
pregunta a Rosenfeld, Einstein desplegaba otro concepto más, el de localidad.[XXX] En otras palabras, si dos partículas se hallan
espacialmente distantes una de otra, lo que le ocurra a la primera es
independiente de lo que le ocurra a la segunda, y no hay ninguna señal, fuerza
o influencia que pueda desplazarse entre ellas más deprisa que la velocidad de
la luz.
Observar o golpear una partícula —postulaba Einstein— no podía alterar o
empujar instantáneamente a otra que estuviera alejada de ella. La única forma
en que una acción en un sistema puede afectar a otro sistema distante es que alguna
onda o señal o información viaje entre ellas, un proceso que tendría que
obedecer al límite de la velocidad de la luz. Eso valía incluso para la
gravedad. Si el Sol desapareciera de repente, ello no afectaría a la órbita de
la Tierra hasta unos ocho minutos después, que es la cantidad de tiempo que
necesitaría ese cambio en el campo gravitatorio para propagarse a la Tierra a
la velocidad de la luz.
Como decía Einstein: «Hay un supuesto que, en mi opinión, debemos mantener
absolutamente: la situación fáctica real del sistema S2 es
independiente de lo que se haga con el sistema S1, que está
espacialmente separado del primero».[1186]Se trataba de algo tan intuitivo que parecía evidente. Pero,
como señalaba el propio Einstein, era solo un mero «supuesto»; es decir, algo
que todavía no había sido probado.
Para Einstein, realismo y localismo eran puntales de la física mutuamente
relacionados. Como le diría a su amigo Max Born, acuñando una memorable frase:
«La física debería representar una realidad en el tiempo y en el espacio, libre
de la fantasmagórica acción a distancia».[1187]
Una vez establecido en Princeton, Einstein empezó a perfeccionar su experimento
mental. Su compañero de trabajó Walther Mayer, menos leal a Einstein de lo era
este con respecto a él, se había ido distanciando del frente de lucha contra la
mecánica cuántica; de modo que Einstein recabó la ayuda de Nathan Rosen, un
nuevo miembro del Instituto de veintiséis años de edad, y Boris Podolski, un
físico de cuarenta y nueve años al que Einstein había conocido en el
Tecnológico de California, pero que luego se había trasladado también al
Instituto.
El artículo de cuatro páginas resultante de aquella colaboración, publicado en
mayo de 1935 y conocido como el «artículo EPR» por las iniciales de sus
autores, sería el más importante de los que escribiría Einstein desde su
traslado a Estados Unidos. «¿Puede considerarse completa la descripción de la
realidad física que da la mecánica cuántica?», se preguntaba en el título del
artículo.
Rosen hizo una gran parte del trabajó matemático, y Podolski se encargó de
redactar la versión inglesa publicada. Aunque habían discutido extensamente el
contenido del artículo, a Einstein le disgustó el hecho de que Podolski hubiera
enterrado su clara base conceptual bajo un montón de formulaciones matemáticas.
«No ha salido tan bien como yo había deseado originalmente —se quejaría
Einstein a Schrödinger justo después de su publicación—. Lejos de ello, lo
esencial ha quedado, por así decirlo, ahogado bajo la formulación».[1188]
A Einstein también le molestó que Podolski filtrara el contenido del artículo
al New York Times antes de que se publicara. El titular del
periódico rezaba: «Einstein ataca la teoría cuántica / El científico y dos
colegas la consideran “incompleta’’ por más que sea “correcta”». Einstein,
obviamente, había sucumbido en más de una ocasión a la tentación de conceder
entrevistas sobre artículos de inminente publicación, pero esta vez afirmó
estar consternado por aquella costumbre. «Mi costumbre habitual es discutir los
asuntos científicos solo en el foro apropiado —escribió en una declaración
al Times—, y desapruebo la publicación anticipada de ningún anuncio
relativo a tales asuntos en la prensa profana».[1189]
En el artículo en cuestión, Einstein y sus dos coautores empezaban por definir
su premisa realista: «Si podemos, sin perturbar en absoluto a un sistema,
predecir con certeza el valor de una cantidad física, entonces es que existe un
elemento de realidad física correspondiente a esa cantidad
física».[1190] En otras palabras: si, por algún proceso, podemos conocer
con absoluta certeza la posición de una partícula, y no hemos perturbado a
dicha partícula por el hecho de observarla, entonces podemos afirmar que la
posición de la partícula es real, que existe en una realidad totalmente
independiente de nuestras observaciones.
Luego el artículo pasaba a ampliar el experimento mental de Einstein sobre las
dos partículas que han colisionado (o que han fluido en direcciones opuestas a
partir de la desintegración de un átomo) y que, en consecuencia, tienen
propiedades que se hallan correlacionadas. Podemos realizar mediciones de la
primera partícula —afirmaban los autores—, y a partir de ahí conocer datos de
la segunda «sin perturbar en modo alguno a esta segunda partícula». Midiendo la
posición de la primera partícula, podemos determinar con exactitud la posición
de la segunda. Y podemos hacer lo mismo con el momento. «De acuerdo con nuestro
criterio de realidad, en el primer caso debemos considerar que la magnitud P es
un elemento de realidad; en el segundo caso, la magnitud Q es un elemento de
realidad».
Dicho en términos más sencillos, en cualquier instante dado, la segunda
partícula, que no ha sido observada, tiene una posición que es real y un
momento que es real. Estas dos propiedades son rasgos de realidad que la
mecánica cuántica no explica; en consecuencia, la respuesta a la pregunta del
título del artículo debería ser que no, que la descripción de la realidad que
da la mecánica cuántica no es completa.[1191]
La única alternativa —afirmaban los autores— sería afirmar que el proceso de
medición de la primera partícula afecta a la realidad de la posición y de la
segunda. Pero «no cabe esperar que ninguna definición de realidad razonable
permita tal cosa», concluían.
Wolfgang Pauli le escribió a Heisenberg una larga y airada carta. «Einstein ha
vuelto a expresarse públicamente sobre la mecánica cuántica (junto con Podolski
y Rosen, que, por cierto, no constituyen muy buena compañía) —decía furioso—.
Ya se sabe que cada vez que eso ocurre es una catástrofe».[1192]
Cuando el artículo EPR llegó a manos de Niels Bohr, en Copenhague, se dio
cuenta de que, una vez más, se veía obligado a desempeñar el papel —que tan
bien desempeñara ya en los Congresos Solvay— de defender la mecánica cuántica
frente a un nuevo ataque de Einstein. «Este ataque cayó sobre nosotros como un
jarro de agua fría —informaría un colega de Bohr—. Su efecto en Bohr fue
extraordinario». Este había reaccionado a menudo ante tales situaciones andando
nerviosamente de un lado a otro y murmurando entre dientes: «¡Einstein…
Einstein… Einstein…!». Pero esta vez añadió también algunos ripios relativos a
sus colaboradores: «Podolski, Opodolski, Iopodolski, Siopodolski…».[1193]
«Se abandonó todo lo que teníamos entre manos —recordaría el colega de Bohr—.
Debíamos aclarar aquel malentendido de inmediato». Pese a la intensidad de su
esfuerzo, Bohr necesitó más de seis semanas dedicadas a preocuparse, escribir,
revisar, dictar y hablar en voz alta para poder enviar finalmente su respuesta
a EPR.
Dicha respuesta era más larga qué el artículo original. En ella, Bohr se
desdecía de parte de lo que había constituido un aspecto del principio de
incertidumbre, que la perturbación mecánica causada por el acto de observación
era una de las causas de la incertidumbre. Admitía que en el experimento mental
de Einstein «no hay posibilidad de una perturbación mecánica del sistema objeto
de investigación».[1194]
Se trataba de una importante admisión. Hasta entonces, la perturbación causada
por una medición había formado parte de la explicación física de Bohr de la
incertidumbre cuántica. En los Congresos Solvay, este había rebatido los
ingeniosos experimentos mentales de Einstein mostrando que el conocimiento
simultáneo de, pongamos por caso, la posición y el momento resultaba imposible,
al menos en parte, debido a que la determinación de un atributo causaba una
perturbación que hacía imposible medir luego el otro atributo con exactitud.
Sin embargo, empleando este concepto de complementariedad, Bohr añadía una
significativa salvedad. Señalaba que las dos partículas formaban parte de un
mismo fenómeno global. Puesto que habían interactuado, las dos partículas
estaban ahora mutuamente «entrelazadas». Formaban parte de un fenómeno global o
de un sistema global que tenía una función cuántica.
Además —señalaba Bohr—, el artículo EPR no disipaba realmente el principio de
incertidumbre, según el cual no es posible conocer a la vez la
posición y el momento precisos de una partícula en el mismo instante.
Einstein tenía razón en que, si medimos la posición de la
partícula A, podemos conocer de hecho la posición de su gemela
distante B. Del mismo modo, si medimos el momento de A,
podemos conocer el momento de B. Sin embargo, aunque podamos
imaginar que medimos la posición y luego el momento de la partícula A, y
adscribir así una «realidad» a dichos atributos en la partícula B, no podemos
de hecho medir ambos atributos con exactitud en un instante dado para la
partícula A, y, en consecuencia, tampoco podemos conocerlos ambos con exactitud
para la partícula B. Brian Greene, analizando la respuesta de Bohr, lo ha
expresado de un modo más sencillo: «Si uno no tiene entre manos los dos
atributos de la partícula que se mueve hacia la derecha, tampoco los tiene para
la partícula que se mueve hacia la izquierda. Así pues, no hay conflicto alguno
con el principio de incertidumbre».[1195]
Einstein, sin embargo, seguía insistiendo en que había precisado un importante
ejemplo del carácter incompleto de la mecánica cuántica, mostrando cómo esta
violaba el principio de separabilidad, que afirma que dos sistemas que están
espacialmente separados tienen una existencia independiente. Asimismo, violaba
el principio de localidad, relacionado con el anterior, y que afirma que una
acción en uno de esos sistemas no puede afectar al otro de manera inmediata.
Como partidario de la teoría del campo, que define la realidad empleando un
continuo espaciotemporal, Einstein creía que la separabilidad era un rasgo
fundamental de la naturaleza. Y como defensor de su propia teoría de la
relatividad, que se había desembarazado de la fantasmagórica acción a distancia
del cosmos newtoniano y decretaba, en cambio, que tales acciones obedecen al
límite de la velocidad de la luz, creía también en la localidad.[1196]
El gato de Schrödinger
Pese a su éxito como pionero de la mecánica cuántica, Erwin Schrödinger se
hallaba entre quienes alentaban a Einstein a bajar los humos al grupo de
Copenhague. Su alianza se había forjado en los Congresos Solvay, donde Einstein
hacía de abogado del diablo y Schrödinger observaba con una mezcla de
curiosidad y simpatía. Era aquella una lucha solitaria, se lamentaría Einstein
en una carta dirigida a Schrödinger en 1928: «La tranquilizadora filosofía —¿o
religión?— de Heisenberg y Born está tan delicadamente elaborada que, por el
momento, proporciona un suave cojín para el verdadero creyente, del que no se
le puede levantar muy fácilmente».[1197]
No resulta sorprendente, pues, que Schrödinger le enviara a Einstein una nota
de felicitación en cuanto leyó el artículo EPR. «Ha agarrado del cuello
públicamente a la mecánica cuántica dogmática», escribió. Y unas semanas
después añadía alegremente: «Ha agitado a todo el mundo como un lucio en una
pecera».[1198]
Schrödinger acababa de visitar Princeton, y Einstein seguía esperando, en vano,
poder convencer a Flexner de que le contratara para trabajar en el Instituto.
En su posterior avalancha de correspondencia con Schrödinger, Einstein empezó a
conspirar con él sobre el modo de echar por tierra la mecánica cuántica.
«Yo no creo en ella», declaraba Einstein abiertamente. Ridiculizaba como
«espiritualista» la noción de que pudiera existir una «fantasmagórica acción a
distancia», y atacaba la idea de que no había realidad fuera de nuestra
capacidad para observar las cosas. «Esta orgía empapada de epistemología
debería quemarse —decía—. Pero sin duda usted sonreirá y pensará que, después
de todo, más de una puta joven se convierte en una vieja beata, y más de un joven
revolucionario se convierte en un viejo reaccionario».[1199] En efecto, Schrödinger sí sonreía —le diría a Einstein en
su respuesta— debido a que él mismo había pasado de revolucionario a viejo
reaccionario.
Había una cuestión, sin embargo, en la que Einstein y Schrödinger discrepaban.
Este último no creía en el carácter sagrado del concepto de localidad. Incluso
acuñó el término que actualmente empleamos, entrelazamiento, para
describir las correlaciones que existen entre dos partículas que han
interactuado, pero que ahora se hallan distantes una de otra. Consecuentemente,
los estados cuánticos de dos partículas que han interactuado deben describirse
juntos, ya que cualquier cambio en una partícula se reflejará instantáneamente
en la otra por muy separadas que se hallen ahora. «El entrelazamiento de
predicciones surge del hecho de que dos cuerpos en un momento anterior formaban
un sistema en sentido real, que es donde interactuaban, y han dejado atrás
trazas el uno en el otro —escribió Schrödinger—. Si dos cuerpos separados
entran en una situación en la que pueden influirse mutuamente, y luego se
separan de nuevo, entonces se produce lo que acabo de denominar el entrelazamiento de
nuestro conocimiento de los dos cuerpos».[1200]
Einstein y Schrödinger empezaron a explorar juntos otra forma —una que no
dependiera de temas tales como la localidad o la separación— de plantear
cuestiones sobre la mecánica cuántica. Su nuevo planteamiento consistía en
observar lo que ocurriría cuando un suceso acaecido en el reino cuántico, que
incluye las partículas subatómicas, interactuara con objetos del mundo
macroscópico, que incluye lo que normalmente vemos en nuestra vida cotidiana.
En el reino cuántico no hay posición definida de una partícula, como un
electrón, en un instante dado. En lugar de ello, una función matemática,
conocida como función de onda, describe la probabilidad de encontrar la
partícula en algún lugar concreto. Dichas funciones de onda describen también
estados cuánticos, como la probabilidad de que un átomo, al ser observado, se
desintegre o no. En 1925, Schrödinger había ideado su famosa ecuación para
describir esas ondas, que se propagan a través del espacio y lo impregnan. La
ecuación definía la probabilidad de que una partícula, al ser observada, se
encontrara en un lugar o estado concreto.[1201]
Según la interpretación de Copenhague desarrollada por Niels Bohr y los otros
pioneros de la mecánica cuántica, en tanto no se realiza dicha observación, la
realidad de la posición o el estado de la partícula consta solo de tales
probabilidades. Al medir u observar el sistema, el observador hace que la
función de onda se colapse y aparezca una posición o estado concretos.
En una carta dirigida a Schrödinger, Einstein proponía un vivido experimento
mental para mostrar por qué toda aquella teoría de funciones de onda y
probabilidades, y de partículas que no tienen posiciones definidas hasta que se
las observa, no superaba su prueba de completud. Imaginaba dos cajas, una de
las cuales sabemos que contiene una bola. En el momento en que nos disponemos a
observar el interior de una de las cajas hay un 50 por ciento de probabilidades
de que la bola esté allí. Una vez realizada la observación, las probabilidades
son o bien del 100 por ciento, o bien del 0 por ciento. Pero en realidad la
bola ha estado en todo momento en una de las dos cajas. Escribía Einstein:
Yo describo un estado de cosas del siguiente modo: la
probabilidad es del 50 por ciento de que la bola esté en la primera caja. ¿Es
esa una descripción completa? No: Una descripción completa es: la
bola está (o no está) en la primera caja. Así es como la
caracterización del estado de cosas debe aparecer en una descripción completa.
Sí: Antes de que las abra, la bola está inequívocamente en una de las
dos cajas. El hecho de estar en una caja concreta solo se produce cuando
levanto las tapas.[1202]
Einstein prefería claramente la primera explicación, lo que
constituía una manifestación de su realismo. Consideraba que había algo de
incompleto en la segunda respuesta, que era el modo de explicar las cosas de la
mecánica cuántica.
El argumento de Einstein se basaba en algo que parece ser de sentido común. Sin
embargo resulta que lo que parece tener sentido a veces no constituye una buena
descripción de la naturaleza. Einstein era consciente de ello cuando desarrolló
su teoría de la relatividad, cuestionando lo que en su época se consideraba de
sentido común y obligándonos a cambiar nuestra manera de pensar sobre la
naturaleza. La mecánica cuántica hace algo similar. Afirma que las partículas
no tienen un estado definido excepto cuando se las observa, y que dos
partículas pueden hallarse en un estado entrelazado de modo que la observación
de una de ellas determina instantáneamente una propiedad de la otra. En cuanto
se realiza una observación, el sistema pasa a un estado fijo.[1203]
Einstein jamás aceptó tal cosa como una descripción completa de la realidad, y
basándose en ello unas semanas después, a primeros de agosto de 1935, propuso
otro experimento mental más a Schrödinger. Este concebía una situación en la
que la mecánica cuántica asignaría meramente probabilidades a pesar de que el
sentido común nos dice que hay obviamente una realidad subyacente que existe
con certeza. Imaginemos un montón de pólvora —decía Einstein— que, debido a la
inestabilidad de alguna partícula, entra en combustión en un momento dado, La
ecuación de la mecánica cuántica para esta situación «describe una especie de
mezcla de sistemas que todavía no han explotado y que ya lo han hecho». Pero
ese no es «un estado de cosas real —afirmaba Einstein—, puesto
que en realidad no hay ningún intermediario entre explotado y
no explotado».[1204]
Schrödinger ideó un experimento mental parecido —que empleaba un felino
ficticio, que acabaría haciéndose famoso, en lugar de un montón de pólvora—
para demostrar la inherente rareza producida cuando la indeterminación del
reino cuántico interactúa con nuestro mundo normal de objetos macroscópicos.
«En un largo ensayo que acabo de escribir doy un ejemplo que resulta muy
parecido a su polvorín en explosión», le diría a Einstein.[1205]
En dicho ensayo, publicado aquel mes de noviembre, Schrödinger atribuía
generosamente a Einstein y al artículo EPR el mérito de haber «proporcionado el
ímpetu» a su argumentación. Esta abordaba un concepto esencial de la mecánica
cuántica, a saber, que el momento de la emisión de una partícula a partir de un
núcleo en desintegración es indeterminado hasta que de hecho se observa. En el
mundo cuántico, un núcleo se halla en una «superposición», lo cual significa
que existe simultáneamente en estado de desintegrado y de no desintegrado hasta
que se observa, momento en el que su función de onda se colapsa y pasa a estar
en un estado o en el otro.
Esto puede ser concebible para el microscópico reino cuántico, pero resulta
desconcertante cuando uno se imagina la intersección entre el reino cuántico y
nuestro mundo cotidiano observable. Entonces —se preguntaba Schrödinger en su
experimento mental—, ¿cuándo deja el sistema de estar en una superposición que
incorpora ambos estados y pasa a ser una realidad?
Esta cuestión se traducía en la precaria suerte de una criatura imaginaria que
estaba destinada a hacerse inmortal tanto estando viva como muerta, y que
pasaría a conocerse como el «gato de Schrödinger»:
Se pueden incluso plantear casos bastante ridículos. Un gato
está encerrado en una cámara de acero, junto con el siguiente dispositivo (que
debe estar protegido frente a Una posible interferencia directa por parte del
gato): en un contador Geiger hay una diminuta cantidad de sustancia
radiactiva, tan pequeña que tal vez en el curso de una hora
uno de los átomos se desintegre, pero, con igual probabilidad, tal vez no lo
haga ninguno; si tal cosa ocurre, el tubo contador se dispara y, por medio de
un relé, libera un martillo que rompe un pequeño frasco de ácido cianhídrico.
Si este sistema se ha dejado íntegramente a su suerte durante una hora, se
puede decir que el gato todavía vive si en ese tiempo no se ha
desintegrado ningún átomo. La función psi del sistema íntegro lo
expresaría teniendo al gato vivo y al gato muerto mezclados o (perdón por la
expresión) enmerdados.[1206]
Einstein se mostró entusiasmado. «Su gato muestra que
coincidimos plenamente en cuanto a nuestra valoración del carácter de la teoría
actual —respondió a Schrödinger—. Una función psi que contiene al gato vivo
además del gato muerto sencillamente no puede tomarse como una descripción de
un estado de cosas real».[1207]
El caso del gato de Schrödinger ha suscitado montones de respuestas, que aún
hoy siguen surgiendo, con diversos grados de inteligibilidad. Baste decir que,
en la interpretación de Copenhague de la mecánica cuántica, un sistema deja de
ser una superposición de estados y pasa a ser una sola realidad cuando es
observado, pero no existe una regla clara para definir qué es lo que constituye
una observación. ¿Puede ser el gato un observador? ¿Una pulga? ¿Un ordenador?
¿Un dispositivo de registro mecánico? No hay una respuesta definida. No
obstante, sí sabemos que los efectos cuánticos en general no se observan en
nuestro mundo cotidiano visible, que incluye a los gatos, e incluso a las
pulgas. De modo que a la mayoría de los partidarios de la mecánica cuántica no
se les ocurre afirmar que el gato de Schrödinger se halla en la caja estando de
algún modo vivo y muerto a la vez hasta que se levanta la tapa.[1208]
Einstein jamás perdió la fe en la capacidad de los experimentos mentales de
1935 —el del gato de Schrödinger y el suyo propio de la pólvora— de revelar el
carácter incompleto de la mecánica cuántica. Tampoco se le ha reconocido su
mérito histórico a la hora de ayudar a engendrar al infortunado gato. De hecho,
más tarde Einstein incluso atribuiría erróneamente a Schrödinger el mérito de
los dos experimentos mentales en una carta en la que se exponía al pobre animal
a una explosión en lugar de al envenenamiento. «Los físicos contemporáneos
creen de alguna manera que la teoría cuántica proporciona una descripción de la
realidad, e incluso una descripción completa —le escribiría
Einstein a Schrödinger en 1950—. Esta interpretación, no obstante, ha sido
elegantemente refutada por su sistema del átomo radiactivo + contador Geiger +
amplificador + carga de pólvora + gato en una caja, en donde la función psi del
sistema contiene al gato tanto vivo como hecho pedazos».[1209]
Los considerados errores de Einstein, como la constante cosmológica que añadió
a sus ecuaciones del campo gravitatorio, a menudo resultaban ser más
interesantes que los éxitos de otros científicos. Y lo mismo cabe decir de sus
rechazos a Bohr y a Heisenberg. El artículo EPR no logró demostrar que la
mecánica cuántica estaba equivocada, pero a la larga sí se hizo evidente que
esta era —como sostenía Einstein— incompatible con nuestra comprensión, guiada
por el sentido común, de la localidad, esto es, con nuestra aversión a una
fantasmagórica acción a distancia. Lo extraño es que, aparentemente, Einstein
tenía más razón de la que él mismo esperaba.
En los años transcurridos desde que ideara el experimento mental del artículo
EPR, la idea del entrelazamiento y de la fantasmagórica acción a distancia —la
rareza cuántica por la que una observación de una partícula puede afectar
instantáneamente a otra alejada de ella— ha ido formando parte cada vez más del
objeto de estudio de los físicos experimentales. En 1951, David Bohm, un
brillante profesor auxiliar de Princeton, reformuló el experimento mental del
artículo EPR de modo que este tratara de los espines opuestos de dos partículas
que se alejaban mutuamente a partir de una interacción.[1210] En 1964, John Stewart Bell, que trabajaba en las
instalaciones de investigación nuclear del CERN, en las proximidades de
Ginebra, escribió un artículo donde se proponía un modo de realizar
experimentos basados en ese planteamiento.[1211]
Bell no se sentía muy cómodo con la mecánica cuántica. «No me atrevía a pensar
que fuera errónea —diría en una ocasión—, pero sabía que estaba tocada».[1212]Este hecho, junto a su admiración por Einstein, le llevó a
expresar la esperanza de que pudiera ser este, y no Bohr, quien al final
tuviera razón. Pero cuando, en la década de 1980, el físico francés Alain
Aspect y otros llevaron a cabo los experimentos, estos mostraron evidencias de
que la localidad no era un rasgo del mundo cuántico. En cambio, la
«fantasmagórica acción a distancia», o más exactamente, el potencial
entrelazamiento de partículas distantes, sí lo era.[1213]
Aun así, Bell acabó apreciando los esfuerzos de Einstein. «Consideré que la
superioridad intelectual de Einstein sobre Bohr, en este caso, era enorme;
había una inmensa brecha entre el hombre que veía claramente lo que hacía falta
y el oscurantista —diría—. De modo que para mí es una lástima que la idea de
Einstein no funcione. Precisamente lo más razonable no funciona».[1214]
El entrelazamiento cuántico —una idea discutida por Einstein en 1935 como una
forma de socavar la mecánica cuántica— constituye hoy en día uno de los
elementos más extraños de la física precisamente por lo contraintuitivo que
resulta. Año tras año aumentan las evidencias en su favor, al tiempo que lo
hace la fascinación pública que despierta. A finales de 2005, por ejemplo,
el New York Times publicaba un artículo titulado «Trucos
cuánticos: la comprobación de la teoría más extraña de Einstein», de Dennis Overbye,
donde el físico de Cornell, N. David Mermin, lo calificaba como «lo más cercano
a la magia que tenemos».[1215] Y en 2006, la revista New Scientist publicaba
una noticia titulada «La “acción fantasmagórica” de Einstein se detecta en un
chip», que empezaba así:
Un sencillo chip semiconductor se ha utilizado para generar
pares de fotones entrelazados, un paso vital de cara a hacer realidad los
ordenadores cuánticos. El entrelazamiento, denominado por Einstein
«fantasmagórica acción a distancia» en su famosa expresión, es el misterioso
fenómeno de las partículas cuánticas por el que dos partículas tales como los
fotones se comportan como una sola independientemente de lo alejadas que estén
una de otra.[1216]
¿Es posible que esta fantasmagórica acción a distancia —por la
que algo que le ocurre a una partícula en un lugar puede reflejarse
instantáneamente en otra que se halla a miles de millones de kilómetros de
distancia— viole el límite de la velocidad de la luz? No; la teoría de la
relatividad sigue pareciendo a salvo. Las dos partículas, aunque distantes,
siguen formando parte de la misma entidad física. Al observar una de ellas
podemos influir en sus atributos, y ello se correlaciona con lo que se observaría
en la segunda partícula. Pero no se transmite ninguna información, no se envía
señal alguna, y no se da la tradicional relación causa-efecto. Se puede
demostrar mediante experimentos mentales que el entrelazamiento cuántico no
puede emplearse para enviar información de manera instantánea. «En resumen
—afirma el físico Brian Greene—, la relatividad especial sobrevive por los
pelos».[1217]
Durante las últimas décadas, varios teóricos, entre ellos Murray GellMann y
James Hartle, han adoptado una visión de la mecánica cuántica que difiere en
algunos aspectos de la interpretación de Copenhague y proporciona una
explicación más fácil del experimento mental EPR. Su interpretación se basa en
historias alternativas del universo, relativamente «burdas» en el sentido de
que siguen solo ciertas variables e ignoran (o superan) el resto. Esas
historias «decoherentes» forman una estructura arbórea, donde cada una de las
alternativas en un instante dado se divide en distintas alternativas en el
siguiente instante, y así sucesivamente.
En el caso del experimento mental EPR, la posición de una de las dos partículas
se mide en una rama de historia. Debido al origen común de las partículas, se
determina también la posición de la otra. En una rama distinta de historia
puede medirse el momento de una de las partículas, y también se determina el
momento de la otra. En cada rama no ocurre nada que viole las leyes de la
física clásica. La información sobre una partícula implica la correspondiente
información sobre la otra, pero nada le ocurre a la segunda partícula como
resultado de la medición de la primera. De modo que no hay amenaza alguna a la
relatividad especial y a su prohibición de transmisión de información
instantánea. Lo especial de la mecánica cuántica es que la determinación
simultánea de la posición y el momento de una partícula resulta imposible, de
modo que si se dan ambas determinaciones, ha de ser en distintas ramas de
historia.[1218]
«Física y realidaD».
La disputa fundamental de Einstein con el grupo de Bohr y Heisenberg en tomo a
la mecánica cuántica no tenía que ver solo con que Dios jugara o no a los dados
o dejara a los gatos a la vez medio vivos y medio muertos. Tampoco trataba
meramente de la causalidad, de la localidad o siquiera de la completud. Trataba
de la realidad.[1219] ¿Existe esta? O más concretamente, ¿tiene sentido hablar
de una realidad física que existe independientemente de cualquier observación
que podamos hacer? «En el núcleo del problema —diría Einstein aludiendo a la
mecánica cuántica— no se halla tanto la cuestión de la causalidad como la
cuestión del realismo».[1220]
Bohr y sus partidarios se mofaban de la idea de que pudiera tener algún sentido
hablar de lo que podría haber bajo el velo de lo que podemos observar. Lo único
que podemos conocer son los resultados de nuestros experimentos y
observaciones, y no una supuesta realidad última que subyace a nuestras
percepciones.
Einstein había ostentado algunos elementos de esa postura en 1905, cuando leía
a Hume y a Mach al tiempo que rechazaba conceptos tan inobservables como los
del espacio y el tiempo absolutos. «En aquella época mi manera de pensar estaba
mucho más cerca del positivismo de lo que lo estaría después —recordaría—. Mi
alejamiento del positivismo se produjo solo cuando trabajaba en la teoría de la
relatividad general».[1221]
A partir de ese momento, Einstein se adhirió cada vez más a la creencia de que
existe una realidad objetiva clásica. Y aunque existen ciertas coherencias
entre aquel pensamiento temprano y su pensamiento posterior, admitía
abiertamente que, al menos tal como él mismo lo veía, su realismo representaba
un alejamiento de su anterior empirismo machiano. «Este credo —diría— no se
corresponde con el punto de vista que sostenía cuando era más joven».[1222]Como señala el historiador Gerald Holton: «Es raro para un
científico cambiar tan fundamentalmente las propias creencias filosóficas».[1223]
El concepto einsteiniano de realismo tenía tres componentes principales:
1. Su creencia en la existencia de una realidad independiente de
nuestra capacidad para observarla. Como él mismo señalaría en sus notas
autobiográficas: «La física es un intento de captar conceptualmente la realidad
tal como se la concibe independientemente de que se la observe. En este sentido
se habla de “realidad física”».[1224].
2. Su creencia en la separabilidad y la localidad. En otras palabras, los
objetos están localizados en determinados puntos del espacio-tiempo, y esta
separabilidad forma parte de lo que los define.
«Si se abandona el presupuesto de que lo que existe en distintas pactes del
espacio posee su propia existencia real e independiente, entonces sencillamente
no veo qué es lo que se supone que ha de describir la física», le diría a Max
Born.[1225]
3. Su creencia en la causalidad estricta que implica la certidumbre y el
determinismo clásico. La idea de que las probabilidades desempeñaran un papel
en la realidad le resultaba tan desconcertante como la idea de que nuestras
observaciones pudieran desempeñar un papel a la hora de «colapsar» dichas
probabilidades. «Algunos físicos, entre ellos yo mismo —decía—, no podemos
creer que debamos aceptar la visión de que los sucesos de la naturaleza son
análogos a un juego de azar».[1226]
Es posible concebir un realismo que tenga solo dos de esos
atributos, o incluso únicamente uno, y en ocasiones Einstein contempló tal
posibilidad. Los eruditos han debatido acerca de cuál de los tres resultaba más
esencial para su pensamiento.[1227] Pero Einstein volvía una y otra vez a mantener su
esperanza y su fe en que los tres atributos habían de ir unidos. Como diría en
un discurso pronunciado en una convención médica en Cleveland hacia el final de
su vida: «Todo debería conducirnos de nuevo a los objetos conceptuales situados
en el reino del espacio y el tiempo, y a las relaciones que, a modo de leyes,
rigen para dichos objetos».[1228]
En el corazón de su realismo yacía una fascinación casi religiosa, o quizá
infantil, por el modo en que todas nuestras percepciones sensoriales —las
visiones y sonidos aleatorios que experimentamos a cada minuto— encajan en unas
pautas, siguen unas reglas y tienen un sentido. Damos por sentado, cuando se
juntan esas percepciones, que estas representan lo que parecen ser objetos
externos, y no nos sorprende que haya leyes que parezcan gobernar el
comportamiento de dichos objetos.
Pero del mismo modo que sentimos fascinación cuando, de niños, examinamos por
primera vez una brújula, Einstein la sentía ante el hecho de que hubiera reglas
que ordenaran nuestras percepciones, en lugar de obedecer estas al mero azar.
Esa reverencia ante tal asombrosa e inesperada inteligibilidad del universo
constituía el fundamento de su realismo, así como el carácter definitorio de lo
que él calificaba de su fe religiosa.
Así lo expresaba en un ensayo escrito en 1936 y titulado «Física y realidad»,
elaborado inmediatamente después de su defensa del realismo en los debates
sobre la mecánica cuántica. «El propio hecho de que la totalidad de nuestras
experiencias sensoriales sea tal que, por medio del pensamiento, podamos
ponerlas en orden, es un hecho que nos inspira fascinación —escribió—. El
eterno misterio del mundo es su inteligibilidad… El hecho de que resulte
inteligible es un milagro».[1229]
Su amigo Maurice Solovine, con quien había leído a Hume y a Mach en los días de
la Academia Olimpia, le dijo a Einstein que le resultaba «extraño» el hecho de
que él considerara que la inteligibilidad del mundo fuera «un milagro o un
eterno misterio». Einstein le respondió que de entrada parecería lógico suponer
que ocurría lo contrario. «Bueno, a priori cabría esperar un mundo caótico que
la mente no puede comprender en absoluto —escribió—. Ahí reside la debilidad de
los positivistas y de los ateos profesionales».[1230] Y él no era ninguna de las dos cosas.
Para Einstein, esta creencia en la existencia de una realidad subyacente poseía
también un aura religiosa. Esto desconcertaba a Solovine, que le escribió
diciéndose que sentía «aversión» por tal lenguaje. Pero Einstein discrepaba.
«No tengo mejor expresión que la de “religiosa” para definir esta confianza en
la naturaleza racional de la realidad y en el hecho de que esta sea accesible,
en cierta medida, a la razón humana. Cuando falta este sentimiento, la ciencia
degenera en un empirismo absurdo».[1231]
Einstein sabía que la nueva generación le veía como un conservador obsoleto que
se aferraba a las viejas certezas de la física clásica, y eso le divertía. «Ni
siquiera el gran éxito inicial de la teoría cuántica me hace creer en un juego
de dados esencial —le diría a su amigo Max Born—, aunque soy muy consciente de
que nuestros colegas más jóvenes interpretan ese hecho como un rasgo de
senilidad».[1232]
Born, que sentía un gran aprecio por Einstein, coincidía con los jóvenes
innovadores en que este se había vuelto tan «conservador» como los físicos de
la generación anterior que se habían mostrado reacios a su teoría de la
relatividad. «Él ya no podía aceptar ciertas ideas de la física que
contradecían sus propias convicciones filosóficas, que sostenía con firmeza».[1233]
Pero Einstein prefería pensar en sí mismo no como un conservador, sino (de
nuevo) como un rebelde, un inconformista, alguien con la curiosidad y la
tenacidad suficientes como para ir en contra de las modas predominantes. «Se
dice que la necesidad de concebir la naturaleza como una realidad
objetivarepresenta un prejuicio obsoleto, al tiempo que se jalea a los
teóricos cuánticos —le decía a Solovine en 1938—. Cada período está dominado
por un, talante, con el resultado de que la mayoría de los hombres son incapaces
de ver al tirano que los gobierna».[1234]
Einstein defendía su planteamiento realista en un libro de texto sobre la
historia de la física del que fue coautor en 1938, La evolución de la
física. La creencia en una «realidad objetiva» —se argumentaba en el libro—
había conducido a grandes avances científícos en todas las épocas, demostrando,
así, que se trataba de un concepto útil aun cuando no resultara demostrable.
«Sin la creencia en que es posible comprender la realidad con nuestros
constructos teóricos, sin la creencia en la armonía interior de nuestro mundo,
no podría haber ciencia —se afirmaba en el libro—. Esta creencia es, y seguirá
siendo siempre, la razón fundamental de toda creación científica».[1235]
Asimismo, Einstein empleaba el texto para defender la utilidad de las teorías
de campos en medio de los avances de la mecánica cuántica. La mejor manera de
hacerlo consistía en ver las partículas no como objetos independientes, sino
como una manifestación especial del propio campo:
No tiene sentido contemplar la materia y el campo como dos
cualidades completamente distintas una de otra… ¿No podríamos rechazar el
concepto de materia y construir una pura física de campos? Podríamos contemplar
la materia como aquellas regiones del espacio donde el campo es extremadamente
intenso. Una piedra arrojada es, desde esta perspectiva, un campo cambiante en
el que los estados de mayor intensidad de campo viajan a través del espacio con
la velocidad de la piedra.[1236]
Hubo una tercera razón por la que Einstein contribuyó a escribir
este libro de texto, una razón de índole más personal. Deseaba ayudar a Leonard
Infeld, un judío que había huido de Polonia, había colaborado brevemente en
Cambridge con Max Born y luego se había trasladado a Princeton.[1237] Infeld empezó a trabajar en el ámbito de la relatividad
con Banesh Hoffmann, y le propuso a este que le ofrecieran su colaboración a
Einstein. «Veamos si le gustaría trabajar con nosotros», sugirió Infeld.
Einstein se mostró encantado. «Nosotros hicimos todo el trabajo sucio de
calcular las ecuaciones, etcétera —recordaría Hoffmann—. Informamos de los
resultados a Einstein, y entonces hubo una especie de conferencia de estado
mayor. A veces sus ideas nos pillaban desprevenidos, parecían ser absolutamente
extraordinarias».[1238] Trabajando con Infeld y con Hoffmann, en 1937 Einstein
ideó varias elegantes maneras de explicar de forma más simple el movimiento de
los planetas y otros objetos masivos que producían sus propias curvaturas del
espacio.
Pero su trabajo sobre la teoría del campo unificado no llegaría a cuajar. A
veces la situación parecía tan desesperada que Infeld y Hoffmann se
desanimaban. «Pero el coraje de Einstein nunca flaqueaba, ni le abandonaba su
inventiva —recordaría Hoffmann—. Cuando el vivido debate no bastaba para salir
de ese punto muerto, Einstein decía tranquilamente en su pintoresco inglés:
“Voy a pensar un poco”». La sala quedaba en silencio, y Einstein caminaba
arriba y abajo, o dando vueltas en círculo, sin pronunciar palabra,
enroscándose un mechón de pelo con el dedo índice. «En su rostro había una
mirada distraída, distante, pero introspectiva. Ningún signo de estrés. Ningún
indicio externo de intensa concentración». Al cabo de unos minutos volvía
repentinamente al mundo, «con una sonrisa en el rostro y una respuesta al
problema en los labios».[1239]
Einstein estaba tan encantado de contar con la ayuda de Infeld, que incluso
trató de convencer a Flexner de que le diera un puesto en el Instituto. Pero
Flexner, molesto ya porque dicha institución se hubiera visto obligada a
contratar a Walther Mayer, se mostró reacio. Einstein llegó incluso al extremo
de acudir personalmente a una reunión de los miembros del Instituto —cosa que
raramente hacía—, para pedir que, si era necesario, se pagara solo a Infeld un
mínimo estipendio de 600 dólares; pero fue en vano.[1240]
De modo que a Infeld se le ocurrió la idea de escribir una historia de la
física con Einstein, que de seguro sería un éxito, y luego repartirse los
derechos de autor. Cuando acudió a Einstein para proponerle la idea, en un
primer momento Infeld se mostró increíblemente cohibido, pero al final logró
balbucear su propuesta. «No es una idea en absoluto estúpida —le respondió
Einstein—. En absoluto estúpida. Lo haremos».[1241]
En abril de 1937, Richard Simón y Max Schuster —fundadores de la editorial que
ha publicado la versión inglesa de la presente biografía— se dirigieron a casa
de Einstein, en Princeton, para adquirir los derechos. El sociable Schuster
trató de ganarse a Einstein con chistes. Según le dijo, él había descubierto
algo que era más rápido que la velocidad de la luz: «La velocidad con la que
una mujer sale de compras cuando llega a París».[1242] A Einstein aquello le divirtió, o al menos eso sería lo
que recordaría Schuster. En cualquier caso, el viaje resultó fructífero, y
la Evolución de la física, que actualmente va por la cuadragésimo
cuarta edición, no solo serviría para hacer propaganda del papel de las teorías
de campos y de la fe en la realidad objetiva, sino también para dotarle a
Infeld (y a Einstein) de una cierta estabilidad económica.
Nadie podría acusar a Infeld de ser un desagradecido. Posteriormente
calificaría a Einstein de «probablemente el mayor científico y el hombre más
bondadoso que ha vivido jamás». También escribiría una halagadora biografía de
Einstein, mientras su mentor vivía todavía, donde le elogiaba por su
disposición a desafiar el pensamiento convencional en busca de una teoría
unificada. «Su tenacidad a la hora de persistir en un problema durante años, de
volver una y otra vez a dicho problema, constituye el rasgo característico del
genio de Einstein», escribiría.[1243]
Contracorriente
¿Estaba Infeld en lo cierto? ¿Era la tenacidad el rasgo característico del
genio de Einstein? En cierta medida, siempre había manifestado ese rasgo,
especialmente en su larga y solitaria búsqueda de la relatividad generalizada;
pero este iba acompañado también, desde su época escolar, de la voluntad de
nadar a contracorriente y desafiar a las autoridades del momento. Todo ello
resultaba evidente en su búsqueda de una teoría unificada.
Sin embargo, y aunque le gustaba afirmar que el análisis de los datos empíricos
había desempeñado un papel mínimo en la construcción de sus grandes teorías, en
general estaba dotado de una gran intuición para detectar las ideas y
principios que podían arrebatársele a la naturaleza basándose en los experimentos
y observaciones actuales. Este rasgo, en cambio, iba haciéndose menos evidente.
A finales de la década de 1930, Einstein estaba cada vez más desconectado de
los nuevos descubrimientos experimentales. Lejos de unificarse la gravedad y el
electromagnetismo, había ahora una falta de unificación aún mayor dado que se
habían descubierto dos nuevas fuerzas, las denominadas fuerzas nucleares
«fuerte» y «débil». «Einstein decidió ignorar las nuevas fuerzas, aunque estas
no resultaban en absoluto menos fundamentales que las dos que se conocían desde
hacía largo tiempo —recordaría su amigo Abraham Pais—. El prosiguió la antigua
búsqueda de la unificación de la gravedad y el electromagnetismo».[1244]
Asimismo, a partir de la década de 1930 se descubriría toda una colección de
nuevas partículas fundamentales. Actualmente se conocen docenas de ellas, que
van desde los bosones, como los fotones y gluones, hasta los fermiones, como
los electrones, positrones, quarks up y quarks doum.
Esto no parecía encajar muy bien con el intento de Einstein de unificarlo todo.
Su amigo Wolfgang Pauli, que se uniría a él en el Instituto en 1940, se mofaría
así de la futilidad de su tentativa: «Lo que Dios ha separado —diría—, que no
lo una el hombre».[1245]
Einstein consideraba vagamente desconcertantes los nuevos descubrimientos, pero
le resultaba cómodo no hacer especial hincapié en ellos. «Solo puedo alegrarme
en parte por los grandes descubrimientos, ya que por el momento no parece que
me faciliten la comprensión de los fundamentos —le escribiría a Max von Laue—.
Me siento como un niño que no consigue cogerle el truco al abecedario, aunque,
extrañamente, no abandono la esperanza. Al fin y al cabo, uno está tratando con
una esfinge, no con una prostituta bien dispuesta».[1246]
De modo que Einstein nadaba a contracorriente y era arrastrado incesantemente
hacia, el pasado. Era consciente de que podía permitirse el lujo de proseguir
su solitaria carrera, algo que habría resultado demasiado arriesgado para un
joven físico que estuviera todavía tratando de labrarse una reputación.[1247] Pese a ello, resultó que normalmente habría dos o tres
físicos más jóvenes, atraídos por el aura de Einstein, dispuestos a colaborar
con él por más que la inmensa mayoría del estamento físico considerara
quijotesca su búsqueda de una teoría del campo unificado.
Uno de aquellos jóvenes ayudantes, Ernst Straus, recuerda haber trabajado en un
planteamiento al que Einstein llevaba dedicado casi dos años. Una noche, Straus
descubrió consternado que sus ecuaciones llevaban a algunas conclusiones que
resultaba evidente que no podían ser ciertas. Al día siguiente, él y Einstein
exploraron el problema desde todos los ángulos, pero no lograron eludir el
decepcionante resultado. De modo que se fueron pronto a casa. Straus estaba
desanimado, y supuso que Einstein todavía lo estaría más. Para su sorpresa, al
día siguiente este estaba tan ansioso y emocionado como siempre, y propuso que
adoptaran un planteamiento distinto. «Ese fue el principio de una teoría
completamente nueva, que sería asimismo relegada a la papelera después de medio
año de trabajo, y que no sería más llorada que sus predecesoras», recuerda
Straus.[1248]
La búsqueda de Einstein venía impulsada por la intuición de que la simplicidad
matemática —un atributo que jamás definió plenamente, aunque sabía reconocerlo
cuando lo veía— era un rasgo que caracterizaba la obra de la naturaleza.[1249] De vez en cuando, al surgir una formulación especialmente
elegante, le decía exultante a Straus: «Esto es tan sencillo que Dios no podía
dejarlo pasar».
Al mismo tiempo, de Princeton seguían saliendo cartas entusiastas dirigidas a
los amigos en tomo a los progresos de la cruzada de Einstein contra los
teóricos cuánticos que parecían aferrados a las probabilidades y reacios a
creer en una realidad subyacente. «Estoy trabajando con mi gente joven en una
teoría extremadamente interesante con la que espero derrotar a los modernos
defensores del misticismo y la probabilidad, y su aversión a la noción de
realidad en el dominio de la física», le escribió a Maurice Solovine en 1938.[1250]
Pero de Princeton salían también titulares relativos a supuestos avances.
«Remontando una cumbre matemática hasta ahora todavía no escalada, el doctor
Albert Einstein, montañero de los Alpes cósmicos, informa de que ha avistado
una nueva pauta en la estructura del espacio y la materia», declararía William
Laurence, el distinguido reportero científico del New York Times,
en 1935, en un artículo publicado en primera página. El mismo periodista y el
mismo periódico dirían en 1939, también en primera página: «Albert Einstein
revelaba hoy que, tras veinte años de constante búsqueda de una ley que
explicara el mecanismo del cosmos en su integridad, abarcando desde las
estrellas y galaxias en la inmensidad del espacio infinito hasta los misterios
que yacen en el corazón del átomo infinitesimal, finalmente ha llegado a
divisar lo que él espera que sea la “tierra prometida del conocimiento”, que
alberga lo que puede ser la llave maestra del enigma de la creación».[1251]
Los triunfos de sus días de juventud se debieron en parte al hecho de poseer un
instinto capaz de olfatear realidades físicas subyacentes. Pudo así captar
intuitivamente las implicaciones de la relatividad de todo movimiento, la
constancia de la velocidad de la luz, y la equivalencia de las masas
gravitatoria e inerte. A partir de ahí pudo construir teorías basadas en su
intuición para la física. Posteriormente, sin embargo, pasó a depender más de
la formulación matemática, puesto que había sido esta la que le había guiado en
su carrera final para completar las ecuaciones de campo de la relatividad
general.
Ahora, en su búsqueda de una teoría unificada, parecía haber un montón de
formulaciones matemáticas, pero muy pocas intuiciones físicas fundamentales que
le guiaran. «En su anterior búsqueda de la teoría general, Einstein se había
guiado por su principio de equivalencia que vinculaba la gravitación con la
aceleración —diría Banesh Hoffmann, colaborador de Einstein en Princeton—.
¿Dónde estaban los principios guía equivalentes que pudieran llevar a la
construcción de una teoría del campo unificado? Nadie lo sabía; ni siquiera el
propio Einstein. Así, dicha búsqueda no era tanto una búsqueda propiamente
dicha como un avanzar a tientas en las tinieblas de una jungla matemática
insuficientemente iluminada por la intuición física». Jeremy Bernstein lo
denominaría posteriormente «como un barajar casi aleatorio de fórmulas
matemáticas sin nada de física a la vista».[1252]
Al cabo de un tiempo dejaron de salir de Princeton tanto los titulares como las
cartas optimistas, y Einstein admitió públicamente que, al menos por el
momento, estaba bloqueado. «No soy tan optimista», declararía al New
York Times. Durante años, el periódico había informado regularmente de cada
uno de los supuestos avances de Einstein hacia una teoría unificada, pero ahora
su titular rezaba: «Einstein desconcertado por el enigma del cosmos».
Pese a todo, Einstein insistía en que seguía sin poder «aceptar la visión de
que los sucesos de la naturaleza son análogos a un juego de azar». Y en
consecuencia, se empeñaba en continuar su búsqueda. Aunque fracasara,
consideraba que el esfuerzo merecería la pena. «Todo hombre es libre de elegir
la dirección de sus afanes —explicaba—, y todo hombre puede consolarse con el
acertado dicho de que la búsqueda de la verdad es más preciosa que su
posesión».[1253]
Más o menos cuando Einstein cumplía los sesenta años, a comienzos de la
primavera de 1939, Niels Bohr viajó a Princeton para una estancia de dos meses.
Einstein se mantuvo algo distanciado de su viejo amigo y contrincante. Se
encontraron en varias recepciones, mantuvieron alguna pequeña charla, pero no
reanudaron su viejo juego de lanzarse mutuamente experimentos mentales sobre la
rareza cuántica.
Durante este período Einstein solo dio una conferencia, a la que asistió Bohr.
Trataba de sus últimos intentos de hallar una teoría del campo unificado. Al
final, Einstein fijó su mirada en Bohr y señaló que durante largo tiempo él
había tratado de explicar la mecánica cuántica de aquel modo; pero dejó claro
que prefería no seguir discutiendo el asunto. «Bohr se sintió profundamente
disgustado por aquello», recordaría su ayudante.[1254]
Bohr había llegado a Princeton con una novedad científica que estaba
relacionada con el descubrimiento einsteiniano de la relación entre energía y
masa, E = mc2. En Berlín, Otto Hahn y Fritz Strassman
habían obtenido algunos interesantes resultados experimentales tras bombardear
uranio pesado con neutrones. Dichos resultados se habían enviado a su antigua
colega, Lise Meitner, que hada poco se había visto obligada a huir a Suecia
debido al hecho de que era medio judía. Esta, a su vez, los había puesto en
conocimiento de su sobrino Otto Frisch, y ambos concluyeron que el átomo se
había dividido, se habían creado dos núcleos más ligeros, y una pequeña
cantidad de masa perdida se había convertido en energía.
Una vez corroboraron los resultados de lo que pasaron a denominar fisión,
Frisch informó de ello a su colega Bohr, que estaba a punto de partir rumbo a
Estados Unidos. A su llegada, a finales de enero de 1939, Bohr describió el
nuevo descubrimiento a sus colegas, y luego este se debatió en una reunión
semanal de físicos que se celebraba en Princeton, y que se conocía con el
nombre de «Club de los lunes por la noche». En cuestión de días se habían
reproducido los resultados, y los investigadores empezaron a publicar como
churros artículos sobre este proceso, incluido uno que escribió el propio Bohr
junto con un joven profesor no numerario de física, John Archibald Wheeler.
Durante mucho tiempo Einstein se había mostrado escéptico ante la posibilidad
de aprovechar la energía atómica o de liberar la potencia que entrañaba la
fórmula E = mc2. En una visita a Pittsburgh, en 1934, se
le había planteado esa cuestión, y él había respondido que «dividir el átomo
mediante bombardeo es algo parecido a disparar a los pájaros a oscuras en un
lugar donde solo hay unos pocos». Esa afírmación generó un titular a toda
página en la portada del Post-Gazzete: «Einstein frustra la
esperanza en la energía atómica / Califica de vanos los intentos de liberar una
fuerza inmensa / Declaraciones del sabio».[1255]
Con la noticia producida a principios de 1939 de que, aparentemente, sí era muy
posible bombardear y dividir un núcleo atómico, Einstein hubo de enfrentarse de
nuevo a la cuestión. En una entrevista realizada aquel mes de marzo con ocasión
de su sesenta cumpleaños, le preguntaron si la humanidad encontraría alguna
utilidad a aquel proceso. «Hasta ahora nuestros resultados con respecto a la
división del átomo no justifican el supuesto de una utilización práctica de las
energías liberadas», respondió. Esta vez, sin embargo, se mostró algo más
cauto, y pasó a matizar ligeramente su respuesta: «No hay ningún físico tan
pobre de espíritu que permita que eso afecte a su interés en este tema tan
extremadamente importante».[1256]
Durante los cuatro meses siguientes, de hecho sería su propio interés el que
aumentaría con gran rapidez.
Capítulo 21
La Bomba
1939-1945
Con Leó Szilárd reproduciendo (en 1946) su reunión de 1939.
Contenido:
·
La carta
·
Ciudadano Einstein
·
Temores atómicos
La carta
Leó Szilárd, un encantador y algo excéntrico físico húngaro, era también un
viejo amigo de Einstein. Mientras vivían en Berlín, en la década de 1920, ambos
habían colaborado en el desarrollo de un nuevo tipo de refrigerador, que
patentaron, pero que no lograron comercializar con éxito.[1257] Cuando Szilárd tuvo que huir de los nazis, se dirigió a
Inglaterra y luego a Nueva York, donde trabajó en la Universidad de Columbia en
tomo a los diversos modos de crear una reacción nuclear en cadena, una idea que
había concebido mientras esperaba en un semáforo rojo en Londres unos años
antes. Cuando se enteró del descubrimiento de la fisión empleando uranio, supo
qué elemento podía utilizarse para producir aquella reacción en cadena
potencialmente explosiva.
Szilárd discutió aquella posibilidad con su íntimo amigo Eugene Wigner, otro
físico refugiado de Budapest, y empezaron a sentirse preocupados ante la
posibilidad de que los alemanes pudieran tratar de comprar las reservas de
uranio del Congo, que por entonces era una colonia de Bélgica. Pero ¿cómo
podrían dos refugiados húngaros en Estados Unidos —se preguntaban— encontrar un
modo de advertir a los belgas? Entonces Szilárd recordó que, casualmente,
Einstein era amigo de la reina madre de aquel país.
Einstein estaba pasando el verano de 1939 en una casita alquilada situada en la
punta norte del extremo oriental de Long Island. Allí salía a navegar con su
pequeño barco Tinef, compraba sandalias en unos grandes almacenes
locales e interpretaba a Bach con el dueño de la tienda.[1258]
«Sabíamos que Einstein estaba en alguna parte de Long Island, pero no sabíamos
exactamente dónde», recordaría Szilárd. De modo que telefoneó a su despacho en
Princeton, donde le dijeron que había alquilado la casa de un tal doctor Moore
en el pueblecito de Peconic. El sábado 16 de julio de 1939 los dos científícos
emprendieron su búsqueda con Wigner al volante (ya que Szilárd, como Einstein,
no sabía conducir).
Pero cuando llegaron no supieron encontrar la casa, y nadie parecía conocer
tampoco a ningún doctor Moore. Justo cuando estaban a punto de dejarlo correr,
Szilárd vio a un muchacho parado en la cuneta.
—¿Sabes, por casualidad, dónde vive el doctor Einstein?
Como la mayoría de los habitantes del pueblo, incluidos los que no tenían ni
idea de quién era el doctor Moore, el chico lo sabía, de modo que les condujo
hasta una casita situada cerca del final de la calle Old Grove Road, donde
encontraron a Einstein sumido en sus pensamientos.[1259]
Sentados en una desnuda mesa de madera en el porche de la casita, escasamente
amueblada, Szilárd le explicó el proceso a través del cual podía producirse una
reacción en cadena explosiva en una masa de uranio estratificado con grafito
por medio de los neutrones liberados en la fisión nuclear. «¡Nunca había
pensado en ello!», exclamó Einstein. Hizo unas cuantas preguntas, revisó el
proceso durante unos quince minutos, y entonces comprendió de inmediato sus
implicaciones. En lugar de escribir a la reina madre —sugirió—, quizá fuera
mejor que escribiera a un ministro belga al que conocía.
Wigner, mostrando cierta sensibilidad a las buenas maneras, sugirió que tal vez
no fuera correcto que tres refugiados escribieran a un gobierno extranjero
sobre asuntos secretos de segundad sin consultar primero al Departamento de
Estado norteamericano. En tal caso, decidieron que probablemente el canal más
adecuado fuera una carta escrita solo por Einstein, ya que era el único de los
tres lo bastante famoso como para presentarse ante el embajador belga con una
carta anexa del Departamento de Estado. Con ese plan provisional en mente,
Einstein dictó un borrador en alemán. Wigner lo tradujo, se lo dio a
mecanografiar a su secretaria, y luego se lo envió a Szilárd.[1260]
Varios días después, un amigo organizó una entrevista de Szilárd con Alexander
Sachs, un economista que trabajaba en la empresa Lehman Brothers y que era
amigo del presidente Roosevelt. Demostrando algo más de experiencia que los
tres físicos teóricos, Sachs insistió en que la carta debía ir directamente a
la Casa Blanca, y se ofreció a entregarla personalmente.
Era la primera vez que Szilárd hablaba con Sachs, pero su audaz plan resultaba
atractivo. «Probar por esa vía no podría hacer daño alguno», le escribió a
Einstein. ¿Era mejor que hablaran por teléfono, o que se vieran en persona para
revisar la carta? Einstein le respondió que lo mejor era que volviera de nuevo
a Peconic.
En aquel momento Wigner había tenido que ir a California, de modo que Szilárd
reclutó, como chófer y compañero científico, a otro amigo del asombroso grupo
de refugiados húngaros que eran físicos teóricos, Edward Teller.[1261] «Creo que su consejo es valioso, pero también pienso que
seguramente le gustara conocerle —le decía Szilárd a Einstein—. Es
especialmente agradable».[1262] Otra ventaja añadida era que Teller tenía un buen coche,
un gran Plymouth del treinta y cinco. Así que, una vez más, Szilárd puso rumbo
a Peconic.
El científico húngaro llevaba consigo el borrador original de dos semanas
antes, pero Einstein era consciente de que ahora se trataba de redactar una
carta que resultaba mucho más trascendental que una simple petición a los
ministros belgas para que tuvieran cuidado con las exportaciones de uranio
congoleñas. El científico más famoso del mundo estaba a punto de decirle al
presidente de Estados Unidos que debía empezar a contemplar la posibilidad de
un arma de un impacto casi inimaginable, capaz de liberar toda la potencia del
átomo. «Einstein dictó una carta en alemán —recordaría Szilárd— que escribió
Teller, y yo utilicé ese texto alemán como guía para preparar dos borradores de
una carta al presidente».[1263]
Según las notas de Teller, el borrador dictado por Einstein no solo planteaba
la cuestión del uranio del Congo, sino que explicaba asimismo la posibilidad de
provocar reacciones en cadena; sugería que de ello podía derivarse un nuevo
tipo de bomba, e instaba al presidente a establecer contactos oficiales con los
físicos que trabajaban en ese campo. Luego Szilárd preparó y envió de nuevo a
Einstein una versión de 45 líneas y otra de 25, ambas con fecha 2 de agosto de
1939, «dejando que Einstein eligiera la que le gustaba más». Este firmó las dos
con un pequeño garabato, en lugar de emplear la rúbrica que utilizaba a veces.[1264]
La versión larga, que sería la que al final llegaría a manos de Roosevelt,
decía, entre otras cosas:
Señor:
Algunos trabajos recientes de E. Fermi y L. Szilard, que se me han comunicado
en un manuscrito, me llevan a esperar que el elemento uranio pueda convertirse
en una nueva e importante fuente de energía en el futuro inmediato. Ciertos
aspectos de esta situación que ha surgido parecen exigir cierta vigilancia y,
en caso necesario, una acción rápida por parte de la Administración. Creo,
pues, que es mi deber llamar su atención sobre los siguientes hechos y
recomendaciones:
… Puede resultar posible desatar una reacción nuclear en cadena en una gran
masa de uranio, mediante la cual se generarían inmensas cantidades de potencia
y grandes cantidades de nuevos elementos similares al radio. Ahora parece casi
seguro que esto puede lograrse en el futuro inmediato.
Este nuevo fenómeno llevaría también a la construcción de bombas, y resulta
concebible —aunque mucho menos seguro— que puedan construirse así una nueva
clase de bombas extremadamente potentes. Una sola bomba de este tipo,
transportada por barco y detonada en un puerto, podría muy bien destruir todo
el puerto junto con parte del territorio circundante…
En vista de esta situación, probablemente considere deseable mantener ciertos
contactos permanentes entre la Administración y el grupo de fisicos que
trabajan en Estados Unidos en el ámbito de las reacciones en cadena.
La carta terminaba con la advertencia de que era posible que los
científicos alemanes estuvieran tratando de obtener una bomba. Una vez escrita
y firmada, faltaba por determinar cuál era el mejor modo de hacerla llegar a
manos de Roosevelt. Einstein no estaba del todo seguro con respecto a Sachs, de
modo que, en su lugar, consideraron como posibles candidatos al financiero
Bernard Baruch y al presidente del Tecnológico de Massachusetts, Karl Compton.
En una propuesta algo más sorprendente, cuando Szilárd envió de nuevo la
versión mecanografiada de la carta, sugirió que utilizaran como intermediario a
Charles Lindbergh, cuyo solitario vuelo trasatlántico doce años antes le había
convertido en una celebridad. Al parecer, los tres refugiados judíos ignoraban que
el aviador había pasado un tiempo en Alemania, había sido condecorado el año
anterior por el nazi Hermann Göring con la medalla de honor de aquel país, y se
estaba convirtiendo en un aislacionista y enemigo de Roosevelt.
Einstein había tenido ocasión de hablar brevemente con Lindbergh cuatro años
antes en Nueva York, de modo que añadió una pequeña nota de introducción, que
incluyó al devolver las cartas firmadas a Szilárd. «Quisiera pedirle que me
haga el favor de recibir a mi amigo el doctor Szilárd y que reflexione
cuidadosamente sobre lo que él le dirá —le escribió Einstein a Lindbergh—. Para
alguien ajeno a la ciencia, el asunto que le planteará puede parecer
fantástico. No obstante, sin duda se convencerá de que aquí se presenta una
posibilidad que debe contemplarse cuidadosamente en interés público».[1265]
Lindbergh no respondió, de modo que el 13 de septiembre Szilárd le escribió una
carta de recordatorio, pidiéndole de nuevo una entrevista. Dos días después se
darían cuenta de lo poco acertados que habían estado cuando Lindbergh pronunció
un discurso radiado a todo el país. Se trataba de un llamamiento al
aislacionismo. «El destino de este país no requiere nuestra participación en
guerras europeas», empezaba diciendo Lindbergh. Entre líneas se detectaban
indicios de las simpatías germanófilas del aviador, e incluso de ciertas
implicaciones antisemitas en torno a la propiedad de medios de comunicación por
parte de judíos. «Debemos preguntamos quién posee e influye en el periódico, el
tabloide y la emisora de radio —decía—. Si nuestro pueblo sabe la verdad, no es
probable que nuestro país entre en guerra».[1266]
La siguiente carta de Szilárd a Einstein certificaba lo evidente: «Lindbergh no
es nuestro hombre».[1267]
Su otra esperanza era Alexander Sachs, a quien se había entregado la carta
oficial que había firmado Einstein. Aunque su enorme importancia era obvia,
Sachs no supo encontrar la oportunidad de entregarla durante casi dos meses.
Para entonces, los acontecimientos habían convertido lo que ya era una carta
importante en una urgente. A finales de agosto de 1939, los nazis y los
soviéticos asombraron al mundo al firmar un pacto de alianza bélica y al
proceder, a continuación, a repartirse Polonia. Esto predispuso a Gran Bretaña
y Francia a declarar la guerra, iniciando así la segunda guerra mundial del
siglo. Por el momento, Estados Unidos permaneció neutral, o al menos no declaró
la guerra. Pero lo que sí hizo fue iniciar su propio rearme y empezar a
desarrollar todo tipo de armamento nuevo que pudiera resultar necesario para su
futura participación en el conflicto.
Szilárd fue a ver a Sachs a finales de septiembre, y se horrorizó al descubrir
que este todavía no había logrado concertar una entrevista con Roosevelt.
«Existe una clara posibilidad de que Sachs no nos sea de ninguna utilidad —le
escribiría Szilárd a Einstein—. Wigner y yo hemos decidido darle otros diez
días de gracia».[1268] Sachs logró cumplir el plazo por los pelos. La tarde del
miércoles 11 de octubre entró en el Despacho Oval con la carta de Einstein, el
memorando de Szilárd y un resumen de ochocientas palabras que había escrito él
mismo.
El presidente le saludó con jovialidad:
—¡Alex! ¿Qué te trae por aquí?
Sachs podía ser extremadamente locuaz —lo cual bien pudiera ser el motivo por
el que le resultaba tan difícil conseguir una entrevista—, y solía dirigirse al
presidente por medio de parábolas. Esta vez fue un relato sobre un inventor que
le dijo a Napoleón que podía construirle un nuevo tipo de barco que viajaba
utilizando vapor en lugar de velas. Napoleón lo despidió tildándolo de
chiflado. Sachs reveló entonces que el visitante era Robert Fulton, y que la
moraleja era que el emperador debería haberle escuchado.[1269]
Roosevelt respondió garabateando una nota que entregó a un ayudante, el cual
salió a toda prisa y regresó al cabo de poco con una botella de un coñac
Napoleón muy viejo y raro que, según explicó el presidente, su familia guardaba
desde hacía tiempo. A continuación llenó dos vasos.
A Sachs le preocupaba la posibilidad de que, si se limitaba a dejarle los
documentos a Roosevelt, este simplemente les diera un vistazo superficial y
luego los dejara a un lado. Decidió, pues, que la única manera segura de entregárselos
era leérselos en voz alta. De modo que, de pie ante el escritorio del
presidente, leyó su resumen de la carta de Einstein, partes del memorando de
Szilárd y algunos otros párrafos de diversos documentos históricos.
—Alex, lo que buscas es asegurarte de que los nazis no nos hagan volar en
pedazos… —dijo el presidente.
—Exactamente —repuso Sachs.
Entonces Roosevelt llamó a su asistente personal.
—Esto requiere acción —declaró.[1270]
Aquella noche se hicieron planes para crear una comisión especial, coordinada
por el doctor Lyman Briggs, director de la Oficina de Pesas y Medidas, el
laboratorio de física nacional estadounidense. Esta comisión se reunió
extraoficialmente por primera vez en Washington el 21 de octubre. Einstein no
estuco presente, ni quería estado. Él no era ni un físico nuclear ni alguien
que disfrutara con la proximidad de los líderes políticos o militares. En
cambio, el trío de emigrantes húngaros —Szilárd, Wigner y Teller— sí estaban
allí para ayudar a poner en marcha los planes.
La semana siguiente, Einstein recibió una carta de agradecimiento del
presidente en términos corteses y formales. «He convocado una junta —le
comunicaba el presidente— a fin de investigar a fondo las posibilidades de su
sugerencia con respecto al elemento uranio».[1271]
Los trabajos del proyecto atómico avanzarían con lentitud. En los meses
siguientes, la Administración Roosevelt aprobó un presupuesto de solo 6. 000
dólares para experimentos con uranio y grafito. Szilárd se impacientaba. Cada
vez estaba más convencido de la viabilidad de la reacción en cadena y más
preocupado por las noticias que recibía de otros refugiados sobre las
actividades de Alemania.
De modo que en marzo de 1940 Szilárd viajó a Princeton para ver otra vez a
Einstein. Ambos redactaron otra carta para que la firmara de nuevo este último,
la cual iba dirigida a Alexander Sachs, pero con la intención de que este se la
trasladara al presidente. En ella se advertía de todos los trabajos con uranio
que, según sus informaciones, se llevaban a cabo en Berlín. Dados los progresos
que se estaban realizando a la hora de producir reacciones en cadena con enorme
potencial explosivo, la carta instaba a Roosevelt a que considerara si por
parte de Estados Unidos se estaba avanzando con la suficiente rapidez.[1272]
Roosevelt reaccionó convocando una conferencia destinada a acelerar el ritmo de
trabajo, y pidió a los oficiales que se aseguraran de que Einstein pudiera
asistir a ella. Pero este no tenía el menor deseo de implicarse más en el
asunto, y respondió diciendo que estaba resfriado —una excusa bastante cómoda—
y que su presencia en la reunión no era necesaria. En cambio, sí instaba al
grupo a que no se detuviera: «Estoy convencido de la prudencia y la urgencia de
crear unas condiciones que permitan realizar el trabajo con mayor velocidad y a
mayor escala».[1273]
Aun en el caso de que Einstein hubiera deseado participar en las reuniones, que
darían lugar al Proyecto Manhattan y al desarrollo de la bomba atómica, es
posible que no hubiera sido bienvenido. Curiosamente, el hombre que había
ayudado a poner en marcha el proyecto era considerado por algunos un riesgo
demasiado grande para la seguridad de Estados Unidos como para permitirle que
estuviera al tanto de los trabajos.
El general de brigada Sherman Miles, jefe en funciones del estado mayor del
ejército que estaba organizando la nueva comisión, envió una carta en julio de
1940 a J. Edgar Hoover, que llevaba ya dieciséis años como director del FBI y
seguiría siéndolo durante otros treinta y dos. Al dirigirse a él como «Coronel
Hoover», que era su rango militar en la Guardia Nacional, el general estaba
utilizando sutilmente la superioridad del suyo propio para controlar las
decisiones de los servicios de inteligencia. Así, Hoover se puso firme cuando
Miles le pidió un resumen de toda la información que el FBI tuviera sobre
Einstein.[1274]
En su respuesta, Hoover empezaba enviándole al general Miles la carta que había
escrito en 1932 la señora Frothingham, de la Corporación de Mujeres Patriotas,
argumentando que debía negarse a Einstein un visado y advirtiendo contra los
diversos grupos pacifistas y políticos a los que había dado su apoyo.[1275] La Oficina no hizo ningún intento de verificar o comprobar
ninguna de las acusaciones.
Hoover pasaba luego a informar de que Einstein había participado en el Congreso
Antibélico Mundial celebrado en Ámsterdam en 1932, que incluía en su comité de
organización a algunos comunistas europeos. Pero lo cierto es que precisamente
aquel fue el congreso en el que Einstein, como ya hemos visto, se había negado
específica y públicamente a participar, e incluso a apoyar. Como él mismo había
escrito a la organización: «Debido a la glorificación del régimen soviético que
incluye, no puedo prestarme a firmar». En esa misma carta, Einstein había
pasado a continuación a denunciar a Rusia, donde «parece existir una completa
supresión de la libertad individual y la libertad de expresión». Pese a ello,
Hoover insinuaba que había respaldado el congreso y que, en consecuencia, era
pro soviético.[1276]
La carta de Hoover tenía seis párrafos más donde se formulaban otras
acusaciones similares sobre toda una serie de supuestos vínculos de Einstein
con organizaciones que iban desde grupos pacifistas hasta partidarios de la
República española. También se adjuntaba 'un esbozo biográfico lleno de
información tan trivial como errónea («tiene un hijo»), amén de diversas
acusaciones. Se le calificaba de «radical extremo», cosa que no era en absoluto
cierto, y se decía que «ha contribuido a revistas comunistas», cosa que no
había hecho. El general Miles quedó tan sorprendido ante el memorando que
escribió una nota al margen advirtiendo de que «cabe la posibilidad de que se
vuelva contra nosotros» si alguna vez se filtraba.[1277]
La conclusión del anónimo esbozo biográfico era cruda: «En vista de esta
trayectoria radical, esta oficina no recomendaría el empleo del doctor Einstein
en asuntos de carácter secreto, sin realizar una investigación muy minuciosa,
ya que parece improbable que un hombre con esta trayectoria pueda, en tan corto
espacio de tiempo, convertirse en un ciudadano estadounidense leal». En un
memorando redactado al año siguiente se informaba de que la marina había
consentido en dar a Einstein una acreditación de seguridad, pero que «el
ejército no podía acreditarle».[1278]
Ciudadano Einstein
Justo cuando se tomaba aquella decisión en el ejército, Einstein estaba
haciendo algo que no había vuelto a hacer desde hacía cuarenta años, cuando
había ahorrado dinero para poder hacerse ciudadano suizo después de abandonar
Alemania. Estaba convirtiéndose, voluntaria y orgullosamente, en ciudadano
estadounidense, un proceso que había iniciado cinco años antes viajando en
barco a las Bermudas para poder volver a entrar en el país con un visado de
inmigración. Todavía conservaba su ciudadanía y su pasaporte suizos, de modo
que no tenía por qué hacerlo. Pero lo deseaba.
Hizo el examen de ciudadanía el 22 de junio de 1940 ante un juez federal, en
Trenton. Para celebrar el proceso, aceptó realizar una entrevista en la radio
en el marco del programa Soy estadounidense del servicio de
inmigración. El juez mandó servir algo de comida y permitió que los de la radio
se instalaran en su despacho para facilitar el proceso a Einstein.[1279]
Fue aquel un día estimulante, en parte debido a que Einstein mostró exactamente
la clase de ciudadano sin pelos en la lengua que iba a ser. En la charla
radiofónica sostuvo que, para evitar guerras en el futuro, los diversos países
habían de ceder parte de su soberanía a una federación internacional de
naciones armada. «Una organización mundial no puede asegurar la paz de manera
eficaz a menos que tenga íntegramente el control sobre la potencia militar de
sus miembros», declaró.[1280]
Einstein pasó el examen, y el primero de octubre se le tomó juramento, junto
con su hijastra Margot, su ayudante Helen Dukas y otros ochenta y seis
ciudadanos más. Después hizo un elogio de Estados Unidos ante los periodistas
que cubrían la noticia de su naturalización. Ese país —dijo— demostraría que la
democracia no era solo una forma de gobierno, sino «un modo de vida vinculado a
una gran tradición, la tradición de la fortaleza moral». Al preguntarle si
renunciaría a otras lealtades, declaró alegremente que en caso necesario
«renunciaría incluso a mi querido barco de vela».[1281] Sin embargo, no era en absoluto necesario, que renunciara
a su ciudadanía suiza; y Einstein no lo hizo.
Cuando había llegado por primera vez a Princeton, se había sentido impresionado
por el hecho de que Estados Unidos fuera, o al menos pudiera ser, una tierra
libre de las rígidas jerarquías de clase y del servilismo que imperaban en
Europa. Pero lo que más llegaría a impresionarle —y lo que haría de él
fundamentalmente un ciudadano estadounidense tan bueno como polémico— sería la
tolerancia de ese país ante la libertad de pensamiento, la libertad de
expresión y las creencias inconformistas. Esa había sido la piedra de toque de
su ciencia, y ahora lo sería de su ciudadanía.
Einstein había renunciado a la Alemania nazi con su declaración pública de que
no viviría en un país en el que se negara a la gente la libertad de tener y
expresar sus propias ideas. «En aquel momento no sabía aún lo acertado de mi
decisión de elegir Estados, Unidos como ese lugar —escribiría en un ensayo
inédito que redactó justo después de adquirir la ciudadanía—. Por todas partes
oigo a hombres y mujeres expresar su opinión sobre candidatos a cargos y
cuestiones cotidianas sin temor a las consecuencias».
La belleza de Estados Unidos —decía— residía en el hecho de que existiera esa
tolerancia ante las ideas de cada persona sin «la fuerza bruta y el temor» que
habían surgido en Europa. «Por lo que he visto de los estadounidenses, creo que
para ellos no merece la pena vivir sin esa libertad para expresarse».[1282] El profundo aprecio de Einstein por ese valor fundamental
de la sociedad estadounidense ayudaría a explicar la ira y la disensión que el
científico manifestaría públicamente cuando unos años más tarde, durante la era
McCarthy, el país se sumiera en un período marcado por la intimidación de
quienes ostentaban puntos de vista impopulares.
Más de dos años después de que Einstein y sus colegas hubieran instado a que se
prestara atención a la posibilidad de construir armas atómicas, Estados Unidos
puso en marcha el supersecreto Proyecto Manhattan. Aquello ocurría el 6 de
diciembre de 1941, que resultaría ser, en una especie de premonición, el día
antes de que los japoneses lanzaran el ataque sobre Pearl Harbor que
precipitaría al país a la guerra.
Dado que había tantos colegas fisicos, como Wigner, Szilárd, Oppenheimer y
Teller, que habían pasado a trabajar en lugares recónditos del país, Einstein
había llegado a la conclusión de que el proceso de fabricación de
la bomba que él había recomendado avanzaba ahora con mayor urgencia. No
obstante, a él no se le había invitado a unirse al proyecto, ni tampoco se le
había informado oficialmente sobre él.
Había muchas razones por las que no se había convocado a Einstein en secreto a
lugares tales como Los Álamos o como Oak Ridge. Él no era físico nuclear, ni un
experto en la práctica de los temas físicos en cuestión. Además, y como ya
hemos señalado, algunos le consideraban un riesgo para la seguridad del país. Y
a pesar de que había dejado a un lado sus sentimientos pacifistas, tampoco
había expresado el menor deseo o formulado petición alguna de incorporarse a la
empresa.
Pese a todo ello, en diciembre se le ofreció una pequeña posibilidad de
participar. Vannevar Bush, director de la Oficina de Investigación y Desarrollo
Científico, que era la que supervisaba el Proyecto Manhattan, se puso en
contacto con Einstein a través del hombre que había sucedido a Flexner como
director del Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, Frank Aydelotte,
pidiéndole su ayuda para resolver un problema relacionado con la separación de
isótopos que compartían rasgos químicos. Einstein accedió encantado. Basándose
en sus antiguos conocimientos sobre osmosis y difusión, ideó un proceso de
difusión gaseosa en el que el uranio se convertía en gas y era obligado a pasar
a través de una serie de filtros. Para preservar el secretismo, ni siquiera se
permitió que Helen Dukas ni ninguna otra persona mecanografiara su trabajo, de
modo que lo envió escrito directamente con su más cuidada caligrafía.
«Einstein se mostró muy interesado en Su problema, ha trabajado en él durante
un par de días y ha dado con la solución, que aquí le adjunto —escribiría
Aydelotte a Bush—. Einstein me pide que le diga que si hay otros ángulos del
problema que quiera desarrollar, o si desea que se amplíe alguna parte de él,
no tiene más que hacérselo saber y él hará todo lo que esté en su mano. Espero
y deseo que cuente con él en cualquier aspecto que se le ocurra, puesto que sé
cuán profunda es su satisfacción a la hora de hacer cualquier cosa que pueda
resultar útil en el esfuerzo nacional». Como posdata, Aydelotte añadía: «Confío
en que pueda leer el manuscrito».[1283]
Los científicos que recibieron el trabajo de Einstein quedaron impresionados,
lo que hicieron saber a Vannevar Bush. Pero para que Einstein pudiera resultar
más útil —le dijeron—, se le debía proporcionar más información acerca de cómo
encajaba la separación de isótopos con otras partes del proceso de construcción
de la bomba.
Bush se negó. Sabía que Einstein tendría problemas para conseguir una
acreditación de seguridad. «No creo que deba confiarle el asunto hasta el punto
de mostrarle dónde encaja esto exactamente en el marco de la defensa —le
escribió Bush a Aydelotte—. Me gustaría mucho poder exponerle el asunto y
confiárselo plenamente, pero eso resulta del todo imposible en vista de la
actitud de la gente que aquí en Washington ha estudiado todo su historial».[1284]
Más tarde, durante la guerra, Einstein ayudaría en asuntos menos secretos. Un
teniente de la marina fue a verle al Instituto para recabar su colaboración en
el análisis de potenciales de artillería. Einstein se mostró entusiasmado, ya
que —como señalaría Aydelotte— se había sentido olvidado desde su breve trabajo
sobre los isótopos de uranio. Entre las cuestiones que exploraría Einstein como
parte del acuerdo de consulta, por el que cobraría 25 dólares diarios, habría
asuntos tales como las diversas formas de diseñar el emplazamiento de minas
marinas en los puertos japoneses, al tiempo que su amigo el físico George
Garnow recabaría su opinión sobre toda una serie de temas. «Estoy en la marina,
pero no me han obligado a hacerme un corte de pelo militar», bromearía Einstein
con sus colegas, a los que probablemente no resultaría nada fácil imaginárselo
con el cráneo rapado al cero.[1285]
Einstein también ayudó al esfuerzo bélico donando un manuscrito de su artículo
sobre la relatividad especial para que se subastara de cara a la emisión de
bonos de guerra. No era esta la versión original, que Einstein había tirado
tras su publicación en 1905 ignorando que algún día valdría millones. Para
recrear el manuscrito, había hecho que Helene Dukas le leyera el artículo en
voz alta mientras él lo copiaba de nuevo palabra por palabra. «¿Seguro que dice
eso?», protestó en un momento dado. Cuando Dukas le aseguró que así era,
Einstein se lamentó: «¡Podría haberlo dicho de manera mucho más sencilla!».
Cuando se enteró de que el manuscrito, acompañado de otro, se había vendido por
11. 500. 000 dólares, declaró que «los economistas tendrán que revisar sus
teorías del valor».[1286]
Temores atómicos
El físico Otto Stern, que era uno de los amigos de Einstein desde los días en
que ambos coincidieran en Praga, había estado trabajando en secreto en el
Proyecto Manhattan, principalmente en Chicago, y a finales de 1944 estaba ya
convencido de que tendría éxito. Aquel diciembre hizo un viaje a Princeton. Lo
que le contó entonces a Einstein le causó un gran disgusto. Se llegara a
emplear o no la bomba en el actual conflicto, esta cambiaría para siempre la
naturaleza de la guerra y la paz. Stern y él coincidieron en que los
responsables políticos no pensaban en eso, y había que alentarles a hacerlo
antes de que fuera demasiado tarde.
De modo que Einstein decidió escribir a Niels Bohr. Ambos habían batallado en
tomo a la mecánica cuántica, pero Einstein confiaba en su capacidad de juicio
en otras cuestiones más mundanas, y además era una de las pocas personas que
sabían que Bohr, que era medio judío, vivía secretamente en Estados Unidos.
Cuando los nazis invadieron Dinamarca, él había realizado una arriesgada huida
navegando en un pequeño barco junto con su hijo hasta llegar a Suecia. Desde
allí se le había facilitado la huida a Gran Bretaña, se le había dado un
pasaporte falso con el nombre de John Baker, y luego se le había enviado a
Estados Unidos para que se incorporara al Proyecto Manhattan en Los Álamos.
Einstein escribió a Bohr, empleando su verdadero nombre y enviando la carta a
la embajada danesa en Washington, y de algún modo la misiva llegó a sus manos.
En ella Einstein describía su preocupante conversación con Stem acerca de lo
poco que se pensaba en él modo de controlar las armas atómicas en el futuro.
«Los políticos no aprecian las posibilidades y, en consecuencia, no conocen el
alcance de la amenaza», escribió. Una vez más, argumentaba que haría falta un
gobierno mundial dotado de suficiente poder para evitar una carrera
armamentística una vez llegara la nueva era de las armas atómicas. «Los
científicos que saben cómo hacerse oír por parte de los líderes políticos
—instaba Einstein— deberían presionar a los de sus países a fin de lograr una
internacionalización de la fuerza militar».[1287]
Así empezaría la que sería la misión política que dominaría la última década de
la vida de Einstein. Desde sus días de adolescente en Alemania había sentido
repulsa por el nacionalismo, y durante mucho tiempo había afirmado que el mejor
modo de evitar las guerras era crear una autoridad mundial que tuviera el
derecho de resolver las disputas y la fuerza militar necesaria para imponer sus
resoluciones. Ahora, con la inminente aparición de un armamento tan formidable
que poda transformar tanto la guerra como la paz, Einstein consideraba que
aquel planteamiento ya no era solo un ideal, sino también una necesidad.
Bohr se sintió desconcertado por la carta de Einstein, pero no por la razón que
este habría podido esperar. El danés compartía su deseo de internacionalización
del armamento atómico, y había defendido aquel mismo planteamiento en reuniones
con Churchill, y luego con Roosevelt, a principios de aquel mismo año. Pero en
lugar de persuadirles, lo único que había hecho había sido predisponer a los
dos líderes a promulgar una orden dirigida a los servicios secretos
estadounidenses señalando que «habría que hacer investigaciones con respecto a
las actividades del profesor Bohr y dar los pasos necesarios para asegurarse de
que no es responsable de ninguna filtración de información, en especial a los
rusos».[1288]
De modo que, tras recibir la carta de Einstein, Bohr se dirigió a Princeton a
toda prisa. Deseaba proteger a su amigo advirtiéndole de que fuera prudente, y
confiaba asimismo en restaurar su propia reputación comunicando la opinión de
Einstein a los funcionarios del gobierno.
Durante su charla privada en la casa de Mercer Street, Bohr le dijo a Einstein
que se producirían «las más deplorables consecuencias» si alguien que conocía
el desarrollo de la bomba compartía aquella información. Los estadistas responsables
en Washington y en Londres —le aseguró Bohr— eran conscientes de la amenaza
causada por la bomba, así como de «la oportunidad única para fomentar una
relación armoniosa entre las naciones».
Einstein se dejó convencer, y prometió que se abstendría de compartir cualquier
información que hubiera deducido, y que instaría a sus amigos a no hacer nada
que pudiera complicar la política exterior estadounidense o británica. Y de
inmediato empezó a cumplir su promesa escribiendo una carta a Stern que para
Einstein resultaba especialmente remarcable en su prudencia. «Tengo la
impresión de que uno debe esforzarse seriamente en ser responsable, que por
ahora es mejor no hablar del asunto, y que no ayudaría en nada, en el momento
actual, divulgarlo públicamente», decía, teniendo buen cuidado de no revelar
nada, ni siquiera que se había reunido con Bohr. «Es difícil para mí hablar de
una forma tan difusa, pero por el momento no puedo hacer otra cosa».[1289]
La única intervención de Einstein antes del final de la guerra fue propiciada
nuevamente por Szilárd, que fue a verle en marzo de 1945 y le expresó su
inquietud acerca del modo en que podría emplearse la bomba. Estaba claro que
Alemania, ahora a solo unas semanas de la derrota, no estaba fabricando ninguna
bomba. Entonces, ¿a qué se debía la prisa de los estadounidenses por terminar
de construir una? ¿Y no deberían pensárselo dos veces los responsables
políticos a la hora de usarla contra Japón cuando ello podía no ser necesario
para obtener la victoria?
Einstein aceptó escribir otra carta al presidente Roosevelt instándole a que se
reuniera con Szilárd y otros científicos afectados, pero a la vez haciendo un
esfuerzo por fingir ignorancia. «Yo no conozco la sustancia de las
consideraciones y recomendaciones que el doctor Szilárd se propone exponerle
—escribió Einstein—. Los términos de confidencialidad en los que trabaja el
doctor Szilárd actualmente no le permiten darme información sobre su trabajo;
sin embargo, comprendo que en este momento está muy preocupado por la falta del
suficiente contacto entre los científicos que están realizando ese trabajo y
los miembros de su gabinete responsables de las decisiones políticas».[1290]
Roosevelt jamás llegó a leer la carta. Tras su muerte, el 12 de abril, esta se
encontró en su despacho y se le entregó a Harry Truman, quien a su vez se la
entregó a su recién nombrado secretario de Estado, James Byrnes. El resultado
fue una reunión de Szilárd y Byrnes en Carolina del Sur, pero este no se
conmovió en lo más mínimo.
La bomba atómica se lanzó, sin suscitar apenas debate en las altas instancias,
el 6 de agosto de 1945 sobre la ciudad de Hiroshima. Einstein se hallaba en ese
momento en la casita que había alquilado aquel verano en la población de
Saranac Lake, al pie de los montes Adirondack, echando una siesta. Helen Dukas
le dio la noticia cuando bajó a tomar el té.
—¡Dios mío! —fue todo lo que dijo.[1291]
Tres días después se volvió a utilizar la bomba, esta vez sobre Nagasaki. Al
día siguiente, los funcionarios de Washington publicaron una larga historia,
redactada por el profesor de física de Princeton Henry DeWolf Smyth, sobre el
desarrollo secreto de la bomba. El informe de Smyth, para disgusto de Einstein,
atribuía un gran peso histórico en el inicio del proyecto a la carta que él
había escrito a Roosevelt en 1939.
Entre la influencia atribuida a aquella carta y la subyacente relación entre
energía y masa que él había formulado cuarenta años antes, Einstein pasaría a
asociarse en el imaginario popular a la fabricación de la bomba atómica, a
pesar de que en realidad su participación fue completamente marginal. La
revista Time lo sacó en su portada con un retrato en el que
asomaba un hongo atómico elevándose por detrás de él, que llevaba superpuesta
la fórmula E = mc2. En un reportaje que había sido
supervisado por un redactor llamado Whittaker Chambers, la revista señalaba,
con su típico estilo de aquella época:
A través de las incomparables explosiones y llamaradas que
seguirán, surgirán apenas discernibles, para quienes estén interesados en la
relación causa-efecto de la historia, los rasgos de un hombre pequeño, tímido e
infantil, casi santo, con los ojos marrón claro, las líneas faciales caídas de
un sabueso hastiado, y el cabello tomo una aurora boreal… Albert Einstein no
trabajó directamente en la bomba atómica. Pero Einstein fue el padre de la
bomba en dos importantes aspectos: 1) fue su iniciativa la que puso en marcha
las investigaciones de la bomba estadounidense; 2) fue su ecuación (E = mc2)
la que hizo la bomba atómica teóricamente posible.[1292]
Era aquella una percepción que acosaría a Einstein. Cuando Newsweek le
sacó también en portada, con un titular que rezaba «El hombre que lo empezó
todo», Einstein ofreció un memorable lamento: «De haber sabido que los alemanes
no conseguirían fabricar la bomba atómica —dijo—, no habría movido un solo
dedo».[1293]
Obviamente, ni él, ni Szilárd ni ninguno de sus amigos relacionados con el
proyecto de construcción de la bomba, muchos de ellos refugiados de los
horrores de Hitler, podían saber que los brillantes científicos que habían
dejado atrás en Berlín, como Heisenberg, serían incapaces de descubrir el
secreto. «Quizá se me pueda perdonar —diría Einstein unos meses antes de su
muerte, en una conversación con Linus Pauling—, puesto que todos creíamos que
existía una elevada probabilidad de que los alemanes estuvieran trabajando en
ese problema y de que pudieran tener éxito, emplear la bomba atómica y
convertirse en la raza dominante».[1294]
Capítulo 22
Un solo mundo
1945-1948
Retrato de Einstein por Philippe Halsman, 1947.
Contenido:
·
El control del armamento
·
Rusia
·
Los archivos del FBI
·
Resistencia pasiva
El control de armamento
Durante unas semanas después del lanzamiento de la bomba atómica, Einstein se
mostró inusualmente reservado. Evitaba a los periodistas que llamaban a su
puerta en la casita de Saranac Lake, e incluso se negó a hacer una declaración
a su vecino de veraneo Arthur Hays Sulzberger, editor del New York
Times, cuando este se lo pidió.[1295]
Solo a mediados de septiembre, cuando ya estaba a punto de dejar la casa
alquilada durante el verano y más de un mes después de que se lanzaran las dos
bombas, Einstein aceptó hablar del asunto con un reportero de una agencia de
noticias que fue a verle. El aspecto que más subrayó fue que la bomba reforzaba
aún más su creencia, sustentada desde hacía largo tiempo, en un federalismo
mundial. «La única salvación de la civilización y de la raza humana reside en
la creación de un gobierno mundial —declaró—. Mientras los estados soberanos
continúen teniendo armamento, y armamento secretos, serán inevitables nuevas
guerras mundiales».[1296]
Para Einstein, la política mundial era como la ciencia, aspiraba a encontrar un
conjunto de principios unificadores que crearan el orden a partir de la
anarquía. Un sistema basado en naciones soberanas con sus propias fuerzas
militares, ideologías divergentes e intereses nacionales en conflicto
produciría inevitablemente más guerras. De modo que él contemplaba la
existencia de una autoridad mundial como algo más realista que idealista, como
algo práctico antes que ingenuo.
Durante los años de guerra se había mostrado prudente, ya que él era un
refugiado en un país que empleaba su potencia militar con fines nobles, y no de
carácter nacionalista. Pero el final de la guerra cambió las cosas. Y también
lo hizo el lanzamiento de las bombas atómicas. El aumento de la capacidad
destructora de las armas ofensivas generaba un incremento proporcional de la
necesidad de encontrar una estructura mundial que garantizara la seguridad.
Para Einstein, había llegado el momento de volver a manifestarse pública y
abiertamente.
Durante los diez años restantes de su vida, su pasión por defender una
estructura de gobierno unificada para todo el globo rivalizaría con la de
hallar una teoría del campo unificado capaz de gobernar todas las fuerzas de la
naturaleza. Aunque diferentes en casi todos los aspectos, ambas tentativas
reflejarían su percepción de un orden trascendente. Asimismo, ambas
manifestarían la predisposición de Einstein a ser un inconformista, a adoptar
una serena postura de desafío frente a las actitudes predominantes.
Él mes siguiente del lanzamiento de las dos bombas, un grupo de científicos
firmaron una declaración instando a que se creara un consejo de naciones que
controlara el armamento atómico. Einstein respondió con una carta a J. Robert
Oppenheimer, que con tanto éxito había dirigido el proyecto científico de Los
Álamos. Compartía los sentimientos que inspiraban la declaración —decía—, pero
criticaba las recomendaciones políticas como «obviamente insuficientes», puesto
que mantenían a las naciones soberanas como poderes últimos. «Resulta
impensable que podamos tener paz sin una auténtica organización gubernamental
que cree e imponga la ley a los individuos en sus relaciones internacionales».
Oppenheimer señaló cortésmente que «las declaraciones que usted me atribuye no
son mías», sino que las había escrito otro grupo de científicos. Pese a ello,
cuestionaba los argumentos de Einstein en favor de un gobierno mundial de pleno
derecho: «La historia de esta nación durante la guerra de Secesión muestra lo
difícil que puede ser el establecimiento de un gobierno federal cuando existen
diferencias profundas en los valores de las sociedades que este pretende
integrar».[1297] Oppenheimer se convertiría, pues, en el primero de los
numerosos realistas que en la posguerra menospreciarían a Einstein por ser
supuestamente demasiado idealista. Obviamente se podría tumbar su argumento
señalando que la guerra de Secesión estadounidense demostró de manera espantosa
el peligro de no tener una autoridad federal segura, en lugar de una soberanía
militar de cada estado, cuando hay diferencias de valores entre los estados
miembros.
Lo que Einstein imaginaba era un «gobierno» o «autoridad» mundial que tuviera
el monopolio de la fuerza militar. Él lo calificaba de entidad «supranacional»,
en lugar de «internacional», porque existiría por encima de sus países miembros
antes que como mero mediador entre naciones soberanas.[1298] Para Einstein, la Organización de las Naciones Unidas,
fundada en octubre de 1945, no cumplía ni de lejos tales criterios.
Durante los meses siguientes, Einstein dio cuerpo a sus propuestas en una serie
de ensayos y entrevistas. El más importante surgió de un intercambio de cartas
de adhesión que mantuvo con Raymond Gram Swing, un comentarista de la emisora
de radio ABC. Einstein invitó a Swing a que fuera a verle a Princeton, y el
resultado de su colaboración —como él mismo diría— sería un artículo publicado
en el número de noviembre de 1945 de la revista Atlantic y
titulado «Guerra atómica o paz».[1299]
Las tres grandes potencias —Estados Unidos, Gran Bretaña y Rusia— debían de
establecer conjuntamente el nuevo gobierno mundial, decía Einstein en el
artículo; y luego invitar a otros países a unirse a ellos. Empleando una
expresión algo equívoca que formaba parte del debate popular de la época,
afirmaba que Washington había de entregar «el secreto de la bomba» a esa nueva
organización.[1300] En su opinión, la única forma realmente eficaz de
controlar las armas atómicas era ceder el monopolio de la fuerza militar a un
gobierno mundial.
Por entonces, a finales de 1945, se había iniciado ya la Guerra Fría. Estados
Unidos y Gran Bretaña habían empezado a chocar con Rusia por la imposición de
regímenes comunistas en Polonia y otras zonas de la Europa del Este ocupadas
por el Ejército Rojo. Por su parte, Rusia trataba celosamente de crear un
perímetro de seguridad y reaccionaba de forma paranoide ante cualquier cosa que
percibiera como un intento de interferir en sus asuntos internos, lo que hada a
sus líderes especialmente reacios a la posibilidad de ceder soberanía a una
autoridad mundial.
En consecuencia, Einstein trataba de dejar claro que el gobierno mundial que él
propugnaba no trataría de imponer en todas partes una democracia liberal de
estilo occidental. Él defendía una asamblea legislativa mundial que fuera
elegida directamente por la población de cada país miembro, en votación
secreta, en lugar de ser nombrada por los gobernantes de cada país. Sin
embargo, «no sería necesario cambiar la estructura interna de las tres grandes
potencias —añadía para tranquilizar a Rusia—. La pertenencia a un sistema de
seguridad supranacional no debería basarse en ninguna pauta democrática
arbitraría».
Una cuestión que Einstein no podía resolver del todo era la del derecho que
tendría ese gobierno mundial a intervenir en los asuntos internos de los
diversos países. Para él habría de poder «interferir en los países donde una
minoría está oprimiendo a una mayoría», afirmaba, citando como ejemplo el caso
de España. Pero eso le obligaba a hacer malabarismos a la hora de aplicar esa
misma pauta a Rusia. «Hay que tener en cuenta que el pueblo de Rusia no cuenta
con una larga tradición de educación política —razonaba—. Los cambios
destinados a mejorar las condiciones de Rusia los había de realizar una
minoría, ya que no existía una mayoría capaz de hacerlo».
Los esfuerzos de Einstein por evitar guerras futuras venían motivados no solo
por sus antiguas creencias pacifistas, sino también —admitía— por su
sentimiento de culpa con respecto al papel que había desempeñado a la hora de
alentar el proyecto de la bomba atómica. En una cena celebrada en Manhattan y
organizada por el comité del premio Nobel en diciembre, Einstein señaló que
Alfred Nobel, inventor de la dinamita, había creado el galardón para «expiar el
hecho de haber inventado el explosivo más potente jamás conocido hasta
entonces». Él se hallaba en una situación pareada. «Hoy, los fisicos que
participaron en la forja del arma más formidable y peligrosa de todos los
tiempos se sienten acosados por un sentimiento parecido de responsabilidad, por
no decir de culpa», declararía.[1301]
Dichos sentimientos llevarían a Einstein, en mayo de 1946, a asumir el papel
público más prominente de toda su carrera; se convirtió en el presidente del
recién formado Comité de Emergencia de Científicos Atómicos, dedicado a
fomentar el control de las armas nucleares y el gobierno mundial. «La potencia
desatada por el átomo lo ha cambiado todo, salvo nuestra manera de pensar
—escribió Einstein aquel mismo mes en un telegrama destinado a recaudar
fondos—, y de ese modo nos dirigimos hacia una catástrofe sin precedentes».[1302]
Leó Szilárd actuaba como director ejecutivo y hacía casi todo el trabajo de
organización. Pero Einstein, que ejercería el caigo hasta finales de 1948, daba
conferencias, presidía reuniones y se tomaba muy en serio su papel. «Nuestra
generación ha traído al mundo la fuerza más revolucionaria desde el
descubrimiento del friego por parte del hombre prehistórico —diría—. Este poder
básico del universo no puede encajarse en el obsoleto concepto de los estrechos
nacionalismos».[1303]
La Administración Traman propuso diversos planes para el control internacional
de la potencia atómica, pero ninguna de ellas, intencionadamente o no, logró
contar con el apoyo de Moscú. Como resultado de ello, la batalla por encontrar
el mejor planteamiento creó rápidamente una división política.
En un lado estaban quienes celebraban el éxito de Estados Unidos y Gran Bretaña
al haber ganado la carrera para desarrollar tales armas. Veían la bomba como
una garantía de las libertades de Occidente, y advertían que se debía guardar
lo que ellos calificaban de «el secreto». En el otro estaban los partidarios
del control de armas, como Einstein. «El secreto de la bomba atómica es para
Estados Unidos lo que la línea Maginot era para Francia antes de 1939 —declararía
a Newsweek—. Nos da una seguridad imaginaria, y en ese sentido
representa un gran peligro».[1304]
Einstein y sus amigos eran conscientes de que la batalla por la opinión pública
había de librarse no solo en Washington, sino también en el ámbito de la
cultura popular. Ello conduciría a un divertido —e históricamente ilustrativo—
enredo que en 1946 les enfrentaría a Louis B. Mayer y una camarilla de
fervientes cineastas de Hollywood.
El asunto empezó cuando un guionista de la Metro-Goldwyn-Mayer llamado Sam Marx
le preguntó a Einstein si podía ir a verle a Princeton al objeto de recabar su
cooperación para un docudrama sobre la fabricación de la bomba. Einstein le
hizo saber que no tenía el menor deseo de colaborar. Unas semanas después
recibió una angustiada carta de un funcionario de la Asociación de Científicos
del Proyecto Manhattan, en la que se decía que la película parecía estar
tomando un cariz bastante pro militar, celebrando la creación de la bomba y la
seguridad que ello daba a Estados Unidos. «Sé que no querrá prestar su nombre a
una descripción que tergiversa las implicaciones militares y políticas de la
bomba —decía la carta—. Espero que considere apropiado condicionar el uso de su
nombre a su aprobación personal del guión».[1305]
La semana siguiente, Szilárd fue a ver a Einstein para hablarle del asunto, y
pronto un grupo de físicos amantes de la paz le bombardeaban con sus
preocupaciones. De modo que Einstein leyó el guión y aceptó unirse a la campaña
para impedir la película. «La presentación de los hechos resultaba tan
absolutamente engañosa que he declinado cualquier cooperación o permiso para
utilizar mi nombre», declaraba.
Asimismo, Einstein envió una mordaz misiva a Mayer donde atacaba la película
propuesta, y por si eso fuera poco, también el talante de otras anteriores que
había hecho el afamado magnate. «Aunque no soy demasiado aficionado al cine, sé
por el contenido de anteriores filmes que han salido de su estudio que
entenderá mis razones —escribió—. Considero que todo el filme está escrito
excesivamente desde el punto de vista del ejército y del jefe militar del
proyecto, cuya influencia no fue siempre en la dirección que uno habría deseado
desde el punto de vista de la humanidad».[1306]
Mayer hizo llegar la carta de Einstein al editor jefe de la película, que
respondió con un memorando que Mayer envió a su vez a Einstein. El presidente
Truman —decía— «era el más ansioso por que se hiciera la película», y había
leído y aprobado personalmente el guión, un argumento que no era probable que
tranquilizara al científico. «Como ciudadanos estadounidenses, estamos
obligados a respetar el punto de vista de nuestro gobierno». Tampoco ese era el
mejor argumento que se podía emplear con Einstein. Luego venía otro argumento
todavía menos persuasivo: «Hay que tener en cuenta que la verdad dramática es
para nosotros un requisito tan obligado como lo es la verdad auténtica para un
científico».
El memorando concluía prometiendo que las cuestiones morales suscitadas por los
científicos se darían a conocer adecuadamente por medio del personaje de un
joven científico ficticio, que interpretaría un actor llamado Tom Drake. «Hemos
seleccionado entre nuestros jóvenes intérpretes masculino al que mejor tipifica
la seriedad y la calidad espiritual —decía el texto de manera tranquilizadora—.
Baste recordar su interpretación en Los verdes años».[1307]
Nada de esto hizo cambiar de opinión a Einstein, lo cual no resulta
sorprendente. Cuando Sam Marx, el guionista, le escribió rogándole que cambiara
de actitud y permitiera que se le representara en el filme, Einstein replicó
con sequedad: «Ya he explicado mi punto de vista en una carta al señor Louis
Mayer». Marx insistió: «Cuando se realice la película, el público sentirá la
mayor de las simpatías hacia el joven científico». Y más tarde, aquel mismo
día: «He aquí un guión nuevo y revisado».[1308]
El final de todo aquello no resultaba demasiado difícil de predecir. El nuevo
guión resultaba más complaciente con los científicos, y, por otra parte, estos
no eran inmunes al atractivo de verse glorificados en la gran pantalla. Szilárd
le envió a Einstein un telegrama que decía: «He recibido nuevo guión de MGM y
he escrito diciendo que no tengo objeción en que se use mi nombre». Einstein
cedió. «De acuerdo con el uso de mi nombre respecto al nuevo guión», garabateó
en inglés en el dorso del telegrama. El único cambio que pidió Einstein fue en
la escena donde Szilárd, en 1939, iba a verle a Long Island; el guión decía que
entonces Szilárd todavía no había hablado con Roosevelt, pero lo cierto era que
sí había hablado ya con él.[1309]
Principio o fin, que así se llamada la película, se estrenó con una
buena crítica en febrero de 1947. «Un relato sobrio e inteligente del
desarrollo y el lanzamiento de la bomba atómica —declaraba Bosley Crowther en
el New York Times—, agradablemente desprovisto de propaganda». El
personaje de Einstein lo interpretaba un actor de carácter llamado Ludwig
Stossel, que había tenido un pequeño papel en Casablanca interpretando
a un judío alemán que trataba de llegar a Estados Unidos, y que más tarde, en
la década de 1960, tendría un destello dé fama gracias a unos anuncios de vino
donde pronunciaría el eslogan: «Ese viejo vinatero que soy yo».[1310]
Los esfuerzos de Einstein en favor del control del armamento y su defensa de un
gobierno mundial a finales de la década de 1940 le valdrían los calificativos
de cabeza loca e ingenuo. Puede que sus cabellos le hicieran parecer un poco
«cabeza loca», pero ¿realmente se le podía tildar de ingenuo?
La mayoría de los funcionarios de la Administración Truman así lo creían,
incluso los que trabajaban en favor del control de armas. William Golden era un
ejemplo de ello. Era un miembro de la Comisión de Energía Atómica que estaba
preparando un informe para el secretario de Estado George Marshall, y debido a
ello, fue a Princeton para consultar con Einstein. Según le dijo, Washington
tenía que esforzarse más en convencer a Moscú de que apoyara un plan de control
de armamento. Golden pensó que Einstein le hablaba «con una esperanza de
salvación casi infantil y sin que parezca que haya pensado en los detalles de
su solución». Así que informó a Marshall: «Fue sorprendente, aunque quizá no
debería haberlo sido, que, dejando aparte su dominio de las matemáticas,
pareciera tan ingenuo en el ámbito de la política internacional. El hombre que
popularizó el concepto de una cuarta dimensión solo podía pensar en dos de
ellas en sus consideraciones sobre el Gobierno Mundial».[1311]
Si era cierto que Einstein tenía algo de ingenuo, ello no se debía ciertamente
a que albergara una opinión benigna de la naturaleza humana; habiendo vivido en
Alemania en la primera mitad del siglo XX, tal cosa resultaba muy improbable.
Cuando el afamado fotógrafo Philippe Halsman, que había escapado a los nazis
con la ayuda de Einstein, le pidió si creía que alguna vez habría una paz
duradera, Einstein le respondió: «No; mientras exista el hombre, existirá la
guerra». En aquel momento Halsman disparó su cámara y captó la triste y sagaz
mirada de Einstein en el que se convertiría en un famoso retrato (reproducido
al principio de este capítulo).[1312]
La defensa de Einstein de una autoridad mundial dotada del suficiente poder no
se basaba en sentimientos empalagosos, sino en su cruda valoración de la
naturaleza humana. «Si la idea de un gobierno mundial no es realista —diría en
1948—, entonces solo hay una visión realista de nuestro futuro: la destrucción
en masa del hombre por el hombre».[1313]
Como algunos de sus avances científícos, el planteamiento de Einstein implicaba
el abandono de una serie de arraigados presupuestos que otros consideraban
verdades inamovibles. La soberanía nacional y la autonomía militar habían sido
un pilar fundamental del orden mundial durante siglos, del mismo modo que el
tiempo y el espacio absolutos lo habían sido del orden cósmico. Propugnar que
tal planteamiento trascendiera constituía una idea radical, el producto de un
pensador inconformista. Pero como muchas de las ideas de Einstein, que al
principio parecieron tan radicales, de haberse aceptado, sin duda lo habría
parecido menos.
El federalismo mundial que propugnó Einstein —y, de hecho, muchos líderes
políticos tan sobrios como consolidados— durante los primeros años del
monopolio atómico estadounidense no resultaba en absoluto impensable. Si en
algo pecó de ingenuo, fue en el hecho de presentar su idea de una manera
sencilla y no considerar las complejas soluciones de compromiso que entrañaba.
Los físicos no están acostumbrados a recortar ni a dar soluciones de compromiso
a sus ecuaciones a fin de que estas se acepten. Por eso no suelen ser buenos
políticos.
A finales de la década de 1940, cuando empezaba a evidenciarse que el esfuerzo
por controlar el armamento nuclear fracasaría, le preguntaron a Einstein cómo
iba a ser la próxima guerra. «No sé cómo se librará la tercera guerra mundial
—respondería, en una frase que se haría célebre—, pero si puedo decirle lo que
se usará en la cuarta: piedras».[1314]
Rusia
Quienes deseaban el control internacional de la bomba se enfrentaban a un gran
problema: cómo tratar con Rusia. Un creciente número de estadounidenses, al
igual que sus líderes electos, habían llegado a ver a los comunistas de Moscú
como peligrosos expansionistas y mentirosos. Los rusos, por su parte, no
parecían muy interesados en el control de armas ni en un gobierno mundial.
Tenían temores profundamente arraigados en tomo a su seguridad, el deseo de
tener su propia bomba, y unos líderes que retrocedían ante el menor indicio de
injerencia exterior en los asuntos internos de su país.
La actitud de Einstein frente a Rusia revelaba su característico inconformismo.
Él no se lanzó, cómo muchos otros hicieron, a glorificar a los rusos cuando
estos pasaron a convertirse en aliados de Estados Unidos durante la guerra, ni
tampoco se lanzó a anatematizarles cuando empezó la Guerra Fría. Pero a finales
de la década de 1940, este último hecho le iba alejando cada vez más del
sentimiento predominante en Estados Unidos.
Le disgustaba el autoritarismo comunista, pero no lo veía como un peligro
inminente para la libertad de los estadounidenses. Creía que el mayor peligro
era la creciente histeria en tomo a la supuesta «amenaza roja». Cuando Norman
Cousins, director del Saturday Review y patrón periodístico de
la intelectualidad internacionalista norteamericana, escribió un artículo
propugnando el control internacional de armas, Einstein le respondió con una
carta de adhesión, aunque añadiendo una salvedad: «Mi objeción en cuanto a su
artículo es que en él no solo no se opone al temor histérico y generalizado que
existe en nuestro país a una agresión rusa, sino que de hecho lo fomenta —le
decía—. Todos nosotros debemos preguntamos cuál de los dos países está
objetivamente más justificado para temer las intenciones agresivas del otro».[1315]
En cuanto a la represión del interior de Rusia, Einstein tendía a ofrecer solo
suaves condenas diluidas con excusas. «Es innegable que en la esfera política
existe una severa coerción —decía en una conferencia—. Esto puede deberse, en
parte, a la necesidad de quebrantar el poder de la antigua clase dominante y de
convertir a un pueblo políticamente inexperto y culturalmente atrasado en una
nación bien organizada para el trabajo productivo. Yo no presumo de dictar
sentencia en estas difíciles materias».[1316]
Debido a ello, Einstein se convirtió en el blanco de las críticas que lo veían
como un simpatizante soviético. John Rankin, congresista por Mississippi, decía
que el plan de gobierno mundial de Einstein «simplemente sigue la línea
comunista». Hablando ante la Cámara, Rankin denunciaría asimismo su ciencia:
«Ya desde que publicara su libro sobre la relatividad para tratar de convencer
al mundo de que la luz tenía peso, ha capitalizado su reputación como
científico… y ha participado en actividades comunistas».[1317]
Einstein proseguiría asimismo su largo intercambio de correspondencia sobre
Rusia con Sidney Hook, el filósofo social que antaño había sido comunista para
más tarde convertirse en acérrimo anticomunista. Las cartas no eran tan
exaltadas por ninguna de las dos partes como en su correspondencia con Bohr,
pero sí igualmente intensas. «No soy ciego a los graves puntos débiles del
sistema de gobierno ruso —respondía Einstein a una de las misivas de Hook—.
Pero, por otro lado, este tiene grandes méritos, y es difícil decidir si habría
sido posible para los rusos sobrevivir siguiendo métodos más suaves».[1318]
Hook se había propuesto convencer a Einstein del error de sus opiniones, y le
enviaba largas y frecuentes cartas, la mayoría de las cuales Einstein ignoraba.
En las ocasiones en las que le respondía, en general aceptaba que la opresión
de Rusia era mala, pero tendía a moderar tales juicios añadiendo que al mismo
tiempo resultaba en cierto modo comprensible. Como diría en 1950, haciendo
malabarismos, en una de sus respuestas:
No apruebo la interferencia del gobierno soviético en asuntos
artísticos e intelectuales. Dicha interferencia me parece objetable, dañina e
incluso ridícula. Con respecto a la centralización del poder político y las
limitaciones de la libertad de acción para el individuo, creo que esas
restricciones no deberían exceder el límite exigido por la seguridad, la
estabilidad y las necesidades derivadas de una economía planificada. Es difícil
que un extranjero pueda juzgar [todos] los hechos y posibilidades. En cualquier
caso, no puede dudarse de que los logros del régimen soviético son
considerables en los ámbitos de la educación, la sanidad pública, el bienestar
social y la economía, y de que él pueblo en su conjunto ha ganado mucho con
esos logros.[1319]
Pese a esas moderadas excusas para una parte del comportamiento
de Moscú, Einstein no era el partidario de los soviéticos que algunos
pretendían ver en él. Había declinado siempre las invitaciones de viajar a
Moscú, y había rechazado los intentos de diversos amigos de la izquierda de
convertirle en camarada suyo. Denunciaba el repetido uso del veto en las
Naciones Unidas por parte de Moscú y su resistencia a la idea de un gobierno
mundial, y aún se mostraría más crítico cuando los soviéticos dejaran claro que
no tenían interés alguno en el control de armamentos.
Todo esto se hizo evidente en 1947, cuando un grupo oficial de científicos
rusos atacó a Einstein en un artículo publicado en un periódico moscovita y
titulado «Los conceptos erróneos del doctor Einstein». Su visión de un gobierno
mundial —declaraban— no era sino una intriga de los capitalistas. «Los
partidarios de un superestado mundial nos piden que cedamos voluntariamente
nuestra independencia en favor de un gobierno mundial, lo que no constituye sino
un extravagante signo de la supremacía de los gobiernos capitalistas»,
escribían. Asimismo, denunciaban a Einstein por recomendar un parlamento
supranacional directamente electo. «Ha llegado al extremo de declarar que si la
Unión Soviética se niega a unirse a esta moderna organización, los demás países
tendrían todo el derecho a seguir adelante sin ella. Einstein está defendiendo
una moda política que juega en favor de los enemigos declarados de la sincera
cooperación internacional y la paz duradera».[1320]
Los simpatizantes soviéticos de la época estaban dispuestos a seguir casi
cualquier consigna que dictara Moscú. Pero aquel conformismo no iba con la
naturaleza de Einstein; cuando estaba en desacuerdo con alguien, él lo decía
alegremente. Y estuvo encantado de dar buena cuenta de los científicos
soviéticos.
Aunque reiteraba su apoyo a los ideales socialistas democráticos, rechazaba la
fe de los rusos en el dogma comunista. «No debemos cometer el error de culpar
al capitalismo de todos los males sociales y políticos existentes, ni de
suponer que la mera implantación del socialismo sería suficiente para curar los
males sociales y políticos de la humanidad», escribió. Tal modo de pensar
llevaba a la «intolerancia fanática» que infectaba a los fieles del Partido
Comunista y abría el camino a la tiranía.
Pese a sus críticas al capitalismo desenfrenado, lo que más le repugnaba —y le
había repugnado durante toda su vida— era la represión del libre pensamiento y
de la individualidad. «Cualquier gobierno es malo si lleva consigo la tendencia
a degenerar en tiranía —advertía Einstein a los científicos rusos—. El peligro
de tal deterioro es más extremo en un país en el que el gobierno tiene
autoridad no solo sobre las fuerzas armadas, sino también sobre todos los canales
de educación e información, así como sobre la existencia de todos y cada uno de
los ciudadanos».[1321]
Justo cuando estalló su disputa con los científicos rusos, Einstein estaba
trabajando con Raymond Gram Swing en la actualización del artículo de Atlanticque
ambos habían escrito dos años antes. Pero esta vez Einstein atacaba a los
gobernantes rusos. Sus razones para no respaldar un gobierno mundial —decía—
«resulta bastante evidente que son pretextos». Su verdadero temor era que su
represivo sistema de mando comunista pudiera no sobrevivir en tal entorno.
«Puede que los rusos tengan parte de razón con respecto a la dificultad de
mantener su actual estructura social en un régimen supranacional, aunque con el
tiempo se les debería hacer ver que ello representa una pérdida mucho menor que
permanecer aislados en un mundo regido por la ley».[1322]
Occidente —decía— debería crear un gobierno mundial aun sin la participación de
Rusia, ya que él pensaba que a la larga los rusos acabarían incorporándose:
«Creo que si ello se hiciera con inteligencia (¡y no a la torpe manera de
Traman! ), Rusia cooperaría una vez se diera cuenta de que, de todas formas, ya
no podía impedir la creación del gobierno mundial»..[1323]
Desde aquel momento, Einstein parecería exhibir un orgullo perverso en discutir
tanto con quienes culpaban a los rusos de todo como con quienes no les culpaban
de nada. Cuando un pacifista de izquierdas al que conocía le envió un libro que
había escrito sobre el control de armamento, esperando contar con su respaldo,
lo que recibió fue un desaire: «Ha presentado todo el problema como una defensa
del punto de vista soviético —le escribió Einstein—, pero ha guardado silencio
con respecto a todo lo que no resulta favorable a los soviéticos (que no es
poco)».[1324]
Incluso su viejo pacifismo adquirió un tono más duro y realista cuando se
trataba de hablar de Rusia, tal como había ocurrido cuando los nazis llegaron
al poder en Alemania. A los pacifistas les gustaba pensar que la ruptura que
hiciera Einstein con su filosofía en la década de 1930 era una mera anormalidad
causada por la amenaza concreta planteada por los nazis, e incluso algunos de
sus biógrafos la tratan parecidamente como una anomalía transitoria.[1325] Pero en realidad ello equivale a minimizar el cambio
producido en la mente de Einstein, ya que desde entonces no volvería a ser
jamás un pacifista puro.
Así, por ejemplo, cuando se le pidió que se uniera a una campaña para persuadir
a los científicos estadounidenses de que se negaran a trabajar en armas
atómicas, Einstein no solo declinó participar, sino que además recriminó a los
organizadores de la campaña que defendieran un desarme unilateral. «El desarme
no puede ser eficaz si no participan todos los países —sentenciaba—. Si hay
siquiera una nación que continúa armándose, abierta o secretamente, el desarme
de las demás comportará consecuencias desastrosas».
Los pacifistas como él mismo —explicaba— habían cometido un error en la década
de 1920 al instar a no rearmarse a los países vecinos de Alemania. «Ello sirvió
meramente para alentar la arrogancia de los alemanes». Y ahora había una serie
de paralelismos en el caso de Rusia. «Del mismo modo, su propuesta, de
efectuarse, llevaría sin duda a un serio debilitamiento de las democracias
—respondía a quienes defendían la petición antimilitar—, puesto que debemos ser
conscientes de que probablemente no podemos ejercer ninguna influencia
significativa en la actitud de nuestros colegas rusos».[1326]
Einstein adoptó una actitud similar en 1948, cuando sus antiguos colegas de la
Liga de Objetores a la Guerra le pidieron que se reincorporara a ella. Trataron
de ganárselo invocando una de sus antiguas proclamas pacifistas, pero Einstein
los rechazó. «Esa declaración expresa acertadamente mis opiniones sobre la
objeción a la guerra en el período que va de 1918 hasta comienzos de la década
de 1930 —replicó—. Ahora, sin embargo, considero que esa postura, que implica
la negativa individual a participar en actividades militares, resulta demasiado
primitiva».
El pacifismo simplista —advertía— podía incluso ser peligroso, especialmente
teniendo en cuenta las políticas internas y la actitud externa de Rusia. «El
movimiento de objeción a la guerra en realidad sirve para debilitar a las
naciones con un tipo de gobierno más liberal e, indirectamente, para sustentar
las políticas de los gobiernos tiránicos existentes —argumentaba—. Las
actividades antimilitaristas, pasando por el rechazo al servicio militar, solo
son prudentes si resultan viables en todos los rincones del mundo. El
antimilitarismo individual es imposible en Rusia».[1327]
Algunos pacifistas afirmaban que el mejor fundamento para una paz duradera era
el socialismo mundial, y no el gobierno mundial. Einstein discrepaba. «Dice
usted que el socialismo, por su propia naturaleza, rechaza el remedio de la
guerra —le respondería Einstein a uno de ellos—. Yo no lo creo. No me cuesta
nada imaginar que dos estados socialistas pudieran librar una guerra entre
ellos».[1328]
Uno de los primeros puntos críticos de la Guerra Fría fue Polonia, donde el
Ejército Rojo ocupante había instaurado un régimen prosoviético sin haber
celebrado las elecciones libres que había prometido Moscú. Cuando el nuevo
gobierno polaco invitó a Einstein a participar en una conferencia, tuvo la
oportunidad de hacerse una idea de su independencia frente a cualquier dogma de
partido. El científico explicó cortésmente que ya no viajaba al extranjero, y
envió para la conferencia un mensaje cuidadosamente redactado donde ofrecía su
aliento, pero al mismo tiempo hacía hincapié en su llamamiento en favor de un
gobierno mundial.
Los polacos decidieron eliminar las partes del mensaje relativas al gobierno
mundial, al que Moscú se oponía. Einstein se puso furioso, y publicó su mensaje
íntegro en el New York Times. «La humanidad solo puede aumentar su
protección frente al peligro de una destrucción inimaginable y una aniquilación
gratuita si existe una organización supra-nacional que sea la única autoridad
que pueda producir o poseer esas armas», decía. Asimismo, se quejaba al
pacifista británico que presidía el encuentro de que los comunistas estaban
tratando de imponer la conformidad a las consignas del partido: «Estoy
convencido de que a nuestros colegas del otro lado de la valla les resulta
completamente imposible expresar sus verdaderas opiniones».[1329]
Los archivos del FBI
Einstein había criticado a la Unión Soviética, se había negado a viajar allí, y
se había opuesto a que se compartieran los secretos atómicos a menos que se
creara un gobierno mundial. No había trabajado en el proyecto de fabricación de
la bomba, y no disponía de ninguna información clasificada sobre su tecnología.
Sin embargo, y pese a todo ello, Einstein se vería involuntariamente implicado
en una cadena de acontecimientos que demostrarían lo receloso, entrometido e
inepto que podía llegar a ser el FBI en aquella época en la que se dedicaba a
perseguir al espectro del comunismo soviético.
Puede que las campañas contra la «amenaza roja» y las investigaciones relativas
a la subversión comunista tuvieran inicialmente alguna justificación legítima,
pero a la larga degeneraron en una serie de torpes inquisiciones que parecieron
auténticas cazas de brujas. Estas empezarían en serio a principios de 1950,
cuando Estados Unidos se vio sorprendido por la noticia de que los soviéticos
habían desarrollado su propia bomba. Durante las primeras semanas de ese año,
el presidente Traman inició un programa para construir una bomba de hidrógeno;
un físico alemán refugiado que trabajaba en Los Álamos, llamado Klaus Fuchs,
fue arrestado y acusado de ser un espía soviético, y el senador Joseph McCarthy
pronunció su famoso discurso afirmando que tenía una lista de comunistas con
carné que trabajaban en el Departamento de Estado.
Como director del Comité de Emergencia de Científicos Atómicos, Einstein había
desconcertado a Edward Teller al no respaldar la construcción de la bomba de
hidrógeno. Pero tampoco se había opuesto abiertamente a ello. Cuando A. J.
Muste, un destacado pacifista y socialista, le pidió que se uniera a un
llamamiento para que se aplazara la construcción de la nueva arma, Einstein
declinó la oferta. «Su nueva propuesta me parece bastante poco práctica —le
dijo—. Mientras prevalezca el armamento competitivo, no será posible detener el
proceso en un solo país».[1330] Era más sensato —consideraba— apostar por una solución
global que incluyera un gobierno mundial.
El día después de que Einstein escribiera la carta, Traman anunció que se haría
un esfuerzo a gran escala para fabricar la bomba H. Desde su casa de Princeton,
Einstein grabó una pequeña aparición de tres minutos para el estreno de un
programa de la NBC que iba a emitirse los domingos por la noche con el título
de Hoy con la señora Roosevelt (tras la muerte de su esposo,
la ex primera dama se había convertido en portavoz del progresismo). «Cada paso
aparece como la consecuencia inevitable del que ha venido antes —declararía
Einstein, hablando de la carrera armamentística—. Y al final, acechando cada
vez más claramente, aguarda la aniquilación generalizada». El titular publicado
en el New York Post al día siguiente rezaba: «Einstein
advierte al mundo: prohibir la bomba H o perecer».[1331]
Pero Einstein había tocado otro tema en su entrevista televisiva, había
expresado su creciente preocupación por el aumento de las medidas de seguridad
por parte del gobierno estadounidense, y por la voluntad de este de comprometer
las libertades de sus ciudadanos. «La lealtad de los ciudadanos, en especial de
los funcionarios públicos, es minuciosamente supervisada por una fuerza
policial que se hace cada día más poderosa —advertía—. Se hostiga a las
personas de mente independiente».
Como si quisiera darle la razón, al día siguiente J. Edgar Hoover, que odiaba a
los comunistas y a Eleanor Roosevelt casi con la misma pasión, llamó al jefe de
inteligencia interior del FBI y le ordenó que hiciera un informe sobre la
lealtad de Einstein y sus posibles conexiones comunistas.
El documento resultante, de quince páginas y elaborado dos días después,
enumeraba una lista de 34 organizaciones, algunas de ellas supuestamente
tapaderas comunistas, a las que Einstein se había afiliado o había prestado su
nombre, incluido el propio Comité de Emergencia de Científicos Atómicos. «Es
sobre todo un pacifista, y podría considerársele un pensador progresista»,
concluía el memorando con cierta benignidad, sin acusarle en absoluto ni de ser
comunista ni de ser alguien que proporcionara información a los subversivos.[1332]
De hecho, no había nada que vinculara a Einstein a ninguna amenaza para la
seguridad de Estados Unidos. Una lectura del dossier, no obstante, hace que los
agentes del FBI nos recuerden a los ineptos policías de las películas del cine
mudo. No hacen sino dar palos de ciego, incapaces de responder a preguntas
tales como si Elsa Einstein era o no su primera esposa, si Helen Dukas había
sido una espía soviética mientras había estado en Alemania, o si Einstein había
sido responsable de llevar a Klaus Fuchs a Estados Unidos (en los tres casos,
la respuesta correcta era «no»).
Los agentes trataban asimismo de comprobar una información según la cual Elsa
le había dicho a una amiga en California que tenían un hijo llamado Albert
Einstein que estaba retenido en Rusia. En realidad, Hans Albert Einstein era
por entonces profesor de ingeniería en Berkeley. Ni él ni Eduard, que todavía
estaba en un manicomio suizo, habían estado jamás en Rusia (en el caso de que
el rumor hubiera tenido alguna base, esta solo podría haber sido el hecho de
que Margot, la hija de Elsa, se había casado con un ruso, que volvió a su país
cuando se divorciaron; pero eso es algo de lo que la Oficina jamás se
enteraría).
El FBI había estado recopilando rumores sobre Einstein ya desde el panfleto de
la señora Frothingham y sus mujeres patriotas. Pero ahora empezó a seguir
sistemáticamente la pista de ese material en un dossier cuyo tamaño iría
aumentando. En él se incluirían informaciones tales como la de una mujer de
Berlín que había enviado a Einstein un plan matemático para acertar en la
lotería berlinesa y que, al ver que este no le contestaba, había llegado a la
conclusión de que era comunista.[1333] Para cuando murió Einstein, la Oficina había acumulado un
total de 1. 427 páginas que se guardaban en catorce cajas, todas ellas marcadas
con el sello de Confidencial, pero desprovistas de cualquier
contenido incriminatorio.[1334]
Visto retrospectivamente, el aspecto más notable del expediente del FBI sobre
Einstein no es el montón de extravagantes informaciones que contenía, sino todo
lo contrario, el hecho de que la única información auténticamente relevante
estuviera del todo ausente. Einstein sí había estado en contacto con una espía
soviética, aunque sin saberlo. El FBI, sin embargo, no tenía ni la menor idea
de ello.
La espía era Margarita Konenkova, que vivía en Greenwich Village con su marido,
el escultor realista ruso Serguéi Konenkov, al que ya hemos mencionado antes.
Margarita, una ex abogada que hablaba cinco idiomas y se mostraba cautivadora
con los hombres, tenía como oficio, por así decirlo, el de actuar como agente
secreta rusa tratando de influir en los científicos estadounidenses. Había
conocido a Einstein a través de Margot, y durante la guerra visitaría Princeton
con frecuencia.
Fuera por trabajo o por placer, lo cierto es que se embarcó en una aventura con
el viudo Einstein. En el verano de 1941, ella y unos amigos le invitaron a
pasar el fin de semana en una casita de campo en Long Island, y para sorpresa
de todo el mundo, Einstein aceptó. Prepararon una comida a base de pollo
hervido, cogieron el tren en la estación neoyorquina de Penn Station, y pasaron
un agradable fin de semana durante el cual Einstein estuvo navegando por el
estrecho y garabateando ecuaciones en el porche.
En un momento dado se dirigieron a una recóndita playa para contemplar la
puesta del sol, y estuvieron a punto de ser detenidos por un policía local que
no tenía ni idea de quién era Einstein.
—¿No saben leer? —preguntó el policía, señalando un letrero de prohibido el
paso.
Einstein y Konenkova serían amantes hasta que ella regresara a Moscú en 1945,
cuando tenía cincuenta y un años.[1335]
Margarita se las arregló para presentar a Einstein al vicecónsul soviético en
Nueva York, que también era un espía. Pero Einstein no tenía secretos que
compartir, ni tampoco hay evidencia alguna de que sintiera la menor inclinación
por ayudar a los soviéticos de ninguna manera, y además rechazó su invitación
de visitar Moscú.
La aventura de Einstein, y el potencial riesgo para la seguridad estadounidense
que podría haber supuesto, saldrían a la luz no porque lo descubriera ningún
sabueso del FBI, sino porque en 1998 se haría pública una serie de nueve cartas
de amor que Einstein había escrito a Konenkova en la década de 1940. Asimismo,
un antiguo espía soviético, Pável Sudoplatov, publicaría unas memorias bastante
explosivas, aunque no del todo fiables, donde revelaría que Margarita era un
agente con el nombre clave de «Lukas».[1336]
Las cartas de Einstein a Konenkova se escribieron al año siguiente de que esta
abandonara Estados Unidos. Ni ella, ni Sudoplatov ni nadie afirmó jamás que
Einstein hubiera transmitido secreto alguno, voluntaria o involuntariamente.
Sin embargo, las cartas sí dejan claro que, a sus sesenta y seis años, seguía
siendo capaz de mostrarse apasionado en su prosa, y probablemente también en
persona. «Hace poco me he lavado el pelo yo mismo, aunque sin demasiado éxito
—decía en una de ellas—. No soy tan cuidadoso como tú».
Aun con una amante rusa, no obstante, Einstein dejó claro que no era un amante
incondicional de Rusia. En una de las cartas denigraba la militarista
celebración del Primero de Mayo en Moscú, diciendo: «Observo esas exageradas
exhibiciones patrióticas con preocupación».[1337] Cualquier expresión de exceso nacionalista y militarista
siempre le había hecho sentirse incómodo, ya desde que viera desfilar de niño a
los soldados alemanes, y el caso de Rusia no era distinto.
La postura política de Einstein
Pese a las sospechas de Hoover, Einstein era un sólido ciudadano
estadounidense, y consideraba que su oposición a la oleada de investigaciones
sobre la seguridad y la lealtad de sus compatriotas no era sino una defensa de
los auténticos valores de aquel país. La tolerancia ante la libre expresión y
la independencia de pensamiento —sostenía repetidamente— constituían los
valores fundamentales que, para su deleite, más apreciaban los norteamericanos.
Sus dos primeros votos en elecciones presidenciales habían sido para Franklin
Roosevelt, a quien apoyaba públicamente de manera entusiasta. En 1948,
desconcertado por la política de Traman durante la Guerra Fría, Einstein votó
por el candidato del Partido Progresista, Henry Wallace, que propugnaba una
mayor cooperación con Rusia y un aumento del gasto en bienestar social.
Durante toda su vida, Einstein se mantuvo coherente en las premisas
fundamentales de su postura política. Ya desde sus días de estudiante en Suiza,
había respaldado políticas económicas socialistas moderadas por un poderoso
instinto en favor de la libertad individual, la autonomía personal, las
instituciones democráticas y la protección de las libertades. Entabló amistad
con muchos de los líderes socialistas democráticos de Gran Bretaña y Estados
Unidos, como Bertrand Russell y Norman Thomas, y en 1949 escribió un influyente
ensayo para el número inaugural de Monthly Review, titulado «¿Por
qué el socialismo?».
En dicho artículo, Einstein sostenía que el capitalismo desenfrenado producía
grandes disparidades de riqueza, ciclos de expansión y depresión, y crecientes
niveles de desempleo. El sistema alentaba el egoísmo en lugar de la
cooperación, y la adquisición de riqueza en lugar del servicio a los demás. Se
educaba a la gente para hacer carrera antes que para el amor al trabajo y la
creatividad. Y los partidos políticos se corrompían por las contribuciones de
los dueños del gran capital.
Todos esos problemas podían evitarse —afirmaba Einstein en su artículo—
mediante una economía socialista, siempre que se la protegiera de la tiranía y
la centralización del poder. «Una economía planificada, que adaptara la
producción a las necesidades de la comunidad, distribuiría el trabajo a
realizar entre las personas aptas para trabajar y garantizaría el sustento a
cada hombre, mujer y niño —escribió—. La educación del individuo, además de
fomentar sus propias capacidades innatas, trataría de desarrollar en él un
sentimiento de responsabilidad hacia su prójimo, en lugar de la glorificación
del poder y el éxito de nuestra sociedad actual».
Einstein añadía, no obstante, que las economías planificadas se enfrentaban al
peligro de volverse opresivas, burocráticas y tiránicas, tal como había
ocurrido en los países comunistas como Rusia. «Una economía planificada puede
venir acompañada de la completa esclavización del individuo», advertía. En
consecuencia, era importante que los socialdemócratas que creían en la libertad
individual afrontaran dos preguntas fundamentales: «Dada la exhaustiva
centralización del poder político y económico, ¿cómo se puede evitar que la
burocracia se haga todopoderosa y omnipresente? [Y] ¿Cómo pueden protegerse los
derechos del individuo?».[1338]
Ese imperativo —el de proteger los derechos del individuo— constituía el
principio político fundamental de Einstein. El individualismo y la libertad
eran necesarios para que florecieran el arte y la ciencia creativas. Personal,
política y profesionalmente, le repugnaba cualquier clase de restricción.
De ahí precisamente que alzara su voz contra la discriminación racial en
Estados Unidos. En Princeton, en la década de 1940, seguía habiendo segregación
racial en los cines, no se permitía a los negros probarse los zapatos ni la
ropa en los grandes almacenes, y el periódico estudiantil declaraba que la
igualdad de acceso de los negros a la universidad era «un noble sentimiento,
cuyo momento no había llegado todavía».[1339]
Como judío criado en Alemania, Einstein era extremadamente sensible a aquella
discriminación. «Cuanto más estadounidense me siento, más dolor me causa esta
situación —escribiría en un ensayo titulado “La cuestión de los negros” para la
revista Pageant—. Solo denunciándola en voz alta puedo escapar a la
sensación de ser cómplice de ella».[1340]
Aunque raramente acudía a recibir en persona los numerosos títulos honorarios
que se le ofrecían, Einstein hizo una excepción cuando fue invitado por la
Universidad Lincoln, una institución de color de Pensilvania. Vestido con su
andrajosa chaqueta gris de espiga, salió a la pizarra y repasó sus ecuaciones
de la relatividad para los estudiantes, y más tarde pronunció un discurso de
graduación en el que denunció la segregación como «una tradición estadounidense
que se transmite de manera acrítica de generación en generación».[1341] Como si quisiera romper aquella pauta, Einstein quiso
conocer al hijo de seis años de Horace Bond, el presidente de la universidad.
Aquel niño, llamado Julián, llegaría a ser senador por el estado de Georgia,
uno de los líderes del movimiento pro derechos civiles, y presidente de la
NAACP (Asociación Nacional para el Progreso de la Gente de Color).
Había, sin embargo, un grupo frente al que Einstein no podía mostrarse
excesivamente tolerante después de la guerra. «Los alemanes, como nación, son
responsables de esos asesinatos en masa, y deberían ser castigados como
pueblo», llegaría a declarar.[1342] Cuando un amigo alemán, James Franck, le pidió a finales
de 1945 que se uniera a un llamamiento para pedir un trato indulgente para con
la economía alemana, Einstein se negó airado. «Es absolutamente necesario
impedir la restauración de la política industrial alemana durante muchos años
—declaró—. Si su llamamiento se pone en circulación, haré todo lo posible para
oponerme a él». Ante la insistencia de Frank, Einstein se mostró aún más
inflexible. «Los alemanes mataron a millones de civiles siguiendo un plan muy
bien preparado —escribió—. Y lo harían de nuevo si pudieran. No se encuentra
entre ellos el menor rastro de culpa o de remordimiento».[1343]
Einstein ni siquiera permitiría que sus libros volvieran a venderse en
Alemania, ni que su nombre figurara de nuevo en la lista de miembros de ninguna
sociedad científica. «Los crímenes de los alemanes son en verdad los más
abominables jamás registrados por la historia de las llamadas naciones
civilizadas —le escribió el físico Otto Hahn—. La conducta de los intelectuales
alemanes —como clase— no fue mejor que la de la chusma».[1344]
Como muchos refugiados judíos, sus sentimientos tenían una base personal. Entre
quienes sufrieron los horrores nazis se encontraba su primo camal Roberto, hijo
del tío Jakob. Cuando las tropas alemanas se retiraban de Italia hacia el final
de la guerra, mataron de forma completamente gratuita a su esposa y a sus dos
hijas, y luego quemaron su casa mientras él se ocultaba en el bosque. Roberto
escribió a Einstein contándole los detalles de aquel horror, y un año después
se suicidó.[1345]
El resultado fue que la afinidad nacional y étnica de Einstein se hizo todavía
más clara en su mente. «Yo no soy de nacionalidad alemana, sino judía»,
declararía al final de la guerra.[1346]
Sin embargo, en diversos aspectos que, por más que sutiles, no eran menos
reales, Einstein se había convertido también en ciudadano estadounidense. Tras
establecerse en Princeton, en 1933, no volvería a salir de Estados Unidos ni
una sola vez durante los veintidós años que le quedaban de vida, con la única
excepción del breve viaje en barco a las Bermudas necesario para iniciar su
proceso de inmigración.
Hay que admitir, ciertamente, que era un ciudadano algo inconformista. Pero en
ese aspecto seguía la tradición de algunos venerables rasgos del propio
entramado del carácter estadounidense: ferviente defensor de las libertades
individuales, a menudo crítico con la interferencia del gobierno, receloso
frente a las grandes concentraciones de riqueza, y partidario del ideal
internacionalista que obtendría el favor de los intelectuales norteamericanos
después de las dos grandes guerras del siglo XX.
Él consideraba que su predilección por la disensión y el inconformismo no le
hacían peor estadounidense, sino mejor. El día de su naturalización como
ciudadano de ese país, en 1940, Einstein había hablado de esos mismos valores
en una entrevista radiada. Cuando terminó la guerra, Truman proclamó la
celebración de un día en honor de todos los nuevos ciudadanos, y el juez que
había naturalizado a Einstein envió miles de cartas invitando a todos los que
habían hecho el juramento a acudir a un parque de Trenton para la festividad.
Para sorpresa del juez, se presentaron diez mil personas. Y de manera todavía
más sorprendente, también Einstein y su familia decidieron acudir a la
conmemoración. Durante la ceremonia, Einstein permaneció sentado, sonriendo y
saludando con la mano, y con una niña pequeña en las rodillas, contento de ser
una pequeña parte de aquella celebración de la ciudadanía estadounidense.[1347]
Con el primer ministro israelí David Ben Gurion en Princeton, 1951.
Contenido:
·
La búsqueda interminable
·
El león en invierno
·
La presidencia de Israel
La búsqueda interminable
Los problemas del mundo eran importantes para Einstein, pero los problemas del
cosmos le ayudaban a tomar distancia de los asuntos terrenales. Aunque apenas
producía nada de trascendencia científica, la física, antes que la política,
seguiría siendo su empresa decisiva hasta el día de su muerte. Una mañana,
mientras se dirigía andando al trabajo acompañado de su ayudante científico y
colega en la defensa del control de armamento Ernst Straus, Einstein
reflexionaba sobre su capacidad para repartir su tiempo entre los dos ámbitos.
«Pero nuestras ecuaciones son mucho más importantes para mí —añadiría—. La
política trata del presente, pero nuestras ecuaciones tratan de la eternidad».[1348]
Einstein se había jubilado oficialmente de su puesto en el Instituto de
Estudios Avanzados al acabar la guerra, cuando cumplió los sesenta y seis años.
Pero seguía trabajando allí cada día en un pequeño despacho, y seguía contando
con la ayuda de leales asistentes dispuestos a proseguir la que había pasado a
verse como su pintoresca búsqueda de una teoría del campo unificado.
Todos los días laborables, Einstein se levantaba a una hora razonable,
desayunaba y leía los periódicos, y luego, a eso de las diez, subía calle
arriba por Mercer Street caminando lentamente hasta llegar al Instituto,
dejando tras de sí un reguero de anécdotas tanto reales como apócrifas. Su
colega Abraham Pais recordaría «una ocasión en la que un coche chocó contra un
árbol después de que el conductor hubiera reconocido de repente el rostro del
venerable anciano que caminaba por la calle, con su gorra de punto de lana
negra firmemente plantada sobre su larga cabellera blanca».[1349]
Poco después de que terminara la guerra, J. Robert Oppenheimer llegó de Los
Álamos para asumir la dirección del Instituto. Este, un brillante físico
teórico que filmaba como un poseso, se había revelado lo bastante carismático y
competente como para convertirse en un estimulante líder para los científicos
que habían construido la bomba atómica. Con su encanto y su ingenio mordaz,
tendía a crearse tantos acólitos como enemigos, pero Einstein no encajaba en
ninguna de ambas categorías. El y Oppenheimer se veían mutuamente con una
mezcla de diversión y respeto, lo que les permitiría establecer una relación
cordial, aunque no estrecha.[1350]
Cuando Oppenheimer visitó por primera vez el Instituto, en 1935, lo calificó
como una «casa de locos» llena de «solipsistas lumbreras que brillan en una
triste y distanciada desolación». En cuanto a la mayor de aquellas lumbreras,
Oppenheimer declaraba: «Einstein está completamente chiflado», aunque al
parecer lo decía en un sentido cariñoso.[1351]
Una vez se hicieron colegas, Oppenheimer demostraría tener más mano izquierda a
la hora de tratar con sus «luminosos» subordinados, al tiempo que sus pullas se
harían más sutiles. Einstein —declararía— representaba «un hito, pero no una
guía», con lo que quería dar a entender que se le admiraba por sus grandes
triunfos, pero que en sus actuales actividades atraía a muy pocos apóstoles, lo
cual era cierto. Años después, Oppenheimer daría otra reveladora descripción de
Einstein: «Siempre hubo en él una poderosa pureza a la vez infantil y
profundamente obstinada».[1352]
Einstein se haría íntimo amigo, y compañero de paseos, de otra de las grandes
figuras del Instituto, el extremadamente introvertido Kurt Gödel, un lógico
matemático de habla alemana que había nacido en Bmo y luego había dado clases
en Viena. Gödel era famoso por su «teoría de la incompletud», integrada por un
par de pruebas lógicas que tratan de mostrar que cualquier sistema matemático
útil tendrá algunas proposiciones cuya verdad o falsedad no puede demostrarse
basándose en los postulados de dicho sistema.
En el superpoblado mundo intelectual germanoparlante del siglo XX, en el que se
entretejían la física, las matemáticas y la filosofía, destacaron tres teorías
disonantes: la relatividad de Einstein, la incertidumbre de Heisenberg y la
incompletud de Gödel. La aparente semejanza de los tres mundos, todos los
cuales conjuran un cosmos tan tentador como sugerente, minimiza la importancia
de las teorías y los vínculos existentes entre ellas. Pese a ello, todas
parecían tener resonancias filosóficas, y ese precisamente sería el tema de
conversación cuando Einstein y Gödel fueran andando juntos al trabajo.[1353]
Eran dos personalidades muy distintas. Einstein estaba lleno de buen humor y de
sagacidad, dos cualidades de las que carecía Gödel, cuya intensa lógica en
ocasiones se imponía al sentido común. Esto se hizo especialmente manifiesto en
1947, cuando decidió convertirse en ciudadano estadounidense. Gödel se tomó muy
en serio su preparación para el examen, estudió minuciosamente la Constitución,
y (como cabría esperar de la persona que había formulado la teoría de la
incompletud) descubrió en ella lo que él creía que era un error lógico. Había
una incoherencia interna —insistía— que podía permitir que el gobierno entero
degenerara en una tiranía.
Preocupado, Einstein decidió acompañar —o vigilar— a Gödel en su visita a
Trenton para hacer el examen de ciudadanía, del que se encargaría el mismo juez
que se lo había hecho al propio Einstein. En el camino, él y un tercer amigo
trataron de distraer a Gödel y de disuadirle de que mencionara el supuesto
defecto. Pero fue en vano. Cuando el juez le preguntó sobre la Constitución,
Gödel se lanzó a demostrar que la incoherencia interna de esta hacía posible la
dictadura. Por fortuna, el juez, que por entonces apreciaba especialmente su
relación con Einstein, le cortó en seco:
—No hace falta que entre en detalles —le dijo, salvando así la ciudadanía de
Gödel.[1354]
Durante sus paseos, el matemático exploró algunas de las implicaciones de la
teoría de la relatividad, e ideó un análisis que cuestionaba incluso que se
pudiera decir que el tiempo, lejos de ser meramente relativo, existiera en
absoluto. Las ecuaciones de Einstein —imaginaba— podían describir un universo
que estuviera en rotación, en lugar de (o además de) en expansión. En tal caso,
la relación entre espacio y tiempo podía hacerse matemáticamente confusa. «La
existencia de un lapso objetivo de tiempo —escribió— significa que la realidad
consiste en una infinidad de capas de “ahora” que pasan a existir
sucesivamente. Pero si la simultaneidad es algo relativo, cada observador tiene
su propio conjunto de “ahoras”, y ninguna de esas diversas capas puede atribuirse
la prerrogativa el lapso de tiempo objetivo».[1355]
Como resultado —sostenía Gödel—, era posible viajar en el tiempo. «Haciendo un
viaje circular en un cohete que trazara una curva lo suficientemente amplia, es
posible en esos mundos viajar a cualquier región del pasado, el presente y el
futuro, y luego volver». Tal cosa resultaría absurda —señalaba—, ya que
podíamos volver atrás y charlar con una versión más joven de nosotros mismos (o
lo que resulta aún más molesto, que nuestra versión más vieja venga a charlar
con nosotros). «Gödel había concebido una asombrosa demostración de que viajar
en el tiempo, estrictamente hablando, era coherente con la teoría de la
relatividad —escribe Palle Yourgrau, profesor de filosofía de la Universidad de
Boston, en su libro sobre la relación de Gödel con Einstein, Mundo sin
tiempo—. El principal resultado era un potente argumento en el sentido de
que, si viajar en el tiempo es posible, el propio tiempo no lo es».[1356]
Einstein respondió en un libro al ensayo de Gödel, junto con varios más que
había recopilado, y pareció mostrarse relativamente impresionado por el
argumento, aunque no del todo cautivado por él. En su breve evaluación,
Einstein calificaba la de Gödel como «una importante contribución», pero
señalaba que él ya había pensado en aquella cuestión hada tiempo, y que «ya me
había preocupado del problema aquí abordado». Daba a entender que, por más que
los viajes en el tiempo pudieran ser matemáticamente concebibles, puede que no
resultaran posibles en la realidad. «Será interesante sopesar si van a ser o no
excluidos sobre bases físicas», concluía.[1357]
Por su parte, Einstein seguía centrado en su propia ballena blanca, a la que
perseguía no con la diabólica obsesión del capitán Ahab, sino con la
concienzuda serenidad de Ishmael. En su búsqueda de una teoría del campo
unificado, carecía todavía de una idea física convincente —como lo habían sido
la equivalencia de gravedad y aceleración o la relatividad de la simultaneidad—
que le guiara en su camino; de modo que su tarea seguía consistiendo en un
navegar a tientas entre una bruma de ecuaciones matemáticas abstractas sin
ninguna luz que le orientara. «Es como ir en una aeronave en la que uno puede
atravesar las nubes, pero no puede ver claramente el modo de volver a la
realidad, es decir, a la tierra», se lamentaría a un amigo.[1358]
Su objetivo, como había sido durante décadas, era idear una teoría que abarcara
tanto el campo electromagnético como el gravitatorio, pero no tenía razón
alguna para creer que de hecho ambos tuvieran que formar parte de la misma
estructura unificada, aparte de su intuición de que la naturaleza gustaba de la
belleza de la simplicidad.
Del mismo modo, seguía confiando en explicar la existencia de partículas en
términos de una teoría de campo hallando soluciones puntuales permisibles a sus
ecuaciones de campo. «Él sostenía que si se creía firmemente en la idea básica
de una teoría de campo, la materia había de entrar en ella no como un intruso,
sino como una sencilla parte del propio campo —recordaría uno de sus
colaboradores de Princeton, Banesh Hoffmann—. De hecho, podría decirse que
quería crear la materia únicamente a partir de las circunvoluciones del
espacio-tiempo». Para ello, Einstein empleaba toda clase de dispositivos
matemáticos, al tiempo que seguía buscando constantemente otros nuevos.
«Necesito más matemáticas», se lamentaría en un momento dado ante Hoffmann.[1359]
¿Por qué perseveraba? Muy dentro de él, todas aquellas divergencias y
dualidades —diferentes teorías de campo para la gravedad y el
electromagnetismo, distinciones entre partículas y campos— siempre le habían
incomodado. Creía intuitivamente que la simplicidad y la unidad eran rasgos
distintivos de la obra del Anciano. «Una teoría resulta tanto más impresionante
cuanto mayor es la simplicidad de sus premisas, cuantas más cosas distintas
relaciona y cuanto más amplia es su área de aplicabilidad», escribiría.[1360]
A comienzos de la década de 1940, Einstein volvió durante un tiempo al
planteamiento matemático pentadimensional que había adoptado de Theodor Kaluza
dos décadas antes. Incluso trabajó en él junto con Wolfgang Pauli, el pionero
de la mecánica cuántica, que había pasado parte del período bélico en
Princeton. Pero no pudo conseguir sus ecuaciones para describir las partículas.[1361]
De modo que Einstein, que parecía que empezaba a estar algo desesperado, cambió
a otra estrategia, denominada de «campos bivectoriales». El nuevo planteamiento
—admitía— podría requerir la renuncia al principio de localidad que él mismo
había santificado en algunos de los experimentos mentales con los que había
atacado a la mecánica cuántica.[1362] En cualquier caso, no tardaría en ser también abandonado.
La estrategia final de Einstein, que trataría de aplicar durante los últimos
diez años de su vida, no sería sino la resurrección de una que había probado ya
en la década de 1920. Esta estrategia empleaba una métrica de Riemann que no se
presuponía simétrica, lo que abría el camino al uso de dieciséis magnitudes; se
empleaban diez combinaciones de ellas para la gravedad y el resto, para el
electromagnetismo.
Einstein envió las primeras versiones de este trabajo a su antiguo colega
Schrödinger. «No se las envío a nadie más, puesto que usted es la única persona
que conozco que no lleva anteojeras con respecto a las cuestiones fundamentales
de nuestra ciencia —le escribió—. La tentativa depende de una idea que de
entrada parece anticuada e improductiva, la introducción de un tensor
asimétrico… Pauli se burló de mí cuando le hablé de ella».[1363]
Schrödinger pasó tres días revisando el trabajo de Einstein y luego le escribió
para decirle lo impresionado que estaba. «Anda usted tras una pieza de caza
mayor», le dijo.
Einstein se mostró entusiasmado por aquel apoyo. «Esta correspondencia me llena
de alegría —le respondió—, puesto que usted es mi hermano más cercano y su
cerebro funciona de manera parecida al mío». Pero pronto empezó a ser
consciente de que la telaraña de teorías que estaba tejiendo resultaban
matemáticamente elegantes, pero no parecían estar relacionadas con nada físico.
«Interiormente ya no estoy tan seguro como antes había afirmado —le confesaría
a Schrödinger unos meses después—. Hemos desperdiciado un montón de tiempo en
esto, y el resultado parece un regalo de la abuela del diablo».[1364]
Y sin embargo siguió adelante, produciendo artículos como churros y generando
algún que otro titular. En 1949, cuando se preparaba una nueva edición de su
libro El significado de la relatividad, añadió como apéndice la
última versión del artículo que había mostrado a Schrödinger. El New
York Tintes reprodujo una página entera de complejas ecuaciones del
manuscrito, junto con una noticia de portada titulada «Una nueva teoría de
Einstein proporciona una llave maestra del universo: el científico, tras
treinta años de trabajo, desarrolla un concepto que promete salvar la brecha
entre la estrella y el átomo».[1365]
Pero Einstein no tardó en darse cuenta de que seguía sin acertar. Durante las
seis semanas que transcurrieron desde que envió el capítulo hasta que fue a la
imprenta, tuvo sus dudas y volvió a revisarlo de nuevo.
De hecho, seguiría revisando la teoría repetidamente; aunque sería en vano. Su
creciente pesimismo se haría visible en las lamentaciones que escribiría a su
amigo de los días de la Academia Olimpia, Maurice Solovine, que por entonces
era el editor de Einstein en París. «Jamás lo veré resuelto —escribió en 1948—.
Se olvidará y habrá de ser redescubierto más tarde». Y luego, al año siguiente:
«Dudo si alguna vez he estado en el camino correcto. La generación actual me ve
a la vez como un hereje y un reaccionario, que, por así decirlo, se ha sobrevivido
a sí mismo». Y en 1951, con cierta resignación: «He jubilado la teoría del
campo unificado. Resulta tan difícil de emplear matemáticamente que no he sido
capaz de verificarla. Ese estado de cosas durará muchos años más, sobre todo
porque los físicos no comprenden los argumentos lógicos y filosóficos».[1366]
La búsqueda de Einstein de una teoría del campo unificado estaba destinada a no
producir ningún resultado tangible que pudiera incorporarse al marco de
referencia de la física. No logró concebir grandes ideas o experimentos
mentales, ni intuiciones de principios subyacentes, que le ayudaran a
visualizar su objetivo. «No vino ninguna imagen en nuestra ayuda —se lamentaría
su colaborador Hoffmann—. Fue intensamente matemático, y con los años, con
ayudantes o solo, Einstein superó dificultad tras dificultad únicamente para
descubrir que había otras nuevas aguardándole».[1367]
Acaso fuera una búsqueda fútil. Y si dentro de un siglo resulta que en realidad
no hay ninguna teoría unificada que encontrar, entonces parecerá también
descabellada. Pero Einstein jamás lamentó su dedicación a ella. Cuando un
colega le preguntó cierto día por qué dedicaba —o tal vez desperdiciaba— su
tiempo en aquella solitaria empresa, Einstein respondió que, aunque la
probabilidad de encontrar una teoría unificada era pequeña, el intento valía la
pena. Al fin y al cabo —señalaba—, él ya se había hecho un nombre. Tenía una
posición segura, y podía permitirse el lujo de asumir el riesgo y dedicar su
tiempo a ello. Un teórico más joven, en cambio, no podía asumir ese riesgo, ya
que ello podría suponerle sacrificar una carrera prometedora. En consecuencia —concluía
Einstein—, era su obligación hacerlo.[1368]
Los repetidos fracasos de Einstein a la hora de buscar una teoría unificada no
debilitaron en nada su escepticismo con respecto a la mecánica cuántica. Niels
Bohr, su frecuente adversario en la materia, fue al Instituto en 1948 para
pasar una temporada, y allí dedicó parte del tiempo a escribir un ensayo sobre
sus debates en los Congresos Solvay antes de la guerra.[1369] Mientras luchaba con el artículo en su despacho, situado
un piso por encima del de Einstein, en un momento dado se sintió bloqueado y
recabó la ayuda de Abraham Pais. A partir de entonces, mientras Bohr andaba
nerviosamente alrededor de una mesa rectangular, Pais se dedicaría a sonsacarle
y tomar notas.
A veces, cuando se sentía frustrado, Bohr se limitaba a murmurar la misma
palabra una y otra vez. Y no tardaba mucho en hacerlo con el nombre de
Einstein. Se dirigía hacia la ventana y empezaba a murmurar, una y otra vez:
«Einstein… Einstein… Einstein…».
En uno de aquellos momentos, Einstein abrió la puerta del despacho sin hacer
ruido, entró de puntillas y le hizo una seña a Pais indicándole que no dijera
nada. Había ido a coger un poco de tabaco, que su médico le había prohibido
comprar. Bohr siguió murmurando, finalmente soltó un último «Einstein» en voz
alta y luego se volvió, encontrándose frente a frente con la causa de sus
inquietudes. «Decir que por un momento Bohr se quedó sin habla es decir poco»,
recordaría Pais. Luego, al cabo de un instante, todos rompieron a reír.[1370]
Otro colega que trató sin éxito de convertir a Einstein fue John Wheeler, un
renombrado físico teórico dé la Universidad de Princeton. Una tarde fue a
Mercer Street a explicarle un nuevo enfoque de la teoría cuántica (conocido
como el enfoque de la «suma de historias») que estaba desarrollando junto con
un alumno suyo de posgrado, Richard Feynman. «Yo había acudido a Einstein con
la esperanza de persuadirle de la naturalidad de la teoría cuántica cuando se
contemplaba bajo esta nueva luz», recordaría Wheeler. Einstein le escuchó
pacientemente durante veinte minutos, pero cuando hubo terminado, le repitió su
ya conocida frase: «Sigo sin creer que el buen Dios juegue a los dados».
Wheeler le manifestó su decepción, y Einstein suavizó un poco su argumento:
«Evidentemente puedo estar equivocado —le dijo despacio y en tono divertido;
tras una pausa, añadió—: Pero quizá me he ganado el derecho a cometer mis
errores». Posteriormente, Einstein le confesaría a una amiga: «No creo que viva
para descubrir quién tiene razón».
Wheeler seguiría visitándole, a veces acompañado de sus alumnos, y Einstein
admitiría que muchos de sus argumentos eran «sensatos». Pero jamás se dejaría
convencer. Hacia el final de su vida, Einstein recibió un día a un grupo de
alumnos de Wheeler. Cuando la charla pasó a girar en tomo a la mecánica
cuántica, volvió a echar por tierra la idea de que nuestras observaciones
puedan afectar y determinar las realidades. «Y cuando es un ratón el que
observa —les preguntó Einstein—, ¿cambia eso el estado del universo?».[1371]
El león en invierno
Mileva Maric, cuya salud se había ido deteriorando debido a una serie de
pequeños derrames cerebrales, seguía viviendo en Zúrich y tratando de cuidar de
su hijo internado, Eduard, cuya conducta se había ido haciendo cada vez más
errática y violenta. Los problemas financieros la acosaban de nuevo, y las
tensiones con su ex marido se habían reavivado. La parte del dinero del premio
Nobel que él había depositado en un fondo para ella en Estados Unidos se había
esfumado con la Depresión, y dos de las tres casas de apartamentos de Maric se
habían vendido para ayudar a pagar los cuidados de Eduard. A finales de 1946,
Einstein presionaba para que se vendiera la tercera casa y se le diera el
control del dinero a un tutor legal designado por el propio Eduard. Pero Maric
tenía el usufructo de la casa y sus ganancias, así como poderes notariales
sobre ella, y además le aterrorizaba la idea de ceder el más mínimo control.[1372]
Un día frío de invierno, Mileva resbaló en el hielo cuando se dirigía a ver a
Eduard, y acabó tendida en el suelo inconsciente hasta que unos extraños la
encontraron. Sabía que iba a morir pronto, y por la noche tenía pesadillas
repetidas en las que se veía tratando de abrirse paso a través de la nieve sin
poder llegar hasta Eduard. Sentía pánico al pensar en lo que iba a ser de él, y
escribía a Hans Albert unas cartas que partían el corazón.[1373]
Einstein logró vender la tercera casa a principios de 1948, pero Maric,
empleando sus poderes notariales, impidió que las ganancias le fueran enviadas
a él. Entonces Einstein escribió a Hans Albert dándole todos los detalles de la
situación y prometiéndole que, pasara lo que pasara, él cuidaría de Eduard
«aunque ello me cueste todos mis ahorros».[1374] Aquel mayo, Maric tuvo un nuevo derrame, a partir del cual
entró en un delirio en el que solo murmuraba repetidamente «¡No!, ¡no!», hasta
que murió tres meses después. Bajo su colchón se encontró el dinero de la venta
de su piso, 85. 000 francos suizos.
Eduard cayó en una especie de estupor y nunca volvió a hablar de su madre. Carl
Seelig, un amigo de la familia que vivía cerca, le visitaba con frecuencia,
enviando informes regularmente a Einstein. Seelig confiaba en hacer que
reanudara el contacto con su hijo, pero él jamás lo hizo. «Hay algo que me
bloquea y que soy incapaz de analizar plenamente —le diría Einstein a Seelig—.
Creo que despertaría varias clases de sentimientos dolorosos en él si
apareciera en la forma que fuese».[1375]
En 1948, la propia salud de Einstein también empezó a declinar. Durante años le
habían acosado los dolores de estómago y la anemia, y a finales de aquel año,
tras sufrir un ataque de fuertes dolores y vómitos, fue a hacerse un chequeo en
el Hospital Judío de Brooklyn. La cirugía exploratoria reveló un aneurisma en
la aorta abdominal,[XXXI] pero los médicos decidieron que no se podía hacer mucho al
respecto. Se supuso —acertadamente— que habían bastantes probabilidades de que
un día le matara, pero mientras tanto podía vivir un tiempo extra con tal que
hiciera una dieta sana.[1376]
Para recuperarse, Einstein hizo el viaje más largo de todos los que había hecho
durante sus veintidós años como residente de Princeton; fue a Sarasota, en el
estado de Florida. Por una vez logró evitar la publicidad con éxito. «Einstein,
esquivo visitante de Sarasota», se lamentaría el periódico local.
Helen Dukas le acompañó. Tras la muerte de Elsa, ella se había convertido
todavía más en su fiel guardiana, e incluso le ocultaba las cartas escritas por
Evelyn, la hija de Hans Albert. Este último sospechaba que Dukas podía haber
tenido una aventura con su padre, y así se lo dijo a otros. «En numerosas
ocasiones Hans Albert me habló de su arraigada sospecha», recordaría un amigo
de la familia, Peter Bucky. Pero otras personas que conocían a Dukas consideraban
inverosímil aquella sugerencia.[1377]
Por entonces, Einstein mantenía una relación mucho más amistosa con su hijo,
ahora un respetado profesor de ingeniería en Berkeley. «Cada vez que nos
veíamos —recordaría más tarde Hans Albert, hablando de sus viajes al este del
territorio estadounidense para ver a su padre—, nos informábamos mutuamente de
todos los acontecimientos interesantes en nuestra materia y en nuestro
trabajo». A Einstein le gustaba especialmente enterarse de los nuevos inventos
y soluciones a enigmas. «Puede que ambas cosas, inventos y enigmas, le
recordaran a los felices, despreocupados y fructíferos días de la Oficina de
Patentes de Berna», recordaría Hans Albert.[1378]
También la salud de Maja, la querida hermana de Einstein y la amiga más íntima
de su vida, empezaba a declinar. Ella se había trasladado a Princeton cuando
Mussolini promulgó una serie de leyes antijudías, mientras que su marido, Paul
Winteler, de quien se había ido distanciando con los años.[1379] se fue a Suiza a vivir con su propia hermana y el marido
de esta, Michele Besso. Ambos mantendrían una correspondencia regular, pero
jamás volverían a reencontrarse.
Maja, como le ocurriera a Elsa, empezó a parecerse físicamente cada vez más a
Einstein, con una radiante cabellera plateada y una sonrisa traviesa. La
inflexión de su voz y el tono irónico y algo escéptico que empleaba para
formular preguntas se parecían mucho a los de él. Aunque era vegetariana, le
gustaban los perritos calientes, de modo que Einstein decretó que estos eran
vegetales para satisfacerla.[1380]
Maja había sufrido una apoplejía, y en 1948 pasaba casi todo el tiempo postrada
en cama. Einstein cuidó de ella como no había hecho con nadie. Cada noche iba a
leerle un rato. A veces el tema era denso, como los argumentos de Tolomeo
contra la opinión de Aristarco de que el mundo giraba alrededor del Sol. «No
pude evitar pensar en ciertos argumentos de los físicos de hoy: cultos y
sutiles, pero sin perspectiva», escribiría Einstein a Solovine hablándole de la
lectura de aquella noche. En otras ocasiones las lecturas eran algo más
ligeras, aunque quizá igualmente reveladoras, como las noches en las que le
leía fragmentos del Quijote; a veces Einstein comparaba sus propios
y quijotescos lances contra los molinos de viento de la ciencia predominante
con los del ingenioso hidalgo lanza en ristre.[1381]
Cuando murió Maja, en junio de 1951, Einstein se sintió desconsolado. «La echo
en falta más de lo que puede imaginarse», le escribiría a un amigo. Se sentaba
en el porche trasero de su casa de Mercer Street durante horas, pálido y tenso,
con la mirada perdida en el espacio. Cuando su hijastra Margot iba a
consolarle, él señalaba hacia el cielo y le decía, como para tranquilizarse;
«Observa la naturaleza y la comprenderás mejor».[1382] .
También Margot había dejado a su marido, el cual reaccionó escribiendo una
biografía no autorizada de Einstein, algo que hacía tiempo que deseaba hacer.
Ella, por su parte, adoraba a Einstein, y cada año ambos estaban más unidos,
mientras que a él su presencia le resultaba encantadora. «Cuando Margot habla
—decía—, se ven crecer las flores».[1383]
Su capacidad de engendrar y mantener aquel afecto venía a desmentir su
reputación de persona emocionalmente distante. Al hacerse mayores, tanto Maja
como Margot prefirieron vivir con él antes que con sus maridos. Él había sido
un marido y un padre difícil porque no soportaba bien ningún vínculo que le
limitara, pero también podía mostrarse vehemente y apasionado, tanto con
su familiacomo con sus amigos, cuando se sentía comprometido pero
no obligado.
Einstein era humano; por lo tanto, tenía sus virtudes y sus defectos, y los
mayores de estos últimos se produjeron en el ámbito de lo personal. Tuvo amigos
que se mantuvieron fieles a él durante toda su vida, y hubo algunos miembros de
su familia que le cuidaron; pero también hubo otros —Mileva y Eduard, sobre
todo— de los que simplemente se alejó cuando la relación se hizo demasiado
dolorosa.
En cuanto a sus colegas, estos generalmente vieron su lado bueno. Einstein se
mostraba amable y generoso con sus colaboradores y subordinados, tanto con
quienes estaban de acuerdo con él como con los que no lo estaban. Tuvo
profundas amistades que durarían décadas. Fue indefectiblemente benévolo con
sus ayudantes. Su cordialidad, a veces ausente en su casa, se irradiaba al
resto de la humanidad. Debido a ello, al envejecer, Einstein no solo se vería
respetado y reverenciado por sus colegas, sino incluso querido por ellos.
Estos le homenajearon, con la mezcla de camaradería científica y personal de la
que había disfrutado desde sus días de estudiante, en una celebración convocada
con ocasión de su setenta cumpleaños, tras su regreso de su viaje de
recuperación a Florida. Aunque se suponía que los discursos iban a tratar de la
ciencia de Einstein, la mayoría de ellos versaron sobre su simpatía y
humanidad. Cuando entró en la sala se hizo un silencio, y luego un aplauso
atronador. «Einstein simplemente no tenía ni idea de la absoluta reverencia de
la que era objeto», recordaría uno de sus ayudantes.[1384]
Sus más íntimos amigos del Instituto le hicieron un regalo, un avanzado equipo
de tocadiscos y radio de alta fidelidad, que habían instalado secretamente en
su casa un día mientras él estaba en el trabajo. A Einstein le entusiasmó el
regalo, que utilizaría no solo para oír música, sino también para escuchar las
noticias.
Por entonces ya casi no tocaba el violín, puesto que le resultaba demasiado
difícil para sus dedos de anciano. En lugar de ello, dedicaba sus esfuerzos al
piano, aunque no lo tocaba tan bien. En cierta ocasión, después de tropezar
repetidamente con un pasaje, se volvió a Margot y le dijo sonriendo: «¡Menuda
tontería escribió Mozart aquí!».[1385]
Su aspecto físico se parecía cada vez más al de un profeta, con los cabellos
cada vez más largos, y los ojos algo más tristes y cansados. Los rasgos de su
rostro se hacían más marcados y, al mismo tiempo, más delicados. Rezumaba
sabiduría y agotamiento, pero acompañada todavía de cierta vitalidad. Tenía un
aire distraído, como cuando era un niño, pero ahora también sereno.
«En general me ven como una especie de objeto petrificado —le decía a Max Born,
por entonces profesor en Edimburgo, uno de los amigos cuyo afecto había sido
más duradero—. Encuentro que ese papel no es del todo desagradable, ya que se
corresponde muy bien con mi temperamento… Simplemente disfruto dando más que
recibiendo en todos los aspectos, no me tomo en serio ni a mí mismo ni los actos
de las masas, no me avergüenzo de mis debilidades y vicios, y naturalmente me
tomo las cosas como vienen con ecuanimidad y buen humor».[1386]
La presidencia de Israel
Antes de la Segunda Guerra Mundial, Einstein había declarado su oposición a la
creación de un estado judío en una conferencia pronunciada ante tres mil
personas reunidas para celebrar el séder, o Pascua judía, en un hotel de
Manhattan. «Mi conciencia del carácter esencial del judaísmo se resiste a la
idea de un estado judío con fronteras, un ejército y cierta cantidad de poder
temporal —dijo—. Tengo miedo del daño interior que sufrirá el judaísmo,
especialmente por el desarrollo de un nacionalismo estrecho de miras en
nuestras filas. Nosotros ya no somos los judíos del período de los Macabeos».[1387]
Después de la guerra mantuvo aquella misma postura. Cuando declaró en
Washington, en 1946, ante una comisión internacional encargada de estudiar la
situación de Palestina, Einstein denunció a los ingleses por poner a los judíos
en contra de los árabes, y se mostró a favor de una mayor inmigración judía,
pero rechazó la idea de que los judíos debían ser nacionalistas. «Mi corazón no
alberga la idea del estado —declaró en un suave murmullo que, pese a ello,
retumbó entre el desconcertado público de ardientes sionistas—. No entiendo por
qué es necesario».[1388] El rabino Stephen Wise, atónito al ver que Einstein rompía
filas con los verdaderos sionistas en un acto tan público, le hizo luego firmar
una declaración aclaratoria que en realidad no aclararía nada en absoluto.
Einstein se sentía especialmente consternado por los métodos militaristas
empleados por Menajem Beguin y otros líderes de la guerrilla judía, y se unió a
su ocasional antagonista, Sidney Hook, para firmar una petición publicada en
el New York Times donde se denunciaba a Beguin como
«terrorista» y «extremadamente semejante» a los fascistas.[1389] La violencia era contraria a la tradición judía. «Imitamos
el estúpido nacionalismo y los disparates raciales de los goyim»,
escribiría a un amigo en 1947.
Pero cuando se declaró el estado de Israel, en 1948, Einstein escribió al mismo
amigo diciéndose que su postura había cambiado. «Nunca he considerado que la
idea de un estado fuera buena, por razones económicas, políticas y militares
—admitía entonces—. Pero ahora ya no hay vuelta atrás, y hay que luchar hasta
el fin».[1390]
La creación de Israel le hizo distanciarse de nuevo del pacifismo puro que
antaño abrazara. «Puede que lamentemos tener que emplear métodos que nos
resultan repulsivos y estúpidos —escribiría a un grupo judío de Uruguay—, pero
para conseguir mejores condiciones en la esfera internacional, debemos ante
todo mantener nuestra experiencia por todos los medios a nuestro alcance».[1391]
Chaim Weizmann, el infatigable sionista que llevara a Einstein a Estados Unidos
en 1921, se había convertido en el primer presidente de Israel, un cargo de
prestigio, aunque en general meramente ceremonial, en un sistema que otorgaba
la mayor parte del poder al primer ministro y al gabinete. Cuando murió, en
noviembre de 1952, un periódico de Israel inició una campaña para que se
contactara con Einstein a fin de que le reemplazara. El entonces primer
ministro, David Ben Gurion, cedió a las presiones, y pronto se corrió la voz de
que se iba a ofrecer el puesto a Einstein.
Era una idea que resultaba tan asombrosa como evidente, además de poco
factible. Einstein se enteró de ello por un pequeño artículo publicado en
el New York Times una semana después de la muerte de Weizmann.
Al principio, él y las mujeres de su casa se rieron ante aquella idea, pero
luego empezaron a llamar los periodistas. «Esto resulta muy incómodo, muy
incómodo», le dijo Einstein a un visitante. Al cabo de unas horas llegó un
telegrama del embajador de Israel en Washington, Abba Eban. ¿Podía la embajada
—rezaba este— enviar a alguien al día siguiente para ir a verle de manera
oficial?
—¿Y para qué ese hombre va a recorrer tanto camino —se lamentó Einstein— si voy
a decirle simplemente que no?
A Helen Dukas se le ocurrió la idea de llamar por teléfono al embajador, ya que
por entonces las llamadas inmediatas a larga distancia eran una relativa
novedad. Para su sorpresa, consiguió localizar a Eban en Washington y le pasó
el teléfono a Einstein.
—Yo no soy la persona adecuada, y no me es posible hacerlo —le dijo Einstein.
—No puedo decirle a mi gobierno que me ha telefoneado y me ha dicho que no —le
respondió Eban—. Tengo que dar todos los pasos y presentarle la oferta
oficialmente.
Eban acabó enviando a un representante, que entregó a Einstein una carta
oficial en la que se le preguntaba si deseaba asumir la presidencia. «Su
aceptación implicaría trasladarse a Israel y adquirir su ciudadanía», señalaba
la carta de Eban (presumiblemente por si Einstein albergaba la falsa idea de
que pudiera ser presidente de Israel sin moverse de Princeton). Pero el
embajador se apresuraba también a tranquilizar a Einstein: «La libertad para
proseguir su gran tarea científica estaría garantizada por un gobierno y un
pueblo que son plenamente conscientes de la suprema trascendencia de sus
trabajos». En otras palabras, pues, se trataba de un puesto que requería de su
presencia, pero poco más.
Aunque la oferta parecía algo extraña, constituía un potente testimonio de la
insuperable reputación de Einstein como héroe del mundo judío. Ello —decía
Eban— «encama el más profundo respeto que el pueblo judío puede depositar en
uno de sus hijos».
Einstein había preparado ya su nota de rechazo, que entregó al enviado de Eban
en cuanto llegó. «Llevo toda la vida de abogado —bromeó el visitante—, y jamás
había recibido una refutación antes de presentar mis argumentos».
En la respuesta que había preparado, Einstein le dijo que se sentía
«profundamente emocionado» por la oferta, y «al mismo tiempo avergonzado» por
no poder aceptarla. «Toda mi vida he tratado con materias objetivas, y debido a
ello carezco tanto de las aptitudes naturales como de la experiencia para
tratar adecuadamente con la gente y ejercer un cargo oficial —explicaba—. Yo
soy el más afligido por las circunstancias, puesto que mi relación con el
pueblo judío se convirtió en el más fuerte de mis vínculos humanos en el
momento en que fui plenamente consciente de lo precario de nuestra situación
entre las naciones del mundo».[1392]
Ofrecer a Einstein la presidencia de Israel era una idea inteligente, pero éste
tenía razón al considerar que a veces una idea brillante es también una mala
idea. Como señalaba con su habitual visión irónica de sí mismo, carecía de las
aptitudes naturales para tratar con la gente del modo que habría exigido aquel
caigo, ni tampoco tenía el temperamento adecuado para ser un funcionario
oficial. Él no estaba hecho ni para ser un estadista ni para ser un testaferro.
Le gustaba decir lo que pensaba, y no tenía paciencia para asumir los
compromisos necesarios para gestionar, o siquiera para dirigir simbólicamente,
organizaciones complejas. Ya cuando había participado como figura meramente
simbólica en la creación de la Universidad Hebrea, había demostrado carecer del
talento para manejar —y del temperamento para ignorar— todas las maquinaciones
que ello había comportado. Del mismo modo, recientemente había pasado por una
experiencia parecidamente desagradable con el grupo fundador de la Universidad
Brandeis, en Boston, lo que le llevó a renunciar a su participación en tal
empresa.[1393]
Asimismo, Einstein jamás había mostrado una capacidad perceptible de dirigir
nada. La única tarea administrativa oficial que había realizado era la
dirección de un nuevo instituto de física en la Universidad de Berlín. Y allí
apenas había hecho poco más que contratar a su hijastra para que realizara
algunas tareas de oficina y dar trabajo al astrónomo que estaba tratando de
confirmar sus teorías.
La genialidad de Einstein se derivaba del hecho de ser un rebelde y un
inconformista que retrocedía ante el menor intento de restringir su libertad de
expresión. ¿Puede haber rasgos más desfavorables para alguien que se supone que
ha de ser un político conciliador? Como él mismo explicaría en una cortés
misiva enviada al mismo periódico de Jerusalén que había hecho campaña en su
favor, Einstein no deseaba afrontar la posibilidad de tener que secundar una
decisión del gobierno que «pudiera crearme un conflicto con mi conciencia».
En la sociedad, como en la ciencia, a Einstein le iba mejor cuando mantenía su
inconformismo. «Es cierto que más de un rebelde ha acabado convirtiéndose en
una figura de responsabilidad —admitía Einstein ante un amigo aquella misma
semana—, pero yo no puedo resignarme a ello».[1394]
Ben Gurion se sintió secretamente aliviado, ya que había empezado a darse
cuenta de que aquella era una mala idea. «¡Dígame qué hago si dice que sí! —le
había dicho bromeando a su ayudante—. He tenido que ofrecerle el puesto porque
me era imposible no hacerlo. Pero si acepta, vamos a tener problemas». Dos días
después, cuando el embajador Eban se tropezó con Einstein en una recepción de
etiqueta celebrada en Nueva York, se alegró de que el asunto hubiera quedado
zanjado: ¡el científico no llevaba calcetines![1395]
Capítulo 24
Caza de brujas
1951-1954
Con J. Robert Oppenheimer, 1947.
Contenido:
·
Los Rosenberg
·
William Frauenglass
·
Resistencia pasiva
Los Rosenberg
La prisa por construir la bomba H, el creciente fervor anticomunista y las
imparables investigaciones sobre seguridad del senador McCarthy desconcertaban
a Einstein. La atmósfera reinante en Estados Unidos le recordaba a la del auge
del nazismo y el antisemitismo allá en la década de 1930. «La calamidad alemana
de hace años se repite —se lamentaba ante la reina madre de Bélgica a
principios de 1951—. La gente lo acepta sin protestar y se alinea con las
fuerzas del mal».[1396]
Él trataba de mantener una actitud equidistante entre los que eran
instintivamente antinorteamericanos y los que eran instintivamente
antisoviéticos. Por una parte, reprendió a su colaborador Leopold Infeld, que
quería que respaldara las declaraciones del Consejo Mundial por la Paz, del que
Einstein sospechaba —acertadamente— que actuaba bajo la influencia soviética.
«En mi opinión, son más o menos propaganda», afirmaba. Y lo mismo hizo con un
grupo de estudiantes rusos que le presionaban para que se uniera a una protesta
contra el supuesto uso, según ellos, de armas biológicas por parte de Estados
Unidos en la guerra de Corea. «No pueden esperar que yo proteste contra
incidentes que posiblemente, y muy probablemente, jamás han ocurrido»,
respondió.[1397]
Por otra parte, Einstein se abstuvo de firmar una petición que había puesto en
circulación Sidney Hook denunciando la perfidia de quienes formulaban tales
acusaciones contra Estados Unidos. Ninguno de ambos extremos le seducía. Como
él mismo decía: «Toda persona razonable debe luchar por promover la moderación
y un juicio más objetivo».[1398]
En lo que él suponía que sería un tranquilo esfuerzo en pro de dicha
moderación, Einstein escribió una carta privada en la que pedía que a Julius y
Ethel Rosenberg, un matrimonio judío que había sido condenado por entregar
secretos atómicos a los soviéticos, se les conmutara la pena de muerte. Había
evitado hacer declaraciones públicas sobre el caso, que había dividido a la
nación estadounidense con un frenesí mediático que pocas veces se vería hasta
la época de la televisión por cable. En lugar de ello, Einstein se limitó a
enviar una carta al juez que llevaba el caso, Irving Kaufman, con la promesa de
no hacerla pública. En ella, Einstein no sostenía que los Rosenberg fueran
inocentes, sino que argumentaba meramente que la pena de muerte representaba un
castigo demasiado duro en un caso en el que los hechos no estaban del todo
claros y el resultado había venido impuesto más por la histeria popular que por
la objetividad.[1399]
En un acto reflejo que da bastante idea de la atmósfera de la época, el juez
Kaufman cogió la carta privada de Einstein y se la entregó al FBI. Esta no solo
se incorporó al expediente de Einstein, sino que se investigó para ver si podía
interpretarse como deslealtad. Al cabo de tres meses se envió un informe a
Hoover diciendo que no se había encontrado ninguna otra evidencia
incriminatoria; pero la carta permaneció en el expediente.[1400]
Cuando el juez Kaufman siguió adelante e impuso la pena de muerte, Einstein
escribió al presidente, Harry Truman, que estaba a punto de abandonar el cargo,
para pedirle que conmutara la pena. Einstein hizo el borrador de la carta
primero en alemán y luego en inglés, en el dorso de un trozo de papel que había
llenado con una serie de ecuaciones que, al parecer, dado el modo en que
terminaron, no llevaban a ningún sitio.[1401] Truman le trasladó la decisión al presidente entrante,
Eisenhower, quien permitió que se llevaran a cabo las ejecuciones.
La carta de Einstein a Truman se divulgó, y el New York Times publicó
una noticia de portada titulada: «Einstein apoya la apelación de los
Rosenberg».[1402] De todo el país llovieron entonces más de un centenar de
cartas airadas. «Necesita usted algo de sentido común más algo de aprecio por
lo que Norteamérica le ha dado», escribió Marian Rawles, de Portsmouth,
Virginia. «Antepone usted lo judío a Estados Unidos», le decía Charles
Williams, de White Plains, Nueva York. Y el cabo Homer Greene, destacado en
Corea: «Es evidente que le gusta ver cómo matan a nuestros soldados. Váyase a
Rusia o vuelva al lugar de donde vino, ya que no quiero a estadounidenses como usted
viviendo en este país y haciendo declaraciones antinorteamericanas».[1403]
Aunque no hubo el mismo número de cartas de apoyo, Einstein mantuvo una
agradable correspondencia con el magistrado progresista del Tribunal Supremo
William O. Douglas, que había tratado sin éxito de impedir las ejecuciones. «Ha
luchado usted denodadamente por la creación de una opinión pública saludable en
nuestra atribulada época», le escribiría Einstein en una nota de
agradecimiento, a la que Douglas contestaría, a su vez, con una nota
manuscrita: «Me rinde usted un tributo que aligera la carga de esta hora
sombría; un tributo que apreciaré siempre».[1404]
Muchas de las cartas críticas le preguntaban a Einstein por qué estaba
dispuesto a alzar la voz por los Rosenberg, pero no por los nueve médicos
judíos a los que Stalin había sometido ajuicio acusándolos de formar parte de
una supuesta conspiración sionista para asesinar a líderes rusos. Entre quienes
cuestionaron públicamente lo que consideraban la doble moral de Einstein se
hallaban el editor del New York Times y el director del New
Leader.[1405]
Einstein estaba de acuerdo en que las acciones rusas debían ser denunciadas.
«La perversión de la justicia que se manifiesta en todos los juicios oficiales
orquestados por el gobierno ruso merece una condena incondicional», escribió,
añadiendo que no era probable que los llamamientos individuales a Stalin
sirvieran de mucho, pero que quizá una declaración conjunta de un grupo de
académicos podría ayudar. De modo que se unió al químico y premio Nobel Harold
Urey y a otros para publicar una. «Einstein y Urey atacan el antisemitismo de
los rojos», informaría el New York Times.[1406] Tras la muerte de Stalin, unas semanas después, los
médicos serían liberados.
Por otra parte, Einstein insistía también, en montones de cartas y
declaraciones, en que los estadounidenses no debían permitir que el temor al
comunismo les llevara a renunciar a las libertades civiles y a la libertad de
pensamiento que tanto apreciaban. En Inglaterra había un montón de comunistas
—señalaba—, pero no por ello la gente se dejaba arrastrar por un frenesí de
investigaciones de seguridad interna. Los estadounidenses tampoco tenían por
qué hacerlo.
William Frauenglass
Cada año, los grandes almacenes Lord & Taylor daban un premio que,
especialmente a comienzos de la década de 1950, podría parecer algo inusual. El
galardón premiaba el pensamiento independiente, y Albert Einstein lo ganó —muy
apropiadamente— en 1953 por su «inconformismo» en cuestiones científicas.
Einstein se enorgullecía de ese rasgo de su carácter, que sabía que a lo largo
de los años le había resultado muy útil. «Me proporciona un gran placer ver que
se aclama calurosamente la terquedad de un inconformista incorregible»,
declararía en el discurso radiado de aceptación del premio.
Aunque se le rendía homenaje por su inconformismo en el ámbito de la ciencia,
Einstein aprovechó la ocasión para llamar la atención sobre las investigaciones
macartistas. Para él, la libertad en la esfera del pensamiento se hallaba
vinculada a la libertad en la esfera de la política. «Ciertamente, no preocupa
aquí el inconformismo en un remoto campo de actividad —declaró, refiriéndose a
la física—. Ninguna comisión senatorial se ha sentido obligada todavía a
abordar la tarea de combatir en este campo los peligros que amenazan a la
seguridad interna de los ciudadanos acríticos o intimidados».[1407]
Una de las personas que escucharon el discurso fue un maestro de escuela de
Brooklyn llamado William Frauenglass, al que un mes antes se había llamado a
testificar en Washington ante un subcomité de seguridad interna del Senado que
estudiaba la influencia comunista en las escuelas de secundaria. Él se había
negado a declarar, y deseaba que Einstein le dijera si había hecho bien o no.
Einstein le escribió una respuesta, y le dijo a Frauenglass que podía hacerla
pública. «Los políticos reaccionarios han logrado suscitar el recelo frente a
todas las actividades intelectuales —escribió—. Y ahora están pasando a
suprimir la libertad de enseñanza». ¿Qué debían hacer los intelectuales para
luchar contra ese mal? «Francamente, solo se me ocurre la forma revolucionaria
de no cooperación en el sentido de Gandhi —declaraba Einstein—. Todo
intelectual convocado ante uno de los comités debería negarse a testificar».[1408]
La satisfacción que hallaría Einstein durante toda su vida resistiéndose a los
vientos predominantes le haría también serenamente tenaz durante la era
macartista. En un momento en el que se pedía a los ciudadanos que dieran
nombres y testificaran en investigaciones sobre su propia lealtad y la de sus
colegas, él adoptó un sencillo planteamiento, le dijo a la gente que no
cooperara.
Como le dijo a Frauenglass, él consideraba que ello debía hacerse basándose en
las garantías que daba a la libertad de expresión la Quinta Enmienda de la
Constitución estadounidense, en lugar de emplear el «subterfugio» de invocar la
protección de la Quinta Enmienda contra una posible autoincriminación. Alzarse
en defensa de la Primera Enmienda resultaba especialmente un deber de los
intelectuales —decía—, puesto que estos desempeñaban un papel especial en la
sociedad a la hora de preservar el libre pensamiento. Todavía se sentía
horrorizado al pensar que la mayoría de los intelectuales de Alemania no habían
opuesto resistencia cuando los nazis llegaron al poder.
Cuando se publicó su carta a Frauenglass, se produjo un clamor público aún
mayor que el que había desencadenado su llamamiento en favor de los Rosenberg.
Los editoriales de todo el país tocaron todos los registros posibles en el
acorde de sus denuncias:
El New York Times: «Emplear las fuerzas
antinaturales e ilegales de la desobediencia civil, como aconseja el profesor
Einstein, equivale en este caso a atacar un mal con otro. Es cierto que la
situación contra la que el profesor Einstein se rebela necesita corrección,
pero la respuesta no reside en desafiar la ley».
El Washington Post: «Con su irresponsable sugerencia, se ha situado
en la categoría del extremista. Ha demostrado una vez más qué el genio en la
ciencia no es garantía de sagacidad en los asuntos políticos».
El Philadelphia Inquirer. «Resulta especialmente lamentable que un
erudito de sus logros, lleno de honores, permita que se le utilice como
instrumento de propaganda por parte de los enemigos del país que le ha dado tan
seguro refugio… El doctor Einstein ha bajado de las estrellas para meterse en
política ideológica, con resultados lamentables».
El Chicago Daily Tribune: «Siempre resulta asombroso descubrir que
un hombre de gran poder intelectual en algunos aspectos es un simplón, o
incluso un asno, en otros».
El Pueblo Star-Journal de Colorado: «Él debería saberlo mejor
que nadie: este país le protegió de Hitler». [1409]
También escribieron los ciudadanos normales y corrientes.
«Mírese en el espejo y verá lo ridículo que parece con ese pelo sin cortar como
un salvaje y ese gorro de lana ruso como un bolchevique», le decía Sam Epkin,
de Cleveland. El columnista Victor Lasky, ferviente anticomunista, le envió una
larga carta escrita a mano: «Su último ataque a las instituciones de esta gran
nación finalmente me convence de que, pese a sus grandes conocimientos
científicos, es usted un idiota, una amenaza para este país». Y George
Stringfellow, de East Orange, New Jersey, señalaba erróneamente: «No se olvide
de que usted salió de un país comunista para venir aquí, donde podía tener
libertad. No abuse de esa libertad, señor mío».[1410]
El senador McCarthy también publicó una denuncia, aunque esta parecía estar
algo amortiguada por la talla de Einstein. «Cualquiera que aconseje a los
estadounidenses que se guarden la información secreta que posean sobre espías y
saboteadores es también él un enemigo de Estados Unidos», decía, sin aludir
directamente a Einstein ni a lo que este había escrito.[1411]
Esta vez, sin embargo, sí hubo más cartas de apoyo a Einstein. Entre las
réplicas más divertidas se encontraba la de su amigo Bertrand Russell. «Parecen
ustedes pensar que uno debe siempre obedecer la ley por mala que sea —escribió
el filósofo en una carta al New York Times—. Esto me obliga a
suponer que ustedes condenan a George Washington y sostienen que su país
debería volver a ser leal a Su Graciosa Majestad la reina Isabel II. Como
británico leal, no cabe duda de que yo aplaudo su opinión; pero me temo que no
va a recabar demasiado apoyo en su país». Einstein le escribió a Russell una
carta de agradecimiento, lamentando que «todos los intelectuales de este país,
hasta el más joven estudiante, están completamente intimidados».[1412]
Abraham Flexner, que ya se había jubilado del Instituto de Estudios Avanzados y
ahora vivía en la Quinta Avenida, aprovechó la oportunidad para recuperar su
antigua relación con Einstein. «Como persona nacida en Estados Unidos, le
agradezco su magnífica carta al señor Frauenglass —escribió—. Los ciudadanos
estadounidenses en general ocuparán una posición más digna si se niegan
absolutamente a decir una sola palabra cuando se les pregunte por sus opiniones
y creencias personales».[1413]
Entre las notas más conmovedoras se hallaba la del hijo adolescente de
Frauenglass, Richard: «En estos atribulados tiempos, su declaración es una de
las que podrían alterar el rumbo de esta nación», le decía, no sin algo de
razón. Señalaba asimismo que conservaría la carta de Einstein durante el resto
de su vida, y luego añadía una posdata: «Mis materias preferidas son también
las suyas, las matemáticas y la física. Ahora estoy estudiando trigonometría».[1414]
Resistencia pasiva
Posteriormente hubo docenas de disidentes que pidieron e Einstein que
interviniera en su favor, pero él declinó hacerlo. Había dejado clara su
postura, y no veía la necesidad de seguir participando en la polémica.
Pero hubo una persona que sí lo consiguió, Albert Shadowitz, un profesor de
física que había trabajado como ingeniero durante la guerra y había colaborado
en la formación de un sindicato que acabaría siendo expulsado del obrerismo por
tener a comunistas en su junta directiva. El senador McCarthy quería demostrar
que el sindicato tenía vínculos con Moscú y había puesto en peligro la
industria de defensa. Shadowitz, que había sido miembro del Partido Comunista,
decidió invocar la protección de la Primera Enmienda en lugar de la Quinta, tal
como Einstein le había recomendado a Frauenglass.[1415]
Shadowitz estaba tan preocupado por lo delicado de su situación, que decidió
llamar a Einstein para pedirle su apoyo. Pero el número de este no figuraba en
la guía telefónica. De modo que se metió en su coche, en el norte de New
Jersey, condujo hasta Princeton y se presentó en casa de Einstein, donde fue
recibido por su celosa guardiana, Helen Dukas. «¿Tenía cita?», le preguntó. Él
admitió que no. «Bueno, no puede simplemente venir y hablar con el profesor
Einstein», le dijo Helen. Pero cuando él le explicó su historia, se lo quedó
mirando un momento, y luego le hizo pasar.
Einstein llevaba su atuendo habitual: una sudadera ancha y unos pantalones de
pana. Se llevó a Shadowitz escaleras arriba hasta su estudio y le aseguró que
sus acciones eran correctas. Él era un intelectual, y era un deber especial de
los intelectuales mantenerse firmes en tales casos. «Si toma ese camino puede
usar libremente mi nombre en la forma que desee», le ofreció generosamente
Einstein.
Shadowitz se sintió sorprendido ante aquel cheque en blanco, pero encantado de
poder usarlo. El consejero jurídico principal de McCarthy, Roy Cohn, hizo el
interrogatorio, mientras el senador escuchaba, durante la vista cerrada
inicial. ¿Era comunista?, le preguntó a Shadowitz, quien respondió: «Me niego a
contestar a eso, y en ello sigo el consejo del profesor Einstein». Entonces
McCarthy se hizo caigo repentinamente del interrogatorio. ¿Acaso conocía a
Einstein? En realidad no, le respondió Shadowitz, pero me he entrevistado con
él. Cuando se repitió aquel mismo guión en una vista abierta, desencadenó la
misma clase de titulares, y provocó el mismo raudal de cartas, que el caso de
Frauenglass.
Einstein consideraba que de ese modo estaba siendo un buen ciudadano, no un
ciudadano desleal. Había leído la Primera Enmienda y creía que la defensa del
espíritu de esta era el fundamento de la preciada libertad de Estados Unidos.
Un airado crítico le envió una copia de una tarjeta que contenía lo que él
denominaba «El credo norteamericano», y rezaba en parte: «Es mi deber para con
mi país amarlo; respaldar su Constitución; obedecer sus leyes». Einstein
escribió al margen: «Eso es precisamente lo que he hecho».[1416]
Cuando el gran erudito negro W. E. B. Du Bois fue acusado de una serie de
cargos derivados del hecho de haber ayudado a divulgar una petición
inicialmente redactada por el Congreso Mundial por la Paz, Einstein se ofreció
voluntario para declarar en su favor como testigo de buena conducta. Esto era
una buena muestra de la confluencia de los sentimientos de Einstein en favor de
los derechos civiles y de la libertad de expresión. Cuando el abogado de Du
Bois informó al tribunal de que Einstein se presentaría a declarar, el juez se
apresuró a desestimar el caso.[1417]
Hubo, no obstante, otro caso que le afectó más de cerca. Fue el de J. Robert
Oppenheimer. Tras haber dirigido al equipo de científicos que desarrollaron la
bomba atómica y convertirse luego en director del Instituto donde Einstein
seguía yendo a trabajar a ratos, Oppenheimer siguió siendo asesor de la
Comisión de Energía Atómica y conservando su acreditación de seguridad. Pero al
oponerse en un primer momento al desarrollo de la bomba de hidrógeno, había
convertido a Edward Teller en su adversario, distanciándose asimismo del
comisario de la CEA Lewis Strauss. La esposa de Oppenheimer, Kitty, y su
hermano, Frank, habían sido miembros del Partido Comunista antes de la guerra,
y el propio Oppenheimer se había relacionado libremente con miembros del
partido y con científicos cuya lealtad ahora se ponía en cuestión.[1418]
Todo ello condujo a que en 1953 se intentara despojar a Oppenheimer de su
acreditación de seguridad. De todos modos estaba a punto de expirar, y todo el
mundo podía haber dejado que la cosa se resolviera discretamente, pero en
aquella acalorada atmósfera, ni él ni sus adversarios estaban dispuestos a
ceder en lo que consideraban una cuestión de principios. De modo que en
Washington se programó una vista secreta.
Cierto día, en el Instituto, Einstein se tropezó con Oppenheimer, que estaba
preparándose para la vista. Charlaron durante unos minutos, y cuando
Oppenheimer se dirigía hacia su coche le contó la conversación a un amigo.
«Einstein cree que el ataque del que soy objeto resulta tan escandaloso que
simplemente debería dimitir», le dijo. Einstein consideraba a Oppenheimer «un
necio» por responder siquiera a las acusaciones. Después de haber servido
admirablemente a su país, no tenía ninguna obligación de someterse
voluntariamente a una «caza de brujas».[1419]
Unos días después de que se iniciara finalmente la vista secreta —en abril de
1954, justo cuando el periodista de la CBS Edward R. Murrow daba cuenta de
Joseph McCarthy y la controversia sobre las investigaciones de seguridad se
hallaba en su apogeo—, esta se hizo pública por medio de una exclusiva a toda
página de James Reston, del New York Times.[1420] La cuestión de la investigación del gobierno sobre la
lealtad de Oppenheimer se convirtió al instante en un nuevo debate que polarizó
a la opinión pública estadounidense.
Abraham Pais, advertido de que la noticia estaba a punto de saltar, se dirigió
a Mercer Street para asegurarse de que Einstein estaba preparado para las
inevitables llamadas de la prensa. A este le pareció a la vez amargo y
divertido que Oppenheimer —según le explicó Pais— insistiera en seguir con la
vista en lugar de limitarse a romper sus vínculos con el gobierno. «El problema
de Oppenheimer es que quiere a una mujer que no le quiere a él el gobierno de
Estados Unidos», le dijo Einstein a Pais. Lo único que tenía que hacer —añadió—
era «ir a Washington, decirles a los funcionarios que eran unos necios, y luego
marcharse a casa».[1421]
Oppenheimer perdió. La CEA votó que era un estadounidense leal, pero que
también representaba un riesgo para la seguridad, de modo que su acreditación
fue revocada (un día antes de la fecha en la que habría expirado de todos
modos). Einstein fue a verle al Instituto al día siguiente y lo encontró
deprimido. Aquella tarde le dijo a un amigo que no entendía «por qué
Oppenheimer se toma el asunto tan en serio».
Cuando un grupo de miembros del claustro del Instituto pusieron en marcha una
declaración reafirmando el apoyo a su director, Einstein la firmó de inmediato.
Otros, en cambio, en un primer momento declinaron hacerlo, algunos de ellos en
parte por miedo. Ese hecho galvanizó a Einstein, que «puso sus “talentos
revolucionarios” en acción para recabar apoyos», recordaría un amigo. Después
de unas cuantas reuniones, Einstein había logrado convencerlos o avergonzarlos
a todos para que firmaran la declaración.[1422]
Lewis Strauss, el antagonista de Oppenheimer en la CEA, formaba parte también
de la junta directiva del Instituto, hecho que preocupaba al claustro.
¿Intentaría que se destituyera a Oppenheimer? Einstein escribió a su amigo el
senador por Nueva York Herbert Lehman, otro de los miembros de la junta de la
institución, calificando a Oppenheimer como «el director más capaz, con mucho,
que jamás ha tenido el Instituto», Su destitución —añadió— «suscitaría la
justificada indignación de todos los eruditos».[1423] La junta votó que se le mantuviera en el cargo.
Poco después del asunto Oppenheimer, Einstein recibió la visita en Princeton de
Adlai Stevenson, que había sido —y volvería a ser en el futuro— candidato
demócrata a la presidencia, y que era especialmente apreciado por los
intelectuales. Einstein le expresó su preocupación por el modo en que los
políticos estaban azuzando el temor al comunismo. Stevenson le respondió con
cierta cautela: los rusos constituían realmente un peligro. Tras un poco más de
amable tira y afloja, Stevenson le dio las gracias a Einstein por haberle
apoyado en 1952. No tenía por qué dárselas —repuso Einstein—, ya que lo había
hecho únicamente porque todavía confiaba menos en Eisenhower. Stevenson le dijo
que consideraba estimulante aquella franqueza, y Einstein decidió que el
político no resultaba tan pomposo como inicialmente le había parecido.[1424]
La oposición de Einstein al macartismo se debía en parte a su temor al
fascismo. En su opinión, la amenaza interna más peligrosa para Estados Unidos
no provenía de los subversivos comunistas, sino de quienes usaban el temor a
estos para pisotear las libertades civiles. «Estados Unidos está
incomparablemente menos amenazada por sus propios comunistas que por la
histérica caza de los pocos comunistas que hay aquí», le diría al líder
socialista Norman Thomas.
Einstein expresaba su disgusto sin tapujos incluso ante personas a las que no
conocía. «Hemos avanzado mucho de cara al establecimiento de un régimen
fascista —respondió a una carta de once páginas que le había enviado un
neoyorquino al que no había visto nunca—. La semejanza de la situación general
que hay aquí con la de la Alemania de 1932 resulta bastante evidente».[1425]
A algunos colegas les preocupaba la posibilidad de que las opiniones públicas
de Einstein generaran una polémica en tomo al Instituto. Tales preocupaciones
—bromeaba él— hacían encanecer aún más sus cabellos. Pero lo cierto es que su
libertad de decir lo que pensaba le proporcionaba un juvenil regocijo. «Me he
convertido en una especie de enfant terrible en mi nueva
patria debido a mi incapacidad para guardar silencio y tragarme todo lo que
ocurre —le escribió a la reina madre Isabel—. Además, creo que las personas
mayores, que apenas tienen nada que perder, deberían estar dispuestas a alzar
la voz en nombre de quienes son jóvenes y están sujetos a muchas mayores
restricciones».[1426]
Incluso anunció, en un tono a la vez grave y algo divertido, que de haber
habido la intimidación política que existía en aquel momento, jamás se habría
hecho profesor. «Si yo fuera joven de nuevo y tuviera que decidir cómo ganarme
la vida, no intentaría convertirme en científico, ni académico, ni profesor —le
diría a Theodore White, de la revista Reporter—. Preferiría más
bien ser fontanero o buhonero, con la esperanza de poder gozar del modesto
grado de independencia que todavía queda».[1427]
Esto le valió el carné de miembro honorario de un sindicato de fontaneros, al
tiempo que desencadenó un debate nacional en tomo a la libertad académica.
Incluso sus observaciones más frívolas traían cola.
Einstein tenía razón al afirmar que se estaba atacando la libertad académica, y
el daño que se hizo a muchas carreras profesionales fue bien real. Así, por
ejemplo, David Bohm, un gran físico teórico que trabajaba con Einstein y
Oppenheimer en Princeton, y que había perfeccionado algunos aspectos de la mecánica
cuántica, fue llamado a declarar ante el Comité Parlamentario de Actividades
Antinorteamericanas, se acogió a la Quinta Enmienda, perdió su trabajo y acabó
emigrando a Brasil.
No obstante, la observación de Einstein —y la letanía de quejas que
desencadenó— resultaban algo exageradas. En su caso, y a pesar de sus poco
discretas declaraciones, no hubo ningún intento serio de silenciarle o de
amenazarle con la pérdida de su puesto de trabajo. Ni siquiera los cómicos
intentos del FBI de recopilar un dossier sobre él supusieron la menor coacción
a su libertad de expresión. Al final de la investigación sobre Oppenheimer,
tanto él como Einstein seguían estando a salvo en su refugio de Princeton,
libres de pensar y de decir lo que quisieran. El hecho de que se cuestionara la
lealtad de ambos hombres, y de que en ocasiones se les denegaran sus
acreditaciones de seguridad, resulta obviamente vergonzoso. Pero la situación
no era, ni mucho menos, como la de la Alemania nazi, pese a lo que dijera
Einstein en alguna ocasión.
Tanto él como otros refugiados tendían, comprensiblemente, a ver el macartismo
como una pendiente hacia el agujero negro del fascismo, antes que como el
resultado de una serie de excesos que a veces ocurren en una democracia. Al
final resultó, sin embargo, que la democracia estadounidense se corrigió a sí
misma, tal como había hecho siempre. McCarthy hubo de sufrir su propia
ignominia en 1954 a manos de los abogados del ejército, sus colegas del Senado,
el presidente Eisenhower y periodistas como Drew Pearson y Edward R. Murrow.
Por otra parte, cuando se hicieron públicas las transcripciones del caso
Oppenheimer, estas acabaron dañando la reputación de Lewis Strauss y de Edward
Teller, al menos en el estamento académico y científico, tanto como la de
aquel.
Einstein no estaba acostumbrado a vivir bajo sistemas políticos que se
corrigieran por sí solos, ni tampoco supo apreciar plenamente lo resistente que
podía llegar a ser la democracia estadounidense y su capacidad de nutrir la
libertad individual. Debido a ello, durante un tiempo su desprecio no hizo sino
aumentar. Por fortuna, su irónico desapego y su sentido del humor le salvaron
de caer en una seria desesperación. Él no estaba destinado a morir como un
hombre amargado.
Atisbos de mortalidad
En su setenta y cinco cumpleaños, en marzo de 1954, Einstein recibió como
regalo de parte de un centro médico, sin que él lo hubiera pedido, un loro que
le llevaron a la puerta de casa en una caja. El viaje no había sido fácil, y el
loro parecía algo traumatizado. Por entonces Einstein se veía con una mujer
llamada Johanna Fantova, que trabajaba en una de las bibliotecas de la
Universidad de Princeton y a la que había conocido en Alemania allá en la
década de 1920. «El loro está deprimido tras su traumática entrega, y Einstein
trata de alegrarle con sus chistes, que el pájaro no parece apreciar»,
escribiría Johanna en el maravilloso diario que llevaba de sus citas y
conversaciones.[1428]
El loro se recuperó psíquicamente y al cabo de poco comía de la mano de
Einstein, pero luego sufrió una infección. Ello requirió una serie de
inyecciones, y a Einstein le preocupaba la posibilidad de que el ave no
sobreviviera. Pero era un pájaro resistente, y después de solo dos inyecciones
se recuperó de nuevo.
También Einstein se había recuperado en repetidas ocasiones de anemias y
afecciones estomacales. Pero sabía que el aneurisma de su aorta abdominal no
tardaría en tener consecuencias fatales, y empezó a mostrar una calmada
conciencia de su propia muerte. Cuando hubo de levantarse en el cementerio para
hacer el panegírico del físico Rudolf Ladenberg, que había sido su colega
primero en Berlín y luego en Princeton, las palabras que pronunció parecían
expresar lo que él mismo sentía personalmente: «Breve es la existencia, como
una visita fugaz en una casa ajena —declaró—. Y el camino a seguir apenas está
iluminado por una titilante conciencia».[1429]
Parecía percibir que esta última transición que estaba experimentando era a la
vez natural y de algún modo espiritual. «Lo extraño de envejecer es que la
identificación íntima con el aquí y el ahora se va perdiendo poco a poco —le
escribiría a su amiga la reina madre de Bélgica—. Uno se siente transportado a
la infinitud, más o menos solo».[1430]
Cuando sus colegas, como regalo por su setenta y cinco aniversario, le
actualizaron el equipo de música que le habían regalado cinco años antes,
Einstein empezó a poner repetidamente un disco de la RCA Víctor de la Missa
Solemnis de Beethoven. Era aquella una elección muy poco habitual en
él, por dos razones. Einstein tendía a considerar a Beethoven, que no era
precisamente su compositor preferido, «demasiado personal, casi desnudo».[1431] Asimismo, sus instintos religiosos no llevaban aparejados
esa clase de símbolos. «Soy un no creyente profundamente religioso —le diría a
un amigo que le había enviado una felicitación de cumpleaños—. Esta es una
especie de nueva clase de religión».[1432]
Era el momento de rememorar el pasado. Cuando sus viejos amigos Conrad Habicht
y Maurice Solovine le escribieron una postal desde París recordando los
momentos que habían compartido en Berna, más de medio siglo antes, como
miembros de la que bautizaran cómo su Academia Olimpia, Einstein respondió con
un elogio de la ya desaparecida institución: «Aunque algo decrépitos, todavía
seguimos la solitaria senda de nuestra vida siguiendo tu luz pura e
inspiradora». Como más tarde se lamentaría en otra carta a Solovine: «El diablo
va contando los años concienzudamente».[1433]
Pese a sus problemas de estómago, seguía gustándole pasear. A veces hacía con
Gödel el camino de ida o de vuelta del Instituto, y en otras ocasiones caminaba
por los bosques de las inmediaciones de Princeton con su hijastra Margot. Su
relación se había hecho aún más estrecha, pero normalmente disfrutaban de sus
paseos en silencio. Ella se daba cuenta de que su carácter se iba haciendo más
apacible, tanto personal como políticamente. Ahora sus juicios eran benignos,
incluso amables, en vez de rigurosos.[1434]
En particular, Einstein había hecho las paces con Hans Albert. Poco después de
que él celebrara su setenta y cinco cumpleaños, su hijo cumplió los cincuenta
años. Einstein, a quien la esposa de su hijo le recordó convenientemente el
acontecimiento, le escribió a este una carta que tenía un cariz ligeramente
formal, como si se hubiera redactado para una ocasión especial. Pese a ello,
contenía un hermoso tributo tanto a su hijo como al valor de una vida dedicada
a la ciencia: «Es una alegría para mí tener un hijo que ha heredado los
principales rasgos de mi personalidad, la capacidad de alzarse por encima de la
mera existencia sacrificando el propio yo a lo largo de los años por un
objetivo impersonal».[1435] Aquel otoño, Hans Albert viajó al Este para ir a verle.
Por entonces Einstein había descubierto finalmente un aspecto esencial de
Estados Unidos; el país podía verse agitado por oleadas de lo que desde fuera
podían parecer peligrosas pasiones políticas, pero que en realidad no eran sino
sentimientos pasajeros cuya democracia era capaz de absorber y cuyo giroscopio
constitucional podía enmendar. El macartismo había muerto, y Eisenhower había
resultado ser una influencia apaciguadora. «El sueño americano se hace cada vez
más extraño —le escribiría Einstein a Hans Albert aquellas navidades—, pero de
algún modo logra retomar a la normalidad. Aquí todo —incluida la locura— se
produce en masa. Pero todo pasa de moda muy deprisa».[1436]
Casi todos los días seguía caminando lentamente hasta el Instituto para bregar
con sus ecuaciones y tratar de llevarlas un poco más cerca del horizonte de una
teoría del campo unificado. Solía entrar siempre con nuevas ideas, a menudo
sujetando un trozo de papel con ecuaciones que había garabateado la noche
anterior, y que allí repasaba con la que sería su última ayudante, Bruria
Kaufman, una física israelí.
Ella solía escribir las nuevas ecuaciones en una pizarra para luego poderlas
revisar juntos y detectar sus posibles problemas, que luego Einstein trataba de
solventar. «Él tenía ciertos criterios con los que juzgar si tal o cual cosa
era relevante para la realidad física o no», explicaría ella posteriormente.
Aun en el caso de que se vieran derrotados por los obstáculos de un nuevo
enfoque, como sucedía invariablemente, Einstein no dejaba de mostrarse
optimista. «Bueno, hemos aprendido algo», solía decir cuando llegaba la hora de
irse.[1437]
Por la noche solía explicarle sus últimos esfuerzos a su compañera, Johanna
Fantova, que luego los consignaría por escrito en su diario. Las anotaciones
correspondientes al año 1954 se llenarían de esperanzas luego frustradas. Así,
por ejemplo, el 20 de febrero: «Cree que ha encontrado una nueva perspectiva en
su teoría, algo muy importante que la simplificaría. Espera no encontrar ningún
error». El 21 de febrero: «No ha encontrado ningún error, pero el nuevo trabajo
no es tan emocionante como había creído el día antes». El 25 de agosto: «Las
ecuaciones de Einstein parecen buenas —quizá salga algo de ellas—, pero es un
trabajo condenadamente duro». El 21 de septiembre: «Está haciendo algunos
progresos con lo que al principio solo era una teoría, pero que ahora parece
tener buena pinta». El 24 de octubre: «Hoy ha encontrado un error en su
trabajo, lo que representa un contratiempo». El 24 de octubre: «Hoy ha estado
calculando como un loco, pero no ha conseguido nada».[1438]
Aquel año, Wolfgang Pauli, el pionero de la mecánica cuántica, fue a verle a
Princeton. Se reinició de nuevo el viejo debate acerca de si Dios jugaba o no a
los dados, tal como había ocurrido un cuarto de siglo antes en los Congresos
Solvay. Einstein le dijo a Pauli que seguía oponiéndose al principio
fundamental de la mecánica cuántica que afirmaba que un sistema solo puede
definirse especificando el método experimental empleado para observarlo. Había
una realidad —insistía— que era independiente del modo en que nosotros la
observábamos. «Einstein alberga el prejuicio filosófico de que hay un estado,
denominado “real”, que puede definirse objetivamente bajo cualquier
circunstancia, esto es, sin especificar el plan experimental empleado para
examinar el sistema», declaraba Pauli con tono de asombro en una carta a Max
Born.[1439]
Asimismo, Einstein seguía aferrado a su creencia de que la física debía
basarse, como le decía a su viejo amigo Besso, «en el concepto de campo, es
decir, en estructuras continuas». Setenta años antes, su admiración al
contemplar una brújula le había hecho maravillarse ante el concepto de campo,
que había guiado sus teorías desde entonces. Pero ¿qué sucedería —le preguntaba
a Besso con preocupación— si la teoría de campo resultaba ser incapaz de
explicar las partículas y la mecánica cuántica? «En tal caso no quedará nada de
mi castillo en el aire, incluida la teoría de la gravitación».[1440]
En consecuencia, aunque Einstein se excusara por su terquedad, se negaba
orgullosamente a renunciar a ella. «Debo parecer una especie de avestruz que
entierra siempre la cabeza en la arena relativista para no enfrentarme a los
malvados cuantos», le escribió a Louis de Broglie, otro de sus colegas en
aquella larga lucha. Él había descubierto sus teorías gravitatorias basándose
en un principio subyacente, lo cual le había llevado a convertirse en un
«fanático creyente» en la posibilidad de que otros métodos similares llevaran a
la larga a una teoría del campo unificado. «Eso debería explicar la postura del
avestruz», le decía lacónicamente a De Broglie.[1441]
Einstein expresaba aquella misma opinión de manera más formal en el párrafo
final de la última actualización del apéndice a su libro de divulgación Sobre
la teoría de la relatividad especial y general. «Prevalece la convicción de
que la dualidad experimentalmente confirmada (estructura corpuscular y
ondulatoria) puede realizarse mediante el debilitamiento de realidad
—escribió—. Creo que por el momento una renuncia teórica de tal envergadura no
está justificada por nuestros actuales conocimientos, y que no se debería
desistir de seguir hasta el final la senda de la teoría de campo relativista».[1442]
Asimismo, Bertrand Russell le alentaba a proseguir la búsqueda de una
estructura que garantizara la paz en la era atómica. Ambos —le recordaría
Russell— se habían opuesto a la Primera Guerra Mundial y habían respaldado la
segunda; ahora era imperativo evitar una tercera. «Creo que los hombres de
ciencia eminentes deberían hacer algo drástico para hacer ver a los gobiernos
los desastres que pueden ocurrir», escribió Russell. Einstein le respondió
proponiendo una «declaración pública» que pudieran firmar ellos y tal vez
algunos otros eminentes científicos y pensadores.[1443]
Así, Einstein se puso manos a la obra, recabando el apoyo de su viejo amigo y
contrincante Niels Bohr. «¡No ponga esa cara!», le decía bromeando, como si se
encontrara delante de Bohr en lugar de estar escribiéndole a su domicilio en
Copenhague. «Esto no tiene nada que ver con nuestra vieja controversia sobre
física, sino que antes bien afecta a una materia sobre la que estamos de
completo acuerdo». Einstein admitía que su propio nombre podía ejercer alguna
influencia en el extranjero, pero no en Estados Unidos, «donde tengo fama de
oveja negra (y no solo en temas científicos)».[1444]
Lamentablemente Bohr declinó participar, aunque sí hubo otros nueve
científicos, incluido Max Born, que aceptaron unirse a la empresa. Russell
concluyó el documento propuesto con una sencilla petición: «En vista del hecho
de que en cualquier futura guerra mundial se emplearán sin duda armas
nucleares, y de que tales armas amenazan la continuidad de la existencia de la
humanidad, instamos a los gobiernos del mundo a reconocer, y aceptar
públicamente, que sus objetivos no pueden alcanzarse por medio de una guerra
mundial, y les instamos, en consecuencia, a buscar medios pacíficos para la
resolución de todos los objetos de disputa entre ellos».[1445]
Einstein llegó a cumplir su setenta y seis aniversario, pero no con la
suficiente salud como para salir a saludar a los periodistas y fotógrafos
congregados ante la puerta del número 112 de Mercer Street. El cartero le llevó
regalos, Oppenheimer se presentó con los periódicos, la familia Bucky trajo
unos rompecabezas y Johanna Fantova estuvo allí para consignarlo todo por
escrito.
Entre los regalos había una pajarita que le habían enviado los alumnos de
quinto curso de la escuela elemental de Farmingdale, Nueva York, que
presumiblemente habían visto fotos suyas y sabían que solía utilizar esa
prenda. «Las corbatas solo existen para mí como un remoto recuerdo», admitiría
cortésmente en su carta de agradecimiento.[1446]
Unos días después, Einstein se enteró de la muerte de Michele Besso, su
confesor personal y caja de resonancia científica, al que había conocido seis
décadas antes, a su llegada como estudiante a Zúrich. Como si supiera que a él
mismo le quedaban solo unas semanas más, en la carta de condolencia que
escribió a la familia Besso Einstein reflexionaba sobre la naturaleza de la
muerte y del tiempo. «Él ha partido de este extraño mundo un poco antes que yo.
Eso no significa nada. Para nosotros, físicos creyentes, la distinción entre
pasado, presente y futuro es solo una terca ilusión».
Había sido Einstein quien le había presentado a Besso a la que sería su esposa,
Anna Winteler, y le maravillaba el hecho de que su amigo hubiera logrado que su
matrimonio sobreviviera a pesar de haber atravesado algunos momentos difíciles.
El rasgo personal más admirable de Besso —decía Einstein— era el de ser capaz
de vivir en armonía con una mujer, «una empresa en la que yo he fracasado dos
veces de forma bastante rotunda».[1447]
Un domingo de abril, I. Bernard Cohen, historiador de la ciencia de Harvard,
fue a ver a Einstein. Para Cohen, su rostro, lleno de profundas arrugas, le
daba un aire trágico, pero al mismo tiempo sus brillantes ojos le otorgaban un
aspecto juvenil. Hablaba con suavidad, pero se reía con fuerza. «Cada vez que
hacía una observación que le gustaba —recordaría Cohen—, prorrumpía en una
sonora carcajada».
A Einstein le divertía especialmente un artilugio científico, diseñado para
mostrar el principio de equivalencia, que alguien le había dado hacía poco. Se
trataba de una versión del viejo juguete en el que se ha de mover una bola que
cuelga de una cuerda situada en el extremo de un palo, haciéndola balancearse
hasta lograr que caiga dentro de una copa situada sobre el palo. Pero esta era
algo más compleja: la cuerda a la que iba unida la bola atravesaba el fondo de
la copa y estaba atada a un muelle situado dentro del mango del artefacto.
Debido a ello, un movimiento aleatorio hacía que de vez en cuando la bola cayera
en la copa. Y el reto era: ¿había algún método que hiciera que la bola cayera
en la copa siempre?
Cuando Cohen ya se marchaba, una amplia sonrisa iluminó el rostro de Einstein,
al tiempo que le decía que iba a explicarle la solución del artilugio. «¡Y a
continuación, el principio de equivalencia!», anunció. Entonces cogió el
dispositivo y lo levantó hasta casi tocar el techo. Luego simplemente lo dejó
caer. Al estar en caída libre, la bola obviamente se comportó como si no pesara
nada. Y al instante el muelle del interior del aparato la metió en la copa.[1448]
Einstein entraba en la que sería su última semana de vida, de modo que,
retrospectivamente, parece bastante apropiado que se centrara en las materias
que para él eran más importantes. El 11 de abril firmó el que se conocería como
«manifiesto Einstein-Russell». Como declararía posteriormente este último,
Einstein «seguía siendo cuerdo en un mundo de locos».[1449] De aquel documento surgirían los denominados «Congresos
Pugwash», que reunirían anualmente a científicos y pensadores para tratar del
modo de controlar las armas nucleares.
Aquella misma tarde, el embajador israelí, Abba Eban, fue a Mercer Street para
hablar de un discurso radiofónico que había de pronunciar Einstein con motivo
de la conmemoración del séptimo aniversario de la fundación del estado judío.
Eban le dijo que iban a escucharlo sesenta millones de oyentes, lo que divirtió
a Einstein. «Bueno, entonces tendré la posibilidad de hacerme mundialmente
famoso», le dijo sonriendo.
Tras andar trasteando en la cocina para hacerle una taza de café a Eban,
Einstein le dijo que consideraba el nacimiento de Israel como uno de los pocos
actos de su vida que tenían un carácter moral. Pero le preocupaba el hecho de
que los judíos tuvieran problemas para convivir con los árabes. «La actitud que
adoptemos con respecto a la minoría árabe nos dará la verdadera prueba de
nuestro nivel moral como pueblo», le había dicho a un amigo unas semanas antes.
Einstein deseaba ampliar su discurso, que estaba escribiendo en alemán con una
caligrafía muy clara y ajustada, a fin de instar a la creación de un gobierno
mundial que preservara la paz.[1450]
Al día siguiente Einstein fue a trabajar al Instituto, pero tenía dolor en la
ingle, y su rostro lo denotaba.
—¿Va todo bien? —le preguntó su ayudante.
—Todo va bien —respondió él—, pero yo no.
Al día siguiente se quedó en casa, debido, en parte, a que tenía que ir el
cónsul israelí y, en parte, a que seguía sin encontrarse bien. Cuando se
marcharon las visitas, Einstein se acostó a dormir un rato. Pero a media tarde
Dukas le oyó ir corriendo al cuarto de baño, donde se desvaneció. Vino el
médico y le dio morfina, lo que le ayudó a dormir, y luego Dukas llevó su cama
junto a la de él para poder humedecer con hielo sus labios deshidratados
durante toda la noche. El aneurisma había empezado a romperse.[1451]
Al día siguiente un grupo de médicos se reunieron en su casa y, tras algunas
consultas, recomendaron una operación quirúrgica que podría reparar la aorta,
aunque se consideraba que las probabilidades de éxito eran muy escasas. Pero
Einstein se negó. «Es de mal gusto prolongar la vida artificialmente —le dijo a
Dukas—. Yo ya he hecho mi parte, y es el momento de irse. Y lo haré con
elegancia».
Sí preguntó, no obstante, si iba a sufrir una «muerte horrible». Los médicos le
dijeron que no estaba claro. El dolor producido por una hemorragia interna
podía llegar a ser atroz, pero lo mismo podía durar un minuto que una hora.
Dirigiéndose a Dukas, que estaba muy alterada, Einstein le dijo sonriendo: «¡A
qué viene esa histeria! Tengo que morir un día u otro, y en realidad no importa
cuándo».[1452]
A la mañana siguiente, Dukas lo encontró agonizante, sin poder ya siquiera
levantar la cabeza. Fue corriendo a llamar por teléfono, y el médico ordenó su
traslado al hospital. Al principio él se negó, pero le dijeron que estaba
convirtiéndose en una carga demasiado pesada para Dukas, de modo que al final
cedió. El voluntario que iba en la ambulancia era un economista político de
Princeton, y Einstein fue capaz de mantener una vivida conversación con él.
Margot llamó a Hans Albert, que cogió un avión desde San Francisco y pronto
estuvo junto al lecho de su padre. El economista Otto Nathan, otro refugiado
alemán que se había hecho íntimo amigo de Einstein, llegó desde Nueva York.
Pero Einstein todavía no estaba dispuesto a morir. El domingo 17 de abril se
despertó sintiéndose mejor. Le pidió a Dukas que le diera sus gafas, que le
diera lápiz y papel, y procedió a anotar unos cuantos cálculos. Habló con Hans
Albert de algunas ideas científicas, y luego con Nathan sobre los peligros de
permitir que Alemania se rearmara. Señalando sus ecuaciones, se lamentó medio
en broma, dirigiéndose a su hijo: «¡Si supiera más matemáticas!».[1453] Durante medio siglo había estado quejándose tanto del
nacionalismo alemán como de las limitaciones de su instrumental matemático; de
modo que resultaba bastante apropiado que ambas cosas se hallaran entre sus
últimas declaraciones.
Trabajó todo lo que pudo, y cuando el dolor se hizo demasiado
grande se fue a dormir. Poco después de la una de la madrugada del lunes 18 de
abril de 1955, la enfermera le oyó murmurar algunas palabras en alemán que no
pudo entender. El aneurisma había estallado como una gran ampolla, y Einstein
murió, a los setenta y seis años de edad.
En la mesilla quedaba el borrador del discurso de conmemoración de la
independencia de Israel que jamás llegaría a pronunciar, y que empezaba así:
«Hoy les hablo no como ciudadano estadounidense, ni tampoco como judío, sino
como ser humano», empezaba este.[1454]
Junto a su lecho había también doce páginas de densas ecuaciones, llenas de
tachaduras y correcciones.[1455] Hasta el final, Einstein luchó por encontrar su
escurridiza teoría del campo unificado. Y lo último que escribió, antes de
quedarse dormido por última vez, fue una línea más de símbolos y números que
esperaba que pudieran llevarle, y llevamos al resto de nosotros, un paso más
cerca del espíritu que se manifiesta en las leyes del universo.
Epilogo
el cerebro y la muerte de Ëinstein
Cuando murió Isaac Newton, su capilla ardiente se instaló en la
cámara de Jerusalén de la abadía de Westminster, y entre los portadores de su
féretro hubo un lord canciller, dos duques y tres condes. Einstein podría haber
tenido un funeral parecidamente rutilante, con la asistencia de dignatarios de
todo el mundo. Pero lejos de ello, y de acuerdo con su propio deseo, su cuerpo
fue incinerado en Trenton la misma tarde del día de su muerte, antes de que la
mayor parte del mundo se hubiera enterado de la noticia. En el crematorio hubo
solo doce personas, incluyendo a Hans Albert Einstein, Helen Dukas, Otto Nathan
y cuatro miembros de la familia Bucky. Nathan recitó unas cuantas líneas de
Goethe, y luego llevó las cenizas de Einstein al cercano río Delaware, donde
fueron esparcidas.[1456]
«Ningún otro hombre ha contribuido tanto a la vasta expansión del conocimiento
en el siglo XX —declararía el presidente Eisenhower—. Pero tampoco ha habido
ningún otro hombre más modesto en la posesión de ese poder que es el
conocimiento, ni más consciente de que el poder sin sabiduría resulta
mortífero». Al día siguiente el New York Times publicó nueve
artículos más un editorial sobre su muerte: «El hombre se alza en esta diminuta
tierra, contempla la miríada de estrellas, los ondulantes océanos y los susurrantes
árboles, y se pregunta asombrado: ¿qué significa todo esto?, ¿de dónde ha
salido? El hombre con mayor capacidad de asombro y reflexión que ha aparecido
entre nosotros en tres siglos ha fallecido en la persona de Albert Einstein».[1457]
Einstein había insistido en que se esparcieran sus cenizas a fin de que el
lugar de su último descanso no se convirtiera en objeto de mórbida veneración.
Pero hubo una parte de su cuerpo que no se quemó. En un drama que parecería
ridículo si no fuera tan macabro, el cerebro de Einstein acabaría siendo una
reliquia ambulante durante más de cuatro décadas.[1458]
Unas horas después de su muerte, un patólogo del hospital de Princeton, Thomas
Harvey —un cuáquero provinciano de carácter afable y una visión difusa de la
vida y la muerte— realizó lo que se suponía que había de ser una autopsia
rutinaria. Mientras el afligido Otto Nathan observaba en silencio, Harvey fue
sacando e inspeccionando cada uno de los órganos principales de Einstein, para
acabar finalmente empleando una sierra eléctrica para cortarle el cráneo y
sacarle el cerebro. Cuando volvió a coser el cuerpo, decidió, sin pedir permiso
a nadie, dejar fuera el cerebro de Einstein y embalsamarlo.
A la mañana siguiente, en una clase de quinto curso de la escuela de Princeton,
el profesor les preguntó a sus alumnos qué noticias habían oído aquel día.
«Einstein ha muerto», dijo una chica, ansiosa de ser la primera en dar aquella
información. Pero pronto perdería el protagonismo ante un chico más bien
callado que se sentaba en las últimas filas. «Mi papá tiene su cerebro»,
declaró.[1459]
Nathan se horrorizó cuando se enteró de aquello, al igual que la familia de
Einstein. Hans Albert llamó al hospital para quejarse, pero Harvey insistió en
que el estudio del cerebro podría tener un gran valor científico. Es lo que
habría querido Einstein, añadió. Su hijo, que desconocía qué derechos legales y
prácticos podía tener en la materia, acabó cediendo.[1460]
Harvey no tardaría en verse acosado por gente que quería el cerebro de
Einstein, o al menos una parte de él. Fue convocado a Washington para
entrevistarse con oficiales de la unidad de patología del ejército
estadounidense; sin embargo, y pese a sus demandas, se negó a mostrarles su
preciada posesión. Para él su custodia se había convertido en una especie de
misión. Finalmente decidió pedirles a unos amigos de la Universidad de
Pensilvania que convirtieran parte el cerebro de Einstein en rodajas microscópicas
de modo que lo metió, cortado a trozos, en dos botes de cocina de cristal, y se
lo llevó en la parte trasera de su Ford.
Con los años, en un proceso que sería tan ingenuo como extravagante, Harvey
iría enviando rodajas o trozos de lo que quedaba del cerebro a los
investigadores que le cayeran en gracia. No exigió ningún estudio riguroso, y
durante años nadie publicó ninguno. Mientras tanto, Harvey dejó el hospital de
Princeton, se separó de su esposa, volvió a casarse un par de veces, y se
trasladó de New Jersey a Missouri, y luego a Kansas, a menudo sin dejar su
nueva dirección, y acompañado siempre de los fragmentos que le quedaban del
cerebro de Einstein.
De vez en cuando, un periodista redescubría la noticia y encontraba la pista de
Harvey, causando un pequeño revuelo mediático. Steven Levy, que por entonces
trabajaba en New Jersey Monthly y más tarde lo haría en Newsweek,
le encontró en 1978 en Wichita, donde le enseñó un bote de conserva de cristal
con trozos del cerebro de Einstein, que sacó de una caja con una etiqueta que
rezaba «Sidra Costa» y que guardaba en un rincón de su despacho detrás de una
nevera de picnic de color rojo.[1461] Veinte años después, Harvey fue localizado de nuevo, esta
vez por Michael Paterniti, un escritor de estilo conmovedor y poco convencional
que trabajaba para Harper’s, y que convirtió su viaje en un Buick
alquilado a través de Estados Unidos con Harvey y el cerebro en un artículo
premiado, y luego en un libro que sería un éxito de ventas, Viajando
con Mr. Albert.
Su destino era California, donde fueron a hacerle una visita a la nieta de
Einstein, Evelyn, que estaba divorciada, tenía un empleo precario y se esforzaba
en luchar contra la pobreza. A ella los paseos de Harvey con el cerebro le
parecían horripilantes, pero tenía especial interés en un secreto que este
podía guardar. Ella era la hija adoptada de Hans Albert y su esposa Frieda,
pero el momento y las circunstancias de su nacimiento resultaban confusos.
Había oído rumores que la hacían sospechar de que era posible, solo posible,
que en realidad fuera hija del propio Einstein. Había nacido tras la muerte de
Elsa, cuando Einstein pasaba su tiempo con distintas mujeres. Tal vez había
sido el resultado de una de aquellas relaciones, y luego él había dispuesto que
Hans Albert la adoptara. En colaboración con Robert Schulmann, uno de los
primeros editores de los papeles de Einstein, esperaba ver qué podían averiguar
estudiando el ADN de su cerebro. Por desgracia, resultó que el método que había
empleado Harvey para embalsamar el cerebro hacía imposible la extracción de ADN
aprovechable, de modo que sus dudas jamás se verían resueltas.[1462]
En 1998, después de cuarenta y tres años como guardián ambulante del cerebro de
Einstein, Thomas Harvey, que entonces tenía ochenta y seis años de edad,
decidió que había llegado el momento de ceder aquella responsabilidad a otro.
De modo que llamó a la persona que en aquel momento ejercía su antiguo trabajo
como patólogo en el hospital de Princeton y se lo dejó a ella.[1463]
De las docenas de personas a las que Harvey entregó trozos del cerebro de
Einstein a lo largo de los años, solo tres publicaron estudios científicos
significativos. El primero lo realizó un equipo de Berkeley dirigido por Manan
Diamond.[1464] En él se informaba de que un área del cerebro, que formaba
parte de la corteza parietal, albergaba una proporción de lo que se conoce como
células gliales superior a la de neuronas. Según los autores, esto podía
indicar que las neuronas empleaban y necesitaban mayor energía.
Un problema de ese estudio era que en él se comparaba el cerebro de Einstein,
un cerebro de setenta y seis años, con otros once de hombres que habían muerto
a una media de edad de sesenta y cuatro. No había otros genios en la muestra para
ayudar a determinar si los hallazgos seguían una pauta. Y había asimismo otro
problema fundamental; dada la imposibilidad de seguir el desarrollo del cerebro
a lo largo de toda una vida, no estaba claro qué atributos fisicos podían ser
la causa de una mayor inteligencia y cuáles, en cambio, podrían ser el efecto
de años y años de usar y ejercitar determinadas partes del cerebro.
Un segundo artículo, publicado en 1996, sugería que la corteza cerebral de
Einstein era más fina que la de otros cinco cerebros de muestra, y que la
densidad de sus neuronas era mayor. Una vez más, la muestra era reducida, y las
evidencias de una posible pauta resultaban incompletas.
El artículo más citado fue el elaborado en 1999 por la profesora Sandra
Witelson y un equipo de la Universidad McMaster de Ontario. Harvey le había
enviado un fax espontáneamente ofreciéndole muestras para su estudio. Aunque
era ya octogenario, condujo él mismo hasta Canadá transportando un trozo del
cerebro de Einstein que equivalía aproximadamente a una quinta parte de este y
que incluía el lóbulo parietal.
Cuando se comparó con los cerebros de otros treinta y cinco hombres, el de
Einstein resultó tener un surco mucho más corto en un área de su lóbulo
parietal inferior, que, según se cree, es clave para el pensamiento matemático
y espacial. Su cerebro también era un 15 por ciento más ancho en esa región. El
artículo especulaba con la posibilidad de que esos rasgos hubieran producido
circuitos cerebrales más ricos e integrados en la zona.[1465]
Pese a todo esto, la verdadera comprensión de la imaginación y la intuición de
Einstein no vendrá de andar hurgando en sus patrones de glías y de surcos. La
cuestión relevante es cómo funcionaba su mente, no su cerebro.
La razón que el propio Einstein daba con más frecuencia para explicar sus
logros mentales era su curiosidad. Como diría hacia el final de su vida: «Yo no
tengo ningún talento especial; solo soy apasionadamente curioso».[1466]
Quizá ese rasgo sea el mejor punto de partida a la hora de examinar los
elementos de su genio. Así, estaba presente cuando era un niño enfermo en cama
y trataba de averiguar por qué la aguja de la brújula señala hacia el norte. La
mayoría de nosotros recordamos haber visto aquellas agujas girando hasta
situarse en la posición correcta, pero pocos pasamos a preguntamos con pasión
cómo puede funcionar un campo magnético, con qué velocidad puede propagarse o
cómo podría interactuar con la materia.
¿Cómo sería viajar a toda velocidad con un rayo de luz? Si nos movemos por un
espacio curvo del mismo modo en que un escarabajo se mueve por una hoja curva,
¿cómo lo notamos? ¿Qué significa afirmar que dos acontecimientos son
simultáneos? La curiosidad, en el caso de Einstein, no provenía solo del deseo
de cuestionar lo misterioso, sino que —lo que resulta más importante— provenía
también de una capacidad de asombro casi infantil que le llevaba a cuestionar
lo familiar, aquellos conceptos con los que, como él mismo diría en cierta
ocasión, «el adulto normal nunca se estruja la cabeza».[1467]
Él podía contemplar hechos conocidos y extraer ideas que escapaban a la
observación de otros. Ya desde Newton, por ejemplo, los científicos sabían que
la masa inerte era equivalente a la masa gravitatoria. Pero Einstein supo ver
que eso significaba que existía también una equivalencia entre gravedad y
aceleración que abría la puerta a una explicación del universo.[1468]
Uno de los principios de la fe de Einstein era que la naturaleza no estaba
agobiada por atributos extraños. Por lo tanto, la curiosidad debía tener un
propósito. Para Einstein, esta existía porque creaba mentes que cuestionaban,
que producían una apreciación del universo que él comparaba con los
sentimientos religiosos. «La curiosidad tiene su propia razón de ser —explicaba
en cierta ocasión—. Uno no puede por menos que sentir admiración cuando
contempla los misterios de la eternidad, de la vida, de la maravillosa
estructura de la realidad».[1469]
Desde el primer momento, la curiosidad y la imaginación de Einstein se
expresaron sobre todo a través del pensamiento visual —imágenes mentales y
experimentos mentales—, antes que verbalmente. Ello incluía la capacidad de
visualizar la realidad física que describían las pinceladas de las matemáticas.
«Detrás de una fórmula él veía de inmediato su contenido físico, mientras que
para nosotros seguía siendo una fórmula abstracta», recordaba uno de sus
primeros alumnos.[1470] Planck ideó el concepto de los cuantos, que él consideraba
sobre todo un artilugio matemático, pero fue Einstein quien comprendió su
realidad física. A Lorentz se le ocurrieron las transformaciones matemáticas
que describían los cuerpos en movimiento, pero fue Einstein quien creó una
nueva teoría de la relatividad basándose en ellas.
Cierto día, en la década de 1930, Einstein invitó a Saint-John Perse a
Princeton para averiguar cómo trabajaba el poeta. «¿Cómo surge la idea de un
poema?», le preguntó. El poeta le habló del papel que desempeñaban la intuición
y la imaginación. «Lo mismo le ocurre al hombre de ciencia —respondió Einstein
encantado—. Es una iluminación repentina, casi un éxtasis. Es cierto que luego
la inteligencia analiza y los experimentos confirman o invalidan la intuición.
Pero inicialmente se produce un gran salto adelante de la imaginación».[1471]
Había cierta estética en el pensamiento de Einstein, cierto sentido de la
belleza. Y él consideraba que uno de los componentes de la belleza era la
simplicidad. Así, se había hecho eco de la sentencia de Newton de que «a la
naturaleza le agrada la simplicidad» en el credo que declaró en Oxford el mismo
año en que dejó Europa para trasladarse a Estados Unidos: «La naturaleza es la
realización de las ideas matemáticas más simples concebibles».[1472]
A pesar de la «navaja de Ockham» y de otras máximas filosóficas en la misma
línea, no hay ninguna evidente de que tal cosa sea cierta. Así cómo es posible
que Dios realmente pueda jugar a los dados, del mismo modo también lo es que
pueda deleitarse en complejidades bizantinas. Pero Einstein no pensaba así. «A
la hora de construir una teoría, su planteamiento tenía algo en común con el de
un artista —decía Nathan Rosen, su ayudante en la década de 1930—. Él aspiraba
a la simplicidad y a la belleza, y para él la belleza era, al fin y al cabo,
básicamente simplicidad».[1473]
Se convirtió en una especie de jardinero que limpiara de malas hierbas un
macizo de flores. «Creo que lo que permitió a Einstein hacer tanto fue sobre
todo una cualidad moral —decía el físico Lee Smolin—. Simplemente le preocupaba
mucho más que a la mayoría de sus colegas el hecho de que las leyes de la
física habían de explicar toda la naturaleza de forma coherente y consistente».[1474]
El instinto unificador de Einstein estaba incardinado en su personalidad y se
reflejaba en su postura política. Del mismo modo que aspiraba a una teoría
unificada que en ciencia pudiera gobernar el cosmos, también aspiraba a una que
en política pudiera gobernar el planeta, una que superara la anarquía del
nacionalismo desenfrenado a través de un federalismo mundial basado en
principios universales.
Quizá el aspecto más importante de su personalidad fue la voluntad de ser un
inconformista. Era aquella una actitud que celebraría en un prólogo que
escribió, hada el final de su vida, a una nueva edición de las obras de
Galileo. «El tema que yo identifico en el trabajo de Galileo —decía— es la
apasionada lucha contra cualquier clase de dogma basado en la autoridad».[1475]
Tanto Planck como Poincaré y como Lorentz se acercaron a algunos de los avances
que hiciera Einstein en 1905. Pero se vieron demasiado limitados por el dogma
basado en la autoridad. Einstein fue el único de ellos que se mostró lo
bastante rebelde como para prescindir del pensamiento convencional que había
definido la ciencia durante siglos.
Este jovial inconformismo le hacía retroceder ante la visión de los soldados
prusianos marchando a paso militar. Asimismo, esa perspectiva personal se
convertiría también en una perspectiva política. A Einstein le ponía los pelos
de punta cualquier forma de tiranía sobre las mentes libres, desde el nazismo
hasta el estalinismo, pasando por el macartismo.
Su credo fundamental era que la libertad constituía la savia de la creatividad.
«El desarrollo de la ciencia y de las actividades creativas del espíritu
—decía— requiere una libertad consistente en la independencia del pensamiento
con respecto a las restricciones del prejuicio autoritario y social». Y creía
que alimentar esa independencia había de ser el papel fundamental del gobierno
y la misión de la educación.[1476]
Había un sencillo conjunto de formulas que definían la perspectiva de Einstein.
La creatividad requería estar dispuesto a no conformarse.
Lo cual, por su parte, requería alimentar mentes libres y espíritus libres, y
ello, a su vez, exigía «un espíritu de tolerancia». Y la base de la tolerancia
era la humildad, la creencia de que nadie tenía derecho a imponer ideas y
creencias a otros.
El mundo ha visto un montón de genios insolentes. Pero lo que hacía especial a
Einstein era el hecho de que su mente y su alma se veían atemperadas por su
humildad. Podía mostrarse serenamente confiado en su solitaria carrera y, al
mismo tiempo, humildemente maravillado ante la belleza de la obra de la
naturaleza. «Un espíritu se manifiesta en las leyes del universo; un espíritu
inmensamente superior al del hombre, y uno ante el que nosotros, con nuestros
modestos poderes, debemos sentimos humildes —escribió—. De ese modo la
actividad de la ciencia lleva a una clase especial de sentimiento religioso».[1477]
Para algunas personas, los milagros son evidencias de la existencia de Dios.
Para Einstein era la ausencia de milagros la que reflejaba la divina
providencia. Era el hecho de que el cosmos resultara comprensible, de que
siguiera leyes, lo que suscitaba admiración. Esa era la cualidad definitoria de
un «Dios que se revela en la armonía de todo lo que existe».[1478]
Einstein consideraba que ese sentimiento de reverencia, esa religión cósmica,
era la fuente de todo arte y ciencia verdaderos. Y era lo que a él le guiaba.
«Cuando juzgo una teoría —decía—, me pregunto si, en el caso de que yo fuera
Dios, habría dispuesto el mundo de esa manera».[1479]
Y era también lo que le daba su hermosa mezcla de confianza y asombro.
Einstein era un solitario vinculado íntimamente a la humanidad, un rebelde
imbuido de reverencia. Y fue así como aquel imaginativo e impertinente
funcionario de patentes se convirtió en el adivino que leería los pensamientos
del creador del cosmos, en el cerrajero que abriría los misterios del átomo y
del universo.
Láminas
Sus padres. Paulina y Hermann Einstein
En una foto de estudio en Munich, a los catorce años
En la escuela de Aarau, 1896
Con Mileva Maric, c. 1905.
Con Mileva y Hans Albert. 1905
Eduard, Mileva y Hans Albert
Con Conrad Habicht (izquierda) y Maurice Solovinc de la Academia Olimpia, c.
1902
Anna Winteler Besso v Michele Besso.
En la oficina de patentes de Berna durante el «año milagroso» de 1905
En Praga, 1912
Marcel Grossmann, quien le ayudó con las formulas matemáticas tanto en clase
como en la relatividad general
Paseando con Madame Curie en Suiza, 1913
Con el químico Fritz Haber, asimilacionista y mediador en su matrimonio,
julio de 1914
Bajo la atenta mirada del líder sionista Chaim Weizmann en Nueva York, abril
de 1921
Encuentro con la prensa en Nueva York, 1930.
Con Elsa en el Gran Cañón, febrero de 1931.
El Congreso Solvay de 1911
El Congreso Solvay de 1927
Recibiendo ia medalla Max Planck de manos del propio Planck. 1929.
En Leiden: detrás. Einstein. Ehrenfest y De Sitter: delante. Eddington y
Lorentz: septiembre de 1923.
Con Paul Ehrenfest y el hijo de este en Leiden
Niels Bohr y Einstein hablando de mecánica cuántica en casa de Ehrenfest, en
Leiden, 1925, en una foto hecha por el propio Ehrenfest.
Werner Heisenberg y Erwin Schrödinger
Max Born y Philipp Lenard
De vacaciones en el Báltico. 1928
Conectando con el cosmos
Con Elsa y su hija Margot. Berlín, 1929.
Margot e Ilse Einstein en la casa de Caputh, 1929.
En Caputh con su hijo Hans Albert y su nieto Bernhard, 1932
En el Observatorio Monte Wilson, cerca del Tecnológico de California.
descubriendo que el universo se expande, enero de 1931
Navegando contra el viento, estrecho de Long Island, 1936
Recibiendo a Hans Albert a su llegada a Estados Unidos. 1937.
Margot, Einstein y Helen Dukas haciendo el juramento de ciudadanía
estadounidense, octubre de 1940
Recibiendo un telescopio en el jardín trasero del número 112 de Mercer
Street, bajo el ventanal abierto en su estudio
Con Kurt Gödel en Princeton. 1950
Princeton 1953
Correspondencia y escritos de Einstein
·
The Collected Papers of
Albert Einstein, vols. 1-10, 1987-2006,
Princeton, Princeton University Press (abreviado CPAE).
·
El editor fundador fue John
Stachel. La actual editora general es Diana Kormos Buchwald. Otros editores a
lo largo de los años incluyen a David Cassidy, Robert Schulmann, Jürgen Renn,
Martin Klein, A. J. Knox, Michel Janssen, Jósef Illy, Christoph Lehner, Daniel
Kennefick, Tilman Sauer, Zeiev Rosenkranz y Virginia Iris Holmes.
·
Estos volúmenes abarcan los
años 1879-1920. Cada volumen incluye una versión alemana y una traducción
inglesa. Los números de página difieren de una a otra, pero los números de
documento son los mismos. En los casos en que cito alguna información que está
en una versión pero no en la otra (como un estudio introductorio o una nota al
pie de un editor), indico el volumen y el idioma de que se trata, y luego cito
el número de página.
·
Albert Einstein Archives (abreviado AEA).
·
Estos archivos se hallan
actualmente en la Universidad Hebrea de Jerusalén, con copias en el Einstein
Papers Project del Tecnológico de California y en la biblioteca de la
Universidad de Princeton. Los documentos de los archivos se citan tanto por la
fecha como por el número de carpeta (rollo) de los AEA seguido del número de
documento. En el caso de la mayor parte de los documentos alemanes no
traducidos, me he basado en las traducciones que han elaborado para mí James
Hoppes y Natasha Hoffmeyer.
Obras frecuentemente citadas
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Genius, St. Martin’s Press, Nueva York, 2001.
·
Aczel, Amir, God’s
Equation, Einstein, Relativity, and the Expanding Universe, Random House,
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—, Entanglement, The
Unlikely Story of How Scientists, Mathematicians, and Philosophers Proved
Einstein's Spookiest Theory, Plume, Nueva York, 2002 [hay trad,
cast.: Entrelazamiento: el mayor misterio de la física, trad,
de José Luis Sánchez, Crítica, Barcelona, 2008].
·
Baierlein, Ralph, Newton
to Einstein, The Trail of Light, an Excursion to the Wave-Particle Duality and
the Special Theory of Relativity, Cambridge University Press, Nueva York,
2001.
·
Barbour, Julian, y Herbert
Pfister, eds., Mach's Principle: From Newton's Bucket to Quantum
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Bartusiak, Marcia, Einstein's
Unfinished Symphony, Berkley, Nueva York, 2000 [hay trad, cast.: La
sinfonía inacabada de Einstein, trad, de Teresa Bosch, Océano Ámbar,
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Gravitation: New Studies in the History of General Relativity, Birkhäuser,
Boston, 1993.
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The Special and the General Theory, 1916 [hay trad, cast.: La
teoría de la relatividad, trad, de Miguel Paredes, Altaya, Barcelona,
·
1993 y Sobre la
teoría de la relatividad especial y general, varios traductores, RBA,
Barcelona, 2000] (escrito como obra de divulgación, el libro se publicó en
alemán en diciembre de 1916. La primera versión inglesa autorizada la
publicaron en 1920 Methuen en Londres y Henry Holt en Nueva York; en vida de Einstein
hubo quince ediciones de dicha versión inglesa,y este fue añadiendo apéndices
hasta 1952; aunque actualmente hay numerosas ediciones, la versión que cito
aquí es la publicada por Random House en 1995; el texto se puede encontrar
también en www.bardeby. com y en www.gutenberg.org). —, The Meaning of
Relativity, Princeton University Press, Princeton, (una exposición
técnica basada en sus conferencias de 1921 en Princeton; la 5. a edición,
publicada en 1954, contiene un apéndice donde se examina su intento de hallar
una teoría del campo unificado; la edición de 2005 de Princeton University
Press contiene una introducción de Brian Greene) [hay trad. cast.: El
significado de la relatividad, trad. de Carlos Prelat, Planeta, Barcelona,
1985]. —, Sidelights on Relativity, Dutton, Nueva York, 1922b. —,
«How I Created the Theory of Relativity», 1922c, Conferencia pronunciadla en
Kyoto, Japón, el 14 de diciembre (he utilizado aquí una nueva traducción
inglesa, corregida y hasta ahora inédita; la conferencia de Kyoto la publicó en
japonés, en 1923, el físico teórico Jun Ishiwara, que estuvo presente y tomó
notas; su versión la traduciría al inglés Yoshimasa A. Ono, que la publicaría
en Physics Today en agosto de 1982; esta traducción, que es la
que utilizan la mayoría de quienes han escrito anteriormente sobre Einstein,
resulta defectuosa, especialmente en las partes donde Einstein alude a los
experimentos de Michelson-Morley; véase Ryoichi Itagaki, «Einstein’s Kyoto Lecture», Science,
vol. 283, 5 de marzo de 1999; una traducción adecuada y corregida, realizada
por el profesor Itagaki, aparecerá en el próximo volumen de CPAE; agradezco a
Gerald Holton que me facilitara una copia de dicha traducción; véase también
Seiya Abiko, «Einstein’s Kyoto Address», Historical Studies in the
Physical and Biological Sciences, 31 [2000], pp. 1-35). —, Essays
in Science,Philosophical Library, Nueva York, 1934 [hay trad. cast.: Contribución
a la ciencia, trad. de J. M. Alvarez y Ana Goldes, Orbis, Barcelona,
1988]. —, The World As I See It, Philosophical Library, Nueva
York, 1949a (basado en Mein Weltbild, editado por
Carl Seelig) [hay trad. cast.: Mi visión del mundo, trad. de
Sara Gallardo y Marianne Bübeck, Tusquets, Barcelona, 2005]. —,
«Autobiographical Notes», 1949b en Schilpp, 1949, pp. 3-94.
—, Out of My Later Years, Philosophical Library, Nueva York,
1950a [hay trad. cast.: De mis últimos años, trad. de Arturo
del Hoyo, Aguilar, Madrid, 1969]. —, Einstein on Humanism, Philosophical
Library, Nueva York, 1950b [hay trad. cast.: Sobre el humanismo, trad.
de Juan Plaza, Paidós Ibérica, Barcelona, 2007]. —, Ideas and Opinions,
Random House, Nueva York, 1954 [hay trad. cast.: Mis ideas y opiniones, trad.
de Ana Golder, Barton, Barcelona, 2000]. —, «Autobiographische Skizze», 1956,
en Seelig, 1956b. —, y Leopold Infeld, The Evolution of Physics: The
Growth of Ideas from Early Concepts to Relativity and Quanta, Simon
& Schuster, Nueva York, 1938. [hay trad. cast.: La evolución de la
física, Salvat, Barcelona, 1995].
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Notas:
Las cartas y escritos de Einstein hasta 1920 se han publicado en
la colección The Colletted Papen of Albert Einstein, y aquí se
identifican por las fechas utilizadas en esos volúmenes. El material inédito
que se guarda en los Albert Einstein Archives (AEA) se identifica utilizando el
propio formato numérico de dichos archivos: «Carpeta (rollo)-documento». En el
caso de algunos de los materiales, en especial los anteriormente inéditos, he
utilizado las traducciones que han elaborado para mí James Hoppes y Natasha
Hoffmeyer.
Los autores que solo presentan una obra en la bibliografía están citados en las
notas con su apellido y el número de páginas a las que corresponden las citas.
Cuando los autores tienen más de una obra referenciada, a su apellido se añade
el año de publicación en las notas para facilitar su localización.
[1] Einstein a Eduard Einstein, 5 de febrero de 1930. En aquel
momento Eduard sufría una enfermedad mental que se iba agravando cada vez más.
La fiase exacta es: «Beim Menschen ist es wie beim Velo. Nur wenn er faehrt,
kann er bequem die Balance halten.». Una traducción algo más literal sería:
«Con la gente pasa lo mismo que al montar en bicicleta. Solo cuando uno se
mueve puede mantener cómodamente su equilibrio». Cortesía de Barbara Wolff,
Archivos de Einstein en la Universidad Hebrea de Jerusalén.
[2] Einstein a Conrad Habicht, 18 o 25 de mayo de 1905.
[3] Estas ideas proceden de sendos artículos que publiqué
en Time, 31 de diciembre de 1999, y Discover, septiembre de 2004.
[4] Dudley Herschbach, «Einstein as a Student», marzo de 2005,
artículo inédito proporcionado por el propio autor. Dice Herschbach: «Los
esfuerzos por mejorar la educación y los conocimientos científicos afrontan un
problema básico: la ciencia y las matemáticas no se consideran parte de la
cultura general, sino más bien un ámbito propio de expertos cuasi sacerdotales.
A Einstein se le ve como un imponente icono, el símbolo del genio solitario por
excelencia. Y ello propicia una visión completamente distorsionada de la
ciencia».
[5] Frank, 1957, p. XIV; Bernstein, 1996b, p. 18.
[6] Vivienne Anderson a Einstein, 27 de abril de 1953, AEA
60-714; Einstein a Vivienne Anderson, 12 de mayo de 1953, AEA 60-716.
[7] Viereck, 377. Véase también Thomas Friedman, «Learning to
Keep Learning», New York Times, 13 de diciembre de 2006.
[8] Einstein a Mileva Maric, 12 de diciembre de 1901; Hoffmann
y Dukas, p. 24. Hoffmann, que fue amigo de Einstein en Princeton a finales de
la década de 1930, señala: «Su primer atisbo de autoridad, que jamás le
abandonaría del todo, se revelaría de una importancia decisiva».
[9] Mensaje de Einstein para la cena de Ben Scheman, marzo de
1952, AEA 28-931.
[10] Einstein a Sybille Blinoff, 21 de mayo de 1954, AEA
59-261; Ernst Straus, «Reminiscences», en Holton y Elkana, p. 419; Vallentin,
p. 17; Maja Einstein, p. LVIII.
[11] Véase, por ejemplo, Thomas Sowell, The Einstein Syndrome:
Bright Children Who Talk Late, Basic Books, Nueva York, 2002.
[12] El premio Nobel James Franck citando a Einstein en Seelig,
1956b, p. 72.
[13] Vallentin, p. 17; Einstein al psicólogo Max Wertheimer, en
Wertheimer, p. 214.
[14] Einstein a Hans Muehsam, 4 de marzo de 1953, AEA 60-604.
También: «Creo que podemos prescindir de esta cuestión de herencia», cita de
Einstein en Seelig, 1956a, p. 11. Véase también Michelmore, p, 22.
[15] Maja Einstein, p. XVI; Seelig, 1956a, p. 10.
[16] www.alemannia-judaica.de/synagoge_buchau.htm.
[17] Einstein a Carl Seelig, 11 de marzo de 1952, AEA 39-13;
Highfield y Carter, p. 9.
[18] Maja Einstein, p. XV; Highfield y Carter, p. 9; Pais,
1982, p. 36.
[19] Partida de nacimiento, CPAE 1: 1; Fantova, 5 de diciembre
de 1953.
[20] Pais, 1982, pp. 36-37.
[21] Maja Einstein, p. XVIII. «María» se empleaba a veces como
sustitutivo del nombre «Miriam» en las familias judías.
[22] Frank, 1947, p. 8.
[23] Maja Einstein, pp. XVIII-XIX; Fölsing, 12; Pais, 1982, p.
37.
[24] Algunos investigadores consideran esta pauta una posible
manifestación de una forma benigna de autismo o del síndrome de Asperger. Simon
Baron-Cohen, director del Centro de Investigación sobre el Autismo de la
Universidad de Cambridge, se halla entre quienes sugieren que Einstein podría
haber manifestado algunos rasgos de autismo. Escribe que el autismo se halla
asociado a «un nivel especialmente intenso de sistematización y un nivel
inusualmente bajo de empatía». Señala asimismo que esta pauta «explica los
“islotes de aptitud” que exhiben las personas con autismo en temas como las
matemáticas o la música o el dibujo, todas ellas habilidades que se benefician
de la sistematización». Véase Simon Baron-Cohen, «The Male Condition», New
York Times, 8 de agosto de 2005; Simon Baron-Cohen, The Essential
Difference, Perseus, Nueva York, 2003, p. 167 [hay trad. cast.: La gran
diferencia, trad. de Betty Trabal, Amat, Barcelona, 2005]; Norm Legdin,
Asperger’s and Self-Esteem: Insight and Hope through Famous Role Models, Future
Horizons, Nueva York, 2002, capítulo 7; Hazel Muir, «Einstein and Newton Showed
Signs of Autism», New Scientist, 30 de abril de 2003; Thomas Marlin, «Albert
Einstein and LD», Journal of Learning Disabilities, 1 de marzo de 2000, p. 149.
Una búsqueda en Google de «Einstein + Asperger» da como resultado más de 400.
000 páginas. Personalmente, no encuentro demasiado convincente ese diagnóstico
retrospectivo. Ya de adolescente, Einstein tenía amigos íntimos y relaciones
apasionadas, participaba en debates escolares, no tenía problemas para
comunicarse verbalmente, y era perfectamente capaz de sentir empatía hacia sus
amigos y hacia la humanidad en general.
[25] Einstein, 19496, p. 9; Seelig, 1956a, p. 11; Hoffmann,
1972, p. 9; Pais, 1982, p. 37; Vallentin, p. 21; Reiser, p. 25; Holton, 1973,
p. 359; entrevista del autor con Shulamith Oppenheim, 22 de abril de 2005.
[26] Overbye, p. 8; Shulamith Oppenheim, Rescuing Albert's
Compass, Crocodile, Nueva York, 2003.
[27] Holton, 1973, p. 358.
[28] Fölsing, p. 26; Einstein a Philipp Frank, borrador, 1940,
CPAE 1, p. LXIII.
[29] Maja Einstein, p. XXI; Bucky, p. 156; Einstein a Hans
Albert Einstein, 8 de enero de 1917.
[30] Entrevista a Hans Albert en Whitrow, p. 21; Bucky, p. 148.
[31] Einstein a Paul Plaut, 23 de octubre de 1928, AEA 28-65;
Dukas y Hoffmann, p. 78; Moszkowski, p. 222. Einstein escribió originariamente
que la música y la ciencia «se complementan mutuamente en la liberación que
ofrecen», pero luego cambió el término por Befriedigung, o «satisfacción»,
según Barbara Wolff, de la Universidad Hebrea.
[32] Einstein a Otto Juliusburger, 29 de septiembre de 1942,
AEA 38-238.
[33] Clark, p. 25; Einstein, 19496, p. 3; Reiser, p. 28 (Anton
Reiser era el seudónimo de Rudoph Kayser, que se casó con Ilse Einstein, una de
las hijas de Elsa, la segunda esposa de Einstein).
[34] Maja Einstein, p. XIX, dice que tenía siete; en realidad
se matriculó el primero de octubre de 1885, cuando tenía seis.
[35] Según la versión que más tarde daría su hijastro político,
el profesor añadió luego que Jesús fue clavado en la cruz «por los judíos»;
Reiser, p. 30. En cambio, el físico Philipp Frank, amigo y colega de Einstein,
señala específicamente que el profesor no sacó a colación el papel de los
judíos; Frank, 1947, p. 9.
[36] Fölsing, p. 16; Einstein a un destinatario desconocido, 3
de abril de 1920, CPAE 1: lx.
[37] Reiser, pp. 28-29; Maja Einstein, p. XXI; Seelig, 1956a,
p. 15; Pais, 1982, p. 38; Fölsing, p. 20. De nuevo, Maja dice que tenía ocho
años cuando entró en el Luitpold Gymnasium, cosa que en realidad hizo en
octubre de 1888, a los nueve años y medio.
[38] Brian, 1996, p. 281. Una búsqueda en Google de «Einstein +
fracaso + matemáticas» da como resultado más de 70. 000 páginas.
[39] Pauline Einstein a Fanny Einstein, 1 de agosto de 1886;
Fölsing, pp. 18-20, citando Einstein a Sybille Blinoff, 21 de mayo de 1954, y
doctor H. Wieleitner en Nueste Nachrichten, Múnich, 14 de marzo de 1929.
[40] Einstein a Sybille Blinoff, 21 de mayo de 1954, AEA
59-261; Maja Einstein, p. XX.
[41] Frank, 1947, p. 14; Reiser, p. 35; Einstein, 1949b, p. 11.
[42] Maja Einstein, p. XX; Bernstein, 1996a, pp. 24-27;
entrevista de Einstein con Henry Russo, The Tower, Princeton, 13 de abril de
1935.
[43] Talmey, p. 164; Pais, 1982, p. 38.
[44] La primera edición apareció en 12 volúmenes entre 1853 y
1857. A finales de la década de 1860 aparecieron nuevas ediciones, con un nuevo
título al que se alude en el ensayo de Maja. Luego se irían actualizando
constantemente. Es probable que la versión que tenía Einstein abarcase 21
volúmenes y estuviera encuadernada en cuatro o cinco grandes libros. El estudio
definitivo de la influencia de este libro en el pensamiento de Einstein es el
de Frederick Gregory, «The Mysteries and Wonders of Science: Aaron Bernstein’s
Naturwissenschaftliche Volksbücher and the Adolescent Einstein», en Howard y
Stachel, 2000, pp. 23-42. Maja Einstein, p. XXI; Einstein, 1949b, p. 15;
Seelig, 1956a, p. 12.
[45] Aaron Bernstein, Naturwissenschqfiliche Volksbücher, ed.
de 1870, vols. 1, 8, 16 y 19; Howard y Stachel, 2000, pp. 27-39.
[46] Einstein, 19496, p. 5.
[47] Talmey, p. 163 (Talmud escribió sus pequeñas memorias
después de haber cambiado su apellido por el de Talmey en Estados Unidos).
[48] Einstein, «On the Method of Theoretical Physics»,
conferencia «Herbert Spencer», Oxford, 10 de junio de 1933, en Einstein, 1954,
p. 270.
[49] Einstein, 1949b, pp. 9 y 11; Talmey, p. 163; Fölsing, p.
23 (especula con la posibilidad de que el libro «sagrado» hubiera sido otro
texto); Einstein, 1954, p. 270.
[50] Aaron Bernstein, vol. 12, citado por Frederick Gregory en
Howard y Stachel, 2000, p. 37; Einstein, 1949b, p. 5.
[51] Frank, 1947, p. 15; Jammer, pp. 15-29. «El sentido de una
vida de brillante actividad científica derivaba de los restos de sus fervientes
sentimientos iniciales de religiosidad juvenil», escribe Gerald Holton en
Holton, 2003, p. 32.
[52] Einstein, 19496, p. 5; Maja Einstein, p. XXI.
[53] Einstein, «What I Believe», Forum and Century, 1930, p.
194; reeditado como «The World As I See It», en Einstein» 1954, p. 10. Según
Philipp Frank, «Veía el desfile como un movimiento de personas obligadas a ser
máquinas»; Frank, 1947, p. 8.
[54] Frank, 1947, p. 11; Fölsing, p. 17; C. P. Snow,
«Einstein», en Variety of Men, Scribner’s, Nueva York, 1966, p. 26.
[55] Einstein a Jost Winteler, 8 de julio de 1901.
[56] Pais, 1982, pp. 17, 38; Hoffmann, 1972, p. 24.
[57] Maja Einstein, p. XX; Seelig, 1956a, p. 15; Pais, 1982, p.
38; borrador de Einstein a Philipp Frank, 1940, CPAE 1, p. LXIII.
[58] Stefann Siemer, «The Electrical Factory of Jacob Einstein
and Cie. », en Renn, 20056, pp. 128-131; Pyenson, p. 40.
[59] Overbye, pp. 9-10; borrador de Einstein a Philipp Frank,
1940, CPAE 1, p. LXIII; Hoffmann, 1972, pp. 25-26; Reiser, p. 40; Frank, 1947,
p. 16; Maja Einstein, p. XXI; Fölsing, pp. 28-30.
[60] Einstein a Marie Winteler, 21 de abril de 1896; Fölsing,
p. 34; The Jewish Spectator, enero de 1969.
[61] Frank, 1947, p. 17; Maja Einstein, p. XXII; Hoffmann,
1972, p. 27.
[62] Einstein, «On the Investigation of the State of the Ether
in a Magnetic Field», verano de 1895, CPAE 1: 5.
[63] Einstein a Caesar Koch, verano de 1895.
[64] Albin Herzog a Gustave Maier, 25 de septiembre de 1895,
CPAE 1 (inglés), p. 7; Fölsing, p. 37; Seelig, 1956a, p. 9.
[65] Este proceso de conceptualización es lo que los filósofos
kantianos denominan Anschauung. Véase Miller, 1984, pp. 241-246.
[66] Seelig, 19566, p. 56; Fölsing, p. 38.
[67] Miller, 2001, p. 47; Maja Einstein, p. XXII; Seelig,
19566, p. 9; Fölsing, p. 38; Holton, «On Trying to Understand Scientific
Genius», en Holton, 1973, p. 371.
[68] Bucky, p. 26; Fölsing, p. 46. Einstein proporciona una
descripción más detallada en sus notas autobiográficas, en Schilpp, p. 53.
[69] Gustav Maier a Jost Winteler, 26 de octubre de 1895, CPAE
1: 9; Fölsing, p. 39; Highfield y Carter, pp. 22-24.
[70] Vallentin, p. 12; Hans Byland, Neue Bündner Zeitung, 7 de
febrero de 1928, citado en Seelig, 1956a, p. 14; Fölsing, p. 39.
[71] Pauline Einstein a la familia Winteler, 30 de diciembre de
1895, CPAE 1: 15.
[72] Einstein a Marie Winteler, 21 de abril de 1896.
[73] Informe de matriculación, escuela de Aarau, CPAE 1: 8;
registro de la escuela de Aarau, CPAE 1: 10; Hermann Einstein a Jost Winteler,
29 de octubre de 1995, CPAE 1: 11, y 30 de diciembre de 1895, CPAE 1: 14.
[74] Informe sobre un examen de música, 31 de marzo de 1896,
CPAE 1: 17; Seelig, 1956a, p. 15; Overbye, p. 13.
[75] Renuncia de ciudadanía de Würtemberg, 28 de enero de 1896,
CPAE 1: 16.
[76] Einstein a Julius Katzenstein, 27 de diciembre de 1931,
citado en Fölsing, p. 41.
[77] Israelitisches Wochenblatt, 24 de septiembre de 1920;
Einstein, «Why Do They Hate the Jews?», Collier's, 26 de noviembre de 1938.
[78] Einstein a Hans Muehsam, 30 de abril de 1954, AEA 38-434;
Fölsing, p. 42.
[79] Resultados de exámenes, 18-21 de septiembre de 1896, CPAE
1: 20-27.
[80] Overbye, p. 15; Maja Einstein, p. XVII.
[81] Einstein a Heinrich Zangger, 11 de agosto de 1918.
[82] Cahan, p. 42; nota del editor, CPAE 1 (alemán), p. 44.
[83] Einstein, 1949b, p. 15.
[84] Registros y transcripciones de notas, octubre de 1896 -
agosto de 1900, CPAE 1: 28; Bucky, p. 24; Einstein a Arnold Sommerfeld, 29 de
octubre de 1912; Fölsing, p. 50.
[85] Einstein a Mileva Maric, febrero de 1898; Cahan, p. 64.
[86] Louis Kollros, «Albert Einstein en Suisse», Helvetica
Physica, suplemento 4, 1956, p. 22, en AEA 5-123; Adolf Frisch, en Seelig,
1956a, p. 29; Cahan, p. 67; Clark, p. 55.
[87] Seelig, 1956a, p. 30; Overbye, p. 43; Miller, 2001, p. 52;
Charles Seife, «The True and the Absurd», en Brockman, p. 63.
[88] Registros y transcripciones de notas, CPAE 1: 28.
[89] Seelig, 1956a, p. 30; Bucky, p. 25 (una versión algo
distinta); Fölsing, p. 57.
[90] Seelig, 1956a, p. 30.
[91] Einstein a Julia Niggli, 28 de julio de 1899.
[92] Seelig, 1956a, p. 28; Whitrow, p. 5.
[93] Einstein, 1949b, pp. 15-17.
[94] Entrevista de Einstein en Bucky, p. 27; Einstein a
Elizabeth Grossmann, 20 de septiembre de 1936, AEA 11-481; Seelig, 1956a, p.
34, 207; Fölsing, p. 53.
[95] Holton, 1973, pp. 209-212. Tanto el hijastro político de
Einstein Rudolph Kayser como su colega Philipp Frank afirman que Einstein leía
a Foppl en su tiempo libre mientras estuvo en el Politécnico.
[96] Clark, p. 59; Galison, pp. 32-34. El libro de Galison
sobre Einstein y Poincaré constituye una fascinante exposición del modo en que
ambos desarrollaron sus conceptos y acerca de cómo las observaciones de
Poincaré representaban «una nota anticipatoria de la teoría de la relatividad
especial de Einstein, un paso brillante dado por un autor que careció del
coraje intelectual para llevarlo a su lógica y revolucionaria conclusión»
(Galison, p. 34). También resulta muy útil Miller, 2001, pp. 200-204.
[97] Seelig, 1956a, p. 37; Whitrow, p. 5; Bucky, p. 156.
[98] Miller, 2001, p. 186; Hoffmann, 1972, p. 252; entrevista
con Lili Foldes, The Etude, enero de 1947, en Calaprice, 150; Einstein a
cuestionario de Emil Hilb, 1939, AEA 86-22; Dukas y Hoffmann, p. 76.
[99] Seelig, 1956a, p. 36.
[100] Fölsing, pp. 51, 67; Reiser, p. 50; Seelig, 1956a, p. 9.
[101] Clark, p. 50. Diana Kormos Buchwald señala que un
meticuloso examen de su foto en la escuela de Aarau revela agujeros en su
chaqueta.
[102] Einstein a Maja Einstein, 1898.
[103] Einstein a Maja Einstein, después de febrero de 1899.
[104] Marie Winteler a Einstein, 4-25 de noviembre de 1896.
[105] Marie Winteler a Einstein, 30 de noviembre de 1896.
[106] Pauline Einstein a Marie Winteler, 13 de diciembre de
1896.
[107] Einstein a Pauline Winteler, mayo de 1897.
[108] Marie Winteler a Einstein, 4-25 de noviembre de 1896, 30
de noviembre de 1896.
[109] Novi Sad, el principal núcleo cultural del pueblo serbio,
había sido durante mucho tiempo una «ciudad real libre» integrada en una región
autónoma del Imperio Habsburgo. Cuando nació Maric, formaba parte de la zona
húngara del Imperio austro-húngaro. Durante su infancia, alrededor del 40 por
ciento de sus habitantes hablaban serbio, el 25 por ciento hablaban húngaro y
aproximadamente el 20 por ciento hablaban alemán. En la actualidad es la
segunda ciudad en importancia de la República Serbia, después de Belgrado.
[110] Desanka Trbuhovic-Gjuric, pp. 9-38; Dord Krstic, «Mileva
Einstein-Maric», en Elizabeth Einstein, p. 85; Overbye, pp. 28-33; Highfield y
Carter, pp. 33-38; certificado de matrimonio, CPAE 5: 4.
[111] Dord Krstic, «Mileva Einstein-Maric», en Elizabeth
Einstein, p. 88 (el texto de Krstic en parte está basado en diversas
entrevistas con compañeros de escuela); Barbara Wolff, experta en la vida de
Einstein y encargada de sus archivos en la Universidad Hebrea, dice: «Yo creo
que Einstein fue la principal razón de que Mileva huyera de Zurich».
[112] Mileva Maric a Einstein, después del 20 de octubre de
1897.
[113] Einstein a Mileva Maric, 16 de febrero de 1898.
[114] Einstein a Mileva Maric, después del 16 de abril de 1898,
después del 28 de noviembre de 1898.
[115] Rememoración de Suzanne Markwalder, en Seelig, 1956a, p.
34; Fölsing, p. 71.
[116] Einstein a Mileva Maric, 13 o 20 de marzo de 1899.
[117] Einstein a Mileva Maric, 10 de agosto de 1899, marzo de
1899, 13 de septiembre de 1900.
[118] Einstein a Mileva Maric, 13 de septiembre de 1900,
primeros de agosto de 1899, 10 de agosto de 1899.
[119] Einstein a Mileva Maric, c. 28 de septiembre de 1899.
[120] Mileva Maric a Einstein, 1900.
[121] Exámenes de diplomatura intermedia, 21 de octubre de 1898,
CPAE 1: 42.
[122] Einstein a Mileva Maric, 10 de septiembre de 1899;
Einstein, 1922c (véase en la bibliografía la explicación relativa a esta
conferencia pronunciada en Kyoto, Japón, el 14 de diciembre de 1922).
[123] Einstein, 1922c; Reiser, p. 52; Einstein a Mileva Maric,
c. 28 de septiembre de 1899; Renn y Schulmann, p. 85, notas al pie 11: 3, 11:
4. El artículo de Wilhelm Wien se presentó en septiembre de 1898 en Düsseldorf
y se publicó en Annalen der Physik, 65, n. ° 3, ese mismo año.
[124] Einstein a Mileva Maric, 10 de octubre de 1899; Seelig,
1956a, p. 30; Fölsing, p. 68; Overbye, p. 55; exámenes de diplomatura final,
CPAE 1: 67. La nota del ensayo que aparece en CPAE se multiplica por 4 para
reflejar su peso en los resultados finales.
[125] Exámenes de diplomatura final, CPAE 1: 67.
[126] Einstein a Waiter Leich, 24 de abril de 1950, AEA 60-253;
memorando de Waiter Leich en el que se describe a Einstein, 6 de marzo de 1957,
AEA 60-257.
[127] Einstein, 1949b, p. 17.
[128] Einstein a Mileva Maric, 1 de agosto de 1900.
[129] Einstein a Mileva Maric, c. 29 de julio de 1900.
[130] Einstein a Mileva Maric, 6 de agosto de 1900.
[131] Einstein a Mileva Maric, 1 de agosto, 13 de septiembre y 3
de octubre de 1900.
[132] Einstein a Mileva Maric, 30 de agosto de 1900.
[133] Einstein a Mileva Maric, 1 de agosto, 6 de agosto, c. 14
de agosto, 2 de agosto de 1900.
[134] Einstein a Mileva Maric, 6 de agosto de 1900.
[135] Einstein a Mileva Maric, c. 9 de agosto, ¿14 de agosto?,
20 de agosto de 1900.
[136] Einstein a Mileva Maric, c. 9 de agosto, c. 14 de agosto
de 1900. Las dos cartas se derivan de su visita a Zurich.
[137] Einstein a Mileva Maric, 13 de septiembre de 1900.
[138] Einstein a Mileva Maric, 19 de septiembre de 1900.
[139] Einstein a Adolf Hurwitz, 26 de septiembre, 30 de
septiembre de 1900.
[140] Einstein a Mileva Maric, 3 de octubre de 1900; Einstein a
la señora de Marcel Grossmann, 1936; Seelig, 1956a, p. 208.
[141] Solicitud de ciudadanía municipal de Einstein, Zurich,
octubre de 1900, CPAE 1: 82; Einstein a Helene Kaufler, 11 de octubre de 1900;
actas de la Comisión de Naturalización Municipal de Zurich, 14 de diciembre de
1900, CPAE 1: 84.
[142] Einstein a Mileva Maric, 13 de septiembre de 1900.
[143] Einstein a Mileva Maric, 3 de octubre de 1900.
[144] Einstein, «Conclusions Drawn from the Phenomena of
Capillarity», Annalen der Physik, CPAE 2: 1, recibido el 13 de diciembre de
1900, publicado el 1 de marzo de 1901. «El artículo resulta muy difícil de
comprender, sobre todo debido al gran número de evidentes errores de imprenta;
por su falta de claridad no podemos sino suponer que no había sido
independientemente evaluado… Pero resultaba un artículo extraordinariamente
avanzado para un recién graduado que carecía de asesoramiento científico independiente»;
John N. Murrell y Nicole Grobert, «The Centenary of Einstein's First Scientific
Paper», The Royal Society (Londres), 22 de enero de 2002, disponible en:
www.journals.royalsoc.ac.uk/app/home/content.asp.
[145] Dudley Herschbach, «Einstein as a Student», marzo de 2005,
artículo inédito facilitado al autor.
[146] Einstein a Mileva Maric, 15 de abril, 30 de abril de 1901;
Mileva Maric a Helene Savic, 20 de diciembre de 1900.
[147] Einstein a G. Wessler, 24 de agosto de 1948, AEA 59-26.
[148] Maja Einstein, esbozo, 19; Reiser, 63; actas de la
Comisión de Naturalización Municipal de Zurich, 14 de diciembre de 1900, CPAE
1: 84; Informe de la Schweitzerisches Informationsbureau, 30 de enero de 1901,
CPAE 1: 88; Cartilla del servicio militar, 13 de marzo de 1901, CPAE 1: 91.
[149] Mileva Maric a Helene Savic, 20 de diciembre de 1900;
Einstein a Mileva Maric, 23 de marzo, 27 de marzo de 1901.
[150] Einstein a Mileva Maric, 4 de abril de 1901.
[151] Einstein a Heike Kamerlingh Onnes, 12 de abril de 1901;
Einstein a Marcel Grossmann, 14 de abril de 1901; Fölsing, p. 78; Clark, p. 66;
Miller, 2001, p. 68.
[152] Einstein a Wilhelm Ostwald, 19 de marzo, 3 de abril de
1901.
[153] Hermann Einstein a Wilhelm Ostwald, 13 de abril de 1901.
[154] Einstein a Mileva Maric, 23 de marzo, 27 de marzo de 1901;
Einstein a Marcel Grossmann, 14 de abril de 1901.
[155] Einstein a Mileva Maric, 27 de marzo de 1901; Mileva Maric
a Helene Savic, 9 de diciembre de 1901.
[156] Einstein a Mileva Maric, 4 de abril de 1901; Einstein a
Michele Besso, 23 de junio de 1918; Overbye, p. 25; Miller, 2001, p. 78;
Fölsing, p. 115.
[157] Einstein a Mileva Maric, 27 de marzo, 4 de abril de 1901.
[158] Einstein a Marcel Grossmann, 14 de abril de 1901; Einstein
a Mileva Maric, 15 de abril de 1901.
[159] Einstein a Mileva Maric, 30 de abril de 1901. La
traducción oficial en inglés es nightshirt, «camisa de dormir», pero el término
que en realidad empleaba Einstein en alemán era Schlafrock, cuya traducción
correcta es «bata».
[160] Mileva Maric a Einstein, 2 de mayo de 1901.
[161] Mileva Maric a Helene Savic, segunda quincena de mayo de
1901.
[162] Einstein a Mileva Maric, segunda quincena de mayo de 1901.
[163] Einstein a Mileva Maric, provisionalmente fechada en CPAE
como del 28 de mayo de 1901. La fecha real probablemente sea alrededor de una
semana más tarde.
[164] Overbye, pp. 77-78.
[165] Einstein a Mileva Maric, 7 de julio de 1901.
[166] Mileva Maric a Einstein, después del 7 de julio de 1901
(publicada en CPAE» vol. 8, como 1: 116, ya que se descubrió después de haberse
publicado el vol. 1).
[167] Mileva Maric a Einstein, c. 31 de julio de 1901; Highfield
y Carter, p. 80.
[168] Einstein a Jost Winteler, 8 de julio de 1901; Einstein a
Marcel Grossmann, 14 de abril de 1901. La comparación con la aguja de la
brújula proviene de Overbye, p. 65.
[169] Renn, 2005a, p. 109. Jürgen Renn es director del Instituto
Max Planck de Historia de la Ciencia de Berlín y editor de CPAE. Le agradezco
su ayuda en este tema.
[170] Einstein a Mileva Maric, 15 de abril de 1901; Einstein a
Marcel Grossmann, 15 de abril de 1901.
[171] Renn, 2005a, p. 124.
[172] Einstein a Mileva Maric, 4 de abril, c. 4 de junio de
1901. La correspondencia con Drude no se conserva, de modo que se ignora con
exactitud cuáles eran las objeciones de Einstein.
[173] Einstein a Mileva Maric, c. 7 de julio de 1901; Einstein a
Jost Winteler, 8 de julio de 1901.
[174] Renn, 2005a, p. 118. Renn dice en sus notas: «Mi más
reconocido agradecimiento a la amabilidad del señor Felix de Marez Oyens, de
Christie’s, que me llamó la atención sobre la página que falta en la carta de
Einstein a Mileva Maric, c. 8 de julio de 1901. Dado que, por desgracia, no
dispongo de ninguna copia de esa página, mi interpretación ha tenido que
basarse en una transcripción aproximada del pasaje en cuestión».
[175] Einstein a Marcel Grossmann, 6 de septiembre de 1901.
[176] Overbye, pp. 82-84. Incluye una buena sinopsis de la
disputa Boltzmann-Ostwald.
[177] Einstein, «Sobre la teoría termodinámica de la diferencia
de potenciales entre los metales y las soluciones plenamente disociadas de sus
sales», abril de 1902. Renn no menciona este artículo en su análisis de la
disputa de Einstein con Drude, y, en lugar de ello, se centra únicamente en el
artículo de junio de 1902.
[178] Einstein, «La teoría cinética del equilibrio termal y la
segunda ley de la termodinámica», junio de 1902; Renn, 2005a, p. 119; Jos
Uffink, «Insuperable Difficulties: Einstein's Statistical Road to Molecular
Physics», Studies in the History and Philosophy of Modern Physics, 37 (2006),
p. 38; Clayton Gearhart, «Einstein before 1905: The Early Papers on Statistical
Mechanics», American Journal of Physics, mayo de 1990, p. 468.
[179] Mileva Maric a Helene Savic, c. 23 de noviembre de 1901;
Einstein a Mileva Maric, 28 de noviembre de 1901.
[180] Einstein a Mileva Maric, 17 y 19 de diciembre de 1901.
[181] Recibo de devolución de la tasa doctoral, 1 de febrero de
1902, CPAE 1: 132; Fölsing, pp. 88-90; Reiser, p. 69; Overbye, p. 91. De
Einstein a Mileva Maric, c. 8 de febrero de 1902: «Le estoy explicando a
[Conrad] Habicht el artículo que envié a Kleiner. Se muestra muy entusiasta con
mis nuevas ideas y me está atosigando para que le envíe a Boltzmann la parte
del artículo que tiene relación con su libro. Voy a hacerlo».
[182] Einstein a Marcel Grossmann, 6 de septiembre de 1901.
[183] Einstein a Mileva Maric, 28 de noviembre de 1901.
[184] Mileva Maric a Einstein, 13 de noviembre de 1901;
Highfield y Carter, p. 82.
[185] Einstein a Mileva Maric, 12 de diciembre de 1901; Fölsing,
p. 107; Zackheim, p. 35; Highfield y Carter, p. 86.
[186] Pauline Einstein a Pauline Winteler, 20 de febrero de
1902.
[187] Mileva Maric a Helene Savic, c. 23 de noviembre de 1901.
[188] Einstein a Mileva Maric, 11 y 19 de diciembre de 1901.
[189] Einstein a Mileva Maric, 28 de diciembre de 1901.
[190] Einstein a Mileva Maric, 4 de febrero de 1902 y 12 de
diciembre de 1901.
[191] Einstein a Mileva Maric, 4 de febrero de 1902.
[192] Mileva Maric a Einstein, 13 de noviembre de 1901. Para
tener una idea del contexto, véase Popovic, que incluye una colección de cartas
entre Maric y Savic recopiladas por el nieto de esta última.
[193] Einstein a Mileva Maric, 17 de febrero de 1902.
[194] Consejo Federal Suizo a Einstein, 19 de junio de 1902.
[195] Véase la descripción que hace Peter Galison de la
sincronización temporal en Europa en ese período, en Galison, pp. 222-248.
Véase también el capítulo 6 del presente volumen para un análisis más detallado
del papel que ello pudo haber desempeñado en el desarrollo de la relatividad
especial de Einstein.
[196] Einstein a Hans Wohlwend; otoño de 1902; Fölsing, p. 102.
[197] Entrevista a Einstein, Bucky, 28; Reiser, p. 66.
[198] Einstein a Michele Besso, 12 de diciembre de 1919.
[199] Entrevista a Einstein, Bucky, p. 28; Einstein, 1956, p.
12. En ambos textos se dice básicamente lo mismo, con algunas variaciones de
terminología y de traducción. Reiser, p. 64.
[200] Desgraciadamente, por regla general todas las solicitudes
se destruían a los dieciocho años, y aunque por entonces Einstein ya era
mundialmente famoso, sus comentarios sobre diversos inventos fueron destruidos
durante la década de 1920; Fölsing, p. 104.
[201] Galison, p. 243; Flückiger, p. 27.
[202] Fölsing, p. 103; C. P. Snow, «Einstein», en Goldsmith et
al, p. 7.
[203] Entrevista a Einstein, Bucky, p. 28; Einstein, 1956, p.
12. Véase Don Howard, «A kind of vessel in which the struggle for eternal truth
is played out», AEA Cedex-H.
[204] Solovine, p. 6.
[205] Maurice Solovine, dedicatoria de la Academia Olimpia, «A.
D. 1903»,CPAE 2: 3.
[206] Solovine, pp. 11-14.
[207] Einstein a Maurice Solovine, 25 de noviembre de 1948;
Seelig, 1956a, p. 57; Einstein a Conrad Habicht y Maurice Solovine, 3 de abril
de 1953; Hoffmann, 1972, p. 243.
[208] Los editores de los papeles de Einstein, en la
introducción al vol. 2, pp. XXIV-xxv, describen los libros y las ediciones
concretas que se leyeron en la Academia Olimpia.
[209] Einstein a Moritz Schlick, 14 de diciembre de 1915. En un
ensayo de 1944 sobre Bertrand Russell, Einstein escribía: «El claro mensaje de
Hume parecía resquebrajarse: la materia prima sensorial, la única fuente de
nuestro conocimiento, puede llevamos a través del hábito a la creencia y a la
expectativa, pero no al conocimiento y aún menos a la comprensión de relaciones
legítimas»; Einstein, 1954, p. 22. Véase también Einstein, 1949b, p. 13.
[210] David Hume, Tratado sobre la naturaleza humana, libro 1,
parte 2; Norton, 2005a.
[211] Hay varias interpretaciones a la Crítica de la razón pura
de Kant (1781). Aquí he tratado de seguir fielmente la visión de Kant que tenía
el propio Einstein. Einstein, «Remarks on Bertrand Russell’s Theory of
Knowledge» (1944), en Schilpp; Einstein, 1954, p. 22; Einstein, 1949b, pp.
11-13; Einstein, «On the Methods of Theoretical Physics», conferencia «Herbert
Spencer», Oxford, 10 de junio de 1933, en Einstein, 1954, p. 270; Mara Beller,
«Kant's Impact on Einstein's Thought», en Howard y Stachel, 2000, pp. 83-106.
Véase también Einstein, «Physics and Reality» (1936), en Einstein, 1950a, p.
62; Yehuda Elkana, «The Myth of Simplicity», en Holton y Elkana, p. 221.
[212] Einstein, 1949b, p. 21.
[213] Einstein, necrológica de Ernst Mach, 14 de marzo de 1916,
CPAE 6: 26.
[214] Philipp Frank, «Einstein, Mach and Logical Positivism», en
Schilpp, p. 272; Overbye, pp. 25, 100-104; Gerald Holton, «Mach, Einstein and
the Search for Reality», Daedalus, primavera de 1968, pp. 636-673, reeditado en
Holton, 1973, p. 221; Clark, p. 61; Einstein a Carl Seelig, 8 de abril de 1952;
Einstein, 19496, p. 15; Norton, 2005a.
[215] Spinoza, Ética, parte I, proposición 29 y passim; Jammer,
1999, p. 47; Holton, 2003, pp. 26-34; Matthew Stewart, The Courtier and the
Heretic, Nueva York, Norton, 2006.
[216] Pais, 1982, p. 47; Fölsing, p. 106; Hoffmann, 1972, p. 39;
Maja Einstein, XVII; Overbye, pp. 15-17.
[217] Certificado de matrimonio, CPAE 5: 6; Miller, 2001, p. 64;
Zackheim, p. 47.
[218] Einstein a Michele Besso, 22 de enero de 1903; Mileva
Maric a Helene Savic, marzo de 1903; Solovine, p. 13; Seelig, 1956a, p. 46;
Einstein a Carl Seelig, 5 de mayo de 1952; AEA 39-20.
[219] Mileva Maric a Einstein, 27 de agosto de 1903; Zackheim,
p. 50.
[220] Einstein a Mileva Maric, c. 19 de septiembre de 1903;
Zackheim; Popovic; conversaciones y e-mails del autor con Robert Schulmann.
[221] Popovic, p. 11; Zackheim, p. 276; conversaciones y e-mails
del autor con Robert Schulmann.
[222] Michelmore, p. 42.
[223] Einstein a Mileva Maric, c. 19 de septiembre de 1903.
[224] Mileva Maric a Helene Savic, 14 de junio de 1904; Popovic,
p. 86; Whitrow, p. 19.
[225] Overbye, p. 113, citando a Desanka Trbuhovic-Gjuric, Im
Schatten Albert Einstein, Berna, Verlag Paul Haupt, 1993, p. 94.
[226] Esta cita se atribuye en diversos libros y fuentes a un
discurso que pronunció lord Kelvin ante la Asociación Británica para el
Progreso de la Ciencia en 1900. No he encontrado evidencias directas de ello, y
de ahí lo de «parece ser que declaró». Tampoco aparece en la biografía en dos
volúmenes de Silvanus P. Thompson, The Life of Lord Kelvin, Chelsea Publishing,
Nueva York, 1976, editada originariamente en 1910.
[227] Pierre-Simon Laplace, Ensayo filosófico sobre la
probabilidad (editado en inglés en 1820 y reeditado en Nueva York, Dover, en
1951). Esta famosa declaración determinista aparece nada menos que en el
prefacio de una obra dedicada a la teoría de probabilidades. La esencia del
argumento es que en la realidad última tenemos determinismo, mientras que en la
práctica tenemos probabilidades. El conocimiento pleno —afirma— no resulta
alcanzable, y debido a ello necesitamos las probabilidades.
[228] Einstein, Carta a la Real Sociedad Geográfica sobre el
bicentenario de Newton, marzo de 1927.
[229] Einstein, 1949b, p. 19.
[230] Sobre la influencia de las teorías de inducción de Faraday
en el pensamiento de Einstein, véase Miller, 1981, capítulo 3.
[231] Einstein e Infeld, p. 244; Overbye, p. 40; Bernstein,
1996a, p. 49.
[232] Einstein a Conrad Habicht, 18 o 25 de mayo de 1905.
[233] Enviado el 17 de marzo de 1905, y publicado en Annalen der
Physik, 17 (1905). Quiero dar las gracias al profesor de Yale Douglas Stone por
su ayuda en este apartado.
[234] Max Born, necrológica de Max Planck, Real Sociedad
Geográfica de Londres, 1948.
[235] John Heilbron, The Dilemmas of an Upright Man, Berkeley,
University of California Press, 1986. Entre las explicaciones más lúcidas del
artículo de Einstein sobre los cuantos, en las que se basa este apartado, se
incluyen Gribbin y Gribbin; Bernstein, 1996a, 2006; Overbye, pp. 118-121;
Stachel, 1998; Rigden; A. Douglas Stone, «Genius and Genius2:
Planck, Einstein and the Birth of Quantum Theory», Aspen Center for Physics,
conferencia inédita, 20 de julio de 2005.
[236] Probablemente el planteamiento de Planck resultaba algo
más complejo e implicaba presuponer un grupo de osciladores y postular una
energía total que es un múltiplo entero de una unidad cuántica. Bernstein 2006,
pp. 157-161.
[237] Max Planck, discurso ante la Sociedad Física de Berlín, 14
de diciembre de 1900. Véase Lightman, 2005, p. 3.
[238] Einstein, 1949b, p. 46. Miller, 1984, p. 112; Miller,
1999, p. 50; Rynasiewicz y Renn, p. 5.
[239] Einstein, «Sobre la teoría molecular general del calor»,
27 de mano de 1904.
[240] Einstein a Conrad Habicht, 15 de abril de 1904. Jeremy
Bernstein me habló de la relación entre los artículos de 1904 y 1905 en un
e-mail del 29 de julio de 2005.
[241] Einstein, «Sobre un punto de vista heurístico de la
producción y transformación de la luz», 17 de marzo de 1905.
[242] «Nos alarmamos, preguntándonos qué ha pasado con las ondas
de luz de la teoría decimonónica y asombrándonos de que Einstein pueda ver la
firma de la discreción atómica en las insulsas fórmulas de la termodinámica
—dice el historiador de la ciencia John D. Norton—. Einstein coge lo que parece
un aburrido fragmento de la termodinámica de la radiación de calor, una
expresión de base empírica para la entropía de un volumen de radiación de calor
de alta frecuencia. Con unas cuantas hábiles inferencias, convierte esta
expresión en una sencilla fórmula probabilística cuya interpretación inevitable
es que la energía de la radiación se halla espacialmente localizada en un
número finito de puntos independientes»; Norton, 2006c, p. 73. Véase también
Lightman, 2005, p. 48.
[243] En su artículo de 1906, Einstein afirmaba claramente que
Planck no había captado plenamente las implicaciones de la teoría cuántica. Al
parecer, Besso instó a Einstein a no hacer demasiado explícitas sus críticas a
Planck. Como le escribiría el propio Besso mucho después: «Al ayudarte a
corregir tus publicaciones sobre los cuantos te despojé de una parte de tu
gloria, pero, por otro lado, te conseguí un amigo en la persona de Planck»;
Michele Besso a Einstein, 17 de enero de 1928. Véase Rynasiewicz y Renn, p. 29;
Bernstein, 1991, p. 155.
[244] Holton y Brush, p. 395.
[245] Gilbert Lewis acuñó el término fotón en 1926. En 1905
Einstein descubrió el cuanto de luz. Solo más tarde, en 1916, trataría del
momento del cuanto y de su masa de reposo cero. Jeremy Bernstein ha señalado
que uno de los descubrimientos más interesantes que no hizo Einstein en 1905
fue el fotón. Jeremy Bernstein, carta al director, Physics Today, mayo de 2006.
[246] Gribbin y Gribbin, p. 81.
[247] Max Planck a Einstein, 6 de julio de 1907.
[248] Max Planck y otros tres a la Academia Prusiana, 12 de
junio de 1913, CPAE 5: 445.
[249] Max Planck, Scientific Autobiography, Nueva York,
Philosophical Library, 1949, p. 44 [hay trad. cast.: Autobiografía científica y
últimos escritos, trad. de José Manuel Lozano, Tres Cantos, Nivola, 2000]; Max
Born, «Einstein's Statistical Theories», en Schilpp, p. 163.
[250] Citado en Gerald Holton, «Millikan’s Struggle with
Theory», Em-rophysics News, 31 (2000), p. 3.
[251] Einstein a Michele Besso, 12 de diciembre de 1951, AEA
7-401.
[252] Completado el 30 de abril de 1905, enviado a la
Universidad de Zurich el 20 de julio del mismo año, enviado a los Annalen der
Physik en versión revisada el 19 de agosto del mismo año, y publicado por dicha
revista en enero de 1906. Véase Norton, 2006c, y
www.pitt.edu/~jdnorton/Goodies/Ein-stein_sta_1905.
[253] Jos Uffink, «Insuperable Difficulties: Einstein's
Statistical Road to Molecular Physics», Studies in the History and Philosophy
of Modern Physics, 37 (2006), pp. 37 y 60.
[254] bundog. u-net. com/avogadro/avoga. html.
[255] Rigden, pp. 48-52; Bernstein, 1996a, p. 88; Gribbin y
Gribbin, pp. 49-54; Pais, 1982, p. 88.
[256] Hoffmann, 1972, p. 55; Seelig, 1956b, p. 72; Pais, 1982,
pp. 88-89.
[257] Introducción al movimiento browniano, CPAE 2 (alemán), p.
206; Rigden, p. 63.
[258] Einstein, «Sobre el movimiento de pequeñas partículas
suspendidas en líquidos en reposo requerido por la teoría cinético-molecular
del calor», enviado a los Annalen der Physik el 11 de mayo de 1905.
[259] Einstein, 19496, p. 47.
[260] La media cuadrática es asintótica para p. Raiz de 2n/Pi
Pueden verse buenos análisis de la relación de los recorridos aleatorios con el
movimiento browniano de Einstein en Gribbin y Gribbin, p. 61; Bernstein 2006,
p. 117. Agradezco a George Stranahan, del Centro de Física Aspen, su ayuda con
las fórmulas matemáticas que subyacen a esta relación.
[261] Einstein, «Sobre la teoría del movimiento browniano»,
1906, CPAE 2: 32 (donde señala los resultados de Seidentopf); Gribbin y
Gribbin, p. 63; Clark, p. 89; Max Born, «Einstein’s Statistical Theories», en
Schilpp, p. 166.
[262] Las investigaciones históricas contemporáneas sobre la
relatividad especial de Einstein se inician con el ensayo de Gerald Holton «On
the Origins of the Special Theory of Relativity» (1960), reeditado en Holton
1973, p. 165. Holton sigue siendo una referencia en este campo. La mayoría de
sus ensayos anteriores se han incorporado a sus libros Thematic Origins of
Scientific Thought: Kepler to Einstein (1973), Einstein History and Other
Passions (2000) y The Scientific Imagination (1998). La descripción popular de
Einstein se encuentra en su libro de 1916 Sobre la teoría de la relatividad
especial y general, mientras que la descripción de carácter más técnico se
halla en la obra de 1922 El significado de la relatividad. Pueden verse buenas
explicaciones de la relatividad especial en Miller, 1981, 2001; Galison;
Bernstein, 2006; Calder, Feynman, 1997; Hoffmann, 1983; Kaku; Mermin; Penrose;
Sartori; Taylor y Wheeler, 1992; Wolfson. Este capítulo se inspira en esas
obras, junto con los artículos ya enumerados en la bibliografía de John
Stachel; Arthur I. Miller; Robert Rynasiewicz, John D. Norton; John Earman,
Clark Glymour y Robert Rynasiewicz; y Michel Jannsen. Véase también Wertheimer,
1959. Arthur I. Miller da un meticuloso y escéptico repaso al intento de Max
Wertheimer de reconstruir el desarrollo de la relatividad especial por parte de
Einstein como forma de explicar la psicología de la Gestalt; véase Miller,
1984, pp. 189-195.
[263] Véase Janssen, 2004, para un repaso de los argumentos que
afirman que el intento de Einstein de ampliar la relatividad general al
movimiento arbitrario y al rotatorio no resultó del todo fructífero y quizá era
menos necesario de lo que él creía.
[264] Galileo Galilei, Dialogue Concerning the Two Chief World
Systems (1632), trad. ing. de Stillman Drake, p. 186. [hay trad. cast.: Diálogo
sobre los dos máximos sistemas, trad. de Antonio Beltrán, Barcelona, RBA,
2002].
[265] Miller, 1999, p. 102.
[266] Einstein, «El éter y la teoría de la relatividad»,
conferencia pronunciada en la Universidad de Leiden, 5 de mayo de 1920.
[267] Ibid.; Einstein, 1916, capítulo 13.
[268] Einstein, «El éter y la teoría de la relatividad»,
conferencia pronunciada en la Universidad de Leiden, 5 de mayo de 1920.
[269] Einstein al doctor H. L. Gordon, 3 de mayo de 1949, AEA
58-217.
[270] Véase en Einstein’s Dreams, de Alan Lightman [hay trad.
cast.: Sueños de Einstein, trad. de Carlos Peralta, Tusquets, Barcelona, 1993],
una imaginativa y penetrante reflexión ficticia sobre el descubrimiento de la
relatividad especial por parte de Einstein. Lightman capta el talante de los
pensamientos profesionales, personales y científicos que podrían haberse
arremolinado en la mente de Einstein.
[271] Peter Galison, historiador de la ciencia de Harvard, es el
más ferviente defensor de la tesis de la influencia del entorno tecnológico de
Einstein. Arthur I. Miller presenta una versión algo más moderada. Entre los
que creen que dicha influencia se ha exagerado se cuentan John Norton, Tilman
Sauer y Alberto Martínez. Véase Alberto Martínez, «Material History and
Imaginary Clocks», Physics in Perspective, 6, 2004, p. 224.
[272] Einstein, 1922c. Me baso aquí en una traducción corregida
de su conferencia de 1922, que da una visión distinta de lo que dijo Einstein;
véase la explicación en la bibliografía.
[273] Einstein, 1949b, p. 49. Para otras versiones, véase
Wertheimer, p. 214; Einstein, 1956, p. 10.
[274] Miller, 1984, p. 123, lleva un apéndice donde explica cómo
afectó al pensamiento de Einstein el experimento mental de 1895. Véase también
Miller, 1999, pp. 30-31; Norton, 2004, 2006b. En este último artículo, Norton
señala: «[Esto] no resulta preocupante para un teórico del éter. Las ecuaciones
de Maxwell si implican bastante directamente que el observador encontraría una
forma de onda congelada, y el teórico del éter no espera formas de onda
congeladas en nuestra experiencia, dado que nosotros no nos movemos en el éter
a la velocidad de la luz».
[275] Einstein a Erika Oppenheimer, 13 de septiembre de 1932,
AEA 25192; Moszkowski, p. 4.
[276] Gerald Holton fue el primero en subrayar la influencia de
Foppl en Einstein, citando las memorias de su yerno Anton Reiser y la edición
alemana de la biografía de Philipp Frank. Holton, 1973, p. 210.
[277] Einstein, «Ideas y métodos fundamentales de la teoría de
la relatividad» (1920), borrador inédito de un artículo para Nature, CPAE 7:
31. Véase también Holton 1973, pp. 362-364; Holton, 2003.
[278] Einstein a Mileva Maric, 10 de agosto de 1899.
[279] Einstein a Mileva Maric, 10 y 28 de septiembre de 1899;
Einstein, 1922c.
[280] En Einstein a Robert Shankland, 19 de diciembre de 1952,
dice que, leyó el libro de Lorentz antes de 1905. En su conferencia de 1922 en
Kyoto (Einstein, 1922c), habla de cuando era estudiante en 1899 y afirma:
«Justo en aquella época tuve la oportunidad de leer el artículo de 1895 de
Lorentz®. En Einstein a Michele Besso, ¿22 de enero? de 1903, dice que está
iniciando «extensos y exhaustivos estudios de teoría electrónica». Arthur I.
Miller da una buena descripción de lo que Einstein había aprendido ya. Véase
Miller 1981, pp. 85-86.
[281] Este apartado se basa en Gerald Holton, «Einstein,
Michelson, and the “Crucial” Experiment», en Holton, 1973, pp. 261-286, y País,
1982, pp. 115-117; ambos evalúan las diversas afirmaciones de Einstein. Con los
años, el enfoque histórico ha evolucionado. Así, por ejemplo, el físico Philipp
Frank, amigo y colega de Einstein, escribía en 1957: «Einstein partía del caso
más prominente en el que las viejas leyes del movimiento y la propagación de la
luz no habían logrado explicar los hechos observados: el experimento de
Michelson» (Frank, 1957, p. 134). Gerald Holton, historiador de la ciencia de
Harvard, me escribía el 30 de mayo de 2006 en una carta sobre este tema: «En lo
que se refiere al experimento de Michelson-Morley, hasta hace tres o cuatro
décadas prácticamente todo el mundo escribía, especialmente en los libros de
texto, que había una línea conductora entre dicho experimento y la relatividad
especial de Einstein. Todo esto cambió cuando se hizo posible examinar con
detalle los propios documentos de Einstein sobre la materia… Incluso los no
historiadores han renunciado desde hace tiempo a la idea de que existiera una
conexión fundamental entre ese experimento concreto y el trabajo de Einstein».
[282] Einstein, 1922c; brindis de Einstein por Albert Michelson,
Ateneo del Tecnológico de California, 15 de enero de 1931, AEA 8-328; mensaje
de Einstein en el centenario de Albert Michelson, Instituto Case, 19 de
diciembre de 1952, AEA 1-168.
[283] Wertheimer, capítulo 10; Miller, 1984, p. 190.
[284] Entrevistas y cartas de Robert Shankland, 4 de febrero de
1950, 24 de octubre de 1952 y 19 de diciembre de 1952. Véase también Einstein a
F. G. Davenport, 9 de febrero de 1954: «En mi propio desarrollo, el resultado
de Michelson no ha tenido una influencia considerable, e incluso no recuerdo si
lo conocía siquiera cuando escribí mi primer artículo sobre el tema. La
explicación es que, por razones generales, yo estaba firmemente convencido de
que el movimiento absoluto no existe».
[285] Miller,. 1984, p. 118: «Era innecesario para Einstein
revisar todos los experimentos existentes sobre el éter, ya que, en su opinión,
sus resultados constituían desde el principio una conclusión previsible». Este
apartado se basa en el trabajo de Miller y en las sugerencias que este hacía en
un borrador anterior.
[286] Einstein consideraba que la ausencia de resultados de los
experimentos sobre el éter respaldaba el principio de relatividad, y no (como a
veces se ha supuesto) el postulado de que la luz se mueve siempre a velocidad
constante. John Stachel, «Einstein and Michelson: The Context of Discovery and
Context of Justification», 1982, en Stachel, 2002a.
[287] El profesor Robert Rynasiewicz, de la Universidad Johns
Hopkins, se cuenta entre quienes subrayan la importancia de los métodos
inductivos para Einstein. Aunque este a menudo escribiría posteriormente que se
basaba más en la deducción que en la inducción, Rynasiewicz califica tal
afirmación de «sumamente discutible», afirmando, en cambio, que «mi visión del
annus mirabilis es que representa un triunfo de lo que puede conseguirse
inductivamente en forma de puntos fijos desde los que progresar pese a la falta
de una teoría fundamental». El 29 de junio de 2006 Rynasiewicz me envió un
correo electrónico con comentarios a un borrador previo de este apartado.
[288] Miller, 1984, p. 117; Sonnert, p. 289.
[289] Holton, 1973, p. 167.
[290] Einstein, «Inducción y deducción en física», Berliner
Tageblatt, 25 de diciembre de 1919, CPAE 7: 28.
[291] Einstein a T. McCormack, 9 de diciembre de 1952, AEA
36-549. McCormack era un estudiante de la Universidad Brown que había escrito a
Einstein una carta expresándole su admiración.
[292] Einstein, 1949b, p. 89.
[293] El análisis siguiente se basa en Miller, 1981, y en el
trabajo de John Stachel, John Norton y Robert Rynasiewicz citado en la
bibliografía. Miller, Norton y Rynasiewicz leyeron amablemente borradores de mi
trabajo y me sugirieron diversas correcciones.
[294] Miller, 1981, p. 311» describe una relación entre los
artículos de Einstein sobre los cuantos de luz y la relatividad especial. En la
sección octava de su artículo sobre la relatividad especial, Einstein habla de
los pulsos de luz y declara: «Es remarcable que la energía y la frecuencia de
un complejo luminoso varíen con el estado de movimiento del observador de
acuerdo con la misma ley».
[295] Norton, 2006a.
[296] Einstein a Albert Rippenbein, 25 de agosto de 1952, AEA
20-46. Véase también Einstein a Mario Viscardini, 28 de abril de 1922, AEA
25-301: «En aquel momento rechacé esa hipótesis debido a que conduce a
tremendas dificultades teóricas (por ejemplo, la explicación de la formación de
sombras por una pantalla que se mueve en relación con la fuente de luz)».
[297] Mermin, p. 23. Al final esto se reveló concluyente por el
estudio de Willem de Sitter sobre las estrellas dobles que giran una alrededor
de la otra a grandes velocidades, publicado en 1913. Pero ya antes de eso, los
científicos habían señalado que no podía hallarse ninguna evidencia de la
teoría que afirmaba que la velocidad de la luz procedente de estrellas en
movimiento, o de cualquier otra fuente, variara.
[298] Einstein a Paul Ehrenfest, 25 de abril y 20 de junio de
1912. Al adoptar este planteamiento, seguía sentando las bases de un dilema
sobre la teoría cuántica que le acosaría durante el resto de su vida. En su
artículo sobre los cuantos de luz había elogiado la teoría ondulatoria de la
luz, mientras que, al mismo tiempo, proponía que esta podía contemplarse
también como partícula. Una teoría de emisión de la luz podría haber encajado
magníficamente con ese planteamiento. Pero tanto los hechos como la intuición
le hicieron abandonar ese enfoque de la relatividad justo cuando estaba
terminando su artículo sobre los cuantos de luz. «Para mí resulta prácticamente
inconcebible que presentara en el mismo año dos artículos que dependieran de
visiones hipotéticas de la naturaleza que él consideraba contradictorias
—afirma el físico sir Roger Penrose—. Lejos de ello, debió de haber pensado
(resultaría que acertadamente) que “en el fondo” no había una contradicción
real entre la exactitud —de hecho, la “verdad”— de la teoría ondulatoria de
Maxwell y la visión alternativa de partículas “cuánticas” que presentaba en el
artículo sobre los cuantos. Ello recuerda a la lucha de Isaac Newton
básicamente con el mismo problema '—unos trescientos años antes—, cuando
propuso un curioso híbrido entre la perspectiva de la onda y la de la partícula
para explicar aspectos conflictivos del comportamiento de la luz. » Roger,
Penrose, prólogo a Einstein's Miraculous Year, Princeton University Press,
Princeton, 2005, p. XI. Véase también Miller, 1981, p. 311.
[299] Einstein, «Sobre la electrodinámica de los cuerpos en
movimiento», 30 de junio de 1905, CPAE 2: 23, segundo párrafo. Einstein empleó
originariamente el símbolo V para la velocidad constante de la luz, pero siete
años después empezó a utilizar el que hoy sigue siendo el símbolo común, c.
[300] En la sección segunda del artículo, define más
detalladamente el postulado de la luz: «Todo rayo de luz se mueve en el sistema
de coordenadas de “reposo” con una velocidad fija V, independientemente de si
dicho rayo de luz es emitido por un cuerpo en reposo o en movimiento». En otras
palabras, el postulado afirma que la velocidad de la luz es la misma
independientemente de la velocidad con la que se mueva la fuente de luz. Muchos
autores, a la hora de definir el postulado de la luz, lo confunden con la afirmación,
más contundente, de que la luz se mueve siempre en cualquier marco inercial con
la misma velocidad con independencia de la velocidad con la que la fuente de
luz o el observador se acerquen o se alejen mutuamente. Esta afirmación también
es cierta, pero solo se obtiene al combinar el principio de relatividad con el
postulado de la luz.
[301] Einstein, 1922c. En su libro de divulgación, de 1916,
Sobre la teoría de la relatividad especial y general, Einstein lo explica en el
capítulo séptimo, «La aparente incompatibilidad de la ley de propagación de la
luz y el principio de relatividad».
[302] Einstein, 1916, capítulo 7.
[303] Einstein, 1922c, Reiser, p. 68.
[304] Einstein, 1916, capítulo 9.
[305] Einstein, 1922c, Heisenberg, 1958, p. 114.
[306] Isaac Newton, Principios matemáticos de la filosofia
natural (1689), libros 1 y 2; Einstein, «Los métodos de la física teórica»,
conferencia «Herbert Spencer», Oxford, 10 de junio de 1933, en Einstein, 1954,
p. 273.
[307] Fölsing, pp. 174-175.
[308] Poincaré pasaba luego a citarse a sí mismo, diciendo que
ya había tratado esa idea en un artículo titulado «La medición del tiempo».
Arthur I. Miller señala que Maurice Solovine, amigo de Einstein, pudo haber
leído ese mismo artículo, en francés, y comentarlo con él. Einstein lo citaría
posteriormente, y su análisis de la sincronización de relojes refleja parte del
pensamiento de Poincaré. Miller, 2001, pp. 201-202.
[309] Fölsing, p. 155: «Se le vio haciendo gestos a amigos y
colegas mientras señalaba a uno de los campanarios de Berna, y luego a otro de
la aldea vecina de Muri». Galison, p. 253, recoge también este relato. Ambos
citan como fuente a Max Flückiger, Einstein in Bernt Paul
Haupt, Berna, 1974, p. 95. En realidad, Flückiger se limita a citar a un colega
que dice que Einstein aludió a esos relojes como ejemplo hipotético. Véase
Alberto Martínez, «Material History and Imaginary Clocks», Physics in
Perspective, 6 (2004), p. 229. Martínez acepta, sin embargo, que sin duda era
interesante que hubiera un reloj de campanario en Muri no sincronizado con los
relojes de Berna y que Einstein aludiera a él a la hora de explicar la teoría a
sus amigos.
[310] Galison, pp. 222, 248, 253; Dyson. La tesis de Galison se
basa en su investigación original sobre las solicitudes de patentes.
[311] Norton» 2006a, pp. 3, 43: «Otra simplificación excesiva
presta demasiada atención a la parte del artículo de Einstein que hoy nos
fascina especialmente: su ingenioso uso de señales luminosas y relojes para
montar su análisis conceptual de la simultaneidad. Este planteamiento concede
excesiva importancia a unas nociones que solo intervinieron brevemente después
de varios años de investigación… Estas no son necesarias para la relatividad
especial o para la relatividad de la simultaneidad». Véase también Alberto
Martínez» «Material History… », pp. 224-240; Alberto Martínez, «Railways and
the Roots of Relativity», Physics World (noviembre de 2003); Norton, 2004. Para
una buena evaluación, que concede más crédito a la investigación y las ideas de
Galison, véase Dyson. Véase también Miller, 2001.
[312] Entrevista a Einstein, Bucky, p. 28; Einstein, 1956, p.
12.
[313] Moszkowski, p. 227.
[314] Overbye, p. 135.
[315] Miller, 1984, pp. 109 y 114. Miller, 1981, capítulo 3,
explica la influencia de los experimentos de Faraday con imanes rotatorios en
la teoría especial de Einstein.
[316] Einstein, «Sobre la electrodinámica de los cuerpos en
movimiento», Annalen der Physik, 17 (26 de septiembre de 1905). Hay numerosas
ediciones disponibles. En Internet se puede encontrar en
www.fourmilab.ch/etexts/ein-stein/specrel/ Entre las versiones anotadas más
útiles se incluyen Stachel, 1998; Stephen Hawking (ed. ), Selections from the
Principle of Relativity, Filadelfia, Running Press, 2002; Richard Muller, ed.,
Centennial Edition of «The Theory of Relativity», Arion Press, San Francisco,
2005.
[317] Einstein, apéndice inédito al libro de 1916 sobre la
relatividad, CPAE 6: 44a.
[318] Einstein, 1916.
[319] Bernstein, 2006, p. 71.
[320] Este ejemplo se describe lúcidamente en Miller, 1999, pp.
82-83; Panek, pp. 31-32.
[321] James Hartle» conferencia pronunciada en el Centro Aspen
de Física, 29 de junio de 2005; Laboratorio Nacional de Medidas Británico»
informe sobre experimentos de dilatación del tiempo, primavera de 2005,
disponible en: www.npl.co.uk/publications/metromnia/issue18.
[322] Einstein a Maurice Solovine, sin fecha, en Solovine, pp.
33 y 35.
[323] Krauss, pp. 35-47.
[324] Seelig, 1956a, p. 28. Para una descripción matemática
exhaustiva de la teoría especial, véase Taylor y Wheeler, 1992.
[325] Pais, 1982, p. 151, citando a Hermann Minkowski, «Espacio
y tiempo», conferencia pronunciada en la Universidad de Colonia, 21 de
septiembre de 1908.
[326] Clark, pp. 159-160.
[327] Thorne, p. 79. Esto también se explica muy bien en Miller,
2001, p. 200: «Ni Lorentz, ni Poincaré, ni ningún otro físico estaba dispuesto
a otorgar realidad física al tiempo local de Lorentz… Solo Einstein se decidió
a ir más allá de las apariencias». Véase también Miller, 2001, p. 240:
«Einstein infirió un significado que no había inferido Poincaré. Su experimento
mental le permitió interpretar la formulación matemática como una nueva teoría
del espacio y el tiempo, mientras que para Poincaré se trataba de una versión
generalizada de la teoría electrónica de Lorentz». Miller también ha explorado
este tema en «Scientific Creativity: A Comparative Study of Henri Poincaré and
Albert Einstein», Creativity Research Journal, 5 (1992), p. 385.
[328] Correo electrónico de Arthur I. Miller al autor, 1 de
agosto de 2005.
[329] Hoffmann, 1972, p. 78. El príncipe Louis de Broglie, el
teórico cuántico que postuló que las partículas podían comportarse como ondas,
dijo en 1954: «Sin embargo, Poincaré no dio el paso decisivo; dejó a Einstein
la gloria de captar todas las consecuencias del principio de relatividad».
Véase Schilpp, p. 112; Galison, p. 304.
[330] Dyson.
[331] Miller, 1981, p. 162.
[332] Holton, 1973, p. 178; Pais, 1982, p. 166; Galison, p. 304;
Miller, 1981. Los cuatro autores han realizado un importante trabajo sobre
Poincaré y el mérito que merece, en el que se basa parcialmente este apartado.
Agradezco al profesor Miller que me facilitara una copia de su artículo «¿Por
qué Poincaré no formuló la relatividad especial en 1905?» y que me ayudara a
corregir este apartado.
[333] Miller, 1984, pp. 37-38; conferencia de Henri Poincaré, 4
de mayo de 1912, Universidad de Londres, citado en Miller, 1984, p. 37; Pais,
1982, pp. 21, 163-168. Escribe Pais: «En toda su vida, Poincaré jamás entendió
la base de la relatividad especial… Es evidente que Poincaré o nunca entendió o
nunca aceptó la teoría de la relatividad». Véase también Galison, p. 242 y
passim.
[334] Einstein a Mileva Maric, 27 de marzo de 1901.
[335] Michelmore, p. 45.
[336] Overbye, p. 139; Highfield y Carter, p. 114; Einstein y
Mileva Maric a Conrad Habicht, 20 de julio de 1905.
[337] Overbye, p. 140; Trbuhovic-Gjuric, pp. 92-93; Zackheim, p.
62.
[338] La cuestión de si el nombre de Maric figuró o no alguna
vez en algún manuscrito de la teoría especial resulta bastante espinosa; sin
embargo, la única fuente de tal afirmación, un físico ruso ya fallecido, jamás
dijo exactamente eso, y no existe ninguna otra evidencia que respalde tal
presunción. Para una explicación detallada, véase el apéndice de John Stachel a
la introducción de Einstein’s Miraculous Year, reedición del centenario,
Princeton, Princeton University Press, 2005, LV.
[339] «The. Relative Importance of Einstein’s Wife», The
Economist, 24 de febrero de 1990; Evan H. Walker, «Did Einstein Espouse His
Spouse’s Ideas?», Physics Today, febrero de 1989; Ellen Goodman, «Out from the
Shadows of Great Men», Boston Globe» 15 de marzo de 1990; Einstein's Wife, PBS,
2003, disponible en: www.pbs.org/opb/einsteinswife/index.htm; Holton, 2000, p.
191; Robert Schulmann y Gerald Holton, «Einstein’s Wife», carta a New
York Times Book Review, 8 de octubre de 1995; Highfield y Carter, pp.
108-114; Svenka Savic, «The Road to Mileva Maric-Einstein», disponible en:
www.zenskestudie.edu.yu/wgsact/e-Hbrajcy/e-lib0027.html#_ftn1; Christopher
Bjerknes, Albert Einstein: The Incorrigible Plagiarist, disponible en: home.
com/ castnet/rxtxmc/CIPD. htm; Alberto Martinez, «Arguing about Einstein’s
Wife», Physics World, abril de 2004, disponible en: physicsweb.
org/articles/world/ 17/4/2/1; Alberto Martínez, «Handling Evidence in History:
The Case of Einstein’s Wife», School Science Review, marzo de 2005, pp. 51-52;
Zackheim, p. 20; Andrea Gabor, Einstein's Wife: Work and Marriage in the Lives
of Five Great Twentieth-Century Women, Viking, Nueva York, 1995; John Stachel,
«Albert Einstein and Mileva Maric: A Collaboration That Failed to Develop», en
H. Prycior et al, eds., Creative Couples in Science, Rutgers University Press,
New Brunswick (NJ), 1995, pp. 207-219; Stachel, 2002a, pp. 25-37.
[340] Michelmore, p. 45.
[341] Holton, 2000, p. 191.
[342] Einstein a Conrad Habicht, 30 de junio-22 de septiembre de
1905 (casi con certeza a primeros de septiembre, tras volver de vacaciones y
ponerse a trabajar en el artículo de E = mc<sup>2</sup>).
[343] Einstein, «¿Depende la inercia de un cuerpo de su
contenido de energía?», Annalen der Physik, 18 (1905), recibido el 27 de
septiembre del mismo año, CPAE 2: 24.
[344] Para un penetrante análisis del origen y las
ramificaciones de la ecuación de Einstein, véase Bodanis. Este autor tiene
también un útil sitio web donde se incluyen más detalles: davidbodanis.
com/books/emc2/notes/relati-vity/sigdev/index. html. El cálculo relativo a la
masa de una uva pasa está en Wolfson, p. 156.
[345] Maja Einstein, p. XXI.
[346] Fölsing, p. 202; Max Planck, Scientific Autobiography and
Other Papers, Philosophical Library, Nueva York, 1949, p. 42 [hay trad. cast.:
Autobiografía científica y últimos escritos, op. Cit.].
[347] Más exactamente, la definición que Richard Feynman emplea
en sus Lectures on Physics, (Addison-Wesley, Boston, 1989, pp. 19-21), es esta:
«Acción en física tiene un significado preciso. Es el valor medio en el tiempo
de la energía cinética de una partícula menos su energía potencial. El
principio de mínima acción afirma, pues, que una partícula recorrerá la
trayectoria que minimice la diferencia entre sus energías cinética y
potencial».
[348] Fölsing, p. 203; Einstein a Maurice Solovine, 27 de abril
de 1906; homenaje de Einstein a Planck, 1913, CPAE 2: 267.
[349] Max Planck a Einstein, 6 de julio de 1907; Hoffmann» 1972,
p. 83.
[350] Max Laue a Einstein, 2 de junio de 1906.
[351] Hoffmann, 1972, p. 84; Seelig, 1956a, p. 78; Fölsing, p.
212.
[352] Arnold Sommerfeld a Hendrik Lorentz, 26 de diciembre de
1907, en Diana Kormos Buchwald, «The First Solvay Conference», Einstein in
Context, Cambridge University Press, Cambridge (Reino Unido), 1993, p. 64.
Sommerfeld se refiere al físico alemán Emil Cohn, un experto en
electrodinámica.
[353] Jakob Laub a Einstein, 1 de marzo de 1908.
[354] Oficina de Patentes Suiza a Einstein, 13 de marzo de 1906.
[355] Mileva Maric a Helene Savic, diciembre de 1906.
[356] Einstein, «Un nuevo método electrostático para la medición
de pequeñas cantidades de electricidad», 13 de febrero de 1908, CPAE 2: 48;
Overbye, p. 156.
[357] Einstein a Paul y/o Conrad Habicht, 16 de agosto, 2 de
septiembre de 1907, 17 de marzo, junio, 4 de julio, 12 de octubre, 22 de
octubre de 1908, 18 de enero, 15 de abril, 28 de abril, 3 de septiembre, 5 de
noviembre y 17 de diciembre de 1909; Overbye, pp. 156-158.
[358] Einstein, «Sobre la inercia de la energía requerida por el
principio de relatividad», 14 de mayo de 1907, CPAE 2: 45; Einstein a Johannes
Stark, 25 de septiembre de 1907.
[359] Einstein al Departamento de Educación del Cantón de Berna,
17 de junio de 1907, CPAE 5: 46; Fölsing, p. 228.
[360] Einstein, 1922c.
[361] Einstein, «Ideas y métodos fundamentales de la teoría de
la relatividad», 1920, borrador inédito de un artículo para la revista Nature,
CPAE 7: 31. La frase que emplea es: «glücklichste Gedanke meines Lebens».
[362] «Einstein Expounds His New Theory», New York Times,
3 de diciembre de 1919.
[363] Bernstein, 1996a, p. 10, argumenta que los experimentos
mentales de Newton con una manzana que cae y los de Einstein con un ascensor
«fueron ideas liberadoras que revelaron profundidades inesperadas en
experiencias ordinarias».
[364] Einstein, 1916, capítulo 20.
[365] Einstein, «The Fundaments of Theoretical Physics», Science
(24 de mayo de 1940), en Einstein 1954, p. 329. Véase también Sartori, p. 255.
[366] Einstein utilizó por primera vez la expresión en un
artículo que escribió para los Annalen der Physik en febrero de 1912, «La
velocidad de la luz y la estática del campo gravitatorio», CPAE 4: 3.
[367] Janssen, 2002.
[368] El campo gravitatorio había de ser estático y homogéneo, y
la aceleración había de ser uniforme y rectilínea.
[369] Einstein, «Sobre el principio de relatividad y las
conclusiones que derivan de él», Jahrbuch der Radioaktimtat and Elektronik, 4
de diciembre de 1907, CPAE 2: 47; Einstein a Willem Julius, 24 de agosto de
1911.
[370] Einstein a Marcel Grossmann, 3 de enero de 1908.
[371] Einstein al Consejo de Educación de Zurich, 20 de enero de
1908; Fölsing, p. 236.
[372] Einstein a Paul Gruner, 11 de febrero de 1908; Alfred
Kleiner a Einstein, 8 de febrero de 1908.
[373] Flückiger, pp. 117-121; Fölsing, p. 238; Maja Einstein, p.
XXI.
[374] Alfred Kleiner a Einstein, 8 de febrero de 1908.
[375] Friedrich Adler a Viktor Adler, 19 de junio de 1908;
Rudolph Ardelt, Friedrich Adler, Österreichischer Bundesverlag, Viena, 1984,
pp. 165-194; Seelig, 1956a, p. 95; Fölsing, p. 247; Overbye, p. 161.
[376] Frank, 1947, p. 75; Einstein a Michele Besso, 29 de abril
de 1917.
[377] Einstein a Jakob Laub, 19 de mayo de 1909; Reiser, p. 72.
[378] Friedrich Adler a Viktor Adler, 1 de julio de 1908;
Einstein a Jakob Laub, 30 de julio de 1908.
[379] Einstein a Jakob Laub, 19 de mayo de 1909.
[380] Alfred Kleiner, informe al claustro docente, 4 de marzo de
1909; Seelig, 1956a, p. 166; Pais, 1982, p. 185; Fölsing, p. 249.
[381] Alfred Kleiner, informe al claustro docente, 4 de marzo de
1909.
[382] Einstein a Jakob Laub, 19 de mayo de 1909.
[383] Einstein, versos en el álbum de Anna Schmid, agosto de
1899, CPAE 1: 49.
[384] Einstein a Anna Meyer-Schmid, 12 de mayo de 1909.
[385] Mileva Maric a Georg Meyer, 23 de mayo de 1909; Einstein a
Georg Meyer, 7 de junio de 1909; Einstein a Erika Schaerer-Meyer, 27 de julio
de 1951; Highfield y Carter, p. 125; Overbye, p. 164.
[386] Mileva Maric a Helene Savic, finales de 1909, 3 de
septiembre de 1909, en Popovic, pp. 26-27.
[387] Seelig, 1956a, p. 92; Dukas y Hoffmann, pp. 5-7.
[388] Einstein a Arnold Sommerfeld, 14 de enero de 1908.
Agradezco a Douglas Stone, de Yale, que me ayudara con los primeros trabajos de
Einstein sobre los cuantos.
[389] Conferencia de Einstein en Salzburgo, «Sobre el desarrollo
de nuestra visión acerca de la naturaleza y la constitución de la radiación»,
21 de septiembre de 1909, CPAE 2: 60; Schilpp, p. 154; Armin Hermann, The
Genesis of the Quantum Theory, MIT Press, Cambridge (MA), 1971, pp. 66-69.
[390] Einstein a Arnold Sommerfeld, julio de 1910. Como
comentaría jocosamente Banesh Hoffmann, amigo de Einstein, en The Strange Story
of the Quantum, Dover, Nueva York, 1959: «No podían sino hacer de tripas
corazón y andar por ahí con rostro desolado quejándose tristemente de que los
lunes, miércoles y viernes debían contemplar la luz como onda, y los martes,
jueves y sábados, como partícula. Los domingos simplemente rezaban».
[391] Debate posterior a la conferencia de Salzburgo del 21 de
septiembre de 1909» CPAE 2: 61.
[392] Einstein a Jakob Laub, 4 y 11 de noviembre de 1910.
[393] Einstein a Heinrich Zangger, 20 de mayo de 1912.
[394] La obra mejor y más original sobre la influencia de Duhem
en el pensamiento de Einstein es la de Don Howard. Véase Howard, 1990a, 2004.
[395] Friedrich Adler a Viktor Adler, 28 de octubre de 1909, en
Fölsing, p. 258.
[396] Ibid, p. 97.
[397] Ibid, p. 113.
[398] Ibid, pp. 99-104; Brian, 1996, p. 76.
[399] Ibid, p. 102; Einstein a Arnold Sommerfeld, 19 de enero de
1909.
[400] Overbye» p. 185; Miller, 2001, pp. 229-231.
[401] Entrevista a Hans Albert Einstein, Gazette and Daily, York
(PA), 20 de septiembre de 1948; Seelig, 1956a, p. 104; Highfield y Carter, p.
129.
[402] Einstein a Pauline Einstein, 28 de abril de 1910.
[403] Petición estudiantil, Universidad de Zurich, 23 de junio
de 1910, CPAE 5: 210.
[404] Repetido en clase por Max Planck, Universidad de Columbia,
primavera de 1909; Pais, 1982, p. 192; Fölsing, p. 271.
[405] Einstein a Jakob Laub, 27 de agosto y 11 de octubre de
1910; conde Karl von Stürgkh a Einstein, 13 de enero de 1911; Frank, 1947, pp.
98-101; Clark, pp. 172-176; Fölsing» pp. 271-273; Pais, 1982, p. 192.
[406] Frank, 1947, p. 104. Frank sostiene que la visita fue en
1913, pero en realidad fue en septiembre de 1910, cuando Einstein estaba en
Viena para su entrevista oficial de cara a conseguir el puesto de profesor en
Praga.
[407] Einstein a Hendrik Lorentz, 27 de enero de 1911.
[408] Einstein a Jakob Laub, 19 de mayo de 1909.
[409] Einstein a Hendrik Lorentz, 15 de febrero de 1911.
[410] País, 1982, p. 8; Brian, 1996, p. 78; Klein, 1970a, p.
303. La descripción de Ehrenfest procede de un borrador de su panegírico de
Lorentz.
[411] Einstein, «Discurso ante la tumba de Lorentz» (1928), en
Einstein, 1954, p. 73; Einstein, «Mensaje en el centenario del nacimiento de
Lorentz» (1953), Ibid. Véase también Bucky, p. 114.
[412] Mileva Maric a Helene Savic, enero de 1911, en Popovic, p.
30; Einstein a Heinrich Zangger, 7 de abril de 1911.
[413] Frank, 1947, p. 98.
[414] Max Brod, The Redemption of Tycho Brahe, Knopf, Nueva
York, 1928; Seelig, 1956a, p. 121; Clark, p. 179; Higitfield y Carter, p. 138.
[415] Einstein a Paul Ehrenfest, 26 de enero y 12 de febrero de
1912.
[416] Einstein, «Paul Ehrenfest: in memoriam», escrito en 1934
para un almanaque de Leiden y reeditado en Einstein, 1950a, p. 132.
[417] Klein, 1970a, pp. 175-178; Seelig, 1956a, p. 125; Fölsing,
p. 294; Clark, p. 194; Brian, 1996, p. 83; Highfield y Carter, p. 142.
[418] Einstein a Paul Ehrenfest, 10 de marzo de 1912; Einstein a
Alfred Kleiner, 3 de abril de 1912; Einstein a Paul Ehrenfest, 25 de abril de
1912. Einstein a Heinrich Zangger, 17 de marzo de 1912: «Me gustaría verle como
mi sucesor aquí. Pero su ateísmo fanático lo hace imposible». La carta de
Zangger formaba parte del material divulgado en 2006 y se ha publicado como
CPAE 5: 374a en un suplemento al volumen 10.
[419] Dirk van Delft, «Albert Einstein in Leiden», Physics
Today, abril de 2006, p. 57.
[420] Einstein a Heinrich Zangger, 7 de noviembre de 1911.
[421] Invitación de Ernest Solvay, 9 de junio de 1911, CPAE 5:
269; Einstein a Michele Besso, 11 de septiembre y 21 de octubre de 1911.
[422] Einstein, «Sobre el estado actual del problema de los
calores específicos», 3 de noviembre de 1911, CPAE 3: 26; la cita sobre lo que
«existe realmente en la naturaleza» aparece en la página 421 de la traducción
inglesa del volumen 3.
[423] Debate posterior a la conferencia de Einstein, 3 de,
noviembre de 1911, CPAE 3: 27.
[424] Einstein a Heinrich Zangger, 7 y 15 de noviembre de 1911.
[425] Einstein a Michele Besso, 26 de diciembre de 1911.
[426] Bernstein, 1996b, p. 125.
[427] Einstein a Heinrich Zangger, 7 de noviembre de 1911.
[428] Einstein a Marie Curie, 23 de noviembre de 1911 (esta
carta está incluida al principio de CPAE, volumen 8, y no en el volumen 5,
donde le habría correspondido cronológicamente si la carta hubiera estado
disponible cuando este se publicó).
[429] Mileva Maric a Einstein, 4 de octubre de 1911.
[430] Overbye, p. 201. La cita de Einstein procede de una carta
a Carl Seelig, 5 de mayo de 1952.
[431] Reiser, p. 126.
[432] Highfield y Carter» p. 145.
[433] Einstein a Elsa Einstein Lowenthal, 30 de abril de 1912;
con respecto al hecho de que ella conservara las cartas, CPAE 5: 389 (edición
en alemán), nota 12.
[434] Einstein a Elsa Einstein, 30 de abril de 1912; «cuaderno
improvisado» de Einstein, CPAE 3 (edición en alemán), apéndice A; CPAE 5: 389
(edición en alemán), nota 4.
[435] Einstein a Elsa Einstein, 7 y 12 de mayo de 1912.
[436] Einstein a Michele Besso, 13 de mayo de 1911; Einstein a
Hans Tanner, 24 de abril de 1911; Einstein a Alfred y Clara Stern, 17 de marzo
de 1912.
[437] Mileva Maric a Helene Savic, diciembre de 1912, en
Popovic, p. 106.
[438] Willem Julius a Einstein, 17 de septiembre de 1911;
Einstein a Willem Julius, 22 de septiembre de 1911.
[439] Heinrich Zangger a Ludwig Forrer, 9 de octubre de 1911;
CPAE 5: 291 (edición en alemán), nota 2; CPAE 5: 305 (edición en alemán), nota
2.
[440] Einstein a Heinrich Zangger, 15 de noviembre de 1911.
[441] Einstein a Willem Julius, 16 de noviembre de 1911.
[442] Marie Curie, carta de recomendación, 17 de noviembre de
1911; Seelig, 1956a, p. 134; Fölsing, p. 291; CPAE 5: 308 (edición en alemán),
nota 3.
[443] Henri Poincaré, carta de recomendación, noviembre de 1911;
Seelig, 1956a, p. 135; Galison, p. 300; Fölsing, p. 291; CPAE 5: 308 (edición
en alemán), nota 3.
[444] Einstein a Alfred y Clara Stern, 2 de febrero de 1912.
[445] Artículos publicados en el semanario Montags-Revue, de
Viena, el 19 de julio de 1912, y en Prager Tagblatt, de Praga, el 26 de mayo y
el 5 de agosto de 1912. CPAE 5: 414 (edición en alemán), notas 2, 3 y 11;
declaración de Einstein, 3 de agosto de 1912.
[446] Einstein a Ludwig Hopf, 12 de junio de 1912.
[447] Overbye, pp. 234, 243; Highfield y Carter, p. 153; Seelig,
1956a, p. 112.
[448] En una carta de Einstein a Elsa Einstein, del 30 de julio
de 1914, este recuerda cómo ella se había mofado de él por haber incluido su
nueva dirección en la misma carta, del 7 de mayo de 1912, en la que le decía
que debían dejar de escribirse.
[449] Einstein a Elsa Einstein, c. 14 de marzo de 1913.
[450] Einstein a Elsa Einstein, 23 de marzo de 1913.
[451] Seelig, 1956a, p. 244; Levenson, p. 2; CPAE 5: 451
(edición en alemán), nota 2; Clark, p. 213; Overbye, p. 248; Fölsing, p. 329.
Los editores de CPAE usan el pañuelo blanco, basándose en una carta de la hija
de Nernst, mientras que otras versiones usan la rosa roja, basándose en el
relato que le hicieron a Seelig.
[452] Max Planck, Walther Nernst, Heinrich Rubens y Emil Warburg
a la Academia Prusiana, 12 de junio de 1913, CPAE 5: 445.
[453] Seelig, 1956a, p. 148.
[454] Einstein a Jakob Laub, 22 de julio de 1913.
[455] Einstein a Paul Ehrenfest, finales de noviembre de 1913.
[456] Einstein a Hendrik Lorentz, 14 de agosto de 1913.
[457] Einstein a Heinrich Zangger» 27 de junio de 1914, CPAE 8:
5a, divulgada en 2006 y publicada como suplemento a CPAE volumen 10.
[458] Einstein a Elsa Einstein, 14 y 19 de julio, antes del 24
de julio, y 13 de agosto de 1913.
[459] Einstein a Elsa Einstein, después del 11 de agosto de
1913.
[460] Einstein a Elsa Einstein, después del 11 de agosto, y 11
de agosto de 1913.
[461] Eve Curie, Madame Curie, Doubleday, Nueva York, 1937, p.
284; Fölsing, p. 325; Highfield y Carter, p. 157.
[462] El bautismo tuvo lugar en la iglesia de San Nicolás de
Novi Sad el 21 de septiembre de 1913. Hans Albert Einstein a Dord Krstic, 5 de
noviembre de 1970; Elizabeth Einstein, p. 97; Highfield y Carter, p. 159;
Overbye, p. 255; Einstein a Heinrich Zangger, 20 de septiembre de 1913; Seelig,
1956a, p. 113.
[463] Einstein a Elsa Einstein, 10 de octubre de 1913.
[464] Einstein a Elsa Einstein, 16 de octubre de 1913.
[465] Einstein a Elsa Einstein, antes del 2 de diciembre de
1913.
[466] Einstein a Elsa Einstein, después del 21 de diciembre y 11
de agosto de 1913.
[467] Einstein a Elsa Einstein, después del 21 de diciembre de
1913.
[468] Einstein a Elsa Einstein, después del 11 de febrero de
1914; diario de Lisbeth Hurwitz, citado en Overbye, p. 265.
[469] Marianoff, p. 1; Einstein a Mileva Maric, 2 de abril de
1914.
[470] Einstein a Paul Ehrenfest, c. 10 de abril de 1914; Paul
Ehrenfest a Einstein, c. 10 de abril de 1914; Highfield y Carter, p. 167.
[471] Whitrow, p. 20.
[472] Einstein a Heinrich Zangger, 27 de junio de 1914, CPAE 8:
16a, divulgada en 2006 y publicada en un suplemento al volumen 10.
[473] Einstein, comunicado a Mileva Maric, c. 18 de julio de
1914, CPAE 8: 22. Véase también en apéndice, CPAE 86 (edición en alemán), p. 1.
032, un comunicado de Anna Besso-Winteler a Heinrich Zangger, de marzo de 1918,
sobre la separación de Einstein.
[474] Einstein a Mileva Maric, c. 18 de julio y 18 de julio de
1914.
[475] CPAE 8a: 26 (edición en alemán), nota 3; comunicado de
Anna Besso-Winteler a Heinrich Zangger, marzo de 1918, CPAE 8b (edición en
alemán), p. 1. 032; Overbye, p. 268.
[476] Einstein a Elsa Einstein, 26 de julio de 1914.
[477] Einstein a Elsa Einstein, después del 26 de julio de 1914.
[478] Einstein a Elsa Einstein, 30 de julio de 1914 (dos
cartas); Michele Besso a Einstein, 17 de enero de 1928 (recordando la
separación); Pais, 1982, p. 242; Fölsing, p. 338.
[479] Einstein a Elsa Einstein, después del 3 de agosto de 1914.
[480] Einstein a Mileva Maric, 15 de septiembre de 1914, que
contiene la ponzoñosa acusación. Muchas otras cartas de 1914 detallan su lucha
por el dinero, los muebles y la relación con sus hijos.
[481] Renn y Sauer 2006, p. 117.
[482] La descripción del principio de equivalencia sigue la
formulación que empleó Einstein en su artículo para el anuario de 1907 y su
exhaustivo trabajo sobre la relatividad general de 1916. Más adelante se
modificaría ligeramente. Véase también Einstein, «Ideas y métodos fundamentales
de la teoría de la relatividad», 1920, borrador inédito de un artículo para la
revista Nature, CPAE 7: 31. Parte de este capítulo se basa en una tesis de uno
de los editores del Einstein Papers Project: Jeroen van Dongen, «Einstein’s
Unification: General Relativity and the Quest for Mathematical Naturalness»,
2002. Van Dongen me facilitó una copia de la tesis, además de orientarme y
revisar el texto del capítulo, que se inspira también en las investigaciones de
otros eruditos que han estudiado el trabajo de Einstein sobre la relatividad
general. Agradezco a Van Dongen y a otros que se reunieran conmigo y me
ayudaran en la redacción de este capítulo; entre ellos, Tilman Sauer, Jürgen
Renn, John D. Norton y Michel Janssen. El capítulo se basa tanto en su trabajo
como en el de John Stachel, todos los cuales aparecen enumerados en la
bibliografía.
[483] Einstein, «La velocidad de la luz y la estática del campo
gravitatorio», Annalen der Physik, febrero de 1912, CPAE 4: 3; Einstein, 1922c;
Janssen, 2004, p. 9. En sus artículos de 1907 y 1911, Einstein lo denomina
«hipótesis de equivalencia», pero luego, en el artículo de 1912, la eleva a la
categoría de principio, o Aequivalenzprinzip.
[484] Einstein, «Sobre la influencia de la gravitación en la
propagación de la luz», Annalen der Physik, 21 de julio de 1911, CPAE 3: 23.
[485] Einstein a Erwin Freundlich, 1 de septiembre de 1911.
[486] Stachel, 1989b.
[487] Registros y. transcripciones de notas, CPAE 1: 25; Adolf
Hurwitz a Hermann Bleuler, 27 de julio de 1900, CPAE 1: 67; Einstein a Mileva
Maric, 28 de diciembre de 1901.
[488] Fölsing, p. 314; Pais, 1982, p. 212.
[489] Hartle, p. 13.
[490] Einstein a Arnold Sommerfeld, 29 de octubre de 1912.
[491] Einstein, prólogo a la edición checa de su libro de
divulgación Sobre la teoría de la relatividad especial y general, 1923; véase
también: utf. mff.cuni.cz/Relativity/Einstein.htm. En él, Einstein escribe: «La
idea decisiva de la analogía entre la formulación matemática de la teoría y la
teoría gaussiana de las superficies no se me ocurrió hasta 1912, a mi regreso a
Zurich, sin que conociera todavía por entonces el trabajo de Riemann, de Ricci
o de Levi-Civita. Fue mi amigo Grossmann quien me llamó la atención sobre
ello». Y en Einstein, 1922c «Me di cuenta de que los fundamentos de la
geometría tenían relevancia física. Mi querido amigo el matemático Grossmann
estaba allí cuando volví de Praga a Zurich. Gracias a él supe de Ricci y, más
tarde, de Riemann».
[492] Sartori, p. 275.
[493] Amir Aczel, «Riemann's Metric», en Aczel, 1999, pp.
91-101; Hoffmann, 1983, pp. 144-151.
[494] Agradezco a Tilman Sauer y Craig Copi su ayuda en este
apartado.
[495] Janssen, 2002; Greene, 2004, p. 72.
[496] Calaprice, p. 9; Flückiger, p. 121.
[497] El Cuaderno de Zurich está en CPAE 4: 10. Puede verse
también un facsímil online en: echo. mpiwg-berlin. mpg.
de/content/relativityrevolution/ jnul. Véase también Janssen y Renn.
[498] Norton, 2000, p. 147. Véase también Renn y Sauer, 2006, p.
151. Agradezco a Tilman Sauer su revisión de este apartado.
[499] En Einstein, Cuaderno de Zurich, CPAE 4: 10 (edición en
alemán), p. 39, aparecen las primeras anotaciones de lo que se conocería como
el «tensor de Einstein».
[500] Hay una explicación de este dilema en Renn y Sauer, 1997,
pp. 42-43. El misterio de por qué Einstein a principios de 1913 no pudo
encontrar el tensor gravitatorio correcto —y la cuestión de su conocimiento de
las opciones de condiciones de coordenadas— se aborda magníficamente en Renn,
2005b, pp. 11-14. Este se basa en las conclusiones de Norton, 1984, al tiempo
que sugiere algunas correcciones a estas.
[501] Norton, Janssen y Sauer han sugerido que la mala
experiencia de Einstein en 1913 al abandonar la estrategia matemática en favor
de una física, y el posterior éxito tardío de la estrategia matemática; se
reflejan en las opiniones que expresó en su conferencia de 1933 en Oxford, y,
asimismo, en el planteamiento que adoptó en las últimas décadas de su vida para
encontrar una teoría del campo unificado.
[502] Einstein, «Esbozo [Entwurf] de una teoría de la
relatividad generalizada y de una teoría de la gravitación» (con Marcel
Grossmann), antes del 28 de mayo de 1913, CPAE 4: 13; Janssen, 2004; Janssen y
Renn.
[503] Einstein a Elsa Einstein, 23 de marzo de 1913.
[504] Manuscrito de Einstein y Besso, CPAE 4: 14; Janssen, 2002.
[505] Einstein, «Sobre los fundamentos de la teoría de la
relatividad general», Annalen der Physik, 6 de marzo de 1918, CPAE 7: 4. Puede
observarse una vivida explicación del cubo de Newton y de su relación con la
relatividad en Greene, 2004, pp. 23-74. Einstein es en buena parte responsable
de inferir cómo vería Mach un universo vacío. Véase Norton, 1995c, Julian
Barbour, «General Relativity as a Perfectly Machian Theory»; Carl Hoefer,
«Einstein’s Formulation of Mach’s Principle», y Hubert Goenner, «Mach’s Principle
and Theories of Gravity»; están todos ellos en Barbour y Pfister.
[506] Janssen, 2002, p. 14; Janssen, 2004, p. 17; Janssen, 2006.
Janssen ha realizado un importante trabajo analizando las colaboraciones de
Einstein y Besso en 1913. Las reproducciones del manuscrito de Einstein y Besso
y de otros documentos relacionados, junto con un ensayo de Janssen acerca de su
relevancia, se hallan en un catálogo de 288 páginas de Christie’s, que subastó
los originales el 4 de octubre de 2002 (el manuscrito de Einstein y Besso, de
cincuenta páginas, se vendió por 595. 000 dólares). Para ver un ejemplo de cómo
Einstein rechazaba la sugerencia de Besso de que la métrica de Minkowski en
unas coordenadas en rotación no constituía una solución válida a las ecuaciones
de campo del Entwurf—y también de cómo Einstein seguía manteniendo que el Entwurf
satisfacía de hecho el principio de Mach—, véase Einstein a Michele Besso, c.
10 de marzo de 1914.
[507] Einstein a Ernst Mach, 25 de junio de 1913; Misner et al.,
p. 544.
[508] Einstein a Hendrik Lorentz, 14 de agosto de 1913. Pero dos
días después escribe de nuevo a Lorentz para decirle que ha renunciado a la
creencia de que la covariancia resulta imposible: «Solo ahora, cuando parece
que se ha eliminado esa fea mancha negra, la teoría me resulta placentera».
Einstein a Hendrik Lorentz, 16 de agosto de 1913.
[509] El «argumento del agujero» afirma básicamente que una
teoría gravitatoria generalmente covariante sería indeterminista. Las
ecuaciones de campo generalmente covariantes no podrían determinar el campo
métrico de forma inequívoca. Una especificación plena del campo métrico fuera
de una pequeña región que estuviera desprovista de materia, conocida como «el
agujero», no podría fijar el campo métrico en dicha región. Véase Stachel,
1989b; Norton, 2005b; Janssen, 2004.
[510] Einstein a Ludwig Hopf, 2 de noviembre de 1913. Véase
también Einstein a Paul Ehrenfest, 7 de noviembre de 1913: «Es posible
demostrar que no pueden existir en absoluto unas ecuaciones generalmente
covariantes que determinen el campo completamente a partir del tensor de
materia. ¿Podría haber algo más hermoso que esto?, ¿que el hecho de que la
especialización necesaria se derive de las leyes de conservación? Así, las
leyes de conservación determinan aquellas superficies que, de entre todas las
superficies, se verán privilegiadas como superficies de coordenadas. Podemos
designar esas superficies privilegiadas como planos, dado que nos quedamos con
sustituciones lineales como las únicas que se justifican». La explicación más
clara de Einstein del «argumento del agujero» está en «Sobre los fundamentos de
la teoría de la relatividad generalizada y la teoría de la gravitación», enero
de 1914, CPAE 4: 25.
[511] Cuando Einstein se presentó en la convocatoria anual de
científicos germanoparlantes en septiembre de 1913, el teórico de la
gravitación y rival suyo Gustav Mie se alzó para lanzar un «enérgico» ataque
contra él, y posteriormente desató una violenta polémica que exhibiría una saña
que iria mucho más allá de lo que podían justificar los desacuerdos
científicos. Einstein también entabló un encarnizado debate con Max Abraham»
cuya teoría gravitatoría había atacado con gran fruición durante todo el año
1912. Informe sobre el congreso de Viena, 23 de septiembre de 1913, CPAE 4: 17.
[512] Einstein a Heinrich Zangger, c. 20 de enero de 1914.
[513] Einstein a Heinrich Zangger, 10 de marzo de 1914. Jürgen
Renn ha señalado que el período 1913-1915 de defensa y perfeccionamiento del
Entwurf, aunque no llegó a salvar esa teoría, sí ayudó a Einstein a comprender
mejor las dificultades que parecían acosar a los tensores que había explorado
en la estrategia matemática. «Prácticamente todos los problemas técnicos que
había encontrado Einstein en el cuaderno de Zurich con los candidatos derivados
del tensor de Riemann se resolvieron de hecho durante ese período en el curso
de su examen de los problemas asociados a la teoría del Entwurf. » Renn, 2005b,
p. 16.
[514] Einstein a Erwin Freundlich, 8 de enero de 1912, mediados
de agosto de 1913; Einstein a George Hale, 14 de octubre de 1913; George Hale a
Einstein, 8 de noviembre de 1913.
[515] Clark, p. 207.
[516] Einstein a Erwin Freundlich, 7 de diciembre de 1913.
[517] Einstein a Erwin Freundlich, 20 de enero de 1914.
[518] Fölsing, pp. 356-357.
[519] Einstein a Paul Ehrenfest, 19 de agosto de 1914.
[520] Ibid.
[521] Einstein a Paolo Straneo, 7 de enero de 1915.
[522] Puede verse una buena descripción de las bases de esta
afirmación en Levenson, especialmente en las páginas 60-65.
[523] Elon, pp. 277, 303-304.
[524] Fölsing, p. 344.
[525] Einstein a Hans Albert Einstein, 25 de enero de 1915.
[526] Nathan y Norden, p. 4; Elon, p. 326. También traducido
como «Manifiesto al mundo civilizado».
[527] Einstein a Georg Nicolai, 29 de febrero de 1915. El texto
completo está en CPAE 6: 8, y Nathan y Norden, p. 5. Clark, p. 228, sostiene
que parte del texto era del propio Einstein. Véase también Wolf William
Zuelzer, The Nicolai Case, Wayne State University Press, Detroit, 1982;
Overbye, p. 273; Levenson, p. 63; Fölsing, pp. 346-347; Elon, p. 328.
[528] Nathan y Norden, p. 9; Overbye, pp. 275-276; Fölsing, p.
349; Clark, p. 238.
[529] Einstein a Romain Rolland, 15 de septiembre de 1915; CPAE
8a: 118 (edición en alemán), nota 2; diario de Romain Rolland, citado en Nathan
y Norden, p. 16; Fölsing, p. 366.
[530] Einstein a Paul Hertz, antes del 8 de octubre de 1915;
Paul Hertz a Einstein, 8 de octubre de 1915; Einstein a Paul Hertz, 9 de
octubre de 1915.
[531] Einstein, «Mi opinión sobre la guerra», 23 de octubre-11
de noviembre de 1915, CPAE 6: 20.
[532] Einstein a Heinrich Zangger, después del 27 de diciembre
de 1914, CPAE 8: 41a, en el suplemento al volumen 10.
[533] Hans Albert Einstein a Einstein, dos tarjetas postales,
antes del 4 de abril de 1915, parte del fideicomiso de correspondencia familiar
sellado hasta 2006. CPAE 8:69a, 8:69b, en el suplemento al volumen 10.
[534] Einstein a Hans Albert Einstein, c. 4 de abril de 1915.
[535] Einstein a Heinrich Zangger, 16 de julio de 1915.
[536] Einstein a Elsa Einstein, 11 de septiembre de 1915;
Einstein a Heinrich Zangger, 15 de octubre de 1915; Einstein a Hans Albert
Einstein, 4 de noviembre de 1915. Con respecto a la queja de Einstein de que
apenas pudo ver a sus hijos durante su visita de septiembre de 1916, véase
Einstein a Mileva Maric, 1 de abril de 1916: «Espero que esta vez no volverás a
ocultarme casi completamente a los chicos».
[537] Einstein a Heinrich Zangger, 15 de octubre de 1915;
Michele Besso a Einstein, c. 30 de octubre de 1915.
[538] Una vez más, me he basado en los trabajos de Jürgen Renn,
Tilman Sauer, John Stachel, Michel Janssen y John D. Norton.
[539] Horst Kant, «Albert Einstein and the Kaiser Wilhelm
Institute for Physics in Berlin», en Renn, 2005d pp. 168-170.
[540] Wolf-Dieter Mechler, «Einstein’s Residences in Berlin», en
Renn, 2005d p. 268.
[541] Janssen, 2004, p. 29.
[542] Einstein a Heinrich Zangger, 7 de julio, c. 24 de julio de
1915; Einstein a Arnold Sommerfeld, 15 de julio de 1915.
[543] Concretamente, la cuestión era si las ecuaciones de campo
del Entwurf eran o no invariantes bajo la transformación no autónoma a unas
coordenadas en rotación en el caso de la métrica de Minkowski en su forma
diagonal estándar. Janssen, 2004, p. 29.
[544] Memorando de Michele Besso a Einstein, 28 de agosto de
1913; Janssen, 2002; Norton, 2000, p. 149; Einstein a Erwin Freundlich, 30 de
septiembre de 1915.
[545] Einstein a Hendrik Lorentz, 12 de octubre de 1915.
Einstein describe sus descubrimientos de octubre de 1915 en una carta posterior
a Lorentz y en otra a Arnold Sommerfeld. Einstein a Hendrik Lorentz, 1 de enero
de 1916: «El otoño pasado me aguardaban momentos difíciles al tomar conciencia
de la inexactitud de las anteriores ecuaciones del campo gravitatorio. Ya había
descubierto antes que el movimiento del perihelio de Mercurio arrojaba un
resultado demasiado pequeño. Además, encontré que las ecuaciones eran no
covariantes para las sustituciones correspondientes a una rotación uniforme del
nuevo sistema de referencia. Por último, encontré que la consideración que hice
el año pasado sobre la determinación de la función H de Lagrange para el campo
gravitatorio resultaba del todo ilusoria en cuanto a que esta podía modificarse
fácilmente de modo que no hubiera que adscribir condiciones restrictivas a H,
haciendo posible así elegirla de una forma completamente libre. De ese modo
llegué a la convicción de que la introducción de sistemas adaptados no era el
camino correcto, y de que era necesario una covariancia de mayor alcance,
preferiblemente una covariancia general. Ahora se ha alcanzado la covariancia
general, por la que nada se modifica en la consiguiente especialización del
marco de referencia… Yo ya había considerado en esencia las actuales ecuaciones
hace tres años junto con Grossmann, quien me habla llamado la atención sobre el
tensor de Riemann». Einstein a Arnold Sommerfeld, 28 de noviembre de 1915: «En este
último mes he tenido uno de los momentos más estimulantes y agotadores de mi
vida y, de hecho, también uno de los más fructíferos. ¡Y fue porque me di
cuenta de que mis actuales ecuaciones del campo gravitatorio resultaban
insostenibles! A ello me llevaron las siguientes indicaciones: 1) probé que el
campo gravitatorio en un sistema en rotación uniforme no satisface las
ecuaciones de campo; 2) el movimiento del perihelio de Mercurio daba 18
segundos en lugar de 45 segundos por siglo; 3) las consideraciones de la
covariancia en mi artículo del año pasado no producen la función hamiltoniana
H. Cuando se generaliza adecuadamente, esta permite una H arbitraria. De ello
se demostraba que la covariancia con respecto a sistemas de coordenadas
«adaptadas» era un fracaso».
[546] Norton, 2000, p. 152.
[547] Existe una sutil divergencia de opinión entre el grupo de
historiadores que se han ocupado del tema de la relatividad general en cuanto
al alcance del supuesto paso de Einstein de la estrategia física a la
matemática en octubre-noviembre de 1915. John Norton ha afirmado que la «nueva
táctica [de Einstein] fue revocar su decisión de 1913» y regresar a una
estrategia matemática, haciendo mayor hincapié en un análisis de tensores que
produjera una covariancia general (Norton, 2000, p. 151). Del mismo modo, Jeroen
van Dongen sostiene que el cambio de táctica estaba claro: «Einstein halló de
inmediato el camino para salir del lodazal del Entwurf, volvió al requisito
matemático de la covariancia general que había abandonado en el cuaderno de
Zurich» (Van Dongen, p. 25). Ambos estudiosos citan frases del Einstein de los
últimos años en las que afirma que la gran lección que aprendió fue la de
confiar en la estrategia matemática. Por otra parte, Jürgen Renn y Michel
Janssen sostienen que Norton y Van Dongen (y el viejo Einstein en su difusa
memoria) exageran ese cambio de estrategia. Las consideraciones físicas
siguieron representando un importante papel en el descubrimiento de la teoría
definitiva, en 1915. «En nuestra reconstrucción, no obstante, Einstein volvió a
las ecuaciones de campo generalmente covariantes realizando un importante
ajuste a la teoría del Entwurf, una teoría nacida casi íntegramente a partir de
consideraciones físicas … El hecho de que las consideraciones matemáticas
apuntaran en la misma dirección sin duda inspiraba confianza en que esa fuera
la dirección correcta, pero serían las consideraciones físicas, y no las
matemáticas» las que le guiarían por ese camino. » (Janssen y Renn» p. 13; la
cita que empleo en el texto está en la página 10). Asimismo, Janssen» 2004, p.
35: «Fuera lo que fuere lo que creyera» dijera o escribiera más tarde sobre
ello, lo cierto es que Einstein solo descubrió la autopista matemática hacia
sus ecuaciones de campo después de haber hallado ya esas ecuaciones al final de
un camino de cairo a través de la física».
[548] Einstein a Arnold Sommerfeld, 28 de noviembre de 1915.
[549] Einstein, «Sobre la teoría de la relatividad general», 4
de noviembre de 1915, CPAE 6: 21.
[550] Einstein a Michele Besso, 17 de noviembre de 1915;
Einstein a Arnold Sommerfeld» 28 de noviembre de 1915.
[551] Einstein a Hans Albert Einstein, 4 de noviembre de 1915.
[552] Einstein a David Hilbert, 7 de noviembre de 1915.
[553] Overbye, p. 290.
[554] Einstein, «Sobre la teoría de la relatividad general
(apéndice)», 11 de noviembre de 1915, CPAE 6: 22; Renn y Sauer, 2006, p. 276;
Pais, 1982, p. 252.
[555] Einstein a David Hilbert, 12 de noviembre de 1915.
[556] Einstein a Hans Albert Einstein, 15 de noviembre de 1915;
Einstein a Mileva Maric, 15 de noviembre de 1915; Einstein a Heinrich Zangger,
15 de noviembre de 1915 (divulgada en 2006 y publicada en un suplemento al
volumen 10).
[557] Einstein a David Hilbert, 15 de noviembre de 1915.
[558] Einstein, «Explicación del movimiento del perihelio de
Mercurio a partir de la teoría de la relatividad general», 18 de noviembre de
1915, CPAE 6: 24.
[559] Pais, 1982, p. 253; Einstein a Paul Ehrenfest, 17 de enero
de 1916; Einstein a Arnold Sommerfeld, 9 de diciembre de 1915.
[560] Einstein a David Hilbert, 18 de noviembre de 1915.
[561] David Hilbert a Einstein, 19 de noviembre de 1915.
[562] Esta ecuación se ha expresado de muchas maneras. La que
empleo aquí sigue la formulación que utilizó Einstein en sus conferencias de
1921 en Princeton. El miembro izquierdo de la ecuación puede expresarse de
manera más compacta con lo que hoy se conoce como el «tensor de Einstein»
[563] Overbye, p. 293; Aczel» 1999, p. 117; archive. ncsa. uiuc.
edu/Cyberia/ NumRel/EinsteinEquations.htiiil#intro. Una variación de la cita de
Wheeler se halla en la página 5 del libro que él mismo escribió en colaboración
con Charles Misner y Kip Thorne, Gravitation.
[564] Greene, 2004, p.74.
[565] Einstein, «Los fundamentos de la teoría de la relatividad
general», Annalen der Physik, 20 de marzo de 1916, CPAE 6: 30.
[566] Einstein a Heinrich Zangger, 26 de noviembre de 1915;
Einstein a Michele Besso, 30 de noviembre de 1915.
[567] Thorne, p. 119.
[568] Para un análisis de la contribución de Hilbert, véase
Sauer, 1999, pp. 529-575; Sauer, 2005, pp. 577-590. Entre ios trabajos en los
que se describen las revisiones de Hubert se incluyen Corry, Renn y Stachel;
Sauer, 2005. Para hacerse una idea de la controversia, véase también John
Earman y Clark Glymour, «Einstein and Hilbert: Two Months in the History of
General Relativity», Archive for History of Exact Sciences (1978, p. 291; A. A.
Logunov, M. A. Mestvirishvili y V. A. Petrov, «How Where the Hilbert-Einstein
Equations Discovered?», Uspeji Pizkheskij Nauk, 174, n. ° 6 (junio de 2004),
pp. 663-678; Christopher Jon Bjerknes, Albert Einstein: The Incorrigible
Plagiarist, disponible en: home. comcast. net/~xtxinc/AEIPBook. htm; John
Stachel, «Anti-Einstein Sentiment Surfaces Again», Physics World, abril de
2003, disponible en: physicsweb. org/articles/review/16/ 4/2/1; Christopher Jon
Bjerknes, «The Author of Albert Einstein: The Incorrigible Plagiarist Responds
to John Stachel’s Personal Attack», disponible en: home. comcast.
net/'rxtxinc/Response. htm; Friedwardt Winterberg, «On “Belated Decision in the
Hilbert-Einstein Priority Dispute”», Zeitschrift fur Naturforschung A, octubre
de 2004, pp. 715-719, disponible en: www.physics.unr.edu/feculty/winterberg/Hilbert-Einstein.pdf;
David Rowe, «Einstein Meets Hubert: At the Crossroads of Physics and
Mathematics», Physics in Perspective, 3, n. ° 4 (noviembre de 2001), p. 379.
[569] Reid, p. 142. Aunque este comentario se cita también en
otras fuentes secundarias, Tilman Sauer, del Einstein Papers Project, que
actualmente está escribiendo un libro sobre Hilbert, dice que jamás ha
encontrado su fuente original.
[570] Einstein a David Hilbert, 20 de diciembre de 1915.
[571] Einstein a Arnold Sommerfeld, 9 de diciembre de 1915;
Einstein a Heinrich Zangger, 26 de noviembre de 1915.
[572] Una cuestión polémica es si la relatividad general
realmente logra hacer equivalentes todas las formas de movimiento y todos los
marcos de referencia. Sin duda puede afirmarse que en el caso de dos
observadores en movimiento relativo no uniforme, cada uno de ellos puede verse
legítimamente a sí mismo como «en reposo» y al otro como afectado por un campo
gravitatorio. Eso no significa necesariamente (como Einstein parecía creer
algunas veces, aunque otras no) que dos observadores en movimiento relativo no
uniforme son siempre físicamente equivalentes, en especial en el caso de la
rotación. Véase, por ejemplo, Norton 1995b, pp. 223-245; Janssen, 2004, pp.
8-12; Don Howard, «Point Coincidences and Pointer Coincidences», en Goenner et
al., 1999, p. 463; Robert Rynasiewicz, «Kretschmann’s Analysis of Covariance
and Relativity Principles», en Goenner et al, 1999, 431; Dennis Diek, «Another
Look at General Covariance and the Equivalence of Reference Frames», Studies in
the History and Philosophy of Modern Physics, 37 (marzo de 2006), p. 174.
[573] Fölsing, p. 374; Clark, p. 252.
[574] Einstein a Michele Besso, 10 de diciembre de 1915.
[575] Michele Besso a Einstein, 29 de noviembre de 1915;
Einstein a Michele Besso, 30 de noviembre de 1915; Neffe, p. 192.
[576] Hans Albert Einstein a Einstein, antes del 30 de noviembre
de 1915; Einstein a Hans Albert Einstein, 30 de noviembre de 1915.
[577] Michele Besso a Einstein, 30 de noviembre de 1915. Véase
también Einstein a Heinrich Zangger, 4 de diciembre de 1915: «Se está
envenenando sistemáticamente el alma del chico para asegurarse de que no confíe
en mí».
[578] Einstein a Mileva Maric, 1 y 10 de diciembre de 1915.
[579] Einstein a Hans Albert Einstein, 23 y 25 de diciembre de
1915. Einstein escribió una tarjeta postal parecida a Hans Albert el 18 de
diciembre de 1915. Einstein a Hans Albert Einstein, 11 de marzo de 1916.
[580] Einstein a Heinrich Zangger, 26 de noviembre de 1915;
Einstein a Michele Besso, 3 de enero de 1916.
[581] Overbye, p. 300.
[582] Einstein a Mileva Maric, 6 de febrero de 1916.
[583] Einstein a Mileva Maric, 12 de marzo y 1 de abril de 1916;
Neffe, p. 194.
[584] Einstein a Mileva Maric, 1 y 8 de abril de 1916; Einstein
a Michele Besso, 6 de abril de 1916; Michele Besso a Heinrich Zangger, 12 de
abril de 1916, CPAE 8: 211 (edición en alemán), nota 2.
[585] Einstein a Elsa Einstein, 12 y 15 de abril de 1916. Véase
también Einstein a Elsa Einstein, 10 de abril de 1916, en la correspondencia
familiar sellada y divulgada en 2006, CPAE 8: 211a: «Mi relación con él se está
haciendo muy cálida».
[586] Einstein a Elsa Einstein, 21 de abril de 1916. Véase
también Einstein a Heinrich Zangger, 11 de julio de 1916: «Después de una
excursión de Pascua sumamente magnífica, los días posteriores en Zurich
trajeron un completo enfriamiento de una forma que no me resulta en absoluto
explicable».
[587] Einstein a Heinrich Zangger, 11 de julio de 1916; Einstein
a Michele Besso, 14 de julio de 1916. Véase CPAE 8: 233 (edición en alemán),
nota 4, con respecto a que Zangger era la otra persona aludida en la carta.
[588] Pauline Einstein a Elsa Einstein, 6 de agosto de 1916, en
Overbye, p. 301.
[589] Einstein a Michele Besso, 14 de julio de 1916; Michele
Besso a Einstein, 17 de julio de 1916; CPAE 8: 239 (edición en alemán), nota 2.
[590] Einstein a Michele Besso, 21 de julio de 1916, dos cartas.
[591] CPAE 8: 241 (edición en alemán), notas 3 y 4; Einstein a
Heinrich Zangger, 25 de julio de 1916; Heinrich Zangger a Michele Besso, 31 de
julio de 1916,
[592] Einstein a Heinrich Zangger, 18 de agosto de 1916;
Einstein a Hans Albert Einstein, 25 de julio de 1916. Véase también Einstein a
Heinrich Zangger, 10 de marzo de 1917.
[593] Einstein a Michele Besso, 24 de agosto de 1916; Einstein a
Hans Albert Einstein, 26 de septiembre de 1916.
[594] Hans Albert Einstein a Einstein, antes del 26 de noviembre
de 1916.
[595] Einstein a Michele Besso, 31 de octubre de 1916.
[596] Einstein a Helene Savic, 8 de septiembre de 1916.
[597] Einstein, «El fundamento de la teoría de la relatividad
general», 20 de marzo de 1916, CPAE 6: 30.
[598] Einstein, Sobre la teoría de la relatividad especial y
general, diciembre de 1916, en CPAE 6: 42 y también en numerosas ediciones;
Michelmore, p. 63. Para una versión en Internet del libro de Einstein, véase
bardeby.com/173, o bien www.gutenberg.org/etext/5001.
[599] Einstein, «Principios de investigación», 1918, en
Einstein, 1954, p. 224.
[600] Einstein a Heinrich Zangger, 16 de enero de 1917; Clark,
p. 241.
[601] Clark, p. 248; Highfield y Carter, p. 183; Overbye, p.
327; Einstein a Paul Ehrenfest, 14 de febrero de 1917; Einstein a Heinrich
Zangger, 6 de diciembre de 1917.
[602] Einstein a Michele Besso, 9 de marzo de 1917; Einstein a
Heinrich Zangger, 16 de febrero y 10 de marzo de 1917.
[603] Einstein a Paul Ehrenfest, 25 de mayo de 1917.
[604] Einstein a Heinrich Zangger, 12 de junio de 1917.
[605] Einstein a Mileva Maric, 31 de enero de 1918.
[606] Mileva Maric a Einstein, 9 de febrero de 1918, del
fideicomiso de correspondencia familiar, CPAE 8: 461a, en el suplemento al
volumen 10.
[607] Mileva Maric a Einstein, después del 6 de febrero de 1918.
La carta del 9 de febrero del fideicomiso de correspondencia familiar (véase la
anterior nota 32) se divulgó en 2006. Resulta evidente que esta se escribió
antes de la fechada como «después del 6 de febrero» por los editores de los
papeles de Einstein.
[608] Overbye, pp. 338-339.
[609] Mileva Maric a Einstein, 22 de abril de 1918.
[610] Einstein a Mileva Maric, 15, 23 y 26 de abril de 1918.
[611] Maja Winteler-Einstein a Einstein» 6 de marzo de 1918,
fideicomiso de correspondencia familiar, divulgada en 2006, CPAE 8: 475b, en el
suplemento al volumen 10.
[612] Einstein a Anna Besso, después del 4 de marzo de 1918.
[613] Anna Besso a Einstein, después del 4 de marzo de 1918.
[614] Mileva Maric a Einstein, antes del 23 de mayo de 1918;
Einstein a Mileva Maric, 4 de junio de 1918. Véase también Vero Besso (el hijo
de Anna y Michele) a Einstein, 28 de marzo de 1918, fideicomiso de
correspondencia familiar: «La tarjeta postal que le envió usted a mi madre no
era precisamente muy amable… Sus palabras no le habrían ofendido en absoluto si
las hubiera oído por sí mismo; simplemente se habría reído y habría rebajado un
poco el tono».
[615] Mileva Maric a Einstein, 17 de marzo de 1918: «Mi estado
de salud es ahora tal que puedo estar acostada en casa; aunque no puedo
levantarme, puedo dedicar un tiempo considerable a los niños, y eso me pone muy
contenta y contribuye mucho a mi bienestar». Einstein a Heinrich Zangger, 8 de
mayo de 1918.
[616] Einstein a Heinrich Zangger, 8 de mayo de 1918.
[617] Einstein a Max Born, después del 29 de junio de 1918;
Einstein a Michele Besso, 29 de julio de 1918.
[618] Einstein a Hans. Albert Einstein, después del 4 de junio
de 1918.
[619] Einstein a Hans Albert Einstein, después del 19 de junio
de 1918.
[620] Hans Albert Einstein a Einstein, c. 17 de julio de 1918;
Einstein a Eduard Einstein, c. 17 de julio de 1918.
[621] Edgar Meyer a Einstein, 11 de agosto de 1918; Einstein a
Michele Besso, 20 de agosto de 1918.
[622] Einstein a Heinrich Zangger, 16 de agosto de 1918;
Einstein a Michele Besso, 6 de septiembre de 1918; Fölsing, p. 424.
[623] Reiser, p. 140.
[624] Nathan y Norden, p. 24. Véase también Rowe y Schulmann.
[625] Born, 2005, pp. 145-147. Mi descripción se basa en el
recuerdo de Born, que acompaña a las referencias de Einstein al acontecimiento
en una carta a este del 7 de septiembre de 1944. Véase también Bolles, pp.
3-11; Seelig, 1956a, p. 178; Fölsing, p. 423; Levenson, p. 198.
[626] Einstein, «Sobre la necesidad de una Asamblea Nacional»,
13 de noviembre de 1918, CPAE 8: 14; Nathan y Norden; p. 25. Otto Nathan afirma
que Einstein hizo esas observaciones a los estudiantes radicales de la
universidad. Pero no hay evidencia de ello, ni tampoco Born lo menciona. Los
periódicos lo publicaron como un discurso pronunciado ante la Liga de la Nueva
Patria aquel mismo día. Véase CPAE 8: 14 (edición en alemán), nota 2.
[627] Einstein a Max Born, 7 de septiembre de 1944.
[628] Einstein, declaración de divorcio, 23 de diciembre de
1918, CPAE 8: 676.
[629] Einstein a Mileva Maric y Hans Albert Einstein, 10 de
enero de 1919; Einstein a Hedwig y Max Born, 15 y 19 de enero de 1919; Theodor
Vetter a Einstein, 28 de enero de 1919. Vetter era el presidente de la
Universidad de Zurich, y respondía a la queja de Einstein por haber puesto un
guardia en la puerta de sus clases.
[630] Decreto de divorcio, 14 de febrero de 1919, CPAE 9: 6.
[631] Overbye, pp. 273-280.
[632] Einstein a Georg Nicolai, c. 22 de enero y 28 de febrero
de 1917; Georg Nicolai a Einstein, 26 de febrero de 1917.
[633] Ilse Einstein a Georg Nicolai, 22 de mayo de 1918, CPAE 8:
545.
[634] Einstein a Elsa Einstein, 12 y 17 de julio de 1919.
[635] Einstein a Elsa Einstein, 28 de julio de 1919.
[636] «Professor Einstein Here», New York Times, 3
de abril de 1921.
[637] «Pronounced Sense of Humor», New York Times,
22 de diciembre de 1936.
[638] Fölsing, p. 429; Highfield y Carter, p. 196.
[639] Reiser, p. 127; Marianoff, pp. 15, 174. Los dos autores se
casaron con las hijas de Elsa. El verdadero nombre de Reiser era Rudolph
Kayser.
[640] Elias Tobenkin, «How Einstein, Thinking in Terms of the
Universe, Lives from Day to Day», New York Evening Post, 26 de marzo de 1921.
[641] Frank, 1947, p. 219; Marianoff, p. 1; Fölsing, p. 428;
Reiser, p. 193.
[642] Overbye, p. 314; Einstein a Karl Schwarzschild, 9 de enero
de 1916.
[643] Einstein, «On a Stationary System with Spherical Symmetry
Consisting of Many Gravitating Masses», Annals of Mathematics, 1939.
[644] Para una descripción de la historia, las matemáticas y la
ciencia de los agujeros negros, véase Miller, 2005; Thorne, pp. 121-139.
[645] Freeman Dyson, en Robinson, pp. 8-9.
[646] Einstein a Karl Schwarzschild, 9 de enero de 1916.
[647] CPAE, volumen 8, reúne toda la correspondencia entre
Einstein y De Sitter, con un buen comentario sobre el debate. Michel Janssen
(autor no mencionado explícitamente), «El debate Einstein-De
Sitter-Weyl-Klein», CPAE 8a (edición en alemán), p. 351.
[648] Einstein a Willem de Sitter, 2 de febrero de 1917.
[649] Einstein a Paul Ehrenfest, 4 de febrero de 1917.
[650] Einstein, «Consideraciones cosmológicas de la teoría de la
relatividad general», 8 de febrero de 1917, CPAE 6: 43.
[651] Einstein, 1916, capítulo 31.
[652] Clark, p. 271.
[653] Un delicioso relato de ficción que sigue un argumento
parecido (por así decirlo) es el de Edwin Abbott, Planilandia, publicado
inicialmente en 1880 y actualmente disponible en ediciones modernas.
[654] Edward W. Kold, «The Greatest Discovery Einstein Didn’t
Make», en Brockman, p. 205.
[655] Lawrence Krauss y Michael Turner, «A Cosmic Conundrum»,
Scientific American (septiembre de 2004), p. 71; Aczel, 1999, p. 155; Overbye,
p. 321. La famosa cita de la «metedura de pata» de Einstein procede de Gamow,
1970, p. 44.
[656] Overbye, p. 327.
[657] Einstein, 1916, capítulo 22.
[658] Actualmente se dispone de una excelente edición en inglés
de la obra clásica de Eddington publicada inicialmente en 1920: Arthur
Eddington, Space, Time and Gravitation. An Outline of the
General Relativity Theory, Cambridge Science Classics, Cambridge (Reino Unido),
1995. En la página 141 de la obra se describe la expedición a la isla de
Príncipe. Véase también el galardonado artículo de Matthew Stanley, «An
Expedition to Heal the Wounds of War: 1919 Eclipse and Eddington as Quaker
Adventurer», Isis, 94 (2003), pp. 57-89. Puede verse en Crelinsten una
descripción exhaustiva de todas las pruebas.
[659] Douglas, p. 40; Aczel, 1999, pp. 121-137; Clark, pp.
285-287; Fol-sing, pp. 436-437; Overbye, pp. 354-359.
[660] Douglas, p. 40.
[661] Einstein a Pauline Einstein, 5 de septiembre de 1919;
Einstein a Paul Ehrenfest, 12 de septiembre de 1919.
[662] Einstein a Pauline Einstein, 27 de septiembre de 1919;
Bolles, p. 53.
[663] Ilse Rosenthal-Schneider, Reality and Scientific Truth:
Discussions with Einstein, von Laue, and Planck, Wayne State University Press,
Detroit, 1980, p. 74. La autora afirma, erróneamente, que el telegrama era de
Eddington, cuando en realidad era de Lorentz. La observación de Einstein es
famosa y se ha traducido de diversas maneras. La frase original en alemán, tal
como la consigna Rosenthal-Schnieder, es: «Da könnt’ mir halt der Liebe Gott
leid tun, die Theorie stimmt doch».
[664] Max Planck a Einstein, 4 de octubre de 1919; Einstein a
Max Planck, 23 de octubre de 1919.
[665] Coloquio de Física de Zurich a Einstein, 11 de octubre de
1919.
[666] Einstein a Coloquio de Física de Zurich, 16 de octubre de
1919.
[667] Alfred North Whitehead, Science and the Modern World,
1925, Free Press, Nueva York, 1997, p. 13. Véase también pp. 29 y 113.
[668] The Times de Londres, 7 de noviembre de 1919; Pais, 1982,
p. 307; Fölsing, p. 443; Clark, p. 289.
[669] The Times de Londres, 7 de noviembre de 1919.
[670] Einstein, 1949b, p. 31. La compra del violín está en
Einstein a Paul Ehrenfest, 10 de diciembre de 1919.
[671] Douglas, p. 41; Subrahmanyan Chandrasekhar» Truth and
Beauty: Aesthetics and Motivations in Science, University of Chicago Press,
Chicago, 1987, p. 117. No cabe duda de que David Hilbert habría sido un
tercero, aunque obviamente había muchos más. Chandrasekhar, que posteriormente
trabajó con Eddington, le dijo a Jeremy Bernstein que había escuchado la
anécdota directamente de labios de este último; Bernstein, 1973, p. 192.
[672] Clark, p. 309. Puede verse una buena descripción de ello
en David Rowe, «Einstein’s Rise to Fame®, Perimeter Institute, 15 de octubre de
2005, disponible en: www.mediasite.com.
[673] «Fabric of the Universe», The Times de Londres, editorial,
7 de noviembre de 1919.
[674]New York Times, 9 de
noviembre de 1919.
[675] Brian, 1996, p. 100, a partir de Meyer Berger, The Story
of the New York Times, Simon &Schuster, Nueva York, 1951, pp.
251-252.
[676]New York Times, 9 de
noviembre de 1919.
[677] Obviamente, debe elogiarse al New York Times por
tomarse en serio la teoría.
[678] «Einstein Expounds His New Theory», New York Times,
3 de diciembre de 1919.
[679] Einstein a Heinrich Zangger, 15 de diciembre de 1919.
[680] Einstein a Marcel Grossmann, 12 de septiembre de 1920.
Einstein pasaba luego a precisarle a Grossmann que el tema, en medio de un
nacionalismo y un antisemitismo crecientes, se había politizado: «Su convicción
viene determinada por el partido político al que pertenecen».
[681] Leopold Infeld, «To Albert Einstein on His 75th Birthday»,
en Goldsmith et al, p. 24.
[682]New York Times, 4 y 21 de
diciembre de 1919.
[683] The Times de Londres, 28 de noviembre de 1919.
[684] Paul Ehrenfest a Einstein, 24 de noviembre de 1919; Maja
Einstein a Einstein, 10 de diciembre de 1919.
[685] Einstein a Max Born, 8 de diciembre de 1919; Einstein a
Ludwig Hopf, 2 de febrero de 1920.
[686] C. P. Snow, «On Einstein», en The Variety of Men,
Scribner’s, Nueva York, 1966, p. 108.
[687] Freeman J. Dyson, «Wise Man», New York Review of Books, 20
de octubre de 2005.
[688] Clark, p. 296.
[689] Born, 2005, p. 41.
[690] Hedwig Born a Einstein, 7 de octubre de 1920.
[691] Max Born a Einstein, 13 de octubre de 1920.
[692] Max Born a Einstein, 28 de octubre de 1920.
[693] Einstein a Max Born, 26 de octubre de 1920. Einstein
escribió a Maurice Solovine, cuando apareció el libro unos meses después,
diciéndole que Moszkowski era «abominable» y «miserable», y que había «cometido
falsedad» al emplear algunas de las cartas de Einstein de forma no autorizada
para dar a entender que este había escrito una introducción al libro. Einstein
a Maurice Solovine, 8 y 19 de marzo de 1921. También se sintió consternado al
enterarse de que Hans Albert lo había comprado, diciéndole: «No pude impedir su
publicación, y me ha causado un enorme pesar»; Einstein a Hans Albert Einstein,
18 de junio de 1921. Véase también Highfield y Carter, p. 199.
[694] Brian 1996, pp. 114-116; Moszkowski, pp. 22-58.
[695] Born, 2005, p. 41.
[696] Frank, 1947, pp. 171-174.
[697] Michelmore, p. 95; Fölsing, p. 485.
[698] Einstein a Heinrich Zangger, 24 de diciembre de 1919.
[699] Einstein, «My First Impressions of the USA», Nieue
Rotterdamsche Courant, 4 de julio de 1921, CPAE 7, apéndice D; Einstein, 1954,
pp. 3-7.
[700] Einstein, «Einstein on His Theory», The Times de Londres,
28 de noviembre de 1919.
[701] Einstein a Hedwig y Max Born, 27 de enero de 1920;
Einstein a Arthur Eddington, 2 de febrero de 1920. Einstein le dijo cortésmente
al desconcertado Eddington: «El tragicómico final del asunto de la medalla
[resulta] insignificante comparado con los sacrificados y fructíferos trabajos
que usted y sus amigos han dedicado a la teoría de la relatividad y su
verificación».
[702] Frida Bucky, citada en Brian, 1996, p. 230.
[703] Einstein, «El mundo tal como yo lo veo» (1930), en
Einstein, 1954, p. 8. Hay una traducción distinta en Einstein, 1949a, p. 3.
[704] Esta valoración aparece con ligeras variaciones en Infeld,
p. 118; Infeld, «To Albert Einstein on His 75th Birthday», en Goldsmith et al,
p. 25, y en Bulletin of the World Federation of Scientific Workers, julio de
1954.
[705] Nota editorial de Max Born, en Born, 2005, p. 127.
[706] Abraham Pais, «Einstein and the Quantum Theory», Reviews
of Modern Physics, octubre de 1979. Véase también Pais, «Einstein, Newton and
Success», en French, p. 35; Pais, 1982, p. 39.
[707] Einstein, «Why Socialism?», Monthly Review, mayo de 1949,
reeditado en Einstein, 1954, p. 151.
[708] Erik Erikson, «Psychoanalytic Reflections on Einstein’s
Centenary», en Holton y Elkana, p. 151.
[709] Esta idea procede de Barbara Wolff, de los archivos de
Einstein en la Universidad Hebrea.
[710] Levenson, p. 149.
[711] Einstein a Paul Ehrenfest, 17 de enero de 1922; Fölsing,
p. 482.
[712] Einstein a Eduard Einstein, 25 de junio de 1923,
fideicomiso de correspondencia familiar de Einstein, inédita, carta en posesión
de Bob Cohn, quien me facilitó una copia. Cohn es coleccionista de material
sobre Einstein, y las cartas que posee han sido traducidas por Janifer
Stackhouse. Agradezco la ayuda de ambos.
[713] Michelmore, p. 79.
[714] Einstein a Mileva Maric, 12 de mayo de 1924, AEA 75-629.
[715] Einstein a Michele Besso, 5 de enero de 1924, AEA 7-346;
Einstein a Hans Albert Einstein, 7 de marzo de 1924.
[716] Einstein a Heinrich Zangger, marzo de 1920; Fölsing, p.
474; Highfield y Carter, p. 192; Clark, p. 243.
[717] Paul Johnson, Modern Times, HarperCollins, Nueva York,
1991, pp. 1-3. Este apartado está adaptado de un artículo que escribí cuando la
revista Time eligió a Einstein «personaje del siglo»: «Who
Mattered and Why», Time, 31 de diciembre de 1999. Para una crítica
de esa idea, que también tengo en cuenta en el presente apartado, véase David
Greenberg, «It Didn’t Start with Einstein», State, 3 de febrero de 2000,
disponible en: www.slate.com/id/74164. Miller, 2001, constituye también una
importante fuente.
[718] Charles Poor, profesor de mecánica celeste de la
Universidad de Columbia, en el New York Times, 16 de noviembre de
1919.
[719]New York Times, 7 de
diciembre de 1919.
[720] Isaiah Berlin, «Einstein and Israel», en Holton y Elkana,
p. 282. Véase también, de su hijastro político Reiser, p. 158: «El término de
relatividad se confundía en los círculos profanos, y se confunde todavía hoy,
con el de relativismo. La obra y la personalidad de Einstein, no obstante,
están muy lejos de tal ambigüedad y del concepto de relativismo, tanto en la
teoría del conocimiento como en la ética… El relativismo ético, que niega todas
las normas morales generalmente obligatorias, contradice totalmente la elevada
idea social que Einstein representa y sigue siempre».
[721] Haldane, p. 123. Una obra contemporánea que trata de
manera más sofisticada y profunda muchos de los mismos temas es Ryckman, 2005.
[722] Frank 1947, pp. 189-190; Clark, pp. 339-340.
[723] Gerald Holton, «Einstein’s Influence on the Culture of Our
Time», en Holton, 2000, p. 127, y también Holton y Elkana, p. XI.
[724] Miller, 2001, especialmente pp. 237-241.
[725] Damour, p. 34; Marcel Proust a Armand de Guiche, diciembre
de 1921.
[726] Philip Courtenay, «Einstein and Art», en Goldsmith et al,
p. 145; Richard Davenport-Hines, Proust at the Majestic, Bloomsbury, Nueva
York, 2006.
[727] The Times de Londres, 28 de noviembre de 1919.
[728] Kurt Blumenfeld, «Einstein and Zionism», en Seelig, 1956b,
p. 74; Kurt Blumenfeld, Erlebte Judenfrage, Verlags-Anstalt, Stuttgart, 1962,
p. 127-128.
[729] Einstein a Paul Epstein, 5 de octubre de 1919.
[730] Einstein a Ciudadanos Alemanes de Fe Judía, 5 de abril de
1920, CPAE 7: 37.
[731] Einstein, «Antisemitismo: defensa a través del
conocimiento», después del 3 de abril de 1920, CPAE 7: 35.
[732] Einstein, «Asimilación y antisemitismo», 3 de abril de
1920, CPAE 7: 34. Véase también Einstein, «Inmigración del Este», 30 de
diciembre de 1919, artículo publicado en Berliner Tageblatt, CPAE 7: 29.
[733] Einstein, «Antisemitismo: defensa… »; Hubert Goenner, «The
Anti-Einstein Campaign in Germany in 1920», en Beller et al., p. 107.
[734] Elon, p. 277.
[735] Hubert Goenner, «The Anti-Einstein… », en Beller et al, p.
121.
[736]New York Times, 29 de
agosto de 1920.
[737] Frank, 1947, p. 161; Clark, p. 318; Fölsing, p. 462;
Brian, 1996, p. 111.
[738] «Einstein to Leave Berlin», New York Times, 29
de agosto de 1920; la noticia, fechada en Berlín, empieza diciendo: «Los
periódicos locales afirman que el profesor Albert Einstein abandonará la
capital alemana en vista de los numerosos e injustos ataques perpetrados contra
su teoría de la relatividad y contra él mismo».
[739] Einstein, «Mi respuesta», 27 de agosto de 1920, CPAE 7:
45.
[740] Véase, en particular, Philipp Lenard a Einstein, 5 de
junio de 1909.
[741] Einstein, «Mi respuesta», 27 de agosto de 1920, CPAE 7:
45.
[742] Seelig, 1956a, p. 173.
[743] Hedwig Born a Einstein, 8 de septiembre de 1920.
[744] Paul Ehrenfest a Einstein, 2 de septiembre de 1920.
[745] Einstein a Max y Hedwig Born, 9 de septiembre de 1920.
[746] Einstein a Paul Ehrenfest, antes del 9 de septiembre de
1920.
[747] Arnold Sommerfeld a Einstein, 11 de septiembre de 1920.
[748] Jerome, pp. 206-208 y 256-257.
[749] Born, 2005, p. 35; Einstein a Max Born, 26 de octubre de
1920.
[750] Clark, pp. 326-327; Fölsing, p. 467; Bolles, p. 73.
[751] Fölsing, p. 523; Adolf Hitler, Völkischer Beobachter, 3 de
enero de 1921.
[752] Dearborn Independent (Michigan), 30 de abril de 1921,
exhibido en la exposición «El ingeniero jefe del universo», celebrada en el
Kronprinzenpalais de Berlín en mayo-septiembre de 2005. Un titular situado en
la parte de abajo de la página reza: «¡Judío admite el bolchevismo! ».
[753] Einstein a Paul Ehrenfest, 26 de noviembre de 1920, 12 de
febrero de 1921, AEA 9-545; Fölsing, p. 484. Las cartas de Einstein posteriores
a 1920 todavía no se han publicado en CPAE, de modo que identifico aquí esas
cartas inéditas por su correspondiente número de referencia en AEA.
[754] Clark, pp. 465-466.
[755] Einstein a Maurice Solovine, 8 de marzo de 1921, AEA
9-555.
[756] Declaración de Einstein a Abba Eban, 18 de noviembre de
1952, AEA 28-943.
[757] Fritz Haber a Einstein, 9 de marzo de 1921, AEA 12-329.
[758] Einstein a Fritz Haber, 9 de marzo de 1921, AEA 12-331.
[759] Seelig, 1956a, p. 81; Fölsing, p. 500; Clark, p. 468.
[760]New York Times, 3 de abril
de 1921.
[761] Illy, p. 29.
[762] Philadelphia Public Ledger, 3 de abril de 1921.
[763] Estas citas y descripciones proceden de las noticias
publicadas el 3 de abril de 1921, en los diarios New York Times,
New York Call, Philadelphia Public Ledger y New York American.
[764] Weizmann, p. 232.
[765] «Einstein Sees End of Time and
Space», New York Times, 4 de abril de 1921.
[766] «City’s Welcome for Dr. Einstein», New York Evening Post,
5 de abril de 1921.
[767] Talmey, p. 174.
[768]New York Times, 11 y 16 de
abril de 1921.
[769] El monumento, situado en la esquina de la Avenida de la
Constitución y la calle Veintidós, representa un auténtico tesoro escondido de
la ciudad de Washington (véase la foto adjunta). El escultor fue Robert Berks,
que también hizo el busto de John Kennedy que actualmente se exhibe en el
cercano Kennedy Center, mientras que el arquitecto paisajista fue James van
Sweden. En la tablilla que sostiene Einstein hay tres ecuaciones
correspondientes al efecto fotoeléctrico, a la relatividad general y, obviamente,
la ecuación E = mc2. En las escaleras de mármol en las que se apoya
la estatua aparecen tres frases de Einstein; entre ellas: «Mientras tenga la
posibilidad de elegir, viviré en un país en el que prevalezca la libertad
civil, la tolerancia y la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley». Véase
www.nasonline.org.
[770] Washington Post, 7 de abril de 1921; New York
Times, 26 y 27 de abril de 1921; Frank, 1947, p. 184. En los papeles de
Einstein en Pasadena hay un relato de la cena de la Academia escrito por Harlow
Shapley, astrónomo del Tecnológico de California.
[771] Charles MacArthur, «Einstein Baffled in Chicago: Seeks
Pants in Only Three Dimensions, Faces Relativity of Trousers», Chicago Herald
and Examiner,3 de mayo de 1921.
[772] Chicago Daily Tribune, 3 de mayo de 1921.
[773] Comunicado de acuerdo, Einstein y Princeton University
Press, 9 de mayo de 1921. El acuerdo era exclusivo, y no se permitía que
ninguna otra institución estadounidense publicara ninguna de sus conferencias.
Las cuatro conferencias aparecen en la obra de Einstein El significado de la
relatividad.
[774] Philadelphia Evening Bulletin, 14 de mayo de 1921.
[775] Einstein a Oswald Veblen, 30 de abril de 1930, AEA 23-152.
Pais, 1982, p. 114, da la historia de esta frase, que se relata asimismo en un
memorando preparado para los archivos de Einstein por la secretaria de este,
Helen Dukas. La chimenea se halla en el salón 202, la sala de profesores de lo
que hoy se conoce en Princeton como Jones Hall, y que antes se llamó Fine Hall
hasta que este nombre se trasladó al nuevo edificio del departamento de
matemáticas.
[776] Seelig, 1956a, p. 183; Frank, 1947, p. 285; Clark, p. 743.
[777]New York Times, 31 de
julio de 1921.
[778] Einstein a Felix Frankfurter, 28 de mayo de 1921, AEA
36-210.
[779] Véase Ben Halpern, A Clash of Heroes: Brandeis, Weizmann
and American Zionism, Oxford University Press, Nueva York, 1987.
[780] Boston Herald, 19 de mayo de 1921.
[781]New York Times, 18 de mayo
de 1921; Frank, 1947, p. 185; Brian, 1996, p. 129; Illy, pp. 25-32.
[782] Hartford Daily Times (Connecticut), 23 de mayo de 1921.
Asimismo, Hartford Daily Courant, 23 de mayo de 1921.
[783] Cleveland Press, 26 de mayo de 1921.
[784] Illy; p. 185.
[785] Fölsing, p. 51.
[786] Einstein, «Cómo me hice sionista», entrevista publicada en
Jüdische Rundschau, 21 de junio de 1921, realizada el 30 de mayo, CPAE 7: 57.
[787] Einstein a Mileva Maric, 28 de agosto de 1921, fideicomiso
de correspondencia familiar de Einstein, carta en posesión de Bob Cohn. En este
viaje, y como deferencia a los sentimientos de Elsa, Einstein decidió en el
último momento no alojarse en el piso de Maric.
[788] Einstein a Walther Rathenau, 8 de marzo de 1917; Walther
Rathenau a Einstein, 10 de mayo de 1917.
[789] Reiser, p. 146, describe los debates
Weizmann-Rathenau-Einstein. Véase también Fölsing, p. 519; Elon, p. 364.
[790] Weizmann, p. 288; Elon, p. 268.
[791] Frank» 1947, p. 192.
[792] Reiser, p. 145.
[793] Milena Wazeck, «Einstein on the Murder List», en Renn,
2005d p. 222; Einstein a Max Planck, 6 de julio de 1922, AEA 19-300.
[794] Einstein a Maurice Solovine, 16 de julio de 1922, AEA
21-180.
[795] Einstein a Marie Curie, 4 de julio de 1922, AEA 34-773;
Marie Curie a Einstein, 7 de julio de 1922, AEA 34-775.
[796] Fölsing, p. 521.
[797] Nathan y Norden, p. 54.
[798] Hermann Struck a Pierre Comert, 12 de julio de 1922;
Nathan y Norden, p. 59. Einstein se lo hizo saber al encargado de prensa de la
Liga, Comert, a través de un amigo mutuo, el pintor Struck.
[799] Nathan y Norden, p. 70.
[800] Einstein, «Diario de viaje: Japón-Palestina-España», AEA
29-129. To das las citas del diario de Einstein que aparecen en el presente
apartado proceden de este documento.
[801] Joan Bieder, «Einstein in Singapore», 2000, disponible en:
www.ont-hepage.org/outsiders/einstein_in_singapore.htm.
[802] Fölsing, p. 527; Clark, p. 368; Brian, 1996, p. 143;
Frank, 1947, p. 199.
[803] Einstein a Hans Albert y Eduard Einstein, 12 de diciembre
de 1922, AEA 75-620.
[804] Frank 1947, p. 200.
[805] Einstein, «Diario de viaje… », AEA 29-129.
[806] Clark, pp. 477-480; Frank, 1947, pp. 200-201; Brian, 1966,
p. 145; Fölsing, pp. 528-532.
[807] Svante Arrhenius a Einstein, 1 de septiembre de 1922, AEA
6-353; Einstein a Svante Arrhenius, 20 de septiembre de 1922, AEA 6-354.
[808] Pais, 1982, pp. 506-507; Elzinga, pp. 82-84.
[809] R. M, Friedman 2005, p. 129. Véase también la obra de
Friedman The Politics of Excellence: Behind the Nobel Prize in Science, Henry
Holt, Nueva York, 2001, en especial el capítulo 7, «Einstein Must Never Get a
Nobel Prize! »; Elzinga; Pais, 1982, p. 502.
[810] Pais, 1982, p. 508; Hendrik Lorentz y otros colegas
holandeses a la Academia Sueca, 24 de enero de 1920; Niels Bohr a la Academia
Sueca, 30 de enero de 1920; Elzinga, p. 134.
[811] Brian, 1996, p. 143, citando las investigaciones y
entrevistas del escritor Irving Wallace para su novela El premio.
[812] Elzinga, p. 144.
[813] R. M. Friedman, p. 130. Véase también Pais, 1982, p. 508.
[814] Arthur Eddington a la Academia Sueca, 1 de enero de 1921.
[815] Pais, 1982, p. 509; R. M. Friedman, p. 131; Elzinga, p.
151.
[816] Marcel Brillouin a la Academia Sueca, enero de 1922;
Arnold Sommerfeld a la Academia Sueca, 11 de enero de 1922.
[817] Christopher Aurivillius a Einstein, 10 de noviembre de
1922. Según otra traducción y versión, la verdadera convocatoria del Nobel
enviada a Einstein incluía la frase «independientemente del valor que (tras su
eventual confirmación) pueda concederse a la teoría de la relatividad y la
gravitación».
[818] Elzinga, p. 182.
[819] Svante Arrhenius, discurso de presentación del premio
Nobel, 10 de diciembre de 1922, disponible en: nobelprize.
org/physics/laureates/1921/ press. html.
[820] Einstein, «Ideas y problemas fundamentales de la teoría de
la relatividad», discurso de aceptación del premio Nobel, 11 de julio de 1923.
[821] Einstein a Hans Albert y Eduard Einstein, 22 de diciembre
de 1922, AEA 75-620. Toda la historia del dinero del Nobel fue complicada, y
con los años causó considerables disputas, tal como se evidencia en las cartas
entre Einstein y Maric divulgadas en 2006. Según el acuerdo de divorcio, el
dinero del Nobel iba a ir a una cuenta de un banco suizo. Se suponía que Maric
haría uso de los intereses, pero solo podría gastar el capital con el
consentimiento de Einstein. En 1923, tras consultar con un asesor financiero,
Einstein decidió colocar solo una parte del dinero en Suiza e invertir el resto
en una cuenta estadounidense. Esto asustó a Marie y provocó fricciones que
hubieron de calmar sus amigos. Con el consentimiento de Einstein, en 1924 Maric
compró una casa de apartamentos en Zurich empleando el dinero suizo más un
cuantioso préstamo. Los alquileres de los apartamentos cubrían las cuotas del
préstamo, así como el mantenimiento de la casa y una parte del sustento de la
familia. Dos años después, y de nuevo con el consentimiento de Einstein, Maric
compró otras dos casas empleando otros 40. 000 francos suizos del dinero del
Nobel más un préstamo adicional. Las dos nuevas casas resultaron ser malas
inversiones y hubieron de venderse para evitar poner en peligro la propiedad de
la primera, donde vivía la propia Maric junto con Eduard. Mientras tanto, en
Estados Unidos la Gran Depresión redujo el valor de la cuenta y de las
inversiones allí depositadas. Einstein seguía pagando considerables sumas a
Maric y Eduard, pero los temores de aquella con respecto a su seguridad
financiera resultaban perfectamente comprensibles. A finales de la década de
1930, Einstein creó una sociedad financiera para comprarle a Marie la casa de
apartamentos que le quedaba, donde seguía viviendo, y hacerse cargo de sus
deudas a fin de evitar que el banco se la embargara. Maric podía seguir
viviendo en el mismo apartamento y recibir el excedente de las ganancias
derivadas de los alquileres. Asimismo, Einstein enviaría una aportación mensual
al sustento de Eduard. Este acuerdo duró hasta finales de la década de 1940,
cuando Mileva ya no podía cuidar de la casa y la renta de los alquileres ya no
cubría los gastos. Con el consentimiento de Einstein, Maric vendió la casa,
aunque no el derecho a seguir viviendo en su apartamento. El dinero procedente
de esa venta se acabaría encontrando bajo el colchón de Maric. Algunas críticas
han acusado a Einstein de haber permitido que su ex esposa muriera en la
pobreza. Aunque es cierto que en ocasiones Marie pasó apuros económicos,
Einstein sí trató de protegerlos a ella y a Eduard de los problemas
financieros, no solo pagando lo que se había obligado a pagarles, sino también
subvencionando sus gastos de mantenimiento. Agradezco a Barbara Wolff, de los
archivos de Einstein en la Universidad Hebrea, su ayuda en la investigación de
este tema. Véase también Alexis Schwarzenbach, Das verschmähte Genie: Albert
Einstein und die Schweiz, DVA, Berlín, 2003.
[822] Einstein a Heinrich Zangger, 6 de diciembre de 1917.
[823] « Todos los descubrimientos realmente grandes de la física
teórica —con unas pocas excepciones que destacan por su rareza—. han sido
realizados por hombres de menos de treinta años»; Bernstein, 1973, p. 89,
cursivas del original. Einstein terminó su trabajo sobre la relatividad general
cuando tenía treinta y seis, pero el primer paso, lo que él calificaría como su
«idea más feliz» sobre la equivalencia entre gravedad y aceleración, lo dio
cuando tenía solo veintiocho. En cambio, Max Planck tenía cuarenta y dos cuando
pronunció su conferencia sobre los cuantos.
[824] Einstein a Heinrich Zangger, 11 de agosto de 1918; Clive
Thompson, «Do Scientists Age Badly?», Boston Globe, 17 de agosto de 2003. John
von Neumann, uno de los padres de la moderna ciencia informática, afirmó en
cierta ocasión que las potencias intelectuales de los matemáticos alcanzaban su
punto culminante a la edad de veintiséis años. Un estudio realizado con una
muestra aleatoria de científicos reveló que el 80 por ciento de ellos hacían lo
mejor de su trabajo antes de cumplir los cuarenta y pocos.
[825] Einstein a Maurice Solovine, 27 de abril de 1906.
[826] Aforismo para un amigo, 1 de septiembre de 1930, AEA
36-598.
[827] Einstein a Hendrik Lorentz, 17 de junio de 1916; Miller,
1984, pp. 55-56.
[828] Einstein, «El éter y la teoría… ».
[829] Einstein a Karl Schwarzschild, 9 de enero de 1916.
[830] Einstein, «El éter y la teoría… ».
[831] Greene, 2004, p. 74.
[832] Janssen, 2004, p. 22. Einstein lo dejaba muy claro en sus
conferencias de 1921 en Princeton, pero al mismo tiempo seguía diciendo:
«Parece probable que Mach estuviera en el camino correcto con su idea de que la
inercia depende de una acción mutua de la materia». Einstein, 1922a, capítulo
4.
[833] Einstein, «El éter y la teoría… ».
[834] Einstein, «Sobre el estado actual del problema de los
calores específicos», 3 de noviembre de 1911, CPAE 3: 26; la cita sobre lo que
«existe realmente en la naturaleza» aparece en la página 421 de la versión en
inglés del volumen 3.
[835] Robinson, pp. 84-85.
[836] Holton y Brush, p. 435.
[837] Lightman, 2005, p. 151.
[838] Clark, p. 202; George de Hevesy a Ernest Rutherford, 14 de
octubre de 1913; Einstein, 1949b, p. 47.
[839] Einstein, «Emisión y absorción de radiación en la teoría
cuántica», 17 de julio de 1916, CPAE 6: 34; Einstein, «Sobre la teoría cuántica
de la radiación», después del 24 de agosto de 1916, CPAE 6: 38, y también en
Physikalische Zeitschrift, 18 (1917). Véase Overbye, pp. 304-306; Rigden, p.
141; Pais, 1982, pp. 404-412; Fölsing, p. 391; Clark, p. 265; Daniel Kleppner,
«Rereading Einstein on Radiation», Physics Today, febrero de 2005, p. 30.
Asimismo, en 1917 Einstein escribió un artículo sobre la cuantificación de la
energía en las teorías mecánicas titulado «Sobre el teorema cuántico de
Sommerfeld y Epstein», donde se mostraban los problemas con los que se
encontraba la teoría cuántica clásica cuando se aplicaba a los sistemas
mecánicos que hoy denominaríamos «caóticos». El artículo fue citado por los
primeros pioneros de la mecánica cuántica, pero luego ha sido olvidado en gran
medida. Una buena descripción del artículo y de su importancia en el desarrollo
de la mecánica cuántica es la de Douglas Stone, «Einstein’s Unknown Insight and
the Problem of Quantizing Chaos», Physics Today, agosto de 2005.
[840] Einstein a Michele Besso, 11 de agosto de 1916.
[841] Agradezco al profesor Douglas Stone, de Yale, su ayuda en
esta descripción.
[842] Einstein a Michele Besso, 24 de agosto de 1916.
[843] Einstein, «Sobre la teoría cuántica… ».
[844] Einstein a Max Born, 27 de enero de 1920.
[845] Einstein a Max Born, 29 de abril de 1924, AEA 8-176.
[846] Niels Bohr, «Discussion with Einstein», en Schilpp, pp.
205-206; Clark, p. 202.
[847] Einstein a Niels Bohr, 2 de mayo de 1920; Einstein a Paul
Ehrenfest, 4 de mayo de 1920.
[848] Niels Bohr a Einstein, 11 de noviembre de 1922, AEA 8-73.
[849] Fölsing, p. 441.
[850] John Wheeler, «Memoir», en French, p. 21; C. P. Snow,
«Albert Einstein», en French, p. 3.
[851] La salida de Bohr se cita a menudo. Una de las fuentes que
encontré de ella, aunque en una forma algo menos concisa, procede de la propia
descripción de Bohr de su estancia con Einstein en el Congreso Solvay de 1927:
«Einstein nos preguntó burlonamente si de verdad podíamos creer que las
autoridades providenciales recurrían al juego de dados (… ob der liebe Gott
würfelt), a lo que yo respondí aludiendo a la gran cautela mostrada ya por los
pensadores antiguos a la hora de adscribirle atributos a la Providencia en el
lenguaje cotidiano»; Niels Bohr, «Discussion with Einstein», en Schilpp, p.
211. Werner Heisenberg, que también estuvo presente en los debates, también
relata la salida de Bohr: «A lo que Bohr no pudo por menos que responder: “Aun
así, no nos corresponde a nosotros decirle a Dios cómo ha de gobernar el
mundo”»; Heisenberg, 1989, p. 117.
[852] Holton y Brush, p. 447; Pais, 1982, p. 436.
[853] Pais, 1982, p. 438. Wolfgang Pauli recordaría: «En un
debate de la reunión de física celebrada en Innsbruck en el otoño de 1924,
Einstein propuso buscar fenómenos de interferencia y difracción en haces de
moléculas»; Pauli, p. 91.
[854] Einstein, «Teoría cuántica de los gases de un único
átomo», parte 1, 1924, parte 2, 1925. La cita procede de la parte 2, sección 7.
El manuscrito de este artículo se encontró en Leiden en 2005.
[855] Agradezco al profesor Douglas Stone, de Yale, su ayuda en
la redacción de este apartado y su explicación de la importancia fundamental de
lo que hizo Einstein. Stone, físico teórico especializado en la materia
condensada, está escribiendo un libro sobre las aportaciones de Einstein a la
mecánica cuántica y el verdadero alcance que estas tuvieron pese al posterior
rechazo de la teoría por parte de Einstein. Según Stone, «el 99 por ciento del
mérito de ese fundamental descubrimiento denominado condensación de
Bose-Einstein es realmente de Einstein. Bose ni siquiera se dio cuenta de que
había contado de una manera distinta». Con respecto al premio Nobel por el
descubrimiento de la condensación de Bose-Einstein, véase
www.nobelprize.org/physics/laurea-tes/2001/public.html.
[856] Bernstein 1973, p. 217; Martin J. Klein, «Einstein and the
Wave-Particle Duality», Natural Philosopher, 1963, p. 26.
[857] Max Born, «Einstein’s Statistical Theories», en Schilpp,
p. 174.
[858] Einstein a Erwin Schrödinger, 28 de febrero de 1925, AEA
22-2.
[859] Don Howard, «Spacetime and Separability», 1996, AEA Cedex
H; Howard, 1985; Howard, 1990b, pp. 61-64; Howard, 1997. El ensayo de 1997
identifica la filosofía de Arthur Schopenhauer como una influencia en las
teorías de la separabilidad espacial de Einstein.
[860] Bernstein, 1996a, p. 138.
[861] Más exactamente, es el cuadrado de la función de onda el
que es proporcional a la probabilidad. Holton y Brush, p. 452.
[862] Einstein a Hedwig Born, 7 de marzo de 1926, AEA 8-266;
Einstein a Max Born, 4 de diciembre de 1926, AEA 8-180.
[863] Véase aip. org/history/heisenberg/p07. htm; Born, 2005, p.
85.
[864] Max Born a Einstein, 15 de julio de 1925,, AEA 8-177;
Einstein a Hedwig Born, 7 de marzo de 1926, AEA 8-178; Einstein a Paul
Ehrenfest, 25 de septiembre de 1925, AEA 10-116.
[865] Werner Heisenberg a Einstein, 10 de junio de 1927, AEA
12-174.
[866] Heisenberg, 1971, p. 63; Gerald Holton, «Werner Heisenberg
and Albert Einstein», Physics Today, 2000, disponible en:
www.aip.org/pt/vol-53/iss-7/p38 html.
[867] Frank, 1947, p. 216.
[868] Aage Petersen, «The Philosophy of Niels Bohr», Bulletin of
the Atomic Scientists, septiembre de 1963, p. 12.
[869] Dugald Murdoch, Niels Bohr’s Philosophy of Physics,
Cambridge University Press, Cambridge (Reino Unido), 1987, p. 47, citando los
archivos de Niels Bohr, correspondencia científica, 11: 2.
[870] Einstein, «A la Real Sociedad en el bicentenario de
Newton», marzo de 1927.
[871] Einstein a Michele Besso, 29 de abril de 1917; Michele
Besso a Einstein, 5 de mayo de 1917; Einstein a Michele Besso, 13 de mayo de
1917. Puede verse un buen análisis en Gerald Holton, «Mach, Einstein, and the
Search for Reality», en Holton, 1973, p. 240.
[872] «La creencia en un mundo externo independiente del sujeto
que percibe constituye la base de toda ciencia natural»; Einstein, «Maxwell’s
Influence on the Evolution of the Idea of Physical Reality» (1931), en
Einstein, 1954, p. 266.
[873] Einstein a Max Born, 27 de enero de 1920.
[874] Introducción de Einstein a Rudolf Kayser, Spinoza,
Philosophical Library, Nueva York, 1946. Kayser ie casó con la hijastra de
Einstein y escribió una biografía suya semiautorizada.
[875] Fölsing, pp. 703-704; Einstein a Fritz Reiche, 15 de
agosto de 1942, AEA 20-19.
[876] Einstein a Max Born, 4 de diciembre de 1926, AEA 8-180.
[877] Einstein, «Ideas y problemas de la teoría de la
relatividad», discurso de aceptación del Nobel, 11 de julio de 1923, disponible
en: nobelprize. org/nobeLprizes. Este apartado se basa en los siguientes
trabajos sobre la búsqueda del campo unificado por parte de Einstein: Van
Dongen, 2002, cortesía del autor; Tilman Sauer, «Dimensions of Einstein’s
Unified Field Theory Program», de próxima publicación en Cambridge Companion to
Einstein, cortesía el autor; Norton, 2000; Goenner, 2004.
[878] Einstein, «Los principios de investigación», brindis en
honor de Max Planck, 26 de abril de 1918, CPAE 7:7
[879] Einstein a Hermann Weyl, 6 de abril de 1918.
[880] Einstein a Hermann Weyl, 8 de abril de 1918. En una carta
a Heinrich Zangger, del 8 de mayo de 1918, Einstein calificaba la teoría de
Weyl de «ingeniosa» pero «físicamente incorrecta». No obstante, esta se
convertiría posteriormente en una de las precursoras reconocidas de la teoría
de gauge de Yang-Mills.
[881] Mi descripción del trabajo de Kaluza y Klein se basa en
Krauss, pp. 94-104, una estimulante obra sobre el papel que han desempeñado las
dimensiones extra a la hora de explicar el universo.
[882] Einstein a Theodor Kaluza, 21 de abril de 1919.
[883] Einstein a Niels Bohr, 10 de enero de 1923, AEA 8-74.
[884] Einstein a Hermann Weyl, 26 de mayo de 1923, AEA 24-83.
[885] Einstein, «Sobre la teoría de la relatividad general»,
Academia Prusiana, 15 de febrero de 1923.
[886]New York Times, 27 de
marzo de 1923.
[887] Pais, 1982, p. 466; Einstein, «Sobre la teoría… ».
[888] Einstein, «Teoría del campo unificado de la gravedad y la
electricidad», 25 de julio de 1925; Hoffmann, 1972, p. 225.
[889] Steven Weinberg, «Einstein’s Mistakes», Physics Today,
noviembre de 2005.
[890] Einstein, «Sobre la teoría unificada», 30 de enero de
1929.
[891] Einstein a Michele Besso, 5 de enero de 1929, AEA 7-102.
[892]New York Times, 4 de
noviembre de 1928; Vallentin, 160.
[893] Clark, p. 494; London Daily Chronicle, 26 de enero de
1929.
[894] «Einstein’s Field Theory», Time, 18 de febrero
de 1929. Einstein apareció también en la portada de Time el 4
de abril de 1938, el 1 de julio de 1946, y, postumamente, el 19 de febrero de
1979 y el 31 de diciembre de 1999. Elsa apareció en la portada del 22 de
diciembre de 1930.
[895] Fölsing, p. 605; Clark, p. 496; Brian, 1996, p. 174.
[896]New York Times, 4 de
febrero de 1929.
[897] Einstein a Maja Winteler-Einstein, 22 de octubre de 1929,
AEA 29-409.
[898] Wolfgang Pauli a Einstein; 19 de diciembre de 1929, AEA
19-163.
[899]New York Times, 23 de
enero y 26 de octubre de 1931; Einstein a Wolfgang Pauli, 22 de enero de 1932,
AEA 19-169.
[900] Goenner, 2004; Elie Cartan, «Absolute Parallelism and the
Unified Theory», Review Metaphysic Morale, 1931.
[901] Puede verse una película casera, de dos minutos de
duración sobre el congreso, realizada por Irving Langmuir, premio Nobel de
química en 1932, disponible en: www.maxbom.net/indek.php?page=filmnews.
[902] Einstein a Hendrik Lorentz, 13 de septiembre de 1927, AEA
16-613.
[903] Pauli, p. 121.
[904] John Archibald Wheeler y Wojciech Zurek, Quantum Theory
and Measurement, Princeton University Press, Princeton, 1983, p. 7.
[905] Fölsing, p. 589; Pais, 1982, p. 445, a partir de las actas
del V Congreso Solvay.
[906] Heisenberg, 1989, p. 116.
[907] Niels Bohr, «Discussion with Einstein», en Schilpp, pp.
211-219, ofrece una detallada y amable descripción del debate de Solvay y de
otros; recuerdos de Otto Stern, en Pais, 1982, p. 445; Fölsing, p. 589.
[908] «Reports and Discussions», en Solvay Conference of 1927,
Gauthier-Vi-llars, París, 1928, p. 102. Véase también Travis Norsen,
«Einstein’s Boxes», American Journal of Physics, vol. 73 (febrero de 2005), pp.
164-176.
[909] Louis de Broglie, «My Meeting with Einstein», en French,
p. 15.
[910] Einstein, «Discurso al profesor Planck», ceremonia de
homenaje a Max Planck, 28 de junio de 1929.
[911] Léon Rosenfeld, «Niels Bohr in the Thirties», en Rozental,
1967, p. 132.
[912] Niels Bohr, «Discussion with Einstein», en Schilpp, pp.
225-229; Pais, 1982, pp. 447-448. Agradezco a Murray Gell-Mann y a David Derbes
su ayuda en la redacción de este apartado.
[913] Einstein, «Maxwell’s Influence on the Evolution of the
Idea of Physical Reality» (1931), en Einstein, 1954, p. 266.
[914] Einstein, «Reply to Criticisms» (1949), en Schilpp, p.
669.
[915] El capítulo 20 del presente volumen contiene una
exposición detallada del realismo de Einstein. Pueden verse opiniones dispares
sobre este tema en Gerald Holton, «Mach, Einstein, and the Search for Reality»,
en Holton, 1973, pp. 219 y 245 (que sostiene que hay un cambio muy claro en la
filosofía de Einstein: «Para un científico es raro cambiar sus creencias
filosóficas de una manera tan fundamental»); Fine, p. 123 (quien afirma que
«Einstein experimentó una conversión filosófica, apartándose de su juventud
positivista y comprometiéndose cada vez más con el realismo»); Howard, 2004
(que sostiene: «Einstein no fue jamás un ferviente positivista “machiano”, ni
fue jamás un realista científico»). Este apartado se basa también en Van
Dongen, 2002 (quien afirma: «En términos generales, se puede decir que Einstein
pasó del empirismo de Mach, en los comienzos de su trayectoria, a una marcada
postura realista posteriormente»). Véase también Anton Zeilinger, «Einstein and
Absolute Reality», en Brockman, pp. 121-131.
[916] Einstein, «Sobre el método de la física teórica»,
conferencia «Herbert Spencer», Oxford, 10 de junio de 1933, en Einstein, 1954,
p. 270.
[917] Einstein, 1949b, p. 89.
[918] Einstein, «Principios de la física teórica», discurso
inaugural en la Academia Prusiana, 1914, en Einstein, 1954, p. 221.
[919] Einstein a Hermann Weyl» 26 de mayo de 1923» AEA 24-83.
[920] John Barrow, «Einstein as Icon», Nature, 20 de enero de
2005, p. 219. Véase también Norton, 2000.
[921] Einstein, «Sobre el método… », en Einstein, 1954, p. 274.
[922] Steven Weinberg, «Einstein’s Mistakes»: «Desde la época de
Einstein hemos aprendido a recelar de esta clase de criterio estético. Nuestra
experiencia en la física de partículas elementales nos ha enseñado que
cualquier término de las ecuaciones de campo de la física permitido por los
principios fundamentales es probable que se halle en dichas ecuaciones».
[923] Einstein, «Ultimos avances en la teoría de la
relatividad», 23 de mayo de 1931, la tercera de las tres conferencias «Rhodes»
que Einstein dio en Oxford, pronunciada el día en que dicha universidad le
concedió el doctorado honoris causa. Reeditada en Oxford University Gazette, 3
de junio de 1931.
[924] Einstein, «Sobre el método… », en Einstein, 1954, p. 270.
[925] Marcia Bartusiak, «Beyond the Big Bang», National
Geographic, mayo de 2005. La salida de Elsa se ha reproducido con frecuencia,
aunque jamás se ha documentado de manera fehaciente Véase Clark, p. 526.
[926] Associated Press, 30 de diciembre de 1930.
[927] Einstein a Michele Besso, 1 de marzo de 1931, AEA 7-125.
[928] Greene, 2004, p. 279: «Sin duda este se habría contado
entre los mayores descubrimientos —puede que incluso fuera el mayor
descubrimiento— de todos los tiempos». Véase también Edward W. Kolb, «The
Greatest Discovery Einstein Didn’t Make», en Brockman, p. 201.
[929] Einstein, «Sobre el problema cosmológico de la teoría de
la relatividad general», Academia Prusiana, 1931; «Einstein Drops Idea of
“Closed” Universe», New York Times, 5 de febrero de 1931.
[930] Einstein, 1916, apéndice IV (incluido a partir de la
edición de 1931).
[931] Gamow, 1970, p. 149.
[932] Steven Weinberg, «The Cosmological Constant Problem», en
Morris Loeb Lectures in Physics, Harvard University Press, Cambridge (MA),
1988; Steven Weinberg, «Einstein’s Mistakes», Physics Today, noviembre de 2005;
Aczel, 1999, p. 167; Krauss, p. 117; Greene, 2004, pp. 275-278; Dennis Overbye,
«A Famous Einstein “Fudge” Returns to Haunt Cosmology», New York Times,
26 de mayo de 1998; Jeremy Bernstein, «Einstein’s Blunder», en Bernstein, 2001,
pp. 86-89.
[933] Lawrence Krauss, de la Universidad Case Western Reserve, y
Michael Turner, de la Universidad de Chicago, sostienen que la explicación del
universo requiere el uso de un término cosmológico que es distinto del que
añadió Einstein a sus ecuaciones de campo y descartó posteriormente. Su versión
surge de la mecánica cuántica, no de la relatividad general, y se basa en la
premisa de que ni siquiera el espacio «vacío» posee necesariamente una energía
cero. Véase Krauss y Turner, «A Cosmic Conundrum», Scientific American,
septiembre de 2004.
[934] «Einstein’s Cosmological Constant Predicts Dark Energy»,
Universe Today, 22 de noviembre de 2005. Este titular en concreto se basaba en
un proyecto de investigación conocido como «Supernova Legacy Survey» (SNLS).
Según una nota de prensa del Tecnológico de California, el proyecto SNLS
«aspira a descubrir y examinar 700 supernovas distantes a fin de cartografiar
la historia de la expansión del universo. La exploración confirma los
descubrimientos previos en el sentido de que la expansión del universo avanzó
más lentamente en el pasado y en la actualidad se está acelerando. Sin embargo,
el avance crucial es el descubrimiento de que la explicación que diera Einstein
en 1917 acerca de un término de energía constante para el espacio vacío encaja
muy bien con los nuevos datos sobre las supernovas».
[935] Vallentin, p. 163.
[936]New York Times, 15 de
marzo de 1929.
[937] Reiser, p. 205.
[938] Reiser, p. 207; Frank, 1947, p. 223; Fölsing, p. 611.
[939] Véase www.emstein-vrebsite.de/z_biography/caputh-e.html;
Jan Otakar Fischer, «Einstein’s Haven», International Herald Tribune, 30 de
junio de 2005; Fölsing, p. 612; Einstein a Maja Einstein, 22 de octubre de
1929; Erika Britzke, «Einstein in Caputh», en Renn, 2005d, p. 272.
[940] Vallentin, p. 168.
[941] Reiser, p. 221.
[942] Einstein a Betty Neumann, 5 y 13 de noviembre de 1923.
Estas cartas forman parte de una serie entregada a la Universidad Hebrea que no
están catalogadas en los archivos de Einstein.
[943] Einstein a Betty Neumann, 11 de enero de 1924; Pais, 1982,
p. 320.
[944] Einstein a Elsa Einstein, 14 de agosto de 1924, parte de
la correspondencia sellada y divulgada en 2006; Einstein a Betty Neumann, 24 de
agosto de 1924. Agradezco a Zeiev Rosenkranz, de los archivos de Einstein en
Jerusalén y el Tecnológico de California, su ayuda en la localización y
traducción de estas cartas.
[945] Einstein a Ethel Michanowski, 16 y 24 de mayo de 1931, en
colección privada.
[946] Einstein a Elsa Einstein, y Einstein a Margot Einstein,
mayo de 1931, parte de la correspondencia sellada y divulgada en 2006.
Agradezco a Zeiev Rosenkranz, del Einstein Papers Project, que me facilitara su
contexto y traducción.
[947] Einstein a Margot Einstein, mayo de 1931, correspondencia
sellada y divulgada en 2006.
[948] Es este un sentimiento que mantendría durante toda su
vida. Einstein a Eugenia Anderman, 2 de junio de 1953, AEA 59-097: «Ha de ser
consciente de que la mayoría de los hombres (y muchas mujeres) son no monógamos
por naturaleza. Y esta naturaleza se afianza todavía más cuando la tradición se
interpone en su camino».
[949] Fölsing, p. 617; Highfield y Carter, p. 208; Marianoff, p.
186. Fölsing escribe su apellido como «Lenbach», lo cual no es correcto según
las copias de los archivos de Einstein.
[950] Elsa Einstein a Hermann Struck, 1929.
[951] George Dyson, «Helen Dukas: Einstein’s Compass», en
Brockman, pp. 85-94 (George Dyson era hijo de Freeman Dyson, un físico del
Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, y Dukas le hizo de canguro tras
la muerte de Einstein). Véase también Abraham Pais, «Eulogy for Helen Dukas»,
1982, American Institute of Physics Library College Park (MD).
[952] Einstein a Maurice Solovine, 4 de marzo de 1930, AEA
21-202.
[953] Einstein a Mileva Maric, 23 de febrero de 1927, AEA
75-742.
[954] Ibid,
[955] Einstein a Hans Albert Einstein, 2 de febrero de 1927, AEA
75-738, y 23 de febrero de 1927, AEA 75-739.
[956] Highfield y Carter, p. 227.
[957] Einstein a Eduard Einstein, 23 de diciembre de 1927, AEA
75-748.
[958] Einstein a Eduard Einstein, 10 de julio de 1929, AEA
75-782.
[959] Eduard Einstein a Einstein, 1 de mayo y 10 de diciembre de
1926. Ambas se hallan en carpetas de correspondencia sellada que se divulgaron
en 2006 y no están catalogadas en los archivos.
[960] Eduard Einstein a Einstein, 24 de diciembre de 1935.
También en las carpetas de correspondencia sellada divulgadas en 2006 y no
catalogadas en los archivos.
[961] Sigmund Freud a Sandor Ferenczi, 2 de enero de 1927. Puede
verse un análisis de la mutua influencia de Freud y Einstein en Panek, 2004.
[962] Viereck, p. 374; Sayen, p. 134. Véase también Bucky, p.
113: «Albergo muchas dudas sobre algunas de sus teorías. Creo que Freud hacía
excesivo hincapié en las teorías oníricas. Al fin y al cabo, no todo tiene su
origen en el cubo de la basura… Por otra parte, Freud era muy interesante de
leer y también era muy ingenioso. Ciertamente no pretendo ser excesivamente
crítico».
[963] Einstein a Eduard Einstein, 1936 o 1937, AEA 75-939.
[964] Einstein a Eduard Einstein, 5 de febrero de 1930, no
catalogada; Highfield y Carter, pp. 229, 234. Véase la traducción que dábamos
en la nota al epígrafe del presente volumen (pág. 595).
[965] Einstein a Eduard Einstein, 23 de diciembre de 1927, AEA
75-748.
[966] Einstein a Mileva Maric, 14 de agosto de 1925, AEA 75-693.
[967] Marianoff, p. 12. Al parecer confunde el año de su propia
boda, ya que la sitúa en el otoño de 1929, cuando en realidad fue justo antes
de la segunda visita de Einstein a Estados Unidos, a finales de 1930. Barbara
Wolff, de los archivos de Einstein en la Universidad Hebrea, sostiene que en su
opinión esta anécdota ha sido algo adornada.
[968] Elsa Einstein a Antonina Vallentin, sin fecha, en
Vallentin, p. 196.
[969] Einstein, diario del viaje a Estados Unidos, 30 de
noviembre de 1930, AEA 29-134.
[970] «Einstein Works at. Sea», New York Times, 5 de
diciembre de 1930.
[971] «Einstein Puzzled by Our Invitations», New York
Times, 23 de noviembre de 1930.
[972] «Einstein Consents to Face Reporters», New York
Times, 10 de diciembre de 1930.
[973] Einstein, diario del viaje a Estados Unidos, 11 de
diciembre de 1930,AEA 29-134.
[974] «Einstein on Arrival Braves Limelight for Only 15
Minutes», New York Times, 12 de diciembre de 1930.
[975] «He Is Worth It», Time, 2 de diciembre de
1930.
[976] Brian, 1996, p. 204; «Einstein Receives Keys to the
City», New York Times, 14 de diciembre de 1930.
[977] «Einstein Saw His Statue in Church Here», New York
Times, 28 de diciembre de 1930.
[978] George Sylvester Viereck, perfil de John D. Rockefeller,
Liberty, 9 de enero de 1932; Nathan y Norden, p. 157. Einstein menciona también
su visita a Rockefeller en una carta a Max Horn, 30 de mayo de 1933, AEA 8-192.
[979] Einstein, discurso a la Sociedad Nueva Historia, 14 de
diciembre de 1930, en Nathan y Norden, p. 117; «Einstein Advocates Resistance
to War», New York Times, 15 de diciembre de 1930, p. 1; Fölsing, p.
635.
[980] «Einstein Considers Seeking a New Home», Associated Press,
16 de diciembre de 1930.
[981] Einstein, diario del viaje a Estados Unidos, 15-31 de
diciembre de 1931, AEA 29-134; «Einstein Welcomed by Leaders of Panama», New
York Times, 24 de diciembre de 1930; «Einstein Heard on Radio», New
York Times, 26 de diciembre de 1930.
[982] Brian, 1996, p. 206.
[983] Hedwig Born a Einstein, 22 de febrero de 1931, AEA 8-190.
[984] Amos Fried a Robert Millikan, 4 de marzo de 1932; Robert
Millikan a Amos Fried, 8 de marzo de 1932; citado en Clark, p. 551.
[985] Brian, 1996, p. 216.
[986] Seelig, 1956a, p. 194. Una vez iniciada la película,
Einstein la «contempló perplejo, completamente absorto, como un niño ante una
comedia navideña», según la vivida información que diera Cissy Patterson, una
joven y ambiciosa periodista que también había informado de su baño de sol
desnudo, y que posteriormente llegaría a ser propietaria del Washington Herald.
Brian, 1996, p. 214, citando al Washington Herald, 10 de febrero de 1931.
[987] Discurso de Einstein, 16 de febrero de 1931, en Nathan y
Norden, disponible en: p. 122,
[988] «At Grand Canyon Today», New York Times» 28 de febrero de
1931; «Einstein at Hopi House», disponible en:
www.hanksville.org/sand/Einstein.html.
[989] «Einstein in Chicago Talks for Pacifism», New York
Times, 4 de marzo de 1931; Nathan y Norden, p. 123.
[990] Fölsing, p. 641; charla de Einstein a la Liga de Objetores
a la Guerra, 1 de marzo de 1931, en Nathan y Norden, p. 123.
[991] Nathan y Norden, p. 124.
[992] Marianoff, p. 184.
[993] Einstein a la señora Chandler y a la Federación de
Juventudes Pacifistas, 5 de abril de 1931; Nathan y Norden, p. 124; Fölsing, p.
642. Puede verse una imagen de la nota en www.albeiteinstein.
info/db/ViewImage.do?DocumentID=210078cPage=l.
[994] Entrevista de Einstein con George Sylvester Viereck, enero
de 1931, en Nathan y Norden, p. 125.
[995] Einstein a la Liga Internacional de Mujeres, 4 de enero de
1928, AEA 48-818.
[996] Einstein al capítulo londinense de la Internacional de
Objetores a la Guerra, 25 de noviembre de 1928; Einstein a la Liga por la
Organizacióñ del Progreso, 26 de diciembre de 1928.
[997] Declaración de Einstein, 23 de febrero de 1929, en Nathan
y Norden,p. 95.
[998] Manifiesto del Consejo Colectivo por la Paz, 12 de octubre
de 1930; Nathan y Norden, p. 113.
[999] Einstein, «The 1932 Disarmament Conference», The Nation,
23 de septiembre de 1931; Einstein, 1954, p 95; Einstein, «The Road to
Peace», New York Times, 22 de noviembre de 1931.
[1000] Nathan y Norden, p. 168; «Einstein Assails Arms
Conference», New York Times, 24 de mayo de 1931.
[1001] Einstein a Kurt Hiller, 21 de agosto de 1931, AEA 46-693;
Nathan y Norden, p. 143.
[1002] Jerome, p. 144. Véase en particular el capítulo 11, «How
Red?».
[1003] Einstein, «The Road to Peace». New York Times,
22 de noviembre de1931; Einstein, 1954, p. 95.
[1004] Entrevista de Thomas Bucky con Denis Brian, en Brian,
1996, p. 229.
[1005] Einstein a Henri Barbusse, 1 de junio de 1932, AEA 34-543;
Nathan y Norden, pp, 175-179.
[1006] Einstein a Isaac Don Levine, después del 1 de enero de
1925, AEA 28-29. 00 (puede verse una imagen del manuscrito en
www.alberteinstein.info/db/ViewImage.do?DocumentID=211546cPage=l); Roger
Baldwin e Isaac Don Levine, Letters from Russian Prisons, Charles Boni, Nueva
York, 1925; Robert Cottrell, Roger Nash Baldwin and the American Civil
Liberties Union, Columbia, Nueva York, 2001, p. 180.
[1007] Einstein a Isaac Don Levine, 15 de marzo de 1932, AEA
50-922.
[1008] Einstein, «El mundo tal como yo lo veo», publicado
originalmente en 1930, reeditado en Einstein, 1954, p. 8.
[1009] «Ask Pardon for Eight Negroes», New York Times,
27 de marzo de 1932; «Einstein Hails Negro Race», New York Times,
19 de enero de 1932, citando un artículo de Einstein que iba a publicarse en
febrero del mismo año en la revista Crisis.
[1010] Brian, 1996, p. 219.
[1011] Einstein a Chaim Weizmann, 25 de noviembre de 1929, AEA
33-411.
[1012] Einstein, «Letter to an Arab», 15 de marzo de 1930;
Einstein, 1954, p. 172; Clark, p. 483; Fölsing, p. 623.
[1013] Einstein a Sigmund Freud, 30 de julio de 1932, disponible
en: www.cis.vt.edu/modemworld/d/Einstein.html.
[1014] Sigmund Freud a Einstein, septiembre de 1932, disponible
en: www.cis.vt.edu/modemworld/d/Einstein.html.
[1015] Charles Kessler, ed., The Diaries of Count Harry Kessler,
Grove Press, Nueva York, 2002, p. 322 (anotación del 14 de junio de 1927);
Jammer, 1999, p. 40. Jammer proporciona un exhaustivo repaso a los aspectos
biográficos, filosóficos y científicos del pensamiento religioso de Einstein.
[1016] Einstein, «Ueber den Gegenwertigen Stand der
Feld-Theorie», 1929, AEA 4-38.
[1017] Neil Johnson, George Sylvester Viereck: Poet and
Propagandist, University of Iowa Press, Iowa City, 1968; George S. Viereck, My
Flesh and Blood: A Lyric Autobiography with Indiscreet Annotations, Liveright,
Nueva York, 1931.
[1018] Viereck, pp. 372-378; Viereck publicó inicialmente la
entrevista en forma de artículo: «What Life Means to Einstein», Saturday
Evening Post, 26 de octubre de 1929. En general he seguido aquí las
traducciones y paráfrasis de Brian, 2005, pp. 185-186, y de Calaprice. Véase
también Jammer, 1999, p. 22.
[1019] Einstein, «Lo que creo», escrito originalmente en 1930 y
grabado para la Liga Alemana de Derechos Humanos; publicado luego con el título
de «El mundo tal como yo lo veo» en Forum and Century, 1930; en Living
Philosophies, Simon &Schuster, Nueva York, 1931; en Einstein, 1949a, pp.
1-5, y en Einstein, 1954, pp. 8-11. Las distintas versiones presentan algunas
divergencias detraducción y ligeras correcciones. Puede escucharse una versión
en formato audio en www.yu.edu/libraries/digital_library/einstein/credo.html.
[1020] Einstein a M. Schayer, 5 de agosto de 1927, AEA 48-380;
Dukas y Hoffmann, p. 66.
[1021] Einstein a Phyllis Wright, 24 de enero de 1936, AEA
52-337.
[1022] «Passover», Time, 13 de mayo de 1929.
[1023] Einstein a Herbert S. Goldstein, 25 de abril de 1929, AEA
33-272; «Einstein Believes in Spinoza’s God», New York Times, 25 de
abril de 1929; Gerald Holton, «Einstein’s Third Paradise», Daedalus, otoño de
2002, pp. 26-34. Goldstein era el rabino de la Sinagoga Institucional de Harlem
y, desde hacía largo tiempo, el presidente de la Unión de Congregaciones Judías
Ortodoxas de Estados Unidos.
[1024] Rabino Jacob Katz, de la Congregación de Montefiore,
citado en Time, 13 de mayo de 1929.
[1025] Calaprice, p. 214; Einstein a Hubertus zu Löwenstein, c.
1941, en la obra de Löwenstein Towards the Further Shore, Victor Gollancz,
Londres, 1968, p. 156.
[1026] Einstein a Joseph Lewis, 18 de abril de 1953, AEA 60-279.
[1027] Einstein a un destinatario desconocido, 7 de agosto de
1941, AEA 54927.
[1028] Guy Raner Jr. a Einstein, 10 de junio de 1948, AEA 57-287;
Einstein a Guy Raner Jr. 2 de julio de 1945, AEA 57-288; Einstein a Guy Raner
Jr., 28 de septiembre de 1949, AEA 57-289.
[1029] Einstein, «Religion and Science», New York Times,
9 de noviembre de 1930, reeditado en Einstein, 1954, pp. 36-40. Véase también
Powell.
[1030] Einstein, discurso al Simposio sobre Ciencia, Filosofía y
Religión, 10 de septiembre de 1941, reeditado en Einstein, 1954, p. 41; «Sees
No Personal God», Associated Press, 11 de septiembre de 1941. Orville Wright,
que en aquella época era un joven oficial de la marina, me hizo llegar un
recorte amarillento que había guardado durante sesenta años; había ido pasando
de mano en mano entre los miembros de la tripulación de su barco, y tenía notas
de varios marineros diciendo cosas como: «Dime, ¿qué piensas de esto?».
[1031] «En la mente no hay una voluntad libre o absoluta, pero la
mente está determinada por tal o cual volición, por una causa, que a su vez
está determinada por otra causa, y esta a su vez por otra, y así ad infinitum»;
Baruch Spinoza, ¿Ética, parte 2, proposición 48.
[1032] Einstein, declaración a la Sociedad Spinoza de Estados
Unidos, 22 de septiembre de 1932.
[1033] No he podido encontrar la frase en las obras de
Schopenhauer. Su contenido, no obstante, se aviene muy bien con la filosofía de
este. Así, por ejemplo, decía el filósofo: «La vida de un hombre, en todos sus
acontecimientos grandes y pequeños, está tan necesariamente predeterminada como
los movimientos de un reloj»; Schopenhauer, «On Ethics», in Parerga and
Paralipomena: Short Philosophical Essays, Oxford University Press, Nueva York,
2001, 2: 227.
[1034] Einstein, «El mundo tal como yo lo veo», en Einstein,
1949a y 1954.
[1035] Viereck, p. 375.
[1036] Max Born a Einstein, 10 de octubre de 1944, en Born, 2005,
p. 150.
[1037] Hedwig Born a Einstein, 9 de octubre de 1944, en Born,
2005, p. 149.
[1038] Viereck, p. 377.
[1039] Einstein al reverendo Cornelius Greenway, 20 de noviembre
de 1950, AEA 28-894.
[1040] Sayen, p. 165.
[1041] Diario de viaje de Einstein, 6 de diciembre de 1931, AEA
29-136.
[1042] Diario de viaje de Einstein, 10 de diciembre de 1931, AEA
29-141.
[1043] Flexner, pp. 381-382; Batterson, pp. 87-89.
[1044] Abraham Flexner a Roben Millikan, 30 de julio de 1932, AEA
38-007; Abraham Flexner a Louis Bamberger, 13 de febrero de 1932, en Batterson,
p. 88.
[1045] Diario de viaje de Einstein, 1 de febrero de 1932, AEA
29-141; Elsa Einstein a Rosika Schwimmer, 3 de febrero de 1932; Nathan y
Norden, p. 163.
[1046] Einstein a Paul Ehrenfest, 3 de abril de 1932, AEA 10-227.
[1047] Clark, p. 542, citando a sir Roy Harrod.
[1048] Flexner, p. 383.
[1049] Einstein a Abraham Flexner, 30 de julio de 1932;
Batterson, p. 149; Brian, 1996, p. 232.
[1050] Elsa Einstein a Robert Millikan, 22 de junio de 1932, AEA
38-002.
[1051] Robert Millikan a Abraham Flexner, 25 de julio de 1932,
AEA 38006; Abraham Flexner a Robert Mlillikan, 30 de julio de 1932, AEA 38-007;
Batterson, p. 114.
[1052] «Einstein Will Head School Here», New York Times,
11 de octubre de 1932, p. 1.
[1053] Frank 1947, p. 226.
[1054] Comunicado de la Corporación de Mujeres Patriotas al
Departamento de Estado norteamericano, 22 de noviembre de 1932, incluido en el
expediente del FBI sobre Einstein, sección 1, disponible en: foia. fbi.
gov/foiaindex/ein-stein. htm. Este episodio aparece magníficamente detallado en
Jerome, pp. 6-11.
[1055] Reeditado en Einstein, 1954, p. 7. La relación de Einstein
con Louis Lochner, de United Press, se detalla en Marianoff, p. 137.
[1056]New York Times, 4 de
diciembre de 1932.
[1057] «Einstein’s Ultimatum Brings a Quick Visa», «Consul
Investigated Charge» y «Women Made Complaint», todos ellos en New York
Times, 6 de diciembre de 1932; Sayen, p. 6; Jerome, p. 10.
[1058] Esto lo descubrió Richard Alan Schwartz, de la Universidad
Internacional de Florida, que fue quien primero investigó los archivos del FBI
sobre Einstein. Las versiones que recibió contenían un 25 por ciento del texto
redactado. Fred Jerome logró conseguir versiones más completas amparándose en
la Ley de Libertad de Información Estadounidense, que luego utilizó en su
libro. Entre los artículos de Schwartz sobre el tema se incluyen «The FBI and
Dr. Einstein», The Nation, 3 de septiembre de 1983, pp. 168-173, y «Dr.
Einstein and the War Department», Isis, junio de 1989, pp. 281-284. Véase
también Dennis Overbye, «New Details Emerge from the Einstein Files», New
York Times, 7 de mayo de 2002.
[1059] «Einstein Resumes Packing», New York Times, 7
de diciembre de 1932; «Einstein Embarks, Jests about Quiz» y «Stimson Regrets
Incident», New York Times, 11 de diciembre de 1932.
[1060] Einstein (desde Caputh) a Maurice Solovine, 20 de
noviembre de 1932, AEA 21-218; Frank, 1947, p. 226; Pais, 1982, pp. 318 y 450.
Tanto Frank como Pais relatan las proféticas palabras de Einstein a Elsa con
respecto a Caputh, y es probable que ambos escucharan la anécdota directamente
de labios de ellos. Pais, entre otros, dice que llevaban treinta maletas. Elsa,
en su convocatoria a la prensa tras el interrogatorio en el consulado
estadounidense, contó que tenía preparados seis baúles, pero es probable que en
ese momento aún no hubiera terminado de hacer las maletas, o que mencionara
únicamente los baúles, o que rebajara la cifra para no enardecer a las
autoridades alemanas (o que Pais se equivocara). Barbara Wolff, de los archivos
de Einstein en Jerusalén, cree que la historia de que preparó treinta baúles es
falsa, como lo es la de que Einstein le dijo que «mirara bien» la casa de
Caputh cuando se marchaban (correspondencia privada con el autor).
[1061] «Einstein Will Urge Amity with Germany», New York
Times, 8 de enero de 1933.
[1062] Nathan y Norden, p. 208; Clark, p. 552.
[1063] «Einstein’s Address on World Situation» (texto del
discurso) y «Einstein Traces Slump to Machine», New York Times, 24
de enero de 1933.
[1064] Fölsing, p. 659.
[1065] Einstein a Margarete Lebach, 27 de febrero de 1933, AEA
50-834.
[1066] Evelyn Seeley, entrevista con Einstein, New York
World-Telegram, 11 de marzo de 1933; Brian, 1996, p. 243.
[1067] Marianoff, pp. 142-144.
[1068] Michelmore, p. 180. Michelmore obtuvo gran parte de su
material del propio Hans Albert Einstein, aunque es posible que la cita resulte
algo exagerada.
[1069] Einstein, Declaración contra el régimen de Hitler, 22 de
marzo de1933, AEA 28-235.
[1070] Einstein a la Academia Prusiana, 28 de marzo de 1933, AEA
36-55.
[1071] Max Planck a Einstein, 31 de marzo de 1933.
[1072] Max Planck a Heinrich von Ficker, 31 de marzo de 1933,
citado en Fölsing, p. 663.
[1073] Declaración de la Academia Prusiana, 1 de abril de 1933.
Este intercambio de correspondencia aparece reeditado en Einstein, 1954, pp.
205-209.
[1074] Einstein a la Academia Prusiana, 5 de abril de 1933.
[1075] Frank, 1947, p. 232.
[1076] Academia Prusiana a Einstein, 7 y 13 de abril de 1933;
Einstein a la Academia Prusiana, 12 de abril de 1933.
[1077] Max Planck a Einstein, 31 de marzo de 1933, AEA 19-389;
Einstein a Max Planck, 6 de abril de 1933, AEA 19-392.
[1078] Einstein a Max Born, 30 de mayo de 1933, AEA 8-192; Max
Born a Einstein, 2 de junio de 1933, AEA 8-193.
[1079] Einstein a Fritz Haber, 19 ce mayo de 1933, AEA 12-378.
Puede verse una buena exposición de la relación entre Einstein y Haber, así
como de este episodio final, en Stem, pp. 156-1 SO. También resulta muy útil
John Cornwall, Hitlers Scientists, Viking, Nueva York, 2003, pp. 137-139.
[1080] Fritz Haber a Einstein, 1 de agosto de 1933, AEA 385;
Einstein a Fritz Haber, 8 de agosto de 1933, AEA 12-388.
[1081] Einstein a Willem de Sitter, 5 de abril de 1933, AEA
20-575; Frank, 1947, p. 232; Clark, p. 573.
[1082] Vallentin, p. 231.
[1083] Frank, 1947, pp. 240-242.
[1084] Einstein a Maurice Solovine, 23 de abril de 1933, AEA
21-223.
[1085] Einstein a Paul Langevin, 5 de mayo de 1933, AEA 15-394.
[1086] «Einstein Will Go to Madrid», New York Times,
11 de abril de 1933; Abraham Flexner a Einstein, 13 de abril de 1933, AEA
38-23; Pais, 1982, p. 493.
[1087] Abraham Flexner a Einstein, 26 y 28 de abril de 1933, AEA
38-25, pp. 38-26.
[1088] «Einstein Lists Contracts; Princeton, Paris, Madrid,
Oxford Lectures Are Only Engagements», New York Times, 5 de agosto
de 1933; Einstein a Frederick Lindemann, 1 de mayo de 1933, AEA 16-372.
[1089] Hannoch Gutfreund, «Albert Einstein and Hebrew
University», en Renn, 2005d, p. 318.
[1090] Einstein a Fritz Haber, 9 de agosto de 1933, AEA 37-109;
Einstein a Max Born, 30 de mayo de 1933, ABA 8-192.
[1091] Jewish Chronicle, 8 de abril de 1933; Chaim Weizmann a
Einstein; 3 de abril de 1933, AEA 33-425; Einstein a Paul Ehrenfest, 14 de
junio de 1933, AEA 10-255.
[1092] Einstein a Herbert Samuel, 15 de abril de 1933, AEA 21-17;
Einstein a Chaim Weizmann, 9 de junio de 1933, AEA 33-435.
[1093] «Weizmann Scores Einstein's Stand», New York Times,
30 de junio de 1933.
[1094] «Albert Einstein Definitely Takes Post at Hebrew
University», Jewish Telegraphic Agency, 3 de julio de 1933; Abraham Flexner a
Elsa Einstein, 19 de julio de 1933, AEA 33-033: «Einstein Accepts Chair: Dr.
Weizmann Announces He Has Made Peace with Hebrew University in
Jerusalem», New York Times, 4 de julio de 1933.
[1095] Einstein al reverendo Johannes B. Th. Hugenholtz, 1 de
julio de 1933, AEA 50-320.
[1096] Nathan y Norden, p. 225.
[1097] Isabel de Baviera (1876-1965), reina de los belgas, fue
una apasionada del arte y de la cultura, que trabó amistad y mantuvo
correspondencia con personajes muy diversos además de Einstein.
[1098] Einstein a Elsa Einstein, 1 de noviembre de 1930, nuevo
material no catalogado facilitado al autor.
[1099] Einstein al rey Alberto I de Bélgica, 14 de noviembre de
1933, en Nathan y Norden, p. 230.
[1100] Einstein a Alfred Nahon, 20 de julio 1933, AEA 51-227.
[1101]New York Times, 10 de
sepiembre de 1933.
[1102] Einstein a E. Lagot, 28 de agosto de 1933, AEA 50-477.
[1103] Einstein a lord Ponsonby, 28 de agosto de 1933, AEA
51-400.
[1104] Einstein a A. V. Frick, 9 de septiembre de 1933, AEA
36-567.
[1105] Einstein a G. C. Heringa, 11 de septiembre de 1933, AEA
50-199.
[1106] Einstein a P. Bernstein, 5 de abril de 1934, AEA 49-276.
[1107] Romain Rolland, anotación del diario correspondiente a
septiembre de 1933, en Nathan y Norden, p, 232.
[1108] Michele Besso a Einstein, 18 de septiembre de 1932, AEA
7-130; Einstein a Michele Besso, 21 de octubre de 1932, AEA 7-370.
[1109] Einstein a Frederick Lindemann, 9 de mayo de 1933, AEA
16-377.
[1110] Einstein a Elsa Einstein, 21 de julio de 1933, AEA
143-250.
[1111] Discurso de Locker-Lampson, Cámara de los Comunes del
Reino Unido, 26 de julio de 1933; «Einstein a Briton Soon: Home Secretary’s
Certificate Preferred to Palestine Citizenship», New York Times, 29
de julio de 1933; Marianoff, p. 159.
[1112] New York World Telegram, 19 de septiembre de 1933, en
Nathan y Norden, p. 234.
[1113] «Dr. Einstein Denies Communist Leanings», New York
Times, 16 de septiembre de 1933; «Professor Einstein’s Political Views»,
Times de Londres, 16 de septiembre de 1933, en Brian, 1996, p. 251.
[1114] Einstein, Reconocimiento a Paul Ehrenfest, escrito en 1934
para un almanaque de Leiden y reeditado en Einstein, 1950a, p. 236.
[1115] Clark, pp. 600-605; Marianoff, pp. 160-163; Jacob Epstein,
Let There Be Sculpture, Michael Joseph, Londres, 1940, p. 78.
[1116] Dukas y Hoffmann, p. 56.
[1117] Einstein, «Civilización y ciencia», Royal Albert Hall, 3
de octubre de 1933; Times de Londres, 4 de octubre de 1933; Calaprice, p. 198;
Clark, pp. 610-611. La versión de Clark es más fiel al discurso que pronunció
Einstein que la versión escrita, que contiene dos alusiones a Alemania que
Einstein decidió omitir diplomáticamente.
[1118] Telegrama de Abraham Flexner a Einstein, octubre de 1933,
AEA 38049; Abraham Flexner a Einstein, 13 de octubre de 1933, AEA 38-050.
[1119] «Einstein Arrives; Pleads for Quiet / Whisked from Liner
by Tug at Quarantine», New York Times, 18 de octubre de 1933.
[1120] «Einstein Views Quarters», New York Times, 18
de octubre de 1933; entrevista al reverendo John Lampe, en Clark, p. 614;
«Einstein to Princeton», Time, 30 de octubre de 1933.
[1121] Brian, 1996, p. 251.
[1122] «Einstein Has Musicale», New York Times, 10 de
noviembre de 1933. Los bocetos que Einstein hizo para Seidel están hoy en el
Museo Judah Magnes, legados por el presidente de la Universidad Hebrea con el
que tanto luchó Einstein.
[1123] Bucky, p. 150.
[1124] Thomas Torrance, «Einstein y Dios», Centro de
Investigación Teológica, Princeton, disponible en:
ctinquiry.org/publications/reflections_volu-me_l/torrance.htm.Torrance dice que
un amigo le relató la historia.
[1125] Entrevista de Eleanor Drorbaugh con Jamie Sayen, en Sayen,
pp. 64 y 74.
[1126] Sayen, p. 69; Bucky, p. 111; Fölsing, p. 732.
[1127] «Had Pronounced Sense of Humor», New York Times,
22 de diciembre de 1936.
[1128] Brian, 1996, p. 265.
[1129] Abraham Flexner a Einstein, 13 de octubre de 1933, en
Regis, p. 34.
[1130] «Einstein, the Immortal, Shows Human Side», Sunday Ledger
(Newark), 12 de noviembre de 1933.
[1131] Abraham Flexner a Elsa Einstein, 14 de noviembre de 1933,
AEA 38-055.
[1132] Abraham Flexner a Elsa Einstein, 15 de noviembre de 1933,
AEA 38 059. Flexner escribió también a Herbert Maass, uno de los
administradores del Instituto, el 14 de noviembre de 1933: «Estoy empezando a
cansarme un poco de esta necesidad cotidiana de “sentar a la mesa” a Einstein y
su esposa. Ellos no conocen Estados Unidos. Son como niños, y resulta
extremadamente difícil aconsejarles y controlarles. No tiene idea del aluvión
de publicidad que he interceptado»; Batterson, p. 152.
[1133] Abraham Flexner a Einstein, 15 de noviembre de 1933, AEA
38-061.
[1134] «Fiddling for Friends», Time, 29 de enero de
1934; «Einstein in Debut as Violinist Here», New York Times, 18 de
enero de 1934.
[1135] Stephen Wise al juez Julian Mack, 20 de octubre de 1933.
[1136] Informe del coronel Marvin Maclntyre a la Oficina Social
de la Casa Blanca, 7 de diciembre de 1933, AEA 33-131; Abraham Flexner a
Franklin Roosevelt, 3 de noviembre de 1933; Einstein a Eleanor Roosevelt, 21 de
noviembre de 1933, AEA 33-129; Eleanor Roosevelt a Einstein, 4 de diciembre de
1933, AEA 33-130; Elsa Einstein a Eleanor Roosevelt, 16 de enero de 1934, AEA
33-132; Einstein a la reina Isabel de Bélgica, 25 de enero de 1934, AEA 33134;
«Einstein Chats about Sea», New York Times, 26 de enero de 1934.
[1137] Einstein a la junta directiva del Instituto de Estudios
Avanzados, 1-31 de diciembre de 1933.
[1138] Johanna Fantova, diario de las conversaciones con
Einstein, 23 de enero de 1954, en Calaprice, p. 354.
[1139] Einstein a Max Born, 22 de marzo de 1934; Erwin
Schrödinger a Frederick Lindemann, 29 de marzo de 1934 y 22 de enero de 1935.
[1140] Einstein a la reina Isabel de Bélgica, 20 de noviembre de
1933, AEA 32-369. La expresión suele traducirse como «endebles semidioses sobre
zancos». Pero el término que emplea Einstein, stelzbeinig, significa en
realidad «patitieso» —como si las piernas fueran zancos de madera—, lo cual no
tiene nada que ver con la estatura, sino que evoca más bien los andares del
pavo real.
[1141] Einstein, «The Negro Question», Pageant, enero de 1946. En
este ensayo contraponía la tendencia social generalmente democrática de los
estadounidenses con el modo en que estos trataban a los negros, un tema que
adquirió mayor relevancia para Einstein que en 1934, como se verá más adelante
en el presente volumen.
[1142] Bucky, p. 45; «Einstein Farewell», Time, 14 de
marzo de 1932.
[1143] Vallentin, p. 235. Véase también Elsa Einstein a Hertha
Einstein (esposa de Alfred Einstein, un primo lejano especializado en historia
de la música), 24 de febrero de 1934, AEA 37-693: «El lugar es encantador,
completamente distinto del resto de Estados Unidos… Aquí todo tiene un sabor
inglés, al más puro estilo de Oxford».
[1144] «Einstein Cancels Trip Abroad». New York Times,
2 de abril de 1934.
[1145] Marianoff, p. 178. Otras fuente o tienen que las cenizas
de Ilse, o al menos parte de ellas, se trasladaron a un cementerio de Holanda,
a un lugar elegido por el viudo Rudi Kayser.
[1146] Esta historia procede íntegramente de una entrevista del
hijo de Blackwoods, James, con Denis Brian, el 7 de septiembre de 1994, y
aparece detallada en Brian, 1996, pp. 259-263.
[1147] Ibid. Véase también James Blackwood, «Einstein in the
Rear-View Mirror», Princeton History, noviembre de 1997.
[1148] «Einstein Inventor of Camera Device», New York
Times, 27 de noviembre de 1936.
[1149] Bucky, p. 5. El libro de Bucky está escrito en parte como
si fuera una conversación continuada, aunque hay secciones que en realidad
proceden de otras entrevistas y escritos de Einstein.
[1150] Bucky, pp. 16-21.
[1151]New York Times, 4 de
agosto de 1935; Brian, 1996, pp. 265 y 280.
[1152] Valentin, p. 237.
[1153] Brian, 1996, p. 268.
[1154] Fölsing, p. 687; Brian, 1996, p. 279.
[1155] Calaprice, p. 251.
[1156] Bucky, p. 25.
[1157] Clark, p. 622.
[1158] País, 1982, p. 454.
[1159] Jon Blackwell, «The Genius Next Door», The Trentonian,
disponible en: www.capitalcentury.com/1933.html; Seelig, 1956a, p. 193; Sayen,
p. 78; Brian, 1996, p. 330.
[1160] Einstein a Barbara Lee Wilson, 7 de enero de 1943, AEA
42-606; Dukas y Hoffmann, p. 8; «Einstein Solves Problem That Baffled
Boys», New York Times, 11 de junio de 1937.
[1161] «Einstein Gives Advice to a High School Boy», New
York Times, 14 de abril de 1935; Sayen, p. 76.
[1162] Elsa Einstein a Leon Watters, 10 de diciembre de 1935, AEA
52-210.
[1163] Vallentin, p. 238.
[1164] Bucky, p. 13.
[1165] Einstein a Hans Albert Einstein, 4 de enero de 1937, AEA
75-926.
[1166] Hoffmann, 1972, p. 231.
[1167] Einstein, «Lens-like Action of a Star by Deviation of
Light in the Gravitational Field», Science, diciembre de 1936; Einstein con
Nathan Rosen, «On Gravitational Waves», Journal of the Franklin Institute,
enero de 1937. El artículo sobre las ondas gravitatorias se envió
originariamente a Physical Review, cuyos editores lo entregaron a un evaluador,
que señaló varios defectos. Entonces Einstein, ofendido, retiró el artículo, y
lo hizo publicar por el Instituto Franklin. Más tarde se dio cuenta de que, en
efecto, se había equivocado (después de que el evaluador anónimo se lo hiciera
saber indirectamente), y él y Rosen se las arreglaron para introducir numerosas
modificaciones, todo ello mientras Elsa agonizaba. Daniel Kinneflick descubrió
los detalles de esta historia, de la que da un fascinante relato en «Einstein
versus the Physical Review», Physics Today, septiembre de 2005.
[1168] Einstein a Max Born, febrero de 1937, en Born 2005, p.
128.
[1169] Einstein, «Las causas de la formación de meandros en los
cursos de los ríos y de la llamada ley de Baer», 7 de enero de 1926.
[1170] «Dr. Einstein Welcomes Son to America», New York
Times, 13 de octubre de 1937.
[1171] Bucky, p. 107.
[1172] Einstein a Mileva Maric, 21 de diciembre de 1937, AEA
75-938.
[1173] Einstein a Frieda Einstein, 11 de abril de 1937, AEA
75-929.
[1174] Robert Ettema y Cornelia F. Mutel, «Hans Albert Einstein
in South Carolina», Water Resources and Environmental History, 27 de junio de
2004; «Einstein’s Son Asks Citizenship», New York Times, 22 de
diciembre de 1938. Hans Albert solicitó la ciudadanía estadounidense el 21 de
diciembre de 1938 en el juzgado de distrito de Greenville (Carolina del Sur).
Algunas biografías afirman que por entonces vivía en Greensboro (Carolina del
Norte), pero ese dato es incorrecto.
[1175] Einstein a Hans Albert y Frieda Einstein, enero de 1939;
James Shannon, «Einstein in Greenville», The Beat (Greenville, Carolina del
Sur), 17 de noviembre de 2001.
[1176] Highfield y Carter, p. 242.
[1177] «Hitler Is “Greatest” in Princeton Poll: Freshmen Put
Einstein Second and Chamberlain Third», New York Times, 28 de
noviembre de 1939. El artículo dice que esto se producía por segundo año
consecutivo.
[1178] Collier’s, 26 de noviembre de 1938; Einstein, 1954, p.
191.
[1179] Sayen, p. 344; «Einstein Fiddles», Time, 3 de
febrero de 1941. Time informaba de un pequeño concierto en
Princeton para el Comité de Servicio de los Amigos Americanos: «Einstein
demostró que era capaz de tocar una suave melodía con sentimiento, haciendo
vibrar las cuerdas con elegancia y, en ocasiones, con gran energía. El público
aplaudió calurosamente. El violinista Eintein exhibió su amplia y amable
sonrisa, miró su reloj con preocupación tetradimensional, interpretó su bis,
volvió a mirar el reloj, y se retiró».
[1180] Jerome, p. 77.
[1181] Einstein a Isaac Don Levine, 10 de diciembre de 1934, AEA
50-928; Isaac Don Levine, Eyewitness to History, Hawthorne, Nueva York, 1973,
p. 171.
[1182] Sidney Hook a Einstein, 22 de febrero de 1937, AEA 34-731;
Einstein
[1183] Sidney Hook, «My Running Debate with Einstein»,
Commentary, julio de 1982, p. 39.
[1184] Hoffmann 1972, p. 190; Rigden, p. 144; Léon Rosenfeld,
«Niels Bohr in the Thirties», en Rozental, 1967, p. 127; N. P. Landsman, «When
Champions Meet: Rethinking the Bohr—Einstein Debate», Studies in the History
and Science of Modern Physics, 37 (marz de 2006), p. 212.
[1185] Einstein» 1949b, p. 85.
[1186] Ibid.
[1187] Einstein a Max Born, 3 de marzo de 1947, en Born, 2005, p.
155 (no está en AEA).
[1188] Einstein a Erwin Schrödinger, 9 de junio de 1935, AEA
22-47.
[1189]New York Times, 4 y 7 de
mayo de 1935; David Mermin, «My Life with Einstein», Physics Today, enero de
2005.
[1190] Albert Einstein, Boris Podolsky y Nathan Rosen, «Can
Quantum-Mechanical Description of Physical Reality Be Regarded as Complete?»,
Physical Review, 15 de mayo de 1935 (recibido el 25 de marzo del mismo año),
disponible en: www.drchinese.com/David/EPR.pdf.
[1191] Otra formulación del experimento sería que un observador
midiera la posición de la partícula mientras que en el «mismo instante» otro
observador medía el momento de su gemela. Luego ambos comparan sus notas y,
supuestamente, conocen la posición y el momento de ambas partículas. Véase
Charles Seife, «The True and the Absurd», en Brockman, p. 71.
[1192] Aczel, 2002, p. 117.
[1193] Whitaker, p. 229; Aczel, 2002, p. 118.
[1194] Niels Bohr, «Can Quantum-Mechanical Description of
Physical Reality Be Regarded as Complete?», Physical Review, 15 de octubre de
1935 (recibido el 13 de julio del mismo año).
[1195] Greene, 2004, p. 102. Nótese que Arthur Fine afirma que la
sinopsis del EPR empleada por Bohr «está más cerca de una caricatura del
artículo EPR que de su reconstrucción seria». Fine sostiene que Bohr y otros
intérpretes de Einstein exhiben un «criterio de realidad» que el propio
Einstein no muestra en sus escritos posteriores sobre el EPR, y ello a pesar de
que este, tal como fue redactado por Podolsky, ciertamente habla de determinar
«un elemento de realidad». El libro de Brian Greene se cuenta entre los que
hacen hincapié en ese elemento del «criterio de realidad». Véase Arthur Fine,
«The Einstein-Podolsky-Rosen Argument in Quantum Theory», Stanford Encyclopedia
of Philosophy, disponible en: plato. stanford. edu/entries/qt-epr» y también:
Fine, 1996, capítulo 3; Mara Beller y Arthur Fine, «Bohr’s Response to EPR», en
Jann Faye y Henry Folse, eds., Niels Bohr and Contemporary Philosophy, Kluwer
Academic, Dordrecht, 1994, pp. 1-31.
[1196] Arthur Fine ha demostrado que la propia crítica de
Einstein a la mecánica cuántica no quedaba plenamente reflejada en la redacción
que hizo Podolsky del artículo EPR, y especialícente en el modo en que lo
describieron Bohr y los «vencedores». Don Howard se ha basado en el trabajo de
Fine y ha subrayado las cuestiones de la «separabilidad» y la «localidad».
Véase Howard, 1990b.
[1197] Einstein a Erwin Schrödinger, 31 de mayo de 1928, AEA
22-22; Fine,p. 18.
[1198] Erwin Schrödinger a Einstein, 7 de junio de 1935, AEA
22-45, y 13 de julio de 1935, AEA 22-48.
[1199] Einstein a Erwin Schrödinger, 19 de junio de 1935, AEA
22-47.
[1200] Erwin Schrödinger, «The Present Situation in Quantum
Mechanics», tercera entrega, 13 de diciembre de 1935, disponible en:
www.tu-harburg.de/rzt/rzt/it/QM/cat.html.
[1201] Más concretamente, la ecuación de Schrödinger muestra la
velocidad de cambio a lo largo del tiempo de la formulación matemática de las
probabilidades para el resultado de las posibles mediciones realizadas en una
partícula o sistema.
[1202] Einstein a Erwin Schrödinger, 19 de junio de 1935, AEA
22-47.
[1203] Agradezco a Craig Copi y a Douglas Stone su ayuda en la
redacción de este apartado.
[1204] Einstein a Erwin Schrödinger, 8 de agosto de 1935, AEA
22-49; Arthur Fine, «The Einstein-Podolsky-Rosen… ». Nótese que Arthur Fine
revela parte de la correspondencia entre Einstein y Schrödinger. Véase Fine,
capítulo 3.
[1205] Erwin Schrödinger a Einstein, 19 de agosto de 1935, AEA
22-5, 1.
[1206] Erwin Schrödinger, «La situación actual de la mecánica
cuántica», 29 de noviembre de 1935, disponible en:
www.tu-harburg.de/rzt/rzt/it/QM/cat.html.
[1207] Einstein a Erwin Schrödinger, 4 de septiembre de 1935, AEA
22-53. El artículo de Schrödinger no se había publicado, pero este incluía la
argumentación de dicho artículo en su carta a Einstein del 19 de agosto de
1935.
[1208] Véase en wikipedia.org/wiki/Shrodinger’s_cat.
[1209] Einstein a Erwin Schrödinger, 22 de diciembre de 1950, AEA
22-174.
[1210] David Bohm y Basil Huey, «Einstein and Non-locality in the
Quantum Theory», en Goldsmith et al, p. 47,
[1211] John Stewart Bell, «On the Einitein-Podolsky-Rosen
Paradox», Phy-sic, 1, n. ° 1(1964).
[1212] Bernstein, 1991, p. 20.
[1213] Véase una explicación de cómo Bohm y Bell realizaron su
análisis en Greene, 2004, pp. 99-115; Bernstein, 1991, p. 76.
[1214] Bernstein, 1991, pp. 76 y 84.
[1215]New York Times, 27 de
diciembre de 2005.
[1216] New Scientist, 11 de junio de 2006.
[1217] Greene, 2004, p. 117.
[1218] En la formulación de historias decoherentes de la mecánica
cuántica, el carácter «burdo» de las historias es tal, que estas no interfieren
mutuamente: si Ay B son historias mutuamente excluyentes, entonces la
probabilidad de A o B es la suma de las probabilidades de A y de B, tal como
debería ser. Esas historias «decoherentes» forman una estructura arbórea, donde
cada una de las alternativas en un instante dado se divide; a su vez en
diversas alternativas en el instante siguiente, y así sucesivamente. En esta
teoría se hace mucho menos énfasis en la cuestión de las mediciones que en la
versión de Copenhague. Considérese, por ejemplo, un trozo de mica en el que hay
impurezas radiactivas que emiten partículas alfa. Cada partícula alfa emitida
deja un rastro en la mica. El rastro es real, y poco importa que sea un físico,
otro ser humano, una chinchilla o una cucaracha quien venga a observarlo. Lo
importante es que el rastro está correlacionado con la dirección de emisión de
la partícula alfa y que puede utilizarse para medir la emisión; antes de que
dicha emisión se produzca, todas las direcciones son igualmente probables y
contribuyen a una ramificación de historias. Agradezco a Murray Gell-Mann su
ayuda en este apartado. Véase también Gell-Mann, pp. 135-177; Murray Gell-Mann
y James Harde, «Quantum Mechanics in the Light of Quantum Cosmology», en W. H.
Zurek, ed., Complexity, Entropy and the Physics of Information, Addison-Wesley,
Reading (MA), 1990, pp. 425-459, y «Equivalent Sets of Histories and Multiple
Quasiclassical Realms», mayo de 1996, disponible en:
www.arxiv.org/abs/gr-qc/9404013. Esta visión se deriva de la interpretación en
términos de numerosos mundos de la que fue pionero Hugh Everett en 1957.
[1219] La literatura sobre Einstein y el realismo resulta
fascinante. Este apartado se basa en los trabajos de Don Howard, Gerald Holton,
Arthur I. Miller y Jeroen van Dongfen citados en la bibliografía. Don Howard
sostiene que Einstein no fue nunca un verdadero machiano ni un verdadero
realista, y que su filosofía de la ciencia no cambió demasiado con los años.
«En mi opinión, Einstein no fue jamás un ferviente positivista “machiano”, ni
tampoco fue un realista científico, al menos no en el sentido que adquiriría la
expresión “realista científico” en el discurso filosófico de finales del siglo
XX. Einstein esperaba que las teorías científicas contaran con las credenciales
científicas adecuadas, pero no era un positivista; y esperaba que las teorías
científicas dieran cuenta de la realidad física, pero no era un realista
científico. Asimismo, en ambos aspectos sus opiniones siguieron siendo más o
menos las mismas desde el principio hasta el final de su trayectoria. » Howard,
2004. Gerald Holton, por otra parte, afirma que Einstein realizó «un
peregrinaje desde una filosofía de la ciencia en la que el sensacionalismo y el
empirismo constituían el centro a otra cuya base era un realismo racional… Es
raro que un científico cambie sus creencias filosóficas de una manera tan
fundamental» (Holton, 1973, pp. 219 y 245). Véase también Anton Zeilinger,
«Einstein and Absolute Reality», en Brockman, p. 123: «En lugar de aceptar solo
conceptos que pudieran verificarse mediante la observación, Einstein insistía
en la existencia de una realidad previa e independiente de dicha observación».
The Shaky Game, de Arthur Fine, explora todos los aspectos de esta cuestión. El
autor desarrolla lo que el mismo califica de una «actitud ontológica natural»
que no es ni realista ni antirrealista, sino que «media entre ambas». De
Einstein, afirma: «Creo que no hay vuelta de hoja con respecto al hecho de que
el llamado realismo de Einstein posee un núcleo profundamente empirista que
hace de él un “realismo” más nominal que real»; Fine, pp. 130 y 108.
[1220] Einstein a Jerome Rothstein, 22 de mayo de 1950, AEA
22-54.
[1221] Einstein a Donald Mackay, 26 de abril de 1948, AEA 17-9.
[1222] Einstein, 1949b, p. 11
[1223] Gerald Holton, «Mach, Einstein and the Search for
Reality», en Holton, 1973, p. 245. Arthur I. Miller discrepa en parte de la
interpretación de Holton, y subraya que lo que decía Einstein era que, para que
algo sea real, debería ser mensurable en principio, aunque luego no sea
mensurable en la vida real, y se contentaba con utilizar experimentos mentales
para «medir» algo. Miller, 1981, p. 186. ‘
[1224] Einstein, 1949b, p. 81.
[1225] Einstein a Max Born, comentarios sobre un artículo, 18 de
marzo de 1948, en Born, 2005, p. 161.
[1226] Einstein, «The Fundamentals of Theoretical Physics»,
Science, 24 de mayó de 1940; Einstein, 1954, p. 334.
[1227] Por ejemplo, Arthur Fine afirma: «La causalidad y la
independencia del observador eran rasgos primarios del realismo de Einstein,
mientras que la representación del espacio-tiempo constituía un rasgo
importante, pero secundario»; Fine, p. 103.
[1228] Einstein, «Physics, Philosophy and Scientific Progress»,
Journal of the International College of Surgeons, p. 14 (1950), AEA 1-163;
Fine, p. 98.
[1229] Einstein, «Physics and Reality»; Journal of the Franklin
Institute, marzo de 1936, en Einstein, 1954, p. 292. Gerald Holton dice que
esta sería una traducción más correcta: «Lo eternamente ininteligible del mundo
es su inteligibilidad», véase Holton, «What Precisely Is Thinking?», en French,
p. 161.
[1230] Einstein a Maurice Solovine, 30 de marzo de 1952, en
Solovine, p. 131 (no está in AEA).
[1231] Einstein a Maurice Solovine,1 de enero de 1951, en
Solovine, p. 119.
[1232] Einstein a Max Born, 7 de septiembre de 1944, en Born,
2005, p. 146, y AEA 8-207.
[1233] Born, 2005, p. 69. Este situaba a Einstein en la categoría
de los «individuos conservadores que eran incapaces de liberar su mente de los
prejuicios filosóficos predominantes».
[1234] Einstein a Maurice Solovine, 10 de abril de 1938, en
Solovine, p. 85.
[1235] Einstein e Infeld, p. 296.
[1236] Ibid., p. 241.
[1237] Born, 2005, pp. 118 y 122.
[1238] Brian, 1996, p. 289.
[1239] Hoffmann, 1972, p. 231.
[1240] Regis, p. 35.
[1241] Leopold Infeld, Quest, Chelsea, Nueva York, 1980, p. 309.
[1242] Brian, 1996, p. 303.
[1243] Infeld, introducción a la edición de 1960 de Einstein e
Infeld; Infeld, pp. 112-114.
[1244] Pais, 1982, p. 23.
[1245] Vladimir Pavlovich Vizgin, Unified Field Theories in the
First Third of the 20th Century, Birkhäuser, Basilea, 1994, p. 218. Véase
Mateo, 19: 6: «Pues bien, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre».
[1246] Einstein a Max von Laue, 23 de marzo de 1934, AEA 16-101.
[1247] De Whitrow, p. XII: «Einstein admitía que la probabilidad
de éxito era muy pequeña, pero había que intentarlo. Él había consolidado su
nombre; tenía su posición asegurada, de modo que podía permitirse asumir el
riesgo de fracasar. Un hombre joven, que se está abriendo paso en el mundo, no
podría permitirse asumir un riesgo por el que podría echar a perder una gran
carrera, de modo que Einstein consideraba que en ese aspecto tenía cierta
obligación».
[1248] Hoffmann, 1972, p. 227.
[1249] Arthur I. Miller, «A Thing of Beauty», New Scientist, 4 de
febrero de 2006.
[1250] Einstein a Maurice Solovine, 27 de junio de 1938. Véase
también Einstein a Maurice Solovine, 23 de diciembre de 1938, AEA 21-236: «He
descubierto un maravilloso tema que estoy estudiando de manera entusiasta junto
con dos jóvenes colegas. Este ofrece la posibilidad de destruir la base
estadística de la física, que siempre he considerado intolerable. Esta
ampliación de la teoría de la relatividad general tiene una gran simplicidad
lógica».
[1251] William Laurence, «Einstein in Vast New Theory Links Atoms
and Stars in Unified System», New York Times, 5 de julio de 1935;
William Laurence, «Einstein Sees Key to Universe Near», New York Times,
14 de marzo de 1939.
[1252] Hoffmann, 1972, p. 227; Bernstein, 1991, p. 157.
[1253] William Laurence, «Einstein Baffled by Cosmos
Riddle», New York Times, 16 de mayo de 1940.
[1254] Fölsing, p. 704.
[1255] Pittsburgh Post-Gazette, 29 de diciembre de 1934.
[1256] William Laurence, «Einstein Sees Key to Universe
Near», New York Times, 14 de marzo de 1939.
[1257] Entrevista del FBI a Einstein en relación con Leó Szilárd,
1 de noviembre de 1940, obtenida por Gene Dannen al amparo de la Ley de
Libertad de Información estadounidense, disponible en:
www.dannen.com/einstein.html. Es irónico que el FBI mantuviera esa larga y
amable entrevista con Einstein para informarse acerca de si Szilárd merecía o
no una acreditación de seguridad, dado que dicha acreditación se le había
negado al propio Einstein. Véase también Gene Dannen, «The Einstein-Szilárd
Refrigerators», Scientific American, enero de 1997.
[1258] Recuerdos de Chuck Rothman, hijo de David Rothman,
disponible en: www.sff.net/people/rothman/einstein.htm.
[1259] Weart y Szilárd, 1978, pp. 83 -96; Brian, 1996, p. 316.
[1260] Puede verse un relato autorizado en Rhodes, pp. 304-308.
[1261] Véase Kati Marton, The Great Escape: Nine Hungarians Who
Fled Hitler and Changed the World, Simon &Schuster, Nueva York, 2006.
[1262] Leó Szilárd a Einstein, 19 de julio de 1933, AEA 76-532.
[1263] Algunas versiones populares sugieren que Einstein
simplemente firmó una carta que Szilárd había escrito y llevaba consigo. En esa
misma línea, Teller le dijo al escritor Ronald W. Clark en 1969 que Einstein
había firmado» «sin hacer apenas comentarios», una carta que Szilárd y Teller
le habían llevado aquel día. Véase Clark, p. 673. Esto se contradice, no
obstante, con la detallada descripción que hiciera el propio Szilárd de aquel
día y las notas de la conversación que tomó Teller también aquel mismo día. Las
notas y el nuevo borrador de la carta en alemán tal cono la dictara Einstein
están en los archivos de Teller y se han publicado en Nathan y Norden, p. 293.
Es cierto que la carta dictada por Einstein se basaba en un borrador que
Szilárd llevaba aquel día, pero se trataba de una traducción de la que Einstein
había dictado Einstein dos semanas antes. Algunas versiones, incluidos los
comentarios ocasionales que haría más tarde el propio Einstein, tratan de
minimizar su papel, y afirman que se limitó a firmar una carta escrita por
otro. En realidad, y a pesar de que Szilárd propició e impulsó las
conversaciones, Einstein se implicó plenamente en la redacción de la carta que
luego firmaría él solo.
[1264] Einstein a Franklin Roosevelt, 2 de agosto de 1939. La
versión larga está en los archivos de Franklin Roosevelt, en Hyde Park, Nueva
York (con una copia en AEA 33-143), mientras que la corta está en los archivos
de Szilárd en la Universidad de California, en San Diego.
[1265] Clark, p. 676; Einstein a Leó Szilárd, 2 de agosto de
1939, AEA 39-465; Leó Szilárd a Einstein, 9 de agosto de 1939, AEA 39-467; Leó
Szilárd a Charles Lindbergh, 14 de agosto de 1939, papeles de Szilárd,
Universidad de California, San Diego, caja 12, carpeta 5.
[1266] Charles Lindbergh, «Estados Unidos y las guerras
europeas», discurso, 15 de septiembre de 1939, disponible en:
www.xhatlesMndbergh.com/pdfy9 _15_39.pdf.
[1267] Leó Szilárd a Einstein, 27 de septiembre de 1933, AEA
39-471. Posteriormente Lindbergh no recordaría haber recibido carta alguna de
Szilárd.
[1268] Leó Szilárd a Einstein, 3 de octubre de 1939, AEA 39-473.
[1269] Moore, p. 268. Es evidente que Sachs, o algún otro,
confunden el relato de Napoleón, puesto que Robert Fulton en realidad sí
construyó barcos para el emperador» incluido un fallido proyecto de submarino;
véase Kirkpatrick Sale, The Fire of His Genius, Free Press, Nueva York, 2001,
pp. 68-73.
[1270] Sachs relató esta conversación en una vista ante una
comisión especial del Senado estadounidense sobre energía atómica, el 27 de
noviembre de 1945. También se reproduce en la mayoría at las historias del
desarrollo de la bomba atómica, incluido el de Rhodes, pp. 313-314.
[1271] Franklin Roosevelt a Einstein, 19 de octubre de 1939, AEA
33-192.
[1272] Einstein a Alexander Sachs, 7 de marzo de 1940, AEA
39-475.
[1273] Einstein a Lyman Briggs, 25 de abril de 1940, AEA 39-484.
[1274] Sherman Miles a J. Edgar Hoover, 30 de julio de 1940, en
los archivos sobre Einstein del FBI, disponible en:
fcia.fbi.gov/einstein/einsteinla.pdf. Puede verse un buen análisis y el
contexto de estos archivos en Jerome.
[1275] J. Edgar Hoover a Sherman Miles, 15 de agosto de 1940.
[1276] Einstein a Henri Barbusse, 1 de junio de 1932, AEA 34-543.
El FBI alude a esta conferencia traduciendo su nombre de manera algo distinta:
«Congreso Mundial contra la Guerra».
[1277] Jerome, pp. 28, 295 n. 6. La nota de Miles está en la
copia de los Archivos Nacionales de Estados Unidos, pero no en los del FBI.
[1278] Jerome, pp. 40-42.
[1279] Einstein, «Esta es mi Norteamérica», inédito, verano de
1944, AEA 72-758.
[1280] «Einstein to Take Test», New York Times, 20 de
junio de 1940; «Einstein Predicts Armed League», New York Times, 23
de junio de 1940.
[1281] «Einstein Is Sworn as Citizen of U. S. », New York
Times, 2 de octubre de 1940.
[1282] Einstein, «Esta es… ».
[1283] Frank Aydelotte a Vannevar Bush, 19 de diciembre de 1941;
Clark, p. 684.
[1284] Vannevar Bush a Frank Aydelotte, 30 de diciembre de 1941.
[1285] Pais, 1982, p. 12; George Gamow, «Reminiscence», en
French, p. 29; Fölsing, p. 715.
[1286] Sayen, p. 150; Pais, 1982, p. 147. Los manuscritos fueron
adquiridos por la empresa Kansas City Life Insurance Co., y posteriormente
donados a la Biblioteca del Congreso estadounidense.
[1287] Einstein a Niels Bohr, 12 de diciembre de 1944, AEA 8-95.
[1288] Clark, p. 698.
[1289] Einstein a Otto Stem, 26 de diciembre de 1944, AEA 22-240;
Clark, pp. 699-700.
[1290] Einstein a Franklin Roosevelt, 25 de marzo de 1945, AEA
33-109.
[1291] Sayen, p. 151.
[1292]Time, 1 de julio de 1946. El
retrato lo realizó el que fuera durante mucho tiempo diseñador de la portada de
la revista, Ernest Hamlin Baker.
[1293] Newsweek, 10 de marzo de 1947.
[1294] Relato de Linus Pauling de la conversación, 16 de
noviembre de 1954, en Calaprice, p. 185.
[1295] Brian, 1996, p. 345; Helen Dukas a Alice Kahler, 8 de
agosto de 1945: «Uno de los jóvenes periodistas que era huésped de los
Sulzberger del New York Times se presentó a altas horas de la
noche… Arthur Sulzberger también le pedia constantemente una declaración. Pero
ni caso». Arthur Ochs Sulzberger padre me contó que su propio padre, Arthur
Hays Sulzberger, y su tío David veraneaban en Saranac Lake y conocían a
Einstein.
[1296] Entrevista a United Press, 14 de septiembre de 1945,
reeditada en el New York Times, 15 de septiembre de 1945.
[1297] Einstein a J. Robert Oppenheimer (a través de un apartado
de correos de Santa Fé, cerca de Los Alamos), 29 de septiembre de 1945, AEA
57294; J. Robert Oppenheimer a Einstein, 10 de octubre de 1945, AEA 57-296.
[1298] Cuando se dio cuenta de que no había sido Oppenheimer
quien había redactado aquella declaración que él consideraba excesivamente
tímida, Einstein escribió a los científicos de Oak Ridge, Tennessee, que sí lo
habían hecho. En la carta explicaba sus ideas sobre los poderes que debería y
que no debería tener un gobierno mundial: «No habría una necesidad inmediata de
que los países miembros subordinaran su propia legislación arancelaria y de
inmigración a la autoridad del gobierno mundial —afirmaba—. En realidad creo
que la única función del gobierno mundial debería ser la de tener el monopolio
de la fuerza militar». Einstein a John Balderston y otros científicos de Oak
Ridge, 3 de diciembre de 1945, AEA 56-493.
[1299] Reeditado en Nathan y Norden, p. 347, y en Einstein, 1954,
p. 118. Véase también Einstein, «The Way Oct», en One World or None, Federation
of Atomic Scientists, 1946, disponible en: www.fes.org/oneworld/index.html. El
libro da un exhaustivo repaso a las ideas de los científicos de la época —entre
ellos Einstein, Oppenheimer, Szilard, Wigner y Bohr— con respecto al modo de
utilizar el federalismo mundial para controlar las armas nucleares.
[1300] Einstein era consciente de que no había ningún «secreto»
permanente que proteger con respecto a la bomba. Como diría más tarde: «Estados
Unidos posee una superioridad transitoria en cuanto a armamento, pero no cabe
duda de que no tenemos ningún secreto permanente. Lo que la naturaleza enseña a
un grupo de hombres, lo enseñará en su momento a otro grupo». Einstein, «The
Real Problem Is in the Hearts of Men», New York Times Magazine,
23 de junio de 1946.
[1301] Einstein, comentarios en la cena del premio Nobel, Hotel
Astor, 10 de diciembre de 1945, en Einstein, 1954, p. 115.
[1302] Einstein, telegrama del Comité de Emergencia de
Científicos Atómicos para recaudar fondos, 23 de mayo de 1946. El material
relativo a ello se encuentra en la carpeta 40-11 de los archivos de Einstein.
La historia y los archivos del Comité se hallan disponibles en:
www.aip.org/history/ead/chicago_ecas/20010108_content.html#top.
[1303] Einstein, carta del Comité de Emergencia de Científicos
Atómicos, 22 de enero de 1947, AEA 40-606; Sayen, p. 213.
[1304] Newsweek, 10 de marzo de 1947.
[1305] Richard Present a Einstein, 30 de enero de 1946, AEA
57-147.
[1306] Einstein al doctor J. J. Nickson, 23 de mayo de 1946, AEA
57-150; Einstein a Louis B. Mayer, 24 de junio de 1946, AEA 57-152.
[1307] Louis B. Mayer a Einstein, 18 de julio de 1946, AEA
57-153; James McGuinness a Louis B. Mayer, 16 de julio de 1946, AEA 57-154.
[1308] Sam Marx a Einstein, 1 de julio de 1946, AEA 57-155;
Einstein a Sam Marx, 8 de julio de 1946, AEA 57-156; Sam Marx a Einstein, 16 de
julio de 1946, AEA 57-158.
[1309] Einstein a Sam Marx, 19 de julio de 1946, AEA 57-162;
telegrama de Leó Szilárd a Einstein, y nota de este en el dorso, 27 de julio de
1946, AEA 57-163 y 57-164.
[1310] Bosley Crowther, «Atomic Bomb Film Starts», New
York Times, 21 de febrero de 1947.
[1311] William Golden a George Marshall, 9 de junio de 1947,
Relaciones Exteriores de Estados Unidos; Sayen, p. 196.
[1312] La frase de Einstein citada por Halsman, y repetida por la
viuda de este último, aparece en el número de Time dedicado al
personaje del siglo, 31 de diciembre de 1999, en cuya cubierta se reproduce el
retrato que Halsman le hizo a Einstein (reproducido aquí al principio del
capítulo).
[1313] Comentario de Einstein sobre la película antibélica de
dibujos animados Where Will You Hide?, mayo de 1948, AEA 28-817.
[1314] Entrevista de Einstein con Alfred Werner, Liberal Judaism,
abril-mayo de 1949.
[1315] Norman Cousins, «As 1960 Sees Us», Saturday Review, 5 de
agosto de 1950; Einstein a Norman Cousins, 2 de agosto de 1950, AEA 49-453. (La
revista semanal se publica actualmente la semana anterior a la fecha de
portada.)
[1316] Discurso radiado de Einstein al Consejo Judío para el
Socorro de Guerra Ruso, 25 de octubre de 1942, AEA 28-571. Véase también, entre
otros muchos ejemplos, el mensaje de Einstein —que este no llegó a enviar—
sobre el proyecto de ley May-Johnson, enero de 1946; en Nathan y Norden, p.
342; entrevista radiada, 17 de julio de 1947, en Nathan y Norden, p. 418.
[1317] «Rankin Denies Einstein A-Bomb Role», United Press, 14 de
febrero de 1950.
[1318] Einstein a Sidney Hook, 3 de abril de 1948, AEA 58-300;
Sidney Hook, «My Running Debate with Einstein», Commentary, julio de 1982.
[1319] Einstein a Sidney Hook, 16 de mayo de 1950, AEA 59-1018.
[1320] «Dr. Einstein’s Mistaken Notions», en New Times (Moscú),
noviembre de 1947, en Nathan y Norden, p. 443, y en Einstein, 1954, p. 134.
[1321] Einstein, «Reply to the Russian Scientists», Bulletin of
Atomic Scientists (la publicación del Comité de Emergencia que él presidía),
febrero de 1948, en Einstein, 1954, p. 135; «Einstein Hits Soviet Scientists
for Opposing World Government», New York Times, 30 de enero de
1948.
[1322] Einstein, «Atomic War or Peace», 2. a parte,
Atlantic Monthly, noviembre de 1947.
[1323] Einstein a Henry Usborne, 9 de enero de 1948, AEA 58-922.
[1324] Einstein ajames Allen, 22 de diciembre de 1949, AEA
57-620.
[1325] Otto Nathan contribuyó a este fenómeno con un libro de
extractos de textos políticos de Einstein que coeditó en 1960: Einstein on
Peace. Nathan, en su calidad de albacea, junto con Helen Dukas, del patrimonio
literario de Einstein, ejerció una enorme influencia sobre lo que se publicó en
un primer momento. Era un socialista y pacifista comprometido; su recopilación
resulta valiosa, pero cuando se examinan exhaustivamente los archivos de
Einstein, se hace evidente que tendió a omitir algunos materiales en los que
este criticaba a Rusia o al pacifismo radical. David E. Rowe y Robert
Schulmann, en su propia antología de los escritos políticos de Einstein,
publicada en 2007, Einstein’s Political World, proporcionan una visión
alternativa, subrayando que Einstein «no se sentía tentado de renunciar a la
libre empresa en favor de una economía rígidamente planificada, y menos aún al
precio de las libertades básicas», haciendo hincapié asimismo en el carácter
práctico y realista que tenía el distanciamiento de Einstein del pacifismo
puro.
[1326] Einstein a Arthur Squires y Cuthbert Daniel, 15 de
diciembre de 1947, AEA 58-89.
[1327] Einstein a Roy Kepler, 8 de agosto de 1948, AEA 58-969.
[1328] Einstein a John Dudzik, 8 de marzo de 1948, AEA 58-108.
Véase también Einstein a A. Amery, 12 de junio de 1950, AEA 59-95: «Por mucho
que pueda creer en la necesidad del socialismo, este no resolverá el problema
de la seguridad internacional».
[1329] «Poles Issue Message by Einstein: He Reveals Quite
Different Text», New York Times, 29 de agosto de 1948; Einstein a
Julian Huxley, 14 de septiembre de 1948, AEA 58-700; Nathan y Norden, p. 493.
[1330] Einstein a A. J. Muste, 30 de enero de 1950, AEA 60-636.
[1331] Today with Mrs. Roosevelt, NBC, 12 de enero de 1950,
disponible en: www.cine-holocaust.de/cgi-bin/gdqPefw00fbw002802.gd; New
York Post, 13 de febrero de 1950.
[1332] D. M. Ladd a J. Edgar Hoover, 15 de febrero de 1950, y V.
P. Keay a H. B. Fletcher, 13 de febrero de 1950, ambas en los archivos del FBI
sobre Einstein, caja la, disponible en: foia. fbi. gov/foiaindex/einstein. htm.
El libro de Fred Jerome, The Einstein File, ofrece un buen análisis. Jerome
afirma que, cuando declaró a Einstein «personaje del siglo», la revista Time se
abstuvo de señalar que era socialista: «Como si los ejecutivos de Time hubieran
decidido no pasarse de la raya, su artículo no hace mención alguna a las
convicciones socialistas de Einstein». Dado que por entonces yo mismo era el
director editorial de la revista, puedo atestiguar que la omisión puede que
fuera un lapso por nuestra parte, pero no el resultado de una decisión
deliberada.
[1333] General John Weckerling a J. Edgar Hoover, 31 de julio de
1950, archivos del FBI sobre Einstein, caja 2a.
[1334] Véase foia. fbi. gov/foiaindex/einstein. htm. Herb
Romerstein y Eric Breindel, en The Venona Secrets, Regnery, Nueva York, 2000
—un ataque al espionaje soviético basado en los cables secretos de «Venona»
enviados por agentes rusos desde Estados Unidos—, incluyen un apartado titulado
«Embaucando a Albert Einstein» (p. 398), donde se afirma que normalmente este
estaba predispuesto a dejarse nombrar «presidente honorario» de toda una serie
de grupos que no eran sino avanzadillas prosoviéticas, pero los autores añaden
que no hay evidencias de que asistiera jamás a mítines comunistas ni de que
hiciera otra cosa que prestar su nombre a diversas organizaciones que sonaban
bien, con nombres tales como «Socorro Internacional Obrero», que ocasionalmente
formaban parte del «aparato» de los líderes de la Internacional Comunista.
[1335] Marjorie Bishop, «Our Neighbors on Eighth Street», y Maria
Turbow Lampard, introducción, en Serguéi. Konenkov, The Uncommon Vision,
Rutgers University Press, New Brunswick (NJ), 2000, pp. 52-54 y 192-195.
[1336] Pável Sudoplatov, Special Tasks, edición actualizada, Back
Bay, Boston, 1995, apéndice 8, p. 493; Jerome, pp. 260 y 283; catálogo de
Sotheby, 26 de junio de 1988; Robin Pogrebin, «Love Letters by Einstein at
Auction», New York Times, 1 de junio de 1998. El papel de Konenkova
ha sido confirmado por otras fuentes.
[1337] Einstein a Margarita Konenkova, 27 de noviembre de 1945, 1
de junio de 1946, no catalogada.
[1338] Einstein, «Why Socialism?», Monthly Review, mayo de 1949,
reeditado en Einstein, 1954, p. 151.
[1339] Princeton Herald, 25 de septiembre de 1942, en Sayen, p.
219.
[1340] Einstein, «The Negro Question», Pageant, enero de 1946, en
Einstein, 1950a, p. 132.
[1341] Jerome, p. 71; Jerome y Taylor, pp. 88-91; «Einstein Is
Honored by Lincoln University», New York Times, 4 de mayo de 1946.
[1342] Einstein, «To the Heroes of the Warsaw Ghetto», 1944, en
Einstein, 1950a, p. 265.
[1343] Einstein ajames Franck, 6 de diciembre de 1945, AEA 11-60;
Einstein ajames Franck, 30 de diciembre de 1945, AEA 11-64.
[1344] Einstein a Verlag Vieweg, 25 de marzo de 1947, AEA 42-172;
Einstein a Otto Hahn, 28 de enero de 1949, AEA 12-72.
[1345] Brian, 1996, p. 340; Milton Wexler a Einstein, 17 de
septiembre de 1944, AEA 55-48; Roberto Einstein (primo) a Einstein, 27 de
noviembre de 1944, AEA 55-49.
[1346] Einstein a Clara Jacobson, 7 de mayo de 1945, AEA 56-900.
[1347] Sayen, p. 219.
[1348] Seelig, 1956b, p. 71.
[1349] Pais, 1982, p. 473.
[1350] Véase Bird y Sherwin.
[1351] J. Robert Oppenheimer a Frank Oppenheimer, 11 de enero de
1935, en Alice Smith y Charles Weiner, eds., Robert Oppenheimer: Letters and
Recollections, Harvard University Press, Cambridge (MA), 1980, p. 190.
[1352] Sayen, p. 225; J. Robert Oppenheimer, «On Albert
Einstein», New York Review of Books, 17 de marzo de 1966.
[1353] Jim Holt, «Time Bandits», New Yorker, 28 de febrero de
2005; Your grau, 1999, 2005; Goldstein. Yourgrau, 2005, p. 3, trata de las
relaciones entre la incompletud, la relatividad y la incertidumbre con el
Zeitgeist. El artículo de Holt explica las ideas que compartían.
[1354] Goldstein, p. 232 n. 8, sostiene que, por desgracia,
diversas investigaciones han fracasado a la hora de encontrar el defecto
preciso que Gödel creía haber descubierto.
[1355] Kurt Gödel, «Relativity and Idealistic Philosophy», en
Schilpp, p. 558.
[1356] Yourgrau, 2005, p. 116.
[1357] Einstein, «Reply to Criticisms», en Schilpp, pp. 687-688.
[1358] Einstein a Han Muehsam, 15 de junio de 1942, AEA 38-337.
[1359] Hoffmann, 1972, p. 240.
[1360] Einstein, 19496, p. 33.
[1361] Einstein y Wolfgang Pauli, «La inexistencia de soluciones
regulares a las ecuaciones de campo relativistas», 1943.
[1362] Einstein y Valentine Bargmann, «Campos bivectoriales»,
1944. En ocasiones se alude a Bargmann como «Valentin», pero en Estados Unidos
firmaba con su verdadero nombre, «Valentine». -
[1363] Einstein a Erwin Schrödinger, 22 de enero de 1946, AEA
22-93.
[1364] Erwin Schrödinger a Einstein, 19 de febrero de 1946, AEA
22-94; Einstein a Erwin Schrödinger, 7 de abril de 1946, AEA 22-103; Einstein a
Erwin Schrödinger, 20 de mayo de 1946, AEA 22-106; Einstein, «Teoría de la
gravitación generalizada», 1948, con posteriores apéndices.
[1365] Einstein, El significado de la relatividad, ed. de 1950,
apéndice 2 (nuevamente revisado para la ed. de 1954); William Laurence, «New
Theory Gives a Master Key to the Universe», New York Times, 27 de
diciembre de 1949; William Laurence, «Einstein Publishes His Master Theory:
Long-Awaited Chapter to Relativity Volume Is Product of 30 Years of Labor;
Revised at Last Minute», New York Times, 15 de febrero de 1950.
[1366] Einstein a Maurice Solovine, 25 de noviembre de 1948, AEA
21-256; Einstein a Maurice Solovine, 28 de marzo de 1949, AEA 21-260; Einstein
a Maurice Solovine, 12 de febrero de 1951, AEA 21-277.
[1367] Tilman Sauer, «Dimensions of Einstein’s Unified Field
Theory Program», cortesía del autor; Hoflmann, 1972, p. 239; agradezco la ayuda
prestada a Sauer, que está investigando las teorías de campo en los últimos
trabajos de Einstein.
[1368] Whitrow, p. XII.
[1369] Niels Bohr, «Discussion with Einstein», en Schilpp, p.
199.
[1370] Abraham Pais, en Rozental, 1967, p. 225; Clark, p. 742.
[1371] John Wheeler, «Memoir»,, en French, p. 21; John Wheeler,
«Mentor and Sounding Board», en Brockman, p. 31; cita de Einstein en el diario
de Johanna Fantova, 11 de noviembre de 1953. En diversas cartas a Besso
escritas en 1952, Einstein defendía su terquedad. Insistía en que una
descripción completa de la naturaleza describiría la realidad, o un «estado
real determinista», en lugar de limitarse a escribir meramente observaciones.
«Los teóricos cuánticos ortodoxos generalmente se niegan a admitir el concepto de
un estado real (basado en consideraciones positivistas). Se acaba, pues, en una
situación parecida a la del buen arzobispo Berkeley»; Einstein a Michele Besso,
10 de septiembre de 1952, AEA 7-412. Un mes después señalaba que la teoría
cuántica declaraba que «las leyes no se aplican a las cosas, sino únicamente a
la información que la observación nos da de ellas… Ahora bien, yo no puedo
aceptarlo»; Einstein a Michele Besso, 8 de octubre de 1952, AEA 7-414.
[1372] Einstein a Mileva Maric, 22 de diciembre de 1946, AEA
75-845.
[1373] Fölsing, p. 731; Highfield y Carter, p. 253; Brian, 1996,
p. 371; Einstein a Karl Zürcher, 29 de julio de 1947.
[1374] Einstein a Hans Albert Einstein, 21 de enero de 1948, AEA
75-959.
[1375] Einstein a Carl Seelig, 4 de enero de 1954, AEA 39-59;
Fölsing, p. 731.
[1376] Sayen, p. 221; Pais, 1982, p. 475.
[1377] Sarasota Tribune, 2 de marzo de 1949, AEA 30-1097; Bucky,
p. 131. Jeremy Bernstein escribe: «Cualquiera que pasara cinco minutos con la
señorita Dukas entendería lo descabellada que resulta esa acusación».
Bernstein, 2001, p. 109.
[1378] Entrevista a Hans Albert Einstein, en Whitrow, p. 22.
[1379] «Está habiendo problemas entre Maja y Paul. Tendrían que
divorciarse también. Se supone que Paul tiene una aventura, y el matrimonio
está hecho añicos. No habría que esperar demasiado (como hice yo)… No hay
matrimonio mixto que salga bien (Anna dirá: “¡oh! ”)»; Einstein a Michele
Besso, 12 de diciembre de 1919. La broma sobre Anna alude a Anna Winteler
Besso, esposa de Michele Besso y hermana de Paul Winteler. Lo de los
matrimonios mixtos se debe al hecho de que los Winteler no eran judíos, mientras
que Besso y los Einstein, sí.
[1380] Highfield y Carter, p. 248.
[1381] Einstein a Solovine, 25 de noviembre de 1948, AEA 21-256;
Sayen, p. 134.
[1382] Einstein a Lina Kocherthaler, 27 de julio de 1951, AEA
38-303; Sayen, p. 231.
[1383] «Einstein Repudiates Biography Written by His
Ex-Son-in-Law», New York Times, 5 de agosto de 1944; Frieda Bucky,
«You Have to Ask For- Jewish Quarterly, invierno de-1967-1968, AEA 37-513.
[1384] «Einstein Extolled by 300 Scientists», New York
Times, 20 de marzo de 1949; Sayen, p. 227; Fölsing, p. 735.
[1385] Einstein a la reina madre Isabel de Bélgica, 6 de enero de
1951, AEA 32-400; Sayen, p. 139.
[1386] Einstein a Max Born, 12 de abril de 1949, AEA 8-223.
[1387] «3, 000 Hear Einstein at Seder Service», New York
Times, 18 de abril de 1938; Einstein, «Our Debt to Zionism», en Einstein,
1954, p. 190.
[1388] «Einstein Condemns Rute in Palestine», New York
Times, 12 de enero de 1946; Sayen, pp. 235-237; Stephen Wise a Einstein, 14
de enero de 1946, AEA 35-258; Einstein a Stephen Wise, 14 de enero de 1946, AEA
35-260.
[1389] «Einstein Statement Assails Begin Party», New York
Times, 3 de diciembre de 1948; «Einstein Is Assailed by Menachim
Begin», New York Times, 7 de diciembre de 1948.
[1390] Einstein a Hans Muehsam, 22 de enero de 1947, AEA 38-360,
y 24 de septiembre de 1948, AEA 38-379.
[1391] Einstein a Lina Kocherthaler, 4 de mayo de 1948, AEA
38-302.
[1392] Entrevista a Dukas, en Sayen, p. 245; Abba Eban a
Einstein, 17 de noviembre de 1952, AEA 41-84; Einstein a Abba Eban, 18 dé
noviembre de 1952, AEA 28-943.
[1393] Las tribulaciones de Einstein con la Universidad Hebrea se
relatan en Parzen, 1974. En cuanto a su relación con Brandeis, véase Abram
Sacher, Brandeis University, Brandeis University Press, Waltham (MA), 1995, p.
22. El único lugar con el que mantuvo una relación excelente fue la Universidad
Yeshiva, donde en 1952 fue nombrado presidente honorario de la campaña de
recaudación de fondos para crear una facultad de medicina, y al año siguiente
permitió que se diera su nombre a dicha facultad. Agradezco a Edward Burns toda
la información que me ha facilitado al respecto. Véase
www.yu.edu/libraries/digita_library/einstein/panel10.html.
[1394] Einstein a Azriel Carlebach, director de la revista
Maariv, 21 de noviembre de 1952, AEA 41-93; Sayen, p. 247; Nathan y Norden, p.
574; Einstein a Joseph Scharl, 24 de noviembre de 1952, AEA 41-107.
[1395] Yitzhak Navon, «On Einstein and the Presidency of Israel»,
en Holton y Elkana, p. 295.
[1396] Einstein a la reina madre Isabel de Bélgica, 6 de enero de
1951, AEA 32-400.
[1397] Einstein a Leopold Infeld, 28 de octubre de 1952, AEA
14-173; Einstein a unos estudiantes rusos de Berlín, 1 de abril de 1952, AEA
59-218.
[1398] Einstein a T. E. Naiton, 9 de octubre de 1952, AEA 60-664.
[1399] Einstein al juez Irving Kaufman, 23 de diciembre de 1952,
AEA 41-547.
[1400] Oficina del FBI en Newark a .J. Edgar Hoover, 22 de abril
de 1953, en los archivos del FBI sobre Einstein, caja 7.
[1401] Einstein a Harry Truman, con quince líneas de ecuaciones
en el dorso, 11 de enero de 1953, AEA 41-551.
[1402]New York Times, 13 de
junio de 1953.
[1403] Marian Rawles a Einstein, 14 de enero de 1953, AEA 41-629;
Charles Williams a Einstein, 17 de enero de 1953, AEA 41-651; Homer Greene a
Einstein, 15 de enero de 1953, AEA 41-588; Joseph Heidt a Einstein, 13 de enero
de 1953, AEA 41-589.
[1404] Einstein a William Douglas, 23 de junio de 1953, AEA
41-576; William Douglas a Einstein, 30 de junio de 1953, AEA 41-577.
[1405] Generosa Pope Jr. a Einstein, 15 de enero de 1953, AEA
41-625; Daniel James a Einstein, 14 de enero de 1953, AEA 41-614.
[1406] Einstein a Daniel James, 15 de enero de 1953, AEA
60-696; New York Times, 22 de enero de 1953.
[1407] Einstein, discurso de aceptación del premio Lord
&Taylor, 4 de mayo de 1953, AEA 28-979. En una carta a Dick Kluger,
director estudiantil del The Daily Princetonian, Einstein escribió: «En tanto
una persona no haya violado el “contrato social”, nadie tiene derecho a
preguntarle por sus convicciones. Si no se sigue este principio, no es posible
el libre desarrollo intelectual». Einstein a Dick Kluger, 17 de septiembre de
1953, en posesión del propio Kluger.
[1408] Einstein a William Frauenglass, 16 de mayo de 1953, AEA
41-112; «Refuse to Testify Einstein Advises», New York Times» 12 de junio de
1953; Time, 22 de junio de 1953.
[1409] Todos esos editoriales se publicaron el 13 de junio de
1953, salvo el de Chicago, que apareció el 15 de ese mes.
[1410] Sam Epkin a Einstein, 15 de junio de 1953, AEA 41-409;
Victor Lasky a Einstein, junio de 1953, AEA 41-441; George Stringfellow a
Einstein, 15 de junio de 1953, AEA 41-470.
[1411]New York Times, 14 de
junio de 1953.
[1412] Bertrand Russell al New York Times, 26 de
junio de 1953; Einstein a Bertrand Russell, 28 de junio de 1953, AEA 33-195.
[1413] Abraham Flexner a Einstein, 12 de junio de 1953, AEA
41-174; Shepherd Baum a Einstein, 17 de junio de 1953, AEA 41-202.
[1414] Richard Frauenglass a Einstein, 20 de junio de 1953, AEA
41-181.
[1415] Sarah Shadowitz, «Albert Shadowitz», Globe and Mail,
Toronto, 26 de mayo de 2004. La autora es la hija de Shadowitz.
[1416] Sayen, pp. 273-276; Comité de Operaciones Gubernamentales,
Subcomité Permanente de Investigaciones, «Testimonio de Albert Shadowitz», 14
de diciembre de 1953, e «Informe sobre el proceso contra Albert Shadowitz por
desacato al Senado», 16 de julio de 1954; Albert Shadowitz a Einstein, 14 de
diciembre de 1953, AEA 41-659; Einstein a Albert Shadowitz, 15 de diciembre de
1953, AEA 41-660. Shadowitz fue absuelto en julio de 1955, dos años después de
declarar, tras la caída de McCarthy.
[1417] Jerome y Taylor, pp. 120-121.
[1418] Bird y Sherwin, pp. 133 y 495.
[1419] Ibid, p. 495.
[1420] James Reston, «Dr. Oppenheimer Suspended by AEC in
Security Review», New York Times, 13 de abril de 1954. El domingo
anterior, 11 de abril, Joseph y Stewart Alsop, en su columna del New York
Herald Tribune, habían especulado con la posibilidad de que hubiera «destacados
físicos» que en ese momento fueran objeto de investigaciones de seguridad,
aunque no mencionaban concretamente el nombre de Oppenheimer.
[1421] Pais, 1982, p. 11; Bird y Sherwin, pp. 502-504.
[1422] Diario de Johanna Fantova, p. 3, 16 y 17 de junio de 1954,
en Calaprice, p. 359.
[1423] Einstein a Herbert Lehman, 19 de mayo de 1954, AEA 6-236.
[1424] Diario de Johanna Fantova, 17 de junio de 1954, en
Calaprice, p. 359.
[1425] Einstein a Norman Thomas, 10 d¿ marzo de 1954, AEA 61-549;
Einstein a W. Stem, 14 de enero de 1954, AEA 61-470. Véase también Einstein a
Felix Arnold, 19 de marzo de 1954, AEA 59-118: «Las actuales investigaciones
constituyen un peligro incomparablemente mayor para nuestra sociedad que los
pocos comunistas que pueda haber en el país».
[1426] Diario de Johanna Fantova, 4 de marzo de 1954, en
Calaprice, p. 356; Einstein a la reina madre Isabel de Bélgica» 28 de marzo de
1954, AEA 32
[1427] Theodore White, «U. S. Science», The Reporter, 11 de
noviembre de 1954. Posteriormente, White pasaría a escribir una colección de
libros titulada The Making of the President.
[1428] Diario de Johanna Fantova, 19 de marzo de 1954, en
Calaprice, p. 356.
[1429] Einstein, panegírico de Rudolf Ladenberg, 1 de abril de
1952, AEA 5160.
[1430] Einstein a Jakob Ehrat, 12 de mayo de 1952, AEA 59-554;
Einstein a Ernesta Marangoni, 1 de octubre de 1952, AEA 60-406; Einstein a la
reina madre Isabel de Bélgica, 12 de enero de 1953, AEA 32-405.
[1431] Entrevista de Einstein con Lili Foldes, The Etude, enero
de 1947; Calaprice, p. 150. La información sobre la repetida reproducción de
ese disco me la facilitó alguien que conoció a Einstein en sus últimos años.
[1432] Einstein a Hans Muehsam, 30 de marzo de 1954, AEA 38-434.
[1433] Einstein a Conrad Habicht y Maurice Solovine, 3 de abril
de 1953, AEA 21-294; Einstein a Maurice Solovine, 27 de febrero de 1955, AEA
21-306.
[1434] Sayen, p. 294.
[1435] Einstein a Hans Albert Einstein, 1 de mayo de 1954, AEA
75-918.
[1436] Einstein a Hans Albert Einstein, carta inacabada, 28 de
diciembre de 1954, cortesía de Bob Cohn, adquirida en una subasta de
Christie’s, correspondencia familiar de Einstein,
[1437] Gertrude Samuels, «Einstein, at 75, Is Still a
Rebel», New York Times Magazine, 14 de marzo de 1954.
[1438] Diario de Johanna Fantova, 1954, en Calaprice, pp.
354-363.
[1439] Wolfgang Pauli a Max Born, 3 de marzo de 1954, en Born,
2005, p. 213.
[1440] Einstein a Michele Besso, 10 de agosto de 1954, AEA 7-420.
[1441] Einstein a Louis de Broglie, 8 de febrero de 1954, AEA
8-311.
[1442] Einstein, 1916, último apéndice a la edición de 1954, p.
178.
[1443] Bertrand Russell a Einstein, 11 de febrero de 1955, AEA
33-199; Einstein a Bertrand Russell, 16 de febrero. de 1955, AEA 33-200.
[1444] Einstein a Niels Bohr, 2 de marzo de 1955, AEA 33-204.
[1445] Bertrand Russell, «Manifiesto de científicos por la
abolición de la guerra», enviado a Einstein el 5 de abril de 1955, AEA 33-209,
y publicado el 9 de julio del mismo año.
[1446] Einstein a la escuela elemental de Farmingdale, 26 de
marzo de 1955, AEA 59-632; Alice Calaprice, ed., Dear Professor Einstein,
Prometheus, Nueva York, 2002, p. 219 [hay trad. cast.: Querido profesor
Einstein: correspondencia entre Albert Einstein y los niños, trad. de Marta
Pino, Gedisa, Barcelona, 2003].
[1447] Einstein a Vero y Bice Besso, 21 de marzo de 1955, AEA
7-245.
[1448] Eric Rogers, «The Equivalence Principle Demonstrated», en
French, p. 131; I. Bernard Cohen, «An Interview with Einstein», Scientific
American, julio de 1955.
[1449] Whitrow, p. 90; Einstein a Bertrand Russell, 11 de abril
de 1955, AEA 33-212.
[1450] Einstein a Zvi Lurie, 5 de enero de 1955, AEA 60-388; Abba
Eban, An Autobiography, Random House, Nueva York, 1977, p. 191; Nathan y
Norden, p. 640.
[1451] Helen Dukas, «Los últimos días de Einstein», AEA 39-71;
Calaprice, 369; Pais, 1982, p. 477.
[1452] Helen Dukas, «Los últimos días… »; Helen Dukas a Abraham
Pais, 30 de abril de 1955, en Pais, 1982, p. 477.
[1453] Michelmore, p. 261.
[1454] Nathan y Norden, p. 640.
[1455] Einstein, últimos cálculos, AEA 3-12. Puede verse la
última página en
www.alberteinstein.info/db/ViewImage.do?DocumentID=3443p&Page=12.
[1456] Michelmore, p. 262. El testamento de Einstein,
testimoniado, entre otros, por el lógico Kurt Gödel, dejaba a Helen Dukas 20.
000 dólares, la mayor parte de sus libros y pertenencias personales, y los
ingresos derivados de sus derechos de autor hasta la muerte de ella, que se
produciría en 1982. Hans Albert recibió solo 10. 000 dólares; este moriría
mientras ejercía de profesor visitante en Woods Hole, Massachusetts, en 1973, y
le sobrevivirían un hijo y una hija. El otro hijo de Einstein, Eduard, recibió
15. 000 dólares destinados a garantizar la continuidad de sus cuidados en el
manicomio ie Zurich, donde moriría en 1965. Su hijastra Margot recibió 20. 000
dólares y la casa de Mercer Street, que en realidad ya estaba a su nombre;
moriría en 1986. Dukas y Otto Nathan fueron nombrados albaceas literarios, y
ambos custodiarían tan celosamente la reputación y los papeles de Einstein, que
durante años lograrían impedir eficazmente que biógrafos y editores publicaran
cualquier cosa que bordeara lo meramente personal.
[1457] «Einstein the Revolutionist», New York Times,
19 de abril de 1955; Time, 2 de mayo de 1955. La noticia de portada
en la edición extraordinaria de The Daily Princetonian la escribió R. W.
«Johnny» Apple, que posteriormente sería corresponsal del Times.
[1458] Esta extravagante historia ha dado lugar a dos libros
fascinantes: Carolyn Abraham, Possessing Genius, una exhaustiva descripción de
la odisea del cerebro de Einstein, y Michael Paterniti, Driving Mr. Albert [hay
trad. cast.: Viajando con Mr. Albert, trad. de Antoni Puigrós, RBA, Barcelona,
2000], deliciosa narración de un viaje por todo Estados Unidos con el cerebro
de Einstein en el maletero de un Buick alquilado. Ha habido asimismo algunos
artículos memorables; entre ellos: Steven Levy, «My Search for Einstein’s
Brain», New Jersey Monthly, agosto de 1978; Gina Maranto, «The Bizarre Fate of
Einstein’s Brain», Discover, mayo de 1985; Scott McCartney, «The Hidden Secrets
of Einstein’s Brain Are Still a Mystery», Wall Street Journal, 5 de mayo de
1994. Por otra parte, también el oftalmólogo de Einstein, Henry Abrams, pasó
casualmente en la sala de autopsias, y acabó llevándose los globos oculares de
su antiguo paciente, que posteriormente guardaría en una caja de seguridad en
New Jersey.
[1459] Abraham, p. 22. Abraham entrevistó a aquella niña, ahora
ya adulta, en el año 2000.
[1460] «Son Asked Study of Einstein’s Brain», New York
Times, 20 de abril de 1955; Abraham, p. 75. Harvey había manifestado su
intención de enviar el cerebro al Centro Médico Montefiore de Nueva York para
supervisar su estudio. Sin embargo, tal como habían previsto los propios
médicos del centro, luego cambió de opinión y decidió quedárselo. La disputa
generó varios titulares, como el del Chicago Daily Tribune, que rezaba:
«Disputa de médicos por el cerebro del doctor Einstein»; Abraham, p. 83,
citando al Chicago Daily Tribune, 20 de abril de 1955.
[1461] Levy, 1978. Véase también
www.echonyc.com/~steven/einstein.html.
[1462] Véase una descripción de ello en Abraham, pp. 214-230.
[1463] Bill Toland, «Doctor Kept Einstein’s Brain in Jar 43
Years: Seven Years Ago, He Got “Tired of the Responsibility”», Pittsburgh
Post-Gazette, 17 de abril de 2005.
[1464] Marian Diamond, «On the Brain of a Scientist»,
Experimental Neurology, n. ° 88 (1985); disponible en: www.
newhorizons.org/neuro/diamond_einstein.htm.
[1465] Sandra Witelson et al, «The Exceptional Brain of Albert
Einstein», Lancet, 19 de junio de 1999; Lawrence K. Altman, «Key to Intellect
May Lie in Folds of Einstein’s Brain», New York Times, 18 de junio
de 1999; disponible en:
www.fhs.mcmaster.ca/psychatryneuroscience/faculty/Witelson; Steven Pinker, «His
Brain Measured Up», New York Times, 24 de junio de 1999.
[1466] Einstein a Carl Seelig, 11 c. e marzo de 1952, AEA 39-013.
Véase también Bucky, p. 29: «Yo no estoy más dotado que cualquier otro.
Simplemente soy más curioso que la persona media, y no renunciaré a un problema
hasta haber encontrado la solución correcta».
[1467] Seelig, 1956a, p. 70.
[1468] Born, 1978, p. 202.
[1469] Einstein a William Miller, citado en la revista Life, 2 de
mayo de 1955, en Calaprice, p. 261.
[1470] Hans Tanner, citado en Seelig, 1956a, p. 103.
[1471] André Maurois, Illusions, Columbia University Press, Nueva
York, 1968, p. 35, cortesía de Eric Motley. Saint-John Perse, seudónimo de
Marie René Auguste Alexis Léger, fue premio Nobel de literatura en 1960.
[1472] Newton, Principios, libro 3; Einstein, «Sobre el método de
la física teórica», - conferencia «Herbert Spencer», Oxford, 10 de junio de
1933, en Einstein, 1954, p. 274.
[1473] Clark; p. 649.
[1474] Lee Smolin, «Einstein’s Lonely Path», Discover, septiembre
de 2004.
[1475] Prólogo de Einstein a Galileo Galilei, Dialogue Concerning
the Tuto Chief World Systems, University of California Press, Berkeley, 2001,
p. XV [hay trad. cast.: Diálogo sobre los dos máximos sistemas, trad. de
Antonio Beltrán, RBA, Barcelona, 2002].
[1476] Einstein, «Freedom and Science», en Ruth Anshen, ed.,
Freedom, Its Meaning, Harcourt Brace, Nueva York, 1940, p. 92, reeditado
parcialmente en Einstein, 1954, p. 31.
[1477] Einstein a Phyllis Wright, 24 de enero de 1936, AEA
52-337.
[1478] Einstein a Herbert S. Goldstein, 25 de abril de 1929, AEA
33-272. Sobre el tema de Maimonides y la divina providencia en el pensamiento
judío, véase Marvin Fox, Interpreting Maimonides, University of Chicago Press,
Chicago, 1990, pp. 229-250.
[1479] Banesh Hoffmann, en Harry Woolf, ed., Some Strangeness in
the Proportion, Addison-Wesley, Saddle River (NJ), 1980, p. 476.
Notas del traductor
[*] El nombre oficial de la institución era Eidgenössische
Polytechnische Schule. En 1911 obtuvo el derecho a otorgar títulos de doctorado
y cambió su nombre por el de Eidgenössische Technische Hochschule, o Instituto
Federal Suizo de Tecnología, abreviado como ETH. Tanto entonces como
posteriormente, Einstein lo denominaría el Zürcher Polytechnikum, o el
Politécnico de Zurich.
[I] La expresión «el valiente suabo», empleada a menudo por
Einstein para referirse a sí mismo, proviene del poema «Cuento suabo» de Ludwig
Uhland.
[II] Las cartas fueron descubiertas por John Stachel, del
Einstein Papen Project, entre un montón de cuatrocientas cartas familiares que
habían sido depositadas en una caja de seguridad de California por la segunda
esposa del hijo de Einstein, Hans Albert, cuya primera esposa las había llevado
a California a su regreso de Zurich, donde había ido a vaciar el piso de Mileva
Maric tras la muerte de esta, en 1948.
[III] Una vez casada, normalmente utilizaba el nombre de Mileva
Einstein-Maric; tras su divorcio, con el tiempo volvió a emplear el de Mileva
Maric. Para evitar confusiones, me referiré siempre a ella como Maric.
[IV] Una persona «en reposo» en un sillón en realidad está
girando con el movimiento de rotación de la Tierra a 1.674 kilómetros por hora,
y orbitando junto con esta alrededor del Sol a 107.826 kilómetros por hora.
Cuando digo que estos observadores se mueven a velocidad constante, estoy
ignorando el cambio de velocidad derivado de hallarse en un planeta que está en
rotación y escribe una órbita, que no afectará a los experimentos más comunes
(véase Miller, 1999, p. 25).tamente, 299.792.458 metros por segundo en el
vacío. A menos que se especifique lo contrario, la expresión «velocidad de la
luz» alude a la luz en el vacío, y se refiere a todas las ondas
electromagnéticas, visibles o no. Esta es también, como descubriría Maxwell, la
velocidad de la electricidad a través de un cable.
[V] Más exactamente, 299.792.458 metros por segundo en el
vacío. A menos que se especifique lo contrario, la expresión «velocidad de la
luz» alude a la luz en el vacío, y se refiere a todas las ondas
electromagnéticas, visibles o no. Esta es también, como descubriría Maxwell, la
velocidad de la electricidad a través de un cable.
[VI] Otra cosa es que nosotros nos movamos con respecto al aire
(como hemos visto antes en el ejemplo del barco); pero si permanecemos
inmóviles y la fuente del sonido corre hacia nosotros, las ondas no nos llegan
antes. Sin embargo, en lo que se conoce como el «efecto Doppler», dichas ondas
se comprimen, y el intervalo entre ellas será menor. Esta reducción de la
longitud de onda se traduce en una mayor frecuencia, lo que a su vez se traduce
en un sonido más agudo (o más grave, cuando la sirena pasa a nuestro lado y
empieza a alejarse). Con la luz se da un efecto parecido. Si la fuente se mueve
hacia nosotros, la longitud de onda disminuye (y aumenta la frecuencia), de
modo que esta se desplaza hacia el extremo azul del espectro, mientras que la
luz de una fuente que se aleja se desplaza hacia el rojo.
[VII] Tras la muerte de su padre, este tomaría el nombre de Max
von Laue.
[VIII] La expresión alemana que empleó fue die «glücklichste
Gedanke», que normalmente se ha traducido como da idea más feliz», aunque quizá
en este contexto la expresión podría traducirse más propiamente por «la idea
más afortunada».
[IX] Sumado al Nobel de física de 1903, este hecho la convirtió
en la primera persona que obtenía el premio Nobel en dos disciplinas distintas,
un hecho que hasta la fecha solo ha repetido Linus Pauling, quien en 1954
obtuvo el Nobel de química y, más tarde, en 1962, obtuvo el de la paz por su
lucha contra las pruebas nucleares.
[X] Su nombre de soltera era Elsa Einstein. Luego pasó a
llamarse Elsa Löwenthal durante su breve matrimonio con un comerciante
berlinés, pero Albert Einstein aludía a ella como Elsa Einstein aun antes de
que se casaran. Para mayor claridad, aquí nos referiremos a ella siempre como
Elsa.
[XI] Aunque la institución había cambiado de nombre, Einstein
seguía llamándola el Politécnico (Polytechnikum); para mayor claridad, aquí
también seguiremos empleando ese nombre.
[XII] Véase el capítulo 7. A lo largo de estos párrafos nos
referimos siempre a un marco de referencia acelerado de forma uniforme y
rectilínea, y a un campo gravitatorio estático y homogéneo.
[XIII] Utilizo aquí las cifras de los cálculos originales de
Einstein. Ciertos datos posteriores indujeron a su revisión, corrigiendo la
cifra a unos 0,85 segundos de arco. Asimismo, y como veremos, Einstein revisó
posteriormente su teoría para predecir el doble de curvatura. Un segundo de
arco es un ángulo de 1/3.600 de grado.
[XIV] He aquí cómo funciona. Si uno se halla en algún punto de
un espacio curvo y quiere saber la distancia a un punto cercano
—infinitesimalmente próximo—, las cosas pueden complicarse si uno solamente
puede disponer del teorema de Pitágoras y algo de geometría general. La
distancia a un punto cercano situado al norte puede requerir un cálculo
distinto de la distancia a otro situado al este o hacia arriba. En cada punto
del espacio hace falta algo comparable a las tarjetas de puntuación que se
emplean en los deportes para saber la distancia a cada uno de esos puntos. En
el espacio-tiempo tetradimensional hará falta que nuestra tarjeta tenga diez
cifras para que podamos abordar todas las cuestiones relativas a la distancia a
los puntos cercanos en dicho espacio-tiempo. Y necesitaremos esa tarjeta de
puntuación para todos y cada uno de los puntos del espacio-tiempo. Pero una vez
las tengamos, podremos determinar la distancia a lo largo de cualquier curva;
bastará sumar las distancias a lo largo de cada trocito infinitesimal
utilizando nuestras tarjetas de puntuación conforme vayamos pasando por ellos.
Esas tarjetas de puntuación forman el tensor métrico, que no es otra cosa que
un campo en el espacio-tiempo. En otras palabras, es algo que se define en todo
punto, pero que puede tener valores distintos en cada uno de ellos. (Agradezco
al profesor John D. Norton su ayuda en este apartado.)
[XV] Para mayor claridad, aquí me referiré siempre al muchacho
empleando su nombre completo, Hans Albert, aunque su padre lo llamaba
invariablemente solo Albert. En un momento dado, Einstein escribió una carta a
su hijo que firmó como «Albert» en lugar de «Papá». Y en su siguiente carta se
justificaba torpemente: «La explicación de la curiosa firma de mi última carta
es que, en mi despiste, en lugar de firmar con mi propio nombre, muchas veces
firmo con el de la persona a la que va dirigida la carta» (Einstein a Hans
Albert Einstein, 11 y 16 de marzo de 1916).
[XVI] El salario de Einstein, descontados los impuestos, era de
13.000 marcos. Empezaba a haber inflación, y entre 1914 y 1918 el valor del
marco alemán había bajado alrededor de un 21 por ciento. Con un marco de la
época se podían comprar dos docenas de huevos o cuatro hogazas de pan (un año
después, el valor del marco bajaría un 37 por ciento, y cuando empezara a
arreciar la hiperinflación, en 1920, un 83 por ciento más). El estipendio de
6.000 marcos que cobraba Maric en enero de 1918 venía a equivaler más o menos a
unos 10.600 euros actuales, y su propuesta consistía en incrementar esa
cantidad en un 50 por ciento.
[XVII] En el capítulo 14 se describe la revisión que hiciera
Einstein de este planteamiento en una conferencia pronunciada en 1920 en
Leiden.
[XVIII] Véase el capítulo 14 con respecto a la decisión de
Einstein de renunciar al término al descubrir que el universo se expandía.
[XIX] Véase el capítulo 14.
[XX] El término que empleaba Einstein era Stammesgenossen.
Aunque Stamm generalmente significa «tribu», esta traducción puede tener
ciertas connotaciones racistas. Algunos estudiosos de Einstein han dicho que
traducciones como «parentela», «clan», o «linaje» podrían ser más fieles al
término original alemán.
[XXI] Empleo aquí la traducción preferida por Abraham Pais. Las
palabras de Einstein en alemán fueron: «Raffiniert ist der Herrgott, aber
boshaft ist er nicht».
[XXII] El gobernador Channing Cox había hecho que le pasaran una
versión del test a principios de aquella misma semana, y sus tres primeras
respuestas habían sido: ¿de dónde sale la laca?, «de una lata»; ¿qué es un
monzón?, «una palabra que suena divertida»; ¿de dónde obtenemos las pasas?,
«del desayuno».
[XXIII] Robert Andrews Millikan obtendría el premio Nobel al año
siguiente, 1923, por el trabajo experimental sobre el efecto fotoeléctrico que
había realizado en la Universidad de Chicago. Por entonces había pasado a
dirigir el laboratorio de física del Instituto de Tecnología de California, y a
principios de la década de 1930 llevaría a Einstein a dicha institución en
calidad de científico visitante.
[XXIV] Ya hemos visto en el capítulo 9 el experimento mental de
Newton acerca de si el agua que rozara en el interior dé un cubo en el espacio
vacío estaría sometida o no a la presión inercial y, en consecuencia, se vería
desplazada hacia las paredes del cubo. También hemos visto en el capítulo 11 la
opinión de Einstein en 1916, que ahora revisaba, de que en un universo vacío no
habría ni inercia ni estructura de espacio-tiempo.
[XXV] La longitud de onda de De Broglie para una pelota de
béisbol lanzada a 145 kilómetros por hora sería aproximadamente de 10 -34 metros,
una magnitud increíblemente más pequeña que el tamaño de un átomo, o incluso de
un protón, lo bastante infinitesimal como para resultar inobservable.
[XXVI] En 1995 se logró por fin experimentalmente la condensación
de Bose-Einstein por parte de Eric A. Comell, Wolfgang Ketterle y Carl E.
Wieman, que en 2001 obtendrían el Premio Nobel por este trabajo.
[XXVII] Del artículo de 1905 sobre la relatividad especial: «Es
bien sabido que la electrodinámica de Maxwell —tal como normalmente hoy la
entendemos—, cuando se aplica a cuerpos en movimiento, lleva a asimetrías que
no parecen inherentes a los fenómenos. Tomemos, por ejemplo, la interacción
electrodinámica entre un imán y un conductor». Del artículo sobre los cuantos
de luz: «Existe una profunda diferencia formal entre las teorías que los
fisicos han formado sobre los gases y otros cuerpos ponderables, y la teoría de
Mamen de los procesos electromagnéticos en el llamado espacio vacío».
[XXVIII] «Existir es ser percibido», lo que significa que no tiene
sentido afirmar que las cosas no percibidas —como en el famoso ejemplo de
Berkeley de los árboles en un bosque «y ningún organismo que los perciba»—
realmente existen (George Berkeley, Tratado sobre los principios del
conocimiento humano, § 23).
[XXIX] Como mostraría Eddington, probablemente el término
«cosmológico» no habría funcionado ni siquiera si el universo hubiera resultado
ser estático. Dado el delicado equilibrio que requería, cualquier pequeña
perturbación habría provocado una expansión o una contracción descontroladas
del universo.
[XXX] Los pacifistas supusieron que no hacían falta más
explicaciones; sin embargo, en algunas versiones de la época se creyó que los
botones aludían a un 2 por ciento de Cervera.
[XXXI] Hay dos conceptos mutuamente relacionados que emplea
Einstein. El de separabilidad significaque diferentes partículas o
sistemas que ocupan distintas regiones del espacio poseen una realidad
independiente; el de localidad significa que una acción que
afecte a una de esas partículas o sistemas no puede influir en una partícula o
sistema que esté en otra parte del espacio a menos que haya algo que recorra la
distancia que los separa, un proceso que viene limitado por la velocidad de la
luz.
[XXXII] Un aneurisma es la hinchazón o dilatación de un vaso
sanguíneo, como si se ampollara. La aorta abdominal es una de las grandes
arterias del cuerpo, y se halla en la región situada entre el diafragma y el
abdomen.

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