© Libro N° 15359. La Liga De Los Singulares. Fábregas, Jorge. Emancipación. Julio 18 de 2026
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LA LIGA DE LOS
SINGULARES
Jorge Fábregas
La Liga De Los Singulares
Jorge Fábregas
Table of Contents
Primera edición SEP, 2025
D.R. © Secretaría de Educación
Pública, 2025
Argentina 28, Centro,
06020, Ciudad de México
ISBN 978-607-643-283-9
Prohibida su reproducción por
cualquier medio mecánico o electrónico sin la autorización escrita de los
editores.
Distribución gratuita-Prohibida
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Personajes
Diego
Diana
DIEGO: Cinco, son cinco, son cinco, son cinco.
DIANA: ¡Tú lo sabes! Sabes cuántos continentes hay, y no
sólo eso, también cuántos países hay en esos continentes, te los sabes todos, por número y
por nombre, es increíble pero te sabes el nombre de todos los países que existen. Tomasito ya se está haciendo chiquito en su pupitre, no quiere contestar, pero tú sí… ¡vamos, vamos,
vamos! Está bien, poco a poquito levanta tu mano, sabes
la respuesta a la pregunta que acaba de hacer la maestra, te la sabes, así que
tienes todo el derecho de alzar la mano y contestar bien, porque sabes la
respuesta…
DIEGO: Claro que la sé, son cinco, ¡cinco!
DIANA: A ver, alza tu manita, Diego, eso es, ahí vas,
date un poco más de prisa, porque el pesado del
García está como queriendo alzar la mano. Vamos, te la sabes, ¡alza la mano, Dieguito! ¡Oh, no! Ni García ni tú:
Maribel ya alzó la
mano. ¿Qué? ¡Dijo que
son cuatro continentes! Vamos, Diego, segunda oportunidad, la mano, la mano, la
mano, ¡alza la mano! Casi, casi se considera que la estás alzando, sólo súbela por encimita del hombro unos centímetros más… Eso, así,
eso… ¡García ya levantó la mano! Oooh, contestó bien, contestó bien;
perdiste tu oportunidad, y te la sabías muy bien.
DIEGO: Ya, vete de aquí, Diana, claro
que me la sabía, soy un tonto, un retonto. Déjame solo.
DIANA: Ya se enojó, se dice muy feo en sus pensamientos. Mejor me retiro. Diego quiere estar solo. Ya es
el recreo y se aparta de sus compañeros, se sienta alejado de todos, en una
jardinera, se come su lunch, cuenta las mordidas que le da a sus galletas con fruta. Hoy, como está enojado, morderá más aprisa, seguro se las acaba en unas diez mordidas. Le gusta el
silencio, estar tranquilo. Por lo general ve a sus compañeros jugar, hoy ni
siquiera eso. Se sabía la respuesta y no se atrevió a alzar la mano; eso le
causó mucho enojo, y a veces es muy duro con él mismo. Eso no me gusta, me entristece, pero si se lo digo, a
la que le va más mal es a mí, así que mejor de lejecitos, que coma tranquilito
en su recreo.
DIEGO: Ay, no: la maestra dice que los últimos quince minutos son para contar chistes.
DIANA: Esas son las cosas que confunden a Diego, ¿por qué no seguir la clase como siempre? ¿Por qué improvisar?
DIEGO: Los trenes siguen su camino, derechito.
DIANA: Es un asunto de trenes y coches: los trenes van por la vía, no improvisan, siguen su
camino; en cambio, los coches pueden dar vueltas, regresarse, en fin, Diego
prefiere, por mucho, los trenes. Ya me habló, así que me puedo acercar. A Diego
no le gustan los chistes, y no le gustan porque… no les entiende.
DIEGO: Sí les entiendo, nada más que…
DIANA: No les
encuentra la gracia ni por delante ni por detrás ni por abajo ni por arriba. No
entiende cómo es que los otros niños se ríen.
DIEGO: Eso sí no lo entiendo.
DIANA: Ah, y le da mucha, mucha pena cuando dicen groserías. DIEGO: A la basura, a la basura, a la
basura.
DIANA: Dice eso porque de chiquito sus papás le compraron
un libro en el que una niña aprendía una grosería y para que no la dijera, el
libro recomendaba que tirara la palabrota a la basura. Los papás de Diego se lo
compraron para que él no empezara a decir groserías, pero se preocuparon en vano,
porque Diego se convirtió en el máximo vigilante del lenguaje en su casa. Cada
vez que alguien dice
una grosería, Diego
se pone rojo y les dice: “A la basura”.
Pero sus compañeros no le hacen caso, porque no conocen el libro y porque Diego
dice su recomendación muuy quedito, sólo yo lo puedo oír.
DIEGO: ¡Uy, eso que dijo! ¡A la basura! Y esa es una grande, ¡a la súper basura!
DIANA: Lo bueno es que sonó la campana, se acabaron las
clases. Fue un día malo para Diego, no se atrevió a alzar la mano y la sesión
de chistes estuvo horrible. Ahí están sus papás; es la hora de comer; a Diego
casi no le gusta la comida, lo bueno es que en su casa, después de años de batallar para que comiera como todos,
comprendieron que Diego no es omnívoro ni carnívoro ni vegetariano.
DIEGO: Soy quesívoro.
DIANA: Come queso, principalmente queso y más queso. DIEGO: Pero sin hoyitos, y que no esté muy muy amarillo.
DIANA: Puede comer
algunas frutas, espagueti, a veces leche y algunas galletas, como las que se comió en el recreo, pero
nada más. Y aunque su dieta no le agrada a sus papás, le dan lo que le gusta,
porque eso es mejor que nada.
Aunque le siguen haciendo la luchita para que coma algo más; ahí está su
papá diciéndole que la carne que hizo mamá
es maravillosa, suave, rica, deliciosa y muy buena para hacerte crecer, Diego,
¿quieres un cachito?
DIEGO: No. Voy a
comer mi queso en quince bocados.
DIANA: Así de simple:
dijo no, y su papá ya se la sabe, no insiste más. Por cierto, hoy se le ve especialmente contento; saca unos boletos del bolsillo de su camisa, ¡son boletos para el circo! Papá le dice que van a ir al circo, un circo
maravilloso con trapecistas, payasos, elefantes, caballos y tigres amaestrados…
DIEGO: ¿Hay caballos?
DIANA: Le pregunta Diego, y papá le dice que claro, y
tigres y elefantes y trapecistas y payasos y magos y contorsionistas y malabaristas; le dice que es un circo fabuloso, maravilloso,
y casi todo lo terminado en oso, y probablemente también tengan osos.
DIEGO: Y caballos. Me gustan los pasos de los
caballos, que no sean muy rápidos, que vayan tranquilitos, uno, dos, uno, dos,
uno, dos.
DIANA: Le dice que van a ir al circo porque es un regalo
adelantado para él, porque sabe que en la escuela
participará en las actividades deportivas y artísticas, esas mismas en las que nunca participa, pero que ahora sí lo hará; y él,
como papá, lo quiere mucho y le desea lo mejor y sabe que participar en
el deporte y el arte lo ayudarán a desarrollarse mejor. ¿Vas a participar,
Diego?, le pregunta su papá, ansioso. Y
Diego sólo piensa en los caballos, en lo maravilloso, grandioso y todo lo terminado en oso que será ver a los
caballos recorrer la pista, escuchar su trote
suave, coordinado; quiere saber cuántos pasos da un caballo por metro
recorrido, los va a contar y calcular, quiere ver una fila de caballos blancos,
negros y uno que otro pinto, con sus crines lacias, bien cepilladas.
DIEGO: Sí, voy a participar.
DIANA: ¡Qué maravilla es el circo! La carpa,
las luces de todos los colores, los trajes, la música, el circo es un estruendo, ¡una
exageración de todo! La luz es más luminosa, los sonidos más ruidosos,
¡es el lugar del todo más, más todo!
DIEGO: ¡Mucho de todo! ¡Es demasiado!
DIANA: Y ahí está Diego, tapándose los oídos y por
momentos tapándose los ojos y por otros momentos tapándose la nariz; es que huele demasiado a algodón de azúcar,
a palomitas, a cacahuates, a donas. Los sentidos de Diego están saturados,
llenos, hasta el tope. El circo es maravilloso, le repite su papá, pero tanta
maravilla es demasiado para Diego. Mira, Diego, ahí están los caballos…
DIEGO: Pero los caballos tiene payasos encima que gritan mucho, y
después bailan, y la música está muy
fuerte, y saltan, y las luces me lastiman. Ya no quiero ver a los caballos.
Además, van muy rápido.
DIANA: Y ahí está el papá de Diego, recordando cómo le gustaba el circo cuando era pequeño, lo
disfrutaba muchísimo, y en este momento se está sintiendo mal, porque deseaba
que Diego se divirtiera, que Diego pasara un rato de felicidad, que gozara como
él lo hacía, pero ahí está su
único hijo, a quien le faltan manos para taparse los oídos, los ojos y la nariz
al mismo tiempo. Y también ahí está
la mamá de Diego, triste; ve a su esposo y ve a su hijo, se siente mal por los
dos, porque Diego está sufriendo con el circo y el papá está triste por eso mismo.
DIEGO: ¡Muy rápido!
DIANA: El circo es una locura de colores, gritos, risas y
música, y ellos tres, la pequeña familia, son como una isla triste en los asientos preferentes, 15 A, 16 A y 17 A, fila 5.
DIEGO: Me gustan los superhéroes, tengo un nuevo cómic de Spiderman. Ahora te vas para arriba y ahí te vas a dormir.
DIANA: ¿Otra vez a dormir? Hay un lago allá afuera, veleros, todo se ve emocionante.
DIEGO: No, a dormir. Necesitas reposar.
DIANA: Está bien, soy sólo un personaje de un videojuego
de vida normal, de esos en los que no hay superhéroes ni
batallas, sólo personajes en una casa que viven una rutina. Eso soy. Cuando
Diego juega conmigo, le gusta que lleve una vida, digamos, muy conservadora,
rutinaria; sólo puedo estar dentro de casa y me saca al balcón una vez al día. En el juego hay gráficos de lagos, bosques y prados donde nosotros podemos salir a jugar, a explorar y
divertirnos, pero eso no le gusta a Diego. Creo que a sus superhéroes sí los deja hacer más cosas que a mí; claro, a mí también me lleva a sus pensamientos, no hago
mucho en el videojuego, pero casi siempre estoy muy cerca de Diego en su mente.
DIEGO: Tampoco me gusta que cuentes cómo es
que juego; es mi juego y eso es privado.
DIANA: Cuando se decide a hablar, Diego utiliza un vocabulario muy propio,
hasta parece adulto.
DIEGO: Dije que ya no cuentes más. Me gusta este personaje de Diana, es bonita, pero lo más importante es que es segura,
tiene cara de que no va a hacer cosas locas; a veces es muy gritona, pero no
hace cosas que no entiendo, por eso me gusta jugar con ella.
DIANA: A mí me gusta estar con él en su mente. Habla conmigo, así: en su mente.
DIEGO: Pienso en ella cuando dejo de jugar este juego; me gusta saber que está
conmigo, eso me hace sentir seguro, más todavía que los superhéroes.
DIANA: Y a mí eso me hace sentir bien, fue un halago para mí. Diego me mandó a dormir, él también se dispone a hacerlo. ¿Estaré en sus sueños también?
DIEGO: Poco a poquito.
DIANA: Los días favoritos de Diego son aquellos en los
que no lo están presionando para que se apure: que ándale, Diego, apúrate con el
desayuno; que mira, Diego, cómo te tardas en
vestirte; que apúrale porque ya nos vamos a la escuela.
DIEGO: Me gusta que las cosas se muevan poco a poquito, sin sorpresas.
DIANA: Así le gusta; casi nunca se puede, pero hoy sí, nadie lo ha apurado, todo va poco a poquito, incluso la maestra no le ha
dicho que hace las cosas en forma lenta. Buen día, buen día, ¿verdad, Diego?
Casi al final del día, a la maestra se le ocurre que es tiempo de sortear las actividades
deportivas y artísticas.
DIEGO: No me gustan los sorteos.
DIANA: En las actividades
artísticas sólo se puede participar en pintura o en teatro y en las deportivas, sólo en futbol o
caminata. No hay más, y para que el cupo quede balanceado, y no se vayan todos
los niños a una
sola actividad, se
hace un sorteo con papelitos doblados, cada niño recoge un papelito y sale
sorteada su actividad.
DIEGO: Pintura y nada más, nada de caminata y menos futbol; pintura, sólo pintura, pintura, pintura.
DIANA: Está claro
lo que Diego quiere; lo repite en su mente para que los papelitos elijan su
mano, y no al revés.
DIEGO: Era un buen día, un día tranquilo, sin prisa, sin que me apuren, ¿por
qué pasó esto?
DIANA: Futbol y teatro. La escuela de Diego tiene una filosofía educativa en
la que todos los niños deben participar en todo. Aquí no valen los gustos o las
preferencias: que le entren a todo. ¿Qué tal si uno se pensaba futbolista, pero en
realidad tiene cualidades para la caminata? O ¿qué tal si uno quiere ser pintor, pero como no le ha dado la
oportunidad al teatro no se ha dado cuenta del actorazo que trae en la sangre?
DIEGO: Nada más pintar.
DIANA: Pues, Diego, a pararte en un escenario y a meter goles
¿eh?
DIEGO: ¡Noo!
DIANA: Si Diego ha tenido alguna pesadilla en su vida, es
la de pararse frente a muchas personas ¡y hablar ante ellas! Y sobre el
futbol, no le molesta para nada la idea de patear un
balón, pero esa misma idea se le complica un poco cuando piensa que debe
hacerlo en un equipo.
DIEGO: Estoy parado, entonces se ponen a jugar con la
pelota; ¿yo corro por la pelota, o me la dan? ¿Y si no estoy listo cuando me la pasen? ¿Y si me llega y en ese momento no la quiero patear? ¿Y
si en donde estoy nunca pasa la pelota? ¿Cómo voy a meter gol si no sé dónde pararme para meterlo?
DIANA: Al menos los papás de Diego se pusieron felices; les parece que su hijo necesita más actividades para que pueda
convivir con otros niños.
DIEGO: He estado pensando que soy singular, eso quiere decir que soy uno solo, no hay otro como yo, eso quiere
decir que los otros niños no son como yo, soy único, diferente, por eso estoy
solo.
DIANA: Todo esto se lo dice a sí mismo, mentalmente, y como yo estoy en su mente pues lo
escucho.
DIEGO: Y no estoy presumiendo, estoy llegando a una
conclusión. Después de pensar mucho en eso, la
definición de “singular”
es: “Único,
solo, extraordinario”.
Así soy yo, también soy extraordinario, porque lo ordinario es lo que es normal, lo que la mayoría es o hace, y yo
no soy ni hago lo que la mayoría, así que
lo singular es pariente de lo extraordinario.
DIANA: Para mí eres extraordinario, Diego.
DIEGO: No sé si sea malo o bueno lo que soy,
no sé si soy un singular
extraordinario malo, o si soy un singular extraordinario bueno.
DIANA: La maestra se pone muy seria, está a punto de escribir en el pizarrón un problema matemático de los difíciles, de los que para
resolverlos sus alumnos se tardan media hora o más. Si alguien va a trabajar
ahora son sus alumnos.
DIEGO: Vamos, vamos, vamos…
DIANA: Y de pronto, justo antes de que pueda sentarse,
alguien alza la mano. ¡Es Diego!, ¡se
atrevió a alzar la mano!
¡Y la levantó bien, casi completamente extendido el brazo! Ni hablar:
¡es un levantado de mano estándar! La maestra piensa que Diego quiere ir al
baño o algo así. Un poco fastidiada le pregunta: ¿Sí?
DIEGO: Tres mil doscientos cincuenta y dos.
DIANA: Eso dijo Diego, sólo ese número, no más; apenas se le escuchó, pero se escuchó, ¡sí,
señor! La maestra está desconcertada, extrañada, sorprendida, sabe bien lo que escuchó, pero le pide a Diego
que repita lo que acaba de decir, más fuerte. Diego se queda unos segundos en
silencio, se está dando
valor… y ahí está:
suelta el número
mágico, no tan
fuerte ni tan claro, pero ahí está.
DIEGO: Tres mil doscientos cincuenta y dos.
DIANA: La maestra siente que su descanso de final de
clase se le está escapando, sigue sorprendida, pero también ya está un poco molesta. Sí, esa es la respuesta
correcta, le dice a Diego, pero dime, ¿cómo llegaste a ese resultado? Diego no
contesta. La maestra le extiende el gis, y dice: pasa al pizarrón y escribe las
operaciones matemáticas que te llevaron a esa cifra.
DIEGO: Pienso cómo le hice, pienso cómo le
hice, pienso cómo le hice.
DIANA: Diego no responde, se ve confundido. La maestra
empieza a sonreír. ¿No sabes de dónde salió ese número, Diego? ¿Viste mis apuntes en el recreo? Diego se
queda callado.
DIEGO: Pienso, pienso cómo le hice, ¿cómo le hice?
DIANA: El descanso de la maestra está asegurado, les dice a los niños que el problema matemático sigue en el pizarrón y hay
que resolverlo. García, tres pupitres al frente, se ríe no tan discretamente.
DIEGO: No sé cómo decir lo que hice para llegar a ese resultado. Pero lo que ya sé es que soy un singular extraordinario tonto.
DIANA: Chale, no.
DIEGO: ¡A la basura, a la basura!
DIANA: Pero “chale” no es una grosería, ¿o sí?
DIEGO: ¡A la basura!
DIANA: No es que a Diego no le guste el contacto físico, más bien es que no puede recibirlo como
la mayoría.
DIEGO: Nada de abrazos.
DIANA: Definitivamente no tolera los abrazos. Tal vez
sólo los de su mamá y a veces los de su papá. Ahorita mismo me gustaría darle
un abrazo, pero no se va a dejar, así que sólo me lo voy a imaginar, porque si él me imagina, yo también puedo imaginármelo: que me abraza y se
siente mejor, que lo abrazo y le digo: “Eres muy
listo, Diego, supiste el resultado
final, ¡eso es muy bueno! Lo que pasa es que la maestra no entiende cómo es que
no puedes explicar el camino que te llevó a ese resultado, eso es todo”.
DIEGO: A Tomasito también le tocó
futbol y teatro; él quería caminata porque dice que puede correr muy bien.
DIANA: Que Diego casi no hable, no quiere decir que no
escuche ni que no observe. Diego escucha muy bien y observa muy bien, se fija en todo. Considera a
Tomasito como su
amigo, no por lo que han platicado
entre los dos, sino porque lo ha escuchado y lo visto.
DIEGO: Tomasito corre muy bien, no se tropieza a cada
ratito, como yo. No le pega bien a la
pelota; yo le pego fuerte a la pelota, muy fuerte;
nunca le atino a la portería, pero le pego
fuerte. Tomasito es amable, García no.
DIANA: Claro, Diego también se fija en los que considera
que no podrían ser sus amigos.
DIEGO: García dice muchas palabras de las que se deben de
tirar a la basura. García dice que soy un niño mimado. “Mimado” significa alguien que es
tratado con mimos, y “mimos” son cariños,
así que yo quisiera
contestarle que sí soy mimado porque mi mamá y mi papá me tratan con cariño y
yo soy un niño; eso quise decirle, pero me quedé callado, entonces él se puso a
reír y me dijo tonto. Lo mismo le dijo a Tomasito.
DIANA: A ver, Diego, ven corriendo, cuidado, cuidado,
corre derechito, si no
te caes. Eso, patea
la pelota, ¡eso! Vaya que le da fuerte, y vaya
que le da chueco. Después del fut fue a su clase de
teatro, ¡era el único que había memorizado sus parlamentos!
DIEGO: Me los sé todos.
DIANA: ¡Diego, a escena! Y ahí estaba Diego, junto a
otros niños, incluyendo a García, que sostenían en sus manos las hojas con lo que tenían que decir. Ellos no se habían aprendido su papel.
DIEGO: Todos me están viendo.
DIANA: Ándale,
Diego, te va, diles lo que te toca decir…
DIEGO: Todos me están viendo.
DIANA: Sí, todos lo veían, pero nadie pudo oírlo porque
se quedó callado, y eso que se sabía todo.
DIEGO: Me lo sabía todo.
DIANA: Tomasito tampoco lo hizo muy bien, leyó tartamudeando lo que le tocaba. Él preferiría pintar, porque también lo hace bien. García volvió a decirles tontos. Y después ya no sé qué pasó en el día, porque Diego me
dejó aquí en mi mundo de la computadora, así que lo único que he hecho es
sentarme, levantarme, sacudir, sentarme, levantarme y sacudir, y de tanto
hacerlo mis pompis ya están planas y todo este lugar está súper limpio, sin un
gramo de polvo. Diego ni siquiera está pensando en mí, no me lleva con él, por eso no sé qué ha pasado; lo extraño. Ah, aquí está.
DIEGO: Soy un singular extraordinario tonto y miedoso.
DIANA: ¿Ahora qué pasó?
DIEGO: Tomasito hizo un plan conmigo: como García tiene incontinencia urinaria…
DIANA: ¿Qué es eso?
DIEGO: Que a veces se hace pipí cuando
toma mucha agua. Como tiene eso, compramos y le
regalamos unos refrescos rojos que sabemos que le gustan mucho, se tomó los dos
y a la hora de la clase de teatro, García no se pudo aguantar y se le salió un poco de pipí. El plan era que nos íbamos a burlar como él se burla de nosotros.
DIANA: Ay, Diego, por eso no me llevaste contigo… ¿Y se burlaron de él? Pobre niño.
DIEGO: No, se le salió un
chorrito, pero antes de que saliera al escenario, le hice señas a Tomasito para
que le dijera a García que no saliera, porque había tenido un accidente. Con
Tomasito me atrevo a comunicarme. García se puso rojo, nos dijo “gracias” y
corrió a cambiarse los pantalones.
DIANA: Ah, bien.
DIEGO: No nos atrevimos a burlarnos de él porque pensamos que García iba a
sentirse muy mal y eso no nos gustó. Por eso soy un singular extraordinario, tonto y miedoso.
DIANA: Lo que hiciste no fue por miedo, Diego; no te burlaste de García porque eres bueno, y Tomasito
también. Y eres muy inteligente, sabes
resolver problemas de matemáticas más rápido que nadie y te sabes palabras muy raras. Eres un
singular extraordinario, inteligente y bueno, y pudiste comunicarte con Tomasito; eso es un gran logro, ¿no?
DIEGO: Sí, le hago señas y le hablo como si fuera un secreto, en su oído. Soy un poco raro, ¿no?
DIANA: Eso sí, eres singular y extraordinario,
lo sabes bien. Justo al día siguiente, algo pasó y todos comprobamos que Diego
sí era verdaderamente
singular; digo, lo
comprobamos en forma oficial.
DIEGO: Tengo un síndrome.
DIANA: Eso me dijo. Me sonó medio feo, así que con un poco de miedo le pregunté: ¿Qué es eso?
DIEGO: Síndrome tiene dos definiciones: una dice que son los conjuntos
de síntomas que caracterizan una enfermedad. Y la otra es el conjunto de fenómenos que caracterizan una situación determinada. Esta segunda
es la que me gusta. “Síndrome” suena a superhéroe, uno poderoso.
DIANA: ¿Pero no estás enfermo?
DIEGO: No, sólo tengo un síndrome. Había un señor que se llamaba Hans Asperger; de chiquito tenía el mismo síndrome que yo.
DIANA: ¿Y cómo se llama el síndrome?
DIEGO: Asperger. Eso sí me parece gracioso: el señor Asperger tenía el síndrome Asperger.
DIANA: Lo que pasó fue que un doctor que es papá de uno
de sus compañeros vio a Diego en uno de los ensayos, se comunicó con la maestra
y ésta con los papás de Diego, y finalmente lo llevaron a que le hicieran unas
preguntas: A
ver, niño, ¿tienes problemas para interactuar socialmente, es decir, te da mucha pena y te
resulta muy difícil convivir con otros niños?
DIEGO: Sí.
DIANA: ¿Te cuesta trabajo comunicarte con los
demás, sostener la mirada, hablar con un
volumen de voz que se escuche?
DIEGO: Pues sí.
DIANA: Le hicieron otras preguntas, y que sale arriba de
un noventa por ciento Asperger. Puede que sea una especie de autismo leve, no se sabe, pero Diego es Asperger, no es un asunto de baja
inteligencia; en su caso es al contrario: lo que tiene es una forma de razonar
distinta de la de la mayoría.
DIEGO: Uso otra lógica, por
eso soy singular.
DIANA: Sí, digamos que quien tiene Asperger es muy
sensible a lo que se produce fuera de él, tan sensible que le es difícil recibir todo lo de fuera, y
más aún, responder a eso. Ahora entendemos por qué el circo fue demasiado para él. Sus papás se sienten mejor, al fin
están comprendiendo a su hijo. Y… ya. Diego está feliz; ya sabía que era
singular, y ahora se lo confirmaron.
DIEGO: ¡Soy Síndrome!, un nuevo superhéroe.
DIANA: Y así nomás, se le ocurrió lo que ya dijo, que es
un nuevo superhéroe con poderes únicos.
DIEGO: Eso soy.
DIANA: Fue con
Tomasito, lo llevó a la esquina más
apartada del patio de recreo y le habló en privado. Hizo un gran esfuerzo para lograrlo.
DIEGO: Soy Síndrome, un nuevo superhéroe. Soy singular extraordinario. Eso quiere decir que soy único, que tengo poderes que sólo yo tengo. Sé que también eres
singular, que también eres un superhéroe.
DIANA: ¿Que tengo poderes que sólo yo tengo?, le
preguntó Tomasito.
DIEGO: Sí, te he visto y lo sé.
DIANA: Pero si se burlan de mí porque uso lentes y no me gusta el futbol, me dicen que
no sirvo, le dijo Tomasito.
DIEGO: No, no, no, no, ahí no están tus poderes,
todos juegan futbol. Ahí no están tus poderes, tus poderes están en que eres un
singular, en lo que nada más tú tienes, en eso que te hace extraordinario,
único, solo, distinto. Yo sé que me
aprendo palabras raras como las que te acabo de decir, pateo fuerte la pelota,
sé hacer operaciones matemáticas
muy rápido, sé muy bien lo que quiero y sé muy bien lo que no me gusta. Y pocos
saben todo eso; me dijeron que hay viejitos que todavía no saben bien lo que
quieren y lo que no quieren.
DIANA: Diego lo tenía ya bien clarito, pero era la
primera vez que Tomasito se ponía a pensar seriamente en ello, y le dijo: Ya
sabes que corro rápido, empezó a decirle luego de pensarlo un ratito, y además soy de los pocos que come verduras en su lunch. Esas sí que eran
cualidades singulares. ¡Soy el héroe Súper Veloz!, así se bautizó a sí mismo
Tomasito.
DIEGO: Tenemos que formar La
Liga de los Singulares, así como los grupos de superhéroes. Tomasito, tenemos que reclutar a más miembros singulares
extraordinarios superhéroes.
DIANA: Y así, juntos, buscaron en el recreo a más superhéroes singulares. Detectaban a algún niño o niña solos o
apartados de los grupos: esos eran buenos candidatos
para ser singulares. Tomasito era el primero en hablar; eso le ayudó mucho a
Diego, y ya en confianza, Diego le explicaba a Tomasito al oído lo que tenía
que decirles sobre lo que significa ser singular y que estaban formando una
liga de superhéroes.
DIEGO: Ya entró con nosotros la Gran Eugenia.
DIANA: Es decir, Eugenia, una niña pasada de peso, más
alta para su edad, que era muy fuerte pero, al igual que ellos, por ser distinta de la mayoría la apartaban y
pocas veces jugaba con alguien más en el recreo.
DIEGO: Además de ser fuerte, otro de sus poderes es que desayuna muy bien antes de ir a la escuela, no como la mayoría de los niños, que
se esperan hasta la hora del lunch para probar algo en la mañana.
DIANA: Eugenia aceptó ser parte de la liga de superhéroes. Les
dijo que ella misma se consideraba distinta de los demás.
DIEGO: Cada vez somos más héroes singulares.
DIANA: Al tercer día, ya con ayuda de Eugenia, reclutaron al último miembro de la liga.
DIEGO: Patric, el Rayo Rojo. También quería llamarse Súper Veloz, pero ese nombre se lo ganó
Tomasito, así que Rayo Rojo le gustó mucho. También le gustó a Tomasito, pero ni modo que cambiara otra vez de
nombre, no se puede eso.
DIANA: Patric es un niño que usa silla de ruedas; ya va
en sexto de primaria, es el más grande del grupo, también lo reclutaron en el recreo cuando estaba viendo un partido de
futbol de sus compañeros. A Patric también le pareció muy bien eso de ser un superhéroe; les
dijo que como él era el más grande del grupo,
los podría ayudar en muchas cosas.
DIEGO: Patric es muy inteligente, ese es uno de sus grandes poderes; además, nadie puede alcanzar a Patric cuando le da duro
a las ruedas de su silla.
DIANA: Es maravilloso, porque en la silla de Patric se
pueden subir Diego, Tomasito y Eugenia, y entonces la silla se convierte en ¡la
nave de La Liga de los Singulares! Compuesta por: Súper Veloz, La Gran Eugenia, Rayo Rojo y… ándale, Diego…
DIEGO: ¡Síndrome!
DIANA: Eso es. Juntos
se ponen a jugar en el recreo y le
tienen mucha paciencia a Diego, que se comunica diciéndole secretos a Tomasito. Imaginan que son superhéroes y que luchan contra supervillanos.
DIEGO: Pero como realmente somos singulares, no nos quedamos sólo en el juego: ya
empezamos a luchar para cambiar la realidad.
DIANA: Su realidad, porque como ya se dieron cuenta de
que son singulares, también ya se
dieron cuenta de que están fuera de lo que manda la mayoría.
DIEGO: Una y otra vez, paso uno con la derecha, dos con la
izquierda y tres duro con la derecha. Pateo
fuerte la pelota, pero no le atino a la portería. Una y otra vez, una y otra vez, paso uno con la derecha, dos con la izquierda y tres duro con la derecha. La sigo pateando en la cochera de mi casa,
la sigo pateando y pateando. Cada vez la vuelo menos.
DIANA: Es verdad, de cien disparos a la cochera ahora
nada más voló setenta y cinco veces la
pelota. Está mejorando, y lo tiene muy claro: no quiere jugar futbol, sólo
quiere tirar penalties,
y es bueno para practicar: le gusta la
repetición, la rutina.
DIEGO: Nuestra primera misión verdadera es con el maestro de Educación Física. Yo puedo
tirar penalties, pero no quiero jugar futbol. Tomasito
no quiere jugar futbol, pero es muy bueno para la caminata, es muy rápido.
DIANA: Diego, Tomasito, Eugenia y Patric están con el
maestro de Educación Física, Diego iba a hablar, pero no se
atrevió. Síndrome quiere tirar penalties, pero no jugar futbol, y Super Veloz tampoco quiere jugar futbol,
pero tampoco tirar penalties: lo que él quiere es participar en caminata; es
muy veloz, por eso es Super Veloz, le dice Patric. Y Eugenia no quiere ni jugar futbol ni caminar: ella quiere
bailar hula hula,
termina Patric.
DIEGO: Parece complicado, pero no lo es.
DIANA: El maestro les dice que a todos los niños les gusta el futbol y que todos los niños pueden caminar. Luego les
pregunta por qué van con él en grupo, que quiénes se
creen que son.
DIEGO Y DIANA: ¡Somos La Liga de los Singulares!
DIANA: Le dicen los cuatro al mismo tiempo. El maestro
les dice que se vayan, que no le quiten su tiempo. Los héroes se van. Cualquiera pensaría que estarían cabizbajos, pero más bien están emocionados.
DIEGO: ¡Nos atrevimos! ¡Somos héroes de verdad!
DIANA: Me dice Diego,
y sus compañeros lo ven como que sonríe,
porque Diego puede estar feliz, pero le cuesta dibujar en su cara una sonrisa.
Fue más importante para ellos atreverse, aunque aparentemente no hayan logrado
nada. Felices, planean la siguiente misión.
DIEGO: Rayo Rojo dice que necesita espacio en la rampa de
entrada para pasar con su nave, porque luego las señoras con sus camionetotas se suben a la rampa.
DIANA: Y que los superhéroes se ponen a hacer carteles. Dibujaron varios. En
ellos piden que no obstruyan la rampa, que la dejen libre. Y los pegaron en la
entrada de la escuela.
DIEGO: Les pusimos nuestra firma. Somos La Liga de los Singulares. Ya nos están conociendo.
DIANA: La directora de la escuela vio los carteles y
pidió que los despegaran. Eso tampoco desanimó a los héroes; están
actuando y así se sienten muy bien. Además, La Liga de los Singulares le ha servido a Diego para
socializar, es decir, para atreverse a hablar con otras personas.
DIEGO: Continúan las misiones.
DIANA: Y ahora están ni más ni menos que con su maestra. Juntos se dan valor para hablar, para proponer;
Tomasito, Patric, Eugenia y Diego, todos frente a la maestra, con pose y
actitud de héroes, claro.
DIEGO: Yo no me atrevo a hablar, pero me atrevo a estar con mis amigos superhéroes.
DIANA: Eugenia pide que no la regañe si no se come su
lunch, porque ella desayuna muy bien en casa y no tiene hambre a la hora del lunch. Le dice que los demás niños sí
tienen hambre porque no desayunan bien en casa.
DIEGO: Yo le digo a Tomasito en secreto que le diga a la maestra que no sé cómo llego
a los resultados de las operaciones matemáticas, pero que mis respuestas deberían de valer como buenas porque llego al resultado
correcto. Y le digo que le diga que nunca me atrevería a robarle los
resultados.
DIANA: Lo dice con voz bajita y Tomasito lo repite más o
menos bien, pero de que la maestra le entendió, le entendió. La maestra les dice que no es posible
atender lo que cada niño quiere, que la educación se basa en la mayoría, no en unos pocos.
DIEGO: Pero cada niño es singular, y
nosotros somos más singulares, somos de los pocos.
DIANA: ¿Y qué va a pasar
con los pocos?, le pregunta Patric.
La maestra no les contesta nada en firme,
les dice que tiene mucho que hacer.
DIEGO: Nos juntamos y planeamos nuestra nueva misión de superhéroes singulares.
DIANA: Todavía tienen una misión más con la maestra de Educación Artística.
DIEGO: Me aprendo lo que tienen que decir los
personajes, pero no puedo decirlo en público, le digo a Tomasito al oído para
que le diga a la maestra lo que dije.
DIANA: Y Tomasito le dice lo que le dijo Diego, pero también dice lo suyo: que no cree que sea
bueno para actuar ni para bailar, pero que
sí sabe pintar. Patric dice que los poderes de sus amigos deben de servir para algo en el
teatro.
DIEGO: La maestra nos dijo que ella era la que decidía, no nosotros. ¿Están fallando nuestros poderes?
DIANA: Los miembros de La Liga de los Singulares se desanimaron un poco; no entienden cómo es que sus maestros
no pueden verlos con sus necesidades individuales. Regresan al recreo a jugar a
que son superhéroes; no se han dado cuenta, pero ya
lograron algo: ¡están jugando en el recreo acompañados! Antes eso ocurría una o
dos veces al mes, pero ahora es todos los días.
DIEGO: Estoy sentado en la banca, mis compañeros están
jugando futbol y yo estoy en la banca. Le
puedo pegar duro, durísimo a la pelota, ahora le atino más a la portería.
DIANA: Sí, de cien tiros ahora nada más falla sesenta. Es un avance, en serio.
DIEGO: Pero no quiero jugar futbol. No sé cómo jugar si me meten a la
cancha, no sabría cómo hacerlo. ¿Debo correr, tratar de pegarle todo el tiempo o, como dice el maestro, quedarme en una posición y mantenerme ahí? No sé ni me gusta, por eso es bueno estar en
la banca. ¿Qué pasó ahora en la cancha? Están gritando,
unos de felicidad y otros de enojo; seguro alguien metió un gol. No entiendo
por qué se emocionan con eso, o cómo es
que le van a un equipo y odian a otro equipo. No entiendo esa emoción; es un
juego y ya, ¿no? Nada más. El maestro viene hacia acá, parece que sonríe, pero
no sé si de felicidad o de qué, tampoco entiendo mucho los gestos de
las personas, me cuesta trabajo saber si están felices o si simplemente están
así, normal.
DIANA: Vas a entrar al
juego, le dice el maestro a Diego.
DIEGO: ¿Yo? ¿Pero cómo voy a jugar?, ¿tengo que correr por la pelota o me la van a pasar?, ¿o me tengo que quedar parado hasta
que me llegue, o tengo que pasarla a otro compañero en
lugar de pegarle duro o tengo que pegarle duro o qué? ¿Y para qué, para qué jugamos a perseguir una pelota y pegarle? ¿Por qué se emocionan tanto con eso?, ¿por qué?
DIANA: Esa preguntotota la hizo Diego en voz muy baja,
así que el maestro no la escuchó. Se acercó más y
le dijo: Marcaron penalty, tú lo vas a cobrar; me dijiste que eres bueno para
pegarle a la pelota… Pues esta es tu oportunidad, ¡pégale duro!
DIEGO: ¿Yo? ¿Cómo? ¿Qué tengo qué hacer? ¿Me van a pasar la pelota?
¿Tengo que correr por ella?
DIANA: Sólo tienes que pararte frente a la pelota que va
a estar frente a la portería; la pateas duro y listo, le dice el maestro.
DIEGO: ¿Nada más la pateo? ¿No
meto gol?
DIANA: La idea es que metas gol, pero primero hay que
patearla, le explica el
maestro y lo empuja
ligeramente para que se meta a la cancha y tire el penalty.
DIEGO: Allá voy; no creo que esto me vaya
a gustar.
DIANA: ¡Qué emoción! Ahí va Diego, caminando lentamente; medio se tropieza con algo, pero sigue, sigue caminando, va
hacia la portería. Sus amigos de La Liga de los Singulares le echan porras atrás de la línea de meta: ¡Diego, Síndrome,
ra ra raaaaa! Se ve que Diego está nervioso, no le gusta que haya tanto ruido,
no le gusta que lo vean tantas personas.
DIEGO: De verdad que hacen mucho ruido.
DIANA: El árbitro pone la pelota en el manchón de cal, silba durísimo. Diego se queda ahí parado, ¿está tomando vuelito? No, no se mueve; el árbitro vuelve a soplarle durísimo a su
silbato. Diego sigue sin moverse.
DIEGO: Ya que se calle ese señor de negro, ¿no?
DIANA: El árbitro se
acerca, le explica que cuando pita, hay
que pegarle a la pelota. Vuelve a silbar, ¡ahí va
Diego! Cuenta sus
pasos empezando por su pie derecho, después el izquierdo.
DIEGO: Uno, dos, uno, dos, uno, dos…
DIANA: Y duro con la derecha ¡Patea la pelota! ¡Le sale
un calcetinazo a las manos del portero!
Ni siquiera pudo pegarle fuerte… Pero, ¿qué pasa? El árbitro toma la pelota,
parece que se va a repetir el penalty, ¡alguien se metió al área grande antes
de que Diego le pegara!
DIEGO: El árbitro me dice que se repite; no sé por qué, pero lo vamos a repetir. Ojalá que no silbe tan duro, me lastima mis oídos.
Mejor me apuro. ¡Allá voy! Ahora sí le voy a dar durísimo…. Rápido, paso uno con la derecha, dos con la izquierda y tres duro con la derecha…Oh, ah, ¡le pegué durísimo! Pero la volé, ¡la mandé más alto que nunca! Fallé…
DIANA: Oh, espero que no se sienta mal por eso.
DIEGO: Los niños gritan y se ríen, el árbitro se acerca
otra vez con el balón; me dice que se repite, que tengo que esperar a que dé el
silbatazo. ¿Es necesario?, le pregunto, pero no me escucha. La verdad es que
quisiera regresar a la banca.
DIANA: ¡Se va a repetir! Los que están viendo el juego
gritan, los jugadores contrarios reclaman, La Liga de los Singulares le echa una porra más a su amigo. Si de cien le atina a
cuarenta y ya le pegó mal a una y voló la otra, quiere decir que las
probabilidades de atinarle están a su favor; eso creo.
DIEGO: Paso uno con la derecha, dos con la
izquierda y tres a patearla duro.
DIANA: Y ahí está
Diego, parado frente a la pelota; ahora sí el
árbitro silba, Diego toma vuelito, ¡se
tapa los oídos con las dos manos! ¡Y así corre hacia el balón! Paso uno con la derecha, dos con la izquierda y ¡tres! ¡Nunca le había pegado así, con las dos manos en la
cabeza! ¡Ya le pegó con la derecha!
DIEGO: La pelota va volando, duro, como si fuera un
pájaro de esos que cuando vuelan, uno nada más
los ve como una raya en el aire. El niño que está de portero se
avienta, seguro se va a ensuciar. Los otros niños gritan, muchos corren hacia
mí, me abrazan… ya, por favor, me gritan, me palmean, me vuelven a abrazar,
algunos están sudados y me embarran, el maestro también me felicita. Creo que sí le atiné, todos gritan mucho… ¡es horrible!
DIANA: ¡Goooooooool!
¡Golazo! ¡Diego metió gol!
DIEGO: Lo metí, pero le pegué mal a dos, tengo que seguir practicando. No entiendo por qué todos gritan felices.
DIANA: Es el gol más hermoso que se haya anotado en esta
escuela. Diego se ve apurado, le dice algo a Tomasito en secreto. Tomasito pide
silencio y grita para que todos lo escuchen: “Dice Diego que no le gusta el futbol, que no quiere jugar
futbol, sólo pegarle a la pelota contra la cochera de su casa, porque el futbol
es demasiado ruidoso y no le gusta que griten, que suene tan duro el silbato ni
que lo abracen, tampoco que lo embarren de sudor. Le da gusto porque todos
están muy contentos, pero a él no le
gusta el futbol”.
DIEGO: Por eso somos superhéroes singulares. Uno de mis poderes es hacer feliz a muchos sin
saber por qué.
DIANA: Y todos se quedan mudos. Alguien quiere
aplaudirle, pero otro, que entendió lo dicho, se lo impide. Entonces la mayoría le sonríe a Diego, eso sí le gusta.
Diego les regala la que él considera
que es su mejor sonrisa.
DIEGO: Así sonrío yo; dicen que parece que no tengo sonrisa, pero es que así sonrío, raro, singular.
DIANA: Ese es mi Diego. No le importó mucho meter ese gol, pero lo que no
sabe es que fue un logro para La Liga de los Singulares, porque el maestro de
Educación Física cambió su forma de pensar. Creía que si el niño vivía la
emoción del deporte, le iba a gustar, pero
ya se enteró de que no a todo el mundo le gusta el futbol. La directora, que ya
había visto los carteles, también vio el
golazo, y también escuchó la voz de Diego a través de Tomasito, y parece que acaba de
entender muchas cosas.
DIEGO: A Tomasito Super Veloz lo pusieron a pintar la escenografía de la obra de teatro que estamos ensayando en la clase de
Educación Artística, y está en el equipo de
caminata.
DIANA: Eso fue porque vieron quién es Tomasito, no quién se
supone que debería ser.
DIEGO: A mí me dijeron que puedo ser un buen apuntador porque me sé todos los parlamentos, así que al que
se le olvide algo yo se lo voy a decir. Hay que hablar quedito para que el
público no oiga, así que me gusta mucho eso de ser apuntador. Soy Síndrome, el
apuntador que habla quedito. A Eugenia ya no la regañan por no comerse su
lunch, y la ponen de ejemplo porque desayuna muy
bien, y le están ayudando bailar mejor el hula hula.
DIANA: Pusieron un vigilante en la entrada de la escuela para que no bloquearan la rampa y Patric y
los demás niños en sillas de ruedas puedan
entrar.
DIEGO: Si la bola de personas puede o no puede hacer algo,
no quiere decir que todos seamos como la bola. Si la mayoría camina con sus piernas, no quiere decir que todos
puedan caminar con sus piernas. Los que no somos de la bola, tenemos los mismos
derechos. Eso dijo Patric, y nosotros, los de La Liga de los Singulares, le
echamos una porra.
DIANA: Yo tengo que despedirme; a Diego le ha servido
mucho estar con sus amigos singulares; sus papás y el doctor que lo atiende
dicen que tiene menos problemas para hablar con las personas, es un niño Asperger controlado; eso está muy bien; sus maestros también empiezan a conocerlo mejor. Cada vez
se mete menos al juego de video en el que aparezco yo, pero ya me deja salir de
mi casita e ir al lago y al bosque virtual del juego, que están padrísimos, eso
me gusta mucho. Ya casi no me lleva en su pensamiento ni estoy presente en sus
acciones del día. Eso me pone un poco triste, pero se me quita al pensar que es
lo correcto, es lo que está bien para él. Ahí está mi Diego, que sabe que no es tonto ni menos que los
otros niños sólo por ser un poco diferente, y que precisamente muchas de sus
diferencias son sus fortalezas…
DIEGO: Soy singular, lo entiendo muy bien; muchas de las
cosas que me hacen diferente me hacen fuerte, son mis superpoderes. Si alguien siente frío o soledad en el
recreo, encuentren sus poderes secretos, porque serán bienvenidos en…
DIANA Y DIEGO: ¡La
Liga de los Singulares!
FIN

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