© Libro N° 6214.
El Jardín De Newton. Sanchez Ron, Jose Manuel. Emancipación. Julio 13 de
2019.
Título
original: © El Jardín De Newton. Jose Manuel Sanchez Ron
Versión Original: © El Jardín De Newton. Jose Manuel Sanchez Ron
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
EL JARDÍN DE NEWTON
Jose Manuel Sanchez Ron
CONTENIDO
Introducción
La
matemática, instrumento universal de conocimiento: de Euclides a Gödel
El
grande entre los grandes: Isaac Newton
Y la
química se hizo ciencia: Lavoisier
El
fin de una quimera: Charles Darwin y la teoría de la evolución
El
sueño de Claude Bernard: la medicina como ciencia experimental en el siglo XIX
La
institucionalización de la ciencia: química orgánica y electromagnetismo en el
siglo XIX
Albert
Einstein, espejo del siglo XX
Una
revolución en curso: sobre moléculas y genes
Introducción
Este
libro se presentó por primera vez a los lectores en 2001. Hoy (2009) aparece de
nuevo ante el público en un nuevo formato. Para esta edición, he revisado
completamente el texto, corrigiendo errores y ampliando o clarificando algunos
puntos, si bien, en conjunto, la extensión de la obra apenas ha cambiado.
Su
contenido reproduce, aunque con modificaciones y ampliaciones, el curso («Aula
abierta») de ocho lecciones que dicté en la sede madrileña de la Fundación Juan
March entre el 8 de febrero y el 12 de marzo de 2000, bajo el título «La
ciencia a través de su historia». Que dispusiera de semejante oportunidad es
algo que debo a la gentileza de José Luis Yuste y Antonio Gallego, un detalle
más a añadir a muchos otros que tengo que agradecerles. Agradecimiento que en
este caso quiero extender a Andrés Berlanga y a su equipo, que prepararon
magníficos resúmenes de mis conferencias, publicados en los números 300-307
del Boletín Informativo de la Fundación Juan March, y que me
han sido de gran utilidad, a Cristina Carretero, por sus atenciones, y también
a todos aquellos que asistieron a mis charlas y que me animaron con su
presencia, en un número y con una lealtad tal que no olvidaré. El recuerdo de
la atención que me dedicaron y el interés que tan patentemente desplegaron
durante aquellas sesiones, en el marco incomparable del salón de actos de la
Fundación, me acompañará, espero, durante el resto de mi vida, como una de las
experiencias más entrañables que he tenido la oportunidad de disfrutar.
Centrándome
en el libro en sí, diré que, lejos de lo que podría para algunos indicar su
título, únicamente pretende, por un lado, ofrecer un esbozo, muy selectivo (y
sin duda incompleto), de cuál ha sido la historia de ese conjunto de
procedimientos y conocimientos, que agrupamos bajo el nombre común de
«ciencia», que han influido decisivamente en la historia de la humanidad.
Piénsese, aunque sea un momento, en lo que serían nuestras vidas si no
poseyésemos ningún conocimiento científico; si no dispusiésemos de instrumento
alguno construido con la ayuda de la ciencia, si no supiésemos nada del origen
y mecanismos de las enfermedades que nos afectan, de las leyes que obedecen los
movimientos físicos o las combinaciones químicas. ¿Podríamos en este caso hablar,
por ejemplo, de la Antigüedad, o seríamos todavía antiguos nosotros
mismos? Y no nos engañemos, el conocimiento científico, y sus desarrollos
tecnocientíficos subsiguientes, pueden haber dado lugar —y lo han hecho en
ocasiones— a consecuencias contraproducentes, pero aun así nuestras vidas son
mucho mejores, más satisfactorias, bajo prácticamente cualquier vara de medir,
que las de todos aquellos humanos que nos precedieron y cuyo saber científico
era radicalmente menor.
Repasar
algunos momentos y personajes particularmente destacados de la historia de la
ciencia universal debería ser, en consecuencia, una empresa bienvenida, en
tanto que nos ilustra sobre una actividad que está estrechamente ligada a
nuestra propia historia, y a la que tanto debemos; una actividad, por otra
parte, sustancialmente humana, que nos distingue frente al resto de las
especies vivas, al menos de las que conocemos en este pequeño planeta de una
galaxia que llamamos Vía Láctea.
Me apresuro, no obstante, a señalar que no ha sido mi intención emplear las
páginas que siguen para hablar únicamente de historia, aunque, desde luego, la
narración histórica es su protagonista principal. He buscado, asimismo,
utilizar esta narración para iluminar aspectos básicos de las disciplinas
científicas más representativas (matemática, física, química, ciencias
naturales y biomédicas). No sólo resultados que, de una manera u otra, han
desafiado el paso del tiempo, sino también cuestiones que tienen que ver con
los métodos, con los procedimientos, con los «estilos» de los que se han
servido los científicos para describir la naturaleza recurriendo a sistemas
lógicos. Eso sí, quiero advertir que en mi exposición no se encuentra
definición alguna de lo que es el método científico. Décadas de
intensos esfuerzos por parte de eminentes filósofos (entre muchos otros, Mach,
Reichenbach, Carnap, Popper, Lakatos o Kuhn) no nos han ofrecido ninguna
respuesta completamente satisfactoria a la, sin duda relevante, pregunta de si
la empresa científica obedece a un método concreto, a un método que explique su
éxito y fiabilidad. Lo que nos muestra la historia es que ese éxito y
fiabilidad es resultado de un conjunto de procedimientos y actitudes en los que
el razonamiento lógico —especialmente el matematizado— desempeña un papel
central, cierto es, pero no el único papel. Hay que tomar en consideración
también elementos más «contingentes» (o «sociológicos»), como individuos,
circunstancias, momentos históricos, instituciones, condicionamientos sociales
(ideológicos, religiosos, políticos), posibilidades tecnológicas o
socioeconómicas, y un largo etcétera, de los que se ofrecen algunas muestras en
esta obra. Ningún proceso histórico, y la ciencia lo es en un grado comparable
a cualquier otro, se puede entender y reconstruir en base a unas normas
independientes del tiempo y el espacio. El paso del tiempo, en especial, crea
situaciones nuevas que alteran pautas, expectativas y posibilidades. Por eso la
historia nunca —o raras veces— se repite; por eso es un proceso esencialmente
dinámico. En cierto sentido se podría decir que si la historia se repitiese es
que estaríamos, de alguna manera, muertos. Y, desde luego, la ciencia no ha
estado muerta durante, al menos, los dos últimos milenios.
En otras palabras, mi deseo es que, al concluir la lectura de este libro, sus
lectores sepan algo no sólo de la historia de la ciencia, sino también de la
propia ciencia, de lo que es y representa. Lo que, por supuesto, es más
importante: ¿es preciso recordar que no hay historia de la ciencia sin ciencia,
y que ésta forma hoy —desde hace mucho, de hecho— parte esencial de la vida, de
las sociedades en que vivimos?
Capítulo 1
La matemática, instrumento universal de conocimiento: de Euclides a Gödel
Matemática
y ciencia
Aunque
no todos los sistemas científicos se expresan en términos matemáticos
(pensemos, sin ir más lejos, en El origen de las especies de
Darwin —¿negará alguien que se trata de una obra científica?—, en cuyos
centenares de páginas no aparece ninguna expresión matemática), es indudable
que la matemática desempeña un papel muy importante en la ciencia. Los
procedimientos y resultados matemáticos poseen una seguridad, claridad e
inevitabilidad (una vez fijados los axiomas de partida, por supuesto) tal como
no se encuentra en ninguna otra disciplina científica. Precisamente por esa
firmeza e inevitabilidad hay quien argumenta que la matemática no es realmente
una ciencia, no al menos como lo pueden ser la biología, la química, la
fisiología, la geología o la física. Mientras que éstas serían sistemas de
proposiciones a posteriori, falibles, la matemática sería a
priori, tautológica e infalible. A pesar de que se pueden encontrar
manifestaciones suyas que apuntan en direcciones bastante diferentes, la frase
que John Stuart Mill (1806-1873) escribió en uno de sus libros, A
System of Logic, Ratiocinative and Inductive (Un sistema de lógica
racionalizadora e inductiva; 1843), «la lógica no observa, ni inventa, ni
descubre; pero juzga», expresa de manera espléndida semejante idea, que de
alguna forma refleja el lugar tan peculiar que ocupa la matemática con respecto
a las ciencias de la naturaleza.
Sea o no una ciencia, de lo que no hay duda es de que, como apuntaba antes, la
matemática desempeña un lugar central en las ciencias de la naturaleza,
especialmente en la física. «Sostengo», afirmó Immanuel Kant (1724-1804) en el
«Prefacio» de su Metaphysische Anfangsgründe der Naturwissenschaft(Fundamentos
metafísicos de la ciencia natural; 1786), «que solamente se encuentra
genuina ciencia en una teoría natural especial en la medida en que se encuentre
matemática en ella». Una afirmación que aunque exagerada (recordemos el ejemplo
de Darwin), posee más de un grano de verdad. En efecto, para cumplir con su
objetivo de describir los fenómenos que tienen lugar en la naturaleza —tarea
que incluye predecir las condiciones en que se volverán a producir—, la
ciencia, y a su cabeza, en este sentido, la física, intenta recurrir a leyes
que se expresan matemáticamente, hasta el punto de que se podría decir que no
hay física, tal y como la entendemos en la actualidad, sin matemática.
Pero dejemos todo esto, al menos por el momento, y pasemos a tratar algunos
aspectos de la historia de la matemática, dando, como veremos, un papel
especial a Euclides y Gödel.
La matemática y la prehistoria de la ciencia
Aunque
es difícil establecer algo así como un momento o período del que se pueda
decir, «entonces comenzó el largo camino de la ciencia», sí que se puede
afirmar que cuando se encuentran los primeros logros con alguna significación
científica, éstos estaban relacionados con la matemática. Así ocurre, por
ejemplo, con el hallazgo de huesos de animales de bastantes miles de años de
antigüedad, provistos de series de muescas, que constituyen auténticas
«máquinas de contar» primitivas, y con las que nuestros antepasados estaban
sentando las bases de la matemática. Uno de los más conocidos de estos huesos
fue el descubierto en la década de 1950 en Ishango, en lo que ahora es Zaire,
por Jean de Heinzelin, cuya antigüedad se sitúa entre el 9000 y el 6500 a.C.
Con el paso del tiempo, aquellos procedimientos tan simples darían paso a otros
mucho más elaborados. Así, y pasando por alto otros sistemas anteriores, cuya
influencia posterior ha sido escasa, hay que citar las contribuciones de los
sumerios, un pueblo que se instaló en el valle del Tigris y el Éufrates. Hacia
el cuarto milenio a.C. los sumerios desarrollaron un sistema de numeración
basado en la agrupación en sesentenas o potencias de 60. Este sistema sería
transmitido, por mediación de los babilonios y luego de los griegos y los
árabes, en la expresión del tiempo en horas, minutos y segundos, y en la de los
arcos y ángulos en grados, minutos y segundos. El porqué los sumerios
introdujeron una base tan elevada es todavía hoy un misterio, aunque se han
manejado varias hipótesis, como la de que eligieron el 60 por su propiedad de
ser divisible por los seis primeros números enteros.
En cuanto al sistema decimal, el que finalmente más se extendió,
acompañándonos, casi universalmente, hasta la actualidad, se han encontrado
rastros de su utilización en épocas y escenarios no muy alejados del de los
sumerios: cuando, con la ayuda de la Piedra Rosetta, descubierta en 1799
durante la expedición napoleónica a Egipto, se pudo descifrar la escritura
jeroglífica egipcia, se encontró que su sistema de numeración, que data de hace
unos 5.000 años, estaba estructurado según la base 10, aunque empleando
símbolos que hacían muy engorrosa su utilización.
Contar ha sido siempre una necesidad de los humanos, pero existe al menos otra
estrechamente relacionada con lo que más tarde sería el conocimiento
científico, una necesidad que surgió según se iban haciendo más complejos los
sistemas de organización social. Me estoy refiriendo a la astronomía y al
establecimiento de calendarios, dominios relacionados muy estrechamente con la
matemática.
La astronomía desempeñó un papel central en el mundo babilónico, el mundo de la
dinastía semítica de Hammurabi de Babilonia (de la palabra griega para la
ciudad de Babel, al sur del actual Bagdad), que hacia el 1700 a.C. tomó el
relevo de los sumerios. Los babilonios colocaron la Tierra en el centro del
universo, parece que inventaron el zodiaco y se preocuparon especialmente por
conservar registros de los movimientos de la Luna. Introdujeron un año que
constaba de 360 días, dividido en 12 meses de 30 días cada uno; además crearon
la semana, bautizando los días por el Sol, la Luna y los cinco planetas
entonces conocidos. También fueron los responsables de la división del día en
dos períodos de doce horas y descubrieron los movimientos aparentemente
anómalos (retrogresiones) de algunos planetas —como Marte— y del Sol. Es obvio,
por consiguiente, que nuestra cultura es profundamente deudora de los
conocimientos e iniciativas surgidos en aquel imperio. Impulsados por estos
intereses, avanzaron también en la geometría: sabían, por ejemplo, que los
triángulos inscritos en un semicírculo eran rectángulos, y parece que conocían
el denominado teorema de Pitágoras (la suma de los cuadrados de los catetos de
un triángulo rectángulo es igual al cuadrado de la hipotenusa), aunque como en
toda su ciencia lo expresaban a través de casos particulares.
Utilizando
como excusa el ejemplo que acabo de citar del teorema de Pitágoras, es
importante señalar que otras civilizaciones también mostraron algún tipo de
conocimiento de él; lo que quiere decir —es el punto que quiero destacar— que
los orígenes de los saberes matemáticos se encuentran mucho más extendidos de
lo que muchos piensan, un hecho que puede también tomarse en el sentido de que
el tipo de razonamiento que caracteriza a la matemática se halla firmemente
enraizado en nuestro sistema cognitivo; esto es, en la mente de los humanos.
Así, estudiando altares construidos en India y descritos en el conjunto de
escritos conocidos como Sulvasutras (expresión que significa
«reglas de cuerdas»), que probablemente se remontan a una época no muy alejada
de la del propio Pitágoras, se ha encontrado que el conocimiento expresado por
el teorema de Pitágoras se utilizó para construir un cuadrado de área igual a
la de un rectángulo dado. Asimismo, A. Thom y A. S. Thom descubrieron que en la
construcción de monumentos megalíticos situados en el sur de Inglaterra y
Escocia se utilizaron «triángulos pitagóricos», esto es, triángulos rectángulos
cuyos lados son múltiplos enteros de una unidad fundamental de medida. En un
sentido parecido, al comparar manuscritos chinos antiguos con colecciones de
problemas matemáticos babilónicos, B. L. Van der Waerden, uno de los
historiadores más eminentes de la matemática antigua, encontró tantas analogías
que no pudo evitar concluir la posible existencia de una fuente común prebabilónica;
en otras palabras: que debió existir ya una matemática en el Neolítico, esto
es, entre, aproximadamente, el 3000 y 2500 a.C., que se había extendido desde
Europa central hasta las Islas Británicas, el Oriente Próximo, India y China.
El
nacimiento de la ciencia: Grecia
En
vista de lo anterior, cabe preguntarse por qué nos obstinamos en dar
preferencia a los griegos en nuestras exposiciones relativas a la matemática,
en particular, y a la ciencia, en general. La respuesta a semejante cuestión no
es difícil: en torno a los siglos V-IV a.C., en Grecia, las islas del mar Egeo
y Asia Menor se produjo un cambio cualitativo en el análisis de los fenómenos
de la naturaleza. «La filosofía —escribió Bertrand Russell (1872-1970) en uno
de sus libros de carácter general más apasionantes, Wisdom of the West (La
sabiduría de Occidente)— comienza cuando alguien plantea una cuestión
general, y lo mismo sucede con la ciencia. Los primeros que experimentaron esta
clase de curiosidad fueron los griegos. La filosofía y la ciencia, tal y como
la conocemos ahora, son invenciones griegas.»
En efecto, con anterioridad a los griegos el «conocimiento científico» —y a su
cabeza el matemático, el primero en el que se encontraron «verdades» que
todavía hoy sostenemos— se expresaba básicamente a través de casos
particulares. En esta característica reside la distancia que separaba a
babilonios o hindúes y sus contemporáneos y predecesores de lo que es realmente
la ciencia: en la capacidad de elevarse sobre situaciones particulares,
construyendo leyes, insertas en un sistema lógico-deductivo, que se aplican a
—o que se ejemplifican en— un conjunto, cuanto más grande mejor, de situaciones
concretas. Aunque los egipcios, que realizaron aportaciones muy notables a la
geometría (como calcular el área de un triángulo isósceles o el área de un
campo circular), avanzaron en la senda de la abstracción, ninguna otra
civilización puede competir en este punto con la helena. Sin exageración, se
puede decir que fueron los griegos los que crearon realmente la ciencia, entendida
ésta como un cuerpo de conocimientos organizados de manera sistemática, general
y racional. Y no sólo inventaron la matemática moderna y la filosofía, y
avanzaron sustancialmente en otros dominios científicos (como la astronomía,
física y ciencias naturales), también escribieron por primera vez historia, en
oposición a los meros anales, y especularon acerca de la naturaleza del mundo y
el sentido y fines de la vida, sin verse encadenados por ninguna ortodoxia
heredada.
Fue en el dominio de la matemática donde más limpiamente se pueden reconocer
algunas de las novedades más importantes introducidas por los griegos en el
pensamiento científico. Con anterioridad a ellos, el concepto de ciencia
deductivaera desconocido; en los documentos que se han conservado de antes
del período heleno no aparecen «teoremas» o «demostraciones», ni conceptos tan
fundamentales como los de «deducción», «definición», «postulado» o «axioma», de
cuya creación sólo ellos fueron responsables.
No resisto la tentación, en este punto, de citar un pasaje de un hermoso
libro, A Mathematician’s Apology (Apología de un matemático),
escrito en 1940 por el matemático británico Godfrey Harold Hardy (1877-1947):
Como
la historia prueba abundantemente, los logros en matemáticas,
independientemente de su valor intrínseco, son los más perdurables. Podemos ver
esto incluso en civilizaciones protohistóricas. Las civilizaciones babilónica y
asiria han perecido; Hammurabi, Sargón y Nabucodonosor son hoy nombres vacíos,
pero las matemáticas babilónicas son todavía interesantes y el sistema
sexagesimal de numeración se utiliza todavía en astronomía. Aunque, por
supuesto, el ejemplo crucial nos lo proporcionan los griegos. Los griegos son
los primeros matemáticos, todavía hoy «vigentes» entre nosotros. Las
matemáticas orientales pueden ser una curiosidad interesante, pero las
matemáticas griegas son la auténtica realidad. Los griegos utilizaron por
primera vez un lenguaje matemático que todavía los matemáticos de hoy pueden
entender… Arquímedes será recordado cuando Esquilo haya sido olvidado, porque
las lenguas mueren y las ideas matemáticas no.
La
precisión y seguridad que proporciona la matemática se alió de forma
incomparable con el carácter inquisitivo de la filosofía para estudiar la
naturaleza. La primera escuela de «filósofos científicos» surgió en Mileto. En
aquel puerto marítimo, Tales (c. 640-546 a.C.) se formuló una de las
preguntas filosóficas y científicas más básicas: «¿De qué están hechas las
cosas?». Y contestó: «De agua», una respuesta no tan absurda si recordamos que
el cuerpo humano está formado por cerca del ochenta por ciento de agua. Como
matemático, Tales importó de sus viajes a Egipto reglas empíricas para medir
terrenos, que le sirvieron para poner los cimientos de la geometría como
ciencia deductiva: calculó la distancia entre los navíos desde el vértice de
una torre y determinó la altura de una pirámide por la sombra que proyectaba,
cualquiera que fuese la posición del Sol. Heródoto escribió que Tales predijo
un eclipse de Sol, eclipse que se ha datado como el que tuvo lugar el 585 a.C.
A esa época debe pertenecer, pues, aquel filósofo-científico y matemático.
Seguramente contemporáneo de Tales, a quien probablemente visitó, aprendiendo
de él, es otro de los nombres inmortales que ha dejado la matemática griega:
Pitágoras (c. 580-500 a.C.), natural de Samos, una de las islas del
Dodecaneso, próxima a Mileto, que abandonó porque no podía soportar el gobierno
del tirano Polícrates. Matemático al igual que filósofo, místico lo mismo que
racionalista, fundador, tras haber viajado por lugares como Egipto y
Mesopotamia, en Crotona (Italia) de una escuela —denominada «pitagórica»— que
llegó a convertirse en una especie de grupo religioso, a Pitágoras, o, no se
sabe realmente (no se conoce ninguna obra escrita por los pitagóricos), a
miembros de su escuela, se deben, junto a su célebre, y ya mencionado, teorema,
descubrimientos como el de las relaciones numéricas simples asociadas a los
tonos musicales. La cuerda de un instrumento dará la octava si su longitud se
reduce a la mitad, mientras que si se reduce a los tres cuartos se obtiene una
cuarta, o una quinta cuando es a dos tercios; se tiene, en definitiva, que
cuando dos cuerdas de un instrumento musical vibran con sonidos armónicos, sus
longitudes se relacionan mediante expresiones numéricas del tipo 1/2, 1/3, 2/3…
Mención aparte merece el hallazgo de los números irracionales, al que llegaron
al constatar, como una mera aplicación del teorema de Pitágoras, la
inconmensurabilidad de la diagonal y el lado de un cuadrado. Ahora bien,
semejante resultado violentaba un aspecto básico de su filosofía
científico-religiosa, el carácter fundamental de los números enteros, motivo
por el cual parece que lo guardaron en secreto celosamente. Para los
pitagóricos, en efecto, todo era una encarnación de los números que se podían
determinar con precisión absoluta; éstos eran la esencia del universo, y
desarrollaron toda una hermenéutica de ellos.
Tales de Mileto con un discípulo en un manuscrito del siglo XII (Biblioteca
Comunal de Rímini).
La
fascinación por los números, al igual que la idea de que existe una profunda
relación entre ellos y la naturaleza, idea que tanto debe a Pitágoras y a sus
discípulos, se enraizaría firmemente en la ciencia posterior, al igual que en
numerosas culturas. Ciertamente, en la griega. Un ejemplo en este sentido es el
del Partenón de Atenas, en cuyo diseño participaron el escultor y arquitecto
Fidias y los arquitectos Calícates e Iatino. El alzado de este famoso templo
muestra varias relaciones áureas (por ejemplo, la relación entre la anchura de
la fachada y la altura del templo, o entre la altura total y la de las
columnas), entendiendo por «razón áurea», o «número de oro», al número
1,618033…, que posee propiedades tan sorprendentes como que tanto su cuadrado
como su inverso tienen las mismas cifras decimales que él mismo, o la de ser el
límite de una serie formada por el cociente de dos términos sucesivos de la
denominada sucesión de Fibonacci (su verdadero nombre era Leonardo de Pisa y
vivió entre 1170 y 1250), cuyo enésimo término se obtiene sumando los dos
anteriores; esto es: 0, 1, 1, 2, 3, 5, 8, 13, 21, 34, 55…
Esa
«numerización» de la naturaleza constituye de hecho uno de los rasgos
característicos del conocimiento científico, bien es cierto que sin llegar
necesariamente a los extremos pitagóricos, por mucho que se puedan encontrar
ejemplos, como el de Kepler, que llegó a concebir —en libros como Mysterium
cosmographicum (1596) o Harmonices mundi (1619)—, en
una visión no muy alejada de la que sostuvo también Platón, una «armonía
universal» rigiendo el universo, que según él estaría formado por una serie de
esferas, sobre las que se moverían los diferentes planetas, esferas
circunscritas por los cinco poliedros regulares (tetraedro, cubo, octaedro,
dodecaedro e icosaedro).
El
poder, conceptual desde luego, pero también práctico, que conferían los
conocimientos matemáticos no pudo por menos que impresionar a los griegos, como
todavía nos impresiona a nosotros, más de dos milenios después. Así, en uno de
sus Diálogos, correspondiente al libro VII de las Leyes,
Platón (c. 427-347 a.C.) ponía en boca de uno de los dos protagonistas,
el Ateniense, las siguientes frases: «hay aún tres materias de estudio para los
hombres libres: el cálculo y los números constituyen una disciplina; también el
arte de la medida de la extensión y la profundidad forman, como un único
ámbito, la segunda materia, mientras que la tercera es el estudio de las
revoluciones de los cuerpos celestes, cómo es el movimiento natural de unos en
relación con los otros. No es necesario que la mayoría estudie todo eso hasta
alcanzar un conocimiento exacto, sino unos pocos». No sería necesario, pero sí
que era, añadía, «vergonzoso que el común de los ciudadanos no sepa todo lo que
de ellas se dice —y hasta cierto punto con total corrección— que es
indispensable para la mayoría».
Y más adelante, ante otra pregunta de Clinias, el Ateniense manifestaba: «Creo
que nunca nadie podría llegar a ser en opinión de los hombres ni un dios, ni un
espíritu, ni un héroe capaz de cuidar a los seres humanos con seriedad, si no
practicara o conociera en absoluto [esas materias]. Estaría muy lejos de ser un
hombre divino si no fuera capaz de reconocer ni el uno, ni el dos, ni el tres
ni, en general, los pares y los impares, ni supiera contar, ni fuera capaz de
calcular la noche ni el día y desconociera las revoluciones de la Luna, el Sol
y los demás cuerpos celestes». Estremece pensar que tres mil años después no
hayamos sido capaces de cumplir con tan cabal recomendación, obstinándonos en
mirar a la matemática como una disciplina que sólo produce dolores de cabeza en
nuestros jóvenes escolares.
La fascinación por el círculo
El
entusiasmo que despertó entre los griegos el poder conceptual y práctico de la
matemática se plasmó de muy diversas maneras. Ya me he referido, a propósito de
Pitágoras, a algunas de ellas, pero ahora quiero mencionar otra, que ejercería
una poderosa influencia en el desarrollo de la ciencia y la filosofía durante
casi dos milenios: la fascinación por el círculo. Utilizaré, de nuevo, a Platón
para explicar a qué me refiero, pero antes no está de más decir unas palabras
sobre la biografía de esta gran figura de la Antigüedad.
Nacido
en el seno de una familia patricia de Atenas, el destino aparente de Platón era
el de político, pero bajo la influencia de Sócrates (c. 470-399 a.C.),
de quien fue discípulo, llegó a considerar a los políticos con mucho
escepticismo, convirtiéndose en filósofo y maestro. Después de viajar durante
algún tiempo, ciertamente por Sicilia, tal vez por Egipto, regresó —en el 388
a.C.— a Atenas, en donde estableció su famosa Academia, situada en una gran
instalación atlética que había sido utilizada antes por maestros como él.
En
las obras suyas que han sobrevivido, como el Timeo, la República o
las Leyes, que adoptan la forma de diálogos, apareciendo en todas
ellas la figura, idealizada, de Sócrates, Platón nos transmitió aspectos
básicos del pensamiento científico heleno: como, por ejemplo, la importancia
que tuvo para muchos de los científicos/filósofos de su época la geometría del
círculo. Esa importancia se plasmó especialmente en la descripción de los
movimientos de los cuerpos celestes, en la que los círculos, las circunferencias,
reinaron supremas (pronto, es cierto, en una enmarañada mezcla de epiciclos,
deferentes y excéntricas) hasta la llegada de la elipse con Kepler, ya en el
siglo XVII.
En los siguientes pasajes de una de sus obras más célebres, el Timeo,
encontramos algunos de los argumentos que utilizaba en la defensa del círculo,
junto a otros que se refieren a la propia naturaleza del universo (como la
teoría de los cuatro elementos):
[El]
constructor [del mundo] lo ha compuesto… de todo el fuego, de todo el aire, de
toda el agua y de toda la tierra, y no ha dejado fuera del mundo ninguna parte
de ningún elemento, como tampoco ninguna cualidad. Y lo ha combinado así,
primero para que fuera único, sin que fuera de él quedara nada de lo que
pudiera nacer otro viviente de la misma clase; y, finalmente, para que se viera
libre de vejez y enfermedades. Pues él sabía bien que, en un cuerpo compuesto,
las sustancias calientes y frías y, de una manera general, todas aquellas que
poseen propiedades energetizantes, cuando rodean a este compuesto desde fuera y
se aplican a él sin un propósito determinado, lo disuelven, hacen entrar en él
las enfermedades y la vejez y de esta manera lo hacen perecer…
En cuanto a su figura, le ha dado la que mejor le conviene y la que tiene
afinidad con él. En efecto, al Viviente que debe envolver en sí mismo a todos
los vivientes, la figura que le conviene es la figura que contiene en sí a
todas las figuras posibles. Esta es la razón por la que Dios ha constituido el
mundo en forma esférica y circular, siendo las distancias por todas partes
iguales, desde el centro hasta los extremos. Esa es la más perfecta de todas
las figuras y la más completamente semejante a sí misma. Pues Dios pensó que lo
semejante es mil veces más bello que lo desemejante.
En cuanto a la totalidad de su superficie exterior, la ha pulido y redondeado
exactamente, y esto es por varias razones. En primer lugar, en efecto, el Mundo
no tenía ninguna necesidad de ojos, ya que no quedaba nada visible fuera de él,
ni de orejas, ya que tampoco quedaba nada audible. No le rodeaba ninguna
atmósfera que hubiera exigido una respiración. Tampoco tenía necesidad de
ningún órgano, bien fuera para absorber el alimento, bien para expeler lo que
anteriormente hubiera asimilado. Pues nada podía salir de él por ninguna parte,
y nada tampoco podía entrar en él, ya que fuera de él no había nada. En efecto,
es el Mundo mismo el que se da su propio alimento por su propia destrucción.
Todas sus pasiones y todas sus operaciones se producen en él, por sí mismo, de
acuerdo con la intención de su autor. Pues el que lo construyó pensó que sería
mejor si se bastaba a sí mismo, en lugar de tener necesidad de alguna otra
cosa. No tenían para él ninguna utilidad las manos, hechas para coger o apartar
algo, y el artista pensó que no había necesidad de dotarle de estos miembros
superfluos, ni le eran tampoco útiles los pies, ni, en general, ningún órgano
adaptado a la marcha.
Unido
a las ideas y desarrollos técnicos astronómicos de pensadores como Aristóteles
(c. 384-322 a. C.) y Claudio Ptolomeo (c. 90 - c.
170), junto a las tesis defendidas por la Iglesia católica, la esencia del
planteamiento que hacía Platón en el Timeo formaría la
denominada visión aristotélico-ptolemaica del universo, que dominó la ciencia
del cosmos —y en particular el sistema solar— hasta la llegada de Galileo
Galilei, e incluso más allá, si tenemos en cuenta que detrás de las ideas
propagadas y popularizadas por Platón se encontraba también la de que la
estructura y los movimientos de los cuerpos presentes en la naturaleza
obedecían a algo así como una «lógica matemática», entendida ésta no sólo en el
sentido, de que, como afirmó Galileo en uno de sus libros, Il
saggiatore (El ensayador; 1623), la ciencia «está escrita en el
gran libro del universo que se encuentra siempre abierto ante nuestros ojos,
[pero ese libro] es incomprensible si uno no aprende antes a comprender su
lenguaje y a leer las letras en las que está compuesto. Está escrito en el
lenguaje de la matemática y sus caracteres son triángulos, círculos y otras
figuras geométricas sin las cuales es humanamente imposible comprender una sola
de sus palabras»; entendido, digo, no sólo en este sentido, sino también en el
de que esa misma estructura y movimientos debían corresponder a figuras
matemáticas «bellas» (un concepto este, por supuesto, completamente subjetivo).
Aristóteles, por Justo de Gante (Museo del Louvre).
Claudio Ptolomeo, por Justo de Gante (Museo del Louvre).
La
cumbre de la matemática griega: los Elementos de Euclides
La nómina de filósofos-científicos griegos que con sus contribuciones
influyeron, condicionándolo, en el desarrollo posterior del conocimiento es
larga, muy larga, pero ninguna lista estaría completa si no incluyese un
nombre: el de Euclides de Alejandría (c. 300 a.C.). George Sarton, uno
de los padres fundadores de la historia de la ciencia moderna, escribió de él
lo siguiente (Hellenistic Science and Culture in the Last Three Centuries B.
C. [Ciencia y cultura helénicas en los últimos tres siglos a.C.];
1959): «Todos conocemos su nombre y su obra principal, los Elementos de
geometría, pero sabemos muy poco sobre él. Lo poco que sabemos —y es muy
poco— lo deducimos y fue publicado después de su muerte. Esta clase de
ignorancia, sin embargo, no es excepcional sino frecuente. La humanidad
recuerda a los déspotas y a los tiranos, a los políticos de éxito, a los
hombres con fortuna (o a algunos al menos), pero olvida a sus grandes
benefactores. ¿Qué sabemos sobre Homero, Tales, Pitágoras, Demócrito…? Más aún,
¿qué sabemos sobre los arquitectos de las catedrales antiguas o sobre
Shakespeare? Los grandes hombres del pasado son desconocidos, incluso aunque
hayamos recibido sus obras y disfrutado de sus abundantes bendiciones».
No sabemos de él con seguridad, en efecto, ni las fechas de su nacimiento ni de
su muerte; se le denomina «de Alejandría» —la ciudad fundada por Alejandro
Magno en la desembocadura del Nilo en el año 331 a.C.— porque es la única
ciudad con la que se le puede asociar con seguridad. Probablemente fue educado
en Atenas, en la Academia de Platón, uno de los principales centros matemáticos
del siglo IV a.C., y seguramente el único en el que pudo haber reunido los
conocimientos que aglutinó en los Elementos. Cuando la situación
política convirtió Atenas en un lugar complicado para vivir y trabajar, se
habría marchado a Alejandría. La Alejandría de los Ptolomeos, en donde la
filosofía fue un tanto marginada, mientras que florecieron las ciencias y la
literatura, en las que los sucesores de Alejandro estaban más interesados.
Los Elementos —que algunos datan en torno al 325 a.C.— fueron
dedicados a Ptolomeo I Sóter, quien se supone fundó la célebre Biblioteca de
Alejandría, cuyo segundo bibliotecario, por cierto, fue Eratóstenes (c.
276-196 a.C.), quizá el más grande de los antiguos geógrafos; «un matemático
entre los geógrafos», entre cuyas aportaciones científicas se encuentra una
técnica para medir la circunferencia de la Tierra.
Teorema de Pitágoras en una traducción de los Elementos de
Euclides al árabe impresa por la Typographia Medica de Roma en 1594.
Aparentemente,
mientras trabajaba en Alejandría, Euclides decidió compilar y sistematizar
todos los conocimientos matemáticos realizados hasta entonces, seguramente
incluidos muchos en libros que no nos han llegado (sólo ha sobrevivido un
tratado matemático completo —Sobre la esfera en movimiento— anterior a
los Elementos, debido a un contemporáneo de Euclides, aunque más
mayor, Autólico de Pitania). Fruto de aquella decisión fueron los Elementos.
No hay, en mi opinión, momento superior en la historia del pensamiento griego
que el de la composición de esta obra, la obra matemática por excelencia, en la
que con la precisión, elegancia y saber del cirujano mejor dotado, se compone
un acabado edificio de proposiciones matemáticas a partir de un grupo previamente
establecido de definiciones y axiomas, que se combinan siguiendo las reglas de
la lógica.
Se trata de una obra formada por trece libros, o capítulos. Los seis primeros
dedicados a la geometría plana elemental, los tres siguientes a la teoría de
los números (incluyendo una demostración de la infinitud de los números
primos), el décimo a los inconmesurables y los tres últimos a la geometría de
los cuerpos sólidos (Euclides concluyó que los únicos poliedros posibles eran
los ya citados tetraedro, cubo, octaedro, dodecaedro e icosaedro, dotados,
respectivamente, de 4, 6, 8, 12 y 20 caras iguales).
Euclides da la bienvenida a estudiantes en la puerta del Círculo en el que
Tartaglia está rodeado por Aritmética, Geometría, Música, Astronomía y otras
disciplinas matemáticas. Un cañón que se ha disparado muestra las trayectorias
definidas por Tartaglia. En el círculo más alejado se sienta Filosofía. En la
banda, en la mano de Platón se lee: «Nadie que no sea experto en Geometría
puede entrar aquí», mientras Aristóteles se adelanta para recibir a los
estudiantes. Lámina de Nova scientia (Venecia, 1537) de Niccolò Tartaglia.
Merece
la pena leer las primeras líneas de este libro grandioso, en las que se
encuentra su núcleo básico, sus auténticos pilares fundacionales, aquello que
parece tan evidente que tendemos a pensar que son las verdades, los elementos
irreductibles de la naturaleza, y, en consecuencia, acaso de nuestro esquema
mental también. A partir de ellos, ya sólo resta combinarlos y comenzar a
elaborar y a enumerar proposición tras proposición.
Retrato del matemático Fray Luca Pacioli y joven desconocido, de Jacopo de
Barbari (primer cuarto del siglo XVI), Museo de Capodimonte (Nápoles).
Euclides, Elementos:
DEFINICIONES
1. Un
punto es lo que no tiene partes.
2. Una
línea es una longitud de anchura.
3. Los
extremos de una línea son puntos.
4. Una
línea recta es aquella que yace por igual respecto de los puntos que están en
ella.
5. Una
superficie es lo que sólo tiene longitud y anchura.
6. Los
extremos de una superficie son líneas.
7. Una
superficie plana es aquella que yace por igual respecto de las líneas que están
en ella.
8. Un
ángulo plano es la inclinación mutua de dos líneas que se encuentran una a otra
en un plano y no están en línea recta.
9. Cuando
las líneas que comprenden el ángulo son rectas el ángulo se llama rectilíneo.
10. Cuando
una recta levantada sobre otra recta forma ángulos adyacentes iguales entre sí,
cada uno de los ángulos iguales es recto y la recta levantada se llama
perpendicular a aquella sobre la que está.
11. Ángulo
obtuso es el (ángulo) mayor que un recto.
12. Ángulo
agudo es el (ángulo) menor que un recto.
13. Un
límite es aquello que es extremo de algo.
14. Una
figura es lo contenido por uno o varios límites.
15. Un
círculo es una figura plana comprendida por una línea [que se llama
circunferencia] tal que todas las rectas que caen sobre ella desde un punto de
los que están dentro de la figura son iguales entre sí.
16. Y el
punto se llama centro del círculo.
17. Un
diámetro del círculo es una recta cualquiera trazada a través del centro y
limitada en ambos sentidos por la circunferencia del círculo, recta que también
divide el círculo en dos partes iguales.
18. Un
semicírculo es la figura comprendida entre el diámetro y la circunferencia por
él cortada. Y el centro del semicírculo es el mismo que el del círculo.
19. Figuras
rectilíneas son las comprendidas por rectas, triláteras las comprendidas por
tres, cuadriláteras las comprendidas por cuatro, multiláteras las comprendidas
por más de cuatro rectas.
20. De
entre las figuras triláteras, triángulo equilátero es la que tiene los tres
lados iguales, isósceles la que tiene sólo dos lados iguales, y escaleno la que
tiene los tres lados desiguales.
21. Además,
de entre las figuras triláteras, triángulo rectángulo es la que tiene un ángulo
recto, obtusángulo la que tiene un ángulo obtuso, acutángulo la que tiene los
tres ángulos agudos.
22. De
entre las figuras cuadriláteras, cuadrado es la que es equilátera y
rectangular, rectángulo la que es rectangular pero no equilátera, rombo la que
es equilátera pero no rectangular, romboide la que tiene los ángulos y lados
opuestos iguales entre sí, pero no es equilátera ni rectangular; y llámense
trapecios las demás figuras cuadriláteras.
23. Son
rectas paralelas las que estando en el mismo plano y siendo prolongadas
indefinidamente en ambos sentidos, no se encuentran una a otra en ninguno de
ellos.
POSTULADOS
1. Postúlese
el trazar una línea recta desde un punto cualquiera hasta un punto cualquiera.
2. Y el
prolongar continuamente una recta finita en línea recta.
3. Y el
describir un círculo con cualquier centro y distancia.
4. Y el
ser todos los ángulos rectos iguales entre sí.
5. Y
que si una recta al incidir sobre dos rectas hace los ángulos internos del
mismo lado menores que dos rectos, las dos rectas prolongadas indefinidamente
encontrarán en el lado por el que están los (ángulos) menores que dos rectos.
NOCIONES
COMUNES
1. Las
cosas iguales a una misma cosa son también iguales entre sí.
2. Y si
se añaden cosas iguales a cosas iguales, los totales son iguales.
3. Y si
de cosas iguales se quitan cosas iguales, los restos son iguales.
4. Y
las cosas que coinciden entre sí son iguales entre sí.
5. Y el
todo es mayor que la parte.
Con
respecto a la geometría, durante prácticamente dos milenios se aceptó la idea
de que la geometría contenida en los Elementos, hoy denominada
«euclidiana», era la única posible. Sería en el siglo XIX cuando se demostró
que el quinto postulado, del que se deduce que «por un punto exterior a una
recta sólo se puede trazar otra línea recta en su plano, que pase por el punto
y que nunca llegue a encontrarse con la primera línea», no es el único
imaginable, siendo posibles otros que dan origen a las que en la actualidad se
denominan «geometrías no euclidianas», surgidas de los trabajos de Nicolai
Lobachevski (1793-1856), János Bolyai (1802-1860) y Bernhard Riemann
(1826-1866).
La fascinación ejercida por la matemática euclidiana
Independientemente de sus contenidos o del hecho de que sea la primera obra
matemática fundamental que ha llegado hasta nosotros, quiero señalar que —y
dejando de lado a obras religiosas como la Biblia— los Elementos de
Euclides ha sido seguramente el libro de texto que más influencia ha ejercido
en la historia de la humanidad. Copiado y editado miles de veces (la primera
edición impresa apareció en Venecia —en latín, bajo el título Praeclarissimus
liber elementorum Euclides, traducida probablemente del árabe por Alejandro
de Bath [c. 1260] y revisada por Giovanni Campano de Novara [c.
1260]— en 1482), hasta hace no muchos años ha formado parte de los textos
clásicos de enseñanza de muchas escuelas secundarias a lo largo y ancho del
planeta. Y, ya fuese en las aulas o fuera de ellas, la claridad de sus
demostraciones dejó su impronta en generaciones y generaciones de jóvenes. Una
impronta que sirvió al pensamiento en general, a características tan humanas
como son las artes de la expresión, el razonamiento y la comunicación. Y, claro
está, también a la ciencia y a los científicos. Y entre éstos a los mejores.
Como Bertrand Russell y Albert Einstein, quienes dejaron constancia en sus
respectivas autobiografías de lo mucho que debían a Euclides. «A la edad de
once años —escribió Russell en el primer volumen de sus memorias—, comencé
Euclides, con mi hermano como tutor. Este fue uno de los grandes sucesos de mi
vida, tan deslumbrante como el primer amor. No había imaginado que existiese en
el mundo algo tan delicioso. Después de haber aprendido la quinta proposición,
mi hermano me dijo que esta era considerada generalmente difícil, pero yo no
encontré ningún tipo de dificultad. Fue la primera vez que se me ocurrió la
idea de que acaso tuviese alguna inteligencia.»
Portada (anotada) de los Elementos de Euclides en griego (Basilea,
1533). Edición preparada por el teólogo protestante Simon Grynaeus, profesor de
griego en la Universidad de Basilea.
Primera edición impresa de los Elementos de
Euclides: Praeclarissimus liber elementorum Euclides (1482).
Casi
a la misma edad, Einstein experimentó una impresión similar, como escribió en
su autobiografía (1949):
A la
edad de doce años experimenté un segundo asombro de naturaleza muy distinta [el
primero fue con una brújula]: fue con un librito sobre geometría euclídea del
plano, que cayó en mis manos al comienzo de un curso escolar. Había allí
asertos como, por ejemplo, la intersección de las tres alturas de un triángulo
en un punto, que, aunque en modo alguno evidentes, podían probarse con tanta
seguridad que parecían estar a salvo de toda duda. Esta claridad, esta certeza,
ejerció sobre mí una impresión indescriptible. El que hubiera que aceptar los
axiomas sin demostración no me inquietaba; para mí era más que suficiente poder
construir demostraciones sobre esos postulados cuya validez no se me antojaba
dudosa. Recuerdo, por ejemplo, que el teorema de Pitágoras me lo enseñó uno de
mis tíos, antes de que el sagrado librito de geometría cayera en mis manos.
Tras arduos esfuerzos logré probar el teorema … Solamente necesitaba
probar aquello que no me parecía evidente… Esta concepción primitiva, sobre la
que seguramente descansa también la famosa cuestión kantiana en torno a la
posibilidad de «juicios sintéticos a priori», se basa naturalmente en que
la relación entre esos conceptos geométricos y los objetos de la experiencia…
estaba allí presente de modo inconsciente. Si bien parecía que a través del
pensamiento puro era posible lograr un conocimiento seguro sobre los objetos de
la experiencia, el milagro descansaba en un error. Mas para quien lo
vive por primera vez, no deja de ser maravilloso que el hombre sea siquiera
capaz de lograr, en el pensamiento puro, un grado de certidumbre y pureza como
el que los griegos nos mostraron por primera vez en la geometría.
Bernhard Riemann.
Bertrand Russell, por Augustus John (c. 1913).
Sobre
física y matemáticas
Además de mostrar la atracción que podía ejercer sobre algunos espíritus e
inteligencias la estructura y rigor lógico de la matemática euclidiana, el
anterior texto de Einstein plantea con claridad el problema de la relación de
la matemática con las ciencias naturales, al que ya he aludido. En principio,
no parece que sea posible, por muy tentadora que resulte la idea, lograr un
conocimiento seguro de los objetos de la experiencia, esto es, de la
naturaleza, a través del pensamiento puro, encarnado en estructuras y
razonamientos matemáticos. La matemática es, sí, un instrumento universal de
conocimiento, pero tiene sus límites.
Sucede, sin embargo, que no todos están de acuerdo sobre cuáles son tales
límites. O si existen realmente. Y en este punto es oportuno mencionar al
científico británico Paul Dirac (1902-1984), uno de los físicos más destacados
del siglo XX (entre sus aportaciones se encuentra una de las formulaciones más
fecundas y elegantes de la mecánica cuántica, y la ecuación relativista del
electrón, de la que surgió, como consecuencia casi inevitable, la predicción de
la existencia de la antimateria). Dirac no compartía totalmente la opinión de
Einstein, según la cual es un error pensar que es posible lograr, de manera
sistemática, un conocimiento seguro sobre los objetos de la experiencia
mediante el pensamiento matemático puro. Para él, en su estudio de los
fenómenos naturales el físico tiene dos métodos para progresar: uno, el de
experimento y observación, y otro, el de razonamiento matemático. El primero
es, escribió en un artículo publicado en 1938-1939 («The relation between
mathematics and physics» [«La relación entre matemáticas y física»]),
«simplemente la reunión de datos selectos», mientras que el segundo «nos
permite inferir resultados de experimentos que no se han realizado». «No existe
—añadía— razón lógica por la que el segundo método tenga que ser posible, pero
se ha demostrado en la práctica que funciona con notable éxito. Esto debe
adscribirse a alguna cualidad matemática en la naturaleza, una
cualidad que el observador ocasional de la naturaleza no sospecharía, pero que
sin embargo desempeña un importante papel en el esquema de la misma.»
La matemática como ciencia práctica: utilizando la geometría para determinar
la altura de una torre. Ilustración tomada de Johannes Stöffler (1452-1531),
Elucidatio fabrica ususque astrolabii («Una explicación de la construcción y
uso del astrolabio», Tubinga, 1512).
«La matemática y las artes militares», lámina de Walter Ryff, Der
mathematischen und mechanischen Künst (Nuremberg, 1547).
«Cualidad
matemática en la naturaleza», puede querer decir, claro está, cualquier
cosa; por ejemplo que el universo está constituido de tal manera que la
matemática es un instrumento útil para describir su estructura. Pero para Dirac
semejante manifestación era demasiado trivial. «La conexión entre la matemática
y la descripción del universo —señaló— es más profunda que esto… La matemática
pura y la física están relacionadas cada vez más estrechamente, aunque sus
métodos continúan siendo diferentes. Se puede describir la situación diciendo
que el matemático practica un juego en que él mismo inventa las reglas,
mientras que el físico practica un juego en el que la naturaleza proporciona
las reglas, pero que según transcurre el tiempo se hace cada vez más evidente
que las reglas que el matemático encuentra interesantes son las mismas que las
que ha escogido la naturaleza. Es difícil predecir cuáles serán los resultados
de todo esto. Posiblemente, las dos materias se unificarán en última instancia,
teniendo entonces su aplicación física toda rama de la matemática pura, cuya
importancia en la física será, por otra parte, proporcional al interés que
tenga en la matemática.» Y añadía: «Actualmente, nos encontramos, por supuesto,
muy lejos de este nivel, incluso con relación a algunas de las cuestiones más
elementales».
Paul Dirac.
Lo
que Dirac estaba diciendo es, con otras palabras, que en su opinión en última
instancia no es, no será, cierta la creencia generalmente aceptada de que la
física se distingue de la matemática porque en aquélla es preciso seleccionar,
eliminar, relaciones matemáticas para las que no encontramos correlatos en la
naturaleza; la creencia de que las leyes de las ciencias naturales son un
subconjunto de las leyes y estructuras matemáticas. Parece que Dirac pensaba
—es, ciertamente, un pensamiento arriesgado— que las ciencias de la naturaleza
y la matemática coinciden, de alguna manera, realmente, pero que todavía no se
han descubierto todos los fenómenos naturales a los que aguarda su estructura
matemática.
Pero dejemos estas especulaciones y volvamos al desarrollo histórico de la
matemática.
La era de la certidumbre
A
pesar de todas sus virtudes, novedades y aparente perfección, los Elementosde
Euclides no agostaron el universo de los problemas matemáticos. Todo lo
contrario: tras esa inmortal obra, la matemática fue haciéndose más poderosa y
variada, logrando que el historiador de la ciencia se sienta avergonzado ante
la sola idea de intentar resumir su desarrollo. Puedo, no obstante, superar tal
vergüenza, en tanto que, lo repito una vez más, lo que yo pretendo en este
libro es únicamente resaltar algunas ideas relativas a la ciencia —en este
capítulo a la matemática—, en sí misma y en lo que su papel como instrumento de
conocimiento se refiere. Citaré, a modo de ejemplo, sin ninguna pretensión de
completitud, algunos nombres. Nombres como el de Diofanto de Alejandría (c.
200-284), con quien nació verdaderamente —no importa que, por supuesto, se
puedan citar muchos predecesores—, alrededor de 600 años después de Euclides,
una ciencia nueva y especialmente importante: el álgebra. En un libro que
tituló Arithmetica (escrito, parece, hacia el año 250),
Diofanto estudió la resolución exacta de algunas ecuaciones, avanzando,
asimismo, en una dirección básica para el álgebra, la de la introducción de
abreviaturas (notación algebraica). Todavía hoy llamamos a algunas ecuaciones
«diofánticas».
Un nuevo salto, esta vez todavía mayor, de 1.200 años, nos llevaría al
Renacimiento, a personajes como Niccolò Tartaglia (c. 1499-1557), que
enseñó matemáticas en Verona y Venecia, tradujo Euclides al italiano (la
primera traducción que se le hizo a esta lengua) y Arquímedes al latín,
descubriendo (1535), entre otras aportaciones, un método que hacía posible
resolver ecuaciones cúbicas, método que Girolamo Cardano (1501-1576) divulgó en
su Artis magnae, sive de regulis algebraicis, 1545 (El gran
arte, sobre las reglas algebraicas), traicionando la confidencia que le
había hecho su colega y compatriota.
Pero siendo importantes, imprescindibles realmente, para que la matemática
pudiera continuar progresando, aportaciones como las anteriores son menores
cuando se comparan con las de tres gigantes del siglo XVII y comienzos del
XVIII: René Descartes (1596-1650), Isaac Newton (1642-1727) y Gottfried Wilhelm
Leibniz (1646-1716).
Descartes creó la geometría analítica, también denominada «geometría
cartesiana», en la que los problemas geométricos pueden traducirse a forma
algebraica. Se trataba de un método extremadamente poderoso para resolver
problemas geométricos y, a la postre, también dinámicos (el problema del
movimiento de los cuerpos), un método que conservamos más de tres siglos
después.
En más de un sentido, la contribución de Descartes preparó el camino para el
gran descubrimiento de Newton y Leibniz: el del cálculo diferencial (o
infinitesimal) e integral, el universo de las derivadas y las integrales; un
instrumento incomparable para la indagación matemática y física, al que me
referiré de nuevo en el próximo capítulo, dedicado a Newton.
René Descartes, retrato por Frans Hals (Museo del Louvre).
El
cálculo infinitesimal a la manera de Leibniz propició la revolución analítica que
se introdujo en la matemática europea durante la segunda mitad del siglo XVIII,
gracias a los esfuerzos de, especialmente, Leonhard Euler (1707-1783) y Joseph
Louis Lagrange (1736-1813). Éste avanzó sustancialmente en la dirección de
reducir la mecánica, el estudio de los movimientos, al análisis, en lo que se
vendría a denominar mecánica analítica. Se la llamó analítica porque
sus principales características eran la manipulación formal de ecuaciones, el
empleo de un método formal, o algebraico, esto es, analítico. Frente al enfoque
«sintético», visual, newtoniano, los analistas negaban la necesidad de
deducciones físicas o geométricas, argumentando que el enfoque intuitivo de la
escuela sintética daba lugar a inconsistencias dentro del análisis: así, para
llevar una mayor «pureza algebráica» a la teoría de límites, que tantos
problemas planteó a Newton, la dotaron de definiciones abstractas libres de
cualquier artificio heurístico. Se abrió de esta manera un camino por el que
transitaron, entre muchos otros, Carl Friedrich Gauss (1777-1855), SiméonDenis
Poisson (1781-1840), Augustin Cauchy (1789-1857), Karl Gustav Jacobi
(1804-1851), William Rowan Hamilton (1805-1865) o Henri Poincaré (1854-1912).
Carl Friedrich Gauss.
Otro
avance fundamental, éste ya durante el siglo XIX, es el de la teoría de grupos.
Y ahí el nombre más destacado es del francés Évariste Galois (1811-1832), que
se dio cuenta de que el problema de desarrollar una teoría general de las
ecuaciones algebraicas está regido en cada caso particular por un cierto grupo
de sustituciones, en el cual se reflejan las propiedades más importantes de la
ecuación considerada. Este descubrimiento, que los sucesores de Galois, y en
particular Camille Jordan (1838-1922), esclarecerían y desarrollarían, tiene
consecuencias que afectan a un área más vasta de la matemática que la teoría de
resolución de ecuaciones. Como señaló en 1895 el gran matemático noruego Sophus
Lie (1842-1899): «El gran alcance de la obra de Galois se deriva de este hecho:
que su teoría, tan original, de las ecuaciones algebraicas es una
aplicación sistemática de dos nociones fundamentales como son la de grupo e
invariante… la noción de invariante es evidente en los trabajos de
Vandermonde, Lagrange, Gauss, Ampère y Cauchy. Por el contrario, es Galois el
primero, me parece, que introdujo la idea de grupo; y en todo caso, él es el
primer matemático que ha profundizado en las relaciones existentes entre las
ideas de grupo y de invariante». Ideas que en más de un sentido encontraron uno
de sus momentos culminantes cuando en 1872, Felix Klein (1849-1925) pronunció
su conferencia inaugural como nuevo catedrático de la Universidad de Erlangen.
Conferencia que tituló «Consideraciones comparativas sobre las investigaciones
geométricas modernas», y que nosotros conocemos como, simplemente, «El programa
de Erlangen», en el que definió la geometría de la manera siguiente: «Dado un
conjunto de cualquier número de dimensiones, y un grupo de transformaciones
entre sus elementos, se llama geometría al estudio de las propiedades de aquel
conjunto que son invariantes respecto de las transformaciones de este grupo».
De esta forma, el estudio de la geometría se reducía al de todos los grupos de
transformación imaginables, que son, por supuesto, infinitos.
Évariste Galois.
Es
difícil apreciar el extraordinario papel que, desde que fueron introducidas y
sistematizadas, ha desempeñado en la ciencia —en la matemática y en la física,
especialmente— la teoría de grupos, así como la noción de invariancia y la,
estrechamente ligada a ella, de simetría (en matemática se dice que existe una
simetría cuando un conjunto determinado mantiene su configuración al ser
sometido a una cierta transformación).
La idea de simetría es particularmente atractiva. Nos indica una cualidad o
propiedad común, constante, que subyace detrás de las apariencias. En tanto que
uno de los objetivos preferentes de la ciencia es precisamente identificar
regularidades (acaso sea el único objetivo real, puesto ¿qué es una ley
científica sino la expresión de una regularidad, de algo que se conserva?), es
natural que los científicos reciban con especial agrado a cualquier simetría.
El primer principio de simetría importante conscientemente descubierto en la
física fundamental fue la invariancia (o simetría) de Lorentz. En este proceso
la invariancia fue un descubrimiento secundario, pero Hermann Minkowski se
encargó enseguida de dar la vuelta al procedimiento, requiriendo que las
ecuaciones fuesen invariantes. Einstein quedó tan impresionado con las
poderosas consecuencias físicas de los principios de simetría que trabajó para
ampliar la invariancia de Lorentz, lo que le llevó, junto al principio de
equivalencia, a la teoría de la relatividad general. Se puede decir, por
consiguiente, que Einstein inició el principio —o el «movimiento»— de que la
simetría dicta las interacciones, una idea que desempeñó un papel esencial en
la física teórica del siglo XX.
Una de las luces, en efecto, que han iluminado la investigación teórica en la
física de altas energías se encuentra en los principios de simetría (de todo
tipo, como la simetría partícula-antipartícula, y no únicamente clásicos como
la homogeneidad espacial o temporal). Steven Weinberg (1933-), uno de los
físicos teóricos más destacados de la segunda mitad del siglo XX ha escrito en
este sentido: «Cada vez está más claro que el grupo de simetría de la
naturaleza es la cosa más profunda que podemos entender en la actualidad sobre
la naturaleza. Me gustaría sugerir aquí algo de lo que no estoy realmente
seguro pero que es al menos una posibilidad: que especificar el grupo de
simetría de la naturaleza puede ser todo lo que necesitemos decir acerca del
mundo físico, más allá de los principios de la mecánica cuántica».
Desde este punto de vista, al nivel más profundo todo lo que existiría serían
simetrías y respuestas a simetrías. La propia materia se disuelve y el universo
se nos aparece como una gran representación de conjuntos (técnicamente grupos)
de simetrías.
Claro que también es posible defender ideas en principio opuestas. Animado por
los resultados a los que llegaba en sus estudios sobre la relación existente
entre actividad óptica, estructura cristalina y la composición química de
compuestos orgánicos (el ácido tartárico en especial), Louis Pasteur escribió
en 1874 que el «universo es una estructura asimétrica y estoy convencido de que
la vida, tal y como nosotros la conocemos, es un resultado directo de la
asimetría del universo o de las consecuencias que ello entraña».
De hecho, la física de los últimos tiempos ha desarrollado un concepto que se
amolda bastante bien a la idea de Pasteur. Me refiero al concepto de ruptura de
simetría, cuya introducción en la física teórica ha sido comparada con la
«demolición» de las esferas celestes realizada por Copérnico y Kepler.
Expuesto de una manera elemental, las rupturas de simetrías son procesos
mediante los cuales, en determinadas circunstancias o en momentos concretos de
la historia del universo, las simetrías que hasta entonces se verificaban se
rompen, dando origen a nuevos fenómenos o fuerzas. El ejemplo paradigmático en
este sentido es el de las interacciones. En la actualidad vemos cuatro fuerzas
diferentes, pero en el comienzo y primeros instantes de vida del universo
habría existido una única fuerza; al irse expandiendo y en consecuencia
enfriando el universo, se habría ido «desintegrando» aquella fuerza en las
cuatro que conocemos. La física teórica dispone desde hace tiempo de teorías en
las que tres de las cuatro fuerzas han sido unificadas en el sentido anterior.
Primero se desarrolló (Steven Weinberg y Abdus Salam [1967-1968] con
aportaciones de otros físicos, Sheldon Glashow en particular) la teoría
electrodébil, que unificaba la interacción débil y la electromagnética; más
tarde vino la denominada teoría estándar, que incluía también a la interacción
fuerte. Todavía no se ha resuelto el problema de la gran unificación, que tenga
en cuenta también la fuerza gravitacional, aunque existen teorías candidatas,
como la de supercuerdas. Otros procesos de ruptura espontánea de simetrías
especialmente importantes son aquellos que contribuyen a explicar (mediante un
mecanismo denominado de Anderson-Higgs) las diversas masas de las partículas
que aparecen en el modelo estándar.
Regresando a la idea de Pasteur, tendríamos que en cierto sentido habría tenido
razón: parece inevitable aceptar que la vida, en cualquiera de sus formas, sólo
es posible cuando existen regiones en las que la temperatura no es
excesivamente alta. Pero ha sido precisamente el enfriamiento cósmico el responsable
de la ruptura de la gran simetría que imperó en los primeros instantes del
universo. En este, restringido, sentido vida y asimetría aparecen como
distintos aspectos de una misma realidad.
El poder del infinito
Aunque no es una caracterización completamente correcta (pensemos, por ejemplo,
en la topología, que se ocupa de, por decirlo de alguna forma, relaciones), la
matemática tiene mucho que ver con la cuantificación. Ahora bien, en principio
parece que sólo se puede cuantificar aquello que es finito, no lo infinito. Sin
embargo, esta idea es errónea, aunque llevó mucho tiempo a los matemáticos
comprender bien el sentido de tal error, lo que no quiere decir, de todas
maneras, que la noción de «infinito» no figurase entre sus constructos.
En efecto, ya en la primera mitad del siglo VII, el astrónomo indio Brahmagupta
(598-670), definió el infinito como el número cuyo denominador es cero; se
utiliza para él el símbolo ∞ (introducido, parece, por el matemático inglés
John Wallis [1616-1703] en 1655).
Aunque en una discusión más completa no podría olvidarse a Bernardus Bolzano
(1781-1848), autor de un tratado (publicado póstumamente en 1850, sobre Paradoxien
des Unendlichen (Paradojas del infinito), fue realmente Georg
Cantor (1845-1918) quien, a finales del siglo XIX, se dio cuenta de que hay,
por expresarlo de alguna forma, muchos infinitos, sentando así las bases de la
teoría de los conjuntos y de los números transfinitos. La idea que subyace en
esta nueva matemática es la de contar los elementos de dos conjuntos
poniéndolos en correspondencia, uno a uno, sin repetición ni omisión. De esta
manera, es inmediato ver que hay igual cantidad de números naturales (1, 2, 3,
4…) que de números pares o impares. Asimismo, todo segmento de una recta
contiene el mismo número —infinito— de puntos que cualquier otro segmento de
una línea recta; también —fue el primer descubrimiento revolucionario de
Cantor— hay tantos puntos en todo el plano como en una recta. Ocurre, sin
embargo, que estos últimos infinitos no son de la misma naturaleza que el
infinito de los números enteros (… −3, –2, –1, 0, 1, 2, 3…): es el infinito de
los números irracionales (aquellos que no se pueden expresar como cociente de
dos enteros). Nos vemos conducidos así a hablar de «números cardinales», el
número de elementos que tiene un conjunto: para conjuntos finitos, su número
cardinal (o «potencia») es el número usual de sus elementos, mientras que para
conjuntos infinitos es preciso introducir nuevos términos; Cantor utilizó la
primera letra del alfabeto hebreo, «aleph», seguida del subíndice cero —ℵ0—,
para denotar el número cardinal del conjunto de los naturales.
Este número tiene propiedades que desde la lógica habitual, aristotélica,
parecen paradójicas:
ℵ0 +
1 = ℵ0
ℵ0 + ℵ0 = ℵ0
ℵ02 = ℵ0
A
cualquier conjunto cuyos elementos se pueden poner en correspondencia uno-a-uno
con el conjunto de los naturales, Cantor lo denominó «numerable». Ya he
indicado que los números pares y los impares son numerables, pero es posible
demostrar que también lo es el conjunto de los enteros. Lo mismo sucede con los
racionales. Un número racional p/q se define mediante una
pareja —(p, q)— de enteros, por tanto la cantidad de
racionales será ℵ02, pero esto es igual, recordemos, a ℵ0.
Sin embargo, no ocurre otro tanto con los números reales (que podemos
considerar como números decimales con una cantidad ilimitada de cifras
decimales). La demostración de que hay más números reales que enteros o
naturales no es inmediata, pero Cantor logró probarlo, y asignó a ese nuevo
número cardinal la letra c.
Se trataba, obviamente, de un mundo completamente nuevo. Un mundo sorprendente
para las categorías habituales dentro de la lógica tradicional de lo finito, un
mundo que condujo al descubrimiento de nuevos y fecundos continentes
matemáticos, como el de la «teoría de conjuntos», que se instaló de manera
profunda en el cuerpo de la matemática del siglo XX.
De una forma un tanto general, pero no por ello menos real, se puede decir de
ese siglo XIX, y más aún de su segunda mitad, en el que se descubrieron todas
las posibilidades que escondía el concepto de infinito, que fue una época
extraordinariamente fructífera para la matemática, no importa que en ella se
sembraran las semillas que al germinar mostraron que algunas de las esperanzas
que había generado eran infundadas. Y es que lo verdaderamente importante en
ciencia no es que se cumplan nuestras expectativas, sino descubrir aquello que
«realmente es»; esto es, encontrar la Verdad. Una verdad que con frecuencia
suele entrar en conflicto con nuestras ideas más firmemente establecidas.
Georg Cantor en 1894.
En
todos estos aspectos, al igual que en lo que se refiere al desarrollo más
tradicional de la matemática, el siglo XIX fue, ya digo, extraordinario,
haciendo que asome una sonrisa en nuestros rostros cuando recordamos
manifestaciones como la que realizó Denis Diderot («L’interprétation de la
nature» [«La interpretación de la naturaleza»]) en el siglo XVIII:
Nos
encontramos en medio de una gran revolución en las ciencias. Las formas en que
se están estudiando en la actualidad la ética, literatura, historia natural y
física experimental me convencen de que antes de que hayan pasado otros cien
años, no será ya posible encontrar tres grandes matemáticos [géomètres] en
Europa. Se producirá en esta ciencia un abrupto alto y permanecerá allí donde
los Bernoullis, los Eulers, los Maupertuises, los Clairauts, los Fontaines y
los d’Alemberts la dejaron… En los años venideros sus trabajos se mantendrán
como las pirámides de Egipto, combinaciones de enormes masas y densos
jeroglíficos que nos inspiran un aterrador sentimiento del poder y recursos de
los hombres que las construyeron.
Crisis
en los fundamentos de la matemática
El camino de generalización abierto por matemáticos como Galois y Cantor
continuaría, cada vez con fuerza creciente. En 1899, en el umbral del nuevo
siglo, David Hilbert (1862-1943), publicaba un libro, Grundlagen der
Geometrie(Fundamentos de la geometría), en el que axiomatizaba de
manera completa la geometría, demostrando así su carácter puramente formal,
carácter que ya habían adquirido el álgebra y el análisis. Al hacer hincapié en
que incluso en una rama de las matemáticas tan aparentemente empírica como la
geometría se podía eliminar el nivel intuitivo-empírico, Hilbert se convirtió
en el principal exponente de una de las tres corrientes que caracterizaron a la
investigación matemática de las primeras décadas del siglo XX: el formalismo,
o escuela axiomática, que compartió protagonismo con otras dos, el intuicionismo,
asociada al nombre del holandés Luitzen Brouwer (1881-1967), y el logicismo,
cuya manifestación más señalada son los tres tomos de Bertrand Russell y Alfred
North Whitehead (1861-1947), Principia Mathematica (1910,
1912, 1913). En esta obra sus autores pretendían demostrar que toda la
matemática se puede basar en la lógica; esto es, que los conceptos de todas las
teorías matemáticas, al igual que los métodos de prueba e inferencia, se
podrían formular dentro del contexto de la lógica (señalemos que para Russell
lógica y aritmética estaban estrechamente ligadas: «La transición de la lógica
a la aritmética —escribió en un ensayo titulado “Is mathematics purely
linguistic?” [“¿Es la matemática puramente lingüística?”, 1950 o 1951]— es tan
gradual que nadie puede decir dónde termina una y comienza la otra, así que
estamos obligados a considerar la lógica matemática y la aritmética como una
sola materia»).
Desgraciadamente, ni siquiera en el reino de la matemática se cumplen
pretensiones tan aparentemente racionales. A pesar de los logros innegables
alcanzados en Principia Mathematica, a la postre no logró alcanzar
su meta. El propio Russell comenzó, algunos años más tarde, a dar señales de
que su fe reduccionista disminuía; él, que tan apasionadamente había defendido
la visión logicista y apriorística de la matemática, pasó a sostener la tesis
opuesta, empirista, según la cual la matemática no era diferente a, por
ejemplo, las ecuaciones de Maxwell del electromagnetismo: «ambas —manifestó en
1924— se aceptan debido a que se observa que algunas de sus consecuencias
lógicas son ciertas».
La respuesta negativa a las esperanzas de los logicistas —y también de los
formalistas— sorprendería, creo yo, tanto a ellos como a los intuicionistas. Y
lo hizo porque fue inesperada. Para comprender su novedad me detendré un
momento en uno de esos momentos históricos que se dan de vez en cuando en las
actividades humanas, sean científicas o no: la conferencia que pronunció David
Hilbert (un formalista, recordemos, no un logicista) en el Segundo Congreso
Internacional de Matemáticos, celebrado en París, del 6 al 12 de agosto de
1900. Su título, «Mathematische Probleme», aunque habitualmente es citada como
«Sobre los problemas futuros de las matemáticas».
David Hilbert en 1912, en una de las postales de profesores que se vendían
en Gotinga.
Los
pasajes que me interesan no se encuentran en ninguno de los célebres 23
problemas que Hilbert trató en aquella ocasión, sino en la parte introductoria.
Recordaba allí el catedrático de Gotinga que los «antiguos nos dieron los
primeros ejemplos de… demostraciones de imposibilidad», demostraciones como la
de que en un triángulo rectángulo isósceles la hipotenusa y el lado del ángulo
recto se encuentran en una relación irracional. Señalaba, asimismo, que en «la
matemática moderna, la cuestión de la imposibilidad de ciertas soluciones
desempeña un papel preponderante», haciendo posible resolver antiguos y
difíciles problemas, tales como la demostración del axioma de las paralelas, la
cuadratura del círculo y la resolución mediante radicales de la ecuación de
quinto grado, «aunque en un sentido completamente diferente al que se buscaba
primitivamente», al mostrar su imposibilidad.
De estos resultados, que habían desafiado a los matemáticos durante siglos,
surgió la convicción que, señalaba Hilbert, «compartirá ciertamente todo
matemático, pero de la que hasta el momento nadie ha construido prueba alguna…
de que todo problema matemático determinado debe ser a la fuerza susceptible de
una solución rigurosa, ya sea mediante una respuesta directa de la cuestión planteada,
o bien demostrando la imposibilidad de la solución». Y en este punto, añadía:
«¿Es este axioma de la posibilidad de resolver todo problema una propiedad
característica y distintiva del pensamiento matemático, o será acaso una ley
general del modo de existencia de nuestro entendimiento; a saber, que todas las
cuestiones que se plantea nuestro entendimiento son susceptibles de ser
resueltas por él?».
Límites en la matemática: Kurt Gödel
Lo que seguramente Hilbert tenía en mente era que no se había podido demostrar
que todo problema matemático, toda formulación o proposición matemática,
pudiese ser resuelta en el sentido afirmativo o negativo, pero yo no dudo de
que él estaba convencido que sería posible demostrar lo uno o lo otro. Sin
embargo, resultó que no fue, que no es, eso, ni lo uno ni lo otro, aunque si
somos cuidadosos al leer la manifestación de Hilbert, veremos que el desarrollo
al que me voy a referir no negaba —todo lo contrario, reafirmaba— que «todas
las cuestiones que se plantea nuestro entendimiento son susceptibles de ser
resueltas por él».
Ese desarrollo, que alteró profunda, dramáticamente, las creencias más
firmemente establecidas en el pensamiento científico (no sólo matemático),
constituyendo en más de un sentido el golpe de gracia para la matemática como
sistema inductivo-empírico o apriorístico, para el programa logicista al igual
que para el formalista (que insistía en la necesidad de axiomatizar la lógica,
en un sistema formal no contradictorio), vino de la mano de un lógico nacido en
Brünn, Moravia, que murió, envuelto en las grises y amargas nieblas de la
demencia, al otro lado del Atlántico, en Princeton, cuyo Institute for Advanced
Study le había acogido en 1939. Se llamaba Kurt Gödel (1906-1978).
En 1931 se publicó el artículo más famoso de Gödel y quizá de toda la historia
de la lógica: «Über formal unentscheidbare Sätze der Principia
mathematica und verwandter System» («Sobre sentencias formalmente
indecidibles de Principia Mathematica y sistemas afines»). En
él se demostraba, en primer lugar, que todos los sistemas formales de la
matemática clásica son incompletos, es decir, que para cada uno de ellos puede
construirse una sentencia indecidible (tal que ni ella ni su negación es
deducible), y que esta incompletitud es inevitable (por muchos axiomas que
añadamos, los sistemas formales siguen siendo incompletos). En segundo lugar,
Gödel mostró que es imposible probar la consistencia de un sistema formal de la
matemática clásica. En otras palabras, demostró que no es posible lograr un
reduccionismo completo en los sistemas matemáticos, ya que existen sentencias
de las que no podemos saber si son o no ciertas, y sistemas cuya consistencia
no es posible verificar.
Kurt Gödel.
Los
resultados de Gödel producen, a mí al menos, una gran admiración por la
creatividad de su autor, pero también una profunda sensación de desamparo. Ya
ni siquiera es posible encontrar seguridad en el único lugar donde creíamos que
existía, en la matemática. Claro que tal vez ese mismo resultado se pueda
interpretar como algo que humaniza a la matemática, que nos permite dejar
abierta la puerta para justificar la incertidumbre y el compromiso ante la
imposibilidad de encontrar una respuesta incontrovertible.
Por otra parte, lo que sobre todo muestra el resultado de Gödel es que, cito la
expresión hilbertiana por tercera vez: «todas las cuestiones que se plantea
nuestro entendimiento son susceptibles de ser resueltas por él». El propio
Gödel era de esta opinión. En una carta que dirigió a David Plummer el 31 de
julio de 1967, manifestaba que había construido sus teoremas de incompletitud
no para establecer limitaciones en el poder del razonamiento humano, sino más
bien para demostrar «que la clase de razonamiento necesario en matemáticas no
puede ser mecanizado completamente», reafirmando de esta forma el papel del
intelecto humano en la investigación matemática. Debido a su creencia en que la
mente humana no «es estática, sino que se desarrolla constantemente», tenía
confianza en que continuarían apareciendo nuevas ideas matemáticas. Son, en
este sentido, reveladoras las siguientes manifestaciones, incluidas en un
suplemento que añadió en 1964 a un artículo titulado «What is Cantor’s
continuum problem?» («¿Cuál es el problema del continuo de Cantor?»), publicado
inicialmente en 1947: «Pero, a pesar de lo remotos que se encuentran de la
experiencia sensorial, nosotros poseemos algo así como una percepción también
de los objetos de la teoría de conjuntos, como se ve del hecho de que la verdad
de los propios axiomas se nos hace evidente. No veo ninguna razón de por qué
debamos tener menos confianza en este tipo de percepción, esto es, en la
intuición matemática, que en la percepción sensorial, que nos induce a construir
teorías físicas y a esperar que futuras percepciones sensoriales estén de
acuerdo con ellas, y, más aún, a creer que una cuestión no decidible ahora
tiene sentido y puede ser decidida en el futuro».
Howard P. Robertson, Eugene Wigner, Hermann Weyl, Kurt Gödel, Isidor Rabi,
Albert Einstein, Rudolf Ladenburg, Robert Oppenheimer y G. M. Clemence, en el
Institute for Advanced Study de Princeton en 1949.
Ideas
muy similares expresó hace unos años el físico y matemático británico Roger
Penrose en un libro titulado The Emperor’s New Mind (La
nueva mente del emperador; 1989). En él, Penrose defendía la idea de que
existen enunciados que podemos ver que son seguros, aunque como consecuencia de
los resultados obtenidos por Gödel en 1931 no podamos asignarles la categoría
de «verdaderos». Y de ahí concluía, platónicamente, que «la noción de verdad
matemática va más allá del concepto global de formalismo. Hay algo absoluto e
“infuso” en la verdad matemática… [que] va más allá de las simples
construcciones humanas». Palabras estas que recuerdan a otras que escribió
Arthur Schopenhauer (1788-1860) en uno de sus manuscritos berlineses: «Cada
cual sólo conoce de verdad aquello que ha captado intuitivamente,
lo que sabe in abstracto supone una simple asignación al saldo de
su conocimiento intuitivo».
Pierre de Fermat.
Andrew Wiles en su despacho de Fine Hall (Princeton), 6 de febrero de 1995.
En
cualquier caso, los resultados de Gödel, esa pérdida, aparente al menos, de
certidumbre que revelan, no ha impedido que continúe progresando la
investigación matemática. Muestra de semejante progreso es, por ejemplo, el
descubrimiento de los denominados objetos fractales, entes geométricos que
pueden tener dimensiones «intermedias», como 3/2 o logaritmo neperiano de 2
dividido por logaritmo neperiano de 3, algo realmente extraordinario teniendo
en cuenta que estamos acostumbrados a entes geométricos de dimensión 3
(volúmenes), 2 (áreas), 1 (líneas) o 0 (puntos). Estos nuevos objetos, junto a
otros como los sistemas (no lineales) caóticos (aquellos que dependen
fuertemente de las condiciones iniciales), o la irresistible introducción de
los ordenadores, prometen un futuro abierto para la matemática, desde luego, y,
con su ayuda, también para otras disciplinas científicas. Sin olvidar el que ha
sido posible, finalmente, resolver viejos problemas que tenía planteada la
matemática. Así ha ocurrido, en efecto, con una conjetura que el matemático y
jurista francés Pierre de Fermat (1601-1665) propuso en 1637, en el margen de
su ejemplar del Libro II de la Arithmetica de Diofanto; el
denominado «Último teorema de Fermat», que afirma que si n es
un entero mayor que 2, la ecuación xn + yn = znno
tiene solución si x, y, z son enteros
positivos. Fue en septiembre de 1994, cuando el matemático británico, afincado
en Princeton, Andrew Wiles (1953), logró demostrar definitivamente la conjetura
de Shimura-Taniyama-Weil, que implicaba la verificación del teorema de Fermat.
Capítulo 2
El grande entre los grandes: Isaac Newton
En
uno de los ensayos más vibrantes y apasionados que he leído a lo largo de mi
vida, el economista John Maynard Keynes (1883-1946) se refería a Isaac Newton
—que nació, recordemos, en 1642 y falleció en 1727— como el «último de los
magos, el último de los babilonios y de los sumerios; la última de las grandes
mentes que contempló el mundo visible e intelectual con los mismos ojos que
aquellos que empezaron a construir nuestra heredad intelectual, hace casi diez
mil años».
Es evidente que semejante caracterización contiene elementos inaceptables.
Newton introdujo en el análisis de los fenómenos naturales —de los físicos
especialmente— un método radicalmente nuevo; un método que si ya le distinguía
de sus predecesores más cercanos (como Galileo, Kepler o Descartes), más le
separaba aún de todos aquellos que habían empezado, milenios antes, a
«construir nuestra heredad intelectual». En este sentido, ciertamente no
contempló el mundo físico de la misma manera que los antiguos. Y sin embargo, a
pesar de tales diferencias, las frases de Keynes —que llegó a reunir una de las
colecciones más importantes de manuscritos teológicos newtonianos— contienen
algo de verdad y tocan la esencia del pensamiento del catedrático lucasiano de
Cambridge. Este elemento de verdad se aprecia con mayor claridad cuando, más
adelante en su ensayo, Keynes explicaba los calificativos que había aplicado a
Newton:
¿Por
qué lo llamo mago? Porque contemplaba el universo y todo lo que en él se
contiene como un enigma, como un secreto que podía leerse aplicando el
pensamiento puro a cierta evidencia, a ciertos indicios místicos que Dios había
diseminado por el mundo para permitir una especie de búsqueda del tesoro
filosófico a la hermandad esotérica. Creía que una parte de dichos indicios
debía encontrarse en la evidencia de los cielos y en la constitución de los
elementos (y esto es lo que erróneamente sugiere que fuera un filósofo
experimental natural); y la otra, en ciertos escritos y tradiciones
transmitidas por los miembros de una hermandad, en una cadena ininterrumpida
desde la original revelación críptica, en Babilonia. Consideraba al universo
como un criptograma trazado por el Todopoderoso.
Retrato de Isaac Newton pintado por Godfrey Kneller (1689).
De
hecho, Newton dedicó esfuerzos inmensos a la tarea de desvelar semejante
criptograma, dejando tras de sí millones de palabras escritas, la mayoría de
las cuales ni vieron la luz mientras vivió, ni lo han hecho después. Su
esfuerzo fue doblemente intenso en tanto que pensaba que la religión verdadera
había sido corrompida por deformaciones e idolatrías introducidas en el pasado;
consecuentemente, la religión auténtica, la única que podía proporcionar un
conocimiento firme, solamente se podía llegar a conocer sumergiéndose en el
mundo de los antiguos.
La búsqueda de aquel conocimiento primordial no contaminado constituyó el gran
objetivo de la vida de Newton, dedicándole seguramente más tiempo y esfuerzos
que a sus investigaciones científicas, que por otra parte también participaban
de sus preocupaciones religiosas. En este aspecto, Newton era un hombre de su
tiempo, ya que el camino que había conducido desde el monoteísmo primitivo
hacia la idolatría constituía uno de los temas favoritos para los historiadores
cristianos de los siglos XVII y XVIII que se ocupaban de las primeras épocas de
la humanidad.
He dicho que los intereses religiosos (plasmados en investigaciones en campos
como la teología, historia de las religiones o cronología de los reinos
antiguos) de Newton no estuvieron al margen de sus preocupaciones científicas.
Esto es algo que se puede comprobar de varias maneras. En, por ejemplo, su
preocupación por los templos antiguos, y a la cabeza de ellos el Templo de
Salomón.
Uno de los seis dibujos debidos a Newton que aparecen en su manuscrito A
Treatise or Remarks on Solomon’s Temple, en el que se muestra la planta del
templo (Colección Babson, Burndy Library, MIT).
Newton,
al igual que tantos otros antes que él, creía que los templos no sólo escondían
datos relativos a los modos de adoración al Dios o dioses antiguos, sino que
también transmitían información sobre la ciencia, porque, sostenía, los
antiguos, además de atesorar la religión verdadera, habían conocido la ciencia
auténtica. Al fin y al cabo, leemos en uno de sus manuscritos inéditos, «la
primera religión fue más racional que todas las demás hasta que las naciones la
corrompieron. Ya que no existe forma… de acceder al conocimiento de una deidad
salvo mediante la naturaleza». Esta última frase, «salvo mediante la
naturaleza», es, por supuesto, significativa y ayuda a comprender por qué
existió un Newton científico. Si pensamos, aunque sea por un momento (no es una
idea absurda o infundada), que para él lo más importante era saber algo de Dios
y de su obra, aproximarse a él y a ella, y no la física o la matemática,
entonces podríamos entender su actividad científica como un medio de acercarse
al Todopoderoso.
Las descripciones que en algunos de sus manuscritos hacía del monoteísmo
primitivo y de los rituales de adoración después del diluvio, tal y como se
practicaban en lugares como Egipto, Babilonia o Caldea, identificaban
estrechamente la primera ciencia con la teología. Los sacerdotes y líderes
religiosos de aquellas antiguas civilizaciones también fueron, argumentaba, sus
científicos y filósofos. La astronomía había comenzado entre los sacerdotes
egipcios y caldeos, que al decorar sus templos habían hecho de ellos réplicas
exactas del universo. De hecho, atribuía a los antiguos el conocimiento del
heliocentrismo copernicano. Los rituales religiosos escondían significados
científicos: el movimiento de las procesiones de sacerdotes entre los egipcios,
por ejemplo, demostraba que su teología estaba basada en la ciencia de las
estrellas; de manera análoga, cuando los sacerdotes judíos se aproximaban al
altar, daban vueltas alrededor del fuego, encendiendo siete lámparas para
representar los planetas que se mueven en torno al Sol (Mercurio, Venus, la
Tierra, Marte, Júpiter, Saturno y la Luna, considerada también como un
planeta).
El interés de Newton por los conocimientos científicos que pudieron atesorar
los antiguos llegó al extremo de que en algún momento planeó incluir al
principio del Libro III de su obra magna, los Principia, a la que
me referiré más adelante, una serie de escolios (especie de comentarios
finales) con referencias a esa supuesta sabiduría antigua, retrotrayéndose no
sólo hasta figuras históricas como Tales y Pitágoras, sino incluso hasta sabios
míticos de la antigüedad. Finalmente no lo hizo, pero en la Óptica,
su otro gran libro junto a los Principia, sí que es posible
encontrar rastros de su interés por los antiguos. En la «Cuestión 20» de la
edición latina de 1706 («Cuestión 28» a partir de la edición inglesa de 1717),
cuando atacaba la idea de la existencia de un medio, «tan denso como el agua», en
el cielo, afirmaba: «Para el rechazo de tal medio, disponemos de la autoridad
de aquellos de los más ancianos y célebres filósofos de Grecia y Fenicia,
quienes hicieron del vacío, los átomos y la gravedad de los átomos los primeros
principios de su filosofía, atribuyendo tácitamente la gravedad a una causa
distinta de la materia densa. Filósofos posteriores borraron de la filosofía
natural la consideración de tal causa, imaginando hipótesis para explicar
mecánicamente todas las cosas y relegando a la metafísica todas las demás
causas».
De hecho, ni siquiera los Principia están libres del Newton
teólogo. En la segunda edición —publicada en 1713, cuando tenía setenta y un
años—, decidió cerrar su gran monografía con unas páginas dedicadas a la
divinidad. Se trata del célebre «Escolio General», en el que pretendía poco
menos que definir a Dios:
Es
eterno e infinito, omnipotente y omnisciente; esto es, dura desde la eternidad
hasta la eternidad y está presente desde el infinito hasta el infinito: lo rige
todo; lo conoce todo, lo que sucede y lo que puede suceder. No es la eternidad
y la infinitud, sino eterno e infinito; no es la duración y el espacio, sino
que dura y está presente. Dura siempre y está presente en todo lugar, y
existiendo siempre y en todo lugar, constituye la duración y el espacio.
En
ese mismo «Escolio» también es posible adivinar algo que el propio Newton se
esforzó por ocultar durante toda su vida: que era un hereje arriano, que su
Dios no era trino, sino uno: «Dios —escribió allí— es uno y el mismo dios
siempre y en todo lugar».
¿Por qué un Newton oculto?
Newton fue, efectivamente, un hereje. Pensaba que el texto griego del Nuevo
Testamento estaba gravemente contaminado por los trinitarios y que era preciso
recuperar sus manifestaciones originales, en las que Jesús no era consustancial
o coeterno con Dios. Creía, como ya he dicho, que Dios era uno y no trino. El
que se hubiese perdido la creencia en un único y todopoderoso Dios había sido
debido, argumentaba, muy especialmente a san Atanasio (296-373). Éste había
asistido siendo muy joven al Concilio de Nicea de 325, en el que, tras un largo
y áspero debate, se aprobó la doctrina conocida como homoousion (homousismo),
que sostiene que Cristo es de la misma sustancia que el Padre. En el año 328,
Atanasio fue nombrado obispo de Alejandría, empleando el resto de su vida en
defender aquel dogma y en combatir a los arrianos, esto es, a los seguidores de
Arrio (260-336), que había sostenido que Cristo, creado y no eterno, estaba
subordinado a Dios.
Anotaciones de Newton enumerando los «Seven precepts of the Noachides» al
final de su ejemplar de la Opticks (edición de 1717, Colección Babson, Burndy
Library, MIT).
Atanasio
se convirtió en la gran bestia negra de Newton, quien planeó escribir una obra
en la que pondría al descubierto sus engaños, al igual que las atrocidades que
suponía había cometido (incluyendo el asesinato del arzobispo Arsenio). De este
tratado, que nunca llegó a completar, nos han llegado varios borradores, con el
título de Paradoxical Questions concerning ye morals and actions of
Athanasius and his followers (Cuestiones paradójicas relativas a
las morales y acciones de Atanasio y de sus seguidores). En la soledad de
su estudio de Cambridge, la pasión e indignación del autor de los Principia contra
Atanasio y la Iglesia de Roma se desbordaba: «Idólatras… blasfemos, y
fornicadores espirituales», son algunos de los adjetivos que utilizaba.
Sin embargo, y a pesar de la vehemencia que en privado ponía en sus ataques al
trinitarismo y defensa de Arrio, Newton mantuvo secreta su opinión de que las
Escrituras habían sido corrompidas. Pocos accedieron a este mundo
histórico-teológico newtoniano. El motivo es muy sencillo: los estatutos de
su college, Trinity (más concretamente, Holy and Undivided
Trinity: Sagrada e Individida Trinidad), obligaban a sus
miembros a ser ordenados clérigos de la Iglesia anglicana dentro de los siete
años posteriores a la recepción del grado de master of arts, o
enfrentarse a la expulsión; asimismo, los estatutos de su cátedra indicaban que
las opiniones heréticas constituían motivo de expulsión.
El que no aceptase el dogma trinitario le ponía, por tanto, en una situación
muy difícil. No aceptaba una creencia central de la Iglesia a la que se suponía
pertenecía y no podía fingir. Se trataba de algo vital, iba en ello su
salvación eterna. Él creía en Dios; en un Dios, además, absoluto e imponente.
Un Dios que, probablemente, no perdonaría a aquel que, sabiendo, engañaba.
Finalmente, en el último momento, el problema desapareció. Una dispensa real
promulgada el 27 de abril de 1675 libraba para siempre al ocupante de la
cátedra lucasiana —y por tanto a Newton— de cualquier requisito colegial de
ordenación. No sabemos de quién partió la iniciativa para lograr esa dispensa.
Tal vez fuese de Isaac Barrow (1630-1677), su predecesor en la cátedra
lucasiana, entonces master del Trinity College y una persona
con influencia ante el rey. En cualquier caso, lo seguro es que Newton pudo así
mantener sus opiniones religiosas en secreto.
Un hombre de su tiempo
Antes de abandonar definitivamente este ámbito, tan poco frecuentado cuando se
habla de Newton, el gran héroe científico, y por tanto de la Racionalidad, que,
parece, tiene que estar al margen de creencias y pasiones más mundanas; antes,
digo, de abandonar este ámbito, señalaré que no se debe pensar que en lo que se
refiere a su interés por la teología —no en lo referente a sus ideas
heréticas—, Newton fue un científico, un filósofo natural, raro en su tiempo.
De Isaac Barrow, su primer biógrafo dijo: «Temía, como clérigo, emplear
demasiado tiempo en las Matemáticas, ya que… en su ordenación había jurado
servir a Dios en el Evangelio de su Hijo, y no podía hacer una Biblia de su
Euclides, o un púlpito de su cátedra matemática». De hecho, su renuncia a la
cátedra lucasiana puede entenderse como un acto destinado a romper con las
obligaciones científicas que le imponía su puesto académico, para así poder
dedicarse con mayor libertad al estudio del Libro de la Palabra de Dios.
Robert Boyle (1627-1691), retratado hacia 1689 por Johann Kerseboom.
Especialmente
interesante es el caso del químico y físico Robert Boyle (1627-1691), uno de
los grandes exponentes de la filosofía experimental inglesa, así como uno de
los pilares de la Royal Society, que también fue un prolífico autor sobre temas
de teología natural, el lugar en el que ciencia y religión se encontraban. Eso
sí, Boyle no padeció remordimientos de conciencia al estilo de Barrow por su
dedicación a la filosofía natural (esto es, a la ciencia). Además, estaba
convencido de que un Dios que podía crear un universo mecánico, al igual que
materia en movimiento que obedecía ciertas leyes universales, era más admirable
que un Dios que crease un universo sin leyes científicas.
No es difícil encontrar más ejemplos de esfuerzos parecidos a los de Boyle de
poner en evidencia la armonía entre ciencia y religión. Basta con ojear libros
como The Wisdom of God Manifested in the Works of Creation (La
sabiduría de Dios manifestada en las obras de la creación; 1691), de John
Ray (1627-1705), el principal naturalista de la época, o Astronomical
Principles of Religion, Natural and Revealed (Principios
astronómicos de religión, natural y revelada; 1717), de William Whiston
(1667-1752), el sucesor de Newton en la cátedra lucasiana, y creyente como él
en las ideas antitrinitarias del hereje Arrio.
Pero la casuística es muy amplia, y ya es hora de dirigirse hacia Newton el
científico, el Grande entre los Grandes de la ciencia.
Vesalio, Copérnico y la Revolución Científica
No es posible, sin embargo, hablar de él en tal categoría sin referirse antes a
un momento especialmente singular en la historia de la ciencia: la Revolución
Científica, el período de los siglos XVI y XVII, durante el cual se
establecieron los fundamentos conceptuales e institucionales de la ciencia moderna.
Aunque las fechas concretas son como la punta de un iceberg, que oculta un
largo período de incubación, un buen punto de partida es 1543, cuando se
publicaron dos libros que terminarían convirtiéndose en clásicos de la historia
de la ciencia: De humani corporis fabrica (La fábrica del
cuerpo humano), de Andreas Vesalio (1514-1564), y De revolutionibus
orbium coelestium (Sobre las revoluciones de los orbes celestes),
de Nicolás Copérnico (1473-1543).
A pesar de que ninguno de los dos logró superar completamente la herencia
recibida (Vesalio no supo desembarazarse de aspectos importantes de la anatomía
y medicina galénica, del mismo modo que Copérnico no logró apartarse del
sistema de los círculos perfectos para los movimientos de los cuerpos
celestes), se puede decir que ambos libros fueron revolucionarios, o, cuando
menos, que constituyeron los cimientos de futuros cambios revolucionarios, en
la anatomía y en la astronomía y mecánica, respectivamente; que inspiraron una
serie de actividades, ideas y desarrollos que conducirían en el plazo de un par
de generaciones a la promulgación de conceptos y teorías ya muy distintas a las
antiguas.
La fábrica del cuerpo humano constituyó un vibrante llamamiento en
defensa de la práctica anatómica, de la disección, como base imprescindible
para la comprensión de la estructura y funciones del cuerpo humano. Basta, en
este sentido, con leer algunos pasajes de la «Dedicatoria a Carlos V, el más
grande e invicto emperador», que Vesalio incluyó en su obra:
Mientras
los médicos afirmaban que sólo les incumbía la curación de las afecciones
internas, pensando que les bastaba con conocer las vísceras, se desentendieron
de la estructura de los huesos, los músculos, los nervios, las venas y las
arterias que se extienden por los huesos y los músculos, como si no fuera cosa
suya. Además, como se confiaba a los barberos toda la disección, los médicos no
sólo perdieron el conocimiento auténtico de las vísceras, sino que también
desapareció completamente la actividad de la disección, porque éstos no se
ocupaban de hacer disecciones; a su vez, aquellos en cuyas manos se dejaba esa
actividad eran tan ignorantes que no entendían los escritos de los maestros de
disección. Sólo faltaba que esta clase de hombres conservaran para nosotros
este arte dificilísimo, que les fue transmitido a ellos de manera práctica, y
que esta deplorable dispersión de la parte curativa nos introdujera en las
escuelas la deplorable costumbre según la cual unos se acostumbraron a
diseccionar el cuerpo humano y otros a describir sus partes. Éstos, a modo de
grajos, hablan a gritos y con gran boato desde su cátedra de lo que nunca han
practicado y que sólo recuerdan por libros ajenos o de los dibujos que ponen
delante de sus ojos; a su vez, los primeros desconocen las lenguas en tal
medida que no pueden explicar las disecciones a los espectadores y despedazan
lo que debe mostrarse según la prescripción del físico, el cual, sin aplicar
nunca sus manos a la disección, sólo enseña comentando con altivez. Y del mismo
modo que enseñan todo al revés y pierden días enteros en cuestiones ridículas,
de igual manera en medio de esa algarabía plantean a los espectadores menos
cuestiones de las que un carnicero puede enseñar a un médico en el matadero,
por no decir nada de esas escuelas donde apenas se reflexiona sobre la
disección de las articulaciones del cuerpo humano. ¡Hasta tal punto la vieja
medicina se ha apartado desde hace muchos años del antiguo esplendor!
Vesalio según De humani corporis fabrica (1543). Cuando se hizo el retrato
(1542) tenía veintiocho años.
Portada de la segunda edición (Basilea, 1555) de De humani corporis fabrica
de Vesalio.
Básicamente,
durante casi trescientos años, siguiendo el programa defendido en La
fábrica del cuerpo humano, todo examen del funcionamiento de los organismos
vivos se fundó en la anatomía, mejorando sustancialmente el alcance y precisión
del conocimiento relativo a la estructura del cuerpo humano, conocimiento en el
que se basarían algunos científicos para dar pasos de tal calibre como el
realizado por William Harvey (1578-1657) al descubrir la circulación mayor de
la sangre (1628). Fue entonces, y sólo entonces, con Harvey, cuando realmente
surgieron conflictos serios entre las ideas médicas antiguas y modernas. Más
aún, con Harvey —y en cierta medida también a través de las teorías de
Descartes— se produjo la primera de las revoluciones que se han producido en la
biología: la introducción de la biología mecánica, que no se desarrollaría
completamente hasta más de dos siglos después.
Lámina de De humani corporis fabrica.
Mientras
que La fábrica era, fundamentalmente, un texto de carácter
experimental y programático, Sobre las revoluciones de los orbes
celestes se puede considerar como una obra de filosofía natural y,
sobre todo, de matemática aplicada, que no incluía observaciones astronómicas
nuevas, ni aspiraba a que sus predicciones fueran de una exactitud sin
precedentes. Lo que hizo Copérnico fue recuperar una vieja idea (ya había sido
utilizada por uno de los grandes astrónomos griegos, Aristarco de Samos [c.
310-230 a.C.], en cuyo haber se encuentran resultados como el haber
identificado la oblicuidad de la eclíptica, el plano que forma la Tierra al
girar en torno al Sol; asimismo, en una obra cuya versión latina se publicó por
primera vez en 1572, De magnitudinibus, la única que nos ha llegado
de él, analizó el tamaño del Sol y de la Luna, estimando las distancias entre
sí y con respecto a la Tierra): la de que es el Sol y no la Tierra el que se
encuentra, inmóvil, en el centro del universo. Una idea que no pudo imponerse,
dentro de la tradición astronómica helena, al sistema geocéntrico (la Tierra
está en el centro del universo), que culminó en una obra de Claudio Ptolomeo,
«Ptolomeo de Alejandría», en la que se resumieron siglos de astronomía griega,
conocida por su nombre árabe, Almagesto («el más grande»).
Retrato de Copérnico, siglo XVII, anónimo (Biblioteca Universitaria de
Bolonia).
Pero
la adopción del sistema heliocéntrico que propugnaba Copérnico frente a la
visión cosmogónica en la que la Tierra ocupaba el centro del universo, y a la
que tan estrechamente ligada estaba la física que desarrolló Aristóteles y que
insertó profundamente en todo su sistema científico-filosófico, presentaba
problemas. De no haber sido por Johannes Kepler (1571-1630) y Galileo Galilei
(1564-1642), el sistema copernicano seguramente habría contribuido a perpetuar
el que Ptolomeo inmortalizó, aunque en una forma un poco más compleja pero más
grata para algunos.
Antes, sin embargo, de pasar a Kepler y Galileo, es inevitable, a la vista de
todo lo que se ha escrito sobre el tema, considerar la siguiente pregunta:
¿creía el propio Copérnico en el sistema del mundo que proponía en De
revolutionibus?, ¿pensaba, efectivamente, que la Tierra gira en torno al
Sol, o lo consideraba como un mero artificio?
La conveniencia de plantearse tales cuestiones, en lugar de pensar,
simplemente, que por qué no habría de creer en el heliocentrismo, tiene que ver
con la actitud reinante entonces en la poderosa Iglesia católica, que favorecía
firmemente el sistema aristotélico-ptolemaico, un sistema en el que, repito, la
Tierra se encuentra en el centro del universo, visión que se acomodaba bastante
bien con la idea cristiana de que los seres humanos (la única criatura creada,
según esa religión, a imagen de Dios) constituyen la obra favorita, central,
de Dios. Y no hay que olvidar el clima reinante entonces dentro de la Iglesia,
clima que culminó en el Concilio de Trento (1546), cuando se decretó, dentro
del contexto de la lucha contra la Reforma, que al interpretar la Biblia no
había que desviarse de las doctrinas mantenidas por los Padres de la Iglesia;
en particular que la Biblia también era una fuente de datos científicos y que
cualquier afirmación contenida en ella debía tomarse como científicamente
verdadera.
Nicolás
Copérnico, Prefacio al «Santísimo Señor Pablo III, Pontífice Máximo», De
revolutionibus:
Santísimo
Padre, puedo estimar suficientemente lo que sucederá en cuanto algunos
aprecien, en estos libros míos, que he escrito acerca de las revoluciones de
las esferas del mundo, que atribuyo al globo de la Tierra algunos movimientos,
y clamarán para desaprobarme por tal opinión. Pues no me satisfacen hasta tal
punto mis opiniones, como para no apreciar lo que otros juzguen de ellas … Y
así, al pensar yo conmigo mismo cuán absurdo estimarían [lo que digo] aquellos
que, por el juicio de muchos siglos, conocieran la opinión confirmada de que la
Tierra inmóvil está colocada en medio del cielo como su centro, si yo, por el
contrario, asegurara que la Tierra se mueve, entonces dudé en mi interior largo
tiempo, si dar a la luz mis comentarios escritos sobre la demostración de ese
movimiento o si, por el contrario, sería suficiente seguir el ejemplo de los
pitagóricos y de algunos otros, que no por escrito, sino oralmente, solían
transmitir los misterios de su filosofía únicamente a amigos y próximos… Pero
los amigos me hicieron cambiar de opinión, a mí que tanto tiempo dudaba y me
resistía…
Y quizá, tu Santidad no admirará tanto el que me haya atrevido a sacar a la luz
estas elucubraciones, después de tomarme tanto tiempo en elaborarlas, como el
que no haya dudado en poner por escrito mis pensamientos sobre el movimiento de
la Tierra. Pero lo que más esperará oír de mí es qué me pudo haber venido a la
mente para que, contra la opinión recibida de los matemáticos e incluso contra
el sentido común, me haya atrevido a imaginar algún movimiento de la Tierra. Y
así, no quiero ocultar a tu Santidad que ninguna otra cosa me ha movido a
meditar sobre otra relación para deducir los movimientos de las esferas del
mundo, sino el hecho de comprender que los matemáticos no están de acuerdo con
aquellas investigaciones. Primero, porque estaban tan inseguros sobre el
movimiento del Sol y de la Luna, que no podían demostrar ni observar la
magnitud constante de la revolución anual. Después, porque al establecer los
movimientos, no sólo de aquéllos, sino también de las otras cinco estrellas
errantes, no utilizan los mismos principios y supuestos, ni las mismas
demostraciones en las revoluciones y movimientos aparentes. Pues unos utilizan
sólo círculos homocéntricos, otros, excéntricos y epiciclos, con los que no
consiguen plenamente lo buscado… Tampoco pudieron hallar o calcular partiendo
de ellos lo más importante, esto es, la forma del mundo y la simetría exacta de
sus partes… En consecuencia, reflexionando largo tiempo conmigo mismo sobre
esta incertidumbre de las matemáticas transmitidas para calcular los
movimientos de las esferas del mundo, comenzó a enojarme que a los filósofos
que en otras cuestiones han estudiado tan cuidadosamente las cosas más
minuciosas de ese orbe, no les constara ningún cálculo seguro sobre los
movimientos de la máquina del mundo, construida para nosotros por el mejor y
más regular artífice de todos. Por lo cual me esforcé en releer los libros de
todos los filósofos que pudiera tener, para indagar si alguno había opinado que
los movimientos de las esferas eran distintos a los que suponen quienes enseñan
matemática en las escuelas. Y encontré en Cicerón que Niceto fue el primero en
opinar que la Tierra se movía. Después, también en Plutarco encontré que había
otros de esa opinión…
En consecuencia, aprovechando esa ocasión empecé yo también a pensar sobre la
movilidad de la Tierra…
Y yo, supuestos los movimientos que más abajo en la obra atribuyo a la Tierra,
encontré … que si se relacionan los movimientos de los demás astros errantes
con el movimiento circular de la Tierra, y si los movimientos se calculan con
respecto a la revolución de cada astro, no sólo de ahí se siguen los fenómenos
de aquéllos, sino que también se ponen en relación el orden y magnitud de los
astros y de todas las órbitas, e incluso el cielo mismo; de tal modo que en
ninguna parte puede cambiarse nada, sin la confusión de las otras partes y de
todo el universo … No dudo que los ingeniosos y los matemáticos concordarán
conmigo, si, como la filosofía exige en primer lugar, quisieran conocer y
explicar, no superficialmente sino con profundidad, aquello que para la
demostración de estas cosas ha sido realizado por mí en esta obra. Pero, para
que tanto los doctos como los ignorantes por igual vieran que yo no evitaba el
juicio de nadie, preferí dedicar estas elucubraciones a tu Santidad antes que a
cualquier otro, puesto que también en este remotísimo rincón de la Tierra,
donde yo vivo, eres considerado como eminentísimo por la dignidad de tu orden y
también por tu amor a todas las letras y a las matemáticas, de modo que
fácilmente con tu autoridad y juicio puedes reprimir las mordeduras de los
calumniadores, aunque está en el proverbio que no hay remedio contra la
mordedura de un sicofante.
Página del manuscrito autógrafo de Copérnico de De revolutionibus
orbium cœlestium, conservado en la Biblioteca Jagielloniana de Cracovia.
A la
vista de lo que Copérnico escribió en su, literariamente abigarrado, «Prefacio»
a De revolutionibus, parece que el astrónomo y sacerdote polaco
creía en la verdad del sistema heliocéntrico. Resulta, no obstante, que la
lectura de De revolutionibus quedó condicionada por el
contenido de otro «Prefacio» incluido en la obra, que, además, precedía al de
Copérnico. Este «Prefacio» apareció en la primera edición sin firmar, pero no
fue debido a Copérnico sino a la pluma del teólogo protestante Andreas Osiander
(1498-1552), responsable de la edición de la obra, quien lo incluyó, según
sabemos, sin que Copérnico, que de hecho murió —el 24 de mayo de 1543— mientras
se imprimía su libro, lo autorizase (no se sabe si llegó a ver, en su lecho de
muerte, un ejemplar). La opinión que sostenía allí Osiander —«no espere nadie»,
escribía, «en lo que respecta a las hipótesis, algo cierto de la astronomía,
pues no puede proporcionarlo»— no apoyaba que fuese verdad el sistema
heliocéntrico, y, al aparecer sin firmar, fue tomada, inevitablemente, como el
punto de vista del propio autor del libro.
Andreas
Osiander, «Prefacio» a De revolutionibus:
Divulgada
ya la fama acerca de la novedad de las hipótesis de esta obra, que considera
que la Tierra se mueve y que el Sol está inmóvil en el centro del universo, no
me extraña que algunos eruditos se hayan ofendido vehementemente y consideren
que no se deben modificar las disciplinas liberales constituidas ya hace
tiempo. Pero si quieren ponderar la cuestión con exactitud, encontrarán que el
autor de esta obra no ha cometido nada por lo que merezca ser reprendido. Pues
es propio del astrónomo calcular la historia de los movimientos celestes con
una labor diligente y diestra. Y además concebir y configurar las causas de
estos movimientos, o sus hipótesis, cuando por medio de ningún proceso racional
puede averiguar las verdaderas causas de ellos. Y con tales supuestos pueden
calcularse correctamente dichos movimientos a partir de los principios de la
geometría, tanto mirando hacia el futuro como hacia el pasado. Ambas cosas ha
establecido este autor de modo muy notable. Y no es necesario que estas
hipótesis sean verdaderas, ni siquiera que sean verosímiles, sino que basta con
que muestren un cálculo coincidente con las observaciones … Está
suficientemente claro que este arte no conoce completa y absolutamente las
causas de los movimientos aparentes desiguales. Y si al suponer algunas, y
ciertamente piensa muchísimas, en modo alguno suponga que puede persuadir a
alguien [que son verdad] sino tan sólo para establecer correctamente el
cálculo. Pero ofreciéndose varias hipótesis sobre uno solo y el mismo movimiento
(como la excentricidad y el epiciclo en el caso del movimiento del Sol), el
astrónomo tomará la que con mucho sea más fácil de comprender. Quizás el
filósofo busque más la verosimilitud: pero ninguno de los dos comprenderá o
transmitirá nada cierto, a no ser que le haya sido revelado por la divinidad.
Por lo tanto, permítanos que también estas nuevas hipótesis se den a conocer
entre las antiguas, no como más verosímiles, sino porque son al mismo tiempo
admirables y fáciles y porque aportan un gran tesoro de sapientísimas
observaciones. Y no espere nadie, en lo que respecta a las hipótesis, algo
cierto de la astronomía, pues no puede proporcionarlo; para que no salga de
esta disciplina más estúpido de lo que entró, si toma como verdad lo imaginado
para otro uso.
Tal
vez por esto De revolutionibus tuvo a la postre menos
problemas con la Iglesia de Roma —aunque también los terminó teniendo— que
otros libros: en 1616, más de 70 años después de su publicación, fue
incorporado al Index Librorum Prohibitorum, pero quedó proscrito
«donec corrigatur» («hasta que sea corregido»), mientras que el Diálogo
sobre los dos máximos sistemas del mundode Galileo, prohibido en 1633,
ingresó en el Index incondicionalmente, y ahí siguió hasta
1835, a pesar de que en 1757 el papa Benedicto XIV había revocado el decreto
anti-copernicano.
Kepler y Galileo
Como apunté antes, fueron Kepler y Galileo quienes avanzaron sustancialmente en
la dirección de desarrollar una astronomía y una «ciencia del movimiento» que
diesen sentido al sistema heliocéntrico, ya que Copérnico no desarrolló una
dinámica que hiciera plausible la idea de una Tierra que no se encontraba en
reposo: si esto fuese así, si la Tierra estuviera, efectivamente, en movimiento
¿cómo es que los objetos libres no se alejaban de la superficie terrestre?,
¿por qué no se veía que las nubes siempre se dirigían hacia el oeste y los
cuerpos arrojados desde una torre no caían al oeste de la base de la misma?
Había, en definitiva, que crear una física en la que tuviese cabida la noción de
sistemas que mantenían su estado de movimiento si no se les sometía a algún
tipo de influencia externa, algo que llevarían a cabo sobre todo Descartes y
Newton, con la denominada ley de la inercia, a la que se acercó Galileo, aunque
el de Pisa no fuese capaz de abstraer la presencia de la fuerza de la gravedad
(para él, un cuerpo dejado libremente sobre, por ejemplo, la superficie de la
Tierra tendría como movimiento natural el circular, el correspondiente a la
superficie del planeta productor de gravedad; por el contrario, lo que
Descartes y Newton dirían es que un cuerpo realmente libre lo es también de la
fuerza gravitacional, con lo cual su movimiento es una trayectoria rectilínea,
no circular).
A pesar de todo lo que aportaron científicos como Galileo (recordemos en este
sentido su gran libro, Discorsi e dimostrazioni matematiche, intorno à
due nuove scienze attenenti alla mecanica i movimenti locali [Discursos
y demostraciones matemáticas en torno a dos nuevas ciencias que se ocupan de la
mecánica y de los movimientos locales], publicado en 1638), no hay que
pensar que la «ciencia del movimiento» fue creada en los siglos XVI y XVII.
Aristóteles, autor de libros como la Física, viene enseguida a la
mente: fue, en efecto, un estudioso del movimiento, por mucho que las
soluciones que dio puedan parecer a muchos tan contaminadas por planteamientos
filosóficos que cometan el error de considerarlas «pura metafísica» (en el peor
sentido de este otrora noble término). Más acorde, en cualquier caso, con los
esquemas que finalmente se impusieron en esa ciencia del movimiento (más
concretamente, en el caso de la dinámica de los fluidos) fueron algunos
trabajos de otro nombre mítico de la ciencia griega: Arquímedes (c.
287-212 a.C.).
Hijo de un astrónomo, Fidias, tras estudiar en Alejandría, Arquímedes regresó a
su ciudad natal, Siracusa (Sicilia), de cuyo rey, Hierón II, era pariente. Sus
habilidades tecnológicas (entre sus inventos se encuentra el denominado
«tornillo de Arquímedes», un tornillo espiral que se hacía girar dentro de un
cilindro y que se podía utilizar para sacar agua de los canales) fueron
aprovechadas durante el asedio romano a Siracusa (215-212 a.C.), en el que,
según algunos cronistas, inventó una serie de armas e instrumentos que
mantuvieron alejada a la flota romana, al provocar incendios en algunos de sus
barcos. Según la leyenda, murió en el subsiguiente saqueo de Siracusa,
asesinado por un soldado romano, que no fue capaz de hacerle salir de su
estudio, inmerso como estaba en sus investigaciones.
Arquímedes,
Sobre los cuerpos flotantes:
PROPOSICIÓN
5
Si colocamos en un fluido un sólido más ligero que él, quedará inmerso en la
medida en que su peso sea igual al peso del fluido que desaloja.
PROPOSICIÓN 6
Si se sumerge a la fuerza en un fluido un sólido más ligero que él, el sólido
se verá empujado hacia arriba con una fuerza igual a la diferencia entre su
peso y el peso del fluido que desaloja.
Fue
también un maestro en las artes matemáticas, logrando con ellas algo que otros
ni siquiera se plantearon: aplicar la maestría matemática de los griegos a la
investigación de fenómenos naturales tan aparentemente, sólo aparentemente,
nimios, como el comportamiento de un sólido en un fluido. Suyo es el denominado
«principio de Arquímedes», que afirma que un cuerpo sumergido en un fluido
experimenta un empuje igual al peso del volumen del fluido que desaloja, y cuya
demostración incluyó en dos proposiciones de uno de sus libros: Sobre
los cuerpos flotantes.
Regresando ahora al ámbito, no por más materialmente distante menos atractivo,
de los movimientos de los cuerpos celestes, hay que detenerse en el ya citado
Johannes Kepler. Ahora bien, es imposible comprender la obra de éste sin
recordar, a su vez, al gran astrónomo danés Tycho Brahe (1546-1601).
Brahe fue uno de los más grandes observadores astronómicos de todos los
tiempos, sin duda de aquellos anteriores a la introducción del telescopio,
superando en la precisión de sus medidas a todos sus predecesores. Apoyado por
el rey Federico II (el propio Tycho era noble), pudo construir un gran centro
astronómico —Uraninburgo— en la isla de Hven, en el estrecho de Sund, que
separa Dinamarca y Suecia, dotado de todos los recursos disponibles en su época
para la observación de los movimientos de los cuerpos celestes, entre ellos, en
una sala de la planta baja, un enorme cuadrante mural para medir la altitud a
la que tales cuerpos cruzaban el meridiano, dentro del cual, como adorno,
estaba pintado, a tamaño natural, el propio Brahe sentado.
Para acomodar los resultados que obtuvo (muchos de los cuales —entre ellos el
descubrimiento, en 1572, de una supernova, la «estrella de Tycho», que apareció
repentinamente en la constelación de Casiopea, y que llegó a superar el brillo
de Venus, siendo visible en pleno día— incluyó en su gran libro: Astronomiae
instauratae mechanica [Instru men tos para la restauración de la
astronomía], cuya edición definitiva vio la luz en 1602), Tycho propuso un
modelo a medio camino entre el geocéntrico y el heliocéntrico; uno en el que
los planetas giraban en torno al Sol, aunque éste, a su vez, lo hacía alrededor
de la Tierra, todavía inmóvil en el centro del universo. En 1599, en una
decisión en la que tuvieron que ver problemas que surgieron entre el astrónomo
y su rey, Brahe abandonó Dinamarca, instalándose en Praga, como astrónomo y
matemático de Rodolfo II, aunque no pudo disfrutar mucho de su nuevo puesto, ya
que falleció poco tiempo después.
Como sucesor suyo fue designado uno de sus ayudantes en Praga, Kepler, quien
enseguida se sumergió en el estudio de la órbita de Marte, apoyándose en el
tesoro que constituían los datos acumulados a lo largo de los años por Brahe.
Así, en 1609 publicaba un libro, Astronomia nova (Nueva astronomía),
en el que presentaba sus dos primeras leyes del movimiento planetario,
descubiertas tras una ardua tarea en la que indudablemente debió desempeñar un
papel importante la realización de interminables cálculos para intentar ajustar
a alguna trayectoria los datos de que disponía. Y resultó que las órbitas que
mejor se amoldaban a tales datos eran las elípticas, elipses en uno de cuyos
focos estaba el Sol (primera ley de Kepler) y no la Tierra, un hecho que
evidentemente favorecía las tesis copernicanas, de las que Kepler fue un
ferviente admirador. En cuanto a la segunda ley (la de las áreas: el vector
radial describe áreas iguales en tiempos iguales), servía para describir la
velocidad con que los planetas se movían a lo largo de esas elipses. Y aún
formularía —en Harmonices mundi(1619)— una tercera ley, que
relacionaba períodos de revolución y distancias al Sol. Merece la pena también
señalar que Kepler fue uno de los primeros astrónomos que se benefició en
algunos de sus cálculos de la reciente invención de los logaritmos, que el
matemático escocés John Napier (1550-1617) difundió especialmente en su
libro Mirifici logarithmorum canonis descriptio, 1614 (Descripción
de la maravillosa regla de los logaritmos). Y es que la ciencia, y en
particular la astronomía y la física, depende para su avance de los elementos
matemáticos de que se dispone en cada momento; hoy son los poderosos
ordenadores, mientras que en tiempos de Kepler, fueron los logaritmos.
Retrato de Tycho Brahe en Astronomiae instauratæ mechanica (1602).
El gran mural astronómico, pintado en el observatorio de Uraniburgo, para
medir las altitudes a las que los cuerpos celestes cruzaban el meridiano. En él
aparece Tycho Brahe. Lámina de Astronomiae instauratæ mechanica (1602).
Lámina de Astronomia nova (Heidelberg, 1609) de J. Kepler, mostrando una
misma situación astronómica según los sistemas de Copérnico, Ptolomeo y Brahe.
Retrato de Johannes Kepler, anónimo.
Y
así llegamos a Galileo Galilei, con quien la fuerza de las ideas copernicanas
se hizo tan patente, que terminaría desencadenando acontecimientos sociales que
arrastrarían con ellos al físico pisano. Ello fue la consecuencia inesperada de
una serie de observaciones que llevó a cabo y que sacaron a la luz las
deficiencias del universo aristotélico-ptolemaico. El que Galileo realizara
tales observaciones fue, en principio, sorprendente, ya que era un físico, más
preocupado por el estudio del movimiento, por encontrar las leyes que regían
fenómenos como la caída de un cuerpo esférico por un plano inclinado o el
tiempo que tarda un péndulo en batir, y no un astrónomo. Sin embargo todo
cambió, su vida y a la postre, en más de un sentido, el mundo, cuando supo de
la existencia de lentes (telescopios refractores) que agrandaban las imágenes
de objetos lejanos.
Al oír de la existencia de tales instrumentos (parece que durante una visita
que realizó a Venecia en julio de 1609), Galileo decidió construir uno él
mismo. Al principio, pensó en él como un aparato cuya utilidad era más práctica
que científica —«este instrumento», escribía el 24 de agosto de 1609 a Leonardo
Donato, duque de Venecia, «acerca hasta tal punto al ojo los objetos visibles y
los representa tan claros y distintos que si un objeto se encuentra, por
ejemplo, a nueve millas de distancia, aparece como si sólo estuviera alejado
una milla, lo que en todo negocio o empresa marítima o terrestre puede ser de
un provecho inestimable»—, pero no tardó en dirigirlo hacia el cielo, viendo
que el universo era muy diferente a la armonía de los cinco elementos (cuatro
—aire, fuego, tierra y agua— imperfectos, y uno —el éter, la quintaesencia—
perfecto), organizados en dos capas, la del mundo sublunar y la del supralunar,
mundano y contingente aquél, inmutable y esféricamente perfecto éste, que
imaginaban los aristotélico-ptolemaicos.
Con un tosco telescopio de pocos aumentos que él mismo construyó, observó —en
noviembre de 1609— la Luna y en su superficie contempló la misma desigual
geografía que existía en la Tierra. Vio manchas, que interpretó, correctamente,
como producidas por las sombras de «las crestas de las montañas y los abismos
de los valles» (Sidereus nuncius [El mensajero sideral];
1610). El mundo supralunar no se distinguía, por tanto, del terrestre, una
conclusión esta que sus posteriores observaciones de Júpiter, en enero de 1610,
confirmaron: en las proximidades de este planeta detectó cuatro satélites
—«planetas medíceos», los bautizó, buscando favores de los Medici—, que
ofrecían una versión en miniatura del universo copernicano; los satélites
orbitaban en torno a Júpiter, mientras que el sistema aristotélico-ptolemaico
sólo admitía revoluciones alrededor de una estática Tierra. Desaparecía de esta
manera uno de los obstáculos que se erigían ante la tesis que Copérnico había
defendido.
Portada de Johannes Kepler, Tabulae Rudolphinae (1627), en la que se ve a
Hiparco, Copérnico, Brahe y Ptolomeo.
Portada de Machina coelestis pars prior (1673-1679) de Johannes Hevelius
(1611-1687), en la que aparecen Hiparco y Ptolomeo junto a Copérnico y Brahe.
Aquellas
observaciones —y otras, como la detección de manchas solares— dieron a Galileo
una extraordinaria notoriedad en el pequeño mundo de los astrónomos y filósofos
de la naturaleza de su época, notoriedad que se afianzó cuando publicó en 1632
un libro inmortal, Dialogo sopra i due massimi sistemi del mondo
Tolemaico, e Copernicano (Diálogo sobre los dos máximos sistemas
del mundo, ptolemaico y copernicano), una obra maestra de la literatura
científica, escrita en lengua vernácula, el italiano, en una época en la que el
latín era el idioma utilizado en este tipo de textos. Los tres personajes
creados por Galileo para protagonizar ese diálogo (también aparecen en el ya
citado Discorsi e dimostrazioni matematiche, intorno à due nuove
scienze), Salviati, Sagredo y Simplicio, copernicano el primero, neutral el
segundo y aristotélico el último, han pasado a formar parte de la cultura
universal, de la misma manera que lo han hecho otros personajes de ficción,
como pueden ser, por ejemplo, don Quijote y Sancho Panza. Lo mismo que ha
pasado a la memoria colectiva el recuerdo de los problemas que tuvo con la
Iglesia católica, las condenas que ésta dictó, primero en 1616 y luego, mucho
más firme, en 1633. «Eppur si muove» («Y sin embargo se mueve»), dicen que
murmuró cuando se vio obligado, ante el Tribunal de la Inquisición reunido en
Roma, el 22 de junio de 1633, a admitir que la Tierra no se movía, a abjurar de
sus convicciones copernicanas. Aun suponiendo que fuese así, triste consuelo
sería; lo único cierto es que fue humillado, la verdad científica escarnecida,
y Galileo confinado hasta su muerte en una villa que poseía en Arcetri.
Los descubrimientos, observaciones y desarrollos teóricos realizados por
Galileo, junto con los producidos por Kepler y las contribuciones de Descartes,
a quien se debe la ley de la inercia (la primera ley del movimiento en la
mecánica clásica), allanaron el camino para la obra de Isaac Newton. Ahora
bien, a pesar del trascendental papel desempeñado por estos y otros
científicos, constituiría un profundo error olvidar otros factores que también
contribuyeron a que pudiese existir la ciencia newtoniana, factores que forman
parte esencial de la Revolución Científica. Me estoy refiriendo a la aparición
de nuevas instituciones que promovieron la investigación científica.
El asociacionismo científico
Las ideas (experimentos, conceptos y teorías) científicas pueden surgir en
ocasiones en escenarios solitarios: Newton llevó a cabo una gran parte de su
obra científica con los limitados recursos que poseía en sus habitaciones del
Trinity College de Cambridge, aunque, por supuesto, necesitó conocer lo que
otros científicos habían descubierto. Pero, tomada en su conjunto, la actividad
científica requiere —tanto más cuanto más desarrollada y profesionalizada está—
de instituciones en las que los científicos reciban educación especializada,
realicen sus experimentos, intercambien ideas y publiquen sus trabajos. También
en este sentido la época de la Revolución Científica fue singular, ya que en
ella se crearon instituciones como las primeras sociedades científicas
realmente significativas y estables.
Retrato de Galileo incluido en Il saggiatore (Roma, 1623).
Portada de Dialogo sopra i due massimi sistemi del mondo Tolemaico e
Copernicano (Florencia, 1632) de Galileo.
En
la Europa del siglo XVI comenzaron a proliferar las universidades. Podemos
hablar de ellas, y con razón, como centros de saber. Pero es esta una
denominación un tanto equívoca, ya que las universidades eran entonces, sobre y
por encima de todo, centros de enseñanza y, de hecho, sus planes de estudios y
división en facultades se mantuvieron estáticos durante siglos. Se necesitaba
otro tipo de instituciones para que la ciencia pudiera desarrollarse
verdaderamente: las academias y sociedades científicas. Y fue en Italia donde
comenzaron a surgir.
Retrato de Galileo Galilei debido a Justus Sustermans (1597-1681), siglo
XVII (Florencia, Galería de los Uffizi).
Dibujos de Galileo sobre la Luna, mostrando los perfiles y sombras que
observó. Galileo, Sidereus nuncius (Venecia, 1610).
La
primera academia que podríamos denominar moderna fue la Accademia dei Lincei de
Roma (1603-1630), fundada por el duque Frederico Cesi, un hábil experimentador,
especialmente interesado en el estudio de las abejas y las plantas, aficionado
a coleccionar objetos naturales y que poseía un jardín botánico. Asimismo, es
obligado recordar a la Accademia del Cimento de Florencia (1657-1667) —Cimento significa
«experimento» (el lema de la Academia era «Provando e riprovando»)—, en
la que nueve científicos (la mayor parte discípulos de Galileo, como
Evangelista Torricelli [1608-1647] o Giovanni Borelli [1608-1678]) se
esforzaron durante una década en construir instrumentos, desarrollar sus
habilidades experimentales y buscar leyes que expresasen el comportamiento de
la naturaleza. Estas academias precedieron a otras cuyas actividades y
trascendencia serían mucho mayores. Como la Royal Society de Londres (fundada
en 1660), que llegaría a presidir el propio Newton, la Académie Royale des
Sciences de París (1666), o la Academia de Berlín, fundada por Leibniz en 1700.
Grabado realizado en 1773 por G. Vascellini (Serie di ritratti d’uomini
illustri toscani) representando una reunión de la Accademia del Cimento. Nótese
el lema de la Academia inscrito en la pared: «Provando e riprovando».
Las
academias, esas academias en concreto, proporcionaban un medio de comunicación
entre científicos, algo necesario para el progreso de la ciencia, pero hacía
falta más. Una limitación importante de estas corporaciones era su reducido
ámbito de influencia: una ciudad, la mayor parte de las veces; Londres para la
Royal Society, París para la Académie des Sciences, aunque es cierto que su
influencia se expandía, individualmente, mucho más allá. El establecimiento de
sistemas postales estables (en Inglaterra existió desde comienzos del siglo XVI
un servicio postal para las cartas de Estado, pero hasta mediados del siglo
siguiente no se creó una oficina postal general para la correspondencia
privada) representó una ayuda considerable, ya que el intercambio epistolar
entre los científicos constituyó un medio de comunicación muy importante, como
muestra la voluminosa correspondencia de científicos e informadores casi
profesionales como John Wallis, Robert Boyle, Christiaan Huygens (1629-1695),
Marin Mersenne (1588-1648) y Henry Oldenburg (1615-1577), el secretario de la
Royal Society que convirtió la correspondencia científica en un arte.
Otro medio de comunicación y difusión científica, desarrollado durante la
Revolución Científica, que ha perdurado hasta la fecha y que se convertiría en
un elemento fundamental del sistema científico, fueron las revistas, como
las Philosophical Transactions de la Royal Society, cuyo
primer número apareció en marzo de 1665, o las Acta Eruditorum (1682)
y el Nouvel Journal des Sçavans(1698), en donde se publicaron
descripciones de muchas de las principales investigaciones de la época.
(Naturalmente, el que pudiesen existir revistas científicas —lo mismo que
libros que, aunque fuese en ediciones limitadas, se difundían a lo largo de diferentes
territorios— fue posible gracias a la invención de la imprenta, concretada en
la publicación, a cargo de Johannes Gutenberg [c. 1398-1468], de la
Biblia de 42 líneas en 1455.)
Editorial
del primer número de las Philosophical Transactions (6 de marzo de 1665):
Dado
que para fomentar el progreso en las cuestiones filosóficas no hay nada mejor
que la comunicación de todo cuanto se descubra o ponga en práctica a cuantos
dedican a las mismas sus estudios y sus esfuerzos, parece lógico servirse de la
imprenta como procedimiento idóneo para complacerles, puesto que su entrega a
tales estudios y su pasión por el progreso del saber y las invenciones útiles
les hace merecedores de conocer los frutos de cuanto en este reino y en otras
partes del mundo se produce, así como del progreso de los estudios, trabajos y
ensayos que en estas materias realizan hombres doctos y curiosos, por no hablar
ya de sus éxitos y descubrimientos; a fin de que tales logros puedan
comunicarse de forma clara y fidedigna, y de cara a la consecución de un
conocimiento más seguro y útil, cualquier esfuerzo e iniciativa será bien
recibido, al tiempo que se invita y alienta a aquellos que estudian y discuten
estas cuestiones a que examinen, investiguen y descubran nuevas cosas, a que se
transmitan unos a otros los conocimientos y a que contribuyan en la medida de
sus posibilidades a la gran empresa del desarrollo del conocimiento natural y
del perfeccionamiento de todas las disciplinas filosóficas. Todo ello por la
gloria de Dios, el honor y el progreso de los reinos y el bienestar de toda la
humanidad.
Y
ahora, ya sí, es el momento de entrar de lleno en la biografía y ciencia del
«grande entre los grandes»: Isaac Newton.
Isaac Newton
Newton, en mi opinión la mente más poderosa de la que tiene constancia la
humanidad, nació en las primeras horas del día de Navidad de 1642. Hijo póstumo
—y prematuro— de un pequeño agricultor, creció en la casa paterna, un caserío
de Woolsthorpe, en Linconshire (Inglaterra). En 1645, su madre, Hannah, se casó
de nuevo, esta vez con un clérigo: Barnabas Smith (1582-1653), rector de North
Witham. Isaac no acompañó a su madre, permaneciendo con su abuela en
Woolsthorpe, cerca —2 kilómetros— desde el punto de vista de las distancias,
pero lejos, muy lejos, desde el más relativo, aunque no menos real, de las
emociones. Barnabas, que entonces tenía sesenta y tres años, vivió hasta los
setenta y uno y Hannah tuvo tres hijos con él, con los que regresó a
Woolsthorpe en 1653. Todos estos hechos no debieron ser fáciles para un
espíritu tan obsesivo como el de Newton, dando ocasión, siglos más tarde, a que
algunos investigadores (como Frank E. Manuel) explorasen su subterráneo y
poderoso universo mental recurriendo a enfoques psicoanalíticos.
La carrera universitaria, y a la postre científica también, del joven Isaac
comenzó en los primeros días de junio de 1661, cuando fue admitido en el
Trinity College de Cambridge. Aunque gozó del privilegio de recibir una
educación superior, lo hizo con la limitación de ingresar en la Universidad
como subsizar, es decir, como un estudiante pobre, que pagaba su
estancia con trabajos serviles para los fellows (miembros del
college) y estudiantes más ricos. El orgullo, el inmenso orgullo, de Isaac
debió de sufrir ante semejante situación. En cualquier caso, de lo que no hay
duda es de que las habilidades y conocimientos de Newton florecieron en
Cambridge, lugar que sería su hogar durante una buena parte de su vida, hasta
que en 1696, ya reconocido y poderoso, abandonó las orillas del Cam por
Londres, para implicarse en la dirección del Mint, la Casa de la Moneda
inglesa.
Un momento culminante de su estancia en Cambridge fue cuando, en 1669, obtuvo
la cátedra lucasiana (instituida en 1663 con las rentas de las cien libras que
dejó para tal fin en su testamento Henry Lucas), lo que haría posible que se
dedicase por completo a la filosofía natural, completando una obra científica
tan extraordinaria que no es posible hacerle justicia en pocas palabras.
Grabado de Sébastien Le Clerc en que aparece Luis XIV (con sombrero de
plumas) visitando la Académie des Sciences en 1671. Junto a él, su ministro de
Finanzas y responsable principal de la organización en 1666 de la academia, y
en la lejanía, construyéndose, el observatorio astronómico de la Académie.
Aunque
el campo de sus intereses científicos fue muy amplio, donde Newton alcanzó su
mayor altura fue en matemáticas y física, dos ciencias íntimamente relacionadas
entre sí, como ya tuve ocasión de comentar en el capítulo anterior; la física,
recordemos una vez más, pretende codificar en forma de expresiones matemáticas
las regularidades que detectamos en la naturaleza. Newton se aprovechó
especialmente de este hecho, ya que una de sus grandes —sin duda la mayor—
aportaciones a la matemática, la versión del cálculo diferencial denominada
cálculo de fluxiones, le permitió explorar con una precisión y seguridad antes
desconocida el universo de los movimientos. No es, por supuesto, que todo
problema matemático tenga que poseer una conexión física, y el propio Newton
planteó y resolvió muchas cuestiones matemáticas puras, tantas que habría
pasado a la historia de la ciencia aunque no hubiera escrito una sola línea
sobre los fenómenos que tienen lugar en la naturaleza, pero no hay duda de que
su gran momento tuvo que ver con la manera en que combinó matemáticas
(mezclando el antiguo, tradicional, estilo geométrico euclidiano con el
fluxional) y física, una combinación con la que de hecho estableció el método
científico de la ciencia moderna, y que alcanzó su cumbre con la publicación,
en 1687, de uno de los clásicos universales de la ciencia: Philosophiae
Naturalis Principia Mathematica(Principios matemáticos de la filosofía
natural), seguramente el tratado científico más influyente jamás escrito.
Pero es pronto todavía para abordar los Principia.
Por lo que sabemos, la base del método newtoniano de las fluxiones, que
introdujo una profunda revolución en la matemática, data del verano de 1665,
encontrándose expuesto en un tratado de octubre de 1666, aunque su desarrollo
más completo aparece en De methodis fluxionum et serierum infinitorum (1670-1671).
Ninguno de estos trabajos fue publicado entonces: el de 1665, vería la luz de
la letra impresa en 1967, el de 1666 en 1962, y el de 1670-1671 en 1736.
La matemática newtoniana frente a la analítica
El método fluxional fue la primera versión de cálculo diferencial ideada, pero
pronto encontró un competidor: el cálculo infinitesimal desarrollado por otro
gigante: Gottfried Wilhelm Leibniz. Ambos métodos son virtualmente idénticos,
lo que no quiere decir que sean igualmente recomendables. Pero antes de entrar
en este punto, es inevitable referirse a la agria polémica que surgió entre
ambos pensadores y sus respectivos seguidores a propósito de la prioridad en la
invención.
Se ha escrito tanto sobre aquella polémica, que destiló enormes dosis de
maldad, vanidad y mezquindad en espíritus supuestamente elevados, que lo mejor
es limitarse a apuntar algunos datos. Así, no hay dudas acerca de la prioridad
de Newton, una prioridad que se complicó (en lo que a reconocimiento público se
refiere) debido al patológico rechazo de éste a que se publicasen sus
descubrimientos. Pero a pesar de esa aversión, algunos datos salieron de su
estudio:
Isaac Barrow envió a John Collins (1625-1683) una copia de uno de los
manuscritos newtonianos, De analysi per æquationes, que versaba
sobre las series infinitas en su aplicación a las cuadraturas, una cuestión no
centrada en el cálculo fluxional, pero sí relacionada con él. Desde entonces
Collins (que preparó una copia de De analysi para su propio
uso) persiguió con ahínco a Newton, cuyo genio matemático reconoció. Uno de los
frutos de esa persecución fue la carta que el 10 de diciembre de 1672 le
escribió Newton, en la que incluía como comentario aparentemente casual, sin
entrar en detalles, que había desarrollado un método general que además de
permitirle encontrar la tangente a cualquier curva (la esencia, recordemos, de
la derivación), servía asimismo para resolver «otros tipos de problemas más abstrusos»,
como longitudes, áreas o centros de gravedad de curvas. Cuestiones estas, por
supuesto, que constituyen el primer objetivo de un cálculo diferencial e
integral.
Telescopio reflector construido por Newton. Dibujo incluido en su artículo
«An accompt of a new catadioptrical telescope invented by Mr. Newton» (1672).
Cuando
el secretario de la Royal Society, Oldenburg, una de cuyas funciones era, como
ya apunté, mantener una red de corresponsales a los que informaba de logros
científicos de interés, pidió ayuda a Collins para que le contase acerca de qué
trabajos matemáticos se estaban llevando a cabo en Inglaterra, éste preparó un
extenso sumario (conocido como Historiola), que incluía detalles de
la carta de Newton de diciembre de 1672. Y en este punto entra en la historia
Leibniz, que visitó Londres entre enero y marzo de 1673: allí conoció a
Oldenburg, quien poco después, el 6 de abril, le envió una carta en la que
utilizaba el informe preparado por Collis. En el otoño de 1675, Leibniz
desarrollaba las ideas principales de su cálculo diferencial. El 26 de junio de
1676, Oldenburg enviaba a Leibniz un resumen de la Historiola;
éste, a su vez, realizó una nueva visita a Londres en octubre, momento en el
que Collis le mostró su copia de De analysi y la versión
completa de la Historiola. Todo, absolutamente todo, sin que Newton
supiera nada. En 1684, Leibniz sacaba a la luz Nova methodus pro
maximis et minimis, su primera publicación sobre el cálculo, que se
limitaba a la diferenciación; en 1686 aparecía De geometria recondita,
que ya incluía la integración.
Está claro, por consiguiente, que Newton fue el primero en descubrir el cálculo
diferencial. Menos claro es cuál fue la deuda de Leibniz a los escritos
newtonianos a que tuvo acceso, no muy explícitos, desde luego. En el peor de
los casos, siempre se podría decir aquello que escribió Bernard le Bovyer de
Fontenelle (1675-1757), el literato secretario perpetuo de la Académie des
Sciences de París, quien en el éloge que dedicó a Newton,
como associé étranger, tras la muerte de éste, escribió: «y si
[Leibniz] tomó [el cálculo diferencial] de sir Isaac, al menos se asemejó al
Prometeo en la fábula, que robó fuego a los Dioses para dárselo a la
humanidad». Para Fontenelle, Newton era, por supuesto, uno de esos Dioses.
Pero Leibniz hizo mucho más que poner a disposición del mundo un precioso
instrumento que Newton no parecía dispuesto a compartir. La versión leibniziana
del cálculo ofrece muchas ventajas. La notacional es una de ellas: la que él
diseñó se ha mantenido, prácticamente inalterada, hasta la fecha. Y no es la
única, ni siquiera la principal ventaja: la versión newtoniana del cálculo
depende mucho más de la idea (e imagen) de movimiento que la de Leibniz; es, en
consecuencia, menos poderosa a la hora de manipular formalmente ecuaciones;
menos, en definitiva, abstracta. El cálculo diferencial de Leibniz se amoldó
perfectamente a (más bien, habría que decir que propició) la revolución analíticaque
se introdujo en la matemática europea durante la segunda mitad del siglo XVIII.
Pero la revolución analítica se afincó sobre todo en el continente europeo, no
en las Islas Británicas, en donde su entrada tardó en producirse, debido,
precisamente, al prestigio de Newton. Sería gracias a William Whewell
(1794-1866) que esta situación comenzaría a cambiar. En su influyente
tratado The Philosophy of the Inductive Sciences (1840),
Whewell, que ocupó cátedras de mineralogía y filosofía moral en Cambridge,
siendo, además, master del Trinity College entre 1841 y 1866,
expresó excelentemente la situación: «Los métodos sintéticos de investigación
seguidos por Newton fueron… un instrumento, sin duda poderoso en su excelsa
mano, pero demasiado pesado para que lo pudieran emplear con éxito otras
personas. Los compatriotas de Newton fueron los que más tiempo se adhirieron a
tales métodos, debido a la admiración que sentían por su maestro y, por este
motivo, los cultivadores ingleses de la astronomía física se quedaron rezagados
frente a los progresos de la ciencia matemática en Francia y Alemania, por un
gran margen que sólo recientemente han superado. En el continente, las ventajas
ofrecidas por el uso habitual de símbolos, y por la atención prestada a su
simetría y otras relaciones, fueron aceptadas sin reserva. De esta manera, el
Cálculo Diferencial de Leibniz que fue, en su origen y significado, idéntico al
Método de Fluxiones de Newton, pronto sobrepasó a su rival en la extensión y
generalidad de sus aplicaciones a problemas». Como saben muy bien los
estudiosos de la economía, ser el primero no siempre es lo mejor: introduce
unas ligaduras de las que no es fácil desprenderse.
Investigador de la naturaleza
A la par que sus indagaciones matemáticas, Newton comenzó a explorar el mundo
de la naturaleza. Estimulado por los cursos de óptica de Barrow en Cambridge y
la teoría de la luz de Descartes, hacia 1664 empezó a interesarse por los
fenómenos ópticos. No fue, sin embargo, hasta 1666 (año que pasó en la finca
familiar de Woolsthorpe debido a una epidemia que obligó a cerrar la
universidad en agosto de 1665) cuando intensificó sus esfuerzos, recurriendo a
un instrumento simple pero en sus manos extremadamente precioso: un prisma de
vidrio. He aquí como se refirió al inicio de sus experimentos en el artículo
que publicó en el número del 19 de febrero de 1672 de las Philosophical
Transactionsde la Royal Society: «A comienzos del año 1666 (momento en el
que me apliqué a pulir cristales ópticos de formas distintas a la esférica) me
proporcioné un prisma triangular de cristal, para ocuparme con él del celebrado
Fenómeno de los Colores. Habiendo oscurecido mi habitación, hice un pequeño
agujero en una contraventana, para dejar pasar sólo una cantidad conveniente de
luz del Sol, y coloqué mi prisma en su entrada, de manera que pudiese ser
refractado en la pared opuesta. Al principio, ver los vivos e intensos colores
así producidos constituyó una muy entretenida distracción, pero después de un
rato intentando considerarlos más cuidadosamente, me sorprendió verlos en forma
oblonga, cuando, según las leyes aceptadas de la Refracción, esperaba que
hubiesen sido circulares».
Esbozo debido al propio Isaac Newton de uno de sus experimentos sobre la luz
y los colores. En la parte superior, a la izquierda, se lee: «Nec variat lux
fracta colorem» («Tampoco la luz refractada cambia de color [en una segunda
refracción]»). Manuscrito de 1721 (Bodleian Library, Oxford University).
Semejante
anomalía le indujo a recurrir a un segundo prisma, con el que llegó a la
conclusión de que los colores (observados desde hacía ya siglos) que aparecían
al pasar la luz blanca por los prismas no eran «cualidades de luz, derivadas de
refracciones o reflexiones de cuerpos naturales (como se cree generalmente),
sino propiedades originales o innatas». La luz visible se convertía, en
consecuencia, en la combinación de diferentes colores elementales, como muestra
con particular claridad el arco iris.
Portada de I. Newton, A Treatise of the Method of Fluxions and Infinite
Series, publicado en 1737, pero escrito por Newton (en latín) en 1671.
Página de Gottfried W. Leibniz, «Nova methodus pro maximis & minimis»
(Acta Eruditorum, 1684).
Sus
análisis de la dispersión y composición de la luz le sugirieron una forma de
perfeccionar el telescopio, el instrumento indispensable para escudriñar el
cosmos desde que Galileo lo introdujera para tales fines a comienzos de aquel
siglo: comprendiendo que era, como escribió en la Óptica, «un
intento desesperado el mejorar los telescopios de longitudes dadas, por
refracción», construyó un telescopio reflector, que utilizaba dos
espejos (uno curvo y otro plano) y que superaba a los hasta entonces en uso, eliminando
la aberración cromática producida por las lentes. De hecho construyó dos: uno
lo guardó para utilizarlo él mismo y el otro lo donó a la Royal Society, como
reconocimiento por haberle elegido uno de sus miembros (el número 290) el 11 de
enero de 1672. Llegaría el día en que sería el todopoderoso presidente de esa
sociedad.
El anuncio realizado en el número del volumen correspondiente a 1672 de
las Philosophical Transactions de sus observaciones e
interpretaciones en el dominio de los fenómenos ópticos, dio origen a una de
las cosas que Newton más detestaba: la polémica. Y si la detestaba era, por
encima de todo, porque significaba que su autoridad era cuestionada, algo que
él no podía aceptar. Humilde, ciertamente, nunca fue; sí, por el contrario,
huraño, susceptible y desconfiado (alguien dijo de él que padecía de un tipo de
lo que vulgarmente llamamos neurosis aguda en grado extremo. «Uno de los más
temerosos, cautos y suspicaces temperamentos que jamás conocí», aseguraba
William Whiston, su sucesor, como ya señalé, en la cátedra lucasiana). Entró en
conflicto, en particular, con Robert Hooke (1635-1703), el conservador (curator)
de la Royal Society, magnífico científico él mismo (entre sus obras se
encuentra la célebre Micrographia [1665], una de las obras
fundacionales de la microscopía). Aquel agrio choque retraería aún más a Isaac
de cualquier inclinación a publicar sus resultados, como se pondría de
manifiesto más tarde a propósito de los Principia, y explica en
parte también por qué tardó tanto en dar a la imprenta la obra en la que
englobó sus investigaciones e ideas ópticas: hasta 1704 no apareció la Óptica,
su «otro» gran libro.
La Óptica es una obra mucho más accesible que los Principia.
Esto es debido a que su componente matemático es muy pequeño y elemental,
fruto, naturalmente, de la inexistencia entonces de una teoría general de los
fenómenos de que se ocupa. Aun así, se trata de un libro en el que se observa
con prístina claridad un componente básico del método newtoniano: la relación dialéctica
entre observación e interpretación teórica. Más que Newton, el matemático, el
protagonista principal de este texto es Newton el hábil experimentador. Digno
de reseñar es, asimismo, la inclusión de una serie de «Cuestiones» (ya he
utilizado alguna) en las que proponía «algunos interrogantes para que otros
emprendan ulteriores investigaciones». Independientemente de su valor para tan,
en principio, noble fin como el de estimular a otros, las «Cuestiones» de
la Ópticaconstituyen una de las raras ocasiones en las que Newton,
el Newton que hizo norma de comportamiento el «Hipothesis non fingo» («No hago
hipótesis») —aunque, por supuesto, las hiciese—, expresaba opiniones que no
podía defender con argumentos firmes. No es, desde luego, frecuente encontrarse
con textos publicados mientras vivía en los que se lean sentencias como:
«¿Acaso el calor de la habitación templada no se transmite a través del vacío
por las vibraciones de un medio más sutil que el aire y que permanece en el
vacío una vez eliminado el aire?» (Cuest. 18; 2.ª edición), o «¿Acaso el
movimiento animal no se debe a las vibraciones de este medio, excitadas en el
cerebro por el poder de la voluntad y propagadas desde ahí a través de los
capilamentos sólidos, transparentes y uniformes de los nervios hasta los
músculos, a fin de contraerlos y dilatarlos?» (Cuest. 24).
Portada de la primera edición de los Principia de Newton (Londres, 1687).
Las
investigaciones ópticas ofrecen una magnífica oportunidad para acceder a
facetas de la personalidad de Newton que, sin ser ignoradas, han quedado con
frecuencia en un segundo plano, debido, precisamente, a sus grandes éxitos como
matemático y, como diríamos hoy, físico teórico. Además de las recogidas en las
«Cuestiones», otra es su gran destreza manual y extraordinario poder de
introspección concentrada y sostenida. Una destreza manual que llegó a aplicar
a sí mismo: en algunos de sus experimentos tomó una aguja de zurcir y,
utilizando su propia descripción del hecho, «la puse entre mi ojo y el hueso
tan cerca como pude de la parte posterior de mi ojo». Luego, en un ensayo cuyo
solo pensamiento le pone a uno enfermo, empujó la aguja contra el globo ocular
una y otra vez hasta que aparecieron —le cito de nuevo— «varios círculos
blancos, oscuros y coloreados», círculos que «siguieron haciéndose evidentes
cuando seguí frotando mi ojo con el extremo del punzón; pero si mantenía mi ojo
y el punzón quietos, aunque continuara apretando mi ojo con él, los círculos se
hacían más débiles y a menudo desaparecían hasta que seguía el experimento
moviendo mi ojo o el punzón».
¿Sorprenderá que pudiese ser cruel con otros, él, que fue cruel incluso consigo
mismo?
Los Principia
Pero ya es hora de referirse a su obra suprema: Philosophiae Naturalis
Principia Mathematica.
Las circunstancias que rodean la génesis del contenido de este libro, así como
el que Newton aceptase prepararlo y que fuese publicado, me llevarían demasiado
lejos, aunque, ciertamente, hay que recordar —y agradecer— la participación
decisiva de alguien cuyo nombre es recordado por otros, en última instancia
menos trascendentales, menesteres: el astrónomo Edmond Halley (1656-1742),
quien logró vencer la resistencia de Newton, pagando además de su propio
bolsillo los gastos de la edición. Me limitaré a algunos apuntes relativos a
sus contenidos.
Lo primero que hay que decir es que los Principia es una obra
compleja y difícil. Entre sus múltiples aportaciones destaca, constituyendo lo
que se puede denominar su núcleo central, el que en ella Newton desarrolló un
sistema dinámico basado en tres leyes del movimiento; leyes que, a pesar de que
hoy sabemos —desde que Albert Einstein formulara en 1905 la teoría especial de
la relatividad— que no son completamente exactas, constituyen el fundamento de
la inmensa mayoría de los instrumentos móviles de que disponemos (incluyendo
las sondas espaciales que investigan el espacio profundo). Jamás leyes de una
teoría científica han influido más en la humanidad que estas tres leyes
newtonianas. Hay que señalar, no obstante, que la historia de la mecánica
newtoniana no terminó en 1687: los Principia, por ejemplo, no
contienen principios como los de conservación del momento o de la energía, que
hoy consideramos aspectos muy importantes de la mecánica teórica.
I.
Newton, Philosophiae Naturalis Principia Mathematica (1687):
AXIOMAS O LEYES DEL MOVIMIENTO
LEY
I
Todo cuerpo persevera en su estado de reposo o movimiento uniforme y rectilíneo
a no ser en tanto que sea obligado por fuerzas impresas a cambiar su estado.
Los proyectiles perseveran en sus movimientos a no ser en cuanto son retardados
por la resistencia del aire y son empujados hacia abajo por la gravedad. Una
rueda, cuyas partes en cohesión continuamente se retraen de los movimientos
rectilíneos, no cesa de dar vueltas sino en tanto que el aire la frena. Los
cuerpos más grandes —cometas y planetas— conservan por más tiempo sus
movimientos, tanto de avance como de rotación, realizados en espacios menos
resistentes.
LEY II
El cambio de movimiento es proporcional a la fuerza motriz impresa y ocurre
según la línea recta a lo largo de la cual aquella fuerza se imprime.
Si una fuerza cualquiera produce un movimiento dado, doblada producirá el doble
y triplicada el triple, tanto si se aplica de una sola vez como si se aplica
gradual y sucesivamente. Si el cuerpo se movía antes, este movimiento (dado que
se determina siempre en la misma dirección que la fuerza motriz) o bien se
añade sumándose a él, o se resta si es contrario, o se añade oblicuamente, si
es oblicuo, y se compone con él según ambas determinaciones.
LEY III
Con toda acción ocurre siempre una reacción igual y contraria. O sea, las
acciones mutuas de dos cuerpos siempre son iguales y dirigidas en direcciones
opuestas.
El que empuja o atrae a otro es empujado o atraído por el otro en la misma
medida. Si alguien oprime una piedra con el dedo, también su dedo es oprimido
por la piedra. Si un caballo arrastra una piedra atada con una soga, el caballo
es retroarrastrado (por así decirlo) igualmente, pues la soga estirada en ambas
direcciones y con el propio impulso de contraerse tirará del caballo hacia la
piedra y de la piedra hacia el caballo y tanto se opondrá al progreso de uno
cuanto ayude al avance del otro. Si un cuerpo cualquiera golpeando sobre otro
cuerpo cambiara el movimiento de éste de algún modo con su propia fuerza, él
mismo a la vez sufrirá el mismo cambio en su propio movimiento y en sentido
contrario por la fuerza del otro cuerpo (por la igualdad de la presión mutua).
A tales acciones son iguales los cambios de movimientos, no de velocidades, y
siempre que se trate de cuerpos no fijados por otra parte. Igualmente los
cambios de velocidad en sentido contrario, puesto que los movimientos cambian
igualmente, son inversamente proporcionales a los cuerpos. Se cumple esta ley
también para las atracciones…
Otra
joya suprema de los Principia es la ley de la gravitación
universal, que permitió contemplar como manifestaciones de un mismo fenómeno la
caída de graves en la superficie terrestre y los movimientos de los planetas.
Esta ley no hace su aparición en los Principia hasta el libro
tercero, Sobre el sistema del mundo; más concretamente, y tras una
elaborada gestación, en la «Proposición VII. Teorema VII» y sus dos corolarios
(«La gravedad ocurre en todos los cuerpos y es proporcional a la cantidad de
materia existente en cada uno», y «La gravitación hacia cada partícula igual de
un cuerpo es inversamente proporcional al cuadrado de la distancia de los
lugares a las partículas»). Nunca volvería la humanidad a mirar al universo de
la manera en que lo había hecho hasta entonces. La fuerza que atraía a los
planetas entre sí y la responsable de la caída de los cuerpos en las
proximidades de la superficie terrestre resultaban ser la misma, y una sencilla
fuerza, la del inverso del cuadrado de la distancia (con la que, utilizando sus
poderes matemáticos, Newton pudo deducir las trayectorias elípticas encontradas
por Kepler), bastaba para explicar sus aspectos más fundamentales.
Estas eran las vigas maestras del sistema newtoniano del mundo, pero ¿qué
instrumento/concepto introdujo Newton para explicar cómo se relacionan entre sí
los cuerpos sometidos al imperio de las leyes que había diseñado? La respuesta
que se da en los Principia es: mediante fuerzas «a distancia»;
esto es, fuerzas que no necesitan ningún soporte (o medio) para ir de un cuerpo
a otro. No es preciso elaborar mucho para darse cuenta de que se trata de una
idea francamente contraintuitiva. Pero funcionaba, para horror de, entre otros,
aquellos que defendían el sistema del mundo —basado en un plenum colmado
de vórtices/remolinos— que Descartes había propugnado en diversos lugares, como
en sus Principia philosophiae (1644). Y Newton fue lo
suficientemente buen científico como para no renunciar a un instrumento
conceptual que mostraba su valor predictivo, por muy extraño que fuese. Otra
cosa es lo que él pensase, sin poderlo demostrar. Y qué pensaba acerca de esas
misteriosas fuerzas a distancia es algo que sabemos a través de una carta que
envió el 25 de febrero de 1693 a Richard Bentley (1662-1742), quien intervino
en la preparación de la segunda edición de los Principia:
Es
inconcebible que la materia bruta inanimada opere y afecte (sin la mediación de
otra cosa que no sea material) sobre otra materia sin contacto mutuo, como debe
ser si la gravitación en el sentido de Epicuro es esencial e inherente a ella.
Y esta es la razón por la que deseo que no me adscriba la gravedad innata. Que
la gravedad sea innata, inherente y esencial a la materia de forma que un
cuerpo pueda actuar a distancia a través de un vacío sin la mediación de otra
cosa con la cual su acción o fuerza puede ser transmitida de [un lugar] a otro,
es para mí algo tan absurdo que no creo que pueda caer en ella ninguna persona
con facultades competentes de pensamiento en asuntos filosóficos.
Isaac Newton en 1726, cuando se publicó la tercera edición de los Principia,
que aparece abierto sobre la mesa.
Existe
otro aspecto de los Principia que conviene destacar: el que
constituye el ejemplo supremo de lo que puede denominarse el «método
newtoniano». Y es que Newton nos legó en ese libro —en otras obras también,
pero sobre todo en esta— lo que constituye la esencia del método científico
moderno: la elaboración de modelos matemáticos simples que se comparan con los
fenómenos naturales, comparaciones de las que surgen nuevas versiones, más
complicadas, de los modelos previos. Con él, en definitiva, la matemática se
encarnó verdaderamente en la esencia de la teoría física.
Un personaje poderoso
El, a la postre, inmenso poder explicativo y predictivo de sus contribuciones
científicas, condujo a que Newton se convirtiese en un personaje poderoso. Ya
en enero de 1689 fue elegido miembro del Parlamento en representación de su
Universidad. Pero la gran oportunidad tardaría todavía siete años en llegar: en
abril de 1696, como ya indiqué, tomaba posesión del puesto de warden(guardián)
del Mint, la Casa de la Moneda inglesa, lo que implicaba trasladarse a vivir en
Londres y, por supuesto, magníficas retribuciones. En febrero de 1700, ascendía
en esta escala oficial, pasando a ocupar el puesto de master (maestro,
el equivalente a director o presidente) del Mint. Finalmente, el 10 de
diciembre de 1701 renunciaba a su cátedra de Cambridge. Su vida, sus
aspiraciones, eran ya otras. Pero no renunciaba a acumular más poder: el 30 de
noviembre de 1703 fue elegido presidente de la Royal Society. Y a fe que
ejerció el poder que el puesto le confería: que le preguntasen si no a John
Flamsteed (1646-1719), el astrónomo real, al que presionó con toda la dureza —y
triquiñuelas— de que era capaz para obtener las tablas astronómicas que éste
había preparado durante años, y que eran su principal tesoro, pero que Newton
necesitaba para componer una teoría de las mareas, que añadir a una nueva
edición de los Principia.
Pero ningún humano, por aparentemente sobrehumano —e inhumano— que parezca,
escapa de ese final que es la muerte. Isaac Newton, el gran Isaac, murió el 20
de marzo de 1727. Era por entonces un hombre muy rico, y continuó recibiendo
honores: el 4 de abril fue enterrado en la abadía de Westminster, donde todavía
hoy se puede contemplar su tumba. Dos versos de Alexander Pope (1688-1744),
inicialmente compuestos para ser inscritos en el monumento que se iba a erigir
en su honor en la abadía, dan idea de los sentimientos de admiración y respeto
que el autor de los Principia suscitaba ya entonces:
La
Naturaleza y las leyes de la Naturaleza permanecían escondidas en la noche:
Dios dijo: ¡Hágase Newton!, y todo fue luz.
Seguramente
él habría aceptado con gusto semejante caracterización, aunque en alguna
ocasión dio muestras de alguna modestia, una circunstancia rara en él. «Si vi
más lejos, fue porque permanecí a hombros de gigantes», escribió en 1676 a
Robert Hooke. A mí, sin embargo, me gusta más otra de sus frases, igualmente
famosa: «No sé lo que podré parecer al mundo, pero yo me veo a mí mismo
únicamente como si hubiese sido un niño que juega en la orilla del mar, y que
se divirtió encontrando de vez en cuando un guijarro más liso y una concha más
bella que las normales, mientras que el gran océano de la verdad permanecía sin
descubrir ante él».
El mundo como un continuo. Lámina representando los vórtices cartesianos,
incluida en René Descartes, Principia philosophiae (Amsterdam, 1644).
Epílogo
Honramos a Isaac Newton como un gran científico, para algunos el más grande de
la historia. No le recordamos como un profeta. Sin embargo, en otro tiempo,
bajo otras circunstancias, acaso la historia le habría terminado considerando
como tal. No pudo presumir, como su tan admirado Ezequiel (40:4), que un ángel
le había visitado para decirle: «Hijo de hombre, mira bien, escucha atentamente
y presta atención a todo lo que te voy a mostrar, porque has sido traído aquí
para que yo te lo muestre». Pero en su ambición suprema, quiso alcanzar,
mediante el incomparable instrumento de su inteligencia (probablemente lo más
próximo a divino que se pueda encontrar en esta terrenal única tierra nuestra),
el conocimiento que —según las Sagradas Escrituras— los ángeles habían
ofrecido, gratuitamente, a los profetas. En la soledad de sus habitaciones,
luchando con manuscritos oscuros y complejos, aquel Isaac —para mí mucho más
grande que el bíblico— debió con frecuencia tronar, indignado, contra semejante
injusticia. ¿Por qué se le negaba a él lo que otros tan fácilmente habían
logrado? Su vida, sus millones de palabras escritas —y las muchísimas más que
leyó—; las horas, los días, meses y años inacabables en los que pugnó por
comprender los mensajes divinos, no son sino testimonio de cuánto se rebeló y
cuánto deseó.
Portada de la primera edición de la Opticks (Londres, 1704) de
Newton.
Capítulo 3
Y la química se hizo ciencia: Lavoisier
En
los dos capítulos precedentes me he ocupado de ciencias básicas como son la
matemática, la física y, en menor medida, la astronomía. Pero con ser
importantes, es evidente que estas disciplinas no agotan el conjunto de las
ciencias. Y entre las que faltan, hay una particularmente importante: la
química, la disciplina que Lavoisier, el principal protagonista del presente
capítulo, definió de la siguiente forma en su Traité elementaire de
chimie (Tratado elemental de química; 1789): «La química,
experimentando con los diversos cuerpos de la naturaleza, tiene por objeto
descomponerlos, de forma que se puedan examinar separadamente las
diferentes sustancias que entran en su combinación». Es, ciertamente, una
definición un tanto limitada —se olvida, por ejemplo, de que también es objeto
de la química el estudio de las fuerzas que unen los elementos constitutivos de
las sustancias—, pero sirve.
Si no he mencionado a la química hasta ahora, no es, naturalmente, porque en
las épocas en las que me he centrado hasta el momento no se llevasen a cabo
«actividades químicas», es decir, trabajos o investigaciones que tenían que ver
con lo que hoy llamamos química, sino porque con anterioridad a mediados del
siglo XVIII, esta ciencia no podía considerarse una disciplina científica
independiente, o, dicho de otra manera, probablemente más conveniente, porque
no existía un sistema estructurado, con un cierto poder predictivo, con el que
fuese posible organizar de manera sistemática las relaciones entre cuerpos que
al combinarse dan lugar a compuestos de todo tipo. Los historiadores de la
química no tienen la fortuna de sus colegas los historiadores de la matemática
o, aunque en un grado menor, los de la astronomía y la física: la fortuna de
que una parte importante del pasado matemático se perdiese surgiendo
reconstruido con la limpieza, rigor y claridad con que aparece en obras como
los Elementos de Euclides. El historiador de la química
anterior a, digamos, los siglos XVII y XVIII, se ve obligado a prestar atención
a múltiples y muy variados temas e intereses, demasiados y excesivamente
atomizados. Como, por ejemplo, las artes de la destilación, la obtención de
esencias perfumadas, la fabricación de jabón, las aleaciones metálicas o los
remedios farmacéuticos, a las que, en diferentes escenarios espacio-temporales,
contribuyeron griegos, romanos, árabes y los europeos medievales y
renacentistas.
Los anteriores ejemplos tienen que ver, evidentemente, con lo que podríamos
denominar «prácticas tecnológicas» motivadas por necesidades sociales. Y aunque
requerían de un cierto aparato teórico —nada es absolutamente «práctico»,
«experimental» o «empírico»—, éste no fue, al menos al principio, grande. Sin
embargo, también encontramos en los siglos anteriores al XVII, y en concreto en
la civilización helena, desarrollos, reflexiones, teorías, que pertenecen al
universo de lo que hoy denominamos química. En particular, en lo que se refiere
a la constitución de la materia.
Pocas cuestiones, en efecto, surgen al espíritu de manera más inmediata que la
de cómo están formados los cuerpos que nos rodean y de los que formamos parte.
Ya he mencionado que Tales la formuló, dando preferencia en su respuesta al
agua. Más refinadas fueron las respuestas que dieron Heráclito de Éfeso
(540-480 a.C.) y Anaxágoras (500-428 a.C.), que sostuvieron la creencia de que
toda la materia está formada por cuatro elementos: fuego, agua, aire y tierra,
una doctrina que, como ya mencioné a propósito de Galileo, tendría una larga
vida. De hecho, aunque Galileo sembrara de minas los territorios
aristotélico-ptolemaicos, la teoría de los cuatro elementos (cinco si añadimos
el éter) se defendió con cierta dignidad. Y es que el estudio de los
componentes de la materia y, en general, de todo aquello que existe en la
naturaleza, constituye un problema de extraordinaria dificultad. Acaso porque
no nos damos cuenta de semejante complicación, tendemos a mirar en la
actualidad con un apenas disimulado desprecio a intentos de profundizar en la
composición de los cuerpos como el protagonizado por los alquimistas.
Una química primitiva: la alquimia
La alquimia, cuyos orígenes se remontan cuando menos a la Alejandría de los
Ptolomeos, es un arte difícil de definir. Una definición que a mí me gusta es
la que dio en 1970 E. J. Sheppard, en la que se recoge su dimensión de empresa
filosófico-religioso-existencial: «La alquimia —señalaba Sheppard— es un arte
cósmico mediante el cual se pueden liberar partes [del] cosmos —las partes
mineral y animal— de su existencia temporal obteniendo estados de
perfección, oro en el caso de los minerales, y para los
humanos, longevidad, inmortalidad, y finalmente redención. Semejantes
transformaciones pueden lograrse bien mediante la utilización de una sustancia
material como la “piedra filosofal” o elixir, o bien a través de conocimiento
revelado o iluminación psicológica».
La obra y pensamiento de Philippus Theophrastus (1493-1541), el médico y
alquimista suizo más conocido como Paracelso, constituye un ejemplo casi
paradigmático de esta forma de entender la alquimia. Como médico que era —y
parece que cosechó algunos éxitos importantes (en la losa que cubre su tumba en
la iglesia de San Esteban de Salzburgo, se puede leer todavía el siguiente
epitafio: «Aquí yace Theophrastus Bombastus von Hohenheim. Famoso doctor en
medicina, que curó toda clase de heridas, la lepra, la gota, la hidropesía y
otras varias enfermedades del cuerpo, con ciencia maravillosa»)—; como médico,
digo, que era estaba interesado en combatir las enfermedades. Cómo lo hacía,
cuál era su concepción de la medicina, es algo complicado de establecer y
explicar; aun así, diré que en tal concepción desempeñaba un papel importante
el arte alquímico. En el capítulo tercero —«Sobre el método de acción de las
tres primeras sustancias, el sujeto intermedio y la Alquimia»— de su Liber
Paramirum, 1562 (Libro Paramírico), leemos: «Las enfermedades
extrañas requerirán que el médico las estudie con métodos extraños,
aplicándoles las concordancias que correspondan, preparando y separando las
cosas visibles y reduciendo sus cuerpos a la última materia con ayuda del arte
espagírico o de la Alquimia». Y unas pocas líneas más abajo añadía: «Aprended
pues la Alquimia, también llamada Espagírica y ella os enseñará a discernir lo
falso de lo verdadero. Con ella poseeréis la luz de la Naturaleza y con ella
podréis probar todas las cosas claramente, discurriéndolas de acuerdo a la
lógica y no por la fantasía, de la que nada bueno puede resultar».
Jan Van der Straet, llamado Lo Stradano («El alquimista»), 1570 (Florencia,
Palazzo Vecchio).
Vemos
que Paracelso hacía alquimia sinónimo de «espagírica», un término muy
elocuente: spagyria proviene, en efecto, de las raíces griegas
«sacar, extraer, separar» y «reunir», dos raíces etimológicas en las que se
encuentran los dos conceptos u operaciones fundamentales de la química: el
análisis y la síntesis. Una acepción de espagírica es «arte de depurar
metales».
Una gran parte de los alquimistas eran, como Paracelso, médicos, también
farmacéuticos. En esta tradición se inscriben algunas de las figuras más
destacadas de la historia de la química de mediados del siglo XVII y del XVIII:
como Hermann Boerhaave (1668-1738), Georg Ernst Stahl (1660-1734) o Joseph
Black (1728-1799). Pero antes de entrar en esa época, y en particular en el
período de la Ilustración, quiero mencionar el caso de Isaac Newton, que dedicó
intensos esfuerzos a la investigación alquímica, hasta el punto de que es
considerado como uno de los alquimistas más notables de la historia.
Paracelso.
Newton
se vio atraído por los estudios alquímicos a finales de la década de 1660 y
comienzos de la de 1670. Insatisfecho con las respuestas que sus estudios
teológicos y de filosofía natural le proporcionaban, encontró en la alquimia
una posible fuente de esperanzas, forjando una pasión por el tema que le
duraría al menos treinta años. Llegó a pensar que la piedra filosofal, el
principio activo de la alquimia, estaba unida estrechamente con Cristo: ambos
eran, al fin y al cabo, agentes de perfección y redención. Ahora bien, lo que
ahora deseo señalar, para reforzar la conexión existente entre alquimia y
química en un sentido moderno, es que semejantes ideas e intereses no fueron
obstáculo para que también se plantease problemas fundamentales, que hoy consideramos
pertenecientes a la teoría de la afinidad química (la rama de la química que se
ocupa de las fuerzas que unen los elementos para formar compuestos). En
la Óptica encontramos evidencias de ello. Así, en la Cuestión
31 de la edición de 1718 (añadida en la edición de 1706 con el número 23),
podemos leer: «¿No poseen las pequeñas partículas de los cuerpos ciertos
poderes, virtudes o fuerzas con los que actúan a distancia no sólo sobre la
luz, reflejándola e inflexionándola, sino también unos sobre otros, para
producir una gran parte de los fenómenos de la naturaleza? En efecto, es bien
sabido que los cuerpos actúan unos sobre otros por las acciones de la gravedad,
magnetismo y electricidad. Estos ejemplos muestran el talante y curso de la
naturaleza, haciendo que no sea improbable la existencia de otras potencias
atractivas además de éstas». Y más adelante: «Cuando el Aqua fortis o
el espíritu de vitriolo se vierten sobre limaduras de hierro y las disuelven
con gran calor y ebullición, ¿acaso este calor y ebullición no están causados
por un violento movimiento de las partes, y acaso no muestra ese movimiento que
las partes ácidas del líquido se precipitan con violencia sobre las partes del
metal, insinuándose enérgicamente en sus poros hasta que se sitúan entre sus
partículas externas y la masa más importante del metal, y rodeando dichas
partículas las liberan de la masa principal y las dejan flotar en el agua?».
Portada de The Sceptical Chymist: or chymico-physical Doubts & Paradoxes
(Londres, 1661) de Robert Boyle.
No
fue, por supuesto, Newton el único, ni siquiera el principal, de los virtuosi de
la Revolución Científica interesado en las prácticas químicas. Ninguna
exposición de la química del siglo XVII estaría completa sin mencionar a Robert
Boyle, y en particular a su libro The Sceptical Chymist (El
químico escéptico; 1661), todo un clásico de la literatura científica.
Escrito en forma de diálogo, en él Boyle defendía la hipótesis (teoría
corpuscular) de que la materia está formada por átomos y conjuntos de átomos en
movimiento, y que cualquier fenómeno es el resultado de colisiones de
partículas (átomos, en última instancia). En ese mismo libro se encuentra una
definición de elemento químico que se ha mantenido básicamente inmutable hasta
la actualidad:
Y,
para evitar equivocaciones, debo advertirle que ahora quiero decir por
Elemento… ciertos cuerpos Primitivos y Simples, o perfectamente no mezclados;
que no formados por ningún otro cuerpo, son los ingredientes de los que están
compuestos todos aquellos denominados Cuerpos perfectamente mixtos, y en los
que se disuelven en última instancia.
De hecho, Boyle sospechaba que ninguno de los elementos entonces aceptados
—tierra, aire, fuego y agua en el esquema aristotélico; sal, sulfuro y mercurio
en el de los paracelsianos— era realmente elemental, aunque no avanzase mucho
en identificar qué sustancias eran realmente «elementales». En este sentido, su
aportación fue más importante por lo que estimuló la teoría corpuscular de la
materia (que recibiría poco después un nuevo empuje de Newton), que por lo que
añadió a las técnicas puramente químicas. Y es que Boyle no fue en modo alguno
un químico puro: llegó a la química desde la medicina, siendo esta disciplina
la que le condujo, a través de la preparación de medicamentos, a la química,
convirtiéndose rápidamente en un hábil experimentador al igual que pensador
original en las artes químicas.
Lámina que representa diferentes instrumentos científicos: New Experiments
Physico mechanical (Oxford, 1662), de Robert Boyle.
Una
de sus virtudes como investigador fue la manera en que combinó física y
química, como muestran los experimentos que realizó utilizando una bomba de
vacío, que le llevaron a concluir que el aire tenía peso. Semejante conclusión
apareció en 1660 en New Experiments Physico-mechanical, touching the
Spring of the Air, and its Effects (Nuevos experimentos
mecánico-físicos, referentes al peso del aire y sus efectos), una idea que
fue inmediatamente atacada por Franciscus Linus (1595-1675), y de la que Boyle
se defendió en la segunda edición (1662) de su libro, en la que también incluyó
la ley, desde entonces conocida por su nombre, de que el volumen ocupado por un
gas es el recíproco de su presión.
Pero ya es hora de abandonar este sumario panorama de la historia de la química
anterior al siglo XVIII y entrar en esta centuria, en la Ilustración (término
introducido por Kant), en el Siglo de las Luces (el nombre preferido por los
franceses); en definitiva, en el siglo que terminaría alumbrando una nueva
revolución científica, que haría de la química una ciencia comparable a las
demás. En el, en este sentido, «Siglo de Lavoisier», personaje, por otra parte,
que representa de manera magnífica, en toda su grandeza y también en toda su
tragedia, la centuria que terminó con otra revolución, ésta política: la
Revolución Francesa.
Stephen Hales, según un grabado de Vegetable Staticks, or an account of some
statical experiments on the sap in vegetables (Londres, 2 vols., 1727 y 1733).
Lámina de Vegetable Staticks de Stephen Hales, en la que se muestra un
experimento con un manzano y un peral para determinar el poder de absorción que
eleva la savia en los árboles.
La
Ilustración
Durante el Siglo de las Luces se consumó la transposición de la «propiedad» del
concepto y estudio de la Verdad de la religión a la ciencia, de los teólogos y
sacerdotes a los científicos y filósofos. En este sentido, se puede decir que
terminaba la Era de la Cristiandad y comenzaba la de la Modernidad. Animados
por la gran confianza que depositaron en la capacidad —científica y
tecnológica— humana de comprender y utilizar la naturaleza, los ilustrados
creyeron que era posible construir una sociedad más racional, justa y cómoda.
Visto en retrospectiva, en su mayor parte el XVIII fue un siglo optimista,
ilusionado, que veía en la ciencia y en la razón sus principales valedores.
Esta unión entre «razón» y «naturaleza», entre ciencia, tecnología y sociedad,
queda clara a través del título de la obra más característica de aquella época:
la Enciclopedia o diccionario razonado de las ciencias, las artes y los
oficios, la Encyclopédie (1751-1768), coordinada por el
filósofo Denis Diderot (1713-1784) y el físico y matemático Jean Le Rond
d’Alembert (1717-1783), autor él mismo de obras tan fundamentales para la
ciencia del movimiento (fue básica para el posterior desarrollo de la mecánica
analítica) como Trai té de dynamique, dans lequel les lois de
l’équilibre et du mouvement des corps sont rédui tes au plus petit nombre
possible (Tratado de dinámica, en el cual las leyes del equilibrio
y del movimiento de los cuerpos son reducidas al número más pequeño posible;
1743). Con sus 35 tomos de voces (contiene 71.818 entradas) y láminas, la Encyclopédie constituye
uno de los grandes monumentos editoriales dedicados al pensamiento.
El propio D’Alembert nos puede servir para familiarizarnos con los sentimientos
de los ilustrados. En una de sus obras, Essai sur les éléments de
philosophie (Ensayo sobre los elementos de filosofía), publicada en 1759 y
ampliada en 1767, podemos leer:
La
ciencia de la naturaleza adquiere día a día nuevas riquezas; la geometría
ensancha sus fronteras y ha llevado su antorcha a los dominios de la física,
que le son más cercanos; se conoce, por fin, el verdadero sistema del mundo,
que ha sido desarrollado y perfeccionado. La ciencia natural ha cambiado su
aspecto desde la Tierra hasta Saturno, desde la historia de los cielos hasta la
de los insectos. Y, con ella, todas las demás ciencias han cobrado nueva forma…
Todas estas causas han colaborado en la producción de una viva efervescencia de
los espíritus. Esta efervescencia, que se extiende por todas partes, ataca con
violencia a todo lo que se le pone por delante, como una corriente que rompe
sus diques. Todo ha sido discutido, analizado, removido, desde los principios
de las ciencias hasta los fundamentos de la religión revelada, desde los
problemas de la metafísica hasta los del gusto, desde la música hasta la moral,
desde las cuestiones teológicas hasta las de la economía y el comercio, desde
la política hasta el derecho de gentes y el civil.
Henry Cavendish, según William Alexander (British Museum).
Estrictamente,
no es verdad que todo fuese «discutido, analizado, removido». En el plano del
desarrollo científico, y dejando al margen por el momento a la química, el
siglo XVIII asistió a la encumbración de la física newtoniana. Era tal su poder
explicativo, tantos sus éxitos, tanto lo que prometía, que, inevitablemente y
tras una cierta resistencia de los seguidores del modelo vorticial de
Descartes, se terminó por creer que en sus principios fundamentales, en las
tres leyes de movimiento, se encontraba la llave para comprender el
funcionamiento del universo. Otra cosa era ser capaces de calcular en
detalle los diferentes movimientos, pero en principio ahí, en los movimientos
de las partículas que se suponía componían la materia (mecanicismo), estaba
todo. Así, en su Essai philosophique sur les probabilités (Ensayo
filosófico sobre las probabilidades, 1814), Pierre-Simon Laplace
(1749-1827), autor de obras tan importantes para esa física como el Traité
de mécanique céleste (Tratado de mecánica celeste; 1799-1827),
podía escribir: «Una inteligencia que en un momento determinado conociera todas
las fuerzas que animan a la naturaleza, así como la situación respectiva de los
seres que la componen, si además fuera lo suficientemente amplia como para
someter a análisis tales datos, podría abarcar en una sola fórmula los
movimientos de los cuerpos más grandes del universo y los del átomo más ligero;
nada le resultaría incierto y tanto el futuro como el pasado estarían presentes
ante sus ojos».
Joseph Black.
Joseph Priestley.
Pero
no debemos pensar que el siglo XVIII se basó, en lo que a avance científico se
refiere, únicamente en las ideas físicas del mecanicismo. El «espíritu
matemático» se desarrolló también con gran intensidad; no en vano en el
Setecientos vivieron matemáticos como Daniel Bernoulli (1700-1782), Leonhard
Euler (1707-1783) o Joseph-Louis Lagrange (1736-1813). Y tampoco hay que
olvidar que fue también en aquel siglo, en torno a 1780, cuando James Watt
(1736-1819) introdujo sustanciales mejoras en las máquinas de vapor existentes,
inaugurando una nueva era en la producción de energía mecánica, y dando origen
de esta manera a la Revolución Industrial (terminó siendo la Primera Revolución
Industrial), que cristalizó a partir de 1815, por lo que es en buena medida
también un fenómeno decimonónico.
Pero de lo que yo quiero hablar aquí sobre todo es de Lavoisier y sus logros en
la química, aunque para ello antes tengo que abordar otra cuestión.
Hay más «aires» de lo que parece
A lo largo de las tres primeras cuartas partes del siglo XVII, los químicos
ampliaron el número de sustancias objeto de manipulación en el laboratorio,
mejoraron los métodos para fabricar muchos productos de interés comercial y,
este fue un desarrollo particularmente importante, lograron manejar e
identificar «aires» distintos del aire común o atmosférico.
Hay que mencionar en este punto las aportaciones de diversos científicos. En
primer lugar, las del médico de Bruselas Johannes Baptista Van Helmont
(1577-1644), el creador de la palabra «gas» (puede que derive del término
alemán Gascht, que denota la espuma que aparece tras la
fermentación), quien, no obstante el misticismo que impregnaba sus
investigaciones —fue seguidor de Paracelso—, observó que lo que denominó «gas
silvestre» (muy probablemente dióxido de carbono; esto es, CO2),
producido en las fermentaciones que tenían lugar en las fábricas de cerveza al
igual que en otros tipos de trabajos (por ejemplo, al tratar mármol con un
ácido, o al quemar piedra de cal), era de una especie diferente al «gas común»,
o atmosférico.
Otros nombres a recordar son:
1. El
clérigo anglicano Stephen Hales (1677-1761), uno de los primeros estudiosos de
la nutrición y fisiología de plantas (véase, en este sentido, su libro Vegetable
Staticks: or, an Account of some Statical Experiments on the Sap in Vegetables:
Being an Essay towards a Natural History of Vegetation[Estática vegetal:
o una descripción de algunos experimentos estáticos en la savia de vegetales:
siendo un ensayo hacia una historia natural de la vegetación]; 2 vols.,
1727, 1733). En el curso de sus investigaciones, Hales desarrolló técnicas e
instrumentos especiales (como la «cuba neumática») para recoger y estudiar
diferentes gases (los emitidos, por ejemplo, en la transpiración de las hojas),
que consideraba diferentes al aire común.
2. Henry
Cavendish (1731-1810), un rico noble inglés, uno de cuyos entretenimientos era
la química. Su principal descubrimiento en este campo fue que cuando se quema
«aire inflamable» (nuestro hidrógeno) —cuyas propiedades estudió— en aire
común, se produce agua.
3. El
escocés Joseph Black, autor de obras como Experiments upon magnesia
alba, incluida en Essays and Observations, Physical and Literary (Ensayos
y observaciones, físicos y literarios; 1754-1756), en la que señalaba con
claridad que existían gases diferentes al gas común.
4. Joseph
Priestley (1733-1804), un personaje interesante donde los haya: nacido en
Leeds, se dedicó al sacerdocio, como ministro no conformista. Fue predicador
apasionado, tanto en religión como en lo que sus ideas políticas se refiere;
ferviente admirador de la Revolución Francesa, en una ocasión en la que junto a
unos amigos celebraba el aniversario de la toma de la Bastilla, su casa fue
asaltada por la muchedumbre y su iglesia quemada, desapareciendo una buena
parte de sus instrumentos y documentos científicos. Tuvo, en consecuencia, que
emigrar a Norteamérica, instalándose en una población del estado de
Pensilvania.
Como científico, su fama radica sobre todo en haber descubierto y aislado el
oxígeno, que él denominó «aire desflogisticado», ya que era partidario de la
teoría del flogisto, a la que me referiré enseguida (uno de sus escritos más
importantes se titulaba The Doctrine of Phlogiston Established [La
doctrina del flogisto establecida]; 1800). Expresado en términos
analíticos, el hallazgo de Priestley —que difundió sobre todo en su libro Experiments
and Observations on Different Kinds of Air (Experimentos y
observaciones sobre diferentes tipos de aires; 1774)— se puede condensar en
la reacción
cal
de mercurio + calor → aire desflogisticado
esto
es, calentó óxido de mercurio, obteniendo oxígeno.
Durante sus experimentos, Priestley encontró que las velas ardían con más
brillo en presencia de su aire desflogisticado; también que los ratones —y él
mismo— lo podían respirar sin ningún problema. He aquí como se refirió a este
hecho en Experiments and Observations on Different Kinds of Air:
Mi
lector no se sorprenderá de que, después de haberme asegurado de la superior
cualidad del aire desflogisticado utilizando ratones y otras pruebas que ya he
mencionado antes, tuviese la curiosidad de probarlo yo mismo. He satisfecho
esta curiosidad respirándolo… El sentirlo en mis pulmones no es sensiblemente
diferente de lo que sucede con el aire común, pero me dio la sensación de que
mi respiración fue particularmente ligera y fácil durante algún tiempo después.
¿Quién puede decir si, en el futuro, este aire puro no se convertirá en un
artículo de moda, en un lujo? Hasta el momento, sólo dos ratones y yo mismo
hemos tenido el privilegio de respirarlo.
5. Aunque
estrictamente Priestley fue el primero en anunciar el descubrimiento del gas (y
elemento químico) que terminó siendo denominado oxígeno, otro científico que
hay que mencionar es el sueco Carl Wilhelm Scheele (1742-1786), quien parece
que llegó antes a este resultado, cuando entre 1770 y 1773 calentó pirolusita
(dióxido de manganeso) con ácido sulfúrico concentrado, dando origen a la
siguiente reacción, en la que se producía oxígeno (para él, «aire de fuego»)
2
MnO2 + 2 H2SO4 → 2 MnSO4 +
2 H2O + O2
Sin
embargo, la publicación de sus resultados (en un libro que tituló Chemische
Abhandlung von der Luft und dem Feuer [Tratados sobre el aire y el
fuego], que apareció en 1777) se demoró dos años, mientras esperaba recibir
el prólogo del mineralogista Torbern Bergman (1735-1784), permitiendo así la
prioridad de su colega inglés.
A pesar de avances como éstos, ninguno de los filósofos naturales involucrados
consiguieron crear para la química un sistema teórico basado en el método
experimental, ni elaborar un lenguaje metódico y preciso que sirviera de eficaz
instrumento de comunicación. La química era, en consecuencia, una de las
ciencias cuyo reflejo en la Encyclopédie aparecía como menos
brillante. Gabriel-François Venel (1723-1775), redactor de la mayor parte de
las voces químicas de aquella obra magna, ofrecía en el volumen tercero (1753)
una panorámica bastante pesimista del desarrollo alcanzado por su disciplina al
coronarse la primera mitad del siglo. Para Venel, el remedio consistía en que
llegase un día en el que un buen químico revolucionase esta ciencia y la
situase a la altura de las demás: «Esta revolución, digo, no puede ser
realizada más que por un químico hábil, entusiasta y atrevido que, al
encontrarse en una situación favorable y aprovechar hábilmente algunas
circunstancias felices, sepa despertar la atención de los sabios, primero con
una ostentación brillante, con un tono decidido y afirmativo, y después con
argumentos si sus primeras armas hubieran atacado el prejuicio».
Los
deseos de Venel no tardarían en cumplirse: Antoine-Laurent de Lavoisier
(1743-1794) se llamaría el químico «hábil, entusiasta y atrevido».
Lavoisier
Como señalé con anterioridad, Lavoisier compendia toda la grandeza y tragedia
de la Ilustración. Hijo de un próspero abogado de París, estudió Derecho como
su padre, aunque desde el primer momento mostró interés por la ciencia, cuyos
estudios compaginó con los legales (antes incluso de obtener el título de
abogado, escribió —en 1763— su primer trabajo científico: sobre una aurora
boreal observada en Villers Cotterets). Especialmente importante es el año de
1768, cuando fue elegido «adjunto supernumerario» de la Académie des Sciences e
inició su actividad en la Ferme Générale, una de las principales instituciones
existentes en el Antiguo Régimen para recoger impuestos. Se trataba de una
organización financiera privada (lo que hizo Lavoisier para entrar en ella fue
comprar un tercio de una participación), cuyo nombre podríamos traducir como
Compañía General de Arrendatarios. Como arrendatario (férmier),
Lavoisier estaba obligado a realizar giras de inspección (por este motivo pasó
fuera de París la mayor parte de 1769 y 1770) e informar de sus observaciones a
los directores de la Compañía, férmiers más veteranos como
Jacques Paulze, con cuya hija Marie Anne Pierrette Paulze (1758-1836) se casó
en 1771, cuando Anne tenía sólo 13 años. No fue, está claro, no pudo ser, un
matrimonio por amor, sino uno de tantos organizados por motivos o conveniencias
diversos, lo que no quiere decir que la unión no diese frutos satisfactorios en
este caso (en lo que se refiere a la ciencia, Anne se convertiría en una buena
ayudante de su esposo). El mismo año de su matrimonio, Lavoisier incrementó su
participación en la Ferme Générale: con una inversión de 780.000 francos, una
fortuna desde luego.
Lámina de «Observations on differents kinds of air» (Philosophical
Transactions of the Royal Society, 1772; también aparece en el libro titulado
Experiments and Observations on Differents Kinds of Air, publicado en 1774), de
Joseph Priestley, que representa uno de sus experimentos para demostrar los
efectos de la combustión, putrefacción y respiración en una planta de menta (a
la dcha.) y en ratones (en la parte delantera).
Lavoisier, según un grabado de Mlle. Brossard-Beaulieu.
No
es, por supuesto, la presente ocasión para tratar la cuestión del sistema
impositivo galo, importante para entender el derrumbamiento de la monarquía
absoluta francesa. Recordaré únicamente unos datos que son necesarios para
comprender mejor la biografía de Lavoisier: en la tradición medieval, los
soberanos no tenían ningún derecho a gravar a sus súbditos de modo permanente;
los impuestos eran considerados expedientes temporales y excepcionales para
poner remedio a situaciones críticas. Fue a mediados del siglo XVI cuando se
creó en Francia una categoría de «impuestos ordinarios», que, sin embargo,
gravaban en general sólo a los miembros serviles y no privilegiados de la
sociedad. Pero no era el rey quien recolectaba los impuestos, sino grupos
privilegiados intermedios, entre los que se encontraban los arrendatarios
generales, que se convirtieron en una de las principales fuentes de crédito del
Gobierno, al que adelantaban fondos, a cambio de deducciones de interés sobre
el montante de los contratos futuros; también emitían billets des
fermes a corto plazo, documentos de crédito destinados al público.
¿Sorprenderá que en el juicio que terminó con su condena a muerte, Lavoisier
estuviese acompañado por otros 25 férmiers (uno de los cuales
fue, por cierto, su suegro)?, ¿que, de hecho, aquel fuese en realidad un juicio
contra la Ferme Générale?: «Todos los arrendatarios generales presentes —se lee
en el texto de la sentencia (firmado el 19 floreal del año II, esto es, el 8 de
mayo de 1794)— han sido traídos ante el tribunal revolucionario para ser
juzgados conforme a la ley de delitos de dilapidación de las rentas del
gobierno, conculcaciones y abusos, fraudes hacia el pueblo, traiciones hacia el
gobierno y otras de las que han sido advertidos». Pero dejemos esto por el
momento, ya que todavía no hemos llegado a la muerte de Lavoisier, y
continuemos con otros detalles de su biografía.
Como buen ilustrado, Lavoisier no fue nunca ajeno a la actividad pública, un
interés que en su caso se manifestó, al margen de su actividad como férmier,
de al menos dos formas: una, con trabajos en lo que hoy denominaríamos «ciencia
aplicada» (ya en 1766, concursó al premio convocado por la Académie des
Sciences con una memoria sobre el alumbrado público); otra, a través de los
cargos públicos que ocupó: en 1775 fue nombrado uno de los cuatro directores de
la Régie des Poudres (la Administración de Pólvora), la institución estatal
encargada de la producción de pólvoras y salitres, puesto que mantuvo hasta
1791; en 1787 fue elegido representante del Tercer Estado en la Asamblea
Provincial de Orléans, y en 1789 diputado suplente por la nobleza de Bois en
los Estados Generales y miembro de la Comuna de París.
Y ahora sí, es el momento de pasar a resumir sus principales contribuciones a
la química.
La química de Lavoisier
En los años finales de la década de 1760, Lavoisier se sumió en investigaciones
encaminadas a determinar el grado de pureza que el agua —uno de los
protagonistas principales de su obra— podía alcanzar mediante destilaciones
repetidas. Esto le llevó a plantearse uno de los problemas que ocupaban la
atención de los químicos: la transmutación del agua en tierra. Recordemos una
vez más que todavía estaba extendida entre los químicos la creencia en la
teoría aristotélica de los cuatro elementos —agua, tierra, aire y fuego—, que
por sus cualidades comunes podían transformarse unos en otros: el agua (fría y
húmeda) podía transmutarse en tierra (fría y seca). Las medidas de densidades
de muestras de agua en función de las materias disueltas, le hicieron sospechar
que el depósito terroso que se formaba en destilaciones (recurriendo al calor
aportado por el fuego) sucesivas de una muestra de agua, cuya densidad no
variaba apreciablemente en las últimas destilaciones, era un producto de las
operaciones realizadas. Para dilucidar el problema, Lavoisier pensó,
correctamente, que el único medio de comprobar su hipótesis era repetir las
experiencias en recipientes herméticamente cerrados, con la precaución de tomar
cuenta exacta del peso del recipiente y del agua empleados. Si el peso total,
finalizada la experiencia, no variaba, «entonces necesariamente debía
encontrarse una disminución de peso en una u otra de estas dos sustancias [el
agua y el recipiente], y esta disminución debía ser precisamente igual a la
cantidad de tierra separada». Si, por el contrario, el peso del conjunto
aumentaba al final, entonces la «materia del fuego» que pasaba a través del
vidrio y se combinaba con el agua, era la responsable de tal aumento.
Georg Stahl, según un grabado en Opusculum
chimico-physicomedicum(Nuremberg, 1715).
Lavoisier
pesó cuidadosamente (en este sentido para él fue tan importante la balanza como
el matraz) un recipiente de vidrio y el agua que introdujo en él; lo cerró
herméticamente y puso a hervir el agua por espacio de 101 días consecutivos. A
medida que transcurría el tiempo, se formaba un residuo terroso. Una vez
retirado el aparato del fuego, anotó de nuevo el peso del conjunto (recipiente
y agua) y observó que no había variado. Comprobó entonces, en contra de la
opinión común, que el fuego no producía ningún aumento de peso. Después pesó el
residuo seco e hizo lo mismo con el recipiente. El peso del residuo era
prácticamente igual a la pérdida de peso experimentada por el recipiente, por
lo que concluyó que el depósito terroso procedía del vidrio y no del agua. Como
vemos, en un campo diferente, Lavoisier estaba socavando el universo
aristotélico, al igual que más de un siglo antes lo había hecho Galileo con sus
observaciones astronómicas.
Aunque no lo he dicho explícitamente, los procedimientos y conclusiones
precedentes se basaban en una convicción que para nosotros es, en la actualidad
(ampliada un tanto, de manera que incluya también la energía), casi un lugar
común, pero que no lo era para los químicos de su época: la de la ley de la
conservación de la masa, ley que Lavoisier no formularía explícitamente hasta
la publicación de su Tratado elemental de química (1789). En
efecto, en el capítulo XIII («De la descomposición de los óxidos vegetales por
la fermentación viscosa»), podemos leer:
Para
llegar a la solución de estos problemas, está claro que haría falta conocer
primero el análisis y la naturaleza de los cuerpos susceptibles de fermentar y
los productos de la fermentación; porque nada se crea, ni en las operaciones
del arte, ni en las de la naturaleza, y se puede sentar como principio que, en
toda operación, hay una cantidad igual de materia antes y después de la
operación, que la cualidad y cantidad de los principios es la misma, y que no
hay más que cambios y modificaciones.
Todo el arte de hacer experiencias en química está fundado sobre este
principio: hay que suponer en todos los experimentos una verdadera igualdad o
ecuación entre los principios del cuerpo que se examina y los que se sacan por
el análisis.
Hoy
recordamos esta contribución con la sencilla y un tanto burda expresión: «nada
se crea ni se destruye».
Pasando ahora a otro aspecto de la revolución química asociada con el nombre de
Lavoisier, tenemos que en ella el oxígeno desempeñaba un papel central. La
combustión, uno de los procesos más notorios que se dan en la naturaleza y que
ahora los diccionarios definen como «reacción química entre el oxígeno y un
material oxidable, acompañada de desprendimiento de energía», pasó gracias a él
a explicarse de una forma bien distinta a como se hacía en la teoría más
influyente de la química precedente: la teoría del flogisto.
Según esta teoría, la capacidad que tiene un cuerpo para arder se debe a la
existencia en su composición de una determinada sustancia llamada flogisto (del
griego filox, esto es, «llama»; por consiguiente, literalmente
«principio de la llama»), nombre que le dio su creador, Georg Stahl, médico del
rey de Prusia y autor de obras como Fundamenta chymiae dogmaticae &
experimentalis(Fundamentos de químicas dogmática y experimental;
1723). Igualmente, para que un metal llegara a calcinarse (de acuerdo con la
visión actual, la calcinación es la transformación por oxidación de un metal a
su mineral o cal), era indispensable que el flogisto formara parte de su
composición.
En estas dos operaciones, combustión y calcinación, básicas dentro de la
química, tenía lugar el mismo proceso: el desprendimiento de flogisto de las
sustancias que lo contenían. Cuando la combustión y la calcinación se llevaban
a cabo en recipientes cerrados, llegaba un momento en que el proceso se
detenía; la teoría explicaba este hecho postulando que el aire contenido en el
recipiente se saturaba del flogisto desprendido durante la operación y no
admitía más adiciones. Por tanto, un metal no era una sustancia simple, sino
que estaba compuesto por dos más simples: el flogisto y la tierra o ceniza que
quedaba después de la calcinación, esto es, la «cal» del metal.
A comienzos de la década de 1770, Lavoisier emprendió sus investigaciones sobre
el papel que desempeñaba el aire en el proceso de la combustión. A finales de
1772 ya pudo demostrar que tanto el fósforo como el azufre se combinaban con el
aire durante la combustión, y que los productos que se producían (los ácidos
fosfórico y sulfúrico) pesaban más que el fósforo y el azufre iniciales. Se
trataba, por consiguiente, de un proceso de adición, en lugar de uno en el que
se producía un desprendimiento (de flogisto). A lo largo de los dos años
siguientes comprobó que la calcinación era un proceso similar a la combustión;
esto es, que cuando un metal se calcinaba se unía a una parte del aire
circundante, aumentando de peso. En octubre de 1774, el ya citado Joseph
Priestley comunicó a Lavoisier que había estudiado recientemente un gas
particular que era mucho más apto que el «aire común» para mantener la
combustión. Por esta razón, le había dado el nombre de «aire desflogisticado»,
porque podía recibir mucho flogisto favoreciendo la combustión de otros
cuerpos. Lavoisier pronto comprendió el papel fundamental que este nuevo gas
desempeñaba en los procesos químicos de la combustión y la calcinación, que
pasaron a convertirse en fenómenos que implicaban la absorción o combinación de
un nuevo elemento, un aire al que bautizaría, como veremos enseguida, con el
nombre de oxígeno. A partir de entonces, el aire común o atmosférico no fue ya
una sustancia simple, sino que se compuso de dos o más elementales. En
particular, Lavoisier demostró que estaba formado por dos gases, uno —el «aire
vital»— que sostenía la combustión, y otro «ázote», o «ázoote» (nitrógeno), que
no.
Tampoco el agua, el más universal componente de la naturaleza, superó indemne
el paso de la vieja a la nueva química. Al igual que el aire atmosférico, dejó
de ser considerada como una sustancia simple, logro en el que, como vimos,
participó Henry Cavendish. «Hasta nuestros días —escribió Lavoisier en su Tratado
elemental de química, en donde explicó el procedimiento que había seguido
en este descubrimiento (que publicó en 1781)—, el agua se había considerado
como un cuerpo simple, y los antiguos no tuvieron dificultad alguna en llamarla
elemento. Para ellos era, sin duda, una sustancia elemental, puesto que no
habían conseguido descomponerla o, al menos, porque las descomposiciones del
agua que tenían lugar diariamente ante su vista escapaban de sus observaciones.
Pero ahora… el agua ya no es para nosotros un elemento.»
Lavoisier y su esposa; retrato pintado por Jacques-Louis David en 1788
(Metropolitan Museum of Art, Nueva York).
Una
nueva nomenclatura
Nos ha aparecido hace un instante la cuestión de la terminología. Y es
importante detenerse en ella, ya que una parte básica de la revolución química
asociada al nombre de Lavoisier tiene que ver con el desarrollo de una nueva
nomenclatura. Hasta entonces se había dado un nombre arbitrario a las
sustancias identificadas, nombres como vitriolo de estaño, álcali flogisticado,
flor de arsenio, agua mercurial, alumbre nitroso, sal de Júpiter o polvos del
conde de Palma de Santinelli; además, un mismo compuesto podía ser denominado
de muchas formas diferentes (el caso, por ejemplo, del carbonato sódico, que
recibió como nombres —empleando los términos del castellano de finales del
siglo XVIII—: natrum o natrón, base de sal marina, alkali marino, alkali
mineral, cristales de sosa, sosa gredosa, sosa ayreada, sosa efervescente,
mefite de sosa, alkali fijo, mineral ayreado, alkali mineral efervescente,
greda de sosa y barrilla). La asociación, en 1787, de Lavoisier con Guyton de
Morveau (1737-1816), Claude Louis Berthollet (1748-1822) y Antoine François de
Fourcroy (1755-1809) para compilar un Méthode de nomenclature chimique (Método
de nomenclatura química), significó un paso decisivo en la racionalización
de la química. Más aún, la nueva química, el edificio teórico que Lavoisier
estaba construyendo, necesitaba para su consolidación elaborar un idioma
propio, que fuese metódico y preciso.
En una época como es la nuestra en la que, en dominios cada vez más extensos
los lenguajes, los idiomas, se degradan, siendo objeto de un descuido tal que
más cabría emplear la expresión «desprecio», merece la pena recordar algunas de
las manifestaciones que Lavoisier empleó al presentar la nueva nomenclatura
química en una Junta pública de la Academia de Ciencias parisina celebrada el
18 de abril de 1787 («Sobre la necesidad de perfeccionar y reformar la
nomenclatura de la química»):
Las
lenguas no sólo tienen por objeto, como se cree comúnmente, expresar por signos
las ideas e imágenes; sino que además son verdaderos métodos analíticos, con
cuyo auxilio procedemos de lo conocido a lo desconocido, y hasta cierto punto,
al modo de los matemáticos: probemos a aclarar esta idea.
El álgebra es por excelencia el método analítico: fue inventado para facilitar
las operaciones del alma, para abreviar el paso del raciocinio, para incluir en
pequeño número de líneas lo que hubiera necesitado muchas páginas de disputa;
finalmente, para conducir con más comodidad, prontitud y seguridad a la
solución de las cuestiones más complicadas. Pero un solo instante de reflexión
convence fácilmente que el álgebra es una verdadera lengua: así como todas,
tiene sus signos representativos, su método, su gramática, si se nos permite
valernos de esta expresión: según esto, un método analítico es una lengua; una
lengua es un método analítico, y estas expresiones son en cierta manera
sinónimas.
La
nueva química que él había diseñado necesitaba de todo esto. Necesitaba
purificarse a través del lenguaje: «una lengua bien hecha y en la que se haya
verificado el orden sucesivo y natural de las ideas, ocasionará una revolución
necesaria y aun pronta en el modo de enseñar; no permitirá a los profesores
apartarse de los pasos de la naturaleza; será preciso, o no admitir la
nomenclatura o seguir sin remisión el camino que ella haya manifestado».
No resisto en este punto recordar un escrito poco conocido de Pedro Salinas.
Es, ya lo sé, una pequeña digresión, pero, al fin y al cabo, el historiador
debe ser algo más que un narrador y notario de historias; debe aprovechar
cualquier momento para intentar hacer mejores a quienes lo leen o escuchan, que
así también será mejor él mismo. El escrito en cuestión, lavoisieriano me
atrevo a decir, de Salinas se titula Defensa del lenguaje. «El
lenguaje es necesario al pensamiento —señalaba allí el poeta—, le permite
cobrar conciencia de sí mismo. Y así se construye el objeto, en respuesta a la
expectación del espíritu. El pensamiento hace el lenguaje, y al mismo tiempo se
hace por medio del lenguaje… El pensamiento se orienta hacia el lenguaje como
hacia el instrumento universal de la inteligencia.» Y, bastante más adelante,
concluía su hermoso texto con un «Llamamiento» que nunca como hoy es tan
necesario: «este discurso quiso ser un llamamiento a todos para que dediquen a
su lengua el amor que se merece, para que vigilen su estado, sus pasos; para
que la cuiden tal como nos la cuidaron los que desde siglos atrás vienen
transmitiéndonosla… Este lenguaje que hablamos, nuestro es por unos años,
recibido lo tenemos de los hombres de ayer, en él están, apreciables, todos los
esfuerzos que ellos pusieron en mejorarlo. Pues bien, este es mi llamamiento:
que cuando nosotros se lo pasemos a nuestros hijos, a las generaciones
venideras, no sintamos la vergüenza de que nuestras almas entregan a las suyas
un lenguaje empobrecido, afeado o arruinado. Este es el honor lingüístico de una
generación humana, y a él apelo en estas mis últimas palabras».
Lavoisier en su laboratorio, experimentando sobre la respiración de un
hombre en reposo (dibujo de Marie Anne Lavoisier, que aparece a la derecha,
sentada, tomando notas).
Pienso
que Lavoisier habría suscrito lo que manifestó Salinas. En realidad, en lo que
él mismo escribió se encuentran las mismas ideas; ideas de amor y de rigor
hacia el idioma.
Pero dejemos esta digresión y volvamos a la nueva nomenclatura química
introducida por Lavoisier y sus colegas.
En cuanto a las normas introducidas por los químicos franceses, yo me atrevería
a caracterizarlas como un ejercicio de lógica y sentido común. Entre sus
supuestos metodológicos figuran que los nombres debían conformarse lo más
estrechamente posible con las sustancias a las que designasen, que los cuerpos
compuestos de otros más simples recibiesen nombres que expresasen su
composición, mientras que los últimos recibiesen denominaciones sencillas; que
los epónimos (que dan nombre a un pueblo, a una época, etc.) quedasen
proscritos y que se utilizasen nombres con raíces procedentes de lenguas
muertas bien conocidas que permitiesen recordar la palabra por su significado y
viceversa. Recurriendo de nuevo al Tratado elemental de química (Primera
parte, capítulo IV: «Nomenclatura de las diferentes partes constituyentes del
aire atmosférico»):
Las
palabras nuevas las hemos tomado principalmente del griego de tal forma que sus
etimologías evocasen la idea de las cosas que nos proponíamos expresar y
sujetándonos, sobre todo, a no admitir más que las palabras más cortas posibles
que fuesen susceptibles de formar adjetivos y verbos.
Según estos principios y siguiendo el ejemplo de Macquer, hemos conservado el
nombre de gas usado por Vanhelmont [Van Helmont] para denominar a la
clase numerosa de fluidos elásticos aeriformes, con excepción del aire atmosférico.
Por tanto, la palabra gas es para nosotros un nombre genérico que
designa el último grado de saturación de cualquier sustancia por el calórico,
es decir, la expresión de uno de los estados en que se pueden presentar los
cuerpos. Para explicar después cada especie de gas, hemos agregado un segunda
palabra tomada del nombre de la base…
Se ha visto que el aire atmosférico estaba formado principalmente por dos
fluidos aeriformes o gases, uno respirable donde pueden vivir los animales,
calcinarse los metales y arder los cuerpos combustibles, y otro con propiedades
totalmente opuestas donde los animales no pueden respirar, ni mantenerse la
combustión, etc. A la base de la parte respirable del aire le hemos dado el
nombre de oxígeno, derivándolo de dos vocablos griegos, o’ξύς, ácido, y
γείνομαι, yo engendro, porque, en efecto, una de las propiedades más
generales de esta base es la de formar ácidos al combinarse con la mayor parte
de las sustancias… Como las propiedades químicas de la parte no respirable del
aire atmosférico no se conocen aún bien, nos hemos contentado con deducir el
nombre de su base de la propiedad que tiene este gas de quitar la vida a los
animales que lo respiran, llamándole ázoe [ahora nitrógeno], de la α privativa
de los griegos y de ζωή, vida.
Dos grabados incluidos en el Traité élémentaire de chimie (1789), de
Lavoisier.
Esto
es, «oxí-geno» porque se trataba, según él, de un «generador de ácido»; ázoe,
porque privaba de vida, «hidró-geno» por ser un «generador de agua».
Hay que hacer notar que la nueva nomenclatura presuponía, naturalmente, que la
teoría del oxígeno era cierta. Así, se eligió la raíz ico para
utilizar en sustancias en las que predominase el oxígeno; mientras que la
terminación oso era para añadir a aquellas en las que la
proporción de oxígeno fuese menor. Este hecho creó resentimiento entre los
adversarios de la teoría lavoisieriana, sin dejar de lado la circunstancia de
que químicos ya establecidos se vieran forzados a aprender un aspecto básico de
su disciplina desde el principio. He aquí un signo genuino de una revolución:
el tener que aprender de nuevo la disciplina.
Otro apartado importante a la hora de hablar de «revoluciones» (científicas, al
igual que de cualquier otro tipo) es el desarrollo de medios propios para
difundir las ideas que caracterizan al nuevo movimiento. En el caso de la
química de Lavoisier, este medio fue una revista dedicada de manera casi
exclusiva a ella: los Annales de Chimie, fundada en 1789. No es
sorprendente que el equipo editorial de la revista estuviera formado por
defensores de la nueva química: Guyton y Lavoisier, como editores principales,
y Gaspard Monge, Berthollet, Fourcroy, Jean de Dietrich y Jean-Henri Hassenfratz.
La nueva revista no era, desde luego, la única publicación que aceptaba
trabajos de química en Francia: estaban, por ejemplo, las prestigiosas Mémoires de
la Académie des Sciences, pero esta publicación tardaba con frecuencia entre
dos y tres años en publicar los trabajos. Los Annales de Chimie contaban
con la importante ventaja de ser mucho más rápidos en publicar los trabajos
recibidos, además de aparecer con mayor frecuencia que las Mémoires.
El Tratado elemental de química y la Revolución
La ciencia revolucionaria se convierte en «ciencia normal» (recurriendo por una
vez a la terminología de Thomas Kuhn) cuando llega a los libros de texto en los
que aprenden las nuevas generaciones de estudiantes. No todas las revoluciones
científicas están vinculadas con un libro que, inicialmente al menos, cumple
tales funciones, pero algunas —y de las más importantes— sí. Almagesto de
Ptolomeo, los Principia de Newton, los Elementos de
geología de Lyell, El origen de las especies de
Darwin y el Tratado de electricidad y magnetismo de Maxwell
son algunas de esas obras. Y, por su supuesto, el Tratado elemental de
química de Lavoisier.
Ya me he referido en varias ocasiones a esta obra, pero ahora sólo quiero
recordar un dato: el año de su publicación. Fue porque en ellos se publicaron
los Principia, los Principios de geología o El
origen de las especies que muchos, o algunos, de nosotros recordamos
los años de 1687, 1830-1833 o 1859. Por nada más. No sucede lo mismo con
el Traité élémentaire de chimie, presenté dans un ordre nouveau et
d’après les decouvertes modernes (Tratado elemental de química,
presentado en un orden nuevo según los descubrimientos modernos), que vio
la luz en 1789, el mismo año en que, el 14 de julio, masas parisinas tomaron la
Bastilla, el odiado símbolo de un régimen que ya no se quería —que acaso nunca
fue querido—, poniendo en marcha de esta manera la Revolución Francesa.
Lavoisier, entonces en la cumbre de su poder y prestigio, científico y público,
no pudo permanecer al margen de aquel confuso y con frecuencia contradictorio
proceso, en el que las ansias de libertad e igualdad a menudo se combinaron con
la crueldad, el vandalismo y el Terror, el Terror con mayúscula. Difícilmente,
por otra parte, podría haberlo hecho; su vida, al fin y al cabo, era como un
tejido fina, sólidamente unido al mundo social, a la sociedad, al pueblo en
definitiva (aunque él, como otros aristócratas de entonces, de antes y de
después, no supiese calibrar lo que esto significaba). Y, como ha señalado uno
de sus biógrafos (Arthur Donovan, Antoine Lavoisier. Science,
Administration and Revolution; 1993), a partir de aquel momento su historia
es sencilla: «se vio aprisionado por sucesos que ni él ni nadie pudo haber
anticipado o controlado». De nada le sirvió todo su prestigio, todo su poder.
En una nota que escribió durante los meses que pasó en prisión, Lavoisier
defendió —refiriéndose a sí mismo en tercera persona— con orgullo su carrera
como científico y ciudadano:
Lavoisier,
miembro de casi todas las academias de Europa, ha consagrado su vida
principalmente a trabajos relativos a la física y a la química.
Durante los veinticinco años que ha sido miembro de la Academia de Ciencias, ha
hecho imprimir en sus Actas más de 80 memorias, de las que una gran parte
contienen descubrimientos importantes para las artes, las ciencias y la
humanidad. Ha consagrado a este fin una parte importante de su fortuna.
Se ha ocupado principalmente de experimentos de agricultura muy onerosos que ha
continuado durante quince años y en los cuales ha sacrificado más de 120.000
libras; se propone incesantemente publicar una obra importante sobre este tema.
No esperó en ningún momento la época de la Revolución para manifestar sus
principios sobre la libertad y la igualdad.
Seguramente
creía lo que escribió. Que había amado la libertad y la igualdad siempre. Sólo
que la libertad e igualdad de los férmiers généraux no eran,
claro, la libertad e igualdad del pueblo llano, de los sans-culottes que
tomaron la Bastilla el mismo año que se publicó su Tratado elemental de
química, una obra que, como la Revolución, también contribuyó a cambiar el
mundo, pero que ellos, los revolucionarios que se unieron en la entrada del
suburbio de Saint-Antoine para marchar hacia la Bastilla, no habían leído,
entre otros motivos porque muchos —la mayoría seguramente— no sabían leer.
Y así su cabeza cayó segada por la guillotina el 8 de mayo de 1794, junto a
otros veintiocho acusados de conspirar contra el pueblo de Francia. «Sólo un
instante para cortar esa cabeza. Puede que cien años no basten para darnos otra
igual», se cuenta que dijo Lagrange.
El día antes del ajusticiamiento, Lavoisier escribió a su primo Augez de
Villers que «había disfrutado de una vida razonablemente larga, y de bastante
éxito, y creo que mi memoria será acompañada con algunos lamentos, acaso con
alguna gloria. ¿Qué más podría haber deseado pedir? Los sucesos de los que me
encuentro rodeado probablemente me evitarán los inconvenientes de la vejez».
Fue, como vemos, el suyo un final digno, con un toque de fina ironía e,
inevitablemente, melancolía. Un final que no impidió —no lo impide nunca— que
la ciencia a la que se había dedicado con pasión continuase progresando.
Apéndice
A.
L. de Lavoisier, «Discurso preliminar» del Tratado elemental de química:
La
imposibilidad de aislar la nomenclatura de la ciencia y la ciencia de la
nomenclatura, se debe a que toda ciencia física se forma necesariamente de tres
cosas: la serie de hechos que constituyen la ciencia, las ideas que los evocan
y las palabras que los expresan. La palabra debe originar la idea, ésta debe
pintar el hecho: he aquí tres huellas de un mismo cuño. Y como las palabras son
las que conservan y transmiten las ideas, resulta que no se puede perfeccionar
la lengua sin perfeccionar la ciencia, ni la ciencia sin la lengua; y por muy
ciertos que fuesen los hechos, por muy justas que fuesen las ideas que
originasen, sólo transmitirán impresiones falsas si careciésemos de expresiones
exactas para nombrarlos.
Aquellos que lean con atención la primera parte de este tratado encontrarán
repetidamente comprobadas estas verdades; pero, como me he visto forzado a
seguir en él un orden diametralmente distinto al que se ha adoptado hasta el
momento en todas las obras de química, manifestaré los motivos que he tenido
para ello.
Es un principio constante, cuya generalidad está bien verificada tanto en las
matemáticas como en los demás saberes, que para instruirnos debemos pasar
siempre de lo conocido a lo desconocido. Durante la primera infancia nuestras
ideas proceden de nuestras necesidades, la sensación de éstas origina la idea
de los objetos apropiados para satisfacerlas, y por una serie de sensaciones,
observaciones y análisis, se genera de forma insensible una sucesión de ideas
ligadas entre sí, donde un observador atento puede, hasta cierto punto,
encontrar el hilo y encadenamiento, que constituyen el conjunto de nuestro
saber.
Cuando nos disponemos por primera vez a realizar el estudio de una ciencia, nos
encontramos con relación a ella en un estado muy similar a aquel en que se
hallan los niños, y el camino que debemos seguir es precisamente el que sigue
la naturaleza en la formación de sus ideas. Así como en el niño la idea es un
efecto de la sensación, y es ésta quien produce la idea, de la misma forma para
aquel que se dispone a iniciar el estudio de las ciencias físicas, las ideas no
deben ser más que una consecuencia, el resultado inmediato de una experiencia o
una observación.
Séame permitido añadir que la situación del que entra en la carrera de las
ciencias es menos ventajosa que la del niño que adquiere sus primeras ideas; si
éste se engaña respecto a los efectos saludables o nocivos de los objetos que
le rodean, la naturaleza le suministra multiplicados medios para rectificar.
Cualquier juicio que forme se ve a cada instante corregido por la experiencia.
La privación o el dolor suceden a un juicio falso; la alegría y el placer a un
juicio adecuado. No se tarda con tales maestros en llegar a ser consecuentes y
pronto se razona de forma justa cuando no puede hacerse de otro modo bajo pena
de privación o sufrimiento.
No ocurre igual en el estudio y práctica de las ciencias: los juicios falsos
que formamos no involucran a nuestra existencia y bienestar. Por el contrario,
la imaginación que siempre tiende a llevarnos más allá de los límites de la
verdad, el amor propio y la confianza que nos inspira en nosotros mismos, nos
inducen a sacar consecuencias que no se derivan inmediatamente de los hechos;
de suerte que parecemos estar, de algún modo, interesados en seducirnos. No es
extraño, pues, que en las ciencias físicas, en general, se hayan comúnmente
realizado conjeturas en lugar de conclusiones, que estas conjeturas al
transmitirse de época en época hayan llegado a ser cada vez más dominantes por
el peso de la autoridad que adquirieron y que, en fin, hayan sido adoptadas y
consideradas como verdades fundamentales incluso por hombres de gran
inteligencia.
Para evitar estos desvaríos, el único medio consiste en suspender o, al menos,
simplificar todo lo posible el razonamiento que, por proceder de nosotros,
solamente él puede engañarnos; en someterlo continuamente a la prueba de la
experiencia; en no conservar más que los hechos que son datos de la naturaleza
y no pueden equivocarnos, en no buscar la verdad más que en el encadenamiento
natural de las experiencias y observaciones, al igual que los matemáticos
llegan a la solución de un problema por la simple ordenación de los datos,
reduciendo el razonamiento a operaciones tan sencillas, a juicios tan breves, que
nunca pierdan de vista la evidencia que les sirve de guía.
Convencido de estas verdades, me he impuesto la ley de no pasar nunca más que
de lo conocido a lo desconocido, de no deducir ninguna consecuencia que no se
derive inmediatamente de las experiencias y observaciones, y de encadenar los
hechos y verdades químicas en el orden más apropiado que facilite la
comprensión a los principiantes. Pero al sujetarme a este plan era imposible
que no me desviase de los caminos ordinarios. Pues es un defecto común a todos
los cursos y tratados de química suponer desde la primera lección que el alumno
o el lector poseen unos conocimientos que sólo podrán adquirir en las lecciones
siguientes. En casi todos ellos se empieza por hablar de los principios de los
cuerpos y explicar la tabla de afinidades, sin advertir que por ese camino es
necesario recorrer desde el primer día los principales fenómenos de la química,
utilizar expresiones que no han sido definidas aún y suponer ya formados en
esta ciencia a quienes se trata de enseñarla. Igualmente es un hecho que sólo
se aprende poca cosa en un primer curso de química, que un año apenas es
suficiente para familiarizar el oído con la terminología, la vista con los
aparatos, y que es casi imposible formar un químico en menos de tres o cuatro
años.
Como estos inconvenientes se deben más a la naturaleza de las cosas que a la
forma de la enseñanza, me he impuesto dar a la química un rumbo que me parece
más conforme con el que sigue la naturaleza. No se me oculta que al querer
evitar un género de dificultad me meta en otro y que me sería imposible
superarlas todas, pero creo que las que queden por allanar no se deben al orden
que me he propuesto, sino que son más bien consecuencia del estado de
imperfección en que aún se encuentra la química. Esta ciencia presenta
numerosas lagunas que interrumpen la serie de los hechos y que exigen enlaces
embarazosos y difíciles. No tiene la ventaja, como la geometría elemental, de
ser una ciencia completa cuyas partes están todas ligadas entre sí, pero, sin
embargo, su marcha actual es tan rápida y los hechos se adecuan tan
satisfactoriamente a la doctrina moderna, que podemos esperar verla, incluso en
nuestros días, muy cerca de alcanzar el grado de perfección de que es
susceptible.
Esta ley rigurosa que no debo transgredir, de no deducir nada más allá de lo
que las experiencias muestren, de no suplir nunca lo que los hechos silencien,
no me ha permitido incluir en esta obra aquella parte de la química más
susceptible quizá de llegar a ser un día una ciencia exacta: la que trata de
las afinidades químicas o atracciones electivas. Geoffroy, Gellert, Bergman,
Scheele, Morveau, Kirwan y muchos otros ya han reunido una multitud de hechos
singulares a los que sólo falta colocarlos en sus lugares correspondientes.
Pero no tenemos aún datos básicos o, al menos, los que poseemos no son lo
bastante precisos y exactos todavía como para que puedan llegar a ser el apoyo
fundamental sobre el que descanse una parte tan importante de la química. Por
otra parte, la ciencia de las afinidades es a la química ordinaria lo que la
geometría superior a la geometría elemental, y he creído que no debía complicar
con grandes dificultades unos elementos sencillos y fáciles que serán
comprendidos, espero, por un gran número de lectores…
No dejará de extrañar que en un tratado elemental de química no aparezca un
capítulo sobre las partes constituyentes y elementales de los cuerpos, pero he
de advertir aquí que la manía que tenemos de que todos los cuerpos naturales se
compongan únicamente de tres o cuatro elementos se debe a un prejuicio heredado
de los filósofos griegos. Admitir que cuatro elementos componen todos los
cuerpos conocidos sólo por la diversidad de sus proporciones es una mera
conjetura imaginada mucho antes de que se tuviesen las primeras nociones de la
física experimental y de la química. Se carecía aún de hechos y sin ellos se
creaban sistemas, y hoy que los poseemos parece que nos empeñamos en
rechazarlos cuando no se adaptan a nuestros prejuicios; tan es así que aún se
deja sentir el peso de la autoridad de los padres de la filosofía humana y que
sin duda continuará pesando sobre las generaciones venideras.
Es digno de señalar que ninguno de los químicos partidarios de la doctrina de
los cuatro elementos no haya admitido, forzado por los hechos, un mayor número
de ellos. Los primeros químicos que escribieron después de la renovación de las
letras, consideraron el azufre y la sal como sustancias elementales que
entraban en la composición de gran número de cuerpos y así reconocieron la
existencia de seis elementos en vez de cuatro. Becher admitía tres tierras, de
cuya combinación en proporciones distintas deducía la diferencia existente
entre las sustancias metálicas. Stahl modificó este sistema y todos los químicos
que le han sucedido se han permitido imaginar o introducirle algunos cambios;
pero todos ellos se han dejado arrastrar por la mentalidad de su época que se
contentaba con aserciones sin pruebas o, al menos, consideraba como tales las
probabilidades menos fundadas.
Todo lo que puede decirse sobre el número y naturaleza de los elementos se
reduce, en mi opinión, a puras discusiones metafísicas; sólo se intenta
resolver problemas indeterminados susceptibles de infinitas soluciones, ninguna
de las cuales, con toda probabilidad, será acorde con la naturaleza. Me
contentaré, pues, con decir que si por el nombre de elementos queremos designar
a las moléculas simples e indivisibles que componen los cuerpos, es probable
que las ignoremos; pero sí, por el contrario, unimos al nombre de elementos o
principios de los cuerpos la idea del último término al que se llega por vía
analítica, entonces todas las sustancias que hasta ahora no hemos podido
descomponer por cualquier medio serán para nosotros otros tantos elementos; con
esto no queremos asegurar que los cuerpos que consideramos como simples no se
hallen compuestos por dos o mayor número de principios, sino que como nunca se
ha logrado separarlos o, mejor dicho, faltándonos los medios para hacerlo,
debemos considerarlos cuerpos simples y no compuestos hasta que la experiencia
y la observación no demuestren lo contrario.
Capítulo 4
El fin de una quimera: Charles Darwin y la teoría de la evolución
De
muy pocos descubrimientos, teorías o científicos se puede decir lo que se puede
manifestar a propósito de Charles Darwin: que generó una revolución intelectual
que fue mucho más allá de, en su caso, los confines de la biología, o, de forma
más general, las ciencias naturales, provocando el derrumbamiento de algunas de
las creencias más fundamentales de su época. Creencias como la de que cada
especie fue creada individualmente, «a imagen y semejanza de Dios», se añade en
algunas religiones. Si Copérnico separó a nuestro hábitat, la Tierra, del
centro del universo, Darwin despojó a la especie humana del lugar privilegiado
que hasta entonces había ocupado en la naturaleza. Depurada por el paso del
tiempo, la idea básica de la teoría darwiniana de la evolución de las especies,
o de la selección natural, es que no hay una tendencia intrínseca que obligue a
las especies a evolucionar en una dirección determinada, que no existe una
fuerza que empuje a las especies a avanzar según una jerarquía predeterminada de
complejidad, ni tampoco una escala evolutiva por la que deban ascender.
Se puede hablar de «evolución de las especies», es cierto, pero se trata de un
proceso básicamente abierto, sin final único. Si se trasladan especies a
lugares diferentes y aislados, cada una de ellas cambiará sin referencia a las
otras, y el resultado sería un grupo de especies distintas aunque «filialmente»
relacionadas.
Fue durante el siglo XIX cuando Darwin —y Wallace— llegó a semejante
conclusión, pero, recurriendo a la expresión newtoniana, si pudo hacerlo fue
porque estuvo subido a hombros de gigantes; o si parece exagerado emplear esta
expresión (perfectamente adecuada, de todas maneras, en algunos casos): porque
se apoyó en los esfuerzos de hombres —todavía, ¡ay!, las mujeres estaban muy
apartadas, salvo contadas excepciones, de los menesteres científicos— que,
antes que él, se dedicaron con pasión y denuedo al estudio de la vida presente
en la naturaleza. Sería, en consecuencia, injusto no mencionar, aunque sea
brevemente, a algunos de estos naturalistas, sin los cuales no
habría existido el Darwin al que la humanidad honra. Antes, sin embargo, quiero
efectuar un pequeño comentario.
Vida y Naturaleza
Hasta ahora he hecho hincapié sobre todo en aquellas ramas de la ciencia que
más fácilmente se acomodan al molde que suministra la matemática, disciplinas
como la física o la astronomía, o a aquellas en las que la cuantificación
—aunque acaso no la expresión analítica, la integral o la ecuación diferencial—
constituye pieza primordial, como es el caso de la química. Dije en su momento
que la necesidad de utilizar la herramienta más básica de la matemática,
contar, se debió hacer patente a los humanos casi en los primeros momentos del
inicio de su camino intelectual-racional, como denotan las muescas encontradas
en huesos. Ahora bien, por muy necesario que les resultase contar, más debió
serlo relacionarse con la vida, vegetal y animal, que encontraban a su
alrededor. Lo que quiere decir que el aprendiz de botánico o zoólogo, el naturalista
principiante, tuvo obligatoriamente que preceder al matemático en ciernes (por
cierto, otro tanto cabe decir, con pequeñas diferencias, de la medicina, pero
de ella me ocuparé en otro capítulo, aunque ya nos haya aparecido de pasada a
propósito de Vesalio). Relevante en este sentido es lo que escribió el
antropólogo y etnólogo polaco Bronislaw Malinowski (1884-1942) en las primeras
páginas de su ensayo titulado Magia, ciencia y religión: «Un
momento de reflexión basta para mostrarnos que no hay arte ni oficio, por
primitivo que sea, ni forma organizada de caza, pesca, cultivo o depredación
que haya podido inventarse o mantenerse sin la cuidadosa observación de los
procesos naturales y sin una firme creencia en su regularidad, sin el poder de
razonar y sin la confianza en el poder de la razón; esto es, sin los rudimentos
de lo que es ciencia».
Así que, si me he ocupado de la matemática, la astronomía, la física o la
química, ¿por qué no lo he hecho antes de las ciencias de la vida, si a ellas
debieron atender en primer lugar nuestros antepasados lejanos, más interesados
en saber de plantas y animales que de estrellas, movimientos o números?
Reconozco que esta es una crítica fundada. Mi única respuesta es la
organización de este libro, que tiende a escudarse en algunos personajes, y así
Darwin, al que he elegido como estandarte de las ciencias naturales, es
posterior a los Euclides, Newton y Lavoisier. Pero dicho esto, admitida la
culpa (o la incoherencia), y reconocido que no fue, ni mucho menos, Darwin el pionero
en ese ámbito tan próximo a los de nuestra especie —de hecho, a los de
cualquier especie en este planeta llamado Tierra—, repasemos brevemente, como
anunciaba hace un momento, los nombres y méritos principales de algunos de los
gigantes sobre cuyos hombros se subió Charles Darwin.
Naturalistas anteriores a Darwin
Precisamente por la inmediatez y espontaneidad de la relación de la flora y
fauna con los humanos, encontramos conocimientos naturalistas en todos los
continentes, en todos los tiempos y en todas las culturas que, de una forma u
otra han dejado rastros que hemos sido capaces de identificar. Así, el que yo
mencione ahora unos cuantos nombres no quiere decir, en absoluto, que puedan
enorgullecerse de haber inaugurado nuevos campos de indagación y síntesis; sin
duda que aportaron mucho, pero en gran medida fueron, sobre todo los más
antiguos, herederos y deudores de unos saberes y tradiciones que se pierden en
la noche de la historia. Su gran ventaja fue el haber sido bendecidos por el
don de la escritura, en formas y en épocas que permitieron que superasen mejor
el paso del tiempo.
No fue, en los sentidos que acabo de precisar, el primero, pero cualquier
historia de naturalistas debe detenerse en un nombre que ya nos ha aparecido
con relación a otros intereses: Aristóteles. Este gigante, de todos los tiempos
y de todos los universos intelectuales, también se ocupó de la vida presente en
la naturaleza, como muestra uno de los aproximadamente treinta tratados suyos
que han sobrevivido (se cree que fue autor de más de ciento cincuenta), Investigación
sobre los animales, De historia animalium según su título latino (fue
traducida al latín por Theodorus Gaza [c. 1400-1475], un griego
residente en Italia, que publicó su versión en 1476; la editio princeps —es
decir, la primera edición de una obra que ya estaba en circulación antes de la
invención de la imprenta— griega es de 1497), «el mejor libro que nos queda de
la Antigüedad» para Voltaire (Diccionario filosófico), en el que
recorrió el reino animal, describiendo los diferentes órganos y funciones de
unas cuatrocientas especies de animales, aunque no trató de realizar ningún
tipo de clasificación sistemática (esto es algo que tendría que esperar a
Linneo), un aspecto que se refleja en que no intentase crear ningún tipo de
nomenclatura científica, limitándose a emplear las denominaciones entonces
habituales.
Láminas de la traducción al castellano de De la Huerta de la Historia
natural de Plinio.
Segundo
tras Aristóteles, entre los antiguos, fue un romano, Cayo Plinio Segundo
(23-79), más conocido como Plinio el Viejo. Su origen constituye en sí un hecho
bastante raro, ya que el Imperio Romano destacó más en el derecho o en la
técnica que en la ciencia. Su voluminosa Historia natural, la que
haría que su nombre superase esa difícil prueba que es el paso del tiempo, está
dividida en treinta y siete libros, en los que analizaba y, sobre todo,
describía el mundo, los elementos, países, pueblos, animales, plantas,
medicamentos, geología, mineralogía e inventos varios; constituía, en suma, una
ambiciosa enciclopedia de todos los conocimientos que había acumulado el mundo
clásico.
Cayo
Plinio Segundo, Historia natural, traducción de Francisco Hernández, Libro
Octavo, Capítulo XXV («Del crocodilo, scinco o estinco e hipopótamo»):
Cría
el río Nilo crocodilos [para nosotros, por supuesto, cocodrilos],
pestilencia de cuatro pies, perjudicial en el río y en la tierra. Sólo éste
entre todos los animales terrestres carece del uso de la lengua; sólo éste
muerde moviendo la quixada superior, siendo fuera desto terrible por tener las
ringleras de los dientes ásperas, a manera de púas de peine. Tiene muchas vezes
más de 18 cobdos en largo. Pone huevos, tamaños como los de los gansos y échase
sobre ellos en lugares a los cuales sabe con cierta adivinación que, por más
que crezca el Nilo aquel año, no allegará. No hay animal que, de menor origen y
principio, crezca en mayor grandeza. Está armado de uñas y cuero tan rezio que
no admite herida. Vive los días en la tierra y las noches en el agua, lo uno y
lo otro por razón del abrigo o templanza.
Estando, pues, este animal harto de peces y, con la boca suzia de lo que se le
apega del manjar, dormido en la ribera, una pequeña ave llamada allí trochilo
y, en Italia, rey de las aves, le incita y convida a que abra la boca,
limpiándole primeramente unas partes y otras della por razón de su propio
mantenimiento, y después los dientes y adentro la garganta. Estando ellos muy
boquiabiertos, con la dulcedumbre que sienten de que los estén desta manera
rascando, en el cual deleite viéndole el ichneumón agravado de sueño, se entra
como una saeta por la garganta y le rompe a bocados el vientre.
El
gran naturalista español Francisco Hernández (1517-1587), médico de cámara de
Felipe II, que dedicó más de una década a la no pequeña empresa de verter al
castellano la obra de Plinio, que acompañó de abundantes comentarios, escribió
en la «Dedicatoria» al Rey Prudente que añadió a su traducción que «la divina
Historia de Plinio, donde (como él dize en el Prohemio) comprehendió 20 mil
cosas notables, de las cuales tocan pocas los estudiosos, con lección de dos
mil libros, sacadas de 100 autores exquisitos y raros de que hoy apenas tenemos
algunos y, esto, tan elegante, ordenada y diligentemente, con tanto compendio y
sustancia, que no hay capítulo que no pudiese dilatarse en un cumplido volumen.
De donde es que no me espanta haver algunos notado a Plinio de hombre que
excede a ratos los límites de la verdad, por escrivir cosas tan raras y
admirables y que tiene Naturaleza tan ocultadas a los más de los hombres, que
no es maravilla parecerles a los que no las han visto mentirosas e increíbles,
pues como ninguna, casi, afirma Plinio, que no señale causa o autor». Más
modestas, pero expresadas con una belleza que todavía, poco menos de dos mil
años después, conmueve el espíritu, eran las pretensiones del propio Plinio,
como queda reflejado en las siguientes palabras que incluyó en el «Prólogo» que
dedicó al emperador Tito Flavio Sabino Vespasiano: «Arduo es dar novedad a las
cosas antiguas, a las nuevas autoridad, lustre a las no usadas, a las pesadas
gracia, a las dudosas crédito, a todas naturaleza y a su naturaleza todas».
Leonard Fuchs, según aparece en uno de sus libros: New Kreüterbuch [Nuevo
herbario], 1543.
Más
famosa tal vez (desde luego en España, gracias a la edición que de ella hizo el
médico segoviano Andrés Laguna [1511-1559]), aunque más limitada, fue una obra
casi contemporánea a la de Plinio: De materia medica, de Pedacio
Dioscórides Anazarbeo (c. 4090), médico griego instalado en Roma que
sirvió en las legiones de Nerón. Sus largos viajes con el ejército —por Grecia,
España, norte de África, las Galias y Siria— le dieron ocasión para reunir una
gran cantidad de conocimientos, que reunió en De materia medica,
conocida por muchos como, simplemente, «el Dioscórides», básicamente una
enciclopedia farmacológica, en la que trataba de las propiedades medicinales de
plantas (de las que describía más de 600), animales (90) y minerales (90).
Uno de los aspectos que dan importancia al libro de Leonard Fuchs, De
Historia stirpium (Basilea, 1542), son sus ilustraciones. Para destacar este
aspecto, la obra incluyó una lámina especial dedicada a la preparación de las
ilustraciones. Albrecht Meyer, que dibujó las plantas, aparece a la derecha,
mientras Heinrich Füllmaurer, que llevó esos dibujos a bloques de madera, se
encuentra a la izquierda. Abajo, un retrato de Veit Rudolph Speckle,
responsable de la preparación final de las planchas de madera para la imprenta.
Siguiente
en esta breve lista de naturalistas es Leonard Fuchs (1501-1566), médico
alemán, uno de los primeros en intentar establecer una terminología botánica,
cuyo nombre se ha mantenido en, por ejemplo, un género de plantas: las
fuchsiáceas. En su De historia stirpium (Sobre la historia
de las plantas; 1542), ordenó alfabéticamente, por sus nombres griegos,
alrededor de quinientas plantas, incluyendo grabados coloreados de
extraordinaria belleza, creados por tres artistas de su tiempo: Heinrich
Füllmaurer, Albrech Meyer y Veit Rudolph Speckle, quien se encargó de la
preparación final de las planchas de madera para la imprenta.
Contemporáneo de Fuchs fue Konrad Gessner (1516-1565), autor de una Historia
animalium (1551-1558), en cinco volúmenes tamaño folio, que marcó el
inicio de la zoología moderna (se le considera el primer tratado auténticamente
zoológico). En ella cada animal era listado alfabéticamente, por su nombre
latino, con información detallada y un grabado. Gessner fue también el primero
en preparar un libro ilustrado dedicado a los fósiles, De omni rerum
fossilium genere (1565), en el que también participaron otros autores
(como su amigo, el médico Johannes Kentmann, responsable del ensayo
titulado Nomen claturae rerum fossilium, un catálogo de su
colección personal de fósiles, formada por unas seiscientas piezas de restos de
minerales, animales y plantas).
Georges Louis Leclerc de Buffon.
Un
paso sustancial fue el dado por el médico y botánico italiano Andreas
Caesalpinus (1519-1603), o, simplemente, Cesalpino, quien en De plantis (1583)
describió unas mil quinientas plantas, clasificadas por géneros en quince
grupos. Linneo lo consideró el primer verdadero sistematizador de la botánica,
aunque, podemos añadir nosotros, muy lejos aún de lo que conseguiría el gran
botánico sueco. Al prestar poca atención a los usos médicos de las plantas,
elevó la botánica al nivel de una verdadera ciencia independiente.
Con Carl Linnaeus (1707-1778), o Linneo, médico y naturalista sueco, se llega a
una de las cumbres de la botánica. Con él, la taxonomía botánica, la
clasificación de las plantas, alcanzó una posición nunca antes lograda. Su gran
contribución fue la nomenclatura binaria, que da a cada especie dos nombres, el
genérico (común a todas sus congéneres) y el específico (que sirve para
concretar, dentro del género, a qué especie pertenece). De sus obras,
mencionaré: Systema naturae (1735), un esbozo de su esquema de
clasificación de toda especie vegetal y animal, incluyendo al hombre; Philosophia
botanica (1751), y la que él consideraba su mejor obra, Species
plantarum (Especies de plantas; 1753).
El mismo año en que nació Linneo, vio la luz otro nombre importante de las
ciencias naturales: el francés Georges-Louis Leclerc, conde de Buffon
(1707-1788). Fue, sin embargo, más un divulgador que un investigador que
hiciese avanzar sustancialmente el conocimiento. Sus libros, como Histoire
naturelle(1749-1789) o Époques de la nature (1779), en el
que analizaba el desarrollo de la historia de la Tierra, dividiéndola en siete
épocas, no poseen un gran valor científico, aunque sin duda sirvieron para
estimular el estudio de la naturaleza, algo que, es preciso insistir en ello,
también forma parte del mundo de la ciencia.
Clasificar, encontrar rasgos comunes en especies diferentes, es una tarea muy
importante, pero en modo alguno agota el universo de los problemas que plantea
el estudio de la vida; es, simplemente, uno de sus primeros estadios.
Inevitables son también preguntas que surgen de manera natural, casi
inevitable, a un espíritu medianamente inquieto: ¿cómo han llegado a producirse
las especies que vemos, al igual que otras que, parece, las han precedido?, o
¿cómo se han generado los diversos órganos que existen en los seres vivos, sean
éstos vegetales o animales?, sin olvidar una mucho más primaria y compleja, una
que ha estado dominada —secuestrada acaso sería una expresión más adecuada— por
las religiones, la de cómo surgió en primera instancia la vida.
Por supuesto, a esas cuestiones —no la del origen de la vida— se dirigió
Charles Darwin; terminó dirigiéndose, mejor dicho, pero no fue el primero en
hacerlo, como él mismo reconoció en las primeras líneas de su gran libro, Sobre
el origen de las especies. Uno de los que mencionaba, el principal, fue
Jean-Baptiste-Pierre-Antoine de Monet, caballero de Lamarck (1744-1829).
La función crea el órgano: Lamarck
El menor de los once hijos de una familia aristocrática venida a menos, Lamarck
se alistó en el ejército cuando tenía dieciséis años, abandonándolo por motivos
de salud tras haber servido en la guerra de los Siete Años. Estudió entonces
medicina, aunque pronto se interesó por la botánica y la meteorología,
introduciendo una técnica simplificada de clasificación de plantas, que le
sirvió para ser nombrado, en 1781, botánico del rey. En 1788 consiguió una
plaza de ayudante de botánica en el Jardin des Plantes de París. Cuando la
Convención reorganizó este centro, transformándolo en el Muséum d’Histoire
Naturelle, creó doce cátedras y en 1793 adjudicó a Lamarck la de animales
inferiores. Entre 1799 y 1810 publicó los once volúmenes de sus Annuaires
météorologiques, en 1801 el Systême des animaux sans vertèbres, ou
tableau général des classes, des ordres et des genres de ces animaux (Sistema
de animales invertebrados, o tabla general de clases, órdenes y géneros de
estos animales), en donde estableció un orden de clasificación según los
sistemas respiratorio, circulatorio y nervioso; incluido en este libro se
encuentra el «Discours d’ouverture» con el que inauguró el curso de
invertebrados que dictó en el Muséum d’Histoire Naturelle en 1800 y en el que
presentó por primera vez su teoría de la evolución de los caracteres
adquiridos, teoría que desarrolló de manera más completa en Recherches
sur l’organisation des corps vivants (Investigaciones sobre la
organización de los cuerpos vivos; 1802).
Retrato de Lamarck, viejo y ciego.
Para
Lamarck los cambios producidos en las especies a lo largo del tiempo eran
resultado de dos factores: el primero, una tendencia natural en el mundo
orgánico hacia una complejidad cada vez mayor y, en segundo lugar, a la
influencia del entorno. A este esquema general añadía dos hipótesis: (a)
la generación espontánea como medio de dar lugar a las formas de vida más
sencillas, y (b) como el medio de producir especies más complejas, el
desarrollo, mediante su empleo repetido, de nuevos órganos heredables. Esta
segunda hipótesis —que son las circunstancias las que introducen cambios en los
seres vivos, y que los nuevos caracteres adquiridos de esta manera se mantienen
en la descendencia, convirtiéndose así en hereditarios— se hizo especialmente
popular: «la función crea el órgano» —una frase esta que todavía forma parte de
la cultura popular— o, recíprocamente, «la falta de uso produce su
degeneración».
Charles
Darwin, «Noticia histórica del desarrollo de las ideas acerca del origen de las
especies antes de la publicación de la primera edición de esta obra» (Sobre el
origen de las especies, 1859):
Daré
aquí una breve noticia del desarrollo de las ideas acerca del origen de las
especies. Hasta hace poco tiempo, la gran mayoría de los naturalistas creía que
las especies eran creaciones inmutables y que habían sido creadas
separadamente. Esta opinión ha sido hábilmente sostenida por muchos autores.
Unos pocos naturalistas, por el contrario, han creído que las especies sufren
modificaciones y que las formas orgánicas existentes son deficientes, por
verdadera generación, de formas preexistentes. Pasando por alto las alusiones a
este asunto en los escritos clásicos [aquí, en una nota a pie de página, Darwin
mencionaba a Aristóteles y a su libro Physicae Auscultationes], el primer
autor que en los tiempos modernos lo ha tratado con espíritu científico fue
Buffon; pero como sus opiniones fluctuaron mucho en diferentes períodos y no
entra en las causas o modos de transformación de las especies, no necesito
entrar aquí en detalles.
Lamarck fue el primero cuyas conclusiones sobre este asunto despertaron mucho
la atención. Este naturalista, justamente celebrado, publicó primero sus
opiniones en 1801, y las amplió mucho en 1809, en su Philosophie
Zoologique, y después, en 1815, en la Introducción a su Histoire naturelle
des animaux sans vertèbres. En estas obras sostuvo la doctrina de que las
especies, incluido el hombre, han descendido de otras especies. Fue el primero
que prestó el eminente servicio de despertar la atención acerca de la
probabilidad de que todos los cambios, tanto en el mundo orgánico como en el inorgánico,
sean el resultado de una ley y no de una interposición milagrosa. Lamarck
parece haber sido llevado poco a poco a su conclusión sobre el cambio gradual
de las especies por la dificultad de distinguir entre especies y variedades,
por la gradación casi perfecta de formas en ciertos grupos y por la analogía
con las producciones domésticas. Respecto a los medios de modificación,
atribuyó algo a la acción directa de las condiciones físicas de la vida, algo
al cruzamiento de las formas ya existentes y mucho al uso y desuso, esto es, a
los efectos de la costumbre. A este último agente parece atribuir todas las
hermosas adaptaciones existentes en la naturaleza, tales como el largo cuello
de la jirafa para ramonear en las ramas de los árboles. Pero Lamarck creyó
igualmente en una ley de desarrollo progresivo; y como todas las formas
orgánicas tienden de este modo a progresar, para explicar la existencia en el
día presente de seres sencillos sostuvo que estas formas se engendran en la
actualidad espontáneamente.
El Museo de Historia Natural de París.
Un
lugar en el que Lamarck defendió con especial concisión y claridad sus ideas
fue en un libro que tituló Philosophie zoologique (Filosofía
zoológica), publicado en 1809. En él encontramos las dos leyes siguientes:
I. En
todo animal que no ha traspasado el término de sus desarrollos, el uso
frecuente y sostenido de un órgano cualquiera lo fortifica poco a poco, dándole
una potencia proporcionada a la duración de este uso, mientras que el desuso
constante de tal órgano lo debilita y hasta lo hace desaparecer.
II. Todo
lo que la Naturaleza hizo adquirir o perder a los individuos por la influencia
de las circunstancias en que su raza se ha encontrado colocada durante largo
tiempo, y consecuentemente por la influencia del empleo predominante del tal
órgano, o por la de su desuso, la Naturaleza lo conserva por la generación en
los nuevos individuos, con tal de que los cambios adquiridos sean comunes a los
dos sexos, o a los que han producido estos nuevos individuos.
Leyes
de las que extraía, como un simple corolario, la siguiente proposición:
No
son los órganos, es decir, la naturaleza y la forma de las partes del cuerpo de
un animal, los que han dado lugar a sus hábitos y a sus facultades
particulares, sino que, por el contrario, sus hábitos, su manera de vivir y las
circunstancias en las cuales se han encontrado los individuos de que proviene
son los que con el tiempo han constituido la forma de su cuerpo, el número y
estado de un órgano y las facultades, en suma, de que goza.
Darwin,
como vemos, no inventó la idea de trasmutación o de evolución; en este sentido,
fue más heredero que inventor del concepto de que la vida evoluciona, una idea
ésta que, de hecho, era consistente —si se prefiere, se vio favorecida,
estimulada— con la cosmología evolutiva que tiene como uno de sus puntos
principales de partida la hipótesis nebular de Laplace (1796) sobre el origen
del sistema solar. Al igual que Lamarck, Darwin llegó a la conclusión de que
las especies pueden variar, lo que no quiere decir, no obstante, que aceptase
lo que el naturalista francés sostenía con respecto a los mecanismos de
variabilidad: en lugar de la «función crea el órgano», él utilizó la idea de
«selección natural». Lamarck se contentaba con explicar —es un ejemplo muy
conocido— que los cuellos de las jirafas se hicieron más largos debido a que
estos animales tenían que alcanzar las copas de los árboles para alimentarse,
pero no podía decir nada, absolutamente nada, con relación a la pregunta de
cómo, o por qué, se transmitían cambios como éstos a generaciones sucesivas.
Aun sin poseer tampoco él una teoría de la herencia y sin que necesitase
efectuar hipótesis alguna sobre el origen de su punto de vista, la teoría de
Darwin, el mecanismo que introdujo (la supervivencia de los más aptos), era más
satisfactoria, más poderosa: las jirafas que habían nacido (por razones que no
podía determinar) con cuellos más largos eran capaces de sobrevivir mejor que
las que no los tenían.
Explicaciones
de Lamarck sobre la forma de las serpientes (Philosophie zoologique, capítulo
VII: «De la influencia de las circunstancias sobre las acciones y los hábitos
de los animales y la de las acciones y los hábitos de estos cuerpos vivientes
como causas que modifican su organización y sus partes»):
En
los moluscos acéfalos, el gran desarrollo de la envoltura de estos moluscos ha
hecho innecesarios sus ojos y hasta su cabeza. Aunque ambos órganos formaban
parte del plan de organización de dichos animales, debieron desaparecer por
falta de uso. En último, entraba en el plan de los reptiles, como en el de los
otros animales vertebrados, la distribución de cuatro patas dependientes de su
esqueleto. Por consecuencia, las serpientes debieron tenerlas; pero habiendo
adquirido el hábito de arrastrarse sobre la tierra y de ocultarse entre las
hierbas, su cuerpo, por efecto de los esfuerzos repetidos para alargarse, con
el fin de pasar por espacios angostos, adquirió una longitud considerable y no
proporcionada a su anchura. En consecuencia, en tal caso, las patas hubiesen
sido inútiles para estos animales, tanto que habrían resultado incapaces para
mover su cuerpo. Así, la falta constante de estas partes las hizo desaparecer
totalmente, aunque estriban en el plan de organización de los animales de su
clase…
Las serpientes que se arrastran por la superficie de la tierra tenían necesidad
de ver principalmente los objetos elevados o que están por encima de ellos.
Esta necesidad debió influir sobre la situación del órgano de la vista de estos
animales y, en efecto, tienen los ojos colocados en las partes laterales y
superiores de la cabeza para advertir fácilmente lo que está por encima de
ellos o a sus lados, pero apenas ven lo que está delante y a corta distancia.
No obstante, obligados a suplir este defecto de la vista para reconocer los
cuerpos que se encuentran delante de su cabeza y que podrían herirlos al
avanzar, se vieron precisados a palpar estos cuerpos con la ayuda de su lengua,
que alargan extraordinariamente. Este hábito no sólo ha contribuido a hacer esta
lengua delgada, muy larga y muy contráctil, sino que la obligó también a
dividirse para palpar muchos objetos a la vez.
Charles
Darwin: infancia y educación
Charles Darwin (1809-1882) nació el 12 de febrero de 1809, el segundo hijo
varón del médico Robert Darwin y Susannah, hija mayor de Josiah Wedgwood, el
fundador de la célebre dinastía de ceramistas. Fue siempre un hombre de medios
y precisamente por ello pudo realizar la obra que llevó a cabo. Su abuelo
paterno, Erasmus Darwin (1731-1802), médico próspero, además de poeta, filósofo
y botánico, fue también uno de los precursores de la teoría evolucionista,
anterior incluso a Lamarck. Su libro Zoonomia; or the Laws of Organic
Life (Zoonomía; o las leyes de la vida orgánica; 1794-1796),
contiene, en efecto, párrafos como el siguiente: «¿Sería demasiado atrevido
imaginar que todos los animales de sangre caliente han surgido a partir de un
filamento vivo… con la capacidad de adquirir partes nuevas, dotadas con nuevas
inclinaciones, dirigidas por irritaciones, sensaciones, voliciones y
asociaciones?; y poseyendo así la facultad de continuar mejorando mediante su
propia actividad inherente, y de transmitir esas mejoras a su posteridad, ¡un
mundo sin fin!».
Ruta que siguió el Beagle.
En
cuanto a la educación recibida por Charles, tenemos que en 1825 se matriculó en
la Universidad de Edimburgo, con la intención de estudiar medicina. En 1827
abandonó esa idea, al igual que la universidad escocesa, trasladándose a la de
Cambridge, con el propósito, no demasiado definido, de prepararse para entrar
en la Iglesia de Inglaterra como sacerdote. En Cambridge, sin embargo, Darwin
profundizó en los intereses, hasta entonces puramente amateurs, que
había desarrollado en el campo de las ciencias naturales.
Como alumno, no fue demasiado brillante; él mismo escribió en su autobiografía:
«Durante los tres años que pasé en Cambridge perdí el tiempo, en lo que a
estudios académicos se refiere, tan completamente como en Edimburgo o en la
escuela». Pero no debemos dejarnos llevar demasiado lejos con manifestaciones
como la anterior. Así, en Cambridge entró en contacto con el sacerdote y
geólogo Adam Sedgwick (1785-1873), woodwardian professor de
Geología en la universidad, quien le enseñó los elementos básicos de geología.
Sedgwick continuó siendo amigo de Darwin toda su vida, a pesar de las fuertes
críticas que posteriormente haría a Sobre el origen de las especies.
Nada más finalizar sus estudios universitarios, encontró la oportunidad ideal
de avanzar en esos intereses naturalistas: fue aceptado como acompañante del
capitán —y con la posibilidad de aprovechar el viaje para recoger especímenes
de historia natural— en un barco de la marina británica que debía cartografiar
ciertos tramos del litoral sudamericano, el Beagle, que zarpó del
puerto de Portsmouth el 27 de diciembre de 1831, en un viaje que le llevó a las
islas de Cabo Verde, Río de Janeiro, Montevideo, Bahía Blanca, Buenos Aires,
Santa Fe, la Patagonia y la Tierra del Fuego, el estrecho de Magallanes,
Valparaíso, Perú, el archipiélago de las Galápagos, Tahití y Nueva Zelanda,
Australia, el cabo de Buena Esperanza, las islas de Ascensión, Canarias y
Azores, antes de regresar a Inglaterra, cinco años después (octubre de 1836),
siendo por entonces una persona muy distinta, humana y, sobre todo,
intelectualmente.
El viaje en el Beagle
El Beagle era un barco pequeño, una corbeta bergantín de 242
toneladas, con 74 personas a bordo. Su capitán era Robert FitzRoy (1805-1865),
un personaje complejo, que además de marino fue, en mayor o menor grado,
explorador, topógrafo, cartógrafo y meteorólogo, sin olvidar que llegó a ser
gobernador de Nueva Zelanda.
La expedición en la que participó Darwin (que no recibió ningún tipo de
salario, teniendo que costearse él mismo los gastos en que incurrió durante el
viaje) no fue la primera ni para FitzRoy, ni para el Beagle. Entre
1826 y 1830 el Beagle, junto al navío Adventure, había
estado recorriendo la costa de Sudamérica, bajo el mando del capitán Stokes,
que se suicidó en 1828, el mismo final que en su momento eligió FitzRoy. Debido
a este hecho, FitzRoy, hasta entonces en otro barco, fue puesto al mando
del Beagle. Fue precisamente durante aquella expedición cuando
FitzRoy, en febrero de 1830, tomó como rehenes a varios nativos de Tierra del
Fuego como castigo por haber robado uno de los botes para cazar ballenas. De
estos rehenes, FitzRoy llevó consigo cuatro a Inglaterra, con la idea de sacar
a aquellos «salvajes» de la «creación bruta», enseñarles inglés y que participaran
de los beneficios de la civilización británica. Estos fueguinos recibieron los
singulares nombres de Jemmy Button, Fuegia Basket, Boat Memory y York Minister.
En el viaje que comenzó en 1831, FitzRoy se llevó a estos indígenas, y en
el Journal of Researches into the Geology and Natural History of the
Various Countries Visited by H.M.S. Beagle from 1832 to 1836 (1839),
traducido habitualmente al castellano bajo el título de Viaje de un
naturalista alrededor del mundo, en el que Darwin narró sus principales
experiencias durante la travesía, se refirió a ellos, incluyendo algunos
dibujos realizados por el propio FitzRoy.
Aunque en sus descripciones de los fueguinos Darwin no hizo ninguna alusión al
trato (en este caso paternalista, especialmente) que éstos recibían, en otros
momentos de su viaje tuvo ocasión sobrada para encontrarse con dimensiones más
dramáticas de la relación que colonos y visitantes europeos (o norteamericanos)
mantenían con los indígenas: la esclavitud, que Darwin aborrecía, mientras que
FitzRoy la defendía. De nuevo, en el Viaje de un naturalista alrededor
del mundo narró algunas de las experiencias a las que se enfrentó en
este sentido.
Así, el 14 de abril de 1832, mientras estaba visitando una gran hacienda en las
márgenes del río Macae, en Brasil, estuvo «a punto de presenciar uno de esos
actos atroces que sólo pueden ocurrir en un país donde reina la esclavitud. A
consecuencia de una querella y de un proceso, el propietario estuvo a punto de
separar a los esclavos varones de sus mujeres y de sus hijos para ir a
venderlos en subasta pública en Río. El interés, y no un sentimiento compasivo,
fue lo que impidió que se perpetrase este acto infame. Hasta creo que el
propietario nunca pensó que pudiera ser una inhumanidad eso de separar así a
treinta familias que vivían juntas desde hacía muchos años; y, sin embargo,
afirmo que su humanidad y su bondad le hacían superior a muchos hombres. Pero,
en mi opinión, puede añadirse que no tiene límites la ceguera producida por el
interés y el egoísmo. Voy a referir una insignificante anécdota que me
impresionó más que ninguno de los rasgos de crueldad que he oído contar.
Atravesaba yo una balsa con un negro más que estúpido. Para conseguir hacerme
comprender, hablaba alto y le hacía señas; al hacerlas, una de mis manos pasó
junto a su cara. Creyóse, me figuro, que estaba encolerizado y que iba a
pegarle, pues inmediatamente bajó las manos y entornó los ojos, echándome una
mirada temerosa. Nunca olvidaré los sentimientos de sorpresa, disgusto y
vergüenza que se apoderaron de mí al ver a ese hombre asustado con la idea de
parar un golpe que creía dirigido contra su cara. Habíase conducido a ese
hombre a una degradación más grande que la del más ínfimo de nuestros animales
domésticos».
Picos de cuatro especies de pinzones de las Galápagos (del Viaje de un
naturalista alrededor del mundo).
Charles
Darwin tuvo por tanto motivos sobrados para, como mencioné antes, madurar como
persona durante los años de su viaje en el Beagle.
En las Galápagos
Un momento central del viaje de Darwin tuvo lugar cuando llegó al archipiélago
de las Galápagos, en el océano Pacífico, frente al norte de América del Sur.
Pasó únicamente cinco semanas explorando sus islas, entre septiembre y octubre
de 1835, pero la impresión que produjeron en él aquellas semanas fue duradera y
la teoría de la evolución que posteriormente elaboró debe mucho a lo que vio
allí.
En el Viaje de un naturalista alrededor del mundo encontramos
pasajes que muestran que, efectivamente, en las Galápagos Darwin observó
detalles que le serían de gran utilidad más adelante. Aparecen éstos en cuanto
llegó, el 8 de octubre de 1835, a la isla James, en donde permaneció ocho días:
Muy
curiosa es la historia natural de estas islas, y merece la mayor atención. La
mayor parte de las producciones orgánicas son esencialmente indígenas y no se
las encuentra en ninguna parte; hasta entre los habitantes de las diferentes
islas aparece cierta diversidad. Todos los organismos tienen, sin embargo,
cierto grado de parentesco más o menos marcado con los de América, aun cuando
separan al archipiélago del continente 500 o 600 millas de océano… Viendo todas
las colinas coronadas por sus cráteres, y perfectamente marcados todavía los
límites de cada corriente de lava, hay motivo para creer que, en una época
geológicamente reciente se extendía el océano donde se encuentran ellas hoy.
Así pues, tanto en el tiempo como en el espacio nos encontramos frente a frente
del gran fenómeno, del misterio de los misterios: la primera aparición de
nuevos seres sobre la tierra…
El fenómeno más curioso es la perfecta graduación en el grueso de los picos, en
las diferentes especies de Geospiza, que varía entre el tamaño del de un
pico-gordo y el de un pinzón… El pico del Cactornis se parece algo al
del estornino; el del cuarto subgrupo, Camarhynchus, adopta en cierto modo
la forma del papagayo. Al considerar esta graduación y diversidad de
conformaciones en un grupito de pájaros tan próximos unos a otros, podría
creerse que en virtud de una pobreza original de pájaros en el archipiélago, se
había modificado una sola especie para llegar a fines diferentes.
Es
preciso, no obstante, introducir algunos matices. Es cierto que Darwin encontró
en las Galápagos indicios que apuntaban en la dirección de que se había
producido una evolución diferencial entre algunas especies que habitaban en
islas diferentes. Pero inicialmente tales evidencias no fueron tantas como a
veces se dice. Instalado en Londres tras regresar de su viaje, Darwin pidió al
ornitólogo John Gould (1804-1881) que clasificase algunas aves que había
capturado en algunas islas. En enero de 1837, Gould le informó que un grupo de
esas aves que Darwin pensaba pertenecían a especies diferentes sin
origen común, eran en realidad todos pinzones, aunque de variedades
(finalmente convertidas en especies) distintas, como atestiguaban sus picos.
Semejante información fue muy importante para que Darwin pensase que era la
separación entre islas, con medios naturales distintos, lo que había producido
la variación de especies observada.
Fuese cual fuese la secuencia temporal de sus razonamientos, lo que es
indudable es que lo que vio en las Galápagos constituyó un paso notable en el
camino que le condujo a su teoría de la evolución. Una impresión esta que
confirma el contenido de una carta que el 11 de enero de 1844 Darwin envió al
botánico Joseph Dalton Hooker (1817-1911), y que contiene una de mis frases
favoritas: «Me impresionó tanto la distribución de los organismos de las
Galápagos… y… el carácter de los mamíferos fósiles de América… que decidí
reunir a ciegas toda suerte de hechos que pudieran tener que ver de alguna
forma con lo que son las especies. He leído montones de libros de agricultura y
horticultura, y no he parado de recoger datos. Por fin han surgido destellos de
luz, y estoy casi convencido (totalmente en contra de la opinión con la que
empecé) de que las especies no son (es como confesar un crimen) inmutables. El
cielo me libre del disparate de Lamarck de “una tendencia al progreso”,
“adaptaciones debidas a la paulatina inclinación de los animales”, etc.».
«Es como confesar un crimen», escribía. Más de siglo y medio después, todavía
podemos imaginarnos cuáles debieron ser sus sentimientos ante la idea, ante la
evidencia, que se imponía a su cerebro. Una idea que iba en contra no sólo de
la mayoría de las creencias científicas aceptadas hasta entonces, sino también,
algo que seguramente era más doloroso para él, en contra de las «divinas». Más
adelante volveré a esta cuestión, la de los conflictos emocionales que se
debieron de producir en el espíritu de Darwin. Ahora tengo que abordar otro
punto: el del papel que desempeñó en su obra la geología.
Charles Lyell
La teoría de la evolución darwiniana adquiere su significado principal en el
dominio de la biología, de los seres vivos, pero para llegar a ella no es
suficiente con los hechos que surgen de ese ámbito científico, es preciso
también utilizar lo que revela la naturaleza geológica de la Tierra. También en
este sentido, el viaje en el Beagle constituyó una experiencia
única para Darwin.
Definición
de la geología según Lyell (Principles of Geology, inicio del capítulo I
[1830]):
La
geología es la ciencia que investiga los sucesivos cambios que han tenido lugar
en los reinos orgánico e inorgánico de la naturaleza; investiga las causas de
estos cambios y la influencia que han ejercido en modificar la superficie y
estructura externa de nuestro planeta.
Y no
sólo por lo que vio, sino porque fue entonces cuando se familiarizó con las
ideas geológicas de Charles Lyell (1797-1875), la persona que, más que ningún
otro, estableció la geología como una auténtica ciencia, como una disciplina en
la que no tenían lugar las especulaciones, en la que el peso de las ideas
recibidas no era una carga que agostaba el surgimiento de opiniones diferentes
o enfoques críticos, lo que no quiere decir, desde luego, que Lyell fuese el
fundador de la disciplina; en una lista superficial, antes que él realizaron
aportaciones significativas a la geología (ya me referí de pasada a las
contribuciones de Gessner y Buffon): Nicolaus Steno (1638-1686), un danés que
pasó la mayor parte de su vida en Italia y que en 1669 publicó un libro, De
solido intra solidium naturaliter, basado en sus observaciones en la
Toscana, que constituye una de las piezas fundacionales de la geología,
paleontología y cristalografía (fue el primero en demostrar que la corteza de
la Tierra está formada por estratos); James Hutton (1726-1797), el escocés que
defendió —sobre todo en Theory of the Earth(Teoría de la tierra;
1788)— la denominada teoría «plutónica», según la cual la causa de los cambios
observados en la Tierra (como la erosión, las erupciones volcánicas o los
movimientos terrestres) se deben a su calor interno, teoría que se oponía a la
«neptuniana», que sostenía que tales cambios tenían un origen acuoso, y que
defendió, entre otros, el alemán Abraham Gottlob Werner (1750-1817), quien
pensaba que hacía miles de años el agua cubrió la Tierra y las rocas se
formaron a partir de la cristalización de sus minerales; igualmente notable
contribuyente al avance de la geología fue el naturalista francés Georges
Cuvier (1769-1832), uno de los fundadores de la paleontología de vertebrados,
enemigo de cualquier idea de evolución, incluida la de que los cambios que se
detectan en la superficie de la Tierra pudiesen ser debidos a una acción
gradual de elementos geo-meteorológicos cotidianos: por el contrario, él creía que
las modificaciones en las formas de vida tanto del mundo orgánico como del
inorgánico eran el resultado de sucesos catastróficos repentinos, justo lo
contrario de lo que se esforzó en articular y defender Lyell.
Charles Lyell, fotografiado por Ernest Edwards (1863).
Principles of Geology, de Lyell (tomo I, 1830).
Charles
Lyell nació en Kinnordy, Kirriemuir (Escocia) en 1797. Hombre de medios
económicos, viajó extensamente desde su juventud, prestando especial atención a
las características geológicas de los lugares que visitaba. Estudió derecho en
Oxford a finales de la década de 1810, practicando esta profesión entre 1825 y
1827. En 1826 fue elegido miembro de la Royal Society y en 1831 catedrático de
Geología en el King’s College de Londres. Recibió prácticamente todos los
honores que su patria podía ofrecer (sus restos reposan en la abadía de
Westminster).
Lyell fue, en efecto, el principal responsable de que fuera aceptado el
denominado «principio del uniformismo», que mantiene que las rocas y las
formaciones geológicas terrestres son resultado de procesos ordinarios que
ocurren paulatinamente, día a día, sumando a la postre largos períodos de
tiempo. En 1830, publicó el primer tomo de sus Principles of Geology (el
tercero, y último, apareció en 1833), significativamente subtitulado An
Attempt to Explain the Former Changes of the Earth’s Surface (Un
intento de explicar los cambios precedentes en la superficie de la Tierra),
en donde aplicaba ese principio a la explicación de muchas de las formaciones
geológicas que había descubierto a lo largo de sus viajes por Europa y América.
Da idea de la influencia que llegó a ejercer esta obra, uno de los clásicos
indiscutibles de la literatura científica de todos los tiempos, el que Lyell
viviese para ver la publicación de trece ediciones revisadas de su libro.
Ahora bien, las ideas de Lyell no fueron aceptadas por todos. Existían, además,
serios argumentos en su contra; argumentos que provenían del estado de
conocimientos en otras disciplinas, como la física, una ciencia más avanzada
entonces que la geología.
Argumentos
de William Thomson (Lord Kelvin, 1824-1907) en contra del principio del
uniformismo: «The “doctrine of uniformity” in Geology briefly refuted» («La
“doctrina de la uniformidad” en geología refutada
brevemente»), Proceedings of the Royal Edinburgh Society (1865):
La
«doctrina de la uniformidad» en geología, según es sostenida por muchos de los
más eminentes geólogos británicos, supone que la superficie de la Tierra y su
corteza superior han sido, aproximadamente, como son en la actualidad, en
temperatura y otras propiedades físicas, durante millones de millones de años.
Pero el calor que sabemos, por observación, emite ahora la Tierra es tan grande
que si esta acción hubiese operado con algún grado de uniformidad
durante 20.000 años, la cantidad de calor perdida por la Tierra habría sido
casi tanta como la que calentaría, a 100° centígrados, una cantidad de roca de
superficie ordinaria del tamaño de 100 veces la masa de la Tierra. Esto sería
más que suficiente para fundir una masa de roca de superficie igual en magnitud
a toda la Tierra. Ninguna hipótesis relativa a acción química, fluidez
interna, efectos de la presión a gran profundidad o carácter posible de las
sustancias del interior de la Tierra, que posea el menor vestigio de
probabilidad, puede justificar la suposición de que la corteza superior de la
Tierra ha permanecido aproximadamente como es en la actualidad, mientras que a
través de toda o de parte de la Tierra se ha perdido una cantidad de calor tan
grande.
De
hecho, en algunos aspectos la situación que se produjo entonces recuerda a la
que surgió cuando Copérnico propuso el sistema heliocéntrico, sin saber cómo
contestar a las objeciones que se le planteaban acerca de por qué no se
detectaba el movimiento de la Tierra. Entonces hubo que esperar, como ya hemos
visto, a que se desarrollase la mecánica newtoniana para responder a semejantes
preguntas, mientras que en el caso de la geología de Lyell hubo que aguardar al
descubrimiento de la radiactividad y de la física cuántica.
Volviendo ya a Darwin, tenemos que el reverendo John Stevens Henslow
(1796-1861), catedrático de Mineralogía y de Botánica en Cambridge, y uno de
los profesores de Darwin allí, además de su amigo mientras vivió, recomendó a
éste que llevara consigo en el viaje del Beagle el primer tomo
de los Principioslyellianos. Como confesó en su «Autobiografía», lo
leyó «atentamente, y me resultó de gran ayuda en muchos aspectos. El primer
lugar que examiné, Santiago, en el archipiélago de Cabo Verde, me demostró
claramente la maravillosa superioridad del método que Lyell aplicaba a la
geología, en comparación con el de los autores de cualquiera de las obras que
yo llevaba conmigo o que haya leído después». Antes, en una carta que dirigió
el 29 de agosto de 1844 al geólogo aficionado (y suegro de Lyell), Leonhard
Horner (1785-1864), Darwin había manifestado: «Siempre tengo la sensación de
que mis libros salen a medias del cerebro de Lyell».
Naturalmente, sus trabajos geológicos de campo llevaron a Darwin a los fósiles.
Y sabemos que el estudio de los fósiles constituye una pieza fundamental para
cualquier historia natural, y para cualquier teoría de la evolución. También,
por cierto, se interesó por los corales. «Durante el último medio año —escribía
el 29 de abril de 1836 desde Puerto Lewis en Mauricio a su hermana Caroline—,
el tema de la formación del coral ha sido una cuestión de particular interés
para mí. Espero ser capaz de expresar algunos de los hechos desde un punto de
vista más sencillo y coherente que aquel desde el cual se ha considerado hasta
ahora. Siempre me ha parecido monstruosa la idea de que una isla lagunar, de 30
millas de diámetro, se basara en un cráter submarino de iguales dimensiones.»
De hecho, en 1842, publicaría un libro, Coral Reefs (Arrecifes
de coral), en el que sostenía que estas formaciones se debieron al
crecimiento ascendente del coral durante la subsidencia gradual del lecho
marino adyacente a las islas volcánicas. Fue, como vemos, más que el autor
de El origen de las especies.
Regreso a Inglaterra, matrimonio e ideas religiosas
Tras su viaje en el Beagle, el prestigio de Darwin aumentó con
rapidez, incluso antes de que comenzasen a ser publicados los libros en que se
daba cuenta de los resultados de la expedición, libros como los tres volúmenes
de Narrative of the Surveying Voyages of His Majesty’s Ships Adventure
and Beagle between the Years 1826 and 1836 (Descripción de los
viajes de reconocimiento de los barcos de Su Majestad Adventure y Beagle entre
1826-1836), de los cuales el tercero fue escrito por el propio Darwin (fue
reimpreso como obra aparte con el título, ya citado, de Journal of
Researches into the Natural History of Geology of the Countries Visited by
H.M.S. Beagle from 1832 to 1836), y no apareció hasta 1839, la Zoology
of the Voyage of the H.M.S. Beagle (1838-1843), dirigida por Darwin, o
los tres tomos de Geology of the Voyage of the Beagle (1842-1846).
Charles Darwin en 1840 (acuarela de George Richmond).
Emma Darwin a la edad de 32 años (retrato de George Richmond).
Un
acontecimiento importante en su vida fue su matrimonio. Un científico es
también un ser humano, y en este sentido parecería una trivialidad señalar que
semejante acontecimiento fue para él un momento importante. Siempre lo es… o lo
debería ser. Pero en el caso de Darwin lo fue especialmente, ya que por motivos
de salud pasaría la mayor parte de su vida en su finca familiar, rodeado de su
esposa e hijos.
Fue en enero de 1839 cuando Charles se casó con Emma Wedgwood (1808-1896), una
de sus primas carnales. Emma aportó al matrimonio no sólo una fortuna
considerable, sino —todos los datos apuntan en la misma dirección— una relación
armónica y gratificante.
Hay un aspecto que conviene reseñar y que tiene que ver con la cuestión de los
conflictos emocionales que se debieron de producir en la mente de Darwin a
causa del encuentro, ni fácil ni, a la postre, armonioso, entre sus
convicciones científicas y las creencias religiosas imperantes en su tiempo y
entorno, en las que él mismo había sido educado, y de las que participó durante
una parte de su existencia. Emma Darwin fue a lo largo de toda su vida una
mujer profundamente religiosa y contempló con preocupación algunos de los
desarrollos intelectuales de su esposo en este dominio. De hecho, fue ella la
responsable de las omisiones introducidas en la edición que su hijo Francis
Darwin (1848-1925) hizo de la «Autobiografía» de su padre, titulada Recollections
of the Development of my Mind and Character (Memorias del
desarrollo de mi pensamiento y mi carácter), omisiones que tienen que ver,
precisamente, con las ideas religiosas a las que llegó Charles, y que no serían
identificadas y restauradas hasta 1958, cuando una nieta suya, Nora Barlow,
preparó una edición completa.
Muy poco después de su boda, en febrero de 1839, Emma escribió a Charles una
carta en la que le comunicaba algunas de sus preocupaciones al respecto:
El
estado de pensamiento que deseo conservar con respecto a ti es sentir que
mientras estás actuando conscientemente y deseando sinceramente, y tratando de
conocer la verdad, no puedes estar equivocado; pero existen algunas razones que
se me imponen y que me impiden que te pueda ofrecer siempre este apoyo. Me
atrevo a decir que tú mismo a menudo has pensado en ellas antes, pero escribiré
lo que ha estado en mi cabeza, sabiendo que mi propio amado me perdonará. Tu
mente y tiempo están llenos de interesantes temas y pensamientos de la clase
más absorbente, esto es, los que se siguen de tus propios descubrimientos, pero
que hacen que te sea muy difícil evitar considerar como interrupciones otros
tipos de pensamientos que no tienen relación con lo que estás buscando, o que
seas capaz de prestar toda tu atención a los dos lados de la cuestión. Existe
otra razón que produciría un gran efecto en una mujer, pero no sé si tanto en
un hombre —pienso en Erasmus [hermano de Charles], de cuyo entendimiento tienes
tan alta opinión y al que tanto afecto profesas, que ha pasado por esto antes
que tú—… También me parece que la dirección de tus investigaciones puede
haberte conducido a considerar las dificultades principalmente desde un lado, y
que no has tenido tiempo de considerar y de estudiar la cadena de dificultades
desde el otro, pero creo que no consideras tus opiniones como formadas. Espero
que la costumbre de las investigaciones científicas de no creer nada hasta que
no está probado, no influya tu mente demasiado en otras cosas que no se pueden
probar de la misma manera, y que si son verdaderas es probable que estén por
encima de nuestra comprensión.
Charles Darwin y su hijo mayor, William, según un daguerrotipo fechado el 23
de agosto de 1842.
Darwin
recordaría toda su vida esta misiva. Tras su muerte, fue encontrada, muy
manoseada y con este comentario escrito: «Muchas veces la he besado y llorado
sobre ella».
La casa de Darwin en Down, en 1872.
Una
gran cantidad de documentos que se han conservado muestran con claridad que el
gran naturalista inglés tuvo que luchar duramente, consciente e
inconscientemente, con sus ideas religiosas mientras daba forma a sus ideas
evolucionistas y escribía El origen de las especies. Como no
deseaba alarmar —y enfrentarse— a la conservadora sociedad victoriana, puso
mucho cuidado en minimizar los aspectos materialistas de su teoría al
presentarla públicamente, intentando dar la impresión de que la evolución
natural opera a la larga en beneficio de los seres vivos. Incluso parece que
llegó a manejar la idea de presentar la selección natural como manifestación de
un poder cuasidivino supervisor que podía seleccionar las variantes útiles, tal
como un criador de animales lo hace con especies domésticas. De hecho, algunos
biógrafos de Darwin sostienen que en las dudas religiosas producidas por sus
investigaciones científicas se encuentra el origen de las tensiones emocionales
que pudieron exacerbar su predisposición a trastornos estomacales y
palpitaciones cardíacas, trastornos que le impedían trabajar durante largos
períodos, y que contribuyeron a hacer de él casi un recluso en la casa
georgiana de Down, un pueblecito situado a 25 km de Londres, en donde Charles y
Emma Darwin vivieron desde 1842. (Otros, sin embargo, piensan que acaso
contrajo la enfermedad de Chagas durante sus viajes por Sudamérica.)
En realidad, Darwin fue modificando sus creencias religiosas poco a poco,
paulatinamente, aunque terminó rompiendo definitivamente con el pasado, con su
formación y tradición religiosa. Dos pasajes extraídos de su autobiografía, de
la sección titulada «Creencia religiosa», que, como señalé, su hijo Francis
eliminó al publicarla, muestran la radicalidad de las ideas a las que llegó.
Recordando épocas en las que al contemplar, por ejemplo, la grandeza de la
selva brasileña llegaba al «firme convencimiento de la existencia de Dios y de
la inmortalidad del alma», el autor de El origen de las especies escribía,
ya próxima, de hecho, su muerte: «No concibo que esas convicciones y
sentimientos íntimos tengan valor alguno como evidencia de lo que realmente
existe. El estado mental que las escenas grandiosas despertaban en mí años
atrás, y que estaba íntimamente relacionado con la creencia en Dios, no difería
en su esencia de lo que a menudo denominamos sentido de lo sublime; y por
difícil que sea explicar el origen de este sentido, mal puede ofrecerse como un
argumento a favor de la existencia de Dios; pues no lo es más que los poderosos,
aunque indefinidos, sentimientos similares evocados por la música».
Estudio de Darwin en Down.
Refiriéndose
a continuación al argumento de la extrema dificultad, o casi imposibilidad, de
concebir el universo como resultado de la casualidad o necesidad ciegas, Darwin
ofrecía una posible explicación que no se apartaba del razonar científico, y
que preludiaba la esencia de los argumentos de la sociobiología de la segunda
mitad del siglo XX: «Al reflexionar sobre ello me siento compelido a considerar
una Causa Primera con una mente racional análoga en cierto grado a la del
hombre; y merezco ser llamado teísta. Pero entonces surge la duda, ¿se puede
confiar en la mente del hombre —que, estoy convencido, se desarrolló a partir
de una mentalidad tan primitiva como la que poseía el más primitivo de los
animales— cuando infiere conclusiones tan sublimes? ¿No pudieran ser éstas el
resultado de la relación entre causa y efecto, que aunque nos parece necesaria
probablemente depende sólo de la experiencia heredada? Tampoco podemos pasar
por alto la probabilidad de que la inculcación constante de la creencia en Dios
en la mente de los niños produzca un efecto tan pronunciado, y quizás heredado,
en sus cerebros no totalmente desarrollados, que les resulte difícil liberarse
de su creencia en Dios, como a un mono liberarse de su miedo y aversión a una
serpiente».
Pero retornemos al proceso del desarrollo de sus ideas científicas.
La idea de la Selección Natural
Las experiencias que extrajo en el viaje en el Beagle, lo que
aprendió en libros como el de Lyell, al igual que sus observaciones sobre la
evolución producida por la selección artificial de animales domésticos, fueron
sin duda importantes para la formación de su teoría evolutiva, pero todavía
eran necesarios otros elementos. Uno de ellos, el principal, el mecanismo que
impulsaba la evolución, lo encontró en las ideas del economista Thomas Robert
Malthus (1766-1834).
Recurriendo de nuevo a su «Autobiografía», encontramos en ella los siguientes
pasajes: «En octubre de 1838, esto es, quince meses después de haber empezado
mi estudio sistemático, se me ocurrió leer por entretenimiento el ensayo de
Malthus sobre la población y, como estaba bien preparado para apreciar la lucha
por la existencia que por doquier se deduce de una observación larga y
constante de los hábitos de animales y plantas, descubrí enseguida que bajo
estas condiciones las variaciones favorables tenderían a preservarse, y las
desfavorables a ser destruidas. El resultado sería la formación de especies
nuevas».
De manera algo más detallada, la historia es como sigue. A mediados de marzo de
1837, aparentemente como resultado de las conclusiones a que llegó con respecto
al significado de las ya citadas identificaciones de John Gould, y también a
las del conservador del Museo Hunteriano del Royal College of Surgeons de
Londres y Hunterian professor en esta institución, Richard
Owen (1804-1892), relativas, respectivamente, a los especímenes de los pájaros
y mamíferos fósiles que había traído de la expedición con el Beagle,
Darwin llegó a la convicción de que las especies eran mutables. Se puso
entonces a reunir datos y a tomar notas en todas las direcciones que pensó le
podían conducir a explicar por qué las especies llegaron a ser lo que son.
Entre abril de 1837 y septiembre de 1838, llenó varios cuadernos de notas con
observaciones e ideas sobre un amplio rango de temas. Entonces, en septiembre
de 1838, el An Essay on the Principle of Population (Un
ensayo sobre el principio de población; 1826), de Malthus, le proporcionó
un mecanismo causal clave para explicar los cambios en las especies.
En el mismo The Origin of Species (capítulo III, sexta
edición) se encuentran pasajes que muestran la deuda de Darwin con Malthus:
De
la rápida progresión en que tienden a aumentar todos los seres orgánicos
resulta inevitablemente una lucha por la existencia. Todo ser que durante el
curso natural de su vida produce varios huevos o semillas tiene que sufrir
destrucción durante algún período de su vida, o, durante alguna estación, o de
vez en cuando en algún año, pues de otro modo, según el principio de la
progresión geométrica, su número sería pronto tan extraordinariamente grande
que ningún país podría mantener el producto. De aquí que, como se producen más
individuos que los que pueden sobrevivir, tiene que haber en cada caso una
lucha por la existencia, ya de un individuo con otro de su misma especie o con
individuos de especies distintas, ya con las condiciones físicas de vida. Esta
es la doctrina de Malthus, aplicada con doble motivo al conjunto de los reinos
animal y vegetal, pues en este caso no puede haber ningún aumento artificial de
alimentos, ni ninguna limitación prudente por el matrimonio.
Con
la base teórica que le proporcionó Malthus, Darwin continuó tomando notas y
explorando nuevas avenidas de pensamiento. En el verano de 1842 pensaba que sus
investigaciones habían llegado a un punto tal que estaba preparado para
escribir un esbozo (cosa que hizo) de su teoría de las especies, basada en un
principio al que denominó «selección natural». Dos años más tarde, esto es, en
1844, preparó una versión más larga y detallada. Sin embargo, todavía pasarían
quince años hasta que fuese publicado El origen de las especies,
aunque el ensayo de 1844 —que pidió a su esposa se encargase de publicar si
moría antes de escribir la gran obra que planeaba— se puede considerar como una
primera versión de su gran libro de 1859.
La razón por la que pasaron tantos años hasta la escritura y publicación
de El origen de las especies es que el exigente espíritu de
Darwin no se conformaba con algunos indicios, por muy claros que éstos
pareciesen. Deseaba estar seguro, y así se convirtió en un infatigable, casi
obseso, buscador de hechos, de detalles, que completasen el gran rompecabezas
que quería componer: nada más y nada menos que la historia natural de la vida
en la Tierra. En este punto reside precisamente su singularidad: como hemos
visto, algunos antes que él pensaron en la existencia de procesos evolutivos,
pero únicamente propusieron —el caso de Lamarck— mecanismos imposibles, sin
prácticamente datos que los sustentaran sistemáticamente, mientras que Darwin
disponía de una idea plausible y de una enorme cantidad de datos que la
sustentaba. En este sentido, durante la década de 1850 llevó a cabo estudios y
experimentos de todo tipo: sobre, por ejemplo, hibridación, paleontología,
variación y cría de palomas y otros animales domésticos, modos de transporte
natural que pudiesen explicar la distribución geográfica de los organismos
después del origen evolutivo de cada forma en una sola región, un problema que
a su vez le condujo a diseñar experimentos del tipo de cuánto tiempo podrían
flotar las semillas en agua salada y después germinar; si las semillas y los
huevos pequeños podrían ser transportados en el barro incrustado en las patas
de los pájaros o qué semillas podrían atravesar el sistema digestivo de un ave
y sobrevivir. Su correspondencia da fe de lo intenso y diverso de sus intereses
y pesquisas: «[haz] el favor, si tienes la oportunidad cuando estés en
Derbyshire, de preguntar por mí a alguna persona de las que me hablaste si la
descendencia del pato almizclado macho y el pato común hembra se parece a la
descendencia del pato almizclado hembra y el macho común», preguntaba el 25 de
enero de 1841 a un primo segundo suyo, William Darwin Fox (1805-1880). «Si su
amigo reside cerca de las partes donde el chetah se utiliza para cazar
—escribía el 11-12 de julio de 1845 a Joseph Dalton Hooker, director adjunto de
los Reales Jardines Botánicos de Kew, especialista en taxonomía y geografía de
plantas y amigo íntimo suyo—, estoy especialmente interesado
en saber si alguna vez los han criado en domesticación; o si
nunca o rara vez, y si copulan, y de cuál se piensa es el fallo, del macho o de
la hembra. También, si reside en los distritos donde se cultiva el gusano de
seda, cualquier información relativa a si varían en algo las polillas, las
orugas o los capullos, si los habitantes ponen especial cuidado en seleccionar
buenos individuos para criar, si hay alguna creencia tradicional sobre el
origen de cualquier cría, es decir, si en diferentes distritos se encuentran
diferentes formas de cría de la misma especie. O cualquier información de este
tipo. Esto sería incalculablemente valioso para mí.» Y, de nuevo a Fox, el 7 de
mayo de 1855 (es mi último ejemplo): «Odiarás la simple visión de mi letra;
pero después de esta vez te prometo que no te pediré nada más, al menos durante
mucho tiempo. Dado que vives en un suelo arenoso, ¿tenéis ahí lagartos
completamente comunes? Si los tenéis, ¿crees que sería demasiado ridículo
ofrecer una recompensa por huevos de lagarto a los niños de tu escuela?… Si te
llevaran por equivocación huevos de serpiente estaría muy bien, porque también
los necesito: y no tenemos ni lagartos ni serpientes por aquí». Y a
continuación explicaba a su primo el porqué de tales peticiones: «Mi objetivo
es ver si esos huevos flotarán en el agua de mar, y si se mantendrán vivos
flotando durante un mes o dos en mi sótano. Estoy realizando experimentos sobre
el transporte de todos los seres orgánicos que puedo; y los lagartos se
encuentran en todas las islas y, por consiguiente, tengo muchas ganas de ver si
sus huevos soportarán el agua de mar».
Alfred Russel Wallace
Inmerso en sus investigaciones, esforzándose por sustanciar de la forma más
completa posible la idea de la selección natural, Darwin sufrió uno de los
mayores contratiempos que pueden aquejar a un científico que persigue un gran
descubrimiento, que se da cuenta que tiene prácticamente en sus manos:
constatar que otro investigador se le adelanta. En el caso de Darwin ese «otro
investigador», que llegó a la misma conclusión, y la puso en circulación
(restringida) antes de que Darwin pensase en publicar sus pensamientos, se
llamaba Alfred Russel Wallace (1823-1913).
Natural de Usk, una pequeña localidad inglesa próxima a la frontera con Gales,
y de origen humilde, el primer trabajo de Alfred Wallace consistió en ayudar a
su hermano John en trabajos de agrimensura para un ferrocarril. Antes de
cumplir 30 años trabajó como maestro de escuela en Leicester. Por entonces ya
mostraba su interés por la historia natural: leyendo, por ejemplo, la
descripción del viaje del Beagle. La fama de Wallace, explorador y
zoólogo, no se debe únicamente a su aportación a la teoría de la evolución,
sino también a sus descubrimientos de nuevas especies tropicales y a haber sido
el primer europeo que estudió simios en condiciones de libertad, a ser un
precursor en etnografía y zoogeografía (distribución de los animales), y autor
de excelentes libros de viajes e historia natural, como A Narrative of
Travels on the Amazonas and Río Negro (Narración de viajes por el
Amazonas y el río Negro; 1853) y The Malay Archipelago (El
archipiélago malayo; 1869). Entre sus descubrimientos se encuentra la
denominada «línea de Wallace», una frontera natural que atraviesa Malasia (y
que, como sabemos en la actualidad, coincide con la unión de dos placas
tectónicas), que separa los animales derivados de Asia de los que evolucionaron
en Australia.
Como recolector tampoco tuvo nada que envidiar al Darwin que recogió y envió a
la metrópoli miles de especímenes. En el «Prólogo» de The Malay
Archipelagoseñalaba:
Como
el propósito principal de todos mis viajes consistía en obtener especímenes de
historia natural, tanto para mi colección particular como para suministrar
duplicados a los museos y aficionados, paso a especificar el número de
especímenes que recogí y que llegaron a casa en buen estado. Pero debo indicar
antes que solía contratar a uno, dos y en ocasiones tres criados malayos para
que me ayudasen… Permanecí ocho años ausente de Inglaterra, pero como recorrí
unas catorce mil millas dentro del Archipiélago y realicé sesenta o setenta
viajes distintos, cada uno de los cuales entrañaba cierta pérdida de tiempo
debido a los distintos preparativos, no creo que dedicara más de seis a
coleccionar.
Según mis números, mis colecciones orientales ascienden a:
· 310
especímenes de mamíferos
· 100
especímenes de reptiles
· 8.050
especímenes de aves
· 7.500
especímenes de crustáceos
· 13.100
especímenes de lepidópteros
· 83.200
especímenes de coleópteros
· 13.400 especímenes
de otros insectos
· 125.660
especímenes de historia natural
Ya
en 1855, Wallace publicó un primer artículo teórico («On the law which has
regulated the introduction of new species» [«Sobre la ley que ha regulado la
introducción de nuevas especies»]), en el que argumentaba que una especie nueva
siempre empieza a existir en un área ya ocupada por especies emparentadas, una
idea con claras implicaciones evolucionistas, aunque su autor no ofrecía
ninguna explicación de cómo se forman las nuevas especies. Darwin leyó este
artículo, pero no parece que pensase que Wallace tuviera algo que ofrecer sobre
el problema de un mecanismo evolutivo.
Alfred Russel Wallace en su vejez.
Sin
embargo, en febrero de 1858, mientras soportaba un ataque de fiebre en la
pequeña isla volcánica de Ternate, al norte de las Molucas, Wallace llegó a la
misma idea esencialmente de la selección natural que por lo común se adjudica
en exclusiva a Darwin. Y, es curioso (o significativo), utilizando algunos de
los mismos elementos a los que recurrió Darwin. He aquí cómo describió más
tarde Wallace la génesis de su idea (My Life [Mi vida];
1905):
En
el curso de uno de estos accesos, mientras pensaba en cómo podían originarse
nuevas especies, mis pensamientos se dirigieron de alguna manera hacia las
«trabas reales» que se imponían al crecimiento de los salvajes y otros grupos,
descritos en el famoso Essay on Population de Malthus… que había
leído unos doce años antes. Estas trabas —enfermedades, hambrunas, accidentes,
guerras, etc.— son lo que mantiene la población en cifras bajas… [Entonces], de
pronto, brilló en mí la idea de la supervivencia de los más aptos… según la
cual, en cada generación, los inferiores serían inevitablemente eliminados y
los superiores se mantendrían… y, considerando el cúmulo de variación
individual cuya existencia me había mostrado mi experiencia como recolector… me
convencí de que, al fin, había dado con la ley natural tan largamente buscada
que resolvía el problema del origen de las especies… En las dos tardes
siguientes la puse cuidadosamente por escrito a fin de enviarla a Darwin en el
siguiente correo.
Página de uno de los cuadernos de notas (iniciado en junio o julio de 1837)
de Darwin en la que aparecen sus primeras ideas sobre la evolución.
Título provisional de Sobre el origen de las especies, en una carta de
Darwin a Lyell del 28 de marzo de 1859.
Se
trataba del artículo «On the tendency of varieties to depart indefinitely from
the original type» («Sobre la tendencia de las variedades a alejarse
indefinidamente del tipo original»).
Cuando Darwin recibió el manuscrito de Wallace (debió de ser por los
alrededores del 18 de junio de 1858; el manuscrito y la carta que lo acompañaba
se han perdido), consultó inmediatamente con Lyell y con Hooker. De hecho,
Lyell ya le había urgido antes a que diese a conocer públicamente su teoría,
requerimiento al que Darwin contestaba el 3 de mayo de 1856: «Con respecto a su
sugerencia de un esbozo de mi punto de vista, no sé qué pensar, pero
reflexionaré sobre ello; sin embargo, va en contra de mis principios. Realizar
un boceto adecuado sería absolutamente imposible, dada la gran colección de
hechos que exige cada proposición. Si hiciera algo, sólo podría referirse al
principal agente del cambio, la selección, y quizá señalar unos pocos rasgos
directivos que sancionan dicho punto de vista, y unas pocas de las dificultades
principales. Pero no sé qué pensar: antes bien, odio la idea de escribir por
conseguir la prioridad, sin embargo, por supuesto, me irritaría que alguien
publicara mis doctrinas antes que yo». Integridad y respeto por la ciencia, se
llama semejante actitud.
Pero en 1858, ante la situación que se había creado y respondiendo a la
petición de ayuda por parte de Darwin, Lyell y Hooker arreglaron todo para que
el artículo de Wallace se publicara (en el Journal of the Proceedings
of the Linnean Society, vol. III, n.º 9, pp. 45-62) junto con algunos
materiales suministrados por Darwin. Firmado por ambos (en orden alfabético) y
bajo el título conjunto de «On the tendency of species to form varieties; and
on the perpetuation of varieties and species by natural means of selection»
(«Sobre la tendencia de las especies a formar variedades; y sobre la
perpetuación de las variedades y especies por selección natural»), el
comunicado fue leído ante la Sociedad Linneana el 1 de julio de 1858 (ni Darwin
ni Wallace estuvieron presentes). Precediendo a los escritos de los dos
naturalistas (el de Darwin constaba de un breve extracto de uno de sus
manuscritos y de un resumen de una carta que había escrito en octubre de 1857
al botánico estadounidense y catedrático de Historia Natural en la Universidad
de Harvard, Asa Gray [1810-1888], a quien conoció personalmente en la década de
1850, durante una visita de éste a Kew, y que se convirtió en el principal
defensor de su teoría en Norteamérica), se incluía la siguiente nota de Lyell y
Hooker:
Mi
querido señor:
Los artículos adjuntos, que tenemos el honor de comunicar a la Sociedad
Linneana, y que se refieren al mismo tema, a saber, las Leyes que afectan a la
Producción de Variedades, Razas y Especies, contienen los resultados de las
investigaciones de dos infatigables naturalistas, Mr. Charles Darwin y Mr.
Alfred Wallace.
Habiendo estos señores, independientemente y sin saber el uno del otro,
concebido la misma muy ingeniosa teoría para explicar la aparición y
perpetuación de variedades y de formas específicas en nuestro planeta, pueden
ambos razonablemente reclamar el mérito de ser pensadores originales en esta
importante línea de investigación; pero ninguno de ellos ha publicado sus
puntos de vista, aunque durante muchos años Mr. Darwin ha sido repetidamente
urgido por nosotros a que lo hiciera, y habiendo ambos autores puesto sin
ninguna reserva sus artículos en nuestras manos, pensamos que impulsaría de la
mejor manera los intereses de la ciencia el que una selección de ellos se
presentase ante la Sociedad Linneana.
A
pesar de que no habría sido difícil que surgiesen recelos, especialmente por
parte de Wallace, el carácter de éste no provocó semejante resultado. De hecho,
Wallace llevó su modestia hasta el extremo de titular un libro que años
después, en 1889, publicó sobre la evolución: Darwinism: An Exposition
of the Theory of Natural Selection with Some of its Applications (Darwinismo:
Una exposición de la teoría de la selección natural con algunas de sus
aplicaciones). Y Darwin reconoció estos hechos, como prueba la carta que
dirigió a Wallace el 6 de abril de 1859, cuando estaba a punto de
publicar El origen de las especies:
Mi
querido Wallace: …
La primera parte de mi manuscrito está en las manos de Murray [el editor] para
ver si quiere publicarlo. No hay prefacio, únicamente una breve Introducción,
que debe leer todo aquel que lea mi libro. He copiado, verbatim… el
segundo párrafo de la Introducción y verá, espero, que he dado una información
razonable de su artículo en Linn. Transacts. Debe recordar que ahora estoy
publicando solamente un resumen y no doy referencias. Por supuesto, aludiré a
su artículo sobre Distribución; y he añadido que sé a través de correspondencia
que la explicación que da de su ley es la misma que yo ofrezco. Tiene usted
razón en que yo llegué a la conclusión de que la Selección era el principio de
cambio a partir del estudio de producciones domesticadas; y leyendo entonces a
Malthus vi inmediatamente cómo aplicar este principio. Las distribuciones
geográficas y relaciones geológicas de habitantes extintos o recientes de
Sudamérica me condujeron en primer lugar al tema. Especialmente el caso de las islas
Galápagos.
Espero [que el libro] entre en la imprenta a comienzos del próximo mes. Será un
pequeño volumen de unas 500 páginas, o así. Le enviaré, por supuesto, una
copia. He olvidado si le dije que Hooker, que es nuestro mejor botánico
británico, y acaso del mundo, es un converso completo, y ahora va a
publicar inmediatamente su confesión de fe; y espero uno de estos días recibir
las pruebas. Huxley ha cambiado y cree en la mutación de las especies: si es o
no un converso a [nuestras ideas], es algo que no sé realmente.
Viviremos para ver a todos los hombres más jóvenes convertidos.
Y en
una posdata añadía: «No puedo decirle cuánto admiro su espíritu, el modo en que
ha tomado todo lo que se ha hecho relativo a la publicación de nuestros
artículos. De hecho, le había escrito una carta, diciendo que yo no debería
publicar nada antes de que lo hubiese publicado usted. No había puesto esa
carta en el correo cuando recibí una de Lyell y Hooker, urgiéndome a
enviarles algún manuscrito y a que les permitiese actuar como considerasen
correcto y honorable para nosotros dos. E hice eso».
En realidad, la historia real no fue así, aunque desde luego el comportamiento
de Darwin fue bastante decente y digno. Podemos hacernos una idea mucho más
correcta de ese comportamiento recurriendo a una carta que escribió a Lyell el
25 de junio de 1858, cuando se encontraba agobiado tras haber recibido las
noticias de Wallace:
No
hay nada en el esbozo de Wallace que no esté escrito de una manera mucho más
completa en mi borrador copiado en 1844, y leído por Hooker hace unos 12 años.
Hace alrededor de un año envié un corto esbozo, del que tengo copia, de mis
puntos de vista… a Asa Gray, de manera que podría decir con la mayor sinceridad
y probar que no he cogido nada de Wallace. Me
alegraría sobremanera publicar ahora un esbozo de mis
opiniones generales en aproximadamente una docena de páginas más o menos. Pero
no consigo persuadirme a mí mismo de que puedo hacerlo de manera honorable.
Wallace no dice nada sobre publicación, y yo adjunto su carta. Pero, puesto que
no tenía pensado publicar nada, ¿puedo hacerlo con honor porque Wallace me ha
enviado un esbozo de su doctrina? Quemaría todo mi libro antes de que él o
cualquier otro pudiera pensar que me he comportado indignamente. ¿No cree que
el hecho de que él me haya enviado este esbozo me ata las manos?…
Si pudiera publicar con honorabilidad explicaría que me he visto inducido ahora
a publicar un esbozo (y me alegraría mucho que me permitiera decir que
siguiendo un consejo que usted me dio hace mucho tiempo) al haberme enviado
Wallace un esbozo de mis propias conclusiones generales. Solamente diferimos en
que yo llegué a mis opiniones a partir de lo que la selección artificial ha
hecho con los animales domésticos.
Darwin,
en otras palabras, estaba rogando a Lyell que le ayudase a
publicar sus ideas junto a las de Wallace. ¿Sorprenderá a alguien que después
de leer su carta Lyell propusiera que ambos, Wallace y Darwin, compartieran el
honor de la presentación pública de sus respectivas ideas sobre la evolución?
En cualquier caso, qué diferente fue este caso del que protagonizaron Newton y
Leibniz a propósito de la polémica, a la que ya me referí, relativa a la
prioridad en la invención del cálculo infinitesimal. Fue, además, una solución
justa. Darwin se había retrasado en publicar, pero sólo por su propia
autoexigencia, que le imponía buscar más y más evidencias, mientras que Wallace
no padecía de estos sentimientos. La solución fue buena, pero, desde luego,
Darwin sufrió: «Siempre pensé —escribió a Hooker (13 de julio de 1858)— que era
posible que alguien se me anticipara, pero suponía que iba a tener la
suficiente grandeza de espíritu como para que no me importara; pero me he
encontrado a mí mismo castigado y equivocado».
Portada de la primera edición de Sobre el origen de las especies (1859).
El
origen de las especies
No se puede añadir mucho en un libro como el presente a lo que ya he dicho
sobre On the Origin of Species by means of Natural Selection, or the
Preservation of Favoured Races in the Struggle for Life (Sobreel
origen de las especies por medio de selección natural, o la preservación de
especies favorecidas en la lucha por la vida), uno de los textos más
famosos y paradigmáticos de la historia del pensamiento universal, cuya
aparición tuvo lugar el 24 de noviembre de 1859. El éxito de la obra fue
inmediato (la primera edición —1.250 ejemplares— se agotó el mismo día en que
se puso a la venta, o mejor dicho, los libreros agotaron con sus pedidos todos
los libros impresos, aunque en semejante éxito hay que tener en cuenta que
Darwin era un personaje y escritor famoso desde la aparición del Journal del
viaje en el Beagle). Y no tardó demasiado en ser traducida a otros
idiomas, incluyendo el español: Origen de las especies por medio de la
selección natural o conservación en su lucha por la existencia (traducción
de Enrique Godínez; Madrid, 1877).
El
«principio de selección natural» tal y como aparece en The Origin of
Species (Capítulo IV, sexta edición):
La
lucha por la existencia … ¿cómo obrará en lo que se refiere a la variación? El
principio de la selección, que hemos visto es tan potente en las manos del
hombre, ¿puede tener aplicación en las condiciones naturales? …
Involuntariamente, el hombre somete a los seres vivientes a nuevas y cambiantes
condiciones de vida, y sobreviene la variabilidad; pero cambios semejantes de
condiciones pueden ocurrir, y ocurren, en la naturaleza. Tengamos también
presente cuán infinitamente complejas y rigurosamente adaptadas son las
relaciones de todos los seres orgánicos entre sí y con las condiciones físicas
de la vida y, en consecuencia, qué infinitamente variadas diversidades de
estructura serían útiles a cada ser en condiciones cambiantes de vida. Viendo
que indudablemente se han presentado variaciones útiles al hombre, ¿puede pues
parecer improbable el que, del mismo modo, para cada ser, en la grande y
compleja batalla de la vida, tengan que presentarse otras variaciones útiles en
el transcurso de muchas generaciones sucesivas? Si esto ocurre, ¿podemos dudar
—recordando que nacen muchos más individuos de los que acaso pueden sobrevivir—
que los individuos que tienen ventaja, por ligera que sea, sobre otros tendrían
más probabilidades de sobrevivir y procrearse su especie? Por el contrario,
podemos estar seguros de que toda variación en el menor grado perjudicial tiene
que ser rigurosamente destruida. A esta conservación de las diferencias y
variaciones individualmente favorables y la destrucción de las que son perjudiciales
la he llamado yo selección natural o supervivencia de los más adecuados.
Charles Darwin, cuadro de John Collier (1883).
Thomas Henry Huxley, fotografiado por Downey en 1890.
Puede
ser interesante mencionar que el término «evolución», en la actualidad asociado
a la teoría de Darwin, no aparecía en la primera edición de Sobre el
origen de las especies (allí Darwin hablaba de «transmutaciones»).
Darwin lo empleó por primera vez en su libro The Descent of Man, and
Selection in Relation to Sex (El origen del hombre, y la selección
en relación con el sexo; 1871), y en la sexta —y última— edición de El
origen (1872), la misma en la que se eliminó el adverbio On del
título, con lo que se acentuaba la pretensión de carácter definitivo. Todavía
hoy leemos con facilidad y aprovechamiento este libro, este clásico del
pensamiento, lo mismo que El origen del hombre, en el que aplicó a
los humanos las tesis de El origen de las especies (en 1859 no
se atrevió a tanto).
La recepción de la teoría darwiniana
La teoría de la evolución no fue solamente un acontecimiento científico de
primer orden, también constituyó un suceso social de parecida magnitud. En
pocos lugares fue ignorada; de hecho, suscitó grandes pasiones, en las que los
argumentos científicos se mezclaban con consideraciones de índole política y
religiosa.
Abundan los ejemplos en este sentido. Uno de ellos, célebre, es el debate
público que tuvo lugar en Oxford el 30 de junio de 1860, durante una de las
sesiones de la multitudinaria reunión anual de la British Association for the
Advancement of Science. En aquella ocasión se enfrentaron el obispo de Oxford,
Samuel Wilberforce (1805-1873) y Thomas Henry Huxley (1825-1895), especialista
en anatomía comparada y paleontología, quien ha pasado a la historia de la
ciencia, junto con sus distinguidas contribuciones a las ciencias naturales,
como el campeón en la defensa de la teoría de la evolución.
Caricatura de Darwin, publicada en Vanity Fair.
El
reverendo W. H. Freemantle, que asistió a aquella confrontación, nos dejó un
resumen de ella: «El obispo de Oxford —escribió— atacó a Darwin, al principio
de manera informal, pero después con inexorable formalidad… “¿Qué ha aportado
[la teoría darwiniana]?”, exclamó… Y entonces comenzó a burlarse: “Querría
preguntar al profesor Huxley, que está sentado a mi lado, y está dispuesto a
hacerme picadillo en cuanto me siente, acerca de su creencia de que desciende
de un mono. ¿Procede esta ascendencia del lado de su abuelo o del de su
abuela?”. Y entonces, adoptando un tono más grave, afirmó, en una solemne
perorata, que las ideas de Darwin eran contrarias a lo revelado por Dios en las
Escrituras. El profesor Huxley no tenía ganas de responder; pero fue solicitado,
y habló con su habitual penetración y con algo de desdén: “Estoy aquí solamente
en interés de la ciencia —dijo— y no he oído nada que pueda perjudicar los
intereses de mi augusto defendido” … Por último, con relación a descender de un
mono, dijo: “No sentiría ninguna vergüenza de haber surgido de semejante
origen; pero sí que me avergonzaría proceder de alguien que prostituye los
dones de cultura y elocuencia al servicio de los prejuicios y la falsedad”».
El propio Darwin se manifestó en términos parecidos en algunos lugares, como
en The Descent of Man, en el que se encuentran pasajes como los
siguientes («Sumario general», parte II):
La
principal conclusión a la que se llega en este trabajo, a saber, que el hombre
desciende de algunas formas poco organizadas, será, lamento pensar, altamente
desagradable para muchas personas. Pero difícilmente puede dudarse de que
descendemos de bárbaros. Nunca olvidaré el asombro que sentí cuando vi por
primera vez un grupo de fueguinos en una salvaje y remota playa, y que la
reflexión que inmediatamente me vino a la mente fue: así fueron nuestros
ancestros. Esos hombres estaban absolutamente desnudos y pintados, sus largos
cabellos desgreñados, sus bocas babeaban con excitación y su expresión era
salvaje, sorprendida y desconfiada. Apenas poseían habilidad alguna y, al igual
que los animales salvajes, vivían de lo que podían coger; no tenían gobierno y
estaban indefensos ante cualquiera que no fuese de su pequeña tribu. Aquel que
haya visto un salvaje en su tierra nativa no sentirá mucha vergüenza si se ve
forzado a reconocer que la sangre de alguna humilde criatura corre por sus
venas. Por mi parte, no tendría inconveniente en descender de ese heroico
monito, que desafía a su temido enemigo para salvar la vida de su guardián; o
de ese viejo mandril, que, descendiendo de las montañas, saca triunfalmente a
su joven camarada de una multitud de sorprendidos perros, en lugar de un
salvaje que disfruta torturando a sus enemigos, ofrece sangrientos sacrificios,
practica el infanticidio sin remordimiento, trata a sus mujeres como esclavas,
desconoce la decencia y es juguete de las más groseras supersticiones.
Sátira de la evolución publicada en Illustrated Times, 1863.
Está
claro que en la recepción de la teoría de la evolución darwiniana se mezclaron
consideraciones de índole política y religiosa. Se explica así que aunque
nadie, con algún conocimiento científico, duda ya de que las especies han
evolucionado a lo largo del tiempo, todavía hoy existan lugares, en naciones
desarrolladas, en donde se discute si debe ser obligatorio conceder un tiempo
igual en las escuelas para explicar las tesis creacionistas que para hacer lo
propio con la evolución de las especies (en los estados de Arkansas y
Louisiana, en Estados Unidos, existió una ley en tal sentido hasta junio de
1987, cuando se derogó, pero la discusión se ha renovado no hace mucho). En los
últimos años, estas ideas creacionistas se presentan bajo un disfraz denominado
«Diseño Inteligente»: alguien, un Dios, debió de diseñar la vida, tan
maravillosamente compleja, en especial la humana.
Caricaturas de Samuel Wilberforce y Thomas Huxley.
Otro
de los lugares en donde se hace patente la dimensión ideológica de la teoría de
Darwin es en lo que habitualmente se denomina «darwinismo social», que surgió
de la fusión, a finales de la década de 1870, de las ideas evolucionistas con
un programa político conservador. Al elevar a la categoría de «ley natural» las
virtudes tradicionales de la confianza en la capacidad propia, la austeridad y
la laboriosidad, el darwinismo social gozó de un favor especial entre, por
ejemplo, los hombres de negocios norteamericanos. Sus defensores, que de hecho
se basaron más en los escritos de Herbert Spencer (1820-1903) —llamado en
ocasiones «el filósofo de la evolución», que en alguno de sus escritos,
anteriores a los de Darwin, argumentó en favor de tesis evolutivas—, en el
«spencerismo social», que en los de Darwin, instaban a la implantación de la
política del laissez-faire, dirigida a eliminar a inadaptados,
ineficientes e incompetentes, reforzando de esta forma, o imbricándose con, los
movimientos eugénicos, tan populares en las últimas décadas del siglo XIX y
primeras del XX.
Uno de los portavoces destacados del darwinismo social, William Graham Summer
(1840-1910), de la Universidad de Princeton, sostenía que los millonarios eran
los individuos más aptos de la sociedad y que merecían los privilegios de que
disfrutaban. Habían sido seleccionados naturalmente en el crisol de la
competencia. Andrew Carnegie (1835-1919) y John D. Rockefeller (1839-1937)
estaban —¡por supuesto!— de acuerdo con esas ideas y se adhirieron a
concepciones similares, que pensaban proporcionaban una justificación a los
excesos del capitalismo.
En general, la ciencia darwiniana fue utilizada con parecido fervor por
programas políticos diferentes. Así, Karl Marx (1818-1883) encontró en el
«materialismo» de Darwin la munición que buscaba contra el «derecho divino» de
los reyes y la jerarquía social. La idea de que la evolución es una historia de
conflicto competitivo casaba bien con su ideología de la «lucha de clases». De
hecho, Marx envió a Darwin un ejemplar de su obra principal, Das
Kapital (1867), pero éste nunca la leyó (sus páginas permanecieron
unidas por los márgenes tal y como salieron de imprenta). Tanto capitalistas
como comunistas, como vemos, se consideraban «darwinistas sociales». En un
ensayo titulado «La función desempeñada por el trabajo en la transición del
simio al hombre», que escribió en 1876 y fue publicado en el Neue Zeit en
1896, Friedrich Engels (1820-1895) escribió: «El trabajo es la primera
condición básica de toda existencia humana, hasta el punto de que, en cierto
sentido, deberemos decir que el trabajo creó al hombre… En primer lugar, el
trabajo; y tras él y, por tanto, con él, el lenguaje. Estos fueron los dos
estímulos principales bajo cuya influencia el cerebro del simio se transformó
gradualmente en el del hombre».
Acaso el último retrato hecho a Darwin. Fue realizado en 1881 por Herbert
Rose Barraud, un fotógrafo londinense que inmortalizó a muchas celebridades de
la época victoriana.
Problemas
científicos
Hay que señalar también que a pesar del éxito de El origen de las
especies, la teoría de la selección natural de Darwin fue muy controvertida
durante el final del siglo XIX. En realidad, abundaron los biólogos que no se
tomaron en serio el mecanismo darwiniano, optando muchos por
diferentes ideas antidarwinianas, o relegando la selección natural como un
factor secundario y puramente negativo. Detrás de este hecho se encuentra el
fracaso de Darwin en convencer a sus contemporáneos de que la selección natural
era un mecanismo adecuado para explicar el proceso evolutivo. Y es que Darwin
descubrió el hecho de la existencia de la selección natural y contribuyó
notablemente a dilucidar la historia de la evolución animal, pero apenas pudo
hacer más que vagas sugerencias acerca de por qué surgen variaciones
hereditarias entre organismos y cómo se transmiten éstas de generación en
generación; es decir, carecía de una teoría de la herencia. Las teorías de la
herencia que prevalecían por entonces sostenían ideas como la de que las
características de los progenitores se mezclan en los hijos; pero si esto era
así sería difícil explicar cómo podían mantenerse, sin diluirse con el
transcurso de las generaciones, las características favorables, diferenciales.
La pieza de que carecía Darwin era, por supuesto, la genética. De hecho, pudo
haber dispuesto de la esencia de ella, ya que el artículo fundacional
—«Versuche über Pflanzen-Hybriden» («Experimentos sobre la hibridación de
plantas»)— del monje agustino Gregor Mendel (1822-1884), en el que formuló los
principios básicos de la teoría de la herencia, a la que llegó a través de los
experimentos realizados con guisantes en el jardín de su monasterio, en lo que
es hoy Brno (República Checa), fue publicado en 1866 (aunque apareció en el
tomo de Verhandlungen des naturforschenden Vereines de Brno
correspondiente a 1865). Pero las investigaciones de Mendel apenas fueron
conocidas, desde luego no por Darwin, y cuando fueron redescubiertas,
simultáneamente, en 1900, por el holandés Hugo de Vries (1848-1935), el alemán
Carl Correns (1864-1935) y, en menor grado, el austriaco Erik von Tschermak
(1871-1962), el autor de El origen de las especies ya había
muerto.
Desarrollos posteriores
En realidad, para explicar la selección natural se necesita algo más que una
teoría elemental de la herencia. De Vries manejó la idea de que las variaciones
se producen debido a, como se diría más tarde, mutaciones genéticas,
concluyendo que una nueva especie se origina de repente, a partir de una
especie ya existente, sin preparación visible y sin transición. Pero desde este
punto de vista, la selección natural podía perder algunas de sus funciones. De
hecho, la integración de la genética —clásica y molecular— con la selección
natural ha sido, y continúa siendo, un proceso, un programa de investigación,
complejo y todavía abierto. Utilizando técnicas de análisis de poblaciones,
genéticos teóricos como Ronald A. Fischer (1890-1962) —que en 1930 publicó un
libro básico: The Genetical Theory of Natural Selection (Teoría
genética de la selección natural)— demostraron matemáticamente que la
selección natural puede producir, actuando acumulativamente sobre pequeñas
poblaciones, cambios evolutivos importantes en la forma y la función.
Naturalistas como Julian Huxley (1887-1975) y Ernst Mayr (1904-2005) se
interesaron por problemas de biogeografía y reivindicaron lo adecuado de las
conclusiones que Darwin había extraído de sus estudios en las islas Galápagos;
sus libros, Evolution, the Modern Synthesis (Evolución, la
síntesis moderna), de Huxley, y Systematics and the Origin of
Species(Sistemática y el origen de las especies), de Mayr (ambos
aparecieron en 1942), son considerados como dos clásicos en la fundación de la
moderna forma sintética del evolucionismo, también denominada, simplemente,
teoría sintética o síntesis evolutiva, en la que se subraya el papel de la
selección natural, la adaptación y el estudio de la diversidad. Como también es
clásica la obra de Theodosius Dobzhansky (1900-1975), Genetics and the
Origin of the Species (Genética y el origen de las especies; 1937).
No todos aceptan, sin embargo, la teoría sintética. En la década de 1970,
científicos como los paleontólogos Stephen Jay Gould (1941-2002) y Niles
Eldredge (n. 1943) criticaron la teoría sintética por apoyar una, en su opinión
infundada, visión gradualista del cambio evolutivo. Según estos naturalistas,
la evidencia fósil (como la revelada en el depósito de Burgess Shale,
popularizado por Jay Gould en uno de sus libros, Wonderful Life: The
Burgess Shale and the Nature of History [La vida maravillosa:
Burgess Shale y la naturaleza de la historia]; 1989) y la genética sugieren
ritmos de cambio considerablemente diversos, mostrando una discontinuidad
evolutiva difícilmente compatible con el gradualismo darwiniano. En 1972, Gould
y Eldredge propusieron el modelo del «equilibrio puntuado», según el cual la
vida de las especies se desarrolla de manera estable durante largos períodos
interrumpidos por episodios de rápidos cambios evolutivos.
Sería imposible, no obstante, resumir en los estrechos límites de este capítulo
las múltiples tendencias y problemas del evolucionismo contemporáneo. Terminaré
recordando unas palabras de Ernst Mayr, a quien acabo de citar, que me parecen
resumir, cabalmente, la situación actual (One Long Argument: Charles Darwin
and the Genesis of Evolutionary Theory [Una larga controversia:
Darwin y el darwinismo]; 1991): «Algunos críticos han acusado a los
arquitectos de la síntesis evolutiva de pretender haber resuelto todos los
problemas pendientes de la evolución. Esta acusación es bastante absurda. No
conozco un solo evolucionista que afirme semejante cosa. Todo lo que dijeron
los defensores de la síntesis es que habían llegado a una elaboración del
paradigma darwiniano que parecía ser lo suficientemente robusta como para que
las incógnitas que aún quedaban no la pusieran en peligro. Nadie negó que
quedasen muchas cuestiones sin resolver, pero existía una sensación de que,
independientemente de cuál fuera la respuesta a estas preguntas, sería
consistente con el paradigma darwiniano. Hasta ahora, en mi opinión, esta
confianza no ha sido defraudada».
Esta es, en mi opinión, la esencia de la investigación científica: ideas
fructíferas que son puestas a prueba a lo largo del tiempo, encontrándose en
ellas limitaciones, que abren nuevos caminos, que mantienen, al menos en el
caso de las teorías verdaderamente importantes, algún tipo de validez. La
teoría de la evolución de Charles Darwin es una de esas teorías. Acaso más que
una teoría, una visión de la naturaleza y de nuestro lugar en ella.
Capítulo 5
El sueño de Claude Bernard: la medicina como ciencia experimental en el siglo
XIX
La
medicina es una disciplina, una ciencia al igual que un arte, especialmente
próxima a todos nosotros. Podemos encontrar con cierta facilidad personas que
ignoran todo, absolutamente todo, acerca de las leyes del movimiento
newtoniano, de la geometría euclidiana, de la combinación química o de la
paleontología; incluso que no sepan que existen materias como la física, la
matemática o la química; pero difícilmente encontraremos alguien que desconozca
la existencia de la medicina y que no sepa que su objetivo tiene que ver con el
cuerpo humano, con su bienestar y conservación.
De hecho, la medicina nos ha acompañado a los humanos desde tiempos
inmemoriales. En los primeros registros históricos ya se encuentran datos que
tienen que ver con ella. En el denominado «Papiro Edwin Smith», datado como
perteneciente al siglo XVII a.C., esto es, al Imperio Antiguo egipcio (es, en
realidad, copia de un texto anterior perdido), encontramos auténticas recetas
médicas: «Si examinas un hombre que tiene una herida abierta en la cabeza, que
penetra en el cuerpo [y] deja el cerebro al descubierto, deberás palpar su
herida… Cuando suceda que no palpite y ceda bajo tus dedos mientras que el
cerebro está al descubierto [y el paciente] arroja sangre por ambas fosas
nasales [y] tiene rigidez en el cuello, dirás acerca de él: una enfermedad que
no es posible curar. Deberás untar esta herida con grasa. No la vendarás, ni le
pondrás hilos, hasta que conozcas que ha alcanzado un punto decisivo».
El autor o autores de este diagnóstico resumían en él una larga tradición
empírica, tan iluminada por la evidencia como oscurecida por la ignorancia de
los motivos últimos que justificaban el procedimiento que se sugería. Algo
menos de dos mil años más tarde, el gran Galeno de Pérgamo (129-210/216), cuyo
nombre se convertiría con el paso del tiempo en sinónimo de médico, no sabía
mucho más acerca de las causas últimas que justificaban las recetas médicas, ni
del porqué de las enfermedades. Sus conocimientos empíricos habían aumentado
considerablemente desde el tiempo de los egipcios, es cierto; sabía mucho más
acerca de la composición del cuerpo humano —mil novecientos años no pasan en
vano—, pero todavía escribía cosas como (Sobre la localización de las
enfermedades): «Cuando sospeches que en las venas de todo el cuerpo se
contiene sangre melancólica [la producida por aquel con humor melancólico,
bilioso o flemático], consigue un diagnóstico más fiable mediante el corte de
la vena del codo. Es mejor cortar la vena media, puesto que es común a una y
otra vena, tanto a la llamada vena humeral como a la que llega al brazo a
través de la axila. Después, si lo que brota no pareciera melancólico, detente
inmediatamente. Pero si pareciera tal, vacía cuanta consideres suficiente de
acuerdo con la constitución del cuerpo enfermo».
Edición en latín de las obras completas de Galeno: Omnia quæ extant opera,
preparada por Augustinus Gadaldinus (Venecia, 1550).
Podía,
eso sí, existir ignorancia sobre las causas últimas de las enfermedades, o
sobre cómo restituir mejor el cuerpo al estado que tenía antes de haber sufrido
algún traumatismo, pero semejantes sombras no impidieron que desde muy temprano
en la historia de las artes médicas aquellos que las practicaban fuesen
conscientes de lo especial de su disciplina, de que era ineludible imponer
límites en su ejercicio; porque el médico no sólo debe saber, sino que también
tiene una responsabilidad, unos deberes, morales y profesionales. La medicina,
más que otras ciencias, sin duda antes que ellas, debe incluir en su seno una
deontología. Y en este punto, viene a la memoria, inmediatamente, el nombre de
Hipócrates de Cos (c. 460-370 a.C.).
Poco se sabe de su vida, aunque parece seguro que su padre era médico, y que
fue éste quien le inició en la medicina. También sabemos que enseñó en Cos y
que viajó extensamente por Grecia, gozando de una fama excepcional durante su
vida, como muestran las referencias que se hacen de él en escritos de autores
como Platón o Aristóteles. Contribuyó de manera significativa al conocimiento
médico, aunque es difícil determinar cuáles de los tratados que aparecen en
el Corpus Hippocraticum, una de las primeras colecciones de textos
científicos del mundo antiguo, fueron realmente obra suya. Puede que tampoco lo
fuese el texto que, más que ningún otro, ha asentado su nombre en la memoria
histórica colectiva, en definitiva, en nuestra cultura más ancestral, el
«Juramento hipocrático», pero qué importa.
Teatro anatómico de Leiden. Muchos de estos lugares (como el que aparece en
este grabado de Willen Swanenburg [más tarde conocido como J. C. Wondanus o
Van’t Woudt] de 1616) eran utilizados también como Museos de Historia Natural
cuando no se empleaban para diseccionar.
Juramento
hipocrático:
Juro
por Apolo médico, por Asclepio, Higiea y Panacea, así como por todos los dioses
y diosas, poniéndolos por testigos, dar cumplimiento en la medida de mis
fuerzas y de acuerdo con mi criterio a este juramento y compromiso:
Tener al que me enseñó este arte en igual estima que a mis progenitores,
compartir con él mi hacienda y tomar a mi cargo sus necesidades si le hiciere
falta; considerar a sus hijos como hermanos míos y enseñarles este arte, si es
que tuvieran necesidad de aprenderlo, de forma gratuita y sin contrato; hacerme
cargo de la preceptiva, la instrucción oral y todas las demás enseñanzas de mis
hijos, de los de mi maestro y de los discípulos que hayan suscrito el
compromiso y estén sometidos por juramento a la ley médica, pero a nadie más.
Haré uso del régimen dietético para ayuda del enfermo, según mi capacidad y
recto entender: del daño y la injusticia le preservaré.
No daré a nadie, aunque me lo pida, ningún fármaco letal, ni haré semejante
sugerencia. Igualmente tampoco proporcionaré a mujer alguna un pesario
abortivo. En pureza y santidad mantendré mi vida y mi arte.
No haré uso del bisturí ni aun con los que sufren del mal de piedra: dejaré esa
práctica a los que la realizan.
A cualquier casa que entrare acudiré para asistencia del enfermo, fuera de todo
agravio intencionado o corrupción, en especial de prácticas sexuales con las
personas, ya sean hombres o mujeres, esclavos o libres.
Lo que en el tratamiento, o incluso fuera de él, viere u oyere en relación con
la vida de los hombres, aquello que jamás deba trascender, lo callaré
teniéndolo por secreto.
En consecuencia séame dado, si a este juramento fuere fiel y no lo quebrantare,
el gozar de mi vida y de mi arte, siempre celebrado entre todos los hombres.
Mas si lo trasgredo y cometo perjurio, sea de esto lo contrario.
El
desarrollo de la fisiología
Regresando a los contenidos de la medicina, tenemos que en los siguientes mil
seiscientos años después de Galeno, la medicina avanzaría bastante, en alguna
ocasión con descubrimientos tan notables como el realizado por William Harvey
de la circulación mayor de la sangre (1628), que ya mencioné en el capítulo 2,
pero las razones últimas del porqué de los fenómenos de la vida normal y de las
leyes que los rigen, de los que se ocupa la fisiología, o de la mayoría de las
enfermedades, continuaban sin ser conocidas. La experiencia, el conocimiento
empírico, primaba sobre el científico. Se trataba, además, de un conocimiento
empírico impregnado por o, si se prefiere, en el que abundaban creencias
heredadas de esa profunda sima que llamamos la Antigüedad.
Retrato de William Harvey, de autor desconocido, c. 1627 (National Portrait
Gallery, Londres).
La
fisiología, en particular, no existía como disciplina independiente; se
encontraba firmemente unida a la anatomía, lo que implicaba que las funciones
vitales no eran explicadas, si acaso localizadas. «La anatomía descriptiva
—escribió el personaje que da título a este capítulo, Claude Bernard
(1813-1878), en su última obra, Leçons sur les phénomènes de la vie
communs aux animaux et aux végétaux (Lecciones sobre los fenómenos
de la vida comunes a los animales y a los vegetales; 1878), publicada
póstumamente— es a la fisiología lo que la geografía a la historia, y al igual
que no es suficiente conocer la topografía de un país para comprender su
historia, tampoco es suficiente conocer la anatomía de los órganos para
comprender sus funciones.» Antes, en 1816, François Magendie (1783-1855), uno
de los científicos que más hizo para cambiar la situación en que se encontraba
la fisiología (fue uno de los primeros defensores radicales de la investigación
empírica y experimental para comprender el funcionamiento orgánico: un «trapero
de datos», se definía a sí mismo), señalaba en su Précis élémentaire de
physiologie (Compendio elemental de fisiología) el retraso en
que se encontraba su disciplina:
Las
ciencias naturales han tenido, igualmente que la historia, sus propios
desarrollos. La astronomía ha empezado por la astrología; la química hace poco
no era más que un conjunto pomposo de sistemas absurdos y la fisiología una
larga y fastidiosa novela; la medicina, un cúmulo de preocupaciones hijas de la
ignorancia y el temor de la muerte, etcétera…
Tal fue el estado de las ciencias naturales hasta el siglo XVII. Entonces
apareció Galileo, y los sabios pudieron aprender que para conocer la naturaleza
no se trataba de forjarla ni de creer lo que habían dicho los autores antiguos,
sino que era menester observarla y preguntarle además por medio de
experimentos.
Esta fecunda filosofía fue la de Descartes y Newton, la propia que les inspiró
constantemente en sus inmortales tareas. La misma que poseyeron todos los
hombres de ingenio que en el siglo último redujeron la química y la física a la
experiencia…
Ojalá pudiera decir que la fisiología, esta rama tan importante de nuestros
conocimientos, ha tomado el mismo vuelo y sufrido la misma transformación que
las ciencias físicas, pero, por desgracia, no es así. La fisiología, para
muchos, y aun en casos todas las obras de este dominio, aparece tal cual era en
el siglo de Galileo, un juego de imaginación; tiene sus creencias diferentes y
sus sectas opuestas; invoca la autoridad de los autores antiguos, los cita como
infalibles y pudiera llamarse un cuadro teológico caprichosamente lleno de
expresiones científicas.
Lámina de De motu cordis et sanguinis in animalibus (1639, tercera edición;
primera edición de 1628) de William Harvey.
Por
entonces, sin embargo, ya habían comenzado a fructificar algunas semillas
plantadas antes. Una de esas semillas, la más importante para la cuestión que
nos ocupa, fue la teoría de la respiración de Lavoisier y Laplace. Según esta
teoría, la respiración es una forma de combustión en la que carbono
(procedente, por ejemplo, de los alimentos) y oxígeno se oxidan (o, en otras
palabras, el oxígeno quema al carbono) convirtiéndose en dióxido de carbono y
agua, desprendiendo calor, el mismo calor que, argumentaban, se produce en
animales de sangre caliente. La respiración, en definitiva, pasaba a ser
considerada una forma lenta de oxidación, en la que el oxígeno del aire
desempeña el papel principal, y no otros gases que se encuentran también en el
aire, como el nitrógeno, que se exhalan, inalterados, durante la respiración.
En principio, Lavoisier y Laplace demostraron la equivalencia de ambos procesos
—respiración y oxidación— a través de medidas calorimétricas, al igual que
recogiendo y analizando los gases que intervienen en la respiración, y también,
en 1783, utilizando un conejillo de Indias; de ahí la expresión «hacer de
conejillo de Indias». En la práctica, no obstante, la cuestión dejó abiertos
importantes problemas que ocuparon durante el siguiente medio siglo a algunos
científicos, especialmente químicos parisinos (como Claude Louis Berthollet,
Pierre Dulong [1785-1838] o César-Mansuète Despretz [1789-1863]), quienes
recurrieron en sus experimentos a versiones mejoradas de los instrumentos
utilizados por Lavoisier, instrumentos como calorímetros, cámaras neumáticas y
gasómetros.
No fueron, sin embargo, sólo franceses los que se interesaron por la teoría de
combustión lavoisieriana. En Alemania, Johannes Müller (1801-1858), el maestro
de una generación de científicos que cambiarían la situación de la fisiología
(entre sus discípulos se cuentan figuras como Theodor Schwann [1810-1882], Emil
du Bois-Reymond [1818-1896], Ernst Brücke [1819-1892], Carl Ludwig [1816-1895],
Rudolf Virchow [1821-1902], Jakob Henle [1809-1885] y Hermann von Helmholtz
[1821-1894]), valoraba la contribución de esa química a la fisiología, pero
también veía problemas. Reconocía (véase, por ejemplo, su Handbuch der
Physiologie des Menschen [Manual de fisiología humana], tercera
edición, vol. I, 1838) que investigaciones recientes de Dulong y Despretz
habían demostrado que alrededor de la séptima parte del calor producido en la
respiración se podía explicar en base a la formación del dióxido de carbono,
pero no aceptaba que se hubiese demostrado que la fuente del resto del calor se
debiese a que la parte de oxígeno inhalado que no se convertía en dióxido de
carbono se combinase con hidrógeno para formar agua. Era mucho más probable que
el vapor de agua que se detectaba en el aire exhalado procediese simplemente de
la evaporación producida en las superficies húmedas de los pulmones, que de la
oxidación del hidrógeno.
Grabado reproduciendo un experimento sobre la respiración de plantas y
animales, incluido en Leçons sur les phénomènes de la vie communs aux animaux
et aux végétaux de Claude Bernard (1878).
En
realidad, los problemas de Müller eran de índole diversa, y es precisamente por
este motivo por lo que su caso es particularmente interesante. Por un lado, se
daba cuenta del valor que tenían ciencias naturales como la química para
comprender los procesos de los que se ocupaba la fisiología, pero por otro,
como fisiólogo, para él desempeñaba un papel central la constatación de que las
variaciones en la producción de calor animal se debían a un conglomerado de
motivos repartidos por las diferentes partes del cuerpo. Al contrario que en
los objetos cuyo estudio habían hecho avanzar a la química o a la física hasta
los niveles en que se encontraban entonces, en los que protagonizaban la
fisiología la localización precisa era muy complicada, un hecho este que
cualquier libro de texto no deja de apuntar; como, por poner un ejemplo, el que
escribió a comienzos del siglo XIX José Gómez Ocaña (1860-1926), uno de los
pioneros españoles en esa rama de la medicina, Fisiología humana,
teórica y experimental, en el que podemos leer frases como las siguientes
(tercera edición, 1904): «En Física y en Química, la experimentación es muy
difícil; pero satisface los fines de estas ciencias, porque las condiciones son
exteriores, determinables y fácilmente previstas; y, además, poco importa a las
investigaciones físico-químicas el desconocimiento de la total unidad del
Universo, pues con la determinación de las leyes que rigen a los fenómenos
particulares les basta. En cambio, los seres vivos son unidades funcionales, y
ni el fisiólogo ni el médico pueden perder de vista al total individuo en sus
investigaciones, porque éstas tienen por fin inmediato y urgente la evitación,
alivio y cura de las enfermedades. Añádase a este supremo interés la
complicación que induce en los fenómenos organizados su solidaridad, armonía y
reciprocidad, y se comprenderán las inmensas dificultades que se impone el
médico experimentador y el limitado fruto que puede esperar de la
experimentación».
Volviendo a Müller, nos encontramos con que a pesar de reconocer el valor que
para la fisiología tenía la química, todavía se movía en un profundo conflicto
interno, no pudiendo evitar tomar en consideración la posible existencia de
otras fuerzas no reducibles a las físico-químicas. Tal conflicto se observa con
bastante claridad en las primeras secciones de su tratado de fisiología, en
donde podemos leer (utilizo ahora un resumen de dicho tratado vertido al
castellano por Francisco Álvarez y Nicolás Casas: Compendio de
Fisiología de J. Müller; 1847): «En realidad se encuentran las mismas
inverosimilitudes al refutar la generación espontánea como al quererla admitir,
pues los experimentos directos son muy difíciles en el estado actual de la
ciencia».
No nos debe extrañar la ambivalencia en la que se movía. Los primeros momentos
de una nueva era —y el siglo XIX fue para las ciencias biomédicas una nueva
era— son terrenos propicios para la indecisión, para «nadar entre dos aguas»,
para combinar, en una dudosa mezcla, algo de lo que terminará siendo el «viejo»
—pero que todavía no es— mundo, con el «nuevo». En el caso de Müller, el viejo
mundo que se resistía a abandonar era el de la existencia de otras fuerzas no
reducibles a las físico-químicas; esto es, el mundo del vitalismo.
Johannes Müller.
Del
vitalismo al principio de conservación de la energía
«Todavía a comienzos de este siglo [el XIX] —recordaba en su autobiografía
(“Erinne run gen. Tischrede gehalten bei der Feier des 70. Geburtstages” [“Un
esbozo autobiográfico. Discurso pronunciado (el 2 de noviembre de 1891 en
Berlín) con ocasión del banquete celebrado para conmemorar su setenta
cumpleaños”]) el gran fisiólogo, físico y matemático Hermann von Helmholtz, uno
de los gigantes de la ciencia del siglo XIX y, en general, de todos los tiempos—
los fisiólogos creían que era el principio vital el que producía los procesos
de la vida y que se rebajaba la dignidad y naturaleza de ésta si alguien
expresaba la creencia de que la sangre era conducida a través de las arterias
por la acción mecánica del corazón, o que la respiración tenía lugar siguiendo
las leyes habituales de la difusión de los gases. Por el contrario, la
generación actual trabaja duramente para encontrar las causas reales de los
procesos que tienen lugar en un cuerpo vivo. No suponen que exista ninguna
diferencia entre las acciones químicas y las mecánicas en el cuerpo vivo y
fuera de él.»
Esa generación —generaciones, realmente— a la que se refería Helmholtz trabajó
duramente, cierto es, y lo hizo utilizando con profusión escenarios que no
siempre coincidían con los que sus predecesores habían preferido. Y es que el
vitalismo fue finalmente abandonado cuando la investigación experimental de
laboratorio pasó a ser una fuente primordial de la medicina.
Theodor Schwann.
Así,
gracias a la química resultante de la revolución que había encabezado
Lavoisier, se pudo acometer el análisis de la composición tanto de sustancias
inorgánicas como de origen biológico, comprobándose que las primeras contenían
elementos que aparecían también en las segundas, por lo que llegó a aceptarse
de modo casi general que no existía diferencia entre ambas desde el punto de
vista químico. Un hito en este sentido fue la obtención de la urea, en 1828, a
partir del cianato amónico, una sustancia inorgánica, por el alemán Friedrich
Wöhler (1800-1882), que había estudiado medicina en las Universidades de
Marburgo y Heidelberg y química en Estocolmo, donde fue ayudante del gran Jöns
Jacob Berzelius (1779-1848), uno de los padres de la química moderna.
En conjunto, por el complejo universo de la fisiología de la primera mitad del
siglo XIX circularon todo tipo de ideas, técnicas y problemas. Junto a las
teorías encaminadas a explicar los fenómenos químicos de la respiración, a las
que ya me he referido, es obligado mencionar las investigaciones sobre
fenómenos como la putrefacción y la fermentación, que para unos (Justus von
Liebig) eran simplemente descomposiciones químicas, que ocurrían
espontáneamente o con ayuda del oxígeno atmosférico, mientras que para otros
(como Helmholtz) estaban ligadas a la presencia de microorganismos que se
producen solamente por reproducción (hasta los resultados de Louis Pasteur, la
teoría de la descomposición de Liebig mantendría su influencia).
Hermann von Helmholtz.
Aquellos
que combatían los principios vitalistas buscaban dar a la medicina una base
científica, demostrando, entre otras cosas, que las enfermedades no eran nada
más que desviaciones de los procesos fisiológicos normales producidos por algún
agente. Convencidos de que tales procesos obedecían a leyes deterministas de la
naturaleza, argumentaban que la medicina, la verdadera medicina, esto es,
la medicina científica, debería encaminarse a determinar cómo se
comportaban los cuerpos, sujetos a tales leyes, bajo condiciones alteradas.
Así, en sus declaraciones programáticas, estos científicos (médicos, con
frecuencia, pero no sólo médicos) hacían hincapié en la utilización de
experimentos fisiológicos, anatomía patológica, microscopía, química, física y,
por supuesto, observaciones clínicas, como las herramientas básicas para
analizar las funciones corporales y la aparición de enfermedades. Y para ello
necesitaban instrumentos refinados. Es ilustrativo el caso de Emil du
Bois-Reymond, quien se distinguió por sus trabajos en electrofisiología, una
disciplina cuyos orígenes se pueden asociar con la publicación de las
investigaciones de Luigi Galvani [1737-1798], en 1791, con ranas decapitadas y
el subsiguiente debate que mantuvo con Alessandro Volta (1747-1827) sobre la
naturaleza de la «electricidad animal» (Volta mostró que no existía). A lo
largo de su carrera, du Bois-Reymond concentró sus investigaciones en el
desarrollo de dos tipos de instrumentos: electrodos para la conducción de
corrientes bioeléctricas débiles sin distorsión, y aparatos para detectar y
amplificar estas corrientes. Esta línea de investigación, en la que medicina,
fisiología, química y física se fecundaban y enriquecían mutuamente, terminó
conduciendo a la enunciación de uno de los instrumentos más fecundos para la
física de los siglos XIX y XX, el principio de conservación de la energía,
formulado en su forma más general por Helmholtz en 1847.
El ejemplo de Hermann von Helmholtz es especialmente significativo. Nacido en
Postdam en 1838, Helmholtz se trasladó a Berlín para iniciar sus estudios
médicos en el Instituto Real Federico Guillermo Médico-Quirúrgico, una escuela
de medicina destinada a formar médicos militares. El que eligiese esta escuela
se debía a que su familia no poseía medios suficientes y en el
Friedrich-Wilhelm Institut los estudiantes no tenían que pagar (de hecho
recibían un estipendio), a cambio de comprometerse a dedicar los ocho años
siguientes a su graduación al servicio del ejército prusiano.
En 1841, decidió intentar escribir una tesis doctoral, bajo la dirección de
Müller. El tema que seleccionó fue el de la estructura del sistema nervioso en
los invertebrados, descubriendo que las fibras nerviosas surgen de unas células
que habían sido identificadas en 1833 por el fisiólogo alemán Christian
Gottfried von Ehrenberg (1795-1876), y que éste difundió especialmente en su
tesis doctoral: De fabrica systematis nerviosi evertebratorum (La
estructura del sistema nervioso en los invertebrados), defendida el 2 de
noviembre de 1842.
Una vez finalizados sus estudios, en octubre de 1843, Helmholtz fue nombrado
oficial médico y destinado al hospital militar de Potsdam. Allí permaneció
cinco años. Como sus obligaciones médicas no eran excesivas pudo
compatibilizarlas con la investigación, estableciendo un pequeño laboratorio en
un barracón, en el que se dedicó a estudiar la producción de calor durante la
contracción muscular, dándose cuenta de que la explicación del calor animal en
función de transformaciones químicas en los músculos encajaba perfectamente con
los propósitos de una física que no fuese ajena a los fenómenos orgánicos.
Demostró entonces que el calor no era transportado a los músculos a través de
los nervios o de la sangre, sino que era producido por los propios tejidos. Cuantificando
estos hechos fisiológicos, dedujo el equivalente mecánico del calor que
incorporó a su gran memoria de 1847, Über die Erhaltung der Kraft (Sobre
la conservación de la fuerza [energía para nosotros]), un
trabajo que le ayudó, de la mano del influyente geógrafo y naturalista
Alexander von Humboldt (1769-1859), a obtener permiso para abandonar —en 1848—
el ejército y aceptar la oferta de enseñar anatomía en la Academia de Bellas
Artes de Berlín.
La historia del principio de conservación de la energía está, como vemos,
asociada a diversas disciplinas, casi se podría decir de él que constituye un
paradigma del mestizaje, de lo que podríamos denominar metafóricamente «ciencia
impura», o «multidisciplinar». No es sorprendente, en consecuencia, que a él llegasen,
por caminos diferentes, personajes diversos. Si existen casos de
descubrimientos simultáneos este es uno de ellos. Entre 1842 y 1847, cuatro
científicos, Julius Robert Mayer (1814-1878), James Prescott Joule (1818-1889),
Ludvig Colding (1815-1888) y el propio Helmholtz, hicieron pública, de manera
independiente, la hipótesis de la conservación de la energía.
Helmholtz
y la génesis del principio de conservación de la energía (de su
«Autobiografía»):
En
aquella época la mayoría de los fisiólogos habían adoptado la solución de G. E.
Stahl; es decir, que a pesar de ser las fuerzas físicas y químicas de los
órganos y sustancias del cuerpo vivo las que actúan sobre él, existe también
dentro de él un alma, o fuerza vital, que controla las actividades de estas
fuerzas. Después de la muerte la libre acción de estas fuerzas físicas y
químicas produce la descomposición, pero durante la vida su acción está
constantemente regulada por el alma vital. Yo tenía la sensación de que en esta
explicación existía algo contrario a la naturaleza; me costó mucho esfuerzo,
sin embargo, expresar mis dudas en forma de una pregunta definida. Finalmente,
durante el último año de mi carrera como estudiante me di cuenta de que la teoría
de Stahl trataba a todo cuerpo viviente como si fuera un perpetuum mobile.
Yo estaba bastante bien informado de las controversias relativas al tema del
movimiento perpetuo, y había oído discutirlo a mi padre y a nuestros maestros
de matemáticas durante mis días escolares. Además, mientras fui un estudiante
en el Instituto Friedrich Wilhelm ayudé en la biblioteca, y en mis ratos libres
examiné los trabajos de Daniel Bernoulli, D’Alembert y otros matemáticos del
pasado siglo. De esta manera llegué a las preguntas: ¿Qué relaciones deben
existir entre las diversas fuerzas naturales para que sea posible el movimiento
perpetuo?, y ¿existen de hecho tales relaciones? En mi memoria «La conservación
de la fuerza» mi intención era simplemente suministrar un examen crítico de
estas cuestiones y presentar los hechos para beneficio de los fisiólogos.
Por
otra parte, el que fuese un médico (Helmholtz) quien, realizando
investigaciones fisiológicas y beneficiándose de los conocimientos acumulados
en la física, formulase en toda su generalidad el principio de conservación de
la energía, tiene lecturas evidentes y muy instructivas. Como he indicado, este
principio fue uno de los instrumentos más fecundos para la física decimonónica,
una rama de la ciencia que en aquella centuria experimentó un desarrolló que
nos hace recordar, cuando lo contemplamos retrospectivamente, los producidos en
tiempos de Newton. Y no sólo de entonces, ya que continúa siendo hasta la fecha
uno de los pilares de la física. Pues bien, ese pilar recibió su forma
definitiva dentro de una disciplina que no era la física, un detalle que nos
muestra que no es posible entender la historia de la física del siglo XIX sin
tomar en cuenta al mismo tiempo la de la medicina y la fisiología. Precisamente
debido a este hecho, podemos comprender la carrera académica de Helmholtz a
partir de 1847.
Lo último que había dicho acerca de su carrera es que en 1848 pudo, con la
ayuda de Humboldt, abandonar el ejército y aceptar la oferta de enseñar
anatomía en la Academia de Bellas Artes de Berlín. Allí estuvo únicamente un
año, pasando a continuación a Königsberg como profesor asociado (catedrático
desde 1851) de Fisiología, donde permaneció cinco años, durante los cuales
continuó sus investigaciones en fisiología (midiendo, por ejemplo, la velocidad
de los impulsos nerviosos), entrando, asimismo, en la óptica y acústica
fisiológica, áreas en las que siguió interesándose los veinte años siguientes.
Preparando una de sus clases, se dio cuenta de que las sencillas leyes de la
óptica geométrica le permitían construir un instrumento de gran importancia
potencial para la comunidad médica: el oftalmoscopio.
Grabado mostrando diferentes experimentos de Luigi Galvani (Viribus
Electricitatis in Motu Musculari Commentarius [Comentarios relativos a los
efectos de la electricidad sobre el movimiento muscular], 1791) acerca de los
efectos de la electricidad en ranas y pollos.
Lo
que en realidad Helmholtz quería describir era el fenómeno, observado por
William Cummings, un médico inglés, y por Ernst Brücke, mediante el cual el ojo
humano brilla en una habitación oscura cuando se dirige luz hacia él y un
observador permanece próximo a la fuente luminosa. Ni Cummings ni Brücke habían
podido ver la estructura interna del ojo; siempre que se acercaban a él lo
suficiente para escudriñar dentro, el destello procedente de la fuente luminosa
se difundía sobre toda la pupila. Mientras preparaba su clase, Helmholtz se
preguntó cómo producían una imagen los rayos de luz reflejados; se vio
conducido de esta manera a estudiar las trayectorias de los rayos, descubriendo
que éstos seguían caminos idénticos tanto al entrar como al salir del ojo, lo
que le permitió explicar la incapacidad de Brücke de ver la estructura interna.
Para observarla habría tenido que situarse directamente en la trayectoria de
los rayos, bloqueando así la fuente luminosa.
Una vez interesado en el problema, tardó únicamente ocho días en resolverlo y
en inventar un instrumento que le permitía ver la retina de un ojo vivo.
En diciembre de 1850, Helmholtz escribió a su padre expresando su sorpresa
porque nadie antes que él hubiese dado con la idea del oftalmoscopio, que
—añadía— solamente necesitaba de sencillas leyes de óptica geométrica. Sin
embargo, subestimaba el conocimiento matemático que se necesitaba para
comprender la óptica geométrica en la que se basaba el oftalmoscopio, así como
el valor de su formación pluridisciplinar, algo que queda patente en lo que
escribió en su autobiografía:
Conocía
bien, de mis estudios médicos, las dificultades que tenían los oftalmólogos con
los problemas entonces agrupados bajo el nombre de amaurosis, e inmediatamente
me puse a construir el instrumento utilizando lentes de gafas y láminas de
vidrio de las empleadas como portamuestras en los trabajos con microscopio. Al
principio era difícil de usar, y si no hubiese tenido la firme convicción
teórica de que tenía que funcionar, no habría perseverado. Al cabo de una
semana, sin embargo, tuve el gran placer de ser el primer hombre en contemplar
claramente una retina humana en un ser vivo.
La construcción del oftalmoscopio tuvo un efecto decisivo en mi posición a los
ojos del mundo. Desde aquel momento conté con el reconocimiento inmediato de
las autoridades y de mis colegas, así como con la disposición por satisfacer
mis deseos. Fui de esta manera capaz de seguir mucho más libremente los
impulsos de mis ansias de conocimiento. Debo decir, no obstante, que yo
atribuyo mi éxito en gran medida al hecho de que, poseyendo algún entendimiento
geométrico y equipado con un conocimiento de física, tuve la buena fortuna de
ser lanzado a la medicina, en donde encontré en la fisiología un territorio
virgen de gran fertilidad. Además, mi conocimiento de los procesos vitales me
llevó a preguntas y puntos de vista que habitualmente son extraños a los
matemáticos puros y a los físicos. Hasta entonces solamente había podido
comparar mi habilidad matemática con la de mis compañeros de estudios y colegas
médicos; el que en general yo fuese superior a ellos en este aspecto quizá no
quería decir mucho. Además, las matemáticas fueron consideradas siempre en la
escuela como un tema de importancia secundaria.
El
éxito le llegó, efectivamente. En 1855, aceptó una cátedra de Anatomía y
Fisiología en la Universidad de Bonn, y en 1858 una de Fisiología en
Heidelberg. En 1871 se reconocían públicamente las contribuciones que había
realizado a la física, con una cátedra de Física en la Universidad de Berlín.
Finalmente, en 1888 fue nombrado presidente del recién creado
Physikalisch-Technische Reichsanstal (Instituto Imperial de Física Técnica), el
primer Laboratorio Nacional creado en la historia, destinado a ocuparse de
problemas relacionados con la investigación física que pudiesen favorecer el
desarrollo industrial.
El caso de Helmholtz y, en general, el de la relación entre fisiología,
medicina, química y física a lo largo del siglo XIX, muestra que aunque nos
empeñemos en introducir divisiones, existe una unidad intrínseca en la
historia, sin la cual difícilmente podremos comprender sus aspectos más
interesantes. Así, el que durante el siglo XIX se produjese un avance
espectacular en los saberes médicos se debe a que fue entonces cuando las
ciencias físico-químicas pusieron a su disposición los instrumentos
imprescindibles. «Pusieron a su disposición», o, mejor, «fueron creando
simultáneamente», al menos en ocasiones. Esta última expresión es,
efectivamente, más adecuada porque resalta la interdependencia entre saberes
médicos y físico-químicos; los unos estimulaban a los otros, y viceversa. Tal
fue la esencia y explicación de la razón de ser y existencia de la medicina
científica, una medicina que encontró en Claude Bernard a su más conspicuo
paladín.
Claude Bernard
En la actualidad, el nombre de Claude Bernard no representa mucho, o nada en
absoluto, para la mayor parte de las personas, incluso las que han recibido una
educación superior. No despierta en sus oídos ninguna sensación. Pero de él se
podría decir lo mismo que Albert Einstein expresó en 1953 con relación a
Hendrik Antoon Lorentz (1853-1928), al conmemorar el centenario del nacimiento
de quien había sido su amigo y maestro reverenciado: «Hacia finales de siglo
—manifestó entonces el creador de las teorías de la relatividad— los físicos
teóricos de todos los países consideraban a H. A. Lorentz como el más destacado
de todos ellos, y con toda razón. Los físicos de nuestra época no tienen, en
general, plena conciencia del papel decisivo que jugó H. A. Lorentz en la
estructuración de las ideas fundamentales de la física teórica. La razón de
este extraño hecho es que las ideas básicas de Lorentz han llegado a ser tan
familiares que resulta difícil advertir lo audaces que fueron y hasta qué punto
han simplificado los fundamentos de la física».
Claude Bernard.
Claude
Bernard fue, en efecto, uno de los fisiólogos más notables del siglo XIX.
Especialmente dotado para la vivisección, se apoyó en ella en muchos de sus
numerosos y variados descubrimientos, entre los que se cuentan la detección de
la presencia en el proceso digestivo de una enzima del jugo gástrico, el
descubrimiento del control nervioso de la secreción gástrica y su localización,
o el papel de la bilis y del jugo pancreático en la digestión de las grasas. En
la semblanza que en 1866 le dedicó Pasteur, este benefactor de la humanidad, al
que volveré más adelante, escribió:
De
todos los trabajos de Claude Bernard, uno de los más notables y dignos de ser
estudiado consiste… en la admirable serie de investigaciones a las cuales ha
sometido al hígado, el más voluminoso de todos los órganos glandulares, uno de
los más constantes en la serie animal y el menos conocido en sus verdaderas
funciones. Por su volumen, por la complejidad de su estructura, por la
singularidad de sus relaciones con el aparato circulatorio, era difícil
comprender que el hígado no tuviera otra función que la de segregar la bilis.
Sin embargo, era la única que se le atribuía hasta las magníficas experiencias
de Claude Bernard. Hoy sabemos que tiene por lo menos otra, la cual había
quedado completamente ignorada por zoólogos y médicos, y que consiste en la producción
de materia azucarada que las venas hepáticas vierten constantemente en el
sistema circulatorio.
Mediante tentativas que sólo podía inspirar un método de investigación de los
más fecundos, Claude Bernard ha puesto a plena luz el estrecho enlace existente
entre la secreción del azúcar en el hígado y la influencia del sistema
nervioso. Ha demostrado con rara sagacidad que, actuando sobre tal o cual parte
determinada de este sistema, se podía suprimir o exagerar a voluntad la
producción del azúcar. Ha hecho más aún: ha descubierto en el hígado la
existencia de una materia completamente nueva, la cual es la fuente natural de
este organismo para fabricar el azúcar que produce.
Bernard
nació en 1813, en Saint-Julien, cerca de Villefranche, Beaujolais. En 1834
llegó a París, el centro neurálgico de la vida cultural y científica francesa,
pero no con la intención de convertirse en científico, sino en escritor.
Llevaba consigo un drama, Arthur de Bretagne. No tuvo, sin embargo,
éxito y emprendió la carrera de medicina. En 1839, decidió optar a una de las
plazas de interno que se ofrecían a los estudiantes; si se era admitido, tras
superar un examen, había que servir en tal puesto durante cuatro años, sin
poder graduarse como médico hasta que hubiesen transcurrido éstos. Bernard pasó
el examen, aunque en un lugar que no presagiaba sus éxitos futuros: ocupó el
número 26 de los 29 candidatos aceptados. El primer año sirvió en dos hospitales:
en la Charité y en el Hôtel-Dieu con dos cirujanos, de cuyo nombre no es
preciso acordarse. Pero el segundo año llegó su gran oportunidad: François
Magendie en el Hôtel-Dieu. Magendie, del que ya he hablado, y al que califiqué
como uno de los fisiólogos más destacados de las primeras décadas del siglo
XIX, reconoció las habilidades con las que Bernard preparaba muestras
anatómicas después de las autopsias y le tomó como préparateur en
su cátedra del Collège de France. Con Magendie aprendería todo lo que
necesitaba para proseguir en su momento su propio camino como investigador.
Pero no es este el momento ni el lugar de detallar cuál fue ese camino, más
allá de lo que ya he señalado con relación a algunas de sus aportaciones a la
fisiología, y de algunos detalles más. Detalles como el que obtuvo, tras algún
fracaso, su primera cátedra en 1854 —el mismo año en que fue admitido en la
Académie des Sciences— en la Facultad de Ciencias de París, pasando a ocupar un
año después la que dejó libre Magendie en el Collège de France. En esta
institución el maestro que había en él floreció, al menos en lo que se refiere
a algunos de los cursos que allí ofreció y que casi inmediatamente publicó.
Cursos como: Leçons de physiologie expérimentale (1856), Leçons
sur les effets des substances toxiques et médicamenteuses (1857), Leçons
sur la physiologie et la pathologie du système nerveux (1858) o Leçons
sur les propriétés physiologiques et les altérations pathologiques des liquides
de l’organisme (1859).
En 1865, a causa de un proceso gastroenterítico que le obligó a guardar reposo,
tuvo que abandonar París, trasladándose a la casa de Saint-Julien en la que
había nacido. Allí compuso la obra que, a la postre, más fama le dio y que,
claramente, me ha inspirado al seleccionar el título del presente
capítulo: Introduction à l’étude de la médicine expérimentale (Introducción
al estudio de la medicina experimental), publicada en 1865. Consciente de
la necesidad de sistematizar los procedimientos experimentales que, con una
base físico-química, se empleaban con creciente intensidad en la medicina,
hasta hacía poco mediatizada por la creencia en la existencia de una fuerza
vital, Bernard deseaba escribir una obra ambiciosa y extensa que abarcase los
principios de la medicina experimental. La Introducción al estudio de
la medicina experimental era, simplemente, algo así como el «Prefacio»
de aquella obra, de unos Principes de médecine expérimentaleque
permanecieron inacabados y que serían publicados, incompletos, póstumamente en
1947.
«La lección de Claude Bernard», cuadro pintado por Léon Augustin L’hermitte
en 1889 (Palais de la Découverte, París).
Un
«Prefacio» únicamente, pero un prefacio que se convirtió en un clásico de la
ciencia, que todavía hoy puede ser —yo me atrevo a decir que debería
ser— leído con provecho. De él dijo el filósofo Henri Bergson (1859-1941):
«Es para nosotros algo así como lo que fue para los siglos XVII y XVIII
el Discurso del método», mientras que Pasteur lo calificó de
«monumento en honor del método que ha constituido las ciencias físicas y
químicas desde Galileo y Newton, y que Claude Bernard se esfuerza por
introducir en la fisiología y en la patología. No se ha escrito nada más
luminoso, más completo, más profundo sobre los verdaderos principios del
difícil arte de la experimentación… La influencia que ejercerá sobre las
ciencias médicas, sobre su enseñanza, su progreso, incluso sobre su lenguaje,
será inmensa».
Resumir el contenido de la Introducción sería una tarea
demasiado extensa. Me limitaré a unos breves comentarios, referentes al método
que propugnaba y no a los ejemplos concretos a los que recurría para ilustrarlo,
aun a sabiendas que de esta manera se pierde mucho de la enorme riqueza de esta
obra. Tenemos, en primer lugar que la visión que Bernard propugnaba era
respetuosa con la estructura tradicional de los saberes médicos, aunque él le
diese nueva vida: «Para abrazar el problema médico por completo —escribía—, la
medicina experimental debe abrazar tres partes fundamentales: la fisiología, la
patología y la terapéutica. El conocimiento de las causas de los fenómenos de
la vida en el estado normal, la fisiología, nos enseñará a sostener
las condiciones normales de la vida; es decir, a conservar la salud.
El conocimiento de las enfermedades y de las causas que las determinan,
la patología, nos conducirá por una parte a precaver el desarrollo
de estas condiciones morbosas, y por otra a combatir los efectos por medio de
los agentes medicamentosos; es decir, a curar las enfermedades».
Durante mucho tiempo —«el período empírico de la medicina» lo denominaba—, «que
sin duda durará aún largo tiempo», añadía, fisiología, patología y terapéutica
habían podido marchar por separado, pero, continuaba, «en la concepción de la
medicina científica esto no puede tener lugar: su base debe ser la fisiología.
No estableciéndose la ciencia sino por vía de comparación, no podía obtenerse
el conocimiento del estado patológico o anormal sin el conocimiento del estado
normal, así como la acción terapéutica sobre el organismo de los agentes
anormales o medicamentosos no podría comprenderse sin el estudio previo de la
acción fisiológica de los agentes normales que mantienen los fenómenos de la
vida».
Pero esos fenómenos propios de la vida no se distinguían de los inanimados. Y
así, en el capítulo primero de la «Segunda parte» («De la experimentación en
los seres vivos») declaraba:
Me
propongo… establecer que la ciencia de los fenómenos de la vida no puede tener
otras bases que la ciencia de los fenómenos de los cuerpos brutos, y que no hay
bajo este concepto ninguna diferencia entre los principios de las ciencias
biológicas y los de las ciencias físico-químicas. En efecto … el objeto que se
propone el método experimental es el mismo en todas ellas: consiste en
relacionar mediante el experimento los fenómenos naturales a sus condiciones de
existencia o a sus causas próximas. Siendo conocidas estas condiciones en
biología, el fisiólogo podrá dirigir la manifestación de los fenómenos de la
vida como el físico y el químico dirigen los fenómenos naturales cuyas leyes
han descubierto…
Existe únicamente un determinismo absoluto en todas las ciencias, puesto que
cada fenómeno está encadenado de una manera necesaria a las condiciones
físico-químicas, puede el científico modificarlas para controlar el fenómeno.
No hay objeción alguna respecto a los cuerpos brutos. Quiero probar que esto
ocurre también en los cuerpos vivos y que para ellos existe igualmente
determinismo.
Habida
cuenta de estas ideas, es natural que en otro lugar Bernard escribiera: «Yo
considero el hospital sólo como el vestíbulo de la medicina científica, como el
primer campo de observación en que debe entrar el médico; pero el verdadero
santuario de la medicina científica es el laboratorio».
Como también es natural —al fin y al cabo, a veces la sociedad es justa— que
recibiese numerosos honores durante su vida, incluyendo la Legión de Honor.
Cuando murió, el 11 de febrero de 1878, la Cámara de Diputados votó que se le
ofreciese un funeral de Estado, el primer científico a quien Francia concedió
semejante honor.
Otros mundos en la medicina del siglo XIX: la teoría celular
Hasta ahora me he centrado en la fisiología como exponente más caracterizado de
la medicina científica del siglo XIX. Constituiría, no obstante, una grave
limitación olvidarse de otros apartados médicos que también se abrieron con
especial provecho a análisis netamente científicos. Y es que el Ochocientos fue
una era dorada de la medicina, una auténtica Edad de Oro. Nunca hasta entonces
se había avanzado en el conocimiento de los procesos a cuyo estudio y
tratamiento se dedica esa ciencia/arte de manera ya no digo comparable, sino
siquiera próxima a como se hizo en aquel siglo. Más aún, un cambio cualitativo
similar, en cuanto a novedad y ruptura con la situación anterior, no volvería a
tener lugar en la medicina hasta hace muy poco, hasta el desarrollo de la
biología molecular que se inició en la segunda mitad del siglo XX y, muy especialmente,
como señalaré en el último capítulo, hasta después de la introducción de las
técnicas de ADN recombinante en los alrededores de 1970. Lo que no quiere
decir, por supuesto, que la medicina no cambiase hasta entonces. Cambió, y
mucho, con la constante introducción de mejores instrumentos y técnicas
experimentales, procedentes de la física y de la química.
Entre los «otros mundos» científicos de la medicina del siglo XIX quiero
referirme en primer lugar a aquellos relativos al conocimiento de la estructura
microscópica de los seres vivos. Comenzando por el desarrollo de la teoría
celular, un desarrollo que fue para las ciencias de la vida lo que la teoría
atómica fue para la física y la química (es curioso constatar que también fue
en el siglo XIX, en su libro de 1808-1827, A New System of Chemical
Philosophy [Un nuevo sistema de filosofía química], cuando John
Dalton [1766-1844] propuso que todos los cuerpos están constituidos por unas
partículas de dimensiones muy reducidas, llamadas átomos, de diferentes pesos,
que determinaban su identidad —idea de la que dedujo resultados tan importantes
para la química como la ley de las proporciones múltiples—, con lo que inauguró
la era del atomismo moderno).
La misma expresión, «estructura microscópica», que acabo de utilizar muestra
bien a las claras que los avances realizados dependieron del microscopio.
Naturalmente, se puede pensar —recordando, por ejemplo, la Micrographia(1665)
de Robert Hooke, o la Arcana naturae (1695), que contenía una
serie de cartas que el célebre microscopista holandés Anton Van Leeuwenhoek
(1632-1723) dirigió a la Royal Society y a algunos de sus miembros, en las que
explicaba e ilustraba sus observaciones microscópicas de muestras biológicas,
zoológicas al igual que de otro tipo— que el microscopio no era precisamente un
instrumento nuevo. Sí lo eran, sin embargo, los microscopios provistos de
lentes acromáticas, con los que fue posible contemplar un mundo nuevo.
John Dalton, retrato pintado en 1814.
Lámina de la Micrographia (1665) de Robert Hooke, con el dibujo de una
pulga.
Lámina de la Micrographia (1665) de Robert Hooke.
Dibujo de Anton Van Leeuwenhoek sobre «animáculos» (bacterias) de la boca.
Anton Van Leeuwenhoek según un grabado de Abraham de Blois (después Jan
Verkolje), incluido en su libro Anatomia et contemplatio nonullorum naturae
invisibilium secretorum comprehensorum epistolis (Leiden, 1685).
Los
pioneros en la exploración de ese mundo fueron sobre todo discípulos de
Johannes Müller. El primero que hay que mencionar en este sentido es Theodor
Schwann, que en una monografía significativamente titulada Mikroskopische
untersuchungen über die übereinstimmung in der struktur und dem wachsthum der
thiere und pflanzen (Investigaciones microscópicas sobre la
coincidencia de los animales y las plantas en la estructura y el crecimiento),
de 1839, y apoyándose en trabajos anteriores de botánicos, zoólogos y médicos,
sostenía que la célula es la unidad elemental de la estructura y de la
formación de todos los seres vivos. Sin embargo, las ideas de Schwann sobre la
célula adolecían de graves limitaciones (comparaba, por ejemplo, la formación
de las células —la citogenésis— con una especie de cristalización en torno al
núcleo). La gran figura en este dominio fue, indudablemente, el patólogo
Rudolph Virchow, también, como ya vimos, discípulo de Müller. Aunque sólo fuese
por otros de sus descubrimientos (la leucemia, la mielina, sus estudios
experimentales sobre la trombosis, flebitis o triquinosis, entre otros muchos),
ya merecería ser recordado —en su tiempo fue considerado algo así como un
«Papa» de la medicina—, pero lo que a mí me concierne en la presente ocasión es
recordar algunas de sus ideas sobre la célula (corrigió, aunque no me detendré
en este punto, las equivocaciones de Schwann sobre la citogénesis celular).
Para ello voy a citar de su gran obra, Die Cellularpathologie (Patología
celular) de 1858. Nadie antes de Virchow había defendido con tanta fuerza,
y apoyándose en todo tipo de hechos, el papel central de la unidad celular en
la vida. «Al igual que un árbol constituye una masa dispuesta de una manera
definida —escribió en su libro—, en la que, en todas sus distintas partes, en
las hojas al igual que en las raíces, en el tronco al igual que en los brotes,
se descubre que las células son los elementos últimos, así ocurre con todas las
formas de vida animal. Todo animal se presenta como una suma de unidades
vitales, cada una de ellas manifestando todas las características de la
vida. Las características y unidad de la vida no se pueden limitar a ningún
lugar particular de un organismo altamente organizado (por ejemplo, el cerebro
del hombre), sino que se encuentran solamente en la definida, constantemente
recurrente, estructura que todo elemento individual manifiesta.» Las células
podían aparecer en muy diversas formas, según los tejidos en los que se
encontrasen, pero ello no alteraba, sino, todo lo contrario, reforzaba, el
papel central que desempeñaban: «Para nosotros —leemos también en la Patología
celular— es esencial saber que en los más variados tejidos estos
constituyentes, que, de alguna manera, representan la célula en su forma
abstracta, el núcleo y la membrana, se repiten con gran constancia y que
mediante su combinación se obtiene un elemento simple, que, a través de una
serie completa de vegetales vivos y formas animales, por muy diferentes que
estos sean externamente, por mucho que cambie su composición interna, se nos
presenta con una estructura de forma peculiar, como una base definida para
todos los fenómenos de la vida».
Por último, quiero señalar que, como patólogo que era, Virchow no podía dejar
de destacar el valor que la célula tenía para el análisis de enfermedades:
«Considero necesario relacionar hechos patológicos con su origen en elementos
histológicos conocidos».
Precisamente, los dos últimos hechos señalados, la variedad y constancia en la
presencia de células en los organismos vivos y la necesidad y utilidad de
relacionar unidades microscópicas —las células muy preferentemente, en tanto
que desempeñaban un papel central, omnipresente, en la vida— con enfermedades,
me sirven para abordar los últimos puntos que quiero tratar en este capítulo.
El sistema celular nervioso: Cajal y la neurona
Un avance de extraordinaria importancia realizado dentro del ámbito de la
teoría celular fue la identificación de la neurona como unidad discreta,
celular, básica del sistema nervioso, logro debido a Santiago Ramón y Cajal
(1852-1934), el científico de talla más universal que ha producido hasta la
fecha España, un auténtico gigante de la ciencia de todos los tiempos. Y no es
este un juicio chauvinista. En una carta que escribió a Cajal el 23 de marzo de
1921, Cornelius Ubbo Ariëns Kappers (1877-1946), director del Instituto de
Neurología de la Real Academia Holandesa de Ciencias y catedrático de
Neuroanatomía comparada de la Universidad de Amsterdam, expresaba con nitidez
lo que sus contemporáneos pensaban de él:
Le
estoy agradecido… por haberme enviado la admirable colección de sus «Trabajos».
No, no me falta ningún volumen y estoy muy orgulloso de que mi Instituto los
haya recibido de usted mismo, el más grande neurólogo que ha existido y que
probablemente jamás existirá.
Cuando
se repasa la Patología celular de Virchow, se encuentra, por
supuesto, un capítulo (el XII) dedicado al sistema nervioso, pero el detalle de
su estructura se le escapó, como a tantos otros, al patólogo de Berlín. Mejor
suerte tuvo Cajal, tan genial como tenaz, que nos aportó el que todavía es
modelo vigente de la estructura del sistema nervioso y los mecanismos básicos
de su funcionamiento; en concreto la identificación de la neurona, la célula
nerviosa que transmite información rápidamente entre partes diferentes del
cerebro (estrictamente, una neurona consta de un cuerpo celular con el núcleo,
y prolongaciones llamadas dendritas que reciben los mensajes; una extensión de
la célula, el axón, conecta una neurona a las dendritas de otra; cuando una neurona
es estimulada, ondas de iones de sodio y de potasio transportan un impulso
eléctrico a través del axón).
Rudolf Virchow fotografiado en su estudio.
Fue
Cajal un hombre extraordinario, que buscó siempre elevarse por encima de las
miserias y limitaciones que le rodearon. «Estoy asqueado de la vida vulgar. Me
devora la sed insaciable de libertad y de emociones novísimas», manifestaba —lo
recordó en el capítulo XXII de la primera parte de su autobiografía (Mi
infancia y juventud, 1901)— a uno de sus compañeros de la carrera de
Medicina dos años antes de convertirse en médico militar en Cuba (ingresó en el
Cuerpo de Sanidad Militar el 31 de agosto de 1873). Una frase esta que ayuda a
comprender lo que fue su vida; sus aventuras de niño, su constante rebelión
ante los deseos e imposiciones paternas, la vehemencia con la que se dedicó, en
algunas épocas de su vida, a la gimnasia, a la pintura, al ajedrez o a la
fotografía. Y, por supuesto, a la investigación científica, fuente permanente
—si se dispone de la energía y originalidad suficientes— de novedad, de
«emociones novísimas». En pocos lugares, en pocas profesiones y actividades que
no fueran la ciencia, si es que había en alguna, podría haber encontrado Cajal,
en la España que le tocó vivir, la oportunidad de satisfacer su ansia de nuevas
emociones.
Pero el genio —si es que está ahí, latente; ¡quién sabe lo que es realmente el
«genio», ni siquiera qué es la inteligencia!— necesita hacerse, disponer de una
serie de elementos. Así, es muy difícil, sino imposible, abrirse camino sin
algún maestro, por modesto que éste sea. En el caso de Cajal, esos maestros
fueron Aureliano Maestre de San Juan (1828-1890), que le inició en los estudios
micrográficos, y Luis Simarro (1851-1921), que le enseñó el método de la
impregnación cromo-argéntica. El que existiesen esos maestros, el que hubiese
una tradición en una nación científicamente subdesarrollada como lo era entonces
España, tiene que ver con la naturaleza de las ciencias biomédicas: un país
puede vivir —malamente, desde luego— al margen de la física, de la matemática o
la química, pero no de la medicina.
Asimismo, en una ciencia experimental como es la medicina, se necesitan —ya nos
ha aparecido más de una vez este punto— instrumentos. En el caso de la
estructura celular, microscopios poderosos, para intentar ver lo que otros no
habían visto. Cajal fue pronto consciente de este problema: en una carta que
escribió el 1 de enero de 1885 al jesuita Antonio Vicente Dolz (1837-1902), uno
de sus primeros discípulos en Valencia, que entonces se encontraba en Lovaina,
ampliando estudios junto al citólogo Jean Baptiste Carnoy (1836-1899), se
refería a él, que era también uno de los grandes problemas de la ciencia
española: «¡Ah! ¡Quién tuviera esos magníficos objetivos a que Flemming,
Strassburger y Carnoy deben sus descubrimientos! ¡Quién pudiera poseer un
Seibert 1/6 o un Zeiss 1/18! Aquí desgraciadamente las facultades no tienen
material y, aunque yo me empeñara en pedir uno de esos objetivos, no me lo
permitiría el decano por falta de fondos. Mucho envidio más aún esa riqueza de
medios técnicos de que ustedes gozan, con la que se hace cuanto se quiere. Yo
tengo que resignarme con un objetivo 8 de inmersión Verick y éste gracias a que
es de mi propiedad [se lo había comprado en 1877], que por la Facultad no
tendría más que un 5 o 6 Nachet».
Santiago Ramón y Cajal (fotografía de Alfonso, Archivo General de la
Administración, Alcalá de Henares).
Aquel
mismo año, Cajal se libró de semejante desventaja, ya que la Diputación de
Zaragoza le regaló un Zeiss por el informe que preparó sobre la epidemia de
cólera y el método de vacunación de Jaume Ferran (1851-1929). «Al recibir aquel
impensado obsequio, no cabía en mí de satisfacción y alegría —escribió en Historia
de mi labor científica, la segunda parte de su autobiografía, publicada en
1917—, gracias a tan espiritual agasajo, la culta Corporación aragonesa cooperó
eficacísimamente a mi futura labor científica, pues me equiparó técnicamente
con los micrógrafos extranjeros mejor instalados, permitiéndome abordar, sin
recelos y con la debida eficiencia, los delicados problemas de la estructura de
las células y del mecanismo de su multiplicación.»
Fue afortunado Cajal en que en aquella época fuese posible hacer avanzar su
disciplina recurriendo únicamente a aquel instrumento. Sería inalcanzable para
su economía o para los escasos recursos disponibles para la investigación de
los profesores de la Universidad de Valencia, pero aun así su precio no era tan
elevado como para que una institución pública no pudiese mostrar con él su
generosidad con un particular. En la actualidad, cuando los instrumentos que se
requieren son mucho más complicados y onerosos (como, por ejemplo, los
microscopios electrónicos o los gigantescos aceleradores de partículas y
telescopios), tal generosidad no habría sido posible.
El mismo hecho que dio origen a aquel regalo es propicio para otra
consideración. La de que Cajal, el científico hispano por antonomasia, el
descubridor de nuevos universos naturales, en principio alejados de las
aplicaciones prácticas, no fue ajeno al mundo más cotidiano, aquel en el que se
mueven, nos movemos, los humanos. Cuando pudo o se le requirió, puso su saber
científico a disposición de aquel mundo. Algunos insistirán en que la palabra
adecuada en este caso es «aplicó» su saber, pero aun siendo correcta tal
designación, conduce a engaño, porque tiende a hacer pensar que sólo la
sociedad, y no la ciencia, recibe beneficios de semejante relación. Y eso no es
cierto, o no es siempre cierto. Para progresar, la ciencia necesita
confrontarse con frecuencia, acaso constantemente, con el entorno, con el mundo
real, el que afecta a todas las personas y no únicamente a los científicos. Y
al responder positivamente al requerimiento zaragozano, al poner su saber a su
disposición, Cajal se fue haciendo un científico mejor. El que, además,
recibiese como premio un excelente microscopio, es, desde este punto de vista,
una anécdota, por mucho que fuese decisiva en su carrera.
Dibujo original de Cajal mostrando una laminilla cerebelosa y otros tipos de
células nerviosas. Estas observaciones (realizadas en 1888) le resultaron
particularmente importantes para demostrar la individualidad de las células
nerviosas.
Evidentemente,
los instrumentos no hablan por sí solos: el científico es algo más que el
notario de un instrumento. Sin olvidar que, como dijo un filósofo: «hay más de
lo que ve el ojo». Aplicado esto al caso de sus descubrimientos, quiere decir
que no eran tan fáciles de «ver» por otros y, en consecuencia, de aceptar, por
mucho que su entrada oficial en el mundo científico internacional viniese de la
mano del gran Rudolf Albert von Kölliker (1817-1905), catedrático de Anatomía
humana y director de los Institutos Anatómicos de la Universidad de Wurzburgo,
quien reconoció el valor de los trabajos cajalianos en el Congreso Anatómico
celebrado en Berlín en octubre de 1889.
El propio Cajal se daba perfecta cuenta de la dificultad asociada a sus
trabajos (por eso eran tan importantes y novedosos). A Gustaf Retzius
(1842-1919), el gran investigador sueco, que renunció a la cátedra de Anatomía
del Karolinska Institutet para dedicarse exclusivamente a la investigación, le
confesaba el 28 de enero de 1900: «La estructura cerebral humana es de una
complicación enorme, mucho más grande de lo que el examen del cerebro de los
mamíferos nos había hecho presumir. Y lo más grave de todo es que el cerebro
adulto no permite teñir ninguna arborización nerviosa terminal (el cromato de
plata o el método de Cox sólo impregnan dendritas y axones, no ramas nerviosas
terminales). Aun en el niño de un mes es raro hallar arborizaciones procedentes
de fibras de la sustancia blanca. No hay pues más remedio que combinar los
resultados obtenidos en fetos (donde se ven particularmente los plexos
sensoriales) con los logrados en el niño y en el adulto, aunque se corre el
riesgo de tomar por definitivas no pocas disposiciones que deben cambiar mucho
con la salud».
El
descubrimiento de la estructura del sistema nervioso, según Cajal (Historia de
mi labor científica, 1917):
Y
llegó el año 1888, mi año cumbre, mi año de fortuna. Porque durante este
año, que levanta mi memoria con arreboles de aurora, surgieron al fin aquellos
descubrimientos interesantes, ansiosamente esperados y apetecidos. Sin ellos
habría yo vegetado tristemente en una Universidad provinciana, sin pasar, en el
orden científico, de la categoría de jornalero detallista, más o menos
estimable. Por ellos llegué a sentir el acre halago de la celebridad, mi
humilde apellido, pronunciado a la manera alemana (Cayal), traspasó las
fronteras, en fin, mis ideas, divulgadas entre los sabios, discutiéronse con
calor. Desde entonces el tajo de la ciencia contó con un obrero más.
¿Cómo fue ello? Perdonará el lector si, a un acontecimiento tan decisivo para
mi carrera, consagro aquí algunas noticias y amplificaciones. Declaro desde
luego que la nueva verdad, laboriosamente buscada y tan esquiva durante
dos años de varios tanteos, surgió de repente en mi espíritu como una
revelación. Las leyes que rigen la morfología y las conexiones de las células
nerviosas en la sustancia gris, patentes primeramente en mis estudios del
cerebelo, confirmáronse en todos los órganos sucesivamente explorados. Séame
lícito formularlas desde luego:
1. Las
ramificaciones colaterales y terminal es de todo cilindro del eje acaban en la
sustancia gris, no mediante red difusa, según defendían Gerlach y Golgi con la
mayoría de los neurólogos, sino mediante arborizaciones libres, dispuestas en
variedad de formas (cestas o nidos pericelulares, ramas
trepadoras, etc.).
2. Estas
ramificaciones se aplican íntimamente al cuerpo y dendritas de las células
nerviosas, estableciéndose un contacto o articulación entre el protoplasma
receptor y los últimos ramúsculos axónicos.
De las referidas leyes anatómicas despréndense dos corolarios fisiológicos:
3. Puesto
que el cuerpo y dendritas de las neuronas se aplican estrechamente a las
últimas raicillas de los cilíndros-ejes, es preciso admitir que el soma y las
expansiones protoplásmicas participan en la cadena de conducción, es decir, que
reciben y propagan el impulso nervioso, contrariamente a la opinión de Golgi,
para quien dichos segmentos celulares desempeñarían un papel meramente
nutritivo.
4. Excluida
la continuidad substancial entre célula y célula, se impone la opinión de que
el impulso nervioso se transmite por contacto, como en las articulaciones de
los conductores eléctricos, o por una suerte de inducción, como en los carretes
de igual nombre.
Las
referidas leyes, puro resultado inductivo del análisis estructural del
cerebelo, fueron confirmadas después en todos los órganos nerviosos explorados
(retina, bulbo olfatorio, ganglios sensitivos y simpáticos, cerebro, médula
espinal, bulbo raquídeo, etc.). Ulteriores trabajos nuestros y ajenos (de
Kölliker, Retzius, Van Gehuchten, His, Edinger, V. Lenhossék, Athias, Lugaro,
P. Ramón, Cl. Sala, etc.) revelaron que las referidas normas estructurales y
fisiológicas se aplicaban también, sin violencia, al sistema nervioso de
vertebrados e invertebrados. Según ocurre con todas las concepciones legítimas,
la mía fue consolidándose y ganando progresivamente en dignidad conforme se
acrecía el círculo de la exploración comprobatoria.
Primera demostración pública con éxito de la anestesia quirúrgica, llevada a
cabo el 16 de octubre en el Hospital General de Massachusetts. Cuadro de Robert
Hinckley (1882).
La
mano salvadora: antisépticos
Aportaciones como las de Virchow y Cajal dieron lugar a una imagen más correcta
del cuerpo humano, de la vida, pero el siglo XIX no debe ser recordado
únicamente por este tipo de avances. Es imprescindible también rememorarlo por
los logros realizados en la mejora de la salud pública. Muchos de esos logros
se debieron a reformas en las condiciones de vida (como el control de la
calidad del agua y los alimentos, sistemas de alcantarillado o limpieza de
letrinas, calles y acequias). Sin embargo, otros, extremadamente importantes,
se produjeron dentro de la propia medicina, pero de la «medicina no demasiado
científica», podríamos decir. Avances como los llevados a cabo por el dentista
estadounidense Horace Wells (1815-1848), que en diciembre de 1844 utilizó éter,
esto es, óxido nitroso (entonces denominado «gas hilarante», por los efectos
estimulantes que producía), como anestésico para extraerse él mismo una de sus
muelas; el debido a John Collins Warren (1778-1856), ayudado como anestesista
por el dentista William Thomas Morton (1819-1868), que el 16 de octubre de
1846, en el Hospital General de Massachusetts de Boston, realizó la primera
operación con éter, tras la cual pronunció una frase célebre: «Señores, esto no
es superchería»; el de James Young Simpson (1811-1870), que el 19 de enero de
1847 utilizó, en Edimburgo, por primera vez cloroformo para aliviar los dolores
de un parto; o el de Ignaz Semmelweis (1818-1865), que en 1848 descubrió una de
las causas de la infección de las heridas en la suciedad de las manos de los
médicos, introduciendo medidas antisépticas (como el simple lavado de manos).
Todo esto estuvo muy bien, fue, de hecho, una bendición; ahora bien, no era
suficiente: las muertes en los quirófanos continuaban proliferando,
consecuencia del hecho de que todavía se desconocía por qué aquellas medidas
antisépticas resultaban tan beneficiosas. Persistía un grave problema tanto
sanitario como científico. Y es que ni la ciencia puede avanzar permanentemente
—seguramente, a partir de un cierto estadio, ni siquiera durante demasiado
tiempo— mediante el simple procedimiento de «prueba y error», como si los
objetos de su interés fuesen misteriosas cajas negras, ni la medicina progresa
realmente en manos de entusiastas y aventureros desprovistos de conocimientos
científicos, ajenos a la medicina como la ciencia experimental que defendía
Bernard. Y en este punto dos nombres destacan por encima de todos, dos nombres
que sin duda merecen el título que con frecuencia se les ha otorgado, el de
«benefactores de la humanidad»: Louis Pasteur (1822-1895) y Robert Koch
(1843-1910), los fundadores de la bacteriología, los científicos que
descubrieron el origen microbiano de los procesos infecto-contagiosos. Volveré
a Pasteur y Koch, pero antes, para concluir con el tema de los procedimientos
asépticos, es obligado referirse al médico inglés Joseph Lister (1827-1912).
James Young Simpson.
Conocedor
de los estudios que Pasteur llevó a cabo durante la primera mitad de la década
de 1860 sobre la fermentación y de su descubrimiento de que el aire puede
transportar bacterias que producen infecciones en heridas, pero no disponibles
todavía los de Koch sobre el papel de las bacterias como fuente de infección en
las heridas, Lister convirtió la gangrena de los miembros en el primer ejemplo
de fermentación patológica en los humanos, estableciendo así un vínculo entre
la putrefacción de la carne necrosada y los gérmenes externos descubiertos por
el francés. Provisto de ese poderoso y liberador instrumento que es siempre el
conocimiento, Lister encontró un eficaz remedio contra la gangrena: experimentó
con éxito con ácido fénico, pulverizándolo en la sala de operaciones y
aplicando curas de pomada fenicada, con el fin de destruir los microorganismos
que infectaban el campo operatorio (su primer gran logro tuvo lugar en agosto
de 1865, en la operación de una fractura compuesta). Poco después, en 1866, Ernst
von Bergmann (1836-1907) empleó por primera vez la técnica de Lister,
esterilizando con vapor los guantes y ropas del cirujano al igual que las de
sus ayudantes y los instrumentos empleados.
El dominio de Lister fue sobre todo el hospital y no el laboratorio científico
propiamente dicho (sus aportaciones a la naturaleza de los procesos contagiosos
no fueron grandes, desde el punto de vista de la ciencia básica —en la medida
en que tenga sentido aquí este término—). Aun así, cuando se leen algunos de
sus escritos, queda claro que el lenguaje, preocupaciones y estudios de Lister
distan de los procedimientos seguidos por los Wells, Morton, Simpson y
compañía. «En el curso de una amplia investigación acerca de la inflamación y
de los estados normales y patológicos de la sangre con ella relacionados
—podemos leer justo al comienzo de uno de esos escritos (On the Antiseptic
Principle of the Practice of Surgery [Sobre el principio
antiséptico de la práctica de la cirugía]; 1867)—, llegué, hace varios
años, a la conclusión de que la causa fundamental de la supuración de las
heridas es la descomposición producida por la influencia de la atmósfera en la
sangre o suero que retiene, y en el caso de las heridas contusas, en las
porciones de tejido destruidas por la agresión.» Y más adelante, en una frase
que difícilmente habría sido escrita antes de que se hubiesen desarrollado las
técnicas de análisis microscópico y las ideas que surgieron de ellas: «El
primer objetivo del tratamiento ha de ser la destrucción de todos los gérmenes
sépticos que hayan podido penetrar en la herida, tanto en el momento del
accidente como durante el tiempo transcurrido desde entonces».
Portada de Account of a New Anaesthetic Agent, as a substitute for sulphuric
ether in surgery and midwifery (1847), de James Young Simpson, dedicado por él.
Joseph Lister.
Pero,
fuesen o no importantes sus aportaciones «científicas», le consideremos o no un
científico, sería imposible minimizar su contribución, al igual que la de sus
precursores que he mencionado. Baste recordar que antes de ellos, entrar en un
quirófano era en un gran porcentaje de casos casi despedirse de la vida. Tras
aquellos pioneros, dentistas o cirujanos, la mortalidad operatoria, que antes
de ellos se cifraba en torno al 50 por 100, descendió a un 6 por 100. Mucho
para nuestros estándares actuales, prácticamente nada para lo que nuestros
antepasados estaban acostumbrados. Sin olvidar que los que sobrevivían habían
tenido que soportar horribles carnicerías, a las que los anestésicos pusieron
también fin.
Louis Pasteur
Louis Pasteur es uno de los grandes nombres de la historia no ya de la ciencia
únicamente, sino de la humanidad. Merece, por tanto, la pena recordar algunos
detalles de su biografía.
Natural de Dole, en el denominado Franco Condado, e hijo de un curtidor, tras
estudiar en el Collège Royal de Besançon, en donde obtuvo el grado de bachiller
en letras (1840) y en ciencias (1842), Pasteur fue admitido (en 1843) en la
sección científica de la École Normale Supérieure, completando sus estudios en
1845. Dos años más tarde logró el grado de doctor por la Universidad de París,
con una tesis dividida en dos partes, una de química y otra de física, la
primera titulada Recherches sur la capacité de saturation de l’acide
arsénieux. Étude des arsénites de potasse, de soude et d’ammoniaque (Investigaciones
sobre la capacidad de saturación del ácido de arsénico. Estudio de los
arsenuros de potasio, la soda y el amoniaco), y la segunda, 1.
Étude des phénomènes relatifs à la polarisation rotatoire des liquides. 2.
Application de la polarisation rotatoire des liquides à la solution de diverses
questions de chimie (1. Estudio de fenómenos relativos a la
polarización rotatoria de los líquidos. 2. Aplicación de la polarización
rotatoria a la solución de diversas cuestiones de química). Lejos de ser
trabajos correctos pero más o menos intrascendentes, los contenidos de su
tesis, sobre todo los de la segunda parte, pertenecientes al campo de la
cristalografía y la simetría molecular, resultaron tan importantes que dieron
origen a una nueva rama de la ciencia: la estereoquímica, que estudia la
disposición de los átomos que componen las moléculas y cómo esta distribución
afecta a sus propiedades. Con anterioridad a la tesis de Pasteur, se sabía de
la existencia de dos formas de ácido tartárico, una que hacía girar el plano de
la luz polarizada hacia la derecha, y otra que no lo hacia girar en absoluto.
Pasteur fue capaz de aislar un ácido tartárico desconocido entonces, que hacía
girar la luz polarizada hacia la izquierda y no hacia la derecha y demostrar
que el ácido tartárico que no hacía girar el plano de polarización de la luz
estaba compuesto de dos cristales diferentes, uno que producía giros hacia la
derecha y otro hacia la izquierda; al coexistir cristales que giraban en
sentidos opuestos, el resultado era que se neutralizaban entre sí.
Comenzó así un período de su vida (1847-1857) dominado por este tipo de
investigaciones, un período en el que se fue estableciendo profesionalmente. En
septiembre de 1848 fue designado profesor de Física en el Liceo de Dijon, pero
permaneció poco tiempo en aquel puesto, ya que en diciembre del mismo año fue
nombrado profesor suplente de Química de la Facultad de Ciencias de la
Universidad de Estrasburgo, pasando a catedrático titular en 1852. En 1854 se
trasladó a la Universidad de Lille, la ciudad de mayor actividad industrial del
norte de Francia, como decano y profesor de Química de la nueva Facultad de
Ciencias. En 1856, la Royal Society londinense le otorgó la prestigiosa medalla
Rumford por sus estudios de cristalografía, un reconocimiento que seguramente
le ayudó en acceder, el año siguiente, a París, como administrador y director
de la rama de ciencias de su antigua alma mater, la École Normale
Supérieure.
«Pasteur en su laboratorio», cuadro de Albert Edelfelt (1885), Museo de
Orsay.
Con
la instalación en la capital, el centro neurálgico de la vida francesa
—incluida la científica—, los intereses profesionales de Pasteur pasaron al
dominio de la fermentación y generación espontánea, al que estuvo dedicado
plenamente hasta 1865. Después vendrían otras etapas de su vida científica,
protagonizadas por investigaciones en: enfermedades del gusano de seda
(1865-1870), estudios sobre la cerveza (1871-1876) y enfermedades infecciosas
(1876-1895). A mencionar también que en 1862 fue elegido miembro de la elitista
Academia de Ciencias (sección de mineralogía) y que en 1867 tomó posesión de la
cátedra de Química orgánica de la Sorbona.
No es posible detenerse ni siquiera en esbozar las motivaciones y resultados
del conjunto de la obra pasteuriana, pero de entrada dos hechos saltan a la
vista: (a) fue un químico y físico que terminó ocupándose de problemas médicos,
y (b) no eludió las investigaciones aplicadas. En realidad, ambos aspectos de
su carrera están íntimamente relacionados, en una mezcla casi indisoluble en la
que se halla una parte importante de la explicación de sus éxitos (no podemos
tampoco olvidar —nunca se puede olvidar— su propia singularidad, la de su
creatividad). Por un lado, estaban sus conocimientos químicos y físicos, que
hacían de él un magnífico candidato a practicante de la medicina científica
bernardiana; por otro, no era ajeno al mundo que le rodeaba, al mundo, por
ejemplo, de la industria de la seda o de la cerveza, al mundo agrícola o al de
las enfermedades (si como muestra sirve un botón, he aquí el título de uno de
sus trabajos, y no menor: Études sur le vin: ses maladies, causes qui
les provoquent, procédés nouveaux pour le conserver et pour le vieillir [Estudios
sobre el vino: sus enfermedades, causas que las provocan, procedimientos nuevos
para conservarlo y para envejecerlo]; 1866). Ambos rasgos le fueron
llevando, en una secuencia que a veces uno está tentado de considerar
inevitable, de un tema de investigación a otro.
Así, sus estudios sobre disimetría molecular le condujeron a ocuparse del
alcohol amílico, activo también ópticamente. Ahora bien, resulta que el alcohol
amílico desempeña un papel importante en la fermentación láctica. Se abría de
esta manera la puerta a las investigaciones de Pasteur sobre fermentación, un
hecho este que él mismo reconoció y explicó en la sección inicial de su primer
artículo en este campo («Mémoire sur la fermentation appelée lactique»
[«Memoria sobre la fermentación llamada láctica»]; 1857), que habitualmente se
considera marca el inicio de la bacteriología como ciencia: «Creo que es mi
deber indicar con algunas palabras cómo me he visto conducido a ocuparme en
investigaciones sobre las fermentaciones. Habiendo aplicado hasta el presente
todos mis esfuerzos a tratar de descubrir los vínculos que existen entre las
propiedades químicas, ópticas y cristalográficas de ciertos cuerpos con el fin
de aclarar su constitución molecular, quizá pueda asombrar que aborde un tema
de química fisiológica, muy alejado en apariencia de mis primeros trabajos. Sin
embargo, están relacionados de forma muy directa».
En sus investigaciones sobre la fermentación, Pasteur demostró que ésta era
resultado de la acción de organismos vivos microscópicos; que no se producía
cuando se excluían o aniquilaban (sometiéndolos, por ejemplo, a la acción del
calor, la forma más primitiva de un proceso que, tras ser perfeccionado,
recibió en honor suyo el nombre de pasteurización). Al llegar a
semejantes conclusiones, Pasteur se había adentrado, lo quisiese o no, en una
cuestión tan básica como de larga historia: la de si era posible la generación
espontánea; esto es, si seres vivos pueden surgir de sustancias inanimadas.
Portada del libro de Francesco Redi, Esperienze intorno alla generazione
degl’insetti (1688).
En
muchas civilizaciones antiguas se creyó que la vida aparecía de manera
espontánea a partir de materia inanimada. Observaciones diarias parecían
confirmar tal idea: se veía aparecer gusanos de la decomposición de materiales
orgánicos y moscas de trozos de carne expuestos al sol. Sin embargo, en la
segunda mitad del siglo XVII, Francesco Redi (1626-1698) observó que en un
frasco abierto el pescado putrefacto generaba, al cabo de un tiempo, moscas,
mientras que no ocurría lo mismo con un jarro idéntico pero cerrado. De este
experimento —que detalló en Esperienze intorno alla generazione
degl’insetti(1688)— extrajo la consecuencia de que las moscas no surgían
del pescado, sino de huevos. Sin embargo, su meticulosidad científica no fue lo
suficientemente poderosa como para instalarse firmemente entre los
conocimientos científicos aceptados; como mucho, se utilizaron sus
descubrimientos para señalar que aunque era cierto que la vida no surgía
espontáneamente, sino sólo de vida preexistente, la cadena de progenitores
biológicos que esta idea requería debía tener un punto de partida: en el
comienzo Dios había creado todos los animales y las plantas que existen.
En las décadas que siguieron al descubrimiento de Redi, la invención y
utilización del microscopio sirvió para observar microorganismos de todo tipo
(uno de quienes los vieron fue el ya citado Van Leeuwenhoek); estas
observaciones revivieron entre muchos la creencia en la generación espontánea
de la vida, mientras que otros como Van Leeuwenhoek, y más tarde Schwann,
pensaban de forma diferente. En el curso de sus investigaciones sobre la
fermentación, Pasteur puso punto final de manera definitiva a esta cuestión. El
lugar en que con más rotundidad y claridad expresó sus puntos de vista fue en
un artículo publicado en 1862: «Mémoire sur les corpuscules organisés qui
existent dans l’atmosphère. Examen de la doctrine des générations spontanées»
(«Memoria sobre los corpúsculos organizados que existen en la atmósfera. Examen
de la doctrina de las generaciones espontáneas»), en el que presentó los
resultados a que había llegado con experimentos no demasiado diferentes de los
de Redi. En primer lugar, demostró que hay microorganismos que viven en el aire
que nos rodea y que pueden contaminar incluso el cultivo más estéril. A
continuación mostró que si un caldo de cultivo estéril era introducido en un
recipiente sellado al vacío, en el que no podía penetrar el aire, no surgía en
él ningún microorganismo. «No, no hay ninguna circunstancia hoy conocida
—manifestaba orgullosamente en una conferencia que pronunció en la Sorbona en
1864 («La generación espontánea»)—, en la que se pueda afirmar que seres
microscópicos han venido al mundo sin gérmenes, sin padres semejantes a ellos.
Los que lo pretenden han sido juguetes de ilusiones, de experiencias mal
hechas, plagadas de errores que no han sabido percibir o que no han sabido
evitar.»
Grabado incluido en Esperienze intorno alla generazione degl’
insetti de Redi.
Establecido
este punto, era razonable pensar en aplicar el nuevo planteamiento al origen de
enfermedades (también, como vimos, a otros dominios de la salud, como aquel en
el que brilló Lister). Semejante convicción fue la que llevó finalmente a
Pasteur a la investigación médica, que inició con el estudio del ántrax (o
carbunco) en 1877, cuya causa asoció también con un microorganismo, la
«bacteridia». En una conferencia que leyó ante la Academia de Medicina de París
en 1878 (y en cuya preparación le ayudaron dos de sus colaboradores,
Jules-François Joubert y Charles Chamberland), «La théorie des germes et ses
applications à la médicine et à la chirugie» («La teoría de los gérmenes y sus
aplicaciones a la medicina y la cirugía»), Pasteur explicó con claridad el
origen y naturaleza de sus intereses médicos, al igual que algunos de los
problemas con los que se encontraba:
Todas
las ciencias ganan si se prestan un apoyo mutuo. Cuando después de mis primeras
comunicaciones sobre las fermentaciones en 1857-1858 puede admitirse que los
fermentos propiamente dichos son seres vivos, que en la superficie de todos los
objetos, en la atmósfera y las aguas abundan gérmenes de organismos
microscópicos, que la hipótesis de una generación espontánea es una quimera,
que el vino, la cerveza, el vinagre, la sangre, la orina y todos los líquidos
del organismo no sufren ninguna de sus alteraciones comunes en contacto con el
aire puro, la medicina y la cirugía han dirigido sus ojos a estas novedades tan
evidentes. Un médico francés, el doctor [Casimir Joseph] Davaine, aplicó por
primera vez con éxito estos principios a la medicina en 1863.
Nuestras investigaciones durante el último año han avanzado mucho menos en la
etiología de la enfermedad pútrida o septicemia que en la del carbunco.
Creíamos que la septicemia dependía de la presencia y multiplicación de un
organismo microscópico, pero no ha podido demostrarse rigurosamente esta
importante conclusión. Para afirmar de modo experimental que un organismo
microscópico es en realidad el agente de la enfermedad y el contagio, no veo
otro medio, en el estado actual de la ciencia, que el de someter al microbio (nueva
y feliz expresión propuesta por Sédillot [1878]) al método de los cultivos
fuera del organismo.
Separata de la «Mémoire sur les corpuscules organisés qui existent dans
l’atmosphère» (1862).
Y en
este punto entra por fin en escena Heinrich Hermann Robert Koch, que, entre
otras contribuciones, se distinguió en el problema con el que Pasteur terminaba
la anterior cita: el de desarrollar técnicas para estudiar microbios en
cultivos.
Koch comenzó a estudiar ciencias naturales en la Universidad de Gotinga, pero
pronto pasó a la medicina, doctorándose en 1866. Tras ejercer la profesión
durante bastantes años, y servir a su país en la guerra franco-prusiana, a los
cuarenta años de edad sus intereses experimentaron un fuerte cambio cuando
comenzó a ocuparse del ántrax, desarrollando nuevas técnicas para el estudio de
cultivos (en 1876 —esto es, antes que Pasteur— describió su etiología y
patología), como consecuencia de lo cual fue designado por la Oficina Imperial
de la Salud de Berlín para asesorar en cuestiones de salud e higiene pública.
En 1882, tras haber desarrollado métodos sencillos y originales para crecer y
examinar cultivos bacterianos, anunciaba en la Sociedad de Fisiología de Berlín
su descubrimiento del bacilo de la tuberculosis, una enfermedad —cuya primera
denominación fue «tisis», «consunción» después— responsable entonces de la
muerte de millones de personas cada año (sólo en Prusia la mortalidad ascendía
en 1882 a 300 por cada 100.000 habitantes). Un año más tarde, identificaba el
bacilo del cólera.
Fragmento
de la conferencia pronunciada por Koch en el X Congreso Internacional de
Medicina (Berlín, 4 de agosto de 1890), «Über bakteriologische Forschung»
(«Sobre la investigación bacteriológica»):
La
bacteriología es una ciencia muy joven, por lo menos en lo que se refiere a
nosotros los médicos. Hasta hace unos quince años, apenas si se sabía algo más
que en el carbunco y en la fiebre recurrente aparecen en la sangre unas
formaciones extrañas peculiares, y que en las enfermedades por infección de las
heridas existen, ocasionalmente, los llamados vibriones. No se contaba aún con
una demostración de que estos elementos podían ser los causantes de aquellas
enfermedades y, con excepción de unos pocos investigadores considerados
extravagantes, se concebían tales hallazgos más bien como curiosidades que como
supuestos productores de enfermedades. Tampoco se podía pensar de manera muy
diferente, pues no se había demostrado nunca que se tratase de seres independientes
y específicos para estas enfermedades. En los líquidos en putrefacción,
especialmente en la sangre de animales ahogados, se habían encontrado bacterias
que no se distinguían de los bacilos del carbunco. Algunos investigadores no
querían, en absoluto, otorgarles la categoría de seres vivientes, sino que los
consideraban formaciones cristaloideas. Bacterias idénticas a los espíritus de
la fiebre recurrente existían en las aguas pantanosas y en el sarro de los
dientes, habiéndose hallado bacterias semejantes a los micrococos de las
enfermedades de las infecciones de las heridas, al parecer, en la sangre y en
los tejidos sanos.
Con los recursos ópticos y experimentales de que se disponía tampoco se podía
ir más lejos, y así se hubiera seguido durante mucho tiempo si no hubieran
aparecido, justo entonces, nuevos métodos de investigación que impusieron, de
pronto, conductas completamente distintas, abriendo caminos hacia horizontes
más amplios en ese oscuro terreno. Con el auxilio de los sistemas de lentes
perfeccionados y su empleo más adecuado y con la colaboración del uso de los
colorantes de anilina, se consiguió observar nítidamente hasta las bacterias
más pequeñas, pudiéndoselas distinguir, en cuanto a su morfología, de los otros
microorganismos. Al mismo tiempo y mediante la utilización de substratos
nutritivos, líquidos o sólidos, según las exigencias, fue posible separar los
gérmenes en forma aislada y obtener cultivos puros sobre los que se pudieron
determinar las propiedades particulares de cada una de las especies de manera
absolutamente segura. Muy pronto, se observaron los resultados rendidos por
estos nuevos recursos. Se descubrió una cantidad de especies nuevas, bien
caracterizadas, de microorganismos patógenos, y lo que fue especialmente importante:
se demostró la relación causal entre éstos y las enfermedades correspondientes.
Como los agentes patógenos hallados pertenecían, todos, al grupo de las
bacterias, eso despertó la suposición de que las verdaderas enfermedades
infecciosas debían estar condicionadas, exclusivamente, por determinadas
especies bacterianas, distintas entre sí, pudiéndose abrigar, también, la
esperanza de que en un tiempo no muy lejano podrían encontrarse los causantes
específicos de todas las otras enfermedades contagiosas.
La
vacunación
Gracias, en definitiva, a las investigaciones de Pasteur y de Koch, y de los
que vinieron tras ellos, se llegó a conocer con gran precisión científica la
relación causal entre microorganismos y enfermedades infecciosas. Surgió así un
modo nuevo de concebir la enfermedad: la teoría microbiana de la enfermedad, en
más de un sentido el paralelo a la teoría celular.
Estrechamente asociada a esta visión, aunque con antecedentes muy antiguos, se
encuentra el desarrollo decimonónico de vacunas. Desde tiempos remotos, los
turcos «vacunaban» contra la viruela tomando muestras del contenido de las
pústulas de los casos moderados de viruela e inoculándolas a personas sanas (la
palabra «vacunación» deriva del latín vaccinae, que quiere decir
«de la vaca»; parece que fue Pasteur el primero en emplearla en 1880). La
arriesgada práctica llegó a oídos de la esposa del embajador de Inglaterra en
Constantinopla, lady Mary Wortley Montagu (1689-1762), quien la difundió, a
partir de 1718 (el año en que inoculó a su propio hijo) a través de sus
contactos políticos y médicos, en Gran Bretaña, aunque no era infrecuente que
algunas de las personas con las que se utilizaba muriesen. Sería otro inglés,
Edward Jenner (1749-1823), el responsable de la introducción, en 1798, de la
vacunación contra la viruela a gran escala, aunque con una variante con
respecto al método que difundió lady Montagu: Jenner no inoculaba el virus de
la viruela, sino el de la viruela bovina, que es distinto, pero que provoca
reacciones inmunitarias eficaces contra el de la viruela común. Además, y esto
es muy importante, no tomaba muestras hasta el séptimo día de la aparición de
las pústulas, es decir, cuando el germen había perdido parte de su virulencia.
Consciente o inconscientemente, Jenner había descubierto el principio de la
vacunación por gérmenes debilitados. De esta manera, y aunque no se poseía
ningún modelo del mecanismo a través del cual se produce una infección, ni
sobre cómo funciona una inmunización, la idea de que la inoculación con un
germen debilitado podía ayudar al organismo a defenderse de él se vio
reforzada.
«El buen Pasteur»: caricatura de sus trabajos sobre el carbunco, aparecida
en Le Charivari el 27 de abril de 1882.
Edward Jenner.
Y
aquí vuelve a aparecer, en toda su grandeza, Pasteur, que en 1880, tras aislar
el microbio responsable del cólera de las gallinas (un mal que podía matar
hasta el 90 por 100 de las gallinas de un corral), consiguió disminuir su
virulencia siguiendo la técnica de Jenner; esto es, inyectando en las gallinas
microbios debilitados. Estimulado por los resultados favorables que obtenía,
aplicó el principio de la debilitación de los gérmenes para preparar vacunas
contra la rabia, enfermedad infecciosa mortal, que afecta a los perros (que
enloquecen produciéndoles horror el agua, por lo que también se denomina
hidrofobia), pero que también pueden contraer —mediante mordeduras de éstos—
las personas. Sus primeros estudios en este campo comenzaron en diciembre de 1880,
cuando un veterinario le llevó dos perros rabiosos y le pidió su opinión. Sólo
había experimentado con perros cuando, en 1885, le llevaron un niño de nueve
años, Joseph Meister, que había sido mordido por un perro rabioso. A pesar de
no ser médico, Pasteur aceptó el desafío y experimentó la vacuna en el niño con
éxito. Había nacido la vacunación moderna (la única gran modificación que se
produciría posteriormente fue la introducción de vacunas obtenidas por
ingeniería genética, que se iniciaron en 1983 y cuyo primer producto
comercializado fue la vacuna contra la hepatitis B, en 1986).
El recuerdo de Pasteur aceptando el desafío, y el riesgo, de experimentar su
vacuna con aquel niño, armado con el pequeño, pero a la vez enorme, arsenal de
sus conocimientos científicos, y con la seguridad que éstos le daban, es una
buena ocasión para finalizar este capítulo. Es el recuerdo de uno de esos
momentos auténticamente inolvidables, no sólo para sus protagonistas sino
también para la memoria histórica de la humanidad. Un momento que, aunque
aparentemente singular, condensa en sí universos de esfuerzo, experimentación y
abstracción teórica. Un momento que representa de manera magnífica los logros
de un siglo, el XIX, maravilloso para la medicina y para la ciencia; esto es,
para la medicina científica, una medicina que cambió entonces de una forma tan
absoluta y radical que habría sido considerado increíble cuando despuntaba el
Ochocientos. De un siglo, en definitiva, al que todavía debemos mucho de
nuestro bienestar como seres que tarde o temprano tienen que enfrentarse con la
enfermedad.
Última fotografía de Pasteur. Jardines del Instituto Pasteur (París).
Robert Koch.
Capítulo 6
La institucionalización de la ciencia: química orgánica y electromagnetismo en
el siglo XIX
Los
cinco capítulos precedentes han estado centrados en torno a grandes personajes
de la ciencia, los Euclides, Gödel, Galileo, Newton, Lavoisier, Darwin,
Bernard, Helmholtz o Pasteur. Naturalmente, han aparecido también muchos otros
científicos importantes, grandes incluso. Pero lo que me interesa destacar en
este momento es que han sido los individuos y sus ideas los principales
protagonistas hasta ahora. En este capítulo la situación va a cambiar algo. Por
supuesto que continuarán apareciendo nombres de científicos —entre ellos
gigantes de la ciencia: los casos, por ejemplo, de Faraday y Maxwell—, pero el
énfasis no será tanto en ellos como en procesos que atañen a la estructura y
dinámica de la actividad científica. Y ello haciendo referencia especial a la
química orgánica y a la física del electromagnetismo durante el siglo XIX. ¿Por
qué? Pues porque fue de la mano de esas disciplinas y en aquel período cuando
la empresa científica se transformó drásticamente, dejando de ser lo que hasta
entonces mayoritariamente era: una actividad básicamente alejada de la mirada
de industriales y políticos, una ocupación con escaso valor económico, cuyos
practicantes apenas participaban del ethos de los asalariados;
esto es, que la actividad científica que desarrollaban también era una
profesión mediante la cual, con los salarios que recibían por sus trabajos, se
ganaban la vida.
Como consecuencia de un conjunto de hechos y procesos, algunos de los cuales
—los más destacados en mi opinión— trataré a continuación, la ciencia se
institucionalizó; en otras palabras, pasó a ser una actividad valorada por la
sociedad, por los gobiernos y sectores industriales y económicos. Es cierto que
el respeto sociopolítico y económico que logró entonces no llegó a los niveles
que alcanzaría durante la segunda mitad del siglo XX (para ello se necesitarían
dos guerras mundiales), pero fue lo suficiente intenso como para que la ciencia
pasase a ser, al menos en naciones con pretensiones (políticas y económicas),
cuestión de Estado; para que la ciencia quedase institucionalizada como una
práctica necesaria para el bienestar, prestigio y poder nacionales.
Una débil situación institucional
La medida en que cambió la situación para la ciencia y los científicos a lo
largo del siglo XIX es algo que se puede apreciar con bastante claridad
comparándola con la existente a comienzos de aquella centuria. Con la posible
excepción de algunas academias y de unas pocas instituciones, mantenidas por el
Estado, a principios del Ochocientos la ciencia y los científicos se
encontraban a merced de sus propios medios, más aún si tenían la intención de
hacer avanzar su materia; esto es, cuando pretendían ser investigadores y no
meros profesores. Ni siquiera el que disciplinas científicas formasen parte de
los programas de estudio de algunas facultades universitarias llevaba a los
poderes públicos a preocuparse demasiado por las necesidades de aquellos
«filósofos de la naturaleza», para los que, en el curso del siglo, se terminó
acuñando un nuevo término: «científicos».
Origen del término «científico»
En
la literatura histórica se suele señalar que el término «científico» surgió en
inglés, siendo creado por William Whewell (que ya nos apareció en otro
capítulo) en su imponente tratado, The Philosophy of the Inductive
Sciences (1840), vol. I, «Introduction». El pasaje en el que apareció la
nueva expresión inglesa es el siguiente:
We
need very much a name to describe a cultivator of science in general. I should
incline to call him a Scientist. (Necesitamos urgentemente un nombre para
describir un cultivador de la ciencia en general. Me inclino por llamarle un
Científico.)
Es
interesante recordar, sin embargo, que a pesar de las limitaciones históricas
que la ciencia ha sufrido en España, el término «científico» ya aparecía en
el Diccionario de Autoridades, el primer diccionario publicado (1726-1739)
por la Real Academia Española. En el tomo II (1729) se definía de la manera
siguiente: «CIENTÍFICO, CA. adj. Cosa perteneciente à ciencia. Tambien se llama
assi la persóna consumada en algúna, ó en muchas ciencias».
El
caso de la física en Alemania, la misma nación que en el primer tercio del
siglo XX superaría a todas las demás en lo que a aportaciones a esa ciencia en
concreto se refiere, constituye un buen ejemplo para comprobar cómo se modificó
la situación de la ciencia a lo largo del siglo XIX.
Al iniciarse el siglo, cada una de las dieciocho universidades alemanas
existentes poseían todavía la tradicional estructura medieval, con Facultades
de Teología, Derecho, Medicina y Filosofía. La finalidad de la educación
académica era la formación de teólogos, profesionales de la imprescindible
medicina y fieles servidores del Estado. Por regla general los conocimientos
científicos sólo se proporcionaban en la Facultad de Filosofía, siendo las
enseñanzas experimentales físico-químicas muy poco frecuentes (las Facultades
de Ciencias se crearon —en España y Alemania, por ejemplo— a mediados de
siglo). La investigación científica propiamente dicha era tarea de algunas
academias, entre ellas la de Berlín, que seguía el patrón francés.
William Whewell.
La
posición de, en concreto, la física en esas universidades era claramente
secundaria. A lo máximo que podían aspirar la gran mayoría de los catedráticos
de física alemanes era a recibir pequeñas cantidades anuales para mantener un
gabinete —decir laboratorio sería decir demasiado— destinado a permitir
demostraciones experimentales para los alumnos de los cursos universitarios. De
hecho, en la práctica la mayoría de los profesores de física germanos no
recibían habitualmente dinero suficiente —nada en absoluto con frecuencia— de
sus universidades o del Estado para comprar y mantener aparatos, de manera que
una gran parte de éstos se los tenían que procurar ellos mismos (en realidad se
esperaba que así lo hicieran, y la colección particular de que disponía un
profesor era un elemento importante para lograr mejoras en su situación,
normalmente pasando a otra universidad). Más aún, al no disponer tampoco de
ayudantes, los mismos profesores construían a menudo sus aparatos para las
demostraciones, los transportaban a y desde las aulas, acaso a través de toda
la ciudad. Asimismo, debían montarlos y desmontarlos para las clases, puesto
que tenían que compartir las aulas con otros profesores de distintas
disciplinas, no siendo frecuente el que dispusieran de salas en la universidad
para albergar sus colecciones de aparatos. Así se explican casos como los de
Franz Neumann (1798-1895), catedrático en Königsberg, que utilizó una pequeña
herencia que había recibido su esposa para adquirir en 1847 una casa y
ampliarla de manera que pudiese acoger en ella un laboratorio, un lugar para
trabajar la madera y el vidrio, salas para un telescopio, bombas de vacío y
otros instrumentos, pertenecientes a él o a la universidad; o el de Heinrich
Gustav Magnus (1802-1870), vinculado a la Universidad de Berlín desde 1831, que
utilizaba su propia biblioteca y su laboratorio particular para dar clases, y
que permitía que algunos estudiantes se iniciasen allí en la investigación
usando sus aparatos. Y estoy hablando de científicos que ocupan un lugar en la
historia de la física decimonónica.
Un índice significativo de la situación existente a mediados de siglo en
Alemania, lo encontramos en el hecho de que por entonces el Estado prusiano se
gastaba en física, en sus seis universidades, más o menos lo mismo que en el
salario de Hegel (1770-1831): 2.000 táleros (antiguas monedas alemanas de plata
que equivalían, aproximadamente, a un marco). Es evidente que,
independientemente de cuán grande fuera la fama de Hegel, este hecho no permite
explicaciones satisfactorias para el prestigio social de la física en Alemania.
Otro dato ilustrativo es que, entre 1810 y 1840, el gobierno de Prusia se gastó
en la Universidad de Berlín 200.000 taleros, pero en zoología y mineralogía,
frente a 3.500 en física (y esto sólo a partir de 1833).
La situación que acabo de esbozar comenzó a cambiar durante la primera mitad
del siglo, y en mucha mayor medida a lo largo de la segunda mitad (como
indicaré más adelante, el caso de la química fue algo diferente: su situación
empezó a variar, para mejor, antes que la física). Encontramos una señal de
semejante cambio en la creación de sociedades profesionales, un hecho que
muestra la aparición de un grupo de científicos que al tomar «conciencia de
clase» —entre otros motivos porque reconoce el valor social de su disciplina—
desea agruparse para favorecer sus intereses. El que el asociacionismo
científico dejase de estar monopolizado de manera casi exclusiva por
organizaciones tan elitistas y restringidas como la Royal Society o la Académie
de Sciences, que se insertase en la sociedad asimilando al menos algunos de los
procedimientos profesionales comunes en el ámbito laboral, constituyó un paso
previo, si se prefiere un indicador, de que una nueva era se abría a la
práctica científica: la Era de la Institucionalización de la ciencia.
Ahora bien, como en la mayoría de los inicios, éstos fueron tímidos. En el caso
del que me estoy ocupando ahora, la física alemana, tenemos que el 14 de enero
de 1845 un pequeño grupo de científicos (entre ellos algún fisiólogo)
—Emil-Bois-Reymond, Ernst Brücke, Gustav Karsten, Wilhelm Beetz, Wilhelm Heintz
y Hermann Knoblauch— fundaron la Physikalische Gesellschaft zu Berlin (Sociedad
de Física de Berlín). Dos años después, de los seis miembros fundadores se
había pasado a 53, entre los que se encontraba, por ejemplo, el futuro líder de
la industria electrotécnica alemana y mundial: Ernst Werner von Siemens
(1816-1892). A lo largo del siglo, la situación de la sociedad fue cambiando
para mejor, lo que representa otra muestra, ésta ya más clara, de ese proceso
de institucionalización. En 1899, la Sociedad de Física dejó de estar limitada
a Berlín, reorganizándose bajo el nombre de Deutsche Physikalische Gesellschaft
(Sociedad Alemana de Física). En 1910, sus miembros ya eran 520, 660 en 1913 y
740 en 1918.
Alessandro Volta trabajando en su laboratorio, tal y como lo pintó A.
Rinaldi.
Pero
estoy yendo demasiado deprisa, o, por decirlo de otra manera, todavía tengo que
hablar de las razones que, dentro de la propia ciencia, de los conocimientos en
química y física, condujeron a los cambios a los que acabo de referirme, esto
es, a la institucionalización de la ciencia.
Nuevos horizontes científicos: Liebig y la química orgánica
Justo al comienzo del siglo, química y física se unían espectacularmente, como
si quisieran presagiar lo mucho que ambas disciplinas aportarían a lo largo de
la centuria al conocimiento y explotación de la naturaleza. En 1800, un
italiano, Alessandro Volta, inventó la pila (o batería) eléctrica, un aparato
para producir un flujo de corriente continua eléctrica utilizando procesos
químicos. Con este nuevo instrumento, William Nicholson (1753-1815) y Anthony
Carlisle (1768-1840) confirmaron aquel mismo año hallazgos anteriores de
Lavoisier al observar que el agua se descompone en dos volúmenes de hidrógeno
por uno de oxígeno cuando la atraviesa una corriente eléctrica, un fenómeno
denominado «electrolisis», cuyas leyes serían enunciadas en 1833 por Michael
Faraday, un aprendiz de encuadernador que ascendió de ayudante de Humphry Davy
(1778-1829) en la Royal Institution londinense (1813), a fullerian
professor de química en ese mismo centro (1833). Volveré a ocuparme de
él más adelante.
Humphry Davy, pintado por Henry Howard (1803).
Durante
los años que siguieron a los trabajos de Nicholson y Carlisle se explotó la
técnica electroquímica para producir un aumento sustancial del número de
elementos químicos conocidos. Entre 1801 y 1828, el sueco Jöns Jacob Berzelius
aisló el cerio, el selenio, el silicio, el circonio y el torio; por su parte,
en Inglaterra Humphry Davy encontró, en 1808 y 1809, el sodio, el potasio, el
estroncio, el boro, el calcio y el magnesio, en 1810 el cloro, en 1812 el yodo
y el bromo en 1826.
Naturalmente, no hay química sin elementos químicos y el aumento en el número
de los que eran conocidos ayudó al avance químico, pero sólo con esto es más
que posible que la química no hubiese alcanzado la posición socioeconómica que
logró. Y en este punto hay que referirse a la química orgánica. Pero no sólo a
la química orgánica, sino a la química orgánica alemana. De forma todavía más
concreta, hay que referirse a Justus Liebig (1803-1873), von Liebig a partir de
1845.
Algunos detalles de su biografía son necesarios para comprender su importancia.
En 1825, Liebig conseguía una cátedra de Química en la Universidad de Giessen.
Casi inmediatamente estableció, al margen de la universidad y en compañía de
dos colegas, el catedrático de Mineralogía y el de Matemáticas, un «Instituto
químico-farmacéutico», para el que ya existían precedentes. El hecho de que en
aquel momento sólo hubiese dos instituciones de ese tipo en Alemania, y que el
número de estudiantes que solicitaban matricularse en ellas —atraídos por las
posibilidades laborales que abrían (en el dominio de la farmacia
especialmente)— fuese tan elevado que muchos quedaban fuera, sirvió de estímulo
a los profesores, que buscaban un suplemento a sus salarios, además de, por
supuesto, el deseo de contribuir a la formación de profesionales relacionados
con la química. Liebig y sus asociados pidieron a las autoridades
universitarias que el nuevo instituto pasase a formar parte de la universidad,
pero su solicitud fue rechazada, señalándoseles que la función de una
universidad era educar futuros funcionarios, no farmacéuticos, cerveceros, o
fabricantes de jabón.
Jacob Berzelius.
Una
respuesta muy acorde con el espíritu de la época y que habla por sí sola acerca
de la situación social, institucional, en que se encontraban las ciencias
físico-matemáticas y químicas. A pesar de todo, se permitió a los tres
profesores que estableciesen el instituto como una actividad privada.
Un anuncio acerca del nuevo instituto apareció en 1826 en la revista Jahrbuch
der Chemie und Physik; en él se señalaba que el rápido crecimiento de las
ciencias naturales, y especialmente de la química, hacían imposible que los
farmacéuticos y técnicos relacionados con la química se pudiesen contentar con
los conocimientos obtenidos a través de los medios tradicionales de enseñanza,
cuando no simplemente en la botica. Algunos institutos farmacéuticos se habían
creado para remediar tal carencia, pero, se añadía, no existía ninguno en el
sur de Alemania.
Hasta 1835 el Instituto tuvo, por lo que se sabe, un éxito moderado, recibiendo
una media de quince estudiantes al año, de los cuales entre el 70 y el 90 por
100 estaban interesados en la farmacia, el resto en la química. El punto
crucial en la historia del Instituto, al igual que en la carrera de Liebig,
tuvo lugar cuando, en 1831, éste desarrolló un aparato para analizar compuestos
orgánicos, que era lo suficientemente sencillo como para poder ser utilizado de
manera sistemática por sus estudiantes para resolver nuevos problemas; esto es,
para investigar. Sirviéndose de él, el propio Liebig desentrañó inmediatamente
la composición de catorce alcaloides y de otros compuestos.
Antes de continuar es preciso explicar que el instrumento —y la técnica
correspondiente— de Liebig no se puede considerar, desde ningún punto de vista,
el inicio de la química orgánica. El primer avance sustancial en la base
analítica de esa rama de la química se había producido antes, fruto de la
colaboración de dos químicos franceses, Joseph Louis Gay-Lussac (1778-1850) y
Louis Jacques Thénard (1777-1857), que expusieron en una monografía
titulada Recherches physico-chimiques (Investigaciones físico-químicas;
1801-1811). El avance en cuestión constituyó el primer método aplicable de
forma general para determinar los porcentajes de carbono, hidrógeno y oxígeno
—los elementos químicos básicos de los compuestos orgánicos— presentes en una
sustancia, el prerrequisito para determinar su fórmula química. Utilizando su
método (basado en oxidar la muestra con cloruro potásico en un tubo vertical,
cuyo fondo se calentaba fuertemente, y en recoger los gases resultantes),
Gay-Lussac y Thénard analizaron diecinueve sustancias orgánicas.
Aunque daba resultados fiables, el método de los químicos franceses era de una
dificultad intrínseca considerable, pero ésta fue suavizada, que no eliminada
completamente, por Berzelius, quien obtuvo resultados de confianza para trece
compuestos, que publicó en 1814. Durante los diecisiete años siguientes, el
procedimiento de Gay-Lussac, Thénard y Berzelius no cambió esencialmente. Hasta
la llegada de Liebig.
Parece increíble, pero ¡cuánto puede hacer un nuevo instrumento, y una persona!
Cuando Liebig llegó a Giessen, la mayor parte de los químicos alemanes —y
también los no alemanes— todavía se ocupaban únicamente de cuestiones relativas
a la química inorgánica, aunque la orgánica ya había comenzado a atraer
interés. Un problema serio en ésta eran las discrepancias entre los diferentes
resultados de los análisis de compuestos orgánicos, consecuencia de las
dificultades antes mencionadas. Con el aparato de Liebig se superaba este
problema, lo que reforzó el interés y posibilidades de la química orgánica.
Equipo químico de Michael Faraday.
En
1835, Berzelius, el gran maestro de los antiguos métodos, escribía a Wöhler,
quien, recordemos, había sintetizado la urea: «Todos los días utilizamos el
aparato de Liebig. Es espléndido. Con pequeñas modificaciones hemos llegado tan
lejos que parece imposible que los resultados que se obtienen no sean
correctos».
En Giessen, Liebig explotó sus nuevos métodos, pero no sólo él, también sus
estudiantes. El procedimiento que siguió, una novedad entonces, fue adjudicar
problemas de investigación a sus alumnos, una vez que éstos habían adquirido
una formación básica. Esta fue su gran innovación, combinar enseñanza e
investigación, no el hecho de que enseñase química en el laboratorio, algo que
aunque no demasiado frecuente ya se hacía en otros lugares: en la École
Polytechnique de París, por ejemplo, desde 1795; incluso en alguna universidad
germana, en Gotinga (desde 1810), Landshut (1820) y Jena (1820). El éxito de
Liebig trajo, finalmente, la ayuda de la universidad, que en 1834 aprobó una
mejora de las precarias instalaciones de que disponía; el año siguiente incluía
en sus presupuestos un ayudante para el ya maestro reconocido
internacionalmente, ayudante que de hecho Liebig había estado pagando de su
propio bolsillo durante años. El número de estudiantes también aumentó: en 1836
alcanzó los 20 por primera vez; en 1838 llegaba a 21, con lo que el número de
los presentes en el laboratorio ascendió a 33, una cifra grande para las
dimensiones del centro. Y los alumnos no sólo eran alemanes, también había extranjeros.
Justus von Liebig.
Aplicaciones
industriales de la química de Liebig
A través de sus estudiantes, la influencia de Liebig se extendió también al
mundo académico e industrial. En el primero, el académico, muchos de sus
mejores alumnos (entre los que se cuentan Friedrich August Kekulé [1829-1896],
Charles Frédéric Gerhardt [1816-1856] y Charles Adolph Wurtz [1817-1884])
obtuvieron puestos académicos, con frecuencia apoyados por el propio Liebig.
Estos nuevos profesores extendieron los métodos de enseñanza de su maestro.
Otras disciplinas también se vieron influidas por las enseñanzas de Liebig.
Como la agricultura, en la que publicó, en 1840, un libro especialmente
influyente: Die organische Chemie in ihrer Anwendung auf Agricultur und
Physiologie (Química orgánica y sus aplicaciones a la agricultura y
a la fisiología), en el que, entre otros temas, se analizaba el papel del
carbono en la nutrición de las plantas. Fruto de esa influencia fue el
establecimiento de «Estaciones experimentales de agricultura» en las que la
química agrícola desempeñaba un papel importante. En 1877 existían 74 de estas
estaciones en Alemania, 16 en Austria, 10 en Italia, 7 en Suecia, 3 en Rusia,
el mismo número que en Bélgica y Suiza, 2 en Holanda y en Francia y 1 en
Dinamarca, Estados Unidos, Escocia y España.
Robert Bunsen.
En
cuanto a la industria, ya en 1827 uno de sus alumnos, Heinrich E. Merck
(1794-1855), fundó en Darmstadt, animado por el propio Liebig, la Chemische
Fabrik E. Merck para la producción a gran escala de productos farmacéuticos; es
bien sabido que en la actualidad Merck, dentro del grupo «Merck-Sharp &
Dohme» es un gigante de la industria farmacéutica, aunque ya, y por diferentes
motivos —las guerras mundiales, entre ellos— su centro no sea Alemania sino
Estados Unidos. Otro pupilo de Liebig que se convirtió en un industrial
importante fue Karl Clemm, que fundó junto con su hermano Gustav una industria
dedicada inicialmente a la producción de fertilizantes artificiales; más tarde,
sin embargo, ampliaron su campo de intereses a la sosa y el ácido sulfúrico, así
como a los tintes; en 1865 esa compañía tomó el nombre de Badische Anilin und
Soda-Fabrik (BASF), una de las grandes de la industria química mundial, y cuyos
brazos se extienden hoy por numerosos ámbitos industriales.
Aunque me haya centrado en él, Liebig (que se trasladaría a Múnich en 1852) no
fue el único químico alemán importante en producir, a través de su magisterio,
números significativos de estudiantes hacia mediados de siglo. Friedrich
Wöhler, profesor de química y farmacia en la Facultad de Medicina de Gotinga
desde 1836, y Robert Wilhelm Bunsen (1811-1899), que ocupó una cátedra en
Marburgo entre 1838 y 1851, antes de pasar a Breslau por un año, para acabar
finalmente en Heidelberg, son también dignos de mención. Asimismo es
representativo que en 1867, y a iniciativa de otro estudiante de Liebig, August
Hofmann (1818-1892), se fundase una Deutsche Chemische Gesellschaft (Sociedad
Alemana de Química), a la que siguió en 1877 la Verein Analytischer Chemiker
(Asociación de químicos analíticos), que en 1896 se convertiría en la Verein
Deutscher Chemiker (Asociación de químicos alemanes).
Liebig, Wöhler, Bunsen y sus respectivos estudiantes, al igual que otros
químicos acaso no tan conocidos, elevaron rápidamente la calidad y categoría de
la química orgánica alemana, que hacia 1820 se encontraba mediatizada y
limitada por profesiones más tradicionales como la farmacéutica. Es desde esta
perspectiva que debemos entender el ascenso de la química orgánica; un ascenso
y desarrollo que se hace evidente sin más que considerar el que en 1888 se
conocían las fórmulas estructurales de 20.000 compuestos orgánicos, por 74.000
en 1899 y cerca de 140.000 en 1910. Al comenzar el último cuarto del siglo XIX,
Alemania contaba con suficientes químicos orgánicos como para sacar muy buen
partido de una nueva química con grandes posibilidades prácticas, en, por
ejemplo, la industria de los tintes.
En la historia de la industria química, y probablemente en la historia de toda
la ciencia directamente dependiente del conocimiento científico, la producción
de tintes en Alemania figura como la primera que alcanzó proporciones
gigantescas. Sólo en exportación se pasó de 58 millones de marcos en 1890, a
138 en 1902 y 209 en 1912.
La universidad, los lander (Estados) alemanes, se dieron
cuenta de este valor de la ciencia. Y reaccionaron dotando crecientemente a las
universidades de laboratorios en los que los estudiantes aprendían la práctica
científica, una práctica que servía tanto para que más tarde contribuyeran a
hacer avanzar el conocimiento científico como para poner sus saberes al
servicio de industrias interesadas en beneficiarse de las potencialidades de la
química. Fue, en resumen, en esta rama de la ciencia, y en Alemania, en donde
de manera extendida se crearon laboratorios e institutos de investigación
abiertos a los estudiantes, en los que enseñanza e investigación se admitían y
enriquecían mutuamente. Se puede y debe decir que aquel fue un momento clave
para la institucionalización de la ciencia.
Interludio: el caso de Kekulé
He mencionado que uno de los alumnos destacados de Liebig fue Friedrich August
Kekulé von Stradonitz, un hombre que inicialmente no parecía destinado a la
química: comenzó a estudiar arquitectura en Giessen (lo que algunos han
considerado como un elemento que pudo intervenir en sus aportaciones a la
estereoquímica), pero el poder de atracción de las clases de Liebig le llevó a
estudiar química. Más tarde, y siguiendo el consejo de éste, amplió, entre 1851
y 1852, estudios en París con otro gran químico: Jean Baptiste André Dumas
(1800-1884). Después de trabajar un año y medio en Suiza para un adinerado
químico, marchó a Londres en 1854 como ayudante de otro químico, el escocés
John Stenhouse (1809-1880). Al regresar a Alemania, en 1855, abrió un pequeño
laboratorio privado en Heidelberg, dando clases también en la universidad (sin
recibir ningún salario), iniciando así una carrera universitaria que le
llevaría a ocupar cátedras en las universidades de Gante (1858) y Bonn (1867).
Tal fue la carrera de un científico cuyo nombre es imprescindible mencionar.
Explicaré brevemente por qué.
El camino abierto por Lavoisier necesitaba de muchos exploradores que
desbrozasen sendas enmarañadas por un enorme número de sustancias, un número
que crecía, además, continuamente, especialmente con el desarrollo de la
química orgánica. ¿Cuáles eran los elementos que formaban esas sustancias? Y
puestos a hablar de elementos, ¿cuántos existen en la naturaleza? (con
anterioridad a 1700, únicamente eran conocidos el antimonio, arsénico, azufre,
carbono, cobre, estaño, fósforo, hierro, mercurio, oro, plata y plomo; durante
el siglo siguiente se añadirían a la lista otros 21). Pero el problema de la
estructura de la materia no se limita a cuáles son sus bloques fundamentales —elementos
químicos—, ni en qué proporción intervienen. También está la cuestión de cómo
se unen esos elementos para formar las diversas sustancias químicas; la
cuestión, en definitiva, del enlace. Y en este dominio poco cambió desde los
tiempos de Lavoisier hasta Kekulé; más concretamente hasta 1858, cuando éste
publicó un artículo en el que, después de ofrecer los argumentos por los que
pensaba que el carbono —en torno al cual gira la poderosa química orgánica—
debía tener una valencia igual a cuatro (esto es, que se une con cuatro átomos
de un elemento monoatómico, o con dos de uno diatómico, etc.), sentó las bases
esenciales de la denominada «teoría estructural» (estereoquímica). Lo que hizo
en él Kekulé es postular que los átomos de carbono se pueden combinar entre sí
formando cadenas, esto es, estructuras cerradas, cuando hasta entonces nadie
había pensado que las combinaciones químicas pudiesen ser otra cosa que no
fuesen estructuras lineales abiertas. En 1865 dio un nuevo paso en este sentido
al presentar su teoría de la estructura del benceno, que para él tenía la forma
de un anillo hexagonal con seis átomos de carbono interrelacionados y unidos a
átomos de hidrógeno. «La pieza más brillante de la producción científica que
puede encontrarse en toda la química orgánica», señaló Francis Japp en una
conferencia conmemorativa en honor de Kekulé, pronunciada en 1898, añadiendo
que en aquel momento «tres cuartas partes [de esa química] son directa o
indirectamente producto de esta teoría». Se abrió entonces otro mundo a la
química; podría incluso decirse que la arquitectura entró en esta rama de la
ciencia. En palabras del historiador William Brock: «Kekulé transformó la
química como después Picasso transformó el arte».
Explicado este logro, volvamos a las dimensiones socioeconómicas de la química
orgánica.
Alemania, líder de la ciencia e industria química
Durante décadas la química orgánica alemana dominó el mundo científico e
industrial internacional. Una pregunta que se puede plantear es por qué fue
así. ¿No es, al fin y al cabo, la ciencia una empresa universal, que no conoce
fronteras? Podrían haber contado con una ventaja inicial importante, como
atestigua el caso de Liebig, pero una vez difundidos los resultados y métodos
de éste, ¿no pudieron otros países desarrollar lo suficiente esa química para
competir y también acaso desbancar a Alemania? En favor de esta posibilidad
está, además, el hecho de que las puertas del laboratorio de Liebig, al igual
que las de otros prolíficos maestros en la investigación y enseñanza de la
química: Adolf von Baeyer (1835-1917), que ocupó cátedras en Berlín,
Estrasburgo y Múnich, Emil Fischer (1852-1919; Múnich, Erlangen, Wurzburgo y
Berlín) y Franz Hofmeister (1850-1922; Praga y Estrasburgo), se encontraban
abiertas no sólo para nacionales sino también para extranjeros, y bastantes de
éstos se beneficiaron de tal posibilidad. Más aún, algunos químicos orgánicos
germanos se trasladaron a otros países. Uno de ellos, el ya citado estudiante
de Liebig, August Hofmann, me sirve para ilustrar algunas de las razones del
éxito alemán.
En 1845, Hofmann se trasladó, con la intervención personal del príncipe
consorte Albert, el marido de la reina Victoria, a Londres, para intentar
mejorar la enseñanza e investigación química en el nuevo Royal College of
Chemistry. Allí, y hasta que regresó a su patria, cuestión de la que me ocuparé
enseguida, Hofmann educó a prácticamente todos los químicos británicos
involucrados en la química (e industria) de los tintes. Uno de sus estudiantes
fue William H. Perkin (1838-1907), quien en 1856 encontró, partiendo del
alquitrán, una sustancia de color violeta que denominó mauveína (por su
semejanza con el color de las corolas de la flor de malva). Perkin era hijo de
un tintorero y envió el producto a su padre, quien después de ensayarlo, lo
empleó para teñir fibras textiles. Aquello fue el inicio de una importante
industria, que no tardó demasiado en crecer rápidamente, fomentando la
investigación y la enseñanza superior de la química.
La química orgánica británica se beneficiaba de esta manera de la aportación
alemana, importando «cerebros», diríamos hoy. Pero Inglaterra no pudo, no supo,
retener al gran cerebro, a Hofmann, que regresó a Alemania en 1865, tras
aceptar una atractiva oferta del gobierno prusiano. La propuesta de su país
significaba, por supuesto, un salario más elevado, pero había más: en Londres
siempre tuvo que luchar en contra de estrecheces, mientras que en la
Universidad de Berlín, cuyo Instituto de Química pasó a dirigir, se le ofrecían
mejores instalaciones. La dinámica de la universidad alemana ya era muy
superior a la de las restantes naciones europeas, mucho más ágil; las distintas
universidades, apoyadas por los lander, trataban de conseguir a los
mejores profesores, dotándoles con frecuencia de nuevos institutos. No fue sólo
Hofmann el que regresó, otros químicos alemanes que habían emigrado a Gran
Bretaña también volvieron. Y sabemos que la industria de colorantes artificiales
británica comenzó a decaer hacia 1873, justo cuando la mayoría de aquellos
científicos alemanes regresaron a su patria. Retornaron porque se les ofrecían
mejores condiciones. Y se les ofrecían mejores condiciones porque la química se
había institucionalizado, porque había atraído la atención del poder político e
industrial. Asimismo, como se había institucionalizado, la investigación
química continuó progresando y superando a la de otras naciones. Tan sencillo
como una regla de tres, tan inevitable como la pescadilla que se muerde la
cola, pero parece que más de un siglo después algunos países —España entre
ellos— no han comprendido alguna de las lecciones que se extraen de ejemplos
históricos como éste.
La síntesis electromagnética: Faraday y Maxwell
La otra rama de la ciencia que desempeñó un papel central en la
institucionalización de la ciencia durante el siglo XIX fue la electricidad y
el magnetismo, más correctamente, el electromagnetismo. Es hora de adentrarse
en esta historia, que posee sus propias características (el protagonismo
nacional estuvo más compartido, destacando en particular Gran Bretaña).
Hans Christian Oersted.
André-Marie Ampère.
Fue
a lo largo del siglo XIX cuando más se avanzó en el conocimiento de la
electricidad y el magnetismo, fenómenos o propiedades conocidos desde la
antigüedad. El núcleo principal de esos avances se encuentra, sin duda, en que,
frente a lo que se suponía con anterioridad, electricidad y magnetismo no son
fenómenos separados, sino que están interrelacionados. El punto de partida para
llegar a este resultado crucial fue el descubrimiento realizado en 1820 por el
danés Hans Christian Oersted (1777-1851) de que la electricidad producía
efectos magnéticos (una corriente eléctrica desviaba una aguja imantada en los
instantes en que se establecía o anulaba —esto es, cuando variaba— la
corriente). La noticia del hallazgo del profesor danés se difundió rápidamente,
y en París André-Marie Ampère (1775-1836) demostró experimentalmente que dos
hilos paralelos por los que circulan corrientes de igual sentido se atraen,
repeliéndose en el caso de que los sentidos sean opuestos. Poco después, Ampère
avanzaba la expresión matemática que representaba aquellas fuerzas. Su
propósito era el dar una teoría de la electricidad sin más que introducir esa
fuerza (para él «a distancia») en las ecuaciones de la mecánica newtoniana; no
en vano se le llamó «el Newton de la electricidad». Pero el mundo de la
electricidad y del magnetismo resultó ser demasiado complejo como para que se
pudiese cumplir semejante programa, como se encargó de demostrar Michael
Faraday (1791-1867), uno de los gigantes de la ciencia del siglo XIX, y, en
general, de la ciencia de todos los tiempos.
El caso de Faraday no es frecuente en la historia de la física: su formación
matemática era muy elemental; sin embargo, no sólo llevó a cabo descubrimientos
experimentales básicos, sino que también introdujo conceptos, como las nociones
de «líneas de fuerza» y de «campo», que en su momento se convirtieron en piezas
fundamentales de la teoría electromagnética. Tampoco es frecuente encontrarse
con científicos que dejaron su marca en diversas disciplinas científicas y
tecnológicas, aunque en este punto hay que señalar la influencia que pudo tener
en él el ejemplo de su maestro, Humphry Davy, cuyos descubrimientos no se
limitaron a la química o a la física, sino también a lo que hoy denominaríamos
«tecnología» (desarrolló, por ejemplo, la «lámpara Davy», que permitió que los
mineros dispusiesen de una iluminación segura en galerías en las que abundaban
gases explosivos).
Los primeros trabajos químicos de Faraday siguieron los caminos abiertos por su
patrón y maestro, Davy, realizando importantes contribuciones a la química;
como sus estudios sobre el cloro, que le llevaron a encontrar dos nuevos
cloruros de carbono, o el descubrimiento, en 1825, del benzeno, que, como ya
sabemos, desempeñaría un papel central en los trabajos de August Kekulé sobre
la estructura molecular. También contribuyó a la física de los gases,
desarrollando (en 1823) métodos para licuarlos (sometiéndolos a presión), y
llevó a cabo los primeros experimentos sobre la difusión de gases, un fenómeno
señalado por vez primera por John Dalton, cuya importancia física fue puesta en
evidencia más claramente por Thomas Graham (1805-1869) y Josef Loschmidt
(1821-1895). Investigó las aleaciones del acero, y produjo nuevos tipos de
vidrio para fines ópticos (una muestra de uno de estos vidrios se convirtió
después en históricamente importante como el sustrato sobre el que Faraday
detectó la rotación del plano de polarización de la luz cuando se sitúa el
cristal en un campo magnético).
Pero todos estos trabajos, aunque importantes en sí mismos, han quedado un
tanto oscurecidos en la memoria histórica por sus descubrimientos eléctricos,
un dominio en el que, de hecho, se había introducido muy pronto, al menos en
1812, cuando construyó una pila voltaica con siete medios peniques, siete
discos de lámina de zinc y seis piezas de papel mojado en agua salada. ¡Qué
tiempos aquellos en que con semejante instrumento se podían realizar
experimentos de relevancia!
Michael Faraday, fotografía de Maull y Polyblank, publicada en octubre de
1857.
En
1821, poco después de saber de los trabajos de Oersted, Faraday demostró que un
hilo por el que pasaba una corriente eléctrica podía girar de manera continua
alrededor de un imán, y viceversa, con lo que se vio que era posible obtener
efectos mecánicos (movimiento) de una corriente que interacciona con un imán.
Diez años después, en 1831, Faraday dio un nuevo gran paso al descubrir la
inducción electromagnética, un fenómeno que ligaba en general los movimientos
mecánicos y el magnetismo con la producción de corriente eléctrica. Este
fenómeno, que también descubrió (de hecho antes, aunque lo hizo público después
que Faraday) el físico estadounidense Joseph Henry (1797-1878), representaba el
efecto recíproco al descubierto por Oersted; ahora la variación de magnetismo
producía electricidad, lo que reforzó la idea de que en lugar de hablar de
electricidad y magnetismo había que referirse al electromagnetismo. Es
importante señalar, asimismo, que la inducción electromagnética tuvo una gran
repercusión en el dominio de la técnica, al permitir construir los primeros
motores, un transformador y una dinamo. Hay que resaltar, no obstante, que lo
que le interesaba a Faraday no eran las aplicaciones prácticas, sino los
principios que gobiernan el comportamiento de la naturaleza, y en particular
las relaciones mutuas entre fuerzas en principio diferentes, aunque en realidad
la anterior es una manera equívoca de expresarse: Faraday, como la mayoría de
los pioneros del electromagnetismo o de la química orgánica, los Kelvin,
Maxwell o Liebig, contemplaba el mundo de una manera integral; buscaba lo
auténticamente básico, es cierto, lo fundamental, la ciencia pura, por
sí misma, pero la perseguía —y la veía— en todo lo que la naturaleza,
espontánea o «artificial», le ofrecía; una lección esta a la que después muchos
científicos —no los verdaderamente grandes— no han dado demasiada importancia,
y que ha conducido, entre otros efectos, a la ya señalada distinción radical y
errónea entre ciencia «pura» y ciencia «aplicada», entre ciencia y tecnología.
J.
Clerk Maxwell sobre el descubrimiento de Faraday de la inducción de las
corrientes eléctricas en un artículo que publicó («Faraday») en
la Encyclopaedia Britannica:
En
diciembre de 1824, Faraday había intentado obtener una corriente eléctrica por
medio de un imán, y en tres ocasiones había realizado intentos elaborados pero
infructuosos para producir una corriente en un hilo por medio de una corriente
en otro hilo, o por un imán. Perseverando, el 29 de agosto de 1831 obtuvo la
primera evidencia de que una corriente eléctrica puede inducir otra en un
circuito diferente. El 23 de septiembre escribe a su amigo R. [Richard]
Phillips: «Ahora estoy ocupado de nuevo con el electromagnetismo y creo que he
conseguido una cosa buena, pero no estoy seguro. Acaso sea una mala hierba en
lugar de un pez lo que, después de todo mi trabajo, pueda finalmente sacar».
Este fue el primer experimento en el que tuvo éxito. Tras nueve días más de
experimentos, había llegado a los resultados descritos en su primera serie de
las «Investigaciones Experimentales» leídas en la Royal Society el 24 de
noviembre de 1831.
Mediante un intenso esfuerzo mental, en menos de tres meses desde su primer
desarrollo, Faraday había llevado la nueva idea a un estado de madurez
perfecta. La magnitud y originalidad de su logro puede estimarse esbozando la
historia que siguió a su descubrimiento. Como era de esperar, enseguida fue
objeto de investigación por todo el mundo científico, pero algunos de los
físicos más experimentados fueron incapaces de evitar errores al exponer, en lo
que imaginaban era un lenguaje más científico que el de Faraday, los fenómenos
que tenían ante ellos. Hasta el momento presente, los matemáticos que han
rechazado el método empleado por Faraday para formular su ley, como indigno de
la precisión de su ciencia, no han tenido éxito en concebir fórmulas
esencialmente diferentes que expresen completamente los fenómenos, sin
introducir hipótesis acerca de la acción mutua de objetos que no tienen
existencia física, tales como elementos de corrientes que fluyen surgiendo de
la nada, luego van por un hilo, y finalmente se sumergen de nuevo en la nada.
Tras casi medio siglo de esfuerzos de este tipo, podemos decir que, aunque las
aplicaciones prácticas del descubrimiento de Faraday han aumentado, creciendo
en número y valor cada año, no se ha descubierto ninguna excepción a la
formulación de estas leyes tal como las dio Faraday, no se ha añadido ninguna
nueva ley, y la formulación original de Faraday permanece hasta el día de hoy
como la única que expresa exactamente aquello que se puede verificar por
experimentos, y la única mediante la cual la teoría de los fenómenos se puede
expresar de una manera que es exacta y numéricamente precisa y a la vez dentro
del rango de los métodos elementales de exposición.
La
intuición natural y habilidad experimental de Faraday hicieron avanzar
sustancialmente el estudio de los fenómenos electromagnéticos, pero para poder
desarrollar una teoría general del electromagnetismo se necesitaba otro tipo de
científico. No hubo que esperar mucho, ni alejarse de Gran Bretaña para que tal
personaje, el escocés James Clerk Maxwell (1831-1878), apareciese.
Limitarse a hablar de Maxwell únicamente a propósito del electromagnetismo es
comprensible, pero al historiador de la ciencia le sangra el alma verse
obligado a sacrificar otros aspectos de su obra científica. En mi opinión, en
una hipotética escala de los «mejores físicos de todos los tiempos», sólo le
precederían sin duda Isaac Newton y Albert Einstein. Da idea, aproximada claro
está, de su grandeza unas hermosas frases que le dedicó en 1888, con relación a
sus trabajos sobre física estadística y teoría cinética de los gases, uno de
sus mayores admiradores, un gran científico él mismo, Ludwig Boltzmann
(1844-1906):
Un
matemático reconocerá a Cauchy, Gauss, Jacobi, Helmholtz después de leer unas
pocas páginas, al igual que los músicos reconocen, a partir de las primeras
líneas del pentagrama, a Mozart, Beethoven o Schubert. Una suprema elegancia
externa pertenece a los franceses, aunque en ocasiones esté combinada con
alguna debilidad en la construcción de las conclusiones; el mayor vigor
dramático pertenece a los ingleses, y sobre todo a Maxwell. ¿Quién no conoce su
teoría dinámica de los gases? En primer lugar, se despliegan las variaciones de
las velocidades en un orden majestuoso; a continuación entran por un lado las
ecuaciones de estado, y del otro las ecuaciones del movimiento central; surge
con frecuencia cada vez mayor una riada caótica de fórmulas, hasta que de
repente resuenan las cuatro palabras: «Hagamos n = 5», y el maligno
demonio V [la velocidad relativa de dos moléculas] desaparece, igual
que una salvaje y superpoderosa nota puede ser reducida repentinamente al
silencio en el violón. Como si una aparentemente desesperada confusión fuese
puesta en orden con una varita mágica. No hay tiempo para explicar por qué se
hace una u otra sustitución; dejemos que aquel que no lo sienta en sus huesos
abandone el libro. Maxwell no es un compositor de programas de música que tenga
que introducir su obra con una explicación escrita. Obedientemente, sus
fórmulas proporcionan resultado tras resultado, hasta que alcanzamos el efecto
final de sorpresa. El problema del equilibrio térmico de un gas pesado ha sido
resuelto y el telón cae.
John. F. Daniell y M. Faraday en 1841.
La Royal Institution de Londres.
Electroimán de herradura utilizado por Faraday.
Maxwell
fue capaz de unir todos los cabos sueltos que proliferaban en la electricidad y
el magnetismo, matematizando también algunos de los conceptos de Faraday (como
el de las líneas de fuerza) e introduciendo ideas nuevas formuló una teoría
completa del campo electromagnético, que plasmó sobre todo en un célebre
artículo de 1865 titulado «A dynamical theory of the electromagnetic field»
(«Una teoría dinámica del campo electromagnético») y desarrolló luego en
su Treatise on Electricity and Magnetism (Tratado de
electricidad y magnetismo) de 1873. Y como siempre ocurre cuando se dispone
de una nueva teoría auténticamente fundamental, ésta no sólo describe aquellos
fenómenos para los que fue diseñada en principio, sino que explica y predice
otros. En el caso del electromagnetismo fue el propio Maxwell quien ya, al
menos en 1861, en uno de sus artículos fundacionales sobre la teoría del campo
electromagnético, se dio cuenta de que la luz era también un campo
electromagnético. «Desarrollé —escribía a William Thomson (1824-1907), el
futuro lord Kelvin, el 10 de diciembre de 1861— las ecuaciones del campo antes
de sospechar, en forma alguna, la proximidad entre los dos valores de la
velocidad de propagación de efectos magnéticos y de la luz, de manera que
supongo que tengo motivos para creer que los medios magnético y luminífero son
idénticos.» Al mundo científico, la noticia de que la luz debía considerarse
como una onda electromagnética le llegó a través de un artículo que publicó,
también en 1861, en la revista científica Philosophical Magazine:
«On physical lines of force» («Sobre líneas físicas de fuerza»). Más de ciento
cuarenta años después, todavía se puede apreciar la excitación que sentía
Maxwell cuando escribió allí: «Difícilmente podemos evitar la inferencia de
que la luz consiste de ondulaciones transversales del mismo medio que
es la causa de los fenómenos eléctricos y magnéticos».
Faraday pronunciando una conferencia en la Royal Institution ante el
Príncipe Consorte y el Príncipe de Gales.
En
otras palabras, ya no tenía sentido hablar, por separado, de óptica,
electricidad y magnetismo. En particular, la óptica pasaba a verse englobada en
el electromagnetismo.
J.
Clerk Maxwell expresó su deuda con Faraday en el «Prefacio a la primera
edición» (1 de febrero de 1873) de su A Treatise on Electricity and
Magnetism:
Según
avanzaba en el estudio de Faraday, me di cuenta de que su método de concebir
los fenómenos era también matemático, aunque no viniese presentado en la forma
convencional de símbolos matemáticos. También encontré que estos métodos eran
capaces de ser expresados en las formas matemáticas ordinarias, y así
comparados con los de los propios matemáticos.
Por ejemplo, Faraday vio, con el ojo de su mente, líneas de fuerzas atravesando
todo el espacio, allí donde los matemáticos veían centros de fuerza atrayendo a
distancia; Faraday vio un medio en donde ellos sólo veían distancia; Faraday
buscó el asiento de los fenómenos en acciones reales que se propagaban por el
medio…
Un
punto que merece la pena señalar es el de la recepción de la teoría
electromagnética de Maxwell. Muchos, especialmente los profanos en ciencia,
piensan que la Verdad científica es, una vez encontrada,
incuestionable y que se difunde rápidamente en el mundo de los científicos. Sin
embargo, no siempre esto es así, siendo muchos los motivos que explican
semejante hecho. La percepción de lo que es correcto o no, y la dificultad de
demostrar sus predicciones (nunca, de hecho, se puede probar completamente una
teoría), es uno de esos motivos. Un segundo es la complicación de la nueva
formulación; complicación, por ejemplo, en su presentación; un obstáculo este
frecuente y que suele ir desapareciendo con el tiempo, al ir apareciendo
presentaciones más simples, elegantes o didácticas. A este último rango
pertenecen los problemas que encontró en su difusión la teoría electromagnética
de Maxwell. Heinrich Hertz (1857-1894), quien en 1888 suministró una de las
demostraciones más trascendentales de la corrección de la teoría
electromagnética de Maxwell —la existencia de la radiación electromagnética—,
se refirió a esta dimensión de la formulación maxwelliana en la «Introducción»
de un libro que incluía una recopilación de sus escritos, publicado en 1892, en
la que encontramos párrafos tan sustanciales como los siguientes:
Y
ahora, para ser más preciso, ¿qué es lo que llamamos la teoría de
Faraday-Maxwell? Maxwell nos ha dejado como resultado de su pensamiento maduro
un gran tratado sobre Electricidad y Magnetismo; podría, por consiguiente,
decirse que la teoría de Maxwell es la que se promulga en ese trabajo. Pero tal
respuesta difícilmente será considerada satisfactoria por todos los científicos
que han considerado de cerca la cuestión. Muchas de las personas que se han
lanzado con celo al estudio del libro de Maxwell, e incluso aquellas que no han
tropezado en las inusitadas dificultades matemáticas, se han visto obligadas, a
pesar de todo, a abandonar la esperanza de formarse por sí mismas una visión
consistente completa de las ideas de Maxwell. Yo mismo no he tenido mejor
suerte. A pesar de tener la mayor admiración posible por las concepciones
matemáticas de Maxwell, no siempre me he sentido seguro de haber captado el
significado físico de sus afirmaciones. Por consiguiente, no me ha sido posible
guiarme en mis experimentos directamente por el libro de Maxwell. Más bien he
sido guiado por el trabajo de Helmholtz, como de hecho se puede comprobar
claramente de la manera en que mis experimentos han sido planteados. Pero
desgraciadamente, en el caso especial límite de la teoría de Helmholtz que
conduce a las ecuaciones de Maxwell, y a la que señalan los experimentos, la
base física de la teoría de Helmholtz desaparece, como de hecho ocurre siempre,
tan pronto como se deja de lado la acción a distancia.
James Clerk Maxwell.
El
electromagnetismo y la institucionalización de la ciencia
La secuencia de avances en la comprensión de los fenómenos electromagnéticos
que acabo de esbozar, centrándome especialmente en Faraday y Maxwell, sirve
para hacerse una idea de cómo se desarrolló un sistema teórico y experimental
—la, ahora, denominada «electrodinámica clásica» (también «maxwelliana»)—, cuya
importancia y papel en la comprensión de la naturaleza no es menor que el de la
dinámica y teoría de la gravitación universal newtonianas. Al mismo tiempo, he
aprovechado la ocasión para presentar a dos gigantes de la ciencia de todos los
tiempos: Faraday y Maxwell. Pero lo que en este capítulo me interesa sobre todo
con relación a la física del electromagnetismo es mostrar el servicio que ésta
prestó a la institucionalización de la ciencia que tuvo lugar durante el siglo
XIX, y para ello, para resaltar las conexiones, de todo tipo, de la ciencia, de
la ciencia electromagnética en este caso, con la sociedad, tengo que volver
hacia atrás, ya que esos contactos, ese beneficio mutuo, no necesitó de la
existencia de una teoría electromagnética acabada, tal y como aparecía, por
ejemplo, en el Treatise on Electricity and Magnetism de
Maxwell. Tengo, en concreto, que referirme a una de las grandes aplicaciones de
la ciencia de la electricidad y magnetismo del siglo XIX: la telegrafía.
Maxwell y su esposa en Escocia (c. 1875).
Tras
el descubrimiento de Oersted y de que Johann Schweigger (1779-1857) y Johann
Poggendorff (1796-1877) —destacados físicos al igual que editores de dos de las
revistas científicas más importantes alemanas: el Journal für Chemie
und Physik y el Annalen der Physik und Chemie,
respectivamente— construyesen, en 1820 y 1821, los primeros galvanómetros,
Ampère y Laplace propusieron la idea de telégrafos electromagnéticos que
utilizasen carretes (solenoides) y agujas magnéticas en el extremo receptor, en
un número igual al de los caracteres que se deseaban emplear en la transmisión.
De hecho, Harrison Gray Dyar construyó una línea telegráfica en Long Island,
Nueva York, que funcionó entre 1828 y 1829, en la que los mensajes se recogían
en una banda de papel mediante procedimientos electroquímicos. En 1830 el
físico estadounidense, ya citado, Joseph Henry construyó también una línea
telegráfica de poco más de 300 metros, lo mismo que hicieron Wilhelm Weber
(1804-1890) y Johann Karl Friedrich Gauss en Gotinga en 1833, aunque en aquella
ocasión llegaron al kilómetro y medio de longitud.
Hasta entonces se puede decir que, en esencia, la electricidad no pasaba de ser
uno de los atractivos juguetes de la filosofía natural con el que, por ejemplo,
un sabio apellidado Faraday practicaba en la Royal Institution londinense, y
que algunos inventores parecían tomar en serio. Pero pronto cambiaría la
situación de manera drástica, y aquellos inventores aventureros pasarían a ser
considerados pioneros por amplios estratos sociales. Los primeros en hacer de
la telegrafía un éxito comercial fueron dos británicos, William F. Cooke
(1806-1879), un oficial del ejército británico que al regresar de la India
asistió a una demostración práctica de la telegrafía en la Universidad de
Heidelberg, y Charles Wheatstone (1802-1875), profesor del King’s College de
Londres, esto es, un filósofo natural (físico), pero uno que no desdeñaba en absoluto
las aplicaciones prácticas de su disciplina, la física. Sus primeros intentos
de telegrafía se realizaron en 1837, con una línea entre Euston y Camden Town,
en Londres. Además de conseguir desarrollar un sistema comercial de telegrafía
eléctrica, fueron capaces de persuadir a los ferrocarriles para que adoptasen
su sistema, algo importante en un momento en que el ferrocarril se estaba
extendiendo rápidamente. En 1846, nueve años después de haber entrado en el
campo, Cooke y Wheatstone vendieron sus patentes a la Electric Telegraph
Company, la primera gran empresa británica dedicada a explotar industrialmente
la telegrafía. En 1868, existían en el Reino Unido 4.119 oficinas telegráficas
y cerca de 40.000 kilómetros de líneas. En 1870, la profesión de «ingeniero
telegrafista» había llegado al punto de que se crease una Society of Telegraph
Engineers (Sociedad de Ingenieros de Telegrafía). Y, recuérdese una vez más, la
creación de sociedades profesionales constituye el primer paso hacia la
institucionalización.
Charles Wheatstone.
Naturalmente
la historia del desarrollo de la telegrafía no se limita a Inglaterra (aunque
también es cierto que esta nación mantuvo durante bastante tiempo una posición
dominante en este campo); en una descripción medianamente completa habría que
referirse también a, por ejemplo, al estadounidense Samuel Finley Morse
(1791-1872), que en abril de 1838 obtuvo una patente de un sistema que
incorporaba la idea de su luego famoso código. Pero no es mi intención entrar
en esta cuestión. Lo que me interesa es que se entienda que las aplicaciones
del electromagnetismo ya se abrían camino, con fuerza creciente, en la década
de 1840, cuando Maxwell ni siquiera se había graduado en Cambridge (lo hizo en
1854). En este sentido, no se puede decir —vuelvo a una cuestión que apunté
antes— que el conocimiento científico guiase al práctico, que la ciencia pura
precediese a la aplicada. Como en muchos otros casos, anteriores y posteriores,
la relación ciencia-tecnología resultó ser más complicada, y más rica también,
que la contenida en tantos cantos a la belleza y valor —que, por supuesto,
existen, pero hay más— del conocimiento científico puro, por sí mismo, previo a
intereses, se dice, aplicados que prostituyen la esencia de la
ciencia. Así, aunque el descubrimiento (científico) de Oersted había dado pie a
imaginar la posibilidad (práctica) de la telegrafía, una vez abierta la puerta
de aquella posibilidad, inventores, emprendedores y científicos emprendieron,
juntos o por separado, la lucha por lograr hacer realidad tal idea. A lo largo
de ese camino, la ciencia siguió aportando beneficios a la, como diríamos hoy,
tecnología (los trabajos de Faraday, Wheatstone o William Thomson, por
ejemplo), pero también aquélla se benefició de ésta. Se ha argumentado en este
sentido que la noción de campo de Faraday, esencial para el desarrollo de la
teoría electromagnética, es acreedora al descubrimiento del retraso que sufría
la corriente eléctrica cuando era transmitida a lo largo de grandes distancias
de cables telegráficos subterráneos.
Llegada a tierra (Crimea, 1855) de un cable telegráfico submarino.
El
caso de William Thomson/Kelvin es particularmente significativo: comenzó a
interesarse en la telegrafía por cable por los alrededores de 1853-1854, y
continuó ocupándose de ella durante el resto de su vida; una actividad que no
sólo le reportó dinero y fama social, sino que también tuvo un profundo efecto
en los problemas científicos de que se ocupó, e incluso, como han señalado sus
más recientes biógrafos (Smith y Wise), en la manera en que concibió los
fenómenos electromagnéticos. Finalmente no podemos olvidar que el éxito de la
telegrafía repercutió favorablemente en los físicos. Entre 1854 y 1867 dobló su
tamaño la red telegráfica británica. El precio de un mensaje se redujo a la
mitad y el volumen de comunicaciones se cuadruplicó. Obviamente aumentó también
la oferta de trabajo en la producción y utilización de conductores eléctricos,
aislantes, baterías e instrumental telegráfico, lo que a su vez creó una fuerte
demanda de instrucción en telegrafía e, indirectamente, en electricidad. Los
Royal Engineers, que durante la guerra de Crimea habían aprendido a valorar el
nuevo medio de comunicación, establecieron en 1857 una Escuela Telegráfica
Militar en Chatham, que instruyó a cientos de oficiales y soldados en los
rudimentos de la electricidad, química y telegrafía. Los talleres industriales
en los que se fabricaban aquellos materiales e instrumentos también fueron
utilizados para formar especialistas. Pero ni Chatham ni los talleres servían
para resolver los nuevos problemas que, inevitablemente, terminaban
apareciendo. Se necesitaban otros centros. Uno de ellos fue el laboratorio de
Kelvin en Glasgow (en realidad, este laboratorio, situado en un sótano
desocupado, no estaba reconocido oficialmente por la universidad, de la que
Thomson era catedrático). A finales de la década de 1850 y principios de la de
1860, aquel laboratorio fue el único centro universitario en el que se podía
obtener algún tipo de enseñanza teórica y práctica relativa a la electricidad.
Esto fue posible en gran medida debido a que Thomson estaba implicado en el
desarrollo de la telegrafía, no porque su universidad o la sociedad
reconociesen el valor de sus trabajos. Con James White, Thomson había fundado
una compañía que generaba problemas que luego se intentaban resolver en su
laboratorio. En 1859, por ejemplo, cerca de veinte estudiantes estaban
trabajando allí sobre instrumentos telegráficos, galvanómetros, unidades de
resistencia, etc. La decisiva participación de Thomson en el establecimiento de
un cable submarino en 1866 entre las Islas Británicas y Norteamérica (tema al
que volveré enseguida), le reportó una gran fama. Su universidad quiso
agradecerle el reconocimiento que a través suyo estaba recibiendo,
construyéndole un nuevo laboratorio, que fue inaugurado en 1870. Entre 1866 y
1874, cuando la construcción de líneas telegráficas submarinas estaba en su
apogeo, el laboratorio de Thomson se vio inundado de estudiantes que querían
convertirse en «ingenieros telegráficos»; esto es, la universidad (su
laboratorio de física, más bien) desempeñaba las funciones de una Escuela
Politécnica. De hecho, no existieron en Gran Bretaña laboratorios de ingeniería
hasta 1878, lo que obligaba a los jóvenes que querían convertirse en lo que hoy
denominamos «ingenieros» a recibir su instrucción práctica bien en industrias,
como aprendices, bien en laboratorios de física en los que, como en el de
Kelvin, la electricidad ocupase una posición dominante. Esto ayudó,
evidentemente, a la física, y en este sentido se puede decir que la telegrafía
favoreció claramente la institucionalización de la ciencia física: entre 1878 y
1900 se establecieron 15 laboratorios de ingeniería eléctrica en Gran Bretaña.
El gran cable telegráfico submarino transatlántico que unía Europa y
Norteamérica según la prensa de 1865.
Una
vez en funcionamiento los cables telegráficos terrestres (aéreos o enterrados)
y en constante expansión, era difícil evitar que se intentase utilizar el mismo
principio para comunicar lugares separados por el mar. Hasta cierto punto era
un servicio más necesario que el terrestre, ya que las comunicaciones por mar
eran mucho más lentas y difíciles que por tierra. Fue en la India, en una fecha
tan temprana como 1839, en donde un tal O’Shanghuessy, que se ocupaba del
establecimiento de líneas telegráficas terrestres, sumergió un cable de cobre
en el Ganges, cerca de Calcuta. Las señales fueron transmitidas de una orilla a
otra, con lo que se demostraba experimentalmente las posibilidades de esta
forma de comunicación. En 1840, Wheatstone presentaba a la Cámara de los
Comunes un proyecto de cable telegráfico submarino para unir Dover y Calais.
Indicó los medios de ejecución y la forma de construir el cable, pero el
material conductor que proponía tenía unas propiedades de conducción eléctrica
tan malas que ni siquiera se lo pudo someter a ensayos. Existía, además, un
problema importante: la conductibilidad del agua salada exigía que cualquier
cable depositado en el fondo marino estuviese recubierto de un buen aislante
para que no perdiera la electricidad que pasaba por él. Ocurría, no obstante,
que las sustancias naturales que podrían servir de revestimiento aislante o
eran muy caras o, como el caucho, se deterioraban rápidamente en el medio
marino.
En 1849 esta situación cambió radicalmente con la introducción en Europa,
procedente de China, de un nuevo material muy parecido al caucho, pero que
tenía sobre éste la gran ventaja de ser inalterable con el agua, dulce o
salada: la gutapercha. Con ella de recubrimiento se logró, tras un intento
fallido, unir Dover y Calais. Un año más tarde, la línea se completaba uniendo
directamente Londres y París. Otras líneas continuaron los años siguientes a lo
largo y ancho del mundo.
En vista de estos logros era natural que pronto surgiese la idea de unir
telegráficamente Gran Bretaña con el continente americano. Así fue. El 20 de
octubre de 1856 se formó —básicamente, con capital británico y estadounidense—
la Atlantic Telegraph Company. No iba a ser, sin embargo, una empresa fácil de
llevar adelante. Las dificultades técnicas de todo tipo eran muy numerosas y
aunque el primer cable se instaló en 1857, no se consiguió depositar uno que
funcionase hasta 1866. William Thomson fue el máximo responsable de que se
pudiesen superar todas las dificultades científico-tecnológicas, y por ello la
reina Victoria le premió con el título de «sir», al que años más tarde seguiría
el de «lord».
Lord Kelvin. Caricatura publicada en Vanity Fair Album (1897).
El
impacto popular de semejante acontecimiento fue muy grande. Al fin y al cabo se
había conseguido reducir una larga travesía marítima a unos breves instantes,
en lo que a comunicaciones se refiere. En ninguna otra época de la historia de
la humanidad, incluida la presente, a pesar de toda la tecnología electrónica
disponible, se produjo una ruptura cualitativa de orden parecido. Políticos,
militares, hombres de negocios —toda la sociedad, en definitiva— tuvieron que
aprender nuevos modos de comportamiento. Cambió el mundo, el mundo de la
política, el mundo de los negocios y el de las relaciones internacionales. Más
correctamente: la física de la electricidad y el magnetismo cambió el mundo, y
nadie pudo dejar de advertir este hecho. La ciencia dejaba así el estrecho
dominio de los gabinetes, las aulas o las reales academias y entraba en los
hogares, que ya se podían iluminar de otra manera, con luz «blanca», en los
transportes, con trenes eléctricos subterráneos que ahora llamamos «metros», en
las comunicaciones, en la industria, en la política; en definitiva, en todas
partes.
Hay que señalar también que aunque me he estado refiriendo hasta ahora a Gran
Bretaña, no fue allí en donde únicamente se produjo el fenómeno que he
esbozado. Alemania, que consideré a propósito de la química orgánica,
constituye otro ejemplo magnífico, en algunos apartados más completo y
desarrollado, desde el punto de vista industrial y económico, que el británico.
En el desarrollo e institucionalización de la ciencia física germana influyeron
una serie de circunstancias de índole política y socioeconómica. A comienzos de
la década de 1870 la física tenía algo que la sociedad alemana necesitaba:
habilidad para suministrar conocimientos teóricos y prácticos en campos como la
electricidad, la óptica y la termodinámica, que eran sumamente útiles para la
industria. Favorecido por el establecimiento, en 1871, del Segundo Reich, que
llevó estabilidad política a los estados alemanes, hacia el último cuarto del
siglo XIX estaba en marcha el desarrollo industrial alemán, con sus industrias
de alta tecnología (eléctricas, químicas, ópticas, del vidrio, metalúrgicas,
instrumentos de precisión) y, al contrario que en otras naciones, en Alemania,
como también mencioné con relación a la química orgánica, se estableció con
frecuencia una relación fluida e intensa entre ciencia e industria, como denota
el repentino crecimiento experimentado por el número y condiciones de los
institutos de física, que coincidió con un hecho histórico clave en la industria
eléctrica, las mejoras en el principio de la dinamo introducidas en la década
de 1860 por Werner von Siemens y otros (posteriormente continuó siendo
mejorada, por ejemplo, por Edison en la década de 1870; expresado de manera muy
elemental, una dinamo es un dispositivo de transformación de energía: se aplica
una cierta cantidad de potencia a la caja de la armadura para mantenerla en
rotación, y la máquina produce corriente eléctrica mientras barre los
terminales).
Lord Kelvin dictando su última clase (1899).
Todas
esas industrias eran «hijas de la física» y estaban dispuestas a reembolsar a
su madre por sus servicios. Se trataba, además, de las industrias responsables
de la rápida industrialización alemana, de sacarla de la Gran Depresión de
1873-1896, y de convertirla en el principal poder económico mundial de
principios del siglo XX. En otras palabras, el Estado que Bismarck estaba
intentando construir necesitaba fomentar el desarrollo industrial, y por tanto
requería —y así lo reconoció— de un grupo numeroso de profesionales y
funcionarios con formación en ciencia y tecnología. Por este motivo, estuvo
dispuesto a apoyar nuevas instituciones científico-tecnológicas, dotándolas,
así como a las ya existentes, con mayor generosidad de como se había hecho en
el pasado. Si hacia 1865 Alemania disponía de unos pocos, y en buena medida
anticuados, gabinetes, albergados en locales construidos para otros fines, y un
número todavía menor de laboratorios, en 1914 —el año que comenzó la Primera
Guerra Mundial— cada una de sus 21 universidades disponía de avanzados
laboratorios en edificios cuya construcción había costado cientos de miles de
marcos y que estaban dotados con presupuestos bastante generosos. Si hacia 1865
la asistencia a las clases de física raramente alcanzaba cifras superiores a
los cincuenta alumnos, en 1914 los nuevos laboratorios eran capaces de instruir
a cien o más estudiantes. Si con anterioridad a 1865 no existía más de un
ayudante de física en ninguna universidad, en 1914 muchos institutos disponían
de tres o cuatro asistentes.
¿Sorprenderá a alguien que en aquel medio surgieran en el nuevo siglo, el XX,
personajes como Albert Einstein, Max Planck, Fritz Haber, Werner Heisenberg,
Richard Willstätter, Otto Hahn o Max Born? No, claro que no. Aunque siempre es
conveniente pensar que somos padres de nuestro futuro, sabemos muy bien que
también somos hijos de nuestro pasado.
Un nuevo mundo: las ondas hertzianas
Ninguna exposición sobre la ciencia del electromagnetismo del siglo XIX estaría
completa sin mencionar las ondas hertzianas. Ya aludí a ellas, mientras
repasaba las principales contribuciones de Maxwell, pero fue muy de pasada e
indirectamente; ahora sí es el momento, aunque no con mucha más extensión, de
detenerme en ellas para terminar así este capítulo.
Todo comenzó con otra de las predicciones de la teoría de Maxwell: la
existencia de radiación electromagnética; o, lo que es lo mismo, la emisión de
ondas electromagnéticas, de energía, cuando se aceleran cuerpos cargados. Como
ya señalé, esta predicción fue demostrada experimentalmente en 1888 por un
antiguo estudiante de Helmholtz, Heinrich Hertz. El trabajo de Hertz atrajo
atención inmediatamente al problema de la comunicación sin hilos. El prolífico
inventor Thomas Alva Edison (1847-1931) y Nikola Tesla (1856-1943) en Estados
Unidos, Oliver Lodge (1851-1940) y William Preece (1834-1913) en Inglaterra, y
algunos otros, realizaron contribuciones en este sentido, pero fue el italiano
Guglielmo Marconi (1874-1937) quien con más ahínco y habilidad combinó estos
conocimientos para producir un sistema que, por primera vez, permitió la
comunicación sin utilizar cables por los que circulase corriente eléctrica.
¿Quiere alguien hablar de nuevos mundos? Pues aquí se encuentra uno. Y de los
más llamativos y sorprendentes.
Los hitos principales en la carrera de Marconi más relevantes en este contexto
se pueden resumir en los siguientes: en 1895 realizó los primeros experimentos
en su casa de Bolonia, siendo pronto capaz de extender el alcance de sus
transmisiones desde su casa al jardín y después a distancias de entre uno y dos
kilómetros; en 1896 obtenía su primera patente, trasladándose a Inglaterra al
año siguiente con el fin de que sus proyectos prosperasen; en 1898 lograba
conectar la bahía de Alum, en la isla de Wight, con Bourne mouth, separados por
una distancia de algo más de 20 kilómetros; en 1899 establecía la primera
conexión internacional entre Folkestone y Boulogne (52 kms.), transmitiendo los
primeros mensajes en abril; en 1900 formaba la Marconi International Marine
Communications Company.
Laboratorio de Thomas A. Edison (en el centro) en Menlo Park (28 de febrero
de 1880).
Guglielmo Marconi (a la derecha) en su laboratorio.
Ahora
bien, es importante señalar que, al contrario de lo que se puede pensar en un
mundo como el actual, dominado por las transmisiones electromagnéticas, a
comienzos del siglo XX las aplicaciones prácticas de la telegrafía sin hilos
eran escasas; de hecho, se pueden resumir fácilmente: comunicaciones marinas,
entre barcos y tierra, o entre barcos entre sí, un mercado importante, pero
nada comparable al que caracteriza hoy a esta tecnología. La radio no figuraba
entre los pensamientos de Marconi, y en lo que se refiere a comunicaciones
individuales a larga distancia, en realidad la telegrafía con hilos tuvo poco
que temer de la sin hilos hasta el redescubrimiento de las ondas cortas en la
década de 1920. Marconi supo, sin embargo, ver las posibilidades reales
existentes y sacar partido de ellas; tuvo fe en las posibilidades de lo que
estaba haciendo, una cualidad que no tuvieron, por ejemplo, Oliver Lodge o el
físico ruso Alexander Popov (1859-1905), quienes muy probablemente dominaban
las técnicas radiotelegráficas mejor que el emprendedor italiano. ¿Para qué,
debió de pensar Lodge, una vez logró que funcionase su sistema experimental de
radiocomunicación en 1894, preocuparse por sus aplicaciones a la comunicación,
si existían problemas para poder implementarla en gran escala, mientras que la
telegrafía con hilos funcionaba bastante bien? Tal vez uno de los problemas era
que Lodge pertenecía a una nación —la inglesa— que mantenía un liderazgo en la
telegrafía sin hilos (ser el primero no siempre es lo mejor), mientras que
Marconi no.
Tampoco debemos olvidar otro aspecto: el atractivo, el encanto casi se podría
decir, que las ideas y logros de Marconi tenían para el gran público,
independientemente de su posible rentabilidad o aplicación masiva. Esta
popularidad, estos programas de investigación y desarrollo que fácilmente se
podían imaginar, especialmente por aquellos que sin responsabilidades
comerciales podían permitirse el lujo de dejar volar la imaginación, cumplieron
también su función al fomentar la ciencia, por un lado, y la tecnología
dependiente fuertemente de la ciencia, por otro. Afortunadamente no todos los
desarrollos históricos se pueden explicar reduciéndolos a explicaciones
socioeconómicas o políticas, a lo que la ciencia y la tecnología permiten o no
en un momento determinado. La condición humana es más rica y plural, más
imprevisible también, que todo eso. Debemos reconocer, y fomentar, el valor de
la ciencia como instrumento de conocimiento y de cambio, de liberación material
al igual que espiritual, pero no debemos olvidar, o cerrar los ojos, al valor
de la ilusión, de la esperanza y de la convicción. Aquellos que piensan —que
pensamos— que el futuro será mejor promoviendo la enseñanza e investigación
científica, deberían recordar este hecho, este afortunado hecho, añado yo,
producto seguramente de las complejidades de la historia evolutiva de nuestra
especie, que para sobrevivir necesitó fomentar la cooperación, la ilusión y los
imprevisibles, pero no menos necesarios, sentimientos. Unas palabras valen a
veces más que muchas aportaciones al conocimiento de la ciencia. Entre otras
razones, porque la sociedad puede no estar dispuesta a apoyar esa ciencia si no
se ilusiona con ella. Que se produjese su institucionalización en el siglo XIX
es prueba de que entonces se ilusionó con ella, que vio que merecía la pena,
por muchos motivos. Los económicos y políticos, por supuesto, pero no sólo por
ellos. Porque ofrecía un futuro más luminoso, en el que las en principio
limitadas capacidades humanas se verían amplificadas de forma insospechada.
Todo esto, el nuevo mundo que, de la mano de la ciencia y la tecnología, se
adivinaba, y la capacidad y habilidad de generar —desde el lado de esa ciencia
y esa tecnología— ilusiones en la sociedad, se manifiestan en la siguiente cita
con la que terminaré este capítulo. La pronunció, ante el British Imperial
Institute en 1897, poco después de que Marconi sacase su primera patente,
alguien cuyo recuerdo, no el de sus palabras, se ha perdido salvo para unos
pocos: William Edward Ayrton (1847-1908), professor de Física
aplicada e Ingeniería eléctrica, desde 1884 hasta su muerte, en el City Guilds
Central Technical College de Londres:
No
hay duda de que llegará el día, en el que probablemente tanto yo como ustedes
habremos sido olvidados, en el que los cables de cobre, el hierro y la
gutapercha que los recubre serán relegados al museo de antigüedades. Entonces
cuando una persona quiera telegrafiar a un amigo, incluso sin saber dónde pueda
estar, llamará con una voz electromagnética que será escuchada por aquel que
tenga el oído electromagnético, pero que permanecerá silenciosa para todos los
demás. Dirá «¿dónde estás?» y la respuesta llegará audible a la persona con el
oído electromagnético: «Estoy en el fondo de una mina de carbón, o cruzando los
Andes, o en medio del Pacífico».
Ese
mundo es, más de un siglo después, el nuestro.
Capítulo 7
Albert Einstein, espejo del siglo XX
Ningún
nombre de científico es más conocido en la actualidad que el de Albert Einstein
(1879-1955). Su popularidad, más de medio siglo después de su muerte, no ha
decrecido; casi se podría decir de él que es la «cara pública» de la ciencia;
para la sociedad, el científico por antonomasia. Las razones de este hecho, que
se originó durante su propia vida, no son siempre fáciles de establecer con
seguridad. Habitualmente se explica su fama basándose en elementos como la
naturaleza de sus principales aportaciones científicas y su personalidad y
manifestaciones públicas, con frecuencia estimulantes y atractivas, cuando no
ocurrentes y simpáticas. Seguramente si no hubiese sido por factores como éstos
no habría sido tan conocido como lo fue y continúa siendo. Pero yo creo que la
explicación última y profunda de esta celebridad se halla en la forma, tan
perfecta, en que su vida y obra se amoldan a la historia del siglo XX. Su
biografía constituye, en efecto, un magnífico escaparate para contemplar y
analizar mucho de lo más esencial, de lo mejor y de lo peor, de lo más humano y
de lo más inhumano, de lo más genial y lo más elemental, que ha dado el siglo
que hace poco nos abandonó. Es por esto por lo que he titulado este capítulo,
«Albert Einstein, espejo del siglo XX». Y también es por esto por lo que con él
me extenderé más en detalles biográficos y trataré más de cuestiones «no
científicas» que en otros casos. Aunque, por supuesto, sin olvidar sus
aportaciones científicas.
Einstein, Alemania y el siglo del Holocausto
El siglo XX fue particularmente rico en acontecimientos de todo tipo; desde
luego en políticos. Y entre estos últimos, es imposible olvidar la persecución
que sufrieron los judíos durante los años en que Adolf Hitler dominó Alemania
primero, y extensos territorios y países después. Persecución, intento de
exterminio total, lo que ha venido en llamarse el «Holocausto».
El Holocausto, la «cuestión judía», el sionismo, se relacionan hoy
fundamentalmente con el estado de Israel, es decir, con una nación; poseen, por
tanto, una dimensión que aunque emana de los individuos, afectándoles
profundamente, la trasciende en cierto sentido, al adoptar una manifestación
supraindividual. Pero a lo largo de mucho tiempo, durante la mayor parte de la
vida de Einstein, no existía el estado de Israel… salvo, claro está, como la
memoria histórica —más bíblica y mítica que política— de una realidad, de un
recuerdo, que se perdía en la noche de los tiempos. Debido a este hecho, tan
elemental como frecuentemente olvidado, para entender bien esa «cuestión judía»
hay que tener muy en cuenta la relación que mantuvieron individuos concretos
con su ascendencia racial, o, por decirlo de otra manera, con la tradición de
la que provenían, una tradición fuertemente idiosincrásica. Y en este punto,
como ejemplo especialmente significado y rico, aparece nuestro protagonista.
Albert Einstein nació en Ulm (Alemania) el 14 de marzo de 1879, de padres
judíos. Aunque una de las características más fuertes de su personalidad fue
—ampliaré este punto más adelante— la de intentar ir más allá de lo particular,
de lo contingente, de la situación específica, buscando la intemporalidad de
las leyes generales y la trascendencia de las teorías científicas, su
ascendencia judía terminó ejerciendo una influencia indudable en su biografía.
Ello fue así debido a las circunstancias históricas en las que se desarrolló su
vida, no como consecuencia del ambiente familiar: a pesar de que su certificado
de nacimiento identificaba a sus padres, Hermann y Pauline, como
«pertenecientes a la fe israelita», ninguno era religioso, ni seguían las
costumbres judías. Como en tantos otros casos de la Alemania del siglo XIX y
primeras décadas del XX, los Einstein eran, se consideraban o pretendían ser,
«judíos asimilados», esforzándose por no distinguirse de cualquier otro alemán.
Los mismos nombres que dieron a sus dos hijos, Albert y María, lejos de los
tradicionales Jakob, David, Abraham o Ruth, denotan semejante hecho.
El que sus padres, como tantos otros judíos, intentasen ser «buenos alemanes»,
no quiere decir necesariamente que participasen de ese cáncer que plaga la
historia de la humanidad: el nacionalismo. Por lo que se sabe de ellos, sus
deseos no iban más allá de una asimilación que les permitiese vivir y ejercer libremente,
sin obstáculos, una profesión. De hecho, cuando las condiciones lo requirieron,
esto es, cuando, tras un período inicial floreciente, la empresa electrotécnica
—la Elektro-Technische Fabrik J. Einstein & Cie.— regentada por los
hermanos Jakob y Hermann Einstein (Jakob se ocupaba de las cuestiones técnicas,
mientras que Hermann llevaba la parte comercial) comenzó a declinar, la familia
de Albert no tuvo ningún problema en trasladar —en 1894— el negocio a Pavía,
asociándose con italianos para fundar una nueva empresa: la Società Einstein,
Garrone e Cia.
Es muy probable, por tanto, que para los padres de Einstein los sentimientos
nacionalistas no significasen mucho. Menos, mucho menos, representaron para su
hijo, que mostró con frecuencia a lo largo de toda su vida lo poco que estimaba
los nacionalismos, acaso no sólo porque su propio intelecto y sentimientos
humanitarios le mostraban con claridad lo irracionales que son los discursos,
las ideologías, en los que el rechazo a los «otros» constituye un elemento
fundamental para definir la identidad propia, sino también como consecuencia de
su propia experiencia. Un ejemplo que muestra cuáles fueron sus ideas en este
punto lo encontramos en lo que manifestó el 3 de abril de 1935 a Gerald
Donahue, un estadounidense que le había escrito expresando la idea de que los
judíos eran primero y por encima de todo ciudadanos de sus países. «En última
instancia —señaló Einstein—, toda persona es un ser humano, independientemente
de si es un americano o un alemán, un judío o un gentil. Si fuese posible obrar
según este punto de vista, que es el único digno, yo sería un hombre feliz.»
Si rechazaba el nacionalismo en general, simplemente como concepto, más lo
hacía en el caso alemán (acaso sería más correcto decir en este caso que
lo detestaba). Así, incapaz de soportar la filosofía educativa
germana, en diciembre de 1894 —era prácticamente un niño— abandonó Múnich,
donde estudiaba, siguiendo a su familia a Pavía. El 28 de enero de 1896
renunciaba a la nacionalidad alemana, permaneciendo apátrida hasta que en 1901
logró la ciudadanía suiza, la única que valoró a lo largo de su vida. En este
sentido, el 7 de junio de 1918 escribía a Adolf Kneser, catedrático de
matemáticas en la Universidad de Breslau (actualmente Wroclaw, en Polonia):
«Por herencia soy un judío, por ciudadanía un suizo y por mentalidad un ser
humano, y sólo un ser humano, sin apego especial alguno por
ningún estado o entidad nacional». No debe pasar desapercibido el que cuando
Einstein escribía estas frases era, desde 1914, catedrático de la Universidad
de Berlín y miembro de la Academia Prusiana de Ciencias, es decir, un alto
funcionario de Prusia, lo que llevaba asociado la nacionalidad alemana, una
circunstancia que él preferiría pasar por alto, manteniendo y refiriéndose
siempre a su ciudadanía suiza (durante sus años en Berlín viajó habitualmente
con pasaporte suizo; incluso lo renovó después de haber adquirido, en 1940, la
nacionalidad estadounidense, un acto también de dudosa legalidad desde el punto
de vista de la legislación norteamericana).
Muestra también de la peculiar manera en que miraba las adscripciones
nacionales es lo que escribió sobre él mismo en el Times londinense
el 28 de noviembre de 1919, poco más de un año después de que hubiese finalizado
la Primera Guerra Mundial: «hoy soy descrito en Alemania como un “sabio alemán”
y en Inglaterra como un “judío suizo”. Si alguna vez mi destino fuese el ser
representado como una bête noir, me convertiría, por el contrario,
en un “judío suizo” para los alemanes y en un “sabio alemán” para los
ingleses».
Ahora bien, es preciso distinguir con claridad que su aversión por mucho de «lo
alemán» no significa que no amase, y muy profundamente, dominios básicos de la
cultura germana o, mejor, centroeuropea de habla alemana; que no amase, en
primer lugar, su idioma, que siempre manejó con amor y sencillez, pero también
con elegancia; un idioma que le permitía giros y combinaciones que encajaban
magníficamente con su personalidad, plena de humor e ironía. Ni que no valorase
especialmente la filosofía de habla alemana: en sus labios aparecían con
frecuencia los nombres de Schopenhauer, Kant o Mach. ¡Y qué decir de la física
y los físicos! Desde joven había bebido de las fuentes de los Kirchhoff,
Helmholtz, Hertz, Mach o Boltzmann; estimaba especialmente a Max Planck
(1858-1947), no tanto por sus aportaciones científicas, que desde luego
valoraba, sino por la persona que era, aunque mantuvieran en ocasiones posturas
encontradas. Nadie hizo más que Planck por atraerlo y retenerlo en Berlín. Y
junto a Planck, Max von Laue (1879-1960), ario, y el químico-físico Fritz Haber
(1868-1934), judío. En los peores tiempos, en agosto de 1933, desde Princeton,
escribía a Haber, tras saber que éste también se había convertido finalmente en
un exiliado: «Espero que no regresará a Alemania. No merece la pena trabajar
para un grupo intelectual formado por hombres que se apoyan en sus estómagos
ante criminales comunes y que incluso simpatizan en algún grado con estos
criminales. No me decepcionan, porque nunca tuve ningún respeto o simpatía por
ellos, aparte de unas finas personalidades (Planck, 60 por 100 noble, y Laue,
100 por 100)».
Gustav Kirchhoff.
Ludwig Boltzmann.
Tampoco
podemos olvidarnos de la música, que para él representó siempre un lugar de
reposo y consuelo. Amaba con pasión a Bach y a Mozart, mientras que a Beethoven
le admiraba más que amaba («para mí, Beethoven es demasiado dramático y
personal», escribió). Ante la insistencia del editor alemán de una revista que
en 1928 quería que Einstein le contestase unas preguntas sobre Bach, respondió:
«Esto es lo que tengo que decir sobre la obra de Bach: escuchen, toquen, amen,
reverencien, y mantengan sus bocas cerradas». También estimaba a Schubert, uno
de sus favoritos por «su superlativa habilidad para expresar emoción y sus
enormes poderes de invención melódica», y a Schumann, por sus trabajos menores,
en los que mostraba su «originalidad y riqueza de sentimientos», aunque,
añadía, su «falta de grandeza formal me impiden disfrutarlo completamente». Por
último, admiraba la inventiva de Wagner, pero veía «su carencia de estructura
arquitectónica como decadencia», y encontraba «su personalidad musical
indescriptivamente ofensiva», lo que hacía que «la mayor parte de las veces le
escuchase sólo con disgusto».
En vista de todas estas influencias y amores, ¿cómo olvidar lo mucho que
Einstein debió a Alemania?, aunque a veces algunos parecen pensar que Alemania,
el mundo centroeuropeo de habla e influencia germana fue algo así como un
furúnculo que sólo perturbó al gran genio de la ciencia del siglo XX,
deformación comprensible y cuyas fuentes principales son fácilmente
identificables, pero deformación al fin y al cabo, y que resulta especialmente
dolorosa ya que también participa del espíritu de exclusión que tanto dicen
repudiar aquellos que airean el ejemplo einsteniano. Einstein fue un fruto, un
excelso fruto, de la cultura germana de finales del siglo XIX y comienzos del
XX, no importa lo mucho de detestable que esa misma cultura también terminó
produciendo. Y no digo, un «fruto inevitable», porque los genios nunca se
pueden reducir a semejantes términos, pero lo que sí es dudoso es que Einstein
hubiese podido florecer como científico bajo otra cultura científica,
filosófica y artística.
Pero continuemos. La aversión de Einstein por Alemania culminaría tras la
Segunda Guerra Mundial: «un país de asesinos de masas», la denominó en una
carta que escribió el 12 de octubre de 1953 al físico Max Born (1882-1970), uno
de los creadores de la mecánica cuántica, también alemán, también judío, y que
también tuvo que abandonar Alemania —terminó instalándose en Edimburgo— debido
a la política racial implantada por Hitler. De hecho, Einstein, al contrario
que muchos de sus colegas (Born incluido), nunca aceptó volver a pisar suelo
germano, que había abandonado en 1932, en principio para pasar un tiempo, como
ya había hecho en otras ocasiones, en el California Institute of Technology.
Tras la llegada al poder de Hitler el 30 de enero de 1933, decidió romper sus
relaciones con la nación que le había visto nacer. El manifiesto que hizo
público en marzo de 1933 contiene la esencia de la filosofía que defendió a lo
largo de su vida en cuestiones sociales: «Mientras se me permita elegir, sólo
viviré en un país en el que haya libertades políticas, tolerancia e igualdad de
todos los ciudadanos ante la ley. La libertad política implica la libertad de
expresar las propias opiniones políticas verbalmente y por escrito; la
tolerancia implica el respeto por todas y cada una de las creencias
individuales. Estas condiciones no existen en Alemania hoy. Quienes más han
hecho por la causa de la comprensión internacional, entre quienes se encuentran
muchos artistas, sufren, en ella, persecución». Cuando en 1949 le invitaron a
reanudar sus relaciones con la principal organización científica germana, la
antigua Kaiser Wilhelm Gesellschaft (Asociación Káiser Guillermo), tras la
Segunda Guerra Mundial rebautizada Max Planck-Institut, Einstein contestó (28
de enero): «El crimen de los alemanes es verdaderamente el más abominable
recogido nunca en los anales de la historia de las así llamadas naciones
civilizadas. La conducta de los intelectuales alemanes —vista como un grupo— no
fue mejor que la de la chusma. Incluso ahora no veo indicación de ningún
arrepentimiento ni de algún deseo verdadero de reparar incluso lo más pequeño
que ha quedado para restaurar después de los gigantescos asesinos. En vista de
estas circunstancias, siento una irreprimible aversión a participar en
cualquier cosa que represente algún aspecto de la vida pública en Alemania».
Einstein fue una auténtica bestia negra para los nazis. Su personalidad
política —era un liberal, con fuertes inclinaciones socialistas, y un
pacifista— y el hecho de ser judío constituían obstáculos insalvables para el
régimen de Hitler. Y no sólo fue repudiada su persona, también su ciencia:
surgió un movimiento en favor de una «ciencia aria», uno de cuyos presupuestos
era que la relatividad einsteniana representaba una aberración. Científicos tan
notables como Philipp Lenard (1862-1947), galardonado con el premio Nobel de
1905, se erigieron en líderes de semejante movimiento. En una obra de cuatro
tomos sobre la «Física alemana», Lenard escribió lo siguiente: «Las “teorías de
la relatividad” buscan revolucionar y dominar la física en su conjunto. De
hecho, estas teorías son ahora obsoletas. Nunca pretendieron ni siquiera ser
verdaderas». No era fácil en absoluto, en aquel ambiente político, salir en
defensa de la física einsteniana. Sin embargo, algunos lo hicieron. Como Max
von Laue o Max Planck.
Aunque no le faltaron ofertas en Europa (entre ellas una de Madrid, apoyada por
el gobierno de la República), finalmente (octubre de 1933) entró a formar parte
del selecto claustro de la Escuela de Matemáticas del entonces recientemente
creado Institute for Advanced Study de Princeton (el primer claustro de professors de
la Escuela estuvo formado, además de Einstein, por James Alexander, F.
Aydelotte, Marston Morse, John von Neumann, Oswald Veblen y Hermann Weyl).
Nunca abandonaría el suelo norteamericano.
No fue el único científico alemán que tomó aquel camino. Según algunas fuentes,
alrededor de medio millón de personas abandonaron Alemania, Austria y
Checoslovaquia entre 1933 y 1941, de los que cerca del 94 por 100, es decir,
470.000, eran de origen judío. Si nos limitamos a los emigrantes relacionados
con las artes y las ciencias, Estados Unidos acogió, aproximadamente, al 48 por
100, Gran Bretaña al 10, Palestina al 8 y Suiza al 4 por 100. La medida en que
aquel exilio afectó a la universidad alemana queda clara si tenemos en cuenta
que alrededor de un tercio de los profesores universitarios perdieron su
empleo. Limitándome a citar nombres de premios Nobel (algunos, es cierto,
obtuvieron el galardón ya instalados en sus destinos) que abandonaron Alemania,
tenemos: en física, Franck, Schrödinger, Hess, Stern, Bloch, Born, Wigner,
Bethe, Gabor, y por supuesto, Einstein; en química, Haber, Debye, de Hevesy y
Herzberg; y en medicina y fisiología, Meyerhof, Loewi, Chain, Krebs, Bloch y
Delbrück.
La persecución que sufrían los judíos —una persecución que no comenzó con
Hitler (con él llegó a extremos absolutamente insoportables)— fue lo que le
acercó a ellos, lo que le hizo sentirse miembro de ese pueblo bíblicamente
legendario. «Cuando vivía en Suiza, no me daba cuenta de mi judaísmo»,
respondió en una entrevista publicada en el Sunday Express el
24 de mayo de 1931. «No había nada allí —continuaba—, que suscitase en mí
sentimientos judíos. Todo eso cambió cuando me trasladé a Berlín. Allí me di
cuenta de las dificultades con que se enfrentaban muchos jóvenes judíos. Vi
como, en entornos antisemitas, el estudio sistemático, y con él el camino a una
existencia segura, se les hacía imposible.» En el mismo sentido, con mayor
brevedad y claridad aún, si es que cabe, dos años antes había escrito: «Hace
quince años, al llegar a Alemania, descubrí por primera vez que yo era judío y
debo ese descubrimiento más a los gentiles que a los judíos».
Einstein en una sinagoga de Berlín en 1930.
Su
solidaridad con el pueblo hebreo y la fama mundial de que llegó a gozar
explican que, en noviembre de 1952, tras la muerte de Chaim Weizmann
(1874-1952), el primer presidente del Estado de Israel, a quien había ayudado
en diversas ocasiones, Einstein recibiese la oferta de sucederle en el cargo.
Merece la pena citar los primeros pasajes de la carta (fechada el 17 de
noviembre de 1952) en la que Abba Eban, entonces embajador de Israel en Estados
Unidos, realizó el ofrecimiento:
Querido
Profesor Einstein:
El portador de esta carta es Mr. David Goitein de Jerusalén, que está sirviendo
ahora como Ministro en nuestra embajada en Washington. Le lleva a usted la
cuestión que el Primer Ministro Ben Gurion me pidió le transmitiese; a saber,
si aceptaría usted la Presidencia de Israel, en el caso de que le fuese
ofrecida por un voto del Knesset. La aceptación significaría trasladarse a
Israel y adoptar su nacionalidad. El Primer Ministro me asegura que en tales
circunstancias el Gobierno y el pueblo, que son totalmente conscientes del
significado supremo de su labor, le proporcionarían facilidad y libertad
completa para continuar su gran trabajo científico.
Un
día más tarde, Einstein rechazaba la oferta: «Estoy profundamente conmovido por
la oferta de nuestro Estado de Israel, y al mismo tiempo apesadumbrado y
avergonzado de no poder aceptarla. Toda mi vida he tratado con asuntos
objetivos, por consiguiente carezco tanto de aptitud natural como de
experiencia para tratar propiamente con personas y para desempeñar funciones
oficiales. Sólo por estas razones me sentiría incapacitado para cumplir los
deberes de ese alto puesto, incluso si una edad avanzada no estuviese
debilitando considerablemente mis fuerzas. Me siento todavía más apesadumbrado
en estas circunstancias porque desde que fui completamente consciente de
nuestra precaria situación entre las naciones del mundo, mi relación con el
pueblo judío se ha convertido en mi lazo humano más fuerte». El 21 del mismo
mes, Einstein revelaba una razón suplementaria a Azriel Carlebach, director del
periódico Ma’ariv: «También pensé en la difícil situación que
podría surgir si el Gobierno o el Parlamento tomasen decisiones que pudiesen
crear un conflicto con mi conciencia; ya que el hecho de que uno no pueda
influir realmente en el curso de los acontecimientos no le exime de
responsabilidad moral».
Einstein con Chaim Weizmann.
Como
vemos, Einstein se vio conducido al judaísmo como un acto de solidaridad. Un
acto de solidaridad con un grupo de personas que sufrían discriminaciones, y
del que sabía que formaba parte, aunque a él inicialmente no le atrajese para
nada la idea de formar parte de algún grupo. Semejante adhesión al judaísmo no
le impidió, sin embargo, plantearse preguntas que muchos, antes y después que
él, se han formulado: ¿en qué consiste ser judío? ¿existen rasgos, ideas,
comportamientos, sentimientos que les caracterizan, que comparten?
Son numerosos los lugares en que abordó tales cuestiones. En la revista
estadounidense Collier, manifestó en 1938:
¿Cuáles
son las características del grupo judío? ¿Qué es, de hecho, un judío? No existe
una respuesta sencilla a esta pregunta… el judío que renuncia a su religión (en
el sentido formal del término) continúa siendo un judío.
Lo que une a los judíos y los ha unido durante miles de años es en primer lugar
un ideal democrático de justicia social y la idea de la obligación de ayuda
mutua y tolerancia entre toda la humanidad. El segundo rasgo característico de
la tradición judía es su alta estima por toda clase de comportamiento
intelectual y actividad mental.
En
cuanto a si existe una concepción judía del mundo, esto es lo que escribió en
1934:
En
mi opinión, desde el punto de vista filosófico, no existe una concepción del
mundo judía. Creo que el judaísmo sólo se preocupa por la actitud moral en la
vida y hacia la vida. Considero que lo fundamental en él es una actitud hacia
la vida encarnada en el pueblo judío, y que las leyes que se conservan en la
Torá y que están interpretadas en el Talmud tienen menos importancia. Para mí,
la Torá y el Talmud sólo representan el testimonio principal de la concepción
judía de la vida en tiempos antiguos…
El judaísmo no es un credo: el Dios de los judíos no es solamente la negación
del elemento supersticioso, el resultado imaginario de su eliminación de ese
elemento. También es un intento de basar el código moral en el miedo, un
intento lamentable y deshonroso. Creo, sin embargo, que la vigorosa tradición
moral del pueblo judío se ha liberado de ese temor, al menos en gran medida.
Einstein a bordo del Rotterdam camino de Estados Unidos (12 de
marzo de 1921). De izquierda a derecha: Menachem Ussishkim, Chaim Weizmann y su
esposa, Albert Einstein, Elsa Einstein y Benzion Mossinson.
¿Y
sobre la posibilidad de que se crease un Estado judío? En un discurso que
pronunció en Nueva York el 17 de abril de 1938, con motivo de un acto
organizado por el Comité Nacional para crear un Estado judío en Palestina,
Einstein reconocía que «el pueblo judío ha contraído una deuda de gratitud con
el sionismo. El movimiento sionista ha revivido entre los judíos el sentimiento
comunitario y ha llevado a cabo un esfuerzo que supera todas las expectativas»,
señalando también que los judíos se encontraban en una situación difícil en
Palestina («los campos que se cultivan durante el día han de tener protección
armada durante la noche, a causa de los ataques de bandidos árabes fanáticos»).
Pero aun así, no obstante la solidaridad y comprensión que manifestaba hacia
los judíos instalados en Palestina, el gran físico tenía más cosas que decir,
mostraba temores que desgraciadamente no han resultado infundados:
Quiero
agregar unas pocas palabras, a título personal, acerca de la cuestión de las
fronteras. Desearía que se llegase a un acuerdo razonable con los árabes, sobre
la base de una vida pacífica en común; me parece que esto sería preferible a la
creación de un Estado judío. Más allá de las consideraciones prácticas, mi idea
acerca de la naturaleza esencial del judaísmo se resiste a forjar la imagen de
un Estado judío con fronteras, un ejército y cierta cantidad de poder temporal,
por mínima que sea. Me aterrorizan los riesgos internos que se derivarían de
tal situación para el judaísmo; en especial los que surjan del desarrollo de un
nacionalismo estrecho dentro de nuestras propias filas, contra el que ya hemos
debido pelear con energía, aun sin la existencia de un Estado judío.
Pero estoy avanzando demasiado, y además la biografía de Einstein en modo
alguno se puede reducir a la «cuestión judía». Tengo que volver atrás. A los
inicios de su carrera científica.
Años
de formación, de esperanzas y de frustraciones
Aunque nació en Ulm, Einstein no pasó allí mucho tiempo: al año de su
nacimiento su familia se trasladó a Múnich, donde su padre y su tío Jakob
establecieron un negocio de instalación de agua y gas, aunque luego se
dedicarían, como ya vimos, al de la electrotécnica. En la capital bávara, y a
pesar de que no comenzó a hablar hasta la edad de tres años, no tuvo
dificultades en la escuela primaria (fue, de hecho, y contrario al mito tan
extendido, un magnífico alumno), entrando a los nueve años en un famoso centro
de Múnich, el Gymnasium Luipold, el mismo que abandonaría, en 1894, para seguir
a su familia a Italia.
El hecho de dejar Alemania no significa que no desease seguir estudios
universitarios. En el otoño de 1895, el joven Albert llegaba a Zúrich
procedente de Italia con el propósito de entrar directamente en la Escuela
(posteriormente Instituto) Politécnica Federal (Eidgenössische Technische
Hochschule; ETH) de aquella ciudad, que por entonces había alcanzado reputación
como centro de vanguardia en la enseñanza superior de las tecnologías físicas
en el mundo de habla alemana. Al no cumplir ninguno de los requisitos para
acceder a esta prestigiosa Escuela (poseer un certificado de segunda enseñanza
y tener dieciocho años), tuvo que someterse al examen de admisión especial para
los solicitantes sin título. Fracasó en el intento, aparentemente por no
realizar satisfactoriamente la parte general del examen. Sin embargo, debió de
destacar en la parte científica, ya que el profesor de física, Heinrich Weber
(1843-1912), le dio permiso para asistir a sus clases si permanecía en Zúrich.
No obstante, Einstein siguió el consejo del director de la institución y se
matriculó en la Escuela Cantonal de Aargau, en Aarau, para finalizar su
educación secundaria. Cuando entró en aquel centro, en octubre de 1895, éste
consistía en un Gymnasium y en una Escuela Técnica Comercial, a los que
asistían, respectivamente, cincuenta y seis y noventa alumnos.
Durante aquel año inicial en Suiza, en Aargau (vivía en la casa de Jost
Winteler, un profesor de la Escuela, desarrollando estrechas relaciones con
toda la familia), se forjó el apego del futuro gran físico por la nación
helvética, cuyo espíritu de tolerancia y costumbres se acomodaban perfectamente
a su personalidad. Apátrida, como ya indiqué, desde el 28 de enero de 1896,
fecha en la que se aceptó su renuncia a la ciudadanía de Württemberg, Einstein
comenzó el intrincado proceso de solicitar la nacionalidad suiza a finales de
1899, culminándolo poco más de un año después, el 7 de febrero de 1901 (muestra
de su interés es que entre 1896 y 1900 vivió con una asignación de 100 francos
suizos mensuales, de los cuales apartaba 20 para pagar los documentos de
nacionalización).
En octubre de 1896 obtuvo el título necesario, e inmediatamente entró en el
Departamento VI de la Escuela Politécnica de Zúrich, la «Escuela para maestros
especializados en temas matemáticos y científicos». Cuando llegó, 23 de los 841
estudiantes de la ETH seguían estudios en esa sección, 11 de los cuales en el
curso inicial. Entre esos once solamente había una mujer, una serbia llamada
Mileva Marić (1875-1948).
En su autobiografía, Einstein se refirió a sus maestros en la ETH de la
siguiente manera: «Allí tuve excelentes profesores (por ejemplo, Hurwitz,
Minkowski), de manera que realmente podría haber adquirido una profunda
formación matemática. Yo, sin embargo, me pasaba la mayor parte del tiempo
trabajando en el laboratorio de física, fascinado por el contacto directo con
la experiencia». Heinrich Weber fue el principal responsable de este hecho:
siguió ocho de sus cursos de física experimental (principalmente
electrotecnia). De hecho, su intención era continuar utilizando el laboratorio
de Weber tras graduarse, para investigar en termoelectricidad, con la esperanza
de poder utilizar los resultados para una tesis doctoral dirigida por el propio
Weber.
Tales esperanzas no llegaron, sin embargo, a concretarse. Ni las de iniciar una
carrera académica inmediatamente después de finalizar sus estudios. Fue el
único de los cuatro estudiantes (además de él, Marcel Grossmann, Jakob Ehrat y
Louis Kollrosque) que pasaron los exámenes finales de su Sección en julio de
1900, que no consiguió un puesto de assistent (ayudante), el
primer escalón en la carrera universitaria, y ello a pesar de que la nota media
que obtuvo fue razonable: 4,91 de un máximo de 6. El que ocurriese esto fue una
sorpresa para el propio Einstein. Tenía, por ejemplo, esperanzas de llegar a
ocupar un puesto con el matemático Adolf Hurwitz (1859-1919): «Es probable que
con la ayuda de Dios llegue a criado de Hurwitz», escribía a Mileva Marić el 13
de septiembre de 1900. Pero no tuvo éxito. Ni tampoco con Eduard Riecke
(1845-1915), director de la División de Física Experimental del Instituto de
Física de la Universidad de Gotinga, a quien escribió en marzo de 1901. Por
entonces estaba convencido de que tenía en su contra a Weber, a quien no
perdonó jamás: cuando éste falleció, en 1912, escribió a un amigo (Heinrich
Zangger): «La muerte de Weber es buena para la ETH».
Hermann Minkowski.
En
realidad, no se entiende bien la pretendida animadversión de Weber para con
Einstein, ya que las calificaciones que éste obtuvo en las asignaturas
explicadas por aquél fueron excelentes. Probablemente, la razón del fracaso de
Einstein fuera su propio carácter. En cierta ocasión, escribió a una estudiante
norteamericana que le había presentado un vehemente alegato contra la
injusticia de los profesores, de quienes se creía víctima: «A mí también me
trataron de la misma manera mis profesores, que no me querían por mi
independencia, por lo que me apartaron cuando necesitaron un ayudante».
Mileva Marić-Einstein y Albert Einstein (Praga, 1911).
Al
mismo tiempo que se dirigió a Riecke, hizo lo propio —y con análogo resultado—
con Wilhelm Ostwald (1853-1932), el célebre químico-físico de la Universidad de
Leipzig, algunos de cuyos trabajos Einstein estudió en aquella época.
Infatigable, no cesaba en sus esfuerzos por encontrar otras posibilidades para
obtener un puesto de assistent. A Mileva, con quien se casó el 6 de
enero de 1903, le contaba (4 de abril de 1901) que se había dirigido «al
Politécnico de Stuttgart, donde hay un puesto libre, y he vuelto a escribir a
Ostwald. ¡Pronto habré honrado con mi oferta a todos los físicos desde el Mar
del Norte hasta la punta meridional de Italia!». Una semana más tarde confesaba
que ni Ostwald ni el profesor de Stuttgart le habían escrito, «ni tampoco tengo
nada a la vista por ahora en Italia. Pero no estoy desanimado por eso y ya me
he sacudido de encima el enfado, que en gran parte procedía de la vanidad
herida». Dos días después se dirigía a Heike Kamerlingh Onnes (1853-1926), el
gran director del laboratorio de física de bajas temperaturas de Leiden,
señalándole que «había sabido a través de un amigo que tenía una vacante para
una ayudantía. Me tomo la libertad de solicitar tal puesto». Además de
ofrecerle enviar una copia de su expediente académico, adjuntaba un ejemplar de
su primer artículo («Folgerungen aus den Capillaritätserscheinungen»
[«Conclusiones extraídas del fenómeno de la capilaridad»], publicado en 1901 en
los Annalen der Physik).
A pesar de sus animosas manifestaciones a Marić, la situación en la que se
encontraba el joven Albert era lo suficientemente crítica como para que se
sintiese deprimido. Su padre, percibiendo sin duda su estado de ánimo (Einstein
se encontraba entonces con su familia en Milán), se atrevió a escribir (el 13
de abril de 1901) una carta a Ostwald, a quien, como acabamos de ver, se había
dirigido el futuro gran físico:
Estimado Herr
Professor:
Por favor perdone a un padre que es tan atrevido como para dirigirse a usted,
estimado Herr Professor, en el interés de su hijo.
Comenzaré por decirle que mi hijo Albert tiene 22 años, que estudió en el
Politécnico de Zúrich durante cuatro años y que pasó sus exámenes para el
diploma en matemáticas y física con magníficas notas el verano pasado. Desde
entonces ha estado intentando, sin éxito, obtener un puesto de assistent,
que le permitiera continuar su educación en física teórica y experimental.
Todos aquellos en situación de dar su opinión al respecto elogian sus talentos;
en cualquier caso, puedo asegurarle que es extraordinariamente estudioso y
diligente y se apega con gran amor a su ciencia.
Mi hijo se halla, por consiguiente, profundamente infeliz con su actual falta
de un puesto, y su idea de que ahora se encuentra fuera de órbita hace que se
sienta cada día más arrinconado. Además, se siente oprimido por el pensamiento
de que es una carga para nosotros, gente de medios modestos.
Como es a usted, altamente respetado Herr Professor, a quien mi hijo
parece admirar y respetar más que a cualquier otro investigador de los activos
actualmente en la física, es a usted a quien me tomo la libertad de recurrir
con la humilde petición de que lea su artículo publicado en el Annalen für
Physik y que le escriba, si es posible, unas pocas palabras de ánimo, de
forma que pueda recobrar su alegría de vivir y trabajar.
Si, además, pudiese procurarle un puesto de assistent para ahora o
para el próximo otoño, mi gratitud no conocería límites.
Le pido una vez más que perdone mi imprudencia al escribirle, y también me tomo
la libertad de mencionar que mi hijo no sabe nada acerca de este inusual paso.
Por
lo que sabemos, la respuesta que obtuvo Hermann Einstein de Ostwald fue la
misma que tuvo su hijo: ninguna.
En esta situación, algunos de sus amigos intentaron ayudarle. Michele Angelo
Besso (1873-1955), un ingeniero suizo a quien Einstein había conocido en una
velada musical celebrada en Zúrich en 1896 y la única persona a quien Einstein
agradeció su colaboración en su artículo de la relatividad especial (que no
contiene ninguna referencia a otros trabajos), buscó la ayuda de un tío suyo,
profesor en Italia. El 15 de abril de 1901, Einstein tenía buenas noticias que
contar a Marić. Por un lado, que el profesor Jakob Rebstein, del Politécnico de
Winterthur, le había escrito preguntándole si quería sustituirlo del 15 de mayo
al 15 de julio, fechas en las que tenía que cumplir con su servicio militar.
«¡Puedes imaginarte con qué gusto hago esto! Tengo que dar unas 30 horas
semanales, entre ellas incluso geometría descriptiva, pero el valiente suabo no
se asusta», escribía a Mileva. Por otra parte, acababa de recibir una carta de
su amigo y compañero de estudios Marcel Grossmann (1878-1936), con quien en
1912-1913, siendo ambos profesores en la ETH, aprendió y desarrolló el aparato
matemático (la geometría riemanniana) necesario para la relatividad general, en
la que éste le comunicaba que probablemente recibiría pronto, con la ayuda del
padre de Marcel, un puesto estable en la Oficina de Protección de la Propiedad
Intelectual de Berna. «¡Imagínate qué trabajo tan maravilloso sería para mí!
Sería más que feliz si saliera.»
Ambas posibilidades llegarían a convertirse en realidad, aunque no con igual
rapidez. A Winterthur se incorporó en las fechas previstas. En cuanto al empleo
en la Oficina de Patentes de Berna, el anuncio de la vacante no apareció hasta
el 11 de diciembre, solicitándolo Einstein el día 18. Seis meses después, el 16
de junio de 1902, recibía un empleo, provisional, de técnico experto de tercera
clase, en la Oficina de Patentes. El día 23 comenzaba a trabajar. (Entre su
trabajo temporal en Winterthur y el empleo de Berna, Einstein trabajó —desde
mediados de septiembre de 1901— como tutor en una escuela-internado privada en
Schaffhausen.) Hasta el 15 de octubre de 1909, en que fue nombrado profesor
asociado de la Universidad de Zúrich, aquel sería su lugar de trabajo. Fue, por
consiguiente, mientras era un empleado de la Oficina de Patentes suiza,
trabajando ocho horas al día, seis días a la semana, cuando escribió sus tres
grandes artículos de 1905, su annus mirabilis.
Contribuciones científicas
Aquel año, en efecto, Einstein publicó en la revista Annalen der Physik tres
trabajos que terminarían conmoviendo los pilares de la física. El primero se
titula, «Über einen die Erzeugung und Verwandlung des Lichtes betreffenden
heuristischen Gesichtspunkt» («Sobre un punto de vista heurístico relativo a la
producción y transformación de la luz»), y en él Einstein extendió a la
radiación electromagnética la discontinuidad cuántica que Planck había
introducido en la física cinco años antes; por una de las aplicaciones de los
principios que sentó en este artículo, y que aparece al final del mismo, el
efecto fotoeléctrico, en 1922 la Academia Sueca de Ciencias le concedió el
premio Nobel de Física correspondiente a 1921. El segundo de los artículos de
1905 lleva por título «Über die von der molekularkinetischen Theorie der Wärme
geforderte Bewegung von in ruhenden Flüssigkeiten suspendierten Teilchen»
(«Sobre el movimiento requerido por la teoría cinético-molecular del calor para
partículas pequeñas suspendidas en fluidos estacionarios»), y contiene un
análisis teórico del movimiento browniano que permitió a su autor demostrar la
existencia de átomos de tamaño finito, un logro en absoluto menor en un momento
en el que muchos negaban tal atomicidad (fue el botánico escocés Robert Brown
[1773-1858] quien descubrió, en 1828, este fenómeno, en el que se producen
movimientos aparentemente erráticos en granos de polen suspendidos en el agua
en reposo de un contenedor, movimientos que sólo se pueden observar con un microscopio).
Finalmente, en el tercero, «Zur Elektrodynamik bewegter Körper» («Sobre la
electrodinámica de los cuerpos en movimiento»), creó la teoría de la
relatividad especial, sistema teórico-conceptual que eliminaba las
discrepancias que habían surgido entre la mecánica newtoniana y la
electrodinámica maxwelliana, que estaban causando una crisis en una parte
importante de la física teórica. La relatividad especial, que sustituyó a la
mecánica que Isaac Newton había establecido en 1687, condujo a resultados que
modificaban drásticamente conceptos hasta entonces firmemente afincados en la
física, como los de tiempo y espacio, conduciendo, en manos de su antiguo
maestro en Zúrich, el matemático Hermann Minkowski (1864-1909), a la creación
del concepto, matemático y físico, de espacio-tiempo cuatrimensional, que el
propio Minkowski presentó de manera pública con singular fuerza y dramatismo el
21 de septiembre de 1908, ante el Congreso de Científicos y Médicos Alemanes
reunidos en Colonia: «A partir de ahora —manifestó en aquella ocasión—, el
espacio por sí mismo y el tiempo por sí mismo están condenados a desvanecerse
en meras sombras, y solamente una especie de unión de los dos conservará su
independencia».
Hendrik A. Lorentz.
Max Planck.
Esta
unión espacio-temporal no es sino reflejo de uno de los resultados más
celebrados de la relatividad especial: el de que la simultaneidad de
acontecimientos o la medida de longitudes depende del sistema de referencia
(inercial) en que se encuentran aquellos que realizan las observaciones. Este
resultado es, a su vez, consecuencia de un postulado básico de la teoría, el de
que la velocidad de la luz es independiente del estado de movimiento de la
fuente que la emite, postulado totalmente contraintuitivo y que a pesar de las
evidencias indirectas en su favor que se habían ido acumulando a lo largo de
las últimas décadas sólo Einstein —y no otros en principio en mejor situación
(especialmente el gran físico holandés Hendrik Antoon Lorentz [1853-1928])— imaginó.
Esta relatividad en las medidas, junto al propio nombre de la teoría, de
la relatividad, es responsable de una deformación conceptual especialmente
importante y lamentable: la afirmación de que la construcción einsteniana de
1905 es una teoría de «relativos», y que su éxito en la descripción de la
naturaleza induce a pensar que el principio «todo es relativo» debe ser
introducido en otros ámbitos, entre ellos los filosóficos y sociológicos. Sin
embargo, y muy al contrario de este planteamiento, la relatividad especial es
una «teoría de absolutos», que pretende suministrar los elementos necesarios
para que sea posible describir las leyes (que es lo
verdaderamente esencial, no conceptos cinemáticos como longitudes o tiempos) de
la física de forma tal que sean comunes a observadores situados en sistemas de
referencias inerciales diferentes, un hecho este que sostuvo con frecuencia el
propio Einstein y en el que insistió Max Planck, el primero en darse cuenta de
la importancia y novedad de la nueva teoría (junto a Wilhelm Wien [1864-1928]
era editor de los Annalen der Physik, la revista a la que,
recordemos, Einstein envió su trabajo). Fue, no obstante, el propio Planck
quien introdujo, en septiembre de 1906, el nombre Relativtheorie («teoría
relativa»), ya que en su artículo de 1905 Einstein únicamente había hablado del
«principio de relatividad». Sería en un artículo que publicó en 1911 cuando
introdujo por primera vez el nombre Die Relativitäts-Theorie («La
teoría de la relatividad»), que a partir de entonces acompañó a la teoría que
había creado.
Louis de Broglie.
Naturalmente
es inevitable mencionar también lo que no es sino un mero corolario de la
teoría (que Einstein publicó en otro artículo de 1905), condensado en una
sencilla expresión matemática, E = mc2 (en
donde E representa la energía, m la masa
y c la velocidad de la luz), que permitió comprender
inmediatamente la razón —aunque no la causa que subyacía en el fenómeno— de la
aparentemente infinita energía producida en los procesos radiactivos,
descubiertos a finales del siglo XIX por Henri Becquerel (1852-1908). Las
explosiones nucleares que pusieron término a la Segunda Guerra Mundial dieron
buena prueba de que masa y energía son, efectivamente, equivalentes.
Una vez explotadas las principales consecuencias de la relatividad especial,
hasta aproximadamente 1911, Einstein centró sus investigaciones principalmente
en el campo de la física cuántica, esto es, en el mundo de las radiaciones y de
los fenómenos microscópicos. De aquella época son sus trabajos sobre la
aplicación de los principios cuánticos al estudio de los sólidos, lo que le
permitió explicar, por ejemplo, desviaciones que se observaban en la ley
(basada en la denominada «física clásica») de Dulong y Petit, o sobre la
coexistencia de propiedades ondulatorias y corpusculares en varios fenómenos,
que allanaron el camino a las más definidas ideas de Louis de Broglie
(1892-1987) sobre la dualidad onda-corpúsculo (1923-1924).
El
estilo científico einsteiniano. A. Einstein y el germen de la idea de la teoría
de la relatividad especial, según sus «Notas autobiográficas» (1949):
Reflexiones
de esta índole [relativas a la radiación electromagnética] me hicieron ver
claro, poco después de 1900, es decir, a poco de publicarse el innovador
trabajo de Planck, que ni la mecánica ni la electrodinámica (salvo en casos
límite) podían aspirar a validez absoluta. Poco a poco fui desesperando de
poder descubrir las leyes verdaderas mediante esfuerzos constructivos basados
en hechos conocidos. Cuanto más porfiaba y más denodado era mi empeño, tanto
más me convencía de que solamente el descubrimiento de un principio formal y
general podía llevarnos a resultados seguros. El ejemplo que veía ante mí era
el de la termodinámica. El principio general venía dado allí por el teorema:
las leyes de la naturaleza están constituidas de tal suerte que es imposible
construir un perpetuum mobile (de primera y segunda especie). Mas
¿cómo encontrar un principio general de este tipo? Tras diez años de reflexión,
ese principio resultó de una paradoja con la que me topé ya a los dieciséis
años: si corro detrás de un rayo de luz con la velocidad c (velocidad
de la luz en el vacío), debería percibir el rayo luminoso como un campo
electromagnético estacionario, aunque parcialmente oscilante. Pero semejante
cosa no parece que exista, ni sobre la base de la experiencia ni según las
ecuaciones de Maxwell. De entrada se me antojó intuitivamente claro que,
juzgada la situación por semejante observador, todo debería desarrollarse según
las mismas leyes que para un observador que se hallara en reposo con respecto a
la Tierra. Pues ¿cómo podría el primer observador saber o constatar que se
encuentra en un estado de rápido movimiento uniforme?
Como se ve, en esta paradoja se contiene ya el germen de la teoría especial de
la relatividad. Naturalmente, hoy nadie ignora que todos los intentos de
aclarar satisfactoriamente esa paradoja estaban condenados al fracaso mientras
el axioma del carácter absoluto del tiempo, o de la simultaneidad, siguiera
anclado inadvertidamente en el inconsciente. El identificar claramente este
axioma y su arbitrariedad representa ya en realidad la solución del problema.
En mi caso, el pensamiento crítico que hacía falta para descubrir este punto
central lo fomentó especial y decisivamente la lectura de los escritos
filosóficos de David Hume y Ernst Mach.
No
obstante, a partir de 1911 Einstein dedicó sus energías casi de manera
exclusiva a la búsqueda de una teoría de la interacción gravitacional que fuese
compatible con los requisitos de la relatividad especial, ya que la teoría de
la gravitación universal de Newton no satisface los requisitos —la invariancia
Lorentz— de la relatividad especial. En realidad, ya antes de 1911 Einstein
había identificado la pieza maestra que le serviría para orientarse en esa
búsqueda: «el principio de equivalencia», la idea de que a distancias pequeñas
un sistema de referencia acelerado es equivalente a un campo gravitacional. La
manera como Einstein llegó a este principio, que desvela la profunda
significación de un hecho aceptado hasta entonces (por Galileo y Newton) sin mayores
problemas —la proporcionalidad (igualdad en un sistema de unidades adecuado)
entre masa inercial y masa gravitacional—, muestra de manera espléndida la gran
característica del estilo científico einsteiniano: su increíble capacidad para
encontrar lo realmente esencial de la naturaleza, aquello que proporciona las
claves más simples, pero a la vez más profundas, de la estructura del mundo. En
este caso, como en otros (por ejemplo, al introducir en la relatividad especial
el postulado de la constancia de la velocidad de la luz), Einstein únicamente
recurrió a experimentos mentales (con observadores situados en ascensores, en
presencia y en ausencia de campos gravitacionales) que cualquiera puede
entender.
La búsqueda que Einstein emprendió le condujo en noviembre de 1915 a una nueva
teoría, que sustituía a la clásica gravitación universal desarrollada por
Newton en los Principia: la relatividad general, que va más allá de
los requisitos básicos de la relatividad especial (al exigir la equivalencia
de todos los sistemas de referencia, inerciales o no), aunque,
al contrario que ésta, la nueva formulación únicamente se aplica a la
interacción gravitatoria. Característica prominente de la relatividad general
es que en ella el espacio deja de ser un marco inmutable ajeno a su contenido
energético-material; como consecuencia, hay que hablar de un espacio-tiempo,
curvo, de cuatro dimensiones, lo que implica que debe usar la geometría no
euclidiana desarrollada por Lobachevski, Bolyai y Riemann. Nadie, antes o después
de Einstein, produjo en la física una teoría tan innovadora, tan radicalmente
nueva y tan diferente de las existentes anteriormente. Una posición que todavía
ocupa, resistiendo a todas las pruebas experimentales, aunque con el grave
problema de no haber aceptado ningún procedimiento para hacerla compatible con
los requisitos cuánticos, imprescindibles para cualquier teoría física, lo que
hace pensar que probablemente, no obstante toda su belleza y originalidad, será
sustituida en el futuro por otra formulación muy diferente.
Einstein en el Observatorio de Monte Wilson (California), junto a los
astrónomos Walter Adams y William Campbell, 12 de abril de 1922.
A.
Einstein. Resumen de las dos teorías de la relatividad (fecha y contexto de
elaboración desconocidos). Manuscrito depositado en la Biblioteca Nacional y
Universitaria Judía (Jerusalén):
Teoría
de la Relatividad. Toda teoría física emplea un sistema de coordenadas
(descripción de lugar) y el concepto de tiempo. En la mecánica clásica, cuyos
principales fundadores fueron Galileo y Newton, las coordenadas de un punto
están relacionadas con un «sistema inercial», esto es, con un sistema de
movimiento tal que la ley de inercia de Newton se aplica al sistema. Según esta
teoría, existe un número infinito de sistemas inerciales que se mueven
uniformemente entre sí; se supone que las leyes son válidas con respecto a cada
uno de estos sistemas. El tiempo es tratado como una magnitud independiente,
que es la misma para todos los sistemas inerciales. A la equivalencia de estos
sistemas inerciales se la denomina el «principio de relatividad especial».
Teoría Especial de la Relatividad. Esta teoría tuvo sus orígenes en la
convicción, reforzada por un conjunto de hechos empíricos, de que la velocidad
de la luz tiene el mismo valor constante en todos los sistemas inerciales.
Partiendo de este principio llegamos al resultado de que las coordenadas de un
punto y el tiempo están sujetas a leyes de transformación diferentes (para la
transición de un sistema inercial a otro) de lo que se había supuesto
tácitamente con anterioridad (transformación de Lorentz). Los contenidos de la
teoría constituyen la respuesta a la pregunta: ¿cómo se deben modificar las
leyes conocidas de la naturaleza para tomar en consideración el postulado de la
constancia de la velocidad de la luz? De esto emerge en particular que el tiempo
no es «absoluto», esto es, independiente de la elección de sistema inercial.
Surge, asimismo, una ley de movimiento que difiere de la de Newton en el caso
de grandes velocidades del orden de la velocidad de la luz. También resulta ese
teorema (E=mc2) para la equivalencia de la masa
inercial m y la energía E de un sistema, que ha llegado a
ser particularmente importante para la teoría de los elementos químicos y
procesos radiactivos.
Teoría de la Relatividad General. Esta es una generalización de la teoría especial
de la relatividad, que abole el estatus especial de «sistemas inerciales»
frente a sistemas de coordenadas en otros estados de movimiento. Esta teoría
debe su origen al hecho, conocido desde siglos, de que la inercia y el peso de
un cuerpo están caracterizados por el mismo número (masa). Fue en conexión con
esta relación del peso como esta teoría proporcionó una nueva ley de
gravitación, que es válida con mayor precisión que la teoría de la gravitación
de Newton.
Característica de la teoría de la relatividad es la cuestión: ¿cómo deben estar
constituidas las leyes de la naturaleza, de forma que se apliquen de la misma
manera a cualquier sistema de coordenadas? (Postulado de la invariancia de las
leyes de la naturaleza con respecto a transformaciones arbitrarias de espacio y
tiempo.)
Casi
inmediatamente, en 1916, Einstein aplicó su nueva teoría de la gravitación
(modificada introduciendo un nuevo elemento en sus ecuaciones básicas: la
constante cosmológica) al conjunto del cosmos, encontrando un modelo de
universo estático de densidad uniforme, con el que creó la cosmología,
entendida como disciplina auténticamente científica, frente a las apenas
analíticas, en modo alguno predictivas, cosmogonías anteriores. Tal modelo fue
finalmente arrinconado ante la evidencia experimental —proporcionada por el
astrofísico estadounidense Edwin Hubble (1889-1953) en 1929— de que el universo
no es estático sino que se expande. Afortunadamente para la cosmología
relativista, existen soluciones de sus ecuaciones (que además no necesitan de
la constante cosmológica), estudiadas por diversos científicos (como Georges
Lemaître [1894-1966], Alexander Friedmann [1888-1925], Howard P. Robertson
[1903-1961] o Arthur G. Walker [n. 1909]) que conducen a modelos de universo en
expansión.
A partir de entonces, el mundo de la relatividad general fue el tema de
investigación preferido por Einstein; en especial, lo que llamó «teoría del
campo unificado», con la que pretendía encontrar un marco (geométrico) común
para las dos interacciones conocidas en aquella época, la electromagnética y la
gravitacional. Al dedicarse a este problema, tuvo que terminar siguiendo un
camino en el que eran las posibilidades matemáticas —estructuras formales
suficientemente ricas como para, en principio, dar cabida a variables
electromagnéticas y gravitacionales— las que dirigían sus esfuerzos. Fue la
suya una lucha titánica y solitaria, ya que la gran mayoría de sus colegas no
compartían sus esperanzas, entre las que figuraba de forma prominente
desarrollar una teoría que no renunciase a la continuidad y al determinismo,
los fenómenos de que daba cuenta —recurriendo a la discontinuidad y a
probabilidades— la teoría cuántica. Y es que Einstein, que junto con Planck
había sido uno de los que originaron el movimiento que condujo a la mecánica cuántica,
nunca aceptó completamente esta teoría, que entendía no se podía considerar
completa. No aceptaba su carácter estadístico, situación un tanto peculiar,
toda vez que también fue él quien, en 1916-1917, introdujo realmente tal rasgo
en la física cuántica. Ahora bien, tal oposición no le impedía reconocer que se
trataba de la teoría física de más éxito de su tiempo, en tanto que permitía
comprender unitariamente las experiencias relativas al carácter cuántico de los
procesos micromecánicos.
Max Born.
Más
concretamente, el rasgo de la física cuántica que chocaba sobre todo a Einstein
era el de que en ella el resultado de una medida dependiese del proceso de
medición; pensaba que tal característica de la interpretación más ampliamente
aceptada de la mecánica cuántica —la denominada interpretación de Copenhague—
era incompatible con una definición aceptable del concepto de «lo físicamente
real». Es particularmente famosa una de sus manifestaciones «antiprobabilistas»
y «realista», contenida en una carta que escribió a Max Born —quien se
distinguió en la introducción de los aspectos probabilistas en la nueva teoría—
el 4 de diciembre de 1926: «La mecánica cuántica obliga a que se la respete.
Pero una voz interior me dice que todavía no es la cosa real. La teoría nos
aporta muchas cosas, pero apenas nos acerca al secreto del Viejo. De todas
maneras, yo estoy convencido de que Él, al menos, no juega a los dados».
Lejos de limitarse a expresar una oposición de carácter meramente programático
o metodológico, Einstein expresó su rechazo mediante argumentos que utilizaban
situaciones experimentales posibles. La manifestación más conocida de sus ideas
es un artículo que publicó en 1935, en colaboración con Boris Podolsky
(1896-1966) y Nathan Rosen (1909-1995), en la revista Physical Review:
«Can quantum-mechanical description of physical reality be considered
complete?» («¿Puede considerarse completa la descripción mecanicocuántica de la
realidad?»). El efecto de este artículo fue inmediato. Niels Bohr (1885-1962),
el creador del primer modelo atómico cuántico (1913), gran patrón de la física
cuántica y, en particular, de la interpretación de Copenhague (ciudad en la que
se encontraba su Instituto de Física), que de hecho había mantenido vivas
discusiones con Einstein sobre estos temas durante el Congreso Solvay de 1930,
publicó inmediatamente, con el mismo título y en la misma revista, una
respuesta a las objeciones de Einstein, abriendo un debate que sólo parece
haberse cerrado en los últimos años (favoreciendo a la teoría cuántica
tradicional).
Einstein,
científico-filósofo
No
es frecuente encontrarse con un artículo científico en el que se defina nada
más y nada menos que la realidad, pero esto es lo que
hicieron Einstein, Podolsky y Rosen en «¿Puede considerarse completa la
descripción mecanicocuántica de la realidad?» (1935). A continuación se citan
los pasajes en los que lo hacían. Representa un ejemplo de un aspecto de la
personalidad científica de Einstein que sólo he mencionado de pasada: su
dimensión filosófica, su capacidad de penetrar en los estratos más profundos del
estudio de la naturaleza, en los que física y filosofía se distinguen con
dificultad.
Cualquiera que sea el significado que se asigne al término completa, el
siguiente requisito para una teoría completa parece ser necesario: todo
elemento de la realidad física debe tener una contrapartida en la teoría
física. Llamaremos a esto la condición de completitud…
Los elementos de la realidad física no pueden ser determinados mediante
consideraciones filosóficas a priori, sino que deben encontrarse
recurriendo a resultados de experimentos y medidas. Una definición general y
completa de realidad no es, sin embargo, necesaria para nuestros propósitos.
Quedaremos satisfechos con el siguiente criterio, que consideramos razonable.
Si, sin perturbar en forma alguna un sistema, podemos predecir con seguridad
(esto es, con probabilidad igual a la unidad) el valor de una magnitud física,
entonces existe un elemento de realidad física que corresponde a esta magnitud
física
Por
fin, un científico profesional respetado
La lógica interna que existe en los intereses y aportaciones científicas de
Einstein me ha llevado más allá de la época en la que trabajaba en la Oficina
de Patentes de Berna. Es preciso, para reconstruir su biografía, y la del
tiempo que le tocó vivir, volver, otra vez, hacia atrás.
Gracias a las aportaciones a la física que realizó a partir de 1905, el mundo
académico comenzó a advertir su presencia. En 1909 consiguió su primer puesto
universitario, profesor asociado en la Universidad de Zúrich. En 1911, fue
designado catedrático de Física en la Universidad alemana de Praga. La propia
existencia de una universidad alemana en una ciudad checa
muestra algunos de los conflictos con los que se encontró allí Einstein: una
ciudad, de aproximadamente medio millón de personas, la mayoría (en torno al 90
por 100) checoslovacos, pero en la que la minoría germana (un 7 por 100 de la
población, la mitad judíos) ocupaba una posición de privilegio económico,
situación que producía numerosos conflictos, entre los cuales se encontraba una
división cultural que explica la existencia de la universidad a la que se
incorporó Einstein. No era, sin embargo, esta división étnica la única: también
había otra que afectaba a los judíos, contra los que se unían los alemanes que
no lo eran y los checoslovacos.
Walther Nernst.
Muy
poco después de llegar a Praga, algunos colegas y amigos suyos de Zúrich
comenzaron a impulsar la idea de que el creador de la relatividad abandonase
Praga por una cátedra en el Politécnico, su alma mater. Pierre
Weiss (1865-1940), distinguido experto en paramagnetismo y ferromagnetismo,
tuvo la idea de dirigirse a dos de los científicos más conocidos y respetados
del momento para saber qué opinaban de Einstein, con la intención de incluir
sus respuestas en el informe que finalmente debía llegar al Departamento
Federal del Interior suizo. Los científicos elegidos fueron Henri Poincaré
(1854-1912) y Marie Curie (1867-1934). El informe que ésta preparó el 17 de
noviembre de 1911, sirve para hacerse una idea de lo que opinaba entonces la
élite de la física mundial:
He
admirado mucho los trabajos que han sido publicados por M. Einstein sobre las
cuestiones que tocan la física teórica moderna. Creo, además, que los
físicos-matemáticos están de acuerdo en considerar que estos trabajos son sin
duda de primer orden. En Bruselas, en donde he asistido a un consejo científico
[se refiere al primer Consejo Solvay] del que M. Einstein formaba parte, he
podido apreciar la claridad de su espíritu, la extensión de su información y la
profundidad de sus conocimientos. Si se considera que M. Einstein es todavía
muy joven, se tiene derecho a basar en él las más grandes esperanzas y a ver en
él a uno de los primeros teóricos del futuro. Pienso que una institución
científica que dé a Einstein los medios de trabajo que él desea, llamándole,
por ejemplo, a ocupar una cátedra en las condiciones que merece, se verá
grandemente honrada por tal decisión y prestará ciertamente un gran servicio a
la ciencia.
Y,
naturalmente, le fue ofrecida una cátedra en el Politécnico, a donde se
incorporó en 1912. Dos años más tarde, alcanzaba la cumbre de su profesión:
catedrático sin obligaciones docentes en la Universidad de Berlín, director de
un Instituto de Física teórica, que se crearía especialmente para él en la
Asociación Káiser Guillermo, y miembro, con un salario de 12.000 marcos, de la
Academia Prusiana de Ciencias. Planck y el químico-físico Walther Nernst
(1864-1941) en persona viajaron desde Berlín a Zúrich, en el verano de 1913,
para transmitirle la oferta. ¿Cómo resistirse ante ella, más aún con semejantes
embajadores? Aunque el humor de Einstein no le impidió comentar, justo después
de la visita, a su amigo y futuro premio Nobel de Física Otto Stern (1888-1969):
«¿Sabes?, los dos me parecieron como si quisiesen obtener un raro sello
postal».
Los científicos también son humanos
Continuando con su perfil humano, es preciso detenerse en otros aspectos de la
biografía de Einstein, aquellos que involucran relaciones, al margen de la
ciencia, con otras personas. Y es que los científicos también son humanos, por
mucho que con frecuencia nos encontremos con obras —hagiografías más bien— en
las que parezca lo contrario.
Científicos berlineses: Einstein (a la izda., sentado), James Franck (en el
sofá, en el centro), Fritz Haber (a la dcha., sentado de lado), Otto Hahn (en
el sillón, a la dcha.) y Gustav Hertz (de pie, en el extremo derecho).
El 6
de enero de 1903, Einstein contrajo matrimonio con Mileva Marić, como hemos
visto compañera de estudios en la ETH. Hace unos pocos años se publicaron las
cartas que ambos intercambiaron durante su noviazgo (ya he citado algunas), en
las que el futuro gran físico aparece bajo una luz que no le distingue
demasiado de tantos otros jóvenes enamorados: «Cuando no te tengo —escribía el
6 de agosto de 1900—, siento como si no estuviera completo. Si me siento,
quisiera marcharme; si me voy, me alegro de volver a casa; si me entretengo,
quisiera estudiar; si estudio, me falta recogimiento y tranquilidad, y si me
voy a dormir, no estoy satisfecho con el día vivido. Que lo pases bien,
corazón, y recibe los besos más afectuosos de tu Albert».
Cartas como estas eran prácticamente desconocidas hasta muy poco antes de la
aparición del primer tomo de los Einstein Collected Papers (1987);
formaban parte de un conjunto de 430 cartas pertenecientes al legado literario
de Mileva Marić, un auténtico tesoro que finalmente salió a subasta pública
(con precios astronómicos) el 25 de noviembre de 1996, en la casa Christie’s, y
cuyo contenido completo irá apareciendo —así se ha prometido al menos— en
sucesivos volúmenes de los Einstein Collected Papers (efectivamente,
ya se pueden leer algunas en los diez tomos publicados hasta la fecha).
Las cartas ya publicadas contienen, además de detalles como los señalados, y de
referencias a las lecturas e intereses científicos de Einstein entre 1897 y
1902, sorpresas inesperadas. Como el que hacia enero de 1902, antes por
consiguiente de casarse, Mileva tuvo una hija de Albert, a la que en sus cartas
llamaban «Lieserl». Del destino de esta niña no ha quedado ningún rastro (no es
improbable que fuese dada en adopción). Más tarde, ya casados, tuvieron dos
hijos: Hans Albert (14 de mayo de 1904), que llegaría a ser profesor de
ingeniería en la Universidad de Berkeley (Estados Unidos), en donde murió en
1973, y Eduard (28 de julio de 1910), que falleció en 1965 en un hospital
psiquiátrico suizo en el que llevaba décadas recluido debido a su
esquizofrenia. Su padre, en un detalle que en absoluto le honra, le había
visitado por última vez en 1932.
Esas cartas personales nos permiten contemplar, con toda transparencia y
dramatismo, cómo se fueron deteriorando las relaciones personales entre Albert
y Mileva, que les condujo al divorcio (se separaron en 1914, con Einstein
permaneciendo en Berlín y Mileva regresando a Zúrich con sus dos hijos; el
divorcio llegó en febrero de 1919). El Einstein que se encuentra en algunos de
esos documentos es muy diferente al que aparece en escritos en los que defendía
el pacifismo, la solidaridad o el valor de la ciencia. Veamos si no, las
condiciones que imponía a Mileva, en torno al 18 de julio de 1914, para
continuar viviendo en el domicilio familiar:
Condiciones.
A. Debes asegurarte
1) que mi ropa, limpia y por lavar, se mantenga en buen orden y arreglada
2) que recibo mis tres comidas de manera regular en mi habitación
3) que mi habitación y despacho se mantienen siempre limpios y, en particular,
que mi mesa esté dispuesta sólo para mí.
B.
Renuncias a todas las relaciones personales conmigo en tanto que no sea
absolutamente necesario mantenerlas por razones sociales. Específicamente,
debes renunciar
1) a que me siente en casa contigo
2) a que salga o viaje contigo.
C.
En tus relaciones conmigo debes aceptar explícitamente adherirte a los
siguientes puntos:
1) No debes esperar de mí intimidad ni reprocharme en forma alguna.
2) Debes desistir inmediatamente de dirigirte a mí si te lo pido.
3) Debes abandonar inmediatamente mi habitación o despacho sin protestar si te
lo pido.
D.
Aceptas no menospreciarme ni de palabra ni de hecho delante de mis hijos.
Eran,
ciertamente, unas condiciones brutales, pero ¿es que los científicos, los
grandes, grandísimos, científicos incluidos, son diferentes del resto de los
seres humanos, entre los que se dan pasiones de todo tipo? No, por supuesto. Y
este es un hecho que no hay que olvidar, especialmente en épocas, como la
presente, en las que los conocimientos científicos constituyen valores no sólo
aceptados, sino buscados con fervor por la sociedad (al menos por una parte
importante de ella), una situación que coloca a los científicos en posiciones
de privilegio, siendo sus voces y opiniones especialmente apreciadas.
Tampoco hay que olvidar, como en este caso se ha hecho en más de una ocasión
(por ejemplo, por algún colectivo feminista, propagando la completamente
infundada —y por ello ridícula— tesis de que Einstein se había aprovechado en
sus grandes aportaciones científicas de aquella época del trabajo e ideas de
Mileva), a la otra parte, ya que existen evidencias del complicado carácter de
Marić. Otra carta (no publicada todavía; formaba parte de los documentos
ofrecidos en la subasta de Christie’s de noviembre de 1996; se citaba en el
catálogo publicado) de Einstein a Mileva, del 24 de octubre de 1925, da tal vez
una imagen menos brutal aunque no menos cruel, acaso más realista, de su autor:
«Cuando leo una carta tuya, me siento como un criminal, especialmente cuando no
puedo recordar las circunstancias reales. De hecho, siempre hice todo lo que
fue humanamente posible para hacer más fácil y mejorar tu vida… No aprecias
nada de lo que hago. Todo lo que saco de ti es insatisfacción y desconfianza.
Ya no lo tomo a mal porque creo que estoy tratando con alguien anormal. Me
haces reír con tu amenaza de tus memorias. ¿No se te ha ocurrido pensar que ni
siquiera un gato daría un penique por semejantes garabatos si no fuese porque
el hombre con el que te relacionabas había logrado algo importante? Si una
persona es un cero a la izquierda, entonces no hay nada que le puedas
reprochar. Sin embargo, uno debería ser agradable y modesto y mantener la boca
cerrada; este es el consejo que te doy. Pero si el diablo no te abandona,
entonces, en el nombre de Dios escribe lo que él quiera que digas. He tenido
que enfrentarme ya con tantas tonterías de otras personas, que puedo afrontar las
tuyas con calma».
Al tener que enfrentarse con la —con demasiada frecuencia inevitable— dureza de
la vida, los seres humanos reaccionan de muy diversas maneras: con
desesperación, extrañamiento, violencia o depresión, por citar algunas
posibilidades. Einstein encontró en la ciencia, que para él consistía en la
búsqueda de lo objetivo, su vía de escape. Ilustrativas en este sentido son las
siguientes frases, extraídas de un discurso que pronunció durante la
celebración del sexagésimo aniversario de Max Planck (1918) en la Sociedad de
Física de Berlín: «En principio, creo, junto con Schopenhauer, que una de las
más fuertes motivaciones de los hombres para entregarse al arte y a la ciencia
es el ansia de huir de la vida de cada día, con su dolorosa crudeza y su
horrible monotonía; el deseo de escapar de las cadenas con que nos atan
nuestros, siempre cambiantes, deseos. Una naturaleza de temple fino anhela huir
de la vida personal para refugiarse en el mundo de la percepción objetiva y el
pensamiento». No hace falta decir que algunos admirarán semejante postura,
mientras que otros la criticarán, como expresión de egoísmo o cobardía. Sea
como fuese, el hecho es que para comprender a Einstein el hombre, al igual que
una parte de sus escritos no científicos, hay que tener muy en cuenta su
filosofía trascendentalista.
En cualquier caso, el descubrimiento de que Einstein no fue, en su
cotidianeidad, un santo laico, parece haber constituido una sorpresa para
muchos. Así, han florecido, y continúan haciéndolo, obras en las que se insiste
en sus «debilidades» humanas. Y entre esas debilidades se han destacado, como
difícilmente podía ser de otra forma en el mundo actual, sus relaciones con
mujeres. Veamos dos ejemplos, uno importante por el papel que desempeñó en su
vida, otro que tiene más de anecdótico que de otra cosa.
El primer ejemplo tiene que ver con su prima, Elsa Einstein Löwnthal
(1874-1936), con la que volvió a relacionarse cuando estaba divorciada y con
dos hijas. En una fecha tan temprana como el 30 de abril de 1912, tras una
visita a Berlín en la que había visto a Elsa, Einstein le escribía que la
amaba. La pasión de Albert por su prima continuó durante los siguientes años,
en los que la cuestión de su divorcio con Mileva aparece constantemente en las
cartas que intercambiaron. Pero semejante entusiasmo debió de decrecer en algún
momento, cuando la materialización del divorcio se encontraba próxima. Y
decreció de una manera ciertamente no convencional, como muestra una carta que
una de las hijas de Elsa, Ilse, escribió desde Berlín a Georg Nicolai
(1874-1964), profesor titular de Fisiología en la Universidad de Berlín y
notable pacifista (preparó un manifiesto en 1914 en favor de la paz entre los
pueblos europeos, al que se sumó Einstein), el 22 de mayo de 1918: «Recordará
usted que recientemente hablamos del matrimonio entre Albert y mamá, y que
usted me dijo que un matrimonio entre Albert y yo sería más
propio. Nunca pensé seriamente acerca de ello hasta ayer, cuando se suscitó la
cuestión repentinamente de si A. quería casarse con mamá o conmigo… El propio
Albert rechaza tomar una decisión, está preparado para casarse conmigo o con
mamá. Sé que A. me quiere mucho, acaso más de lo que lo hará nunca otro hombre,
me lo dijo él mismo ayer. Por otra parte, puede incluso preferirme a mí como
esposa ya que soy joven y podría tener hijos conmigo, lo que naturalmente no se
aplica en el caso de mamá».
Albert y Elsa Einstein junto a Charles Chaplin en el estreno de Luces
de la ciudaden Los Ángeles (1931).
Finalmente,
el 2 de junio de 1919, Einstein se casó con Elsa. No tuvieron, por supuesto,
hijos y Elsa cuidó bien de su marido, disfrutando de su fama, como se puede
comprobar en numerosas fotografías, en las que aparece junto a Albert y
luminarias del tipo de Charles Chaplin, Chaim Weizmann o Rabindranath Tagore.
Que Einstein disfrutase igualmente es mucho más dudoso. Existe un documento
profundamente revelador en este sentido: una carta que escribió el 21 de marzo
de 1955, muy poco antes de su muerte, al hijo y a la hermana de Michele Angelo
Besso, que acababa de fallecer. Ya mencioné que Besso fue uno de sus grandes
amigos, y continuó siéndolo toda su vida. Pues bien, en aquella carta se lee:
«Ha sido verdaderamente muy amable por su parte darme, en estos días tan
tristes, tantos detalles sobre la muerte de Michele. Su fin ha sido armonioso,
a imagen de su vida entera, a imagen también del círculo de los suyos. El don
de llevar una vida armoniosa raramente va acompañado de una inteligencia tan
aguda, sobre todo en la medida en que él la poseía. Pero lo que yo admiraba más
en Michele, como hombre, era el hecho de haber sido capaz de vivir tantos años
con una mujer, no solamente en paz, sino también constantemente de acuerdo,
empresa en la que yo, lamentablemente, he fracasado por dos veces».
Einstein y Rabindranath Tagore, Berlín 1930.
El
otro ejemplo se refiere a uno de los últimos descubrimientos de los amores de
Einstein. En, de nuevo, una subasta pública celebrada el 26 de junio de 1998 en
Nueva York, esta vez realizada por Sotheby’s, se ofreció un lote compuesto por
nueve cartas de Einstein a Margarita Konenkova (1900-1982), junto a otros
materiales (el precio de salida fue de 250.000 dólares). Lo mejor es citar del
propio catálogo preparado por Sotheby’s:
La
hasta ahora desconocida relación amorosa de Einstein con una espía rusa.
El
material de este lote comprende el descubrimiento más significativo con
relación a la vida personal y emocional de Einstein desde que se conocieron en
1987 las primeras cartas que escribió a su primera esposa, Mileva. La historia
que cuentan es incluso más llamativa y considerablemente más compleja que las
del joven y típico amante que muestran las cartas a Mileva. Las cartas y otros
materiales relacionados que ofrecemos sacan a la luz por primera vez la
historia de la relación amorosa de Einstein con Margarita Konenkova (c.
1900-1982), esposa del eminente escultor ruso Sergei Konenkov (1874-1971). Los
Konenkov vivieron como emigrados en Estados Unidos durante más de veinte años,
desde comienzos de los años veinte hasta finales de 1945, cuando fueron reclamados
por la Unión Soviética. Sergei Konenkov tenía un estudio en Greenwich Village,
donde, aunque rechazó aprender inglés, desarrolló una carrera con bastante
éxito realizando retratos para muchos americanos eminentes, incluyendo algunos
miembros de la Corte Suprema. Además de ayudar a su marido, durante los años de
guerra Margarita sirvió como secretaria ejecutiva de la Sociedad Americana para
Ayuda a Rusia. También fue… una espía soviética.
En
este punto, el catálogo indica que Einstein conocía a los Konenkov desde al
menos 1935, cuando Sergei realizó un busto suyo (que ahora se encuentra en el
Institute for Advanced Study de Princeton), y que aunque no es posible
determinar durante cuánto tiempo Einstein y Margarita habían sido amantes, a
finales del otoño de 1945 «su relación era apasionada». Y a continuación, como
si fuese una novela de espías, se incluyen los siguientes comentarios: «Es
igualmente manifiesto, tanto de las cartas como de otros materiales ofrecidos
aquí, que se han conservado a través de un miembro de la familia Konenkov, que
el papel de Margarita fue complicado. Tuvo que hacer juegos malabares con los
deseos y necesidades de Einstein, de su marido y de quien la controlaba, el
vicecónsul soviético Pastelniak (que utilizaba el nombre falso de Pavel
Mikhailov y que le dio a ella el nombre en clave de Lucas). Amor, manipulación
y desengaño estuvieron inseparablemente unidos en su relación con Einstein. La
tradición familiar de que tuvo otras muchas relaciones amorosas, incluyendo
entre ellas con Rachmaninoff y con el artista emigrado Boris Chaliapin,
sugieren que estaba bien entrenada para su relación con Einstein». Uno de los
últimos servicios que Margarita realizó, antes de regresar apresuradamente a la
Unión Soviética, fue intentar, a mediados de agosto de 1945, que Einstein
recibiese a Mikhailov, aparentemente para discutir cuestiones relacionadas con
la bomba atómica que, recordemos, se acababa de probar con éxito sobre Hiroshima
y Nagasaki.
Pacifista
Abandonemos ya el ámbito de lo privado y regresemos al de lo público. La física
einsteniana pudo ser intrincada, dando origen a mitos como aquel que propagó el
astrofísico británico Arthur Eddington (1882-1944) de que sólo tres personas
entendían la teoría de la relatividad general, pero su palabra era transparente
y de una belleza y altura moral singulares, cuando hablaba de cuestiones
humanas trascendentales. Y entre esas cuestiones humanas, una llamó muy
particularmente su atención: la lucha contra la guerra, el pacifismo. Un
interés promovido por las circunstancias históricas en las que se desenvolvió
su vida. Circunstancias históricas como la Primera Guerra Mundial.
Al poco de comenzar la Gran Guerra, el 4 de octubre de 1914, movidos en parte
por las repercusiones negativas que había tenido en el mundo la invasión de
Bélgica, 93 intelectuales alemanes dieron a conocer lo que denominaron
«Llamamiento al mundo civilizado» («Aufruf an die Kulturwelt»). Aquel
manifiesto defendía con una parcialidad sobrecogedora las acciones germanas.
Contenía puntos como el siguiente: «No es verdad que la lucha
contra lo que se ha llamado nuestro militarismo no sea una lucha contra nuestra
cultura, como pretenden hipócritamente nuestros enemigos. Sin el militarismo
alemán, la cultura alemana habría desaparecido de la faz de la tierra hace mucho
tiempo. Es para proteger esa cultura, que un país que durante siglos ha sufrido
más invasiones que ningún otro, ha salido de sus fronteras. El ejército y el pueblo
alemanes forman una unidad. Semejante convicción une hoy día a 70 millones de
alemanes, sin distinción de educación, condición social y partido».
Einstein y Leo Szilard discutiendo la carta del primero al presidente
Roosevelt.
Entre
los firmantes de este llamamiento figuraban 15 científicos, algunos del calibre
de los químicos Adolf von Baeyer (Múnich), Emil Fischer (Berlín), Fritz Haber
(Berlín), Walther Nernst (Berlín), Wilhelm Ostwald (Leipzig) y Richard
Willstätter (Berlín), el matemático Felix Klein (Gotinga), y los físicos
Philipp Lenard (Heidelberg), Max Planck (Berlín), Wilhelm Röntgen (Múnich) y
Wilhelm Wien (Wurzburgo).
En la atmósfera que reinaba entonces en Alemania era difícil oponerse
públicamente a aquella declaración (en otros países tampoco fue fácil defender
posiciones no beligerantes, como demuestra el caso de Bertrand Russell en
Inglaterra). Sin embargo, pocos días después de su publicación un destacado
pacifista alemán, Georg Nicolai, con quien nos hemos encontrado previamente,
preparó una réplica que hizo circular entre sus colegas universitarios. Sólo
tres personas se adhirieron a ella: uno de ellos era Einstein. El documento en
cuestión, titulado «Manifiesto a los europeos», fue distribuido a mediados de
octubre, y contenía párrafos como los siguientes: «La guerra que ruge
difícilmente puede dar un vencedor; todas las naciones que participan en ella
pagarán, con toda probabilidad, un precio extremadamente alto. Por
consiguiente, parece no sólo sabio sino obligado para los hombres instruidos de
todas las naciones el que ejerzan su influencia para que se firme un tratado de
paz que no lleve en sí los gérmenes de guerras futuras, cualquiera que sea el
final del presente conflicto. La inestable y fluida situación en Europa, creada
por la guerra, debe utilizarse para transformar el Continente en una unidad
orgánica… Nuestro único propósito es afirmar nuestra profunda convicción de que
ha llegado el momento de que Europa se una para defender su territorio, su
gente y su cultura… El primer paso en esa dirección sería el que unan sus
fuerzas todos aquellos que aman realmente la cultura de Europa; todos aquellos
a los que Goethe proféticamente llamó “buenos europeos”».
Sin embargo, con dolorosa frecuencia la vida de los humanos se mueve en
situaciones que provocan sentimientos encontrados, sentimientos que impiden
mantener líneas de comportamiento sencillas o lineales. Así, a pesar de sus
ideas pacifistas, Einstein contribuiría a impulsar el establecimiento del
proyecto nuclear estadounidense, el «Proyecto Manhattan», que culminó con el
lanzamiento de dos bombas atómicas sobre Japón. El 2 de agosto de 1939, a
petición de tres físicos de origen húngaro que también habían tenido que
abandonar Alemania, Leo Szilard (1898-1964), Edward Teller (1908-2003) y Eugene
Wigner (1902-1995), Einstein escribió una carta al presidente Franklin D.
Roosevelt (1882-1945) en la que indicaba el peligro potencial de que, a raíz
del descubrimiento de la fisión del uranio, realizado por Otto Hahn (1879-1968)
y Fritz Strassmann (1902-1980), en Berlín en diciembre de 1938, Alemania
pudiese fabricar bombas atómicas. El contenido de esa carta resume un momento
importante de la historia del siglo XX, no siendo posible, sin conocerla,
comprender la historia mundial posterior.
A.
Einstein a Franklin D. Roosevelt, 2 de agosto de 1939:
Señor:
Trabajos recientes de E. Fermi y L. Szilard, que me han sido comunicados en
manuscrito, me hacen esperar que el elemento uranio pueda convertirse en una
nueva e importante fuente de energía en el futuro inmediato. Ciertos aspectos
de la situación que se ha producido exigen que se la vigile cuidadosamente y,
si es necesario, que la Administración actúe rápidamente. Creo, por
consiguiente, que es mi deber llamar su atención sobre los siguientes hechos y
recomendaciones:
En el curso de los últimos cuatro meses se ha hecho probable —a través del
trabajo de Joliot en Francia, al igual que de Fermi y Szilard en América— que
puede ser posible establecer una reacción nuclear en cadena en una gran masa de
uranio, mediante la cual se generarían vastas cantidades de energía y grandes
cantidades de nuevos elementos del estilo del radio. Parece ahora casi seguro
que esto podría conseguirse en el futuro inmediato.
Este nuevo fenómeno conduciría también a la construcción de bombas y es
concebible —aunque mucho menos seguro— que de esta manera se puedan construir
bombas de un nuevo tipo extremadamente poderosas. Una sola bomba de esta clase,
transportada por barco y hecha explotar en un puerto, podría muy bien destruir
todo el puerto junto a parte del territorio que lo rodease. Sin embargo, tales
bombas podrían ser demasiado pesadas como para que se las pudiese transportar
por aire.
Los Estados Unidos solamente tienen yacimientos muy pobres de uranio en
cantidades moderadas. Existe algún buen yacimiento en Canadá y en la antigua
Checoslovaquia, mientras que la fuente de uranio más importante se encuentra en
el Congo belga.
En vista de esta situación, acaso pueda usted considerar aconsejable que exista
algún contacto permanente entre la Administración y el grupo de físicos que
trabajan en reacciones en cadena en Estados Unidos. Una forma posible de lograr
esto sería que confiase esta tarea a una persona de su confianza y que acaso
pudiera servir de manera no oficial. Su misión podría consistir en lo
siguiente:
a. relacionarse
con los departamentos gubernamentales, mantenerles informados de los
desarrollos que se produzcan y presentar recomendaciones para acciones del
Gobierno, prestando atención particular al problema de asegurar el suministro
de uranio para los Estados Unidos;
b. acelerar
el trabajo experimental que en la actualidad se está desarrollando dentro de
los límites de los presupuestos de los laboratorios universitarios,
proporcionando fondos, en el caso de que fuesen necesarios, a través de sus
contactos con personas que deseen hacer contribuciones a esta causa, y acaso
también obteniendo la cooperación de laboratorios industriales que dispongan de
los equipos necesarios.
Entiendo
que Alemania ha detenido en la actualidad la venta del uranio de las minas
checoslovacas de las que ha tomado control. El que haya adoptado esta acción
tan pronto puede tal vez entenderse en base a que el hijo del subsecretario de
Estado alemán, Von Weizsäcker, está asociado al Instituto Kaiser-Wilhelm de
Berlín en donde se están repitiendo algunos de los trabajos americanos sobre el
uranio.
Aunque
es difícil determinar en qué medida la carta de Einstein influyó en la
posterior decisión del gobierno estadounidense de establecer el proyecto
Manhattan, que conduciría a la fabricación de las bombas que se lanzaron sobre
las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945 y que
provocaron la inmediata rendición de Japón, el hecho es que el temor que sentía
por un mundo dominado por Hitler hizo que Einstein violentase sus creencias
pacifistas. En tiempos difíciles, cuando las pasiones y la sangre empañan la
tierra, la pureza es un bien que se agosta rápidamente. ¡Qué siglo el XX, qué
siglos todos en realidad, que terminaron arruinando lo mejor de nuestra
especie, la solidaridad y los deseos de hermandad!
Científico famoso
Que el «mundo», y yo mismo aquí, se haya ocupado de la biografía de Einstein
con el detalle con que lo ha hecho, penetrando en todos los rincones accesibles
de su vida, se debe a la fama popular que llegó a alcanzar, no necesariamente
—¡ay!— a la excelencia de sus contribuciones a la ciencia, aunque, por
supuesto, fama y ciencia estén relacionadas.
La continuamente ascendente carrera académica de Einstein desde que abandonó la
Oficina de Patentes de Berna, y que culminó al llegar a Berlín a principios de
1914, muestra el reconocimiento que recibió. Pero ello ocurrió entre sus
colegas, entre los físicos que se daban cuenta de lo extraordinario de sus
contribuciones científicas. Entre los legos, en el mundo social, su apellido
sólo pasó a ser conocido, multitudinariamente, en noviembre de 1919, cuando una
expedición británica confirmó, midiendo las trayectorias de la luz de algunas
estrellas durante un eclipse de Sol, que, efectivamente, se verificaba que los
rayos de luz cambian de dirección en presencia de campos gravitacionales, una
de las predicciones de la teoría que había desarrollado a finales de 1915, la
relatividad general.
El hongo atómico sobre Hiroshima, 6 de agosto de 1945.
Los
resultados de la misión británica se dieron a conocer el 6 de noviembre de
1919, en la sede londinense de la Royal Society, en una reunión conjunta de la
sociedad anfitriona con la Royal Astronomical Society. Alfred North Whitehead,
el lógico y filósofo cuyo nombre ya nos apareció en el capítulo 1, que asistió
a aquella reunión, describió años más tarde (en su libro Science and
the Modern World, 1926) el ambiente que la rodeó: «Toda la atmósfera de
tenso interés era exactamente la de un drama griego: nosotros éramos el coro
comentando el decreto del destino revelado en el desarrollo de un incidente
supremo. Había una cualidad dramática en la misma representación; el ceremonial
tradicional, y en el trasfondo el retrato de Newton para recordarnos que la mayor
de las generalizaciones científicas iba a recibir ahora, después de más de dos
siglos, su primera modificación».
Einstein y la bomba atómica, portada en Time, 1 de julio de 1946.
El
día siguiente, The Times anunciaba en sus titulares:
REVOLUCIÓN
EN CIENCIA
Nueva teoría del Universo
Ideas newtonianas desbancadas
También
en The Times, el día 8, Joseph John Thomson (1856-1940), que en
1897 había identificado el electrón como la primera partícula elemental, y que
había presidido la reunión celebrada dos días antes, declaraba: «Uno de los
grandes logros en la historia del pensamiento humano… No es el descubrimiento
de una isla remota, sino de todo un continente de nuevas ideas científicas… Es
el mayor de los descubrimientos en relación con la gravitación desde que Newton
enunciase sus principios».
Fotografía tomada durante el eclipse total de Sol del 29 de mayo de 1919.
Llegada de Einstein a Nueva York (1921).
Einstein rodeado de periodistas en Pittsburgh, 28 de diciembre de 1934.
Y
con ello, Einstein se convirtió en una figura mundialmente célebre. A partir de
entonces rara vez tuvo la paz que siempre dijo desear y buscar.
Y famoso murió en Princeton el 18 de abril de 1955, como consecuencia de un
aneurisma aórtico. Años antes, en mayo de 1936, a requerimiento de un editor
estadounidense que iba a comenzar las obras para una librería y que deseaba
enterrar una caja de metal con mensajes para la posteridad, Einstein escribió
unas líneas con las que yo quiero terminar este capítulo. No son seguramente
muy trascendentes, ni imponentes, ni cargadas de seriedad, pero dan idea tanto
de lo que le preocupaba del futuro como de su sentido del humor, por lo que
sirven espléndidamente para caracterizar su personalidad:
Querida
posteridad,
Si no has llegado a ser más justa, más pacífica y generalmente más racional de
lo que somos (o éramos) nosotros, entonces que el Diablo te lleve.
Habiendo, con todo respeto, manifestado este piadoso deseo, Soy (o era),
Tuyo,
Albert Einstein.
Aunque
la posteridad no sea más justa, pacífica o racional, es más que probable que
recuerde el nombre y las contribuciones al conocimiento de la naturaleza del
hombre que escribió estas líneas.
Albert Einstein en 1947. Fotografía de Philippe Halsman.
Capítulo 8
Una revolución en curso: sobre moléculas y genes
Nada
mejor, para finalizar un libro como el presente, que ocuparse de un apartado de
la ciencia que está protagonizando el tiempo en que vivimos, un tiempo dominado
por una profunda revolución científica: la biología molecular.
Vivimos, en efecto, en una época científicamente revolucionaria. Se trata,
además, de una revolución con características muy especiales: al contrario que
otras revoluciones científicas de tiempos pasados —como la newtoniana, la
lavoisieriana, la einsteiniana o la promovida por la física cuántica (la
planckiana, podríamos acaso denominarla)—, esta tiene que ver de una forma
mucho más directa con nosotros mismos, en tanto que tiene como objetivo el
estudio de la vida, incluyendo, claro está, la vida humana. Mientras los temas,
los protagonistas, de revoluciones tan recientes como la relativista y la
cuántica se llamaban «espacio-tiempo», «átomos», «principio de incertidumbre»,
«fisión nuclear», «niveles energéticos», «transistores», «agujeros negros» o
«universo en expansión», en la revolución biológica molecular en curso esos
temas, esos protagonistas, se denominan «ADN», «genes», «transgénicos»,
«clonación» o «células madre», conceptos que evidentemente, en sentido
inmediato, nos son mucho más cercanos.
Nos encontramos, en definitiva, justo en medio (al principio tal vez) de una
revolución con profundas implicaciones no sólo en el dominio de la ciencia,
sino también en el social. Estamos asistiendo, y siendo creadores al igual que
objetivos, de uno de esos períodos en los que, por decirlo de alguna manera, el
suelo tiembla bajo nuestros pies, en el que nos damos cuenta de que el futuro
será diferente del presente y de que el propio presente cambia, debido
precisamente a los instrumentos que se van creando dentro de esa revolución.
Los caminos de la vida: cromosomas y genes
Como ya señalé en el capítulo 4, a mediados del siglo XIX Gregor Mendel
desarrolló la teoría según la cual ciertos elementos discretos, sobre cuya
estructura él poco podía decir, son responsables de los rasgos hereditarios, un
resultado al que llegó cruzando variedades diferentes de guisantes y observando
los productos de tales hibridaciones en generaciones sucesivas. En el lenguaje
actual, distinguió entre la apariencia de un organismo (su fenotipo),
que, por supuesto, puede ser una mezcla de las características de sus
progenitores, y el conjunto de factores (genes) heredados de cada uno de los
padres (el genotipo), que continúa siendo discreto y sin mezcla.
Mendel (Museo de Moravia, Brno).
También
mencioné que la esencia de las ideas de Mendel pasó desapercibida para la
comunidad de biólogos hasta su redescubrimiento en 1900, gracias a los trabajos
de Hugo de Vries, Carl Correns y Eric von Tschermak. Esto fue así porque
difícilmente sus contemporáneos podrían haber relacionado el concepto de
elementos hereditarios discretos con las nociones existentes entonces en el
dominio de la biología celular, sin olvidar que la metodología estadística
mediante la cual Mendel interpretó sus resultados era ajena al modo de
pensamiento vigente en aquella época. Su artículo de 1865 fue redescubierto
cuando ya se había introducido el concepto de cromosomas, la «primera
aproximación a la unidad discreta de herencia».
Pasajes
de «Versuche über Pflanzen-Hybriden» («Experimentos sobre la hibridación de
plantas») de Mendel (1865):
Observaciones
preliminares.
El tema de los ensayos de los que se hablará en este trabajo surgió de una
serie de fecundaciones artificiales realizadas en plantas ornamentales con el
fin de obtener nuevas variantes de color. La sorprendente regularidad con que
reaparecían las mismas formas híbridas cada vez que se realizaba la fecundación
entre las mismas especies, sugirió otros experimentos complementarios para
investigar el desarrollo de los descendientes de esos híbridos.
Observadores tan minuciosos y concienzudos como Kölreuter, Gärtner, Herbert,
Lococq, Wichura y otros han dedicado con incansable perseverancia una parte de
su vida a ese problema. En particular, fue Gärtner quien, en su obra La
obtención de mestizos en el reino vegetal, reunió observaciones altamente
valiosas. Últimamente, Wichura ha publicado sus profundas investigaciones sobre
los híbridos de los sauces. El que hasta ahora no haya sido posible formular
una ley general sobre la formación y el desarrollo de los híbridos, no puede extrañar
a nadie que, conociendo el alcance del problema, sepa apreciar las dificultades
que hay que vencer en ensayos de este tipo. Sólo se podrá obtener una solución
definitiva cuando se realicen experimentos detallados con las diversas familias
de plantas. El que examine los trabajos existentes en esta materia llegará a la
convicción de que ninguno de los numerosos experimentos conocidos ha sido
realizado en la escala y en la forma necesarias para determinar las cantidades
necesarias de las diferentes formas bajo las cuales aparecen los descendientes
de los híbridos, para ordenar tales formas con seguridad en las distintas
generaciones y determinar las relaciones numéricas respectivas…
El presente artículo trata de un intento de tal experimento de detalle. Según
correspondía, se limitó a un pequeño grupo de plantas y está ahora, después de
ocho años, prácticamente finalizado.
…
La configuración de los híbridos.
Experimentos realizados en años anteriores con plantas ornamentales ya
demostraron que los híbridos no representan siempre un término medio entre las
especies paternas. En algunos caracteres que saltan a la vista, como los que se
refieren a la forma y el tamaño de las hojas, a la pubescencia de las distintas
partes, etc., resulta evidente la estructura intermedia; en otros casos, en
cambio, es tan grande la supremacía de uno de los dos caracteres paternos, que
resulta difícil o completamente imposible descubrir el otro progenitor en el
híbrido.
Ahora
bien, no fue en modo alguno fácil llegar a una teoría de la reproducción y de
la herencia basada en elementos discretos. De hecho, cuando se analiza la
historia de la biología correspondiente a, básicamente, las décadas de 1870 y
1880, no es difícil detectar que los indudables avances que se fueron
realizando coexistieron con planteamientos menos atinados. Y es que,
seguramente la mayor parte de las veces la creación de nuevas teorías
constituye un complejo y delicado proceso en el que lo viejo —los conceptos,
expectativas o, simplemente, «modos de mirar la naturaleza» asumidos hasta
entonces— se mezcla con lo nuevo, en una combinación en ocasiones explosiva de
la que surge con dificultad, y no siempre rápidamente, una visión, un modelo,
diferente.
Un ejemplo magnífico en este sentido es el del catedrático de zoología y
anatomía comparada en la Universidad de Friburgo, August Weismann (1834-1914),
considerado como uno de los fundadores de la genética moderna. Ya hacia 1868,
Weismann llegó a la conclusión de que la «dirección de desarrollo» se
transfería por medio del protoplasma del esperma y de la célula del huevo. A
través de consideraciones evolucionistas e investigando la cuestión de si se
podían heredar caracteres adquiridos, Weismann (que era un ferviente
darwinista) desarrolló su teoría del «plasma germinal», basada en la existencia
de una sustancia responsable de la transmisión de los rasgos hereditarios (él
argumentaba —contra Lamarck— que los caracteres adquiridos no se pueden
heredar, ya que en tal caso tendrían que afectar al propio plasma germinal).
Estrictamente, no fue él el único en pensar en base a la continuidad de una
«sustancia de la herencia». En 1872, por ejemplo, Francis Galton (1822-1911),
más conocido por sus tesis eugenésicas, la había vislumbrado, pero es a
Weismann a quien se le debe adjudicar el crédito de haber desarrollado esa
teoría en un conjunto más o menos coherente, un conjunto que fue reelaborando
para ponerlo en relación con los resultados de las nuevas investigaciones sobre
la estructura celular. En 1883, todavía concebía las células germinales como
portadoras de configuraciones de moléculas que conducían a las células
reproductivas. Estaba, en definitiva, tratando aún con la cuestión de la
herencia en términos de toda la célula (germinal), y es desde semejante
perspectiva como se debe entender su manifestación (recogida en obras suyas
como Das Keimplasma [El plasma germinal], de 1892, o en
la edición inglesa de sus ensayos completos: Essays upon Heredity and
Kindred Biological Subjects [Ensayos sobre herencia y temas
biológicos relacionados], publicada en 1891) de que la reproducción ponía
en juego células de un tipo particular, las células germinales
(o sexuales), frente a las somáticas, o corporales, que contienen una
sustancia, decía, «cuya constitución físico-química, incluida su naturaleza
molecular, le otorga la facultad de convertirse en un nuevo individuo de la
misma especie».
Sin embargo, y al hilo de los resultados que iban obteniendo otros
investigadores, en los años siguientes su concepto del plasma germinal fue
cambiando. En particular, las décadas de 1870 y 1880 constituyeron un período
muy activo en hallazgos que terminaron imponiendo la idea de que es en el
núcleo de las células donde tiene lugar el proceso que controla la reproducción
(una idea esta que de alguna manera ya había defendido por razones teóricas el
zoólogo germano Ernst Haeckel [1834-1919] en 1866). Un nombre que hay que
resaltar en este sentido es el de Walther Flemming (1843-1905), catedrático de
anatomía en la Universidad de Kiel, quien, a partir de investigaciones de las
divisiones celulares en anfibios (describió y bautizó el proceso de la
«mitosis»), reunidas en su texto Zellsubstantz, Kern und Zelltheilung (Sustancia
celular, núcleo y división celular; 1882), fue capaz de, primero,
diferenciar en los núcleos celulares una parte fuertemente teñible, la
cromatina, y una parte muy poco teñible, la acromatina, y, después, poner de
manifiesto que durante la división celular, los gránulos de cromatina se disponían
en filamentos, a los que más tarde, en 1888, el anatomista de la Universidad de
Berlín, Wilhelm von Waldeyer-Hartz (1836-1921), dio el nombre de «cromosomas»
(también inventó la palabra «neurona» y un cierto número de términos
embriológicos). Ahora bien, hay que señalar que Flemming fue incapaz de
distinguir los cromosomas durante la interfase del ciclo celular, lo que dio
lugar a interpretaciones diferentes del fenómeno. En cualquier caso, en 1885
Carl Rabl (1853-1917) señalaba que los gránuloscromosomas debían de mantenerse
a lo largo de los diversos cambios que se producen durante la división celular,
lo que le llevó en 1887 a defender su individualidad, un aspecto básico para la
teoría cromosómica, aunque sería Theodor Boveri (1862-1915), de la Universidad
de Múnich, quien clarificó y sistematizó esa teoría durante sus estudios
citológicos: «En todas las células que proceden de la división de un huevo
fecundado —escribía en 1891—, la mitad de los cromosomas son de origen paterno
y la otra mitad, de origen materno».
Hugo de Vries.
Carl Correns.
Francis Galton, retrato de Frank Carter.
El
propio Weismann llegó a situar su plasma germinal en el núcleo, aunque no
estaba seguro de cuál era el papel que desempeñaban en los procesos
hereditarios los filamentos nucleares —es decir, los cromosomas— observados.
Por supuesto, la naturaleza de esa sustancia era desconocida, y continuaría
siéndolo durante mucho tiempo (hasta la identificación del papel del ADN), pero
la idea estaba clara, y así no nos debe extrañar que se introdujese un nuevo
término-idea para describirla. En efecto, en 1909, en un libro titulado Elemente
der Exakten Erblichkeitslehre (Elementos para el estudio de los
caracteres hereditarios exactos), el danés Wilhelm Johannsen (1857-1927),
catedrático de botánica en la Universidad de Copenhague, acuñaba el
término gen (derivado de la raíz griega —que se encuentra
también en vocablos como «génesis» o «generación»— que denota el concepto de
engendrar), para denominar unas «partículas» hipotéticas —algo discreto— que
portarían los cromosomas y que determinarían la herencia (todavía en 1926, y
aunque él mismo había efectuado contribuciones sustanciales en favor de la
identificación de los genes como entidades dotadas de realidad, Thomas Morgan,
al que me referiré más adelante, recalcaba ese carácter hipotético de los genes
en su libro The Theory of the Gene[Teoría del gen]: «Con el
mismo criterio con el que los químicos dan por reales átomos invisibles y los
físicos electrones, el estudioso de la herencia apela a unos elementos
invisibles llamados genes»).
August Weismann.
Eric von Tschermak.
Diagrama de la mitosis celular según Walther Flemming (Zellsubstanz, Kern
und Zelltheilung, 1882).
Wilhelm Johannsen y William Batenson ante la casa de este último (The Manor
House, Merton).
Con
el redescubrimiento del trabajo de Mendel y el apoyo de la teoría cromosómica,
la genética pasó a ser uno de los campos más importantes de la investigación en
biología. Estableciendo un paralelismo no demasiado correcto, aunque sugerente,
se podría decir que la teoría cromosómica fue para la biología lo que el modelo
atómico de Ernest Rutherford (1871-1937) para la física: aunque el átomo que el
físico neozelandés instalado entonces en Manchester propuso en 1911 permitía
explicar algunos fenómenos (como la difusión de partículas α), no aportaba nada
a otros problemas —como el de los espectros asociados a los diferentes
elementos—; para avanzar en esta dirección hubo que esperar un par de años: al
modelo de Niels Bohr, que ya tomaba en consideración los cuantos de
Planck-Einstein. Análogamente —aunque, insisto, este paralelismo tiene límites
evidentes—, la teoría cromosómica permitía explicar algunos aspectos de la
herencia, pero nada decía sobre cuestiones como los cambios que ahora asociamos
a mutaciones, o a los mecanismos de la vida del tipo de, por ejemplo, la
relación entre los genes («unidades estructurales», como veremos, más básicas
localizadas dentro de los cromosomas) y las características propias del
individuo.
Thomas Morgan trabajando en su laboratorio (en el «Cuarto de las moscas») de
la Universidad de Columbia, c. 1915-1920.
En
efecto, junto al problema de la composición de los cromosomas y de esas
misteriosas unidades bautizadas como genes (y el de la posible relación
existente entre ambos), estaba el de cómo es posible que se produjesen los
cambios evolutivos tan radicales que terminaban conduciendo a la creación de
nuevas especies, tal como defendía Darwin.
Las mutaciones constituyen, como sabemos, el motor responsable de tales cambios
evolutivos, el mecanismo que contrarresta la estabilidad de la herencia. Pero
la historia del concepto de mutación es larga, y confusa, ya que se empleó con
significados diferentes. Hugo de Vries fue uno de los que primero recurrieron a
él. En 1901, por ejemplo, la definía de la manera siguiente en el primer tomo
de su opus magnum, Die mutationstheorie (La
teoría de mutaciones; 1901-1903): «Por teoría de la mutación designo la
aseveración de que las propiedades de los organismos están construidas por
unidades acusadamente distintas… Los grados intermedios, que en tan gran número
se dan entre las formas exteriores de plantas y animales, no existen entre
estas unidades en mayor grado que entre las moléculas químicas». Sin embargo, y
no obstante lo moderno que nos puedan sonar tales declaraciones, su teoría de
la mutación no se amoldaba a la selección de las especies de Darwin. La teoría
darwiniana, escribió, «supone que la variabilidad usual, la denominada
individual, es el punto de partida del origen de especies nuevas. Según la
teoría de la mutación, las dos variabilidades (la individual y la mutacional)
son completamente independientes. Como espero demostrar, la variabilidad
habitual no puede conducir a una transposición efectiva de los límites de la
especie, incluso con la selección más intensa y rápida». Para él, «una especie
nueva se origina de forma repentina. Surge de la ya existente sin preparación
visible y sin transición». Desde semejante punto de vista, conceptos como
selección natural o lucha por la existencia eran claramente superfluos para De
Vries.
Serían, sobre todo, los estudios de Thomas Hunt Morgan (1866-1945), que se
había doctorado en 1890 en la Universidad Johns Hopkins, los que representaron
un momento crucial en la historia de la teoría de la mutación y, en general, de
la genética.
Ahora bien, cuando Morgan llegó, en 1904, a la Universidad de Columbia, en
Nueva York, como catedrático de Zoología experimental, era muy escéptico con
respecto al mendelismo, esto es, a una teoría de la herencia que utilizase
unidades discretas. Su cambio de actitud se debió básicamente a las investigaciones
que emprendió con Drosophila melanogaster, la mosca del vinagre o
de la fruta.
Inicialmente, Morgan había intentado estudiar la transmisión de caracteres en
ratones y ratas, pero no tuvo éxito. Sólo hizo progresos tras elegir como
protagonista de sus investigaciones a la humilde Drosophila, que
podía crearse por millares en botellas de leche (como ventajas adicionales
estaba el que el ciclo vital completo de estos animales, que únicamente poseen
cuatro cromosomas, dura solamente diez días; además, los costes de manutención
se reducían a unos pocos plátanos). Dadas estas características, pudo realizar
sus investigaciones genéticas en una pequeña habitación de 4 × 6 metros,
conocida como el «Cuarto de las moscas».
Entre 1907 y 1917, Morgan y su equipo trabajaron en el «Cuarto de las moscas»
buscando mutaciones en ellas. Con un equipo ridículamente simple, el «Cuarto de
las moscas» proporcionó poco a poco nuevos cimientos a la biología evolutiva.
Los resultados que le llevaron a creer en las ideas mendelianas fueron los
siguientes: aun cuando no se produjeron en sus cultivos notables mutaciones a
nivel de especie, en 1910 encontró que en una de sus botellas de cría apareció
repentinamente una curiosa mosca macho de ojos blancos. Morgan cruzó al macho mutante
con una hembra normal (de ojos rojos). Todos los descendientes mostraron el
rasgo normal, esto es, los ojos rojos. Sin embargo, cuando cruzó algunos
miembros de la primera generación entre sí, descubrió que el carácter de los
ojos blancos aparecía de nuevo, aunque sólo en los machos, nunca en las
hembras. Por otra parte, si se cruzaba a un macho de ojos blancos con hembras
de la primera generación, la mitad de los descendientes machos y la mitad de
las descendientes hembras tenían ojos blancos. Morgan encontró que estos
resultados se podían explicar sin demasiada dificultad a partir de la teoría
mendeliano-cromosómica. Este fue el hecho que estimuló su transformación de
escéptico mendeliano en partidario suyo.
No fue la menor de las aportaciones del grupo de Morgan el que fueran también
capaces de encontrar marcadores cromosómicos que les sirvieron para establecer
algo así como una cartografía de la estructura de los cromosomas: en 1911
construyeron el primer mapa cromosómico, que puso en evidencia la posición
relativa de cinco genes ligados al sexo; once años después, otro de sus mapas
indicaba las posiciones relativas de más de dos mil genes pertenecientes a los
cromosomas de Drosophila. Con todo ello pudieron defender la tesis
de que los genes se encuentran ordenados linealmente en los cromosomas y que
experimentan cambios repentinos permanentes, o mutaciones, que producen un
cambio en un rasgo concreto determinado por el gen, tal como el cambio del
color rojo de un ojo al blanco.
Visto retrospectivamente, inmersos como estamos en una época en la que los
genes son protagonistas indiscutidos de la biología contemporánea, el valor de
los hallazgos de Morgan y su equipo adquiere dimensiones casi gigantescas. Una
lectura superficial de su libro de 1926, todo un clásico de la ciencia
contemporánea, The Theory of the Gene, en el que sintetizó las
principales ideas a que había llegado tras décadas de investigaciones, muestra
con claridad la importancia de su obra, y al hilo de ella, cómo había cambiado
la genética desde los tiempos de Mendel, cuando apenas había transcurrido medio
siglo de la publicación de «Versuche über Pflanzen-Hybriden», y hasta qué punto
manejaba ideas que se instalarían definitivamente en el corpus de
la biología. «Tenemos ahora —escribía— la posibilidad de formular la teoría de
los genes.» Y como primer punto de esa teoría incluía el siguiente: «Los
caracteres del individuo están relacionados a partes de elementos —genes— en la
materia germinal, mantenidos juntos en un número de grupos enlazados».
Una cuestión de especial interés era la naturaleza de los genes. «¿Cómo puede
ser que —se preguntaba—, tratándose de moléculas orgánicas, se conserven
invariables, con plena estabilidad? Tal estabilidad significa que el gen es
individualizado como una molécula viva, la cual se mantiene prácticamente
invariable a pesar de su metabolismo, o que tiende a evolucionar según un modo
definido… Hace unos años me propuse calcular el tamaño de los genes con la
esperanza de que se consiguieran resultados útiles para avanzar en estos
problemas. No contamos, sin embargo, con medidas suficientemente exactas para
que podamos escapar de razonamientos que no sean puramente especulativos.
Parece, sin embargo, que el volumen del gen es del orden de las mayores moléculas
orgánicas. Podría tratarse, en efecto, de una gran molécula, pero es más
verosímil pensar que el gen sea una estructura, un conjunto de moléculas
orgánicas relacionadas por vínculos químicos, por la simple afinidad —como es
una combinación química—, si no por otras fuerzas organizadoras.» Y añadía: «Es
difícil, con todo, evitar la fascinante idea de que el gen sea constante
precisamente porque constituya una entidad química organizada». Frases todas
estas que suenan familiares, en absoluto extrañas, a todos aquellos que conocen
lo que la biología molecular dice en la actualidad de los procesos
hereditarios.
Fruto de sus trabajos, que tanto hicieron por la genética, en 1933 Morgan
recibió el premio Nobel de Fisiología o Medicina, por «sus descubrimientos
relativos a la función de los cromosomas en la transmisión de la herencia». Por
entonces ya era, desde 1928, director del Laboratorio de Ciencias Biológicas
del California Institute of Technology, en Pasadena, puesto que mantuvo hasta
su muerte.
El desarrollo de la genética fue abriendo —con lentitud, a veces incluso entre
contradicciones y puntos de vista opuestos— el camino a grandes avances en la
comprensión de la vida, hasta tal punto que si del siglo XIX se puede decir
que, en lo que se refiere a las ciencias biomédicas, fue el siglo de la
fisiología, el XX fue el de la genética. En el plano teórico, suministró una
base firme para entender la evolución. Al ser la fuente principal de novedad
biológica, la mutación de genes se erigía en el motor que la gobernaba. De
hecho, lo que selecciona el mecanismo darwiniano son organismos que transportan
nuevos genes, o nuevas combinaciones de viejos genes, que confieren mayores
ventajas en la lucha de la vida y la reproducción. Ahora bien, durante la
primera mitad del siglo XX, mientras la genética se convertía en la reina de
las ciencias biológicas, la naturaleza física del concepto central, el gen,
continuó envuelto en misterio. Todavía en 1950, en un artículo titulado «The
development of the gene theory» («El desarrollo de la teoría de los genes»),
Hermann J. Muller (1890-1967), en el pasado colaborador de Morgan, y entonces
uno de los más respetados genéticos y defensor de la teoría de los genes,
declaraba que nadie sabía de qué estaban hechos los genes, cómo podían ser
capaces de imponer su cáracter sobre los organismos que los transportan, o cómo
se reproducen fielmente en la división celular.
No obstante, seis años antes de que Muller realizase semejantes afirmaciones,
en 1944, Ostwald Avery (1877-1955) y sus colegas, Colin MacLeod (1909-1972) y
Maclyn McCarty (1911-2005), habían anunciado en un artículo titulado «Induction
of transformation by a desoxyribonucleic acid fraction isolated from
Pneumococcus type III» («Inducción de transformación por una fracción de ácido
desoxirribonucleico aislada del neumococo tipo II»), publicado en el Journal
of Experimental Medicine, que los genes se encuentran sumergidos en ácido
desoxirribonucleico (ADN). La razón de esta omisión por parte de Muller se debe
a que, como en el caso de Mendel, el descubrimiento de Avery y sus
colaboradores fue prematuro, en el sentido de que planteaba problemas
importantes para cuya solución no se disponía aún de los recursos necesarios.
Las ideas entonces en vigor acerca de la naturaleza molecular del ADN hacían
que fuese muy complicado pensar que el ADN pudiese ser el vehículo de la
información hereditaria. Lo que desde luego no fue similar al caso de Mendel es
que el artículo de Avery, MacLeod y McCarty tuviese que ser redescubierto, ya
que su publicación constituyó toda una sensación, y sin duda Muller lo conocía
muy bien cuando escribió su artículo.
Aparato de rayos X para inducir mutaciones, siendo utilizado por Clarence
Oliver en la Universidad de Texas (1927).
Uno
de los motivos por los que se puede calificar —como he hecho— el descubrimiento
de Avery de «prematuro» es porque no basta con encontrar «algo» —ADN, en este
caso— en un lugar (los cromosomas) para establecer una relación causal
explicativa. Para hacerlo es preciso elaborar algún tipo de mecanismo, «abrir»,
por así decirlo, «la caja negra». Y en aquel momento y para aquel problema, la
biología no era suficiente, se necesitaba el auxilio de otras disciplinas
científicas, más dotadas para la construcción de «mecanismos». Disciplinas como
la química (la bioquímica fue —y es— imprescindible en el desarrollo de la
biología molecular) y la física.
Antes de continuar por esta línea, es oportuno aprovechar la ocasión para
señalar que aunque tendemos a establecer fronteras definidas entre las
diferentes ciencias (esto pertenece al dominio de la química, esto al de la
matemática, aquello al de la biología, eso al de la física, etc.), con
frecuencia se necesitan herramientas de diversas disciplinas para resolver problemas
vinculados a una de ellas. Es la interdisciplinariedad, con la que ya nos hemos
encontrado, explícita o implícitamente (recordemos el caso de la fisiología del
siglo XIX), en otros lugares de este libro. De hecho, se puede argumentar que
una de las consecuencias del desarrollo científico es el derrumbamiento de
tales fronteras, surgiendo disciplinas mixtas —como químico-física, bioquímica,
biofísica o electroquímica, sin olvidar las «tecnocientíficas»—; más aún,
algunas de las novedades científicas más atractivas que han surgido a lo largo
del último medio siglo tienen su razón de ser precisamente en la
interdisciplinariedad. El caos, esa sensibilidad extrema a las condiciones
iniciales que hace que sea imposible predecir la evolución futura de un sistema,
constituye un buen ejemplo. Su descubridor fue Edward Lorenz (1917-2008), un
meteorólogo estadounidense con una sólida formación matemática. El artículo de
1963 en el que Lorenz introdujo el caos trataba de un fenómeno típicamente
atmosférico: las corrientes de convección. Sin embargo, investigaciones
posteriores han mostrado que existen movimientos caóticos en muchos otros
dominios: en la física, por ejemplo, en la magnetización del helio superfluido
o en los plasmas; en la ingeniería, en numerosos fenómenos aerodinámicos; en
medicina, en oscilaciones cardíacas, como las arritmias, también en la dinámica
del funcionamiento cerebral; en ecología, en ciertos modelos que estudian las
relaciones entre depredador y presa. Tampoco se libra del caos (en un sentido
matemático) la economía, en donde está siendo estudiado su posible efecto en
macromodelos.
Ostwald Avery en su laboratorio del Rockefeller Hospital.
Pero
regresemos a la biología y al problema de los mecanismos de transmisión de los
caracteres hereditarios. Como apuntaba antes, este problema tuvo que esperar
para su resolución, como veremos a continuación, a una línea de investigación
muy influida por la física —por no decir estrechamente ligada a ella—. En la
actualidad, que fuese así —que cromosomas, genes o ADN se explicasen en
términos físicos o químicos— nos puede parecer trivial, no absolutamente
necesario pero sí plausible. Sin embargo, en las primeras décadas de
«existencia» de los genes, todavía era común aceptar de manera acrítica
fronteras entre disciplinas, permaneciendo la genética separada habitualmente
de las ciencias físico-químicas. Así, en 1939 en un libro de texto, Introduction
to Genetics (Introducción a la genética), dos biólogos del
California Institute of Technology, discípulos de Morgan, Alfred H. Sturtevant
(1891-1970) y George W. Beadle (1903-1989), escribían: «La física, la química,
la astronomía y la fisiología tratan con átomos, moléculas, electrones,
centímetros, segundos, gramos (todos sus sistemas de medidas se reducen a estas
unidades comunes). La genética no tiene a ninguno de estos como componentes de
sus unidades fundamentales y, sin embargo, es una materia formulada matemáticamente
que es lógicamente completa y autocontenida».
Física, biología y mutaciones
Para introducir la línea de investigación que terminaría relacionando la física
con la genética, me voy a referir de entrada a un científico alemán, que iba
para físico cuántico: Max Delbrück (1906-1981).
Tras haber estudiado física, Delbrück se planteó doctorarse, recibiendo un tema
de Walter Heitler (1904-1981). Teniendo en cuenta de quién procedía la idea (en
1927, Heitler fue el autor, en colaboración con Fritz London [1900-1954], de un
influyente artículo que marcó el desarrollo de la teoría del enlace químico,
titulado «Interaction between neutral atoms and homopolar binding according to
quantum mechanics» [«Interacción entre átomos neutros y enlace homopolar según
la mecánica cuántica»]), no sorprende que el tema fuera explicar en términos
semicuantitativos por qué el enlace covalente entre dos átomos de litio era
mucho más débil que el enlace homólogo formado entre dos átomos de hidrógeno.
En 1929, en Gotinga, Delbrück finalizó su tesis, que involucraba cálculos
bastante engorrosos.
Tras pasar un año en Bristol, con John Lennard-Jones (1894-1954), Delbrück
obtuvo una beca de la Fundación Rockefeller por un año. Decidió pasar la
primera mitad en Copenhague, junto a Niels Bohr, y la segunda en Zúrich (llegó
allí en febrero de 1931), con Wolfgang Pauli (1900-1958), uno de los «grandes»
de la historia de la mecánica cuántica. Como muchos otros científicos de la
época, Delbrück pasó a formar parte del círculo de Bohr, y precisamente debido
a este hecho recibió una influencia decisiva: durante una conferencia que Bohr
pronunció el 15 de agosto de 1932, titulada «Luz y vida». En uno de sus
artículos, que escribió muchos años después, Delbrück se refirió a aquella
conferencia de la manera siguiente:
Con
respecto a la biología, en su conferencia «Luz y vida» de 1932, Bohr propuso
que tal vez no fuera reducible a la física atómica. Sugirió que entre los
aspectos físicos y psicológicos de la vida acaso hubiera una complementariedad,
análoga a los aspectos de onda y de partícula del electrón. En ese caso habría
una especie de principio de incertidumbre de la biología…
Desde el punto de vista de la física, en aquella época los misterios de la vida
eran, en efecto, impresionantes. Los fisiólogos celulares habían descubierto
innumerables modos con los que las células responden inteligentemente a cambios
de las condiciones ambientales. Los embriólogos habían demostrado cosas tan
asombrosas como la posibilidad de obtener dos animales a partir de dos mitades
de un embrión. Estos descubrimientos recordaban vagamente la «unidad orgánica»
del átomo y la estabilidad de sus estados cuánticos. La estabilidad de los
genes y el álgebra de la genética mendeliana sugirieron a Bohr que los procesos
que subyacían a los fenómenos eran parecidos a la teoría cuántica.
Vemos
así que la idea de que la física cuántica tenía algo que decir con relación al
desarrollo de la biología data, al menos, de comienzos de la década de 1930. El
propio Delbrück se dedicó, a partir de 1934, a buscar una conexión entre la
biología y la física, y lo hizo de una manera muy directa, interesándose por la
influencia de la luz en la vida. Una ayuda esencial en semejante dirección
surgió de la genética clásica: en 1927, Hermann Muller, con quien ya nos hemos
encontrado, describió una técnica por la que los rayos X inducen mutaciones en
la mosca Drosophila en una proporción mucho mayor que la que
se produce de forma natural. Además de permitir a Muller aislar varios cientos
de mutaciones, una gran parte de las cuales se mantuvieron en las siguientes
generaciones de moscas, este descubrimiento abría el camino a los físicos para
que estudiasen los procesos físico-químicos en la entidad biológica denominada
«gen», concepto que el propio Muller promovió con fervor, postulando que era la
auténtica «base de la vida», aunque se daba cuenta de que «el genetista es
incapaz de analizar… sus propiedades» (1936).
Muller urgió a los físicos para que fuesen en su ayuda, y de hecho en 1932 se
trasladó a Berlín para colaborar con un emigrado ruso, Nikolai
Timoféeff-Ressovsky (1900-1981), que dirigía el Laboratorio de Genética del
Instituto de Investigación del Cerebro de la Asociación Káiser Guilllermo. Por
entonces, Delbrück se encontraba también en Berlín, en donde había organizado
un pequeño grupo de discusión en la casa de su madre. Allí conoció a
Timoféeff-Ressovsky. Con él y con Karl Günter Zimmer (1911-1988), desarrolló en
1935 un modelo cuántico de mutación genética («Über die Natur der Genmutation
und der Genstruktur» [«Sobre la naturaleza de la mutación genética y la
estructura de los genes»]), que aunque resultó incorrecto, a la postre ejerció
una notable influencia. De hecho, se puede decir que aquel trabajo constituye
una de las primeras aproximaciones a una auténtica biología molecular.
Max Delbrück en el California Institute of Technology.
Si
el artículo de Delbrück, Timoféeff-Ressovsky y Zimmer ejerció alguna
influencia, fue debido a la labor de divulgación ejercida en favor suyo por un
librito del creador de la mecánica cuántica ondulatoria, el físico y premio
Nobel austríaco Erwin Schrödinger (1887-1961): What is Life? (¿Qué
es la vida?), publicado en 1944 y fruto de una serie de conferencias en el
Institute for Advanced Studies de Dublín, al que Schödinger se había
incorporado tras exiliarse de la Alemania hitleriana.
Que el texto de Schrödinger participaba de un espíritu análogo al de Delbrück
es algo que se puede comprobar fácilmente sin más que ojear sus páginas, en las
que se pueden encontrar sentencias como la siguiente: «El holandés Hugo de
Vries descubrió hace unos cuarenta años que incluso en la descendencia de cepas
realmente puras un número muy pequeño de individuos, algo así como dos o tres
entre varias docenas de miles, aparece con cambios pequeños, pero que suponen
una especie de “salto”. La expresión “salto” no quiere significar que el cambio
sea especialmente importante, sino que supone una discontinuidad, en el sentido
de que no hay formas intermedias entre la forma inalterada y los pocos
individuos que han cambiado. Tras su observación, De Vries les dio el nombre de
mutaciones. El hecho significativo es la discontinuidad. Al físico le recuerda
la teoría cuántica, según la cual no hay energías intermedias entre dos niveles
energéticos contiguos. Podríamos denominar a la teoría de la mutación, de forma
figurada, la teoría cuántica de la biología… Las mutaciones se deben, de hecho,
a saltos cuánticos en las moléculas del gen. Pero la teoría cuántica sólo tenía
dos años cuando De Vries publicó su teoría de la mutación, en el año 1902. No
es, pues, extraño que se necesitase una generación más para descubrir la íntima
relación entre ambas».
Erwin Schrödinger.
Dan
una idea del impacto de What is Life? las siguientes palabras de
Francis Crick, quien, por cierto, se había graduado en física y trabajado como
físico antes de iniciarse en la biología, y al que el libro de Schrödinger
influyó considerablemente: «Leí el librito… de Erwin Schrödinger What
is Life?», escribió Crick en un libro autobiográfico (What Mad Pursuit [Que
loco propósito]; 1989), refiriéndose a los años de la Segunda Guerra
Mundial (que él pasó trabajando para el Ministerio de Defensa británico), aunque
«sólo más adelante logré ver sus limitaciones —como la mayoría de los físicos,
su autor no sabía nada de química—, pero sin duda creaba la sensación de que
cosas importantes estaban a la vuelta de la esquina».
En concreto, las principales preguntas que se hizo Schrödinger en What
is Life? se podrían resumir de la siguiente manera: ¿Cuál es la estructura
física de las moléculas que se duplican cuando se dividen los cromosomas? ¿Cómo
se debe entender el proceso de la duplicación? ¿Cómo retienen, de generación a
generación, estas moléculas su individualidad (problema de la herencia)? ¿Cómo
logran controlar el metabolismo de las células? ¿Cómo crean la organización que
se ve en la estructura y en las funciones de los organismos superiores? A
Schrödinger le preocupaba, en suma, el hecho de que los acontecimientos a nivel
atómico son muy inestables y efímeros, mientras que los organismos vivos
muestran una gran estabilidad. No contestó las preguntas que se formuló,
limitándose a sugerir que, de alguna manera, la información necesaria para
retener los caracteres que se transmiten de generación en generación debía de
estar contenida en los enlaces covalentes de un «cristal aperiódico gigante»,
que denominó «el código hereditario», pero el simple hecho de formular
semejantes cuestiones contribuyó a favorecer el desarrollo de la biología
molecular.
Mientras que Schrödinger poco más podía añadir al problema de la vida, o de los
genes, Delbrück ya había comenzado antes (al menos en 1938) a estudiarlos
experimentalmente, instalado en Estados Unidos, en el California Institute of
Technology, recurriendo a los virus bacterianos, o fagos.
Aunque los fagos son demasiado pequeños para observarlos con microscopios
ordinarios, y estructural y químicamente son muy sencillos (mitad proteínas,
mitad ADN), están dotados de una gran capacidad de autorreproducción. Delbrück
demostró que un fago que infecta a una célula puede dar lugar a cientos de
fagos idénticos en media hora, con lo que se convertían en extraordinarios
instrumentos para estudiar la replicación genética. Dos años después, se
encontró con Salvador Luria (1912-1991) y Alfred Hershey (1908-1997), formando
el conocido «Grupo de los Fagos», cuyos miembros estaban unidos por un deseo
común: resolver el misterio del gen. Es interesante también mencionar que en
1947, Luria, entonces profesor en Indiana, tomó como estudiante graduado a un
joven llamado James Watson, iniciándole como miembro del Grupo de los Fagos. La
«conexión física del ADN», esta vez, ciertamente, de manera algo más indirecta
que en el caso de Crick, se cerraba.
Martha Chase y Alfred Hershey en Cold Spring Harbor.
Pero
antes de abandonar esta senda, la de los fagos, mencionaré la importancia que
tuvieron para la aceptación del ADN como material genético los experimentos
realizados en 1952 por otros miembros de ese grupo, el citado Alfred Hershey y
Martha Chase (1927-2003), con los que demostraron que cuando un fago (el
denominado T2) infecta a una bacteria y se reproduce allí produciendo más
fagos, solamente el ácido nucleico, el ADN, entra en la bacteria, mientras que
la proteína del fago permanece en el exterior. Estos resultados resaltaron la
importancia del ADN, reavivando asimismo el interés y el recuerdo de los de
Avery de 1944, facilitando las nuevas observaciones que Watson y Crick
realizarían enseguida. En su autobiografía, Salvador Luria escribió, en este sentido:
En
un conjunto de experimentos justamente célebres por su elegante sencillez,
[Alfred Hershey] y su colega Martha Chase demostraron que cuando una partícula
de bacteriófago, que se compone de una proteína y ADN, ataca una bacteria, la
proteína queda fuera y el ADN penetra en la bacteria, se multiplica y hace
surgir más bacteriófagos. En los bacteriófagos, como en las bacterias de Avery
y como en cualquier organismo vivo, hoy estamos seguros de que los genes son
ADN (algunos virus se las arreglan con genes hechos de otra clase de ácido
nucleico llamado ARN).
La importancia de los descubrimientos que identificaron como ADN el material
genético, primero de las bacterias, luego de los bacteriófagos y, a la postre,
de todos los organismos consistió en que convirtieron el problema del gen en un
problema para la química (aunque seguía siendo, plenamente, un problema de
genética). Aún no se conocía la estructura del ADN a nivel molecular, pero al
menos químicos y genéticos sabían que estaban tratando con una sustancia
química específica.
La
importancia de las técnicas de difracción de rayos X
Las ideas procedentes de la física relativas al concepto de mutación y de cómo
provocarlas fueron importantes, pero en modo alguno se puede explicar sólo a
partir de ellas el universo de los conocimientos biológicos que poseemos en la
actualidad, en los que la estructura del ADN ocupa un lugar destacado. Es
inevitable referirse también a las técnicas de difracción de rayos X, un
instrumento, surgido asimismo en el seno de la física, esencial para la determinación
de estructuras moleculares.
Los trabajos de investigación y, sobre todo de promoción, de William Lawrence
Bragg (1890-1971), mientras fue director del Laboratorio Cavendish de Cambridge
(entre 1938 y 1954), resultaron especialmente importantes en este sentido
(William Lawrence y su padre, William Henry Bragg [1862-1942], habían
desarrollado a partir de 1913 las técnicas básicas de difracción de rayos X
para analizar la estructura molecular de cristales de todo tipo de sustancias).
Bajo la dirección de W. L. Bragg el inhóspito laboratorio de cristalografía del
Cavendish fue creciendo, hasta convertirse en uno de los centros más
importantes del mundo.
John Kendrew (izquierda) y Max Perutz (derecha) ante un modelo de
hemoglobina de 1962, enmarcados en un ordenador.
Modelo de hemoglobina desarrollado por John Kendrew.
Uno
de los investigadores que estaban en el Cavendish cuando llegó Bragg era Max
Perutz (1914-2004), un joven químico austríaco que se había trasladado a
Cambridge. En Viena, Perutz había podido conseguir unos cristales de
hemoglobina de caballo (la proteína que da color rojo a las células de la
sangre); pronto se dio cuenta de que tenían «la estructura cristalina más
sencilla de todas las proteínas de peso molecular comparable, con
características que hacen saltar de gozo al corazón del cristalógrafo». Sin
embargo, una cosa era que fuera más sencilla que otras macromoléculas y otra
que fuese asequible resolver el problema de su estructura; ante la ausencia de
un método directo para obtener las posiciones atómicas, parecía imposible
intentar abordar una estructura molecular tan compleja como la de la
hemoglobina. Era —en palabras del propio Perutz— «tan prometedor como un viaje
a la Luna». Sin embargo, continuó con aquel proyecto, que terminaría dando
fruto en 1953, cuando Perutz obtuvo imágenes que demostraban que, en principio,
la estructura de la molécula de hemoglobina podía, efectivamente, ser
desentrañada. Se tardaron otros cuatro años más en dar con el modelo
definitivo, siendo de nuevo Perutz el responsable, quien en 1962 —el mismo año
en que fueron galardonados, en Medicina, Crick, Watson y Wilkins— recibió el
premio Nobel de Química por sus «investigaciones sobre la estructura de
proteínas globulares (en particular la hemoglobina)». Lo compartió con otro
investigador del Cavendish, John C. Kendrew (1917-1997), a quien el propio
Perutz había enseñado los fundamentos de la cristalografía, que lo recibió por
«la determinación de la estructura de la mioglobina».
John D. Bernal fotografiado por Lettice Ramsey en Cambridge (1932).
Habida
cuenta de estos hechos, no debe sorprendernos que fuese también en el Cavendish
donde se descubrió, en 1953, la estructura en doble hélice del ácido
desoxirribonucleico, a la que me referiré enseguida.
Sobre
el reduccionismo, Biología versus física y química:
Los
comentarios precedentes, relativos al papel que la física ha desempeñado en el
desarrollo de la biología molecular (comentarios que se pueden hacer
extensivos, en otros apartados, a la química, como veremos a continuación),
pueden inducir a algunos a pensar que la vieja ecuación reduccionista, «la
biología se reduce a la química, la química a la física, luego la biología
(esto es, la vida) se reduce a la física», es cierta. Semejante
ecuación-planteamiento es, no obstante, tan limitado y simplista como burdo y
muestra una idea muy primitiva de lo que es la ciencia. Es evidente que el
conocimiento de, por ejemplo, las estructuras atómicas que proporciona la
física es instrumento esencial para comprender el enlace químico, y que éste
es, a su vez, imprescindible para entender el funcionamiento de la materia
biológica, pero la biología —al igual que cualquier otra ciencia— es más que
eso. Posee problemas y técnicas propias, y es heredera de una tradición y de
unos estilos que se han ido configurando a lo largo de siglos y sin los cuales
no sería lo que es. Ni la investigación, ni las cuestiones que se reconocen
como legítimas, ni tampoco las instituciones y procedimientos que la configuran
como disciplina científica permanecen —pueden permanecer— al margen de
semejantes factores.
Aunque no recoge todos estos aspectos, la siguiente cita trata de este asunto.
Su autor es el célebre cristalógrafo británico y militante del socialismo
científico (fue marxista), John Desmond Bernal (1901-1971). La formación de
Bernal, sus intereses científicos (realizó, desde la cristalografía y
difracción de rayos X, notables aportaciones a la biología molecular,
disciplina de la que, de hecho, fue uno de sus «padres fundadores»), históricos
y sociales (entre sus obras figura el famoso libro, The Social Function of
Science [1939]) dan especial relieve a sus opiniones.
La biología ha recibido nuevas contribuciones de la química y de la física. La
nueva comprensión del comportamiento de las unidades más pequeñas de la materia
—los átomos y las moléculas—, lo mismo que las técnicas para estudiarlas, han
sido de un valor inestimable para la biología. Pero esto no significa, como
algunos están dispuestos a pensar, que la biología se haya convertido en una
rama de la física y la química. Por el contrario, el empleo de los
conocimientos físicos o químicos para explicar los aspectos mecánicos,
eléctricos o químicos de los organismos vivos, ha servido sólo para destacar
más todavía sus aspectos biológicos. A pesar de que se pueden describir en términos
físicos, estos fenómenos no tienen lugar mediante mecanismos hechos por algún
artesano divino y conforme a modelos ideales establecidos para toda la
eternidad, sino que son procesos que se regulan y se reproducen por sí mismos y
cuya forma actual es el resultado de una evolución que ha durado millones de
años.
John
D. Bernal, Science in History, 1954 (La ciencia en la historia)
La
conexión química: de la bioquímica a la biología molecular
Aunque he estado haciendo hincapié en la «conexión física» de las
investigaciones que finalmente conducirían al descubrimiento de la estructura
del ADN, también he aludido a que la genética —más estrictamente, la biología
en su conjunto— es asimismo deudora de otras disciplinas científicas. Como la
química.
De hecho, en un sentido estricto, si mi intención no hubiese sido la de
centrarme en los mecanismos hereditarios, en la genética, debería haber
empezado por señalar que no es posible comprender las transformaciones que ha
experimentado la biología del siglo XX sin tomar en cuenta la colonización que
ésta sufrió durante su primer tercio por la química, la química orgánica en
especial, que se plasmó en la aparición de una nueva disciplina, la bioquímica,
desarrollada sobre todo en Gran Bretaña y Alemania, y que se centró
preferentemente en el estudio de moléculas pequeñas o intermedias. En el
capítulo 5 me referí, con relación a la «medicina científica», a las
aportaciones que la química realizó a la fisiología, pero aquello fue más una
«reunión» que una verdadera «unión» a largo plazo (a pesar de que apareciesen
incluso revistas —la primera en 1877— con el nombre de «Química fisiológica» en
su encabezamiento), en el sentido de que no condujo al establecimiento de una
nueva disciplina, o subdisciplina, auténticamente institucionalizada, como
sería más tarde el caso con la bioquímica.
Aunque en modo alguno quiero decir que no aportase bastante a la genética, en
don de la bioquímica desempeñó un papel absolutamente central fue en el estudio
de los procesos metabólicos, en la purificación, aislamiento y caracterización
de enzimas, cinética de las reacciones que éstas catalizan, y en su integración
en la explicación de efectos fisiológicos, como la contracción muscular o el
crecimiento de tejidos. En otras palabras, en el establecimiento, a mediados de
la década de los años treinta, de lo que se ha denominado «metabolismo
intermediario». (También se podría hablar de lo que la bioquímica aportó a Gran
Bretaña y Alemania durante la Primera Guerra Mundial, desarrollando, por
ejemplo, procesos para la producción de acetona, un ingrediente básico para la
fabricación de municiones, que hasta entonces se obtenían de nitratos
procedentes de minas chilenas, cuyo acceso quedó interrumpido por los bloqueos
navales.)
Pero en esa misma década a la que me refería, la de 1930, las técnicas físicas
procedentes sobre todo de la física atómica (como la difracción de rayos X,
mencionada con anterioridad), prácticamente desconocidas por los bioquímicos y
sin las cuales no era posible desvelar la estructura espacial de
macromoléculas, como son las proteínas (las enzimas también son, recordemos,
proteínas), dieron paso a una nueva fase de la biología contemporánea, la de la
biología molecular (momentos importantes en este sentido fueron la primera
fotografía de rayos X de una proteína —1934— y la primera teoría sobre la
estructura de una proteína, en 1936). Este fue el camino que condujo al
descubrimiento de la doble hélice de ADN.
La estructura del ADN
James
Watson (n. 1928) y Francis Crick (1916-2004) fueron los autores de tal
hallazgo, pero también hay que recordar a otros. Como Rosalind Franklin
(1920-1958), quien demostró la existencia de dos formas de ADN, las denominadas
A y B, y con gran esfuerzo determinó la densidad, las dimensiones celulares
exactas y la simetría de la forma A, evidencia que sugirió muy firmemente que
la estructura tenía dos cadenas (y no sólo una, como había pensado otro
científico que habría que recordar, el químico cuántico estadounidense Linus
Pauling [1901-1994], cuya hélice α inspiró a Watson y a Crick), que circulaban
en direcciones opuestas. También sería necesario hablar de Maurice Wilkins
(1916-2004), que compartió con Crick y Watson el premio Nobel de 1962, y que
fue quien demostró que las imágenes de difracción de rayos X de fibras de ADN
se ajustaban a variantes del modelo de doble hélice. En el lado químico, no
habría sido posible construir modelos correctos sin la fórmula química general
del ADN, determinada sobre todo por el trabajo de Alexander R. Todd
(1907-1997), aunque la información más vital fue suministrada por las
investigaciones de Erwin Chargaff (1905-2002), que encontró que en el ADN
existía la misma cantidad de adenina que de tinina y la misma de guanina que de
citosina, sustancias químicas fundamentales a las que volveré enseguida. Y, por
supuesto, igualmente fundamental fue el artículo de Avery, MacLeod y McCarty
donde demostraban que el factor de multiplicación del neumococo estaba hecho
casi con seguridad de ADN. Otra clave importante fue suministrada por John
Masson Gulland (1898-1947), cuyo trabajo en la curva de análisis volumétrico
del ADN sugirió, aunque no demostró, que el ADN en solución se mantenía unido
por enlaces de hidrógeno.
Maurice Wilkins.
Erwin Chargaff.
James Watson y Francis Crick fotografiados el 21 de mayo de 1953 por Antony
Barrington Brown en el Laboratorio Cavendish ante un modelo tridimensional de
ADN.
La
importancia que algunos de estos trabajos tuvieron para el descubrimiento de
Watson y Crick —una importancia que ha dado origen a más de una polémica sobre
prioridades y méritos (especialmente en lo que se refiere a los trabajos de
Rosalind Franklin)— se hacía ya evidente en su propia puesta en escena. Watson
y Crick publicaron su hallazgo en un esplendorosamente breve (prácticamente
sólo una página) artículo («Molecular structure of nucleic acids: A structure
for deoxyribonucleic acid» [«Estructura molecular de los ácidos nucleicos: Una
estructura para el ácido desoxirribonucleico»]), que apareció el 25 de abril de
1953 en la revista inglesa Nature (volumen 171, pp. 737-738).
A continuación (pp. 738-740) aparecía otro («Molecular structure of
deoxypentose nucleic acids» [«Estructura molecular de ácidos
desoxipentosanucleicos»]) firmado por Maurice Wilkins y dos de sus
colaboradores en el King’s College: Alexander R. Stokes (1919-2003) y Herbert
R. Wilson (n. 1929). Finalmente (pp. 740-741), venía un tercero («Molecular
configuration in sodium thymonucleate» [«Configuración molecular en el
timonucleato de sodio»]) de Rosalind Franklin y Raymond G. Gosling (n. 1926).
En «Molecular structure of nucleic acids», Watson y Crick señalaban que el ADN
está constituido por dos cadenas, formando una doble hélice, cada una formada
por cuatro compuestos químicos (bases) —combinaciones de carbono, nitrógeno,
oxígeno, hidrógeno y fósforo—, denominados adenina (A), guanina (G), citosina
(C) y timina (T). La estructura de la cadena es muy sencilla: lo que se puede
considerar como su esqueleto está formado por una alternancia regular de ácido
fosfórico (P) y un azúcar, la desoxirribosa (D). Sobre este esqueleto, se
superponen las cuatro bases mencionadas antes, pero de forma que a cada azúcar
D va unida una base, A, C, G o T, formando una secuencia determinada. El ADN
surge cuando se unen dos cadenas de este tipo, mediante el procedimiento de
establecer uniones entre parejas de bases, pero sólo de manera que la T de una
cadena se asocie a la A de la otra, o la G a la C. Cualquier otro
emparejamiento está prohibido. Con semejante estructura se puede comprender
fácilmente (en principio; hay que elaborar los detalles) el proceso de la
duplicación del ADN en cada célula: en un momento dado de la vida de ésta, la
doble hélice se escinde en dos segmentos helicoidales que, al captar en el
medio en el que se encuentran el azúcar, el fosfato y la base, reconstruyen sus
complementarios, de manera, además, perfectamente fiel, de generación a
generación (salvo mutaciones), debido a la ley del emparejamiento de las bases.
«No ha escapado a nuestra atención —escribían Watson y Crick en su artículo—
que el emparejamiento específico que hemos postulado sugiere un posible
mecanismo de copiado para el material genético.» Esto es todo lo que decían, en
un prodigio de brevedad y concisión. ¡Pero era tanto lo que englobaban esas
parcas frases!
La era de la biología molecular llegó entonces a su momento crucial, más
característico e importante. Quedó claro finalmente que el ADN aparece en forma
de filamentos muy largos en los cromosomas. Tan largos que si pudiésemos
extender el ADN de una célula humana, formaríamos un hilo de unos tres metros
de longitud. El «genoma» (conjunto de instrucciones —o de genes— que permiten
construir un organismo) humano se encuentra en esos hilos, y consta de unos
3.000 millones de pares de bases. Entre las inmensas posibilidades de
comprensión y actuación que abría el nuevo esquema, una era que desaparecía ya
de manera definitiva, nítida, la posibilidad de que alguien dijese lo que había
escrito, como vimos, Morgan: «El estudioso de la herencia apela a unos
elementos invisibles llamados genes». Ahora un gen se podía definir como una
secuencia de pares de bases a lo largo de un trozo de ADN, que tiene una
función específica conocida.
Primera página del artículo sobre la estructura del ADN de Watson y Crick
(Nature, 25 de abril de 1953).
El
artículo fundacional de Watson y Crick en Nature fue datado por sus autores el
2 de abril y apareció publicado en el número del 25 de abril. Se trataba, como
ya he indicado, de un escrito —una nota— extremadamente sucinto. Enseguida
prepararon un artículo más extenso, en el que elaboraban sus explicaciones y
planteamientos. A continuación reproduzco algunos pasajes de este trabajo, que
apareció en el número de Nature del 30 de mayo.
J.
Watson y F. Crick, «Genetic implications of the structure of deoxyribonucleic
acid» («Implicaciones genéticas de la estructura del ácido
desoxirribonucleico»), Nature 171, pp. 964-967 (1953):
La
importancia del ácido desoxirribonucleico en las células vivas es indiscutible.
Se encuentra en todas las células que se dividen, sobre todo, si no totalmente,
en el núcleo, donde es un constituyente esencial de los cromosomas. Hay muchos
indicios de que es el portador de una parte de (si no de toda) la especificidad
genética de los cromosomas y por tanto del propio gen. Hasta ahora, no
obstante, no se ha demostrado la manera como lleva a cabo la operación esencial
que se exige al material genético, es decir, la de su duplicación exacta.
Nosotros hemos propuesto recientemente una estructura para la sal del ácido
desoxirribonucleico que, si es correcta, sugiere inmediatamente un mecanismo
para su duplicación. Los resultados obtenidos mediante rayos X por los
investigadores del King’s College de Londres y presentados al mismo tiempo,
apoyan cualitativamente nuestra estructura y son incompatibles con todas las
estructuras presentadas anteriormente. Aunque nuestra estructura no puede
considerarse totalmente verificada hasta que se haya realizado una comparación
más amplia con los datos obtenidos por rayos X, tenemos ahora la suficiente
confianza en su exactitud general para poder discutir sus implicaciones
genéticas. Al hacer esto damos por sentado que las fibras de la sal del ácido
desoxirribonucleico no son artefactos fruto del método de preparación, ya que
ha sido demostrado por Wilkins y sus colaboradores que se obtienen modelos de
rayos X similares tanto a partir de las fibras aisladas como a partir de ciertos
materiales biológicos intactos, tales como cabezas de espermatozoos y
bacteriófagos…
La
primera característica de nuestra estructura que tiene interés biológico es que
está formada por dos cadenas, no por una. Estas dos cadenas están enrolladas
alrededor de un eje común…
La
otra característica importante desde el punto de vista biológico es la forma en
que las dos cadenas se mantienen unidas. Se realiza por medio de los enlaces de
hidrógeno entre las bases… Las bases se unen a pares, una base de una cadena
establece un enlace de hidrógeno con la otra cadena. El punto importante reside
en el hecho de que sólo unos ciertos pares de bases se ajustan a esta
estructura. Un miembro de cada par debe ser una purina y el otro una piramidina
para poder establecer contacto entre las dos cadenas. Si un par estuviera
formado por dos purinas, por ejemplo, no cabría en la estructura.
Nosotros creemos que las bases están presentes casi totalmente en su forma
tautomérica más probable. Si esto es cierto, las condiciones para que se formen
enlaces de hidrógeno son más restrictivas y los únicos pares de bases posibles
son:
adenina con timina;
guanina con citosina
…
El esqueleto fosfato-azúcar de nuestro modelo es completamente regular, pero
cualquier secuencia de pares de bases puede ajustarse a esta estructura. De
aquí se deduce que en una molécula larga son posibles muchas permutaciones
diferentes y, por lo tanto, parece probable que la secuencia particular de las
bases sea el código que transporta la información genética. Si el orden real de
las bases en una de las cadenas está determinado, se puede escribir el orden
exacto de las bases de la otra cadena debido a su apareamiento específico. Así,
una cadena es, como si dijéramos, el complemento de la otra y es esta
característica la que sugiere la forma en que la molécula de ácido
desoxirribonucleico puede duplicarse…
De momento el esquema general para la reproducción del ácido
desoxirribonucleico debe considerarse como especulativo. Incluso si fuera
correcto, es evidente por lo que hemos dicho que queda mucho por descubrir para
que el proceso de la duplicación genética pueda describirse con detalle… ¿Qué
es lo que hace que el par de cadenas se desenrollen y separen? ¿Cuál es el
papel exacto de la proteína? ¿Está el cromosoma formado por un largo par de
cadenas de ácido desoxirribonucleico, o lo está por porciones del ácido unidas
entre sí por proteínas?
A pesar de todas estas incertidumbres creemos que la estructura que hemos
propuesto para el ácido desoxirribonucleico puede ayudar a solucionar uno de
los problemas biológicos más fundamentales: la base molecular del molde
necesario para la replicación genética. La hipótesis que sugerimos es que el
molde es el modelo de bases formado por un cadena de ácido desoxirribonucleico
y que el gen contiene un par complementario de estos moldes.
Una
nueva era sociocientífica
Visto
retrospectivamente, se puede pensar que el descubrimiento de la estructura del
ADN abrió inmediatamente una nueva era, que podría denominarse de la biología
molecular, en la que todavía nos encontraríamos. No está, sin embargo, tan
claro que semejante caracterización sea la más adecuada. No hay duda que el
hallazgo de Watson y Crick creó instrumentos conceptuales sin los cuales no
habrían sido posibles los cambios —reales o esperados— que configuran aspectos
centrales del mundo en que vivimos, pero también hay que tener en cuenta que
para que comenzaran a aparecer en el horizonte esas transformaciones fue
necesario más que las herramientas habilitadas por los resultados anunciados en
1953. Y es que no siempre —más aún, acaso raras veces (pero esta es otra
cuestión que habría que estudiar en sí misma)— los resultados científicos,
aunque sean revolucionarios, poseen la suficiente capacidad de transformación
como para afectar drásticamente a la sociedad.
En el caso del que me estoy ocupando ahora esto quiere decir lo siguiente: por
un lado se tiene que la determinación de la estructura molecular del ADN
permitió comprender, como nunca antes se había logrado, los mecanismos que
rigen los procesos hereditarios, sobre cuya importancia es innecesario detenerse;
por otro, sabemos —lo leemos, escuchamos o vemos constantemente en los medios
de comunicación— que nos encontramos en medio, o en los albores, de una gran
revolución tecnocientífica que, se dice, cambiará nuestras vidas (o las
expectativas que todo humano se forma de su futuro vital), con la enorme
implicación socioeconómica —y a la postre política— que ello implica. No es
extraño que de las dos manifestaciones anteriores la mayoría de las personas
concluya que la ecuación básica es algo así como: una vez disponibles los
resultados de Watson y Crick de 1953, lo fundamental estaba hecho, siendo
cuestión de tiempo que se explotasen sus consecuencias.
En
la medida en que la identificación de la doble hélice es condición necesaria
para un gran número de avances, no es imposible sostener el anterior punto de
vista, pero resulta que fueron precisos otros elementos/desarrollos para que se
abriese realmente una nueva era científica, tecnológica y social. Así, sucede
que aunque a finales de la década de 1960 la biología molecular podía presumir
de tener tras de sí ya casi dos décadas de tradición, en las que se habían
producido avances notables (había sido posible, por ejemplo, describir con gran
detalle la maquinaria celular responsable de la replicación del ADN, la
síntesis de proteínas, determinar en términos moleculares los principales
mecanismos de transmisión de información genética en bacterias, o explicar el
comportamiento genético de las formas más sencillas de vida, como las células
procariotas, que no poseen núcleo), un rasgo llamativo es que no había
conducido a ninguna aplicación práctica importante. Un informe emitido en 1975
por una compañía de ingeniería genética (Cetus Corporation) afirmaba: «Las
aplicaciones prácticas de la biología molecular han sido lentas en llegar. En
el nivel aplicado, todavía en este momento es difícil encontrar alguna
habilidad médica o industrial realmente importante para la que sea esencial que
conozcamos el código genético o que el ADN aparezca en la naturaleza como una
doble hélice». El problema —o parte importante del problema— es que no se
conocían técnicas adecuadas para manipular el ADN en el tubo de ensayo. Debido
a que las moléculas de ADN son de gran tamaño, cuando se las intentaba
fragmentar los cortes se producían al azar, con lo cual se descomponía la
información genética contenida en ellas de forma tal que era prácticamente
imposible de recomponer.
Biólogos moleculares en una escalera de espiral. De abajo a arriba:
Christian de Duve, Francis Crick, James Watson, Jean Dausset, Thomas Cech,
Werner Arber, Paul Berg, François Jacob, Renato Dulbecco, Manfred Eigen y
Giorgio Bernardi.
«El Club de la corbata de ADN»: de izda. a dcha., Francis Crick, Alexander
Rich, Leslie Orgel y James Watson (Cambridge, otoño de 1955).
Fue
a finales de la década de 1960 y comienzos de la de 1970 cuando comenzaron a
ser desarrolladas las técnicas necesarias para que la biología molecular
«saliese al exterior», para que su hogar dejase de ser únicamente el
laboratorio dedicado a «la búsqueda del saber por sí mismo». Con tales técnicas
pudo hablarse ya con seguridad y realismo de términos como «biotecnología» o
«ingeniería genética» (un término este último acuñado en 1965 por Rollin D.
Hotchkiss [n. 1911]), la disciplina que se ocupa de «unir genes»; esto es, de
sustituir un segmento de ADN de una célula por uno de otra (al organismo que
surge de este proceso se le denomina transgénico). Por aquellos
años, en efecto, se encontraron herramientas moleculares que podían resolver
muchos de esos problemas: aislamiento (Bernard Weiss y Charles C. Richardson;
1967) de la enzima ligasa que puede unir cadenas de ADN; hallazgo (Linn y
Werner Arber; 1968) de las denominadas enzimas de restricción, que son capaces
de cortar por sitios determinados las moléculas de ADN. Disponiendo de
instrumentos como estos, fue hasta cierto punto natural que en 1972 Janet Mertz
y Ron Davis, de la Universidad de Stanford, descubriesen que se podían unir muy
fácilmente moléculas de ADN cuando se las cortaba utilizando la enzima de
restricción EcoRI. Las investigaciones de Mertz y Davis
determinaron que al año siguiente Herb Boyer y Stanley Cohen desarrollasen un
método para reordenar moléculas de ADN en un tubo de ensayo con el fin de crear
moléculas híbridas procedentes en parte de, por ejemplo, ADN de una mosca y en
parte de ADN bacterial. Entonces sí, ya se abrió una nueva era,
socio-tecnocientífica; una era a la que se le pueden poner varios nombres: la
del ADN recombinante, la de la biotecnología, la de la ingeniería genética, o
quizá de modo más general y probablemente más apropiado, a tenor de las
consecuencias-aplicaciones que se vislumbran y favorecen, la de las ciencias
biomédicas moleculares.
Nuevos mundos, científicos, industriales y morales
Como
en otras ocasiones (recordemos el ejemplo de la fisión nuclear, y numerosos
descubrimientos químicos, como el de la dinamita o el DDT), el nuevo mundo
científico que se fue abriendo a partir de 1953 ha terminado conduciendo a todo
tipo de situaciones, científicas al igual que sociales (morales o éticas, por
ejemplo); situaciones a las que tenemos que enfrentarnos. Y no siempre es
fácil.
La lista de esas nuevas posibilidades y situaciones se encuentra al cabo de la
calle y aumenta constantemente; a veces uno se siente tentado a decir: aumenta
cada día. La creación de nueva vida transgénica fue una de las posibilidades
que más pronto comenzó a hacerse realidad. Un momento importante en este
sentido fue cuando, en 1971, Janet Mertz presentó, en una reunión celebrada en
el famoso Laboratorio de Cold Spring Harbor, en Long Island, un proyecto de
experimento en el que se pretendía insertar el cromosoma de SV40 en una cepa de
laboratorio de Escherichia coli, proyecto que condujo al mencionado
resultado de Mertz y Davis de 1972. La perspectiva de que una bacteria
—especialmente una que aparece de manera natural en el intestino humano—
pudiese ser tratada para transportar el ADN de un virus capaz, bajo ciertas
condiciones experimentales, de provocar tumores en roedores alarmó a algunos
biólogos moleculares, con la consecuencia de que el experimento con el SV40 fue
pospuesto.
Se abrió entonces un debate dentro de la propia comunidad científica acerca de
si era razonable introducir restricciones en la tradicional libertad de
investigación científica.
El presidente de la National Academy of Sciences estadounidense, Philip
Handler, se inclinó por mantener el debate dentro de la comunidad científica,
pidiendo a Paul Berg (n. 1926), director del Departamento de Bioquímica de la
Medical School de la Universidad de Stanford (al que también pertenecía Mertz),
que estableciese un comité para examinar el problema y proponer acciones a
corto y largo plazo. Berg, que contemplaba el comité como un grupo informal
(Handler, no obstante, afirmó más tarde que actuaba en representación de la
Academia), cumplió con el cometido, reuniendo, en abril de 1974, a un grupo de
diez destacados biólogos moleculares y bioquímicos (entre ellos se encontraban
David Baltimore, James Watson, Sherman Weissman, Daniel Nathans y Norton
Zinder).
El
producto de la reunión fue una carta, publicada en julio de 1974 en los Proceedings
of the National Academy of Sciences, Science («Potential
biohazards of recombinant DNA molecules» [«Riesgos biológicos potenciales de
las moléculas de ADN recombinante»]) y en Nature («NAS ban on
plasmid engineering» [«La Academia Nacional de Ciencias prohíbe la ingeniería
plásmida»]).
«En
una iniciativa sin precedentes —se comentaba en Nature—, la
Academia Nacional de Ciencias ha solicitado que se establezca una moratoria
mundial voluntaria en un área de la investigación científica debido a riesgos
potenciales e impredecibles para la salud humana.» Específicamente, se pedía
que se detuviesen dos tipos de experimentos hasta que se hubiesen evaluado
mejor sus riesgos, o desarrollado métodos para impedir su propagación (uno de
ellos era la unión de ADN de virus oncogénicos de animales, o de otros tipos, a
elementos de ADN que se reprodujesen de manera autónoma). La carta del «Comité
Berg» proponía también que se celebrase una conferencia internacional «para
pasar revista a los progresos científicos en esta área». Ésta se celebró en el
Centro de Conferencias de Asilomar, en Pacific Grove, California, en febrero de
1975. Participaron 150 científicos. David Baltimore, del Centro de
Investigación del Cáncer del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) y que
unos meses más tarde sería galardonado con el premio Nobel, inauguró la
conferencia. Su intervención dejó claro que lo que se pretendía analizar eran
únicamente los riesgos asociados a la investigación genética y las medidas de
seguridad que se podían introducir. Específicamente, descartaba como temas
«periféricos a esta reunión», «la utilización de esta tecnología en la terapia
génica o ingeniería genética, que nos conduce a cuestiones como lo que está
bien y lo que está mal, complicadas cuestiones de motivación política, y de las
cuales no creo que este sea el momento adecuado [para discutirlas]».
Naturalmente no todo el mundo estaba de acuerdo con semejante planteamiento,
pero yo no quiero entrar en esta cuestión aquí, ni comentar el hecho de que la
conclusión de la conferencia fuese la de recomendar que se levantase la
moratoria parcial impuesta en julio, reemplazándola con unas normas para la
investigación en ingeniería genética (muchas de las cuales, por cierto, eran
bastante estrictas). Lo que me interesa es mostrar que estaba claro, y todos lo
apreciaron, comenzando por los científicos, que se había abierto un mundo cuyas
implicaciones no se detenían en el laboratorio. Un mundo que incluye no sólo
cuestiones relativas a la seguridad de los experimentos que se realizan, o la
creación de posibles nuevas formas de vida, sino también otras más
sociopolíticas y económicas. Como la espinosa cuestión de la posibilidad de
patentar las variedades creadas de organismos vivos (microorganismos, plantas o
animales transgénicos). En 1987, la Oficina de Patentes estadounidense concedió
el derecho a patentar animales domésticos transgénicos, esto es, creados
mediante ingeniería genética. Utilizando este acuerdo, el 12 de abril de 1988
se aceptaba la patente de un ratón transgénico producido en la Universidad de
Harvard. Antes, en 1987, la misma Oficina había prohibido que se patentasen
seres humanos alterados genéticamente, basándose en una enmienda antiesclavista
de la Constitución norteamericana que impide la propiedad de seres humanos.
Pero existe un amplio territorio intermedio: vivimos, lo sabemos demasiado
bien, entre luces y sombras. Myriad Genetics, la compañía biotecnológica
estadounidense que anunció el descubrimiento del primero de los genes asociados
al cáncer de pecho hereditario, conocido como BRCA1 (estrictamente, la mutación
de este gen sólo está relacionada con una pequeña fracción de esos cánceres),
mostró con rapidez su intención de patentar el hallazgo, abriendo de esta
manera el debate acerca de si se deben conceder patentes sobre genes
individuales.
Sabemos
ya también, gracias a toda esta ciencia biológica, que pequeños cambios en la
estructura química de los genes pueden tener consecuencias muy importantes. En
1986, por ejemplo, un equipo de investigadores estadounidenses identificó el
defecto genético responsable de un tipo de distrofia muscular. En 1989, un
grupo de biólogos anunció el descubrimiento de la situación del gen que, cuando
sale defectuoso, produce la fibrosis quística, una enfermedad que afecta a los
pulmones, páncreas y otros órganos. En 1993, se localizó el gen de la corea de
Huntington, un trastorno que produce una degeneración progresiva del cerebro,
acompañada de la aparición de fuertes movimientos incontrolados y que conduce,
inevitablemente por el momento, a la muerte. Y la lista crece casi cada día.
Entre los trastornos de origen génico parece que se encuentran algunos como
cánceres de colon, páncreas, pulmón y mama, diabetes, epilepsia, enfermedad de
Tay-Sachs, esclerosis lateral amiotrófica (o enfermedad de Lou Gehrig), hemofilia,
hipertensión arterial, neurofibromatosis y diversos síndromes (como el de
Down).
Conocimientos
como estos son buenos, ¿cómo no van a ser buenos? Pero pueden utilizarse
también en direcciones que creo, o me hago la ilusión, no serían tan
bienvenidas por los que aman la justicia. Las compañías de seguros al
seleccionar a sus asegurados, o, simplemente, empresas al contratar a sus
empleados, podrían utilizar el conocimiento de genomas individuales para
introducir marginaciones inadmisibles, una situación esta cada vez más
peligrosa, toda vez que el conocimiento del genoma humano camina a pasos
agigantados. En efecto, el 26 de junio de 2000 la empresa privada
estadounidense Celera Genomics, dirigida por el emprendedor científico Craig
Venter (n. 1946), y la organización pública Proyecto Genoma Humano, en el que
participaban científicos de, especialmente, Estados Unidos y el Reino Unido, al
igual que de Francia, Alemania, Japón y China, efectuaron un primer anuncio
conjunto manifestando que habían completado la secuenciación (la determinación
de la estructura, de la «geografía») del genoma humano. A pesar de lo
grandilocuente de aquella declaración, en la que estuvieron presentes el
presidente Bill Clinton y el primer ministro británico, Tony Blair, todavía
quedaba —queda— mucho que hacer. No se había dicho nada, por ejemplo, de
cuántos genes forman el genoma humano; a comienzos de 2001 se superó tal
carencia, señalándose que existen unos 30.000, frente a la cifra de alrededor
de 100.000 que habían manejado hasta entonces los científicos (recientemente la
cifra se ha reducido más, a 23.000). Y todavía subsisten cuestiones
fundamentales: ¿a quién, a qué persona, de qué grupo, corresponde el genoma
anunciado? A nadie estrictamente. El catálogo final de la secuencia de ADN
humano es un mosaico de una persona hipotética, algo así como la interpolación
de muchos genomas individuales. Semejante información es, por supuesto,
esencial para numerosos fines, pero si de lo que se trata es de abordar
problemas sanitarios individuales, lo que se necesita es ser capaz de
secuenciar con cierta rapidez el genoma de personas concretas. Y esto es algo
que ya se está haciendo: Craig Venter es uno de los primeros (si no el primero)
que ha determinado la estructura de su genoma, como ha comentado en su
autobiografía, A Life Decoded (Una vida descodificada;
2007).
Otro tema de nuestro tiempo que ha hecho posible la tecnociencia biológica es
el de la clonación. El 25 de noviembre de 1996, Nature recibía
un escueto artículo titulado «Viable offspring derived from fetal and adult
mammalian cells» («Descendencia viable derivada de células fetales y adultas de
mamífero»), que fue publicado en el número del 27 de febrero del año siguiente.
Sus autores eran Ian Wilmut, el líder del grupo, A. E. Schnieke, J. McWhir, A.
J. Kind y K. H. S. Campbell, del Roslin Institute de Edimburgo. No se trataba
de un artículo cualquiera, uno más de los miles que constantemente irrumpen en
la literatura científica, sino de uno en el que se anunciaba que se había
conseguido traspasar una frontera muy especial: la reproducción de un mamífero,
una oveja —Dolly— transfiriendo la carga genética (el ADN) del núcleo de
una célula de glándula mamaria —es decir, una célula somática, no germinal— de
una oveja adulta a un óvulo no fecundado y enucleado. Se había, en suma, clonado un
mamífero.
Es cierto que Dolly no fue el primer clon de un mamífero;
estrictamente, los gemelos son clones, pero lo son de un tipo muy diferente: se
trata de una clonación natural, y más absoluta, por cierto, ya que al surgir de
una escisión embrionaria, poseen no sólo idéntico ADN, sino también el mismo
citoplasma (la sustancia que rodea al núcleo en donde se encuentra el ADN),
mientras que clones como Dolly sólo tienen el mismo ADN que la
célula que aporta la carga genética (en la medida que el ADN no opera aislado,
sino que se halla en diálogo constante con su entorno citoplasmático, Dolly no
es, por tanto, un verdadero clon, sino un clon del ADN, o «clon genómico»).
Antes, en agosto de 1995, el grupo que había creado a Dolly produjo
dos ovejas clónicas de raza Welsh Mountain —Megan y Morag—;
la diferencia con Dolly es que procedían de células que,
recogidas en embriones de nueve días, fueron cultivadas, diferenciándose en el
cultivo: habían sido clonadas a partir de células embrionarias, no adultas.
Ian Wilmut con la oveja clónica Dolly.
Portadas de los números de Nature (15 de febrero de 2001)
y Science (16 de febrero de 2001) en los que se presentaba la
secuenciación del genoma humano.
Poco
después de estos acontecimientos, en 1997, fruto también de los trabajos del
grupo escocés, nacía Polly, con la que se dio una vuelta más al
tornillo de la reproducción clónica, mostrando lo que con gran probabilidad
vendrá en el futuro: su clonación tuvo lugar a partir de células cultivadas y
transformadas genéticamente (se les añadió un gen humano en el proceso).
Las
consecuencias de todo esto —sin olvidar las posibilidades que están abriendo
últimamente las denominadas «células madre»; esto es, células que no han
perdido la capacidad (antes supuesta únicamente en los primeros estadios de la
vida) de generar todo tipo de tejidos— son inmensas y radicales. «Con el paso
de las décadas y de los siglos —han manifestado Ian Wilmut y Keith Campbell en
un libro divulgativo (significativamente titulado: La segunda creación)—,
la ciencia de la clonación y las tecnologías que de ésta se deriven afectarán a
todos los aspectos de la vida humana; el tipo de cosas que la gente pueda
hacer, la forma de vivir e incluso, si lo deseamos, el tipo de personas que
seremos.»
Es escalofriante escuchar opiniones como estas. Opiniones, además, muy
verosímiles. Al oírlas, por un lado nos embarga una sensación de ilusión ante
el futuro, si no para nosotros mismos, al menos para nuestros hijos, cuyas
vidas pueden ser, en numerosos aspectos, más seguras y felices. Pero por otro,
el temor nos invade: sabemos demasiado bien de los excesos de que son —han
sido, cuando menos— capaces los humanos (los sufrimientos que generaron las
creencias eugénicas en el siglo XIX y primeras décadas del XX vienen enseguida
al recuerdo).
No es, por supuesto, la primera vez que nos enfrentamos a este tipo de
situación. Al fin y al cabo, en más de un sentido, la ciencia no es sino un
instrumento —un magnífico instrumento, cierto es— que necesita,
ineludiblemente, de los humanos (de científicos al igual que de otros que no lo
son) para poner de manifiesto todas sus potencialidades. Y éstos, los humanos,
son, somos, capaces de lo mejor al igual que de lo peor. Es el problema de la
ambivalencia de la ciencia, una característica de esta fuente de conocimiento a
la que muchos aluden con frecuencia, con la intención —parece evidente— de
socavar su estatus e implantación social. No niego, no puedo negar, cuán cierto
es que el conocimiento que suministra la ciencia ha sido, es, y me temo seguirá
siendo, origen de abusos y sostén de desigualdades que no conducen,
precisamente, a facilitar lo que constituye su fin último: erradicar la
ignorancia y el desamparo. Sin embargo, piénsese en lo que sería, hoy, la vida
material e intelectual de los humanos (no de todos, lo sé, pero sí de
muchísimos) sin lo que la ciencia les ha dado y da. Seríamos más ignorantes,
más indefensos (al menos frente a la naturaleza y las enfermedades, seguramente
también frente a otros humanos); seríamos, en definitiva, mucho más pobres en
todos los sentidos. Por eso, por todos los bienes que hemos recibido de la
ciencia, no deberíamos mirarla con recelo en una época como la presente, en la
que de su mano se esperan profundas transformaciones que tienen como objeto
preferente la propia vida. Debemos, eso sí, ser especialmente cuidadosos, estar
particularmente atentos, al uso que se hace y hará de los nuevos conocimientos
que se avecinan: la ciencia, no lo olvidemos, no está por encima de los
humanos, no es un nuevo Dios al que debemos someternos, obedientes y sumisos.
Para ello, para cumplir con esa tarea de vigilancia, no es preciso —no debería
ser preciso— más que recurrir a los mecanismos de control de que se han
provisto las sociedades democráticas. Pero no hay mecanismo posible de control,
es imposible ejercer plenamente cualquier derecho, desde la ignorancia y el
temor. Lo que yo he pretendido en las páginas precedentes es ayudar a subsanar
algo de esa, ¡ay!, tan extendida ignorancia; contribuir a que se pueda
comprender qué es la ciencia, algunos de sus contenidos y personajes, al igual
que algunas de sus características. Evidentemente, lo he hecho desde la
esperanza y la confianza para con ella, y no desde el temor o la suspicacia.
F I N

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