© Libro N° 6212.
Ciencia Griega. Farrington, Benjamin. Emancipación. Julio 13 de
2019.
Título
original: © Ciencia Griega. Benjamin Farrington
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
CIENCIA GRIEGA
Benjamin Farrington
CONTENIDO
Introducción
a la edición inglesa de 1953
Principales
períodos y escuelas
Capítulo
1
Capítulo
2
Capítulo
3
Capítulo
4
Capítulo
5
Capítulo
6
Capítulo
7
Capítulo
8
Capítulo
9
Capítulo
10
Capítulo
11
Capítulo
12
Capítulo
13
Índice
onomástico
A mi
amigo
Dr.
Mignon B. Alexander
Introducción
a la edición inglesa de 1953
Ciencia
griega, que apareció en dos volúmenes sucesivos en 1944 y 1949, se
presenta ahora en un solo tomo. Esto coincide con la intención original del
autor, y facilitará también la comprensión del libro. La nueva edición brinda
asimismo la oportunidad de poner el libro al día. El conocimiento del tema
continúa progresando, y ello se refleja no sólo en las indicaciones
bibliográficas sino también —así lo espero— en el texto, donde he introducido
los cambios pertinentes. Ellos afectan sobre todo al primer capítulo, que prácticamente
ha sido escrito de nuevo.
Sería
conveniente aclarar aquí cualquier posible confusión entre este libro y el que
el autor ha publicado en The Home University Library,
intitulado Science in the Antiquity. Ambos libros difieren tanto
por su contenido como por su objetivo. El volumen de la Home University
Library relata la historia de la ciencia antigua no sólo más
brevemente sino también en distinta forma. Siguiendo un plan de tradicional
eficacia, esboza el desarrollo de la ciencia antigua en estrecha relación con
la historia de la filosofía. En mi volumen de Pelican he
tratado de investigar las conexiones de la ciencia griega con la vida práctica,
con las técnicas, con la base económica y la actividad productiva de la
sociedad griega.
Como
este segundo enfoque es mucho menos habitual, me ha resultado difícil sugerir a
los lectores una relación realmente adecuada de fuentes informativas. Es
tradicional que las fuentes para el conocimiento de la ciencia griega formen
parte de recopilaciones cuyo objetivo primordial es ilustrar la historia de la
filosofía griega. Por lo tanto, tengo ahora especial satisfacción en
recomendar A Source Book in Greek Science, por Morris R. Cohen e I.
E. Drabkin, McGraw-Hill Book Company, 1948. No hay aspecto de la ciencia griega
de cuantos se tocan en el presente libro que no encuentre en dicha obra el
material informativo pertinente, presentado con la mayor responsabilidad.
Quiero aprovechar también la oportunidad para referirme a otro punto. En mi
intento de explicar la paralización del espíritu científico entre los griegos
no he contado con la aprobación de todos los lectores al buscar la causa de esa
decadencia en la creciente indiferencia con respecto a la ciencia aplicada, al
relacionar esa indiferencia con el incremento de la esclavitud, y al señalar a
Platón como el exponente más completo y más influyente de la concepción de la
ciencia que acompañó a esa decadencia. Se ha supuesto a veces que me mueve
cierta oscura hostilidad hacia Platón, cuando yo considero simplemente que
cumplo con mi deber de historiador de la ciencia. Quisiera, por ello, pedir a
esos críticos a quienes mi interpretación no agrada que escuchen la voz del
profesor Schuhl. En su tan estimado libro, La formación del pensamiento
griego, escrito como Introducción histórica a un estudio de la
filosofía de Platón, es tan terminante como yo acerca de este punto.
Observa que en Tarento y Atenas, durante el siglo V, parecían sentadas las
condiciones para el desarrollo de las técnicas, sin excluir la invención de
máquinas, pero que esta brillante perspectiva fue arruinada por la influencia
dominante de Platón en el ámbito intelectual de la época. En verdad, esto es
más de lo que yo mismo digo, pues considero a Platón más como un síntoma que
como causa de un mal de la sociedad. Sea como fuere, la opinión del profesor
Schuhl es que la conciencia social de aquella época reflejaba el carácter
esclavista de la sociedad, determinando así que se impusiera una serie de
opciones fundadas en el desprecio hacia el trabajo manual, encaminadas todas
hacia un mismo fin, y causantes, a la larga, de lo que él llama un bloqueo
mental que impidió la aplicación de la ciencia a las técnicas. [1]Habiendo
escrito mi libro sin conocer la obra del profesor Schuhl, no puedo sino
sentirme complacido por tan estrecha coincidencia en este punto.
B.
Farrington
Swansea,
1952.
La oportunidad de esta nueva edición, me permite poner al día la bibliografía y
añadir algunos puntos al índice.
B.
Farrington
Lymington, 1969
PRINCIPALES
PERÍODOS Y ESCUELAS
1. Colonias
griegas en Asia
a. Escuela de Mileto (Tales, Anaximandro y Anaxímenes), c. 600 a 550 a. C.
b. Heráclito de Éfeso, floruit c. 500 a. C.
c. Escuela hipocrática de Medicina; su centro estaba en la isla de Cos. (Se
supone que Hipócrates vivió entre los años 460 y 380 a. C.)
d. El primer período del pensamiento griego (hasta el advenimiento de Sócrates)
es a menudo designado como jónico, pues en la colonia jónica de Mileto comenzó,
y floreció en ciudades jónicas como Éfeso y Cos.
2. Colonias griegas en Italia y Sicilia (Magna Grecia)
a. Pitágoras de Crotona, fl. c. 540.
b. Parménides de Elea, fl. c. 500.
c. Empédocles de Agrigento, fl. c. 450.
3. Grecia propiamente dicha
a. Anaxágoras de Clazómenes, en Jonia (c. 500-428), radicado en Atenas en la
época de Pericles.
b. Demócrito de Abdera, fl. c. 420.
4. Atenas
a. Sócrates (469-399), Platón (427-367), Aristóteles (384-322).
5. Época alejandrina
a. Matemáticos: Euclides (fl. c. 300), Arquímedes (287-212), Apolonio (fl. c.
220).
b. Astrónomos: Aristarco (c. 310-230), Eratóstenes (c. 273-192), Hiparco (fl.
c. 125).
c. Anatomistas: Herófilo y Erasístrato (fl. c. 290). Gramáticos: Dionisio de
Tracia (fl. c. 290).
6. Período grecorromano.
a. De los pensadores griegos de esta época, los dos mejor conocidos son el
astrónomo y geógrafo Tolomeo (fl. c. 150 d. C.), y el anatomista y médico
Galeno (129-199d. C.).
Todos los oficios manuales poseen un contenido científico que va progresando
con ellos mismos y que está incorporado a su práctica. El objeto manufacturado
es el producto conjunto de la ciencia y de la práctica que se combinan en el
oficio manual. PLATÓN, Política, 258.
Los animales tienen percepción sensorial y memoria, pero poca capacidad para
organizar la experiencia. Si el hombre posee además la habilidad técnica y el
poder de la razón, esto se debe a que con ellos muchas acciones individuales de
la memoria dan como resultado experiencia organizada. Esta experiencia
organizada se aproxima al conocimiento técnico y científico, que son sus
productos. ARISTÓTELES, Metafísica, 980b.
La naturaleza hace muchas cosas en un sentido opuesto a las necesidades del
hombre. Esto resulta de que la acción de la naturaleza es simple y uniforme,
mientras que nuestras necesidades son muchas y variadas. Hasta que no se
dispone de la habilidad técnica se hace difícil conseguir un efecto contrario a
la naturaleza. Al hábil invento que nos saca del impasse lo llamamos mecanismo
o aparato. ESCUELA DE ARISTÓTELES, Mecánica, 847a.
Nadie describiría la vida de los héroes en la época de la Guerra de Troya como una
vida agradable. Esta descripción se puede reservar correctamente para nuestro
modo de vida actual. En tiempos de Homero el hombre estaba expuesto a
enfermedades y carecía de inventos, a causa de la ausencia de actividades
comerciales y de la inmadurez de las técnicas. Pero ahora las actividades
culturales le permiten disfrutar del ocio. TEOFRASTO (Ateneo, 51 Id).
El
tema de esta primera parte es el período inicial de la ciencia griega, es
decir: la ciencia de los siglos VI y V antes de nuestra era.
En muchos aspectos, el panorama de este período se aproxima más al nuestro que
al de los períodos que lo siguieron, tanto el gran movimiento cultural
ateniense del siglo IV, que gira alrededor de los nombres de Sócrates, Platón y
Aristóteles, como el período alejandrino que comienza con hombres como Euclides
y Arquímedes y termina con Tolomeo y Galeno.
La ciencia del período más primitivo de Grecia se parece a la nuestra porque,
ingenua y rudimentaria como fue, considera al hombre como un producto de la
evolución natural, juzga su capacidad de hablar y pensar como un producto de su
vida social, y considera a la ciencia como una parte de su técnica para el
dominio de su medio natural. Estas temerarias ideas hicieron su primera
aparición entre los jonios, poco después del año 600 antes de Cristo, y fueron
desarrolladas en el curso de un par de siglos con tan amplia visión y con tal
unidad de propósitos, que aún hoy día sorprenden.
El tema principal de nuestro estudio es el origen de este modo de pensamiento,
y su reemplazo por la concepción más sofisticada, pero menos científica, de la
época de Sócrates, Platón y Aristóteles.
B.
F.
Contenido:
· §.
La deuda de la ciencia griega con las civilizaciones más antiguas del cercano
oriente
· §.
Tecnología y ciencia
§.
La deuda de la ciencia griega con las civilizaciones más antiguas del cercano
oriente
Es cierto que la ciencia griega, al igual que la civilización griega en su
conjunto, debió mucho a las civilizaciones más antiguas del Cercano Oriente. Es
igualmente cierto que la ciencia griega se abrió por sí sola nuevos caminos.
¿Qué tomó prestado y qué creó? Es éste un problema respecto al cual el
conocimiento va progresando y la opinión va modificándose.
Solía creerse, por ejemplo, y se trata de una opinión persistente, que los
griegos diferían de todos los demás pueblos de la antigüedad por su capacidad
para el pensamiento racional. En su obra clásica ( Greek Mathematics,
Oxford, 1921, vol. I, págs. 3-6) Sir Thomas Heath se pregunta: « ¿Qué aptitud
especial tenían los griegos para la matemática?», y sin vacilar se da la
respuesta: «La respuesta a esta pregunta es que su genio matemático era
simplemente un aspecto de su genio filosófico… Los griegos, más que cualquier
otro pueblo de la antigüedad, poseían el amor al conocimiento por sí mismo… Más
esencial aún es el hecho de que los griegos eran una raza de pensadores».
Esta opinión nos parece ahora inaceptable. Ello ocurre en parte porque hemos
contraído aversión a explicar las características mentales por circunstancias
raciales, y porque, en todo caso, los griegos no eran una raza, sino un pueblo
de ascendencia mixta. Pero también es por los progresos decisivos en el dominio
de la historia de las ideas. Tal vez sean las erróneas opiniones sobre la
historia de la astrología lo que más ha contribuido a fomentar la noción del
contraste entre el Oriente supersticioso y los racionales griegos. Se nos
ofrecía el panorama de esta milenaria superstición caldea, contenida por el
racionalismo griego y el recio sentido común de Roma, hasta que, con el alud de
los pueblos orientales, el Orontes desembocó en el Tíber y las claras
perspectivas del paisaje clásico quedaron sumergidas en el lodo oriental. Pero
ahora se sabe con certeza que esa descripción de la astrología no es exacta. Es
verdad que existió una simple y primitiva astrología babilónica, que trataba de
predecir las inundaciones, sequías, enfermedades y guerras, o sea
acontecimientos que afectaban al país o al rey, pero no a individuos
ordinarios. Pero la astrología que consiste en la preparación de horóscopos y
que liga la suerte de los individuos a los astros —que es lo que por ella
entendemos hoy— parece haber sido un producto de la ciencia alejandrina, y
haber sido desconocida en Egipto antes de que los griegos macedonios gobernaran
el país. (MARTIN P. NILSSON, The Rise of Astrology in the Hellenistic
Age, Lund, 1943). Este ejemplo nos aconseja ser cautos en nuestra
aceptación de las opiniones tradicionales respecto a la relación de Grecia con
las civilizaciones prehelénicas.
Por civilizaciones prehelénicas entendemos en primer término las que
florecieron en las tres grandes cuencas del Nilo, el Tigris y el Éufrates, y el
Indo. Hacia el año 3000 a. C. esas culturas no sólo estaban técnicamente
adelantadas, sino que también poseían literaturas escritas. Por el momento
podemos dejar de lado el valle del Indo, pues su escritura aún no ha sido
descifrada. Pero mucho es lo que se ha hecho por averiguar la influencia
ejercida sobre los griegos por las técnicas y la ciencia escrita de Egipto y de
Mesopotamia. Ambas eran importantes, pero la influencia de la última fue
probablemente mayor. Ello sucede en parte porque el registro de sus
realizaciones científicas es más notable (O. NEUGEBAUER, The Exact
Sciences in Antiquity, Copenhague, Princeton, Londres, 1951, pág. 86) pero
también a consecuencia de los diferentes destinos de aquellos dos centros de
civilización. Egipto había entrado en un período de decadencia hacia el año
1000 a. de C.; pero Babilonia, bajo los asirios, los persas, y los griegos de
Macedonia, experimentó diversos resurgimientos tanto de su poder político como
de su genio creador durante el último milenio de la era pagana. Su cultura
siguió manteniendo su carácter étnico y continuó su activo crecimiento durante
1000 años después del colapso de Egipto, y así se convirtió en contemporánea y
rival de la cultura de los griegos. Las ciudades griegas que se extendían a lo
largo de la costa del Asia Menor estuvieron así en contacto con la más activa
de las dos antiguas culturas del Cercano Oriente (CONTENAU, La Médecine
en Assyrie et en Babylonie, París, 1938).
Pero debemos también recordar que Egipto y Babilonia influyeron sobre Grecia a
través de las muchas culturas derivadas en la zona oriental del Mediterráneo.
Sólo podemos mencionar aquí algunas de las muchas culturas que mediaron entre
el antiguo Oriente y Grecia. La grácil cultura minoica de Creta, bien conocida
por sus vestigios materiales, será aún mejor conocida cuando se logre
interpretar su escritura, tarea que está teniendo sus primeros éxitos. A los
hititas se debió el descubrimiento de la técnica de la fundición del hierro,
invención que hizo literalmente época, hasta tal punto que la ciencia moderna
se contenta aún con emplear los términos de Edad de Bronce y Edad de Hierro
para señalar etapas definidas del desarrollo social. En lugar de buscar
explicaciones raciales del carácter mental de los griegos, sería más adecuado
que las concepciones históricas modernas reflejaran el hecho de que la
civilización griega, incluyendo su ciencia, es esencialmente una civilización
de la Edad de Hierro, y no de la Edad de Bronce. Su tipo de democracia no
podría haber existido sin el uso mucho más amplio de las herramientas y de las
armas de hierro, posibilitado por la técnica de la fundición de ese metal.
También debemos mencionar a los fenicios, los inventores del alfabeto fonético.
Hay pruebas de que fue en Mileto, hacia el año 800 a. C., donde el alfabeto fue
adaptado al idioma griego. Esta invención democratizó el alfabetismo, aboliendo
el pesado aprendizaje mediante el cual los escribas de las civilizaciones
anteriores adquirían el dominio de la escritura jeroglífica o de la cuneiforme.
La democracia griega no podría haber existido sin ello. Finalmente,
mencionaremos a los hebreos, cuya literatura, la más seria rival de la griega,
sigue siendo prueba perpetua de que no sólo los griegos pudieron dar forma
literaria a concepciones vitales aún para el mundo presente.
Volvamos ahora a la cuestión de la deuda de la ciencia griega con las
civilizaciones más antiguas, para darle, si nos es posible, una formulación más
actual. Así la ofrecía en 1927 el excelente historiador francés Arnold Reymond
(Science in Greco-Roman Antiquity, Methuen): «Comparada con el
conocimiento empírico y fragmentario que los pueblos del Oriente habían reunido
laboriosamente durante largos siglos, la ciencia griega constituye un verdadero
milagro. Allí, por primera vez, la mente humana concibió la posibilidad de
establecer un número limitado de principios, y de deducir de ellos una cantidad
de verdades, que son su rigurosa consecuencia». Estas palabras representan
bastante bien el estado del conocimiento hace un cuarto de siglo y contienen
aún una gran dosis de verdad, pero parecen requerir algunas correcciones.
En primer lugar, hoy se presta más atención a la ciencia implícita en las
técnicas, como veremos en seguida. En segundo lugar, el progreso en la
interpretación de los escritos científicos de las civilizaciones más antiguas
ha llegado hasta el punto de abolir la pretensión griega de prioridad o de
singularidad en la creación de la ciencia teórica abstracta; y ahora, en lugar
de poner a las antiguas civilizaciones la mala nota de haber «reunido
laboriosamente» su saber apenas científico «durante largos siglos», estamos más
inclinados a recordar que en ciencia los primeros pasos son los más difíciles.
Es por ello que contemplamos con real asombro las realizaciones de los
babilonios en matemática y en astronomía matemática. Está claro, incluso a
partir de las lamentablemente pocas tablillas que hasta ahora han sido
interpretadas, que antes del año 1500 a. C. se habían elaborado procedimientos
aritméticos avanzados, y se habían planteado y afrontado los problemas de modo
tal que sugiere irresistiblemente que en el esfuerzo por superar sus
dificultades prácticas se había suscitado una curiosidad intelectual
estrictamente científica. Nuestro conocimiento de la historia de la ciencia
babilónica es, por desgracia, muy fragmentario. Pero cuando unos mil años después
vuelve a encontrarse la pista, resulta que esos procedimientos matemáticos
habían sido aplicados a la creación de una astronomía matemática que no sólo
fue adoptada por los griegos y empleada para completar su propia y brillante
creación de la astronomía geométrica, sino que hacia el año 300 a. C. había
alcanzado el mismo nivel que tiene con Tolomeo en el Almagesto, en el siglo II
d. C.
Por lo que hasta ahora sabemos de la ciencia prehelénica, esta astronomía
aritmética de los babilonios tiene el mejor título para la categoría de ciencia
exacta. Pero sería erróneo pasar por alto ciencias de clasificación tales como
la petrología y la mineralogía, de las cuales hay pruebas tanto en Babilonia
como en Egipto, que surgieron en relación con las actividades prácticas de la
minería y la metalurgia. Tampoco debemos olvidar la medicina y la cirugía de
los egipcios, tal como las revela el papiro de Edwin Smith, ni el calendario
egipcio, que ha sido calificado como el único calendario inteligente en la
historia humana, ni los muy elaborados sistemas de pesas y medidas que
empleaban tanto los egipcios como los babilonios. En resumen, aunque los
métodos de transmisión requieren mayor elucidación, nos guiamos por el
conocimiento actual cuando decimos que los griegos debieron a las
civilizaciones más antiguas no sólo técnicas, sino también un cuerpo
considerable de conocimientos científicos. Podemos preguntarnos, pues, si cabe
seguir considerando a los griegos como un pueblo que dedujo, de los conceptos
más empíricos y fragmentarios de los pueblos orientales, un cuerpo científico
rigurosamente lógico. La enciclopedia de las ciencias constituida hacia la era
alejandrina fue, con todas sus limitaciones, mucho más allá de cuanto había
existido anteriormente, y continuó sin rival hasta tiempos modernos. Pero al
comparar las realizaciones de los griegos con las de sus predecesores sería
bueno no describir como diferencia cualitativa lo que después de todo no es
sino una diferencia de grado; ni deberíamos describir como milagro lo que no es
sino una brillante fase en un desarrollo histórico concatenado.
§. Tecnología y ciencia
Hasta ahora nos hemos venido ocupando principalmente del aspecto teórico de la
ciencia. Pero es necesario contemplar a ésta también desde su lado más práctico.
J. G. Crowther en su obra Social Relations of Science define
la ciencia como «el sistema de conducta mediante el cual el hombre adquiere el
dominio de su medio ambiente». Éste es también un enfoque útil, y aquí la
tendencia ha sido la de subestimar en lugar de exagerar la originalidad y la
capacidad de los griegos. Muchos autores modernos, desorientados sin duda por
lo que han dicho algunos de los propios griegos de la antigüedad, han sumado al
orgullo por el brillo teórico de la ciencia griega la voluntad de ignorar o
negar sus triunfos prácticos. De ello ha resultado una imagen deformada, cuya
corrección es uno de los propósitos de este libro.
La ciencia, sea cual fuere su desarrollo ulterior, tiene su origen en las
técnicas, artes y oficios, y en las varias actividades a las que el hombre se
entrega en cuerpo y alma. Su fuente es la experiencia; sus fines, prácticos, y
su única justificación, la utilidad. La ciencia progresa en contacto con las
cosas; depende de la evidencia de los sentidos, y —aun cuando parezca algunas
veces alejarse de ellos— siempre a éstos ha de retroceder. Exige lógica y la
elaboración de la teoría, pero la más estricta lógica y la más excelente teoría
deben ser probadas en la práctica. La ciencia en su aspecto práctico es la base
necesaria para la ciencia abstracta y especulativa.
De lo expuesto se deduce que la ciencia avanza en estrecha relación con el
progreso social del hombre y se hace más consciente a medida que el modo total
de vivir del hombre se hace más intencional. Quien recoge alimentos adquiere
una forma de conocimiento de cuanto lo rodea; quien los produce, otra. Este
último es más activo e intencionado en sus relaciones con la madre tierra. A
mayor dominio del ambiente, mayor productividad, lo que a su vez provoca cambios
sociales. La ciencia de una sociedad gentil o tribal no puede ser igual a la
ciencia de una sociedad política. La división del trabajo influye en el
progreso de la ciencia. El advenimiento de una clase ociosa proporciona la
oportunidad para reflexionar y elaborar teorías. También permite teorizar sin
tener en cuenta los hechos. Además, con la evolución de las clases, aparece la
necesidad de una nueva clase de «ciencia» que podríamos definir como «el modo
de proceder mediante el cual el hombre adquiere dominio sobre el hombre».
Cuando la tarea de dominar a los hombres constituye la preocupación de la clase
dirigente y la de dominar a la naturaleza la tarea forzosa de otra clase, la
ciencia toma un rumbo nuevo y peligroso.
Para comprender plenamente el desarrollo científico de una sociedad cualquiera
debemos tener presente el grado de su progreso material y de su estructura
política. La ciencia in vacuo no existe. Existe, sí, la
ciencia de una sociedad determinada, en lugar y época determinados. Sólo puede
encararse la historia de la ciencia en función de la vida social en conjunto.
En consecuencia, para alcanzar una concepción histórica de la ciencia de
Grecia, debemos comprender algo de la evolución previa de su sociedad, desde el
punto de vista del progreso técnico y de la estructura política. Tal es el
propósito de este capítulo.
Se supone que el hombre se ha desarrollado por evolución a partir del estado
animal desde hace unos dos millones de años. Durante la mayor parte de este
tiempo (digamos 1.950.000 años) se dedicó a proveerse de herramientas con las
que empezó a cooperar con la naturaleza para mantenerse, en vez de subsistir
gracias a su generosidad, como otras criaturas. Después, hace 50.000 años, el
hombre se proveyó de otras herramientas, esto es, el habla totalmente
articulada y la capacidad de pensamiento conceptual. El homo faber se
convirtió en homo sapiens. En esta fase se hizo capaz de
distinguirse a sí mismo del resto de la naturaleza, con lo que pudo concebirse
como colaborador de la misma. Esta colaboración es el tema fundamental de la
ciencia: la historia de la ciencia es el registro de la comprensión progresiva
de esta colaboración. Para nosotros comienza con la invención de la escritura
hace unos 5 o 6.000 años.
Los utensilios más antiguos que se conservan, usados por el hombre para dominar
el ambiente, son herramientas de piedra. De éstas deducen los expertos la
capacidad intelectual y el progreso embrionario del hombre, aun en la Edad de
Piedra. El crecimiento de la habilidad manual —que es por sí misma una forma de
inteligencia— se ve en el perfeccionamiento de los utensilios.
Se advierte el progreso intelectual en la creciente capacitación para elegir
entre las diferentes clases de piedra. No faltan evidencias de acumulación y
previsión. El hombre practicó excavaciones en busca de pedernales antes de
excavar en busca de metales. En una etapa de su evolución, el hombre no hizo
sino seleccionar piedras adecuadas a sus propósitos y adaptarlas. En la etapa
subsiguiente, picó las piedras grandes para obtener trocitos del tamaño y forma
deseados. Ésa fue una revolución de la técnica. Después hizo sus herramientas
para fines cada vez más especializados. Tuvo raspadores, puntas y trituradoras.
Hasta tuvo herramientas para hacer herramientas, y otras herramientas con que
hacer herramientas para hacer nuevas herramientas. Tampoco fue la piedra el
único material empleado. El conocimiento de los materiales es una parte muy
importante de la ciencia. El primitivo fabricante de herramientas no descuidó
las ventajas que ofrecían para finalidades específicas otros materiales que no
eran piedras. Madera, huesos, cuernos, marfil, ámbar o conchas le
proporcionaron nuevos instrumentos y nos permiten hoy apreciar su creciente
sabiduría.
No se crea que tal sabiduría se limitó a los materiales; es también evidente su
creciente apreciación de los principios mecánicos. Pronto comprendió la
utilidad de la cuña. Hizo un nuevo progreso al combinar en una herramienta las
funciones de la cuña y de la palanca. El propulsor; el arco y la flecha, y el
arco aplicado al taladro, son otros jalones de su progreso mecánico, aun cuando
—por supuesto— la apreciación de los principios involucrados fue al comienzo
práctica sensorial, derivada de las operaciones, carente de teoría. Pero ese
conocimiento práctico es la base necesaria de la teoría. Del gran ingeniero de
Napoleón, Conté, se decía que tenía todas las ciencias en la cabeza y todas las
artes en las manos. Por si esto fuera poco, J. B. S. Haldane escribe: «Como
fisiólogo, observo que necesito una superficie de cerebro tan amplia para
controlar mis manos como para mis órganos bucales. Como operario científico,
observo que algunos de mis colegas parecen pensar principalmente con las manos
y son muy poco hábiles en el uso de la palabra». Probablemente el hombre
primitivo dijera muchas tonterías, pero hay buenas pruebas de que hacía muchas
cosas bien.
Es evidente la existencia de una ciencia previa a la civilización, aun en la
conducta de los salvajes contemporáneos. Driberg, un excelente observador, nos
asegura que los salvajes son seres razonadores capaces de inferencias,
pensamientos lógicos, argumentos y especulaciones. «Hay salvajes que son
pensadores, filósofos, augures, dirigentes e inventores». Driberg insiste en el
verdadero carácter científico de algunas de las actividades de los salvajes.
«No sólo el salvaje se adapta a su ambiente natural, sino que también adapta el
ambiente a sus propias necesidades. Es esta interminable batalla entre las
fuerzas de la naturaleza y el ingenio humano la que conduce con el tiempo a
alguna forma de civilización». Pueden ponerse ejemplos. Los salvajes cuentan
con dispositivos elaborados para proporcionarse agua pura para beber; practican
el riego; se ocupan de plantar árboles con múltiples finalidades: para mejorar
el suelo, para protegerse del viento, por razones estratégicas, o para
procurarse material para sus armas y fibras para vestirse; construyen embalses
en los ríos y preservan la caza. Dé siglos o milenios de tales actividades surgen
las artes y los oficios en que se basa la civilización.
El verdadero origen de la civilización depende del dominio simultáneo de cierto
número de técnicas, unas nuevas y otras antiguas, que, reunidas, son
suficientes para hacer de un nuevo recolector de alimentos un verdadero
productor de alimentos. Un superávit permanente de alimentos es la base
necesaria para que surja la sociedad civil. En seguida son posibles las mayores
concentraciones de población; comienza la vida urbana, y la aldea neolítica es sustituida
por la ciudad poderosa.
Las técnicas fundamentales fueron: la domesticación de animales, la
agricultura, la horticultura, la alfarería, la fabricación de ladrillos, la
hilandería, los tejidos y la metalurgia. Tales formas de imitar y cooperar con la
naturaleza constituyen una revolución en la ciencia del hombre y una revolución
en su modo de vivir. La primera región de la Tierra en la que la combinación de
estas técnicas estableció los fundamentos de civilizaciones fue el Cercano
Oriente, es decir: los valles del Nilo, del Éufrates y del Indo. El período
principal en que se desarrollaron esas nuevas técnicas está comprendido entre
los dos milenios que van desde el año 6000 al 4000 antes de Cristo.
Cuando se enseñe la historia como es debido, para que todos —a modo de base de
su vida intelectual— comprendan la verdadera historia de la sociedad humana,
una de las lecciones más fundamentales será la exposición concreta y detallada
de la naturaleza de esta gran revolución gracias a la cual dominó el hombre
todo lo que le rodeaba. El cinematógrafo, el museo, el taller, la conferencia y
la biblioteca han de combinarse para que la humanidad adquiera conciencia
histórica del significado de esos vitales dos mil años.
Esa revolución técnica constituye la base material de la civilización antigua.
No ha habido otra mudanza comparable en el destino del hombre desde entonces
hasta la revolución industrial del siglo XVIII. Toda la cultura de los antiguos
imperios del Cercano Oriente, de Grecia y de Roma, así como los de la Europa
medieval, se funda en el acervo técnico de la Era Neolítica. De ahí las
similitudes entre unas y otras. Lo que hoy nos diferencia de ellas sólo puede
comprenderse si reparamos en que nos separa la segunda gran revolución técnica,
el advenimiento del maquinismo. Solamente una amplia reforma de nuestros
sistemas educativos permitirá hacer justicia a la trascendencia de estas
verdades.
Entretanto podemos mencionar dos libros, para uso de aquellos que deseen
conocer el papel desempeñado por la técnica en las sociedades antiguas. Gordon
Childe (en Man Makes Himself, Watts) nos proporciona una brillante
relación de la revolución técnica de la Era Neolítica, y del subsiguiente
incremento de la vida urbana. [2]La obra de
Partington Origins and Development of Applied Chemistry(Longmans
Green and Co.) proporciona un resumen completo y actualizado del conocimiento
de los materiales por el hombre, desde la aurora de la civilización hasta el
año 1500 antes de Cristo, es decir, hasta las postrimerías de la Edad de
Bronce. Se han producido —nos asegura— muy pocas novedades en la química
aplicada entre el fin de la Edad de Bronce y lo que bien puede llamarse tiempos
modernos. Esto autoriza a decir que se ha estancado durante 3.000 años esta
rama fundamental del conocimiento; período que representa la mitad de la vida
de la civilización del Cercano Oriente y la totalidad de la civilización
grecorromana, y que termina sólo cuando Europa sale de la Edad Media. He aquí
un gran problema para el historiador de la ciencia. Más adelante volveremos
sobre él.
«Estudiando el desenvolvimiento del hombre —escribe Partington—, nada más
significativo, si bien muy descuidado, que lo que se refiere al uso de los
materiales». Ya hemos hablado de algunos de los materiales usados por el hombre
en la Era Paleolítica. En Egipto, las varias fases del progreso humano están
registradas por el uso creciente de las cosas. En el período predinástico, esto
es, en el año 4000 y aun antes, los egipcios usaban piedras, huesos, marfil,
pedernal, cuarzo, cristal de roca, cornerina, ágata, hematita, ámbar y una
larga serie de otras piedras semipreciosas. Se agrega a esta lista el
conocimiento del oro, la plata, el ámbar ( electrum), el cobre, el
bronce, el hierro en pequeñas cantidades, el plomo, el estaño, el antimonio, el
platino, la galena y la malaquita. Un friso funerario de la época del Imperio
Antiguo (2980-2475) muestra un taller de operarios de metales. Algunos de los
hombres se ocupan en soplar el fuego de un homo con algo que parece ser cañas
recubiertas de arcilla; otros cortan y golpean metales; otros, a su vez, están
pesando metales preciosos y malaquita. En la antigüedad las pesas se hacían de
piedra dura cortada en formas geométricas; las balanzas eran del tipo de
báscula de brazos.
No intentaremos describir las múltiples técnicas de los egipcios. La obra The
Legacy ofEgipt (Oxford, 1942) tiene excelentes capítulos sobre el
tema. Bastante se ha dicho ya para dejar planteada la cuestión que nos ocupa, y
a ella nos remitiremos.
¿Qué clase de conocimientos implican esas operaciones técnicas? ¿De qué manera
pudieron quedar fuera de la ciencia de los griegos?
Los hombres pesaron miles de años antes de que Arquímedes describiera las leyes
del equilibrio; por lo que debieron de tener un conocimiento práctico e
intuitivo de los principios involucrados. Lo que Arquímedes hizo no fue sino
extraer las implicaciones teóricas de ese conocimiento práctico, y enunciar el
conjunto resultante de conocimientos en la forma de un sistema lógico
coherente. El primer libro de su Tratado sobre el equilibrio de los
planos comienza con siete postulados. Pesos iguales a igual
distancia se equilibran. Si pesos desiguales actúan a distancias iguales, el
mayor vence al menor . Éstos son dos de los postulados que hacen
explícitas y formales las suposiciones sustentadas tácitamente durante siglos;
su número ha sido reducido al mínimo en que la ciencia puede basarse.
Argumentando a partir de esos postulados, Arquímedes llega, luego de una serie
de proposiciones, al teorema fundamental, probando primero con elementos
conmensurables, y luego por reductio ad a absurdum para las
magnitudes inconmensurables, que: Dos magnitudes, sean conmensurables o
inconmensurables, se equilibran a distancias inversamente proporcionales a esas
magnitudes . (Greek Mathematics, Heath, vol. II, pág. 75).
Éste es un ejemplo típico de lo que se desea significar al decir que el
conocimiento empírico de los pueblos orientales fue transformado en ciencia
teórica por los griegos.
Pero no todas las prácticas técnicas contienen una suma de conocimientos
susceptible de ser reducida tan directamente a una serie de proposiciones
encadenadas por la lógica matemática. La práctica química, como ya hemos visto,
estaba muy adelantada antes del año 1500 a. C.; la teoría química, en cambio,
estaba muy rezagada. «Muchas de las ideas históricamente más importantes
—escribe Haldane— no fueron en un principio consignadas en palabras; fueron
invenciones técnicas que eran aprendidas en un comienzo por imitación, y sólo
lentamente alcanzaron la forma de teoría. Cuando se enunció la teoría,
probablemente no se le encontraba sentido; en cambio, la práctica la corroboró.
Esto es lo que ha venido sucediendo, por ejemplo, hasta hace poco con la
extracción de metales del mineral en bruto». De la práctica de pesar, los
griegos, gracias a Arquímedes, consiguieron construir una ciencia de la
estática. Aristóteles y Teofrasto no alcanzaron un éxito similar en su intento
de elaborar un cuerpo correcto de teoría química a partir de las experiencias
de los oficios del alfarero y el herrero; sin embargo, hay que hacer notar que
el tratado Meteorología IV de Teofrasto y la obra Del
fuego de Aristóteles, de las que se hablará más adelante, son muy
prometedores y contienen elementos científicos genuinos. El éxito obtenido al
establecer una ciencia de la estática y el fracaso al no elaborar una ciencia
de la química nos da idea de la fuerza y de la debilidad del legado científico
griego.
Pero la ausencia de una teoría correcta no debe impedirnos apreciar los
elementos genuinamente científicos contenidos en las técnicas en que los artesanos
egipcios sobresalieron y que los griegos tomaron de ellos. Consideremos, por
ejemplo, la ciencia implicada en la fabricación del bronce. El bronce es una
aleación de cobre y estaño que tiene ciertas ventajas sobre el cobre puro.
Tiene un punto de fusión más bajo. Es más duro. Tiene un color más bello y lo
conserva mejor. Los forjadores egipcios conocían bien estas ventajas, y habían
hecho experimentos hasta obtener los mejores resultados. Sabían, por ejemplo,
que el bronce más duro es el que contiene 12 por ciento de estaño; que un
porcentaje más bajo no le da la dureza necesaria, y que un porcentaje más alto
hace que el bronce sea más frágil. Muchos otros procesos, tales como la
alfarería y la fabricación del vidrio, ilustran igualmente su capacidad en la
química aplicada; los griegos heredaron esta química aplicada pero ni los
egipcios ni los griegos produjeron un solo cuerpo escrito de química teórica.
¿Por qué?
Muchas técnicas requieren en cierto momento el uso del fuego. El fuego es un
gran maestro; el mejor maestro del hombre en el arte de la química. Plinio ha
descrito con bellas imágenes el papel que el fuego ha desempeñado en la
civilización. «He completado —dice— mi descripción de las obras del ingenio
humano, por las que el arte imita a la Naturaleza, y observo con asombro que el
fuego es casi siempre el factor activo. El fuego toma la arena y nos devuelve,
ya vidrio, ya plata, ya minio, ya varias clases de plomo, ya pigmentos, ya
medicinas. Por el fuego las piedras se derriten y se hacen bronce; por el fuego
se hace el hierro y se trabaja. Con el fuego se produce el oro. Con el fuego se
calcina esa piedra que en forma de cemento sostiene nuestras casas sobre
nuestras cabezas. Hay varias cosas a las que resulta conveniente exponer más de
una vez a la acción del fuego. El mismo material original es una cosa después
de la primera exposición al fuego; otra después de la segunda, y aún otra
después de la tercera. El mismo carbón, por ejemplo, adquiere su poder sólo
después de apagado; y cuando podía pensarse que se ha agotado, es cuando sus
virtudes son máximas. ¡Oh, fuego! inmensurable e implacable porción de la
Naturaleza. ¿Hemos de llamarte destructor o creador?» (Historia Natural,
XXXVI, 68).
Pero el fuego no sólo es un gran maestro: es también un implacable dictador que
pide sangre, fatigas, lágrimas y sudor. «He visto al herrero trabajando en la
boca de su fragua —escribe el satírico egipcio—; sus dedos son como la piel del
cocodrilo; huele peor que las huevas de pescado». Y agrega: «Nunca he visto a
un herrero en un despacho, ni a un fundidor entrar en una embajada».
El fuego, por lo que parece, no sólo tiene influencia sobre las cosas, sino
también sobre los individuos y sobre la constitución de la sociedad. Es el
efecto social de las técnicas que incluye el uso del fuego, y también de otras
tareas penosas —como lo ha explicado Gordon Childe—, lo que ha limitado el
desarrollo de la ciencia escrita.
La revolución técnica de la Era Neolítica proporcionó las bases materiales para
la civilización del Cercano Oriente. Esa revolución también determinó el
carácter social de Ja civilización que estaba a punto de surgir. Elaboró
gradualmente una división en la sociedad, que no había existido antes de manera
comparable. Colocó en un polo de la sociedad a los trabajadores; en el otro, a
los administradores. Aquí el campesino, el alfarero y el herrero; allá el rey,
los sacerdotes y los nobles. La química aplicada —la tarea de transformar las
cosas por medio del fuego—, de un lado; la política aplicada —o la tarea de
dirigir a los hombres por medio del miedo—, del otro. En el antiguo Egipto, los
talleres eran propiedad del rey, de congregaciones de sacerdotes o de pequeños
grupos de mercaderes acomodados. Los oficios tenían estrecha relación con los
grandes latifundios; los trabajadores —agrícolas o de la industria— eran
esclavos o, como dicen ahora algunos, esclavos asalariados. Éstas eran las
clases más importantes de la sociedad egipcia.
El desarrollo de la escritura se operó paso a paso y a la par de esta civilización
dividida en clases, y en su origen la escritura fue un instrumento de gobierno.
El escriba, pese a su humilde apariencia, pertenecía a la clase administradora.
Su profesión era, de hecho, la escala principal por la que los individuos
podían ascender de la clase de los trabajadores manuales al servicio civil.
Paralelamente la tradición literaria abarcaba sólo aquellas ciencias o
pseudociencias que eran útiles a la administración o que servían los intereses
de la clase dirigente. Antes de que finalizara el cuarto milenio aparecieron
los libros. De ahí en adelante, las matemáticas, la cirugía, la medicina, la
astrología, la alquimia y la horoscopía fueron tema de tratados escritos. En
cambio, las ciencias de aplicación práctica y las técnicas de la producción
siguieron siendo ejercidas exclusivamente por tradición oral entre los miembros
de la clase más baja de la sociedad. La teoría estaba todavía totalmente
identificada con la práctica y no podía ser separada de ella por falta de ocio
para reflexionar. Los peritos en las técnicas no solamente no gozaban del
recurso de la escritura, que ha desempeñado tan importante papel en la
habilitación del hombre para las generalizaciones abstractas partiendo de esos
múltiples detalles particulares, sino que el establecimiento de la división
social entre la clase dirigente y la clase trabajadora les había restado
categoría y posibilidades.
Ésta es la explicación de la paradoja señalada hace tiempo por Lord Bacon
( Novum Organum, I, LXXXV), según la cual los grandes
descubrimientos técnicos «eran más antiguos que la filosofía y que las artes
intelectuales; hasta tal punto es así, que cuando comenzó la ciencia
contemplativa y doctrinal, cesaron los descubrimientos en las actividades
prácticas».
Se advertirá que estas consideraciones son aplicables a toda la evolución
científica de la Antigüedad. En cierto grado son aplicables todavía hoy; y la
historia de la ciencia griega, que es lo que más nos interesa, será
ininteligible a menos que las tengamos presentes constantemente. Adquirir las
artes mecánicas de Egipto o de cualquier otra parte significó adquirir también
sus consecuencias sociales, por lo menos en cierta medida. «Lo que se conoce
por artes mecánicas —dice Jenofonte— lleva consigo un estigma social, y con razón
se considera deshonroso en nuestras ciudades; pues tales artes dañan el cuerpo
de quienes trabajan en ellas y de quienes actúan como supervisores, porque les
imponen una vida sedentaria y encerrada y, en algunos casos, los obligan a
pasar el día junto al fuego. Esta degeneración física redunda también en
perjuicio del alma. Además, los operarios de estos oficios no disponen de
tiempo para cultivar la amistad y la ciudadanía. En consecuencia, son
considerados como malos amigos y malos patriotas, y en algunas ciudades,
especialmente en las guerreras, no le es lícito a un ciudadano dedicarse a
trabajos mecánicos» (Œconomicus, IV, 2-3).
Este desprecio por las artes mecánicas terminó por resultar un serio obstáculo
para el desarrollo de las ciencias física, química y mecánica en Grecia. Pero
no sucedía aún así en los primeros tiempos, hasta aproximadamente el año 500 a.
C. Es importante hacer un esfuerzo para entender las realizaciones técnicas de
los griegos de ese período, aunque dicho esfuerzo sea difícil para quienes
tienen una cultura puramente literaria, como ocurre con el que esto escribe, y
sin duda, con muchos de sus lectores. ¡Es tan fácil, al pronunciar frases como
Edad de Bronce y Edad de Hierro, olvidar los largos y complicados procesos de
desarrollo involucrados en esas palabras, y suponer que la invención de la
técnica de la metalurgia del bronce o de la del hierro procede de una simple
observación y se reduce a una sola y sencilla operación!… ¡Apenas leemos la
historia del hombre primitivo que accidentalmente calentó una nueva especie de
piedra en su fogata y vio correr el brillante metal fundido… ya creemos que ha
empezado la Edad de Hierro!
Pero si para variar tomamos un libro como el de R. J. Forbes, Metallurgy
in Antiquity (Brill, Leiden, 1950) y nos limitamos a observar aunque
sólo sea su cuidadosa distinción de las cinco etapas históricas de la
metalurgia del cobre: primero, forjado del cobre nativo; luego, reconocimiento
de éste; luego, fundición de óxidos y carbonatos de cobre; luego, fundición y
refinación del cobre; finalmente, fundición de sulfuros de cobre, comenzaremos
a entender algo de lo que involucra la elaboración de semejante técnica.
Empezamos a entender que el activo ingenio de hombres capaces y decididos,
trabajando generación tras generación durante siglos enteros, fue necesario
para extraer todo el provecho posible de esas diversas técnicas. Y aun así
estamos dejando de lado el trabajo abrumador y peligroso de los modestos
mineros y metalúrgicos, y no hacemos notar que la sociedad tuvo que alcanzar
cierta estructura sin la cual la extracción, transporte y manipulación de los
materiales necesarios no hubieran podido organizarse. Pero sólo una vez que nos
hemos compenetrado con ese panorama podemos entender la obra de técnicos griegos
del siglo VI, tales como los artistas samios Reco, Telecles y Teodoro, a
quienes se atribuye la invención de la técnica de fundir estatuas en bronce de
tamaño humano natural, invención que para los griegos significó destacarse del
resto del mundo en lo referente a la metalurgia del bronce. Estos hombres
fueron también grandes constructores. Hasta se recuerda que Teodoro, anotándose
un triunfo que no se repetiría hasta los tiempos de Roma, instaló un sistema de
calefacción central en el templo de Diana, en Éfeso. Se le asignan también
muchas otras invenciones. Los lectores del tercer capítulo verán que,
obedeciendo a una tradición que me parece fundada, he otorgado un lugar
prominente en mi historia de los comienzos de la ciencia griega a otro samio,
Pitágoras, exactamente contemporáneo de Teodoro, pues ambos florecieron hacia
el año 530 a. C. Todo el mundo sabe que Pitágoras no sólo era un matemático,
sino también un vegetariano, quien, sin embargo, se abstenía de comer habas, y
que creía en la transmigración de las almas. Soy reacio a trastornar esas
concepciones tradicionales de la historia del pensamiento. Lo único que anhelo
es conquistar también un lugar para su contemporáneo y coisleño, a quien se
atribuye no sólo la invención de la fundición de estatuas de bronce y la de la
calefacción central, sino también la del nivel, la escuadra, la regla y el
torno. La historia de la ciencia adquiere un mejor equilibrio cuando la
enfocamos también desde el lado de la técnica.
La mención de la metalurgia del bronce me recuerda, empero, que los griegos
eran un pueblo de la Edad de Hierro. Nuevamente podemos aprender del profesor
Forbes que la nueva técnica exigió mayores esfuerzos al ingenio humano. En la
metalurgia del bronce todo depende de la composición de la aleación, pero en la
metalurgia del hierro las propiedades que se desea impartir al metal dependen
en mucho mayor grado de la manipulación, de la temperatura a la cual ha sido
calentado, de la velocidad de su temple, del tiempo y temperatura de recocido.
En esta nueva y complicada técnica también los griegos desempeñaron un papel
precursor. Gordon Childe ha demostrado (Progress and Archaeology, pág.
40) que ya antes del año 500 a. C. los griegos, con su invención de nuevas
herramientas de hierro, habían realizado un progreso decisivo en el dominio del
hombre sobre la naturaleza. Estos ejemplos ponen de relieve los adelantos
técnicos de la época durante la cual nació la ciencia griega.
Aunque los griegos de tiempos posteriores llegaran a volverse indiferentes con
respecto al progreso técnico, puede verse en sus vasos pintados y en otros
monumentos el orgullo que los griegos de fines del siglo VI sentían por esas
realizaciones. «El arte griego de los períodos arcaico y clásico, escribe
Rostovtzeff (The Hellenistic World, pág. 1200), nunca descuida la
representación de las artesanías», como lo haría más tarde en favor de la
mitología y del ornato. Y en algunos vasos llegamos a ver concretamente al
herrero o al alfarero en sus respectivos talleres. Por ejemplo, Beazley
identifica (Potter and Painter in Ancient Athens, pág. 6) en un vaso del
año 515 a. C., la figura de un maestro alfarero en «un anciano con largos
cabellos blancos, vestido con un manto, que sostiene no un bastón vulgar, sino
uno de aspecto divino, semejante a un cetro», como atributo, por supuesto, de
su dignidad. Lo compara con una figura de bronce de Laconia, que data
aproximadamente del año 500 a. C., la cual representa a otro anciano, «con
largos cabellos y rostro inteligente», bien ataviado, como lo requiere su
importancia, y también con un bastón. En él identifica a un maestro fundidor,
suponiendo que el retrato de bronce sea una ofrenda hecha por su propio
original.
En la Florencia del siglo XV, donde la ciencia y el arte bullían con nueva
vida, los talleres de los orfebres eran el principal centro de la nueva
actividad. «Esos talleres, escribe Hans Baron ( Journal of the History
of Ideas, vol. IV, 1943), desempeñaban en el siglo XV la función cumplida
en los siglos posteriores por el taller industrial y por el laboratorio
científico. Allí tenían lugar el experimento, la observación, el pensar por las
causas, entre hombres cuyos oficios les habían valido una elevada estima
social». Yo creo que condiciones semejantes a éstas existieron durante la
primera época —la Edad Heroica— de la ciencia griega.
Contenido:
· §.
Períodos principales de la ciencia griega
· §.
El despertar jónico - la Escuela de Mileto y Heráclito
· §.
La influencia de las técnicas
§.
Principales períodos de la ciencia griega
Las divisiones cronológicas de los movimientos históricos pueden tener algo de
arbitrario, pero al comienzo ayudan a recordar. Proporcionan una especie de
andamiaje dentro del cual ha de levantarse el edificio. Digamos entonces que la
historia de la ciencia griega abarca alrededor de novecientos años y puede
dividirse en tres partes, de unos trescientos años cada una. El primer período
—el más original y el más fértil en creaciones— se extiende desde el año 600 a.
C. hasta la muerte de Aristóteles en 322 a. C. El segundo, desde la fundación
de Alejandría hasta completarse la conquista romana del Oriente, hacia el
comienzo de la Era Cristiana. El tercero comprende los primeros tres siglos del
Imperio Romano.
De estos 900 años, los primeros 300 son los más importantes, y los últimos los
menos. Dentro de estas divisiones, los años más fundamentales son: 1) el
período 600-400 a. C., cuando por primera vez en la historia se contempla al
mundo y a la sociedad con criterio científico; y 2) el período 320-120 a. C.,
cuando bajo la influencia de los Tolomeos se constituyeron algunas ramas de la
ciencia, en lo que a grandes rasgos podría llamarse sus bases presentes. El
primero de estos períodos ha sido llamado por Heidel la edad Heroica. El último
podría llamarse la «Era del Libro de Texto». El período intermedio, desde el
400 al 320 a. C., que comprende las actividades de Platón y Aristóteles, es
notable por el desarrollo de la filosofía. Se creó la terminología lógica sin la
cual no hubieran podido escribirse los libros de texto más importantes de la
era posterior.
El hecho original del comienzo de la ciencia griega es que nos ofrece por
primera vez en la historia el intento de brindarnos una interpretación
puramente naturalista del universo como un todo. La cosmología desplaza a los
mitos. Los antiguos imperios del Cercano Oriente habían creado y conservado un
conjunto de técnicas industriales y agrícolas altamente evolucionadas; habían
elevado el nivel del desenvolvimiento teórico y de la sistematización de
algunas ciencias oficialmente reconocidas, tales como la astronomía, las
matemáticas y la medicina; pero no tenemos pruebas de ningún intento de
encontrar una explicación naturalista del universo como un todo. Hay una mitología
oficial transmitida por corporaciones de sacerdotes, y conservada
religiosamente en aparatosos ceremoniales, para dar a entender cómo las cosas
habían llegado a ser lo que eran. Los pensadores individuales no parecen haber
ofrecido bajo sus nombres una doctrina racional en sustitución de ésa.
Esta etapa de la ciencia corresponde en general al período de desenvolvimiento
social de los imperios antiguos. En aquellas civilizaciones de los valles, la
vida dependía del abastecimiento artificial del agua. Los gobiernos
centralizados comenzaron controlando vastas áreas con autoridad absoluta, con
plenos poderes para dar o retener el agua. Obras gigantescas de ladrillo o de
piedra dan prueba de la facultad de los gobiernos para dirigir los esfuerzos
conjuntos de las multitudes. Ziggurats, pirámides, templos,
palacios y estatuas colosales —moradas, tumbas e imágenes de reyes y dioses—
nos advierten del sentido de organización de los poderosos, de la habilidad
técnica de los humildes y de las supersticiones en que se basaba la organización
social. La astronomía era necesaria para regular el calendario; la geometría,
para medir los campos; la aritmética y el sistema de pesas y medidas, para
cobrar los impuestos. La medicina tenía sus usos evidentes. También, según es
fácil ver, los tenía la superstición, ya que hasta pudo ser obstáculo para el
advenimiento de la cosmología científica. Un sofista griego del siglo IV a. C.
estudió la religión oficial de Egipto y descubrió su función social. Vio que
los legisladores egipcios habían establecido muchas supersticiones
despreciables, primero «porque consideraban adecuado acostumbrar a las masas a
obedecer cualquier orden que les dieran los superiores», y segundo, «porque
juzgaban que podrían confiar en que aquellos que ponían de manifiesto su
religiosidad acatarían igualmente las leyes en todos los casos»
(ISÓCRATES, Busiris). No era ésta una organización social en la
cual pudieran sentirse alentados a progresar quienes tuvieran un concepto
racional del mundo y de la vida humana.
§. El despertar jónico - la escuela de Mileto y Heráclito
En Jonia, en la costa egea de Anatolia, en el siglo VI, las condiciones eran
muy diferentes. El poder político hallábase en manos de una aristocracia
mercantil que estaba seriamente empeñada en promover el rápido desarrollo de la
técnica, de la que dependía su prosperidad. La institución de la esclavitud no
había alcanzado aún tal desarrollo que justificara el que las clases dirigentes
despreciaran las técnicas. El conocimiento era todavía práctico y fructífero.
Mileto, cuna de la filosofía natural, era la ciudad más adelantada del mundo
griego. Era la capital de un gran número de colonias del mar Negro; su
comercio, que hizo posible el intercambio de sus productos con los de otros
países, se extendía por todo el Mediterráneo, [3]estaba en
contacto por tierra con la civilización aún próspera de la Mesopotamia y con
Egipto por mar. La información que poseemos nos demuestra que los primeros
filósofos fueron hombres activos, que se interesaban en las cosas que se podían
encontrar en una ciudad así. Todo lo que sabemos de ellos confirma la impresión
de que el alcance de sus ideas y las formas de pensamiento que aplicaban a la
especulación sobre la naturaleza de las cosas eran, en general, las que por su
interés activo habían extraído de las cuestiones prácticas. No eran reclusos
empeñados en elucubrar cuestiones abstractas, no eran «contempladores de la
naturaleza» —sea esto lo que fuere—, sino hombres prácticos, activos. La
novedad de su filosofía residía en el hecho de que cuando analizaban la razón
de las cosas lo hacían a la luz de las experiencias cotidianas, sin considerar
antiguos mitos. Su libertad de toda dependencia de explicaciones mitológicas se
debía a que la estructura política relativamente simple de sus florecientes ciudades
no les había impuesto la necesidad de gobernarse por supersticiones como en los
imperios primitivos.
Tales, el primero de los filósofos de Mileto, visitó Egipto por razones
comerciales y volvió de allí trayendo conocimientos de geometría. Encontró
nuevas aplicaciones para la técnica que los egipcios habían elaborado para
medir los campos. Por medio de un sistema de triángulos semejantes concibió un
método para determinar la distancia entre los barcos y la costa. Se dice que
tomó de los fenicios algunos adelantos en el arte de navegar guiándose por las
estrellas. Con ayuda de las tablas astronómicas babilonias predijo un eclipse
de sol en el año 585 a. C. Se dice de él que también superó la geometría de los
egipcios por la razón muy importante que comprendió mejor que ellos la
naturaleza de las demostraciones generales. No sólo sabía que el círculo es
bisecado por el diámetro, sino que lo demostró. Su doble prestigio como
filósofo y comerciante se reveló en el hecho de que, acusado de falta de
sentido práctico, confundió a sus críticos haciendo una fortuna con el aceite
de oliva.
La fama de Tales, sin embargo, no reside en sus conocimientos de geometría, ni
en su capacidad para los negocios, sino en su visión más sensata del mundo. Los
egipcios y los babilonios tuvieron viejas cosmogonías —parte de su tradición
religiosa— que referían el origen del mundo. Como la tierra que ocupaban ambos
países había sido ganada en denodada lucha contra la naturaleza desecando los
pantanos ribereños, es muy natural que sus cosmogonías encerraran la idea de
una desproporcionada existencia de agua; y que el principio de todas las cosas,
como quiera que al hombre se vinculara, fue cuando algún ser divino
pronunció: Que aparezca la tierra seca.
El nombre del creador babilonio fue Marduk. En una de sus leyendas se dice:
«Todas las tierras eran mar… Marduk tejió una estera de juncos sobre la
superficie de las aguas; hizo el polvo y lo acumuló sobre la estera».
Tales se limitó a dejar de lado a Marduk. Es verdad que también afirmó que al
principio todo fue agua, pero pensó que la tierra y todo lo demás, por un
proceso natural como la sedimentación del delta del Nilo, habíase formado del
agua. Los griegos posteriores hicieron una descripción erudita de la novedad de
esta concepción.
Llamaron a los antiguos jonios hilozoístas, es decir, los que
piensan que la materia vive; o, lo que es lo mismo, que no creían que la vida
—o alma— entrara en el mundo desde afuera, sino que lo que llamamos vida —o
alma— o la causa del movimiento de las cosas era consustancial con la materia,
y constituía su propia manifestación.
En el concepto general que Tales tenía de las cosas, la Tierra era un disco
plano que flotaba en el agua; había aguas encima y a nuestro alrededor. (¿De
dónde, si no, vendría la lluvia?); el Sol, la Luna y las estrellas eran vapor
en estado de incandescencia, y navegaban por el firmamento gaseoso encima de
nosotros, para luego dar la vuelta por este mismo mar en que la Tierra flotaba
hasta alcanzar su punto de partida en Levante.
Es un comienzo admirable, cuyo rasgo característico es el de reunir cierto
número de observaciones en una concepción coherente, sin admitir a
Marduk.
Esta especulación naturalista, una vez comenzada, hizo rápidos progresos,
Anaximandro —segundo nombre de la filosofía europea y también natural de
Mileto— logró una concepción del universo mucho más perfecta, fundada en mayor
número de observaciones y más profunda meditación. Como en el caso de Tales, la
observación y la meditación fueron originariamente dirigidas hacia las técnicas
y los fenómenos de la Naturaleza, que se interpretaron a la luz de las ideas
nacidas de ellos. He aquí su idea general de cómo las cosas habían llegado a
ser lo que eran: en un tiempo, los cuatro elementos que forman el mundo estaban
dispuestos en forma estratificada; la tierra, que es la más pesada, en el
centro; el agua, cubriéndola; la niebla sobre el agua, y el fuego envolviéndolo
todo. El fuego, al calentar el agua la evaporó, haciendo aparecer la tierra
seca. Aumentó el volumen de la niebla; la presión creció hasta el límite. Las
ardientes capas del universo estallaron y tomaron la forma de ruedas ígneas,
que envueltas en tubos de niebla giraron en torno a la tierra y el mar. Éste es
el modelo funcional del universo. Los cuerpos celestes que vemos son agujeros
en los tubos, a través de los cuales brilla el fuego encerrado, y los eclipses
son obturaciones parciales o totales de los agujeros.
Esta fascinante cosmología, si bien tiene reminiscencias de la alfarería, la
herrería y la cocina, no deja en absoluto lugar para Marduk. Aun el hombre se
explica sin su ayuda. Anaximandro pensaba que el pez, como forma de vida,
precedió a los animales terrestres, y que por eso el hombre debió ser pez
antes. Cuando apareció la tierra seca, algunos peces se adaptaron a la vida
terrestre.
Este gran pensador realizó también notables progresos en lógica. Rebatió las
ideas de Tales, de que todo fuera agua. ¿Por qué no tierra, niebla o fuego?, ya
que éstos se transmutan entre sí. Es preferible decir que los cuatro son formas
de una sustancia indeterminada común a todos ellos. También
señaló la ingenuidad de suponer que la tierra se apoye en el agua. Y, entonces,
¿en qué se apoya el agua? Mejor es decir que el mundo está suspendido en el
espacio, donde se sostiene «por su equidistancia a todas las cosas».
El tercer pensador, Anaxímenes —último de los de Mileto— se inclinó a
considerar a la niebla como la forma original de las cosas. Esto parece un paso
atrás, pero, en verdad, él tenía algo muy importante que decir. Sustentó la
idea de que todo era niebla, pero más dura o más pesada a medida que se
acumulaba en mayor cantidad en un espacio dado. A juzgar por su terminología,
la idea le fue sugerida por el proceso de fabricación mediante presión del
fieltro, y confirmada por la observación del proceso de evaporación y
condensación de los líquidos.
Sus palabras claves son rarefacción y condensación. La niebla
rarificada es el fuego. La niebla condensada se hace primero agua, y luego
tierra. También pensó que la rarefacción iba acompañada de calor y la
condensación de frío. Lo «demostró» con un experimento, que no debemos tomar al
pie de la letra: abrid la boca y soplad sobre vuestras manos. El vapor
«rarificado» sale caliente. Ahora juntad vuestros labios y emitid un chorro
delgado de vapor «condensado»; observad qué frío es. Él no conocía la verdadera
explicación de este fenómeno. ¿La conocéis vosotros?
Obsérvese, al seguir a estos pensadores, que su lógica, sus ideas y su
capacidad de abstracción aumentan a medida que profundizan el problema. Cuando
Tales redujo las múltiples apariencias de las cosas a un principio fundamental,
esto constituyó una gran conquista del pensamiento humano. Otro gran paso lo
dio Anaximandro al elegir como principio fundamental, no una forma visible de
las cosas, como podía serlo el agua, sino un concepto: lo indeterminado.
Pero Anaxímenes no estaba satisfecho. Cuando Anaximandro trató de explicar cómo
surgen de lo indeterminado cosas diferentes, dio una versión que no era más que
una metáfora. Dijo que se trataba de un proceso de «diferenciación». Anaxímenes
pensó que se necesitaba algo más y aportó las ideas complementarias de la
rarefacción y la condensación para explicar cómo los cambios cuantitativos
pueden determinar cambios cualitativos. Éste fue un nuevo progreso. Proporcionó
una explicación posible del modo por el que una sustancia fundamental puede
existir en cuatro estados diferentes. Pero algo faltaba todavía: una
explicación de por qué las cosas no habían de permanecer como estaban, en lugar
de verse sometidas a perpetuos cambios. Los pensadores de Mileto no supieron
responder a esta pregunta, que llamó profundamente la atención de un pensador
solitario de otra ciudad jónica: Heráclito de Éfeso.
§. La influencia de las técnicas
Así como Anaxímenes eligió a la niebla como principio fundamental, Heráclito
eligió al fuego. Fue el filósofo del cambio. Su doctrina está condensada en la
frase todo fluye. Tal vez su elección del fuego no obedeció a que
éste sea el menos estable de los elementos, como suele decirse, sino a que es
el agente activo que provoca los cambios en tantos procesos técnicos y
naturales.
Fue más importante todavía su idea de la tensión, para explicar la relativa
estabilidad y la fundamental inestabilidad de las cosas. Es una de las ideas
más ricas y fecundas de los filósofos antiguos, no menos significativa si
recordamos que también ella tuvo su origen en las técnicas de la época. La
doctrina de la tensión opuesta, aplicada por Heráclito a la
interpretación de la Naturaleza, derivóse (como él mismo dice) de la
observación del estado de las cuerdas del arco y de la lira. Según Heráclito,
hay en las cosas una fuerza que las impulsa a ascender hacia el fuego, y una
fuerza opuesta que las mueve a descender hacia la tierra. La existencia de
materia en cada estado particular es la consecuencia del equilibrio de las
fuerzas opuestas o sea de la tensión. Aun en las cosas más estables en
apariencia, pugnan las fuerzas opuestas, y la estabilidad es sólo relativa.
Toda fuerza está siempre dominando sobre otra. La Naturaleza en conjunto está o
ascendiendo hacia el fuego o descendiendo hacia la tierra. Su existencia es un
eterno oscilar entre esos dos extremos.
Es harto peligroso, al discutir a estos pensadores antiguos, tratar de
encontrar en ellos significados de épocas más modernas. Siempre debe tenerse
presente que nada conocían de cuanto la ciencia ha aportado al conocimiento, ni
del perfeccionamiento de las ideas logrado a través de siglos de investigación
filosófica.
Tal como en el mundo de la Naturaleza, en el mundo del pensamiento «todo
fluye». Las mismas palabras con que expresamos las opiniones de Heráclito están
cargadas de significaciones desconocidas para él. Supone un gran esfuerzo de
imaginación e investigación histórica retroceder al modo de pensar de este gran
filósofo cuando creía haber resuelto el enigma del universo diciendo que había
en las cosas una tensión «como en el arco y en la lira». Si es peligroso
exagerar su importancia, no lo es menos subestimar a estas filosofías antiguas.
El juicio de Brunet y Mieli ( Histoire des Sciences. Antiquité,
pág. 114), todavía valioso por su evidencia, es digno de citarse. «Estos
filósofos son, según la precisa calificación de la Antigüedad, physiologoi,
es decir: observadores de la Naturaleza. Observan los fenómenos que se ofrecen
a sus ojos y, dejando de lado toda intervención sobrenatural o mística, se
esfuerzan por darles una explicación estrictamente natural. En este sentido y
por su repugnancia respecto a toda intervención mágica, dan el paso decisivo
hacia la ciencia y marcan el comienzo —por lo menos el comienzo consciente y
sistemático— de un método positivo aplicado a la interpretación de los
fenómenos de la Naturaleza».
Este juicio merece citarse, pero debe ser complementado. Los filósofos de
Mileto no fueron meros observadores de la Naturaleza, sino observadores cuyos
ojos habían sido educados, cuya atención había sido dirigida y cuya selección
de esos fenómenos que había que observar, había sido condicionada por su
familiaridad con cierto orden de técnicas. La novedad de su manera de pensar
sólo se explica negativamente, por su desprecio de toda intervención
sobrenatural o mística, pero lo fundamental en ella es su contenido positivo. Y
ese contenido positivo fue extraído de las técnicas de la época.
Contenido:
· §.
Pitágoras
· §.
Tradición religiosa de la filosofía griega
· §.
El universo matemático
§.
Pitágoras
Los griegos posteriores reconocieron una doble tradición en la historia de sus
ideas sobre la naturaleza de las cosas: la puramente naturalista o
materialista, o —como se la llama a menudo— la tradición atea de Jonia, y la
tradición religiosa, que comienza con Pitágoras en la Magna Grecia, en
Occidente.
Platón, en el décimo libro de sus Leyes resume las
características de ambos sistemas de pensamiento. La opinión que nos da de los
naturalistas jónicos dice así: Los cuatro elementos, tierra, aire, fuego y agua,
existen todos natural y casualmente, y ninguno por designio o providencia. Los
cuerpos que les han sucedido, el Sol, la Luna, la Tierra y las estrellas, se
han originado en esos elementos totalmente inanimados, que se mueven por una
fuerza inmanente, según ciertas afinidades mutuas. De esta manera fue creado el
cielo todo y cuanto hay en él. También las plantas y los animales. Las
estaciones también resultan de la acción de estos elementos, no de la acción de
alguna mente, Dios o providencia, sino natural y casualmente. La intención
nació después, independientemente de ellas: mortal y de nacimiento mortal. Las
diversas artes, materializaciones de la intención, han surgido para cooperar
con la naturaleza, dándonos artes como la medicina, la labranza y aun la
legislación. Los mismos dioses no eran producto de la naturaleza, sino de la
intención contenida en las leyes de los diferentes Estados donde se les
adoraba. También la moral, como la religión, es producto de la intención
humana. Los principios de justicia no existían en la naturaleza: eran simples
convenciones. Resumiendo: los filósofos naturales sostenían que el fuego, el
agua, la tierra y el aire eran los elementos primarios de todas las cosas; que
ellos constituyen la Naturaleza, y que de ellos se originó posteriormente el
alma.
Platón sugiere después las ideas principales de la tradición religiosa del
pensamiento, que es la suya propia. De acuerdo con esta teoría, el alma es la
primera de las cosas. Existió antes que todos los cuerpos, y es el factor
principal de sus cambios y transposiciones. Las cosas del alma preceden a las
del cuerpo; es decir, que el pensamiento, la atención, la mente, la intención y
la ley son anteriores a las cualidades de la materia. El designio, la mente o
la providencia fueron antes; después la naturaleza y sus obras. Lo que llamamos
naturaleza está bajo el gobierno del designio o de la mente. Tal es la
tradición que se supone comenzó con Pitágoras. De aquí en adelante debemos
recordar esta doble tradición, que se encuentra a menudo en un mismo filósofo.
Pitágoras no sólo es el fundador de la tradición religiosa, sino también uno de
los más ilustres hombres de ciencia de Grecia. Griego, jónico por su origen,
probablemente (como también se dice de Tales), tenía sangre fenicia en sus
venas. Emigró a Occidente cuando el dominio persa se extendió hasta el Egeo,
amenazando las libertades de los griegos asiáticos. Se estableció en Crotona,
en la Italia meridional. Es el fundador de la cultura europea en la órbita del
Mediterráneo occidental.
Pitágoras nació en la isla de Samos, que en aquel entonces, como la ciudad de
Mileto, que vio nacer la ciencia griega, era una potencia comercial en
creciente progreso. Polícrates, su dictador, había destruido el poder de la
aristocracia terrateniente, y gobernaba la isla con el apoyo de los
comerciantes. Para conveniencia de éstos, amplió y mejoró el puerto; al crecer
la ciudad capital, hizo que se llevara a cabo una de las obras más
sorprendentes de la ingeniería antigua. Hizo llamar un ingeniero de Megara, de
nombre Eupalino, le ordenó excavar un túnel a través de la colina de Kastro,
que sirviera como acueducto para abastecer a la ciudad.
Dicho túnel, que tiene más de 600 metros de longitud, fue comenzado
simultáneamente por ambos extremos. Las excavaciones modernas revelan que
cuando los dos equipos se encontraron a mitad de camino, la falta de
coincidencia de las perforaciones era de poco más de medio metro.
El hecho está lleno de sugerencias y enseñanzas para la historia de la ciencia.
Si sólo dependiéramos de las constancias escritas deberíamos esperar a que un
escritor posterior, Herón de Alejandría, que vivió probablemente en el siglo II
de la Era Cristiana, nos explicara con una construcción geométrica cómo
realizar esa proeza. Pero la obra fue llevada a cabo, y con toda corrección,
600 años antes, por lo que podemos estar seguros de que el conocimiento
matemático necesario existía ya entonces, aunque no tengamos testimonios
escritos de ello.
Pitágoras tenía alrededor de 40 años cuando, hacia el año 530 a. C., la
conquista persa de Jonia trastornó sus planes en Samos, y huyó a refugiarse en
Crotona. Como ya sabría, sin duda, antes de tentar esta aventura, encontró una
ciudad comercial semejante a la suya. Era un político activo, y es probable que
allí se vinculara a la clase de los comerciantes, que ocupaba, como en todas
partes, una posición intermedia entre la aristocracia terrateniente y los
campesinos y obreros. Adquirió gran influencia y reformó la vida política y
religiosa de su patria adoptiva. El profesor George Thomson, en su Æschylus
and Athens, compara su posición con la de Calvino en Ginebra.
§. Tradición religiosa de la filosofía griega
Sin embargo, como ya se ha dicho, Pitágoras no fue sólo un reformador religioso
y político, sino también hombre de ciencia. Comprenderemos mejor su ciencia si
tenemos presentes sus ideas religiosas y políticas, que estaban íntimamente
ligadas. La comunidad pitagórica fue una hermandad religiosa dedicada a la
práctica del ascetismo y al estudio de las matemáticas. Sus miembros debían
hacer examen de conciencia diariamente. Creían en la inmortalidad del alma y en
su transmigración. El cuerpo mortal perecedero era la prisión o tumba que el
alma habitaba temporalmente. Estas creencias eran compartidas por los devotos
de las otras religiones de los misterios difundidas entonces en Grecia. El
pitagorismo era una forma artificiosa de misterio religioso. La particularidad
de este sistema fue encontrar en las matemáticas una clave para resolver el
enigma del universo y un instrumento para la purificación del alma. Decía
Plutarco, como buen pitagórico: «La función de la geometría es conducirnos de
lo sensible y perecedero a lo inteligible y eterno, pues la
contemplación de lo eterno es el fin de la filosofía, como la contemplación de
los misterios es el fin de la religión». El paralelo es significativo. Los
pitagóricos fueron los iniciadores de la actitud religiosa respecto a lo
matemático. A decir verdad, no despreciaron —por lo menos en los primeros
tiempos de la escuela— la aplicación práctica de las matemáticas. A la
influencia pitagórica se debe la planificación sistemática de ciudades,
comenzada en Grecia en este período; pero el incremento de la mística religiosa
basada en las matemáticas debe también atribuirse a dicha escuela.
§. El universo matemático
Ésta hizo rápidamente grandes progresos en geometría y en la teoría de los
números. Se acepta que a mediados del siglo V a. C. se había alcanzado la
mayoría de las conclusiones que Euclides sistematizó en los libros I, II, VII y
IX de sus Elementos. Es ésta una conquista de primer orden. Pero si
estudiamos sus conceptos matemáticos en las notables páginas de la famosa obra
de Euclides, no dejaremos de advertir su otro aspecto: el fervor religioso con
que sostiene sus ideas. Una cita de Filolao, un pitagórico del siglo V, nos
ayudará a verlo.
Este autor dice: «Consideremos los efectos y la naturaleza del número conforme
al poder que reside en la decena. Es grande, todopoderoso y autosuficiente,
principio primero y guía de los dioses, del cielo y del hombre. Sin él todo es
ilimitado, oscuro e inescrutable. La naturaleza del número ha de ser punto de
referencia, guía y orientación de toda duda o dificultad. Si no fuera por el
número y por su naturaleza, nada de cuanto existe podría ser comprendido por
nadie, ni en sí mismo, ni con relación a otras cosas… Podemos observar el poder
del número influyendo, no sólo en los asuntos de los demonios y de los dioses,
sino en todos los actos y pensamientos del hombre, y en todos los oficios y en
la música. Ni la armonía ni la naturaleza del número admiten falsedad alguna.
La falsedad es incompatible con él. La falsedad y la envidia sólo son
compatibles con lo ilimitado, lo ininteligible y lo irracional».
Este pasaje hace algo más que destacar el aspecto religioso de la matemática
pitagórica. También señala la importancia de la matemática para las artes
prácticas. Ésta es una característica de los primeros tiempos de la filosofía
griega, y en cierto modo persiste en la posterior. Como puede observarse en la
cita con que comenzamos este capítulo, Platón asoció la filosofía jonia con una
teoría definida de la naturaleza y la función social de las artes prácticas.
Para los jonios primitivos no había diferencia esencial entre los procesos
técnicos y los naturales. La hipótesis jonia de que la naturaleza era
inteligible se fundaba en el concepto de que las artes prácticas eran esfuerzos
inteligentes del hombre para cooperar con la naturaleza, para su propio bien.
Los pitagóricos, promotores del gran sistema filosófico que seguiría después,
aún compartían la misma concepción. Para ellos, el número no era sólo el
principio primero de los cielos, sino que mostraba también su poder «en todos
los oficios». La armonía originada por los números será siempre nuestro tema,
sea cual fuere la parte de la filosofía pitagórica que examinemos. Aquí nos
limitaremos a las dos ramas del conocimiento más poderosamente influidas por la
teoría matemática de Pitágoras: la cosmología y la música.
La cosmología de los pitagóricos es muy curiosa e importante. No intentaban
éstos, Como los jonios, describir el universo en términos de comportamiento de
ciertos elementos materiales y procesos físicos, sino que lo describen
exclusivamente en términos numéricos. Mucho después dijo Aristóteles que
consideraban el número como origen y forma del universo. Los números
constituían el verdadero elemento de que el mundo estaba hecho. Llamaban Uno al
punto, Dos a la línea, Tres a la superficie y Cuatro al sólido, de acuerdo con
el número mínimo de puntos necesarios para definir cada una de esas
dimensiones. Pero sus puntos tenían tamaño; sus líneas, anchura, y sus
superficies, profundidad. Los puntos se sumaban para formar las líneas; éstas,
a su vez, para formar superficies, y éstas para los sólidos. A partir de sus
Uno, Dos, Tres y Cuatro podían construir un mundo. No nos extrañe que Diez, la
suma de estos números, tuviera un poder sagrado y omnipotente. Se infiere
también que la teoría de los números, que tanto lograron perfeccionar, fue para
ellos algo más que matemática: fue también física.
La identificación de los números con las cosas puede parecer sorprendente al
estudiante. Lo intrigará menos si sigue el camino que llevó a Pitágoras a este
concepto. Hemos hablado de su estudio acerca de la teoría del número. En este
estudio, el método consistía en emplear lo que llamaban números figurados.
Representaban así los números triangulares:
y
así sucesivamente; así los números cuadrados:
y
así sucesivamente; y de esta manera los números pentagonales:
y
así sucesivamente.
Esta nueva técnica de analizar las propiedades de los números fue lo que hizo
posible su identificación con las cosas, determinando, como veremos luego, las
características de su sistema cosmológico.
Esta filosofía matemática apareció rivalizando con la filosofía natural de los
jonios. Resulta evidente que como teoría del universo contiene menos de
intuición sensible y más de pensamiento abstracto que la concepción jónica. Las
relaciones matemáticas pasan a ocupar el lugar de los procesos o estados
físicos como la rarefacción y la condensación, o la tensión. El universo, según
sostenían los pitagóricos, podría comprenderse mejor y más rápidamente
dibujando diagonales en la arena, que pensando en fenómenos tales como la
formación de las playas, la sedimentación en la desembocadura de los ríos, la
evaporación, la elaboración del fieltro, etcétera, y en esto está el peligro.
Esta interpretación matemática se ajustaba a los principios religiosos y
sociales de la escuela. Las matemáticas no sólo parecían haber explicado las
cosas mejor que la concepción jónica, sino que también contribuían a mantener
el alma de los adeptos libre de contactos con lo terreno y material, y se
adaptaban al temperamento cambiante de un pueblo en el que el desprecio por el
trabajo manual se hermanaba con el incremento de la esclavitud. En una sociedad
en la que todo contacto con los procesos técnicos de la producción era tanto
más vergonzante cuanto que era propia sólo de esclavos, se consideraba deseable
el hecho que la constitución secreta de las cosas no se revelara a aquellos que
las manipulaban, ni a los que trabajaban con el fuego, sino a los que hacían
figuras en la arena. Para Heráclito —que asistió al fin de una escuela de
pensamiento en que la técnica industrial había desempeñado un papel
significativo, proporcionando las ideas que servían para explicar a la
naturaleza— nada más natural que considerar al fuego, principal agente en la
manipulación técnica de las cosas materiales, como el elemento fundamental. La
sustitución del fuego por el número, como principio fundamental, marca una
etapa en la separación de la filosofía de la técnica de la producción. Esta
separación es de importancia fundamental en la interpretación de la historia
del pensamiento griego. La asociación de la fragua, la soldadura, el fuelle y
el torno del alfarero pierde influencia sobre el pensamiento griego en relación
con el desarrollo —más aristocrático— de la teoría de los números y la
geometría.
Habiendo construido la materia a partir de números, los pitagóricos procedieron
luego a ordenar los principales elementos del universo según un plan que
contenía poca observación de la naturaleza y mucho razonamiento matemático
apriorístico. Al vincular los valores morales y estéticos con las relaciones
matemáticas, y al sostener la naturaleza divina de los cuerpos celestes, no les
era difícil decidir que éstos eran esferas perfectas y que describían órbitas
perfectamente circulares, teniendo aquí la palabra perfecto significación
moral y matemática. No probaron que los cuerpos celestes fueran esferas
perfectas, ni que describieran circunferencias perfectas; no obstante, el hecho
de que los pitagóricos realizaran grandes progresos en matemática y aplicaran
su nueva técnica a la astronomía les adjudica la primicia en este terreno. Su
concepción del universo tiene trascendencia histórica. El fuego ocupaba la
parte central; alrededor de él giraban la Tierra, la Luna, el Sol, los cinco
planetas y el cielo de las estrellas fijas. Suponían que la distancia de los
cuerpos celestes al fuego central correspondía a los intervalos de las notas de
la escala musical. Esto proporcionó el plan básico para las investigaciones
posteriores. Se terminaron los tubos de fuego de Anaximandro, que pueden
parecemos primitivos en algún aspecto, pero que constituían un esfuerzo por
brindar un modelo mecánico del universo y fueron reemplazados por una
astronomía enteramente geométrica, que aspiraba a determinar la posición de los
cuerpos celestes considerados divinos. Amplios progresos logrados en la
comprensión de las dimensiones relativas, distancia y posición de los cuerpos
celestes —resultado de la aplicación de una nueva técnica a unas pocas
observaciones— transformarían, a través de los siglos, el simple plan
pitagórico en el complicado sistema de Tolomeo, que no será discutido
seriamente hasta el siglo XVI de nuestra era. De aquí en adelante, los cuerpos
celestes divinizados, y por ende inmortales, dejan de tener historia. Son
eliminados —no sin dificultad— de la esfera de la filosofía natural e
incorporados a la teología.
La contribución de los pitagóricos a la música o, para ser más precisos, a la
acústica, es aún más interesante que la cosmología. ¿Cómo descubrieron los
intervalos fijos de la escala musical? Es razonable suponer que este
descubrimiento es uno de los primeros triunfos del método de la observación y
la experimentación. Existe una versión de un escritor posterior, Boecio, que
vivió en el siglo VI de la era cristiana; puesto que es una historia de
aquéllas que la Antigüedad tendía más a olvidar que a inventar, estoy de
acuerdo con Brunet y Mieli, en que es probablemente cierta. He aquí el relato
de Boecio ligeramente resumido:
Pitágoras, obsesionado por el problema de explicarse matemáticamente los
intervalos fijos de la escala, acertó a pasar, por la gracia de Dios, frente a
una herrería; le llamó la atención la musicalidad de los golpes de los
martillos sobre el yunque. Fue irresistible la oportunidad que se le ofrecía de
analizar el problema en otras condiciones. Entró y observó largamente. Pensó
que las diferentes notas fueran proporcionales a las fuerzas de los hombres. «
¿No querrían intercambiar los martillos?». Se evidenció el error de su idea
primera, pues el resultado fue el mismo. La explicación debía de estar en los
martillos, no en los hombres.
Se utilizaban cinco martillos, « ¿se le permitiría pesarlos?». ¡Oh! ¡Milagro de
los milagros! El peso de cuatro de ellos estaba en la proporción de 12, 9, 8 y
6. El quinto, cuyo peso no correspondía a relación numérica alguna con el
resto, era el que echaba a perder la perfección del repiqueteo. Fue retirado, y
Pitágoras volvió a escuchar. En efecto, el mayor de los martillos, cuyo peso
era doble del más pequeño, daba la octava más baja. La doctrina de la media
aritmética y armónica (12-9-6 y 12-8-6) le dio la clave del hecho de que los
otros dos martillos dieran las otras notas fijas de la escala. Dios quiso,
seguramente, que pasara frente a la herrería. Fue corriendo a casa a continuar
sus experimentos, ahora en condiciones que podríamos llamar de laboratorio.
¿Era la relación matemática observada la única razón de la armonía entre
aquellas notas? Pitágoras ensayó otro medio: hizo vibrar cuerdas. Descubrió que
la nota emitida estaba relacionada con la longitud. Pero ¿qué tendrían que ver
la tensión y el grosor de las cuerdas? También experimentó estos dos puntos.
Finalmente, volviendo a la relación de longitudes, ensayó otra vez con flautas
de caña de dimensiones adecuadas. Entonces se convenció.
Ésta es la tradición que nos ha legado Boecio.
Hay en ella algo de confuso. La experiencia de los martillos no pudo dar el
resultado que se le atribuye. Si hubiese hecho experimentos con la tensión, los
resultados le habrían sorprendido. El número de vibraciones de una cuerda tensa
no es proporcional al peso que la estira, sino a la raíz cuadrada del peso. Nos
faltan evidencias de que Pitágoras o cualquier otro de sus contemporáneos
supiera esto. Sin embargo, estos experimentos son de significado crucial en la
historia de la ciencia.
Se admite que los griegos nunca practicaron la experimentación con la
profundidad y sistematización que caracterizan a la de nuestro tiempo. Eso no
significa que no la practicaran. Brunet y Mieli afirman con razón que estos
experimentos «constituyen una refutación categórica a la creencia sustentada
por muchos, de que los griegos ignoraban la ciencia experimental. Importa
destacar —agregan— que la tradición atribuye el descubrimiento al mismo
Pitágoras, y en este caso la atribución resulta enteramente aceptable. El
desarrollo de los métodos experimentales aplicados a la acústica y a otras
partes de la física es uno de los títulos de gloria más legítimos de la escuela
de los pitagóricos» (Obra cit ., pág. 121).
Queda por agregar algo acerca de la crisis que soportó la concepción geométrica
que del mundo tenían los pitagóricos al promediar el siglo V. Éstos, como se ha
dicho, construyeron el mundo a partir de puntos con magnitud. Sería imposible
decir el número de puntos que había en una línea determinada, pero,
teóricamente, éste debía ser finito. Luego, por el progreso de su propia
ciencia matemática, su fundamentación del universo fue barrida repentinamente.
Se descubrió que la diagonal y el lado del cuadrado eran inconmensurables. √2
es un número «irracional». Ellos crearon el término que nos señala la sorpresa
de quienes, sosteniendo que el número y la razón son una misma cosa, no podían
expresar √2 con número alguno. La confusión fue grande. Si la diagonal y el
lado de un cuadrado eran inconmensurables, se deduce que las líneas son
infinitamente divisibles. Si las líneas son infinitamente divisibles, los
pequeños puntos que sirvieron a los pitagóricos para construir el universo, no
existen, o, si existen, deben ser descritos de otro modo, y no en términos
meramente matemáticos.
El siglo V a. C. fue también testigo de la crisis de la física.
Contenido:
· §.
Parménides y el ataque a la ciencia por observación
· §.
Su recuperación por Empédocles y Anaxágoras
· §.
Los átomos de Demócrito
§.
Parménides y el ataque a la ciencia por observación
La filosofía natural de los jonios, en su simplicidad, comprende dos elementos:
uno de observación y otro de pensamiento. Para explicar los fenómenos
sensoriales tuvieron que crear un sistema de ideas abstractas. Es verdad que
tierra y agua podían ser los nombres de cosas visibles y palpables, pero esos
mismos términos encierran los significados más generales de sólido y líquido;
es decir, tendían a constituirse en términos abstractos. Aún más netamente
abstractas son las ideas de lo indeterminado, o de la condensación y
rarefacción, o de la tensión. Los términos pueden ser tomados de la vida
diaria, pero tal como son usados por el filósofo se convierten en nombres de
conceptos, inventados para expresar percepciones. Aparece la diferenciación
entre la mente y los sentidos. El primero en expresar la conciencia de esta
diferenciación fue el profundo Heráclito. «Los ojos y oídos son malos testigos
para el hombre —dijo— si la mente no puede interpretar lo que dicen». Luego,
consciente de la novedad y dificultad de esta distinción, observa: «De todos
aquellos cuyos discursos he escuchado, no hay uno que comprenda que la
sabiduría es independiente de toda otra cosa».
Aclarada la distinción, la controversia giró alrededor de cuál de las dos
—razón o sensibilidad— sería el verdadero medio de aproximarse a la comprensión
de la Naturaleza. Los pitagóricos influyeron de manera importante en la
solución de este problema. Un contemporáneo de Pitágoras, más joven que él y
miembro de su escuela, Alcmeón de Crotona, en un esfuerzo por exponer las bases
físicas de la experiencia sensible, echó los fundamentos de la fisiología
experimental y de la psicología empírica. Disecó y viviseccionó animales.
Descubrió, entre otras cosas, el nervio óptico, y llegó a la correcta
conclusión de que el cerebro es el órgano central de la sensación. Merece
citarse su descripción de la lengua como órgano del gusto: «Es con la lengua
con lo que discernimos los sabores, pues, por estar caliente y ser blanda,
disuelve las partículas sápidas con su calor, mientras que la porosidad y
delicadeza de su estructura las admite en su seno y las transmite al sensorio».
Estas sorprendentes observaciones, que forman parte de una exposición general
de la fisiología de la sensación, son una prueba tanto de sus dotes de
observador como de las investigaciones sistemáticas realizadas en la escuela
pitagórica.
Las conquistas de los investigadores pitagóricos fueron pronto objeto de
críticas por parte de los filósofos que creían que la verdad debía buscarse por
la razón pura, excluyendo toda evidencia sensorial. También esta crítica ocupa
su lugar en la historia de la ciencia. El ataque a los sentidos fue iniciado
por el fundador de otra escuela italiana, Parménides de Elea, segundo de los
filósofos religiosos de Grecia. Es autor de un poema en dos libros llamados,
respectivamente, El camino de la verdad y El camino de
la opinión. En el primero propone una concepción de la naturaleza de la
realidad, basada en el uso exclusivo de la razón; en el segundo es probable que
enunciara y rechazara el sistema pitagórico, que, para su gusto, contiene
demasiadas observaciones. Se conservan fragmentos considerables de su obra. En
cierto pasaje hay un ataque, demoledor y directo, contra el experimentalismo:
«Aleja tu mente de esa senda de la investigación: ¡que el hábito, inculcado por
múltiples experiencias, no te arrastre por esa senda a ser instrumento de tus
ciegos ojos, de tus oídos resonadores y de tu lengua! Juzga por la razón mi
aporte al gran debate».
¿En qué pensaba Parménides al hablar así contra la aplicación de los ojos, el
oído o la lengua? Muchos comentaristas opinan que dirigía una advertencia
general a la humanidad, previniéndola de la falacia de los sentidos; pero sus
palabras desmienten esta interpretación. Ataca únicamente a este método de
investigación. No es difícil descubrir qué actividades coetáneas con él
denuncia. Las actividades astronómicas de la escuela jónica se realizaban en
esta época en un observatorio de la isla de Tenedos. Esto constituye un ejemplo
sobresaliente del uso del «ojo ciego» en la interpretación del universo. El
«oído resonador» alude a los experimentos acústicos de los pitagóricos. Y la
lengua, sin duda, no ha de ser interpretada, como han hecho otros tantos
comentaristas, como el órgano de la palabra, sino como el órgano del gusto, tan
agudamente descrito por Alcmeón. Los médicos hipocráticos, cuya contribución a
la ciencia analizaremos en el próximo capítulo, solían probar el agua de las
localidades en que se establecían, como asimismo los humores y excrementos del
cuerpo humano. Contra estas prácticas de la ciencia por observación, aplicada
en diferentes terrenos, fue contra las que Parménides dirigió sus ataques. Si
Parménides atacó tan duramente a los hombres de ciencia, ¿de qué opinión
positiva era campeón? Tal como su contemporáneo Heráclito de Éfeso, en el otro
extremo del mundo de habla griega, estaba preocupado con el problema de la
razón y los sentidos, y pensaba que se debe seguir solamente a la primera. Su
razón, sin embargo, lo condujo a una conclusión diametralmente opuesta a la de
Heráclito. Éste dijo: «todo fluye», y Parménides: «nada cambia»; Heráclito
dijo: «La sabiduría es la comprensión del funcionamiento del universo»;
Parménides dijo que el universo no funciona, sino que permanece absolutamente
inmóvil. Para él, el cambio, el movimiento y la variación eran sólo ilusiones
de los sentidos.
Tenía para esto argumentos, pero no pruebas. Partió de dos ideas generales y
contradictorias. Ser y No-Ser, «lo que es» y «lo que no es»; entre ambas agotó
el universo del discurso. Enunció dos proposiciones simples: «lo que es» es, y
«lo que no es» no es. Si se consideran seriamente estas proposiciones es
imposible introducir el cambio, el movimiento o la variación en el universo. El
Ser puede experimentar cambios de cualquier clase, por la sola admisión del
No-Ser; pero el No-Ser no existe. En consecuencia, nada existe sino la plenitud
absoluta del Ser. La idea de Anaxímenes de que el principio fundamental puede
transformarse de tierra en agua, o de agua en niebla, por contener menos
sustancia en un espacio dado, sólo puede significar que se ha diluido
—podríamos decir— en espacio vacío, en nada, en «lo que no es», en lo que no
existe. Satisfecho con este razonamiento, Parménides sostuvo que la realidad
era una esfera sólida increada, eterna, inmóvil, inmutable y uniforme. Nada hay
de malo en este argumento, excepto que desprecia toda experiencia. Es un modo
de concebir las cosas continuamente refutado por el verdadero contacto con
ellas. Por eso previene contra la confianza en el oído, el ojo o la lengua. En
Parménides, el pensamiento discrepa con la acción y con la vida.
¿Cuál es el significado de esta extraña filosofía de Parménides? ¿Qué significa
el hecho de que el hombre, orgulloso de la posesión de una actividad recién
definida —la razón—, se aventure con ayuda de ella a negar la realidad del
múltiple mundo de los sentidos? Debemos comprender la posición de Parménides en
su doble aspecto: como protesta y como afirmación. Por un lado, protesta contra
las consecuencias ateístas de la filosofía jónica que elimina de la naturaleza
a lo divino; por el otro, afirma la primacía de una nueva técnica que se
advierte ahora por primera vez: la técnica del argumento lógico. Parménides se
apoyó en el principio lógico de la contradicción. No podía admitir que una cosa
pudiera a la vez ser y no ser; sin embargo, esta admisión es necesaria si hemos
de tener en cuenta los cambios. Para él, hombre preocupado por concepciones
religiosas (históricamente puede considerársele como reformador de la teología
pitagórica), nada significaba deshacerse de los cambios. En
realidad, se alegraba de hacerlo. Desde el punto de vista de la escuela jónica
antigua, cuyas formas de pensamiento filosófico habían surgido en estrecha
relación con los procesos activos de modificar a la naturaleza, como lo fueron
las técnicas, era imposible dejar de lado los cambios. No podía admitir que la
filosofía condenara y despreciara la vida. La controversia se hizo más profunda
que las palabras. El eleatismo señala un paso más en él camino por el que la
filosofía se separa de sus raíces de la vida práctica.
§. Su recuperación por Empédocles y Anaxágoras
El gran pensador que lo sucedió entre los griegos occidentales, Empédocles de
Agrigento (Sicilia), no encontró de su gusto la paralizadora filosofía de
Parménides. También expresó sus puntos de vista en forma de versos. En algunos
de sus poemas existentes encontramos la réplica al ataque que Parménides hizo a
los sentidos. Es cierto que reconoció la falibilidad de los sentidos, pero
defendió el uso crítico de la evidencia que suministran. «Considerad con todos
vuestros sentidos cada cosa en su aspecto más claro. No sostengáis lo que veáis
con mayor confianza que lo que oigáis, ni valoréis vuestros resonantes oídos
más que la clara instrucción de vuestra lengua; y no depositéis vuestra
confianza en ninguna otra parte del cuerpo donde haya una entrada para el
entendimiento; consideradlo todo como os sea más claro».
Empédocles sostuvo la jerarquía de los sentidos, pues, como los antiguos
jonios, dedujo de las técnicas las ideas con que quiso explicar los procesos de
la naturaleza. Menciona como fuentes de sus ideas a la mezcla de colores para
pintar y la fabricación del pan y la honda. También, como Pitágoras y Alcmeón,
fue experimentador. Su gran contribución al conocimiento fue su demostración
experimental de la corporeidad del aire invisible. Hasta entonces nadie lo
había diferenciado de, el fuego y el agua; sino la tierra, la niebla,
el fuego y el agua. Empédocles acertó con una demostración experimental de la
naturaleza corpórea del aire que respiramos. Los griegos tenían un utensilio
doméstico llamado clepsidra («ladrón-de-agua») que consistía
esencialmente en un tubo con un filtro en su extremo inferior y terminado en su
parte superior por un cono con un pequeño orificio que podía taparse con el
dedo. Servía para trasladar pequeñas cantidades de líquido de una vasija a
otra. Empédocles, en su poema, describe una muchacha jugando con la clepsidra.
Cuando tapa con el dedo el orificio de la clepsidra vacía, el
aire de su interior impide la entrada de líquido por el filtro. Recíprocamente,
si llena la clepsidra y tapa luego el agujero, la muchacha
puede darle la vuelta sin que el líquido se derrame. Empédocles ve en el
comportamiento de la clepsidra una clave del mecanismo de la
respiración. Desconoce la circulación de la sangre, pero piensa que oscila en
el cuerpo como una marea. Cuando la marea sube se fuerza al aire del cuerpo a
salir, a través de finos orificios, por la parte posterior de la nariz; cuando
baja, el aire entra otra vez. Explicó la respiración de forma errónea, sin
embargo demostró incidentalmente el hecho de que el aire invisible ocupa
espacio y ejerce presión. Cualquier recipiente popularmente calificado como
vacío estaba, de hecho, lleno de una sustancia invisible. [4]
Tanto el método como la conclusión son memorables. Lo dicho ilustra más aún el
hecho de que los griegos, a pesar de no disponer de nada semejante a las
técnicas modernas con qué indagar a la naturaleza mediante un sistema de
experimentación con instrumentos adecuados, no carecían de práctica en la
investigación experimental. Tal como en el caso señalado —el de la prueba de la
corporeidad del aire—, parece no haberse advertido su significado para todo el
futuro de la teoría griega sobre la constitución de la materia y el grado de
validez del testimonio de los sentidos. Se demostraba experimentalmente que la
materia podía existir en forma demasiado sutil para ser captada por la vista, y
ejercer, sin embargo, en esa forma, considerable poder. La cosa no paró ahí.
Empédocles no sólo había demostrado la naturaleza corpórea del aire, sino
también cómo podemos superar las limitaciones de nuestra sensibilidad, y
descubrir, por procesos de inferencia basados en la observación, verdades no
aprehensibles directamente. Con la aplicación cautelosa y crítica de los
sentidos, conquistó, en nombre de la ciencia, un mundo que estaba fuera del
alcance de las percepciones del hombre normal. Reveló la existencia de un mundo
físico imperceptible, examinando sus efectos sobre el mundo de lo perceptible.
Fue decisiva la importancia de este paso hacia la teoría atómica; para los
atomistas, si nos anticipamos a describir su sistema, era esencial demostrar
que «la Naturaleza opera con cuerpos invisibles». La fuerza que era capaz de
ejercer el aire invisible era la prueba más convincente de la verdad de esta
proposición. En el primer libro de De rerum natura, Lucrecio reúne
las pruebas tradicionales de la acción de la naturaleza por medio de cuerpos
invisibles. Hace una lista de cuerpos que son cosas y que, sin embargo, no
pueden verse. El más importante de éstos es el aire. «Ante todo —escribe—,
cuando se levanta el viento, su fuerza sacude los puertos, hunde naves enormes
y desperdiga a las nubes; a veces barre la llanura con rápidos torbellinos,
derriba árboles inmensos y azota con ráfagas arrolladoras la cumbre de las
montañas. El viento brama fieramente con estremecedores aullidos y se enfurece
con rugidos amenazantes. Es evidente que los vientos son cuerpos
invisibles…, pues en sus efectos rivalizan con los grandes ríos, que son
cuerpos visibles».
Nada hay tan importante en Empédocles como su defensa del método de observación
y sus famosos experimentos. En cosmología fue ecléctico. Adoptó como primeros
principios los cuatro estados de la materia aceptados por sus predecesores,
sustituyendo, naturalmente, la niebla por el aire. Llamó a la tierra, aire,
fuego y agua, la raíz de todas las cosas. En sustitución de la
tensión, de Heráclito, sostuvo que dos fuerzas, el amor y el odio, provocan el
movimiento de las cosas. El amor que tiende a mezclar en uno a los cuatro
elementos, y el odio que tiende a separarlos. Bajo la acción de estas fuerzas,
la naturaleza cumple un ciclo semejante al imaginado por Heráclito.
Unió a estas ideas cosmológicas una teoría de la percepción sensorial,
demostrando que la verdadera naturaleza del problema no había sido captada.
Pensó que, como los hombres están compuestos por los mismos elementos que el
resto de la naturaleza, la percepción sensorial podía explicarse por la mezcla
de dichos elementos. El fuego se reconoce en el fuego; el agua, en el agua, y
así sucesivamente. En cambio, la percepción es algo diferente de una mezcla
física de substancias. Cuando la sal se disuelve en el agua, el proceso no se
acompaña de conciencia, según lo que hasta hoy sabemos. Es la conciencia la que
necesita ser explicada. Las especulaciones biológicas de Empédocles son más
interesantes. Pensó que la tierra, en sus primeros tiempos, había producido
mucha mayor variedad de cosas vivas, pero que «muchas especies de cosas vivas
han debido ser incapaces de subsistir y continuar su raza. Cada una de las
especies existentes ha estado protegida desde el comienzo de su existencia por
la destreza, el valor o la agilidad que las preservaba». He aquí un esbozo
preciso de la doctrina de la supervivencia del más apto. Es también notable la
insinuación de que la tierra habría tenido alguna vez un poder que ya no tiene.
Al elegir cuatro primeros principios, Empédocles esperaba, sin duda, confundir
la lógica de Parménides. Introduciendo la pluralidad entre los principios
fundamentales, aspiraba a conservar la posibilidad del cambio y del movimiento.
En esto no afrontaba lealmente la lógica del gran monista, pero por lo menos
demuestra su determinación de eludir aquellas consecuencias.
Determinación semejante mostró Anaxágoras, de Clazómenes, filósofo de la
escuela jónica residente en Atenas desde el 480 aproximadamente hasta su
expulsión en el 450 a. C. Hizo cuanto estuvo a su alcance para aproximarse al
pluralismo. Según él, el principio fundamental que llamó «simientes» es
infinito en número y variedad, y cada una de ellas contiene algo de todas las
cualidades de las que nuestros sentidos nos informan. Llegó a esta concepción
por sus meditaciones en fisiología. ¿Cómo, por ejemplo, el pan que comemos se
convierte en hueso, carne, sangre, tendones, piel, cabellos y en todo lo demás
si las partículas de trigo no contienen en forma oculta toda la variedad de
cualidades que luego se manifiestan en los diversos componentes del cuerpo? La
digestión debe ser una liberación de los elementos allí contenidos.
Estas consideraciones de Anaxágoras, deducidas de observaciones fisiológicas,
revelan una conciencia creciente de la complejidad del problema de la constitución
de la materia. También encaró el mismo problema desde el punto de vista físico.
Aristóteles (Física, IV, 6, 213a) nos dice que Anaxágoras repitió el
experimento de Empédocles con la clepsidra y que demostró
además la resistencia del aire empleando vejigas y esforzándose por
comprimirlas. También tomó parte en la discusión de la validez de la evidencia
sensible. Es innegable que consideraba a la evidencia sensible como
indispensable para la investigación de la naturaleza, pero, como Empédocles, se
limitó a sostener que existían procesos físicos demasiado sutiles para ser
percibidos directamente por nuestros sentidos. Concibió una demostración
experimental de este hecho: tomó dos vasijas; una que contenía un líquido
blanco y otra que contenía un líquido negro. Hizo gotear el contenido de la una
dentro de la otra. Físicamente, a cada gota debía corresponder un cambio de
color; sin embargo, el ojo es incapaz de notar ese cambio hasta que han caído
muchas gotas. Es difícil imaginar una demostración más perfecta de los límites
de la percepción sensible. Más adelante tendremos oportunidad de hablar de la
reacción del pueblo ateniense ante la presencia de un filósofo jonio en su
seno. No era Anaxágoras de los que estaban dispuestos a dejar la astronomía al
criterio de los teólogos. En esto seguía a los antiguos jonios, y su temeridad
le acarreó dificultades.
§. Los átomos de Demócrito
Refiriéndonos a las especulaciones que se hacían en el siglo V a. C. sobre la
estructura de la materia y el mecanismo del universo, sólo nos falta hablar de
la teoría atómica de Demócrito. Esta teoría ha sido recientemente recuperada, y
el grado de similitud entre las teorías de Demócrito y de Dalton nos permite
calificar a la concepción antigua de anticipación maravillosa de las
conclusiones de la ciencia experimental posterior. Esto es cierto; no obstante,
es fácil confundir la relación entre el atomismo antiguo y el moderno. Cornford
(Before and after Socrates, pág. 25), escribe: «El atomismo fue una
hipótesis brillante; recuperada, por la ciencia moderna, nos ha conducido a los
descubrimientos más importantes en química y física». Esto constituye una
tergiversación de los hechos; se debió decir: «El atomismo fue una hipótesis
brillante; los importantes descubrimientos de la química moderna la hicieron
resurgir». En la larga serie de investigaciones que llevaron a Dalton a
enunciar su teoría atómica en la primera década del siglo XIX, las
especulaciones de Demócrito no juegan papel alguno. La verdadera gloria del
atomismo de Demócrito es la de haber respondido mejor que cualquier otra teoría
corriente a los problemas de su época. Culmina así, dentro de la Antigüedad, el
movimiento racionalista comenzado por Tales de interpretación de la naturaleza
del universo. Su base material la constituyen las observaciones de los procesos
naturales y técnicos, directamente por los sentidos, sumadas a las pocas
demostraciones experimentales del tipo descrito. Su valor teórico es el haber
dado a estas conclusiones una mayor coherencia lógica, jamás alcanzada en
ningún otro sistema antiguo. No se sintió la necesidad de renovar por completo
el antiguo sistema de pensamiento hasta que el progreso técnico puso en manos
del hombre instrumentos de investigación que extendieron enormemente el alcance
y la precisión de sus percepciones sensoriales. La ciencia antigua estableció
claramente el hecho de que la Naturaleza actúa por medio de cuerpos invisibles.
La ciencia moderna ha concebido, paso a paso, mejores métodos para ver lo
invisible.
El atomismo de los antiguos afirmaba que el universo estaba constituido por dos
cosas: los átomos y el vacío. El vacío era infinito en extensión; los átomos,
infinitos en número. En esencia, éstos eran semejantes, pero diferían en
tamaño, forma, disposición y situación. Los átomos, como el Uno de Parménides,
eran increados y eternos, sólidos y uniformemente constituidos, e incapaces de
cambiar por sí mismos; pero estando en continuo movimiento en el vacío,
combinándose y disolviéndose, forjan el espectáculo de nuestro cambiante mundo.
De esta manera se proporcionaba un elemento eternamente inmutable para
satisfacer a Parménides y un elemento eternamente cambiante para satisfacer a
Heráclito. El mundo del Ser fundamentaba el mundo del Devenir. El logro de esta
conciliación supone una audaz revisión de la lógica de Parménides a la luz de
la experiencia. La existencia del vacío ha de ser admitida juntamente con la
existencia de la materia. La experiencia de la realidad del cambio obliga a
afirmar que «lo que no es» existe con igual certidumbre que «lo que es». La
materia, o el átomo, fue definida como algo absolutamente lleno; el
vacío como algo enteramente huero. El átomo era totalmente
impenetrable; el vacío era completamente penetrable.
Una originalidad del atomismo consistió en sostener la existencia del vacío;
otra lo fue el concepto del átomo mismo. Recordemos que los pitagóricos
intentaron construir el universo a partir de puntos que tuvieran volumen, y
cuando descubrieron que el espacio era infinitamente divisible ya no pudieron
dar una definición precisa del punto con volumen. Para los matemáticos, el
punto señalaba simplemente una posición, pero no ocupaba espacio. Con esos
puntos nada podría construirse. Demócrito definió la unidad con la cual el
universo está construido, en términos físicos, y no matemáticos. Por tener
volumen, sus átomos eran espacialmente divisibles, pero físicamente
indivisibles. El concepto de la impenetrabilidad, derivado del Uno de
Parménides, era la cualidad esencial del átomo. Así, Demócrito proporciona a
los pitagóricos el pequeño ladrillo con que construir su mundo matemático. La
teoría atómica también resolvió el problema de Anaxágoras, en la medida en que
es posible hablar de una solución en la Antigüedad, cuando las teorías de la
constitución de la materia podían ser más o menos lógicas, pero no susceptibles
de probarse. Con la hipótesis del átomo, el problema de la digestión y
asimilación de los alimentos fue fácilmente resuelto. No hubo ninguna
dificultad en suponer que una nueva estructuración de los átomos pueda
transformar el pan en carne y sangre, de igual manera que la disposición de las
letras del alfabeto podía transformar una tragedia en una comedia. Esta
comparación es antigua. Con analogías semejantes suplían los antiguos la insuficiencia
inevitable de sus comprobaciones.
Demócrito realizó una contribución importante al problema de la percepción
sensorial. Según él, toda cosa perceptible es un agrupamiento de átomos que
sólo difieren en tamaño y forma. Las cualidades que atribuimos a este
agrupamiento de átomos —colores, sabores, ruidos, olores y propiedades
táctiles— no son cualidades intrínsecas de los cuerpos, sino efecto de los
cuerpos sobre nuestros sentidos. Galileo, en su día, no pudo hacer más que
repetir esta brillante sugestión. Debemos agregar a todos estos méritos de su
sistema su excelente capacidad de generalización. Su cosmología siguió el
esquema jónico general; por eso no nos detendremos, pero los grandes principios
sobre los que descansa su concepción fueron enunciados con una nueva claridad.
«Nada es creado de la nada». «Necesariamente, todas las cosas que fueron, son y
serán, fueron predeterminadas». En estos términos anuncia por vez primera las
doctrinas de la conservación de la materia y el imperio de la ley universal. La
desaparición de su libro es probablemente la pérdida más importante que hemos
sufrido con la destrucción casi total de las obras de los filósofos científicos
presocráticos.
Contenido:
· §.
La medicina hipocrática
· §.
El cocinero y el médico
· §.
Nacimiento de la concepción de la ciencia positiva
§.
La medicina hipocrática
En el último capítulo hemos hablado de la destrucción casi total da las obras
científicas de los griegos anteriores a Sócrates. Debe exceptuarse solamente
una rama de la ciencia antigua. Tenemos la fortuna de disponer de una colección
de escritos médicos, el más antiguo de los cuales es del comienzo del siglo V.
Varias escuelas diferentes están representadas en esta colección, la que, sin
embargo, ha llegado hasta nosotros bajo el nombre de una de ellas: la
hipocrática.
Es posible que esta colección constituyera originariamente la biblioteca de la
escuela hipocrática, en la isla de Cos. Debe su conservación a la famosa
biblioteca de Alejandría, fundada en el siglo III, donde los manuscritos fueron
copiados, corregidos y guardados. Allí fue ordenada la colección en la forma
que la conocemos. Su feliz conservación nos permite formarnos una idea del
progreso de la ciencia médica en el mundo griego, durante los dos siglos
precedentes. No todas las obras que la componen son de igual valor, pero las
mejores poseen una delicada mezcla de ciencia y humanismo, en tanto que dos o
tres pueden encontrarse entre las más grandes realizaciones de la cultura
griega.
§. El cocinero y el médico
Los historiadores sostienen en general que las fuentes originales de la
medicina griega son tres. El ritual del antiguo templo de Esculapio, dios de la
medicina; los conocimientos de fisiología de los filósofos, y la práctica de
los instructores de gimnasia. Es posible que la primera de estas fuentes deba
ser desechada. Dice Withington que «las artes no se aprenden en el templo
observando las intervenciones sobrenaturales, reales o supuestas, sino como nos
lo dicen los autores hipocráticos, por la experiencia y la aplicación del
razonamiento a la naturaleza de los hombres y de las cosas».[5]
El autor comparte la opinión de Withington; sin embargo, agregaría que si fuese
necesario reemplazar a los sacerdotes que acabamos de descartar, por otra
fuente de la medicina, podríamos encontrar ésta en la cocina.
Tal era, por lo menos, la opinión de uno de los más grandes hombres de ciencia
griegos: el autor desconocido del tratado hipocrático, De la medicina
antigua, que vivió a mediados del siglo V. Esta obra es quizá la más
importante de la colección. El autor, quienquiera fuese, merece ser
citado in extenso. Escribe: «El hecho es que la imperiosa necesidad
llevó al hombre a buscar y encontrar la medicina, pues a los enfermos no les ha
hecho bien, ni les hace, el mismo régimen que a los sanos. Remontándome más
aún, sostengo que de no haberse descubierto la manera actual de vivir y de
nutrirse, la humanidad se hubiera saciado igualmente con los mismos alimentos y
bebidas que sacian a los bueyes, caballos y demás animales, es decir, con los
productos naturales de la tierra —frutos, hojas y pastos—, ya que de ellos se
nutre, crece y vive el ganado sin inconveniente ni necesidad de otra dieta.
»Creo sinceramente que al principio el hombre utilizó estos alimentos. Nuestro
modo de vivir fue descubierto y perfeccionado durante un largo período de
tiempo. Muchos y muy terribles serían los sufrimientos de quienes, en su vida
áspera y brutal, participaban de esa comida cruda, no preparada, y dotada de
enérgicas propiedades: los mismos que padecería el hombre de hoy, con violentos
dolores y enfermedades seguidas de la muerte. Es probable que antes sufrieran
menos, pues estaban acostumbrados a ingerirla, pero con seguridad sufrirían aun
entonces. La mayoría, naturalmente, sucumbió a causa de su débil constitución,
en tanto que los más fuertes resistieron más. Del mismo modo que hoy algunos se
alimentan con comidas fuertes, mientras que otros sólo podrían hacerlo tras
grandes padecimientos. Por esta razón —me parece— los hombres de la Antigüedad
trataron de encontrar alimentos adecuados a su constitución, y descubrieron los
que ahora utilizamos. Así trillando, moliendo, tamizando, amasando y horneando
el trigo, fabricaron el pan, y con cebada hicieron tortas. Experimentando con
alimentos, los hirvieron u hornearon, los mezclaron o los combinaron; agregaron
comidas fuertes a otras más débiles, hasta adaptarlas a la fortaleza y
constitución del hombre. Pues suponían que los alimentos demasiado fuertes para
ser asimilados por el organismo humano producían dolores, enfermedad y la
muerte; en tanto que los asimilables resultarían nutritivos y le harían crecer
y mantenerse sano. ¿Qué nombre más apropiado que medicina se
puede aplicar a estas búsquedas y descubrimientos, considerando que su
propósito era que la salud, el bienestar y la nutrición del hombre reemplazaran
a ese modo de vivir que era fuente de dolor, enfermedad y muerte?».
He citado lo anterior en toda su extensión para que los lectores puedan
apreciar su notable visión histórica, la combinación de su riqueza de ideas
ceñidas estrechamente a los hechos, y su creciente comprensión del incesante
desarrollo de la ciencia médica derivada de la más vieja y humilde de las
técnicas. Es de notar que el autor de este brillante trabajo científico gusta
llamarse a sí mismo, obrero, artesano o técnico, pues, atribuyendo su experiencia
a la cocina, llama antiguo a su arte.
Por el dialecto empleado se delata su condición de griego jónico. Es indudable
que la medicina, así como otras prácticas, comenzó en Jonia a ser científica.
Ahora bien, en el siglo V había escuelas médicas en Occidente que no compartían
la concepción de que la medicina se originara en una técnica, sino que
aspiraban a deducir las reglas de la medicina práctica de opiniones
cosmológicas apriorísticas. El tratado que hemos analizado fue escrito para
combatir esta nueva medicina «filosófica».
Una de esas escuelas occidentales estaba en Crotona, y su fundador fue
probablemente el pitagórico Alcmeón, cuyas investigaciones sobre los órganos de
los sentidos ya hemos mencionado. Después de él, si en verdad fue el fundador de
la escuela, la calidad de la medicina pitagórica declinó. Disminuyó la
observación y aumentó la especulación. Filolao de Tarento, que vivió hacia
fines del siglo V, en esa década de que ya nos hemos ocupado, demuestra la
nueva tendencia. Sus opiniones no carecen de interés, pero se vinculan más bien
a la filosofía que al arte de curar. Los pitagóricos atribuían especial
importancia al número cuatro. Filolao supuso que los órganos principales del
cuerpo humano habían de ser cuatro. La elección de los órganos y su número
obedecía a consideraciones de orden filosófico. Como todos los seres vivos
tienen la propiedad de reproducirse, incluyó los órganos sexuales. Luego, tras
adoptar una clasificación de las cosas vivientes en plantas —que sólo tienen la
posibilidad de crecer—, animales —que tienen, además, sensaciones— y el hombre
—único que posee razón—, pone, como otros órganos importantes, al ombligo,
asiento de la vida vegetal, y que enlaza al hombre con las plantas; al corazón,
asiento de las sensaciones, que enlaza al hombre con los animales, y al
cerebro, asiento de la razón, que lo eleva sobre todo lo demás.
Esta interpretación, algo arbitraria, pretende señalar al hombre su lugar en la
estructura de la naturaleza, y la elección de los órganos principales está
determinada por esta tendencia filosófica. Desde el punto de vista del médico
práctico, podía haber sido más útil conferir un lugar menos importante al
ombligo y decir algo más del hígado y los pulmones, o, si esto es pedir
demasiado al médico de la Antigüedad, por lo menos debe señalarse que si el
filósofo no hubiera olvidado el vínculo entre el médico y la cocina… ¡no podría
haberse olvidado del estómago!
Fue en la escuela de Empédocles, en Agrigento, donde la cosmología produjo sus
peores efectos sobre el arte de curar. Aquí se suponía al hombre, como a todo
lo demás, formado por cuatro elementos. La doctrina de los elementos incluía
una teoría de sus cualidades características: la tierra fue calificada de fría
y seca; el aire, de caliente y húmedo; el agua, de fría y húmeda, y el fuego,
de caliente y seco. Las alteraciones térmicas del cuerpo humano, igual que las
de las otras cosas, eran atribuidas a exceso o defecto de una u otra de esas
cualidades. La fiebre tenía que ser interpretada como un exceso de calor. El
escalofrío, como un exceso de frío. Siendo así, ¿qué remedio sugeriría el
médico que era a la vez filósofo? ¿No recomendaría una dosis de calor para
curar el escalofrío, y una de frío para curar la fiebre?
§. Nacimiento de la concepción de la ciencia positiva
Cuando estas improvisadas doctrinas de las escuelas filosóficas occidentales
comenzaron a ser discutidas en su amada Jonia, el autor de De la
medicina antigua se enfureció. Es agresivo desde el primer párrafo:
«Quienes intentan discutir el arte de curar sobre la base de un postulado
—calor, frío, humedad, sequedad, o lo que quiera que se les antoje—, reduciendo
las causas de la enfermedad y de la muerte en el hambre a uno o dos postulados,
no sólo están equivocados, sino que merecen ser especialmente vituperados por
equivocarse en lo que es un arte o técnica ( technè), y lo que es
más, algo a que todo hombre apelará en los momentos críticos de su vida,
honrando debidamente al práctico y experto en ese arte, si es bueno».
En este primer párrafo, nuestro autor ha tratado de reunir cuatro objeciones
diferentes a la nueva tendencia de la medicina. Como todas son de gran
significación en la historia de la ciencia, será conveniente que las tomemos y
las discutamos una a una.
En primer lugar, objeta la fundamentación de la medicina sobre postulados. La
consecuencia de esta objeción es separar la medicina —como ciencia positiva
fundada en la observación y la experimentación— de la cosmología, donde el
control experimental no era posible en la Antigüedad. Citaremos sus propias
palabras: «Los postulados son admisibles cuando se trata de misterios
insolubles, por ejemplo, de las cosas del cielo o de debajo de la tierra. Si un
hombre se pronunciase por ellos, ni él mismo, ni nadie de su auditorio, podría
saber si dice la verdad, pues no hay prueba alguna cuya aplicación
diera la certidumbre. La medicina dispone desde hace tiempo de todos sus
recursos, y ha descubierto un principio y un método con los cuales los
descubrimientos realizados han sido muchos y excelentes, y permitirán otros más
completos aún, si el investigador es habilidoso y conduce sus trabajos con
conocimiento de los descubrimientos anteriores y los utiliza como punto de
partida».
En segundo término, protesta porque los improvisados doctores «están reduciendo
las causas de la enfermedad y de la muerte». Esto hay que destacarlo: es la
protesta de un técnico que practica, consciente de la riqueza de su ciencia
empírica, enfrentándose contra la esterilidad de los metafísicos. Su trascendencia
histórica es muy grande. El técnico está espantado de la ignorancia de los
filósofos. El arte no había sido aún amordazado por la autoridad. Para esté
médico hipocrático, las cualidades de las cosas, que afectaban la salud del
hombre, no eran tres o cuatro, sino infinitamente variadas. «Sé —protesta— que
no es lo mismo para el cuerpo humano que el pan sea de harina pasada, o no, por
el cedazo; que esté hecho de grano entero o descascarado; que haya sido amasado
con mucha o poca agua; que haya sido suficientemente amasado o no; que haya
sido, o no, bastante horneado; y hay muchísimas otras diferencias. Lo mismo
cabe decir de la cebada. Las propiedades de cada variedad de grano son muchas,
pues ninguno es igual al otro; pero ¿cómo puede quien no considere estas
verdades, o quien las considere sin estudiarlas, saber algo de los
padecimientos humanos? Pues cada una de esas diferencias produce en el ser
humano un efecto y un cambio de una u otra clase, y sobre todas esas
diferencias debe basarse la dietética del hombre sano, enfermo o
convaleciente». A continuación procede a complementar el puñado de conceptos de
Empédocles con una serie de otros más significativos para la ciencia médica: en
los alimentos, de cualidades como el dulzor, la amargura, la acidez, la
salinidad, la insipidez o la astringencia; en anatomía humana, de la
configuración de los órganos; y en fisiología humana, de la capacidad del
organismo para reaccionar ante estímulos externos. Así increpa el cocinero al
cosmólogo.
La tercera razón de su fastidio era, no que el filósofo se equivocara, sino que
lo hiciera en una técnica o arte (technè). La razón que hace que no se
justifique la ignorancia de la technè es que ningún
conocimiento merecía el título de technè a menos que diera
resultado. Aquí se advierte el justificado orgullo del artesano experto, que
nos demuestra que la ciencia antigua no se ensayó en el laboratorio, sino en la
práctica. No debemos pasar por alto este hecho cuando discutamos el punto de si
la ciencia griega conocía la experimentación o no. Toda técnica era una manera
de imitar la naturaleza; cuando daba resultado, probaba que el técnico la
comprendía.
La cuarta razón de su enojo contra el médico que esgrime sólo postulados
filosóficos e ignora la práctica, es el sufrimiento del paciente. Esta
referencia al paciente es la característica más notable de los médicos
hipocráticos. Hacían todo lo posible por ser rigurosamente científicos, pero
del mismo modo sostenían que el primer deber del médico es curar, más bien que
estudiar la enfermedad. En este aspecto existía cierto grado de desacuerdo
entre ellos y la vecina escuela de Cnido. Podríamos concretar esta diferencia
diciendo que el ideal del hombre de Cnido fue la ciencia, y el del hombre de
Cos, la ciencia al servicio de la humanidad.
§. La ciencia al servicio de la humanidad
Acabamos de ver las cuatro objeciones principales que nuestro médico práctico
pone a las innovaciones médicas de los filósofos. En esta temprana época,
cuando todavía no se había acumulado mucho conocimiento positivo, y antes de
que la especialización se hiciera necesaria, era natural que un filósofo
abarcara todas las ramas del conocimiento; por eso, no debe sorprendernos que
Empédocles dirigiera su atención hacia la medicina. Al hacerlo así, puso de
manifiesto que cierta clase de especulación era admisible en cosmología, pero
inadmisible en medicina. Los cosmólogos acostumbraban a fundarse en alguna
observación, o en varias (cambio del agua en hielo o vapor, la relación
matemática entre las longitudes de las cuerdas que vibran, la transformación de
los alimentos en carne), para elaborar sobre este débil andamiaje una teoría
del universo, y se conformaban si el sistema que desarrollaban era compatible
con la lógica. Esto no podía satisfacer al médico, cuyas teorías eran ensayadas
continuamente en la práctica, y ratificadas o rectificadas por su efecto sobre
el paciente.
De este modo se logró una concepción más estrictamente científica; podríamos
decir que los médicos hipocráticos hicieron cuanto estuvo a su alcance para
lograr enteramente la concepción de una ciencia positiva. Lo que diferencia su
ciencia de la nuestra, fue menos la incapacidad de comprender la importancia de
la experimentación, que la carencia de instrumentos de precisión y de toda
técnica de análisis químico. Fueron tan científicos como las condiciones
materiales de su tiempo lo permitían. Fundamentaremos este aserto en pocas
palabras.
Nuestra primera cita será otra vez del autor de De la medicina antigua,
quien sostiene que el método de observación y experimentación utilizado por los
médicos, y no el método apriorístico de los cosmólogos, es la única senda para
alcanzar la comprensión de la naturaleza del hombre. «Algunos médicos y
filósofos sostienen que nadie puede saber medicina si ignora lo que es el
hombre; quien quiera tratar debidamente a sus enfermos —dicen— deberá aprender
eso. Pero la cuestión que plantean es de carácter filosófico. Lo que el hombre
es desde su origen, cómo apareció, y de qué elementos estaba hecho
originariamente, es incumbencia de aquellos que, como Empédocles, han escrito
sobre la ciencia natural; pero mi punto de vista es, en primer lugar, que todos
aquellos filósofos o médicos que han hablado o han escrito sobre la ciencia
natural pertenecen menos a la medicina que a la literatura. También sostengo
que un conocimiento claro de la naturaleza del hombre sólo puede provenir de la
medicina, y no de otra fuente, y que será posible alcanzar este conocimiento
cuando la medicina misma sea debidamente comprendida; pero que hasta entonces
será imposible. Me refiero a la posesión de los conocimientos de lo que es el
hombre, de qué causas proviene, y otros puntos semejantes» (De la medicina
antigua, Capítulo XX).
La cita siguiente se refiere al uso correcto de las inferencias cuando existen
hechos que no son accesibles directamente por los sentidos. El autor discute
las dificultades del tratamiento de las dolencias internas: «Sin duda, ningún
hombre que vea sólo con los ojos puede llegar a saber nada de lo que se ha
descrito. Por esta razón he llamado oscuros a estos puntos, a pesar de juzgar
que no pertenecen al arte. Su oscuridad no significa que no puedan llegar a ser
dominados. Se los ha dominado cuanto ha sido posible, con las limitaciones
impuestas por la capacidad del enfermo para ser examinado y la capacidad de los
investigadores para investigar. Serán menester más fatigas y más tiempo para
conocerlos como si los viéramos con nuestros propios ojos; pues lo que
escapa a la visión de los ojos es percibido por el ojo de la mente , y
los padecimientos del enfermo no son culpa del médico, sino de la naturaleza
del enfermo y de la enfermedad, cuando no puede ser rápidamente
observada. En verdad, el médico, no pudiendo ver la enfermedad con sus
ojos, trata de descubrirla por el razonamiento (El Arte,
capítulo XI).
No debemos pasar por alto que lo que el médico hipocrático llamó el «ojo de la
mente» era muy diferente de lo que Platón quería decir cuando usaba la misma
frase. Platón se refería a las deducciones que se hacen partiendo de una
premisa apriorística; el escritor hipocrático alude a la inferencia de hechos
invisibles por los síntomas visibles.
La tercera cita enumera alguno de los instrumentos utilizados para alcanzar los
escondidos secretos del cuerpo: «La medicina, imposibilitada de ver con los
mismos ojos que a todos sirven perfectamente, en los casos de empiemas, de
enfermedades del hígado, del riñón o de las cavidades en general, descubrió, no
obstante, otros recursos para lograrlo. La claridad o ronquera de la voz, la
aceleración o retardo de la respiración y el carácter de las excreciones
habituales, (su olor, su color o su consistencia), proporcionan al médico los
elementos para deducir cuál es la enfermedad a que esos síntomas pertenecen.
Algunos síntomas indican que una parte ya está afectada; otros, que una parte
puede afectarse después. Cuando la naturaleza no proporciona por sí misma
ninguno de sus secretos, la medicina ha encontrado los medios para obligarla a
revelarlos sin perjuicio; cuando éstos se han logrado, se hace claro para
quienes dominan este arte, qué camino debe seguirse. El arte puede hacer, por
ejemplo, que la naturaleza aísle las flemas, valiéndose de comidas y bebidas
agrias, a fin de sacar conclusiones viendo lo que antes era invisible. Del
mismo modo, cuando la respiración es sintomática, haciendo que el paciente suba
corriendo una cuesta, se obliga a la naturaleza a revelar sus síntomas» ( El
Arte, Capítulo XIII).
La última cita nos muestra al médico tratando de bosquejar una teoría del
conocimiento. «En la práctica médica no se debe prestar atención preferente a
teorías plausibles, sino a la experiencia combinada con la razón. La teoría
verdadera será una combinación de la memoria de las cosas aprehendidas mediante
la percepción sensorial, pues ésta, haciéndose experiencia y aportando al
intelecto las cosas que a él atañen, genera imágenes claras; y el intelecto al
recibirlas repetidas veces, atendiendo a la ocasión, el momento y la forma, las
acumula y las recuerda. Ahora bien, admito que se teorice, si esto se
hace fundándose en los hechos y si la deducción de conclusiones corresponde a
los fenómenos , pues si la teoría se funda sobre hechos claros, puede
existir en el dominio del intelecto, que recibe todas sus impresiones de otras
fuentes. Podemos imaginar que nuestra naturaleza se agita y experimenta bajo
gran variedad de estímulos, y el intelecto, como ya dijimos, tomando sus
impresiones de la naturaleza, nos conduce luego hacia la verdad. Pero
si se parte, no de impresiones claras, sino de ficciones plausibles, a menudo
se determinará un estado lastimoso y perturbador. Aquellos que proceden de este
modo se pierden en un callejón sin salida » (Preceptos,
Capítulo I).
Estas citas pueden servir para aclararnos en qué medida los médicos de la
Antigüedad han contribuido a la concepción moderna de la ciencia positiva.
También nos permiten comprender cuánto debe la medicina griega a los filósofos,
segunda de las fuentes mencionadas a menudo por los historiadores.
Si tenemos presente la tendencia de los filósofos a imponer en medicina los
métodos apriorísticos de la cosmología, nos sentiremos inclinados a pensar que
la medicina hipocrática debe tan poco a los filósofos como a los sacerdotes.
Por otra parte, cuando consideramos la contribución de un Empédocles o de un
Anaxágoras al problema del uso correcto del testimonio de los sentidos, vemos
que su opinión en este punto es idéntica a la de los médicos; además, para la
medicina no fue del todo inútil ser tema de discusión de los filósofos. Una
ciencia puede resentirse si se la divorcia de la vida intelectual de la época;
los filósofos, aportando su acervo, contribuían a la formación de un cuerpo
sistemático de teoría médica que, aunque prematura, alimentó la natural
impaciencia con la creencia de que el paulatino progreso de la investigación
científica había alcanzado su meta. En verdad, la vida es corta y el arte es
largo, y la generalización prematura es a veces mejor que nada.
El tercero de los tributarios a la corriente de la medicina de Grecia, que comúnmente
se menciona en los libros, es el proveniente de los instructores de los
gimnasios. Éstos poseían un conocimiento notablemente preciso de la anatomía de
superficie; crearon una técnica completa del tratamiento manual de las
dislocaciones, y en su ocupación de cuidar y restablecer la salud de sus
clientes, estudiaron los masajes, las dietas y los sistemas graduados de
ejercicios. Esta contribución, en la medida de sus posibilidades, fue valiosa,
y es la más importante de las tres fuentes analizadas por los historiadores.
No por desprecio hacia ella la dejaremos de lado para pasar a ocuparnos del
mayor fracaso de la medicina griega, inevitablemente sugerido por nuestro
presente tema. Los gimnasios eran el lugar de reunión de los ciudadanos, y muy
especialmente de los más encumbrados. Proporcionaban a los miembros de la clase
ociosa la oportunidad de someterse, debidamente dirigidos, a regímenes de
salud; pero la cuestión que desearíamos encarar ahora es la salud de los
obreros.
Ya hemos citado un pasaje de Jenofonte que dice: «Lo que se conoce por artes
mecánicas lleva consigo un estigma social, y con razón se considera deshonroso
en nuestras ciudades, pues tales artes dañan el cuerpo de quienes trabajan en
ellas y de quienes actúan como supervisores, porque les imponen una vida
sedentaria y encerrada, y, en algunos casos, los obligan a pasar el día junto
al fuego». Es evidente que estos trabajadores, con sus cuerpos castigados, no
constituían la clientela de los instructores de gimnasia y, recíprocamente, la
contribución de los instructores a la medicina no se adaptaba a las necesidades
de los obreros, ni lo pretendía.
En verdad, fácil es ver que, cuando la sociedad evolucionaba hacia una precisa
diferenciación entre las categorías de ciudadano y obrero, la medicina tendía
cada vez más a servir directamente a las necesidades de la clase ociosa. Esto
determinó consecuencias muy paradójicas.
Una de las glorias de la medicina hipocrática es que se esforzó siempre por
contemplar al hombre en relación con su ambiente. El tratado Aires,
aguas y lugares es una de las primeras expresiones de esta concepción
bien definida del efecto sobre la constitución del hombre, no sólo de su
ambiente natural, sino también de su ambiente político. El médico hipocrático
consideraba lo que el hombre comía, la calidad del agua que tomaba, el clima en
que vivía y el efecto que tenía sobre él la libertad griega o el despotismo
oriental; pero no hay aspecto del medio que influya en el hombre tan
íntimamente ni con tanta persistencia como su ocupación habitual, y acerca de
este tema los tratados hipocráticos nada dicen. El estudio de las enfermedades
profesionales no fue iniciado hasta una época relativamente reciente: con
Paracelso (c. 1490-1541) y, mucho más notablemente, con Ramazzini
(1633-1714).
Nota bibliográfica
De la medicina antigua, un documento clave en la historia de la ciencia,
puede encontrarse, excelentemente editado y comentado, en Hippocrates
L’Ancienne Médecine. Introduction, Traduction et Commentaire por A.-J.
Festugière, París, 1948.
Contenido:
· §.
Antes y después de Sócrates
· §.
La primera ciencia social
· §.
Los sofistas
§.
Antes y después de Sócrates
Acabamos de completar nuestro estudio de las principales figuras de la primera
época de la ciencia griega, la Edad Heroica, que va de Tales a Demócrito. Los
filósofos la han llamado «Época Presocrática» y los historiadores comúnmente la
consideran dedicada sobre todo a una audaz pero infundada especulación acerca
de las «cosas de los cielos». En la Antigüedad se refería una anécdota a la que
se atribuía sentido simbólico: Tales, caminando por la ciudad de Mileto,
concentrado en sus pensamientos, cayó en un pozo. La preocupación por «las
cosas de arriba» le hizo olvidar lo que había bajo sus pies. Ésa era la
consecuencia inevitable de la impía intención de querer establecer una
filosofía de la naturaleza. La humanidad fue rescatada de este mal principio
—malo según esa opinión— por Sócrates, el gran moralista ateniense, quien
«trajo la filosofía del cielo a la tierra». Insistió en que el verdadero
estudio de la humanidad es el hombre, y desvió la atención de la física a la ética.
Bajo su influencia, la filosofía abandonó su presuntuosa aspiración a
comprender el cielo, y se abocó a la tarea más humilde de enseñar al hombre a
portarse como tal.
Este enfoque de la relación de Sócrates con sus predecesores es, a nuestro modo
de ver, falso. Los antiguos filósofos naturalistas no se concentraban en
especulaciones sobre las cosas del cielo, desentendiéndose de los problemas
humanos. Por el contrario, lo más característico y original del modo de
pensamiento jónico fue que no reconoció distinción fundamental entre el cielo y
la tierra, y que trataba de explicarse los misterios del universo en términos
de cosas familiares. Para ser precisos, la fuente de la que surgió la filosofía
jónica fue la nueva concepción del mundo, que resultó de la fiscalización de la
Naturaleza por el técnico, miembro caracterizado de una sociedad libre. Las
técnicas eran maneras de bastarse a sí mismo imitando a la naturaleza. El éxito
con que estas técnicas fueron aplicadas dio a los filósofos naturalistas jónicos
la convicción de que comprendían el mecanismo de la naturaleza. La creencia en
la identidad de los procesos técnicos y naturales es la clave de la mentalidad
de esa época.
Los siglos VI y V, período conocido como el de la filosofía presocrática, o
Edad Heroica de la ciencia, se caracterizaron, no sólo por el pensamiento
abstracto, sino también por un gran progreso técnico; y lo que es nuevo y
característico de su modo de pensamiento proviene de las técnicas. El
desarrollo técnico fue la varita mágica que cambió la vieja estructura social,
basada principalmente en la explotación de la tierra, en una nueva forma de
sociedad sustentada esencialmente en la manufactura. El progreso técnico
originó una nueva clase formada por los industriales y comerciantes, que
rápidamente asumió el poder político en las ciudades.
En la primera década del siglo VI, Solón, representante de la nueva clase,
intentó modernizar Atenas, la vieja Atenas sacudida por las luchas entre los
terratenientes y campesinos. Para llegar a esto, según refiere Plutarco, Solón
«invistió a los oficios con honores». «Desvió la atención de los ciudadanos
hacia las artes y oficios, y promulgó una ley por la cual un hijo no tenía la
obligación de mantener a su padre en la vejez si éste no le había enseñado un
oficio». «En esta época —dice Plutarco— el trabajo no era una desgracia, y
poseer un oficio no implicaba una inferioridad social». Entonces eran estimados
hombres como Anacarsis el Escita, cuyos títulos de gloria fueron haber
perfeccionado el ancla e inventar el fuelle y la rueda de alfarero; u hombres
como Glauco de Quíos, que inventó el soldador; o Teodoro de Samos, que se
acreditó una larga lista de invenciones técnicas, como el nivel, la escuadra,
el tomo, la regla, la llave y el método de fundir el bronce.
Estos inventos náuticos e industriales fueron apreciados, entre otros, por los
comerciantes de Mileto. La creciente prosperidad de éstos dependió de las
manufacturas destinadas a la exportación. Entre ellos aplicó Tales sus
conocimientos de matemática y geometría para el perfeccionamiento del arte de
la navegación, y para ellos hizo Anaximandro el primer mapa del mundo. Allí fue
donde el mundo comenzó a ser concebido como una máquina. El carácter de la
época era tal, que los honores eran conferidos a los técnicos. La palabra
griega para expresar la sabiduría, sophia, significa aún en esta
época «habilidad técnica» y no especulación abstracta; mejor dicho, no se hacía
distinción entre ambas, pues la mejor especulación se basaba en la habilidad
técnica. El autor de De la medicina antigua no sabía de
títulos más altos que el de técnico. En este medio nació la filosofía natural
de los jonios. Presentarla tan enteramente absorta en especulaciones sobre los
cielos, hasta el punto de negligir los intereses humanos, es falso.
Aún nos falta mencionar el producto más acabado de esta nueva tendencia. En las
ciudades libres de la vieja Jonia, la conquista de la naturaleza por la técnica
hizo nacer la ambición por extender los dominios de la razón sobre toda la naturaleza,
incluyendo Ja vida y el hombre. Hubo un movimiento definido y consciente de
pensamiento racional sobre todos los aspectos de la existencia. Hubo una
propaganda de esclarecimiento, como lo demuestran muchas páginas de las obras
hipocráticas. «Me parece —dice un autor tratando de la misteriosa afección
llamada epilepsia— que esta enfermedad no es más divina que otra cualquiera.
Tiene, como toda enfermedad, su causa natural. Los hombres piensan que es
divina simplemente porque no la comprenden; pero si llaman divino a todo lo que
no comprender, ¡bueno! las cosas divinas serían interminables». Éstas son
palabras verdaderamente clásicas. Marcan el advenimiento de una nueva época de
la cultura humana. En su suave ironía encierran el juicio definitivo sobre una
época pasada: el período de la explicación mitológica. A decir verdad, ese
punto de vista no ha llegado ni aún hoy a prevalecer en todos los lugares de la
tierra. La batalla sigue librándose, y el resultado es dudoso. Los milagros son
todavía el fundamento de la opinión de grandes sectores, aun de la humanidad
civilizada. La cristiandad no se ha decidido a aceptar una concepción
estrictamente naturalista de la historia del cristianismo, ni siquiera de la
leyenda de Juana de Arco; pero la vieja proposición continúa obrando
silenciosamente en la mente del hombre civilizado. «Los hombres piensan que es
divina simplemente porque no la comprenden; pero si llaman divino a todo lo que
no comprenden, ¡bueno! las cosas divinas serían interminables». La identificación
de lo divino con lo aún no explicado fue el más hábil de los golpes asestados a
favor de la razón y la naturaleza.
§. La primera ciencia social
El movimiento en pro de la ilustración que ha dejado su impronta en los
escritos hipocráticos nos ha legado también un esbozo del ascenso de la cultura
humana en una obra que es una contribución de primordial importancia de la
escuela jónica a la ciencia. [6]
«En la época de la génesis del universo —dice el texto— el cielo y la tierra
eran una sola cosa, y sus elementos estaban mezclados; luego sus componentes se
separaron, y el cosmos cobró totalmente el orden que ahora observamos en él,
pero el Aire continuó en un estado de agitación. Como consecuencia de esta
agitación, la porción incandescente del Aire —por su natural tendencia a
ascender, debida a su poco peso— se acumuló en los espacios superiores; por
esta razón, el Sol y los demás cuerpos celestes fueron envueltos en el
movimiento rotatorio. La porción de Aire más densa y turbulenta se unió al
elemento húmedo, y ambos se dispusieron en la misma zona, a causa de su peso.
Cuando esta materia más pesada se hubo concentrado y girado alrededor de sí
misma, los elementos húmedos formaron el mar, y la tierra surgió de los
elementos sólidos.
»La tierra fue al principio cenagosa y blanda, y por la sola acción del calor
del sol, comenzó a endurecerse. Entonces, debido a ese mismo calor, algunos de
los elementos húmedos se dilataron, y la tierra comenzó a burbujear en muchos
lugares. En esos lugares se produjeron fermentaciones encerradas en membranas
delicadas, fenómeno que aún hoy puede observarse en los pantanos y fangales
cuando sobreviene un ascenso rápido de la temperatura del aire, después de un
enfriamiento de la tierra. Así, por la acción del calor, los elementos húmedos
comenzaron a producir la vida. Los embriones así formados se alimentaron de
noche con la niebla que caía del aire ambiente, en tanto que durante el día la
acción del calor solar les daba solidez. Al cabo de esta etapa, cuando los
embriones hubieron adquirido todo su desarrollo y sus membranas, secas por el
calor, se rompieron, aparecieron los seres vivientes de todas clases. Los que
habían recibido más calor llegaron a las regiones más altas y se convirtieron
en pájaros; los que contenían una proporción mayor de tierra constituyeron la
clase de los seres que se arrastran y de otros animales terrestres, en tanto
que los que tenían mayor cantidad de elementa húmedo fueron a las regiones
semejantes a ellos, y se tornaron lo que llamamos peces. La acción continuada
del sol y el viento endureció más aún la tierra, y entonces ya no fue posible
traer a la vida a ninguno de los seres mayores; sin embargo, cada uno de los
seres vivientes se reprodujo por el contacto con sus semejantes.
»Los primeros hombres vivieron una vida azarosa, como la de los animales
salvajes, saliendo a pastar independientemente los unos de los otros,
dirigiéndose hacia toda vegetación que los atrajera, y hacia los frutos
silvestres de los árboles. La necesidad les enseñó a cooperar, pues los
individuos eran presa de los animales salvajes. Sólo cuando el miedo les enseñó
a agruparse, comenzaron lentamente a reconocer sus semejantes. El lenguaje fue
al principio confuso y carente de sentido. Gradualmente se hizo articulado,
atribuyó a cada objeto un sonido convencional e hizo recíprocamente inteligible
la conversación sobre cualquier tema.
»Grupos como éstos se formaron sobre toda la tierra habitable, pero no todos
tenían la misma forma de hablar, pues cada grupo estableció su lenguaje al
azar. Por eso llegaron a existir todas las clases de lenguas. Los primeros
grupos constituidos son el origen de todas las razas humanas. Como aún no se
habían descubierto las comodidades, los primeros hombres vivieron una vida
difícil. Carecían de vestidos; no tenían casa ni fuego, y no conocían los
alimentos cultivados; ni siquiera se les ocurrió la idea de almacenar alimentos
silvestres, y no hicieron provisiones para cuando pudieran necesitarlas. El
resultado fue que murieron en gran número durante los inviernos, por el frío y
la desnutrición. Poco a poco, sin embargo, la experiencia les enseñó a
refugiarse en cuevas durante el invierno, y a acumular las frutas conservables.
Fueron descubiertos el fuego y otras comodidades, y se inventaron las artes y
todas las cosas que promueven la vida social. Por la ley general de este
proceso, es la necesidad la que enseña todo al hombre. La necesidad es la guía
íntima que conduce al hombre a través de cada prueba, y la necesidad tiene en
él a un discípulo naturalmente apto, equipado como está, con sus manos, su
lenguaje y su ingenio, para cualquier propósito».
Diodoro, que nos ha legado este conciso esbozo de la historia del hombre y de
la sociedad, no fue —como bien podemos deducirlo con un cuidadoso análisis de
su libro— el más inteligente de los hombres.
Es improbable que hiciera entera justicia al pensamiento del original: no
obstante, su texto es aún extraordinariamente impresionante. Al parecer, el
escritor tenía un concepto dialéctico de la evolución. Imaginó que, bajo
ciertas condiciones históricas, podrían surgir nuevas formas de vida. En una
etapa dada de su desarrollo, la tierra es capaz de producir organismos vivos;
pasada esta etapa, sucede a la generación espontánea la generación sexual, al
menos para los seres más grandes.
El proceso de evolución combina el desarrollo cuantitativo con los saltos
cualitativos; además, esta dinámica dialéctica intervino no sólo en el origen y
desarrollo de la vida, sino también en la génesis y estructuración de la
sociedad. El hombre no es por naturaleza un animal político; se convierte en
animal político por un proceso gradual de experiencia, ya que sólo aquellos
hombres que aprenden a cooperar escapan a la destrucción provocada por las
bestias salvajes. El hombre no ha sido dotado por los dioses del don de la
palabra. Por un proceso de evolución histórica se convierte en un animal capaz
de hablar. El significado de sus palabras es convencional. En lugar de
esforzarse por comprender a la naturaleza analizando el significado de las
palabras —procedimiento que más tarde llegaría a ser el vicio característico
del pensamiento griego—, el escritor se inclinaba a comprender el significado
de las palabras por el estudio de la historia de la sociedad.
El hombre no es por definición, y en su naturaleza esencial, un animal
racional; se convierte en animal racional en la rigurosa escuela de la
necesidad, y con holgura, pues cuenta con un par de manos capaces. El escritor
reconocía la importancia de la técnica en la historia de la cultura humana.
Puntualiza que el hombre se distanció de los demás animales, en la carrera por
sobrevivir, gracias a su educabilidad superior. Sabemos de otras fuentes que
Demócrito, que pudo ser su autor, pensaba que el hombre habría aprendido de la
araña a tejer, de la golondrina a edificar, y que imitando a los pájaros
aprendió a cantar.
§. Los sofistas
La difusión que alcanzaron en Grecia los nuevos modos de pensamiento,
actualizados y publicados por hombres como Anaximandro, Empédocles, Anaxágoras
y Demócrito, tuvo una influencia difícil de justipreciar, pero no hay duda, que
fue grande. Anaxágoras, natural de Clazómenes, que vivió en Atenas del 480 al
450 y enseñó a Pericles cuando era joven, hizo mucho para difundir el nuevo
conocimiento. Otro extranjero distinguido que pasó gran parte de su vida en
Atenas fue Protágoras de Abdera, el primero de los sofistas —nueva clase de
hombres que caracterizan a esta época— que tuvimos oportunidad de mencionar.
Los sofistas eran conferenciantes ambulantes que iban de ciudad en ciudad
difundiendo las nuevas ideas. Se especializaban en historia y en política, y se
decían capaces de enseñar el arte de gobernar. No hay lugar a duda que el
fundamento general de sus ideas sobre la sociedad fue la obra del autor anónimo
que se ha citado. Platón, que se oponía diametralmente a esta teoría del origen
y naturaleza de la civilización, se valió de las opiniones de los sofistas y de
su manera de vivir para atacarlos.
Los tres sofistas más notables fueron: Protágoras, a quien ya mencionamos, y
que provenía de la misma ciudad que Demócrito: Abdera, que parece haber sido el
mayor centro de ilustración; Gorgias, de Leontini (Sicilia), e Hipias, de Elis
(en el Peloponeso). Platón los calificó duramente, y mucho de lo que sabemos
acerca de ellos está destinado a ilustrarnos acerca de la irresponsabilidad de
sus enseñanzas y de la vulgaridad de su autopropaganda. Es dudoso que estas
críticas estén bien fundadas. Protágoras dijo: El hombre es la medida
de todas las cosas; por eso figura en la historia de la filosofía como
representante del principio del subjetivismo en su forma más extrema. Gorgias
dijo: La verdad no existe; pero, si existiera, no podría ser conocida,
y si pudiera ser conocida, no podría ser comunicada . Se le considera
como el prototipo del escéptico. Hipias, que tuvo fama de vanidoso, se
distinguía por asistir a los juegos de Olimpia en traje de gala, confeccionado
hasta en sus menores detalles con sus propias manos, y se creía preparado para
disertar sobre cualquier tema, desde la astronomía hasta la historia antigua.
Subjetivismo, escepticismo y vanidad, para no mencionar el afán de lucro,
fueron los vicios de ios sofistas, a quienes Sócrates, según Platón, arrebató
la conducción del pensamiento griego con el ejemplo de su vida y su
conversación.
No es posible entrar en el análisis de las discusiones filosóficas surgidas de
los ataques de Platón a los sofistas en una breve historia de la ciencia de
Grecia; pero, desde el punto de vista del historiador de la ciencia, debemos
decir algunas palabras de cada uno de los tres autores mencionados. Con
respecto al primero, Protágoras, es sumamente dudoso que la cita que se le atribuye
haya sido correctamente interpretada como una inflexible aseveración del
principio del subjetivismo. Protágoras era legislador; a pedido de Pericles,
redactó una constitución para la famosa colonia de Turios, en la Italia
meridional, comunidad progresista que creía en la planificación, y empleó a un
arquitecto pitagórico, Hipodamo de Mileto, para que la transformase en una
ciudad modelo. El esclarecido legislador de esta comunidad consideraba las
leyes como una creación humana. Compartía la opinión de su compatriota
Demócrito sobre la evolución humana. Creía, como los filósofos jónicos, en el
concepto contractual de la justicia; cuando dijo que el hombre era la medida de
todas las cosas, es casi seguro que quería decir que las instituciones humanas
debían adaptarse a las cambiantes necesidades del hombre. Esta idea era antema
para Platón, quien pone en boca de Sócrates, en su República, la
idea de que el concepto de justicia era eterno, y debía ser comprendido, no a
través del estudio de la historia, sino de la razón pura. Éste, y no el
principio del subjetivismo, parecería ser el verdadero fundamento de las
diferencias entre Protágoras y el Sócrates de Platón.
Es difícil decir cómo debe interpretarse la opinión de Gorgias. Considerémoslo,
por su apariencia, como expresión de un escepticismo extremo. En tal sentido,
no puede de ningún modo ser considerado como producto del materialismo jónico.
La filosofía natural de los jónicos dio a este escepticismo una respuesta mejor
que la teoría ideal del Sócrates platónico. Los autores de los tratados
hipocráticos estaban convencidos de que la verdad existe, de que puede ser
conocida y de que puede ser comunicada. De este modo pensaban Empédocles,
Anaxágoras y Demócrito. La tradición científica que ellos caracterizan es el
único camino para establecer la objetividad de la verdad. Fue la escuela
platónica la que no tardó en caer en un escepticismo que muy bien podría ser
resumido en la fórmula de Gorgias. En esa época es la filosofía platónica, y no
la tradición científica, la que alimenta el escepticismo.
En cuanto a Hipias, vestido enteramente con trajes hechos por él mismo, pues
había fabricado hasta el anillo que llevaba en el dedo, ilustra a la perfección
que la antigua tradición de la sabiduría incluía las técnicas. Hilandero,
tejedor, curtidor, sastre, zapatero y herrero: todos unidos en su persona, lo
hacen una muestra típica del sabio de las generaciones más antiguas, cuyos
títulos de sabiduría no estaban reñidos con la habilidad y destreza de sus
manos. Ya hemos dicho que era capaz de disertar sobre historia antigua. Es
indudable que su concepción de la historia reconocería el papel de los oficios
en el progreso humano.
§. La revolución socrática del pensamiento
Si resumimos las evidencias mencionadas en este capítulo, vemos que es
completamente inadecuado considerar que los filósofos de la Antigüedad estaban
siempre soñando con las cosas del cielo, en detrimento de la comprensión de los
problemas humanos; y que es un error describir la revolución socrática del
pensamiento como si fuera esencialmente la que trajo la filosofía «del cielo a
la tierra». Sería más exacto enunciarlo de este modo: la escuela jónica de la
filosofía natural proporcionó una explicación materialista de la evolución del
cosmos; inculcó el ideal de la ciencia positiva y el imperio de la ley
universal; aportó una descripción de la dinámica de la civilización, en la que
el hombre, por la conquista de las técnicas, aparece como autor de su propio
progreso; y sostuvo la teoría contractual de la justicia.
Sócrates, por su parte, desalentó la investigación de la naturaleza; sustituyó
el ideal de la ciencia positiva por una teoría de ideas estrechamente
vinculadas a la creencia en la inmortalidad del Alma, visitante temporal de una
envoltura perecedera; trató de explicar teológicamente la Naturaleza y la
historia de la humanidad por la providencia; y consideró a la Justicia como
idea eterna, independiente del tiempo, lugar y circunstancias. En una palabra,
Sócrates abandonó el enfoque científico de la naturaleza y el hombre, que había
sido desarrollado por los pensadores de la escuela jónica, desde Tales hasta
Demócrito, y lo sustituyó por una concepción religiosa que provenía de
Pitágoras y Parménides. Más que a traer la filosofía del cielo a la tierra, se
dedicó a persuadir al hombre de que debía vivir de modo tal, que a la muerte su
alma volviera al cielo inmediatamente. Puede admitirse que hizo importantes
contribuciones a la lógica. Aristóteles le reconoce el haber introducido los
conceptos de inducción y definición, pero su dominio de estas artes fue
desplegado solamente en las esferas de la ética y la política, y en ellas tuvo
un carácter más bien metafísico que histórico. No hizo ninguna contribución a
la ciencia.
Contenido:
· §.
Platón
· §.
La actitud platónica hacia la filosofía natural
· §.
Astronomía teológica
· §.
Filosofía y técnicas
§.
Platón
Aparte del Corpus hipocrático, no disponemos de obras
completas de la filosofía ni de la ciencia griega que existieran antes de
Platón. Ninguno de los escritos hipocráticos puede atribuirse con certeza a un
autor determinado. De Platón no sólo tenemos libros completos, sino la
totalidad de sus obras publicadas. Es el primer filósofo de cuyas opiniones
estamos debidamente informados. Bien es verdad que no se han conservado apuntes
de su enseñanza oral en la Academia, pero ninguno de sus diálogos se ha
perdido. Alrededor de treinta de los diálogos que se le atribuyen se consideran
auténticos. Constituyen una obra de gran volumen: aproximadamente igual al de
la Biblia. Los mayores, La República y Las Leyes,
abarcan diez y doce libros respectivamente.
La República, escrito a los cuarenta años, y Las Leyes, al
que sólo faltó el pulido final, a causa de su muerte, a los ochenta y un años,
son los más notables de toda la colección. El primero intenta esbozar una
sociedad ideal; el segundo resume el mismo tema con un sentido más práctico y a
la luz de una experiencia mayor. Ambos nos hablan de lo que fue el máximo
esfuerzo de su vida: la regeneración de la vida política de Grecia. La Academia
fue fundada con el mismo propósito: formar mediante la educación un nuevo tipo
de ciudadano de la clase dirigente, que no permanecería en la Academia, sino
que retornaría a la vida pública. Este intento de reformar la vida pública por
la educación de un nuevo tipo de individuo, como la tendencia de toda su
filosofía, fue pitagórico.
La única prosa importante escrita en Atenas antes de Platón era la historia. El
propósito implícito de Heródoto, y el propósito explícitamente admitido de
Tucídides, fue presentar los hechos del pasado en forma tal que pudieran servir
para guiar las acciones de los hombres en el futuro. Fueron, respectivamente,
los historiadores de las épocas del florecimiento y de la decadencia de la
democracia ateniense, y aspiraban a hacer al pueblo consciente del drama de la
civilización griega, en la que Atenas había jugado el papel principal. Para
ellos la historia era una escuela de política; su temperamento era objetivo,
como el de los filósofos naturalistas jónicos, con cuyo movimiento estaban
esencialmente identificados; buscaban la ley de la dinámica de la sociedad
humana, como los filósofos habían buscado la ley de la dinámica de la
naturaleza.
Es estrecha la semejanza entre Tucídides, Demócrito y los mejores escritores de
la obra hipocrática, en su concepción del mundo. Es idea común a todos que, así
como los hombres son producto de la Naturaleza, los caracteres son producto de
su sociedad. Tucídides describe un cuadro terrorífico de la degeneración moral
de Grecia durante la guerra del Peloponeso. La degeneración del individuo es
la consecuencia y no la causa de la guerra.
§. La actitud platónica hacia la filosofía natural
Con Platón, la intención se desvía hacia el alma del individuo; las guerras,
internacionales o intestinas, son producto de los deseos desbordados del
individuo (Fedón, 66c). Dice el profesor A. E. Taylor: «La
República, que comienza con las observaciones de un anciano sobre la
proximidad de la muerte y la aprensión por lo que pueda seguirla, y termina con
un juicio alegórico, tiene siempre como tema central un hecho más íntimo que la
mejor forma de gobierno o los métodos más eugenésicos de propagación: la
cuestión de cómo el hombre gana o pierde la salvación eterna».
La esencia del pensamiento platónico es la doctrina de la inmortalidad del
alma, que compartió con los pitagóricos. El alma humana se convierte en el
campo donde se libra la batalla entre el bien y el mal; ésta adquiere al mismo
tiempo trascendental importancia, porque el alma humana no es una parte de la
naturaleza, sino un visitante de los dominios celestiales. La salvación
individual no será lograda por la conducta pública fundada en el estudio de la
historia, sino llegando a comprender los valores eternos de Verdad, Belleza y
Bondad. La senda hacia esta comprensión reside en la matemática y la
dialéctica. Platón había escrito sobre la puerta de su Academia: No
puede entrar aquí quien no conozca la geometría. En el momento
culminante de su vida, cuando fue invitado a ayudar al gobierno de Siracusa, la
ciudad más poderosa del mundo griego en esa época, demostró cuánto valoraba esa
oportunidad, por el uso que hizo de ella. Empezó a enseñar la geometría al
joven príncipe, su anfitrión. Por eso la palabra Academia mereció tan temprano
su significado actual.
Solamente el volumen de las obras que sobrevivieron al fragor de la catástrofe
sería suficiente para conferir a Platón —a la luz de los modernos estudios de
la antigüedad— una importancia única. A aquél debemos agregar la perfección
extraordinaria de ellas. Dotado de condiciones dramáticas que completaban su
capacidad retórica, Platón expresó sus pensamientos en forma de diálogos, en
los que, agrupados alrededor de la figura central de Sócrates, puso en escena a
sofistas, generales, hombres de estado, artistas, etc., y los hizo hablar. Si
bien es cierto que las disquisiciones son a veces tediosas y arbitrarias al par
que profundas, están, en cambio, adornadas con una dorada elocuencia, a la que
contribuyen por igual el ingenio, la ironía, la imaginación y la pasión.
Además, esos textos se conservan con prístina pureza, debido, sin duda, al
hecho de que la Academia gozó como institución de una vida ininterrumpida de
novecientos años: fenómeno único en la historia de la literatura antigua. Los
estudiosos que dominan su idioma pueden penetrar, con un conocimiento no
igualado hasta la fecha, en la vida de Atenas, que fue la escuela de la Hélade,
y que desde entonces se convirtió en la escuela de la humanidad.
Por estas razones y muchas otras, la obra platónica atrajo y atrae todavía un
grado de atención al que los filósofos y sofistas anteriores no pueden aspirar.
Sin embargo, el gran prestigio de esta obra constituye una dificultad para el
historiador de la ciencia. Mucho escribió Platón sobre los problemas de
epistemología, que se hallan en el límite entre la filosofía y la ciencia. Su
talla de filósofo es indudable; sin embargo, su contribución a la ciencia es
discutible. ¿Merece en la historia de la ciencia el mismo lugar que se le
reconoce en filosofía?
La ciencia anterior a Platón había realizado notables progresos, que pueden
ser, a grandes rasgos, clasificados en tres secciones. El primer paso,
decisivo, que asociamos especialmente con los filósofos de Mileto, fue la
actitud nueva de intentar la explicación de los fenómenos de la naturaleza
—incluyendo la naturaleza humana— sin intervención sobrenatural. En segundo
lugar, nos encontramos con el comienzo de una técnica rudimentaria de
interrogar a la naturaleza valiéndose de experimentos. En Jonia, en Sicilia, en
Italia y en la misma Atenas hubo un incremento de la práctica de la
experimentación y de la observación, que, cuando sus consecuencias filosóficas
fueron comprendidas más claramente, resultó acompañado por un agitado debate
sobre la validez de la evidencia sensorial. En tercer lugar, aunque la
importancia de esto haya sido poco reconocida, y el hecho haya sido negado por
algunos, vino la conexión fundamental entre la filosofía natural y las
técnicas, que determinó el carácter de la primitiva filosofía de la naturaleza.
Al atacar a los filósofos jónicos, Platón atribuye un lugar importante en su concepción
del mundo a que ellos reconocieran esa conexión. Describe su punto de vista con
estas palabras: «Las artes que contribuyen más notablemente a la vida humana
son las que combinan sus propias fuerzas con las de la naturaleza, como la
medicina, la agricultura y la gimnasia» (Leyes X, 889d).
Esto, sin más, implica una filosofía de las técnicas, un intento por definir su
carácter esencial y por asignarles su muy importante lugar en el
desenvolvimiento de la sociedad civilizada.
Analizaremos la posición de Platón frente a la ciencia de sus predecesores, en
esos tres aspectos. En primer lugar, su actitud frente al ateísmo o naturalismo
de los jónicos.
§. Astronomía teológica
Cuando los jónicos comenzaron a explicar los fenómenos celestes en un lenguaje
naturalista, no puede cabernos duda de lo nueva que resultó su concepción, ni
del escándalo que causó. Tal enseñanza estaba en pugna, no sólo con las vagas
creencias populares, en la divinidad de los cuerpos celestes, sino también con
las doctrinas teológicas formales que sostenían conceptos generales. Los
pitagóricos, y más tarde Platón, se esforzaron por devolver lo sobrenatural a
la astronomía; y, en verdad, la astronomía no se popularizó en Grecia hasta que
fue rescatada del ateísmo. Éste es un hecho típico en la historia del
pensamiento. A menudo, muchas hipótesis científicas han dejado de difundirse
hasta recibir el cuño de la religión. Un ejemplo moderno y más conocido ilustra
el fenómeno en cuestión. No carece de importancia para la comprensión de la historia
de la ciencia.
«Me parece probable —escribió Newton, repitiendo las palabras de Gassendi— que
en un principio Dios hiciera materia en partículas sólidas, macizas, duras e
impenetrables, de forma y tamaño tales, y con tales otras propiedades y en tal
proporción al espacio, que sirvieran al propósito para el que habían sido
formadas; y que esas partículas primitivas, siendo sólidas, fueran
incomparablemente más duras que cualquier cuerpo poroso que estuviera compuesto
de ellas; hasta podrían ser tan duras, que nunca llegaran a desgastarse o
romperse, pues ninguna fuerza ordinaria es capaz de separar lo que Dios ha
unido en la Creación».
Es evidente que las dos tradiciones se hallan aquí mezcladas. Los átomos, con
sus diversas propiedades, pertenecen a la tradición científica. No son ni más
ni menos que los átomos de Demócrito. Pero los átomos, tal como salieron de la
mente de Demócrito, pertenecían a un cosmos ateo que debió ser explicado
enteramente por leyes naturales. Esto ha demostrado siempre ser un obstáculo
para su aceptación. Newton, no obstante, entretejió otra teoría con su propia
versión de los átomos. Dios, la Creación, la finalidad que Dios se propone, y
la imposibilidad de separar lo que Dios ha unido, pertenecen a la tradición
religiosa. El párrafo, pues, tal como ha salido de la pluma de Newton, es una
extraña amalgama de religión y ciencia; pero el éxito con que pudo circular la
concepción newtoniana se debe en parte a la íntima combinación de ambas, pues
tal hipótesis científica habría tenido muy pocas probabilidades de abrirse paso
en la Europa del siglo XVII si hubiera chocado violentamente con la mentalidad
teológica de la época. Fue una suerte para el éxito de la física de Newton que
el autor estuviera convencido de que los átomos de Demócrito eran obra de Dios,
lo que no formaba parte de la concepción original.
Puede ser importante señalar también que Descartes debió reservarse su Principia
Philosophiae durante once años, buscando la fórmula en que su posición
no ortodoxa pudiera parecer aceptable a la autoridad; y no pudo encontrarla.
Newton fue más afortunado; transcribió de buena fe el primer versículo del
primer capítulo del Génesis, iluminado por la ciencia de los
atomistas griegos: Al principio, Dios creó los átomos y el vacío.
Nunca se ha manifestado mejor el genio diplomático inglés.
Los átomos debieron esperar al siglo XVII de nuestra era para ser bautizados en
la cristiandad. En cambio, la astronomía fue pitagorizada y platonizada pocas
generaciones después de su florecimiento en Jonia. En uno de los mejores textos
de la ciencia antigua que ha llegado hasta nosotros —un manual alejandrino de
astronomía escrito por un tal Gemino— encontramos esta relación de la
influencia pitagórica sobre la astronomía:
«En esto se basa toda la ciencia de la astronomía: en la suposición de que el
Sol, la Luna y los cinco planetas se mueven a velocidad constante en círculos
perfectos y en dirección contraria al cosmos. Los pitagóricos fueron los
primeros en formular estas cuestiones, que condujeron a la hipótesis del
movimiento circular y uniforme del Sol, la Luna y los planetas. La razón de
ello fue que, considerando su carácter de cuerpos divinos y eternos, era
inadmisible suponer desórdenes tales como que se movieran más de prisa o más
despacio, o incluso que se detuvieran, como suele decirse de las estaciones de
los planetas. Aun en la especie humana, esas irregularidades son incompatibles
con el comportamiento acostumbrado de un gentilhombre. Aun cuando las crudas
necesidades de la vida impongan a los hombres en ocasiones prisa o lentitud, no
puede pensarse que circunstancias tales afecten a la naturaleza incorruptible
de las estrellas. Por eso resolvieron el problema explicando el
fenómeno por la hipótesis del movimiento circular y uniforme ».
Hemos hablado ya de las mezclas de ciencia, religión y política existentes en
el pensamiento pitagórico. Helas aquí ilustradas en un tema de la mayor
importancia para la historia de la cultura europea. La aplicación de las
matemáticas a la astronomía fue un paso científico; la creencia en la divinidad
de los cuerpos celestes pertenece a la religión; la noción de que el
gentilhombre participa, en cierto grado, de las características divinas,
pertenece a la política de clase, a la que se ha asignado, a través de toda la
historia de la civilización, un significado, cósmico inmerecido.
Mientras
no se ven los cometas cuando mueren los mendigos,
la muerte de los príncipes la proclaman los cielos por sí mismos.
Hasta
Kepler la astronomía no se vio libre de la necesidad de interpretar el
comportamiento de los planetas en términos de los prejuicios sociales
pitagóricos.
Estos prejuicios político-religiosos llegaron a perturbar la astronomía de
Platón, a quien afectó especialmente ese supuesto escándalo de los planetas.
Platón fue autor o propagador de una teología astral en la cual las estrellas
habían sido hechas para que sirvieran como modelos de la regularidad divina.
Consideró incompatible con esta exigencia que entre los calificados huéspedes
del cielo donde
paso
a paso, por la vieja senda
marcha el ejército de la ley eterna,
hubiera
un grupo de cinco vagabundos indisciplinados (la palabra planeta significa
vagabundo en griego). La inconveniencia era de particular importancia, sobre
todo porque el problema del vagabundo llegó a ser crítico, en esa época, en
Grecia.
Isócrates, contemporáneo de Platón, había estudiado especialmente el problema
de estos mendigos empedernidos. Propuso un remedio, que no fue aumentar la
producción ni distribuir mejor los bienes terrenales. Enfrentado con una
multitud creciente de parias errabundos, ocurriósele la idea de reclutarlos,
militarizarlos y lanzarlos contra el imperio persa. Aun cuando no pudieran
conquistarlo, podrían apropiarse de suficiente parte de su territorio como para
procurarse el espacio vital que necesitaban. La alternativa de esto era la
revolución interna. «Si no podemos detener la creciente potencialidad de estos
vagabundos —escribe Isócrates— dándoles una vida satisfactoria, nos
encontraremos, sin saber cómo, con que su número es tan grande que constituye
tanto peligro para los griegos como para los bárbaros» (Filipo, 121).
En estas circunstancias no debe sorprendernos que para contribuir a la
eliminación del vagabundaje sobre la tierra, Platón dispusiera eliminarlo del
cielo. Planteó a los estudiosos de entonces el problema de averiguar «cuáles
son los movimientos uniformes y ordenados de los que se puede deducir el
movimiento de los planetas». Mientras este problema no fuera resuelto, la
teología astral, que tanto influía en su propósito de reconstruir la sociedad,
estaba expuesta a un fracaso total, pues ¿por qué adorar a los astros si estos
seres divinos no son sino un conspicuo ejemplo de desorden e irregularidad?
También es falso atribuir al desafío que Platón hizo a los matemáticos, para
que redujeran los planetas a un orden dado, el carácter de una prueba de amor
desinteresado por la ciencia. No fue un intento de descubrir los hechos sino de
conjurar las apariencias socialmente inconvenientes sobre la base de cualquier
hipótesis aceptable.
Los discípulos de Platón no tardaron en proporcionarle la deseada solución al
problema. Las trayectorias aparentes de los planetas fueron analizadas por
Eudoxo y Calipo sobre los resultados de treinta revoluciones completas. Sobre
estas bases a la astronomía, que hasta entonces había estado impregnada de
ateísmo, se le reconoció ciudadanía en Grecia. Plutarco, en su Vida de
Nicias, nos informa sobre este punto cuando nos habla del desastre militar
acaecido en Siracusa a ese distinguido general, por su temor supersticioso a
los eclipses; lo que movió a su biógrafo a brindamos una extensa reseña del
progreso del conocimiento astronómico en el pueblo.
«El eclipse atemorizó mucho a Nicias y a aquellos que eran tan ignorantes o
supersticiosos como para preocuparse de tales cosas, pues aun cuando en esa
época hasta la gente del pueblo aceptaba que un eclipse de Sol,
hacia el fin del mes, estaba vinculado a la Luna, no podían comprender de
ninguna manera qué se había interpuesto en el camino de la Luna para
hacer que una luna llena se oscureciera y cambiara de color. Les pareció
misterioso: el anuncio de una gran calamidad enviada por Dios. Anaxágoras, el
primero que comprendió y se atrevió a intentar la explicación de las fases de
la Luna, no tenía gran autoridad, y su libro fue poco apreciado; circuló en
secreto, fue leído por pocos y cautelosamente recibido.
»Es que en esa época no había tolerancia para los filósofos naturalistas o,
como eran llamados: “Charlatanes en las cosas del cielo”. Se les acusó de
rechazar lo divino y reemplazarlo por causas irracionales, fuerzas ciegas y el
imperio de la necesidad. Protágoras fue desterrado, Anaxágoras fue encarcelado
y cuanto pudo hacer Pericles por él fue liberarlo; Sócrates, aun cuando nada
tenía que ver en el asunto, fue llevado a la muerte por ser filósofo. Sólo
mucho más tarde, y por la brillante reputación de Platón, la astronomía fue
reivindicada y su estudio facilitado a todos. Esto se debió al respeto que su
personalidad inspiraba, porque subordinó las leyes naturales a la autoridad de
los principios divinos ».
Tal era la opinión de Plutarco sobre este tema. No dependemos solamente de esta
autoridad, relativamente reciente. Platón nos expresa lo mismo en un curioso
pasaje de sus Leyes (820-822), donde hace decir a un personaje
que un nuevo descubrimiento astronómico ha hecho innecesario someterse a la
opinión generalmente aceptada, de que la astronomía es una materia peligrosa e
impía. ¿Cuál es este nuevo descubrimiento? Simplemente que el Sol, la Luna y
aquellos vagabundos, los planetas, no se mueven irregularmente, como parecen
hacerlo; por consiguiente —continúa diciendo Platón—, nuestra actitud frente a
la enseñanza de la astronomía debe ser revisada. La astronomía se convierte
ahora en un estudio sin peligros, y hasta enteramente deseable. No debe
tolerarse que se diga a los estudiantes, como enseñaban los viejos filósofos
naturalistas, que el Sol y la Luna son masas de materia inanimada, sino que
habrán de rogar y ofrecer sacrificios por los cuerpos celestes con el espíritu
mejor dispuesto, cuando comprendan que los astros son seres divinos cuyos
movimientos son modelos de regularidad.
Aristóteles propulsó más tarde este tipo de astronomía, en la que las leyes
naturales fueron subordinadas a los principios divinos y en la que se prestó
más atención a los cuerpos celestes como objetos de adoración que como material
de estudio científico. Sistematizando las doctrinas de Platón y de los
pitagóricos, Aristóteles enseñó que no sólo el movimiento circular de los
cuerpos celestes era prueba de que estaban bajo el gobierno de una inteligencia
divina, sino también de que la verdadera sustancia de que estaban hechos —a la
que llamó el quinto elemento, para distinguirlo de la Tierra, el Aire, el Fuego
y el Agua— era diferente de otra cualquiera existente bajo el círculo de la
Luna. Esa astronomía de tendencia teológica que enseñó (debe observarse que
esto no es característico de su concepción científica) fue heredada por la Edad
Media.
Aristóteles sostenía que el universo constaba de cincuenta y nueve esferas concéntricas,
de las que la Tierra ocupaba el centro. A ésta le correspondían cuatro esferas,
una por cada uno de los cuatro elementos. Sobre las cuatro esferas terrestres
había cincuenta y cinco esferas celestes. La de la Luna era la inferior, y la
de las estrellas fijas, la más distante. Suponía que las esferas giraban
alrededor de la Tierra inmóvil, arrastrando en su movimiento a los cuerpos
celestes. En el esquema del universo que ofrece Aristóteles, el cambio sólo era
posible por debajo de la Luna, donde los cuatro elementos, cuyos movimientos
«naturales» eran de ascenso y descenso, podían mezclarse y transformarse el uno
en el otro. Pero por encima de la Luna, en las esferas etéreas, cuyos
movimientos «naturales» eran circulares, no se producía ningún cambio. Así como
la sustancia del cielo es diferente de la de la tierra, así también lo son las
respectivas leyes del movimiento. Hay una mecánica celeste y una mecánica
terrestre. Las leyes de la una no son válidas para la otra. Hasta Newton la
mecánica terrestre no recobra el dominio del cielo.
Sería, no obstante, erróneo sugerir que la concepción platónica «que aspiraba a
subordinar las leyes naturales a los principios divinos» no tuviera oposición
alguna y que fuera aceptada por todos. Aristóteles mismo da pruebas de las
reservas con que se la miraba. Las referencias que hemos venido haciendo a sus
opiniones en astronomía, están tomadas de su tratado De los cielos,
que parece ser uno de sus primeros trabajos, escrito cuando estaba fuertemente
influido por Platón y la Academia. En su Metafísica (XI, 8,
1073 b 8 y sigs.), discutiendo el movimiento aparente de los
cuerpos celestes, emite una opinión más prudente, que es digna de ser citada:
«Para quienes han prestado un poco de atención al asunto, es evidente que los
movimientos son más numerosos que los cuerpos que se mueven, pues cada uno de
los planetas tiene más de un movimiento. Con respecto al número real de estos
movimientos, citaremos —para dar una noción del tema— lo que dicen esos
matemáticos, que afirman que si bien nuestro pensamiento puede captar cierto
número de movimientos, los demás debemos investigarlos en parte
nosotros mismos, en parte aprendiendo de otros investigadores, y si quienes han
estudiado este tema, se han formado una opinión distinta de la nuestra, debemos
valorar ambas, pero seguir la más exacta».
Esta opinión es digna del gran hombre de ciencia que fue Aristóteles. Es
oportuno señalar que a menudo, aun cuando rebate una opinión correcta de
sus predecesores, lo hace porque está en posesión de más pruebas que ellos. Se
justifica, desde este punto de vista, su desastrosa distinción entre la
mecánica terrestre y la mecánica celeste. Los antiguos jónicos, por ignorar
hasta el tamaño aproximado de los cuerpos celestes, sus distancias recíprocas y
sus distancias a la Tierra, fueron incapaces de hacer un distingo real entre la
astronomía y la meteorología; suponían que los cuerpos celestes eran pequeños
en comparación con la Tierra. Dos siglos de aplicación de las matemáticas a la
astronomía cambiarían todo esto. Casualmente, Aristóteles ya pudo hacer notar
que: «La masa de la Tierra es infinitesimal en comparación con todo el universo
que la rodea» ( Meteorología, 340 a).
Del mismo modo, mientras los jónicos podían sin temor inferir fenómenos
celestes a partir de los que ocurrían en la tierra, Aristóteles sentía que ya
no podía hacer lo mismo. «Es absurdo —dice— suponer mudanzas en el universo
porque haya en la Tierra pequeños e insignificantes cambios, pues el tamaño de
la Tierra es insignificante en relación con el universo todo» (Ibíd.,
352a). Aristóteles pudo fundamentar así en descubrimientos astronómicos,
entonces recientes, su incorrecta filosofía celeste. La ciencia no avanza
siempre con el mismo ritmo, sino que, como los planetas, ora se apresura, ora
se detiene, y aun a menudo parece volver atrás.
§. La visión del alma y la del cuerpo
El segundo triunfo que debemos reconocer a los pensadores pre platónicos es el
progreso realizado hacia la concepción de la ciencia positiva, así como también
el haber iniciado una teoría correcta del papel desempeñado por la observación
y la experimentación en la estructuración de esa ciencia. ¿Cuál fue la actitud
de Platón ante esta nueva costumbre de interrogar a la naturaleza para
arrebatarle sus secretos? En general, debemos admitir que se opuso a ella, y es
frente a la astronomía y a la acústica cuando lo demostró más claramente.
Analizaremos sucesivamente estos dos hechos.
En su diálogo Fedón, donde expone su teoría de la inmortalidad del
alma, Platón hace decir a Sócrates: «Si alguna vez hemos de saber algo
plenamente, debemos estar libres del cuerpo y contemplar la verdadera realidad
sólo con la visión del alma… Mientras vivamos, estaremos más cerca del
conocimiento si evitamos, en cuanto nos sea posible, el intercambio y la
comunión con el cuerpo, excepto en lo que sea absolutamente necesario y no esté
contaminado por su naturaleza. Mantengámonos libres de él hasta que Dios mismo
nos libere».
Es indudable que Platón permitía que este deseo —ser libre del cuerpo y
contemplar la verdadera realidad con los ojos del alma— influyera sobre su
concepto de la investigación. Reprimió el impulso investigador en la física y
anuló todo entusiasmo por la abstracción matemática. Platón era de aquellos que
estaban preparados para escuchar a Parménides; como éste, desconfiaba del ojo
ciego y del oído engañoso.
En La República (VII, 529, 530), refiriéndose a la astronomía,
nos advierte que «el cielo tachonado de estrellas que contemplamos está forjado
sobre un firmamento visible; por consiguiente, aun siendo la más hermosa y
perfecta de las cosas visibles, debe ser necesariamente considerado muy
inferior al movimiento puro de la celeridad absoluta y de la lentitud absoluta…
Éstas han de ser aprehendidas por la razón y la inteligencia, y no por la
vista… El cielo estrellado debe considerarse como modelo, con miras a un
conocimiento más elevado…; pero un verdadero astrónomo no debe imaginar nunca
que hayan de ser eternas y no sufran variaciones las proporciones del día y la
noche, o de ambas con el mes, o de éste con el año, o de las estrellas a éstos
o entre sí, o que cualquier otra cosa que sea material y visible pueda ser
eterna e inmutable. Esto es absurdo, y es igualmente absurdo desvivirse por
establecer su exacta verdad. En astronomía, como en geometría, debemos utilizar
problemas, abandonar a los cielos, si queremos conducir el tema por su
verdadera senda».
Su actitud frente a la acústica experimental es tan hostil como frente a la
observación en astronomía. A continuación del pasaje sobre astronomía que
acabamos de citar, pone en boca de Sócrates lo siguiente: «Los maestros de
armonía comparan los sonidos y las consonancias que se oyen; su
tarea es tan vana como la de los astrónomos. A lo que Glauco agrega: ¡Cielos!
¡Es tan divertido escucharlos hablar de las notas condensadas, como suelen
llamarlas!… Ponen sus oídos junto a las cuerdas en toda su longitud, como
quienes tratan de escuchar a través de una pared lo que ocurre en la casa
vecina. Algunos dicen que distinguen una nota intermedia, y que han encontrado
el intervalo menor, que debe ser la unidad de medida; otros insisten en que dos
sonidos se han deslizado en uno: todos anteponen el oído a la
comprensión».
Sócrates aprueba esto: « ¿Te refieres a estos señores que golpean y torturan
las cuerdas, y las despedazan en las clavijas de los instrumentos?… están tan
equivocados como los astrónomos; investigan el número de las armonías que
se oyen; pero nunca llegan al fondo de los problemas». Dos hechos
se advierten en lo expuesto: en primer lugar, existía cierto grado de
investigación sistemática; en segundo lugar, Platón estaba en completo
desacuerdo con ello.
Nuevamente, como en la cuestión de revivir la ley en la divinidad de los
astros, Platón significa una reacción. Pero también, como lo hemos
hecho antes, debemos decir algo en su descargo. Platón no aportó nada a la
ciencia en cuanto a la observación y la experimentación; es dudoso que la
matemática le deba algo. El juicio de Heath con respecto a sus conocimientos
matemáticos es que «apenas si parece haber estado al día» ( Ob. cit.,
pág. 294). Sin embargo, contribuyó a la filosofía de las matemáticas. Lo que
más lo fascinó fue el significado de aquellas verdades matemáticas que parecen
ser independientes de la experiencia. En La República (VI,
510), refiriéndose a los geómetras, dice que «éstos utilizan las figuras
visibles y discurren sobre ellas. Al hacer esto no piensan en esas figuras sino
en lo que representan; por eso el objeto de sus razonamientos es el cuadrado —o
el diámetro— absoluto, y no el que dibujan». Al distinguir este tipo de
conocimiento, del que parece ser dependiente por entero de la actividad
sensorial, Platón hace una contribución fundamental a la epistemología. Esta
preocupación suya debe justificar, si algo puede justificarla, su hostilidad
hacia la geometría práctica en grado tal, que le hace considerar la simple
construcción de figuras como esencialmente antagónica al verdadero estudio del
tema.
§. Filosofía y técnicas
Refiriéndose al tercer punto, es decir, a la conexión entre la filosofía y las
técnicas, que tan fructífera se mostró en períodos anteriores, comprobamos que
la contribución de Platón fue nula. Preocupado por problemas teológicos,
metafísicos y políticos, y no creyendo en la posibilidad de una ciencia de la
naturaleza, Platón apreció muy poco las vinculaciones entre el pensamiento
griego y la práctica griega, que habían sido tan notables en épocas anteriores.
Estas vinculaciones fueron numerosas; la astronomía no fue, desde luego,
considerada como una mera curiosidad, sino que se la estudió para resolver los
muchos problemas que dependían de ella, y que Platón despreciaba: la relación
exacta entre la duración del día y de la noche, de ambas con el mes y de los
meses con el año. De la resolución de estos problemas dependía el mejoramiento
del calendario; de esta mejora, el perfeccionamiento de la agricultura, la
navegación y la conducción toda de los asuntos públicos. Tampoco tenía el
estudio de la geometría, fuera de la Academia, el propósito único del bien del
alma, sino que se la estudiaba en relación con la agrimensura, la navegación,
la arquitectura y la ingeniería. La ciencia mecánica fue aplicada al teatro, a
la guerra, a la construcción de diques y arsenales, a las canteras, y
dondequiera que hubiese una construcción en marcha. La medicina fue un ejemplo
notable de ciencia aplicada. Fue el estudio científico del hombre en su medio,
con vistas a promover su bienestar. En cambio, el programa político propuesto
por Platón en La República y en Las Leyes carece
por completo de la comprensión del papel de la ciencia aplicada al mejoramiento
del destino de la humanidad. En ambas obras se preocupa únicamente del problema
del gobierno de los hombres, y nada dice del problema del control del medio
material. Por eso, estos trabajos, si bien plenos de inventiva política,
carecen de ciencia natural.
Platón lleva al extremo esta hostilidad o indiferencia hacia la ciencia
implícita en las técnicas. Característica de los científicos jónicos fue la
valoración de los grandes inventores como Anacarsis, quien inventó el fuelle y
perfeccionó la construcción del ancla, o Glauco de Quíos, quien inventó el
soldador. Ellos fueron ejemplo de inventiva humana en épocas anteriores; sin
embargo, Platón (La República, X, 597) no creyó que un artesano pudiera
crear algo. Debía esperar que Dios inventara su Idea o Forma. Así, Platón decía
que un carpintero sólo podía hacer una cama fijando la visión de su alma en la
Idea de la cama hecha por Dios. Teodoro de Samos, que inventó el nivel, el
torno, la escuadra y la llave, era así despojado de su originalidad y de sus
títulos de gloria; y Zópiro, inventor del gastrophetes —ballesta
apoyada en el vientre— había robado la patente a Dios.
Los defensores de la moderna teoría de la evolución se encuentran confundidos
ante las afirmaciones del Antiguo Testamento de que las diversas especies de
plantas y animales, tales como hoy existen, fueron creadas por Dios. No menos
confundidos se encontrarían los técnicos de la antigüedad de que se les dijera
que debían esperar la iniciativa divina antes de crear o mejorar cualquier
invento técnico, pues la etapa alcanzada por el desarrollo técnico formaba
parte de un plan divino.
Platón fue aún más lejos en su desprecio por el valor intelectual del técnico.
Éste no sólo fue despojado de su reputación de inventor, sino que se le negó
que poseyera verdad científica alguna en el arte de la fabricación. Con un
recurso ingenioso de sofisticación, Platón prueba en el mismo pasaje de La
República que quien posee el verdadero conocimiento científico de una
cosa no es quien la hace, sino quien la usa. El
usufructuario, que es el único que posee la verdadera ciencia, debe impartirla
al fabricante, para que éste tenga así «la correcta opinión».
Esta doctrina exalta la posición del consumidor en la sociedad y reduce la
jerarquía del productor. La importancia política de esto, en una sociedad en la
que había propietarios de esclavos, es evidente. A un esclavo que hace objetos
no se le puede permitir que sea poseedor de una ciencia superior a la del amo
que los utiliza. Esto constituye una barrera efectiva contra el avance técnico
y contra la verdadera historia de la ciencia. Platón ha preparado el camino
para la concepción grotescamente anti histórica, que fue más tarde corriente en
la antigüedad, de que los filósofos habían sido los creadores de las técnicas,
que luego enseñaron a los esclavos.
¿Por qué pensaba Platón de esta manera? Él fue uno de los mejores cerebros que
la historia registra. ¿Por qué sus razonamientos conducen a veces a
conclusiones tan equivocadas? No es difícil responder a estos interrogantes.
Aunque será mejor analizado en el último capítulo de esta primera parte, es
suficiente decir aquí que el pensamiento de Platón fue corrompido por su
aquiescencia para con la sociedad esclavista en que vivía. Platón y Aristóteles
se lamentaban de que aún hubiera libertad de trabajo. Aristóteles, en su Política (libro
I, Capítulo XIII) hace notar «que el esclavo y su amo tienen una existencia en
común, en tanto que el artesano mantiene una relación menos estrecha con el
amo, y participa de la virtud sólo en la medida en que participa de la
esclavitud».
Platón en sus Leyes (806 d) organiza la sociedad sobre la base
de la esclavitud. Al hacerlo plantea un interrogante trascendental: «Hemos
hecho excelentes arreglos para liberar a nuestros ciudadanos de la necesidad de
realizar trabajos manuales. Las tareas de las artes y los oficios han sido
delegadas en otros; la agricultura ha sido entregada a los esclavos a cambio de
que nos garanticen una retribución suficiente para vivir de un modo acomodado y
decoroso. ¿Cómo organizaremos ahora nuestra vida?». Cuestión más pertinente
hubiera sido preguntarse: « ¿Cómo reorganizará nuestro pensamiento esta nueva
forma de vivir?». Pues esta nueva forma de vivir trajo una nueva forma de
pensar, que, por otra parte, demostró ser enemiga de la ciencia. A partir de
este momento resultó difícil sostener que el verdadero conocimiento podía ser
alcanzado interrogando a la naturaleza, pues todos los instrumentos y
procedimientos utilizados para someter la naturaleza a la voluntad del hombre
eran de incumbencia de los esclavos, aunque así no lo reconociera la filosofía
política de Platón y Aristóteles.
Hemos examinado los aspectos del platonismo que significaron una reacción
contra la ciencia jónica; sin embargo, Platón tenía todavía una importante
contribución que hacer en otro campo. Ya era vieja la cuestión de si la razón o
los sentidos eran el verdadero camino hacia el conocimiento. Platón se había
pronunciado categóricamente por la razón. Los hombres de ciencia estaban de
acuerdo en que la razón no podía contribuir a nada sin la evidencia de los
sentidos. Platón no podía eludir la discusión, y en dos diálogos: el Teeteto y
el Sofista, su manera de tratar el tema arrojó resultados de
importancia clásica.
En el primer diálogo, abandonando la actitud intransigente del Fedón,
Platón está dispuesto a admitir que los datos de las sensaciones son los
elementos materiales del conocimiento, pero insiste (como lo habían hecho otros
autores anteriormente) en que la sensación no es en sí misma conocimiento.
Analiza aquí el problema de modo más completo que sus predecesores, los médicos
hipocráticos, cuyas opiniones hemos citado. Platón distingue claramente entre
percepción sensorial y pensamiento, y enseña que el conocimiento es el
resultado de la acción de éste sobre aquélla. Podemos transcribir sus propias
palabras: «Las sensaciones simples, que alcanzan al alma a través del cuerpo,
son dadas por la naturaleza al hombre y a los animales cuando nacen; pero sólo
por la educación y la experiencia pueden ser lenta y laboriosamente
interpretadas en toda su esencia y eficacia».
He aquí un pensamiento muy estimable y muy claramente explicado. Hasta puede
argumentarse que Platón, si hubiera sido capaz de seguir la senda de su
pensamiento hasta su lógica conclusión, hubiera encontrado que toda su
filosofía se derrumbaba tan dramáticamente como el descubrimiento de la
irracionalidad de √2 derrumbó la física de los números de los pitagóricos. Pues
es evidente que si la fuente y el desarrollo del conocimiento son como Platón
nos los describe, es decir, reflexión de simples sensaciones maduradas por la
educación y la experiencia, entonces la conciencia humana es condicionada desde
afuera, por la naturaleza y la sociedad, y no consiste en que el alma perciba
las verdades eternas. Si Platón hubiera seguido esta línea de pensamiento,
habría tenido que admitir con los jónicos lo que su fuero interno conocía con
certeza: la vinculación entre la práctica y el conocimiento humano; en suma,
que hubiera estado peligrosamente cerca de adoptar las opiniones de Demócrito.
Pero ha llegado el momento de terminar con las especulaciones acerca de lo que
Platón hubiera podido decir, y debemos ahora referir lo que realmente dijo.
Como ya hemos visto, Platón había llegado a la conclusión de que los sentidos
eran órganos que permitían a la mente aprehender a la
Naturaleza. Daremos a continuación, en forma condensada, los pasos ulteriores
de su razonamiento: «No vemos con los ojos, sino a través de ellos; no oímos
con los oídos, sino a través de ellos, y ninguno de los sentidos puede por sí
solo distinguir entre su propia actividad y la de otro sentido»: concepción
nueva y aguda de la que no se hace mención en los escritos hipocráticos. «Algo
debe de existir que vincule a ambos sentidos, llámese alma o como se quiera,
con lo cual percibimos verdaderamente todo lo que nos lleva a través de
los sentidos. Es el alma — o psyche— la que nos informa un órgano
sensorial, de las de otro».
Su contribución en este terreno es de gran importancia. Platón tenía aún otras
por hacer. Señaló que tenemos otras actividades psíquicas que dependen menos
directamente del estímulo sensible que las que acabamos de ver. Ellas son: el
recuerdo, la esperanza, la imaginación y las actividades superiores de la
mente, por las que captamos los argumentos matemáticos y lógicos, o concebimos
ideas absolutas, tales como el Bien, la Belleza y la Verdad. No es necesario
admitir el concepto de Platón de que esas facultades prueban la inmortalidad
del alma y su independencia del cuerpo para reconocer que elevó el problema de
la conciencia a un nivel más alto.
En el Sofista se insiste sobre la materialidad del alma. Se
plantea a los materialistas este dilema: ¿admiten o no la existencia del alma,
y que algunas almas son sensatas y buenas, en tanto que otras son torpes y
malas? Si responden que sí, como deben hacerlo, tendrán que responder luego si
esto no implica que la sensatez y las demás virtudes son algo, y si son cosas
que pueden ser vistas o tocadas. Pueden tratar de salvarse diciendo que el alma
es una cualidad del cuerpo, pero les será difícil sostener que la sabiduría sea
una cualidad del cuerpo. Si se los lleva a admitir que algo puede ser,
sin corpóreo, la cuestión está ganada.
No podemos insistir más en esta primera etapa de la controversia ya antigua de
la naturaleza del alma, pero es oportuno agregar que conocemos la respuesta que
dieron los materialistas. Los epicúreos nos la han legado. Dijeron: sí,
admitimos, por supuesto, la existencia del alma, de la mente y de las virtudes
y defectos. Negamos solamente su existencia extraña a toda estructura física y
fisiológica y «distante del cuerpo y de la sangre». (Lucrecio, III, 788-9).
En conclusión, Platón no sólo no hizo aporte alguno a la ciencia positiva, sino
que contribuyó a desalentarla. Esto no significa que no hiciera aportes al
pensamiento. Fomentó el estudio de la matemática, elemento esencial de la
concepción científica moderna. Desarrolló el estudio de la lógica más que todos
los pensadores que le procedieron. Su crítica al papel de la percepción
sensorial y de la mente en el proceso del conocimiento de lo exterior, hizo
época.
La fundación de la Academia fue una contribución notable a la concepción de la
ciencia como esfuerzo organizado y cooperativo. Su larga serie de diálogos, que
abarcan variados aspectos de la vida y del pensamiento humano, con lengua je
tan sutil y potente, constituye un legado imperecedero para la humanidad. Los
errores de su manera de pensar los comprenderemos mejor y los juzgaremos con
más acierto cuando advirtamos en ellos los errores de la época, pues lo más
estimable y lo primordial en Platón fue su esfuerzo por pensar como ciudadano,
bien que como ciudadano reaccionario de una sociedad decadente. Su sentido de
las proyecciones sociales y políticas del pensamiento humano en todas las
cuestiones terrenales es lo que refuerza su pensamiento, al par que le da vida,
complejidad, pasión y peso. Cuando vemos que él, que estaba dotado de tan luminosa
mentalidad, contribuyó a oscurecer el conocimiento de la época, advertimos en
sus crisis personales la crisis de la sociedad antigua.es Le faltó la serenidad
de la época anterior, cuando pensar significaba prever progresos para la
humanidad. Cuando miraba al futuro sentía miedo, pero no estaba por encima del
conflicto. Distaba mucho de ser el filósofo puro que sus defensores
contemporáneos nos presentan, ajeno a toda consideración de lugar y tiempo. En
verdad, sólo merced a su compenetración con los problemas políticos pudo
aportar una importante contribución a nuestro conocimiento de las condiciones
de trabajo en el mundo griego de su tiempo. En varios de los pasajes suyos que
hemos citado es posible advertir su preocupación por la organización del proceso
laboral. Tan notable es su interés, que Glotz (Ancient Greece at Work,
Londres, 1926, pág. 220) ha podido sostener con cierto fundamento que el genio
de Platón proporcionó a las ciencias económicas, por primera vez, una teoría de
la división del trabajo.
P.-M. Schuhl (Remarques sur Platón et la Technique en Estudios de
Historia de la Filosofía, Fasc. I, Tucumán, 1957 pp. 227-33) va incluso más
lejos. Documenta la infatigable curiosidad de Platón por las técnicas y su
capacidad para analizarlas y reivindica a Platón como fundador real —o, al
menos, precursor— de la tecnología. Creo que todo esto es cierto. Pero, tal
como el mismo Schuhl aceptaría, esto no altera el hecho de que la teoría de
Platón sobre la división del trabajo implicaba la negación de la ciudadanía al
artesano. Ésta es una especialización funcional de desastrosas consecuencias
para la democracia y para la ciencia.
Nota bibliográfica
Ver también P.-M. Schuhl, Máchinisme et philosophie, 2ª ed., París
1947; y Formation de la pensée grecque, 2ª ed., París, 1949.
Contenido:
· §.
Aristóteles
§.
Aristóteles
Nos hemos referido a Platón considerándolo como el primer filósofo cuya obra
completa se ha conservado. Aristóteles fue a la vez un gran filósofo y un
hombre de ciencia notable; y también su obra se ha conservado completa. Fuera
de las obras hipocráticas, que difícilmente se pueden atribuir a autores
determinados, y representan más bien a una escuela que a un hombre, la obra
aristotélica es la primera colección de escritos científicos que ha
sobrevivido. Aristóteles es el más antiguo hombre de ciencia griego cuyos
trabajos pueden ser debidamente estudiados en su forma original. Desde Tales
hasta Demócrito dependemos de fragmentos, de referencias posteriores y de
comentarios; en cambio, de la pluma de Aristóteles han llegado hasta nosotros
voluminosos tratados.
Sin embargo, aunque la obra de Platón y Aristóteles ha sobrevivido, muy
diferente fue la suerte de ambos. Poseemos toda la obra de Platón, que él había
preparado para publicar; sólo conjeturas podemos formular sobre los temas de
sus clases en la Academia. Aristóteles escribió y publicó diálogos que se han
perdido cuando era todavía miembro de la Academia. Lo que sí conservamos es la
esencia de las clases que dio como director de su propia institución, el Liceo.
La obra de Aristóteles que poseemos está compuesta de tratados técnicos; con
excepción de pasajes aislados de interés general y de forma excepcionalmente
elaborada, Aristóteles es menos legible que Platón.
Sin tener en cuenta a algunas obras menores, podemos clasificar los escritos de
Aristóteles en cuatro temas:
1. físicos,
2. lógicos
y metafísicos,
3. éticos
y políticos,
4. biológicos.
Los
tratados físicos son, desde el punto de vista de la ciencia moderna, los
menos satisfactorios, se hallan bajo la influencia de la filosofía teológica de
la Academia. Los tratados lógicos y metafísicos representan un
gran esfuerzo de revisión crítica de sus predecesores, especialmente de Platón.
El verdadero resultado de la crítica aristotélica es la transformación de la
teoría ideal en un instrumento para el estudio de la naturaleza. Para
Aristóteles, las Ideas o Formas no existen fuera de la otra existencia. La
ciencia consiste en hallar las Formas permanentes, que son la esencia de los
fenómenos cambiantes de la naturaleza. No corresponde que nos ocupemos aquí
directamente de sus tratados de ética y política, pero digamos que
son de gran importancia, puesto que nos revelan los vínculos, numerosos e
íntimos que hay entre la concepción aristotélica de la naturaleza y sus
concepciones sobre la sociedad. Su contribución a la ciencia fue máxima
en Biología. Se ha dicho que es la mayor contribución a la ciencia
jamás hecha por hombre alguno.
Naturalmente, la historia del pensamiento de un hombre como Aristóteles, si
pudiéramos obtenerla, sería de un interés extraordinario. Confiemos en que —a
grandes rasgos— la poseamos en efecto, aunque sólo últimamente haya sido bien
comprendida. Es de considerable interés. Pero, ¿cómo podemos cerciorarnos de
que en verdad la conocemos? y ¿cómo permaneció ignorada tanto tiempo?
Compréndase que el interés por la historia del pensamiento de un individuo es
un problema moderno. Platón nos ha legado un voluminoso relato de la vida y las
conversaciones de Sócrates. En vano buscaremos en él una referencia inteligible
respecto a la evolución del pensamiento de su héroe. Sócrates era el hombre más
sabio que Platón había conocido. Éste lo hizo vehículo de su propia sabiduría;
no fue para Sócrates lo que Boswell para Johnson. Plutarco también nos ha
legado una galería de retratos de los grandes hombres de Grecia y Roma en la
que no hubo lugar para nadie que no fuera general u hombre de estado. En el
índice no figura ningún artista, ningún filósofo, ni ningún hombre de ciencia.
No fueron lo que hoy entendemos por biografías las que escribió Plutarco, sino
más bien historia militar y política desde un nuevo ángulo: el de los
individuos participantes.
Lo mismo puede decirse de su imitador romano, Cornelio Nepote. La gran crisis
del mundo griego, el derrumbe del paganismo y la evolución de la cristiandad,
inauguró un cambio. En las Meditaciones de Marco Aurelio y en
las Confesionesde San Agustín tenemos los elementos de historias
del pensamiento, pero éstos no han dado grandes frutos. Cuando el mundo
cristiano cobra forma volvemos a tener abundante literatura biográfica, pero
las Vidas de los Santos no son sino en un sentido muy
superficial historia del pensamiento de esos hombres. Son relatos
esquematizados de la actividad de la gracia divina. El Humanismo fue el que
señaló el nacimiento de la biografía en el sentido moderno.
Mucho antes de esto, sin embargo, Aristóteles —un Aristóteles sin desarrollo
intelectual— había venido a ser parte de la cultura europea. Los escolásticos
medievales elaboraron la teología cristiana sobre la base de la obra
aristotélica. Los hombres de ciencia del Renacimiento aceptaron o rechazaron
los conceptos de Aristóteles. En ambos casos, «Aristóteles» significaba todo lo
que había sobrevivido con el nombre de Aristóteles. Toda su producción tuvo
igual autoridad. Nadie supo en qué orden había sido escrita, ni se molestó en
averiguarlo. Ésta es la razón de por qué la historia del pensamiento de
Aristóteles no nos fue revelada.
La reconstrucción detallada del orden en que fue escrita la obra de
Aristóteles, no es fácil, y probablemente es imposible. Aristóteles desarrolló
para sus alumnos del Liceo una variada gama de temas, por espacio de muchos
años. Los cursos de todos esos temas se gestaron bajo su dirección. Unos son
anteriores a otros, y existen entre ellos muchas referencias recíprocas; sin
embargo, su secuencia natural es clara. La buena acogida dispensada por W. D.
Ross (Aristotle, página 19) al orden de composición sugerido por Werner
Jaeger en su Aristóteles, constituye un juicio definitivo, dado lo
autorizado de su opinión. En esa ordenación, el desarrollo intelectual de
Aristóteles corresponde a los acontecimientos exteriores de su vida.
Aristóteles era hijo de un médico de la corte de Filipo II de Macedonia. Sin
duda se esperaba que seguiría la carrera de su padre. Era casi seguro que, de
acuerdo con la práctica de la época, sería iniciado en el arte de su progenitor.
Si así fuera, de niño, habría tenido oportunidad de comprender el doble aspecto
de la medicina hipocrática, que, como ya hemos visto, fue a la vez ciencia y
técnica. Habría concebido el arte de curar como un cuerpo de ciencia positiva
siempre creciente y, como a futuro practicante de ese arte, se le habría
enseñado a hacer sangrías, a vendar heridas, a poner cataplasmas y a realizar
muchas otras operaciones médicas simples. Más tarde, cuando tuviera alrededor
de diecisiete años, se trasladaría a la Academia de Atenas para introducirse en
un mundo intelectual y espiritualmente diferente. Allí recibiría una iniciación
en matemática pitagórica, que probablemente iría seguida de una rigurosa
práctica en dialéctica. Se le enseñaría a comprender las cosas como Parménides
lo había aconsejado: no a través de los sentidos, sino a través del
razonamiento. Aceptaría la máxima de Parménides, de que la lógica y la realidad
se identifican. La meta de su ambición ya no sería conocer la naturaleza, sino
lo absoluto, y meditaría largamente estas palabras de Sócrates en el Fedón:
«Si hemos de saber algo totalmente, debemos estar libres del cuerpo, y
contemplar la verdadera realidad sólo con la visión del alma».
Junto con esta iniciación a la filosofía idealista, Aristóteles aprendería en
la Academia a despreciar las técnicas. Si en la niñez aprendió a usar sus manos
para curar, allí se le enseñaría que emplearlas, aunque sólo sea en hacer
modelos físicos de objetos matemáticos, era cosa vulgar de la que debía
avergonzarse. Tal vez Aristóteles no necesitaba esta lección. Su aprendizaje
anterior de cirugía no sería óbice para que participara del creciente prejuicio
contra el trabajo manual en general. Lo importante para su carrera posterior de
biólogo fue que por lo menos en esta especialidad no se avergonzó de usar sus
manos.
Aristóteles permaneció casi veinte años en la Academia. Jaeger ha señalado que
un pupilaje tan prolongado, en quien se distinguió por su originalidad, no
tiene paralelo en la historia intelectual del hombre. Debemos recordar que
Aristóteles era un autor reputado cuando todavía era miembro de la Academia.
Ross nos recuerda que: «las escuelas antiguas de filosofía eran instituciones
de hombres unidos por un espíritu común, que compartían las mismas opiniones
fundamentales, pero que proseguían sus propias investigaciones con cierta
independencia».
Es evidente que mientras Aristóteles era aún miembro de la Academia, criticó
algunos aspectos del platonismo, y en el año 348, cuando murió Platón y la
dirección de la Academia fue ocupada por su sobrino Espeusipo, las
discrepancias de puntos de vista fueron aún más notables. Aristóteles lamentó
la tendencia de la Academia a «desviar la filosofía hacia la matemática», y se
alejó de ella. Tendría entonces treinta y siete años. Los trece años siguientes
los pasó fuera de Atenas, principalmente en Assos y en Mitilene.
Muchas de sus investigaciones en biología pertenecen a esta época. Huyendo de
Atenas y de la matemática, se refugió en Jonia y en la historia natural. ¡Ojalá
supiéramos más de sus relaciones y de la potencia de la vieja tradición jónica!
Después, en el 334, próximo a los cincuenta años, volvió a Atenas, y en el
Liceo instaló su propia escuela. Durante los doce años siguientes, mientras
dirigió el Liceo, completó la maravillosa obra que conocemos. En el 323
abandonó nuevamente Atenas, y al año siguiente murió. El conflicto íntimo que
trasunta su obra, en destellos de drama espiritual bajo el frío exterior
tecnicista, se debe a la combinación de su respeto por el idealismo platónico,
con su devoción por la investigación positiva. Dice Ross: «Si nos preguntamos
cuáles fueron las condiciones psicológicas más probables del orden en que
Aristóteles escribió su obra, deberíamos responder que, verosímilmente, su obra
refleja un alejamiento progresivo de la influencia platónica. Su evolución fue
desde la abstracción hacia el interés profundo por los hechos concretos, tanto
de la naturaleza como de la historia; y tuvo la convicción de que la “forma” y
el significado del mundo han de encontrarse fuera de él, sino identificados con
su “materia”».
Hace ciento cuarenta años, el famoso platonista Thomas Taylor resumió las
diferencias generales entre ambos filósofos, haciendo notar que Aristóteles,
aun cuando se ocupó de la teología, lo hizo con criterio materialista, en tanto
que Platón consideró hasta los hechos materiales con criterio teológico. Esta
física teológica de Platón fue expuesta en su famoso —o notorio— diálogo Timeo,
que es a la vez el mejor premio a los tratados físicos de Aristóteles: parte
primera y más platónica de las que conservamos de su obra.
Platón en este diálogo nos brinda su concepción del mundo, y constituye la
culminación de la filosofía teológica de la tradición pitagórica. En él nos
dice que el mundo fenoménico es imagen del mundo eterno, y que la bondad de
Dios es la causa de la creación de este mundo fenoménico sobre el modelo del
mundo eterno. En otras palabras, sus principales temas los constituyen la
providencia y la teología. Argumenta a priori que el mundo es uno, que tiene la
forma de una esfera perfecta, que necesariamente esta hecho de los cuatro
elementos: Tierra, Aire, Fuego y Agua, y que tiene alma. Nos dice luego que los
seres humanos están hechos igualmente con los cuatro elementos, y que asimismo
contienen almas. Estas almas han sido instruidas divinamente en la ley moral
del universo. El propósito de Dios, al dotar a los hombres de vista y oído, fue
que pudieran aprender de la astronomía y la música el ejemplo de la ley y el
orden, para utilizarlos en sus propias vidas.
El pasaje siguiente, que explica por qué el mundo tuvo que ser hecho de cuatro
elementos, nos aclarará el significado de las palabras de Thomas Taylor, cuando
dijo que Platón trataba a la física teológicamente. «Lo creado, siendo
corpóreo, ha de ser visible y tangible. Sin el fuego, nada visible puede
crearse; nada tangible, sin solidez; nada sólido, sin tierra. Dios, al
principio de la creación, hizo el universo con fuego y tierra. Dos elementos no
pueden unirse sin un tercero; debe existir el vínculo que los una… Si el
universo hubiera podido ser un plano, cualquier elemento intermediario hubiera
bastado para unirlo entre sí y consigo, pero como en realidad el universo hubo
de ser sólido, y los sólidos siempre deben estar unidos, no por un elemento
intermediario, sino por dos, por eso, Dios introdujo el agua y el aire entre la
tierra y el fuego, y los hizo —en la medida en que fue posible— proporcionales
unos a otros. El aire fue al agua, lo que el fuego al aire; y el agua a la
tierra, lo que el aire al agua». La varita mágica de los matemáticos
pitagóricos transformó la filosofía natural de los jónicos en teología.
La constitución de los seres humanos es tratada con el mismo criterio
apriorístico, por lógica verbal. La patología de la mente y del cuerpo es
deducida de la visión general de la estructura del universo, en la forma
censurada mucho antes por el autor de De la Medicina antigua. A
modo de final, la existencia de las mujeres y de los otros animales inferiores
¡se explica por una doctrina de degeneración progresiva de algunos hombres! «De
los hombres creados al principio, los que observaron una conducta cobarde e
injusta renacieron en la segunda generación como mujeres; por eso los dioses
infundieron en esa oportunidad el deseo de copular. Las bestias que andan a
cuatro patas descienden de los hombres completamente ignorantes de los temas de
la filosofía y que no contemplaron jamás los cielos».
Al llegar a estos extremos, es probable que Platón ensayara una incursión en lo
humorístico, pero debe señalarse que los dardos de su ingenio fueron dirigidos
contra los antiguos pensadores jónicos. Anaximandro, anticipándose a conceptos
modernos y basándose en evidencias, había sostenido que el hombre descendía del
pez; paralelamente, Platón sostuvo que los peces eran descendientes de los
hombres. «La cuarta clase de animales, los que viven en el agua, provienen de
los hombres más necios» —y prosigue— «y si locos como Anaximandro se
convirtieron en peces, otros filósofos se transformaron en pájaros. Los pájaros
provienen de la deformación de hombres no dañinos, pero de escaso ingenio, que
prestaban atención a las cosas de los cielos, pero que en su
simplicidad suponían que la mejor evidencia era la del ojo».
Pero en el Timeo Platón no se limitó a protestar contra el uso
de los sentidos, ni fue éste siquiera su objetivo principal. Su polémica contra
la filosofía de los antiguos jónicos se extiende a la negación de las
explicaciones de los fenómenos naturales que, como hemos visto, éstos habían
deducido de la técnica; y las sustituye por explicaciones deducidas de la
matemática pitagórica y de la lógica de Parménides. Platón no podía admitir
conceptos tales como la solidificación, la licuefacción, la inflamación, la
coalescencia, la condensación, etc., es decir, los procesos físicos que los
hombres utilizan en las técnicas. Lo que ofreció en su reemplazo puede
advertirse en el siguiente pasaje típico:
«Cuando se estableció el ordenamiento del universo, Dios comenzó a proyectar en
figuras y números las formas del fuego, el agua, la tierra y el aire, que hasta
entonces, aunque mostrando algunos vestigios de su estructura, estaban en el
estado que puede esperarse de la ausencia de Dios. Hemos de aceptar
como nuestro principio fundamental que Él los hizo como no lo fueron jamás,
enteramente hermosos y buenos; tanto como pueden serlo . Lo que ahora
debo descubriros es la estructura particular y el origen de cada uno de ellos.
La argumentación será novedosa, pero vosotros habéis sido iniciados enrías
ramas del conocimiento necesarias para comprender la explicación de mis
proposiciones, y por eso seréis capaces de seguirme. Ante todo, es evidente
para todos que el fuego, la tierra, el agua y el aire son cuerpos y, como
tales, tienen volumen. El volumen está necesariamente limitado por superficies,
y las superficies rectilíneas se componen de triángulos. Todos los triángulos
derivan de dos; cada uno de éstos tiene un ángulo recto y dos agudos; uno de
ellos tiene a cada lado un ángulo que es la mitad de un recto, comprendido
entre lados iguales. El otro tiene a cada lado partes desiguales de un ángulo
recto, comprendidas entre lados desiguales. Por eso, a medida que
proseguimos nuestra argumentación, que combina la necesidad con la
probabilidad, postulamos que ésta es la fuente del fuego y de los otros
cuerpos . Las fuentes más recónditas que pudieran existir para estos
cuerpos son conocidas sólo por Dios y por aquellos a quienes Dios ama». De esta
manera, la naturaleza del fuego es explicada por las propiedades del triángulo
escaleno. Tal argumentación es famosa en la historia; sin embargo, parece serlo
menos que la de Plinio el Viejo acerca del papel del fuego en las técnicas.
Whitehead dice: «La característica más sobresaliente de la tradición filosófica
europea es que consiste en una serie de anotaciones de la obra de Platón». Como
la filosofía no nos incumbe aquí sino accidentalmente, no tenemos intención de
discutir esta aseveración, y sólo deseamos prevenir contra el error de asignar
a Platón tal importancia en la historia de la ciencia. Desde el punto de vista
científico, el Timeo es una aberración.
Aristóteles, que nació en la época en que se dio a luz La República,
era estudiante de la Academia a los veinte años, cuando se comenzaba a escribir
el Timeo. Nos brinda esta obra la explicación del universo en que
fue sistemáticamente educado. Hemos visto en el capítulo anterior cómo
contribuyó Aristóteles a elaborar la astronomía teológica de Platón. Toda su
física está también inspirada y viciada por el ideal platónico. No negaremos
que haya en sus obras argumentos agudos: podemos recomendar a los lectores el
capítulo VIII del libro II de la Física, donde demuestra el
carácter teológico de la naturaleza; si no convincente, es, por lo menos,
interesante. No falta la crítica de sus predecesores, que alcanza aun a
Parménides y a Platón. Pero es el espíritu de ellos el que preside la obra. Es
lo que Bacon llamaba disquisiciones; mas el lector moderno quiere
evidencias, no argumentaciones.
Nur
das Beispiel führt zum Licht;
Vieles Reden thut es nicht.
Lo
mismo puede decirse de los otros tratados físicos. El principio fundamental de
Platón fue siempre que Dios había configurado las cosas para que fueran, en la
medida de sus posibilidades, bellas y buenas. Sustituyendo a Dios por la
naturaleza, ésta es la misma teleología que inspira, por ejemplo, el tratado de
Aristóteles, De los cielos. El cielo es una esfera porque la
esfera es una forma perfecta; describe un círculo, porque sólo
el movimiento circular, por no tener principio ni fin, es eterno; y así sucesivamente. De
los cielos es un ejercicio muy a la manera del Timeo.
Como ya hemos visto, Aristóteles se convenció cada vez más de la necesidad de
la observación, y de la primacía de la clara evidencia de los sentidos, sobre
cualquier argumento, aunque éste pareciera aceptable. Se pone en boca de
Sócrates, en el Fedón, lo siguiente: «He resuelto refugiarme en los
argumentos contra la confusión de los sentidos, para llegar por los argumentos
a la determinación de la verdad de la realidad». No sin titubeos, Aristóteles
invirtió los términos y confirió la primacía a la evidencia sensorial, cuando
ésta prometía más exactitud.
Paralelamente, la observación muestra una firme tendencia a aumentar en sus
tratados de física. La Meteorología es posterior entre sus
trabajos de física, como se evidencia en el hecho de que el libro I comienza
con un resumen del contenido de los trabajos anteriores, es decir, de laFísica,
el tratado De los cielos y De la generación y la
corrupción. Ross, señalando que el contenido de este último tratado «llega
a ser en gran parte estéril por la teorización apriorística», con justicia
destaca, sin embargo, que «a través de toda la obra hay pruebas de una muy
considerable dosis de observación».
En apoyo de esto citamos a continuación sus observaciones sobre el arco iris
lunar, «El arco iris se ve de día, y anteriormente se pensó que nunca
aparecería de noche como arco iris lunar. Esta opinión era debida a que este
fenómeno se produce muy rara vez. No fue, pues, observado, porque aun cuando
sucede, ello es poco común. La razón de esto es que los colores no son fáciles
de ver en la oscuridad, y que muchos otros factores deben coincidir, y todos
ellos en un solo día del mes. Porque, para que haya arco iris lunar, debe haber
luna llena, y ésta debe estar saliendo o poniéndose. Por eso, sólo en dos
ocasiones hemos visto el arco iris lunar, en más de cincuenta años».
Como ya hemos señalado, el problema de las pretensiones rivales de los sentidos
y la razón ocupó la atención de Platón durante toda su vida, y en sus
diálogos Teeteto y Sofista contribuyó
notablemente a resolverlo. Este problema también perturbó a Aristóteles a
través de todos sus trabajos sobre temas de física. En realidad, fue la fuerza
conductora de su pensamiento en formación. En la segunda gran sección de su
obra, los tratados de metafísica y lógica, encontramos su respuesta a él.
Quizá sea natural que quienes están especialmente interesados en el incremento
del conocimiento científico positivo consideren este problema con relativa
impaciencia. Esta impaciencia es injustificada, porque la aparición de la idea
de ciencia positiva trae aparejado, necesariamente, el problema de la validez
del conocimiento. Tan pronto como los hombres consideran conscientemente el
problema del Ser (de la existencia), se plantean inevitablemente el nuevo
problema del Saber (de la conciencia). Lo que se aprehende por el pensamiento
no es el dato directo de los sentidos; así, si llamamos por el único nombre
de estrellas a un centenar de objetos que se hallan a la
vista, lo hacemos por lo que ellas tienen de común, aunque todas son
diferentes. Tan pronto como tratamos de definir lo que ellas tienen de común,
hemos comenzado a filosofar. Si decimos con Tales, que todo lo que existe es Agua,
nos hemos sumergido aún más profundamente en la metafísica. Las estrellas
difieren en posición, pero son cosas más o menos semejantes; mas, ¿qué tienen
de común el Agua, la Tierra, el Fuego y el Aire para que intentemos establecer
una identidad en cosas tan manifiestamente diferentes? Prosiguiendo con esos
problemas, la mente pronto crea por sí misma todo un edificio de conceptos, por
medio de los cuales busca comprender a la naturaleza. El problema del Ser ha
dado origen al problema del Saber.
La teoría de las Ideas, que asociamos al nombre del Sócrates platónico, fue un
intento por resolver el problema del conocimiento. Saber cosas significa
clasificarlas, esto es: definir lo que es esencial en ellas, cuál es su Idea o
Forma. Esta Idea o Forma es el aspecto permanente e inteligible de las cosas.
Como lo enseñó Heráclito, todo está en estado de fluir; pero lo que en verdad
fluye, lo que cambia, es el elemento sensible de las cosas. El aspecto
inteligible, la Idea, subsiste. Sólo la Idea tiene validez para el pensamiento.
Platón confiere a la Idea una existencia separada de la suya propia. Atribuye a
la Idea una existencia real, y enseña que la única ciencia valedera es el
conocimiento de las Ideas. Enseña que del mundo cambiante de los sentidos no
debemos esperar formamos más que una correcta opinión».
Esta teoría idealista tiene sus aspectos religiosos, pues está
vinculada con la creencia en la inmortalidad del alma. El alma inmortal, antes
de incorporarse al cuerpo del hombre cuando nace, conoció los modelos eternos,
o arquetipos, de las cosas. El cuerpo, con sus oscuras sensaciones, hace
conocer solamente el fluir del mundo fenoménico.
La Teoría Idealista, tal como lo sostiene el autor de este libro, tuvo también
su aspecto social. Fue una teoría de la clase ociosa. Fue una
teoría sólo posible en hombres que pensaban en las cosas, pero que no actuaban
sobre ellas. La Idea se separó de las cosas cuando el pensador se alejó del
operario. Bacon observó este hecho y lo definió claramente. Llamó «leyes de
acción simple» a las Formas de las cosas, y se empeñó en encontrar una ciencia
que capacitara al hombre para actuar sobre la materia.
Ahora bien, el anhelo de actuar sobre la materia rara vez
aparece en las obras de Aristóteles, exceptuando dos de ellas, la Mecánica,
y el libro IV de la Meteorología, que trataremos más adelante, y
que a causa de su tendencia práctica ha sido tenido por apócrifo. Desde el
punto de vista práctico, la Teoría Idealista era inobjetable para ellos. Lo que
molestó en cierto grado a Platón y desveló a Aristóteles fue que suponía
abandonar el intento de establecer una ciencia de la naturaleza, y constituía
un obstáculo insuperable para ello. La visión del alma podía informarnos del
mundo de las Formas, pero sólo los ojos podían aportar los datos necesarios
para una ciencia de la Naturaleza.
La consecuencia del último pensamiento de Platón acerca de este problema fue un
abandono tácito de la teoría de las Ideas, y su reemplazo por la distinción
entre mente y materia. Platón tuvo el concepto de un mundo material, ya
inmóvil, ya desordenado; enfrentada a éste, puso la Mente, que es la fuente de
la vida y del pensamiento ordenado, y que da a la materia armonía, proporción e
inteligibilidad. A esta división de la naturaleza en materia y mente
corresponde la división del hombre en cuerpo y alma.
El mismo problema fue retomado por Aristóteles en su Metafísica. La
obra es una investigación sobre la naturaleza de la realidad, y como
Aristóteles estaba poniendo en práctica «un paulatino alejamiento de la
influencia de Platón», el principal problema a considerar fue si las Formas
platónicas existían, y en qué sentido. Su respuesta fue, para ser breves, que
las Formas existen, pero siempre en inseparable unión con la materia. La
hipostatización de las Ideas fue dejada a un lado y la Materia y la Forma
aparecen como dos aspectos de la existencia.
Esto fue un gran progreso de la teoría idealista. El problema se aproxima aún
más a la solución al ser englobado en una cuestión más amplia: la discusión
general de la causa. Aristóteles se distingue de Platón en que más a menudo
aludió a sus predecesores jónicos, sin olvidar siquiera el temido nombre de
Demócrito. Trató de colocar en su marco histórico a la doctrina de la Academia
y al desarrollo que de ella hizo. En toda la evolución del pensamiento sobre la
naturaleza de las cosas, que va desde Tales hasta él mismo, Aristóteles, ve
avanzar una cuádruple teoría de la causa. Los jónicos, con su búsqueda de un
Primer Principio, trataban de encontrar la causa material de las cosas;
los pitagóricos, con su insistencia en el número, aludían a la causa formal;
Heráclito, con el papel activo que asigna al Fuego, y Empédocles, con su
doctrina del Amor y del Odio, se preocuparon por hallar la causa eficiente.
Sócrates, al sostener que la razón de que las cosas sean así, y no
de otro modo, es que lo mejor es que queden como están, sugería la causa final.
Toda explicación adecuada de la naturaleza debe reconocer este cuádruple
carácter de la causa.
Esta nueva doctrina de la causa apenas hizo justicia al rico contenido
experimental de las enseñanzas de los filósofos anteriores, pero facilitó el
camino para nuevos avances en otros terrenos. Aristóteles creó, casi ab
initio, una nueva ciencia, o técnica: la lógica. El objeto de esta ciencia
fue determinar los límites de la validez del razonamiento, para llegar al
conocimiento y la expresión de la realidad.
Mientras predominó la doctrina platónica de las Ideas no fue posible que se
desarrollara la ciencia lógica, pues Platón no llenó el vacío existente entre
las Ideas (único objeto de la verdadera ciencia) y el mundo fenoménico, que
está fuera del alcance de la ciencia. La lógica de Platón no podía revelar el
mundo natural. En cambio, Aristóteles comprendió que la Idea no tenía existencia
por sí misma, sino que lo que en verdad existe son cosas individuales
concretas, unión de materia y forma. La única realidad es la «forma
inmaterializada», puesto que la Forma, por no tener existencia separada, no
puede ser aprehendida sino por el estudio de las cosas.
Para llegar a lo universal debemos estudiar lo particular; éste es el verdadero
problema de la lógica.
Ahora bien, ¿cuáles son los procesos válidos para llegar a lo universal por el
estudio de lo particular? ¿Cómo podemos encontrar la Forma en la Materia? Y en
caso de encontrarla, ¿cómo podemos válidamente tratarla, utilizarla y extraer
conclusiones de ella? Las doctrinas aristotélicas de la Inducción, la
Definición y la Deducción, con todas las diversas formas del Silogismo, fueron
la respuesta a esos nuevos interrogantes. La lógica de Aristóteles promovió el
conocimiento del mundo material tal cual es; no contribuyó a cambiarlo.
Una evolución paralela se produjo en psicología. Así como la Materia y la Forma
no podían tener existencia separada en el universo, tampoco en este microcosmos
que es el hombre, el cuerpo y el alma podían existir independientemente uno de
otro. Ya no se consideró al alma como a un extraño aprisionado temporalmente en
el cuerpo, sino que alma y cuerpo fueron dos aspectos del ser vivo. La
actividad de la mente no era diferente ni opuesta a la actividad de los
sentidos, sino que, sin solución de continuidad, eran partes del mismo proceso
vital.
Aristóteles, en su tratado Del alma analiza con perspicacia
las bases fisiológicas de las diversas actividades del alma: imaginación,
memoria, ensueños y pasiones. Para Aristóteles, los procesas mentales se
convirtieron en psicofísicos. Este proceso debió haberse cumplido implicando la
negación de la inmortalidad del alma. Pero Aristóteles demuestra a este
respecto una reticencia particular. Una sola actividad del alma era para él
puramente psíquica; hela aquí: las enseñanzas de sus Metafísica y Lógica habían
reivindicado la pretensión de que podía existir una verdadera ciencia de la
naturaleza, y de que fuera posible aplicar a las cosas un pensamiento valedero;
pero también era posible pensar en el pensamiento. El pensamiento acerca del
pensamiento no tenía contenido material alguno, sino sólo formal. Aristóteles
pensaba, por eso, que ésta era la más noble actividad de la mente. El hombre,
en la medida en que es capaz de esta actividad, puede llamarse inmortal.
Pensando en el pensamiento, la parte eterna del hombre se vincula a lo eterno.
La parte del alma que piensa en el pensamiento no puede morir. En una frase
noble y patética de su Ética, Aristóteles incita al hombre mortal a
ser «tan inmortal como le sea posible». La frase, al menos, es inmortal, en el
sentido que nosotros los mortales damos a la inmortalidad.
El efecto de la crítica aristotélica a la teoría de las Ideas fue que hizo
posible de nuevo la ciencia de la naturaleza. Negando existencia separada a la
Idea, afirmando que la Idea existe sólo en la medida en que está incorporada al
mundo material, hizo posible que la Idea proporcionara el conocimiento de las
apariencias. La tarea del investigador fue descubrir las Formas en el mundo
material. Esta nueva concepción de las relaciones entre el Ser y el Conocer
proporcionó las bases de su obra de biología, a la que dedicó los últimos doce
años de su vida.
Publicó gran cantidad de trabajos referentes a ella; los más importantes
son: Historia de los animales, De las partes de los animales y De
la generación de los animales, basadas en parte en informaciones de segunda
mano y en parte en la investigación personal. Menciona alrededor de 500 clases
diferentes de animales. Disecó personalmente alrededor de 50 tipos diferentes.
Y aquí tuvo buena ocasión para aplicar su novedosa lógica. La tarea de
clasificar al reino animal de acuerdo con sus géneros y especies no fue sino la
tarea de descubrir las Formas de la Materia. La biología fue el terreno
prefigurado para la aplicación de la lógica aristotélica. No se trataba de
modificar a las plantas ni a los animales. Su lógica no tuvo aplicación
fructífera en la práctica química, salvo que le pertenezca el libro IV de
la Meteorología (véase Capítulo 7).
Al dedicarse a las investigaciones biológicas, revela nuevamente conciencia de
su alejamiento de la tradición de la Academia, a la que tan estrechamente se
había ceñido en sus tratados físicos. Siente necesidad de defender sus
innovaciones, pero su defensa es ahora firme y confiada. Escribe: «Los objetos
naturales pertenecen a dos grandes clases: los inmortales, que no tienen
principio ni fin, y los que están sujetos a la degeneración y a la decadencia.
Los primeros son dignos de honrarse, pues son divinos, pero están menos al
alcance de nuestra observación. Toda nuestra especulación sobre ellos, y
nuestra aspiración a conocerlos, sólo en muy raras ocasiones pueden ser
confirmadas por la percepción directa. Cuando dirigimos nuestra atención hacia
las plantas y los animales perecederos, nos sentimos más capaces de llegar a
conocerlos, pues habitamos su mismo mundo. Cualquiera que desee tomarse el
trabajo necesario, puede aprender mucho de todas las especies que existen.
Ambas investigaciones tienen su encanto. En el caso de los cuerpos celestes,
poco podemos saber de su existencia, pues tan lejanos están de nuestro alcance;
sin embargo, la veneración que se les tiene confiere a nuestro conocimiento de
ellos un grado de placer mayor que el de cualquiera de las cosas que están a
nuestro alcance: del mismo modo que para un amante es preferible la mirada
casual y fugaz de su amada a la visión completa de muchas otras cosas
apreciables. Pero los objetos terrestres tienen la ventaja, desde el punto de
vista científico, de nuestro mejor y más completo conocimiento de ellos. En
verdad, su vecindad a nosotros y nuestro parentesco pareciera que neutralizan
los idéales de la filosofía divina, y, como ya he expresado mi opinión en el
problema anterior, me resta tratar la biología, evitando las omisiones todo lo
posible, sea grande o pequeño el honor en que ésta es tenida» (De las partes
de los animales, I, 5). Este interesante pasaje, que habríamos deseado
transcribir más extensamente si tuviéramos espacio, confirma la opinión de que
la obra biológica, además de aparecer más tarde que la obra física, es la
consecuencia de una nueva posición frente a la naturaleza y la observación.
Al mismo tiempo, en su búsqueda de las Formas en la naturaleza, Aristóteles
conservó el método teleológico de interpretación, método que no tiene el apoyo
de los biólogos más modernos. Aristóteles había distinguido cuidadosamente la
causa Formal de la causa Final. En realidad, ambos conceptos se hallan
estrechamente vinculados; las formas representan el aspecto inteligible de la
naturaleza, su diseño al natural, a la vez que constituyen el elemento vivo. La
Materia es inerte, pasiva; las Formas son activas e impulsan a la naturaleza a
modelarse en ellas. La actividad toda de la naturaleza consiste en un extraer
el orden del caos, imprimiendo la Forma en la Materia. En síntesis; las Formas
no son más que un sinónimo de la Providencia o Dios, con lo que en última
instancia la causa Final es indistinguible de la causa Formal.
De este modo reaparece con un ropaje más seductor el viejo modo socrático de
explicación, según el cual las cosas son como son porque es para bien que así
sean. Nos será de gran ayuda ilustrar lo que se acaba de decir. Elegiremos un
ejemplo que otra vez ilustrará la gran divergencia que hay entre la visión de
la naturaleza que dan los jónicos y la de los socráticos.
Ya nos hemos referido a la opinión de Anaxágoras, quien decía que fue la
posesión de las manos la que hizo al hombre el más inteligente de los animales.
Esta opinión lleva involucrada en sí la comprensión del papel de las técnicas
en la evolución humana. Escuchemos ahora el argumento con el cual Aristóteles rechaza
esta opinión: «De todos los animales, sólo el hombre es erecto, porque su
naturaleza y su existencia son divinas. Pensar, ejercitar la inteligencia, es
la característica de lo más divino. Esto no es fácil si gran parte del cuerpo
está situada en el segmento superior, pues el peso hace perezoso el ejercicio
del pensamiento y de la percepción. Por consiguiente, si el peso y el elemento
corporal aumentan, los cuerpos deben inclinarse hacia la tierra; entonces, para
mayor seguridad, la naturaleza debe sustituir las manos y los brazos por patas
delanteras, y de ese modo se originan los cuadrúpedos… Pero, siendo el hombre
erecto, no tiene necesidad de patas delanteras; en lugar de ellas, la
naturaleza le ha dado brazos y manos. Anaxágoras había dicho que la posesión de
las manos había hecho al hombre el más inteligente de los animales. Lo probable
es que obtuviera las manos por ser el más inteligente de los animales, porque
las manos son herramientas, y la naturaleza, como un hombre inteligente,
distribuye las herramientas entre aquellos que pueden usarlas. Es más natural
dar una flauta a un auténtico flautista que dar la habilidad de tocarla al
hombre que tenga tal flauta; porque esto es agregar lo menor a lo mayor y más
excelente, en lugar de añadir lo mayor y más precioso a lo menor. Si, entonces,
es mejor que sea así, y si la naturaleza hace siempre lo mejor de lo posible,
el hombre no es sabio porque posea manos, sino que, por ser el más sabio de los
animales, tiene manos» ( De las partes de los animales, IV, 10).
Esto no es más que el Timeo de nuevo. Es sorprendente
encontrar este pasaje insertado en la obra biológica de los últimos años de su
vida. Es muy probable que haya sido escrito antes, pero no hay parte de los
escritos de Aristóteles en que las concepciones del Timeo no
puedan repetirse.
Esta cuestión de las manos sirve también para iniciar nuestro último punto.
Siguiendo la subdivisión que hicimos en el capítulo en que estudiamos a Platón,
hemos discutido hasta ahora la posición de Aristóteles frente a la Astronomía y
a lo que los antiguos llamaron física, y hemos visto que significó
sólo un avance vacilante y superficial sobre Platón. En segundo lugar, hemos
examinado su actitud frente a la investigación por la observación, y hemos
encontrado que en sus estudios biológicos ha dado un gran paso adelante. Ahora
bien, ¿cuál fue su actitud frente al tercer punto, aquel que se refiere al
papel de las técnicas en la sociedad, y a si ellas suministran conceptos para
la interpretación de la naturaleza?
Una de las más antiguas, y en muchos conceptos la mejor historia de los
precursores de la ciencia griega, proviene del primer libro de Aristóteles,
su Metafísica o Teología, como él mismo la llamó.
Aquí es gracioso señalar su preocupación por disociar el origen de esta rama de
la filosofía, de la producción, de las técnicas. «Que no es una ciencia
productiva —escribe— se hace evidente además por las consideraciones de los filósofos
más antiguos. Porque los hombres fueron impulsados a estudiar la filosofía, como
lo son hoy en día, llevados por la curiosidad. Al principio, se maravillaron
con los problemas superficiales; luego progresaron gradualmente maravillándose
con dificultades cada vez mayores, por ejemplo: el comportamiento de la luna,
los fenómenos del sol y el origen del universo. Ahora bien, el que se asombra y
se maravilla se cree un ignorante; por consiguiente, aun el adorador de los
mitos es, en cierto sentido, un filósofo, pues un mito es un tejido de enigmas.
De ese modo, si se dedicaron a la filosofía para huir de la ignorancia, es
evidente que persiguieron la ciencia por el conocimiento mismo, y no con fines
utilitarios. Esto es confirmado por el curso de la evolución histórica misma,
porque casi todas las exigencias de la comodidad y del refinamiento social
habían sido ya aseguradas antes de que comenzara esta forma de cultura. Por
eso, es natural que no le atribuyamos ninguna aplicación ulterior. Del mismo
modo que calificamos de libre al hombre que vive para sus propios fines, y no
para los de otros, así podemos decir de ésta, que es la única ciencia libre del
hombre. De todas las ciencias, sólo ella existe por sí misma». Su principal
peculiaridad es evidente: que la filosofía es respectó a las ciencias prácticas
lo que un hombre libre es respecto a sus esclavos.
Nuevamente, refiriéndose al mismo tema, Aristóteles escribe: «Es natural que en
los tiempos más remotos fuese universalmente admirado el inventor de cualquier
arte que vaya más allá de las percepciones sensoriales comunes de la humanidad,
no sólo por la utilidad que se pudiera encontrar en sus invenciones, sino por
la sabiduría que le distinguió de los otros hombres. Pero cuando un buen número
de artes ha sido inventado, y algunas de ellas se ocupan de las necesidades y
otras de los refinamientos sociales, los inventores de las segundas han sido,
como es natural, considerados siempre más sabios que los otros, pues su
conocimiento no tenía una utilidad inmediata. Por eso, cuando todo esto había
sido ya satisfecho, fueron descubiertas aquellas ciencias que no trataban de
las necesidades ni de los placeres de la vida, y esto se produjo primero en los
lugares donde el hombre estaba ocioso; por eso, las artes matemáticas fueron
concebidas primero en Egipto, pues en este país la casta sacerdotal se
entregaba al ocio». De nuevo merece subrayarse el punto principal: que debemos
el comienzo del verdadero conocimiento de la realidad a los sacerdotes ociosos
de Egipto, y no a los técnicos que descubrieron cómo hacer las cosas.
La importancia que Aristóteles asignó a esta nueva concepción de la naturaleza
por la clase ociosa —que llamó Filosofía Primera o Teología— lo condujo a
ciertos juicios anti históricos que contradicen las opiniones de los pensadores
antiguos. He aquí algunos:
1º Aristóteles sostiene que las artes matemáticas fueron inventadas por vez
primera en Egipto, porque allí los sacerdotes se entregaban al ocio. La opinión
de Heródoto (II, 109), universalmente aceptada en nuestro tiempo, es que la
geometría surgió en Egipto debido a la necesidad de jalonar la tierra después
de cada inundación del Nilo.
2º Aristóteles nos dice que los inventores de los refinamientos de
la vida fueron siempre considerados más sabios que los inventores de los utensilios,
porque sus invenciones no eran útiles. Platón nos aclara que la concepción de
los jónicos era muy diferente, pues nos asegura que los jónicos consideraban
como las más importantes de las artes a aquéllas que ayudaban al hombre a
complementar e imitar a la naturaleza, tales como la medicina y la agricultura.
3º Pero la característica más atrayente de todo este pasaje es que, en su deseo
de atribuir el origen de la verdadera Filosofía, Aristóteles nos revela
que él cree que la ciencia aplicada ya ha cumplido su cometido . Sólo
la Metafísica es posible porque: «Casi todas las exigencias de la comodidad y
el refinamiento social habían sido aseguradas», porque «todo lo que a eso se
refiere había sido ya provisto». La idea de una explotación más efectiva de la
naturaleza en beneficio de la humanidad no existía para Aristóteles. El hecho
de que las comodidades y los refinamientos estén disponibles sólo para pocos,
no se analiza.
Esta concepción no se refleja solamente en sus obras filosóficas y científicas,
sino que impregna toda su filosofía política, que únicamente se ocupa del
gobierno de los hombres. El problema fundamental es contar con una clase
trabajadora fácil de manejar. Aristóteles ambicionaba la desaparición de la
clase trabajadora libre y el establecimiento universal de una relación de amo a
esclavo. Esto —nos dice— es la finalidad de la Naturaleza; sólo porque la
naturaleza no es en un ciento por ciento infalible, no produce dos tipos de
hombres físicamente distintos. Cuando el hombre de estado, instruido en la
concepción aristotélica, ayude a la naturaleza a realizar su intención; cuando
los hombres nazcan en realidad e inequívocamente Amos o Esclavos, o sean
divididos por la sociedad en esas dos clases, la clase ociosa estará en
libertad de entregarse a los más nobles ejercicios de la inteligencia, a saber:
la Metafísica, la Filosofía Primera y la Teología. De este modo, gracias a la
existencia de la clase de los esclavos, la clase dirigente estará posibilitada
para cumplir el imperativo de «ser tan inmortal como fuese posible» y pensar
acerca de los pensamientos, no acerca de las cosas. Hasta la inmortalidad se
convierte así en un privilegio de clase.
El fracaso de Aristóteles, tutor de Alejandro, en impulsar un mayor progreso en
las técnicas es un reflejo del fracaso general de la sociedad de esa época.
Rostovtzeff, en su Mundo helenístico (pág. 1166 y sigs.),
analiza este fenómeno. Este autor nos habla de la ineptitud para aclimatar
plantas y animales y para aprovechar los yacimientos petrolíferos mesopotámicos
y el betún del Mar Muerto; de la falta de progresos técnicos en la agricultura
y en la metalurgia; de la incapacidad de descubrir algún perfeccionamiento en
los métodos de extracción de minerales, que no fuera la intensificación del
trabajo forzado, y el estancamiento de la industria textil en un nivel
prehelénico.
Es un cuadro triste, pero es la réplica precisa de las enseñanzas de La
República y Las Leyes, de Platón, y de la Metafísica de
Aristóteles. El marasmo de la ciencia helénica es sólo un aspecto del
estancamiento de la sociedad griega.
NOTA. Acerca de las opiniones de Aristóteles sobre la esclavitud, véase en
especial su Política, libro I, capítulos IV-VII.
Contenido
· §.
Resumen y conclusiones
§.
Resumen y conclusiones
En los capítulos precedentes nos hemos esforzado por extraer de nuevo el
significado de la historia de la ciencia en el mundo antiguo y, especialmente,
en el período de formación del pensamiento griego. El tema es difícil, y las
opiniones se hallan divididas. Nos ocuparemos en este capítulo de aclarar, en
la medida que nos sea posible, cuáles son exactamente las enseñanzas que vemos
en él para el mundo moderno.
En primer lugar, sostenemos que la actividad humana que llamamos ciencia no se
origina como un modo de pensar en las cosas para que seamos capaces de dar
verbalmente respuestas satisfactorias a cualquier problema que pudiera surgir,
sino como un modo de pensar en las cosas para ser capaces de manipularlas al
servicio de fines deseados. El pensamiento científico se distingue de otros
modos de pensamiento porque demuestra su validez en la práctica. Nuestra
opinión en este tema puede ser expresada con las palabras de un escritor
francés cuya obra parece no haber sido comprendida en Gran Bretaña.
«Al mismo tiempo que la idea religiosa —dice Félix Sartiaux—, pero mucho más
lentamente, porque requiere esfuerzo mucho mayor, la idea de ciencia se separa
de la mentalidad mágico-mística del hombre primitivo. Manipulando herramientas
o haciendo objetos con fines previstos, el hombre, a pesar de su tendencia a
representar las cosas según su propia imagen, hace distinciones, se forma ideas
de clases y observa relaciones que no dependen de su imaginación. De este modo,
acaba por saber que las cosas no suceden como los ritos las representan y que
no se comportan como los espíritus. Si se atuviera a sus sueños religiosos y
mágico-religiosos, nunca podría haber hecho nada. Pero, en
verdad, desde los tiempos más remotos mata animales, y muy pronto los
domestica; cultiva las plantas; extrae metales de los minerales y hace objetos
para fines que ha establecido previamente. Estas acciones, cualesquiera fuesen
las representaciones que las acompañan, tuvieron éxito. En consecuencia,
conscientemente o no, el hombre establece relaciones y se somete a ellas. La
existencia de técnicas que se remontan a la era paleolítica muestra que
existen, aun en el pensamiento más primitivo, señales de un espíritu
científico». [7]
En la antigua civilización del Cercano Oriente, este modo de pensamiento
científico difícilmente logró extenderse más allá de las técnicas mismas, pero
coexistió con una interpretación mitológica del universo. Esta interpretación
mitológica del universo fue desarrollada y transmitida por las corporaciones de
sacerdotes, y tenía finalidad política. Los técnicos —cuya práctica contenía el
germen de la ciencia— estaban ocupados en manipular la materia; los sacerdotes,
sobre cuyos hombros descansaba el mantenimiento de la estructura social,
estaban particularmente ocupados en controlar a los hombres. Y la necesidad de
controlar a los hombres implicaba el mantenimiento de la interpretación
mitológica de los grandes fenómenos de la naturaleza: los movimientos de los
cuerpos celestes, los cambios de las estaciones, de la vegetación, y las
irregularidades o cataclismos de la naturaleza.
La originalidad específica de los pensadores jónicos fue que aplicaron a la
interpretación de los movimientos de los cuerpos celestes y a los grandes
fenómenos de la naturaleza modos de pensar derivados de su dominio de las
técnicas. Circunstancias políticas favorables hicieron que esto fuera posible.
Los jónicos representan un nuevo elemento social: una nueva clase de
industriales y comerciantes, que trajo una paz temporaria y la prosperidad a
las comunidades consumidas por las luchas entre la aristocracia terrateniente y
los campesinos desposeídos. Siendo dominantes en la sociedad, es natural que su
modo de pensar también lo fuera; mientras estaban seguros de poseer el poder
político, no dudaron en ridiculizar las viejas explicaciones mitológicas de la
naturaleza, e intentaron sustituir las explicaciones de «las cosas de arriba»
por las suyas, derivadas de la experiencia práctica en «las cosas de abajo».
Las bases económicas de este modo de concebir el mundo fueron introducidas en
el Ática a comienzos del siglo VI, por Solón. Éste fue un comerciante que
estaba llamado a salvar a Atenas del desesperante impasse en
que había caído durante las luchas habituales entre los terratenientes y los
campesinos. Con la introducción de las técnicas industriales y su intento de
asegurar que cada ateniense enseñara un oficio a su hijo, proporciona otra
alternativa económica a la anterior, basada en la posesión de la tierra.
Entonces, cuando Atenas se convirtió en una democracia, era una ciudad
mercantil e industrial en el seno de una región agrícola.
Dice W. H. S. Jones que «es interesante hacer notar que las artes fueron
distinguidas de las ciencias sólo cuando el pensamiento griego hubo pasado su
cenit».[8]A mediados del
gran siglo V, en el auge de la Edad de Pericles, esta distinción aún no había
sido hecha en Atenas. Fue la época en que un obrero escultor, como Fidias, o un
obrero arquitecto, como Ictino, honraban a la mejor sociedad. Ésta es la
concepción que se refleja en las obras más notables de la literatura de la
época.
Esquilo, por ejemplo, que escribió antes de mediados de dicho siglo, puso en
boca de Prometeo —quien había robado a Júpiter el fuego del cielo— un
espléndido relato imaginario del papel de las técnicas en el desarrollo de la
sociedad humana. El hombre —hace decir a Prometeo— fue al principio tan
ignorante como una criatura. Tenía ojos pero no podía ver; tenía oídos pero no
podía oír, y vivía en un mundo onírico de ilusiones, hasta que Prometeo lo dotó
de mente y del don de la comprensión. ¿En qué consistió este don de la
comprensión? En que mientras el hombre había vivido hasta entonces como un
insecto, en oscuras cuevas subterráneas, sin saber hacer ladrillos ni conocer
la carpintería, ahora vive en casas bien construidas que miran al sol. Antes no
podía prever la llegada del invierno, la primavera o el verano. Ahora había
aprendido a leer en las estrellas y se había preparado un calendario.
Anteriormente no sabía contar ni escribir, ahora tenía un sistema de números y
un alfabeto; antes trabajaba como una bestia de carga, ahora había dominado a
los animales salvajes que llevaban bultos y arneses; antes no sabía cómo cruzar
los mares, curarse cuando se enfermaba o predecir el futuro, ahora tiene
veleros, remedios vegetales y un arte de la adivinación; y para coronarlo todo,
había traído de lugares ocultos en la tierra aquellos tesoros enterrados: el
oro, la plata, el bronce y el hierro.[9]Tal es la
descripción del crecimiento de la civilización que nos legara Esquilo. Para
éste, las conquistas de la técnica son enteramente identificables con el
crecimiento de la inteligencia. La idea de ciencia no aplicada no pasó por su
mente.
Pocos años más tarde, Sófocles, en un famoso coro de su Antígona,
retoma el tema de la inventiva técnica del hombre. Las maravillas son muchas
—canta—, pero nada es más maravilloso que el hombre mismo. Él es el poder que
cruza el blanco mar. Hace uso de los vientos tormentosos para que lo lleven
lejos entre olas que amenazan engullirlo. Año tras año, la mula, el nuevo y
fuerte animal que ha derivado del caballo, arrastra sus arados a través de los
campos de la Tierra, el más viejo de los dioses. Con sus trampas, por su
sabiduría superior, caza los pájaros, las bestias y los peces de las
profundidades. Domestica el crinoso caballo y el infatigable toro, que pone
bajo el yugo. Ha aprendido por sí mismo a hablar y a pensar. Ha aprendido de
igual modo a conducirse civilizadamente. Se hizo casas para guarecerse de la
helada y la lluvia. Encontró remedio para todo, excepto para la muerte. Puede
curar las enfermedades. Su ingeniosidad técnica, aunque lo conduce a veces al
mal y a veces al bien, muestra una sabiduría que desafía a la imaginación.
Éstas son paráfrasis vulgares de una poesía intraducible de esos grandes
tributos rendidos a la genial inventiva del hombre, pero servirán para señalar
su contenido.
La lista de las conquistas humanas en Sófocles es la misma que en Esquilo, pero
mientras que la trama obliga a éste a atribuir la invención de todas las
técnicas a Prometeo, Sófocles sostiene abiertamente aquello que Esquilo, por
supuesto, no intenta negar, a saber, que todas ellas son conquistas del hombre
mismo. Ésta fue igualmente la opinión de su contemporáneo, el filósofo
Anaxágoras, quien también vivió en la Atenas de Pericles, y enseñó que gracias
a la posesión de un par de manos hábiles se convirtió en sabio.
A causa de la destrucción de los libros y documentos antiguos, no es fácil
ilustrar con la abundancia que fuera de desear el método de los científicos
filósofos que consideraron a las técnicas como la clave para comprender la
dinámica de la naturaleza. Sin embargo, el tratado que ya hemos analizado con
cierta extensión señala la contribución que hizo el cocinero a la comprensión
de la naturaleza humana y de la naturaleza en general, y entre otros numerosos
ejemplos, hemos visto el intento de Empédocles de dilucidar mediante
experimentos con el reloj de agua la relación que hubiera entre la atmósfera
exterior y la circulación de la sangre en el cuerpo humano. Este experimento
llega también a la conclusión de que las operaciones fundamentales de la
naturaleza, la interacción entre los elementos, tienen lugar a un nivel que
está por debajo de la aprehensión de nuestros sentidos. Fue un problema para
los científicos deducir las operaciones ocultas a la observación, de las que
eran visibles.
Existe otro escrito hipocrático [10]que nos
muestra cómo los hombres de ciencia trataron de utilizar este método; el
tratado parece ser obra del director de un gimnasio que vivió a fines del siglo
V. Creía que la naturaleza humana consistía en una mezcla de fuego y agua. Su
dificultad residía en que esos elementos, de los que dependen las actividades
vitales del hombre, eran en última instancia como el aire investigado por
Empédocles: demasiado sutiles para que el hombre los percibiera directamente.
Ahora bien, ¿cómo superó esta dificultad? Por su ideario es evidente que había
estudiado a Heráclito, a Empédocles y a Anaxágoras, en cuyo pensamiento acerca
del universo hemos encontrado numerosas pruebas de la influencia de las
técnicas. De igual modo que esos cosmólogos habían utilizado ideas derivadas de
las técnicas para explicar la naturaleza del universo, así nuestro médico
recurre a las técnicas para la explicación de la naturaleza del hombre. Al
igual que sus predecesores, que empleando el mismo método también lo hicieron,
dice una cantidad de disparates. Pero el punto que nos preocupa por el momento
es el método y no los resultados.
En primer lugar enuncia su principio general. Los procesos invisibles de la
naturaleza humana —nos dice— pueden observarse si se analizan los procesos
visibles de las técnicas. Los hombres no comprenden este punto porque no
alcanzan a ver que los procesos técnicos que dominan conscientemente son
imitaciones de los procesos inconscientes del hombre. La mente de los dioses
—explica— ha enseñado a los hombres a copiar en sus artes las funciones de sus
cuerpos. Los hombres comprenden las artes (es decir, las utilizan con éxito),
pero no alcanzan a comprender de qué son copias. Los hombres debieran
comprender que las artes son la clave de las operaciones oscuras de la
naturaleza.
Aquí es importante considerar qué entendía el autor por comprender.
No quería decir la habilidad para dar una explicación verbal; significa, según
él, la habilidad para actuar conscientemente en el logro de un fin deseado.
Desea actuar sobre el cuerpo humano para promover y preservar su salud. Piensa
que de las artes existentes puede extraer sugestiones para el nuevo arte de la
salud que intenta crear. Las artes hacia las que dirige su atención son: la del
adivino, la del herrero, la del tejedor, la del zapatero, la del carpintero, la
del constructor, la del músico, la del cocinero, la del curtidor, la del
cestero, la del orfebre, la del escultor, la del alfarero y la del escriba.
La idea central parece ser que, si actuamos correctamente en lo referente a los
aspectos visibles de las cosas, los aspectos invisibles que deseamos se
producirían inevitablemente. En este sentido ve una analogía entre ciertos
procesos fisiológicos y la adivinación. El adivino, observando lo visible, es
decir, los acontecimientos del presente, es capaz de predecir lo invisible, es
decir, los hechos futuros; de igual modo que un hombre y una mujer, por el acto
presente de la unión sexual, inician el proceso que en el futuro desembocará en
el nacimiento de un niño. Análogamente —deduce—, podemos aspirar a descubrir el
curso de la acción presente que determinará la salud futura.
Trata de acercarse más a la solución del problema, considerando la fabricación
de las herramientas de hierro. En su concepción de las cosas, el hombre es una
mezcla de fuego y agua, pero éstos son también los elementos que forman el
acero. El herrero soplando el fuego sobre el hierro extrae alimentos del
hierro, que se convierte en rarificado y flexible. Luego lo
bate, lo suelda y lo templa con agua. El temple con agua es un modo de
devolverle la nutrición. Pues lo mismo sucede con el hombre cuando es educado.
Su aliento aventa el fuego que hay en él y que consume su alimento. Una vez «rarificado»,
golpeado, triturado y purificado, entonces la aplicación del agua, es
decir, alimento, lo hace fuerte.
No continuaremos señalando las analogías que el autor vio entre sus regímenes
de salud y la larga lista de otras artes que menciona, pues todas ellas son
fantásticas, pero sería un error considerarlas desprovistas de todo valor
científico. Sólo aquellos que no estén familiarizados con las prodigiosas
dificultades de las primeras etapas de cualquier ciencia, y con la tentativa de
aventurar hipótesis que acompañan a esas etapas, caerán en tal terror. Nuestro
autor se había propuesto hacer varias cosas a los cuerpos los hombres. Sus prescripciones
de ejercicios, baños, masajes, purgantes dietas están lejos de ser inútiles.
Por comparación con otras artes, intenta extraer una comprensión clara de lo
que está haciendo.
Pero nuestro deseo principal no es valorar los resultados, sino establecer la
naturaleza del método. Cuanto más fantásticas son las analogías entre los
procesos fisiológicos y las técnicas industriales, más significativo es el
hecho de que nuestro autor haya recurrido a este método. En un nivel más
primitivo habría supuesto que el cuerpo era la morada de los espíritus, y todo
lo habría recetado de acuerdo con esa suposición; en cambio, ahora piensa que
la fisiología humana es semejante a las operaciones del herrero, del zapatero y
del alfarero, y receta de acuerdo con ello. La primitiva concepción de la
naturaleza había sido transformada por la misma fuerza que había transformado a
la sociedad primitiva: la práctica de las técnicas de producción.
En el período anterior del pensamiento griego, cuando las ciencias no estaban
separadas de la técnica, la ciencia fue simplemente un modo de hacer algo;
con Platón se tornó en un modo de conocer que, en ausencia de
cualquier prueba práctica, significó sólo discurrir lógicamente. Esta «nueva
clase de ciencia», como cambio en el carácter de la sociedad. Los historiadores
de la sociedad discuten aún el grado preciso en que las técnicas industriales
habían pasado a manos de los esclavos en la época de Platón.
Para nuestros fines no es necesario dar una respuesta más precisa a la cuestión
que decir que para Platón y Aristóteles era normal y deseable que los
ciudadanos fueran eximidos de la carga de las tareas manuales, y aun del
gobierno directo de los trabajadores. El tipo de ciencia que aspiraban a crear
era una ciencia para ciudadanos que no estuvieran consagrados a tareas de
dominar el mundo físico; su modo de explicación excluyó necesariamente a las
ideas derivadas de las técnicas. Su ciencia consistió en ser capaces de dar la
respuesta exacta a cualquier cuestión que se les formulara. La exactitud de tal
respuesta dependía principalmente de su consistencia lógica. No todo esto era
negativo. Los enormes avances realizados en matemáticas, especialmente bajo el
estímulo de Platón y la influencia de la Academia, transformaron la concepción
del universo.
Mientras los jónicos tuvieron ideas tan incorrectas acerca del tamaño y la
distancia de los cuerpos celestes, que su astronomía es indistinguible de la
meteorología, los matemáticos comenzaron pronto a revelar que nuestro mundo no
es sino una partícula en un vasto universo de espacio. Asimismo los jónicos,
fértiles en ideas, progresaron poco en su capacidad de analizar las
consecuencias lógicas de ellas. Una página de buena lógica aristotélica puede
hacer que su mundo dialéctico parezca tan primitivo como es, a la luz de los
matemáticos, su concepto acerca del Sol, la Luna y las estrellas; pero, a pesar
de los progresos en matemáticas y lógica, la separación de la ciencia del
contacto fertilizante y regulador de la técnica constituyó un golpe de gracia
del cual la ciencia no pudo recobrarse a lo largo de toda la antigüedad y la
Edad Media.
La nueva concepción de ciencia, que nació con Platón y Aristóteles, tuvo
evidentemente su origen en la nueva forma de sociedad fundada en la distinción
entre el ciudadano y el esclavo. No hay aspecto del pensamiento de Platón que
no refleje la fundamental dicotomía derivada de esta división de la sociedad.
En la teoría de la esclavitud enunciada, el esclavo no fue considerado como ser
racional. Sólo el amo estaba dotado de razón, pues el esclavo podía tener «una
opinión correcta» sólo si seguía estrictamente las directrices de su amo; esta
relación de «amo a esclavo» fue fundamental en todas las esferas del
pensamiento platónico.
En la esfera política Platón concibe la relación entre gobernante y gobernado
en términos de amo y esclavo; supone que el gobierno es para bien del
gobernado, pero no requiere su consentimiento. Esos hombres de oro, los
aristócratas esclarecidos que han de gobernar, son una pequeña minoría de la
población. Todos los demás son en cierto grado esclavos, cuya única posibilidad
de obrar bien consiste en obedecer mecánicamente las órdenes de sus superiores.
El artesano, librado a sí mismo, no podría gobernarse, porque se dejaría
arrastrar por sus propios apetitos. Platón concibe singularmente que las
principales actividades de los trabajadores están concentradas no en sus manos,
sino entre sus pechos y espaldas. Los artesanos están frente a los filósofos en
la relación de esclavos a amos. No hay diferencia entre el arte del propietario
de esclavos y el del rey, excepto en la magnitud de sus respectivos dominios.
Ésta es la doctrina que Platón predicó en la ciudad cuya vida democrática había
sido fundamentada con la implantación de las artes por Solón.
La psicología, la fisiología y la ética de Platón fueron todas concebidas para
adaptarse a este plan. Para el Estado, Platón concibió tres clases: los
Gobernantes, sus Auxiliares —los soldados y los policías— y los Productores. La
introducción de una tercera clase no implica ninguna variante fundamental de la
vinculación de amo a esclavo, porque la principal función de los Auxiliares es
asegurar el dominio de los Gobernantes sobre los Productores. Siguiendo esta
analogía, se hace constar al alma de tres partes: la razón, el espíritu y los
apetitos. La razón corresponde a los gobernantes, el espíritu a los policías y
los apetitos a los trabajadores. Aquí percibimos el significado social de
rechazar la opinión de Anaxágoras, quien decía que la mano había sido el
instrumento principal en la creación de la inteligencia. Los trabajadores no
son seres dotados de habilidad manual, sino de apetito. Comparad a
Platón con Esquilo y Sófocles, y comprended la magnitud del cambio.
El aspecto fisiológico de esta psicología de clase fue expuesto detalladamente
en el Timeo. La cabeza está separada del tronco por el cuello,
porque la parte divina del alma, que está situada en la cabeza, no debe ser
contaminada por la parte mortal, que está situada en el tronco. El tronco mismo
está dividido por el diafragma a fin de que los elementos feminoides y serviles
del alma puedan alojarse aparte en la porción inferior, mientras que el
elemento masculino y espiritual está colocado encima «al alcance del oído»,
como él dice, «del discurrir de la razón» que se realiza en la cabeza, para que
pueda combinarse con la razón suprimiendo cualquier rebelión de los apetitos.
El sistema ético que fluye de esta psicología es intransigente y puritano. Hay
un profundo abismo entre el alma y el cuerpo. El alma se halla frente al cuerpo
en la relación del amo al esclavo. La noción de que las sensaciones corporales
de placer y dolor deban servir a la mente como fundamento de las acciones
éticas ha de ser considerada con las mismas reservas que los preceptos
políticos según los cuales la plebe debiera tener voz en la elaboración de las
leyes.
La misma clave fue aplicada a la interpretación del sistema del universo. La
mente y la materia se oponen la una a la otra, como el amo y el esclavo. Si hay
en la naturaleza algún orden o belleza, es porque la mente impone orden en la
materia, que es esencialmente desordenada; de donde se deduce que la razón y no
la evidencia sensible es la verdadera ciencia. La razón nos pone en contacto
directo con la mente, que impone orden a la materia. En el mundo fenoménico,
con el cual tienen tratos los sentidos, este orden es alcanzado de manera
imperfecta.
Esta nueva concepción de la relación entre la mente y la materia implica un
alejamiento radical de la primera premisa de la vieja escuela de los filósofos
naturalistas; éstos sostenían que necesariamente hay un orden en el mundo
material, y que la mente humana aprehende la verdad en la medida en que
aprehende el orden necesario. Este orden sólo puede ser aprehendido por la evidencia
sensible. La experiencia humana en el ejercicio de las técnicas proporciona los
indicios necesarios para interpretar esa evidencia. Para Platón, sin embargo,
la verdadera ciencia es teológica, y consiste en interpretar los fenómenos a la
luz de los fines a los cuales se supone que aspira la Mente, que se esfuerza
por dirigir todas las cosas. Estos fines son descubiertos, no por la
observación, sino por la razón. La verdad se descubrirá no intentando actuar
sobre la naturaleza, sino discurriendo sobre sus fines.
Esta nueva y extraña concepción de la materia, como un principio de desorden,
fundamenta también la filosofía de Aristóteles. «A la materia se la hace
responsable de la mayoría de las irregularidades», como lo señala uno de sus
investigadores, quien al mismo tiempo observa que esto implica un alejamiento
radical de la concepción jónica. Este autor no puede dar respuesta al enigma
que surge de sus investigadores, ni es probable que pueda hacerlo mientras
continúe observando el problema desde una posición equivocada. La clase de la
extraña concepción de Aristóteles no se hallará en sus tratados físicos, sino
en su Política. Como para Platón, la relación de amo a esclavo
constituye el modelo fundamental para su pensamiento en cada una de las otras
esferas.
Aristóteles, como es bien sabido, fue un defensor de la esclavitud, alegando
que ésta es natural. Como una autoridad contemporánea nos lo recuerda,[11] al
llamarla «natural», quiere significar que «se ajusta al modelo que abarca la
naturaleza toda». Para decirlo con las propias palabras de Aristóteles: «En
cada cosa compuesta sé halla siempre un factor gobernante y un factor sometido,
y esta característica de las cosas vivientes está presente en ellos, como una
consecuencia de la propia naturaleza». [12] No nos
dejemos confundir por la mala lógica. Es difícil suponer que Aristóteles
considerara realmente que amo y esclavo formaran una «cosa compuesta»; pero
toda la lógica de la justificación aristotélica de la esclavitud, es mala. Como
ya lo señalara Montesquieu hace tiempo, «Aristóteles intenta demostrar que la
esclavitud es natural, pero no lo prueba con todo lo que dice». Lo que nos
ocupa ahora no es la pretendida justificación de la esclavitud sino las
consecuencias que acarrea a su ciencia esa pretendida justificación. Tomando la
relación de amo a esclavo como un esquema que llena la naturaleza toda,
Aristóteles considera a la materia como refractaria, desordenada y resistente,
y a la Naturaleza o Mente como imponiendo a la materia la realización de fines
determinados. Los atributos que Aristóteles aplica a la materia serán
enigmáticos mientras no comprendamos que son los mismos atributos que aplica al
esclavo.
De esta concepción de la relación de la naturaleza con la materia deriva su
famosa cuádruple teoría de la causa. De acuerdo con Aristóteles, los antiguos
pensadores —los filósofos naturalistas jónicos— habían considerado sólo la
causa material, y habían constituido solamente una primitiva y «vacilante»
forma de ciencia; esto es cuánto podría esperarse de ellos, ya que en todas las
manifestaciones de la naturaleza consideraban sólo el elemento esclavizado o
sometido. Aristóteles propone tres tipos más de causa: la Eficiente, la Formal
y la Final. Éstos son los tipos de causa que explican cómo la Naturaleza impone
fines a la materia refractaria.
Ésta es la concepción aristotélica dominante de la ciencia, es decir, la
comprensión del modo en que la Naturaleza, que se parece al Amo por los fines a
que aspira, impone sus designios sobre la materia, que a menudo se opone a esos
fines y, como el esclavo, nada puede conseguir sino bajo la dirección de una
voluntad superior. Llega a proclamar que la dificultad es distinguir un esclavo
natural de un amo natural se debe al fracaso de la Naturaleza en imponer su
voluntad sobre la materia. La Naturaleza pretende —continúa— producir un tipo
de hombre que se reconocerá inmediatamente como desprovisto de razón: «Un
instrumento vivo»; pero no puede hacerlo porque la materia es refractaria.
Parte de su arte de la política está dirigida a mejorar esta impotencia de la
Naturaleza; cuando los hombres son esclavos naturales y no lo saben, es tarea
de los amos naturales hacérselo comprender.
En un capítulo anterior hemos visto de qué manera el aporte de ideas de la
esfera político-religiosa había afectado al desarrollo de la astronomía; he
aquí una nueva ilustración sobre el mismo punto. La antigua concepción jónica
de un orden objetivo de la Naturaleza había sido extraída de la necesidad de
adaptarse al comportamiento de la materia, para tener éxito en la realización
de los procesos técnicos. No fue la regularidad del movimiento de los cuerpos
celestes, lo que dio al hombre su primera idea de la existencia de una
regularidad en la naturaleza, sino la experiencia siempre repetida de que las
cosas tienen su propio comportamiento invariable; que los cardos no dan higos
ni puede hacerse el bronce más duro a menos que se mezcle una porción de estaño
con diez de cobre, ni alcanzar la octava a menos que la cuerda sea dividida por
la mitad. La concepción de la Naturaleza como infinitamente variada e
ingeniosa, pero inexorable en sus leyes, es la concepción de los técnicos que
trataban de dominar la materia. La nueva concepción de la Naturaleza
atribuyéndole fines, y creyendo que dirigía esos fines hacia la materia,
subordinada pero refractaria, es la concepción del amo que gobierna al esclavo.
Hemos completado nuestro breve estudio del período inicial; nos hemos impuesto
un objetivo limitado, y sabemos cuán imperfectamente lo hemos alcanzado. Hemos
pasado revista a la contribución que hicieron a la ciencia cierto número de
hombres extraordinarios. Tales, Anaximandro, Anaxímenes, Heráclito, Pitágoras,
Parménides, Empédocles, Anaxágoras, Demócrito, Sócrates, Platón y Aristóteles,
para no nombrar a los innumerables contribuidores a la obra hipocrática. El
tiempo no ha podido debilitar la fascinación que ejerce su pensamiento; pero
nuestro propósito no se habría alcanzado, ni el significado que tiene para
nosotros la ciencia griega habría sido revelado, a menos de aclarar lo que
tantos historiadores han soslayado: la íntima relación que hay entre el
desenvolvimiento de este grupo de teorías y de actividades prácticas que
llamamos ciencia, y la vida de la sociedad en la que se dan.
Pronto se escribirán mejores historias de la ciencia griega que las que ahora
existen, pero el requisito necesario para ello es la adquisición de un mejor
conocimiento de la historia técnica de la Antigüedad Clásica, y de su
interacción con toda la vida de la época. La comprensión de la ciencia griega
no adelantará si los historiadores, en lugar de revelar la génesis histórica de
las teorías de los griegos, consumen sus energías preguntándose si los griegos,
por algún extraordinario don de genio especulativo, no habrían sido capaces de
saltarse los siglos y anticiparse a los hallazgos de la ciencia moderna. Si
Aristóteles, por ejemplo, habla de algún comportamiento irregular de la
materia, no es sensato tratar de explicar esto sugiriendo que anticipaba la
moderna teoría de la indeterminación, pues se hallan al alcance de la mano
explicaciones mejores. La historia de la ciencia debe ser realmente histórica.
Nota bibliográfica
1. — ESCRITORES DE LA ANTIGÜEDAD: El texto donde mejor pueden estudiarse las
reliquias fragmentarias de los pensadores griegos, desde Tales a Demócrito, es
la Obra de HERMANN DIELS, Die Fragmente der Vorsokratiker (5.ª
ed. por Walther Kranz, 1934). Las obras de KATHLEEN FREEMAN, Companion
to the Pre-Socratic Philosophers y Ancilla to the Pre-Socratic
Philosopher (Basil Blackwell, Oxford, 1946 y 1948), facilitan al
lector inglés el estudio de estos textos. Más recientemente, el período ha sido
estudiado, autorizadamente, en The Presocratic Philosophers, por G.
S. Kirk y J. E. Raven (Cambridge, 1960). Los escritos de los hipocráticos están
bien representados por cuatros volúmenes de la Loeb Classical Library
(Heiremann, Londres).
2. — ESCRITORES MODERNOS: A las referencias dadas en el texto quiero agregar
dos: a) HAROLD CHERNISS, Aristotle’s Criticism of Pre-socratic
Philosophy (Johns Hopkins Press, 1935); b) RODOLFO MONDOLFO,
«Sugestiones de la técnica en las concepciones de los ruralistas
presocráticos», en Archeion, Nueva Serie, tomo II, volumen XXIII,
N° I. Ver también Zeller-Mondolfo Filosofía dei Greci, Vol. II,
part. I, pp. 27 ss. (Florencia, 1938). El primero de estos escritores ilustra
con abrumador aporte de pruebas cómo Aristóteles fracasó al dar la descripción
verdadera de las enseñanzas de los presocráticos. El porqué de
este fracaso es explicado mejor por Mondolfo diciendo que los escritos de los
viejos pensadores abundan en referencias a las técnicas, que, en una sociedad
ya cambiada, parecían ser indignas de los filósofos.
La
primera parte de este libro contiene la historia de la ciencia griega de Tales
a Aristóteles, y un intento de definir su significado para el mundo moderno.
El período que abarca está comprendido entre los 600 y 322 a. C. Este período
está dividido por la carrera de Sócrates. Se ha dicho que el período
presocrático fue la época de formación de la ciencia griega. Fue el fruto, en
el campo intelectual, de una sociedad razonablemente feliz que había lanzado un
vigoroso ataque sobre la naturaleza y que contemplaba al hambre como a una
criatura ingeniosa y bien dotada, capaz de mejorar ilimitadamente sus
condiciones de vida. Como expresara un comentador entusiasta, «los grandes
progresos teóricos fueron realizados por hombres que estaban bien al tanto de
la ofensiva técnica contra el mundo de la naturaleza, y que gracias a esto
llegaron a colocarse en una actitud positiva, investigadora y, hasta cierto
punto, experimental».
El nombre de Sócrates está vinculado a un desplazamiento del interés, de la
filosofía natural a la política y la ética. Este cambio de interés representó
un cambio en las condiciones de la sociedad. El cuadro confiado del hombre
consagrado al ataque de su medio ambiente natural llegó a su fin a causa de una
crisis social. Esta crisis fue producida por el crecimiento de la institución
de la esclavitud. El nivel del dominio técnico sobre la naturaleza alcanzado en
ese momento ofrecía a los griegos la posibilidad de ocio cultivado para una
minoría, y al mismo tiempo su expansión geográfica les ofrecía la posibilidad
de esclavizar a pueblos más débiles y atrasados. La esclavitud dejó de ser una
institución doméstica e inocua, para convertirse en un intento organizado de
transferir las pesadas cargas del acarreo, la minería y muchos procesos agrícolas
e industriales, a las espaldas de esclavos extranjeros. Se constituyó el ideal
del ciudadano como individuo libre del trabajo manual, dando así lugar a una
conveniente teoría según la cual la naturaleza había dispuesto que otras razas
humanas eran ineptas para la ciudadanía, y sólo podían dedicarse al trabajo
físico.
Una mala consecuencia de esto fue que el dominio de las técnicas, cuyo
conocimiento funcional es esencial para muchas ramas de la ciencia, pasó a
manos de los esclavos, concibiéndose así un ideal de la ciencia que era
principalmente verbal y ajeno a la práctica. La palabra era
asunto del ciudadano; el hecho, asunto del esclavo. Como Sir
Clifford Allbutt dijera de Platón, quien es el gran exponente de esta etapa del
pensamiento: «Platón, desgraciadamente, despreció las aplicaciones de la
ciencia a las artes técnicas del hombre, sin percibir que de ellas surgen
algunos de los más luminosos principios de la ciencia académica, pues la
naturaleza es más ingeniosa, multiforme y sorprendente en la producción que en
cualquier laboratorio.» (Greek Medicine in Rome, pág. 84).
Hubo, además otras malas consecuencias. La esclavitud hizo a los ricos, más
ricos, y a los pobres, más pobres, concentrando la riqueza en las manos de
quienes tenían dinero para invertir en esclavos, mientras que arrebató, tanto
al pobre como al rico, toda iniciativa o empresa sobre el mundo natural. Como
ciudadano, el pobre tuvo también su ideal de eludir el trabajo manual. El
ciudadano pobre, en consecuencia, constituyó un proletariado que, al revés del
proletariado moderno, estaba divorciado del proceso de la producción. Vivía con
demasiada frecuencia una vida ociosa y parasitaria. La sociedad no había sido
capaz de organizarlo para llevar el ataque a la naturaleza, o de ponerlo en
condiciones de emprenderlo por su cuenta. Despojado y desorientado, también él
quería ser transportado en hombros de los esclavos. La sociedad tendía a perder
su carácter de organización de ciudadanos para la producción en común. Se
convirtió, por el contrario, en un circo en el cual los ciudadanos ricos y los
pobres se disputaban lo que había sido producido por el esclavo. Tales fueron
las condiciones sociales bajo las cuales el interés cambió de la filosofía
natural a la política y la ética, de la organización de la sociedad para el
ataque a la naturaleza, al intento de impedir que la sociedad se destruyera a
sí misma en una guerra civil perpetua y sin sentido.
Lord Acton tiene una frase terrible en sus ensayos Freedom, acerca
de la sociedad clásica: «El objetivo de la política antigua era un estado
absoluto fundado en la esclavitud». Tal es el ideal esbozado en Las
Leyes, de Platón. La oligarquía, al reaccionar contra la inseguridad e
inestabilidad de la época, llegó a obsesionarse con el problema de hallar
sanciones mediante las cuales pudiera mantenerse la forma existente de la
sociedad. La idea de que mediante el esfuerzo humano podía conquistarse un
creciente dominio sobre la naturaleza, benéfico para la humanidad —punto de
vista característico de una etapa anterior— se volvió menos distinta; ¿y cómo
no habría de suceder así, viendo que en el lento Curso de la historia habrían
de pasar más de mil años antes de que la estructura de la sociedad esclavista
se disolviera, y el progreso técnico se volviera posible y fructuoso para los
hombres? Coincidentemente, la actitud positiva, investigadora y experimental
que había acompañado a la expansión de la civilización griega en el siglo VI y
principios del V fue abandonada a medida que esa civilización declinó, para ser
reemplazada por el desiderátum de un código legal inconmovible, protegido por
sanciones divinas. Sir Clifford Allbutt se deleita al comprobar que la
naturaleza es «ingeniosa, multiforme y sorprendente». Pero no es del todo
exacto al fijar posiciones cuando dice que Platón no lo percibió así. Platón
percibió demasiado bien el carácter inesperado de la naturaleza. Pero como lo
que él buscaba en el mundo natural era un patrón de regularidad, orden y
estabilidad para los ciudadanos, la naturaleza en su conjunto consternó a
Platón profundamente. La astronomía fue la única ciencia natural por la cual
mostró algún entusiasmo, y, como vimos en nuestra primera parte, sólo pudo
tolerarla con ciertas condiciones, a saber, que el comportamiento de los
cuerpos celestes, lejos de ser, multiforme e inesperado, debía ser uniforme y
absolutamente incapaz, por toda la eternidad, de causamos sorpresa alguna.
La formulación de una complicada teología astral, entretejida con la trama de
su estado ideal, y cuya creencia impuso por ley, fue el fruto último del
pensamiento de Platón. Este punto de vista impresionó fuertemente durante su
juventud a un discípulo de Platón, Aristóteles, quien contribuyó grandemente a
elaborarlo y popularizarlo en sus primeros escritos. Pero más tarde, luego de
fundar su propia escuela, luchó con éxito para devolver a una filosofía fundada
en la observación y la experiencia de la naturaleza la posición dominante en el
pensamiento de su época. El grado de éxito que obtuvo en este esfuerzo y, en
particular, sus trascendentales realizaciones en el campo de las ciencias biológicas,
fueron los últimos temas tratados en nuestra primera parte.
En esta segunda parte de nuestro libro continuaremos la historia desde
Teofrasto hasta Galeno, o sea comenzaremos nuevamente con el Liceo de Atenas
luego de la muerte de Aristóteles, en el año 322 a. C.; y terminaremos en Roma
hacia el 200 d. C. Nuestra primera tarea será describir los estimulantes
adelantos científicos logrados por Teofrasto y Estratón, los sucesores
inmediatos de Aristóteles al frente del Liceo. Son adelantos de los cuales
diríamos que hicieron época, si no fuera que no llegaron a determinar
precisamente una época. Este fracaso será para nosotros tan interesante como
los éxitos. Luego pasaremos con Estratón a Alejandría y seguiremos la suerte de
la ciencia durante un par de siglos bajo los Tolomeos, después de lo cual
volveremos nuestra atención a Roma, la nueva dueña del mundo mediterráneo.
Pero como en esta segunda parte del libro estaremos tan vitalmente interesados
como en la primera con el significado que la ciencia griega
tiene para nosotros, no podremos concluirla con la muerte de la
ciencia antigua, sino que deberemos considerar también brevemente su
renacimiento en el mundo moderno. Pues este segundo nacimiento de la ciencia
griega es cosa sumamente extraordinaria. Sólo en días muy recientes —según la
escala temporal del historiador de la civilización— los progresos modernos han
convertido a la ciencia griega en asunto del pasado. Cuando la ciencia moderna
comenzó a mostrar síntomas de vida vigorosa en el siglo XVII, muchos de sus
pioneros creyeron —y con razón—, que no hacían sino retomar la vieja tradición
griega que había quedado interrumpida durante más de mil años. La ciencia nueva
era, en su opinión, una continuación de la ciencia griega. Los viejos libros
griegos que la invención de la imprenta y el nacimiento de la erudición moderna
estaban poniendo en sus manos, eran los mejores a su alcance: eran, en
realidad, los libros que estaban más al día en diversas ramas del conocimiento.
Para Vesalio y para Stevin, en el siglo XVI, las obras de Galeno y de
Arquímedes no eran curiosidades históricas. Eran los mejores tratados
anatómicos y mecánicos que existían. Aún en el siglo XVIII, para Ramazzini, el
fundador de la medicina industrial, la medicina hipocrática continuaba siendo
una tradición viva, y para Vico, el sociólogo más profundamente original antes
de Marx, Lucrecio, con su filosofía epicúrea, pudo proveer una base para la
nueva ciencia de la sociedad. Existe el sorprendente ejemplo de un libro de
texto griego cuya validez ha permanecido virtualmente indiscutida hasta nuestro
propio siglo. Durante la generación anterior, Euclides y la geometría eran aún
términos sinónimos en las escuelas inglesas.
¿Por qué murió la ciencia griega, pese a guardar en sí una vitalidad tal como
para hacerla capaz de un segundo nacimiento? Esta muerte y resurrección o este
sueño y despertar, constituyen nuestro problema. En el intento de hallar una
solución para este problema, daremos con el significado que para nosotros tiene
la ciencia griega. Y en consecuencia, luego de nuestro viaje a Atenas vía
Alejandría y Roma, nos preguntaremos por qué la ciencia, tras haber caído en
profundo letargo, volvió a surgir a la vida en los Países Bajos, en Alemania,
en Italia, en Francia, en Inglaterra.
Al suscitar esta cuestión y al buscarle respuesta, seguiremos el mismo método
que en nuestra primera parte. No trataremos de la ciencia aisladamente, sino en
sus relaciones con los acontecimientos técnicos, sociales y políticos en medio
de los cuales se desarrolló.
Nota bibliográfica
Sobre la cuestión de las causas de la declinación general de la sociedad
antigua y su relación con la historia del pensamiento, véase F. WALBANK, «The
Causes of Greek Decline», (Journal of Hellenic Studies, vol. LXIV, 1944)
y The Decline of the RomanEmpire in the West, Henry Schuman, Nueva
York, 1953.
Contenido:
· §.
La Academia después de Platón
· §.
El Liceo después de Aristóteles
· §.
Teofrasto y la crítica de la teleología
· §.
Química
· §.
Mecánica
· §.
Música
§.
La Academia después de Platón
Cuando Platón murió, en 348/7 a. C., dejó tras de sí una concepción mística del
universo expresada en sus diálogos en una combinación única de lógica y teatro.
Su debilidad no consistía en que le faltara un apoyo argumental, sino en que no
estaba abierta a correcciones de la experiencia. No era tanto irracional como
acientífica. Su carácter general era dualista, involucrando un fuerte contraste
entre mente y materia, cuerpo y alma, dios y mundo, tiempo y eternidad. Sus
ideas fundamentales derivaban de las doctrinas religiosas de los órficos, tal
como habían sido refinadas y racionalizadas por la escuela pitagórica. En el
último de sus diálogos, Las Leyes, aparece una doctrina derivada de
los parsis, con un alma del mundo maligna. Este precedente del diablo cristiano
es responsabilizado, entre otras cosas, de las falsas doctrinas de los grandes
rivales de Platón, los atomistas. En oposición a sus doctrinas, Platón mismo
enseña: 1) una concepción teleológica de la naturaleza, 2) la creencia en la
transmigración de las almas, 3) la teoría de una progresiva decadencia de la
creación (derivando las mujeres de hombres inferiores, y todos los animales
subalternos de diversos tipos de degeneración humana) y 4) la adoración de los
astros, especialmente los planetas, como los tipos de vida más elevados.
Dentro de su propia escuela sus sucesores conservaron sus escritos, pero nada
pudieron hacer para desarrollar su pensamiento. Las creencias místicas que
hemos enumerado no eran susceptibles de desarrollo. Ni tampoco lo era, por
cierto, la Teoría de las Ideas. El gran erudito de Cambridge, Henry Jackson,
escribe: «La metafísica fue, como bien se ha dicho, nada más que un breve
interludio en la historia del pensamiento griego. Comenzó con Platón y con él
terminó». Puede agregarse que la esperanza, en la cual ha caído la erudición
moderna, de que Platón haya enseñado oralmente en la Academia una filosofía
sistemática diferente de la expuesta en los diálogos en forma popular, que
podemos recuperar asimismo mediante el estudio de Aristóteles y de otros
discípulos, parece estar a punto de ser abandonada por engañosa. La única rama
de la enseñanza de la Academia realmente susceptible de desarrollo era las
matemáticas, y en ella continuó realizándose una notable labor. Fuera de ella
poco o nada hay. Platón fue sucedido en la dirección de la Academia por su
sobrino Espeusipo (347-339).Jackson nos recuerda que éste fue un biólogo, sin
afición por la metafísica. Ni siquiera fue una gran figura en biología. El jefe
siguiente fue Jenócrates (339-314). Acerca de él hace notar Jackson: «Fue un
moralista complaciente que por inclinación piadosa enseñaba la filosofía de
Platón sin entenderla». La historia ha demostrado que éste es el tipo de
platónico prolífico y persistente. Sigue diciendo Jackson: «Luego vinieron
otros moralistas, y después de ellos epistemólogos con inclinación escéptica.
Así, dentro de la escuela no hubo quien preservara una tradición inteligente».
Es importante entender que a través de toda la antigüedad (y la escuela
persistió durante unos novecientos años) no hubo en realidad un desarrollo,
sino meramente una supervivencia del platonismo.
§. El Liceo después de Aristóteles
La suerte del Liceo, que Aristóteles había fundado como escisión de la
Academia, y donde en los últimos trece años de su vida (335-322) alcanzó tan
sorprendentes resultados en la investigación biológica e histórica, fue muy
diferente de la de la Academia. Los sucesores inmediatos de Aristóteles,
Teofrasto y Estratón, fueron gigantes comparables con él, y, aunque la escuela
de Atenas no tiene una historia real después de ellos, no expiró sin antes
pasar la antorcha al Museo de Alejandría, que la mantuvo bien encendida por lo
menos durante otros ciento cincuenta años. Del Liceo y de su renuevo, el Museo
de Alejandría, salió, en los doscientos años que separan a Aristóteles de
Hiparco, una sucesión de grandes tratados orgánicos[13] sobre
diversas ramas de la ciencia —botánica, física, anatomía, fisiología,
matemáticas, astronomía, geografía, mecánica, música, gramática—, los cuales,
modelados en gran parte sobre las obras del propio Aristóteles, y por encerrar
y desarrollar el espíritu de éstas, constituyen, con la adición de unas pocas
contribuciones posteriores de hombres como Dioscórides,[14]Tolomeo y
Galeno, el más alto nivel de las realizaciones de la antigüedad y el punto de
partida de la ciencia del mundo moderno.
Cuando Aristóteles murió, dejó a sus sucesores una vasta colección de
materiales sobre física, metafísica, ética, lógica, política y biología. Estos
escritos han llegado hasta nosotros, pero no son de lectura fácil. Cuenta un
escritor antiguo que Aristóteles impartía dos clases de instrucción. Dictaba
lecciones formales por la mañana a estudiantes regulares que habían dado
pruebas de aptitud, rendimiento, celo y laboriosidad. Por la tarde daba
enseñanza más popular a un público más amplio. Cuando Alejandro el Magno, de
quien Aristóteles había sido tutor, tuvo noticia de que se habían publicado los
temas de las lecciones matutinas, escribió a su maestro en son de protesta: «Si
has hecho público lo que hemos aprendido de ti, ¿en qué seremos superiores a
los demás? Y sin embargo, yo aspiro más a sobresalir en conocimientos que en
poder y riquezas». Aristóteles le dijo que no se preocupara. «Las lecciones
privadas —escribió— son a la vez publicadas no publicadas. Nadie podrá
entenderlas fuera de los que han recibido también da instrucción oral». Esto
aclara el carácter general de los escritos de Aristóteles que han sobrevivido.
Constituyen un cuerpo de doctrina formal en lenguaje técnico o semitécnico, que
demanda un empeñoso aprendizaje. En cuanto a su estilo, sólo en algunas
ocasiones están pulidos por completo. Lo más frecuente es que revistan la forma
de apuntes de lecciones más o menos elaborados.
Junto con este cuerpo de materiales Aristóteles legó a su escuela una tradición
de investigación organizada. Una biblioteca y laboratorios formaron parte del
equipo de su escuela, y el carácter objetivo y factual del programa de
investigación posibilitó, tal vez por primera vez en la historia, una
combinación de dirección de estudios, trabajo en equipo, y libertad de
pensamiento. Es notorio que muchas manos colaboraron en la compilación de las
158 constituciones de las ciudades-estados, destinada a formar la base factual
de su filosofía política. También puede inferirse atinadamente que muchos
contribuyeron a la colección de materiales para sus tratados biológicos. La
libertad de pensamiento que caracterizó al Liceo es demostrada tanto por los
rápidos cambios que en él se produjeron como por los puntos de vista
divergentes de quienes trabajan en su seno a un mismo tiempo. En la generación
inmediatamente posterior a Aristóteles hubo una división de las opiniones de la
escuela, acerca de si era mejor la vida activa o la teórica. Un ejemplo tanto
de la división del trabajo como de un nuevo sentido de la importancia de la
historia del pensamiento, por imperfecto que fuera aún su desarrollo, se revela
en la asignación a varios miembros de la escuela de la composición de historias
de las diversas ramas del conocimiento. A Teofrasto se le asignó la filosofía
natural, Eudemo las matemáticas y la astronomía, a Jenócrates la geometría, a
Menón la medicina; Dicearco escribió una historia de la cultura griega. Tal fue
la institución que modeló a los dos grandes hombres a los cuales hemos de
referirnos en el resto del presente capítulo.
§. Teofrasto y la crítica de la teleología
Teofrasto nació en Eresos, en la isla de Lesbos, hacia el año 373 a. C., de
modo que era aproximadamente doce años menor que Aristóteles. Era hijo de un
botanero, profesión importante en aquellos días. Vale la pena mencionar el
dato, tanto como interesa recordar que el padre de Aristóteles era médico. Los
niños nacidos en el hogar de un rentista, donde el padre obtenía sus ingresos
de fincas gobernadas por un mayordomo esclavo, no tenían una oportunidad
semejante para entender el aspecto práctico de la ciencia. Teofrasto, en
realidad, demostró entender bastante bien el hecho de que la ciencia no sólo
debe dar respuestas lógicas a preguntas enigmáticas, sino también conducir a
los resultados deseados en la práctica. Comenzó su educación superior, lo mismo
que Aristóteles, en la Academia, con Platón. Luego de la muerte de éste se
incorporó al Liceo de Aristóteles, y allí fue su discípulo y amigo y finalmente
su sucesor. Como Aristóteles murió a los sesenta y tantos años, mientras que el
alumno llegó a los ochenta y cinco, resulta que Teofrasto sobrevivió a
Aristóteles unos treinta y cinco años. El período comprendido entre los años
322 y 287, durante los cuales Teofrasto dirigió el Liceo, fue
extraordinariamente fructífero para la ciencia. Éste es un hecho que no siempre
ha sido reconocido. En verdad, hasta que las investigaciones de los últimos
cincuenta años adelantaron lo suficiente como para trastornar la opinión
establecida, Teofrasto permaneció, a la sombra de su gran maestro. Ahora es
evidente que debemos ver en él una figura independiente, tan original como
industriosa. Tuvo la ventaja de vivir y trabajar hasta la edad de cincuenta
años con una de las figuras más grandes de la historia de la ciencia. Pagó esta
deuda logrando notables progresos en relación con su maestro. Si todas sus
obras se hubieran conservado, formarían, a grandes rasgos, una colección de
unos cincuenta volúmenes de cincuenta mil palabras cada uno. Lo que de ellas
queda bastaría para formar cuatro o cinco de esos volúmenes, y nos servirá para
indicarnos los progresos que efectuó en tres sectores principales: metafísica,
biología, y la doctrina de los cuatro elementos.
Entre las obras conservadas de Teofrasto se encuentra un breve trabajo
intitulado Metafísica. Su extensión —sólo ocupa diecinueve páginas
en la edición de Ross y Forbes— no está en relación con su importancia ni con
su dificultad. Es difícil porque pertenece a esa clase de escritos técnicos que
sólo podían ser completamente entendidos por quienes se hallaban bien
familiarizados con la enseñanza del Liceo. Es importante porque suscita
cuestiones fundamentales para la constitución de una ciencia de la naturaleza
basada en la observación. Teofrasto distingue el estudio de los primeros
principios, es decir, la Metafísica, del estudio de la naturaleza, al cual los
griegos llamaban Física, y trata de definir las limitaciones y vinculaciones de
estas dos disciplinas. La naturaleza, nos dice, es más diversa y desordenada, y
su estudio depende de las pruebas suministradas por los sentidos. Los Primeros
Principios son definidos e inmutables, por hallarse en relación con los objetos
de la razón, que están libres de movimiento o de cambio. Teofrasto agrega que
los hombres contemplan a este último como un estudio más grande y más digno.
Evidentemente, no está satisfecho con esta conclusión, pues su propósito es
despejar el camino para un nuevo progreso en la ciencia fundada en la
observación.
Se recordará que Aristóteles, en su Metafísica, había preparado el
camino para sus estudios biológicos mediante su doctrina de la «forma
inmaterializada» (véase Capítulo 8 de la Primera Parte). La noción general
desprendida de esta doctrina es que la naturaleza orgánica es el resultado de
un proceso en el cual un poder llamado Naturaleza o Dios impone a la Materia,
en la medida de lo posible, ciertas Formas concebidas como algo en cierto modo
bueno. La forma humana, por ejemplo, siempre que sea masculina, griega y libre,
es algo bueno. Pero la Naturaleza no siempre puede imponer algo tan refinado a
la Materia. De aquí las formas menos perfectas de las mujeres, los no-griegos y
los esclavos, y, a mayor distancia, de los animales y hasta de las plantas.
Pero aunque la Naturaleza no es todopoderosa, es legítimo y necesario
preguntarse siempre en el estudio de sus obras a qué objetivo apuntaba,
y suponer como principio que no hace nada en vano.
Ésta es toda la concepción que Teofrasto desea someter a un nuevo análisis.
Primero se pregunta si existen Primeros Principios, entes de razón, aparte de
los matemáticos. No puede aducir ninguno. Pero esto lo lleva a la cuestión
ulterior de si los principios de las matemáticas son también adecuados para
explicar la Naturaleza. Esto lo niega por dos razones muy interesantes.
Primero, dice que los principios matemáticos mismos parecen ser invención
humana. Han sido creados por los hombres en el proceso de investir a las cosas
con figuras, formas y proporciones, y no tienen existencia independiente.
Segundo, los principios de las matemáticas parecen incapaces de impartir vida y
movimiento a las cosas.
Esta segunda objeción lo conduce a una interesante especulación que va a la
raíz misma de la filosofía idealista. En la filosofía presocrática materialista
el movimiento había sido contemplado como el modo de existencia de la materia.
Pero Platón había enseñado que la materia es esencialmente inerte y que su movimiento
requiere explicación. Esta explicación había intentado darla asignando el Alma
como causa del movimiento, introduciendo así la concepción dualista sobre la
cual, en última instancia, descansa todo idealismo. Aristóteles había lidiado
con el problema legado a la filosofía por Platón, a saber, cómo el Alma, siendo
ella misma inmóvil, podía ser la fuente del movimiento de las demás cosas. Le
había dado respuesta mediante una analogía. El Alma atrae a la Materia del
mismo modo que la persona amada atrae al amante. Todo el movimiento y la
actividad de la naturaleza, en particular la revolución de los cielos, no es
sino el esfuerzo de la Materia por aproximarse al Alma. Teofrasto suscita ahora
toda la cuestión, menciona la solución de Aristóteles sólo para rechazarla, y
pregunta a su vez si es realmente necesario hallar una explicación del
movimiento de los cielos. Vuelve, en rigor, a la posición presocrática. «Ser
movido —escribe— es algo propio de la naturaleza en general, y del sistema
celeste en particular. De aquí que si la actividad integra la esencia de cada
objeto natural, y una cosa particular cuando es activa se halla también en
movimiento, como en el caso de los animales y de las plantas (que si no
estuvieran en movimiento serían animales y plantas sólo en el nombre), es claro
que también en su rotación el sistema celeste está de acuerdo con su
esencia, y si estuviera divorciado de ella y se mantuviera en reposo, sería un
sistema celeste sólo en el nombre , pues la rotación es una suerte de
vida del universo. Seguramente entonces, si la vida en los animales no necesita
explicación, o sólo ha de explicarse de esta manera, ¿no podría suceder que en
el cielo y en los cuerpos celestes el movimiento no necesitara tampoco
explicación, o que hubiera de explicarse de manera especial?».
Habiendo desechado en esta forma todo el esfuerzo por crear una teología como
trataron de constituirla Platón y Aristóteles a partir de lo que sabían (o se
propusieron creer) sobre los movimientos de los cuerpos celestes, Teofrasto
procede en su último capítulo a penetrar en el sanctasanctórum, el mismísimo
principio teleológico. «Con respecto a la opinión según la cual todas las cosas
tienen un fin y nada existe en vano, la asignación de fines no es en general
tan fácil como se acostumbra a afirmar». Esta protesta contra la aserción
antojadiza de la finalidad universal y contra la temeridad con que algunos
filósofos asignaban fines a las cosas la sostiene Teofrasto con poderosos
argumentos. ¿Cuál es el objeto —pregunta— de las inundaciones y desbordamientos
del mar, de las sequías y las lluvias torrenciales? En los animales, ¿cuál es
la utilidad de las mamas en los machos, o del vello en ciertas partes del
cuerpo? Pero la más importante y la más conspicua falta de propósito en la
Naturaleza es la que afecta a la nutrición y al nacimiento de los animales. La
presencia o la ausencia de las condiciones en que una u otro pueden ocurrir
está sujeta a meras coincidencias. Si la Naturaleza se propusiera
facilitárselas a los animales, lo haría siempre y de modo uniforme. Luego, sin
mencionar el nombre de Aristóteles, escoge de la obra de éste ejemplos del modo
teleológico de explicación, sólo para rechazarlos. Su opinión es que para que
la ciencia pueda progresar debe ponerse freno a la irresponsable teleología.
Concluye con las siguientes palabras: «Debemos tratar de poner un límite a la
asignación de causas finales. Éste es el pre-requisito de toda la investigación
científica del universo, o sea, de las condiciones de existencia de las cosas
reales y de sus relaciones recíprocas».
En opinión del botánico e historiador de la ciencia suizo Senn, la crítica de
la teleología que Teofrasto lleva a cabo con tal firmeza en su Metafísica podría
aplicarse confiadamente para determinar las fechas de aquellos de sus trabajos
botánicos que han llegado hasta nosotros. Las obras botánicas que se han
conservado son dos: laHistoria de las plantas, en nueve libros, y Las
causas de las plantas, en seis. La opinión de Senn, apoyada por Brunet y
por Mieli, es que esta división de los escritos botánicos no fue establecida
por su autor, sino que representa el trabajo de los editores del Museo de
Alejandría, quienes, al distinguir entre aquellos pasajes de los escritos de
Teofrasto donde éste empleaba el principio teleológico, y aquellos en los
cuales lo evita cuidadosamente, los agruparon en volúmenes separados. De
acuerdo con esto, Las causas de las plantas vendría a
representar una colección de los primeros escritos de Teofrasto, en los cuales,
hallándose aún bajo la influencia de Aristóteles, quien «superó a todos los
demás filósofos naturales en el descubrimiento de las causas» (DIÓGENES
LAERCIO, V, 32), cayó en el modo teleológico de explicación, mientras que
la Historia de las plantas, representarla las obras compuestas
luego de la crítica de la teleología que acabamos de mencionar en la Metafísica.
Es loable el acento que Senn pone en la crítica de la teleología por Teofrasto,
pero las conclusiones que de ello extrae no pueden ser aceptadas. Como ha
indicado Regenbogen en un estudio magistral, Teofrasto sólo se propuso poner un
límite al empleo del principio teleológico, pero no prescindir de él
enteramente. Lo que deseaba no era un rechazo tajante del principio, sino una
reserva escéptica en su aplicación. Parecería, por cierto, haber llegado a la
muy moderna conclusión de que la suposición de un fin para explicar fenómenos
es inadmisible, mientras que la colección de cualquier evidencia que pueda
parecer indicadora de un propósito es una actividad legítima de la ciencia. Que
ésta es la interpretación más exacta de la actitud de Teofrasto es algo apoyado
también por el hecho de que la idea de fin no está completamente excluida de
la Historia, mientras que la crítica de la teleología, por su
parte, tampoco está en verdad ausente de las Causas. No hay razón
bastante para invertir el criterio tradicional, que considera a la Historiacomo
la primera de ambas obras. Senn tuvo que invertir este orden para mantener su
tesis. La verdad parecería ser que la crítica de la teleología, que no está
ausente ni siquiera en las páginas de Aristóteles, [15]se vuelve más
libre y audaz en Teofrasto, pero ello debe mirarse como un signo de su carácter
escéptico científico, mantenido a lo largo de toda su carrera, más que como una
crisis de pensamiento sobrevenida algunos años después de la muerte de
Aristóteles, crisis que lo habría encontrado teleologista y lo habría
convertido en empirista. No hay pruebas de crisis alguna. En cambio, hay en
todas partes evidencia de su reserva escéptica.
Bastará con esto sobre la crítica de la teleología según se revela en sus
tratados biológicos. No podemos discutir estos tratados en detalle, pero antes
de abandonarlos debemos indicar cuál fue probablemente la mayor contribución al
conocimiento debida a Teofrasto. Ella reside en haber establecido una neta
distinción entre el reino animal y el reino vegetal. En la primera parte
(Capítulo 9) hemos llamado la atención sobre el famoso pasaje de Aristóteles (Anatomía
de los animales, IV, 10), en el cual, siguiendo a Platón, éste aventura la
teoría de que los animales descienden de los hombres. Si hubiéramos continuado
con Aristóteles, habríamos comprobado que llegó a derivar las plantas de los
animales. Sostuvo una teoría, no de la evolución, sino de la degeneración, a
partir del hombre, continuando con los animales, hasta terminar en las plantas.
Todo lo que nos interesa ahora de esa teoría es que no contiene diferenciación
clara entre animales y plantas. Aristóteles no había conseguido definir la
diferencia. En la organización de la investigación en el Liceo, Aristóteles se
había encargado de la tarea de poner orden en el reino animal, y había dejado
las plantas a su discípulo. Pero sin proponérselo había creado un obstáculo
inicial para el establecimiento de una sólida ciencia botánica, al trazar un
paralelo demasiado estrecho entre las partes de los animales y las de las
plantas. Observando correctamente las analogías funcionales entre
las diversas partes de los animales y las de las plantas, dedujo de ellas una
analogía morfológicainsostenible.
El primer libro de la Historia se encamina precisamente a
aclarar esta confusión. Teofrasto capta en seguida la diferencia fundamental
entre las partes de los animales y las de las plantas. En los animales
entendemos como una parte algo que es permanente una vez que ha aparecido,
salvo que se pierda por enfermedad, vejez o lesión. Pero en las plantas muchas
partes —flor, hoja y fruto— se renuevan y mueren todos los años. El nuevo
retoño debe ser incluido también en esta categoría, pues las plantas brotan año
tras año por encima y por debajo del suelo. Si aceptamos todas éstas como
partes de la planta, como en verdad debemos hacerlo, el número de las partes de
una planta (al contrario de las partes de los animales) es indeterminado y
cambia constantemente. Tal vez, entonces —continúa—, introduciendo nuevamente
su divergencia con su maestro sin mencionar el nombre de éste, no debiéramos
esperar hallamos con una completa correspondencia entre las partes de las
plantas y las de los animales, y sería temerario incluir los frutos como partes
de las plantas, cuando no incluimos como partes de los animales a sus hijos.
Redondea su exposición con estas enérgicas palabras: «Es una pérdida de tiempo
forzar comparaciones allí donde no existen, y ello constituye un obstáculo para
nuestra rama especial del conocimiento». En este estilo magistral pero discreto
Teofrasto separó al reino animal del vegetal, y estableció la ciencia de la
botánica a una altura tal, que no habría de elevarse por encima de ella hasta
los tiempos modernos.
Igualmente magistral es su crítica de la doctrina tradicional de los cuatro
elementos. Para todas las escuelas antiguas era doctrina aceptada que,
cualquiera fuese la estructura última de la materia, ésta se presentaba a la
observación humana bajo cuatro formas primarias: Tierra, Agua, Aire y Fuego,
cada una de las cuales se distinguía de las demás por la posesión de ciertas
cualidades. En la doctrina aristotélica la Tierra era seca y fría; el Agua,
húmeda y fría; el Aire, húmedo y caliente; el Fuego, seco y caliente. La
Sequedad, la Humedad, el Calor y el Frío eran Formas que al ser aplicadas en
pares a la Materia indiferenciada trajeron a la existencia las cuatro
sustancias primarias de las cuales estaba formado el universo. Cada uno de los
elementos compartía una cualidad con otro, y se sostenía que esta cualidad
común facilitaba su mutua transformación —suponiéndose que este proceso tenía
lugar continuamente en la naturaleza. Tal era el punto de vista tradicional, en
su forma aristotélica. La capacidad de Teofrasto para trascender y profundizar
ésta concepción está probada por un fragmento, de veintitrés páginas de
extensión, que forma parte de un tratado Sobre el fuego. El pasaje
inicial es de gran importancia para nosotros. A continuación lo damos
traducido, en forma ligeramente condensada:
De
todos los elementos, es el Fuego el que tiene las propiedades más notables. El
Aire, el Agua, y la Tierra sólo pueden transformarse uno en otro: ninguno de
ellos puede generarse a sí mismo. El Fuego, no sólo puede generarse a sí mismo,
sino que puede extinguirse a sí mismo. Un fuego pequeño puede engendrar uno
grande; uno grande puede apagar uno pequeño (Teofrasto explica lo que quiere
dar a entender por esto último: una lámpara colocada sobre una hoguera se
apaga). Además, casi todas las formas de engendrar fuego parecen involucrar
fuerza. Por ejemplo, el golpe del pedernal sobre el hierro, el frotamiento de
dos maderas y la generación de fuego en el aire por el amontonamiento y choque
de las nubes. El contraste entre la fuerza involucrada en la generación del
fuego y la transformación recíproca natural de los otros tres elementos nos
brinda una notable conclusión. Podemos generar fuego, pero no podemos generar
los otros tres. Ni siquiera cuando cavamos un pozo damos ser al agua, sino que
meramente la hacemos visible al reunirla a partir de un estado disperso. Pero
todavía falta mencionar la mayor y más importante de las diferencias. Los otros
elementos son autosubsistentes, no necesitan un substrato. El fuego sí lo
necesita —al menos aquel fuego que podemos percibir por nuestros sentidos. Esto
es cierto ya sea que incluyamos o no a la luz en nuestro concepto de fuego. Si
incluimos la luz, ésta requiere aire o agua como medio. Si no incluimos la luz,
tanto el fuego de la llama como el de la brasa encendida existen en un
substrato. La llama es humo encendido. El carbón es un sólido tesoro. No
importa si él fuego está en el cielo o en la tierra. En el primer caso es aire
encendido, en el segundo caso es alguno de los tres otros elementos ardiendo, o
bien dos de ellos. Hablando en términos generales, el fuego siempre está
comenzando a existir. Es una forma del movimiento. Parece a medida que llega al
ser. Parece en cuanto abandona su substrato. Esto es lo que querían decir los
antiguos cuando afirmaban que el fuego siempre está en busca de alimento.
Vieron que no podía subsistir sin su material. ¿Qué sentido tiene, pues, llamar
al Fuego Primer Principio, si no puede subsistir sin algún material? Pues, como
hemos visto, no es una cosa simple, ni puede existir antes que su substrato y
su material. Podría argüirse, por supuesto, que en la esfera más externa existe
una especie de fuego consistente en calor puro y sin mezcla. Si así fuera no
podría arder, y arder es la naturaleza del fuego.
Es
difícil que el lector comprenda el adelanto científico registrado en este
pasaje sin reproducir una larga cita de Aristóteles, para la cual no tenemos
lugar. Deriva su carácter especial de su acumulación de observaciones
cuidadosas de procesos tanto naturales como artificiales, y del estrecho
contacto que el razonamiento conserva con los hechos observados.
La gran novedad de esto será evidente para quien se remita al tratado de
Aristóteles De la generación y la corrupción, y lea los primeros
cuatro o cinco capítulos del libro II. Allí encontrará mucha lógica y muy poca
observación. La comparación de ambos pasajes le hará comprender la diferencia
entre estudiar filosofía natural con los ojos de la razón, o con los ojos de
los sentidos. Es claro que se están produciendo grandes cambios en el Liceo,
pero estos cambios están en la línea del propio desarrollo de Aristóteles. La
práctica de la observación que él mismo había empleado con tanto éxito en el
terreno de la biología (véase capítulo 8 de la Primera Parte) es extendida
ahora por su discípulo al estudio de la materia inorgánica e inanimada. Es
evidente también que el nuevo método empírico no tardará mucho en barrer las
concepciones físicas que Aristóteles había traído consigo de la Academia. La
observación de que el fuego no puede existir sin un substrato, que el fuego es
algo que está ardiendo, conduce de inmediato a la teoría de que el fuego no es
un elemento sino más bien un compuesto, y luego a la sugestión más evolucionada
de que lo Caliente y lo Frío no son en realidad principios aristotélica y
preparan el camino para Estratón.
En su Metafísica, Teofrasto deja caer, la observación de que en
nuestros esfuerzos por entender el comportamiento de la materia «debemos en
general proceder mediante referencias a las artes y trazando analogías entre
los procesos naturales y los artificiales» (8a, 19, 20). En la primera
parte hemos hablado extensamente sobre la importancia de este enfoque para los
precursores científicos griegos. Lo que Teofrasto quiere dar a entender
mediante esto es abundantemente ilustrado por su fragmento Sobre el
fuego, así como por otros de sus escritos. En la veintitantas páginas de
este tratado hay centenares de observaciones tanto de procesos naturales como
artificiales. Cuando los estudiamos con cuidado vemos que la atención prestada
a los procesos artificiales involucrados en las artesanías agudiza su
observación de los procesos naturales y le sugiere su explicación. Así, en el
ejemplo anterior, al afirmar que el fuego generalmente requiere fuerza o
violencia para ser engendrado, agrupa en una misma sentencia los medios
artificiales que los hombres emplean para encenderlo, y el fenómeno natural del
rayo, que en esta forma alcanza su explicación. Más adelante compara el color
rojo que asume a veces la luz con la llama roja de los leños verdes, y decide
que ésta recibe su color del exceso de elemento húmedo y térreo contenido en
dichos leños en comparación con los que están curados, y que el sol adquiere su
tinte rojizo siempre que «el aire está denso».
§. Estratón y la investigación experimental
Este constante ir y venir de comparaciones entre las observaciones de los
fenómenos naturales y las de los artificiales es la raíz de donde ha crecido la
técnica del experimento. Por supuesto, todavía no constituye una tal técnica.
Pero con el nombre de Estratón alcanzamos el punto en el cual la ciencia griega
establece plenamente una técnica del experimento, y podemos detenernos por un
momento a rastrear algunos de los pasos mediante los cuales se logró un
progreso tan decisivo e importante en el método científico. El botánico suizo
Senn, que ha hecho contribuciones tan importantes a la historia del pensamiento
científico, también puede ayudamos aquí En un examen de los escritos
hipocráticos hace una distinción entre dos tipos de comparaciones que ellos
contienen. Con mucha frecuencia nos encontramos con comparaciones entre los
procesos fisiológicos que son investigados, y experiencias frecuentes en la
vida práctica. El autor, por ejemplo, hace una observación como ésta: «Es tal
como si añadiéramos agua fría al agua hirviente: ésta deja de hervir». Aquí, un
fenómeno de la medicina que el autor trata de comprender es ilustrado mediante
una referencia a una experiencia común, pero no se sugiere que el alumno deba
tratar él mismo de efectuar el experimento, Sin embargo, con menor frecuencia,
llegamos a una fórmula de este tipo: «Si haces esto y aquello, comprobarás que
sucede tal y tal cosa». Ahora parece claro que se invita al estudiante a
repetir el experimento por sí mismo, suponiéndose que así ha de hacerlo en
efecto.
Un buen ejemplo de experimento de esta índole se encuentra en Medicina
antigua(Capítulo XXII). El autor inculca aquí al estudiante que hay una
relación entre la estructura de los órganos internos del cuerpo y las funciones
que éstos desempeñan. Sienta el principio general de que el funcionamiento de
las vísceras, por estar éstas ocultas, puede estudiarse con más comodidad
examinando objetos exteriores de forma similar. «Ahora bien, ¿qué estructura se
halla mejor adaptada a extraer y atraer fluido del resto del cuerpo: la hueca,
con boca amplia, la maciza y redonda, o la hueca y fusiforme? Creo que la mejor
adaptada es una vasija grande y hueca, con una boca fusiforme. Estos principios
deben ser aprendidos de los objetos externos y visibles. Por ejemplo, si abres
tu boca del todo, no absorberás fluido alguno; pero si contraes y haces
sobresalir tus labios, o si los aprietas y colocas un tubo entre ellos,
fácilmente podrás chupar cuanto desees. Asimismo, las ventosas, que son anchas
y ahusadas, reciben esa forma para extraer y succionar la sangre de la carne.
Hay muchos otros ejemplos de la misma clase. Ahora bien: dentro del cuerpo
humano, la vejiga, la cabeza y el útero tienen esa forma. Es evidente que esos
tres órganos atraen poderosamente, y que siempre están llenos del fluido
procedente del exterior».
Aquí hay algo a todas luces diferente de una mera referencia a un suceso
habitual utilizado con carácter ilustrativo durante una discusión. Aquí se pide
al oyente que ejecute un acto confirmativo, que repita la experiencia. Todavía
es algo rudimentario en su desarrollo, pero es un experimento genuino. Este
método, que entre las escuelas más antiguas se encuentra con mayor claridad en
los pitagóricos, sólo es empleado ocasionalmente por los demás presocráticos, o
por la Academia, o aún por los peripatéticos hasta Teofrasto inclusive. Su
florecimiento repentino se produce justamente con su sucesor de Teofrasto
Estratón.
Considerando la importancia de este hombre, nuestros conocimientos acerca de él
son en verdad misérrimos. Sabemos que nació en Lampsaco y que vivió por algún
tiempo en el palacio real de Alejandría, antes de ser nombrado para dirigir el
Liceo en Atenas; sabemos asimismo que estuvo al frente de dicha institución
desde 287 hasta 269. Debe de haber sido ya famoso antes de presidir la escuela
aristotélica, pues de lo contrario no habría sido llamado por el primero de los
Tolomeos (Soter) para supervisar la educación de su hijo, el segundo Tolomeo
(Filadelfo), motivando así la residencia de Estratón en Alejandría.
Difícilmente tendría menos de cuarenta años de edad, y bien podría haber
llegado a los cincuenta cuando se hizo cargo de su puesto en Atenas. Diógenes
Laercio nos ofrece una lista de alrededor de cuarenta de sus escritos, pero el
tiempo nos ha arrebatado la totalidad de ellos, y la erudición moderna todavía
no ha finalizado la tarea de suministrarnos una edición científica de los
fragmentos de sus obras que pueden espigarse de autores más recientes.
Con todo, el historiador Polibio, que vivió unos cien años más tarde, nos dice
que se lo conocía en la antigüedad bajo el nombre de El Físico (por supuesto,
en el viejo sentido griego del término, o sea el filósofo natural). Cicerón
explica la elección de este título diciéndonos que Estratón «abandonó la ética,
que es la parte más necesaria de la filosofía, y se dedicó a la investigación
de la naturaleza». No es probable que Cicerón haya sido el único en condenar
tal elección, y el hecho de que ésta haya acarreado críticas a Estratón en sus
propios días está abonado por otro juicio de Polibio, según el cual «sus
escritos críticos y polémicos eran brillantes, pero la exposición de sus
propias ideas, pesada». El lector probablemente admitirá, cuando hayamos
finalizado nuestra relación de la obra de Estratón, que la última palabra usada
por Polibio, «pesada», debe ser interceptada como «demasiado científica para el
genio de la época». Por su parte, Diógenes Laercio, al concluir su breve reseña
sobre Estratón, parece arrojar un poco más de luz sobre este punto. Nos dice
que «sobresalió en todas las ramas del conocimiento, pero más que en ninguna
otra en la forma que es titulada filosofía de la naturaleza, rama de la
filosofía más antigua y más seria que las demás. Seguramente no nos
engañaremos al ver en estas notables palabras la defensa por el propio Estratón
de su preferencia por la filosofía natural, con respecto a la ética y la
política. Estratón seguramente diría que la filosofía natural es más antigua,
por ser característica de las escuelas más primitivas, antes de que Sócrates
apartara de la naturaleza a la filosofía para volcarla sobre el hombre. La
llamaría sin duda más seria, por estar más relacionada con las artes básicas de
las cuales depende la vida misma, que con las artes que son el adorno de una
civilización decadente. Hemos citado en la primera parte de esta obra (Capítulo
7) la opinión de los presocráticos de que «las artes que contribuyen más
notablemente a la vida humana son las que combinan sus propias fuerzas con las
de la naturaleza, como la medicina, la agricultura y la gimnasia». Esta
descripción tiende a ponerlas en contraste con aquellas artes que imitan
meramente a la naturaleza sin alterarla, como la pintura o la música.
Indudablemente, hemos dado aquí con algo fundamental en la concepción de
Estratón, cuya actitud experimental frente a la ciencia no implicaba la
observación meramente pasiva de los procesos de la naturaleza, sino la activa
intervención en éstos. Estratón tenía plena conciencia de las aplicaciones
prácticas de sus teorías físicas. El antiguo escritor que nos ha conservado la
mejor exposición de ellas las presenta con las siguientes palabras «Pueden
proveernos con los requisitos más fundamentales de una existencia civilizada».
Dada la pérdida de las obras de Estratón, era difícil demostrar cuán completa
era la forma en que había concebido la idea y establecido la práctica de la
investigación experimental, hasta que se produjo en 1893 un gran descubrimiento
debido al genio penetrante de Hermann Deils. Entre las obras sobrevivientes de
la ciencia griega, ocupa un lugar distinguido la Neumática de
Herón de Alejandría, obra que data de la segunda mitad del primer siglo de
nuestra era. En las primeras páginas de este libro de texto se supone una
teoría científica de la naturaleza del vacío, que reviste carácter
evidentemente avanzado. Es empírica en su método, tiene una terminología fija e
implica un sistema físico unificado. Diels, que fue el primero en analizar las
especiales cualidades de esta sección inaugural del libro, también logró
demostrar que ella es en su mayor parte obra de Estratón. De este pasaje
ofreceremos al lector una traducción ligeramente condensada. Constituye la
mejor introducción al genio de Estratón.
* *
* *
La
ciencia de la neumática era tenida en gran estima por todos los filósofos e
ingenieros de la antigüedad: los primeros se ocuparon de deducir lógicamente
sus principios; los segundos, de determinarlos mediante pruebas experimentales.
En el presente libro nos hemos sentido obligados a suministrar una exposición
ordenada de los principios establecidos de la ciencia, y a sumarles nuestros
propios descubrimientos. Esperamos en esta forma ser útiles a los futuros
estudiantes de la materia.
Sin embargo, antes de empezar con los particulares de nuestra exposición, queda
un tópico general por discutir, a saber, la naturaleza del vacío. Algunos
autores niegan enfáticamente su existencia. Otros dicen que en condiciones
normales no hay cosa tal como un vacío continuo, sino que existen pequeños
vacíos en estado de dispersión en el aire, el agua, el fuego y otros cuerpos.
Ésta es la opinión a la cual debemos adherirnos. Procederemos ahora a demostrar
mediante pruebas experimentales que esta interpretación del asunto es verdadera.
Debemos ante todo corregir una ilusión popular. Debe entenderse claramente que
las vasijas tomadas generalmente por vacías no lo están en realidad, sino que
se encuentran llenas de aire. Ahora bien, en la opinión de los filósofos
naturales, el aire consta de menudas partículas de materia, en su mayoría
invisibles para nosotros. De acuerdo con esto, si uno echa agua en una vasija
aparentemente vacía, sale de ella un volumen de aire igual al volumen del agua
que se le ha vertido. Para demostrarlo, haz el siguiente experimento. Toma una
vasija aparentemente vacía. Vuélvela boca abajo, procurando que se mantenga en
posición vertical, e introdúcela en un recipiente con agua. Aunque la hagas
penetrar hasta que se halle completamente cubierta, el agua no entrará en ella.
Esto demuestra que el aire es una cosa material, que impide que el agua penetre
en la vasija, porque él ha ocupado previamente todo el espacio disponible.
Luego, haz un orificio en la base de la vasija. El agua penetrará por la boca mientras
el aire se escapa por dicho orificio. Pero antes de perforar la base levanta la
vasija verticalmente, sácala del agua, vuélvela boca arriba y examínala, y
verás que su interior ha permanecido perfectamente seco. Esto demuestra que el
aire es una sustancia corpórea.
El aire se convierte en viento al ser puesto en movimiento. El viento es
simplemente aire en movimiento. Si una vez perforada la base de la vasija
introduces ésta en el agua, manteniendo tu mano cerca del orificio, sentirás el
viento que se escapa de la vasija. Éste no es sino el aire expulsado por el
agua. Por lo tanto, no debes suponer que existe un vacío continuo entre las
cosas, sino que existen pequeños vacíos en estado disperso en el aire, el agua
y otros cuerpos. Esto debe ser entendido en el sentido de que las partículas de
aire, aunque estén en recíproco contacto, no encajan completamente unas en
otras. Dejan entre sí espacios vacíos, como la arena en la playa. Los granos de
arena pueden ser comparados con las partículas de aire, y el aire entre los
granos de arena ha de compararse con el vacío entre las partículas de aire.
Como consecuencia de esta estructura física del aire, éste puede, cuando se le
aplica una fuerza externa, ser comprimido y alojado en los espacios vacíos, al
ser apretadas sus partículas en forma contraria a la naturaleza. Cuando
disminuye la presión, vuelve a su estado anterior, gracias a la elasticidad de
las partículas. De modo similar, si la aplicación de alguna fuerza motiva la
mutua separación de las partículas y la creación de espacios vacíos entre ellas
mayores que los naturales en condición normal, su tendencia es volver a
juntarse nuevamente. La razón de esto es que el movimiento de las partículas se
hace más rápido a través del vacío, por no haber nada que lo impida o le oponga
resistencia hasta que las partículas vuelven a establecer contacto entre sí.
Veamos la siguiente demostración experimental de la antedicha teoría. Toma una
vasija liviana, con boca estrecha; succiona el aire de su interior y aparta tus
manos de ella. La vasija continuará suspendida de tus labios, porque el vacío
tenderá a absorber la carne para ocupar el espacio vacuo. Esto demuestra que un
vacío continuo ha sido creado en la vasija. He aquí otra prueba de esto. Los
médicos tienen vasos de vidrio con bocas estrechas a los que llaman «huevos».
Cuando quieren llenarlos con un líquido succionan el aire de su interior, ponen
los dedos en la boca del vaso y lo introducen invertido en el líquido. Éste es
entonces atraído hasta llenar el espacio vacío, pese a que un movimiento hacia
arriba es antinatural en un líquido.
Volvamos ahora a los que niegan terminantemente la existencia del vacío. Es
posible, desde luego, que ellos descubran muchos argumentos para replicar a lo
que se ha dicho, y en ausencia de demostración experimental alguna, podría
parecer que su lógica conquista una fácil victoria. Les demostraremos, por lo
tanto, mediante fenómenos susceptibles de ser sometidos a observación dos
hechos, a saber: 1) que hay cosa tal como un vacío continuo, pero que sólo
existe en forma contraria a la naturaleza, y 2) que el vacío existe también de
acuerdo con la naturaleza, pero sólo en cantidades pequeñas y dispersas.
También les demostraremos que al ser comprimidos los cuerpos rellenan esos
vacíos dispersos. Tales demostraciones no dejarán escapatoria a estos gimnastas
verbales.
Para nuestra demostración necesitaremos una esfera metálica de una capacidad
aproximada de un par de litros, construida con una lámina de metal lo
suficientemente gruesa como para resistir cualquier tendencia aplastarse. Esta
esfera debe ser hermética al aire. Un tubo de cobre, un caño de poco diámetro,
debe ser insertado en la esfera de modo que no toque el punto diametralmente
opuesto al de entrada, sino que deje lugar para el paso del agua. Este tubo
debe sobresalir de la esfera como medio palmo. La parte de la esfera que rodea
el punto de inserción del tubo debe ser soldada de modo que caño y esfera
presenten una superficie continua. Deberá eliminarse la posibilidad de que el
aire introducido forzadamente en la esfera al soplar pueda escaparse por alguna
resquebrajadura.
Ahora, analicemos en detalle las condiciones del experimento. Desde un
principio hay aire en la esfera, lo mismo que en todas las vasijas popularmente
llamadas vacías, y el aire llena todo el espacio cerrado y se aprieta
constantemente contra la pared que lo contiene. Ahora bien, de acuerdo con los
lógicos, al no haber ningún espacio absolutamente desocupado, debería resultar
imposible introducir agua, o más aire, salvo que se desplazara algo del aire la
contenido en el recipiente. Por otra parte, si se intentara introducir en él
por la fuerza aire o agua, hallándose lleno de antemano, estallaría antes que
admitirlo. Muy bien. ¿Qué es lo que en realidad sucede? Aquel que pone los
labios en el tubo puede introducir soplando una gran cantidad de aire en la
esfera sin que se escape porción alguna del que ya estaba en el interior. Esto
mismo volverá a suceder cuantas veces se repita el experimento, y constituye una
prueba evidente de que las partículas de aire de la esfera son constreñidas a
penetrar en los espacios vacíos que había entre ellas. Esta contracción es
contraria a las leyes de la naturaleza, siendo consecuencia de la introducción
forzada de aire. Por otra parte, si una vez que se ha soplado se obtura
rápidamente el caño con un dedo, el aire permanece comprimido en la esfera.
Pero al sacar el dedo, el aire que estaba forzado en el interior sale de
inmediato, ruidosa y violentamente, al ser expulsado por la expansión del aire
interior, debido a su elasticidad.
Si se intenta el experimento inverso, una gran cantidad del aire contenido en
la esfera puede ser succionado sin que otro aire alguno penetre para
reemplazarlo, como vimos anteriormente en el caso del «huevo». Este experimento
demuestra de modo terminante que en la esfera tiene lugar la formación de un
vacío continuo. De aquí se concluye que los espacios vacíos están dispersos
entre los intersticios de las partículas de aire, y que cuando se lo fuerza, el
aire es introducido en esos espacios vacíos, mediante una compresión contraria
a la naturaleza. La existencia de un vacío continuo contrario a la naturaleza
ya ha sido demostrada mediante la adherencia de un recipiente liviano a los
labios, y mediante el ejemplo de los «huevos» utilizados por los médicos.
Muchos otros experimentos podrían aducirse sobre la naturaleza del vacío, pero
con éstos bastará, pues se fundan en la evidencia de fenómenos observables.
Resumiendo, pues, podemos decir que todo cuerpo está formado de partículas
pequeñísimas de su propio material, entre las cuales se hallan esparcidos
espacios vacíos más pequeños que sus partes. Sólo mediante un abuso del
lenguaje podría sostenerse que, en ausencia de fuerza, no existe en absoluto vacío,
sino que todo está lleno de aire, o agua, o alguna otra sustancia, y que sólo
en la medida que una de esas sustancias se desplaza puede otra pasar a ocupar
el espacio vacío.
* *
* *
El
autor de la reseña bibliográfica de uno de mis libros, publicaba en el Journal
of Roman Studies (vol. XXXI, 1941, página 149) manifiesta
categóricamente que «el experimentalismo, como teoría sistemática, fue
desconocido en la antigüedad: es un producto del Renacimiento». En vista de la
cita que acabamos de reproducir —que, por otra parte, no es única—, el juicio
de ese comentarista debe considerarse infundado. En Estratón nos encontramos
con el representante de un experimentalismo sistemático que encama la
culminación de una práctica ocasionalmente observada en tiempos más antiguos
por los pitagóricos, por Empédocles, por Anaxágoras y por algunos médicos de la
escuela hipocrática, experimentalismo que ha llegado tan lejos como para exigir
la construcción de aparatos especiales para la solución de un tipo especial de
problema, y que está respaldado por la aserción explícita de la primacía del
experimento sobre la demostración lógica.
Entre los discípulos de Estratón se contó un físico alejandrino, Erasístrato,
de quien tendremos algo que decir más adelante. Entre los fragmentos de sus
obras encontramos una conmovedora expresión del celo por la filosofía natural
que consumía a los hombres de esta época que habían caído bajo la influencia
del Liceo. Dicho pasaje es de los Escritos Menores de Galeno
(II, 17, Ed. Müller) y es citado en el libro de Heidel, La edad heroica
de la Ciencia: «Aquellos que no están en absoluto acostumbrados a la
investigación se confunden y se ciegan en cuanto empiezan a ejercitar su inteligencia,
y rápidamente desisten, debido a la fatiga y a la falta de rigor intelectual,
lo mismo que quienes intentan, sin entrenamiento previo, participar en una
carrera. Pero aquel que está acostumbrado a la investigación, abriéndose paso y
dando vuelta en todas direcciones, no abandona la investigación, no diré al
cabo de un día ni de una noche, sino ni siquiera en toda su vida. Éste no
descansará, sino que revolverá su atención de una cosa a otra que pueda
considerar importante para la investigación del asunto, hasta que llega a
solucionar el problema».
Para que nadie suponga que la investigación encarada por Erasístrato en este
delicioso pasaje era de aquellas que pueden ser llevadas a cabo totalmente en
el interior de la cabeza, como Parménides lo recomendó y como lo practicó
Platón, citemos en passant uno de los experimentos de este
gran fisiólogo. Recordemos que está tratando de investigar los procesos de la
vida, y que le preocupa el significado de la respiración, tal como había
preocupado a Empédocles mucho antes en su experimento con la vasija (véase
Capítulo 4 de la Primera Parte). ¡Pero qué maravilloso progreso se ha realizado
en la técnica del experimento! Abriéndose paso a través de su problema y
volviéndose en todas direcciones, Erasístrato llegó a un experimento que
anticipa la famosa realización de Santorio (1561-1636). Éste, en un experimento
muy bien descrito por Singer ( A Short History of Medicine, página
108), vivió durante cierto tiempo suspendido en una balanza de su propio
diseño, para investigar los cambios de peso en el organismo humano. De manera
similar, Erasístrato colocó un pájaro en una jaula, lo pesó, lo mantuvo en
ayunas y lo pesó nuevamente junto con sus excrementos, con lo que sólo llegó a
comprobar una considerable pérdida de peso. Recomendaba la repetición de este
experimento como cosa de rutina (Diels, Anonymi Londinensis, págs.
62 y sigs.). [16]Aquí debe
notarse la medición exacta involucrada en la pesada. ¡Tan perfecto y tan
diverso en sus aplicaciones se había vuelto el método experimental!
Si volvemos ahora a Estratón, hallaremos abundantes pruebas de cómo él también
se abrió camino y se volvió en todas direcciones en sus esfuerzos para resolver
sus problemas. En el pasaje citado más arriba he utilizado una versión
abreviada para concentrar la atención en el principal experimento con la
esfera. Pero si nos remitimos al texto completo hallaremos la constancia de
muchos experimentos suplementarios. Al aventurar la teoría de la presencia en
todas las sustancias de espacios vacíos esparcidos entre las partículas,
Estratón se atreve a sugerir que el «diamante» debe de ser la única sustancia
que no contiene vacío. Dice que es indestructible por el fuego, y que ofrece
tal resistencia a los golpes que se incrusta en el martillo o en el yunque.
Desde luego que el diamante se quiebra bajo el golpe de un martillo, a lo largo
de los planos de su cristal. Sería bueno tener una información más completa
sobre las pruebas que Estratón efectuó a este respecto. Probablemente haya
encontrado partículas diminutas de esmeril o corindón incrustadas en el
martillo o en el yunque. La palabra traducida más arriba como «diamante» podría
aplicarse igualmente a uno o a otro. Cuando menciona la elasticidad del aire
ilustra su explicación mediante comparaciones con el comportamiento de
raspaduras de cuerno y de una esponja seca. La evidencia resultante de tos
vasijas livianas que quedan pendientes de los labios cuando se ha succionado el
aire de su interior es reforzada con el ejemplo de la ventosa de vidrio, más
pesada, en la cual la rarefacción ha sido producida, no por succión, sino
mediante el calor.
Esto conduce a una sección notable, en la cual se trata de la acción del calor
sobre diversos cuerpos. Se indica que si el calor se aplica al carbón para
producir coque, éste aparenta a simple vista igual volumen que el primero, pero
al pesarlo se comprueba que es más liviano. Ésta es otra muestra de medición
exacta de los fenómenos. La pérdida de peso es atribuida a la transformación
del carbón, bajo la acción del fuego, en tres sustancias de diferentes
densidades, calificadas como fuego, aire y tierra. Sigue a esto un interesante
comentario respecto a la acción del fuego sobre el agua. Para mantener nuestra
perspectiva histórica sería conveniente recordar al lector que no fue hasta
1615 que llegó a distinguir específicamente el aire del vapor, y se extrajo la
conclusión práctica de que en la presión del vapor se encerraban
potencialidades mucho mayores que las que podían cifrarse en la presión del
aire. Fue la obra de Cardano (1501-1576) y de Porta (1538-1615) la que condujo
al pronunciamiento decisivo de Salomón de Caus (1576-1630) de que el vapor es
agua evaporada, y que al enfriarse vuelve a su condición original. Ahora bien,
Estratón no tuvo buen éxito en cuanto a trazar la distinción entre el vapor y
el aire, pero deja expresa constancia de que «el vapor que sale de un caldero
hirviente no es sino agua enrarecida que se convierte en “aire”. No podía saber
hasta qué punto este vapor difiere del aire que respiramos.
Estratón empleó su teoría del vacío discontinuo en las cosas para ayudarse en
la interpretación de muchos fenómenos. Ella tiene, en efecto, mucho que ver con
el problema de las diferencias de densidad en diversas sustancias. La invoca
para asistirse en la interpretación del efecto de los rayos del sol en la
evaporación de la humedad, y en los fenómenos del rocío y de las fuentes
termales. Pero tal vez la más sugestiva de sus aplicaciones sea la referente al
problema de la propagación de la luz. «Si el vacío no existiera, ni la luz, ni
el calor, ni ninguna otra fuerza material podría penetrar la sustancia del
agua, o del aire, o de cualquier otro cuerpo. ¿Cómo, por ejemplo, podrían los
rayos del sol llegar hasta el fondo de un cubo lleno de agua? Si no hubiera
intersticios en el agua, sino que los rayos del sol debieran forzosamente
hendirla, las vasijas repletas se desbordarían. Sin embargo, se ve que no
ocurre así. Hay además otra prueba. Si los rayos hendiesen el agua por la
fuerza, todos ellos llegarían al fondo del recipiente, en lugar de ser unos
reflejados y penetrar otros hasta el fondo. Lo que en realidad ocurre es que
los rayos que chocan con partículas de agua son reflejados, y los que hayan
espacios vacíos o se encuentran con sólo unas pocas partículas de agua llegan
hasta el fondo». Otra prueba de la porosidad del agua reside en el hecho de que
si se vierte vino en ella, se dispersa visiblemente a través de todo el cuerpo
ácueo. Una conclusión similar es extraída de la interpenetración de la luz por
la luz. «Cuando se encienden más lámparas, todo el lugar se ilumina pareja y
progresivamente, pues los rayos de la luz se propagan los unos a través de los
otros». Por supuesto, hay innumerables debilidades en estas demostraciones,
pero en todas ellas nos encontramos con un hombre que, allí donde se trata de
hechos físicos, prefiere una demostración a un argumento. Hallamos ulterior
confirmación del hábito que Estratón tenía de apelar a los hechos en un pasaje
de otro escritor, Simplicio (659, 22). Él nos dice que Estratón, enfrentado con
el interminable debate acerca de si el cambio de posición es posible sin suponer
un vacío continuo, solucionó el asunto mediante una sencilla demostración.
Colocó una piedra en una vasija cerrada, llena de agua; invirtió la vasija y
demostró que la piedra había cambiado de lugar.
No sólo era fértil en concebir experimentos, sino que también aplicó de la
manera más penetrante sus principios en muchos campos nuevos. Por ejemplo, en
unas cuantas sentencias de un tratado anónimo que ha llegado hasta nosotros en
el conjunto de la obra de Aristóteles —sentencias que ahora se atribuyen con cierto
fundamento a Estratón—, lo encontramos sentando las bases de una correcta
teoría del sonido. Todos los sonidos, vocales o no, proceden de cuerpos que
caen sobre cuerpos, o de aire que cae sobre cuerpos. La propagación del sonido
no se debe a que el aire tome determinada forma, como algunos creen, sino a que
éste es un medio elástico, que se contrae y se dilata según el impulso que se
imparte… Pues cuando el impacto del aliento hiere el aire, éste es movido
violentamente, e imparte igual moción al aire que lo rodea, con el resultado de
que el mismo sonido es transportado en todas las direcciones, a medida que se
extiende el movimiento del aire».
Estos ejemplos bastan para demostrar que Estratón había establecido plenamente
el método experimental, y que le había dado una aplicación maravillosamente
amplia. Es también importante para nosotros comprender la independencia mental
que desplegó al hacerlo. Ya se ha dicho que Teofrasto había arrojado por la
borda la concepción aristotélica de la materia. Estratón está dispuesto a ir
mucho más lejos. Arroja por la borda también la doctrina aristotélica del peso.
Aristóteles había enseñado que dos de los elementos, el Agua y la Tierra,
tienen una tendencia natural a moverse hacia abajo, a la cual llamó gravedad, mientras
que los otros dos, el Aire y el Fuego, tienen una tendencia natural a moverse
hacia arriba, a la cual llamó levedad. Es decir, que Aristóteles intentó
relacionar su doctrina del peso con una teoría del «lugar natural», mediante la
cual todo elemento del universo tendría un lugar hacia el cual tendería
naturalmente. En sustitución de ella, Estratón adoptó el punto de vista de
Demócrito de que el peso es movimiento hacia el centro, de que todos los
elementos tienen gravedad y ninguno levedad, sino que el más ligero reposa
sobre el más pesado, y de que la masa depende de la mayor o menor cantidad de
materia en un volumen dado. Pero no debe suponerse por esto que Estratón haya
abjurado de Aristóteles únicamente para jurar lealtad a Demócrito y sus átomos.
No es así. Pues aunque acepta de Demócrito la idea del vacío dentro de los
cuerpos, rechaza la idea de un vacío externo continuo. Aunque cree que la
materia está compuesta de partículas invisibles diminutas, rechaza la idea de
que todas las cualidades de las cosas dependen del tamaño, forma y posición de
los átomos, como acabamos de ver, por ejemplo, en su teoría del sonido. También
hay pruebas de que trató de rehuir la concepción mecanicista de Demócrito.
En este punto es adecuado considerar cuál era la cosmovisión general de este
gran experimentalista. Es evidente que con él todas las ideas antropomórficas y
teleológicas habían sido finalmente desechadas. Cicerón nos dice (Sobre la
naturaleza de los dioses, I, 13, 35) que «Estratón el físico era de opinión
de que todos los poderes divinos residen en la naturaleza, y de que la
naturaleza, que es un poder sin forma ni capacidad para sentir, contiene en sí
todas las causas de la generación, el crecimiento y la disminución». En otro,
pasaje ( Cuestiones Académicas, II, 3, 121), que parece reflejar el
ágil estilo polémico de Estratón, Cicerón expone un poco más extensamente los
puntos de vista de éste: «Estratón, de Lampsaco dispensa a dios de su ardua
tarea, opinando que si los sacerdotes de los dioses disfrutan de vacaciones, es
justo que también las gocen los dioses mismos. Dice que no recurre a la ayuda
de los dioses para fabricar el mundo. Todo lo que existe —afirma— es obra de la
naturaleza, pero añade que no lo dice en el sentido de aquel autor, según el cual
todas las cosas son conglomerados de átomos, ásperos y lisos, ganchudos y
puntiagudos, mezclados con el vacío. A estas concepciones las llama ilusiones
de Demócrito, quien no podía demostrarlas, sino sólo desearlas. Pero en cuanto
a él mismo, examina una por una las partes del universo, y demuestra que cuanto
existe o llega a existir está constituido de fuerzas y movimientos puramente
naturales». El punto de vista de Estratón es claro: su deseo es identificar lo
divino con lo natural, y al mismo tiempo encarar el conjunto de la naturaleza
como el campo legítimo de la investigación científica. Se trata de un audaz
esfuerzo por eliminar la idea de lo sobrenatural, pero no es la primera vez que
nos encontramos con él en nuestro estudio de la historia del pensamiento
griego. Esta opinión también era característica de algunos de los médicos
hipocráticos (véase capítulo VI de la Primera Parte).
Estratón —quien, al revés de Teofrasto, no parece haberse inclinado a vacilar
entre dos opiniones distintas— solió llevar sus principios hasta sus
conclusiones lógicas, en todas las ramas de la ciencia. Terminaremos la
presente reseña de su obra con una indicación de sus puntos de vista sobre la
naturaleza del hombre y su lugar en el conjunto de las cosas.
La psicología había contado ya con una historia larga y honrosa entre los
griegos durante los doscientos años que separan a Alcmeón de Aristóteles. Pero
Estratón pudo realizar también en este campo un notable progreso. Cuando se vio
enfrentado con la antigua polémica acerca de si todo el conocimiento se origina
en la experiencia, o si, como enseñara Platón, el conocimiento verdadero es
independiente de ella siendo patrimonio del alma antes de que ésta se albergue
en un cuerpo mortal, Estratón no pudo dudar un momento. Debía señalar como su
fuente la experiencia. Aceptó, por supuesto, la distinción ya entonces familiar
entre los órganos de los sentidos y la mente. Su originalidad, como progreso
señalado sobre la brillante obra psicológica de Aristóteles, reside en la forma
en que concibió la relación entre los sentidos y la mente. Fue, con la posible
excepción de Diógenes de Apolonia, el primer griego que dijo claramente que no
es en el órgano del sentido sino en la mente donde el estímulo objetivo se
transforma en sensación. Éste es un elemento de análisis de importancia
verdaderamente fundamental.
El reconocimiento de la actividad de la mente en la sensación permite a
Estratón aseverar firmemente la idea de la unidad del alma. Para él, tanto la
percepción como el pensamiento son actividades propias del alma. Esto no sólo
elimina la noción platónica del alma como extraño visitante inmaterial alojado
temporariamente en su casa de arcilla, sino que también mina el intento de
Aristóteles de enseñar la mortalidad del alma (psique) y la inmortalidad del
intelecto (nous). La doctrina de Estratón tiene además el efecto de permitir el
reconocimiento del parentesco del hombre con los animales. Si pensamos y
percibimos con el mismo órgano, la mente, se deduce que los animales, que tienen
órganos sensoriales y perciben, tienen también, en cierto grado, una mente.
Estratón opinaba que todo ser viviente puede ser en cierto grado portador de
una mente. Plutarco (961 b) ha conservado su opinión sobre este
punto: «Se concluye —sostenía Estratón— que todo aquello que tiene percepción
tiene también inteligencia, si es por el ejercicio de la inteligencia que la
naturaleza nos capacita para percibir». Rodier, el primero de los modernos que
efectuó una investigación sistemática de las opiniones físicas de Estratón,
opinaba que fue grande la influencia ejercida sobre él por el filósofo Epicuro.
Esto bien podría ser cierto. En todo caso, no cabe duda alguna de que Estratón
sostenía la opinión de los epicúreos, los mejores antropólogos del mundo antiguo,
de que el hombre es un tipo superior de animal, y no la teoría de que los
animales son un tipo degenerado de hombres.
Para las reducidas dimensiones de nuestro volumen, hemos dado cuenta bastante
extensa de la obra de Teofrasto y de la de Estratón. Pero para que no se cree
la impresión de que sólo los jefes de la institución hicieron obra,
mencionaremos otros tres libros científicos producidos por el Liceo, uno sobre
química, otro sobre mecánica y un tercero sobre música. Los dos primeros son
anónimos; el último se debe a Aristógenes.
§. Química
Lo que he llamado la obra sobre química nos ha llegado como el libro IV de la
Meteorología de Aristóteles. Ross describe el contenido de ese libro, como un
todo, en los siguientes términos: «Su asunto (o sea el de los libros I-III)
consiste principalmente en fenómenos atmosféricos, tales como el viento y la
lluvia, el trueno y el relámpago, junto con ciertos fenómenos astronómicos
(tales como los cometas y la Vía Láctea), que Aristóteles, erróneamente,
consideraba no astronómicos, sino meteorológicos. Pero el cuarto libro trata de
un conjunto de cosas muy diferentes, a saber, cuerpos compuestos, como los
metales, y sus cualidades sensibles». Este cuarto libro es generalmente
contemplado como obra de otro autor, por ocuparse tan íntimamente de una
multitud de actividades prácticas relacionadas con las artesanías. Si llegara a
ser aceptado como obra de Aristóteles formaría, con la Mecánica, una
sorprendente excepción a la indiferencia general de Aristóteles hacia las técnicas
productivas. Pues este tratado, cuyo objeto (vuelvo a citar a Ross) «considerar
en detalle la operación de las cualidades activas calor y frío, y las
modificaciones de las cualidades pasivas sequedad y fluidez», contiene, entre
otras muchas cosas interesantes, un extraordinario programa de investigación
acerca de la naturaleza de diversas sustancias, con vistas a clasificarlas de
acuerdo con su capacidad o incapacidad para recibir modificaciones. Traduzco un
breve pasaje: «Comencemos por enumerar aquellas cualidades que expresan la
aptitud o ineptitud de una cosa para ser afectada de un modo determinado. Son
las siguientes: aptitud o ineptitud para solidificarse, fundirse, ablandarse al
calor, ablandarse por el agua, doblarse, quebrarse, ser triturada, estampada,
moldeada, exprimida, ser tenaz, maleable, hendible, cortable, viscosa o
friable, compresible o incompresible, combustible o incombustible, capaz o
incapaz de producir vapores». El programa de experimentos aquí contemplado es
digno de Francis Bacon. Se me ha hecho notar [17] que en
dos obras indudablemente genuinas (Anatomía de los animales, 649a, y Generación
de los animales, 784 b) Aristóteles acepta las conclusiones establecidas en la
Meteorología, libro IV, como exposición meditada de sus propias opiniones. Se
concluiría de esto que investigaciones químicas como las aquí descritas —que
son del mismo tipo que las de la obra de Teofrasto Sobre el Fuego, ya estaban
de moda en el Liceo en tiempos de Aristóteles. La última edición del tratado
(Ingemar Düring, Göteborg, 1944) lo acepta como auténtico, y elige entre sus
enseñanzas, que desde luego no son todas de igual valor, la definición de
combinación química como «el descubrimiento más importante de Aristóteles en
esta rama de la ciencia». La definición es en verdad brillante, y está
enunciada en una sentencia de siete palabras, imposible de traducir
adecuadamente con igual nitidez. Vale la pena citarla como un ejemplo, entre
otros, de la perfección lógica de la ciencia griega de esta época: «La
combinación química es la unión de varios cuerpos susceptibles de tal
combinación, que involucra una transformación de las propiedades de los cuerpos
combinados».
§. Mecánica
El libro sobre Mecánica, según Ross, pertenece a la escuela peripatética
primitiva, «tal vez a Estratón o a uno de sus discípulos». Su mejor traductor,
el profesor E. S. Forster, hace notar al respecto: «Aunque el punto de vista
científico es ciertamente peripatético, el interés del escritor por las
aplicaciones prácticas de los problemas involucrados es por completo ajeno a
Aristóteles». Pero ya hemos visto que hay razones para poner en duda la validez
de este argumento. Su exposición preliminar, antes de encarar los problemas
particulares, es la siguiente: «Las cosas pueden suceder ya sea de acuerdo con
la naturaleza o en contra de ella. Las primeras suscitan nuestra admiración
cuando no conocemos su causa. Lo que nos admira en las segundas es el ingenio
con que el hombre procura beneficiarse. La naturaleza hace muchas cosas en
forma opuesta a nuestros requerimientos. Esto se debe a que la acción natural
es uniforme y simple, mientras que los requerimientos humanos son diversos y
cambiantes. Cuando requerimos un efecto contrario a la naturaleza, nos vemos en
dificultades, nos confundimos y necesitamos habilidad técnica. A la invención
artificiosa que nos saca de dificultades la llamamos dispositivo o mecanismo.
Fue el poeta Antifón quien escribió:
Mediante la destreza derrotamos a la naturaleza victoriosa, y tenía
razón. Ejemplos de lo que él quería decir son las cosas pequeñas que mueven a
cosas mayores, las pequeñas fuerzas que mueven grandes pesos, o, en general,
todo aquello que incluimos bajo el nombré de problema mecánico. Los problemas
mecánicos, ni son idénticos a los problemas físicos, ni enteramente distintos
de ellos. Se fundan en una combinación de teoría matemática y física. El
principio general es revelado por las matemáticas; la aplicación pertenece a la
física».
Luego sigue un brillante ensayo de colocar un amplio sector de las actividades
humanas dentro del alcance de la explicación matemática. Esas actividades se
relacionan con la palanca, la balanza, la posición de los remeros en un bote,
el remo de dirección, la disposición de las velas, los diversos movimientos
circulares de la rueda de carro, la polea, el torno del alfarero, la honda, la
resistencia de maderos de diversas longitudes, la cuña, la romana, la ventaja
del fórceps sobre la mano limpia en la extracción de muelas, los cascanueces,
las proporciones adecuadas en la construcción de camas, el transporte de
grandes leños, los brazos oscilantes en los pozos de agua, el movimiento de las
carretas (incluyendo el problema de la inercia). Dos de las cuestiones tratadas
son obra de la naturaleza y no del hombre: la configuración de los guijarros en
la playa y de los remolinos en el agua. En conjunto, se trata de un admirable
ensayo de matemáticas aplicadas. Algunos de los principios fundamentales de la
estática son expuestos con éxito sorprendente, a saber: la ley de las
velocidades virtuales, el paralelogramo de las fuerzas y la ley de la inercia.
Nada hay más sorprendente en el genio de aquella época que la capacidad de los
grandes fundadores de las ciencias para poner orden en el caos mediante la
delimitación del campo verdadero de cada rama particular del conocimiento.
Aristóteles mismo había hecho esto con soberbia maestría, pues su capacidad de
abarcar todo el campo de los conocimientos humanos estaba a la altura de su
capacidad para trazar fronteras definidas entre sus diversas partes. Se formó
la concepción de un cuerpo orgánico de conocimiento científico, que cubría todo
el ámbito de la experiencia humana, en el cual las partes separadas que
integraban el conjunto debían distinguirse claramente entre sí, exhibiendo al
mismo tiempo sus mutuas relaciones. Con este plan maestro a la vista, sus
discípulos continuaron su trabajo, reconsiderando unas veces los principios
básicos de la estructura (como cuando Teofrasto planteó todo el problema de la
validez del principio teleológico) y definiendo otras veces con mayor claridad
los límites de las ciencias particulares (como cuando Teofrasto, en su análisis
de la naturaleza de las partes de animales y plantas, separó entre sí a la
zoología y la botánica). Así hemos visto también a Estratón reconstituyendo dos
ramas de la ciencia: la teoría de la estructura fundamental de la materia y la
teoría de la naturaleza del alma. Hemos visto a otros dos miembros de la
escuela, cuyos nombres son inciertos —síntoma del trabajo en equipo que entre
ellos se practicaba—, constituyendo ramas de la química y de las matemáticas
aplicadas. Tenemos que referirnos ahora a otro gran hombre, Aristógenes, quien
puso orden en la interpretación de una de las principales ramas del arte, a
saber, la música.
§. Música
Aristógenes, contemporáneo de Teofrasto, nació en Tarento, ciudad que era
antiguo centro de variada cultura. Era hijo de un distinguido músico,
Esfíntaro, quien había viajado mucho y había estado en contacto con muchos de
los grandes hombres de la época. Resultaba casi inevitable que el vástago de
una familia tan poderosa e intelectual ingresara más tarde o más temprano en el
Liceo, y Aristógenes, en verdad, no sólo se convirtió en peripatético y
discípulo de Aristóteles, sino que llegó a una posición tal en la escuela como
para alentar esperanzas de suceder a su maestro. No podemos decir que
Aristógenes hubiera reemplazado con ventaja a Teofrasto, pero vale la pena
recordar que además de su labor en teoría musical escribió también obras
filosóficas y biográficas.
El tipo especial de las realizaciones debidas a este hombre, con su vasto y
práctico conocimiento de la música y con su profundo adiestramiento filosófico,
fue eminentemente característico de la escuela a la cual pertenecía. Consistió
en la exacta determinación del alcance de la ciencia musical y en el
establecimiento de una concepción más verdadera sobre la naturaleza real de la
música misma. Hasta la época de Aristógenes la música en Grecia había ocupado
la posición de un arte, una techné. Había, desde luego, escuelas de
arte musical. Se alentaban preferencias conscientes sobre un estilo de
composición con respecto a otro. Había abundantes concursos musicales, en los
que un vasto público aprendía a discriminar exquisitamente los estilos y
talentos de los diversos ejecutantes. Los fabricantes de instrumentos eran
famosos por su habilidad. Todos los hábitos formados por estas preferencias
fueron transmitidos mediante la enseñanza, de generación en generación de
artesanos, compositores e intérpretes. Pero a través de todo este panorama no
percibimos aprehensión alguna de los principios básicos de una ciencia de la
música como tal.
¿Cómo llegaron a adquirirse esos principios? La única escuela que había tratado
seriamente de establecer una ciencia de la música había sido la pitagórica.
Pero, aunque los pitagóricos hablaban de la música, no se habían elevado por
encima del nivel de la acústica. Redujeron el sonido a vibraciones del aire.
Allí donde el oído percibía notas altas y bajas, ellos captaban relaciones
matemáticas que apelaban al intelecto. Éstas fueron notables realizaciones
científicas, pero no llegaron a constituir una ciencia de la música.
Los meros principios del sonido no suministraban base alguna para la crítica o
apreciación de la música. Aristógenes, que estaba enterado, por supuesto, de lo
que ios pitagóricos habían hecho, comprendió que no habían llegado al fondo del
asunto. Se dio cuenta de que la verdadera ciencia musical debe aceptar, como
elementos que no requieren explicación ulterior, conceptos tales como voz,
intervalo, alto, bajo, armonía, disonancia. Su tarea debe ser la de reducir los
fenómenos más complejos de la música a estas formas simples, y averiguar las
leyes generales de sus relaciones.
Ésta era una definición clara del objeto de la ciencia musical, que llevaba en
sí una concepción más profunda de la música misma. La esencia de la música
reside en las relaciones dinámicas de los sonidos entre sí y no en sus
antecedentes físicos y matemáticos. Aristógenes había encontrado ahora una
definición de la música que hacía posible la comprensión de la naturaleza
esencial de una composición musical como un sistema de sonidos, en el cual
ningún sonido aislado tiene significado propio, pero en el que todo sonido lo
adquiere gracias a sus relaciones en todo el resto. He aquí una sentencia
clave. «Nuestro método descansa, en última instancia, en una apelación a las
dos facultades de audición y de intelecto; mediante la primera juzgamos las magnitudes
de los intervalos; mediante la segunda contemplamos las funciones de las
notas».
Esta conquista de Aristógenes tiene su paralelo más próximo en la Poética de
Aristóteles, donde por primera vez la ciencia había sido aplicada con éxito al
análisis de una gran rama del arte. Con la Poética de
Aristóteles y la Armónica de Aristógenes se habían sentado las
bases para una crítica inteligente y consciente de la naturaleza y de la
función del arte. El espíritu humano había adelantado enormemente en la conciencia
de sí mismo.
Con esto terminamos nuestro resumen de la obra científica del Liceo. Sólo nos
resta admitir que a la muerte de Estratón la popularidad de la institución
estaba en plena decadencia. Nos dice Diógenes Laercio (V, 37) que bajo el
elocuente Teofrasto, quien mantenía todas las múltiples actividades, culturales
y científicas, que habían caracterizado la labor de la escuela bajo su
fundador, no menos de dos mil estudiantes solían asistir a las clases. Estos
días ya habían pasado. La educación que más requería y deseaba el ciudadano era
un conocimiento de los hambres y de los negocios, y el don de la palabra. Algo
plausible que decir y la habilidad para decirlo con efecto eran la necesidad
suprema para un hombre público. Estratón, al dirigir la actividad de la
institución principalmente hacia la investigación científica, no satisfizo la
demanda popular, y la concurrencia estudiantil decayó. El sucesor por él
designado, Licón, no tenía condiciones como hombre de ciencia, pero se
distinguió por sus alcances culturales. Tal nombramiento fue hecho por Estratón
en su testamento, cuyo texto ha llegado hasta nosotros. Sugiere que la escuela
estaba en dificultades. «Dejo la escuela a Licón, pues los demás, o son
demasiado viejos o están demasiado ocupados». Éste es un cumplido irónico.
«Sería bueno que los demás cooperasen con él. Evidentemente, había disensión.
«Le lego todos mis libros, salvo aquellos de los cuales soy autor».
¿Significa esto que eran inútiles para Licón? Cuando menos, los hechos nos
dicen que Licón desvió el foco del interés de la filosofía natural a la ética y
la retórica, trató de hacer revivir los aspectos más populares de la escuela,
particularmente las lecciones vespertinas. Quizá podríamos extraer la
conclusión de que un panorama de investigación física, con una fuerte
inclinación por las aplicaciones prácticas de la ciencia, tal como lo hallamos
en Sobre el fuego, de Teofrasto; Sobre el vacío, de
Estratón, en el libro IV de la Meteorología, o en Sobre los
problemas mecánicos, ya no tenía objeto en una ciudad como Atenas, que
había perdido su papel directivo en los asuntos griegos y estaba materialmente
en estado de decadencia.
El Liceo siempre había debido mucho al patronazgo macedonio. Aristóteles era
oriundo de Macedonia. Su padre había sido médico en la corte de Filipo, rey de
Macedonia. Aristóteles había sido tutor del hijo de Filipo, Alejandro el Magno.
El Liceo era, en sentido muy definido, un centro de influencia macedónica en
Atenas. Estratón, antes de ser llamado a Atenas para confiársele la dirección
de la escuela, había sido nombrado por el fundador de la nueva dinastía
macedónica en Egipto para ejercer la tutoría de su hijo. Tenemos pruebas de que
la carrera del Liceo no había estado siempre a salvo de los cambios y vuelcos de
la política ateniense. Estaba surgiendo en Egipto una nueva potencia macedónica
que aspiraba al dominio del mundo mediterráneo. Los Tolomeos habían demostrado
claramente estar bien al tanto de los servicios que la ciencia podía prestar a
un gobierno. En consecuencia para trasladar de Atenas a Alejandría toda
actividad del Liceo que les pareciera útil para ellos. El futuro científico
residía, no en Licón y sus opacos sucesores de Atenas, sino en el Museo de
Alejandría y en el brillante conjunto de eruditos y hombres de ciencia reunidos
y mantenidos allí por el mágico oro de los Tolomeos.
Nota bibliográfica
Los artículos en la Real-Encyklopädie, de Pauly Wissowa, sobre el Peripatos
(por K. O. Brink), sobre Teofrasto (por O. Regenbogen) y sobre Estratón (por CAPELLE)
suministran una revista amplia y actual de la historia del Liceo después de
Aristóteles. La obra de Brunet y Mieli, Histoire des Sciences: Antiquité, vale
para todo el período, pero allí donde sus autores siguen a Senn cuando se
refieren a Teofrasto no superan las críticas de Regenbogen. La Metafísica de
Teofrasto fue editada con traducción de Ross y Forbes, Oxford, 1929. La
Meteorología, IV, y la Mecánica se hallan entre las Works of Aristotle
translated into English, Oxford. En la Loeb Library, se encuentra una
traducción de la Historia de las plantas, de Teofrasto, por Arthur Hort, con el
título de The enquiry into Plants. De especial valor para el estudioso, es la
obra de Teofrasto De Lapidibus, editada por D. E. Eichcholz, Oxford, Clarendon
Press, 1965. En ella puede verse cómo Teofrasto lleva a cabo la ejecución de un
trabajo proyectado por Aristóteles y cómo lo hizo de una forma característica:
con mayor celo por la observación y con menor tendencia a las generalizaciones
prematuras.
Contenido:
· §.
Historia y organización del Museo
· §.
Religión y ciencia planificadas
· §.
Ingenieros
· §.
Médicos
· §.
Matemáticos
· §.
Astrónomos
· §.
Geógrafos
· §.
Otra vez la astronomía
· §.
La organización del conocimiento
· §.
Gramática
§.
Historia y organización del Museo
En el NUEVO CENTRO del saber formado en la capital egipcia había una suerte de
opulencia norteamericana. Formalmente el Museo como su nombre lo indica, un
Templo de de las Musas, y su director era un gran sacerdote. Pero su objeto
real era el de un instituto de investigación que se dedicara también a la
enseñanza. En ambos de estos aspectos tomó por modelo al Liceo, pero en escala
mucho mayor. Su biblioteca, a la cual fue incorporada la de Aristóteles, tenía
aproximadamente medio millón de rollos, y la dirección de la investigación y de
la enseñanza parece haber estado en manos del bibliotecario. Había
aproximadamente cien profesores, cuyos sueldos eran pagados por el rey. Tenía
salas de investigación, de conferencias y de estudio. El liceo había efectuado
estudios astronómicos, biológicos y botánicos. Para la prosecución de esos
estudios el Museo contó con un observatorio, un jardín zoológico y un jardín
botánico. También tenía salas de dirección. Tales facilidades para la
investigación y la enseñanza nunca habían existido antes y por cierto que
fueron bien aprovechadas.
No es posible indicar la fecha exacta de la fundación del Museo. Alejandro
había conquistado Egipto en el año 332 a. C. Su general Tolomeo, hijo de Lago,
quien había sido nombrado sátrapa, se hizo cargo del gobierno cuando Alejandro
murió en 323. Cuando se proclamó rey en 305, asumió el sobrenombre de Soter
(Salvador). Dos años antes de su muerte lo sucedió su hijo Filadelfo, cuyo
tutor había sido Estratón. Filadelfo reinó de 285 a 247. Bajo los reinados de
estos dos Tolomeos el Museo fue tomando forma. Su historia abarca en total unos
seiscientos años, pero los dos primeros siglos, desde Euclides hasta Hiparco,
son los de máxima importancia. Durante ellos fueron sistematizadas las diversas
ramas de la ciencia antigua. Entonces se estableció la moda y el arte de
escribir aquellos tratados ordenados, en los cuales se exponía un asunto desde
sus primeros principios hasta sus conclusiones últimas, que valieron a este
período el título de Edad de los Libros de Texto. Esta época marca toda una
etapa en el progreso humano.
Los monarcas macedones que fundaron y mantuvieron el Museo eran los sucesores
de una familia reinante que había demostrado desde mucho tiempo atrás su
comprensión de las relaciones entre la ciencia y el gobierno. Filipo y
Alejandro debieron en buena parte a los ingenieros sus triunfos militares.
Nunca se detuvieron ante las murallas. Alejandro demostró que también sabía
construir y organizar. Los Tolomeos, a la cabeza de Egipto, hubieran violado
uno de sus primeros debes si no hubiesen tomado medidas para la formación de
ingenieros, médicos, astrónomos, matemáticos y geógrafos. En forma más
irregular, las principales ciudades-estados de Grecia se habían valido
tradicionalmente de tales hombres para sus necesidades, si bien éstas eran más
limitadas. Pero ahora se trataba de organizar vastos territorios, y había que
proveerse de hombres de ciencia y de técnicos en forma más sistemática. La fama
de las escuelas atenienses había hecho surgir también un nuevo orgullo en el
cultivo de cada rama de la cultura literaria.
Pero las nuevas condiciones que se registraban en Egipto brindaron también un
nuevo ambiente a la ciencia y a la cultura griegas, que eran tradicionalmente
nacionales y locales. La Academia y el Liceo fueron empresas personales. Pero
Alejandría era la capital griega de un gran territorio egipcio, y el Estado
respaldaba la organización del Museo. Se exigió a la ciencia griega arraigar en
un nuevo suelo y desempeñar un papel distinto. El carácter cosmopolita de la
enorme ciudad era cosa nueva. La corte y el ejército eran griegos, y el primero
de los Tolomeos se dirigió a los comerciantes helenos para obtener el capital
que necesitaba. Ellos constituyeron la clase dominante. En las ciudades existía
un proletariado internacional, principalmente griego, formado de pequeños
mercaderes, artesanos y afines. De los habitantes de las ciudades eran los
judíos, después de los griegos, los que tenían mayor importancia cultural y
social. La población del campo era en su mayoría egipcia, y aunque existen
pruebas de que algunos griegos se mezclaron mediante el matrimonio con los
egipcios, la gran masa nativa permaneció intacta pese al advenimiento de un
gobierno macedonio y de su cultura griega importada.
Para la rica clase gobernante griega, la familiar relación entre dueño y
esclavo seguía siendo la característica dominante en la estructura de la
sociedad y en la estructura de su pensamiento. La vida seguía siendo
inconcebible sin el servicio personal del esclavo doméstico. Pero culturas como
la egipcia, la judía y otras vinieron a hacer impacto directo sobre la griega,
y los Tolomeos, por otra parte, heredaron los problemas de gobierno de los
faraones, más la complicación ulterior de ser extranjeros. Diversos textos
astrológicos[18]arrojan
alguna luz sobre la composición de la sociedad egipcia. En la base de la
pirámide social se hallaba una población numerosa y abatida, que ejecutaba,
entre otras labores agotadoras, la que era impuesta por la propia naturaleza de
su suelo. Egipto es llamado el don del Nilo. Pero sin el trabajo incesante de
millones de manos, manteniendo generación tras generación, ese don hubiera sido
estéril. El Nilo no riega la tierra de Egipto sin ayuda humana. Era necesario
mantener en buenas condiciones una enorme red de canales de regadío, incluyendo
largos túneles que daban acceso a fuentes subterráneas. El hecho de nacer
miembro de la clase a cuyo cargo estaba este trabajo era considerado como una
condena sin esperanzas. Los «canalizadores agotados por el trabajo, los
aguadores agobiados por sus cargas, los cavadores de túneles, pagados con
sueldos miserables que no les daban perspectivas de llegar a ser alguna vez
dueños de algo como fruto de su propio trabajo», eran clasificados por los
antiguos astrólogos como seres nacidos bajo una desastrosa conjunción de
influencias planetarias. Sabemos que junto a ellos se movían trabajadores de
otros oficios humildes —los panaderos, por ejemplo, cuya aflicción, entonces
como en edades posteriores, era la necesidad de trabajar de noche para que
otros pudieran comer de día; los cargadores, con los fardos sobre sus espaldas,
como verdaderas acémilas; los canteros y los que transportaban las piedras
cortadas, para no hablar de los niños que apartaban los escombros; los pescadores
de esponjas y los servidores de las casas de baños, que «morían a temprana
edad», pues sus oficios eran peligrosos. De acuerdo con las pruebas halladas
últimamente, estos egipcios pobres eran asalariados, no esclavos. Pero no por
ello su suerte era menos desdichada. Era el Egipto tradicional, azotado por la
pobreza, el país que los Tolomeos se habían propuesto gobernar, y es
innecesario advertir que sus esfuerzos no se encaminaron a transformar tales
condiciones de vida. El genio inventivo de los hombres de ciencia y de los
mecánicos, suscitado por el Museo, no podía en esa época de la historia del
mundo ser aplicado, a la manera rusa, para aliviar la miseria de las masas. Por
el contrario, salvo en lo que sé refiere a ciertas necesidades del Estado (principalmente
la provisión de máquinas bélicas) y ciertas diversiones para los ricos (las
fuentes de los parques), la ciencia tendió cada vez más a abandonar su función
como arma del hombre en la lucha contra la naturaleza, para confinarse en su
función de disciplina mental para el contemplativo. El gobierno continuó
recurriendo a la religión para aliviar las necesidades de los pobres.
§. Religión y ciencia planificadas
No les habían faltado a los egipcios estas gracias antes del advenimiento de
los Tolomeos. Pero con el establecimiento de un gobierno griego en una
población egipcia habían surgido nuevos problemas. Un dios señaló la forma de
solucionarlos. El primer Tolomeo supo, gracias a una visión nocturna, que se
requería un nuevo culto, y en ella se le aconsejó también que trajera una
estatua de Plutón de un templo de Júpiter en Sínope para ayudar a constituir un
centro para el nuevo culto. La ejecución adecuada de la sugestión divina
requería cuidado y preparación. Para ello resultó plenamente eficaz una
combinación de la teología nativa egipcia con la griega importada. El sacerdote
egipcio Manetón y el griego Timoteo elaboraron los atributos del nuevo dios y
le dieron nombre. Iba a llamarse Serapis. Su templo, el Serapeum, fue uno de
los más suntuosos monumentos del mundo antiguo. Para la imagen del culto se
eligió una estatua del escultor Briaxis, de la escuela de Escopas, a mediados
del siglo IV. El lenguaje litúrgico era el griego. El nuevo culto, dice
Loisy [19]«fue una
adaptación cuidadosamente pensada de la religión de Egipto al espíritu y
costumbres de los griegos».
El nuevo dios evidenció inmediatamente signos de vitalidad. Entre sus
cualidades se encontraba la de ser un dios curandero, y desde un principio obró
milagros. El filósofo ateniense Demetrio Falereo, miembro de la escuela
peripatética y discípulo de Teofrasto, fue curado por él de ceguera, y compuso
en su honor peones que se cantaban todavía siglos más tarde. Tales bendiciones
no podían limitarse a la capital. Hacia el siglo II d. C. había cuarenta y dos
Serapeums en Egipto. Pero el dios tenía ambiciones más vastas todavía. Su culto
se extendió muy pronto a Chipre, Sicilia, Antioquía, Atenas. Luego llegó a las
costas de Siria, Asia Menor y Grecia; a las islas del Egeo, al Helesponto y la
Tracia. En Delos —que era, también, el centro de la venta de esclavos— los
mercaderes romanos rivalizaban en su devoción al dios con los aristócratas
griegos que mantenían el culto. Éste duró hasta el fin del paganismo, y aun lo
sobrevivió. Penetró en Italia, tal como lo atestiguan sus restos en Puteoli,
antes de finalizar el siglo II a. C. Hacia esa misma época apareció en Pompeya.
El senado trató de impedir su difusión entre la plebe romana, y resolvió
introducir por sí mismo nuevas religiones, antes que tolerar las que introducía
el pueblo. Pero al cabo la autoridad tuvo que ceder, y el emperador Calígula
hizo construir, probablemente en el año 38 d. C., su gran templo a Isis —que
compartía el culto de Serapis— en el campo de Marte.
Cumont[20] observa
que el arte y la literatura de Grecia fueron puestos al servicio de la nueva
religión creada por Tolomeo. Omite mencionar la ciencia. Pero ésta también tuvo
que contribuir con su adarme, pues nunca sé da el caso de una ciencia neutral y
pura. Cuando perdió su ambición de transformar la vida material del hombre
dedicándose a la industria, pronto encontró nuevas aplicaciones. Se convirtió
en la sirvienta de la religión, y fue utilizada para producir milagros en los
Serapeums y en otros templos de Egipto. Estratón había aseverado orgullosamente
que no necesitaba la ayuda de los dioses para crear un mundo. Pero los dioses
no desdeñaron la ayuda de Estratón para gobernar este mundo terrenal. Herón de
Alejandría, que nos ha conservado una relación de la obra de Estratón sobre la
neumática, nos explica cómo ésta y otras ramas de la ciencia resultan útiles
«no sólo para proveernos de los más fundamentales requisitos de la vida
civilizada, sino también para producir asombro y pavor». Este asombro y este pavor
se refieren a los efectos de los milagros del templo.
En su mayoría los milagros descritos por Herón dependen de uno u otro de estos
dos principios: el sifón y el poder expansivo del aire caliente. Ambos eran
aplicaciones de la neumática de Estratón. El principio del sifón fue aplicado
en gran copia de recursos ingeniosos para falsificar la conversión del agua en
vino. Se vertía agua sobre el extremo de un sistema de sifones, y aparecía vino
por el otro extremo. La fuerza expansiva del aire caliente, por su parte,
producía movimientos sobrenaturales. Había altares dotados de una cámara de
aire comunicada con el nicho de la imagen, situado en la parte superior. Cuando
se quemaba la ofrenda en el altar, el aire en expansión abría la puerta del
nicho, empujaba al ídolo hacia adelante y lo obligaba en esta forma a saludar
al devoto. Este principio tuvo muchas otras aplicaciones. Gracias a otras
fuentes documentales, sabemos de las aplicaciones religiosas de los principios
de otra ciencia alejandrina, la óptica, a la producción de apariciones. Para la
conciencia de la época estos auxilios científicos de la devoción no se
diferenciaban mucho, en principio, de los mejores efectos de iluminación o de
la introducción de la música de órgano, que también fueron conquistas de ese
tiempo. Su objeto era edificar piadosamente al público y hacer a la religión
atractiva e impresionante, propósito que parece haber sido plenamente logrado.
Tenemos, por ejemplo, el relato que nos hace el cumplido poeta Claudiano de un
tipo inusitado de milagro que nos transmite al propio tiempo la impresión del
ceremonial que rodeaba a la ejecución rutinario del fraude piadoso. La fuerza
natural empleada en este caso era la del imán. La escena se desarrollaba en un
templo dedicado conjuntamente a Marte y a Venus. Los actores divinos eran un
Marte de hierro bruñido y una Venus de piedra imán. Se hacían los preparativos
para la boda de ambos. Guirnaldas de mirto adornaban las puertas de la cámara
nupcial. El tálamo estaba cubierto de rosas: sus cobijas eran de púrpura. El
sacerdote entonaba el oficio; el coro entraba cantando, y precedido por la
antorcha nupcial. Había luces, música, color, perfume y ritual. Se presume que
los fieles se emocionaban ante esos efectos. Y entonces se producía el milagro.
La figura de hierro de Marte era introducida en el campo atractivo de la Venus
magnética. «Sin moverse de su lugar, la diosa, con su poderoso encanto, atrae
al dios a sus brazos. Lo estrecha en su pecho con amoroso aliento», dice el
poeta floreando su tema. Este poema fue escrito aproximadamente en el año 400
d. C. La producción científica de milagros cubre todo el período de esplendor y
decadencia de la ciencia alejandrina, y no dejó de tener su influencia sobre
ella[21].Cuando la
ciencia volvió a florecer en el mundo moderno, ya tenía otro propósito que el
de engañar.
§. Ingenieros
También los tuvo en la antigüedad, pero en medida extrañamente limitada. Una
cita de Brunet y Mieli nos dará una idea preliminar de aquel aspecto de la
ciencia alejandrina a cuyo estudio debemos dedicarnos ahora. «Es cierto
—escriben— que los ingenieros antiguos en general, y no sólo los de Alejandría,
únicamente por excepción trataron de aplicar sus máquinas para obtener
resultados útiles. No se les ocurrió, por ejemplo, aplicar la fuerza del agua,
del aire comprimido o del vapor como fuente de potencia en sus artesanías, o
para obtener resultados análogos a aquellos que ha revelado el desarrollo de la
civilización moderna. Uno puede hasta suponer que con los conocimientos que
tenían, y valiéndose de los mecanismos que habían ideado para sus juguetes, los
ingenieros de la antigüedad podían haber llegado a aplicaciones análogas a
aquellas que hicieron la gloria del siglo XVIII. Sin embargo, al dejar
constancia de su fracaso, en sí mismo bastante curioso para la mentalidad
moderna, debemos reconocer por supuesto que la atención de los técnicos de la
antigüedad no se dedicó exclusivamente a los juguetes. También se construyeron
algunas máquinas realmente útiles, como bombas para extraer agua o para
extinguir incendios. El ingenio de los alejandrinos se superó a sí mismo en el
perfeccionamiento de muchos instrumentas de precisión, de construcción muy
delicada, e incluso indispensables para el progreso de la ciencia, tales como
sus instrumentos astronómicos y sus clepsidras.
Se reconoce ahora generalmente que el fundador de la escuela alejandrina de
mecánicos fue Ctesibio. Éste, que vivió durante los reinados del segundo y del
tercero de los Tolomeos, o sea entre 285 y 222, era hijo de un barbero
alejandrino. Uno de sus primeros inventos fue un aparato para facilitar el
ascenso y descenso de un espejo en la barbería, mediante el contrapeso de una
plomada. Colgado de una cuerda, el plomo subía y bajaba dentro de un caño
escondido detrás de una viga. Allí donde hay ingenio nativo, una cosa pronto
conduce a otra. El hecho de que el plomo, al caer rápidamente por el interior
del caño, expulsara el aire con un silbido, sugirió al ingenioso hijo del
barbero la invención de un instrumento musical mecánico. Éste, ya
perfeccionado, constituyó el famoso órgano hidráulico, instrumento en cuyos
tonos Cicerón hallaría gran deleite unos doscientos años después. La fuerza
necesaria para su funcionamiento era suministrada por una columna de agua
sostenida por una porción de aire. A través de una válvula, el aire pasaba a un
cilindro horizontal conectado con una serie de tubos de órgano verticales, en
los cuales podía a su vez penetrar por otras válvulas regidas por criques.
B — Orificio perforado oro, o en alguna piedra preciosa, por el cual penetra
el agua.
C — Figura que se levanta junto con el flotador e indica las horas.
D — Tambor que gira sobre sí mismo una vez por año, indicando la diferente
duración de las horas de acuerdo con las estaciones. Las líneas verticales
indican los meses.
La introducción de la música mecánica es un aporte no pequeño a la
civilización. Pero no fue la única invención de Ctesibio. Igualmente famosas
fueron, sus clepsidras. La descripción siguiente la hemos tomado de Vitruvio
(IX, VIII, 4 y 5), y resultará inteligible a quien estudie la ilustración
inserta. «Para la boca de entrada del agua utilizaba un trozo de oro o una gema
perforada, por haber comprobado que dichos materiales ni se desgastaban ni
daban lugar a obstrucciones. Así consiguió que el flujo del agua fuera
uniforme. A medida que el agua elevaba su nivel, iba levantando un cuenco
invertido, conocido técnicamente como el corcho o tambor, que estaba conectado
con una varilla y con un tambor giratorio. Tanto la varilla como el tambor
tenían dientes, a intervalos regulares, que encajaban recíprocamente. De esta
manera, el movimiento rectilíneo del corcho ascendente se transformaba en una
serie de pequeños y medidos movimientos circulares. Mediante el
perfeccionamiento de este dispositivo con una serie de varillas y ruedas
dentadas Ctesibio pudo determinar diversos movimientos. La figurita que
señalaba la hora se movía. El cilindro del reloj giraba sobre sí mismo: caían
guijarros o huevos, sonaban trompetas y se producían otros efectos
correlativos». El lector reflexivo observará en lo que antecede cierto
conocimiento de los materiales, así como de principios mecánicos. Debe
observarse que la construcción de estos relojes se complicaba innecesariamente
con la antigua usanza de asignar diversa duración a las horas de acuerdo con
las estaciones del año. El día y la noche, la oscuridad y la luz, eran
divididos en doce intervalos. Las horas del día eran más largas en verano y más
cortas en invierno. Ctesibio ideó relojes capaces de adaptarse a esta
convención embarazosa, así como los países anglosajones adaptan los
instrumentos y las tablas a su primitivo sistema de medidas.
Aparte de su órgano hidráulico y de su clepsidra, Ctesibio inventó piezas de
artillería que funcionaban con aire comprimido, y una bomba de doble acción
para levantar agua que fue utilizada en bombas contra incendios. Las primeras
resultaron ineficaces debido a dificultades mecánicas de construcción. La bomba
contra incendios, igualmente notable desde el punto de vista teórico, tuvo más
éxito en la práctica, y es considerada generalmente como su obra maestra.
Sólo conocemos a Ctesibio a través de las noticias de sus principales inventos.
Pero Filón de Bizancio, su contemporáneo, aunque algo más joven, ha tenido la
buena suerte de quedar representado por numerosos fragmentos de ®u amplio
tratado de mecánica, que han llegado hasta nosotros. El estudio de los temas de
sus nueve libros nos ayuda a entender la función Social de la ciencia en su
tiempo. Por lo que podemos, apreciar, trataban de los Principios y Aplicaciones
de la Palanca, Construcción de Puertos, Balística o Artillería, Neumática o
Máquinas que funcionan con Aire Comprimido, Construcción de Autómatas, Defensa
de Ciudades, Sitio de Ciudades, y probablemente algunos otros aspectos de la
guerra. Aparentemente, las aplicaciones bélicas absorbían la mayor parte de la
mecánica. La atención dedicada a los puertos ilustra la actividad más constructiva
de aquella época. Los autómatas y las máquinas neumáticas encontrarían, sin
duda, su mayor aplicación en la recreación y en la producción de milagros. No
se registran aplicaciones de la mecánica a la industria. Especial interés
reviste un pasaje del libro de Filón sobre balística, traducido por Cohen y
Drabkin (ob cit., páginas 318, 319), donde se trata de una vasta
experimentación acerca de los principios de la construcción de artillería,
posibilitada por la munificencia de los Tolomeos. Lo interesante es que
mientras se supone generalmente que la fuerza de la ciencia griega reside en su
carácter lógico-deductivo, aquí vemos expuesta su fase experimental, empírica,
siendo el objeto de la investigación descubrir una fórmula
empírica que se necesitaba para la construcción de la artillería. Éste
es el aspecto de la ciencia griega que ha tendido a desaparecer de los archivos
de la historia. Platón lo condenó, y de Arquímedes se sabe que suprimió de sus
obras los procedimientos empíricos mediante los cuales llegó a sus
conclusiones, una vez que consiguió ordenar sus descubrimientos en orden
lógico.
§. Médicos
Pasemos ahora de la mecánica a la medicina. Nos hemos familiarizado ya en
cierta medida con los trabajos de Ctesibio y Filón, que continuaron la
investigación del Liceo en la mecánica y en la neumática. Abandonémoslos ahora
para tratar de Herófilo y de Erasístrato, que continuaron la tradición del
Liceo en las investigaciones biológicas.
Herófilo, nativo de Calcedonia, en Bitinia, que floreció hacia el año 300 a.
C., escribió un tratado general Sobre la Anatomía, un estudio
especial De los ojos, y un manual para parteras, en el cual incluyó
una exposición elemental de la anatomía del útero. Dicho tratado para parteras
es un ejemplo alentador del celo humanitario que una y otra vez resplandece en
las páginas de la historia de la medicina griega. Puede contemplarse también
como el pago por parte del trica es menos conocida, pero bien digna de citarse.
En su lugar común manifestar que Aristóteles, en su vasta colección de
informaciones sobre asuntos biológicos, debió mucho a pescadores y ganaderos. Su
deuda con la profesión obstétrica es menos conocida, pero bien digna de
citarse. En su Historia de los animales (VII, 10) hallamos el
siguiente pasaje: «El corte del cordón umbilical es tarea de la partera, y
requiere una inteligencia bien despierta. En un parto difícil todo depende de
su pericia. Debe tener presencia de ánimo para enfrentar las emergencias y para
disponer la ligadura del cordón. Si la placenta sale junto con el niño, el
cordón umbilical debe ser separado de ella mediante un nudo, y cortado por
encima de éste: de tal modo se unen sus lados en el lugar de la ligadura, y se
interrumpe la continuidad. Pero si la; ligadura se desata, se produce
hemorragia y el niño muere. En cambio, si la placenta no sale junto con el
niño, el cordón umbilical es ligado y cortado luego del nacimiento de la
criatura, mientras las envolturas permanecen todavía dentro. Sucede a menudo
que el niño, por ser débil, parezca haber nacido muerto, y que su sangre fluya
hacia el cordón umbilical y la región adyacente. Las parteras expertas, en
tales casos, exprimen la sangre del cordón para que vuelva al cuerpo, y el niño
revive entonces como si se le hubiera restituido su sangre luego de haberse
desangrado. Como ya se ha dicho, los niños, como otros animales, salen con la
cabeza por delante, y tienen los brazos pegados contra los costados del cuerpo.
En cuanto nacen comienzan a llorar y a llevarse las manos a la boca. Algunos
evacúan inmediatamente, otros al rato: todos en el día. La evacuación, llamada
meconio, es más abundante que la evacuación normal de un niño». La referencia a
la actuación de las parteras cuando la sangre fluye al cordón, tiene un interés
muy especial a la luz de las investigaciones más recientes.[22] Pero no
hay duda, ante la amplitud y exactitud de sus observaciones, de que Aristóteles
había consultado realmente a las parteras para reunir sus datos. Herófilo
mantiene vivo el contacto entre la investigación biológica y la obstetricia.
De las contribuciones que Herófilo hizo a la anatomía, la más fundamental fue
su investigación del asiento de la inteligencia. En el siglo V Alcmeón la había
localizado correctamente en el cerebro. Un siglo más tarde Aristóteles, por
diez razones excelentes, pero equivocadas, como se vería más tarde, la
transfirió al corazón. Herófilo volvió al punto de vista de Alcmeón, fundándose
en una atenta disección del sistema nervioso y del cerebro. Los anatomistas
anteriores habían efectuado algunos progresos en la tarea de determinar los
recorridos de los nervios sensoriales, pero él fue el primero en concebir un
panorama general del sistema nervioso y en trazar la distinción entre los
nervios motores y los sensitivos. La nomenclatura de las partes del encéfalo
todavía muestra numerosas huellas de su trabajo.
Erasístrato de Quíos, que fue su contemporáneo, aunque más joven, continuó en
parte la obra de Herófilo, sin dejar por ello de aportar investigaciones y
criterios originales. Singer nos dice que las observaciones de Herófilo sobre
los conductos quilíferos fueron ampliadas por Erasístrato hasta un punto tal
que no se registró avance alguno en su estudio hasta el advenimiento de Gaspar
Aselli(1581-1626). Pero la obra de Erasístrato se extendió en su mayor parte
sobre un nuevo sector. Si Herófilo puede ser considerado como el fundador de la
anatomía, Erasístrato es el fundador de la fisiología. Su obra, aunque no haya
llegado a la conclusión correcta, tuvo tremenda influencia en el estudio de la
circulación de la sangre. El buen éxito que alcanzó en el conocimiento del
corazón se pone de relieve en el hecho de que haya observado las válvulas
semilunares, la tricúspide y la bicúspide. Examinó las subdivisiones de las
venas y de las arterias hasta donde pueden alcanzarse a simple vista y
manifestó su convicción de que dichas subdivisiones continuaban más allá de ese
límite. Pero si pensamos que con todo ello no llegó a elaborar la teoría de la
circulación, comprenderemos la fundamental dificultad que ésta significaba para
el progreso de la ciencia.
En la infinita variedad y complejidad de los fenómenos de la naturaleza el
científico se encuentra a menudo en encrucijadas de las que no sabe cómo salir,
a menos que de antemano esté buscando alguna cosa determinada. Si así es en
efecto, tiene una teoría. Si tiene una teoría, tiende a ver lo que la confirma,
y a perder de vista otros hechos igualmente significativos. No hay forma de
salir de esta dificultad si no es a fuerza de paciencia y disciplina, a cuya
adquisición puede contribuir la existencia de una larga tradición científica.
En esta situación, una mente fogosa y entusiasta es más susceptible de errar
que otra desprovista de esas atractivas cualidades. No cabe duda acerca del
celo de Erasístrato por su ideal científico. La tradición nos dice, y los datos
conocidos lo confirman, que entre Erasístrato y Estratón hubo una mutua y
profunda influencia. Es casi seguro que se conocieron personalmente. La
similitud de sus teorías es tal que ya en otro lugar nos hemos sentido
justificados al citar pasajes de Erasístrato para ilustrar la técnica
experimental de Estratón. Pero no sólo participaban ambos de una misma
inclinación por el experimento, sino que trabajaban sobre el mismo problema en
diferentes terrenos. Erasístrato era un firme partidario de las teorías de
Estratón sobre el vacío, que le suministraron la base para su propio sistema
fisiológico. En esto residió, a la larga, su gran error. Herófilo no dudaba en
absoluto de que la función de venas y arterias fuera conducir sangre. Erasístrato,
fascinado por las demostraciones de Estratón acerca de la absorción que el
vacío ejerce sobre los líquidos, halló motivo en ella para concluir que las
arterias están normalmente vacías de sangre. Sabía, por supuesto, que si se
corta una arteria de un animal viviente se produce una hemorragia, pero existía
el hecho contradictoria de que en los animales muertos las arterias están
vacías de sangre y llenas de aire, de ese mismo aire que, al enrarecerse,
tenía, según demostrara Estratón, la propiedad de absorber los líquidos. Sus
observaciones de las diminutas subdivisiones de venas y arterias habían
convencido a Erasístrato de que estaban conectadas por medio de vasos
capilares. Su conocimiento de la neumática de Estratón le reveló luego la forma
de conciliar dos hechos aparentemente contradictorios, a saber, que las
arterias de un animal herido manan sangre, mientras que las del animal muerto
se revelan vacías al efectuar su disección. Concluyó de aquí que las arterias
están normalmente llenas de aire; que cuando se las corta, ese aire escapa,
provocando un vacío; que la absorción de ese vacío hace pasar sangre de las
venas a las arterias, a través de los capilares, y que esa sangre termina por
manar al exterior, siguiendo al aire en su fuga. Esta explicación fatalmente
ingeniosa constituyó durante algún tiempo un obstáculo para el descubrimiento
de la verdadera función del sistema arterial. Cuatrocientos cincuenta años más
tarde vemos que Galeno, luego de cuidadosos experimentos de vivisección,
desaprueba la opinión de Erasístrato. Casi mil cuatrocientos años después de
Galeno, Vesalio repitió esos experimentos ante sus alumnos, en Padua. Estas
demostraciones de la presencia de la sangre en las arterias llegaron a ser
tradicionales, y al cabo de otros ochenta años, aproximadamente, indujeron a
Harvey, que había estudiado en Padua, a su gran descubrimiento. El éxito de
Harvey no se debió a que no alimentara en su mente falsas teorías. Tenía tantas
como Erasístrato, pero no les prestó atención. El progreso esencial había
consistido en la conquista del paciente espíritu de observación.
§. Matemáticos
La mecánica y la medicina son las dos ramas de la ciencia alejandrina que más
claramente revelan su vinculación histórica con el Liceo. Las matemáticas, que
en opinión de muchos fue la disciplina en que la ciencia griega alcanzó sus
mayores éxitos, refleja, en cambio, la influencia de la Academia. Ello no
significa, desde luego, que el Liceo haya sido indiferente a dicho estudio. Ya
hemos dicho que uno de los discípulos de Aristóteles, Eudemo, escribió una
historia de las matemáticas. Esta obra, escrita antes del año 300 a. C., no
podría, aunque se hubiera conservado, darnos información alguna sobre el
fundador de la geometría alejandrina, Euclides, cuyo tratado de los Elementos,
en trece libros, es generalmente considerado el libro de texto más importante
de toda la historia de la ciencia. Pero unos setecientos años después de Eudemo
un filósofo neoplatónico, Proclo (410-485 d. C.) emprendió la redacción de un
comentario al libro I de Euclides, para lo cual tomó de la obra de Eudemo un
bosquejo de la historia de la geometría en los primeros tiempos, y sobre ese
fondo trazó un esbozo de las realizaciones de Euclides. Este Comentario de
Proclo se ha conservado, y resumiremos a continuación sus primeras páginas. Con
este resumen esperamos conseguir tres cosas: primero, mencionar algunos datos
sobre la historia inicial de la ciencia matemática griega, para los cuales
todavía no habíamos encontrado espacio; segundo, definir las cualidades que
valieron a Euclides tanta admiración en la antigüedad y en los tiempos
modernos; tercero, subrayar un ejemplo, tomado de un escritor tan posterior
como Proclo, de la atención que los griegos dedicaron a la preservación de su
gran legado, aun en tiempos en que ya habían perdido la capacidad de
enriquecerlo. Una de las principales glorias del Museo es la de haber iniciado
la tradición del estudio erudito, sin el cual las creaciones del genio tienen
pocas probabilidades de sobrevivir.
La geometría —dice Proclo— tuvo su origen en Egipto, debido a la perpetua
necesidad de volver a medir las tierras cada vez que las inundaciones del Nilo
hacían desaparecer las demarcaciones. Esta ciencia, como todas las demás,
procede, naturalmente, de las necesidades prácticas. La aritmética, de modo
parecido, surgió entre los fenicios de las necesidades del comercio y los
contratos. Tales fue el primero en llevar la geometría de Egipto a Grecia, y
con sus progresos en la generalización sirvió de ejemplo a sus sucesores. Pero
el hombre que transformó el estudio geométrico en enseñanza liberal fue
Pitágoras, quien se propuso cimentar esta ciencia sobre principios
fundamentales, investigando sus teoremas por medio del intelecto puro, con
abstracción de la materia. Descubrió la teoría de las proporciones y la
instrucción de las figuras cósmicas. Entre sus sucesores se distinguieron
Anaxágoras de Clazómenes, Enópides de Quíos, Hipócrates de Quíos, que descubrió
la cuadratura de la lúnula, y Teodoro de Cirene. Hipócrates fue el primero en
escribir un tratado de los Elementos. Luego llegó Platón, quien
imprimió notable ímpetu a la geometría, debido al entusiasmo que por ella
sentía. Llenó sus diálogos de referencias a las matemáticas, e inspiró respeto
por ellas a todos los amantes de la filosofía. Contemporáneos suyos fueron
Leodamas de Thasos, Arquitas de Tarento, y Teeteto de Atenas. Un alumno de
Leodamas, llamado León, escribió un tratado de los Elementos,
superior al de Hipócrates. Otro libro sobre el mismo tema, de excelente
composición, fue compuesto por Teodio, quien pertenecía a la Academia, al igual
que Eudoxo de Cnido, Amiclas de Heraclea, Menecmo y su hermano Dinóstrato,
Ateneo de Cícico, Hermótimo de Colofón y Filipo de Medma.
Todos los que han compilado historias —continúa diciendo Proclo— siguen el
desarrollo de la ciencia hasta este punto. Poco después apareció Euclides, el
autor de los Elementos, quien demostró irrefutablemente cuán
imprecisas habían sido las demostraciones de sus predecesores. El hecho de que
Arquímedes lo mencione demuestra que vivió en tiempos de Tolomeo I. Recordemos
también su famoso dicho de que no hay camino real a la geometría.
Ésta fue su respuesta cuando Tolomeo le preguntó si no había camino más breve a
la geometría que el de los elementos. Era partidario de la filosofía platónica,
y se propuso como objetivo de sus Elementos la construcción de
las figuras platónicas o cósmicas. Escribió muchas obras científicas
admirables, como la Óptica y los Elementos de Música.
Pero su gran título para la fama reside en su tratado Elementos de
Geometría, que es notable no sólo por el orden en que está compuesto, sino
también por la selección de su material, pues no puso en él todo cuanto hubiera
podido, sino únicamente lo que pertenecía a los elementos estrictamente
hablando. Los Elementos constituyen una guía irrefutable y
adecuada para la investigación científica del material matemático. Y aquí
terminamos con el resumen de Proclo.
Los estudiosos ingleses de la geometría griega son especialmente afortunados.
Además de excelentes obras más antiguas como la de Allman,Greek Geometry,
y la de Gow,Short History of Greek Mathematics, en 1921 se publicó History
of Greek Mathematics, en dos tomos, obra hoy mundialmente famosa, por Sir
Thomas Heath, y en 1939 y 1941 los dos volúmenes de Ivor Thomas en la
Biblioteca Loeb, Greek Mathematical Works. Esta última obra cubre
el mismo campo que la Historia de Heath, pero en forma tal que
facilita el estudio y subraya el valor de aquélla, pues mientras Heath ofrece
una historia de la materia sin solución de continuidad, Thomas ha compilado una
copiosa selección de materiales que se conservan de autores griegos, con
traducción inglesa al frente y valiosas introducciones y notas. No hay camino
real a la geometría griega, pero para los lectores ingleses el acceso al tema
en su conjunto, o a sus sectores especiales, resulta ahora más fácil y seguro.
Para quienes lean griego debe mencionarse la edición escolar anotada que Heath
publicara del libro I de Euclides. Heath estaba seguramente en lo cierto cuando
suponía que muchos «estarían realmente interesados en ver el verdadero idioma
en el cual el viejo alejandrino impartía enseñanza arlos jóvenes y a los
adultos en aquellos tiempos, colocándose así en el lugar de sus colegas los
estudiantes de hace veintidós siglos».
Con Euclides y sus sucesores inmediatos, Arquímedes de Siracusa y Apolonio de
Pérgamo, la matemática alejandrina alcanzó tal desarrollo que se necesita un
especialista para entenderla y describirla. El autor de estas líneas, por su
parte, no tiene los conocimientos matemáticos necesarios para entender las
obras de Arquímedes que han llegado hasta nosotros: Sobre la esfera y
el cilindro, Sobre los conoides y los esferoides, Sobre las espirales, Sobre la
cuadratura de la parábola . El tema del tratadito intitulado El
Arenario es más accesible a la compresión del profano; a saber: los
griegos usaban en sus cálculos aritméticos una notación alfabética que hacía
difícil el manejo de grandes números. Allí donde nosotros no empleamos sino
diez símbolos y expresamos fácilmente los mayores números mediante el
significado que asignamos a su posición, los griegos empleaban veintisiete
signos alfabéticos y no explotaban las ventajas de la notación posicional.
Vivían así obsesionados por la idea de que la expresión de números muy grandes
demandaría el empleo de una inmensa cantidad de símbolos. El librito de
Arquímedes, dedicado al rey Gelón de Siracusa, tiene el objeto de calmar ese
temor. Expone un sistema por él inventado, mediante el cual, si el universo
entero estuviera compuesto de granos de arena, y su número fuera conocido, éste
podría ser expresado de manera simple y adecuada. El número más elevado de
cuantos Arquímedes enuncia sería representado en nuestra notación por un 1
seguido de ochenta mil billones de ceros.
El derecho que Apolonio tiene a la fama procede de sus Secciones
cónicas. En una carta dedicatoria a un amigo describe el alcance de esta
obra. La composición del libro —dice— le fue sugerida por un geómetra llamado
Naucrates, quien le hizo una visita en Alejandría y lo forzó a escribir las
ocho partes lo más rápidamente posible, pues Naucrates debía hacerse pronto a
la vela, y a causa de ello no tuvo el tiempo suficiente para revisarlo. Declara
también que publica ahora una edición revisada, y pide a su amigo que no se
sorprenda si algunas de las proposiciones han quedado aún en su forma primitiva
e imperfecta. Los primeros cuatro libros ofrecen una exposición ordenada de los
elementos de las secciones cónicas; los cuatro últimos tratan de problemas
diversos. Los temas principales de los primeros libros son: 1) Métodos para
obtener las tres, secciones. 2) Propiedades de los diámetros y ejes de las
secciones. 3) Teoremas útiles para la síntesis de lugares en el espacio y para
la determinación de los límites de posibilidad. 4) Investigación del número de
veces que las secciones cónicas pueden cortarse entre sí, y con la
circunferencia de un círculo. Tiene cuidado de indicar cuál es su propia
contribución al conocimiento general del asunto.
Nuestras restantes alusiones a la geometría de los griegos serán sólo parte de
nuestro examen de su astronomía, en la que ellos encontraron su principal
aplicación, pero antes de que abandonemos el tema será necesaria una observación
general. El extraordinario éxito que Euclides tuvo al exhibir el conjunto de la
geometría como deducción lógica de un pequeño número de definiciones,
postulados y nociones comunes estableció una norma de la verdad científica que
los griegos trataron de aplicar no sólo en el terreno de la matemática pura,
sino también en ciencias experimentales y de la observación, como la mecánica y
la astronomía, en las que los resultados no fueron tan satisfactorios. Los
científicos tendieron a considerar como ciencia todo lo que pudiera ser
incluido bajo la forma de deducciones de principios autoevidentes en un sistema
lógicamente construido. La facilidad necesaria para poner en duda las
presuposiciones fundamentales, a la luz de nuevas observaciones de fenómenos naturales
o de procesos provocados, fue embotada por la pasión de la coherencia lógica.
Los sistematizadores tendieron a reemplazar a los investigadores, y lo que no
podía adecuarse al sistema fue dejado de lado. La fuerza y la debilidad de este
ideal aparecerán claramente en lo que sigue.
Arquímedes (287-212) es considerado muy generalmente no sólo como el mayor
matemático sino también como el más grande mecánico o ingeniero de la
antigüedad. Algunos afirman también, aunque sin tanta seguridad, que fue,
después de Estratón, el que mejor entendió el método experimental. Ya hemos
hablado de sus trabajos matemáticos. Sus obras de ingeniería incluyen la
construcción de un planetario, que según Cicerón reproducía todos los
diferentes movimientos de los cuerpos celestes. Inventó un tomillo para
extracción de agua que fue aplicado al riego en Egipto y a la extracción de
agua de las minas. No se sabe con seguridad cómo funcionaba, pero los datos más
recientes parecen sugerir que exigía un esfuerzo agotador por parte de los
esclavos que lo manejaban. Arquímedes ideó sistemas de poleas compuestas para
levantar grandes pesos. La maquinaria bélica que ideó para la defensa de
Siracusa parece no haber sido superada en toda la antigüedad. Su devoción por
el experimento queda demostrada por más de un pasaje. Más interesante, quizás,
es el resumen, contenido en las primeras páginas del Arenario, de
sus esfuerzos por llegar a una determinación más exacta del ángulo subtendido
al ojo por el disco del Sol. Su predecesor Aristarco lo había calculado en
1/720 del círculo del Zodíaco, o sea medio grado. Para lograr un cálculo más
exacto, Arquímedes observó el Sol en el preciso momento de tocar el horizonte,
o sea en el único instante en que se lo puede observar con el ojo desnudo,
empleando para ello un disco cuidadosamente torneado, montado
perpendicularmente en el extremo de una larga regla, de modo que pudiera
modificarse a voluntad la distancia entre el disco y el ojo. Arquímedes tomó
dos lecturas: una, cuando el disco cubría completamente la esfera solar, y la
otra, cuando apenas la dejaba asomar. La primera lectura le dio necesariamente
un ángulo demasiado grande, y la segunda uno demasiado pequeño: el ángulo
correcto debía de estar situado en algún punto intermedio. Arquímedes se
esforzó también en corregir el error debido al hecho de que no vemos con un
punto, sino con una superficie del ojo. Este experimento merece compararse con
el antes mencionado de Estratón, por implicar la construcción de aparatos para
un fin específico y la adopción de precauciones para evitar errores en su
empleo.
Pero cuando nos ponemos a examinar desde un punto de vista adecuado el carácter
de las realizaciones científicas de este hombre único en su grandeza, podemos
ver que revelan una cierta debilidad, debida al efecto que sobre ellas tuvo su
desmedida admiración por la coherencia lógica de la geometría. Para entender mejor
este punto, podemos establecer una comparación entre su obra sobre Estática y
el tratado aristotélico ya descrito sobre Mecánica. Esta obra
aristotélica, o mejor dicho, seudoaristotélica, nos muestra a la ciencia de la
mecánica en un estado más elemental y vacilante que aquel al cual la elevó
Arquímedes, pero, es también, más amplia y más emprendedora. El lector
recordará la vasta variedad de problemas encarados por aquel tratado primitivo,
tanto en la estática como en la dinámica, representando un esfuerzo para
unificar a este amplio sector de fenómenos mediante una interpretación
inspirada en las maravillosas propiedades del círculo. «En consecuencia, como
ya se ha subrayado, nada hay de sorprendente en que el círculo sea el principio
en que se originan todas estas maravillas. Las propiedades de la balanza
dependen del círculo, las de la palanca dependen de las de la balanza, y todos
los restantes problemas del movimiento mecánico dependen muy bien de la
palanca» (Problemas de la Mecánica, 848 a.) No hay tal audacia en el
intento de Arquímedes. Aunque había inventado muchas máquinas para arrojar
pesos, no estudió la balística, pues conocía demasiado las dificultades lógicas
contenidas en la idea de movimiento. Se proponía constituir una ciencia, y tal
como él la concebía, una ciencia debía ser necesariamente presentada como una
deducción lógicamente ordenada a partir de un número limitado de postulados
claramente inteligibles. Por consiguiente, Arquímedes dejó a la dinámica de
lado y limitó su atención a la estática, llegando así a producir su admirable
obra maestra. Pero Pierre Duhem (Origines de la Statique, vol. I, pág.
II) tuvo razón al observar, y Arnold Reymond, en un capítulo de excelente
argumentación ( Science in Greco-Roman Antiquity, pág. 195) tuvo
razón al repetir que: «El camino seguido por Arquímedes en la mecánica, aunque
constituye un admirable método de demostración, no es un método de
investigación. La certeza y la lucidez de sus principios se deben en gran parte
al hecho de que fueron recogidos, por así decir, de la superficie de los
fenómenos, y no extraídos de su profundidad».
Esta excesiva admiración por lo puramente lógico en la ciencia sólo puede
comprenderse si se la relaciona con el carácter general de la sociedad en que
se formó. El reverso de la medalla fue el desprecio por las aplicaciones
prácticas de la ciencia. Arquímedes fue el más gran ingeniero de la antigüedad,
pero cuando se le pidió que escribiera un manual de ingeniería se negó a
hacerlo (PLUTARCO, Vida de Marcelo, c. XVII). «Consideraba la labor
del ingeniero, así como todo lo atinente a las necesidades de la vida, como
algo innoble y vulgar», y quería que su fama ante la posteridad se fundara
enteramente en su contribución a la teoría pura. Pero el juicio de la historia
ha querido, irónicamente, que su tratado sobre la estática, lógicamente
perfecto, sea considerado hoy menos profundo y menos rico en promesas de
fructíferos desarrollos que la obra inmatura y desordenada contenida en
el corpus aristotélico.
§. Astrónomos
La brillante obra de los astrónomos alejandrinos habrá de revelarnos también
ciertas deficiencias que no dejan de tener relación con las condiciones
sociales de la época. En la primera parte de este volumen hemos investigado la
historia de la famosa formulación platónica del principal problema de la
astronomía. Sean cuales fueren los movimientos aparentes de
los cuerpos celestes. Platón estaba convencido, por razones religiosas, de que
los movimientos verdaderos debían ser revoluciones a velocidad
uniforme en círculos perfectos. En consecuencia, el problema quedaba formulado
en estos términos: «¿Cuáles son los movimientos circulares uniformes y
ordenados que deben suponerse para poder explicar los movimientos aparentes de
los planetas?». Ya hemos dicho cómo la solución de este problema por Eudoxo,
Calipo y Aristóteles llevó a concebir el universo como compuesto de cincuenta y
nueve esferas concéntricas, con la Tierra en el centro y el cielo de las
estrellas fijas en la posición más externa.
Tenemos que considerar ahora cuáles eran las aparentes irregularidades que
debían ser explicadas en las suposiciones de Platón; afectaban a algo más que a
los planetas, como Platón bien sabía. En sus Leyes (VII,
822 a) dice que es impío aplicar el término «planetas» (errantes o
vagabundos) a los dioses del cielo, como si los llamados planetas, y el
Sol y la Luna, nunca siguieran un recorrido uniforme, sino que erraran sin
rumbo fijo. En efecto, no se trata solamente de que los planetas parezcan
modificar sus velocidades, detenerse y regresar. Sucede, además, que tanto
la Luna como los planetas parecen cambiar de distancia con
relación a la eclíptica, y que ni siquiera la velocidad del Sol es uniforme. Si
el Sol se moviera en un círculo a velocidad uniforme, las cuatro estaciones
deberían ser exactamente iguales. Pero en cuanto se consiguió determinar la
llegada del Sol a los dos solsticios y a los dos equinoccios con una cierta
exactitud, resultó evidente que la duración de las estaciones varía
notablemente. Esta variación había sido establecida por el astrónomo ateniense
Metón algunos años antes del nacimiento de Platón (428 a. C.), pero el fenómeno
siguió siendo objeto de afanosas investigaciones, y cien años más tarde, en 330
a. C., se registraba una observación sobre la duración de las estaciones de ese
año con error de sólo medio día con respecto a nuestros modernos cálculos.
Tales fueron las irregularidades observadas que tuvieron que tomar en cuenta
los creadores del sistema progresivamente complicado de las esferas homocéntricas.
Éstos eran, como llegó a decirse y a repetirse luego, los fenómenos que ellos
debían salvar. La tensión interna producida por la contradicción entre los
hechos observados y la base matemático-religiosa de su concepción del mundo se
asemeja a la producida en el siglo XIX por la contradicción entre el relato de
la creación en el Génesis y los nuevos conocimientos geológicos y biológicos.
Platón, en su Timeo (39 b-d), habla de los «errantes
derroteros» de los planetas como «incalculables en multitud y maravillosamente
intrincados». Sobre este particular dice Heath (Aristarco de Samos, pág.
171) que tal admisión «está en franco contraste con las espirales regularmente
descritas sobre esferas cuyas órbitas independientes son grandes círculos, y
más aún con la afirmación, en las Leyes, de que es erróneo y hasta
impío mencionar siquiera a los planetas como “errantes”, pues “cada uno de
ellos sigue el mismo recorrido, no muchos recorridos, sino siempre un recorrido
circular”». «Por el momento —continúa Heath— Platón condesciende a emplear el
lenguaje de la astronomía aparente, la astronomía de la
observación; y esto puede hacernos recordar que la astronomía de Platón, aun en
su última forma, tal como se expone en el Timeo y en las Leyes,
es consciente e intencionalmente ideal».
Es un curioso cumplido para la preeminencia de Platón en cuanto idealista
describir como un «ideal» su obstinada adhesión, por razones religiosa, a una
hipótesis impracticable. Heath (ob. cit., pág. 200) es menos ceremonioso
con Eudoxo, el primero en elaborar el sistema humocéntrico. «Eudoxo —escribe
suponía que el movimiento anual del Sol era perfectamente uniforme; debió haber
ignorado deliberadamente, en consecuencia, el descubrimiento hecho por Metón y
Euctemón sesenta o setenta años antes, de que el Sol no consume el mismo tiempo
en describir los cuatro cuadrantes de su órbita entre los puntos equinocciales
y solsticiales». Pero como estos descubrimientos inconvenientes continuaron
multiplicándose, se produjo finalmente una brecha en la concepción de un
universo geocéntrico cuyos cuerpos celestes se movían en torno a una Tierra
estacionaria, en esferas homocéntricas. El audaz innovador fue un miembro de la
Academia, Heráclides del Ponto (388-310), quien introdujo dos ideas revolucionarias.
Tomando en cuenta que los planetas Venus y Mercurio nunca son observados a gran
distancia angular del Sol, sugirió 1) la explicación de que no se mueven en
tomo a la Tierra, sino alrededor del Sol. Añadió 2) que la apariencia de una
revolución cotidiana de los cielos sobre la Tierra podría explicarse igualmente
bien suponiendo una rotación diaria de la Tierra sobre su eje. Estas dos
sugestiones eran sumamente perturbadoras, pues conmovían los fundamentos del
universo en dos formas, primero, erigiendo al Sol en un segundo centro, y
segundo, imprimiendo rotación al viejo centro fijo, la Tierra.
Éstas eran concesiones muy difíciles que debían hacerse a la ciencia de la
observación. Los lectores deben recordar que la concepción matemático-religiosa
del universo, fundada en las propiedades del círculo y de la esfera, había
librado una dura batalla, para poder afirmarse, contra una teoría rival. Los
atomistas creían que infinidad de mundos se formaban y se desintegraban en un
espacio ilimitado. Los pitagóricos y los platónicos creían en la singularidad,
la eternidad y la finitud de nuestro universo. Las innovaciones de Heráclides
parecían peligrosas concesiones a la hipótesis atomista. Tal era el estado de
la ciencia astronómica cuando iniciaron su labor los astrónomos alejandrinos.
Heráclides del Ponto vivía en Atenas. El primero de los grandes astrónomos
alejandrinos fue Aristarco de Samos, alumno de Estratón de Lampsaco. Vivió
probablemente entre 310 y 230, con lo que tendría unos setenta y cinco años
menos que Heráclides y veinticinco más que Arquímedes, y su recuerdo será
imperecedero por haber sido el primero en proponer la hipótesis heliocéntrica.
Copérnico, en el siglo XVI, sabía que estaba resucitando la teoría de
Aristarco. Aunque el tratado en el cual Aristarco desarrolló su hipótesis se ha
perdido, tenemos el más fidedigno testimonio de su existencia. Arquímedes, su
contemporáneo, aunque algo más joven, en aquella interesante obra a la cual nos
hemos referido tantas veces, el Arenario, nos dice que Aristarco
publicó un libro que contenía diversas hipótesis, entre las cuales se hallaba
la siguiente: las estrellas y el Sol permanecen inmóviles, pero la
Tierra gira en torno al Sol en la circunferencia de un círculo, manteniéndose
el Sol en el centro de la órbita . Aunque Aristarco seguía creyendo en
el movimiento circular, y aunque es improbable que su sugestión tuviera otro
alcance que el de una hipótesis matemática, tenemos pruebas de la conmoción que
ella causó. Cleantes, jefe de la escuela estoica de Atenas, hombre muy devoto
del culto de las estrellas, y que fuera casi exactamente contemporáneo de
Aristarco (ambos murieron ancianos, y con sólo un año de diferencia), expresó
su opinión de que los griegos debían procesar a Aristarco por impiedad. Estas
amenazas de las escuelas filosóficas (Cleantes no hacía sino retomar el
argumento de Platón en las Leyes) parecen haber involucrado un
peligro real para el hombre de ciencia. Tal es la opinión de historiadores tan
responsables como Paul Tannéry y Pierre Duhem (DUHEM, Système du monde,
t. I, pág. 425). En toda la antigüedad sólo hubo otro astrónomo que apoyara su
hipótesis, a saber, el babilonio Seleuco, quien vivió unos cien años después de
Aristarco. En verdad, Seleuco fue más allá, y al parecer aseveró su creencia en
ella no sólo como una hipótesis matemática, sino también como un hecho físico.
Pero una golondrina no hace verano. La concepción de un universo heliocéntrico
permaneció todavía nonata.
El tratado en el cual Aristarco desarrolló esta hipótesis, como hemos dicho, se
ha perdido. Pero en cambio ha sobrevivido otro de sus escritos: Sobre
los tamaños y las distancias del Sol y la Luna. Se cree que es de
composición anterior, por cuanto no contiene alusión alguna a la hipótesis
heliocéntrica, y funda parte de sus argumentos en un cálculo muy defectuoso del
ángulo subtendido al ojo por el globo solar, cálculo que el propio Aristarco
corrige en otra obra. Pero ese mismo libro nos ofrece un ejemplo tan admirable
y típico de ciencia alejandrina que nos mueve a dar de él una breve
descripción. La edición que de este texto ha hecho T. L. Heath en su Aristarco
de Samos es uno de los libros clásicos modernos de la historia de la
ciencia.
El libro comienza ordenadamente, como se acostumbra en Alejandría, con una
lista de seis hipótesis que forman la base de todo su argumento.
1. Que
la Luna recibe su luz del Sol.
2. Que
la Tierra está en la relación de un punto y de un centro con la esfera en la
cual se mueve la Luna.
3. Que
cuando la Luna sólo nos muestra la mitad de su superficie, el gran círculo que
divide las partes obscura e iluminada de la Luna está en la dirección de
nuestro ojo. (O sea que los centros del Sol, la Tierra y la Luna forman un
triángulo rectángulo cuyo ángulo recto tiene por vértice el centro de la Luna).
4. Que
cuando sólo se nos muestra da mitad de la Luna, su distancia del Sol es menor
de un cuadrante en 1/30 de cuadrante. (Este cálculo de la distancia angular
entre la Luna y el Sol, 87 grados, está muy equivocado. El verdadero ángulo es
superior a 89 grados).
5. Que
el ancho de la sombra de la Tierra es el doble del ancho de la Luna.
6. Que
la Luna subtiende una decimoquinta parte de un signo del zodíaco.
(Esto
también es erróneo. Como ya hemos visto, Arquímedes reproduce un cálculo
posterior, y sumamente exacto, del mismo Aristarco, reduciendo su previa
estimación de dos grados a medio grado).
Aristarco procede luego a establecer dieciocho proposiciones, de las cuales las
más importantes son las siguientes:
1. La
distancia entre el Sol y la Tierra es más de dieciocho veces, pero menos de
veinte veces, la distancia entre la Luna y la Tierra.
2. El
diámetro del Sol es más de dieciocho veces, pero menos de veinte veces, el
diámetro de la Luna.
3. El
diámetro del Sol tiene con respecto al de la Tierra una relación mayor que
19:3, pero menor que 43:6.
Aristarco
había intentado únicamente comparaciones entre los tamaños del Sol, la Luna y
la Tierra. Todavía no se habían hecho mediciones en unidades de medida usuales,
o bien, si alguna se había hecho, no era adecuada. Este vacío vino a llenarlo
el siguiente gran astrónomo y geógrafo alejandrino, Eratóstenes (hacia
284-192), quien observó que en Siena (la moderna Asuán), durante el solsticio
de invierno, el Sol se halla directamente en el cénit, mientras que en
Alejandría, aproximadamente a 5.000 estadios de distancia, y casi en el mismo
meridiano, el reloj de sol indicaba que el Sol estaba a una distancia del cenit
de 1/50 del círculo del meridiano. Esto indica una longitud de 250.000 estadios
para la circunferencia de la Tierra, y si fallamos en favor de Eratóstenes la
duda que pudiera existir sobre qué tipo de estadio utilizó en sus cálculos, su
diámetro polar terrestre resulta menor sólo en cincuenta millas que el
determinado por nuestro cálculo moderno.
§. Geógrafos
Con Eratóstenes se constituye la ciencia de la geografía matemática y
astronómica. En su ascenso a partir de sus humildes orígenes, la geografía
había participado de la rapidez que caracteriza el desarrollo de otras ciencias
griegas. Sin duda, mucho trabajo preparatorio había sido ejecutado por
investigadores anónimos, en muchos lugares del mundo griego. La astronomía
misma había adelantado en esta forma. En una obra sobre Signos del
tiempo, Teofrasto escribe lo siguiente: «Debe prestarse buena atención a
las condiciones locales de la región en donde uno se halla, pero es también
posible hallar un observador local, y los signos comunicados por tales personas
son los más fidedignos. Así es como se han hallado buenos astrónomos en
diversas partes; por ejemplo, Matricetas observó en Metimma los solsticios,
desde el Monte Lepetimnos; Cleóstrato, en Tenedos, desde el Monte Ida; Feinos
en Atenas, desde el Monte Licabeto. Metón, autor del ciclo calendario de
diecinueve años, fue alumno del último de los nombrados. Feinos era un
extranjero residente en Atenas. Podrían darse otros ejemplos de astrónomos
locales». [23] De
manera parecida, los puertos y costas del Mediterráneo deben haber sido
descritos y cartografiados en forma imperfecta y aproximada por generaciones de
marinos, antes de comenzar la labor científica. Anaximandro, como ya hemos
visto oportunamente, fue el primero en trazar un mapa del mundo. Es muy
probable que haya sido el primero en hacer un mapa de un puerto o de una
extensión costera. En épocas posteriores los geógrafos griegos se refieren con
más frecuencia a documentos llamados Puertos y Viajes costeros (límenes y
periplos). Richard Udhen (Imago Mundi, vol. I, págs. 2 y 3) sostiene con
fundamento que no se trataba de libros, sino de mapas.
Sea como fuere, y por muy temprano que pueda haberse iniciado esa preparación
local de mapas, sabemos que a partir de la época de Anaximandro la geografía
tiene una distinguida historia de rápido desarrollo. Hecateo, contemporáneo,
aunque algo más joven, y conciudadano de Anaximandro, escribió una Descripción
del mundo. La Historia de Herodoto está llena de información geográfica.
Eudoxo escribió una segunda Descripción del mundo. La Meteorologíade
Aristóteles contiene muchos elementos de interés geográfico, y su alumno
Dicearco se hizo famoso por su mapa del mundo habitado y por sus razonables
cálculos de las alturas de las montañas.
De toda esta actividad fue emergiendo gradualmente la imagen de un globo
geográfico, con polos, ecuador, eclíptica, trópicos, meridianos de longitud y
paralelos de latitud. Se determinaron cinco zonas: zonas frígidas en los polos,
una zona tórrida a ambos lados del ecuador, y dos zonas templadas, aunque la
extensión de todas ellas fue en un principio variable, determinándose más por
datos meteorológicos que por indicaciones astronómicas. El progreso de la
geografía astronómica fue fomentado por la invención de instrumentos
astronómicos —a Aristarco se atribuye, por ejemplo, el perfeccionamiento del
reloj de sol— y, al menos en un ejemplo famoso, por el viaje de un marino que
unía su entusiasmo científico a su interés comercial. Entre los años 310 y 306,
cuando los cartagineses, que normalmente dominaban el extremo occidental del
Mediterráneo, estaban trabados en lucha a muerte con los griegos de Sicilia,
Piteas, marino heleno procedente de Marsella, atravesó las Columnas de Hércules
y puso proa a Cornualles para investigar las posibilidades del comercio del
estaño. Es probable que su viaje se haya prolongado hasta Noruega y el Báltico,
y que haya aprovechado la oportunidad para calcular numerosas nuevas latitudes.
No hay duda de que esta hazaña tuvo su efecto en la ciencia geográfica de
Eratóstenes.
A partir de aquel entonces, la instrucción de todo ciudadano requirió también
un conocimiento general de la geografía astronómica, y la ciencia geográfica en
sus dos principales divisiones —descriptiva y matemática— se hizo necesaria
para la buena administración de los Estados. El mejor tratado antiguo de
geografía que poseemos, o sea el de Estrabón (ocho volúmenes en la Biblioteca
Loeb), fue compuesto entre los años 9 y 5 a. C., probablemente en interés de
Pitodoris, reina del Ponto. Una permanencia anterior de alrededor de cuatro o
cinco años en Alejandría le había dado acceso a las mejores fuentes
documentales, de las cuales (doquiera las haya leído) hace abundantes citas.
Luego de explicar que su obra será principalmente descriptiva, Estrabón se
expresa en la siguiente forma: «Sin embargo, el lector no deberá ser tan
inculto ni tan ocioso como para no haber estudiado nunca un globo y sus
círculos, unos paralelos, otros perpendiculares a éstos, y otros oblicuos.
Deberá conocer la posición de los trópicos, del ecuador y del zodíaco. Con un
conocimiento básico de tales cosas —los horizontes, los círculos árticos, etc.—
será capaz de entender el libro. Pero si no sabe siquiera lo que es una línea recta,
o una curva, o un círculo, si no conoce la diferencia entre una superficie
esférica y una plana, y ni siquiera puede señalar las siete estrellas de la Osa
en el cielo de la noche, mi libro no le servirá para nada, o de muy poco.
Deberá familiarizarse primero con los estudios preparatorios para el
conocimiento de la geografía. Es también esta falta de un aprendizaje
preliminar la que hace incompleta la obra de los autores de los llamados Puertos y Viajes
costeros. No alcanzan a suministrar los detalles matemáticos y astronómicos
necesarios.» (I, 1, 21).
§. Otra vez la astronomía
Debemos ahora dejar de lado la contribución de la astronomía a la geografía y
volver a la astronomía misma. No sólo es la más grande conquista científica de
la era alejandrina, sino que la especial forma de su desarrollo es lo que mejor
revela la influencia de la filosofía predominante sobre la ciencia de la época.
Hemos visto cómo los astrónomos ignoraban, aunque no por cierto tranquilamente,
las irregularidades de los movimientos de los cuerpos celestes que no podían
explicar. Pero su situación era todavía más difícil de lo que hasta ahora hemos
descrito. No sólo había fenómenos aún sin explicación, sino que los había que
no podían encajar en sus hipótesis. El hecho bruto es que la hipótesis
homocéntrica era, en su principio fundamental, inaceptable, y que las razones
de su inaceptabilidad eran generalmente conocidas por quienes, a pesar de ello,
trabajaban para perfeccionarla.
Si el sistema homocéntrico fuera verdadero, implicaría que cada uno de los
astros mantiene una distancia invariable con respecto a la Tierra. Se
mueven en torno a ésta, pero ni se le aproximan ni se alejan.
Pero la distancia entre los planetas y la Tierra se modifica en realidad
cotidianamente, como bien se comprueba a simple vista con los cambios en la
luminosidad de Venus y de Marte. La distancia de la Luna varía, como se ve a
través de las variaciones medibles de su diámetro aparente. Tales variaciones
también quedan probadas por el hecho de que los eclipses de Sol son a veces
anulares (cuando la Luna está demasiado lejos de la Tierra para poder cubrir al
Sol completamente) y a veces totales (cuando la Luna está más cerca de la
Tierra). Tales variaciones se deducen también de las variaciones en la velocidad
de los astros. Si la velocidad angular de un astro se modifica, es porque no lo
estamos observando desde el centro en torno al cual gira.
¿Cuán antiguo es el conocimiento de estos hechos? Oigamos lo que al respecto
dice un astrónomo, Sosígenes, del siglo II d. C., quien leyó los viejos libros,
perdidos para nosotros: «Las esferas de los partidarios de Eudoxo no explican
los fenómenos. No sólo no explican los fenómenos que han sido descubiertos
después de ellos, sino que tampoco explican los que ya eran conocidos
antes de ellos, y que ellos mismos consideraban verdaderos . ¿Puede
decirse que Eudoxo o Calipo hayan tenido buen éxito? Hay por lo menos una cosa
que salta a la vista y que ninguno de ellos pudo deducir de sus hipótesis. Me
refiero al hecho de que ciertos astros se aproximan a veces a nosotros, y otras
se alejan. Esto puede verse en los casos de Venus y de Marte, que parecen mucho
mayores en la parte media de su trayectoria retrógrada, hasta el punto que en
noches sin luna Venus llega a arrojar sombras. Iguales variaciones pueden
observarse en la Luna si la comparamos con objetos invariables en tamaño. Los
que emplean instrumentos confirman esta observación. A una misma distancia del
observador, es necesario emplear a veces un disco de once dedos de ancho para
cubrir la Luna, y a veces uno de doce. Las observaciones de los eclipses de sol
confirman esta circunstancia. A veces el Sol se mantiene por algún tiempo
cubierto por la Luna; otras veces la Luna no llega a cubrir al Sol por
completo. Igual conclusión se desprende de las variaciones diarias en las
velocidades aparentes de los cuerpos celestes. Pues bien: los partidarios de
Eudoxo no han podido explicar estas apariencias. Ni siquiera han tratado las
variaciones de velocidad, aunque éste es un problema que merece atención. No
puede decirse que no conocieron las variaciones en la distancia de la misma
estrella. Polemarco de Cícico supo de estas variaciones, pero las desechó como
asunto sin importancia, porque abrigaba un prejuicio en favor del sistema que
dispone a todas las esferas concéntricamente en torno al centro del
universo. También es evidente que Aristóteles, en sus Problemas
físicos, ponía en duda las hipótesis de los astrónomos, porque el tamaño de
los planetas no permanece siempre idéntico».
Tal es el resumen de Sosígenes, que refleja una crisis del pensamiento a fines
del siglo IV, en la Academia y en el Liceo de Atenas. El relato de Sosígenes
está basado, al menos en parte, en la historia de la astronomía escrita por
Eudemo, discípulo de Aristóteles, y a este mismo período pertenecen los hombres
que menciona como habiendo discutido o eludido el problema: Eudoxo, Calipo,
Polemarco, Aristóteles y otros cuyos nombres hemos omitido en nuestra versión
abreviada. Fue precisamente al finalizar esta controversia con el
establecimiento del sistema homocéntrico sobre la base de ignorar los hechos
que no convenían cuando los sistemas de Heráclides y Aristarco rompieron con el
punto de vista ortodoxo, y al afirmar que algunos planetas giraban alrededor
del Sol, o que la Tierra misma lo hacía, intentaron explicar por lo menos
algunos de esos enigmáticos fenómenos. Pero, como hemos visto, el miedo a
desalojar a la Tierra del centro del universo era demasiado grande. Ese
esfuerzo fracasó, y el sistema heliocéntrico fue finalmente abandonado, por lo
que respecta al mundo antiguo.
Si examinamos este asunto más de cerca, encontraremos abundantes razones para
maravillarnos. La falsedad del sistema de esferas homocéntricas era ya conocida
cuando Eudoxo y Calipo lo estaban constituyendo. Sin embargo, mantuvo su
reinado, si no libre de desafíos, al menos inconmovible, por espacio de unos
dos mil años. ¿Cuál es la explicación? Ésta reside en las concepciones
filosóficas más generales, dentro de cuya estructura tuvo que encajar a la
fuerza la astronomía. Aristóteles había escrito un libro Sobre el cielo.
No se trata de una obra de astronomía, sino de un tratado de física, en el
mismo sentido en que lo es el Timeo de Platón. O
sea, de carácter teológico y deductivo. En dicha obra, Aristóteles sostiene que
siendo la actividad de Dios vida eterna, y siendo los cielos divinos, su
movimiento debe ser eterno, y, en consecuencia, el firmamento debe ser una
esfera rotatoria. Además, como el centro de un cuerpo en rotación se halla en
reposo, la Tierra debe hallarse inmóvil en el centro del universo. La Tierra,
reino del cambio, está compuesta por los cuatro elementos, a saber, Tierra,
Aire, Fuego y Agua, pero los cuerpos celestes, que son eternos, están
constituidos por un quinto elemento, libre del cambio, de la generación y de la
composición, que no se mueve, como los elementos terrestres, en línea recta,
sino en círculo.
Tal era la naturaleza del universo en las concepciones pitagórica, platónica,
aristotélica primitiva y estoica. El cielo estrellado era la imagen visible de
la divinidad. Como tal, compartió la suerte de los dioses, y pasó a
jurisdicción de los teólogos. Tenía que desempeñar un papel muy especial: el de
revelar al hombre la voluntad divina, y así desempeñó una función múltiple en
el gobierno de ciudades e imperios. La estabilidad de la antigua sociedad
oligárquica estaba ligada con una concepción particular de la astronomía.
Sostener otros concepciones distintas no era un error científico, sino una
herejía. La astronomía era en la antigüedad asunto tan espinoso como la crítica
bíblica en tiempos modernos. La observación astronómica estaba sujeta a un
ansioso escrutinio y a un manejo sumamente cauteloso. Se requería una
indiscreción de un Colenso o la terquedad de un Loisy para ignorar la
convención. Los derroteros errantes de los planetas, las variaciones en la
duración de las estaciones, los cambios de distancia entre los astros y la
Tierra eran asuntos tan arduos como los milagros, las supercherías o las persecuciones.
Los astrónomos mismos se debatían a menudo entre dos lealtades, como los
modernos historiadores de la religión. No carecían de conciencia científica,
pero sabían que estaban invadiendo un campo en el cual las opiniones
involucraban consecuencias políticas y sociales. Con frecuencia, sus
convicciones religiosas personales estaban en conflicto con los datos de la
observación. La creencia en la divinidad de los astros era sostenida con
violencia y pasión por muchas mentes exaltadas.
Por tales razones, no puede sorprendernos que los esfuerzos por alterar las
concepciones astronómicas de acuerdo con una ciencia fundada en la observación,
cuya autoridad no estaba aún asentada firmemente sino en rarísimas mentes,
hallaran una violenta resistencia no sólo por parte de sacerdotes, filósofos y
reyes, sino hasta de algunos astrónomos. «Los obstáculos que en el siglo XVII
ofrecieron el protestantismo y luego la iglesia católica —escribe Duhem— al
progreso de la doctrina de Copérnico sólo pueden darnos una pálida idea de las
acusaciones de impiedad que el paganismo antiguo hubiera lanzado contra el
audaz mortal que se hubiera atrevido a conmover la perpetua inmovilidad de la
Tierra, el Hogar de los Dioses, y a asimilar el ser incorruptible y divino de
las estrellas con el de la Tierra subalterno dominio de la generación y de la
muerte.» ( Ob. cit., I, 425). Sólo los epicúreos mantuvieron y
expresaron consistentemente tales opiniones blasfematorias, insistiendo en que
los cielos habían tenido comienzo, eran masas de materia muerta. Y se vieron en
dificultades para tranquilizar a sus partidarios, asegurándoles que quienes
propusieran tales teorías no estaban en peligro de ser condenados por causas de
ellas (Lucrecio, V, 110-25). Justamente por razones como ésta la astronomía
antigua rechazó las aberraciones de Heráclides y de Aristarco, y retornó a la
concepción de un universo geocéntrico.
Esto provocó un retardo en la formación de opiniones más verdaderas sobre la
forma y el tamaño del universo, y frenó la especulación mecánica y química
acerca del movimiento y la sustancia de los astros. No interrumpió, en cambio,
la prosecución de la astronomía posicional ni el perfeccionamiento del
calendario. De aquí bien puede llegarse, como el poeta Rossetti, a la
convicción de que «a nadie puede preocupar en lo más mínimo si la Tierra gira
alrededor del Sol, o si el Sol gira alrededor de la Tierra». En esta última
hipótesis se fundó la obra del gran astrónomo Hiparco, en opinión de muchos el
más grande de la antigüedad, a cuyo sistema nos referiremos a continuación.
La teoría de las excéntricas y de los epiciclos, que constituye la base no sólo
del sistema de Hiparco (fallecido hacia el año 125 a. C.) sino también del de
Tolomeo (muerto después del año 161 d. C.), fue probablemente invención de las
escuelas pitagóricas del sur de Italia, de donde hubo de pasar a Alejandría.
Los nuevos principios pueden ser fácilmente entendidos en sus formas más
simples, aunque su elaboración completa en la Syntaxis de
Tolomeo implica un formidable estudio. Si nos atenemos a la hipótesis de que el
Sol se mueve en un círculo perfecto, a velocidad uniforme, la única explicación
de las variaciones que observamos en su velocidad angular es que nosotros
no estamos situados en el centro del círculo en el cual gira . El
círculo del Sol es excéntrico con relación a la Tierra. Esta teoría involucra
la necesidad de suponer que un cuerpo como el Sol puede girar en torno a un
punto geométrico, concepción difícil para el astrónomo antiguo, pero que se
convirtió en la explicación aceptada. La teoría del epiciclo es un poco más
compleja. Considérense los movimientos del planeta Venus. Son dos los que
requieren explicación: la revolución sinódica, cuando Venus retorna a una misma
posición con respecto al Sol y a la Tierra, y la revolución zodiacal. La
suposición de que Venus gira en un círculo en torno a un punto que a su vez
gira en torno a la Tierra sirve para explicar a un tiempo esos dos movimientos.
El primero de los círculos es el epiciclo. Vemos completa su
revolución en este ciclo en el período de la revolución sinódica. El círculo
mayor, descrito por el centro del epiciclo en tomo al centro de la Tierra, es
el deferente. El centro del epiciclo cumple esta revolución en el
período de la revolución zodiacal del planeta. Un radio procedente del centro
de la Tierra y que llegue hasta el centro del Sol pasa por el centro del
epiciclo. El radio del epiciclo es dado por la distancia máxima que llega a
interponerse entre Venus y el Sol.
Un esquema similar se aplicaría al planeta Mercurio, que también se mueve en la
cercanía del Sol. En el caso de los planetas que están alejados del Sol ya no
es posible suponer que un radio de la Tierra que pase por el centro del
epiciclo ha de pasar siempre por el centro del Sol, pues esos planetas tienen
todos períodos zodiacales más prolongados que el del sol, a saber: Saturno,
treinta años; Júpiter, doce años, y Marte, dos años, según los cómputos que
Eudoxo conocía. Pero la hipótesis puede generalizarse en la siguiente forma
para todos los planetas: a todo planeta corresponde un círculo deferente, que
está en el mismo plano de la eclíptica, y que tiene por centro el centro de la
Tierra. Este círculo deferente es trazado por un punto que no es sino el centro
del epiciclo en el cual se mueve el planeta. El tiempo invertido en el trazado
del deferente es el período zodiacal. El tiempo invertido en el trazado del
epiciclo es el período sinódico.
La astronomía alejandrina tuvo también su aspecto más práctico. En la
actualidad el calendario nos parece cosa muy natural costó mucho
perfeccionarlo, si podemos llamar perfecto a algo que un importante movimiento
de opinión está pidiendo que se reforme. El astrónomo griego Gemino (quien
escribió, según se supone, hacia el año 70 a. C.) define el problema de fondo
cuando dice: «Los antiguos tenían ante sí el problema de contar los meses por
la Luna, y los años, en cambio, por el Sol». Esta conciliación del método
primitivo de calcular el tiempo por la Luna, con el método posterior de
utilizar el Sol para tal fin, estableciendo así un calendario lunisolar, es una
de las más grandes proezas de la civilización antigua, cuyo mérito corresponde
en parte a los griegos, aunque algunos sostengan que éstos no hicieron más que
servir el eslabón entre las conquistas científicas de Babilonia y las
necesidades civiles del imperio romano. Como sabemos, el año solar tiene
aproximadamente 365 días y cuarto, mientras que el mes tiene unos 29 días y
medio, de modo que no puede dividirse el año en un número redondo de meses. Por
ejemplo, si hacemos el año de doce meses, sólo tendrá 354 días, faltando 11
para completar el año solar. Todavía hoy los árboles del desierto se las
arreglan muy bien con este sistema, y el hecho de que hayan ganado ya cerca de
cuarenta años desde la fecha de la Héjira (622) no tiene para ellos importancia
práctica alguna. Pero ya en épocas muy antiguas hubo en las civilizaciones del
Cercano Oriente quienes se esforzaron por determinar un ciclo de años en el
cual coincidieran el año lunar y el solar. En el siglo VIII los griegos tomaron
de los babilonios el ciclo de ocho años. Trescientos años más tarde, en 432 a.
C., el astrónomo Metón puso en conocimiento de los atenienses un ciclo de
diecinueve años, que probablemente se haya originado también en Babilonia. Se
trata de un sistema muy eficiente, que mantiene de acuerdo el calendario lunar
con el solar durante más de doscientos años antes de que sea necesario
ajustarlo siquiera en un solo día. Pero hoy tenemos pruebas de que los
atenienses, en la práctica, no lo observaron; otro síntoma de que la
administración de los antiguos era menos eficiente que la actual. Cien años
después Calipo ideó un ciclo de setenta y seis años. Al cabo de otros dos
siglos Hiparco propuso un ciclo de 34 años. Estos refinamientos tenían más
interés para los astrónomos —quizá para los astrólogos— que para los
organizadores del calendario civil, pero debe tenerse en cuenta que cuando
Julio César se propuso reformar el calendario oficial romano mandó llamar a un
especialista alejandrino que hizo al respecto un excelente trabajo.
Casi todos los escritos de Hiparco se han perdido, pero sabemos, por las
pruebas que nos ha dejado Tolomeo, que tres de ellos se referían al calendario
o a los problemas suscitados por su perfeccionamiento, a saber: Meses y
días intercalares, Sobre la duración del año, Sobre el movimiento de los puntos
solsticiales y equinocciales . En su esfuerzo por determinar con la
mayor exactitud posible la duración del año, Hiparco descubrió la diferencia
entre el año tropical y el año sidéreo, y así halló, y por cierto que también
midió con asombrosa exactitud, el fenómeno de la precesión de los equinoccios.
La astronomía moderna nos dice que, debido al abultamiento de la Tierra en el
ecuador, el planeta oscila ligeramente durante su revolución sobre su propio
eje. El efecto de esta oscilación es que el polo de la Tierra no se mantiene
inmóvil, sino que se mueve en un círculo, completando su revolución en un
período de 26.000 años. El efecto de esta oscilación es producir una ligera
alteración en la posición del Sol y de los planetas, observados desde la
Tierra, sobre el fondo de las estrellas fijas, alteración que fue descubierta
por Hiparco. Esté astrónomo determinó el año tropical, o sea el intervalo del
tiempo que transcurre entre dos pasos sucesivos del Sol por un mismo punto
equinoccial, y también el año sideral, o sea el tiempo que tarda el Sol en
volver a una misma estrella. Comparando sus descubrimientos con los registros
de los astrónomos anteriores, notó que un mismo punto equinoccial no mantiene a
través de los siglos la misma posición con respecto a una estrella fija dada,
sino que avanza lentamente por el zodíaco de Este a Oeste: de aquí el nombre
de precesión de los equinoccios. En su libro sobre la duración del
año dice Hiparco que la precesión no es menor de un grado por siglo. En su obra
posterior sobre el mismo asunto llega a una determinación más precisa, dada por
Tannéry como 1 grado, 23 minutos, 20 segundos. El cálculo moderno es de sólo 10
segundos más.
Se supone que Hiparco, para llegar a estos resultados, tuvo que trabajar con
registros anteriores tanto babilonios como griegos. Sin embargo, sean cuales
fueren las ventajas de que disfrutó, alcanzó resultados que nos inspiran
profundo respeto y que sentaron normas tales para el trabajo científico que
hasta las remotas generaciones del futuro podrán recordarlas con orgullo. Tan
sensible era Hiparco a su deuda para con sus predecesores, tan presente tenía
el hecho de que sólo los registros mantenidos a lo largo de generaciones hacían
posible una conclusión tan refinada como la de la precesión de los equinoccios,
que él mismo se propuso endeudar a la posteridad para consigo, y se puso a
calcular las posiciones de unas 850 estrellas fijas, junto con algunas
circunstancias de sus apariciones, para que los astrónomos futuros pudieran
descubrir cualquier cambio. «Hizo de los cielos nuestra común herencia —comenta
Plinio el Mayor—, suponiendo que aparezca alguno lo bastante grande como para
poder entrar en posesión de ese legado.» (Historia Natural, II, 26, 95).
Es lamentable que el único tratado de Hiparco que ha llegado hasta nosotros no
se cuente entre las más importantes e interesantes de sus obras. Pese a ello,
nos dice algo con respecto a la época, y lo describiremos brevemente. Hacia el
año 270 a. C., un versificador muy hábil, llamado Arato, había compuesto un
poema didáctico sobre la astronomía, que siguió gozando de gran popularidad
durante toda la época clásica. Un joven amigo escribió a Hiparco para
informarse del grado de exactitud de ese poema tan influyente. Hiparco, al
contestarle, luego de felicitarlo por su consecuente interés por la ciencia,
empieza por sentar como punto general que el poeta Arato había tomado sus datos
del astrónomo Eudoxo. Luego pasa a criticar a Eudoxo a la luz de conocimientos
posteriores, lo cual no carece de interés, como se verá en el siguiente
ejemplo: «Eudoxo demuestra su ignorancia sobre el Polo Norte en el siguiente
pasaje: “Hay una estrella que permanece siempre inmóvil. Esta estrella es el
polo del mundo”. En realidad, no hay estrella alguna en el polo, sino un
espacio vacío cerca del cual hay tres estrellas, las cuales, unidas con el
punto solar, forman un cuadrilátero irregular, como nos dice Piteas de Marsella».
(Comentario sobre Arato, I, IV, i.)
§. La organización del conocimiento
La mención de este comentario sobre un poema que había sido escrito
aproximadamente ciento treinta años antes sirve para recordarnos una función
del Museo que de ningún modo debe ser omitida en la presente exposición. Hemos
hablado de que la biblioteca anexa al Museo contenía aproximadamente medio
millón de rollos. Esto bien podría conducirnos a una noción exagerada sobre la
extensión de la literatura mundial en aquellos tiempos. Debe recordarse que las
obras de Homero, que ahora pueden apretarse en un pequeño volumen de bolsillo,
no ocuparían entonces menos de cincuenta rollos. No obstante, aunque exista el
peligro de exagerar el número de los libros que entonces existían, no hay riesgo
alguno de exagerar el papel del Museo en la creación de toda la técnica,
aparato y tradición del estudio erudito. Un célebre estudioso moderno, Boeckh,
describió el ideal de lo que los alemanes llaman filología como «el
conocimiento sistemático de lo que se ha conocido» — Erkenntnis des
Erkannten, cogniti cognitio. Esta labor de erudición, que es de
importancia inapreciable para la especie humana, como fundamento indispensable
del conocimiento histórico, fue adecuadamente encarada, por primera vez, en el
Museo. El público británico de la actualidad está probablemente mucho mejor
preparado para entender la importancia de las ciencias naturales que la de las
históricas. Está más dotado para entender el significado de la ciencia que el
de la erudición. Muchos son los que han sentido en sus propias mentes el poder
transformador de las concepciones científicas, y de una actitud científica
frente a la vida. Saben por experiencia propia que quien ha aprendido la
técnica de la investigación científica ha ganado un nuevo poder mental. Pero
son muchos menos los que han llegado a asumir una actitud similar con respecto
a la erudición, los que han llegado a creer que el conocimiento sistemático de
lo que se ha conocido no es una cosa muerta, sino la más viva de todas, por
elevar la conciencia humana, podría decirse, a una nueva dimensión. El problema
consiste en que tan pocos entre los mismos eruditos hayan llegado a comprender
esta verdad. Collingwood no hablaba en balde cuando decía ( Autobiography,
ed. Pelican, pág. 61): «En los últimos treinta o cuarenta años el pensamiento
histórico había venido alcanzando una aceleración en la velocidad de su
progreso y una ampliación de su perspectiva comparables a las que la ciencia
natural había alcanzado a comienzos del siglo XVII. Yo tenía por seguro, en la
medida en que puede serlo una cosa futura, que el pensamiento histórico, cuya
importancia cada vez mayor había sido una de las características más
sobresalientes del siglo XIX, continuaría aumentando mucho más rápidamente su
influencia durante el siglo XX; y que podríamos muy bien encontrarnos en el
umbral de una era en la cual la historia sería tan importante para el mundo
como la ciencia natural lo había sido entre 1600 y 1900». Una extensión del
alcance del pensamiento humano tal como la que Collingwood prevé en este pasaje
no podría haber sido siquiera atisbada si el Museo no la hubiera preparado a
distancia, inventando la técnica de la conservación, la crítica y la
transmisión exacta de los textos.
§. Gramática
De este cuidado por el registro escrito del pasado surgió una gran realización
de la ciencia alejandrina, la gramática. Los complicados fenómenos del lenguaje
no son cosa fácil de analizar y finalmente, la aparición de una ciencia de la
gramática había sido preparada por generaciones de investigación curiosa y
esfuerzo práctico. La dificultad de estas etapas oscuras escapa a la mirada
superficial. Aceptando la maravilla de la invención fenicia de un alfabeto
fonético, tenemos todavía que averiguar cómo los griegos encararon el problema
de adoptar esa escritura y adaptarla a sus propias necesidades. Eduardo
Schwyzer [24]opina que la
fonética práctica implícita en el recitado de los himnos del culto y de los
poemas homéricos constituía la preparación necesaria para la aplicación de un
alfabeto extranjero a la escritura del idioma griego. Sea como fuere, tenemos
pruebas de que en el siglo VI los griegos de la Jonia eran ya gramáticos
conscientes. Habían comenzado por prestar atención a la declinación de los
sustantivos, y tenían una teoría de los casos. Los filósofos del siglo V
dedicaron mucha atención a los problemas lingüísticos. Todos los fenómenos del
lenguaje habían entrado ya para entonces en la esfera de la conciencia. Así es
como se ocuparon de letras, sílabas, palabras, ritmo, estilo, etcétera. Las
opiniones están divididas en cuanto a la tremenda cuestión de si los idiomas
son establecidos naturalmente o por convención. Platón, en su Cratilo,
discutió el asunto con característica amplitud y sutileza. Y con característica
perversidad, también, debemos añadir, pues introdujo la extravagante teoría,
agudamente criticada por Lucrecio (libro V, 104 y sigs.) de que las palabras
fueron ¡inventadas por un Legislador y aprobadas, como adecuadas para el uso
corriente, por un Metafísico! Aristóteles, los estoicos y los epicúreos
continuaron la tarea del análisis lingüístico. Y en éste, como en otros
sectores del conocimiento, correspondió a los alejandrinos dar a la materia
forma sistemática.
El más antiguo texto de gramática que ha llegado hasta nosotros es el de un tal
Dionisio de Tracia (o Dionysius Thrax, para darle su nombre latino). Muestra
todo el genio de la época en su clara definición de la gramática como
«conocimiento práctico del uso de los escritores en verso o prosa». Es
evidente, por las principales divisiones del libro, que ha recibido su forma de
su función. La literatura griega, cuando Dionisio escribió su gramática, tenía
ya seis siglos de antigüedad. El idioma había cambiado con el paso del tiempo.
La literatura había ido formándose en medio de una considerable variedad de
dialectos, y en ese momento estaba siendo estudiada por pueblos no griegos de
todo el mundo mediterráneo, para lo cual se necesitaba una ayuda, y ésta vino a
aparecer bajo la forma de la gramática de Dionisio. Era su objeto suministrar
un conocimiento práctico del uso correcto, y trataba de la corrección en la
lectura, la explicación de las figuras del lenguaje, exposición de palabras y
temas raros, etimología, doctrina de las formas gramaticales regulares y,
finalmente, crítica de la poesía, que es descrita como «la parte más noble de
todas». Reproducimos a continuación dos muestras de su contenido.
1. Las
partes de la oración son definidas como: nombre, verbo, participio, artículo,
pronombre, preposición, adverbio y conjunción.
2. Se
define la lectura como «la expresión sin tropiezos de poesía o de prosa».
Continúan
luego las instrucciones: «Al leer en voz alta deben cuidarse la expresión, la
acentuación y la puntuación. La expresión indica el carácter de la obra; la
acentuación, la habilidad con que fue compuesta; la puntuación, el pensamiento
en ella contenido. Nuestro fin debe ser leer la tragedia en forma heroica, la
comedia en estilo familiar, la elegía plañideramente, la epopeya con firmeza,
la lírica musicalmente, las endechas con tono lacrimoso y lastimero. Si no se
observan estas reglas, se frustra la intención del poeta y se pone en ridículo
el arte del lector». ¡Cuán admirable gramática ésta! Segura en el gusto, firme
en la doctrina, concisa en la presentación, clara en su objetivo, se mantuvo
durante unos trece siglos como un monumento tanto del elevado carácter
literario de la civilización griega como del dominio que tenían los
alejandrinos en el difícil arte del libro de texto. Esta obra data del año 100
a. C., aproximadamente.
Estamos aproximándonos al final del primer período de la ciencia alejandrina, y
el momento es apropiado para echarle un vistazo general. Hacia fines del siglo
III d. C. un obispo cristiano, Anatolio de Laodicea, se entregó a la tarea de
formular algunas generalidades muy amplias sobre la ciencia griega, cuya
consideración habrá de sernos útil. Hace notar que en la época de los
pitagóricos —en la cual debemos interpretar que incluye a Platón y su escuela—
los filósofos creían que sólo debían ocuparse de la realidad eterna e
inmutable, libre de toda mixtura. Pero en época más reciente —continúa— los
matemáticos han modificado sus opiniones y han comenzado a tratar no sólo de lo
incorpóreo e ideal, sino también de lo corpóreo y sensible. «En una palabra
—escribe—, el matemático debe ser ahora experto en la teoría del movimiento de
los astros, sus velocidades, sus tamaños, sus constelaciones, sus distancias.
Además, debe instruirse con respecto a las diversas modificaciones de la
visión. Debe conocer las razones por las cuales los objetos no parecen a
cualquier distancia lo que son en realidad; porque, aunque mantengan sus
relaciones recíprocas, producen apariencias ilusorias en cuanto a sus
posiciones y a su orden, ya sea en el cielo o en el aire, o en espejos y en
otras superficies pulidas, o bien a través de medios transparentes. Asimismo,
se opina ahora que el matemático debe ser ingeniero y entender de geodesia y
cálculo, y ocuparse de la combinación de los sonidos para formar melodías
agradables».
Los temas aquí subrayados —astronomía, óptica, mecánica, geodesia, aritmética
aplicada, armonía— nos hacen recordar los aspectos prácticos que la ciencia
había asumido en su viaje desde la Academia de Platón, a través del Liceo de
Aristóteles, hasta el Museo de Ctesibio y Arquímedes. Indican también que había
una importante omisión en la lista de las ciencias que hasta ahora veníamos
describiendo, a saber, la óptica.
Esta materia tan importante, tratada muchas veces por los científicos
alejandrinos, desde Euclides hasta Tolomeo, estaba dividida en cuatro partes
principales: Óptica propiamente dicha, catóptrica, dióptrica y escenografía. La
primera trataba de lo que ahora llamaríamos perspectiva, o sea los efectos
visuales producidos por la observación de los objetos desde diferentes
distancias y ángulos. La catóptrica trataba de los efectos
producidos en los rayos de luz al refractarse en medios transparentes, o sea la
reflexión en los espejos, formación del arcoíris, visión a través del prisma,
espejos ustorios, etc. Podremos entender mejor lo que se incluía en la dióptrica mediante
un examen del tratado de Herón de Alejandría sobre el instrumento de
agrimensura llamado dioptra, que hacía entre los antiguos las veces de nuestros
teodolitos. Se ocupa de problemas tales como: determinar la diferencia de nivel
entre dos puntos dados; perforar un túnel a través de una montaña, comenzando
por ambos extremos; construir un puerto sobre el modelo de un determinado
segmento de círculo, dados los dos extremos. La cuarta sección, escenografía,
es la aplicación de la perspectiva, sea a la arquitectura real o a los
decorados escénicos. Trata de todo aquel tema fascinante en el cual nos
introducen las palabras de un escritor del siglo VIII: «El objeto que el
arquitecto se propone es producir una obra que esté bien proporcionada en
apariencia, y, en la medida de lo posible, imaginar correcciones para las
ilusiones ópticas, fijándose como objetivo la simetría y la proporción, no en
realidad, sino según son juzgadas por la vista». Como es bien sabido, esta
corrección de las ilusiones ópticas fue práctica de los arquitectos griegos y
secreto de los maravillosos resultados que ellos obtenían. Sin duda, esta
práctica tradicional fue sistematizada en un tratado en Alejandría, pero éste
no ha llegado hasta nosotros.
Hemos dicho que los primeros doscientos años de la existencia del Museo fueron
los más importantes. En realidad, antes de cumplirse ese plazo desde la
fundación de Alejandría misma en 330, el Museo fue conmovido por una crisis con
cuya descripción cerraremos este largo capítulo. El noveno de los Tolomeos, que
se daba a sí mismo el nombre de Euergetes (o Benefactor) II, pero a quien los
griegos de Alejandría llamaban el Malefactor o el Panzón, tuvo un largo y
misterioso reinado, desde 146 hasta 117. De los monumentos que sobreviven se
desprendería que hizo mucho bien a Egipto en su prolongado gobierno, pero su
carrera ha sugerido al historiador que en realidad su falta consistió en que
prefería gastar el dinero en fomentar las instituciones egipcias, en lugar de
financiar a profesores extranjeros. El historiador Polibio, que visitó a
Alejandría durante este reinado, manifiesta su disgusto por la situación que
presentaba. Traza líneas divisorias bien definidas entre los tres elementos de
la población: los egipcios, la clase gobernante griega, ya mestizada, y los
soldados mercenarios extranjeros. Polibio dice que los egipcios nativos
constituían una raza inteligente y civilizada. Afirma que los soldados
mercenarios estaban desmandados y que habían olvidado la obediencia. Del tercer
elemento de la población dice que, estando compuesto originariamente por
griegos, había retenido alguna memoria de los principios helénicos, pero se
había corrompido como consecuencia de su posición privilegiada en relación con
los nativos. Añade a renglón seguido que el Panzón casi los había exterminado.
Esta persecución contra el elemento griego en Alejandría parece confirmada por
informaciones de otras fuentes (Ateneo, IV, 83), según las cuales hubo un gran
resurgimiento del saber en otras regiones griegas durante el gobierno de este
monarca, pues no sólo exterminó a muchos alejandrinos, sino que exiló a muchos
más. «Como resultado de esto, todas las ciudades y las islas se llenaron de
gramáticos, filósofos, geómetras, músicos, pintores, gimnastas, médicos y otros
artistas que viéndose obligados por la pobreza a convertirse en profesores
produjeron muchos discípulos famosos». Viene al caso señalar que el gran
gramático Dionisio parece haber escrito su gramática no en Alejandría, sino en
Rodas, por lo cual probablemente deba considerárselo como uno de esos exiliados
involuntarios. Pero no hay que suponer, pese a lo antedicho, que el Museo
dejara de existir en aquel entonces. Hay pruebas, en efecto, de que sean cuales
fueren las proporciones y las causas de su persecución contra los griegos,
Tolomeo IX fue un protector del saber y de la literatura. No obstante, su reino
marca un importante cambio. No sólo sucedió que hombres de ciencia, eruditos y
artistas hubieron de dispersarse por muchas y muy distantes zonas, sino que
Egipto y el conjunto del Mediterráneo oriental cayeron entonces bajo la
influencia del poder romano. Roma misma se hallaba desde hacía cosa de un siglo
tratando de producir su propia literatura. Los romanos todavía no habían
producido ninguna gran obra científica, ni estaban destinados, por otra parte,
a producir muchas en momento alguno. Pero sus gobernantes eran ahora hombres
cultivados, que comenzaban a interesarse por el idioma griego, y habían tenido
oportunidad de divertirse en su país con la comedia nativa de Plauto y de
Terencio. Estos dos comediógrafos, así como el poeta épico-didáctico Ennio, ya
habían vertido al latín mucho de la sutileza del espíritu griego. De aquí en
adelante ya no nos ocuparemos de un mundo simplemente griego, sino
grecorromano.
Y no sólo grecorromano. Cuando el poder político de Roma precipitó en su órbita
a todo el mundo mediterráneo, de todos los pueblos que subyugó sólo hubo dos, y
nada más que dos, poseedores de literaturas que estaban destinadas a sobrevivir
y a influir sobre las mentes y los corazones de los hombres, a saber: el pueblo
griego y el pueblo judío. Ahora bien: fue en Alejandría donde comenzó la
penetración de la mentalidad europea por las escrituras de los hebreos. Allí se
cumplió una tarca que hasta entonces no había tenido paralelo en la historia:
la traducción de la literatura de una civilización al idioma de otra. Algunos
opinan que la iniciativa en la traducción al griego de las escrituras hebreas
partió de los Tolomeos y del Museo. La opinión más probable es que los judíos
alejandrinos, que estaban olvidándose de su propio idioma, hayan efectuado
ellos mismos la traducción para su propio empleo en las sinagogas. Sea como
fuere, primero la Ley y luego los Profetas hicieron su aparición en idioma
griego.
En tiempos de Tolomeo Fiscón (el Panzón), ya se había traducido todo el canon,
y existía ya la Biblia Griega, o sea la versión de los Setenta. No es éste
asunto de nuestro libro; pero, contemplado desde el punto de vista de su
influencia mundial, es un producto tan grande y tan típico de los primeros
doscientos años de la existencia de Alejandría como pueda serlo ciencia de
Arquímedes o de Hiparco. La mezcla de ideas griegas y hebreas en Alejandría
preparó el ambiente del cual surgiría la Cristiandad. Los Setenta suministraron
el idioma en el cual se escribirían sus libros sagrados. Así, la Cristiandad
fue preparada en Alejandría, conquistó Roma y llegó a fundar Constantinopla.
Tendremos oportunidad, antes de terminar este trabajo, de referirnos nuevamente
a esta importantísima creación alejandrina, la Biblia Griega.
Nota bibliográfica
Para la historia general del Museo, véase SANDYS, History of Classical
Scholarship, vol. I. Para la ciencia de la época, son indispensables las
dos obras maestras de T. L. HEATH, History of Greek Mathematics y Aristarchiis
of Sainos. También es indispensable la obra de DUHEM, Systéme du
Monde, vols. I y II. El libro de A. DE ROCHAS, La Science des
Philosophes et l’Art des Thaumaturges es inteligente y claro, y rico
en material poco común, pero ni tan erudito ni tan solvente como las obras de
Heath o de Duhem. El artículo de JOTHAM JOHNSON, «Calendars of Antiquity» (Journal
of Calendar Reform, Dic. 1936), bueno en sí mismo, contiene valiosas
indicaciones bibliográficas. La mejor edición de la Gramática de
Dionisio de Tracia es la de G. Uhlig, 1883. S. SAMBURSKY, The Physical
World of the Greeks (1956), Physics of the Stoics (1759)
(Routledge and Kegan Paul), expone brillantemente la teoría del continuo que
con sorpresa el atomismo de la escuela epicúrea. Su tercer volumen,The
Physical World of Late Antiquity (1962) [versión castellana: « El
mundo físico a fines de la antigüedad», Eudeba, Buenos Aires, 1970] trata
la historia de la física griega del siglo VIII d. C. y descubre en los trabajos
de hombres como Simplicio y Juan Filópono un grado de agudeza y originalidad no
reconocidos hasta el momento.
Contenido:
· §.
La era grecorromana
· §.
Cultura bilingüe: el gramático, el enciclopedista, el traductor
· §.
Cicerón y Lucrecio
· §.
Vitruvio
· §.
Frontino
· §.
Celso
· §.
Plinio
· §.
Estrabón
· §.
Tolomeo
· §.
Galeno
§.
La era grecorromana
Mientras los primeros Tolomeos consolidaban su imperio sobre Egipto, un hecho
histórico de importancia todavía mayor se había ido concretando en Occidente.
La ciudad de Roma había conquistado y organizado Italia. Las comunidades
italianas no estaban separadas de sus conquistadores por ninguna brecha
cultural ni racial considerable, y los romanos encontraron en el robusto y
populoso campesinado italiano un vasto depósito de poderío militar. Fueron en
esto más afortunados que los Tolomeos de Alejandría, quienes se vieron en la
necesidad de mantenerse en Egipto con un ejército exclusivamente griego al
principio y principalmente heleno siempre, o que los fenicios de Cartago, cuyas
ambiciones imperiales se fundaban en la base poco segura de ejércitos
mercenarios constituidos por miembros de tribus bereberes. Roma e Italia eran
capaces de un grado tal de unidad como nunca podían alcanzar Alejandría y
Egipto, por un lado, o Cartago y África por otro. Gracias a esta circunstancia
pudo Roma llegar a ser dueña del mundo.
La fuerza de la nueva potencia pronto hubo de revelarse. Pirro de Epiro, que
aspiraba a desempeñar el papel de Alejandro en el Occidente, invadió a Italia
con su ejército, en la esperanza de lograr una fácil conquista. Si hubiera
podido dominar a Roma, hubiera conducido luego a los griegos de la Magna Grecia
contra Cartago. Pero su carrera fue truncada antes de alcanzar gran impulso por
la decisiva derrota que los romanos le infligieron en 275 a. C. De este modo la
hegemonía sobre los griegos de Italia primero, y de Sicilia después, pasó a
manos de Roma, dando comienzo a la cooperación grecorromana. Antes de finalizar
el siglo III Cartago había sido abatida en dos guerras tan largas como
encarnizadas. Al comenzar el siglo II los romanos estaban avanzando hacia el
Este, y antes de la mitad de dicho siglo habían terminado con los sucesores
orientales de Alejandro, a saber, los Antigónidas de Macedonia y los Seléucidas
de Siria. Las ciudades griegas, tanto del Asia Menor como de la Península,
habían pasado a reunirse con las del sur de Italia y con las de Sicilia para
adornar el mundo romano. Sólo Egipto quedaba por conquistar, y Augusto se
encargó de incorporarlo al Imperio.
Éstos fueron los acontecimientos que originaron la época cultural llamada Era
Grecorromana. Los romanos, que con soberbia destreza política efectuaron la
unificación de Italia, no eran un pueblo culto. No tenían literatura. Su
idioma, que con excepción de algunas guarniciones y colonias estaba confinado
al distrito del Lacio, en las cercanías de Roma y del Tíber, había comenzado en
verdad a convertirse en una lengua apta para las discusiones y las decisiones
políticas, pero nunca había sido empleado para la expresión de ideas
filosóficas o científicas. En cambio ahora, dueños los romanos sucesivamente de
las ciudades de la Magna Grecia, de Grecia misma y de la Jonia, se encontraron
hablando el idioma poco desarrollado de un pequeño distrito de Italia, pese a
ser los dominadores, en el aspecto político, del mar Mediterráneo, que
culturalmente no era sino un lago griego. Ellos, que antes de sus contactos con
los griegos no tenían literatura, se vieron amos de un pueblo cuya literatura
tenía una antigüedad de cinco o seis siglos, y se había convertido ya en asunto
de apreciación sutil y erudita. Era inevitable, pues, que sus hijos comenzaran
a ser instruidos por gramáticos griegos, y sus estadistas por políticos
griegos. Sus diversiones, sus profesiones liberales, quedaron en manos de los
griegos, y su literatura naciente se modeló sobre la de éstos. La cultura del
mundo romano tornóse bilingüe. Aprende bien los dos idiomas, aconsejaba Ovidio
en su Arte de amar, si no quieres aburrir a tu querida. Este
consejo fue aceptado y seguido en otras esferas. Todo romano que deseara
llamarse culto en cierta medida tenía que aprender griego, y todo griego que
quisiera vender su cultura tenía que aprender el idioma de sus amos, los
romanos. Los griegos poseían el saber, pero el dominio romano no era un simple
hecho político, sino que tenía también su significado en la esfera espiritual.
Roma había triunfado allí donde Grecia fracasara, y la responsabilidad del
poder pesaba sobre los hombros de los romanos. La literatura romana no es una
mera imitación de la griega, sino la expresión de una nueva era. Los romanos se
formaron intelectualmente a través de sus esfuerzos por digerir una cultura
extranjera, pero se propusieron digerirla con fines propios. La cultura romana,
aunque menos original, tiene una nueva complejidad y una nueva madurez. Cicerón
imita a Platón, pero discurre acerca del gobierno real y efectivo, y no sobre
la justicia ideal. Lucrecio se instala a descansar en el Jardín de Epicuro,
pero desde éste se dirige al Senado y al Pueblo romanos. Virgilio imita a
Hesíodo en su granja, pero lo hace por sugestión del Emperador. Tácito estudia
la declinación de la oratoria, pero da lecciones sobre la historia de una
revolución política. Esta nueva conciencia, que caracteriza a la literatura de
Roma, corresponde a una nueva configuración social y política del mundo. Una
vasta zona del orbe se había unificado mediante la construcción de carreteras,
el perfeccionamiento de los navíos y de los puertos, los movimientos de los
ejércitos, la invención de nuevas formas políticas y la posesión de un idioma
común. El oikoumene, el mundo habitado, era un organismo más
complicado que cualquier ciudad-estado, y los problemas de su administración
comenzaron a definirse poco a poco en las mentes de sus dueños romanos y de sus
maestros griegos. Tan aplastantes parecían esos problemas en su mayor parte,
que los hombres se resignaban al misticismo, el cinismo, el destino, las
estrellas, los dioses y el emperador. Al mismo tiempo qué progresaban las
ciencias en esta época se difundían también las religiones orientales, y las
diversas filosofías degeneraban en escuelas de resignación. Pero en los libros
y en los escritores de que hablaremos a continuación veremos algunas pruebas
alentadoras de la capacidad que el hombre tiene para tomar su destino en sus propias
manos.
§. Cultura bilingüe: el gramático, el enciclopedista, el traductor
La condición bilingüe del mundo grecorromano significa que desde el año 100 a.
C. aproximadamente la ciencia europea tuvo dos idiomas; sin embargo, el trabajo
se distribuía entre ambos de modo desigual. La tarea de desarrollar las ramas
de la ciencia ya entonces tradicionales continuó efectuándose en griego. En
latín se efectuó una tarea de asimilación y adaptación a las necesidades
romanas, que involucró crítica, selección y organización, y produjo algunas
obras maestras de un nuevo tipo.
Una consecuencia de esta relación de la ciencia romana con la griega fue que la
gramática, que se contaba entre las últimas ciencias constituidas por los
griegos, resultó ser, en cambio, la primera que los romanos llegaron a dominar,
y en ella cumplieron una de sus mayores hazañas, pues al estudiar en griego y
escribir en latín tomaron de esta disciplina una conciencia diferente. Los
griegos habían llegado a preocuparse de la gramática por la necesidad de
interpretar a sus propios escritores antiguos en su propio idioma, mientras que
los romanos se convirtieron en gramáticos debido a la necesidad de estudiar una
segunda lengua. Impulsados por su orgullo nacional a no convertirse
culturalmente en una provincia griega, y empeñados en el esfuerzo de traducir
al latín el acervo literario y científico de Grecia, comprobaron que era
precisamente la gramática la primera ciencia griega que tenían urgente
necesidad de adoptar y adaptar. Su primer gran gramático fue Lucio Aelio
Estilón (hacia 154-74 a. C.), quien estudió en Rodas cuando residía allí
Dionisio Tracio, expulsado hacía ya tiempo de Alejandría. El más grande
discípulo de Estilón fue Marco Terencio Varrón (116-27 a. C.), autor de
veinticinco libros sobre el idioma latino, de los cuales seis han llegado hasta
nosotros. La nómina de los gramáticos romanos es larga, y no tenemos por qué
reproducirla aquí. Pero al llegar al fin de una larga serie podemos mencionar
dos nombres: Donato, quien vivió a mediados del siglo IV d. C., fue tan famoso
que, al igual que Euclides, dio su nombre al asunto que estudiaba. A fines de
la Edad Media se daba el nombre de «Donat» a todo libro de gramática. Todavía
más grande fue Prisciano, cuyas Institutiones Grammaticae en
dieciocho libros, aparecidas hacia el año 500 d. C., constituyen la más famosa
gramática antigua. A pesar de su formidable extensión (tanta como la de la
moderna gramática latina de Madvig) tuvo en un tiempo tal popularidad que no
había biblioteca que no tuviera de ella un ejemplar, y todavía hoy se la
conserva en unos mil manuscritos. Es inmensa la deuda de la cultura para con
los gramáticos romanos.
Los fenómenos lingüísticos nunca han sido material de fácil análisis para la
ciencia. Al respecto puede ilustrarnos un ejemplo de la forma en que supieron
encararlos los gramáticos romanos. Donato, en su Arte gramático,
comienza por definir Vox, o sea la voz. «La voz es una vibración
del aire, perceptible para el oído. Toda emisión vocal es articulada, o bien confusa.
Por articulada entiendo la que puede ser expresada en letras, y por confusa, la
que no puede así representarse». Prisciano, evidentemente, cree que esta
definición es justa, pero inadecuada, y ofrece al principio de su libro I un
análisis más extenso. «Los filósofos definen la voz como una pequeña cantidad
de aire en vibración o como su efecto en los oídos. La primera definición es de
la sustancia; la segunda, del accidente. Pues ser oída es algo que le ocurre a
la voz. Hay cuatro clases de expresión vocal: articulada, inarticulada, letrada
e iletrada. Articulada es aquella dotada de un significado por quien la emite.
Inarticulada es la que no tiene ningún significado. Letrada es la que puede ser
escrita; iletrada, la que no puede serlo. Ejemplo de expresión articulada y
letrada es: “Canto a las armas y al hombre”. Expresiones articuladas e
iletradas son los gemidos, los silbidos y los suspiros, que tienen un cierto
sentido pero no pueden ser escritos. Expresiones inarticuladas y letradas son
por ejemplo “coax” o “cra”, que pueden escribirse, pero nada significan.
Expresiones inarticuladas e iletradas, que ni tienen sentido ni pueden ser
escritas, son los cotorreos y los mugidos».
Varrón, a quien mencionáramos hace unos instantes, no es solamente el autor de
la primera gramática latina de la cual se conserva una gran parte. También es
para nosotros el prototipo del enciclopedista antiguo. Su gramática no era sino
la primera parte de una vasta obra que incluía también lógica, retórica,
geometría, aritmética, astronomía, música, medicina y arquitectura. Los romanos
habían contemplado en un principio la cultura griega con cierto recelo. Pero al
llegar a Varrón, podemos decir que se habían convencido de que era
indispensable, y que se habían resuelto a asimilarla. Es también evidente que
se la asimilaron en forma realmente duradera. El concepto que Varrón se formó
de una enciclopedia del saber perduró durante toda la Edad Media y llegó hasta
los tiempos modernos: sólo en los últimos siglos se ha vuelto anticuado, merced
al desarrollo de las ciencias naturales e históricas.
§. Cicerón y Lucrecio
Ahora bien: aunque de ningún modo puedan subestimarse los escritos de
gramáticos y enciclopedistas, ellos palidecen y se reducen a proporciones
insignificantes ante la proeza de dos hombres que, al sumar al trabajo de
selección, crítica y organización el brillo de su propio genio, hicieron más
que otro alguno para convertir al idioma latino en el introductor de la cultura
griega en la Europa occidental. Cicerón y Lucrecio, tan diferentes como
pudieran ser por sus dotes espirituales y mentales, dejaron ambos tras de sí
obras maestras imperecederas que, si excluimos las comedias de Plauto y de
Terencio, son los primeros monumentos del genio latino entre los que aún ejercen
una influencia viva sobre el pensamiento y el estilo del mundo moderno. ¿Cuál
es el secreto de la influencia de estos dos hombres?
En el último siglo de la era pagana, dos escuelas griegas, la estoica y la
epicúrea, se disputaban la adhesión de aquellos romanos que alentaban
aspiraciones filosóficas. Otras sectas había fuera de estas dos, entre las
cuales sobresalían las diversas escuelas socráticas; pero como estaban mucho
más cerca del Pórtico que del Jardín, bien puede decirse que la única división
real era la existente entre los seguidores de Epicuro y todos los demás. Los
epicúreos, al igual que sus rivales, predicaban la creencia en los dioses, pero
limitaban la esfera de acción de éstos a lo más íntimo de la vida personal,
enseñando que los buenos entran en comunión con las sacras deidades, mientras
que los malos se obsesionan con temores imaginarios respecto a ellas. Diferían
terminantemente de las demás escuelas en cuanto excluían a los dioses de la
naturaleza y de la sociedad. Sus dioses no creaban mundos, ni los dirigían; no
habían enseñado a los hombres los rudimentos de la civilización, ni los habían
guiado en sus refinamientos; no eran los guardianes de la propiedad ni de la
moral pública, no lanzaban rayos sobre los rebeldes ni sobre los perjuros. Es
de imaginar que en una ciudad como Roma, que había sido fundada y guiada por
dioses, donde no se cumplía acto público alguno sin consultar primero la
voluntad divina, donde los dioses contribuían poderosamente al mantenimiento
del orden, los epicúreos no tenían mayor cabida en la vida pública. Por otra
parte, dondequiera los hombres estudiaron a la naturaleza, no como
manifestación de una providencia benévola, sino como un medio ambiente
extrahumano, para cuyo dominio el hombre había sentado las bases al iniciar su
vida civilizada; dondequiera los hombres estudiaron la historia, no para
investigar en ella los misteriosos designios de los dioses, sino como memoria
de las empresas y fracasos de la humanidad; dondequiera la naturaleza humana
fue estudiada como base para el control racional de la vida instintiva; allí
las enseñanzas de Epicuro fueron con suma frecuencia el fundamento. Tal era la
atmósfera filosófica del mundo en el cual nacieron Cicerón y Lucrecio, y en el
cual llegaron a convertirse, respectivamente, en los campeones de puntos de
vista tan opuestos.
Cicerón era un hombre público, y aunque entre sus amigos contaba muchos
epicúreos, nunca trata bien a la secta en sus escritos. Su filosofía era una
mezcla de platonismo y de estoicismo. Se inclinaba por la metafísica de Platón
y por la ética de Zenón, o mejor dicho, por las manifestaciones refinadas que
de sus enseñanzas introdujeron en dichas escuelas las generaciones posteriores.
Nadie lo considera como un pensador original, y no seré yo quien crea que sus
opiniones, tomadas de prestado, hayan sido sostenidas con tal sinceridad como
para que revistan el interés de ser el credo de un gran hombre. Ni siquiera él
mismo les concedió tal valor. A pesar de ello, merece nuestra atención y
nuestra admiración. El hombre que fuera autor, en política, de una República y
unas Leyes, en las cuales las enseñanzas de Platón son aplicadas a
la historia y a los problemas del Estado romano; en metafísica, de las Cuestiones
académicas, y de las Tusculanas, en las cuales se acuñan
palabras y fórmulas para expresar en latín los problemas fundamentales de la
filosofía tradicional; en ética, de Los fines, y Los
oficios, donde se hace lo mismo en el dominio de la conducta, dio tantos
ejemplos de explotación acertada de las fuentes griegas para producir nuevas
obras latinas, y de solución adecuada de los innumerables problemas que asedian
al traductor, como para merecer un lugar elevado en la historia de la
transmisión de las ideas. Por superficial que sea su pensamiento, tiene cierto
encanto la ansiosa respuesta de su mente al impacto de nuevas ideas, así como
la virtuosidad con que dota a su idioma nativo, todavía poco evolucionado, de
todas las cualidades necesarias para expresar el pensamiento de un Platón o de
un Jenofonte, al igual que en la inagotable maestría con que emplea las
palabras. Fue un gran literato, al igual que un gran orador y un gran político,
y el sello de su personalidad se distingue en toda su obra. Asimismo, en aquel
terreno en el cual la filosofía se toca con la ciencia, nos ha dejado una obra
de gran interés, a saber, una versión, parte de la cual se conserva, del Timeo platónico,
y una obra más o menos original sobre La adivinación, donde
escribió, una vez al menos, con sinceridad y pasión. Constituye un tratado en
dos libros y en forma dialogada. En el primero asigna a su hermano Quinto la
tarea de defender la antigua práctica de consultar la voluntad de los dioses
mediante los augurios, la aruspicina, la astrología y todos los demás recursos
empleados en la antigüedad. En el segundo, se reserva la tarea más grata, y más
difícil por cierto, de refutar semejante concepción. Lo hace con precisión y
con agudeza, sin vacilar siquiera en concluir con la expresión de su creencia
de que «rendiría un gran servicio a sí mismo y a su país si pudiera arrancar de
raíz esta superstición». Este impulso revolucionario en Cicerón, dirigido
contra instituciones probadas y establecidas, que en otros escritos había
defendido por su utilidad, es en verdad un fenómeno sorprendente.
Es el ataque contra la superstición lo que más aproxima a Cicerón, aunque sólo
sea por un momento, a su contemporáneo Lucrecio. Éste era partidario de
Epicuro, o sea miembro de aquella escuela que, casi sola en su tiempo, luchó
para eliminar de la naturaleza y de la historia la arbitraria intervención de
las fuerzas sobrenaturales. Su obra es mucho mejor ejemplo de la capacidad de
los escritores romanos para asimilar una masa de erudición griega y crear a
partir de ella un nuevo conjunto orgánico. La base de la filosofía de Epicuro
fue el atomismo de Leucipo y de Demócrito. Pero esta doctrina había sufrido los
ataques de las escuelas socráticas, y la tarea de Epicuro había sido la de
restaurar la teoría atomista superando las críticas de Platón y de Aristóteles.
El atomismo, tal como Epicuro lo reconstruyera, fue la filosofía que Lucrecio
trató de exponer a su público romano; pero es indudable que no se limitó a los
trescientos rollos que dejara su maestro, sino que también realizó un estudio
independiente de los presocráticos, en especial de Heráclito, Anaxágoras y
Demócrito. Había estudiado también los escritos hipocráticos y las obras de
Tucídides, material del cual hace uso en su sexto libro, y los errores que ha
cometido en su interpretación demuestran, si tal demostración fuera necesaria,
que no se trataba de estudios fáciles. Critica directamente opiniones de
Platón, aunque no menciona su nombre. Homero, Esquilo y Eurípides también han
dejado su marca en sus escritos. Tal fue el material griego estudiado y
asimilado por Lucrecio.
Pero queda otra fuente griega todavía por mencionar, a saber, el poema
filosófico Sobre la Naturaleza, del filósofo presocrático
Empédocles de Agrigento. Lucrecio siguió su ejemplo al decidirse por la
expresión versificada de su asunto. Esta redacción en verso ha resultado un
obstáculo para algunos estudiosos de Lucrecio. Muchos coinciden con la protesta
de Shelley: «Aborrezco el poema didáctico. Todo lo que puede expresarse
igualmente bien en prosa es tedioso y rebuscado en verso». Ésta es una opinión
superficial. La mitad de la mejor poesía clásica es justamente didáctica.
Cuando un autor tiene que exponer un gran asunto, cuya importancia siente de
modo profundo, que excita sus emociones tanto como su pensamiento, que afecta
tanto su imaginación como su intelecto, y que él anhela llevar no sólo a las
mentes sino también a los corazones de sus oyentes; la poesía tiene muchos
recursos de elocuencia para captar la atención, despertar el interés e
impresionar la memoria. Lucrecio halló estas cualidades en Empédocles y se
congratuló de tomar a un poeta por modelo, pues el idioma latino de su época se
había desarrollado mucho más en verso que en prosa. En el verso filosófico ya
había tenido un predecesor latino: Ennio. La prosa filosófica sólo estaba
siendo creada en esos días, en parte por epicúreos, cuyas obras se han perdido,
pero principalmente por Cicerón.
Hubo un factor en su época que revistió al atomismo, ante los ojos de Lucrecio,
con los atributos de un evangelio. Según él, el mundo viviente de los hombres
gemía bajo la carga del temor: temor de caer en la implacable lucha por la
existencia, temor al desastre que podía sobrevenirles como castigo por el
pecado, temor a la muerte, temor al castigo en el más allá. Lucrecio trató de
calmar el primero de esos temores mediante una doctrina de anarquismo
filosófico. Creía que si los hombres se contentaran con una vida simple, habría
suficiente para todos. «Una vida sobria con un corazón tranquilo es gran
riqueza, y en ella nada se echa de menos», canta, prueba suficiente, si alguna
hacía falta, de que él mismo disfrutaba de seguridad y comodidad razonables.
Mayor atención dedicó a los demás temores, los cuales, naturales como eran en
los hombres, especialmente en los ignorantes, eran también inculcados en las
masas por razones de estado. Polibio, Varrón, Cicerón, todos abogan por el uso
de la superstición para gobernar a la multitud. Habiendo citado las opiniones
de estos autores en otro lugar,[25] copiaré
aquí un pasaje de otra fuente. Estrabón, que escribía hacia el año 30 a. C.,
dice: «No fueron sólo los poetas quienes pusieron los mitos en circulación.
Mucho antes que los poetas, las ciudades y sus legisladores los habían
sancionado como útiles recursos. Tenían cierta penetración en cuanto a la
naturaleza emotiva del animal racional. Los hombres iletrados e incultos,
afirmaban, no son más que niños, y al igual que ellos, les agrada que les
cuenten cuentos. Cuando a través de narraciones descriptivas o de otras formas
del arte representativo saben cuán terribles son los castigos y las amenazas
divinas, evitan por temor incurrir en fechorías. Ningún filósofo, por medio de
exhortaciones razonadas, podría inducir a una muchedumbre de mujeres, o a cualquier
multitud extraviada, a la reverencia, la piedad o la fe. Tiene que recurrir
también a su superstición, y esto no puede hacerse sin mitos y milagros. De
modo que los fundadores de los Estados dieron su sanción a estas cosas como
espantajos para asustar a los simples. Ésta es la función de la mitología, y
así es como ella ha llegado a tener su lugar reconocido en el antiguo plan de
la sociedad civil, al igual que en las explicaciones de la naturaleza de la
realidad». (Geografía, I, 2, 8.) [26]
El epicureismo, para Lucrecio, significaba guerra a cuchillo contra esta
concepción del plan de la sociedad civil. Al comenzar su poema proclama que la
filosofía por él ofrecida puede dar al hombre la victoria sobre la religio,
o sea sobre la mitología oficial. Advierte a quienes deseen seguirlo que su
camino no estará libre de asperezas, sino que tendrán que tropezar con la
oposición de hombres a quienes llama vates, o videntes, que
explotarán sus temores de lo que puede ocurrir a dos incrédulos después de la
muerte. Una verdadera filosofía de la naturaleza es el arma con la cual él
combate esos temores. Dos veces en su poema declara que los viejos filósofos
griegos de la naturaleza, y no el oráculo de Apolo en Delfos, deben ser
reverenciados como fuente de la verdad. Tal era la situación en la cual
Lucrecio se propuso influir, y tal fue su mensaje.
Su poema quedó inconcluso, pero el plan de los seis libros que nos quedan es
amplio y claro, y poco faltó para que lo completara. Los dos primeros exponen
los principios fundamentales de la teoría atómica como explicación de la
naturaleza del mundo físico. Los dos siguientes tratan del hombre: el primero
de ellos expone la naturaleza del alma y la forma en que ésta se relaciona con
el cuerpo, dando pruebas de la mortalidad de aquélla, y tratando de conjurar el
miedo a la muerte; el segundo trata de la sensación, del pensamiento y de las
funciones biológicas. El quinto libro se refiere a nuestro mundo y a su
historia, describiendo su formación, la naturaleza y movimientos de los astros,
y los comienzos de la vida y de la civilización; el sexto libro se ocupa de los
fenómenos meteorológicos, de hechos curiosos de la tierra, de las pestes en
general, y en particular de la gran peste de Atenas durante la guerra del Peloponeso.
En ninguna del mundo moderno, se registra un esfuerzo comparable por reunir
todos los fenómenos de la naturaleza y de la historia como testimonio conjunto
para lograr una visión unificada de las cosas. Este libro es una verdadera
enciclopedia, pero desde otro punto de vista no se parece a una enciclopedia en
modo alguno, pues cada elemento de información que contiene no es sino una
parte de un mismo argumento general. Una intensa excitación intelectual recorre
toda la obra, y a ella contribuye, por otra parte, la circunstancia de que se
halle inconclusa. Se experimenta la sensación de que Lucrecio debe haber muerto
como Buckle, exclamando: « ¡Mi libro, mi libro!».
De la inagotable variedad de los asuntos contenidos en estas nutridas páginas,
hay un tópico —el bosquejo del origen y progreso de la civilización, contenido
en la segunda parte del libro quinto— que nos interesa aquí particularmente. Ya
subrayamos especialmente (Capítulo 6 de la Primera Parte), como verdadera
culminación de la ciencia presocrática, un breve resumen de la civilización
tomado de Demócrito [27]y conservado
para nosotros por el historiador Diodoro. Lucrecio, contemporáneo de Diodoro,
nos da en unos setecientos versos lo que parece ser una elaboración del mismo
esbozo que adoptara la escuela epicúrea. Por su eliminación de la acción de la
providencia y por su búsqueda de causas inteligibles en el dominio de la
historia humana, constituye quizá la más madura contribución de la antigüedad a
la ciencia del mundo moderno, motivo por el cual lo expondremos con cierta
amplitud.
La tierra, nos dice el poeta, produjo primero la vida vegetal, y luego los
seres vivos. Los primeros de éstos fueron las aves, nacidas de huevos; luego
aparecieron los animales, nacidos de úteros arraigados en la tierra. Ésta ios
alimentó, los vistió y los proveyó de un clima adecuado. Pero con el tiempo
envejeció y cesó de alumbrar, y los seres vivientes comenzaron a propagarse por
sí mismos. Sin embargo, antes de perder su fecundidad, la tierra produjo
numerosos monstruos, hoy extinguidos. En verdad, sucumbieron todas las especies
que no pudieron hallar alimento, reproducirse, protegerse o, en última
instancia, ganarse la protección del hombre en pago de sus servicios a éste.
El hombre primitivo era más robusto que el actual, y más longevo. No producía
alimentos, sino que los recolectaba. No conocía el fuego, las ropas, ni las
casas, sino que vivía en los bosques o en las cavernas de las montañas, y se
ayuntaba de manera promiscua. Evitaba a las fieras más peligrosas, y cazaba a
otras con garrotes y piedras. La civilización comenzó cuando el hombre adquirió
el fuego, llegó a vestirse con pieles, y se construyó chozas. Entonces
comenzaron a unirse en pareja duradera el hombre y la mujer, llegando así a
conocer las ternuras de la paternidad. La sociedad civil comenzó con la amistad
y los pactos entre vecinos. El lenguaje fue producto de la sociedad. No podría
haber sido inventado por un hombre e impartido por éste a sus semejantes, sino
que, así como los perros, caballos y aves expresan la variedad de sus emociones
mediante sonidos diversos, así el hombre empleó diferentes sonidos para
designar diferentes cosas, hasta que por convención llegó a establecerse el
lenguaje.
El conocimiento del fuego se originó ya sea en algún incendio causado por el
rayo o en la ignición de las ramas de los árboles que el viento frotaba entre
sí. El sol enseñó a los hombres a cocinar. Luego, gradualmente, aquellos que
por su inventiva técnica adquirieron predominio fueron surgiendo como reyes y
se construyeron ciudades, cada una con su ciudadela como baluarte y refugio del
monarca. Estos reyes distribuyeron rebaños y tierras entre sus súbditos, en un
principio de acuerdo con sus dotes personales, ya fueran éstas mentales o
físicas. Pero la invención de la moneda y el incremento de la propiedad
alteraron por completo las condiciones de vida. Las riquezas llegaron a ser más
importantes que las cualidades personales, y en la sociedad envidiosa y
ambiciosa que de ello resultó, la monarquía fue derribada y prevaleció la
anarquía. De ésta surgió a su vez el gobierno constitucional. Se nombraron
magistrados, se promulgaron leyes, y el crimen fue reprimido con sanciones
legales. El poeta analiza luego la religión. ¿Cuál es la causa de su imperio
universal? Se la encuentra en todos los grandes pueblos. Ha llenado las ciudades
de altares y ha inspirado ceremonias anuales que sobrecogen de terror
escalofriante a los mortales, quienes a su vez propagan el mal y erigen nuevos
templos en el mundo entero, con nuevas multitudes de adoradores. [28]La religión
procede de una confusión de ideas en aquellas personas que no poseen una
filosofía natural verdadera. Los hombres, tanto dormidos como despiertos, ven a
los dioses en toda su gloria y (acertadamente) les asignan beatitud e
inmortalidad. Contemplan también los fenómenos de los cielos, majestuosos,
regulares e incomprensibles. Así llegan a imaginar que los dioses viven en el
cielo y guían con sus voluntades todos esos fenómenos celestes. «¡Pobre de la
especie humana cuando enhoramala atribuyó a los dioses tales actos y los
imaginó al mismo tiempo capaces de amarga ira! ¡Qué de lamentaciones engendró
para sí misma, qué de heridas para nosotros, qué de lágrimas para los hijos de
nuestros hijos! Pues no consiste la piedad en hacerse ver a menudo con la
cabeza cubierta, frente a una piedra, ni en acercarse a cada altar y caer
postrado en el suelo, ni en extender las palmas de las manos ante las estatuas
de los dioses, ni en rociar los altares con mucha sangre de animales, ni en
proferir un voto tras otro, sino en ser capaz de contemplar todas las cosas con
una mente en paz».
Las primeras lecciones de metalurgia las adquirió el hombre cuando los
incendios de los bosques fundieron el oro, la plata, el plomo, el cobre y el
hierro, y le sugirieron la posibilidad de forjar armas y herramientas. Antes de
llegar a conocer los metales, las armas e instrumentos, el hombre había
utilizado sólo sus propias manos, uñas y dientes, así como piedras, ramas
arrancadas a los árboles, y llamas y fuego cuando halló éste. Supo montar a
caballo antes de inventar los carros de guerra. Los cartagineses introdujeron
el empleo del elefante con fines bélicos. Las vestiduras hechas con pieles
cosidas precedieron a los tejidos, pues el telar no llegó a construirse antes
de la invención del hierro. Los primeros tejedores fueron los varones, quienes
más tarde dejaron esta tarea a las mujeres y se fueron a trabajar en las faenas
campestres. La siembra y el injerto fueron enseñados por la misma naturaleza, y
la gradual extensión de la labranza fue relegando los bosques a las colinas,
brindándonos así los paisajes sonrientes que hoy disfrutamos. La música fue al
principio una imitación del canto de las aves y de los silbidos del viento. El
sol y la luna enseñaron al hombre la regularidad de las estaciones, y cómo
adaptar a ellas su trabajo. A su debido tiempo llegaron las ciudades
amuralladas, la navegación, los tratados y la celebración de los grandes
acontecimientos en forma cantada. «Los barcos y la labranza; las murallas, las
leyes, las armas, los caminos, las ropas y todo lo semejante; todos los valores
y también todas las galas de la vida, sin excepción: los poemas, los cuadros y
el cincelado de estatuas bien esculpidas, todas estas cosas fueron enseñadas
lenta y gradualmente al hombre por la práctica, más el conocimiento adquirido
por una mente infatigable, a medida que avanzaba paso a paso en su sendero. De
este modo el tiempo ofrece por grados diversas cosas a los ojos de los hombres,
y la razón las introduce en el dominio de la luz, pues en las diversas artes
los objetos deben ser enfocados uno tras otro y en su debido orden, hasta que
ellas alcanzan su punto más alto de desarrollo».
Muchas de las características principales de este bosquejo del progreso humano
han contribuido, y tal vez sean todavía capaces de seguir contribuyendo, al
desarrollo de la ciencia histórica. Podemos notar la fundamental importancia
asignada a las grandes invenciones técnicas. Hay todavía mucha historia por
escribir de nuevo, a la luz de esta concepción. Podemos advertir, también, la
concepción de la ciencia como una imitación de la naturaleza, mediante la cual
el hombre aprende a dominar, para su propio bien, su medio ambiente natural. Es
muy notable el sentido que se advierte de la dependencia de la vida intelectual
y moral del hombre, de sus circunstancias externas. El dominio del fuego,
enseña Lucrecio, hizo del hombre un animal social: la sociedad dio ser al
lenguaje. La arquitectura rudimentaria permitió a la pareja recién constituida
compartir una choza; así comenzó a desarrollarse el amor conyugal y paternal.
Pero el proceso tiene sus contradicciones inherentes. El fuego, que hace
posible la civilización, debilita físicamente al hombre, y la invención de la
propiedad y del dinero precipita a la sociedad en la confusión. La religión
contiene, según se ve, elementos de verdad, pero se halla trágicamente mezclada
con el error procedente de la ignorancia de la ciencia, y es cruelmente
explotada por los gobernantes para mantener su poder. Finalmente, Lucrecio
comprende que la historia sigue determinadas leyes, por cuanto «los objetos, en
las diversas artes, deben ser enfocados uno tras otro y en su debido orden».
El poema de Lucrecio es descrito a menudo como un texto versificado de física
atómica. Los que mantienen este punto de vista pensarán que hemos dado de él
una interpretación parcial, al concentrar nuestra atención en una sola parte: a
saber, el bosquejo del progreso humano. Pero nuestro acento sobre esa sección
no está equivocado. El poema es esencialmente un análisis de la historia y de
la sociedad humanas que en la mente de Lucrecio continuaban la historia del
universo físico. El principal tema de la obra está constituido por las
consecuencias sociales y psicológicas de la acción humana sobre la naturaleza,
del conocimiento o la ignorancia humana sobre ésta, de las mentiras humanas a
su respecto.
Este poema se halla extrañamente aislado en medio de la literatura romana.
Puede decirse que contiene las opiniones del partido derrotado en la filosofía
antigua. Sus ideas fundamentales, sobrevivientes de las escuelas presocráticas,
resultaron ser incompatibles con el desarrollo, o con la decadencia, de la
sociedad antigua. Virgilio, en su juventud, estudió profundamente a Epicuro, y
siempre continuó amando el poema de Lucrecio, pero abandonó las ideas de estos
dos hombres a medida que se convertía en el poeta de la reforma octaviana.
Desde entonces la providencia fue su tema, y la historia humana se transformó
para él en una sucesión de milagros y oráculos. Las artes fundamentales de la
vida pasaron a ser representadas como revelaciones de los dioses. La dureza de
la suerte humana fue explicada como una cuidadosa disposición de Júpiter para
adiestrar al hombre moral e intelectualmente.
Ahora bien, aunque las ideas de Lucrecio procedían de la Jonia y ostentaban
ciertas características de una época en la cual los hombres aún tenían
confianza en su capacidad para modelar sus propios destinos, no debe creerse
que él compartiera tal confianza. Su epicureismo le enseñó a ver, en la
filosofía natural, los medios para combatir el mito político-religioso; pero,
como buen epicúreo, una vez excluida la intervención sobrenatural, mostró su
indiferencia por saber cuál de las varias posibles explicaciones naturales de
un fenómeno era la verdadera. Tampoco esta indiferencia fue atenuada por la
necesidad de probar la verdad de una teoría en la práctica, así que, como
epicúreo, aspiró a hacer la vida tolerable más por medio de un retorno a la
primitiva simplicidad que por cualquier gran ataque técnico a la naturaleza.
Vivía en una civilización decadente y en tiempos en los cuales toda perspectiva
de mejora fundamental estaba todavía por debajo de los horizontes mentales.
Creía que el mundo se hallaba desgastado y que pronto se desintegraría lanzando
en forma de lluvia sus átomos sueltos por el espacio. Sus pensamientos eran el
eco de un mundo más notable, ya desaparecido. En medio de su vergüenza ante el
mundo de intrigas políticas en que vivía, sus calificativos favoritos para los
viejos filósofos materialistas eran los de «serios» y «santos».
§. Vitruvio
Entretanto el mundo, tal como era, continuaba existiendo, y los romanos
siguieron tomando de los griegos no sólo su filosofía, sino también sus artes
más prácticas. La obra romana de selección y reorganización de las fuentes
griegas está particularmente bien representada en el tratado de Vitruvio Sobre
la Arquitectura. Este libro, escrito para Octavio poco antes de que
asumiera el título de Augusto en el año 27 a. C., es mucho más amplio de lo que
su título sugiere. Sus diez subdivisiones abarcan los principios generales de
la arquitectura, la evolución del arte de construir y del empleo de los
materiales, los diversos estilos de templos (jónico, dórico y corintio), los
edificios públicos (teatros, baños y puertos), las viviendas urbanas y rurales,
la decoración interior, el suministro de agua, los cuadrantes solares y los
relojes, la ingeniería mecánica y militar. Es probable que una obra tan vasta y
tan ordenada fuera toda una novedad. En el prefacio del sexto libro menciona
(párrafo 12) a una docena de arquitectos griegos que habían hecho descripciones
de obras maestras de su propio diseño y construcción, y (párrafo 14) a una
docena de autores griegos que habían escrito sobre mecánica. Y por cierto que
no se trata de un mero despliegue de erudición, sino que había estudiado y
asimilado algunas o todas las obras de esos autores, si no perfectamente, al
máximo de su capacidad. Pero la intención y la idoneidad necesarias para reducir
todo ese variado y difícil material escrito en lengua extranjera a un manual
práctico escrito en lengua extranjera a un manual práctico escrito para «el
capataz y el director de obra», son mérito exclusivo de Vitruvio. El arquitecto
—se lamenta Briggs— está ausente de la historia. Tenemos los nombres y los
epitafios pomposos de arquitectos egipcios, pero ni siquiera los nombres de los
mesopotámicos, y nada en absoluto de los hebreos o de los cretenses. Conocemos
muchos nombres de arquitectos griegos, pero sus escritos se han perdido. Para
nosotros la literatura arquitectónica comienza con Vitruvio, y tal vez esto no
se deba a un accidente histórico, sino al mérito, vale decir, a la amplitud,
ordenamiento y utilidad práctica de su obra.
Uno de los encantos de Vitruvio consiste en que nos brinda muchos atisbos
autobiográficos de su propio carácter, íntegro y libre de complicaciones.
Recuerda (libro VI, Intr. 3 y 4) que mientras las leyes de todos los Estados
griegos exigían que los hijos mantuvieran a sus padres, las atenienses añadían
a ello una cláusula según la cual esa disposición sólo podía aplicarse a padres
que hubieran instruido a sus hijos en algún arte u oficio. «De aquí —añade— que
yo esté muy agradecido a mis padres por su sujeción a esta ley ateniense. Se
preocuparon de que aprendiera un arte, y, por otra parte, uno que no puede ser
adquirido de modo perfecto sin un vasto estudio de las artes liberales. Gracias
a mis padres y a mis maestros obtuve una amplia educación, soy capaz de
apreciar el arte y la literatura, y he llegado a ser yo mismo autor». El vasto
alcance de sus inquietudes y su saber, y la finura de su gusto se revelan en su
obra, que es una fuente muy importante para nuestro conocimiento de la ciencia
y de la civilización antiguas.
Las opiniones de Vitruvio deben ser leídas a veces entre líneas. Así recomienda
(lib. I, 2, 7) elegir «ubicaciones muy saludables, con manantiales adecuados,
para la construcción de santuarios, particularmente de los consagrados a
Esculapio y a Higea, dioses cuyos poderes curativos aparentemente sanan a
muchos enfermos. Pues cuando sus cuerpos dolientes son transportados de un
lugar insano a otro saludable, y son tratados con aguas medicinales, sin duda
han de recobrarse con mayor rapidez. Como consecuencia, la divinidad ganará
mayor fama y dignidad, gracias a la naturaleza del sitio». Un escepticismo
igualmente discreto se revela en otro pasaje (IX, 6, 2), en el que Vitruvio
desahucia muy pulidamente a la astrología, superstición casi universal en su
época.
Hemos descrito en el capítulo anterior la firmeza con que la ciencia griega,
llegada a su culminación, había captado, a través de Teofrasto, Estratón y
Arquímedes, la idea del experimento. Vitruvio nos ilustrará tanto acerca de la
supervivencia de esta idea como de la inseguridad con que se mantenía en su
tiempo. Entre los pasajes mejor conocidos de su obra se encuentra la
Introducción al libro IX, en el que describe el experimento que condujo a
Arquímedes al descubrimiento del peso específico. En otro pasaje (libro VII, 8,
3) recomienda que dicho experimento sea repetido con mercurio. Una piedra que
pesa cien libras flota en este metal, mientras que un escrúpulo de oro se
sumerge en él. «De aquí la segura inferencia de que la gravedad de una
sustancia no depende de la magnitud de su peso, sino de la naturaleza de la
sustancia». Pero sus apelaciones al experimento aparecen más a menudo como
ilustraciones de una opinión ya formada, que bien podría ser falsa. El libro I
(6, 1 y 2) nos ofrece de ello un buen ejemplo. Vitruvio entabla aquí una
animada discusión sobre el asiento adecuado de una ciudad con relación al
viento dominante. Mitilene, nos dice, está magníficamente construida, pero no
bien situada, pues en ella, «cuando sopla el viento sur, los habitantes se
enferman; cuando sopla el noroeste, tosen; cuando sopla el norte recuperan la
salud, pero sufren tanto frío que no pueden permanecer en los pasillos ni en
las calles». Estas excelentes observaciones lo conducen a una disquisición
sobre la naturaleza del viento. No sabe que el viento es simplemente aire en
movimiento, sino que supone que se suma al aire ya existente. «Se produce
cuando el calor se encuentra con la humedad, y su ímpetu genera una poderosa
corriente de aire. Esta circunstancia la conocemos gracias a las eolípilas de
bronce, invención técnica suficiente para sacar a luz una verdad divina oculta
en las leyes de los cielos. Las eolípilas son esferas huecas bronce, con una
pequeña abertura en la cual se vierte agua. Si se las coloca junto al fuego, ni
un soplo sale de ellas mientras no se han calentado bastante, pero en cuanto
comienzan a hervir, sale un fuerte chorro causado por el calor. Gracias a este
experimento, tan modesto como fácilmente realizable, podemos comprender las
poderosas y maravillosas leyes de los cielos y la naturaleza de los vientos».
Es de subrayar que esta falsedad«experimentalmente» establecida
persistió hasta tiempos bien modernos. En el siglo XVIII el ilustrado viajero
Rhyne, hombre de ciencia bien conocido en su tiempo, ubicó en la nube que se
forma sobre la Montaña de la Tabla, en el Cabo de Buena Esperanza, la fuente
desde la cual el poderoso viento del sudeste era «vertido» en la atmósfera.
El «experimento» de la eolípila no es en realidad experimento alguno, sino un
argumento por analogía. Un mal uso aún más extraordinario de este tipo de
argumento aparece en el libro VI (1, 5 y 6). Vitruvio acepta sin discutir una
opinión, corriente en su época, según la cual los pueblos septentrionales
tendrían voces de tono bajo, y los pueblos meridionales voces de tono agudo.
Imagina que este fenómeno humano puede ser explicado por la estructura misma
del universo. Los griegos estaban familiarizados con un instrumento de cuerdas
triangular llamado sambuca. Ahora bien: un diagrama formado por el círculo del
horizonte, un diámetro perpendicular de norte a sur y una línea oblicua trazada
desde el punto del sur hasta la estrella polar «indica claramente que el mundo
tiene la forma de una sambuca». Si imaginamos que la cuerda más larga de este
instrumento cósmico cae desde la estrella polar hasta el diámetro del
horizonte, y que el resto de las cuerdas paralelas va disminuyendo
progresivamente su longitud en dirección sur, ¡podemos entender, por analogía,
por qué la voz humana se vuelve más baja a medida que vamos hacia el norte!
Podemos referirnos a otros dos pasajes para ilustrar el alcance de este libro,
que, aparte de sus méritos como manual de arquitectura, es rico en material
para los historiadores de casi todas las ramas de la ciencia antigua. El libro
II (1, 1-8) proporciona un bosquejo del desarrollo cultural del hombre
primitivo, incluyendo el descubrimiento del fuego, el origen del lenguaje, y en
particular, la evolución de la arquitectura. El capítulo es importante para la
historia primitiva de la antropología. Se hace alusión a los métodos
contemporáneos de construcción en la Galia, España, Portugal y Aquitania, y a
la arquitectura de la Cólquida, en el Ponto, «donde hay abundancia de bosques»,
en contraste con la de los frigios, «que viven en país abierto, no tienen
bosques y, en consecuencia, carecen de madera». En un excelente pasaje del
mismo libro (Capítulo 9), cuya información deriva de Teofrasto, se examina la
adaptabilidad de los diversos tipos de madera para la construcción. De él
citaremos unas pocas normas sobre la preparación de madera curada. «Al derribar
un árbol, el tronco debe ser cortado hasta el mismo corazón, y debe mantenerse
erecto hasta que la savia salga de él por completo. Así el líquido inútil
correrá por la albura, y no se deteriorará la calidad de la madera. Entonces, y
no antes, el árbol será derribado, y se hallará en óptimo estado de utilidad».
Es probable que esta práctica fuera muy antigua. En la Odisea,
Calipo conduce a Ulises a un lugar donde puede derribar para
su balsa troncos curados. La idea de madera curada y sin derribar resultó tan
extraña a Samuel Butler, que tomó este detalle como ejemplo de la ignorancia de
los asuntos masculinos que probaría que la Odisea fue escrita
por una mujer.
Pruebas de la competencia de Vitruvio en materia de arte podemos encontrar en
su capítulo sobre «La decadencia de la pintura al fresco» (Libro VII, 5). Su
fina sensibilidad no está en modo alguno fuera de tono con el carácter llano y
práctico de su obra.
§. Frontino
El espíritu práctico llevado al extremo distingue la obra que en los acueductos
de Roma realizó Frontino. Sexto Julio Frontino fue un experto estadista,
acostumbrado a las más elevadas responsabilidades. Luego de su primer consulado
fue enviado como gobernador a Bretaña, donde triunfó de los belicosos siluros y
de su inhóspito territorio. En el año 97 d. C. fue nombrado por Nerva comisario
de las obras hidráulicas. Ya era en ese entonces un autor experimentado
—su Arte de la guerra, que se ha perdido, y sus Estratagemas,
que se conservan, deben de haber sido escritos entre su regreso de la Bretaña y
su nombramiento como comisario—, y cuando se hubo familiarizado a fondo con
todos los conocimientos necesarios para sus nuevas tareas, a fin, según nos
dice, de independizarse del asesoramiento de sus subordinados, llegado a un
punto en que el éxito de su administración era ya evidente, resumió los
resultados de sus estudios y de su práctica en su breve y brillante tratado
sobre el suministro de agua a la ciudad de Roma. La falta de adornos, es parte
del mérito de su obra. Sus hechos hablan por sí mismos. En efecto: nos cuenta
que durante 441 años a partir de la fundación de la ciudad los romanos se
conformaron con el agua que extraían del Tíber. En tiempos de Frontino, por el
contrario, los siguientes acueductos transportaban el agua a la ciudad, desde
puntos cercanos o distantes: el Apiano, el Viejo Anio, el Marcio, el Tepulo, el
Julio, el Virgo, el Alsietino o Augusto, el Claudio, y el Nuevo Anio. A
continuación da detalles esenciales: las longitudes de los acueductos;
características interesantes tales como la presa para la sedimentación del agua
del Nuevo Anio; la calidad de las diversas fuentes de abastecimiento de agua
(la del Augusto era turbia e impotable); un relato del saqueo clandestino del
Julio por cañerías laterales, y cómo éstas eran descubiertas y destruidas.
Luego de unos cuantos párrafos, colmados de detalles informativos, se permite
una breve y tajante reflexión: «Comparad, si os place, este despliegue de
estructuras indispensables, que transportan tal cantidad de agua, con las
ociosas pirámides, o con las inútiles aunque famosas obras de los griegos».
Este comentario es memorable, si bien un Vitruvio no se hubiera expresado con
tan poca simpatía respecto a los templos de los griegos.
Es probable, como lo sugiere su más reciente editor, que la composición del
libro de Frontino haya sido dictada por un propósito político tanto como por un
fin administrativo. Puede haber sido un golpe asestado en favor de la política
de Nerva, de debilitar el poder de los libertos en la administración y de
fortalecer el poder del Senado. Sea cual fuere su propósito, no altera en
absoluto su valor como testimonio del espíritu público y de la capacidad de su
autor. Muy raramente en escrito antiguo alguno se experimenta la sensación de
ser introducido con tal competencia en una rama de la ciencia aplicada. Leemos
en él acerca de los planos de los acueductos, trazados para ayudar al cálculo
del costo de mantenimiento, y también acerca de los constructores, fecha,
fuentes, longitudes y altura de los acueductos; volumen del caudal, número de
presas, calidad del agua y fin al cual ésta se destinaba. Se presta especial
atención a las boquillas que se utilizaban para calcular el caudal. Nos
enteramos de que existían boquillas de dimensiones inexactas, y de que otras no
ostentaban la marca oficial. Frontino comprende muy bien la dificultad de los
cálculos, pero añade secamente: «Cuando la cantidad de agua resulta ser menor
en las boquillas de entrega, y mayor en las de recepción, es evidente que no se
trata de error, sino de fraude». Y él estaba dispuesto a no tolerar ni una cosa
ni otra. De Aquis es una obra de ciencia aplicada solamente, y
tiene menos título para aparecer en una historia de la ciencia que el De
Architectura, que, aun siendo estrictamente un libro de ciencia aplicada,
es rico en reflexiones sobre la teoría en la que se funda la práctica. Pero el
sentido del servicio público se está convirtiendo en una parte de la moderna
concepción de la ciencia, y es difícil hallar un ejemplo de ciencia al servicio
del público mejor que el proporcionado por Frontino. Su sentido de los
beneficios que puede brindar a la humanidad es bellamente expresado en la
declaración tan directa como simple con la que concluiremos nuestro resumen de
su libro: «El efecto del celo desplegado por el emperador Nerva, el gobernante
dotado de más espíritu público, redunda crecientemente, día a día, y llegará a
redundar más aún en la salud de la ciudad… Ni siquiera las aguas residuales se
pierden. La apariencia de la ciudad ha cambiado y es ahora limpia. El aire es
más puro, y las causas de la atmósfera insalubre que dieron tan mala fama a la
ciudad en generaciones anteriores han sido eliminadas».
§. Celso
Algunos historiadores de la ciencia han visto en Cornelio Celso, que nos ha
dejado el mejor tratado general de medicina del mundo antiguo, un ejemplo
supremo de la capacidad romana de asimilar y organizar la ciencia creada por
los griegos. Esto es un error. Los méritos de Celso quedan suficientemente
reconocidos cuando vemos en él a un, admirable estilista. La obra Sobre
la Medicina, que nos ha llegado bajo su nombre, es una traducción, con
adaptaciones que se reducen principalmente a omisiones, del libro de un
siciliano llamado Tito Aufidio, quien escribió en griego. La medicina griega se
había puesto de moda en Roma durante la primera mitad del siglo I d. C., luego
de la llegada a la capital del atractivo y enérgico médico bitinio Asclepíades.
Éste tuvo unos cuantos discípulos distinguidos, entre los que se contaba
Aufidio, el escritor cuya obra eligió Celso para su traducción. La deuda de
Celso para con Aufidio permaneció en la oscuridad hasta que fue revelada por el
paciente análisis de su editor moderno, F. Marx. Samuel Butler observa en
alguna parte que los autores se inclinan a omitir la mención de aquellas
autoridades con las que mayor deuda tienen. Y esta cínica observación se
aplica, desgraciadamente, al propio Celso. Menciona a Asclepíades y a su
discípulo Temison, pero no nombra para nada a Aufidio. Así consiguió hacerse
con la reputación de haber compuesto él mismo el excelente tratado que lleva su
nombre. Había sido mejor para su fama que se hubiera conformado con que se lo
conociera como traductor y estilista, terreno en el cual su labor es
inexpugnable. Es, como lo ha llamado Sir Clifford Allbutt, el creador del latín
científico.
Los escritores romanos que se refieren a Celso lo describen como un hombre de
limitado talento. Sin duda, sabían que sólo era un traductor. En cambio Aufidio
era un genio singular. Tenía un estilo realmente intelectual. Su superioridad
se revela en el dominio que tiene de la historia de su materia, así como de sus
valores potenciales presentes; en su adhesión a los más nobles principios de la
práctica médica, en la escrupulosidad con que reconoce los méritos de médicos
más antiguos cuando tales méritos existen, y en su disposición para criticar a
sus contemporáneos siempre que es necesario. Tanto su equidad como su intrepidez
surgen de su consciente dignidad. Tenía que aportar a la práctica médica una
contribución de gran importancia, mayor de lo que podría parecer a primera
vista. No estaba dispuesto a contemplar regla alguna como panacea universal.
Reconociendo la eficacia de las sangrías, de las purgas, del vómito y del
masaje, insistía en que el momento y el grado de su empleo debían determinarse
siempre de acuerdo con el estado de las fuerzas del paciente. Esto implicaba un
enorme énfasis en la importancia de la observación clínica directa. Sus
pacientes eran sus libros. Estudiaba enfermos, no enfermedades. Pertenecía a la
casta de los grandes curadores. Por su humanidad, por su integridad intelectual
y por su respeto a la profesión, tiene entre sus antecesores a Hipócrates, y
entre sus sucesores a los grandes clínicos modernos. Ilustraremos estas
cualidades con una cita:
Ésta
es una descripción bastante completa de las fiebres.
Los métodos de tratamiento varían de acuerdo con las autoridades.
Asclepíades dice que la misión del médico es efectuar una cura segura, rápida y
placentera. Todo ello es muy de desear, pero tanto el exceso de prisa como el
exceso de placer pueden ser peligrosos. Tenemos que considerar en cada etapa
del tratamiento cómo conseguir el máximo de seguridad, rapidez y complacencia,
mientras volvemos al paciente a su estado saludable original.
El primer punto a resolver es el tratamiento que se aplicará al paciente
durante los primeros días. Los médicos antiguos trataban de promover la cocción
administrando determinadas medicinas, pues el mayor de sus temores era el
estado opuesto de crudeza. Luego trataban, mediante evacuaciones frecuentes, de
librarlo de lo que parecía ser la materia nociva. Asclepíades prescindió de las
medicinas. No empleaba las evacuaciones tan frecuentemente, pero sí en todas
las enfermedades. Sostenía que la mejor cura de la fiebre misma. Creía que las
fuerzas del paciente debían ser debilitadas mediante una fuerte iluminación,
vigilia y sed. Ni siquiera permitía que se le lavara la cara el primer día.
¡Cuán equivocados están los que creen que su régimen era en todo momento
placentero! El hecho es que si en los últimos días servía de alcahuete a los
antojos del paciente, en los primeros se le aparecía como un torturador. Mi
propia opinión es que las sangrías y las evacuaciones sólo deben emplearse en
raras ocasiones, y que su objeto no debe ser el de debilitar las fuerzas del
paciente, pues la debilidad es el peor de los peligros. En consecuencia, deberá
reducirse todo exceso de materia, pero ésta será digerida naturalmente si nada
nuevo se le añade. Por lo tanto, deberá mantenerse abstinencia de alimentos
durante los primeros días. El paciente, a menos que esté debilitado, deberá ser
mantenido a la luz durante el día. La sed y el sueño deben ser administrados en
forma tal que aseguren la vigilia diurna. Durante la noche, si es posible, debe
dormir. Aun sin beber es posible beber, podrán humedecerse los labios y la cara
del paciente, si estuvieran secos y le causaran mortificación. Muy sutilmente
observaba Erasístrato que la boca y la garganta a menudo necesitan líquido
cuando las partes internas no lo requieren, y que no hay por qué hacer sufrir
al paciente. Tal debe ser el tratamiento al principio.
La mejor de todas las medicinas es el alimento suministrado en el momento
oportuno. Queda por determinar ese momento. Muchos de los antiguos lo
postergaban mucho, hasta el quinto o aun hasta el sexto día. Probablemente el
clima del Asia o el de Egipto lo permitan. Asclepíades, después de cansar al
paciente en toda forma durante tres días, proponía alimentarlo en el cuarto.
Una autoridad muy reciente, Temison, tomaba en consideración, no el comienzo de
la fiebre, sino su cesación o alivio, y daba alimentos dos días después
—inmediatamente, si no había habido acceso de fiebre; si se producía, esperaba
hasta que terminara; o bien, si era persistente, hasta que se aliviara. Ninguna
de estas reglas es de aplicación absolutamente universal. Los alimentos pueden
ser suministrados el primer día, o el segundo, o el tercero. Pueden suspenderse
hasta el cuarto o el quinto. Pueden suministrarse luego de un acceso, o de dos,
o de varios. Los factores determinantes son siempre el carácter de la
enfermedad, el estado del cuerpo, el clima, la edad del paciente, la estación
del año. En la gran variedad de estas circunstancias no puede haber una regla universal
del tiempo. En una enfermedad que agota las fuerzas del paciente, hay que dar
alimentos antes, lo mismo que en un clima donde la digestión es más rápida. Por
este motivo, no parece adecuado que un paciente ayune siquiera durante un día
entero en el África. Deberán darse alimentos más pronto a un niño que a un
joven; en verano que en invierno. La única regla universal, buena para todo
momento y para todo lugar, es la siguiente: el médico debe sentarse con
frecuencia junto al lecho del enfermo y examinar las fuerzas de éste. Mientras
el paciente tenga fuerzas de reserva, deberá dejarlo que combara la enfermedad
con ayuno. En cuanto tema su debilitamiento, deberá socorrerlo con comida. Es
deber del médico no recargar al paciente con demasiado alimento, ni debilitarlo
con demasiado poco. He comprobado que Erasístrato lo sabía. No aclara
suficientemente cómo puede uno saber cuándo el estómago no está debilitado, o
en qué momento se debilita el cuerpo mismo. Pero cuando dice que estos puntos
deberán ser observados antes de dar alimentos, aclara bastante bien que no
deberá darse comida mientras haya reserva de fuerzas, y que deberá vigilarse
para evitar el debilitamiento. De todo esto se deduce claramente que un médico
no puede atender a muchos pacientes. El médico ideal, el que respeta su arte,
nunca se aleja de su enfermo. Pero aquellos que practican por el interés,
viendo que se gana más con una clientela numerosa, siguen complacidos una
escuela que no demanda cuidados tan constantes. Puede mencionarse a este
respecto el caso de las fiebres. Aun médicos que ven rara vez a sus pacientes
pueden llevar fácilmente la cuenta de los días y de los accesos. Pero el doctor
que se propone averiguar lo único que en realidad importa, a saber, cuándo el
paciente se está debilitando en exceso, debe mantenerse constantemente en su
cabecera.
Carezco
de espacio para seguir describiendo este libro. Baste decir que lo que acabo de
traducir no ocupa sino dos páginas entre cuatrocientas, y aunque han sido
elegidas por el especial interés de su asunto, son un buen ejemplo de la
espléndida calidad del conjunto. Además, la obra es equilibrada. Celso eliminó
ciertos aspectos del asunto que Aufidio había tratado, en especial la sección o
secciones relativas a la etiología de las enfermedades. A pesar de ello, lo que
queda es la mejor y más amplia obra individual que nos ha llegado de la
antigüedad sobre el mantenimiento y recuperación de la salud. Aufidio
probablemente escribió su trabajo en la segunda mitad del siglo I a. C. La
traducción fue hecha bajo Tiberio, entre los años 20 y 40 d. C.
Para ser equitativos con Celso debemos mencionar que no todos los historiadores
aceptan la tesis de F. Marx de que el libro Sobre la Medicina sea
adaptación de una sola fuente. La opinión anterior, expresada v. g. por Wellman
en Pauly-Wissova, en 1901, era que el tratado consistía en una
compilación de varias fuentes, y Sir Clifford Allbutt, en su Greek
Medicine in Rome (1921), reafirma esta opinión, interpretando la
palabra «compilación» en tal forma que reconocería en Celso una buena dosis de
originalidad como escritor, aunque no, por supuesto, como médico práctico. En
todo caso, debe recordarse que el tratado Sobre la Medicina sólo
es la cuarta parte de una obra enciclopédica estructurada de acuerdo con un
gran plan, destinado a abarcar la vida humana en toda su amplitud. Esas cuatro
partes eran: agricultura, medicina, retórica y el arte de la guerra. Las dos
primeras se referían a la vida física del hombre; las dos segundas, a su vida
como ciudadano. El arte de la agricultura provee los medios de vida, y el de la
medicina, los de una vida saludable. La medicina protege lo que la agricultura
crea. Similarmente, la retórica, en el amplio sentido que entonces tenía,
proveía un adiestramiento completo para el ciudadano en las artes de la vida
civil que el arte militar protegía. De modo que a la obra en su conjunto no
podemos negarle el mérito de ser una nueva construcción, levantada con una
diversidad de materiales griegos, pero que ostenta las características virtudes
romanas de la organización y la finalidad. En comparación con el plan de la
anterior enciclopedia, obra de Varón, podemos notar un énfasis quizás todavía
mayor sobre la práctica. La extraordinaria erudición varroniana se reveló en un
círculo cerrado de nueve materias, cuyo dominio ciertamente elevaría a cualquier
persona a singulares realizaciones de tipo académico. Celso parece haberse
preocupado menos de la cultura y más de brindar a su generación un breviario de
las artes básicas, de las cuales depende la vida del individuo y de la
sociedad. El programa de Varrón parece hecho para la Facultad de Artes de una
Universidad. Celso, en cambio, suministró libros de textos para cuatro escuelas
profesionales.
§. Plinio
Cuando pasamos de Varrón y Celso al tercero de los grandes enciclopedistas
romanos, Plinio, ya no es tan fácil definir el carácter de su obra, la cual,
por parte, ha sido apreciada de muy diferentes maneras en tiempos modernos. El
gran naturalista francés Buffon (1707-1788) sobreestima sus méritos, pero
define acertadamente el carácter de su obra cuando dice que se
dedicó a todas las ciencias naturales y a todas las artes humanas, y el
carácter del escritor, cuando manifiesta que «tiene aquella
facilidad para las amplias perspectivas que multiplica la ciencia», y que
«comunica a sus lectores una cierta libertad de espíritu, una audacia de
pensamiento que es la semilla de la filosofía». Una obra que trata de todas las
ciencias y de todas las artes, y que es obra de un solo hombre, tiene por
fuerza que resultar desigual en calidad y desanimadora para el lector por su
heterogeneidad. Plinio el Joven, al alabar la obra de su tío, dice que es «no
menos variada que la naturaleza misma». Con todo, aunque los árboles oculten el
bosque, no hay sólo grandeza sino también orden en su plan.
El mejor libro sobre Plinio es con mucho el de Littré, discípulo de Comte,
editor de Hipócrates y famoso lexicógrafo, quien define así el plan de la Historia
Natural: «El autor comienza por exponer ideas sobre el universo, la tierra,
el sol, los planetas y las propiedades notables de los elementos. De esto pasa
a la descripción geográfica de las partes de la tierra conocidas por los
antiguos. Luego de la geografía viene lo que llamaríamos historia natural, o
sea la historia de los animales terrestres, de los peces, los insectos y las
aves. La sección botánica que sigue a esto es extensa, especialmente porque
Plinio introduce mucha información sobre las artes, como sobre la elaboración
del vino y del aceite, el cultivo de los cereales y diversas aplicaciones
industriales. Concluida la sección botánica vuelve a los animales, pasa a las
sustancias minerales, y en lo que constituye una de las partes más interesantes
de su libro, enumera de un tirón los métodos de extracción de esas sustancias,
y los métodos de la pintura y la escultura de los antiguos».
Bastará con esto en lo que se refiere a la naturaleza general del contenido.
¿Pero qué hay de la obra en detalle? Plinio fue un autodidacta, que extrajo el
material para su enciclopedia de unos dos mil libros debidos a unos quinientos
autores, griegos en su mayoría. Aun admitiendo la posibilidad de que muchas de
las autoridades griegas que cita sean tomadas de segunda mano de compilaciones
latinas anteriores, su obra no deja por ello de representar una enorme labor de
erudición. ¿En qué medida tuvo éxito? Es difícil que haya hoy quien pueda
discutir el juicio del prudente y favorable Littré, según el cual «no hay que
buscar en él criterio científico propiamente dicho». A pesar de ello, el libro
conserva extraordinario valor. Lynn Thorndike hace notar en su History
of Magic and Experimental Science que «es tal vez la más importante
fuente individual que nos ha quedado para la historia de la civilización
antigua». Circunstancia que emana no sólo de su amplitud y de su variedad, sino
también de su punto de vista.
Este punto de vista, ya indicado correctamente por Buffon, es definido con
mayor amplitud por de Blainiville ( Histoire des sciences de
l’organisation, I, pág. 336) —en términos generales un crítico desfavorable
a Plinio— en la siguiente y feliz descripción del libro: «Es una suma, un
inventario, un catálogo histórico de lo que el hombre había hecho hasta
entonces con los cuerpos naturales». No puede afirmarse (como lo hiciera
Francis Bacon) que este punto de vista haya estado por completo ausente de las
historias naturales de los griegos. Teofrasto, por ejemplo, indica en numerosas
oportunidades los usos industriales de la madera y de las piedras. Pero sólo en
Plinio constituye este tema el espíritu informante de una historia natural escrita
en la antigüedad. El hombre es para Plinio el centro del cuadro, y él determina
la elección de su material. A ello debemos que, cuando habla de metales, se
remonte a la acuñación de monedas, a los anillos (incluyendo una disquisición
sobre la clase media de Roma, o sea la de los équites) a los sellos y a la
administración de Italia por Mecenas en ausencia de Octavio. A ello debemos
que, cuando habla de los animales, se ponga a describirnos las medicinas de
ellos derivadas. Y así sucesivamente, a lo largo de su libro.
Otro autor francés, Egger ( Examen critique des historiens anciens de
la vie et règne d’Auguste, secc. VII, pág. 183), ha ilustrado con acierto
la novedad de la información que a veces hallamos en Plinio, debido al punto de
vista desde el cual éste escribe. «¿Nos hubiera dicho jamás Tácito que en la
frontera de Germania los capitanes de las bandas auxiliares al servicio de Roma
empleaban a sus soldados nativos para cazar una raza de gansos silvestres,
cuyas plumas eran empleadas para rellenar las almohadas de los soldados
romanos? ¿Se hubiera dignado Tácito decirnos que las pieles de los erizos eran
objeto de una vastísima actividad comercial en el imperio romano, hasta el
punto que los desórdenes provenientes del monopolio de este comercio fueron
siempre causa de graves preocupaciones para el gobierno, motivando más decretos
del Senado que ningún otro asunto?». Pero, por desusados que sean estos
detalles, no son las más importantes de sus contribuciones a la historia
social. El principio de su decimoctavo libro está dedicado a un breve pero
magistral bosquejo de la historia de la propiedad territorial en Italia y en
las provincias. Egger hace notar con razón que aunque Plinio se equivocara a
menudo en historia de las artes, sucede que este viejo sabio, que había sido
cónsul, general y almirante, es una autoridad de primer orden en un asunto
sociológico de esta índole, lo cual hace aún más notable su famoso veredicto:
«Si admitimos la verdad, fue el sistema de los latifundios el que arruinó a Italia
y el que está hoy arruinado también a las provincias».
La franqueza de su pensamiento y la mordacidad de su estilo, reveladas en este
pasaje, distinguen muchas otras páginas de la extraña enciclopedia. Por cierto
que en sentido muy auténtico la Historia Natural de Plinio
debería ser contemplada como el prototipo del Diccionario filosófico de
Voltaire. Le da, en efecto, oportunidad para ventilar sus opiniones acerca de
todos los temas. De aquí la libertad y la elevación a que Buffon se refería.
Hasta hay en él humour, en el sentido inglés del término. Así,
luego de una disertación tan epigramática como llena de contenido sobre las
variedades de la creencia religiosa, concluye en la vena siguiente: «Para las
imperfecciones naturales que en él se revelan, tiene el hombre un peculiar
consuelo, a saber, que ni siquiera Dios es todopoderoso. Pues no podría, por
ejemplo, suicidarse aunque lo deseara, lo cual, en las pruebas de nuestra vida
mortal, es el mejor don concedido a los hombres. No puede hacer inmortales a
los mortales, resucitar a los muertos, hacer que no haya vivido uno que en
efecto vivió, o que no haya ocupado puestos quien en realidad los ocupó. No
tiene otro poder sobre el pasado que el del olvido, y si se me perdona el
ilustrar nuestra semejanza con Dios mediante ejemplos triviales, no puede hacer
que dos veces diez no sean veinte, y así sucesivamente. Todo lo cual revela
inequívocamente cuál es el poder de la naturaleza, y el hecho de que éste sea
el poder al que llamamos Dios. Confío se me disculpe esta digresión acerca de
lo que me temo se hayan convertido en lugares comunes motivados por la
interminable discusión acerca de Dios». (L. II, 27).
Y finalmente, aquí tenemos otro pasaje, que debe a Lucrecio algunos de sus
argumentos, pero que es completamente personal y característico: «Más allá de
la tumba yacen las especulaciones vacías sobre los espíritus de los muertos.
Pues cada uno de los hombres será después de su día postrero lo mismo que era
antes de su primer día. Luego de la muerte, ni el cuerpo ni el espíritu tendrán
más sensación que la que tenían antes del nacimiento. Esta vanidad de plantear
reclamaciones al futuro e imaginar para uno mismo una vida en la estación de la
muerte toma diversas formas: la inmortalidad del alma, la transmigración de las
almas, la vida de las sombras en el mundo subterráneo, la adoración de los
espíritus de los muertos, hasta la definición de quien ha dejado ya de ser
hombre. Y esto como si pudiéramos respirar en alguna forma que nos distinguiera
de los demás animales; como si no hubiera muchas otras criaturas que viven más
que nosotros y para las cuales nadie ha imaginado semejante inmortalidad. Éstas
son las invenciones de una tontería pueril, de una mortalidad codiciosa de no
cesar jamás. Peste de ella, ¿qué locura es esta de repetir la vida en la
muerte? ¿Cómo podrán descansar alguna vez los que nacen si la sensibilidad ha
de permanecer en el alma aquí o en el espectro bajo tierra? Y esta acariciada
fantasía destruye la principal bendición de la naturaleza, la muerte, y duplica
el dolor de quien va a morir con el cálculo del sufrimiento que todavía le
falta. Si la vida es tan dulce, ¿a quién puede parecerle dulce haber dejado de
vivir? Pero, ¡cuánto más feliz, cuánto más seguro es que el hombre tome confianza
y se confirme acerca de la paz que le espera, mediante la probada
insensibilidad de lo que era antes de nacer!». El autor de estas palabras vivió
una vida activa y placentera al servicio de sus semejantes, y murió a causa de
haberse aventurado a observar demasiado de cerca una erupción del Vesubio.
§. Gemino
Pasamos ahora a la consideración de las obras científicas de este período
escritas en griego, y nos referiremos de inmediato a una obra maestra de
exposición, a saber, la Introducción a la Astronomía, por Gemino.
Este autor (cuyo nombre probablemente deba pronunciarse haciendo larga la
sílaba central, y no como la palabra latina que significa gemelo) parece haber
nacido en Rodas y haber escrito en torno al año 70 a. C. Fue alumno del gran
filósofo estoico Posidonio y escribió un voluminoso comentario sobre una obra
astronómica de éste. Más tarde compuso un epítome de su propio comentario. Esta
obra siguió utilizándose durante siglos, pero no nos ha llegado en la forma en
que Gemino la concluyó. En el siglo IV o en el V, probablemente en
Constantinopla, alguien hizo una selección de varios de sus trozos,
matizándolos con algunas adiciones. Así llegó a formarse el manual que hoy
poseemos, bajo el título de Introducción a la Astronomía, por Gemino.
Es una valiosa fuente para nuestro conocimiento de la astronomía posicional
griega, de la geografía matemática y de la preparación de calendarios.
Manitius, el más reciente de sus editores (Teubner, 1898), encuentra en ella
errores, así como omisiones, de las cuales culpa principalmente el adaptador
bizantino. Wellman la encuentra libre de prejuicios y de supersticiones y
fundada únicamente en la investigación científica. El erudito francés Paul
Tannéry, entusiastamente, la considera una de las mejores obras que quedan de
la antigüedad. Heath, con mayor tibieza, la describe como un «tratado
tolerablemente elemental, adecuado para fines de la astronomía griega,
expuestas desde el punto de vista de Hiparco». Como yo mismo soy de los que
necesitan un Hiparco simplificado, al encontrarlo justamente en este libro,
insisto en llamarlo, como libro de texto, una obra maestra.
Los lectores ya habrán encontrado en un excelente ejemplo del sencillo estilo
que Gemino empleaba para la exposición, a saber, el pasaje en que explica que
los astrónomos siempre han edificado su ciencia sobre la suposición sostenida
por los filósofos pitagóricos, o sea que el movimiento de los astros debe
concebirse siempre como circular y uniforme. Es importante notar que Gemino no
discute esta teoría. En un fragmento de su Epítome original,
que sobrevive independientemente del libro de texto compuesto en
Constantinopla, se refiere precisamente a este punto. Da su aprobación a una
significativa división del trabajo entre el filósofo y el astrónomo, de acuerdo
con la cual el filósofo debe sentar los principios dentro de cuyos límites el
astrónomo debe elaborar explicaciones coherentes de los fenómenos celestes.
Pero la claridad con que expone esa división del trabajo está completamente de
acuerdo con la que impera en todo el resto del libro. Lo mejor que podemos
hacer para revelar la calidad de la exposición dentro de los límites de este
trabajo es reproducir los títulos de los diferentes capítulos de la obra y
luego citar in extenso el referido pasaje acerca de los
pitagóricos.
Los dieciocho capítulos de la edición de Manitius tienen los siguientes
encabezamientos: El círculo del Zodíaco. El orden y la posición de los
doce signos. Las formas de los signos. El eje y los polos. Los círculos
celestes. Día y noche. Las horas de aparición de los doce signos. Los meses.
Las fases de la Luna. El eclipse solar. El eclipse lunar. Que los planetas
tienen un movimiento opuesto al del cosmos. Ortos y ocasos. Los círculos de las
estrellas fijas. Las zonas de la Tierra. Las partes habitables del globo. El
empleo de las estrellas como signos meteorológicos. Meses sinódicos, y
otros . A esto añadió un calendario, una tabla del tiempo que el Sol
tarda en atravesar cada uno de los doce signos y los correspondientes signos
meteorológicos.
Y ahora veamos la cita:
Los
tiempos entre los trópicos y los equinoccios se dividen en la siguiente forma.
Desde el equinoccio de primavera hasta el trópico de verano, 94 días y medio.
Éste es el número de días que el Sol tarda en atravesar Aries, Tauro y Géminis,
y al llegar al primer grado de Cáncer señala el trópico de verano. Desde el
trópico de verano hasta el equinoccio de otoño transcurren 92 días y medio.
Éste es el número de días que el Sol tarda en atravesar Cáncer, Leo y Virgo, y
al llegar al primer grado de Libra señala el equinoccio de otoño. Desde el
equinoccio de otoño hasta el trópico de invierno pasan 88 días y 1/8. Éste es
el número de días que el Sol tarda en atravesar Libra, Escorpio y Sagitario, y
al llegar al primer grado de Capricornio señala el trópico de invierno. Desde
el trópico de invierno hasta el equinoccio de primavera pasan 90 días y 1/8.
Pues tal es el número de días que tarda el Sol en atravesar los tres signos
restantes del zodíaco, a saber: Capricornio, Acuario y Piscis. El total de los
días incluidos en esos cuatro períodos es de 365 días, o sea el número de días
que componen el año.
Aquí se suscita la siguiente cuestión: cómo es posible que estando dividido
el círculo zodiacal en cuatro partes iguales, y moviéndose el Sol siempre con
velocidad uniforme, recorra sin embargo arcos desiguales en tiempos iguales.
Pues toda la ciencia astronómica se funda en la presunción de que el Sol, la
Luna, y los cinco planetas, se mueven a velocidades iguales en círculos
perfectos y en dirección opuesta a la del cosmos. Fueron los pitagóricos, los
primeros en encarar estas cuestiones, quienes formularon la hipótesis de un
movimiento circular y uniforme para el Sol, la Luna y los planetas. Su opinión
era que, tratándose de seres divinos y eternos, sería inadmisible la suposición
de un desorden tal como que pudieran moverse unas veces con mayor rapidez y
otras más lentamente, o que llegaran siquiera a detenerse, como en las llamadas
estaciones de los planetas. Hasta en la esfera humana tal irregularidad es
incompatible con el comportamiento ordenado de un caballero. Y aun cuando las
necesidades de la vida impusieran a los hombres ocasiones de apresurarse o de
quedar ociosos, no puede suponerse que circunstancias semejantes afecten a la
naturaleza incorruptible de las estrellas. Por esta razón, definieron su
problema como la explicación de los fenómenos según la hipótesis del movimiento
circular y uniforme.
Sobre las demás estrellas daremos la explicación en otro lugar. Aquí
explicaremos cómo sucede que el Sol, aun moviéndose a velocidad uniforme,
recorre arcos iguales en tiempos desiguales.
La llamada esfera de las estrellas fijas, que contiene todas las figuras de
los signos del zodíaco, es la más alta de todas. No debe suponerse que todas
las estrellas se encuentran a un mismo nivel, pues algunas están más altas y
otras más bajas. Sin embargo, la limitación de nuestra vista no nos permite
apreciar esas diferencias de altura. Por debajo de las estrellas fijas se
encuentra Saturno, que atraviesa el zodíaco en aproximadamente 30 años, a razón
de dos años y medio por cada signo. Por debajo de Saturno está Júpiter, que
atraviesa el zodíaco en 12 años, a razón de un signo por año. Debajo de Júpiter
está Marte, que atraviesa el zodíaco en dos años y medio, a razón de un signo
cada dos meses y medio. Sigue luego el Sol, que recorre el zodíaco en un año y
cada signo en un mes, aproximadamente. A continuación viene Venus, que se mueve
aproximadamente a la misma velocidad del Sol. Sigue luego Mercurio, que se
mueve también a la velocidad del Sol. Por último, el más bajo de los astros, la
Luna, que recorre el zodíaco en 27 días y 1/3, y cada signo aproximadamente en
dos días y cuarto.
Ahora bien, si el Sol se moviera a la misma distancia que las estrellas que
forman los signos del zodíaco, ciertamente habríamos hallado que los tiempos
entre los trópicos y los equinoccios son iguales entre sí. Al moverse a
velocidad uniforme, el Sol debería cubrir arcos iguales en tiempos iguales. De
modo similar, suponiendo que el Sol estuviera más bajo que el círculo del
zodíaco, pero que se moviera en torno al mismo centro que éste, los tiempos
entre los trópicos y los equinoccios serían también iguales. Todos los círculos
trazados en torno a un mismo centro son divididos de igual manera por sus
diámetros. Como el círculo del zodíaco es dividido en cuatro partes iguales por
los diámetros que pasan entre los puntos tropicales y los equinocciales,
necesariamente el círculo del Sol estaría dividido en cuatro partes iguales,
por los mismos diámetros. Moviéndose así a la velocidad uniforme en su propia
esfera, el Sol recorrería en iguales tiempos los cuatro cuartos. Pero, en
realidad, el Sol no se mueve en un círculo inferior, sino en un círculo
excéntrico, como se ve en la figura. El centro de ese círculo no es el mismo
que el del círculo zodiacal, sino que está desplazado a un lado. A causa de
esta posición, el curso del Sol está dividido en cuatro partes desiguales. La
mayor parte de la circunferencia yace detrás del cuarto del círculo zodiacal que
se extiende desde el primer grado de Aries hasta el trigésimo grado de Géminis.
La parte menor de la circunferencia yace detrás del cuarto del círculo zodiacal
que se extiende entre el primer grado de Libra y el trigésimo grado de
Sagitario.
Este
largo pasaje ha sido traducido literalmente. Su estilo es macizo y lleno de
repeticiones, lo cual hace un poco tediosa su lectura. A pesar de ello, lo que
deseábamos era conservar a toda costa la calidad del original como libro de
texto, en el cual el autor no deja nada librado al acaso.
§. Estrabón
Los Elementos de Astronomía de Gemino constituyen un compacto
manual, un texto escolar, al menos en la forma en que el libro ha llegado hasta
nosotros. El libro al que vamos a referirnos ahora, la Geografía,
de Estrabón, es una obra a gran escala, que por su parte ha sobrevivido casi
íntegramente en su forma original. Estrabón nació en Amasia, en el Ponto, en el
año 64 o en el 63 a. C., y se cree que su geografía fue compuesta en la última
década de la era pagana. Su objeto era nada menos que el de proporcionar una
información veraz y legible de todos los diferentes países del mundo habitable,
que estuviera completamente al tanto de la ciencia geográfica contemporánea en
todas sus ramas. Es en verdad un libro legible y veraz, pero tuvo que esperar
antes de ser leído. Es cierto que Estrabón se dirigía a una vasta audiencia.
Había vivido en Alejandría, había visitado Roma con frecuencia y se preocupó de
insistir en la importancia de la geografía para el administrador. Pero lo
probable es que su libro haya sido escrito para uso inmediato de Pitodoris,
reina del Ponto, y publicado en aquel país. Si así fue, el Ponto no resultó un
buen centro editorial. Su libro permaneció desconocido en Roma. Ni siquiera el
omnívoro Plinio había oído hablar de él. Los romanos satisfacían su sed
geográfica con los pertinentes capítulos del mismo Plinio, que no son de los
mejores entre los suyos, y con el breve y superficial compendio de Pomponio
Mela (hacia el 45 d. C.). Sólo después de la fundación de Constantinopla se
difundió la obra de Estrabón, quien llegó a ser una autoridad para el mundo
bizantino. De Bizancio pasó a la Europa occidental en el Renacimiento. Desde
entonces ha sido menospreciado a veces, pero nunca olvidado. Los siglos durante
los cuales se lo ignoró, de modo muy semejante a otros grandes libros, nos
recuerdan que aunque conozcamos el texto de dichas obras todavía estamos muy
lejos de conocer la historia de la difusión real de la ciencia en el mundo.
Estrabón representa el nivel del progreso de su ciencia en la era de Augusto,
pero probablemente fueron muy pocos los octavianos que llegaron a leerlo.
La unificación del mundo bajo el dominio romano brindó oportunidades para el
desarrollo del conocimiento geográfico, y Estrabón tiene un sentido refrescante
de la necesidad de poner su asunto al día. Sus primeros capítulos están llenos
de críticas a sus predecesores, citados a un careo, como él dice, a fin de que
justifiquen su propio intento, demostrando cuánta necesidad tenía la materia de
correcciones y adiciones (libro II, 4, 8). Una ojeada a la historia de la
geografía pondrá en claro su posición.
La geografía era una ciencia ya antigua, pero debía poco a pueblo alguno que no
fuera el griego. Podría haberse esperado que los fenicios, quienes precedieron
a los griegos como exploradores y dueños del Mediterráneo, hubieran sentado los
cimientos de esta ciencia. Lo hicieron, pero en sentido limitado. Estrabón
recuerda, por ejemplo, que la Osa no fue reconocida como constelación hasta que
los fenicios la utilizaron en sus navegaciones, y que gracias a ellos los
griegos tuvieron noticia de su utilidad. Pero en general los fenicios se
reservaban sus conocimientos y difundían por el mundo no ciencia, sino
fabulosas historias sobre las dificultades que estorbaban el acceso a las
distintas fuentes de sus preciosos artículos de comercio. Su contribución a la
ciencia fue tan involuntaria como la de los trusts monopolistas de los días
actuales. De modo que fueron los griegos de la Jonia quienes dieron los
primeros pasos. Ellos, según hemos visto (Capítulo 2 de la Primera Parte),
fueron grandes colonizadores. Estrabón nos dice que muchas expediciones de
colonos jónicos y de otros países sufrieron grandemente en los primeros tiempos
por falta de conocimiento geográfico. El mapa de Anaximandro y el precursor
tratado geográfico de Hecateo, también milesio, escrito hacia el 520 a. C.,
fueron la respuesta a esta situación. Pero, como era característico de aquellos
griegos de la Jonia, del conocimiento adquirido para hacer frente a las
necesidades prácticas hicieron surgir una ciencia que ha llegado a enriquecer
al mundo.
La compleja ciencia de la geografía ha sido convenientemente dividida en cuatro
subdivisiones: matemática, física, descriptiva y política, e histórica. Todas
estas ramas estaban implícitas en la labor de los primeros precursores griegos.
Probablemente debamos atribuir la fundación de la geografía matemática a
Anaximandro, que introdujo en Grecia el uso del gnomon y que trazó el primer
mapa. La geografía física halló sus exponentes en el poeta-filósofo Jenófanes,
que descubrió el fenómeno de las costas emergentes gracias a la presencia de
conchas y fósiles marinos tierra adentro, y en Heródoto, quien aceptó la
opinión de que el delta del Nilo fue formado por depósitos aluviales y especuló
acerca de cuántos miles de años serían necesarios para llenar el golfo de
Arabia si el Nilo invirtiera su curso. Los comienzos de la geografía política e
histórica hay que buscarlos en Heródoto, en Tucídides, en el opúsculo
hipocrático Aires, Aguas, Lugares, en los que las descripciones de
los pueblos y de sus instituciones comienzan a ser relacionadas con su habitat.
Y este impulso por captar la naturaleza del mundo habitable no se extinguió
pronto. Jenofonte, en su Retirada de los Diez Mil (401 a. C.),
inauguró la geografía de Armenia. El valiente marino Piteas de Marsella (hacia
el 310 a. C.), precursor de la exploración científica y comercial, hizo lo
mismo con la Bretaña y con los mares y tierras vecinos.
Un segundo gran período de la historia de la geografía griega se inició con la
fundación de Alejandría y con las conquistas de Alejandro en el Oriente. Era
imposible que en Alejandría la geografía no compartiera los progresos
matemáticos de la época. Con Eratóstenes llegó a consagrarse la determinación
de las latitudes mediante el cuadrante solar, aunque el número de tales
determinaciones no llegara a ser elevado. Calculó las dimensiones del globo, su
forma y la extensión de su parte habitable, y al cumplir su ambición de
reformar el mapa del mundo, trazó, a través del paralelogramo que representaba
el oikoumene (mundo habitado), ocho paralelos de latitud y
siete meridianos de longitud. Los meridianos fueron fijados por estimación.
Aunque posteriormente Hiparco sugirió que se recurriera a las observaciones
efectuadas durante los eclipses lunares para determinar la longitud, esta
sugestión nunca pasó de tal, pues en la antigüedad jamás se llegó a efectuar
determinaciones astronómicas de la longitud. La organización de la ciencia
siguió siendo inferior a su teoría.
Refiriéndonos ahora a otras ramas de esta ciencia, comprobamos que tanto la
geografía física como la política fueron asombrosamente perfeccionadas por
Posidonio, el filósofo estoico de Rodas, a quien ya hemos mencionado como
maestro de Gemino. Es criticado por Estrabón, por «estar demasiado interesado
en las causas, a la manera de Aristóteles». Pero al igual que Aristóteles,
estaba siempre bien dispuesto a usar sus ojos. Sus informes acerca de España y
de la Galia, tanto de los países como de sus habitantes, están llenos de
observación y de reflexión. Tozer lo ha llamado «el más inteligente viajero de
la antigüedad». Otros grandes exponentes de la geografía política fueron
Megástenes y Agatárcides. El primero (hacia 290 a. C.) fue un agente de los
seléucidas en Palibotra, sobre el Ganges. Sus informes sobre el norte de la
India, que se han conservado en las citas de escritores más modernos, son
notables por su integridad y exactitud. El segundo, Agatárcides (hacia 170-100
a. C.), escribió una descripción de las minas de oro de Etiopía y de sus
mineros, conservada para la posteridad en las páginas de Diodoro, que tal vez
sea la más famosa pieza de sociología descriptiva de toda la antigüedad. Con
los historiadores Eforo y Polibio la geografía histórica se convirtió en un
estudio sistemático. Tales eran las realizaciones de la geografía en sus
diversas ramas cuando Estrabón se puso a renovar la materia en las favorables
condiciones de la era octaviana.
Se comprenderá fácilmente que hombre alguno puede ser igualmente idóneo en
todas las ramas de una ciencia tan amplia y compleja. Y Estrabón era débil en
matemáticas: En esta materia tal vez estuviera apenas a la altura de los
alejandrinos de la época de Eratóstenes. En todas las demás disciplinas aportó
contribuciones de importancia. En geografía física tuvo la fortuna de merecer
elogios de Lyell por dos anticipaciones de la ciencia moderna, a saber:
1. Subraya la importancia de inferir los grandes cambios pretéritos en la
configuración de la Tierra mediante los pequeños cambios que actualmente se
producen ante nosotros.
2. Al discutir ciertas opiniones algo superficiales de Estrabón sobre la
corriente que va del Ponto Euxino al Mar Egeo, y sobre la supuesta corriente
del Mediterráneo al Atlántico, demuestra una audacia mental impresionante al
arriesgar la hipótesis de las elevaciones y depresiones alternadas del fondo de
los mares.
Pero su real grandeza reside en su geografía descriptiva e histórica. Sólo la
lectura in extenso de sus diecisiete libros puede darnos una
impresión adecuada de su capacidad como geógrafo descriptivo o político. Dentro
de los límites de la presente obra será mejor concentrarse en su notable
dominio de los principios del otro sector, o sea el de la geografía histórica.
El determinismo geográfico es un error común, y no es privativo de la ciencia
moderna. Los antiguos también pecaron a este respecto. Estrabón está libre de
esa falta. En muchos pasajes demuestra un entendimiento notable para su época
de aquella verdad según la cual la influencia de la geografía y del clima sobre
un pueblo es algo muy difícil de averiguar, y que no ha de interpretarse como
un efecto directo de la naturaleza sobre el hombre, sino que varía de acuerdo
con el nivel de la técnica industrial y política. «Las diversas artes,
profesiones e instituciones de la humanidad —escribe—, una vez introducidas,
florecen en casi cualquier latitud, y hasta a despecho de la latitud. Si
algunas de las características locales proceden de la naturaleza, otras
proceden del hábito y de la práctica. No es por naturaleza que los atenienses
aman las letras, mientras que en nada las tienen los espartanos, y aun los
tebanos, que viven todavía más cerca de Atenas. Es más bien por hábito. Similar
educación y hábitos similares son los factores que explican los adelantos de
los pueblos babilonio y egipcio» (L. II, 3, 7). Su dominio de este principio hace
de Estrabón un observador científico del avance de la civilización clásica
entre los pueblos atrasados.
Las favorables perspectivas para el progreso de esta civilización en Europa son
analizadas en una famosa descripción del continente, de la cual citaremos un
fragmento. «De la parte habitable de Europa, las regiones frías y montañosas
sólo ofrecen naturalmente una miserable existencia a sus habitantes; sin
embargo, hasta las guaridas de la pobreza y de la piratería se vuelven
civilizadas cuando llegan a tener buenos administradores. Los griegos son un
ejemplo. Vivían entre montañas rocosas, pero vivían bien, porque aprendieron el
arte de la política, las artes de la producción y el arte de vivir. Los romanos
también han llegado a dominar a muchos pueblos que eran por naturaleza salvajes
porque los lugares donde vivían eran rocosos, carentes de puertos, fríos o
inadecuados, por alguna razón, para mantener poblaciones numerosas; y al poner
en contacto entre sí a esas comunidades aisladas, las han llevado del
salvajismo a la civilización. Allí donde el territorio europeo es llano y
templado, la naturaleza contribuye a tales fines. En un país bendecido por la
naturaleza, todo tiende hacia la paz, mientras que en un país maldecido por
ella los hombres son bravos y belicosos. Cada tipo de país puede recibir
beneficios del otro; el último ayudando con armas, y el primero, con productos
agrícolas e industriales, y con la educación del carácter. Pero si no se ayudan
entre sí, es evidente el daño mutuo que se causan. La violencia de los
guerreros puede en verdad resultar victoriosa si no es contrarrestada por el
mayor número del pueblo pacífico. Pero la naturaleza ha dado recursos a Europa
contra ese peligro. A través de toda su extensión está amenizada por llanos y montañas,
de modo que en todas partes la población agrícola y civilizada vive junto con
la belicosa, pero la primera es más numerosa y mantiene el dominio general. Los
griegos, los macedonios y los romanos han ido presidiendo sucesivamente este
proceso civilizador. Por las razones dadas, Europa es, en forma notable, tan
autosuficiente para la paz como para la guerra. La población belicosa es
abundante, como asimismo la que labra su suelo y mantiene sus ciudades. Tiene
también la ventaja de producir los frutos mejores y más necesarios, y todos los
metales útiles, importando del extranjero sólo productos superfluos y de lujo
como las especias y las piedras preciosas. Además, abunda en rebaños y majadas,
y escasea en animales salvajes. Tal es la descripción general de este
continente» (L. II, 5, 26).
Ésta es una página clásica de ciencia geográfica, y como ella hay muchas en
Estrabón. Su relato, por ejemplo, del sistema fluvial de Francia —cómo abre
todo el país a las relaciones internas de sus pueblos y cómo lo abre también a
las influencias externas al conectar al Océano con el Mar Interior— le ha
valido los entusiastas elogios de los brillantes geógrafos modernos de ese país
(L. IV, 1, 4). Su exposición sobre Italia es casi igualmente admirable (L. VI,
4, 1). Aquí, el carácter y situación de la península son considerados desde el
punto de vista de su capacidad para el dominio del mundo, y en el párrafo
siguiente procede a «añadir a esto un breve esbozo acerca del pueblo romano,
que se adueñó de ella y la equipó como base de operaciones para la hegemonía
universal». La geopolítica no es, como se ve, una ciencia nueva.
Su breve resumen de la historia romana está informado por dos ideas
principales: que la conquista romana fue involuntaria, y que significó la
felicidad de los conquistados, mediante su buen gobierno. Aquí tiene, por
supuesto, un espléndido tema. «Reemplazar las aldeas y los cantones con
ciudades en las riberas del Mediterráneo —escribe Vidal de la Blache— fue el
golpe maestro de Grecia y de Roma. Los observadores contemporáneos de este
fenómeno —Tucídides, Polibio y Estrabón— no estaban equivocados. Ellos
describen la polis, o ciudad antigua, como el símbolo y la
evidencia exterior de una civilización superior». El justificable entusiasmo de
Estrabón por este proceso fue tal que describe la conquista de su propio país,
el Ponto, sin dolor alguno. Pero la difusión de la civilización ciudadana a
expensas de aldeas y cantones costó un terrible precio en vidas y felicidad
humana, y de este aspecto del proceso Estrabón no es un buen informante. Cierto
que no era ciego a las virtudes de los sencillos miembros de tribus que eran
civilizados a la fuerza. Formula observaciones contundentes sobre la corrupción
moral de esos pueblos simples por el avance de la civilización, y sobre la
relación entre el incremento de la propiedad y el del crimen (L. VII, 3, 4 y
7). Pero había adquirido al mismo tiempo el conveniente hábito de no dar
importancia a los sufrimientos de las víctimas de la civilización so pretexto
de su supuesta insensibilidad. Ofrece pruebas de la brutalidad de esas
sencillas gentes que son un testimonio no menos elocuente de la brutalidad de
sus capturadores. «Cuando los generales romanos irrumpieron en los baluartes
montañosos de estos corsos y se los llevaron en gran número como esclavos,
tuvisteis la oportunidad en Roma de descubrir su asombrosa brutalidad. O son
salvajes como fieras o mansos como ovejas. Algunos de ellos mueren en
cautividad. Los demás son tan apáticos y obtusos, que sus compradores, furiosos,
se arrepienten del trato aunque los hayan adquirido por una bicoca» (L. V, 2,
7). Más impresionante todavía es la prueba que ofrece de la brutalidad de los
rebeldes cántabros. «Al ser crucificados después de su captura, seguían
gritando sus consignas triunfales desde la cruz» (L. III, 4, 18).
Pero ésta no es, digámoslo de paso, sino una prueba más del hecho familiar de
que el progreso de la civilización ha sido una cosa brutal. Ésta es una de las
principales lecciones de la historia, pero no afecta gran cosa a Estrabón,
quien simplemente reflexiona sobre el carácter de los pueblos dominantes en su
día. Nuestra preocupación ahora es determinar el lugar que le corresponde en la
historia de la ciencia, y aquí su maestría es incontestable. Sus diecisiete
libros son la más grande obra de su género producida en la antigüedad. Hemos
tomado nuestros ejemplos de los primeros libros. No debe inferirse que el resto
tenga menos valor. Los libros XII, XIII y XIV, en los que describe el Asia
Menor, de la cual era originario, y emplea en mayor grado su observación
personal, están entre los mejores. Pero también supo cómo elegir sus
autoridades; y sus informaciones sobre países que no había visto —la India, por
ejemplo, donde se deja guiar por los relatos de Megástenes— son un depósito de
datos fidedignos. Vasta como es en su designio, su obra no resulta una
compilación. El material tan industriosamente reunido es examinado con atención
y desplegado para ilustrar grandes principios, y en todos los pasajes de su obra
estamos no sólo ante un hombre de ciencia con una posición tomada, sino también
ante un escritor con sentido del estilo. Mereció su gran fama, y es lástima que
no la adquiriera inmediatamente.
§. Tolomeo
El aspecto matemático de la geografía, en el cual Estrabón era flojo, halló en
la antigüedad su expresión definitiva en manos de Tolomeo, quien floreció hacia
el año 150 d. C. Matemático, astrónomo, geógrafo, físico, es una de las figuras
más sobresalientes de la historia de la ciencia. Como matemático y como
astrónomo, llevó adelante y sistematizó la obra de Hiparco. Su más grande
aporte a la matemática es la exposición de la trigonometría esférica creada por
Hiparco. Como éste había inventado la trigonometría para emplearla en los
estudios astronómicos, ocurre que empezó por ser esférica. En el primer libro
del Almagesto, como lo llamamos por corrupción arábiga de la
palabra griega (Tolomeo mismo llamaba a su obra Colección matemática en
trece libros), luego de dar las pruebas matemáticas sobre las cuales se
fundaba su determinación, construyó una tabla de cuerdas para arcos que
subtienden ángulos en forma creciente, de 1/2 a 180 grados, calculados cada 1/2
grado. Esto equivale a una tabla de senos para ángulos de 1/4 de grado hasta 90
grados calculados cada 1/4 de grado. Se ha hecho notar que ésta es la parte más
permanente de su obra. Pues, aunque el paso del tiempo haya superado su sistema
astronómico y su mapa universal, la base de la trigonometría, puesta por
Hiparco y por Tolomeo, continúa inalterable hasta el día de hoy.
El fundamento de su sistema de astronomía es, por supuesto, el principio
geocéntrico de Hiparco, con cierta tendencia hacia el método de los epiciclos,
más bien que hacia el de las excéntricas, para explicar los diversos
movimientos de los astros. No es fácil describir en forma breve el contenido de
los trece libros. Los libros I y II sientan las bases matemáticas y dan
explicaciones generales sobre los movimientos de los astros en relación con la
Tierra como centro. El libro III trata del Sol, y de la duración del año.
Cuenta cómo llegó Hiparco a su descubrimiento de la precesión de los
equinoccios. Sienta también un principio que ha tenido un papel útil y duradero
en la ciencia, a saber, que al explicar los fenómenos, hay que preferir la más
simple de las hipótesis que no estén en contradicción con los hechos. Los
libros IV y V tratan de los movimientos de la Luna. En el primer libro, Tolomeo
había descrito los instrumentos que él empleaba para una medición fundamental:
la de la oblicuidad de la eclíptica. El comienzo del quinto libro está dedicado
a una descripción del astrolabio de Hiparco, que Tolomeo mismo usó para
confirmar las observaciones de su predecesor. El libro VI trata de los eclipses
solares y lunares. Los libros VII y VIII se refieren a las estrellas fijas, y
los cinco restantes se ocupan del asunto especialmente enojoso de los planetas.
Con este inmenso bagaje astronómico procede Tolomeo a renovar la ciencia de la
geografía matemática. Un contemporáneo suyo, aunque de más edad, Marino de
Tiro, ya había recogido el desafío de Hiparco, de trazar un mapa del mundo en
el cual todas las principales características se hallaran correctamente
ubicadas con respecto a paralelos de latitud y meridianos de longitud,
determinados matemáticamente. Y Tolomeo se puso a la obra como corrector de la
obra de Marino, y para completarla. El ordenamiento de su libro era original y
adecuado para la consulta, lo cual aumentó su autoridad. De sus ocho libros, el
primero y el último tratan de principios y discusiones matemáticos y
astronómicos, pero los seis libros centrales están compuestos de tablas que dan
los nombres de los lugares que figuraban en aquellos tiempos en los mapas de
los diferentes países, junto con sus latitudes y longitudes. También se definen
los límites de los diversos países, y hay observaciones explicatorias de
diverso tipo. Pero lo esencial del tratado es él catálogo de nombres de
lugares, junto con las determinaciones de posición, con autorizada apariencia.
Esta apariencia autorizada es, en realidad, engañosa. Sólo media docena de
latitudes habían sido determinadas astronómicamente: las de Marsella, Roma,
Rodas, Alejandría y Siena, y tal vez alguna más. No se había determinado
astronómicamente longitud alguna. Dentro de un marco de paralelos y meridianos
fijados inseguramente, se obtenía las posiciones reduciendo groseramente a
grados las distancias medidas. Algunas distancias habían sido recorridas por
tierra. Otras eran estimadas en forma todavía más burda. En el mar —desconocida
como era entonces la corredera— las distancias eran conjeturadas por el tiempo
transcurrido. Además, por singular desdicha, el método de reducir las
distancias a grados estaba viciado por una cifra falsa. Hiparco había llegado a
una determinación muy correcta de la circunferencia del globo. Posidonio la
había «corregido», reduciéndola a cinco sextos de la cifra anterior. De acuerdo
con esto, se calcularon sólo 500 estadios (50 millas geográficas) por cada
grado, en lugar de 600 estadios (60 millas geográficas). Tolomeo adoptó la
cifra errónea de Posidonio. Ello significa que todas sus distancias,
invariablemente exageradas en cada paso por los viajeros que las recorrieron,
fueron exageradas en otro 20 % al llegar a manos del experto. Desde los tiempos
de Dicearco (hacia el año 310 a. C.) la línea más importante en el globo para
los geógrafos griegos había sido el paralelo de 36 grados de latitud que pasa
por el estrecho de Gibraltar, en un extremo del Mediterráneo, y por la isla de
Rodas, en el otro. Pero, ¿qué punto estaba sobre este paralelo o cerca de él?
Tolomeo lo hace pasar por Caralis, en Cerdeña, y por Lilibeo, en Sicilia,
cometiendo errores, respectivamente, de más de 3 y de un poco de menos de 2
grados. Y lo que es peor, coloca a Cartago, que en realidad se halla casi a un
grado al norte del paralelo, más de un grado al sur de éste. Con ello niveló
como por encanto la línea costera del África del Norte. Su primer meridiano fue
también infortunado. Siguiendo a Marino, lo colocó en las Canarias, pero
suponiendo que esas islas se encontraban a unos 7 grados al este de su posición
verdadera. Todos estos cálculos de distancia se basaban, a decir verdad, en
Alejandría; pero, como para los fines de su labor cartográfica tenían que
referirse todos a su primer meridiano, introdujo un error de 7 grados en todas
las posiciones. Tales fueron los errores generales de sus cálculos. También los
cometió particulares, debido a diversas contingencias. Accidentalmente hizo
girar su mapa de Escocia casi 90 grados, de modo que se encuentra precisamente
al este de Inglaterra, en lugar de hallarse al norte de ésta. En el Lejano
Oriente perdió el dominio de las proporciones, y diseñó a Ceilán ¡catorce veces
mayor que su tamaño real!
Estos errores son, por supuesto, importantes. Sin embargo, nada sería más fácil
que exagerar su significado. Para convencerse de ello basta mirar el mapa del
mundo que Homero conocía, con el Río Océano rodeando el disco plano del mundo,
y compararlo con el mapa que puede reconstruirse mediante los datos de Tolomeo,
con sus paralelos y meridianos curvos, su integridad y su relativa exactitud en
las regiones que rodean el Mediterráneo, así como su inmenso alcance, desde
Irlanda en el extremo noroeste, hasta vagas indicaciones de China y de Malasia,
en el este. Más convincente aún resulta el genuino valor de su ciencia si uno
examina los mapas medievales, en los cuales el Río Océano vuelve a rodear un
disco plano con Jerusalén en el centro y el Paraíso en la parte superior, mapas
de los cuales habían desaparecido toda la matemática y toda la astronomía
laboriosamente edificadas por los científicos griegos. Sobre este fondo
podremos juzgar adecuadamente las realizaciones de Tolomeo y de los demás
geógrafos helenos.
Sólo falta agregar una palabra sobre otro aspecto de su obra. No era solamente
un gran observador, como lo demuestran su descripción de los instrumentos
astronómicos y el uso que de ellos hizo. Era también un experimentalista. El
quinto libro de su tratado sobre la Óptica contiene
observaciones sobre la refracción de la luz, asunto que tenía que ser
interesante para los astrónomos, quienes conocían, entre otros fenómenos
refractorios, el de la Luna eclipsada que se levanta contra el Sol poniente.
Tolomeo da tablas de refracción para diversos ángulos de incidencia en
experimentos con aire, agua y vidrio, y trata de determinar una ley. Observamos
aquí, como en otras partes, la combinación de intuición y de sistema que
caracteriza a Tolomeo.
§. Galeno
Al pasar del gran mundo de la naturaleza al pequeño mundo del hombre, hallamos
en Galeno (129-199 d. C.) un autor que ocupa el mismo lugar en la historia de
la medicina que Tolomeo en el de la astronomía y la geografía. Así como la
astronomía y la geografía del Renacimiento retoman y corrigen la obra de
Tolomeo, su anatomía y su fisiología retoman y corrigen la obra de Galeno.
Debemos tratar brevemente de caracterizar su obra, pero es ésta una tarea de
excepcional dificultad. De sus voluminosos escritos sobre una amplia variedad
de temas quedan unas cien obras genuinas bajo títulos separados. La edición de
Kühn (1821-1833), única completa entre las modernas, ocupa, junto con la
traducción al latín, veinte grandes volúmenes. En medio de esta masa de
material los expertos hallan dificultad para orientarse, y el profano se
confunde ante veredictos contradictorios. Pero tal vez sea equitativo decir que
los médicos actuantes que han escrito sobre él en tiempos modernos lo aprecian
más que los críticos académicos. De un modo u otro, debemos reconocer que este escritor
extraordinariamente fluido, que desde temprana edad comenzó a prodigar libros
muy discutidos, no sólo sobre las diversas sectas médicas, sino también sobre
las diversas escuelas filosóficas, y en forma general sobre asuntos culturales
y educativos, era también un observador y un investigador muy diligente. Sus
obras terapéuticas, fisiológicas y anatómicas se fundaban en un conocimiento de
primera mano de la naturaleza, que hubiera hecho honor a cualquier otro autor a
quien hubiese faltado tiempo para interesarse en tantas otras cuestiones.
Sirve en cierto modo para orientarse en medio de las obras de Galeno un
opúsculo que él mismo escribió inducido por circunstancias especiales. De él
extraemos los siguientes e interesantes detalles. Cierta vez Galeno presenció
en la calle de los Zapateros de Roma, donde se hallaba la mayor parte de las
librerías, una escena que debió de haber alegrado su corazón de autor. Alguien
mostró un libro con el nombre del Doctor Galeno. Comenzó una discusión acerca
de si era o no obra auténtica de éste. Un hombre instruido, atraído por el
título, lo compró y comenzó a leerlo, y al punto comprendió de qué se trataba.
Antes de haber leído dos líneas lo arrojó exclamando: «Éste no es el estilo de
Galeno. El título es falso». Ese hombre, comenta Galeno con aprobación, había
tenido una buena educación griega a la antigua en manos de gramáticos y
retóricos. Pero los tiempos habían cambiado. Aspirantes a la medicina y a la
filosofía, sin haber aprendido siquiera a leer bien, concurrían a clases sobre
esos temas, esperando vanamente entender las enseñanzas más nobles de las
conocidas por los hombres. En vista de ello, para evitar que se le atribuyan
falsamente escritos inferiores, Galeno se propone enumerar y describir sus
genuinas obras. Teme también por su obra, al saber que sus libros están siendo
adulterados por manos extrañas. En diferentes países, diversos maestros leen en
la cátedra, como propias, obras de Galeno que han sufrido adiciones,
sustracciones y alteraciones. Sus amigos le han hecho ver la necesidad de
correr al rescate de su propia reputación, y él mismo ha comprobado el acierto
de tal consejo.
El tercer capítulo del opúsculo Sobre sus propios libros, del cual
hemos tomado los detalles antedichos, describe sus investigaciones y sus
escritos anatómicos. Traduciremos in extenso parte de este
capítulo, pues las obras anatómicas de Galeno se cuentan entre las más
importantes de sus contribuciones a la ciencia. «Primero está el libro Sobre
los huesos, para principiantes. Después de éste vienen otros libros también
para principiantes, uno relativo a la disección de las venas y de las arterias,
y otro a la de los nervios. También hay uno que recapitula brevemente toda la
instrucción acerca de los músculos contenida en mis Ejercicios
anatómicos. Si alguien, después de haber leído el primer libro, Sobre
los huesos, quiere pasar directamente a los Ejercicios anatómicos,
puede saltarse los iniciales, que tratan de las venas, de las arterias y de los
músculos. Encontrará todo en los Ejercicios. En ellos, el primer
libro trata de los músculos y tendones de la mano; el segundo, de los músculos
y tendones de las piernas; el tercero, de los nervios y vasos de los miembros.
El cuarto se refiere a los músculos que mueven las mandíbulas y los labios, la
barbilla, la cabeza, el cuello y los hombros. El quinto a los que se hallan en
el pecho, en el abdomen, en la ijada y en la espalda. El sexto trata de los
órganos de la nutrición, a saber: el estómago, el intestino, el hígado, el
bazo, los riñones, la vejiga y demás. El séptimo y el octavo comprenden la
anatomía de las partes relacionadas con la respiración. El séptimo describe la
disección y la vivisección del corazón, el pulmón y las arterias. El octavo
trata del contenido del tórax en su conjunto. El noveno comprende la disección
del cerebro y de la espina dorsal. El décimo, la de los ojos, la lengua, la
garganta y partes adyacentes. El undécimo la de la laringe y de lo que se llama
el hueso hioides, de las partes con él relacionadas y de los nervios que allí
llegan. El duodécimo se refiere a las arterias y a las venas. El decimotercero
a los nervios que parten del cerebro. El decimocuarto a los que salen de la
espina dorsal. El decimoquinto a los órganos de la reproducción. Éstos son los
elementos esenciales de la anatomía, pero hay aparte de ellos muchos otros
materiales útiles: para poder proporcionarlos, he reducido los veinte libros de
Marino Sobre la Anatomía a cuatro, y todas las obras de Licus
a dos. A continuación doy el índice del contenido de estas obras».
Es evidente la extraordinaria importancia de esta investigación anatómica. En
verdad, las disecciones eran efectuadas en monos, no en hombres, pero ésta era
una fuente de error inevitable bajo las circunstancias de la época. Fue la
reanudación de este programa de disección en el Renacimiento, particularmente
por Vesalio, la que sentó las bases de la anatomía moderna. Harvey, cuyo
descubrimiento de la circulación de la sangre estaba destinado a destruir la
fisiología de Galeno, había sido adiestrado en el programa galénico de
disecciones de la escuela vesálica, de Padua.
Debemos decir ahora algunas palabras sobre la fisiología de Galeno. Tal como la
astronomía de su época, se fundaba parcialmente en la observación, y
parcialmente en un cuerpo de principios filosóficos que en aquella época
parecían con toda certeza verdaderos, pero que la fisiología moderna ha tenido
que modificar o desechar. Los diversos tipos de seres vivos habían sido
clasificados durante largo tiempo en tres grandes divisiones: plantas, animales
y hombres. Las plantas involucraban el principio del crecimiento; los animales,
los de crecimiento y locomoción; los hombres, los de crecimiento, locomoción y
razón. Era opinión de los estoicos —derivada, por otra parte, de diversas
fuentes— que el pneuma (o aire) extraído del cosmos, cuyo
aliento era, constituía el principio vital de estos tres grados de las cosas
vivientes. La función fisiológica del complejo organismo humano era adaptar
este pneuma exterior a los tres grados de vida manifestados en
el hombre, a saber: crecimiento, locomoción y pensamiento. En su primera
adaptación el pneuma se convirtió en espíritu natural,
causando así el crecimiento. En su segunda adaptación se convirtió en espíritu
vital, causando la locomoción. En su tercera adaptación se convirtió
en espíritu animal (de anima, el alma), causando
el pensamiento. Galeno, con refinado ingenio, adaptó lo que sabía de los
sistemas digestivo, respiratorio y nervioso, del cuerpo humano, a la
explicación de esta triple función del organismo del hombre. El hígado y las
venas eran en éste los principales órganos de la vida vegetativa. El corazón,
con los pulmones y las arterias, mantenía la vida animal. El cerebro y el
sistema nervioso eran el asiento de la vida intelectual, porción distintiva del
hombre, el animal racional.
Podemos describir brevemente el funcionamiento de su sistema. En el hígado el
alimento ingerido era convertido en sangre, que era distribuida por las venas
para mantener el crecimiento del cuerpo. El movimiento de la sangre en las
venas era concebido como una especie de lenta oscilación hacia y desde el
hígado. De éste se dirigía por la vena porta hasta el ventrículo derecho del
corazón. Allí se libraba de sus impurezas, que eran transportadas al pulmón por
la arteria pulmonar, y allí exhaladas. Una parte de esta sangre purificada era
reservada para la segunda adaptación. Pasaba a través del septum al
ventrículo izquierdo, donde volvía a reunirse con el pneuma del
mundo exterior, transportado desde el pulmón al ventrículo izquierdo por la
vena pulmonar, y allí, en el ventrículo izquierdo, era elaborado hasta
convertirse en espíritu vital y distribuido por las arterias a través del
cuerpo. Algunas de las arterias se dirigían al cerebro. La sangre arterial
enviada a éste pasaba a través de una red de vasos conocida como rete
mirabile. Aquí se producía la tercera adaptación. Esta porción de la sangre
quedaba dotada de espíritu animal y era distribuida a través del cuerpo por los
nervios. El sistema es completo y nítido. Explicaba una enorme cantidad de
hechos observados y los interpretaba a la luz de una filosofía que parecía
confirmada por el saber de generaciones enteras. Galeno debe de haber
encontrado imposible imaginar que pudiera ser falsa. Nosotros, sabiendo que lo
es, podemos preguntarnos, para nuestra edificación, cómo pudo llegar a ser
conmovida en momento alguno.
La explicación, por supuesto, es que partes esenciales de la teoría se fundan
en observaciones defectuosas. La explicación de la transformación de la sangre
venosa en arterial no puede ser correcta, pues da por supuesto que la sangre
pasa a través del septum, cuando éste en realidad constituye una
sólida pared muscular. Igualmente incorrecta es la explicación de la
transformación de la sangre arterial en sangre animada con espíritus animales.
El órgano (la rete mirabile) en donde se supone que esto ocurre,
aunque prominente en los rumiantes, donde Galeno lo había observado, no existe
en el hombre. Con la reanudación de la investigación anatómica, en tiempos
modernos se pusieron de relieve estos obstáculos fatales de la fisiología
galénica. Y sin embargo, durante largo tiempo sólo constituyeron problemas
intrincados, sin llegar a destruir la teoría. La fisiología galénica tenía
características tales que cegaba a los investigadores en cuanto a la verdad
esencial, que continuaba esperando a su descubridor. Era difícil obtener una
idea correcta de la circulación de la sangre cuando uno había aprendido de
Galeno que había tres clases diferentes de sangre, cada una con su propio modo
de distribución. Ni siquiera para quienes sabían que el septum es
sólido era fácil entender el funcionamiento del corazón. Pues para Galeno la
verdadero acción del órgano tenía lugar en la diástole, o
expansión, que se suponía absorbía aire de los pulmones. ¿Cómo podía uno estar
seguro de que la verdadera labor la cumplía la sístole, o
contracción, al impulsar la sangre a través de las arterias? Harvey se pasó
muchas horas por día, durante años enteros, contemplando corazones palpitantes
o manteniendo un corazón latente en una mano y una arteria pulsante en la otra,
instruyendo a su cerebro mediante sus dedos, utilizando sus sentidos para
abrirse paso a la verdad, antes de lograr éxito en la refutación de la opinión de
Galeno, primero en su fuero interno y luego ante el mundo todo. Y aun entonces
era Galeno quien triunfaba de Galeno, el Galeno observador sobre el Galeno
filósofo, pues fue precisamente su técnica la que Harvey había aprendido en
Padua.
Falta agregar algunos detalles sobre la vida de Galeno. Como casi todos los
grandes hombres de ciencia de las épocas griega y romana, procedía del Oriente.
Nació en Pérgamo, donde su padre trabajaba como arquitecto y matemático.
Estudió medicina primero en Pérgamo y luego en Esmirna, Corinto y Alejandría.
Al completar su adiestramiento, pasó a trabajar, durante cuatro años, como
cirujano de los gladiadores, en su ciudad natal. Sería de desear que contáramos
con una información precisa sobre sus tareas en ese puesto, con un detalle de
su jornada de trabajo. Luego se dejó atraer por Roma, donde iban entonces los
provincianos a buscar fortuna. Sabemos que disfrutó allí de inmensa reputación
y que sus servicios fueron requeridos por el emperador Marco Aurelio, quien lo
tomó como médico personal suyo durante una expedición contra las tribus
germanas. Y en los intervalos de una vida tan llena de ocupaciones, encontró
tiempo para recetar, disecar y escribir.
Nota bibliográfica
Acerca de los gramáticos latinos, véase KEIL, Grammatici Latini,
Leipzig, 1855-70. Hay traducciones de LUCRECIO en prosa inglesa por H. A. J.
Munro y Cyril Bailey, de las cuales la primera es famosa por la austera
grandiosidad de su estilo, mientras que la segunda (Oxford, 1910), obra de uno
de los principales eruditos ingleses vivientes, toma nota de investigaciones
eruditas más recientes. Hay una versión más nueva por R. E. Latham (Penguin
Classics). Vitruvio puede ser leído en inglés en el libro de MORGAN: Vitruvius;
Ten Books on Architecture, Harvard Univ. Press, 1926, y en inglés y en
latín en la edición Loeb, por Granger, 1931-34. En cuanto a FRONTINO, es buena
la edición Loeb por Bennett. También hay una edición Loeb de CELSO; la edición
fundamental es la de F. Marx, Leipzig, 1915, con prolegómenos en latín. El
mejor libro sobre PLINIO EL MAYOR es la Histoire Naturelle de Pline,
avec Traduction en Français, por M. E. Littré, París, 1877. Acerca de
Gemino puede verse C. MANITIUS, Gemini Elementa Astronomiӕ,
Leipzig, 1898. De ESTRABÓN hay edición Loeb en ocho volúmenes, y un excelente
resumen sobre el lugar de Estrabón en la historia de la geografía, por
TOZER, History of Ancient Geography, Cambridge, 1897. Son
excelentes los artículos sobre Tolomeo como astrónomo y geógrafo por ALLMAN Y
BUNBURY, en la «Enciclopedia Británica», 9ª edición. Las obras matemáticas de
TOLOMEO pueden ser encontradas con preferencia en la edición Teubner, y las
geográficas en la edición Tauchnitz. Una admirable exposición de GALENO puede
hallarse en SINGER, Evolution of Anatomy, Kegan Paul, 1925. El
opúsculo Sobre sus propios libros, citado en nuestro texto, se
encontrará en MARQUARDT, MÜLLER Y HELMREICH, Galeni Scripta Minora,
Leipzig, 1884. La obra Greek Medicine in Roma, de CLIFFORD ALLBUTT,
es rica en información y en ideas. Greek Medicine, de BLOOCK, es un
útil resumen del tema, con muchos pasajes citados en la traducción. Está
disponible ahora por primera vez una traducción comentada de la obra
fundamental de Galeno, De Anatomicis Administrationibus, en la obra
de Singer Galen on Anatomical Procedures (Publications of the
Wellcome Historical Museum, N. 7, Oxford Univ. Press).
Contenido:
· §.
Resumen y conclusión
·
§. Conquistas y limitaciones de la
ciencia antigua
· §.
La deuda de la ciencia moderna para con la antigua
§.
Resumen y conclusión
En
las páginas precedentes hemos expuesto una selección representativa de los
escritos científicos de los períodos alejandrino y grecorromano. Pero nuestro
estudio no ha agotado el tema. Para ser desarrollado con mayor extensión
exigiría por parte del que esto escribe un grado de especialización en las
diversas ramas de la ciencia más elevado que el que puede legítimamente
atribuirse. Pero, aunque mucho más podría decirse, tal vez se haya dicho lo
suficiente para reflejar el alcance y el brillo de la ciencia en la antigüedad
clásica. Nos sentimos pasmados al encontrarnos en el umbral de la ciencia
moderna. Y no hay que suponer que por algún truco de traducción los extractos
aquí reproducidos han recibido cierto aire de modernidad. Muy por el contrario,
el vocabulario de esos escritos y su estilo son las fuentes de las cuales han
derivado nuestro propio léxico y nuestro propio estilo. Aquí no hay ilusión que
valga. Con la ciencia alejandrina y romana nos encontramos realmente en el
umbral del mundo moderno. Cuando la ciencia moderna comenzó a desarrollarse en
el siglo XVI, retomó el estudio allí donde los griegos lo habían dejado.
Copérnico, Vesalio y Galileo son los continuadores de Tolomeo, Galeno y
Arquímedes.
Pero, aunque nuestra primera impresión sea favorable, pronto le sucede una
extraña duda. Los griegos y los romanos llegaron hasta el umbral del mundo
moderno. ¿Por qué, entonces, no abrieron la puerta? La situación es paradójica
en extremo. Hemos examinado aquí un período de unos quinientos años, desde la
muerte de Aristóteles en el año 322 a. C., hasta la muerte de Galeno, en el año
199 d. C. Pero mucho antes de finalizar este período ya había sido completado
el trabajo inicial. Antes de terminar el siglo III a. C., Teofrasto, Estratón,
Herófilo y Erasístrato, Ctesibio y Arquímedes, habían aportado ya sus obras
respectivas. En el Liceo y en el Museo la labor de investigación había
alcanzado un alto grado de eficacia. Era grande la capacidad para organizar
lógicamente el conocimiento. El alcance de la información positiva era
impresionante, y el ritmo con que se la iba adquiriendo más impresionante aún.
Se había llegado a dominar la teoría del experimento. No faltaban aplicaciones
de la ciencia a diversos mecanismos ingeniosos. No fue, pues, sólo en la época
de Tolomeo y de Galeno cuando los antiguos llegaron al umbral de la ciencia
moderna. Para esa fecha tardía ya hacía cuatro siglos que se mantenían ociosos
ante su puerta. Por cierto que habían demostrado terminantemente su incapacidad
de cruzarla.
Aquí tenemos, por consiguiente, la prueba de una verdadera parálisis de la
ciencia. Durante cuatrocientos años se habían producido, según vimos, numerosas
ampliaciones del conocimiento, muchas reorganizaciones del cuerpo del saber,
nuevas adquisiciones en cuanto a la habilidad en la exposición. Pero no hubo
ningún gran impulso hacia adelante, ninguna aplicación general de la ciencia a
la vida. La ciencia había dejado de ser o no había llegado a convertirse en una
fuerza real en la vida de la sociedad. Por el contrario, había surgido una
concepción de ella como un ciclo de estudios liberales para una minoría
privilegiada. Se había convertido en un entretenimiento, en un adorno, en su
asunto de contemplación. Había dejado de ser un medio de transformar las condiciones
de vida. Aun artes establecidas, necesarias para el mantenimiento de la
sociedad —profesiones como la del arquitecto y la del médico— estaban casi al
margen de la respetabilidad y sólo se las aceptaba en la medida en que el
profesional pudiera ser contemplado como poseedor de un conocimiento puramente
técnico, mediante el cual dirigía la labor de otros.
Cuando buscamos las causas de esta parálisis, es evidente que ella no se debió
a ningún fallo del individuo. La pretensión de explicar los grandes movimientos
sociales mediante la psicología de los individuos es uno de los más funestos
errores de nuestros tiempos. No, aunque la ciencia en su conjunto fuera presa
de una parálisis creciente, no escaseaban el talento individual ni el genio
personal, como lo demuestran abundantemente las páginas que anteceden. La falla
era social, y su remedio residía en métodos políticos y públicos que estaban
fuera del alcance de la época. Los antiguos organizaron rigurosamente los
aspectos lógicos de la ciencia, los aislaron del cuerpo de la actividad
técnica, en el cual habían crecido o en el cual hubieran debido hallar su
aplicación, y los colocaron aparte del mundo de la práctica y por encima de él.
Esta deletérea separación entre lógica y práctica fue producto de la división
universal de la sociedad entre hombres libres y esclavos. Y tal separación no
fue buena, ni para la práctica ni para la teoría. Como dijera Francis Bacon,
examinando, de acuerdo con los conocimientos de su época, los mismos datos que
hemos estudiado aquí, si uno convierte a la ciencia en una virgen vestal no
puede esperar que dé frutos. A la hora de su decadencia la ciencia antigua se
había convertido en una reverenda solterona, de la cual no podían esperarse
frutos tales como el mejoramiento general de las condiciones de vida y la
emancipación general del yugo de la superstición.
Para nosotros, en la actualidad, el concepto de ciencia implica la idea de un
poder transformador de las condiciones de vida. Aunque estemos acertados al
defender el ideal de la ciencia como expresión de devoción desinteresada a la
verdad —en rigor, este ideal es en sí mismo un producto de la historia social,
y nunca ha brillado más que entre aquellos de nuestros contemporáneos que
reconocen y aceptan las responsabilidades del poder científico—, comprendemos
al mismo tiempo que del manantial de la ciencia pura surgen las corrientes
fertilizadoras que sirven a la industria. Casi todos somos bastante baconianos
en cuanto imaginamos la ciencia no sólo como conocimiento de la naturaleza,
sino también como poder sobre ella. La verdad complementaria, a saber, que la
industria fomenta la ciencia tanto como la ciencia fomenta la industria, es
también parte de nuestras opiniones corrientes. La acción recíproca de la
ciencia sobre la vida y de la vida sobre la ciencia es un elemento básico de
nuestras concepciones mentales. Pero no ocurría lo mismo durante la decadencia
del mundo antiguo. En aquel entonces el poder sobre la naturaleza era
incrementado, en la medida en que ello resultaba posible, aumentando el número
de esclavos.
§. Conquistas y limitaciones de la ciencia antigua
El fracaso de la ciencia antigua residió en el uso que de ella se hizo. Fracasó
en su función social. Aun cuando la adquisición de esclavos se volvió más y más
difícil, los antiguos no recurrieron a una aplicación sistemática de la ciencia
a la producción. Nadie pretende que tales aplicaciones no se hayan producido
jamás. Bromehead, por ejemplo, aporta pruebas que vienen a modificar la
conclusión de Neuburger, según la cual «el arte de la minería parece no haber
hecho casi progreso técnico alguno en toda la antigüedad, es decir, desde la
época de los primeros vestigios que se han encontrado, hasta la caída del
Imperio Romano». [29]Con todo,
sigue en pie la verdad general de que la sociedad antigua había impuesto un
molde que excluía toda posibilidad de buscar activamente una fuerza que no
consistiera en los músculos de los esclavos. Tal dependencia de la sociedad con
respecto al esclavo se refleja doquiera en la conciencia de la época. Para
Platón y Aristóteles, en el siglo IV a. C., era axiomático que la civilización
no podía existir sin esclavos. Tres siglos más tarde, aunque la captura de
esclavos se había vuelto mucho más difícil, el filósofo alejandrino Filón sigue
opinando lo mismo. Como la vida sin esclavos le parecía inconcebible, sacó la
conclusión (pues era un celoso moralista) de que la ley moral permite la
adquisición de esclavos. Sus reglas para el tratamiento de éstos, imaginadas,
al igual que las de Platón, como algo justo y humanitario, revelan con bastante
elocuencia la conciencia culpable reprimida y la horrible realidad social.
Establece que el amo que mata a un esclavo debe ser muerto, pero agrega que «si
el esclavo vive aún dos días después de haber sido azotado», el amo debe ser
absuelto.
Filón nació en el año 25 a. C., pero aun al cabo de varios siglos de
cristianismo la sociedad continuaba vaciada en el mismo molde. San Agustín
(354-430 d. C.) aceptaba la esclavitud como juicio de Dios sobre un mundo
culpable del pecado original. Estas opiniones, paganas y cristianas, no indican
el carácter de los individuos, sino el de los tiempos. El lento desarrollo de
las fuerzas de la historia había ocasionado el sistema esclavista. Sólo otras
poderosas fuerzas históricas podían barrer con él. La naturaleza de tales
fuerzas y el lento cambio que ellas introdujeron en la mentalidad social han
sido bien descritos por Engels. «La esclavitud —escribe en El origen de
la familia— ya no era provechosa, y por tal motivo desapareció. Pero al
sucumbir dejó tras de sí su aguijón emponzoñado: el estigma acarreado por el
trabajo productivo de los hombres libres. Tal era el callejón sin salida en que
se hallaba encerrado sin remedio el mundo romano: la esclavitud era
económicamente imposible, y la labor de los hombres libres estaba moralmente
proscrita. La primera ya no podía ser la forma básica de la producción social;
la segunda, todavía no podía serlo. Lo único que cabía esperar era una completa
revolución». Esa revolución, obra de los bárbaros del Norte, se produjo entre
los años 400 y 800 d. C. «Aunque al final —continúa Engels— encontramos casi
las mismas clases que al principio, los seres humanos que las formaban eran
diferentes. La esclavitud antigua había desaparecido, al igual que el hombre
libre menesteroso que despreciaba el trabajo como cosa reservada a los
esclavos. Entre el colonus romano y el nuevo siervo había
existido el libre campesino franco. Las “inútiles memorias y las fútiles
contiendas” de la decadente cultura romana estaban muertas y enterradas. Las
clases sociales del siglo IX se habían formado, no en la corrupción de una
civilización decadente, sino entre los dolores del parto de una nueva
civilización».
Esta nueva civilización, que surgió de la tumba de la sociedad esclavista,
pronto floreció en una serie de nuevas invenciones que transformaron la base
económica de la vida. En un artículo publicado en Le Mercure de France (mayo
de 1932), Des Noëttes ofrece una breve relación de los principales inventos del
Medievo. Incluye en él al molino de agua, que fue conocido en la antigüedad,
pero, al parecer, poco utilizado.[30] He aquí
la lista en cuestión.
·
Siglo IX. — Los modernos arneses del
animal de tiro, con la collera, las varas, la disposición en filo y las
herraduras clavadas.
·
Siglo X. — Los modernos arneses del
caballo de montar, con la silla, los estribos, el bocado y las herraduras
clavadas.
·
Siglo XII. — El molino de agua, el
molino de viento, la sierra mecánica, la forja con martinete de báscula, los
fuelles con tablas rígidas y válvula, los vidrios de las ventanas y las
vidrieras, la chimenea doméstica, la vela y el cirio, los caminos pavimentados[31]y la
carretilla.
·
Siglo XIII. — Los anteojos, el arado con
ruedas y con vertedera, el timón.[32]
·
Siglo XIV. — Las compuertas en los
canales, la pólvora, el reloj de pesas, la acepilladora.
·
Siglo XV. — La imprenta.
En
otro de sus escritos, obra maestra de investigación y de análisis histórico,[33]Des Noëttes
discute las consecuencias sociales de esta serie de invenciones. No está
equivocado cuando insiste en que «al transformar fundamentalmente los medios de
producción, transformaron fundamentalmente el organismo social». Ni disminuye
la importancia de su conclusión cuando comprendemos que una de esas
transformaciones del organismo social consistió en la desaparición de los
últimos vestigios de esclavitud y en la posibilidad de emprender inmensas
construcciones con trabajadores libres; obras tales que hubieran sido
normalmente cumplidas en la antigüedad empleando el trabajo forzado de los
esclavos. Esto acarreó una inmensa mejora de la conciencia del mundo moderno en
relación con la del antiguo. Pues, como subraya Des Noëttes, «los antiguos nada
sabían de los derechos del hombre; para ellos sólo existían los del ciudadano».
Este mismo punto ha sido examinado más recientemente por un investigador
norteamericano, cuyas conclusiones son dignas de mención. [34]«El efecto
acumulativo de las nuevas fuerzas disponibles, o sea la de los animales, la
hidráulica y la eólica, sobre la cultura de Europa, no ha sido estudiada
atentamente. Pero desde el siglo XII, y aun desde el XI se produjo un rápido
reemplazo de la energía humana por la no humana allí donde se necesitaban
grandes fuerzas o donde se requerían movimientos tan sencillos y tan monótonos
que el hombre podía ser reemplazado por un mecanismo. La gloria principal de la
Edad Media no se funda en sus catedrales, en sus epopeyas ni en su escolástica:
se cifra en haber edificado por primera vez en la historia una compleja
civilización que no descansaba sobre las sudorosas espaldas de los esclavos o
de los peones, sino principalmente sobre fuerzas no humanas».
Se ha enseñado, ingenuamente, y todavía se cree, a veces con igual candidez,
que la ciencia del Renacimiento surgió con la llegada a Europa de los libros
griegos de Constantinopla. Si en esto residiera toda la verdad del asunto, bien
podríamos preguntarnos por qué el mundo moderno no nació en Alejandría, en Roma
o en Constantinopla, donde sobrevivían los viejos libros. Hay otro hecho que
debe ser considerado. La ciencia grecorromana era buena simiente, pero no podía
crecer en el suelo rocoso de la antigua sociedad esclavista. La revolución
técnica del Medievo era necesaria para preparar la tierra de la Europa
occidental a fin de que recibiera la semilla, y el recurso técnico de la
imprenta era necesario para multiplicar y desparramar la semilla antes de que
la sabiduría antigua pudiera rendir una cosecha satisfactoria.
Este punto ha sido admirablemente expuesto por el profesor Fawcett. [35]«Los pueblos
de la Europa occidental tenían la ventaja de vivir en una región donde tres de
los recursos naturales importantes para las formas más simples de energía eran
más abundantes que en los territorios de las civilizaciones antiguas. El clima
les suministraba una vegetación más continua, permitiéndoles así contar con más
animales de trabajo; también los proveyó de viento suficiente en todas las
estaciones del año para impulsar a los barcos en sus mares y a sus sencillos
molinos de viento en tierra; y la abundancia de lluvias, sumada a la ausencia
de una estación seca, les permitió contar con múltiples fuentes de energía
hidráulica en pequeña escala, a lo largo de sus cursos de agua. Así, una vez
que aprendieron cómo emplear esos recursos, construyeron una sociedad en la
cual los seres humanos se veían libres de una gran parte de las tareas
necesarias Estos progresos técnicos condujeron a cambios sociales, pues los
esclavos domésticos y los galeotes ya no eran necesarios, y estas crudas formas
de trabajo obligatorio fueron desapareciendo lentamente. Fueron reemplazadas en
parte por la servidumbre y en parte por las organizaciones de artesanos, hasta
que una y otras se fundieron posteriormente en el sistema de salarios de la
moderna democracia capitalista».
§. La deuda de la ciencia moderna para con la antigua
Los creadores de la ciencia moderna en el siglo XVI, trabajando nuevamente en
una era de progresos técnicos en la cual iban siendo barridos los antiguos
abusos sociales, no sólo rehabilitaron el afán científico de la antigua Jonia,
sino que también resucitaron su celo humanitario. Al leer sus escritos nos
parece respirar un aire más puro y más libre. Cuando Platón escribió sus
utopías estaba obsesionado por la necesidad de reprimir a los trabajadores
esclavos. En la Utopíade Tomás Moro los trabajadores son hombres
libres, y la sociedad está organizada de acuerdo con sus intereses. «El objeto
principal de la constitución es el de regular el trabajo de acuerdo con las
necesidades de la comunidad y facilitar al pueblo todo el tiempo necesario para
el perfeccionamiento de su espíritu, en lo que consiste, según ellos creen, la
felicidad de la vida». No debe pasar inadvertida esta nueva concepción de una
clase trabajadora con necesidades y alegrías espirituales. En la analogía de
Platón entre el hombre y la sociedad, los gobernantes habían sido identificados
con la cabeza; la policía, con el pecho, y los trabajadores, con el vientre y
las espaldas.
En la literatura de esta época esta nueva tendencia encuentra frecuente
expresión. Mientras Arquímedes había expresado su desprecio por las
aplicaciones útiles de la ciencia, Simon Stevin (1548-1620), conocido como el
Arquímedes de los Países Bajos, siente por encima de todo el anhelo de ser
útil. Al presentar al público su sistema de notación decimal, dice
humildemente: «No será una gran invención, pero es útil en grado sumo para todo
el mundo».
¿Dónde hallaríamos en toda la antigüedad un tratado erudito sobre la minería?
Al promediar el siglo XVI aparece el libro De Re Metallica, de
Agrícola en el cual se expone todo el proceso de la extracción de los
minerales. Resulta aleccionador leer en sus primeras páginas la lista de las
ciencias básicas que el autor considera necesarias para esta industria. La
relación entre una teoría en desarrollo activo y sus aplicaciones prácticas es
revelada en la forma característica del mundo moderno, pero extraña a la
ciencia antigua en su período decadente. No menos admirable que sus
descripciones de máquinas y de procesos es su defensa de la utilidad social de
la industria.
Pronto también la química, que en la antigüedad había vivido una existencia
subterránea, debido a que sus practicantes —los bataneros, los tintoreros, los
fabricantes de vidrio, los alfareros, los drogueros— estaban proscritos de la
sociedad, comenzó a clamar por su derecho a ser una ciencia honorable, con
muchas protestas por parte de los iniciadores en el sentido de que no era
ocupación para quienes por exceso de orgullo desdeñaban ensuciarse las manos.
La química es una materia que hemos descuidado en este volumen, pues sus
orígenes son desusadamente oscuros. Pero que las dificultades que esta ciencia
experimentó al salir a luz fueron más sociales que inherentes a la naturaleza
del asunto a investigar es cosa sugerida tanto por los escritos de Bolos
Democritus (hacia el 200 a. C.), en la antigüedad, como por los de Juan Rodolfo
Glauber (1604-70), en tiempos modernos.
Glauber, como Agrícola, tenía un perspicaz sentido de la contribución que la
ciencia podía aportar a la vida. [36]Cuando este
aspecto de la ciencia volvió nuevamente a primer plano, no pasó mucho tiempo
sin que el efecto de sus aplicaciones industriales sobre la salud de los
trabajadores llamara poderosamente la atención. Este efecto había sido
observado pero descuidado en la antigüedad, cuando los esclavos y los
criminales condenados eran enviados a las canteras y a las minas, y los oficios
peligrosos, en general, no eran motivo de seria preocupación para los
gobiernos. Los médicos hipocráticos habían escrito sobre el efecto delambiente sobre
la salud, pero sólo consideraron el ambiente natural. Al mundo
moderno le restaba descubrir que el más importante aspecto del ambiente para el
trabajador es su trabajo. Paracelso (1490-1541) es el primero que señala este
vacío en la teoría médica de la antigüedad. Al discutir los terribles efectos
del oficio de los mineros y de los obreros metalúrgicos, a saber, el asma, la
tisis y los vómitos, hace el siguiente comentario: «Nada en absoluto se
encuentra sobre estas enfermedades en la tradición médica antigua, y por ello
ningún remedio se les conoce hasta el presente». Estas conclusiones fueron
extendidas después a casi todas las ocupaciones conocidas por el gran Ramazzini
(1633-1714), cuya obra clásica De Morbis Artificum rivaliza
con los méritos de las más grandes obras de la antigüedad y las supera en
contenido humanitario.
Probablemente la más decisiva derrota del espíritu científico en la antigüedad
haya sido la pérdida del sentido de la historia. La historia es la ciencia más
fundamental, pues no hay conocimiento humano que no pueda perder su carácter
científico cuando se olvidan las condiciones en las cuales se originó, las
incógnitas a las cuales respondía y la función para la cual fue creado. Gran
parte del misticismo y de la superstición de los hombres instruidos consisten
en conocimientos que han roto sus amarras históricas. Es por esta razón que
hemos subrayado los bosquejos de la civilización trazados por Demócrito y por
Lucrecio, y que los hemos caracterizado como la más importante conquista de la
ciencia antigua.
El proceso mediante el cual el saber de una generación puede transformarse en
la superstición de la siguiente puede ser adecuadamente estudiado del De
Rerum Natura de Lucrecio a la Eneida de Virgilio,
aunque la motivación de Virgilio para ensartar oráculos, augurios, portentos y
milagros tan gordos en su fibra épica, merecería sin duda un paciente análisis.
También puede comprobarse examinando lo que la erudición alejandrina hizo de
las escrituras hebreas cuando éstas fueron traducidas al griego. Podría haberse
esperado que la adición a la literatura griega del registro histórico de un
pueblo extraño profundizara su sentido de la historia. Sin embargo, la
interpretación histórica de las escrituras hebreas es producto de épocas
recientes. El mundo clásico había convertido en mito su propia historia antes
de llegar a conocer el Antiguo Testamento, y desde un principio lo encaró en
forma a-histórica. Difícilmente podría haber alguien más erudito que Orígenes
(186-254 d. C.), quien aplicó todos los recursos de la erudición alejandrina a
la tarea de la crítica bíblica. Sin embargo, se admite que por falta de todo
sentido histórico, sus interpretaciones son enteramente arbitrarias. Lo que
perdió la historia lo ganó la teología, y el desarrollo histórico de la
humanidad se redujo a las proporciones de un breve acto en un drama cósmico.
Los verdaderos acontecimientos pasaron a ser la Rebelión de los Ángeles, la
Creación, el Pecado Original, la Redención, el Milenario y el Juicio Final.
Perdido en tales misterios, el tiempo se redujo a los límites de seis mil años,
y la historia humana llegó a tener significado sólo en relación con el marco
trascendental en que estaba contenida. La más grande conquista de la ciencia
moderna ha sido el renacimiento del sentido histórico. Es éste un tema en el
cual no podemos entrar aquí, pero una breve alusión a él servirá de apropiada
conclusión para nuestro libro. Hemos mencionado los nombres de algunos de los
grandes fundadores de la ciencia moderna: Copérnico, Vesalio, Galileo, Stevin y
otros. El hombre que dio suprema expresión al espíritu de esta época fue el
inglés Francis Bacon (1561-1626), quien encaró toda la cuestión del
renacimiento de la ciencia con un agudo sentido histórico, notable para su
tiempo y poco entendido por sus sucesores. El cuerpo de los escritos baconianos
constituye un gran comentario sobre la historia humana, cuyo sentido es que la
verdadera historia de la humanidad sólo puede escribirse en términos de la
conquista por el hombre de su medio ambiente. Su tema era, en sus propias
palabras. La Interpretación de la Naturaleza y el Dominio del Hombre sobre
ella. Penetró, a través del velo de la política, hasta la realidad económica, y
juzgó las realizaciones pasadas del hombre y sus perspectivas futuras en
términos de su poder sobre la naturaleza, sin negar otros aspectos de su
cultura, pero relacionándolos con este hecho fundamental.
El sentido de la realidad del tiempo, de la realidad del cambio histórico, y de
la influencia del hombre sobre su propio destino, fueron contribuciones a la
profunda filosofía de Vico (1688-1744), quien, a la luz de su intuición de que
el Hombre hace su propia Historia, estaba justificado en su afirmación de haber
hecho de la historia La Nueva Ciencia. Bacon vislumbró la verdad de que el
hombre hace su historia mental en el proceso de conquistar su mundo. Vico vio
más claramente que Bacon que esto no lo hace el hombre aislado, sino la
sociedad. En las instituciones fundamentales de la sociedad humana vio los
instrumentos mediante los cuales el hombre, que comenzó por ser un bruto, se ha
transformado en un ser civilizado. Filósofos posteriores, principalmente Hegel
y Marx, han profundizado y desarrollado estas ideas, hasta que ellas han cegado
a convertirse en preciosas herramientas mediante las cuales el hombre puede
trabajar conscientemente por el mejoramiento de su propia sociedad. A la luz de
estas concepciones la historia de la ciencia asume una nueva importancia. Se
convierte, no en la historia de una, entre las diversas ramas del conocimiento
humano, sino en la llave esencial del proceso en el cual el hombre cumple su
auto transformación del reino animal al reino humano. Y este estudio ha sido
escrito en la convicción de que la mejor inteligencia de cualquier etapa de
este largo viaje deberá contribuir a la conquista del objetivo final.
Nota bibliográfica
Para una exposición general de la técnica antigua, especialmente en la era
alejandrina, véase DIELS, Antike Technik, 3ª ed., Leipzig, 1924. Los
estudios esenciales sobre Bolos Democritus son los de WELLMAN en Abhandlungen
der Preussischen Akademie, Philosophisch-Historische Klasse , 1921, n.
4, 1928, n. 7. Con respecto al resurgimiento de los estudios históricos en
tiempos modernos, véase R. G. COLLINGWOOD, Autobiography (Pelican)
y Vico: His Autobiography, por FISCH Y BERGIN, 1945. Con respecto a
la tecnología antigua para el período cubierto por este libro, véase el Vol. II
( The Mediterranean Civilizatiom and the Middle Ages c. 700 B. C. to A.
D. 1500 ) del quinto volumen de la History of Technology,
publicada por Clarendon Press, Oxford, bajo la dirección de Charles Singer y
otros, en 1958; también el volumen complementario, A Short History of
Technology (from the earliest times to A. D. 1900) por Derry y
Williams (Clarendon Press, 1960) [versión castellana: Historia de la
tecnología, siglo XXI, Madrid, 1977].
Son de gran interés filosófico: P. ROSSI, Sulla valutazione delle orti
mecchaniche nei secoli XVI e XVII (Rivista Critica de Storia della
Filosofia, 1956); F. KLEMM, A History ofWesternTechnology(Allen and
Unwin, 1959); y John NEF, The Conquest of the Material World (Univ.
of Chicago Press, 1964).
A
Abdeia,
Abstractas, ideas,
Academia,
Acústica, y Platón,
Acton, Lord,
Agatárcides,
Agrícola,
Agrigento,
Agustín, San,
Aire, según Empédocles,
Alcmeón de Crotona,
Alejandro el Magno,
Alejandría, Museo de,
Alfabeto, fonética,
Alimentación, y medicina,
Allbutt, Sir Clifford,
Alma, y Aristóteles,
Anacarsis,
Anatolio de Laodicea,
Anatomía, obras de Galeno, y Herófilo,
Anaxágoras de Clazómenes,
Anaximandro,
Anaxímenes,
Antifón,
Antiguas civilizaciones, y los griegos,
Apolo,
Apolonio de Pérgamo,
Arato,
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Hiparco, y Platón, y religión, según Sosígenes, y Tolomeo,
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B
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C
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Civilización, historia de la, según Lucrecio, prehelénica,
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Hierro, fundición del,
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S
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W
Wellman,
Max,
White, Lynn, Jr.,
Whitehead,
Withington,
Z
Zenón,
Zópiro.
F I N
Notas:
[1] P.-M.
Schuhl, Formation de la Petisée, 2.ª ed., 1949. págs. XX y XXI. Los
lectores deben también tomar nota de su obra más popular, Machinisme et
Philosophie, 2.ª ed., 1947
[2] Súmase
ahora, en el mismo sentido, su último libro, What Happened in History (Pelican).
[3]Cf .
Minns, Scythians and greeks, Londres, 1913, pp. 438-9.
[4] Sobre
la Clepsidra ver Hugh Last en Classical Quarterly,
XVII. Sobre la teoría del mecanismo de respiración en Empédocles, N. B. Booth
en Journal of Hellenic Studies, LXXX.
[5] Véase
su brillante artículo, «The Asclepiadae and the Priests of Asclepius», en Studies
in the History and Method of Science, de Singer (vol. II, págs. 192-205).
[6] Esta
descripción se conserva en la obra de Diodoro Sículo, libro I, capítulos VII y
VIII. La atribución a Demócrito fue plausiblemente sugerida por K. Reinhardt (Hermes,
volumen 47, págs. 492 y sigs.); pero esta atribución es discutida por otros,
que se fundan en que la obra no contiene referencias claras al atomismo. Bien
podría ser preatómica. Este punto no afecta a nuestra argumentación.
[7]Morale
Kantienne et Morale Humaine . París, 1917, pág. 254.
[8] Hipócrates
(Loeb Library), IV, pág. XXIII.
[9] Esquilo, Prometeo
encadenado.
[10]Régimen, I,
capítulos XI-XXIV.
[11] Gregori
Vlastos, «Slavery in Plato’s Through», Philosophical Review, mayo
de 1941. Este excelente artículo contiene referencias a los textos de Platón en
que se basa la argumentación de los párrafos aludidos.
[12]Política,
1254 a
[13] El
historiador griego Polibio, que murió en el año 122 a. C., a la edad de 82
años, comenta en su Historia, X, 47, 12: «Todas las ramas de la
ciencia han adelantado tanto que en la mayoría de ellas la instrucción se ha
sistematizado».
[14] Como
no volveremos a mencionar a Dioscórides, puede hacerse notar aquí que escribió
(hacia el año 50 d. C.) una obra llamada Materia Médica, que
enumera y describe unas 600 plantas medicinales. La edición corriente es la de
Teubner, en tres volúmenes, preparada por Max Wellman.
[15]Anatomía
de los Animales, IIV, 2, 8
[16] Véase
también la nueva edición, The Medical Writings of Anonymous Londinensis,
por W. H. S. Jones, C. U. P., 1947, pág. 127.
[17] Por
David Eicholz, de la Universidad de Bristol.
[18]L’Egyptedes
astrologues, 2 vols., Bruselas, 1937.
[19]Les
Mystères Paiens et le Mystère Chrétien, 1930.
[20]Religions
Orientales dans le Paganisme Romain, 1912
[21] C.
E. N. Bromehead (Geology in Embryo, Proceedings of theGeologists’Association,
vol. LVI, Parte 2.ª, 1945, pág. 1151, aunque no niega que un gran trozo de
magnetita podría atraer a una estatuilla, sospecha que se utilizaban finas
cuerdas, invisibles en la semipenumbra del culto.
[22] Neu
Biology, 30, p. 299. Penguin Books, 1959.
[23] Teofrasto,
edición Leob, vol. II, pág. 393
[24]Griechische
Grammatik, pág. 5.
[25] Véase
mi Science and Politics in the Ancient World. [Versión
castellana: Ciencia y Política en el mundo antiguo, Ayuso, Madrid,
1973].
[26] Estrabón
afirma que la historia y la ciencia mejoraron en épocas subsiguientes, pero
añade al propio tiempo que sólo para la élite.
[27] La
probabilidad de la atribución de este pasaje a Demócrito es reforzada por las
más recientes investigaciones. Véase de Gregory Vlastos, «On the Pre-history in
Diodorus», en American Journal of Philology, vol. LXVII, I (enero,
1946).
[28] Compárese
con la exposición precedente (cap. II) de la difusión del culto de Serapis.
[29]The
Evidence for Ancien Mining, por C. E. N. Bromehead, en The
Geographical Journal, vol. XCVI, N.º 2, agosto de 1940. La referencia es al
libro de Neuburger, Technical Arts and Sdences of the Ancients,
Londres, 1930, pág. 7.
[30] Su
inclusión de la acepilladora es discutible. Hay en los museos algunas de la
época romana.
[31] Por
oposición a la práctica romana de construir una pared maciza de mampostería en
una zanja de noventa a ciento veinte centímetros, empleando su parte superior
como camino. Ver Des Noëttes,L’Attelage,le cheval de selle, à travers les
âges. Contribution à l’historiede l’esclavage, París, 1931;
también R. J. Forbes, Notes on the History of Ancient Roads and their
Construction,Amsterdam, 1934.
[32] Por
oposición al antiguo remo de dirección.
[33]Ob.
cit ., véase nota 3 precedente
[34] Lynn
White Jr., Technology and Invention in the Middle Ages, Speculum,
XV, 1940, págs. 141 y sigs.
[35]The
Basis of a World Commonwealth, Watts, 1941, pág. 3.
[36] Calculo
las posibilidades técnicas de Alemania en forma aguda y amplia.

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