© Libro N° 6211.
Todo Es Cuestion De Química. Garcia Bello, Deborah. Emancipación. Julio 13 de
2019.
Título
original: © Todo Es Cuestion De Química. Deborah Garcia Bello
Versión Original: © Todo Es Cuestion De Química. Deborah Garcia Bello
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición
digital de Versión original de textos:
http://www.librosmaravillosos.com/todoescuestiondequimica/index.html
Licencia Creative Commons:
Emancipación
Obrera utiliza una licencia Creative
Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única
condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión
cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos
publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del
conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a
Versiones originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente
educativos y está prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Portada E.O. de Imagen original:
http://www.librosmaravillosos.com/todoescuestiondequimica/index.html
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
TODO ES CUESTION DE QUÍMICA
Deborah Garcia Bello
CONTENIDO
Introducción
El
mundo de lo pequeño
La
perfección detrás del caos aparente
Un
misterio digno de película
En
busca de la estabilidad
Lo
extraordinario de lo ordinario
¿Qué
es exactamente lo orgánico?
Desmontando
mitos
Transformar
unas sustancias en otras
Del
zumo de limón a la lluvia ácida
De
las pilas a las esculturas de bronce
Química,
color y arte
Un
laboratorio en la cocina
A
modo de cierre
Bibliografía
Para
Manu
Introducción
Uno
de los cometidos más ambiciosos de la ciencia es describir el mundo que nos
rodea, traducirlo a un lenguaje cotidiano. Esto puede parecer una obviedad,
pero realmente llegar a esa conclusión implica haber reflexionado sobre lo que
realmente ofrece y pretende la ciencia.
Decidí
estudiar química porque quería entender el comportamiento del universo, el
porqué de las formas, los colores, los cambios, la razón verdadera. Por aquel
entonces creía que la ciencia daría respuesta a todas estas cuestiones y que
sabría, al fin, por qué todo parece estar tan ordenado, por qué podemos
catalogar los elementos que lo forman absolutamente todo en una simple tabla
periódica, por qué unos elementos tienden a enlazarse preferentemente con
otros…, quería encontrar una explicación sólida, algo que fuera más allá de
reglas inconclusas, de tendencias sin razón aparente, de equilibrios y de
situaciones inexplicables.
Creía
firmemente que la ciencia calmaría mis ansias de conocimiento, que me revelaría
la Verdad y que contestaría a las grandes preguntas filosóficas. Pensaba que
las certezas que me proporcionaría la ciencia me permitirían vivir en paz, sin
sentirme amenazada por las dudas. Y que cuando estuviera en posesión de la
Verdad, podría enseñársela a los demás. Les explicaría el porqué categórico del
orden químico, la razón que subyace tras la armonía, con la tranquilidad de
quien todo lo sabe.
Durante la carrera, esos universos en miniatura que lo forman absolutamente
todo se despojaron de sus ropajes y me fueron revelados al desnudo, con sus
defectos y sus virtudes. Existían un sinfín de modelos capaces de describir con
profundo detalle la materia, su comportamiento y su apariencia, y también
existían un sinfín de campos de investigación todavía por explorar.
Prácticamente todos los campos estaban abiertos, preparados para ser corregidos
y pulidos, pues la ciencia resultó no ser absoluta, sino estar llenar de cabos
sueltos.
Yo
pensaba que todo aquello que se sabía en ese momento era definitivo, pero me
equivocaba, sólo podía considerarse definitivo «en ese momento». En su tiempo
podría haber sido definitivo el modelo atómico de Dalton o incluso el flogisto.
La tecnología era el límite del saber, pero en nuestra época los avances
tecnológicos parecían tener respuesta para todo. No era así. Es cierto que los
descubrimientos científicos se suceden a una velocidad vertiginosa con respecto
a cómo se sucedían en el pasado, pero pude ver que todavía quedaba un largo
camino por recorrer; que a medida que aprendemos sobre algo se van abriendo
nuevos frentes de conocimiento, y la ciencia se va volviendo cada vez más
infinita. Pero eso nunca me abrumó; por el contrario, me animó a seguir leyendo
y estudiando una vez terminada la carrera, a seguir construyendo sobre los
cimientos firmes que había adquirido. A día de hoy todavía siento que sólo
conocemos la punta del iceberg. Y eso es maravilloso.
Poco
a poco me fui dando cuenta de que no podría contestar a las grandes preguntas
de la vida sólo con la ciencia, y que, de hecho la ciencia no pretende tratar
de dar respuesta a las cuestiones vitales. La ciencia no habla de la Verdad, en
mayúsculas. La ciencia es cauta, y cuando escribe ese nombre lo hace con la
prudencia de las minúsculas.
Me di cuenta de que la pretensión de la ciencia es descriptiva. La ciencia
ofrece los cómos, pero no pretende ahondar en los porqués absolutos.
Tratamos de conocer cómo son los átomos, cómo se enlazan unos con otros, cómo
reaccionan; pero no por qué son como son, esa posible razón categórica queda
fuera de los límites de la ciencia, quizás, incluso fuera de los límites de
nuestro entendimiento.
La
ciencia es el conocimiento organizado y sistemático relativo al mundo físico.
Este conocimiento ha sido adquirido en el tiempo como resultado del esfuerzo de
los hombres que han hecho uso de los procedimientos fundamentales, la
observación y la reflexión razonada. Desde sus inicios la ciencia se ha basado
en la observación de los procesos tal y como suceden en la naturaleza, y en
describirlos lo más exactamente posible. Después, al multiplicarse las
observaciones, si se encuentran ciertas regularidades, estas descripciones se
enuncian como leyes y pueden ser generalizadas a fenómenos de
similar naturaleza. Normalmente estas leyes también pueden expresarse de forma
matemática.
El
uso de la palabra ley no implica que los fenómenos naturales
deban obedecer a las leyes científicas tal y como los hombres entendemos las
leyes civiles. Una manzana no cae del árbol porque deba obedecer la Ley de la
gravitación universal, sino que esta ley ha sido establecida a partir de la
observación de la atracción de los cuerpos, y por tanto es extremadamente
probable que una manzana se caiga del árbol e impacte contra el suelo. Las
leyes existen únicamente en el pensamiento de los hombres, y no constituyen una
explicación de la naturaleza, sino, tan sólo, una descripción.
Un segundo avance en el conocimiento científico se basa en la formulación de
explicaciones más o menos sugestivas llamadas hipótesis y
sobre las que posteriormente pueden basarse las leyes. Las hipótesis permiten
deducir predicciones que se comparan con los hechos observados y, si hay
concordancia, la hipótesis se acepta y se eleva a teoría.
No
obstante, el conocimiento científico no se limita a la mera observación
ocasional, sino que esas teorías e hipótesis permiten llevar a cabo
experimentos a fin de obtener respuestas más rápidas y precisas que eliminen
falsas concepciones de la realidad, que perfeccionen teorías y que descubran
nuevos principios. Este modus operandi de la ciencia
constituye el método científico, el cual puede resumirse en cinco
etapas:
1. acumulación
de hechos,
2. generalización
de los hechos en leyes,
3. formulación
de hipótesis y teorías que expliquen los hechos y las leyes,
4. comparación
de las deducciones que derivan de estas hipótesis y teorías con los resultados
experimentales, y por último,
5. la
predicción de nuevos hechos.
Este
último aspecto es el que constituye la verdadera función de la especulación
teórica al dar lugar, fundamentalmente, al avance continuo de nuestro
conocimiento. La química, como toda ciencia experimental, y en mayor grado que
cualquier otra, se presenta bajo el doble aspecto de hechos y de doctrinas. Si
los hechos observados no se sistematizan e interpretan a base de teorías, o si
éstas no se confrontan con los hechos, es decir, si los hechos y las teorías
discurren independientemente, los hechos llegan a formar tan sólo artes y
oficios empíricos, y las doctrinas constituirían elucubraciones carentes de
realidad y sentido. Solamente el método científico es capaz de
aunar y complementar los hechos con las teorías, dotando a la materia de
estudio del significado de ciencia y la posibilidad de desarrollarse.
Tratar de comprender cómo es lo que nos rodea es la única forma de empezar a
entender todo lo demás, incluso a sabiendas de que ese todo es inalcanzable. Es
bello vivir con preguntas. Si la ciencia me hubiese dado respuestas firmes y
definitivas, hoy en día mis paseos no me conmoverían, no me harían disfrutar de
los delirios y los sosiegos, podría simplemente sentarme y esperar, con todo
concluido. Ni lo quiero ni lo necesito. Ahora sé que sólo quien cree vivir con
certezas sobre las preguntas vitales es un necio sentado y a la espera.
Capítulo
1
El mundo de lo pequeño
Contenido:
§.
El átomo y los modelos atómicos
§. Los primeros modelos atómicos
§. Hacia los modelos atómicos modernos
§.
El átomo y los modelos atómicos
Durante
mi infancia, los domingos de verano solía ir con mi familia a una playa. Mi
hermano y yo la llamábamos la playa de las arenas gordas porque
sobre el manto de arena fina se sucedían cúmulos de arena gruesa. Recuerdo que
siempre éramos los primeros en llegar. Estábamos rodeados de vegetación y
montículos de tierra naranja que hacían de parapeto ante cualquier sonido que
no fuese el de la brisa y de las olas del mar.
Era
tan temprano que el mar nos parecía todavía demasiado bravo para nuestros
cuerpos destemplados, así que nos quedábamos tendidos sobre las toallas: mis
padres leyendo la prensa, y mi hermano y yo jugando con la arena. Yo solía ir a
buscar un puñado de arena gorda a la orilla y lo mantenía a resguardo en mi
mano hasta regresar a la toalla. Allí me recostaba, dejando mi espalda al sol,
y abría el puño. Con los dedos de la otra mano movía los granos de arena para
verlos desde todos los ángulos y descubría que no había ninguno igual a otro:
en ese universo minúsculo cada piedrecilla poseía una identidad propia. Las
había pequeñas y grandes, algunas estaban erosionadas y otras no, podían ser
suaves o ariscas, angulosas o planas, traslúcidas u opacas, pero lo realmente
fascinante era la cantidad de colores que podían esconder: desde una pequeña
veta verde que cruzaba una piedra blanca hasta un enredado varicoso que teñía
de rojo una amarilla. Había piedras negras, piedras que parecían grises, pero
que al entornar los ojos se veían blancas con infinitas motas negras, y otras
que parecían hojaldres de purpurina plateada. Lo sorprendente es que eran tan
minúsculas que al caminar sobre ellas, a la distancia que separa nuestros ojos
del suelo, se nos mostraban como un manto de arena blanca y homogénea. Un manto
impoluto que si se observaba con detenimiento, albergaba todo un universo en
miniatura, una inmensa belleza contenida en esa expresión mínima de una piedra.
Con el tiempo aprendí que esos pequeñísimos granos de arena estaban compuestos
por partículas todavía más diminutas. Por mucho que acercase esa arena fina a
mis ojos, hasta casi tocar la palma de mi mano con la punta de la nariz, no
conseguía ver cada detalle. Y es que cuanto más fino es algo, más difícil nos
resulta verlo. Somos incapaces de observar el polvo que se posa sobre los
muebles de una habitación, no vemos ni sus matices ni sus colores, y sólo
podemos observar la harina como un continuo blanco y polvoriento, incapaces de
distinguir sus granos. Cuanto más pequeño, más inalcanzable. Aun así, resulta
fácil suponer que todos esos matices del mundo de las cosas grandes continúan
estando ahí, en el mundo de lo pequeño.
Si entre nuestros torpes ojos y esos granos de arena colocamos un microscopio,
podemos hacer grande lo pequeño. Pero hay cosas de un tamaño todavía menor,
tanto que son del orden de las cosas que componen nuestros propios ojos. No
podemos ver algo que es infinitamente pequeño, al menos no de la misma manera
que vemos los objetos ampliados a través de una lupa, porque tanto la lente de
esa lupa como nuestros ojos están hechos de cosas tan pequeñas como las que
queremos observar.
A esas pequeñas cosas que lo componen absolutamente todo, que las consideramos
la parte más pequeña, la división última de cualquier elemento, la fracción
mínima que podemos conseguir, las llamamos átomos.
No
podemos ver un átomo, no hay microscopio capaz de mostrarnos cómo es un átomo.
Se han hecho miles de experimentos para tratar de descubrir cómo son. Los hemos
irradiado con luz de todo tipo, los hemos hecho chocar unos contra otros, y de
esta manera hemos logrado representarnos una idea de cómo son, pero no los
hemos visto, no de la forma en la que vemos todo lo demás.
En
función de todos esos experimentos se fueron creando diferentes ideas sobre
cómo son los átomos, a las que llamamos «modelos», porque no son ni fotografías
ni imágenes reales que alguien haya podido tomar, sino representaciones de cómo
imaginamos que son los átomos.
Hemos
pasado de pensar que los átomos eran pequeñísimas esferas rígidas e
indivisibles a llegar a la conclusión de que en realidad son partículas, un
tanto difusas, que a su vez están formadas por otras partículas todavía más
pequeñas. Hoy por hoy parece que el universo de lo pequeño es inabarcable y que
cuanto más reducimos la escala, más partículas van apareciendo; partículas que,
a su vez, podemos dividir.
Si pensamos en la arena, podemos imaginarnos que es posible machacarla tanto
que el polvo sea tan fino como un átomo, pero, en ese caso, se nos plantearían
algunas dudas, como por ejemplo ¿cómo cogemos un único átomo? No existen unas
pinzas suficientemente precisas. La superficie sobre la que machacaríamos la
arena está a su vez compuesta de átomos, tan pequeños que los apreciamos como
un continuo, como una superficie sólida y homogénea, ¿seríamos capaces de saber
dónde está ese átomo solitario que componía la arena y aislarlo? No podríamos,
porque el mundo de lo pequeño, de lo tan pequeño, se vuelve invisible a
nuestros ojos.
La
arena blanca está mayoritariamente formada por mineral de sílice (SiO2).
Un fino grano de arena que quizá no alcance la masa de 1 mg, contiene más de 30
000 000 000 000 000 000 átomos.
Cuando
el sol comenzaba a ponerse en aquellas tardes de domingo en la playa recogíamos
todas las cosas y nos íbamos a casa. Durante el tiempo que duraba el trayecto
en coche, aproximadamente una hora, a mi hermano y a mí nos gustaba sacar las
manos por las ventanillas y sentir cómo la brisa las golpeaba. Al ganar
velocidad la brisa se volvía viento, empujaba nuestras manos hacia atrás,
revoleaba nuestro pelo; podíamos cerrar un poco la mano, como si sujetásemos
una pelota y sentir una bola de aire frío deshacerse entre nuestros dedos. No
vemos el aire, no con los ojos, no como vemos los granos de arena de la playa,
pero sabemos que nos empuja las manos, lo sentimos porque lo estamos tocando,
porque nos acaricia la piel. No lo vemos porque el aire está formado por cosas
muy pequeñas, tan pequeñas que se hacen invisibles a nuestros ojos. Si miramos
nuestras manos, sabemos que entre ellas y nuestros ojos hay un manto de aire
que ocupa ese espacio, y a pesar de éste podemos ver con nitidez las dobleces,
los colores y los poros de nuestra piel. El aire también está formado por
átomos, tan pequeños que cuesta imaginar que realmente están ahí.
En aquella época sólo podía imaginar que la cosa más pequeña era como una mota
de polvo infinitesimal. Ahora sé que a esa cosa indivisible y con identidad
propia la puedo llamar átomo. Puedo imaginar que el aire está formado por esos
minúsculos átomos flotando, suficientemente separados entre sí como para dejar
pasar la luz, tan sutiles que parece que no pesan, que no están. Y en cambio,
si pienso en una enorme piedra, me la imagino formada por millones de átomos
fuertemente unidos, tan pegados que no dejan pasar ni un ápice de luz entre sí.
Los imagino compactos.
§. Los primeros modelos atómicos
Hasta
el siglo XIX se creía que todo estaba formado por unas partículas minúsculas,
indestructibles e indivisibles llamadas átomos, que podían estar
suficientemente separadas entre sí y ser invisibles, como en el caso del aire,
o fuertemente unidas y compactadas, tan pegadas que no dejaran pasar ni un
ápice de luz, como en el caso de una enorme piedra.
Pero
a finales del siglo XVIII, el químico John Dalton descubrió que no todos los
átomos eran iguales: los átomos podían tener diferente identidad, diferente
masa y comportamiento. El aire se diferencia de una piedra no sólo porque la
unión de los átomos que los conforman es distinta, sino porque la naturaleza
misma de esos átomos es también diferente. A estos diferentes tipos de átomos
los llamó elementos químicos.
Es difícil imaginarse la materia compuesta por algo que no sean átomos
compactos, indivisibles e indestructibles, pero cuando se comenzó a estudiar
cómo la electricidad interfería con las cosas, cambió la forma de entender
estas partículas minúsculas que lo componen todo.
La
primera sorpresa fue descubrir, en 1897, que había unas partículas mucho más
pequeñas que los átomos y que formaban parte de ellos. Es decir, que los átomos
no eran indivisibles e indestructibles, sino que estaban formados por
partículas todavía más pequeñas. Estas partículas de menor tamaño eran
los electrones, unas partículas con carga negativa.
En
1904 el científico británico Joseph John Thomson desarrolló una primera idea de
cómo sería un átomo, un primer modelo atómico que consideraba que los átomos
estaban formados por partículas más pequeñas. Según sus experimentos, Thomson
llegó a imaginarse los átomos como una esfera maciza positiva con partículas
negativas incrustadas llamadas electrones. Para justificar
fenómenos como la electricidad o el funcionamiento de los tubos de rayos
catódicos (como los de los monitores de televisión antiguos), Thomson propuso
que estos electrones incrustados podían entrar y salir del átomo, de manera que
éste podía tener carga positiva o negativa según la cantidad de electrones que
tuviese incrustados, y que los electrones podían viajar de unos átomos a otros
dando lugar a lo que conocemos como corriente eléctrica.
En 1910, un grupo de investigadores dirigido por el químico neozelandés Ernest
Rutherford realizó un experimento conocido como el experimento de la
lámina de oro y consiguió perfilar el modelo ya propuesto por Thomson.
La primera vez que me explicaron este experimento me impresionó lo simple que
parecía y lo lógico de sus interpretaciones. El experimento consistía en
dirigir un haz de partículas positivas, llamadas partículas alfa, sobre una
lámina de oro muy fina, de sólo unos pocos átomos de grosor. Estas partículas
positivas se obtenían de una muestra radiactiva de polonio contenida en una
caja de plomo provista de una pequeña abertura por la que sólo podía salir un
haz de partículas alfa. Éstas, al incidir sobre la lámina de oro, la
atravesaban y llegaban a una pantalla de sulfuro de zinc, donde quedaba
registrado su impacto como si de una placa fotográfica se tratara. Tras
estudiar la trayectoria de las partículas alfa registradas en la pantalla, Rutherford
observó que éstas se comportaban de tres maneras diferentes: o bien pasaban a
través de la lámina de oro y llegaban a la pantalla como si nada les
entorpeciese el camino, o bien chocaban contra la lámina de oro y salían
rebotadas, o bien al atravesar la lámina de oro se desviaban levemente de su
trayectoria original.
Si
los átomos hubiesen sido esas esferas macizas que proponía Thomson, habría sido
imposible que las partículas alfa los atravesasen, con desviación o sin ella,
porque se suponía que no había espacio vacío entre los átomos que conformaban
aquella sólida lámina de oro. Así que Rutherford propuso un modelo atómico
nuevo, una nueva idea de cómo eran los átomos, y fue tan revolucionaria que
cambió la forma de interpretar cómo eran las cosas.
Experimento de Rutherford
En
su modelo los átomos dejaron de verse como algo compacto y pasaron a ser como
una serie de partículas minúsculas (entre ellas los electrones de Thomson) que
se movían unas con respecto a otras dejando huecos entre sí. Del experimento se
deducía que tenía que haber espacio libre, huecos por los que se colaban las
partículas alfa. Y ésa fue la gran revolución: descubrir que los átomos no son
algo rígido y compacto, sino que son, en su mayor parte, vacío.
Según
el modelo propuesto por Rutherford, los átomos constan de dos partes: un núcleo
donde se concentra la carga positiva, los llamadosprotones; y una
corteza donde orbitan las partículas negativas, los electrones. Con
este modelo se podía explicar que algunas partículas alfa rebotasen tras chocar
contra el núcleo, que otras pasasen de largo, al no chocar contra nada, y otras
se desviasen por atracción con los electrones o por repulsión con el núcleo.
Este modelo suele dibujarse como una especie de sistema solar, en el que el
núcleo positivo sería el Sol, y los electrones, suficientemente alejados del
núcleo y orbitando a su alrededor, serían los planetas.
Modelo de Rutherford
El
problema de este modelo residía en el núcleo, ya que si las cargas opuestas se
atraen pero las que son iguales se repelen, entonces ¿cómo se explica que los
protones del núcleo no se repelan? La respuesta parece estar en los neutrones,
unas partículas que fueron detectadas en 1932 por James Chadwick, un
colaborador de Rutherford. Los neutrones son partículas sin carga que actúan
como el pegamento del núcleo.
Así que, en resumen, y teniendo en cuenta el descubrimiento de Chadwick, el
modelo del átomo de Rutherford estaba formado por un núcleo que contenía
protones (partículas positivas) y neutrones (partículas neutras), alrededor del
cual orbitaban los electrones (partículas negativas). Esta imagen del átomo,
aunque nos pueda parecer más o menos familiar, en realidad es muy diferente a
la idea intuitiva que tenemos de cómo son las cosas íntimamente. Puede resultar
difícil imaginar que en realidad la tinta que descansa sobre el papel de estas
páginas, de unos pocos átomos de grosor, es esencialmente vacío, y que las
partículas que la componen, además de estar separadas entre sí, se hallan en
movimiento, circulando unas alrededor de las otras.
§. Hacia los modelos atómicos modernos
Con
el tiempo la tecnología ha ido evolucionando y nos ha permitido llegar a saber
más cosas sobre cómo son estos átomos por dentro. No porque los hayamos podido
ver con un potente microscopio, ya que eso sigue siendo algo imposible, pero sí
nos hemos hecho una idea quizá más cercana a la realidad, una idea que podemos
entender.
A efectos prácticos el modelo atómico actual es similar al modelo planteado por
Rutherford, si bien hemos descubierto otras cosas, como que los protones y los
neutrones están formados por partículas todavía más pequeñas, que
llamamos quarks, y que los electrones no se mueven siguiendo
órbitas alrededor del núcleo, tal y como hacen los planetas alrededor del Sol.
En realidad, aún no sabemos dónde se encuentran los electrones en cada momento
y ni siquiera parece posible llegar a saber dónde están.
El llamado Principio de incertidumbre, algo que pertenece al campo la física
teórica, nos explica que cuando tratamos de observar algo tan pequeño como un
electrón, el mismo hecho de observarlo interfiere en su posición. Es como si
estuviésemos a oscuras y tratásemos de averiguar dónde está una bola de billar
lanzando otras bolas contra ella. En cuanto una de las bolas lanzadas impactase
contra la que queremos «ver», escucharíamos el choque, pero el impacto haría
cambiar su posición inicial.
Esto es parecido a lo que pasa con las cosas pequeñas, que hasta la luz que
usamos para verlas interfiere y las cambia de sitio. La luz sería como esas
bolas de billar que lanzamos, que tienen suficiente energía como para chocar
contra los electrones de los átomos y cambiarlos de sitio, y como no podemos
ver algo si no lo podemos iluminar, lo único que hemos podido hacer hasta el
momento es establecer unas zonas donde la probabilidad de que estén estos electrones
parece mayor. A esas zonas las hemos llamado orbitales.
Esos orbitales donde se encuentran los electrones son fundamentales para
entender cómo se enlazan unos átomos con otros, ya que ello repercute en cómo
son las cosas a gran escala. Por eso se suele decir que a los químicos sólo nos
interesan los electrones, porque a fin de cuentas son los responsables de que
los átomos se unan, y de que tras unirse muestren diferentes formas y colores,
dando lugar a todo lo que nos rodea.
Esos átomos, que son esencialmente vacíos y que están compuestos por partículas
en movimiento que ocupan posiciones indefinidas, son los que lo forman todo.
Forman los granos de arena de la playa, y su forma de enlazarse unos con otros
es la razón por la que los granos son de un color determinado, la razón de que
sean más o menos suaves. También forman el aire, ese aire que nos acaricia y
nos empuja, que sentimos pero que no podemos ver. Y también nuestras manos,
nuestra piel y nuestro aliento. Todo, absolutamente todo lo que nos rodea, está
formado por átomos, y esos átomos son como esas arenas gordas que observadas
desde cierta distancia se nos muestran como un manto homogéneo y lustroso. A
pesar de lo que pueda parecer a simple vista, la intimidad de todo lo que nos
rodea está vibrando, y es más «nada» que «algo». Hasta nosotros mismos somos
ese «casi nada» vibrante.
Capítulo 2
La perfección detrás del caos aparente
Contenido:
§.
La tabla periódica
§. La historia de la tabla periódica
§.
La tabla periódica
No
recuerdo exactamente cuándo fue, pero hace mucho tiempo llegué a la conclusión
de que todas las cosas que repercutían en mi vida y que escapaban a mi control
sucedían por alguna razón. Supongo que el optimismo que mi madre me contagiaba
me hizo creer que esa supuesta razón cósmica que gobernaba mi vida era
bondadosa conmigo, y que, incluso cuando todo parecía haber perdido el
equilibrio, con el paso del tiempo volvería a encontrarlo.
Esta
idea en principio infantil me ha acompañado a lo largo de toda mi vida y es que
la ciencia, sin pretenderlo, la ha ido fortaleciendo. Me explico. Una de las
razones que me llevó a estudiar ciencia es que cuanto más sabía sobre las
cosas, sobre cómo estaban hechas, cómo se transformaban unas en otras, cómo
mantenían entre sí relaciones de simetría… más perfecto me parecía el universo.
Todos esos secretos se iban revelando ante mí para mostrarme la perfección que
se esconde ante el caos aparente. Lo cierto es que una vez que descubres el
orden interno de las pequeñas piezas que conforman el universo, una vez que
descubres su armonía y su belleza, ya nada puede escaparse de esa sensación,
porque esa plenitud lo inunda todo.
Todo
nuestro universo, el universo de las cosas, puede describirse con una tabla.
Vivir a sabiendas de que todo lo que vemos está formado por unas pequeñas
partículas llamadas átomos, y que éstos, a su vez, mantienen entre sí una
relación periódica sencilla, que los podemos agrupar a todos ellos en una tabla
que no ocupa más de una cuartilla, es descubrir que hay un orden subyacente en
todas las cosas.
§. La historia de la tabla periódica
La
historia de la tabla periódica comienza al mismo tiempo que surge el concepto
de átomo. El átomo, como bloque básico e indivisible que compone la materia del
universo ya había sido postulado por la escuela atomista en la Antigua Grecia,
sin embargo, no fue valorado por los científicos hasta el siglo XIX, ya que
sólo se consideraba una idea sin base experimental ni pruebas que la
mantuviesen. A pesar de ello, la idea de que la materia estaba constituida por
elementos individuales e indivisibles, aunque todavía no tuviesen nombre, viene
todavía de más atrás, ya que había una serie de sustancias que se consideraban
puras, que, a pesar de ser sometidas a condiciones extremas, mantenían su
identidad. Así surgió la idea de elemento químico.
Se
considera elemento químico a toda sustancia formada por un solo tipo de átomo.
El
primer elemento químico extraído y elaborado por el hombre se estima que fue el
cobre, ya que su descubrimiento data del año 9000 a. C. Al principio el cobre
se obtenía como metal puro, ya que se encuentra libre en la naturaleza, pero
luego comenzó a extraerse a partir de la fundición de minerales que lo
contenían, como malaquita o algunos carbonatos. Es uno de los materiales más
importantes para los seres humanos en toda la Edad del Cobre y la Edad del
Bronce —el bronce consiste en una aleación, una mezcla de metales, de cobre y
estaño—. Además de para usos ornamentales, ambos materiales se utilizaron para
fabricar herramientas resistentes a la corrosión.
El siguiente elemento químico identificado como tal fue el oro, que es el que
se encuentra con más facilidad de forma nativa, es decir, sin formar parte de
otros minerales. Se estima que fue descubierto antes del año 6000 a. C. y que
se utilizaba esencialmente en joyería y decoración, ya que es un metal
demasiado dúctil y maleable que no servía para fabricar herramientas. Su
escasez, su color amarillo característico y su brillo lo convirtieron en un
material esotérico al que le atribuyeron propiedades curativas. Pero el oro
realmente es un metal prácticamente inalterable, que no reacciona ante casi
nada y que por sí solo no tiene propiedades curativas.
Con el paso del tiempo se fueron identificando más elementos químicos como la
plata, el plomo o, incluso, el hierro, ya que se hallaron en Egipto unas
cuentas hechas con este material procedente de meteoritos que datan del año
4000 a. C. El descubrimiento de la fundición del hierro condujo a la
predominancia de su uso en herramientas y armas, lo que dio lugar al inicio de
la Edad del Hierro.
Pero todos estos descubrimientos no eran tales, no se sabía con certeza si
estas sustancias puras estaban formadas por un solo tipo de átomo. No se supo
hasta siglos después que, efectivamente, estos metales eran elementos
químicos.
Los avances tecnológicos se fueron sucediendo, y con ellos la identificación de
nuevos elementos químicos, hasta el apogeo de mediados del siglo XIX, donde se
llegaron a identificar hasta 60 elementos químicos de los 92 que a día de hoy
sabemos que podemos encontrar en la naturaleza.
El
hecho de ir conociendo cada vez más elementos químicos dio lugar a una
intención compartida por una gran parte de los científicos de la época: había
que lograr establecer alguna relación entre ellos, algún tipo de orden. Había
que clasificar todos estos elementos químicos y, a partir de esa clasificación,
intentar sacar alguna conclusión más elevada.
La
idea de encontrar algún tipo de orden, cierta manifestación de divinidad, era
la motivación subyacente. Entender cómo son las cosas y tratar de buscar sus
razones más íntimas, lleguemos o no a entenderlas en toda su inmensidad,
siempre ha sido el motor de la ciencia.
Como
ya hemos visto, a principios del siglo XIX, Dalton, a quien se le atribuye el
primer modelo atómico, empezó a estudiar cómo unos átomos se combinaban con
otros. Esto dio lugar a lo que se conoce como moléculas.
Las
moléculas son agregados de átomos, y sus propiedades son diferentes a las de
los átomos que las conforman por separado.
Se
sabía en aquel entonces que el hidrógeno era el elemento químico más ligero
conocido, ya que para un mismo volumen de diferentes gases, era el que menos
masa tenía. Dalton empezó a estudiar las reacciones del hidrógeno, es decir,
cómo se unía a otros átomos y en qué proporción de masas lo hacía.
Dalton
estableció la masa del hidrógeno como unidad de medida, y midió el resto de los
elementos químicos en relación con éste. A partir de estas investigaciones,
Dalton pudo determinar la idea de la masa atómica relativa, o peso
atómico, como lo llamó él. Aunque a día de hoy sabemos que este método no
era del todo exacto y condujo a algunos errores, supuso una forma muy práctica
y bastante acertada de ordenar los elementos químicos conocidos en orden
creciente de peso atómico.
A simple vista esa lista de elementos químicos era sencillamente eso, una lista
de elementos clasificados por orden de masa creciente que no cumplía las
expectativas, ya que no revelaba nada realmente significativo al leerla. Quizá
no era ése el criterio para ordenar los elementos químicos, puesto que se
pensaba que en ellos había algo misterioso y que albergaban algún secreto casi
divino, algún tipo de simetría, de armonía o de belleza.
Dato
curioso
La
primera vez que se descubrió un elemento químico y se identificó como tal fue
el fósforo. El fósforo, antiguo nombre del planeta Venus, fue descubierto por
el alquimista alemán Hennig Brandt en 1669 mientras buscaba la piedra
filosofal. La piedra filosofal es una sustancia alquímica legendaria que se
dice que es capaz de convertir cualquier metal en oro o plata. Ocasionalmente,
también se creía que era un elixir de la vida. Lo que hizo Brandt fue destilar
una mezcla de orina y arena mientras buscaba esa piedra filosofal, y al
evaporar la urea obtuvo un material blanco que brillaba en la oscuridad y ardía
con una llama brillante. Había identificado el fósforo. Desde entonces, las
sustancias que brillan en la oscuridad sin emitir calor se las llama fosforescentes.
Hacia 1817, el químico alemán Johann Wolfgang Döbereiner descubrió que la
naturaleza podía haber organizado los elementos químicos que la componen en
tríadas —grupos de tres elementos químicos— que mantenían entre sí una relación
de propiedades, y cuyos pesos atómicos se relacionaban unos con otros a través
de una sencilla relación matemática. Consiguió organizar de esta manera hasta
veinte tríadas. Lo que hizo fue agrupar elementos químicos que reaccionaban
igual, que se unían al mismo tipo de elementos químicos y en la misma
proporción, es decir, que presentaban las mismas propiedades; y estas
similitudes parecían darse de tres en tres.
Tornillo telúrico de Chancourtois
Era
tan evidente, que hasta la media aritmética entre el peso atómico del primer
elemento químico y el tercero daba como resultado el peso atómico del segundo
elemento químico de la tríada. Podía haberse tratado de una simple
coincidencia, o quizá las tríadas escondían una armonía mayor y extrapolable al
resto de los elementos químicos como conjunto. Pero a medida que se intentaban
ordenar los elementos más pesados, agruparlos de tres en tres resultaba forzado
y poco concluyente.
Después de Döbereiner otros químicos buscaron formas alternativas de ordenar
los elementos químicos, trataron de encontrar algo más que pequeñas series de
tres, algo más global, algún orden más allá de esos pequeños órdenes aislados.
En 1862 el geólogo francés Alexandre-Émile Béguyer de Chancourtois construyó
una hélice de papel, en la que estaban ordenados por pesos atómicos los
elementos químicos conocidos, enrollada sobre un cilindro vertical, y al hacer
coincidir elementos químicos similares sobre la misma generatriz se apreciaba
que el resto de las generatrices surgidas también mostraba relación entre los
elementos químicos unidos, lo que claramente indicaba una cierta periodicidad.
A esta clasificación general se la conoce como tornillo telúrico de
Chancourtois, y es considerado el primer intento de establecer un orden
químico global entre todos los elementos químicos que habían sido descubiertos
hasta la fecha. A pesar del aparente éxito y de la belleza de este tornillo
telúrico, sólo era preciso para elementos químicos ligeros, y a partir de ahí
el tornillo carecía de armonía y periodicidad.
Dos
años después el químico inglés John Alexander Reina Newlands, junto con
Chancourtois, observó que al ordenar los elementos químicos de manera creciente
según sus pesos atómicos (prescindiendo del hidrógeno y también de los gases
nobles, que no habían sido descubiertos), el octavo elemento químico a partir
de cualquier otro tenía unas propiedades muy similares al primero. A este
descubrimiento Newlands le dio el nombre de Ley de las octavas, ya que quería
poner de manifiesto que existía algún tipo de relación entre la naturaleza de
los elementos químicos y la escala de las notas musicales. Es muy tentador
pensar que un artificio creado por el hombre como es la música, basándose en
gran medida en la intuición de belleza, podía esconder lecturas más profundas.
La belleza íntima de las cosas, de los átomos que forman todas las cosas, podía
haberse manifestado a través de la música.
Lamentablemente
hubo que admitir que los criterios estéticos del hombre, de los que somos
conscientes en gran medida, como la escala de las notas musicales, no daba
cabida a todos los elementos químicos. La Ley de las octavas se quedaba corta,
pues a partir del elemento químico calcio la periodicidad de las octavas se
desvanecía.
En 1869 ya se conocían 63 elementos químicos, y el químico ruso Dmitri
Ivánovich Mendeleyev publicó su primera Tabla periódica, en la que
ordenó estos elementos según los valores crecientes de sus pesos atómicos en
series verticales, de modo que las filas horizontales contienen elementos
químicos semejantes en sus propiedades, que también están organizados en orden
creciente de sus pesos atómicos.
Ley de las octavas de Newlands
Los
pesos atómicos que empleó Mendeleyev fueron corregidos posteriormente por el
químico italiano Stanislao Cannizzaro. Éste había encontrado que los pesos
atómicos de los elementos en las moléculas de un compuesto volátil podían
calcularse aplicando el Principio de Avogadro relativo a los gases —los pesos
moleculares de gases distintos ocupan volúmenes iguales a la misma temperatura
y presión—, y que en el caso de un compuesto volátil con una densidad de vapor
desconocida, los pesos atómicos pueden calcularse a partir del calor
específico.
Como
si de un sueño revelador se tratase, Mendeleyev había comprendido que al
representar así los elementos químicos sus propiedades también se repetían
siguiendo una serie de intervalos periódicos. Por esta razón llamó a su
descubrimiento Tabla periódica de los elementos químicos.
Dato
curioso
Mendeleyev
predijo la existencia del elemento químico situado entre el aluminio y el indio
al que llamó eka-aluminio (el prefijo eka procede del sánscrito y significa
uno, lo que indicaba la posición con respecto al elemento anterior), y la del
ubicado entre el silicio y el estaño, al que denominó eka-silicio, y lo mismo
ocurrió con el eka-boro y el eka-manganeso. Además, se atrevió a darles peso
atómico y a describir sus propiedades físicas, como por ejemplo la
densidad.
En 1875 el francés Lecoq de Boisbaudran encontró el eka-aluminio y lo llamó
galio, y sus propiedades así como su peso atómico coincidían con las
predicciones de Mendeleyev; en 1879 el eka-boro fue descubierto por el sueco
Nilson, que lo llamó escandio; en 1886 el alemán Winkler encontró al
eka-silicio y lo llamó germanio; el eka-manganeso, ahora llamado tecnecio, fue
aislado por Carlo Perrier y Emilio Segrè en 1937, mucho después de la muerte de
Mendeleyev. Así que tras el descubrimiento del galio, el escandio y el germanio
ya nadie podía dudar de la capacidad predictiva de la tabla periódica.
En esta primera tabla periódica publicada llama la atención la cuidadosa
revisión de los pesos atómicos que Mendeleyev había hecho, de los que llegó a
corregir hasta 28. Además de los 63 elementos químicos, incluyó otros cuatro a
los que asignó pesos atómicos y cuyo nombre aparecía representado todavía con
un signo de interrogación, ya que aún no habían sido descubiertos.
Algunos pesos atómicos de elementos químicos no encajaban, y es por ello por lo
que Mendeleyev, con suma arrogancia, sugería que los científicos que los habían
calculado habían cometido algún tipo de error. Su osadía iba más allá cuando
dejaba huecos en su tabla periódica al no encontrar un elemento que se
acomodase a su ley y, además, pronosticaba que esos elementos químicos
acabarían siendo descubiertos y completarían la tabla periódica.
A pesar de las correcciones de los pesos atómicos, algunos elementos químicos
de la tabla periódica no seguían el orden creciente de pesos atómicos y era
preciso intercambiarlos de posición. En las parejas argón-potasio,
cobalto-níquel y teluro-yodo el primer elemento químico tenía mayor peso
atómico que el segundo, y no se trataba de un error en la medida. La solución a
este escollo parecía complicada.
Mientras tanto, se descubrieron los gases nobles, y al principio Mendeleyev se
resistió a incluirlos en su tabla periódica, puesto que esos elementos químicos
no reaccionaban con nada ni se unían a otros elementos químicos. Finalmente
cedió y los colocó a todos en un nuevo grupo de la tabla periódica, el grupo
cero.
Mendeleyev tampoco supo acomodar inicialmente los elementos químicos que
componen la serie de las llamadas tierras raras, y tuvo que ser su
colaborador Brauner quien les encontrase ubicación al pie de la tabla
periódica. Lo que no llegó a ver Mendeleyev fue resuelto el problema de los
pares de elementos químicos que no seguían el orden creciente de peso atómico,
puesto que falleció en 1907 y hasta 1913 no se dio a conocer con más
profundidad la naturaleza de los átomos.
Como hemos dicho, en 1910 Rutherford planteaba su modelo atómico, donde
afirmaba que los átomos estaban formados por un núcleo central positivo, y a su
alrededor orbitaban las partículas negativas denominadas electrones. En 1913 el
químico inglés Henry Gwyn Jeffreys Moseley realizó una serie de experimentos
para estudiar el núcleo de los átomos que consistieron en bombardear los
elementos químicos con rayos catódicos. Con estos experimentos Moseley observó
que los elementos emitían rayos X, y que la energía de estos rayos X era proporcional
al puesto que ocupaban estos elementos en la tabla periódica de Mendeleyev, lo
que hacía pensar que este orden no era casual, sino un reflejo de alguna
propiedad del núcleo de los átomos.
A esa propiedad se la llamó número atómico, con lo que se podía
afirmar que los elementos de la tabla periódica efectivamente estaban ordenados
en función del número atómico —que se representa con la letra
Z— y no de su peso u otras propiedades estudiadas por Mendeleyev.
Si nos fijamos en la tabla periódica actual (ver abajo) que cuenta hoy en día
con 115 elementos químicos, encontramos un número en la parte superior de cada
elemento químico, que es el número atómico, y se corresponde con la
cantidad de partículas positivas que hay en el núcleo atómico. A esas
partículas positivas las llamamos protones. Así, un átomo de
potasio (símbolo K) tendrá 19 protones en su núcleo, y si tuviese un protón
más, ya no sería potasio, sino calcio (símbolo Ca), que es el elemento químico
que posee 20 protones.
La
cantidad de protones que tiene un átomo de un elemento químico se llama número
atómico (Z). La tabla periódica actual se construye ordenando todos los
elementos en orden creciente de número atómico.
Sin
saberlo, Mendeleyev había ordenado todos los elementos químicos en función de
su número atómico creciente, magnitud que no se conocía en aquel entonces,
dejando huecos donde todavía no se habían identificado los elementos químicos
correspondientes con el número atómico de ese lugar de la tabla periódica. Esto
también daba respuesta a la incógnita de por qué había algunos elementos
químicos que parecían estar colocados al revés con respecto a su peso atómico,
y es que su número atómico creciente sí seguía el orden que Mendeleyev había
predicho.
Dato
curioso
Si
nos fijamos en la abundancia de cada elemento químico en la Tierra, vemos que,
redondeando, el 47% es oxígeno, el 28% es silicio, el 8% es aluminio, el 5% es
hierro, el 4% es calcio, el 3% es sodio, el 3% es potasio, el 2% es magnesio y
el resto de los elementos químicos están por debajo del 1%. No es que esos
elementos tan escasos no sean importantes. De hecho, algunos de ellos son
indispensables para la vida, como por ejemplo el nitrógeno, el fósforo o, el
más importante de todos, el carbono.
Que actualmente haya 115 elementos químicos reconocidos significa que hay
elementos químicos con 1 protón, con 2, con 3, con 4… así hasta 115. De esos
115 elementos químicos, sólo 92 los encontramos en la naturaleza, el resto han
sido sintetizados artificialmente para su estudio. Esto quiere decir que estos
92 tipos de átomos son los únicos elementos químicos que componen absolutamente
todo lo que conocemos. Todo está formado por 92 tipos de átomos. Las piedras,
el agua, el aire, las plantas, nuestra piel, nuestros ojos, nuestros huesos,
nuestro aliento. Y estos átomos, a su vez, sólo están hechos de protones,
neutrones y electrones en diferente proporción. Sólo tres partículas que
combinadas entre sí dan lugar a todo lo que nos rodea.
Por todo esto no puedo más que maravillarme al contemplar una tabla periódica,
porque todo lo que nos rodea, la naturaleza de todo, las propiedades de cada
elemento químico pueden leerse en esa tabla periódica. Hay mucha más
información en esa sencilla tabla de la que aparenta.
Mendeleyev se fue de este mundo sin saber que su tabla realmente seguía un
orden inesperado, un orden que tenía que ver con el número de protones,
e incluso a día de hoy sabemos que ofrece información todavía más importante.
Se empeñó en buscar el orden a pesar del caos aparente. Creyó, quizás
infantilmente, que todo sucedía por una especie de razón cósmica; que los
huecos de su conjetura se irían rellenando con conocimiento. Y así fue.
Capítulo 3
Un misterio digno de película
Contenido:
§.
La tabla periódica se avanza en el tiempo
§. El modelo atómico de Bohr
§. El modelo atómico actual
§.
La tabla periódica se avanza en el tiempo
A medida que fui ampliando mis conocimientos de química se reforzó más en mí la
idea de que todo lo aprendido aparece escondido en la tabla periódica, incluso
conceptos que fueron surgiendo después podían adaptarse perfectamente y sin
demasiado esfuerzo a aquella sencilla clasificación de elementos químicos.
Cosas aparentemente tan complejas como los modelos atómicos más modernos
sucumben al encanto de la tabla periódica.
En mi opinión, uno de los misterios más fascinantes de la ciencia es el vínculo
entre los modelos atómicos más modernos y su aparición estelar en la tabla
periódica como si un telón de terciopelo se elevase para mostrarlos. Fue como
si el guionista de alguna de esas insólitas películas de suspense que tanto me
gustaban en la adolescencia hubiese reescrito los renglones de la tabla
periódica, para dotarla de un final redondo, de esos que vuelven al principio y
terminan atando todos los cabos sueltos.
Esa historia comienza con la escena de un primer plano de la tabla periódica.
Lo que no sabemos es si esa escena se corresponde con el principio o el final
de la historia. Acto seguido, aparecen Rutherford y su séquito de
investigadores, a principios del siglo XX, rendidos ante un modelo atómico sin
sentido, que no podían defender durante más tiempo ante la comunidad
científica.
El principal inconveniente del modelo atómico de Rutherford era que proponía un
átomo teóricamente inestable. Según este modelo los electrones giran en órbitas
circulares alrededor del núcleo, pero la física tradicional ya había demostrado
que una carga eléctrica giratoria tendría que estar emitiendo energía
constantemente en forma de ondas caloríficas o luminosas, y que, además, su
reserva energética no puede ser ilimitada, ha de llegar un momento en que se
agote. En ese momento el electrón caería sobre el núcleo, atraído por él, y,
por tanto, toda la materia del universo se aniquilaría, al menos tal y como la
conocemos.
De manera que como todas las teorías científicas deben estar de acuerdo con
todos los hechos experimentales, y si aparecen nuevos hechos o fenómenos que
una teoría no puede explicar, nos vemos obligados a sustituirla, hubo que
modificar el modelo de Rutherford. Sin embargo, en todos los modelos
posteriores se conserva la idea del núcleo, esa zona central del átomo, de
dimensiones insignificantes, donde se encuentra concentrada la carga positiva y
prácticamente toda su masa.
§. El modelo atómico de Bohr
Así que, prescindiendo en gran parte de la física clásica, el físico danés
Niels Henrik David Bohr desarrolló un nuevo modelo de átomo para darle orden y
estabilidad al modelo de Rutherford basándose en la llamada Teoría de los
cuantos. La Teoría de los cuantos introduce la idea de discontinuidad aplicada
a la energía. De la misma forma que en su día Dalton propuso que la materia era
discontinua, que estaba formada por átomos, y que en ningún fenómeno químico
podía intervenir una cantidad de materia inferior a un átomo, también hay una
mínima cantidad de energía que se puede intercambiar, y a esa cantidad mínima de
energía se la llama cuanto, algo así como paquetes de
energía indivisibles.
Cualquier cantidad de energía que se emite o absorbe ha de ser un número entero
de cuantos. Aparecen así, en esta teoría, números enteros que se llaman números
cuánticos, y a partir de ella se desarrolló lo que hoy en día conocemos
como Mecánica cuántica.
A esos cuantos de energía, como se manifiestan en forma de
ondas (radiación ultravioleta, rayos X, etc.) también se los llama fotones (que
significa «luz»).
En el modelo atómico de Rutherford los electrones giran alrededor del núcleo en
órbitas de un radio cualquiera, a cualquier distancia del núcleo. En el modelo
atómico de Bohr, en cambio, haciendo uso de la Teoría de los cuantos, los
electrones sólo giran en ciertas órbitas permitidas de radios determinados, ya
que su movimiento o cambio de posición sólo puede relacionarse con una cantidad
entera de cuantos: para que un electrón cambie de órbita debe «pagar» con
cuantos de energía esa transacción, así que no todos los cambios están
energéticamente permitidos.
Dato
curioso
En
física moderna, el fotón es la partícula elemental responsable de las
manifestaciones cuánticas del electromagnetismo. Es la partícula portadora de
todas las formas de radiación electromagnética, incluyendo los rayos gamma, los
rayos X, la luz ultravioleta, la luz visible, la luz infrarroja, las microondas
y las ondas de radio. El fotón no tiene masa y viaja en el vacío con una
velocidad constante e insuperable, la velocidad de la luz. Presenta tanto
propiedades corpusculares (como si tuviese masa) como ondulatorias, y a esa
doble identidad la llamamos dualidad onda-corpúsculo. El fotón se comporta como
una onda en fenómenos como la refracción que tiene lugar en una lente o en la
cancelación por interferencia destructiva de ondas reflejadas; sin embargo, se
comporta como una partícula cuando interactúa con la materia para transferir
una cantidad fija de energía, como si chocase contra ella.
Ordenando las órbitas en las que giran los electrones desde la más próxima al
núcleo del átomo hasta la más alejada de él obtenemos los números enteros 1, 2,
3, 4… que denotan lo que se llama número cuántico principal, n. En
la órbita más cercana al núcleo, la órbita n = 1, la energía es mínima, y a
medida que nos alejamos del núcleo en las órbitas sucesivas, la energía va
creciendo.
Modelo atómico de Bohr
Esto
se traduce en que los electrones que están en órbitas más cercanas al núcleo
son más estables y no tienden a cambiar de posición, mientras que los
electrones más externos son más inestables y pueden sufrir cambios.
Cada una de estas órbitas es estacionaria, es decir, que un
electrón sólo puede estar en una órbita concreta, n = 1, n =
2, n = 3, etc., pero es imposible que esté ocupando posiciones
intermedias entre órbitas: o está en una órbita o en otra, pero no puede
permanecer en medio de las órbitas. El electrón o circula por una carretera o
por la de al lado, pero nunca puede ir circulando por la mediana. A esas
órbitas por las que tiene permitido circular también las llamamos niveles
energéticos.
Si irradiamos una muestra de átomos con luz o calor, los electrones de esos
átomos absorberán la energía de esa radiación y la emplearán, si es suficiente,
en «pagar» para situarse en órbitas superiores. Pero en cuanto dejamos de
darles energía, estos electrones vuelven a su órbita de partida. Cuando retornan
lo hacen emitiendo energía, devuelven la cantidad que hayan «pagado», emitiendo
una cantidad concreta de cuantos. Según esa cantidad de cuantos emitida podemos
determinar cuántas órbitas tiene ese átomo en concreto y entre qué niveles
energéticos se produjeron los tránsitos de los electrones.
Si, por ejemplo, la fuente de radiación fuese una llama de gas en la que se ha
introducido un metal, la llama adquiere el color característico del metal
incandescente. Estos colores nos permiten determinar de qué elemento se trata,
ya que cada color se corresponde con una cantidad de energía. En cambio, si la
fuente de luz es una lámpara que contiene gas helio, y a través de ella se hace
pasar una descarga eléctrica, los átomos de helio absorben energía que luego emiten
en forma de una luz que en realidad es una mezcla de colores. Si la luz que
emiten se hace pasar a través de una rendija estrecha y después se dispersa
mediante un prisma, podemos detectar los diferentes colores que componen esa
luz y registrarlos en una película fotográfica para analizarlos. A ese conjunto
de líneas de colores que quedan registradas en la película fotográfica la
llamamos espectro de emisión. Éste vendría a ser la huella dactilar
de los elementos, ya que cada uno de ellos producirá un número concreto de
líneas de unos colores determinados. Viendo un espectro de emisión podemos
identificar a qué elemento de la tabla periódica corresponde.
El modelo atómico de Bohr parecía adaptarse a los espectros atómicos, cosa que
no hacía el modelo de Rutherford, pero a medida que se usaron modelos
espectrales de mayor resolución, se descubrió que algunas líneas de color de
los espectros que parecían sencillas en realidad estaban formadas por dos o
tres líneas muy juntas, los dobletes y los tripletes. Eso unido a la mala
predicción que el modelo de Bohr hacía sobre los átomos con muchos electrones,
animó al físico alemán Sommerfield, discípulo de Bohr, a proponer en 1915 una
ampliación al modelo de Bohr.
Espectro de emisión
La
primera modificación consistió en admitir que las órbitas, en cada nivel,
podían ser circulares o elípticas, y que entonces el electrón podía sufrir
variaciones energéticas según la forma de la órbita, o lo que es lo mismo, que
en cada nivel de energía hay una serie de subniveles.
De hecho, la cantidad de subniveles coincidía con el número cuántico que
designaba la órbita: así en n = 1 sólo hay un subnivel,
en n = 2 hay dos subniveles, en n = 3 hay
tres subniveles, etc., y a esos subniveles se les identifica con las
letras s, p, d y f, que proceden de los nombres
ingleses de esas líneas espectrales,sharp, principal, diffuse y fundamental.
Así en el nivel n = 1 hay un subnivel s; en el
nivel n = 2 hay dos subniveles, un s y
un p; en el nivel n = 3 hay tres subniveles,
un s, un p y un d, y así
sucesivamente.
§. El modelo atómico actual
En el modelo atómico actual se ha conservado la idea de que, efectivamente, los
átomos tienen diferentes niveles de energía donde se colocan los electrones,
así como la idea de que el salto de un electrón de un nivel más alejado del
núcleo hacia otro más cercano al núcleo da lugar a la emisión de un fotón o
cuanto de energía. Las ideas actuales sobre cómo son los átomos son más
complejas. Los físicos modernos piensan que es imposible localizar con
precisión al electrón en un punto concreto, y que tampoco podemos conocer su
trayectoria, así que no se puede hablar de órbitas elípticas o circulares, sólo
de la probabilidad de que un electrón se encuentre en una determinada región.
Si pensamos, por ejemplo, en que hacemos muchos disparos sobre un mismo blanco,
si somos buenos tiradores, todos los impactos se encontrarán en una región
próxima al centro de la diana. Si hacemos un único disparo después, es
imposible determinar en qué posición exacta acabará la bala, pero en vista de
las experiencias anteriores podríamos afirmar que hay una gran probabilidad de
que el nuevo impacto se encuentre dentro del círculo que encierra todos los
impactos anteriores.
De un modo análogo el físico austríaco Erwin Rudolf Josef Alexander Schrödinger
fundó las bases de la Mecánica ondulatoria que permitieron determinar esas
regiones alrededor del núcleo de los átomos en las que la probabilidad de
encontrar los electrones es mayor. A esas regiones las llamó orbitales,
y en cada orbital sólo se podía localizar una pareja de electrones. En el
subnivel s hay un orbital, así que sólo cabe una pareja de
electrones; en el subnivel p hay tres orbitales, así que caben
tres parejas de electrones; en el subnivel d hay cinco
orbitales, así que caben 5 parejas de electrones; y en el subnivel f hay
siete orbitales, así que caben 7 parejas de electrones.
Orbitales
Pero
uno de los misterios más fascinantes es que en la tabla periódica los elementos
habían sido ordenados en orden creciente de número atómico Z o número de
protones, y distribuidos en grupos cuyas propiedades son similares.
Así, por ejemplo, el hidrógeno (H) es el elemento Z = 1, por lo que tiene un
protón en su núcleo y un solo electrón. Este electrón se encontrará en el
primer nivel energético n = 1, así que ocupará un
subnivel s. El helio (He) es el elemento Z = 2, así que tendrá dos
protones en su núcleo y dos electrones en el primer nivel energético n = 1,
ocupando todo el subnivel s.
El litio (Li) es el elemento Z = 3, así que tiene tres protones en su núcleo y
tres electrones. En el primer nivel energético n = 1 tendrá dos electrones en
el subnivel s, y el tercer electrón lo alojará en n =
2, en otro subnivel s. El berilio (Be) es el elemento Z = 4, así
que tendrá cuatro protones en su núcleo, dos en n= 1 en el
subnivel s, y otros dos en n = 2, ocupando el
subnivel s. El siguiente elemento es el boro (B), con Z = 5, así
que tiene cinco protones en el núcleo y cinco electrones situados entre los
niveles n = 1 y n = 2; en n =
1 tiene dos electrones en el subnivel s, y en n =
2 tiene dos electrones en un subnivel s, y el último electrón en el
subnivel p.
Leyendo
la tabla periódica como si cada período fuese el renglón de un párrafo, podemos
conocer la distribución de los electrones de cada elemento.
La
notación que se utiliza para ilustrar la posición de los electrones en estos
niveles y subniveles incluye un número entero que indica el nivel energético, a
continuación la letra que designa el subnivel (s, p, d o f), y como superíndice
del subnivel, la cantidad de electrones que alberga. Así las notaciones de los
anteriores elementos serían:
|
H: |
1s1 |
|
He: |
1s2 |
|
Li: |
1s22s1 |
|
Be: |
1s22s2 |
|
B: |
1s22s22p1 |
Pero esta interpretación de la tabla periódica dependiente de las
configuraciones electrónicas era desconocida por su artífice, Mendeleyev, y por
eso se dice que la tabla periódica esconde más información de la que en un
principio ofrecía.
Orbitales en la tabla periódica
La
clasificación que en su día hizo Mendeleyev en función de los pesos atómicos y
de las propiedades de los elementos responde a aspectos más recónditos de los
átomos. De hecho, la posición que ocupa cada elemento en la tabla periódica nos
da una información directa de cómo están distribuidos los electrones más
externos del átomo, los más energéticos y por tanto los más cambiantes, ya que
los bloques de la tabla periódica se corresponden con el tipo de subnivel en el
que encontramos esos electrones, si s, p, d o f; y
por eso hay un bloque de dos grupos (bloque s, el de la izquierda),
otro bloque de 10 grupos (bloque d, el del centro, que contiene los
metales de transición), otro bloque de seis grupos (bloque p, el de
la derecha) y un último bloque de 14 grupos (bloque f, el que se
sitúa debajo, aparte, que contiene las tierras raras o metales de transición
interna).
Todos los elementos del mismo grupo de la tabla periódica presentan similitudes
en sus propiedades precisamente porque tienen el mismo número de electrones en
su nivel más externo.
Algo en apariencia tan complejo como los orbitales atómicos propuestos en el
modelo atómico actual, años después de la tabla periódica, parecían haber sido
planeados por Mendeleyev, como si éste hubiese querido escribir una película de
suspense, de esas en las que todos los personajes estaban relacionados sin que
el espectador fuese consciente, hasta que en la escena final todo cobra sentido
y se descubre que aquella escena del principio, aparentemente desligada del
resto de la trama, se convierte en la protagonista de la historia.
Capítulo 4
En busca de la estabilidad
Contenido:
§.
El enlace químico de los elementos
§. Enlace iónico
§. Enlace covalente
§. Enlace metálico
§.
El enlace químico de los elementos
Nunca salgo de casa sin la cartera y las llaves. La otra cosa que llevo siempre
encima es una pequeña tabla periódica, del tamaño de una tarjeta de visita,
donde sólo figuran 111 elementos químicos. Me la regaló uno de mis profesores
de la universidad cuando fui por primera vez con mis propios alumnos a visitar
su laboratorio de investigación en Química orgánica. En el reverso de la tabla
figura escrito: «La química contribuye a aumentar la calidad de vida, es la
clave para resolver muchos de los desafíos de la Tierra y ayuda a las personas
a vivir más y mejor que nunca. Estoy orgulloso de ser químico».
A día de hoy sabemos muchas más cosas de la tabla periódica de Mendeleyev de
las que él ni tan siquiera podía imaginar. Hemos rellenado todos sus huecos y
hemos ido descubriendo órdenes más recónditos, lecturas más profundas. Para
ello sólo hay que saber interpretarla, saber leerla. A partir de la información
de la tabla se puede deducir, por ejemplo, cómo están dispuestos los electrones de
cada elemento químico, el pegamento de los átomos. Asimismo, la posición de los
elementos en la tabla periódica nos permite predecir qué tipo de enlace
establecerá ese elemento consigo mismo o con otros elementos, conocer sus
propiedades, su apariencia, si será sólido, líquido o gaseoso, duro o endeble,
cristalino o amorfo. La tabla periódica nos ofrece una forma sencilla de
conocer cómo son los elementos que componen el universo.
Los elementos manifiestan una tendencia natural a sufrir cambios o a unirse a
otros elementos en busca de una situación determinada que llamamos estabilidad.
Salvo los gases nobles, que son estables sin necesidad de enlazarse ni con
ellos mismos ni con otro elemento, el resto de los elementos tienden a unirse
mediante fuerzas de naturaleza electrostática para formar pequeños agregados de
átomos llamados moléculas o grandes agregados de átomos
ordenados llamados cristales, con el fin de adquirir mayor
estabilidad, es decir, de disminuir su contenido energético con respecto al de
los átomos aislados.
Tabla periódica con metales, no metales y gases nobles
Los
gases nobles son el helio, el neón, el argón, el kriptón, el xenón y el radón.
De
manera que la tendencia natural de todos los elementos químicos es asemejarse a
los gases nobles que, como hemos dicho, son estables.
Así por ejemplo el flúor (F), que es el elemento Z = 9, tiene en su último
nivel energético n = 2 siete electrones. Estos electrones están distribuidos de
la siguiente manera: un par de electrones en el subnivel s, y los
otros cinco en el subnivel p (F: 1s22s22p5). Para adquirir la
configuración electrónica del gas noble más próximo, el neón Z = 10, sólo
necesitaría adquirir un electrón que completase el subnivel p. Es
por ello por lo que el flúor tiende a unirse a otros átomos que sean capaces de
satisfacer esta necesidad, bien compartiendo con ellos un electrón o bien
cediéndoselo directamente. Esta tendencia también la tienen el resto de los
elementos de su grupo, los llamados halógenos, ya que a todos ellos
les falta un electrón para asemejarse al gas noble que tienen a su derecha en
la tabla periódica.
Dato
curioso
En
1916 el químico estadounidense Gilbert N. Lewis atribuyó la estabilidad de los
gases nobles a la disposición de sus electrones, y lo cierto es que cuando un
elemento se une a otro o sufre algún cambio, sólo se ven afectados sus
electrones: o bien se distribuyen de otra manera, o bien se comparten
electrones con otros elementos, ganándolos o cediéndolos. El núcleo de los
átomos nunca se ve involucrado, sólo los electrones que lo rodean.
Si nos fijamos en el primer grupo de la tabla periódica, los llamados metales
alcalinos, todos tienen un único electrón en su nivel energético más externo,
en un subnivel s. Para asemejarse a la configuración de gas noble
lo más fácil es perder ese electrón y así adquirir la configuración electrónica
del gas noble anterior. Así por ejemplo el sodio (Na, Z = 11) tiende a unirse a
otros elementos a los que poder cederle ese electrón y así asemejarse al gas
noble neón (Ne, Z = 10). Todos los metales alcalinos presentan una tendencia
tan exagerada a combinarse con otros átomos para perder este electrón que son
elementos muy reactivos, es decir, que son explosivos, incluso en contacto con
el agua ambiental, así que se almacenan sumergidos en queroseno o protegidos
por una atmósfera de nitrógeno que los mantenga a resguardo.
§. Enlace iónico
Cabe esperar que si los halógenos tienden a combinarse para ganar un electrón y
los metales alcalinos lo hacen para poder cederlo, estos dos tipos de elementos
tengan mucha afinidad entre sí. El hecho es que se combinan en un tipo de
enlace en el que puede considerarse que el halógeno gana un electrón y el metal
alcalino lo pierde, así todos contentos.
Cuando un átomo gana o pierde electrones adquiere carga neta, ya que deja de
tener el mismo número de electrones que de protones. Estos átomos con carga
reciben el nombre de iones: cuando pierden electrones adquieren
carga positiva y se llaman cationes, y cuando ganan electrones
adquieren carga negativa y se llaman aniones. El enlace surgido
entre cationes y aniones se denomina enlace iónico.
Formación de iones
Los
elementos de la izquierda de la tabla periódica, los llamados metales,
tienden a ceder electrones y los elementos de la derecha, los llamados no
metales, tienden a adquirirlos. De la unión de estos elementos se
establecen los compuestos iónicos.
Estos elementos no se unen entre sí en pequeños agregados, sino que lo hacen
formando redes de muchos átomos en los que los cationes son rodeados por
aniones y viceversa, siguiendo un arreglo geométrico o red cristalina,
donde cada átomo ocupa una posición fija en la red.
En el caso del sodio con el flúor, como el sodio quiere ceder un electrón y el
flúor ganarlo, la proporción entre estos elementos en la red cristalina es de
un flúor por cada sodio, dando lugar al denominado fluoruro de sodio (NaF), que
es el compuesto que se utiliza comúnmente como fuente de flúor en los
dentífricos como agente anti caries.
En cambio, si combinamos en un compuesto iónico un elemento del segundo grupo,
un metal alcalinotérreo como el calcio, éste querrá ceder dos electrones en lugar
de uno, así que se combinará o bien con un elemento que quiera adquirir dos
electrones, o bien con dos átomos de un elemento que quiera adquirir un solo
electrón. Así, si el calcio se combinase con el flúor, lo haría manteniendo la
proporción de dos átomos de flúor por cada átomo de calcio, formando una red
cristalina de fluoruro de calcio (CaF2, donde el 2 denota esa proporción). El
fluoruro de calcio es el compuesto que encontramos en la naturaleza formando el
mineral fluorita. Este compuesto se utilizaba en la fabricación de lentes de
cámaras fotográficas para reducir la dispersión de la luz, y también en la
fundición de hierro y aceros, ya que funde a la misma temperatura y es capaz de
disolver sus óxidos.
§. Enlace covalente
La otra opción que tiene el elemento flúor para adquirir la configuración
electrónica de gas noble es compartir ese electrón extra en lugar de aceptar la
cesión de otro elemento. Por ejemplo, un átomo de flúor se puede unir a otro
átomo de flúor, y en esa unión ambos átomos comparten un electrón, de tal
manera que ambos sienten en su nivel energético más externo la configuración
electrónica de gas noble. Este tipo de relación entre elementos no metálicos
que comparten electrones se llama enlace covalente. En este caso
los enlaces covalentes sólo se establecen entre estos átomos en pequeños
agregados llamados moléculas. Así, cuando un átomo de flúor se une
a otro átomo de flúor forma una molécula de F2.
Enlace covalente entre dos átomos de flúor
De
forma análoga, otros no metales se combinan consigo mismos para adquirir la
configuración electrónica de gas noble. Por ejemplo, el oxígeno del aire en
realidad es una molécula formada por dos átomos de oxígeno que comparten dos
pares de electrones dando moléculas de O2. El nitrógeno, que forma
el 79% del aire, está formado por moléculas de N2, donde dos átomos
de nitrógeno comparten tres pares de electrones. Cada par de electrones
compartidos forma un enlace, así el F2 tiene un enlace
covalente simple, el O2 tiene un enlace covalente doble y el N2 un
enlace covalente triple.
Estas moléculas a su vez se unen entre sí por unas fuerzas de atracción muy
débiles, llamadas fuerzas de Van der Waals, que resultan de la
atracción que ejerce cada núcleo sobre los electrones del otro átomo. Son las
fuerzas responsables de que las moléculas se mantengan unidas, pero como son
tan débiles, es frecuente encontrar estas moléculas en estado gaseoso, con gran
movilidad unas con respecto a las otras; al contrario que en los compuestos
iónicos, donde todos los átomos están unidos entre sí conformando una red cristalina
y por eso son sólidos a temperatura ambiente.
§. Enlace metálico
Los elementos metálicos son los que tienden a ceder electrones para adquirir la
configuración electrónica de los gases nobles, así que los metales, cuando se
unen entre sí, se desprenden de los electrones sobrantes dando lugar a cationes
con configuración electrónica de gas noble que se ordenan en un arreglo
geométrico o red cristalina, y los electrones cedidos permanecen deslocalizados
en los entresijos de esa red, como un baño de electrones que cumple una doble
función: por un lado transportan la carga eléctrica, ya que estos electrones
gozan de libertad de movimiento, razón por la cual los metales conducen la
electricidad, y por otro lado actúan como aglutinante de la red cristalina, ya
que impiden la repulsión entre cationes.
Un
metal se une a unno metala través de un enlace iónico; unno metalse une a unno
metala través de unenlace covalentey un metalse une a otrometala través
delenlace metálico.
El
descubrimiento de Moseley sobre cómo era el núcleo de los átomos permitió
terminar de construir la tabla periódica, pero los posteriores hallazgos acerca
de la distribución de los electrones a su alrededor determinarían la química de
todos los elementos.
Esos universos en miniatura que son los átomos determinan cómo es el universo a
nuestra escala, cómo es el universo de lo ordinario y de lo extraordinario, sus
bondades y sus aparentes delirios. En la tabla periódica encontramos descritos
esos universos en miniatura con la meticulosidad de un poema, donde cada
palabra, cada verso y cada rima han sido reflexionados y ajustados, donde no
hay cabida para lo arbitrario. La tabla periódica es el mayor logro de la
química, la máxima expresión de su elegancia.
Capítulo 5
Lo extraordinario de lo ordinario
Contenido:
§.
La estructura atómica de los materiales
§. De lápices a diamantes
§. La sal común
§. La sal en los alimentos
§. La sal en nuestro organismo
§. Aplicaciones industriales de la sal
§. La sal en la carretera
§. Gotas de mercurio
§.
La estructura atómica de los materiales
Cuando era niña paseaba de la mano de mi abuelo por todas las calles de la
ciudad, por cada uno de sus recovecos, por sus arrabales, por los barrios, por
lugares con aceras y sin ellas, siempre lejos de las calles que habían sido
diseñadas para el paseo, lejos de las áreas comerciales, de los andares
ociosos, de los pavimentos acariciados por suelas de cuero y tacones finos.
Paseábamos por zonas industriales, o por donde la naturaleza silvestre gana la
batalla al asfalto, por donde fluye el trajín de las vidas a cuestas o por
donde sólo fluye el abandono.
Mi abuelo me enseñó, sin necesidad de decírmelo con palabras, que todo aquello
era bello, y que esa belleza nos pertenecía a unos pocos. Esa belleza nos
pertenecía a los paseantes.
Aquellos paseos forjaron mi carácter, mi forma de mirar y admirar, y por ello
me atraen más los matices que las bellezas categóricas. Me emocionan las
pequeñas bondades de lo cotidiano: un sutil cambio en la luz, una impureza
incrustada en un cristal, las maclas de un guijarro, las aparentes marcas de
agua sobre el aluminio a la intemperie, las callosidades de la madera, y la
vegetación silvestre que trepa, rompe y crece a través del hormigón.
En el capítulo anterior hemos visto que una de las partes fundamentales de la
química es la que se encarga de estudiar los enlaces que se establecen entre
los diferentes átomos y la forma en la que lo hacen, las estructuras que van
dibujando cuando se enlazan. Esas estructuras se traducen en las formas que
después podemos observar a simple vista en el mundo de las cosas que están a
nuestra escala, en el mundo macroscópico.
§. De lápices a diamantes
La forma en la que unos átomos se enlazan con otros es tan importante como los
átomos en sí mismos que conforman el material. De hecho, existen materiales muy
diferentes, como pueden ser el grafito, el grafeno o el diamante, que están
formados por los mismos átomos, en este caso átomos de carbono. En estos tres
materiales los átomos de carbono están unidos entre sí mediante enlaces
covalentes, pero siguiendo un arreglo geométrico diferente, tanto que en
apariencia nada tienen que ver unos materiales con otros.
Las
diferentes estructuras en las que un mismo átomo puede enlazar y dar como
resultado diferentes materiales las llamamos alótropos. Los alótropos son
diferentes materiales, formados por los mismos átomos, pero colocados de manera
diferente.
Al
elemento químico carbono (Z = 6) le faltan cuatro electrones para tener la
misma cantidad que el gas noble más próximo, el neón (Z = 10),
con lo que tiende a unirse a otros átomos que puedan satisfacer esta necesidad.
En el caso de los materiales formados exclusivamente por átomos de carbono,
estos átomos se unen entre sí compartiendo sus electrones, a fin de que todos
ellos sientan la misma cantidad de electrones a su alrededor, y así logren
asemejarse al neón. A este tipo de enlace que se establece por compartición de
electrones ya hemos visto que se lo conoce como enlace covalente.
El grafito está formado exclusivamente por átomos de carbono.
Y estos átomos de carbono están unidos entre sí de la misma forma que lo
encontramos en el mineral natural. Si nos fijamos en un mineral de grafito
puro, podemos observar que está formado por miles de sutiles láminas de un
negro intenso, unas láminas endebles que sólo con el roce se van deshojando.
Esta estructura que observamos a gran escala en un mineral es la misma que
observamos a escala atómica. También los átomos de carbono se enlazan entre sí
formando láminas.
Cuando estos átomos se unen lo hacen formando hexágonos, en los que los átomos
de carbono ocupan la posición que corresponde a cada vértice de esos hexágonos
unidos por los lados, formando un entramado reticular. Así forman láminas de
átomos de carbono, como redes hexagonales. Estas láminas, a su vez, establecen
enlaces entre sí mucho más débiles, debidos también a interacciones de tipo
electrostático. El grafito podría entenderse como un hojaldre de carbono: cada
lámina estaría compuesta de átomos de carbono enlazados fuertemente, mediante
enlaces covalentes, y estas láminas entre sí, mantendrían una unión muy débil,
igual que ocurre con las láminas del hojaldre.
Grafito
Como
la estructura atómica del grafito es laminar, también la estructura del mineral
a gran escala lo es. Esta estructura laminar es la responsable de que podamos
utilizar el grafito para dibujar, como componente fundamental de los
carboncillos de dibujo y de la mina de los lápices.
Recuerdo que de pequeños, en invierno, cuando ya caía el sol y el tiempo no
acompañaba, mi hermano y yo solíamos pasar las tardes de los domingos en casa
con nuestros padres dibujando, pintando o haciendo manualidades en la mesa de
la cocina. Solíamos pintar figuras de escayola con acrílico o paisajes sobre
papel con acuarelas, o simplemente dibujábamos. Mis padres nos habían comprado
a mi hermano y a mí un buen cuaderno de dibujo, diferentes lápices,
carboncillos y un difuminador de papel. Recuerdo que lo primero que dibujé con
carboncillo fue una manzana. Mi madre cogió una manzana roja y reluciente del
frutero y me enseñó cómo hacer un bosquejo, cómo difuminar los trazos y crear
sombras hasta que la manzana pareciese tener brillo, fijándome dónde incidía la
luz de cocina sobre ella y dónde proyectaba la sombra sobre la mesa. Recuerdo
que me dio una lección que parece muy obvia, pero que fue valiosísima para
todos los dibujos que hice después. Me dijo «Pinta lo que ves». Y es que no es
lo mismo dibujar una manzana de verdad que dibujar la idea que se tiene de una
manzana.
Lo más difícil a la hora de trabajar con aquellos carboncillos y lápices de
dibujo era no manchar el papel, ya que el carboncillo lo terminaba impregnando
todo. De hecho, entre unos dibujos y otros colocábamos un pedazo de papel de
seda para que no terminasen emborronándose.
En mi estuche de utensilios de dibujo estaban todos los lápices perfectamente
ordenados en función de su dureza, y es que en el estuche había una pegatina
que indicaba el nombre del lápiz bajo un degradado de color que iba desde el
negro intenso hasta el gris claro. Cuanto más duro era el lápiz, más claro era
el trazo.
Jamás utilizaba el lápiz duro, pues me parecía que casi no se veían las rayas
y, en cambio, dejaba unos surcos sobre el papel imposibles de borrar. Con el
tiempo aprendí que los lápices duros se utilizaban para hacer dibujo técnico,
pero no dibujo artístico, ya que lo que necesitas son trazos firmes y precisos,
pero de poca intensidad. En cambio, en dibujo artístico lo interesante es jugar
con la profundidad de los negros y con la posibilidad de difuminarlos para
crear luces y sombras.
Cuando deslizamos un lápiz sobre el papel estamos dejando un rastro de grafito
de un grosor prácticamente atómico y que sigue conservando la estructura
interna del material. La mina de los lápices en realidad está formada por una
mezcla de grafito y de arcilla. La arcilla es la encargada de dar dureza a la
mina del lápiz, mientras que el grafito es el responsable del color negro. Así,
un lápiz duro tendrá mayor proporción de arcilla que de grafito, y por eso
pinta más grisáceo y puede llegar a ser suficientemente duro como para dejar un
surco sobre el papel. Por esta razón también tardamos mucho más tiempo en
gastar ese lápiz, porque al deslizarlo sobre el papel deshacemos una cantidad
de mina muy pequeña. En cambio, un lápiz blando tiene muy poca proporción de
arcilla y pinta de un color negro mucho más intenso, ya que es prácticamente
grafito, y el grafito, además de ser negro, es un material que se exfolia sólo
con tocarlo con los dedos. Por eso la mina de los lápices blandos es capaz de
mancharnos los dedos y de ser difuminada con mucha facilidad.
El uso del grafito como pigmento negro ya era conocido por nuestros ancestros,
quienes para realizar las pinturas rupestres ya empleaban una mezcla de carbón
y resina vegetal. En cambio, lo que hoy conocemos como lápices emprendieron su
historia en el siglo XVII, cuando se halló una mina de carbón de altísima
pureza en Inglaterra. El carbón era tan puro que podía cortarse en finas minas
y utilizarse para escribir, tan sólo cubriéndolo con cuero o cuerdas para
evitar que machase o se rompiese. Cuando se descubrió esta mina los lugareños
pensaron que se trataba de una nueva forma de plomo en lugar de carbono, y por
este motivo en inglés a las minas de lápiz se les llama lead (plomo),
pese a no contener ni un átomo de este elemento en su composición.
Dato
curioso
Hay
una nomenclatura tradicional para denominar los diferentes tipos de lápices:
del 9H al H son los considerados lápices duros (de mayor a menor dureza),
aquellos que se emplean en dibujo técnico. A partir del H nos entramos en el
rango de los lápices de dureza media, que comprenden el H, el F, el HB y el B
(también de mayor a menor dureza); y dentro de los blandos la clasificación va
del B al 9B. El 9B, el más blando, es esencialmente grafito y con el que se
logra una mayor pureza de negro. La denominación proviene de los términos
ingleses hard (H), que significa «duro», fine (F), que denota su «finura», y
black (B), que significa «negro».
Como los yacimientos de carbón tan puro son algo poco habitual, se
desarrollaron otros métodos de fabricación de minas a partir del carbón
pulverizado una vez lavado y sin impurezas. También se desarrolló un método de
producción que incorporaba la cubierta de madera, similar a los lápices
actuales.
Ahora las minas de los lápices se fabrican mezclando polvo de grafito con
arcilla molidos finamente y en la proporción adecuada, dependiendo del grado de
dureza que se pretenda, agregando agua y formando minas largas que se cuecen en
un horno. Las minas resultantes se sumergen en aceite o en cera fundida que se
infiltra en los agujeros minúsculos del material, dando por resultado una
escritura más lisa. Un tablón de enebro o de cedro de incienso con varios surcos
paralelos largos se corta para formar un listón, y las tiras de grafito y
arcilla se insertan en los surcos. Otro tablón estriado se pega encima, de
manera que tras el ensamble se cortan lo que serán los lápices individuales que
luego se pintarán y barnizarán.
Cuando dibujamos o escribimos con un lápiz, podemos ver que con sólo deslizarlo
suavemente sobre el papel conseguimos dejar rastro. Esta capacidad que tiene el
lápiz de pintar está relacionada con la naturaleza del grafito de la mina, con
su estructura más íntima, con la distribución de unos átomos respecto a otros.
Lo que ocurre cuando deslizamos una mina de grafito sobre el papel es que
rompemos los enlaces débiles entre esas láminas, permitiendo que se depositen
sobre el soporte. Así, cuando dibujamos, lo hacemos con esas finísimas láminas
formadas por átomos de carbono unidos entre sí. Y cuando difuminamos un trazo
de carboncillo ocurre lo mismo: estamos esparciendo unas láminas sobre otras,
rompiendo los débiles enlaces interlaminares y dejando sobre el papel tan sólo
láminas de grosor atómico.
Grafito
Uno
de los alótropos del grafito es el grafeno, ya que también está
formado exclusivamente por átomos de carbono. El grafeno es un material
actualmente en auge que ofrece una enorme cantidad de ventajas técnicas, ya que
cuenta con cualidades como extremada dureza —más que el diamante y el acero—,
flexibilidad, elasticidad, alta conductividad térmica y eléctrica, capacidad de
autorreparación y ligereza. De hecho, es un material tan ligero que está
formado por hojas de grosor atómico, pero tan resistente que una hoja de
espesor atómico es capaz de soportar varios kilogramos sin romperse.
De la misma forma que se disponen los átomos de carbono para crear las láminas
que componen la estructura del grafito, el grafeno está formado exclusivamente
por esas láminas.
En el grafito los átomos que dan lugar a esas láminas están unidos en un plano
de tal manera que conforman una estructura plana hexagonal similar a un panal
de abeja, donde un átomo estará enlazado a otros tres átomos de carbono.
Grafeno
Dado
que los átomos de carbono precisan enlazarse a otros cuatro átomos para
alcanzar la máxima estabilidad, el cuarto enlace lo establecen entre una lámina
y otra a través de un enlace débil que es el responsable principal de sus
propiedades, como la conductividad eléctrica o la opacidad.
En el caso del grafeno, la estructura es sólo laminar, no hay enlace entre las
diferentes hojas, ya que en lugar de establecer el cuarto enlace de esta
manera, lo que ocurre es que todos los átomos disponen ese electrón de forma
deslocalizada, tanto que ese electrón aportado por cada átomo de carbono se
encuentra en un gigantesco orbital que abarca la totalidad de la hoja de
grafeno. Las propiedades de este material se deben, en gran medida, a este
enlace deslocalizado. Por ejemplo cuando una lámina de grafeno sufre daño y se
quiebra su estructura, se genera un agujero que es capaz de atraer a los átomos
de carbono vecinos para así tapar los huecos y por tanto autorrepararse.
También es un material que se puede dopar, esto es, introducir
impurezas para cambiar su comportamiento primigenio de manera que, por ejemplo,
no repela el agua o que incluso cobre mayor conductividad. Actualmente seguimos
investigando nuevas propiedades y nuevas aplicaciones, pero hasta la fecha ya se
ha empezado a utilizar para crear mejores baterías, cables de alta
conductividad eléctrica que no se sobrecalientan, cables de telecomunicaciones
capaces de transmitir una gran cantidad de información a alta velocidad,
pantallas táctiles flexibles, cámaras fotográficas de alta sensibilidad,
sistemas de audio de alta calidad y ligereza, etcétera.
Fullerenos y nanotubos
Esta
estructura del carbono tipo grafeno también es el constituyente principal de
otros materiales como los nanotubos de carbono, que están formados
por hojas de grafeno enrolladas sobre sí mismas que crean tubos, o fullerenos,
donde los átomos de carbono se unen creando hexágonos y pentágonos que
conforman esferas de grosor atómico, como si se tratase de un balón de fútbol
convencional a escala atómica.
Otro alótropo del carbono —es decir, otro material formado exclusivamente por
átomos de carbono unidos entre sí de diferente manera— es el diamante.
El diamante es transparente, cuenta con una dispersión refractiva relativamente
alta, por lo que dispersa la luz en sus diferentes colores, y, además, es el
mineral natural conocido de mayor dureza.
El grafito es un mineral que se forma en depósitos carbonosos sedimentarios
transformados por las condiciones ambientales de la corteza terrestre, mientras
que el diamante se forma a gran profundidad, en el manto terrestre, donde la
temperatura y la presión son muy elevadas. Los minerales que contienen carbono
proveen la fuente de carbono de los diamantes, y el crecimiento tiene lugar en
períodos entre 1000 y 3000 millones de años, lo que corresponde,
aproximadamente, del 25 al 75% de la edad de la Tierra. Los diamantes llegan a
la superficie de la tierra arrastrados desde el manto por el magma que emerge
de las erupciones volcánicas profundas. Están alojados en las regiones de la
corteza continental más viejas y frías denominadas cratones, que
son muy gruesos, y su corteza se extiende a profundidades suficientemente
grandes como para que los diamantes sean estables. No todas las chimeneas
contienen diamantes, e incluso algunas no cuentan con suficientes diamantes
como para hacer el minado económicamente viable. Una vez que los diamantes han
sido transportados a la superficie por el magma en una chimenea volcánica,
pueden ser erosionados en el exterior y ser distribuidos en un área bastante
grande. Una chimenea volcánica que contiene diamantes se considera una fuente primaria
de diamantes, mientras que todas aquellas áreas donde hay un número
significativo de diamantes que se han acumulado por la acción del agua o el
viento, como por ejemplo ocurre en los depósitos aluviales, donde los diamantes
tienden a acumularse debido a su tamaño y densidad similares, se consideran
fuentes secundarias de diamantes.
Dato
curioso
La
dureza del diamante es la responsable de su nombre, ya que la palabra
«diamante» proviene del griego adamás, que significa «invencible»,
«inalterable», «irrompible». En cambio, el término «grafito» proviene del
griego graphein, que significa «escribir».
Los diamantes también pueden formarse a través de otros fenómenos naturales que
tienen lugar bajo altas presiones, como por ejemplo en los cráteres provocados
por un impacto de meteorito, donde se pueden encontrar diamantes de pequeño
tamaño conocidos como micro diamantes o nano diamantes, ya que no ha
transcurrido el tiempo necesario para que hayan podido adquirir mayor tamaño.
También se producen diamantes sintéticos en el laboratorio mediante el empleo
de técnicas que precisan de altas presiones y temperaturas que tratan de emular
y acelerar el proceso natural que sucede en el manto terrestre.
A veces los diamantes no son perfectamente transparentes y presentan algún
matiz de color. Esto es debido a la presencia de impurezas, de algún átomo de
carbono que ha sido sustituido naturalmente en su proceso de formación por
otro. Así por ejemplo los diamantes que tienen un tono amarillento deben su
tonalidad a algún átomo de nitrógeno que ocupa la posición de un átomo de
carbono, y los que son levemente azulados es porque contienen alguna impureza
de boro. Otros colores como los verdes, marrones o rosados se deben a
imperfecciones en la estructura formada por el entramado de átomos de carbono.
Estas imperfecciones pueden ser consecuencia de alguna variación de las
condiciones de presión y temperatura a lo largo del proceso de formación del
diamante.
Los diamantes están formados exclusivamente por átomos de carbono que se unen
entre sí siguiendo un arreglo geométrico concreto que se conoce como estructura
cristalina o, sencillamente, cristal.
Llamamos
cristal a todo material cuya estructura atómica esté perfectamente ordenada,
siguiendo un arreglo geométrico específico, con una posición concreta para cada
uno de los átomos que conforman el material.
En
el caso del diamante esta estructura cristalina se denomina red de
diamante, y consiste en que cada átomo de carbono está unido a otros cuatro
átomos de carbono, todos situados a la misma distancia entre sí, que forman lo
que serían los cuatro vértices de un tetraedro regular. Esta disposición
tridimensional ordenada se mantiene en todos los átomos de carbono que componen
el diamante, lo que da lugar a la estructura cristalina.
Diamante
Los
átomos de carbono se unen entre sí de cuatro en cuatro, de forma que cada átomo
de carbono comparte uno de sus electrones con el átomo central.
Esta estructura cristalina, así como el tipo de enlace entre los átomos por
compartición de electrones, es la responsable de todas las propiedades del
diamante. Es responsable de su extremada dureza, de su brillo y su
transparencia. En el diamante todos los átomos de carbono están enlazados entre
sí mediante enlaces covalentes, y no hay lugar para otros enlaces más débiles,
tal y como ocurría en los demás alótropos.
En la estructura del diamante, ordenada y prácticamente inalterable, los átomos
de carbono logran la máxima estabilidad. Se considera la estructura divina del
carbono. Mientras que en el grafito la estructura es opaca, unas láminas pueden
deslizarse sobre otras, deshojándose sólo con el roce del papel y dejando tras
de sí un rastro negro, una sombra de su humanidad.
El diamante es la joya y el grafito es la herramienta, por eso se ha creado más
belleza con la punta de un lápiz. Yo he podido dibujar de niña los domingos por
la tarde y hacer cálculos de adulta siempre utilizando un lápiz de dibujo,
suficientemente blando y negro, capaz de dotar de rotundidad a mis trazos. Mi
hermano ha podido dibujar conmigo las tardes de los domingos, y ha seguido
dibujando hasta hoy con sus lápices blandos, finos, gruesos y con sus
carboncillos. Ha creado pigmentos de grafito capaces de absorber toda la luz,
tan negros como el abismo.
La estructura interna del grafito es la responsable de lo extraordinario de sus
cualidades, una estructura menos cristalina y más compleja y caótica que la del
diamante; una estructura, en definitiva, más humana y menos divina.
§. La sal común
Estamos tan acostumbrados a ciertas cosas cotidianas que nos puede pasar
desapercibido el carácter extraordinario que se esconde en todas ellas. Por
eso, antes de seguir leyendo estas líneas, te animo a que vayas a la cocina y
cojas una pizca de sal gorda. Posiblemente nunca la has visto con los ojos curiosos
e inexpertos que la sal se merece. Levántate de donde estés y vete a por una
pizca de sal. Hazlo de verdad, hazlo antes de seguir leyendo.
Lo primero que vas a apreciar es que esa sal parecen pequeñísimos cristales
cúbicos, solitarios o entrelazados. Eso es porque la sal es un cristal,
un sólido cristalino, lo que significa que es una sustancia formada
por átomos que siguen un orden. No todo lo que tiene aspecto cristalino es un
cristal, pero la sal común, al igual que un diamante o una amatista, sí lo es.
Actualmente la sal se ha convertido en un bien ordinario, pero comenzó siendo
un bien de lujo.
Dato
curioso
En
China, durante la época del emperador Huangdi en el año 2670 a. C., comenzó a
utilizarse la sal como alimento. Durante el verano el sol era capaz de evaporar
el agua de los lagos de la provincia de Shanxi, por lo que los lugareños se
dedicaron a extraer de forma rudimentaria los cristales de sal de la
superficie. En el año 800 a. C., época de la dinastía Xia, se comenzó a extraer
la sal con métodos más elaborados: el agua de mar se introducía en recipientes
de barro que se exponían al fuego hasta que el agua se evaporase y sólo
quedasen los cristales de sal. Este método de obtención en realidad se basa en
los mismos principios que los métodos de obtención actuales.
En Occidente se han encontrado momias preservadas con las arenas salinas de los
desiertos de Egipto que datan del año 3000 a. C. En el Antiguo Egipto la sal ya
se utilizaba como conservante alimenticio, como potenciador del sabor y en
ritos funerarios. La sal que empleaban provenía de las cercanías del delta del
Nilo, así como del comercio de las primeras culturas mediterráneas, como Libia
y Etiopía. Los egipcios se convirtieron en los primeros exportadores de
alimentos crudos como el pescado, ya que manteniéndolos en salazón podían
conservarlos y comercializarlos durante más tiempo.
En Europa los celtas explotaron las minas de Hallein, en las inmediaciones de
Salzburgo, la ciudad de la sal. Posteriormente este pueblo transmitió a los
romanos sus conocimientos sobre la extracción y el uso de la sal.
La palabra «salario» viene del latín salarium argentum y alude al pago que el
Imperio Romano les daba a los soldados de su legión, y la expresión «sal común»
se refiere a la exigencia de los patricios romanos sobre el derecho de las
personas a tener su porción de sal. La sal era tan importante que la mayor
parte de las ciudades romanas se construyeron cerca de salinas y se crearon
rutas específicas para su distribución.
La conservación de los alimentos por salazón se reveló fundamental para
garantizar el crecimiento demográfico, por lo que durante la Edad Media se
consolidó el comercio de la sal: por un lado, con el mercado de África
Occidental, donde la sal fue la principal mercancía que mantuvo a flote el
comercio de oro transahariano con el mundo occidental, y por otro, con la
enorme industria salazonera de los Países Bajos en el siglo XVII, que influyó
profundamente en el cauce del imperialismo europeo.
La sal común es cloruro sódico, NaCl (aunque puede presentar alguna impureza,
es prácticamente NaCl puro). Es decir, está formada exclusivamente por átomos
de sodio (Na) y de cloro (Cl), y cuando estos dos elementos se unen, el
resultado presenta unas propiedades y una apariencia totalmente distintas a las
del sodio y el cloro por separado.
Para analizar y entender cómo se enlazan estos dos elementos sólo hay que ver
dónde están situados en la tabla periódica.
Si nos fijamos en la tabla periódica, vemos que al lado del cloro (Cl, Z = 17)
está el gas noble argón (Ar, Z = 18), al que se asemejará en cuanto gane un
electrón.
En el caso del sodio (Na, Z = 11) ocurre lo contrario. El gas noble que tiene
más cerca es el neón (Ne, Z = 10), por lo que el sodio se asemejará a él en
cuanto pierda un electrón.
La solución entre estos dos elementos que conforman la sal es fácil: uno quiere
ganar un electrón y otro quiere perderlo. Pues eso es lo que hacen estos dos
elementos cuando se enlazan. El sodio cede ese electrón al cloro, de modo que
el sodio se queda con una carga neta positiva (que se denota como Na+)
y el cloro con una carga neta negativa (que se denota como Cl−).
Formación de iones Na+ y Cl−
Los
átomos que presentan carga por haber cedido o ganado electrones se llaman iones y,
como ya hemos dicho antes, el enlace entre iones se denomina enlace
iónico.
Este tipo de enlace se forma por atracción electrostática (entre cargas de
signo opuesto), y en algunos casos puede ser extremadamente fuerte. Una de sus
peculiaridades es que no se da sólo entre parejas de átomos, sino que es un
enlace masivo: todos los cloros se rodean de sodios, y todos los sodios se
rodean de cloros formando una red tridimensional ordenada llamada red
cristalina.
A través de algunas técnicas, como por ejemplo la difracción de rayos X,
podemos llegar a ver cómo es esta estructura cristalina y de algún modo saber
dónde se coloca cada átomo. Hay modelos que describen este tipo de orden, y en
este caso se le da el nombre de sistema cúbico, donde uno de los
iones se sitúa en los vértices y el centro de las caras de un cubo, y el otro
ion ocupa el centro de cada arista y el centro del cubo.
Dato
curioso
En
el lenguaje cotidiano llamamos cristal al vidrio. Químicamente el vidrio no es
un cristal porque los átomos que lo forman no siguen una distribución ordenada,
no hay ningún arreglo geométrico con el que podamos describir su estructura. A
los sólidos en los que los átomos no siguen un orden concreto los llamamos
sólidos amorfos. Por este motivo un químico jamás llamará cristal al material
de un vaso o de una ventana, sino que lo llamará vidrio.
Esta hermosa estructura a escala atómica es la responsable de que también a
gran escala, es decir, los granos de sal, sigan siendo cúbicos.
§. La sal en los alimentos
Su poder como conservante ha tenido una influencia decisiva en el crecimiento
demográfico de las poblaciones, ya que la salazón garantizaba la conservación
de una gran cantidad de alimentos sin necesidad de mantenerlos refrigerados.
Hoy en día se ha convertido en uno de los aditivos más habituales y seguros de
los alimentos por su capacidad para resaltar y potenciar los sabores. La sal se
agrega a las carnes principalmente como un ingrediente conservante capaz de
inhibir el crecimiento de bacterias. Su papel como agente aglutinante,
ablandador y capaz de proporcionar color permite ofrecer al consumidor una
presencia más compacta y atractiva de los embutidos tradicionales y de los
preparados cárnicos. Los fabricantes de cereales y harinas de trigo y arroz
emplean la sal como corrector del sabor, tanto si esta materia prima va
destinada al sector panadero como al pastelero. A su vez, la sal resulta un
ingrediente fundamental en la elaboración del pan para controlar el grado de
fermentación de la masa, además de hacerlo más sabroso. En la elaboración de
quesos, margarinas, mantequillas o cremas derivadas de la leche, la sal se
utiliza para controlar la fermentación y mejorar el color, la textura y el
sabor de estos preparados. En la elaboración de conservas, encurtidos, ahumados
y salazones la sal garantiza su conservación natural.
§. La sal en nuestro organismo
La sal es considerada el vehículo óptimo para proveer a nuestro cuerpo de yodo.
El yodo es un oligoelemento, lo que quiere decir que su consumo es esencial
para un correcto funcionamiento del organismo. El yodo puede estar presente en
la sal sin afectar su sabor ni su color. Cuando no se aporta la cantidad
necesaria de yodo, la glándula tiroides puede tener problemas para sintetizar
hormonas tiroideas en cantidad suficiente, y la baja concentración sanguínea de
estas hormonas es el principal factor responsable de una serie de alteraciones
funcionales y del desarrollo de enfermedades que reciben el nombre genérico de
Trastornos por Deficiencia de Yodo. El cretinismo, el bocio, el hipotiroidismo
y algunos tipos de alteraciones mentales y neurológicas capaces de mermar la
capacidad intelectual y de trabajo son las manifestaciones más extremas de la
carencia de yodo, así que la sal yodada constituye el método más efectivo para
la erradicación de estos trastornos.
La sal es indispensable para la vida. Nuestro organismo necesita pequeñas
cantidades de sal para funcionar adecuadamente, ya que la sal es la fuente
principal de sodio: es vital para controlar la cantidad de agua del cuerpo
humano, manteniendo el pH de la sangre; regula los fluidos corporales; ayuda a
que el cuerpo esté hidratado, ya que se encarga de introducir agua en el
interior de las células, y ayuda a transmitir impulsos nerviosos y favorece la
relajación muscular. Sin embargo, consumir mucha más sal de la que se necesita
afectará a los riñones, que son los mayores reguladores de sodio en la sangre,
manteniendo el equilibrio del sodio almacenado en nuestro cuerpo para su óptimo
aprovechamiento. El exceso de sal que no pueden eliminar los riñones se acumula
en nuestra sangre y atrae el agua e incrementa el volumen de sangre circulante,
lo que provoca que el corazón necesite trabajar más para mover la sangre y que
se eleve la presión arterial hasta llegar a producir hipertensión.
§. Aplicaciones industriales de la sal
La sal también es imprescindible en la industria, por ejemplo, en la
fabricación de materias primas y otros materiales de uso común. Partiendo de
preparados de salmueras de sal común se obtienen el cloro y la sosa cáustica,
dos elementos básicos para el sector. El cloro se emplea en la fabricación de
plásticos, como por ejemplo el PVC. Por su parte, la sosa cáustica es una base
extremadamente importante para la industria química que se utiliza para la
producción de papel, aluminio, fibras, textiles, jabones o detergentes, entre
otros. En las fundiciones, refinerías y fábricas de metales ferrosos y no
ferrosos la sal se utiliza en los procesos de manufactura de materias primas
tan necesarias como el aluminio, el berilio, el cobre, el acero y el vanadio,
entre otros. La sal se emplea para blanquear o decolorar la pulpa de madera de
la que se extrae la celulosa y que, posteriormente, sirve para diversas
aplicaciones industriales de importancia como la fabricación del papel, el
rayón o las fibras sintéticas. En la industria textil la sal es utilizada en
forma de salmueras para separar los contaminantes orgánicos en las fibras.
Además, la sal se mezcla con los colorantes para estandarizar los concentrados
y favorecer la absorción de los colorantes para unificar las telas. En las curtidurías,
las industrias dedicadas a la fabricación de productos de piel, la sal ha sido
tradicionalmente empleada para inhibir la acción microbiana en el interior de
las pieles, así como para restarles humedad.
Además, la sal es indispensable en dos importantes procesos de la vida
cotidiana: por un lado, el papel del cloro en la desinfección del agua, ya que
es relativamente barato y es capaz de desactivar la mayoría de los
microorganismos y, por otro, se emplea en la construcción de las carreteras
para dar firmeza al terreno y para controlar y potenciar el deshielo en calles
y carreteras, ya que baja el punto de congelación del agua.
§. La sal en la carretera
También el hecho de que la sal esté formada por la unión de iones nos permite
entender cómo funcionan algunas de las cosas para las que la utilizamos. Por
ejemplo, el hecho de utilizar sal en las carreteras para que no se produzca
hielo.
Puede parecer que la sal derrite al hielo, pero no es eso exactamente lo que
ocurre. Para entender mejor este proceso es fundamental saber que la sal está
formada por iones de sodio y de cloro, y que el agua está formada por la unión
de hidrógeno y oxígeno (formando una molécula de H2 O). En el
agua, entre todas las moléculas de H2O se establecen unos enlaces
débiles llamados puentes de hidrógeno que se dan entre los
átomos de H de una molécula de H2O y los átomos de O de otra
molécula de H2O, ya que entre ellos existe una gran atracción.
Cuando la temperatura supera los 0 °C, las moléculas de H2O se
mueven muy rápido unas con respecto a otras, y estos enlaces no tienen la
fuerza suficiente para unirse del todo y por eso el agua se mantiene en estado
líquido. Sin embargo, a temperaturas inferiores a 0 °C, su velocidad disminuye,
formándose puentes de hidrógeno suficientemente estables,
tanto que el agua se solidifica creando hielo.
Dato
curioso
Si
queremos enfriar rápidamente un refresco, en lugar de introducirlo en el
congelador, podemos meterlo en un recipiente provisto de cubos de hielo y echar
sal sobre ellos. La temperatura del hielo descenderá rápidamente hasta los −10
°C, con lo que el refresco se enfriará de inmediato. Esta reacción se debe a
que el hielo está provisto de una fina capa de agua líquida sobre su
superficie, y la sal que hemos añadido se disuelve en esa agua y forma una
disolución saturada; es decir, esa cantidad de agua no es capaz de disolver
toda la sal. En ese momento, como la sal necesita más agua para disolverse
totalmente, parte del hielo comienza a fundirse para proveer a la sal de más
líquido. Como para que el hielo se funda necesita absorber calor, lo extrae de
la disolución circundante, de manera que ésta se va enfriando a medida que el
hielo le roba el calor. Igual que en el caso del deshielo de las calzadas, el
punto de congelación de la disolución, al contener sal, se mantiene muy por
debajo de los 0 °C, de forma que sigue manteniéndose líquida incluso a −10 °C.
Si en el recipiente hemos sumergido una lata o una botella de refresco que
estaba a temperatura ambiente, el hielo le robará el calor a ella para volverse
líquido y seguir disolviendo más sal, motivo por el que el refresco se enfriará
rápidamente.
Cuando la sal se disuelve en el agua los iones de sodio (positivos) y de cloro
(negativos) quedan flotando; uno atrae al hidrógeno del agua, y el otro, al
oxígeno del agua, rompiendo los puentes de hidrógeno entre las moléculas de
H2O. Gracias a esto el agua no se puede solidificar, y el compuesto resultante
tiene una temperatura de congelación muy inferior a la del agua normal, en
torno a unos –21 °C. Añadiendo sal es más fácil que las carreteras permanezcan
sin apenas hielo durante el invierno, ya que las temperaturas no suelen ser tan
bajas. Esta fórmula es más eficaz cuando todavía no hay hielo, es decir, es
conveniente anticiparse a las heladas, pero si la previsión nos falla, también
sirve como remedio, aunque el proceso sea más lento.
Este remedio sería ideal si no fuera por los inconvenientes que supone para el
medio ambiente el uso continuado de sal. La sal que arrojamos a la calzada
eleva los niveles del cloro y sodio del agua y éstos van a parar al sustrato
donde habitan las plantas, impidiéndoles la correcta absorción de agua y
deshidratándolas. Por este motivo, en algunos países está prohibido utilizar
sal para evitar la congelación de la calzada, e incluso está penado con multas
elevadas. Existen otras formas anticongelantes más limpias como el acetato de
potasio o el acetato de calcio-magnesio, que no son perjudiciales. El problema
reside en el elevado coste que suponen estas soluciones alternativas frente a
lo económico que resulta el uso de la sal.
Cristales de sal común
La
sal es útil y es un ingrediente presente en todas las cocinas. Es tan cotidiana
que el tiempo le ha ido robando su historia y su belleza. De tanto verla ni la
vemos. Hemos dejado que se dispersase entre todo lo mediocre hasta ser sólo una
sombra. Cuántas bellezas sutiles nos perdemos por observar el mundo con
arrogancia, desde el prisma único de lo útil y no desde el prisma atemporal de
lo bello.
Reniego de las bellezas exuberantes, de lo grosero. Prefiero perderme en esa
arquitectura perfecta establecida por dos elementos que se encuentran y al
encontrarse se ordenan. Me gusta que haya cristales de sal en todas las casas,
capaces de imponer cordura, de hacernos huir del trajín, a pesar de formar
parte de él. Son esa pieza extraordinaria varada en nuestro ajetreo, perdida,
insignificante, una pizca de lírica entre tanta prosa. Sólo hay que pararse un
segundo y verla, verla de verdad, con todo el peso de su historia, con los ojos
curiosos que se merece.
§. Gotas de mercurio
De entre todas las pequeñas bondades de lo cotidiano hay un elemento, tan
ordinario como cualquier otro, que se nos presenta con la extravagancia de un
metal líquido: el mercurio. Todos los que pertenecen a mi generación, o a
generaciones anteriores, han jugado con las bolitas de mercurio de los antiguos
termómetros, lo que otorgaba un estado de originalidad e irreverencia al
entorno más allá del propio de la fiebre. Me preguntaba por qué el mercurio era
líquido a temperatura ambiente, como si fuese más inusual que cualquier otro
elemento líquido. Y es que este elemento es un metal, tal y como entendemos un
metal común como el hierro o la plata, pero que sea líquido resulta
sorprendente: es de color gris metálico, brillante e impecablemente pulido, tan
denso que forma esferas aplastadas por la gravedad, que se unen y se separan
instantáneamente formando nuevas esferas. El mercurio es mágico, más mágico que
cualquier otro líquido.
El
mercurio es un elemento químico. Su nombre y símbolo (Hg) proceden del término
hidrargirio, hoy ya en desuso, que a su vez proviene del latín hydrargyrum, y
éste, a su vez, del griego hydrargyros (hydros = «agua» yargyros = «plata»).
Existen
modelos y teorías dentro de la química que describen el comportamiento y la
apariencia de este metal. Y a pesar de ello, por mucho que teoricemos,
describamos e incluso cometamos la imprudencia de justificar por qué es así, he
de adelantar que este metal no deja de ser excepcional. De la misma manera que
por mucho que creamos entender por qué cambia el color del paisaje con la
curvatura del terreno y el grado de incidencia del Sol, no dejaremos de
contemplarlo con entusiasmo primerizo. Ahí está la magia, lo extraordinario de
lo ordinario.
El mercurio entra dentro de la categoría de metal pesado. Desde la
comunidad científica (IUPAC) no existe un consenso sobre esta denominación,
pero comúnmente se emplea para referirnos a los metales de elevado número
atómico que se bioacumulan, es decir, que se introducen en los organismos vivos
de forma casi permanente y pueden llegar a producir efectos tóxicos.
Esas mágicas gotas de mercurio que se multiplican imposibles en una
perturbadora geometría pueden describirse químicamente por medio del enlace
metálico, pero con unas cuantas excepciones, culpables de su extraño
aspecto y comportamiento. La primera de ellas es que el mercurio está
considerado metal noble, lo cual significa que es un elemento de
baja reactividad; es decir, que salvo en condiciones adversas no se corroe u
oxida, y puede emplearse para catalizar reacciones químicas sin alterarse. Se
consideran metales nobles el cobre, el rutenio, el rodio, el paladio, la plata,
el renio, el osmio, el iridio, el platino, el oro y el mercurio.
Dato
curioso
Si
un animal ingiere mercurio, éste permanece indefinidamente en su organismo. Si
un segundo animal se alimenta de este primero, el mercurio pasará
automáticamente a su cuerpo, de manera que este metal se introduce en la cadena
trófica y viaja de presa a depredador acumulándose en el organismo. El mercurio
está presente en muchos de los alimentos que ingerimos y se queda de forma
permanente.
Esta cadena se inicia en el momento en que un animal entra en contacto con el
mercurio, bien porque dicho metal forma parte de algunos minerales y éstos
pueden acabar arrastrados por corrientes de agua en la que habiten animales
acuáticos y plantas, bien por contaminación natural, como el vulcanismo, o de
procedencia humana, como la minería.
La forma más peligrosa del mercurio es un derivado llamado metilmercurio. Este
compuesto es capaz de viajar por el organismo y llegar al cerebro, afectando el
comportamiento y la memoria.
Las especies de peces que se hallan en el nivel más alto en la cadena
alimentaria, como el tiburón, el pez espada, la caballa, el atún blanco y el
blanquillo contienen mayores concentraciones de mercurio que otras especies.
Como el mercurio y el metilmercurio son solubles en grasa, se acumulan
principalmente en las vísceras, aunque también se encuentran en todo el tejido
muscular. Cuando este pescado es consumido por un depredador, el nivel de
mercurio se acumula. Dado que los peces son menos eficientes en la depuración
que en la acumulación de metilmercurio, la concentración de mercurio de los tejidos
aumenta con el tiempo. Así, las especies que ocupan un nivel superior en la
cadena alimentaria acumulan una carga corporal de mercurio que puede ser diez
veces mayor que la de las especies que consumen. Este proceso se denomina
biomagnificación.
Los habitantes de países que consumen mucho pescado están más expuestos que
otros a sufrir intoxicaciones por mercurio. Tal es el caso de la ciudad
japonesa de Minamata, cuyos habitantes en la década de 1950 sufrieron un
envenenamiento masivo por mercurio que les provocó un síndrome neurológico
grave conocido hoy en día como la Enfermedad de Minamata.
Tanto la limitada reactividad del mercurio como la debilidad de su enlace
metálico (por lo cual es líquido a temperatura ambiente) no pueden describirse
mediante el modelo atómico clásico de Schrödinger, sino que hay que tener en
cuenta ciertas consideraciones relativistas.
Para simplificar la comprensión de las implicaciones relativistas, puede
hacerse la consideración de que cualquier fenómeno que suceda a velocidades
cercanas a la luz sufre alteraciones físicas que se describen mediante la
Teoría de la relatividad. En el caso del mercurio, sabemos que es un elemento
pesado (Z = 80), de elevada carga nuclear efectiva, por lo que sus electrones
van a estar muy atraídos por el núcleo, con lo que la velocidad de los
electrones que hay alrededor de éste será cercana a la de la luz.
La configuración electrónica del mercurio es [Xe] 4f145d106s2.
Para los elementos del período del mercurio cobran protagonismo en el enlace
los electrones del orbital d, pero en el caso del mercurio este
orbital está lleno (10 electrones), así que no puede emplear esos electrones
para enlazarse. El enlace entre átomos de mercurio está supeditado sólo a los
dos electrones del orbital s. Estos dos electrones sufren la
contracción relativista, es decir, que están muy atraídos por el núcleo, así
que el enlace establecido por esos electrones es ciertamente débil. Esta
configuración electrónica se denomina configuración de capa cerrada o
noble, ya que este elemento no es capaz de facilitar electrones a los
enlaces ni de generar redes en las que los átomos del metal se encuentren
embebidos en un mar de electrones. Por este motivo el enlace metálico que los
átomos de mercurio establecen entre sí es muy débil, tanto que estos átomos
pueden moverse unos con respecto a otros a temperatura ambiente, y por eso el
mercurio es un metal líquido.
La
ciencia, de nuevo, es capaz de describir, de teorizar, de prever y de modelizar
tanto lo común como lo excepcional. Pero el modelo relativista no es una
respuesta concluyente, es un paso más a la deriva, un festejo de un matiz, de
una hermosa singularidad del universo.
Capítulo 6
¿Qué es exactamente lo orgánico?
Contenido:
§.
La materia viva y la materia inerte
§. Romper la barrera entre lo orgánico y lo inorgánico
§. La teoría de la estructura química
§. Compuestos orgánicos en la materia viva
§. Compuestos orgánicos en la materia inerte
§.
La materia viva y la materia inerte
A pesar de que ya Hipócrates había sugerido que las leyes que regulaban el
universo eran las mismas tanto para la materia viva como para la materia
inerte, hubo un tiempo en que se creía que lo vivo albergaba una divinidad
tangible que lo diferenciaba de lo que carecía de vida. Esta creencia
dio lugar al vitalismo, una doctrina filosófica que se expandió por
Europa a finales del siglo XVIII y que postulaba que los organismos vivos se
caracterizan por poseer una fuerza vitalque los diferencia de forma
fundamental de las cosas inanimadas.
Esta fuerza vital, identificada frecuentemente con el alma o el espíritu del
que hablan muchas religiones, se trataría de una fuerza inmaterial específica,
distinta de la energía estudiada por la física o la química que, al actuar
sobre la materia organizada, daría como resultado la vida y sin la que sería
imposible su existencia.
Los vitalistas establecían una frontera clara e infranqueable entre el mundo
vivo y el inerte. La muerte, a diferencia de la interpretación mecanicista, no
sería efecto del deterioro de la organización del sistema, sino resultado de la
pérdida de la fuerza vital o de su separación del cuerpo material.
Puede resultar algo incómodo pensar que lo vivo está constituido por las mismas
piezas que lo inerte, que no hay nada tangible que nos diferencie de una
montaña de átomos y moléculas, unidos con más o menos elegancia. Es tentador
creer que la ciencia podrá medir y probar lo intangible, que nos dotará de vida
y de razones, que revelará, gracias a una teoría del todo, los porqués y no
sólo los cómos. Es tentador creer que la ciencia es tan poderosa que podrá
rebajar lo divino a ecuaciones sencillas y grandilocuentes. Pero la ciencia no
persigue eso, la ciencia es prudente y escribe sus líneas supeditadas a los
experimentos, no a pomposas fantasías.
§. Romper la barrera entre lo orgánico y lo inorgánico
Jöns J. Berzelius, reconocido vitalista, dividió la química en dos campos
diferentes: la Química orgánica, que estudiaba los compuestos
químicos que formaban los tejidos de los animales y las plantas, y la Química
inorgánica, que se ocupaba de los compuestos que en principio no parecían
tener nada que ver con la vida. Berzelius afirmaba que las sustancias orgánicas
presentes en los seres vivos no podían formarse a partir de sustancias
inorgánicas en el laboratorio, ya que la formación de los tejidos vivos
requería la presencia de esta «fuerza vital».
Sin embargo, hacia 1828, el químico alemán Friedrich Wöhler, que había estado
estudiando en su laboratorio los metales y los minerales, hizo un
descubrimiento que echaba por tierra las teorías de su maestro Berzelius. Un
día, y de forma fortuita, mezcló dos compuestos inorgánicos, el cianato de
plomo y el amoníaco acuoso, y al calentar la muestra obtuvo un compuesto
orgánico: el cianato de amonio o urea.
Este hallazgo revolucionaría el campo de la Química orgánica, ya que Wöhler
había sintetizado un compuesto orgánico, como la urea, a partir de sustancias
inorgánicas en el laboratorio, sin la intervención de los riñones. Era la
primera vez que se conseguía algo así.
El descubrimiento de Wöhler fue toda una revelación, y muchos de sus colegas
trataron de emularlo y de obtener compuestos orgánicos a partir de otros
inorgánicos. En la década de 1850, el químico francés Pierre E. Berthelot
obtuvo docenas de compuestos, entre ellos el alcohol etílico y el ácido
fórmico, y más tarde llegó a sintetizar el metano, el acetileno y el benceno.
También estudió la esterificación de los alcoholes, lo que lo llevó al
descubrimiento de los equilibrios químicos y aclaró la noción de velocidad de
reacción.
Al mismo tiempo, el inglés William H. Perkin obtenía una sustancia cuyas
propiedades se parecían a las de los compuestos orgánicos, pero que no se daba
en el reino de lo vivo: halló la que sería conocida como reacción de Perkin, un
método para obtener ácidos grasos no saturados. A estos primeros hallazgos les
siguieron miles y miles de otros compuestos orgánicos sintetizados en el
laboratorio.
A pesar de que los químicos eran capaces de preparar en sus laboratorios
compuestos que la naturaleza sólo fabricaba en los tejidos vivos, y de formar
otros, de la misma clase, que los tejidos vivos ni siquiera producían, no
lograron acabar con la ideología vitalista. Los vitalistas continuaban
defendiendo que aquello que se generaba en el laboratorio de manera artificial
no podía ser idéntico a lo que se hallaba en la naturaleza. Su defensa se
basaba en el hecho de que el tejido vivo formaba esas sustancias en condiciones
de suave temperatura y a base de componentes muy delicados, mientras que los
químicos tenían que utilizar condiciones a veces extremas de presión y
temperatura.
Ante este reto, los químicos respondieron logrando que las reacciones químicas
que se llevaban a cabo en el laboratorio pudieran darse también en condiciones
de presión y temperatura semejantes a las de los seres vivos, y lo hicieron
mediante el uso de catalizadores.
Los
catalizadores son sustancias que pueden acelerar o frenar una reacción química
sin verse afectadas en el proceso.
El
polvo de platino, que es un catalizador común, hacía que el hidrógeno explotara
en llamas al mezclarse con el aire, y dicho platino se podía recuperar después,
sin que hubiese sufrido ningún cambio durante el proceso. Sin el platino, esta
reacción no ocurría de forma tan violenta y para producirla, además, era
necesario aportar calor para iniciar la reacción.
Descubierta la función de los catalizadores en el laboratorio, por analogía se
llegó a la conclusión de que los tejidos vivos debían de tener sus propios
catalizadores y hallaron que éstos eran muy eficaces: una porción minúscula
propiciaba una gran reacción. Y, además, que eran selectivos: su presencia
facilitaba la transformación de ciertas sustancias, pero no afectaba en lo más
mínimo a otras muy similares. Además, estos catalizadores presentes en los
seres vivos eran muy sensibles a variaciones de calor o presencia de otras
sustancias, y detenían su acción para preservar el organismo. A estos
catalizadores de la vida se les llamó fermentos.
En 1752, el científico francés René A. F. de Réaumur extrajo los jugos
gástricos de un halcón y demostró que eran capaces de disolver la carne. Pero
no entendía por qué, ya que los jugos no eran lo que él denominaba materia
viva, sino un desecho inerte. A los químicos de la época se les ocurrió
entonces que había dos clases de fermentos: los que actuaban fuera de las
células vivas, para digerir el alimento, denominados fermentos no
formes, como los jugos gástricos, y los que sólo podían actuar dentro de
las células vivas, llamados fermentos formes, como los fermentos de
la levadura que descomponían los azúcares y los almidones para formar vino o
hinchar el pan.
Dato
curioso
En
realidad, las reacciones químicas debidas a la acción de los fermentos ya se
conocían en la Antigüedad. Desde épocas muy remotas el hombre había utilizado
distintos fermentos para obtener vino a partir de fruta, fabricar pan blando en
lugar de pan ácimo o, incluso, elaborar quesos o yogures tras el fermentado
ácido de la leche.
En 1876, el químico alemán Wilhelm Kühne acuñó un nuevo término para estos
catalizadores o fermentos formes y los llamó enzimas, que significa
«en la levadura», para diferenciarlos de los no formes.
En 1896, el químico alemán Eduard Buchner trituró células de levadura con
arena, con la intención de que ninguna pudiera sobrevivir y comprobar si los
fermentos formes de la levadura morían al morir sus células. Tras molerlas y
filtrarlas obtuvo un jugo que estudió al microscopio para cerciorarse de que no
quedaba ni una sola célula viva. Una vez comprobado esto, añadió una solución
de azúcar a este jugo e inmediatamente empezaron a desprenderse burbujas de
dióxido de carbono y el azúcar se convirtió lentamente en alcohol.
Buchner había demostrado que los fermentos formes podían llevar a cabo procesos
propios de los seres vivos incluso fuera de sus células, así que el
término enzima, que Kühne había utilizado sólo para fermentos
formes, fue aplicado a todos los fermentos sin distinción.
A finales del siglo XIX había quedado más que demostrado que el vitalismo era
una idea errónea, que no existía esa misteriosa fuerza vital y que todos los
procesos que ocurrían en los seres vivos podían emularse en un laboratorio a
partir de sustancias comunes. Lo que todavía quedaba por determinar era cómo
eran esas enzimas, ya que aparecían en las células en cantidades ínfimas e
imposibles de aislar en aquella época.
En 1926, el bioquímico estadounidense James B. Sumner consiguió aislar unos
cristales cuando estaba trabajando con una enzima que se hallaba presente en el
jugo de un tipo de judías y comprobó que si esos cristales permanecían
disueltos, producían una reacción muy activa, pero que si se destruían, la
reacción no tenía lugar, así que llegó a la conclusión de que había aislado las
primeras enzimas. En el futuro se pudo determinar que esa primera enzima
aislada era de naturaleza proteica, igual que el resto de las enzimas que se
fueron aislando con el paso del tiempo.
Todo este largo e infatigable proceso de investigación en busca de respuestas,
llevado a cabo por todos estos científicos y muchos otros contemporáneos a
ellos, desveló una certeza que hoy en día nos parece de sentido común: que si
todo está formado por átomos entrelazados, desde las arenas de la playa hasta
nuestra piel, lo lógico es creer que no hay leyes para la materia viva
diferentes a las leyes que gobiernan la materia inerte. Todo está formado por
átomos, todo es química, lo vivo y lo inerte.
Hoy
en día se denomina Química orgánica a toda la química que se centra en el
estudio de los compuestos formados por carbono, a pesar de que gran parte de
estos compuestos no estén presentes en ningún ser vivo.
§.
La teoría de la estructura química
En 1857, cuando todavía no se habían planteado los principales modelos atómicos
ni se conocían las partículas subatómicas, el químico orgánico alemán Friedrich
August Kekulé fue el principal impulsor de la Teoría de la estructura química.
Esta teoría se basa en la idea de la valencia atómica, es decir, la cantidad de
enlaces que un átomo de un elemento puede establecer con otros átomos. Kekulé
se centró en estudiar el átomo de carbono, ya que era el elemento imprescindible
de los compuestos orgánicos, y llegó a la conclusión de que era un elemento
tetravalente, es decir, que podía establecer cuatro enlaces.
Archibald Scott Couper, de manera independiente, llegó a la idea de la
capacidad de auto enlace de los átomos de carbono en 1858, de formar cadenas de
átomos enlazados entre sí, y empleó las primeras fórmulas de moléculas en las
que las líneas simbolizan los enlaces que conectan los átomos de carbono.
Aleksandr Mikhaylovich, por su parte, fue el primero en incorporar enlaces
covalentes dobles en las fórmulas estructurales. Para los químicos orgánicos la
Teoría de la estructura química supuso una revolución en la forma de entender
la síntesis orgánica. No se trataba sólo de dilucidar qué elementos conformaban
una molécula y en qué proporción, sino cómo estaban enlazados entre sí y cómo
cambiaban sus propiedades según su estructura. Como consecuencia de esto, el
campo de la Química orgánica se desarrolló de forma inaudita a partir de este
punto.
El trabajo más conocido de Kekulé se centró en la estructura geométrica del
benceno. Ya en 1865, Kekulé publicó un artículo en el que sugería que la
estructura era un anillo formado por la unión de seis átomos de carbono unidos
entre sí mediante enlaces covalentes simples y dobles alternados.
Benceno
En
los comienzos de la Química orgánica, los químicos dividieron los compuestos
orgánicos en aromáticos (fragantes) y alifáticos (grasos). Los compuestos
orgánicos aromáticos recibieron ese nombre debido a las fragancias de productos
como el benzaldehído (derivado de melocotones, almendras amargas, albaricoques
o cerezas), el tolueno (derivado del bálsamo de Tolú, extraído de un árbol) y
el benceno (obtenido de la resina del árbol de benjuí). Más tarde se comprobó
que, además de poseer un aroma similar, los hidrocarburos aromáticos se
comportaban de manera distinta a los demás compuestos orgánicos. Esto se debe a
que la molécula de benceno tiene forma de anillo y los demás compuestos
orgánicos están formados por moléculas lineales, por cadenas de átomos de
carbono.
A medida que se fue concretando la naturaleza de los átomos en modelos atómicos
más sofisticados, la valencia atómica del carbono y su capacidad de establecer
enlaces simples, dobles y triples, con otros elementos y consigo mismo,
propició un estudio en profundidad sobre cómo los enlaces establecidos entre
átomos eran capaces de someter a éstos a una estructura geométrica concreta.
Dato
curioso
El
benceno ya había sido descubierto por el científico británico Michael Faraday
en 1825. Los propietarios de la fábrica de gas para el alumbrado de Londres
pidieron a Faraday que encontrara una solución a un problema que tenía lugar
durante el invierno: con el frío, el gas perdía su capacidad de producir llama.
En aquella época el gas para alumbrado se obtenía de la grasa de animales y se
guardaba en bombonas de hierro. Faraday, que en aquella época era el director
del laboratorio de la Royal Society de Londres, se dio cuenta de que con el
frío el gas se condensaba y se acumulaba en el fondo de las botellas en forma
de líquido transparente y aromático. El químico alemán Eilhard Mitscherlich
logró medir su masa molecular y establecer así la fórmula C6H 6.
Para explicar que los enlaces entre los átomos de carbono del benceno son
semejantes, Kekulé había sugerido que los enlaces simples y dobles oscilan
continuamente de una posición a otra. En 1929, Dame Kathleen Lonsdale,
cristalógrafa británica de origen irlandés, estableció la estructura del
benceno por métodos de difracción de rayos X y confirmó la hipótesis de Kekulé.
En 1939, más de setenta años después de la suposición de Kekulé, el químico
estadounidense Linus Carl Pauling publicó su obra más importante, La
naturaleza del enlace químico, en la cual desarrolló el concepto de hibridación de
los orbitales atómicos.
La
hibridación es la combinación de orbitales atómicos dentro de un átomo para
formar nuevos orbitales llamados híbridos.
Estos
orbitales atómicos híbridos son los que se solapan para formar enlaces entre
átomos, y además son capaces de describir la geometría molecular. Hoy en día
sabemos que la propuesta de Kekulé de enlaces cambiantes es en realidad un
híbrido.
A partir de los descubrimientos de Pauling, la estructura del benceno —así como
la estructura de otros compuestos orgánicos más complejos— puede describirse
desde el punto de vista del modelo atómico actual.
En la actualidad, más del 95% de las sustancias químicas conocidas son
compuestos basados en el carbono. El estudio de estos compuestos está
permitiendo, por un lado, avanzar en el conocimiento de los compuestos
implicados en la vida y profundizar en el esclarecimiento de los procesos
vitales y, por otro lado, elaborar productos como fármacos, polímeros o
fitosanitarios que influyen notablemente en la vida cotidiana.
§. Compuestos orgánicos en la materia viva
Las características y las propiedades de la materia viva están determinadas por
los elementos químicos que la componen: los bioelementos. En la
materia viva sólo encontramos 70 de los 115 elementos que componen la tabla
periódica, y de estos 70 sólo 27 se hallan en una proporción apreciable en
todos los seres vivos.
Los bioelementos primarios representan el 96,2% de la materia
viva: oxígeno, carbono, hidrógeno, nitrógeno, fósforo y azufre. La mayoría de
las moléculas que componen los seres vivos contienen carbono y se
denominan biomoléculas.
El 3,9% de la materia viva está formada por otros elementos como el calcio, el
sodio, el potasio, el cloro, el yodo, el magnesio y el hierro, y constituyen lo
que llamamos bioelementos secundarios. Y los elementos que
encontramos por debajo del 0,1% son los que denominamos oligoelementos:
cobre, cinc, manganeso, cobalto, molibdeno, níquel, silicio, etc. Hay 14
oligoelementos que se encuentran en todos los seres vivos y se les llama esenciales,
ya que aunque estén en muy baja proporción, ejercen funciones imprescindibles
para la vida.
Los
seres vivos están constituidos por cuatro tipos de biomoléculas orgánicas: los
glúcidos, los lípidos, las proteínas y los ácidos nucleicos.
Glúcidos
Los glúcidos son
las biomoléculas más abundantes en los seres vivos. Están
formadas por carbono, hidrógeno y oxígeno, y también suelen denominarse azúcares,
por su sabor dulce, o hidratos de carbono, porque la proporción que
mantienen de hidrógeno y oxígeno es la misma que la que contiene una molécula
de agua (H 2O): dos átomos de hidrógeno por cada átomo de
oxígeno. Estas biomoléculas se sintetizan en las plantas que son capaces de
realizar la fotosíntesis.
Hay varios tipos de glúcidos. Los más sencillos son los monosacáridos,
que están presentes en muchas frutas y vegetales, tienen sabor dulce y se
disuelven en agua. Entre ellos se encuentran la glucosa, la fructosa, la ribosa
y la galactosa.
Los disacáridos son glúcidos que resultan de la unión de dos
monosacáridos por pérdida de una molécula de agua. También son dulces y se
disuelven en agua. Los más importantes son la sacarosa, que se
obtiene de la unión de glucosa y fructosa y es el componente único del azúcar
común —el que se extrae de la remolacha o de la caña de azúcar—, y la lactosa,
formada por la unión de glucosa y galactosa, y que se encuentra de forma
natural en la leche.
Los polisacáridos se componen de más de diez monosacáridos
unidos entre sí que conforman largas cadenas. No se disuelven en agua y no
tienen sabor dulce. Los más conocidos son el almidón, la celulosa y el
glucógeno. El almidón contiene miles de unidades de glucosa
unidas entre sí de dos formas diferentes denominadas amilosa y amilopectina. El
almidón se almacena como reserva energética en semillas y tubérculos, de ahí
que sea el ingrediente fundamental de harinas, pastas, cereales, el arroz o la
patata. La celulosa resulta de la unión de mil y tres mil
unidades de glucosa. Su función es constituir el material estructural de las
plantas. Es el componente principal del algodón, la madera y la paja. El glucógeno está
formado por más de mil unidades de glucosa ramificadas, y se almacena en el
hígado y en los músculos como reserva energética.
Lípidos
Los
lípidos son compuestos orgánicos formados por carbono, hidrógeno y oxígeno. No
se disuelven en el agua y son menos densos que ella, así que flotan.
Constituyen la reserva energética de los organismos. Los principales lípidos
son los triglicéridos, los fosfolípidos y los esteroides.
Los triglicéridos están formados por glicerina unida a tres
ácidos carboxílicos. Los ácidos que son capaces de formar triglicéridos son los
ácidos grasos, que están formados por largas cadenas de carbono sin
ramificaciones con enlaces simples (cadena saturada) o dobles (cadena
insaturada).
En las grasas predominan los ácidos grasos saturados y son
sólidas a temperatura ambiente. En su mayoría proceden de los animales, como
las grasas de la mantequilla (ácido esteárico) o del tocino. En los aceites,
en cambio, predominan los ácidos insaturados, que son líquidos a temperatura
ambiente y en su mayoría derivan de las plantas, como el aceite de oliva (ácido
oleico), de maíz o de girasol.
Los alimentos ricos en grasas tienden a obstruir las arterias —su abuso aumenta
la incidencia de enfermedades coronarias— y constituyen el grupo alimenticio
más calórico. Por ello se recomienda un consumo moderado y, en la medida de lo
posible, sustituir los alimentos con ácidos grasos saturados por otros que sean
insaturados.
Los fosfolípidos son similares a los triglicéridos, ya que
poseen glicerina, ácidos grasos, ácido fosfórico y una base nitrogenada. El más
abundante es la lecitina, que en nuestro cuerpo la encontramos en
el cerebro y en los nervios. Los alimentos ricos en fosfolípidos son la yema de
huevo, las semillas de soja, el hígado, los sesos y el corazón.
Los esteroides son otra clase de lípidos que derivan del
hidrocarburo esterano, y el más importante es el colesterol, que es
de origen animal y se encuentra en la membrana celular y en la sangre. La mayor
parte del colesterol que tenemos en el cuerpo es sintetizado por el hígado a
partir de las grasas saturadas. Su principal función es mantener la
flexibilidad de las membranas celulares, aunque su acumulación es perjudicial,
ya que endurece y tapona las arterias.
Otros esteroides son las hormonas sexuales, como la testosterona o
la progesterona, las hormonas de las cápsulas suprarrenales, que
regulan el metabolismo, y los ácidos biliares.
Proteínas
Las proteínas son
polímeros constituidos por carbono, hidrógeno y oxígeno, y en menor medida, por
azufre y fósforo. Están formados por la unión de unidades más pequeñas
llamadas aminoácidos a través de un enlace peptídico. Existen
20 aminoácidos que forman las proteínas, ocho de los cuales son esenciales
porque no los puede sintetizar el organismo, sino que han de ser obtenidos a
través de la dieta. Las proteínas realizan diversas funciones en el cuerpo
humano: algunas son de tipo estructural, como los músculos; otras sirven como
catalizadores, como las enzimas; otras son reguladoras, como algunas hormonas,
y otras ayudan al transporte de sustancias como la hemoglobina, encargada de
transportar el oxígeno. Encontramos una alta cantidad de proteínas en las carnes,
los pescados, la leche y el huevo, siendo este último el alimento que contiene
todos los aminoácidos esenciales. Las proteínas que son solubles en agua y
poseen estructura de globo reciben el nombre de proteínas globulares,
y entre ellas están las albúminas y las globulinas,
y las proteínas insolubles en agua y con una estructura de cadenas enrolladas
se denominan proteínas fibrosas, como la queratina y
el colágeno.
Ácidos
nucleicos
Los
ácidos nucleicos son macromoléculas formadas por carbono, hidrógeno, oxígeno,
nitrógeno y fósforo, constituidas por unidades más pequeñas denominadas nucleótidos.
Cada nucleótido, a su vez, está compuesto por ácido fosfórico, un mono sacárido
de cinco carbonos, que puede ser ribosa o desoxirribosa, y una base
nitrogenada: adenina (A), guanina (G), timina (T), citosina (C) y uracilo (U).
Hay dos tipos de ácidos nucleicos que se diferencian por su estructura química
y por su función: el ADN (ácido desoxirribonucleico) y
el ARN (ácido ribonucleico). El ADN se encuentra en el núcleo
de las células y es el que contiene la información genética; y el ARN se ocupa
de transmitir la información genética al exterior del núcleo y participa en la
síntesis de las proteínas.
§. Compuestos orgánicos en la materia inerte
La
Química orgánica se dedica al estudio de los compuestos basados en el carbono,
pero estos compuestos no los encontramos únicamente en los seres vivos; también
son compuestos orgánicos por definición los derivados del petróleo.
El
petróleo
El petróleo es
un líquido oscuro, denso y viscoso, cuyo significado etimológico es «aceite de
piedra», ya que presenta textura oleaginosa y lo encontramos en yacimientos de
roca sedimentaria. El petróleo, procedente de la descomposición anaerobia (en
ausencia de aire) del micro plancton acumulado durante millones de años en el
fondo de lagos y otras cuencas sedimentarias, está compuesto por más de cien
hidrocarburos, además de trazas de azufre, nitrógeno y oxígeno. Las bacterias
anaerobias actúan sobre los lípidos de los microorganismos y los convierten en
ácidos grasos simples que por sucesivas reacciones dan lugar a los
hidrocarburos del petróleo. El proceso de formación es muy lento, como lo
confirma el hecho de que no se encuentre petróleo en sedimentos recientes.
El petróleo suele hallarse en forma de bolsas entre dos capas arcillosas
impermeables que, además, contienen agua salada e hidrocarburos gaseosos como
metano y etano. Para extraerlo se hace uso de la perforación directa, bien por
percusión, es decir, triturando la roca por elevación y descenso de una sonda
de acero, o bien mediante un trépano de gran dureza que gira a alta velocidad.
El petróleo bruto, también llamado crudo, apenas tiene
aplicaciones, pero si se le somete a un proceso industrial llamado refinado,
cuyas fases son la destilación fraccionada y el craqueo,
podemos obtener hidrocarburos de gran utilidad. La destilación fraccionada
consiste en un proceso físico a partir del cual se pueden separar los
componentes del petróleo por calentamiento, ya que cada uno hierve a una
temperatura determinada, así, a temperaturas diferentes se producen los vapores
de las distintas sustancias de interés. Estas sustancias se recolectan
independientemente una vez condensadas, y de esta manera se obtiene por ejemplo
el diesel, el queroseno o la gasolina, por orden creciente de su punto de
ebullición.
No obstante, como la fracción de gasolina que se recolecta por destilación
fraccionada es muy baja, normalmente se utiliza un proceso químico para
producir gasolina: el craqueo. Dicho proceso consiste en romper los
hidrocarburos de cadena larga del petróleo utilizando calor y un catalizador.
La ruptura de hidrocarburos conduce a la formación de hidrocarburos de cadena
corta, y residualmente se producen hidrocarburos con dobles enlaces entre
carbonos que se utilizan en la síntesis de plásticos. Puesto que las gasolinas
van a ser utilizadas principalmente en los motores de explosión, han de pasar
por una serie de procesos que mejoren sus propiedades. La gasolina no puede ser
corrosiva para el motor, así que se somete a una reacción química llamada endulzamiento que
enmascara el carácter ácido y corrosivo de los mercaptanos que contiene. La
gasolina tampoco ha de ser explosiva; de hecho las que se emplean como
combustibles de automoción se clasifican por su índice de octanos.
Dato
curioso
Es
un error común pensar que la gasolina está formada por octanos (que también es
el nombre de un compuesto químico). En realidad la razón por la que se habla de
octanos u octanaje para clasificar la gasolina es que el trimetilpentano tiene
ocho átomos de carbono.
La gasolina comercial está formada por una mezcla de heptano y trimetilpentano.
El trimetilpentano se va quemando en los motores suavemente, por lo que es un
excelente combustible, así que se le asigna un índice de octanos de 100. El
heptano arde de forma explosiva, así que no es un buen combustible, por lo que
se le asigna un índice de octanos de 0.
La gasolina de 95 octanos es en realidad una mezcla del 95% de trimetilpentano
y un 5% de heptano.
Otra forma de controlar la explosión es agregando un catalizador. Antiguamente
se empleaba plomo, pero como es un agente tóxico, en su lugar se utilizan
diversos alcoholes como antidetonantes.
La importancia del petróleo no sólo reside en su uso como fuente de energía,
sino que sirve de materia prima para la síntesis de otras muchas sustancias
orgánicas como los plásticos, las fibras sintéticas, algunos pegamentos,
colorantes y pinturas, todos ellos denominados genéricamente como polímeros
sintéticos.
Polímeros
sintéticos, derivados del petróleo
El
primer polímero totalmente sintético, en el que no se utilizó ningún extracto
vegetal para su fabricación, fue obtenido en 1909 por el químico belga Leo H.
Baekeland a partir de fenol y formaldehído. La baquelita —así
llamó a este polímero— fue la primera de una serie de resinas sintéticas que
revolucionaron la economía moderna y la vida tecnológica dando inicio a la
era del plástico. La baquelita resultó ser un plástico barato de producir,
muy versátil y no inflamable. El atractivo estilo retro de los viejos productos
de baquelita y la producción masiva han hecho que actualmente los objetos de
este material se lleguen a considerar de colección. Se utilizaba para fabricar
las carcasas de teléfonos y radios, en juguetes, hasta en estructuras de
carburadores. Actualmente se usa en aisladores de terminales eléctricas, piezas
de freno de automóviles y asas para enseres de cocina. Baekeland también
patentó un papel fotográfico que podía revelarse en agua, el papel Velox.
Gracias a la venta de esta patente a una importante empresa dedicada a la
fotografía y la explotación de la baquelita, en la década de 1920 Baekeland
amasó una gran fortuna.
En 1922, el químico alemán Hermann Staudinger comenzó a estudiar los polímeros
y en 1926 expuso su hipótesis de que éstos estaban hechos de largas cadenas de
carbono formadas por unidades pequeñas o monómeros unidos por enlaces
covalentes. Propuso las fórmulas estructurales del poliestireno y del
polioximetileno, tal como las conocemos actualmente, como cadenas moleculares
gigantes, formadas por la asociación mediante enlace covalente de ciertos
grupos atómicos llamados unidades estructurales.
Hoy en día existe una enorme variedad de polímeros que se obtienen a partir de
derivados del petróleo, aunque a veces las materias primas pueden tener otro
origen, y están constituidos fundamentalmente por carbono e hidrógeno combinado
con oxígeno, cloro, flúor, azufre y nitrógeno en menor proporción. En función
de sus propiedades físicas existen varios tipos de polímeros: fibras,
polímeros elastómeros y polímeros plásticos.
Las fibras están formadas por moléculas largas y estiradas con
capacidad de unión entre sí mediante fuerzas intermoleculares, lo que les
confiere gran resistencia. El algodón y el nailon son fibras.
Los polímeros elastómeros se deforman fácilmente y tienen la
capacidad de recuperar su forma inicial cuando cesa la causa de la deformación.
Estructuralmente están formados por cadenas enrolladas de manera arbitraria.
Para mejorar su resistencia al rozamiento se someten a vulcanizado. El caucho
natural y sintético, así como el neopreno, son polímeros elastómeros.
Los polímeros plásticos son moldeables en caliente, y una vez
que se enfrían, mantienen la forma que han adoptado.
Por un lado están los polímeros termoplásticos, que pueden
calentarse y enfriarse una y otra vez para ser deformados, por lo que son
reciclables, y están formados por largas cadenas unidas entre sí mediante
enlaces débiles. Son polímeros termoplásticos el poliestireno (PS), que se
utiliza para producir envases o como relleno de cajas de embalaje o aislamiento
acústico en su forma expandida, también llamada poliexpán; el
cloruro de polivinilo (PVC), que se utiliza en tuberías o cableado y es el
material del que están hechos los llamados discos de vinilo; el
tetrafluoroetileno o teflón, que por ser un polímero inerte y
antiadherente se utiliza tanto en prótesis quirúrgicas como para revestimiento
de sartenes; y el polimetacrilato de metilo (PMMA) llamado metacrilato o plexiglás,
que por sus propiedades ópticas es utilizado para fabricar lentes, además de
objetos decorativos.
Dato
curioso
La
palabra plástico es un adjetivo, no un sustantivo, que significa que es
moldeable, que tiene plasticidad. A pesar de que en el lenguaje ordinario
hablemos de plásticos, lo correcto es hablar de polímeros plásticos.
Por otro lado están los polímeros termoestables, que una vez
calentados, moldeados y enfriados, no se pueden volver a ablandar y deformar,
por lo que no son reciclables. Estructuralmente están formados por largas
cadenas unidas entre sí por enlaces fuertes. Son polímeros termoestables la
baquelita, la melamina, las resinas epoxi que se usan como adhesivos, la
silicona o el poliuretano.
El sistema internacional de codificación de SPI (Sociedad de Industrias de
Plástico) se utiliza para identificar los residuos de plástico de botellas y
contenedores que usamos cotidianamente, tanto en casa como en la industria. El
SPI aparece en la base de los envases como un número rodeado de tres flechas y
en la parte inferior del mismo unas siglas. Tanto el número como las siglas
hacen referencia a la composición química del plástico.
El 1 es el PET, tereftalato de polietileno de los botellines de agua; el 2 es
el HDPE, polietileno de alta densidad; el 3 es PVC; el 5 es muy común, ya que
es el PP, polipropileno, etc. Como norma general, cuanto menor sea la
numeración, más fácil será el reciclado.
El
caucho
El
caucho es un polímero natural que se obtiene de muchas plantas, pero
principalmente se extrae del látex que surge de los cortes hechos del tronco
de Hevea brasiliensis. Esta sustancia se coagula, se lava, se
refina y se procesa de diferente manera en función de su finalidad. El caucho
natural resulta poco elástico y se reblandece fácilmente con el calor.
El químico estadounidense Charles Goodyear, en una precaria situación
financiera después de que su empresa de maquinaria industrial hubiese
fracasado, dedicó varios años de su vida a investigar y hacer pruebas
experimentales con el caucho. En 1839 descubrió un tratamiento del
caucho llamado vulcanizado. El procedimiento consistía en calentar
el caucho previa adición de azufre en polvo. El resultado final es que las
moléculas elásticas de caucho quedaban unidas entre sí a través de puentes de
azufre. Esto forma un caucho más estable, más duro, mucho más duradero, más
resistente al ataque químico y sin perder por ello su elasticidad natural.
También transforma la superficie pegajosa del caucho original en una superficie
suave que no se adhiere al metal o a otros plásticos. Este proceso de
vulcanizado fue el que dio origen a los primeros neumáticos de la historia, tal
y como hoy los conocemos.
El
celuloide
En
1960, gracias a un concurso, se descubrió otro polímero semisintético. Los
fabricantes estadounidenses de billares Phelan y Collander, no se sabe si por
motivos altruistas o económicos, ofrecieron un cuantioso premio a quien
consiguiese un material capaz de sustituir al costoso y escaso marfil que por
aquel entonces se utilizaba para fabricar las bolas de billar. John Wesley
Hyatt, inventor estadounidense que trabajaba en una imprenta, se puso manos a
la obra y descubrió un nuevo material: el celuloide.
Dato
curioso
El
ingeniero Thomas Hancock, tras perfeccionar el hallazgo de Goodyear, se
adelantó a patentar el proceso de vulcanizado en 1843, cosa que Goodyear no
había hecho. Por ese motivo Goodyear nunca llegó a ganar dinero con su
descubrimiento, por el que además había empeñado todas las posesiones de su
familia para financiar sus investigaciones. Goodyear falleció en 1860, y lo
único que dejó en herencia a su familia fue una larga lista de deudas. A pesar
de ello, su nombre se sigue asociando a la industria del neumático debido a que
una empresa de éxito del mundo de la automoción, que nada tiene que ver con
Goodyear ni con su familia, tomó su nombre para la compañía.
El celuloide es un polímero a base de nitrato de celulosa que se obtenía
tratando la celulosa extraída de las plantas con alcanfor y etanol. Esta
sustancia plástica adquiría la forma deseada antes de endurecerse. Parecía
idóneo para fabricar bolas de billar, pero no ganó el concurso, ya que en
ciertas condiciones el nitrato de celulosa es explosivo y altamente inflamable,
por lo que las bolas de billar, al chocar entre sí, producían pequeños
estallidos.
A pesar de esto la patente del celuloide tuvo mucho éxito por el hecho de que
podía moldearse con calor reiteradamente. Se utilizó para fabricar mangos de
cuchillos, monturas de gafas, peines y demás objetos de uso cotidiano, pero
donde tuvo una mayor aceptación fue en la industria cinematográfica, ya que durante
muchos años los rollos de fotografía y cine se fabricaron con este material.
Por este motivo a la industria del cine se le sigue llamando industria del
celuloide. Sin embargo, al ser altamente inflamable y deteriorarse con la luz,
el celuloide no era el material idóneo para ser proyectado en una sala de cine,
así que con el tiempo se fue sustituyendo por polímeros más afines como el
triacetato de celulosa y, actualmente, por poliésteres.
La Química orgánica se encarga de estudiar todo lo relativo a los compuestos
basados en el carbono. Aunque su nombre surgiese de la idea primitiva y errónea
de que la materia que forma los seres vivos se regía por unas leyes diferentes,
como si los elementos químicos pudiesen ser guiados por lo que los vitalistas
llaman fuerza vital. De nuevo la ciencia describe cómo son las
cosas y no aspira a explicar por qué son como son. La vida está sometida a las
largas cadenas de carbono, pero también los polímeros lo están, y son el
paradigma de lo inerte. Esto es una realidad y no es el cometido de la ciencia
responder a la pregunta de por qué es así y no de otra manera, sino
estrictamente llegar a la conclusión de que evidentemente es así.
Por tradición se siguió denominando Química orgánica a la parte de la química
que estudia los compuestos mayoritarios de los seres vivos que, de hecho, están
basados en el carbono, pero también lo es la que deriva de los polímeros, que
también están basados en el carbono, y de una amplia variedad de fármacos.
La etiqueta de lo orgánico puede resultar algo confusa ya que, dependiendo del
ámbito en el que se utilice, el término «orgánico» tiene diferentes acepciones.
Por ejemplo, separamos la basura en desechos orgánicos e inorgánicos, y en esa
división los polímeros van al contenedor de los residuos inorgánicos. En
términos químicos lo que realmente estamos haciendo en esos casos es separar
los residuos fácilmente biodegradables de los que no lo son.
También en ocasiones, especialmente en agricultura, se utilizan indistintamente
los términos orgánico y ecológico, a pesar de que en este caso ninguno de los
dos adjetivos esté bien empleado.
Dato
curioso
En
la película Cinema Paradiso (1988) dirigida por Giuseppe Tornatore, se produce
un incendio causado por el carácter inflamable del celuloide. El proyector se
queda enganchado en un fotograma de la película, y el calor del foco del
proyector, al insistir sobre un único fotograma, lo derrite y provoca que el
resto del metraje comience a arder. El fuego se propaga por toda la sala.
Aunque en este caso el incendio suceda en la ficción de una película, sabemos
que ha ocurrido en la realidad, sobre todo en películas anteriores a 1950, ya
que todas estaban hechas de celuloide. Muchas de ellas se han perdido
irremediablemente y no hay indicios de que quede alguna copia.
En 1990, el director de cine Martin Scorsese fundó una organización encomendada
a la preservación y restauración de documentos cinematográficos. Scorsese
afirma que más de la mitad del cine mudo estadounidense despareció por haberse
inflamado el celuloide.
Lo orgánico, dentro del lenguaje cotidiano, sigue refiriéndose a lo vivo o a lo
que alguna vez lo estuvo. Lo orgánico sigue albergando en nuestro ideario
inconsciente esa chispa original, esa fuerza vital que consigue alborotar a los
átomos y dotarlos de vida.
Contenido:
§.
Lo natural versus lo sintético
§. Breve apunte sobre el origen del universo
§. La estrategia de lo natural
§. No hay vida sin química
§.
Lo natural versus lo sintético
Cuando decimos que algo es natural, solemos referirnos a que lo encontramos
libre en la naturaleza, que forma parte de las plantas, de la tierra o de los
animales, excluyendo siempre al hombre de esta última categoría; puesto que si
algo ha sido creado por el hombre solemos elevarlo (o rebajarlo, según se mire)
a la categoría de artificio.
Se desconoce en qué momento todo lo creado por el hombre dejó de considerarse
natural y comenzó a ser visto como algo artificial. Todos los animales
intervienen en el medio, como también lo hacen las plantas, pero ser
conscientes sólo del papel del hombre y contemplarlo, además, como más invasivo
y poderoso que el resto no deja de ser una visión parcial y antropocentrista
del medio ambiente.
El hombre forma parte de la naturaleza y desempeña un papel fundamental en su
equilibrio, como el de cualquier otra especie que sea capaz de mantener una
población tan numerosa como la nuestra. Esto no nos exime de ser respetuosos y
cuidadosos con lo que nos rodea. Mantener limpia nuestra casa es fundamental,
principalmente para nuestro bienestar. Cuidar nuestro entorno y favorecer el
equilibrio del medio ambiente es lo que conocemos como ecología, y en este
ámbito la química cobra un papel fundamental.
Ataques
gratuitos al medio ambiente nacidos del desconocimiento son, por ejemplo, los
derivados de la agricultura tradicional, cuando el uso de fitosanitarios estaba
descontrolado, o directamente se utilizaba estiércol para abonar las cosechas,
con todos los problemas sanitarios y medioambientales que acarreaba, sin
saberlo. O el vertido sin control de residuos al mar, a ríos y lagos, sin haber
estudiado previamente cómo iba a afectar la composición y la temperatura de
esos residuos a la flora y fauna del lugar. O la emisión descontrolada de gases
provenientes de la combustión, tanto de la industria como del transporte.
El avance de la química ha logrado que estas actividades sean más respetuosas
con el medio ambiente y, por tanto, más beneficiosas para nosotros mismos. La
química, en comunión con otras ciencias medioambientales, ha desarrollado
nuevos procesos, técnicas y productos que nos permiten aprovechar mejor los
recursos que el medio nos brinda y, al mismo tiempo, producir un impacto mínimo
sobre el equilibrio natural del sistema. La química se encarga de estudiar las
propiedades, la estructura y las transformaciones que sufre la materia, y es
que todo lo que hay en la naturaleza, todo lo que ahora mismo podemos observar
a nuestro alrededor, es materia.
Gracias a la química podemos mantener controlada la composición del aire, del
agua, de la tierra, de los alimentos que consumimos, garantizar su idoneidad, e
incluso certificar que todos los procesos sean totalmente respetuosos y se den
en perfecto equilibrio con el entorno. La química es, eminentemente, una
ciencia ecologista, y su campo de experimentación es la misma naturaleza.
Gracias a ella hemos podido detectar problemas a escala global, como el
deterioro de la capa de ozono o el aumento del efecto invernadero derivado de
la actividad industrial, y llegar a ponerle remedio, minimizar el problema o
mantenerlo controlado.
§. Breve apunte sobre el origen del universo
Una idea fundamental es que si creásemos un átomo de cualquier elemento químico
colocando en su sitio las partículas que lo componen (los protones, los
electrones y los neutrones que lo forman), éste sería indistinguible de otro
átomo del mismo elemento hallado libre en la naturaleza. Sin embargo, este
hecho, además de ser una proeza científica, sería un costoso disparate, puesto
que es muchísimo más sencillo conseguir un elemento del entorno que
sintetizarlo en un laboratorio.
De sintetizar los átomos que lo componen todo ya se han encargado las estrellas
y el universo primigenio. Cada átomo de hidrógeno de nuestro cuerpo, así como
el resto de los átomos —desde el hierro que circula por nuestra sangre hasta el
calcio de nuestros huesos, pasando por el oxígeno que respiramos y el magnesio
de la clorofila que tiñe de verde la hierba—, tienen su origen en el interior
de las estrellas.
Sabemos que el universo está en expansión y que su tiempo, su espacio y todo lo
que hay en él comenzó con una gran explosión, lo que conocemos como el Big
Bang. Desconocemos qué ocurrió en los primeros instantes de esa explosión, ni
por qué sucedió, pero la Teoría del Big Bang explica que a partir de esta gran
explosión se crearon los protones, neutrones y electrones, que son las
partículas que forman los átomos. Estas partículas comenzaron a combinarse
entre sí en un proceso llamado nucleosíntesis para dar lugar a
los átomos más ligeros: el hidrógeno (que sólo cuenta con una partícula de
cada) y el helio (que cuenta con dos partículas de cada).
El resultado de esa enorme explosión fue una gran nube de materia, principalmente
hidrógeno y helio, en expansión, que poco a poco empezó a condensarse por zonas
hasta formar estrellas. A medida que estas estrellas en formación, llamadas
protoestrellas, atraían hacia sí más materia, iban aumentando la presión y la
temperatura de su interior. A temperaturas tan altas como las que se dan en el
núcleo de una estrella, las velocidades de los átomos son tales que chocan
entre ellos provocando que los átomos de hidrógeno se fusionen hasta obtener
átomos de helio. Cuando la estrella ha consumido el hidrógeno de su núcleo,
empieza a fusionar helio para obtener átomos más pesados como el carbono (Z =
6) y, en menor cantidad, el oxígeno (Z = 8). Según el tamaño de la estrella,
ésta podrá fusionar elementos más ligeros o más pesados. Cuanto mayor sea su
tamaño, mayor será su atracción gravitatoria, así que más se comprimirán unos
átomos con otros haciendo aumentar todavía más la temperatura interior de la
estrella. A mayor temperatura, mayor velocidad de los átomos, y por tanto mayor
cantidad de choques entre ellos, con lo que se producirá la fusión de elementos
más pesados. Fusionar helio libera menos energía que fusionar hidrógeno, por
eso muchas estrellas pequeñas son incapaces de seguir fusionando elementos una
vez que agotan el helio y mueren como enanas blancas.
Una estrella del tamaño del Sol no puede fusionar más allá del oxígeno, pero
una estrella masiva puede seguir fusionando átomos hasta llegar al hierro, que
es el elemento Z = 26. Las estrellas masivas van sintetizando principalmente
helio, carbono, oxígeno, neón, magnesio, silicio y, finalmente, hierro —aunque
en menor proporción también se sintetizan otros elementos intermedios más
ligeros que el hierro—. Una vez que la estrella comienza a producir hierro, es
incapaz de fusionar nada más, y su núcleo se vuelve inestable. La atracción
gravitatoria que comprime la estrella es rebajada por la energía provocada por
la fusión de átomos que escapa radialmente hacia fuera. Los átomos de hierro
absorben parte de esa energía, con lo que la atracción gravitatoria comprime la
estrella aplastando los átomos unos contra otros. El aumento exponencial de la
densidad provocada por este aplastamiento impide que la energía sea liberada,
acumulándose en el interior de la estrella. Esta acumulación de energía hace
que la estrella explote y a esa explosión la llamamos supernova.
Durante una supernova se genera suficiente calor como para fusionar los
elementos más pesados que el hierro, con lo que aparecen el cobalto, el níquel,
el oro, el platino, el uranio, etc. Esta explosión dura apenas unos segundos, y
por eso la aparición de estos elementos es menos frecuente, de ahí la escasez
del oro.
En una supernova todos los elementos sintetizados se esparcen por el espacio
provocando la formación de nebulosas, una gran conglomeración de gases
(principalmente hidrógeno y helio) y elementos pesados en forma de polvo. Estas
nebulosas, que contienen todos estos elementos se vuelven a condensar creando
nuevas estrellas, planetas, etc. Este proceso se va repitiendo una y otra vez,
por lo que en cada generación de estrellas se dispondrá de una menor cantidad
de hidrógeno, el elemento principal que activa las reacciones nucleares en las
estrellas. Así, en un futuro todavía muy lejano, ya no se formarán más
estrellas, por lo que probablemente el universo se irá enfriando lentamente
hasta que explote la última estrella.
Todo lo que somos y todo lo que hay a nuestro alrededor está formado por esos
átomos que surgieron en la nucleosíntesis del Big Bang y en las estrellas. Todos
los elementos químicos fueron creados así y, después, en una cadena de
intercambios entre la tierra, la flora y la fauna, esos elementos han ido a
parar al lugar que ocupan ahora. No hay nada libre de elementos químicos, pues
todo está formado por ellos. Por esta razón de peso no tiene ningún sentido
afirmar que existen productos sin química.
§. La estrategia de lo natural
Muchas veces se utiliza como estrategia de marketing el reclamo de sin
química o de 100% natural. Esta publicidad presupone una
diferenciación entre las cosas naturales, que son las buenas, y las que tienen
química, que son las nocivas. Realmente no existe tal distinción, puesto que
todo, por definición, es natural, y todo, en consecuencia, es químico.
La verdadera distinción que se pretende hacer cuando se utiliza el reclamo
de natural o sin química es que existen cosas
naturales, que se encuentran libres en la naturaleza, y otras artificiales o
sintéticas, que son creadas en el laboratorio.
Siempre que se pueda extraer una sustancia directamente de la naturaleza, ya
sea un principio activo de un medicamento, de un cosmético o de un alimento, se
obtendrá de esa manera por la sencilla razón de que es un proceso más cómodo,
fácil de reproducir y, por tanto, más económico. Cuando este proceso es
inviable, porque lo que necesitamos extraer no se halla libre en la naturaleza,
es muy escaso, muy costoso o porque resultaría una práctica poco responsable o
poco ecológica, se optará por sintetizar dicha sustancia en un laboratorio. Así
que este tipo de decisiones se toman de forma responsable y aplicando la
lógica.
No obstante, que una sustancia se extraiga de la naturaleza o se sintetice en
un laboratorio no la hace ni mejor ni peor, ya que se trata exactamente de la
misma sustancia, constituida por los mismos átomos unidos entre sí de la misma
manera, así que sus propiedades van a ser las mismas y será imposible
distinguir una de la otra.
Una
sustancia sintetizada en el laboratorio será idéntica a esa misma sustancia
extraída de la naturaleza.
Además,
hay que tener en cuenta que extraer algo directamente de la naturaleza no lo
convierte automáticamente en algo más ecológico. Incluso la interpretación de
este hecho puede ser la contraria a la ecología, pues estamos interviniendo en
un proceso natural y nuestra intervención lo altera, así que si nos ponemos
exquisitos y entendemos como natural cualquier proceso espontáneo eliminando al
hombre de la ecuación, lo más ecológico no es precisamente lo que
llamamos natural.
Si las sustancias «naturales» y las «químicas» son exactamente las mismas,
serán igual de seguras y saludables, así que, sea cual sea su origen, el
resultado es exactamente el mismo. Pero veamos algunos ejemplos.
Productos
alimenticios
En
los últimos años los lineales de los supermercados dedicados a los lácteos se
han ido multiplicando. Cada vez contamos con más tipos de productos lácteos en
principio destinados a grupos de población concretos, con necesidades
específicas, lo que se puede considerar un gran avance; pero algunos de estos
productos han utilizado estos reclamos para diferenciarse del resto, insinuando
que por ello tienen unas cualidades mejores a las que ofrece la competencia. Es
el ejemplo de una amplia variedad de marcas que han introducido una variante de
leche con una mayor concentración de calcio, o como suelen decir: enriquecida
con calcio .
El problema es que este tipo de productos enriquecidos con calcio suelen ir
acompañados por el reclamo de natural, lo que enseguida se asocia
a sin química. Es habitual que nos encontremos con mensajes del
tipo «leche enriquecida con calcio natural» o «leche enriquecida con calcio de
leche». El calcio, por definición, es siempre natural, ya que todo el que
encontramos en la naturaleza ha sido creado en una estrella, así que todo el
calcio que se añada a la leche se ha extraído de la naturaleza, de una forma u
otra. No se sintetiza calcio en un laboratorio porque sería absurdo, ya que la
naturaleza nos lo brinda en abundancia y es fácilmente extraíble, además de
tratarse de un elemento químico, es decir, que no está constituido por
diferentes átomos, sino que es un tipo de átomo en concreto, el Z = 20.
En algunos anuncios publicitarios se especifica que el extra de calcio proviene
de la leche, y no de minerales o de sales, como si esto supusiese algún tipo de
ventaja o beneficio para la salud. El calcio de la leche o el calcio que
podamos extraer de un mineral es exactamente el mismo, es el elemento Z = 20, y
tanto en los minerales como en la leche este calcio está formando parte de
sales. Provenga de donde provenga, el calcio está constituido por la misma
proporción de protones, neutrones y electrones, son exactamente iguales, así
que uno no puede ser mejor que otro.
Además, ¿qué sentido tiene extraer el calcio de la leche para incorporarlo a
otra leche que podamos vender como enriquecida con calcio? ¿Qué haríamos con la
leche que se queda sin calcio? ¿Serviría para algo? Sería una práctica no sólo
económicamente inadecuada, sino, además, muy poco ecológica. Por este motivo lo
que suele hacerse para fabricar este tipo de leche es añadir calcio de
procedencia mineral en forma de sales, como las que ya contiene la leche, como
citrato de calcio, acetato de calcio o fosfato de calcio, y además añadirles
proporcionalmente vitamina D para que este calcio se asimile adecuadamente y
sea saludable.
La estrategia de marketing es clara: decir que el calcio de la leche ha sido
extraído de una piedra (aunque sea así) no sería un reclamo muy atractivo para
el consumidor. En cambio, decir que el calcio es natural o que procede de la
leche induce al consumidor a pensar que es más saludable.
Gracias a la química sabemos que no es así, que independientemente de la
procedencia del calcio, en nuestro organismo el efecto de uno y otro va a ser
exactamente el mismo, ya que se trata del mismo elemento químico.
El
calcio que proviene de la leche es el mismo elemento químico que el calcio que
se extrae de una roca y, por tanto, ambos tienen las mismas propiedades.
Siguiendo
con los productos lácteos, cada vez encontramos más marcas que publicitan
nuevos productos sin lactosa bajo lemas como «mañanas ligeras», «fácil
digestión», «la que mejor sienta», «única y digestiva»… pero ¿son ciertas todas
estas propiedades?
El principal carbohidrato que contiene la leche es la lactosa (alrededor de un
5%). La lactosa es un disacárido, un glúcido formado por dos monosacáridos
unidos: glucosa y galactosa.
Nuestro organismo produce de forma natural una enzima llamada lactasa que es
capaz de romper la lactosa en sus dos componentes haciendo que estos dos
monosacáridos ya puedan ser absorbidos por el intestino. Lo más curioso de la
producción de leche sin lactosa es que se sirve de este mecanismo natural para
hacer desaparecer la lactosa de la leche.
Es decir, a la leche sin lactosa no se le extrae la lactosa, sino que se le
añade enzima lactasa, con lo cual la lactosa aparece en esa leche ya dividida
en glucosa y galactosa.
Lactosa rompiéndose por acción de la lactasa
La
forma habitual de añadir lactasa a la leche es agregar ciertos microorganismos
que producen lactasa, como levaduras u hongos. El resultado es una leche más
dulce, ya que la capacidad edulcorante de la lactosa es menor que la de los
monosacáridos que la componen.
Inevitablemente surge la pregunta: si nuestro organismo ya produce naturalmente
la enzima lactasa, ¿por qué se le añade a estos productos? La razón primigenia
es que una parte de la población sufre un déficit de producción de enzima
lactasa en su organismo, lo que conocemos como intolerancia a la
lactosa, así que estos productos estaban originalmente destinados a esa
minoría.
Dato
curioso
La
intolerancia a la lactosa puede deberse a causas genéticas. Cuando nacemos, ya
tenemos programado el momento en que descenderá nuestro nivel de enzima
lactasa, que es indispensable para tolerar bien la lactosa.
Esto se remonta a la época primitiva. Cuando los humanos eran recolectores de
alimentos y vivían de la caza, las mujeres solían darles el pecho a sus hijos
hasta los tres años y el niño ya no bebía más leche en toda su vida. Pero
cuando se produjo el actual período interglaciar, que propició la multiplicación
de la especie humana y el incremento de la competencia por los alimentos, los
hombres, que muchas veces iban a cazar y volvían sin nada para comer,
encontraron una solución al darse cuenta de que si muñían una bestia y bebían
su leche, ésta no sólo quitaba el hambre sino que además alimentaba. Así fue
como en la revolución más grande de la humanidad, la neolítica, cuando pasamos
de nómadas a sedentarios, el hombre empezó a consumir leche también de
adulto.
Pero para que un hombre pudiera consumir leche, su código genético debía poseer
una mutación, en concreto en el gen que codifica la enzima lactasa. Como el
consumo de leche en la edad adulta suponía una ventaja, esta mutación resultaba
muy adaptativa, con lo que este rasgo proliferó en las generaciones siguientes
por herencia de sus progenitores.
En sociedades en las que tradicionalmente se consumió menos leche, aunque se
hubiese producido la mutación que permite tolerar la lactosa, al no ser
considerada adaptativa no suponía una ventaja a la hora de tener descendencia,
así que los individuos con mutación o sin ella tenían la misma probabilidad de
tener progenie. Es por esto que entre los semitas, marroquíes y judíos aumenta
el porcentaje de gente que sufre intolerancia a la lactosa genética, que es
mayor que en los ingleses o americanos, que han tomado leche de vaca durante
mucho más tiempo.
La leche sin lactosa, por tanto, es un producto destinado exclusivamente a
personas con intolerancia a la lactosa, aunque a menudo la publicidad vaya
dirigida al público general. La estrategia de marketing puede inducir a error,
ya que presupone que estos productos son beneficiosos para todo el mundo cuando
en realidad no es así. Para evitar caer en la ilegalidad, normalmente estos
productos se publicitan en televisión añadiendo un texto fugaz a pie de
pantalla en el que se indica que el producto va destinado a intolerantes a la
lactosa, y lo mismo ocurre con la letra pequeña de la publicidad en el papel y
el etiquetado. Este método publicitario sí induce a error, y lo vemos en los
hechos: cada vez hay más consumidores de leche sin lactosa que no son intolerantes,
ya que creen que estos productos se digieren mejor.
Los productos sin lactosa están de moda, sólo hay que ver cómo proliferan en
los supermercados y cómo se ha incrementado la publicidad. La duda ahora es si
el consumo de estos productos puede revertir el proceso de adecuación evolutiva
que sufrió nuestro organismo y promover cada vez más intolerancia a la lactosa.
Todavía no podemos hacer un estudio representativo porque la moda del consumo
de estos productos es demasiado reciente como para sacar conclusiones de su
impacto. A pesar de ello, la experiencia nos dice que esto es posible, que
reducir el consumo de lactosa induce a anular la necesidad de que nuestro
organismo produzca la enzima lactasa, y por ello pueden darse casos de
intolerancia progresiva.
Lo que es indudable es que la química ha permitido que los intolerantes a la
lactosa puedan consumir lácteos y eso, sin duda, es un gran avance.
Existen productos lácteos que al ser elaborados pierden la lactosa y también
son aptos para intolerantes a la lactosa. Lo curioso es que algunos de ellos
también utilizan el reclamo de productos sin lactosa cuando en
realidad el producto original no llevaría este glúcido.
Dato
curioso
No
hay que confundir intolerancia a la lactosa con alergia a la leche. La alergia
es un tipo de reacción inmunológica exagerada ante un estímulo no patógeno para
la mayoría de la población. Cuando se habla de alergia a la leche, en realidad
se trata de una alergia a las proteínas de la leche de vaca. Las personas
alérgicas manifiestan una respuesta anormal, normalmente dentro del grupo
hipersensibilidad inmediata, y en este proceso hay un mecanismo inmunológico
comprobado. Tras la exposición al alérgeno, el sujeto se sensibiliza y produce
anticuerpos específicos para algunas fracciones proteicas de la leche, las
inmunoglobulinas. Tras la segunda exposición, el antígeno se fija a las
inmunoglobulinas y se desencadena la reacción alérgica. Para diagnosticar esta
alergia hay que hacer una determinación sanguínea de la presencia de
inmunoglobulinas específicas a las distintas proteínas de la leche.
La lactosa, al ser un glúcido, no provoca reacción en el sistema inmunitario,
así que no es considerada alergénica. Los productos sin lactosa sí contienen
las proteínas de la leche, así que no son aptos para alérgicos, sólo para
intolerantes a la lactosa.
Es el caso de los yogures. El yogur se produce tras la adición de un tipo de
bacterias del género lactobacilo que degradan la lactosa a ácido láctico. El
ácido láctico puede ser consumido por los intolerantes a la lactosa, así que,
por definición, un yogur natural siempre es un yogur sin lactosa.
Pero en las superficies comerciales nos encontramos con lineales enteros de
yogures que especifican que están hechos sin lactosa. ¿Es una
cuestión de marketing o realmente hay yogures que pueden contener lactosa? Aunque
parezca incoherente, la respuesta a ambas preguntas es afirmativa. La razón es
que muchos fabricantes añaden nata o leche en polvo al yogur para darle mayor
consistencia, y ambos ingredientes contienen lactosa. Por este motivo estos
yogures no se pueden publicitar como sin lactosa. Aunque hay que señalar que
muchas veces esta cantidad es mínima (entre el 2 y el 5%), por lo que podrían
consumirse con moderación si la intolerancia a la lactosa no es muy severa.
Otra forma de lograr consistencia en el yogur, y posiblemente la más habitual,
es añadiendo sólo proteínas lácteas, y éstas no contienen lactosa, ya que la
lactosa es un glúcido, no una proteína. Así que la forma más fácil de saber si
un yogur es apto para intolerantes o no es leer la etiqueta.
Hay que tener en cuenta, por tanto, que en el mercado hay muchos yogures sin
lactosa, además de los que lo indican explícitamente como reclamo. Puede
entenderse simplemente como una estrategia de marketing, una manera de inducir
al consumidor a comprar un producto más caro sin que exista una necesidad real.
Incluso hay marcas que añaden intencionadamente lactosa a sus yogures y así
crean un verdadero elemento distintivo entre sus variedades con y sin lactosa.
Otras marcas, en cambio, que sí utilizan leche en polvo para ganar
consistencia, además añaden enzima lactasa para que toda la lactosa
naturalmente presente en la leche se rompa y sea un producto apto para
intolerantes.
La conclusión es que las personas intolerantes a la lactosa sí pueden consumir
yogures tradicionales, o bien fabricados artesanalmente en casa, o bien
consultando la lista de ingredientes de la etiqueta. Y para aquellas que no son
intolerantes, igual que ocurría con la leche, los productos sin lactosa no
resultan ni más digestivos ni más sanos que los normales.
Aditivos
alimentarios
Otro
tipo de productos que se anuncian como naturales son los que afirman no llevar
colorantes, conservantes o aditivos en general. Los aditivos
alimentariosson una serie de sustancias que se añaden a los alimentos para
garantizar la seguridad y la salubridad del producto, aumentar su estabilidad,
mantener el valor nutritivo del alimento, potenciar la aceptación del
consumidor mejorando su aspecto o potenciando su sabor, ayudar a fabricar,
transformar y almacenar el alimento y darle homogeneidad. Los aditivos
alimentarios están catalogados como tales en una lista de aditivos permitidos
para uso alimentario y pueden ser nombrados por su nombre original o utilizando
un código alfanumérico que consiste en la letra E seguida de un número. La
primera cifra de ese número designa el tipo de aditivo y su uso: por norma el 1
designa a los colorantes, el 2 a los conservantes, el 3 a los antioxidantes y
correctores de acidez, el 4 a los espesantes y emulgentes y el 9 a los
edulcorantes. Todos ellos, antes de entrar en esta lista de aditivitos
catalogados, han pasado por controles sanitarios que garantizan su inocuidad,
así que su uso no sólo es seguro, sino que, además, garantiza que el producto
que los contenga también lo sea.
Un gran número de aditivos están presentes de forma natural en alimentos sin
procesar como frutas, carnes o cereales, pero no tienen que especificarse en la
etiqueta del producto porque forman parte de ellos y no han sido añadidos. Sólo
se especifica en la etiqueta de un alimento la presencia de un aditivo si el
producto original no lo contiene de serie. Así por ejemplo el aditivo E-300,
que es un corrector de la acidez que ayuda a conservar un gran número de
alimentos, es el ácido ascórbico, también conocido como vitamina C. Esta
vitamina está naturalmente presente en muchas frutas y verduras, como el kiwi,
el perejil, la fresa, la naranja, el limón, el melón, el pimiento rojo o la
coliflor. La vitamina C ayuda al desarrollo de dientes y encías, huesos,
cartílagos, a la absorción del hierro, al crecimiento y la reparación del
tejido conectivo normal (piel más suave, por la unión de las células que
necesitan esta vitamina para unirse), a la producción de colágeno (actuando
como cofactor en la hidroxilación de los aminoácidos lisina y prolina), a la metabolización
de grasas y la cicatrización de heridas, mientras que su carencia ocasiona
escorbuto.
Otro aditivo alimentario similar es el E-330, un antioxidante y conservante que
se utiliza sobre todo en conservas vegetales. Se trata del ácido cítrico, presente
naturalmente en muchas frutas, sobre todo cítricas, como la naranja o el limón.
Gran parte de los aditivos empleados como colorantes se encuentran naturalmente
en las plantas, como por ejemplo: las clorofilas o E-140; el zumo de remolacha,
que es una sustancia llamada betanina o E-162; el extracto de pimentón, llamado
capsantina o E-160c; el licopeno o E-160d que es un caroteno rojo brillante que
se encuentra en los tomates y otras frutas y verduras de color rojo, como las
zanahorias rojas, las sandías y las papayas; o la luteína o E-161b que es un
colorante amarillo que se encuentra en los pimientos rojos, coles, repollo,
lechuga, espinacas, maíz, mostaza, yemas de huevo y kiwis.
Igual que ocurre en los productos cosméticos, el uso de aditivos conservantes
es esencial para garantizar la seguridad de los alimentos, así como para que
éstos no pierdan valor nutricional con el paso del tiempo. Suelen ser los
aditivos más demonizados en la publicidad, ya que sugieren que el uso de
conservantes enmascara la mala calidad de un producto o su mal estado, cuando
el papel de un conservante es precisamente conservar al alimento y protegerlo
de la degradación. No hay que olvidar que la sal común es un conservante, que
mantener los alimentos refrigerados los conserva, y que estas y otras técnicas
de conservación han sido fundamentales para garantizar la salubridad y la
durabilidad de los alimentos, pudiendo así satisfacer más y mejor las
necesidades nutricionales de la humanidad. Así que el hecho de que un alimento
asegure no llevar conservantes no debería entenderse como algo positivo o
negativo, puesto que llevará aditivos conservantes si los necesita o no los
adicionará porque el alimento original ya los contiene de serie. Por ejemplo el
ácido láctico se produce al fermentar la leche para convertirla en yogur y es
en sí mismo un conservante y regulador de la acidez, el E-270; o el ácido
fosfórico, que es un ácido relativamente débil que mantiene el grado de acidez,
tiene propiedades antioxidantes y está presente de forma natural en algunas
frutas, pero cuando forma parte de otros alimentos como aditivo, sobre todo en
bebidas carbonatadas, se denomina E-338.
La mayoría de los aditivos edulcorantes se utilizan para endulzar los alimentos
sin que aumente por ello su aporte calórico, así que son muy útiles en el
preparado de alimentos bajos en calorías como bebidas, salsas o mermeladas, en
sustitución del azúcar común y, lo más importante, se usan en alimentos aptos
para diabéticos. Los más habituales son el sorbitol o E-420 —que se encuentra
naturalmente en frutas como peras, manzanas, melocotones o cerezas—, la
sacarina o E-954 y el aspartamo o E-951.
El aspartamo es un polvo blanco, cristalino, sin olor, que deriva de dos
aminoácidos: el ácido aspártico y la fenilalanina. Es aproximadamente
doscientas veces más dulce que el azúcar común y puede usarse como edulcorante
de mesa o en postres, gelatinas, mermeladas, bebidas, caramelos y chicles.
Cuando es consumido, el aspartamo se metaboliza en sus aminoácidos originales y
tiene un bajo contenido energético. La principal ventaja de este edulcorante es
que no tiene el sabor amargo de la sacarina y se asemeja mucho más al sabor del
azúcar.
Dato
curioso
El
aspartamo fue descubierto por casualidad en 1965 por el químico estadounidense
James M. Schlatter cuando en el laboratorio derramó por accidente algo de
aspartamo sobre su mano. Cuando se lamió el dedo se dio cuenta de que tenía un
sabor dulce.
Se trata de uno de los aditivos más estudiados de la historia y su seguridad
está más que confirmada. Más de un centenar de organizaciones nacionales e
internacionales han evaluado la inocuidad del aspartamo; sin embargo, todavía
existe polémica entre ciertos sectores que han reavivado discusiones infundadas
y bulos a su alrededor.
Un estudio publicado en 2005 por la Fundación Ramazzini concluyó que el
aspartamo podría tener efectos cancerígenos. El estudio fue desechado por las
principales autoridades sanitarias del mundo por contener numerosos errores
metodológicos y falta de rigor científico. A pesar de los errores del diseño
experimental, se siguió estudiando esta posibilidad del aspartamo con
periodicidad, tal y como se hace para todos los aditivos alimentarios, y se
descartó la posibilidad de que el aspartamo pudiera relacionarse con el cáncer
o con cualquier otra enfermedad.
La noticia de que el aspartamo podría estar relacionado con el cáncer era tan
alarmante y llegó con tanta fuerza a los medios de comunicación que a pesar de
los años todavía persiste en el ideario colectivo. Sin embargo, se puede
afirmar que el aspartamo es un edulcorante seguro y eficaz, y que ha supuesto
una enorme mejora organoléptica en los productos aptos para diabéticos.
Dentro de los emulgentes y gelificantes se halla la lecitina o E-322. La
lecitina se encuentra en la soja, la yema de huevo y la leche, y es la
responsable de que muchas salsas formadas por sustancias en principio
inmiscibles puedan emulsionar, como por ejemplo la mayonesa. También es muy
conocida la goma arábiga o E-414, que es una resina producida por las acacias
para cerrar sus heridas y evitar de esta manera la entrada de gérmenes. En la
industria alimentaria esta resina se utiliza para fijar aromas en los
alimentos, estabilizar espumas y emulsiones, modificar la consistencia de
alimentos o clarificar vinos.
Podemos concluir, por tanto, que los aditivos alimentarios —los ingredientes
añadidos a un producto bajo su número E— no sólo se han extraído de la
naturaleza, sino que, además, su uso es seguro. La calidad de un producto no se
mide en función de la cantidad de aditivos que lleve. Algunos productos
precisan más, y otros, por su naturaleza, precisan menos o ninguno. Pero
discriminar un producto porque lleve aditivos es tan absurdo como discriminar a
una naranja, que lleva más de una docena de sustancias catalogadas como
aditivos en su composición natural: conservantes, colorantes y antioxidantes.
Productos
cosméticos
Es
habitual encontrar jabones, desodorantes y cremas que dicen no llevar productos
químicos en su composición. Recientemente se han puesto de moda los
desodorantes que se publicitan como libres de aluminio. En lugar de aluminio
dicen llevar un compuesto natural al que llaman mineral de alumbre.
El mineral de alumbre es un sulfato doble de aluminio y potasio que se extrae
de la bauxita en el laboratorio, y excepcionalmente puede encontrarse libre en
la naturaleza. Este mineral es una sal de aluminio, así que sí que contiene
aluminio.
Habitualmente los desodorantes contienen sales de aluminio, bien como sulfatos
o bien como clorhidratos, donde el aluminio se separa de la sal, se vuelve
soluble en agua y es capaz de penetrar en la piel bloqueando las glándulas
sudoríparas, lo que lo convierte en un efectivo antitranspirante.
El aluminio, ya sea formando parte de un silicato o de un clorhidrato, sigue
siendo el mismo elemento químico, y por tanto es igual de eficaz y seguro
provenga de donde provenga.
También es habitual encontrarse cosméticos de todo tipo, desde geles de ducha a
cremas hidratantes, libres de parabenos. Que prácticamente todos los productos
del mercado especifiquen en el propio envase que están libres de parabenos nos
lleva a pensar dos cosas: primero, que los parabenos son algo que hay que
evitar, y segundo, que hay otros productos en el mercado que sí los llevan y
que, por tanto, serán peores. Sin saber qué son ni para qué sirven los
parabenos ya los estamos catalogando como nocivos para la salud o para el medio
ambiente.
Sería bueno informarse primero sobre qué son esos parabenos, sobre todo
teniendo en cuenta que si en el mercado encontramos productos debidamente
etiquetados que sí los contienen, quiere decir que han pasado los controles de
calidad y que han resultado ser seguros; de lo contrario no habrían llegado a
la tienda. Podríamos pensar que el hecho de que unos productos los contengan y
otros no puede tratarse de una cuestión de marketing o simplemente de una
cuestión de especificidad del producto.
Los parabenos son conservantes que, como tales, se incorporan a los productos
para evitar su deterioro y prolongar su vida comercial, así como para proteger
al consumidor de la posibilidad de infección frente a algún determinado
microorganismo patógeno. Normalmente todo producto está expuesto a dos tipos de
agentes potencialmente contaminantes durante su uso, como son el medio ambiente
y el propio consumidor.
Dentro de los conservantes encontramos los antioxidantes, los antimicrobianos y
los antifúngicos. Los parabenos tienen actividad antimicrobiana y antifúngica,
y el uso de varios tipos de ellos está permitido en cosmética: Methylparaben,
Ethylparaben, Propylparaben y Butylparaben y sus sales de calcio, sodio y
potasio. Han sido utilizados desde hace más de setenta años con un excelente
registro de seguridad, y se han mostrado estables y efectivos en un amplio
rango de pH y estables al calor. Ocupan el segundo lugar tras el agua como
ingrediente más utilizado en las formulaciones cosméticas. Considerando el
amplio uso que muestran en la industria, la incidencia alérgica es
relativamente baja en comparación con otros conservantes, por lo que son
considerados los conservantes más seguros y de mayor tolerancia para pieles
sensibles.
Experimentos in vivo han demostrado que los parabenos tienen
una débil acción estrogénica y que esta acción aumenta con la longitud de su
grupo alquilo (metil, etil, propil, butil, etc.). Científicamente se ha
demostrado que la actividad estrogénica del Butylparaben es insignificante en
su uso normal y lo mismo se puede concluir para sus análogos con grupo alquilo
más corto, como el Methylparaben, el Ethylparaben y el Propylparaben. La razón
por la que estos estudios se llevaron a cabo es que algunos estrógenos son
conocidos por favorecer el crecimiento de los tumores; sin embargo, la
actividad estrogénica y la actividad mutagénica de los estrógenos no es la
misma, así que no todos los compuestos con actividad estrogénica son
potencialmente cancerígenos. De todas formas, no hay evidencia científica de
que ningún cosmético que contenga parabenos represente un riesgo para la salud,
principalmente por las bajas dosis que contienen y también por el hecho de que
es improbable que los parabenos penetren en el tejido y se acumulen allí. El
consenso es que cualquier efecto estrogénico que puedan tener los parabenos de
los productos cosméticos es insignificante comparado con aquellos procedentes
de los estrógenos naturales y otros xenoestrógenos.
Todo esto se traduce en que precisamente los parabenos que se utilizan en
cosmética son los que han demostrado ser seguros y, por tanto, son los únicos
que encontramos en la lista de conservantes que legalmente pueden emplearse en
cosmética.
Como todos los productos cosméticos tienen que llevar conservantes para que su
uso sea seguro, han de incluir otros en su lugar, quizá menos efectivos, quizá
con un historial de inocuidad más corto o quizá más específicos. El caso es que
siempre hay que incluir conservantes. Normalmente en lugar de parabenos se
incluyen liberadores de formaldehído como DMDM hydantoin, Imidazolidinyl urea o
Quatermium-15, ya que son baratos y muy solubles en agua, pero son considerados
alérgenos; alcoholes como el phenoxyetanol, que es un excelente bactericida de
amplia tolerancia; ésteres de glicérido como gliceril laurato, gliceril caprato
y gliceril caprilato, cuya efectividad depende de la longitud de la cadena, no
son muy efectivos frente a hongos; polialcoholes como glicerol, propilenglicol,
butilenglicol, pentilelglicol, hexilenglicol y caprililglicol, cuya efectividad
depende de la longitud de la cadena, no son efectivos frente a hongos, pero sí
frente a bacterias, y necesitan de elevadas cantidades para que ejerzan de
conservante, lo que puede producir comedogenia (obstrucción de poros) en
algunos casos.
La idea importante es que la utilización o no de parabenos en un producto
cosmético no es indicativo de una mayor o menor seguridad del mismo, y dado que
los conservantes son indispensables para que un producto cosmético sea seguro,
si no incluye parabenos llevará otro conservante en su lugar. Con tanta
publicidad sobre lo natural se ha creado un miedo irracional ante la
desconocida composición de los cosméticos y hay que tener siempre presente que
el consumidor medio está protegido, que todo lo que adquiere en un supermercado
o en una tienda, si está debidamente etiquetado, es que ha pasado por los
pertinentes controles sanitarios, así que, sin ninguna duda, sea cual sea el
conservante que contenga, éste será seguro, lo que descarta la posibilidad de
que produzca enfermedades como el cáncer.
Dato
curioso
Cuando
se demostró que los parabenos de cadena larga podían tener actividad
estrogénica, la noticia saltó a la prensa infiriendo de ello que los parabenos
producían cáncer, y se creó una alarma generalizada e injustificada sobre el
uso de estos conservantes. Empezaron a proliferar artículos en internet en los
que explicaban cómo identificar los parabenos, sin distinción, en la lista de
ingredientes de productos cosméticos. Las bandejas de entrada de correo
electrónico se llenaron de mensajes en cadena que advertían que los productos
cosméticos eran inseguros y que producían cáncer.
Es lógico que ante esta situación muchas marcas tomasen la determinación de
advertir al consumidor de que su producto no llevaba esta clase de compuestos,
y que por tanto no había duda de su seguridad.
Lo que decidieron algunas marcas es incluir el mensaje de «sin parabenos» en su
envase para que el consumidor estuviese completamente seguro de que no contenía
ningún parabeno, ni de los seguros, ni de los de cadena larga, a pesar de que
sería imposible incluir en la formulación de un cosmético un parabeno
inseguro.
Si una marca se diferencia de las demás por llevar o no llevar cierto
compuesto, esto ya se convierte no sólo en un reclamo, sino en la intrusión en
el ideario colectivo de que hay algo perjudicial y malicioso en el hecho de
hacer lo contrario. Así sucedió que una gran variedad de productos de
diferentes marcas se sumaron al «sin parabenos».
Ahora bien, que un producto sea seguro para el consumidor en términos
generales, no implica que sea inocuo para un consumidor con necesidades
específicas, pero aquí ya hablamos de casos concretos como alergias o
intolerancias. Y éste no sería el caso de los parabenos, ya que no son
potencialmente alergénicos.
Lo que es importante que quede claro es que no existen productos cosméticos en
el mercado, debidamente etiquetados, que no garanticen la seguridad al
consumidor. Y que los productos sin parabenos en su composición no son, por
ello, mejores que los que sí los llevan.
Bolsas
orgánicas
Otra
estrategia reciente que hace sentir al consumidor muy comprometido con la causa
ecologista, aunque ello le dañe el bolsillo, es la aparición de bolsas
fabricadas a partir de fécula de patata en lugar de las tradicionales bolsas de
polietileno. A estas bolsas las llaman eco bolsas, biobolsas, bolsa eco
amiga o bolsa orgánica. Cabe recordar que la Química
orgánica se encarga del estudio de los compuestos basados en el carbono, así
que tanto la bolsa tradicional de polietileno como la bolsa de fécula son bolsas
orgánicas. La diferencia se halla en que una se biodegrada más rápidamente que
la otra.
La primera vez que me encontré con las bolsas de fécula en un supermercado me
llamaron la atención dos cosas: que me cobraban unos cuantos céntimos por cada
una de ellas cuando antes no me cobraban nada, y que eran más pequeñas y
endebles que las antiguas. Mi reacción inicial fue de indignación porque para
fabricar estas bolsas, es decir, un envase, se estaban utilizando alimentos.
Fabricar bolsas a partir de alimentos no me parece algo ecológico, sino todo lo
contrario. Aun así, adopté una actitud escéptica, quizás estaba equivocada y en
el proceso de fabricación de estas bolsas se utilizaban deshechos de patata, lo
cual sí resultaría una práctica ecologista. Investigué sobre el proceso de
fabricación y descubrí que estas bolsas están fabricadas a partir de almidón y
una pequeña proporción de plastificantes, como glicerina o urea.
El almidón es un glúcido que se encuentra en los vegetales y constituye la
principal reserva energética de los mismos. Se trata de una mezcla de
polisacáridos conformados como gránulos en cuya parte exterior presenta un
polisacárido llamado amilopectina (70% del almidón) y en su interior, amilosa.
La fracción del almidón más interesante es la de amilosa (30%), ya que es un
polisacárido que no presenta entrecruzamientos y, por tanto, es más fácil de
procesar, y tiene unas características físicas y químicas que pueden asemejarse
a un plástico común. El almidón se extrae de vegetales ricos en este compuesto,
como los tubérculos, y la patata es el más empleado para ello.
La patata está compuesta en un 75% de agua, un 20% de almidón y un 5% de
lípidos, proteínas, minerales y otros glúcidos, siendo el almidón el componente
nutricional más interesante; de hecho, suele extraerse para ser empleado en
otros productos alimenticios bajo la denominación de fécula de patata.
Haciendo un cálculo sencillo es fácil concluir que si extraemos el almidón de
una patata, nos quedamos sin la patata, es decir, lo que queda de la patata no
sirve para nada. Si, además, de este almidón sólo nos interesa el 30% (la
amilosa) estaremos destrozando una patata para obtener el 30% de su 20%
(almidón), es decir, únicamente el 6% de la patata es la fracción útil para la
fabricación de bolsas.
Además de este problema, porque obviamente un rendimiento tan bajo se puede
considerar como tal, el almidón presenta unas características físicas y
químicas muy limitadas en comparación con un polímero común: es muy
higroscópico, lo que significa que pierde mucha resistencia en presencia de
humedad; tiene elevada viscosidad, por lo que su procesado es costoso; y es un
material en esencia frágil. Para paliar estos problemas, este material es
tratado biológica, química y físicamente con diferentes métodos: fermentación y
posterior polimerización para transformarlo en ácido poliláctico (PLA);
esterificación de los grupos hidroxilo para protegerlo del agua; eliminación de
los entrecruzamientos de la amilopectina residual (que es la responsable de su
semicristalinidad, y por tanto de su fragilidad) por medio de gelatinización,
retrodegradación o desestructuración; y adición de plastificantes (reactivos
que hacen que el almidón pueda moldearse sin quebrar). Para seguir en la línea
de lo bio o lo eco, estos plastificantes también
son de origen animal o vegetal, y en su mayoría se extraen de lípidos (grasas
animales o aceites vegetales), ya que el más común es la glicerina, que es un
subproducto de la transesterificación de un lípido. No sólo parece un proceso
largo y costoso, sino que lo es. Tanto es así que el coste de producción de una
bolsa de fécula de patata es diez veces superior al de una bolsa de un polímero
común como el polietileno.
Por otro lado, si algo es ecológico, implica que su impacto medioambiental ha
de ser bajo. Efectivamente estas bolsas, una vez producidas, se biodegradan con
facilidad en unos días a la intemperie. Pero no podemos juzgar todo el proceso
por la etapa final. Y aquí está la clave: hay que considerar que sólo el 6% de la
patata es empleada para la fabricación de bioplásticos y el resto se desecha,
por lo que hay que cultivar cantidades ingentes de patatas para conseguir un
rendimiento muy reducido. Es decir, es imprescindible el uso de cultivos
intensivos y de gran extensión para rentabilizar la producción de bioplásticos.
Y esto recuerda bastante al problema que supone otro bioproducto estrella:
los biocombustibles, causantes de la brutal deforestación de
Borneo. No se ha llegado a extremos similares al caso de Borneo, pero si
seguimos popularizando este tipo de alternativas supuestamente ecológicas,
estaremos cayendo en el mismo error.
Las bolsas tradicionales, las de polietileno (PE), se fabrican a partir del
etileno, que se sintetiza habitualmente por craqueo de los productos más
ligeros del refinado del petróleo, es decir, se obtiene de la parte del
petróleo que de otra manera se convertiría directamente en residuo tras el
refinado. Es un proceso relativamente sencillo y de bajo coste. El impacto
medioambiental del PE no reside en su fabricación, sino en el producto final,
que se biodegrada con dificultad: dependiendo de la densidad de éste, una bolsa
puede tardar entre cinco y diez años en biodegradarse a la intemperie.
Actualmente se está popularizando el uso de PE oxodegradable, que
contiene sales metálicas capaces de acelerar la degradación de este plástico en
meses y no años, o alcohol polivinílico, que es un polímero similar
al polietileno, pero con grupos hidroxilo en la cadena que lo convierten en un
polímero soluble en agua. Al disolverse en agua, este polímero se degrada con
facilidad al ser atacado por bacterias, hongos y otros agentes de degradación.
La ventaja ecológica que presenta el PE es que es un plástico termoplástico, es
decir, que puede calentarse hasta fundirse y volver a moldearse, así que es
100% reciclable también a bajo coste, porque funde a temperaturas bajas, entre
100 y 130 °C. Además, actualmente se prescinde del uso de tintas con base
metálica que interferían en su reciclado, y se usan sólo tintas al agua. En
teoría suena bien, pero en la práctica sólo el 30% del polietileno se recicla
(el PE de alta densidad), y el resto (PE de baja densidad) se convierte en
basura, ya que en su reciclaje se obtiene PE de muy baja calidad y realmente es
un proceso menos rentable que fabricar PE nuevo. De modo que la única ventaja
ecológica real es la del PE de alta densidad (PEHD), que sí se recicla de forma
más eficaz y ofrece una mayor durabilidad del producto, con lo que las bolsas
de este material sí son reutilizables, cosa que no podemos decir de las bolsas
de fécula de patata.
Cada bolsa tiene sus pros y sus contras, y lo cierto es que ni las de PE ni las
de fécula son una alternativa realmente ecológica; la primera, porque tarda
mucho en biodegradarse, y la segunda, porque el impacto ambiental de su
producción es muy elevado, además de suponer un despilfarro de alimento, cosa
que no es ni ecológica ni solidaria. Lo más responsable a la hora de utilizar
una bolsa es la reutilización, o bien yendo a la compra con carro, con una
bolsa de tela o con una de PE de alta densidad que podamos utilizar una y otra
vez. Lo importante es el sentido común: ningún polímero es malo para el
medioambiente en sí mismo, sólo lo es el uso que hagamos de él, y no podemos
dejarnos engatusar por la idea de que una patata convertida en bolsa es una
buena alternativa. Siempre hay que pensar en las consecuencias a largo plazo,
pero a veces basta con recurrir a la lógica: utilizar alimentos para fabricar
envases no es ecológico, sino un auténtico derroche.
§. No hay vida sin química
Éstos son sólo algunos ejemplos de los muchos que nos encontramos en el
mercado. Por alguna razón la idea de los productos sin química ha
resultado ser una estrategia convincente, casi de la misma manera que la
estrategia de lo natural. Ni siquiera podemos afirmar que un
producto vaya a ser más seguro que otro, porque a día de hoy contamos con la
garantía de que todos los productos del mercado son seguros, ya que para llegar
a él han tenido que pasar rigurosos controles sanitarios y de calidad. Todo lo
que consumimos es seguro, siempre, y lo que no esté debidamente etiquetado, lo
que tiene dudosa procedencia, es precisamente de lo único de lo que no podemos
ni debemos estar seguros. Una leche que no ha sido controlada, que no esté
correctamente etiquetada, que no haya sido debidamente pasteurizada y envasada,
no deberíamos consumirla. No es más natural, sólo es más insegura. Lo mismo
ocurre con un desodorante. Utilizar un pedrusco adquirido en una feria, que no
esté debidamente etiquetado, de dudosa procedencia, además de ser poco
higiénico como desodorante, es un peligro para la salud, por muy natural que
nos pueda parecer.
El avance de la química se traduce en una mayor seguridad. Lo de ahora es más
seguro que lo de antes, pues actualmente los procesos de producción y envasado
están controlados y podemos ofrecer una garantía. Los productos que rehúyen de
estas prácticas, por mucho que reiteren su procedencia natural (signifique eso
lo que signifique en cada caso) no son mejores para la salud, y ni mucho menos
más seguros, sino todo lo contrario. La esperanza de vida ha ido aumentando a
lo largo de los años gracias a los avances científicos. A principios del siglo
XX la esperanza de vida era de cincuenta años, mientras que actualmente es de
ochenta, y las principales causas de muerte estaban relacionadas con la mala
calidad de la alimentación así como con la falta de higiene. Hoy en día,
gracias a los avances en conservación de alimentos, al uso de fitosanitarios en
agricultura y al de productos de higiene, gozamos de una mayor esperanza de
vida y de una calidad de vida mucho mejor, y podemos conseguir fácilmente y a
un precio asequible productos seguros y de calidad. Y es que la química también
ha propiciado que podamos conseguir fácilmente y a buen precio muchos bienes
considerados antiguamente de lujo como podían ser los desodorantes, de los que
hoy en día existen una multitud de marcas que ofrecen diferentes variedades,
adaptados a todo tipo de pieles y necesidades específicas, y todos ellos
seguros.
Por todo esto la moda de los productos sin química no
representa la realidad en la que vivimos. Y es precisamente esa comodidad a la
que nos hemos acostumbrado la que posiblemente haya propiciado el nacimiento de
estas modas ridículas. Cuando se alcanza la máxima calidad que puede ofrecer un
producto, y éste no supone ninguna novedad o mejora con respecto a sus
competidores, o la excelencia del producto no es evidente para el comprador, se
tiende a conectar emocionalmente con el consumidor en lugar de atender a su
sentido común. Así funciona la estrategia de lo natural, nos hace sentir parte
de algo mayor y bueno para el medio ambiente, sin pararnos a pensar qué hay de
verdad en esa sensación, si realmente ofrece alguna ventaja para nuestra salud
o para el entorno.
Este tipo de estrategias de marketing han propiciado la aparición de una
tendencia muy preocupante: la quimiofobia. Como cualquier fobia, se
trata de un miedo irracional, en este caso a todo lo que tenga algún tipo de
relación con la química. Un miedo que ha sido inducido.
Si las fuentes de información habituales reiteran los supuestos males de la
química, le atribuyen a esta ciencia problemas de los cuales nunca ha sido
responsable y la colocan sistemáticamente como algo opuesto a lo natural, es
lógico que parte de la población se posicione en su contra. Lejos de tratar de
solucionar esta situación, hasta la industria cosmética y la alimentaria, que
son eminentemente químicas, se han visto incitadas a sumarse a estas
estrategias publicitarias, lo que no ha hecho sino alimentar el rechazo a todo
lo que tenga relación con productos químicos.
Oponerse a los avances de la química, como a los avances de la ciencia en
general, supondría volver a tiempos remotos en los que la calidad de vida era
peor, y la esperanza de vida, inferior. Todo lo que nos rodea ha nacido en ese
universo primigenio y en las estrellas, y ahora forma parte de nosotros y de
nuestra casa. Todo es química, y la química es naturaleza, es ecología, es
progreso y es futuro.
Capítulo 8
Transformar unas sustancias en otras
Contenido:
§.
Las reacciones químicas
§. Ley de conservación de la masa
§. Ley de las proporciones definidas y ley de las proporciones múltiples
§. Modelo de colisiones
§. Energía en las reacciones químicas
§. De la piedra filosofal a la radiactividad
§.
Las reacciones químicas
Hoy sabemos que la materia está formada por átomos, y éstos, a su vez, por
partículas todavía más diminutas cuya proporción es responsable de que los
elementos sean unos y no otros. También sabemos que los átomos se unen entre sí
formando moléculas o cristales. Y que cuando transformamos unas sustancias en
otras, estos enlaces entre átomos se rompen para dar lugar a uniones
diferentes, sin alterar los átomos, sólo la proporción y el orden en que
enlazan. A esta reorganización de enlaces en la que intervienen los mismos
átomos la llamamos reacción química.
Puede parecer sencillo, pero para llegar hasta aquí hubo un largo recorrido.
Desde tiempos remotos, para explicar los patrones de la naturaleza, se tiende a
agrupar la materia en sus diferentes elementos. En la Antigüedad se llamaban
elementos a los que consideraban los cuatro estados de la materia: tierra
(sólido), agua (líquido), aire (gas) y fuego (plasma).
Se teorizó que todos los metales eran una combinación de estos cuatro elementos.
Partiendo de esta premisa, se razonó que la transmutación de un metal en otro
podría verse afectada por la reordenación de sus elementos básicos. Se pensaba
que este cambio probablemente estaría mediado por una sustancia llamada piedra
filosofal.
La teoría se basaba en el concepto de que los metales de más interés, como el
oro y la plata, podrían estar escondidos en otras sustancias de las cuales
podrían ser recuperados por el tratamiento químico adecuado. Sustancias como
el agua regia, que es una mezcla de ácido clorhídrico y ácido
nítrico, una de las pocas sustancias que pueden disolver el oro, eran una
prueba de que la transformación de unos elementos en otros parecía posible, ya
que daba la impresión de que el oro se transformaba en otra cosa, cuando lo que
ocurría era que se mantenía disuelto, pero sin dejar de ser oro. Obviamente en
aquel entonces era impensable imaginar la materia tal y como lo hacemos ahora,
y no se sabía que el oro era un elemento químico.
Hacia el siglo XVII, el físico y alquimista alemán Johann Becher dividió esos
cuatro elementos en dos categorías: el agua y la tierra formaban la materia,
mientras que el aire y el fuego sólo eran los responsables de las
trasformaciones que ésta sufría. Todo lo material, tanto vivo como inerte,
estaría formado por agua y tierra en diferente proporción. A su vez, la tierra
estaba dividida en tres tipos según sus propiedades: vítrea, combustible y
fluida. La propiedad que más llamó su atención era la combustible, y llegó a la
conclusión de que había un tipo de tierra que contenía un principio de
inflamabilidad que le permitía arder y transformarse en otra sustancia
diferente. A esta tierra la denominó terra pinguis, algo así
como tierra oleaginosa.
A partir de conocimientos acumulados por los alquimistas en su búsqueda de
la piedra filosofal, que teóricamente podría convertir cualquier
sustancia en oro, el médico alemán Georg Ernst Stahl desarrolló, siguiendo las
observaciones de Johann Becher, la Teoría del flogisto para explicar las
combustiones y las reacciones de los metales. Stahl consideraba que los
metales, y en general todas las sustancias combustibles, contenían una
sustancia que carecía de peso denominada flogisto que era la
responsable de que estos cuerpos se calcinasen y oxidasen.
Según la ya obsoleta Teoría del flogisto los metales estaban formados por una
cal y un principio inflamable que se denominó flogisto, por lo que
la calcinación, es decir, la formación de la cal, se podía explicar, al igual
que la combustión, como un desprendimiento de flogisto, el cual se liberaba del
metal y dejaba la cal al descubierto. El proceso inverso, la reducción de la
cal al metal, podía ser igualmente explicado como una adición de flogisto. Si
una sustancia rica en flogisto, como el carbón, era puesta en contacto con una
cal metálica, podía transferirle su flogisto y dar lugar a la formación del
metal.
A lo largo del siglo XVIII, la química estableció las bases de su desarrollo
definitivo como ciencia gracias a la posibilidad de medir de forma precisa
masas y volúmenes. Estas medidas dieron lugar a las llamadas leyes
ponderales.
El químico inglés Joseph Priestley calentó mercurio en presencia de aire y el
mercurio se fue transformando en un calcinado de color ladrillo —que hoy
sabemos que se trata del óxido de mercurio—. A continuación colocó parte de
este calcinado en una retorta y lo calentó con una lente que concentraba los
rayos solares. De nuevo aparecieron minúsculas gotas de brillante mercurio en
el extremo frío del tubo de la retorta. Además comprobó que se liberaba un gas
peculiar, capaz de hacer arder más vigorosamente las sustancias combustibles. A
este peculiar gas lo llamó aire desflogistizado.
El experimento de Priestley
Casi
simultáneamente, el químico sueco Carl Wilhelm Scheele aisló el mismo gas por
diversos métodos descomponiendo sustancias inorgánicas como el dióxido de
manganeso. Al igual que Priestley, Scheele observó que el nuevo gas era capaz
de mantener la combustión, por lo que lo llamó aire ígneo. El nuevo
gas, ávido de flogisto, facilitaba la combustión y la respiración. Scheele
propuso que el aire estaba formado por la mezcla de dos gases distintos,
el aire ígneo y el aire viciado.
El químico inglés Henry Cavendish estudió cómo interactuaban algunos ácidos
como el ácido clorhídrico y el ácido sulfúrico sobre algunos metales como el
hierro, el cinc y el estaño, y descubrió en 1766 el hidrógeno, al que
llamó aire inflamable. Midió la densidad del gas que se desprendía
al añadir ácido sobre cada metal, y al darle el mismo valor, asumió que se
trataba del mismo gas. Este gas podía quemarse en presencia de aire y lo hacía
siempre manteniendo la misma proporción: dos volúmenes de aire
inflamable por cada volumen de aire desflogistizado. Así
que, sin proponérselo, Cavendish había sintetizado agua —H2O, dos
partes de hidrógeno por una de oxígeno— a partir de sus elementos, pero sus
ideas eran prisioneras de la Teoría del flogisto, por lo que no supo apreciar
la importancia de su descubrimiento.
§. Ley de conservación de la masa
A mediados del siglo XVIII, el científico francés Antoine Laurent de Lavoisier
se dedicó a estudiar la combustión de numerosas sustancias, entre ellas el
estaño. Tras realizar numerosos experimentos averiguó que el calcinado que
quedaba después de quemar estaño en presencia de aire pesaba más que el estaño
original, pero al pesar el conjunto cerrado del recipiente con aire en el que
llevó a cabo la combustión, observó que éste pesaba lo mismo antes y después.
Tras esta y otras experiencias similares Lavoisier estableció una ley conocida
como Ley de Lavoisier o Ley de conservación de la masa, que afirma que, tras un
cambio químico, la masa involucrada en el proceso se mantiene constante, es la
misma antes y después del cambio. Con esto quedó demostrado que en los procesos
de combustión se produce la combinación de una sustancia con otra que
indudablemente tenía que estar contenida en el aire de esos recipientes
cerrados. Hasta entonces podía pensarse que esa sustancia se trataba de
flogisto, pero Lavoisier la llamó oxígeno.
Las verdaderas implicaciones de esta ley se entenderían con mayor profundidad
con la llegada del modelo atómico de Dalton. Como ya hemos visto anteriormente,
este modelo defiende que la materia está exclusivamente formada por átomos que
podrían combinarse entre sí para dar lugar a sustancias nuevas.
A partir de la Teoría atómica, que nos dice que toda la materia está formada
por átomos de diferentes elementos químicos, era más sencillo comprender qué
era lo que sucedía en las combustiones, así como en cualquier cambio químico.
Cuando
se produce un cambio químico, los átomos que conforman cada sustancia se
reordenan y establecen diferentes enlaces unos con otros. A este proceso se le
denomina reacción química.
Cuando
Lavoisier quemó estaño, lo que sucedió fue que se produjo una reacción química:
el metal de estaño, que es un material gris brillante que funde a baja
temperatura, se combinó con el oxígeno del aire, que es un gas incoloro e
inodoro, y dio lugar a la formación de óxido de estaño, un polvo entre negro y
pardo con propiedades totalmente distintas. Esta reacción se debió a la acción
de los reactivos. Los reactivos son las sustancias originales que,
en las condiciones adecuadas, entran en contacto, rompen sus enlaces y
establecen otros nuevos entre sus átomos, dando lugar a los productos de
la reacción que, aunque estén constituidos por los mismos átomos, al estar
unidos entre sí de diferente manera presentarán propiedades diferentes; podrán
tener diferente color, densidad, textura, estado de agregación, etcétera.
Dato
curioso
Lavoisier
no llegó a conocer el modelo atómico de Dalton que daría más sentido a su ley
ya que fue arrestado en 1793, durante la Revolución francesa, por trabajar como
funcionario de la monarquía. Importantes personalidades hicieron todo lo
posible por salvarlo de la guillotina, pero parece ser que cuando se expusieron
al tribunal todos los trabajos que había realizado Lavoisier, el presidente del
tribunal pronunció la famosa frase: «La República no precisa ni científicos ni
químicos, no se puede detener la acción de la justicia». Lavoisier fue
guillotinado en 1794, cuando contaba con cincuenta años. El conocido matemático
Joseph-Louis Lagrange afirmó al día siguiente de su ejecución: «Ha bastado un
instante para cortarle la cabeza, pero Francia necesitará un siglo para que
aparezca otra que se le pueda comparar». Así que Lavoisier se fue sin saber que
su ley respondía a algo todavía mayor: la naturaleza atómica de la materia.
§. Ley de las proporciones definidas y ley de las proporciones
múltiples
A finales del siglo XVIII, el químico y farmacéutico francés Louis Proust
realizó numerosos experimentos que le permitieron estudiar la composición de
estos óxidos de estaño, así como la de diversos carbonatos de cobre o sulfuros
de hierro. Con estos experimentos descubrió que la proporción en masa de cada
uno de los elementos que componían el compuesto se mantenía siempre constante.
Por ejemplo, mediante la reacción de carbono con cobre y oxígeno obtenía un
carbonato de cobre, un compuesto que mantenía una proporción fija en la
cantidad de cada elemento y no adquiría un valor intermedio, independientemente
de las condiciones en la que llevase a cabo la síntesis.
A partir de estos experimentos Proust enunció la Ley de las proporciones
definidas, que dice que cuando dos o más elementos se combinan para formar un
compuesto lo hacen siempre en una relación de masa constante,
independientemente de las cantidades de sustancia que se hagan reaccionar. Por
otro lado, Dalton enunció seguidamente la Ley de las proporciones múltiples.
Esta ley afirma que cuando dos elementos se combinan para originar distintos
compuestos, dada una cantidad fija de uno de ellos, las diferentes cantidades
del otro que se combinan con dicha cantidad fija para dar como producto los
compuestos están en relación de números enteros sencillos. Ésta fue la última
de las leyes ponderales en postularse. Dalton trabajó en un fenómeno del que
Proust no se había percatado, y es el hecho de que existen algunos elementos
que pueden relacionarse entre sí en distintas proporciones para formar
diferentes compuestos. Así, por ejemplo, hay dos óxidos de cobre, los que hoy
conocemos como el CuO, óxido de cobre (II), y el Cu2O, óxido de
cobre (I), que tienen un 79,89% y un 88,82% de cobre, respectivamente, y que
equivalen a 3,973 gramos de cobre por gramo de oxígeno en el primer caso y
7,945 gramos de cobre por gramo de oxígeno en el segundo.
Las leyes establecidas por Lavoisier, Proust y Dalton abrieron el camino hacia
el establecimiento de la Teoría atómica y al concepto de compuesto químico como
agregado de átomos. Los cambios químicos podían resultar todavía complejos,
pero no cabía la menor duda de que, en realidad, tan sólo se trataba de un
reordenamiento entre átomos. Con la comprensión de este hecho, además de
deslegitimar por completo la Teoría del flogisto, también se perdió toda
esperanza de encontrar la ansiada piedra filosofal de los
alquimistas medievales, esa sustancia mística capaz de convertir un elemento
común en oro. El oro sólo está formado por átomos de oro, así que para obtener
oro mediante una reacción química hay que partir de reactivos que contengan
átomos de oro en su composición.
Dato
curioso
La
Ley de Proust contradecía las conclusiones del químico francés Claude Louis
Berthollet, quien defendía que las proporciones en las que se combinaban los
elementos en un compuesto dependían de las condiciones de su síntesis. Proust
logró desacreditar la investigación de Berthollet cuando demostró, en 1799, en
su laboratorio de Segovia, que muchas de las sustancias que Berthollet
consideraba óxidos puros eran, en realidad, compuestos hidratados, es decir,
con moléculas de agua adicionales. En 1811, el prestigioso químico sueco Jöns
Jacob Berzelius apoyó la propuesta de Proust, que fue finalmente aceptada con
un amplio consenso.
A pesar de esto, las ideas de Berthollet no estaban del todo equivocadas, dado
que hoy sabemos que existen compuestos no estequiométricos, es decir,
excepciones a la Ley de las proporciones. A estos compuestos no
estequiométricos se les denomina compuestos bertólidos en honor de Berthollet.
En estos compuestos las proporciones entre los distintos elementos varían entre
ciertos límites y no se pueden expresar como números enteros. La causa es la
estructura cristalina de los compuestos, que, aunque tiene una composición
ideal, el cristal puede contener defectos como la ausencia de algún átomo o la
presencia de algún hueco ocupado. Como contrapartida, los compuestos que
cumplen la Ley de las proporciones se denominan daltónidos, en honor de Dalton.
§. Modelo de colisiones
Para explicar cómo unas sustancias pueden combinarse para dar lugar a otras
echamos mano de un sencillo modelo denominado modelo de colisiones.
Este modelo se basa en la idea intuitiva de que para que una reacción química
tenga lugar, las moléculas de los reactivos deben chocar previamente entre sí.
De los múltiples choques que sucedan, algunos de ellos —las llamadas colisiones
eficaces— originan la formación de nuevos productos de la reacción,
mientras que otros —las colisiones ineficaces— no forman ningún
nuevo producto, de modo que los reactivos se quedan tal como estaban.
Modelo de colisiones
Para
que una colisión sea eficaz deben cumplirse dos factores: que el choque tenga
lugar con una orientación adecuada para que puedan formarse nuevos enlaces
entre los átomos, y que las moléculas choquen con una mínima velocidad. Si no
es así, las moléculas simplemente rebotan tras el choque y la colisión resulta
ineficaz.
Cuando dos moléculas se aproximan, se van deformando a medida que se acercan
por efectos de la atracción y repulsión entre los átomos que las forman, y
llegan a formar lo que se denomina complejo activado.
El complejo activado es una combinación energéticamente excitada de las
moléculas de partida que puede degenerar en dos estados diferentes: o bien se
escinde formando de nuevo los reactivos de partida, o bien se escinde formando
nuevos enlaces y dando lugar a productos.
§. Energía en las reacciones químicas
Para que haya una reacción química tiene que producirse un complejo activado.
Para llegar a él hay que vencer una barrera energética denominada energía
de activación. Esa energía de activación es la chispa primigenia, el
desencadenante de la reacción. Una vez superada esa barrera la reacción, en las
condiciones adecuadas, avanzará hasta llegar a término.
En las reacciones químicas se rompen enlaces y se forman otros nuevos, con lo
que para calcular el balance energético que esto supone hay que tener en cuenta
que la rotura de enlaces de los reactivos consume energía, y que la formación
de enlaces de los productos libera energía. Esta energía puede ser eléctrica,
sonora, luminosa, etc. pero normalmente se trata de energía térmica. Si en el
balance energético se libera más energía de la que se consume, estaremos ante
un proceso exotérmico, y si el balance es a la inversa, se consume
más energía de la que se libera, estaremos ante un proceso endotérmico.
En los procesos endotérmicos esta energía absorbida se almacena como energía
química en los productos de la reacción, y en los procesos exotérmicos la
energía de los productos es menor que la de los reactivos, así que la reacción
se da con liberación de calor.
§. Del flogisto a las reacciones con oxígeno
Las reacciones que antiguamente pensábamos que transcurrían por mediación de un
intercambio de algo inmaterial llamado flogisto, hoy sabemos que transcurren
por intercambio de algo material: el oxígeno.
Las reacciones químicas en las que interviene el oxígeno y que también son
exotérmicas se llaman combustiones.
En la combustión existe un elemento que arde (combustible) y otro que produce
la combustión (comburente), generalmente oxígeno gaseoso. Los explosivos tienen
oxígeno ligado químicamente, por lo que no necesitan el oxígeno del aire para
realizar la combustión.
La combustión de hidrocarburos (compuestos formados por hidrógeno y carbono) y
derivados siempre conduce a la producción de dióxido de carbono y agua. Por
ejemplo, cuando encendemos el mechero de una cocina de gas o de una bombona, lo
primero que ocurre es que el gas se vaporiza al salir por la boquilla, ya sea
gas propano o gas butano, se mezcla con el aire y comienza a arder con una
llama que va del azul al naranja. Si la combustión es completa, la llama será
completamente azul, y si no hay oxígeno suficiente, la combustión será
incompleta y presentará coloración anaranjada. Para que comience a arder
tenemos que aplicar una chispa inicial, dotar a la reacción de la energía de
activación suficiente para que la combustión se inicie.
Si la falta de oxígeno en la combustión es severa, se desprenden partículas
finas de carbono denominadas hollín. Si no hay suficiente oxígeno,
la combustión producirá monóxido de carbono, además de dióxido de carbono.
Dato
curioso
El
monóxido de carbono es un gas altamente tóxico, ya que si lo inspiramos, al
tener más afinidad con la hemoglobina de la sangre que el propio oxígeno, es
capaz de ocupar la posición del oxígeno e imposibilitar su transporte. Una vez
respirada una cantidad bastante grande de monóxido de carbono, la única forma
de sobrevivir es respirando oxígeno puro, y en casos extremos, oxígeno a alta
presión, ya que es el único antagonista para la hemoglobina del monóxido de
carbono. A altas dosis, respirar monóxido de carbono resulta letal, y a dosis
bajas produce somnolencia y dolores de cabeza que pueden derivar en la pérdida
de consciencia.
El monóxido de carbono no tiene olor ni color, por tanto es muy difícil
detectar su presencia. Se produce en combustiones deficientes, es decir, por
deterioro y falta de limpieza del dispositivo que genera el calor —estufas,
chimeneas, calefactores, etc. — y por la falta de oxígeno. Si además no existe
una ventilación adecuada en el lugar donde se está produciendo esa mala
combustión, se corre el riesgo de sufrir una intoxicación difícil de detectar y
que en cuestión de horas o minutos puede provocar la muerte.
La primera persona que publicó un estudio científico sobre la llama y su
estructura fue el científico británico Michael Faraday en 1908 en el que
mediante unos sencillos experimentos logró identificar tres zonas en la llama
de una vela. En la zona interna la cera fundida se vaporiza alrededor de la
mecha creando un espacio en el que lo único que hay son gases combustibles,
pero no hay oxígeno, así que no se produce la combustión. A esa zona se le
denomina zona fría u oscura ya que no emite luz. En la zona intermedia el
combustible comienza a mezclarse con el oxígeno circundante, lo que permite la
combustión. Es la región en la que la temperatura es muy elevada y se produce
la emisión de luz. En la zona externa predomina el oxígeno, por lo que los
radicales libres formados en la zona de mayor temperatura se combinan con el
oxígeno completando la oxidación o escapando en forma de hollín. La
incandescencia de las velas proviene de la presencia de partículas sólidas
excitadas, en su mayoría carbono elemental, en la parte luminosa y caliente de
la llama.
Partes de la llama
En
los seres vivos también se producen reacciones con oxígeno, pero éstas
transcurren lentamente y sin la presencia de llamas, por lo que no se denominan
combustiones, sino que se utiliza un término más genérico: oxidaciones.
Muchas sustancias que almacenamos en nuestro organismo como fuentes de energía
reaccionan con el oxígeno desprendiendo agua, dióxido de carbono y energía. Por
ejemplo, la glucosa se oxida desprendiendo los mismos gases que cuando
encendemos un mechero, pero en este caso la reacción trascurre con suavidad. El
40% de la energía que producimos en los procesos metabólicos de oxidación la
empleamos para efectuar trabajo en forma de contracciones musculares y
nerviosas. El resto lo liberamos mediante el calor corporal, lo que nos permite
mantener estable la temperatura del cuerpo. Cuando el organismo produce
demasiada energía térmica, el cuerpo la elimina generando sudor, que se evapora
hacia el entorno. El proceso es un cambio de estado del agua líquida a vapor
que absorbe energía, es decir, que es endotérmico.
Como las reacciones de combustión son exotérmicas, liberan una gran cantidad de
energía, la combustión de hidrocarburos es una fuente de energía rentable. Hay
varios parámetros que hay que tener en cuenta para seleccionar un combustible u
otro. Por ejemplo, si el almacenamiento de combustible no es un problema,
porque se puede ir recargando, como en los automóviles, se utilizarán
combustibles que, aunque ocupen bastante espacio, produzcan mucha energía en su
combustión. En cambio, si la limitación es el almacenaje, habrá que usar
combustibles que ocupen poco, aunque produzcan menos energía en su combustión.
Por este motivo los cohetes utilizan hidrógeno como combustible y los
automóviles utilizan gasolina o diesel.
Sea cual sea la reacción química que suceda siempre ocurrirá manteniendo la
masa constante. La masa de los reactivos será la misma que la de los productos,
ya que, a pesar de que unos y otros sean sustancias con propiedades diferentes,
estarán formados por los mismos átomos unidos de diferente manera.
El área de la química que estudia estos cambios, las reacciones químicas, se
denomina estequiometría, nombre derivado de las palabras
griegas stoicheion, «elemento», y metron, «medida», y
es una herramienta esencial en química.
§. De la piedra filosofal a la radiactividad
Aunque las leyes de la estequiometría negaban la transmutación de un elemento
químico en otro, tal y como en el pasado afirmaban los alquimistas y su
mitológica piedra filosofal, en 1896 tuvo lugar un insospechado descubrimiento.
El físico francés Antoine Henri Becquerel descubrió una nueva propiedad de la
materia que posteriormente se denominó radiactividad. Este fenómeno
se produjo durante su investigación sobre la fluorescencia. Al colocar sales de
uranio sobre una placa fotográfica en una zona oscura, comprobó que dicha placa
se ennegrecía. Las sales de uranio emitían una radiación capaz de atravesar papeles
negros y otras sustancias opacas a la luz ordinaria. La radiactividad es un
fenómeno físico por el cual los núcleos de algunos elementos químicos, llamados
radiactivos, emiten radiaciones que tienen la propiedad de impresionar placas
radiográficas, ionizar gases, producir fluorescencia y atravesar cuerpos opacos
a la luz ordinaria, entre otros. Debido a esa capacidad, se les suele denominar
radiaciones ionizantes. Las radiaciones emitidas pueden ser electromagnéticas,
en forma de rayos X o rayos gamma, o bien corpusculares, como pueden ser
núcleos de helio, electrones o protones u otras partículas.
La
radiactividad es un fenómeno que ocurre en los núcleos de ciertos elementos
inestables que son capaces de transformarse, o decaer, espontáneamente, en
núcleos atómicos de otros elementos más estables. Los cambios en el núcleo sí
hacían posible que un elemento químico se transformase en otro.
En
las reacciones químicas los únicos implicados son los electrones de los átomos,
así que, si el núcleo se mantiene intacto, los elementos seguirán conservando
su identidad. Pero con el descubrimiento de la radiactividad, podían producirse
cambios en el núcleo de los átomos, y así transformar unos elementos en otros.
Estos fenómenos en los que los núcleos atómicos están implicados caen dentro
del campo de la Física nuclear.
Actualmente aceptamos que el oro es un elemento químico, y por ende no puede
ser creado a partir de otros elementos por medio de reacciones químicas. El oro
metálico puede ser disuelto de una roca y precipitarse, dando la apariencia de
que el oro había sido creado, pero esto sólo es posible si el oro ya estaba en
la roca. El oro es un elemento pesado, así que todo el oro que tenemos en la
Tierra ha sido creado en reacciones nucleares extremadamente energéticas, las
que se producen en las estrellas de gran masa.
También se pueden crear pequeñas cantidades de oro de manera artificial con aceleradores
de partículas o reactores nucleares, sin embargo, estos métodos producen nuevas
sustancias radiactivas y son extremadamente costosos. Aunque el método no sea
comercialmente viable, lo que durante mucho tiempo nos parecieron fantasías de
los alquimistas medievales, a día de hoy sabemos que pueden hacerse realidad:
sí es posible transmutar unos elementos en otros. No por los métodos que se
pensaba, no por medio de una piedra filosofal de propiedades que hoy en día
tildaríamos de místicas, sino por métodos probados, fruto de la experiencia y
que en la actualidad nos parecen razonables.
Ello nos lleva a reflexionar sobre la idea de que en su día, lo que ahora nos
parecen ideas fantasiosas y peregrinas, sobre todo la de la piedra filosofal,
pero de igual forma la del flogisto, también estaban fundamentadas en la
experiencia; con otros nombres y con otras interpretaciones acordes al
pensamiento de la época. Esto no implica que antes estuviesen equivocados y que
ahora estemos en lo cierto. Ahora tenemos nuevos nombres, teorías y
conclusiones más sofisticadas capaces de describir un mayor número de
fenómenos, con mayor complejidad y con capacidad de predicción. Pero las
certezas de ahora sólo son ciertas ahora, y con el paso del tiempo, con el
progreso de la ciencia, los fenómenos seguirán siendo los mismos, pero
naturalmente cambiarán de nombre.
Algunas de las certezas que ahora nos parecen rotundas e incorruptibles sin
duda acabarán convirtiéndose en el flogisto de las generaciones venideras.
Capítulo 9
Del zumo de limón a la lluvia ácida
Contenido:
§.
Las reacciones de ácidos y bases
§. EL pH
§. Indicadores de pH
§. El pH de la piel y la cosmética
§. El pH del estómago y los antiácidos
§. Lluvia ácida
§.
Las reacciones de ácidos y bases
Se conocen cientos de miles de sustancias distintas. Los químicos, para
facilitar su estudio, tendemos a ordenarlas y clasificarlas en grupos de
sustancias similares con el fin de comprender sus analogías y así entender la
naturaleza elemental de sus propiedades.
Hay sustancias que cuando se disuelven en agua presentan una serie de
propiedades comunes: tienen un sabor ácido característico, como el zumo de
limón (ácido cítrico), el vinagre (ácido acético) o la leche agria (ácido
láctico); tiñen de color rojo determinados pigmentos de origen vegetal, como el
papel de tornasol, que es una tintura azul que se extrae de algunos líquenes y
que se impregna sobre papel; son capaces de disolver el mármol y de reaccionar
con muchos metales desprendiendo hidrógeno gaseoso. En 1663, el químico inglés
Robert Boyle introdujo el término ácido para denominar a estas
sustancias e inició un estudio formal de sus propiedades.
Por otro lado, existen otro grupo de sustancias que en disolución acuosa
comparten propiedades opuestas a las de los ácidos: poseen un sabor amargo,
producen sensación jabonosa al tacto, son cáusticas, devuelven la coloración
azul al papel de tornasol y contrarrestan las propiedades características de
las disoluciones ácidas. A este grupo de sustancias se las denominó álcalis,
del árabe al kali, que significa «cenizas vegetales». Cuando se
mezcla una sustancia ácida con otra alcalina se obtiene una sal que pierde las
propiedades de ambas sustancias. Así, los álcalis recibieron más tarde el
nombre de bases, del griego basis, que significa
«fundamento para la obtención de sales».
Cuando
se mezcla un ácido con una base se forma una sal.
En
1777, Lavoisier asoció las propiedades ácidas de ciertas sustancias a un
elemento químico en concreto que había sido descubierto por Priestley y Scheele
tres años antes y que había sido denominado aire desflogistizado.
Lavoisier determinó que esa sustancia era realmente un elemento químico y lo
renombró como oxígeno, palabra formada por dos raíces
griegas, oxys, «ácido», por el sabor punzante de estas sustancias,
y genes, «productor» o «engendrador». De modo que la palabra oxígeno significa
«engendrador de ácidos».
El químico británico Humphrey Davy había descubierto en 1810 que el ácido
muriático (hoy llamado ácido clorhídrico) era una sustancia ácida, pero que no
contenía oxígeno, de modo que consiguió refutar la Teoría de los ácidos de
Lavoisier. Lo que propuso Davy fue que el hidrógeno era el principal
responsable de la acidez de esas sustancias.
En 1838, el químico alemán Justus von Liebig, completó la idea de Davy sobre el
fundamento químico de ácidos y bases, al proponer la existencia de dos tipos de
hidrógeno, siendo el hidrógeno que puede sustituirse por metales el responsable
de las propiedades de los ácidos. En cuanto a las bases, Liebig no propuso
ninguna definición, simplemente las identificó como sustancias con
comportamiento antiácido.
A finales del siglo XIX y a principios del XX se formularon dos teorías que se
fundamentaron, no en la transferencia de átomos de hidrógeno completos, sino en
la trasferencia de protones, o lo que es lo mismo, de átomos de hidrógeno
desprovistos de su electrón: la teoría ácido-base de Arrhenius y la de
Brønsted-Lowry.
El químico sueco Svante August Arrhenius supuso en 1887 que los ácidos en
realidad están disociados en iones, con lo que podemos pensar que todos los
ácidos al disolverse producen un ion en concreto, el catión de hidrógeno H+ o
protón. Es habitual llamarlo simplemente protón porque al
perder el único electrón que poseía, el átomo de hidrógeno pasa a tener una
carga neta positiva, es decir que el H+ es sólo el núcleo del
elemento Z = 1.
Este catión H+ es el que dota a los ácidos de características
comunes, mientras que el anión es que dota al ácido de las propiedades que
diferencian a unos y otros.
Como ese catión H+ propuesto por Arrhenius está desprovisto de
su único electrón, sólo queda su núcleo, así que es tan pequeño que ejerce una
gran atracción electrostática sobre el agua, por lo que no existe de forma
solitaria y siempre se combina con ella.
Cuando
un ácido está disuelto en agua, el H+ se combina con el2Odando
lugar al H3O+,o lo que llamamosion hidronio.
Por
otro lado, Arrhenius planteó que las bases tendrían que neutralizar estos iones
hidronio de los ácidos, así que propuso que las sustancias básicas son las que
se disocian en sus iones liberando iones hidroxilo OH–.
De esta manera los OH– de las bases se unirían a los H+ de
los ácidos neutralizándose mutuamente y dando lugar a la formación de agua, H2O.
Dato
curioso
En
la actualidad existen teorías más completas que la de Brønsted-Lowry, siendo la
más conocida la Teoría de Lewis, que se basa en un concepto electrónico.
En 1938, el químico estadounidense Gilbert N. Lewis desarrolló su Teoría de
ácidos y bases: la diferencia entre el ácido y la base son sus electrones. El
ácido debe tener algún elemento con deficiencia de electrones que le aleje de
la configuración de gas noble, y la base debe tener algún par de electrones
solitarios. La reacción de un ácido con una base de Lewis da como resultado un
compuesto de adición. De esta forma se incluyen elementos que se comportan como
bases, pero no cumplen la definición de Brønsted y Lowry, y suelen ser
denominados ácidos de Lewis. Puesto que el H+, según esta
definición, es un ácido de Lewis —tiene vacío el orbital 1s, en donde alojar el
par de electrones—, todos los ácidos de Brønsted-Lowry son, por definición,
ácidos de Lewis. Con esta teoría podemos describir cómo algunas sustancias como
el CO2 o el AlCl 3, que no poseen hidrógeno,
tienen propiedades ácidas y son capaces de neutralizar a las bases dando lugar
a la formación de sales.
Aunque la definición de Lewis tiene un carácter más general, la definición de
uso más común de ácidos y bases es la que formularon Brønsted y Lowry.
Las definiciones de Arrhenius para los ácidos y las bases son limitadas, sobre
todo para estas últimas, ya que no todas las sustancias de propiedades básicas
contienen OH−, como, por ejemplo, una conocida base que utilizamos
como producto de limpieza: el amoníaco, NH3. Sin embargo, y a pesar
de sus inconvenientes, esta teoría estuvo vigente casi cuarenta años, durante
los cuales se fueron sucediendo nuevas ideas que darían lugar a teorías más
completas.
En 1923, el químico danés Johannes Nicolaus Brønsted y el químico británico
Thomas Martin Lowry, casi simultáneamente, pero siguiendo líneas de trabajo
diferentes, propusieron una definición más concreta sobre los ácidos y las
bases. Esta definición forma parte de la que conocemos como Teoría
ácido-base de Brønsted-Lowry. Según esta teoría, los ácidos son sustancias
capaces de donar un protón (H+), mientras que las bases son capaces
de aceptarlos. De esta manera, las reacciones entre ácidos y bases pueden
interpretarse como reacciones de transferencia de protones. Así, por ejemplo,
el amoníaco (NH3) es una base porque es capaz de captar H+ y
formar el ion amonio (NH4+).
Los
ácidos son sustancias capaces de donar un protón (H+), mientras que
las bases son sustancias capaces de aceptarlos.
Las reacciones ácido-base son reacciones de transferencia de protones.
§.
EL pH
Para determinar lo ácida o básica que es una sustancia el químico danés Søren
Peter Lauritz Sørensen introdujo un concepto denominado potencial de
hidrógenoo pH. En 1909 estableció la escala de pH como un modo
simple de expresión del grado de acidez. También describió un par de métodos
sencillos que permitían medir ese grado de acidez: el primer método estaba
basado en electrodos, mientras el segundo método implicaba la comparación de
los colores de muestras y un juego preseleccionado de indicadores. El mismo
Sørensen se encargó de obtener la fórmula para poder manejar números enteros en
el pH, que se basa en aplicar un logaritmo a la concentración de H+ en la
disolución.
El
pH neutro, el que tienen las sustancias que no son ni ácidas ni básicas, se
corresponde con el valor 7. Por debajo de 7 las sustancias serán ácidas, más
ácidas cuanto menor valor tengan; y por encima de 7 serán sustancias básicas,
más básicas cuanto mayor valor tengan.
A
día de hoy el término pH está muy extendido en el lenguaje cotidiano, tanto es
así que se habla del pH de productos cosméticos, fármacos y alimentos con total
normalidad.
§. Indicadores de pH
Para determinar el pH de una sustancia existen indicadores que muestran el pH
de una disolución en función del color que adquieren. El indicador ácido-base
más antiguo es el tornasol. El tornasol es una tintura que se
encuentra en diversas especies de líquenes. Tradicionalmente se extrae de roccellas y dendrographas.
En disoluciones ácidas, de pH inferior a 5, el tornasol es rojo, mientras que
cuando el pH excede de 8 se vuelve azul.
Los indicadores son ácidos débiles, es decir, que aunque tengan preferencia por
donar iones H+, también coexisten con otra forma básica que puede aceptarlos, y
cada una de estas formas presenta una coloración diferente.
Muchos colorantes naturales se encuentran en frutas y flores y pueden ser
empleados como indicadores ácido-base. Un ejemplo es la cianidina,
que pertenece al grupo de las antocianinas, y es responsable del
color rojo de las amapolas y del color de las violetas. El jugo de las amapolas
es suficientemente ácido para que la cianidina se encuentre en su forma
protonada de color rojo, al contrario de lo que ocurre en las violetas, cuyo jugo
es básico y provoca que la cianidina se desprotone y muestre un color azulado.
Las antocianinas de la lombarda se pueden aprovechar para fabricar un papel
indicador ácido-base casero. Para eso se empapa un papel de filtro con el zumo
concentrado de lombarda macerada y hervida. El papel se deja secar colgado de
una cuerda y finalmente se corta en tiras para obtener varios indicadores de
pH. Para un pH entre 1 y 2 el color del zumo de lombarda será rojizo, para un
pH 4 será color ciruela, para un pH 5 será púrpura, para un pH 6-7 será azul,
para un pH 8 será azul verdoso, para un pH 9-10 será verde esmeralda, para un
pH 10-11 será verde hierba, para un pH 12-13será verde lima y para un pH 14,
amarillo.
Dato
curioso
En
las plantas superiores, las antocianinas se encuentran en todos los tejidos,
incluyendo las hojas, los tallos, las raíces, las flores y los frutos.
Las antocianinas pueden confundirse con los carotenoides, que también le dan
color a las flores y hojas, aunque a diferencia de las antocianinas, éstos no
son solubles en agua, sino que están adosados a las proteínas de los
cloroplastos. Los carotenoides dan colores anaranjados o amarillos, mientras
que las antocianinas dan un abanico inmenso de colores.
Las antocianinas se encuentran en muchas frutas oscuras como la frambuesa azul
y negra, la zarzamora, la cereza, la mora azul, la uva azul y negra, los
arándanos, y muchas verduras. Las antocianinas pueden encontrarse en las hojas,
haciendo que las mismas muestren un color rojizo. Esta coloración puede deberse
a un mecanismo de defensa para proteger a las plantas, sus flores y sus frutas
contra la luz ultravioleta y, por su propiedad antioxidante, evitar la
producción de radicales libres.
Las antocianinas también son un importante parámetro de calidad de uvas rojas,
debido a la importancia que estos compuestos tienen en el color del vino.
§. El pH de la piel y la cosmética
La piel tiene un pH ligeramente ácido. La epidermis está cubierta por una
emulsión de agua y lípidos conocida como película hidrolipídica.
Esta película, que se forma por secreciones de las glándulas sudoríparas y
sebáceas, contribuye a mantener la piel flexible y actúa como barrera adicional
frente a bacterias y hongos. La parte acuosa de esta película, conocida
como manto ácido, contiene, entre otras sustancias, ácido láctico,
aminoácidos del sudor y ácidos grasos. Este manto ácido proporciona a la piel
un pH ligeramente ácido, entre 5 y 6, levemente más ácido en los hombres que en
las mujeres, cuya función principal es mantener vivos a los microorganismos
afines a la piel y que sean destruidos los microorganismos nocivos.
El pH de la piel también varía entre una zona del cuerpo y otra; por ejemplo,
es más ácido en las axilas y entre los dedos. Cuando el pH aumenta, es decir,
se hace más básico, se producen las dermatitis o las inflamaciones de la piel.
Cuando nos lavamos con un jabón no apropiado podemos favorecer que la piel
alcance valores de pH superiores, lo que favorece el crecimiento de bacterias
al estar la piel más desprotegida. Por este motivo los productos cosméticos y
de higiene suelen especificar que su pH es el idóneo para la piel, o como suele
decirse, pH neutro para la piel, entre 5 y 6, que es un pH
ligeramente ácido. Así que cuando un producto cosmético, ya sea un jabón o una
crema, indica que tiene un pH neutro, éste no se corresponderá con el pH neutro
químico, que tendría un valor de 7, sino que hará referencia a un pH neutro
para la piel.
§. El pH del estómago y los antiácidos
Comparados con la mayoría de los fluidos corporales, tales como la sangre o la
saliva, que tienen un pH en torno a 7, los jugos gástricos son muy ácidos, con
valores de pH comprendidos entre 1 y 3. Esta acidez se debe a que las células
de la mucosa que recubre las paredes del estómago segregan constantemente ácido
clorhídrico (HCl).
Escala de pH con sustancias cotidianas
Cuando
la comida entra en el estómago, la producción de ácido se incrementa, ya que la
función del HCl es facilitar la digestión de los alimentos e impedir el
crecimiento de bacterias. Cuando esta secreción de ácido es excesiva se
producen molestias como sensación de acidez, reflujos ácidos, inflamación,
dolor estomacal y contracción muscular.
Dato
curioso
Uno
de los indicadores más empleados es la fenolftaleína. La fenolftaleína en medio
ácido se encuentra protonada y es incolora, mientras que en un medio básico, un
pH superior a 8, está desprotonada y presenta un luminoso color fucsia.
Durante la Segunda Guerra Mundial, el espía alemán George Dash fue detenido
cuando llegó a la costa atlántica de Estados Unidos. A simple vista las
autoridades no encontraban ninguna prueba que le incriminase, pero les resultó
sospechosa la cantidad de pañuelos blancos que el alemán llevaba consigo. Los
químicos del FBI analizaron estos pañuelos y encontraron restos de
fenolftaleína. El alemán había escrito con este indicador una lista de
contactos y sus respectivas direcciones. Sobre los pañuelos la fenolftaleína
era incolora, pero una vez impregnados con una sustancia básica revelarían sus
escritos en color fucsia. Dash fue juzgado ante un tribunal y durante su juicio
los fiscales demostraron con una disolución de amoníaco cómo los nombres y las
direcciones de sus contactos eran revelados.
Una forma de reducir temporalmente la concentración de iones H+ cedidos por el
HCl en el estómago es tomar un antiácido. La labor del antiácido es
aumentar el pH de los jugos gástricos para que disminuya rápidamente la acidez
de estómago y se produzca así un alivio instantáneo de los síntomas. Pero nunca
debe neutralizarse este ácido completamente, porque si esto ocurre, la
digestión no sería posible. Además, si la neutralización del ácido es muy
severa, las paredes del estómago responden segregando más ácido para compensar
el aumento drástico de pH. A este fenómeno se le conoce como efecto
rebote.
Los
antiácidos son compuestos básicos que actúan neutralizando los iones H+del
jugo gástrico.
Las
bases más habituales que encontramos en los antiácidos comerciales son el
bicarbonato de sodio, el carbonato de calcio y los hidróxidos de magnesio y
aluminio. Algunos productos contienen más de una base.
Los antiácidos han de ser suministrados con cautela, ya que acarrean ciertos
efectos secundarios. Por ejemplo, los antiácidos que contienen hidróxido de
aluminio pueden causar estreñimiento, mientras que los de hidróxido de magnesio
tienen efectos laxantes. El bicarbonato sódico alivia de forma inmediata, pero
sus efectos son poco duraderos, con lo que a menudo genera la tentación de
consumir más antiácido. La consecuencia es que así se estimula la producción de
más ácido en el estómago, es decir, el efecto rebote.
Para escoger un antiácido en concreto es imprescindible conocer qué base
contiene en su formulación. Por ejemplo, las personas con hipertensión no deben
consumir bicarbonato sódico (NaHCO3), ya que esta base es una fuente
de sodio, y las personas con esta afección, que limitan su consumo de sal común
(cloruro de sodio), también tienen que evitar cualquier sustancia que contenga
sodio. En cambio, los antiácidos que contienen carbonato de calcio (CaCO3)
son los que se aconsejan a las personas que padecen osteoporosis, que es una
degeneración de los huesos causada por la pérdida de calcio.
Los antiácidos modernos son los llamados inhibidores de bomba de
protones. Estos antiácidos no actúan como bases neutralizadoras del HCl,
sino que actúan directamente sobre las células secretoras de la mucosa inhibiendo
la secreción de ácido. De esta manera, la nueva generación de fármacos evita el
efecto rebote.
§. Lluvia ácida
Uno de los fenómenos más conocidos y más indeseados en el plano medioambiental
tiene que ver con la química de los ácidos: la lluvia ácida. El pH del agua de
lluvia de zonas limpias, sin contaminación atmosférica, es de 5,6. Este pH es
ligeramente ácido a causa del dióxido de carbono del aire que, por disolución
en el agua ambiental, forma ácido carbónico. En otros lugares, el pH de la lluvia
es mucho más ácido debido a la presencia de ácido sulfúrico y ácido nítrico,
entre otras sustancias no tan frecuentes.
El ácido sulfúrico presente en el aire contaminado procede en gran parte del
azufre contenido en el carbón que se utiliza en las centrales térmicas. Algunos
carbones llegan a contener hasta un 4% de impurezas de azufre en forma de
pirita, que es un sulfuro de hierro. Durante la combustión del carbón el azufre
se transforma en dióxido de azufre. El dióxido de azufre se transforma, con el
oxígeno del aire, en trióxido de azufre, y éste es capaz de reaccionar con el
agua atmosférica y transformarse en minúsculas gotas de ácido sulfúrico que el
viento transporta a miles de kilómetros de distancia.
Dato
curioso
El
ácido sulfúrico de la lluvia ácida ataca materiales de construcción como las
piedras calcáreas o el mármol, que están formados básicamente por carbonato de
calcio. El carbonato de calcio reacciona con el ácido sulfúrico y se transforma
en sulfato de calcio, dióxido de carbono y agua. El problema es que el sulfato
de calcio es una sal soluble en agua, con lo que poco a poco el material se va
deshaciendo al ser arrastrado por la lluvia. Este proceso es el responsable del
deterioro de muchas edificaciones de importancia artística e histórica como el
Taj Mahal de la India o las ruinas griegas de la Acrópolis de Atenas, que son
de mármol. Estas estructuras sufrieron más daños desde el siglo XX a la
actualidad, que en todos los años anteriores.
Otro efecto indeseable del ácido sulfúrico formado a partir del dióxido de
azufre es el deterioro del papel de libros y documentos. El papel fabricado a
partir de 1750 contiene trazas de varios óxidos metálicos que eran capaces de
transformar el dióxido de azufre en trióxido de azufre, que es el paso previo a
la formación del ácido sulfúrico, con el consiguiente deterioro del papel. Los
escritos anteriores a 1750, como no utilizaban óxidos metálicos, son
prácticamente inmunes a la presencia de óxidos de azufre en el aire.
El ácido nítrico procede de los óxidos de nitrógeno formados a partir del
nitrógeno y el oxígeno del aire en los procesos de combustión. Estos óxidos son
capaces de disolverse en el agua dando ácido nítrico, que también contribuye a
la formación de lluvia ácida.
Los efectos de la lluvia ácida son especialmente dañinos en zonas donde las
rocas son de granito u otras rocas incapaces de neutralizar la acidez de la
lluvia. El problema reside en que algunos compuestos son insolubles a pH
habitual, pero a pH ácido se disocian en sus iones y se vuelven solubles y, por
tanto, móviles a través del torrente acuoso. Por ejemplo, muchos compuestos de
aluminio se vuelven solubles a pH ácido, formándose iones Al+3, que
al disolverse en el agua son absorbidos por las raíces de los árboles, teniendo
sobre ellos consecuencias letales.
Esta lluvia también afecta al pH de acuíferos. Cuando el pH del agua es
inferior a 5,5, algunos peces, como las truchas, mueren. Si el pH es inferior a
5,0, casi ningún pez podrá sobrevivir.
La química de los ácidos y las bases, así como la idea de pH y sus
implicaciones, nos ha permitido entender las condiciones en las que se dan
ciertos procesos fisiológicos, y esto a su vez ha derivado en el diseño de
fármacos que no sólo nos ayudan a mantener un nivel óptimo, sino que son
efectivos dependiendo del pH del medio. Nos ha permitido crear productos
cosméticos y de higiene más respetuosos con nuestra piel. Nos ha permitido
entender fenómenos contaminantes como la lluvia ácida. Y reconocer y entender
un fenómeno es el primer paso para poder controlarlo y remediarlo. Gracias al
hecho de haber entendido este proceso, en la actualidad ya podemos controlar de
varias formas la emisión de óxidos de azufre y de nitrógeno responsables de la
lluvia ácida, como, por ejemplo, mediante el uso de filtros y catalizadores
capaces de retener y convertir estos gases en otros compuestos inocuos.
Conocer cómo funcionan las cosas desde el punto de vista más íntimo, es decir,
conocer la química de las cosas, nos permite no sólo ampliar nuestro horizonte
de conocimiento, sino también aplicar lo aprendido en beneficio de la sociedad,
de nuestra salud y de la salud del medio ambiente.
Capítulo 10
De las pilas a las esculturas de bronce
Contenido:
§.
Las reacciones de oxidación y reducción
§. Las pilas
§. La electricidad
§. El descubrimiento del electrón
§. Baterías
§. Pilas de combustible
§. Corrosión de metales y materiales inoxidables
§. Pátinas
§.
Las reacciones de oxidación y reducción
Hay inventos que surgen tras concienzudas investigaciones y muchas veces son
fruto de descubrimientos en ciencia básica para los que se ha tardado cierto
tiempo en encontrar una aplicación. En cambio, muchos otros inventos han
surgido de la experimentación en su estado más preliminar, cuando todavía no se
habían postulado hipótesis científicas suficientemente firmes que describiesen
los hechos. En estos casos, aunque la explicación de su funcionamiento sea una
cuestión irresoluta, no por ello el invento deja de ser válido, dado que
funciona.
Muchos aparatos de uso cotidiano y técnicas químicas se emplearon mucho antes
de conocer los mecanismos por los que podíamos describir que sucediese eso y no
otra cosa. Es el caso de las reacciones de oxidación y reducción: estas
reacciones nos permiten explicar cómo funcionan las pilas y las baterías, cómo
se corroen los metales, cómo podemos evitar que esto suceda, e incluso, cómo se
forman las pátinas artísticas en las esculturas.
§. Las pilas
Uno de los inventos más importantes históricamente, con más relevancia en el
avance de la humanidad, y que sigue siendo protagonista en la actualidad, es la
forma de crear energía eléctrica. La manera más habitual de generar energía a
través de la química es mediante las pilas. La pilas se inventaron y
reinventaron mucho antes de saber cómo funcionaban. Simplemente lo hacían.
Proporcionaban electricidad cuando ni siquiera se sabía exactamente qué era la
electricidad.
A día de hoy sabemos que todas las pilas inventadas a lo largo de la historia
están fundamentadas en reacciones químicas en las que se producen
transferencias de electrones y que es precisamente el movimiento de estas
partículas elementales lo que conocemos como electricidad.
La
electricidad se produce por electrones en movimiento.
Químicamente
lo que ocurre en cualquier pila es que hay una sustancia que gana electrones y
otra que los pierde provocando la formación de una corriente eléctrica entre
ellos.
Los elementos que con mayor facilidad ganan y pierden electrones son los
metales. Cuando un metal está en su estado fundamental, con la misma cantidad
de electrones en su superficie que de protones en su núcleo, su apariencia será
la del metal en su estado puro, con las características propias del metal
libre. En cambio, cuando un metal está combinado con otros átomos o moléculas,
cede electrones y se queda con carga positiva, es decir, el metal forma un
catión.
Por ejemplo, el cobre en su estado elemental se representa como Cu y tiene el
aspecto que asociamos al cobre: es un metal brillante, sólido, rojizo y buen
conductor de la electricidad. Pero si el cobre se combina con otro átomo o
molécula, como, por ejemplo, con un grupo sulfato, pierde dos electrones y
forma el catión Cu+2 que se une por enlace iónico al grupo
sulfato, que es un anión. Por este motivo el sulfato de cobre (II) es una
sustancia iónica, es decir, es una sal que tiene propiedades típicas de las
sales: estructura cristalina, dureza y solubilidad en agua. De hecho, el
sulfato de cobre (II) es un sólido cristalino azul que se disuelve fácilmente
en agua y cuya apariencia en nada recuerda al cobre metálico original.
Cuando un metal cede electrones, como en este caso el cobre, que pasa de Cu a
Cu+2, se dice que se oxida. La oxidación es una
reacción química que tradicionalmente se asocia a la ganancia de oxígeno y
consecuente formación de óxidos, pero realmente en el proceso no tiene por qué
intervenir el oxígeno, ya que puede producirse por la acción de cualquier otro
átomo o molécula capaz de albergar los electrones que el metal ceda. Así,
siempre que un metal se oxide, que ceda sus electrones, tiene que haber otra
sustancia que los capte.
Se
llama oxidacióna la cesión de electrones, y reducción a la ganancia de
electrones, y ambos procesos se dan de forma simultánea: nada puede oxidarse si
no hay algo que se reduzca, y viceversa.
Estas reacciones químicas simultáneas se llaman reacciones de trasferencia de
electrones o reacciones redox.
Pila Daniell
En
el caso de las pilas, este tipo de reacciones se producen constantemente. Y ésa
fue la aportación de la famosa pila Daniell, con un voltaje de 1,1 V, que se
dio a conocer en 1836, y que supuso un avance respecto a los modelos
anteriores. Cuando sumergimos una lámina de zinc en estado elemental, es decir
Zn, en una disolución de sulfato de cobre (II), es decir, donde el cobre está
como Cu+2, observamos que la coloración azul propia del sulfato de
cobre (II) se va desvaneciendo, y que la lámina de zinc se va cubriendo por una
fina capa roja denegrida. Lo que sucede es una reacción redox: el Zn le ha
transferido electrones al Cu+2. Cada ion de Cu+2 que
se deposita sobre la lámina de Zn lo hace tomando dos electrones de éste. Por
otro lado, si el Zn cede electrones al Cu+2, se transformará en Zn+2.
De esta manera el cobre que estaba formando parte de la disolución como sulfato
de cobre (II), deja de formar parte de ella y se va convirtiendo en cobre
metálico, y por eso la coloración azul de la disolución se va desvaneciendo.
Por otro lado, la lámina de zinc se va deteriorando, por una parte por el
depósito de cobre metálico que hay sobre ella, y por otra parte, porque se va
deshaciendo al ir pasando Zn a la disolución como Zn+2. El cobre se
reduce mientras el zinc se oxida. Al existir una transferencia de electrones
estamos ante una corriente eléctrica, pero como esta transferencia de
electrones de uno a otro transcurre de forma directa, el flujo de electrones no
se puede aprovechar; pero si esta transferencia de electrones se establece de
forma indirecta, a través de un cable, sí podemos obtener una corriente
eléctrica. Para esto es necesario separar los iones Cu+2 en
disolución acuosa de la lámina de zinc.
Para ello se emplean dos recipientes: uno con la lámina de zinc, que actúa como
electrodo, sumergido en una disolución de una sal de zinc, como el cloruro de
zinc; y otro recipiente con una disolución de sulfato de cobre (II) donde se
utilice como electrodo una lámina de cobre metálico. Estos dos electrodos se
conectan a través de un cable conductor por el que pueden viajar los electrones
de un electrodo a otro. Como en este caso es el Zn el que le cede los
electrones, lo que ocurrirá es que la lámina de Zn se irá deshaciendo a medida
que cede los dos electrones al cable conductor y va pasando como Zn+2 a
la disolución. Los electrones llegan al otro recipiente a través del cable y
luego del electrodo de cobre, y lo que sucede es que los Cu+2 de
la disolución circundante de sulfato de cobre (II) los captan transformándose
en cobre metálico que se va depositando sobre el electrodo, engrosándolo cada
vez más.
En ese cable conductor que une ambos electrodos de los dos recipientes se
produce la corriente eléctrica aprovechable. Si en ese cable entrometemos un
amperímetro, podremos medir el voltaje, y si entrometemos una bombilla, también
veremos cómo se enciende.
Donde se produce la oxidación del Zn a Zn+2 lo denominamos
ánodo de la pila o polo negativo, y donde se produce la reducción
del Cu+2 a Cu lo denominamos cátodo de la pila
o polo positivo.
En
el polo negativo de la pila se produce la oxidación, y en el polo positivo, la
reducción.
Para
que la pila funcione correctamente, los compartimentos anódico y catódico deben
permanecer eléctricamente neutros. Lo que ocurre es que cuando se forma Zn+2,
la disolución tendrá más sustancias con carga positiva que negativa, y esto no
es estable, pues siempre tiene que haber tanta carga positiva como negativa:
las cargas tienen que estar compensadas. Lo mismo ocurre en el otro
compartimento, que si el Zn+2 se va consumiendo, en disolución
habrá más sustancias con carga negativa que positiva. Si no se mantiene la
neutralidad eléctrica, la reacción redox es inviable. Para impedir que las
disoluciones se carguen eléctricamente se utiliza un puente salino que
une ambos recipientes. Este puente salino no es más que un tubo relleno de sal
en disolución, formada por cationes y aniones, que se irán incorporando a cada
compartimento a fin de neutralizar las cargas eléctricas: en el compartimento
en el que el Zn+2 va pasando a la disolución, se compensará con
la entrada de aniones (iones de carga negativa) provenientes del puente salino;
y en el compartimento en el que se consume el Cu+2 se irá
compensando con la entrada de cationes (iones con carga positiva) provenientes
del puente salino.
Daniell
propuso un modelo compacto de su pila, donde un compartimento estaba dentro del
otro. Todas las pilas posteriores a ésta se fundamentan en los mismos
principios: todas ellas funcionan a través de una reacción redox y mantienen la
neutralidad eléctrica gracias a una sustancia que actúa como puente salino.
La pila Daniell, así como otras muchas pilas que empleaban disoluciones, tienen
interés teórico y permiten entender cómo funcionan las pilas más modernas, pero
no son prácticas, ya que las disoluciones se derraman fácilmente al
desplazarlas. Por ese motivo las pilas que utilizamos de forma habitual en la
actualidad son las pilas tipo Leclanché o pilas secas salinas.
Las pilas de forma cilíndrica ofrecen un voltaje de 1,5 V, y las planas,
formadas por la asociación de tres pilas cilíndricas, ofrecen un voltaje de 4,5
V. En estas pilas el ánodo es de zinc, como en la pila Daniell, y constituye el
armazón de la pila. El cátodo, central, es una barrita de carbón. La disolución
no es tal, sino que se trata de una pasta negruzca formada por cloruro de
amonio, dióxido de manganeso y agua separada en dos compartimentos por una hoja
de papel. Por un lado, el zinc se oxida, y por el otro, el manganeso se reduce.
En las pilas alcalinas o tipo Mallory, el ánodo es igualmente de zinc, pero
pulverizado y amalgamado (aleado con mercurio). El cátodo es un clavo de acero
colocado en el centro. La disolución no es tal, sino que se trata de una pasta
formada por hidróxido de potasio (una base, es decir una sustancia alcalina),
dióxido de manganeso y agua. Tanto la pila de Leclanché como la alcalina
utilizan manganeso como sustancia que se reduce y zinc como sustancia que se
oxida. Las primeras funcionan en medio ácido, y las segundas, en medio básico.
Las pilas en miniatura o pilas de botón, usadas en relojes y calculadoras, son
similares a las alcalinas, pero en lugar de dióxido de manganeso emplean
dióxido de mercurio u óxido de plata. La principal ventaja es que ofrecen un
voltaje de 1,35 V muy estable, sin fluctuaciones, y por eso también se utilizan
en medicina (marcapasos) y en electrónica.
§. La electricidad
Aunque
pueda parecer que la historia del electrón es una historia al revés, que
empieza por el final porque primero se utilizó su comportamiento para muchas
cosas, entre ellas las pilas, y luego se identificó como mediador de todas
ellas, en realidad es lo más común en ciencia. Los descubrimientos surgen de la
observación de los fenómenos naturales, después éstos se trasladan al estudio
controlado de un laboratorio, y posteriormente se extraen conclusiones,
posibles teorías y leyes que describan esos fenómenos. La historia del electrón
también comenzó así, mediante la observación de fenómenos eléctricos.
Desde la Antigüedad se sabe que cuando el ámbar mineral, que es una resina
fosilizada, se frota con lana o piel, consigue atraer pequeños fragmentos de
otros materiales. Ya Aristóteles había escrito sobre la habilidad del pez
torpedo, capaz de producir descargas que lograban paralizar a sus presas; o el
fuego de San Telmo, que es una descarga eléctrica que produce un resplandor
brillante azulado, que en algunas circunstancias tiene aspecto de fuego y se
observa con frecuencia en los mástiles de los barcos durante las tormentas
eléctricas en el mar.
Dato
curioso
Cuando
Daniell diseñó su pila se basó en otros modelos anteriores que también
funcionaban, pero ninguno de ellos podía dar una explicación lógica a ese
hecho. Aunque ahora sabemos que la explicación se basa en el intercambio de
electrones, hay que tener en cuenta que cuando Daniell diseñó su pila ni
siquiera se conocía la existencia del electrón.
El médico inglés William Gilbert fue uno de los primeros filósofos naturales de
la era moderna en realizar incontables experimentos con la electrostática y el
magnetismo, que describía con todo lujo detalles en su obra. En 1600 definió el
término de fuerza eléctrica como un fenómeno de atracción que
se producía al frotar ciertas sustancias, entre ellas el ámbar. A través de sus
experiencias clasificó los materiales en conductores y aislantes e ideó el
primer electroscopio. Gilbert acuñó la palabra electricidad,
derivada de elektron, que significa «ámbar» en griego, y demostró
que otras muchas sustancias mostraban efectos eléctricos por frotamiento.
Sin embargo, la verdadera naturaleza de la electricidad comenzó a desarrollarse
a finales del siglo XVIII con las experiencias de los físicos italianos Luigi
Galvani y Alessandro Volta.
Galvani
se especializó en electrofisiología y mostraba un interés constante por la
teoría de que un fluido nervioso de naturaleza eléctrica residía en los
animales. Sin más medios que un generador electrostático y una botella de
Leyden (un tipo de condensador eléctrico), comenzó en la década de 1780 el
estudio de la estimulación muscular mediante descargas eléctricas sobre ranas
disecadas. En 1791 publicó un artículo con sus teorías sobre la electricidad
animal, basadas en sus experiencias: tras disecar una rana y haber colocado en
las proximidades un generador electrostático, uno de sus ayudantes tocó por
azar el nervio crural de la rana con la punta de un bisturí y se sorprendió al
ver que las ancas se contraían bruscamente. Otro ayudante que manipulaba el
generador afirmó que el espasmo había coincidido con el salto de una chispa en
el aparato.
Dato
curioso
En
1747, el científico estadounidense Benjamín Franklin, que se dedicó
principalmente al estudio de los fenómenos eléctricos, enunció el Principio de
conservación de la electricidad. En 1752 llevó a cabo en Filadelfia su famoso
experimento con el que pretendía demostrar la naturaleza eléctrica de los
rayos. Construyó una cometa con esqueleto de metal sujeta a un hilo de seda, en
cuyo extremo ató una llave también metálica. Al hacerla volar un día de
tormenta, constató que la llave atraía a los rayos y se cargaba de
electricidad. De esta manera consiguió demostrar que las nubes están cargadas
de electricidad y que los rayos son descargas eléctricas. El éxito del
experimento le permitió demostrar su teoría y sentar las bases de su invento
más famoso: el pararrayos.
Galvani interpretó el fenómeno como debido a un estímulo externo provocado por
la chispa que a través del bisturí incidía en el nervio de la rana y se
descargaba sobre el músculo. A continuación quiso comprobar si la electricidad
natural, por ejemplo, un relámpago, producía el mismo fenómeno. Un día de
tormenta conectó los nervios de la rana disecada con el hilo conductor de un
pararrayos y ató un alambre a las patas de la rana y el otro extremo lo
introdujo en el agua de un pozo. Cada vez que un rayo rasgaba el cielo, los
músculos de la rana se encogían y las ancas se retorcían. Según Galvani, el
relámpago sustituía a la chispa del generador y a través del pararrayos
atravesaba el cuerpo de la rana, estimulando el fluido eléctrico intrínseco del
animal y provocando el movimiento de sus extremidades.
Experimento de Galvani
En
otra ocasión, Galvani había sacrificado y disecado una docena de ranas.
Atravesó la médula espinal de cada una de ellas con un gancho de bronce y para
secarlas las colgó de una barandilla de hierro en el jardín de su casa. Un día
sin nubes, Galvani observó que las ancas de aquellas ranas se movían con
torsiones y espasmos una y otra vez y saltaban chispas. Un ligero viento era
suficiente para que los ganchos tocasen la barra de hierro, en cuyo instante se
producía el espasmo y saltaba una chispa. Galvani creyó que por fin había
encontrado la prueba de que los nervios y los músculos de las ranas contenían
un fluido sutil que recordaba al de una descarga electrostática. Según él, este
fluido tenía su origen en la electricidad atmosférica que se acumulaba lentamente
en el interior del animal y se descargaba súbitamente como si se tratara de una
botella de Leyden cuando el gancho de bronce y la barandilla de hierro cerraban
el circuito a través de las ranas. Fue entonces cuando Galvani construyó con
dos metales soldados unos arcos metálicos que simplificaban sus experiencias.
Los espasmos se verificaban cada vez que los nervios y los músculos de las
ancas se conectaban a los extremos del arco, prescindiendo, por tanto, del
generador electrostático, de los pararrayos y de las barandillas de hierro u
otros artilugios. La propia rana se comportaba como la combinación de un
generador de electricidad (o una botella de Leyden) y un electroscopio de alta
sensibilidad. En su publicación, Galvani insistía en que el cerebro era el
órgano más importante para la secreción del fluido eléctrico; los
nervios conducían la electricidad a los músculos y éstos se encogían y
provocaban los espasmos cuando el circuito se cerraba con el arco bimetálico
que actuaba simplemente como conductor del fluido al que él llamaba electricidad
animal intrínseca o galvanismo. Sin embargo, la débil
intensidad del galvanismo, comparada con las potentes descargas electrostáticas
de los generadores y las botellas de Leyden, provocaron entre los científicos
una pérdida de interés por este fenómeno, que más tarde resurgiría con los
comentarios y descubrimientos de Volta. Galvani falleció en 1798, en el umbral
de la revolución eléctrica. No obstante, su nombre ha pasado a la posteridad a
través de la nomenclatura eléctrica en conceptos como corriente galvánica,
galvanómetro o galvanizado.
Galvani creía haber descubierto la electricidad animal, pero Volta llegó a la
conclusión de que el tejido muscular animal no era necesario para producir
corriente eléctrica. Este hallazgo suscitó una fuerte controversia entre los
partidarios de la electricidad animal y los defensores de la electricidad
metálica. En 1793, Volta había construido una pila en la que se producía lo que
hoy llamamos corriente eléctrica. En una carta enviada en 1800 a la Royal
Society de Londres, Volta explica su descubrimiento y cuenta que la
construcción de su órgano eléctrico artificial estaba formado por un
apilamiento de un gran número de discos de cobre, zinc y cartón o piel
previamente empapados en agua salada o sosa, dispuestos siguiendo ese orden.
Volta creyó haber descubierto una máquina de movimiento continuo, pues si bien
la intensidad de corriente disminuía con el tiempo, creyó que era debido a que
las capas de cartón se iban secando.
La pila de Volta, o pila voltaica, suscitó un gran entusiasmo en el mundo
científico. Los profesores de la época mostraban a sus alumnos, sorprendidos y
maravillados, el funcionamiento de la pila voltaica. El simple contacto de dos
metales que según ellos no perdían ni ganaban nada, hacía salir de aquel mágico
aparato efluvios capaces de rivalizar por su luz con el brillo del sol, por el
calor con los combustibles más potentes y las descomposiciones químicas que
provocaban con las energías más poderosas, y capaces de hacer reaparecer por
breves instantes el mecanismo de la vida en un cadáver. Y todo esto, pensaban,
salía de la nada. El hombre sacaba de la nada la luz, el calor, el magnetismo,
la potencia mecánica, las fuerzas químicas, y si no la vida misma, al menos una
imagen bastante fiel de la vida que permitiese los sueños más audaces. La
naturaleza química de la pila voltaica, conocida pocos años más tarde, si bien
cortó las alas de tanta fantasía, sentó las bases científicas de su
funcionamiento. A pesar de que Volta no conocía las reacciones químicas de
transferencia de electrones que en realidad tenían lugar en su pila, ni intentó
realizar otras reacciones químicas externas aprovechando la corriente eléctrica
que en ella se generaba, su descubrimiento fue muy trascendente en el
desarrollo de la física y de la química.
Dato
curioso
Faraday
enunció las leyes que describen la base de la electroquímica —las leyes de
Faraday— e introdujo los términos electroquímicos que se emplean hoy en día: el
término ion deriva del griego y significa «viajero», «caminante»; y los
prefijos ana y cata significan «hacia arriba» y «hacia abajo»; anión es el ion
que se mueve en el sentido creciente del gradiente de potencial, y ánodo, el
del correspondiente electrodo; y catión es el ion que se desplaza en el sentido
de gradiente de potencial decreciente, y cátodo, el electrodo correspondiente.
En 1836, Daniell buscó una manera de eliminar un problema que surgía en las
pilas voltaicas, y era que se formaban burbujas de hidrógeno. Su solución fue
utilizar otra disolución más que consumiese ese hidrógeno. Inventó lo que hoy
conocemos como pila Daniell, y que por aquel entonces consistía en una vasija
de cobre llena de una disolución de sulfato de cobre, en la que se sumerge un
recipiente de barro sin esmaltar lleno de ácido sulfúrico y un electrodo de
zinc. La barrera de barro era porosa, lo que permitía a los iones pasar a
través de ella, pero impedía la mezcla de las dos disoluciones. Con el tiempo,
la acumulación de cobre podría bloquear los poros de la barrera de barro y
acortar la vida de la batería. Sin embargo, la celda de Daniell proporcionaba
una corriente eléctrica mayor y más fiable que la pila voltaica. También era
más segura y menos corrosiva y tenía una tensión de funcionamiento de alrededor
de 1,1 voltios.
Todavía no se sabía qué era la electricidad, por qué se producía, pero no
dejaban de surgir nuevos modelos de pilas y baterías fundamentadas en la
propuesta de Volta y de Daniell. En 1844, William Robert Grove inventó la pila
Grove, una modificación de la pila Daniell que consistía en un ánodo de zinc
sumergido en ácido sulfúrico y un cátodo de platino sumergido en ácido nítrico,
separados por barro poroso.
Dato
curioso
La
pila de Grove proporcionaba una corriente elevada y un voltaje casi dos veces
superior al de la pila Daniell, por lo que fue la favorita de las redes
telegráficas de América durante un tiempo. Sin embargo, desprendía vapores
tóxicos de dióxido de nitrógeno (NO2). La tensión también se reducía
considerablemente cuando la carga disminuía, lo que llegó a ser una
responsabilidad cuando las redes telegráficas se hicieron más complejas.
La celda de gravedad sustituyó rápidamente a la pila de Grove en las redes
telegráficas americanas y británicas, y se utilizó hasta la década de 1950. En
la industria del telégrafo, esta batería era montada a menudo in situ por los
propios trabajadores de telégrafos, y cuando ésta se agotaba, era renovada
mediante la sustitución de los componentes consumidos.
En esta pila se iba formando una capa blanquecina de sulfato de zinc mientras
se iba consumiendo el sulfato de cobre, que es de color azul, así que ese
cambio de color permitía al técnico comprobar la duración de la pila a simple
vista. Por otra parte, esta configuración significaba que la pila sólo se podía
utilizar en un sitio fijo, de lo contrario las disoluciones se mezclarían o se
derramarían. Otro inconveniente era que una corriente tenía que estar
circulando, de modo continuo, para evitar que las dos disoluciones se mezclaran
por difusión, por lo que esta celda no era adecuada para un uso intermitente.
En 1859, Gaston Planté inventó la batería de plomo-ácido, el primer acumulador,
o sea, la primera batería que puede recargarse (en realidad, regenerar las
sustancias químicas gastadas) haciendo pasar una corriente en sentido inverso a
través de ella.
Durante la década de 1860, el francés Callaud inventó una variante de la pila
Daniell llamada celda de gravedad. Esta versión más simple
prescindió de la barrera porosa, lo que redujo la resistencia interna del
sistema y, como consecuencia, la batería produjo una corriente más intensa.
Pila Leclanché
La
celda de gravedad consistía de un frasco de vidrio, con un cátodo de cobre
asentado en la parte inferior y un ánodo de zinc colgado por debajo del borde.
Se esparcían cristales de sulfato de cobre (II) junto al cátodo, y el frasco se
llenaba con agua destilada. Cuando la corriente circulaba, se formaba una capa
de disolución de sulfato de zinc en la parte superior junto al ánodo. Esta capa
superior se mantenía separada de la capa de sulfato de cobre del fondo por su
menor densidad y por la polaridad de la pila.
El desarrollo más importante en electroquímica sucedió en 1866 cuando Georges
Leclanché patentó una pila que empleaba carbón y era menos voluminosa que sus
predecesoras. Su invención se convirtió en el antecedente para el nacimiento de
la pila más usada en la historia: la pila de zinc-carbono o pila salina.
§. El descubrimiento del electrón
El físico irlandés George Johnstone Stoney sugirió que existía una única
cantidad definida de electricidad, la carga de un ion monovalente, y fue capaz
de estimar el valor de esta carga elemental mediante las leyes de Faraday de la
electrólisis. Sin embargo, Stoney creía que estas cargas estaban ligadas
permanentemente a átomos y que no podían ser aisladas. En 1881, el físico
alemán Hermann von Helmholtz argumentó que tanto las cargas positivas como las
negativas estaban divididas en partes elementales, cada una de las cuales se
comportaba como átomos de electricidad, es decir, partículas indivisibles de
electricidad. En 1894, Stoney estableció el término inglés electron para
describir esa unidad de electricidad fundamental.
El físico alemán Johann Wilhelm Hittorf emprendió el estudio de la
conductividad eléctrica de gases enrarecidos. Para ello empleó un tubo de
vidrio en cuyo interior se alojaba gas a baja presión. Si se introducen en ese
tubo dos electrodos (varillas metálicas) y entre ellos se aplica una diferencia
de potencial elevada, aparece un flujo de corriente. En 1869, descubrió un
brillo emitido desde el electrodo negativo o cátodo que aumentaba de tamaño
cuando el gas disminuía de presión. Durante la década de 1870, el químico y
físico inglés sir William Crookes desarrolló el primer tubo de
rayos catódicos con un vacío elevado, que mostró que los rayos luminiscentes
que aparecían dentro del tubo llevaban energía y que viajaban del cátodo al
ánodo. Los tubos de rayos de Crookes son como los tubos de rayos catódicos de
los antiguos televisores.
En 1876, el también físico alemán Eugen Goldstein mostró que los rayos de ese
brillo proyectaban una sombra, de modo que viajaban del electrodo negativo o
cátodo al electrodo positivo o ánodo, y por ello los denominó rayos
catódicos. Además, aplicando un campo magnético, Crookes fue capaz de
desviar los rayos, con lo cual demostró que el haz se comportaba como si
estuviera cargado negativamente. En 1879 propuso que estas propiedades se
podían explicar con lo que él denominó materia radiante y
sugirió que se trataba de un cuarto estado de la materia que consistía en
moléculas cargadas negativamente que eran proyectadas a alta velocidad desde el
cátodo.
Tubo de rayos catódicos
En
1896, el físico británico Joseph John Thomson llevó a cabo experimentos que
indicaron que los rayos catódicos eran realmente partículas únicas, ni ondas,
ni átomos ni moléculas, tal como se creía anteriormente. Thomson hizo buenas
estimaciones tanto de la carga como de la masa, y encontró que las partículas
de los rayos catódicos que él llamaba corpúsculos tenían,
quizás, una milésima parte de la masa del ion menos masivo conocido: el ion
hidrógeno. Además, demostró que su proporción carga/masa era independiente del
material del cátodo, y más tarde se probó que las partículas cargadas
negativamente producidas por materiales radiactivos, por materiales calentados
y por materiales iluminados eran universales. Thomson había determinado la
existencia de una partícula fundamental: el electrón.
Dato
curioso
El
término electrón lo había propuesto Stoney dos años antes que Thomson para
describir la unidad de electricidad fundamental.
Electrón es una combinación de la palabra electricidad y del sufijo griego
patrón.
La investigación de los rayos catódicos tuvo muchas consecuencias importantes.
En particular se descubrieron dos fenómenos naturales de enorme importancia
teórica y práctica: los rayos X y la radiactividad.
En 1895, Wilhelm Roentgen observó que cuando los tubos de rayos catódicos
estaban funcionando, algunos materiales fuera de los tubos emitían luz o
fluorescencia. Demostró que esa fluorescencia era producida por los tubos de
rayos catódicos. Debido a la naturaleza desconocida de esta radiación, Roentgen
acuñó el término rayos X. Ahora identificamos los rayos X con una
radiación electromagnética de alta energía con la que, por ejemplo, se hacen
las radiografías.
La carga del electrón fue medida con más precisión por los físicos
estadounidenses Robert Millikan y Harvey Fletcher mediante su experimento de la
gota de aceite en 1909. En dicho experimento utilizaron un aparato que se
basaba en dos láminas conductoras ubicadas de forma paralela. Una de las placas
estaba perforada por un pequeño orificio a través del cual penetraban unas
diminutas gotas de aceite. Cuando estas gotas adquirían una velocidad constante
de caída por acción de la gravedad, se aplicaba el campo eléctrico que fuese
necesario para detener a la gotita en su caída.
Dato
curioso
En
1895, el físico francés Henri Becquerel, asoció los rayos X con la
fluorescencia. Para comprobar si los materiales con fluorescencia natural
producían rayos X, envolvió una placa fotográfica con papel negro, colocó una
moneda sobre el papel, cubrió la moneda con un material fluorescente que
contenía uranio y expuso todo el conjunto a la luz solar. Al revelar la
película descubrió que podía verse una imagen nítida de la moneda. El material
fluorescente había emitido una radiación, presumiblemente rayos X, que había
atravesado el papel e impresionado la película. En una ocasión en que el cielo
estaba cubierto, Becquerel colocó el conjunto del experimento dentro de un
cajón durante unos días, a la espera de que el tiempo mejorase. Al reanudar el
experimento, Becquerel decidió sustituir la película fotográfica original,
suponiendo que podía haber sido ligeramente impresionada. Sin embargo, reveló
la película original y, en lugar de la imagen débil esperada, apareció una
imagen muy nítida. La película había sido fuertemente impresionada. El material
con contenido de uranio había emitido radiación de forma continua, incluso
cuando no era fluorescente. Becquerel había descubierto la radiactividad.
Dado que la densidad del aceite era conocida, las masas de las gotas y por lo
tanto sus fuerzas gravitatorias y de flotación podrían determinarse a partir
del tamaño de la gota observado. Relacionando la masa de las gotas con la carga
que adquirían al aplicarles el campo eléctrico, y repitiendo el experimento
para muchas gotas, confirmaron que las cargas eran todas múltiplos de un valor
fundamental. Propusieron que ésta era la carga de un único electrón.
Experimento Millikan
§.
Baterías
Los acumuladores son pilas reversibles, es decir, que al hacer pasar por ellas
una corriente eléctrica se pueden invertir las reacciones, con lo cual la pila
vuelve a estar cargada. Un ejemplo común lo encontramos en los acumuladores de
los automóviles o acumuladores de plomo. Están formados por una serie de
láminas de plomo, que actúan como polo negativo, alternadas con otras de
dióxido de plomo que serían el polo positivo. Ambas están sumergidas en una
disolución acuosa de ácido sulfúrico. Las reacciones que tienen lugar son las
de oxidación y reducción del plomo, que son reacciones reversibles, es decir,
que se dan en ambas direcciones, y por eso son recargables, porque se pueden
regenerar los reactivos. Como cada uno de estos acumuladores ofrece 2 V, suelen
conectarse varios en serie, y forman así una batería.
Ésta es la principal diferencia entre una pila y una batería. En las pilas el
proceso es irreversible: una vez que se consuman los reactivos la pila se habrá
agotado. En cambio, en una batería el proceso es reversible, se pueden
recuperar los reactivos, con lo que su vida útil tiene varios ciclos de carga y
descarga. La otra diferencia es que las baterías van perdiendo su carga
eléctrica a lo largo del tiempo, se utilicen o no, y las pilas, en cambio, no
pierden la carga eléctrica si no se utilizan, sino que debido al desgaste de
sus componentes pierden su capacidad para producir electricidad.
Las pilas se llaman generadores primarios porque sus
componentes tienen la capacidad de producir corriente eléctrica. Para que esto
tenga lugar la pila tiene que utilizarse, ya que el dispositivo en el que se
inserte hará de circuito que permita que la reacción de oxidación-reducción
tenga lugar gracias al movimiento de los electrones a través de él. Si la pila
no se usa, esta reacción no tendrá lugar. Las baterías, en cambio, son generadores
secundarios, porque la carga eléctrica que acumulan se ha producido
previamente en un generador primario.
§. Pilas de combustible
Las pilas de combustible basan su funcionamiento en procesos electroquímicos en
los que la energía de una reacción química se convierte directamente en
electricidad, con la diferencia de que no se acaba ni necesita recargarse.
Están diseñadas para que el combustible (sustancia que se oxida) y el
comburente (sustancia que se reduce) sean suministrados desde fuera de la pila.
En el ánodo de la pila se inyecta el combustible, que suele ser hidrógeno o
amoníaco, y en el cátodo se administra el comburente, generalmente oxígeno o
aire. Los electrodos, de níquel o carbón, están recubiertos de un catalizador
de platino o paladio separados por una membrana conductora que actúa como
puente salino. El hidrógeno llega al ánodo, donde se oxida, pierde su electrón
y atraviesa la membrana como H+ hasta llegar al cátodo, donde participa en la
reacción de reducción del oxígeno para formar agua. Los electrones necesarios
en esta reacción se mueven por un circuito exterior.
La cantidad de voltaje que ofrecen estas pilas depende de la cantidad de
hidrógeno que se inyecte, aunque suele ser de 1,2 V. Para aumentar el voltaje
se combinan más de 15 pilas en serie.
Estas pilas tienen varias ventajas con respecto a las formas clásicas de
obtener energía, como, por ejemplo, que el producto de la reacción en principio
no es contaminante, ya que se trata de agua, son energéticamente más
eficientes, y el combustible es hidrógeno, que se puede obtener de diversas
materias y no es corrosivo. Sin embargo, también presentan inconvenientes, como
la necesidad de grandes volúmenes de hidrógeno que hay que almacenar en grandes
y pesados tanques; que el vapor de agua es un gas responsable del efecto
invernadero; que para obtener hidrógeno es necesario utilizar materias primas
como el agua, la biomasa o los combustibles fósiles, para lo cual es necesario
consumir energía que puede ser contaminante; y que el transporte y el
almacenamiento son caros y complicados.
§. Corrosión de metales y materiales inoxidables
Las reacciones de transferencia de electrones son, asimismo, las responsables
de la corrosión de los metales, pero su estudio también nos ha permitido
diseñar métodos para prevenir la corrosión o utilizarla a nuestro antojo.
La corrosión metálica es la conversión, no deseada, de los metales y las
aleaciones en compuestos metálicos, es decir, en metales unidos a otros
elementos. Tiene gran trascendencia económica, ya que puede llegar a inutilizar
piezas y estructuras, con el evidente peligro y perjuicio que ello conlleva.
Podemos distinguir la corrosión seca de la húmeda. La primera consiste en el
ataque del metal por los gases, en ausencia de humedad. Este hecho ocurre sobre
todo en las instalaciones industriales. La corrosión húmeda es la más
importante y consiste en el ataque de los metales contenidos en el agua, el
suelo o el aire húmedo, y la observamos sobre todo en los metales utilizados en
barcos y artilugios de pesca o en barandillas de paseos marítimos y fluviales.
El ejemplo más conocido de corrosión es el de la transformación de hierro en
herrumbre. La herrumbre es químicamente óxido de hierro (III) hidratado. Como
esta capa de óxido superficial formada inicialmente es porosa, la oxidación
continúa y puede ocasionar la destrucción de todo el metal. Una manera de prevenir
la corrosión del hierro consiste en recubrir el metal con una capa protectora
de pintura, aceite o plástico que lo aísle del exterior. El recubrimiento debe
ser resistente y totalmente impermeable.
El hierro también se protege mediante un recubrimiento de zinc, cobre, níquel,
cromo, estaño, plata, etc. realizado electrolíticamente o bien por inmersión
del objeto en un baño que contiene el metal protector fundido.
El recubrimiento electrolítico, electrodeposición o galvanoplastia, consiste en
sumergir la pieza metálica que se quiere proteger en una disolución donde se
encuentra el metal oxidado disuelto que se quiere utilizar como protector. Lo
que se hace es suministrar la cantidad de voltaje necesaria para que el metal
oxidado se reduzca en contacto con el metal que se quiere proteger, que actuará
como cátodo. De esta manera se irá formando una capa protectora metálica sobre
la superficie que queremos mantener protegida.
El hierro recubierto de una capa de zinc se denomina hierro galvanizado. El
zinc también se oxida, pero la fina capa de óxido de zinc que forma es
impermeable y adherente, e impide que la oxidación progrese. Si la capa de zinc
se perfora y la de hierro entra en contacto con un ambiente húmedo, se produce
la misma reacción que tendría lugar en una pila. Como el zinc se oxida más
fácilmente que el hierro, el zinc actúa como ánodo y el hierro como cátodo,
donde sólo tendría lugar la reducción del hierro oxidado a hierro metálico. De
este modo queda inhibida la corrosión del hierro gracias a la oxidación del
zinc. Es decir, que la protección durará mientras haya zinc.
El mismo razonamiento es válido para todos los metales protectores que se
oxiden con más facilidad que el metal que se quiera proteger. Si el hierro se
recubriese con estaño (hojalata), que se oxida menos que el hierro, al
perforarse tendría lugar una reacción de transferencia de electrones como la de
una pila, pero en este caso el hierro sería el ánodo y el estaño el cátodo, así
que la oxidación del hierro se aceleraría por la reducción del estaño. Así
pues, el estaño sólo protegerá al hierro siempre que la capa protectora sea
perfectamente continua. Por este motivo el recubrimiento con estos metales
suele ser decorativo, o en el caso del estaño, suele usarse en latas de conserva
por ser un metal inocuo.
El aluminio también es un metal que se oxida con facilidad, pero igual que el
zinc, la capa de óxido de aluminio que se va formando recubre la superficie del
metal formando una película fina y resistente que se adhiere al metal e impide
que la oxidación progrese. A este fenómeno se le llama pasivado.
El aluminio anodizadoes aluminio oxidado artificialmente y que,
además, se puede colorear, con lo que es muy utilizado en fachadas y en
construcción.
El acero inoxidable es una aleación, es decir, es una mezcla de metales. El
acero es una mezcla de hierro y un pequeño porcentaje de carbono. Para hacerlo
inoxidable se suele mezclar con cromo. El cromo se oxida más fácilmente que el
acero y forma una capa de pasivado superficial cuya misión es proteger el
interior de la pieza de acero, previniendo que se corroa.
§. Pátinas
Este proceso de oxidación controlada y superficial también es una técnica
artística. A estos procesos se les llama patinados, y la pátina
será la sustancia que se forme y recubra la superficie del cobre y sus
aleaciones, bronce y latón.
Las impurezas del aire, la tierra y el mar causan corrosión, pero este tipo de
pátinas, por lo general, son sólo superficiales y protegen el bronce contra
ella. Una buena pátina no debe ser retirada de monedas, esculturas o
superficies en general, ya que si se quita, la superficie brillante recién
expuesta se oxidará otra vez, causando la pérdida de metal.
Algunos óxidos de cobre son el óxido cuproso (cuprita), que es el que tiende a
formarse primero y tiene generalmente colores rojizos. Éste se convierte
rápidamente en óxido cúprico (tenorita), que es marrón oscuro o negro.
Prácticamente todas las monedas antiguas de bronce tienen sobre la superficie
metálica al menos una fina capa de óxido de cobre marrón. El sulfato de cobre
(antlerita) o los sulfuros de cobre (novelita y calcocita) dan un color verde o
azul verdoso.
El carbonato de cobre, que la mayoría de las veces hace pátina verde
(malaquita) y ocasionalmente azul (azurita y calconatronita), es una reacción
adicional del óxido de cobre, no del cobre, pues sólo se formará sobre los
óxidos de cobre marrones o rojos. Como el óxido de cobre es más estable que el
carbonato de cobre, a veces se puede quitar sólo el verde dejando la pátina
original de color rojo o marrón. El carbonato e hidróxido de cobre (II) recibe
el nombre popular de cardenillo y es tóxico.
Las pátinas artificiales se aplican al cobre o al bronce utilizando agentes
oxidantes como permanganato potásico, dicromato potásico, ácido sulfúrico
diluido, etc. que reaccionan con la superficie para formar una capa delgada de
corrosión de color tal y como se formarían naturalmente. La pátina puede ser
transparente u opaca y a veces se aplica en cierto número de capas para
producir efectos muy variados. Tradicionalmente las esculturas de bronce se han
patinado hasta lograr los distintos tonos de marrones y verdes como imitación
de los colores que forma naturalmente el bronce expuesto a la intemperie para
crear el aspecto de paso del tiempo.
Los cambios que suceden en la naturaleza son cambios químicos, y podemos
entenderlos con mayor o menor profundidad. Podemos utilizar un proceso que
sabemos que ocurre en nuestro beneficio, incluso antes de haberlo comprendido.
Pero una vez que entendemos cómo suceden estos cambios se produce el verdadero
avance. La comprensión que a día de hoy tenemos sobre las reacciones de
transferencia de electrones nos permite crear nuevas formas de generar energía
eléctrica, más optimizadas y más respetuosas con el medio ambiente. Nos permite
entender y prevenir procesos de corrosión, e incluso manejar estos procesos a
nuestro antojo en aplicaciones industriales o artísticas.
Capítulo 11
Química, color y arte
Contenido:
§.
Qué es la luz
§. ¿La luz es una onda o una partícula?
§. Qué es el espectro electromagnético
§. Cómo pueden ver la luz nuestros ojos
§. Colores primarios: síntesis aditiva
§. Colores primarios: síntesis sustractiva
§. Causas químicas del color
§. Un vínculo con historia
La
razón por la que vemos un objeto de un determinado color es porque cuando la
luz blanca, compuesta por la mezcla de todos los colores, impacta contra dicho
objeto, éste se puede quedar con una parte de esa luz, con toda la luz o con
nada de ella, y nosotros observamos la luz que refleja el objeto, la que no
haya absorbido. Esa luz reflejada es la que llega a nuestros ojos.
Todo este proceso que va desde que la luz incide en una determinada sustancia
hasta que nuestros ojos capturan el color y envían la señal al cerebro e
incluso la evolución del arte pictórico puede explicarse por medio de la
química.
§. Qué es la luz
Para entender qué es la luz, a lo largo de la historia se han hecho múltiples
experimentos que llevaron a conjeturas diferentes, aunque estas hipótesis nada
tienen que ver con cómo entendemos la luz hoy en día. Desde Huygens, que en
1678 propuso que la luz eran ondas longitudinales similares a las del sonido,
hasta Newton, que en 1671 llevó a cabo el famoso experimento de dispersar la
luz blanca empleando un prisma.
Newton observó que cuando un estrecho haz de luz solar incide sobre un prisma
de vidrio triangular con un ángulo, una parte se refleja y otra pasa a través
del vidrio, mostrando diferentes bandas de colores. A estas bandas de colores
las llamamos espectro visible, ya que es la fracción de la luz que
podemos observar como color.
La hipótesis de Newton era que la luz tiene una naturaleza corpuscular,
es decir, que la luz está formada por partículas de diferentes colores que se
propagan en línea recta en todas las direcciones y, al chocar con nuestros
ojos, producen la sensación luminosa. Y que la diferencia en los colores era
debida a la diferencia de velocidades de cada una de ellas, de modo que, en un
medio transparente, la luz roja era más veloz que la luz violeta. El resultado
es que la luz roja se refractaba menos que la luz violeta cuando ambas luces
pasaban a través del prisma, creando el espectro de colores.
Prisma y luz difractada en los 7 colores del arcoíris
En
1864, el físico y matemático británico James Clerk Maxwell estableció la Teoría
electromagnética de la luz, adelantándose a la comprobación experimental de la
existencia de ondas electromagnéticas efectuada en 1887 por el físico alemán
Heinrich Rudolf Hertz. Maxwell propuso que la luz no es una onda mecánica como
el sonido, sino una forma de onda electromagnética de alta frecuencia, es
decir, que las ondas luminosas consisten en la propagación, sin necesidad de
ningún soporte material, de un campo eléctrico y de un campo magnético
perpendicular entre sí y a la dirección de propagación. Esta teoría se
consideró la teoría definitiva acerca de la naturaleza de la luz.
Dato
curioso
Newton
dividió el espectro en siete colores: rojo, anaranjado, amarillo, verde, azul,
añil y violeta. Imaginó que eran siete colores por una creencia procedente de
los sofistas de la antigua Grecia, que afirmaban que había una conexión entre
los colores, las notas musicales, los días de la semana y los objetos conocidos
del sistema solar.
En 1887, Hertz descubrió el efecto fotoeléctrico, que consiste en
la emisión de electrones tras incidir luz de una determinada frecuencia sobre
una superficie metálica. Este efecto no podía ser explicado mediante la Teoría
ondulatoria de Maxwell. A partir de la hipótesis cuántica del físico alemán Max
Karl Ernest Ludwig Planck, el físico alemán Albert Einstein propuso en 1905 que
la luz está formada por un haz de pequeños corpúsculos o cuantos de
energía también llamados fotones. Es decir, que en los fotones está
concentrada la energía de la onda en lugar de estar distribuida de modo
continuo por toda ella. La energía de cada uno de los fotones es proporcional a
la frecuencia de la luz.
§. ¿La luz es una onda o una partícula?
A día de hoy aceptamos que la luz tiene una doble naturaleza: corpuscular y
ondulatoria. La luz se propaga mediante ondas electromagnéticas y presenta
fenómenos típicamente ondulatorios, pero cuando interactúa con la materia, en
ciertos fenómenos de intercambio de energía, manifiesta un carácter
corpuscular. Sin embargo, la luz no manifiesta simultáneamente las dos
características: en un fenómeno concreto se comportará como una onda o como una
partícula. También aceptamos que en el vacío la luz viaja siempre a la misma
velocidad.
La
luz tiene una doble naturaleza: se puede comportar como una onda o como una
partícula.
También
se acepta y pudo comprobarse que esta doble naturaleza de la luz es aplicable
al comportamiento de ciertas partículas como los electrones. Esta naturaleza
dual de la materia, en semejanza con la de la luz, fue propuesta en 1924 por el
físico francés Luis de Broglie y constituye uno de los fundamentos básicos de
la ciencia moderna.
§. Qué es el espectro electromagnético
Si ordenamos todas las ondas electromagnéticas que conocemos según su
frecuencia o longitud de onda (ambas magnitudes son inversamente
proporcionales) obtenemos una secuencia que denominamos espectro
electromagnético. Dentro de esta secuencia, cada grupo de ondas puede ser
caracterizado por un intervalo de longitudes de onda o frecuencias, ya que se
producen de diferente manera y tienen aplicaciones prácticas específicas.
La parte del espectro electromagnético que consideramos visible, es decir, que
interpretamos como color, es únicamente la zona comprendida entre 380 nm y 750
nm, con alguna leve variación de una persona a otra. La unidad que se emplea
para medir la longitud de onda es el nanómetro (nm) que se refiere a la
longitud entre posiciones equivalentes de la onda y se corresponde con la
milmillonésima parte del metro.
Espectro electromagnético
La
franja visible del espectro electromagnético también la podemos agrupar en los
diferentes colores, cada uno con sus matices en función de la longitud de
onda.
|
violeta |
380-450 nm |
|
azul |
450-495 nm |
|
verde |
495-570 nm |
|
amarillo |
570-590 nm |
|
anaranjado |
590-620 nm |
|
rojo |
620-750 nm |
A mayor longitud de onda, menor energía de la radiación. Energéticamente por
debajo de la radiación visible tenemos radiación invisible como los
infrarrojos, las microondas o las ondas de radio. Por encima encontramos otra
radiación invisible: el ultravioleta, los rayos X o los rayos gamma.
§. Cómo pueden ver la luz nuestros ojos
Cuando la luz llega a nuestros ojos, ésta entra a través de la pupila, y
gracias a unas sustancias químicas sensibles a la luz llamadas opsinas,
somos sensibles al brillo y a los diferentes colores.
En el fondo del globo ocular, la coroides está recubierta por
un tapizado de células nerviosas, sensibles a la luz, que forman la retina,
destinada a recoger la imagen. Las prolongaciones de algunas de estas células
se unen y dan origen al nervio óptico, que establece la conexión
entre la retina y el cerebro.
En la retina hay células de forma cilíndrica, bastones, y otras de
forma cónica, conos. Los bastones son células fotorreceptoras de la
retina responsables de la visión en condiciones de baja luminosidad. Presentan
una elevada sensibilidad a la luz, aunque se saturan en condiciones de mucha
luz y no detectan los colores. Contienen rodopsina, que es una
proteína que presenta una mayor sensibilidad a las longitudes de onda cercanas
a 500 nm, es decir, a la luz verde-azulada.
Los conos también son células fotorreceptoras de la retina y son los
responsables de la detección de colores, es decir, de la visión cromática.
Existen tres tipos diferentes de conos, y cada uno de ellos es sensible de
forma selectiva a la luz de una longitud de onda determinada, verde, roja y
azul. Esta sensibilidad específica se debe a la presencia de opsinas.
Las opsinas son sustancias que cambian de forma cuando sienten la radiación a
la que son sensibles. Este cambio es el que es registrado por el nervio óptico
y es traducido por nuestro cerebro como color. Gracias a estas sustancias
químicamente sensibles a la luz podemos ver los colores.
En los conos tenemos tres tipos de opsinas: la eritropsina, la cloropsina y la
cianopsina. La eritropsina tiene mayor sensibilidad para las
longitudes de onda larga de alrededor de 560 nm (luz roja) y está presente en
los conos tipo L (longitud de onda Larga); la cloropsina posee
mayor sensibilidad para longitudes de onda media de unos 530 nm (luz verde) y
se halla en los conos tipo M (longitud de onda Media), y la cianopsina presenta
una mayor sensibilidad para las longitudes de onda pequeña de unos 430 nm (luz
azul) y se encuentra en los conos tipo S (longitud de onda corta, short en
inglés).
El ojo
Prácticamente
sólo las retinas de las personas y los primates poseen células de forma cónica
(conos), responsables de la visión en colores; el resto de los mamíferos
únicamente tienen células de forma cilíndrica (bastones), por lo que sólo ven
en blanco y negro.
Cuando el sistema de conos y bastones de una persona no es el correcto se
pueden producir una serie de irregularidades en la apreciación del color, al
igual que cuando las partes del cerebro encargadas de procesar estos datos
están dañadas. Ésta es la explicación de fenómenos como el daltonismo. Una
persona daltónica carece de algún tipo de opsina, con lo que percibe el color
de una forma diferente, y confunde unos colores con otros, dependiendo de la
opsina que le falte.
§. Colores primarios: síntesis aditiva
Los colores rojo, verde y azul son los colores primarios; todos los
demás colores se forman por la combinación de estos tres. Si tenemos tres
fuentes de luz, de los colores rojo, verde y azul, y las superponemos,
observaremos luz blanca (la formada por todos los colores). Si superponemos luz
roja y luz verde, observaremos luz amarilla; y si superponemos verde y azul,
observaremos luz cian. A este método de obtención de colores se le conoce
como síntesis aditiva de color, y fue interpretada como tal por
Maxwell.
Síntesis sustractiva y síntesis aditiva
Dato
curioso
Por
síntesis aditiva se forman los colores en las pantallas de los televisores en
color y en los monitores de los ordenadores clásicos, en cuyas pantallas hay
depositados puntos, o píxeles, de unas sustancias luminiscentes que brillan con
determinada intensidad cada vez que incide sobre ellos un haz de electrones.
Los píxeles están en grupos de tres, cada uno de los cuales es de un color
primario de la luz, pero lo suficientemente juntos para que, según sea la
intensidad relativa de cada uno, sus emisiones sean sintetizadas en la retina
como un único color. Por esta razón las pantallas en color que se basan en la
combinación de los tres colores primarios se conocen como modelo RGB, cuyas
siglas se corresponden con Red (rojo), Green (verde) y Blue (azul).
Si sometemos una pantalla de teléfono móvil al microscopio o a una lente de
aumento podremos observar esta combinación de colores primarios.
§. Colores primarios: síntesis sustractiva
Cuando empleamos pigmentos, el método de síntesis de color es diferente y se
rige por la síntesis sustractiva del color. Si observamos un objeto
de color rojo, es porque este objeto absorbe toda la radiación (todos los
colores que forman la luz blanca) exceptuando el rojo, que es el único que
refleja. Si observamos un objeto de color amarillo, éste absorberá todos los colores
exceptuando el amarillo. Y si mezclamos un pigmento rojo con uno amarillo lo
veremos naranja porque en esa mezcla se absorben todos los colores excepto el
rojo y el amarillo, lo que combinado da como resultado el color naranja.
Dato
curioso
En
1810, Johann Wolfgang von Goethe publicó su Teoría de los colores en la que por
primera vez aparecen definidos como colores primarios en pintura el rojo, el
azul y el amarillo. A este modelo se le conoce como RYB por las siglas en
inglés de estos tres colores. Este modelo se quedó obsoleto en poco tiempo, ya
que la mezcla de estos tres colores, junto con los no-colores (blanco y negro),
no podía generar todos los colores posibles, y ni tan siquiera se podía
establecer una mezcla de composición homogénea para crear los colores
intermedios, ya que se generaban matices grisáceos que apagaban el color.
A pesar de que hoy en día exista un modelo mucho más eficaz, este modelo se
sigue enseñando en escuelas de arte. Una de las razones es que las mezclas
conseguidas con este modelo generan una paleta de color que, según algunos
artistas, es más respetuosa con los colores más abundantes que nos encontramos
en la naturaleza. La limitación es que es imposible generar ciertos tonos
rosados o turquesas a partir de ella.
En la actualidad el modelo de color sustractivo (el de pigmentos) aceptado es
el CMY, ya que por medio de los colores primarios cian (Cyan), magenta
(Magenta) y amarillo (Yellow) sí se pueden generar todos los colores posibles.
Los pigmentos utilizados en pintura suelen ser el azul de ftalocianina como
cian, el magenta de quinacridona como magenta y amarillo arilida o bien sulfuro
de cadmio como amarillo. A partir de la mezcla adecuada de estos tres pigmentos
es posible obtener cualquier color del espectro. Como trabajar exclusivamente
con tres pigmentos resulta limitado y laborioso, los artistas cuentan con una
amplísima gama de pigmentos que les permite ganar en matices y en potencia de
color, y los pueden manejar en diferentes medios dispersantes y sobre
diferentes soportes, lo que afecta también al resultado final.
Dato
curioso
Las
impresoras en color llevan cartuchos de tinta cian, magenta y amarillo, y con
ellos son capaces de reproducir todo el espectro de color. En CMY, magenta más
amarillo producen rojo, magenta más cian producen azul, cian más amarillo
generan verde y la combinación de cian, magenta y amarillo forman negro. El
negro generado por la mezcla de colores primarios sustractivos no es tan
profundo como el color negro puro (uno que absorbe todo el espectro visible).
Es por esto que al CMY original se ha añadido un canal clave (key), que
normalmente es el canal negro (black), para formar el espacio CMYK o CMYB.
Actualmente las impresoras de cuatro colores utilizan un cartucho negro, además
de los colores primarios de este espacio, lo cual genera un mejor contraste.
Sin embargo, el color que una persona ve en una pantalla de ordenador difiere
del mismo color obtenido a través de una impresora. Esto es debido a que los
modelos RGB y CMY son distintos. El color en RGB está hecho por la reflexión o
emisión de luz, mientras que el CMY, mediante la absorción de ésta.
§. Causas químicas del color
El color es la luz que reflejan las cosas, el destello de belleza que embadurna
la realidad, que la engalana volviéndola tan heterogénea como amable. El color
es la revelación del alma de los átomos, es su vorágine interna, su baile de
partículas mínimas bajo el éxtasis de los focos.
Para ver el color de las cosas tiene que haber luz. Sin luz, las partículas
danzantes de los átomos deambulan en la negrura.
El químico estadounidense Kurt Nassau escribió en 1980 que las causas del color
son muy diversas, pero todas ellas tienen el mismo origen: la existencia de
electrones en la materia, con sus variadas respuestas a las diferentes
longitudes de onda de la luz, es lo que hace que el mundo sea multicolor. Se
han determinado catorce causas del color, pero todas ellas tienen algo en
común: la interacción de la luz con los electrones, de modo que el color es una
de las manifestaciones visibles de algunos de los efectos más sutiles que
determinan la estructura atómica de la materia. Sabemos que en los átomos cada
electrón ocupa un orbital determinado, y que estos orbitales, a su vez, se
organizan en niveles energéticos. La distribución de estos electrones es lo que
denominamos configuración electrónica y, como sabemos, podemos
conocerla analizando la posición de cada elemento químico en la tabla
periódica.
El
color se produce por la interacción de la luz con los electrones de los átomos.
Para
que un electrón varíe su posición de un nivel interno a otro más externo, más
energético, será necesario que éste absorba una cantidad de energía suficiente.
Si la transición electrónica puede darse dentro de un mismo nivel de energía
por el hecho de haber subniveles con vacantes, sí es posible que la cantidad de
energía necesaria para provocar esa transición caiga dentro de la región
visible. Por este motivo, para estudiar el color los electrones relevantes son
los electrones del nivel de valencia, los mismos electrones que intervienen en
el enlace químico.
El hecho de que todos estos tránsitos electrónicos se produzcan dentro de la
región visible del espectro, que representa una parte ínfima en comparación con
el espectro completo, puede parecer fruto de una extraordinaria coincidencia,
pero no lo es. En esta región del espectro electromagnético suceden tantas
cosas interesantes precisamente porque éstas son las longitudes de onda para
las que las interacciones de la luz con los electrones empiezan a ser
importantes. Las ondas de energía más bajas estimulan principalmente los
movimientos de los átomos y de las moléculas y, por tanto, se ponen de
manifiesto en forma de calor. Las radiaciones de energía mayor pueden ionizar a
los átomos y alterar permanentemente la estructura de las moléculas, de forma
que sus efectos pueden parecer fundamentalmente destructivos. Tan sólo en esa
estrecha zona de transición entre ambos extremos la energía de la luz está en
sintonía con la estructura electrónica de la materia. Los tránsitos
electrónicos suceden en esta región, que precisamente coincide con la radiación
que podemos ver en forma de color. Por eso puede parecer que el color es una
extraordinaria coincidencia, la perfecta sintonía entre nuestra percepción y la
deslumbrante y bellísima naturaleza de la materia.
Esquema de absorción de color, tránsito electrónico, color visible
La
luz será absorbida por un compuesto siempre y cuando contenga la cantidad de
energía necesaria para promocionar electrones de un estado de mínima energía a
un estado excitado, de mayor energía. Estos estados de energía son discretos,
es decir, el paso de uno a otro precisa de una cantidad concreta de energía
o cuanto de energía, y los estados intermedios están
prohibidos. Si un compuesto absorbe parte de la radiación visible en este
proceso, observaremos la radiación no absorbida, la reflejada, de manera que el
color del compuesto será el complementario al absorbido. Según
la naturaleza del compuesto podemos analizar los posibles tránsitos
electrónicos por medio de diferentes teorías.
Por ejemplo, en el rubí, la causa de su color rojo se debe a la presencia de
impurezas de cromo. El cromo, como el hierro y el cobre, es un metal de
transición, y esto quiere decir que posee electrones en algunos niveles
internos de sus átomos, en orbitales del subnivel d. Sus electrones
pueden sufrir variaciones de posición al ser estimulados con radiación de la
región visible, y eso es lo que podemos observar como color. Por este motivo
gran parte de los pigmentos que se utilizan para fabricar pinturas son
compuestos que contienen metales del bloque d.
También existen colorantes orgánicos, como los causantes del verde de la
clorofila o el rojo de la sangre. En estos casos las interacciones se producen
en toda la molécula, no en un átomo en concreto, aunque también dependen de los
electrones que enlazan los átomos que forman esas moléculas.
Cuando hablamos de pintura nos referimos a la mezcla de varias sustancias. El
principal responsable del color de una pintura es el pigmento. El pigmento se
encuentra disperso en una sustancia llamada aglutinante que es la responsable
de darle nombre a la técnica empleada: encáustica, temple, acuarela, óleo,
acrílico, etc. Además, la pintura puede llevar algún disolvente de forma que
podemos alterar la viscosidad y la capacidad cubriente de la pintura. Tanto el
disolvente como el aglutinante afectan al color resultante de la pintura, y
respeta en mayor o menor medida el color original del pigmento puro.
La
pintura está formada por pigmento, aglutinante y disolvente.
Pigmentos
blancos
Los
pigmentos blancos de mayor tradición son el blanco de plomo (carbonato básico
de plomo, [Pb3 (CO3)2(OH)2]),
el blanco de zinc (ZnO) y el blanco de titanio (TiO 2).
La causa del color en estos tres pigmentos se puede describir de la misma
manera. Sabemos que la electricidad se produce por el movimiento de los
electrones y que las sustancias conductoras de electricidad favorecen esta
movilidad. Eso se debe a que tienen electrones suficientes en su último nivel
de energía y, además, disponen de vacantes en ese mismo nivel energético donde
los electrones pueden circular. Las sustancias aislantes, en cambio, tienen sus
electrones hacinados en un único nivel energético, sin posibilidad de moverse
hacia un nivel con vacantes. Y luego tenemos unas sustancias intermedias
llamadas semiconductores. Los semiconductores tienen los electrones en un nivel
energético concreto, y el nivel vacante más cercano resulta accesible si le
suministramos la energía suficiente. Es decir, que los dos niveles están
ligeramente separados, pero esta separación es salvable.
Bandas energéticas en materiales conductores, semiconductores y aislantes
Estos
pigmentos blancos son semiconductores y la luz tiene energía suficiente para
que los electrones puedan moverse entre estos niveles. Esa energía que
necesitan cae dentro de la región ultravioleta, de modo que la absorben, y el
resto de la luz visible sale reflejada. Como la suma de toda la región visible
da como resultado luz blanca, estos pigmentos son blancos.
Aunque todos sean blancos, cada uno de ellos presenta una tonalidad diferente.
Esos matices diferenciadores también pueden explicarse por medio de la química.
Tanto el blanco de zinc como el blanco de titanio son sustancias fluorescentes,
lo que quiere decir que absorben radiación ultravioleta, la disipan y, a
continuación, la reemiten con una longitud de onda menor, que en este caso cae
dentro de la región visible. De esta manera una radiación que en principio
sería invisible a nuestros ojos (la ultravioleta) se vuelve visible. Esta
característica hace que el blanco de zinc y el blanco de titanio sean más
azulados o fríos que otros pigmentos blancos.
El blanco de plomo, en cambio, tiene un matiz amarillento o incluso rojizo.
Este fenómeno es debido a que la presencia de sulfuro de hidrógeno atmosférico
y la humedad pueden formar pequeñas cantidades de sulfuro de plomo, PbS, sobre
todo si el pigmento tiene restos de acetato de plomo provenientes de su
fabricación. El PbS es de color parduzco oscuro, cosa que no ocurre con el
blanco de zinc, ya que, aunque por contaminación atmosférica se formase sulfuro
de zinc, ZnS, este compuesto sigue siendo blanco, así que no afecta al color
final. En el caso del blanco de plomo, el color puede presentarse más o menos
amarillento, sobre todo cuando se emplea un aglutinante acuoso. En pinturas al
óleo o con una película de barniz bien conservado no se producirá el amarilleo.
Dato
curioso
Los
pigmentos blancos clásicos de óxido de zinc y especialmente de óxido de titanio
se utilizan en productos cosméticos para proteger del sol. Esto se debe a que
ambas sustancias son fluorescentes, por lo que absorben la radiación
ultravioleta, dañina para la piel, y la reemiten como radiación visible, que es
inocua.
En la actualidad el blanco de plomo está en desuso por dos motivos: no se puede
emplear en técnicas al agua o frescos porque irremediablemente va a cambiar su
coloración al formarse el PbS y porque el plomo es un metal tóxico.
Pigmentos
azules
Uno
de los pigmentos más antiguos es el azul ultramar. La sustancia
madre del azul ultramar es el azul mineral, lazurita, conocido desde la Edad
Media como lapislázuli, una roca muy valorada y considerada como semipreciosa.
Los depósitos más importantes de lazurita se encontraron en Afganistán y desde
allí se llevaron a la Europa medieval vía Persia y Rusia, de ahí que comenzara
a utilizarse el nombre de azul ultramar para referirse a ella. La lazurita se
encuentra comúnmente en manchas de pirita dispersas en toda la masa y fue ésta
la razón por la cual los antiguos griegos la compararon a un claro
cielo nocturno centelleante de estrellas. El zafiro de la Biblia era
probablemente lapislázuli.
Dato
curioso
El
plomo es un metal pesado neurotóxico que cuando está presente en la sangre
circula por todo el organismo ocasionando daños neurológicos irreversibles al
llegar al cerebro, siendo uno de ellos la sordera.
La enfermedad provocada por exposición al plomo se llama saturnismo debido a
que, en la Antigüedad, los alquimistas llamaban «saturno» a dicho elemento
químico.
El saturnismo fue una dolencia que padecieron muchos artistas por trabajar con
pigmentos con sales de plomo. Un ejemplo claro lo encontramos en Goya, quien se
retiró en 1792 para recuperarse de una dolencia que acabaría por dejarle sordo
en 1793. Caravaggio también padeció esta enfermedad debido a su profesión.
Aunque el lapislázuli se usó como piedra ornamental desde la Antigüedad,
aparentemente no se aplicó como pigmento hasta el siglo VI y no fue sino hasta
el siglo XV cuando se desarrolló el proceso de refinación que produjo un azul
puro y brillante a partir del mineral. Este producto era excesivamente costoso
y llegó a ser muy escaso hacia finales del siglo XVII. Los artistas medievales
emplearon la roca para preparar mosaicos y el pigmento alcanzó un valor tan
alto como el oro.
Este pigmento es uno de los pocos que no presenta un metal en su composición y
además uno de los más complejos a la hora de estudiar su estructura. El
responsable de su color es el trisulfuro (S3), que es un compuesto
electrónicamente comparable al ozono (O3), y por ello suele
llamarse thiozone. Este compuesto presenta sus tres átomos
enlazados de manera que los electrones del enlace en realidad transitan por
toda la molécula, y para ese tránsito los electrones absorben luz de la región
visible del naranja, por lo que la radiación reflejada, la que observamos, es
el color complementario, el azul.
Los mayas acostumbraban a decorar objetos de cerámica, esculturas, murales y
probablemente también textiles con el llamado azul maya, que se
compone del colorante orgánico azul índigo, enlazado químicamente a la arcilla
de tipo paligorskita. La permanencia del color azul, impecable hasta nuestros
días, ha demostrado que el pigmento es muy resistente a los agentes químicos
atmosféricos. Por medio de la combinación de diferentes técnicas analíticas se
ha demostrado que la mezcla empleada en el azul maya consta de tres
ingredientes que se calentaban para preparar el pigmento: copal, que es una
resina usada tradicionalmente como incienso, azul índigo y paligorskita.
Uno de los primeros pigmentos inorgánicos sintéticos fue el azul de
Prusia, que es una especie de color azul oscuro provocado por un pigmento
empleado con frecuencia en pintura y que antiguamente era empleado en cianotipia,
antiguo procedimiento fotográfico monocromo, que conseguía una copia del
original. Con el nombre de copia al ferroprusiato se utilizó
mucho en la copia de planos de arquitectura.
La composición de un cristal de azul de Prusia consiste en un conjunto de iones
hierro entrelazados mediante iones cianuro. La transferencia de un electrón
desde un ion de hierro Fe+2 a través del grupo cianuro hasta un
ion Fe+3 produce una absorción de luz anaranjada, por lo que el
pigmento lo observamos del color complementario, el azul.
El International Blue Klein (IBK) o azul Klein, es
una pintura patentada por el artista Yves Klein en 1960. El azul Klein se trata
de un color electrizante con una elegancia asociada de la que carece cualquier
otro color con esa potencia.
El tipo de pintura empleada tiene un aglutinante específico que es el que dota
a sus pinturas de una tez amelocotonada, tal y como tendría una pintura
artesanal basada en clara de huevo. La intención de Klein era conseguir una
pintura que conservase el brillo y la intensidad del pigmento azul ultramar
seco, cosa que no permitía ningún aglutinante conocido, y que además pudiese
fabricarse a nivel industrial. Por este motivo Klein se puso en contacto con un
grupo de químicos que trabajaban para la compañía farmacéutica francesa Rhône
Poulenc, para que desarrollaran un aglutinante de acetato de polivinilo (una
resina sintética, derivada del petróleo) que registraron bajo el nombre de
Rhodopas M o M60A. El Rhodopas, junto con alcohol etílico y acetato de etilo
conforman el disolvente en el que se suspende el pigmento seco de azul ultramar
sintético para fabricar esta pintura que desde que fue patentada está rodeada
del misticismo de una supuesta fórmula secreta. Obviamente la composición de
esta pintura se conoce, ya que con un análisis químico es fácil desvelar sus
ingredientes y su proporción.
Dato
curioso
El
pigmento denominado azul de Prusia fue descubierto por el pintor Heinrich
Diesbach en Berlín, en 1704, y ésta es la razón por la que a veces se denomina
azul de Berlín. El pintor intentó originalmente pintar con un pigmento que
representara un rojo azulado. Él y su colega Johann Conrad Dippel, mediante el
empleo del aceite de Dippel, intentaron elaborar colorantes rojos. Para
sorpresa de ambos, lo que lograron finalmente fue lo que se denomina hoy en día
el azul de Prusia. Juntos fundaron una factoría de colorantes en París. El
nombre azul de Prusia se impuso en el siglo XVIII por ser el colorante empleado
en la tinción de las telas de los uniformes militares prusianos.
Pigmentos
rojos, naranjas y amarillos
Unas
de las sustancias más antiguas utilizadas como pigmento son los ocres. El ocre
es el nombre genérico que se aplica a los minerales terrosos consistentes en
óxido de hierro hidratado, que frecuentemente se presenta mezclado con arcilla,
y que suele ser amarillento, anaranjado o rojizo. Los encontramos formando
parte del suelo, como capas superficiales altamente oxidadas. Una
característica de los ocres es que pueden pulverizarse hasta obtener un grano
muy fino sin que el color pierda intensidad. Dentro de los ocres naturales, los
rojos contienen hematita, mientras que los amarillos o «limonitas» contienen
goethita o minerales del grupo de la jarosita.
La gama de matices rojizos y anaranjados derivados de óxidos de hierro
producidos en el laboratorio se descubrieron gracias a la producción industrial
de ácido sulfúrico, que como reactivo barato se usaba para blanquear textiles.
Los tonos anaranjados de pigmentos inorgánicos más habituales están compuestos
de dos sulfuros de arsénico, el amarillo oropimente (As2S3)
y el naranja rojizo rejalgar (As4S4). Ambos existen en la
naturaleza y eran separados y vendidos como dos colorantes diferentes por los
venecianos en el siglo XVI.
El pigmento de color bermellón es el sulfuro mercúrico (HgS). Su característico
color se debe a que el sulfuro de mercurio es un semiconductor que absorbe
radiación azul. Esta sustancia se encuentra en el mineral cinabrio. Los
pintores respetan profundamente el bermellón porque su uso inadecuado puede
conducir a una tragedia en sus obras, debido a que los iones mercurio se pueden
reorganizar dentro de la estructura cristalina inicial que en el cinabrio es
romboédrica, para formar metacinabrio cuya estructura es cúbica. Este último
absorbe luz roja, azul y verde y puede tornarse en un color negro, siendo esto
fatal si el proceso ocurre sobre un lienzo ya terminado. Además, el mercurio es
un metal pesado considerado neurotóxico.
En la gran mayoría de los casos se han eliminado los pigmentos que contienen
metales pesados, sin embargo, algunos —como los que contienen cadmio— son muy
apreciados en la actualidad por sus tonalidades que van del rojo al amarillo.
Uno de ellos es el sulfuro de cadmio, primer pigmento amarillo sintético a base
de cadmio, obtenido por el químico francés Joseph-Louis Gay-Lussac en 1818.
Este pigmento, que existe en la naturaleza y se ha usado durante más de dos mil
años, tiene la gran ventaja de ser estable frente al sulfuro de hidrógeno
atmosférico.
Uno de los compuestos orgánicos sintéticos obtenidos durante el siglo XX con
mayor éxito comercial es la quinacridona, un polvo de color rojo usado como
pigmento. Por analogía, todos los demás compuestos que se derivan de esta
estructura se denominan quinacridonas. Las quinacridonas son una familia de
pigmentos utilizados para hacer pinturas de alto rendimiento. Son así
consideradas porque tienen un color excepcional y resistencia a la intemperie.
Las quinacridonas tienen tonalidades que varían entre el rojo oscuro y el
violeta.
Pigmentos
verdes
Uno
de los pigmentos verdes más antiguos, ya utilizado en el antiguo Egipto, se
extraía directamente de minerales verdes molidos. El mineral más utilizado era
la malaquita, un carbonato básico de cobre [Cu2CO3 (OH)2], que es de color
verde muy cristalino y con matices azulados. Dependiendo del tamaño de grano,
el pigmento es más o menos intenso. Esto les sucede a muchos pigmentos:
imaginemos que tenemos un trozo de vidrio verde de botella, que es de un verde
oscuro e intenso. Si rompemos este trozo de vidrio en pedazos pequeños, el
verde irá perdiendo fuerza, y si lo molemos hasta convertirlo en un polvo fino,
se volverá cada vez más claro. Esto también le ocurre a la malaquita.
En pinturas al temple, es decir, en emulsiones de este pigmento en huevo,
también el tono de la malaquita se ve afectado, ya que tiende a amarillear.
Dato
curioso
Exiliado
en la isla de Santa Helena, Napoleón pasó allí sus últimos años y murió en
1821, al parecer, como consecuencia de un cáncer de estómago. Sin embargo,
recientes análisis realizados a muestras de su cabello han revelado una alta
concentración de arsénico en su organismo y precisamente la exposición al
arsénico del pigmento verde de Scheele está relacionada con un mayor riesgo de
carcinoma gástrico. Por lo visto las paredes del dormitorio de la lujosa
residencia del militar francés estaban pintadas de color verde de Scheele y
pudo ser ésta la causa de su fallecimiento. Además, el clima húmedo de Santa
Helena pudo propiciar la proliferación de hongos en las paredes y la formación
de arsano.
El verde de Scheele o verde parisino es arseniato de cobre (CuHAsO 3),
un pigmento de origen mineral o sintético creado en 1775 por el químico sueco
Carl Wilhelm Scheele. En la actualidad no se utiliza por ser altamente tóxico y
ennegrecerse en presencia de sulfuros procedentes de la polución atmosférica.
La toxicidad de este pigmento es causada por su contenido en arsénico. Por un
lado, el arseniato puede descomponerse en condiciones de alta temperatura y
humedad, y también por la presencia de hongos que lo degradan a arsano (AsH3),
un compuesto volátil, tóxico y cancerígeno que afecta especialmente al tracto
gastrointestinal. En el siglo XIX todavía no se conocían estos efectos letales,
así que este pigmento se utilizaba no sólo en pintura artística, sino también
para teñir tejidos, papel o velas.
§. Un vínculo con historia
Cuando el hombre primitivo comenzó a embadurnar paredes con polvo de piedras de
colores dejó una huella imperecedera y universal: ya sean sus manos sobre la
piedra o los primeros atisbos de la figuración al dibujar el contorno de
animales, abstracción que hoy nos sigue fascinando. Las manifestaciones
artísticas son inherentes al ser humano, por lo que el impacto visual de la
naturaleza en nuestros antepasados remotos los condujo a recrear su entorno y
narrar para la posteridad el mundo en que vivieron. Los primeros intentos
consistieron en el tallado y pintado de rocas con carbón, tiza o cualquier otro
material que estuviera a su alcance. La premisa era dar testimonio de
actividades tales como la caza y la pesca, presumiblemente sin ser conscientes
de que estaban abriendo camino a lo que hoy denominamos, sin lugar a dudas,
Arte.
Estos pintores ancestrales empleaban como pigmento piedras de colores molidas
que mezclaban con resinas o ceras. Para los rojos utilizaban óxido de hierro
III (hematita) o sulfuro de mercurio (cinabrio); para los negros y marrones,
carbón vegetal, dióxido de manganeso (pirolusita) y sulfuro de plomo (galena).
Algunas de las civilizaciones más antiguas, como las de los egipcios, emplearon
los primeros pigmentos inorgánicos sintéticos, que aún pueden observarse en
tumbas o frisos. Lograron sintetizar por primera vez un pigmento azul de origen
sintético al que llamamos azul egipcio. Lo preparaban con arena del Nilo, sal
mineral, bronce como fuente de cobre y lo cocían a altas temperaturas. Se
trataba de un pigmento difícil de obtener y, por tanto, muy valorado, por lo
que se empleó en algunos de los principales monumentos del imperio africano,
como la corona del busto de la reina Nefertiti que se encuentra en el Neues
Museum de Berlín (Alemania). En los siglos posteriores, también apareció en
otros monumentos del mundo Antiguo, como el cinturón de la diosa Iris, en el
Parthenon de Atenas, y continuó empleándose como un complemento estético de
lujo hasta tiempos romanos. Después, a partir de la revolución química que se
produjo en el siglo XIX, muy relacionada con el desarrollo de nuevos tintes, el
azul dejó de ser un color casi exclusivo de los más poderosos.
Posteriormente los griegos también usaron pigmentos en la decoración, aunque en
este caso, la mayoría de ellos se hayan perdido. Utilizaron varios pigmentos
que también exportaban a los artistas de Roma y de Egipto, entre ellos el
blanco de plomo, el plomo rojo, que químicamente es un óxido de plomo, y el
verdín o cardenillo, que son una mezcla de óxidos e hidróxidos de cobre.
Las técnicas plásticas y, en consecuencia, muchos movimientos artísticos,
fueron propiciados por los avances de la ciencia. En otras ocasiones, las
necesidades plásticas de los artistas condicionaron las investigaciones
científicas, que a veces supusieron una revolución científica, artística y,
obviamente, filosófica, y en otras ocasiones no derivaron donde se pretendía,
ni para la ciencia ni para el arte.
Entre las primeras técnicas desarrolladas están la denominada encáustica,
que consiste en una mezcla de cera de abeja caliente con pigmentos minerales
tales como óxidos de hierro, cobre y manganeso. También se empezó a
pintar al temple, que consiste en mezclar los pigmentos con huevo,
agua y un aceite vegetal.
La acuarela es una pintura sobre papel o cartulina con
pigmentos diluidos en agua. Los colores utilizados son más o menos
transparentes según la cantidad de agua en la mezcla y a veces dejan ver el
fondo blanco del papel, que actúa como otro verdadero tono. A veces, el término
acuarela se refiere a la acuarela transparente o al gouache, que es
una forma opaca de la misma pintura. La acuarela está hecha de pigmento fino
mezclado con goma arábiga para darle cuerpo y glicerina o miel para darle
viscosidad y unir el colorante a la superficie que se quiere pintar. Un relleno
sin pigmentar, también llamado carga, se añade al gouache para
dar opacidad a la pintura. La desventaja de las acuarelas es que palidecen si
se exponen al sol, aunque la permanencia de los colores dependerá de la calidad
de los pigmentos.
El uso del óleo se conoce desde la Antigüedad y estaba ya
extendido entre los artistas de la Edad Media, aunque de modo minoritario, ya
que en esa época predominaba la pintura al temple o al fresco. A finales del
siglo XIV y durante el siglo XV, se comenzó a generalizar el uso del óleo en
detrimento de otras técnicas, ya que permitía un secado más lento de la
pintura, correcciones durante la ejecución, estabilidad —ya que muchos
pigmentos al óleo forman jabones que protegen la integridad de la pintura— y,
lo más importante, conservación del color. El óleo a día de hoy sigue siendo la
pintura que mejor mantiene el color tras el secado.
Se atribuye, erróneamente, la invención de la pintura al óleo al pintor Jan Van
Eyck en el siglo XV, ya que los pintores de Flandes fueron los primeros en usar
esta técnica de forma habitual. Pero pese a no ser el creador, su obra es una
muestra de la gama de los colores que caracterizaron a los óleos renacentistas
del norte de Europa.
El aceite que más se empleaba era el de linaza, pero no era el único y cada
artista tenía su propia fórmula que solía guardar en secreto. Normalmente se
emplea la esencia de trementina como disolvente para conseguir una pincelada
más fluida o más empastada, según el caso.
La búsqueda de colores artificiales estimuló el avance de la química durante el
siglo XIX, época en que muchas conocidas compañías químicas y farmacéuticas
habían iniciado sus actividades como fabricantes de pigmentos sintéticos.
Dato
curioso
El
artista inglés Joseph Mallord William Turner, considerado comúnmente como el
pintor de la luz y cuyo trabajo se considera un prefacio romántico al
impresionismo, era aconsejado por el químico inglés Michael Faraday sobre los
pigmentos que debía usar en sus óleos y acuarelas.
El desarrollo de la pintura acrílica como medio artístico se
produjo como consecuencia de un imperativo social: en la década de 1920, un
grupo de pintores mexicanos quería pintar grandes murales para edificios
públicos que pudiesen permanecer expuestos al aire libre sin corromperse, cosa
que era imposible por medio de técnicas ya conocidas como el óleo o el fresco.
Necesitaban una pintura que se secase rápidamente y permaneciera estable a la
intemperie. En realidad, lo que necesitaban existía ya desde hacía tiempo en el
campo industrial, pero nunca se había empleado como vehículo para pigmentos:
las resinas plásticas.
Lo que coloquialmente llamamos pintura acrílica es una
emulsión del polímero acrílico y agua en la que están contenidos los pigmentos.
Una emulsión es una mezcla homogénea de dos líquidos inicialmente inmiscibles,
en este caso el polímero acrílico y el agua. Cuando la pintura acrílica se
seca, el agua que contiene se evapora, y una vez que esto sucede ya no tiene
lugar ningún otro cambio. Esto significa que el artista puede añadir más
pintura a una superficie completamente sellada y repintar con absoluta
seguridad.
Las posibilidades de esta nueva pintura iban más allá de la necesidad de las
pinturas para exteriores. Los científicos creyeron que habían conseguido la
pintura más estable, más versátil y que habían abierto una puerta más a la
experimentación artística. No se equivocaban. Cada vez que surge un nuevo
material de la colaboración entre los artistas y los científicos, éste no suele
quedarse estancado en satisfacer únicamente la necesidad primigenia, sino que
posibilita nuevas técnicas y formas de expresión artística. La invención de
esta nueva pintura fue como si demandara una nueva posibilidad en el arte.
Ha transcurrido mucho tiempo desde que los aprendices de pintor en la Edad
Media y el Renacimiento tenían como parte de sus funciones moler pacientemente
los pigmentos en un mortero. Todavía en el siglo XVIII la mayoría de los
artistas acondicionaba sus propios pigmentos, manteniendo así una relación
cercana con la materia prima de sus obras.
En
la actualidad la gama de pigmentos y colorantes es casi infinita comparada con
las opciones que tenían los artistas de las culturas egipcia, griega o maya, o
las de los pintores medievales. Gracias a la experimentación de los químicos
(incluyendo los alquimistas), el comercio y el ingenio de los artistas,
actualmente existe una industria especializada dedicada al campo de la pintura
artística. Si bien la labor del artista, aparte de su creatividad y talento,
incluye el ajustar las propiedades de las pinturas comerciales agregando
agentes secantes, disolventes o aglutinantes para darle consistencia al
material.
El arte ha avanzado gracias a la ciencia, y la ciencia, gracias al arte, ha
descubierto nuevos recodos en su deriva sobre los que investigar y
maravillarse. La ciencia ha dotado al arte de pasado, conservando y datando su
historia; de permanencia, desarrollando técnicas y materiales incorruptibles;
de fondo y de forma, pues los materiales son parte del lenguaje artístico. El
artista es el que escribe su obra utilizando los versos libres de la química,
es el artesano que posee la herramienta más elegante. Gracias a la química, las
preguntas vitales que se formulan y deforman a través del arte se pueden
plasmar sobre la quietud permanente de un lienzo.
Capítulo 12
Un laboratorio en la cocina
Contenido:
§.
¿Por qué se corta la mayonesa?
§. El truco para preparar una buena salsa boloñesa
§. Cebolla ¿caramelizada?
§. Panes y bizcochos
§. Yogures
§. Cocido gallego
§. Merengues al horno
Cuando
era pequeña mi abuela me enseñó a cocinar. Me enseñó cómo separar las
piedrecitas de las lentejas haciendo montañas sobre la mesa de la cocina.
También me enseñó a amasar, que era de lo más divertido. Para preparar la masa
de pizza, rosquillas, orejas o pan, mi hermano y yo empezábamos
siempre formando un volcán de harina, e íbamos añadiendo a ojo el resto de los
ingredientes en el cráter. También limpiaba las judías, escogía las nabizas,
pelaba las patatas y las cortaba de diferente manera si eran para hacer
tortilla, para preparar un guiso o para freírlas.
Cuando hacíamos croquetas mi abuela se encargaba de preparar la bechamel.
Solíamos hacer tal cantidad, que a mí me resultaba imposible removerla. Después
de dejarla reposar, y de que mi hermano la hubiese catado una decena de veces,
organizábamos una cadena de montaje: uno de nosotros le daba forma a las
croquetas y las rebozaba en harina, otro las pasaba por el huevo, y el último
las cubría de pan rallado y retocaba la forma.
Aprendí a hacer torrijas para aprovechar el pan viejo, a hacer flanes «de
verdad», como decía mi abuela, sin trucos, sólo con huevo; a hacer platos de
cuchara como lentejas, fabada, caldo gallego y callos. Aprendí a hacer cocido
gallego y a utilizar la olla a presión. A hacer arroces y pasta. Prácticamente
todo lo que sé sobre cocina lo aprendí en mi infancia gracias a los trucos que
ella me enseñó.
Cuando empecé a estudiar la carrera me di cuenta de que muchas de las cosas que
sucedían en la cocina eran, en realidad, reacciones químicas, unas más
complejas y otras más simples. Mi abuela no sabía el nombre de las reacciones,
no sabía qué eran los glúcidos, las proteínas y los lípidos, ni cómo eran las
moléculas que los formaban, y se reía cuando le decía que la cocina era, básicamente,
un laboratorio. Sus nociones de química provenían directamente de la
experiencia y de la intuición; sin ser consciente de sus conocimientos, los
aplicaba a nuevos platos mediante pruebas de ensayo y error.
Ella no sabía explicar, desde un punto de vista científico, por qué le echaba
miel a la salsa boloñesa, por qué había que batir los huevos antes de añadir el
aceite para que no se cortase la mayonesa o por qué unas cuantas patatas
desmenuzadas espesaban las lentejas, pero lo hacía porque la experiencia le
había demostrado que funcionaba.
§. ¿Por qué se corta la mayonesa?
En mi casa siempre preparábamos nosotros la mayonesa. Para ello sólo
necesitábamos aceite de oliva o de girasol, vinagre de vino, sal y huevos
caseros que unos amigos de mi abuela le llevaban una vez por semana.
Para preparar la mayonesa primero se echa el huevo y a continuación el aceite,
siempre en ese orden para que no se corte y se bate bien hasta que comience a
emulsionar. Luego se añade vinagre al gusto y una pizca de sal. Esta base sirve
para hacer otras salsas similares, ya que admite mostaza, aceitunas, anchoas o
tomate frito. En teoría parece fácil, pero entonces, ¿por qué a veces la
mayonesa emulsiona bien y otras veces se corta? La respuesta en realidad es
sencilla y la clave está, ¡cómo no!, en la química.
Si
conseguimos mezclar de forma estable varias sustancias que se encuentran en
fase líquida y en principio son inmiscibles entre sí, es decir, que no se
pueden mezclar, obtenemos una emulsión.
Un
ejemplo de sustancias inmiscibles son el agua y el aceite. Cuando las ponemos
en contacto, una rehúye a la otra debido a que químicamente su mezcla es
incompatible. Hay un dicho en química que dice que lo semejante
disuelve a lo semejante, lo que significa que las sustancias pueden
dividirse en dos clases: polares y apolares. El agua es una sustancia polar, y
todo lo que se pueda disolver y mezclar con ella también será polar; en cambio
el aceite es apolar, como las grasas, y por eso no se mezclan con el agua. Por
este motivo nos resulta imposible mezclar agua con aceite. Las moléculas de
agua tratan de mantenerse unidas entre sí porque son afines por ser polares, y
las de aceite hacen lo mismo, rehúyen de las de agua para mantenerse unidas
entre sí. Como el agua es más densa que el aceite, es decir, la misma cantidad
de volumen tiene más masa que el aceite, se mantendrá en el fondo, mientras que
el aceite permanecerá flotando.
En cambio, casi todas las salsas, en concreto las salsas emulsionadas, están compuestas
por un elemento aceitoso y otro acuoso, y además se mantienen estables. La base
de la mayonesa es el aceite, que es una grasa vegetal, apolar, y huevo, que
contiene un 80% de agua. El resto del huevo está formado por proteínas y grasa,
así que el propio huevo ya es en sí mismo una emulsión, especialmente la yema,
que tiene una cantidad de grasa mayor. El secreto de que la mayonesa sea fruto
de una emulsión reside en la yema de huevo, donde encontramos lecitina.
La lecitina es un término genérico que se utiliza para designar a un tipo de
grasas que son consideradas emulsionantes. Lo característico de estas
sustancias es que tienen dos extremos: uno polar, afín al agua, y otro apolar,
afín a las grasas.
Micelas
Así,
cuando se coloca entre dos fases, como agua y aceite, llamada interfase, lo que
hace es rodear a las moléculas de aceite que se han dispersado en el agua: el
lado afín al aceite se sitúa dentro de la gota, mientras que el lado afín al
agua se sitúa en la parte exterior de la gota. Cuando dos gotas se acercan, el
propio emulsionante hace de barrera para que estas gotas no se vayan uniendo y
creando una gota de mayor tamaño.
Cuando hacemos mayonesa, lo más aconsejable es empezar batiendo un poco el
huevo, antes de añadir el aceite, de esa manera conseguimos separar el
emulsionante del agua del huevo. A continuación, y sin dejar de batir, añadimos
el aceite, con lo que éste, por la agitación, se va dispersando en pequeñas
gotas dentro del agua. El emulsionante va rodeando estas gotas de aceite hasta
que quedan suspendidas en el agua. Si utilizamos una batidora, podemos poner en
el vaso ambos ingredientes juntos, siempre y cuando añadamos primero el huevo y
después el aceite, y comencemos a batir manteniendo el brazo de la batidora en
el fondo, para que primero se disgregue el huevo, y no al revés.
Si empezásemos batiendo el aceite y luego introdujésemos el huevo,
conseguiríamos el efecto contrario. El agua se iría dividiendo en gotas
pequeñas, que quedarían rodeadas por el emulsionante, pero al contrario que en
el caso anterior: la parte afín al agua del emulsionante se dirigiría hacia el
centro de la gota, y la parte afín al aceite se dirigiría hacia el exterior de
la gota, manteniendo a esas gotas de agua dispersas en el medio aceitoso, justo
al revés de lo que ocurría antes. Cuando esto ocurre decimos que la mayonesa se
corta.
Lo mismo puede ocurrir si ponemos demasiado aceite y tenemos poco huevo, porque
el aceite no tiene suficiente agua en la que dispersarse y la mayonesa quedará
muy líquida. Para resolver este problema habría que añadir más huevo, o en
concreto más yema, que es la que contiene la lecitina.
Otro error es utilizar huevos recién sacados de la nevera. Cuando batimos el
huevo, lo que hacemos es dispersarlo, separar la lecitina del resto del agua, y
eso lo logramos gracias a la energía que aplicamos al batirlo. Si el huevo está
frío, necesitaremos aplicar más energía para que esto suceda, así que el
resultado puede ser que el huevo no llegue a disgregarse todo lo necesario como
para que el emulsionante se disponga alrededor de las gotitas de aceite. Por
este motivo es mejor utilizar ambos ingredientes, tanto el huevo como el
aceite, a temperatura ambiente.
El siguiente ingrediente que se añade a la emulsión es el vinagre, una
sustancia ácida cuya composición es básicamente ácido acético. Si se prefiere,
se puede sustituir el vinagre por zumo de limón, que contiene ácido cítrico. La
función de estos ácidos es estabilizar la emulsión. Las gotas de aceite
rodeadas de emulsionante de lecitina y dispersas en agua son más estables
cuando el medio es ácido, ya que los extremos polares de la lecitina que rodean
cada gota se sienten todavía más repelidos por los extremos apolares de la otra
gota, lo que complica la unión de las gotas y estabiliza, por tanto, la
emulsión.
El último ingrediente que se añade es la sal, pero no tiene ninguna función en
la emulsión, sólo sirve para potenciar el sabor de la mayonesa.
Así que la próxima vez no hará falta que nos preguntemos por qué se nos ha
cortado la mayonesa. La respuesta está en la química.
§. El truco para preparar una buena salsa boloñesa
Uno de los trucos que aprendí de mi abuela es a incorporar una cucharada de
miel cuando preparamos la salsa boloñesa. Cuando cocinamos la carne, enseguida
apreciamos que cambia de color y se vuelve marrón. Este cambio de tonalidad se
debe a una reacción química llamada reacción de Maillard, que se
produce entre los aminoácidos que forman parte de las proteínas de la carne y
los glúcidos. Cuando estos dos compuestos se combinan, tienen lugar una serie
de reacciones químicas bastante complejas que dan como resultado varios
compuestos, entre ellos melanoidinas coloreadas, que son
responsables del color marrón que va adquiriendo la carne, así como de
diferentes compuestos aromáticos responsables de su sabor característico. Si al
cocinar la carne añadimos glúcidos, como, por ejemplo, una cucharada de miel,
la reacción de Maillard se producirá con un mayor número de aminoácidos de la
carne, y así potenciaremos este sabor característico. Otra opción es añadir
simplemente azúcar común, pero nos perderíamos el resto de los matices de la
miel.
La reacción de Maillard se ralentiza en medio ácido, por eso es fundamental
llevarla a cabo hasta su término, hasta que toda la carne esté bien tostada,
antes de añadir el tomate triturado para la boloñesa, ya que éste acidificará
el medio. También es aconsejable sofreír las verduras de la boloñesa, como
puerro o cebolla picados, antes de añadir la carne ya que también aportan
glúcidos a la reacción, además de sufrir ellas mismas la reacción de Maillard.
Dato
curioso
Hay
que tener cuidado cuando asamos la carne, porque si dejamos que se tueste en
exceso, llegando casi a quemarse, estaremos produciendo unos compuestos
potencialmente cancerígenos, como son los benzopirenos. Para evitar las nocivas
consecuencias de estos compuestos es importante no consumir nunca productos
quemados.
§. Cebolla ¿caramelizada?
Cuando decimos que caramelizamos la cebolla, lo que hacemos es
irla dorando muy lentamente, y la reacción que se produce es la misma que la
que ocurre en la carne cuando ésta cambia de color, pero en este caso entre
diferentes glúcidos y aminoácidos, los presentes en la cebolla. Así que no se
trata de una reacción de caramelización, aunque se suela llamar así, sino de
una reacción de Maillard.
La reacción de caramelización es la oxidación de un glúcido
que produce un agradable sabor y una coloración marrón. A medida que tiene
lugar el proceso, se liberan compuestos volátiles responsables del
característico sabor acaramelado. Al igual que la reacción de Maillard, la
caramelización es un tipo de dorado no enzimático. Sin embargo, a diferencia de
ésta, la caramelización es una pirólisis, es decir, una
descomposición por calentamiento, en la que la molécula de sacarosa que forma
el azúcar común se rompe dando lugar a glucosa y fructosa que sufren reacciones
sucesivas de condensación y deshidratación. Así que en la reacción de
caramelización no intervienen los aminoácidos de las proteínas, como sí lo
hacen en la reacción de Maillard.
Dato
curioso
Cuando
tapamos la sartén en la que estamos rehogando la cebolla a fuego muy lento con
un poco de mantequilla o aceite, el calor evapora parte del agua interior de
las células de la cebolla y la presión del vapor las revienta y libera sus
jugos, hasta que la cebolla se ablanda y se vuelve translúcida.
Si por el contrario mantenemos la sartén destapada, los jugos desprendidos por
las células de la cebolla se evaporarán más rápido y la temperatura aumentará
hasta desencadenar las reacciones de Maillard. La cebolla en este caso quedará
blanda y de color caramelo y con un sabor dulce y suave.
Esta reacción también es la responsable del cambio de color y del aroma de
muchos productos que contienen proteínas y glúcidos, como cuando tostamos
galletas o hacemos dulce de leche.
Para preparar dulce de leche necesitamos leche y azúcar, pero también podemos
cocer al baño María un bote de leche condensada, que ya contiene azúcar. Cuando
calentamos la leche condensada tienen lugar varias reacciones químicas, entre
ellas la caramelización del azúcar y, a continuación, la reacción de Maillard,
que es responsable del sabor, así como del color, además de la caramelización.
Las proteínas presentes en la leche, como la caseína y la lactoalbúmina,
reaccionan con los glúcidos dando lugar a ese sabor característico.
§. Panes y bizcochos
Cuando elaboramos pan también tienen lugar varias reacciones químicas que serán
las responsables de su textura, color y sabor. Los ingredientes que necesitamos
son básicamente harina, levadura, agua y sal. La harina puede ser refinada o
integral. La diferencia entre una y otra es la parte del grano que se usa para
su elaboración. En la harina refinada se utiliza sólo el endospermo del grano,
mientras que la integral incluye el salvado, que es la cáscara interna del
grano y aporta fibra y vitamina B, por lo que es nutricionalmente más completa.
Se puede obtener harina de distintos cereales ricos en almidón como el centeno,
la cebada, la avena, el maíz, e incluso de leguminosas como los garbanzos o las
judías, o del arroz. La harina está formada básicamente por glúcidos, y en
menor proporción proteínas, dependiendo del tipo de harina. El glúcido de las
harinas vegetales es el almidón. Para elaborar pan se suele utilizar la harina
de trigo porque ésta contiene gluten, un conjunto de proteínas, esencialmente
gliadina y glutenina, que le otorgan su elasticidad y consistencia.
La gliadina es precisamente la responsable de que el organismo de las personas
celíacas produzca una reacción autoinmune. La ingesta de esta proteína produce
una respuesta autoinmune multisistémica que origina una inflamación de la
mucosa del intestino delgado, lo que impide la correcta digestión de los
alimentos. Para evitar el gluten, que no es esencial en la dieta, las personas
aquejadas de esta enfermedad pueden consumir productos elaborados con otros
tipos de harinas, como las de trigo sarraceno, maíz o arroz.
Para elaborar pan se mezcla la harina con un tipo de levadura en concreto o
directamente con masa madre. La masa madre es un cultivo simbiótico de las
levaduras presentes de manera natural en alimentos, como los cereales, y las
bacterias presentes en el medio ambiente, en especial levaduras como la Saccharomyces
cerevisiae, responsable también de la fermentación del vino y la cerveza.
En las panaderías tradicionales se suele utilizar masa madre en lugar de
levadura pura. Para elaborar masa madre se necesita agua y un cereal,
preferiblemente en estado de harina. Las levaduras suelen estar presentes en el
exterior de los granos del cereal, así que es más conveniente usar harina
integral, ya que la harina blanca carece del salvado, que ha sido extraído en
la molienda. Se mezcla el mismo volumen de harina y de agua y se mantiene a
temperatura ambiente durante varios días. Se retira la mitad de esta masa y se
mezcla con más harina y agua frescas, y este proceso se repite cuantas veces
sea necesario. Al cabo de unos días la masa empezará a burbujear y a desprender
un ligero olor acre o avinagrado, producto de la fermentación. Cuando las
burbujas hayan hecho aumentar considerablemente el volumen de la masa será
indicativo de que está preparada para ser usada en la elaboración de pan. Se
puede acelerar el proceso añadiendo pasas de uva, trigo machacado y salvado de
trigo.
Las cepas de levadura de la masa madre son relativamente resistentes a las
bajas temperaturas, más que las de la levadura comercial, por eso se pueden
almacenar vivas alimentándolas con harina y agua, o bien en estado pasivo,
adormecidas a bajas temperaturas, por ejemplo en la nevera.
Esta levadura presente en la masa madre, o en la levadura pura que adquiramos
en un supermercado, se alimenta de los glúcidos de la harina desprendiendo
dióxido de carbono gaseoso en el proceso, responsable de las burbujas que
contiene el pan. Así que para hacer pan tenemos que mezclar harina con agua y
levadura y dejar que la masa fermente. Durante este proceso se suceden
diferentes reacciones químicas y bioquímicas. Durante el amasado, la gliadina y
la glutenina se hidratan, captan el agua e interactúan dando lugar a la
formación de un entramado reticular de gluten, que dota a la masa de
elasticidad. El agua también hidrata el almidón, provoca la apertura de su
estructura y la deja expuesta al ataque de las enzimas. Las enzimas también se
activan al hidratarse, entre ellas las amilasas, que actúan rompiendo el
almidón en glúcidos simples. Cuando se añade la levadura, ésta se alimenta de
los glúcidos simples liberados y desprende dióxido de carbono y alcohol,
responsables de la formación de burbujas. Para acelerar el proceso o crear más
burbujas podemos añadir más azúcar, así la levadura tendrá más alimento con el
que generar burbujas de dióxido de carbono. Y en el caso de no tener levadura,
podemos hacer pan casero utilizando harina y una cerveza, ya que la levadura de
la cerveza es la misma que la del pan. Hay que tener en cuenta que la sal
inhibe el crecimiento de la levadura, así que, si añadimos sal, el fermentado
será más lento.
En el mercado tenemos otro tipo de productos que llamamos levaduras químicas
que, aunque no son levaduras propiamente dichas, producen un efecto parecido
sobre la masa. Se usan más en repostería para no tener que dejar fermentar la
masa y poder hornearla inmediatamente. Estas levaduras químicas están
compuestas esencialmente por bicarbonato sódico que, en contacto con la masa y
durante el horneado, desprenden dióxido de carbono, responsable de las
burbujas.
En cuanto introducimos la masa de pan en el horno, la levadura muere como
consecuencia de las altas temperaturas, y el alcohol se evapora, pero en cambio
el almidón de la harina comienza a gelatinizar, es decir, a formar una
estructura diferente a la original en la que es capaz de atrapar el agua de la
masa. En este proceso también interviene el gluten, que se pega al almidón
creando una red que evita que las burbujas se escapen de la masa. A medida que
la temperatura aumenta y el pan continúa en el horno, empieza a dorarse. Este
cambio paulatino de color es debido a la reacción de Maillard entre los
glúcidos y los aminoácidos de la harina.
Cuando hacemos un bizcocho tienen lugar reacciones similares. Un bizcocho
tradicional lleva harina, levadura química, azúcar y huevo, y en ocasiones
también leche o yogur, así que la química que encierra el horneado de un
bizcocho es similar a la del horneado del pan, pero con un aporte extra de
glúcidos y aminoácidos presentes en el huevo que favorecen la reacción de
Maillard. También suele añadírsele algún aporte de grasa en forma de
mantequilla o aceite, que protege al bizcocho de la pérdida progresiva de agua,
lo que evita que se endurezca —ingrediente que no utilizamos en el pan y
explica que se ponga duro de un día para otro—. Otro truco que garantiza la
esponjosidad del bizcocho es añadir un medio ácido para que toda la levadura
química reaccione y desprenda mayor cantidad de burbujas de dióxido de carbono.
Para ello podemos añadir zumo de naranja o de limón a la mezcla, ya que
contienen ácido cítrico.
§. Yogures
Otro de los alimentos que solía preparar con mi abuela eran los yogures. Ella
siempre insistía en lo importante que era tomar leche; afirmaba que era uno de
los alimentos más completos y que los lácteos, en cualquiera de sus formas,
nunca podían faltar en nuestra dieta. Y tenía toda la razón.
Para hacer yogur calentábamos levemente un litro de leche fresca o
pasteurizada, pero nunca UHT, hasta que al meter un dedo dentro la notásemos
caliente, pero sin llegar a quemarnos. En realidad la leche tenía que estar a
40 °C, pero nosotros no usábamos termómetro y el método del dedo era infalible.
Después añadíamos un yogur natural, o bien comprado en el supermercado o bien
de los que hubiésemos hecho anteriormente, y lo disolvíamos en la leche. A
continuación vertíamos la leche en vasitos de vidrio y los dejábamos toda la
noche a resguardo en una yogurtera, que en realidad es sólo una tartera con
termostato. Al día siguiente los yogures estaban listos.
En la elaboración del yogur también se producen una serie de reacciones
químicas. La clave está en el hecho de mezclar la leche con otro yogur, ya que
las bacterias que éste contiene serán necesarias para transformar la leche en
más yogur. La bacteria causante de la fermentación láctica fue descubierta en
1903 por el doctor búlgaro Stamen Grigoroff, quien publicó y presentó su
trabajo científico dedicado al yogur ante el Instituto Pasteur de París. En su
honor, la nueva bacteria descubierta fue llamada inicialmente Bacterium
bulgaricum Grigoroff, aunque después pasó a denominarse Lactobacillus
bulgaricus. Estas bacterias presentes en el yogur, que suelen ser Streptococcus
thermophilus o del género Lactobacillus, se encargan de
degradar la lactosa presente en la leche y convertirla en ácido láctico. El
ácido láctico es el responsable del aumento de la acidez del yogur y también
actúa como conservante del mismo. Este aumento de la acidez provoca que las
proteínas de la leche precipiten formando un gel, y de ahí el origen de la
característica textura del yogur.
Las proteínas de la leche son de dos tipos: el 80% son caseínas y
el 20% restante son seroproteínas. Las caseínas están formadas por
un conglomerado de varias proteínas que están presentes en la leche. Esto es
parecido a lo que sucedía al hacer mayonesa: las caseínas tienen una parte
apolar y otra polar, así que se organizan en pequeñísimas burbujas dejando en
contacto con el agua la parte polar y manteniendo a resguardo la parte apolar.
A esta disposición se le llama micelas. Estas micelas son muy
inestables, y un aumento de la acidez hace que dejen de ser solubles y
precipiten, se vayan al fondo. Esto es precisamente lo que ocurre cuando la
lactosa se degrada a ácido láctico, que la leche se vuelve ácida y la caseína
precipita.
La razón de que tengamos que utilizar leche fresca o pasteurizada y no UHT, es
que el tratamiento UHT de la leche es un proceso más largo y de elevada
temperatura que provoca que otra proteína de la leche de la familia de las
seroproteínas, la lactoglobulina, recubra a la caseína protegiéndola de los
cambio de acidez.
Igual que cuando hacemos pan, también podemos utilizar otras sustancias que,
aunque no sean levaduras, tienen un efecto similar. Si añadimos zumo de limón,
rico en ácido cítrico, o vinagre, que es esencialmente ácido acético, sobre la
leche, también provocaremos la rotura de las micelas de caseína, y por tanto su
precipitación. El resultado es similar al yogur, aunque la lactosa no se haya
degradado a ácido láctico, pero comercialmente no lo podemos llamar yogur si no
hemos utilizado Lactobacillus en su elaboración.
Una de las principales ventajas del yogur tradicional es que puede ser
consumido por las personas intolerantes a la lactosa. Estas personas padecen un
déficit de producción de la enzima lactasa, la encargada de romper la lactosa
en sus dos monosacáridos —glucosa y galactosa— para que éstos puedan ser
absorbidos por el intestino. Cuando se padece intolerancia esta rotura no tiene
lugar, lo que provoca una molesta sintomatología. Otra gran desventaja para las
personas que padecen esta intolerancia es que los lácteos son una fuente de
calcio idónea que, al contener vitamina D, favorecen su bioasimilación.
Como ya hemos comentado anteriormente, los yogures caseros son aptos para
intolerantes a la lactosa, puesto que ésta ha sido degradada a ácido láctico
por las bacterias, pero los que adquirimos en un supermercado no tienen por qué
serlo, ya que muchas veces llevan añadida lactosa como edulcorante o leche en
polvo como espesante, y en ese caso sí que contienen lactosa.
Dato
curioso
El
biólogo Iliá Méchnikov, a principios del siglo XX, intrigado por la longevidad
de los campesinos búlgaros, estudió su dieta alimenticia y llegó a la
conclusión de que el gran consumo de yogur era, en parte, el responsable de su
alta esperanza de vida. Convencido de que los Lactobacillus mejoraban la flora
intestinal y eran esenciales para una buena salud, Méchnikov popularizó el
yogur por toda Europa.
Las teorías de Méchnikov también llegaron a España. El documento más antiguo
que acredita la venta de yogures en nuestro país se remonta a 1911, a un
anuncio publicitario de un periódico de Barcelona. Pero hasta su
popularización, en la década de 1960, en muchos lugares de España los yogures
sólo podían adquirirse en farmacias.
§. Cocido gallego
Uno de los platos más tradicionales de la cocina gallega que mi abuela me
enseñó a hacer es el cocido. El primer paso para hacer un buen cocido comienza
el día anterior: hay que escaldar la verdura y dejar en remojo las habas, los
garbanzos y los productos en salazón, como el jarrete, el lacón, la costilla,
el morro o las orejas de cerdo.
Aunque mi abuela hacía todos esos pasos por tradición y no habría sabido darles
una explicación científica, lo cierto es que se trata de auténticos procesos
químicos.
Con el escaldado de la verdura —que consiste en introducirla, previamente
lavada, en agua hirviendo durante cinco minutos, y a continuación enfriarla
rápidamente bajo el chorro de agua fría para cortar la cocción—, además de
limpiarla, conseguimos por un lado inhibir las reacciones enzimáticas
indeseables (por destrucción térmica de las enzimas presentes en ella que en
otro caso darían lugar a aromas, sabores o coloraciones extrañas y causarían la
pérdida de vitamina C), y por otro, estabilizar el color verde por activación
de las clorofilas, fortalecer la textura de la verdura por la activación de la
pectinmetilesterasa (una enzima que cataliza la conversión de la pectina en
ácidos pectínicos que interactúan con el calcio aumentando la rigidez de la
estructura) y disminuir el tiempo de cocción del producto final. Si al día
siguiente decidiésemos no hacer ese cocido, al menos tendríamos la verdura
lista para ser congelada.
Por otro lado, cuando dejamos los garbanzos o las habas en remojo para que se
hidraten, tiene lugar un proceso que se denomina ósmosis por
el cual el agua, que en este caso es el disolvente, se difunde a través de las
paredes celulares de las legumbres y entra en sus células. Al ser
semipermeables, las paredes celulares dejan pasar el agua, pero no otras
sustancias que pueden estar disueltas en ella. Este proceso se produce
espontáneamente en la naturaleza, ya que la proporción de disolvente y
sustancias disueltas entre dos compartimientos separados por una membrana
semipermeable tiende siempre a equilibrarse.
El desalado de los productos en salazón es una operación que se denomina extracción
sólido-líquido en la que se transfieren principalmente, de la carne
salada al agua de desalado, los iones de la sal, el catión sodio y el anión
cloruro. Además, esta pérdida de sal implica disolver parte del sistema
muscular de la carne, por lo que, además, se transfieren proteínas solubles al
agua.
El mismo día que se quiere comer el cocido continúan los procesos químicos. Se
llena de agua la olla a presión por debajo de la mitad y se añaden en frío las
habas y la carne desalada. Se cierra la olla y se pone al fuego hasta que
hierva. El agua hierve a los 100 °C, pero como se trata de una olla a presión,
en este caso hervirá por encima de esa temperatura.
Una vez que el agua haya empezado a hervir, bajamos el fuego y esperamos a que
la olla pierda presión. Es entonces cuando introducimos los garbanzos, la
verdura y el chorizo y dejamos hervir durante media hora. Mientras hierve,
todos los compuestos solubles en agua irán disolviéndose, así que vuelve a
tratarse de un proceso de extracción. A medida que la temperatura va
aumentando, también las grasas de la carne se van desprendiendo, pero como la
grasa no es soluble en el agua y además es menos densa, pasa a ocupar la parte
superior formando una capa inmiscible con el resto del agua.
Transcurrida media hora se vuelve a bajar el fuego y se deja que la olla pierda
presión hasta que se pueda volver a abrir. En ese momento añadimos las patatas
y corregimos el punto de sal. Dejamos hervir durante media hora más y el cocido
estará listo.
El almidón, componente principal de las patatas, es un glúcido formado por la
unión de dos monosacáridos: la amilosa y la amilopectina. En el proceso de
cocción de la patata ésta se hidrata y los gránulos de almidón aumentan de
tamaño unas cien veces respecto a su tamaño inicial. Con el calor se rompe el
ordenamiento de las moléculas de amilosa y amilopectina del gránulo y pequeñas
moléculas de amilosa se escapan del interior. Éstas forman una especie de red
que atrapa las moléculas de agua y los gránulos de almidón formando una pasta
viscosa que da como resultado la textura que adquiere la patata cocida. Este
proceso químico es una gelatinización, igual que ocurría con el
pan.
Cuando hacemos un cocido observamos que la carne no se oscurece como cuando la
asamos o la freímos. Esto es debido a que la reacción de Maillard no tiene
lugar, ya que para que ésta se produzca la temperatura tendría que alcanzar los
200 °C, y en un cocido apenas supera los 100 °C del punto de ebullición del
agua.
Si dejamos enfriar el cocido hasta que alcance la temperatura ambiente,
observaremos otro proceso químico, y es que toda el agua del cocido adquirirá
la consistencia de una gelatina. Esto es debido al colágeno. El colágeno es una
proteína que se encarga de dar firmeza a la piel y se encuentra en abundancia
en los cartílagos y los huesos, así que, si hemos usado lacón con hueso, morro
u oreja, habremos introducido una gran cantidad de colágeno en el cocido, y
como éste es soluble, habrá pasado al agua. Cuando el colágeno se enfría es
capaz de formar un entramado en forma de red que es el responsable de la
apariencia gelatinosa del caldo. Una vez que volvamos a calentar el cocido, ese
entramado dejará de ser estable y recuperaremos el caldo líquido.
Un sabroso caldo gallego que, como vemos, esconde mucha más química de la que
mi abuela ni siquiera podía llegar a imaginar.
§. Merengues al horno
Uno de los postres más habituales y más rápidos de hacer, con los que mi abuela
conseguía endulzar los domingos por la tarde, son los merengues al horno. Con
todos los procesos químicos que ya hemos repasado, entender cómo se forma este
merengue va a ser muy sencillo.
Para elaborar merengues lo único que necesitamos es clara de huevo y azúcar. La
clara de huevo es una disolución de proteína ovoalbúmina en agua, junto con
otras proteínas minoritarias. Esta proteína tiene una estructura tridimensional
que se da en todas las proteínas de una manera u otra y que es fundamental para
el funcionamiento de las proteínas, porque de su estructura depende la función
que desempeñan en el organismo. Existen varias formas de deshacer esta
estructura de las proteínas, bien por acción de calor, bien por agitación.
Cuando las proteínas pierden su estructura, se dice que se desnaturalizan y
se convierten en sustancias amorfas, sin orden interno, tanto que ni la luz es
capaz de atravesarlas. Por ese motivo cuando batimos un huevo o cuando lo
calentamos, la clara se va volviendo blanca, opaca a la luz.
Lo primero que hacemos para preparar un merengue es batir la clara de los
huevos hasta que ésta se desnaturalice, es decir que los enlaces que mantienen
su estructura tridimensional se rompan. Si seguimos batiendo, estas proteínas
desnaturalizadas comenzarán a coagular, a formar nuevos agregados
de proteínas con una nueva estructura que es capaz de almacenar aire en su
interior. Una vez que se haya formado una espuma consistente, lo que llamamos
poner a punto de nieve, podemos añadir el azúcar, que se disolverá y ayudará a
fortalecer la estructura del coagulado evitando que la espuma se desinfle. Si
en lugar de azúcar empleásemos almíbar, una disolución saturada de azúcar en
agua, obtendríamos el merengue de las tartas frías, también llamado merengue
italiano. Si horneamos este merengue, produciremos dos reacciones: por un lado
la caramelización del azúcar, responsable de la costra del merengue, y por otro
lado la reacción entre los aminoácidos de las proteínas del huevo con el azúcar,
la ya famosa reacción de Maillard, responsable de que el merengue amarillee y
adquiera un sabor más intenso.
Sin ser consciente, la química rodeaba a mi abuela, todos los días pasaba
varias horas en su laboratorio de casa, creando, experimentando, utilizando
sartenes y cazos en lugar de matraces de laboratorio. Ella no podía desleír un
polvo amarillento sobre la leche para hacer un flan, sino que tenía que
encargar los mejores huevos. No podía utilizar garbanzos de bote, sino dejarlos
en agua desde la noche anterior y cocerlos ella misma. Para ella cocinar
implicaba dedicar su tiempo y amor a los demás.
Ella
me enseñó todo lo que sabía, delegó en mí para que todo siguiese siendo igual,
aunque ella ya no pudiese hacerlo. Yo le pondría otros nombres y vería
moléculas en cada ingrediente, pero el resultado seguiría siendo el mismo. La
lección que aprendí de ella es que, aunque sepa todas esas cosas, esa intimidad
química de los alimentos, lo fundamental en la cocina, como de cualquier cosa
en la vida, es poner amor en ella.
A día de hoy, aunque mi abuela no esté, cada vez que preparo algo especial para
mi familia en realidad lo preparo con ella. Utilizo sus palabras y sus modos,
los trucos que ella me enseñó y que ni la química puede explicar. Me dejó sus
recetas en herencia, su día a día en mi día a día. Se marchó y lo dejó todo
inundado con su bondad.
La
química es el paradigma de la ciencia que busca el orden, la que agrupa
elementos y tipos de enlaces, la que se maravilla con los cristales, se
inquieta ante los fluidos y estudia, con serenidad, las transformaciones de la
materia. Es la ciencia que persigue sofisticadas teorías que aúnan todas las
propiedades de la materia y de sus cambios con el deseo de que las cosas, a
pesar del caos, se nos revelen discretas y elegantes.
La química es una forma de entender la realidad, de cuestionar cómo son las cosas,
de afrontarlas siguiendo unos procedimientos, hasta la fecha, incontestables,
desprovistos de argucias diletantes y vaguedades, pues la química es ciencia
básica y como tal, es prudente. No da respuestas si no ha llegado a ellas. No
es pretenciosa en sus quehaceres ni en sus conclusiones: describe la realidad
que conoce, pero rehúye de sus porqués más profundos. La química, como
cualquier ciencia, no está en posesión de la Verdad, en mayúsculas, pero
tampoco la busca. No es el cometido de la ciencia llegar a resolver las
cuestiones vitales, a pesar de que esas cuestiones hayan sido la inspiración y
la finalidad original de la ciencia. La química es un modo de adquirir y
construir conocimiento.
Gracias a la química he podido apreciar el alma de las cosas, más allá de su
apariencia, encontrar belleza tanto en lo cotidiano como en lo exuberante. Y es
que la química me ha convertido en una exploradora incansable, me anima a
adentrarme en los senderos que todavía no he transitado, me permite descubrir
nuevos matices en las calles por las que camino cada día y preserva mi asombro
párvulo a pesar de todo lo que lleve andado.
La química me ha servido para apreciar los materiales, para leer el código
silencioso de sus propiedades, para entender su paso por la historia. Ha
ampliado mi horizonte de conocimiento, lo ha diversificado, pues la química
está presente en cualquier disciplina, desde las propiamente científicas hasta
las humanísticas. La química es Cultura.
Todos esos conocimientos, una vez integrados en nuestra vida cotidiana, nos
convierten en personas capaces, libres de elegir, con el poder de tomar
decisiones justas e íntegras. El conocimiento es lo que nos protege del engaño,
lo que nos permite sortear un mayor número de errores, lo que nos facilita el día
a día, lo que nos hace felices, libres y responsables.
La química nos permite avanzar e ir construyendo la historia con pasos firmes,
sobre un terreno bien cimentado. Gracias a ella seguimos prosperando, hemos
ganado calidad de vida, confianza, seguridad y nos hemos responsabilizado de la
salvaguardia del medio ambiente. La química es vida y progreso.
Cuantos más conocimientos de química aprendo, más libre, afortunada e intensa
siento mi existencia, más inapelable y más feroz. Esta exploración es para mí
un incansable paseo a la deriva en el que he aprendido a ver belleza en cada
uno de sus recodos. He aprendido que la búsqueda de sentido es voluntad, que no
es fin, sino deriva. Y la ciencia, a lo largo de ese paseo, me libera de los
zapatos y me permite sentir cómo mis pies descalzos se hunden en la tierra.
·
Asimov, Isaac, Breve historia de la química,
Alianza, 1975.
·
Babor, Joseph A., José Ibarz Aznárez, Química general
moderna, Marín, 1965.
·
Boyer, Rodney, Conceptos de bioquímica,
International Thomson Editores, 1999.
·
Brock, William H., Historia de la química, Alianza,
1998.
·
Doerner, Max, Los materiales de pintura y su empleo en
el arte, Reverté, 1995.
·
Klein, Cornelis, Cornelius S. Hurlbut, Jr., Manual de
mineralogía basado en la obra de J. D. Dana, Reverté, 1997.
·
Méndez Vivar, Juan, «Influencia de la química en el arte
pictórico» , ContactoS N° 79, 2009.
·
Mulet, J. M., Comer sin miedo, Destino, 2014.
·
Nassau, Kurt, The Physics and Chemistry of Color: The
Fifteen Causes of Color, 2nd Edition, 2001.
·
Petrucci, Ralph H., William S. Harwood, F. Geaffrey
Herring, Química general. Enlace químico y estructura de la materia,
Pearson, 2003.
·
Román Polo, Pascual, Mendeleyev, el profeta del orden
químico, Nivola Libros Ediciones, 2002.
·
Skoog, Douglas A., Donald M. West, F. James Holler, Stanley R.
Crouch, Química analítica, McGraw-Hill, 2001.

No hay comentarios:
Publicar un comentario