© Libro N° 6205.
Historia De La Física. Papp, Desiderio. Emancipación. Julio 13 de 2019.
Título
original: © Historia De La Física. Desiderio Papp
Versión Original: © Historia De La Física. Desiderio Papp
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición
digital de Versión original de textos:
http://www.librosmaravillosos.com/historiadelafisica/index.html
Licencia Creative Commons:
Emancipación
Obrera utiliza una licencia Creative
Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única
condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión
cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos
publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del
conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a
Versiones originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente
educativos y está prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Portada E.O. de Imagen original:
http://www.librosmaravillosos.com/historiadelafisica/index.html
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
HISTORIA DE LA FÍSICA
Desiderio Papp
CONTENIDO
Parte
1. Desde los griegos hasta los albores del renacimiento
La
física en la antigüedad
La
física en la Edad Media
Precursores
de la ciencia moderna
Parte
2. El triunvirato Galileo-Huygens-Newton
Galileo
Discípulos
y contemporáneos de Galileo
Huygens
Newton
Parte
3. La época post newtoniana
La
física del siglo XVIII
Parte
4. La física del siglo XIX
La
corriente eléctrica desde Galvani hasta Ohm
Victoria
de las ondas luminosas
La
edad heroica de la espectroscopia
El
átomo y la naturaleza del calor: desde Dalton hasta Boltzmann
La
obra de Faraday
Maxwell,
Hertz y Lorentz
Epílogo.
Hacia nuevos horizontes: rayos catódicos y rayos X
Apéndice.
Selección de textos clásicos
Físicos
del siglo XVII
Físicos
del siglo XVIII
Físicos
del siglo XIX
A la
memoria de mis padres.
Capítulo
1
La física en la antigüedad
Contenido:
1.
Conocimientos de los pueblos en el antiguo Oriente
2. Los griegos antes de Aristóteles
3. La física de Aristóteles
4. Arquímedes: El museo de Alejandría
5. Mecánica práctica y óptica en Alejandría
1.
Conocimientos de los pueblos en el antiguo oriente
La
prehistoria; Mesopotámicos y egipcios
A
través de millares de años, el hombre llegó a adquirir un conocimiento
instintivo y vago de la autonomía de los fenómenos de la naturaleza; había
logrado, guiado por la experiencia y el sentido común, un fondo de saber
técnico. El empleo del fuego y el uso del pedernal, los recursos puestos en
juego por el hombre prehistórico en la fabricación de armas y arados, las
herramientas utilizadas en el tallado de la madera y piedra, y más adelante de
los metales, así como la invención de la rueda para sus toscos vehículos,
atestiguan que los comienzos de la «física aplicada» preceden en mucho a la
adquisición incluso de los más rudimentarios y modestos elementos de la
«ciencia física». En medio de una naturaleza hostil, el hombre primitivo tuvo
que actuar antes de poder razonar. Cuando el telón se levanta sobre la historia
de la civilización y los documentos, tablillas y papiros con caracteres
cuneiformes y jeroglíficos comienzan a revelamos conquistas mentales y
prácticas de los babilonios y egipcios, éstos se encuentran ya en posesión de
un acervo de conocimientos que un muy largo período preparatorio, gracias a la
tradición oral, les había dado como herencia.
Más de dos mil quinientos años antes de nuestra era, los babilonios habían
adoptado un sistema de unidades para medir la longitud, el volumen, la masa y
la duración. Las unidades patrones de peso y capacidad eran —desde tan remota
fecha— impuestas por decretos reales. Gracias a su extraordinario interés por
la astrología, los mesopotámicos adquirieron una sorprendente habilidad en la
determinación de la duración y de las magnitudes angulares. A ellos debemos la
división del día en veinticuatro horas y la del círculo en 360 grados. Sus
relojes de agua, las clepsidras, transmitidos por los griegos y romanos al
Medievo, eran todavía de empleo corriente en tiempo de Galileo. Según nuestros
conocimientos actuales, algunos elementos de la cinemática, indispensables para
el estudio de los movimientos celestes, eran familiares a los babilonios:
conocían la diferencia entre movimiento uniforme y movimiento discontinuo,
concebían la velocidad como relación entre el espacio recorrido y el tiempo,
distinguían entre velocidad lineal y velocidad angular.
Mientras
que la asidua observación del firmamento, cuyo objeto era obtener pronósticos,
permitió adquirir a los astrólogos súmenos y babilónicos rudimentarias nociones
de la cinemática, faltaba esta actividad a los sacerdotes del valle del Nilo,
menos dados al culto y al estudio de los astros. Pero, en cambio, los egipcios
superaron la cultura mesopotámica en cuanto a técnica y arte. Admirables
arquitectos, cuyas monumentales construcciones habían de perdurar por milenios,
los ingenieros de Egipto se servían ya dos mil años antes de nuestra era de
máquinas simples, del plano inclinado, de la palanca, de la cuña y del
tornillo. Como atestiguan los relieves sepulcrales y otras representaciones
artísticas, el empleo de la balanza con brazos iguales, del soplete y del
fuelle les era familiar. Los diques que elevaron, los canales que construyeron,
la habilidad con que sabían asegurar el riego de los campos, tan importante en
el país, sugieren que no les faltaban conocimientos elementales de
hidromecánica. Mas la pretendida ciencia secreta en el dominio de la óptica o
aun de la electricidad, que durante algún tiempo fue atribuida a los taciturnos
hierofantes de Menfis, Heliópolis y Denderah.es solamente una leyenda de la que
ningún documento da fe.
Derivados
de las exigencias de la vida cotidiana, los conocimientos logrados por las dos
grandes culturas orientales, que el Occidente pudo aprovechar gracias a los
mediadores griegos, no habían alcanzado en ninguna rama del saber la jerarquía
de ciencia.
Inventores de herramientas prácticas, pacientes observadores y calculadores, y
sobre todo recopiladores de conocimientos útiles, ni los babilonios ni los
egipcios se esforzaron por hacer una síntesis de sus descubrimientos y no
tuvieron la curiosidad de preguntarse si detrás del montón de hechos que con
tanto esfuerzo habían reunido no se escondía la idea unificadora de un sistema.
A su
incapacidad para penetrar más allá de los datos proporcionados por un grosero
empirismo, se agrega otra limitación, más grave todavía: el hermetismo de sus
investigaciones científicas, estrictamente ligadas a sus creencias religiosas.
Todo cambia cuando los griegos salen al escenario de la historia. Con ellos
surge la osadía de liberar de las ataduras de la mitología el estudio de los
fenómenos y la noble pasión de buscar su comprensión desinteresada. Su
predilección por las hipótesis amplias y las deducciones lógicas los lleva a
reunir los hechos en grandes sistemas. Con ellos comienza la historia de la
física.
2.
Los griegos antes de Aristóteles
Tales
y los jónicos; Los descubrimientos de los pitagóricos; El atomismo de Demócrito
Sojuzgado
por los invasores medos y ninivitas, el imperio asirio, centro de la cultura
mesopotámica, acababa de ser borrado del mapa del mundo, cuando, a principios
del siglo VII antes de Jesucristo, en las costas del mar Egeo, Jonia se
convirtió en mediadora entre la vieja sabiduría del Oriente y la nueva del
Occidente, ya que en esta época iba a revelarse el genio griego, creador de la
filosofía y de la ciencia. La floreciente capital de Jonia, Mileto, entonces la
mayor ciudad de Grecia, fue el asiento de la escuela, cuyo fundador Tales
(floreció hacia 580 a. de J. C.) inició, según el juicio de Aristóteles, la
investigación racional de la naturaleza.
Tales
y sus discípulos intentaron reducir la complejidad del mundo físico a la
metamorfosis de una sustancia única. Sobre la naturaleza de esta materia
primordial el maestro y sus discípulos no estaban de acuerdo. Pero poco importa
que dicha materia sea el agua, como en la hipótesis de Tales, o una sustancia
ilimitada que escapa a nuestros sentidos, como enseñaba Anaximandro (610-547
antes de J. C.), o el aire, como quería Anaxímenes (floreció hacia 540 antes de
J. C.), o el fuego etéreo, según afirmaba Heráclito (576- 480 a. de J. C.), lo
esencial es que estos pensadores tuvieron la osadía de abstraer el mundo
físico, de sustraer la sustancia al juego de las fuerzas naturales y buscar
para los fenómenos una explicación accesible a la razón.
Tal vez parezcan hoy infantiles las especulaciones de los jónicos sobre la
materia. Sin embargo, el fuego etéreo de Heráclito de Éfeso no era una llama
material, sino una fuerza motriz universal, un concepto afín a la energía de
nuestra física. Este profundo pensador concibe al universo bajo su aspecto
dinámico, como una eterna serie de cambios, anticipando una idea lo suficiente
amplia como para incluir a la vez la teoría cinética de los gases y la
evolución darwiniana de las especies vivientes. Hasta donde los escasos fragmentos
que subsisten de sus escritos permiten afirmar, Heráclito era un espíritu
sorprendentemente moderno: ponía en guardia a los filósofos aconsejándoles no
entregarse demasiado a los datos de los sentidos, puesto que éstos son testigos
falaces (χαχοι μαρτνροι). Esta opinión fue también la de Parménides de
Elea (nacido hacia 540 a. de J. C.), en otros aspectos antagonista del
pensamiento de Éfeso.
Aristóteles
Los
cambios que creemos observar en la naturaleza, enseñaba Parménides, sólo son
impresiones ilusorias de nuestros sentidos. La diversidad y multiplicidad de
los fenómenos es irreal, y detrás de ellos se esconde una realidad eterna e
inmutable. En tanto que Heráclito procura explicar el mundo físico en base de
perpetuos cambios, Parménides trata de reducir el universo a una esencia
constante. La dualidad de estas antítesis se resuelve en unidad en la física de
nuestros días. El físico busca y encuentra magnitudes constantes en medio de
las características variables de los fenómenos.
Aún no se había eclipsado la nombradía de los filósofos jónicos cuando otra
escuela, la de Crotona, en Italia, acababa de adquirir gran reputación. Su
fundador, Pitágoras de Samos (569-470 antes de J. C.), era jónico. Para escapar
del tirano Polícrates, dejó su ciudad natal y se estableció en la Italia
meridional, donde rodeado por un núcleo de entusiastas alumnos, hizo de Crotona
un centro de la sabiduría griega.
En oposición al positivismo de los jónicos, Pitágoras enseñó la inmaterialidad
del alma y la metempsicosis; sus adeptos, entregados incondicionalmente a las
palabras del maestro, formaron una especie de cofradía religiosa sujeta a
severas reglas. La escuela subsistió durante varios siglos en Italia meridional
y en Sicilia, y los alumnos terminaron por convertir a Pitágoras en un
iluminado y aun en un semidiós. «Hay tres especies de seres razonables
—declaraban—: los hombres, los dioses y aquellos que se asemejan a Pitágoras.»
Los
descubrimientos que la tradición atribuye a Pitágoras son en realidad los de su
escuela, sin que podamos atribuir el mérito a un hombre particular.
«Los pitagóricos —escribe Aristóteles— consideran el número como el principio,
como la sustancia de que se compone la existencia.» En efecto, el sabio de
Samos y sus adeptos reconocían que las diferencias cuantitativas de las cosas
pueden ser traducidas en diferencias cuantitativas; este descubrimiento es de
capital importancia, puesto que está en la base de todas las descripciones que
la física matemática puede dar de los fenómenos.
Un
hallazgo en el dominio de la acústica contribuyó probablemente a convencer a
los pitagóricos de la exactitud de su idea maestra. Con ayuda del monocordio
encontraron que cuerdas igualmente tensas dan la nota fundamental, la cuarta,
la quinta y la octava, si sus longitudes se relacionan como los números 1, 3/2,
4/3, 2.
Su axioma apriorístico que simples relaciones numéricas rigen el universo, los
condujo a sobrestimar enormemente el alcance de su descubrimiento acústico y
hacer del firmamento una especie de caja de música, asimilando los intervalos
planetarios a los intervalos musicales. Se conoce el extraordinario éxito de la
cosmología, cuyo eco puede ser seguido, a través de veintiún siglos, hasta
Kepler y aun más acá.
Los pitagóricos reflexionaron también acerca de los problemas ópticos e
intentaron dar una teoría de la visión. El ojo envía en línea recta sus rayos
visuales, los cuales alcanzan el cuerpo percibido y, a consecuencia del choque
que reciben de éste, excitan la sensibilidad del ojo ¿Por qué los objetos
pequeños, colocados a cierta distancia, son invisibles? Porque los rayos
visuales son divergentes, y cuanto más se alejan del ojo, tanto más espacio
dejan entre ellos, responden los pitagóricos.
Los pitagóricos, aunque fuesen los primeros en reconocer la cardinal verdad de
que vivimos en un mundo susceptible de expresión matemática, sólo enriquecieron
modestamente el acervo de nuestros conocimientos positivos en física. El centro
de gravedad de su contribución a la ciencia se asienta en sus descubrimientos
geométricos y en el alcance de su doctrina básica, cuya influencia es una
fuerza viva y sensible incluso en nuestros días.
No
menos profunda y perdurable que la influencia de la tesis pitagórica ha sido la
de la escuela atomística, fundada por Leucipo y su discípulo Demócrito. Nada
sabemos del maestro, cuya misma existencia ponen en duda algunos historiadores,
pero estamos mejor informados sobre su ilustre adepto Demócrito de Abdera
(aproximadamente 460-400 a. de J. C.). Igual que Tales, realizaba largos viajes
que le pusieron en contacto con los sabios de Egipto, Persia y la India. Como
gastó su patrimonio en costosos viajes de estudio, al retornar a su ciudad
natal se vio obligado a vivir de la modesta pensión que le acordaron sus
compatriotas. Espíritu universal y uno de los pensadores más agudos de la
antigüedad, trató en sus escritos, de los cuales sólo nos han llegado algunos
fragmentos, los problemas más diversos, desde la física y la cosmología hasta
la zoología y la medicina. «Reflexionó sobre cuanto se puede saber» dice
Aristóteles hablando del sabio de Abdera.
En
oposición a los eleáticos, los protagonistas de la escuela de Abdera afirmaron,
según el testimonio del estagirita, la realidad del vacío. Dividir la materia
—afirmaban— equivale a eliminar los intersticios vacíos existentes entre sus
partículas; si fuera posible poner al descubierto todos esos intersticios, los
fragmentos dejarían de ser divisibles. Estas partículas últimas, indivisibles,
de la materia, son los átomos. En continuo movimiento, infinitos en número,
empujados por un destino ciego, los átomos constituyen —enseña Demócrito— toda
la sustancia del universo.
Las propiedades de los cuerpos se explican por la forma geométrica, posición y
tamaño de sus invisibles átomos. Las transformaciones de la materia no son otra
cosa que cambios de disposición, un reajuste de los átomos, cuyos perpetuos
movimientos están en la base de todos los fenómenos del mundo físico y aun
psíquico.
Los átomos son duros, homogéneos, incompresibles e indestructibles; no poseen
color ni sabor, dado que esas propiedades sólo son accidentales, subjetivas.
Los movimientos de los átomos son incausados: existen desde la eternidad; en el
hierro o en la piedra, los átomos sólo pueden vibrar, mientras que en el fuego
o en el aire recorren grandes distancias. No sabemos si Demócrito atribuyó peso
a los átomos, pero los epicúreos, adeptos a la escuela encabezada por Epicuro
de Samos (342-270 a. de J. C.), así lo hicieron.
La doctrina de la escuela de Abdera es la cuña filosófica tanto del atomismo
como del cinetismo de la materia. Su repercusión fue profunda y su eco en la
historia de la química, y de la física ha sido más perdurable que el de
cualquier otra doctrina de la antigüedad. Combatidas por Aristóteles y los
peripatéticos, defendidas por los epicúreos grecolatinos, entre ellos por el
genial poeta Lucrecio, las ideas de Demócrito jamás dejaron de actuar como
fermento y nunca fueron completamente olvidadas, ni siquiera en la Edad Media.
En los siglos XVII y XVIII el atomismo contó con numerosos adeptos entre los
físicos y químicos, y cuando en los albores del siglo XIX Dalton dio base
experimental a la doctrina meramente intuitiva de Demócrito, no hizo más que
iniciar una nueva fase de una evolución continua, cuyos principios se remontan
al gran abderense.
La
obra de Demócrito constituye una enciclopedia tan vasta y sistemática como la
de Aristóteles. Por desgracia, solamente poseemos algunos fragmentos
conservados merced a las críticas de sus adversarios. «Actualmente —dice con
razón Partington— son muchas las personas que cambiarían con placer casi todos
los diálogos de Platón por una parte de la obra del abderense.»
3.
La física de Aristóteles
Vida
y personalidad de Aristóteles; Las dos categorías de la materia; Doctrina del
lugar natural; Descubrimientos cinemáticos; El problema del vacío; Aristóteles
y la óptica.
Pensador
más enciclopédico que todos los que le precedieron, Aristóteles (384-322 a. de
J. C.), el gran sistematizador del saber antiguo, es quizá, tanto por la
riqueza de sus conocimientos como por la sagacidad de sus juicios, el espíritu
más universal que la historia conoce. Codificador de la lógica y de la ética,
biólogo, cosmólogo y físico, dejó profundas huellas de su genio en cuanto temas
trató. Hijo del médico Nicómaco, Aristóteles nació en Calcídica, en la pequeña
ciudad de Estagira.
A los dieciocho años de edad fue admitido en la Academia de Platón, donde
permaneció dos decenios como discípulo dilecto del maestro. Después de la
muerte de Platón, pasó algunos años en la corte de Hernias, personaje
interesante que de esclavo en su juventud terminó su carrera como tirano de la
ciudad de Atarne, en Asia Menor.
En el año 342 le confió Filipo de Macedonia la educación de su hijo Alejandro,
cuyas conquistas debían cambiar con el tiempo la faz del mundo.
Cuando Alejandro sucedió a su padre en el trono, su preceptor volvió a Atenas.
En este momento tenia Aristóteles casi cincuenta años y la mayor parte de su
obra estaba todavía por hacer. En los jardines de Lykaios estableció su célebre
escuela, llamada más tarde peripatética, por la costumbre que tenía el maestro
de enseñar paseando. Mal visto por muchos atenienses y prácticamente extraño en
la ciudad-estado, Aristóteles no gozó en Atenas de la veneración y la
tranquilidad que habían rodeado a Platón. A la muerte imprevista de Alejandro
Magno, Aristóteles, amenazado por la venganza de sus adversarios políticos,
hubo de abandonar Atenas y refugiarse en Calcis, donde murió a la edad de
sesenta y tres años.
Como hombre de ciencia, Aristóteles es en primer término, un naturalista: el
primer gran biólogo de la historia. «Linneo y Cuvier —decía Darwin— los dos
ídolos de mi juventud, sólo son, en realidad, escolares si los comparamos con
el viejo Aristóteles.» ¡Sin embargo, su método de investigación y sus
concepciones, que le permitieron lograr en la embriología notables
descubrimientos y crear una clasificación de los seres vivientes que no fue
sobrepasada hasta el siglo XVIII, le guió con mucho menos seguridad en sus
investigaciones sobre problemas de la mecánica y de la física, las
observaciones meramente cualitativas le bastaron para darle una base empírica
en zoología, pero no pudieron prestarle los mismos servicios en física; por
otra parte, sus convicciones vitalistas y finalistas, que a menudo trasladaba
de la naturaleza orgánica a la inorgánica, lo llevaron forzosamente a inferir
conclusiones erróneas.
A pesar de que hacía abundante uso del método inductivo —contra lo que a veces
pretenden algunos autores de manuales—, Aristóteles, padre de la lógica formal,
tenía inclinación a sobrestimar el alcance de las deducciones lógicas, a partir
de premisas preconcebidas y a olvidar un poco que la lógica, privada del apoyo
de la experiencia, queda reducida a una dialéctica de la prueba, sin poder
conducir a verdaderos hallazgos. No obstante estas deficiencias, la mecánica de
Aristóteles no es por completo estéril y contiene algunos conocimientos nuevos
y positivos.
Los
objetos del universo, según Aristóteles, se dividen en dos categorías: En el
cielo, en la naturaleza supralunar, los cuerpos son
indestructibles, eternos, inmutables; si cambian, pasan por fases que se
repiten indefinidamente con perfecta regularidad; a estos cuerpos invariables
les concede Aristóteles un movimiento cuyos elementos serían invariables: el
movimiento uniforme y circular.
En
la Tierra y en sus vecindades coloca Aristóteles la materia propiamente dicha,
sujeta a verdaderos cambios. Profundizando una idea de los eleáticos, el
estagirita admite que cada cuerpo tiene su lugar natural: los cuerpos livianos,
fuego y aire, tienden por su naturaleza inmanente a ir hacia arriba; los
cuerpos pesados, agua, piedras, metales, hacia abajo. La ascensión de los
cuerpos livianos y el descenso de los graves son movimientos naturales, en
oposición a los movimientos forzados (el de una piedra arrojada) que se
efectúan contrariando la tendencia de buscar el lugar predeterminado.
Por diferentes que sean el movimiento natural y el forzado, ambos necesitan un
agente motor, que siempre debe estar, sin intermediario, con lo movido. Sin el
contacto con su motor, ningún cuerpo podría moverse. En el caso del movimiento
natural, el motor es eterno (está en el cuerpo); en el movimiento forzado, el
motor es perecedero, casual. Aristóteles aplica esta hipótesis al análisis del
tiro oblicuo, compuesto por tres clases de movimientos: forzado, mixto y
natural.
La
parte ascendente de la trayectoria es una curva, la parte mixta recta, la parte
descendente nuevamente una curva. Si el tiro es vertical, la parte mixta se
reduce a cero. ¿Cómo conciliar el fenómeno del tiro con el postulado según el
cual el motor debe estar en contacto con el móvil? Desde el momento en que cesa
el contacto del proyectil con el instrumento que lo lanzó, el aire se cierra
detrás del proyectil y los transporta, explica el estagirita. Igualmente, es el
aire el que actúa, según Aristóteles, en la caída libre, como factor de
aceleración.
Por cierto, las leyes fundamentales de la cinemática aristotélica — mezcla de
ideas metafísicas y de toscas observaciones— no resistieron la crítica de los
innovadores renacentistas, y ninguna pasó a la mecánica de Galileo.
Empero,
los errores básicos de su mecánica no impidieron al estagirita realizar algunos
descubrimientos verdaderos. En el análisis del tiro vertical, reconoce la uniformidad
de la aceleración, negativa cuando el cuerpo asciende, positiva cuando cae.
El estudio de la palanca le permite observar que de dos fuerzas iguales que
elevan por medio de ese instrumento una carga, la mayor exige un desplazamiento
menor; de este modo entrevé el principio de las velocidades virtuales. Estudiando
el problema de la sensibilidad de balanzas con brazo largo y brazo corto, llega
al principio del paralelogramo de movimientos, que enuncia de
la siguiente manera:
«Un
cuerpo que se mueve según una determinada razón, lo hace a lo largo de una
recta representada por la diagonal del paralelogramo formado por dos rectas que
están en dicha razón.»
Aristóteles
hace uso, aunque solamente en un caso especial, del momento estático. Del
mismo modo, es él quien enuncia que «haciendo actuar una misma fuerza, la
velocidad del cuerpo liviano es a la del cuerpo pesado, como el pesado es al
liviano», teorema que contiene el núcleo del futuro principio cartesiano de
la constancia del producto de la masa y de la velocidad.
Una
cuestión que se plantea Aristóteles, sin poder resolverla, revela que barajaba
pensamientos sobre la energía cinética, sin llegar, por
supuesto, a ese primordial concepto. ¿Cómo ocurre, se pregunta Aristóteles, que
un hacha en reposo no puede hendir la madera, mientras la misma hacha lo hace
si se le imprime una velocidad, aunque sea moderada?
En
oposición a la escuela de Demócrito, Aristóteles enseña la estructura continua
de la materia y no admite la realidad del vacío. La velocidad de los móviles,
razona Aristóteles, es inversamente proporcional a la resistencia del medio en
que se mueven. El vacío, donde la resistencia es nula, permitiría, pues,
movimientos con velocidad infinita; conclusión absurda que lleva al lógico a
rechazar como premisa la existencia del vacío.
La doctrina de la irrealidad del vacío, apoyada por los escolásticos de la Edad
Media, continuó hasta mediados del siglo XVII, es decir, hasta Torricelli y
Guericke, y llegó a perturbar a Galileo. Adversario del atomismo, Aristóteles
adoptó la teoría de los cuatro elementos formulada por Empédocles (siglo V a.
de J. C.).
Aire, fuego, tierra y agua —los elementos empedoclianos— no son, sin embargo,
los últimos constituyentes, sino más bien cualidades que confieren, en la
naturaleza sublunar, a la materia primaria, que es la única realidad física,
apariencia sensible. Además, Aristóteles agrega al cuarto elemento de
Empédocles un quinto elemento: el éter, constituyente primordial de la
sustancia eterna e inmutable de la naturaleza celeste. La teoría aristotélica
de los elementos —ligeramente modificada por los alquimistas medievales— fue
indiscutida en lo sustancial hasta Boyle, en el siglo XVII, y no desapareció
antes de la «revolución química» de Lavoisier, en el siglo XVIII.
Aristóteles sabía que el aire es pesado y vio su opinión corroborada por la
experiencia con un odre inflado; sin embargo, no podía explicar por qué el
odre, inflado y más pesado, flota sobre el agua, mientras que el odre
desinflado y, por consiguiente, más liviano, se hunde.
Como los pitagóricos, se interesó vivamente por los problemas de la acústica, y
es el primero en reconocer que los instrumentos musicales (cuerdas, silbatos)
producen sonidos poniendo el aire en movimiento. Conocía el fenómeno de la
reflexión de los sonidos. Su tentativa para explicar la altura de los sonidos
no fue, sin embargo, feliz: creía que los agudos se propagan más rápidamente
que los graves.
Las opiniones de Aristóteles sobre la naturaleza de la luz y el fenómeno de la
visión originaron fantásticas interpretaciones. Dos historiadores alemanes
intentaron convertir al estagirita en padre de la teoría ondulatoria,
otorgándole el mérito de haber asimilado la luz a ondulaciones del éter. En
realidad, Aristóteles, al rechazar la teoría pitagórica de la visión, admite
que la intervención del medio entre el ojo y el objeto percibido es esencial en
el fenómeno de la visión. En tanto que ese medio que Aristóteles llama διαφανής (transparente)
está en estado potencial —en estado de reposo—, hay oscuridad y el objeto no
puede ser percibido. Excitado por el fuego o por el éter, el διαφανής pasa
al estado activo —al estado de movimiento— y el objeto se vuelve visible.
Ningún pensador de la antigüedad tuvo influencia tan decisiva como Aristóteles
sobre la evolución del pensamiento científico. Endiosado por las centurias que
siguieron al eclipse del genio griego, y adoptado en el siglo XIII por la
Iglesia católica como «el filósofo» por antonomasia, su prestigio terminó por
convertirse en autoridad inflexible, que no fue eliminada hasta la revolución
renacentista.
A pesar de algunos descubrimientos que hemos indicado, la física es la parte
más débil de la inmensa obra de Aristóteles, y su enseñanza, erigida en dogma
por el Medievo, pesó hasta la época galileana como un lastre sobre el progreso
de la física. Mas si los acólitos de Aristóteles se sirvieron de éste como de
un arma contra la libertad de investigación, sería injusto endosar la
responsabilidad de olio al gran pensador de Estagira.
4.
Arquímedes
El
museo de Alejandría; Vida y personalidad de Arquímedes; La ley de la palanca;
La hidrostática de Arquímedes; La influencia de Arquímedes.
Las
décadas que siguen a la muerte de Aristóteles coinciden con el eclipse de la
luz de Atenas, como centro de filosofía y ciencia. La desaparición de Alejandro
Magno (323) desagregó el imperio del conquistador, y con la admirable ascensión
del Egipto helenizado surge una nueva capital intelectual, heredera de Atenas:
Alejandría.
Bajo la sabia dominación de los Tolomeos, Alejandría, con su célebre museo y su
rica biblioteca, se convierte en el cerebro del mundo.
Arquímedes
Acogidos en el museo y mantenidos con fondos del Estado, los sabios podían
entregarse, libres de toda preocupación material, a la investigación,
desinteresada. Fue en el museo de Alejandría, en los comienzos del período
alejandrino (siglo III a. de J. C.), donde enseñaron Euclides, el primer
sistematizador de la geometría, Aristarco, el genial precursor de Copérnico, y
Eratóstenes, matemático y eminente geógrafo.
En Alejandría realizaron sus obras los grandes ingenieros Ctesibio, Filón y
Herón. Es también allí donde encontramos en la última etapa de la historia de
la gloriosa escuela en el siglo II antes de Jesucristo a Claudio Tolomeo,
justamente célebre como astrónomo, físico y geógrafo. Todas estas
personalidades son hombres de ciencia, en el sentido moderno de la palabra, en
oposición a los que les precedieron, que eran más bien filósofos. Sobre el
suelo alejandrino la ciencia se separa de la filosofía para convertirse en un
conjunto de disciplinas particulares. La física, y sobre todo la mecánica, dejan
de ser dominio de especulación metafísica. Comienza la época de los
especialistas.
La figura más eminente del período alejandrino es Arquímedes de Siracusa
(287-212 a. de J. C.), el mayor matemático y mecanista de la antigüedad.
Vástago de una familia noble, probablemente emparentado con el rey Herón de
Siracusa, Arquímedes pasó la mayor parte de su vida en su ciudad natal, lo cual
no le impidió mantener estrechas relaciones con la escuela de Alejandría.
Algunos de sus más importantes escritos, redactados en forma de cartas, están
dirigidos a sus amigos alejandrinos, al geógrafo Eratóstenes, al geómetra Conón
y al astrónomo Dositeo.
¡Qué diferencia entre los pesados tratados de Aristóteles y las memorias
maravillosamente lúcidas de Arquímedes, sorprendentemente modernas, tanto por
su método como por su fondo! En efecto, el siracusano se nos aparece hoy lejos
del estagirita y más cerca de los grandes hombres del Renacimiento, como
Leonardo y Galileo.
Muchas anécdotas que nos han legado Plutarco, Tito Livio y algunos otros
historiadores, anécdotas bien conocidas, ponen de relieve su extraordinaria
personalidad. Pensador distraído, absorto por completo en sus problemas [1], investigador
entregado apasionadamente a los estudios teóricos, ingeniero desdeñoso de sus
admirables invenciones, tal es el cuadro que los escasos datos que nos han
llegado permiten formarnos del más grande teórico y técnico de la antigüedad.
Pero si estamos poco informados de su vida, conocemos mejor, gracias a
Plutarco, las circunstancias de su muerte.
Cuando las tropas del general romano Marcelo atacaron a la ciudad de Siracusa,
asediándola por mar y tierra, las máquinas de guerra ideadas por Arquímedes
desempeñaron la parte principal en la defensa de la plaza. Después de tomada la
fortaleza, el sabio, absorto en sus problemas geométricos, fue muerto por un
soldado Se sabe que pidió al soldado que se disponía a herirlo que no borrara
los círculos que había trazado en la arena. Así murió: geómetra hasta el último
momento. Sus compatriotas, según parece, no tardaron en olvidarlo; a Cicerón,
siglo y medio después, siendo cuestor en Sicilia, lo fue muy difícil encontrar
la tumba del sabio siracusano, oculta bajo las malezas. El orador romano la
había encontrado coronada, conforme a los deseos de Arquímedes, por un cilindro
circunscrito a una esfera, a fin de esquematizar a los ojos de los profanos el
descubrimiento arquimédico de las relaciones respectivas (3:2) entre los
volúmenes y superficies de ambos sólidos.
Uno de los más lúcidos genios matemáticos de todos los tiempos, Arquímedes se
adelantó en dos mil años a su época con sus trabajos
geométricos, que tratan acerca de superficies de figuras limitadas por
contornos curvilíneos y volúmenes de sólidos forma dos por superficies curvas;
empleó integraciones y pasos a límite, anticipando principios esenciales del
cálculo infinitesimal, cuya invención hizo en el siglo XVII la gloria de Newton
y Leibniz.
Como en sus descubrimientos matemáticos, cuya apreciación no entra en el cuadro
de nuestro tema, también en la mecánica es precursor de tiempos nuevos; es el
primer investigador que combina, con rigor metódico, deducciones matemáticas
con resultados experimentales. Esta fértil unión lo llevó a encontrar leyes
fundamentales de la estática, de la cual es el verdadero fundador.
En su monografía Sobre el equilibrio de los planos, Arquímedes
formula principios de la estática en términos matemáticos y enuncia el
principio de la palanca. Sin duda, ya era conocido por Aristóteles, y antes de
él por Platón, que la fuerza que actúa a mayor distancia del fulcro mueve el
sistema más fácilmente. Sin embargo, media un abismo entre esta regla tosca y
la exposición formal, susceptible de análisis riguroso, dada por Arquímedes a
la ley de la palanca.
El siracusano infiere esta importante ley del principio del centro de gravedad,
base axiomática de su estática de los postulados empleados en su estática
surgen inmediatamente las proposiciones de que dos pesos iguales colocados a
igual distancia del centro de rotación (punto de apoyo de la palanca) están en
equilibrio, mientras los mismos pesos colocados a distancia desiguales no se
equilibran, y el peso que está a mayor distancia desciende. De estas
proposiciones deduce Arquímedes que el centro de gravedad de un sistema formado
por dos pesos desiguales se encuentra sobre la línea que reúne los centros de
gravedad de ambos y que esos pesos desiguales están en equilibrio cuando sus
distancias del punto de rotación son inversamente proporcionales a los pesos.
Esta última afirmación es precisamente el principio de la palanca en todo
rigor.
Agreguemos que algunos historiadores, entre ellos Ernesto Mach, no han
encontrado impecable el pasaje de la proposición inicial a la proposición final
y reprocharon a Arquímedes haber utilizado implícitamente el hecho conocido de
que el efecto de un peso (P) a la distancia (L) del eje está
medido por el producto, hecho no contenido en su postulado. Es
probable que Edmundo Hoppe tenga razón cuando sugiere que la deducción de este
teorema estaba incluida en la obra perdida de Arquímedes, Sobre la
balanza, que contenía la definición del centro de gravedad, definición
que se buscaría en vano en las obras actualmente existentes del gran
siracusano.
La ley de la palanca es enunciada en la forma de un teorema geométrico, pero no
cabe duda de que Arquímedes, constructor de máquinas, verificó su certeza por
medio de la experiencia. El entusiasmo que lo conmovió al descubrir que una
pequeña fuerza aplicada a un brazo de palanca muy largo puede equilibrar una
gran fuerza que actúa sobre un brazo muy corto, se refleja en su célebre frase:
«Dadme un punto de apoyo y levantaré el globo terráqueo» [2].
Íntimamente ligado a sus estudios sobre los principios de la estática es su
proceder mecánico expuesto en su tratado Sobre el método, para
encontrar áreas y respectivamente volúmenes de configuraciones curvas. El
método consiste en descomponer, por ejemplo, en una infinidad de planos, dos
sólidos cuyo volumen se desea comparar y en determinar las relaciones de
equilibrio de esos planos; considerando cada uno de los cuerpos como la suma de
estos planos, la relación de sus equilibrios permite obtener la relación de sus
volúmenes.
Mientras que en estática Arquímedes tiene precursores, no cuenta con ninguno en
hidrostática. Su tratado Sobre los cuerpos flotantes bastaría por sí sólo para
hacer del autor el más eminente de los físicos de la antigüedad. Parte de un
postulado que define al líquido y muestra en seguida que cada líquido en reposo
debe tener una superficie esférica cuyo centro coincide con el centro de la
Tierra. Las proposiciones que siguen establecen las condiciones de equilibrio
de cuerpos sumergidos en un líquido, examinando el caso de un sólido del mismo
peso —a igual volumen— del líquido, y luego el caso de cuerpos más livianos y
respectivamente más pesados — a igual volumen— que el líquido.
Estas proposiciones contienen el enunciado del célebre principio de Arquímedes
que exige la igualdad de la pérdida de peso con el peso del líquido desalojado.
El establecimiento de este principio básico de la hidromecánica equivale en
realidad a la aplicación, a los cuerpos flotantes, de la futura segunda ley
newtoniana del movimiento y resuelve por completo la cuestión de hasta qué
nivel un barco se sumerge en el agua.
La tradición atribuye a un problema práctico el origen de la investigación que
condujo a Arquímedes a formular su fundamental ley hidromecánica. El rey Hierón
se creyó defraudado por un artesano al cual había remitido, para que fabricara
una corona, un peso determinado de oro, y sospechaba que había reemplazado
parte del precioso metal por plata. La cuestión fue planteada a la sagacidad
del gran geómetra. Preocupado por tal problema, Arquímedes se encontraba en el
baño cuando se dio cuenta de que su cuerpo, sumergido, desalojaba cierta
cantidad de agua y perdía cierto peso, lo cual le dio la clave del problema.
Todo el mundo conoce la anécdota transmitida por Plutarco y el arquitecto
romano Vitruvio a la posteridad: Transportado de alegría, Arquímedes corrió
desnudo por la calle gritando: ¡ Ευρηχα, Ευρηχα!, es decir: ¡Lo
encontré! ¡Lo encontré!
Las aplicaciones prácticas de sus descubrimientos no eran ajenas al espíritu
del gran teórico. Varias de sus invenciones, la polea compuesta, el tornillo
hidráulico, espejos ustorios [3], máquinas de
guerra— prueban que fue un ingeniero de méritos extraordinarios. Empero, esto
genio, tal vez el mayor de la antigüedad incluso en mecánica práctica, no nos
dejó ningún escrito acerca de sus inventos técnicos, considerados por él como
indignos de un geómetra [4].
La posteridad no reservó a la obra de Arquímedes el mismo destino que a la de
Aristóteles. Éste comenzó a imponerse a los espíritus a principio de nuestra
era, para dominar después en las largas centurias del Medievo.
Al contrario, la repercusión de los escritos de Arquímedes, si bien poderosa
hasta la decadencia de la escuela de Alejandría, desapareció después de la
extinción del genio griego, y su influencia fue mínima, a pesar de la
veneración que por él tuvieron los árabes y algunos cristianos de la Edad
Media. Solamente con el Renacimiento surgen genios afines a Arquímedes, como
Stevin y Galileo, capaces de prolongar la trayectoria que él había trazado. La
luz de las ideas del siracusano comienza a brillar, cuando se eclipsa el
relumbrón del estagirita.
5.
Mecánica práctica y óptica en Alejandría
Clepsidra de Ctesibio; Termoscopio de Filón; Herón: su Mecánica y su
Neumática; La ley de la reflexión de la luz; Tolomeo y sus investigaciones
ópticas.
Más
que investigadores, los antiguos egipcios —como hemos dicho— eran grandes
constructores, hábiles arquitectos de monumentos gigantescos como las
pirámides, de estatuas colosales como la de Mnemón, de templos grandiosos como
el de Karnak.
Enamorados de teorías y desdeñosos de las ciencias prácticas, los griegos
sufrieron en Egipto la influencia de esa inclinación hacia la técnica, y en
ninguna parte la alianza entre la investigación desinteresada y el saber
aplicado fue más fecunda que en el Egipto helenizado.
En Alejandría, la importancia acordada a los estudios mecánicos, a las
aplicaciones de toda categoría, no dejó de aumentar desde el siglo de
Arquímedes y hacia el crepúsculo de la época alejandrina (los dos primeros
siglos de nuestra era) se volvió preponderante.
Ctesibio, contemporáneo de Arquímedes, inicia la serie de grandes
representantes con que contó la floreciente escuela de ingenieros en
Alejandría. Construyó un órgano hidráulico, bombas contra incendio, varios
autómatas y perfeccionó el reloj de agua: en m clepsidra el agua salía de un
recipiente para caer en otro, y a medida que en éste aumentaba el nivel, subía
un flotador que movía el índice de las horas. Filón, probablemente discípulo de
Ctesibio, inventó el termoscopio, el primer termómetro que registra la
historia. Una gran esfera de metal estaba unida por un tubo con un vaso de
vidrio, lleno de agua. Expuesto a los rayos del Sol, el aire se dilataba en la
esfera, pasaba al vaso y producía burbujas en el agua. Los termómetros abiertos
al aire, construidos por Galileo y otros italianos a comienzos del siglo XVII,
tienen su origen en el termoscopio de Filón. Las obras de este sabio, de la
principal de las cuales sólo nos han llegado fragmentos, son citadas a menudo
por Herón.
El más eminente de los ingenieros de Alejandría, Herón, jefe de una famosa
escuela técnica, fue un escritor casi enciclopédico sobre temas mecánicos,
físicos y matemáticos. Quizá haya florecido en torno de 100 antes de nuestra
era; debemos, sin embargo, agregar que los historiadores no están de acuerdo
sobre la época en que floreció. Su legendaria nombradía y el excepcional éxito
de sus obras tuvieron la consecuencia de que la posteridad le atribuyera un
gran número de trabajos apócrifos. Mas no cabe duda de que es autor de tres
libros de Mecánica, de dos de Neumática y de uno de Catóptrica, obras que
justifican plenamente su gran renombre como investigador e inventor.
La Mecánica de Herón es un libro de texto escrito para
ingenieros más interesados por los problemas prácticos de su profesión que por
las investigaciones teóricas. El autor describe máquinas simples y máquinas
compuestas. En sus dispositivos emplea combinaciones de ruedas dentadas,
engranajes a cremallera, la transmisión de fuerza mediante un tomillo a un eje
perpendicular al suyo, y hace el uso más amplio y variado de la palanca.
Resolvió el problema planteado por Arquímedes de levantar mil talentos con la
ayuda de cinco talentos y dio respuesta a la pregunta de Aristóteles de cómo
repartir las cargas sobre varios puntos de apoyo.
Sabía que sus máquinas no realizaban un ahorro de trabajo y reconoció con
claridad la validez del principio que se llamaría posteriormente « de
los desplazamientos virtuales». Cuanto más débil —afirma Herón— es la
fuerza motriz en proporción al peso que debe moverse, tanto más largo es el
tiempo empleado, de manera que tiempo y fuerza están en relación inversa.
Todavía más interesante que la Mecánica, resulta, gracias a sus
excursiones teóricas, la Neumática de Herón, donde el ingenioso
alejandrino sigue a veces las huellas de Estratón de Lampsaco. Herón es el
primer investigador que tuvo noción de la elasticidad y de la presión del aire,
fenómenos que no fueron claramente explicados hasta el siglo XVII.
El aire comprimido por una presión exterior se dilata si la presión deja de
actuar. El calentamiento produce también dilatación del aire. Herón aplica esta
propiedad en su máquina a aire caliente, destinada a elevar agua. Niega, como
Aristóteles, la existencia del vacío continuo, pero concede que éste existe
entre las moléculas de las sustancias sólidas, líquidas o aeriformes. Por otra
parte, Herón enseña que se puede realizar artificialmente el vacío, y lo prueba
prácticamente con sus aparatos de succión y su botella con derrame constante de
agua. Otros aparatos de Herón utilizan el vapor como fuente de fuerza motriz:
en su «eolípila», la reacción provocada por los chorros de vapor que salen de
una esfera producen la rotación de la misma. La primitiva turbina del
alejandrino es la primera aplicación que conocemos del vapor para obtener
movimiento. Su genial iniciativa no tuvo, sin embargo, consecuencias prácticas.
«Un
mundo de esclavos —dice con razón Sherwood— no requería el poder del vapor, y
durante dieciséis siglos la idea del alejandrino permaneció en el olvido.»
Herón
utiliza, también la presión hidrostática, y es el primero en emplear mercurio
en lugar de agua para transmitir la presión.
Muchos de los mecanismos descritos por Herón, comprendida la turbina de vapor,
no son más que juguetes. Como la mano de obra, la de los esclavos, no costaba
casi nada, la rudimentaria industria de la época no requería verdaderas
máquinas. Numerosos aparatos de Herón, como los que describe en su obra Sobre
los autómatas, sirvieron de distracción o permitieron a los sacerdotes
producir aparentes milagros. Una invención eminentemente útil es, por el
contrario, su odómetro: un sistema de engranajes que permite leer sobre un
cuadrante el número de vueltas que da la rueda de un carro y medir la longitud
del camino recorrido. Su dioptra, el teodolito de la antigüedad, da una
admirable muestra del arte mecánico de Herón: instrumento universal de medida,
que puede prestar servicios a los geodestas y a los astrónomos, permitía,
gracias a tornillos micrométricos, una precisión de enfoque y de lectura que no
fue sobrepasada hasta mediados del siglo XVI [5].
Sin duda, Herón debió muchas felices ideas a sus precursores, especialmente a
Arquímedes, Ctesibio y Filón, pero además de ser un compilador, enriqueció y
completó los hallazgos de sus maestros. Esto es lo que hizo también en el
dominio de la óptica. La propagación rectilínea de los rayos luminosos, la
igualdad de los ángulos de incidencia y de reflexión, pertenecían desde mucho
tiempo al acervo de los conocimientos y se encuentran consignados en los
escritos sobre óptica atribuidos a Euclides. Herón estudió espejos planos,
convexos, cóncavos, ylogró refundir sus dos leyes en una sola.
El
rayo —escribe en su Catóptrica— sigue siempre el camino más corto. Sea o no
reflejado, el rayo siempre satisface esta condición.
El
fenómeno del rayo refractado, cuyo conocimiento, según algunos autores, está
documentado desde el siglo V antes de nuestra era, no dejó de atraer la
atención de los investigadores. Colocad un anillo en un vaso de modo que lo
oculto el borde del vaso; llenando éste con un líquido, el anillo aparece
gracias a la reflexión de la luz. Esta experiencia, ideada probablemente
por Arquímedes, está relatada como cosa familiar a todos por Cleomedes
(floreció hacia el año 50 a. de J. C.).
Sin embargo, un progreso real en el conocimiento del fenómeno no fue realizado
antes de Claudio Tolomeo (floreció hacia el año 130 d. de J. C.).
Sistematizador de la astronomía, eminente geógrafo, este último gran
alejandrino, se destacó también en la física. Fue el primero en realizar en el
libro quinto de su Óptica — un estudio detenido sobre la refracción de la luz.
Su aparato de medida consistía en un disco graduado provisto de dos reglas que
giraban en torno del centro del disco. Colocaba las dos reglas, de las cuales
una estaba sumergida en agua, de modo que parecían formar una línea recta; al
sacar el disco que lleva los reglas, de adentro del líquido, podía leer sobre
la graduación el ángulo de refracción correspondiente a un ángulo dado de
incidencia, los valores que así obtuvo, para el agua y para el vidrio, son de
notable exactitud. Si bien no logró descubrir la ley de la refracción, que
incluso Kepler buscaría en vano, reconoció en cambio que el rayo, al pasar a un
medio más denso, se acerca a la vertical que en el punto de incidencia cae
sobre la superficie refringente. Tampoco escapó a su atención que para el paso
del rayo al medio menos denso debía existir un ángulo límite. Por otra parte,
conocía el fenómeno de la refracción atmosférica y advirtió que el valor de
ésta, cero en el cénit, crece con la distancia cenital de los astros.
La obra de Herón y Tolomeo señala la última fase de la física griega, ésta
no encuentra ya ningún representante digno de los grandes investigadores que le
dieron lustre en épocas pasadas. Sin duda, la escuela de Alejandría, aunque no
podría evitar finalmente la decadencia, perduró largo tiempo después de la
desaparición de Tolomeo, mas sus fuerzas creadoras se agotaron gradualmente y
terminó por nutrirse de las fuentes del pasado.
Loa dos primeros siglos de nuestra era asisten a la espléndida ascensión de
Roma y ven a las águilas imperiales señorearse del Mundo.
En oposición a los griegos, los romanos, eminentes legisladores, elocuentes
oradores, no poseían la noble pasión de las búsquedas desinteresadas, ignoraban
el encanto de las construcciones abstractas del espíritu.
Se contentaron con bordear por medio de especulaciones poéticas o filosóficas
algunos problemas de la ciencia griega, como Lucrecio Caro (95-55 a. de J. C.),
portavoz de las ideas democríteas, como Plinio el Viejo (23-79 d. de J. C.),
hábil recopilador y vulgarizador de hallazgos griegos.
Sus ingenieros siguieron las huellas de los mecanicistas alejandrinos sin
aumentar el patrimonio científico que la Hélade les había dejado como herencia.
La historia de los romanos transcurre sin dejar huellas en la historia de la
física.
Capítulo 2
La física en la Edad Media
Contenido:
1.
Los árabes y la transmisión de la ciencia griega al Occidente
2. La ciencia occidental
1.
Los árabes y la transmisión de la ciencia griega al occidente
Al-Hazen y Al-Khazirii
En
el año 529 el emperador Justiniano dispuso clausurar la Academia de Atenas,
trazando con su simbólica medida un límite a la milenaria existencia de la
sabiduría antigua. En realidad, la venerable Academia de Platón, tanto como las
escuelas de Alejandría, se encontraban por esa época en plena decadencia: la
turba de los comentadoras había sustituido a los buscadores de nuevas verdades.
Hacia el mismo tiempo (525) Dionisio el Exiguo introducía la costumbre de
contar los años a partir del nacimiento de Cristo: otro procedimiento simbólico
que señala el comienzo de la era cristiana, no solamente en la computación del
tiempo, sino más todavía, en la historia del espíritu. Sobre las ruinas de las
instituciones del mundo romano se eleva poderosa la nueva organización de la
Iglesia que concentra en su seno, por espacio de un milenio, todos los
esfuerzos intelectuales.
Desinunt ista, non pereunt ; las palabras de Séneca tienen aquí su
verdadero lugar: la sabiduría antigua dejó de existir, sin haber desaparecido.
Su recuerdo no se había extinguido entre los pueblos orientales de habla griega
que formaban el imperio bizantino. En efecto: la cultura bizantina no merecería
tal nombre si no hubiera conservado preciosos manuscritos de la edad de oro de
la sabiduría griega, si no hubiera mantenido vivo el conocimiento de la lengua
clásica y si no hubiera servido como lazo de unión entre la ciencia griega y la
de loe árabes, cuyo papel había de ser salvar del olvido el tesoro de los
conocimientos helénicos y transmitirlos a Europa.
La intervención de las árabes en los destinos de las ciencias es uno de los
milagros de la historia. En el siglo VII sus tribus semi-nómadas —pastores o
agricultores—, animadas por un espíritu belicoso, no tenían ningún contacto con
la cultura griega y no representaron ningún papel digno de mención en la
historia.
Más todo cambia de pronto con la aparición de Mahoma. Las tribus árabes estaban
entregadas, más o menos, a la anarquía moral y social, cuando surgió ese
visionario, que supo encender el fuego de una nueva fe (hégira 622), forjando
un estado teocrático, llamado a lanzar sobre el mundo un brillante resplandor,
momentáneo pero de extraordinaria potencia.
Con sorprendente rapidez el primitivo núcleo árabe de fieles asimiló diferentes
razas semíticas y no semíticas, reunidas desde entonces, en la gran
confraternidad del Islam. Los sucesores del Profeta conquistaron Siria, Persia
y Egipto, extendieron la guerra santa a España y franquearon los Pirineos,
amenazando el corazón del Occidente, cuando Carlos Martel, en la sangrienta
batalla de Poitiers logra contener, justamente cien años después de la muerte
del Profeta (732), su marcha triunfal.
«La tinta del sabio es tan preciosa como la sangre del mártir», declaró
el Profeta y enseña el Corán. El culto que esos conquistadores rendían a la
espada no era exclusivo, pues estimaban también la pluma, y sus ansias de
dominación se completaban con mi sed de saber. Desde el siglo XIII los árabes
hicieron un admirable esfuerzo para asimilar la ciencia griega y más aún para
enriquecer ese patrimonio. Los príncipes abasíes, inspirándose en el ejemplo de
los tolomeidos, aceleraron, por la eficaz protección acordada a los sabios, el
importante proceso de traducción y asimilación del saber griego.
Ellos aprovecharon los servidos de los cristianos nestorianos, que expulsados
hacía mucho de Bizancio y establecidos en Mesopotamia se convirtieron, gracias
a su conocimiento del griego y de las lenguas semíticas a la vez, en los
principales mediadores entre la vieja cultura helénica y los jóvenes pueblos
del Islam. El séptimo califa abasí, Al-Mamún, que reinó entre los años 813 y
833, reunió en su capital, Bagdad, «ciudad de las maravillas», una rica
colección de obras griegas y fundó una floreciente escuela de traductores. De
una protección no menos generosa que la de Bagdad gozaron los sabios e
investigadores en la corte de Córdoba, admirable centro de cultura intelectual
de los califas occidentales Abderramán III (912-961) y Al-Hakim II (912-926).
Tres siglos después de la muerte del Profeta, la lengua árabe había llegado a
ser la de las ciencias, y la ciudad de Córdoba, el «Bagdad occidental», asiento
de ochenta escuelas y una biblioteca que con sus centenares de miles de
manuscritos era comparable a la de Alejandría.
Si los árabes sólo hubieran llenado el hiato de siglos que separa el crepúsculo
del saber antiguo y la aurora del nuevo, su mérito ya sería notable. Sin
embargo, no se contentaron con ser meros agentes de transmisión de la ciencia
griega, sino que añadieron a este bagaje la contribución debida a sus propios
esfuerzos. Por cierto, en sus filas no surgió un genio creador como Arquímedes
o Hiparco, ni siquiera un sistematizador como Euclides y Tolomeo, pero su éxito
en el álgebra, en las observaciones astronómicas son innegables y sus
descubrimientos en la química son copiosos. Aunque la mecánica los atrajera
menos, lograron, gracias a los trabajos de Al-Biruni (floreció hacia el año
1000) y de Al-Kliazini (principios del siglo XII), ampliar los resultados de
Arquímedes sobre los pesos específicos. En la persona de Al-Hazen dieron un
gran físico al mundo.
La figura más descollante de la ciencia árabe es Al-Hazan ibn al-Haitam de
Basora, el Al-Hazen (965-1038) de los latinos. Sobre su vida casi nada sabemos.
Nació en Irak, entró al servicio del califa fatimí Al-Hakim y murió en El
Cairo. Fue, sin duda, un hábil ingeniero y un astrónomo de renombre, cuya obra
sobre los planetas encontró amplia difusión. Mas su título de inmortalidad, lo
constituyen los estudios sobre problemas ópticos reunidos en su obra Kitab
al-manazir, que muestra su independencia de espíritu y de habilidad
experimental superior a la de sus maestros griegos. Al- Hazen rechaza la
opinión de Euclides, de Tolomeo y de otros eruditos de la antigüedad, los
cuales admitían que el ojo envía rayos visuales al objeto visto; éste y no el
ojo, enseña Al-Hazen, es el foco luminoso. Cada punto del objeto iluminado
envía a todas direcciones rayos rectilíneos que forman un cono cuyo vértice es
el punto aclarado y la pupila es la base. Estos rayos producen en el ojo la
imagen. ¿En qué parte del ojo? En el cristalino (la lente del ojo), afirma el
físico árabe, desconociendo el papel de la retina, que no será explicado antes
de Kepler. En cambio, da una descripción exacta del ojo, en el cual distingue
tres medios refringentes y cuatro membranas.
En una serie de experiencias, Al-Hazen verifica, con espejos planos, convexos,
cóncavos, cilíndricos, cónicos y esféricos, la ley de la reflexión. Es el
primero en enunciarla en su forma completa:
«La
normal a la superficie reflectora en el punto de incidencia se encuentra
siempre en el mismo plano que el rayo incidente y reflejado»,
establece
el físico árabe. Su sagacidad de matemático está demostrada en la solución de
problemas de óptica geométrica, y no es inferior a su arte de experimentador.
Uno de dichos problemas se enuncia así: «Dada la posición del punto luminoso,
hallar sobre la superficie de espejos esféricos, cónicos y cilíndricos, el
punto de reflexión que permita para una posición dada el ojo ver la imagen del
punto luminoso.» Este es el famoso «problema de Al-Hazen», que lleva
analíticamente a una ecuación de cuarto grado; Al-Hazen lo resuelve mediante la
intersección de un círculo con una parábola.
Los fenómenos revelados por espejos esféricos y parabólicos cautivaron
particularmente su interés. Encontró la aberración esférica y estableció la
concurrencia en un punto de los rayos paralelos en espejos parabólicos
cóncavos.
Al-Hazen dedica cuidadosos estudios a la verificación de las experiencias de
Tolomeo sobre la refracción de la luz. Sin duda, permanece ignota también al
sabio árabe la ley que el precursor alejandrino había buscado en vano, pero
reconoce que los planos de incidencia y de refracción coinciden y encuentra el
lugar de la imagen engendrada por los rayos refractados en el punto de
intersección del rayo refractado (o su prolongación) y de la perpendicular desde
el objeto hasta la superficie refractora. Sus experiencias de refracción con
segmentos esféricos le permiten reconocer el poder amplificador de los lentes,
sin pensar —que sepamos — en una aplicación práctica.
Varios problemas de la óptica atmosférica atrajeron su atención; parte de la
hipótesis según la cual la luz crepuscular persiste mientras haya un rayo de
Sol que se refleje en un estrato de la atmósfera, y concluye de la duración del
crepúsculo, la altura de la atmósfera, que considera de 15 kilómetros.
De sus otras contribuciones a la óptica nos limitaremos a indicar algunas: es
el primero en estudiar la cámara oscura, así como el primero en distinguir
entre sombra y penumbra. En oposición a los pensadores de la antigüedad,
Al-Hazen es el primero en enseñar que la velocidad de la luz es finita,
anticipando así un descubrimiento reservado a un lejano porvenir.
Las investigaciones de Al-Hazen encontraron gran repercusión. Su obra maestra,
enriquecida con un comentario de Al-Farisi (1300) y traducida al latín y otros
idiomas, ejerció profunda influencia, cuyas huellas se pueden seguir hasta los
estudios ópticos de Kepler.
Sin alcanzar la importancia de Al-Hazen, Al-Khazini (primera mitad del siglo
XII) merece ser incluido entre los grandes físicos, por sus admirables
determinaciones de pesos específicos. Es el único representante de la «ciencia
árabe», al cual la mecánica es deudora de algunos progresos. Sin duda,
Al-Khazini debe mucho al sabio universal —matemático, geógrafo y astrónomo—
Al-Biruni (973-1048), cuyos métodos y resultados mejoró, sin embargo,
considerablemente.
Esclavo griego, Al-Khazini tuvo la suerte de encontrar un amo bondadoso que le
permitió instruirse. Su obra, un tratado de mecánica y de hidrostática que
lleva el poético título de Balanza de la sabiduría (Mizan al-Hihna) se cuenta,
con razón, entre los más notables escritos del Medievo.
No cabe negar que Al-Biruni y Al-Khazini son discípulos de Arquímedes y de los
alejandrinos, mas ellos elaboraron con más claridad el fundamental concepto del
peso específico, que definieron como la relación del peso absoluto con el peso
del agua desalojada. No ignoraban que la densidad del agua decrece con
temperatura creciente, y su observación de que la diferencia de densidad entre
el agua caliente y el agua fría alcanza 0,04167 muestra el cuidado con que
procedieron en sus mediciones.
Para determinar los pesos específicos, Al-Khazini construyó varias balanzas,
una de las cuales, particularmente sensible —con un brazo de 2 metros de
longitud y con cinco platillos— era la «balanza de la sabiduría». Los
resultados obtenidos para metales, los líquidos y piedras preciosas, son muy
satisfactorios, como muestra la tabla siguiente:
|
Peso especifico |
||
|
Sustancia |
Al-Khazini |
Valor actual |
|
Oro |
19,06 |
19,26 |
|
Mercurio |
13,58 |
13,59 |
|
Cobre |
8,60 |
8,85 |
|
Hierro |
7,74 |
7,79 |
|
Estaño |
<="" td="">7,32 |
<="" td="">7,29 |
|
Plomo |
<="" td="">11,32 |
<="" td="">11,35 |
|
Zafiro |
<="" td="">3,96 |
<="" td="">3,90 |
|
Esmeralda |
<="" td="">2,00 |
<="" td="">2,73 |
Agreguemos que Al-Khazini sabía que el peso de los objetos cambia con su
distancia del centro de la Tierra: resultado notable, aunque las premisas que
le sirvieron de base eran falsas.
2.
La ciencia occidental
Rogelio Bacon y Pedro Peregrino
Omnes
scientiae theologiae ancillae: hasta fines del siglo XII el Occidente cristiano
es estéril desde el punto de vista de la física. Durante esta larga serie de
siglos, los esfuerzos intelectuales convergen en el seno de la Iglesia.
Subordinados a sus finalidades, los investigadores ceden su lugar a los
eruditos, los descubridores de hechos nuevos a los compiladores y a los
comentadores, y las querellas de los gramáticos reemplazan las búsquedas
originales. La autoridad de Aristóteles, maestro supremo, vela sobre todas las
empresas del espíritu e impone a los pensadores no sólo la lógica sutil del
estagirita, hábilmente aplicada a las materias teológicas, sino también su
mecánica y su física. Los autores de enciclopedias, que reúnen la totalidad del
saber de la Edad Media, se entregan a la ilusión de que la ciencia es un bien
conquistado, un libro cerrado.
Ignoran por completo la embriagante aventura del espíritu que conocería el
Renacimiento cuando lanzara audazmente el navío de sus experimentos sobre el inmenso
océano de las verdades inexploradas.
La infiltración de los clásicos griegos y de las obras árabes en el pensamiento
de la cristiandad occidental se hizo gradualmente más sensible desde principios
del siglo XIII. Las universidades de Bolonia, de París, de Montpellier, de
Oxford y algunas otras están definitivamente constituidas y dan impulso a las
investigaciones. La filosofía, y con ella la ciencia, comienza a separarse de
la teología. Es el momento en que surgen dos personalidades que aportan nuevas
ideas a la ciencia en general y algunos progresos a la física en particular.
Rogelio Bacon (1214-1294), hijo de gentes pudientes, nació en Ilchester
(Inglaterra) y fue contemporáneo del mayor filósofo de la escolástica, Tomás de
Aquino. Bacon se formó en Oxford bajo la influencia del matemático Adam Marsh y
del físico Roberto Grossetête, conocedor del griego y del árabe. Después de
haberse doctorado en París, volvió a Inglaterra e ingresó en la orden de los
franciscanos. Católico iluminista, se acercó a las ciencias en búsqueda del
camino que lleva a Dios. Sus ideas, que se adelantaban a la época, no tardaron
en despertar las sospechas de sus superiores eclesiásticos. Obligado a regresar
a París, fue vigilado severamente por sus hermanos de orden y castigado con la
prohibición de enseñar sus doctrinas. Sin embargo, cuando Clemente IV, papa de
amplia visión, ascendió a la silla de San Pedro, autorizó a Bacon a publicar
sus trabajos. De acuerdo con la anuencia del pontífice, Bacon le envió en 1267
la exposición de sus doctrinas, su Opus majus, que contiene sus
investigaciones en física, seguido bien pronto por otros dos libros, Opus
minus y Opus tertium.
Por desgracia, la muerte prematura del papa privó a Bacon de su protector. Fue
encarcelado una vez más (1278), y sólo recuperó la libertad en el año 1292,
poco antes de su muerte.
Conocedor del tratado de Al-Hazen, Bacon se dedicó particularmente a la óptica.
El poder de aumento de los lentes atrajo su atención y recomendó su uso a los
ancianos y a los personas de vista débil. Su descripción de la trayectoria del
rayo luminoso en los lentes, aunque defectuosa, puede ser considerada como una
grosera aproximación a la realidad [6]. Efectuó
experimentos con la cámara oscura y notó que la imagen del Sol es siempre
redonda, sin importar que sus rayos entren en el aparato por un agujero redondo
o anguloso. La inversión de la imagen no escapó a su atención. Su teoría del
arco iris —cuya altura (42°) conocía—, que explica por la refracción de la luz
al atravesar las gotas de agua, señala un paso adelante en el conocimiento de
este fenómeno [7].
Agreguemos que Bacon es el primero en concebir, en su Opus majus y
la gravedad como atracción hacia el centro del globo terráqueo, y es igualmente
el primero en explicar el calor como un movimiento que tiene por asiento el
interior de los cuerpos.
A pesar de estas contribuciones, Bacon no es, en realidad, un hábil
experimentador, y menos aún un gran teórico. Sin embargo, no son los
descubrimientos que aportó a la física o a la química los que le aseguran fama
duradera, sino su actitud general frente a la ciencia, sus opiniones sobre los
métodos de investigación, opiniones por otra parte sorprendentemente modernas,
en relación al medio que lo rodeaba. La erudición del Doctor Mirabilis
—sobrenombre que sus contemporáneos le dieron— era grande, pero en vez de
aceptar ciegamente las aseveraciones de Aristóteles o de otros, sostuvo la
necesidad de experimentar, para verificar las antiguas afirmaciones y adquirir
nuevos conocimientos. Insiste sobre la necesidad de comprobar experimentalmente
las conclusiones alcanzadas a priori.
La lógica sirve de seguro andamio para la prueba argumental, pero únicamente la
experiencia es juez competente de la certeza de los hechos. Su intuición
reconoce la importancia de las matemáticas en la investigación de las
ciencias. Sed sola mathematica manet nobis certa et verificata in fine
certitudinis et veri tatis (Sólo la matemática es y permanece cierta y
verificada para nosotros hasta el límite de la certeza y de la verdad), dice el
fraile franciscano, en la época de Tomás de Aquino.
La obra de Bacon es la expresión de las dudas y certezas de una época de
transición. Con todo su amor por la ciencia, este pensador del siglo XIII
estima que la teología es la cúspide y la última finalidad de todo
conocimiento, convencido de que una investigación bien llevada sólo podía
confirmar los dogmas de la Iglesia. Por otra parte, es el anunciador de tiempos
futuros, gracias a su independencia respecto de Aristóteles y merced a la
importancia que en el proceder de la investigación asignó a la experiencia. Su
visión sobrepasó a su tiempo en siglos. Previó —aunque muy vagamente—
conquistas venideras: carros con propulsión mecánica, máquinas voladoras, el
empleo de los explosivos y varias otras cosas. Este último aspecto de su labor,
contribuyó sin duda a convertirlo ante los ojos de la posteridad en un
venerable mago.
Entre los investigadores de su época, Bacon concede los mayores elogios a Pedro
Peregrino de Maricourt.
«Lo
que otros —dice Bacon— ven oscura y penosamente, cual murciélagos en el
crepúsculo, él, maestro del experimento, mira a la luz del día. Merced al
experimento adquiere conocimientos de las cosas de la naturaleza, tanto en la
medicina como en la química; conoce, en verdad, todos los fenómenos del cielo y
de la tierra.»
Su
estancia en París había puesto a Bacon en contacto con el sabio picardo, al que
glorifica con tanto entusiasmo en su Opus tertium. Pedro Peregrino
había participado en la primera cruzada de San Luis, pasó más tarde, como
ingeniero militar, al servicio de Carlos de Anjou, y terminó por establecerse
en París.
Era un misántropo, nos dice su brillante alumno Bacon, temía la multitud y
desdeñaba la gloria. Mientras los demás sabios discutían sobre problemas
metafísicos, Pedro Peregrino pasaba su vida en el laboratorio. De sus trabajos
—que parece fueron numerosos— sólo nos ha llegado uno: su célebre carta
dirigida, en 1269, a un amigo: Epístola De magnete, el primer
tratado científico sobre las propiedades del imán.
El elocuente elogio de Bacon no permite dudar de que Pedro Peregrino de
Maricourt enriqueció con sus experiencias los conocimientos de su época sobre
este tema capital. ¿Cuáles son, sin embargo, los hechos que tomó de sus
predecesores, y cuáles son sus propios descubrimientos? Cuestión difícil, por no
decir imposible de resolver.
El conocimiento de la piedra imán se remonta a la antigüedad; la propiedad que
tiene el hierro magnetizado de atraer a otros trozos de hierro no escapó a la
atención de los observadores griegos, como prueba un pasaje del diálogo Ion,
atribuido —con razón o sin ella— a Platón. ¿Cuándo se suma a este modesto fondo
de conocimientos el uso de la brújula bajo su forma más primitiva? Parece que
los navegantes chinos empleaban ya en el siglo II de nuestra era la aguja
imantada artificial —flotando sobre agua o suspendida por un hilo— como
indicador de dirección [8].
Pasaron, poco más o menos, mil años hasta que el conocimiento de este
dispositivo, transmitido quizá primero a los hindúes y después a los árabes,
fue introducido en los países occidentales, donde el uso de la brújula es
certificado hacia el año 1200 por numerosos autores.
Veamos, en tanto, la aportación de la epístola de Pedro Peregrino. Reduce a una
esfera una piedra imán y coloca sobre su superficie agujas de hierro; la
dirección de cada una de éstas define una línea. Los dos puntos de intersección
de todas estas líneas son los polos del imán. Coloca su imán sobre un platillo
que flota en agua y, aproximando otra piedra imán, reconoce la repulsión de los
polos del mismo signo y la atracción de los de signo distinto. Verifica la
inducción magnética.
Al romper una aguja imantada, descubre que los dos trozos forman igualmente
agujas imantadas, cada una con la misma polaridad que la aguja original. Da
instrucciones para la construcción de brújulas; una de ellas es apoyada sobre
un gorrón y lleva un círculo graduado y una alidada.
¿Por qué su piedra imán se orienta en una dirección determinada? Los polos
celestes la atraen, admite Pedro Peregrino; pero en otro pasaje de su
instructiva epístola afirma que los imanes deben sus propiedades al magnetismo
terrestre, cuya existencia es el primero en entrever [9].
Capítulo 3
Precursores de la ciencia moderna
Leonardo de Vinci: Sus investigaciones mecánicas y físicas; Simón Stevin: La
imposibilidad del perpetuum mobile; Guillermo Gilbert; Comienzos de la
magnetología y electrología,
El
siglo XIV no aporta a la física ningún representante de gran talla ni ningún
notable descubrimiento, pero durante él ocurren algunas iniciativas en la
mecánica, iniciativas que no serán olvidadas, pues anticipan —aunque en forma
vaga— algunos elementos de la futura dinámica de Galileo [10].
La primera gran figura que encontramos en los albores de los tiempos nuevos
pertenece a la segunda mitad del siglo XV: es Leonardo de Vinci (1452-1519),
tal vez el genio más universal que la historia conoce. Pintor, escultor,
arquitecto, ingeniero, físico, biólogo, se adelantó a su centuria con
admirables descubrimientos en las más distintas ramas del saber. Para él, como
después para Galileo, la ciencia está por hacerse, la verdad por encontrarse.
Había asimilado, poco más o menos, toda la ciencia conocida en su tiempo. La
clarividencia de sus intuiciones, la asombrosa agudeza de su inteligencia y
sobre todo la universidad sin precedentes de su genio, lo hacen aparecer para
la posteridad como un ser casi sobrehumano. Si su labor científica queda
eclipsada, incluso hoy, por su labor artística, sólo es porque hace poco tiempo
que fueron arrancadas al olvido sus notas manuscritas, dejadas a su discípulo
Francisco Melzi.
Hijo natural de un jurista y de una campesina, alumno predilecto del gran
pintor Andrés Verrocchio, entró sucesivamente al servicio de las cortes de
Florencia, Milán y Roma. A invitación de Francisco I, que lo llenó de favores,
se trasladó a Francia, donde murió, en el castillo de Saint-Cloux.
Dar un resumen, aun muy sintético, de la amplia variedad de las investigaciones
de Leonardo excede los límites de nuestro tema. Nos limitaremos a señalar
algunos de los resultados de sus investigaciones en la mecánica y en la física,
el único aspecto de su polifacética actividad que nos interesa aquí.
Como arquitecto e ingeniero, Leonardo de Vinci fue llevado, en razón de los
problemas prácticos que debió resolver, al estudio de la mecánica. El teorema
central de su estática es el principio de las velocidades virtuales, cuyo
contenido, en los razonamientos de Leonardo, equivale a afirmar que las fuerzas
que actúan en una máquina en equilibrio son indirectamente proporcionales a sus
velocidades virtuales. Posee el concepto del momento estático [11], del cual
deduce el equilibrio de las fuerzas que actúan sobre la palanca. A ésta la
considera como la máquina primaria y las demás sólo son modificaciones y formas
complejas de la misma. Al utilizar la ley de la palanca logró determinar, mejor
que sus predecesores, la condición de equilibrio de dos pesos iguales colocados
sobre dos planos con desigual inclinación. Su demostración implica, una vez
más, el principio de las velocidades virtuales. Agreguemos que Leonardo conoce
los diferentes tipos de equilibrio (estable, neutro, inestable); sabe
determinar la componente de una fuerza según una dirección dada; posee clara
noción del trabajo y entrevé, anticipando investigaciones de Stevin, la
imposibilidad del perpetuo móvil, a pesar de que durante algún tiempo procuró
realizarlo.
A través de una serie de experimentos, buscó las leyes de la caída de los
cuerpos; compartió el error peripatético de que la velocidad de la caída
depende del volumen y del peso de los cuerpos. Si bien no llegó al objetivo
propuesto, tiene el mérito de haber reconocido que las leyes de la caída libre
debían verificarse también en el descenso frenado sobro un plano inclinado, lo
cual constituye un importante preludio a las investigaciones de Galileo [12].
Las tareas prácticas de Leonardo exigían un conocimiento de los fenómenos de
elasticidad y rozamiento. Descubrió, en cuanto al primero, que la elasticidad
de tracción es igual a la elasticidad de compresión; en cuanto al segundo,
encontró que el rozamiento de deslizamiento es independiente de la magnitud del
área de contacto. Estas leyes, escondidas en los manuscritos inéditos de
Leonardo, cayeron en el olvido y sólo fueron establecidas hacia fines del siglo
XVII, la primera por el inglés Hooke, la segunda por el francés Amontons,
doscientos años después de su descubrimiento por el gran italiano.
Constructor de canales, Leonardo se dedicó también a investigaciones
hidromecánicas. Estudió el derrame del agua a través de orificios de distintas
características y la propagación de las ondas sobre superficies líquidas.
Probablemente fue el primero en llamar la atención acerca del fenómeno de la
interferencia de ondas líquidas. Le debemos la primera descripción de la
ascensión de líquidos en tubos delgados y la extensión de la ley de los vasos
comunicantes a dos líquidos con pesos desiguales; puso de manifiesto que las
alturas son inversamente proporcionales a las densidades de los líquidos.
De las ondas líquidas pasa Leonardo a las ondas sonoras; reconoce que el eco se
explica por la reflexión del sonido. De la observación del eco concluye una
velocidad determinada de las ondas acústicas, cuya propagación en el agua
estudia igualmente. Compara la reflexión del sonido a la de la luz, pues en
ambos fenómenos el ángulo de incidencia es igual al de reflexión. En su teoría
de la visión, Leonardo asimila el ojo a una cámara oscura.
Más numerosos todavía que los descubrimientos de Leonardo en mecánica y en
física son sus planos y proyectos de índole técnica. Ideó máquinas elevadoras,
distintas clases de cañones de tiro rápido y de retrocarga, instrumentos de
música mecánicos, trajes y escafandras para buzos, odómetros, un compás
proporcional y parabólico, un dinamómetro, un higrómetro y otros aparatos. Sin
duda, la mayoría de sus invenciones quedaron en estado de proyecto. Pero en sus
manuscritos, ilustrados con admirables dibujos, nada se describe que no sea
técnicamente construible. Algunas de sus ideas técnicas se adelantan en siglos
a su época. Sabía que la densidad del aire caliente es menor que la del aire
frío y propuso utilizar el primero para llenar un globo capaz de ascender en la
atmósfera, anticipando así en casi trescientos años la idea llevada a la
práctica por los hermanos Montgolfier.
Diseñó distintos tipos de máquinas voladoras e inventó un paracaídas, que se ha
desarrollado según el mismo principio por él concebido. Sus estudios sobre la
resistencia del aire, la estabilidad de las máquinas voladoras y la posición
del centro de gravedad en las mismas preludian el nacimiento de la aeronáutica
como ciencia. El conjunto de su obra técnica agrega a sus otros títulos de
gloria el del ingeniero más sobresaliente de su época y aun de su siglo.
Mas por admirables que sean sus descubrimientos, inventos e intuiciones, Leonardo
de Vinci no ocupa en el desarrollo de la física —y en general de la historia de
las ciencias— el lugar que se podría pretender. Este superhombre, que habría
podido abrir el camino de tantas resonantes conquistas, no publicó ningún
tratado científico y prefirió dejar a la posteridad sus lúcidas intuiciones y
magníficos hallazgos en notas escritas con la mano izquierda y difícilmente
descifrables. La repercusión de sus ideas, que hubieran podido producir una
profunda modificación en la evolución de la ciencia, no fue profunda, confinada
al reducido círculo de sus discípulos y de algunos sabios que pudieron
consultar sus manuscritos [13].
Los años en que vivió Leonardo de Vinci coinciden con acontecimientos
trascendentales, que debían repercutir profundamente en la historia intelectual
de la humanidad. Algunos meses después del nacimiento de Leonardo los turcos se
apoderaron de Constantinopla, capital del último resto del que fue imperio
romano. Conocedores del griego y portadores de preciosos manuscritos, los
sabios helenos, que huían de la patria esclavizada, se establecieron en Italia
y otros países occidentales, dando poderoso impulso al estudio de la antigua
sabiduría. Al resucitado pensamiento de la antigüedad da alas el arte de
imprimir, que comienza a difundirse cuando Leonardo tenía unos diez años.
Cuando Colón descubrió América, Leonardo entraba en la quinta década de su
vida, y Magallanes emprendía la primera circunnavegación del globo terráqueo
justamente el año de la muerte de Leonardo. Al mismo tiempo comienza Copérnico
a reunir los elementos de su gran obra, que arrebatará a la Tierra sus
supuestas inmovilidad y posición central del universo.
Estos acontecimientos configuran un importante aspecto de la aurora del
Renacimiento o introducen la liberación del espíritu de las limitaciones que lo
impuso la Edad Media. La autoridad de Aristóteles y Tolomeo, ídolos de las
centurias pasadas, cede poco a poco ante la de Arquímedes y Aristarco, primeros
guías de una nueva y milagrosa exploración del mundo.
Como Leonardo, también Simón Stevin (1548-1620) sigue las huellas de
Arquímedes. Su obra señala la cúspide de la mecánica, limitada exclusivamente a
la estática. En este aspecto, el agudo flamenco es el último gran representante
de la escuela del genial siracusano.
Nació en Brujas, dieciséis años antes de que viera la luz Galileo; en su
juventud fue tenedor de libros, empleo que abandonó para realizar largos viajes
que lo llevaron hasta Suecia. Se estableció luego en La Haya, donde sus éxitos
como constructor de fortificaciones y diques le valieron gran reputación y la
amistad del príncipe Mauricio de Nassau, gobernador de los Países Bajos.
Ardiente patriota flamenco tuvo la poco feliz ocurrencia de publicar en su
lengua vernácula sus principales obras, que permanecieron veinte años —hasta su
traducción al latín (1605-1608)— como escritos herméticos para la mayoría de
los investigadores contemporáneos.
Para construir diques, tarea profesional de Stevin, eran indispensables
máquinas que elevaran pesadas cargas. ¿Qué máquina podría prestar mejores
servicios que un móvil perpetuo, capaz de trabajar ilimitadamente y sin gastos?
En efecto, el ingeniero Stevin, como antes de él, Leonardo y muchos otros,
procuró inventar una máquina engendradora de movimiento eterno o continuo. La
época del gran flamenco no conocía ninguna ley de la física que excluyera la
posibilidad del móvil perpetuo o movimiento continuo: ni utópico ni irracional
era querer realizarlo. Ignoramos cuántos modelos construyó Stevin antes que su
paciencia se hubiera agotado. Más, en oposición a sus predecesores, supo sacar
del fracaso de sus ensayos una conclusión preñada de útiles consecuencias.
Aceptó como principio la imposibilidad del móvil perpetuo —la imposibilidad del
trabajo nacido de la nada— y se propuso deducir leyes del nuevo axioma.
Stevin eligió dos planos inclinados que reposan sobre una base horizontal y
que, unidos por su arista superior, forman un prisma triangular. Rodeó el
sistema con una cadena cerrada, compuesta de eslabones pesados que pueden
deslizarse sin rozamiento a lo largo de los planos inclinados. Una mirada sobre
la figura nos muestra que sobre el plano izquierdo actúa una fuerza doble de la
que obra sobre el plano derecho. Puesto que hay exceso de peso de un lado,
parece que la cadena debiera ponerse en movimiento. Si esto ocurriera,
habríamos logrado realizar el móvil perpetuo, pues por mucho que dure el
movimiento, siempre habrá doble número de eslabones sobre el plano izquierdo
que sobre el plano derecho. De la imposibilidad del movimiento continuo resulta
que nuestra cadena quedará en reposo, pues n eslabones sobre
un lado equilibran 2n sobre otro.
Wonder en is gheen wonder (Una maravilla, y sin embargo no es
ninguna maravilla), escribió Stevin sobre su teorema.
Figura 1
En
efecto, el peso de los eslabones obra tanto menos cuanto menor es la
inclinación del plano. Por consiguiente, los pesos colocados en planos
inclinados, uno con respecto de otro, se mantienen en equilibrio con tal que
sean proporcionales a las longitudes de los planos. Si uno de los planos es
perpendicular a la base, entonces el trozo vertical de la cadena representa la
fuerza que mantiene la carga sobre el plano oblicuo: la fuerza es, pues, a la
carga, como la altura del plano inclinado a su longitud. El mismo procedimiento
que llevó a Stevin a estos teoremas le permitió llegar al principio más general
del paralelogramo de las fuerzas (1585), enunciado, bajo su forma moderna, en
1687, por el matemático francés Pedro Varignon.
La imagen de los dos planos inclinados rodeados por la cadena sin fin figura en
la portada del libro de Stevin, quien la hizo poner allí deseoso, sin duda, de
subrayar los alcances del camino seguido en sus búsquedas. Tenía razón de estar
orgulloso de su método: implica, en efecto, el primer ejemplo de un
experimento pensado, bien ideado y llevado con rigor — more
geométrico— a importantes conclusiones.
La historia de la física clásica y nueva ofrece más de un ejemplo del éxito de
este procedimiento. Irrealizables en verdad, más o menos vinculados con hechos
empíricos, los experimentos pensados están justificados si llevan, como el de
Stevin, el sello de la certeza intuitiva.
La imposibilidad axiomática del móvil perpetuo guió a Stevin también en sus
investigaciones de las condiciones de equilibrio en los líquidos. Supongamos,
dice Stevin, que en un recipiente lleno de agua una cierta cantidad de líquido
descendiera; su lugar sería inmediatamente ocupado por otra cantidad de agua
que descendería a su vez. Un movimiento perpetuo sería la consecuencia;
consecuencia evidentemente absurda. Stevin admite, por otra parte, que el
equilibrio no sería perturbado si una parte del líquido se solidificara. De
este modo, logra deducir el principio de Arquímedes y descubrir la importante
«paradoja hidrostática»: el hecho capital de que la presión sobre el fondo del
recipiente es independiente de la forma de éste y sólo depende del área del
fondo y de la altura de la columna líquida, siendo medida por el peso del
prisma líquido que descansa sobre el fondo [14].
Agreguemos que Stevin determina también la condición de equilibrio estable e
inestable de los cuerpos flotantes.
Otros felices hallazgos de Stevin podríamos mencionar. Nos bastará indicar que
se aproximó más que sus predecesores al principio de los desplazamientos
virtuales, y que se adelantó a Galileo, enseñando (1580) que los cuerpos
livianos y los posados caen con la misma velocidad. Aunque el nombre de Stevin
no resplandece con el halo que la historia convencional rodea a algunos
investigadores renacentistas, no cabe duda que en la larga sucesión de siglos
que media entre Arquímedes y Galileo, el sagaz holandés aportó una comprensión
más profunda de los problemas de la mecánica que cualquiera de sus rivales.
Mientras Stevin en Holanda convertía un axioma negativo en eficaz instrumento
para buscar hechos nuevos y positivos, en Inglaterra Guillermo Gilbert
(1544-1603) abría a la investigación experimental los campos hasta entonces
casi inexplorados del magnetismo y de la electricidad. Médico de la reina Isabel,
amigo del canciller filósofo Francisco Bacon, Gilbert fue en las postrimerías
del siglo XVI uno de los sabios más respetados de su país. Su Tratado sobre
magnetismo (De muguete, 1600) — libro que por la claridad de su método y por la
riqueza de su contenido mereció la admiración de Galileo y Descartes—
permaneció durante más de un siglo como la obra fundamental acerca de esa doble
fuerza de la naturaleza.
Como hizo Pedro Peregrino más de trescientos años antes, Gilbert reunió los
conocimientos que su época poseía sobre los fenómenos magnéticos, y agregó a
los mismos el valioso caudal de sus propios experimentos. Es el primero en
proveer de armaduras a imanes para reforzar su acción, así como el primero en
reconocer que la inducción confiere al acero magnetismo permanente. Muestra que
el magnetismo se pierde por incandescencia, y comprueba que una barra de acero
no aumenta de peso al ser imantada [15]. El
magnetismo —concluye— es, por consiguiente, imponderable. Confirma el
descubrimiento de Pedro Peregrino, y reconoce que los trozos de un imán son
asimismo imanes, cada uno de los cuales posee dos polos. Estudia la inclinación
y declinación de la aguja magnética y trata de explicar por qué su valor varía
con la posición geográfica del lugar.
La Tierra, se pregunta Gilbert, ¿no sería un inmenso imán? Si así fuera, la
acción de sus polos magnéticos daría cuenta del fenómeno de la inclinación.
Para, verificar esta hipótesis, el incansable experimentador construye un imán
esférico, su famosa Microgé[16], y al
aproximar a su imán una pequeña aguja magnética, móvil en torno de su centro de
gravedad, muestra que ésta se comporta cual una aguja de inclinación suspendida
en el plano de un meridiano de la Tierra. Una primera y global explicación de
por qué la aguja magnética se orienta en la dirección norte-sur y la causa de
la inclinación [17], estaban,
pues, encontradas, aunque Gilbert creyera que los polos magnéticos del globo se
confunden con los geográficos. En el magnetismo terrestre, que atribuía a la
presencia de minerales magnéticos en el suelo, Gilbert veía la causa de todos
los fenómenos magnéticos que muestran el hierro y el acero. Esta convicción
parecía corroborada por su descubrimiento de que una barra de acero se imanta
si se la coloca en la posición indicada por la aguja de inclinación. Buscó en
los imanes —siempre guiado por experimentos con su Microgé y la pequeña aguja
que colocaba en su proximidad—, el asiento de la fuerza magnética; ésta no
solamente reside en el interior del imán, sino también en el espacio que lo
circunda, cuyo conjunto de invisibles emanaciones —hoy diríamos líneas de
fuerza— forma un campo magnético —orbis virtutis—, afirma Gilbert. Una
idea magnífica surgió aquí por primera vez, idea grávida de fecundas
consecuencias, y que, sin embargo, hubo de esperar más de doscientos años para
ser ampliamente desarrollada por Ampère y Faraday.
Gilbert dedicó un importante capítulo de su tratado al estudio de la
electricidad. Analizó el conocimiento de la antigüedad al respecto, que se
reducía, como se sabe, al fenómeno estudiado por el pensador jónico Tales, de
que el ámbar fuertemente frotado atrae cuerpos livianos. Repitió con las
sustancias más comunes la experiencia de Tales, y comprobó que lo obtenido con
el ámbar y el ágata se lograba también con el vidrio, el azufre, la sal, la
resina y el alumbre. Para estudiar las propiedades de cuerpos eléctricos,
Gilbert construye el primer electroscopio: una liviana aguja metálica, colocada
por su centro sobre un gorrón. Reconoce que el aire húmedo dificulta, sus
experimentos y descubre la destrucción de la electricidad en un cuerpo por la
acción de la llama. Quizá algunos de sus ensayos eléctricos nos hagan ahora
sonreír; sin embargo, la humanidad requirió dos mil años para llegar del
fenómeno de Tales a las fecundas observaciones del gran experimentador
Guillermo Gilbert.
Segunda Parte
El triunvirato Galileo-Huygens-Newton
Capítulo 4
Galileo
Infancia de Galileo; Años estudiantiles; El isocronismo de los oscilaciones
pendulares; Profesor en Pisa; Crítica a la cinemática de Aristóteles; El método
galileano; Galileo en Padua; La noción de inercia; Trayectoria de los
proyectiles; Aceleración y fuerza; Composición de movimientos; Principio de los
desplazamientos virtuales; El año 1610: Telescopio y descubrimientos
astronómicos; Galileo en Florencia; Lucha por el sistema copernicano; El
proceso.; Los Discorsi; La caída libro; Otros problemas; Altura y velocidad del
sonido; La velocidad de la luz; Muerte de Galileo.
Un
espectáculo de fuerza espiritual y hermosura artística, que la humanidad no vio
desde la extinción del genio griego, ofrece Europa a la retrospección histórica
en el crepúsculo del siglo XVI. Un profundo cambio, incapaz de producirse en un
milenio, se opera en el transcurrir de pocas décadas y agranda poderosamente la
cosmovisión del hombre. Las tinieblas que cubrieran durante más de diez siglos
la faz del viejo mundo ceden al sol ascendente de una nueva época de milagrosa
fecundidad.
En tres dimensiones y simultáneamente, los límites que estrecharon el
pensamiento son abolidos. Acá y allá, en los monasterios, en las universidades,
en escondidas bibliotecas, acaban de aflorar las obras maestras de la antigua
sabiduría, propaladas por el arte de imprimir, y abren una perspectiva en el
tiempo, prolongada hasta los griegos. Atrevidos navegantes,
guiados por la brújula, surcan mares desconocidos, llevan más lejos los jalones
del espacio explorado y acaban con la ignorancia del hombre frente a la Tierra.
Bien pronto se dirigirá el primer anteojo, en manos de Galileo, hacia el
firmamento, para percibir —más allá del universo tolemaico— mundos celestes
nunca vistos por seres humanos. A la conquista del espacio terrestre se agrega
la del espacio celeste.
Italia se encuentra en el foco de esta nueva luz. Allí convergen los rayos de
la primavera espiritual. Roma y Florencia son los centros donde renace el arte;
Padua es el de la ciencia rejuvenecida. En esta ciudad la física se libra del
yugo medieval, allí se opera la grandiosa síntesis de las tentativas felices,
pero poco seguras de sí mismas, emprendidas por Rogerio Bacon, Leonardo de
Vinci, Cardano, Benedetti y Stevin. Lo vislumbrado más o menos vagamente, lo
comenzado sin término por los sagaces precursores, se acaba ahora, gracias al
genio de un solo hombre.
Por cierto, el titán no tenía que descubrir el triple hontanar —filosófico,
matemático y experimental— de donde fluye todo conocimiento de la naturaleza.
De la fuente filosófica había espigado ya con abundancia la física de
Aristóteles, de la fuente matemática se nutría la estática de Arquímedes, y
finalmente, el valor de la experiencia era bien conocido a los árabes y
precursores ingleses e italianos de Galileo. Sin embargo, estos tres
procedimientos separados eran impotentes para ofrecer bases a la ciencia.
Aunque cada uno pueda difundir cierta claridad, aislados son demasiado débiles
para guiar la investigación. El haber reunido en un cegador haz luminoso los
rayos dispersos, el haber juntado la triplicidad del procedimiento
especulativo, matemático y experimental en una e inseparable unidad, ésa es la
obra imperecedera de Galileo.
Nació Galileo Galilei el 15 de febrero, en Pisa, algunos días antes de la
muerte de Miguel Ángel y en el mismo año de 1564 en que en la lejana Albión vio
la luz Shakespeare. El padre de Galileo era un apreciado músico; descendiente
de una familia florentina, considerada pero empobrecida, debió luchar toda su
vida con las necesidades materiales, lo cual dificultaba mucho la educación de
sus seis hijos. Galileo tenía once años cuando la familia volvió a Florencia, y
el joven fue colocado en la escuela del monasterio de Vallombrosa. Las dotes
excepcionales del alumno parecieron haber atraído la atención de los frailes,
dado que ensayaron hacerle entrar en la orden.
El padre deseaba que el hijo abrazase una carrera lucrativa, pero la supuesta y
diabólica intención paterna de haber querido hacer del futuro físico un
comerciante en telas, es una leyenda desmentida por Viviani, discípulo y primer
biógrafo de Galileo. Vicente Galileo no buscaba arrebatar su hijo a la ciencia,
y eligió la medicina, rama que estimó más productiva. Así ocurrió que, a fines
de 1581, Galileo fue enviado para estudiar el arte de Galeno a la Universidad
de Pisa. Durante cuatro años fue educado en olor de medicina, como otros
físicos — Fermat y Avogadro— lo fueron en el de derecho, y otro aún —Pascal— lo
fue en el de santidad.
Los primeros años en el Estudio pisano -hoy diríamos Universidad— convencen al
estudiante de que su vocación no lo destina a curar enfermos. Las lecciones de
filosofía aristotélico-escolástica que debe seguir, y cuya caducidad entrevé la
perspicacia del joven, ejercen poca atracción sobre este fogoso espíritu en
busca de su camino. Las discusiones públicas que sostiene, revelan ya al futuro
y temible crítico de las ideas en boga, sancionadas por la ciencia oficial. A
los diecinueve años el león muestra por primera vez las garras y realiza el
primer descubrimiento. Al observar las oscilaciones de una lámpara en la
catedral de Pisa—cuenta Viviani—, Galileo reconoce el isocronismo de las
oscilaciones pendulares. Falto de un instrumento para medir el tiempo, se ayuda
—como lo hiciera antes Cardano— con su pulso y comprueba sorprendido que la
duración de las oscilaciones es igual, cualesquiera sean sus amplitudes, y
concibe la idea de que el péndulo podida servir para construir un reloj de alta
precisión, idea que Huygens había de realizar un día. Más tarde, cuando
experimentos repetidos le aportaron la certidumbre de su feliz intuición y le
mostraron, además, que el período de oscilación no varía ni con el peso ni con
la naturaleza del péndulo, Galileo escribirá:
«Tomó
dos bolas, una de plomo y otra de corcho; la primera cien veces más pesada que
la segunda, ambas suspendidas de hilos finos y de igual longitud. Alejó la una
y la otra de la vertical y las dejó escapar al mismo tiempo; las dos
descendieron a lo largo de las circunferencias de círculos descritos por los
hilos, con radios iguales, sobrepasando la vertical. Después rehicieron el
mismo camino y repitieron más de cien veces las mismas idas y venidas.
Demostraron en forma evidente que el péndulo pesado se mueve en el mismo tiempo
que el liviano. Ambos oscilan con ritmo igual... al alejar el péndulo de plomo
40° de la vertical, y dejándolo en libertad, corre y sobrepasa la vertical,
aproximadamente en otros 50°, describiendo un arco de casi 100º. Al volver sobre
la marcha anterior describe otro arco más pequeño, continúa sus oscilaciones y
después de un gran número de ellas queda por fin en reposo. Cada una de estas
oscilaciones se efectúa en tiempos iguales tanto la de 40°, como la de 50°, la
de 10° o la de 4°, de aquí se deduce que la velocidad del péndulo disminuyo
siempre, puesto que en tiempos iguales, describe sucesivamente arcos de más en
más pequeños.»
En
realidad, Galileo exageraba. Los períodos de oscilación sólo son iguales para
pequeñas amplitudes, mas, a pesar de ello, la ley del isocronismo pendular
estaba descubierta.
¿Lo determinó esta primera prueba de su genio a descuidar sus estudios de
medicina para dedicarse a las matemáticas? No lo sabemos. Lo seguro es que la
elección del estudiante entre Hipócrates y Euclides está definitivamente hecha.
Galileo profundiza el conocimiento de los Elementos del
geómetra griego, aprovechando las lecciones privadas del matemático Ostilio
Ricci. En temprana edad atisba claramente que no son los razonamientos
escolásticos, sino las matemáticas, los que pueden proporcionar la clave para
concebir los fenómenos de la naturaleza. Esta idea dirigirá sus investigaciones
a lo largo de toda su vida:
«La
filosofía —afirma— está escrita en un magno libro, siempre abierto ante
nuestros ojos: el universo. Imposible es entenderlo sin aprender previamente la
lengua, sin conocer los caracteres en que está escrito. Su idioma es el de las
matemáticas, y las letras son los triángulos, los círculos u otros figuras
geométricas, medios sin los cuales no es dado a ningún ser humano comprender
una sola palabra; sin ellos, el espíritu deambula en un oscuro laberinto.»
El
padre ve desvanecerse el acariciado sueño de aliviar las angustias económicas
de la familia gracias a los honorarios del hijo médico. Un año después de haber
iniciado los estudios matemáticos, Galileo deja la Universidad de Pisa y vuelve
a Florencia. No ha conquistado ningún grado académico, mas ha descubierto su
vocación. Continúa el estudio de Euclides, completa sus conocimientos de
Aristóteles y de Platón, y sobre todo se vuelca con verdadera pasión en la
lectura de Arquímedes. La entusiástica admiración que testimonia frente al
genial creador de la estática, le acompañará toda su vida. Los trabajos de la
estudiosa espera y preparación en la casa paterna llevan el incontestable sello
arquimédico: su bilancelta —una balanza hidrostática— y sus
investigaciones sobre el centro de gravedad en sólidos —fruto de los años
florentinos— revelan que el tiempo pasado en meditar los problemas del gran
siracusano no fueron horas perdidas. Un noble amante de las ciencias, el
marqués Guidobaldo dal Monte, sabio comentador de varios tratados de
Arquímedes, personaje influyente de la corte toscana, reconoce en estos
escritos las promesas de un futuro genio e interviene en su favor. El milagro
se cumple: a pesar de que a Galileo le faltan títulos académicos, el protector
logra procurarle una cátedra en el Estudio pisano. El joven Galileo —tiene
veinticinco años— ve que se van cumpliendo sus aspiraciones: vuelve a Pisa,
esta vez como profesor de matemáticas.
La mezquina retribución de 60 escudos anuales que la Universidad asigna a su
matemático (mientras que el profesor de medicina cobra 2.000 escudos) podría
sin duda frenar los vuelos de un espíritu menos activo que el de Galileo, ya
que su estrechez económica está agravada por la hostilidad más o menos abierta
de un sofocante ambiente dominado por obcecados pedantes. No obstante, la
estancia en Pisa es decisiva en su vida, época fértil en iniciativas y
descubrimientos. Galileo corrobora la regla, muy general, de que la fase más
fecunda en la vida de un investigador es el fin de su tercera década. Durante
su profesorado en Pisa y en los primeros años de Padua nacen los principios de
la nueva mecánica, ideas fundamentales y rebeldes, que madurarán durante más de
cuatro décadas antes de alcanzar, en su retiro forzado de Siena y Arcetri,
forma definitiva.
Galileo se aplica algunos meses después de su llegada a Pisa a problemas que
debían quedar cual núcleo central de su obra como físico: los del movimiento.
Una densa red de errores peripatéticos, tejida con especulaciones apriorísticas,
escondía la naturaleza física de las leyes del movimiento. Necesario era
eliminarla antes de poder describir las leyes. ¡Tarea difícil y aun peligrosa,
vista la aplastante autoridad del estagirita! Aristóteles afirmó que cada
cuerpo, si no es obstaculizado, trata de ocupar su lugar natural: los cuerpos
livianos, fuego y aire, tienden por su naturaleza inmanente a ir hacia arriba;
los cuerpos pesados, agua, piedras, metales, hacia abajo. La ascensión de los
cuerpos livianos y el descenso de los graves son movimientos naturales, en
oposición a los movimientos forzados (el de una piedra arrojada, por ejemplo),
que se efectúan contrariando la tendencia de buscar el lugar predeterminado.
Por diferentes que sean el movimiento natural y el forzado, ambos necesitan un
motor que siempre debe estar, sin intermediario, con lo movido. Sin el contacto
con su motor, ningún cuerpo podría moverse. En el caso del movimiento natural,
el motor es eterno (está en el cuerpo); en el del movimiento forzado, el motor
es perecedero, casual. Si un cuerpo grave cae, su velocidad adquirida crece,
hecho que no escapó a la atención del estagirita. ¿Cómo explicar este
incremento de la velocidad? El aire es, asegura Aristóteles, el que se cierra
detrás del cuerpo en caída y le confiere un impulso, actuando como factor de
aceleración. Agreguemos, para terminar, un importante corolario de la doctrina:
los cuerpos más pesados —con la tendencia a alcanzar su lugar natural— caen más
rápidamente que los cuerpos menos pesados.
Esta última aseveración es atacada por Galileo en sus lecciones de Pisa. La
refutación de la ley peripatética es para él el punto arquimédico, a partir del
cual desgoznará, poco a poco, toda la ilusoria cinemática de Aristóteles.
Demuestra la igualdad de los tiempos de caída para cuerpos livianos y pesados;
la demuestra con un razonamiento de carácter enteramente peripatético, batiendo
al adversario con sus propias armas. Si Aristóteles, sostiene Galileo,
estuviera en lo cierto, entonces un cuerpo compuesto por la reunión de uno
pesado y otro liviano, debería caer con mayor velocidad que
cada una de sus partes, por ser más pesado que cada una de ellas. Sin embargo,
en el cuerpo compuesto la parte liviana y lenta obstaculiza a la pesada y
rápida, de modo que el cuerpo entero debería caer con menor, velocidad que
la parte pesada. Así, la suposición aristotélica conduce a una flagrante
contradicción. Por otra parte, consideremos dos cuerpos del mismo peso: éstos
caen, según Aristóteles, con igual rapidez; no puede, por lo tanto, influir
para nada el que estén reunidos en un solo cuerpo, y éste, aunque de doble
peso, deberá caer con una velocidad igual a la de sus dos partes, cada una de
ellas más liviana que el todo.
En realidad, Galileo no precisaba estos razonamientos para reconocer que los
tiempos de caída de los graves son independientes de sus pesos y de sus
densidades. Los resultados indicados —de sus estudios sobre el movimiento
pendular— lo llevaron, gracias a una sutil ocurrencia, a concluir que el
postulado aristotélico debía ser falso. Un péndulo oscilante, se dijo, describe
arcos de círculo. Un arco se puede imaginar formado por una infinidad de
minúsculos segmentos rectilíneos, cada uno de ellos comparable a un
infinitesimal plano inclinado. Así, el péndulo oscilante no hace más que
descender y después subir a lo largo de planos inclinados. ¿No podríamos
asimilar, se pregunta Galileo, la caída inclinada a la caída vertical?
Entonces, como el peso del péndulo no hace variar la duración de la caída,
resulta que esta duración no depende del peso de los graves que se precipitan.
Galileo se encuentra, pues, en posesión de la ley, cuando emprende
—probablemente en 1590— su famosa experiencia, haciendo caer de la torre
inclinada, en Pisa, esferas con radios iguales, pero de diferentes pesos. El
éxito del espectacular experimento, ejecutado en presencia de profesores,
estudiantes y una muchedumbre de curiosos, fue poco concluyente.
Galileo Galilei
Bien
sabía Galileo que la resistencia del aire, al restar en distintos grados
velocidad a los móviles, perturba el desarrollo de la caída libre hasta
enmascarar la ley, que no se verifica con exactitud más que en el vacío. Por
cierto, estos groseros experimentos estaban lejos de convencer a sus
adversarios; por el contrario, permitieron a uno de ellos, Jorge Corresio,
emplearlos como argumento en la lucha contra la tesis galileana. Galileo mismo
les atribuía poco valor demostrativo, a tal punto, que en los veinte gruesos
volúmenes que reúnen hoy —en la ejemplar edición del profesor Antonio Favaro—
las obras del gran toscano, no se encuentran más que dos cortas referencias que
recuerdan estos experimentos. Si el joven Galileo halló el coraje para
contradecir los postulados fundamentales de la cinemática aristotélica, no fue
porque podía invocar el testimonio de experiencias, sino porque razonamientos
—en el caso del péndulo y de la caída— de orden geométrico le demostraron la
caducidad de la física peripatética.
En suma, como lo veremos más adelante con mayor claridad, no es, pese a lo que
digan los manuales, la pretendida trascendencia del experimento la que separa a
los métodos galileanos y aristotélicos.
Ambos parten de postulados apriorísticos, ambos van por el camino de los
razonamientos deductivos, y llegan, sin embargo, a resultados diametralmente
opuestos. Sus conclusiones deben ser diferentes, dado que el estagirita elige
su axioma inicial a fin de explicar el fenómeno, en tanto que
el toscano elige el suyo a fin de describir el mismo fenómeno.
Aristóteles procura aclarar la causa, el porqué del
acontecimiento físico, Galileo busca asir el cómo de su
desarrollo. Las suposiciones de Aristóteles son inaccesibles a la observación
(«los graves deben caer por su naturaleza inmanente»), las de Galileo son
susceptibles de verificación experimental («los graves deben caer con
velocidades independientes de sus pesos»). Sin embargo, Galileo no pone en
juego la experiencia para encontrar la ley, la invoca sólo para verificarla, ya
encontrada con razonamientos deductivos. No se peca subrayando demasiado esta
característica del método galileano, puesto que fue desconocida por muchos
historiadores que proclamaron perentoriamente a Galileo como inventor de la
física experimental. El ilustre toscano no inventó el llamado método
experimental de la investigación. Sus precursores — Benedetti, Stevin y otros—
lo emplearon, y algunos de sus contemporáneos y discípulos —como Gilbert,
Guericke y Torricelli— lo utilizaron con mayor éxito y más frecuentemente que
él. La revolucionaria innovación metodológica introducida por el gran italiano
en la ciencia —su discrepancia con Aristóteles— no consiste en la apoteosis de
la experiencia con menosprecio de la especulación deductiva, sino, como hemos
dicho, en la magistral síntesis del triple método de sus precursores
—filosófico, matemático y empírico— en una e indivisible unidad.
«Quien
no comprende el movimiento —afirmó Aristóteles- no comprende la naturaleza.»
¿No
es, pues, un sacrilegio la hazaña del joven pisano, su demostración de que el
idolatrado estagirita no había asido los elementos fundamentales del movimiento
natural, y que sus libros, sobre los que juraban los pedantes del Estudio de
Pisa, contenían evidentes errores? En efecto, el abismo entre las tesis de
Galileo y las de Aristóteles no podía ser más profundo:
|
Aristóteles |
|
Galileo |
|
1. Si cayeran los graves en el vacío, se moverían con
movimiento uniforme |
|
1. Si cayeran los graves en el vacío, se moverían con
movimiento acelerado. |
|
2. El aire que se cierra detrás de los móviles le imprime un
aumento de velocidad. |
|
2. El aíre que opone resistencia a la caída de los graves
disminuye la velocidad de sus movimientos. |
|
3. La velocidad en la caída es directamente proporcional al
peso de los graves en caída. |
|
3. La velocidad en la caída es independiente del peso de los
graves en caída. |
A estas irreductibles antítesis formulada en Pisa, se agregarán pronto, en
Padua, otras dos:
|
4. La velocidad en la caída es directamente proporcional al
espacio recorrido. |
|
4. La velocidad en la caída es directamente proporcional al
tiempo transcurrido. |
|
5. La acción continua de una fuer za, es indispensable para
mantener el movimiento de un cuerpo. |
|
5. Un móvil se mantiene por sí mis mo en movimiento, la acción
de la fuerza cambia el movimiento preexistente. |
Falso sería creer que Galileo rehúsa al genio de su adversario el respeto
debido. Ningún pensador de la antigüedad ni de los tiempos modernos fue tan
universal como el estagirita; ninguno abarcó campos tan variados y vastos como
Aristóteles. Así corno su obra sobrepasa a toda otra por su casi sobrehumana
extensión, por su universalidad enciclopédica, también la sobrepasa por el
número de errores - muchos de los mismos inevitables en su tiempo— que
contiene. Galileo es un sincero admirador del auténtico espíritu de
Aristóteles; lo que combate no es al estagirita, es a la ceguera de sus
acólitos escolásticos, es a la falsa creencia de que la ciencia podría ser un
libro cerrado, un sistema de dogmas definitivos, inquebrantables en todos los
tiempos.
«Estimo
—escribe ya anciano Galileo en una carta— que ser verdadero filosofo
aristotélico consiste principalmente en filosofar, conforme a !as enseñanzas
aristotélicas, procediendo según el método, las suposiciones y principios,
sobre los cuales se funda el razonamiento científico... Estoy seguro de que si
Aristóteles retomara al mundo, me recibiría entre sus discípulos, a causa de
mis pocas contradicciones, más decididamente que a ciertos otros, que para
sostener cada uno de sus dichos como cierto, van espigando de sus textos
conceptos que no se les habrían ocurrido.»
Estos
«espigadores de textos», peripatéticos ortodoxos, son justamente quienes ocupan
las cátedras en Pisa. Su hostilidad vuélvese cada día más abierta, y finalmente
toda la Facultad, a excepción de uno de sus miembros, se vuelca contra el
intruso rebelde. La posición de Galileo hácese insostenible; renuncia antes de
vencerse su contrato. Su estancia en Pisa duró tres años.
Venecia, la libre república, lo atrae; allí el clima no es hostil a las ideas
innovadoras; la tiranía espiritual de los escolásticos tiene menor asidero.
Galileo es favorecido por la suerte: la cátedra de matemáticas en la
Universidad de Padua, dependiente de la Señoría veneciana, está vacante.
Secundado por su amigo y protector Guidobaldo dal Monte, Galileo es nombrado
para ocuparla. Su discurso inaugural entusiasma a profesores y estudiantes; más
tarde, cuando hable sobre los milagros del cielo, el aula magna de la
Universidad apenas podrá contener a la multitud de oyentes, cuyo número va a
llegar a dos mil. El ambiente es acogedor. Muchos de sus colegas son sabios de
reputación mundial, como el profesor de medicina Jerónimo Fabrizio, llamado el
«Colón del cuerpo humano», maestro de Guillermo Harvey, el joven que un día
demostrará la circulación de la sangre. Entre los discípulos de Galileo se
encuentran futuros matemáticos de primera fila: Cavalieri, Castelli y otros.
Como una pesadilla al despertar, se disipan en esta atmósfera de espíritus
hermanos los malos recuerdos de Pisa. En los dieciocho años de la época
paduana, los más felices y activos de la vida de Galileo, su prestigio va
creciendo hasta alcanzar fama universal. De Francia y de Inglaterra, de
Alemania y de la lejana Polonia, acuden los alumnos para escuchar las palabras
del incomparable maestro. La luz de la nueva ciencia galileana comienza a
irradiarse de la república veneciana a todos los países de Europa.
Los problemas que Galileo resuelve durante el período paduano son de
extraordinaria variedad y de turbadora riqueza. Los conceptos mecánicos
vislumbrados en Pisa se desarrollan ahora con claridad y precisión siempre
crecientes.
Una de las nociones básicas de la mecánica, cuando no la noción básica por
excelencia, cuya ausencia en la ciencia griega hizo fracasar durante siglos las
tentativas de crear la dinámica, la encuentra Galileo en los primeros años de
Padua: la noción de la inercia, el principio de que los
cuerpos tienden a conservar su estado de reposo o de movimiento en tanto que
una fuerza no los obliga a dejarlo. Verdad es que no enuncia la clásica ley que
más tarde encabezará la doctrina newtoniana del movimiento, pero reconoce con
toda claridad el hecho trascendental de que la conducta, futura de un cuerpo,
su comportamiento físico, depende de la inercia que posee. Por supuesto, le
falta todavía el concepto de «masa», y mide la inercia por el peso. Los
ingenieros de hoy, a trescientos años de Galileo, ¿no proceden igual?
La ausencia de la noción primordial de la masa —este atributo intrínseco de la
materia, que no la abandona en ninguna posición o condición— impide a Galileo
extender el principio de inercia a todos los cuerpos, estén o no sometidos a la
gravitación terrestre.
Esta hazaña estaba reservada a Isaac Newton. A Galileo no se le escapan los
límites de la validez de su mecánica, y nos advierte repetidamente que sus
leyes valen sólo para movimientos en la proximidad de la superficie terrestre.
La clarividencia con que reconoce Galileo que el destino de un móvil está
indisolublemente ligado a su inercia, la ilustra el empleo que de ello hace
para determinaría trayectoria de un proyectil, admitiendo que
permanece uniforme la velocidad horizontal de la bala después de haber
abandonado el cañón del fusil. La bala, proyectada horizontalmente, seguiría,
asegura él, moviéndose en línea recta.
La gravedad que actúa sobre el proyectil desearía atraerlo hacia abajo, pero
sin poder aumentar o disminuir la razón según la cual progresa horizontalmente;
de donde resulta que cualquiera que sea la trayectoria o la dirección del
movimiento en un momento dado, la distancia recorrida horizontal mente será la
medida del tiempo transcurrido desde el comienzo del movimiento. El cálculo en
alianza con la construcción geométrica muestra que la curva descrita tendrá las
propiedades de una parábola. Este notable descubrimiento es uno de los primeros
y resonantes éxitos de Cableo en Padua.
El haber resuelto el problema del tiro horizontal no satisface a Galileo:
estudia el tiro oblicuo y establece posición y dimensión de la parábola para
todas las direcciones posibles del proyectil; prueba que el alcance del tiro en
un plano horizontal es máximo si el ángulo de elevación es de 45°, y que el
alcance es el mismo para dos elevaciones que difieren de 45° en igual magnitud,
una en más y otra en menos. Además, afirma que dos proyectiles, dejado el uno
caer libremente y el otro lanzado horizontalmente desde la misma altura,
tocarán un plano horizontal al mismo tiempo.
Galileo introduce en la mecánica la noción de aceleración, dando
a esto fundamental concepto su sentido actual. Para analizar un movimiento
variable, como la caída o el lanzamiento, la noción tradicional de la velocidad
no basta, es menester modificarla y generalizarla. Si un cuerpo se mueve
uniformemente, su velocidad, el cociente de su camino por el tiempo empleado en
recorrerlo, s/t, permanece constante, cualesquiera que sean
el espacio y el tiempo considerados. Sin embargo, el movimiento variable no
permite este procedimiento, que daría para la velocidad los valores más
diversos. Comprendida de este modo, la velocidad perdería toda significación
determinada. En tanto, si se considera al movimiento en un elemento de tiempo
muy pequeño, se le podrá concebir como uniforme y definir la velocidad en un
instante dado como el límite hacia el cual tiende el cociente s/t,
cuando el elemento de tiempo se vuelve infinitamente pequeño, límite
representado en la notación moderna por
En
un movimiento uniformemente acelerado, la variación de la velocidad con el
tiempo, el cociente v/t, será constante por definición:
«Llamará
— nos dice Galileo — movimientos uniformemente acelerados, a aquellos que desde
el comienzo confieren iguales incrementos de velocidad en tiempos iguales.»
Si
se consideran movimientos no uniformemente acelerados, el cociente v/tguarda
un valor determinado, sólo si t es suficientemente pequeño
para poder concebir el incremento de velocidad como uniforme. La noción de
aceleración se extenderá del mismo modo que se debió extender la de velocidad,
y se definirá la aceleración como la razón entre un aumento infinitamente
pequeño de la velocidad, dv, y el tiempo dt durante
el cual se produjo. En nuestra actual notación, la aceleración para un
movimiento rectilíneo estará, pues, representada por:
precisamente,
es el sentido dado tácitamente por Galileo al concepto de aceleración. Secciona
en su pensamiento el tiempo en elementos infinitesimales y aplica prácticamente
al tiempo la doctrina de límite que Arquímedes aplicó al espacio. Por supuesto,
llega a sus resultados sin el cálculo diferencial, aún no descubierto, cuyos
principios esenciales emplea, sin embargo. Si las matemáticas puras le hubieran
atraído más que sus aplicaciones a la mecánica, quién sabe si el gran toscano
habría logrado inventar el cálculo fluxional, que había de ser mérito
imperecedero de Newton y Leibniz.
Galileo ha precisado el sentido de la noción de aceleración, mas no la creó. En
tanto, es el creador del concepto de fuerza.
Verdad es que no lo define, pero le asigna en sus razonamientos, cálculos y
experiencias sobre los movimientos acelerados, el mismo sentido que nosotros y
lo concibo como determinante de la aceleración. La noción abstracta de fuerza
aparece en el pensamiento de Galileo con toda claridad, está libre de antropomorfismo,
y no está oscurecida, como en sus sucesores, por la falsa analogía de sensación
muscular, ni identificada con un nebuloso agente metafísico; es pura y
simplemente una abstracción matemática. Haber conocido que la fuerza no
determina ni posición, ni velocidad, pero produce aceleración, es una de las
glorias más imperecederas del ilustre toscano.
Como vimos a propósito de las investigaciones sobre movimiento de proyectiles,
la composición de los movimientos es familiar a Galileo. Si a
un cuerpo en movimiento, afirma, se imprime otro movimiento, los dos coexisten
sin perturbarse.
El tránsito de este problema al de la composición de las fuerzas se efectúa en
sus razonamientos sin dificultad. Ya antes Simón Stevin, cuyas investigaciones
hemos bosquejado en el capítulo anterior, comprobó que tres fuerzas
representadas en magnitud y dirección por los lados de un triángulo se
equilibran. El sabio flamenco se limitó, sin embargo, al aspecto estático del
problema, y es Galileo quien reconoció la trascendencia del principio para la
dinámica. El enunciado moderno —las fuerzas que actúan sobre un punto y que
están representadas en magnitud y dirección por los lados de un paralelogramo,
pueden ser reemplazadas por una única fuerza dada por la diagonal del paralelogramo—
del paralelogramo de las fuerzas, es obra del matemático
francés Pedro Varignon (1687).
El teorema de la composición de las fuerzas no es el único en evidenciar un
contacto entre el espíritu inventivo de Stevin y el genio de Galileo. Más donde
el sabio flamenco ha visto sólo casos más o menos aislados, Galileo forja leyes
de la naturaleza. En sus investigaciones sobre problemas de la estática, Stevin
reconoció que en un sistema de poleas en equilibrio, los productos de cada uno
de los pesos por las magnitudes de sus respectivos desplazamientos son iguales.
Galileo extiende este descubrimiento a otras máquinas simples (la palanca, el
torno, el tomillo), lo generaliza y profundiza.
A su clarividencia no escapa que los determinantes del movimiento no son
solamente los pesos, sino también sus alturas de caída, las magnitudes de sus
desplazamientos medidas según la vertical.
Sean P, P1, P2... los
pesos actuantes de un sistema y a, a1 a2...
las alturas verticales de los desplazamientos simultáneamente posibles
(virtuales), contadas positivamente hacia abajo, y negativamente hacia arriba,
entonces, la suma
Pa + P1 a1 + P2a2 +...
será
la determinante de la ruptura del equilibrio, suma que se llamará más tarde
trabajo. Galileo reconoce que el sistema estará en equilibrio si
Pa + P1 a1 + P2a2 +...
= 0
En
la Meccaniche, síntesis de sus lecciones profesadas en Padua,
al examinar las máquinas simples, enuncia la ley:
«Siempre
lo ganado en fuerza se pierde en tiempo. Principio verdadero para todos los
instrumentos que podrán ser imaginados.»
Es
precisamente el principio de los desplazamientos virtuales, cuya
validez general para todos los casos de equilibrio demostrará después (1717)
Juan Bernoulli y el cual Lagrange, en su Mecánica analítica,
transformará un día (1788) en punto de partida y base de la estática.
Galileo se encuentra en posesión de todos los descubrimientos bosquejados, que
serán piedras angulares de la mecánica futura, cuando sobrevienen dos
acontecimientos que dan un giro imprevisto a su carrera. Las noticias de sus
investigaciones sobre problemas de la dinámica se difunden muy lentamente y
necesitan mucho tiempo para ser comprendidas por los sabios: en 1647 —cinco
años después de la muerte de Galileo— la Sociedad Real de Londres discute
todavía si dos péndulos de igual longitud, pero hechos con dos sustancias
diferentes, oscilan o no en tiempos iguales. Por el contrario, sus
sorprendentes hallazgos astronómicos, iniciados por dos acontecimientos, uno
terrestre y otro celeste, actúan casi inmediatamente con la fuerza de una sensación
mundial y le aportan, a la vez, los éxitos más clamorosos y las amarguras más
profundas de su vida.
El 9 de octubre de 1604 la aparición de una nueva estrella en el firmamento
asombra al mundo de los sabios. Visible durante dieciocho meses en la
constelación de la Serpiente, la misteriosa estrella es un desafío a la
doctrina peripatética. ¿Cómo conciliar el turbador fenómeno con la teoría de la
inmutabilidad del cielo proclamada por Aristóteles? Por cierto, el estagirita
admite la posibilidad de que las bajas regiones celestes puedan ser teatro de
cambios cósmicos: cometas y meteoros — cuerpos perecederos y fugitivos— cruzan
estas zonas inferiores, donde circulan igualmente los planetas.
Mas la esfera superior, la de las estrellas fijas, es —afirma Aristóteles—
incorruptible, inmutable para toda la eternidad. ¿Brillaba en la baja región
del cielo el enigmático astro que parecía probar con su presencia que el
firmamento puede ser escenario de dinámicos e insospechados acontecimientos?
Galileo demuestra que la intrusa no posee paralaje, es decir, que su posición
aparente no evidencia ninguna diferencia, cualquiera que sea el punto terrestre
desde el cual se la observe. Ahora bien: las paralajes decrecen con la
distancia, y en la época de Galileo sólo las de planetas —cuerpos cercanos—
eran mensurables; las estrellas fijas —cuerpos lejanos— no tenían paralajes
determinables. La conclusión del hecho se impone, y Galileo la ofrece en tres
conferencias dadas ante un inmenso auditorio: la nueva estrella se encuentra
más allá de la esfera de los planetas, en la esfera superior del universo; ésta
no puede, pues, diga lo que diga el estagirita, estar cuajada en eterna
inmovilidad. Su fe en el sistema tolemaico, heredero de la cosmografía
aristotélica, sistema que Galileo enseñó en sus primeros años de Padua, está
desde ahora profundamente sacudida.
Se inicia el año 1609, año decisivo, preñado de trascendentales
acontecimientos. A Venecia llegan las nuevas de la invención del telescopio,
construido por los holandeses Francisco Lippershey y Zacarías Janson y
presentado el 2 de octubre de 1608, como instrumento utilizable para fines
militares, a los Estados Generales neerlandeses. Un gentilhombre francés,
Jacobo Badouère, ve en París un modelo en los escaparates de un óptico. Al
pasar por Venecia, encuentra a Galileo y le asegura haber visto con el anteojo
holandés, barcos lejanos, sobre el Sena, cual si estuvieran cerca.
«Oído
esto —escribe Galileo— volví a Padua y me puse a pensar sobre el problema,
resolviéndolo en la primera noche. Razonó del modo siguiente: Ese artefacto
consta, bien de uno o bien de varios vidrios. De uno solo no puede ser, pues su
figura o es convexa, o es cóncava, o es de caras paralelas; pero esta última no
altera los objetos; la cóncava los disminuye; la convexa los aumenta, pero los
hace indistintos; por lo tanto, un solo vidrio no basta para producir el
efecto. Pasando, pues, a dos vidrios y sabiendo que el de caras paralelas nada
altera, concluí que el efecto tampoco se podía producir por su acoplamiento a
uno de los otros dos. Por consiguiente, me limitó a experimentar qué ocurre
combinando el convexo y el cóncavo, y vi que así lograba lo buscado... Al día
siguiente fabriqué el instrumento. Me dediqué en seguida a fabricar otro más
perfecto, que seis días después llevó a Venecia, donde con gran maravilla fue
visto por casi todos los principales gentileshombres de la república.»
Del
jardín de su pequeña casa de la Via dei Vignali, en Padua, Galileo dirige hacia
el firmamento su telescopio: montañas y valles sobre la superficie de la Luna
se revelan por primera vez a los ojos del hombre; la Vía Láctea se descompone
en una legión de innumerables y pequeñas estrellas; en la cabeza y en el
cinturón de Orión aparecen astros invisibles a simple vista. El planeta Venus
le muestra sus fases, semejantes a las de la Luna. Enfoca a Júpiter con su
instrumento y descubre, en la memorable noche del 7 de enero de 1610, a tres de
sus satélites, a los que se agrega en la semana siguiente un cuarto. Mira a
Saturno y ve su enigmático triple aspecto (tergeminus), como
si dos gruesos satélites muy cercanos lo acompañaran. Cinco décadas más tarde,
Huygens dilucidará el misterio del anillo que cerca al extraordinario planeta.
Por fin, con su telescopio apunta hacia la superficie del Sol y percibe sobre
ese globo de fuego puro manchas tan grandes como «Asia y África juntas»;
además, las manchas se desplazan, mostrando la rotación del globo solar.
Gracias a su telescopio, Galileo revela en el firmamento más realidades
milagrosas en algunos meses que los antiguos babilonios, egipcios, griegos y
sabios medievales en otros tantos millares de años.
El primer relato de sus descubrimientos, el Mensajero del cielo
(Sidereus nuncius), publicado en la primavera del mismo año, excita un
enorme interés; los 550 ejemplares de la primera edición se agotan en pocos
días. Galileo es nombrado —en recompensa por las mejoras introducidas al
anteojo— profesor vitalicio del Estudio de Padua y se le asigna un salario que
hasta entonces la república de Venecia no había pagado nunca a un matemático.
Los peripatéticos, estupefactos, procuran negar la realidad de estos
descubrimientos que amenazan con el derrumbe total de los pilares de su
doctrina. El padre Clavius, reputado astrónomo, declara que los fenómenos
celestes vistos por Galileo no son más que ilusiones ópticas y afirma que para
ver los satélites de Júpiter es menester fabricar un anteojo que los produzca.
Sin duda, Clavius reconoce pronto su error y confiesa caballerescamente haber
visto las montañas de la Luna con el telescopio. Más otros aristotélicos son
menos tratables y persisten en su actitud hostil hasta negarse, como el
filósofo paduano Cremonino y uno de sus colegas de Pisa, a mirar a través del
telescopio
«Habrías
reído estrepitosamente —escribe Galileo a Kepler— si hubieses oído las cosas
que el primer filósofo de la Facultad de Pisa dijo contra mí, en presencia del
gran duque; cómo se esforzaba, con ayuda de la lógica y de mágicos conjuros, en
discutir la existencia de las nuevas estrellas y arrancarlas por fuerza del
cielo.»
Como
los textos de Aristóteles —fueron sus argumentos— ignoraban a los pretendidos
milagros galileanos, ellos no podían ser reales.
«No
les bastaría —asegura Galileo a su discípulo Costolli— el testimonio de la
misma estrella si bajase a la Tierra y hablase de sí misma.»
En
el otoño del mismo año de 1610, que tantos admiradores y enemigos le valió,
Galileo deja Padua para volver a Florencia. El gran duque Cosme II de Toscana
acaba de nombrarle su primer matemático y filósofo adjunto a su persona.
Cubierto de honores entra como triunfador en la capital toscana y no sospecha
los peligros a cuyo encuentro marcha, por dejar la libre república de Venecia y
cruzar los Apeninos. En realidad, en este momento nada indica el trágico
conflicto que va a oscurecer el ocaso de su vida. Los astrónomos eclesiásticos
del Colegio Romano ratificaron la certeza de sus descubrimientos y el papa
Pablo V le concede, en marzo de 1611, una enaltecedora audiencia; los altos
dignatarios de la Iglesia observan a través del telescopio los fenómenos descubiertos
por el gran toscano, al que prodigan atenciones y muestras de alabanza. El
cardenal Dal Monte escribe al gran duque de Toscana, que si se viviera como en
los siglos de la república romana, se levantaría ya en Roma un monumento a
Galileo.
No cabe duda de que Galileo, en el momento de su pasaje por Roma, es ya un
copernicano convencido. Sus descubrimientos astronómicos, irreconciliables con
la astronomía de Tolomeo, le demostraron claramente la caducidad del sistema
geocéntrico. ¿Cómo explicar las fases de Venus, reveladas por el telescopio,
sino por el hecho de que este planeta, como Copérnico lo había enseñado, es un
cuerpo opaco que gira en torno del Sol, del cual recibe su luz? Los satélites
de Júpiter revelaron con toda evidencia que la Tierra no podía ser el único
centro de movimiento, como lo exigía la astronomía tolemaica; las lunas
jovianas, al circular en tomo de su planeta, representaban, en escala reducida,
un modelo visible del sistema solar de Copérnico. Así, el universo mismo
proporcionó argumentos para la nueva doctrina y Galileo se adhiere a ella
abiertamente, desde los primeros años de su regreso a Florencia. No ve ninguna
contradicción entre su convicción copernicana y su fe sinceramente católica:
«La
Biblia —escribe en 1613 a su discípulo Castelli— no puede equivocarse, pero sí
sus intérpretes. El estilo de la Sagrada Escritura trata de adaptarse a la
fuerza de comprensión del pueblo. Por esto, hay muchos pasajes en que son
permitidas interpretaciones que se apartan del texto original... Hay que
distinguir entre verdad o inter pretación de la Biblia. En las cosas sagradas
hay que someterse incondicionalmente a la Biblia, pero en las cosas naturales
debe dirigirse la explicación de la Escritura hacia los seguros resultados de
la investigación científica.»
Esta
carta, difundida por sus amigos en varias copias, parece ser uno de los motivos
de la acusación presentada en 1615 contra Galileo ante el prefecto de la
Congregación Romana del Índice. La decisión condena a la doctrina heliocéntrica
como contraria a la enseñanza de las Escrituras, ordena correcciones y
supresiones en la obra de Copérnico y pone en el índice todos los escritos que
la defienden. Galileo es amonestado, y promete abandonar la doctrina prohibida.
Mas he aquí que las cosas cambian súbitamente de aspecto en 1623. El cardenal
Maffeo Barberini —Urbano VIII— asciende a la silla de San Pedro. El nuevo
pontífice, que siempre demostró su amistad para con el gran toscano, lo recibe
en cordiales audiencias.
Galileo se siente al abrigo de los ataques de sus adversarios; estima el
momento propicio para realizar el proyecto acariciado desde largos años:
exponer a la luz de la nueva ciencia los argumentos que militan en favor de la
doctrina de Copérnico. Somete su obra a la censura romana, obtiene la licencia
y en 1632 aparece su Dialogo intomo ai due massimi sistemi del mondo, la
primera y magnífica vulgarización de la tesis heliocéntrica, libro profundo y
lleno de espíritu. Con extraordinaria, habilidad dialéctica el sistema
copernicano es presentado como hipótesis discutida apasionadamente por tres
interlocutores: Salviati, pensador agudo, sutil defensor de la tesis de
Copérnico; Sagredo, sagaz e imparcial observador, crítico —sin ideas
preconcebidas— de las dos doctrinas opuestas, y Simplicio, inquebrantable
peripatético, obstinado vocero de las ideas aristotélicas.
La mayor parte de los argumentos precopernicanos —como, por ejemplo, la
desviación hacia Oriente de los graves en su caída, poniendo de manifiesto la
rotación del globo— podrían ser impresos sin retoques aun hoy día. Uno de ellos
adquiere particular importancia en la historia de la física.
Galileo se pregunta si podemos discernir mediante algún experimento mecánico
sobre la superficie del globo, si la Tierra está en reposo o se mueve en torno
del Sol. Evidentemente no, responde Salviati, dado que en el interior de un
sistema en movimiento uniforme los acontecimientos mecánicos se desarrollan del
mismo modo que si el sistema se encontrara en estado de reposo.
«La
piedra que cae del mástil de una nave —asegura Galileo — golpea en el mismo
lugar, muévase la nave o esté quieta.»
Un
discípulo de Galileo, el filósofo francés Pedro Gassendi, verificará en 1649 la
exactitud de esta aseveración. La indemostrabilidad, por experimentos
mecánicos, de movimientos uniformes de traslación, enunciada con tanta claridad
por Galileo, constituye el principio que hoy llamamos de la relatividad
clásica. En el siglo XIX, Clerk Maxwell se preguntará si fenómenos
ópticos no podrían conducir a la demostración de la traslación de la Tierra.
¿Acaso los rayos de luz podrían efectuar lo que una piedra en la caída o un
péndulo oscilante no puede realizar? En los umbrales del siglo XX, Einstein da
la respuesta negativa al extender el principio galileano a los fenómenos
luminosos y al afirmar que todos los acontecimientos físicos, sean mecánicos u
ópticos, transcurren en un sistema con movimiento uniforme del mismo modo que
transcurrirían si el sistema estuviera en reposo; por consiguiente, al igual
que la mecánica, también la óptica deja sin determinar el discernimiento entre
la inmovilidad tolemaica y la traslación copernicana de la Tierra. Del
principio galileano así generalizado, Einstein hace una de las tesis básicas de
su teoría de la relatividad restringida, enunciada en 1905.
La repercusión del Dialogo, del cual se imprimen 1.000 ejemplares,
es inmediata: actúa con la fuerza explosiva de una bomba. Las ideas de
Copérnico sepultadas desde nueve décadas en la obra casi olvidada del astrónomo
polaco, ignoradas fuera del estrecho círculo de los sabios, se encuentran
súbitamente, gracias al apasionante libro, expuestas a la luz de los debates
públicos.
Los adversarios de Galileo estiman llegada la hora para abatir al gigante. El «perjuro»
que había prometido en 1616 abandonar la doctrina herética, es citado a Roma.
Un pobre viejo —Galileo tiene setenta años— comparece ante el tribunal de la
Inquisición.
¿Es verdad que los enemigos de Galileo lograron convencer al papa de que el
toscano lo encarnaba en el Simplicio de su Dialogo, portavoz del
obstinado aristotelismo? No lo sabemos. Pablo III, al hablar del ilustre
artista Benvenuto Cellini, declaró: «El genio está por encima de la
ley».
Urbano VIII no concede al más grande de los sabios italianos el mismo
privilegio que su liberal predecesor había acordado a un cincelador. Mas si es
verdad que no mostrará clemencia, también lo es que no admitirá se aplique
contra Galileo la violencia, como lo pretendiera una leyenda sin fundamentos.
Se conoce el último acto del doloroso drama: en la mañana del 22 de junio de
1633, arrodillado ante sus jueces, Galileo abjura de sus errores y herejías,
renegando de todas sus doctrinas. La fiera frase Eppur si muove, no
escapa de sus labios temblorosos, fue inventada en pleno siglo XVIII, en los
tiempos de los enciclopedistas franceses. A partir del momento de la sentencia,
Galileo permanece hasta el fin de sus días prisionero virtual del Santo Oficio.
Se le asignó como residencia el palacio de su discípulo, el arzobispo de Siena,
Ascanio Piccolomini; más tarde pudo trasladarse a su villa en Arcetri. A sus
amigos se los permitió visitarle.
A Galileo le quedan todavía ocho años de vida. En su frágil cuerpo mora aún un
espíritu indómito y poderoso. En su retiro forzado concreta la totalidad de sus
investigaciones sobre los problemas de la mecánica y de esta magnífica síntesis
nace su obra máxima: Discorsi e dimostrazioni matematiche intorno a due
nuove scienze, publicada en 1638 lejos de Roma, en la libre Holanda,
por la famosa casa editorial de los Elzevir. Los tres personajes del Dialogo, Salviati,
Sagredo y Simplicio, se reúnen, para discutir con sagacidad galileana, esta
vez, los problemas mecánicos. Sus conversaciones se reparten en cuatro
jornadas, a las que se agregaron póstumamente dos más. Si es posible datar el
nacimiento de una ciencia, es en el año 1638, con la aparición de los
monumentales Discorsi,cuando nace la física moderna. Esta obra
cumbre de Galileo es el primero y verdadero libro de texto de la física.
Al corazón de la obra nos conducen las proposiciones de la tercera y cuarta
jornadas, ofreciendo una exposición magistral de la dinámica galileana. Aquí es
donde Galileo estructura la nueva ciencia del movimiento. Uniforme o
uniformemente acelerado, el movimiento está definido, como lo vimos, con
exactitud y elegancia; el concepto de la aceleración y de la inercia es creado
y manejado con admirable seguridad; la composición del movimiento es presentada
con el ejemplo práctico del análisis de la trayectoria de los proyectiles. En
muchas páginas el italiano cede el paso al latín, como para subrayar su
importancia y realzar su solemnidad. En verdad, asistimos a un momento único:
por primera vez, un fundamental fenómeno mecánico —la caída libre— está
descrito matemáticamente, y su ley, buscada durante largos siglos por erróneos
caminos, es hallada al fin.
La velocidad del cuerpo en caída libre crece: la observación lo enseña a
primera vista. Pero ¿cómo aumenta la velocidad? Para encontrar la respuesta, el
gran experimentador parte de una hipótesis, digámoslo francamente, de una
hipótesis metafísica: la clásica convicción de que la naturaleza realiza en sus
leyes relaciones simples:
«En
nuestras investigaciones del movimiento natural, nos conduce casi de la mano la
advertencia de la costumbre de la naturaleza, que se sirve en todas sus
operaciones de los medios más primordiales y más sencillos.»
Galileo
se pregunta, pues, cuál es la relación simple que liga la velocidad adquirida
por el cuerpo en la caída, con otros elementos de su movimiento. Evidentemente,
la velocidad crece con el espacio recorrido y también con la duración de la
caída. De las dos suposiciones que se ofrecen, Galileo admite primeramente que
la velocidad adquirida (ds/dt) crece proporcionalmente al
espacio recorrido. Esta suposición la expresaríamos hoy, con la notación
moderna, así:
donde v es
la velocidad, s el espacio recorrido, t la
duración de la caída y a una constante. La integración de la
expresión muestra que para describir un movimiento que comienza en tiempo 0,
con s =0, la fórmula sólo podrá servirnos en el caso
límite a = 0, en el cual, sin embargo, s saltaría
del valor 0 inmediatamente al infinito. La caída sería por ello un transporte
instantáneo; el cuerpo, para recorrer el espacio, no necesitaría tiempo.
Precisamente es la conclusión que Galileo saca de la suposición indicada.
Ahora bien: Galilea no poseía el cálculo infinitesimal. ¿Cómo hizo para
encontrar el resultado correcto? Llegó a él con un razonamiento erróneo, puesto
en boca de Salviati:
«Según
nuestra hipótesis, al camino recorrido 2 s correspondería doble velocidad que
al camino simple h. Por consiguiente, ambos serán recorridos en igual tiempo,
lo cual sólo es posible si el tiempo es igual a 0.»
Parece
que los dioses conceden a los genios, de cuando en cuando, el privilegio de
encontrar la verdad, aunque yerren en sus razonamientos. Sea como fuere, lo
esencial es lo correcto del resultado. Galileo rechaza la suposición como
absurda y de las dos hipótesis posibles adopta la segunda: la proporcionalidad
de la velocidad adquirida por el cuerpo que cae con la duración de la caída.
Deduce de la hipótesis la relación que debería subsistir entre el espacio
recorrido y el tiempo empleado para recorrerlo. En su razonamiento compara el
movimiento de caída con el movimiento uniforme, y llega a la conclusión de que
se puede considerar el espacio recorrido en la caída como si hubiera sido
recorrido en movimiento uniforme, con velocidad igual a la mitad de la velocidad
final. Se puede, pues, para determinar el espacio recorrido, sustituir el
movimiento de caída por otro movimiento uniforme, siempre que a éste se le
asigne una velocidad cuyo valor sea la mitad del que corresponde a la velocidad
en el final del tiempo de caída. Siendo la velocidad adquirida por hipótesis
proporcional al tiempo (v = gt), los espacios recorridos (s)
en la caída deben estar en la misma relación que los cuadrados de los tiempos (t) empleados
en recorrerlo. se tendrá, pues:
donde g es
la velocidad adquirida en la unidad de tiempo: la aceleración.
Sus rudimentarios medios no permitieron a Galileo una verificación directa; su
clepsidra era impropia para medir pequeños intervalos temporales. Debe retrasar
el movimiento de la caída, y recurre, como se sabe, al plano inclinado. Sin
embargo, con este artificio encierra en su problema de la caída un nuevo
problema aún no resuelto: la relación de la caída vertical y la inclinada. Sale
de la dificultad al admitir que las velocidades adquiridas en el plano dependen
sólo de la altura verticalmente recorrida y no de las inclinaciones de los
planos. La exactitud de esta hipótesis la demuestra primero Galileo por medio
de la intuición y después por un experimentó real. Pregúntase qué ocurriría si
la velocidad de un cuerpo en caída, llegado al suelo, fuera repentinamente
invertida y dirigida hacia lo alto. El cuerpo comenzaría a ascender, y su
velocidad, que antes crecía proporcionalmente al tiempo, disminuiría en la
misma relación y se haría nula en el momento en que el cuerpo hubiera ascendido
tanto tiempo como el que había descendido: se encontraría al fin de su
ascensión al mismo nivel que al comienzo de su caída. El comportamiento del
cuerpo ¿sería diferente si su caída no es vertical pero sí inclinada?
Evidentemente, no, se dijo Galileo, dado que si una bola rodando a lo largo del
plano inclinado pudiera adquirir una velocidad que la hiciera ascender —sobre
otro plano inclinado— a un nivel superior del que cayó, entonces sería menester
concluir que el peso de los cuerpos puede producir su ascensión, conclusión
cuya absurdidad es manifiesta. Por consiguiente, la hipótesis de que la
velocidad en la caída inclinada está determinada únicamente por la altura
vertical recorrida, no es otra cosa que la consecuencia lógica del hecho de que
los graves —en virtud de su peso— deben descender y no ascender. Conclusión
evidente, que legitima la hipótesis inicial y permite a Galileo inmediatamente
enunciar:
la
aceleración de un cuerpo que cae en un plano inclinado, es a la aceleración de
la caída libre como la altura del plano es a su longitud.
En
posesión de esta relación, se puede —gracias al plano inclinado— someter las
leyes de la caída a una verificación experimental y Galileo, al medir el tiempo
empleado por bolas rodantes para recorrer espacios determinados sobre planos
inclinados, ve ratificada sus conclusiones por la experiencia.
Acabamos de contar las fases de las investigaciones sobre la caída libre, no
sólo porque su importancia como primer fenómeno dinámico matemáticamente
descrito justifica esta digresión, sino porque muestra con un clásico ejemplo,
cómo en el proceder de Galileo se ensamblan en una e indivisible unidad los
tres métodos que los investigadores del pasado utilizaron aislados. Galileo
parte de una suposición meramente filosófica, la trata
matemáticamente y somete la ley encontrada a la instancia verificadora
de la experiencia.
Los problemas discutidos en los Discorsi se extienden a casi
todos los dominios de la física conocidos en esa época: la estática de los
gases y de los líquidos, la elasticidad, la acústica y la óptica, son
enriquecidas con importantes contribuciones del poderoso pensador. Muchos de
estos problemas serán considerados de nuevo y desarrollados por los sucesores
de Galileo y nosotros volveremos a encontrarnos con ellos más adelante; aquí
nos contentaremos con señalar brevemente algunos.
Investigando la resistencia que cuerpos sólidos oponen a la
ruptura, Galileo reconoce que un cilindro hueco resiste más que un cilindro
macizo de igual base, y encuentra así el motivo de por qué los huesos de los
animales y los troncos de muchas plantas están vacíos. Igualmente, determina el
perfil superior de una viga con base plana y horizontal, para que ofrezca el
máximo de resistencia; comprueba que si un resorte recto se encurva, adquiere
la forma de una parábola.
Galileo demuestra que el aire es pesado; cuestión discutida
pero no resuelta por los pensadores de la antigüedad. Aristóteles, es verdad,
afirma que si una vejiga está inflada con aire pesa más, en tanto que Tolomeo
sostenía que pesa menos; Simplicio, el comentador del estagirita, creyó que
pesa lo mismo, esté inflada o vacía. Ninguno recurrió a verdaderos
experimentos. Galileo descarta las especulaciones estériles o indica dos
métodos para determinar el peso del aire, primero midiendo el aumento de peso
por compresión del aire en un balón, después, midiendo la disminución del peso
por la expulsión del aire del balón bajo el influjo calórico.
Galileo es el primer físico que describe ondas estacionarias producidas
en la superficie del agua, gracias a la interferencia de ondas provocada por
las vibraciones excitadas en el vidrio del recipiente. Investiga la resonancia
y encuentra que una cuerda hace vibrar a otras que están al unísono, a la
octava y a la quinta, y compara este fenómeno con la transmisión del movimiento
de un péndulo oscilante a otro en reposo (pendoli simpatici).
Señala —es su más importante contribución a la acústica— que las alturas de los
sonidos dependen del número de las vibraciones en la unidad de tiempo: sobre
este punto, rectifica también un error de Aristóteles, quien creía que la
diferencia entre sonidos agudos y graves corresponde a la velocidad de
propagación, mayor en los primeros y menor en loa segundos. Si sus
rudimentarios medios no permitieron a Galileo determinar la velocidad del sonido,
tiene el mérito de haber sido el primero en ensayarlo. Su discípulo Borelli
continuó sus ensayos sin mayor éxito; más tarde, los investigadores franceses
Pedro Gassendi y Marino Mersenne reconocen que el sonido se propaga con la
misma velocidad, provenga de un martillazo o de un cañonazo, así como que su
velocidad es la misma en todas las direcciones. Mas los valores numéricos que
dichos investigadores asignan a la velocidad del sonido representan sólo una
grosera aproximación, y es ya en los albores del siglo XVIII cuando los
experimentadores de la Academia Francesa Cassini, Maraldi y De la Caille llegan
a resultados más satisfactorios, estableciendo en 330 metros por segundo la
velocidad en el aire de las ondas sonoras.
Así como ensayara medir la velocidad del sonido, Galileo imagina también una
experiencia para determinar otra velocidad enormemente superior: la de la luz.
Loa pensadores griegos, incluso Herón, ensoñaban que los rayos luminosos se
propagan instantáneamente. Galileo rechaza esta opinión:
«Sagredo.— Pero ¿qué naturaleza y qué magnitud debemos atribuir a la velocidad
de la luz? ¡No podríamos decidir esta cuestión mediante un experimento?
»Simplicio. — Las experiencias diarias muestran que la propagación
de la luz es instantánea; cuando vemos disparar una bala de cañón a gran
distancia, su fogonazo llega a nuestros ojos instantáneamente, mientras que el
sonido lo percibimos después de un intervalo notable.
»Sagredo. —Bien, Simplicio; lo único que podemos inferir de esta experiencia
familiar es que el sonido, para alcanzar nuestros oídos, viaja más lentamente
que la luz; esta experiencia no me informa de si la luz se propaga
instantáneamente o si, siendo inmensamente rápida, emplea un tiempo muy pequeño
en llegar a nuestros ojos.»
Aunque Galileo afirme, por boca de Sagredo, que la velocidad de la luz debe ser
inmensamente grande, cree poder determinarla con la experiencia siguiente: Dos
observadores situados a cierta distancia uno del otro, están provistos de
linternas, cuya luz puede interceptarse con una pantalla. El primer observador
quita repentinamente la pantalla de su linterna, y tan pronto como el segundo
recibe la luz, descubre la suya. El intervalo medido por el primer observador,
desde el instante en que partió la luz de su linterna hasta el momento de la
llegada de la señal de retomo, debe representar el tiempo que requiere la luz
para recorrer la distancia de ida y vuelta. En el experimente galileano,
realizado más tarde por los académicos florentinos, la distancia que separaba a
los observadores era de dos leguas. Sin duda, Galileo ha subestimado la enorme
velocidad de la luz, creyendo poder medirla sobre cortos recorridos con medios
primitivos. No obstante, su idea es genial. Cuando Fizeau se propone, en el
siglo XIX, medir la velocidad de la luz sobre un recorrido terrestre, no hará
otra cosa que modernizar la idea de Galileo: elimina el segundo observador,
reemplazándolo por un espejo y midiendo el tiempo que la luz de su linterna
necesita para el viaje de ida y vuelta, por medio del conocido artificio de su
rueda dentada (véase capítulo 10). Pero no fue preciso esperar hasta la
experiencia de Fizeau para saber que la luz no se propaga instantáneamente.
Olaf Römer (véase capítulo 6) logra calcular su velocidad gracias a las ocultaciones
de los satélites jovianos descubiertos por Galileo.
¿No es una dolorosa tragedia que el luminoso genio esté condenado en sus
últimos cuatro años, a vegetar en perpetua oscuridad? Los ojos que escrutaron
tantos portentosos fenómenos celestes quedan cegados por implacables cataratas.
«De
hoy en adelante —escribe en una carta— el cielo, el mundo y el universo, que
con mis milagrosas observaciones y claras demostraciones había ampliado cientos
y miles de veces, más que lo comúnmente creído por los sabios de los siglos
pasados, se reducen para mí al estrecho espacio en que estoy viviendo. Así lo
quiso Dios y así ha de placerme a mí.»
Asistido por sus dos fieles discípulos Viviani y Torricelli, Galileo fallece el
8 de enero de 1642.
«El
descubrimiento y empleo del razonamiento científico por Galileo —declara
con razón Alberto Einstein[18]— marca
el verdadero principio de la física.»
Al
aparecer Galileo en la historia, sólo hay fuera del estrecho dominio de la
estática, especulaciones filosóficas sobre los fenómenos naturales y
observaciones incoherentes y aisladas. Donde sus predecesores no ven más que
casos más o menos particulares, el genio de Galileo da la ley en su generalidad
y la describe matemáticamente. Después de él, la ley física puede revestir su
natural estructura, la de una función matemática. Sin la obra trascendental de
Galileo, la de Newton no sería imaginable: las leyes básicas sobre las cuales
el gran legislador de la dinámica construye el edificio de la ciencia
newtoniana, están implícitamente contenidas en la mecánica de Galileo.
Con Galileo no sólo se introduce un nuevo método de investigación, sino que se
inicia en la filosofía natural una idea enteramente nueva que se impone con
creciente rigor a las generaciones siguientes: la idea cardinal de que el mundo
físico es una interacción de fuerzas calculables y de
cuerpos mensurables. No se exagera al afirmar que en los
siglos que siguieron al gran toscano, la historia de las ciencias exactas es
esencialmente la realización de este trascendental pensamiento.
Capítulo 5
Discípulos y contemporáneos de Galileo
Contenido:
1.
La Academia del Cimento
2. Kepler, Descartes y Grimaldi
3. Desde Guericke hasta Boyle
1.
La academia del Cimento
El termómetro; Aggiunti, Renaldini y Borelli; Torricelli: El vacío y el
barómetro; Pascal: La presión atmosférica; Investigaciones hidro-mecánicas;
Mersenne y la cuerda vibrante.
Ideas
sancionadas por largos siglos no se dejan suplantar en algunos años; el
espíritu humano también tiene su ley de inercia. No hay, pues, que extrañarse
de que las investigaciones de Galileo necesitaran tiempo para expandirse entre
los sabios de Europa. A pesar de ello, la idea conductora del método galileano
se impuso a los investigadores en un intervalo sorprendentemente breve. Lo
prueban los lemas elegidos por las dos sociedades científicas fundadas en las
décadas que siguieron a la muerte de Galileo. La Academia del Cimento (1657)
pone en la portada de sus publicaciones las palabras Provando e
riprovando(experimentando y rechazando), y la Sociedad Real, de Londres
(1662), adopta el principio Nullius in verba, documentando con
este lema que rehúsa adherirse ciegamente a la doctrina de cualquier autoridad
y que sus miembros se proponen someter sus opiniones científicas al supremo
veredicto del experimento.
A estas dos instituciones se agrega pronto la tercera: la Academia de Ciencias,
de París (1666), y después una cuarta: la Academia Leopoldiana (1672), de
Alemania, cuyos trabajos están igualmente dirigidos por las exigencias del
método galileano. Las investigaciones colectivas de los nueve miembros de la
Academia del Cimento prolongan directamente la obra de Galileo. Muchos de sus
experimentos tan sólo materializan las sugestiones del gran toscano. Aunque
Galileo no mencione en ninguno de sus escritos su termoscopio, sus discípulos
Castelli y Viviani describen el instrumento construido por su maestro para
medir la temperatura. Una pera de vidrio, llena de aire, terminada en un
estrecho tubo, fue sumergida por su extremo abierto en un líquido. Una gota de
agua colocada en el tubo separaba el aire interior del exterior e indicaba por
su posición los grados de calor. Fue, pues, un instrumento abierto al acceso
del aire, y sus indicaciones, sujetas tanto a la presión atmosférica como a la
temperatura, no podían ser sino muy groseras. Sobre todo, la graduación de la
escala era arbitraria. Con sus deficiencias, el termoscopio de Galileo no
superó en forma sensible a los instrumentos similares de los griegos, ideados
por Filón y Herón. Los investigadores de la Academia del Cimento introdujeron
en el rudimentario instrumento notables mejoras: llenaron el tubo con alcohol y
lo cerraron por lo alto al acceso del aire. Como los académicos florentinos
trabajaban en común, se ignora cuál fue el inventor del termómetro, atribuido
al gran duque de Toscana Fernando II, protector de la Academia. Cáelos
Renaldini (1615-1698), uno de los más hábiles experimentadores de la Academia
del Cimento, reconoció la necesidad de adoptar dos temperaturas fijas para la
graduación del termómetro y eligió, modificando una sugestión del francés
Dalancé, el punto de fusión del hielo y el punto de ebullición del agua,
verificados como constantes por las experiencias de Roberto Hooke.
La proposición de Renaldini, de dividir la escala en 12 grados no prosperó; la
actual división centesimal fue propuesta por el astrónomo Andrés Celsius en una
memoria leída en la Academia de Ciencias de Suecia en 1742. La proposición de
Celsius representó una reforma de la graduación de 80° adoptada en 1730 por el
zoólogo francés Renato de Réaumur, quien eligió como punto fijo para su
termómetro de alcohol la temperatura de congelación del agua en lugar del hielo
fundente. La forma actual del termómetro de alcohol y de mercurio es debida al
físico alemán Gabriel Daniel Fahrenheit (1686-1736); tres décadas antes de
Celsius inventó otra graduación de la escala: eligiendo la temperatura de una
mezcla refrigerante como 0, la fusión del hielo como 32, y la del calor de la
sangre humana como 96; la temperatura del vapor de agua en ebullición es en
esta escala de 212°. Las sustancias termométricas en los instrumentos de la Academia
del Cimento, como en los posteriores de Fahrenheit son líquidos, cuya
dilatación fue admitida como proporcional al aporte de calor: suposición que se
verifica tan sólo aproximadamente para líquidos, en tanto que es, con mucho,
más correcta para gases. La ventaja que el empleo del aire como sustancia
termométrica puede ofrecer, fue indicada por el médico francés Juan Rey (1632);
su compatriota, el físico Guillermo Amontons (1663-1705) fue el primero en
construir, en 1688, un termómetro de aire, superior en exactitud a los
instrumentos florentinos.
Los miembros de la Academia del Cimento, provistos de sus termómetros, someten
numerosos fenómenos calóricos al examen experimental. Comprueban que diferentes
líquidos, agua, alcohol y mercurio, en cantidad y temperatura iguales, no
funden la misma cantidad de hielo. Llegan a la conclusión de que distintas
sustancias tienen diferentes capacidades calóricas, pero no logran hacer una
clara distinción entre temperatura y cantidad de calor. ¡Hecho curioso: aunque
sus experimentos los hayan conducido muy cerca de la fundamental distinción,
debemos esperar hasta mediados del siglo XVIII el momento en que José Black la
introducirá en la ciencia! Los florentinos investigan también la radiación
calórica y describen interesantes experiencias ideadas para probar su
reflexión.
Los sabios de la Academia del Cimento demuestran que la dilatación de los
líquidos bajo el influjo calórico es superior a la de los sólidos. Uno de sus
miembros, Francisco Aggiunti (1600-1635), hace interesantes observaciones sobre
los fenómenos de capilaridad y refuta a Pascal, quien admitió la igualdad de
los niveles de los líquidos en vasos comunicantes, cualesquiera fuesen sus
diámetros. Otro miembro de la Academia, el napolitano Juan Alfonso Borelli
(1608-1679), matemático, astrónomo y médico de alta reputación, completa las
observaciones de Aggiunti con el descubrimiento de una importante ley:establece
que las alturas de ascensión de un líquido están en razón inversa a los
diámetros de los tubos capilares .
Además, Borelli se dedica a investigaciones mecánicas y aplica el método
galileano a la descripción de los movimientos musculares del cuerpo humano.
Estudia las leyes mecánicas de la natación en los peces y del vuelo de los
pájaros. No es el menor de los méritos de este sagaz investigador el haber
afirmado en su libro sobre los satélites jovianos (1666) —independiente y
simultáneamente con Newton— que el movimiento de estos cuerpos celestes está
mantenido por la atracción que emana de la masa del planeta Júpiter.
Entre los discípulos de Galileo se distingue particularmente Evangelista
Torricelli (1608-1647), por la trascendencia de su obra. Adepto devoto, asiste
a su maestro en los tres últimos meses de la vida de aquél, y le sucede como
matemático en la corte toscana; su muerte prematura lo arrebata demasiado
pronto —a la edad de treinta y nueve años— a la ciencia. El más notable
descubrimiento de Torricelli resuelve un problema que el gran toscano dejó
planteado.
Aunque Galileo, como hemos visto, había pesado el aire y no ignoraba que en los
tubos de aspiración de las bombas, el agua no seguía al pistón más allá de 18
varas, no pensó en relacionar estos dos hechos y atribuir el segundo al efecto
de la presión atmosférica. Su adhesión a la doctrina griega de que la
naturaleza aborrece el vacío —el horror vacui— impidió a su
poderoso espíritu ver claro. ¿El horror de la naturaleza frente al vacío
tendría en los tubos de las bombas su límite con 18 varas? No, declara Galileo;
lo ocurrido es que la columna de agua, alcanzada esta altitud, se quiebra bajo
su propio peso.
El sabio genovés Juan Bautista Baliani y el académico florentino Rafael
Magiotti no se contentaron con esta respuesta; sospechaban que sobre la altura
que el agua en el sifón es incapaz de sobrepasar, subsistía —a pesar de lo
sostenido por los griegos— un verdadero vacío y que la altura de la columna de
agua en el sifón contrabalancea la presión del aire exterior. Para verificar
estas suposiciones, Torricelli, en 1644, reemplaza la columna de agua cuya gran
altura, casi once metros, era inconveniente para los experimentos, por una
columna de mercurio, cuya elevación, catorce veces inferior, se prestaba mejor
para tales ensayos. Llenó un tubo de pequeña sección y de 1,20 metros de largo,
con mercurio y lo sumergió por el extremo abierto en una cubeta llena con el
mismo metal. La columna de mercurio descendió aproximadamente hasta 76
centímetros, dejando por encima de ella un vacío en el tubo, el vacío
torricelliano, como se llamó más tarde.
Torricelli reconoció que la altura de la columna de mercurio equilibraba y
medía la presión atmosférica y comprobó además que ésta, en un lugar dado,
presentaba variaciones. El principio del barómetro estaba descubierto. Los
miembros de la Academia del Cimento soldaron el reservorio de mercurio al tubo
y construyeron los primeros barómetros, en los cuales Magellan y Fortin no
tuvieron más que introducir algunas mejoras. Instrumentos más sensibles que los
torricellianos, los barómetros aneroides, sólo fueron construidos dos siglos
después, por Bourdon y Vidi.
Los experimentos de Torricelli fueron bien pronto conocidos fuera de Italia,
principalmente en Francia, gracias al sabio padre mínimo Marino Mersenne
(1588-1648), quien mantuvo una extensa correspondencia con los investigadores
de su país y del extranjero, informando a unos sobre las nuevas que recibía de
otros; desempeño así el papel de una verdadera revista de los progresos de la
física y propagó las ideas galileanas. Su compatriota el matemático y filósofo
Blas Pascal (1623-1662) concibió el proyecto de comparar con la ayuda de
mediciones barométricas la presión atmosférica en el pie y en la cumbre de una
montaña; la primera debía ser superior a la segunda, si las ideas de Torricelli
eran ciertas. Périer y sus compañeros, encargados por Pascal de ejecutar la
experiencia ascendieron, en 1648, a la cima del Puy-de-Dôme, con una altura de
974 metros. Su espera no fue infructuosa. La columna del barómetro marcó en la
cumbre 8,5 centímetros menos que en el valle. El experimento, repetido en
París, en la torre de Saint-Jacques, confirmó los resultados de Puy-de-Dôme; se
impuso la conclusión: la columna mercurial del barómetro, al medir la presión
atmosférica, mide también la altura de los lugares. Esta idea no fue un
auténtico fruto del espíritu del filósofo jansenista; Torricelli la había
indicado y Descartes igualmente señalado, antes de que Pascal la soñase. En
este caso, como en algunos otros, Pascal mostraba pocos escrúpulos para
apropiarse ideas que no le pertenecían, mas no cabe duda de que desde este
momento se iniciaron búsquedas para encontrar la fórmula que permitiría deducir
de las observaciones barométricas la altura de un lugar. El astrónomo
inglés Edmundo Halley (1656- 1742) llegó a una primera aproximación.
Las alturas crecen, afirmó, en progresión aritmética, en tanto que las
presiones atmosféricas disminuyen siguiendo una progresión geométrica.
Investigaciones más ricas en consecuencias que las experiencias barométricas
están vinculadas con la obra de Pascal, en el dominio de la hidrostática,
aunque no fue él, sino el gran físico flamenco Simón Stevin quien descubrió la
famosa paradoja hidrostática, atribuida al versátil y vivaz pensador francés.
Stevin reconoció como hecho capital que la presión de los líquidos sobre el
fondo de los vasos es independiente de las formas de los mismos y crece en
razón directa de la profundidad; el peso de la columna líquida
que descansa sobre el fondo mide la presión. Pascal profundizó la idea de su
predecesor. Demostró quo la transmisión isotrópica de la presión en los
líquidos en equilibrio se deduce necesariamente del principio de los
desplazamientos virtuales y dio a la ley un enunciado sugestivo:
«Si
un recipiente lleno de agua y cerrado por completo tiene dos aberturas, una de
las cuales sea cien veces mayor que la otra, al colocar en cada una un émbolo
bien ajustado, un hombre que hunda este émbolo igualaría la fuerza de cien
hombres que empujaran al que es cien veces mayor y vencería a noventa y nueve.»
La
prensa hidráulica construida en 1795 por el ingeniero inglés Bramah materializa
la aplicación técnica de esta idea stevino-pascaliana.
Torricelli también pone su sagacidad fisicomatemática al servicio de los
problemas hidromecánicos. La cantidad y velocidad de agua que fluye por el
orificio de un vaso —cuestiones que ya habían atraído la atención de los
pensadores griegos y romanos— reciben gracias al sabio faentino soluciones tan
exactas como elegantes. Más que en otros trabajos de Torricelli, se pone aquí
de manifiesto el espíritu galileano, la influencia de las no olvidadas
lecciones del gran toscano. Torricelli muestra que el chorro de agua que sale
de un vaso obedece a leyes de la caída libre o a las del lanzamiento. La
velocidad del agua que sale es la misma que tendría si cayera de la altura de
la columna de agua y es proporcional a la raíz cuadrada de esta altura; las
cantidades del líquido son proporcionales al producto de la velocidad por el
tamaño del orificio. Si éste está perforado en la pared lateral del vaso, la
trayectoria del chorro tomará la forma de una parábola. Por supuesto, la
resistencia del aire perturba al fenómeno y el padre Mersenne, que se aplicó al
estudio de este detalle, encuentra en ello el porqué de que los chorros de las fuentes
no alcancen el nivel del agua en el reservorio, como lo exigiría la ley de los
vasos comunicantes.
El infatigable Mersenne enriqueció también la acústica con adelantos, los más
valiosos quo esta disciplina recibió en el curso del siglo XVII, aun cuando tan
sólo haya prolongado y completado la herencia del ilustre toscano. Mersenne
confirma la tesis galileana de que la altura de los sonidos está determinada
por el número de las vibraciones del cuerpo sonoro en la unidad de tiempo. Pero
¿de qué depende esto número? Mersenne encuentra la respuesta con dos leyes:
·
el número de vibraciones de dos cuerdas iguales en longitud y
tensión es proporcional a la raíz cuadrada de sus pesos, y
·
si las cuerdas tienen igual longitud y espesor, es proporcional
a la raíz cuadrada del peso tensor.
2.
Kepler, Descartes y Grimaldi
Vida y personalidad de Kepler; Sus leyes planetarias; Sus descubrimientos
ópticos; Maurolico y la teoría de la visión; Snellius: La ley de la refracción;
Descartes: Su fracaso como físico; El arco iris; Fermat: El valor mínimo del
tiempo óptico; Grimaldi descubre la difracción de la luz.
En
el mismo año de 1609 que dio a Galileo su telescopio e inició la serie de sus
admirables descubrimientos sobre el firmamento, descubrimientos sólo
conciliables con el sistema heliocéntrico, apareció en Praga la Astronomía
nova de Kepler, obra de grandes alcances que llevó a la mecánica
celeste más allá de Copérnico.
Juan Kepler (1571-1630), sietemesino, recibió de la naturaleza, al igual que
Newton, un débil cuerpo, en el que, sin embargo, moraría uno de los espíritus
más fogosos que conoce la historia de las ciencias. Hijo de padre borracho y de
madre alejada de sus deberes, tuvo una infeliz infancia.
Al enfermizo niño la viruela dejó en el rostro un aire de imbecilidad. Los
primeros estudios de Kepler fueron irregulares; frecuentemente debía
interrumpirlos para servir como mozo en la taberna de su padre o para realizar
trabajos rurales. La voluntad y sed de saber del joven triunfan sobre estos
obstáculos.
En el seminario de Tubinga, foco de la teología luterana, descubre pronto su
vocación gracias a la sagacidad de uno de sus maestros, el astrónomo Miguel
Maestlin: Kepler no será teólogo, pero sí matemático. Graz, capital de Estiria,
le ofrece una modesta situación como profesor de la escuela superior de la
ciudad. Los deberes de Kepler son múltiples: docente del Gimnasio, matemático,
meteorólogo, astrólogo, redactor del calendario oficial. Esta polifacética
actividad no absorbe sus mejores fuerzas: Kepler publica en 1596 su Misterium
cosmographicum, obra que le vale la amistad de Galileo y llama la
atención del gran astrónomo Tycho Brahe, en ese momento primer matemático y
astrólogo del emperador Rodolfo II en Praga.
Juan Kepler
Al
comenzar las persecuciones contra los protestantes en Austria, Tycho recibe a
Kepler en su observatorio. De ayudante, pronto se vuelve maestro. Después de la
repentina muerte de Tycho, ocurrida en 1601, Kepler es nombrado matemático
imperial de la corte de Praga. Tycho no sólo le legó su cargo, sino algo más
valioso: el caudal de sus preciosas observaciones, que Kepler se propuso
utilizar a su manera.
Tycho, incomparable observador, fue un teórico miope. Había rechazado el
sistema de Copérnico para emitir otra hipótesis, cópula infeliz entre la vieja
y la nueva doctrina: supuso que si bien los planetas se movían alrededor del
Sol, éste en cambio giraba en torno de la Tierra, la cual, por lo tanto, estaba
inmóvil en el centro del universo. Kepler, seducido por la majestuosa sencillez
de la imagen heliocéntrica estaba convencido, a priori, de su
certeza.
«Lo
he afirmado —escribió— como cierto, en lo más profundo de mi alma, y contemplo
su hallazgo con un increíble y embriagador deleite.»
En
las observaciones de Brahe sobre el planeta Marte buscó, por consiguiente,
apoyo para el acariciado sueño. Redujo las posiciones aparentes fijadas por
Tycho a las posiciones reales, tal como corresponden al sistema copernicano, y
ensayó después hacer pasar un círculo por las posiciones así obtenidas.
Mas las posiciones marcianas se rehusaron obstinadamente a obedecer y
evidenciaron discrepancias hasta de 8' con el círculo hipotético. Kepler,
incansable, repitió las infructuosas tentativas muchas veces. ¿Es posible, se
preguntó, que el infalible Tycho haya cometido tales errores? En lugar de
rechazar las observaciones de Tycho como inexactas, Kepler tuvo el coraje de
rechazar los círculos como forma de las órbitas planetarias y encontró después
de una larga serie de cálculos y ensayos, que las posiciones de Marte
concordaban con una elipse, en uno de cuyos focos estaba colocado el Sol. La
primera ley kepleriana estaba descubierta, aunque únicamente para Marte, en
tanto que Kepler no dudó en afirmar que valía para todos los planetas. Éstos se
mueven más rápidamente en la proximidad del Sol que alejados de él, de modo
que el radio vector de cada planeta barre áreas iguales en tiempos
iguales , como lo exige la segunda ley kepleriana.
Sin duda, en este feliz hallazgo, Kepler estuvo favorecido no sólo por su
agudeza matemática y su inagotable paciencia, sino también por la suerte. La
trayectoria de Marte, gracias a su marcada excentricidad, se prestó
particularmente bien a la demostración de las órbitas elípticas de los
planetas. Además, los instrumentos imperfectos de Tycho
vinieron a su ayuda: si medios más rigurosos que los del gran dinamarqués le
hubieran permitido observaciones más precisas, éstas hubiesen puesto en
evidencia las perturbaciones de las trayectorias que los planetas sufren por
sus mutuas atracciones, perturbaciones que se superponen a la elipse
fundamental y la deforman. Kepler no habría logrado unir con una elipse estas
posiciones perturbadas.
Las dos leyes, enunciadas en Astronomía nova (1609), no
satisficieron a Kepler, convencido de la existencia de una simple relación
numérica entre los tiempos de revolución y las distancias de los planetas. Con
la fe de un cruzado buscó esta ley, que —para sus ojos— debía garantizar la
intrínseca armonía de la estructura geométrica del universo. Adoptó una centena
de suposiciones, y las rechazó, después de interminables cálculos, una tras
otra. Por nueve años continuó, sin tablas logarítmicas, sin máquinas
calculadoras, sin otra ayuda que su incansable ardor, hasta el 18 de marzo de
1618, el día en que, obedeciendo a una súbita inspiración, formuló la hipótesis
que se convertiría en su tercera ley:
los
cuadrados de los tiempos de revolución de los planetas son proporcionales a los
cubos de sus distancias medias al Sol.
Calculador
tan genial como infatigable, Kepler no solamente era un investigador, sino
también un iluminado. Soñador y místico del siglo galileano, encarnó una única
y singular mezcla del pensamiento medieval y renacentista. Sus divagaciones son
más numerosas que sus descubrimientos: escucha la música de las esferas y
transcribe parte al pentagrama, en la misma y gruesa obra: Harmonices
mundi libri quinqué (1618), donde enuncia su tercera y admirable ley.
Más allá de lo enseñado por los teólogos luteranos de Tubinga, mantiene sus
relaciones personales con Dios, como también lo hará otro gran alemán del siglo
XVII, Otón de Guericke.
Dios es un matemático, su universo un perfecto sistema geométrico y Juan Kepler
el primer ser humano a quien el Todopoderoso acordó la gracia de revelar el
oculto mecanismo. No vacila en escribir en el placentero éxtasis de su
descubrimiento:
«Como
cierto he encontrado que toda la gama de las armonías existe en toda su
extensión y en todos sus detalles en los movimientos celestes... Me entregaré a
mi sacra ira... Si me creéis, me alegraré, y si os enojáis, lo soportaré; los
dados están echados y el libro escrito para ser leído ahora o en la posteridad,
no me importa cuándo. Esperará miles de años a su lector, si Dios mismo ha
esperado seis mil años al observador de su obra.»
Kepler
no olvidó de preguntarse dónde podría asentarse la fuerza que impulsa a los
planetas en su trayectoria; reconoció que emana del Sol, que ejerce una
atracción (virtud o vis prensandi) sobre los planetas, atracción
recíproca, que actúa igualmente entre la Tierra y la Luna y provoca el flujo y
reflujo de los mares. La atracción ¿decrece lineal o cuadráticamente con la
distancia? Kepler roza este problema en el cuarto libro de su Epítome (1621),
duda entre las dos suposiciones y no llega a formular la ley que hará la gloria
de Newton.
Diecisiete años elaboró Kepler las observaciones de Tycho para extraer los
tesoros que escondían. Poco tiempo después de publicar su Astronomía
nova, deja Praga para trasladarse a Linz, donde termina sus Tabulae
Rudolphinae, magnífico ejemplo de la aplicación de sus leyes, que
permitieron desde entonces calcular y predecir las posiciones de los planetas.
Víctima por segunda vez de la intolerancia religiosa, en 1626 fue expulsado de
Austria y el resto de su vida transcurre en medio de los contratiempos de la
guerra de los Treinta Años. La mala suerte no lo abandona: pierde cuatro de los
seis hijos de su segundo matrimonio. El emperador no le paga regularmente las
sumas que le debe, y la deuda se eleva finalmente a doce mil florines.
Para librarse del incómodo acreedor, Fernando II lo manda a Silesia, a la
residencia del condotiero Wallenstein, con la promesa de que éste le pagará. El
famoso aventurero no necesita un astrónomo, pero sí un astrólogo, más que nunca
en este momento en que su estrella empieza a declinar. Kepler, para obtener su
dinero, se ve obligado a trasladarse a Regensburgo para dirigirse a la Dieta
imperial. Al término del peligroso y cansado viaje muere, el 15 de noviembre de
1630, lejos de los suyos. A pesar de ello, sería falso convertir al primer y
gran legislador de la mecánica celeste en una víctima de la proverbial pobreza
de los sabios, pues dejó una apreciable herencia.
Kepler enriqueció la óptica con importantes investigaciones. A sus problemas
dedicó dos obras, un grueso volumen y un folleto, la Dióptrica, cuyas
80 páginas contienen más ideas y sugestiones que las 400 del primero. La ley
fundamental de la fotometría la debemos a Kepler.
«La intensidad de la luz —enunció— es inversamente
proporcional a la superficie iluminada y lo es también al cuadrado de la
distancia al foco luminoso. »
Admirable es ver cómo Kepler logra, sin poseer la ley exacta de la refracción,
crear los fundamentos científicos de la teoría de los instrumentos
ópticos. Parte del teorema:
« Para ángulos de incidencia inferiores a 30°, la desviación del rayo
refractado es proporcional al ángulo de incidencia. »
Se podría traducir la idea kepleriana
donde d es
el ángulo de desviación, i el ángulo de incidencia, r el
de refracción. Kepler admite que el valor de la constante, para cristales
ordinarios, es igual a 1/3 y calcula después la distancia focal:
1. Para
un rayo que pasa del aire al cristal, a través de una lente planoconvexa, es
igual al triple del radio de curvatura.
2. Para
un rayo que pasa del cristal al aire, a través de una lente planoconvexa, es
igual al doble del radio de curvatura.
3. Para
una lente biconvexa es igual al radio de curvatura.
En
efecto, estos resultados son exactos para cristales cuyo índice de refracción
fuese n = 1,5 que corresponde al valor 1/2 admitido por Kepler
para la constante.
Más tarde el eminente discípulo de Caldeo, Francisco Buenaventura Cavalieri
(1598-1647), en posesión de la ley de refracción, establece para el cálculo de
la distancia focal una fórmula más amplia, valedera para lentes con caras de
diferentes curvaturas. Sea f la distancia focal, r1 el
radio de curvatura de una cara, r2 el de la
segunda: Cavalieri encuentra
La
ecuación moderna, que tiene en cuenta el espesor de lentes y las refracciones
variables, será un regalo de fin del siglo XVII y llevará el nombre de Edmundo
Halley.
En su Dióptrica, Kepler da, un año después del Mensajero
celeste de Galileo, la completa descripción del telescopio astronómico
provisto de un ocular biconvexo; el instrumento es construido más tarde por el
padre jesuita Cristóbal Scheiner (1575-1650), según los datos keplerianos. El
fenómeno de la reflexión total es también un descubrimiento de
Kepler. se pregunta qué ocurriría si un rayo, al pasar del cristal al aire,
encontrara la superficie limitante de modo que forme un ángulo de incidencia
mayor que el valor crítico de 42°. Como el ángulo de refracción en el paso del
aire al cristal no puede —cualquiera que fuese el ángulo de incidencia—
sobrepasar los 42°, el rayo será impotente para salir del cristal y será
totalmente reflejado.
Gafas y telescopios con los que Kepler halló las leyes, ¿para qué sirven sino
para el ojo humano? Uno de los grandes méritos de Kepler es haber creado la
primera teoría moderna de la visión. Los griegos y en su
huella los sabios medievales, que conocían perfectamente los tres medios
refringentes del ojo, el humor acuoso, el cristalino y el humor vítreo,
creyeron, como lo enseñaba Aristóteles, que las imágenes nacen en el
cristalino. Francisco Maurolico (1494- 1575) rectificó el fundamental error.
Renato Descartes
El
cristalino, afirmó Maurolico, actúa como una lente biconvexa de vidrio:
refracta los rayos según su eje; la imagen se forma, pues, detrás del
cristalino. Pero ¿dónde? Maurolico no lo supo decir. Sobre la retina, contesta
Kepler. Los rayos, explica, reflejados por un objeto, son refractados en el ojo
de modo que se separan sobre la retina y forman una minúscula imagen invertida.
En el ojo de un miope se separan antes de la retina; en la fio un présbita,
detrás. Por consiguiente, es fácil corregir estas deficiencias mediante gafas
adecuadas. También aquí el padre Scheiner prolonga la obra del gran
investigador alemán con una serie de experiencias sobre ojos bovinos y humanos.
Determina exactamente la actividad de las sustancias refringentes y de la
pupila, elucida el mecanismo de la inversión de la imagen retiniana y da la
primera descripción de la acomodación ciliar, entrevista vagamente por Kepler.
Como acabamos de ver, Kepler no poseía la ley general de la refracción: la
encontró el investigador holandés Wilibrordo Snellius (1591-1626), matemático
de la famosa Universidad de Leiden, al demostrar que la relación de los dos
caminos recorridos en el mismo tiempo por el rayo en los dos medios es
constante. La relación de estos dos caminos es la de las cosecantes de los
ángulos de incidencia y de refracción
El
valor de la constante depende sólo de las sustancias consideradas. Por largo
tiempo se atribuyó el descubrimiento a Renato Descartes, pero en realidad, el
filósofo francés no hizo más que traducir la relación de cosecantes en relación
de senos, dando a la ley su forma actual:
donde n es
la constante característica del cuerpo refringente, llamada hoy índice de
refracción.
Renato Descartes (1596-1650), poderoso genio, creador de la geometría
analítica, filósofo cuyo prestigio eclipsó en Francia incluso la gloria de los
pensadores griegos, no es más que una estrella de tercera magnitud en el
firmamento de la física. En su célebre Discurso sobre el método, Descartes
prescribió el camino a seguir para realizar descubrimientos, y él mismo no
logró ninguno.
La historia no conoce investigador al que las reglas tan pomposa y solemnemente
expuestas por Descartes hayan conducido a un importante hallazgo. Este fracaso
es explicable, pues es una utopía el intentar establecer un método para hacer
descubrimientos; en realidad, para ello existen tantos métodos como
descubridores. El panmatematicismo, exagerado al extremo por Descartes, no es
un procedimiento para descubrir, sino para demostrar. Son
hechos tan diferentes como el día y la noche. El afán del pensador francés para
crear la soberanía del espíritu lógico sobre la imaginación y el azar del
hallazgo es un esfuerzo platónico al que la historia negó todo éxito.
Que así es lo prueba el fracaso de Descartes como físico: negador del vacío en
las mismas décadas de las experiencias de Torricelli y Guericke, y promotor de
una fantástica teoría cosmológica de los torbellinos, todavía enseñada en
Francia cien años después de los Principia de Newton,
Descartes por su autoridad llegó a obstaculizar más que a favorecer el
desarrollo de la física.
Descartes utiliza la ley de la refracción para formular una teoría del
arco iris,problema que tentó a muchos investigadores desde que Rogerio
Bacon, a mediados del siglo XIII, intentara explicarlo como efecto de la
refracción de la luz en las gotas de agua. Maurolico llega, en el siglo XVI, a
una descripción más satisfactoria, atribuyendo el arco iris a la refracción y
reflexión de la luz.
Es el juego de los dos fenómenos en el interior de las gotas, aseguró, el que
produciría el arco complementario. Reconoce que los colores del arco iris son
idénticos a los de la luz refractada por un prisma. Descartes aplica al
fenómeno los poderosos medios de su cálculo; determina, gracias a la ley de la
refracción, el ángulo que el arco iris debe subtender desde el ojo del observador
y encuentra que los rayos emergentes forman con los rayos incidentes un ángulo
de 41° en el arco principal, y un ángulo de 52° en el arco secundario:
resultados conformes a la observación.
Por supuesto, una teoría del arco iris debe dar cuenta de sus colores. Las
ideas propuestas para elucidar el problema por el padre jesuita De Dominis y
por el filósofo francés nos resultan hoy extrañas por su excentricidad.
Según los razonamientos de Marco Antonio de Dominis (1566-1624) el color de un
rayo depende de la longitud del camino que recorre en el medio absorbente. Al
pasar la luz por un prisma, los rayos que penetran cerca de las aristas y sólo
atraviesan poco vidrio, se vuelven rojos, en tanto que aquellos que atraviesan
mucho cristal, pasando cerca de la base, salen como rayos violetas. Lo mismo
ocurre a la luz en las gotas de agua: los rayos reciben sus siete colores, que
forman el arco iris, según la longitud del camino que deben recorrer en el
interior de la gota.
Descartes concibe la luz como mi flujo de partículas no elásticas, dotadas con
una velocidad de traslación v, igual para todos los rayos y
con una velocidad de rotación w, diferente según los
colores: w = v da nacimiento en el ojo de la
luz verde; w < v engendra la luz
violeta; w > v origina la luz roja. Esta extraña hipótesis
tiene el mérito de reconducir la multiplicidad de los colores a tres colores
fundamentales; además, las partículas que rebotan al encontrar un espejo, y
cuyo flujo se quiebra al pasar de un medio al otro, explicarían las leyes de la
reflexión y de la refracción.
Una importante consecuencia de la hipótesis cartesiana tropezó con la viva
contradicción del matemático francés Pedro Fermat (1601-1665). Si las
partículas luminosas entran en un medio refringente, sus velocidades cambian.
¿Se propagan más o menos rápidamente al pasar de un ambiente rarificado a otro
denso? Un proyectil, razonó Descartes, pierde por el choque con una plancha
dura menos velocidad que en el choque con una plancha muelle. Por consecuencia,
concluye él, la velocidad de la luz es superior en un medio denso que en uno
rarificado.
Descartes muestra que esta suposición permite deducir la ley de la refracción.
A pesar de ello, una conclusión correcta no prueba que la premisa sea conforme
a la realidad. Si Descartes estuviera en lo cierto, los corpúsculos luminosos
deberían encontrar en un medio denso menos resistencia que en otro rarificado.
Irritado por tal suposición, Fermat la rechaza y parte de una premisa que
permite —sin hacer ninguna hipótesis sobre la naturaleza de la luz— llegar a la
ley de la refracción.
Los fenómenos naturales, afirma Fermat, se cumplen con el máximo de
economía. Si el rayo luminoso es reflejado, hay, como lo demostró
Herón de Alejandría, una economía de espacio, siendo el camino del rayo entre
dos puntos dados el más corto posible. Si el rayo es refractado, hay economía
de tiempo, siendo la trayectoria quebrada del rayo que pasa de un medio a otro
por dos puntos dados, a y b, siempre tal que el tiempo
invertido por la luz es menor que el correspondiente a cualquier otro camino
entre los puntos a y b. Este principio está de acuerdo por una
parte con la ley de refracción, y por otra conduce —en oposición a lo supuesto
por Descartes— a la conclusión de que la velocidad de la luz es menor en un
ambiente denso. Agreguemos que Huygens se adhiere a la tesis de Fermat, y
Newton a la de Descartes. Sólo en el siglo XIX se liquida definitivamente el
litigio, cuando Foucault mide con una serie de notables experimentos la
velocidad luminosa en medios más densos que el aire. Fermat y Huygens ganarán
la causa contra Descartes y Newton.
Las investigaciones de Snellius, Descartes y Fermat han aclarado la ley de la
refracción, fenómeno conocido en la antigüedad y aun estudiado, algunas décadas
antes del nacimiento de Cristo, por Cleomedes. Pero justamente en el año de la
muerte de Fermat (1665) apareció en Italia un libro que traía la nueva de un
fenómeno óptico insospechado hasta entonces. La obra póstuma del padre jesuita
Grimaldi -Physico-mathesis de lumine— sorprendió a sus
lectores con el curioso descubrimiento de que la luz sumada a la luz puede
producir oscuridad.
Francisco María Grimaldi (1618-1663), profesor de matemáticas en Bolonia, uno
de los más hábiles experimentadores de la época, es el descubridor de la difracción
de la luz, término creado por él para designar la inflexión que sufre el
rayo al pasar rasante al borde de un objeto opaco. Hizo penetrar la luz por una
minúscula abertura en una cámara oscura y colocó en el cono de los rayos un
pequeño objeto con aristas agudas. Al examinar la sombra proyectada por el
objeto en una pantalla, advirtió que la sombra física es siempre más grande que
lo que sería la sombra geométrica, determinada por la propagación rectilínea de
la luz. Observó, además, franjas alternativamente oscuras y claras, éstas
incoloras en el medio y orladas de azul hacia la sombra, esfumadas en rojo en
la parte opuesta. Comprobó que las franjas claras se presentaban incluso dentro
de la sombra, si el objeto es sutil, como una aguja de coser, un cabello, o un
hilo de araña. Los bordes coloreados de las franjas indujeron a Grimaldi a
pensar que la luz blanca está compuesta por rayos de diferentes colores.
De los experimentos hechos con un cono luminoso, el físico boloñés pasó a los
efectuados con dos conos, haciendo en la pared de la cámara dos aberturas muy
cercanas una de la otra, para que una parte de sus imágenes se superponga sobre
la pantalla. Notó que la parte común de los dos discos es más clara, pero
encerrada entre dos arcos oscuros. Hizo proyectarse la luz sobre una lámina
metálica surcada por estrechas hendiduras muy próximas las unas de las otras y
vio dibujarse sobre la pantalla un espectro coloreado. Así, fue Grimaldi el
primero en utilizar la redecilla de difracción, que debería
encontrar en el siglo XIX tantas y tan admirables aplicaciones.
Grimaldi observa y describe magistral mente todos estos fenómenos, pero es
incapaz de explicarlos. El teórico no iguala al experimentador. Afirma en su
libro que un cuerpo iluminado puede volverse oscuro cuando se agrega nueva luz
a la que ya recibía, mas no llega a indicar el porqué de tan extraño fenómeno.
Sus consideraciones sobre la naturaleza de la luz son discusiones escolásticas.
A pesar de ello, no está lejos de la solución del enigma cuando compara las
franjas de difracción a arcos que trazan las ondas engendradas
por una piedra que cae al agua. Sólo fue menester esperar algunos años para ver
surgir, gracias al ingenio de Huygens, la teoría ondulatoria de la luz.
3.
Desde Guericke hasta Boyle
Guericke y el vacío; Inventa la máquina neumática; Sus estudios eléctricos;
Boyle: Su ley; Las investigaciones de Mariotte
Lejos de Florencia, donde los académicos del Cimento demostraron la realidad de
la presión atmosférica y en la misma década en que Torricelli crea el
barómetro, un físico alemán, independientemente de los italianos, concluye en
Magdeburgo (Prusia) una serie de experiencias que conducirán a la invención de
la bomba de vacío.
Otón de Guericke (1602-1686), constructor de fortalezas, alcalde de Magdeburgo,
representante diplomático de su ciudad durante el período más tempestuoso de la
guerra de los Treinta Años, y Juan Kepler son los dos más eminentes hombres de
ciencia de la Alemania del siglo XVII. Con el gran astrónomo Kepler, comparte
Guericke la fe mística en la sapiencia divina, que se manifiesta al hombre
siempre que éste logra descubrir un arcano de la naturaleza. Esta esotérica
creencia lo impulsa de una experiencia a otra, a través de todas las
dificultades, hasta el éxito final.
Los pensadores escolásticos negaron el vacío y, apoyándose en Aristóteles,
argumentaron que Dios no puede actuar en la nada; como Dios es omnipresente, el
vacío —igual a la nada— no podría existir. Descartes profesa la misma opinión.
Si Dios, enseña, retirara, por un milagro, de un recipiente toda materia e
impidiera a otra materia ocupar el lugar, las paredes del recipiente se
juntarían, dado que una extensión no puede subsistir sin sustancia. El
Todopoderoso, opinó Guericke, no precisa materia para actuar; el vacío no es,
por consiguiente, irreconciliable con las leyes divinas de la naturaleza.
Guiado más bien por este pensamiento que por el deseo de demostrar la presión y
elasticidad del aire, Guericke emprende durante los años 1632 a 1641 sus
célebres experimentos.
Con ayuda de una bomba intenta extraer por completo el agua que llena un tonel
de madera. Pero no se cumple su esperanza de que una vez eliminada el agua, el
interior del tonel quedaría vacío, puesto que el aire penetra del exterior por
la materia porosa que forma al tonel. Por lo tanto, reemplaza al recipiente de
madera por una esfera de cobre y la pone, abriendo la llave, en comunicación
con la bomba:
«Al
principio —escribe Guericke en su libro Experimenta nova— el pistón se movía
fácilmente, pero de pronto su manejo hacíase cada vez más difícil y finalmente
la fuerza conjunta de dos hombres atléticos alcanzó apenas para arrastrar el
émbolo. Creíamos ya haber extraído casi toda el agua, cuando, ante el terror de
todos, la esfera fue aplastada con una violenta detonación.»
El
aplastamiento de la esfera y la terrible detonación ¿no eran una prueba de que
la naturaleza no tolera el vacío? ¿No tenía razón Descartes al predecir que las
paredes del recipiente vacío de materia se juntarían? ¿De dónde vino la fuerza
que aplastó la esfera metálica? Guericke, convencido de que la fuerza provenía
de la presión del aire exterior, repitió la experiencia con otra esfera de
cobre y de paredes más gruesas. Esta vez la esfera resistió hasta el final,
resistió hasta que el pistón ya no se dejó mover y la última gota de agua fue
extraída del recipiente. La esfera estaba vacía y encerraba el verdadero vacío,
cuya existencia filósofos y sacerdotes habían negado durante dos mil años.
Guericke, alentado por el éxito, en los experimentos que siguieron, no llenó
primero al recipiente de agua, sino que retiró el aire directamente. Separó el
recipiente de la bomba y lo hizo independiente por medio de una válvula, y de
este modo construyó la primera máquina neumática: el arquetipo
del instrumento que, más que cualquier otro, debería permitir a los siglos XIX
y XX penetrar en las profundidades de la materia y elucidar su íntima
constitución. Una de las venerables máquinas de Guericke está conservada en el
Museo Germánico en Münich.
«Tiene
— así la describe Hoppe [19] —
una bomba con dos llaves, el pistón es movido por una palanca, una válvula está
intercalada entre el recipiente y el cuerpo de la bomba, y una segunda válvula
asegura la comunicación con el aire exterior.»
Con
ayuda de su máquina, Guericke examinó una serie de interesantes fenómenos
presentados por el vacío: comprueba que una bujía privada de aire se extingue,
y llega a la conclusión de que la llama toma, para mantenerse, materia del
aire; registra que en el vacío los peces y pájaros mueren y que un racimo de
uvas permanece fresco más de diez meses; nota que una vejiga cerrada se infla
en el vacío y explota; observa que el sonido de un timbre colocado en el
recipiente de su máquina se hace tanto más débil cuanto menos aire hay en el
recipiente y desaparece por completo en el vacío.
Aplica por primera vez el principio hidrostático de Arquímedes a los gases, en
la construcción de su baroscopio, que es una ampolla de vidrio vaciada y
suspendida en el brazo de una balanza sensible y equilibrada por un peso
movible. Si por las variables presiones atmosféricas el aire se hace más
pesado, la ampolla se eleva; si el aire se vuelve más liviano, la ampolla baja.
Su manómetro, aunque rudimentario, sirvió más tarde para las primeras
mediciones de la fuerza expansiva del vapor.
La obra de Guericke, el voluminoso libro Experimenta nova, fue
publicada en 1672, pero sus importantes resultados ya habían sido difundidos,
gracias a los escritos de su brillante discípulo el padre jesuita Gaspar Schott
y al resonante éxito de la demostración pública de los experimentos de Guericke
en el Congreso de Ratisbona en 1654.
El emperador Fernando II y los príncipes alemanes asistieron al interesante
espectáculo, para ver cómo una esfera hueca, formada con dos hemisferios
yuxtapuestos y sin aire, no podía ser separada más que por la fuerza de
dieciséis caballos. Los espectadores fueron vivamente impresionados por la
detonación que acompañó a la separación.
Guericke consagró los últimos años de su vida al estudio de la electricidad;
sus experiencias enriquecen notablemente los conocimientos adquiridos sobre tan
fundamental dominio por su eminente precursor, el inglés Gilbert, cuyas
investigaciones magnetológicas y electrológicas hemos bosquejado en el capítulo
3.
Otto von Guericke
Guericke
montó una gran esfera de azufre sobre un eje metálico colocado en una armazón
de madera. Con una mano hizo girar el eje y con la otra presionó la esfera;
notó que la esfera no sólo atraía objetos livianos —delgadas plumas—, sino que
también los repelía. La atracción se volvía a ejercer cuando la pluma había
estado en contacto con otros objetos.
Sin conocer el concepto de carga eléctrica, observó así que las cargas del
mismo signo se rechazaban. Al suspender un hilo encima de la esfera cargada,
ésta confería el poder atractivo al hilo: Guericke descubrió la electrización
por transmisión. Igualmente, fue el primero en observar una débil luz que
rodeaba en la oscuridad a la esfera y las chispas que acompañaban a varias
operaciones de su máquina, que, por rudimentaria que fuese, era la primera
capaz de producir cargas eléctricas. Con sus investigaciones,
el físico alemán enriqueció considerablemente la joven ciencia eléctrica, cuyas
bases habían sido dadas en Inglaterra; por el contrario, las ingeniosas contribuciones
de Guericke a la estática del aire, reciben su ulterior desarrollo gracias a
dos ingleses: Hooke y Boyle.
Roberto Hooke (1635-1703), sabio universalista y hábil experimentador,
introdujo en la máquina neumática de Guericke valiosas mejoras: reemplazó la
vetusta palanca que accionaba el pistón por una cremallera movida con una rueda
dentada, dotó al recipiente de una cubierta movible y dio al importante
instrumento la forma que aun hoy poseen muchos de los pequeños aparatos. Hooke
fue un investigador con las más distintas inquietudes. Construyó, para no
mencionar sino algunos de sus numerosos méritos, el higroscopio de barba de
avena, instrumento para determinar la humedad atmosférica. Hizo observaciones
con el microscopio compuesto, cuyo verdadero inventor es
desconocido: unos lo atribuyen a Galileo, otros al óptico holandés Zacarías
Jansen, el mismo que comparte la gloria de su compatriota Lippershey,
constructor del primer telescopio.
Hooke, descontento con sus auténticos méritos, aunque fueran considerables,
tuvo la manía de adjudicarse casi todos los descubrimientos importantes de sus
contemporáneos, y vivió en continua lucha con los sabios de Inglaterra y otros
países.
Durante varios años fue ayudante de Boyle, quien profundizó los descubrimientos
de Torricelli y Guericke sobre la compresibilidad del aire.
Roberto Boyle (1627-1691), fecundo en ideas novedosas como físico y como
químico, quitó definitivamente los caducos soportes de la doctrina aristotélica
de los cuatro elementos, definió con claridad la básica noción del elemento
químico y aclaró los conceptos no menos fundamentales de mezcla y combinación.
¿No es una curiosa contradicción que el sagaz pensador, temible adversario de
los alquimistas, creyera en los demonios y malos espíritus?
Roberto Boyle
Con
el barómetro colocado en el recipiente de su máquina neumática, Boyle mostró
que la presión del aire disminuía con cada golpe de pistón, observó que el agua
tibia bullía en el aire rarificado y que el hielo se evaporaba sin licuarse.
Sus experimentos le probaron que las atracciones magnéticas y eléctricas siguen
ejerciéndose dentro del recipiente de su máquina y que el calor engendrado por
reacciones químicas se produce tanto en el vacío como en el aire. Otra serie de
experimentos le mostró que los objetos negros expuestos a los rayos del Sol se
calientan más rápidamente que los blancos, y que es más difícil inflamar con un
espejo cóncavo el papel blanco que el negro. Por interesantes que sean estas
observaciones, el mérito capital del físico Boyle es el descubrimiento de la
ley que lleva su nombre.
Boyle preparó un tubo en forma de U, con una rama larga y abierta y la otra
corta y cerrada. Al verter mercurio por el orificio, el aire fue empujado hacia
la rama corta; en tanto que el nivel del mercurio era el mismo en ambas ramas,
el aire se encontró bajo la presión atmosférica. Al agregar mercurio, la
presión aumentó y el volumen del aire encerrado en la rama corta se redujo.
Boyle encontró que duplicando la presión, el volumen del aire decrecía a la mitad;
una presión triple no le dejaba más que un tercio de su volumen original. La
experiencia podía ser invertida, y confirmó a Boyle la certeza de su
descubrimiento: la presión (P) es inversamente proporcional al volumen (V)
ocupado por el aire —en general por un gas perfecto— en iguales condiciones de
temperatura. Por lo tanto, el producto de la presión por el volumen
PV = constante.
Boyle
supo que su ley sólo era aproximadamente valedera; mas, tal como fue, esta
trascendental ley prestó más tarde su base a la teoría cinética de los gases y
permitió a la física asentar su cartabón en un invisible universo: el de las
moléculas.
Boyle hizo conocer su famoso experimento el 11 de septiembre de 1661, en una
sesión de la Sociedad Real, en Londres. Quince años más tarde, el clérigo
francés Edmé Mariotte (1620-1684), a la vez físico y fisiólogo, enunció en
su Discurso sobre la naturaleza del aire la misma ley. Es
imposible establecer si llegó a ella independientemente de las investigaciones
de su predecesor, pero es seguro que supo formularla más claramente que Boyle y
contribuyó a difundirla fuera de Inglaterra. Fue el primero que aplicó la ley a
la solución de mi importante problema: determinar la disminución, en alturas
crecientes, de la presión atmosférica. El peso específico del aire decrece
progresivamente hacia lo alto. Como el cálculo diferencial aún no había sido
hallado, Mariotte divide la atmósfera en 4.032 capas horizontales, calcula la
altura de cada una y obtiene por suma la altura correspondiente a cualquier
presión dada. El agudo clérigo dio también la primera explicación correcta de
cómo las gotas de lluvia se forman en las nubes, de los vapores que ascienden
de los océanos y de los continentes.
Capítulo 6
Huygens
Su vida; Problemas del péndulo real; El centro de oscilación; Conservación
de la energía mecánica; Achatamiento del globo; La ley de la fuerza centrífuga;
Choque de cuerpos elásticos; La fuerza viva; ¿Trabaja la naturaleza según la
unidad del tiempo, o según la del espacio; Descartes contra Leibniz; Erasmo
Bartholin: La doble refracción de la luz; Römer: La velocidad de la luz; La
teoría ondulatoria de Huygens
Por
importante que sea la obra de los académicos florentinos y de otros discípulos
italianos de Galileo, no fue en la patria del gran toscano donde surgió después
de la muerte de éste un genio que le fuera comparable, sino en Holanda, país
que ha dado a la física tantos investigadores de alto vuelo.
Cristián Huygens, el «Arquímedes neerlandés», recibió del destino
no sólo excepcionales dotes de espíritu, sino una fortuna considerable que le
permitió dedicar su vida entera a la ciencia. Hijo de un destacado estadista y
poeta, nació en La Haya el 14 de abril de 1629 y dio ya de niño incontestables
pruebas de un genio precoz, frecuente entre los grandes matemáticos.
En un opúsculo juvenil, su primera publicación, demostró el error cometido por
Gregorio de San Vicenzo en su pretendida cuadratura del círculo, error que los
más distinguidos geómetras de la época fueron incapaces de descubrir. Largos
viajes por Alemania, Francia e Inglaterra le permitieron ampliar sus horizontes
y profundizar sus conocimientos. A los veintiocho años creó el cálculo de
probabilidades y lo expuso en su escrito Razonamientos sobre el juego
de dados ;un año más tarde construyó el reloj de péndulo, uno de sus
imperecederos méritos. Hazañas astronómicas corroboran su creciente fama:
descubre los anillos de Saturno y el primero de los satélites del lejano
planeta; observa las bandas horizontales sobre la superficie de Júpiter;
reconoce que Marte gira aproximadamente en veinticuatro horas alrededor de su
eje, y percibe las manchas polares de este planeta; encuentra la nebulosa
gaseosa en la constelación de Orion; mejora el telescopio al introducir el
micrómetro para medir pequeñas distancias angulares. Todos estos éxitos los
alcanza antes de los treinta años.
Colbert, ministro de Luis XIV, lo invita a fijar su residencia en París, donde
es elegido miembro de la nueva Academia e integra, con el italiano Cassini y el
dinamarqués Römer, el personal del Observatorio que acaba de ser fundado. Los
quince años pasados en Francia (1666-1681) representan el período más
fructífero de su vida: sus espléndidas investigaciones sobre la dinámica y la
óptica, en parte ya bosquejadas en Holanda, maduran y adquieren en el ambiente
científico de la capital del Rey Sol su forma definitiva.
Los signos cada vez más visibles de la intolerancia frente a los protestantes
lo obligan, antes de la revocación del Edicto de Nantes, a volver a Holanda.
Como sus dos grandes contemporáneos y amigos, Newton y Leibniz, Huygens
permaneció también soltero. Murió en La Haya a la edad de sesenta y seis años,
poco después de haberse oscurecido su poderoso espíritu.
La principal obra de Huygens, Horologium oscillatorium (1673),
es una magistral síntesis de sus investigaciones mecánicas y contiene además
una serie de teoremas geométricos sobre la rectificación de las curvas, la
teoría de las evolutas. La descripción del reloj de péndulo no ocupa más que el
primero y el último capítulo. Huygens tomó la corona y el cono de los relojes
existentes y les aplicó el péndulo de modo que por una parte dirija la marcha
del reloj y por otra reciba del cono el impulso necesario para su propio
movimiento.
Si bien varios predecesores del gran holandés habían ya ensayado con mayor o
menor éxito reunir péndulo y reloj, Huygens fue el primero en dar una teoría
exacta del péndulo físico.
Las investigaciones de Galileo consideraron sólo el péndulo ideal, matemático,
sin masa apreciable; el gran toscano estableció el isocronismo de las
oscilaciones y comprobó que su período en dos péndulos es proporcional a las
raíces cuadradas de las longitudes de los mismos.
Sin embargo, sólo fue Huygens quien se planteó el problema mucho más complicado
del péndulo real, físico. La dinámica de Galileo se aplicaba a mi cuerpo único;
la dinámica de varios cuerpos, que actúan los unos sobre los otros, sólo
comienza con los trabajos del gran holandés.
Un cuerpo sólido, pesado, suspendido por un eje, que no pasa por su centro de
gravedad, forma un péndulo físico, compuesto por infinidad de
partículas, cada una de las cuales puede ser considerada como si fuera un
péndulo matemático. Cada una de las partículas, si estuviera sola, tendría una
duración de oscilación propia; como las partículas están reunidas entre ellas y
el cuerpo se mueve como un todo, la duración de las oscilaciones tendrá un
valor único, común a todas las partículas.
Consideremos dos partículas: una, cerca del eje, representa un péndulo corto;
la otra, lejos del eje, constituye un péndulo largo. En tanto que están
aisladas, la primera oscilará rápidamente y la segunda con lentitud; reunidas
en una sola, el péndulo rápido estará atrasado, el lento acelerado y el período
de oscilación resultante de su unión será intermediario entre los dos valores.
Entre los péndulos matemáticos cuyo conjunto forma el péndulo físico, habrá,
pues, uno —de longitud intermediaria entre los más cortos y los más largos—
cuyo período de oscilación será igual al del péndulo físico; la longitud de
este péndulo sencillo se llama la longitud reducida del péndulo físico.
Llevando esta longitud sobre el péndulo compuesto, se encontrará un punto que
oscila como si estuviera solo, libre de todo vínculo. Este punto es el centro
de oscilación.
Si se conoce el centro de oscilación de un péndulo físico dado, éste podrá ser
tratado como un péndulo matemático.
A fin de localizar el centro de oscilación, Huygens parte de dos principios:
1. Cualesquiera
sean las acciones recíprocas de las partículas del péndulo—sea que conserven su
unión, sea que la pierdan—, el centro de gravedad del péndulo no podrá jamás
alcanzar mayor altura que aquella de dolido descendió.
2. El
centro de gravedad describe arcos iguales durante su ascenso y descenso. A
estos dos principios añade Huygens el hecho de que la altura a la cual un punto
determinado del péndulo asciende por encima de su nivel más bajo es
proporcional al cuadrado de la velocidad que adquiriría al caer a ese nivel.
Por
otra parte, la velocidad de una partícula dada del péndulo es proporcional a la
distancia que la separa del eje de suspensión. Llevado por tales razonamientos,
Huygens deduce que la distancia (l) entre el centro de oscilación y el
punto de suspensión:
es
el cociente de dos magnitudes que hoy llamamos momento de inercia del péndulo y
momento estático de su masa. Reconoce que el punto de suspensión y el centro de
oscilación son intercambiables: su reversión no altera el período de oscilación
pendular.
La importancia de los principios indicados que Huygens introduce en sus
razonamientos para determinar el centro de oscilación, es aún más trascendental
que el resultado mismo. En efecto, estos principios equivalen a afirmar que
la energía mecánica se conserva: una ley de máximo alcance
—aunque aplicada a un caso especial— surge aquí por primera vez en la historia
del pensamiento físico. No es menos significativa la introducción de la
cantidad Σmr2, suma del producto de las masas de las
partículas y de los cuadrados de sus respectivas distancias del punto de
suspensión: cantidad que proporciona la clave para el cálculo de todo
movimiento rotatorio, llamada por Euler momento de inercia.
En posesión de la fórmula que permite calcular el centro de oscilación, el problema
del péndulo físico es reconducido al del péndulo matemático, y Huygens procura
hallar la expresión exacta del período de oscilación de esto. En el caso de un
péndulo circular, las oscilaciones sólo son isócronas para pequeñas amplitudes.
Sin embargo, si el arco de círculo no se presta a un verdadero isocronismo,
independiente de las amplitudes de oscilación, ¿no existe otra curva que
corresponda a esta exigencia? Huygens encuentra la curva: es una cicloide. Con
el vértice dirigido hacia abajo es tautócrona: cualquiera sea el
punto de la curva del que una partícula pesada cae, siempre llegará en el mismo
intervalo de tiempo al punto más bajo de su trayectoria; por lo tanto, un
péndulo ideal debería ser tal, que su disco describiera cicloides. Para tal
péndulo, la relación entre el período de oscilación y el tiempo de la caída
libre de una altura equivalente a la mitad de la longitud del péndulo, es igual
a la existente entre la circunferencia y el diámetro. Esta relación permite a
Huygens llegar inmediatamente a la fórmula buscada. El período de oscilación
( t) del péndulo matemático será:
donde l es
la longitud del péndulo, y g la aceleración de la gravedad.
La fórmula permite calcular para un punto dado del globo el valor de g. Si
éste fuese constante en toda la superficie de la Tierra, también debería serlo
la longitud de un péndulo que bate el segundo. Justamente, fue lo que Huygens
supuso, y causó gran sensación cuando el investigador francés Juan
Richer(1671), al efectuar mediciones geodésicas en Cayena, advirtió que su
reloj, reglado en París, atrasaba cada día varios minutos; debió acortar la
varilla del péndulo en Cayena y alargarla al llegar a Francia. La opinión de
Richer, de que la causa del fenómeno habría que buscarla en la figura de la
Tierra achatada en sus polos, fue compartida por Huygens. El gran holandés
reveló también el motivo del achatamiento del globo, demostró con experimentos
que la fuerza centrífuga transforma la esfera en un elipsoide de
revolución, con tal de que la materia sea poco resistente y la
rotación bastante rápida. En el ecuador, según el cálculo de Huygens, la
aceleración centrífuga es la 1/289 parte de la aceleración debida a la
pesantez..
Cuatro años antes de la publicación de su gran obra, Huygens comunicaba, por
una carta a la Sociedad Real de Londres, dos anagramas que contenían el núcleo
de su teorema sobre la fuerza centrifuga.
Fieles a una costumbre que hoy nos parece extraña, los sabios del siglo XVIIgustaron
esconder sus descubrimientos detrás de las letras de abracadabrantes
rompecabezas. Esto es el más significativo de los dos anagramas:
|
a |
b |
c |
d |
e |
f |
g |
h |
i |
l |
m |
n |
o |
p |
q |
r |
s |
t |
u |
x |
|
3 |
0 |
6 |
0 |
7 |
1 |
0 |
0 |
5 |
1 |
3 |
2 |
3 |
2 |
0 |
6 |
3 |
4 |
4 |
1 |
|
9 |
0 |
1 |
3 |
5 |
1 |
2 |
0 |
6 |
1 |
5 |
2 |
0 |
0 |
2 |
4 |
0 |
6 |
5 |
0 |
Cada línea de cifras representa una línea en el enunciado latino del teorema, y
cada cifra indica el número de veces que la letra colocada sobre la cifra debe
repetirse en la línea.
En su Horologium oscillatorium revela Huygens, por último, la
significación de su enigmático mensaje. Aunque el latín neerlandés no sea
ciceroniano, tiene el mérito de permitir el cálculo de la fuerza centrífuga:
«Si
mobile in circumferentia circuli foratur ea celeritate, quam adquirit cadendo
ex altitudine, quae sit quartae parti diametri aequalis; habebit vim
centrifugam suae gravitati aequalem; hoc est, eadem vi funem quo in centro
detinetur intendet, atque cum ex eo suspensum est.»
En
castellano:
Si
un móvil recorre la circunferencia de un círculo con la misma velocidad que
adquiriría al caer de una altura igual al cuarto del diámetro, su fuerza
centrífuga sería igual a su peso, es decir, estirará el hilo que lo detiene con
la misma fuerza que si estuviera suspendido de él.
Traduzcamos
esta proposición a nuestro idioma actual: Sea f la fuerza
centrífuga que actúa sobre la partícula m, la cual gira sobre una
circunferencia con radio r, y sea, como Huygens lo exige,f
= mg ; según las leyes de la caída libre v 2 =
2 gs ;entonces, si la altura de la caída (s) es igual a la
mitad del radio del círculo, tendremos v 2 = 2
g r/2, de donde se sigue que f = mv 2/r, que
es precisamente la fórmula fundamental de la fuerza centrífuga.
Cristian Huygens
En
el mismo año de 1669, en que Huygens envió sus anagramas sobre la fuerza
centrífuga a los investigadores de la Sociedad Real, encontró la clave de un
problema —el choque de cuerpos elásticos— que lo había atraído
vivamente por más de una década. Galileo y su contemporáneo el médico austríaco
Marco Marci, profesor en Praga, buscaron la ley del fenómeno, y un rival del
gran holandés, el arquitecto inglés Cristóbal Wron, le prodigó los recursos de
su sagacidad.
Marci verificó con experimentos que un cuerpo elástico, al chocar con otro
idéntico en reposo, pierde su movimiento y lo comunica al segundo; Galileo
agregó quo un cuerpo en reposo es puesto en movimiento por otro más pequeño,
quo acaba de chocar con él. Huygens muestra que el acercamiento antes del
choque y el alejamiento después del mismo se producen con igual velocidad
relativa. Establece como ley axiomática que en el choque de cuerpos los
productos de sus masas por los cuadrados de las velocidades permanecen
invariables. Su notable resultado significa, pues, el enunciado de la
conservación de Σmv 2. En su genial análisis del
movimiento pendular, Huygens tropezó, como hemos dicho, con la misma idea que
esconde el primer núcleo de la futura ley sobre la conservación de la energía.
En este punto, el camino cognoscitivo de Huygens se cruza con el de otros dos
ilustres pensadores: Renato Descartes y Godofredo Guillermo
Leibniz (1646-1716). El filósofo francés admitía que el producto de la
masa por la velocidad mv—la cantidad del movimiento o impulso— poseería,
el privilegio de permanecer invariable a través de todas las transformaciones
mecánicas. Su fértil imaginación atribuye a esta pretendida constancia un
profundo sentido metafísico, y ve en ella una prueba especial de la divina
sabiduría:
«Conocemos
—escribe en sus Principios de la filosofía— que es una perfección de Dios no
sólo el ser inmutable en su naturaleza, sino el actuar de un modo que no cambia
jamás... Él ha movido distintamente las partes de la materia cuando las ha
creado y las mantiene a todas con la misma ley que les impuso en el momento de
su creación. Él conserva incesantemente en la materia igual cantidad de
movimiento.»
Descartes
reclamaba la constancia del impulso, puesto que vio en el producto mvuna
medida de la fuerza.
Leibniz protesta contra este razonamiento y observa que en las máquinas en
equilibrio las cargas están en razón inversa a la velocidad de los
desplazamientos; este hecho podría engendrar la idea de que el producto de la
masa por la velocidad mediría la fuerza. En realidad —sostiene Leibniz—, es el
producto de la masa por el cuadrado de la velocidad, mv2 —la
fuerza viva—, el que mide la «capacidad de acción» de un móvil, y es la suma de
las fuerzas vivas, Σmv2y la que permanece
—asegura— invariable en todas las transformaciones mecánicas del universo.
Juan Bernoulli (1667-1748) generaliza aún más el principio, afirmando la
constancia de 2mv2 en todas las transformaciones de la
naturaleza, sean mecánicas u otras. A pesar de la victoria de Leibniz sobre
Descartes en el problema de aquel algo que se conserva en las
metamorfosis mecánicas, su discusión sobre « la verdadera medida de la
fuerza» era —lo sabemos desde D’Alembert— batallar con molinos de viento.
La famosa disputa giraba, sin que ninguno de ellos se diera clara cuenta de
ello, en torno a la alternativa de si la fuerza —o, más correctamente, la
capacidad de acción de un móvil— ha de medirse por el tiempo empleado ( ft )
o por el camino recorrido (fs); con otras palabras: si la naturaleza
trabaja a tanto por unidad de tiempo, como quiso Descartes, o
a tanto por unidad de espacio, como sostuvo Leibniz.
Las dos proposiciones se equivalen, a pesar de tener distintos sentidos. Al
multiplicar la fuerza por el tiempo, obtendremos el impulso cartesiano, ft
= mv ;multiplicando la fuerza por el espacio, llegamos a la igualdad fs
= ½mv 2, fórmula que equivale a la mitad
de la fuerza viva leibniziana y representa la energía cinética.
El año de 1669, que vio nacer dos teoremas fundamentales de Huygens —el de la
fuerza centrífuga y el de la fuerza viva—, fue marcado por un importante
descubrimiento que después hubo de adquirir una influencia decisiva sobre las
ideas de éste en el dominio de la óptica.
El médico dinamarqués Erasmo Bartholin (1625-1698) acababa de
publicar sus sorprendentes investigaciones sobre el espato calizo de Islandia,
cristal romboédrico, que le permitió describir el fenómeno inesperado de
la doble refracción. Observó que el rayo luminoso al penetrar
en el cristal se divide en dos: uno, el rayo ordinario, sigue la ley de la
refracción; el otro, el extraordinario, está exento de ello.
Bartholin sospecha que la constitución molecular podría ser la causa del
fenómeno, pero es incapaz de explicarlo. Otro descubrimiento de mayor alcance
todavía logra su discípulo el astrónomo dinamarqués Olaf Römer (1644-1710),
que llega, gracias a los eclipses de los satélites jovianos, a determinar
la velocidad de la luz.
Las lunas de Júpiter forman un verdadero cronómetro celeste. Durante el
recorrido de sus trayectorias en torno al planeta, los satélites se sumergen a
intervalos regulares en la sombra proyectada por el mismo, midiendo así el
tiempo.
Domingo Cassini y Römer observaron ciertas irregularidades en los tiempos de
las inmersiones y emersiones del primer satélite. Cuando la Tierra se alojó en
su órbita del sistema joviano, el reloj estaba retrasado; cuando la Tierra se
acercó, el reloj se adelantaba. Las diferencias de tiempo así comprobadas, las
atribuyó Römer a las diferencias de los caminos que la luz debe recorrer para
llegar a la Tierra, y dedujo de ello, en 1676, el valor aproximado de la
velocidad de la luz.
El resultado por él encontrado es inferior al valor real, mas su razonamiento
es correcto y de diáfana claridad: el eclipse del satélite joviano se produce,
si el planeta se encuentra en conjunción con el Sol, n segundos
después del momento que fue registrado para su eclipse en la oposición con el
Sol. Puesto que la distancia de Júpiter a la Tierra es en la conjunción un
diámetro de órbita terrestre mayor que en la oposición, resulta que la
velocidad de la luz debe ser igual al cociente del diámetro orbital por n segundos.
Los descubrimientos de Bartholin y Römer sirvieron a Huygens para reunir sus
propias ideas sobre la naturaleza y el modo de propagación de la luz, en la
teoría expuesta primero en una conferencia dada en París en 1678 y después
publicada en Holanda en 1690, en su libroTraité de la lumière, que
forma la base histórica de la teoría ondulatoria.
Semejante al sonido, afirma Huygens, la luz también es un movimiento
vibratorio; en tanto que las ondas sonoras se propagan en el aire, el lugar de
las ondas luminosas es el éter, materia extremadamente sutil y de perfecta
elasticidad que impregna a todos los objetos y llena también al vacío.
Cada foco luminoso es una fuente de ondas, que las comunica al éter circundante
de manera similar a la que una bola de billar transmite su impulso a otra. Cada
punto del éter alcanzado por una onda vuélvese centro de nuevas ondas, cuyas
interacciones recíprocas determinan la propagación global.
La sagaz idea de que la luz sería una perturbación del éter que se extiende y
progresa en el espacio surge por primera vez. Huygens explica la reflexión y
refracción con su teoría. En los medios densos la luz se propaga, dada su mayor
resistencia, más lentamente que en los medios rarificados: principio idéntico
al de Fermat y que permite a Huygens deducir la ley de la refracción.
Logra admirablemente dar cuenta del enigma de la doble refracción en el espato
de Islandia: la estructura del cristal condiciona la división del rayo en dos.
La onda del rayo ordinario es esférica, la del rayo extraordinario es un
elipsoide de revolución. El eje menor del elipsoide de revolución —admite Huygens—
es paralelo al eje óptico del cristal; a lo largo de este eje la velocidad de
propagación es para ambos rayos la misma.
En las demás direcciones la velocidad de las ondas del rayo extraordinario es
superior, y crece con el ángulo formado por su dirección y el eje. El radio de
la onda esférica está en relación de 8 a 9 con el eje mayor de la onda
elipsoidal.
Por supuesto, el poder aclaratorio de la teoría tiene sus límites. Para la
propagación rectilínea de la luz, Huygens no encuentra una explicación
satisfactoria y, sobre todo, los fenómenos de polarización presentados por un
rayo que atraviesa dos cristales de Islandia con secciones principales
paralelas o cruzadas, quedan para la teoría por completo enigmáticos. Se
comprende el motivo de la deficiencia: las ondas luminosas de Huygens son, como
las del sonido, longitudinales. Hasta los comienzos del siglo
XIX hay que esperar, para ver, con Fresnel, reemplazadas las ondas huygenianas
por ondas transversales.
Huygens, brillante teórico, fue a la vez un técnico de genio. El reloj de
péndulo no es más que una de las numerosas pruebas de su arte como mecánico:
mejoró los relojes de bolsillo con la introducción de un muelle en espiral para
regular la marcha, inventó una máquina de pólvora, precursora de los modernos
motores de explosión. Como medio de propulsión sirvióse de la pólvora para
cañones, cuyos gases —en el cilindro de su máquina— levantaban el pistón, que
descendía después bajo la acción de la presión atmosférica. Dionisio
Papin, discípulo y colaborador de Huygens, reemplazó los gases de la
pólvora por el vapor de agua (1690) e introdujo en el dispositivo una válvula
de seguridad (1705), creando así el primer modelo de la máquina de vapor.
Pensador profundo, Huygens reconoció la trascendental preponderancia que la
mecánica, fundada por Galileo y por él, adquirirá en la interpretación del
mundo físico.
«En
la filosofía verdadera —escribió—, las causas de todos los fenómenos naturales
se conciben en términos mecánicos. Si no deseamos abandonar la esperanza de
comprender los fenómenos, debemos adoptar este principio.»
Palabras
proféticas, destinadas a permanecer durante doscientos años —hasta linos del
siglo XIX— como el credo mismo de la investigación científica.
Capítulo 7
Newton
Llevado por gigantes.; Su maestro: Barrow.; El gran año de 1666.; El cálculo
infinitesimal.; Conducido por Kepler.; La ley gravitacional y la Luna.;
Estupenda fecundidad de la ley.; El tímido león.; Su amigo Halley.; Los
Principia.; Definiciones y leyes básicas de la mecánica.; Concepto de la masa.;
La acción a distancia.; Hipótesis newtonianas.; Descomposición de la luz
blanca.; Colores del espectro.; Los anillos de Newton.; Newton, iniciador de la
interpretación ondulatoria de los colores.; ¿Por qué se adhirió Newton a la
teoría corpuscular?; Apoteosis, vejez y muerte.
«El
porvenir —escribe Galileo en su última obra— conducirá a una ciencia más amplia
y mejor, de la cual nuestra labor no es sino el comienzo; espíritus más
profundos que el mío explorarán los más ocultos rincones de esa ciencia.» Esta
previsión del gran toscano fue cumplida por Newton. Acabó la construcción del
majestuoso templo de la mecánica clásica; lo acabó en tal forma, que desde él
hasta el umbral de los tiempos presentes, ningún principio verdaderamente nuevo
surgió. Dos siglos no hicieron en este dominio sino completar el desarrollo
formal y matemático de la doctrina newtoniana, que hasta la primera década del
siglo XX parecía destinada a la eternidad. Nec fas est proprius mortali
attingere divos (No está dado a ningún mortal el aproximarse más a los
dioses), reza el homenaje de sus contemporáneos[20]; Genus
immanum ingenio superávit (Por el poder de su espíritu sobrepasó al
género humano), le elogia el reconocimiento de la posteridad [21]. Sin
embargo, él mismo declaró:
«Si
pude ver más lejos, es porque gigantes me elevaron sobre sus espaldas.»
Estos
gigantes se llamaron Galileo, Kepler y Huygens.
Isaac Newton, hijo de un granjero, nació un año después de la muerte de
Galileo, y cien años más tarde de la de Copérnico, el día de Navidad de 1642
(según el calendario juliano), en Woolsthorpe, condado de Lincoln. Fallecido el
padre antes de nacer el hijo, la madre se volvió a casar bien pronto y el niño
fue confiado a los tres años de edad a los cuidados de la abuela. En oposición
a Huygens, Leibniz y Gauss, el futuro coloso no fue un niño prodigio. Durante
sus primeros años, es verdad, se destacó por su habilidad mecánica al construir
relojes solares y molinos de viento. Pero ni en la escuela de la aldea ni en la
Grammar-School de Grantham reveló su genio. Ingresó en 1661 en el Trinity
College de Cambridge, donde pronto descubrió su vocación. Tuvo la suerte de
encontrar en el profesor de matemáticas doctor Isaac Barrow un maestro que supo
formar al alumno sin igual. Las lecciones de este eminente matemático sobre
ciertos conceptos geométricos que hoy están en la base misma del cálculo
diferencial e integral, indicaron el camino que conduciría a Newton, en pocos
años, a su mayor hazaña en las matemáticas. Barrow, sabio de alto valor, poseía
también preciosas calidades humanas; se inclinó ante la superioridad de su
discípulo y se contentó con ser la estrella matutina que se esfuma ante el Sol
naciente. A la edad de treinta y nueve años, Barrow renunció a su cargo para
cederlo al joven Newton (1669), que ocupó la cátedra durante un cuarto de
siglo. Barrow, después de haber dejado el College, se dedicó exclusivamente a
la teología. Cosa curiosa: el maestro modelo transmitió al inmortal discípulo
su pasión por los problemas de la filosofía religiosa. Newton consagró muchos
años de su edad madura a ejercitar su sagacidad en la exégesis de las profecías
de Daniel y del Apocalipsis de San Juan.
Antes de inaugurar sus lecciones sobre óptica en el Trinity College, una
epidemia —la peste bubónica— que azotó a Inglaterra de 1665 a 1667, obligó a
Newton a abandonar Cambridge, puesto que la Universidad había cerrado sus
puertas, y buscar refugio en la casa paterna de Woolsthorpe. En este tranquilo
retiro fue donde Newton encontró las ideas directrices de tres descubrimientos,
cada uno de los cuales por sí solo le habría asegurado duradera fama: inventó
el cálculo infinitesimal, descubrió la ley de la gravitación universal y probó
experimentalmente la naturaleza compuesta de la luz blanca. Estas tres hazañas
las realizó antes de los veinticinco años.
Una apreciación del primero de sus descubrimientos —por decisiva que sea junto
a sus alcances en las matemáticas, su importancia como instrumento de
investigación científica—, está fuera de la historia de la física. Sólo
señalaremos que Newton creó su cálculo infinitesimal, su método de
fluxiones, antes que su ilustre rival Leibniz e independientemente del
agudo pensador alemán. El punto de partida, el camino seguido y la finalidad
buscada son muy distintos en el proceder de los dos inventores. Newton
considera su cálculo de fluentes y fluxiones como un precioso instrumento para
sus búsquedas foronómicas y dinámicas; vio en su método un arte individual,
hasta secreto, que se abstiene de emplear en sus Principia para
exponer resultados obtenidos, sin embargo, con la ayuda de su procedimiento
fluxional. Por el contrario, el cálculo infinitesimal es para Leibniz no sólo
un medio, sino también un fin: trata de crear un método general con un claro y
transparente algoritmo. Deplorable es que estos dos titanes del pensamiento
hayan amargado las décadas de su vejez con una apasionada discusión sobre la
prioridad de sus ideas. Más, cualquiera que sea el mérito de Newton, no fue él,
sino Leibniz quien, en el transcurso de los siglos, ganó la batalla: es su
método, son sus símbolos los que se mantuvieron y forman ahora la base del
cálculo infinitesimal.
El segundo gran descubrimiento que el joven Newton logró en el tranquilo retiro
de Woolsthorpe es de mayores alcances que su hallazgo matemático: la ley que
funde la mecánica terrestre y celeste en una indivisible unidad, la ley de la
gravitación universal.
Ingrata tarea es tratar de destruir una ingeniosa leyenda. A pesar de ello, es
menester decir que la famosa fábula de la manzana, inventada por Enrique
Pemberton, amigo de Newton, acicalada y difundida por el espiritual Voltaire y
confirmada por otro amigo de Newton, el arqueólogo Guillermo Stuckeley, no
corresponde a la realidad. No era menester que una manzana al caer recordase a
Newton la fundamental identidad de la fuerza que actúa en la caída de los
graves y en el movimiento de los planetas; esta identidad había sido tiempo ha
claramente reconocida y atrajo vivamente a varios pensadores de la época.
Fermat y Borelli sospecharon antes que Newton que una atracción recíproca,
común a los cuerpos celestes y terrestres, dirigía los movimientos planetarios,
y el astrónomo francés Ismael Bulialdo, en su Astronomía
philolaica (1645), indicó —más de dos décadas antes que Newton— que la
fuerza actora entre el Sol y los planetas tenía que ser inversamente
proporcional a los cuadrados de sus distancias. Por último, Roberto Hooke, el
eterno querellante, había bosquejado pensamientos similares. Estas ideas fueron
más o menos vagas y, sobre todo, sin demostración alguna. Ninguno de los
investigadores soñó someter su hipótesis a la prueba del cálculo y todos
estaban igualmente lejos de intuir que la ley de la gravitación podría
convertirse en la clave misma de la dinámica celeste y terrestre.
Los verdaderos precursores de Newton han sido Galileo, Huygens y sobre todo
Kepler. El principio de inercia entrevisto por Galileo y generalizado por
Huygens revela en el movimiento de los cuerpos celestes la presencia de una
continua aceleración desviadora, y las leyes empíricas de Kepler se explican
inmediatamente por las características de la fuerza determinante de esta
aceleración. En efecto: de la primera ley —de la forma elíptica de las órbitas
— se sigue que la fuerza atractiva varía en razón inversa al cuadrado de la
distancia entre Sol y planeta o entre Tierra y Luna. La segunda ley —la de
áreas constantes— sugiere que la aceleración está dirigida hacia un foco de la
trayectoria elíptica, y la tercera ley permite admitir que la fuerza atractiva
entre Sol y planeta es proporcional a la masa de este último, siendo la
constante de proporcionalidad igual para todos los planetas. Al admitir, por
último, que la atracción es proporcional también a la masa solar, todas estas
conclusiones se sintetizan en la famosa fórmula:
donde G es
una constante numérica que depende de las unidades empleadas para medir masas y
distancias.
El camino deductivo permite reencontrar las características métricas de la
gravitación, pero nada revelaría de su naturaleza si Newton no identificara la
aceleración conferida a los satélites por el cuerpo central con la aceleración
comunicada a los objetos terrestres por la pesantez. Prueba la realidad de la
concordancia con el ejemplo de la Luna.
La misma aceleración que rige la caída de piedras prohíbe a los satélites
alejarse en línea recta de la Tierra, en tanto que su velocidad tangencial le
impide caer sobre el globo. Por estar la Luna a una distancia de 60 radios
terrestres y por ser la longitud del radio del globo aproximadamente 4.000
millas inglesas, Newton deduce que la Luna cae en línea recta hacia la Tierra
con una aceleración de 0,0088 pies por segundo2 (0,00268 m/seg2).
Admite como cierta su ley y concluye que la aceleración sobre la superficie de
la Tierra tendría que ser de 60 2= 3600 veces mayor que la
aceleración del movimiento lunar, o sea 32 pies (9,74 m) por segundo2,
resultado que se encuentra en pleno acuerdo con la experiencia.
Hay que admirar lo osado del pensamiento newtoniano, el sorprendente vuelo de
su imaginación científica, que una vez adquirida esta prueba asciende a una
suprema generalización, a la hipótesis de que
la fuerza atractiva descrita por su fórmula actúa entre dos puntos
masivos , cualesquiera que sean, dondequiera que
estén en el espacio cósmico.
Por primera vez sucede en la historia de la ciencia que una ley numérica se
muestra valedera tanto para los acontecimientos terrestres como para los
fenómenos celestes. El universo adquiere con la ley de Newton una racionalidad
autónoma, sin relación alguna con el orden espiritual, o a cualquier otro
motivo que no sea él mismo. Desde entonces las cosmologías de los griegos, la
de Platón y Aristóteles, como la de los teólogos, de San Agustín y sus
sucesores, se vuelven sombras irreales. Newton, espíritu profundamente
religioso, no era consciente del aspecto revolucionario de su descubrimiento,
que tan sólo aparece claramente con los mecanicistas franceses del siglo XVIII,
Lagrange y Laplace, quienes hacen de la ley newtoniana el eje de su imagen del
mundo, concebido como una inmensa máquina cíclica, ajena a la intervención de
la Providencia y realizadora de movimientos perfectamente determinados en cada
punto del espacio y en cada instante del tiempo.
En posesión de la ley, Newton demuestra sus admirables alcances y su estupenda
fecundidad. De la atracción que ejercen sobre sus satélites, deduce las masas
de la Tierra, de Júpiter y de Saturno; de la masa de los planetas remóntase a
la del Sol; determina los pesos específicos de las sustancias que forman a los
planetas y al Sol: hazañas con que ni siquiera soñaran sus predecesores. El
enigma de las mareas, cuya relación con el movimiento lunar tantos investigadores,
incluso Kepler, intentaron en vano interpretar, se encuentra de un golpe
resuelto gracias a la aceleración comunicada por el satélite y el Sol a las
masas móviles de los mares terrestres. Otro enigma, casi dos veces milenario,
la precesión de los equinoccios, recibe por fin su explicación por la atracción
lunisolar sobre el abultamiento del globo en su zona ecuatorial. Como seductora
ilustración del tremendo poder aclaratorio de su ley, Newton demuestra que un
cuerpo celeste sometido a la gravitación puede describir no sólo una elipse,
sino también otras curvas cónicas, hipérbolas o parábolas, de modo que los
cometas —hasta entonces cuerpos por completo misteriosos— obedecen, no menos
que los planetas, a la ley omnipresente, que elucida también las perturbaciones
que sufren las trayectorias de los planetas por la atracción mutua de sus
masas. En suma, el gran inglés aporta la prueba de que los intrincados
movimientos de todo el sistema solar pueden ser deducidos de una simple ley,
que abarca en una fórmula fenómenos tan dispares como son la retrogradación de
los nodos de la Luna y la desviación de una plomada de su vertical en la
proximidad de una montaña. Todos estos detalles, como muchos otros, reunidos en
una grandiosa demostración, los expone Newton en su Sistema del mundo
matemáticamente tratado, que forma el tercer libro de los Principia.
Entre el descubrimiento de la ley de la gravitación universal y su publicación
median dos décadas. ¿Por qué Newton dejó transcurrir veinte años antes de proclamar
el más importante de sus hallazgos? No faltan suposiciones para explicar el
extraordinario atraso. Una es la de que un error inicial, cometido en el
cálculo, a causa del valor inexacto del radio terrestre, habría decidido a
Newton a abandonar por varios años el estudio de este problema. Aunque esta
leyenda esté muy difundida, no es probable que corresponda a los hechos, puesto
que varias determinaciones bastante exactas del radio terrestre —como las de
Snellius y de Gunter— estaban en 1666 a disposición de Newton. Otra versión
pretende que los ataques del insoportable Hooke, que reclamaba los más hermosos
experimentos ópticos de Newton como suyos, habrían descorazonado al
ultrasensible y tímido león. Sin duda, la aversión de Newton a exponerse a controversias
públicas es incontestable; difícilmente soportaba que se le contradijera. A
pesar de ello, es probable que la tardía publicación de su obra maestra tenga
otros motivos y más naturales: las dificultades para solucionar ciertos
problemas del cálculo integral, indispensables a la formulación definitiva de
la ley, lo detuvieron en su camino. Para dar cuenta del movimiento de una
piedra en caída o de la Luna en su trayectoria es necesario evaluar la
atracción total de una esfera homogénea sobre una partícula material situada
fuera de ella; cada una de las partículas de la esfera atraerá a la partícula
masiva con una fuerza que variará —según las masas presentes y sus respectivas
distancias— de una partícula a otra. ¿Cómo sumar para llegar a la atracción total,
las acciones separadas, cuyo número es infinito? Después de varios años de
labor, el problema fue resuelto, gracias al magnífico descubrimiento de Newton
de que la atracción de la esfera actúa como si toda su masa estuviera
concentrada en el centro. Sólo la posesión de este teorema le permitió extender
su ley establecida para masas puntiformes e irreales, a masas con volúmenes
determinados, a los cuerpos reales del universo.
El astrónomo Edmundo Halley (1656-1742), cuyo nombre nos es periódicamente recordado
por un famoso cometa, tiene el mérito de haber decidido (1685) a Newton a
comunicar su descubrimiento a la Sociedad Real, y a reunir sus investigaciones
mecánicas en un cuerpo de doctrina. Como la Sociedad Real de Londres no podía
costear los elevados gastos de publicación de la monumental obra Philosophiae
naturalis principia mathematica, cuya aparición en el verano de 1687 hizo
de ese año una fecha para siempre memorable en la historia de las ciencias,
dichos gastos fueron sufragados por Halley, amigo desinteresado de Newton.
Los Principia son el clásico libro de texto de la mecánica, en
los que se enuncian las proposiciones fundamentales por primera vez. Con esta
obra imperecedera nace la física matemática, como nació con los Discorsi galileanos
la física experimental. ¡Qué profunda diferencia entre los libros de ambos
titanes, iguales en tamaño, tan desiguales en su condición espiritual! A
Galileo lo seguimos en la marcha de su pensamiento, nos revela las etapas
intermedias y aun erróneas de su investigación, nos muestra con admirable
sinceridad los senderos que hubo de recorrer para alcanzar la meta. Tal ojeada
en los arcanos de su crear nos la permitió Galileo, pero Newton nos la prohíbe.
En los Principia nada indica las perplejidades y dudas del
espíritu en su búsqueda. Sobre toda su lucha reina el olímpico silencio de los
dioses. Newton presenta ya listas las verdades por él encontradas, como si de
su cerebro hubieran saltado armadas cual Palas Atenea de la cabeza de Júpiter.
Como Euclides, Newton antepone a su obra definiciones y leyes axiomáticas; su
método es esencialmente geométrico-deductivo. Sin duda, sus leyes y
definiciones estaban ya en parte comprendidas en las investigaciones de Galileo
y Huygens. El gran inglés no las ha descubierto, pero es el primero en
formularlas rigurosamente y en forjar con ellas los cimientos de toda la
mecánica. Ni Galileo ni Huygens podían discernir cuáles son las leyes y
conceptos primordiales que permiten construir la mecánica. Newton supera a sus
precursores con su maravilloso sentido para los conceptos indispensables a la
mecánica. Toma los ladrillos de los otros, pero es él quien levanta el palacio.
La primera de las tres leyes básicas de la mecánica newtoniana —la
del estado de reposo o del movimiento uniforme y rectilíneo de un cuerpo
inerte— fue reconocida por Galileo en sus consideraciones sobre planos
inclinados, según vimos oportunamente. La segunda ley —la
proporcionalidad entre fuerza y aceleración (mutatio motus) — fue
entrevista igualmente por Galileo y empleada por Huygens en sus deducciones.
Por último, la tercera ley —el principio de igualdad entre
acción y reacción— pertenece por completo al gran inglés. Su sagaz crítico,
Ernesto Mach, lo considera como la más importante contribución de Newton a la
arquitectura de la mecánica. Sin embargo, el mérito de haber extendido la
noción de fuerza nos parece todavía más trascendental.
El concepto central de la mecánica es el de la fuerza. Ella es
la que hace de la mecánica algo distinto de una mera geometría aplicada. Si es
incontestable que Galileo y Huygens reconocieron en la caída libre y en
fenómenos semejantes que la fuerza es la determinante de la aceleración, sólo
Newton es quien la capta en su completa generalidad. Concibe toda acción que
tiende a cambiar el estado de un móvil, sea debida a la pesantez terrestre, a
la atracción solar o aun al magnetismo, como fuerza. Las aceleraciones que la
gravedad puede imprimir al mismo cuerpo varían según las posiciones que éste
tenga en el espacio, y revelan la variabilidad del peso. Newton reconoce que
detrás del peso variable se esconde una característica invariable del cuerpo,
su masa. Los conceptos de peso y masa se separan por primera vez con toda
generalidad y claridad en la mecánica.
Por experiencias con péndulos de la misma longitud y distintos materiales,
Newton prueba que la aceleración de la gravedad (g) es
independiente de la constitución química de los cuerpos; el peso (p) puede
representarse por el producto de la masa y de la aceleración gravídica, p
= mg, y siendo las masas proporcionales a los pesos, pueden ser medidas por
éstos. Este notable resultado muestra, como afirma Newton, que la gravedad debe
proceder de una causa que actúa, «no de acuerdo con la superficie mayor o menor
de los cuerpos, sino según la cantidad de materia contenida en ellos».
Menos afortunada sin duda es su definición de masa; sería,
según Newton, la cantidad de materia de un cuerpo determinada por el producto
de la densidad y el volumen. El círculo vicioso implicado en esta discutida
definición es evidente, dado que la densidad no es otra cosa que la masa en la
unidad de volumen. Pero, sea como fuere, la definición newtoniana designa, a
pesar de todo, unívocamente a la masa como un coeficiente numérico
característico del cuerpo, del que Poincaré dirá un día, con razón, que tiene
la virtud cardinal de entrar cómodamente en el cálculo. Además, se puede
escapar al círculo vicioso definiendo, como lo hizo Mach, la masa de la
siguiente manera:
Sea
el cuerpo A la unidad, y diremos que un cuerpo es de masa m, cuando este cuerpo
actuando sobre el cuerpo A le comunique una aceleración igual a m veces la
aceleración que recibe por la reacción del cuerpo A sobre él.
Esta
definición nos conduce automáticamente a la tercera ley de Newton, a la
afirmación de que a cada acción corresponde siempre una reacción de igual
magnitud y dirección opuesta. La dependencia entre esta proposición y la
definición newtoniana de la fuerza es visible. Dado que Newton mide la fuerza
por la cantidad de movimiento adquirido en la unidad de tiempo, de ello se
sigue que dos cuerpos actuando el uno sobre el otro adquieren en el mismo
intervalo de tiempo cantidades de movimiento iguales y opuestas, y se
comunican, por consiguiente, velocidades inversamente proporcionales a sus
masas. Para apoyar la validez de su tercera ley, Newton expone entre
experimentos reales uno imaginario. Supone a la Tierra, en la que cada
partícula gravita hacia todas las otras, cortada por un plano en dos partes. Si
la presión de una parte sobre la otra no fuera igual a la contrapresión, el
globo debería moverse en el sentido de la mayor de las dos acciones.
Formuladas las definiciones y establecidas las leyes básicas, Newton llega a su
aplicación y demuestra el alcance general por los servicios que pueden prestar
en la descripción de los movimientos más diferentes, sean la caída libre de
Galileo o las oscilaciones del péndulo cicloidal de Huygens.
Considera también movimientos en medios resistentes y examina, entre muchos
otros, la propagación de las ondas sonoras; plantea la primera fórmula para la
velocidad del sonido, que encuentra igual a la raíz cuadrada del cociente de la
elasticidad e y de la densidad del medio d, o sea
La
expresión representa para la velocidad del sonido en el aire tan
sólo una primera aproximación, a la cual Laplace aportará en 1816 la
indispensable corrección (1). Newton extiende sus investigaciones a la mecánica
de los fluidos; considera el movimiento circular de cuerpos líquidos; niega la
compresibilidad del agua; explica la ascensión de un líquido en los tubos
capilares por la atracción mayor entre las partículas de vidrio y el líquido,
que entre las del líquido. [22]
Investiga el roce interno (viscosidad) de los líquidos y da la primera medida
de la resistencia por los acortamientos de los arcos de oscilación del péndulo.
Estos ejemplos podrían ser decuplicados y no darían, sin embargo, más que una
vaga idea de la riqueza de los problemas tratados en los dos primeros libros de
los Principia.
Las demostraciones que Newton aporta en apoyo de sus tesis, utilizan, en
general, sólo los medios de la geometría euclidiana y son extensas y pesadas.
Fue menester todo su genio para alcanzar con recursos tan primitivos tan
magníficos resultados. «Sorprendidos —dice Whewell con razón— miramos nosotros,
los nietos, este inamovible instrumento como una monstruosa maza, objeto de
museo entre trofeos de tiempos pasados, y nos preguntamos quién era ese hombre
que ha manejado como armas aquello que no podemos llevar nosotros como
carga» [23].
Los dos primeros libros de los Principia forman un majestuoso
preludio al tercero, el punto culminante de la mecánica newtoniana, su Sistema
del mundo, cuyo contenido esencial hemos indicado ya. Desde la cima
escalada, en el capítulo final de su obra, Newton echa una mirada retrospectiva
sobre el largo camino recorrido: rotas yacen las tablas de la ley cartesiana
del universo, los torbellinos desaparecieron; resuelto está el enigma de cómo
los cuerpos celestes corren en el espacio, sometidos a la única ley de la
gravitación universal. En medio de estas meditaciones surge la célebre
frase: Hypotheses non fingo, como respuesta a la cuestión planteada
por la causa desconocida de la gravitación:
«Seguro es que (la gravitación) debe de proceder de una causa que penetra
hasta los centros del Sol y de los planetas, sin sufrir la menor disminución de
su poderío... Pero hasta ahora no logró deducir la causa de las propiedades de
la gravitación, y no forjo hipótesis.»
Falso sería creer que Newton se atuvo a la solemne abjuración de la hipótesis,
que hubo de engendrar tantos comentarios como un versículo bíblico. Al igual
que Galileo y Huygens, el gran inglés recurrió al imprescindible medio de
investigación que es la hipótesis y encontró sus leyes —como los otros legisladores
de las ciencias— buscando el plano de contacto de la realidad construida por su
intelecto, con aquella otra proporcionada por los datos de la experiencia. Sus
hipótesis son numerosas y no todas afortunadas. Si es verdad que se abstuvo de
explicar la gravitación, la concibió como una fuerza a distancia, y
admitió que un punto masivo actúa donde no está. La hipótesis de la acción a
distancia fue descartada primeramente a mediados del siglo XIX, en los dominios
de los fenómenos electromagnéticos, en los que Faraday la reemplazo por el
concepto más fecundo de carneo; en la segunda década del siglo
XX, hubo de ceder su propio dominio, la gravitación, a Einstein, que la vinculó
a una propiedad métrica —la curvatura— del espacio-tiempo, determinada por la
presencia de la masa. Otra hipótesis newtoniana, el valor absoluto de la
longitud y la duración, apenas sobrevivió al siglo XIX, pues en 1905 tropezó
con la demostración de Einstein de que la longitud de una barra y la marcha de
un reloj varían con la velocidad del sistema en el que barra y reloj se
encuentran. Poco antes, José Juan Thomson y Kaufmann probaron experimentalmente
—con electrones acelerados— que la masa admitida por Newton como característica
constante, invariable del cuerpo, es también una función de la velocidad del
mismo y crece con ella. Por supuesto, no se debe desconocer que estas hipótesis
cardinales de Newton —por lo demás prácticamente valederas en tanto que la
velocidad del sistema no se acerca a la de la luz— eran indispensables para
fundamentar la dinámica. El terreno donde Newton aventura hipótesis menos
sólidas no es la mecánica, sino la óptica.
Desde su memorable retiro en Woolsthorpe, Newton se dedicó a los problemas
ópticos. En el mismo año de 1666, tan decisivo para el descubrimiento de la ley
de gravitación, se procuró un prisma para estudiar «el notable fenómeno de los
colores».
«Oscurecí
mi pieza —escribió más tarde[24] —
e hice un pequeño orificio en las persianas para dejar entrar una cantidad
conveniente de luz solar. Coloqué mi prisma en la proximidad de la abertura, de
modo tal que la luz se refractara en el prisma, hacia la pared opuesta. Desde
el principio resultó un entretenimiento muy agradable el ver así producido un
haz luminoso de vividos e intensos colores.»
Sin
embargo, sólo seis años más tarde, en enero de 1672, hizo Newton, en una carta
dirigida al secretario de la Sociedad Real de Londres, la primera comunicación
pública de su descubrimiento. Con cuidadosas experiencias demostró que la luz
blanca al atravesar un prisma es dispersada en rayos coloreados y que éstos, al
pasar por un segundo prisma, no se dejan descomponer; puso de manifiesto que
los rayos monocromáticos poseen diferentes grados de refrangibilidad, desde el
violeta, que es el más refrangible, hasta el rojo, que tiene el menor índice de
refracción. Una extensa serie de experiencias le convence de que los colores
prismáticos son homogéneos.
«Los refracté con prismas, y los reflejé sobre cuerpos que bajo la luz solar
eran de otros colores. Los interceptó con delgadas capas de aire comprendidas
entre dos placas de vidrio superpuestas, los transmití a través de ambientes
coloreados... Jamás conseguí producir ningún otro color con ellos. Aunque por
contracción o dilatación se hayan hecho más vividos o más apagados, o por
pérdida de algunos rayos se hayan vuelto oscuros, jamás los he visto cambiar de
especie.»
A la descomposición de la luz blanca Newton hace que la siga su composición,
mostrando que basta hacer converger los rayos de los colores espectrales para
volver a obtener la luz blanca. Su espíritu inventivo no se contenta con una
experiencia e imagina varias. Hace pasar rápidamente un peine en ambos sentidos
a lo largo de 1^ escala espectral y obtiene la sensación de blanco; por la
rotación del conocido círculo de colores prueba que la unión de los mismos
engendra en el ojo el efecto del color blanco.
Newton reúne sus experiencias en el primer libro de su magistral tratado Ópticapublicado
en 1704. Conducido por el pensamiento pitagórico de una íntima relación entre
los sonidos de la escala musical y los colores del espectro, Newton divide la
gama espectral en siete colores; aunque arbitraria, la división newtoniana se
mantiene aun hoy. En medio de la magnífica interpretación del «notable fenómeno
de los colores», contenida en el libro, surge, sin embargo, un error. Newton
supone que el poder dispersivo es proporcional a la refracción y concluye que
sería imposible en una lente suprimir la dispersión de la luz que produce los
colores, sin impedir al mismo tiempo la refracción de la cual depende el poder
amplificador de los telescopios de refracción. Por ello, estaba convencido de
que la naturaleza de la luz impide la construcción de lentes acromáticos. Tres
décadas después de la muerte de Newton, el óptico londinense Juan Dollond
refutó, en 1757, la opinión del gran inglés. Con la combinación de una lente
convexa, de cristal crown, con otra cóncava de cristal flint, resolvió
el problema de refractar los rayos luminosos sin dispersarlos y creó el anteojo
acromático, cuya posibilidad había defendido ya Euler diez años antes con
argumentos teóricos. La convicción de Newton de que dispersión y difracción
serían gemelas e inseparables tuvo una consecuencia práctica. Newton aconsejó a
los astrónomos —para evitar las desventajas de la aberración cromática— el
empleo del telescopio de espejo, e introdujo (1668) un notable
perfeccionamiento en el modelo ideado por Jaime Gregory. Un espejo parabólico
proyectó la imagen —en el reflector de Gregory—, sobre otro pequeño espejo
elíptico, que a su vez la rechazó en dirección de un agujero practicado en el
espejo parabólico. Newton suprime el inconveniente de taladrar la superficie
reflectora y barrena lateralmente el tubo del telescopio. Un espejo plano
inclinado 45° con respecto al eje del instrumento refleja la imagen hacia el
costado, donde puede ser observada con un ocular biconvexo. Para demostrar el
valor práctico de su invención, Newton construyó dos modelos de su telescopio,
uno de los cuales se conserva hoy, como inestimable reliquia, en la biblioteca
de la Sociedad Real de Londres.
El hermoso fenómeno de anillos coloreados engendrados por minúsculas capas de
aire o por delgadas láminas, llamado todavía hoy anillos de Newton, es el
asunto principal del segundo libro de la Óptica. Newton se
revela en estas investigaciones como un incomparable maestro del experimento.
Produce sus anillos con luz blanca y monocromática, los examina con luz
reflejada y luz transmitida, describe el fenómeno tal como se presenta en
pompas de jabón y en láminas de mica. A estos fenómenos les da Newton en sus
razonamientos una extraordinaria importancia, puesto que asimila las
superficies coloreadas de todos los cuerpos a películas delgadas y reduce el
problema general de los colores permanentes al de sus anillos. El hecho de
considerar la luz como un flujo de proyectiles y de intentar explicar los
anillos interferenciales por la insuficiente imagen corpuscular, nada quita al
valor de las observaciones de Newton ni al de las ingeniosas mediciones que
realiza para descubrir la ley que rige la formación de los anillos. Pone en
contacto una placa de vidrio con una gran lente planoconvexa de radio conocido
y determina después, a partir de los diámetros de los anillos, las minúsculas
distancias entre ambos cristales, los espesores de las capas de aire
engendradoras de los anillos. Sus resultados son traducibles sin dificultad del
idioma de su hipótesis corpuscular al de la teoría ondulatoria del siglo XIX.
Newton encuentra el espesor de la capa de aire en el primero de los anillos
oscuros igual a 1/88739 partes de una pulgada. Esta cifra significa en su
idioma la mitad del intervalo entre dos «disposiciones» consecutivas de las
partículas luminosas de ser fácilmente transmitidas o reflejadas en el límite
de un medio. La mitad del intervalo de las «disposiciones» en el lenguaje
newtoniano se llama hoy media longitud de onda. Ahora bien: para el rayo
amarillo el valor moderno de la media longitud de onda es 1/85100 partes de una
pulgada. Admirable es la certeza de estos resultados, exactos —a pesar de los
medios rudimentarios de la época— a tal punto que permitieron cien años más
tarde a Young y Fresnel, apoyarse en ellos para el cálculo de la longitud de
las ondas luminosas.
¿Qué significan en la teoría newtoniana de la luz las misteriosas
«disposiciones»? La fuente luminosa, afirma Newton, emite partículas de
diferentes tamaños, que poseen, pasando de un medio al otro, «disposiciones»
para ser reflejadas o de penetrar en el medio. Estas disposiciones o estados
tienen un carácter periódico;sus intervalos (espaciales) son
grandes para los rayos rojos y pequeños para los violetas. Newton reconoce,
pues, con toda claridad, que una propiedad periódica es intrínseca a la
naturaleza de la luz. Más que los fundadores y defensores de la teoría
ondulatoria, más que Huygens, que ni aun tocó el problema del espectro, más que
Grimaldi y Hooke, que fracasaron, el corpusculista Newton es elverdadero
iniciador de la futura interpretación ondulatoria de los colores .
¿Cómo explicar que Newton se adhirió al antiguo concepto de la naturaleza
granular de la luz? ¿Cómo explicar que su genio, después de haber vacilado
entre las dos teorías opuestas, se inclinara finalmente a considerar la luz
como una lluvia de partículas? La propagación rectilínea de los rayos que la
hipótesis ondulatoria parecía incapaz de describir no basta para motivar la
decisión del gran inglés por la hipótesis contraria. En realidad, los motivos
son más profundos. Saturado de la idea de su gran descubrimiento, la
gravitación, Newton tuvo la comprensible tendencia de interpretar los fenómenos
magnéticos, eléctricos y sobre todo los luminosos, con una imagen más o menos
semejante a aquella que le dio tantos y tan espléndidos éxitos en el dominio
del movimiento de las masas. Esta posibilidad, prohibida por la teoría
ondulatoria, le fue ofrecida por la hipótesis corpuscular, que permite el juego
de la atracción entre las partículas de la luz y las de la materia. He aquí,
como ejemplo, lo sostenido por Newton [25] al
explicar la doble refracción del cristal de Islandia:
«La
refracción extraordinaria del espato de Islandia tiene toda la apariencia de
efectuarse gracias a alguna clase de fuerza atractiva, inmanente a ciertos
lados de ambos rayos y a las partículas del cristal. Pues si no fuera cierta
clase de fuerza inmanente a algunos lados de las partículas cristalinas y no
inmanente a los otros lados, la que inclina y quiebra los rayos hacia el lado
de refracción extraordinaria, los rayos que inciden perpendicular mente sobre
el cristal no se refractarían hacia aquel lado más que hacia otro cualquiera.»
De
igual modo explica la difracción de la luz, en los experimentos de Grimaldi y
en los propios, por una atracción entre la materia de los bordes agudos de los
objetos y entre las partículas luminosas. Pero esta atracción —y es el núcleo
del asunto— posee una periodicidad definida. Así, la realidad
de la naturaleza oscilatoria de la luz se transparenta en los admirables
experimentos de este genial defensor de la hipótesis corpuscular. Esta
incontestable doble faz de su teoría óptica, esta primera y precoz tentativa de
una síntesis entre el movimiento de un proyectil y una propagación periódica
nos parece hoy casi una prefiguración de las ideas contemporáneas, como si
fuera una audaz anticipación de la reconciliación entre corpúsculos y ondas
realizada en nuestros días por la mecánica ondulatoria.
En realidad, la convicción corpuscular de Newton es flexible; sólo sus
discípulos le prestarán la rigidez de un dogma y lo mantendrán como sagrada
herencia durante ciento cincuenta años. Se verá al newtoniano Juan Bautista
Biot defenderla a todo precio, en la segunda década del siglo XIX, cuando las
experiencias de Fresnel habían ya demostrado la caducidad de la hipótesis.
Cuando Newton, en 1704, publicó su Óptica, no era ya el
sencillo matemático del Trinity College. Gracias a la eficaz protección de su
amigo Carlos Montagu, conde de Halifax, canciller del Tesoro, fue nombrado
inspector (1695) y finalmente director de la Casa de la Moneda (1699), con la
principesca recompensa de 1.500 libras anuales. Todos los honores que Inglaterra
pudo dar a un gran hijo los recibió Newton: la Sociedad Real de Londres le
elige presidente, la reina le da el espaldarazo de caballero y el cargo de
director de la Casa de la Moneda lo hace rico; pero la gloriosa época, la de
los grandes descubrimientos, pertenece desde entonces al pasado: Newton se
dedica ahora a estudios químicos y a meditaciones teológicas.
Como era célibe, su sobrina cuidaba de su casa. Tuvo una larga y feliz vejez.
Sus adversarios, el magnífico Huygens, el amargado Hooke, el incrédulo
Mariotte [26]habían muerto
y, fuera de su controversia con Leibniz acerca de la paternidad del cálculo.
infinitesimal, nada turbó la quietud de sus últimos veinticinco años. Pocas
semanas antes de su muerte presidió aún una sesión de la Sociedad Real.
Falleció el 20 de marzo de 1727, a la patriarcal edad de ochenta y cinco* años;
lo sepultaron en el panteón londinense, junto a los reyes de Inglaterra, en la
abadía de Westminster. Su lápida invita en latín con un patético epígrafe a la
posteridad: «Alégrense los mortales de que haya existido tal y tanto ornamento
del género humano.»
Mejor que esta apoteosis rinden homenaje a la grandeza de su espíritu las
sencillas palabras de Enrique Poincaré: «Por lejos que llegue el
telescopio, no alcanza el límite sometido a las leyes de Newton.»
Tercera Parte
La época postnewtoniana
Capítulo 8
La física del siglo XVIII
Contenido:
1.
Los grandes mecanicistas
2. Los fenómenos del sonido
3. Problemas del calórico
4. Los primeros electricitas
1.
Los grandes mecanicistas
La herencia newtoniana; Euler y las ecuaciones del movimiento; Un genial
precursor del siglo venidero: Daniel Bernoulli; El poder del análisis: Luis
Lagrange; Maupertuis y la divina sabiduría; Laplace prueba la estabilidad del
sistema solar; Maskelyne y Cavendish miden la densidad del globo; Comienzos de
la fotometría; Bradley descubre la aberración de la luz.
La
obra del gran triunvirato, Galileo, Huygens y Newton y la de los ilustres
hombres que los rodearon, aportó tal riqueza al conocimiento del mundo físico,
que después de la gloriosa época del siglo XVII, hubo de transcurrir cierto
tiempo para permitir al espíritu un segundo vuelo hacia semejantes alturas. El
siglo XVIII no conoce en el dominio de la física ningún genio tan vasto y capaz
de soportar la comparación con uno de los tres iniciadores. Hay que esperar
hasta los tiempos de Faraday para ver surgir un investigador cuyo poder alcance
el de estos titanes del pasado. A pesar de ello, las décadas que siguen a la
muerte de Newton, lejos de ser un período de decadencia, son de intensa labor:
enriquecen los dominios del calor y la electricidad con valiosos
descubrimientos, desarrollan la acústica, crean la física del globo y, sobre
todo, redondean la mecánica de Newton. En este último campo se encuentran los
más ilustres espíritus del siglo XVIII.
Aumentar la herencia newtoniana, generalizando el empleo del análisis en el
tratamiento de problemas mecánicos y físicos, es el rasgo sobresaliente de toda
esta época, puesta a la sombra del inmortal inglés, cuyos Principia aparecen
a los investigadores ochocentistas como la obra cumbre de la mente humana. La
posibilidad ofrecida por el endiosado Newton de forjar con el análisis un
poderoso instrumento de investigaciones mecano-físicas, es realizada por una
serie de matemáticos, entre los cuales destacan los grandes nombres de Euler,
Daniel Bernoulli, Lagrange y D’Alembert.
Leonardo Euler (1707-1783) nació en Basilea y pasó los mejores años de su vida
en San Petersburgo y Berlín, como matemático de dos belicosos soberanos,
Catalina la Grande y Federico el Grande, que a pesar de su mutua hostilidad,
estaban de acuerdo en admirar el genio de Euler. La historia no conoce ningún
matemático más fecundo que este incansable suizo y sólo pocos que hayan
sobrepasado su sagacidad. Como Galileo en la vejez, este gran clarividente se
quedó ciego.
Newton se abstuvo, como indicáramos, de emplear convenientemente el método
fluxional en sus Principia. Euler, a los veintinueve años, aplica
el cálculo infinitesimal a todos los problemas importantes de la mecánica.
Mientras que Newton hablaba de partículas y corpúsculos, nociones mal
definidas, Euler introduce el concepto fundamental del punto material portador
de masa y centro de fuerza. Tiene en cuenta la relatividad de todos los
movimientos, y su sistema de coordenadas se desplaza con los móviles; la
descripción foronómica está librada de la inmovilidad de los ejes fijos. La
velocidad, magnitud sólo numérica, escalar, en la mecánica de Newton, se vuelve
en la de Euler una magnitud dirigida, vectorial. Crea el cálculo vectorial
vislumbrado por Stevin, que permite desde entonces adicionar y sustraer,
gracias a sus componentes rectangulares, velocidades y fuerzas como si fueran
magnitudes escalares. Euler resuelve una fuerza en sus componentes,
relacionándolas con tres coordenadas perpendiculares, X, Y, Z,
y llega a las ecuaciones del movimiento de una partícula:
donde A representa
el peso de la partícula, y g el camino que recorre en libre
caída durante el primer segundo; de modo que A/2g es igual a
la masa del móvil. Lagrange no tuvo más que reemplazarlo por m para
obtener las componentes de fuerza de sus famosas ecuaciones del movimiento. Al
efectuar el reemplazo, se llega a las expresiones actuales, a las medidas de
las tres componentes de la fuerza:
El
problema del movimiento en medios resistentes, que vivamente ocupó a Newton, es
el objeto de importantes trabajos de Euler; examina las oscilaciones pendulares
en el aire y en ambientes líquidos; trata de determinar —por medio del
análisis— las trayectorias en el aire de los proyectiles de armas de fuego,
problema que interesa sobre todo a su protector el rey de Prusia. Euler
establece las ecuaciones del trompo y aplica los resultados a la rotación del
globo, cuyo eje se comporta, en varios sentidos, como el de un trompo. El
análisis le sirve para describir las condiciones de equilibrio y de movimiento
de líquidos, para calcular la carga máxima de barras sólidas y para formular
una teoría de las cuerdas vibrantes. En casi todos estos problemas el camino de
Euler se cruza con el de su amigo y compatriota, otro gran hijo de Basilea,
Daniel Bernoulli.
Daniel Bernoulli (1700-1782), profesor de anatomía, después de botánica y
finalmente de física en la Universidad de Basilea, fue el más meritorio de los
nueve matemáticos que la sin par dinastía de los Bernoulli dio a la ciencia.
Comparte con Euler el raro privilegio de haber obtenido diez veces el premio de
la Academia Francesa. Su padre, Juan, había generalizado el principio de la
conservación de la energía mecánica, y es precisamente este principio el que
Daniel Bernoulli coloca a la cabeza de su Hidrodinámica (1738),
donde desarrolla las fórmulas fundamentales que permiten calcular la velocidad
de la corriente en los líquidos y gases. Empero, su más auténtico mérito es la
genial idea esbozada en el Capítulo 10 de su obra; merecería un lugar destacado
en las filas de los grandes físicos, aunque sólo hubiera escrito estas pocas
páginas, base histórica de la trascendental doctrina que se llamará en el curso
del siglo XIX teoría cinética de los gases. Bernoulli explica la elasticidad de
los gases por la incesante agitación de las moléculas que se desplazan
independientemente las unas de las otras en línea recta; comparables a
minúsculas bolas elásticas, las moléculas chocan unas con otras y bombardean
las paredes del recipiente. La suma de estos impactos moleculares se nos
manifiesta como la presión del gas. Ésta crece con el aumento de la
temperatura, que es inseparable de la velocidad de las moléculas.
«Fácil
es ver que la presión debe ser proporcional al cuadrado de esta velocidad
(molecular), puesto que si la velocidad crece, el número de los impactos y la
intensidad de ellos también aumentan, y cada una proporcionalmente a la
presión.»
La
presión está ligada al cuadrado de la velocidad de las moléculas: esta idea tan
fecunda, enunciada con toda claridad, permanece sepultada un largo siglo entre
las amarillentas páginas de la obra de Bernoulli. En una época que consideraba
al calor como materia, la audaz intuición de Bernoulli estaba condenada al
olvido. Más de cien años hubieron de pasar antes de que Joule dedujera, de la
magnitud medible de la presión, la otra magnitud inaccesible a la misma, la
velocidad, que poseen las moléculas gaseosas a una temperatura dada. Bernoulli
es el iniciador de la teoría que a mediados del siglo XIX abrió al cálculo el
mundo invisible de las moléculas. El sagaz pensador se anticipó a su época por
varias de sus ideas. Mucho antes que Coulomb, Bernoulli probó experimentalmente
que la atracción y repulsión eléctricas son inversamente proporcionales al
cuadrado de las distancias de las cargas.
Con mucha más rapidez que las ideas de Euler y de Bernoulli se impusieron los
trabajos de Lagrange, que supo adquirir en vida la aureola de un clásico. Dos
países reclaman al famoso hijo. José Luis Lagrange (1736-1813) nació en Turín,
de padre francés y madre italiana. Sigue a Euler como matemático de Federico el
Grande; después de la muerte del rey de Prusia Lagrange se establece en París,
donde íntima amistad lo liga al químico Lavoisier. En tanto que Lavoisier,
cuyos méritos científicos no eran inferiores a los de Lagrange, fue
guillotinado, la reputación del sagaz analista fue tan preponderante que los
jacobinos le perdonaron haber sido el favorito de María Antonieta y lo
cubrieron de honores.
La obra de Lagrange prolonga la mecánica de Newton y le confiere la forma
analítica que podría calificarse como definitiva, si esta palabra no estuviera
borrada del diccionario de las ciencias. Su Mecánica analítica permanece
como fuente y modelo de los manuales durante más de cien años; el gran Hamilton
lo llama un poema científico, y el severo crítico de Newton, Mach, le prodiga
el elogio de haber realizado inmensos adelantos en la economía del pensamiento.
En efecto, el mérito saliente de la obra de Lagrange es haber condensado la
mayor cantidad de relaciones en pocas fórmulas de gran generalidad, que
permiten tratar todos los problemas particulares según esquemas simples y
claros. Sin duda, mucho tomó de Euler, pero no fue el profundo suizo, sino el
ágil francés el que hizo de la pesada mecánica newtoniana una confortable
máquina de pensar. No aclaró, como erróneamente se ha pretendido, la naturaleza
de los fenómenos mecánicos, mas aseguró la dominación práctica de sus
problemas.
Lagrange abandona el dominio del punto masivo, antes de él la preocupación casi
única de los mecanicistas, y estudia sistemas materiales. Su originalidad está
en establecer ligazones entre un punto y otro. Estas relaciones, por supuesto,
no tienen realidad material: imaginemos una barra rígida uniendo a dos bolas.
Si esta barra se convirtiera en una varilla que se volviese a su vez de más en
más delgada hasta desvanecerse en una fuerza inmaterial, ella se habría
convertido en una ligazón de Lagrange. El sagaz francés reconduce toda la
estática a un único principio: el de los desplazamientos virtuales. Como de la
estática deduce la dinámica, toda su mecánica está basada en el teorema de los
desplazamientos virtuales, profundizado gracias a la íntima unión con el
célebre principio de D'Alembert. Busquemos con Lagrange la ley general del
movimiento de varios cuerpos que actúan los unos sobre los otros de cualquier
manera; sus acciones estarán representadas, precisamente, por fuerzas de
ligazón. Si se imagina, dice Lagrange, qué fuerzas comunicarían a cada
partícula en sentido contrario el movimiento que debería tomar, es evidente que
el sistema permanecerá en reposo; en consecuencia, estos movimientos provocados
por las fuerzas comunicadas destruirán a los que las partículas habían recibido
y los que hubiesen seguido sin sus acciones recíprocas. El principio se podrá,
pues, resumir así: en un sistema donde los cuerpos actúan unos sobre otros, las
fuerzas comunicadas y las destruidas se equilibran.
Señalemos rápidamente otro principio, tratado igualmente por Lagrange: el de la
menor acción, establecido por Pedro Maupertuis (1698-1759) y formulado
exactamente por Euler. Inclinado a ver detrás de las leyes físicas la lógica de
la divina sabiduría, Maupertuis supuso que en el universo, el más perfecto de
los mecanismos, todos los fenómenos deberían obedecer a un supremo principio de
economía, y encontró que el producto de la cantidad de movimiento (p)
por el camino ( s ) es mínimo durante el movimiento de una
partícula; su trayectoria entre los puntos A y B hará,
pues, mínima a la integral curvilínea
Más
intuitivo es el enunciado con que Euler revistió al principio: si un cuerpo
está obligado a permanecer en una superficie dada (por ejemplo, en la
superficie esférica del globo), el movimiento que recibe de un impulso
cualquiera es tal, que entre sus puntos de partida y de llegada su camino será
el más corto posible: toda otra trayectoria sería más larga y exigiría más
tiempo. Veremos más tarde al matemático irlandés Hamilton conferir a este
principio extraordinarios alcances.
Como su mecánica, la astronomía de Newton también pedía un rejuvenecimiento con
ayuda de los medios de las matemáticas, tan acrecidos por esta época. La parte
principal del inmenso trabajo tocó al genio de Pedro Simón Laplace (1749-1827),
que aplicó la ley gravitacional a todos los detalles entonces conocidos del
sistema solar. Hijo de un campesino, Laplace, gracias a su flexibilidad en las
opiniones políticas, terminó su carrera como marqués de la Restauración,
después de haber sido ministro de Napoleón. En oposición a Newton, que fue un
director modelo de la Casa de la Moneda, el Newton francés demostró con su
ejemplo que un brillante matemático no es siempre un hábil administrador.
Pedro Simón Laplace
«Resolver
el gran problema mecánico del sistema solar y alcanzar una coincidencia tan
estrecha de la teoría con la observación, que las ecuaciones empíricas se
vuelvan superfluas», fue el grandioso propósito que realizó la obra
titulada Mecánica celeste, cuyo autor, Pedro Simón Laplace,
consagró casi toda su vida a los problemas planteados en dicha obra, ya que
inició su estudio a los veinticuatro años y no los terminó hasta dos años antes
de su muerte, en 1825, fecha de publicación del último tomo de su monumental
obra. Laplace emprende la determinación de las perturbaciones que sufren las
trayectorias de todos los planetas del sistema solar a consecuencia de las
mutuas atracciones de sus masas: grave problema, puesto que implica el porvenir
de la familia planetaria. Júpiter, cuya aceleración aparentemente irregular era
ya conocida desde Halley, ¿terminará por caer en el Sol? La Luna, que evidencia
un aumento de su velocidad de traslación, ¿se precipitará sobre la Tierra cual
gigantesco meteorito? El atraso en el movimiento orbital de Saturno, ¿terminará
por hacerle retroceder hacia espacios cada vez más alejados del universo? Éstas
y análogas cuestiones requerían una respuesta. La posición relativa de los
planetas cambia continuamente, de modo que producen los unos sobre los otros
perturbaciones, cuyos efectos siguen ciclos periódicos. Sin embargo, fuera de
estas inofensivas perturbaciones, hay otras que parecen temibles:
perturbaciones inherentes a los elementos orbitales del planeta, que provocan
alteraciones en los elementos orbitales de otros. Los cambios acíclicos,
seculares, son en verdad pequeños en un siglo, pero por ser acumulativos se
acrecientan con el correr de los evos cósmicos. Laplace, siguiendo sugestiones
de Lagrange, llega a demostrar una ley general: sea para cada planeta, M la
masa, D el eje de la órbita y E la
excentricidad orbital; formemos con estas magnitudes el producto
M x E2 x
√D
y
sumemos los productos para todos los planetas; entonces la suma resultante
permanecerá invariable, si no se tiene en cuenta las inofensivas
desigualdades periódicas [27].
La impresión que la demostración de Laplace causó sobre los astrónomos y
físicos de la época fue extraordinaria. Newton se vio obligado a recurrir a la
intervención divina que de tiempo en tiempo pondría en orden al sistema solar
perturbado para preservarlo de la destrucción. Mas Laplace prueba la
estabilidad del sistema solar, en el cual el conjunto de las excentricidades
permanece constante; demuestra que todo ocurre como si los planetas, al seguir
sus trayectorias perturbadas, girasen con oscilaciones más o menos grandes a lo
largo de trayectorias ideales. De este modo, Laplace crea la imagen de un mundo
libre de la intervención de la Providencia: el universo solar aparece desde
entonces como un mecanismo cíclico comparable a un reloj que se da cuerda a sí
mismo y repite perpetuamente los mismos movimientos, un mecanismo sin comienzo
ni fin, capaz de evolucionar, gracias a las leyes mecánicas, automáticamente
del tiempo -∞ al tiempo +∞.
¡Qué extraña ironía de la historia, que de los descubrimientos del piadoso
Newton surgiera, en la doctrina de los mecanicistas, el concepto materialista y
ateo del universo!
Las dos mecánicas —la analítica de Lagrange y la celeste de Laplace— gozan
durante casi un siglo del prestigio de evangelios científicos y todos se
abandonan a la ilusión de que los fenómenos naturales serían sin excepción
explicables por el movimiento de puntos materiales obedientes a las leyes de la
dinámica. Sólo en el umbral del siglo XX se desvanece el acariciado sueño de
interpretar todos los fenómenos por las leyes de la mecánica clásica.
Uno de los perdurables méritos de Laplace es el introducir en el tratamiento de
sus problemas mecánicos el concepto de potencial creado por Euler y Lagrange.
La fecunda noción recibió más tarde importantes aplicaciones en la dinámica de
los fluidos y en la teoría del electromagnetismo. A pesar de la aplastante
labor que le diera su Mecánica celeste, Laplace encontró tiempo
para iniciar un nuevo método calorimétrico y dedicarse a investigaciones sobre
capilaridad. Supuso una acción recíproca entre las partículas de la pared del
tubo y las del líquido, y mostró que la altura de dos columnas líquidas depende
de la curvatura de los tubos. Como fiel discípulo de Newton, Laplace fue, en
óptica, partidario de la hipótesis corpuscular.
Newton había indicado que la masa de una montaña debería, por su atracción,
desviar la plomada. El físico francés Pedro Bouguer (1698-1758), al realizar
mediciones geodésicas en Perú, comprobó la certeza de la aserción newtoniana y
determinó una desviación mensurable. Bastaría, pues, conocer la masa de una
montaña y la desviación por ella producida, para evaluar el peso y la densidad
del globo. La forma geométrica de la montaña escocesa Shehellian y su densidad
conocida permitieron convertir la idea en experiencia; el astrónomo Neville
Maskelyne emprendió en 1774 las mediciones: encontró una desviación de la
plomada igual a 11,7" y calculó que la densidad de la Tierra debería ser
4,7 veces superior a la del agua. Fue una primera y grosera aproximación. Un
valor más exacto pronto lo halló el eminente físico y químico Enrique Cavendish
(1731-1810) gracias a su balanza de torsión. Cavendish midió la atracción de
dos gruesas esferas de plomo, cada una de 158 kilogramos, sobre dos bolillas de
platino; éstas formaban los extremos de una varilla de madera suspendida por su
centro de un delgado hilo metálico. Las bolas fueron atraídas por las esferas,
la varilla se movía hasta que la torsión del hilo impidió la continuación del
movimiento; después de varias oscilaciones, la varilla quedó en una posición de
equilibrio distinta a la primitiva. El valor de las elongaciones y el período
de oscilación permitieron deducir la atracción ejercida por las esferas de
plomo; comparando luego esta atracción con la terrestre, se calcularon masa y
densidad del globo. El resultado obtenido por Cavendish para la densidad media
de la Tierra, 5,48, no difiere en mucho de los valores modernos. Hacia el fin
del siglo XIX, el alemán Jolly y el inglés Poynting introdujeron un método más
sensible, midiendo la atracción de una gran masa sobre un cuerpo colocado en el
platillo de una balanza. Jolly (1878) logró determinar el aumento del peso
sufrido por el cuerpo de prueba bajo la atracción de una esfera que pesaba
5.775 kilogramos. Masas todavía más grandes —esferas de plomo con 100.000
kilogramos— emplearon en sus experimentos Richarz y Krigar-Menzel (1898); los
resultados de estos experimentos y otros análogos oscilan en torno al valor
5,5, que adoptamos ahora como densidad media de la Tierra. Para la constante de
gravitación, es decir, la atracción que dos masas de un gramo separadas por una
distancia de un centímetro ejercen la una sobre la otra, las mediciones
suministraron 6,6 x 10-8 dinas.
Mencionamos ya el nombre del físico francés Pedro Bouguer; él y el suizo Juan
Enrique Lambert (1728-1777) enriquecieron la óptica, poco cultivada en el curso
de este siglo, con una serie de importantes investigaciones y crearon los
fundamentos de la fotometría. Bouguer determinó la pérdida que sufre la luz al
pasar por diferentes medios y enunció como ley que « la intensidad de
la luz transmitida decrece en progresión geométrica, cuando el espesor de la
capa de aire atravesada crece en proporción aritmética ». Estudió
también la disminución en la intensidad de la luz por reflexión, observando la
luz de una bujía que cayó bajo el mismo ángulo, sobre dos espejos; comparó la
imagen directa en uno de ellos, con la imagen reflejada por el otro en un
tercer espejo. A fin de que las dos imágenes aparecieran con la misma
intensidad, era menester desplazar la bujía, y este desplazamiento dio la
medida de la pérdida de intensidad por reflexión. Al determinar la pérdida para
diferentes ángulos de incidencia, Bouguer descubrió que tenía el valor mínimo
para la reflexión total. Los experimentos de Lambert demostraron que la
iluminación de una superficie dada es inversamente proporcional a la distancia
del foco luminoso y proporcional al seno del ángulo formado por los rayos
incidentes y la superficie iluminada. Los fotómetros ideados por Bouguer y
Lambert permanecieron largo tiempo en uso, y aunque mejorados por Potter y
Foucault, sólo fueron superados a mediados del siglo XIX, cuando Bunsen (1844)
construyó un aparato más sencillo y práctico.
Un descubrimiento óptico que hizo profunda impresión sobre los contemporáneos,
logró en 1728 el astrónomo inglés Jaime Brad ley (1693-1762).
Al observar la estrella gamma del Dragón notó enigmáticas variaciones en la
posición del astro; después de largas reflexiones encontró la explicación del
fenómeno en la composición del movimiento de la luz con el movimiento orbital
de la Tierra. Una ingeniosa leyenda cuenta que el astrónomo, navegando en un
barco a vela por el Támesis, vio que el gallardete de la embarcación, a cada
cambio de dirección de ésta, indicaba una dirección distinta a la del viento
que soplaba con regularidad. Esta simple observación lo condujo a interpretar
el intrigante fenómeno: si se dirige un telescopio hacia una estrella de tal
manera que su luz incida sobre el centro del objetivo, la imagen del astro se
formaría en el centro del ocular si el telescopio estuviera inmóvil. Sin
embargo, en el corto tiempo que el rayo luminoso emplea para recorrer el largo
del interior del telescopio, la Tierra había avanzado algo sobre su órbita y
llevado consigo, por supuesto, al telescopio, pero no así al rayo luminoso. Por
esta razón, la estrella no formará su imagen en el centro del ocular y no la
veremos en su dirección verdadera, sino que aparecerá en el campo visual desviada
hacia la dirección del movimiento orbital de la Tierra. Este cambio de posición
de los astros —aberración de la luz— debido a la velocidad finita de los rayos
y a la traslación del globo, suministró a Bradley una prueba del movimiento
orbital de la Tierra y además un medio para determinar la velocidad de la luz y
corregir la primera aproximación de Römer.
Como en los problemas de la mecánica, en los de la óptica la autoridad de
Newton permanecía absoluta en el transcurso de este siglo. La hipótesis
corpuscular sostenida por el gran inglés contaba con una adhesión casi
universal, y a pesar de ello, se manifestaban dudas, aunque poco seguras de sí
mismas. Euler preguntó cómo reconciliar la imagen granular de la luz con la
existencia de cuerpos transparentes. Las partículas luminosas sólo pueden
atravesarlos pasando por sus poros; como los rayos los atraviesan en todas
direcciones, una sustancia transparente debería consistir sólo en poros.
2.
Los fenómenos del sonido
Brook-Taylor: Las vibraciones de la cuerda; Sauveur y los armónicos; Las
sirenas de Cagniard de la Tour; Los experimentos de Chladni; Propagación del
sonido en distintos medios; El eco; Llamas sonoras.
Los
fenómenos del sonido cautivaron particularmente el interés de los
investigadores de la época postnewtoniana. Mientras que Euler, Daniel Bernoulli
y Lagrange resolvían numerosos problemas mecánico-matemáticos planteados por
cuerdas y varillas oscilantes o por tubos sonoros, Sauveur, Chladni y otros
pidieron a los experimentos respuesta a las cuestiones dejadas pendientes por
el siglo anterior.
¿Cuál es el número de vibraciones que una cuerda realiza bajo una tensión
determinada? El inglés Brook-Taylor (1685-1731), cuyo nombre es recordado en
matemáticas por su famosa serie, dio la fórmula
que
liga el número (n) de las vibraciones con la longitud (l), con la
sección (q) de la cuerda, el peso tensor ( P) y la
aceleración (g) de la gravedad. El imprescindible Euler mostró la
utilidad práctica de la fórmula de Taylor. Hasta entonces se ignoraba cómo
determinar el número de vibraciones de un sonido dado, había que contentarse
con distinguir los intervalos de los sonidos, y era menester un oído afinado
para no equivocarse. Pero Euler pone una cuerda al unísono con un sonido
conocido y sustituye en la fórmula de Taylor los valores del peso, de la
tensión y de la longitud de la cuerda, llegando de este modo a obtener, por
primera vez, el número de las vibraciones de un sonido determinado. Algún
tiempo antes de la publicación de Taylor, su compatriota el laudista londinense
Juan Shore (1711) inventó los diapasones, destinados a adquirir gran
importancia en los experimentos acústicos.
En el mismo año que Shore logró su invención, el investigador francés Sauveur
concluyó una serie de publicaciones que elucidaron el fenómeno de los sonidos
armónicos, ya entrevisto, pero no explicado, por el padre Mersenne. José
Sauveur (1653-1716) era casi sordo y fue la enfermedad la que despertó su
interés por las experiencias acústicas. Estudió la relación de los sonidos que
una cuerda o un tubo puede emitir junto a la nota fundamental. Aplicó a la
cuerda caballetes de papel para encontrar los puntos en que no vibra —los
nodos— y puso de manifiesto los sonidos —los armónicos— cuya longitud de onda
es 2, 3, 4… veces inferior, y por consiguiente su frecuencia es 2, 3, 4… veces
superior a la de la nota fundamental. Al sonar simultáneamente dos tubos de órgano,
Sauveur descubrió y explicó las pulsaciones (battements). Si uno de los
tubos produce un sonido con 32 vibraciones, otro con 40 por segundo, el fin de
la cuarta vibración del primer sonido coincide con el de la quinta vibración
del segundo sonido, los dos sonidos se suman y se produce una pulsación, que se
repite 40 - 32 = 8 veces por segundo. Así, el número de las pulsaciones
producidas por el acoplamiento de un sonido conocido con otro desconocido,
puede servir para calcular el número de las vibraciones de este último.
Gracias al descubrimiento de Sauveur, el método de Brook-Taylor no fue único
para determinar la frecuencia de un sonido. Sólo cien años más tarde, en la
segunda década del siglo XIX, el ingeniero francés Carlos Cagniard de la Tour
(1777-1859) brindó un instrumento más cómodo para contar el número de las
vibraciones de un sonido cualquiera: su sirena es un disco giratorio atravesado
por agujeros oblicuos y equidistantes que producen, por medio de un fuelle, un
sonido cuya altura dependerá del número de los agujeros y de la velocidad de
rotación de la sirena, indicada por un contador.
Sauveur ensayó determinar con una serie de experimentos el límite trazado por
la altura del sonido a su perceptibilidad para el oído humano. Sus medios no
permitieron encontrar resultados correctos. Fue con la ayuda de la sirena de
Cagniard de la Tour como el médico francés Félix Savart (1791-1841) llegó,
hacia 1830, a demostrar que las vibraciones sonoras superiores a 15.000 por
segundo se vuelven más y más débiles, y con 48.000 terminan por desaparecer.
Fijó el límite inferior de perceptibilidad a 16 vibraciones por segundo,
mientras que su compatriota Despretz estimó que las vibraciones inferiores a 32
por segundo ya escapan al oído.
Entre los numerosos investigadores que buscaron el límite de la perceptibilidad
acústica se encuentra también Ernesto Chladni (1756-1827). Este apasionado
amante de la música, que viajó por Alemania de una ciudad a otra dando
lecciones, es el verdadero fundador de la acústica experimental. Hay pocos
problemas acústicos accesibles a los medios de la época que no haya tocado.
Descubrió las vibraciones longitudinales de cuerdas, varillas y placas,
demostró que los sonidos longitudinales están siempre, en algunas octavas, por
encima de los sonidos transversales. Estudió las relaciones entre las
vibraciones que el frote y el toque producen en una varilla, y encontró que la
razón entre los dos modos de oscilación está expresada por 3/2;
más tarde Poisson llegó, gracias al análisis, a la cifra exacta ½√2
El más famoso de los descubrimientos de Chladni son las figuras que llevan su
nombre. Figuras de polvo que obtuvo en 1777 el físico alemán Lichtenberg por
vibraciones eléctricas, incitaron a Chladni a producirlas en placas circulares
y hexagonales con vibraciones acústicas. De una placa vibrante, sea de metal,
sea de vidrio, se pueden sacar infinitos sonidos, cuyas relaciones son muy
complicadas. Las figuras sonoras de Chladni evidenciaron la relación entre el
sonido obtenido y los movimientos vibratorios de la placa.
Por primera vez en la historia los sonidos se volvieron visibles. Chladni
presentó sus figuras —fueron casi doscientas—, en 1807, al Instituto de
Francia; Napoleón quedó tan impresionado, que hizo entregar al descubridor una
recompensa de 5.000 francos.
La explicación teórica del fenómeno tentó a los fisicomatemáticos, entre ellos
los más eminentes» como Lagrange, Cauchy, Kirchhoff y por fin Wheatstone; sin
embargo, ninguna de las ecuaciones propuestas fue por completo satisfactoria.
Chladni estudió también la propagación del sonido en tubos de órgano, llenando
los mismos con gases distintos. Comprobó que la velocidad del sonido es más
elevado en el hidrógeno (1.280 metros por segundo) que en el aire y más débil
en el ácido carbónico (270 metros por segundo).
Ya Newton, como hemos indicado, había establecido una fórmula para la velocidad
de las ondas sonoras en medios gaseosos. Los experimentos de Chladni pusieron
de manifiesto el carácter aproximado de la regla newtoniana, rectificada en el
transcurso de los acontecimientos por Laplace. Un problema apasionadamente
discutido fue la propagación del sonido en los líquidos; como se negó la
compresibilidad del agua, pareció lógico concluir que el agua no conduce las
vibraciones sonoras. El sabio abate Nollet, en París, se sumergió él mismo en
el Sena y salió con la convicción de que las señales sonoras eran perfectamente
audibles y no cambiaban más que su intensidad. Experiencias con agua
desprovista de aire probaron luego la caducidad de la objeción de que sería el
aire contenido en el líquido el conductor del sonido. A pesar de ello, la
velocidad del sonido en el agua fue sólo establecida exactamente en la tercera
década del siglo XIX: Colladon y Sturm transmitieron tañidos de campanas en el
lago de Ginebra, y encontraron la velocidad igual a 1.435 metros por segundo.
En ciertos sólidos como el hierro y la madera de abeto, el sonido se propaga
más rápidamente. Chladni comparaba los sólidos con tubos abiertos y llegó de
este modo a números que no distan mucho de los valores modernos.
Un enigma acústico, dos veces milenario, la reflexión de las ondas sonoras tal
cual se presentan en el fenómeno del eco, fue elucidado por Chladni y formulado
matemáticamente por Euler. El filósofo Bacon de Verulam había reconocido en el
siglo XVI que el número de las sílabas repetidas por el eco depende de la
distancia de la pared reflectora. Se oirá el eco, aseguró Chladni, si el sonido
reflejado llega al observador después del sonido directo; la resonancia se
producirá si el sonido reflejado prolonga el sonido directo. Estas sencillas
observaciones condujeron a la teoría matemática del fenómeno verificada por la
experiencia.
Las vibraciones sonoras que excita una llama de hidrógeno encerrada en una
campana de vidrio fueron observadas en 1777 por el inglés Higgins y por el
suizo Deluc, más éstos fueron incapaces de explicar el sorprendente fenómeno
interpretado por Chladni. Los choques de aire producidos por la explosión de
hidrógeno, afirma Chladni, engendran el sonido; las vibraciones son de la misma
naturaleza que las del sonido de una flauta. Los golpes alternativos del aire
soplado en la embocadura del instrumento, al condensarse y rarificarse,
producen ondas sonoras; hay, pues, una perfecta analogía entre los sonidos de
la flauta y los de la llama, de la cual hasta se pueden, reglando su longitud,
obtener armónicos.
Gracias a los experimentos del incansable Chladni y al análisis de Euler y
Bernoulli, la mayoría de los fenómenos fundamentales de la acústica fueron
aclarados en gran medida en el siglo XVIII. Las vibraciones sonoras,
longitudinales y transversales fueron estudiadas, sus velocidades en los medios
más distintos quedaron determinadas y los factores que reglan la altura y la
intensidad del sonido aparecieron con nitidez; sin embargo, la tercera
característica, el timbre, que diferencia a dos sonidos de igual altura e
intensidad, pero pertenecientes a instrumentos diversos, permaneció enigmática
hasta los trabajos de Helmholtz a mediados del siglo XIX.
Si la época postnewtoniana sabía perfectamente que el sonido es producido por
vibraciones, ignoró qué era lo que vibraba. Las opiniones sobre el ambiente en
que se propagan los sonidos son confusas a tal punto, que en 1768 se oye al
sagaz Lambert afirmar que las partículas del éter mezcladas con el aire
transportan las oscilaciones del sonido de un punto del espacio al otro. Esta
incertidumbre no desaparece definitivamente antes de los comienzos del siglo
XIX.
3.
Problemas del calórico: Black, Watt y Rumford
Comienzos de la calorimetría; Black y el calor latente El concepto del calor
específico; Watt y su máquina de vapor; ¿Calor-sustancia, o calor-movimiento?;
Experimentos de Rumford en el arsenal de Münich; Descubrimiento de los rayos
infrarrojos por Herschel y de los ultravioletas por Ritter.
Las
búsquedas de la época galileonewtoniana sobre los fenómenos térmicos tuvieron
un carácter cualitativo: el calor era considerado como una sustancia cuyas
propiedades era necesario explorar en primer término. El siglo XVIII hereda y
mantiene los «imponderables» de sus antecesores: el calor, igual que la luz y
la electricidad es para él una sustancia sin peso que pasa de un cuerpo a otro
sin que su cantidad sufra modificación alguna.
José Black
Las
ideas del clarividente Daniel Bernoulli, su hipótesis de la identidad entre
temperatura y movimiento molecular, queda al finalizar la época —hasta los
experimentos de Rumford— como una mirada casi aislada en el enigma del calor.
Cualesquiera hayan sido las opiniones sobre la íntima naturaleza del calor, el
siglo XVIII tiene el mérito de haber creado el concepto de cantidad de calor y
haberla medido.
En sus ensayos termométricos, no escapó a los físicos de la Academia del
Cimento florentina que cantidades iguales de líquidos distintos, aunque a la
misma temperatura, no son capaces de fundir la misma cantidad de hielo.
Anotaron en 1641, en el diario de su Academia, el hecho inesperado, sin
obtener, sin embargo, la conclusión que parecía imponerse. ¿Habría una
diferencia entre grado y cantidad de calor, como sostenía el sabio sueco
Klingenstjerna? Fue el arte experimental del inglés Black el que aclaró las
confusas ideas.
El médico y químico escocés José Black (1728-1799) fue uno de los más hábiles
experimentadores que Inglaterra dio a las ciencias en las décadas
postnewtoniana. En la interpretación de sus experimentos demostró
extraordinaria sagacidad y cierta independencia con respecto a muchas ideas
preconcebidas de la época. Black demostró que cantidades definidas de calor
desaparecen con el cambio del estado físico, en la fusión y en la evaporación,
y puso de manifiesto que las mismas cantidades de calor reaparecen en el cambio
opuesto, en la congelación y en la condensación. Al factor que desaparece y reaparece
lo llamó calor escondido o latente (concealed heat).
Black observó que al mezclar pesos iguales de agua con distintas temperaturas,
la temperatura de la mezcla es la media de la temperatura de los componentes.
Pero este hecho tan evidente no se verificó cuando agregó agua a 79° C. a igual
cantidad de hielo; éste se fundió, mas la temperatura, en lugar de elevarse a
(79º + 0º)/2 = 39,5°, permaneció obstinadamente en 0º.
«Hay
pocos hechos — dice Crewe [28] con
razón — en toda la física que sean más sorprendentes que el
descubrimiento de Black: una libra de hielo a 0º mezclada con una libra de agua
a 79°, da dos libras de agua a 0º.»
De
este modo, el calor desaparece, se vuelve inaccesible a la medida termométrica,
y se hace latente. Lo mismo ocurre con el calor en la evaporación de los
líquidos. Además, Black encontró que una masa dada de agua necesita para su
vaporización una cantidad de calor capaz de elevar en un grado centígrado la
temperatura de una masa de agua superior en 445 veces a la dada. Sus
observaciones condujeron a Black a admitir que hay dos unidades naturales del
calor: la cantidad de calor requerida para transformar la unidad de hielo en
unidad de agua sin cambio de temperatura, y otra unidad, requerida para elevar
en un grado centígrado la temperatura de la unidad de masa del agua: unidad que
se llamará más tarde caloría.
Algunos años antes de los notables experimentos de Black, el sabio ruso Jorge
Richmann (1747) estableció la temperatura (t) que asume la mezcla de dos
cuerpos homogéneos, tomados a diferentes temperaturas (t1, t2)
y en cantidades diversas (ml, m2).
Encontró
Black,
e independiente de él, el físico alemán Wilke, extendieron las investigaciones
a sustancias no homogéneas y de distintos estados de agregación; demostraron
que pesos iguales de cuerpos diversos exigen cantidades diferentes de calor,
para elevarse a la misma temperatura: el agua absorbe cinco veces más calor que
el hierro, y treinta veces más que el mercurio, para adquirir la misma
temperatura.
Jaime Watt
Desde
entonces, la idea del calor específico se impuso. El calor específico, que
varía de una sustancia a la otra, no parecía en primer término ligado a ninguna
característica sobresaliente, física o química, de los cuerpos. Hubo de
esperarse hasta la segunda década del siglo XIX, a los trabajos de los
franceses Dulong y Petit, para descubrir detrás de la máscara de las
variaciones la ley que liga los calores específicos con los pesos atómicos de
las sustancias elementales.
Las experiencias de Black impresionaron profundamente a Jaime Watt (1736-1819),
mecánico de la Universidad de Glasgow, donde Black profesaba.
Su demostración de que la evaporación de una pequeña cantidad de agua necesita
una gran cantidad de calor, atrajo vivamente el interés del joven mecánico, que
se propuso mejorar el débil rendimiento de la rudimentaria máquina de vapor de
Newcomen. Esta máquina, como su antecesora, la de Papin, servía para elevar
agua. Un balancín provisto de una cadena estaba unido por un extremo al vástago
de una bomba hidráulica, y por el otro al émbolo móvil de un cilindro. El vapor
impulsaba el pistón hacia lo alto; una inyección de agua fría introducida en el
cilindro producía una depresión permitiendo al aire exterior impulsar el pistón
hacia abajo en el cilindro. Válvulas reguladas por el balancín abrían y
cerraban automáticamente el paso del vapor. Tal era la famosa máquina en 1763,
cuando el azar puso un modelo en manos de Watt. El exorbitante desperdicio de
energía por las alternancias del calentamiento y enfriamiento del cilindro no
escaparon al brillante discípulo de Black. Para eliminar la pérdida de energía
revistió el cilindro con madera, le agregó una cámara refrigerante, el
«condensador», dotada de una bomba para quitar después de cada operación el agua
caliente y el vapor. La presión atmosférica no tenía ya que empujar el émbolo y
era el vapor el que lo hacía subir y bajar. Las bombas de alimentación, el
regulador centrífugo, fueron otras tantas innovaciones introducidas por Watt en
el rejuvenecido modelo. En resumen, la máquina de Watt obtuvo con la misma
cantidad de vapor mucho más trabajo que la de Newcomen. Imposible es desconocer
la eficacia de las enseñanzas de Black en los ingenios técnicos de Watt: el
condensador, destinado a absorber el calórico latente del vapor, es una idea
blackiana.
A pesar de su crítico y penetrante espíritu, Black no logró liberarse por
completo de las doctrinas corrientes en su época. La hipótesis de la naturaleza
material del calor encontró en él un ardiente defensor. Sus ideas favoritas se
ajustaron perfectamente a este concepto que no hubiera podido rechazar sin
sacrificios. Black trata el calor como verdadera sustancia que pasa de un
cuerpo a otro, sin que su cantidad —que supo tan hábilmente medir— sufra una
modificación; si el calor deja de manifestarse a nuestra sensación o a la
columna termométrica, sigue existiendo, no obstante, en estado latente.
Indestructible y no creable, el calor parece desde entonces a un elemento
químico; por supuesto, un elemento imponderable, y como tal figura en la tabla
presentada por Lavoisier de los cuerpos elementales. Sin duda, las
consideraciones de Lavoisier frente a la materialidad del calor son débiles; en
realidad, tanto Lavoisier como Laplace opinaron con ciertas reservas, vacilando
entre las dos tesis opuestas: calor-fluido y calor-movimiento.
El calor no tiene peso, afirman casi todos los físicos del siglo XVIII. Rumford
demuestra con una balanza sensible que no hay cambio ponderable en la
transformación de una masa de agua en hielo o del hielo en agua, aunque la
cantidad calorífica en juego bastaría para elevar la temperatura de diez onzas
de oro del punto de congelación hasta el rojo incandescente. Por cierto, el
calor —concluye Rumford— es imponderable, pero ¿es una sustancia? Rumford lo
niega y es el primero en probar lo contrario con experimentos.
Benjamín Thompson, conde de Rumford (1753-1814), aventurero de genio, hijo de
un granjero yanqui de Nueva Hampshire, coronel del ejército inglés, ministro de
la Guerra del príncipe alemán Carlos Teodoro de Baviera, diplomático astuto,
favorito de las damas, era sobre todo un hábil observador y pensador con
originales ideas. Los últimos años de su vida los pasó como investigador
celebrado en Londres y en París, y en esta última ciudad se casó con la viuda
de Lavoisier.
En el arsenal militar de Münich, la atención de Rumford fue atraída por la
enorme cantidad de calor que desarrolla el barrenamiento de los tubos de cañón.
Los tubos se calentaban al igual que los barrenos y las virutas. ¿De dónde
viene tal calor?, se preguntó Rumford. Si el calórico fuera una sustancia, su
súbita aparición debería estar acompañada por el enfriamiento del ambiente de
donde fue tomada, mas ninguno de los materiales empleados en el barrenamiento
evidenciaba una disminución de temperatura. Admitamos, reflexionó Rumford, que
el calórico sustancial estuviera escondido en la masa del bronce y exprimido
como el agua de una esponja por la presión de la mecha. En tal caso, sería
menester suponer que una cantidad finita de bronce oculta una cantidad infinita
de sustancia calórica, dado que el calor fluye del tubo tanto tiempo como se lo
perfora. Rumford no se contentó con estas filosóficas reflexiones y acudió al
experimento. Puso el bloque de bronce en un recipiente con agua y midió el
calor engendrado por el barrenamiento: después de treinta minutos la
temperatura del bloque se elevó de 17° a 54°. La mecha quitó durante este
tiempo 837 granos de metal. ¿Cómo suponer, y así lo quisieron los defensores de
la materialidad del calor, que por modificación del calor específico de una
masa tan débil, las 113 libras del bloque hayan podido sufrir una elevación de
temperatura equivalente a 37o? Después de dos horas las 26 libras de
agua fría del recipiente comenzaron a hervir. ¿No era la caducidad de la
hipótesis del calórico material evidente de este momento?
«El
calor —declaró Rumford el 15 de enero de 1798 en sesión de la Sociedad Real de
Londres— no puede, por cierto, ser una sustancia material. Me resulta difícil,
cuando no imposible, representármelo si no lo considero como movimiento.»
Reconoce
con claridad que el trabajo de los caballos al girar el torno engendró en sus
experimentos el calor. Es, pues, el primero en haber medido, aunque
groseramente, la relación numérica entre trabajo mecánico y calor, la magnitud
fundamental que veinticinco años más tarde, en los experimentos de Joule, se
llamará equivalente calórico.
La tesis de Rumford encontró inmediatamente un poderoso apoyo en los ensayos
del químico inglés Humphry Davy. Mostró éste en 1799, que dos pedazos de hielo
frotados en el vacío el uno contra el otro, a una temperatura de -2o C
se fundieron, dando agua a una temperatura de +2o C. La
objeción de los adversarios de que el calor engendrado por el frotamiento
provendría de una modificación del calor específico de la materia separada
—vale decir en este experimento del agua— se encontró refutada, dado que el
calor específico del hielo es en mucho inferior al del agua.
Otras ideas de Rumford fueron menos afortunadas: admitió que líquidos y gases
no conducen el calor, cuyo transporte en estos medios no se operaría más que
por corrientes. La incertidumbre que rodeaba el problema desapareció sólo con
los convincentes ensayos de Despretz, en 1833, que probaron que una columna de
agua conduce el calor al igual que una barra de metal.
En suma, la época postnewtoniana realizó en el dominio de los fenómenos
térmicos dos considerables progresos. Separa, gracias a Black, definitivamente,
cantidad y grado de calor, y aporta, con Rumford, la primera prueba de su
naturaleza cinética. Antes de que el siglo XVIII finalizara, precisamente en su
último año, otro importante descubrimiento acaece y abre los dominios casi
inexplorados de las radiaciones calóricas. Durante milenios, desde la
antigüedad hasta el Renacimiento, la humanidad creyó que rayos de calor y rayos
de luz son inseparables uno del otro. Los discípulos florentinos de Galileo
demostraron la existencia de rayos calóricos distintos de los luminosos. Por
medio de un espejo esférico de hielo, el padre Mersenne llegó a encender
pólvora y probó, con espectaculares experimentos, que rayos calóricos y
luminosos obedecen a la misma ley de reflexión. Unos y otros se propagan en
línea recta y su intensidad decrece con el cuadrado de la distancia, afirmó
Lambert en 1779. Por último, el astrónomo inglés Guillermo Herschel
(1738-1822), al examinar en 1800 los colores a lo largo del espectro solar, con
un termómetro sensible, se percató de que la mayor elevación de temperatura se
encuentra más allá del rojo, en la parte invisible del espectro, y descubrió
así los rayos infrarrojos. Los experimentos de Herschel impulsaron al físico
alemán J. Guillermo Ritter (1776-1810) a preguntarse si no hay rayos más allá
de la otra extremidad del espectro, es decir, más allá del violeta. Antes, el
químico sueco Guillermo Scheele había observado que el violeta ennegrecía más
rápidamente que los otros rayos del espectro al cloruro de plata. Ritter vio
que el ennegrecimiento se efectúa con la máxima rapidez más allá del violeta, y
encontró, en 1801 —un año después del infrarrojo de Herschel—, los rayos
ultravioletas. Así, en los albores del siglo XIX el espectro se extendió en
ambos sentidos, hacia lo invisible, más allá de los herméticos siete colores de
Isaac Newton.
4.
Los primeros electricistas
Gray: La conductividad eléctrica; Dufay: Electricidad vítrea y electricidad
resinosa; Franklin: Teoría unitaria; La máquina electrizante; Kleist y
Musschenbroek: La botella de Leiden; El pararrayos de Franklin; Aepinus
descubre la electricidad de los cristales; El electroscopio; La balanza de
torsión; Coulomb y su ley.
Con
más fuerza que otras ramas de la física, atrajeron la curiosidad de los
investigadores, en el transcurso del siglo XVIII, los fenómenos eléctricos.
Exploraron el extenso dominio de la electricidad estática y tropezaron con un
considerable número de hechos que asombraron y espantaron a los buscadores.
Cada vez más se arraigó en ellos la convicción de encontrarse en un terreno
igual, cuando no superior en importancia, al de los fenómenos térmicos. Hacia
fines del siglo aparecen las primeras leyes cuantitativas. Con los nuevos
conocimientos pacientemente acumulados por los experimentadores, la
electricidad pierde en la época postnewtoniana el misterio que campeaba en los
estudios de los tiempos de Gilbert y Guericke.
Dos años después de la muerte de Newton, Esteban Gray (16961736) participó a la
Sociedad Real de Londres un notable hallazgo: descubrió una nueva propiedad de
la electricidad: su conductibilidad. Gray había electrizado por frotamiento un
tubo de vidrio puesto en contacto por medio de una larga cuerda de cáñamo con
una pequeña bola metálica y vio a ésta atraer cuerpos livianos; si suspendía la
cuerda mediante un clavo del techo de la cámara la bola no ejercía ninguna
atracción; sin embargo, recuperaba en seguida la facultad perdida si la cuerda estaba
suspendida con hilos de seda. La experiencia, seguida por otras análogas, llevó
a Gray a la distinción de cuerpos conductores y no conductores.
Repite sus experimentos con varios conductores, entre otros con un niño
colocado sobre una mesilla que pendía de cuerdas de seda: aproximándole, sin
tocarlo, una varilla de cristal frotada, comprueba que el cuerpo del niño atrae
ligeros trozos de metal; de este modo descubre la electricidad por influencia.
Gray reconoció también la conductividad de los líquidos e inventó la banqueta
aisladora. Su muerte prematura privó a la Sociedad Real de un experimentador de
altas cualidades.
El hecho de que los conductores de Gray fueran idénticos a los cuerpos no
eléctricos de Gilbert y los cuerpos eléctricos de éste los no conductores de
Gray, no podía escapar durante mucho tiempo a la observación de los
investigadores. El sabio francés Desaguliers fue el primero en notarlo, y su
compatriota Dufay sacó las conclusiones que los nuevos conocimientos imponían.
Francisco Cisternay Dufay (1698-1739), espíritu universal, botánico, geómetra,
químico y físico, probó que, contrariamente a la opinión de Gilbert, todos los
cuerpos son electrizables por frotamiento; el ilustre inglés no lograba
electrizar ciertas sustancias a causa de su conductividad. Tenidas en la mano y
frotadas, cedían al cuerpo del operador su electricidad. Estas mismas
sustancias, aisladas, se electrizan como las otras. Dufay examinó la
conductividad de los metales, la de cuerpos de animales y demostró que la llama
también conduce la electricidad. Vio que una lámina de oro, electrizada con una
varilla de vidrio frotada, era repelida por ésta, en tanto que era atraída por
otra de resina frotada. Esta experiencia se volvió el punto de partida de una
conclusión de gran importancia:
«Hay
—escribe Dufay en 1734— dos clases diferentes de electricidad, muy distintas
entre sí: una que llamo electricidad vítrea y otra resinosa. La primera es la
del vidrio, cristal de roca, piedras preciosas, pelo de animales, lana y muchas
otras sustancias; la segunda es la del ámbar, goma laca, seda, hilo, papel y
otros cuerpos. L a característica de ambas electricidades es que un cuerpo
cargado con electricidad vítrea repele a todos los demás cargados con la misma
electricidad y, por el contrario, atrae a los que poseen electricidad resinosa»[29].
El
descubrimiento de dos clases de cargas pareció sugerir una teoría dualista de
la electricidad, formulada, más explícitamente que por Dufay, por el físico
inglés R. Symmer; supuso, en 1759, la existencia de dos fluidos eléctricos que
al estar mezclados en iguales cantidades en un cuerpo, determinarían el estado
neutro; el frotamiento perturbaría la relación cuantitativa de las cargas,
provocando el predominio de una de ellas. Las cargas opuestas del cuerpo
frotado y del frotador parecían militar en favor de la doctrina, a la que no
faltaron, sin embargo, contradictores.
Benjamín Franklin (1706-1790), sobresaliente en igual modo como estadista e
investigador, propuso una teoría unitaria, más simple que las de Dufay y
Symmer. Cierta cantidad de un único fluido determinaría el estado normal,
neutro, del cuerpo; un exceso o defecto produciría electricidades de distinta
clase. El frotamiento, afirmó Franklin, modificaría la distribución del fluido
en el cuerpo frotado y en el frotador: el uno pierde electricidad, el otro la
gana. La chispa que puede saltar entre ellos es el retorno al estado de
equilibrio. Conforme a estas suposiciones, Franklin sugirió (1747) llamar a la
electricidad vítrea positiva, a la resinosa negativa. Términos que, a pesar de
su infortunada elección, se mantuvieron. La mayoría de los fenómenos eléctricos
conocidos entonces se explicaban tanto por una como por la otra hipótesis. A
pesar de ello, una experiencia de Franklin mismo parecía contradecir su propia
teoría. En la imagen unitaria la descarga consistiría en el hecho de que el
cuerpo positivo, que posee electricidad en demasía, la transmite al negativo,
que tiene poca. Más cuando Franklin hizo pasar una chispa a través de un libro,
vio que el agujero que hizo la chispa en ambas caras del libro presentaba
bordes vueltos hacia el exterior. Otro fenómeno, las figuras de polvo que
cargas puntuales (parciales) dibujan sobre placas no conductoras, las «figuras
de Lichtenberg» (1777), parecía testimoniar en favor de la hipótesis dualista,
ya que las figuras presentaban distintos aspectos de acuerdo con el signo de la
carga eléctrica. En suma, la hipótesis dualista conquistó el asentimiento de
los contemporáneos. La moderna teoría electrónica invierte el veredicto. Los
actuales conceptos semejan más a la doctrina de Franklin. Si un cuerpo está
electrizado, su equilibrio electrónico se halla perturbado. Esta idea
fundamental es común a la tesis de Franklin y a la teoría actual.
Más importante que las especulaciones teóricas de Franklin son sus éxitos
experimentales. Éstos están íntimamente ligados a las considerables mejoras
introducidas en la máquina electrizante de Guericke. La primitiva bola de
azufre frotada con la mano se vio completamente transformada, en el curso de la
primera mitad del siglo XVIII; se puede seguir la metamorfosis de etapa en
etapa: Hauksbee reemplazó la esfera de azufre por una de vidrio; Hansen la hace
girar con ayuda de una transmisión mediante poleas; Bose la provee de un tubo
de hierro laminado —el primer «conductor»— terminado con una mecha de cáñamo
para recoger la carga; Winkler le agrega el frotador de cuero, que Cantón
recubre con amalgamas mercuriales, y por fin,, en 1753, la bola o cilindro de
vidrio desaparece, sustituida, gracias al suizo Planta, por un disco de
cristal. Grandes modelos de esta máquina, como el de Van Marum, en Holanda,
provisto de dos conductores y cuatro frotadores, produjeron enormes chispas
hasta de medio metro de longitud, y permitieron realizar experimentos
espectaculares, encendiendo sustancias inflamables, sólidas y líquidas.
Poco tiempo antes, en 1745, el clérigo alemán E. Jürgen Kleist procuró
electrizar el agua. En la botella de vidrio que contenía el líquido introdujo
un clavo que cargó poniéndolo en contacto con un conductor. Recibió un violento
golpe, cuando tomó la botella en la mano y tocó la extremidad libre del clavo.
En Leiden, lejos de Pomerania, donde vivía el sabio sacerdote, el físico
holandés Pedro van Musschenbroek y su amigo Cunaeus, tropezaron meses más
tarde, independientemente de Kleist, con el mismo fenómeno.
La idea sobre la cual se basa el condensador —como lo llamara más tarde Volta—
estaba implícita en estas primeras experiencias de Kleist y Musschenbroek.
Faltaba sólo reemplazar la armadura interior, el agua, y la armadura exterior,
la mano del experimentador, por dos hojas de estaño separadas por la pared del
frasco. Así hicieron los físicos ingleses Juan Bevis y Guillermo Watson (1748)
creando la botella de Leiden.
¿Dónde reside la carga en la botella de Leiden?, se preguntaron Winkler y
Franklin. Si se la descarga y se espera algunos minutos —observó Winkler—, se
puede producir una segunda chispa, aunque menos fuerte que la primera. La carga
residual así descubierta, contradecía la suposición de que la electricidad
estuviese adherida a las armaduras de estaño. Franklin hizo ver, con una
clásica experiencia, que había de buscarse el asiento de la electricidad en un
cierto estado de tensión del cristal aislador de la botella —en el futuro
dieléctrico de Faraday—. Si por la comunicación de ambas armaduras, la descarga
suprime la causa de esta tensión, el cristal no vuelve sino lentamente a su
estado inicial. Franklin construyó una botella con armaduras movibles: dos
cubiletes metálicos con el vaso de vidrio interpuesto. Después de ser cargada y
ya aislada, quitó sucesivamente y con la mano ambas armaduras descargándolas.
Al reconstruir la botella mostró que se puede sacar de ella una chispa casi tan
poderosa como si no hubiese descargado las armaduras. También realizó experimentos
análogos con un condensador de tabla de vidrio, la famosa «tabla de Franklin»,
ideado, sin embargo, no por el inventivo americano, sino por el inglés Smeaton.
Extraordinaria curiosidad suscitaron los experimentos de Franklin sobre
la electricidad de las tormentas. La analogía que presentaban las
poderosas chispas de la botella de Leiden y el estruendo de su descarga con el
rayo y el trueno, no habían escapado a la atención de los investigadores que le
precedieron. En la primera década del siglo, el médico inglés Wall sospechó la
secreta relación entre los fenómenos eléctricos y el rayo; más tarde, el físico
alemán Winkler opinó que ambos eran idénticos. Estas hipótesis, más o menos
vagas, carecían de prueba. Ésta fue dada por Franklin, quien tuvo la feliz idea
de aplicar el poder compensador de las puntas —indicado por varios
observadores— a la exploración de las nubes tempestuosas. Tan pronto como logró
demostrar la descarga de un conductor aislado por una punta unida a tierra,
concibe el proyecto de colocar en una elevada plataforma una antena terminada
en punta y unida por un hilo conductor con una gran esfera aislada, de la cual,
al aproximarse una tormenta, podrían sacarse chispas. Al mismo tiempo (1750)
propone proveer a las cúspides de altos edificios y los mástiles de los barcos,
con antenas terminadas en una punta de oro y unidas por un conductor con el
suelo, o el agua, respectivamente. Más inmediato que la repercusión de estas
consideraciones fue el efecto de su famoso experimento en el verano de 1752.
Durante una tempestad hizo remontar una cometa de seda provista de una punta
metálica y sujeta con una cuerda conductora, que terminaba en una clavija de
hierro; ésta llevaba un hilo de seda que Franklin tomó con la mano. De la
clavija metálica pudo sacar innumerables chispas. La identidad de la
electricidad celeste con la terrestre y la naturaleza eléctrica del rayo
quedaron desde entonces demostradas: el rayo de Júpiter obedeció a las leyes de
la física. El penetrante olor que acompaña en la atmósfera a las poderosas
descargas —descrito por los antiguos observadores como olor de azufre— fue
atribuido por Franklin a su verdadero motivo: a un cambio provocado por la
electricidad en la constitución del aire. Más tarde, Schönbein (1840) reconoció
en este cambio la formación del oxígeno triatómico, el ozono. Además, con su
cometa, Franklin exploró la electricidad atmosférica y encontró cargas también
en ausencia de nubes.
La teoría de Franklin sobre las nubes y su pararrayos ofrece un característico
ejemplo del hecho frecuente en la historia: que los inventores a menudo no
comprenden el íntimo mecanismo de los instrumentos que han creado. Franklin
estaba convencido de que las nubes no pueden estar negativamente cargadas, pero
la experiencia le mostró bien pronto lo contrario; creía que las puntas de sus
pararrayos roban a las nubes tempestuosas su electricidad; sabemos que ocurre
lo contrario. La nube roba la electricidad de signo opuesto —producida por
influencia en el suelo— y la arranca a través de las puntas del pararrayos
hacia sí misma. El gran matemático D’Alembert parece haber compartido el error
de Franklin, como lo testimonian las hermosas y patéticas palabras con que
recibiera en 1783 al ilustre americano en la Academia Francesa: Eripuit
cáelo fulmen, sceptrumque tyrannis ( Arrancó el rayo al cielo
y el cetro a los tiranos).
Al mismo tiempo que Franklin exploraba las chispas del cielo, un sabio alemán
que vivía en Rusia, Francisco U. T. Aepinus (1724-1802) hizo interesantes
descubrimientos sobre la electricidad de los cristales. La turmalina, cristal
que los colonizadores holandeses trajeron de Ceilán, poseía la curiosa
propiedad —conocida hacía siglos por los indígenas— de atraer, si era
calentada, partículas de ceniza. Los experimentos de Aepinus hicieron ver que
la atracción sólo se produce si el cristal está desigualmente calentado; sus
dos extremidades manifiestan entonces electricidades de signos opuestos. Si
sólo se calienta un extremo de la turmalina —observó Cantón—, el otro permanecerá
eléctricamente neutro. ¿Era la turmalina el único cristal que poseía
propiedades piroeléctricas? Cantón descubrió que éste era también el caso del
topacio, Wilson agregó la esmeralda brasileña, y bien pronto la lista de los
cristales piroeléctricos se enriqueció. Desde entonces el frotamiento dejó de
ser la única manera de electrizar materia. Apenas concluido el siglo XVIII, el
cristalógrafo francés abate Haüy encontró que los mismos cristales
electrizables por calentamiento, lo son también si se los comprime. La
electricidad producida por presión en los cristales recibió luego el nombre
de piezoelectricidad.
Todos estos hechos acumulados por pacientes exploradores elucidaron un vasto
campo de fenómenos electrostáticos, sin comportar más que observaciones
cualitativas. Las leyes numéricas permanecían largo tiempo fuera del alcance de
la investigación. Las tentativas para medir la velocidad de la electricidad
emprendidas por el médico francés Le Monnier (1746) y el experimentador inglés
Watson (1748) estaban condenadas, por supuesto, a fracasar; se contentaron con
reconocer que la velocidad era inconmensurable. Más éxito tuvieron los ensayos
de medir la fuerza de las cargas. Cantón (1754) suspendió dos esterillas de
médula de saúco, aisladas, con hilos de seda, para deducir de la distancia
entre las dos esterillas —que una vez cargadas se rechazaban— la fuerza de la
carga. Volta utilizó en 1781 dos pajillas suspendidas de una bolita de latón
fijada en la tapa, en el interior de un vaso de vidrio. Fue el primer modelo
del electroscopio moderno, al que seis años más tarde el físico inglés Abrahán
Bennet dio su forma actual, reemplazando las pajillas por dos delgadas láminas
de oro.
En un siglo testigo de la estupenda fecundidad de la ley newtoniana, y dado a
profunda admiración del genio del gran inglés, la semejanza entre la atracción
gravitatoria y eléctrica debía, tarde o temprano, sugerir el pensamiento de que
la ley de ambas podría ser análoga, cuando no idéntica. Daniel Bernoulli,
Priestley y Cavendish llegan conjuntamente, hacia 1770, a afirmar esta
hipótesis y el sacerdote inglés Juan Mitchell prevé la misma ley omnipresente
para la interpretación de la atracción y repulsión magnéticas. Sin embargo,
ninguno de ellos dio una prueba valedera; la demostración de la ley —tanto para
las cargas eléctricas como para los polos magnéticos— es el mérito de
Coulomb.
Carlos Augusto Coulomb (1736-1806), ingeniero militar, constructor de las
fortalezas francesas en la Martinica, se dedicó en sus ocios a estudios sobre la
brújula. Como experimentaba con agujas suspendidas por hilos, tuvo que estudiar
—para poder medir— las fuerzas de torsión y determinar sus coeficientes para
varias sustancias. Una vez obtenidos estos resultados, Coulomb verificó,
gracias a las torsiones ocasionadas por las oscilaciones de una aguja magnética
al hilo de suspensión, la fuerza que se ejerce entre dos polos magnéticos y
encontró la ley del tipo newtoniano
¿Es
Cou lomb el inventor de la balanza de torsión que acababa de utilizar tan
hábilmente? ¿Acaso sería menester dejar el mérito de la invención al sacerdote
inglés Mitchell, a quien Cavendish, en su memoria sobre la medición de la
densidad del globo [30], atribuyó la
paternidad del importante instrumento? Seguro es que Coulomb alcanzó
independientemente de su rival el principio de su balanza, y que fue el primero
en aplicarla a investigaciones eléctricas. Su aparato consistía en una liviana
varilla suspendida de un recipiente de cristal por un fino alambre de plata,
cuyo coeficiente de torsión era conocido. Con tan sencillo medio, verificó la
ley —enunciada en 1785— de que la atracción y repulsión entre dos partículas
eléctricas es directamente proporcional al producto de sus cargas, y lo es
inversamente al cuadrado de la distancia. Descubrimiento de gran importancia
que aun las investigaciones de Faraday, medio siglo después, sobre la
influencia de los aisladores, dejan intacto y sólo agregan una constante propia
del material, sin cambiar la esencia de la ley culombiana.
Los estudios de Coulomb sobre la repartición de la electricidad en los
conductores llevaron a la conclusión de que la carga está sólo adherida a la
superficie. Sin duda, varios físicos —entre ellos Esteban Gray— habían
expresado antes que Coulomb la misma opinión, mas también aquí la experiencia,
a la vez exacta e intuitiva, pertenece a éste. Coulomb mostró que una esfera
hueca, car gada y aislada no ejerce ninguna acción eléctrica sobre bolillas de
prueba colocadas en su interior. La ausencia de la fuerza interna suministraba
un apoyo más a la ley del cuadrado inverso, ya que Newton había demostrado que
una capa uniforme de materia gravitatoria no podría ejercer ninguna acción
sobre un cuerpo situado en su interior y que ninguna otra ley de fuerza, salvo
la del cuadrado inverso, podría dar cuenta de este hecho. Por último, Coulomb
hizo ver experimentalmente que la densidad eléctrica de un conductor no depende
de su sustancia, sino de su forma.
Las investigaciones de Coulomb cierran las numerosas incursiones hechas por el
siglo XVIII en el inmenso dominio de la electricidad estática. En su última
década, el teatro de los acontecimientos se desplaza de los tres países
—Francia, Inglaterra y Alemania— que participarán sobre todo en los progresos,
hacia un cuarto, Italia. Dos nuevas figuras surgen: Galvani y Volta, y con
ellos nuevos fenómenos, que dan a las búsquedas una imprevista dirección.
Cuarta Parte
La física del siglo XIX
Capítulo 9
La corriente eléctrica desde Galvani hasta Ohm
Contenido:
1.
Las ranas de Galvani y la pila de Volta
2. Efectos magnéticos y térmicos de la corriente
1.
Las ranas de Galvani y la pila de Volta
Búsqueda de la electricidad animal; El error de Galvani; Volta descubre la
corriente; La realidad de su pila y lo falso de su teoría; Paso de la corriente
a través del agua; Nicholson, Carlisle y Bitter; Experimentos de Davy; La
teoría de Grotthus.
El
siglo XIX concluye la magna obra de la física clásica, cuyos cimientos
colocaron Galileo, Huygens y Newton. La riqueza de ideas y descubrimientos que
dicho siglo aporta a todas las ramas de la investigación es tanta, que hasta
oscurece el resplandor de la centuria de los tres iniciadores. Las primeras
décadas del siglo XIX crean las ciencias de la electrodinámica y del
electromagnetismo, desarrollan en la óptica la teoría ondulatoria, encontrando
en ella la llave maestra de los fenómenos luminosos entonces conocidos, y
rompen el fuego —primero en el terreno fronterizo con la química— en favor de
la estructura atomística de la materia; hacia la mitad del siglo XIX nace
también la termodinámica; el principio de la energía está descubierto y
extendido a todos los fenómenos de la naturaleza, cuya fundamental unidad se
concibe cada vez más claramente. La teoría electromagnética de la luz funde en
uno los dominios poderosamente acrecentados de la óptica y de la electricidad.
Hacia fines de esta época, los fenómenos de descarga en el vacío abren el nuevo
e insospechado campo de las radiaciones. Por último, la estructura granular de
la electricidad se afirma y el electrón, átomo de la electricidad negativa, es
puesto en evidencia.
Considerable como la importancia de sus descubrimientos es el prestigio de las
grandes figuras que llenan —desde Volta y Fresnel hasta Hertz y Röntgen— los
días de esa centuria. Algunos, como el experimentador Faraday o el teórico
Maxwell, soportan la comparación —por la originalidad y el peso de sus
contribuciones— con los sobresalientes genios de la época iniciadora. La
belleza y la armonía del edificio que levantaron produce sobre los pensadores,
hacia 1900, la impresión de que en sus rasgos capitales sería definitivo, y que
podría resistir indefinidamente los embates de los siglos.
Los comienzos de las centurias no son en la historia más que líneas divisorias
artificiales en el continuo flujo de ideas y acontecimientos. Mas el siglo
pasado crea una excepción: la pila voltaica, cuya invención anuncia los tiempos
nuevos, nace en 1800, descrita por primera vez en una famosa carta de Volta,
datada el 20 de marzo de ese año. Sin embargo, sus orígenes se remontan a
investigaciones anteriores de Galvani: las mismas observaciones que condujeron
en el pensamiento de éste a una teoría errónea, en los experimentos de Volta
llevaron a un admirable hallazgo.
Luis Galvani (1737-1798), anatomista de la Universidad de Bolonia, fue uno de
los numerosos sabios que en ese período se dedicaron a estudios sobre la
electricidad animal.
Luis Galvani
Las
experiencias hechas sobre peces eléctricos, la comparación de sus violentas
sacudidas con la conmoción de las descargas de la botella de Leiden,
despertaron un vivo interés, y los hallazgos de los ingleses Walsh y Hunter,
que disecando el siluro y el gimnoto eléctrico, encontraron sus órganos
eléctricos (1773), nutrieron las esperanzas de los buscadores de lograr
semejantes descubrimientos sobre otros animales.
No fue, pues, puro azar que en el laboratorio de Galvani las ranas disecadas se
encontraran en la proximidad de máquinas eléctricas. Los discípulos del
anatomista notaron (1780) que las patas de las ranas se contraían al sacar
chispas de la máquina eléctrica y tocar simultáneamente los nervios crurales
con un bisturí.
Al examinar Galvani con más atención el curioso fenómeno, averiguó que sólo se
producía si durante la descarga de la máquina las extremidades de un nervio y
de un músculo estaban unidas por un metal conductor. Para obtener convulsiones
más violentas con chispas más fuertes, Galvani suspendió las patas de ranas de
la antena del pararrayos de Franklin y comprobó el éxito de su experimento. Sus
observaciones lo convencieron más tarde de que la condición característica del
fenómeno era un arco conductor formado por dos metales y unido por sus
extremidades libres con el nervio y músculo de la rana, dando así un circuito
completo. Llegado a este punto, si Galvani no hubiera estado seducido por la
falsa analogía entre sus ranas y los peces eléctricos, habría podido abreviar
en una década las búsquedas que condujeron a la hazaña de Volta. Pero quería
escudriñar la sede de la electricidad en los nervios y músculos de sus
batracios, y cuando logró reproducir sus experimentos con órganos de diferentes
animales, creyó haber descubierto la universalidad de la electricidad animal.
Alejandro Volta (1745-1827), hábil experimentador y sagaz pensador, era
profesor en Pavía cuando Galvani publicó en 1791 la descripción de sus
experimentos.
Los reprodujo y encontró que las ranas son excelentes electroscopios, sin que
sus nervios sean necesarios para provocar las convulsiones eléctricas; dos
metales y el músculo bastan para producir el efecto. La sustancia de los
metales ¿es indiferente al éxito de la experiencia?, se preguntaba Volta, y
reconoció que la intensidad del efecto es variable: fuerte, si se ponen en
contacto ciertos metales, como el estaño y el cobre; débil en caso de otros
conductores, como el hierro y la plata. Volta varía las condiciones de sus
ensayos eliminando el músculo de rana. Pone sobre la punta de su lengua una
hoja de estaño en contacto con una moneda de plata colocada en el medio de la
lengua y descubre la sensación de un gusto particular; el sabor es distinto
—comprueba— si se permutan los metales: no es ya ácido, sino alcalino.
Alejandro Volta
Coloca
sobre uno de sus ojos una hoja de estaño y en su boca una moneda de plata, y al
establecer el contacto de los dos metales, ve la apariencia de una chispa.
Desde entonces sospecha la irrealidad de la electricidad animal y reemplaza el
contacto de los músculos de ranas en la experiencia de Galvani con el del
papel, cuero y por último trapos mojados: la electricidad en el último caso se
manifiesta de manera incontestable. En este momento, su gran invención está
virtualmente hecha. Con dos metales y el trapo húmedo la pila eléctrica está
creada y —acontecimiento de inmensas consecuencias— la electricidad dinámica
hace su aparición.
A pesar de ello, los partidarios de Galvani no se consideran desarmados. La
conclusión de Volta, de que el contacto de metales engendraría la electricidad
y que sería únicamente su corriente la contractora de los
músculos del batracio, la rechazan Valli, Carminati y Aldini; éstos pretenden
obtener la contracción tocando con una varilla de crista músculos y nervios de
la rana. Galvani muere en 1799, justamente un año antes de la victoria de su
gran adversario; lleva consigo a la tumba la convicción de que sólo la
electricidad vital explicaría el enigmático fenómeno que había descubierto.
En realidad, Volta ignoraba tanto como Galvani el origen de la fuerza
electromotriz en su aparato. ¡Volta comprendía el íntimo mecanismo de su pila
tan poco como Franklin a su pararrayos! Mantuvo la opinión de que la fuente
energética en su aparato sería el contacto de los metales, del cual se seguiría
la posibilidad de un rendimiento ilimitado, eterno, posibilidad que el gran
físico de Pavía ha afirmado expresamente [31].
Estamos a cuatro decenios de la ley de la conservación de la energía. Las
observaciones hechas por el italiano Fabbroni y el inglés Ash en 1795, hubieran
podido dirigir inmediatamente la atención de Volta hacia los procesos químicos
en su pila. Estos sabios habían dejado un trozo de cinc sobre plata húmeda y
vieron oxidarse el cinc; lo mismo ocurría con el plomo sobre mercurio, con el
hierro sobre cobre; mas estos hechos no encontraron en el momento la
apreciación que merecían. Por otra parte, la electricidad de contacto —en el
espíritu de Volta el secreto de su pila— no era una idea por completo
quimérica. Cinco decenios más tarde, en 1851, lord Kelvin, gracias a su
sensible electrómetro, pudo demostrar su realidad. Desde luego, el efecto era
mínimo, comparado con las acciones químicas cuya teoría desarrollaron poco a
poco Ritter, Davy y Faraday. Estos trabajos no parecían agotar el problema del
hontanar eléctrico de la pila: se originaron largas discusiones que habían de
sobrevivir al siglo XIX.
Pero el hecho decisivo no era la teoría de Volta: lo fue su pila. Descontento
con el rendimiento de su primer aparato, hecho con discos metálicos y paños
húmedos intercalados, Volta extendió sus indagaciones a los líquidos y
estableció cuáles combinaciones entre metales y líquidos resultan
eléctricamente activos. De sus estudios surgen dos modelos: una columna de
discos metálicos, los unos de cobre o plata, los otros de cinc, en igual
número, separados por capas de cuero o cartón embebidas en una solución
alcalina. En verdad, una batería cuyo conjunto suministraba una diferencia de
potencial resultante de la suma de los elementos integrados y recogida en los
discos terminales. En otro modelo, Volta introduce en una serie de vasos llenos
de salmuera o ácido diluido, placas de cinc y de plata que no se tocan, pero
que están ligadas de un vaso al otro por grapas metálicas.
¿Cuál es la naturaleza de la corriente producida por la pila? Idéntica es,
afirma Volta, a la de la electricidad estática. Al cargar un electroscopio por
medio de una pila, el físico de Pavía hace ver que la aproximación de una
varilla de lacre frotada, acrece o disminuye la separación de las hojas, según
la extremidad de la pila utilizada en la operación. Todo ocurre como si en
lugar de pila se hubiese utilizado la varilla de lacre. El químico inglés
Guillermo Hyde Wollaston (1766-1828) agrega a esa demostración otra: la chispa
de una máquina de electricidad estática descompone el agua tanto como la pila
voltaica.
Pocos descubrimientos suscitaron un interés tan general como la pila de Volta,
y tal vez ninguno conoció un éxito tan rápido. La célebre carta de Volta
dirigida a José Banks, presidente de la Sociedad Real de Londres—un magistral
tratado sobre teoría, construcción y empleo de la pila— fue pronto difundida en
casi todos los países de Europa. Un poderoso medio es puesto en manos de los
investigadores desde ese momento y con esmero principian las búsquedas que
revelarán, una tras otra, las propiedades electrolíticas, magnéticas y térmicas
de la corriente. La curiosidad popular está fuertemente estimulada por la
maravillosa invención, de la cual se esperan —como un siglo más tarde del
descubrimiento de las sustancias radiactivas—* verdaderos milagros. En la
ciudad alemana de Cassel los médicos pretenden (1804) haber curado ciegos y
sordos con la mágica batería de Volta.
El afortunado inventor recibió todos los honores debidos a su genio. Napoleón,
entonces primer cónsul de Francia, lo invitó a París; una medalla de oro fue
estampada para agasajar al ilustre visitante. La Academia de París y la
Sociedad Real de Londres lo nombran su miembro. Más durable que todos estos
homenajes, inmortaliza sus méritos la decisión del Congreso Internacional de
Electricistas, reunidos en 1881 en París, que eligió el nombre del físico de
Pavía para designar la unidad de fuerza electromotriz.
Con ser la más importante de sus contribuciones, la pila no es la única. Volta
se anticipó a Guillermo Marduch y a Felipe Lebon, en la preparación del gas
para alumbrado, y a Gay-Lussac y a Dalton en la determinación del coeficiente
de dilatación térmica del aire y del vapor de agua. Todos estos trabajos y
otros en el dominio de la electricidad, son anteriores a la invención de la
pila. Después de su obra maestra, el espíritu del « Princeps
Electricorum», como lo llamó Van Marum, se agotó.
Tan pronto como la carta de Volta llegó a Londres, Guillermo Nicholson
(1753-1815), ayudado por Antonio Carlisle (17681840), construyó una pila de 17
elementos para estudiar el paso de la corriente a través del agua. Nicholson y
Carlisle notaron que de una gota de agua vertida sobre el disco superior de la
pila ascendían burbujas de gas, cuando en ella se sumergía el hilo conductor
del disco inferior. Sospechan la presencia de hidrógeno, lo recogen y comprueban
que el gas arde y mezclado con el aire explota. ¡En verdad es hidrógeno! Sin
duda las corrientes descomponen el agua. La conclusión, atrevida en este
momento, parece confirmada por el joven experimentador alemán Juan Ritter
(1777-1810), que observa simultáneamente con sus colegas ingleses la formación
del oxígeno e hidrógeno liberados por la corriente. La prueba decisiva la
aporta Humphry Davy (1778-1829), el gran químico de la Real Institución de
Londres. En 1802 descompone por completo el agua, recoge los dos gases
separadamente, los mide y establece la relación volumétrica del hidrógeno y
oxígeno. Es el comienzo de una brillante serie de éxitos. Davy somete en 1808 a
la acción de una poderosa batería de 250 elementos un trozo de potasa cáustica,
observa en el electrodo positivo un desprendimiento de oxígeno y en el negativo
pequeños globos con reflejos metálicos: el potasio. Separa también de la soda
fundida, considerada hasta ese día como elemento simple, sodio metálico y
obtiene bien pronto, gracias a la electrólisis, bario, calcio, magnesio y
estroncio. Tan magníficos resultados exigen una recompensa. La Real Institución
regala en 1810, a su eminente químico, una batería artesa de 2.000 elementos,
en ese momento el más poderoso generador eléctrico de Inglaterra y tal vez del
mundo. Davy produce con su gigante pila un arco cónico y cegador, al que da el
nombre de arco voltaico. Examina, como hizo Ritter antes que él, la elevación
de temperatura de diversos metales bajo la acción de una intensa corriente, y
presume que la rapidez del calentamiento en un metal debe ser inversamente
proporcional a su conductividad. Determina las diferencias de ésta partiendo
del tiempo necesario para alcanzar en cada caso una temperatura dada, y
establece una escala de conductores metálicos, desde la plata, el mejor de sus
conductores, hasta el hierro, el peor. Su batería es lo bastante eficaz para
fundir todos los metales, aun con gran facilidad el platino. El cuarzo y el
zafiro se licúan, y el diamante desaparece por completo. Estos hechos
inesperados asombran a los observadores, incapaces de explicarlos por el
concepto entonces admitido del calórico sustancial. ¿Cuál es además la relación
entre el calor y la corriente que vuelve incandescente al hilo conductor? El
problema queda sin respuesta satisfactoria hasta la descripción cuantitativa
del fenómeno dada en 1841 por Joule.
Una hipótesis que liga los fenómenos eléctricos con los químicos es bien pronto
encontrada. Un mozo de veinte años, el barón alemán C. J. D. Grotthus
(1785-1822), se adelanta a Davy y propone una teoría de la electrólisis
—difundida por el Philosophical Magazine—, hipótesis cuya idea fundamental,
sencilla e intuitiva, servirá de guía a la mayor parte de las numerosas teorías
que le seguirán:
«La
columna de Volta —escribe en 1805— es un imán eléctrico; cada uno de sus
elementos posee un polo negativo y otro positivo. La consideración de esta
polaridad me sugirió la idea de que sería posible establecer una análoga
polaridad entre las moléculas elementales del agua, solicitadas por un único
agente eléctrico, y confieso que ello elucidó mi problema. Supongamos que en el
momento de la generación del hidrógeno y del oxígeno se realiza en estos
cuerpos químicos una separación en forma que el primero adquiere un estado
positivo y el segundo otro negativo. De esto se infiere que el polo del cual
fluye la electricidad resinosa atraerá al hidrógeno y rechazará al oxígeno,
mientras que el polo animado por electricidad vítrea atraerá el oxígeno y
rechazará el hidrógeno. De este modo, cuando la corriente atraviesa una
cantidad de agua, solicita a cada uno de los componentes de ésta con una fuerza
atractiva y con otra repulsiva, cuyas acciones opuestas determinan la
descomposición del líquido.»
Davy
opina que las atracciones químicas y eléctricas están producidas por la misma
causa, «obrando en un caso sobre las partículas y en otro sobre las masas». Da
a la hipótesis una forma más general, extendiéndola a otros líquidos fuera del
agua. Más deja a Faraday la tarea de sustituir estas interesantes perspectivas
con una magistral descripción cuantitativa del fenómeno.
2.
Efectos magnéticos y térmicos en la corriente
El experimento de Oersted: La desviación de la aguja magnética;
Investigaciones de Ampère: Fundación de la electrodinámica; Su teoría del
magnetismo; Arago: El electroimán y el «magnetismo de rotación»; Seebeck y
Peltier: Efectos térmicos; La ley de Ohm.
Mucho
antes del descubrimiento de la corriente, los físicos se preguntaban si los
fenómenos eléctricos y magnéticos eran esencialmente distintos. El rayo parecía
conferir a los objetos metálicos propiedades magnéticas, y Franklin ensayó
magnetizar agujas por medio de las chispas de la botella de Leiden. La pila de
Volta dio viva actualidad al problema, y las búsquedas se multiplicaron.
Romagnosi (1802) en Italia e Izam (1804) en Francia creyeron haber notado
pequeñas desviaciones en la brújula bajo la influencia de corrientes. Estas
observaciones más o menos vagas y confusas recibieron una rotunda confirmación
el 21 de julio de 1820, día en que el físico dinamarqués Oersted envió a las
sociedades científicas de Europa un folleto en latín, pequeño en sus seis
páginas, pero grávido de contenido. La memoria, con su largo título:Experimentum
circo, effectum conflictus électrici in acum magneticam , hace época
en la historia de las ciencias.
Juan Cristián Oersted (1777-1851), profesor en la Universidad de Copenhague,
observador de genio, pero experimentador poco hábil, trató desde 1812 de hacer
perceptible la acción de la comente sobre la brújula magnética. Por desgracia,
a los comienzos no dispuso más que de pilas débiles y además creía que era
menester poner incandescente el hilo conductor para conseguir una desviación de
la aguja. En estas circunstancias sólo podía recoger resultados inciertos.
Cuando por último, después de largos años pasados en vanos tanteos, el efecto
se produjo con toda claridad —en el curso de una experiencia realizada ante sus
alumnos—, nadie fue más sorprendido que él mismo, lo que dio origen a la
leyenda de que su descubrimiento era hijo del mero azar. Veamos el relato de un
testigo ocular, Cristóbal Hansteen, discípulo de Oersted [32]:
«Oersted
trató siempre de colocar el alambre conductor de su pila en ángulo recto sobre
la aguja magnética, sin notar movimientos perceptibles. Una vez, después de su
clase, en la que empleaba una fuerte pila para otros experimentos, nos dijo:
“Ensayemos colocar el alambre paralelo a la aguja” Hecho esto, se quedó
perplejo al ver la aguja oscilar con fuerza (casi en ángulo recto con el
meridiano magnético). “Invirtamos —dijo después— la dirección de la
corriente.’' Y entonces la aguja se desvió en la dirección contraria. De este
modo fue hecho el gran descubrimiento. No sin razón se dijo que tropezó con su
hallazgo por azar. No tuvo, al igual que los demás, idea alguna de que la
fuerza podría ser transversal. Mas, como Lagrange anota a propósito de Newton,
no olvidemos que tales accidentes ocurren sólo a quienes los provocan.»
Para
la desviación de la aguja, Oersted formuló la regla:
«El
polo sobre el cual entra la electricidad negativa es desviado hacia el Oeste;
el polo bajo el cual ella entra, lo es hacia el Este.»
Del comportamiento de la aguja llega Oersted a la trascendental conclusión de
que el efecto magnético no puede estar confinado en el alambre conductor, sino
que está dispersado en todo el espacio circundante. Esta intuición, el primer
indicio de la existencia del campo magnético, revela particularmente el genio
de su agudo espíritu.
La impresión producida por el descubrimiento de Oersted fue profunda y los
meses de 1820 que siguieron a la famosa publicación del físico dinamarqués
están caracterizados por una extraordinaria riqueza de importantes hallazgos.
Los experimentos de Oersted son repetidos en el Congreso de los investigadores
suizos en Ginebra; entre los congresistas se encuentra el astrónomo parisiense
Francisco Arago (1786-1853). Vuelto a París, se le ve febrilmente ocupado, con
su amigo Gay-Lussac, en una serie de experiencias. Comprueban que las
corrientes no sólo desvían la aguja imanada, sino que imanan también el acero.
El efecto se acentúa si se repliega el alambre en espiral y se introduce la
varilla de hierro siguiendo el eje de la hélice. Con ello se tiene ya el
principio del electroimán, destinado a brillante porvenir, y Guillermo Sturgeon
(1825) no hace, para su construcción, más que recoger la idea de Arago. Éste
anuncia a la Academia su descubrimiento el 22 de septiembre de 1820. Días antes
Ampère entra en escena con una comunicación no menos sensacional.
Andrés María Ampère (1775-1836), entonces profesor suplente de astronomía en la
Sorbona, uno de los fisicomatemáticos más agudos del siglo XIX, une a sus dones
de matemático una imaginación intuitiva, comparable a la de Faraday. Como
experimentador, es en mucho superior a Oersted, cuyo descubrimiento estudió a
fondo. Con los rudimentarios aparatos de que disponía era menester su genio para
establecer las leyes fundamentales de las acciones dinámicas de las corrientes,
que fueron objeto de las memorias presentadas a la Academia, de semana en
semana, en las sesiones desde el 18 de septiembre hasta el 2 de noviembre.
Ampère comprende inmediatamente cómo en las experiencias de Oersted el sentido
de las corrientes determina el de la rotación de la aguja imanada y da la
conocida regla del nadador, más general que la que dio el físico dinamarqués:
un observador está colocado en la dirección de la corriente, de modo que ésta
entra por los pies y sale por la cabeza del mismo; si el observador vuelve la
cara hacia la aguja, verá el polo norte de ésta desviarse hacia su izquierda.
Al mismo tiempo que la Academia recibe las memorias de Ampère, su colega Juan
Bautista Biot (1779-1862), ayudado por el joven médico Félix Savart
(1791-1841), formula la ley matemática de la desviación de la aguja,
estableciendo que la acción de la corriente rectilínea es perpendicular al
plano que pasa por el polo y por la corriente, y que es inversamente
proporcional a la distancia del polo a la corriente.
Ampère, llevado por la idea de que las corrientes eléctricas se atraen o
rechazan, como lo hacen las cargas eléctricas en reposo, demuestra que dos
corrientes paralelas y del mismo sentido se atraen, en tanto que las de sentido
contrario se rechazan; reconoce que la mutua acción de dos corrientes lineales
no paralelas tiende a disminuir el ángulo que forman. Observa los fenómenos de
rotación que se producen en circuitos eléctricos. Con las leyes de Ampère queda
fundada una nueva ciencia: la electrodinámica.
En el pensamiento de Ampère, una corriente es asimilable a un imán; por
consiguiente, éste debería ser reemplazable por ella. Experimentalmente
demuestra la certeza de su idea; emplea, para obtener un efecto más intenso, en
lugar de una circunvolución de alambre, un solenoide, o sea una bobina
recorrida por una corriente, y comprueba que ésta se comporta como un imán. Su
éxito lo conduce a la hipótesis de que el magnetismo es el resultado de
minúsculas corrientes que circulan en tomo a las moléculas. En el hierro o en
el níquel existen —afirma— infinidad de corrientes moleculares orientadas,
antes de la imanación, al azar en todas las direcciones; si se imanan estos metales,
todas las corrientes moleculares se dirigen en el mismo sentido; en el acero
las corrientes permanecen paralelas y una imanación constante persiste,
mientras que en el hierro vuelven a su posición desordenada desde que la fuerza
magnetizante deja de actuar. La hipótesis de Ampère entraña la interesante
consecuencia de que un imán recorrido por una corriente debería rotar en torno
de su eje si la corriente no atraviesa más que la mitad del imán. En efecto:
Ampère logra mostrar que un imán calzado con platino y flotando libremente en
posición vertical en mercurio, gira bajo la acción de la corriente enviada del
polo que sobresale al mercurio.
De igual manera que el ferromagnetismo, Ampère explica el magnetismo del globo
también por la existencia de pequeñas y numerosas corrientes telúricas
dispuestas en planos paralelos, de modo que sus efectos se adicionan. Compara
la Tierra a un inmenso solenoide. En una palabra: Ampère reduce el estado
magnético en todas sus manifestaciones a corrientes moleculares, liberando así
a la física de la hipótesis de los fluidos magnéticos en boga desde mediados
del siglo XVIII. La doctrina de Ampère fue algo modificada por Guillermo Weber
(1852), pero sus ecos se encuentran en los modernos conceptos electrónicos.
Las investigaciones de Ampère sobre las acciones dinámicas de las corrientes
recibieron su coronamiento por el revestimiento matemático que el gran teórico
les dio: éste fue el trabajo de cuatro años, publicado en 1826 en la magistral
memoria Teoría matemática de los fenómenos electrodinámicos, únicamente
deducida de la experiencia. Maxwell, el gran Maxwell, encantado con la
lectura del tratado, llamará al autor el Newton de la electricidad.
«El
libro de Ampère, — escribe el genial escocés en 1873 — es de una
precisión sin par. Gracias a él se pueden deducir los fenómenos de una fórmula
única, que perdurará a través de todos los tiempos como la fórmula cardinal de
la electrodinámica.»
He
aquí la fórmula única que expresa la fuerza actora entre dos elementos de
corriente:
esta
fuerza es proporcional al producto de las intensidades (ii') y
de las longitudes de los dos elementos (dsds'), e inversamente
proporcional al cuadrado de su distancia (r), y por último,
directamente proporcional a una función de los ángulos (ν y ν') que la recta de
unión de ambos elementos forma con la dirección de los mismos, y del ángulo (e)
que dichas direcciones forman entre sí. La conclusión terminal de la obra de
Ampère es la ley fundamental de la electrodinámica y aun la base de esta
ciencia. Los símbolos de su fórmula permiten prever todas las interacciones de
dos corrientes, con la misma exactitud con que los astrónomos calculan los
eclipses solares.
La vida de este gran hombre estuvo ensombrecida por dolores y amarguras: su
juventud transcurrió bajo el signo de una terrible tragedia: su padre,
condenado por el tribunal revolucionario, murió en la guillotina; su mujer le
fue arrebatada en la flor de la edad por una implacable enfermedad; su segundo
matrimonio fue un martirio. Tándem felix (Por fin feliz), dice
la lápida del torturado genio.
Espíritu universal, Ampère también se distinguía como poeta y filósofo. Su
ensayo sobre la filosofía de las ciencias nada ha perdido en vigor y frescura.
Las consecuencias prácticas de la obra de Ampère son tan considerables como su
valor teórico. Desde sus primeros trabajos reconoció en el experimento de
Oersted el medio para medir la corriente y se propuso la construcción del
aparato apropiado. El físico alemán Schweigger se le adelantó con su
multiplicador, el primer modelo de galvanómetro, nombre dado por Ampère al
instrumento que después se hizo indispensable. Ampère es el primero en sugerir
el señalamiento a distancia por corrientes, proyectando emplear para la
transmisión de cada carácter un hilo especial. Aunque la idea, demasiado
complicada, no fue prácticamente realizable, desde los trabajos de Ampère la
invención del telégrafo eléctrico no significó ningún nuevo principio, y pudo
ser realizada después de las tentativas de Gauss, Weber y Steinheil en Alemania,
por el norteamericano Juan Finlay Morse en 1837, algunos meses después de la
muerte de Ampère.
Ampère y Arago estuvieron cerca del capital descubrimiento que hará más tarde
la gloria de Faraday. Ampère observó que basta establecer o suprimir la
excitación de un electroimán para comunicar impulsiones a un anillo de cobre
situado en su proximidad. Más sugestivo aún resultó el experimento de Arago.
Hizo girar bajo una aguja imanada un disco metálico paralelo a ella, y comprobó
que la aguja es arrastrada por el movimiento de rotación a pesar de la ausencia
de toda ligazón mecánica. En la retrospección histórica nos parece como si el
disco rotativo, al arrastrar a la aguja, hubiera tenido que conducir a Arago
sobre la pista del fenómeno de la inducción; sin embargo, Arago se contentó con
clasificar su observación entre otras análogas, como «magnetismo de rotación»,
dándole una errónea interpretación, y Ampère, absorbido por otras
investigaciones, no se ocupó de ello»
El año 1821, que siguió al descubrimiento de Oersted, año tan fértil en
acontecimientos, no había terminado aún cuando en Berlín Tomás Juan Seebeck
(1770-1831) tropezó con el fenómeno de las corrientes térmicas. ¿Tenía razón
Volta al pretender que el contacto de metales sería la fuente de la corriente
en su púa? Éste fue el problema que Seebeck quiso aclarar. Puso un disco de
bismuto en contacto con otro de cobre, unió a ambos con los alambres de un
galvanómetro y esperó que una corriente se produjera; mas la aguja indicadora
del galvanómetro sólo se movía cuando apretaba con la mano una de las dos
soldaduras de los metales. Reconoció que el origen de la corriente fue la
pequeña elevación de la temperatura debida al calor de su mano, y encontró
también que la corriente se invertía enfriando el lugar de contacto entre los
dos metales. Anunció a la Academia de Berlín el nuevo hecho: en un circuito
compuesto por dos metales diferentes, se produce corriente eléctrica cuando las
dos soldaduras no están a la misma temperatura. A este hecho se le da el nombre
de efecto Seebeck, fenómeno que constituye la base de las pilas
termoeléctricas. Trece años más tarde, el relojero parisiense Juan Carlos
Atanasio Peltier (1785-1845) descubre el fenómeno recíproco: el cambio de
temperatura —generación o absorción de calor— que el paso de la corriente
provoca en un circuito formado por dos metales diferentes, fenómeno que recibe
el nombre de efecto Peltier. La elevación de temperatura producida en
conductores bimetálicos por el efecto Peltier es difícil de discernir, porque
se superpone al otro calentamiento engendrado en todo conductor por el paso de
una corriente. Con más nitidez se manifiesta el enfriamiento; el físico ruso
Enrique Federico Emilio Lenz (18041865) logró congelar agua con el efecto
Peltier. La síntesis teórica del efecto Seebeck y el efecto Peltier se cumple
en la teoría general de los fenómenos termoeléctricos creada en 1851 por lord
Kelvin.
Los considerables adelantos que ampliarán rápidamente los conocimientos sobre
las propiedades de las corrientes exigían mediciones cada vez más precisas. Las
vagas ideas que subsistían sobre la «cantidad» y la tensión de la electricidad
debieron ceder el paso a nociones más claras y mejor definidas. Esta importante
tarea fue realizada en paciente labor por el físico alemán Jorge Simón Ohm
(1787-1854).
Las tentativas de Ritter y Davy, sus ensayos para determinar la conductividad
de los metales, fueron proseguidos por Ohm. En lugar de acudir a los efectos
térmicos producidos por el paso de la electricidad, se dirige al galvanómetro,
cuya desviación considera proporcional a la corriente que fluye en el
conductor. Para evitar la irregularidad de las corrientes voltaicas, las
sustituye por pilas termoeléctricas de cobre y bismuto, en las cuales somete
una de las soldaduras a la temperatura del agua hirviente y la otra a la del
hielo en fusión. Hábilmente varía las condiciones experimentales y compara en
su memoria Die galvanische Kette (1827) la tensión de la
corriente eléctrica a la pendiente por la cual se desliza una corriente de
agua. La analogía le sugiere introducir la noción de caída, que es, en su
pensamiento, la diferencia de tensión entre dos puntos alejados por una
longitud igual a la unidad. Cuando la tensión está elevada, es menester
desarrollar más trabajo para transportar la electricidad de un punto a otro, de
modo que la fuerza electromotriz puede definirse como el trabajo efectuado por
la unidad de la cantidad de electricidad al pasar de un punto a otro. La ley,
formulada finalmente por Ohm, es sensiblemente idéntica a la actual: A una
temperatura dada, la intensidad de la corriente que circula entre dos puntos
del hilo es proporcional a la tensión (diferencia de potencial) aplicada. El
coeficiente de proporcionalidad es lo que llamamos resistencia eléctrica del
trozo de hilo. Dos décadas más tarde, el alemán R. Kohlrausch (1848) completó
los resultados de Ohm al mostrar que en hilos de diferentes metales, las caídas
de tensión son proporcionales a la resistencia específica del alambre conductor
y a su longitud, e inversamente proporcionales a su sección. Algunos años
antes, el inglés Wheatstone (1844) imaginó el conocido montaje —el puente de
Wheatstone— para determinar la resistencia. En 1847, Kirchhoff —de veintitrés
años entonces— fijó la repartición de la corriente distribuida sobre una red de
varios conductores, y encontró que la conductancia del conjunto es igual a la
suma de las conductancias de los trozos. A despecho de su carácter elemental,
estas fundamentales relaciones sólo pudieron ser aclaradas después de largos y
pacientes esfuerzos. Los méritos de Ohm, cuyo nombre designa hoy la unidad de
resistencia, fueron poco reconocidos por sus contemporáneos: pasó su vida como
profesor en un liceo de Colonia y sólo cuando era ya anciano —dos años antes de
su muerte—, recibió una cátedra universitaria. Aunque su contribución a la
ciencia no posea ni los alcances ni el resplandor de la obra de Volta o Ampère,
es una de las grandes figuras de la edad heroica de la electrodinámica.
Capítulo 10
Victoria de las ondas luminosas
1.
La óptica innovada
Malus descubre la polarización de la luz; Experimentos de Young: La
interferencia; Fresnel: Ondas transversales; Explica la difracción y la
polarización; La sombra de pequeños discos; Consecuencias, incluso paradójicas,
confirmadas; Dificultades del éter elástico; Velocidad de la luz: La rueda
dentada de Fizeau y los espejos giratorios de Foucault; Propagación de la luz
en el agua; El éter ¿es móvil, o inmóvil?; Niepce y Daguerre: Invención de la
fotografía; Melloni: Identidad de los rayos luminosos y calóricos; El efecto
Doppler.
Entre
los oficiales del ejército napoleónico, cuyas hazañas, según las orgullosas
palabras del conquistador, cuarenta siglos contemplaban desde lo alto de las
pirámides, se encontraba el subteniente Luis Esteban Malus (1775-1812), cuya
venturosa historia nos transmitió Arago. Respetado por las balas y curado
milagrosamente de la peste bubónica, escapó de los infiernos del país del Nilo
y volvió a París. La Academia había instituido un premio para el autor de una
teoría capaz de explicar el fenómeno de la doble refracción que sufre un rayo
al penetrar en ciertos cristales. Malus se cree en condiciones de resolver el
problema y comienza a experimentar. En un atardecer, mirando a través de un
cristal de espato calizo hacia una ventana del palacio de Luxemburgo bañada por
la luz solar, ve una sola imagen en lugar de las dos que esperaba. Repite el
experimento con la luz de una bujía reflejada sobre vidrio y sigue viendo una
sola imagen. Desde luego, en ciertas circunstancias discierne dos imágenes de
intensidades diferentes, y se percata de que el máximo de una coincide siempre
con el mínimo de la otra.
Newton había ya sospechado que un rayo luminoso podría poseer diferentes
propiedades según su dirección, y es precisamente lo que Malus comprueba: mira
un punto brillante a través de su cristal e intercepta uno de los dos rayos
refractados, para observar al otro con un segundo cristal. Ve sucesivamente, a
medida que hace girar este segundo cristal, aparecer y desaparecer los dos
rayos refractados, cuya intensidad es complementaria. Malus había leído bien a
su Newton. ¿No había comparado el gran inglés, en la cuestión XVIII de su
Óptica, el comportamiento de la luz en los cristales doblemente refringentes
con el de los imanes?
«Semejante
— decía Newton — al magnetismo, que sólo puede ser
producido o disminuido en sus efectos en el hierro o en los imanes, es esta
virtud de refractar el rayo perpendicular. Es mayor en el espato de Islandia,
menor en el cristal de roca y nulo en otros cuerpos.»
Malus
recuerda estas palabras, considera como polos las posiciones del cristal para
el brillo máximo de cada rayo, que designa entonces como polarizados y da al
fenómeno el nombre de polarización de la luz.
Malus reconoce que la polarización es una propiedad general de la luz, y
muestra que se puede reproducir la diferencia física que evidencian los dos
rayos en el cristal de espato, haciendo reflejar un haz de luz sobre un espejo,
a condición de que el ángulo de incidencia sea convenientemente elegido. Con un
famoso experimento que asombra a muchos contemporáneos, prueba cómo se puede
hacer desaparecer un rayo luminoso tanto con espejos cruzados como con el doble
cristal de espato. Inútil sería esperar del hábil experimentador una
satisfactoria explicación del fenómeno que acababa de descubrir; de antemano
estaba convencido de la naturaleza granular de la luz, y la teoría de emisión
amparada por la autoridad de Newton no podía ser en su espíritu objeto de
ninguna duda. Pudo reclamarse de Juan Bautista Biot, corpusculista a toda
prueba, que construyera bien pronto una hipótesis en la cual atribuía a las
partículas lumi nosas arbitrarias características para explicar no sólo el
descubrimiento de Malus, sino también la polarización cromática, observada en
1813 por Arago y casi simultáneamente por David Brewster, en delgadas láminas
cristalinas. Laplace compartía análogo punto de vista. Todas estas teorías
postulaban una atracción entre el medio refringente y las moléculas luminosas,
atracción que actuaría sobre el rayo extraordinario sin modificar el ordinario;
exigieron además polos de fuerzas y ejes de fuerzas. Con todos estos
artificios, la teoría no logró prever el eje de polarización. A pesar de ello,
se hicieron todos los esfuerzos para mantener las caducas suposiciones. El
célebre Tratado de Huygens, tan sorprendente por su
perspicacia, las observaciones de Grimaldi, las clarividentes ideas de Hooke,
todo aquello que recordaba la naturaleza ondulatoria de la luz, estaba olvidado
o conscientemente ignorado.
Más allá del canal de la Mancha, algunos años antes del descubrimiento de la
polarización, un joven médico, Tomás Young (1773-1829), atacó vigorosamente la
teoría emisionista, acudiendo a viejas experiencias de Grimaldi, y dio por
último una clara y sencilla explicación.
Los haces de dos fuentes luminosas adicionadas una a la otra, pueden
producir menos iluminación que cada una de ellas por separado.
Young muestra la realidad de este hecho, paradójico en la teoría corpuscular,
por un experimento que se volverá clásico y llevará su nombre. Con la punta de
una aguja, practica en una pantalla negra dos minúsculos agujeros muy próximos.
Acercando la pantalla al ojo, mira un pequeño y distante foco luminoso,
percibiendo anillos alternativamente brillantes y oscuros. ¿Cómo explicar los
efectos de ambos agujeros, que por separado darían un campo iluminado y
combinados se aniquilan en ciertas zonas produciendo sombra? Young aclara la
alternancia de las franjas por la imagen de las ondas acuáticas. Si dos series
iguales de ondas provocadas en la superficie de un lago —dice Young— se
encuentran, ninguna de las series de ondas destruirá a la otra, pero sus
efectos se combinarán. En cada punto de la superficie del agua, el estado
vibratorio resultante dependerá de la manera como se refuerzan o se debilitan
los efectos de las ondas superpuestas. Si las ondas suman sus «elevaciones»,
hallándose en concordancia de fase, la vibración resultante será intensa; si,
por el contrario, se encuentran en fases opuestas, se debilitarán mutuamente y
si el máximo de elevación de una coincide con el máximo de depresión de otra,
la vibración resultante será nula. Habrá líneas a lo largo de las cuales las
moléculas de agua permanecerán inmóviles.
«Ahora
bien —asevera —: semejantes efectos se producen cada vez que dos
porciones de luz se cruzan: lo llamo la ley general de la interferencia de la
luz.»
Palabra
y concepto de interferencia están creados, y a ciento veinte años de la muerte
de Huygens su fecunda idea de la luz como oscilación está resucitada. Young
concibe la luz como el estado vibratorio de un sutil fluido, el éter, que llena
el espacio y penetra a toda materia. Compara la propagación de la luz con la
del sonido; sus ondas luminosas son, pues, longitudinales. Explica los anillos
coloreados de Newton con la nueva imagen: estos anillos se obtienen, como
vimos, al poner en contacto una placa de vidrio con una lente de poca
curvatura. Las variaciones de espesor en la capa de aire entre la lente y la
placa —afirma Young— son las causas de las diferencias de fase entre los rayos
luminosos. Cada color tiene una longitud de onda característica. Esta misma
experiencia permitirá, por consiguiente, medir la longitud de onda que
corresponde a cada color. Young encuentra en una pulgada de longitud 37.640
ondas rojas y 59.750 ondas violetas; calcula el número de vibraciones por
segundo para las primeras en 463 billones, y para las segundas en 735 billones.
Más tarde se propone examinar las ondas infrarrojas y ultravioletas, pero sus
medios son demasiado rudimentarios para efectuar# mediciones más exactas.
Las ideas de Young no encontraron en Inglaterra, y menos aún en Francia, el eco
que su autor había esperado. Los resultados que presentara Young eran
empíricos. Los conocimientos del médico londinense, aunque fuera un buen
observador, no bastaron para dar a su teoría una forma matemática. Además, bien
pronto se vio que la explicación de Young para el fenómeno de la difracción,
sufrida por un rayo luminoso al pasar por una estrecha abertura, contradecía
los hechos medibles. En tanto, Malus sorprendía al mundo de los físicos con el
descubrimiento de la polarización. Las ideas de Young fueron impotentes para
rendir cuenta de este fenómeno. Había interpretado la división del rayo en el
espato de Islandia por la hipótesis de la desigual elasticidad del éter en el
interior del cristal. Mas esta hipótesis era incapaz de aclarar por qué los dos
rayos tienen propiedades físicas distintas. La tesis de Young parecía
insostenible; sus adversarios, Brougham y Brewster en Londres, Biot y Laplace
en París, ven ya sus causas ganadas. En este momento aparece en Francia el hombre
del destino, que tenderá un hilo de Ariadna en el laberinto de los hechos
confusos y asegurará la victoria de las ondas.
Augusto Juan Fresnel (1788-1827), ingeniero de puentes y caminos en una pequeña
ciudad alejada de París, partidario de los Borbones, perdió su empleo cuando
Napoleón, escapado de su prisión de la isla de Elba, vuelve a ocupar durante
cien días, en 1814, el pequeño trono. Fresnel fue confinado en una pequeña
aldea de Normandía, vigilado por la policía. Aquí es donde comienza las investigaciones
que harán ilustre su nombre. En este momento está poco enterado de los nuevos
hallazgos de la óptica; a fines de 1814 ignora todavía qué es la polarización
de la luz, pero ocho meses más tarde realiza investigaciones sobre este
fenómeno que asombran por su originalidad y exactitud. A partir de 1815, las
memorias suceden a las memorias y los descubrimientos a los descubrimientos,
con una rapidez de la cual la historia casi no ofrece ejemplos.
¿Cómo podría consistir la luz en un flujo de partículas moleculares?, se
pregunta Fresnel en su primera memoria. Una molécula luminosa que atraviesa la
atmósfera debería sufrir continuamente repulsiones que contrariarían su
movimiento. ¿Cómo puede ser que todas las repulsiones no destruyen su velocidad
y que la partícula luminosa, al dar movimiento a tantos millones de moléculas,
no termina por perder la suya?
La explicación de los fenómenos luminosos hay que pedirla a la teoría
ondulatoria, cuya estupenda fecundidad muestra Fresnel desde su primer trabajo.
Fresnel estudia la inflexión de la luz en el borde de objetos opacos —la
difracción— y comprueba que las franjas alternativas, sombreadas y brillantes,
se pueden observar directamente, no sobre una pantalla, sino en el espacio, con
ayuda de lupa, como se observa un «insecto clavado en un alfiler».
Las franjas en la sombra de un hilo iluminado por una fuente puntiforme de luz
blanca, le revelan que las bandas exteriores no caminan en línea recta, a
medida que se alejan del hilo. ¿Qué curva describirá su camino? Fresnel
considera los dos bordes del hilo como dos fuentes sincrónicas de luz y
demuestra que las franjas brillantes y opacas, los puntos del máximo y del
mínimo de luz, dibujan hipérbolas.
En su segunda memoria prueba que la teoría ondulatoria explica sin dificultad
la reflexión de la luz. Si se examina la reflexión de un haz sobre una
superficie plana, no habrá luz más que en la dirección simétrica a la dirección
de incidencia perpendicular a esta superficie, dado que en las demás
direcciones un punto cualquiera (p) recibe la luz de dos rayos incidentes,
separados ambos por una distancia tal que al llegar después de su reflexión con
respecto a la p, están en discordancia de fase y se aniquilan mutuamente. La
aplicación de su teoría a la refracción le conduce a concluir que la velocidad
de la luz es inferior en el agua y en el vidrio que en el aire, contrariamente
a la opinión de Newton y conforme a la tesis de Fermat.
Cuando Fresnel formula las conclusiones de sus primeras investigaciones no
conoce los trabajos de Young e ignora el tratado de Huygens. Su explicación de
la difracción difiere en un punto esencial de la tesis de su rival inglés:
Young creía que las franjas están engendradas por la interferencia de los rayos
directos y. de las ondas reflejadas por el borde del objeto opaco. Fresnel
rectifica el error; recoge el viejo principio de Huygens y muestra que todo se
explica si se admite que cada elemento de la superficie de onda puede actuar
como fuente de ondas secundarias. Estas ondas, en número infinito y en fases
diversas, son las que interfieren: las unas se refuerzan, las otras se
debilitan: de aquí las famosas franjas de Young. Las franjas nada tienen que
ver con una interacción entre las pretendidas partículas luminosas y las
moléculas de los bordes de objetos opacos, como lo quieren los corpusculistas.
Fresnel lo prueba con su ingeniosa experiencia de dos espejos separados por un
ángulo de casi 180°. Un haz luminoso proveniente de una estrecha abertura es
reflejado y dividido por los dos espejos en dos haces que se cortan en una dada
región del espacio. En la parte común aparecen franjas sombrías y brillantes.
Las fuentes cuyos rayos interfieren son en este experimento dos imágenes
virtuales: por consiguiente, nada material, y a pesar de ello, las rayas
interferenciales se dibujan con toda nitidez sobre la pantalla. ¿Podíase poner
en duda el claro testimonio de los hechos en favor de la teoría ondulatoria? En
el jurado de la Academia que hubo de pronunciarse sobre la tesis de Fresnel se
encontraba el astrónomo Poisson, ferviente corpusculista, quien dedujo por
cálculos que si la tesis de Fresnel fuera verdadera, tendría una paradójica
consecuencia escapada a la atención del autor: un disco muy pequeño, iluminado
por un rayo, debería producir una sombra cuyo centro estaría iluminado.
Esta consecuencia pareció en el primer momento tan improbable, que Poisson
estuvo convencido de haber hallado el argumento decisivo para reducir al
absurdo las ideas de su adversario. La sorpresa de los corpusculistas fue
grande cuando Arago demostró con experiencias que en realidad existe el punto
luminoso en el centro de la sombra. Fresnel obtuvo (1819) el premio de la
Academia, y la teoría de las ondas, aunque lejos de su victoria definitiva, se
anotó una batalla ganada.
Desde este día emprende Fresnel, con una sagacidad rayana en la adivinación, la
explicación de gran número de fenómenos manifestados por la luz polarizada. Su
teoría, tal como es en ese momento, no basta para cumplir la tarea. Felizmente,
un descubrimiento le indica cómo completar y acabar la teoría: Observó que dos
rayos polarizados en el mismo plano se interfieren, mas no lo hacen si están
polarizados perpendicularmente el uno al otro. El descubrimiento lo lleva a
pensar que en un rayo polarizado debe ocurrir algo perpendicularmente a
la dirección de la propagación, y establece —apoyado en esta idea por Young—
que ese algo no puede ser más que la vibración luminosa misma. Por
consiguiente, las vibraciones en la luz no pueden ser longitudinales, sino que
deben ser perpendiculares a la dirección de propagación: deben ser
transversales.
Las vibraciones que se efectúan a la luz natural según todos los acimutes del
plano perpendicular a la línea de propagación, están contenidas en un solo
acimut en la luz polarizada. El comportamiento de la luz observado por Biot
(1817) en láminas de cuarzo y en varios líquidos, puso de manifiesto la
rotación del plano de polarización. Fresnel interpreta la 'polarización
rotatoria por una doble refracción circular, cuya realidad demuestra
experimentalmente. Descubre la polarización circular producida por triple
reflexión en el cristal de Saint-Gobain, y describe la polarización elíptica de
rayos reflejados por superficies metálicas. Desarrolla su hermosa
interpretación de la doble refracción, valedera tanto para cristales uniáxicos
como biáxicos; en los primeros, como el espato de Islandia, uno de los dos
rayos refractados obedece a la ley de Snellius, en los segundos, como el
topacio, ninguno de ellos la obedece y ambos rayos son extraordinarios. Fresnel
sustituye la superficie de onda, tal como la concibió Huygens, por otra con dos
capas, por una superficie que matemáticamente es de cuarto grado, y llega a
describir por completo con una hipótesis ambos fenómenos. Su hipótesis parece,
sin duda, de una osadía desconcertante y entraña singulares consecuencias: en
los cristales birrefringentes, para cierta dirección del haz incidente, el haz
refractado en el cristal debería estar constituido por un cono hueco de rayos
luminosos. Esta curiosa refracción cónica —calculada como exigencia de la tesis
de Fresnel por el matemático irlandés Rowland Hamilton en 1832— fue encontrada
experimentalmente y en el mismo año, por su compatriota Humphrey Lloyd. ¿Puede
imaginarse confirmación más brillante de una teoría?
Fresnel ya no vivió el triunfo de sus ideas; minado por la tuberculosis,
agotado por el enorme esfuerzo intelectual, la muerte lo arrebató a la ciencia
a la edad de treinta y nueve años, sin haber podido imponer sus ideas a
adversarios como Laplace y Biot, y ni aun a su amigo Arago. «Los cumplimientos
de estos tres eminentes hombres —escribió Fresnel poco antes de su muerte— no
me han dado más que una flaca satisfacción junto al placer que he sentido
viendo algunos de mis cálculos corroborados por el veredicto del experimento.
»
En realidad, la victoria de la teoría ondulatoria estaba ya decidida: en la
década que sigue a la muerte de Fresnel, sus adversarios pierden rápidamente
terreno, y hacia 1850, la óptica fresneliana está universalmente aceptada. Sólo
mucho más tarde, a principios de nuestro siglo, surgen nuevos fenómenos —como
el efecto fotoeléctrico y otros— que dirigen la atención de los físicos hacia
una renovada imagen corpuscular de la luz, hacia la imagen cuántica de la
energía luminosa, mas sin que esto entrañe un abandono, ni por un solo
instante, de las interpretaciones ondulatorias de Fresnel. Muchas de sus
magníficas deducciones se encuentran, casi sin cambios, en nuestros tratados
actuales.
La negativa de Laplace y Biot a adoptar la imagen fresneliana de las
vibraciones transversales estaba motivada por las propiedades contradictorias
que era menester atribuir al éter, portador de las ondas luminosas. En efecto:
las vibraciones transversales sólo se propagan en cuerpos sólidos, pero no en
líquidos y gases. El éter elástico de Fresnel debería poseer por una parte la
rigidez de un cuerpo sólido para permitir la propagación de las ondas
luminosas, y por otra, debería ser más sutil que los gases conocidos, para no
ofrecer resistencia apreciable al movimiento de los átomos. La red de las
contradicciones resulta todavía más inextricable si se tiene en cuenta que el
cociente de la elasticidad del medio propagador por su densidad debe equivaler
al cuadrado de la velocidad de las ondas; de aquí resulta, según los cálculos
de lord Kelvin, que la rigidez del éter tendría que sobrepasar a la del acero.
¿Cómo concebir el enigmático fluido sin peso, sin densidad, y a pesar de ello
con acerada dureza? Mientras se mantuvo la imagen de un éter elástico, los
múltiples esfuerzos —incluso las sagaces tentativas de lord Kelvin— de hacer un
modelo de este fluido con características contradictorias estaban condenados a
permanecer estériles.
Fresnel admitió que la densidad del éter es variable, en tanto que su
elasticidad permanece constante; por el contrario, el cristalógrafo alemán
Francisco Ernesto Neumann supuso que la densidad sería uniforme y la
elasticidad variaría. Según Fresnel, las vibraciones luminosas se efectúan
perpendicularmente al plano de polarización; según Neumann, tales vibraciones
se realizan paralelamente a ese plano. Una larga discusión surgió de esa
antítesis y dividió a los físicos en dos campos. Maxwell fue quien zanjó la
dificultad con el sorprendente veredicto de que ambos tenían razón, y no la
tenía ninguno: la onda luminosa se compone de dos vibraciones; una, la
oscilación eléctrica, se verifica perpendicularmente al plano de polarización
de la luz; la otra, la magnética, se efectúa en este mismo plano. Con la teoría
del gran inglés, la luz deja de ser el movimiento de partículas de un fluido
con características irreconciliables: el éter elástico es sustituido por el
éter electromagnético, cuyas perturbaciones periódicas se nos manifiestan como
fenómenos luminosos.
El poderoso interés que las conclusiones de Fresnel y los éxitos de la teoría
ondulatoria supieron despertar hacia los fenómenos ópticos, engendró el deseo
de medir la velocidad de la luz con mayor exactitud que la permitida por las
observaciones astronómicas de Römer y Bradley. Arago indicó un método para
determinar esta magnitud sobre la Tierra, sin poder realizar su idea. Hipólito
Fizeau (1819-1896) concretó el proyecto (1849) con una experiencia que jamás
será olvidada. Hizo pasar la luz de una potente lámpara por los intersticios de
una rueda dentada. El rayo cayó sobre un espejo colocado a 8.633 metros y fue
reflejado en su primitiva dirección de modo que se pudo observar con un
anteojo. Si la rueda estaba en reposo, el rayo volvía a atravesar el mismo intersticio
por el que antes había pasado, y el espejo aparecía iluminado. Si la rueda
giraba con una velocidad v tal que mientras la luz iba al
espejo y volvía, el diente ocupaba el puesto del intersticio precedente,
deteniendo la luz que retomaba, entonces el campo de visión aparecía
oscurecido. Aumentando la velocidad de rotación, la imagen del espejo
reaparecía, y su brillo era máximo cuando la velocidad valía 2v, a
partir de la cual volvía a disminuir. Para 3v se producía el
segundo eclipse, y así sucesivamente. La rueda de Fizeau tenía 720 dientes y el
primer eclipse del espejo se producía cuando la rueda daba 12,6 vueltas por
segundo. Del cálculo resultó que la luz recorre 313.274 kilómetros por segundo.
El valor fue rectificado en 1850 por León Foucault (1819-1868), que logró
encerrar en los estrechos límites de un laboratorio el trayecto de la luz, cuya
velocidad medía con un espejo giratorio fijado al eje de una turbina. Después
de una quíntuple reflexión en espejos cóncavos, distantes sólo cuatro metros,
su experimento le permitió deducir una velocidad de 298.000 kilómetros por
segundo. Es notable la concordancia de su resultado con la cifra obtenida, en
la tercera década de nuestro siglo, en los numerosos experimentos de Michelson
que asignaron a la velocidad de la luz 299.800 kilómetros por segundo.
El estrecho espacio en el que Foucault operaba le hizo posible determinar la
velocidad de la luz en el agua. El interés inherente al resultado era
extraordinario, dado que iba a servir de criterio entre las teorías corpuscular
y ondulatoria de la luz. Como ya dijimos, la primera doctrina requería que la
velocidad en el agua fuese mayor que en el aire; lo contrario era exigido por
la segunda. Foucault encontró que la velocidad de la luz es en el agua 1 /4 inferior
a su valor en el aire: la victoria de las ondas estaba definitivamente
decidida.
La exactitud notablemente acrecentada en la medición de la velocidad de la luz
dio alas a la esperanza de poder decidir experimentalmente si el éter lumínico
es arrastrado por los medios en movimiento, o si es indiferente para la
velocidad de la luz que el medio esté animado o en reposo. Fizeau ensayó en
1859 decidir el problema acudiendo al método interferencial. Hizo incidir la
luz de una poderosa fuente sobre dos espejos de modo que los rayos ahora
divididos, atravesaban un gran tubo en forma de U, en cuyo interior circulaba
una corriente de agua, teniendo, por consiguiente, en ambas ramas direcciones
opuestas. En una de las ramas la luz arrastrada debía, pues, aumentar su
velocidad, y en la otra disminuirla, de modo que uno de los rayos debía llegar
más tarde que el otro a la pantalla puesta detrás del tubo; la diferencia en el
tiempo de marcha dio sobre la pantalla franjas interferenciales.
El resultado del experimento fue asombroso. Se esperaba que en el caso del éter
móvil, la velocidad del agua en la correspondiente rama del tubo se sumara a la
de la luz, mas el cuadro de interferencia evidenció un valor intermediario,
mayor que la velocidad de la luz en el agua y menor que la suma de las
velocidades de arrastre y de la luz en el agua. Frente a la elección entre
arrastre y no arrastre, la naturaleza parecía haberse decidido por un arrastre
parcial. El enigma sólo encontró solución a principios del siglo XX, gracias a la
teoría de la relatividad de Alberto Einstein: la ley galileana de la adición de
velocidades, bien comprobada en la escala restringida de las velocidades
moderadas, pierde su validez si se intenta aplicar a velocidades enormemente
mayores, cercanas a la de la luz: la velocidad resultante, en lugar de igualar
la suma de las velocidades componentes, será más pequeña que ésta.
Las décadas que presenciaron el desarrollo de la teoría ondulatoria y
asistieron a los orígenes de la nueva óptica vieron el nacimiento de un capital
descubrimiento: la fotografía. Hacía mucho tiempo que se conocían las acciones
químicas de la luz sobre sales de plata, cuya descomposición bajo los rayos
solares fue observada en los albores del siglo XVIII por el médico alemán H.
Schulze y estudiada por el químico sueco Scheele. La descomposición del cloruro
y nitrato de plata expuestos a la luz y su posible aplicación para la obtención
de imágenes atrajo la atención de los investigadores hacia 1800 en todos los
países de Europa. Charles en Francia, Wedgwood en Inglaterra, Ritter y el gran
poeta Goethe en Alemania, hicieron experiencias sin resultados prácticamente
concluyentes. Después de este preludio aparece en París el oficial de
caballería Nicéforo Niepce (1765-1833), que logra producir en la cámara oscura
la primera imagen permanente el 9 de mayo de 1816, que pasará a ser el día del
nacimiento de la fotografía. Niepce dispuso sobre una placa de plata una
delgada capa de betún; los rayos eran detenidos por las partes oscuras del modelo,
mas a través de las partes claras descomponían el betún que se volvía
insoluble. Al lavar la placa con una mezcla de éter de petróleo y esencia de
lavanda, para disolver el betún de los lugares donde la luz no había actuado,
obtuvo la imagen del modelo. Descontento con el rendimiento de su método,
Niepce se asoció al pintor Luis M. Daguerre (1789-1851), que buscaba el enigma
del mismo problema. Éste utilizaba una placa sensibilizada con yoduro de plata,
cuerpo que después de muchos ensayos sustituyó por el bromuro de plata
suspendido en gelatina. Entre tanto, el astrónomo inglés Juan Herschel
descubrió que el hiposulfito de sodio empleado como fijador permitía conseguir
placas inalterables a la luz. Su compatriota Guillermo Enrique Fox Talbot
(1839) introdujo el uso de papel cubierto por una capa de cloruro de plata que
era impresionada dentro de una cámara oscura. La imagen revelada con ácido
gálico y con una solución de bromuro de potasio, aparecía negativa y servía
para obtener un número cualquiera de copias positivas. Niepce no vivió el
triunfo de la idea que promoviera. El 9 de agosto de 1838 presentó Arago al
Instituto de Francia el gran descubrimiento, reclamó para los herederos de
Niepce y para Daguerre una recompensa nacional y propuso que no se permitiera
sacar patente de invención, sino que Francia ofreciera la «daguerrotipia» como
regalo a la humanidad. Tales son los modestos y laboriosos orígenes de la
fotografía, destinada a rendir a la ciencia servicios por pocas invenciones
igualados y por ninguna sobrepasados.
Los rayos químicamente eficaces, sean visibles o invisibles, en la parte
violeta y ultravioleta del espectro, se propagan en ondas fresnelianas: sobre
esto no había duda. Mas los rayos calóricos, cuyo dominio se extiende en lo
invisible más allá del rojo, como se sabía desde 1800 gracias a Herschel, ¿son
también ondas? Sin duda, los rayos de un cilindro de hierro calentado se dejan
converger por una lente; obedecen —Herschel lo demostró— a las mismas leyes de
refracción que la luz. No obstante, la analogía no pareció perfecta y evidente.
Ampère y Biot tienen el mérito de haber sido los primeros que enunciaron la
hipótesis de que los rayos luminosos y calóricos son ondas del mismo éter y que
las radiaciones del espectro son todas de la misma especie. Las experiencias
transformaron rápidamente la suposición en certeza. Bérard y Forbes
descubrieron la doble refracción de los rayos calóricos y lograron producir la
polarización de los rayos infrarrojos. No faltó más que hacerlos interferir para
probar su naturaleza ondulatoria, lo cual hicieron Fizeau y Foucault (1847) con
la ayuda del ya clásico espejo de Fresnel. Si aún quedaban dudas, pronto fueron
disipadas por las investigaciones del físico italiano Macedonio Melloni
(1788-1854), que comprobó definitivamente la identidad de los rayos calóricos y
luminosos y demostró que la sal gema es transparente para los rayos calóricos,
así como que, por el contrario, el negro de humo los absorbe por completo.
Una vez verificadas las relaciones entre luz y calor, era natural preguntarse
si no había analogías entre luz y sonido, dado que ambos son ondas. El físico
austríaco Cristián Doppler (1803-1853) llamó la atención sobre el hecho de que
la altura del sonido no sólo depende de su longitud de onda, sino también del
movimiento de la fuente sonora, fenómeno que fue llamado efecto Doppler. En
efecto: si un silbato se aproxima, el oído recibe en un segundo más
vibraciones, y si el silbato se aleja, el oído percibe menos vibraciones que
las emitidas por el silbato. Basta con instalar una trompeta de nota bien
determinada sobre una locomotora, como lo hizo el meteorólogo holandés
Cristóbal Buys-Ballot en 1845, para comprobar las variaciones de la nota
musical y verificar el efecto Doppler, que hoy los automovilistas observan cada
día. Mas Doppler no se detuvo aquí. Su principio, aseguró, es valedero para las
vibraciones luminosas tanto como para las sonoras. Si un astro se nos aproxima
en dirección del rayo visual, el número de oscilaciones que el ojo recibe por segundo
crece y la luz de la estrella se toma más azul, en tanto que si el astro se
aleja, su luz vuélvese más roja. El efecto Doppler, destinado a convertirse en
uno de los instrumentos más eficaces de la astrofísica, pudo verificarse en sus
alcances ópticos desde la séptima década del siglo pasado, gracias al magnífico
desarrollo de la espectroscopia, cuya historia vamos pronto a bosquejar.
Capitulo 11
La edad heroica de la espectroscopía
Fraunhofer descubre líneas oscuras en el espectro solar; Mide su longitud de
onda; Infructuosos tanteos durante tres décadas; Bunsen: El análisis espectral
por emisión; Kirchhoff aclara el enigma de las líneas de Fraunhofer; La ley de
Kirchhoff; Análisis de las líneas de absorción; Kirchhoff interpreta el
espectro solar; Huygens: Nacimiento de la astrofísica; Medición de las rayas
espectrales; Balmer y Ritz: Distribución de las líneas en el espectro; Radiación
del cuerpo negro: Las leyes de Stefan y de Wien; Hacia el cuanto de Planck;
La
historia de la espectroscopia se inicia con el hundimiento de una vieja, casa
en un barrio pobre de Münich. Entre las víctimas sepultadas por las ruinas, los
rescatadores encontraron como sobrevivientes a un huérfano de catorce años, J.
Fraunhofer (1787-1826), hijo de un vidriero. Por raro azar, el elector de
Baviera, José Maximiliano, presenció la catástrofe e impresionado por el
milagroso salvamento del adolescente, le regaló una bolsa con 18 ducados de
oro. Rara vez 18 ducados dieron mejores intereses. Permitieron al joven,
entonces aprendiz en una fábrica de espejos, comprar libros y estudiar física.
Los mejores telescopios de la época salieron más tarde de manos de este gran
maestro de la óptica. En el curso de un ensayo con un prisma de excepcional
claridad, Fraunhofer tropezó en 1814 con el mayor hallazgo de su vida: el
prisma había extendido la luz solar en un amplio espectro que el sabio observó
a través del telescopio de un teodolito. Vio con sorpresa el espectro
atravesado verticalmente por numerosas líneas oscuras.
Por cierto, no era el primero en ver esas enigmáticas rayas; dos años antes que
él, el físico y químico inglés Guillermo Hyde Wollaston (1766-1828) las
percibió a lo largo de las bandas de los cuatro colores principales del
espectro. Las tomó por las líneas divisorias que separan un matiz de otro y no
les prestó atención. Fraunhofer contó más de quinientas rayas, y designó a las
más aparentes con letras del abecedario, creando de este modo la base de una
nomenclatura que sus sucesores no tuvieron más que ampliar.
A cada raya, reconoció, corresponde una refrangibilidad exactamente
determinada. Al examinar las líneas para diferentes posiciones de su aparato y
distintas posiciones del Sol, vio que aquéllas no se movían; probablemente,
sospechó Fraunhofer, son inherentes a la fuente misma de la luz. Su interés fue
desde este momento poderosamente estimulado: hizo pasar los rayos de la Luna y
del planeta Venus a través de un prisma. Sus espectros aparecieron cruzados por
las mismas líneas que había encontrado en la luz solar.
Los espectros de varias estrellas desfilan sobre la pantalla en los meses
siguientes; algunas de estas estrellas, como la Cabra, muestran reproducciones,
aunque más débiles, de las líneas solares; otras patentizan un diseño distinto.
Roberto Guillermo Bunsen
Justamente
en esta época, hacia 1818, llegan de Francia noticias sobre las investigaciones
de Fresnel; la evidente interpretación dada por el físico francés a la
difracción impresiona profundamente al óptico bávaro, firmemente convencido del
acierto de la teoría ondulatoria. En una serie de observaciones reemplaza el
prisma por placas de cristal y de metal, sobre las cuales ha trazado estrías
muy próximas las unas de las otras, hasta trescientas en un milímetro. Estas
redes de difracción le sirven para, medir la longitud de onda de las líneas
oscuras del espectro.
Admirable es la exactitud de sus mediciones, cuyos errores son inferiores a un
1 por 1000. Fraunhofer no se limitó a observar las fuentes luminosas celestes;
las llama de las bujías. y de las lámparas de aceite le presentan espectros
continuos y sin límites. No escapó a su atención que la introducción de una sal
en la llama hacía aparecer en el espectroscopio rayas brillantes y vio que la
raya amarilla dibujada por la llama del sodio se escindía en dos líneas al
pasar a través de un prisma más poderoso.
Las buscó en el espectro solar y no tardó en percatarse de que la raya doble se
marcaba exactamente en el mismo sitio donde se encontraban en el espectro solar
dos rayas negras, que lo habían intrigado desde el día de su descubrimiento y
que había designado con la letra D. Presentía la importancia de la enigmática
coincidencia, sin lograr interpretarla.
Otras investigaciones de orden práctico le absorbieron y las misteriosas líneas
le servían como señales de referencia en sus búsquedas de los índices de
refracción de diferentes clases de cristales. Su arcano no lo perturbó más.
Como Fresnel, Fraunhofer murió de tuberculosis y a la misma edad que el genial
francés: a los treinta y nueve años.
Tres decenios hubieron de transcurrir después de la muerte del descubridor
antes de que Bunsen y Kirchhoff llegaran a descifrar el enigma de las rayas
oscuras de Fraunhofer y crear el magnífico instrumento de exploración que es el
análisis espectral. Durante ese tiempo muchos investigadores rozan el
descubrimiento, que siempre se desliza de sus manos. Talbot y J. Herschel
reconocen que una misma sustancia que colorea la llama del alcohol, emite
siempre las mismas rayas.
«Cuando
en el espectro de una llama -enuncia Talbot- aparecen ciertas y determinadas
rayas, éstas son seguras características del metal contenido en la llama.»
Wheatstone
amplía las observaciones estudiando la luz del arco eléctrico, y encuentra
rayas diferentes según los metales empleados en los electrodos. Miller hace
atravesar rayos solares por vapores de yodo y bromo para examinar las líneas de
absorción. Atisbos de conocimientos nacen sin dar una certeza. Foucault, tan
hábil en otros experimentos, tantea esta vez en la oscuridad y no llega más
allá de la especie de la raya D del sodio.
Sigue el sueco Angström los ingleses Swan, Stokes, Brewster El último reconoce
que ciertas líneas oscuras en el espectro solar son engendradas por la
absorción de los rayos en la atmósfera terrestre. Mas todos estos sabios sólo
hacen hallazgos aislados e incoherentes; por último, en 1859, surge el capital
descubrimiento de Bunsen y Kirchhoff: enuncian con claridad la ley y logran las
primeras aplicaciones.
Gustavo Roberto Kirchhoff
El
químico R. G. Bunsen (1811-1899), experimentador tan inventivo como incansable,
y el brillante teórico de la física G. Kirchhoff (1824-1887), ambos profesores
de la vieja y renombrada Universidad de Heidelberg, se completaron del modo más
feliz y su colaboración no pudo ser más fértil. Las llamas coloreadas por
sustancias dadas llamaron la atención de Bunsen que se esforzó en obtener de
ellas un medio seguro para identificar cuerpos químicos.
Evidentemente, era menester ante todo disponer de una llama realmente pura. La
del alcohol, con las inevitables impurezas introducidas por la mecha, no se
prestaba; el gas de alumbrado parecía más adecuado.
De los ensayos de Bunsen para mezclar aire con gas de alumbrado sin explosión,
salió en 1884 el mechero que lleva su nombre, fuente de una llama constante,
pura, sin luminosidad, auxiliar indispensable desde entonces en los
laboratorios.
Bunsen no se contenta con observar a simple vista les colores engendrados por
diferentes sustancias en la llama de su mechero: los examina, siguiendo el
consejo de Kirchhoff, a través de prismas. Los resultados le condujeron muy
pronto a reconocer que las rayas brillantes emitidas por vapores metálicos e
incandescentes son independientes de la temperatura, independientes también de
los elementos con los cuales los metales están combinados y ofrecen
características seguras y constantes de los cuerpos químicos, aunque se
presenten en cantidades mínimas.
Basta menos de una diezmillonésima de gramo de sodio para producir la doble
raya amarilla que sigue indicando todavía la presencia de este elemento cuando
la química analítica no llega a descubrir el más leve vestigio del mismo. El
estudio de las rayas emitidas por varios cuerpos, sea en la llama, sea en el
arco voltaico o sea en la chispa eléctrica, convencieron a Bunsen de la
seguridad de su método, muy pronto brillantemente confirmado por el
descubrimiento de dos nuevos elementos.
El rubidio y el cesio, encontrados por Bunsen, en 1860 y 1861 respectivamente,
recibieron sus correspondientes nombres por las rayas espectrales que
permitieron encontrarlos. El análisis espectral por emisión estaba fundado.
Exigía ser completado para convertirse en un instrumento cuyo alcance -una vez
más como en los tiempos de Newton- se extiende de la Tierra a las lejanías del
cielo. La trascendental amplificación de la eficacia del análisis espectral
significó la solución del enigma todavía abierto de las líneas de Fraunhofer y
fue la obra de Kirchhoff.
Producir en el laboratorio, artificialmente, líneas de Fraunhofer en el
espectro, fue el primero y decisivo éxito que dio la clave del problema.
Kirchhoff y Bunsen ejecutaron la hazaña de manera que una vez realizada parece
muy sencilla. Kirchhoff encendió una intensa llama engendradora de un espectro
continuo: en el trayecto de los rayos colocó una lámpara de alcohol con
solución de sales de sodio, emisora de la característica doble raya amarilla.
Instantáneamente, las líneas amarillas y brillantes se convirtieron en líneas
negras D, idénticas a las del espectro solar. Si en lugar de sales de sodio
tomaba cloruro de litio, veía la raya roja característica del litio volverse
oscura. Reconoció que basta colocar llamas coloreadas, fuentes de líneas
brillantes, entre una fuente luminosa suficientemente intensa y la pantalla de
un espectroscopio para ver que las llamas absorben los rayos de la misma
longitud de onda que emiten, e introducen en el espectro, en su lugar, rayas
negras.
"Concluyo
-escribió Kirchhoff en octubre de 1859 a la Academia de Berlín- que las líneas
oscuras del espectro solar que no están producidas por la atmósfera terrestre,
se originan por la presencia en la candente atmósfera solar de aquellas
sustancias que en el espectro de una llama presentan líneas brillantes en el
mismo lugar. Podemos admitir que las líneas brillantes del espectro de una
llama, que coinciden con las líneas D, se deben siempre al contenido de sodio
de las mismas. Las líneas oscuras D en el espectro solar permiten concluir, por
ello, que se encuentra sodio en la atmósfera del Sol."
Como
los gases de la envoltura solar son más fríos que el astro, un elemento dado de
la atmósfera solar es incapaz de reemplazar por su propia radiación los rayos
que ha absorbido. Así nacen las líneas oscuras en el espectro solar, lagunas
que traducen la ausencia en la luz de rayos de elementos dados, y su presencia
en el Sol.
El enigma de las líneas de Fraunhofer estaba, pues, resuelto, y al mismo tiempo
abierta la posibilidad del análisis químico del Sol, posibilidad considerada
algunas décadas antes por el filósofo francés Augusto Comte, como un sueño
fuera del alcance humano. Mas aquí no se detuvo Kirchhoff; dos meses después de
su primera comunicación a la Academia de Berlín procedió a la generalización y
a la prueba rigurosa de la ley que había encontrado.
Introdujo una nueva noción, la del cuerpo perfectamente negro, susceptible de
absorber por completo los rayos de todas las longitudes de onda y no reflejar
ninguno. Tal cuerpo, un radiador integral, no existía en ese momento más que en
la imaginación de Kirchhoff, y fue realizado técnicamente más tarde, en 1895,
por Wien y Lummer. Una vez definido el cuerpo negro, Kirchhoff demostró la
validez de la igualdad
donde e es
el poder emisivo, a el poder absorbente de un cuerpo
cualquiera, y Ey A los poderes de emisión y
absorción del cuerpo negro. Como éste absorbe todos los rayos, A es
igual a la unidad, de modo que el cociente de los poderes de emisión y
absorción de un cuerpo dado e/a es una constante bien
determinada. Y Kirchhoff enuncia su ley:
para
las radiaciones de la misma longitud de onda, a la misma temperatura, la
relación entre el poder de emisión y el poder de absorción es siempre la misma.
La
idea, convertida en realidad por el descubrimiento de Kirchhoff y Bunsen, de
que es dado al hombre penetrar la naturaleza química de sustancias separadas de
nosotros por infranqueables abismos del espacio, pareció no sólo a Augusto
Comte, el profeta desmentido, sino a los testigos mismos de la hazaña,
increíble y utópica.
Divertido es leer las palabras de Kirchhoff en una carta escrita en 1859 a su
hermano Otón:
"Mi
tentativa, el análisis químico del Sol, parece a muchos muy atrevida. No estoy
enojado con un filósofo de la Universidad por haberme contado, mientras
paseábamos, que un loco pretende haber descubierto sodio en el Sol. No pude
resistir la tentación de revelarle que ese loco era yo".
Con
la ley de Kirchhoff, la interpretación de los espectros recibió una sólida
base, y el desciframiento de las señales espectrales pudo iniciarse, apoyado de
una parte por el conocimiento cada vez más profundo de los espectros de emisión
de los elementos químicos, y de otra parte por el creciente poderío de los
aparatos.
Al espectroscopio de Kirchhoff y Bunsen se asoció la red de difracción; con los
progresos de la máquina de dividir, el físico americano Enrique Rowland creó en
1882 las redes formadas por estrías de sorprendente sutileza, hasta 1.100 en un
milímetro. Rowland aplicó también la división en surcos a espejos cóncavos.
Kirchhoff trazó un mapa del espectro solar, asignando a un gran número de
líneas los elementos químicos que las engendran. El sueco A. J. Angström le
siguió; fue el primero que describió las rayas solares en términos de longitud
de onda. En el mismo año, 1868, el astrónomo inglés Guillermo Huggins dirigió
el espectroscopio hacia Sirio y aplicando el efecto Doppler midió el corrimiento
de las líneas, provocado por el alejamiento del astro.
Así evaluó por primera vez la velocidad radial de una estrella. Pocos meses
antes, todavía en el mismo año de 1868, un eclipse total de Sol dio una
evidente prueba de la certidumbre del descubrimiento de Bunsen y Kirchhoff:
durante pocos segundos la fotosfera del Sol estuvo cubierta por la Luna y
repentinamente aparecieron, en lugar de las líneas oscuras, las
correspondientes líneas brillantes del espectro relámpago emitidas por la
atmósfera solar, que gracias al eclipse, era la única que resplandecía. Una
nueva ciencia nació: la astrofísica.
En las décadas que siguieron a la hazaña de Kirchhoff y Bunsen, dicha ciencia
puso, en medida creciente, al alcance de la exploración fisicoquímica, no sólo
el Sol y las estrellas, sino que también el ojo espectroscópico penetró hasta
el interior de las nebulosas, alejadas de la Tierra por varios millones de años
luz.
Contrariamente a lo esperado, ningún cuerpo químico desconocido en la
naturaleza terrestre dibujó sus rayas sobre las placas de los espectrógrafos.
Cuando en 1869 las líneas del helio fueron señaladas por el inglés J. Lockyer y
atribuidas de primera intención a un elemento que sólo existiría en el Sol, se
terminó por encontrarlo (1895) como formando parte integrante de la atmósfera
del globo.
El análisis espectral reveló la analogía química entre los astros y elevó al
rango de certeza la concordancia sustancial de la Tierra con las estrellas más
remotas de la Vía Láctea y aún de las galaxias lejanas. La demostración de la
unidad material del cosmos explorable es la sublime lección, históricamente la
primera, que nos fue concedida por el espectroscopio, gracias a Kirchhoff y a
Bunsen.
Sin embargo, este éxito, a pesar de lo magnífico, sólo es uno de los numerosos
aspectos de los conocimientos abiertos por el desciframiento de las líneas
espectrales. Éstas nos suministran también mensajes de procesos en el mecanismo
atómico engendrador de las rayas espectrales. Son como el eco lejano de los
cambios de configuración que se cumplen en el universo de lo infinitamente
pequeño.
Casi la totalidad de los progresos realizados en el transcurso del siglo XX, en
la exploración del interior atómico, los debemos a la profundizada
interpretación de las rayas espectrales. ¡Haber extendido los alcances de la
investigación a la vez a las lejanías del macrocosmo y a las profundidades no
menos insondables del microcosmo es la trascendencia de la obra de Kirchhoff y
Bunsen, comparable, en su majestuosa amplitud, a los descubrimientos de Newton!
La hermosa simplicidad de los espectros, tal como se manifestaron en las
experiencias de los dos iniciadores, debió pronto ceder el paso a la
comprensión de que el espectro depende no sólo de los cuerpos en presencia,
sino también de la manera en que están excitados.
El espectro de un elemento dado cambia según sea vaporizado en un arco voltaico
o excitado a la radiación por descargas eléctricas. A los simples espectros de
llama se agregaron los espectros de arco y los de chispa, a mayor temperatura
que ellos, los últimos estudiados desde 1865 por los alemanes Julio Plücker y
Guillermo Hittorf.
Aquí comenzó una larga serie de trabajos descriptivos destinados a fijar
exactamente los espectros de emisión de los diferentes elementos, varios de los
cuales, como los del hierro, revelaron su extrema complejidad. Imposible es
seguir aquí la crónica de las laboriosas y pacientes investigaciones que
condujeron, sobre todo gracias a Kayser y Runge, en Bonn, y más tarde a Exner y
Eder, en Viena, a verdaderas enciclopedias de las rayas espectrales.
Una vez medidas, después de un gigantesco trabajo, las rayas espectrales, y
asignadas a cada elemento las suyas, surgió la cuestión de si la distribución
de las líneas características de un elemento dado, dispersadas en toda la
longitud del espectro, no está sometida a un orden rítmico. Podíase presumir
que una cierta periodicidad les era propia. Una cuerda vibrante guarda en sus
sonidos un cierto número de notas que pueden abarcarse en una fórmula. La
simple fórmula que la teoría había establecido para las vibraciones sonoras,
¿sería imposible encontrarla para las vibraciones luminosas?
El sabio suizo J. J. Balmer (1825-1898) no fue el primero en proponerse esta
tarea, pero sus émulos no tenían su inagotable paciencia ni compartían su
inquebrantable convicción de que la ley buscada existía. Balmer, maestro de
dibujo, tan artista como sabio, estaba persuadido de la omnipresencia de
relaciones armónicas en los fenómenos físicos y no admitía que el espectro
pudiera ser una excepción. Su perseverancia suiza acabó por triunfar en 1885,
cuando tropezó, después de muchos cálculos, con la relación numérica que rige
entre las rayas del hidrógeno en la parte visible del espectro.
La fórmula empírica de Balmer describe con extraordinaria exactitud la longitud
de onda de las rayas del hidrógeno.
donde
k es una constante y m puede tomar valores enteros a partir de tres. Kayser y
Runge reemplazaron en la ley de Balmer la longitud de onda por la frecuencia y
obtuvieron la fórmula que se traduce en la notación actual por:
donde R es
una constante y n un número entero superior a 2; a cada valor
de ncorresponde una raya. Las frecuencias de las rayas del
hidrógeno obedecen admirablemente a la fórmula de Balmer. En su descubrimiento
se escondían además conocimientos que el investigador suizo estaba lejos de
sospechar.
Su hallazgo se convirtió pronto en un verdadero instrumento de profecías. La
fórmula, generalizada ya en nuestra siglo por Walter Ritz (1908) permitió
prever no sólo una, sino un conjunto de series de rayas de hidrógeno en el
espectro ultravioleta e infrarrojo.
La experiencia ha justificado magníficamente los pronósticos y por lo menos en
el espectro del más sencillo de los átomos, el de hidrógeno, el caos cedió al
orden rítmico y todas sus rayas reunidas en una fórmula se sometieron a la ley
de Balmer Ritz.
Además, se reveló que las líneas de otros elementos también obedecen a fórmulas
semejantes, aunque más complejas. Son representables por diferencias de
expresiones cuadráticas. Particularmente, la constante R de la
ley se encuentra en la serie de rayas espectrales de todos los elementos; es un
dato universal y fundamental, como lo ha demostrado el físico sueco Rydberg,
cuyo nombre quedó vinculado con la constante R.
Al establecer una relación fija entre emisión y absorción de la radiación,
Kirchhoff abrió, como acabamos de ver, el camino al magnífico surgimiento de la
espectroscopia; su ley aclaró muchos problemas, mas también hizo nacer otros.
Los cuerpos negros que absorben por completo rayos de todas las longitudes de
ondas, los emiten también de todas, estando pues, dotados del máximo poder
emisivo. Éste depende sólo de la temperatura. ¿Cuál es la ley de esta
dependencia? La ley que vincula la radiación total del cuerpo negro con la
temperatura. Apoyado en las mediciones de J. Tyndall y de otros, el físico
austriaco J. Stefan (1835-1893) dedujo en 1879 que la radiación total del
cuerpo negro es proporcional a la cuarta potencia de su temperatura absoluta.
Una vez determinado el número de calorías irradiadas en un segundo por un
centímetro cuadrado de cuerpo negro, la ley de Stefan permitió calcular la
temperatura del Sol, en cifras redondas, en 6000 ºC, a condición de que el Sol
sea un cuerpo negro, que absorba toda radiación, condición que parece, según
recientes experiencias, conforme en la realidad.
¿Cómo está distribuida la radiación del cuerpo negro sobre las diferentes
longitudes de onda del espectro? Este problema ya preocupaba a Kirchhoff. Si se
calienta un trozo de carbón o hierro, junto a los rayos infrarrojos y rojos,
que son los primeros en aparecer, surgen con la temperatura creciente
amarillos, azules y violetas. El dominio de los rayos emitidos se desplaza,
pues, de la baja a la alta frecuencia. G. Wien estudió esta relación,
encontrando en 1894 la ley del corrimiento que lleva su nombre: con temperatura
creciente el máximo de la intensidad de radiación se desplaza de las longitudes
de onda mayores a las menores, de modo que el producto de la temperatura
absoluta por la longitud de onda correspondiente al máximo es una constante.
La ley de Stefan es un hallazgo empírico; el físico austriaco L. Boltzmann le
dio el apoyo necesario, conforme a la teoría electromagnética de la luz,
sólidamente asentada por Maxwell. Mas el éxito se reveló bien pronto precario.
Ninguno de los pensadores del siglo XIX que se volvieron hacia el problema de
la radiación del cuerpo negro fue capaz de dar una satisfactoria interpretación
de la repartición espectral de la energía. Mientras que la característica curva
en campana obtenida experimentalmente presentó un máximo cuya posición estaba
reglada por la indicada ley de Wien, la teoría exigía una curva cuyas ordenadas
crecen hasta el infinito, cuando la longitud de onda aumenta. La naturaleza
reveló una vez más que sus leyes no siempre se acomodan a los razonamientos de
nuestro espíritu.
Sólo el siglo XX libera a la física del atolladero a que la condujera la
patente contradicción entre teoría y experiencia. Con la nueva centuria nace la
nueva doctrina; el 14 de diciembre de 1900 sugiere Max Planck (1858-1947) la
innovadora idea de considerar la emisión radiante como un proceso discontinuo
que se efectúa mediante elementos aislados de energía, poseedores de una
determinada magnitud.
Tal elemento, el cuanto, es proporcional a la frecuencia del rayo, siendo el
factor de proporcionalidad una constante universal de la naturaleza, la famosa
constante h que debía más tarde inmortalizar el nombre de su descubridor. Así,
la energía de un cuanto está dada por la fórmula
La
lucidez de este pensamiento aclaró de golpe el enigma de la radiación del
cuerpo negro, explicando inmediatamente la variación de la curva en campana,
cuyos caprichos habían desconcertado a los investigadores. Tal éxito no fue más
que la primera proeza de la nueva teoría. En la hipótesis de Planck se escondía
el fértil germen de la mayoría de las inauditas y maravillosas ideas que
debieron transformar, hasta hacerla irreconocible, la imagen del mundo físico.
Una de sus más resonantes victorias debía ser la explicación de las rayas
espectrales por la cambiante configuración de los electrones intraatómicos.
La ley de Balmer-Ritz describió admirablemente las rayas del hidrógeno, pero
nada reveló de por qué un elemento irradia cierta línea y no otra; dejó por
completo en sombras el misterioso lazo que une a radiación con el átomo
radiador. Sólo cuando el agudo danés Niels Bohr (1913) introdujo el cuanto en
el interior atómico, dando a los electrones circulantes trayectorias regidas
por la constante de Planck y cuando supuso, con una atrevida hipótesis, que el
electrón emite luz al saltar de una órbita a la otra, logró obtener de las
diferencias energéticas de las órbitas la frecuencia de la radiación emitida.
Como por encanto aparecieron en su cálculo las frecuencias de las líneas
espectrales. Pero en este momento la edad heroica de la espectroscopia hacía
mucho tiempo que pertenecía al pasado.
Capítulo 12
El átomo y la naturaleza del calor: desde Dalton hasta Boltzmann
Contenido:
1.
Investigaciones de Dalton y Gay-Lussac sobre los gases
2. La conservación de la energía y sus descubridores
3. Termodinámica y cinetismo de la materia
1.
Investigaciones de Dalton y Gay-Lussac sobre los gases
El cero absoluto; Dalton descubre el peso atómico; La hipótesis de Prout; La
tabla periódica de Mendeléiev; Avogadro y su ley; Pedro Dulong: El calor
atómico; La teoría de Fourier; Sadi Carnot y la irreversibilidad de los
procesos térmicos.
El
impresionante monumento que en la abadía de Westminster, en Londres, adorna el
sepulcro de Jaime Watt, anuncia que el ilustre inventor «aumentó las fuerzas de
los humanos». No parece que la humanidad haya estado demasiado entusiasmada con
el regalo que el genial mecánico de Glasgow le ofreciera; vaciló durante más de
veinte años antes de aceptarlo. Sólo en los comienzos del siglo XIX se reconoce
el valor de la obra de Watt y se inicia la era de la máquina de vapor. Su
creciente importancia despierta el deseo de profundizar en el conocimiento de
las leyes que ligan la expansión del vapor y de los gases con la temperatura.
A pesar de ello, en la misma Inglaterra, no fue esta exigencia práctica, sino
problemas meteorológicos los que decidieron a Juan Dalton (1766-1844), maestro
de escuela en Manchester, a emprender una serie de investigaciones sobre la
dilatabilidad de vapores y gases. La meteorología fue la verdadera pasión de
este gran hombre, aunque haya recogido laureles en otros dominios. A los
veintidós años hizo su primera observación y a los setenta y ocho, un día antes
de su muerte, la última. Para examinar vapores se sirvió de tubos barométricos
que calentaba a diferentes temperaturas, dejando ascender el líquido vaporizado
por encima de la columna mercurial. Estableció que a cada temperatura
corresponde una presión determinada del vapor, independiente del volumen y de
la cantidad de líquido que resta. La característica presión del vapor a una
temperatura dada no cambia aunque un gas llene simultáneamente el espacio.
Dalton comprobó que la presión del gas, regida por la ley de Boyle-Mariotte, y
la presión del vapor, que depende sólo de la temperatura, no se perturban, sino
que se suman. El vapor no saturado obedece a la ley de Boyle-Mariotte.
Dalton, descontento con los inciertos resultados de sus precursores, midió la
dilatación de los gases a presión constante, cuidando de que estuvieran secos,
lo cual no había hecho antes de él el físico francés Amontons. Las mediciones
convencieron a Dalton de que la dilatación calórica de los gases es de igual
intensidad para todos; el coeficiente de dilatación, independiente de la
temperatura, de la presión y de la naturaleza química del gas, es una
constante. Sin conocer las investigaciones del químico de Manchester y
simultáneamente con él, el químico francés Luis José Gay-Lussac (1778-1850)
llegó al mismo descubrimiento; el coeficiente de dilatación (1/273) fue más
tarde (1840) establecido con exactitud por el alemán Gustavo Magnus. En
realidad, la ley de Gay-Lussac-Dalton, tanto como la de Boyle-Mariotte, sólo se
verifican en primera aproximación y definen un estado gaseoso ideal.
Luis José Gay-Lussac
Los
gases reales se alejan más o menos del estado perfecto. El físico francés
Enrique Víctor Regnault (1810-1878) determinó, con una paciencia solamente
igualada por su habilidad, la dilatación y compresión particular a cada gas, y
sus diferencias con las leyes teóricas. El coeficiente de dilatación de los
gases adquirió décadas después gran importancia; permitió establecer la
temperatura absoluta, sin punto de partida artificial y anclada en el grado de
calor, llamado por Dalton cero absoluto, en que los gases no ejercen ninguna
presión sobre las paredes de sus recipientes. El cero absoluto se halla 273,2°
Celsio por debajo del punto de congelación del agua.
Como su idea del cero absoluto, muchas otras proezas de Dalton no revelaron su
gran valor cognoscitivo sino tiempo más tarde.
Sadi Carnot
Fue
el primero en demostrar que los gases se calientan al comprimirse y se enfrían
al dilatarse, insospechada propiedad que debió conducir en los razonamientos de
Carnot y Mayer a conclusiones trascendentales. Dalton reconoció con más
claridad que sus predecesores el carácter accidental de los tres estados de
agregación y su dependencia general de la temperatura.
Por numerosos que sean los descubrimientos del modesto y taciturno maestro,
ninguno alcanza la importancia de su obra Nuevo sistema de la filosofía
química(1808), que innovó la química y dio base firme e inamovible a la
teoría atómica. Todo aquello que los pensadores griegos fabularon sobre los
últimos constituyentes de la materia eran mitos semi-filosóficos y
semi-poéticos, sin ningún asidero empírico en el mundo físico. Con Daniel
Bernoulli, en el siglo XVIII, y con Dalton, en el XIX, aparecen los dos
primeros investigadores que saben vincular los hechos observables con la
supuesta y oculta existencia de las partículas infinitesimales y establecen un
contacto sólido entre el mundo de nuestras experiencias y el universo
invisible. Las fundamentales leyes ponderales de la química que acababan de
descubrir el francés Luis Proust, el alemán J. B. Richter y Dalton mismo,
reclamaban, según reconoció el sagaz pensador de Manchester, la presencia de un
número finito de indestructibles e invariables partículas que entran en cada
reacción química.
«Al tomar un volumen dado de cualquier gas —escribió Dalton—, podemos estar
convencidos de que por más que continuemos la división, el número de las
partículas será finito, como en un espacio dado del universo el número de las
estrellas y de los planetas no puede ser infinito.»
El hecho de que la proporción ponderal de un elemento, al entrar en un
compuesto químico, no puede tomar todos los valores posibles, sino que los
pesos de los componentes están entre sí en relaciones simples, se explica,
asegura Dalton, si se admite que los elementos químicos están formados por una
gran cantidad de átomos, siendo todos los átomos de un elemento rigurosamente
idénticos y teniendo cada elemento su propia especie de átomo, con un
peso definido y distinto al de otros elementos. El peso
característico, reconoce Dalton, es un atributo que los átomos no pueden
cambiar ni disimular. Consigo llevan en los compuestos su peso, como indeleble
señal que perdura mientras las otras marcas individuales desaparecen. Dalton da
la primera tabla de pesos atómicos, eligiendo como unidad el del hidrógeno. Sus
cifras no representan, es verdad, más que aproximaciones groseras. Mas su
intuición, que le permitió asir una propiedad nuclear, la masa del átomo, cien
años antes de que el núcleo mismo se revelara al hombre en las experiencias de
Rutherford, aseguraría a Dalton, aunque no tuviera otro mérito, un lugar
privilegiado en la historia del pensamiento científico.
Como los pesos atómicos en la tabla de Dalton eran múltiplos enteros del peso
del hidrógeno, el médico inglés Guillermo Prout (1786-1850) sacó, en 1815, la
conclusión de que los átomos de todos los elementos químicos estarían formados
por átomos de hidrógeno y que éste sería el arquetipo de la materia del
universo. Los destinos de la atrevida hipótesis, cuya historia sale del cuadro
de este libro, ilustran el camino necesariamente tortuoso del espíritu en su
búsqueda de lo real físico. El químico belga Juan Servais Stas pasó la mitad de
su vida en determinar exactamente los pesos relativos de los átomos,
encontrando números fraccionarios, y llegó así a una rotunda negación de la
tesis de Prout. ¿Estaba ésta definitivamente refutada? De ninguna manera; los
descubrimientos de los ingleses Federico Soddy, José Juan Thomson y Francisco
Guillermo Aston, aclararon las causas de las diferencias que separaban los
resultados de Stas de los números enteros, y las investigaciones de Rutherford,
al abrir el interior del átomo, encontraron en todas partes el núcleo de
hidrógeno, el protón, constituyente primordial de los núcleos atómicos de todos
los elementos.
La hipótesis de Prout impulsó a buscar una conexión entre los pesos atómicos de
los elementos y sus propiedades químicas y físicas. El francés Béguyer de
Chancourtois trató, en 1862, de agrupar los elementos sobre una espiral
cilíndrica, de modo que los cuerpos con cualidades análogas estuviesen colocados
unos encima de otros. Su proposición quedó sin eco. El químico ruso Demetrio
Mendeléiev (1834-1907) indicó en 1869 su famosa clasificación, fecunda en
consecuencias: si se disponen los átomos según sus masas crecientes, las
propiedades físicas y químicas de los elementos se reproducen periódicamente
para un cierto aumento de los pesos atómicos. El valor de la «tabla periódica»
de Mendeléiev se manifestó pronto. Para colocar en columnas verticales los
elementos con propiedades vecinas, Mendeléiev fue llevado a dejar en blanco
ciertos espacios que pudieron suponerse como los de elementos entonces
desconocidos, pero con propiedades perfectamente definibles, gracias a su lugar
en la clasificación. El descubrimiento de estos elementos, cuya existencia
estaba prevista por la tabla empírica de Mendeléiev, trajo una resonante
confirmación a la certeza de su sistema.
Dalton sólo consideró los pesos característicos que los elementos dados
evidencian en sus compuestos con otros. Gay-Lussac examina (1805-1808) los
volúmenes y comprueba que los gases siempre se combinan en proporciones
sencillas. Este descubrimiento presta un eficaz argumento a la hipótesis
atómica, que recibe algunos años más tarde, gracias al físico italiano Amadeo
Avogadro (1776-1856), un apoyo todavía más poderoso. La ley de Gay-Lussac y
Dalton —la dilatación uniforme de los gases a presión constante— y la ley de
Boyle-Mariotte permiten concluir que el número de las moléculas de dos gases
diferentes, en dos balones de igual volumen, permanece —si las condiciones de
temperatura y presión son las mismas— siempre en una relación inmutable.
Avogadro, convencido de que la naturaleza sigue las leyes sencillas, emitió la
hipótesis de que esta relación es la más simple que podemos imaginar, y es 1 a
1; es decir, que con temperatura y presión fijas, volúmenes iguales de
cualquier gas encierran el mismo número de moléculas. La hipótesis de Avogadro
no atrajo la atención de físicos y químicos. Ignorada y rechazada durante más
de medio siglo, terminó por convertirse en ley, en uno de los pilares
sustentadores de la química y la microfísica y fue confirmada en la misma
medida en que los métodos de calcular el número de moléculas se multiplicaron.
Avogadro fue el primero en realizar una clara distinción entre átomo y molécula,
indiferenciados antes en el pensamiento de Dalton. La partícula más pequeña que
puede entrar en las combinaciones químicas es el átomo; el constituyente último
que puede subsistir en estado libre es —en concepto de Avogadro— la molécula.
La lúcida distinción entre molécula y átomo pasó inadvertida, de suerte que
tres años más tarde pudo Ampère redescubrir la fundamental diferencia, sin
lograr tampoco imponerla.
De un lado inesperado vino a la joven atomística una ayuda. El médico
parisiense Pedro Dulong (1785-1838) había dejado su profesión para dedicarse a
estudios fisicoquímicos. Apasionado de la ciencia, la enriqueció por su entrega
a experiencias cuantitativas que exigían inagotable paciencia, y a veces —como
los ensayos con materias explosivas o vapores sobrecalentados— gran coraje.
Nada lo detuvo en la persecución de su meta, ni aun la pérdida de un ojo y de
los dedos de su mano derecha. Numerosos son sus méritos, mas ninguno encontró
la resonancia del descubrimiento que hizo, ayudado por su amigo, el joven
físico Alejo Petit (17911820), al medir el calor específico de los cuerpos
sólidos. Para una serie de metales observaron que los calores específicos
decrecían al crecer los pesos atómicos; concluyeron que esta propiedad debía
ser general y enunciaron en 1819 la ley que lleva sus nombres: los productos de
los calores específicos por los pesos atómicos son iguales para todos los
elementos químicos. La ley permitió separar netamente los conceptos molécula y
átomo y determinar el peso atómico de un elemento dado, una vez conocido su
calor específico. El producto que aparece en la ley de Dulong y Petit, recibió
del químico alemán Armando Kopp el nombre de calor atómico. Aunque
la constancia de esta magnitud no sea valedera sino en una primera y grosera
aproximación, el descubrimiento de los dos franceses rindió, en el alba de la
atomística, apreciables servicios y apoyó el edificio aún tambaleante de la
teoría.
Dulong ensayó también aclarar por experiencias el problema de la dilatación
calórica de barras sólidas. No existe una rigurosa proporcionalidad entre la
elevación de la temperatura y la dilatación de los sólidos, y su falta hace
difícil establecer una ley exacta. Dulong hubo de contentarse con reglas
aproximativas. Gran interés despertaron los estudios sobre la dilatación
térmica en los cristales de Eilhardt Mitscherlich (1794-1863), quien después de
haber pasado su juventud descifrando manuscritos persas, se hizo químico. A
excepción de los cristales regulares, el coeficiente de dilatación no es el
mismo en todas las direcciones del espacio cristalino y diferente según los
ejes. El espato calizo, que desde los lejanos días de Erasmo Bartholin
preocupaba por sus singularidades ópticas a los físicos, causó una nueva
sorpresa: posee, según demostró Mitscherlich, un coeficiente de dilatación
negativa: se contrae si es calentado.
Problemas más difíciles que la dilatación calórica de barras brindó su
conductibilidad térmica. Todavía hoy no sabemos bien cómo el calor es
transmitido de una porción a otra del cuerpo, y si ello se efectúa por
vibraciones de átomos o por movimientos electrónicos. Menos aún se sabía en los
comienzos del siglo XIX. Se precisaba el genio de un matemático como José
Fourier (1768-1830) para poder describir el incomprendido fenómeno sin recurrir
a ninguna hipótesis sobre el proceder íntimo de la transmisión térmica, y aun
sin la necesidad de una suposición sobre la naturaleza del calor. Su análisis
modelo llegó, en 1822, a un notable resultado: la cantidad de calor que pasa
por segundo a través de una barra con sección de un centímetro cuadrado, es
proporcional al gradiente de la temperatura. Esta última noción requiere una
definición: el gradiente térmico es la caída de temperatura, por cada
centímetro del conductor, medida en la dirección en que fluye el calor. La ley
de Fourier se distingue por su vasta generalidad. Lejos de limitarse a los
fenómenos calóricos, describe la difusión entre líquidos y se aplica también a
la conductibilidad eléctrica. En efecto: Ohm, al establecer su ley, no hizo más
que adaptar la de Fourier, traduciéndola del dominio del flujo calórico al de
la corriente eléctrica. La analogía entre los fenómenos de conducción térmica y
eléctrica fue ya señalada por Benjamín Franklin, a quien no escapó que los aisladores
eléctricos también son calorífugos. Los físicos alemanes Wiedemann y Franz
compararon la conducción térmica con la eléctrica y enunciaron, en 1853, la ley
que afirma la proporcionalidad de las dos conductibilidades.
En los razonamientos de Fourier, el calor posee la propiedad de fluir, es
comparable a un río, o mejor, a una caída de agua. Esta última imagen cobra
gran importancia en las Reflexiones sobre la potencia motriz del fuego (1824),
obra maestra del joven oficial francés Sadi Carnot (1796-1832), hijo del
ministro de la Guerra en la Revolución francesa, Lázaro Carnot. Al buscar las
condiciones de rendimiento máximo de la máquina de Watt, Carnot llega a
conclusiones que sobrepasan en mucho la meta señalada por el título de su
tratado. En todo dispositivo térmico susceptible de producir trabajo,
necesariamente se efectúa, explica Carnot, un transporte de calor de la fuente
caliente a la fría: en la máquina de Watt pasa, así, el calor de la caldera al
condensador. Sólo por tal paso puede el calor producir trabajo, que será, por
otra parte, proporcional a la diferencia de temperatura entre los dos
manantiales. Carnot muestra que el rendimiento crece cuando la temperatura de
la caldera aumenta o la del condensador disminuye. Sólo son productivos los pasos
de calor ligados a cambios de volumen, semejantes a la expansión del vapor en
el cilindro de la máquina de Watt. Transporte de calor por conducción térmica o
por rozamiento significa pérdida de trabajo. Si no se perdiera calor en el paso
y el cedido por la fuente caliente fuera igual al ganado por la fría, el
funcionamiento de la máquina se convertiría en un ciclo reversible y su
rendimiento llegaría al máximo. En realidad, el ciclo de transformación que
sufre entre las dos fuentes del dispositivo térmico, un gas o un vapor, el
ciclo de Carnot, sólo es perfectamente reversible en una máquina ideal, dado
que procesos irreversibles, como conducción y rozamiento, no se pueden eliminar
por completo. Cuanto más se aproxima el funcionamiento de la máquina real a la
reversibilidad perfecta, tanto mayor será el máximo de su rendimiento.
Llegado a esta conclusión, Carnot se pregunta si el rendimiento de la máquina
ideal no está determinado también por otros factores que la diferencia de
temperatura de sus dos fuentes. La construcción de la máquina o la especie de
vapor o gas, ¿no podría entrañar un aumento o disminución del trabajo
efectuado? No, responde Carnot, y demuestra la validez de su negación por esta
simple consideración: sean dos máquinas ideales que funcionan a la misma
temperatura y supongamos que la primera rinda más que la segunda. Podríamos,
pues, emplear parte del trabajo de la primera para hacer marchar la segunda en
sentido inverso; el resultado de la doble operación sería que el nivel de
temperatura empleado en la máquina propulsora, gracias a la eficacia de la
segunda máquina, se mantendría sin necesidad de suministrarle calor y, además,
el exceso de la primera y mejor máquina quedaría disponible.
Tendríamos un medio para obtener trabajo sin gastos, produciéndolo de la nada:
el perpetuum mobile estaría realizado. Carnot llega así al fundamental
resultado: afirmar la desigualdad de poder entre las dos máquinas indicadas
equivaldría a afirmar la posibilidad del movimiento perpetuo. La conclusión se
impone: la cantidad de trabajo producido por una máquina térmica perfecta, sólo
depende de la diferencia de las temperaturas entre las dos fuentes y de la
cantidad de calor puesta en juego.
La imposibilidad del perpetuum mobile, entrevista en el alba del renacimiento
científico por Leonardo y por Cardano, afirmada en el siglo XVII por Stevin,
Galileo, Leibniz y Huygens, forma la base de los razonamientos de Carnot.
Acéptalo como verdad indestructible sin asignarle un fundamento; deja abierto
el problema de si el principio es un axioma a priori o más bien un hecho
empírico deducido de las numerosas tentativas, siempre infructuosas, de
producir el verdadero movimiento eterno. Carnot no logra asir la conservación
de la energía, de la cual, sin saberlo, no lo separa más que un paso. El
obstáculo que le impide dar el paso decisivo es su adhesión a la hipótesis de
que el calor sería un fluido indestructible, hipótesis compartida entonces por
la mayor parte de los físicos. Fourier, cuya capital obra precede en dos años a
la de Carnot, también había considerado el calórico como substancia. Mas para
el logro de su propósito, la descripción matemática de la conducción térmica,
era indiferente la naturaleza íntima del calor. ¿Lo era también para el
problema que Sadi Carnot se proponía resolver?
Carnot comparó la máquina térmica con un molino a agua; al igual que se precisa
una caída de agua para hacer marchar un motor hidráulico, es menester una caída
del calor para hacer marchar un motor térmico. Esta imagen le lleva a la conclusión
de que el calor produce trabajo sólo por su descenso y que llega a la
temperatura inferior sin que su cantidad haya disminuido. Basta, pretende
Carnot, que el calórico pase del cuerpo caliente al cuerpo frío para producir
efectos mecánicos. ¿Cómo fue posible que Carnot, desconociendo la profunda
metamorfosis del calor en trabajo y suponiendo que la cantidad de calor pasa
por su máquina sin experimentar variación, haya llegado a conclusiones exactas?
Este sorprendente hecho se explica porque en la demostración de Carnot sólo se
consideran las cantidades de calor que entran y salen a la temperatura superior,
sin necesidad de decir algo a propósito de aquellas que salen a la temperatura
inferior. Así se produce el milagro de que Carnot llegue a un resultado cierto
aunque su hipótesis sea errónea.
Anotaciones publicadas casi medio siglo después (1878) de la muerte del
original pensador, prueban que Carnot revisó en los últimos años de su vida la
hipótesis y que trató de calcular una cifra para el equivalente mecánico del
calor. Su precoz y repentino fin le impidió completar su labor; terminó sus
días a los treinta y seis años, víctima del cólera asiático. Su obra, tan rica
en ideas, pasó inadvertida y cayó bien pronto en completo olvido, a pesar de los
esfuerzos del ingeniero Benito Clapeyron (1799-1864), que en 1834 dio forma
analítica a los razonamientos de Carnot y les agregó un comentario de notable
claridad. Cuando, a mediados del siglo, lord Kelvin buscó en París un ejemplar
del clásico escrito, a duras penas logró procurárselo. Fueron el gran inglés y
el físico alemán Clausius quienes recogieron el pensamiento de Carnot y
coronaron su obra.
2.
La conservación de la energía y sus descubridores
La obra de Roberto Mayer; Su trágico destino; Joule determina el equivalente
mecánico; Las ideas de Colding; Helmholtz: Su demostración de la constancia de
la energía; El principio de la mínima acción
A
menudo, como prueba la historia, un gran descubrimiento es realizado
simultáneamente por varios investigadores. La profunda ley que rige en la
naturaleza las transformaciones de la energía, había escapado a las búsquedas
de Carnot, desviado por la infeliz doctrina del calórico material. Dieciocho
años debieron pasar hasta que la ley se manifestara al mismo tiempo al espíritu
de tres pensadores, que vivían en tres países distintos, sin conocer los irnos
las ideas de los otros. Tal coincidencia no puede ser obra del azar. Un gran
número de fenómenos conocidos en la época reclamaban imperiosamente la ley que
debía permitir su magnífica síntesis. La equivalencia de la fuerza viva con el
trabajo, la conservación de Σmv2 en toda transformación
mecánica, era conocida desde los lejanos días de Huygens y Leibniz,
generalizada por Juan Bernoulli en el vasto dominio de todos los procesos
mecánicos. Entre éstos y los fenómenos calóricos, los razonamientos de
Bernoulli y, más aún, los experimentos de Rumford y Davy habían demostrado una
íntima conexión. Por último, los efectos térmicos relacionados con la corriente
eléctrica, efectos que Ritter, Davy y Seebeck acababan de explorar, pusieron
frente a todos los ojos que quisieran ver, incontestables vínculos entre el calor
y la electricidad. Así, una cadena ininterrumpida pareció unir los dominios de
la mecánica, del calórico y de la electricidad. Todos estos fenómenos de
apariencias tan diferentes, pero ligados de manera más o menos escondida,
¿rehusarían someterse al principio a que obedecen los procesos mecánicos? ¿No
se podría extender al calor y la electricidad la igualdad «mitad de la fuerza
viva = trabajo»? La cuestión estaba en el aire y debía necesariamente
presentarse. Aunque ninguno de los tres descubridores hubiera tropezado con la
ley, habría sido encontrada años más tarde por otros buscadores. Reconocerlo
así, en nada desmerece a los tres pensadores que enunciaron por vez primera la
ley más general de la física.
Estos tres investigadores, el médico alemán Mayer, en Heilbronn, el industrial
inglés Joule, en Manchester, y el ingeniero dinamarqués Colding, en Copenhague,
de distinto vuelo espiritual, no se igualan por su participación en el
hallazgo.
Julio Roberto Mayer
Julio
Roberto Ma.yer (18141878) se adelanta a sus rivales y tiene la incuestionable
prioridad de la idea, expuesta en 1842 en su memoria: Observaciones
acerca de las fuerzas de la naturaleza inanimada. Algunas páginas del breve
escrito, como otras de su memoria posterior y más completa (1845), pertenecen a
los documentos más lúcidos de la historia de la física. Sin duda, sus
conocimientos no le permiten dar una forma matemática a su demostración y no
apoya con experimentos personales la idea; mas la capta en todos sus alcances y
la extiende a un número sorprendente de fenómenos físicos, químicos y
astronómicos, sigue las veladas manifestaciones de su ley con la seguridad y
clarividencia propias de la intuición del genio. La hazaña es extraordinaria,
cuando no única: un modesto médico, en el aislamiento intelectual de una
pequeña ciudad, llega a desembrollar las complejas ramificaciones de una ley
cuya generalidad sobrepasa en mucho a la de las leyes mecánicas de Newton. La
magnitud del mérito hace rudo contraste con la profunda ingratitud de sus
contemporáneos. No hubo entre las ilustres figuras de la ciencia en el siglo
XIX, ninguna que haya sido tan cruelmente ignorada y aun perseguida como la de
Roberto Mayer.
Se conoce el famoso episodio que todos los manuales narran. Mayer, a la edad de
veintiséis años, emprende en febrero de 1840 un viaje a Java, como médico de un
barco holandés. Durante el largo viaje tiene bastantes ratos de ocio para
meditar y leer; sus lecturas, obras de física, no lo satisfacen. Los fenómenos
descritos le parecen sin relación intrínseca; a menudo tropieza, en sus libros,
con efectos cuyas causas se buscarían en vano, o, por el contrario, causas que
parecen carecer de efectos. ¿Cómo explicar el origen del calor de frotamiento?
¿Existe un lazo de unión entre el calor de rozamiento y el calor animal,
engendrado, como demostró Lavoisier, por la combustión fisiológica de los
alimentos? Tales problemas cruzan su espíritu. Llegado a Java, tiene que
sangrar a algunos tripulantes y observa sorprendido que la sangre venosa es más
roja bajo el calor de los trópicos que en las zonas templadas. Sin dificultad,
Mayer encuentra la clave del enigma: gracias a la temperatura ambiente más
elevada, el cuerpo, para mantener su temperatura constante no precisa ser el
centro de una combustión tan intensa como en otras latitudes, y por
consiguiente la sangre venosa contiene, en el clima caluroso, cierta proporción
de oxígeno no utilizado que le confiere su brillante tinte rojo. Por todos los
caminos se va a Roma, y Mayer llega de esta accidental observación, por
atrevidas y admirables conclusiones, a concebir dos cosas tan distintas, el
calor y el trabajo mecánico, como dos aspectos de la misma realidad física,
transformables el uno en el otro. Desde ese momento, todas sus reflexiones
ganan una firme base: causas y efectos parecen de golpe entrelazarse por una
unión hasta entonces desconocida. Allí, en Surabaya, Mayer comienza en 1840 a
pensar como lo hacemos nosotros: en el sentido del principio de la energía.
De regreso a Alemania, Mayer envía en julio de 1841 una exposición de su
descubrimiento al físico berlinés Poggendorff, director de la revista Anales de
Física. El deseo de Mayer de ver difundida su teoría por el reputado órgano no
se cumple. Poggendorff no publica la disertación y retiene el manuscrito,
dejando sin respuesta todas las reclamaciones del autor. Decenios más tarde, al
fallecer Poggendorff, el manuscrito se encontrará entre los papeles del
difunto. Éste, aunque historiador de la física, no tuvo la perspicacia de
reconocer que el envío del desconocido innovador pasaría, en el juicio de la
posteridad, como un importante hecho histórico en el desarrollo de las
ciencias.
La no publicación del trabajo de Mayer por la revista de Poggendorff entrañó
una ventajosa consecuencia: Mayer escribió una nueva memoria, dando a su teoría
una forma más concisa y exacta. La suerte le acompañó esta vez. Apenas
redactada, su disertación fue acogida en la revista de los dos famosos químicos
Liebig y Wöhler: el principio, aplicado en esta breve síntesis solamente a las
fuerzas de la naturaleza inanimada, fue enriquecido por Mayer tres años más
tarde (1845) en una segunda y más enjundiosa memoria y extendido a los
fenómenos orgánicos. Finalmente, en 1858, en un tercer escrito, fue aplicado al
cosmos entero.
Mayer distingue cinco formas de la energía:
1. energía
de la situación;
2. energía
del movimiento;
3. calor;
4. energía
electromagnética, y
5. energía
química;
y da
veinticinco espectaculares ejemplos de los cambios que las formas energéticas
sufren en la naturaleza. En oposición a Carnot, Mayer ve que en la máquina de
vapor no es la caída del calórico, sino su transformación la que produce
trabajo, y reconoce que en la máquina de vapor un número determinado de
calorías desaparece, mientras que otro y determinado número de kilográmetros de
trabajo aparece. Tampoco escapan a su clarividencia otras relaciones más
escondidas. Al igual que la separación de dos cuerpos que se atraen (por
ejemplo, levantar un peso), la separación química significa también una
acumulación de trabajo; el estar separados (por ejemplo, el carbono y el
oxígeno) es una forma de energía y si esta forma (el estar separados)
desaparece, en la reunión de los dos elementos, otra forma —el calor aparece.
De este modo se explica el antiguo enigma del engendramiento del calor en
muchos procesos químicos; la transformación de la energía química en la pila de
Volta aclara los efectos térmicos en los hilos conductores. En suma, las formas
de energía pasan por perpetuas metamorfosis, sólo su cantidad permanece
constante a través de todos los cambios:
«No
hay, en realidad —asegura Mayer —, sino una sola y única fuerza [33]. En
cambios eternos circula a través de la naturaleza muerta y viviente. Ningún
proceso es concebible sin cambio de sus formas.»
Desde
su primera memoria, Mayer indica un método para calcular el equivalente
mecánico del calor, el número de los kilográmetros engendrados por la
transformación de una gran caloría. Un viejo descubrimiento de Dalton y
Gay-Lussac le sirve de base: un gas no experimenta variación de temperatura
cuando se dilata en el vacío; por el contrario, se enfría cuando se dilata bajo
presión, lo que se explica, nos dice Mayer, dado que el calor debe
transformarse en trabajo para permitir al gas vencer la presión y expandirse.
Así, la comparación de los calores específicos de un gas, bajo presión y
volumen constantes, puede suministrar el valor del equivalente. Como Mayer no
disponía de valores numéricos precisos para los calores específicos de los
gases, su cálculo del equivalente no podía ser exacto, aunque su método haya
sido impecable.
Las ideas de Mayer chocaron con la indiferencia y aun con la incomprensión de
parte de los físicos. Cuando el principio de la energía, después de las
demostraciones de Helmholtz y los experimentos de Joule, comienza, en 1850, a
llamar la atención de los investigadores, le fue negada la paternidad de su
gran idea.
En la pequeña ciudad de Heilbronn, donde vivía, se le consideró un megalómano
que se atribuía méritos de otros. Su alma sensible se quebró bajo el peso de
tantas amarguras y en el verano de 1850 intentó suicidarse. Este acto de
desesperación indujo a su familia a encerrarle en un manicomio, donde el genial
pensador, uno de los más lúcidos que Alemania diera a la ciencia, pasó dos
años. Por fin, en la última fase de su vida tuvo un pequeño paliativo a su
infortunio: la satisfacción de ver los comienzos de su futura celebridad. El
físico inglés Juan Tyndall, sucesor de Faraday en la Real Institución de
Londres, defiende los derechos de este desconocido, y en Berlín, el filósofo
Dühring, un año antes de la muerte de Mayer, hace en una serie de conferencias
el elogio del hombre a quien llama el Galileo de Alemania.
La obra de Mayer es el fruto de una poderosa intuición; el círculo de sus
deducciones se cierra sin la ayuda comprobatoria de verdaderos experimentos. La
confirmación experimental de la ley descubierta por Mayer es el mérito del
investigador inglés Jaime Prescott Joule (1818-1891). Propietario de una
cervecería en Salford, un suburbio de Manchester, Joule, alumno de Dalton, se
dio a la ciencia con noble pasión.
Armando Helmholtz
Fue
un hábil experimentador y pensador de fecundas ocurrencias. El enigma del calor
animal fue la etapa inicial de las reflexiones del médico Mayer, y es el calor
engendrado en los hilos de la pila voltaica el punto de partida del industrial
y físico inglés. Con entera independencia de su émulo alemán, Joule —a la edad
de veintitrés años— adivina la existencia de una relación invariable entre la
cantidad de sustancias químicas que consume la batería voltaica, la cantidad de
calor que caldea los hilos y el trabajo que rinde la máquina accionada por la
corriente. Desde este momento —un año después de la memoria fundamental de su
predecesor— Joule persigue el valor numérico del equivalente mecánico del calor
a través de una larga serie de experimentos: ardua tarea, dadas las
dificultades para medir la cantidad de energía calórica, que, naturalmente,
tiende a disiparse.
Tres años antes, en 1840, ya Joule estableció la ley que lleva su nombre: la
proporcionalidad de la cantidad de calor desprendido por segundo en un mismo
conductor, con el cuadrado de la intensidad de la corriente. ¿De dónde viene el
calor de los conductores? Ésta era la cuestión que sobre todo interesaba a
Joule. ¿Se produce en el conductor, o es simplemente transportado de los
elementos galvánicos a los hilos? En el último caso, un enfriamiento paralelo
se debería manifestar en los elementos de la pila. Como la experiencia no
evidenció ningún enfriamiento en la pila, Joule concluyó que hay en el
conductor una producción real del calor, cuya cantidad, supuso, debe tener una
relación fija con la cantidad de metal (por ejemplo, cinc) consumido en la
batería. Demostró que la cantidad de calor corresponde a la diferencia entre el
calor desprendido por una simple solución del cinc en ácido y el producido
cuando el cinc es disuelto como elemento de una batería. Pronto advirtió que se
desarrollaba menos calor en los hilos cuando la corriente accionaba un motor, y
reconoció la proporcionalidad de esta pérdida de calor con el trabajo cumplido.
Para llegar al valor más exacto posible del equivalente, Joule pone en juego
numerosos y diferentes dispositivos; varía las condiciones de sus experimentos,
considerando casi todas las formas de energía conocidas en su época: mide la
elevación de temperatura desarrollada en tubos estrechos por el pasaje de una
corriente de agua, o el calor engendrado por la compresión del aire. Realiza
los más variados ensayos de frotamiento: hace girar una rueda con paletas en
agua, mercurio, aceite, y determina con cuidadosas mediciones el calor
correspondiente al trabajo que da la rueda movida por pesos que caen. Por
último, una vez más acude a los hilos calentados por corriente eléctrica. Las
dificultades para encontrar el valor exacto del equivalente motivan el gran
número de los experimentos de Joule. Los primeros resultados obtenidos se
diferenciaban mucho entre ellos y exigieron un refinamiento de los métodos.
Salió de sus trabajos la cifra 424 kgm/cal., valor muy cercano al que hoy
admitimos.
Menos importante que la de Mayer y Joule es la contribución del tercer
descubridor, el ingeniero danés Luis Augusto Colding (1815-1889), en la
elaboración del principio de la energía. Un año después que Mayer, enuncia
(1843) la ley en su generalidad; los fenómenos del mundo físico, asegura, no
son más que metamorfosis de una fuerza única que —proteica— permanece siempre
igual en su cantidad. Colding también hace experiencias, mide el calor
engendrado por frotamiento en diversos metales; mas sus ensayos son menos
exactos que los de Joule, cuya riqueza de ideas no posee. Al tratar de
desarrollar las consecuencias del principio (1851), asimila la energía a una
entidad inmaterial, espiritual, y se pierde sin esperanzas en un laberinto de
reflexiones metafísicas.
Las búsquedas de los tres iniciadores habían acumulado un gran número de hechos
que atestiguaban la realidad de la conservación energética, pero ninguno de
ellos pudo dar principio a una estructura matemática. Tal mérito pertenece a
Armando Helmholtz (1821-1894). Al igual que Mayer, Helmholtz inicia su carrera
como médico; enseñó anatomía y fisiología antes de ser el reputado físico de la
Universidad de Berlín. En su clásica disertación —Sobre la conservación de la
fuerza (1847)— aplica el principio de la energía a todas las ramas de la física
y propone la conservación de «la fuerza» como una hipótesis admisible. De ella
deduce las leyes matemáticas de los fenómenos particulares y examina luego su
acuerdo con la experiencia. He aquí cómo procede: demuestra que todos los
sistemas mecánicos obedecen a la ley de la conservación, si las fuerzas que
obran se ejercen siguiendo las líneas que unen dos a dos los centros de donde
emanan las fuerzas y son, en consecuencia, únicamente funciones de las
distancias de estos centros. Si admitimos que todos los fenómenos naturales
pueden reducirse a la acción de tales fuerzas centrales, se obtienen, como
prueba Helmholtz, nuevas e interesantes relaciones para muchos dominios de la
física.
A pesar de ser de indudable hermosura matemática, la demostración de Helmholtz
no posee hoy el mismo valor persuasivo que a los ojos de sus contemporáneos.
Contrariamente a la suposición básica de Helmholtz, la naturaleza no es sólo
juego de fuerzas atractivas y repulsivas, cuya intensidad depende de las
distancias; el mundo físico conoce también fuerzas que actúan de otro modo. Los
alcances de las consideraciones de Helmholtz están más en sus ecuaciones
basadas en el principio de la conservación, que vinculan entre sí las variables
formas de la energía. Así, reúne con una igualdad la energía dada por la pila
voltaica = energía térmica en los hilos + el cambio en la energía cinética de
un imán atraído por el circuito de la batería. La validez del principio de la
conservación no deja ninguna duda en el espíritu de Helmholtz, pues la ve
garantizada por un concluyente hecho empírico: la imposibilidad de los
mecanismos con movimiento perpetuo.
Helmholtz reconoció también la relación entre la conservación de la energía y
otro principio general: la mínima acción, que Hamilton (1834) había revestido
de sugestiva forma matemática, sin aplicarlo a los fenómenos del mundo físico.
En realidad, este principio completa la ley de la constancia energética; ésta
no nos indica las posiciones sucesivas por las cuales un sistema debe pasar
para llegar de su posición primitiva a otra posición determinada. El principio
de la mínima acción prescribe —explica Helmholtz (1886)— la evolución del
sistema, conduciendo las masas en movimiento a su meta por caminos tales que,
para cortos caminos recorridos, la potencia suministrada sea mínima. El sistema
selecciona, entre los procesos posibles que podrían conducirle de un estado a
otro, aquel para el cual la diferencia de la energía cinética y potencial
tenga, durante el tránsito, el menor valor posible.
Helmholtz asigna al principio de la mínima acción un profundo sentido físico.
Vio que los fenómenos que no ponen en juego la estructura atomística de la
materia son siempre reversibles, siendo la irreversibilidad inherente a todos
los acontecimientos en los cuales los átomos entran en escena. La conservación
de la energía es el gran principio que abarca la totalidad de los procesos
físicos, ya sean reversibles, ya irreversibles. ¿Hay una ley general, se
pregunta Helmholtz, que no se aplicaría más que a los fenómenos reversibles,
separándolos de los irreversibles? Sí: esta ley es precisamente el principio de
la mínima acción.
3.
Termodinámica y cinetismo de la materia
Clausius descubre la entropía; Nace la termodinámica; Lord Kelvin: Los
modelos, la muerte técnica del cosmos y la escala termodinámica; Teoría
cinética: Joule determina la velocidad molecular; Maxwell: Repartición de las
velocidades y libre recorrido de las moléculas; Loschmidt calcula el tamaño
molecular ; Gases ideales y reales: La ecuación de Van der Waals; Licuación de
los gases: Faraday, Andrews, Cailletet y Pictet; Las soluciones: La ley de
Van’t Hoff; Movimiento browniano; Boltzmann: Probabilidad y entropía
La
ley de la constancia de la energía no basta por sí sola para determinar, sin
ambigüedad, los procesos de la naturaleza; se contenta con afirmar la
equivalencia cuantitativa de la energía en dos estados dados de un sistema
cerrado, sin revelar si el paso de uno al otro es igualmente posible en ambos
sentidos. Si Sadi Carnot se hubiera podido liberar de la falsa doctrina del
calórico indestructible, si hubiera concebido que el calor es el que en su
máquina se metamorfosea en trabajo, no sólo habría podido remontarse de este
caso especial de la equivalencia de las dos formas de energía al principio
general de la conservación, sino que también se le habría abierto el acceso a
otra ley más oculta, vinculada al principio de la conservación. Esta
trascendental ley fue descubierta por el físico alemán Clausius y reconocida en
sus alcances generales, físicos y filosóficos, por el investigador inglés
Guillermo Thomson.
Rodolfo Clausius (1822-1888), sexto hijo de un maestro de escuela que tuvo
dieciocho hijos, comenzó como profesor en la Escuela de Artillería, en Berlín,
y enseñó más tarde en la Universidad de Bonn. Durante la guerra
franco-prusiana, se alistó como voluntario en el servicio sanitario y fue
condecorado por los dos gobiernos en lucha. Jamás hizo experiencias, fue un
teórico puro. A pesar de su excepcional capacidad matemática, no se dejó llevar
por el análisis al terreno de los conceptos vagos, y de los resultados
empíricos de otros supo deducir admirables conclusiones. Siempre atento al
sentido físico de los símbolos, al tratar matemáticamente el problema de Carnot
descubrió la noción capital de la entropía, que había pasado inadvertida a
Carnot, Clapeyron y aun a Guillermo Thomson, que se acercó a ella en su primer
estudio (1849), sin reconocerla.
El calor pasa de los cuerpos calientes a los fríos, afirmó Carnot. Si se hace
pasar, agrega Clausius, en sentido opuesto, de los cuerpos fríos a los
calientes, es necesario invertir un trabajo por lo menos igual a aquel que
produciría el correspondiente proceso inverso. El calor no puede ascender
espontáneamente de la temperatura baja a la superior. Es la ley que Clausius
enuncia en su memoria de 1850, fecha del nacimiento de la termodinámica, ley
que constituye uno de los pilares sustentadores de dicha ciencia y a la que hoy
llamamos su segundo principio, siendo el primero el de la conservación de la
energía.
Un año antes, Guillermo Thomson sugirió que sólo una determinada parte de la
energía térmica disponible puede ser transformada en trabajo. La demostración de
que el segundo principio define esta fracción que, en una máquina ideal,
perfectamente reversible, es transformable en trabajo, es el más hermoso
resultado de la memoria de Clausius. Al hacer los cálculos relativos al ciclo
de Carnot, en el caso de un gas ideal, Clausius reconoce que en la máquina que
trabaja entre dos temperaturas dadas, la fracción transformada en trabajo es
igual a la diferencia de estas dos temperaturas dividida por la temperatura
absoluta más elevada, es decir, por la temperatura contada a partir de -273° C;
dado que el rendimiento es independiente de la construcción de la máquina, la
conclusión de Clausius tiene un alcance completamente general.
En el curso de sus cálculos, Clausius ve surgir (1854) con frecuencia cierta
función, y reconoce que puede expresarse como el cociente de la cantidad de
calor por la temperatura absoluta, y ve que el cociente permanece constante en
todas las operaciones reversibles. Desde este momento, no lo deja el
pensamiento de que el cociente podría tener una importante significación, y
busca el sentido físico de la enigmática magnitud. Si Q1 es
la cantidad de calor tomada de la fuente a temperatura T1,
y Q2 el calor cedido al cuerpo a temperatura T2 entonces,
en el caso de un proceso cíclico
y
considerando el calor cedido como negativo
en
un ciclo reversible la suma de las variaciones del cociente Q/ T
será
igual a cero.
Mas en un ciclo no reversible
tendrá un valor mayor que cero. A esta magnitud, Clausius (1865) la llama
entropía. Como en la naturaleza no hay ciclos totalmente reversibles, la
variación de la entropía será siempre positiva y se podrá enunciar el segundo
principio: en cada transformación del mundo físico, la entropía de los cuerpos
participantes —la parte no transformable de su energía— crece.
El aumento continuo de la entropía crea para todas las transformaciones reales
de la energía una desigualdad entre el estado inicial y final del sistema, y
asigna a cada proceso natural una única e irreversible dirección. Thomson
extendió las consecuencias de esta evolución unidireccional, que llamó
disipación (o degradación) de la energía, al universo entero y supo sacar
resonantes conclusiones. Como en todos los procesos el valor de la entropía
crece inevitablemente, el cosmos, considerado como sistema cerrado, no puede en
ningún momento dado volver a tomar ninguno de sus estados anteriores.
Fácilmente puede verse que es así, aseguró Thomson. Con cada cambio físico o
químico se produce siempre cierta cantidad de calor, y como ésta no puede
convertirse íntegramente ni en trabajo mecánico ni en otras formas de la
energía, es claro que la cantidad total del calor, con el transcurrir de los
fenómenos, va creciendo continuamente en la naturaleza. Una vez llegado el
tiempo en que todas las reservas de energía se hayan metamorfoseado en calor,
la tendencia de los cuerpos más calientes a ceder —por radiación o
conductibilidad— su calor a los cuerpos fríos, establecerá el último equilibrio
de temperatura en el espacio cósmico, excluyendo desde aquel momento*toda
posibilidad de cambios e inmovilizando para siempre al universo. Por ello, es
la irreductibilidad del calor a las demás formas de energía, la que fatalmente
conduce hacia un último equilibrio térmico, hacia la muerte térmica del
universo.
Los razonamientos de Thomson provocaron apasionados debates cuando recibieron
el apoyo de las deducciones de Clausius. Éste se adhirió a las ideas del físico
inglés y generalizó para el cosmos entero los dos principios de la
termodinámica, dándoles en su memoria de 1865 el siguiente enunciado:
1. La
energía del universo es constante.
2. La
entropía del universo tiende hacia el máximo.
Los
estudios termodinámicos de Clausius y Thomson se completan y entrecruzan. No es
fácil asignar a cada uno de ellos la parte de ideas nuevas que les corresponde.
Guillermo Thomson, lord Kelvin (1824-1907), hijo de un matemático, fue un niño
prodigio. Matriculado a la edad de diez años en la Universidad, publicó su
primera memoria a los dieciséis y a los veintidós fue profesor en la
Universidad de Glasgow, donde comenzara sus estudios.
Sólo abandonó su cátedra después de cincuenta y tres años de profesarla.
Durante toda su vida se mantuvo fiel a su vieja escuela; cuando fue nombrado
par de Inglaterra, eligió como nombre el del riachuelo Kelvin, que corre a los
pies de su Universidad. Aunque eminente teórico, aportó también solución a
numerosos problemas prácticos: sus instrumentos para mediciones eléctricas, el
electrómetro absoluto, el electrómetro de cuadrantes, sus amperímetros, han
contribuido poderosamente al desarrollo de la electrotecnia, sacándola del
grosero y primitivo empirismo en que se hallaba en 1850.
Guillermo Thomson (Lord Kelvin)
Kelvin
es el creador del compás compensado, cuyas indicaciones no son perturbadas por
las partes metálicas del navío. Otra invención de orden naval, su tide
predicter, permite prever las curvas de las mareas. La más famosa de sus
realizaciones técnicas es, sin duda, el siphon recorder, aparato
receptor para cablegramas (1867), gracias al cual, después de tantos ensayos
infructuosos, las señales eléctricas lograron franquear el océano. Estos éxitos
dieron a su genio inventivo celebridad mundial, mas ellos sólo forman una parte
—y no la más importante de su obra. El teórico de ideas fecundas iguala y aun
sobrepasa al fértil técnico. El interés de Thomson, volcado en sus principios
sobre todo en los fenómenos térmicos, termoeléctricos y electrostáticos, se volvió
después hacia la cosmología y la física del globo, a las que enriqueció con
valiosas investigaciones sobre el magnetismo terrestre y la electricidad
atmosférica.
Tal vez ningún problema le preocupó con tanta intensidad como la constitución
del éter y de la materia. Su poderosa imaginación, que no se contentaba con
fórmulas y reclamaba una visión concreta, se hizo valer particularmente en
dominios que parecían reservados sólo a razonamientos matemáticos. Explicar un
fenómeno físico equivalía para Kelvin a reducirlo a un modelo, a un aparato más
o menos construible, cuyo funcionamiento reprodujera globalmente el fenómeno a
interpretar. Para estudiar el potencial de diferentes capas atmosféricas
inventó aparatos con evacuación de agua, que fueron aparatos reales. Para
comprender el éter propuso un modelo, un aparato imaginario. Parece que,
contrariamente a la materia ordinaria, el éter se deja comprimir y deformar,
pero rehúsa girar. De estas características trata de dar cuenta el modelo de
Kelvin: un ambiente formado por un conjunto de varillas, capaces de correr las
unas sobre las otras y portadoras de giróscopos animados por rápidas
rotaciones, resistentes, en diferentes medidas, a cambios de orientación.
Pariente cercano del éter girostático es el famoso átomo-torbellino de Kelvin.
Los átomos deberían su impermeabilidad e indivisibilidad a torbellinos
ultrarrápidos y eternos, que reinarían en el seno de la materia. Ni el éter
girostático ni el átomo-torbellino sobrevivieron a las últimas décadas del
siglo XIX. Descubrimientos inesperados —rayos catódicos, rayos radiactivos—
surgieron y llevaron el electrón al proscenio de la física, El mismo Kelvin, ya
anciano, no vaciló en abandonar sus modelos favoritos, que no correspondían ya
a las exigencias de los nuevos conocimientos.
En otros dominios, lord Kelvin fue el precursor de los tiempos nuevos, que su
larga vejez le permitió ver. Aún joven, reconoció (1853), simultáneamente con
Helmholtz, que una chispa eléctrica representa una suma de descargas parciales
y que en la descarga del condensador deberían producirse oscilaciones
eléctricas. Kelvin fue el primero en calcular, a partir de la ley de inducción
y de la ley de Ohm, la duración de una oscilación, seis años antes de que
Feddersen hubiera logrado fotografiar con espejos giratorios las oscilaciones
periódicas de la chispa, y más de treinta años antes de la producción
experimental de las ondas eléctricas por Hertz.
Thomson es el promotor del actual sistema cegesimal, que tiene por unidades
básicas el centímetro, el gramo y el segundo, adoptado con arreglo a la
proposición (1871) del gran inglés. Una de sus más felices sugestiones es la
escala termodinámica o absoluta de la temperatura, fundada en el segundo
principio termodinámico. Como la transformación del calor en trabajo no depende
de las sustancias puestas en juego, siendo sólo función de la temperatura, es
posible definir a ésta independientemente de toda sustancia termométrica. Tal
escala pone el punto de fusión del hielo a 273° C.; su punto inicial es, pues,
el mismo cero absoluto que Dalton y Gay-Lussac, cincuenta años antes, dedujeran
del coeficiente de dilatación de los gases.
Los dos principios de la termodinámica se contentan con tratar el calor como
una forma de energía, sin considerar su naturaleza íntima. Esta tarea estuvo
reservada a la teoría cinética de los gases, cuyo desarrollo es inseparable del
descubrimiento de las leyes de la energía. El claro reconocimiento de que el
calor puede transformarse en trabajo mecánico, en movimiento, debía sugerir la
suposición de que el calor mismo no es otra cosa que movimiento, como Daniel
Bernoulli lo había vislumbrado más de cien años antes y el conde de Rumford lo
había demostrado en el crepúsculo del siglo XVIII con experimentos
concluyentes. El momento de resucitar las ideas de los clarividentes
precursores ha llegado, sacando a luz las ricas conclusiones de la teoría que
yacía sepultada. Joule y Clausius, Maxwell, Krönig y Loschmidt son los primeros
en participar en esta tarea.
Rodolfo Clausius
Moléculas
asimiladas a minúsculas bolas elásticas, que se desplazan incesantemente,
chocan con otras y bombardean las paredes del recipiente: éste fue el simple
modelo que Bernoulli se había formado de la íntima estructura de los gases. La
suma de los impactos moleculares equivale a la presión del gas, ligada al
cuadrado de la velocidad de las moléculas. Como Bernoulli indicó, esta
hipótesis casi evidente da cuenta de la ley de Boyle-Mariotte. Una vez admitido
que la temperatura es la medida de la velocidad molecular, fácil era ver que la
dilatación del gas calentado a presión constante, tal como lo exige la ley de
Gay-Lussac, se encontraba también explicada. Surgió la pregunta de si de la
imagen cinética no se podría deducir el orden de magnitud de la velocidad de
las moléculas gaseosas en condiciones dadas. En su memoria de 1851, Joule
respondió afirmativamente a tal cuestión. Puesto que la presión gaseosa está
ligada al cuadrado de la velocidad molecular y depende de la masa de las
moléculas presentes en un centímetro cúbico, o sea de la densidad del gas, de
estas dos magnitudes medibles --presión y densidad— se puede deducir la
velocidad media de los invisibles proyectiles moleculares. Para simplificar el
problema, Joule supuso que el gas encerrado en un recipiente cúbico ejerce
presión sobre las paredes, como si cada tercio de las moléculas se desplazara
en una de las tres direcciones de las aristas del cubo, de suerte que cada
costado estaría bombardeado por un tercio de las moléculas. Encontraremos, por consiguiente,
que la unidad de superficie de las paredes soporta una presión
p = 1/3 ρc2
donde
la presión (p) y la densidad (ρ) son medibles y la velocidad molecular (c)
vuélvese inmediatamente calculable. Sin conocer las deducciones de Bernoulli,
Joule, con estas sencillas consideraciones, abrió al cálculo la puerta del
mundo invisible de las partículas sub-microscópicas. Sin exageración, se puede
decir que la mayor parte de todo aquello que sabemos sobre moléculas y átomos
se desarrolló a partir de 1851, desde el momento de la hazaña de Joule.
Por supuesto, en el caos de sus desordenados vuelos, la velocidad de cada
molécula se diferencia de la de otra, y las leyes del choque elástico no
permiten que todas las moléculas tengan en cada instante la misma velocidad. Lo
calculado por Joule no fue sino la velocidad media de las moléculas. Maxwell
recoge en 1859 la idea de su predecesor y la depura; su ley de la repartición
de las velocidades es una de las más hermosas aplicaciones del cálculo de
probabilidades a la física. Las moléculas cambian continuamente sus
velocidades, pero el número de las moléculas que tienen una velocidad dada
permanece globalmente invariable. Existe una velocidad que es más probable que
las otras. Los choques continuos que se suceden entre las moléculas con la
rapidez de muchos millares por segundo, hacen muy raras las velocidades que se
alejan mucho de la velocidad más probable, en un sentido o en otro. Así, todas
las velocidades moleculares se acumularán en torno a la velocidad más probable,
al igual que los proyectiles de un tirador, buscando alcanzar el centro del
blanco, se agrupan en la vecindad del lugar apuntado. En suma, todo ocurre como
si todas las moléculas tuvieran la misma velocidad.
Las velocidades moleculares calculadas por Joule, por su émulo berlinés Krönig
(1856) y por Clausius (1857) dieron valores que sorprendieron a los físicos.
Asignaron a una molécula de aire en condiciones normales una velocidad de 400 a
500 metros por segundo, y a una molécula de hidrógeno una velocidad casi cuatro
veces superior; estas altas velocidades parecían inverosímiles. La lentitud de
la conducción del calor, la lenta difusión de líquidos que se mezclan, la lenta
disipación de una nube de humo en el aire, parecían otras tantas refutaciones a
los resultados encontrados. Clausius y Maxwell descartaron las dudas. Cada
molécula, aseguran, choca incesantemente con otras y es rechazada en todos los
sentidos por las colisiones que sufre. A pesar de la alta velocidad de su
movimiento, la molécula emplea mucho tiempo para alejarse de su posición
original. Su trayectoria es, pues, una línea en zigzag, compuesta por cortos y
desiguales segmentos de rectas. El valor medio de la pequeña trayectoria entre
dos choques —el recorrido libre medio de la molécula— puede ser
deducido, como Maxwell mostró en 1860, de una magnitud accesible a la medición:
del coeficiente de frotamiento interno del gas. Éste no es otra cosa que la
cantidad de movimiento de las moléculas transmitida de una capa de gas a otra.
Tal transmisión se efectúa sólo entre capas cuya distancia puede ser recorrida
por una molécula, y será, por consiguiente, proporcional al recorrido libre de
las moléculas y también a su velocidad: η = 1/3 ρcL,
donde η es el coeficiente de frotamiento y L el recorrido
libre. Habiendo medido a η con una balanza de torsión, Maxwell pudo calcular el
recorrido libre molecular; es, en condiciones normales, del orden de un décimo
de micrón para las moléculas de aire. El número de choques que una molécula realiza
en un segundo es el cociente de su velocidad media por el recorrido libre. Así,
una molécula de aire chocará con otras —según los resultados de Maxwell— 5.000
millones de veces por segundo, y desplazándose un centímetro, a consecuencia de
las colisiones habrá cambiado 100.000 veces su dirección.
El conocimiento del recorrido libre permite conjeturas sobre el tamaño de las
moléculas y su número en la unidad de volumen. Cuanto mayor es el diámetro de
una molécula y más elevado su número en un centímetro cúbico, tanto más
obstaculizada será la molécula en su movimiento y tanto más disminuido estará
su recorrido libre. Si dividimos el espacio ocupado por el gas, como propuso
Clausius, en cubos elementales de suerte que cada uno de ellos contenga sólo
una molécula, la longitud de la arista (X) de un cubo elemental será
igual a la distancia media entre dos moléculas vecinas. El recorrido
libre ( L ) se relaciona con la distancia entre dos moléculas,
como la superficie de una cara del cubo elemental con la sección de la
molécula:
(donde
σ es el radio de la molécula). Esta importante relación sirvió al físico vienés
José Loschmidt (1821-1895) para calcular en 1865 el tamaño de una molécula de
aire; a este primer ensayo siguieron el de lord Kelvin en 1870 y el de Maxwell
tres años más tarde. Aunque sus puntos de partida sean distintos, las tres
determinaciones se apoyan en la indicada igualdad de Clausius. Según Loschmidt,
la molécula de aire tendría un diámetro de 9.10~"8 centímetros,
resultado que ofrece, como primera aproximación, un admirable acuerdo con la
cifra obtenida por una docena de métodos modernos: 2,5 x 10-8 centímetros.
Para el número de las moléculas presentes en un centímetro cúbico de gas, bajo
condiciones normales, los cálculos de Loschmidt condujeron a 100 x 1018;
el valor moderno es 27 x 1018. Durante su vida, Loschmidt casi no
encontró reconocimiento a sus méritos. Su nombre está inmortalizado por la
constante física 6,022 x 1023 —número de las moléculas en una
molécula-gramo de gas— que se llama en los países germánicos número de
Loschmidt; en el resto del mundo lleva el nombre de otro precursor no menos
meritorio, el de Avogadro.
Un criterio particularmente concluyente de la utilidad de una teoría es su
poder de prever nuevos hechos. Desde sus comienzos, la teoría cinética dio
pruebas de su valor heurístico, pues no sólo permitió reconocer escondidas
interdependencias entre fenómenos hasta entonces aislados, como frotamiento,
difusión y conductibilidad calórica, sino que también condujo a encontrar
inesperadas relaciones, tales como el hecho de la independencia entre
frotamiento y presión, consecuencia aparentemente paradójica de la teoría, pero
corroborada, sin embargo, plenamente por la experiencia. Un gran número de
hallazgos empíricos, entonces enigmáticos (por ejemplo, los «caprichos» del
calor específico de los gases y de los sólidos, las excepciones de la ley
Dulong-Petit), se vuelven comprensibles gracias a la teoría cinética.
El comportamiento de los gases reales, sus desviaciones de las leyes de
Boyle-Mariotte y de Gay-Lussac, dejan de ser enigmas, dado que la teoría prevé
sus irregularidades, considerando que cuando el volumen de las moléculas en
relación con el volumen total del gas ya no es despreciable, las fuerzas
intermoleculares —a consecuencia de la fuerte compresión del gas— se hacen
valer. Sólo los gases ideales —cuyas moléculas, muy alejadas unas de otras,
escapan a sus mutuas acciones— obedecen a las leyes indicadas y se dejan
definir por la ecuación de estado de Clapeyron
pv = RT
Sólo
para ellos vale con rigor la proporcionalidad inversa de la presión y del
volumen, cuyo producto sólo depende de la temperatura absoluta (T) y de
una constante (R). Mas el comportamiento de los gases reales no se
conforma en todas las condiciones a esta exigencia. El físico francés Víctor
Regnault evidenció en 1842 que una presión de algunas decenas de atmósferas
basta, en el caso del aire y del anhídrido carbónico, para observar que, con el
aumento de la presión, el producto pv disminuye; estos gases son,
en las condiciones en que operó Regnault, más compresibles que lo indicado por
la ley de Boyle-Mariotte, en tanto que el hidrógeno —como encontró el físico
francés es menos compresible. Regnault no efectuó mediciones más allá de 30
atmósferas. Su compatriota Cailletet llevó en 1870 la compresión hasta 200
atmósferas, y Amagat, cinco años más tarde, hasta 3.000 atmósferas. A la última
presión, el volumen del nitrógeno se revela cuatro veces mayor que si siguiese
la ley de Boyle-Mariotte. La ecuación de Clapeyron no basta, pues, para
traducir las propiedades de los gases reales. Con el propósito de dar cuenta de
los nuevos conocimientos, el investigador holandés Juan D. van der Waals,
apoyándose en la teoría cinética y en las mediciones de Cailletet, presenta en
1873 su nueva ecuación de estado
que
pone en evidencia las fuerzas intermoleculares por el cociente a /v2 y
el volumen propio de la molécula por la constante b, que representa
el valor límite hacia el cual tiende el volumen cuando la presión crece
indefinidamente. Paralelamente a esta mejor introspección en la naturaleza de
los gases, un viejo problema de orden práctico encontró también su solución: la
licuefacción de los gases.
El primer paso lo da el ilustre Farad ay en 1823, ayudante entonces del químico
Davy; por un simple dispositivo de laboratorio logra licuar primero el cloro y
después otros gases. Sus medios, ya conocidos por Dalton, fueron la presión y el
frío. El químico francés A. Thilorier, inventor de recipientes de acero para
gases comprimidos, vuelve más práctico el procedimiento del gran inglés y puede
obtener en 1835 grandes cantidades de anhídrido carbónico líquido. Empleando
mezclas frigoríficas más eficaces que en sus primeros ensayos, Faraday llega en
1844 a licuar considerable número de gases. Sin embargo, ciertos gases, el
hidrógeno, el nitrógeno, el oxígeno de carbono y el metano, resisten tenazmente
a toda tentativa. Las compresiones más fuertes no producen efecto. En vano es
que el médico austríaco Natterer (1854), les aplique una presión de 2.800
atmósferas; a estos gases se les llama permanentes, para distinguirlos de los
coercibles.
Faraday comienza a entrever en 1845 la causa de la enigmática permanencia; sus
conjeturas son guiadas por las observaciones hechas veinte años antes por el
francés Cagniard de la Tour, inventor de la sirena acústica. Éste comprobó que
por encima de cierta y determinada temperatura —hoy diríamos temperatura crítica—
los líquidos, cualquiera que sea la presión que sufren, se transforman en
vapor. Fuertes presiones, observó Cagniard de la Tour, no bastan para mantener
el éter etílico en estado líquido, si la temperatura está por encima de 187º;
si es verdad para la evaporación de líquidos, se pregunta Faraday, ¿por qué no
lo será para el problema inverso, la licuación de los gases? Comienza a
sospechar que para lograr la licuación de los gases permanentes no debe
aumentarse la presión, sino disminuirse la temperatura. Estas conjeturas son
plenamente confirmadas desde 1867 por el médico y químico irlandés Tomás An
drews (1813-1885). Si ciertos gases no pudieron ser licuados, es porque sus
temperaturas críticas son inferiores a la temperatura más baja obtenida por Faraday
y sus émulos (—110º). El descubrimiento de Andrews trazó el camino a seguir.
Dos hombres, independientemente uno de otro, dan en 1877 dos procedimientos que
permiten la obtención de temperaturas muy bajas y llegan de golpe a condensar
los gases permanentes. Luis Pablo Cailletet (1832-1913) logra su propósito
gracias al fenómeno de expansión: un gas es fuertemente comprimido en el tubo
de su aparato y la compresión repentinamente suprimida; una caída intensa de la
temperatura acompaña a la expansión. Su émulo el suizo Raúl Pictet opera por el
método de cascadas: la evaporación rápida del gas licuado número 1 produce un
descenso de temperatura suficiente para condensar el gas número 2, más
difícilmente licuable que el número 1. Los métodos se mejoran —sin que Sea
necesario acudir a nuevos principios— por los trabajos de los polacos Z.
Wroblewski y K. Olszewski, del inglés J. Dewar y del alemán K. Linde. El último
gas que resistía a todos los ensayos fue el helio: su temperatura crítica es la
de -268°, sólo 5o por encima del cero absoluto. Su licuación
fue realizada en 1908 por el holandés Kamerlingh Onnes. Los medios técnicos
para alcanzar temperaturas cada vez más bajas llevaron a los físicos a
preguntarse si se podía llegar al cero absoluto. El investigador alemán Walter
Nernst (1864-1944), apoyándose en hechos químicos, evidenció en 1906 la
inalcanzabilidad de esta meta, agregando con ello a los dos principios de la
termodinámica un tercero. Idear un dispositivo que permita enfriar un cuerpo
hasta el cero absoluto, asegura el teorema de Nernst, es tan imposible como,
según los dos primeros principios, construir una máquina que realice el
movimiento perpetuo.
La doctrina cinética de la materia salió, como acabamos de ver, de las
consideraciones sobre el comportamiento de los gases, cuya teoría era
relativamente fácil de desarrollar. Tarde o temprano, era menester extenderla a
los líquidos. Jacobo Enrique Van't Hoff (1852-1911) descubrió en 1885 que en
las soluciones las sustancias disueltas obedecen a las leyes de los gases. En
efecto, todo gas tiende a llenar el espacio que le es ofrecido y no cesa de
disiparse hasta que su repartición sea uniforme. Asimismo, todo cuerpo disuelto
tiende a difundirse y llegar a la misma concentración en todas partes. Las materias
disueltas ejercen, en forma osmótica, la misma presión que ejercerían en estado
gaseoso en igualdad de condiciones de temperatura y volumen. La ley de Van't
Hoff tuvo notables consecuencias para la fisicoquímica, y dio también los
medios para determinar las magnitudes moleculares en los líquidos.
Por otra parte, la realidad de la agitación molecular en el seno de la materia
se manifestó de modo particularmente espectacular justamente en los líquidos,
gracias a un fenómeno ya conocido en los tiempos de Clausius y Maxwell, sin que
hubiera atraído la atención de los fundadores de la teoría cinética. El
movimiento browniano, descrito por el botánico inglés Roberto Brown en 1827,
lleva de manera tangible, a la escala de magnitudes perceptibles al hombre, la
perpetua agitación de las moléculas. Partículas suspendidas en un líquido
muestran, si son bastante pequeñas, trepidaciones tan desordenadas como
ininterrumpidas, bien visibles al microscopio. Con calor o con frío, con
temperaturas constantes o variables, en líquidos más o menos densos, el
fenómeno no descansa en su incesante transcurrir. El matemático alemán Cristián
Wiener (1863) y el químico inglés Guillermo Ramsay (1866), célebre descubridor
de gases raros, fueron los primeros en encontrar la explicación del movimiento
browniano, resultado de los múltiples choques que las moléculas animadas del
fluido comunican a las partículas en suspensión; si éstas son voluminosas, los
choques se compensan, efecto de la ley del gran número, y las partículas quedan
en reposo; por el contrario, los gránulos bastante pequeños, para los cuales la
compensación no rige, son desplazados por las moléculas que con ellos
tropiezan. El estremecimiento de los gránulos es, pues, la visible imagen, en
nuestra escala, de las inobservables trepidaciones moleculares. Mediante
cuidadosos experimentos, el físico francés Carlos Gouy confirmó esta
interpretación en 1889. Una teoría exacta y rigurosa del fenómeno quedó
reservada al siglo XX y fue dada en 1905 y 1906 por Einstein y Smoluchowski.
El movimiento browniano, como todos los fenómenos estudiados a la escala
molecular, deja de verificar el segundo principio de la termodinámica. Esta
inesperada conclusión salió de la profunda interpretación que los trabajos de
Luis Boltzmann (1844-1906) proporcionaron a la ley de la entropía. Clausius y
lord Kelvin habían dejado abierto el problema del porqué del misterioso aumento
de la entropía. Que esta solución debía buscarse en el carácter particular
—distinto a las demás formas energéticas— del calor, no podía ser dudoso.
Puesto que cada fenómeno térmico se revela como el efecto estadístico, global,
de un inextricable conjunto de movimientos elementales y microscópicos, el
cálculo estadístico permite coordinar a su estado global, caracterizado por
ciertas posiciones y velocidades de las partículas, una cierta y bien definida
probabilidad. Conducido por semejante pensamiento, Boltzmann llegó a la
conclusión, sorprendente en el primer momento, de que la entropía en un sistema
aislado, debe ser igual al logaritmo de la probabilidad más una constante:
S = K log W + C
siendo K y C constantes
y W la probabilidad del estado. En la perspectiva del teorema
de Boltzmann, el aumento de la entropía pierde su carácter misterioso. Por ser
la entropía proporcional a la probabilidad, su tendencia a crecer pondría de
manifiesto el paso del sistema considerado de un estado menos probable a otro
más probable. La entropía es, pues, un aspecto del azar que rige al mundo
macroscópico, sometido a la ley del gran número. Una o algunas moléculas
individuales están libres de la entropía. Ésta sólo actúa sobre el pavoroso
conjunto de partículas que desempeña su papel en los fenómenos de nuestra
escala y aun más de la escala cósmica. Con este pensamiento de Boltzmann, una
escisión se opera, por primera vez en la historia de la física, entre las leyes
microscópicas y macroscópicas. Al penetrar en el interior atómico, el siglo XX
debe volver aún más profunda la inquietante dualidad.
Capítulo 13
La obra de Faraday
Su juventud: Ayudante de Davy; En la Real Institución; Descubrimiento de la
inducción; Las dos leyes de la electrólisis; El ion y el electrón; La intuición
de Faraday; Las líneas de fuerza; El papel de los aisladores; La idea del
campo: Primera brecha en la física newtoniana; Paramagnetismo y diamagnetismo;
Previsiones de Faraday
«Mi
mayor descubrimiento es Miguel Faraday», declaró al término de su
resplandeciente carrera Humphry Davy. Por cierto, los méritos del eminente
químico no son escasos, pero seguro es que el solo hecho de haber reconocido
las dotes excepcionales del joven Faraday, de haberle permitido cambiar el
taller de empastado donde trabajaba por el laboratorio de la Real Institución (Royal
Institut) bastaría para perpetuar la memoria de Davy en la historia de la
física. El feliz azar que hizo de Faraday el ayudante de Davy inició las
brillantes investigaciones que desarrollaron nuestros conocimientos sobre los
fenómenos electromagnéticos, más allá del estado en que los habían dejado las
búsquedas de Ampère, Oersted y Arago.
Miguel Faraday (1791-1867), el más ilustre entre los grandes experimentadores
del siglo XIX, descubridor de los principios sobre los cuales reposa la mayor
parte del macizo edificio de la electrotecnia de hoy, fue hijo de un herrero.
Fuera de la enseñanza elemental, el joven Faraday no disfrutó de otra
instrucción. Su ejemplo ofrece la prueba más sorprendente, entre muchas otras,
de la completa independencia del genio creador de los conocimientos conferidos
por la formación escolar. Su falta, como veremos, resultó ventajosa para el
desarrollo de Faraday. Empezó como aprendiz de librero; a los diecisiete años
aprendió empastado; en esta época comienza a leer libros, que llevaban los
clientes, sobre química y electricidad. Su primer contacto con las ciencias
despierta poderosamente en él el deseo de ampliar sus conocimientos. Empleó sus
ocios en seguir cursos nocturnos y asiste a varias de las magistrales
conferencias que Davy daba en la Real Institución. Estas últimas, fortifican su
decisión de abandonar el taller para dedicarse al estudio. La fortuna pronto le
sonríe: había preparado cuidadosamente las conferencias de Davy y las había
provisto de dibujos y comentarios. Envía el volumen al gran químico, con la
petición de que le conceda una posibilidad de trabajar a su lado. La respuesta
es afirmativa: Faraday entra en la Real Institución, a la cual queda vinculado
casi toda su vida (1813-1858). De preparador de laboratorio, en breve plazo
llegó a ser ayudante, suplente y, por fin, sucesor de Davy.
Algunos meses después de su ingreso en la Real Institución, Faraday acompaña a
su maestro en un viaje de dos años de duración, a través de Francia e Italia;
visita los grandes laboratorios de París, Florencia y Roma, conoce a Ampère y
Volta. De regreso a Londres se pone a estudiar con febril celo, guiado por Davy.
No habría podido encontrar mejor guía que el prestigioso experimentador, que
era a la vez un profesor admirable. Seis años bastaron al brillante alumno para
independizarse de su maestro. Comienza la carrera de Faraday, el descubridor.
Desde entonces su vida semeja una disertación científica conducida con férrea y
lógica consecuencia hasta su conclusión final, y su biografía se confunde con
la historia de su obra Alumno del gran químico, Faraday se interesa
primeramente por los ^problemas químicos; descubre el benzol, hidrocarburo que
debía adquirir en nuestros días extraordinaria importancia. Sus hallazgos
químicos culminan con la licuación de varios gases (véase página 244),
efectuada, como hemos indicado, por simples dispositivos de laboratorio.
Faraday tiene treinta años cuando la electricidad comienza a cautivar su
atención. Es el momento en que el hallazgo de Oersted despierta en todas partes
la curiosidad de los físicos, y las nuevas de las experiencias de Ampère son la
sensación del día. Para estudiar mejor las características del nuevo fenómeno,
Faraday repite los ensayos del físico francés y varía las condiciones
experimentales. Oersted y Ampère habían obtenido magnetismo por electricidad.
¿Por qué no se podría invertir el procedimiento y producir electricidad por
magnetismo? La cuestión se impuso tanto más cuanto que en la teoría de Ampère
un imán es asimilable a una corriente y puede ser reemplazado por ella. Un imán
es capaz de engendrar magnetismo por influencia en un trozo cercano de acero, efecto
que se explica, en el pensamiento de Ampère, por ser el magnetismo un conjunto
de corrientes moleculares. Si en el hierro corrientes microscópicas producen
magnetismo, es decir, otras corrientes microscópicas, ¿por qué, se pregunta
Faraday, una corriente normal, macroscópica, no provocará corrientes similares
en un conductor vecino? El hecho de que por influencia una carga eléctrica
engendre otra, reforzó aún más la convicción de Faraday de que si se la
interrogaba convenientemente, la naturaleza daría una respuesta afirmativa a la
última pregunta.
Después de muchas tentativas infructuosas (1825-1828), que llenan muchas
páginas del diario de Faraday, sobreviene el otoño de 1831 y con él el
descubrimiento de la inducción. Sobre un cilindro de madera, Faraday enrolla
dos bobinas de hilo, aisladas, pero cercanas entre sí, y une la primera con una
batería voltaica; la otra, con un galvanómetro. En tanto que la corriente fluye
por la primera bobina, la aguja del galvanómetro permanece en reposo; mas
Faraday observa que en el instante en que cierra o abre la corriente, la aguja
del galvanómetro evidencia una pequeña desviación, indicando la presencia de
una débil corriente en la segunda bobina. Por mínimo que sea el efecto, el
fenómeno está descubierto: la vecindad de la corriente de la primera
bobina induce, en el momento de cerrarla y abrirla, en la bobina
secundaria, corrientes con direcciones opuestas. Faraday llama inducción
voltaica a la producción de corriente por corriente galvánica.
Largo era el camino para llegar a este punto de partida, mas una vez alcanzado,
Faraday penetra con extraordinaria facilidad en el dominio desconocido de la
electricidad inducida y descubre un fenómeno tras otro. Reconoce la inducción
por aproximación o alejamiento, por reforzamiento o debilitación del circuito
primario.
Por instructivos que sean estos resultados, todavía el magnetismo no interviene
en los experimentos. En 1822 había escrito el joven Faraday en su diario:
«¡Produce electricidad por magnetismo!» Ha llegado el momento de la realización
de su propósito. Enrolla, primero, sobre un anillo de hierro dulce dos bobinas;
en el momento de cerrar y abrir la corriente en una de las bobinas, el
galvanómetro indica —esta vez con poderosa desviación— la presencia de
corriente inducida en la segunda bobina. Modifica al dispositivo y muestra que
al introducir una barra imanada en el interior de una bobina y al retirarla, se
obtienen igualmente corrientes inducidas.
Aún no ha terminado el fecundo año de 1831 cuando Faraday logra, el 28 de
octubre, conseguir corrientes 'permanentes por inducción, aclarando de golpe
los enigmáticos y mal definidos fenómenos del «magnetismo de rotación», que
asombraron a Ampère y Arago. Hace girar entre los polos de un potente imán en
forma de herradura un disco de cobre perpendicular al plano del imán y recoge
la corriente por medio de dos alambres que rozan el eje y la circunferencia del
disco; la aguja de un galvanómetro reveló que la intensidad de la corriente
crecía con la velocidad de rotación del disco y con la intensidad del campo
magnético. La corriente inducida cambió de sentido al invertir los polos del
imán o la rotación del disco.
«Con esto está demostrada —escribió Faraday en su Experimental
researches— la posibilidad de la producción de corrientes eléctricas
permanentes por imanes comunes.»
Entre la primera y débil desviación de la aguja magnética que reveló ^ Faraday
el fenómeno de la inducción y este capital éxito, transcurren sólo pocas
semanas. Del experimento de Faraday se va en recto camino hacia las máquinas
generadoras de corriente, cuyo primer modelo fue ideado —pocos meses después de
la publicación de Faraday— por Pixii y mejorado por Clark y Page. Estas
insuficientes tentativas condujeron treinta años más tarde a la construcción de
la dínamo (1867-1869), obra del alemán Werner Siemens, del italiano Antonio
Pacinotti y del francés Zenobio Gramme. Toda la industria eléctrica de nuestros
días es tributaria del descubrimiento de Faraday. Motores, transformadores,
teléfonos y radios están en cierne en sus experimentos de 1831. La historia de
la física conoce pocas hazañas que hayan tenido sobre la civilización una
influencia tan profunda.
Con la abundante cosecha del fértil año de 1831, las formas posibles de la
inducción no estaban agotadas, y el incansable experimentador les agregó dos
más en los primeros meses del año siguiente. Como en sus experiencias de
inducción podía utilizar con la misma eficacia imanes artificiales o naturales,
Faraday concluyó que el magnetismo terrestre también podría
servir para producir corrientes inducidas. Hizo girar una bobina de modo que su
eje describiera el meridiano magnético. Su espera no fue vana; el galvanoscopio
mostró la presencia de corrientes. La serie de hallazgos en este dominio fue
rematada con la inducción unipolar, provocada en el circuito por el
desplazamiento de un polo único y cercano. De estos descubrimientos supo sacar
interesantes consecuencias de orden teórico y práctico el físico alemán
Guillermo Weber. Mientras tanto, el sabio ruso Lenz estableció en 1834 una ley
que permite prever el sentido de la corriente en todos los casos de la
inducción. El sentido de la corriente inducida es tal que, directamente o por
sus efectos, se opone a las acciones que la generan.
En el mismo año que Lenz encontró su ley, notó el físico inglés W. Jenkin un
curioso fenómeno que escapó a la atención de Faraday. Observó que la chispa de
abertura del circuito es reforzada cuando el hilo es más largo y enrollado bajo
la forma de una bobina. La explicación dada por Jenkin no era satisfactoria;
pronto reconoció Faraday la causa del fenómeno en la acción inductiva de la
corriente —engendrada al abrirla o cerrarla— sobre el propio conductor. Era
lógico concluir que las corrientes de inducción pueden dar nacimiento a otras
corrientes de inducción, y el norteamericano José Henry (1797-1878) logró
demostrar su existencia hasta el quinto orden, determinando también el cambio
de sentido de las corrientes. Henry es el verdadero descubridor del fenómeno
que hoy llamamos selfinducción o autoinducción. Lo observó antes
que Jenkin. Por el contrario, la sugestión de varios historiadores
norteamericanos de atribuir a su compatriota el hallazgo de la inducción no
tiene fundamento. La publicación de Henry (1832) es posterior a la de Faraday.
A la exploración del vasto dominio de los fenómenos de inducción se agregaron
casi inmediatamente, en 1834, las investigaciones de Faraday sobre las acciones
químicas de la corriente. Por cierto, no fue un terreno virgen; desde los dos
iniciadores, Nicholson y Carlisle, numerosos sabios, entre ellos Ritter,
Berzelius, Grotthus y sobre todo Davy, lo habían hollado, mas faltaba que
Faraday le aportara la exactitud de su procedimiento experimental, la límpida
claridad de sus deducciones, para llegar a la ley fundamental de la
electrólisis. Faraday conocía bien el poder sugestivo de los símbolos
heredados; para librarse de toda idea preconcebida crea un nuevo lenguaje que
le permitirá no prejuzgar en el fenómeno a estudiar. La denominación polo, ¿no
sugiere la idea de atracción? La reemplaza por el término neutro de electrodo,
llamando al electrodo positivo ánodo, y al negativo cátodo. Sus palabras anión,
catión, electrólito, etc., integran la nomenclatura actual. Es más que una
innovación formal: las nuevas palabras hacen posible un modo más exacto de
expresión y salvaguardan además la independencia de la interpretación.
La cuestión de cómo el electrólito llega al electrodo, problema muy discutido
por sus predecesores, no interesa a Faraday. Lo que se propone determinar es la
relación entre la cantidad de electricidad y la cantidad de agua que descompone
en un tiempo dado. Sus experimentos le evidencian que la descomposición
electroquímica es función de la carga eléctrica que pasa de un electrodo a
otro; hay, establece Faraday, una proporcionalidad entre la cantidad de
electricidad suministrada por la corriente y la masa de sustancia depositada en
los electrodos. Este principio, la primera de sus dos leyes sobre electrólisis,
sirve a Faraday para idear su voltámetro, que mide la intensidad de la
corriente por la cantidad de gas detonante que la comente libera del agua. Para
generalizar sus conclusiones sobre la electrólisis, compara la masa de diversas
sustancias, obtenidas en un tiempo dado, por la misma cantidad de electricidad.
En dos cubetas, con la misma corriente descompone agua y cloruro de estaño. En
tanto que en la primera cubeta recoge un peso de hidrógeno igual a 0 grano
49742, en la segunda, encuentra 3 granos 2 de estaño. Faraday comprueba que los
dos números están precisamente en la misma relación que los equivalentes
químicos de los dos elementos y corrobora el trascendental resultado, con el
examen de una serie de otros electrólitos. De aquí concluye que en la
electrólisis, a un átomo de sustancia dada, se asocia siempre una y la misma
carga eléctrica, llevada por el átomo (o por un grupo de átomos). A este
constituyente del electrólito descompuesto y a su carga, da Faraday el nombre
de ion, palabra que en griego significa viajero. La ley fundamental de la
electrólisis está, pues, descubierta. Faraday establece que el paso de una
carga igual a 96540 culombios libera el equivalente gramo de un ion, es decir,
la masa atómica dividida por la valencia. Más tarde, mucho después de la muerte
de Faraday, los electricistas recurrirán (1893) a la ley de Faraday para
definir el amperio, la unidad que mide la intensidad de la corriente. Sin
embargo, el alcance del descubrimiento no consiste sólo en su utilidad
práctica, pues ésta es sobrepasada por su alto valor cognoscitivo. La
constancia de la carga del ion monovalente —reconocida por Faraday— es el
primer indicio de la naturaleza granular de la electricidad, proposición
cardinal de la moderna teoría atómica. Por primera vez en la historia, está vislumbrada
en el descubrimiento de Faraday la partícula elemental, electrón, cuyo concepto
domina la física actual. Menester es, en verdad, aguardar hasta la última
década del siglo XIX para que la ciencia tenga conciencia del sentido profundo
del concepto que está en la base misma de los fenómenos microcósmicos. No
obstante, desde las investigaciones de Faraday, el electrón está virtualmente
presente en la física y cuando al fin —en los fenómenos de la descarga en el
vacío— se manifiesta su existencia, no causará sorpresa. Faraday no dio nombre
a la carga eléctrica elemental; fue el físico inglés J ohnston Stoney quien la
llamó electrón. En su memorable discurso pronunciado el 16 de febrero de 1881
en Dublín, se refiere a la ley de Faraday.
«La
naturaleza nos da una cantidad de electricidad perfectamente determinada,
independiente de la diversidad de los cuerpos sobre los cuales actúa, como
unidad, según la ley de Faraday... Es la unidad fundamental que nos ofrece la
naturaleza misma.»
La
abundancia de nuevos conocimientos dados por Faraday reclamaba imperiosamente
una interpretación sintética, que abrazara el conjunto de las acciones
eléctricas y magnéticas. Faraday la brindó en 1837 con la admirable imagen de
las líneas de fuerza. Más que los otros físicos del siglo XIX,
Faraday es sobre todo un intuitivo, no piensa con fórmulas, piensa con
imágenes. Sus conocimientos matemáticos no sobrepasaban el álgebra elemental;
sin embargo, esta limitación, consecuencia de su destino que le había cerrado
el camino de la formación universitaria, se convierte en ventaja, ya que le
impide construir teoremas analíticos y lo dirige hacia la representación
geométrica e intuitiva. Se podría creer que con ello su teoría pierde rigor;
mas por el contrario, el edificio que levanta es tan sólido que Maxwell podrá
realizar sin modificación la transposición matemática. Su extraordinario poder
de visión, su facilidad de traducir fenómenos complicados en sencillas
imágenes, asombra a justo título a sus contemporáneos.
«Es
sumamente extraordinario —juzga Helmholtz— observar cómo gracias a una especie
de intuición, sin emplear fórmula alguna, encontró una serie de teoremas
generales, que sólo pueden ser estrictamente comprobados por el más alto poder
del análisis matemático... Confieso que muchas veces me encontré mirando
desesperadamente sus descripciones de las líneas de fuerza, al buscar la razón
de las sentencias que definen la corriente galvánica como eje de fuerza.»[34]
Por
supuesto, el concepto de las líneas de fuerza existía mucho tiempo antes de
Faraday; aparecen visibles, en torno de un imán, gracias a las conocidas curvas
dibujadas por limaduras de hierro, en una hoja colocada sobre el imán. Gilbert,
á fines del siglo XVI, ya entrevió la existencia de estas líneas. Por otra
parte, los fenómenos de la influencia eléctrica, puestos de manifiesto por
Aepinus y Wilke, y el descubrimiento de la ley de Coulomb, en su extraordinaria
analogía con la ley de Newton, condujeron, a principios del siglo XIX, a
Laplace y Poisson a estructurar la teoría de un campo cruzado por líneas de
fuerza y capaz de dar una representación sintética de la atracción y repulsión,
debidas a fuerzas ya magnéticas, ya eléctricas o ya gravídicas. Pero esta
teoría no fue más que un esquema matemático, las líneas de fuerza sólo fueron
ficciones cómodas, sin realidad física. Todo cambia con Faraday; para él, las
líneas de fuerza son tan reales como los objetos sensibles; se puede seguir su
recorrido en el espacio, y su dirección es la de la fuerza, cuya intensidad
está medida por el número de las líneas que atraviesan perpendicularmente a 1
cm 2.
En la teoría de Faraday se pueden asimilar las líneas de fuerza a hilos
elásticos que tienden, al contraerse, a aproximar las superficies en que sus
extremidades están fijadas. Estas extremidades representan las cargas
eléctricas, una positiva y otra negativa. El espacio en torno de un imán está
también cruzado por líneas sometidas a dos tensiones opuestas, una —la atracción—
que tiende a acortarlas, y otra —repulsión entre las líneas adyacentes— que
tiende a ensancharlas. Su concentración es mayor en los polos y se atenúa con
la distancia, donde las líneas se suceden en curvas siempre más espaciadas. El
conjunto de estas líneas define el campo magnético. Si un conductor corta las
líneas de fuerza del campo magnético, la perturbación provoca una corriente
inducida. La fuerza electromotriz de la inducción será tanto mayor cuanto más
numerosas sean las líneas de fuerza cortadas. A cada cambio de la corriente,
afirma Faraday, también corresponde una perturbación de las líneas de fuerza,
lo que explica que al cerrar o abrir un circuito primario, se origine una
inducción en el conductor secundario. La fecundidad de esta imagen es
extraordinaria. Sirve como segura guía en todas las múltiples formas de la
inducción.
Las líneas de fuerza en torno del imán o electroimán son curvas cerradas. Las
que rodean a una carga eléctrica son rectilíneas o curvas abiertas; su
recorrido, que conduce de un cuerpo electrizado a otro, en el cual reside la
opuesta electricidad de influencia, no es siempre fácil de seguir.
Miguel Faraday
Faraday
lo consiguió con una serie de experiencias. Estas líneas pueden contornear
obstáculos. Preverlas a partir de la ley de Coulomb entraña complicadas
fórmulas matemáticas, en tanto que la representación de Faraday permite una
sencilla e inmediata orientación. A un importante hallazgo lo condujeron estas
investigaciones. Encontró el influjo de los aisladores sobre los efectos
eléctricos. Descubrimiento de grandes consecuencias, dado que abrió, en un
punto vital, una brecha en la fortaleza de la física newtoniana.
Para las formas intuitivas del pensamiento de Faraday eran inconcebibles las
fuerzas que actúan a distancia sin intervención del ambiente. Tal ficción,
puramente matemática, le parecía, por lo menos en la física eléctrica, carente
de sentido. En oposición al concepto de Laplace y Poisson, en oposición a toda
la poderosa escuela de los mecanicistas, que tendían —siguiendo la analogía de
la gravitación— a atribuir los fenómenos eléctricos y magnéticos a acciones a
distancia entre puntos masivos, Faraday rechazó la idea de las fuerzas que
actuarían instantáneamente entre dos puntos alejados sin depender de otro
factor que la distancia. Sus experimentos contradecían tal suposición, pues
revelaron que la magnitud de una acción eléctrica entre dos cuerpos depende
también de la sustancia que se encuentra entre ellos. Faraday demostró este
importante hecho con ayuda de un condensador con medio aislador — dieléctrico —
cambiable, comprobando que la capacidad del condensador variaba según los
diferentes dieléctricos empleados. Para una serie de sustancias midió la
«capacidad inductora específica», magnitud que caracteriza al medio y que en
1873 recibió de Maxwell el nombre de constante dieléctrica. Si el medio que
interviene en los experimentos, razonó Faraday, causa diferencias en la
transmisión de la acción eléctrica, ésta no puede ser una acción a distancia y
debe transmitirse, concluyó, punto por punto, a través del medio circundante.
Estos puntos forman las líneas de fuerza. El asiento de la energía eléctrica no
está, pues, en el conductor, sino en el ambiente, en el campo que rodea las
cargas.
Tal pensamiento, fundamentalmente nuevo, es de decisiva importancia: fue
menester la sagaz imaginación científica de Faraday para ver que no eran las
cargas, sino el ambiente, el campo existente entre ellas, lo esencial en la
descripción de los fenómenos eléctricos. Un concepto para el cual no había
lugar en la física newtoniana, surge aquí, grávido de porvenir. La
extraordinaria riqueza del nuevo modo de apreciar, inaugurado por Faraday, se
revelará más tarde en las ecuaciones de Maxwell, quien lo extiende al dominio
de la óptica y del electromagnetismo, demostrando la fundamental identidad de
los fenómenos luminosos y electromagnéticos.
Por una última y magnífica generalización, terminará por invadir con creciente
importancia casi toda la física, y englobará en el siglo XX, gracias a
Einstein, también a los fenómenos gravídicos. Sin embargo, el concepto del
campo, tal cual aparece en la teoría de Faraday, le basta para renunciar a la
hipótesis de los dos fluidos eléctricos. No existe para él más que un fluido
imponderable, el éter, que, llenando el espacio, es el portador de los campos
eléctricos o magnéticos. Un campo eléctrico no es sino un cierto estado del
éter; comunicar una carga eléctrica a un cuerpo es en realidad crear un
definido estado de tensión, una deformación en el éter.
Jaime Clerk Maxwell
Una
vez determinado el papel de los diferentes dieléctricos en el campo eléctrico,
Faraday examina el comportamiento de distintas sustancias en campos magnéticos.
En sus experimentos se sirve de un trozo de cristal, formado por borato de
plomo, y observa (1845) que el cristal llevado a un intenso campo
magnético no se coloca, como el cobre, en la línea de unión de
los polos, sino perpendicularmente al eje del electroimán. Faraday traza
entonces un distingo. Llama paramagnéticos a los cuerpos cuya
imanación —como el cobre— es del mismo sentido que el campo magnético, y diamagnéticos a
aquellos cuya imanación, igual a su cristal o al bismuto, es de sentido
contrario. Los cuerpos paramagnéticos son atraídos por el imán; los
diamagnéticos, repelidos. Faraday no encuentra ningún cuerpo insensible a la
acción del electroimán, a condición de que la excitación sea suficientemente
intensa; demuestra que todos los cuerpos pueden ser clasificados en uno de los
dos grupos indicados, y concluye que el magnetismo es una propiedad general de
toda materia.
El cristal de borato de plomo —su famoso «vidrio pesado»— que tan bien le
sirvió en la investigación del diamagnetismo, lo condujo a otro conocimiento no
menos importante. Su intuición le sugería que las líneas de fuerza de un campo
magnético deberían actuar, de un modo u otro, sobre la luz. Sus experiencias
con docenas de sustancias transparentes fracasaron, mas Faraday no dejó su
idea. Por fin, al llevar su vidrio pesado entre los polos de un fuerte
electroimán, comprobó que el plano de polarización del rayo luminoso en el
cristal experimenta una rotación en el campo magnético. Brota aquí una capital
idea en los razonamientos del gran precursor. ¿No será el éter cuyas
oscilaciones producen las ondas luminosas idéntico al éter que transmite los
efectos magnéticos y eléctricos? El campo magnético, que modifica el plano de
polarización, ¿no actuaría también sobre la longitud de onda, el color de la
luz? Faraday coloca (1862) una llama de sodio en un fuerte campo magnético; es
una de las últimas de las millares de experiencias del inmortal observador. El
resultado negativo no lo aleja de su hipótesis. Admirable es la seguridad de su
intuición, aun en los casos en que sus recursos experimentales no bastaron ya
para corroborar sus presagios. Sus conjeturas se verificaron una tras otra; la
actuación del campo magnético sobre la luz será puesta en evidencia por el
holandés Pedro Zeeman en 1896; ya antes, el influjo del campo eléctrico sobre
fenómenos ópticos, igualmente previsto por Faraday, fue comprobado por el
inglés Juan Kerr, al demostrar la doble refracción del rayo luminoso, provocada
en sólidos y líquidos por el campo eléctrico.
Los esfuerzos casi sobrehumanos que Faraday exigió durante décadas a su
poderoso espíritu, no podían quedar sin repercusión sobre su salud. Hacia los
sesenta y cinco años su memoria, infalible hasta entonces, comenzó a negarle
sus servicios. Abandonó en 1858 la Real Institución para retirarse a una quinta
que el rey le había regalado, donde murió, a la edad de setenta y seis años.
Capítulo 14
Maxwell, Hertz y Lorentz
La ley de Neumann; Las unidades absolutas: Gauss y Weber; Clark Maxwell: La
trascendencia de sus ecuaciones; La corriente de desplazamiento; La teoría
electromagnética de la luz; El experimento de Rowland; La realidad de las ondas
eléctricas: Enrique Hertz; La mecánica de Hertz; Descubrimiento del electrón:
Enrique Antonio Lorentz; El efecto Zeeman; Hacia la física del siglo XX
Dejemos
Inglaterra, donde Faraday encuentra en la persona de Maxwell a su gran
codificador, y transportémonos por un momento a Alemania. Francisco Neumann
(1798-1895), mineralogista y físico de la Universidad de Königsberg, estableció
las leyes cuantitativas de inducción. Neumann es un investigador sagaz y
matemático agudo; no obstante, sus desarrollos son largos y a veces inútilmente
complicados; es más fácil enunciar lo esencial de sus resultados que seguir el
encadenamiento sinuoso de sus pensamientos. En un circuito cerrado, la
corriente es inducida cada vez que el número de las líneas magnéticas de fuerza
que cruzan el circuito sufre un cambio. La fuerza electromotriz que actúa en el
circuito está determinada por el número de las líneas de fuerza que el circuito
gana o pierde por segundo. A sus méritos, que no escasean, Neumann agrega el
raro privilegio de haber vivido noventa y siete años, sobrepasando la
longevidad de Hittorf y de lord Kelvin, ya que el primero festejó noventa
aniversarios y el segundo ochenta y tres.
La teoría de Francisco Neumann procede de ideas de Carlos Federico Gauss
(1777-1855), cuya aplicación práctica representa.
El príncipe de los matemáticos enriqueció la física con varias aportaciones, la
más importante de las cuales, sin lugar a dudas, es su célebre memoria de 1832
sobre la intensidad del magnetismo terrestre, donde introdujo el sistema de
unidades absolutas, indispensable desde entonces para las ciencias. Apoyado en
la ley de Coulomb para polos magnéticos, Gauss indicó cómo la unidad del
magnetismo puede ser deducida de las tres unidades fundamentales, de espacio,
masa y tiempo (centímetro, gramo, segundo), al acudir sólo a las leyes de la
física con exclusión de factores arbitrarios. La unidad de fuerza será, pues,
la que imprime a la unidad de masa la unidad de aceleración = 1 dina; por
consiguiente, la unidad de la cantidad magnética —o de la fuerza de polo— será
aquella que sobre una cantidad igual de magnetismo ejerce en la distancia 1 una
fuerza 1. El método de la medición gaussiana se sirve de la componente
horizontal de la intensidad del campo H, y orilla la gran
dificultad conceptual del polo magnético —no limitable exactamente en el
espacio— con la introducción del momento magnético M. La
observación de las oscilaciones del imán permite determinar el producto HM; la
de las desviaciones provocadas por el mismo imán sobre una aguja conduce al
valor del cociente H/M; así, el momento magnético y la
componente horizontal del magnetismo terrestre están medidos en valores absolutos.
Gauss encontró un fiel y genial colaborador en Guillermo Weber (1804-1890), su
colega en la Universidad de Gottinga. Éste prolongó la idea gaussiana de las
unidades absolutas y la aplicó a todas las magnitudes eléctricas. Consagró
varias décadas de su vida a inventar los instrumentos requeridos y a ejecutar,
con precisión inigualada hasta entonces, las mediciones para establecer las
unidades todavía hoy empleadas —amperio, culombio, ohmio, voltio— introducidas
en 1881 por el Congreso de Electricistas reunido en París. Al igual que
Neumann, Weber fue un descollante teórico. Como la ley fundamental de Ampère
abraza solamente los fenómenos electrodinámicos, pero no rinde cuenta de las
acciones electrostáticas, ni de la inducción voltaica, Weber englobó en una
fórmula las acciones mutuas de cargas eléctricas en reposo o en movimiento; en
el caso especial en que la distancia de las masas es invariable, la fórmula de
Weber se transforma en la de Coulomb; en otros casos permite deducir las leyes
de la inducción. En oposición a Faraday, Weber admite la acción de fuerzas
eléctricas a distancia; su teoría cayó en el olvido cuando, veinticinco años
más tarde, Maxwell dio armadura matemática a la doctrina de Faraday.
En el curso de sus investigaciones sobre las unidades eléctricas, Weber tropezó
con un significativo descubrimiento. La relación entre las unidades
electromagnética y electrostática de intensidad no es un número puro, como el
existente entre dos unidades de tiempo (minuto y segundo), o entre dos unidades
de longitud (metro y toesa); por el contrario, su cociente representa una
velocidad que Weber, ayudado por R. Kohlrausch, logró medir en 1857. El
resultado dio una cifra —41.949 millas geográficas— cuyo orden de
magnitud coincide con el de la velocidad de la luz. Todas las
mediciones hechas después indican que la coincidencia es rigurosa. Coincidencia
reveladora, que debió conducir en los razonamientos de Maxwell a conclusiones
trascendentales.
Jaime Clerk Maxwell (1831-1879), alumno de Faraday, el más imaginativo de los
teóricos del siglo XIX, era como Kelvin, su pariente espiritual, de origen
escocés. A los trece años se matriculó en la Universidad de su ciudad natal,
Edimburgo; a los quince se destacó por su primera memoria matemática. Profesó
primero en Aberdeen, y después en el King's College de Londres. Sus más
fecundos años los pasó en el silencioso retiro de su casa de campo. Allí maduró
la monumental obra Treatise on Electricity and Magnetism (1873).
En 1871 aceptó una cátedra en la Universidad de Cambridge, cuyo famoso
laboratorio físico inaugura; en el apogeo de su actividad, una enfermedad
incurable lo robó a la ciencia antes de que pudiera ver la brillante
confirmación de sus más queridas ideas, por el veredicto de los experimentos de
Hertz.
Enrique Hertz
Su
curiosidad de investigador le arrastra algún tiempo hacia la teoría cinética de
los gases y la constitución de la materia, pero sin cesar vuelve a los
fenómenos eléctricos, que ejercen sobre su espíritu verdadera fascinación. Con
poderosa síntesis que fue la admiración de sus contemporáneos y que nos
sorprende aun hoy, Maxwell logra reunir en pocas ecuaciones la quintaesencia de
un estupendo número de comprobaciones.
Las leyes de Coulomb y la teoría laplaciana del potencial, los descubrimientos
de Oersted y Ampère, la ley de Ohm, los resultados de los experimentos de
Faraday, todo cabe en las igualdades maxwellianas.
Los estados del éter, tal como se manifiestan por las fuerzas eléctricas y
magnéticas medibles, en sus relaciones con las constantes características de
los cuerpos materiales, están unívocamente definidas por seis ecuaciones, que
prevén además la existencia de ondas eléctricas, análogas a las ondas
luminosas, y establecen así una unión entre los dos enormes dominios del
electromagnetismo y la óptica, hasta entonces separados. War es ein
Gott, der diese Zeichen schrieb?[35],
exclamó Boltzmann aplicando las palabras de Goethe a las síntesis del gran
inglés. En efecto, la hazaña no tiene precedente en la historia de la física, y
es aún más sorprendente por estar realizada con ecuaciones sencillas, que
forman en último análisis toda la teoría de Maxwell.
Los razonamientos que conducen al genial escocés a sus resultados no siempre
son transparentes, y a veces admiten objeciones. Por momentos se tiene casi la
impresión de que las conclusiones hubieran existido listas, a priori, en el
espíritu de su creador. No obstante, las ecuaciones son justas y traducen
admirablemente los fenómenos reales. Menester sería, dijo Hertz, aceptarlas
como hechos fundamentales, aun sin demostraciones. Enamorado como Kelvin de
modelos mecánicos, ayuda, según él, indispensable para asir un problema,
Maxwell se esforzaba también por construir primero modelos del éter,
susceptibles de representar las interacciones magnéticas y eléctricas que se
habían revelado en los experimentos de Faraday. Mas esto sólo fue la primera
etapa de su pensamiento. Dejó los modelos para dirigirse hacia las
descripciones matemáticas. No obstante, en el fondo de sus razonamientos yace
una imagen. Maxwell asimila la corriente eléctrica al correr de un fluido
incompresible, análogo hl agua de un río, y extiende la validez de esta
comparación a los fenómenos donde intervienen aisladores dieléctricos.
Consideremos con Maxwell lo que ocurre si ligamos, por ejemplo, los dos polos
de una batería eléctrica con un condensador; en el momento de la carga, una
corriente recorre la batería y los hilos de conexión. ¿Qué sobreviene en ese
instante, en el seno del aislador, entre las dos armaduras del condensador?
Nada, declararon los predecesores de Faraday y Maxwell; el aislador, añaden, no
es sede de ningún fenómeno, la carga se acumula simplemente sobre las
armaduras. Pero Maxwell, quien asimila en todos los casos el correr de la
electricidad al de un fluido incompresible, afirma que la corriente, sin
detenerse en las placas, circula también en el espacio intermediario. En el
momento en que las placas se cargan, se produce de una armadura a la otra un
nuevo género de corriente, la corriente de desplazamiento, que está
necesariamente ligada al movimiento de la electricidad. En todos los puntos del
aislador la energía se acumula bajo la forma de un estado de tensión; estado de
tracción en la dirección de las líneas de fuerza, estado de presión en la
dirección perpendicular. Se podría decir que lo esencial del fenómeno se
produce en el dieléctrico, que desempeña un papel tan importante como el del
ánima de un cañón. ¿Cuál es, pues, la diferencia entre los fenómenos que
transcurren en el hilo conductor y los que se producen en el ambiente
dieléctrico?
«La única diferencia —escribe Maxwell en su Treatise— consiste en que en el
dieléctrico una fuerza que llamamos elasticidad eléctrica se opone al
desplazamiento y hace retroceder la electricidad, cuando la fuerza
electromotriz es suprimida; en tanto que en el hilo conductor la elasticidad
eléctrica es constantemente vencida, de manera que se produce una corriente de
conducción y que la resistencia depende, no de la cantidad de electricidad
desplazada de su posición de equilibrio, sino de la cantidad que atraviesa una
sección del conductor, en un tiempo dado.»
El desplazamiento eléctrico es, pues, una nueva cantidad física que entrará en
los cálculos de Maxwell. La inmediata consecuencia de la introducción de la
corriente de desplazamiento es eliminar el difícil problema de la diferencia
entre corrientes abiertas o cerradas; problema que preocupaba a los teóricos y
que con Maxwell se pone en claro, pues si se tiene en cuenta la corriente de
desplazamiento, no quedan más que corrientes cerradas.
Sin entrar en el desarrollo matemático de la teoría de Maxwell, señalemos sólo
sus resultados esenciales. Apoyado en las leyes del electromagnetismo y en su
hipótesis de las corrientes de desplazamiento, Maxwell comprueba que cada
cambio del campo eléctrico engendra en su proximidad un campo magnético, e
inversamente, cada variación del campo magnético origina un campo eléctrico.
Dado que las acciones eléctricas se propagan, con velocidad finita, de punto en
punto, se podrán concebir cambios periódicos en dirección y en intensidad de un
campo eléctrico, como una propagación de ondas. Tales ondas eléctricas están
necesariamente acompañadas por ondas magnéticas, indisolublemente ligadas a
ellas. Los dos campos, eléctrico y magnético, periódicamente variables, son
constantemente perpendiculares entre sí y a la dirección común de su
propagación. Son, pues —primera e importante conclusión—, ondas
transversales.
Las ecuaciones de Maxwell, donde intervienen —fuera de constantes materiales—
las coordenadas del espacio y la variable del tiempo, una vez dada la fuerza
eléctrica y magnética en un estado inicial, permiten seguir las oscilaciones
del campo electromagnético, análogamente a las ecuaciones de la hidrodinámica
que prevén las vicisitudes de un líquido en el espacio y en el tiempo. Lo que
estas ecuaciones hacen para el líquido, lo hacen las fórmulas de Maxwell para
el éter. Éste, portador de todos los efectos eléctricos o magnéticos, es —en
los razonamientos de Maxwell— un ambiente con la elasticidad de un sólido y en
el cual las oscilaciones se propagan con una velocidad
siendo k la
constante dieléctrica y μ la permeabilidad magnética. En el vacío, donde k =
μ = 1, la velocidad será igual a c, medida por el cociente de dos
unidades electrostática y electromagnética.
Ahora bien: sabemos que este cociente, determinado experimentalmente por Weber
y Kohlrausch, tiene el valor de la velocidad de la luz. Por consiguiente, las
ondas electromagnéticas no sólo son transversales como las ondas luminosas,
sino que también se transmiten con la misma velocidad. De esta doble analogía,
con atrevido y genial vuelo, concluye Maxwell su identidad. La luz, afirma,
consiste en una perturbación electromagnética que se propaga en el éter. Ondas
eléctricas y ondas luminosas son fenómenos idénticos.
Consecuencia inmediata de la teoría de Maxwell es el establecer una inesperada
relación entre dos propiedades características, la constante dieléctrica y el
índice de refracción de una sustancia dada.
En efecto, la velocidad de propagación de las ondas
se
reduce para un medio no conductor y no magnético a
como c/V es
el índice de refracción n, resulta que k = n2; así,
la constante dieléctrica de un medio tiene el mismo valor que el cuadrado de su
índice de refracción óptica.
Guillermo E. Weber (1804-1891)
Que
la famosa relación se cumple en el mundo físico, lo demostró Luis Boltzmann en
1873, pocos meses después de publicada la obra del gran pensador de Cambridge.
Fue la primera señal experimental de la certidumbre de la teoría maxwelliana.
Además, en seguida se vio claramente que la nueva teoría suprimía la mayoría de
las dificultades que planteaban las concepciones mecánicas de Fresnel.
A pesar de ello, la acogida hecha a la genial doctrina del innovador fue fría
al principio, incluso en Inglaterra. Lord Kelvin declaró no comprender los
razonamientos de Maxwell y no ver bien la utilidad de la teoría
electromagnética de la luz. Raros eran los partidarios; entre éstos se
destacaba Oliverio Heaviside, quien desde 1885 completó el sistema de las
ecuaciones maxwellianas, y sobre todo Helmholtz, cuyas investigaciones
procuraron dar a la teoría una base a la vez más amplia y más firme. Los dos
protagonistas encontraron un genial aliado en la persona de un alumno
norteamericano de Helmholtz, Enrique A. Rowland (1848-1901). Con una célebre
experiencia, Rowland hizo evidente en 1876 que la carga electrostática de un
disco en rotación rápida desvía en su vecindad a una aguja magnética, del mismo
modo que lo hace una corriente eléctrica. Dedujo, pues, que en sus efectos
magnéticos no hay diferencia entre una corriente de conducción y otra de
convección, producida por el transporte mecánico de un cuerpo cargado.
Importante era para la verificación de las ideas de Maxwell realizar la
experiencia inversa a la de Rowland: establecer si es cierto que un dieléctrico
en rotación rápida en un campo eléctrico origina un efecto magnético. Röntgen
dio en 1888 la respuesta afirmativa. Hizo girar un aislador —una placa de
vidrio— entre las armaduras cargadas de un condensador y comprobó la desviación
de la aguja magnética.
Por elocuentes que fueran todos estos indicios empíricos, faltó al edificio
levantado por Maxwell el principal pilar. Ningún experimento evidenció la
propagación de una onda electromagnética. La exigencia capital de la teoría, la
existencia física de estas ondas, permanecía todavía dudosa aun catorce años
después de la publicación de Maxwell. El imperecedero mérito del joven físico
alemán Hertz fue el haber eliminado definitivamente las dudas y probado con una
serie de experiencias concluyentes, no sólo la realidad de las ondas
electromagnéticas, sino también el perfecto acuerdo de sus características con
las previstas por las lúcidas conclusiones del gran escocés.
Enrique Hertz (1857-1894), el más brillante discípulo de Helmholtz, profesor de
la Escuela Politécnica en Karlsruhe, se vinculó desde 1884 con las ideas
maxwellianas y reveló en un sugestivo tratado las lagunas de la vieja
electrodinámica de Neumann y Weber, mostrando que las ecuaciones de Maxwell, a
las cuales supo dar una forma sencilla y simétrica, interpretaban todos los
fenómenos conocidos. Desde entonces, Hertz trató de producir ondas por medios
exclusivamente eléctricos. Los ensayos de Feddersen con descargas oscilatorias
se le ofrecieron como punto de partida para sus tanteos.
Pero ¡cuántas dificultades hubo de vencer! Admitiendo que las descargas de un
condensador dan nacimiento a ondas, éstas deberían tener, aun en los casos más
favorables, una longitud del orden de magnitud de un kilómetro, visto que el
número de oscilaciones —comprobables con ayuda de espejos oscilatorios— no
sobrepasa algunos centenares de millares por segundo. Imposible era, pues,
observar tal onda, ya que la débil energía de la descarga generadora no basta
para permitir detectar su presencia a un kilómetro de distancia del
condensador. Y sobre todo era imposible medir la longitud de juna onda tan
larga dentro de los estrechos muros de un laboratorio. Para obtener ondas más
cortas, ondas observables, era menester provocar oscilaciones más rápidas.
Hertz logra en 1887 llevar a cabo la tarea, con un dispositivo tan genial como
simple; su oscilador (o excitador) comprende dos esferas
idénticas, provistas de varillas metálicas, terminadas en dos bolitas que se
pueden aproximar a voluntad; una bobina de Ruhmkorff, que da corriente
alternada de corto período, le permite cargar el aparato bajo una tensión
elevada. Las descargas entre las dos bolitas se efectúan cuando la diferencia
de potenciales determina una chispa y la rapidez de las oscilaciones alcanza
varios centenares de millones por segundo. Para explorar el espacio en torno de
su oscilador y descubrir la presencia de ondas eventuales, Hertz imagina
su resonador: un anillo de alambre cortado por una pequeña
abertura. Las ondas producen minúsculas chispas que saltan en la interrupción,
a condición de que el resonador esté bien acordado con el excitador.
Interesante es ver a Hertz aplicar la idea de la resonancia a la revelación de
las ondas eléctricas, como su maestro Helmholtz la había aplicado a la búsqueda
de las ondas acústicas. El éxito justificó su inspiración.
Con su simple dispositivo, Hertz verifica que la propagación de la radiación,
cuya presencia revelan las minúsculas chispas en la abertura de su resonador,
se efectúa realmente en ondas. Coloca a cierta distancia del excitador una
placa de cinc, unida al suelo, que desempeña el papel de espejo reflector.
Comprueba que el espacio comprendido entre el excitador y la placa de cinc
constituye el asiento de un fenómeno perfectamente análogo a los sistemas de
ondas estacionarias, sonoras o luminosas. En efecto, las chispas que brotan de
su resonador varían en longitud y en brillo en diferentes puntos del espacio,
acusando mínimos y máximos equidistantes: los característicos nodos y vientres
de las ondas estacionarias: nodos donde ninguna chispa se revela; vientres
donde su intensidad es máxima. Una vez alcanzado este punto, Hertz mide la
longitud de onda de las oscilaciones, longitud que simplemente es el cuádruple
de la distancia que separa un nodo del vientre consecutivo. En sus primeros
experimentos encuentra un valor de 30 metros; después logra producir ondas cien
veces más cortas.
Sin duda, las longitudes de onda de la luz visible medidas por Fraunhofer y
Fresnel son sólo de algunas décimas de micrón, un millón de veces más pequeñas
que las longitudes de onda de la luz invisible de Hertz. Mas vuelve a
encontrar, una tras otra, las características de la luz visible en sus ondas.
Se dejan refractar por un gran prisma de brea, como la luz con un prisma de
cristal. Con espejos cóncavos, Hertz consigue enfocar sus ondas; demuestra
también que pueden ser polarizadas y por medio de una rejilla de alambre
obtiene una rotación del plano de polarización. Al medir la velocidad de
propagación de sus ondas, choca en el estrecho espacio de su laboratorio con
dificultades, mas la repetición de la experiencia en una larga galería (1893)
conduce a un valor muy aproximado al de la velocidad de la luz. ¡La predicción
de Maxwell se había realizado: la existencia de las ondas electromagnéticas era
una realidad tangible!
«Fascinador
es comprobar —escribió Hertz[36] — que
los procesos que investigué representan, en escala un millón de veces más
amplia, los mismos fenómenos que se producen en la vecindad de un espejo de
Fresnel, o entre las delgadas láminas empleadas para exhibir los anillos de
Newton.»
Una
vez establecida la posibilidad de transmitir ondas eléctricas sin conductor,
estaba dado el paso decisivo —inconcebible antes de la hazaña del físico de
Karlsruhe— para la invención de la telegrafía inalámbrica, cuyo primer esbozo
se escondía en los experimentos de Hertz. Éste, dedicado por completo al
aspecto puramente científico de su problema, no soñó con la aplicación práctica
del descubrimiento. Sus dispositivos permitieron la transmisión de señales a
algunas decenas de metros; el francés Eduardo Branly aumentó sus alcances
inventando el primer detector, el cohesor, perfeccionado por el
inglés Oliver Lodge y el ruso Jorge Popoff. Guillermo Marconi le dio el poder
de accionar un aparato Morse, y creó el sistema emisor de gran rendimiento,
dotando al oscilador de chispa fraccionada, ideado por Augusto Righi, con la clásica
antena. En 1899 las ondas hertzianas lograron cruzar el canal de la Mancha.
El gran acontecimiento no fue vivido por Hertz, quien en 1889 había dejado
Karlsruhe para aceptar la invitación de la vieja y renombrada Universidad de
Bonn como sucesor de Clausius. Sus últimos años los consagró a la ingrata tarea
de innovar las leyes de la mecánica. Trató de describir los fenómenos del
movimiento sin acudir a la noción de fuerza, que le pareció
—como antes a Kirchhoff— plena de oscuridades metafísicas. En la mecánica de
Hertz sólo entran magnitudes observables, las de espacio, tiempo y masa. Las
perturbaciones que los cuerpos sufren en sus movimientos serían debidas a rígidas
ligaduras que los unen y cuya existencia considera Hertz como ley fundamental.
Los cuerpos libres de ligaduras se desplazan uniformemente en línea recta; si
están sometidos por ligaduras, describen trayectorias con curvaturas mínimas.
Sus caminos, afirmó Hertz, son «los más rectos posibles». Si un sistema no se
conforma al principio del camino más recto es porque, aparte de los movimientos
visibles, hay movimientos escondidos. El conjunto, sistema visible + sistema
escondido, obedecería siempre al principio fundamental. Por sutil e ingeniosa
que fuese, la mecánica de Hertz levantó muchas y fundadas críticas. Hertz no
tuvo la posibilidad de contestar a las objeciones. Atacado de grave enfermedad,
se vio obligado a cumplir una convocación militar. Su estado empeoró. El más ingenioso
de los experimentadores alemanes del siglo XIX murió a la edad de treinta y
siete años, víctima del militarismo prusiano.
La obra de Hertz acabó la magnífica estructura del pensamiento de Maxwell.
Convirtió sus hipótesis en hechos experimentales. Desde entonces, luz,
electricidad y magnetismo aparecieron como vibraciones del éter. El colosal
ámbito de los fenómenos electromagnéticos estaba contenido en un sistema de
mágicas ecuaciones. Las entusiásticas palabras de Hertz reprodujeron hacia 1890
el eco de la opinión de la mayoría de los físicos: «Se tiene la sensación de
que las fórmulas de Maxwell tienen vida propia, como si fueran más inteligentes
que nosotros, y aun que su propio creador.» Sin duda, los servicios de la
teoría de Maxwell eran numerosos e incontestables, ¿mas no dejaba muchos e
importantes problemas sin respuesta? Si bien dicha teoría enseñó que la
radiación consistía en ondas electromagnéticas, nada reveló del mecanismo
emisor de las ondas luminosas; condujo a una interesante relación entre el
índice de refracción de una sustancia y su constante dieléctrica, mas no
explicó ni la dispersión de la luz, ni la doble refracción de los cristales, ni
la polarización rotatoria de la luz; también permaneció extraña a las leyes de
la electrólisis. En una palabra, la teoría de Maxwell dio una descripción
global de los fenómenos, sin penetrar en su íntima naturaleza.
Esta limitación tiene profundos motivos: Maxwell considera al éter, portador de
los efectos electromagnéticos, como un medio homogéneo y continuo. Sus
ecuaciones, que describen los diversos estados de tensión del éter, no acuden a
la estructura granular de la electricidad, cuya realidad había entrevisto
Faraday en sus investigaciones sobre electrólisis, y cuya decisiva importancia
para la representación de los fenómenos eléctricos y magnéticos no había
escapado a Weber, a Helmholtz ni a Stoney. Las ecuaciones de Maxwell describen
sólo en nuestra escala las interacciones entre los campos electromagnéticos por
una parte y las cargas y corrientes eléctricas por otra. Para prever los
fenómenos que transcurren en la escala microscópica, en el seno de la materia
discontinua, para penetrar la vinculación entre los átomos radiadores y su
radiación, era menester extrapolar las fórmulas de Maxwell, teniendo en cuenta
la naturaleza corpuscular de la materia y de la electricidad. De tal
penetración procede la obra innovadora del holandés Lorentz.
Enrique Antonio Lorentz (1853-1928), profesor de la antigua Universidad de
Leiden, digno sucesor del gran Maxwell, junto con la aguda y despierta lógica
de un virtuoso matemático, posee el don casi profético de ver escondidas
realidades en los símbolos de las ecuaciones que describen los fenómenos
físicos. Admite que el fluido eléctrico está formado por partículas
elementales, semejantes las unas a las otras y de una masa extremadamente
débil. Supone que la carga de estas partículas es igual al cuanto de
electricidad, cuya existencia han revelado las leyes electrolíticas de Faraday.
Existen dos categorías de partículas elementales con signos contrarios; sin
duda, son las partículas de electricidad negativa las que desempeñan el papel
esencial en los fenómenos eléctricos y ópticos. Estas partículas últimas de la
electricidad negativa reciben, según la feliz sugestión de Stoney, el nombre de
electrón.
Sorprendente es, como demuestra Lorentz, el poder aclaratorio del nuevo
concepto. Aquello que se nos aparece bajo la forma de corriente eléctrica es el
desplazamiento conjunto de los electrones en un alambre conductor: suposición
en acuerdo con el experimento de Rowland, con la prueba de que el transporte
mecánico de una carga equivale a una corriente. Los metales, en cuyo interior
los electrones se mueven libremente, son conductores, mientras que otras
sustancias cuyos electrones no pueden alejarse mucho del estado de equilibrio
se nos presentan como aisladores. Cuando en un dieléctrico los electrones
dejan, bajo la acción de un campo eléctrico, su posición de equilibrio, una
fuerza que tiende a reconducirlos nace y limita su desplazamiento. Así se
explica la polarización en los malos conductores. En los átomos de los imanes,
los electrones giran en órbitas cerradas y las propiedades de estas minúsculas
corrientes moleculares interpretan los fenómenos del magnetismo.
Cada electrón en movimiento lleva consigo y a su alrededor un campo
electromagnético y, debido a la traslación de tales campos microscópicos, se
originan los grandes campos, los únicos que estamos en condiciones de observar
y medir. Sólo éstos obedecen a las ecuaciones de Maxwell, cuya sencillez
encuentra así explicación: son leyes estadísticas, que abarcan, no a los
electrones aislados, sino a un ingente número de los mismos.
Más aún que en la interpretación de los fenómenos eléctricos, la teoría de
Lorentz se muestra fértil en recursos en el dominio de la óptica. Las
rotaciones de los electrones en el interior del átomo, afirma Lorentz,
engendran la radiación; si aquéllas son bastante rápidas, nacen los rayos
luminosos, cuya frecuencia sería igual a la de los electrones giratorios. Son
los desplazamientos electrónicos en el interior atómico los que originan la
emisión de las líneas espectrales: si el electrón del átomo de hidrógeno oscila
457 billones de veces por segundo, la línea roja C es emitida; Lorentz puede
aún calcular el diámetro de la trayectoria electrónica que supone circular. Su
teoría es reveladora; le permite prever que el campo magnético modifica la
trayectoria de los electrones y la frecuencia de la luz que éstos producen. La
prueba experimental de esta previsión valió a la teoría su más hermoso éxito:
Pedro Zeeman, el gran discípulo de Lorentz, evidenció en 1896 que la famosa
raya amarilla D de la llama de sodio, colocada en un intenso campo magnético,
se divide en componentes. En lugar de la clásica raya única, aparecen en el
espectrógrafo dos, si se observa en la dirección de las líneas de fuerza del
campo, y tres rayas en la dirección perpendicular a las líneas de fuerza. Por
añadidura, las dos componentes están polarizadas circularmente, una es
dextrógira y la otra levógira, en perfecto acuerdo con la prognosis de la
teoría.
El efecto Zeeman dio convincente evidencia experimental —históricamente la
primera— de la estructura electromagnética del átomo. Además, suministró datos
para valorar una magnitud de importancia fundamental: la relación de la carga
de un electrón con su masa, e/m, y condujo a la conclusión de que esta carga
específica es cerca de 1.800 veces más grande que la del ion de hidrógeno; lo
cual significa que la masa del electrón es 1,800 veces inferior a la de un
átomo de hidrógeno. Este resultado —como pronto veremos— fue brillantemente
confirmado por el estudio de los fenómenos de descarga en el vacío.
La teoría de Lorentz es el coronamiento, el capitel de la física clásica. Con
la doctrina del gran holandés aparece como último constituyente, a la vez de la
electricidad y de la materia, el electrón, que ocupará desde entonces el
proscenio de las investigaciones teóricas y experimentales. ¡La materia es un
fenómeno eléctrico! Con esta tesis lorentziana está formulada la idea cardinal
de nuestra física, la física del siglo XX. Como en la leyenda griega el globo
terráqueo descansa sobre los hombros de Atlante, así reposa el edificio
gigantesco de la nueva física sobre la básica idea del investigador de Leiden.
Por supuesto, los fenómenos de la energía radiante no poseen la simplicidad que
les imponía la teoría de Lorentz. Las leyes clásicas del electromagnetismo no
son aplicables, sin radicales modificaciones al movimiento de los electrones
intraatómicos, cuyas vibraciones no son asimilables en todos los casos a las
descargas oscilantes, productoras de las ondas hertzianas. Las trayectorias de
los electrones no son las órbitas circulares admitidas por Lorentz. No
obstante, su teoría encerraba una gran parte de verdad, de la cual el hallazgo
de Zeeman dio elocuente testimonio. Para ir más lejos, a la vez en el
conocimiento de la energía radiante y en el de la estructura atómica, era
menester que apareciese un concepto revolucionario, sin raíz en el pasado, por
completo desconocido a los investigadores clásicos: el cuanto de Planck.
Epílogo
Hacia nuevos horizontes: rayos catódicos y rayos X
La descarga en el vacío; Plücker descubre el flujo catódico; Hittorf y
Crookes exploran las propiedades de los rayos; José Juan Thomson establece su
naturaleza electrónica; Rayos canales; La ventanilla de Lenard; El
descubrimiento de Röntgen
Los
descubrimientos de Faraday y sus sucesores aclararon en gran medida los
fenómenos presentados por la electricidad vinculada a la materia. La
exploración del paso de la corriente en el vacío, cuyo estudio profundizado no
comienza antes de la segunda mitad del siglo, evidencia la insospechada riqueza
de una nueva clase de fenómenos: los de la electricidad libre, sin soporte
material en el sentido genérico de la palabra.
Sin duda, la prehistoria de estas investigaciones remóntase a un pasado más
lejano: la época frankliniana de la electricidad. Los ingleses Watson (1751) y
G. C. Morgan (1785) descargaron botellas de Leiden a través del vacío de
Torricelli. Más tarde, Davy (1822) observa la luminosidad verdosa provocada en
el cristal por la descarga. Faraday (1835) admira los resplandores coloreados
que se manifiestan si la rarefacción del medio en el tubo es bastante intensa.
No escapa a su atención el espacio oscuro que rodea al cátodo: the dark
space of Faraday.Al bajar la presión hasta un milímetro de mercurio, B.
Abría (1843) ve la luz salida del ánodo resolverse en estratos de capas
alternativamente brillantes y sombrías.
El verdadero examen de los fenómenos comienza en 1857, cuando Enrique Geissler
(1814-1879), hábil mecánico y soplador de vidrio en Münich, inventa la bomba de
mercurio y construye el tubo que lleva su nombre. Sus tubos tienen un
estrechamiento capilar y por sus extremidades penetran hilos de platino. La
presión no era superior en el primer modelo a un décimo de milímetro de
mercurio, llegando en los ulteriores a algunas milésimas de milímetro.
Paralelamente al progreso de la técnica del vacío, iniciado desde este momento,
se suceden decisivos descubrimientos. Tres hombres, cuyos trabajos se
completan, Plücker y Hittorf en Alemania y Crookes en Inglaterra, tienen igual
parte en el mérito de haber revelado lo esencial, lo nuevo, en la
desconcertante complejidad de los efectos que acompañan a la descarga en el
tubo de Geissler: la radiación que emana del electrodo negativo, los rayos catódicos.
Julio Plücker (1801-1868), ilustre geómetra, fue profesor en Berlín y después
en Bonn, donde dejó sus investigaciones analíticas para consagrarse al estudio
de los espectros en los gases. En sus ensayos se sirvió de tubos de Geissler;
al establecer una diferencia de potencial suficiente entre los electrodos,
observó que son arrancadas partículas del electrodo negativo de platino y
depositadas sobre el vidrio. Estas partículas, creyó él, vueltas incandescentes
por la separación, producen los fenómenos luminosos en el tubo. Su atención fue
atraída sobre todo por la fluorescencia del cristal que se ve frente al cátodo
durante la descarga. No sin sorpresa, comprobó que un imán es capaz de
desplazar la mancha fluorescente. Sus interesantes observaciones, los primeros
indicios de la radiación negativa, datan de 1858 y 1859; Plücker se adelantó,
pues, a sus rivales; es el descubridor de los rayos catódicos. Parece, sin
embargo, que no reconoció la importancia de su hallazgo; absorbido por sus
estudios espectroscópicos, dejó a otros la exploración del dominio que él había
abierto.
Guillermo Hittorf (1824-1914), alumno de Plücker en Bonn, su ciudad natal, fue
a los veintitrés años profesor en Münster, en una pequeña Universidad de
tercera categoría, donde permaneció durante toda su vida. Su aislamiento, lejos
de los grandes centros científicos, y más aún la marcada aridez de sus
publicaciones, fueron la causa de que sus notables resultados no pudieran
despertar todo el interés que merecían. Continuó y completó los estudios de
Faraday sobre electrólisis, investigó la conductibilidad eléctrica de las
llamas y, sobre todo, exploró las características de los rayos catódicos.
Hittorf observa en 1869 que en un tubo geissleriano con cátodo puntiforme, la
parte de la pared donde aparece la mancha fluorescente, se encuentra en el lado
opuesto al cátodo; coloca un cuerpo sólido entre el cátodo y la mancha, viendo
dibujarse una sombra sobre el cristal. La sombra revela, pues, reconoce
Hittorf, la propagación rectilínea de los rayos. Cuando elige una ampolla
geissleriana con cátodo, no puntiforme, sino esférico cóncavo, descubre que el
flujo catódico, en oposición a los rayos luminosos, no parte en todas
direcciones, sino sólo perpendicularmente a la superficie de emisión. Los rayos
se juntan, observa Hittorf, en el centro de curvatura del cátodo. Coloca en
este centro trozos metálicos, y nota que los rayos calientan a los cuerpos que
chocan. Por último, evidencia que bajo la influencia de un imán, cuyas líneas
de fuerza son perpendiculares a los rayos, éstos se enrollan en volutas
helicoidales. El investigador inglés C. F. Varley (1871) concibe la desviación
magnética del flujo catódico como índice de que consiste en partículas del
cátodo cargadas negativamente, y el sabio alemán E. Riecke reúne (1881)
argumentos teóricos, mostrando que los corpúsculos de carga negativa se
comportan en un campo magnético análogamente a los rayos catódicos en la
experiencia de Hittorf. Los rayos serían, pues, de naturaleza
corpuscular. La hipótesis de Varley y Riecke tropieza, sin embargo,
con la objeción de Wiedemann y Hertz (1883). Los rayos catódicos se difunden,
como Hertz demuestra, a través de delgadas hojas translúcidas. Hertz, creyendo
que los corpúsculos no podían ofrecer tal comportamiento, concluye que los
rayos catódicos son, al igual que la luz, ondulaciones del éter. Una larga
discusión se inicia; la opinión de Hertz prevalece entre los físicos de
Alemania, en tanto que los corpusculistas ven su causa defendida en Inglaterra
por Crookes.
Guillermo Crookes (1832-1919) comienza su carrera como químico en Londres y se
destaca en 1861 con el descubrimiento, por medio del análisis espectral, del
elemento talio. Un laboratorio mucho mejor provisto que el de Hittorf está a su
disposición. Perfecciona los tubos geisslerianos, disminuyendo la presión del
gas encerrado y somete a nuevas pruebas la descarga todavía misteriosa. Con una
serie de elegantes experimentos, varía los ensayos de Hittorf y establece los
efectos térmicos del tubo catódico. Hace ver que el platino y el osmio
expuestos al impacto catódico se vuelven incandescentes y el vidrio de la
ampolla sometido largo tiempo al bombardeo de los rayos termina por ser
perforado. Crookes admite que el gas rarificado del tubo constituye un «cuarto
estado de la materia», el estado radiante, y cree haber alcanzado el terreno
fronterizo donde «materia y fuerza se confunden». Para explicar los fenómenos
de descarga, Crookes acude al libre camino de las moléculas, considerablemente
alargado en el ambiente rarificado. El espacio sombrío en torno del cátodo
corresponde, asegura, al libre camino medio de las moléculas en el gas diluido;
en sus límites, donde las moléculas chocan entre sí, comienza el resplandor
positivo. Éste no puede formarse si la rarefacción ha progresado a tal punto
que el camino libre se extienda de un electrodo al otro. Entonces las
partículas proyectadas por el cátodo se lanzan rectilíneamente hasta las
paredes del tubo, sin respeto al emplazamiento del ánodo.
La teoría de Crookes contenía una pequeña parte de verdad: subrayaba la
naturaleza corpuscular de los rayos, mas la suposición de que el flujo catódico
está constituido por las moléculas electrizadas del gas residual, rechazadas
por el cátodo, fue reconocida como inadmisible en el momento en que José Juan
Thomson llegó a medir la velocidad y la carga específica de los corpúsculos
catódicos.
José Juan Thomson (1856-1940), experimentador de genio, que aumentó con sus
resonantes éxitos la fama del laboratorio de Cavendish, llegó en 1894, después
de muchos y vanos ensayos, a medir la velocidad del flujo catódico, con ayuda
de un espejo giratorio. Estableció que la velocidad de las partículas depende
de la tensión existente entre los electrodos de la ampolla, siendo proporcional
a su raíz cuadrada. El valor encontrado con sus experiencias fue del orden de
10.000 kilómetros por segundo; por consiguiente, más débil que la velocidad de
la luz y enormemente superior a la de las moléculas de un gas. Ni Hertz ni
Crookes tenían razón: el flujo catódico no es ni vibración de éter, análoga a
la luz, ni lluvia de moléculas proyectada por el cátodo. Sin duda, las
partículas del flujo llevaban cargas negativas. El físico francés Juan Perrin
suministró al año siguiente la prueba directa, introduciendo en la ampolla un
cilindro metálico, unido a un electrómetro, y vio a éste acusar una carga
negativa. Mas ¿cuál era la naturaleza de las partículas del flujo? Thomson dio
la respuesta en 1897. Midió el cociente de la carga de la partícula por su
masa, recurriendo a la desviación que los proyectiles catódicos sufren en un
campo magnético y en otro eléctrico. El valor del cociente e/ m evidenció
con claridad que en una partícula catódica la carga elemental, la del ion
monovalente, está ligada a una masa casi dos mil veces inferior a la de un
átomo de hidrógeno. Así, la carga específica reveló ser igual a la de los
corpúsculos eléctricos elementales, cuya existencia habíase manifestado en el
fenómeno Zeeman; en el flujo catódico volvemos a encontrar —tal es la conclusión
capital de Thomson— electrones en estado libre.
Entretanto, el físico alemán Goldstein completó con una interesante observación
el conocimiento de los fenómenos de descarga en los gases rarificados. Al
variar los experimentos de Hittorf, se valió de una ampolla con cátodo
perforado y descubrió en 1886, en el espacio situado detrás del cátodo, rayos
de una nueva especie que llamó rayos canales, para recordar el modo de
obtención. En razón de su carga, los rayos de Goldstein son desviables por
campos eléctricos y magnéticos. La desviación fue medida por Guillermo Wien
(1897); el valor del cociente e/m dio esta vez a
entender que los rayos se componían de partículas positivas, con masas en mucho
superiores a las de los corpúsculos catódicos, comparables a las de átomos y
moléculas. Mientras que estos resultados, por reveladores que fuesen, sólo despertaron
el interés de un reducido círculo de especialistas y dejaron indiferentes aun a
la mayoría de los físicos, sobrevino en 1895 un descubrimiento que atrajo
poderosamente la atención del mundo entero.
Hertz había demostrado que delgadas láminas metálicas son transparentes para
los rayos catódicos; su asistente Felipe Lenard dotó a la ampolla geissleriana
de una ventanilla de aluminio, permeable al flujo catódico, que permite
estudiar su difusión en el aire libre.
Los rayos producen en el aire —comprobó Lenard— ozono, y son muy absorbibles
por la materia; una placa de cuarzo con medio milímetro de espesor basta para
detenerlos. Lenard encontró que las placas fotográficas, aunque protegidas de
la luz por una envoltura, aparecían borrosas al ser colocadas en la proximidad
del tubo. Parecía como si los tubos emitieran rayos que penetrasen a través de
las cubiertas. En este momento Lenard estuvo a un paso de un
descubrimiento que hubiera podido ser el mayor de su vida; mas, por desgracia,
en lugar de discernir lo esencial, creyó que sus experiencias aportaban las
pruebas de que los rayos catódicos son vibraciones del éter y se perdió en
falsas conjeturas teóricas (1). El hombre que asió lo nuevo ofrecido a los
clarividentes por los rayos de Lenard, fue Röntgen.
Guillermo Conrado Röntgen
Guillermo
Conrado Röntgen (1845-1923), el primer físico laureado con el premio Nobel,
había fracasado en sus estudios en el colegio secundario y no le resultó fácil
ingresar como estudiante en la Escuela Politécnica de Zurich. Ayudante del
inventivo experimentador Kundt en Zurich, más tarde profesor en Estrasburgo, en
Giessen y, por último, en Würzburgo, realizó aquí el descubrimiento que había
de inmortalizar su nombre. Demasiado se ha insistido sobre el carácter casual
de su trascendental hallazgo y se olvidó que tales azares no se presentan más
que a aquellos que saben buscar, y escapan a los demás; el ejemplo de Lenard lo
prueba.
Röntgen envolvió la ampolla provista de una ventanilla de Lenard con un cartón
negro, eliminando de este modo todos los rayos visibles y ultravioletas. Había
oscurecido el laboratorio y vio que una pantalla de platino-cianuro de bario,
colocada en la proximidad del tubo, se iluminó cada vez que la descarga se
producía en el tubo. Se convenció de que el flujo, que llamó rayos X, no es
emitido por la superficie entera de su ampolla, sino por la porción de ésta
donde el interior de la pared del cristal es golpeado por los rayos catódicos.
Logró mostrar que los rayos X se producen a partir de los obstáculos alcanzados
por el flujo catódico. Comprobó que el campo magnético no tiene
acción sobre sus rayos. Los dirigió sobre un electroscopio cargado y vio caer
las hojas: los rayos X anulan, pues, las cargas y vuelven al aire conductor.
Röntgen patentizó que sus rayos se comportan, desde el punto de vista de la
refracción y de la reflexión, de otra manera que los catódicos y evidenció,
sobre todo, su poder de penetración a través de diferentes sustancias opacas
para la luz. Reconoció que la absorción de sus rayos es más intensa en elementos
con peso atómico alto que en aquellos con átomos livianos. La sensación que
despertó la primera comunicación de Röntgen, hecha en diciembre de 1895,
alcanzó su culminación cuando iluminó el 23 de enero de 1896, públicamente, el
interior de una mano, la del famoso histólogo de la Universidad de Würzburgo,
Alberto Kölliker. Gracias a la desigual transparencia ofrecida por los tejidos
orgánicos a los rayos X, se abrieron a la medicina insospechadas perspectivas,
cuyos alcances entrevió Röntgen mismo desde sus primeros experimentos.
Por el contrario, la naturaleza física de los rayos permaneció largo tiempo en
el misterio. El inglés Stokes, el alemán Wiechert, los holandeses Haga y Wind,
sugirieron hacia 1899 la hipótesis de que los rayos X serían vibraciones electromagnéticas,
excitadas en el seno de la materia por los impactos catódicos, y poseerían
longitudes de ondas varios millares de veces más cortas que las de la luz
visible. Mas hubo que esperar hasta 1912, año en que los alemanes Laue,
Friedrich y Knipping lograron difractar los rayos X con ayuda de retículos
cristalinos y convirtieron en certeza su sospechada naturaleza ondulatoria.
Luis Boltzmann
El
año 1895, que vio el descubrimiento de Röntgen y la aparición de la teoría
electrónica de Lorentz, es una memorable fecha en la historia de la física. Con
estos dos acontecimientos se instaura una época nueva por completo. La
creencia, compartida por muchos sabios en la última década del siglo, de que la
era de los decisivos hallazgos había pasado y que la física sería más o menos
un libro cerrado, fue desmentida, desde las proezas de Röntgen y Lorentz, por
una larga serie de sorprendentes hechos, que se sucedieron uno tras otro con
vertiginoso ritmo, conduciendo la investigación hacia eriales nunca hollados en
el pasado. Unos meses después del descubrimiento de Röntgen, Enrique Becquerel
revela en París la existencia de rayos naturales, emitidos por sales de uranio,
y los esposos Pedro y María Curie llegan a aislar en 1898 la prodigiosa
sustancia que es el radio. El glóbulo inerte e indivisible, el átomo
daltoniano, yace desde entonces en los campos de la historia; en su lugar
aparece un complejo sistema, dotado de enorme energía, de la cual los
proyectiles lanzados por los átomos radiactivos dan a los investigadores
asombrosas pruebas. Experimentos con rayos radiactivos llevan a Ernesto
Rutherford a su modelo nuclear del átomo. Ya antes Planck había introducido el
nuevo concepto de la discontinuidad en los cambios energéticos y Einstein había
deducido de la constancia de la velocidad de la luz la relatividad de la
longitud y de la duración. Nace una impetuosa corriente de observaciones,
experimentos, especulaciones y teorías bajo el signo de la relatividad y, más
aún, bajo el de la revolucionaria noción del cuanto. La nueva física da su
primer paso.
Estupenda es la riqueza de los nuevos hechos que las cuatro últimas décadas han
revelado, admirable la eficacia de los conceptos novecentistas en la
descripción cada vez más exacta del mundo físico. Su superioridad sobre la
física clásica es incontestable. Sin embargo, por profunda que sea nuestra
admiración frente a los arquitectos de la ciencia innovada, siempre ocurre que
su obra descansa sobre los cimientos echados por los creadores de la ciencia
clásica, los hombres ilustres cuyas inolvidables hazañas llenan la magna
crónica de los tres siglos transcurridos entre Galileo y Röntgen.
Lenard es un clásico ejemplo de que la estrechez de espíritu es compatible con
la ciencia. Intolerante y campeón de la idea de la superioridad de la «raza»
alemana, escribió en su vejez una Física alemana (Deutsche Physik), que en
interés de la reputación científica de su autor, nunca debió ser publicada. En
su libro histórico Grandes investigadores (Grosse Naturforscher, Münich, 1929),
desconoce el mérito de Röntgen, no menciona el nombre de Alberto Einstein y
atribuye una parte de los descubrimientos de este último (la igualdad E = mc2),
al físico vienés Federico Hasenöhrl.
Apéndices
Selección de textos clásicos
Físicos del Siglo XVII
Galileo Galilei
La caída libre
Después de haber descrito el movimiento uniforme y definido luego el
movimiento acelerado, Galileo sigue haciendo dialogar a los tres personajes de
su obra: Sagredo, Salviati y Simplicio[37]
Sagredo.
—Imaginemos un cuerpo pesado que comienza a moverse, partiendo del reposo
completo, de manera tal que la velocidad, desde el primer instante, crezca como
el tiempo; y que en ocho pulsaciones el cuerpo haya adquirido 8 grados de
velocidad, de los cuales tenía sólo 4 en la cuarta pulsación, 2 en la segunda y
1 en la primera: de esto se deducirá —como el tiempo es divisible sin fin— que
si pensáramos las velocidades anteriores reducidas proporcionalmente, no habría
velocidad, por pequeña que fuese (o mejor dicho, lentitud, por grande que
fuese), a través de la cual el cuerpo no debiera haber pasado desde su salida
del reposo. Si con la velocidad adquirida en cuatro pulsaciones (si cesara de
aumentar) hubiera recorrido 2 millas en una hora, y 1 milla en una hora con la
velocidad adquirida en dos pulsaciones, es menester afirmar que en instantes
muy cercanos al principio de su movimiento, este movimiento debe de haber sido
tan lento que (si conservara esta velocidad) el cuerpo no habría recorrido 1 milla
ni en una hora, ni en un día, ni en uno o mil años y que aun en más tiempo, no
se habría movido ni siquiera un dedo: un fenómeno que difícilmente podemos
seguir con nuestra fantasía, pues nuestros sentidos nos enseñan que un cuerpo
pesado adquiere en seguida gran velocidad.
Salviati. —Esta misma dificultad me ha dado que pensar al
principio, pero pronto la he superado. Esto lo conseguí con el mismo ejemplo
que usted acaba de mencionar. Usted dijo que el cuerpo, inmediatamente después
de salir del estado de reposo, tiene una velocidad considerable. Y yo digo que
este mismo ejemplo me enseña a reconocer que, al principio, el movimiento de un
cuerpo, por pesado que sea, es muy lento. Poned un cuerpo pesado sobre una
base; ésta cede, hasta que es comprimida con todo el peso. Ahora se entiende
que, si levantamos el cuerpo 16 2 varas y lo dejamos caer sobre la misma base,
al chocar se originará una presión nueva y más fuerte que la de antes por el
peso solo. Y el efecto será causado por el cuerpo que cae, es decir, por su
peso en combinación con la velocidad adquirida en la caída. Y el efecto será
tanto más grande cuanto mayor sea la altura de que el cuerpo cae; es decir,
cuanto mayor sea su velocidad al chocar. Ahora bien: la velocidad de un cuerpo
que cae, cualquiera sea ella, puede ser determinada con seguridad por la clase
e intensidad del choque. Pero decidme, señores, si un martillo, que cae desde 4
varas de altura, golpea sobre un palo, introduciéndolo unos cuatro dedos dentro
de la tierra, éste mismo, cayendo desde 2 varas de altura ¿no le moverá menos,
y menos todavía desde 1 vara de altura y también desde un palmo de altura? y
finalmente, si el martillo cae un solo dedo, ¿qué más hará que si uno lo
hubiera colocado sobre el palo sin golpear? Muy poco, por cierto, y el efecto
sería completamente invisible si el martillo hubiera sido levantado el espesor
de una hoja. Ahora, si el efecto del golpe depende de la velocidad adquirida,
¿quién dudará que cuando el efecto es invisible, el movimiento es muy lento, y
más que pequeña la velocidad? Aquí se ve el poder de la verdad, pues el mismo
ejemplo que a primera vista parecía demostrar cierta opinión, nos enseña lo
contrario al estudiarlo más de cerca. Pero me parece que tal verdad también se
puede reconocer por una simple reflexión y sin apelar a tal ejemplo (que es,
sin duda, muy convincente). Imaginémonos una piedra pesada en el aire en estado
de reposo. Sacándole el apoyo, se le da libertad de movimiento; como es más
pesada que el aire, cae hacia abajo, y no con movimiento uniforme, sino
despacio al principio y luego cada vez más aceleradamente; y como la velocidad
puede ser aumentada o disminuida sin límites, ¿qué podría hacerme suponer que
tal cuerpo, que empieza con lentitud infinita (pues esto es la inmovilidad)
adquiera de golpe 10 grados de velocidad antes que 4, o estos 4 antes que 2, ó
1, o medio, o un centésimo, o uno cualquiera de los otros infinitos grados más
pequeños de velocidad que todavía existen?
Escuchen, por favor. No creo que ustedes tendrán inconveniente en admitir que
la adquisición de velocidad de la piedra que cae partiendo del reposo, pueda
suceder en el mismo orden que la disminución y pérdida de aquellos grados de
velocidad si la piedra hubiera sido arrojada hacia arriba, por una fuerza impulsora,
hasta la misma altura; pero si ello es así, me parece indudable que,
disminuyendo la velocidad de la piedra que sube, como esta velocidad al final
está completamente anulada, la piedra no puede llegar a la inmovilidad antes de
pasar a través de todos los grados de lentitud.
Simplicio. —Pero si los grados de lentitud cada vez mayor y mayor
son infinitos en número, nunca se agotarán por completo; por eso tal cuerpo
pesado que sube nunca podría llegar al reposo, sino que deberá moverse durante
infinito tiempo, retardándose siempre, lo que no coincide con la realidad.
Salviati. —Así ocurriría, señor Simplicio, si el cuerpo se moviera,
con cada grado de velocidad, durante algún tiempo. Pero sale de cada grado en
seguida, sin demorarse en él más que un instante; y como en cada intervalo de
tiempo, por más pequeño que sea, hay infinidad de instantes, éstos serán sin
duda suficientes para corresponder a los infinitos grados de velocidad
decreciente. Por otra parte, que un cuerpo en ascenso no permanece en ningún
grado de velocidad durante un tiempo finito, se puede demostrar también de la
manera siguiente: suponiendo que ello ocurriera durante un tiempo finito, el
cuerpo en cuestión tendría, tanto en el primer instante de un tal intercalo,
como en el último, el mismo y único valor de la velocidad, y ascendería, a
partir de este segundo valor, exactamente en la misma forma que desde el primer
valor hasta el segundo, y por la misma razón llegaría desde el segundo valor al
tercero, y, por lo tanto, permanecería en movimiento uniforme hasta el
infinito.
Sagredo. —A base de esta reflexión, me parece que podría llegarse a
una solución bastante correcta de un problema discutido por los filósofos, a
saber, cuál es la causa de la aceleración en el movimiento natural de los
cuerpos pesados. Pues veo que en el cuerpo arrojado hacia arriba, la
fuerza (virtii)comunicada al principio disminuye sin cesar y eleva
constantemente al cuerpo, hasta que adquiere el mismo valor que la gravedad,
que actúa en sentido opuesto, y una vez que las dos fuerzas han llegado al
equilibrio, el cuerpo cesa de subir y llega al estado de reposo; en éste, el
impulso comunicado al cuerpo está anulado solamente en el sentido de que se ha
consumido el excedente que al principio superaba el peso del cuerpo y originaba
el ascenso del mismo. Mientras ahora la disminución de este impulso exterior
continúa, y más tarde se rompe el equilibrio a favor de la gravedad del cuerpo,
empieza el descenso, pero muy despacio en contra del impulso comunicado, del
cual gran parte queda todavía en el cuerpo; pero como éste disminuye
constantemente, como la gravedad predomina cada vez en mayor grado, se origina
de esta manera la constante aceleración del movimiento.
Simplicio. —Este pensamiento es sagaz, pero más bien pensado que
sólido (saldo). Pues lo que en él parece correcto, corresponde
solamente a aquel movimiento natural que ha sido precedido por un movimiento
impetuoso y en el cual queda todavía gran parte del impulso exterior; pero
donde no existe un tal remanente, sino que más bien el cuerpo se mueve desde un
reposo que preexiste durante largo tiempo, aquella reflexión ha perdido su
valor.
Sagredo. —Creo que está usted en un error y que la distinción que
usted hace es superflua, o mejor, es nula. Pues dígame: ¿no puede un cuerpo
arrojado hacia arriba tener mucho o poco impulso, de manera que pueda subir
hasta 100 varas, ó 20, ó 4, ó 1?
Simplicio. —Eso es indudable.
Sagredo. —De modo que la fuerza comunicada puede superar tan poco a
la resistencia de la gravedad que el cuerpo suba solamente el ancho de un dedo;
finalmente, el impulso comunicado puede tener un valor tal que sea exactamente
igual a la resistencia de la gravedad; de manera que el cuerpo no sube, sino
que sólo queda sostenido. Pues si usted sostiene una piedra, ¿qué otra cosa
hace sino impulsarla hacia arriba con la misma fuerza que la gravedad la atrae
hacia abajo?, ¿y no mantiene usted siempre esa misma fuerza durante todo el
tiempo que sostiene el cuerpo en la mano? ¿Acaso disminuye en todo este tiempo?
Pero ¿qué diferencia hay si este apoyo que impide que la piedra caiga, proviene
de su mano, o de una mesa, o de una cuerda de la cual la piedra está colgada?
Seguramente ninguna. Pues de esto resulta, señor Simplicio, que no importa para
nada que la caída esté precedida por un período de reposo corto o largo, o tan
sólo instantáneo; pues la piedra queda inmóvil siempre que el impulso obre, en
contra de su gravedad, en la medida que era necesaria para producir el reposo.
(Aquí omitimos algunas consideraciones de los tres interlocutores.)
Sagredo. —Reanudando nuestra discusión, me parece que hasta ahora
hemos definido el movimiento uniformemente acelerado, al que se refieren las
siguientes investigaciones, de esta manera: «El movimiento uniformemente o
igualmente acelerado es aquel cuya velocidad aumenta cantidades iguales en
tiempos iguales.»
Salviati. —Una vez establecida esta definición, nuestro autor
considera cierta la siguiente hipótesis: «Las velocidades que un mismo cuerpo
adquiere con diferentes inclinaciones de una superficie plana, son iguales si
las alturas de estos planos son iguales.» El autor llama «altura de un plano
inclinado» a la perpendicular que se puede bajar desde el punto más alto del
plano al plano horizontal trazado por los puntos más bajos del plano inclinado.
De modo que si BA es paralelo al horizonte (fig. 1), sobre el
cual se levantan los planos inclinados CA, CD, la
vertical CB, perpendicular a la horizontalBA, se
llama altura de los dos planos CA, CD. El autor supone que si
el cuerpo se mueve a lo largo de CA, CD, al llegar a A y D tendrá
igual velocidad, porque tienen la misma altura CB, y que la
velocidad es igual a la que el cuerpo habría adquirido en la caída libre
desde Chasta B.
Sagredo. —En verdad, esta hipótesis me parece tan probable, que debería ser
admitida sin discusión, a condición de que se hayan eliminado todas las
perturbaciones casuales y ajenas, y que el cuerpo tenga la redondez más
completa; en pocas palabras, que cuerpo y superficie estén libres de cualquier
aspereza. Si se eliminan todos los obstáculos, mi sentido común me dice que un
palo pesado, completamente redondo, que cayera a lo largo de las líneas CA,
CD, CB, llegaría a A, D, B con velocidades iguales.
Salviati. —Ustedes encuentran esto muy probable; pero aparte de la
probabilidad, les multiplicaré en tal forma los argumentos, que casi lo deberán
reconocer como forzoso. Supongamos que esta hoja sea una pared levantada sobre
una superficie horizontal, y que de un clavo introducido en ella cuelgue una
bola de plomo de 1 ó 2 onzas de peso, por medio de un hilo delgado AB (fig.
2) de 2 ó 3 varas de largo. Sobre la pared marquemos una línea horizontal DC, perpendicular
al hilo AB, el cual diste más o menos dos dedos de la pared.
Si se lleva el hilo AB con la bola hasta AC, y
se suelta la bola, ésta, cayendo, describirá el arco CBD, pasando
por el punto B con tal velocidad que subirá, recorriendo el
arco BD, casi hasta la horizontal CD, faltándole
un trozo muy pequeño, pues la resistencia del aire y del hilo
le impiden la vuelta exacta. De ahí podemos deducir con seguridad que la
velocidad que la bola, al caer a lo largo del arco CB, ha
adquirido en el punto B,es suficiente para levantarla, recorriendo
un arco igual BD, hasta igual altura. Después de hace* esta
prueba repetidas veces, introduzcamos en la pared otro clavo en E o
enF, que sobresalga cinco o seis dedos, para que el hilo AC, cuando
llegue de nuevo con la bola hasta CB y haya alcanzado el
punto B, sea detenido por el clavo E, y la
bola esté obligada a describir el arco BO alrededor del
centro E ; con esta prueba veremos lo que es capaz de hacer la
misma velocidad que antes levantaba el mismo cuerpo hasta el horizontal GD a
lo largo del arco BD.Ahora, señores, ustedes verán con placer que
la bola alcanza otra vez la horizontal en el punto O ; y lo
mismo sucede si el obstáculo está más bajo, por ejemplo en F ; en
este caso la bola describe el arco BJ, subiendo siempre hasta
la horizontal GD, y si el clavo obstaculizador estuviera tan
bajo que el resto del hilo no pudiera ya llegar a la horizontal (lo que sucede
evidentemente cuando el clavo está más cerca de B que de la
intersección de AB con CD ), el hilo
enlazaría el clavo. Este experimento no permite ninguna duda con respecto a la
verdad del teorema enunciado.
Pues,
como los arcos CB, DB son iguales y están colocados
simétricamente (símilmente), el momento adquirido al caer a lo
largo del arco CB será igual al efecto a lo largo del
arco DB ; pero el momento adquirido en B, producido
a lo largo de CB, consigue levantar el mismo cuerpo a lo largo
del arco BD. Como consecuencia, también el momento producido
al caer a lo largo de DB será igual al que antes podía mover
el mismo cuerpo de B a D ; de manera que, en
general, cualquier momento producido al caer es igual al que puede levantar el
cuerpo a lo largo del mismo arco: pero todos los momentos que eran capaces de
levantar el cuerpo a lo largo de los arcos BD, BG, BJ,
son iguales, ya que siempre eran originados por la caída a lo largo de CB.
En consecuencia, también son iguales todos los momentos producidos por la caída
a lo largo de los DB, GB, JB.
Sagredo. —Esta explicación resulta tan consecuente, y el
experimento es tan apto para comprobar la afirmación, que ésta debe
considerarse como demostrada.
Salviati. —Yo creo, señor Sagredo, que no debe preocuparnos el
hecho de que queramos aplicar nuestra teoría al movimiento sobre planos, y no
sobre superficies curvas, en las cuales la aceleración aumenta en grados
completamente diferentes a los que suponemos en superficies planas. Aun cuando
nuestro experimento nos enseña que la caída a lo largo del arco GB da
al cuerpo un impulso tal que éste puede ser levantado hasta la misma altura a
lo largo de cualquier arco BD, BG, BJ, no
podemos mostrar con la misma evidencia que igual sucederá si una bola
absolutamente perfecta cae a lo largo de superficies planas, inclinadas como
las cuerdas de estos mismos arcos. Al contrario, es probable que, como estos
planos forman ángulo en el punto terminal B, la bola, después de la
caída a lo largo de la cuerda GB, sufra una resistencia de la
superficie al subir a lo largo de las cuerdas BD, BG, BJ,
por lo cual perderá una parte del impulso al chocar, de manera que no podría
llegar ya a la horizontal GD. Si se eliminara el obstáculo que
dificulta el experimento, me parece bien comprensible que el impulso (que en sí
lleva el efecto de toda la fuerza de caída) debería alcanzar para levantar el
cuerpo a la misma altura. Por ahora tomaremos esto como postulado; la certeza
absoluta la encontraremos más tarde, cuando veamos que las consecuencias de tal
hipótesis se verifican y coinciden exactamente con la experiencia. El autor,
después de postular este principio, llega a rigurosas conclusiones, la primera
de las cuales va a continuación.
Teorema I. Proposición I
«El tiempo que un cuerpo emplea en recorrer cierto camino, partiendo del
reposo, con movimiento uniformemente acelerado, es igual al tiempo en que este
camino sería recorrido por el mismo cuerpo con un movimiento uniforme cuya
velocidad fuera igual a la mitad del último y más alto valor que tenía en aquel
primer movimiento uniformemente acelerado.»
Representemos los valores de la velocidad, que va creciendo paulatinamente en
cada uno de los instantes del tiempo AB (figura 3) con segmentos
perpendiculares a AB(el último es EB ). Si
trazamos AE y varias líneas equidistantes paralelas a EB, éstas
representarán los valores crecientes de la velocidad. Por el punto medio
de EB tracemos FG paralela a BA, y GA paralela
a FB. El paralelogramo AGFB será igual al
triángulo AEB, ya que el lado GF pasa por J, punto
medio de AE. En efecto, si sé prolongan hasta GF las
paralelas del triángulo AEB, la suma de todas las paralelas
contenidas en el rectángulo será igual a la suma de las contenidas en el
triángulo AEB ; pues lo que está en JEF es
igual a lo contenido en GJA y mientras que el trapecio AJFB es
común a ambos. Además, como a cada instante de AB le
corresponde una línea y todas las paralelas trazadas por los diferentes puntos
de AB dentro de AEB representan los valores
crecientes de la velocidad, mientras que las mismas paralelas contenidas en el
rectángulo representan igual número de valores de velocidad uniforme, resulta
claro que la totalidad de los valores de la velocidad en el movimiento
acelerado están representados por las paralelas crecientes deAEB, y para
el movimiento uniforme por las del rectángulo A GFB.Puesto que lo
que les falta a los valores de la velocidad en la primera parte del movimiento
(es decir los valores de AGJ ) está compensado por los valores
de JEF. Por lo tanto, dos cuerpos recorrerán el mismo espacio
en el mismo tiempo, si uno de ellos parte del reposo con movimiento
uniformemente acelerado, y el otro con una velocidad uniforme igual a la mitad
del valor máximo alcanzado en el movimiento acelerado, como queríamos
demostrar.
Teorema II. Proposición II
«Cuando un cuerpo que parte del reposo cae con movimiento uniformemente
acelerado, los espacios recorridos en tiempos determinados están entre sí como
los cuadrados de los tiempos.»
De aquí se deduce que los espacios están entre sí como los cuadrados de las
velocidades finales, es decir, de PE y OD, puesto
que PE es a OD como EA es
a DA.
Corolario I
«De lo que precede se deduce que si se toman, a partir del punto inicial del
movimiento, intervalos iguales de tiempo, como AD, DE, EF, FO, durante
los cuales se recorren los espacios HL, LM, MN, NJ, estos
últimos están entre sí como los números impares; es decir, como 1, 3, 5, 7...
Pues éste es el valor que tiene la razón de los excesos de los cuadrados de
líneas que difieren lo mismo entre sí y cuyos aumentos son iguales a la menor
de las líneas: en otras palabras, de la diferencia de los cuadrados de todos
los números a partir de 1. Por lo tanto, mientras que en tiempos iguales la
velocidad crece como la serie de los números naturales, los espacios recorridos
en cada uno de estos tiempos están entre sí como los números impares.»
(Sigue una observación de Sagredo, que omitimos.)
Simplicio. —Realmente me ha gustado más la reflexión simple y clara
del señor Sagredo que la demostración de nuestro autor, para mí un poco oscura;
de manera que estoy firmemente convencido de que el fenómeno debe ser así, pero
solamente a condición de que sea admisible la definición del movimiento
^uniformemente acelerado. Sin embargo, todavía dudo de que la aceleración de la
cual la naturaleza se sirve en la caída de los cuerpos sea de esta clase; y por
eso yo y otros que piensan como yo juzgaríamos muy conveniente realizar ahora
alguno de los experimentos que deben coincidir con las demostraciones, de los
cuales se dice que hay tantos.
Salviati. —En efecto: ustedes, como hombres de ciencia, hacen una
petición justificada, y así debe ser en todas las disciplinas de la ciencia en
que se aplican demostraciones matemáticas a fenómenos naturales; así se ve en
todos aquellos que se ocupan de perspectiva, astronomía, mecánica, música y
demás; todos ellos consolidan sus principios por medio de experimentos, y éstos
forman el fundamento de toda la construcción posterior. No juzguemos superfluo
el haber tratado muy detalladamente este primer y fundamental objeto, sobre el
cual está basado el inmenso campo de innumerables conclusiones, de las que una
pequeña parte es tratada por nuestro autor en el presente libro; ya es bastante
que haya abierto la entrada y la puerta hasta ahora cerrada a los espíritus
especulativos. El autor no ha dejado de hacer experimentos, y para convencerme
de que el movimiento uniformemente acelerado se efectúa en las condiciones
antes mencionadas, he procedido repetidas veces, acompañado por nuestro autor,
de la siguiente manera: Sobre una regla, o digamos sobre una tabla de madera de
12 varas de largo, media vara de ancho y 3 pulgadas de espesor, en esta última
parte angosta, se había labrado una ranura de poco más de 1 pulgada de ancho.
Ésta se había trazado bien recta, y, para que su superficie fuese muy lisa, se
había pegado en la parte interior un pergamino muy liso y puro; sobre esta
ranura se hizo correr una bola de latón, durísima, perfectamente redonda y
pulida. Dispuesta la madera, ésta se levantaba de un lado, unas veces 1 vara,
otras veces 2 varas; después se hacía caer la bola a lo largo de la ranura y se
media el tiempo de caída para todo el recorrido en la forma que se describirá
en seguida: repetimos muchas veces el mismo experimento, para averiguar
exactamente el tiempo, y no encontramos ninguna diferencia, ni siquiera de un
décimo de pulsación. Luego hacíamos recorrer a la bola solamente un cuarto del
espacio, encontrando siempre exactamente la mitad del tiempo de caída anterior.
Después elegimos otros espacios, comparando el tiempo de caída encontrado con
el últimamente obtenido, y con los de dos tercios o tres cuartos o cualquiera
otra fracción. Repitiendo esto unas cien veces, encontramos siempre que los
espacios están entre sí como los cuadrados de los tiempos: y esto valía para
cualquier inclinación del plano, es decir, de la ranura, en la cual corría la
bola. Al mismo tiempo encontramos también que los tiempos de caída observados
para varias inclinaciones se relacionaban entre sí exactamente en la misma
forma que el autor enuncia y demuestra más adelante. Para medir el tiempo,
dispusimos un balde lleno de agua en cuyo fondo se había colocado un angosto
canal a través del cual fluía un fino chorro de agua, el cual era recogido en
un pequeño vaso, durante cada uno de los tiempos de caída observados: el agua
recogida de esta manera se pesaba en una balanza muy exacta; de las diferencias
de las pesadas obteníamos las relaciones de los pesos y las relaciones de los
tiempos, con tal exactitud, que las numerosas observaciones nunca diferían
entre sí de manera apreciable ( di un notabile momento ).
Simplicio. — ¡Cómo me hubiera gustado asistir a estos experimentos! Pero
estoy convencido del esmero y la fidelidad del relato de ustedes, me doy por
satisfecho y los acepto como completamente seguros y verdaderos.
Salviati. —Pues entonces podemos reanudar nuestra lectura y
continuar.
Corolario II
«En segundo lugar se deduce que si desde el punto inicial del movimiento se
toman dos espacios cualesquiera, que han sido recorridos en dos tiempos
cualesquiera, estos tiempos estarían entre sí como uno de los espacios a la media
proporcional de ambos espacios. En efecto: tomemos desde el punto inicial S (fig.
5) dos espacios ST, SY reconstruyamos
Escollo
Lo que se ha demostrado para la caída vertical, vale también para la caída en
planos de cualquier inclinación; en éstos la velocidad aumenta según la misma
ley, a saber, según el aumento del tiempo; es decir, como la serie de los
números enteros.
Salviati. —Aquí, señor Sagredo, desearía que me permitiese
interrumpir brevemente la lección, aun a riesgo de aburrir al señor Simplicio,
para poder explicar todo lo que puedo agregar, de memoria, a lo comprobado
hasta ahora y de acuerdo con algunas observaciones y conclusiones de nuestro
académico, ¿ara mayor confirmación del comportamiento establecido anteriormente
por reflexión y experimentos; pues para las pruebas geométricas es importante
demostrar un teorema auxiliar elemental de la teoría de los impulsos.
Sagredo. —Si el beneficio es tanto como usted anticipa, ningún
tiempo me parece demasiado largo para dedicarlo con mucho gusto a profundizar
nuestros conocimientos en la teoría del movimiento: y yo por mi parte no sólo
lo apruebo, sino que le ruego con insistencia satisfacer lo más pronto posible
mi deseo de saber; creo que también el señor Simplicio opina así.
Simplicio. —Estoy completamente de acuerdo.
Salviati. Entonces, con permiso de ustedes, consideremos el hecho
muy conocido de que las velocidades de un mismo cuerpo son diferentes para
distintas inclinaciones del plano, y que la velocidad tiene el máximo valor
cuando éste es perpendicular al horizonte; pero que si el plano está inclinado,
la velocidad es tanto más pequeña cuanto más se aparta dicho plano de la
vertical. Por ello el impulso (Vimpeto), la capacidad (il
talento), la energía (Venergía) o digamos la
tendencia a caer (il momento del descenderé) resulta
disminuido en el cuerpo por el plano sobre el cual se apoya y resbala. Para
entender mejor, sea AB (fig. 6) una línea perpendicular al
horizonte GA ; démosle luego diferentes inclinaciones,
respecto al horizonte, como en AD, AE, AF, etc. Entonces el
cuerpo adquirirá el impulso máximo al caer a lo largo de la vertical AB, uno
menor a lo largo de DA, menor aún a lo largo de EA y
así sucesivamente, menor aún a lo largo de FA, para
desaparecer finalmente por completo a lo largo de una horizontal CA, en
la cual el cuerpo se hace indiferente tanto para el movimiento como para el
reposo, y no tiene de por sí ninguna tendencia a moverse hacia uno u otro lado,
como tampoco opone resistencia alguna al movimiento. Puesto que, del mismo modo
que es imposible que un cuerpo se mueva por sí mismo hacia arriba alejándose
del centro general de gravedad (centro commune), hacia el cual
tienden todos los cuerpos pesados, así también es imposible que se mueva de por
sí, ya que en un movimiento de esa clase su propio centro de gravedad no se
acerca al centro general de gravedad: razón por la cual el cuerpo no recibe
ningún impulso sobre la horizontal, que significa aquí una superficie cuyos
puntos distan todos lo mismo del centro general de gravedad, y que efectivamente
está libre de cualquier inclinación.
Con respecto a esos cambios de los impulsos, quiero citar aquí lo que está
detallada y completamente demostrado en un antiguo Tratado sobre
mecánicaque nuestro académico había escrito ya en Padua para uso exclusivo de
sus alumnos. Allí lo hizo al explicar la relación y naturaleza del maravilloso
instrumento del tornillo, a saber, en qué relación se produce el cambio de los
impulsos, para diferentes inclinaciones de los planos, como, por ejemplo, la
de AF, uno de cuyos extremos ha sido levantado a la
altura FG. A lo largo de éste la tendencia a caer sería un
máximo; ahora buscamos qué relación hay entre esta tendencia y la tendencia a
lo largo del plano FA. Yo afirmo que estas tendencias están en
razón inversa a las longitudes mencionadas, y ésta es la proposición que quiero
dar antes del teorema que se demostrará más adelante. Es evidente que la
tendencia de un cuerpo a caer es igual a la resistencia, o a la fuerza más
pequeña que es capaz de impedir su caída y mantenerlo en reposo. Para medir
esta fuerza, esta resistencia, me valgo del peso de otro cuerpo. Sobre el planoFAdescansa
el cuerpo G provisto de un hilo que, pasando por F, lleva
un peso H. Consideremos ahora que el trayecto de caída
vertical de este último siempre será igual a todo el desplazamiento del
cuerpo G a lo largo de la oblicua AF, pero no
igual al descenso de G en dirección vertical, en la cual el
cuerpo G (como cualquier otro) ejerce su presión; pues si
consideramos el movimiento de G en el triángulo AFC,
en dirección ascendente de A hacia F> éste
está compuesto de uno horizontal AG y de uno
perpendicular CF, y como al primero no se opone ninguna
resistencia, resulta que la resistencia que se opone al movimiento sólo debe
ser vencida a lo largo de la perpendicular GF (pues en el
movimiento horizontal no se produce ninguna pérdida, ni tampoco se modifica la
distancia al centro común de gravedad de todos los cuerpos, ya que ésta
permanece constante en un plano horizontal). De modo que como el cuerpo G, en
su movimiento de A hacia F, sólo vence la
resistencia vertical CF, y porque el cuerpo H cae,
siempre verticalmente, el mismo espacio que sobre FA, y porque
este comportamiento siempre se mantiene igual en la subida y en la bajada,
tanto que los cuerpos se muevan mucho como poco (ya que están atados entre sí),
podemos afirmar con razón que si el equilibrio debe mantenerse y los cuerpos
deben quedar inmóviles, los momentos, las velocidades o sus tendencias (propensioni) a
moverse, es decir, los espacios que recorrerían en igual tiempo, deben estar
entre sí en razón inversa a la de sus pesos (de loro gravità), lo
que ha sido demostrado para todos los movimientos mecánicos, de tal modo que se
alcanza a impedir la caída de G si H pesa
tantas veces lo que G como la razón de CF a FA. Si
se hace entonces Grespecto a H como FA es
a FC, se tendrá equilibrio, pues H y G tendrán
iguales momentos y permanecerán en reposo. Pero como ya estamos de acuerdo en
que el impulso, energía, momento o tendencia al movimiento, de un cuerpo, es
igual a la fuerza o a la resistencia más pequeña capaz de mantenerlo en
equilibrio, y como además se ha demostrado que el cuerpo H es
capaz de impedir el movimiento de G, entonces el peso
menor H, que hace actuar todo su momento en dirección
vertical, será la exacta medida del momento parcial que el cuerpo mayor G ejerce
a lo largo del plano inclinado FA ; pero el momento total de
dicho cuerpo G es G mismo (pues para impedir
la caída vertical la fuerza contraria tiene que ser tan grande como si el
cuerpo estuviera completamente libre); por lo tanto, el impulso o el momento
parcial de G a lo largo de FA, será, con
respecto al impulso máximo o total de G a lo largo de FC, como
el peso H es al peso G, es decir, de acuerdo con
la figura, como la altura FC del plano inclinado es al
plano FA mismo, que era nuestro enunciado, teorema que, como
veremos, es admitido en la segunda parte del sexto problema en esta memoria.
Sagredo. —De lo que usted ha expuesto hasta ahora, me parece que se
puede deducir fácilmente, considerando varias proporciones inversas, que los
momentos de un cuerpo a lo largo de planos inclinados de diferente inclinación
como FA, FJ,pero de igual altura, están en relación inversa a las
longitudes de estos planos.
Salviati. —Completamente exacto. Establecido esto, quiero demostrar
ahora el siguiente teorema: «Si un cuerpo cae, con movimiento natural, desde
iguales alturas, a lo largo de planos de diferente inclinación, las velocidades
al llegar al horizonte son siempre iguales, si se han eliminado todas las
resistencias.» Aquí hay que observar primeramente que si consta que el cuerpo,
a cualquier inclinación, se mueve desde el reposo con velocidad creciente, o
que los impulsos crecen proporcionalmente con el tiempo (de acuerdo con la
definición que el autor ha dado del movimiento naturalmente acelerado),
entonces también, como se demostró en el teorema anterior, los espacios están
entre sí como los cuadrados de los tiempos, y, por lo tanto, también como los
cuadrados de las velocidades; y que igual que los impulsos en el movimiento
vertical, así también se formarán los valores de la velocidad adquiridos en el
otro caso, porque en cada caso las velocidades crecen durante iguales tiempos
en iguales proporciones.
Sea AB (fig. 7) un plano inclinado, AG su
altura vertical sobre el horizonte, y GBel horizonte; y como
acabamos de ver que el impulso de un cuerpo en la vertical AG es
al impulso a lo largo de AB, como AB es
a AG, tomemos sobre el plano el segmento AD, tercera
proporcional entre AB y AG ; el impulso en la dirección ACes
al impulso a lo largo de AB o de AD, como AG es
a AD ; por lo tanto, el cuerpo llegará hasta AD, a
lo largo del plano inclinado, en el mismo tiempo que emplearía para recorrer la
perpendicular AG (ya que los aumentos están entre sí como
estos segmentos), y las velocidades en G y D estarán
entre sí como AG es a AD ; pero la velocidad
en B es a la velocidad en D, como el tiempo
de caída a lo largo de AB es al correspondiente para AD, de
acuerdo con la definición del movimiento acelerado, y el tiempo de caída paraAB es
al correspondiente para AD, como AG, medio
proporcional entre BA y AD, es a AD (de
acuerdo con el último corolario, del segundo teorema) y, por lo tanto, las
velocidades en B y en G son a la velocidad
en D, como AC es a AD, con lo cual ambas son
iguales entre sí; y éste era el teorema que debíamos demostrar.
Ahora podemos demostrar más fácilmente el siguiente tercer teorema del autor,
en el cual éste se apoya en el teorema según el cual el tiempo de caída a lo
largo del plano inclinado es al tiempo en dirección vertical como la longitud
del plano es a la altura. Pues si BA es el tiempo de caída
para el espacio AB, el tiempo de caída paraAD será
la media proporcional de estos dos valores, o sea igual aAG,según el
segundo corolario del segundo teorema; pero si AO es el tiempo
de caída para AD, también será el tiempo de caída para AG mismo,
de manera que AD, AG son recorridos en tiempos iguales, y
si BA es el tiempo de caída para AB, AG será
el tiempo de caída para AC ; de modo que el tiempo a lo largo
de AB es al tiempo a lo largo de AC como AB es
a AC.
Igualmente se demuestra que el tiempo a lo largo de AC es al
tiempo de caída a lo largo de un espacio AE con diferente
inclinación, como AC es a AE ; por
consiguiente, ex aequali, el tiempo de caída a lo largo de AB es
al tiempo a lo largo de AE como AB es a AE,
etc.
Por igual deducción se podría, como el señor Sagredo comprenderá en seguida,
demostrar directamente el sexto teorema del autor; pero dejemos ahora la
digresión, que tal vez le habrá parecido a usted demasiado larga, aunque, sin
embargo, fue útil en el presente problema.
Sagredo. —Al contrario, ella tiene mi aprobación más completa y
sirve en todo para un conocimiento más profundo del tema.
Problema de los proyectiles [38]
Imaginemos una horizontal o un plano horizontal AB (fig. 8), a
lo largo del cual se mueve uniformemente un cuerpo.
Al
final de él falta el apoyo, y el cuerpo, a consecuencia de su peso, está
sometido a un movimiento a lo largo de la vertical BN. Imaginemos
a ABprolongándose hacia B, y tomemos ciertos espacios
iguales BC y CD, DE. Desde los puntos B,
C, D, E tracemos líneas paralelas a BN a distancias
iguales. Sobre la primera línea, desde C, tomemos un espacio
cualquiera C J, sobre la siguiente un espacio cuatro veces
mayor DE, luego un espacio nueve veces mayor EH, y
así sucesivamente, espacios correspondientes a los cuadrados. Si el cuerpo
llegara desde B hastaC con movimiento uniforme,
imaginémonos agregado el segmento CJ condicionado por la
caída; en el tiempo BC el cuerpo estará en el punto J.Además,
en el tiempo DB, igual a 2 BC, el espacio caído
sería igual a 4 CJ, pues en el tratado anterior se demostró
que los espacios recorridos con movimiento uniformemente acelerado están entre
sí como los cuadrados de los tiempos. En forma similar, EH, recorrido
en el tiempoBE, será igual a 9 GJ, pues EH,
DF, GJestán entre sí como los cuadrados de las líneasEB, DB, CB. Si
se trazan desdeJ, F, H las rectas JO, FO, HL paralelas a
EB, entonces HL, FG, JO serán iguales a los
espacios EB, DB, GB, así como también BO, BG, BL serán
iguales a los espacios GJ, DF, EH. Ahora bien: los cuadrados
deHL y FG están entre sí como los espacios LB, BG, y los
cuadrados de FG, JO como GB, BO. Por
consiguiente, los puntos J, F, H están situados sobre una
semiparábola. Análogamente se demuestra, tomando otros espacios arbitrarios
cualesquiera y los valores correspondientes del tiempo, que los puntos
determinados de la misma manera están situados siempre en una y la misma parábola,
con lo cual está demostrado el teorema.
Salviati. —Esta conclusión se obtiene invirtiendo el primero de los
teoremas auxiliares antes considerados. Pues si así no fuera, trazando una
parábola por los puntos B y H, los
puntos F, J no estarían sobre ella, sino dentro o fuera de la
misma, y, por consiguiente, FG sería más corto o más largo que
la línea que llega a la parábola, y los cuadrados de HL y FG tendrían
una relación más grande o más pequeña que las líneas LB y BG, mientras
que el cuadrado de HL tiene ciertamente esta misma relación
con respecto al cuadrado de FG ; por consiguiente, F está
situado sobre la parábola, y así todos los otros puntos.
Sagredo. —Por cierto, esta observación es nueva, ingeniosa y
convincente; se apoya sobre una suposición, a saber: la de que el movimiento
transversal se mantenga uniforme, y que al mismo tiempo el movimiento
naturalmente acelerado se mantenga de igual manera proporcional a los cuadrados
de los tiempos, y que tales movimientos puedan mezclarse, pero no perturbarse,
alterarse o impedirse, de manera que al final, continuando el movimiento, la
línea de tiro no degenere; un comportamiento para mí difícil de comprender.
Pues como el eje de nuestra parábola, a lo largo del cual ocurre la
aceleración, es perpendicular al horizonte, debe llegar al centro de la Tierra.
Pero la parábola se aleja cada vez más de su eje, y ningún cuerpo podría
alcanzar el centro de la Tierra; y si lo alcanzara, como en efecto parece
ocurrir, la línea de tiro debería apartarse enteramente de la parábola.
Simplicio. —A esta dificultad debo agregar otras; en primer lugar,
suponemos que la superficie horizontal, que ni sube ni baja, esté representada
por una línea recta, como si las partes de ésta estuviesen dondequiera a igual
distancia del centro; lo cual no es así, pues desde el punto inicial
encontramos hacia ambos lados partes que se desvían cada vez más y suben. De
ahí se deduce que el movimiento sobre tal superficie no puede ser uniforme;
mejor dicho, no permanecerá uniforme sobre ningún espacio, por pequeño que sea,
sino que siempre irá disminuyendo. Además, me parece imposible eliminar la
resistencia del medio; de manera que tampoco pueden tener validez la constancia
del movimiento transversal y las leyes de la aceleración en la caída libre. A
causa de estas dudas, me parece muy improbable que los teoremas demostrados,
teniendo en cuenta todas las suposiciones inválidas, se verifiquen en
experimentos prácticos.
Salviati. —Todas las dificultades y objeciones mencionadas están
tan bien fundadas que no se las puede rebatir; yo las admito, y creo que
nuestro autor haría lo mismo. Sí, también admito que nuestras deducciones,
hechas en abstracto, se mostrarán diferentes en la realidad, y serán falsas en
el sentido de que ni el movimiento transversal se efectuará uniformemente, ni
el movimiento acelerado ocurrirá en la forma aceptada, y hasta que ni la línea
de tiro será una parábola. Pero ahora pido que ustedes, señores, no nieguen ni
discutan a nuestro autor lo que otros hombres célebres han aceptado, aunque no
fuera verdad. También puede tranquilizar a cualquiera la autoridad de
Arquímedes. Él, en su Mecánica, ha admitido como principio
verdadero, en la primera determinación del contenido de la parábola, que la
balanza sea una recta cuyos puntos equidistan todos del centro común de todos
los cuerpos pesados, y que las direcciones según las cuales caen los cuerpos,
sean todas paralelas entre sí. Tal suposición es válida porque nuestros
aparatos y los espacios que entran en juego son muy pequeños comparados con la
considerable distancia del punto central del globo terrestre, de modo que
podemos considerar como recto a un pequeñísimo sector de círculo máximo, y como
paralelas entre sí a dos rectas, perpendiculares en los extremos de este arco.
Si quisiéramos tener en cuenta en el experimento valores tan pequeños,
deberíamos censurar a los arquitectos que con su plomada admiten construir las
torres más altas entre dos líneas paralelas. También podemos decir que
Arquímedes y otros han supuesto igualmente, en sus reflexiones, estar
infinitamente lejos del punto central; en este caso las suposiciones son
correctas y las demostraciones válidas. Pero si queremos hacer experimentos con
distancias finitas y suponer valores muy grandes, hay que deducir de lo verdaderamente
comprobado aquello que debe ser tenido en cuenta por no ser infinita dicha
distancia, si bien ésta será siempre muy grande comparada con la pequeñez de
nuestros aparatos. Hay que esperar una gran desviación en el tiro de los
proyectiles, especialmente en los de artillería; la distancia de tiro será a lo
sumo de 4 millas, mientras que estamos aproximadamente a otros tantos miles de
millas de distancia del centro de la Tierra; y si aquéllas se miden en la
superficie de la Tierra, la línea parabólica estará solamente muy poco
modificada, pero en realidad lo estará de tal manera que pase por el centro de
la Tierra.
Evangelista
Torricelli
El barómetro[39]
Muchos
han dicho que el vacío no existe; otros, que existe a pesar de la repugnancia
de la naturaleza por él, aunque con dificultad; no sé de ninguno que haya dicho
que existe sin dificultad y sin resistencia de la naturaleza. Yo argumento así:
Si puede encontrarse una causa manifiesta de la cual se pueda derivar la
resistencia que se percibe si tratamos de hacer el vacío, me parece tonto
tratar de atribuir el vacío a aquellas acciones que resultan evidentemente de
alguna otra causa; y así, haciendo algunos cálculos fáciles, encontré que la
causa asignada por mí (esto es, el peso de la atmósfera) debe por sí sola
ofrecer una resistencia más grande que la que ofrece cuando tratamos de
producir el vacío. Digo esto porque cierto filósofo, viendo que no es posible
dejar de admitir que el peso de la atmósfera causa la resistencia que se
percibe al hacer el vacío, no dice que admite la acción del peso del aire, sino
que persiste en atribuirlo a que la naturaleza también contribuye a resistir al
vacío. Vivimos sumergidos en el fondo de un mar de aire elemental, el cual, por
los experimentos, sin duda tiene peso, y tanto peso, que el aire más denso en
las cercanías de la superficie terrestre pesa cerca de 1/400 del peso del agua.
Ciertos autores han observado que después del crepúsculo el aire vaporizado y
visible se levanta ante nosotros a la altura de 50 a 54 millas, mas no pienso
que es tanto, porque puedo mostrar que el vacío debe oponer una resistencia
mucho mayor que la que opone, a menos que usemos el argumento de que el peso
que Galileo asignó se aplica a la atmósfera baja, donde los hombres y animales
viven, pero que en los picos de las altas montañas el aire comienza a ser más
puro y pesa mucho menos que 1/400 del peso del agua.
Hemos hecho muchos recipientes de vidrio como los que representan las
figuras A y B (fig. 9), y con tubos de 2
codos de largo.
Llené estos tubos con mercurio, y, tapando el extremo abierto con un dedo, los
invertí en la cubeta G donde había mercurio; entonces vimos
que se formaba un espacio vacío y que nada sucedía en el recipiente donde se
formaba este espacio; el tubo entre A y D permanecía
siempre lleno hasta la altura de un codo y un cuarto y 1 pulgada.
Para demostrar que el vaso estaba completamente vacío, llenamos el recipiente
con agua pura hasta la altura D, y entonces, levantando el
tubo poco a poco, vimos que cuando la abertura del tubo llegaba al agua, el
mercurio caía del tubo, y el agua se precipitaba con gran violencia, hacia la
marca E. Se dice a menudo, para explicar el hecho de que el
vaso AE permanece vacío y que el mercurio, aunque pesado, es
sostenido en el tubo AG, que, como se ha creído hasta aquí, la
fuerza que impide al mercurio caer, como lo haría naturalmente, es interna al
vaso AE, originada por el vacío, o por alguna sustancia
sumamente enrarecida, pero yo sostengo que ella es exterior y que viene de
fuera.
Sobre la superficie del líquido que está en el recipiente descansa el peso de
una altura de 50 millas de aire. ¿Qué tiene de extraño, entonces, que el
mercurio, que no tiene ninguna tendencia o repugnancia, ni aun la más leve, a
permanecer en el interior del tubo GE, penetre en él y se
eleve a una altura suficientemente alta como para equilibrar el peso del aire
exterior, que lo fuerza hacia arriba?
Por otra parte, el agua, en un tubo similar, si bien mucho más largo, se
elevaría unos 18 codos, esto es, tantas veces más que el mercurio cuantas éste
es más pesado que el agua, para estar así en equilibrio con la misma causa que
actúa sobre uno y otro.
Este argumento es corroborado por un experimento hecho al mismo tiempo con el
vaso A y con el tubo B, en los cuales el
mercurio permanece siempre en la misma línea horizontal AB. Esto
hace casi seguro que la acción no proviene del interior, porque el vaso AE, donde
había una sustancia más rarificada, habría tenido una fuerza mayor, atrayendo
mucho más activamente, a causa de su mayor rarefacción, que la del
espacio B, mucho más pequeño. Me he esforzado en explicar por
este principio las repugnancias de toda clase que se observaron en los diversos
efectos atribuidos al vacío, y aún no he encontrado ninguno al que no haya
podido tratar con buen resultado. Sé que su alteza tendrá muchas objeciones,
mas espero que si piensa sobre ella las podrá resolver. Mi principal intención
no pude llevarla a cabo; esto es, descubrir cuándo la atmósfera es más gruesa y
pesada y cuándo es más sutil y liviana, puesto que el nivel AB en
el instrumento EC cambia por alguna otra razón (lo cual no
hubiera creído), especialmente por ser sensible al frío y al calor, exactamente
como si el vaso AEestuviese lleno de aire.<
Otón
de Guericke
La máquina neumática [40]
La
primera tentativa para producir el vacío por extracción de agua
Mientras reflexionaba sobre la inconmensurabilidad del espacio, y pensaba que
debe hallarse en todas partes, me propuse efectuar la siguiente experiencia:
Ideé llenar con agua un tonel de vino o cerveza y calafatearlo completamente,
de tal modo que el aire exterior no pudiera entrar. En la parte baja del tonel
se introduciría un tubo metálico por medio del cual pudiera extraerse el agua;
entonces el agua, por efecto de su peso, descendería dejando tras de sí, en el
tonel, un espacio vacío de aire y, por lo tanto, de cualquier otro cuerpo.
Para lograr este resultado, coloqué una bomba impelente de bronce abe (fig.
10) como las que se usan contra incendios, con un pistón con un tapón g que
ajustaba herméticamente, de tal modo que el aire no podía entrar ni salir. En
la bomba se habían colocado además dos válvulas de cuero, de las cuales la
interior, a o d, en el fondo de la bomba, permitía la entrada
del agua, y la exterior, 6, su salida. Después de fijar la bomba por medio de
un anillo e, provisto de cuatro agarraderas, en la parte
inferior del tonel, procedí a extraer el agua. Antes de que el agua obedeciera
al pistón, se rompieron las agarraderas y saltaron los tomillos de hierro por
medio de los cuales la bomba estaba sujeta al tonel.
La
tentativa, sin embargo, no fue inútil. Después de colocar tornillos más
fuertes, resultó finalmente que tres hombres robustos, tirando del pistón de la
bomba, extrajeron el agua a través de la válvula superior 6. Pero cuando
sucedió esto, se oyó un crujido en todo el tonel, como si el agua estuviera
hirviendo intensamente; esto duró hasta que el tonel se llenó de aire, en
sustitución del agua que había sido desalojada.
De alguna manera había que evitar este fracaso. Con tal objeto preparé un tonel
más pequeño, que introduje en uno mayor. Después de haber atravesado el fondo
de ambos toneles con un tubo más largo adaptado a la bomba, llené el pequeño
tonel con agua, cerré su abertura, y, después de llenar también con agua el
mayor, comencé de nuevo la tarea. Esta vez pudimos extraer del pequeño tonel el
agua que lo llenaba, quedando en su lugar, sin duda alguna, un vacío.
Sin embargo, cuando finalizó el día, y se suspendió la tarea, y todo quedó en
silencio, percibimos un sonido cambiante, interrumpido de tiempo en tiempo,
como el gorjeo de un pájaro. Esto duró tres días enteros.
Cuando, después de esto, destapamos la abertura del pequeño tonel, encontramos
que estaba en su mayor parte lleno de aire y agua. No obstante, una parte del
mismo estaba vacía, puesto que, mientras lo abríamos, entró algo de aire.
Todos quedamos asombrados de que el agua entrara en un tonel que había sido
embreado y cerrado tan prolijamente. Finalmente, advertí, después de múltiples
investigaciones, que el agua a gran presión había atravesado la madera, y que a
causa de la presión y del frotamiento ocasionado al atravesar la madera, una
pequeña cantidad de aire se originaba de la misma agua del tonel (lo que deberá
tenerse en cuenta en lo sucesivo). El tonel, sin embargo, no podía llenarse
completamente de agua, a causa de la resistencia que la madera ofrecía a su
paso. Cuando se suspendía la presión, la entrada de agua y aire cesaba; por eso
obteníamos sólo un tonel medio vacío.
Producción del vacío[41]
Una vez comprobada la porosidad de la madera, tanto por la inspección como por
la investigación, me pareció que, para mis propósitos, una esfera de cobre (que
el reverendo padre Schott, en su libro sobre la investigación de Magdeburgo,
llama «Cacabus») sería más adecuada.
Esta esfera A (fig. 11) podía contener de 60 a 70 cuartos de
Magdeburgo, y estaba alimentada mediante una llave B, situada
en la parte superior; en el fondo se introdujo la bomba, uniéndola
herméticamente con aquél. Luego inicié, como antes, la extracción del aire y
del agua.
Al principio, el émbolo se movía fácilmente, pero pronto su desplazamiento se
hizo cada vez más difícil, de modo que, ulteriormente, dos fuertes hombres
apenas podían sacarlo. Mientras estaban aún ocupados en introducir y sacar el
émbolo y ya creían que se había extraído casi todo el aire, de repente, con un
fuerte ruido y ante la sorpresa de todos, la esfera metálica se estrujó, como
un paño entre los dedos, o como si la esfera hubiera sido arrojada desde lo
alto de una torre, sufriendo un violento choque.
Creo que la causa de ello fue la inexperiencia de los operarios, quienes quizá
no lograron que esta esfera resultase exactamente esférica. La parte plana,
dondequiera que estuviese, no habría podido resistir la presión del aire
circundante, en tanto que, por otra parte, una esfera hecha con precisión,
podría resistirla fácilmente, debido al apoyo mutuo de sus partes, que se
sostienen recíprocamente para vencer la resistencia.
Era,
pues, necesario que los operarios hicieran una esfera perfectamente redonda. De
ésta se extrajo el aire mediante una bomba, lo cual se hizo fácilmente al
principio, pero con grandes dificultades al finalizar la operación.
Como indicio de que la esfera había sido completamente evacuada, sirvió el
hecho de que, finalmente, no saliera más aire de la válvula superior de la
bomba.
De este modo, hemos obtenido el vacío por segunda vez.
Al abrir la llave B, el aire se precipitó hacia el interior de la
esfera de cobre con tanta fuerza, que parecía capaz de arrastrar a un hombre de
pie frente a ella. Aproximando la cara, la violencia del aire llegaba hasta a
cortar el aliento, y no se podía sostener la mano encima de la llave de
alimentación, sin el riesgo de que fuera arrastrada violentamente hacia
adentro.
Blas
Pascal
La experiencia del Puy-de-Dôme [42]
Señor:
No interrumpiría el trabajo continuo a que os obligan vuestros empleos, para
entreteneros en meditaciones físicas, si no tuviera la seguridad de que éstas
servirán para daros un descanso en las horas de ocio y de que os resultarán
divertidas, a pesar de ser aburridas para otros. No me amilanan las
dificultades, pues no ignoro el placer con que recibís esta clase de
entretenimientos. Éste no será más que la continuación de los que hemos hecho
juntos con respecto al vacío.
He ideado un experimento que podrá alcanzar a darnos la luz que buscamos, si
puede realizarse con precisión. Se trata de efectuar el experimento ordinario
del vacío, muchas veces en un mismo día, en un mismo tubo, con el mismo
mercurio, tanto en la cumbre como al pie de una montaña elevada, que tenga por
lo menos de 500 a 600 toesas, para comprobar si la altura del mercurio
suspendido en el tubo es igual o diferente en esas dos situaciones. Advertiréis
ya, sin duda, que esta experiencia es decisiva en la cuestión y que, en caso de
resultar el nivel del mercurio menor en lo alto que al pie de la montaña (como
tengo muchas razones para creerlo, aunque todos los que han meditado sobre el
problema sean contrarios a esta opinión), se llegará necesariamente a la
conclusión de que el peso y presión del aire son la única causa de esta
suspensión del mercurio, y no el horror al vacío, pues es bien cierto que el
aire pesa más al pie de la montaña que en la cumbre de la misma; mientras que
no podría decirse que la naturaleza tiene más horror al vacío al pie que en la
cima de la montaña.
La experiencia fue realizada en septiembre de 1648 por Périer. He aquí su
descripción: [43]
El sábado 19 de este mes fue muy inconstante; sin embargo, como el tiempo
parecía muy hermoso a las cinco de la mañana, y la cima del Puy-de-Dôme se
mostraba despejada, me decidí a salir para realizar la experiencia. A este
efecto, avisé a muchas personas de condición de esta ciudad de Clermont, que me
habían rogado les avisara el día que pensaba ir; algunos de ellos son
eclesiásticos, y otros seculares. Entre los primeros estaban el reverendo padre
Bannier, uno de los padres mínimos [44] de esta
ciudad, quien fue muchas veces corrector (es decir, superior), y el señor
Mosnier, canónigo de la iglesia catedral de esta misma ciudad; y entre los
últimos, los señores La Ville y Begon, consejeros de la Corte de Ayuda, y el
señor La Porte, doctor en medicina, quien ejerce su profesión aquí; todos
personas muy capaces, no sólo en sus cargos, sino también por sus profundos
conocimientos, en cuya compañía me sentía encantado de realizar esta excursión.
Fuimos, ese día, todos juntos, a las ocho de la mañana, a los jardines de los
padres mínimos, que es casi el lugar más bajo de la ciudad, donde se dio
comienzo a la experiencia de esta forma:
Primero, eché en un vaso 16 libras de mercurio, que había purificado en los
días anteriores; y tomando dos tubos de vidrio de grosor semejante, de 4 pies
de largo cada uno, cerrados herméticamente en un extremo, y abiertos por el
otro, hice con cada uno de ellos la experiencia ordinaria del vacío en el mismo
vaso: aproximando los dos tubos, uno al otro, sin sacarlos del vaso, se vio que
el mercurio que quedaba en ambos estaba al mismo nivel y que había en cada uno
de ellos, por encima de la superficie del vaso, 26 pulgadas con 3 líneas y
media. Repetí esta experiencia, en este mismo lugar, en los mismos tubos, con
el mismo mercurio, en el mismo vaso, otras dos veces y siempre el mercurio de
los dos tubos estaba al mismo nivel y a la misma altura que la primera vez.
Hecho esto, procedí a dejar uno de los dos tubos en el vaso, bajo observación
continua. Marqué en el vidrio la altura del mercurio y, dejando este tubo en el
mismo lugar, rogué al reverendo padre Chastin, uno de los» religiosos de la
casa, hombre tan piadoso como capaz, y muy entendido en esta materia, se tomara
la molestia de observar, a cada momento, durante todo el día, si ocurría algún
cambio. Con el otro tubo y una parte del mismo mercurio, subí con las personas
antes nombradas a la cumbre del Puy-de- Dôme, que se eleva unas 500 toesas por
encima de la casa de los mínimos, donde realicé las mismas experiencias del
mismo modo que en la casa de los mínimos, descubriendo que en el tubo no
quedaba más que una altura de 23 pulgadas con 2 líneas de mercurio, mientras
que en la casa de los mínimos, en este mismo tubo, la altura alcanzaba 26
pulgadas con 3 líneas y media, de modo que entre las alturas del mercurio en
estas dos experiencias, había una diferencia de 3 pulgadas con 1 línea y media.
Esto nos llenó a todos de admiración y asombro y nos sorprendió de tal manera
que, para nuestra satisfacción, quisimos repetir el experimento. Por eso lo
realicé otras cinco veces, muy exactamente en diversos lugares de la cima de la
montaña, ya al abrigo de la intemperie, en la pequeña capilla allí existente,
ya al aire libre, ya a cubierto, ya al viento, con buen tiempo, o durante la
lluvia y las nieblas que nos azotaban a veces, habiendo cada vez evacuado muy
cuidadosamente el aire del tubo; siempre encontré, en todas estas experiencias,
la misma altura del mercurio, o sea 23 pulgadas con 2 líneas, que hacían las 3
pulgadas y 1 línea y media de diferencia en comparación con las 26 pulgadas y 3
líneas y media, que habíamos encontrado en la casa de los mínimos, lo que nos
satisfizo plenamente.
Después, descendiendo de la montaña, hice en el camino la misma experiencia,
siempre con el mismo tubo, el mismo mercurio y el mismo vaso, en un lugar
llamado Lafon de l’Arbre, muy por encima de la casa de los mínimos, pero mucho
más por debajo de la cumbre de la montaña, y allí encontré que la altura del
mercurio en el tubo alcanzaba 25 pulgadas. La repetí, por segunda vez, en este
mismo lugar, y el señor Mosnier, uno de los ya nombrados, tuvo la curiosidad de
hacer la prueba él mismo; así lo hizo, pues, en este mismo sitio, y encontró la
misma altura de 25 pulgadas, menor que la encontrada en la casa de los mínimos,
en 1 pulgada con 3 líneas y media, y mayor que la que acabábamos de encontrar
en lo alto del Puy-de-Dôme, en 1 pulgada con 10 líneas, lo que aumentó no poco
nuestra satisfacción, viendo disminuir el nivel del mercurio según la altura de
los lugares.
Por último, habiendo llegado a la casa de los mínimos, encontré el vaso, que
había dejado bajo observación continua, con la misma altura de 26 pulgadas y 3
líneas y media, altura que, según manifestó el reverendo padre Chastin, no
había sufrido cambio alguno durante todo el día, a pesar de que el tiempo fuera
muy inconstante, ya sereno, ya lluvioso, ya nublado o ya ventoso.
Rehíce la experiencia con el tubo que había llevado al Puy-de- Dôme y con el
vaso donde estaba el tubo en experiencia continua; encontré que el mercurio
tenía el mismo nivel en los dos tubos.
Edmé
Mariotte
Relación entre presión y volumen del aire[45]
El
primer problema que nos podemos plantear es el de saber si el aire se condensa
precisamente según la proporción de los pesos con que se carga, o si esta
condensación sigue otras leyes y otras proporciones. Expondré los razonamientos
que he hecho para saber si la condensación del aire es proporcional a los pesos
que soporta.
Suponiendo, como la experiencia lo hace ver, que el aire se condensa más cuando
está cargado con un peso mayor, se sigue necesariamente que si el aire que se
extiende desde la superficie de la Tierra, hasta la más grande altura donde
termina, se volviera más ligero, la parte baja se dilataría más de lo que lo
está al presente, y que si se volviese más pesado, esta misma parte se
condensaría más. Es, pues, necesario concluir que la condensación que tiene
cerca de la Tierra, se produce según cierta proporción del peso del aire
superior que lo comprime, y que en este estado equilibra por su elasticidad
precisamente a todo el peso del aire que sostiene.
De esto se sigue que si se encierra en un barómetro mercurio con aire y se hace
la experiencia del vacío, el mercurio no quedará en el tubo a la altura que
tenía, porque el aire encerrado en el tubo antes de la experiencia, equilibra
por su elasticidad al peso de toda la atmósfera, es decir, a la columna de aire
dé la misma sección que se extiende desde la superficie del mercurio en el
vaso, hasta lo alto de la atmósfera, y, por consecuencia, el mercurio que está
en el tubo, no encontrando nada que lo equilibre, descenderá. Pero no descenderá
totalmente, puesto que si desciende, el aire encerrado en el tubo se dilata y,
por consiguiente, su elasticidad no es suficiente para equilibrar todo el peso
del aire superior. Es necesario, pues, que parte del mercurio quede en el tubo
a una altura tal, que, como el aire encerrado tiene una condensación que le da
una fuerza de elasticidad capaz de sostener solamente una parte del peso de la
atmósfera, el mercurio que queda en el tubo equilibre el resto; entonces se
establecerá un equilibrio entre el peso de toda dicha columna de aire y el peso
del mercurio restante junto con la elasticidad del aire encerrado. Pues bien:
si el aire se debe condensar en proporción a los pesos con que está cargado,
resulta necesariamente que si hacemos una experiencia en la cual el mercurio
quede en el tubo a la altura de 14 pulgadas, el aire encerrado en el resto del
tubo estará entonces dilatado al doble de lo que lo estaba antes de la
experiencia, con tal de que, al mismo tiempo, los barómetros sin aire eleven
precisamente su mercurio a 28 pulgadas.
Para saber si esta consecuencia es verdadera, hice la experiencia con el señor
Hubin, que es muy experto en fabricar barómetros y termómetros de toda clase.
Nos servimos de un tubo de 40 pulgadas que hice llenar de mercurio hasta 27
pulgadas y media, a fin de que tuviera 12 pulgadas y media de aire, y que
estando sumergido una pulgada en el mercurio del vaso, restaran 39 pulgadas,
para contener 14 pulgadas de mercurio y 25 pulgadas de aire dilatado al doble
de su volumen original. No fui defraudado en mi espera, pues cuando el extremo
del tubo invertido quedó sumergido en el mercurio del vaso, el del tubo
descendió, y después de algunas oscilaciones se detuvo a 14 pulgadas de altura;
por consecuencia, el aire encerrado que ocupaba entonces 25 pulgadas estaba
dilatado al doble que lo antes encerrado, y que ocupaba sólo 12 pulgadas y
media.
Le hice realizar todavía otra experiencia, en la que se dejó 24 pulgadas de
aire encima del mercurio, y éste descendió hasta 7 pulgadas conforme a esta
hipótesis; porque como 7 pulgadas de mercurio equilibran a un cuarto del peso
de toda la atmósfera, los tres cuartos que restan están sostenidos por la
elasticidad del aire encerrado, y puesto que su extensión era entonces de 32
pulgadas, estaba en la misma razón a la extensión original de 24 pulgadas, como
el peso entero del aire a las tres cuartas partes del mismo peso.
Todavía hice efectuar algunas otras experiencias semejantes, dejando más o
menos aire en el mismo tubo o en otros más o menos grandes; encontré siempre
que, después de hecha la experiencia, la proporción del aire dilatado a la
extensión de aquel que se había dejado encima del mercurio antes de la
experiencia, era la misma proporción de 28 pulgadas de mercurio, o sea el peso
entero de la atmósfera, a la diferencia entre 28 pulgadas y la altura donde el
mercurio permanecía después de la experiencia: lo que hace conocer
suficientementeque se puede tomar como regla cierta, o ley de la
naturaleza, que el aire se condensa en proporción al peso con que
está cargado.
Si se quieren realizar experiencias más sensibles, es necesario tener un tubo
curvado, cuyas dos ramas sean paralelas y una de las cuales tenga 8 pies de
altura, y otra 12 pulgadas; la grande debe estar abierta en lo alto; la otra,
perfectamente cerrada.
Se comenzará a verter un poco de mercurio para llenar el fondo donde está la
comunicación entre las dos ramas, y se hará de manera que el mercurio no sea
más alto en una rama que en la otra, a fin de estar seguros de que el aire
encerrado no está más condensado o dilatado que el aire libre.
Se verterá después, y poco a poco, mercurio en el tubo, cuidando de que el
choque no haga entrar nuevo aire en el que está encerrado; se verá, como hemos
visto muchas veces, que cuando el mercurio se eleva a 4 pulgadas en la pequeña
rama, será en la otra 14 pulgadas más alto, es decir, 18 pulgadas por encima
del tubo de comunicación, lo cual debe ocurrir si el aire se condensa en
proporción a los pesos con que está cargado, puesto que el aire encerrado está
cargado entonces con el peso de la atmósfera, que es igual al peso de 28
pulgadas de mercurio, y además el de 14 pulgadas, cuya suma de 42 pulgadas es a
28 pulgadas, el primer peso que tenía el aire en la rama pequeña,
recíprocamente como esta extensión de 12 pulgadas, es a la extensión restante
de 8 pulgadas.
Si se vierte de nuevo mercurio hasta que suba a 6 pulgadas en la rama pequeña,
y no quedan más que 6 pulgadas de aire, el mercurio estará en la otra rama 28
pulgadas más alto que la altura de estas 6 pulgadas; esto es lo que debía
ocurrir según la misma hipótesis: puesto que ahora el aire encerrado estará
cargado con 28 pulgadas de mercurio y el peso de la atmósfera que es también de
28 pulgadas, siendo la suma 56 el doble de 28, como la primera extensión de 12
pulgadas de aire es el doble de las 6 pulgadas que restan; y si, al continuar
vertiendo mercurio en la rama grande, llega en la pequeña a 8 pulgadas de
altura, habrá 56 pulgadas de mercurio por encima en la rama grande, lo que hace
una vez más la misma proporción...
Para realizar estas experiencias, es necesario que la rama pequeña sea de un
diámetro uniforme en todas sus partes; para la grande no es necesario que su
diámetro sea igual en toda su altura.
Por esta regla de la naturaleza se pueden resolver muchos problemas más que
curiosos de física.
Guillermo
Gilbert
La piedra imán[46]
Una
piedra imán atrae a otra en la posición natural, pero en la posición opuesta la
repele y la sitúa correctamente.
Primero describiremos en lenguaje corriente las conocidas propiedades de
atracción de la piedra; luego se descifrarán muchas propiedades sutiles que
hasta ahora han permanecido ignoradas y recónditas, sumidas en la oscuridad; y
(estando revelados los secretos de la naturaleza) se demostrarán oportunamente
las causas de todas ellas, con palabras adecuadas y por medio de aparatos. Es
un hecho trivial y familiar que la piedra imán atrae al hierro; asimismo, una
piedra imán también atrae a otra. Tomemos una piedra sobre la cual hemos
marcado los polos norte y sur y pongámosla en su vasija, de modo que pueda
flotar; hagamos que los polos estén en el plano del horizonte, o por lo menos
en un plano poco inclinado respecto al mismo; tomemos en la mano otra piedra
cuyos polos también se conocen, y tengámosla de tal modo que su polo sur esté
dirigido hacia el polo norte de la piedra flotante, y cerca de ella, a lo
largo; la piedra imán flotante seguirá de inmediato a la otra (siempre que se
halle dentro de su esfera de acción) y no cesará de moverse, ni abandonará a la
otra hasta que se adhiera a ella, a menos que, maniobrando rápidamente,
retiremos la mano para evitar la conjunción. De manera análoga, si oponemos el
polo norte de la piedra que tenemos en la mano al polo sur de la que flota, se
juntan y una sigue a la otra, porque polos opuestos atraen a polos opuestos.
Pero ahora, si en la misma forma enfrentamos norte a norte o sur a sur, una
piedra repele a la otra, y como si un piloto diera un golpe de timón, la que
flota se aleja igual que un barco a toda vela y no se detiene ni se aquieta
mientras la otra la persigue. Igualmente, una piedra alineará a la otra, la
hará girar, la situará en posición correcta y la pondrá en concordancia con
ella. Pero cuando ambas se ponen en contacto y se juntan en el orden natural,
se adhieren firmemente. Por ejemplo, si presentamos el polo norte de la piedra
que tenemos en la mano al trópico de Capricornio (porque así distinguiremos,
con círculos matemáticos, a la piedra redonda o Terrella,exactamente
como lo hacemos para el globo terráqueo) o a cualquier punto entre el ecuador y
el polo sur inmediatamente la piedra flotante gira y se coloca de modo tal que
su polo sur toca al polo norte de la otra y está lo más próximo a él. De la
misma manera, obtendremos un efecto análogo del otro lado del ecuador
presentando un polo al otro; y así, con destreza y habilidad, podemos mostrar
atracción y repulsión, y el movimiento en círculo hacia la posición
concordante, y los mismos movimientos para evitar encuentros hostiles. Además,
podemos demostrar todo esto en una misma piedra, de la siguiente manera: pero
nos es posible mostrar igualmente cómo una y la misma parte de una piedra
puede, por división, hacerse norte o sur. Tomemos la piedra oblonga ad,
en la cual a es el polo norte y del sur. Cortemos
la piedra en dos partes iguales, y pongamos la parte a en una
vasija y hagámosla flotar en el agua.
Veremos que el punto norte a girará hacia el sur como antes; y
de la misma manera el punto d se moverá hacia el norte, en la
piedra dividida, como antes de la división. Pero c y d,
antes unidos, ahora separados uno del otro, no son lo que eran antes: b es
ahora sur mientras que c es norte; b atrae
a c, tratando de unirse y de restablecer la continuidad primitiva.
Son dos piedras hechas de una, y a causa de ello se atraen mutuamente, girando
el c de una hacia el b de la otra, y si están
sustraídas a todos los obstáculos y a su propio peso, sostenidas como están por
el agua, se acercan y se unen. Pero si enfrentamos la parte o punto ade
una al c de la otra, se repelen mutuamente y se alejan
girando; porque la naturaleza se irrita por una tal situación de las partes, y
la forma de la piedra está pervertida; pero la naturaleza observa estrictamente
las leyes que ha impuesto a los cuerpos: de aquí la huida de una parte de la
otra en la posición indebida, y de aquí la discordia hasta que todo está ordenado
exactamente como corresponde a la naturaleza. Y la naturaleza no tolera una paz
o un acuerdo injusto e indebido, sino que hace guerra; y apela a la fuerza para
hacer que los cuerpos se consientan cabal y justamente. De modo que cuando
están correctamente ordenados, las partes se atraen mutuamente; es decir, ambas
piedras, la débil y la fuerte, se juntan y tienden a unirse con toda su fuerza;
hecho que se manifiesta en todas las piedras imán, y no sólo, como suponía
Plinio, en las de Etiopía.
Cristian
Huygens
El reloj de péndulo[47]
Hace
ya dieciséis años que publiqué en un libro la manera de construir relojes, los
que fueron inventados por mí en esa época. Pero como he realizado desde
entonces muchos progresos en la obra, consideré que lo mejor era dar cuenta de
todo ello en el presente libro, ya que estos nuevos descubrimientos completan
aquel invento de tal modo que puede considerárselos como su parte más
importante y al mismo tiempo como fundamento de todo el mecanismo, que hasta
ahora le faltaba. El péndulo simple no puede ser considerado como una medida de
tiempo segura y uniforme, porque las oscilaciones amplias tardan más tiempo que
las de menor amplitud; con ayuda de la geometría he encontrado un método, hasta
ahora desconocido, de suspender el péndulo; pues he investigado la curvatura de
una determinada curva que se presta admirablemente para lograr la deseada
uniformidad. Una vez que hube aplicado esta forma de suspensión a los relojes,
su marcha se hizo tan pareja y segura, que después de numerosas experiencias
sobre la tierra y sobre el agua, es indudable que estos relojes ofrecen la
mayor seguridad a la astronomía y a la navegación. La línea mencionada es la
misma que describe en el aire un clavo sujeto a una rueda cuando ésta avanza
girando; los matemáticos la denominan cicloide, y ha sido
cuidadosamente estudiada porque posee muchas otras propiedades; pero yo la he
estudiado por su aplicación a la medida del tiempo ya mencionada, que descubrí
mientras la estudiaba con interés puramente científico, sin sospechar este
resultado. Después que hube comunicado este descubrimiento, hace mucho tiempo,
a algunos amigos entendidos (hice el descubrimiento poco después de la primera
edición del Reloj) le he encontrado además una demostración lo
más exacta posible y ahora la doy a publicidad. A ello se refiere especialmente
este libro. Tantas veces como fue necesario, he corroborado y ampliado con
algunas nuevas demostraciones la teoría del gran Galileo sobre la caída de los
cuerpos pesados; y con el descubrimiento de esa propiedad de la cicloide he
alcanzado al mismo tiempo el fruto más anhelado de aquella teoría y su más
elevada cima.
* *
* *
Describiría
asimismo aquí la construcción de los relojes de barco que sirven para
establecer la longitud geográfica, si hubiéramos investigado con tanta
exactitud como antes cuál es la construcción que mejor sirve para este fin. En
realidad la investigación ya ha dado tales resultados que parece faltar muy
poco para que se complete este invento tan útil. Por eso no se me tomará a mal
si dejo establecido cuáles son las pruebas hasta ahora realizadas, qué
resultados han dado y qué es lo que aún falta por comprobar.
Los dos primeros relojes de esta clase han pertenecido a un barco británico. Un
excelente "amigo escocés los había hecho construir de acuerdo con el
modelo de nuestros relojes. En lugar del peso tenían un muelle espiral de acero
para mover los engranajes, de la misma manera que se acostumbra hacer en los
relojes de bolsillo. Para que los relojes no sufrieran por las oscilaciones del
barco, los había suspendido de un pilar de acero recubierto de un cilindro de
bronce; a la horquilla que mantiene el movimiento del péndulo (el largo del
péndulo alcanzaba a medio pie) la había alargado hacia abajo y dividido por
segunda vez de modo que tenía la forma de una F invertida (E). Esto debía
impedir que el péndulo girara en círculo, pues con ello podía producirse un
retardo del reloj. Después que este barco, junto con otros tres que iban con
él, hubo vuelto a Bretaña, el jefe de la flota informó lo siguiente: había
navegado desde Guinea hasta la isla de Santo Tomás, que está bajo el ecuador;
aquí puso los relojes de acuerdo con el sol, siguió rumbo al oeste, y después
de un viaje ininterrumpido de 700 millas volvió de nuevo hacia la costa
africana porque soplaba un viento favorable del sudsudoeste. Sin embargo,
después que hubo navegado de 200 a 300 millas en esa dirección, los jefes de
los otros barcos —ante el temor de que se terminara el agua potable antes de
alcanzar África—le pidieron que se dirigiera hacia las islas Barbados, junto a
América, para aprovisionarse de agua. Llamó entonces a los jefes de los barcos
pidiéndoles que trajeran consigo sus diarios de viaje y los cálculos
realizados. De esta confrontación surgió que los cálculos de los demás diferían
notablemente de los suyos, uno en 80 millas, otro en 100 y el tercero más aún.
Él mismo, según los relojes de péndulo, había calculado que a lo sumo se
hallaban a 30 millas de distancia de la isla del Fuego, una de las islas del
Cabo Verde, y que podrían llegar a ella todavía al día siguiente. Confiando en
sus relojes de péndulo, había decidido dirigir la proa hacia allí, y, en
efecto, a mediodía del día siguiente estuvieron a la vista de esa isla, echando
anclas pocas horas después.
El problema del centro de oscilación[48]
Siendo niño aún, el gran maestro Mersenne nos propuso a mí y a muchos otros la
tarea de determinar el centro de oscilación. Según he podido sacar en
conclusión por las cartas que Mersenne me escribió y también por obras editadas
recientemente por Descartes, que contienen una respuesta a esta pregunta de
Mersenne, dicho problema gozaba de cierta fama entre los matemáticos de aquel
entonces. Mersenne me pedía que hallara esos puntos en sectores circulares
suspendidos ya sea en el punto medio del círculo o ya en el medio del arco y
que oscilan hacia los lados y también en segmentos circulares y triángulos
equiláteros que están suspendidos ya sea en el vértice o ya en el medio de la
base. La tarea consiste en construir un péndulo simple, es decir, un peso colgado
de un hilo, de longitud tal que sus oscilaciones se produzcan exactamente en el
mismo tiempo que las de aquellas figuras cuando éstas se suspenden en la forma
indicada. Al mismo tiempo prometía un gran premio digno de envidia en el caso
de que yo resolviera los problemas que me planteaba. Sin embargo, en aquel
entonces no consiguió de nadie lo que pedía. En cuanto a mí se refiere, no
encontré en aquella época nada que me diera el más mínimo punto de partida para
efectuar estos cálculos, de modo que casi en seguida abandoné la tarea
renunciando a investigarla a fondo. Sin embargo, aquellos que esperaban haber
resuelto el problema, hombres extraordinarios como Descartes y Honorato Fabri
en manera alguna alcanzaron la meta, o sólo en algunos pocos casos especiales
que eran fáciles; y tampoco para ello, a mi entender, adujeron pruebas
suficientes.
Espero que todo esto lo podrá reconocer claramente quienquiera que compare las
conclusiones de ellos con las mías, que están contenidas en lo que sigue, pues
creo haberlas demostrado con bases seguras y también las experiencias las han
corroborado completamente. Los péndulos regulables de mis relojes dieron una
oportunidad para volver a realizar esas experiencias, ya que, además del peso
suspendido en la parte inferior, le había agregado otro movible, como se
detalla más explícitamente en la descripción del reloj. Partiendo de aquí,
comencé de nuevo la investigación desde el principió, esta vez con auspicios
más favorables, y por fin superé todas las dificultades, pues no sólo resolví
los problemas de Mersenne, sino que encontré nuevos problemas más difíciles que
aquéllos y hallé por fin un método con el cual se puede determinar, por medio
de cálculos seguros, el centro de oscilación de líneas, superficies y cuerpos,
Con esto no sólo tuve la alegría de hallar lo que otros habían buscado tan en
vano y conocer las leyes de la naturaleza en este caso, sino que saqué cierto
provecho, que era el que me había guiado, en realidad, para ocuparme de este
asunto, pues encontré aquel método sencillo y cómodo de regular los relojes.
Pero se agregó aún otra cosa, que creo debo valorar mucho más, y es que en
virtud del descubrimiento, he podido dar una definición absolutamente segura de
una medida de longitud invariable y que perdurará eternamente.
Hipótesis I
Cuando un número cualquiera de cuerpos pesados comienzan a moverse en virtud
de su gravedad, el centro de gravedad del conjunto de todos estos cuerpos no
puede llegar a mayor altura que la que tenía al principio del movimiento.
Debe entenderse aquí por altura la distancia al plano horizontal, y se acepta
que los cuerpos pesados tienden a caer hacia este plano a lo largo de líneas
rectas que son perpendiculares a este plano horizontal. Esta misma suposición
la hacen todos aquellos que han escrito sobre el centro de gravedad, ya sea en
forma explícita o que se deduzca como conclusión de su lectura, desde que sin
ella no será posible tratar del centro de gravedad.
Pero para que tampoco mi hipótesis deje lugar a dudas, quiero mostrar que no
contiene más de lo que nadie ha negado; es decir, que los cuerpos pesados no se
mueven hacia arriba. Para empezar, imaginemos cualquier cuerpo pesado, el que,
sin ninguna duda, no podrá moverse hacia arriba en virtud de su peso. Cuando
decimos que el cuerpo se mueve hacia arriba, queremos decir que su centro de
gravedad se mueve hacia arriba. Exactamente lo mismo debe aceptarse que sucede
también con un número cualquiera de cuerpos pesados que están unidos entre sí
por líneas inflexibles, desde que nada se opone a que se considere su conjunto
como un cuerpo. Por lo tanto, tampoco aquí puede por sí mismo elevarse el
centro de gravedad común.
Imaginémonos ahora un número cualquiera de cuerpos pesados que no están unidos
entre sí; sabemos entonces que también ellos tienen algún centro de gravedad
común. A la misma altura en que se encuentra este punto, digo que debemos
imaginamos también el peso conjunto de los cuerpos; pues todos los cuerpos
individuales pueden ser llevados al nivel de su centro de gravedad sin que sea
necesaria aquí la existencia de otra fuerza que la que poseen los cuerpos; sólo
es necesario que los consideremos unidos arbitrariamente por líneas inflexibles
y moverlos alrededor de su centro de gravedad; para esto no es necesaria ninguna
fuerza exterior. De la misma manera que los cuerpos pesados que se encuentran
en un plano horizontal no pueden, en virtud de su gravedad, elevarse
conjuntamente por encima de este plano, tampoco el centro de gravedad de
cuerpos cualesquiera, sea cual fuere su disposición, puede llegar a una altura
mayor que la que ocupa. Que cuerpos pesados cualesquiera pueden ser llevados,
efectivamente, sin necesidad de ninguna fuerza, al plano horizontal que pasa
por su centro de gravedad común, se puede demostrar de la manera siguiente:
Sean A, B y G (fig. 12) cuerpos pesados cuya posición esté
dada y D su centro de gravedad común. Tracemos por D un
plano horizontal representado por la recta A ' E, Sean DA,
DB y DG líneas inflexibles que están rígidamente
unidas con los cuerpos. Movamos ahora el conjunto hasta que A se
encuentre en el plano horizontal A ' E en el punto A'.
Todas las barras de unión girarán entonces el mismo ángulo, y B llegará
a la posición B ' y G a la posición C'.
Ahora imaginémonos los puntos B y Cunidos por una barra
rígida B ' G '; y que ésta corte al plano A ' E en E. Entonces
también el centro de gravedad de estos dos cuerpos estará necesariamente
en E, ya que el centro de gravedad D de los tres
cuerpos que se encuentran en A ', B 'y G ' y
también el centro de gravedad del cuerpo que se encuentra en A ' están
en este plano A ' DE, Por eso, sin que exista una fuerza
exterior, los cuerpos B ' y G 'pueden girar
alrededor del punto E como eje, y de esta manera los dos
llegarán al mismo tiempo al plano A ' E ; de modo que los tres
cuerpos que antes estaban en A, B y G, han sido
llevados, por la sola acción de su propio equilibrio, a la altura de su centro
de gravedad D. Esto es lo que queríamos demostrar. Con
cualquier número de cuerpos, la demostración se hace de la misma manera.
Además, esta hipótesis mía vale también para los fluidos, y con su ayuda no
sólo se pueden demostrar todos los teoremas de Arquímedes sobre los cuerpos
flotantes, sino también la mayor parte de los otros teoremas de la mecánica. Y
si los inventores de nuevas máquinas que con vano afán tratan de construir
un perpetuum mobile quisieran seguir esta hipótesis mía,
reconocerían con facilidad por sí mismos su error y comprenderían que su meta
es completamente inalcanzable.
Choque de cuerpos elásticos[49]
Hipótesis 1
Un cuerpo, una vez que está en movimiento, si nada se le opone, continúa
moviéndose con la misma velocidad en línea recta.
Hipótesis II
Sea cual fuere la causa del rebote de cuerpos duros después del contacto mutuo,
cuando chocan entre sí, enunciamos el siguiente teorema: Cuando dos cuerpos
iguales con iguales velocidades se encuentran directamente con direcciones
opuestas, cada uno rebota con la misma velocidad que tenía.
Su encuentro se llama directo cuando tanto el movimiento como el contacto
ocurren sobre la recta que une los centros de gravedad de ambos cuerpos.
Hipótesis III
El movimiento de los cuerpos, con igualdad o desigualdad de las velocidades,
debe considerarse relativo, con respecto a otros cuerpos que se suponen en
reposo, aunque tanto éstos como aquéllos puedan estar animados de otro
movimiento de conjunto.
Por lo tanto, si dos cuerpos chocan entre sí, no se comunican recíprocamente,
aunque ambos estén animados además de un movimiento uniforme, ningún otro
impulso con respecto al observador que participa del movimiento de conjunto,
como si éste no existiera para todos los movimientos que se agregan.
Así, por ejemplo, decimos que si un pasajero de un barco que se mueve con
velocidad uniforme hace chocar dos esferas iguales con iguales velocidades,
entendidas con respecto a sí mismo y a las partes del barco, entonces ambos
(cuerpos) deben también rebotar con igual velocidad con respecto al mismo
observador, exactamente de la misma manera que si hiciese chocar las mismas
esferas con igual velocidad sobre el barco en reposo o estando en tierra firme.
Después de haber establecido esto para el choque de cuerpos iguales, vamos a
deducir las leyes de su influencia recíproca, si bien otras hipótesis, que
necesitaremos para el caso de cuerpos desiguales, serán introducidas en el
lugar oportuno.
Teorema I
Si contra un cuerpo en reposo choca otro cuerpo igual, Entonces éste quedará
en reposo después del contacto, mientras que el que estaba en reposo habrá
adquirido la misma velocidad que poseía el que chocó con él.
Supongamos que un bote se mueva aguas abajo junto a la orilla, y tan cerca de
ésta, que un pasajero de pie sobre dicho bote pueda darle la mano a un
compañero de pie en la orilla. Ahora supongamos que el pasajero sostiene con
cada una de sus manos, A, B, dos cuerpos iguales E y F, colgados
con hilos, cuya distancia EF tenga su punto medio en O
: por medio de un movimiento contrario de las manos, con respecto a sí
mismo y al bote, hará chocar también las esferitas E y F con
igual velocidad, las que, por lo tanto, también rebotarán necesariamente
(hipótesis II) con igual velocidad (con respecto al pasajero y al bote) después
del contacto mutuo; pero supongamos que el bote se ha desplazado mientras tanto
hacia la izquierda con la velocidad GE ;
Es evidente entonces que la mano A del pasajero permaneció
inmóvil para la orilla y el compañero que está en ella; pero que la mano B,
desde el punto de vista del compañero, ha sido movida con la velocidad FE, la
que es igual al doble de GE o FG. Si, de
acuerdo con esto, imaginamos que el compañero de la orilla ha tomado con su
mano C la mano A del pasajero, y con ella el
extremo del hilo que sostiene a la esfera E, y con la otra
manoD la mano B del pasajero, que sostiene el hilo
del que pendeF,se ve que, mientras el pasajero hace chocar las
esferas E y F con igual velocidad (con
respecto a sí y al bote), al mismo tiempo el compañero de la orilla ha golpeado
a la esfera en reposo E con la esfera F movida
con la velocidad FE.Naturalmente que al pasajero, que mueve sus
esferas en la forma indicada, no le importa para nada que el compañero de la
orilla haya tomado sus manos y los extremos de los hilos, ya que sólo acompaña
su movimiento y no le causa perturbación (fig. 13). Por la misma causa, tampoco
le molesta al compañero de la orilla, que acerca la esfera F hacia
la E en reposo, el hecho de que el pasajero tenga enlazadas
sus manos con él, ya que las manos A y C están
ambas en reposo respecto a la orilla y al compañero, mientras que D y B son
movidas con la misma velocidad FE. Pero como, según dijimos,
las esferas E y F rebotan después del contacto recíproco, con
igual velocidad, para el pasajero y el bote, la E con la
velocidad GE, y la F con la velocidad GF, y
como mientras tanto el bote sigue su movimiento hacia la izquierda con la
velocidad GE o FG, resulta, con respecto a la orilla y al
compañero en ella, que la esfera F queda inmóvil después del
choque, pero la otra, E, desde el mismo punto de vista, se
mueve hacia la izquierda con velocidad doble de GE ; es decir,
con la velocidad FE, la misma con que él movió la esfera Fcontra
la E. Por ello hemos demostrado, respecto al
Teorema II
Si dos cuerpos iguales, que se mueven con velocidades diferentes, chocan, se
moverán después del choque con velocidades permutadas.
Supongamos que el cuerpo E (fig. 14) sea movido hacia la
derecha con velocidad EK, mientras que el cuerpo igual Fsea
lanzado contra el primero en dirección opuesta con la velocidad menor FK
; por lo tanto, se encontrarán en K.Digo que después del
choque el cuerpo E se moverá hacia la izquierda con la
velocidad FK, en tanto que el cuerpo F se
moverá hacia la derecha con la velocidad EK.
En efecto: imaginemos un hombre en la orilla de un río, que comunica a los
cuerpos los movimientos mencionados, lo que hace sosteniendo con sus
manos Cy D los extremos de los hilos de que penden
aquéllos (cuerpos) y acercando sus manos con dichas velocidades EK yFK, con
lo cual acerca los cuerpos E y F.Supongamos que la
distancia EF tenga en G su punto medio; e
imaginemos un bote que se mueve hacia la derecha con la velocidad GK, sobre
el cual esté de pie otro hombre, con respecto al cual la esfera E se
moverá sólo con la velocidad EG,mientras que la esfera F se
moverá con la velocidad FG, de modo que, con respecto a él,
ambas esferas son llevadas a chocar con la misma velocidad. Si se admite que el
pasajero haya tomado con sus manos A y B las
manos C y D del compañero en la orilla, y con
ello los extremos de los hilos, resulta que el hombre de la orilla acerca las
esferas con las velocidades EK, FK, mientras que
al mismo tiempo el pasajero las mueve una hacia otra con iguales
velocidades EG, FG ; por lo tanto, desde el punto de vista de
este último (hipótesis II), ambas rebotarán después del contacto con iguales
velocidades, a saber: E con la velocidad GE, y Fcon
la velocidad GF. Mientras tanto, el bote sigue su movimiento
con la velocidadGK. Por ello, con respecto a la orilla y al hombre en
ella, F tendrá la velocidad EK,compuesta de GF y FK, mientras
que E tendrá la velocidad FK ; es decir, la
diferencia entre GE y GK. Y así resulta,
respecto al hombre de la orilla, que hace chocar entre sí las esferas E y F con
las velocidades EK y FK, que, después del
choque, E retrocederá con la velocidad FK, mientras
que F lo hará con la velocidad EK, como
queríamos demostrar.
Si, por el contrario, ambos cuerpos se mueven hacia la derecha, a saber, E con
la velocidad EK, mientras que F se le
adelanta con la velocidad menor FK (fig. 15), Ealcanzará
al cuerpo F, encontrándose ambos en K. Digo
entonces que, después del choque, F se moverá con la velocidadEK y,
por el contrario, E seguirá con la velocidad FK. La
demostración se hace como la anterior.
Ondas luminosas[50]
Cada puntito de un cuerpo luminoso, como el Sol, una vela o un carbón ardiente,
engendra sus ondas, cuyo centro es precisamente ese puntito. Así, por ejemplo,
si en la llama de una vela distinguimos los puntos A, B, G, los
círculos concéntricos descritos alrededor de cada uno de esos puntos
representan las ondas que derivan de los mismos. Es preciso formarse la misma
idea alrededor de cada punto de la superficie y de la parte interior de esta
llama.
Pero como las percusiones en el centro de esas ondas no tienen la continuación
regulada, no hay que imaginarse que las ondas mismas se siguen en distancias
iguales; y si esas distancias aparecen así en esta figura, es más bien para
marcar el progreso de una misma onda en tiempos iguales que para representar varias
derivadas de un mismo centro.
No es necesario, por lo demás, que esta prodigiosa cantidad de ondas, que se
atraviesan sin confusión y sin eliminarse mutuamente, parezca inconcebible,
siendo cierto que una misma partícula de materia puede servir a varias ondas,
que vienen de diversos lados o aun de lados contrarios, no sólo en caso de ser
empujada por golpes que se siguen uno tras otro, sino también por aquellos que
actúan sobre ella en el mismo instante, y esto a causa del movimiento que se
extiende sucesivamente, lo que puede probarse mediante una serie de bolas
iguales, dispuestas en línea recta, de materia dura, de que se ha hablado
anteriormente.
Si
se empuja contra ella de dos lados opuestos dos bolas iguales A y D (fig.
16), se verá que cada una de ellas rebotará con la misma velocidad que tenía en
el momento de partida, y que toda la serie permanecerá en su sitio, aunque el
movimiento haya pasado a todo lo largo y doblemente. Y si estos movimientos
contrarios vienen a encontrarse en la bola del centro B o en
cualquier otra como C, ésta debe retroceder y actuar como un
resorte, sirviendo de este modo, al mismo tiempo, para transmitir esos dos
movimientos.
Pero lo que a primera vista puede parecer muy extraño y aun increíble es que
las ondulaciones producidas por movimientos y corpúsculos tan pequeños puedan
extenderse a distancias tan inmensas, como, por ejemplo, desde el Sol o desde
las estrellas hasta nosotros, puesto que la fuerza de esas ondas debe
debilitarse a medida que se apartan de su origen, de suerte que la acción de
cada una en particular se vuelva, sin duda, incapaz de hacerse sentir a nuestra
vista. Pero dejaremos de extrañarnos si consideramos que a una gran distancia
del cuerpo luminoso una infinidad de ondas, aunque derivadas de diferentes
puntos de ese cuerpo, se unen de manera que sensiblemente no forman más que una
sola onda que, por consiguiente, debe tener bastante fuerza para hacerse
sentir.
Así, este número infinito de ondas que nacen en el mismo instante de todos los
puntos de una estrella fija, grande quizá como el Sol, constituyen una sola
onda, la que puede tener bastante fuerza para hacer impresión sobre nuestros
ojos. Aparte de que de cada punto luminoso pueden llegar varios millares de
ondas en el menor tiempo imaginable, por la frecuente percusión de las
moléculas que golpean el éter en estos puntos, lo que contribuye todavía a
hacer su acción más sensible. Hay que considerar aún, en la propagación de
estas ondas, que cada partícula de la materia en que una onda se extiende, debe
comunicar su movimiento no solamente a la partícula prójima, que se halle en la
línea recta tirada desde el punto luminoso, sino que también lo transmite
necesariamente a todas las otras que la toquen y que se opongan a su
movimiento. El resultado es que alrededor de cada partícula se genera una onda,
cuyo centro es esa partícula misma. De esta manera, si DCF (fig.
17) es una onda emanada desde el punto luminoso A, que es su
centro, la partícula B, una de las que están comprendidas en
la esfera DGF, habrá hecho su onda particular KGL,
que tocará la onda DGF en G, en el mismo momento
en que la onda principal, emanada desde el punto A, alcance DGF
; está claro que el único punto de la onda KGL que
tocará la onda DGF es el punto G que se halla
en la recta trazada por AB. Asimismo, las otras partículas
comprendidas en la esfera DCF, como bb, dd, etc.,
habrán hecho cada una su onda. Pero cada una de estas ondas sólo puede ser
infinitamente débil en comparación con la onda DCF, a cuya
composición contribuyen todas las otras con la parte de su superficie que es la
más alejada del centro A.
Además, se ve que la onda DGF está determinada por el límite
extremo del movimiento que ha partido del punto A durante
cierto intervalo de tiempo, no habiendo movimiento más allá de esta onda, si
bien lo hay en el espacio que ella encierra, es decir, en las partes de las
ondas particulares que no tocan la esfera DGF. Esta hipótesis
no debe considerarse demasiado forzada o sutil, ya que, como se verá a
continuación, todas las propiedades de la luz y todo lo que se refiere a su
reflexión y refracción se explica principalmente de esta manera.
Erasmo
Bartholin
La doble refracción[51]
Muy
apreciado por todos los hombres es el diamante, y muchos son los placeres que
brindan otros tesoros semejantes, tales como piedras preciosas y perlas, aunque
sólo sirvan para embellecer y adornar el cuello y los dedos; pero quien, por
otra parte, prefiere conocer fenómenos extraordinarios, experimentará un goce
no menor —así lo espero— al observar una nueva clase de cuerpos, a saber, un
cristal transparente recientemente traído de Islandia, que es quizá una de las
más grandes maravillas producidas por la naturaleza. Durante largo tiempo me he
ocupado de este cuerpo notable, realizando numerosas investigaciones con él,
que publico gustosamente, en la creencia de que puedan servir a los amantes de
la naturaleza y a otras personas interesadas en instruirse, o al menos en
recrearse.
En primer lugar, la forma exterior de este cuerpo no es menos extraña y
peculiar que la de la nieve, la sal u otros minerales y cristales. Está
compuesta de cuadriláteros con superficies planas y lados equidistantes unos de
otros, medidos desde el punto céntrico del cuadrilátero, pero que incluyen
ángulos desiguales. La superficie plana que así se presenta se llama en
geometría rombo, y el cuerpo sólido romboide. Esta
forma no sólo aparece en el cuerpo entero, sino que también se mantiene en
todas las partes en que el cuerpo pueda quebrarse.
Bartholin bosqueja aquí diferentes propiedades físicas y químicas del cristal y
continúa:
Este descubrimiento y su explicación me ocupó durante largo tiempo, de modo que
abandoné otras cosas por él. Reconozco haber llegado, gracias a esta
observación, a un problema fundamental de la refracción. En un examen
superficial es fácil perder de vista este fenómeno. Sin embargo, se puede
exhibirlo fácilmente de la manera siguiente: colocar, sobre una mesa o papel
claro, un objeto, por ejemplo, un punto o algo similar de tamañoB o A (fig.
18). Poner encima la superficie inferiorLMNO del romboide. Luego
mirar, a través de la superficie superior BSPQ, el objeto A
o B dirigiendo el ojo a través de la masa entera del prisma RSPQOLMN, primero
sobre B, y después sobre A. Si miramos a
través de otros cuerpos, como vidrio, agua, etc., la imagen del objeto aparece
sólo una vez, mientras que, en este caso, cada uno de ellos se ve doble sobre
la superficie BSPQ, es decir, B en 0 y H,
y A en GD y FE, como lo
muestra la figura.
Además, observamos que las dos imágenes producidas por nuestro cristal de
Islandia no son exactamente semejantes, distinguiéndose en que una de ellas
permanece fija y la otra se mueve. Por ello concluimos que podemos distinguir
dos clases de refracción, y designamos a la primera, es decir, la que nos da la
imagen fija, con el nombre de refracción ordinaria, y a la otra, que nos da la
imagen movible, con el nombre de refracción extraordinaria. Al cristal mismo lo
denominaremos birrefringente.
Olae
Römer
La velocidad de la luz [52]
Durante
largo tiempo los filósofos han estado esforzándose en decidir experimentalmente
si la acción de la luz se transmite instantáneamente a una distancia
cualquiera, o si requiere tiempo. El señor Römer, de la Real Academia de
Ciencias, ha encontrado un método para hacerlo, basado en observaciones sobre
el primer satélite de Júpiter; mostró que para atravesar una distancia de unas
3.000 leguas, que es casi igual al diámetro de la Tierra, la luz necesita menos
de un segundo de tiempo.
Supongamos que A (fig. 19) represente al Sol, B a
Júpiter, G al primer satélite cuando entra en la sombra de
Júpiter, para salir de nuevo en D, y que EFGHLK representen
la Tierra a diferentes distancias de Júpiter.
Ahora supongamos que cuando la Tierra está en L, en la segunda
cuadratura de Júpiter, el primer satélite ha sido visto precisamente a su
emergencia de la sombra en D ; y que cerca de cuarenta y dos
horas y media más tarde, es decir, después de una revolución de este satélite,
estando la Tierra en K, se ve de nuevo al satélite tornar a D. Es
claro, entonces, que si la luz requiere tiempo para atravesar la
distancia LK, el satélite parecerá volver a D más
tarde de lo que lo haría si la Tierra hubiese permanecido en K ; de
este modo, la revolución del satélite determinada por sus emergencias será más
larga en tanto tiempo como el que la luz emplearía para pasar de L a K, y,
por el contrario, en la otra cuadratura FG, en la cual la Tierra se
aproxima o va al encuentro de la luz, las revoluciones determinadas por las
inmersiones aparecerán disminuidas en tanto como las determinadas por las
emergencias aparecían aumentadas.
Como en las 42 horas y media que el satélite emplea para cada revolución, la
distancia entre la Tierra y Júpiter, en una u otra cuadratura, cambia al menos
en 210 diámetros terrestres, es evidente que si la luz necesitara 1 segundo de
tiempo para recorrer el diámetro de la Tierra, la luz tomaría 3 minutos y medio
para recorrer cada uno de los intervalos FG, FL, y
esto daría una diferencia de cerca de medio cuarto de hora en dos períodos de
revolución del primer satélite, de los cuales uno fuera observado en FG y
el otro en KL, y, sin embargo, no ha sido posible comprobar
ninguna diferencia apreciable.
De ello no se sigue, sin embargo, que la luz no necesita tiempo, dado que
después de haber examinado el asunto más concretamente, se ha descubierto que
esta diferencia, que no es apreciable en dos revoluciones, resulta muy
considerable cuando se toman varias de ellas en conjunto y que, por ejemplo,
cuarenta revoluciones observadas del lado de F, son sensiblemente
más cortas que otras cuarenta observadas del otro lado, cualquiera que sea la
posición en que Júpiter se halle, y que la diferencia vale 22 minutos para toda
la distancia HE, que es dos veces la distancia de la Tierra al Sol.
La necesidad de esta nueva ecuación del retardo de la luz es establecida por
todas las observaciones que se han realizado en la Real Academia y el
Observatorio, durante los últimos ocho años, y recientemente ha sido confirmada
por una emergencia del primer satélite observada en París, el 9 de noviembre
último, a las 5 horas, 34 minutos y 45 segundos de la tarde, 10 minutos después
de lo que se esperaría teniendo en cuenta las observaciones del mes de agosto,
cuando la Tierra estaba mucho más cerca de Júpiter, como el señor Römer había
predicho en la Academia en septiembre; además, para disipar toda duda de que
esta desigualdad era causada por el retardo de la luz, demostró que no puede
provenir de una excentricidad u otra de las causas que ordinariamente se aducen
para explicar las irregularidades de la Luna y las de otros planetas. No
obstante, observó que el primer satélite de Júpiter era excéntrico y que además
sus revoluciones eran adelantadas o retardadas cuando Júpiter se aproximaba al
Sol o se alejaba de él, y aun que las revoluciones del satélite eran
desiguales, a pesar de lo cual estas tres últimas causas de desigualdad no
impedían a la primera causa manifestarse claramente.
Isaac
Newton
La ley de la gravitación, la Luna y los planetas[53]
La
fuerza que mantiene a la Luna en su órbita está dirigida hacia la Tierra, y es
inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que, en las diferentes
posiciones, la separa del centro de la Tierra.
La primera parte del enunciado es evidente, de acuerdo con el fenómeno 6 y el
parágrafo 14 o el parágrafo 16 del libro I [54]; la segunda
parte está demostrada por la gran lentitud del movimiento del apogeo de la
Luna. En efecto: dicho movimiento, que vale 3°3' en el sentido dextrógiro para
una vuelta, puede despreciarse.
Si despreciamos esta fuerza muy pequeña, la fuerza restante, que mantiene en su
órbita a la Luna, es inversamente proporcional a D2.
Esto se comprenderá también más completamente si se compara esta fuerza con la
fuerza de gravedad, lo que se hará en los párrafos siguientes.
Corolario. Si la fuerza centrípeta media que mantiene a la Luna en su órbita se
aumenta primero en la relación 177,725 : 178,725, y luego también en la doble
relación del radio de la Tierra a la distancia media del centroide la Luna al
centro de la Tierra, se obtiene la fuerza centrípeta de la Lima en la
superficie de la Tierra, supuesto que dicha fuerza crezca siempre, a medida que
se acerca a la superficie terrestre, en relación inversa al cuadrado de la
distancia.
§ 4. Teorema. La Luna gravita hacia la Tierra; la gravedad aparta a la Luna de
su trayectoria rectilínea y la mantiene en su órbita.
La distancia media de la Luna a la Tierra en las sicigias es = 59 radios
terrestres según Tolomeo y la mayoría de los astrónomos; = 60 según Vendelinus
y Huygens; = 60 1/3 según Copérnico; = 602/5 según
Streetus, e = 56 1 /2 según Tycho.
Pero Tycho y todos aquellos que utilizan sus tablas de refracción han admitido
que la refracción del Sol y de la Luna (en completa oposición a la naturaleza
de la luz) es mayor que la de las estrellas fijas en irnos 4 a 5 minutos, con
lo cual han aumentado en dicha cantidad la paralaje de la Luna, es decir
en 1/12 a 1/15 de
su valor total. Si se corrige este error, la distancia vale 60 1/2 radios
terrestres, como la dan los demás. Vamos a admitir que la distancia media en
las sicigias es de 60 radios terrestres, y a tomar como tiempo de revolución
sidérea de la Luna 27 días, 7 horas y 43 minutos, como lo fijan los astrónomos.
Si ahora admitimos que, según las mediciones de los franceses, el perímetro de
la Tierra es de 123.249.600 pies de París, e imaginamos que la Luna se substrae
a todo movimiento y se deja caer hacia la Tierra bajo la acción de la fuerza
total que (según el corolario del § 3) la mantiene en su órbita, entonces
recorrerá 15 1/ 2pies de París en 1 minuto.
Esto se obtiene mediante un cálculo que se efectúa según el § 76 del libro I
(lo que es igual según el § 18, corolario 9, del mismo libro. En efecto: el
seno verso del arco que en su movimiento medio y a una distancia de 60 radios
terrestres describe la Luna en 1 minuto es aproximadamente 15 1 /2 pies,
o más exactamente 15 pies 1 pulgada 1 4/9 líneas
del sistema de medidas de París. Ahora bien: como aquella fuerza crece en razón
inversa al cuadrado de la distancia, en la superficie terrestre es, por lo
tanto, 60 x 60 veces mayor que en la Luna; de modo que un cuerpo que cayera en
nuestras inmediaciones bajo la acción de aquella fuerza, tendría que recorrer
en 1 minuto un camino de 60 x 60 x 151/2 pies, y en
1 segundo 15 1 /2 pies, o más
exactamente 15 pies 1 pulgada 1 4/9 líneas del
sistema de medidas de París.
Pero sobre la Tierra los cuerpos pesados caen efectivamente bajo la acción de
aquella fuerza. En efecto: según Huygens, la longitud de un péndulo que bate el
segundo a la latitud de París es = 3 pies 8,5 pulgadas del sistema de medidas
de París.
La razón entre la altura que recorre un cuerpo pecado en 1 segundo de caída y
la semilongitud del péndulo es igual al cuadrado de la razón entre la periferia
y el diámetro de un círculo (según Huygens); esta altura es, pues, = 15 pies 1
pulgada 1 7 /9 líneas. Por lo
tanto, la fuerza que mantiene en su órbita a la Luna resulta, cuando ésta
desciende hacia la Tierra, igual a nuestra fuerza de gravedad, y es entonces
(según las reglas 1 y 2) precisamente esa fuerza que llamamos gravedad. En
efecto: si ella fuera diferente de la gravedad, los cuerpos que se acercaran a
la Tierra tendrían que caer, bajo la acción combinada de ambas fuerzas, con
doble velocidad, y recorrer en 1 segundo un camino de 30 1/6 pies.
Esto es contrario a la experiencia.
El cálculo precedente se basa en la hipótesis de que la Tierra está en reposo.
Puesto que si la Tierra y la Luna se mueven alrededor del Sol, y al mismo
tiempo también alrededor de su centro de gravedad común, entonces, si la ley de
gravedad no cambia, la distancia de sus centros será de 60 1/2 radios
terrestres, como se comprobará mediante el cálculo que puede efectuarse según
el § 101 del libro I.
§ 5. Observación. La demostración de este teorema puede efectuarse
perfectamente de la siguiente manera. Si alrededor de la Tierra giraran varias
lunas, como ocurre con Júpiter y Saturno, sus tiempos de revolución cumplirían
(concluyendo por inducción) la ley de los planetas descubierta por Kepler, y,
por lo tanto, sus fuerzas centrípetas serían (de acuerdo con el § 1 de este
libro) inversamente proporcionales a sus distancias en el centro de la Tierra.
Si la distancia de la más próxima de ellas fuera muy pequeña, tanto que tocara
casi las cumbres de las montañas más altas, entonces su fuerza centrípeta,
gracias a la cual se mantiene en la órbita, sería (según el cálculo precedente)
muy próxima a la gravedad de los cuerpos que se encuentran en dichas cumbres.
Si ahora dicha pequeña Luna se sustrajera a la fuerza centrípeta que la
mantenía en movimiento en su órbita, entonces dicha fuerza centrípeta la haría
caer hacia la Tierra con la misma velocidad que tienen en esas cumbres los
cuerpos que caen, puesto que sus fuerzas son iguales entre sí. Si la fuerza
bajo cuya acción cae la pequeña Luna fuera diferente de la gravedad, y si
además dicha Luna fuera pesada respecto a la Tierra, como lo son los cuerpos
sobre dichas montañas, entonces caería, en virtud de ambas fuerzas combinadas,
con doble velocidad. Ahora bien: como ambas fuerzas, tanto la de los cuerpos
pesados como la de las lunas, están dirigidas hacia la Tierra, y puesto que son
iguales entre sí y análogas, entonces tendrán también (según las reglas 1ª y
2ª) el mismo origen. Por lo tanto, la fuerza que mantiene a la Luna en su
órbita será la misma que llamamos gravedad; la razón principal es que la
pequeña Luna o bien estaría libre de toda gravedad en las cumbres de las
montañas, o bien caería con doble velocidad que los cuerpos pesados.
§ 6. Teorema. Los satélites de Júpiter gravitan hacia Júpiter, los satélites de
Saturno hacia Saturno, los planetas hacia el Sol, y la fuerza de su gravedad
los aparta constantemente del movimiento rectilíneo y los mantiene en
trayectorias curvilíneas.
Los movimientos de los satélites de Júpiter alrededor de Júpiter y de los de
Saturno alrededor de Saturno, así como los movimientos de Mercurio, de Venus y
de los demás planetas alrededor del Sol, son fenómenos de igual género, y, por
lo tanto (según la regla 2ª), dependen de causas de la misma clase; sobre todo
desde que se ha demostrado que las fuerzas que originan dichos movimientos
están dirigidas hacia los centros de Júpiter, de Saturno y del Sol, y que al
alejarse de dichos centros decrecen en la misma relación y según las mismas
leyes que la fuerza de gravedad con el alejamiento de la Tierra.
Corolario lº En consecuencia, la gravedad existe para todos los planetas y
satélites. En efecto: nadie pone en duda que Venus, Mercurio y los demás
planetas son de la misma clase que Júpiter y Saturno. Ahora bien: como, según
la ley 3ª del movimiento, cualquier atracción es recíproca, resulta que Júpiter
gravitará hacia todos sus satélites, Saturno hacia los suyos, la Tierra hacia
la Luna, y el Sol hacia todos los planetas.
Corolario 2º La fuerza de gravedad dirigida hacia cada uno de los planetas es
indirectamente proporcional al cuadrado de la distancia de cada uno de los
puntos a su punto medio.
Corolario 3º Todos los planetas, según los corolarios lº y 2º, gravitan unos
hacia los otros, y, por lo tanto, Júpiter y Saturno se atraerán mutuamente en
las cercanías de su conjunción y perturbarán apreciablemente sus movimientos.
Del mismo modo, el Sol perturbará el movimiento de la Luna, y el Sol y la Lima
perturbarán a nuestros océanos, como se demostrará a continuación.
§ 7. Observación. Hasta ahora, a la fuerza que mantiene a los cuerpos celestes
en sus órbitas, la hemos llamado fuerza centrípeta. Ya está resuelto que ella
es idéntica a la gravedad, y por eso la llamaremos gravedad en lo sucesivo.
* *
* *
§ 9.
Teorema. La gravedad es atributo de todos los cuerpos, y es proporcional a la
cantidad de materia contenida en cada uno. Hemos demostrado anteriormente que
todos los planetas gravitan unos sobre otros; que la gravedad respecto a uno de
ellos que se considera en particular es inversamente proporcional al cuadrado
de la distancia desde su centro de gravedad, y en consecuencia (según el libro
I, § 110 [55] y
corolarios) que la gravedad es en todos los planetas proporcional a su cantidad
de materia. Además, todas las partes de un planeta A gravitan
hacia cualquier otro planeta B, y la gravedad de una parte
cualquiera es la gravedad del total como la materia de éste es a la de aquélla.
Finalmente, la acción es (según la ley 3ª del movimiento) igual a la reacción.
Entonces, por su parte, también el planeta B gravitará hacia
todas las partes de A, y su gravedad hacia una parte
cualquiera será a la gravedad frente a todo planeta/ como la materia de esta
parte es a la materia del total; conforme queríamos demostrar.
Axiomas o leyes del movimiento [56]
Ley 1ª. Todo cuerpo persevera en su estado de reposo o de
movimiento uniforme y en línea recta, salvo en cuanto mude su estado obligado
por fuerzas exteriores.
Los proyectiles perseveran en su movimiento, salvo en cuanto son retardados por
la resistencia del aire, o por la fuerza de la gravedad que los impele hacia
abajo. Un trompo cuyas partes coherentes son perpetuamente desviadas del
movimiento rectilíneo no cesa de girar sino en cuanto es retardado por el aire.
Sin embargo, los cuerpos mayores de los planetas y cometas conservan por más
tiempo sus movimientos progresivos y circulares, que se efectúan en espacios
menos resistentes.
Ley 2ª. El cambio del movimiento es proporcional a la fuerza motriz
impresa y se efectúa según la línea recta en dirección de la cual se comunica
dicha fuerza.
Si alguna fuerza comunica un movimiento cualquiera, la fuerza doble, triple,
etc., generará doble o triple movimiento, ya sea que esas fuerzas se apliquen
simultáneamente o de modo graduado y sucesivo. Y este movimiento (en el mismo
plano determinado con la fuerza generatriz), si el cuerpo se movía ya antes, se
agrega a aquel movimiento, si él obra en el mismo sentido, o, al contrario, lo
disminuye o la desvía oblicuamente y se compone con él, según la acción de
ambos.
Ley 3ª. A toda acción se opone siempre una reacción contraria e
igual: es decir, que las acciones entre dos cuerpos son siempre iguales entre
sí y dirigidas en sentido contrario.
Todo cuerpo que oprime o atrae hacia sí a otro, a su vez es oprimido o atraído.
Si alguien oprime una piedra con el dedo, también su dedo es oprimido por la
piedra. Si un caballo tira de una piedra, atada por una cuerda, también (por
decirlo así) es atraído igualmente el caballo hacia la piedra; pues la cuerda,
tensa en todos sus puntos con el mismo esfuerzo, tirará del caballo hacia la
piedra, lo mismo que de la piedra hacia el caballo, e impedirá en tanto el
progreso o el avance de uno de ellos en cuanto promoverá el avance del otro. Si
algún cuerpo choca con otro, mudará el movimiento de éste con su fuerza, del
mismo modo que en el movimiento propio sufrirá mutación a su vez en sentido
contrario del otro (por la igualdad de la presión transformada). A estas
acciones son iguales los cambios, no de las velocidades, sino de los movimientos,
siempre que se trate de cuerpos que no sufren otro impedimento exterior. En
efecto: los cambios de las velocidades realizados en direcciones contrarias,
por cuanto los movimientos se cambian igualmente, son recíprocamente
proporcionales a las masas de los cuerpos. Esta ley es válida también para las
atracciones, como se probará en el próximo escolio.
Corolario lº. Un cuerpo sujeto simultáneamente a dos fuerzas describirá la
diagonal del paralelogramo cuyos lados describiría por su acción separada.
Si un cuerpo, en un tiempo dado, por la acción de una fuerza única M, impresa
en el punto A, fuera llevado con movimiento uniforme
desde A hasta B, y si por la acción de la
sola fuerza N, aplicada en el mismo punto, fuera llevado
desde Ahasta O, complétese el paralelogramo ABCD, y
el citado cuerpo será llevado por una y otra fuerza, en el mismo tiempo, según
la diagonal que va de A a D. En efecto: como
la fuerza N actúa según la recta AG, paralela
a BD, esta fuerza, según la ley segunda, no cambiará en nada
la velocidad generada por M, que lleva el cuerpo hacia BD. Por
consiguiente, el cuerpo llegará en el mismo tiempo a la línea BD, se
aplique o no se aplique la fuerza N. Y así, al final de ese tiempo,
el cuerpo se encontrará en alguna parte de dicha línea BD. Por
la misma razón, al fin de dicho tiempo, se hallará en algún punto de la
línea CD : y por lo tanto es necesario que se encuentre en la
intersección D de ambas líneas. Seguirá, pues, en movimiento
rectilíneo desde A hasta D, en virtud de la
ley 1ª.
Corolario 2º. De lo precedente resulta clara la composición de una fuerza
directa, AD, a partir de fuerzas oblicuas cualesquiera AB y BD
; y, recíprocamente, la descomposición de cualquier fuerza dirigida
según AD, en oblicuas cualesquiera, según AB y BD. Composición
y descomposición ampliamente confirmadas por la mecánica.
Si del centro de una rueda [57] cualquiera 0, dos
segmentos desiguales, OM, ON,sostienen por medio de los
hilos MA, NP, pesos A y P, y
se piden los valores de los pesos para mover la rueda: trazaremos por el
centro O la recta KOL, que corta
perpendicularmente los hilos en K y L ; por
el centro O y con el radio OL(suponiendo OL mayor
queOK ), describamos un círculo que corte el hilo MA en D
: y sea AC una recta paralela a la OD y
perpendicular a DO. Puesto que nada importa que los puntos de
los dos hilos K, L, D, estén o no sujetos al plano de la
rueda, los pesos tendrán la misma acción, ya estén suspendidos de los
puntos K y L, o de los puntos D y L. Pero
toda la fuerza del peso A opera a lo largo de la recta AD y
puede descomponerse en las fuerzas AG y GD : de
las cuales AC, atrayendo al radio OD directamente
desde el centro, no tendrá efecto alguno para mover la rueda; en cambio, la
otra fuerza DC, que atrae al radio DOperpendicularmente,
tiene la misma acción que si atrajera al rayo OL igual
al OD, esto es, lo mismo que el peso P, con tal de
que ese peso sea proporcionalmente al peso A, como la
fuerza DG es a la fuerza DA, o bien (por
semejanza de los triángulos ADG, DOK ), como OK a OD o
a OL. Así, pues, los pesos A y P, que son entre sí
recíprocamente como los radios OK y OL, se
equivaldrán y estarán, por consiguiente, en equilibrio: que es la conocida
propiedad de los pesos, brazos y ejes de la polea. Si, a. contrario, uno de los
pesos resulta mayor que en esta proporción, será tanto mayor su fuerza para
mover la rueda.
Reconstrucción de la luz blanca [58]
Con los colores se puede componer el blanco y todos los colores grises entre el
blanco y el negro. La blancura de la luz solar está compuesta de todos los
colores primitivos mezclados en una justa proporción.
Después de haber hecho penetrar el Sol en un cámara oscura a través de un
pequeño agujero circular hecho en el postigo de la ventana, y de haber quebrado
su luz por un prisma, para proyectar sobre el muro opuesto la imagen del Sol,
hice caer esta imagen solar sobre una lente de más de 4 pulgadas de ancho,
alejada unos 6 pies del prisma y dispuesta de tal manera que la luz coloreada
que sale divergiendo del prisma, se vuelva convergente y se reúna en su foco,
que está a 6 u 8 pies de distancia de la lente; y que caiga perpendicularmente
sobre un papel blanco. Si acercáis o alejáis este papel, veréis que cerca de la
lente toda la imagen solar aparece sobre el papel teñida por colores muy
fuertes, pero que alejándolo de la lente, estos colores se entremezclan
continuamente, debilitándose en este proceso cada vez más, hasta que, colocado
el papel en el foco, por una perfecta mezcla, se desvanecen enteramente,
adoptando un color blanco, de modo que la luz aparece sobre el papel como un
pequeño círculo blanco. Luego, si se vuelve a alejar más el papel de la lente,
los rayos, que antes eran convergentes, se cruzarán ahora en el foco, tomándose
divergentes a partir de este momento, de manera que los colores reaparecen,
pero en el orden inverso: el rojo, que antes estaba en la parte baja, está
ahora arriba, y el violeta, que estaba en la parte superior, está ahora en la
inferior.
Detengamos ahora el papel en el foco, donde la luz aparece enteramente blanca y
circular, y considerémosla en su blancura. Digo que esta blancura está
compuesta de colores convergentes. Pues si se interceptan uno o varios de estos
colores en la lente, la blancura desaparece al momento, tomando un color que
proviene de la mezcla de los otros colores no interceptados; y si, dejando
pasar en seguida los colores interceptados, se los hace caer sobre este color
compuesto, éstos se mezclarán con aquéllos y restablecerán la blancura por su
mezcla. Así, si se interceptan el violeta, azul y verde, los colores restantes,
es decir, el amarillo, el anaranjado y el rojo, compondrán una especie de anaranjado
sobre el papel; y si después de esto se dejan pasar los colores interceptados,
caerán sobre éste anaranjado compuesto y, mezclados con éste, darán el blanco.
Asimismo, si se interceptan el rojo y el violeta, los colores restantes —el
amarillo, el verde y el azul— compondrán una especie de verde sobre el papel,
después de lo cual, si se dejan pasar el rojo y el violeta, caerán sobre este
verde y, mezclados con él, producirán de nuevo el blanco. Ahora bien: en esta
composición que forma el blanco, los diferentes rayos no sufren cambio alguno
en sus propiedades caloríficas al ejercer influencia unos
sobre otros, siempre que estén solamente mezclados y produzcan el blanco por la
mezcla de sus colores, lo que resalta aún más en las siguientes pruebas:
Si después de haber colocado el papel más allá del foco, se intercepta y deja
pasar alternativamente el rojo, no se operará cambio alguno en el violeta que
queda sobre el papel, como debería ocurrir si las diferentes especies de rayos
actuaran unas sobre otras en el foco donde se cruzan. El rojo que está sobre el
papel no cambiará, aunque se deje pasar o intercepte alternativamente el
violeta que lo cruza.
Además, pensé que cuando los rayos más refrangibles y los menos refrangibles se
inclinan unos hacia otros, por convergencia, al tener el papel en forma muy
oblicua a estos rayos en el foco, podría reflejar una especie de rayos en mayor
abundancia que los de toda otra especie, y que por este medio la luz reflejada
en este foco estaría teñida por el color de los rayos predominantes, siempre
que éstos conserven cada uno su color o propiedades caloríficas en el blanco
compuesto que producen en ese foco. Pues si no las conservaran en el blanco, y
en cambio, cada especie por separado fuera capaz de provocar la sensación del
blanco, entonces no podrían perder su blancura por esta clase de reflexiones.
Incliné, pues, el papel muy oblicuamente hacia los rayos, a fin de que los más
refrangibles pudieran reflejarse en mayor abundancia que los otros; y en
seguida la blancura se transformó sucesivamente en azul, índigo y violeta.
Después de esto incliné el papel hacia el lado opuesto, a fin de que los rayos
menos refrangibles se encuentren, en la luz reflejada, en mayor cantidad que
los otros; la blancura se trocó sucesivamente en amarillo, anaranjado y rojo.
Por último, hice un instrumento en formo de peine, cuyos dientes, en número de
dieciséis, tenían cerca de pulgada y media de ancho, mientras los intervalos de
los mismos eran de unas 2 pulgadas. Al interponer sucesivamente los dientes de
este instrumento cerca de la lente, intercepté una parte de los colores por
medio del diente intercalado, en tanto que los otros colores, pasando a través
del intervalo del diente, iban a caer sobre el papel para formar allí una
imagen solar de figura redonda. Primero coloqué el papel de tal manera que la
imagen pudiera aparecer blanca cada vez que se retirara el peine; después de lo
cual, estando éste interpuesto como acaba de decirse, sucedía que, a causa de
la intercepción de los colores cerca de la lente, esta blancura se cambiaba en
un color compuesto de colores no interceptados; y, por el movimiento del peine,
este color variaba continuamente, de manera que al pasar, a su vez, cada diente
por encima de la lente, todos estos colores —rojo, amarillo, verde, azul y
púrpura— se sucedían siempre unos a otros. Hice entonces pasar sucesivamente
todos los dientes sobre la lente. A medida que pasaban lentamente, se veía una
perpetua sucesión de colores sobre el papel. Pero si los hacía pasar tan rápidamente
que los colores no pudieran distinguirse unos de otros a raíz de su velocidad,
cada uno de estos colores desaparecía enteramente, pero en apariencia. No se
veían ya ni el rojo, ni el amarillo, ni el verde, ni el azul, ni el púrpura,
pero de la mezcla confusa de todos estos colores provenía un solo color de un
blanco uniforme. Sin embargo, ninguna parte de la luz que la mezcla de todos
estos colores hacía aparecer blanca, lo era realmente. Una parte era roja, otra
amarilla, una tercera verde, una cuarta azul y una quinta púrpura. Así, cada
parte conserva su propio color hasta el momento de impresionar el
sensorio [59]. Si las
impresiones se siguen tan lentamente que puedan percibirse cada una aparte, se
produce una sensación distinta de todos los colores, una después de la otra, en
una sucesión continua. Pero si las impresiones se siguen tan rápidamente que no
puedan percibirse por separado, se produce una sensación común que no es propia
de ningún color en particular, pero participa indiferentemente de todos, dando
la impresión de blancura. La rapidez de las sucesiones hace que las impresiones
de diferentes colores se confundan en el sensorio, y esta confusión produce la
sensación mixta. De la misma manera, si se agita rápidamente un carbón
encendido haciéndolo girar continuamente, se nota un círculo entero que parece
todo de fuego; y la razón de ello está en que la sensación producida por el
carbón ardiente en las diferentes partes de este círculo queda impresa sobre el
sensorio hasta que el carbón vuelva al lugar primitivo. Así, cuando los colores
se suceden con extrema rapidez, la impresión de cada color queda en el sensorio
hasta que se completa una revolución de todos los colores y vuelve el primer
color nuevamente, de manera que las impresiones de todos los colores que se
siguen tan rápidamente se encuentran todas a la vez en el sensorio, produciendo
conjuntamente una sensación de todos estos colores.
Es, pues, evidente, por esta experiencia, que las impresiones de todos los
colores, una vez mezclados y confundidos entre sí, excitan y producen una
sensación de blanco, es decir, que el ^blanco está compuesto de todos los
colores mezclados entre sí.
La naturaleza de la luz[60]
¿No son erróneas todas las hipótesis en las cuales se supone que la luz
consiste en presión o movimiento que se propaga a través de un medio fluido?
Pues en todas estas hipótesis se han explicado los fenómenos luminosos
suponiendo que se originaban por nuevas modificaciones de los rayos, lo que es
una suposición errónea.
Si la luz consistiera sólo en presión que se propagara a través de un medio,
sin movimiento real, no sería capaz de agitar y calentar los cuerpos que la
reflejan y la refractan. Si consistiera en movimiento propagado a cualquier
distancia en un instante, requeriría una fuerza infinita en todo momento, en
toda partícula que emitiera luz, para generar ese movimiento.
Y si consistiera en presión o movimiento que se propagase instantáneamente o en
un espacio de tiempo, se curvaría hacia la sombra, pues la presión o el
movimiento no puede propagarse en un fluido, en línea recta, más allá de un
obstáculo que detenga una parte del movimiento, sino que se torcerá y se
esparcirá hacia el medio en reposo, que yace más allá del obstáculo, por todos
los caminos. La gravedad tiende hacia abajo, pero la presión del agua que se
origina por esa fuerza tiende hacia todos lados con igual intensidad, y se
propaga tan rápidamente y con tanta fuerza hacia los lados como hacia abajo, a
través de un recorrido curvo como a través de uno recto. Las ondas de la
superficie del agua estancada, al pasar por los lados de un ancho obstáculo que
detiene una parte de ellas, se curvan después y se dilatan gradualmente en el
agua muerta detrás del obstáculo. Las ondas, pulsaciones o vibraciones del
aire, en las cuales consiste el sonido, se doblan claramente, aunque no tanto
como las, ondas del agua. Pues una campana, un cañón, se oyen más allá de una
colina que impide ver el cuerpo sonoro; y los sonidos se propagan tan
fácilmente a través de tubos curvos como a través de los rectos. Pero nunca se
ha. visto que la luz siga un recorrido curvo o que se curve hacia la sombra.
Pues las estrellas fijas, al interponerse cualquiera de los planetas, dejan de
ser visibles. Así ocurre con parte del Sol, por la interposición de la Luna,
Mercurio o Venus. Los rayos que pasan muy cerca de las aristas de un cuerpo se
quiebran un poco por la acción del mismo, como hemos mostrado más arriba, pero
no se acercan a la sombra, sino que se alejan de ella, y esto sólo ocurre al
pasar el rayo por el cuerpo a una distancia muy pequeña de él. Tan pronto como
el rayo ha pasado el cuerpo, sigue directamente.
Por lo que yo sé, nadie hasta ahora, excepto Huygens, ha intentado explicar la
refracción extraordinaria del espato de Islandia, mediante presión o por la
propagación del movimiento, para lo cual ese autor supone dentro de un cristal
dos diferentes medios vibratorios. Pero cuando intentó explicar las refracciones
en dos piezas sucesivas de aquel cristal, y encontró que eran tal como se ha
mencionado más arriba, concedió no saber qué decir para explicarla. Pues las
presiones o movimientos que se propagan desde un cuerpo luminoso deben ser
iguales en todos sentidos, mientras que de estos experimentos se deduce que los
rayos de luz poseen diferentes propiedades en sus diferentes lados. Sospechó
que las pulsaciones del éter, al pasar a través del cristal, pudieran
experimentar ciertas nuevas modificaciones que las obligarían a propagarse en
este o aquel medio dentro del segundo cristal, de acuerdo con la posición de
aquél. Pero no pudo decir qué modificaciones eran ésas, ni pensar nada
satisfactorio acerca de ello. Y si él hubiera sabido que la refracción extraordinaria
no depende de nuevas modificaciones, sino de las disposiciones originales e
invariables de los rayos, habría encontrado igualmente difícil explicar cómo
estas modificaciones, que él suponía impuestas a los rayos del primer cristal,
podían estar en ellos después de incidir sobre aquél; y, en general, cómo todos
los rayos que emiten los cuerpo^ luminosos pueden poseer estas disposiciones
desde el principio. Para mí, por lo menos, esto me parece inexplicable si la
luz no es más que presión o movimiento que se propaga a través del éter. Y es
igualmente difícil explicar mediante esta hipótesis cómo los rayos se
encuentran alternativamente en estado de fácil reflexión y fácil transmisión, a
menos, quizá, que uno suponga que existen en el espacio dos medios vibratorios,
y que las vibraciones de uno de ellos constituyen la luz, y las vibraciones del
otro son más veloces, y tan pronto como han alcanzado a la vibración del
primero las colocan en ese estado. Pero parece inconcebible cómo dos éteres
pueden estar difundidos a través de todo el espacio, obrando el uno sobre el
otro, y en consecuencia, experimentando uno las reacciones del otro, sin
retardar, quebrantar, dispersar ni confundir recíprocamente sus movimientos.
Levantan una gran objeción contra la suposición de acuerdo con la cual los
cielos están llenos de medios fluidos, los movimientos regulares y perdurables
de los planetas y cometas en todos los caminos del cielo. Pues de ahí se deduce
que los cielos están vacíos de toda resistencia sensible y, en consecuencia, de
toda materia sensible.
* *
* *
¿No
son los rayos de luz pequeñísimos cuerpos emitidos por las sustancias
luminosas? Pues esos cuerpos pasarán en líneas rectas a través de los medios
uniformes sin curvarse hacia la sombra, conforme a la naturaleza de los rayos
de luz. Poseerán también varias propiedades, y serán capaces de mantenerlas
invariables al pasar a través de diferentes medios, lo que es otra condición de
los rayos luminosos. Las sustancias transparentes obran a distancia sobre los
rayos de luz, refractándolos, reflejándolos y sometiéndolos a inflexión; y los
rayos, a su vez, agitan a distancia las partes de estas sustancias, pues las
calientan; y esta acción y reacción a distancia se parece mucho a una fuerza
atractiva entre cuerpos. Si la refracción se efectuara por la atracción de los
cuerpos, los senos de incidencia deberían estar en una razón dada a los senos
de refracción, como hemos demostrado en nuestros Principios de
filosofía, confirmando la experiencia esta regla. Los rayos de luz, al
salir del vidrio hacia el vacío, se curvan hacia el vidrio y se inciden muy
oblicuamente sobre el vacío, se curvan hacia el vidrio y se reflejan
totalmente, y no puede considerarse que esta reflexión se deba a la resistencia
de un vacío absoluto, sino que debe de provenir del poder del vidrio, que atrae
los rayos al salir de él y pasar al vacío, trayéndolos de vuelta. Pues si la
otra superficie del cristal se humedece con agua o aceite claro o con miel
líquida y clara, los rayos, que de otra manera se reflejarían, pasarán al agua,
aceite o miel y, en consecuencia, no se reflejarán antes de llegar a la otra
superficie del vidrio y empezar a salir de él. Si ellos, emergiendo hacia el
agua, el aceite o la miel, siguen, es porque la atracción del vidrio está casi
contrapesada y se vuelve inefectiva por la atracción contraria del líquido.
Pero si emergen de él hacia el vacío, que no posee ninguna atracción para
contrarrestar la del vidrio, la atracción de éste, o somete los rayos a
inflexión y los refracta, o los hace volver y los refleja. Y esto es todavía
más evidente colocando juntos dos prismas de cristal, o dos objetivos de
telescopio muy largo, plano el uno, un poco convexo el otro, y apretándolos de
tal modo que no se toquen completamente ni estén demasiado alejados. Pues la
luz que incide sobre la superficie posterior del primer cristal, donde el
intervalo entre los dos cristales no excede de la millonésima parte de una
pulgada, pasará a través de aquella superficie y a través del aire o del vacío
entre ellos, y entrará en el segundo cristal, como se explicó en la primera,
cuarta y octava observaciones de la primera parte del libro II.
Pero si se retira el segundo vidrio, la luz que emerge de la segunda superficie
del primer cristal, hacia el aire o el vacío, no seguirá, sino que volverá
hacia el primer vidrio y será reflejada, y, en consecuencia, es atraída hacia
atrás por el poder del primer vidrio, pues no hay allí otra cosa para hacerlo
volver. Sólo es necesario, para que se produzca toda la variedad de colores y
grados de refrangibilidad, que los rayos de luz consistan en cuerpos de
diferentes tamaños, de los cuales los más pequeños producirían el violeta, el
más débil y oscuro de los colores, y el que más se desvía, por las superficies
de refracción, de su trayectoria correcta; y el resto, cuerpos cada vez más
grandes, producirían los colores más fuertes y brillantes: azul, verde,
amarillo y rojo, colores más difíciles de ser desviados.
Para que los rayos tengan acceso de fácil reflexión y de fácil transmisión,
sólo es necesario que ellos consistan en pequeños cuerpos que, por su fuerza
atractiva o alguna otra, originan vibraciones allí donde actúan, vibraciones
que, siendo más veloces que los rayos, los alcanzan sucesivamente, y los agitan
de tal modo que unas veces aumentan y otras disminuyen sus velocidades,
provocándoles de ese modo dichos accesos. Y, finalmente, la refracción
extraordinaria del espato de Islandia tiene toda la apariencia de que se
efectuara mediante alguna clase de virtud o propiedad atractiva, situada en
ciertos lados de los rayos y también de las partículas de cristal. Pues si no
fuera por cierta clase de disposición o virtud situada en algunos lados de las
partículas de cristal, y no en los otros lados, virtud que inclina y quiebra
los rayos hacia el lado de la refracción extraordinaria, los rayos que inciden
perpendicularmente sobre el cristal no se refractarían hacia aquel lado más
bien que hacia otro cualquiera, tanto a su incidencia como a su emergencia, y
no emergerían, como lo hacen, perpendicularmente por una posición opuesta al
lado de refracción extraordinaria en la segunda superficie, obrando el cristal
sobre los rayos, después que ellos han pasado a través de él y están emergiendo
hacia el aire, o, si se quiere, hacia el vacío. Y puesto que el cristal, por
esta disposición o virtud, no obra sobre los rayos sino cuando uno de sus lados
de refracción extraordinaria está dirigido hacia aquel lado, implica esto una
virtud o disposición en aquellos lados de los rayos que armonizan y simpatizan
con aquella virtud o disposición del cristal, así como armonizan los dos polos
de un imán. Y así como el magnetismo sólo puede ser producido o disminuido en
sus efectos en los imanes y el hierro, así esta virtud de refractar el rayo
perpendicular es mayor en el espato de Islandia, menor en el cristal de roca, y
no se ha encontrado todavía en otros cuerpos. Yo no digo que esta virtud sea
magnética; parece ser de otra clase; digo tan solo que, de cualquier clase que
ella sea, es difícil imaginarse cómo los rayos de luz, a menos que sean
cuerpos, posean una virtud permanente en dos de sus lados, virtud que no poseen
los otros dos; y esto sin tener en cuenta de ninguna manera su posición en el
espacio o medio a través del cual pasan.
* *
* *
¿No
son convertibles los grandes cuerpos en luz, e inversamente? ¿No provendrá
mucha de su actividad de las partículas de luz que entran en su composición?
Pues todos los cuerpos sólidos, al ser calentados, emiten luz, en tanto que
continúan estando suficientemente calientes, e, inversamente, la luz es
absorbida por los cuerpos en cuanto sus rayos inciden sobre sus partes, como lo
hemos demostrado más arriba. No conozco ningún cuerpo menos apto para emitir
luz que el agua, y, sin embargo, ella, mediante destilaciones sucesivas, se
transmuta en una tierra sólida, como lo ha probado el señor Boyle; esta tierra,
por ser capaz de resistir un calor suficiente, emite luz, mediante el calor,
exactamente como los otros cuerpos.
La transmutación de cuerpos en luz y de luz en cuerpos está en conformidad con
el curso de la naturaleza, que parece deleitarse en las transmutaciones. Al
agua, una sal muy fluida, insípida, la cambia mediante el calor en vapor, que
es una clase de aire; y por el frío, en hielo, que es una piedra dura,
translúcida, quebradiza y fusible; y esta piedra vuelve a ser agua mediante el
calor, y el vapor vuelve a ser agua mediante el frío. La tierra, mediante el
calor, se convierte en fuego, y por el frío vuelve a ser tierra. Los cuerpos
densos, por fermentación se convierten en diferentes clases de aire; y este
aire, por fermentaciones, y a veces sin ellas, vuelve a convertirse en cuerpos
densos. El mercurio aparece a veces en la forma de una sal corrosiva,
transparente, llamada sublimado; a veces en la forma de una tierra violeta o
blanca, sin sabor, transparente, llamada mercurius dulcís ; o
en forma de una tierra roja opaca, llamada cinabrio, o de un precipitado rojo o
blanco, o en la de una sal fluida; y por destilación se convierte en vapor, y
al ser agitado en el vacío emite luz, como el fuego. Y después de todos estos
cambios vuelve nuevamente a su forma primitiva de mercurio.
Los huevos crecen a partir de tamaños insensibles, y se convierten en animales;
los renacuajos, en ranas; los gusanos, en moscas. Todos los pájaros, bestias y
peces, insectos, árboles y otros vegetales, con todas sus partes, crecen del
agua y de soluciones acuosas y sales; y por la putrefacción vuelven (a ser)
nuevamente sustancias acuosas.
* *
* *
Y
entre tan variadas y extrañas transmutaciones, ¿por qué no podría la naturaleza
cambiar los cuerpos en luz, y la luz en cuerpos?
Daniel
Bernoulli
Teoría cinética de los gases[61]
1. Al
considerar los fluidos elásticos, vamos a asignarles una constitución adecuada
a sus propiedades conocidas, de modo que podamos emprender el estudio de otras
que aún no han sido suficientemente investigadas.
Las propiedades particulares de los fluidos elásticos son las siguientes:
·
son pesados
·
se expanden en todas direcciones, a menos que sean contenidos
·
se comprimen cada vez más a medida que la fuerza de compresión
aumenta.
El
aire es un cuerpo de esta naturaleza al cual se refieren especialmente las
siguientes investigaciones.
2. Consideremos un vaso cilíndrico (fig. 20) ACDB, situado
verticalmente, y en él un pistón movible EF, sobre el cual se
coloca un peso P; supongamos que la cavidad ECDF contenga
pequeños corpúsculos, los cuales son agitados de acá para allá con rápido
movimiento, de suerte que los corpúsculos, cuando chocan contra el pistón EF y
lo sostienen con repetidos impactos, forman un fluido elástico, que se expandirá
si el peso P es apartado o disminuido, que se condensará si el
peso P se aumenta, y que gravitará hacia el fondo
horizontal GDcomo si no estuviera dotado con poder elástico, pues
aunque los corpúsculos permanezcan quietos o agitados, no pierden su peso, y el
fondo no sostiene sólo el peso, sino la elasticidad del fluido.
Tal es, pues, el fluido que sustituiremos por aire. Sus propiedades están de
acuerdo con las que hemos atribuido a los fluidos elásticos, y por medio de
ellas explicaremos otras propiedades que han sido descubiertas para el aire, e
indicaremos algunas que aún no han sido suficientemente examinadas.
3. Consideremos los corpúsculos que están contenidos en la cavidad
cilíndrica como prácticamente infinitos en número, y cuando ellos ocupan el
espacio EGDF, supongamos que constituyen aire ordinario, al cual,
como modelo, todas nuestras medidas van a ser referidas; y así el peso P,
sosteniendo el pistón en la posición EF, no difiere de la presión
de la atmósfera sobrepuesta, la que, por lo tanto, designaremos por P en
lo que sigue.
Esta presión no es exactamente igual al peso absoluto de un cilindro vertical de
aire que descansa sobre el pistón EF, como hasta ahora muchos
autores han afirmado sin suficiente motivo; más bien es la cuarta proporcional
entre la superficie de la tierra, el tamaño del pistón EF,y el peso
de toda la atmósfera sobre la superficie de la tierra.
4. Ahora investigaremos el peso π que basta para condensar el aire
contenido en el volumen EGDF en el espacio eCDf,
bajo la suposición de que la velocidad de las partículas es la misma en ambas
condiciones del aire, tanto en la condición natural como en la condensada.
Sea EG = 1 y eC = s. Cuando el pistón EF es
movido a ef, es evidente que produce presión mayor sobre el fluido
por dos razones: primera, porque el número de partículas es ahora mayor en
proporción al espacio en que están contenidas, y segunda, porque cada partícula
repite sus impactos más a menudo. Para que podamos calcular correctamente el
incremento del cual depende la primera causa, podemos considerar las partículas
como si permanecieran quietas. Sea el número de las partículas contiguas al
pistón en la posición EF igual a n; entonces
el número probable cuando el pistón está en la posición ef será:
El
fluido no es más condensado en la parte baja que en la superior, si admitimos
que el peso P es infinitamente más grande que el peso del
fluido mismo; por esta razón, las presiones del fluido están una con otra en la
relación de los númerosn y n : s2/3, o sea
como s2/3 es a 1.
En cuanto se refiere al otro incremento que origina la segunda causa, se puede
explicar en consideración al movimiento de las partículas; es claro que sus
impactos son tanto más frecuentes cuanto más juntas están encerradas las
partículas: por lo tanto, el número de los impactos será inversamente
proporcional a las distancias medias entre las superficies de las partículas, y
estas distancias medias serán, así determinadas.
Supongamos que las partículas son esféricas. Representemos por D la
distancia media entre los centros de las esferas cuando el pistón está en la
posición EF, ypor d el diámetro de una esfera.
Entonces la distancia media entre las superficies de las esferas será D — d. Pero
es evidente que cuando el pistón está en la posición ef, la
distancia media entre los centros de las esferas = D 3√s y,
por lo tanto, la distancia media entre las superficies de las esferas = D 3√s - d.
Con respecto a la segunda causa, la presión del aire, en su estado natural
en ECDF, será a la presión del aire comprimido en eCDf como
Cuando
ambas causas se juntan, las predichas presiones serán como
La
relación de D a d podemos sustituirla por
algo más comprensible. Si pensamos que el pistón EF es
comprimido por un peso infinito, de modo que desciende a la posición mn,
en la que todas las partículas están en contacto, y si representamos la
línea mC por m, tendremos que D es a a como 1 es 3√m
Si sustituimos esto en la relación anterior, encontraremos que la presión del
aire natural en ECDF es a la presión del aire comprimido
en eCDf como
Por
lo tanto,
5. De
todos estos hechos conocidos podemos sacar en conclusión que el aire natural
puede ser condensado y comprimido muchísimo, en un espacio casi infinitamente
pequeño; de este modo podemos poner m = 0, y de esto π = P/s;por
ello, los pesos que comprimen están casi en razón inversa a los espacios que el
aire ocupa cuando es comprimido en distintos grados.
Esta ley ha sido probada por muchos experimentos. Ella puede ser adoptada con
seguridad para atmósferas menos densas que el aire natural. Si puede ser sostenida
para aires considerablemente más densos que el aire natural, no lo he
investigado aún suficientemente: aún no he hecho experimentos fundados, con la
exactitud que se requiere en estos casos.
6. La elasticidad del aire no sólo es aumentada por condensación,
sino por el calor que recibe. Como el calor puede ser considerado un movimiento
interno de las partículas, se deduce que si la elasticidad del aire, cuyo
volumen no cambia, es aumentada, el movimiento en las partículas del aire se
vuelve más intenso; lo cual concuerda con nuestra hipótesis. Es evidente que
tanto mayor peso P es necesario para guardar el aire en el
volumen EGDF, cuanto mayor es la velocidad con que las partículas
aéreas son agitadas. No es difícil ver que el peso P es
proporcional al cuadrado de la velocidad, porque cuando ésta aumenta, no sólo
aumenta el número de impactos, sino también la intensidad de cada uno de ellos,
y cada uno es proporcional al peso P.
Por lo tanto, si la velocidad de las partículas es llamada v, el
peso que es capaz de sostener el pistón en la posición EF es
igual a vvP, y en la posición
o
aproximadamente vvp/s, porque, como hemos visto, el
número m es muy pequeño comparación con la unidad o con el
número s.
José
Sauveur
Tonos armónicos[62]
Divídase
la cuerda del monocordio en partes iguales, por ejemplo en cinco (podemos
dividir una regla de la misma longitud y colocarla a lo largo de la cuerda);
tírese de la misma así como está, y ella dará un tono que llamo fundamental;
tan pronto como sea posible, llévese un pequeño obstáculo G a
una de las divisiones D, como la punta de una pluma, si la cuerda
es delgada. De esta manera el movimiento de la misma puede ser transmitido a un
lado y a otro del obstáculo, y la cuerda dará el quinto tono armónico, es
decir, el XVII.
Para
entender la razón de este resultado obtenido, debe tomarse en cuenta que cuando
estiramos la cuerda AB en su totalidad (figura 21), ella vibra
en toda su longitud, pero cuando colocamos un obstáculo G en
la primera división D de ella, la que se supone dividida en
cinco partes iguales, la oscilación totalAB queda dividida primero
en las dos oscilaciones AD yDB; y desde que AD es
un quinto de AB, o un cuarto de DB, ella
efectúa sus oscilaciones cinco veces más rápidamente que toda la cuerda AB
o cuatro veces más rápidamente que la otra parte DB; de
manera que la parte AD lleva consigo la parte inmediata DB y
la obliga a seguir su movimiento. Esta otra parte, DE, debería,
por consiguiente, ser igual a AD,porque una parte más grande se
movería más lentamente, y una más corta, con velocidad mayor. Luego, la
parte DE obligará a su vecina EF a tener el
mismo movimiento, y así sucesivamente, hasta la última. Todas las partes
efectuarán vibraciones que se cruzarán en los puntos de división D, E,
F y G, y por consiguiente, la cuerda dará el quinto
tono armónico, o sea el XVII.
Llamare a esos puntos A, D, E, F, G, B, (fig. 22), nodos, y
a los puntos medios de cada una de las partes oscilantes les llamaré vientres.
Si
el obstáculo G está colocado en el segundo punto
divisorio, E, de la cuerda, dará el mismo tono armónico, pues:
1. el
obstáculo C obligará al principio a la cuerda a efectuar dos
oscilaciones AEy EB;
2. desde
que la oscilación AE es más rápida que la otra, obligará a la
parte EG,que es igual a sí misma, a seguir su movimiento;
3. la
parte restante GB, que es la mitad de una de éstas, vibrando
dos veces más rápidamente, forzará a la parte, igual a ella, GF, a
seguir su movimiento, y ésta obligará a la próxima, EF, a lo
propio, y así sucesivamente hasta la última.
De
manera que toda la cuerda estará dividida, mediante partes oscilantes, en
partes iguales a la mayor medida común de las partes AG y GB, en
las que se halla dividida la totalidad de la cuerda por medio del obstáculo
liviano G.
Podemos revelar esas oscilaciones:
1. Mediante
el oído, pues aquellos que lo poseen fino y sensible, percibirán un tono
armónico que se hada en proporción a las partes que forman esas oscilaciones; o
podremos asegurarnos de ello poniendo el monocordio al unísono con el tono
armónico.
2. Por
la vista, porque, si dividimos la cuerda en partes iguales, por ejemplo en
cinco, y si colocamos un tope movible G en los puntos D
o E, y ponemos pequeños trozos de papel negro en los puntos de
división D y F, y pedacitos de papel blanco
en los puntos medios de esas longitudes, entonces, cuando golpeemos la
parte AG, notaremos que los pedacitos de papel blanco situados en
los vientres, serán despedidos, y que los trocitos de papel negro que están en
los nodos, quedarán en su lugar.
José
Black
Calor latente [63]
Cuando
el hielo o cualquier otra sustancia sólida se vuelve fluida por la acción del
calor, soy de opinión que recibe una cantidad del mismo, en cantidad mucho más
grande que la que es inmediatamente perceptible por el termómetro. En esta
ocasión, entra en el mismo una cantidad de calor mayor, sin tomarlo
aparentemente más caliente, lo que se pone de manifiesto mediante el
termómetro. Esta cantidad de calor, no obstante, debe serle entregada, para que
tome la forma de fluido; y yo afirmo que esta gran entrega de calor es la causa
principal y más inmediata de la fluidez que se le ha comunicado.
Por otra parte, cuando privamos a dicho cuerpo de su fluidez mediante una
disminución de calor, una gran cantidad de calor sale del cuerpo mientras éste
va asumiendo la forma sólida. La pérdida de este calor no será percibida
mediante el uso común del termómetro. El calor aparente del cuerpo, tal como es
medido por ese aparato, no está disminuido o no lo está en proporción con la
pérdida de calor que el cuerpo realmente entrega en tal ocasión. De una serie
de hechos se deduce que el estado de solidez no puede ser obtenido sin la
sustracción de esa considerable cantidad de calor. Y ello confirma la opinión
de que esta gran cantidad de calor absorbida y, si se quiere, escondida en la
composición de los fluidos, es la causa más necesaria e inmediata de su
fluidez.
Para comprender las bases de esta opinión, y ante la inconsistencia de la
anterior frente a numerosos hechos evidentes, debemos considerar en primer
lugar las apariencias observables en la fusión del hielo y en la congelación
del agua.
Si prestamos atención a la manera como el hielo y la nieve se funden cuando
están expuestos al aire de una habitación caliente, o al deshielo en la
primavera, percibiremos que, no obstante lo fríos que estaban al principio,
pronto son calentados hasta su punto de fusión, o pronto su superficie empieza
a transformarse en agua. Y si la opinión común estuviera bien basada, si la
transformación completa en agua de aquéllos requiriera sólo la adición de
pequeña cantidad de calor, la masa del hielo o nieve, a pesar de su tamaño
considerable, debería ser fundida en pocos minutos o segundos, proviniendo ese
calor, necesario e incesante, del aire que lo rodea. Si éste fuera en verdad el
caso, las consecuencias del mismo serían temibles en muchas ocasiones, pues aun
siendo las cosas como son, la fusión de grandes cantidades de hielo y nieve
ocasiona violentos torrentes y grandes inundaciones en las regiones frías, o en
los ríos que provienen de ellas. Pero si el hielo y la nieve se fundieran tan
rápidamente como deberían hacerlo si la primera opinión sobre la acción del
calor estuviera en lo cierto, los torrentes e inundaciones serían
incomparablemente más irresistibles y espantosos. Destrozarían todo, y tan
repentinamente, que la humanidad tendría grandes dificultades para escapar a
tiempo de su furia. Esta repentina fusión no se efectúa en la realidad: las
masas de nieve y de hielo se funden en un proceso lento y requieren largo
tiempo, especialmente si son de gran tamaño, como los glaciares, ventisqueros y
grandes capas de nieve acumuladas durante el invierno. Éstas, una vez iniciada
su fusión, requieren frecuentemente muchas semanas de tiempo caluroso, antes de
que se disuelvan totalmente en agua. Esta notable lentitud con que se funde el
hielo, nos permite conservarlo durante el verano en las construcciones llamadas
«casas de hielo» (depósitos de hielo). Comienza el hielo a fundirse en ellas
tan pronto como es colocado en su interior; pero como el edificio expone al
aire sólo una pequeña parte de su superficie y tiene una gruesa capa de barda o
de paja, y el acceso del aire atmosférico al interior está impedido por todos
los medios posibles, el calor penetra en la «casa de hielo» lentamente, y ello,
agregado a la lentitud con que el hielo está dispuesto a
fundirse, hace que la fusión total se efectúe tan lentamente que en algunos de
estos depósitos el hielo dura hasta el fin del verano. De la misma manera, la
nieve continúa en muchas montañas durante todo el verano en estado de fusión,
pero haciéndolo tan lentamente, que toda la estación no es suficiente para su
fusión total.
Esta notable lentitud con la que se funden el hielo y la nieve, me pareció muy
discordante con la opinión común de la modificación del calor durante la
licuefacción de los cuerpos.
Y este mismo fenómeno constituye en parte la base de la tesis que propongo. Si
examinamos lo que sucede, podremos advertir que la gran cantidad de calor que
penetra en el hielo al estado de fusión para originar el agua en la que éste se
transforma, y la duración del tiempo necesario para la sustracción de tanto
calor a los cuerpos que lo rodean, es la razón de la lentitud con la que el
hielo es fundido. Si alguna persona duda de la entrada y de la absorción de
calor por el hielo en fusión, no tiene más que tocarlo: instantáneamente
sentirá que éste absorbe rápidamente el calor de la mano. Puede también
examinar los cuerpos que lo rodean, o están en contacto inmediato con el hielo;
o, si éste está suspendido de un hilo en el aire de una habitación, podrá
percibir con su mano, o mediante un termómetro, una corriente de aire frío que
desciende constantemente del hielo. En efecto: el aire en contacto con aquél,
está siendo privado de una parte de su calor, y, por lo tanto, enfriado, se
torna más pesado que el aire del resto del ambiente; por esta causa se dirige
hacia abajo, siendo su lugar ocupado inmediatamente por el aire más caliente, y
por ello más liviano, el que, a su vez, pierde pronto algo de su calor y
desciende de la misma manera. De ahí que se establezca una corriente continua
de aire caliente, desde el derredor hacia las inmediaciones del hielo, y un
descenso de aire frío desde la parte baja de la masa del hielo suspendido.
Durante esta operación, el hielo ha de recibir necesariamente una gran cantidad
de calor.
Es evidente, pues, que el hielo fundente recibe calor muy rápidamente, pero el
único efecto de éste es transformarlo en agua, la que no es ni un ápice más
caliente que el hielo. Un termómetro aplicado a las gotas o pequeñas corrientes
de agua, a la salida inmediata del hielo, acusará la misma temperatura que
cuando se lo coloca directamente sobre el hielo; o, si hay alguna diferencia,
es demasiado pequeña como para tomarla en consideración o prestarle atención.
Por consiguiente, una gran cantidad de calor, o de la sustancia del calor,
entra en el hielo y no produce otro efecto que darle fluidez, sin
aumentar sensiblemente su calor. Parece ser absorbido y escondido en el
seno del agua de tal modo que no puede descubrirse por la aplicación del
termómetro.
Cisternay
Dufay
Dos clases de electricidad[64]
He
descubierto un principio muy sencillo, que explica gran parte de las
irregularidades y, si podemos usar el término, de los caprichos que acompañan a
la mayoría de los experimentos con la electricidad. El principio en cuestión
consiste en que los cuerpos electrizados atraen a todos los que no lo están, y
los repelen tan pronto como se electrizan, debido a su vecindad o contacto con
el cuerpo electrizado. Por ello, la hoja de oro es primero atraída por la
varilla, luego adquiere electricidad cuando se le acerca, y en consecuencia es
inmediatamente repelida. Nunca será retraída mientras mantenga su cualidad de
electrizada. Pero si es conectada con otro cuerpo, al instante pierde su
electricidad y, en consecuencia, es retraída por la varilla, la que, habiéndola
cargado de nuevo, la repele por segunda vez, lo que proseguirá haciendo
mientras la varilla tenga electricidad. Aplicando este principio a variados
experimentos con la electricidad, se sorprende uno ante la cantidad de hechos
oscuros que quedan aclarados. Los famosos experimentos de Hauksbee con el globo
de vidrio en el que se colocan hilos de seda, son una consecuencia necesaria de
ello. Cuando esas hebras son dispuestas en forma de rayos por la electricidad
de los lados del globo, entonces, cuando se acerca el dedo al exterior de éste,
las hebras se separan de él, como es conocido. Ello es debido a que el dedo, o
cualquier otro cuerpo, aplicado cerca del globo de vidrio, se vuelve,
consecuentemente, electrizado y repele las hebras de seda que poseen la misma
calidad. Con un poco de reflexión, uno puede explicarse de la misma manera la
mayoría de los otros fenómenos que parecen inexplicables sin este
principio.
Ocasionalmente, ha cruzado en mi camino otro principio, que es más notable y
universal que el precedente, y que proyecta una luz nueva sobre el tema de la
electricidad. Este principio consiste en que hay dos clases diferentes de
electricidad, muy distintas entre sí: una, que llamo electricidad
vítrea, y la otra, electricidad resinosa. La primera es la del
vidrio, cristal de roca, piedras preciosas, pelo de animales, lana, y muchos
otros cuerpos; la segunda es la del ámbar, goma laca, seda, hilo, papel y un
vasto número de otras sustancias. La característica de estas dos electricidades
es que un cuerpo cargado, por ejemplo, con electricidad vítrea,
repele a todos los demás que están cargados en la misma forma, y, por el
contrario, atrae a los que poseen electricidad resinosa; de
modo que si se electriza, la varilla repelerá el vidrio, cristal, pelo de
animales, etc., electrizados, y atraerá la seda, hilo, papel, etc., también
electrizados. Por el contrario, el ámbar atraerá al vidrio y otras sustancias
de la misma clase, y repelerá la goma laca, seda, hilo, etc. Dos cintas de seda
electrizadas se repelerán; lo mismo sucederá con dos hilos de lana; pero un
hilo de lana y uno de seda se atraerán mutuamente. El principio explica muy
naturalmente por qué los extremos de hebras de seda o de lana se separan de sus
iguales en forma de pincel o escobilla, cuando han adquirido la propiedad
eléctrica. Mediante este principio, uno puede deducir con facilidad la
explicación de gran número de otros fenómenos. Y es probable que esta verdad
nos conduzca al descubrimiento ulterior de muchas otras cosas.
Para averiguar o llegar a saber inmediatamente a cuál de las dos clases de
electricidad pertenece la carga de un cuerpo, sólo se necesita electrizar un
hilo de seda, que, como se sabe, es de electricidad resinosa. Deduciremos el
carácter del cuerpo electrizado viendo, si repele o atrae a aquél. Si lo atrae,
es por cierto de clase vítrea; y si lo repele, será de la
misma clase que la seda cargada, o sea resinosa.
Benjamín
Franklin
El poder de las puntas y el pararrayos[65]
Colocad
una bola de hierro de 3 a 4 pulgadas de diámetro sobre el orificio de una
botella de vidrio, bien limpia y seca; con un hilo de seda atado al artesonado,
precisamente sobre el orificio de la botella, suspended una bolilla de corcho
del tamaño de un balín de mosquete, dándole al hilo la longitud necesaria para
que la bolilla de corcho quede junto a la bola que previamente fue electrizada:
el corcho será rechazado a una distancia de 4 ó 5 pulgadas más o menos, según
la cantidad de electricidad. En este estado, si presentáis a la bola la punta
de un punzón largo y fino, a 6 u 8 pulgadas de distancia, la repulsión cesará
en el acto, y el corcho volará hacia la bola. Para que un cuerpo romo produzca
el mismo efecto, es necesario que se aproxime 1 pulgada y arranque una chispa.
A fin de probar que el fuego eléctrico es atraído por la
punta, si quitáis de su mango la parte chata del punzón y lo fijáis en una
barra de lacre, en vano presentaréis el punzón a la misma distancia o lo
aproximaréis más aún, pues el mismo efecto no se producirá. Pero deslizad el
dedo a lo largo del lacre hasta tocar la parte chata, entonces el corcho volará
en seguida hacia la bola.
Si presentáis esta punta en la oscuridad, veréis algunas veces, a 1 pie de
distancia y más, una luz brillante, semejante a un fuego fatuo o a una
luciérnaga. Cuanto menos aguda es la punta, tanto más hay que aproximarla para
percibir la luz, y a cualquier distancia que observéis la luz, podréis atraer
el fuego eléctrico y destruir la repulsión.
Si una bola de corcho así suspendida es repelida por un tubo, y si la punta se
le presenta bruscamente, aun a distancia considerable, veréis con sorpresa con
cuánta rapidez el corcho vuelve hacia el tubo. Las puntas de madera producirán
el mismo efecto que las de hierro, siempre que no esté seca, ya que la madera
perfectamente seca no es mejor conductora de la electricidad que el lacre de
España.
Para demostrar que las puntas tanto repelen como atraen el
fuego eléctrico, colocad una larga aguja puntiaguda sobre la bola, y veréis que
es imposible electrizarla lo bastante para hacerle repeler la bolilla de
corcho...
Ahora, si el fuego eléctrico y el de los rayos es el mismo, como he tratado de
demostrar, pregunto, admitiendo esta suposición, si el conocimiento del poder
de las puntas no podría beneficiar a los hombres para preservar las casas, las
iglesias, los buques, etc., contra los golpes del rayo, fijando
perpendicularmente, sobre las partes más elevadas de los edificios, barras de
hierro en forma de aguja y doradas para prevenir la herrumbre, y al pie de
estas barras un alambre que llegue hasta los cimientos en la tierra o alrededor
de uno de los obenques de un barco o sobre la borda hasta tocar el agua. ¿No
atraerían estas barras de hierro, en silencio, el fuego eléctrico de la nube,
antes de que ésta pueda aproximarse para dar el golpe? ¿Y no podríamos por este
medio precavernos de tantos desastres repentinos y terribles?
Para decidir la cuestión y saber si las nubes que contienen el rayo están
electrizadas o no, tuve la idea de proponer una experiencia a realizarse en un
lugar conveniente a este efecto. Colocad sobre la cúspide de una alta torre o
de un campanario una especie de mirador bastante grande como para que pueda
caber en él un hombre y un taburete eléctrico; del medio del taburete levantad
una barra metálica, que pase doblada fuera de la puerta y se eleve
perpendicularmente a una altura de 20 ó 30 pies, terminando en una punta muy
aguda. Si el taburete eléctrico está limpio y seco, el hombre que esté sentado
cuando las nubes electrizadas pasan un poco bajas, puede ser electrizado y
despedir chispas, pues la barra de hierro le atraerá el fuego de la nube.
Carlos
Augusto Coulomb
Ley de la fuerza eléctrica[66]
En
una memoria presentada a la Academia en 1784, he determinado, mediante
experimentos, las leyes de la fuerza de torsión de un alambre metálico, y he
encontrado que esta fuerza es igual al producto del ángulo de torsión, de la
cuarta potencia del diámetro del alambre suspendido y de la inversa de su
longitud, todo multiplicado por un coeficiente constante, que depende de la
naturaleza del metal, y que es fácil de determinar por la experiencia.
He demostrado en la misma memoria que, mediante el uso de esa fuerza de
torsión, es posible medir con precisión fuerzas muy pequeñas, como por ejemplo,
una diezmilésima de un grano (un grano equivale a 0,06 gramos). En la misma
memoria di una aplicación de esta teoría, al tratar de medir la fuerza
constante atribuida a la adhesión, en la fórmula que expresa la fricción de la
superficie de un cuerpo sólido, en movimiento dentro de un fluido.
Someto hoy a la Academia una balanza eléctrica construida sobre ese mismo
principio; mide exactamente el estado y la fuerza eléctrica en un cuerpo, por
débilmente cargado que éste se halle.
Construcción de la balanza
A pesar de que he aprendido con la experiencia que para llevar a cabo varios
experimentos eléctricos de manera conveniente debería corregir algunos defectos
en la primera balanza de esta clase que he hecho, ésta es la única de la que me
he servido.
La
describiré haciendo notar que su forma y tamaño pueden variar de acuerdo con la
naturaleza de los experimentos que uno quiera emprender.
Sobre un cilindro de vidrio ABGD (fig. 23, fig. 1) de 12
pulgadas de diámetro y 12 de alto, está colocado un disco de vidrio de 13
pulgadas de diámetro, que cubre por completo el vaso mencionado en primer
lugar. Este disco está perforado, ostentando dos agujeros de 20 líneas de diámetro:
uno de ellos en el medio, en f, sobre el cual está colocado un tubo
de vidrio de 24 pulgadas de alto, que está conectado con el orificio f mediante
el cemento ordinariamente usado en aparatos eléctricos. En el extremo superior
del tubo h está colocado un micrómetro de torsión, que se ve
en detalle en la figura 2. La parte superior número 1 lleva la cabeza b,
el índice io y la grapa q. Esta pieza se
ajusta en el orificio G de la pieza número 2; esta última está
formada por un círculo ab dividido en su borde en 360 grados,
y por un tubo de cobre que ajusta en el tubo H, número 3, conectado
al extremo superior del tubo de vidrio, o columna fh de la
figura 1. La grapa q (fig. 2, número 1) tiene la misma forma
que el extremo de un compás donde va la tiza. En el tercer canuto, cerrado con
el anillo q, se fija el extremo de un hilo de plata muy
delgado; el otro extremo de éste (figura 3), está sujeto en P, en
una grapa formada por un cilindro Po, hecho de cobre o de hierro,
cuyo diámetro no es mayor de 1 línea, y cuya parte superior está hendida
formando una grapa que se cierra por medio de la pieza deslizable Φ. Este
pequeño cilindro está alargado en C atravesado por un orificio
en el que puede ser insertada la aguja ag. El peso de este
pequeño cilindro debe ser lo suficientemente elevado como para mantener tenso
el alambre de plata, sin romperlo. La aguja que se muestra en la figura 1,
en ag, suspendida horizontalmente cerca del punto medio del vaso
grande que la contiene, está formada por un hilo de seda empapado en cera de
España, y que termina, desde q hasta a en 18 líneas de
extensión, por una barra cilíndrica de goma laca. En el extremo a de
esta aguja se ha colocado una pequeña bola de medula de saúco, de 2 ó 3 líneas
de diámetro. En g hay una pequeña pieza vertical de papel
empapado en aguarrás, que sirve como contrapeso para la esferita a y
que amortigua las oscilaciones.
Hemos dicho que la cubierta AC estaba perforada por un segundo
orificio en m. En él se halla introducido un pequeño cilindro mΦt,
cuya parte inferior Φt está hecha de goma laca; en t hay
otra bola de medula de saúco; alrededor del vaso, a la altura de la aguja, se
ha descrito un círculo zQ dividido en 360 grados; para mayor
sencillez he usado una tira de papel dividida en 360 grados, que se pega
alrededor del vaso a la altura de la aguja.
Para poner este instrumento en uso, coloqué la cubierta de tal manera que el
orificio m prácticamente correspondiese a la primera división
del círculo zoQtrazado en el vaso. Coloqué el índice oi del
micrómetro en el punto o, o la primera división de este micrómetro;
luego giré a éste en el tubo vertical fh hasta que, mirando
por el alambre vertical del que estaba suspendida la aguja y el centro de la
esfera a, observé que la aguja ag correspondía a
la primera división del círculozoQ. Luego introduje a través del
orificio m la otra esfera t suspendida por la
varilla mΦt, de manera que tocara la esferita a y
que, mirando por el alambre suspendido y la esferat, encontráramos la
primera división o del círculo zoQ. La
balanza está entonces en condiciones de ser usada para todas nuestras
operaciones. Como ejemplo, procederemos a dar el método que hemos usado para
determinar la ley fundamental, de acuerdo con la cual los cuerpos electrizados
se repelen entre sí.
Ley fundamental de la electricidad
La fuerza de repulsión entre dos pequeñas esferas cargadas con la misma
clase de electricidad está en razón inversa de los cuadrados de las distancias
entre los centros de las esferas
Experimento
Electrificamos un pequeño conductor (fig. 4) que es simplemente un alfiler de
cabeza grande, que se ha aislado introduciendo su extremo en la punta de una
barrita de cera de España. Introducimos este alfiler a través del agujero m y
tocamos la esferita t que está en contacto con a.
Al tocarlas con el alfiler, ambas se cargan de electricidad de la misma clase y
se repelen recíprocamente a una distancia que es medida mirando por el alambre
suspendido, y el centro de la esferita a, a la correspondiente
división del círculo zoQ. Luego, girando el índice del
micrómetro en el sentido pno, torcemos el alambre y ejercemos
una fuerza proporcional al ángulo de torsión que tiende a acercar la
esferita a a la t.Comparando estas fuerzas de
torsión con las correspondientes distancias de las esferitas, hallamos la ley
de repulsión. Aquí presentaré las conclusiones obtenidas, que inmediatamente
harán evidente la ley de repulsión.
1. Habiendo
electrificado las dos esferitas por medio del alfiler, cuando el índice del
micrómetro marca cero, la esferita a se separa de la t en
36 grados.
2. Al
torcer el alambre suspendido en 126 grados como lo muestra el punto odel
micrómetro, las dos esferitas se acercan, distanciándose sólo en 18 grados.
3. Al
torcer el alambre de suspensión en 567 grados, ambas esferitas se acercan a una
distancia de 8 grados y medio
Explicación
y resultado de este experimento
Antes de haber sido electrificadas, ambas esferitas se tocan, y el centro de la
esferita a suspendida por la aguja, no está separado del punto
donde la torsión del alambre suspendido es nula, sino por una distancia
equivalente a la mitad del diámetro de las dos esferitas. Debe mencionarse que
el alambre de plata Ip que forma la suspensión, tiene un largo
de 28 pulgadas y es tan delgado, que un pie del mismo sólo pesaba 1/16 de
grano. Calculé la fuerza que era necesaria para torcer el alambre en el punto
a, o sea a 4 pulgadas del alambre Ip, o el centro de suspensión. En
esta ocasión, aplicando las fórmulas explicadas en la memoria sobre las leyes
de la fuerza de torsión en los alambres metálicos, publicada en el volumen de
la Academia de 1784, encontré que, para torcer el alambre en 360 grados, la
fuerza que debería aplicarse en el punto a para que actuara en
la palanca an de 4 pulgadas de longitud, era sólo 1/340 de
grano. De manera que, desde que las fuerzas de torsión, como está probado en
esa memoria, son proporcionales a los ángulos de torsión, la fuerza más pequeña
de repulsión las separaría sensiblemente una de otra.
Encontramos en nuestro primer experimento, en que el índice del micrómetro está
colocado en el cero, que las esferitas estaban separadas en 36 grados lo que
producía una fuerza de torsión igual a 1/3.400 de grano; en la segunda
experiencia, la distancia era de 18 grados, y la fuerza de repulsión era
equivalente a 144 grados, de manera que a la mitad de distancia corresponde una
fuerza cuadruplicada.
En la tercera experiencia, el alambre suspendido tuvo una torsión de 567
grados, y las dos esferitas sólo estaban separadas en 8 grados y medio. La
torsión total fue, consecuentemente, de 576 grados, cuatro veces la de la
segunda experiencia, y la distancia entre las dos esferitas en esta tercera
prueba tenía sólo una diferencia de medio grado, para valer la mitad de lo que
se habían distanciado en el segundo experimento. Resulta entonces, de estas
tres pruebas, que la acción repulsiva que cada una de las esferitas ejerce
sobre la otra cuando están cargadas de electricidad del mismo nombre, está en
razón inversa del cuadrado de las distancias.
Físicos del Siglo XIX
Luis Galvani
La corriente eléctrica [67]
El
descubrimiento fue hecho de la siguiente manera. Había disecado y preparado una
rana como se ve en la figura 24, figura 2; mientras atendía otras cosas, la
dejé sobre una mesa en la cual se hallaba una máquina eléctrica a cierta
distancia de su conductor, separada de éste por un espacio considerable.
Ahora bien: si alguna de las personas presentes tocaba por casualidad y
levemente los nervios crurales internos DD de la rana con la
punta de un escalpelo, todos los músculos de las patas parecían contraerse una
y otra vez, como si estuvieran atacadas por fuertes calambres. Otro de los
presentes que nos estaba ayudando en las investigaciones eléctricas, creyó
haber observado que la acción se producía cuando se desprendía una chispa del
conductor de la máquina. Asombrado por ese nuevo fenómeno, me llamó la atención
sobre él, en momentos en que meditaba profundamente sobre otras cuestiones.
Excitado, con un entusiasmo y un ansia increíble traté de probarlo, para
arrojar luz sobre este misterio. Por consiguiente, yo mismo toqué uno u otro
nervio con la punta del escalpelo, y, al mismo tiempo, uno de los presentes
hacía saltar una chispa. El fenómeno era siempre idéntico. En el mismo instante
en que saltaba la chispa, cada músculo de la pata era indefectiblemente
sacudido por vivas contracciones, como si el animal preparado estuviese atacado
por el tétanos.
Pensando que estos movimientos pudieran originarse por el contacto con la punta
del cuchillo, que posiblemente causaría el estado de excitación, más bien que
por la chispa, volví a tocar con la punta del cuchillo de la misma manera, los
mismos nervios de otras ranas, y con mayor presión aún, pero esta vez aunque
nadie hiciera saltar la chispa. En estas condiciones no pudo notarse movimiento
alguno. Llegué por eso a la conclusión de que para provocar el fenómeno se
precisaban tanto el contacto con un cuerpo como la chispa eléctrica.
Por este motivo, apreté nuevamente la hoja del cuchillo sobre el nervio y la
mantuve así, mientras la chispa saltaba y luego mientras la máquina no
funcionaba. El fenómeno ocurría solamente mientras saltaban las chispas.
Repetimos el experimento, usando siempre el mismo cuchillo. Pero observamos que
dichos movimientos, aun con la chispa, a veces se producían, y a veces
no.
Excitados por esta novedad del fenómeno, resolvimos investigar la cosa de una y
otra manera, para seguirla experimentalmente, usando siempre el mismo
escalpelo, a fin de descubrir en lo posible las causas de esta diferencia
inesperada.
Y
este nuevo esfuerzo no resultó infructuoso. Logramos descubrir que todo el
fenómeno dependía de las diferentes partes del escalpelo que sostuvieran los
dedos. En efecto: el escalpelo tenía un mango de hueso; si se sostenía éste en
la mano, no se producían contracciones, aunque saltara la chispa; pero se
efectuaban si el dedo descansaba sobre la hoja metálica o sobre el remache de
hierro, por medio del cual la hoja estaba fija al mango.
Ahora bien: como los huesos bien secos tienen una naturaleza eléctrica,
mientras que la hoja metálica y el remache de hierro tienen una naturaleza
conductora, también llamada no eléctrica, fuimos llevados a suponer que,
teniendo en los dedos el mango de hueso, el fluido eléctrico que, de una u otra
manera actuaba en la rana, era retenido, pudiendo entrar, en cambio, al tocar
la hoja o el remache conectado con la misma.
Finalmente, para poner la cosa fuera de toda duda, empleamos en lugar de
escalpelo, a veces una varilla delgada de vidrio H (figura 2)
que se había limpiado de humedad y polvo, y, otras veces, una varilla de
hierro G. Con la varilla de vidrio, no sólo tocamos los
nervios de la pata, sino que también los hemos fregado fuertemente mientras se
estaban produciendo las chispas; pero en vano: a pesar de todo nuestro empeño,
el fenómeno no se producía, aun cuando gran cantidad de poderosas chispas se
desprendiese del conductor de la máquina a una pequeña distancia del animal. En
cambio, el fenómeno se produjo cuando tocamos el mismo nervio, aun levemente,
con la varilla de hierro, y sólo saltaban chispas muy pequeñas.
Alejandro
Volta
La pila eléctrica [68]
Este
aparato parecido en el fondo, como lo haré ver más adelante, y hasta en su
forma, según lo acabo de construir, al órgano eléctrico natural del
torpedo, de la anguila temblorosa, etc., más bien que a la botella de Leiden o
a las baterías eléctricas conocidas, quisiera llamarlo órgano eléctrico
artificial.
Y, en verdad, ¿no está acaso, como aquél, compuesto únicamente de cuerpos
conductores? ¿No es, además, activo por sí mismo, sin previa carga, sin la
ayuda de una electricidad cualquiera excitada por alguno de los medios
conocidos hasta ahora, obrando sin cesar y sin descanso; en fin, capaz de
producir en todo momento conmociones más o menos fuertes, según las
circunstancias, conmociones que se redoblan a cada contacto y que, repetidas
con frecuencia o continuadas durante algún tiempo, producen el mismo
entumecimiento de los miembros que hace sentir el torpedo?
Daré aquí una descripción más detallada de este aparato y de algunos otros
análogos, como también de las experiencias más notables realizadas con los
mismos.
Me proveí de algunas docenas de pequeñas placas redondas o discos de cobre,
latón o mejor de plata, de 1 pulgada de diámetro más o menos (monedas por
ejemplo), y de un número igual de placas de estaño o, lo que es mucho mejor, de
cinc, más o menos de la misma forma y tamaño que las anteriores: digo más o
menos, porque la precisión no es un requisito indispensable y, en general, el
tamaño y la forma de estas piezas metálicas son arbitrarios; se debe cuidar
solamente que se las pueda colocar cómodamente unas sobre otras, en forma de
columna. Preparo, además, un número bastante grande de ruedecillas de cartón,
cuero o de cualquier otra materia esponjosa, capaz de absorber y retener mucha
agua o humedad, pues es necesario, para el éxito de la experiencia, que estén
bien empapadas. Estas ruedecillas, a las que llamaré discos mojados, las hago
un poco más pequeñas que los discos o platillos metálicos, a fin de que
interpuestas aquéllas entre éstos, no sobresalgan.
Teniendo estas piezas en buen estado, es decir, los discos metálicos bien
limpios y secos, y los otros no metálicos bien embebidos de agua común o, lo
que es mucho mejor, de agua salada, ligeramente enjugados para que no goteen,
no tengo más que acomodarlos en forma conveniente y esto es un trabajo simple y
fácil.
Coloco, pues, horizontalmente sobre una mesa o banco cualquiera uno de los
discos metálicos, por ejemplo, uno de plata, y sobre éste adapto uno de cinc;
sobre el segundo coloco uno de los discos mojados, y después otro de plata, seguido
inmediatamente por otro de cinc, al que hago acompañar todavía un disco mojado.
Continúo de la misma manera, acoplando un disco de plata con otro de cinc, y
siempre en el mismo sentido, es decir, la plata abajo y el cinc arriba, o
viceversa, según como se haya comenzado, e intercalando entre cada uno de estos
pares un disco? mojado, sigo formando con estos pisos una columna hasta la
altura que puede lograrse sin que se desplome.
Ahora bien: si la columna llega a contener cerca de veinte de estos pisos o
pares metálicos, ya es capaz no sólo de dar señales en el electrómetro de
Cavallo, acoplado a condensadores de más de 10 ó 15 grados, de cargar este
condensador hasta el punto de producir una chispa, etc., sino también de hacer
cosquillear los dedos al tocar sus dos extremidades (la cabeza y el pie de la
columna) con uno o varios pequeños golpes, más o menos frecuentes, según como
se repitan estos contactos; cada uno de estos golpes recuerda perfectamente la
ligera conmoción que hace sentir una botella de Leiden débilmente cargada o una
batería más débilmente cargada aún o, en fin, un torpedo extremadamente
lánguido, que imita todavía mejor los efectos de mi aparato, por la sucesión de
golpes repetidos que puede dar sin cesar.
Humphry
Davy
Acción química en la pila [69]
Las
energías eléctricas de los metales, unas en relación con las otras, o las
sustancias disueltas en la pila voltaica y otros instrumentos análogos, parecen
ser la causa que perturba el equilibrio, mientras que los cambios químicos
tienden, por el contrario, a restablecerlo. Es muy probable que los fenómenos
dependan de la acción combinada de estas dos causas.
En la pila voltaica compuesta de cinc, cobre y de una solución de muriato de
sosa, y en lo que se ha llamado su condición de tensión eléctrica, los discos
comunicantes de cobre y cinc están en un estado opuesto de electricidad. Y en
cuanto a electricidades tan débiles, el agua puede ser considerada como un
cuerpo aislador. En consecuencia, cada disco de cobre produce, por inducción,
un incremento de la electricidad positiva sobre el disco de cinc opuesto; y
cada uno de éstos aumenta la electricidad negativa sobre el disco de cobre
opuesto: la intensidad del efecto crece de acuerdo con el número y la cantidad,
conforme a la extensión de las superficies que la componen en serie.
Cuando establecemos una comunicación entre los dos puntos extremos, las
electricidades opuestas tienden a destruirse mutuamente, y si el medio líquido
pudiera ser una sustancia incapaz de descomposición, hay razones para creer que
el equilibrio se restablecería y que el movimiento producido por la
electricidad cesaría.
Pero estando la solución de muriato de sosa compuesta de dos
series de elementos que poseen energías eléctricas contrarias, el oxígeno y el
ácido son atraídos por el cinc, y el hidrógeno y el álcali por el cobre. El
equilibrio no es más que momentáneo, pues el cinc se disuelve y el hidrógeno se
libera. La energía negativa del cobre y la energía contraria del cinc tienen,
por lo tanto, ocasión para obrar de nuevo, estando sólo debilitadas por la
energía opuesta dé la sosa en contacto con el cobre. Este proceso electromotor
continúa durante todo el tiempo en que pueden operarse los cambios químicos.
Cristian
Oersted
Acción de las corrientes sobre los imanes [70]
Los
primeros experimentos emprendidos sobre la materia que paso a describir fueron
realizados en las clases de electricidad, galvanismo y magnetismo que di el
invierno pasado. Estos experimentos parecían haber demostrado que la aguja
magnética puede ser movida de su posición con la ayuda de un aparato galvánico,
y ello cuando el circuito galvánico está cerrado, y no abierto, como algunos
celebradísimos físicos lo intentaron en vano hace algunos años.
Sin embargo, como estos experimentos fueron llevados a cabo con aparatos un
poco deficientes, y por esta razón los fenómenos que se produjeron no eran
bastante claros para la importancia de la materia, conseguí que mi amigo
Esmarch, ministro de Justicia del rey, se uniera a mí para repetir los
experimentos con un gran aparato galvánico, que armamos juntos.
* *
* *
El
aparato galvánico que utilizamos consiste en veinte receptáculos rectangulares
de cobre, cuya longitud y altura es de cerca de 12 pulgadas, pero cuyo ancho
excede escasamente las 2 pulgadas y media. Todos los receptáculos están
provistos de dos placas de cobre inclinadas de modo tal que pueden sostener una
barra de cobre, la cual soporta una placa de cinc sumergida en el agua del
próximo receptáculo. El agua de los receptáculos contiene 1/60 de su peso de
ácido sulfúrico y 1/60 de su peso de ácido nítrico. La parte de cada placa
sumergida en la solución es cuadrada, teniendo cerca de 10 pulgadas de lado. Se
pueden utilizar aparatos aún más pequeños, pero siempre que sean capaces de
poner al rojo a un alambre metálico.
Juntemos los polos opuestos del aparato galvánico con un alambre metálico al
cual, por brevedad, llamaremos de aquí en adelante hilo conductor. Al efecto
que se produce en el hilo y en el espacio circundante lo llamaremos conflicto
eléctrico.
Coloquemos la parte rectilínea de este alambre, en posición horizontal sobre la
aguja magnética y paralelo a ella. Si se necesita, el hilo puede ser inclinado,
de modo que la parte conveniente de él pueda obtener la posición necesaria para
el experimento. Así arregladas las cosas, la aguja magnética se moverá de modo
tal que bajo aquella parte del hilo conductor que recibe la electricidad más
directamente del polo negativo del aparato galvánico, declinará hacia el
Oeste.
Si la distancia entre el hilo y la aguja magnética no excede los tres cuartos
de pulgada, la declinación de la aguja será de unos 45°. Si se aumenta la
distancia, los ángulos decrecen a medida que las distancias crecen. Sin
embargo, la declinación varía de acuerdo con la eficacia del aparato.
El hilo conductor puede cambiar su posición, ya al Este, ya al Oeste, siempre
que guarde una posición paralela a la aguja magnética, sin ningún otro cambio
de efecto que el referente a su magnitud; y así, de ningún modo el efecto puede
ser atribuido a atracción, puesto que el polo de la aguja magnética que se
acerca al hilo mientras está colocado hacia el Este, debería alejarse del mismo
cuando el hilo pasa al lado oeste, si estas declinaciones dependieran de
atracciones o repulsiones.
El hilo conductor puede consistir en muchos alambres metálicos o cintas
conectadas entre sí. La clase de metal no altera el efecto, excepto, quizá, en
lo concerniente a su magnitud. Hemos empleado con igual éxito hilos de platino,
oro, plata, cobre, hierro, hojas de plomo y estaño, y una masa de mercurio. Un
conductor no está enteramente privado de efecto cuando el agua lo interrumpe, a
menos que la interrupción abarque un espacio de varias pulgadas de
longitud.
Los efectos del hilo conductor sobre la aguja magnética pasan a través del
vidrio, metal, madera, agua, resina, loza, piedras; porque si se interpone una
lámina de vidrio, metal o madera, el efecto no se anula, ni tampoco desaparece
si se interponen simultáneamente placas de vidrio, metal y madera. En verdad,
parecen apenas disminuidos.
El resultado es el mismo si se interpone un disco de ámbar, una placa de
pórfido o un recipiente de loza, aunque esté lleno de agua. Nuestros
experimentos han demostrado también que los efectos ya mencionados no cambian
si se encierra la aguja magnética en una caja de cobre llena de agua. No es
necesario decir que el paso de los efectos a través de todos estos materiales
nunca fue observado antes ni en electricidad ni en galvanismo. Por lo tanto,
los efectos que ocurren en el conflicto eléctrico son completamente diferentes
de los efectos de una fuerza eléctrica o de la otra. Si el hilo conductor se
coloca en un plano horizontal debajo de la aguja magnética, los efectos son los
mismos que cuando el plano está encima de la aguja, sólo que en dirección
inversa; es decir, que el polo de la aguja magnética bajo el cual se halla la
parte del hilo conductor que recibe electricidad más directamente del polo
negativo del aparato galvánico, declinará hacia el Este.
Para recordar estas cosas más fácilmente, vamos a usar esta regla: el
polo sobreel cual entra la electricidad negativa es desviado hacia
el Oeste; y el polo bajo el cual entra lo es hacia el Este.
Si el hilo conductor se gira en un plano horizontal haciéndole formar con el
meridiano magnético un ángulo creciente, la declinación de la aguja magnética
aumenta si el movimiento del hilo tiende a llevarlo a la posición de la aguja
perturbada, pero disminuye si el hilo se aleja de dicha posición.
El hilo conductor, colocado en un plano horizontal en el cual la aguja
magnética se mueve balanceada por medio de un contrapeso, y paralelo a la
aguja, no perturba a la misma ni hacia el Este ni hacia el Oeste; sólo la hace
oscilar en el plano de inclinación, de modo que el polo cerca del cual la
fuerza eléctrica negativa entra al hilo, desciende si está situado al lado
oeste y se eleva cuando está situado al lado este.
Si el hilo conductor está colocado perpendicularmente al plano del meridiano
magnético, ya sea encima o debajo de la aguja, ésta permanece quieta, a menos
que el hilo esté muy cerca del polo, porque entonces el polo se eleva cuando la
entrada se hace por el extremo oeste del hilo, y baja cuando la entrada se hace
por la parte este.
Cuando el hilo conductor se coloca perpendicularmente al polo de la aguja
magnética y el extremo superior del hilo recibe electricidad del extremo
negativo del aparato galvánico, el polo se mueve hacia el Este, pero cuando el
hilo se coloca frente a un punto situado entre el polo y el centro de la aguja,
el polo se desvía hacia el Oeste. Si el extremo superior del alambre recibe
electricidad del extremo positivo del aparato, ocurrirá el fenómeno
inverso.
Oersted bosqueja un experimento con hilos paralelos y continúa:
* *
* *
Una
aguja de cobre, suspendida como una aguja magnética, no es movida por el efecto
de un hilo conductor. También permanecen en reposo las agujas de vidrio, o las
de la llamada goma laca, sometidas a experimentos análogos.
De todo esto podemos extraer algunas conclusiones para explicar estos
fenómenos.
Los conflictos eléctricos sólo pueden actuar sobre partículas magnéticas de
materia. Todos los cuerpos no magnéticos parecen ser penetrables por conflictos
eléctricos, pero los cuerpos magnéticos, mejor dicho, sus partículas
magnéticas, parecen oponerse al paso de este conflicto; por ello pueden ser
movidas por el impulso de fuerzas contrarias.
Dicho conflicto eléctrico no está limitado al conductor, pero, como ya hemos
dicho, al mismo tiempo se dispersa en el espacio circundante, lo que surge
bastante claramente de las observaciones ya expuestas.
De igual modo, es admisible deducir, a partir de lo que se ha observado, que
este conflicto lleva a cabo giros, porque ésta parece ser una condición sin la
cual es imposible que la misma parte del hilo conductor que, cuando está
colocada debajo del polo magnético, lo lleva hacia el Este, sea capaz de
desviarlo hacia el Oeste cuando está colocada arriba. Porque ésta es la
naturaleza de la giración: que movimientos en partes opuestas, tengan
direcciones opuestas. Además, movimientos en circuitos combinados con
movimientos progresivos, de acuerdo con la longitud del conductor, parecen
formar una línea espiral, lo cual, sin embargo, si no estoy en un error, en
nada contribuye a la explicación del fenómeno hasta aquí observado.
Todos los efectos sobre el polo norte aquí expuestos se
entienden fácilmente admitiendo que fuerzas o sustancias eléctricamente
negativas corren a través de una línea espiral curvándose hacia la derecha, e
impulsan al polo norte, pero no ejercen acción alguna sobre el sur. Los efectos
sobre el polo sur se explican análogamente si atribuimos a fuerzas o sustancias
positivamente electrizadas un movimiento contrario y el poder de actuar sobre
el polo sur, pero no sobre el norte. El acuerdo de esta ley con la naturaleza
se verá mejor por la repetición de experimentos que por una larga explicación.
El juzgar de los experimentos, sin embargo, será más fácil si se indica el
curso de la fuerza eléctrica sobre el hilo conductor con marcas, ya sea
pintadas o ya grabadas.
Sólo agregaré a lo que se ha dicho, que demostré en un libro publicado hace
siete años que calor y luz están en conflicto eléctrico. De las últimas
observaciones podemos sacar en conclusión que el movimiento giratorio también
ocurre en estos efectos, y pienso que esto ilustra mucho al fenómeno que han
llamado polaridad de la luz.
Andrés
María Ampère
Acciones entre corrientes [71]
Acción mutua de dos corrientes eléctricas
1. La acción electromotriz se manifiesta por dos clases de efectos,
que ante todo creo conveniente distinguir por medio de definiciones precisas.
Llamaré a la primera tensión eléctrica, y a la segunda corriente
eléctrica.
La primera se observa cuando dos cuerpos, entre los cuales ella se manifiesta,
están separados por cuerpos no conductores en todos los puntos de su
superficie, excepto aquellos en que se establece dicha acción; la segunda
ocurre cuando los cuerpos forman parte de un circuito de cuerpos conductores
que se hallan en contacto en puntos de su superficie diferentes de aquellos en
que se produce la acción electromotriz. En el primer caso, el efecto de la
acción electromotriz es el de poner a ambos cuerpos o sistemas de cuerpos,
entre los cuales se manifiesta, en dos estados de tensión, cuya diferencia es
constante cuando la acción es constante: cuando, por ejemplo, está producida
por el contacto de dos sustancias de diferente naturaleza; por el contrario,
esta diferencia puede variar con la causa que la produce, si ella resulta de la
fricción o de la presión.
El primer caso es el único que puede producirse cuando la acción electromotriz
se establece entre partes diferentes del mismo cuerpo aislador; la turmalina es
un ejemplo de esto cuando su temperatura varía.
En el segundo caso ya no hay ninguna tensión eléctrica; los cuerpos livianos no
son atraídos ostensiblemente, y el electrómetro ordinario ya no nos sirve para
indicar qué sucede en el cuerpo; sin embargo, la acción electromotriz continúa;
porque si, por ejemplo, el agua, o una solución ácida, o alcalina, o salina,
forman parte del circuito, estos cuerpos son descompuestos.
* *
* *
2. Veamos
en qué consiste la diferencia entre estos órdenes enteramente distintos de
fenómenos, uno de los cuales consiste en la tensión y las atracciones y
repulsiones, que se conocen hace mucho, y el otro en la descomposición del agua
y de muchas otras sustancias, en los cambios de dirección de la aguja
magnética, y en una clase de atracciones y repulsiones completamente diferentes
de las atracciones y repulsiones eléctricas ordinarias, que creo ser el primero
en haber descubierto, y que he denominado atracciones y repulsiones voltaicas
para distinguirlas de las otras. Cuando no hay continuidad de conducción de uno
a otro de los cuerpos o sistemas de cuerpos en los que la acción electromotriz
se desarrolla, y cuando estos cuerpos mismos son conductores, como en la pila
de Volta, sólo podemos concebir esta acción como transportando constantemente
electricidad positiva hacia uno de los cuerpos y electricidad negativa hacia el
otro: en el primer momento, cuando nada se opone al efecto que ello tiende a
producir, ambas electricidades se acumulan, cada una en la parte del sistema
total hacia la cual es llevada, pero este efecto se anula tan pronto como la
diferencia de tensiones eléctricas da a su atracción mutua, que tiende a
reunirlas, una fuerza suficiente para equilibrar a la acción electromotriz.
Entonces todo permanece en dicho estado, excepto para la pérdida de
electricidad, que puede ocurrir poco a poco a través del cuerpo aislador, el
aire por ejemplo, que interrumpe el circuito; pues parece que no existen
cuerpos que sean aisladores perfectos. Cuando esta pérdida ocurre, la tensión
disminuye, pero desde que, cuando disminuye, la atracción mutua de ambas
electricidades deja de equilibrar a la acción electromotriz, esta última
fuerza, en caso de ser constante, transporta nueva electricidad positiva hacia
un lado, y negativa al otro, y las tensiones se restablecen. Este estado de un
sistema de cuerpos electromotores y conductores es el que llamo tensión
eléctrica. Sabemos que él existe en ambas mitades de este sistema
cuando las separamos, o aun en el caso de que permanezcan en contacto después
de cesar la acción electromotriz, a condición, entonces, de que dicho estado se
haya producido por presión o frotamiento entre cuerpos que no son ambos
conductores. En estos dos casos la tensión disminuye gradualmente a causa de la
pérdida de electricidad de que hemos hablado.
Pero si los dos cuerpos o los dos sistemas de cuerpos entre los cuales se
produce la acción electromotriz se hallan también conectados por cuerpos
conductores en los cuales no hay otra acción electromotriz igual y opuesta a la
primera, que mantendría el estado de equilibrio eléctrico, y, por consiguiente,
las tensiones que de ella resultan, estas tensiones desaparecerían o por lo
menos se harían muy pequeñas, y se producen entonces los fenómenos que se han
indicado como característicos de este segundo caso. Pero como por lo demás nada
ha cambiado en la disposición de los cuerpos entre los cuales se desarrolla la
acción electromotriz, no se puede dudar de que ella continúa, y como la
atracción mutua de ambas electricidades, medida por la diferencia de las
tensiones eléctricas, que ha desaparecido o disminuido considerablemente, ya no
puede equilibrar a esta acción, se admite generalmente que ella sigue
transportando ambas electricidades en los dos sentidos en que lo hacía antes;
de modo que resulta una doble corriente, una de electricidad positiva, la otra
de electricidad negativa, que parten en sentidos opuestos desde los puntos en
que se produce la acción electromotriz, y se van a reunir en las partes del
circuito alejadas de estos puntos. Las corrientes de que estoy hablando son
aceleradas hasta que la inercia de los fluidos eléctricos y la resistencia que
encuentran a causa de la imperfección de los conductores, aun de los mejores,
equilibran a la fuerza electromotriz, después de lo cual las corrientes siguen
indefinidamente con velocidad constante, mientras que esta fuerza tenga la
misma intensidad, pero ellas cesan siempre en el instante en que el circuito se
interrumpe. Este estado de la electricidad en una serie de cuerpos
electromotores y conductores es el que llamo, por brevedad, corriente
eléctrica; y como tendré que hablar con frecuencia de los dos sentidos
opuestos en los cuales se mueven ambas electricidades, cada vez que se presente
la cuestión, para evitar repeticiones inútiles, después de las palabrassentido
de la corriente eléctrica sobrentenderé las palabras electricidad
positiva; de modo que si estamos considerando, por ejemplo, una pila
de Volta, la expresión dirección de la corriente eléctrica en la pila designará
la dirección desde el extremo donde se desprende hidrógeno, en la
descomposición del agua, hacia el extremo donde obtiene oxígeno; y la
expresión dirección de la corriente eléctrica en el conductor que une
ambos extremos de la pila designará la dirección que va, por el
contrario, del extremo en que aparece el oxígeno hacia aquel en que se forma
hidrógeno. Para incluir estos dos casos en una definición simple, diremos que
la que vamos a llamar dirección de la corriente es la que sigue el hidrógeno y
las bases de las sales cuando el agua o alguna sustancia salina es una parte
del circuito, y es descompuesta por la corriente eléctrica, ya sea que, como en
la pila de Volta, dichas sustancias constituyan una parte del conductor, o ya
sea que estén intercaladas entre los pares que formen la pila.
Tomás
Young
Interferencia de la luz [72]
Suponiendo
que la luz de cualquier color consiste en ondulaciones de una anchura dada y de
una frecuencia determinada, se deduce que estas ondulaciones deben ser pasibles
de aquellos efectos que ya hemos examinado en el caso de las ondas del agua y
de las vibraciones del sonido.
Se
ha demostrado que dos series iguales de ondas, provenientes de centros próximos
entre sí, pueden anular sus efectos en ciertos puntos y reforzarlos en otros;
la pulsación de dos sonidos se ha explicado por una interferencia semejante.
Ahora aplicaremos los mismos principios a la adición y extinción alternada de
los colores (fig. 25).
Para que los efectos de dos porciones de luz puedan combinarse de esa manera,
es necesario que provengan del mismo origen y que lleguen al mismo punto por
caminos diferentes, según direcciones que no se aparten mucho una de la otra.
Esta desviación puede producirse en una o ambas porciones por difracción, por
reflexión, por refracción o por cualquier combinación de estos efectos. Pero el
caso más simple es aquel en que un rayo de luz homogénea cae sobre una pantalla
que tiene dos pequeños agujeros o hendiduras, que se pueden considerar centros
de divergencia, desde los cuales la luz es difractada en todas direcciones. En
este caso, cuando los dos rayos nuevamente formados se reciben sobre una
superficie interpuesta en su trayecto, su luz está dividida por bandas oscuras
en porciones aproximadamente iguales, pero que se ensanchan a medida que la
superficie se aleja de las aberturas, de modo que a cualquier distancia
subtienden aproximadamente el mismo ángulo desde las mismas y cuyo ancho
también es mayor cuanto menor es la distancia entre las aberturas. En el medio
de ambas porciones siempre hay luz y las bandas brillantes a ambos lados están
a distancias tales que la luz que viene de una de las aberturas tiene que haber
recorrido un espacio mayor que la que viene de la otra en un intervalo que es
igual al ancho de una, dos tres o más de las ondulaciones supuestas, mientras
que los espacios oscuros interpuestos corresponden a una diferencia de media
ondulación, de una y media, de dos y media o más.
Comparando varios experimentos, parece que el ancho de las ondulaciones que
constituyen la luz roja extrema debe suponerse que vale una 36 milésima de
pulgada, y las del extremo violeta alrededor de una 60 milésima de pulgada,
estando el medio del espectro con respecto a la intensidad de la luz a un 4/5 de
milésima de pulgada aproximadamente. De estos valores se deduce, calculando con
la velocidad conocida de la luz, que por lo menos 600 millones de millones de
las más lentas de estas ondulaciones deben de entrar en el ojo en un solo
segundo. La combinación de dos porciones de luz blanca o mixta, vista a gran
distancia, muestra pocas bandas blancas y negras, correspondientes a este
intervalo; sin embargo, después de un examen más atento, se ven allí
yuxtapuestos los distintos efectos de un número infinito de bandas de
diferentes anchuras, que producen una hermosa variedad de tintes, pasando
gradualmente de unos a otros. La blancura central se transforma primero en un
color amarillento y luego tostado, seguido por carmesí y por violeta y azul,
que aparecen juntos como una banda oscura, vistos a distancia; luego aparece
una luz verde, y el espacio que la sigue un tono carmesí; las luces que siguen
son todas más o menos verdes, y los espacios oscuros son purpúreos y rojizos;
la luz roja parece predominar tanto en todos estos efectos, que las bandas
rojas o púrpuras ocupan aproximadamente el mismo lugar en las franjas mixtas,
como si su luz fuera recibida separadamente.
A veces sucede que un objeto, del cual se forma una sombra en un rayo de luz
que ha pasado por una pequeña abertura, no está terminado por lados paralelos;
de modo que las porciones de luz que son difractadas por dos lados de un
objeto, perpendiculares entre sí, forman a menudo una corta serie de franjas
curvadas dentro de la sombra, situadas a cada lado de la diagonal, que fueron
observadas primeramente por Grimaldi y que se pueden explicar completamente por
el principio general de la interferencia de las dos porciones que se introducen
perpendicularmente en la sombra.
Pero el más evidente de todos los fenómenos de esta clase es el de las franjas
que se ven generalmente más allá de la terminación de cualquier sombra formada
en un rayo de luz que ha pasado a través de una pequeña abertura; con luz
blanca se ven por lo común tres de estas franjas y a veces cuatro; pero con luz
de un solo color su número es más grande, y son siempre tanto más angostas
cuanto más lejos están de la sombra. Su origen se deduce fácilmente de la
interferencia de la luz directa con una parte de la luz reflejada por el borde
del objeto que las produce; la oblicuidad de su incidencia causa una reflexión
tan abundante que se produce un efecto visible por angosto que sea dicho borde;
las franjas, sin embargo, son más nítidas si la cantidad de esta luz reflejada
es mayor. De esta teoría se deduce que la distancia de la primera franja oscura
desde la sombra, sería la mitad de la distancia de la cuarta, siendo la
diferencia de las longitudes de los diferentes recorridos de la luz como los
cuadrados de esas distancias; y la experiencia confirma precisamente este
cálculo, sólo con la misma leve corrección que se requiere en todos los otros
casos, hallándose siempre un poco aumentadas las distancias de las primeras
franjas. Debe observarse también que la extensión de la sombra misma está
siempre aumentada, y aproximadamente en el mismo grado que la de las franjas;
la razón de esta circunstancia parece ser la pérdida gradual de luz en los
bordes de todo rayo aislado, que es tan notablemente análogo a los fenómenos
visibles en las ondas del agua. La misma causa puede tener quizá también algún
efecto en la modificación o corrección general de la posición de las primeras
franjas, si bien no parece del todo suficiente para explicar la totalidad de
ella.
Augusto
Fresnel
Difracción de la luz[73]
Me
parece que podemos explicar cómo es que los rayos desviados hacia la sombra
tienen su origen en la luz directa, a una sensible distancia del cuerpo opaco.
Cuando nada interfiere con la regularidad del movimiento ondulatorio producido
por un punto luminoso, es evidente que todas las ondas deberán ser exactamente
esféricas y que tendrán como centro el punto luminoso. En efecto: en cada punto
del espacio donde está condensado, el éter presiona y tiende a expandirse en
todas direcciones; pero esta expansión no puede ocurrir sino en una dirección
perpendicular a la superficie esférica a la que pertenece el punto, porque en
el mismo instante se produce una presión análoga a través de toda la extensión
de la onda. Ya no sucede lo mismo cuando el movimiento vibratorio es
interceptado en una parte del espacio, y podemos suponer que los extremos de
las ondas dan origen a nuevas ondulaciones; pero éstas no llegan a manifestarse
sino en las direcciones en las cuales se refuerzan mutuamente, y no pueden
propagarse en aquellas direcciones en que los movimientos se oponen irnos a
otros.
Desde el punto F como centro (fig. 26) y con radio igual
al AF más una semilongitud de onda, describamos el arco EG, que
corta al frente de onda en el punto C. Los rayos GF y AF difieren
en media longitud de onda. Supongamos al punto C",
perteneciente a la onda directa, situado de tal modo que C'F sea
igual a GF más una semilongitud de onda. Entonces, todas las
vibraciones que parten del arco CC’ en esta dirección oblicua
estarán en completa discordancia con las vibraciones que provienen de los
correspondientes puntos de A G. Pero todas aquellas que nacen
de CC' ya están en realidad muy debilitadas por la acción de
las que parten del arco próximo C'C", de modo que
probablemente no puedan producir una disminución mayor que la mitad en los
movimientos ondulatorios que se originan en AC: con excepción
de este arco extremo, cada parte de la onda directa está situada entre otras
dos que destruyen los rayos oblicuos que dicha parte tiende a producir. Por
ello el punto B, medio de AG, es el que debe ser
considerado como centro principal de las ondas que se observan en el
punto F. Suponemos aquí que la oblicuidad de los rayos es tan
grande que la recta BF cumple sensiblemente las mismas
condiciones en casi toda su extensión, de modo que la onda ha tenido tiempo de
reconstruirse en esa dirección por adiciones sucesivas. Resulta también de esta
pronunciada oblicuidad, que el arco AC es muy pequeño, y que,
por lo tanto, el rayo BF que proviene del punto medio de este
arco es casi exactamente el medio entre los dos rayos extremos CF y AF.Por
lo tanto, vemos que el rayo efectivo BF, y en consecuencia el
camino recorrido por la luz desviada, será un cuarto de longitud de onda más
largo que el trayecto medido desde el borde del cuerpo AG. Con
un razonamiento análogo podemos demostrar que si los rayos están desviados
hacia afuera de la sombra, el rayo efectivo es un cuarto de longitud de onda
más corto que el que proviene del cuerpo. Suponemos aquí inflexiones
considerables, como ya dijimos, y es natural suponer que los rayos intermedios
en la vecindad de la tangente pasarán gradualmente desde el aumento hasta la
disminución de un cuarto de longitud de onda; pero hasta ahora no he podido
determinar según qué ley. La explicación que acabo de dar de estas variaciones,
consideradas sólo en el límite, deja aún sin duda mucho que desear, y no está
quizá libre de objeción. A pesar de ello, me parece evidente que el camino
recorrido por los rayos efectivos, cuando su oblicuidad se hace apreciable,
difiere en un cuarto de longitud de onda del camino medido desde el borde del
cuerpo opaco, siendo unas veces mayor, otras menor, según sea el sentido de la
inflexión; por lo menos los fenómenos ocurren como si así fuera.
Pasemos ahora a las franjas que resultan del encuentro de los rayos que son
desviados por los dos lados de un cuerpo opaco. Mientras que dichos rayos están
dentro de la sombra y suficientemente distantes de la tangente o del borde de
la sombra geométrica, los dos rayos efectivos que concurren a producirlas,
estando ambos desviados dentro de la sombra, son más largos, en un cuarto de
longitud de onda, que los rayos que parten de los bordes del cuerpo; y como
esta diferencia es igual y del mismo sentido, las bandas oscuras y claras
deberán estar colocadas de la misma manera que lo estarían si las ondulaciones
tuvieran sus centros en los bordes del cuerpo. Así, pues, encontré, en mis
primeras observaciones, resultados que concordaban con esta hipótesis. Sin
embargo, a medida que la banda que consideramos se aproxima a una de las dos
tangentes AE (fig. 28), disminuye la diferencia de longitud
entre el rayo efectivo desviado en el lado A del cuerpo
opaco A B, y el rayo que parte de A, mientras
que el otro rayo efectivo sigue teniendo su cuarto de longitud de onda más que
el rayo proveniente de B. De este modo la diferencia de los caminos
recorridos aumenta más rápidamente entre los dos rayos efectivos que entre los
que parten de A y B; y en consecuencia la
anchura de las franjas deberá disminuir. Finalmente, cuando el punto de
intersección F de los rayos desviados ha salido de la sombra y
está suficientemente lejos de AEpara hacer el ángulo FAE apreciablemente
grande, el rayo efectivo GF se hace más corto que AF en
un cuarto de longitud de onda, mientras que FD es siempre más
largo que BF en el mismo valor; de lo que resulta una
diferencia total de una semilongitud de onda y en consecuencia de medio
intervalo en la posición de las bandas oscuras y brillantes que están suficientemente
alejadas del borde de la sombra. Ello está comprobado por la experiencia.
Esta teoría de los rayos efectivos que acabo de exponer, tan incompleta como
es, puede dar ya una explicación muy simple de la rápida extinción de la luz
desviada hacia el interior de las sombras. A medida que aumenta la inclinación
del rayo BF,el arco GA disminuye (fig. 28), ya
que AE debe ser siempre igual a la mitad de la longitud de
onda; ahora bien: las vibraciones que se observan en el punto Fprovienen
sólo del arco AC. Por lo tanto, la intensidad de la luz
disminuirá en la misma medida que la longitud de este arco. Supongamos primero
que la inclinación de AF, o el ángulo ACE, es
de 5 minutos, por ejemplo, y para simplificar los cálculos, que la onda ACC' es
sensiblemente una línea recta; como AE debe ser igual a una
semilongitud de onda, o sea 0,000000144 metros, la longitud del arco AG que
da luz será de 0,000099 metros, es decir, casi una décima de milímetro. Ahora,
si suponemos que la oblicuidad de BF es igual a 1 grado, el
arco que da luz no será mayor que 0,000008 metros, es decir, será menor que una
centésima de milímetro. Vemos, por estos dos ejemplos, que la fuente del
movimiento ondulatorio de los rayos desviados se hace muy pequeña cuando la
inflexión es considerable.
Hipólito
Fizeau
Velocidad de la luz [74]
He
logrado hacer perceptible la velocidad de propagación de la luz mediante un
método que me hace brindar un nuevo modo de estudiar con precisión este
importante fenómeno. Este método se funda sobre los siguientes
principios:
Cuando un disco gira en su propio plano alrededor de su centro, con gran
rapidez, podemos determinar el tiempo empleado por un punto de su
circunferencia para recorrer una pequeñísima distancia angular, 1/1.000 de
circunferencia, por ejemplo.
Si la velocidad de rotación es suficientemente grande, este tiempo es, en
general, muy corto. Para 10 ó 100 revoluciones por segundo es solamente de
1/10.000 y 1/100.000 de segundo. Si el disco se divide en su circunferencia,
como lo están las ruedas dentadas, en intervalos alternativamente llenos y
vacíos, tendremos, para el tiempo de paso de cada intervalo frente a un mismo
punto del espacio, la pequeñísima fracción mencionada.
Durante estos pequeños tiempos, la luz recorre distancias bastante limitadas:
31 kilómetros en la primera fracción, 3 kilómetros en la segunda.
Consideremos, pues, los efectos producidos al atravesar un rayo de luz las
aberturas de un disco en movimiento: si el rayo, después de pasar, es reflejado
por un espejo, y vuelve al disco, de modo que lo encuentra de nuevo en el mismo
punto del espacio, la velocidad de la luz intervendrá entonces de manera tal
que el rayo pasará a través o será interceptado, según la velocidad del disco y
la distancia a la cual se produce la reflexión.
Además, un sistema de dos telescopios, dirigidos uno hacia otro, de manera que
la imagen del objetivo de cada uno de ellos se forme en el foco del otro, posee
propiedades que hacen posible realizar estas condiciones de un modo simple. Lo
único que se necesita es colocar un espejo en el foco de uno de ellos y
modificar el sistema ocular del otro, interponiendo entre el foco y el ocular
una lámina transparente de vidrio, inclinada 45° respecto del eje, y dispuesta
para recibir de costado la luz de una lámpara o del Sol, a la cual refleja
hacia el foco. Con este dispositivo, la luz que atraviesa el foco en el área,
que suponemos muy pequeña, de la imagen que representa el objetivo del segundo
telescopio, es enviada hacia éste; reflejada en su foco, vuelve de nuevo,
después de haber recorrido la misma distancia, para pasar otra vez por el foco
del primer telescopio, donde puede observarse a través del vidrio por medio del
ocular.
Este dispositivo da buen resultado, aun cuando los telescopios estén separados
por una considerable distancia; con telescopios de 6 centímetros de abertura,
la distancia puede ser de 8 kilómetros, sin que la luz resulte demasiado débil.
Vemos entonces un punto luminoso parecido a una estrella, formado por la luz
que partió de este punto y, después de haber recorrido una distancia de 16
kilómetros, ha vuelto de nuevo a pasar exactamente por el mismo punto, antes de
alcanzar el ojo.
Precisamente por este punto debemos entonces hacer pasar los dientes del disco
giratorio para producir los efectos descritos. El experimento da buenos resultados,
y se nota que según la mayor o menor velocidad de rotación, el punto luminoso
brilla o se eclipsa. En las circunstancias en que el experimento se llevó a
cabo, el primer eclipse ocurrió a las 12,6 vueltas por segundo. Con doble
velocidad, el punto resplandece de nuevo; con velocidad tres veces mayor, se
produce el segundo eclipse; con la cuádruple, el punto vuelve a brillar, y así
sucesivamente.
El primer telescopio fue colocado en el mirador de una casa de Suresnes; el
segundo, sobre el cerro de Montmartre, a una distancia aproximada de 8.633
metros. El disco, con 720 dientes, se montó sobre un sistema de ruedas movidas
por pesos construido por el señor Froment; un contador hizo posible medir la
velocidad de rotación. La luz provenía de una lámpara dispuesta para producir
una fuente de luz brillante.
Estos primeros experimentos proporcionaron un valor de la velocidad de la luz
que sólo difiere un poco de la aceptada por los astrónomos.
Gustavo
Kirchhoff
Las líneas de Fraunhofer[75]
Con
motivo de una investigación realizada en común por Bunsen y por mí sobre los
espectros de las llamas coloreadas —por la cual nos ha sido posible conocer la
composición cualitativa de mez clas complicadas estudiando su espectro de llama
en el mechero—, he realizado algunas observaciones que proyectan una claridad
inesperada sobre el origen de las líneas de Fraunhofer y que autorizan a
conclusiones sobre la condición de la materia de la atmósfera solar y quizá
también en las estrellas fijas brillantes.
Fraunhofer ha hecho notar que en el espectro de una llama de vela se presentan
dos líneas brillantes que coinciden con las dos líneas oscuras D del espectro
solar. Estas mismas líneas se obtienen más brillantes con una flama en la que
se pone sal común. He proyectado un espectro solar y dejado que los rayos del
Sol antes de llegar a la rendija, pasaran por una fuerte llama de sal común. Si
la luz del Sol estaba suficientemente amortiguada, aparecían en lugar de las
dos líneas oscuras D, dos líneas claras; pero si la intensidad de la luz
sobrepasaba un determinado límite, se mostraban las dos líneas oscuras D de
manera mucho más marcada que sin la presencia de la llama de sal común.
El espectro de la luz de Drummond contiene generalmente las dos líneas
brillantes del sodio cuando la región luminosa del cilindro de cal no ha estado
todavía expuesto durante mucho tiempo a la incandescencia; si el cilindro de
cal permanece sin moverse, estas líneas se hacen más débiles y desaparecen
finalmente por completo. Si han desaparecido o sólo existen débilmente, una
llama de alcohol —en la cual se ha puesto sal común y que ha sido colocada
entre el cilindro de cal y la rendija— hace que aparezcan en su lugar dos
líneas oscuras de extraordinaria intensidad y finura, que coinciden en todo con
las líneas D del espectro solar. De modo que tenemos las líneas D del espectro
solar producidas artificialmente en un espectro en que no se presentan
naturalmente.
Si en la llama de la lámpara de gas de Bunsen colocamos cloruro de litio, su
espectro presenta una línea muy brillante, fuertemente marcada, que está en
medio de las líneas B y G de Fraunhofer. Si
se hace pasar rayos solares de mediana intensidad a través de la llama sobre la
rendija, en el lugar indicado se ve la línea brillante sobre fondo más oscuro;
pero cuando la luz del Sol se hace más fuerte, aparece en su lugar una línea
oscura que tiene el mismo carácter de las líneas de Fraunhofer. Si alejamos la
llama la línea desaparece totalmente, hasta donde me ha sido posible observar.
De estas observaciones concluyo que las llamas coloreadas en cuyos espectros se
presentan líneas brillantes y marcadas debilitan a rayos del calor de estas
líneas cuando pasan pop ellas, de manera tal que en lugar de las brillantes se
presentan líneas oscuras cuando se coloca detrás de la llama una fuente de luz
de suficiente intensidad y en cuyo espectro faltan estas líneas. Concluyo,
además, que las líneas oscuras del espectro solar que no son producidas por la
atmósfera terrestre se originan por la presencia en la candente atmósfera
solar, de aquellas sustancias que en el espectro de una llama presentan líneas
brillantes en el mismo lugar. Se pueden admitir que las líneas brillantes del
espectro de una llama que coinciden con las líneas D se deben siempre al
contenido de sodio de las mismas; las líneas oscuras D en el espectro solar
permiten concluir, por ello, que se encuentra sodio en la atmósfera del Sol.
Brewster ha encontrado en el espectro de la llama de salitres, líneas
brillantes en el lugar de las líneas A, a, Bde
Fraunhofer; estas líneas indican un contenido de potasio en la atmósfera solar.
De acuerdo con mi observación, según la cual no corresponde en la atmósfera
solar ninguna línea oscura a la línea roja del litio, podría deducir con
probabilidad que el litio no se presenta o que se halla sólo en cantidades
relativamente pequeñas en la atmósfera del Sol.
La investigación de los espectros de llamas coloreadas ha adquirido con esto un
nuevo y gran interés; proseguiré esta investigación junto con Bunsen hasta
donde nos sea posible. Con esto seguiremos investigando el debilitamiento de
los rayos de luz en las llamas, establecido por mis investigaciones. En estos
ensayos, que han sido ya iniciados por nosotros en ese sentido, se ha llegado
ya a una conclusión que nos parece de gran importancia. La luz de Drummond
necesita, para que en ella aparezcan oscuras las líneas Z), una
llama de sal común de baja temperatura. Para esto sirve la llama del alcohol
rebajado con agua, pero no la llama de la lámpara de gas de Bunsen. Con esta
última, la mínima cantidad de sal común da como resultado, en cuanto se hace
notar, que aparezcan líneas brillantes del sodio. Nos proponemos desarrollar
las consecuencias que pueden relacionarse con este hecho.
Relación entre la emisión y la absorción de la luz y del calor [76]
Hace algunas semanas he tenido el honor de presentar a la Academia una
comunicación sobre algunas observaciones que me parecieron de interés porque
permiten sacar conclusiones referentes al comportamiento químico de la
atmósfera solar. Partiendo de estas observaciones, he llegado, por medio de una
consideración teórica muy simple, a una conclusión general que en muchos
aspectos me parece importante y que por eso me permito someter a la
consideración de la Academia. Se refiere a una propiedad de todos los cuerpos
relacionada con la emisión y absorción del calor y de la luz.
Si se coloca cloruro de sodio o cloruro de litio en la llama no luminosa de la
lámpara de Bunsen, se obtiene un cuerpo incandescente que sólo emite luz de una
determinada longitud de onda y sólo absorbe luz de la misma longitud de onda.
De esta manera se interpreta el resultado de las observaciones ya mencionadas.
No se sabe cómo se comporta dicho cuerpo con respecto a los rayos caloríficos
oscuros en relación a la emisión y absorción; pero no parece dificultoso
representarse como posible a un cuerpo que de todos los rayos caloríficos,
brillantes y oscuros, sólo emite rayos de una misma longitud y que sólo absorbe
rayos de esa misma longitud. Si se acepta esto y se considera además como posible
un espejo que refleja completamente todos los rayos, podremos probar muy
fácilmente, partiendo de los principios generales de la teoría mecánica del
calor, que para rayos de la misma longitud de onda a la misma
temperatura, la relación de la capacidad de emisión con la
capacidad de absorción, en todos los cuerpos, es la
misma.
Supongamos que tenemos un cuerpo G con la forma de una placa
ilimitada que sólo emite y absorbe rayos en longitud de onda A; que frente a
éste tengamos un cuerpo c en forma de una placa análoga que
emite y absorbe rayos de toda clase de longitudes de onda; supongamos que las
superficies externas de estas placas se hallen cubiertas con los espejos
perfectos B y r. Una vez que en este sistema se haya
establecido la igualdad de la temperatura, cada uno de los dos cuerpos debe
mantener la misma temperatura, es decir, tomar tanto calor por absorción como
el que pierden por irradiación. Consideremos ahora los rayos que emite c,
primero aquellos de longitud de onda X que es diferente de A. Sobre
estos rayos el cuerpo G no tiene ninguna influencia: son
reflejados por el espejo B, como si Gno existiese.
Una parte determinada de ellos es luego absorbida por c, los restantes llegan
por segunda vez al espejo B, son reflejados una vez más por éste,
absorbidos en parte por G y así sucesivamente. De este modo,
todos los rayos de longitud de onda X que emite el cuerpo, vuelven a ser
absorbidos poco a poco por el mismo. Como esto vale para todos los valores
de X que son distintos de A, la inmutabilidad de la
temperatura del cuerpo c da como resultado que éste absorbe
tantos rayos de longitud de onda A como los que él mismo
emite. Para esta longitud de onda, sea e la capacidad de
emisión, a la capacidad de absorción del cuerpo c, E y A los
valores correspondientes para el cuerpo G. De la cantidad de
rayos E que emite, c absorbe la
cantidad aE y devuelve (1 —a) E; de ésta, Cabsorbe
la cantidad A (1 — a) E y devuelve,
hacia c, (1 —A) (1 — a) E de la cual
absorbe a (1 — A) (1 — a) E. Si
se establece este criterio, se ve que c toma de Euna cantidad de
rayos tal que si, para simplificar, se escribe
(1
- A)(1 - a) = k
es
igual a
aE (1
+ k + k2 + k3 +
…)
es
decir que es igual a
De
la cantidad de rayos e que c mismo emite, c absorbe, como lo
muestra un razonamiento semejante, la cantidad
La
condición para que la temperatura de c no se modifique es,
pues, la igualdad
es
decir, la igualdad
Se
llega a la misma igualdad si se desarrollan las condiciones para que la
temperatura de G permanezca constante. Si suponemos al cuerpo
c reemplazado por otro de igual temperatura, encontramos, por repetición de la
consideración establecida, el mismo valor para la relación de la capacidad de
emisión con respecto a la capacidad de absorción de este cuerpo para los rayos
de la misma longitud de onda A. La longitud de onda A y
la temperatura son, sin embargo, arbitrarias. Surge entonces la proposición de
que para los rayos de la misma longitud de onda a igual temperatura, la
relación de la capacidad de emisión respecto a la capacidad de absorción es la
misma para todos los cuerpos.
Los conceptos de la capacidad de emisión y de la capacidad de absorción se
refieren aquí, en primer lugar, al caso de que el cuerpo forma una placa
ilimitada que está cubierta, en un lado, con un espejo perfecto. Pero la
cantidad de rayos que emite hacia un lado una placa libre es exactamente igual
a la cantidad de rayos que emite una placa de la mitad de grueso provista de un
tal espejo y las dos placas absorben la misma cantidad de los rayos incidentes.
Podemos, según esto, de acuerdo con el teorema enunciado, defi nir la capacidad
de emisión de los cuerpos como la cantidad de los rayos que envía hacia un lado
una placa ilimitada formada por el cuerpo y a la capacidad de absorción como la
cantidad de rayos que la misma placa absorbe de la unidad de cantidad de rayos
que incide sobre ella.
La razón de la capacidad de emisión a la capacidad de absorción e/a común a
todos los cuerpos es una función de la longitud de onda y de la temperatura. A
bajas temperaturas esta función es igual a cero para las longitudes de onda de
los rayos visibles y diferente de cero para valores mayores de la longitud de
onda; a temperaturas más elevadas la función tiene también valores finitos para
las longitudes de onda de los rayos visibles. A aquella temperatura en que la
función deja de ser igual a cero para la longitud de onda de un rayo visible
determinado, todos los cuerpos comienzan a emitir luz del color de este rayo,
con excepción de aquellos que tienen para este color y para esta temperatura un
poder de absorción infinitamente pequeño; cuanto más grande es la capacidad de
absorción, tanto más luz da el cuerpo. El hecho empírico de que los cuerpos
opacos se encandecen a la misma temperatura, mientras que los gases
transparentes necesitan para ello una temperatura, mucho mayor y que estos
últimos brillan siempre menos que aquéllos a la misma temperatura, encuentra
aquí su explicación. Además se explica que cuando un gas, que en estado
incandescente da un espectro discontinuo, se hace atravesar por rayos de
suficiente intensidad que de por sí dan un espectro sin rayas oscuras o
brillantes, aparezcan rayas oscuras en los lugares del espectro donde estaban
las rayas brillantes del gas incandescente. De este modo tiene su
fundamentación teórica el método que había señalado en mi anterior informe como
apropiado para el análisis químico de la atmósfera solar.
Aprovecho esta oportunidad para mencionar un resultado que creo haber logrado
por este camino de mi informe anterior. De acuerdo con las investigaciones de
Wheatstone, Masson, Angström y otros, se sabe que en el espectro de una chispa
eléctrica se presentan líneas brillantes que dependen de la naturaleza de los
metales entre los cuales salta la chispa y se puede aceptar que estas líneas
coinciden con las que se formarían en el espectro de una llama de muy alta
temperatura si en ésta se introdujera el mismo metal en forma adecuada. He
estudiadora parte verde del espectro de la chispa eléctrica entre electrodos de
hierro y he encontrado en éste gran cantidad de líneas brillantes que parecen
coincidir con líneas oscuras del espectro solar. En líneas aisladas parece
apenas posible comprobar con seguridad la coincidencia; pero creo haber
comprobado dicha coincidencia en muchos grupos y de tal modo que a las líneas
brillantes del espectro de chispa le correspondían las oscuras en el espectro
solar; de esto creo poder deducir que las coincidencias no eran sólo aparentes.
Si la chispa se producía entre otros metales, por ejemplo, entre electrodos de
cobre, estas líneas brillantes faltaban. De ahí me considero autorizado a sacar
la conclusión de que entre las partes componentes de la atmósfera solar
incandescente se encuentra el hierro, una conclusión que, por lo demás, es muy
probable si se considera la abundante presencia del hierro en la Tierra y en
las piedras meteóricas. De acuerdo con el dibujo del espectro solar dado por
Fraunhofer, sólo puedo describir pocas líneas oscuras del espectro solar que
parecen coincidir con las brillantes del espectro del hierro; a éstas
pertenecen la línea E, algunas menos marcadas muy cerca de E hacia
el extremo violeta del espectro y una línea que se encuentra entre las dos más
cercanas de las tres líneas muy marcadas que Fraunhofer ha dibujado junto
a b.
Luis
José Gay-Lussac
Ley de la dilatación de los gases[77]
Experimentos
y resultados
Seis experimentos realizados con el aire atmosférico, en los que dejé de lado
todo aquello que podría resultar inseguro, me dieron los siguientes resultados:
el aire atmosférico, que a la temperatura de la nieve en fusión tenía un
volumen de 100 partes [78], elevado
hasta la temperatura del agua en ebullición, se había dilatado hasta un volumen
de
|
137,4 |
137,6 |
137,54 |
137,55 |
137,48 |
137,57 |
de aquellas partes, que por término medio dan una dilatación de hasta 137,5
partes [79]
Si se divide toda esta dilatación en partes iguales para cada uno de los grados
que la han producido, es decir 80, se encontrará, si se toma como unidad el
volumen a la temperatura de 0º, que el aumento de volumen es 1/213,33 para cada
grado o 1/266,66 para cada centígrado.
Los experimentos descritos aquí, realizados todos con el mayor cuidado,
establecen sin ningún lugar a dudas que el aire atmosférico, el oxígeno,
hidrógeno, nitrógeno, gas de salitre, amoniaco, ácido clorhídrico, anhídrido
sulfuroso, anhídrido carbónico, se dilatan todos casi de la misma manera por
iguales grados de calor y que, en consecuencia, la diferencia de densidad de
estas clases de gases a cualquier presión y temperatura, la diversidad de su
solubilidad en el agua y en general su naturaleza específica, no influyen para
nada en su dilatabilidad por el calor.
De
esto saco la conclusión de que los gases se dilatan casi exactamente de la
misma manera por iguales grados de calor y en igualdad de todas las otras
condiciones.
Esta
investigación sobre la dilatación de los gases me llevó naturalmente a
experiencias sobre la dilatación de los vapores por la acción
del calor. Desde luego parecía probable que también los vapores se dilataran
como los gases, por lo cual sólo se trataba de investigar una sola clase de
vapor. Elegí para ello el vapor del éter preparado por medio del ácido
sulfúrico, porque es el más fácil de manipular.
Para determinar, pues, la dilatación del vapor de éter, utilicé el ya
mencionado aparato de dos tubos. Después que hube mantenido este último aparato
durante largo tiempo en el baño de aire con una temperatura de unos 60° R.,
hice entrar en uno de los tubos algo de vapor de éter y en el otro la misma
cantidad de aire atmosférico, de modo que los dos llegaban a la misma marca,
elevando luego la temperatura del baño de aire de 60 hasta 100°. Tuve la
alegría de comprobar que tanto en la dilatación como en la contracción al
enfriarse, el vapor de éter mantenía el mismo ritmo que el aire atmosférico, y
que con éste llegaba siempre al mismo tiempo a cualquier división de la escala.
Esta experiencia, con la que estaba ocupado actualmente Berthollet, ha sido
repetida más de una vez, y nunca pude comprobar la más mínima diferencia en la
dilatación del vapor y del aire atmosférico; solamente que el vapor de éter,
cuando su temperatura ha descendido hasta pocos grados por encima del punto de
ebullición del éter, se condensa un poco más rápidamente que el aire
atmosférico. Esto está en relación con un fenómeno que hemos visto en muchos
cuerpos líquidos cuando pasan al estado sólido y que no sigue teniendo
influencia cuando la temperatura sobrepasa pocos grados a aquella en que se
produce dicho paso.
Como esta experiencia muestra que tanto el vapor de éter como los gases se
dilatan exactamente de la misma manera por el calor, nos sirve al mismo tiempo
como prueba de que esta dilatabilidad no depende de la naturaleza especial de
los gases y vapores, sino que se debe simplemente a que se encuentran en el
estado de fluido elástico. Por ello podemos sacar la conclusión de que todas
las especies de gases y vapores se dilatan casi exactamente de la misma manera
por iguales grados de calor .
Como todos los gases son igualmente dilatables por el calor y son también
igualmente compresibles, y como ambas propiedades (como demostraré en otra
parte) están en relación necesaria la una con la otra, debemos concluir que los
vapores que tienen la misma capacidad de dilatación que los gases deben ser
también igualmente compresibles. Sin embargo, esta conclusión sólo vale en
tanto que los vapores comprimidos se mantienen completamente en forma de fluido
elástico; y para ello es necesario que su temperatura sea lo suficientemente
elevada como para darles una resistencia adecuada a la presión, que trata de
llevarlos al estado de fluido líquido.
Ya he dicho antes que según Saussure (y mis experiencias lo ratifican
completamente), tanto el aire muy seco como el aire que contiene mayor o menor
cantidad de agua disuelta, son dilatables igualmente. Por eso estamos
autorizados a sacar de todo lo antedicho las conclusiones siguientes:
1. Todos los gases, cualquiera que sea su densidad y cualquiera que sea la
cantidad de humedad que contienen disuelta, lo mismo que todos los vapores, se
dilatan en la misma cantidad por iguales grados de calor.
2. Los gases permanentes, cuando son calentados desde el punto de congelación
hasta el punto de ebullición, aumentan su volumen en 80/213,33 de su volumen
inicial para el termómetro de 80 divisiones o en 100/266,66 para el termómetro
de 100 grados.
Pedro
Dulong yY Alejo Petit
Calor atómico [80]
Presentaremos,
ahora, en una tabla, los calores específicos de varios cuerpos elementales,
limitándonos a aquellas determinaciones que ya no ofrecen duda alguna.
|
|
Calor específico |
Pesos relativos de los átomos |
Productos del peso de c/átomo por la capacidad correspondiente |
|
Bismuto |
0,0288 |
13,30 |
0,3830 |
|
Plomo |
0,0293 |
12,95 |
0,3794 |
|
Oro |
0,0298 |
12,43 |
0,3704 |
|
Platino |
0,0314 |
11,16 |
0,3740 |
|
Estaño |
0,0514 |
7,35 |
0,3779 |
|
Plata |
1 0,0557 |
6,75 |
0,3759 |
|
Cinc |
0,0927 |
4,03 |
0,3736 |
|
Telurio |
0,0912 |
4,03 |
0,3675 |
|
Cobre |
0,0949 |
3,957 |
0,3755 |
|
Níquel |
0,1035 |
3,69 |
0,3819 |
|
Hierro |
0,1100 |
3,392 |
0,3731 |
|
Cobalto |
0,1498 |
2,46 |
0,3685 |
|
Azufre |
0,1880 |
2,011 |
0,3780 |
Para exponer la ley que nos proponemos enunciar, hemos introducido en la tabla
precedente los pesos relativos de los átomos de los diferentes cuerpos simples,
en relación con sus calores específicos. Estos pesos se deducen, como se sabe,
de las relaciones que se observan entre los pesos de las sustancias
elementales, que se hallan combinadas unas con otras.
Las precauciones tomadas durante muchos años en la determinación de las
proporciones de la mayor parte de los compuestos químicos fueron tales que ahora
sólo puede haber una leve incertidumbre en los datos que hemos usado. Es verdad
que, como no hay un método riguroso para determinar el número real de los
átomos de cada especie que entran en combinación, debe haber siempre algo
arbitrario en la asignación de los pesos específicos de las moléculas
elementales; pero la incertidumbre que surge se extiende solamente a dos o tres
números, los que guardan entre sí relaciones muy simples. Las razones que nos
indujeron a hacer la elección se explican suficientemente con lo que sigue. Por
el momento nos limitaremos a observar que entre los números que hemos elegido
no hay uno que no esté de acuerdo con las mejores analogías químicas
establecidas.
Por medio de los datos contenidos en la tabla precedente podemos calcular con
facilidad las relaciones existentes entre las capacidades de los átomos de las
diferentes especies. A este propósito, hacemos recalcar que para pasar de los
calores específicos dados por la observación a los calores específicos de las
partículas mismas será suficiente dividir los primeros por las cantidades de
partículas contenidas en el mismo peso de las sustancias que se están
comparando. Ahora bien: es obvio que para pesos iguales de materia estos
números de partículas son inversamente proporcionales a las densidades de los
átomos. Por esto llegamos al resultado deseado multiplicando cada una de las
capacidades experimentalmente determinadas por el peso del átomo
correspondiente. Así obtenemos los diferentes productos que se han reunido en la
última columna de la tabla.
Un simple vistazo a estos números nos permite advertir una relación tan notable
en su simplicidad, que nos induce a reconocer en seguida la existencia de una
ley física susceptible de ser generalizada y extendida a todas las sustancias
elementales. En efecto: estos productos, que expresan las capacidades de los
átomos de diferentes especies, son tan iguales unos a otros, que es imposible
que las insignificantes diferencias, observadas surjan de otra cosa que no sean
los errores inevitables, tanto en las mediciones de las capacidades como en el
análisis químico; máxime si observamos que en ciertos casos los errores que
surgen de estas dos fuentes pueden ser del mismo sentido y, consecuentemente,
multiplicados en el resultado. El número y la diversidad de las sustancias de
que hemos tratado hacen imposible considerar la relación que acabamos de
señalar como meramente accidental. Estamos, pues, autorizados a adoptar la
siguiente ley: Los átomos de todos los cuerpos simples tienen exactamente la
misma capacidad para el calor.
Teniendo presente lo anteriormente dicho sobre la incertidumbre aún existente
en la asignación de los pesos específicos de los átomos, puede vislumbrarse
fácilmente que la ley establecida sería diferente si se adoptara una suposición
distinta para la densidad de las partículas, pero, de todos modos, esta ley
contendría el enunciado de una razón simple entre los pesos y los calores
específicos de los átomos elementales; y sabemos que si debemos elegir entre
dos hipótesis igualmente probables, hemos de decidirnos en favor de la que
establezca la relación más simple entre los elementos que se comparan.
Cualquiera que fuere la posición que se adoptara sobre esta relación, ella
podría servir como prueba de los resultados del análisis químico y aun, en
ciertos casos, podría proporcionar el método más exacto para llegar al
conocimiento de las proporciones de ciertas combinaciones. Pero si a medida que
vayamos adelantando en nuestros trabajos no se descubriera nada que debilitase
la probabilidad de la opinión que preferimos en la actualidad, ella tendría
además la ventaja de fijar de una manera definida y uniforme los pesos
específicos de los átomos de todos los cuerpos simples que se pueden someter a
la observación directa.
Sadi
Carnot
La potencia motriz del fuego [81]
Dondequiera
que exista una diferencia de temperatura, dondequiera que pueda restablecerse
el equilibrio del calórico, puede producirse también potencia motriz. El vapor
de agua es un medio de realizar esta potencia, pero no es el único: todos los
cuerpos de la naturaleza pueden emplearse para este fin; todos son susceptibles
de cambio de volumen, de contracciones y de dilataciones sucesivas por las
alternativas de calor y de frío; todos son capaces de vencer, en sus cambios de
volumen, ciertas resistencias y de desarrollar así potencia motriz. Un cuerpo
sólido, una barra metálica, por ejemplo, alternativamente calentada y enfriada,
se dilata y contrae, y puede mover cuerpos fijados a sus extremidades. Un
líquido alternativamente calentado y enfriado aumenta y disminuye de volumen y
puede vencer obstáculos más o menos grandes opuestos a su dilatación. Un fluido
aeriforme es susceptible de cambios considerables de volumen por las
variaciones de temperatura: si está encerrado dentro de un recipiente de capacidad
variable, tal como un cilindro provisto de un émbolo, producirá movimientos de
gran extensión. Los vapores de todos los cuerpos susceptibles de pasar al
estado gaseoso, del alcohol, del mercurio, del azufre, etcé tera, podrían
llenar la misma función que el vapor de agua. Éste, alternativamente calentado
y enfriado, produciría potencia motriz a la manera de los gases permanentes, es
decir, sin volver jamás al estado líquido. La mayor parte de estos medios han
sido propuestos, y muchos hasta fueron ensayados, aunque sin éxito notable
hasta ahora.
Hemos hecho notar que en las máquinas de vapor la potencia motriz se debe a un
restablecimiento del equilibrio en el calórico: esto ocurre no sólo en las
máquinas de vapor, sino también en toda máquina de combustión, es decir, en
toda máquina donde el calor es el motor. El calor puede, evidentemente, ser una
causa de movimiento sólo en virtud de los cambios de volumen o de forma que
hace experimentar a los cuerpos; estos cambios no se deben a una constancia de
temperatura, sino a alternativas de calor y de frío. Ahora bien: para calentar
cualquier sustancia hace falta un cuerpo más caliente que ella, y para
enfriarla es menester un cuerpo más frío. Necesariamente se toma calórico al
primero de estos cuerpos para transmitirlo al segundo por medio de la sustancia
intermediaria. Es decir, se restablece o, por lo menos, se trata de restablecer
el equilibrio del calórico.
Es natural formularse aquí esta pregunta a la vez curiosa e importante: la
potencia motriz del calor, ¿es inmutable en cantidad, o varía con el agente de
que se echa mano para realizarla, con la sustancia intermediaria elegida como
sujeto de acción del calor?
Está claro que esta pregunta sólo puede formularse para una determinada
cantidad de calórico y para una determinada diferencia de temperatura.
Disponemos, por ejemplo, de un cuerpo A, mantenido a la temperatura de 100° y
de otro cuerpo B, mantenido a la temperatura de 0º; y nos preguntamos qué
cantidad de potencia motriz puede obtenerse por el transporte de una porción
dada de calor (por ejemplo, la que es necesaria para fundir un kilogramo de
hielo) del primero de esos cuerpos al segundo: nos preguntamos si esta cantidad
de potencia motriz está necesariamente limitada, si varía con la sustancia empleada
para obtenerla o si el vapor de agua ofrece en este sentido más o menos ventaja
que el vapor de alcohol, de mercurio, que un gas permanente o que cualquier
otra sustancia...
Se ha señalado anteriormente un hecho evidente por sí mismo o que, por lo menos,
se hace evidente en cuanto se reflexiona sobre los cambios de volumen
ocasionados por el calor: dondequiera que exista una diferencia de temperatura,
puede producirse potencia motriz. Recíprocamente: dondequiera que pueda
consumirse esta potencia, es posible ocasionar una ruptura en el equilibrio del
calórico.
El choque, el rozamiento de los cuerpos, ¿no son, en efecto, medios de elevar
su temperatura, de hacerla llegar espontáneamente a un grado más alto que la de
los cuerpos que los rodean y, por consiguiente, de producir una ruptura en el
equilibrio del calórico allí donde antes existía? Es un hecho experimental que
la temperatura de los fluidos gaseosos se eleva por la compresión y disminuye
por la rarefacción. He aquí un medio seguro de cambiar la temperatura de los
cuerpos, de romper el equilibrio del calórico tantas veces como se quiera con
la misma sustancia.
Según las nociones establecidas hasta ahora, se puede comparar con bastante
exactitud la potencia motriz del calor con la de una caída de agua: ambas
tienen un máximo que no se puede sobrepasar, cualquiera que fuese la máquina
empleada para recibir la acción del calor. La potencia motriz de una caída de
agua depende de su altura y de la cantidad de líquido; la potencia motriz del
calor depende también de la cantidad de calórico empleada y de lo que se podría
llamar, de lo que llamaremos, en efecto, la altura de su caída; es decir, la
diferencia de temperatura de los cuerpos entre los cuales se hace el
intercambio de calórico. En la caída de agua la potencia motriz es
rigurosamente proporcional a la diferencia de nivel entre el depósito superior
y el depósito inferior. En la caída de calórico la potencia motriz aumenta, sin
duda, con la diferencia de temperatura entre el cuerpo caliente y el cuerpo
frío.
Roberto
Mayer
Indestructibilidad de las fuerzas de la naturaleza [82]
El
objeto de estas líneas es tratar de dilucidar la cuestión de saber qué debemos
entender por fuerza y cómo las fuerzas obran entre sí. Mientras que por la
denominación de materia se atribuye a un objeto propiedades determinadas, como
la gravedad y el volumen, a la denominación de fuerza se une principalmente la
idea de algo desconocido, de inescrutable, de hipotético. Nos parece que la
tentativa que hacemos de dar a la noción de fuerza la misma precisión que posee
la de materia, y de no designar por la palabra fuerza más que los objetos que
pueden originar investigaciones reales, lo mismo que las consecuencias que se
desprenden de esta tentativa, no podrá ser mal acogida por los que desean tener
de los fenómenos de la naturaleza nociones claras y exentas de hipótesis.
Las fuerzas son causas: por consiguiente, el principio causa aequat
effectum se aplica a ellas plenamente. Si la causa c produce
el efecto e, tenemos c = e; si ees
a su vez causa de otro efecto, f, e = f,
etc.; por lo tanto, c = e = f...
= c. En una cadena de causas y de efectos, un término o una
parte de él no puede nunca, conforme resulta de la naturaleza de una ecuación,
llegar a ser igual a cero. A esta primera propiedad de todas las causas, le
damos el nombre de indestructibilidad.
Si la causa dada c ha producido un efecto e que
es igual a ella, por lo mismo c ha dejado de existir
convirtiéndose en e; si después de producir e, c subsistiere
aún, en todo o en parte, a esta causa subsistente debería corresponder un
efecto adicional; luego el efecto de c debería ser > e, lo
que es contrario a la hipótesis c= e. Puesto que c se
cambia en e, e en f, etc., debemos considerar
estas magnitudes como formas diferentes de un solo y mismo objeto. La capacidad
de revestir formas diferentes es la segunda propiedad esencial de todas las
causas. Admitiendo las dos propiedades que hemos reconocido, diremos: las
causas son objetos (cuantitativamente) indestructibles y (cualitativamente)
variables.
Presenta la naturaleza dos categorías de causas entre las cuales demuestra la
experiencia que existe una barrera infranqueable. La primera categoría abarca
las causas que poseen las propiedades de ser ponderables e impenetrables: son
las materias; la segunda comprende las causas que carecen de estas propiedades:
son las fuerzas, llamadas también imponderables por la propiedad negativa que
las caracteriza. Las fuerzas son, pues, objetos indestructibles, variables e
imponderables.
La causa que determina la elevación de un peso es una fuerza; su efecto, el
peso elevado, es, por lo tanto, una fuerza también; expresando este hecho de un
modo general, diremos: toda diferencia espacial de objetos ponderables es una
fuerza; como esta fuerza determina la caída de los cuerpos, la llamaremos
fuerza de caída.
La fuerza de caída y la caída, y, de un modo más general aún, la fuerza de
caída y el movimiento, son fuerzas que se relacionan entre sí como causa y
efecto, fuerzas que se transforman una en otra, dos formas diferentes de un
solo y mismo objeto. Ejemplo: un peso que descansa en el suelo no es una
fuerza; no es causa ni de movimiento ni de elevación de otro peso, pero llega a
ser una fuerza tanto mayor cuanto más se le levante del suelo; la causa, es
decir, la separación de un peso con relación al suelo, y el efecto, o sea la
cantidad de movimiento producido, son, conforme enseña la mecánica,
constantemente iguales entre sí.
Considerando la gravedad como causa de la caída, se habla de una fuerza de
gravedad, confundiendo las nociones de fuerza y propiedad; lo que pertenece
esencialmente a toda fuerza, a saber, la indestructibilidad asociada a la
variabilidad, es precisamente lo que falta a toda propiedad; entre una
propiedad y una fuerza, entre la gravedad y el movimiento no puede establecerse
la ecuación que trae consigo toda relación causal bien pensada. Considerar la
gravedad como una fuerza es figurarse una causa que sin gastarse produce un
efecto, y, por consiguiente, representarse de un modo inexacto el
encadenamiento causal de las cosas. Para que un cuerpo pueda caer, la elevación
del suelo no es menos necesaria que la gravedad; no debe, por lo tanto,
atribuirse únicamente la caída de los cuerpos a la gravedad.
El establecimiento de las relaciones que existen entre la fuerza de caída y el
movimiento, entre el movimiento y la fuerza de caída y entre los movimientos,
es del dominio de la mecánica; no recordaremos aquí más que un solo punto
adquirido por ella. Suponiendo el radio terrestre = ∞, la magnitud de la fuerza
de caída v es proporcional a la magnitud de la masa m y
a la de su elevación d; v = md. Si la elevación d =
1 de la masa se transforma en un movimiento de esta masa, movimiento que tiene
una velocidad final c = 1, tenemos también v = me;pero
resulta de las relaciones conocidas que existen entre d y e que
para otros valores de d o de c la medida de
la fuerza v es me2; luego v == md = me2; de
suerte que la ley de conservación de las fuerzas vivas está fundada en la ley
general de indestructibilidad de las causas.
En casos innumerables vemos cesar un movimiento sin haber producido otro
movimiento ni elevación de peso; pero una fuerza no puede anularse, sólo puede
tomar otra forma, y se plantea la cuestión de saber qué otra forma puede tomar
la fuerza que hemos aprendido a conocer como fuerza de caída y como movimiento.
Solamente la experiencia podrá sernos útil para este fin. Para hacer nuestros
experimentos, debemos escoger instrumentos que no solamente hagan cesar
realmente el movimiento, sino que se modifiquen lo menos posible por los
objetos sometidos al examen. Frotemos, por ejemplo, una contra otra dos placas
de metal; veremos desaparecer el movimiento y, por el contrario, aparecer
calor. Queda por preguntar si el movimiento que hemos producido es la causa de
este calor. Para dilucidar este punto es preciso examinar si en los
innumerables casos en que el calor aparece al mismo tiempo que desaparece el
movimiento, éste no tiene más efecto que la producción del calor, y el calor
otra causa que el movimiento.
Nunca se ha hecho un experimento formal para demostrar los efectos del
movimiento que cesa; sin querer tachar de antemano de erróneas las hipótesis
que puedan hacerse, llamaremos la atención sobre el hecho de que el movimiento
que cesa no consiste, por regla general, en una modificación del estado de
agregación de los cuerpos en movimiento que se rozan entre sí. Admitamos que
cierta cantidad v de movimiento se emplee en transformar
en nuna materia m sometida a rozamiento; entonces
se debe tener m + v = n, o
lo que es igual: n — m+ v, y cuando volviera n al
estado m, v debe manifestarse de nuevo bajo una
forma cualquiera. Frotando entre sí durante mucho tiempo dos placas metálicas,
podemos hacer cesar sucesivamente una cantidad enorme de movimiento; pero ¿se
nos ocurriría buscar en el polvo metálico que se haya formado la menor traza de
la fuerza desaparecida e intentar extraerla? El movimiento, lo repetimos, no
puede reducirse a la nada, y los movimientos opuestos o en otros términos, los
movimientos positivos y negativos, no pueden tener por suma cero, lo mismo que
los movimientos opuestos no pueden nacer de cero, o que un peso no se levanta
por sí mismo.
No admitiendo una relación causal entre el movimiento y el calor, es tan
difícil explicar la producción de calor como rendir cuenta del movimiento que
desaparece. Ese calor no puede atribuirse a la disminución del volumen de los
cuerpos que se frotan uno contra otro. Es sabido que pueden fundirse dos trozos
de hielo en el vacío frotándolos uno con otro; pues bien: ensáyese transformar
el hielo en agua por presión: ¿se conseguirá, por grande que haya sido la
presión empleada? Según lo ha comprobado el autor de estas líneas, el agua
experimenta una elevación de temperatura cuando se la agita con fuerza, y
después de haber sido agitada ocupa un volumen mayor que antes (experiencias
hechas con agua a 12 y 13° centígrados); ¿de dónde proviene, pues, la cantidad
de calor que puede producirse cuantas veces se quiera en el mismo aparato,
agitándolo? La teoría de las vibraciones térmicas tiende a admitir que el calor
es efecto del movimiento; sin embargo, no reconoce claramente ni en todo su
alcance esta relación causal, y llama principalmente la atención sobre
vibraciones de difícil interpretación.
Puesto que está demostrado en multitud de casos (la excepción confirma la
regla) que no puede contarse para el movimiento que desaparece más efecto que
el calor, ni para el calor que se ha producido más causa que el movimiento,
preferimos admitir que el calor nace del movimiento, mejor que aceptar una
causa sin efecto o un efecto sin causa, lo mismo que el químico, cuando ve
desaparecer el oxígeno y el hidrógeno y formarse agua, en lugar de limitarse, a
hacer constar este fenómeno, declara que existe una relación entre la
desaparición del hidrógeno y del oxígeno y la formación del agua.
Podemos representarnos del modo siguiente el lazo natural que existe entre la
fuerza de caída, el movimiento y el calor. Sabemos que el calor se manifiesta
cuando las partículas de un cuerpo se aproximan; la condensación produce calor;
luego lo que es cierto al tratarse de las partículas de los cuerpos y de los
espacios que las separan, lo es igualmente de las grandes masas y de los
espacios mensurables. La caída de un peso es una disminución real del volumen
de la Tierra; luego hay necesariamente una relación entre esta caída y la
manifestación de calor que la acompaña; el calor producido deberá ser
exactamente proporcional a la magnitud del peso y a su alejamiento (primitivo)
de la Tierra. Esta observación conduce de un modo sencillo a ecuaciones entre
la fuerza de caída, el movimiento y el calor.
Por lo mismo que no puede sacarse en conclusión del vínculo que existe entre la
fuerza de caída y el movimiento que la esencia de la fuerza de caída es el
movimiento, tampoco puede deducirse de la relación existente entre el
movimiento y el calor que la esencia del calor es el movimiento. Sacaríamos en
consecuencia lo contrario, es decir, que para poder convertirse en calor el
movimiento —sea movimiento simple o vibratorio, como la luz, el calor radiante,
etc.— debe cesar de ser movimiento.
Si la fuerza de caída y el movimiento son iguales al calor, el calor debe,
naturalmente, ser igual también al movimiento y a la fuerza de caída. Así como
el calor nace como efecto de una disminución de volumen y una cesación de
movimiento, así también el calor desaparece como causa cuando se manifiestan
sus efectos, el movimiento, el aumento de volumen, la elevación de un peso.
En las máquinas accionadas por agua, una cantidad importante de calor es
suministrada continuamente por el movimiento que nace a expensas del volumen de
la Tierra, que disminuye constantemente por la caída del agua, y que desaparece
en seguida; inversamente, las máquinas de vapor sirven para convertir el calor
en movimiento o en elevación de peso. La locomotora con su convoy puede
compararse con un aparato de destilación; el calor acumulado en la caldera se
transforma en movimiento, y una parte importante de este movimiento se
transforma a su vez en calor en los ejes de las ruedas.
Terminaremos con una conclusión práctica la exposición de las ideas que
sostenemos, ideas que resultan necesariamente del principio causa aequat
effectum, y que están plenamente de acuerdo con todos los fenómenos naturales.
Para poder resolver las ecuaciones que existen entre la fuerza de caída y el
movimiento, ha debido determinarse experimentalmente el trayecto recorrido
durante cierto tiempo, durante el primer segundo, por ejemplo; igualmente, para
poder resolver las ecuaciones que existen entre la fuerza de caída y el movimiento
por un lado y el calor por otro, es preciso dilucidar la cuestión de saber cuál
es la cantidad de calor que corresponde a una cantidad determinada de fuerza de
caída o de movimiento. Hay que encontrar, por ejemplo, a qué altura debe
elevarse un peso determinado para que su fuerza de caída sea equivalente a la
cantidad de calor necesaria para elevar de 0 a Io centígrado el
mismo peso de agua. El hecho de existir semejante equivalencia en la naturaleza
puede considerarse como resumen de las consideraciones precedentes.
Aplicando a los gases los principios que acabamos de establecer, encontramos
que el descenso de una columna de mercurio que comprime a un gas es igual a la
cantidad de calor que se desprende por la compresión, y de ello resulta —la
relación del calor específico del aire atmosférico con presión y volumen
constantes es igual a 1,421— que a la caída de un peso de una altura de 365
metros aproximadamente, corresponde la cantidad de calor necesaria para elevar
de 0º a 1º la temperatura del mismo peso de agua. Si consideramos ahora los
rendimientos de nuestras mejores máquinas de vapor, veremos que una pequeña
parte solamente del calor producido por la caldera se transforma en movimiento
o en elevación de peso: esta comprobación pudiera servir de justificación a las
tentativas que se han hecho para obtener el movimiento por procedimientos más
ventajosos que el de la combinación de carbono con oxígeno, especialmente para
transformar en movimiento la electricidad obtenida por medios químicos.
Jaime
Prescott Joule
El equivalente mecánico del calor[83]
Durante
largo tiempo había sido una hipótesis favorita la de que el calor consiste en
«una fuerza o poder perteneciente a los cuerpos», pero fue el conde de Rumford
quien llevó a cabo decididamente los primeros experimentos a favor de una
teoría nueva. Ese filósofo natural, celebrado con tanta justicia, demostró
mediante sus ingeniosos experimentos que la gran cantidad de calor originado en
el cañón no podía atribuirse a cambios que ocurrieran en la capacidad
calorífica del metal. De ahí sacó la conclusión de que el movimiento del
perforador era transmitido a las partículas del metal, produciendo de esta
manera los fenómenos de calor. «Me parece muy difícil —decía—, si no del todo
imposible, formarse una idea definida de algo capaz de ser excitado y comunicado,
en la manera en que el calor lo fue en estos experimentos, excepto que fuera
por el movimiento.»
Una de las cosas más importantes del conde de Rumford, a pesar de la poca
atención que le fuera tributada, es la apreciación que formula de la cantidad
de fuerza mecánica necesaria para producir cierta cantidad de calor.
Refiriéndose a su tercera experiencia, hace notar que «la cantidad total de
agua a 0o que podía haberse llevado a 180° F. mediante la
fricción durante dos horas y treinta minutos, es de 26,58 libras». En otra
página de su libro dice: «La maquinaria usada en el experimento podía
fácilmente llevarse con la fuerza de un caballo (a pesar de que para hacer más
liviano el trabajo se emplearon dos).» La potencia de un caballo fue estimada
por Watt en 33.000 libras-pies por minuto, y por lo tanto, si continuaran
durante dos horas y treinta minutos, la suma total sería de 4.950.000
libras-pies, lo que, de acuerdo con el conde de Rumford, equivaldría a 26,58
libras de agua calentada a 180° F. Luego el calor requerido para aumentar la
temperatura de 1 libra de agua en 1 grado es equivalente a la fuerza
representada por 1.034 libras-pies. Este resultado no es muy diferente de los
que yo he deducido con mis propios experimentos, o sea 772 pies-libras. Ha de
observarse que el exceso en el equivalente del conde de Rumford se debe a lo
que él mismo anticipaba: «No se calculó el calor acumulado en la caja de
madera, ni el que se dispersó durante el experimento.»
A fines del siglo pasado, sir Humphry Davy publicó, en las West Country
Contributions del doctor Beddoes, bajo el título de Investigaciones
sobre el calor, la luz y la respiración, una memoria en la
que confirma ampliamente las opiniones del conde de Rumford. Frotando dos
trozos de hielo entre sí en el vacío de una bomba neumática, parte de ellos se
fundía, a pesar de que la temperatura del recipiente era más baja que el punto
de congelación. Este experimento fue el más decisivo en la teoría de la
inmaterialidad del calor, puesto que la capacidad calorífica del hielo es mucho
menor que la del agua. Con gran razón infirió Davy que «la causa inmediata de
los fenómenos caloríficos es el movimiento, y que las leyes de su comunicación
son exactamente las mismas que las leyes de comunicación del movimiento».
Las investigaciones de Dulong sobre el calor específico de los fluidos
elásticos se vieron recompensadas por el descubrimiento del hecho notable de
que «volúmenes iguales de todos los fluidos elásticos a la misma temperatura y
bajo la misma presión, que son comprimidos o dilatados bruscamente en la misma
fracción de volumen, absorben o desprenden la misma cantidad absoluta
de calón. Esta ley es de la más grande importancia en el desarrollo de la
teoría del calor, puesto que prueba que el efecto calorífico es, bajo ciertas
condiciones, proporcional a la fuerza gastada.
En 1834, el doctor Faraday demostró la «identidad de las fuerzas químicas y
eléctricas». Esta ley, junto con otras, subsecuentemente descubiertas por este
gran hombre, que muestran las relaciones que existen entre magnetismo,
electricidad y luz, le han permitido formular la idea de que los cuerpos
llamados imponderables son sólo los exponentes de distintas formas de la
fuerza. Grove y Mayer han dado también su aprobación a puntos de vista similares.
Mis propios experimentos en esta materia fueron comenzados en 1840, año en que
comuniqué a la Sociedad Real mi descubrimiento de la ley del calor producido
por la electricidad voltaica, cuyas deducciones inmediatas fueron: primera, que
el calor producido por cualquier par voltaico es proporcional, caeteris
paribus, a su intensidad, o fuerza electromotriz, y segunda, que el calor
producido por la combustión de un cuerpo es proporcional a la intensidad de su
afinidad con el oxígeno. He tenido éxito en mis investigaciones sobre las
relaciones entre el calor y la afinidad química. En 1843 demostré que el calor
producido por la electricidad magnética es proporcional a la fuerza absorbida,
y que la fuerza de la máquina electromagnética se deriva de la afinidad química
que reside en la batería, fuerza ésta que en caso contrario se transformaba en
calor. Por esto me considero justificado al anunciar que «la cantidad de calor
capaz de aumentar la temperatura de 1 libra de agua en 1 grado de la escala de
Fahrenheit es igual, y puede ser convertida en ella, a una fuerza mecánica
capaz de levantar 838 libras perpendicularmente al suelo a la altura de 1 pie».
En un escrito posterior, leído ante la Sociedad Real en 1844, he tratado de
demostrar que el calor producido y absorbido por la rarefacción y compresión
del aire es proporcional a la fuerza absorbida y producida en esas operaciones.
La relación cuantitativa éntrela fuerza y el calor deducida de esos
experimentos es casi idéntica a las derivadas de las experiencias electromagnéticas,
y se confirman por los experimentos de Seguin sobre la dilatación del
vapor.
De la explicación formulada por el conde de Rumford sobre el calor proveniente
de la fricción de los sólidos, uno puede haber anticipado que la evolución del
calor se podría investigar también en la fricción entre cuerpos líquidos y
gaseosos. Más aún: hay muchos casos, como el calentamiento del mar después de
unos días de tiempo tormentoso, que se habían atribuido comúnmente a la
fricción del líquido. No obstante, el mundo científico, preocupado con la
hipótesis de que el calor era una sustancia, y siguiendo las deducciones hechas
por Pictet conforme a sus experimentos, no suficientemente delicados, había
denegado unánimemente la posibilidad de producir calor en esta forma. La
primera mención que yo conozco sobre experimentos en que se afirma que el calor
es originado por la fricción entre fluidos, corresponde al año 1842 y es
Roberto Mayer quien establece que había aumentado la temperatura del agua,
desde 12 a 13 grados, agitándola. No indica, en cambio, la cantidad de fuerza
empleada, o las precauciones tomadas para asegurar un resultado correcto. En
1843 anuncié el hecho de que «se produce calor en el paso de agua por tubos
estrechos», y que cada grado de calor por libra de agua requería para su
producción una fuerza mecánica representada por 770 libras-pies.
Subsecuentemente, en 1845 y 1847 empleé una rueda con paletas para producir la
fricción del fluido, y obtuve equivalentes de 781,5; 782,1 y 787,6 de la agitación
del agua, aceite de esperma y mercurio, respectivamente. Resultados tan
cercanamente coincidentes entre ellos, y con los previamente derivados de los
experimentos con los fluidos elásticos y la máquina electromagnética, no
dejaron duda en mi mente sobre la existencia de una relación entre la fuerza y
el calor; pero la cuestión de mayor importancia era obtener esa relación con
gran exactitud.
Rodolfo
Clausius
El segundo principio de la termodinámica[84]
Cuando
un cuerpo cualquiera cambia de volumen, al mismo tiem po, por regla general, se
produce o consume trabajo mecánico. Pero en la mayoría de los casos no es
posible determinar a éste con exactitud, porque junto con el trabajo exterior
se produce también comúnmente un trabajo interior desconocido. Para sortear
este inconveniente, Carnot empleó el ingenioso método, ya mencionado
anteriormente, de hacer experimentar al cuerpo diferentes transformaciones
consecutivas, ordenadas de tal manera que al final vuelva exactamente a su
estado primitivo. Entonces, si en alguna de las transformaciones se ha
realizado trabajo interior, éste debe quedar exactamente anulado por el de las
otras, y se tendrá la seguridad de qué el trabajo exterior que eventualmente se
produzca en las transformaciones será también el trabajo total. Clapeyron ha
representado muy claramente este método en forma gráfica, y nosotros
utilizaremos por ahora esta representación para los gases permanentes, si bien
con una pequeña modificación, condicionada por nuestro principio.
En la figura 29, la abscisa oe representa el volumen, y la
ordenada ea la presión de la unidad de peso de un gas, en un
estado cuya temperatura sea = t.
Admitamos ahora que el gas se encuentre en un recipiente dilatable, pero con el
cual no pueda, sin embargo, intercambiar calor. Entonces, si lo dejamos dilatar
en este recipiente, y no le comunicamos nuevo calor, su temperatura disminuirá.
Para evitar esto, pongámoslo en contacto, durante la dilatación, con un
cuerpo A, mantenido a temperatura constante, y que le comunica
siempre al gas la cantidad de calor necesaria para que su temperatura
permanezca igualmente con el valor t. Durante esta dilatación
a temperatura constante la presión disminuye de acuerdo con la ley de Mariotte,
y la podemos representar por las ordenadas de la curva ab, que
es un segmento de hipérbola equilátera.
Figura 29
Cuando
el gas aumentó de volumen, en esta forma, desde oe hasta of,
quitemos el cuerpo A, y, sin que pueda recibir más calor, dejemos
continuar la dilatación. Entonces la temperatura descenderá, y, por lo tanto,
la presión disminuirá más rápidamente que antes; la ley según la cual esto
ocurre está representada por la curva be. Una vez que el
volumen ha aumentado de of a og, con lo cual
su temperatura ha descendido de t hasta τ, comencemos a
comprimirlo nuevamente para llevarlo a su volumen inicial oe. Si
al hacer esto lo abandonamos a sí mismo, su temperatura aumentará de nuevo en
seguida. Pero por el momento no permitamos que esto suceda, poniéndolo en
contacto con un cuerpo B de temperatura constante τ al cual
transmite de inmediato el calor producido, de modo que mantiene la temperatura
τ; en esta forma comprimámoslo (en un intervalo gh) hasta que
el segmento restante he alcance exactamente para que su
temperatura aumente de r a t, cuando esta
última compresión se efectúa de modo tal que no pueda ceder calor. Durante la
primera compresión la presión aumenta según la ley de Mariotte, y está representada
por el segmento cd de otra hipérbola equilátera. En cambio,
durante la última el aumento se produce con mayor rapidez, y está representado
por la curva da. Esta curva tiene que terminar exactamente en
a, puesto que, como al final de la operación la temperatura y el volumen tienen
su valor primitivo, lo mismo debe suceder con la presión, que es una función de
aquellas dos.
Por lo tanto, el gas se encuentra ahora exactamente en el mismo estado que al
principio.
Para determinar ahora el trabajo producido en estas transformaciones, por las
razones expuestas sólo tenemos que concentrar la atención en el trabajo
exterior. Durante la dilatación el gas produce un trabajo, que está determinado
por el integral del producto entre el diferencial de volumen y el valor
correspondiente de la presión y que, por lo tanto, está representado
geométricamente por los cuadriláteros eabf y fbcg.
Por el contrario, en la compresión se consume trabajo, que está representado
del mismo modo por los cuadriláteros gcdh y hdae.
El exceso del primer trabajo sobre el último debe considerarse como el trabajo
total producido durante las transformaciones, y está representado por el
cuadrilátero abcd.
Si todo el proceso antes descrito se realiza en orden inverso, se obtiene la
misma cantidad abcd como exceso del trabajo consumido sobre el
producido.
Consecuencias del principio de Carnot
Carnot ha supuesto que a la producción de trabajo le corresponde un mero paso
de calor de un cuerpo caliente a otro frío, sin que la cantidad de
calor disminuya en dicho paso
La última parte de esta hipótesis, a saber, que la cantidad de calor no resulta
disminuida, contradice a nuestro principio anterior y, por lo tanto, si
queremos conservar éste, debe ser rechazada. La primera parte, en cambio, puede
mantenerse atendiendo a su contenido esencial. Puesto que si bien ya no
necesitamos más un equivalente propio para el trabajo producido, desde que
hemos admitido como tal un consumo real de calor, es todavía posible, sin
embargo, que aquel paso se produzca simultáneamente con el consumo, y asimismo
que esté en una relación determinada con el trabajo. Se trata, pues, de
investigar si esta hipótesis, además de su posibilidad, tiene también de suyo
una probabilidad suficiente.
Un paso de calor de un cuerpo caliente a otro frío ocurre positivamente en
aquellos casos en que se produce trabajo por acción del calor y al mismo tiempo
se cumple la condición de que la sustancia que interviene se encuentre de nuevo
al final en el mismo estado que al principio. En los procesos descritos
anteriormente, y representados en las figuras, hemos visto, por ejemplo, que el
gas y el agua que se vaporiza recibían calor del cuerpo A al
aumentar de volumen, y que daban calor al cuerpo B durante la
disminución de volumen, de tal modo, pues, que una determinada cantidad de
calor
ha sido transportada de A a B, y que ésta era
además mucho mayor que la que admitimos como consumida, de manera que en las
transformaciones infinitamente pequeñas que están representadas en las figuras,
esta última constituía un infinitamente pequeño de segundo orden, mientras que
la primera constituía uno de primer orden. Sin embargo, para poder relacionar
con el trabajo este calor transportado, es necesaria aún otra limitación. En
efecto: ya que también puede ocurrir un transporte de calor sin efecto
mecánico, cuando un cuerpo caliente y otro frío están inmediatamente en
contacto y el calor fluye del uno al otro por conducción, entonces, si se desea
lograr el máximo de trabajo para el paso de una determinada cantidad de calor
entre dos cuerpos de determinada temperatura t y t, debe
conducirse el proceso de tal modo que, como ha ocurrido en los casos
anteriores, nunca se pongan en contacto dos cuerpos de diferente temperatura.
Ahora bien: es este máximo del trabajo el que se debe comparar
con el paso de calor, y se encuentra que en realidad tenemos motivos para
admitir, con Carnot, que sólo depende de la cantidad del calor transportado y
de las temperaturas t y t de los dos cuerpos A y B, pero
no de la naturaleza del cuerpo intermediario. Este máximo tiene, en efecto, la
propiedad de que por el consumo del mismo también se puede
transportar de nuevo del cuerpo frío B al cuerpo
caliente A una cantidad de calor igual a la que tenía que
pasar de A a B para su producción.
Nos convenceremos de ello fácilmente si imaginamos efectuados en sentido
inverso todos los procesos descritos anteriormente, de modo que, por ejemplo,
en el primer caso el gas se dilata solo, de modo que su temperatura desciende
de t a τ, luego prosigue su dilatación en contacto con B, después
es comprimido solo, hasta que su temperatura es de nuevo t, y
finalmente sufre la última compresión en contacto con A. Entonces,
en la compresión se consume más trabajo que el producido en la dilatación, de
modo que en total ocurre una pérdida de trabajo que posee el mismo valor que la
ganancia obtenida en el proceso anterior. Además, al cuerpo B se
le quita tanto calor como el que antes se le comunicó, y al cuerpo A se
le comunica tanto como el que antes se le quitó, de donde se deduce que no sólo
se produce ahora la misma cantidad de calor que antes se consumió, sino también
que la misma cantidad que antes fue llevada de A a B va
ahora de B a A.
Si nos imaginamos ahora que existen dos sustancias, de las cuales una puede dar
mayor trabajo que la otra con un determinado paso de calor, o, lo que es lo
mismo, que para producir un determinado trabajo necesite transportar menos
calor de A a B que la otra, entonces
podríamos utilizar alternadamente a estas dos sustancias de modo tal que con la
primera se produzca trabajo por el proceso antedicho, y con la última se
realice el proceso inverso consumiendo el mismo trabajo. Entonces ambos cuerpos
estarían de nuevo, al final, en su estado primitivo; además, el trabajo
producido y el consumido se habrán anulado exactamente, de modo que, también de
acuerdo con el principio anterior, la cantidad de calor no pudo haber aumentado
ni disminuido. Sólo respecto a la distribución del calor
habría ocurrido una diferencia, en el sentido de que se habría transportado más
calor de B hacia A que de A hacia B, y
de este modo se habría efectuado, en total, un transporte de B hacia A. Por
repetición alternada de ambos procesos se podría entonces, sin ningún gasto de
fuerza, o alguna otra transformación, llevar tanto calor como se quisiera de un
cuerpo frío a otro caliente, lo que
contradice el comportamiento ordinario del calor, puesto que en todas partes
muestra la tendencia a igualar las diferencias de temperatura, y a pasar, por
lo tanto, de los cuerpos calientes a los fríos.
De manera que parece teóricamente lícito mantener la primera
parte, y en realidad la fundamental, de la hipótesis de Carnot, y emplearla
como segundo principio junto con el anteriormente establecido;
la exactitud de este procedimiento, como en seguida veremos, ya ha sido también
confirmada varias veces por los resultados.
Según esta hipótesis, podemos caracterizar como función de t y
τ al trabajo máximo que puede ser producido por el transporte de una unidad de
calor desde el cuerpo A con la temperatura t,
hasta el cuerpo B con la temperatura τ. Esta función tiene que
ser, naturalmente, con respecto a su valor, tanto más pequeña cuanto menor es
la diferencia t — τ, y cuando ésta se hace infinitamente
pequeña ( = dt), debe transformarse en el producto de dt por
una función de t solamente. Para el último caso, que es el que
por ahora nos interesa, se puede, pues, representar el trabajo en la forma (1/C) dt, donde C significa
una función de tsolamente.
Jaime
Clerk Maxwell
Distribución de las velocidades moleculares [85]
Muchas
de las propiedades de la materia, especialmente cuando está en estado gaseoso,
pueden deducirse de las hipótesis de que sus partículas están en movimiento
rápido, aumentando la velocidad con la temperatura, de modo que la naturaleza
precisa de este movimiento resulta un objeto de curiosidad racional. Daniel
Bernoulli, Herapath, Joule, Krönig, Clausius, etc., han demostrado que las
relaciones entre presión, temperatura y densidad de un gas perfecto pueden
explicarse suponiendo que las partículas se mueven con velocidad uniforme, en
líneas rectas, chocando contra las paredes del vaso que las contiene y
produciendo así presión. No es necesario creer que cada partícula recorre una
gran distancia en la misma línea recta. El mismo efecto se producirá también
cuando dichas partículas lleguen a chocar unas contra otras, de modo que la
línea recta descrita pueda resultar muy corta. Clausius ha determinado la
longitud media del camino en función de la distancia media de las partículas y
de la distancia entre los centros de dos partículas, cuando el choque llega a
producirse. Actualmente no disponemos de ningún medio para determinar
cualquiera de estas distancias, pero ciertos fenómenos, tales como la fricción
interna de los gases, la conducción del calor a través de un gas y la difusión
de un gas a través de otro, parecen indicar la posibilidad de determinar con
exactitud el recorrido medio que una partícula describe entre dos choques
sucesivos. Para fijar los fundamentos de tales investigaciones sobre principios
mecánicos estrictos, demostraré las leyes del movimiento de un número infinito
de esferas pequeñas, duras y perfectamente elásticas, que ejercen influencia
mutua sólo durante el impacto.
* *
* *
Proposición
4ª. Hallar el número medio de las partículas cuyas velocidades están entre
límites dados, después de haberse efectuado abundantes choques entre un gran
número de partículas iguales.
Supóngase que N sea el número total de las partículas, x, y, z las
componentes de la velocidad de cada partícula en tres direcciones
rectangulares, y el número de partículas para las cuales x está
entre x y x + dx sea Nf (x)
dx, donde f (x) es una función de x por
determinarse.
El número de partículas para las cuales y está entre y e y +dy será Nf (y)
dy, y el número de partículas para las cuales z está
entre z y z + dz será Nf (z)
dz, donde f representa siempre la misma función.
Ahora bien: la existencia de la velocidad x no afecta en modo
alguno a las velocidades y o z, dado que éstas son
todas perpendiculares entre sí e independientes, de manera que el número de
partículas cuya velocidad está entre x y x +
dx y también entre y e y + dy,
así mismo, entre z y z + dz, es
Nf (x) f(y) f(z)
dx dy d z.
Si
suponemos que las N partículas parten del origen en el mismo
instante, entonces éste será el número contenido en el elemento de volumen (dx
dy dz), después de la unidad de tiempo, y el número que se refiere a la
unidad de volumen será
Nf (x) f(y) f(z).
Pero las direcciones de las coordenadas son arbitrarias y, por lo tanto, este
número debe depender sólo de la distancia al origen, es decir:
f (x) f(y) f(z)
= Ø (x2 + y2 + z2)
Resolviendo
esta ecuación funcional, hallamos:
Si
hiciéramos A positiva, el número de partículas crecería con la
velocidad, debiendo llegar su totalidad al infinito. Por consiguiente,
hacemos A negativa e igual a -1/a2, de modo
que el número entre x y x + dx será
Integrando
desde x = -∞ hasta x = +∞, encontramos el
número total de las partículas:
f (x)
es, pues,
De
ahí podemos sacar las siguientes conclusiones:
1. El número de las partículas, cuya velocidad calculada en cierta
dirección está entre x y x + dx es
2. El número cuya velocidad está entre v y v +
dv es
3. Para
hallar el valor medio de v súmese las velocidades de todas las
partículas; dividiendo luego por el número de partículas, el resultado sería
4. Para
hallar el valor medio de v2, súmense todos los
valores dividiendo luego por N:
Éste
es mayor que el cuadrado de la velocidad media, como debe ser. De esta
proposición resulta que las velocidades están distribuidas entre las
partículas, de acuerdo con la misma ley, así como los errores están repartidos
entre las observaciones de la teoría del «método de los cuadrados mínimos». Las
velocidades oscilan entre 0 e ∞, pero el número de aquellas que tengan grandes
velocidades es comparativamente pequeño.
Luis
Pablo Cailletet
Licuefacción del oxígeno [86]
Si
encerramos oxígeno o monóxido de carbono en un tubo tal como el descrito
anteriormente, colocado en el aparato compresor con el que se ha operado ante
la Academia; si llevamos este gas a la temperatura de — 29° por medio de ácido
sulfuroso, y a una presión de cerca de 300 atmósferas, ambos gases permanecen
en estado gaseoso. Pero si se les permite expandirse repentinamente, se
obtendrá, de acuerdo con la fórmula de Poisson, una temperatura lo menos de
200° por debajo de la temperatura original; y entonces veremos aparecer
inmediatamente una densa niebla, producida por la licuefacción y quizá
solidificación del oxígeno y monóxido de carbono.
El mismo fenómeno se observa en la expansión del ácido carbónico y de los
óxidos nítrico y nitroso si han sido fuertemente comprimidos.
La niebla se produce en el caso del oxígeno aun cuando el gas esté a
temperatura ordinaria, siempre que le demos tiempo para perder el calor que
adquiere de la compresión. Este hecho ha sido demostrado por experimentos
realizados el sábado 16 de diciembre en el laboratorio de química de la Escuela
Normal Superior ante varios profesores y eruditos, entre los cuales estaban
algunos miembros de la Academia de Ciencias.
Había esperado encontrar en París, junto con los materiales necesarios para
producir frío extremo (monóxido de nitrógeno o ácido carbónico líquido), una
bomba con la que pudiera reemplazar el aparato compresor que había instalado en
Chátillon-sur-Seine. Por desgracia, no pude obtener en París una bomba
convenientemente instalada y adecuada para esta clase de experimentos, y me veo
obligado a traer a Chátillon-sur-Seine los agentes de refrigeración que son
necesarios para recolectar la sustancia condensada sobre las paredes del
tubo.
Para determinar si el oxígeno y el óxido de carbono están en estado líquido o
sólido en la niebla que se observa, bastaría un experimento óptico, lo que es
más fácil planear que ejecutar, a causa de la forma y espesor del tubo que
contiene la sustancia. Algunas reacciones químicas nos permiten estar seguros
de que el oxígeno no es transformado en ozono por compresión. A mí mismo me
reservo el estudio de todas estas cuestiones, con aparatos que ahora estoy
construyendo.
En las mismas condiciones de temperatura y presión, la expansión del hidrógeno
puro, a pesar de ser más rápida, no da trazas de niebla. Queda sólo para mi
estudio, desde este punto de vista, el nitrógeno, que a causa de su pequeña
solubilidad puede considerarse como refractario, probablemente, a todo cambio
de estado.
Estoy muy satisfecho de haber podido realizar de esta manera las predicciones
sobre el oxígeno, expresadas con amabilidad por el señor Berthelot, por lo cual
le doy aquí las gracias.
Miguel
Faraday
Corrientes inducidas [87]
1. El
poder que tiene la electricidad de tensión, de producir en su vecindad un
estado eléctrico opuesto, se expresa con el término general de inducción.
Dado que este término fue bien recibido en el lenguaje científico, merece
generalizarse en igual sentido para expresar el poder, que las corrientes
eléctricas seguramente poseen, de producir un estado particular en los cuerpos
de su inmediata vecindad, que de otra manera quedarían indiferentes. Con este
significado me propongo emplearla en el presente opúsculo.
2. Ciertos efectos de la inducción de las corrientes eléctricas ya
han sido examinados y descritos, como, por ejemplo, los efectos de imanación,
los experimentos de Ampère consistentes en aproximar un disco de cobre a una
espiral plana; su repetición con electroimanes de los extraordinarios
experimentos de Arago, y quizá algunos otros. Sin embargo, parecía
improbable*que éstos pudieran ser todos los efectos que la inducción por
corrientes es capaz de producir; especialmente si se tiene en cuenta que, excepto
el hierro, la mayoría de ellos desaparece, mientras que infinidad de cuerpos
que presentan evidentes fenómenos de inducción por la electricidad de tensión
no han sido investigados aún respecto a la inducción por corrientes eléctricas.
3. Además, aunque adoptemos la hermosa teoría de Ampère, u otra, y
a pesar de cualquier reserva mental que hagamos, resultaría muy extraño
—estando cada corriente acompañada por la correspondiente intensidad de su
acción magnética perpendicular a la corriente— que colocando dentro de la
esfera de esta acción buenos conductores eléctricos no se produjeran en ellos
corrientes inducidas, o no revelaran algún efecto sensible equivalente en
fuerza a tal corriente.
4. Estas consideraciones con sus consecuencias, y la esperanza de
obtener electricidad conforme al magnetismo ordinario, me han estimulado varias
veces a investigar experimentalmente el efecto inductivo de las corrientes
eléctricas. Últimamente he llegado a resultados positivos, y no sólo fueron
colmadas mis esperanzas, sino que obtuve también una clave que me permitió dar
la entera explicación del fenómeno magnético de Arago y descubrir un nuevo
estado que debe de tener, probablemente, una gran influencia sobre algunos de
los efectos más importantes de las corrientes eléctricas.
5. Me propongo describir estos resultados, no como han sido
obtenidos, sino en forma de proporcionar una reseña de conjunto lo más concisa
posible.
Inducción de corrientes eléctricas
6. Cerca de 26 pies de alambre de cobre de un vigésimo de pulgada
de diámetro fueron enrollados alrededor de un cilindro de madera en forma de
hélice, cuyas espiras estaban impedidas de formar contacto mediante la
intercalación de hilos retorcidos. Esta hélice fue cubierta con tela de
algodón, aplicando luego un segundo alambre de la misma manera. Fueron
superpuestas de este modo doce hélices, cada una de las cuales contenía un
alambre de 27 pies de largo, más o menos, enrollados todos ellos en la misma
dirección. La primera, tercera, quinta, séptima, novena y undécima de estas
hélices fueron conectadas extremo con extremo, de modo que formaban una hélice.
Las otras fueron conectadas de una manera similar, obteniéndose así dos hélices
generales, estrechamente intercaladas con la misma dirección, cada una de 155 pies
de largo, sin tocarse en parte alguna.
7. Una de estas hélices fue conectada con un galvanómetro, y otra
con una batería voltaica bien cargada de diez pares de placas cuadradas de 4
pulgadas de lado, siendo las de cobre dobles. Sin embargo, ni la más leve
desviación pudo observarse en la aguja del galvanómetro.
8. Se construyó una hélice compuesta similar, que constaba de seis
alambres de cobre y seis alambres de hierro dulce. La hélice de hierro contenía
214 pies de alambre, y la de cobre 208 pies. Pero, al pasar la corriente del
recipiente a través de la hélice de cobre o la de hierro, no se podía observar
efecto alguno en el galvanómetro.
9. En éste y otros muchos experimentos análogos, no había
diferencia alguna, en el efecto de cualquier índole, entre el hierro y otros
metales.
10. Un alambre de cobre de 203 pies fue enrollado alrededor de un
gran bloque de madera; otro similar de 203 pies fue ínter calado en forma de
hélice entre las espiras de la primera bobina, impidiendo el contacto metálico
en todas partes, mediante hilo retorcido. Una de estas hélices fue conectada
con un galvanómetro, y la otra, con una batería bien cargada de cien pares de
placas, de 4 pulgadas de lado, con cobres dobles. Al hacer el contacto, se
produjo en el galvanómetro un efecto repentino y muy débil, habiendo también un
leve efecto similar, al romperse el contacto con la batería. Pero mientras la
corriente voltaica continuaba atravesando una hélice, no han podido observarse
fenómenos galvanométricos ni otros efectos de la inducción sobre la otra
hélice, a pesar de que la energía activa de la batería fuera muy grande, cosa
que fue comprobada por el calentamiento de la totalidad de su propia hélice y
por la brillantez de la descarga hecha por medio de puntas de carbón.
11. La repetición de estos ensayos con una batería de ciento veinte
pares de placas no produjo otros efectos; pero se estableció, en ambos casos,
que la leve desviación de la aguja que ocurre en el momento de completar la
conexión se efectuaba siempre en una dirección y que la desviación también
débil ocurrida en el momento de cortar el contacto se realizaba en otra
dirección, y que estos efectos se producían también al usar las primeras
hélices (6, 8).
12. Los resultados que había obtenido en esta época con imanes me
indujeron a creer que la corriente de la batería a través de un alambre
producía en realidad otra corriente similar a través de otro alambre, pero que
ésta sólo duraba un instante, y que se parecía más a la onda provocada por la
descarga de una botella de Leiden común que a la corriente de una batería
voltaica, y que, por lo tanto, debería ser capaz de imanar una aguja de acero,
aunque ella afectara escasamente al galvanómetro.
13. Esta hipótesis fue corroborada, pues al sustituir el
galvanómetro por una pequeña hélice hueca, formada alrededor de un tubo de
vidrio, introduciendo una aguja de acero, estableciendo un contacto, como
antes, entre la batería y el alambre inductor (7, 10) y retirando luego la
aguja antes de interrumpir el contacto de la batería, se la encontró imanada.
14. Al establecer primero el contacto de la batería, introduciendo
después una aguja no magnetizada en la pequeña hélice indicadora (13) y
suprimiendo por fin el contacto de la batería, la aguja se halló magnetizada en
un grado aparentemente igual que antes, pero con los polos invertidos.
15. Los mismos efectos se produjeron cuando se usaron las hélices
compuestas, descritas al principio (6, 8).
16. Cuando la aguja no magnetizada fue colocada en la hélice
indicadora, antes de establecer el contacto del alambre inductor con la
batería, permaneciendo en esta posición hasta que el contacto fuera suprimido,
se revelaba poco magnetismo o nada, habiéndose casi neutralizado el primer
efecto por el segundo (13, 14). La fuerza de la corriente inducida al
establecer contacto se mostraba siempre superior a la de la corriente inducida
al cortarlo; por consiguiente, si el contacto se cerraba y abría muchas veces,
en orden sucesivo, mientras la aguja permanecía en la hélice indicadora,
aquélla resultaba tan magnetizada como si sólo hubiera obrado sobre la misma
corriente inducida al establecer el contacto. Este efecto puede ser debido a la
llamada acumulación en los polos de la pila no conectada, la que hace la
corriente, cuando se establece primero el contacto, más poderosa de lo que
resulte más tarde, en el momento de cortarlo.
17. Si el circuito entre la hélice o alambre bajo inducción y el
galvanómetro o la espiral indicadora no se cerraba antes de
establecer o interrumpir la conexión entre la batería y el alambre inductor,
entonces no se percibía efecto alguno en el galvanómetro. De este modo, si se
establecían primero las comunicaciones de la batería, conectando luego el
alambre bajo inducción con la hélice indicadora, no se notaba fuerza magnética
alguna. Pero al mantener todavía estas conexiones, cuando se interrumpían
aquéllas con la batería, se formaba un imán en la hélice, pero de la segunda
clase (14), es decir, con polos que indican una corriente en la misma dirección
que la de la corriente de la batería, o de la corriente que siempre se induce
al cortar la de la batería inducida por esa corriente en su cesación.
18. En los experimentos precedentes, los alambres se colocaron unos
cerca de otros, y cuando se deseaba obtener el efecto inductivo, se establecía
el contacto del alambre inductor con la batería; pero, como debía suponerse que
el efecto particular sólo se produce en los momentos de cerrar y abrir el
contacto, la inducción se realizó de otro modo. Un alambre de cobre de varios
pies fue desplegado en forma de anchos zigzags, semejantes a la letra W, sobre
la superficie de una tabla extensa; un segundo alambre se extendió, en forma
precisamente similar, sobre otra tabla, de modo que, después de aproximarlos
uno al otro, los dos alambres podían tocarse en todas partes, a menos que se
interpusiera una hoja de papel grueso. Uno de estos alambres fue conectado con
el galvanómetro, y el otro con una batería voltaica; el primero se hizo mover
luego hacia el segundo, y a medida que se le aproximaba, la aguja se desviaba.
Alejándolo luego, la aguja se desviaba en sentido opuesto. Aproximando y
alejando los alambres con el mismo ritmo que las vibraciones de la aguja, éstas
aumentaban; pero cuando los alambres cesaban de moverse, es decir, cuando
dejaban de acercarse o alejarse, la aguja del galvanómetro pronto volvía a su
posición normal.
19. Cuando los alambres se aproximaban, la corriente inducida se
producía en dirección contraria a la corriente inductora,
mientras que al alejarse los mismos la corriente inducida tenía la
misma dirección que la corriente inductora. Pero permaneciendo los
alambres en posición fija, no había corriente inducida.
20. Al introducir un pequeño dispositivo voltaico en el circuito
entre el galvanómetro (10) y su hélice o alambre, para producir una desviación
permanente de 30 a 40° de la aguja, y conectar luego la batería de cien pares
de placas con el alambre inductor, aparecía una acción instantánea como antes
(11); pero la aguja del galvanómetro volvía a ocupar inmediatamente su lugar y
lo mantenía inalterado, a pesar del continuo contacto del alambre inductor con
la batería. Tal fue el caso, cualesquiera que fuese la forma en que se hicieron
los contactos (33).
21. De ahí parecería que las corrientes colaterales, tanto en la
misma dirección como en la opuesta, no ejercen una sobre otra un poder
permanente de inducción que afecte a su cantidad o tensión.
22. No pude obtener ningún efecto sobre la punta de la lengua, ni
chispa o calentamiento de un alambre finó o de carbón, que indicara el paso de
electricidad a través del alambre bajo inducción; tampoco pude obtener efecto
químico alguno, a pesar de que los contactos con soluciones metálicas y de
otras clases se abrieron y cerraron alternadamente con los de la batería, de
modo que el segundo efecto de la inducción no se oponía o neutralizaba al
primero (13, 16).
23. Esta deficiencia del efecto no se debe a que la corriente
eléctrica inducida no puede atravesar los fluidos, sitio quizá a su breve
duración y débil intensidad, pues al introducir dos grandes placas de cobre en
el circuito del lado inducido (20), estando las placas sumergidas en salmuera,
pero impedidas de entrar en contacto una con otra por un paño interpuesto, el
efecto en el galvanómetro indicador o en la hélice se reveló como antes. La electricidad
inducida ha podido pasar también a través de una cubeta - voltaica (20). Sin
embargo, cuando la cantidad del fluido interpuesto se redujo a una gota, el
galvanómetro no dio indicación alguna.
24. Las tentativas para obtener efectos similares mediante el uso
de alambres portadores de electricidad ordinaria fueron dudosas en los
resultados. Se recurrió a una hélice compuesta, parecida a la ya descrita, con
ocho hélices elementales (6). Cuatro de las hélices tenían sus extremos
similares atados con alambre, y los dos terminales generales así obtenidos
fueron conectados con la pequeña hélice magnetizante, que contenía una aguja no
imanada (13). Las otras cuatro hélices fueron reunidas en forma similar, pero
sus extremos se conectaron con una botella de Leiden. Al pasar la descarga, la
aguja se reveló como un imán, pero parecía probable que una parte de la
electricidad de la botella hubiera pasado por la pequeña hélice, magnetizando
así la aguja. No había, en realidad, razón alguna para esperar que la electricidad
de una botella que posee, por cierto, una gran tensión no se propague a través
de todos los cuerpos metálicos interpuestos entre los revestimientos.
25. Todavía no puede deducirse que la descarga de la electricidad
ordinaria, a través de un alambre no produzca fenómenos análogos a los que
nacen de la electricidad voltaica; pero como parece imposible separar los
efectos producidos en el momento en que la descarga comienza a pasar, de los
efectos iguales y contrarios, producidos al cesar de pasar la misma (16), dado
que en el caso de la electricidad ordinaria estos períodos son simultáneos,
puede haber escasamente una esperanza de percibirlos en esta clase de
experimentos,
26. De ahí es evidente que las corrientes de la electricidad
voltaica presentan fenómenos de inducción algo semejantes a los producidos por
la electricidad de tensión, a pesar de que, como se verá más adelante, existen
entre ellas muchas diferencias. El resultado es la producción de otras
corrientes (pero que son sólo momentáneas) paralelas o tendentes al paralelismo
con la corriente inductora. Con respecto a los polos de la aguja formada en la
hélice indicadora (13, 14) y a las desviaciones de la aguja galvanométrica
(11), se ha observado en todos los casos que la corriente inducida, producida
por la primera acción de la corriente inductora, tenía dirección contraria a la
de ésta última, pero que la corriente producida por la cesación de la corriente
inductora tenía la misma dirección (19). A fin de evitar perífrasis, propongo
llamar, a esta acción de la comente derivada de la batería voltaica,
inducción voltaeléctrica.
Jaime
Clerk Maxwell
Consideraciones sobre el campo electromagnético [88]
Consideraremos
ahora otro fenómeno observado en el campo electromagnético. Cuando se mueve un
cuerpo a través de las líneas de fuerza magnética, experimenta lo que se llama
una fuerza electromotriz; las dos extremidades del cuerpo tienden a cargarse de
electricidades contrarias, y una corriente eléctrica tiende a fluir a través
del cuerpo. Cuando la fuerza electromotriz es suficientemente poderosa y se la
hace actuar sobre ciertos cuerpos compuestos, los descompone, y obliga a uno de
sus componentes a moverse hacia un extremo del cuerpo y al otro en dirección
opuesta.
Tenemos aquí la evidencia de una fuerza que produce una corriente eléctrica
venciendo la resistencia; que electriza los extremos de un cuerpo con cargas
opuestas, circunstancia que sólo es producida por la fuerza electromotriz y
que, tan pronto como desaparece dicha fuerza, tiende, con una fuerza igual y
opuesta, a producir a través del cuerpo una contracorriente para restablecer su
estado eléctrico primitivo; y que, finalmente, si es bastante poderosa,
descompone sustancias químicas y lleva sus componentes en direcciones opuestas,
en contra de su tendencia natural a combinarse, y a combinarse con una fuerza
que puede generar una fuerza electromotriz en dirección opuesta.
Ésta es entonces una fuerza que actúa sobre un cuerpo, causada por su
movimiento a través del campo electromagnético, o por cambios que ocurren en
ese campo mismo y el efecto de la fuerza es el de producir una corriente y
calentar el cuerpo, o de descomponer al cuerpo, o, cuando no puede hacer otra
cosa, de generar en él un estado de polarización eléctrica, estado de coacción
en el cual los extremos opuestos se electrizan con cargas contrarias, y del
cual el cuerpo tiende a liberarse tan pronto como desaparece la fuerza perturbadora.
De acuerdo con la teoría que me propongo explicar, esta fuerza electromotriz es
la fuerza que entra en juego durante la comunicación de movimiento de una parte
del medio a otra, y es por intermedio de esta fuerza como el movimiento de una
parte causa movimiento en otra parte. Cuando la fuerza electromotriz actúa
sobre un circuito conductor, produce una corriente que, si encuentra
resistencia, ocasiona una transformación continua de energía eléctrica en
calor, que no es susceptible de ser transformada de nuevo en energía eléctrica
por ninguna inversión del proceso.
Pero cuando la fuerza electromotriz actúa sobre un dieléctrico, produce un
estado de polarización de sus partes, semejante en distribución a la polaridad
de las partes de una masa de hierro bajo la influencia de un imán, y, como la
polarización magnética, se puede describir como un estado en que cada partícula
tiene sus polos opuestos en condiciones opuestas.
En un dieléctrico bajo la acción de una fuerza electromotriz, podemos imaginar
que la electricidad está desplazada en cada molécula de modo tal que un lado se
ha hecho eléctricamente positivo y el otro negativo, pero que la electricidad
permanece totalmente ligada a la molécula, y no pasa de una molécula a otra. El
efecto de esta acción es el de producir un desplazamiento general de la
electricidad en cierta dirección. Este desplazamiento no llega a ser una
corriente, porque cuando ha alcanzado cierto valor permanece constante, pero es
el comienzo de una corriente, y sus variaciones constituyen corrientes en la
dirección positiva o negativa, según que el desplazamiento aumente o disminuya.
En el interior del dieléctrico no hay indicio de electrización, porque la
electrización de la superficie de una molécula está neutralizada por la electrización
opuesta de la superficie de las moléculas que están en contacto con ella; pero
en la superficie limitante del dieléctrico, donde la electrización no está
neutralizada, encontramos fenómenos que indican electrización positiva o
negativa.
La relación entre la fuerza electromotriz y el valor del desplazamiento
eléctrico que produce depende de la naturaleza del dieléctrico, produciendo la
misma fuerza electromotriz, por lo general, mayor desplazamiento eléctrico en
dieléctricos sólidos, tales como vidrio o azufre, que en el aire.
Aquí observamos entonces otro efecto de la fuerza electromotriz, a saber,
desplazamiento eléctrico, que de acuerdo con nuestra teoría, es una especie de
deformación elástica, bajo la acción de la fuerza, semejante a la que se
produce en estructuras y máquinas, debido a la falta de rigidez perfecta en las
conexiones.
La investigación práctica de la capacidad inductiva de los dieléctricos se hace
dificultosa a causa de dos fenómenos perturbadores. El primero es la
conductibilidad del dieléctrico, que si bien en muchos casos es excesivamente
pequeña, no es del todo despreciable. El segundo es el fenómeno llamado
absorción eléctrica, en virtud del cual, cuando el dieléctrico se expone a una
fuerza electromotriz, el desplazamiento eléctrico crece gradualmente, y cuando
la fuerza electromotriz desaparece, el dieléctrico no vuelve instantáneamente a
su estado primitivo, sino que sólo descarga una parte de sus electrización, y
si es abandonado a sí mismo, adquiere gradualmente electrización en su
superficie, a medida que el interior se va despolarizando paulatinamente.
Casi todos los dieléctricos sólidos muestran este fenómeno, que da origen a la
carga residual en las botellas de Leiden, y a varios fenómenos en los cables
eléctricos, descritos por el señor F. Jenkin.
Tenemos aquí otras dos clases de deformaciones junto a la deformación del
dieléctrico perfecto, que hemos comparado a un cuerpo perfectamente elástico.
La deformación debida a la conductibilidad puede ser comparada a la de un
fluido viscoso (es decir, un fluido que tiene gran ficción interna), o a un
sólido blando sobre el cual la fuerza más pequeña produce una alteración
permanente de la forma, que aumenta con el tiempo durante el cual actúa la
fuerza. La deformación debida a la absorción eléctrica puede compararse a la de
un cuerpo elástico alveolar que contiene un fluido espeso en sus cavidades. Un
cuerpo tal, cuando se somete a presión, es comprimido gradualmente debido a la
deformación paulatina del fluido espeso; y cuando la presión cesa, no recobra
inmediatamente su forma porque la elasticidad de la sustancia del cuerpo tiene
que vencer paulatinamente la tenacidad del fluido antes de poder recuperar el
equilibrio completo.
Varios cuerpos sólidos en los cuales no se puede encontrar una estructura como
la que hemos supuesto, parecen poseer una propiedad mecánica de esta clase; y
parece probable que las mismas sustancias, si son dieléctricas, posean la
propiedad eléctrica análoga, y si son magnéticas, tengan propiedades correspondientes
respecto a la adquisición, retención y pérdida de polaridad magnética.
Por lo tanto, parece que ciertos fenómenos de electricidad y magnetismo llevan
a la misma conclusión que los de la óptica, a saber, que hay un medio etéreo
que ocupa todos los cuerpos, y sólo está modificado levemente por su presencia;
que las partes de este medio son susceptibles de ser puestas en movimiento por
corrientes eléctricas e imanes; que ésta se comunica de una parte del medio a
otra por fuerzas que provienen de las conexiones de esas partes; que bajo la
acción de estas fuerzas hay cierta deformación que depende de la elasticidad de
estas conexiones; y que por ello la energía puede existir en el medio en dos
formas diferentes, siendo una de las formas la energía actual del movimiento de
sus partes y la otra la energía potencial almacenada en las conexiones, en
virtud de su elasticidad.
De esta manera nos vemos conducidos a la concepción de un complicado mecanismo,
susceptible de una gran variedad de movimientos, pero al mismo tiempo
organizado de tal manera que el movimiento de una parte depende, de acuerdo con
relaciones definidas, del movimiento de otras partes, siendo comunicados estos
movimientos por fuerzas que provienen del desplazamiento relativo de las partes
conectadas, en virtud de su elasticidad.
Un mecanismo tal debe estar sujeto a las leyes generales de la dinámica y
deberíamos estar en condiciones de extraer todas las consecuencias de su
movimiento, supuesto que conocemos la forma de la relación entre los
movimientos de las partes.
Sabemos que si se establece una corriente eléctrica en un circuito conductor,
la zona vecina del campo está caracterizada por ciertas propiedades magnéticas,
y que si dos circuitos se hallan en el campo, las propiedades magnéticas del
campo, debido a ambas corrientes, están combinadas. Así, cada parte del campo
está en conexión con ambas corrientes, y las dos corrientes están conectadas
entre sí en virtud de su conexión con la magnetización del campo. El primer
resultado de esta conexión que me propongo examinar es la inducción de una
corriente por otra, y por el movimiento de conductores en el campo.
El segundo resultado, que se deduce de éste, es la acción mecánica entre
conductores en los cuales circulan corrientes. El fenómeno de la inducción de
corrientes ha sido deducido de su acción mecánica por Helmholtz y Thomson. Yo
he seguido el orden inverso, y he deducido la acción mecánica a partir de las
leyes de inducción. Además he descrito métodos experimentales para determinar
las cantidades L, M, N, de las cuales dependen estos
fenómenos.
Luego aplico los fenómenos de inducción y atracción de corrientes a la
exploración del campo electromagnético, y al trazado de sistemas de líneas de
fuerza magnética que expresan sus propiedades magnéticas. Explorando el mismo
campo con un imán, he mostrado la distribución de sus superficies magnéticas
equipotenciales, que cortan perpendicularmente a las líneas de fuerza.
A fin de sintetizar estos resultados en el conciso lenguaje de las matemáticas,
los expongo en las ecuaciones generales del campo electromagnético. Estas
ecuaciones expresan:
A. La relación entre desplazamiento eléctrico, conducción verdadera
y corriente total compuesta de ambas.
B. La relación entre las líneas de fuerza magnética y los
coeficientes de inducción de un circuito, como ya se ha deducido de las leyes
de inducción.
C. La relación entre la intensidad de una corriente y sus efectos
magnéticos, de acuerdo con el sistema electromagnético de medidas.
D. El valor de la fuerza electromotriz originada en un cuerpo por
el movimiento de éste en el campo, la alteración del campo mismo, y la
variación del potencial eléctrico de un punto a otro del campo.
E. La relación entre el desplazamiento eléctrico y la fuerza
electromotriz que lo produce.
F. La relación entre una corriente eléctrica y la fuerza
electromotriz que la produce.
G. La relación entre la cantidad de electricidad libre en un punto
y los desplazamientos eléctricos en sus proximidades.
H. La relación entre el aumento o disminución de la electricidad
libre y las corrientes eléctricas en sus proximidades.
Hay en total veinte de estas ecuaciones, en las que figuran veinte cantidades
variables.
Enrique
Hertz
Ondas eléctricas[89]
Las
ondas cortas fueron excitadas de la misma manera que las largas. El conductor
primario puede ser descrito simplemente de la siguiente manera: Imagínese un
cuerpo cilíndrico de bronce, de 3 centímetros de diámetro y 26 de longitud,
interceptado en la mitad de su largo por la abertura generadora de chispas,
cuyos polos están formados por dos esferas de 2 centímetros de radio. La
longitud del conductor es aproximadamente igual a la mitad de la longitud de
onda de la correspondiente oscilación en alambres rectos; estamos, pues, en
condiciones de determinar en seguida, en forma aproximada, el período de
oscilación. Es esencial que la superficie de los polos sea frecuentemente
pulida, y que también durante los experimentos sea protegida de la iluminación
causada por las descargas laterales simultáneas, pues de otro modo no se
excitan las oscilaciones. Siempre puede saberse si el generador de chispas se
encuentra en estado satisfactorio, fijándose en la apariencia y en el sonido de
las chispas. La descarga es conducida a las dos mitades del conductor por medio
de dos alamares cubiertos de gutapercha, que se conectan cerca del generador de
chispas a ambos lados del mismo. En lugar del gran carrete de Ruhmkorff, hallé
más conveniente usar una pequeña bobina de inducción de Keiser y Schmidt; las
chispas más largas que daba, entré puntas, eran de 4,5 centímetros. Estaba
alimentada por la corriente de tres acumuladores, y producía, entre las dos
esferas del conductor primario, chispas de 1 a 2 centímetros. Para los experimentos,
la abertura de éste se redujo a 3 milímetros.
Aquí también las pequeñas chispas inducidas en un conductor secundario eran los
medios para investigar las fuerzas eléctricas en el espacio. Como antes, usé
parcialmente un circuito que podía girar sobre sí mismo, y cuyo período de
oscilación era aproximadamente igual al del conductor primario. Era de alambre
de cobre de 1 milímetro de espesor, y en la presente circunstancia sólo tenía
7,5 centímetros de diámetro. En un extremo del alambre se encontraba una esfera
pulida de bronce, de pocos milímetros de diámetro; el otro terminaba en punta,
y por medio de un tornillo fino, y aislado del alambre, podía ser llevado a una
distancia muy pequeña de la esfera de bronce. Como fácilmente se comprenderá,
aquí se trataba de chispas que sólo tenían pocas centésimas de milímetro de
longitud, y después de una pequeña práctica uno juzga más por la brillantez,
que por la longitud de las chispas.
El conductor circular da sólo un efecto diferencial, y no es adaptable para su
uso en la línea focal de un espejo cóncavo. Por ello, gran parte del trabajo
fue ejecutado con otro conductor, dispuesto de la siguiente manera: dos piezas
rectas de alambre, cada una de 5 milímetros de diámetro y 50 centímetros de
longitud, fueron ajustadas en línea recta, de manera que sus extremos cercanos
se hallaban a 5 centímetros de distancia. De estos extremos salían dos alambres
de 15 centímetros de longitud y 1 milímetro de diámetro, paralelos entre sí y
perpendiculares a los primeros, conectados en su otro extremo a un excitador de
chispas, como en el conductor circular. En este conductor se dejó de lado la
acción de resonancia, acción que en realidad apenas entra en juego en este
caso. Hubiera sido más simple colocar el excitador en el medio del alambre
recto, pero entonces el observador no habría podido manejar y contemplar el
generador en el foco del espejo sin obstruir la abertura. Por esta razón, el
dispositivo descrito más arriba fue elegido con preferencia al otro que, en sí,
habría sido más ventajoso.
La producción del rayo
Si el oscilador primario se coloca ahora en un espacio libre bastante grande,
con la ayuda del conductor circular se pueden revelar, en sus inmediaciones, en
escala más reducida, todos los fenómenos que ya he observado y descrito en la
vecindad de una oscilación más grande. La mayor distancia a la cual se podían
percibir chispas en el conductor secundario era de 1,5 metros, y cuando el
generador de chispas primario estaba en perfectas condiciones, de 2 metros a lo
sumo. Si se coloca una placa reflectora plana a una distancia conveniente, a un
lado del oscilador primario, paralelamente a él, la acción sobre el lado
opuesto es reforzada. Más precisamente: si la distancia es muy pequeña, o algo
mayor de 30 centímetros, la placa debilita el efecto, pero lo aumenta
fuertemente a distancias de 8 a 15 centímetros, débilmente a unos 45
centímetros, y a mayores distancias no ejerce influencia. Hemos llamado la
atención sobre este fenómeno en una memoria anterior, y concluimos que la
oscilación primaria tiene una semilongitud de onda de unos 30 centímetros. Era
de esperar que se encontrara un refuerzo aún mayor reemplazando la superficie
plana por un espejo cóncavo en forma de cilindro parabólico, en cuya línea
focal se hallara el eje de la oscilación primaria. La distancia focal del
espejo debía ser la mínima posible, para concentrar eficazmente la acción. Pero
a fin de que la onda directa no anulase inmediatamente la acción de la onda
reflejada, la distancia focal no debía ser mucho menor que un cuarto de
longitud de onda. Por ello elegí una distancia focal de 12,5 centímetros, y
construí el espejo curvando una lámina de cinc de 2 metros de largo, 2 metros
de ancho y 0,5 milímetros de espesor, sobre un marco de madera que tenía la
forma deseada. La altura del espejo era entonces de 2 metros, el ancho de su
abertura de 1,2 metros y la profundidad de 70 centímetros. El oscilador
primario se fijó en el centro de la línea focal. Los cables que conducían la
descarga atravesaban el espejo.
La bobina de inducción y las pilas se colocaron entonces detrás del espejo,
para que no obstruyeran el paso. Si investigamos ahora la proximidad del
oscilador con nuestros conductores, vemos que no hay acción detrás y a ambos
lados del espejo; pero en la dirección del eje óptico del espejo las chispas se
pueden percibir hasta una distancia de 5 a 6 metros. Si una superficie
conductora plana se colocaba de tal manera que interceptara bajo ángulo recto a
las ondas progresivas, las chispas podían percibirse en su vecindad a mayores
distancias aún: unos 9 a 10 metros. Las ondas reflejadas por la superficie
conductora fuerzan las ondas progresivas en ciertos puntos. En otros puntos,
también aquí ambos conjuntos de ondas se debilitan mutuamente. Enfrente de la
pared plana se pueden reconocer, con el conductor rectilíneo, máximos y mínimos
muy netos, y con el conductor circular, los característicos fenómenos de
interferencia de las ondas estacionarias que he descrito en una memoria
anterior. Pude distinguir cuatro puntos nodales, que estaban situados, uno en
la pared, y los otros a 33, a 65 y a 98 centímetros de la misma. Obtenemos,
pues, 33 centímetros como valor más aproximado de la semilongitud de onda de
las ondas empleadas, y 1,1 cienmillonésimas de segundo para su período de
oscilación, admitiendo que se propagan con la velocidad de la luz. En alambres,
la oscilación dio una longitud de onda de 29 centímetros. Entonces parece que
estas ondas cortas tienen algo menor velocidad en alambres que en el aire; pero
la razón entre ambas velocidades se acerca mucho al valor teórico —la unidad— y
no difiere de ella tanto como parecía probable de acuerdo con nuestros
experimentos sobre ondas más largas. Este notable fenómeno aún necesita
explicación. Teniendo en cuenta que los fenómenos sólo se presentan en la
proximidad del eje óptico del espejo, hablaremos del resultado producido
diciendo que es un rayo eléctrico que proviene del espejo cóncavo.
Construí luego un segundo espejo, exactamente igual al primero, y le adapté el
conductor secundario rectilíneo en tal forma que los dos alambres de 50
centímetros de largo se hallaban en la línea focal, y los dos alambres
conectados al generador de chispas pasaban directamente a través de la pared
del espejo, sin tocarlo. El generador de chispas estaba entonces situado
directamente detrás del espejo, y el observador podía ajustarlo y examinarlo
sin obstruir el curso de las ondas. Interceptando el rayo con este aparato,
tenía la esperanza de poderlo observar a mayores distancias aún; y la
experiencia demostró que no estaba equivocado. En las habitaciones de que
disponía, pude ahora percibir las chispas de un extremo a otro. La mayor
distancia a la cual pude seguir el rayo haciendo construir una puerta, fue de
16 metros; pero de acuerdo con el resultado de los experimentos de reflexión
(que más adelante describiré), no cabe duda de que se podrán obtener de todos
modos chispas a más de 20 metros de distancia en espacios abiertos. Para los
restantes experimentos no son necesarias distancias tan grandes, y es
conveniente que las chispas en el conductor secundario no sean demasiado
débiles. Para la mayoría de los experimentos la distancia más adecuada es de 6
a 10 metros. Describiremos ahora los fenómenos simples que se pueden efectuar
con el rayo sin dificultad. Si no se expresa lo contrario, debe entenderse que
las líneas focales de ambos espejos son verticales.
Propagación rectilínea
Si se coloca una pantalla de cinc de 2 metros de alto y de 1 metro de ancho en
la línea recta que une ambos espejos, y en ángulo recto con la dirección de la
propagación de los rayos, las chispas secundarias desaparecen totalmente. Una
sombra también completa es arrojada por una pantalla de papel de estaño, o de
oro. Si un ayudante camina a través del recorrido del rayo, el generador de
chispas secundario se apaga tan pronto como el rayo es interceptado, y brilla
otra vez cuando aquél se aleja del camino. Los aisladores no detienen el rayo,
el cual pasa a través de un tabique de madera o de una puerta y uno ve
aparecer, no sin sorpresa, las chispas en una habitación cerrada. Si dos
pantallas conductoras de 2 metros de alto por 1 de ancho se colocan
simétricamente a izquierda y derecha del rayo y perpendicularmente al mismo, no
interferirán con las chispas secundarias, mientras el ancho de la abertura no
sea menor que la de los espejos, o sea alrededor de 1,2 metros. Si se disminuye
la abertura, las chispas se debilitan, y desaparecen cuando aquélla se reduce a
0,5 metros. También desaparecen si la abertura es de 1,2 metros, pero se
desplaza hacia un lado de la recta que une los espejos. Si el eje óptico del
espejo que contiene el oscilador se hace rotar a la izquierda o a la derecha en
10° de su debida posición, las chispas se debilitan, y desaparecen cuando llega
a los 15°.
No hay ningún límite geométrico definido para el rayo o las sombras; es fácil
producir fenómenos que corresponden a la difracción. Sin embargo, no he tenido
éxito al tratar de observar máximos y mínimos en el borde de las sombras.
Guillermo
Crookes
Algunas propiedades de los rayos catódicos[90]
En
los tubos de vacío ordinarios, iluminados por corrientes de inducción, los
fenómenos luminosos siguen la forma del tubo en todas sus curvas y ángulos; un
tubo espiral se ilumina con la misma facilidad que si fuera recto. No pasa lo
mismo, sin embargo, con los fenómenos de fosforescencia verde observables en
los de alto vacío. El rayo molecular [91] que da
origen a la luz verde se niega en absoluto a doblar un ángulo, y se irradia
desde el polo negativo en líneas rectas, proyectando sombras intensas y de
forma bien definida, de cuanto objeto se le ponga al paso. En un tubo en U con
los polos en los extremos, una de las ramas tendrá un verde brillante, la otra
será oscura, y la luz terminará bruscamente en la curva del vidrio, sobre la
cual se proyecta una sombra. No he podido notar ningún rastro de polarización
en la verde luz fosforescente sobre la superficie del vidrio, excepto, por
supuesto, cuando emerge en ángulo a través del costado del tubo de
vidrio.
La proyección desde el polo negativo de una sombra que se tornaba visible
mediante una imagen de forma definida, parecía merecer un examen más minucioso.
Fue construido un tubo como el que se representa en la figura 30. En el centro,
dividiendo el tubo en dos partes casi iguales, hay una fina pantalla de
mica, aa, que encaja sueltamente en un canal que circunda al
tubo. De un lado, éste lleva una placa plana de vidrio de uranio, de 0,5
milímetros de espesor; c es una pieza de hoja de aluminio en
forma de estrella, con un terminal de platino, y d es una
estrella similar, hecha de mica. En cada extremo del tubo hay dos
terminales, e y h, que son discos planos de
aluminio, y f y g, son puntas del mismo
metal.
Cuando, en cambio, el vacío es suficientemente elevado, como para que el
espacio oscuro alrededor del polo negativo haya llenado toda la extensión del
tubo, hay poca diferencia en los fenómenos de fosforescencia verde y la
proyección de la sombra de c sobre b, cualquiera
que fuere el polo positivo, siempre que e sea el negativo.
Los aspectos son casi del todo los mismos, y las sombras proyectadas desde el
polo negativo e son igualmente intensas y definidas, ya
sea/o h el polo positivo.
En realidad, el polo positivo parece tener muy poco o nada que ver con estos
fenómenos.
Las sombras mejores y más definidas son las arrojadas por los discos
planos e y h. Las proyectadas por los polos
en punta, f y g, son débiles y de contornos
no muy marcados. Un anillo de aluminio apenas si da sombra; un polo esférico,
debido a que los rayos emergentes de él divergen más, da sombras débiles y
anchas, y un polo cuadrado actúa igual que un disco. Usando el polo plano
superior e como negativo, la sombra de la estrella c es
proyectada nítidamente en la placa de uranio 6, donde se la ve aumentada en
irnos dos diámetros, pero en forma bien definida; y su forma no es afectada por
el hecho de que el polo positivo sea /, g o h, o aun la misma
estrella.
Toda la parte superior" del tubo que está en el camino de la proyección
directa del polo negativo brilla con una luz intensa de color verde amarillento.
La placa de uranio está más brillante aún, pero de color verde. Donde la sombra
de la estrella cae sobre ella no se percibe ninguna fosforescencia. El disco de
mica a, donde no está recubierto por la placa de uranio, no da fosforescencia,
y por esto no es visible sobre él sombra alguna. Cuando el polo inferior h se
hace negativo, como para proyectar la sombra de la estrella de mica d, no se ve
en el disco de mica sombra alguna, ni tampoco en la placa de uranio que está
sobre aquél. La delgada hoja de mica impide que el vidrio de uranio se haga
fluorescente bajo la influencia del polo negativo. Otros experimentos, en
cambio, han probado que la estrella de mica da una sombra tan intensa y
definida como la de aluminio, siempre que se use la pantalla conveniente para
recibirla.
Si la estrella de aluminio se convierte en polo positivo, y cualquiera de los
otros es el negativo, aquélla proyecta una imagen de sí misma alargada y algo
distorsionada sobre la parte superior del tubo. Esta imagen no está definida con
nitidez.
La nitidez de las sombras arrojadas por el polo negativo es poco afectada por
la intensidad de la corriente; cuando la chispa es muy fuerte, la sombra se
ensancha un poco.
Ya he formulado anteriormente la teoría de que el espesor del espacio oscuro
que rodea el polo negativo es la medida de la longitud del camino medio
recorrido por las moléculas gaseosas entre dos choques sucesivos. Las moléculas
electrificadas son proyectadas desde el polo negativo con enorme velocidad, que
varía, no obstante, con el grado de vacío y la intensidad de la corriente
inducida.
En el espacio oscuro hay pocas en comparación con las que hay en el límite
luminoso. Cuando el vacío es tan elevado que el camino medio de las moléculas
crece a lo largo del tubo, su velocidad es frenada bruscamente por las paredes
de vidrio, y la consecuencia de esta súbita disminución de velocidad es la
producción de luz. Ésta procede realmente del vidrio, y está causada por
fluorescencia o fosforescencia en el interior o sobre la superficie, y no por
una generación luminosa de las propias moléculas, que se acumulan y se golpean
entre ellas en la superficie del vidrio. Si éste fuera el caso —si las
moléculas fueran focos luminosos—, siempre brillarían igual, cualquiera que
fuere la superficie que las frenara, y su luz mostraría el espectro
característico del gas cuyo residuo forman. Pero no se origina ninguna luz en
el caso de una pantalla de mica o de cuarzo, por más que se acerque al polo
negativo y, hablando en general, diremos que cuanto más fluorescente es el
material de la pantalla, mejor será la luminosidad.
La teoría más apoyada por los experimentos y la que, a pesar de ser nueva, no
es en modo alguno improbable en el presente estado de nuestros conocimientos
sobre las moléculas, es la que sostiene que la fosforescencia verde amarillenta
del vidrio es causada por el impacto directo de las moléculas en la superficie
del mismo. Estas sombras no son ópticas, sino moleculares; sólo que se
manifiestan por un efecto ordinario de iluminación. La nitidez de la sombra,
cuando es proyectada desde un polo ancho, prueba que es molecular.
Guillermo
Conrado Röntgen
Los rayos X [92]
Primera
comunicación
1. Si la descarga de una bobina de inducción bastante grande se
hace pasar a través de un tubo de vacío de Hittorf, o por un tubo de Lenard, o
de Crookes, o por otros aparatos similares, que se hayan evacuado
suficientemente, estando el tubo cubierto con una cartulina negra que le
facilite un hermetismo tolerable, y si todo el aparato se coloca en una pieza
completamente oscura, se observa a cada descarga una brillante iluminación
sobre una pantalla de papel cubierta con platino-cianuro de bario, colocada en
la vecindad de la bobina de inducción; la fluorescencia así producida no
depende del lado de la pantalla (el cubierto o el otro) que esté dirigido hacia
el tubo de descarga. Esta fluorescencia es visible aun cuando la pantalla de papel
se halle a una distancia de 2 metros del aparato.
Es fácil probar que la causa de la fluorescencia procede del aparato de
descarga y no de otro punto del circuito conductor.
2. La característica más notable de este fenómeno es el hecho de
que un agente activo pasa aquí por una envoltura de cartulina negra, que es
opaca a los rayos visibles y ultravioletas del Sol o del arco eléctrico; un
agente que posee, además, la propiedad de producir fluorescencia activa.
Debemos, pues, investigar primero si otros cuerpos tienen también esta
propiedad.
Pronto descubrimos que todos los cuerpos son transparentes a este agente,
aunque en grados muy diferentes. Voy a dar unos poco» ejemplos: El papel es muy
transparente; detrás de un libro encuadernado de unas mil páginas, he notado
que la pantalla fluorescente se iluminaba con brillo, ofreciendo la tinta de la
imprenta apenas un obstáculo digno de mención. De la misma manera, la
fluorescencia apareció detrás de una doble baraja de naipes; un solo naipe
sostenido entre el aparato y la pantalla es casi imperceptible al ojo. Una hoja
de papel de estaño también es apenas perceptible; sólo cuando se han colocado
varias capas una sobre otra, puede distinguirse nítidamente su sombra en la
pantalla. Gruesos bloques de madera son también transparentes, mientras que
tablas de pino de 2 ó 3 centímetros de espesor absorben sólo levemente. Una
placa de aluminio, de casi 15 milímetros de espesor, aunque debilita la acción
seriamente, no hace desaparecer la fluorescencia por completo. Placas de
ebonita, de varios centímetros de grosor, permiten todavía que los rayos las
atraviesen. Placas de vidrio, de igual espesor, se comportan de modo muy
diferente, según que contengan plomo (cristal) o no; el primero es mucho menos
transparente que el segundo. Si se sostiene la mano entre el tubo de descarga y
la pantalla, la sombra más oscura de los huesos se ve dentro de la sombra de la
mano misma, levemente oscura. El agua, el disulfuro de carbono, y varios otros
líquidos, examinados en recipientes de mica, parecen ser también transparentes.
No he podido descubrir, sin embargo, que el hidrógeno sea, en grado
considerable, más transparente que el aire. Detrás de placas de cobre, plata,
plomo, oro y platino, se puede reconocer todavía la fluorescencia, pero sólo si
el espesor de las placas no es demasiado grande. El platino de un espesor de
0,2 milímetros, es aún transparente; placas de plata y cobre pueden ser todavía
más gruesas. El plomo de 1,5 milímetros de espesor, es prácticamente opaco; y a
causa de esta propiedad, este metal es frecuentemente muy útil. Una varilla de
madera, con una sección transversal cuadrada (20 X 20 milímetros), uno de cuyos
lados está pintado de blanco con pintura de plomo, se comporta de diferente
modo, según como se lo sostenga entre el aparato y la pantalla.
Carece casi de acción cuando los rayos X que la atraviesan son paralelos al
lado pintado; mientras que la varilla arroja una sombra oscura cuando dichos
rayos pasan perpendicularmente al lado pintado.
Es de importancia especial, en muchos sentidos, el hecho de que las placas
fotográficas secas sean sensibles a los rayos X. Estamos, por esto, en
condiciones de determinar más precisamente muchos fenómenos, y evitar así más
fácilmente equivocaciones de cualquier índole; por esta razón, en los casos
donde fue posible, he controlado, por medio de la fotografía, cada observación
importante hecha a simple vista mediante la pantalla fluorescente.
En estos experimentos, la propiedad de los rayos de pasar casi sin dificultades
a través de capas de madera, papel y láminas de estaño es de suma importancia.
Las impresiones fotográficas pueden obtenerse en una pieza no oscura con las
placas fotográficas metidas en el portaplacas o envueltas en papel. Por otra
parte, de esta propiedad resultaren consecuencia, que placas no reveladas no
pueden dejarse durante mucho tiempo cerca del tubo de descarga, si sólo están
protegidas por la envoltura usual de cartón y papel.
Sin embargo, es cuestionable que la acción química sobre las sales de plata de
las placas fotográficas sea el efecto directo de los rayos X. Es posible que
esta acción se deba a la luz fluorescente que, como se había observado más
arriba, se produce en la placa de vidrio misma o quizá en la capa de gelatina.
Pueden usarse, con la misma ventaja, tanto las «películas» como las placas de
vidrio.
No he estado aún en condiciones de comprobar experimentalmente que los rayos X
son capaces de producir una acción calorífica; empero, bien podemos admitir que
este efecto exista, puesto que se ha probado la capacidad de los rayos X de
transformarse, por medio de los fenómenos de fluorescencia observada. Es
cierto, por consiguiente, que todos los rayos X que caen sobre una sustancia,
no la abandonan como tales.
La retina del ojo no es sensible a estos rayos. Aun cuando el ojo se aproxime
al tubo de descarga, no observa nada, aunque como lo ha probado el experimento,
los medios contenidos en el ojo deben ser suficientemente transparentes para
transmitir los rayos.
Después de haber reconocido la transparencia de varias sustancias, de espesor
relativamente considerable, me apresuré a observar cómo se comportaban los
rayos X al pasar a través de un prisma, y a investigar si se desviaban o no por
el mismo.
Los experimentos con agua y disulfuro de carbono, contenidos en un prisma de
mica de un ángulo refringente de 30° aproximadamente, no demostraron desviación
alguna, tanto en la pantalla fluorescente como en la placa fotográfica. Para
fines de comparación, se ha observado la desviación de los rayos de la luz
ordinaria, bajo las mismas condiciones, y se ha notado que, en este caso, las
imágenes desviadas caían sobre la placa a unos 10 ó 20 milímetros de distancia
de la imagen directa. Por medio de prismas hechos de ebonita y de aluminio, también
de ángulo refringente de 30° aproximadamente, obtuve imágenes en la placa
fotográfica, en las que quizá pueda notarse una pequeña desviación. Sin
embargo, el hecho es muy incierto; la desviación, si existe, es tan pequeña,
que en todo caso, el índice de refracción de los rayos X en las sustancias
nombradas no puede ser mayor que 1,05, a lo sumo. Con una pantalla fluorescente
tampoco estuve en condiciones de observar desviación alguna.
De todo esto se infiere que los rayos X no pueden concentrarse mediante lentes;
pues ni una gran lente de ebonita ni una lente de vidrio tienen influencia
alguna sobre los mismos. La imagen de sombra de una varilla redonda es más
oscura en el medio que en el borde, mientras que la imagen de un tubo lleno de
una sustancia más transparente que su propio material se presenta, por el
contrario, menos oscura en el medio que en el borde.
En su más reciente investigación, Lenard ha determinado el poder de absorción
de diferentes sustancias para los rayos catódicos, y, entre otras, lo ha
medido, para el aire a la presión atmosférica, obteniendo los valores 4,10,
3,40 y 3,10, referidos a 1 centímetro, según la rarefacción del gas contenido
en el aparato de descarga. Juzgando por la tensión de descarga calculada
conforme a la longitud de las chispas, he tenido que trabajar, en la mayor
parte de mis experimentos, con rarefacciones del mismo orden de magnitud, y
sólo raras veces con mayores o menores. He obtenido éxito al comparar, mediante
el fotómetro de L. Weber —no poseo otro mejor—, las intensidades, tomadas en el
aire atmosférico, de la fluorescencia de mi pantalla a dos distancias del
aparato de descarga, de aproximadamente 100 y 200 milímetros; y he descubierto,
conforme a tres experimentos que concuerdan bien entre sí, que las intensidades
son inversamente proporcionales a los cuadrados de las distancias de la
pantalla contadas a partir del aparato de descarga. De acuerdo con ello, el
aire absorbe una fracción de los rayos X mucho más pequeña que de los rayos
catódicos. Este resultado concuerda completamente con la observación mencionada
más arriba, de que es aún posible descubrir la luz fluorescente a una distancia
de 2 metros del aparato de descarga.
Otras sustancias se comportan, en general, como el aire; son más transparentes
a los rayos X que a los rayos catódicos.
Otra diferencia, más importante aún, entre el comportamiento de los rayos
catódicos y de los rayos X, reside en el hecho de que no pude obtener, a pesar
de mis tentativas, una desviación de los rayos X por un imán, ni siquiera en
campos muy intensos.
La posibilidad de desviación mediante un imán ha servido, hasta el presente,
como propiedad característica de los rayos catódicos; aunque se sabe, por las
investigaciones de Hertz y Lenard, que hay diferentes clases de rayos
catódicos, «que se distinguen uno del otro por su producción de fosforescencia,
por su capacidad de absorción y por su grado de desviación mediante un imán».
Sin embargo, se ha notado, en todos los casos investigados por ellos, una
considerable deflexión, de modo que no creo que esta característica deba ser
desechada, excepto por razones severas.
De acuerdo con los experimentos especialmente proyectados para dilucidar la
cuestión, es evidente que el punto de la pared del tubo de descarga que emite
la más fuerte fluorescencia ha de considerarse como el principal centro de
irradiación de los rayos X en todas direcciones. Los rayos X provienen del
punto donde, conforme a los datos obtenidos por diferentes investigadores, los
rayos catódicos chocan contra la pared de vidrio. Si los rayos catódicos,
dentro del aparato de descarga, se desvían por medio de un imán, se observa que
los rayos X proceden de otro punto, a saber, de aquel que es el nuevo punto
terminal de los rayos catódicos.
Por esta razón, los rayos X, que es imposible desviar, no pueden ser rayos
catódicos simplemente transmitidos o reflejados, sin cambio, a través de la
pared de vidrio. La mayor densidad del gas exterior al tubo de descarga no
puede, ciertamente, explicar la gran diferencia en la deflexión, conforme a
Lenard.
Llego, pues, a la conclusión de que los rayos X no son idénticos a los rayos
catódicos, pero son producidos por los rayos catódicos en la pared de vidrio
del aparato de descarga.
Esta producción se efectúa no sólo en el vidrio, sino también en el aluminio,
como he tenido ocasión de observar en un aparato cerrado por una placa de dicho
metal de 2 milímetros de espesor. Otras sustancias serán examinadas más
tarde.
La justificación para llamar por el nombre de rayos al agente
que proviene de la pared del aparato de descarga, la derivo en parte de la
formación enteramente regular de las sombras que se ven cuando se colocan
cuerpos más o menos transparentes entre el aparato y la pantalla fluorescente
(o la placa fotográfica).
He observado, y en parte fotografiado, muchas imágenes de sombras de esta
índole, cuya producción tiene un encanto particular. Poseo, por ejemplo,
fotografías de la sombra del perfil de una puerta, que separa las piezas en
que, por un lado, se colocó el aparato de descarga y, por el otro, la placa
fotográfica; la sombra de los huesos de la mano; la sombra de un alambre
cubierto arrollado sobre un carrete de madera; la de un grupo de pesas
contenidas en una caja; la de un galvanómetro en que la aguja magnética está
completamente rodeada por un metal; la de una pieza metálica, cuya falta de
homogeneidad se observa fácilmente mediante los rayos X, etc.
Otra prueba concluyente de la propagación rectilínea de los rayos X es la
fotografía que, por medio de un agujero de alfiler, logré hacer del aparato de
descarga, mientras estaba envuelto en papel negro; la imagen es débil, pero
inequívocamente correcta.
He tratado, de varias maneras, de descubrir fenómenos de interferencia de los
rayos X, pero, por desgracia, sin éxito, quizá sólo por su débil
intensidad.
Se han iniciado experimentos, que aún no están terminados, para establecer si
las fuerzas electrostáticas afectan de algún modo a los rayos X.
Al considerar la cuestión de lo que son los rayos X, que, como hemos visto, no
pueden ser rayos catódicos, quizá podamos ser inducidos, primero, a creer que
son luz ultravioleta, debido a su activa fluorescencia y a sus acciones
químicas. Pero al hacerlo así, nos enfrentamos con graves objeciones. Si los
rayos X son luz ultravioleta, esta luz debería tener las siguientes
propiedades:
a. Al
pasar del aire al agua, disulfuro de carbono, aluminio, sal gema, vidrio, cinc,
etc., no sufre refracción que sea digna de mención.
b. Por
ninguno de los cuerpos nombrados puede ser reflejada regularmente en grado
apreciable.
c. No
puede polarizarse por ninguno de los métodos ordinarios.
d. Su
absorción no está influida por ninguna otra propiedad de las sustancias tanto
como por su densidad.
Quiere
decir que debemos admitir que estos rayos ultravioletas se comportan de modo
diferente a los rayos ultrarrojos, visibles y ultravioletas, conocidos hasta
ahora.
No he estado en condiciones de llegar a esta conclusión, y por esto he buscado
otra explicación.
Parece que existe alguna clase de parentesco entre los nuevos rayos y los rayos
de luz; por lo menos, esto está indicado por la formación de las sombras, la
fluorescencia y la acción química producida por ambos. Ahora bien: sabemos hace
ya tiempo que puede haber en el éter vibraciones longitudinales aparte de las
vibraciones lumínicas transversales, y, de acuerdo con los puntos de vista de
diferentes físicos, estas vibraciones deben existir. Su existencia, a decir
verdad, no ha sido probada hasta el presente y, en consecuencia, sus
propiedades no han sido investigadas experimentalmente.
¿No deberán, pues, los nuevos rayos su origen a vibraciones longitudinales en
el éter?
He de confesar que en el curso de la investigación, me he persuadido cada vez
más de esta idea, de tal manera que me permito adelantar esta hipótesis, aunque
me doy perfecta cuenta de que la explicación dada necesita otra corroboración.
Notas:
[1] «Halagado
y entretenido —cuenta Plutarco— por una sirena doméstica, Arquímedes se
olvidaba del propio alimento y cuidado de su persona, hasta el extremo de tener
que ser llevado por la fuerza a ungirse y bañarse.»
[2] Esta
célebre frase se encontrada en la obra perdida Sobre la balanza y fue salvada
del olvido por Plutarco.
[3] El
incendio de los barcos de Marcelo por los espejos (ustorios) de Arquímedes, fue
una invención de los historiadores. Una obra perdida de Arquímedes, de la cual
conocemos, gracias a citas de otros autores, algunos fragmentos, contenía
investigaciones sobra problemas ópticos, y entre ellos sobra espejos ustorios;
tal vez esta obra sirvió como base de la leyenda.
[4] Plutarco (Vidas
paralelas, capítulo XIV) afirma que Arquímedes consideraba la mecánica
práctica como «un oficio indigno»
[5] Hiparco
de Nicea fue, probablemente, el primero que construyó una dioptra destinada a
observaciones astronómicas. El instrumento de Herón es más completo y de uso
más general.
[6] Bacon
no menciona la invención de las gafas probablemente hecha en el penúltimo
decenio del siglo XIII. Ni Bacon ni el florentino Salvino degli Armati, al cual
también se le atribuyó por mucho tiempo la invención, son los inventores. Según
la crónica del pisano Domingo do Peccioli, tal mérito correspondería a su
compatriota Alejandro della Spina. En realidad, ignoramos quién fue el
constructor de los primeros anteojos, cuyo origen tal vez deba ser buscado en
la ciudad de Murano, célebre por sus pulidores de cristal.
[7] Un
progreso ulterior en el conocimiento del fenómeno es debido a Teodorico
de Sajonia que, dos decenios después de la muerte de Bacon, explicó el
arco iris (De iride, 1311) por la doble refracción y reflexión, y
el arco complementario por la doble refracción y la doble reflexión en el
interior de las gotas.
[8] Véase Schück:
Der Kompass, 1911. Agreguemos que Schück admite que los noruegos,
independientemente de otros pueblos, habrían conocido la brújula desde el siglo
IX.
[9] La
declinación de la brújala no fue observada por Pedro Peregrino de Maricouri. La
fecha de su descubrimiento es incierta; sin embargo, era conocida antes de los
viajes de Colón, que la observó. La inclinación fue registrada por primera vez
por el alemán -Jorge Hartmann en 1544.
[10] Nicolás
Oresma (m. 1382), Guillermo de Occam (m. 1345)), Alberto de Sajonia (m. 1390),
precedidos por el misterioso personaje Jordán Nemorario (hacia 1230) y seguidos
por Nicolás de Tusa (1401-1464), son autores de esas tentativas. Los
resultados, poco coherentes, tienen el mérito de haber anticipado algunos
elemento de la dinámica del gran toscano.
[11] Leonardo
llama al momento estático, como antes lo hiciera Jordán Nemorario, «gravitas
secundum situs».
[12] ¿Hasta
qué punto la mecánica de Leonardo es inspirada por los pensadores
antiperipatéticos de la Edad Media? La cuestión fue tratada con profunda
erudición por el físico e historiador Pedro Duhem (Origines de la
statique, París, 1906, y Études sur Leonardo da Vinci, París,
1913), que disponía de los manuscritos inéditos de escolásticos conservados en
la Biblioteca Nacional de París. Duhem, admirador de los maîtres
parisiens de la escolástica del siglo XIII, atribuye a éstos ideas
esenciales de Leonardo y encuentra prácticamente las bases de la mecánica
davinciana en el manuscrito de un escolástico anónimo, al que llama precursor
de Leonardo. Sin embargo, no cabe duda de que el juicio de Duhem no
está libre de la influencia de su predilección por los pensadores medievales de
Francia.
[13] Las
investigaciones de Pedro Duhem (Origines de la statique, página 37 y sigs.) no
dejan lugar a duda de que el matemático Jerónimo Cardano (1501-1576) conoció
los manuscritos dejados por Leonardo; su teoría de la palanca reproduce ideas
de su gran compatriota. La influencia de Leonardo es visible también en los
trabajos de Nicolás Tartaglia (1506-1657); éste, sobrestimado algún tiempo, era
en mecánica un investigador mediocre. Sus modestos méritos personales se
reducen a haber reconocido —aunque deduciéndolo de premisas erróneas— que la
trayectoria de un cuerpo lanzado es una curva (y no como enseñaban los
peripatéticos, un compuesto por dos rectas y una curva). El proyectil,
estableció Tartaglia. adquiere su mayor alcance horizontal, si es con un ángulo
de elevación de 45°. Un crítico mucho más agudo que Tartaglia, de la mecánica
aristotélica, es Juan Bautista Benedetti (1630-1590). La causa de la
aceleración de los cuerpos en la calda libre no puede ser el aire; éste, afirma
Benedetti, dificulta, en vez de acelerar, la caída. Al estudiar el movimiento
circular de una piedra ligada a la punta de un hilo, Benedetti reconoce la
tangente como dirección hacia la cual tienden los cuerpos rotativos.
[14] El
método que permitió a Stevin determinar la presión hidrostática sobre la»
paredes del recipiente ofrece particular interés, puesto que implica el cálculo
integral mucho tiempo antes de su invención. Discípulo de Arquímedes, Stevin
divide las paredes del recipiente en bandas horizontales, g1, g2, etc.,
formando así una serie de áreas rectangulares. Considera la presión sobre área
g1. Ésta, razona Stevin, es más grande que la presión que produciría un prisma
líquido de la altura H1 y de la base g1; por otra parte, es más pequeña que la
que sería producida por un prisma con la altura h2 y la base g2. Sumando las
presiones, Stevin obtiene dos sumas, de las cuales sabe que una es superior y
la otra inferior al valor buscarlo. Elige, pues, las bandas rectangulares cada
vez más estrechas. La diferencia de las dos sumas se reduce progresivamente y
el límite común al cual se aproximan es la presión verdadera.
[15] La
imponderabilidad del magnetismo fue registrada antes de Gilbert por el
constructor de brújulas Roberto Norman.
[16] En
griego «Tierra minúscula»
[17] La
causa de la orientación norte-sur de la aguja imanada era explicada antes de
Gilbert por hipótesis fantásticas. Peregrino creía que la aguja es atraída por
los polos celestes, y Cardano que es atraída por las estrellas de la cola de la
Osa Mayor; Bossard pensaba que se dirige hacia los polos de! Zodiaco.
[18]A. Einstein v
L. Infeld: Physik ah Abenteuer als Erkenntnia, 1938.
[19] Hoppe:
Histoire de la Physique, París, 1928.
[20] Elogio
de Edmundo Halley en el prefacio de los Principia.
[21] Inscripción
que lleva la estatua de Newton erigida frente al Trinity College.
[22] En
la fórmula de Laplace, e está multiplicada por la razón entre
los calores específicos a presión y volumen constantes.
[23]Whewell:
Philosophy of the inductive Sciences, Londres,
1847.
[24] En
1672, en las Philosophical Transactions.
[25] En
el libro tercero de la Óptica , cuestión 29.
[26] Mariotte
fue hostil a Newton porque no logró repetir sus experimentos.
[27] Ahora
sabemos que el centro dinámico del sistema, el Sol, está sometido a una
inevitable decadencia y disipa en forma de calor y luz su masa en los abismos
del espacio, entrañando esta pérdida la lenta desagregación del sistema. No
podemos, por consiguiente, atribuir nosotros a la demostración de Laplace el
mismo valor que le concedieron sus contemporáneos.
[28] H.
Crewe: Bise of modem Physics, Baltimore, 1935.
[29] Philosophical
Tramactions, vol. 38, 1734.
[30]Philosophical
Transactions, vol. 17, 1798.
[31] Véase
Le Blano: Les idées nouvelles sur la théorie des piles, enRevue
Générale des Sciences,1899.
[32] Carta
de Hansteen a Faraday, 30 de diciembre de 1857 (citada por Crewe: Bise
of modern Physics)
[33] Mayer
no emplea la palabra «energía», la llama «fuerza». No obstante, el concepto
actual de la energía aparece con deslumbrante claridad desde su primer escrito.
Aun cinco años más tarde, en 1847, Helmholtz sigue hablando de la conservación
de la fuerza. Fue el físico inglés Guillermo Juan Macquorn Rankine quien
introdujo en la física, en la sexta década del siglo, la palabra «energía».
Anterior es la expresión «trabajo mecánico», creada por los franceses Gaspar
Gustavo Coriolis y Juan Víctor Poncelet, hacia 1825. Este último propuso como
unidad de trabajo mecánico al kilográmetro.
[34] Helmholtz:
Vortráge und Reden, vol. II.
[35] ¿Fue
un dios quien trazó estos signos?
[36]Wiedemanns
Annalen, 34, 1888.
[37] Discorsi
e dimostrazioni matematiche, 1637, III jornada.
[38] Jornada
IV de los Discorsi
[39] Carta
de Torricelli a Miguel Angel Ricci, datada el 11 de junio de 1644 (Opei a
omnia, 1919, vol. III).
[40] Experimenta
nova, ut vocantur, magdeburgica, 1672; reproducida en alemán en «Ostwalds
Klassiker», vol. 59
[41] Experimenta
nova, ut vocantur, magdeburgica, 1 6 72
[42] Pascal:
Carta a su cuñado Périer, en Clermont (1648).
[43] Carta
de Périer fechada el 22 de septiembre de 1648.
[44] Mínimo,
religioso de la orden de San Francisco de Paúl
[45]Discours
sur la nature de l'air, 1676 (publicado en Overa omnia,
Leiden, 1717).
[46] De
magnete magneticisque corporibus, 1600; reproducido en inglés en W. F. Magic:
Source Book in Physics, 1935
[47]Horólogium
oscillatorium, primera parte, 1673; edición alemana en «Ostwalds Klassiker»,
vol, 192, Leipzig, 1913.
[48]Horologium
oscillatorium, cuarta parte.
[49]De
motu corporum ex percussione, 1703; edición alemana en
«Ostwalds Klassiker», vol. 138
[50]Traité
de la lumiére, París, 1690
[51]Experimenta
crystalli islandici disdiaclasticit quibus mira et insólita refractio detegitur,
1669
[52] Memoria
presentada a la Academia Francesa en 1676; publicada en las Mémoires de
VAcadémie des Sciences, 1730
[53]Philosophiae
naturalis principia mathematica, 1687, libro III, «Sistema
del mundo», capítulo I. Los textos que siguen reproducen los teoremas 3 a 10
[54] Los
textos a que Newton se refiere dicen así: Fenómeno 6: El radio vector que une
Luna y Tierra barre áreas proporcionales a los tiempos. El parágrafo 14 dice:
Todo cuerpo que se mueve en una curva cualquiera cuyos radios están dirigidos
hacia un punto que se halla fijo o en movimiento rectilíneo y uniforme y que
describe alrededor de ese punto espacios proporcionales al tiempo, es impulsado
por una fuerza centrípeta dirigida hacia dicho punto. Parágrafo 16: Todo cuerpo
cuyo radio de unión con el centro de otro cuerpo, que se mueve de manera
arbitraria, describe alrededor de ese punto áreas proporcionales al tiempo, se
halla sometido a ima fuerza que está compuesta de la fuerza centrípeta dirigida
hacia el otro cuerpo, y de toda la fuerza aceleratriz que impulsa a ese otro
cuerpo.
[55] §
110. Teorema. Si en un sistema de cuerpos A, B, C, D, etc.,
uno de ellos, A, atrae a los demás con fuerzas aceleratrices que son
inversamente proporcionales a los cuadrados de sus distancias al cuerpo que
atrae; y si además sucede lo mismo con el cuerpo B respecto a los otros A, C,
D, etc., entonces las fuerzas absolutas de A y de B están entre sí como los
cuerpos A y B mismos.
En efecto: las atracciones aceleratrices de todos los cuerpos B, C, D,
etcétera, hacia A son iguales entre sí a iguales distancias, de acuerdo con la
hipótesis; lo mismo vale para las atracciones de todos los cuerpos sobre B.
Pero la fuerza absoluta de atracción del cuerpo A es a la fuerza absoluta de
atracción del cuerpo B como la atracción aceleratriz de todos los cuerpos sobre
A es a la atracción aceleratriz de todos los cuerpos sobre B; en ambos casos se
sobrentienden para las mismas distancias. La misma relación existe entre la
atracción aceleratriz del cuerpo B sobre A, y la de A sobre B. Pero la
atracción aceleratriz del cuerpo B sobre A es a la de A sobre B, como la masa
de i es a la masa de B, porque las fuerzas motrices que (según las aclaraciones
2, 7 y 8) se originan de las fuerzas aceleratrices referidas a los cuerpos
atraídos (según la ley 3ª) son iguales entre sí. Por lo tanto, la fuerza
absoluta de atracción del cuerpo A es a la del cuerpo B como la masa de i es a
la masa B; conforme queríamos demostrar.
[56] Introducción
de los Principia, traducción al castellano por G. de Zúñiga en Selección de las
obras de Newton (Colección Austral).
[57] El
plano de la rueda se supone levantado perpendicularmente sobre el plano del
horizonte
[58] Optica,
1704, libro I.
[59] El
cerebro
[60] Optics,
libro III, cuestiones 28, 29 y 30
[61]Hydrodynamica,
Estrasburgo, 1738; capítulo X. Reimpreso en inglés en H. Cbew: Bise of modern
Physics. 1935.
[62]Systéme
général des intervalles des sons, publicado en Mémoires de
L'Académie des Sciences, 1701.
[63]Lectures
on the elementa of Ghemiatry, Londres, 1803.
[64]Philosophical
Transactions, vol. 38, 1734.
[65] Carta
de Franklin a Collinson, fechada el 1 de septiembre de 1747, reproducida
en Coupin: Lectures scientifiques, París, 1911.
[66]Mémoire
de L'Académie des Sciences, 1788.
[67]De
viribus electricitatis in motu musculari commentarius,
1791; reimpreso en traducción alemana en «Ostwalds Klassiker», vol 52.i
[68] Carta
a sir J. Banks, presidente de la Sociedad Real de Londres, datada el 20 de
marzo de 1800, publicada en Philosophical Transactions, 1800.
[69]Philosophical
Transactions, 1807; reimpreso en francés, en Coupin: Lectures
scientifiques, 1911
[70]Experimenta
circa efficaeiam conflictus electrici in acum magneticam,
1820; reproducido en traducción alemana en «Ostwalds Klassiker», volumen 63.
[71]Anuales
de Chimie et de Physique, serie II, vol. 15, 1820.
[72]Course
of lectures on natural philosophy, 1807.
[73]Deuxiéme
mémoire sur la diffraction de la lumiére (supplemento),
presentada a la Academia Francesa en 1816.
[74]Sur
une expérience relative á La vitease de propagation de la lumiére,
en Comptes Rendus, vol. 29, 1849.
[75]Monatsberichte
der Akademie der Wissenschaften, Berlín, 1859; reproducido en
«Ostwalds Klassiker», vol. 100.
[76]Monatsberichte
der Akademie der Wissenschaften, Berlín, 1859; reproducido en
«Ostwalds Klassiker», vol. 100.
[77]Recherches
sur la dilatation des gaz et vapeurs, en Armales de Ghirrvie,
1802; reproducción en alemán en «Ostwalds Klassiker», vol 44.
[78] Mi
balón podía contener, más o menos, 350 gramos de agua.
[79] Por
extremadamente pequeñas que sean las diferencias de estos resultados, creo que
habría podido disminuirlas aún más si hubiese medido la posición del barómetro
en el momento de la ebullición. Sin embargo, durante la ebullición, nunca he
olvidado leer la temperatura del termómetro en el agua hirviendo, aunque nunca
he podido comprobar diferencias, Y es que habría sido necesaria una variación
de 1 pulgada en la columna barométrica, para producir una variación del grado
en el punto de ebullición del agua. De todos modos, el promedio de 137,5 partes
debe de estar muy cerca del verdadero.
[80]Recherches
sur quelques points imporiants de la Théorie de la Chaleur,
publicado en Anuales de Chemie et de Physique, vol. 10, 1819.
[81]Réflexions
sur la puissance motrice du feu, 1824; reimpreso en Coupin:
Lectores scientifiques, 1911.
[82]Bemerkungen
über die Kráfie der unbelebten Natur, publicado en Annalen der
Pharmacie und Chemie, 1842; reimpreso en W. Ostwald: Die Energie, Leipzig,
1909, traducción castellana, Madrid, 1911.
[83]Philosophtcal
Transactions, 1850.
[84]Über
die bewegende Kraft der Wárme, 1850; reimpresa en «Ost-
wálds Klassiker», vol. 99.
[85]Illustrations
of the dynamical theory of gases, publicado en Philosophical
Magazine, 1860; reimpreso en W. F. Magie: Source Booh in Physics, 1935.
[86]De
la condensation de l'oxigéne et de l'oxyde de carbone, en
Gomptes Rendus, vol. 85, 1877.
[87]Experimental
researches in electricity, vol. I, primera serie; publicado
por vez primera en Philosophical Transactions, 1832; reproducido en
alemán, en «Ostwalds Klassiker», vol. 81.
[88]Experimental
researches in electricity, vol. I, primera serie; publicado por
vez primera en Philosophical Transactions, 1832; reproducido en alemán, en
«Ostwalds Klassiker», vol. 81.
[89]Über
Strahlen elektrischer Kraft, publicado en Sitzungsberichte der
Berliner Akademie der Wissenschaften, 1888; reimpreso en Annalen der Physik,
vol. 36, 1889.
[90] On
the illumination of Unes of electrical pressure and the trajectory of
molecules, 1879; reimpreso en W. F. Magie: Source Book in Physics, 1935.
[91] Crookes
llama rayo molecular a nuestros rayos catódicos.
[92] Über
eine neue Art von Strahlen, publicado ©n 1895, en Sitzungs- berichte der
Würzburger Physikalisch-Medizinischen Oesellschaft; reimpreso en Wiedemann,
Annálen der Physik, 1898.

No hay comentarios:
Publicar un comentario