© Libro N° 6203.
El Filosofo Y La Abeja. Tavoillot, Pierre-Henri Y François. Emancipación. Julio
13 de 2019.
Título
original: © El Filosofo Y La Abeja. Pierre-Henri Y François Tavoillot
Versión Original: © El Filosofo Y La Abeja. Pierre-Henri Y François
Tavoillot
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
EL FILOSOFO Y LA ABEJA
Pierre-Henri Y François Tavoillot
CONTENIDO
Nota
Introduccion
La
abeja mitológica
La
abeja cosmológica
La
abeja teológica
Políticas
de la colmena
La
colmena humanista
La
abeja hipermoderna
Conclusión
Florilegios
Bibliografía
general
Ilustraciones
Nota
La
traducción de los textos clásicos citados, tanto griegos como latinos,
pertenece al traductor de esta obra, si bien el lector más interesado podrá
encontrar en el capítulo de Notas la referencia bibliográfica a la edición en
castellano que consideramos más ajustada y de mayor calidad.
Introducción
Lo
dicen todos los apicultores: hoy ya no les preguntan qué tal les va a ellos,
sino qué tal les va a las abejas. Podría sorprender semejante interés por un
insecto cuya picadura es tan temida. Pero, claro, la abeja no es un insecto
como los demás; ni siquiera es un animal como los demás. ¿Qué otro animalito
puede vanagloriarse de aparecer tantas veces, y a intervalos tan regulares, en
las primeras páginas de periódicos y revistas, incluso de los más serios? ¿Qué
otra especie ve su salud, su continuidad y su eventual desaparición escrutadas
con tanta atención e inquietud? Ningún ser vivo, ni siquiera los más
domésticos, simpáticos o amenazados —desde un bebé foca al delfín, el atún rojo
o el oso pardo—, es objeto de semejante interés ni de un esfuerzo tan grande de
investigación. Pero hay algo todavía más sorprendente: cuando hacemos el
inventario de los peligros que amenazan, percibimos extrañas semejanzas con los
grandes y pequeños temores de nuestro tiempo. Artículos, investigaciones y
documentales han puesto el grito en el cielo por las fechorías de un ácaro
destructor proveniente de Asia (el varroa), por el uso desmedido de los
pesticidas (Gaucho o Régent) y las semillas revestidas —los OGM[1] (en
especial, el girasol transgénico)—, por la importación de razas extranjeras,
que empobrecen genéticamente las especies locales, por la mundialización de los
intercambios, que favorece la difusión de enfermedades, por las ondas
electromagnéticas o por la invasión del abejón asiático (¡también él!), que ha
llegado recientemente como pasajero clandestino en una carga.
Si es indiscutible que la mayoría de estas causas (unas más que otras) inciden
en la debilitación de las colmenas hoy día, es asimismo sorprendente constatar
que este inventario-sumario ofrece un compendio de todos los temores y
angustias que aterrorizan a nuestras sociedades contemporáneas. La
globalización, el calentamiento del planeta, los vaivenes políticos, la
inmigración incontrolada, las fechorías insidiosas de la tecnociencia… Son
miedos que se resumen en la profecía de Einstein, citada por doquier, según la
cual el gran físico habría dicho algo como que «si desaparecieran las abejas,
al hombre solo le quedarían cuatro años de vida. Sin abejas, no hay
polinización, ni hierba, ni animales, ni hombres». Se sabe que Einstein nunca
pronunció estas palabras (véasepolinización núm. 1), pero, si lo
hubiese hecho, ¿qué crédito podría concedérsele? Después de todo, y pese a ser
un genio, era físico; no era ni biólogo, ni naturalista, ni mucho menos
profeta.
Pero
el éxito de esta cita apócrifa, atribuida a quien ha quedado como la más grande
autoridad científica de nuestro tiempo, revela algo bastante curioso: la abeja
es percibida como un espejo de la humanidad y el barómetro de su destino. En
cierto sentido, un espejo mágico poseedor de la triple facultad de reflejar,
modificar y predecir la vida de los hombres.
Y
esto no es nuevo. Remontándonos en el curso de la historia, nos damos cuenta de
que los pensadores de todas las épocas y civilizaciones han buscado en la
colmena mucho más que la miel: ejemplos, modelos, guías para la vida y,
también, los secretos de la naturaleza y los misterios de la cultura. Y, así,
se ha descrito a la abeja como pozo de ciencia o modelo de virtud. Se ha hecho
de ella el emblema de la monarquía o del imperio, pero también de la anarquía,
de la democracia, del comunismo y de la sociedad de mercado. De su
comportamiento se han extraído lecciones de industria, de dominación, de
poesía, de piedad, de castidad e, incluso, de… polinización. El ruido de su
vuelo también ha dado nombre al rumor de la era Internet: ¡el buzz! La
polinización se ha convertido en un paradigma muy apreciado para «modelizar» la
economía numérica. Recientemente, la colmena ha permitido aprehender la
inteligencia colectiva, la modelización sistémica y, también, los fenómenos de
la ciudadanía participativa. Todos estos conceptos, y muchos otros, han sido
explotados, pues la abeja siempre va más allá de lo que es. El espectáculo de
su vuelo, la contemplación de su organización, la degustación de sus productos
llevan inevitablemente a una especie de ensoñación metafísica, como si la abeja
nos condujese a la filosofía… Como si la abeja fuese filósofa.
¿Qué
hay, pues, en este pequeño animal que tanto nos fascina? ¿Por qué queremos
buscar en él el sentido de las cosas, de la naturaleza y de la vida? Es este
aspecto filosófico de la abeja el que aquí nos interesa. Trataremos de seguir
su vuelo en la historia del pensamiento, de revelar esa idea antigua pero
siempre actual según la cual contemplándola y comprendiéndola sabremos cómo
vivir: cómo vivir bien, cómo vivir mejor, cómo ser juiciosos, cómo
huir de la muerte. Pues los sabios y los juiciosos de la historia han buscado
todo eso en este animalito: las respuestas a los grandes interrogantes que la
inquieta humanidad se plantea desde la noche de los tiempos. En este sentido,
la abeja es el más fabuloso de los animales, es decir, el más adecuado a la
fábula, que con suma frecuencia es filosófica. Y esta fábula filosófica tiene
siempre una moral. ¿Cuál? ¿Por qué el filósofo asiste de buen grado a la
escuela de la colmena?
Este es el enigma que ha dado origen al presente libro, escrito a cuatro manos
por dos hermanos: el mayor es apicultor profesional en el Alto Loira y
filósofo amateur; el benjamín es filósofo profesional en la
Sorbona y aficionado a la miel. Era necesario que ambas competencias se vieran
reunidas para intentar aproximarnos sin riesgos a la abeja filósofa y sacar el
máximo partido a los sublimes discursos de sabiduría que su observación ha
suscitado. ¡Para quienes se las dan de filósofos, la abeja es, realmente, un
animal especial!
Invitación al viaje
El
viaje que estamos a punto de comenzar se divide en seis etapas. No hacían falta
más —ni menos— para evocar a este insecto de seis patas que fabrica alvéolos de
seis lados. El programa del viaje es a un mismo tiempo histórico y temático, y
va acompañado por famosos textos filosóficos y por otros menos conocidos,
aunque siempre sorprendentes. Empezaremos por la narración y la interpretación
de un mito, el de Aristeo, que cuenta el origen y —¡ya!— la desaparición de las
abejas. Recordaremos a continuación a tres autores antiguos, en cuyas obras las
abejas ocupan un lugar considerable: Aristóteles, Virgilio y el filósofo
neoplatónico Porfirio. Para ellos, el mundo de la colmena es como el reflejo, o
la clave, de la armonía del Cosmos. La filosofía cristiana será nuestra tercera
etapa. Nos recibirán autoridades incontestables: desde Clemente de Alejandría a
Lutero, pasando por san Ambrosio, patrono de los apicultores, y su discípulo
san Agustín, que poseía varias colmenas. Todos ellos están de acuerdo en reconocer
en la abeja a un verdadero doctor en teología. Llegando al umbral de la
modernidad, examinaremos, en la cuarta etapa de nuestro viaje, el
extraordinario uso político de la colmena, que sirve para pensar
absolutamente todos los regímenes posibles e imaginables, tanto
los antiguos como los modernos. El destino metafísico de la abeja continúa en
la edad moderna. Ya sea en el caso de la renovación de las letras, de la
metamorfosis del arte o de la invención de las ciencias exactas, volvemos a
encontrarnos con nuestro insecto. Este marca con su huella sutil la mayoría de
los debates que van a acompañar al Renacimiento, la época clásica y el Siglo de
las Luces. Finalmente, en la última parte del viaje, podremos constatar que
este no se ha terminado: lejos de sentirse desencantada por el progreso de la
ciencia, la abeja continúa su vuelo simbólico, un vuelo que el hombre
contemporáneo trata de seguir desesperadamente a fin de comprender quién es.
El lector encontrará al final del libro, para cada capítulo, una bibliografía
de las fuentes y obras principales utilizadas. Por otro lado, para el lector
curioso y/o escrupuloso, hemos añadido dos fuentes suplementarias:
Una
última consideración: aquí nos hemos limitado estrictamente a la historia del
pensamiento occidental, cuyo campo de investigación ya es, por sí mismo,
inmenso. Las pocas incursiones que hemos intentado en las culturas oriental,
india y china muestran que hay un material igualmente considerable, pero el
trabajo de recopilación e interpretación habría superado nuestras fuerzas y
competencias.
Queremos agradecer calurosamente a Aurore-Marie Guillaume, responsable de la
biblioteca de filosofía de la Universidad París-Sorbona, por su ayuda tan
valiosa. Su papel de abeja exploradora ha sido inestimable.
El buzz de la profecía de Einstein
«Si
desaparecieran las abejas, al hombre solo le quedarían cuatro años de vida». La
cita, atribuida a Einstein, es impresionante y muy conocida, pero nada permite
certificar su autenticidad. Vincent Valk ha realizado un informe para Gelf Magazine
(«Albert Einstein, ¿ecologista?», 25 de abril de 2007) en
el que entrevistó, en primer lugar, a Roni Grosz, director de los Archivos
Einstein de la Universidad de Jerusalén. Grosz le dijo no tener prueba alguna
de que Einstein hubiese pronunciado nunca esta frase. Y, además, no tenía ningún
recuerdo de que Einstein hubiese escrito algo sobre las abejas. Valk se refiere
luego a un estudio realizado por un sitio especializado en el descubrimiento de
rumores (http://www.snopes.com/quotes/einstein/bees.asp, abril de 2007) que
muestra que la primera aparición de la cita es de comienzos de 1994 (recordemos
que Einstein murió en 1955) en un panfleto distribuido en Bruselas por la Unión
Nacional de Apicultura francesa. A partir de esa fecha, la cita se difunde en
publicaciones como The Washington Post, Der Spiegel, The Independent,
The International Herald Tribune, en un contexto en el que comienza a
debatirse la desaparición súbita de las colonias de abejas (Colony
Collapse Disorder, o CCD) asociada a la hipótesis de un efecto de las
ondas de los teléfonos móviles. El estudio concluye afirmando que se trata de
un caso típico de «cita inventada atribuida a una celebridad para su uso
político». Tenemos aquí el ejemplo perfecto de un buzz.
Capítulo
1
La abeja mitológica
Contenido:
Preliminares
Aristeo y la desaparición de las abejas
La miel y el origen del mundo
En busca de las colmenas perdidas
La muerte de la ninfa Eurídice
La abeja, la ninfa y la mujer perfecta
La misión de Aristeo
El retorno de las abejas
Preliminares
—En un planeta, del que aún no os diré el nombre, hay unos habitantes muy
listos, muy laboriosos, muy hábiles; viven únicamente del robo, como algunos de
nuestros árabes, y este es su único vicio. Por lo demás, son de una
inteligencia perfecta, trabajan sin cesar de común acuerdo y con celo por el
bien del Estado, y, sobre todo, su castidad no tiene igual; bien es verdad que
no tienen mucho mérito, ya que son estériles, así que con ellos nada de sexo.
—Pero
—interrumpió la marquesa— ¿usted no ha sospechado que se mofaban al contarle
esta bella [historia]? ¿Cómo se perpetuaría, entonces, la nación?
—No se trata de una broma —le repliqué con sangre fría—, todo lo que le he
dicho es cierto, y la nación se perpetúa. Tienen una reina, que no los lleva a
la guerra […]. Ella tiene miles de hijos […]. Posee un gran palacio, dividido
en una infinidad de habitaciones, con una cuna en cada una de ellas, preparada
para un principito, y la reina va a dar a luz en cada una de estas
habitaciones, una tras otra, siempre acompañada de una enorme corte, que se
congratula por este noble privilegio, del que solo ella goza con exclusión de
todo su pueblo.
La
continuación de este relato, que el curioso lector podrá consultar más
adelante (véase florilegio núm. 1), muestra el retrato de esta
población extraterrestre tan singular: sus costumbres, sus castas, su
reproducción, sus producciones. Todo ello desarrollado con gran lujo de
detalles antes de que se dé una solución a esta ingenua marquesa: estos aliens no
son otra cosa que nuestras abejas.
Nos
encontramos en 1686, y es mediante esta pequeña fábula como Fontenelle
(1657-1757), sutil hombre de letras y sabio erudito, además de futuro
académico, se propone presentar a su alumna, la denominada «marquesa», la
hipótesis de la «pluralidad de los mundos». Las curiosidades de la naturaleza
están ahí, ante nuestros ojos. ¿Por qué hemos de negarnos a concebirlas en la
infinitud del Universo? ¿Por qué creer que nuestro mundo es único, cuando su
diversidad es apenas concebible? Estas preguntas conforman el objeto de Conversaciones
sobre la pluralidad de los mundos, donde se trata de iniciar a un
público ávido de saber en los descubrimientos más espectaculares de su tiempo:
astronomía, biología, mecánica, etcétera. Ningún campo escapa al talento
divulgador de Fontenelle, pero, ciertamente, no es por azar el que en esta
conversación recurra al ejemplo de la colmena para explicar los misterios
celestes, pues, desde siempre, o casi, la abeja ha sido una clave para aclarar
la naturaleza de las cosas. De igual modo que el espectáculo de una noche
estrellada nos «habla» del comienzo del Universo, la abeja, en su ligero vuelo,
lleva consigo no solamente polen y néctar, sino también los profundos secretos
de lo primordial. ¿Por qué razón?
Sin duda porque la abeja es un animal muy especial, difícilmente enmarcable en
el orden de las cosas. Tomemos en primer lugar la miel: se trata, a un mismo
tiempo, de un producto cultivado y salvaje: el más natural de
los productos de cultivo, pues se consume directamente, sin transformación de
ninguna clase; pero, a su vez, es el más cultural de los
productos de la naturaleza, porque, al contrario que la mayoría de ellos, no se
corrompe, lo cual lo convertirá por otro lado en un elemento apreciado para…
¡el embalsamamiento de cadáveres! Contemplemos también la colmena: por un lado
mantiene un orden espontáneo, casi programado, es decir, como algunos
sostienen, es una especie de organismo viviente de pleno derecho que no conoce
ni los avatares de la historia ni las inquietudes de la libertad; pero, por
otra parte, esta totalidad se asemeja, hasta el punto de confundirse con ellas,
a las organizaciones humanas más sofisticadas, tanto a las económicas, como a
las sociales o políticas. El sabio romano Varrón (116-27 a. C.) decía que «es de
ella de quien aprendemos a trabajar, a construir y a almacenar»[2], y para muchos
autores, tanto antiguos como modernos, haríamos bien en imitarla más a la hora
de elegir nuestros regímenes políticos. En cuanto a la propia abeja, a primera
vista es un insecto más bien banal, bastante rústico y poco elaborado; pero su
comportamiento colectivo parece alcanzar las cotas más sublimes de la razón, de
la virtud y de la cordura: inteligente, devota, fiable, fiel, altruista,
trabajadora, ahorradora, topógrafa, de una limpieza ejemplar, de una pureza a
toda prueba, etcétera. La lista de sus cualidades llena miles de páginas de la
literatura antigua, medieval… y contemporánea. Y en ella encontramos la
ambivalencia naturaleza/cultura, ya que sigue siendo salvaje en estado
doméstico (su picadura es temible) y doméstica en estado salvaje (produce su
miel incluso sin apicultura). En resumen, el mundo de la abeja se sitúa, en
todos sus aspectos, en el confuso punto de unión de diversos órdenes de lo
real: el vegetal y el animal, el terrestre y el celeste, la naturaleza y la
cultura, lo viviente y lo eterno, lo humano y lo divino…
Así pues, podemos comprender que este estatus intermedio haya conferido a la
abeja una función mitológica de primer orden, pues los mitos no son solo
hermosas historias que contar al amor de la lumbre, sino que, además, tienen
una profunda carga de explicación y respuesta a los grandes interrogantes que
la humanidad se plantea desde siempre. La vida, la muerte, el origen de las
cosas, de los creadores y de las criaturas, la razón de ser de las reglas, de
las leyes y de las prohibiciones; esto es lo que cuentan la mayoría de estos
antiguos relatos, nunca demasiado alejados de los clásicos conocimientos que
los han inspirado. Así pues, por su posición intermedia entre naturaleza y
cultura, la abeja va a permitir al hombre comprender cómo ha podido pasar de
una a la otra y cómo, al convertirse en civilizado —¡en ocasiones, quizá en
exceso!—, la vuelta a la naturaleza salvaje lo amenaza constantemente. Este es
el primer papel simbólico que la abeja asume en el pensamiento humano: permite
explicar cómo ha salido la humanidad de su salvajismo natural y cómo debe
evitar todo abuso de la cultura. Por tanto, escuchemos los mensajes de la abeja
mitológica, preludio de su función filosófica, a través de un famoso relato de
la antigua Grecia: el del destino de Aristeo.
Aristeo
y la desaparición de las abejas
Donde
vemos cómo, ya en el origen, las abejas habían… desaparecido
Aristeo nace de los amores de Apolo con la ninfa Cirene. ¿Era esta una ninfa de
las aguas (nereida) o una ninfa cazadora? Las versiones difieren, pero se sabe
que era de una belleza espectacular y Apolo quedó pasmado. El fruto de su
unión, el pequeño Aristeo, nace en Libia, en el mismo lugar donde se erigirá la
ciudad de Cirene. El niño tiene una situación algo extraña —también él es
intermedio—, pues, sin ser un inmortal de pleno derecho, no es del todo humano:
es un héroe. Siendo muy pequeño le es retirado a su madre para ser confiado a
su bisabuela Gaia (la Tierra) y a las Horas (divinidades de las estaciones),
que lo alimentarán con néctar y ambrosía, alimentos reservados a los dioses. Según
otras fuentes, son las Ninfas o incluso el centauro Quirón (ya mentor de
Aquiles, Heracles y Esculapio…) quienes se harán cargo de él. En cualquier
caso, recibirá la mejor educación posible, centrada, sin embargo, en lo que le
concierne, esto es, en los asuntos prácticos de la naturaleza: una especie de
ingeniero agrónomo. De este modo aprenderá a ocuparse del ganado, a cuajar la
leche para hacer queso, a cultivar los olivos. Adolescente, será confiado a las
musas, que le enseñarán el arte de sanar y de prever los acontecimientos. A
cambio, se ocupará de los rebaños que pastan en los prados de Tesalia.
Al
hacerse adulto, Aristeo se convierte en educador de los hombres. Sucesivamente,
les enseña cómo prensar la aceituna para recoger el aceite, les instruye en los
secretos de la caza: en cómo preparar las trampas contra las bestias salvajes
que devastan los rebaños. Al mismo tiempo cazador (agreus) y
pastor (nomios), es el protector de los campesinos, y los
ayuda a luchar contra la sequía y los incendios. También les enseña a cuidarse
y se impone incluso como una especie de French doctor[3], poniéndose
al servicio de las víctimas en los conflictos armados. Aristeo es, en parte, el
precursor de lo humanitario, ya que aúna la ayuda al desarrollo con la medicina
de primeros auxilios. En el transcurso de estas aventuras, se casa con Autónoe,
la hija de Cadmo, el fundador de Tebas, de quien nacerá un hijo, Acteón, cuyo
destino, naturalmente, será trágico: acabará devorado por sus propios perros
después de haber sido transformado en ciervo por Artemisa, furiosa por haberla
visto desnuda mientras nadaba en un río.
Pero el renombre de Aristeo tiene que ver, ante todo, con el hecho de que es el
primer apicultor profesional. Las Ninfas le han enseñado, siendo niño, el arte
de cuidar y «cultivar» las colmenas, y Aristeo, a su vez, se lo ha enseñado a
los hombres, que lo invocan, de buen grado, con el nombre de Meliso (el
Meloso). Pero esta fama no menoscaba en nada su modestia y su total abnegación,
como demuestra el siguiente episodio. Un buen día entró en competición con
Dionisio (que en ocasiones pasa por ser el padre nutricio) para determinar qué
era mejor, si la miel o el vino. Se organizó un concurso que duró mucho tiempo
(hay que decir que el jurado estaba compuesto, únicamente, por inmortales).
Después de largas discusiones, vacilaciones y… degustaciones, los dioses
reunidos se decantaron en favor del vino de Dionisio[4], pues es
posible ignorar la muerte por medio de la embriaguez. Tras este juicio, Aristeo
no se sintió afectado por la amargura; más bien al contrario, sugirió mezclar
el vino y la miel para acumular los placeres, iniciando así una práctica
corriente en la Antigüedad.
Así es Aristeo: generoso, inventivo, servicial; en resumen, un buen hombre en
toda regla, incluso «el mejor», como su nombre parece indicar. Pero he aquí que
al bueno de Aristeo le sucede una catástrofe espantosa: las abejas, de las que
cuida y que son su responsabilidad, desaparecen de golpe; repentinamente
encuentra todas sus colmenas vacías. Es el primer Colony Collapse
Disorder (CCD) que tanto angustia a los apicultores de hoy. Por lo
que, dicho sea de paso, la profecía del seudo-Einstein sobre la desaparición de
las colmenas es también una reminiscencia mitológica.
Aristeo está desesperado; tanto más cuanto que no comprende las razones de su
desgracia. Él, que puede vanagloriarse de un conocimiento fino e íntimo de la
naturaleza, ha sido cogido totalmente de improviso.
Pero la gravedad de la situación supera, con mucho, su propia persona. Para
comprender la amplitud de la catástrofe, hay que recordar que, en la mitología
griega, antes de Aristeo, la abeja ya había desempeñado un papel nada
despreciable en el origen de las cosas; cuando el mundo aún no era lo que es;
cuando el Cosmos apenas emergía del Caos original.
La miel y el origen del mundo
En
efecto, antes de Aristeo ya había una ninfa cercana a Deméter, diosa de la
fertilidad (y del matrimonio), a quien se le atribuye el haber descubierto en
el bosque los primeros panales. Se llamaba Melisa. Fue la primera en atreverse
a probar la miel y en tener la idea de mezclarla con agua para hacer una
bebida: el hidromiel. Esto gustó tanto a sus compañeras que adoptaron dicho
alimento. Según ciertas versiones, es Melisa quien se ocupa, con sus hermanas y
la ninfa cabra Amaltea, del pequeño Zeus, oculto por su madre Rea en la isla de
Creta a fin de sustraerlo al voraz apetito de su padre Cronos[5]. En efecto,
este había decidido devorar a todos sus hijos para evitar que le disputasen su
autoridad cósmica. Su mujer, Rea, desesperada al ver que los frutos de sus
entrañas eran devorados por el supuesto autor de sus días, sustituyó al último
de sus pequeños, Zeus, por una piedra envuelta en pañales. Cronos se la tragó
sin notar la diferencia. Entonces Rea pudo confiar al niño a los buenos
cuidados de las Ninfas, que lo ocultaron en el monte Ida, donde pasó su
infancia.
En
esta niñez de miel y de leche —dos símbolos de la dulzura— hay algo que
contrasta con la fuerza bruta de las divinidades primordiales. Urano (el Cielo
en griego), abuelo de Zeus, solo pensaba en el sexo y no se despegaba de su
esposa ni de su madre Gaia, antes de que su hijo, Cronos, lo emasculara;
Cronos, el padre, solo pensaba en comer y tragar a sus hijos para evitar el
funesto destino de castración que él mismo había infligido a su progenitor.
Tanto el uno como el otro, debido a su voracidad, impedían al mundo
desarrollarse y ordenarse. Zeus fue educado en y para la dulzura (véase ilustración
1 del cuadernillo de fotos), y esta, lejos de menguar su fuerza, le permitió
acceder a una potencia superior, la de la civilización, el orden y la justicia.
La misma que permite al mundo evolucionar de manera armónica. Pero ¿cómo pasar de
la fuerza bruta al poder civilizado? ¿Cómo transitar de la energía desordenada
a la canalización de las fuerzas vitales?
Las
abejas van a desempeñar aquí el papel de intermediarias, precisamente porque
responden tanto al mundo salvaje como al mundo civilizado. Así, cuando Zeus, ya
crecido, decide enfrentarse a su padre, va a iniciar su combate utilizando un
truco médico. Por consejo de su madre, mezcla miel con un potente vomitivo y se
lo ofrece a su padre. Atraído por el delicado sabor azucarado, Cronos se lo
bebe de un trago, pero descompuesto por el amargor, regurgita a los niños que
se había tragado. Los hermanos y hermanas de Zeus ven, así, la luz por segunda
vez pudiendo participar con él en la formidable guerra de dioses que enfrentará
a las divinidades olímpicas, reunidas en torno a Zeus, con los partidarios de
Cronos. Se comprende que lo que está en juego es nada menos que la
domesticación de las fuerzas naturales, primitivas, destructivas y caóticas,
con el fin de permitir el nacimiento de un orden y una armonía cósmicos. La
miel tiene un papel decisivo en este tránsito: es el alimento natural que
permite salir del estado de naturaleza, el primer dulzor en un mundo de brutos.
Gracias a él, Cronos deja de devorar a sus hijos. Y en el mito de Melisa, es
después de haberla probado, gracias a la enseñanza de las Ninfas, cuando los
hombres abandonarán el estado salvaje. Dejarán de practicar la antropofagia
—preludio indispensable de la vida civilizada— a cambio de ingerir alimentos
recogidos en el bosque y, por vez primera, «recolectados». El mito dice también
que las melissai (abejas)han proporcionado a los hombres, al
tiempo que el gusto por la miel, el sentimiento del pudor, aidos. Asimismo,
son ellas las que les enseñaron otra técnica: la fabricación de vestimenta
tejida.
En busca de las colmenas perdidas
Ahora
se comprende mejor la angustia de Aristeo. No solo ha perdido su oficio o
su hobby, sino que, además, ha fracasado en la misión de
mantener el frágil equilibrio de la cultura, ya que, si las abejas desaparecen,
todo el ordenamiento cósmico estará amenazado por la confusión. Lo vegetal se
mezclará con lo animal, lo salvaje invadirá lo doméstico, la naturaleza y la
cultura se confundirán…
Agobiado y sin saber qué hacer, Aristeo, como último recurso, va a llorar a
casa de su madre, la divina Cirene.
He
aquí lo que le obliga a decir Virgilio en las Geórgicas, que
ofrecen la versión más completa de la historia:
Madre,
madre Cirene, que habitas en las profundidades de este abismo, ¿para qué me has
hecho nacer de la ilustre raza de los dioses, si, como tú afirmas, mi padre es
Apolo, y, en cambio, le soy odioso al destino? ¿O adónde ha ido a parar el amor
que me tenías? ¿Por qué me pedías que esperase el cielo? He aquí que pierdo
incluso el honor de mi vida como mortal, ese honor que al precio de tantos
esfuerzos yo había adquirido con gran dificultad, velando con destreza por las
cosechas y el ganado, ¡y tú eres mi madre! ¡Vamos! ¡Continúa! Y con tu propia
mano arranca mis huertos fértiles; lleva a mis establos la llama enemiga y
destruye mis cosechas; quema mis plantaciones y blande contra mis viñas el
hacha robusta de dos filos, si es que te ha causado tanto disgusto mi gloria[6].
Cirene
escucha las lamentaciones de su amado hijo. En primer lugar, como debe ser, lo
tranquiliza, lo mima y lo alimenta; después le aconseja consultar con el divino
Proteo, que todo lo sabe: «El presente, el pasado y la larga serie de hechos
venideros». Él es el único que podrá dar con las razones de la maldición y los
medios para suprimirla. Solo que este Proteo no es nada fácil de atrapar, le
advierte, pues no cesa de cambiar de apariencia, pasando en un instante del
aspecto de una gota de agua al de un monstruo terrorífico. Es «proteiforme»…
Así que tendrá que sorprenderlo —¡lo que no resulta nunca sencillo cuando hay
que vérselas con un adivino!— y atarlo fuertemente. Y sin desfallecer ni
asustarse ante las abominables formas que pueda asumir, esperar a que se canse.
Cirene añade: «Cuanto más multiplique sus metamorfosis, hijo mío, más apretadas
mantendrás sus ligaduras»[7].
Aristeo sigue exactamente los consejos de su madre: logra apoderarse del
adivino, resiste sus espantosas transformaciones y, finalmente, hace su
pregunta a Proteo encadenado, quien acaba explicándole la causa de su
desgracia: «Es una divinidad la que te persigue con su rencor; expías una grave
falta: este castigo te es impuesto por Orfeo, tan digno de compasión por su
inmerecido castigo»[8].
¿Qué había pasado? ¿Cuál era, pues, el delito cometido por Aristeo? Para
comprenderlo es preciso volver al día de la celebración de las bodas de Orfeo y
Eurídice.
La muerte de la ninfa Eurídice
Su
historia es aún más célebre que la de Aristeo. Orfeo es un poeta y un músico
prodigioso. Dice la leyenda que su talento es tal que con su lira es capaz de
encantar a los hombres, a los dioses y a los animales salvajes, ¡e incluso de
emocionar a los objetos inanimados! También él es un héroe: participa como
patrón de barco en la expedición de los argonautas, que han ido en busca del
Vellocinio de Oro, bajo la dirección de Jasón. Su genio musical asegura a los
remeros una cadencia perfecta y su canto sublime consigue preservar a sus
compañeros de las funestas melodías de las sirenas. A su vuelta, la ninfa
Eurídice se enamora de él, y esta pareja sublime decide casarse y celebrar una
fiesta que hace las delicias de todos los invitados, pues los enamorados son
jóvenes, hermosos, encantadores y están henchidos de una pasión evidente.
Apenas celebrado el matrimonio, Aristeo, que había sido invitado a la boda con
la flor y nata divina, queda, literalmente, «rendido»; él, gentil muchacho,
marido fiel y yerno ideal, se pone a galantear con la ninfa recién casada,
persiguiéndola con insistencia. Eurídice, aterrorizada por estas atenciones más
que reiteradas, huye a través de un campo de hierba alta. En su carrera no ve a
una monstruosa serpiente de agua que la muerde: Eurídice cae fulminada. Orfeo,
que ha salido en busca de su amada, descubre el cuerpo sin vida de la joven
esposa. Desesperado, comienza a cantar melopeas desgarradoras, que acabarán
emocionando incluso a los mismos amos de los infiernos. Entonces, estos le
autorizan para ir a recuperar a Eurídice de las profundidades de la tierra con
la condición de que no le dirija ni una sola palabra ni una mirada hasta haber
salido de aquellas. El final de la historia es conocido: Orfeo no puede
resistirse a las lastimosas llamadas de Eurídice, que se lamenta de su
indiferencia; se gira para consolarla e inmediatamente la pobre ninfa es
arrastrada a «la inmensa noche», sin esperanza de retorno. A Orfeo no le queda
otro recurso que cantar su amor perdido, llorando sin cesar el fin de Eurídice.
Y tanto lo hizo que las Bacantes, irritadas al ver cómo un joven de semejante
hermosura seguía siendo tan estúpidamente fiel a una muerta, «lo desgarraron y
dispersaron los pedazos de su cuerpo por la vasta extensión de los campos»[9].
He
aquí el drama del que Aristeo es responsable, y que es la fuente de su
desgracia. «He aquí la razón —explica Proteo a Aristeo— de la desaparición de
tus abejas. Tú eres la causa de esta horrible tragedia. En efecto, cuando se
han enterado de la muerte de Eurídice, sus amigas las ninfas de las cañadas,
las Napeas, se han vengado y han matado a todas tus abejas».
La abeja, la ninfa y la mujer perfecta
Donde
se comprende por qué conviene elegir a una abeja por esposa
Esta
revelación llenó de estupor a Aristeo, pero no le sorprendió demasiado. No nos
ocurre lo mismo a nosotros. Según el relato de Proteo, nos parece
incomprensible que el amable Aristeo, que siempre ha sido la encarnación de la
dulzura y la virtud, se haya transformado de repente en un sátiro lascivo nada
más ver a la recién casada Eurídice. Por otro lado, resulta sorprendente que
las Ninfas hayan preferido vengarse en las abejas en lugar de hacerlo en el
propio Aristeo, quien, recordémoslo, no es todavía ni divino ni completamente
inmortal. Así pues, no era un adversario muy difícil de castigar. Sobre estos
dos puntos es preciso que hagamos una investigación complementaria.
Esta
ha sido realizada con ímpetu por el antropólogo Marcel Detienne en un magnífico
artículo consagrado a la interpretación del mito de Orfeo, que nos enseña mucho
acerca de la función mitológica de la abeja[10].
Detienne
recuerda, en primer lugar, que las Ninfas son las verdaderas «inventoras» de
las abejas, mientras que Aristeo es solo su guardián. Por tanto, es lógico que
tengan poder para quitárselas con el fin de castigar y vengar la muerte de su
compañera.
Pero ¿por qué precisamente este castigo? Detienne señala que, en toda la
antigua Grecia (como veremos más adelante), la abeja encarna un ideal de vida
pura y casta, lejos de toda clase de corrupción. La colmena presenta siempre
una limpieza perfecta; la abeja no se siente atraída en absoluto por el sexo,
ya que jamás se la ha visto emparejarse; es estrictamente vegetariana (a
diferencia de la avispa, que es carnívora). Son numerosos los autores clásicos
que señalan su asco ante los olores demasiado fuertes, ya sean los hedores de
la podredumbre o los pronunciados efluvios de una fragancia demasiado dulce.
Quien se les aproxime con exceso de perfume, añaden estas «autoridades», corre
un gran riesgo de ser atacado, y también el apicultor si ha cometido alguna
falta, especialmente si le es infiel a su legítima esposa.
Todas
estas cualidades hicieron de la abeja en la antigua Grecia el modelo de mujer
ideal. Como escribe Detienne, «es el emblema de las virtudes domésticas: fiel a
su marido, madre de hijos legítimos, regenta el espacio íntimo del hogar, cuida
del bien conyugal sin apartarse jamás de un comportamiento lleno de
comedimiento y decencia (sofrosine y aidos), uniendo
así las funciones de esposa y de una especie de superintendente, no se muestra
glotona, ni dada a la bebida, ni inclinada a dormir, y rehúsa obstinadamente
las chácharas amorosas que tanto gustan al género femenino»[11]. Hay que
decir que, en la antigua Grecia, la «raza de las mujeres», surgida de Pandora
—esta maldición lanzada por Zeus sobre los hombres como contrapartida del fuego
robado fraudulentamente por Prometeo—, es objeto de todos los reproches.
Encontramos un notorio indicio en el poeta elegíaco Semónides de Amorgos (siglo
VII a. C.), del que solo nos queda una obra, la primera realmente misógina de
la literatura occidental. En su poema Sobre las mujeres identifica
diez razas creadas por Zeus para castigar a los hombres, de las que la mayoría
se relacionan con los animales y, naturalmente…, con sus defectos: la
mujer-perro es ruidosa e incontrolable, la mujer-asno es testaruda y
desvergonzada, la mujer-cerdo es sucia y voraz, la mujer-zorro es versátil, la
mujer-comadreja es fea e hipócrita, la mujer-mono es desagradable y astuta, la
mujer-caballo es coqueta y despilfarradora. En este inventario, solo hay una
especie que merezca su favor: la mujer-abeja.
Esta
pertenece a la raza de la abeja: feliz aquel al que le haya tocado en suerte.
Solo ella no merece ningún reproche. Gracias a ella la vida resulta floreciente
y larga; amada por su esposo al que ama, envejece con él y da lugar a una bella
y noble familia. Brilla entre todas las mujeres y una gracia divina se expande
a su alrededor. No le gusta sentarse en un corro de mujeres donde se mantienen
conversaciones licenciosas. Es Zeus quien concede a los hombres estas mujeres
tan excelentes y sabias. Pero todas las demás razas que hemos visto también se
deben a Zeus y se encuentran entre los hombres. Pues el mayor azote que ha
creado Zeus son las mujeres.
Hesíodo,
en la Teogonía, no afirma otra cosa cuando, comparando a las
mujeres pandorianas con los zánganos lascivos y perezosos de la colmena,
señala: «Es el esfuerzo del prójimo lo que introducen en su barriga.
Exactamente así es cómo, para los hombres, las mujeres son un mal»[12]. Salvo si
tienen la fortuna de encontrar una prudente esposa más parecida a la abeja que
al zángano.
Se comprende así que las veleidades adúlteras de Aristeo lo hicieran indigno de
ser apicultor jefe. Y las abejas, engañadas, prefirieran desaparecer antes que
permanecer bajo su yugo impuro.
La misión de Aristeo
Pero
aún quedan por explicar las razones del comportamiento, cuando menos
sorprendente, de Aristeo: ¿por qué este buen marido, trabajador y servicial, se
desmorona ante la simple vista de Eurídice? La respuesta de Marcel Detienne a
esta pregunta es tan simple como luminosa: Aristeo, el apicultor, no puede
resistirse a Eurídice porque Eurídice es una abeja, o, mejor
dicho, una ninfa, es decir, una abeja muy joven. En efecto, en
la clasificación griega de las edades de la mujer, se distinguen varios
periodos. En primer lugar, está la korè, que designa a la
joven impúber y no casada. Es un poco salvaje, sin deseo sexual, puesta bajo la
protección de Artemisa, la diosa de la caza. Tras su matrimonio, y desde que
pare, la mujer se convierte en una mêtêr, o lo que es lo
mismo, una matrona, y, al mismo tiempo, en una buena esposa y madre de familia.
Es la imagen de la abeja realizada, discípula de Deméter (véase polinización
núm. 2). Pero entre ambas hay un periodo crítico, la edad en que la mujer
es nynfé, desde la víspera de su matrimonio hasta el
nacimiento del primer hijo. Es el momento de todos los peligros: tras despertar
a la sexualidad y a la sensualidad, la joven ninfa corre el riesgo de perderse
rehusando su destino (y su realización) como mêtêr. Se
arriesga a convertirse en una hetaira, una cortesana —o
incluso en una «ninfómana»—, abandonándose por completo al amor bajo el signo
de Afrodita. Es esto, precisamente, lo que amenaza a Eurídice, ninfa sublime,
seducida por el poeta Orfeo. Acaban de casarse, pero ya parecen tener aspecto
de establecerse como una buena pareja burguesa —¡señor y señora Orfeo!—, tener
hijos, gozar de una buena situación, una casita tranquila… ¡Imposible! El
peligro existe: parten hacia una «luna de miel» sin fin. Su deseo de unirse es
tan absoluto que incluso pretenderán superar la inevitable separación de la
muerte. Este amor no es razonable ni vivible: es desmesurado (hybris) y,
por ello, su fin solo puede ser trágico.
Y es
aquí donde interviene Aristeo. Comprende de inmediato la situación, pues en las
colmenas, a las abejas jóvenes que abandonan el estadio de larva se las llama
Ninfas. Al ver en Eurídice a una abeja joven, no puede evitar querer poseerla,
lo que en cierto sentido es normal, ya que él es el señor de las abejas, el
apicultor jefe. Pero, sobre todo, ve claramente el peligro que corre Eurídice
ante un Orfeo que es «todo miel» y que representa el peligro de desviarla de su
cabal destino de esposa-abeja. Así, Aristeo desempeña el ingrato papel del
principio de realidad —de superyó, que se diría en psicoanálisis—. Y si corre
tras Eurídice, no es tanto para seducirla como para «meterla en cintura», para
obligarla a abandonar su estatus de ninfa —y de virtual ninfómana— y entrar en
el de buena abeja, hada de la casa. La «luna de miel» se acabó: ¡manos a la
obra, hay que pensar en parir y producir!
Así
pues, Aristeo no abandona su papel de guardián de la colmena al perseguir a
Eurídice con su cortejo; solo hace su trabajo. Pero el mito va más allá: nos
muestra a un Aristeo encargado de mantener el mundo a medio camino entre la
brutalidad salvaje y las excesivas suavidades de la cultura. Ya dijimos que es
a la vez cazador y pastor, protegiendo los rebaños de las bestias salvajes. Y
es también agricultor al salvaguardar los frutos de la naturaleza de la
voracidad de los animales domésticos. El señor de las abejas es también el
garante del buen equilibrio entre naturaleza y cultura, el encargado de evitar
ambos excesos simétricos. Volvemos a encontrar la ambivalencia de la abeja:
pertenece a ambos órdenes y, asimismo, se la considera la guardiana del principio
original, la garante de la armonía y la condición del orden cósmico.
El retorno de las abejas
Por
tanto, Aristeo, sin saberlo, es también el elegido por los dioses para evitar
un desorden cósmico. Al estar la suerte de Eurídice y Orfeo determinada
(trágicamente), su «maldición» ya no tiene razón de ser. Es así como hay que
comprender la recomendación de su madre Cirene, que le ordena que vaya a
hacerse perdonar por las Ninfas: «Vete, suplícales, llévales ofrendas, solicita
su perdón; adora a las Napeas para que sean indulgentes: ellas otorgarán su
perdón a tus súplicas y relajarán su furia»[13]. Cirene
indica a su hijo un sacrificio ritual, que deberá ejecutar escrupulosamente.
Tendrá que consagrar a las Ninfas cuatro de sus toros y otras tantas novillas;
los dejará allí y volverá nueve días después para sacrificar una oveja negra y
otra novilla en honor de los Manes de Orfeo y Eurídice. En ello se afana
Aristeo. Y es entonces, al noveno día, cuando sucede el milagro. «Prodigio
súbito y maravilloso, a través de la carne licuada de los bueyes, se ve a las
abejas bullir en su vientre, zumbando y saliendo a grandes borbotones de sus
flancos reventados, para después formar inmensas nubes y afluir en masa a la
copa de un árbol cuyas ramas curvarán al suspender de ellas su racimo»[14]. Es el
retorno de las abejas y la invención de un procedimiento mágico de producción
de las abejas, que tendrá una larga posteridad: la bugonía (véase polinización
núm. 3, e ilustración 2 del cuadernillo de fotos). Aristeo, de todos modos,
está satisfecho; las Ninfas se han calmado y los dioses están contentos, pues
las abejas han vuelto para mantener el frágil equilibrio entre el salvajismo y
la civilización…
La misión de Aristeo se ha cumplido. Por otro lado, es recompensado al ser
reconocido, por fin, como un dios de pleno derecho, y desaparece sin dejar
rastro…
El relato de este mito de gran riqueza nos proporciona una primera aproximación
a la «ética de la abeja», según el espíritu de los griegos antiguos: hay que
evitar todo exceso y conservar siempre la justa medida. Si la humanidad se
construye sobre el rechazo de la naturaleza bruta y salvaje, puede, asimismo,
destruirse por abuso de la cultura. La abeja nos guía en esta sabiduría
fundamental, que consiste en mantener el equilibrio. No solo nos proporciona
una clave simple y accesible para todos que permite comprender el enigmático
paso del Caos al Cosmos organizado, la invención de la tranquilidad y la
civilización, sino que también nos indica cómo conservar la frágil adquisición
del orden instituido. Entregado en exclusiva a la naturaleza, el mundo corre el
peligro de pudrirse. Abandonado únicamente a la producción humana (la poesía de
Orfeo), el mundo puede quemarse las alas. Es preciso cuidarse de ambos
extremos. Lo que nos recuerda el fin de ese otro mito famoso: el de Ícaro.
Recordemos que el joven, embriagado por su aéreo vuelo, y a pesar de las
recomendaciones de su padre Dédalo, se aproxima demasiado al sol. Es entonces
cuando las plumas de sus alas se desprenden, porque el calor derrite lo que las
mantenía pegadas entre sí… la cera de abeja.
La desmesura (hybris); he aquí lo que amenaza el genio
inventivo de los hombres. He aquí por qué el mito de Aristeo continúa
hablándonos hoy día, en una época dominada por la ciencia, la innovación y el
control. La mitología es, naturalmente, pesimista, ya que nos explica el
sentido del mundo a partir de una edad de oro perdida; la ciencia es,
espontáneamente, optimista, ya que funciona con el «progreso». Pero podría ser
que nosotros, seres humanos de la edad hipermoderna, tuviésemos que vivir con
ese extraño sentimiento de que todo va al mismo tiempo de mejor en mejor y de
peor en peor.
Perséfone
y Deméter
Koré
y Méter son también los nombres primitivos de estas dos divinidades: Perséfone
y su madre Deméter, diosa de la fertilidad. Perséfone era de una belleza tal
que el malvado Hades, su tío, la raptó para hacerla su esposa. Alarmada por su
repentina desaparición, Deméter salió en busca de su querida hija y, al no
encontrarla, decidió hacer una especie de «huelga de fertilidad» mientras no le
fuese devuelta. Entonces la tierra se desecó; las plantas dejaron de crecer; el
universo estuvo hambriento. Al saber que su hermano Hades retenía a su hija,
Deméter llevó el asunto ante Zeus. Este, muy molesto, y no queriendo ofender a
su hermano ni a su hermana, propuso un compromiso. Decidió que Perséfone se
quedara seis meses en los infiernos con su esposo, y se reuniera con su madre
el resto del año. Así se inventaron las estaciones: durante la ausencia de su
hija, en otoño y en invierno, Deméter abandona su trabajo; a su vuelta, en
primavera, hace florecer de nuevo la tierra.
Igualmente, las abejas permanecen encerradas en la colmena durante la estación
«mala» para reaparecer con el buen tiempo. En toda la antigua Grecia se
celebraba un culto en memoria de esta historia durante las grandes fiestas
llamadas Tesmoforías. Participaban en ellas las mujeres casadas, denominadas
para la ocasión melissai. Un culto igual se desarrollaba también en
el templo de Artemisa, en Éfeso, una de las siete maravillas del mundo antiguo.
A Artemisa se la representaba siempre en compañía de abejas. Por otra parte,
señalemos que a la pitia de Delfos se la llamaba Melisa. Vemos, pues, que la
abeja no solo es mito (o relato del origen), sino que también
es rito, es decir, la evocación regular de las reglas del
ordenamiento primordial.
La
bugonía o el misterio del origen de la vida
La
bugonía (del griego bou, «buey» y gonos, «nacimiento»)
designa la creencia según la cual las abejas nacen de las entrañas de un buey
muerto (o, en ocasiones, de un león) mediante un proceso que más adelante se
llamará «generación espontánea». Se pensaba que este era el único modo disponible
en la época para explicar el desarrollo de una especie de insectos que se
reproducía sin sexualidad, de forma perfectamente casta y pura. Esta leyenda
tuvo siete vidas a lo largo de la historia, pues la seguimos encontrando en el
siglo XVIII e incluso en el XIX. Pero su éxito se debe también a que aborda los
problemas esenciales e insolubles del origen de la vida y de la relación entre
el cuerpo y el espíritu. La bugonía, por tanto, nos permite representar de
maravilla la idea de la reencarnación, de la metempsicosis y de la inmortalidad
del alma: como un enjambre abandona la colmena, un alma abandona su cuerpo.
Pero, aun así, reaparece a partir de un cuerpo muerto para ir a ocupar otro
vivo.
En el siglo XVII, el filósofo Malebranche (1638-1715) volverá sobre este mito
para refutarlo. Para él, la idea misma de generación espontánea ponía en
peligro la existencia de un solo Dios, único creador de la vida. También se
esforzó en mostrar, a través de sus experimentos, por otro lado bastante
astutos, que la bugonía no había ocurrido ni podía ocurrir. Oponía otra teoría,
bastante divertida para nosotros los contemporáneos, que en su época se
denominó «preformacionismo», según la cual todo ser vivo proviene de un germen
inicial producido por el mismo Dios. Lo que hace que todo huevo animal contenga
no solo un animal, sino a todos los animales futuros de su linaje, como las
muñecas rusas. Las observaciones al microscopio de la época parecían confirmar
esta teoría, pues se podía ver ya en el germen, en pequeño, la forma del ser
adulto. Malebranche, en la décima de sus Conversaciones sobre la
metafísica y la religión (1688), escribe que la abeja de finales del
siglo XVII existía ya en forma microscópica en el huevo de la primera de todas
las abejas. Uno de los protagonistas de su libro se entretiene en calcular «la
relación del tamaño natural de la abeja con el que tenían las abejas de 1687 al
principio del mundo, suponiendo que hayan sido creadas hace seis mil años»[15]. La
construcción de seres tan minúsculos es posible, pues «la materia es divisible
hasta el infinito». El descubrimiento del código genético, en cierto sentido,
ha devuelto su prestigio al preformacionismo.
Capítulo 2
La abeja cosmológica
Contenido:
Aristóteles,
Virgilio, Porfirio
Aristóteles apicultor
La abeja, insecto de la miel
La abeja «prudente»
La abeja cívica
¿Cómo nace la divina abeja?
La abeja metafísica
La abeja y la paz romana: Virgilio
La abeja agrónoma
La abeja épica
La abeja, entre el epicureísmo y el estoicismo
La abeja desencriptada: Porfirio
La abeja ideal de Platón
La colmena alegórica
En el camino del Uno
La filosofía como nostalgia
La abeja mística
El mito, la miel y el olivo
Aristóteles,
Virgilio, Porfirio
La
abeja se ha convertido en el emblema de la endeblez del mundo. Contaminación
química, cambio climático, mundialización frenética, agricultura intensiva,
etcétera: en cada una de estas grandes cuestiones de nuestro tiempo, la abeja
aparece como la víctima inocente de las fechorías de la técnica humana. Su
destino es testimonio del trágico desorden de una naturaleza cada vez más
dominada por un diabólico consorcio. Fausto, Prometeo y Frankenstein, S. A.,
podríamos decir, o sea, la omnisciencia, la omnipotencia y la locura de lo
grandioso reunidas en el hombre, por el hombre y para el hombre. Frente a la
triple pretensión de saberlo, dominarlo y fabricarlo todo, la abeja aparece
como el ser frágil por excelencia, símbolo de la vulnerabilidad de una naturaleza
sometida a las imposiciones de lo humano. Pero lo que también explica el éxito
mediático de este insecto, sobre el que se proyectan incesantemente las
angustias del presente, hunde sus raíces en una larga y antigua tradición, ya
que hoy día lamentamos con tanta emoción —y, en ocasiones, con énfasis— el
declive de la abeja porque durante mucho tiempo fue considerada el símbolo
privilegiado de la belleza y de la armonía del mundo, cuando la Naturaleza se
consideraba infinitamente más vasta, poderosa y duradera que todos los mortales
reunidos. De modo que encontramos un segundo uso para nuestro insecto
preferido, que podríamos arriesgarnos a clasificar de «cosmológico», siempre
que nos pongamos de acuerdo sobre el significado de este término.
Mientras la mitología se interesa por el relato del origen de las cosas, la
cosmología intenta comprender el secreto de su disposición ordenada.
Naturalmente, ambas perspectivas se solapan y veremos en repetidas ocasiones
que hay un uso cosmológico de la mitología (tal como también existe una
prefiguración del Cosmos en el relato mitológico); pero los dos caminos
divergen en su principio. En un caso, damos cuenta del conjunto de lo real, de
su orden y de sus valores mediante el relato del origen; en el otro, tratamos de
entender la naturaleza profunda de lo que existe mediante el análisis teórico
de las relaciones entre las cosas. La mitología nos cuenta la edad de oro
ancestral; la cosmología teoriza las relaciones eternas.
Pitágoras habría sido el primero en dar el nombre de Cosmos al
universo manifiesto. Poco importa que esto sea cierto o no; la imagen que nos
proporciona es sublime: representa el universo como una lira, cuyos
componentes, la afinación de sus cuerdas y el juego musical están guiados por
un principio divino e inmutable. Es lo que nos recuerda Platón[16]: «Los
sabios, Caclicles, dicen que la afinidad, la amistad, el buen orden, la
moderación y la justicia mantienen juntos al cielo y a la tierra, a los dioses
y a los hombres; he ahí por qué, querido amigo, dan a este conjunto el nombre
de Cosmos y no lo llaman desorden o desajuste». Aplicado al
universo entero, significa que el mundo es como un gigantesco ser viviente,
dotado de un alma (es decir, de un principio motor o «animador») y cuya
constitución es perfecta, armoniosa, justa, bella y buena. En el universo,
cualquier ser o bien se halla en su lugar, o bien tiende a llegar a él. Como
dirá Cicerón: «El mundo es un ser animado, dotado de consciencia, de
inteligencia y de razón»[17]. A partir de
ese momento, la función del filósofo es tan límpida como evidente. Para él se
trata de identificar y describir este ordenamiento sublime (teoría) y después
extraer reglas de conducta (ética), y de esta manera aplacar o suprimir todos
los miedos y angustias que impiden al hombre vivir feliz. Ahora bien, en estas
tres tareas, la abeja va a ser para el filósofo una guía privilegiada y segura:
reflejo sublime de la armonía del mundo, resulta también un ejemplo perfecto de
conducta virtuosa, y ella misma se convierte, en el fondo, en un modelo supremo
de sabiduría. Si existe un uso filosófico de la abeja, es porque la abeja es filósofa
y, como dirán muchos de los antiguos[18], porque
es sabia. Y para quien es sabio no hay ninguna necesidad de
filosofía.
Aristóteles apicultor
Donde
se ve cómo la colmena proporciona la clave del misterio del origen de las cosas
«La
abeja lleva una vida pura […]
y para ello no necesita lo más mínimo
a un Pitágoras que se lo aconseje»
ELIANO (175-235), Historia de los animales.
¿Cómo
explicar que el más grande pensador de la Antigüedad, Aristóteles (384-322 a.
C.), se haya ocupado tanto de la abeja? ¿Cómo comprender que el principal
discípulo de Platón, que fue preceptor y amigo de Alejandro Magno, que fundó su
propia escuela filosófica, el Liceo, que fue un espíritu universal al abarcar
los conocimientos más elevados, dedicase tanta energía a investigar el pequeño
mundo de la colmena? ¡Porque no hay duda de que le dedicó mucho tiempo! Si
contamos todas las especies animales estudiadas en sus obras sobre historia
natural, llegamos a un total de 581 exactamente. Pero, después del hombre, es a
la abeja a la que dedica, y con diferencia, sus más largas exposiciones[19]. ¿Por qué?
¿Qué hay en la abeja para interesar al gran maestro de la física y de la
metafísica antigua? ¿A qué enigma espera encontrar solución escrutando la vida
de la colmena?
La
respuesta es sencilla en su principio y apasionante en sus pormenores: para
Aristóteles la colmena es un microcosmos, es decir, un Cosmos
en pequeño; estudiándolo de cerca, podríamos esperar comprender los misterios
del gran Cosmos universal. Esto requiere atentas observaciones, pero también
razonamientos con la finalidad de explicar algunas aparentes anomalías de una
naturaleza que siempre suponemos armoniosa, ya que esta, dice Aristóteles, «no
hace nada en vano»[20]. Así pues,
todo debe poder ser descrito de forma que refleje la finalidad de un orden
perfectamente equilibrado en el que cada cosa tiene su lugar. En este sentido,
la investigación de Aristóteles sobre las abejas no es práctica (ya que no
proporciona consejos a los apicultores), ni científica sensustricto (puesto
que no describe el funcionamiento de la colmena en sí misma), sino que es
metafísica: pretende dar cuenta de la armonía del mundo. ¿Por qué razón es la
abeja tan especialmente apropiada para esta investigación?
Para
darnos cuenta, hemos de seguir de cerca los pasos de Aristóteles. Es
absolutamente fascinante, porque desvela, a propósito de este pequeño ser vivo,
toda una antigua visión del mundo. Comencemos, pues, por la muy singular
definición que de la abeja da en sus textos. Se trata, nos dice, de un insecto que,
a semejanza del hombre, es al mismo tiempo prudente, político y divino. ¿Cómo
entender estos cuatro términos cuya importancia filosófica va en aumento?
La abeja, insecto de la miel
La
primera etapa va a consistir en identificar el lugar de la abeja en este Cosmos
y situarla en relación a los seres vivos estudiados. ¡Sin malentendidos! Nos
encontramos muy lejos de clasificaciones, sistematizaciones y taxonomías que,
aun hoy, siguen intentando poner orden en la diversidad de los seres vivos. Por
otro lado, las palabras genos y eidos no
tienen en Aristóteles el significado preciso que poseen hoy género y especie en
el campo de la clasificación. En él, los criterios distintivos pueden fluctuar.
Con todo, Aristóteles presenta el primer intento de hacer un inventario
completo de los seres vivos.
Comencemos
por lo más simple: la abeja es un insecto que pertenece a la vasta categoría de
los que no respiran y que están compuestos por varias secciones susceptibles de
ser cortadas. Tal es, en efecto, la etimología de la palabra insecto: es un
animal «cortable», podríamos decir. Aristóteles agrupa a nueve especies de
insectos cuyo punto en común es la fabricación de alvéolos de cera y una forma
análoga. En este grupo hay que contar a la avispa, el antreno,
el tenthredo —tres especies solitarias—, al grande y
pequeño siren, al bombylius…,y a tres castas de
abejas. Es importante resaltar este punto, ya que los que reunimos bajo el
nombre de «abeja» no son identificados por Aristóteles como una única especie.
Según él, tres especies cohabitan en la colmena: los jefes (para nosotros, las
reinas), los zánganos y las chrestai melissai (es decir, las
«mejores abejas», que se corresponden con nuestras obreras)[21]. Hay incluso
cinco, porque en ocasiones añade las abejas largas y las abejas ladronas,
nefastas para la colonia[22].
En
su género, la abeja es más bien rudimentaria: tiene «seis patas y cuatro alas
formadas por membranas secas y sin estuche». Sus alas «no vuelven a crecer
cuando han sido arrancadas». La abeja, como todos los animales, está dotada de
sensaciones: posee visión, ya que tiene ojos, aunque, sin duda, no ve muy bien;
olfato, ya que «huele» la miel que está en las flores; pero Aristóteles no está
seguro de que disponga de oído, lo que la hace no apta para el aprendizaje,
pues tenerlo supondría abrirse al prójimo[23]. Por otro
lado, parece que, al igual que otros animales inferiores (como la hormiga o el
gusano), no tiene mucha imaginación, es decir, capacidad para representar un
objeto que esté ausente, lo cual le impide toda clase de abstracción.
Si nos detuviésemos aquí, la abeja no tendría ningún interés. Pero lo más
importante no es tanto su descripción externa como su finalidad, que permite,
en primer lugar, compararla con dos animales próximos a ella: la araña y la
hormiga. La primera, dice Aristóteles, caza y no guarda provisiones; la segunda
«recoge los productos elaborados por otros». En cuanto a la abeja, tiene la
particularidad no solo de producir su propio alimento, sino también de
almacenarlo. ¡Y qué alimento!: la miel, esa sustancia adornada con numerosas
virtudes, tanto reales como simbólicas. Aristóteles la considera una sustancia
caída del cielo y recolectada por los habitantes de la colmena sobre las hojas
y las flores. ¿Cómo no pensar que este rocío azucarado (véase polinización
núm. 4) surgido de las esferas celestes podría revelarnos algún aspecto
esencial acerca del orden profundo de las cosas? He ahí el primer indicio
referente a la importancia cosmológica de la abeja. Pero está lejos de ser el
único.
La abeja «prudente»
Vayamos
más lejos. Insecto recolector, almacenador y transformador de miel, la abeja
también puede ser calificada si no de «inteligente», al menos de
«prudente» (fronimos). Para Aristóteles, este término tiene un
sentido muy preciso: designa la capacidad de realizar los actos de la vida
práctica de forma adecuada. Desde este punto de vista, las aptitudes de la
abeja superan con mucho las de numerosos animales de sangre caliente[24]; incluso, a
semejanza de las arañas o de las hormigas, no actúa «ni por arte, ni por
investigación, ni por deliberación»[25], sino por
impulso natural. Esta capacidad de actuar respecto a ciertas metas complejas,
como por ejemplo la construcción de panales de cera, da prueba de su finalidad:
sabe siempre qué hay que hacer, cuándo y cómo hacerlo, de acuerdo con una
regularidad ejemplar, pero jamás se pregunta el por qué hacerlo. A diferencia
del hombre, la abeja no duda de nada. Hablando con propiedad: no quiere nada,
lo que constituye toda su virtud, ya que ignora las angustias humanas respecto
a saber qué medios se deben escoger para realizar los fines. La abeja es
perfectamente prudente porque no tiene voluntad[26]. Es lo que
repetirá Tomás de Aquino al comentar a Aristóteles en la Suma
Teológica: «Todos los animales tienen, en su poder natural de
estimación, cierta participación en la prudencia y la razón. Es por esta razón
por la que las grullas siguen a sus guías y las abejas obedecen a su reina». Y
más adelante: «Como dice Aristóteles: “Pertenece a la prudencia el escoger bien
los medios”». Pero la prudencia les conviene a los animales. Así, Aristóteles
llama «prudentes sin necesidad de haberlo aprendido a todas las que no son
capaces de oír los sonidos como las abejas». Y esto es manifiesto en el plano
sensible: animales como las abejas, las arañas y los perros muestran en su
actividad una sagacidad asombrosa[27]. En cuanto a
«lo que en el hombre se llama arte, sabiduría y ciencia, se corresponde en los
animales con otra potencialidad natural del mismo tipo»[28]. En resumen,
en materia de sentido común, sentido práctico y adaptabilidad a situaciones
concretas, la abeja está lejos de ser la peor dotada de la naturaleza. ¡Incluso
roza la excelencia.
La abeja cívica
Sin
embargo, por ahora no tenemos nada que posibilite a Aristóteles hablar de las
abejas como de «una especie excepcional y aparte»[29]. Así, añade
una tercera característica: este insecto prudente también es político.
Lo dice en dos ocasiones y en dos contextos muy diferentes. En primer lugar, en
la Política, donde insiste, en un célebre pasaje, sobre la
especificidad y la superioridad de la ciudad humana, cuyos miembros están
dotados de lenguaje [logos] y los mueve la puesta en común de
principios éticos.
Por
ello resulta evidente que el hombre es un animal político en mayor grado que
cualquier abeja y que cualquier animal gregario. Pues, como decíamos, la
naturaleza no hace nada en vano; ahora bien, único entre los animales, el
hombre posee un lenguaje (logos). Es cierto que la voz (foné) es
la señal de lo doloroso y de lo agradable (también en los animales). Pero el
lenguaje existe con el objeto de manifestar lo ventajoso y lo dañino, y, por
ende, lo justo y lo injusto. En efecto, solo hay una cosa que sea propia de los
hombres entre todos los animales; el hecho de que solo ellos captan el sentido
del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto, y de otros sentimientos de
este tipo. Ahora bien, tener tales nociones en común es lo que constituye la
familia y el estado (oikan kai polin)[30].
Aristóteles
vuelve sobre el tema en Historia de los animales desde una
perspectiva diferente, tratando de comparar «los modos de vida y las acciones
de los animales» en general:
Entre
los animales, unos son gregarios (agelaia), otros
solitarios (monadika), sean estos pedestres, alados o
nadadores, otros más pertenecen a ambos [modos de vida]. Entre los gregarios,
como entre los solitarios, los hay políticos (politika) y
dispersos (sporadika). Así, entre las aves, es gregaria la
especie de las palomas, la grulla, el cisne (ningún ave con las uñas curvadas
es gregaria), y entre los nadadores, hay numerosas especies de peces, como los
llamados migratorios, los atunes, los pelámides, los bonitos; en cuanto al
hombre, este pertenece a ambos. Son políticos los que actúan con vistas a una
empresa única y común, lo cual no hacen todos los gregarios. Tales son el
hombre, la abeja, la avispa, la hormiga, la grulla. Y, entre ellos, unos están
sometidos a un jefe (hegemona) y otros no tienen jefe (anarcha), así
la grulla y la especie de las abejas están sometidas a un jefe, pero las
hormigas y una miríada de otros no tienen jefe[31].
En
este segundo texto, toda diferencia parece haber desaparecido. Aristóteles
insiste aquí en lo que identifica a la ciudad humana con la colmena, es decir,
la vida colectiva, la unidad de lugar, el planteamiento común y la presencia de
una hegemonía. Pero hay otro punto de comparación decisivo que hace similar la
ciudad de los hombres con la de las abejas: una y otra reúnen a individuos
diferentes. De igual forma que la ciudad aglomera esclavos, metecos,
ciudadanos, jefes, etcétera, la colmena está compuesta de diferentes especies:
los jefes, las obreras, los zánganos y esas dos clases de abejas, las largas y
las ladronas, que es preferible evitar que se desarrollen demasiado. Esta
unidad de la diversidad es excepcional en el mundo animal y merece por ello un
especial examen del sistema que la rige. En pocas palabras, para el lector
atento, el problema es el siguiente: ¿cómo entender que las abejas sean, por
una parte, menos políticas que los humanos (en el primer texto) y, por la otra,
tan políticas como los humanos (en el segundo texto)?
La respuesta de Aristóteles es clara: los hombres y las abejas no son políticos del
mismo modo. Las abejas no tienen necesidad del lenguaje (logos) para
construir su ciudad: son políticas de forma natural; mientras
que los hombres, dotados de forma natural del logos son
«lógicamente» políticos. Por otra parte, es por esto por lo que sus ciudades
funcionan bastante peor que las de las abejas. En efecto, como precisan del
arte (techné), la investigación y la deliberación para construirlas
—otro de los signos de su superioridad sobre los animales—, corren el riesgo,
en todo momento, siempre que ejerzan mal estos talentos (lo que, por desgracia,
es frecuente), de caer en deficiencias desagradables, o incluso trágicas. ¡En
materia política, las abejas son, sin duda, menos filósofas, pero, ciertamente,
mucho más prudentes que los hombres!
Esto explica por qué Aristóteles jamás va a tener la tentación de extraer una
lección política o moral de la vida de la colmena. En este caso da muestras de
una moderación excepcional en el seno de la Antigüedad grecorromana. Al
contrario que la mayoría de sus sucesores, no considera que sea una monarquía o
una república ideales. Y si señala la limpieza, la frugalidad, incluso la
pureza de las abejas que, dice, detestan tanto lo fétido como los perfumes
suaves, e incluso llegan a alejarse de la colmena para deshacerse de sus
excrementos[32], jamás se
arriesga a extraer un modelo ejemplar cualquiera para el hombre. En
Aristóteles, la abeja jamás es fabulosa o fabuladora: describir la finalidad de
su organización colectiva es suficiente, con mucho, para su proyecto, sin que
por ello sea necesario añadir nada sobre la belleza, el orden y la armonía del
mundo.
Pequeño
Cosmos en el gran Cosmos, el funcionamiento de la colmena se explica a la
perfección una vez que se comprende su doble finalidad: la recolección y el
ahorro de la miel. Toda la economía de la colmena, la diversidad de sus
miembros, sus «costumbres» se conciben como el medio natural para realizar este
fin, es decir, permitir a la abeja realizarse en su mayor perfección. Las
pretendidas «virtudes morales» o «capacidades técnicas» de la abeja, que tan
alabadas han sido en la Antigüedad, no son, en realidad, más que muestras de la
armonía de la naturaleza, ya que, como escribe Aristóteles, «hay mucha más
finalidad y belleza en las obras de la naturaleza que en las del arte [techné]»[33].
¿Cómo nace la divina abeja?
Podríamos
habernos quedado aquí. Pero, una vez más, el carácter excepcional de la abeja,
confirmado en repetidas ocasiones por Aristóteles, se habría exagerado mucho.
Es aquí donde interviene el cuarto calificativo de la abeja: insecto de
la miel, prudente, político… y «divina»[34]. Podríamos
estar tentados de ver una especie de bug mitológico en el
razonamiento, hasta aquí casi «científico», de Aristóteles. Poco seguro de su
método, habría retrocedido fugazmente, e incluso habría cometido un lapsus al
mezclar la religión en su observación. Pero esto sería engañarse burdamente y
olvidar que, para Aristóteles, el propio Cosmos es divino. Es así como hay que
entender el término, según su sentido primero: lo divino es lo que no es mortal
y que, más allá incluso de la inmortalidad, toca la eternidad.
A esto se refería Aristóteles en su tratado sobre el alma cuando quería mostrar
que el tema de la generación era decisivo para comprender lo divino:
La
más natural de las funciones de todo ser vivo que está completo y que no está
inacabado, o cuya generación no sea espontánea, es crear otro ser semejante a
él; el animal, un animal; la planta, una planta, de forma que participe de lo
eterno y de lo divino en la medida de lo posible. Pues tal es el objeto del
deseo de todos los seres, la finalidad de su actividad natural[35].
Cada
ser, añade Aristóteles, aspira a durar eternamente, pero como no puede
«participar de lo eterno y de lo divino de forma continuada» (ya que la mayoría
de los seres vivos son corruptibles) es mediante la perpetuación de la especie
como participa de la eternidad cósmica. Dicho de otro modo, para Aristóteles el
simple hecho de reproducirse conlleva ya algo divino.
Pero ¿qué tienen de especial las abejas en su participación de lo divino? ¿Qué
es lo que poseen que el resto de los seres vivos no tiene? Para Aristóteles, es
su forma de engendrar lo que las convierte en excepcionales, pues, según él, no
practican ninguno de los métodos habituales de reproducción. Su especie no
perdura, afirma, ni por generación espontánea (lo cual constituía una hipótesis
corriente en la Antigüedad —la bugonía[36]— que
el propio Aristóteles no menciona) ni —lo que para nosotros es aún más extraño—
por reproducción sexual. En efecto, hasta un periodo reciente, los observadores
más atentos del mundo de la colmena jamás pudieron observar la menor relación
entre sus habitantes, por lo que su identidad sexual resultaba muy misteriosa:
¿eran machos, hembras, bi, trans…? Incluso se podría dudar que fuesen de la
misma especie.
Es esta rareza natural la que interesará a Aristóteles lo suficiente como para
que le dedique una larga exposición en su tratado Reproducción de los
animales. La anomalía, a decir verdad, es doble: no solo las abejas
«engendran sin copulación» (lo que ya es sorprendente), sino que, sobre todo,
«no engendran la misma especie que ellas» (lo que se convierte en rotundamente
misterioso). He aquí el principio del pasaje:
Dando
por hecho que las abejas constituyen una especie excepcional y aparte, parece
que su generación también es aparte. En efecto, si las abejas engendran sin
copulación, este es un fenómeno que puede producirse también en otros animales; pero
que no engendren a su misma especie es una particularidad que les es
propia [la cursiva es nuestra]. Pues los salmonetes engendran
salmonetes y las percas engendran percas. El motivo es que las
propias obreras no son engendradas como las moscas y los animales de este
género, sino que nacen de una especie diferente, aunque próxima: en efecto,
nacen de los jefes […]. La generación de insectos de especies próximas, como
los abejones y las avispas es, en ciertos aspectos, la misma para todos; sin
embargo, lo maravilloso queda excluido, ya que está dentro del orden: pues
estos insectos no tienen nada de divino, como la especie de las abejas[37].
Así,
la abeja participa de la eternidad de la generación de una forma excepcional:
no se contenta con reproducir lo mismo, sino que produce algo
diferente,podríamos decir, algo divino y superior, algo
divino que nada tiene en común con la banal reproducción de lo idéntico de los
animales. Y esto es lo que apasiona a Aristóteles, pues esta capacidad de
producir lo diferente ofrece, a un espíritu metafísico como el suyo, una clave
para resolver un problema mucho más amplio: el del origen de todas las cosas y el
funcionamiento del mundo. ¿Cómo se pasa del no ser al ser? ¿Cómo se pasa de lo
uno a lo múltiple? ¿Cómo pensar sobre los cambios en el ser? ¿Cómo concebir la
diversidad de un ser Uno? Para Aristóteles, la reproducción de la abeja se
convierte en un problema ontológico,es decir, apunta a la propia
naturaleza de lo real. He aquí su análisis y solución, que mezclan —lo que no
debe desconcertar al lector de hoy— observaciones y razonamientos, pues, para
él, la cuestión de la generación de los animales no se diferencia de un
análisis lógico: una conclusión nace de una mayor y de una menor, como un
vástago de un padre y de una madre… con la misma necesidad apodíctica (¡excepto
para los monstruos que son errores de razonamiento de la propia
naturaleza!).
La abeja metafísica
Toda
la excepcionalidad de la colmena proviene de que reúne (al menos) tres clases
de habitantes, cuyo sexo y relaciones son inciertos y misteriosos: los reyes,
los zánganos y las abejas mejores (las «obreras»).
Para resolver el enigma, Aristóteles comienza por recoger «datos». En primer
lugar, es improbable que las «obreras» sean hembras y los zánganos machos, ya
que, observa, las obreras tienen aguijón; ahora bien, «la naturaleza no
proporciona armas para el combate a ninguna hembra». Pero tampoco es probable
que los zánganos sean hembras y las obreras machos, pues los zánganos no son
quienes se ocupan de los pequeños, sino las obreras. Dejemos de lado todas las
objeciones que un lector contemporáneo podría hacerle a este texto, pero, en
efecto, ¡Aristóteles no conocía la teoría del género!
Segundo punto: jamás ha podido constatarse ningún emparejamiento en el caso de
las abejas, ya sea en el seno de cada casta o entre individuos de castas
diferentes (por ejemplo, entre obrera y zángano, o entre obrera y rey). El
tercer elemento es otra observación: cuando los reyes faltan, no hay más crías
de obreras (lo que lleva a pensar que aquellos son decisivos para la
reproducción de las obreras), pero, por el contrario, «se ve que los zánganos
nacen incluso sin que haya jefes en la colmena» (así pues, su reproducción no
depende de ellos).
A
partir de estos elementos, ¿en qué hipótesis se puede pensar? La única solución
es que las «obreras» sean a un mismo tiempo machos y hembras, y que engendren a
los zánganos, produciendo, sin cópula, crías de estos últimos. A continuación,
hay que considerar un proceso similar en el engendramiento de las «obreras»: lo
son por los jefes (que, así pues, serían también machos y hembras a la vez),
que, además, en lo que les atañe, se engendrarían a sí mismos. En pocas
palabras, los reyes dan nacimiento a los reyes y a las obreras, quienes darían
nacimiento a los zánganos. He aquí el texto:
Así
pues, solo nos queda la posibilidad de una generación similar a la que se
produce ciertamente en algunos peces: las obreras engendran a los zánganos sin
cópula; son hembras, ya que engendran, pero tienen en sí mismas, como los
vegetales, ambos sexos, macho y hembra. Y por esto es por lo que poseen el
órgano para defenderse: pues no se puede hablar de hembra cuando no existe un
macho diferenciado[38].
Para
apoyar su razonamiento, Aristóteles apunta toda una serie de semejanzas: las
abejas se parecen a los reyes por el aguijón (pero no por el tamaño), mientras
que los zánganos se parecen a los reyes por el tamaño (pero no por el aguijón,
del que están desprovistos). Esta es la razón por la que Aristóteles califica a
las obreras de chrestai (las mejores), pues están en la justa
medida. Y esta «aristocracia» también permite entender el dispositivo de mando
y obediencia en el seno de la colmena[39]. Es normal
que la abeja obedezca al rey y mande sobre los zánganos, ya que entre ambos
existen relaciones filiales. El rey puede estar ocioso, ya que es «abuelo»,
mientras que el «nieto» zángano debe ser reconvenido por su pereza. En cuanto a
las abejas, «deben trabajar enérgicamente para cumplir la misión que se les ha
encomendado, que es la de alimentar a los hijos y a los padres»[40]: son los
adultos.
Una vez llegados a este punto, Aristóteles debe enfrentarse a una objeción:
¿para qué sirve el zángano? Es una cuestión delicada, ya que todos los
observadores han denunciado su pereza, parasitismo e inutilidad. Si al menos
tuviesen una función reproductora (lo que, en realidad, es el caso: véase polinización
núm. 5), se comprendería su papel, pero Aristóteles se lo deniega. Por ello,
como «la naturaleza no hace nada vano ni superfluo», hay que encontrar una
buena razón para la existencia de estos «inútiles». He aquí lo que enuncia
Aristóteles:
Como
los fenómenos naturales siempre respetan un orden, resulta que la facultad de
producir otra especie debe necesariamente [el subrayado es
nuestro] ser negada a los zánganos. Esto es exactamente lo que ocurre: ellos
son producidos, pero no engendran nada, y en el tercer término de la serie la
generación se detiene. Y todo ha sido tan bien organizado por la naturaleza que
las especies en cuestión continúan existiendo siempre sin que falte ninguna,
aunque no todas engendren[41].
Si
los zánganos procreasen, habría, por así decirlo, una reacción en cadena y el
proceso de engendramiento sería virtualmente desregulador; habría demasiada
población, demasiadas interacciones y muy poca producción. En efecto, añade
Aristóteles, «la presencia en su interior de un pequeño número de zánganos
contribuye a la prosperidad de la colmena, pues hace que las abejas sean más
diligentes»[42]. Así pues,
se hace necesario, para el bien de la colmena y de su buen funcionamiento, que
el zángano sea estéril e improductivo… ¿La prueba? Es estéril e improductivo.
Su «inutilidad productiva y reproductiva» es incluso un factor de control y de
éxito en la producción y en la reproducción.
Este argumento puede aplicarse a todos los desórdenes de la colmena, ya que, al
contrario que otros observadores que puedan tener tendencia a idealizar el
mundo apícola, Aristóteles no niega que se den problemas y fracasos. Hay malos
reyes, abejas ladronas, especies desordenadas… Pero estas disfunciones
participan de la armonía final y, por así decirlo, le son necesarias. Es, por
otra parte, lo que muestra el trabajo del apicultor. Si quiere ser «eficaz»,
deberá imitar mediante su arte(techné) apícola la medida
adecuada a la naturaleza, manteniendo la colmena en un estado de equilibrio
permanente: tendrá que recolectar la miel de forma mesurada sin exceso ni
parsimonia; deberá gestionar con cuidado el espacio del que disponen las abejas
en la colmena; tendrá interés en estimular los enjambres a fin de evitar que
caigan en la pereza. En este caso, la práctica va a unirse y a corroborar la
metafísica en un mensaje de «justa medida», que concierne al apicultor de hoy
día.
Las implicaciones del análisis aristotélico del mundo de la colmena van a ser
considerables (y eso sin mencionar a los discípulos de Aristóteles): Aristómaco
de Soles (siglo III) es famoso por haber pasado cincuenta y ocho años de su
vida contemplando a las abejas; o Teofrasto (371-287), que fue el autor de un
tratado, De la miel, hoy perdido[43]. Pero
también debemos citar a los romanos Catón, Varrón, Virgilio, Higineo, Plinio,
Columela, Paladio, así como a la patrística cristiana y a la mayor parte de los
autores medievales (judíos, cristianos y musulmanes), e incluso modernos. Todos
seguirán refiriéndose a los textos de Aristóteles, pero olvidando casi siempre
esta recomendación, enunciada como conclusión a la exposición sobre la
reproducción de las abejas:
Así
pues, tal es el modo como parece producirse la generación de las abejas, si se
parte del razonamiento y de los hechos que parecen constatados respecto a estos
insectos. Pero los hechos no se conocen de forma satisfactoria y, si esto
sucede algún día, habrá que fiarse más de las observaciones que de los
razonamientos, y de los razonamientos en la medida en que sus conclusiones
concuerden con los hechos observados[44].
Loable
duda que la posteridad de Aristóteles ignorará permanentemente, remitiéndose a
una autoridad más allá de todo razonamiento y de toda observación. Durante
largo tiempo, los filósofos y naturalistas prefirieron leer a Aristóteles antes
que observar a la abeja. Habrá que esperar al naturalista Swammerdam
(1637-1680) para ver en el microscopio que el rey de las abejas es una reina;
habrá que esperar al genial Huber (1750-1831) para comprender el proceso de
fecundación de la reina; habrá que esperar al documental Des abeilles
et des hommes[45] para
que esta escena de sexo tórrido sea al fin filmada gracias a un pequeño dron,
esa maravilla electrónica móvil.
Pero recordemos la lección de Aristóteles: para él, la abeja es valiosa en tres
aspectos que explican la escrupulosa atención que le presta. En primer lugar,
al ser prudente, política y divina, exactamente
igual que el hombre[46], lo ayuda a
reflexionar sobre la especificidad humana. Cercana al hombre, sin embargo no es
idéntica a él. Mientras ella recibe estas cualidades por naturaleza, el
hombre debe esforzarse en cultivarlas mediante su sabiduría y su
práctica. Además, la colmena permite examinar, a pesar de sus aparentes
anomalías, la profunda armonía del cosmos: su funcionamiento —imagen
microscópica del Universo— es la prueba viva y palpable de que «la naturaleza
no hace nada en vano». Finalmente, el enjambre permite considerar, a través del
proceso complejo y misterioso de su reproducción, que «de una cosa, otra
cosa puede nacer». Esta es una clave inestimable para quien desee
comprender el enigma del mundo, su origen y su organización, su unidad y su
diversidad. Resumiendo, estamos ante todos los ingredientes necesarios para una
verdadera metafísica de la abeja, ya que el vuelo del pequeño insecto nos guía
hacia las respuestas a las preguntas más esenciales. De modo que podríamos
decir con Virgilio: «El objeto es pequeño, pero el espectáculo es grandioso».
El
misterio del origen de la miel
En
el libro V de Historia de los animales, Aristóteles presenta dos
tesis aparentemente contradictorias sobre el origen de la miel. Por un lado
dice que la miel es «una substancia que cae del aire, principalmente al salir
las estrellas y cuando se curva el arco iris»[47]. La prueba
es que no hay miel antes de la aparición de las Pléyades (es decir, en
primavera), mientras que en otoño, a pesar de la presencia de las flores, las
abejas ya no hacen miel. Sin embargo, seis líneas más abajo Aristóteles escribe
que la abeja trae la miel «de todas las flores con cáliz, y de todas las
plantas cuyo jugo es dulce, sin perjudicar, por otra parte, al fruto[48]. Es mediante
un órgano que hace las veces de lengua como recoge y transporta todos estos
jugos». ¿De dónde viene entonces la miel? ¿De los rocíos celestes o de las
flores terrestres?
Para
Varrón (116-27 a. C.), como para el resto de los agrónomos latinos, no hay duda
de que la miel proviene de las flores, como las demás substancias (propóleo,
cera y polen), y enumera las plantas especializadas en la producción de una
cosa u otra: «Algunas no proporcionan, como la granada o el espárrago, más que
el alimento [el polen], o como el olivo, la cera; o como la higuera, la miel,
que es bastante mediocre… la miel de cítiso es mejor; pero la mejor de todas
proviene del tomillo»[49]. Virgilio
describe a las abejas libando en las flores bermejas, pues «tanto les gusta y
se vanaglorian de producir su miel». Columela (siglo I) describe de forma
detallada el entorno floral en el que deben situarse las colmenas; enumera más
de treinta y ocho variedades potencialmente melíferas (Virgilio cita treinta) y
hace una clasificación de las más apetitosas: «El tomillo es el que produce la
miel más sabrosa. Tras el tomillo vienen la ajedrea, el serpol y el orégano.
[…] Se considera la de peor calidad la miel de los bosques, porque proviene de
la retama y del madroño»[50]. En resumen,
para los romanos, llenos de un sentido común bastante rústico, el Cosmos parece
desaparecer ante consideraciones exclusivamente pragmáticas: para desgracia de
la metafísica, las abejas son unas campesinitas un poco guerreras… ¡como los
romanos!
Sin embargo, Plinio el Viejo (23-79), en su Historia natural, va a
ofrecer la clave de este enigma sintetizando las dos opciones proporcionadas
por Aristóteles: «Esta substancia [la miel] viene del aire, sobre todo al salir
las constelaciones; se forma principalmente cuando Sirio está en su esplendor,
nunca antes de salir las Pléyades, en el momento del alba. Así, también se
encuentra en la primera aurora, pues las hojas de los árboles están humedecidas
de miel, y quienes están al aire libre por la mañana notan que su ropa y sus
cabellos están bañados por un licor untuoso. Sudor del cielo, o una especie de
saliva de los astros, o el jugo del aire que se purifica, ¡quisieron los dioses
que la miel fuese pura, límpida, y así ha fluido desde entonces!».
En efecto, prosigue Plinio, esta miel, al principio muy pura, cuando cae se
ensucia, y cuando las abejas la chupan sobre las hojas y las flores, se va a
ver «alterada por el jugo de las flores, macerada en las colmenas y modificada
mil veces; con todo, produce un gran placer, debido a su origen celeste».
Así
pues, las flores no son más que un receptáculo para una substancia caída del
cielo. Pero un receptáculo que no es neutro y que imprime su marca al producto
que recoge. «La mejor [miel] es siempre la que tiene como depósito los cálices
de las flores más exquisitas», nos dice Plinio. La influencia del cielo y la
posición de los astros son, sin embargo, decisivas para la calidad de la miel,
que, en ocasiones, puede parecerse a una poción mágica.
«Tras
la salida de cada constelación, pero sobre todo de las constelaciones de primer
rango, o de la aparición del arco iris, si no llueve o si el rocío se calienta
por los rayos del sol, ya no hablamos solo de mieles, sino que se producen
medicamentos; dones celestiales para los ojos, las llagas y las vísceras
interiores. Si se recoge esta miel al salir Sirio, y si la salida de Venus, o
de Júpiter, o de Mercurio caen en el mismo día, lo que sucede con frecuencia,
la dulzura de esta substancia y la virtud que posee para devolver a los
mortales a la vida no son menores que las del néctar divino»[51].
En resumen, para los antiguos hay cuatro etapas: 1) el rocío celeste cae; 2) se
corrompe al contacto con el aire terrestre; 3) se deposita en el cáliz de una
flor que le da su sabor específico, y 4) es recogido por la abeja, que lo
transporta a la colmena para almacenarlo.
Esta explicación, que parece poco realista a nuestros ojos modernos, resulta
muy adecuada para mostrar las profundas correspondencias entre el orden
macrocósmico (los astros) y el orden microcósmico (las flores). Ambos colaboran
—gracias a la abeja— en la producción armoniosa de la miel.
Hoy
día, el enigma parece definitivamente resuelto: «La miel —dice el decreto
francés número 2003-587, de 30 de junio de 2003— es la substancia azucarada
natural producida por las abejas de la especie Apis mellifera, a partir del
néctar de las plantas o de las secreciones provenientes de partes vivas de las
plantas o de las excreciones dejadas en estas por ciertos insectos, que ellas
liban y transforman combinándola con materias específicas propias; la
depositan, la deshidratan, la almacenan y la dejan madurar en los panales de la
colmena». Las configuraciones estelares, el néctar divino y el rocío azucarado
parecen muy lejanos… Y, sin embargo, el misterio de la miel aún no se ha
resuelto.
Sabemos
que para elaborar la miel las abejas utilizan, en primer lugar, el néctar,
especie de sirope, producido por las «nectarias», que son unas glándulas que
tienen algunos vegetales. Generalmente están situadas en el interior de las
flores, pero también pueden estar sobre las hojas o en la parte superior del
tallo. Las secreciones de néctar están condicionadas por una serie de
parámetros medioambientales, como la temperatura, la humedad del aire, la
presión atmosférica. Es decir, en cierto sentido dependen del cielo, aunque en
el sentido climático del término. Por ejemplo, las flores de las acacias solo
producen néctar si la temperatura es superior a los 18 grados centígrados.
Además, algunas mieles, como la de abeto, no provienen del néctar, sino de
la mielada, que consiste en esas extrañas «secreciones dejadas
[sobre las plantas] por ciertos insectos». En realidad, hablamos de los
excrementos del pulgón; de ahí que no sea muy atractiva comercialmente, sobre
todo teniendo en cuenta que esta mielada es después ingerida y regurgitada
varias veces por las abejas. Pero olvidémonos del proceso, pues el resultado
vale la pena. De todos modos, la miel de mielada implica la presencia de otro
personaje, el pulgón, un parásito específico del vegetal en el que se encuentra:
se alimenta de su savia o de su resina, y expulsa, en forma de sirope, las
materias azucaradas que no ha digerido. La presencia de este sirope sobre las
hojas o sobre la vegetación que hay al pie de los árboles da la impresión
—sobre todo si es abundante— de que ha caído del cielo una lluvia azucarada. La
mielada se llama también «maná», por el relato bíblico sobre el alimento
celestial de los judíos en el desierto. Esto ocurre en numerosas regiones,
especialmente en las zonas boscosas del Macizo Central francés, que es donde
nosotros nos encontramos. En el caso del abeto blanco, Abies alba, el
pulgón responde al dulce nombre de Cinara pectinatae. La producción
de miel dependerá directamente del desarrollo de las colonias de pulgones,
desarrollo muy complejo que está condicionado por el tiempo que ha hecho
durante el invierno y la primavera anteriores. Dicha producción puede ser
momentánea, escasa e incluso nula, pero en ocasiones es muy abundante y llega a
durar todo el verano, lo que incrementa su carácter milagroso. Cuando una gran
mielada de abeto tiene lugar en un determinado sector, a los pocos días se
habrá corrido el rumor y cientos de colmenas aparecerán en medio o en los
lindes de los bosques. Entonces, aunque los apicultores sepan a ciencia cierta
que la miel no ha caído del cielo, debido a su carácter imprevisible piensan
que se trata de algo mágico, milagroso…, como un «don del cielo» [véase Ilustración
3 del cuadernillo de fotos].
Todo
lo que siempre ha querido saber sobre el sexo de las abejas y no se ha atrevido
a preguntar (1)
Contrariamente
a lo que dice Aristóteles, hay muchos machos y hembras entre las abejas. Los
machos son los zánganos, y las hembras son las obreras y las reinas. Y en
contra de lo que dice Aristóteles, también hay cópula en ciertos casos. Sin
embargo, el filósofo tiene razón al señalar que puede haber nacimiento sin
cópula (por «partenogénesis»; del griego, parthenos, «virgen»).
Veamos cómo ocurren las cosas: poco después de su nacimiento, la reina es
fecundada en el exterior de la colmena, en pleno vuelo, por varios zánganos
provenientes de colmenas vecinas (el exotismo siempre ha tenido su encanto).
Una vez realizada la cópula, la reina se separa violentamente del zángano, lo
que supone la ablación de los órganos genitales de este… ¡Y su muerte! La reina
almacena en una bolsa, la espermateca, todo el esperma recogido en esta única
jornada de amor, y a partir de ese momento fecundará «a su antojo» los óvulos
que irá produciendo a lo largo de su vida, que serán unos trescientos o
cuatrocientos mil. De los óvulos fecundados (los huevos) nacen las
abejas-hembras y de los no fecundados salen los zánganos (por partenogénesis).
En cuanto a las reinas, estas nacen de un huevo y, después se convierten en una
larva que es como todas las demás hembras (obreras). Pero al tercer día de
vida, algunas de esas larvas continúan siendo alimentadas con esa leche
secretada por las abejas que se llama jalea real, lo que hace que tengan un
desarrollo diferente: serán más grandes, vivirán más tiempo y, sobre todo, se
convertirán en abejas fecundables, a diferencia de las obreras. Esta especial
crianza se produce cuando en la colmena aparece la necesidad de una nueva reina
(por la muerte de la reina o al comienzo de una enjambrazón). Ahora bien, si la
renovación de la reina tarda demasiado, las obreras pueden —sin fecundación—
poner los óvulos de los que saldrán los machos. La colmena se denomina entonces
«zanganera», y podría decirse que en esos casos los machos no tienen padre; es
decir, una especie de homoparentalidad…, ¡pero sin PMA![52]. Y es la
naturaleza quien lo ha ordenado así…
La
abeja y la paz romana: Virgilio
Donde
se ve cómo la abeja se alista en la legión
A
continuación, voy a cantar a la miel, rocío aéreo, regalo celestial: vuelve de
nuevo tu mirada, Mecenas, hacia este lado. Pequeños objetos propondré para tu
admiración, pues es un gran espectáculo: jefes magnánimos y, con todo detalle,
la nación entera con sus costumbres, sus pasiones, sus gentes y sus combates.
Débil es el sujeto, pero no es pobre la gloria, si las divinidades celosas
permiten cantar al poeta y si Apolo satisface sus deseos[53].
Virgilio
puede estar seguro: nadie, ni las musas, ni los dioses, ni los hombres van a
impedirle cantar a la miel, alabar a la abeja y ensalzar la colmena. Por el
contrario, su poema se apoya en los augurios más favorables. A decir verdad, le
viene que ni pintado. En septiembre del año 31 a. C. (fecha de la batalla de
Accio), Octavio —Augusto para la posteridad— vence a Antonio, su último
adversario. Tras esta victoria se convierte en el dominador absoluto, pero no
reivindica la monarquía, a pesar de que esa fuera la intención de César. A
partir de la idea de «prestar servicios», irá construyendo poco a poco un nuevo
poder que se llamará «Imperio», aunque en un primer momento se presente como
una mera continuación de la República. Virgilio (70-19 a. C.) pertenece al
círculo más cercano de Augusto, un verdadero braintrust[54]reunido
alrededor del fiel Mecenas, que también pasará a la posteridad. Allí aparecerán
los poetas Horacio, Propercio, Ovidio, Galo, Tibulo, así como el historiador
Tito Livio. Todos ellos participan, en mayor o menor medida, en el intento,
iniciado por Augusto, de la «refundación de Roma». De hecho, tras el largo y
doloroso episodio de la guerra civil, todo lo que queda de la República y de
las provincias romanas necesita orden, calma y reconstrucción. En este contexto
es donde el segundo gran poema de Virgilio, las Geórgicas, encuentra
su razón de ser. En él se canta a la pretérita edad de oro de la Roma rural,
poniendo de relieve la esperanza de una regeneración completa y el gusto por
una vida sencilla, sosegada y armoniosa. Lejos de los arcanos de la política,
es hora de volver a lo esencial: la paz y el orden, pues es ahí donde residen
la gloria y el heroísmo verdaderos. Toda la obra de Virgilio gira alrededor de
este alegato. El epitafio de su tumba resume su trayectoria: «Mantua fue mi
nacimiento. […] He cantado a los prados [pascua en las Bucólicas],
a los campos [rura en las Geórgicas], a los
jefes [duces en la Eneida]». Ya sea como
observador de la naturaleza salvaje, como poeta de campesinos o apologeta de
dirigentes, Virgilio solo trata de la Pax Romana.
En esta obra magistral, que seguirá siendo venerada incluso por los cristianos
más críticos del paganismo clásico, ¿cómo explicar el importantísimo lugar que
ocupa la pequeña abeja? De hecho, el poeta le dedica la totalidad del libro IV
de las Geórgicas, lo que podría parecer exagerado en un poema
concebido para celebrar el conjunto de la vida agrícola. Que el libro I trate
de los cultivos se comprende, y también que el libro II esté dedicado a la
arboricultura en general y, en particular, a la vid y al olivo, fundamentales
en el modo de vida mediterráneo. Tampoco sorprende el libro III, que habla de
la ganadería en todas sus formas. ¿Pero cómo justificar que Virgilio dedique un
libro entero —y el último; es decir, la apoteosis del poema— a la apicultura,
que es solo una ínfima parte de la vida rural?
Además, en el libro IV —en verdad sublime— se mezclan, en un estilo florido,
conciso y cincelado, observaciones detalladas sobre las colmenas, consejos para
el apicultor, alusiones políticas para el ciudadano, máximas morales y consuelo
filosófico para la inquietud humana. Todo eso sin mencionar la leyenda de
Aristeo que cierra la obra.
De ahí que para nosotros sea un punto de partida magnífico, pues Virgilio nos
ofrece en menos de seiscientos versos un extraordinario compendio de
todos los posibles usos filosóficos de la abeja(véase ilustración 4
del cuadernillo de fotos). Según el poeta, la colmena nos muestra la armonía
del mundo, proporcionando al mismo tiempo la clave de sus desordenes; nos hace
mejores y nos sirve de guía de nuestros actos, y, por último, ofrece un modelo
inigualable de sabiduría serena, accesible sin esfuerzo, ya que está presente y
vive delante de nuestros ojos miopes. En resumen, en la abeja todo es bueno…,
para pensar y para vivir, incluso «para pensar tu vida y vivir tu pensamiento»,
según la hermosa definición de filosofía propuesta por André Comte-Sponville.
Para leer y apreciar este libro, hoy día, es preciso cometer una especie de
sacrilegio, que consiste en «diluirlo», dividirlo y analizarlo: nada peor para
un poema cuyo sabor reside, como el de la miel, en el sutil arte de la
concentración. Pero el paso del tiempo ha hecho no solo que numerosas alusiones
nos resulten extrañas, sino, además, que las sucesivas imitaciones, citas y
comentarios hayan quitado gracia al modelo original. Asimismo es necesario,
como en otras degustaciones a ciegas, separar bien los aromas para apreciar el
equilibrio del conjunto. Y en este caso Virgilio enlaza, con un minucioso
talento, tres puntos de vista sobre la abeja: en primer lugar, está la
percepción del agrónomo, esto es, el consejo experto del apicultor y del
naturalista en su tiempo libre. Virgilio nació en el campo y sabía bien que
existe una manera especial de mirar y de expresarse propia del campesino, y hay
que aprender a escucharla, pues tiene su grandeza. Pero Virgilio también nos
ofrece una mirada más distanciada: la del moralista y la del politólogo, que no
duda en evocar la actualidad más reciente. Porque para esto también resulta muy
adecuada la abeja. Y, por último, encontramos la perspectiva del filósofo y del
aprendiz de sabio, lo que el mismo Virgilio fue cuando se interesó por el
epicureísmo y leía con vehemencia a Lucrecio y a los pensadores estoicos. El
poeta espera encontrar en la abeja las respuestas a las cuestiones
fundamentales de la condición humana. En resumen, con Virgilio descubrimos a una
abeja que encarna a un tiempo la teoría, la ética y la sabiduría, y responde a
todos los problemas de la filosofía, esos que Kant, mucho más tarde, formulará
de este modo: «¿Qué puedo saber? ¿Qué debo hacer? ¿Qué se me permite esperar?».
Kant demostró que estos tres interrogantes se resumen en uno solo: «¿Qué es el
hombre?». Porque el hombre, afirma, es la única criatura que se los plantea.
Pero Virgilio va aún más lejos cuando se pregunta: «¿Qué es la abeja?», ya que,
según él, esta posee todas las respuestas.
La abeja agrónoma
Pero
antes de llegar a las alturas espirituales, partamos, como Virgilio, de lo más
simple. El libro IV se inicia con una serie de consejos precisos dirigidos al
apicultor. Virgilio insiste, en primer lugar, en la importancia del cuidado con
el que este debe escoger el emplazamiento de la colmena, que debe estar
protegida, tanto de los vientos como de la fauna hostil, que necesita agua
cerca y muchas plantas a su alrededor. Es preciso «que florezcan a su alrededor
la adelfilla verdeante [el laurel], el serpol de perfume penetrante y
abundantes ajedreas con fuertes olores; y algunos macizos de violetas que beban
en la fuente que las baña».
Una
vez elegido el sitio, el apicultor deberá fabricar la colmena evitando exponer
a las abejas tanto al frío como al calor asfixiante. Tendrá que aprender a
observar su pequeño mundo: a identificar y seleccionar a las reinas, a fijarse
en las diferentes tareas que cada cual desempeña, a cuidar de no alterar el
orden natural de la colmena. ¡He aquí un verdadero arte! Solo entonces podrá
pensar en recolectar la miel con la condición de estar atentos al tiempo y a
las señales del mundo. Ahora bien: una vez realizada la recolección, su labor
está lejos de acabarse, pues deberá vigilar, cuidar y proteger su colmena de
todos los males que la amenazan: los predadores, las inclemencias y las
enfermedades.
Contra estas últimas, Virgilio se vuelve muy preciso en sus recomendaciones:
«Te aconsejo entonces quemar en la colmena perfumes de resina e introducir miel
con tubos de caña, exhortando, provocando así espontáneamente a las fatigadas
abejas para que tomen su pasto familiar. También sería bueno añadir agallas
picadas sabrosas, rosas secas, vino dulce espesado al fuego vivo, uvas de Sitía
secadas al sol, tomillo de Cecropia y centaureas de fuerte olor».
Esta primera lectura del libro produce una doble impresión: el mundo de la
abeja es un universo tan armonioso como frágil. Situado
siempre en el filo de la navaja entre dos órdenes contrarios, encarna
esta justa medida tan difícil de mantener que ya mencionaba
Aristóteles. No necesita ni demasiado calor ni demasiada humedad, aire pero no
viento, flores, pero depende de cuáles sean… Vemos, una vez más, que el
espectro de la desaparición de las abejas está muy lejos de ser una novedad: la
inquietud de los hombres al respecto hunde sus raíces en la noche de los
tiempos, pues la abeja solo es el espejo de la propia finitud de aquellos.
Al describir con detalle el mundo de la colmena, Virgilio se integra en lo que
constituye un verdadero género literario de la Antigüedad: el tratado de
agronomía. Para los lectores contemporáneos, habituados a la distinción de
estilos y a la separación de géneros, se trata de un tipo de obra muy peculiar.
Para nosotros, un poeta hace poesía, un ingeniero elabora fichas técnicas, un
sabio escribe artículos especializados y un filósofo concibe tratados
abstrusos. ¡Y que nadie se salga de su papel a no ser que quiera hacer el
ridículo! En la Antigüedad no ocurría lo mismo. Partiendo de la convicción,
entonces generalizada, de que la naturaleza es una, no resulta
en absoluto anómalo que un político diserte sobre las vides, que un general
aconseje al pastor de ovejas o que un orador sea un buen conocedor del cultivo
del olivo. A fin de cuentas, estos grandes espíritus —Catón, Varrón, Higinio,
Plinio, Columela— eran a menudo terratenientes (véase florilegio
núm. 2).
Estos
autores se leen unos a otros, se citan, pero también se critican…, en ocasiones
con más vehemencia que la que dedican a observar las cosas. En este sentido,
Columela es la excepción, ya que rechaza toda forma de poesía o de simbolismo
cuando se trata de hablar de las abejas. Su lectura (véasepolinización
núm. 6) permite comprender indirectamente que lo que anima a Virgilio, más allá
de un notable rigor descriptivo, sobrepasa la simple preocupación agronómica.
El autor de las Geórgicas apunta más lejos y, sobre todo, más
alto.
La abeja épica
El
segundo nivel de lectura nos aporta consejos sobre técnicas de apicultura, si
bien estos alcanzan consideraciones morales y políticas:
¡Y ahora, ¡vamos! Voy a exponer el instinto del que Júpiter ha dotado a las
abejas para recompensarlas de haber […] alimentado al rey del cielo bajo el
antro de Dicte [referencia a la infancia de Zeus en el monte Ida en
Creta, véase capítulo 1 e ilustración 1 del cuadernillo de
fotos]. Solo ellas crían en común una progenie; solo ellas poseen en común el
abrigo de una ciudad y pasan su vida bajo leyes imponentes; solo ellas
reconocen una patria y penates estables; pensando en la llegada del invierno,
se dedican a trabajar en verano, reservando para la comunidad lo que han libado[55].
También aquí Virgilio se une a otros autores latinos que no han dudado en hacer
de la abeja un modelo de virtud y de la colmena un ideal de sociedad: «trabajo,
familia, patria», por decirlo así…
Es
el caso de Plinio, quien resaltará que «las abejas se someten al trabajo,
ejecutan sus labores, tienen una sociedad política, consejeros especiales,
jefes de la comunidad, y lo que es aún más maravilloso, ¡tienen una moral [Mores
habent!][56]».
También lo es de Varrón, quien, en el libro III de su tratado, presenta un
catálogo casi completo de las cualidades de la abeja: son sociables, duras en
el trabajo, productivas, previsoras, o sea, proféticas, dotadas de un
conocimiento geométrico perfecto y de un espíritu cívico a toda prueba. Además,
son de una limpieza exquisita, pero son enemigas del lujo; son pacifistas,
salvo cuando se trata de defender su ciudad, pues entonces su valor es ejemplar
y su capacidad de sacrificio no tiene grietas. Además, son ecologistas,
seguidoras del desarrollo sostenible, ya que «no dañan nada de lo que rozan al
libar». Por último, fieles a sus jefas, están perfectamente disciplinadas en
todas sus actividades, ya sean civiles o militares.
Encontramos
todos estos temas en Virgilio y, también, de forma aún más elogiosa, en Eliano
(175-235), historiador latino en lengua griega, en cuya obra La
personalidad de los animales traza un retrato tan admirativo de la
abeja que termina siendo divertido:
La abeja lleva una vida pura, y jamás se comerá a un animal, cualquiera que
este sea. No tiene ninguna necesidad de las recomendaciones de Pitágoras [que
aconsejaba el vegetarianismo] y le basta con alimentarse de las flores. Es de
una templanza extremadamente escrupulosa y aborrece el abandono y la pereza. He
aquí la prueba: persigue y expulsa al hombre perfumado como a un enemigo que ha
cometido una ofensa oculta. También reconoce a quien acaba de tener una
relación sexual culpable y lo expulsa como a su peor enemigo. Las abejas son
además muy valerosas e intrépidas. No huyen ante ningún animal y, lejos de
ceder a la cobardía, buscan el cuerpo a cuerpo[57].
Ante
tantas virtudes, ¡el apicultor solo debe comportarse bien!
Comparado con sus colegas, Virgilio sigue siendo muy moderado en esta
«moralización» de la colmena, aunque no puede evitar pisar el terreno de la
actualidad política. En un largo pasaje del libro IV de las Geórgicas describe
«la discordia que estalla entre dos reyes»[58] en el
seno de la colmena. Después cuenta cómo las abejas se alinean zumbando sobre
los dos bandos enfrentados y cómo se desarrolla el combate. Se trata de una
clara licencia poética, pues nada de esto sucede en la colmena. Pero, para los
lectores de la época, es una alusión clara a la guerra civil y al conflicto que
enfrentó a Antonio y Octavio. Algunas líneas más adelante, Virgilio precisa que
el rey perdedor debe ser muerto por el apicultor y que este lo localizará sin
dificultad por su aspecto. En efecto, «uno de los reyes […] lanzará los
destellos de sus manchas incrustadas en oro; es el mejor; se distingue por su
fisonomía y por el brillo de sus escamas rutilantes; el otro es repelente por
su holgazanería y arrastra ignominiosamente un vientre rollizo»[59](véase polinización
núm. 9). Recordemos que Antonio se suicidará, en compañía de Cleopatra, un año
después de su derrota en Accio, y que el hermoso Octavio se convertirá en
Augusto en el año 27. Virgilio ha apostado al caballo ganador.
Con todo, sería erróneo pensar que estos pocos versos no son más que adulación
cortesana. El compromiso de nuestro poeta con la causa de Octavio es total. Se
cuenta que el propio Virgilio leyó las Geórgicas a Octavio
cuando este, en el año 27, mientras regresaba victorioso de Oriente, se detuvo
algún tiempo en la Campania para curarse de un mal de garganta. Sin duda, la
miel de la poesía surtió efecto. Eso sí, la lectura duró cuatro días enteros, y
si la voz de Virgilio se cansaba, Mecenas tomaba el relevo.
Nos imaginamos que, tras la lectura de los últimos versos, tuvieron lugar
conversaciones, debates, incluso discusiones sobre estrategias políticas. Pues,
además de poesía, en la obra hay todo un proyecto ideológico de reconquista de
la «romanidad». Mediante el elogio de la vida del campo, se intenta revitalizar
la Roma de orígenes campesinos. Porque detrás del retorno a la tierra está el
recuerdo de una edad de oro, de una época en que las cosas eran simples, las
costumbres rudas y los espíritus claros. Virgilio lo dice claramente: «Es esta
vida [la vida rústica] la que antaño practicaron los antiguos sabinos, la de
Remo y su hermano, así es como creció la valerosa Etruria y Roma se convirtió
en lo más maravilloso del mundo, y ella sola rodeó con un muro siete
ciudadelas»[60].
Por lo demás, los consejos sobre la colocación de las colmenas, al comienzo del
libro IV, no hacen más que recordar el relato de la fundación de Roma que
aparece en la Eneida. El renacimiento de las abejas, al final del
mito de Aristeo, a partir de los cadáveres de toros y novillas, resalta la
tragedia pasada y el feliz final de la guerra civil[61]. La misma
colmena aparece como un gobierno mixto, donde, bajo la autoridad de un líder
indiscutible, ni la aristocracia (el Senado de las abejas obreras) ni el pueblo
(la plebe, que engloba a toda la población de la colmena, zánganos incluidos)
desaparecen por completo: «Es una república que tiene un jefe». Y este jefe no
es tanto un rey —término aborrecido en Roma desde siempre— como un princeps (príncipe)
o un primus inter pares (el primero entre iguales), en el
sentido de que no es el propietario del poder, sino el depositario respetuoso
de una soberanía sagrada (es el famoso SPQR, enseña de las legiones: «Senado y
pueblo romanos») que lo transciende. Y esto es exactamente lo que necesita Roma
tras casi veinte años de guerra civil, y es el papel que hábilmente Octavio se
presta a asumir: un estricto respeto de las formas republicanas sobre el fondo
de una asunción total del poder. En resumen, se percibe que en el trasfondo del
poema hay una ideología «revolucionaria conservadora», que dice que todo debe
cambiar para que nada cambie. Hay que extraer de las raíces profundas del
espíritu romano los valores que permitirán a Roma superar su crisis y recobrar
su lugar. La Eneida explicitará esta manera de entender el
mundo, si bien el universo de la colmena la dibuja ya al final de las Geórgicas.
La fabulosa grandeza del pequeño mundo de las abejas no es solo estética y
lírica, sino que revela una vía moral, política y épica.
La abeja, entre el epicureísmo y el estoicismo[62]
Pero
esto no es todo. Nuestro poeta osa ir aún más allá: «Basándose en estos
indicios [el comportamiento] y reforzado por estos ejemplos, hay quien dice que
las abejas poseían una parte del espíritu divino y de las emanaciones de la luz
celeste, pues, afirman, un dios se ha extendido sobre la tierra entera, sobre
la inmensidad del mar y las profundidades del cielo; es ahí donde los rebaños,
los animales de tiro, los hombres y la raza entera de las bestias salvajes
toman al nacer el fluido de su vida, ya que es aquí donde lo entregan, aquí
donde vuelven todos los seres tras su disolución; dicen que la muerte no
existe, que, llenos de vida, vuelan hacia la masa de las estrellas y llegan a
lo más alto del cielo»[63].
Tras la agronomía y la deontología profesional, tras la ruda moral romana y la
actualidad política más reciente, llegamos a la tercera y última fase del
poema: la de la filosofía y la teología. Realmente, Virgilio no asume las tesis
citadas («hay quien dice…»), pero parecería que está tentado de hacerlo. Para
Pierre Grimal, uno de los mejores especialistas del periodo, el libro IV de
las Geórgicas marca el inicio de una inflexión en el
pensamiento de Virgilio, que se sitúa entre un epicureísmo de juventud y el
estoicismo de la madurez. Merece la pena seguir esta tesis, pues hace de
nuestro insecto preferido una especie de punto de paso (¿obligado?) entre dos
de los más grandes filósofos de la Antigüedad. De nuevo vemos a nuestra abeja
desempeñando el papel de «intermediadora».
En efecto, Virgilio fue primero un ferviente epicúreo, algo que en Roma no
siempre estaba bien visto. Conocemos que en Nápoles siguió las enseñanzas de
dos grandes maestros de esta escuela, Sirón y Filodemo; nos consta que quedó
trastornado por la lectura de De rerum natura, de Lucrecio, de
quien se encuentran numerosas huellas en sus propias obras. Y, finalmente,
sabemos que la doctrina del Jardín guía y anima todo el círculo de Mecenas, es
decir, Virgilio, Horacio y Vario[64]. Además,
todo el proyecto de las Bucólicas y de las Geórgicasse
puede incluir en esta perspectiva, ya que se trata de cantar a la naturaleza,
de describir sus detalles, de alabar la belleza en sí misma. Esta
«vuelta a la naturaleza» no es solo moral, sino que, como hemos visto, también
es metafísica: volver a la naturaleza significa que no hay nada sobrenatural,
pues la naturaleza lo es todo. A partir de aquí, ¿cómo entender el tránsito al
estoicismo.
La diferencia entre epicureísmo y estoicismo nunca es fácil de determinar.
Encontramos virtudes similares en las dos escuelas, el mismo elogio de una
sabiduría serena y tranquila, capaz de mantener a distancia los problemas y
temores de este mundo. Sin embargo, lo que las separa de forma decisiva es la
forma de entender el mundo. Para el epicureísmo, este no es más que el
afortunado fruto de un puro azar, el resultado de una mecánica sin conciencia,
ni inteligencia, ni proyecto, en la que las partículas de la materia se
entrechocan y componen los cuerpos según el ritmo de cada ser. Los dioses
pueden existir a condición de no creer que su existencia es necesaria para que
algo acontezca en el orden de las cosas. Son lo que todos deberíamos ser si
fuésemos sensatos: los serenos admiradores de un conglomerado cósmico tan poco
necesario como útil, tan frágil como contingente. Por el contrario, para el
estoicismo el espectáculo de esta disposición sublime solo puede desembocar en
la convicción de que existe, si no un arquitecto, al menos sí una ley inmanente
que hace que el conjunto se mantenga. El universo es un cosmos en el sentido en
que lo hemos definido antes: una totalidad armoniosa, dotada de un alma viva,
atravesada por una finalidad suprema, profundamente divina.
Sin
dificultad podemos extrapolar esta oposición al microcosmos de la colmena.
Epicureísmo y estoicismo estarían de acuerdo en reconocer en la abeja todas las
virtudes del sabio: moderación, prudencia, frugalidad…. Los epicúreos, sin
duda, podrían burlarse de su ardor en el trabajo, ya que prefieren, con mucho,
el otium (el ocio) sereno: «Trabajan como si fuesen
inmortales»[65], ironizaba
Demócrito. La principal diferencia estriba en la existencia y el talento del
apicultor. Por una parte, los enjambres pueden vivir y producir, sin necesidad
de un apicultor, bajo el reinado de la propia naturaleza; las abejas son como
átomos que se chocan entre sí para formar composiciones fugaces (colmena, miel,
cera, etcétera.), y de ahí el epicureísmo. Pero, por otra parte, su
organización es de tal perfección que parece conectada a una intención
profunda; su fragilidad es tan grande que precisan de un amo benévolo que cuide
de ellas. ¡En resumen, se precisa un gran proyecto para los pequeños enjambres!
Y aquí es donde aparece el estoicismo. Según Pierre Grimal, la descripción del
maravilloso comportamiento de las abejas «empieza a sugerirle [a Virgilio] la
idea de una teodicea [justicia divina], idea incompatible con el epicureísmo
ortodoxo»[66]. Por ello,
el pasaje citado al principio del epígrafe sobre la divinidad de las abejas es
el que, a partir de reminiscencias pitagóricas, parece alentar una
transformación en la visión del poeta. De igual modo que la colmena precisa de
un apicultor y de un proyecto superior, también Roma precisa de un sabio
Augusto, o sea, divino, que la obligue a ser, por así decirlo, fiel a sí misma.
La culminación de esta transformación se realizará en la Eneida, que
alejará a Virgilio definitivamente de las preferencias filosóficas de su
juventud.
El
hijo de Eneas, Anquises, que le visita en los Infiernos, le hace partícipe de
esta estoica revelación: «Desde el principio del mundo, un mismo espíritu
interior anima el cielo y la tierra, y las líquidas llanuras y el luciente
globo de la luna, y el sol y las estrellas; difundido por los miembros, ese
espíritu mueve la materia y se mezcla al gran conjunto de todas las cosas»[67]. A esta
revelación de un «alma del mundo» no son ajenas las abejas, pues unos versos
más arriba estas ya representaban a las almas inmortales revoloteando en el
mundo de los muertos: «Innumerables pueblos y naciones vagaban alrededor de sus
aguas, como las abejas en los prados cuando, durante el sereno estío, se posan
sobre las varias flores, y apiñadas alrededor de las blancas azucenas, llenan
con su zumbido toda la campiña»[68].
Sin embargo, en el libro IV de las Geórgicas la ambigüedad
filosófica se mantiene y se percibe en las dos posibles vías que se citan para
resolver el problema filosófico más crucial: la muerte.
Por
un lado, las abejas nos enseñan, como los epicúreos, a no tener miedo y, sobre
todo, a no malgastar con esta mala pasión (y algunas otras) la única existencia
de que disponemos. He aquí su lección: «Entre las costumbres preferidas por las
abejas, esta es verdaderamente maravillosa: no se abandonan a la cópula, no se
debilitan, indolentes al servicio de Venus y no traen a sus pequeños al mundo
con dolor… Aunque todas ellas llegan rápidamente al fin de su existencia (no
viven más allá de siete veranos)[69], la raza
persiste, inmortal»[70]. Al disponer
de una vida breve, pero muy ocupada, la existencia de las abejas es no-sex (nada
de sexo), es decir, «sin procreación». Igual que los átomos, que son eternos, y
ni se crean ni se pierden, las abejas nos muestran el camino para no temer a la
muerte. Ellas son miembros directos del Gran Todo, por lo que ignoran cualquier
tipo de angustia.
Por
otro lado, las abejas nos muestran, como los estoicos, que la inmortalidad es
posible desde el momento en que entendemos que la naturaleza es divina y
que, llegada la hora, podremos reposar en el seno de esta madre eterna.
Entonces veremos que «la muerte no existe, que vivos [volaremos] hacia las
estrellas y [alcanzaremos] lo más alto del cielo»[71]. Son las
almas eternas de los estoicos las que se subliman hacia lo divino accediendo a
las realidades más esenciales (véase florilegio núm. 3).
La abeja de Virgilio revolotea, así, desde el Jardín epicúreo hasta la Puerta
estoica. Pero entre ambos se dibuja una especie de moción de síntesis: la
encontramos en la fugaz evocación que hace Virgilio del viejo sabio apicultor
de Tarento[72]. Este
anciano, antiguo corsario de Cilicia (en la actual Armenia), deportado en
tiempos de Pompeyo, en verdad no fue muy mimado por la vida. Primero, era
viejo; después no poseía más que malas tierras, inapropiadas tanto para el
cultivo como para pastos. Pero este hombre viejo, ecologista prematuro, había
comprendido el profundo equilibrio de las cosas y sabía extraer lo mejor de su
ingrato suelo: «En su orgullo —escribe Virgilio—, equiparaba sus riquezas con
las de los reyes, y cuando, por la noche, volvía a su alojamiento, llenaba su
mesa de manjares que no había comprado». ¿Su secreto? Las abejas que
polinizaban su terreno y lo convertían en un tesoro. Tesoro agrícola, pero,
sobre todo, tesoro de una vida sobria, plena y completa; no preocupada por necios
temores, falsas esperanzas y vanas previsiones. Esta es la verdadera gloria:
más segura que el conocimiento agronómico, más grande que la más rigurosa de
las virtudes, más alta que el poder triunfante del rey, más sabia que la más
sabia de las sabidurías, más sublime incluso que el arte del poeta: la modesta
gloria del viejo apicultor, que, entre sus manos callosas y en su espíritu
callado, posee el más profundo secreto de la naturaleza entera. Así es la abeja
cantada por Virgilio: un minúsculo resumen de una naturaleza de la que
finalmente importa poco saber si es o no un cosmos…
Cuando
el sol de oro ha puesto en fuga al invierno y lo ha escondido bajo tierra,
cuando el cielo vuelve a abrirse al verano luminoso, también las abejas
recorren la espesura y los bosques, libando las flores bermejas y rozan,
ligeras, la superficie de los cursos de agua. Transportadas por cierta alegría
de vivir, miman su prole y sus nidos; dan forma entonces con arte a la cera
nueva y fabrican una consistente miel[73].
«Enrojezcamos
—dirá más tarde Séneca haciéndose eco de las Geórgicas— por no
alcanzar la sabiduría de estos débiles insectos»[74].
Virgilio reúne en este poema todos los usos posibles de la abeja: el
conocimiento teórico, el relato mitológico, los consejos prácticos, las máximas
éticas, las consideraciones políticas, las reglas de una vida plena, la
aspiración a la eternidad, lo trágico de la existencia, la simplicidad del ser…
Las Geórgicas ofrecen el resumen de una filosofía de la miel y
de la abeja que quedará como un modelo inigualable para la posteridad. Solo la
poesía podría permitirse tocar todos estos registros a la vez sin por ello
jerarquizarlos, ya que la armonía está más allá de cualquier escala. Veinte
siglos más tarde, Maurice Maeterlinck (1862-1949), premio Nobel de literatura
en 1911, retomará este ejercicio e intentará reconciliar unos conocimientos
científicos enormemente renovados con las grandezas del simbolismo y con la
nostalgia de una cosmología perdida. De hecho, el libro La vida de las
abejas (1901) es famoso por ello. Sin embargo, frente al lirismo de
Maeterlinck preferimos la concisión de las Geórgicas, ya que
en cierto modo nos parece que estos antiguos versos han envejecido menos.
La
miel de Columela
Columela
(siglo I), terrateniente de la campiña romana, escribe Los doce libros
de la agricultura, de los cuales el noveno está consagrado casi por
completo a los cuidados apícolas. Es un tratado tan notable por su precisión
que un apicultor de hoy lo lee con el mismo interés que antaño. La tarea que se
propone es «desplegar» lo que Virgilio había condensado. Sin duda, hace
hincapié en el valor de sus predecesores: pondera la erudición de Higinio, que
supo recopilar tantos conocimientos antiguos; alaba la brillantez de Virgilio,
que conferirá al tema «el brillo de las flores poéticas», y felicita a Celso
por haber mezclado ambas cualidades[75]. Pero de
forma muy significativa afirma que estos bellos discursos no ayudan nada al
apicultor a realizar su trabajo «sobre el terreno». Columela desea ser
pragmático, y de paso se mofa de la práctica de la bugonía (véase capítulo
1) expuesta por Demócrito, Magón y Virgilio: ¿es realmente un buen negocio
matar un buey de gran tamaño para obtener un pequeño enjambre? También pone en
duda la técnica propuesta por Higinio para resucitar a las abejas,
conservándolas en seco en invierno para después exponerlas al sol del verano
cubiertas de cenizas de higuera. Se trata de una técnica un poco… aleatoria,
señala Columela; ¡sería mejor tener cuidado y evitar que mueran! En resumen, no
hay nada que hacer con los bellos mitos y las hermosas historias sobre el origen
y el apareamiento de las abejas, o sobre las fuentes de miel: nada de esto
interesa al buen sentido práctico del campesino… En sus consejos, Columela
insiste, en primer lugar, en la elección del entorno de las colmenas, cuyo
primer criterio debe ser un contexto floral favorable. A continuación, para la
construcción de las colmenas aconseja utilizar materiales aislantes, pero lo
suficientemente ligeros para ser transportados, pues si los recursos son
insuficientes, será necesario trashumar. «Lo que se debe de hacer —añade
Columela— para el provecho de las propias abejas, si están enfermas, si no
producen o si no encuentran pastos, es enviarlas a otra región, cosa que no
puede hacerse cuando están establecidas en colmenas inmóviles». Describe
también con todo detalle las trashumancias de los colmenares que intentan
seguir el curso de la floración, de las flores de primavera a las flores
tardías «de tomillo, de orégano, de ajedrea».
Por otra parte, los métodos de observación de las abejas puestos en práctica
por Columela son sorprendentemente ingeniosos. Así, para determinar si los
enjambres silvestres se encuentran cerca y a qué distancia, Columela propone
marcar a las abejas que abrevan en un punto de agua con tinte rojo, y contando
el tiempo que emplean en volver a aprovisionarse, evaluar así la distancia a la
que se encuentra la colonia. Si está demasiado alejada para ser descubierta
observando simplemente la dirección que toman las abejas, basta con tender una
trampa a cierto número de libadoras en una caña, poniendo un poco de miel, e
irlas liberando de una en una, observando la dirección que toma cada cual. De
ese modo es posible llegar hasta el enjambre.
Finalmente, Columela describe con detalle técnicas que siguen siendo actuales
pero que no serán redescubiertas hasta mucho más tarde: la supervisión y
cuidado del enjambre mediante el «clipaje» de las alas del rey (reina en
realidad) o la orfandad de las colonias; la introducción de una nueva reina en
una colmena huérfana o la transferencia de celdillas reales; la reunión de
varios enjambres demasiado débiles mediante la aspersión de sirope y el
aislamiento; el refuerzo de los enjambres por la aportación de carrochas
nuevas.
Estos
pasajes nos han sorprendido, pues ingenuamente suponíamos que estas técnicas de
cría y traslado de los panales con abejas a punto de nacer no habían aparecido
hasta comienzos del siglo XIX con la invención de las colmenas de paneles
móviles. Sin embargo, todo esto estaba presente en Columela, aunque fue
olvidado por sus sucesores. Así, Olivier de Serres (1539-1619), en la parte
dedicada a las abejas de su Le Théâtre d´agriculture et mesnage des
champs («Teatro de la agricultura y el manejo de los campos»), que,
aun así, cita a Columela, no dice una palabra del traslado de carrochas o de
celdillas reales, como si tales prácticas no pudieran comprenderse en la
Francia del siglo XVII.
Sin
embargo, hacia 1766, el pastor alemán M. Schirach presentó una técnica de
enjambrazón artificial basada en la cría de una reina a partir de una larva
hembra de menos de tres días, y fue acusado por un profesor napolitano de haber
plagiado un método practicado desde la Antigüedad en la pequeña isla siciliana
de Favignana. Los habitantes de este peñón del Mediterráneo, nos dice François
Huber (ver capítulo 5), que es quien relata este incidente, habrían resistido,
tal como las célebres aldeas galas, gracias a su aislamiento y a una amnesia
casi general, conservando así las técnicas de cría descritas por Columela. El
lector atento observará, sin embargo, una representación clara en el Exultet de
Barberini hacia 1087 (véase ilustración 5 del cuadernillo de
fotos).
¿Cuál es la esperanza de vida de la abeja?
Virgilio
y, antes que él, Aristóteles se habían equivocado al creer que la abeja podía
vivir hasta los siete años. Magia de cifras que permitía sustentar la idea de
que este insecto participaba de la eternidad del cosmos. De hecho, todo depende
de su casta y del periodo del año, pero solo la reina puede vivir varios años
(hasta cinco años como máximo, pero, por lo general, de dos a tres años). Los
zánganos están en la colmena desde la primavera hasta el otoño, pero en caso de
carestía, serán expulsados de la colmena y, por tanto, eliminados. En cuanto a
las obreras, la duración de su vida varía en función de la estación o, más
exactamente, de la importancia de la puesta de la reina: esta va desde algunas
semanas en primavera, cuando el número de larvas alcanza el máximo en la
colmena, hasta los varios meses en invierno, cuando la puesta se reduce o en
caso de que la colmena esté huérfana. Ahora bien, si funciona el relevo de la
reina, si esta no está enferma o intoxicada, una colmena puede ser… inmortal.
La recolección de la miel
Cuando
Virgilio aconseja sobre la recogida de la miel, tanto sobre las fechas de
recolección, marcadas por la aparición de las Pléyades, como sobre las
precauciones que se deben de tomar para no irritar a las abejas, comienza con
un verso bastante sibilino sobre el que los traductores están divididos: «Prius
haustu sparsus aquarum ora fove»[76].
Las diferentes interpretaciones pueden reducirse a dos: la primera, que se
trate de una técnica agrícola; la segunda, que se esté refiriendo a una especie
de purificación del apicultor, previa a la recolección. En el primer caso
tendríamos algo como: «Llena primero tu boca de agua, para dejarla caer a
voluntad sobre las abejas en forma de lluvia fina», es decir,
traduciríamos sparsus ora prius como «habiéndote llenado antes
la boca», haustu aquarum como «un sorbo de agua», fove como
«mantenla tibia» (se sobrentiende que «para rociarlas»)[77]. Para Jules
Duvaux[78], esta
versión sería un contrasentido que se remontaría a Servio, comentarista de
Virgilio en el siglo IV. Y por eso apareció la segunda interpretación, que
cuenta con el favor de los traductores contemporáneos: prius, «en
primer lugar», sparsus «habiéndote rociado», ora
fove, «purifica tu boca», haustu aquarum, «con un sorbo de
agua». Esta versión se hace eco de una idea que se encuentra en muchos autores
clásicos, entre ellos Columela, para quien el apicultor debe de ser puro: «Si
es preciso que toque los panales, [debe] abstenerse la víspera de todo acto
venéreo, no aproximarse a la colmena estando ebrio y sin haberse lavado,
rechazar casi todos los alimentos de olor fuerte, como las salazones y el jugo
que estas originan, y no exhalar el olor acre y fétido del ajo, de las cebollas
y de otras substancias de este género»[79].
Sin
embargo, la primera traducción, menos simbólica, nos remite a una costumbre
apícola muy extendida: a veces hay que rociar a las abejas para obligarlas a
volver a la colmena cuando hace mucho calor o para evitar su dispersión. Para
ello, un vaporizador —como un limpiacristales— es muy útil, aunque es cierto
que la pulverización del agua con la boca también sería eficaz.
Así
pues, puesto que no hay unanimidad entre los traductores en la aceptación de
una de esas dos versiones, atrevámonos, con el aplomo y la ingenuidad de los no
especialistas, a lanzar una tercera hipótesis: ¿por qué no pensar que esta
ambigüedad, a la vez semántica y sintáctica, en este caso intraducible, es
inherente al texto de Virgilio? Desde el principio del poema, el autor nos
tiene acostumbrados a tratar con el mismo entusiasmo campos completamente
diferentes, a superponer diferentes niveles de lenguaje y a entremezclar
consejos agrícolas con consideraciones filosóficas, morales o políticas. Del
mismo modo, las exigencias de pureza y las abluciones del apicultor ¿no podrían
combinarse con una práctica real destinada a calmar a las abejas empleando una
especie de doble lenguaje que solo la expresión poética (o retruécano) puede
ofrecernos? Pero, en la práctica, ¿qué sucede con la recolección? Se trata de
extraer la miel evitando la contaminación y el furor de las abejas. Cuando la
operación solo atañe a algunas colmenas, la recolección panel por panel, con
una ligera ahumación se resuelve satisfactoriamente. Pero si se trata de
colmenas de varias decenas de colonias, la excitación causada por los olores de
la miel se extiende al conjunto de las colmenas, por lo que será preciso
intervenir con la vestimenta adecuada y una máscara bien hermética protegiendo
el rostro, sobre todo teniendo en cuenta que, además, la miel debe ser
protegida de parásitos. Sin embargo, la efervescencia puede retardarse, si no
hace demasiado calor, cerrando las colmenas para que las abejas exteriores no
puedan comunicarse con sus hermanas y contagiarles su furor. Los cuadros se
recolectan de una sola vez, y las abejas se apartan con ayuda de sopladores
como esos que los servicios técnicos municipales usan para limpiar las hojas,
si bien ahora sirven para apartar abejas.
Pero
el método que nosotros preferimos para las recolecciones importantes consiste
en intercalar, al finalizar la jornada, en el cuerpo de la colmena un pequeño
dispositivo, el caza-abejas, que permite el paso de los insectos desde el
cuadro hasta el interior de la colmena, pero no al revés. A la mañana
siguiente, el apicultor ya podrá cambiar los cuadros que se han vaciado de
abejas durante la noche, evitando así el peligro y el estrés —ni en las abejas
ni en el apicultor—, y sin necesidad de seguir los consejos sexuales y
alimenticios de Columela[80].
La abeja desencriptada: Porfirio
Donde vemos que la abeja es un alma inmortal
«Nada
se parece tanto a un alma como una abeja.
Va de flor en flor como un alma de estrella en estrella,
y trae la miel como el alma trae la luz».
VICTOR HUGO, Noventa y tres
Ya
hemos recorrido un largo camino en este largo viaje filosófico de la mano de la
abeja. Hemos visitado la inmensa naturaleza cósmica de Aristóteles; hemos
entrado, invitados por Virgilio, en el Jardín de Epicuro y hemos llegado
después hasta el pórtico de los estoicos. Pero aún no hemos dicho nada de
Platón [428-348], pese a ser una figura clave de la filosofía. ¿Acaso
permaneció mudo ante las abejas? Es poco probable, sobre todo teniendo en
cuenta que la leyenda dice que, al nacer, las abejas se posaron sobre sus
labios «anunciando la dulzura de su elocuencia encantadora»[81]. De hecho,
encontramos en él varias alusiones a nuestro insecto, y algunas tendrán una
posteridad considerable. Sin embargo, es con uno de sus discípulos tardíos con
quien desearíamos concluir esta cosmología de la abeja. Y para ello hablaremos
de un texto enormemente singular, El antro de las ninfas, uno
de los pocos escritos que nos han llegado de Porfirio de Tiro, filósofo
neoplatónico del siglo III d. C.
La abeja ideal de Platón
El
sobrenombre de Porfirio (234-305) se debe, sobre todo, a su maestro Plotino
(205-270), de quien fue a un tiempo discípulo, editor y biógrafo. Lo cierto es
que Porfirio no aparece en el panteón habitual de la filosofía escolar, algo
sin duda injusto, aunque bastante explicable: primero, porque nos han llegado
muy pocas de sus obras, y segundo, y sobre todo, porque se sitúa en un periodo
de transición entre la filosofía pagana y la teología cristiana, en una especie
de claroscuro crepuscular que le hace difícil de comprender. Sin embargo, es
esta posición la que le confiere a los ojos de los especialistas una
importancia histórica considerable. Algunos han visto en él al «preceptor de la
Edad Media» y una de sus cartas (la de Marsala) ha sido calificada de
«testamento de la Antigüedad». Para otros, Porfirio fue el promotor de algunos
de los dogmas fundamentales del cristianismo (como el de la Trinidad)[82]. San Agustín
le apreciaba mucho y mostraba hacia él una indulgencia casi censurable para un
cristiano respecto a un pagano.
Su
influencia en la Edad Media se hará sentir sobre todo a través de una de sus
obras de lógica, Isagoge[83],
en realidad un comentario a las Categorías de Aristóteles.
Traducido al latín por Boecio, la Isagoge está en el origen de
la mayor controversia filosófica medieval: la discusión sobre los
«Universales». La cuestión planteada (y que Porfirio pretendía despejar) era de
una simplicidad diabólica y hace referencia a lo que se denomina «ideas
generales», como, por ejemplo, los géneros y las especies, ¿existen
independientemente de los objetos particulares que aquellas reúnen en su
definición, o solo son productos evanescentes del pensamiento? Así, ¿el
triángulo tiene una existencia propia o no es más que una forma de pensar o de
nombrar la semejanza entre objetos de forma triangular? El problema fue
mencionado por primera vez por Platón, quien tomó, como por casualidad, el
ejemplo de las abejas[84]. Aunque
todas ellas —dice Sócrates— sean diferentes (en belleza, tamaño, etcétera),
poseen, sin embargo, una «forma única característica (eidos) idéntica
en todas ellas sin excepción» que nos hace reconocerlas a pesar de sus
disparidades. Para Platón, esta forma general (hoy diríamos este concepto o
esta esencia de la abeja) existe antes que las abejas
particulares, tal como son percibidas por nuestros órganos sensoriales, nunca
muy de fiar. En efecto, sin esta idea de la abeja jamás podríamos reconocer una
abeja. Pero ¿qué estatus se le da a esta idea? ¿Cómo explicar que la idea que
nos permite representarnos una abeja no sea en sí misma representable? Cerremos
los ojos por un instante e intentemos imaginarnos lo que sería la abeja en
general: ¡imposible! Se la representa siempre en particular, con un cierto
tamaño, un cierto color, etcétera. De ahí que, para muchos otros pensadores
(como para todo hijo de vecino), son las abejas individuales las que existen,
mientras que el concepto de abeja no es más que una abstracción vacía, que
llega al espíritu después, para recoger y unificar las
representaciones singulares… Dicho de otro modo: para ellos, la idea es una
manera simple de pensar, es decir, de hablar, producida por nuestro espíritu
sin una correlación real. Pero, si reflexionamos, el dilema es terrible; ¿cuál
de estos dos inconvenientes habrá que preferir? ¿Ideas tan generales que están
vacías, o imágenes tan particulares que son ciegas? Este problema afecta a la
totalidad de nuestra relación con lo real. Pero a nosotros no nos interesa
meternos en esta discusión. Nos basta con percibir que la utilización de la
abeja como ejemplo introductorio en esta controversia no tiene nada de
fortuito, pues nuestro insecto fue y será utilizado con frecuencia como símbolo
de las ideas, del alma y del intelecto en general[85]. Y esto es
precisamente lo que recuerda Porfirio en El antro de las ninfas, obra
de la que vamos a ocuparnos ahora.
La colmena alegórica
Se
trata de una especie de comentario de texto dedicado por entero a la
interpretación de un corto y enigmático pasaje de la Odisea. Se
halla en el canto XIII del poema de Homero, y narra el momento en el que Ulises
llega finalmente a su isla acompañado por los feacios que le habían acogido. El
navío atraca en Ítaca cerca de una gruta de la que da una extraña descripción:
A la
entrada del puerto un olivo extiende su follaje y muy cerca se abre una gruta
amable y oscura, consagrada a las ninfas, a las que se llama Náyades. Se ven
cráteras, ánforas de dos asas, de piedra, donde las abejas hacen su miel, y
grandes telares donde las ninfas tejen, maravilla para la vista, telas teñidas
con la púrpura del mar; también se ven fuentes que jamás se agotan; y esta
gruta tiene dos puertas: por una de ellas, del lado de Bóreas (el viento del
norte), pueden acceder los hombres; el lado de Notos (el viento del sur) está
reservado a los dioses; los hombres no pasan nunca por ella, es el camino de
los inmortales[86].
Al
leer este texto nos preguntamos qué es lo que habría fumado el aedo para
conseguir una descripción tan sumamente precisa. Sin embargo, el momento es
crucial: es el primer paso del «retorno» tan esperado; tras diez años de guerra
y diez años navegando, Ulises al fin vuelve a casa. De modo que es poco
probable que, en un pasaje tan importante, Homero se dejara llevar por la
improvisación. ¿Cómo interpretar entonces este episodio? Pasando por alto a
todos aquellos que han intentado identificar la gruta «real» visitando Ítaca
como turistas, Porfirio se dedica a «desencriptar» el verdadero sentido de esta
cripta. Y su investigación, documentada, minuciosa, meticulosa,
«sherlock-holmesiana», nos llevará muy lejos.
En realidad, para Porfirio esta gruta representa nada menos que el Universo
cuando el filósofo, tras haber llegado al término de su teoría, contempla la
organización profunda de las cosas. Cada elemento de la descripción tiene un
significado alegórico y todos ellos en conjunto forman una imagen clara del
Todo.
En el camino del Uno
Para
comprender mejor la naturaleza de esta investigación es preciso volver a los
fundamentos de la filosofía de Porfirio y del contexto de la época. Se dice que
Porfirio, tras la muerte de su maestro, redactó la Vida de
Plotino como resultado de una piadosa fidelidad y, al mismo tiempo, de
un intento de responder a los cristianos, cuya creciente influencia le irritaba
en extremo. Porfirio ya había redactado un violento tratado Contra los
cristianos donde denunciaba el simplismo, la incoherencia y los absurdos
de la nueva doctrina. Su Vida de Plotinocompletaba la crítica
oponiendo a las vidas de Jesús y los Apóstoles, una especie de «Evangelio de
Plotino según san Porfirio»[87] (para
hablar como el llorado helenista Lucien Jerphagnon). Además, el tono
(pendenciero) se constataba desde las primeras palabras. La obra comienza con
esta frase: «Plotino, el filósofo que vivió en nuestros días, parecía tener
vergüenza de estar en un cuerpo», y está claramente destinada a ridiculizar la
idea cristiana, absurda para un filósofo griego, de un logos divino que se
«habría hecho carne»[88].
Un ser divino encarnado. Desde una perspectiva platónica, esto no tenía ningún
sentido. Retomando un juego de palabras muy corriente en griego que identifica
al cuerpo (soma) con una prisión (sema), Porfirio
evocaba así, y de una sola vez, el corazón de la doctrina platónica.
En
la famosa alegoría de la caverna —es decir, un antro— Platón distinguía las
sombras, que los prisioneros encadenados estaban obligados a mirar tomándolas
por la realidad del cielo luminoso de las Ideas. Toda la tarea del filósofo
consistía en arrancarse las cadenas de lo sensible, oscuro, fugaz, incierto,
limitado y mortal para acceder al mundo de lo inteligible, eterno, evidente,
verdadero, absoluto y divino. Entre los dos, un camino largo, áspero,
escarpado, en cuyo trascurso el espíritu debía franquear todos los niveles del
saber. Pero esta división de lo real en dos mundos existentes, más (lo
inteligible del Uno) o menos (lo sensible de la caverna), plantea dos inmensos
problemas que constituyen el eje principal del neoplatonismo. El primero
consiste en cómo concebir lo inteligible en su pureza absoluta. ¿Es esta una
tarea hecha para el hombre quien, por muy sabio que sea, sigue siempre trabado
en un cuerpo, pegado a sus ilusiones y abocado a una vida tan vana como breve?
El segundo problema concierne a las relaciones entre los dos mundos: si lo
inteligible es perfecto, completo y sublime, ¿por qué existe lo sensible pese a
todo? Si el absoluto inteligible precisa de lo sensible relativo para existir,
entonces ya no es absoluto. Y si no lo precisa, ¿por qué este sensible se
manifiesta a pesar de todo?
Estos
son los dos retos lanzados por Platón a la posteridad: ¿cómo un ser finito (el
hombre) puede pensar lo infinito? ¿Cómo lo infinito (Dios) puede contentarse
con la existencia de lo finito? Todo el proyecto de Plotino y de sus
discípulos, más o menos fieles, consistirá en comprender el movimiento de flujo
y reflujo entre la forma superior del Ser (lo divino) y sus formas degradadas
(la materia).
Pedimos
disculpas por tomar una imagen trivial para intentar esbozar la solución
propuesta. La realidad se les aparecía a los neoplatónicos como una especie de
inmenso rascacielos, tipo el Burj Khalifade Dubái, en el que la cúspide con
menos materia (aquí hablaríamos de metros cuadrados) sería, sin embargo, la más
importante (pues el big boss tiene allí su despacho), y donde
la base con más materia tendría menos entidad (los sombríos despachos
reservados a los becarios). Entre ambos, toda una serie de pisos comunicados
por un ascensor. Tras la reunión de contratación en el despacho de la cúspide,
está la caída: se inicia la carrera en lo más bajo de la escala. Pero el
principiante, animado por el recuerdo de la vista y de la vida sublime de la
esfera de arriba, aspira a escalar, peldaño a peldaño, todos los pisos del Ser,
ganando en espíritu lo que pierde en materia.
Así
pues, hay dos movimientos que permiten rendir cuentas de lo real. El primero es
el del infinito que crea, engloba y desciende hacia el finito por una serie de
«hipóstasis». Proceso muy difícil (por no decir imposible) de concebir por los
pequeños seres humanos que somos, pero que debemos imaginar como una serie de
renuncias por parte del Uno infinito, animadas por una generosidad creadora. La
mejor imagen sería la del progenitor que debe renunciar a su libertad para
dejar ser y hacer sitio a sus hijos. Y cada vez más sitio a medida que sus
hijos crecen hasta ser totalmente autónomos. Esta visión será recuperada por la
tradición cristiana para designar a las tres personas de la Trinidad: el Padre,
el Hijo y el Espíritu Santo (considerados como tres hipóstasis de un solo y
mismo ser [ousia] que es Dios. Véase florilegio
núm. 5).
El segundo movimiento es el de lo finito que aspira a elevarse hacia lo
infinito a través de una serie de «éxtasis». Estos le harán dejar un peldaño
para acceder a otro, cada vez más elevado. El principiante se convierte en
júnior, después en responsable de área, después en dirigente y, si persevera,
puede terminar siendo amo. Pero contrariamente a lo que sucede en los negocios,
esto pasa menos a través de la acumulación (de poder, de dinero, de
experiencia) que de una especie de depuración creciente. Plotino utilizaba la
bella imagen según la cual el aprendiz de sabio debe tender a esculpir su
propia estatua[89]: no hay
ningún elogio al body-building en esta afirmación, sino la
idea de que, contrariamente a la pintura, que es un arte que añade, la
estatuaria es un arte que despoja. Se trata de suprimir lo superfluo de un
bloque de mármol para hacer aparecer la hermosa forma que ya está presente. De
la misma manera, el sabio debe suprimir lo no esencial (las pasiones, las
ambiciones, los deseos, lo sensible, el cuerpo) para hacer que aparezca en él
la quintaesencia del Ser. Es una ascesis: «Esforzaos en elevar al dios que está
en vosotros a lo divino que está en el todo», habría dicho Plotino a su
discípulo Eustoquio el día de su muerte en el año 270. Al final de este viaje
por la existencia, el sabio toma conciencia de que se encuentra de vuelta a
casa, a un lugar que, en el fondo, jamás ha abandonado, porque es la verdad
profunda de su ser: «Pues lo que retorna no es otra cosa que el sí mismo
esencial, y con lo que se une de forma natural no es otra cosa que su persona
esencial». El sabio entonces «se aproximará a Dios, que tiene su sede en sus
verdaderas entrañas»[90](véase florilegio
núm. 6).
La filosofía como nostalgia
Así
pues, la filosofía es una especie de viaje en el ser, lleno de pruebas y
obstáculos, animado por la búsqueda de un origen que hay que encontrar. El
poeta y filósofo romántico Novalis (1772-1801) resumirá esta definición en una
poderosa fórmula: «La filosofía, hablando con propiedad, es nostalgia:
aspiración a estar por todas partes en sí mismo»[91]. ¿Cómo no
pensar aquí en la Odisea y en el largo periplo de Ulises para
volver a su casa? Porfirio está lejos de ser el primero en pensar que en la
epopeya homérica hay algo más que una bella historia. Para él, como para muchos
de sus predecesores, el mensaje profundo del poema, como por otra parte sucede
en todos los grandes mitos, es filosófico: contiene las huellas de una
verdadera revelación que la poesía antigua ha sabido mantener
viva, aunque su comprensión ya no tenga nada de evidente. Para quien sabe leer
e interpretar, estos textos contienen un sentido oculto sobre el origen y la
verdad última de las cosas[92]. Y su
lectura atenta y asidua resultará mil veces más beneficiosa que la simple
observación del mundo por parte de nuestros sentidos, siempre engañosos.
La
Naturaleza ha hurtado a los groseros sentidos de los hombres el conocimiento de
su ser, ocultándose bajo los vestidos y las envolturas de las cosas, del mismo
modo que ha querido que los sabios no reflexionen sobre sus misterios más que
bajo el velo de las narraciones míticas[93].
La
labor de explicación de los mitos no es, pues, un juego gratuito que practica
el pensador en sus horas muertas; es la única vía posible para alcanzar las
verdades, las que superan el cuerpo, el lenguaje y el pensamiento humanos. El
camino es difícil, pero el verdadero filósofo no debe esperar una revelación,
una gracia o una señal para ponerse en marcha: su salvación depende solo de él,
de la firmeza y de la precisión de su razón. Debe protegerse tanto de los
prejuicios religiosos como de las falsas evidencias materialistas. Solo
entonces podrá acceder a esta visión extraordinaria, que se le aparecerá tan
clara como el día: todos los relatos míticos, todas las grandes filosofías,
todas las principales religiones coinciden, de hecho, en lo esencial. Homero,
Pitágoras, Platón, los sabios egipcios, los pensadores persas o judíos: todos
están animados por una misma verdad que emana directamente de los dioses y está
reservada a un pequeño número de iniciados que sabrán alcanzarla. He aquí lo
que debe leerse en estos textos, sin tener en cuenta su belleza poética, sin
dejarse llevar por su intensidad dramática. Los mitos, y especialmente la Odisea, son
alegorías que nos revelan la verdad del sentido del ser. Y es a esta exégesis
alegórica a la que se entrega Porfirio en El antro de las ninfas.
La abeja mística
La Odisea, que
cuenta el retorno de Ulises a Ítaca, describe en realidad la historia del alma
humana que, tras su encarnación en el mundo sensible, donde toda clase de
tentaciones mortales buscan retenerle, retorna al fin a su punto de partida: el
mundo inteligible del Uno eterno. La elección de la gruta para describir este
universo no debe nada al azar: todas las religiones, todos los mitos, todas las
filosofías, constata Porfirio, han utilizado esta imagen. Se encuentra en
Zoroastro, en Hesíodo, en Pitágoras, en Empédocles y, sin duda, en Platón con
su famosa alegoría: todos concuerdan en hacer de la cueva el «símbolo del
mundo», el «símbolo de las potencias ocultas» y, sobre todo, el lugar de
«iniciación» en sus misterios.
Pues
la gruta, como la colmena, es un lugar de reencuentro. Se sitúa entre el cielo
y la tierra, entre el agua y la piedra, entre la oscuridad y la luz. Es un
antro y un cruce de caminos. De lo alto llegan las ninfas de las aguas, las
Náyades, que representan a las almas que descienden de lo puro inteligible
hacia lo carnal. «Se llaman ninfas, escribe Porfirio, las
jóvenes que se casan, pues se unen con vistas a la procreación y se las lava
con el agua de manantiales, arroyos y fuentes que no se agotan».
Estas ninfas tejen telas de púrpura, que representan, según el autor, la sangre
y los huesos de la encarnación. Esto ilustra muy bien que estas almas puras se
expanden en cuerpos.
Pero ¿y las abejas? ¿Qué papel desempeñan? El texto de Homero es un tanto
alusivo y sucinto: solo habla de ánforas de piedra (no de arcilla) llenas de
panales de miel (en lugar de agua o de vino). Pero, en su comentario, Porfirio
va a redactar una lista casi exhaustiva de la utilización mitológica y
religiosa de la abeja y de la miel, como si la alegoría del panal condensase
(en un sentido casi psicoanalítico) todo el simbolismo apícola. Se lanza
entonces a un ejercicio de mitología comparada donde el culto de Mitra y el de
Deméter, la teogonía de Hesíodo, el orfismo, el pitagorismo, los oráculos
caldeos, los profetas bíblicos, la filosofía de Platón, etcétera, se verán
utilizados. Todos ellos, dice, están de acuerdo en ver en la abeja a un ser
ambivalente. Por un lado, es ninfa (abeja joven), atraída por
la dulzura, ávida de voluptuosidad, dispuesta a perderse en los placeres de la
carne y de la procreación. Sin embargo, por otra parte, señala Porfirio, «no
llamaremos indiferentemente abejas a todas las almas que tienden a la
procreación, sino solo a aquellas que debían vivir según la justicia y volver a
continuación a su primera morada tras haber realizado las obras agradables a
los dioses». Las abejas designan así a las almas mejores, aquellas que han
sabido elevarse sobre el mundo mortal y los placeres carnales. Dante retomará la
idea en su Paraíso asimilándolas a los ángeles, unas veces
hundiéndose en sus corolas, otras volviendo para hacer su miel[94]. Y Porfirio
añade: «Pues este ser vivo ama volver [al lugar de donde ha partido] y observa
especialmente la justicia, y es frugal: por ello se les llama “sobrias” a las
libaciones de miel». Si, por un lado, la abeja es placer carnal (como ninfa),
por el otro (como abeja) es superación de la carne. Nacida de los bueyes
muertos (véase polinización núm. 3), se separa de los cuerpos
sombríos para elevarse hacia la pureza celestial, de donde recoge el néctar
divino. Y hay otro atributo de la miel que lo demuestra: la miel purifica y
conserva: «Gracias a la miel, escribe Porfirio, muchas cosas se vuelven
incorruptibles y las llagas antiguas se limpian». Placer eterno, dulzura
celeste, pureza prometida: la mosca de la miel —símbolo de Ulises, imagen de
las almas— reúne las dos facetas de lo real. En un mínimo de materia, contiene
el máximo de espíritu; en un mínimo de procreación, contiene el máximo de
inmortalidad; en un mínimo de diversidad, concentra el máximo de unidad. Al
contemplar la colmena, el filósofo es arrebatado por su mensaje alegórico; se
despoja de toda nostalgia y, allí donde dirige su mirada, puede decir: «Home
sweet home!». Todo se encuentra a su alrededor; se ha vuelto sabio…
El final de la descripción de la gruta confirma, según Porfirio, esta
interpretación. Homero «escribe» que posee dos entradas: una, para los hombres,
asegura el descenso hacia los cuerpos sensibles; la otra, reservada a los
inmortales (las almas), asciende hacia la pureza espiritual. No es nada
sorprendente que encontremos esta misma geografía en otra caverna platónica, la
que al final de la República de Platón, es descrita por Er,
soldado caído en combate y al que se concede ir a residir al reino de los
muertos[95].
El mito, la miel y el olivo
El
último elemento por interpretar aparece el primero en el texto: el olivo. Su
presencia no tiene nada de fortuito, pero, dice Porfirio, «detenta el
significado misterioso de la gruta». Representa a Atenea, la sabiduría. Homero
ha querido demostrar que el universo no es fruto del azar, sino del árbol de la
sabiduría, es decir, de una sabiduría inteligente y divina que está en el
origen de todo. Esta naturaleza eterna, siempre verde como el olivo, recompensa
con su corona a los que luchan victoriosamente para superar su naturaleza
mortal y fusionarse con ella. Aquí reside la diferencia entre el neoplatonismo
y el estoicismo, para quien el propio cosmos es divino y eterno, y no, como
aquí sugiere Porfirio, una entidad que sería —por así decirlo— a un tiempo
anterior, superior y exterior. La idea de un Dios único y universal está muy
presente, pero no la escandalosa idea de su encarnación. La Odisea nos
ofrece así la imagen poética de la propia armonía del cosmos, los grados que lo
constituyen y las etapas que hay que franquear para volver a su eterno seno.
Y a
los librepensadores que podrían pensar que esta lectura está traída por los
pelos, Porfirio reserva su conclusión: «No hay que creer que estas sean
interpretaciones forzadas y unas aproximaciones de espíritus sutiles: pensemos
en lo que la antigua sabiduría y Homero han tenido de penetración; pensemos en
la exactitud de su visión, en el campo de la virtud; y sepamos reconocer que
Homero ha ocultado bajo la ficción del mito la imagen de las realidades
divinas. No habría podido elaborar toda su historia si no hubiese partido de
ciertas verdades que ha trasladado a la ficción». Todos los elementos citados
en los versos de Homero encuentran sentido unos con respecto a otros, pero
también en relación con un contexto simbólico que es el de las religiones y mitologías
del mundo antiguo. Es este contexto el que permite «desencriptar» las
metáforas, y parece creíble que la presencia simultánea, en el relato de
Homero, de telares y ánforas, por ejemplo, tenga un contenido tan rico para
numerosos contemporáneos de Porfirio como la evocación de una cruz y una corona
de espinas para un cristiano. A la vez, desencriptar el texto permite recordar
este contexto simbólico en la reafirmación de una «identidad cultural» pagana
amenazada por el ascenso del cristianismo.
Desde
Porfirio han pasado casi dos mil años y, sin embargo, a pesar de los siglos, se
nos presenta como un compañero de armas. Como él, también nosotros buscamos los
secretos de la abeja simbólica, la que reúne los seres, los niveles y las
dimensiones; como él pensamos que lo que han dicho los mitos, los sabios y los
adagios revela algo profundo sobre nuestra condición humana, mortal y efímera;
como él esperamos las señales de una verdad eterna de la que la abeja
constituiría el reflejo paradójico. Nosotros tendríamos algunas reticencias a
la hora de calificarla de «divina», y preferimos hacer la «historia» (y no la
revelación) de esta «verdad eterna», lo que ciertamente no es hacerle un favor.
Pero es llamativo notar que la reflexión crítica sobre el simbolismo de la
mosca de la miel no tiene nada de reciente ni de original. Lo que nos muestra
una idea esencial: no solo es el insecto el que interesa por su parecido con
nosotros: es también, y sobre todo, el símbolo que desde siempre inquiere en su
permanencia y en su amplitud. Si la abeja es sublime, lo es en
el sentido de que parece saturada de significados, desbordante de ideas, con
una sobrecarga permanente de sentidos. Tendremos aún multitud de ocasiones de
comprobarlo.
Pero, en el momento de abandonar a la Antigüedad pagana para encontrarnos con
el mundo cristiano, podemos extraer un rápido balance de los usos cosmológicos
de la abeja. Aristóteles extraía de su escrupulosa observación respuestas a las
cuestiones metafísicas más arduas; Virgilio, mezclando la naturaleza y los
mitos, cantaba, siguiendo su vuelo, al orden del universo identificado con la
paz romana; Porfirio desencriptaba lo simbólico para revelar las cosas ocultas
desde el comienzo del mundo. A pesar de todas sus diferencias, estas tres vías
se encuentran unidas para celebrar el cosmos como… una colmena tremendamente
perfecta.
Las
diferentes razas de abejas
Aristóteles
y, después de él, los agrónomos romanos (Plinio, Columela y compañía)
distinguen varias clases de abejas de diferente valor. En suHistoria de los
animales identifica: la «pequeña, regordeta y moteada», que es la más
activa; la «larga», que se parece a la avispa; el «ladrón», negro con un grueso
vientre, y, finalmente, el zángano, que es la mayor, no trabaja y está
desprovista de aguijón. Un poco más adelante, Aristóteles nos dice que
«ladrones», zánganos y malos jefes son engendrados por la abeja larga, lo que
reduce nuestro número de especies a dos: por un lado, la mejor abeja (chresta
melissa), y por otro, la abeja larga, que hace celdillas irregulares y
produce muy poca miel, e incluso ninguna. Señala asimismo dos clases de jefes.
Virgilio retomará esta distinción: «Así como los reyes, los sujetos tienen un
doble aspecto: unos son feos de dar miedo, […] los otros lucen y brillan con un
destello vivo, y sus cuerpos están cubiertos de manchas regulares, tan
brillantes como el oro. Esta es la raza que debes preferir». Y, más adelante,
tras haber descrito el combate de los jefes, añade: «Da muerte a aquel [entre
los jefes] que te ha parecido más débil, con el fin de que no sea un fardo
inútil: deja que el mejor reine sobre su corte».
¿Que sabemos hoy día acerca de esta diversidad de razas de abejas descrita por
griegos y romanos? Si hemos podido observar una importante mezcla genética
desde hace cincuenta años, con una aceleración de este proceso en los últimos
veinte años, hasta entonces estas razas estaban circunscritas a sus regiones de
origen. Nuestra especie de abeja, Apis mellifera (portadora de
miel) hoy está presente en toda la Tierra a excepción de las regiones polares,
y ocupa toda Europa, parte de Asia y el continente africano. A su vez, se
divide en numerosas razas que están adaptadas al clima, al relieve, a la flora
de su lugar de origen; y aunque siempre se fecundan entre sí, tienen
características, tanto físicas como de comportamiento, diferentes. Así, el
ciclo de desarrollo anual, la capacidad de reducir o desarrollar la puesta, la
gestión de las provisiones, el instinto de acumulación, etcétera, pueden variar
enormemente de una raza a otra. La talla, la longitud de la lengua (¡claro que
sí!), el color, la mansedumbre o la agresividad pueden caracterizar las razas
de abejas. Por no citar más que algunas de ellas, tenemos en primer lugar, en
Europa Occidental, la Apis mellifera mellifera, llamada
también «abeja negra», pequeña y famosa por su rusticidad; en Italia, la Apis
mellifera ligustica, de color amarillo, productiva y adaptada a unas
condiciones climáticas más suaves; la Apis carnica, en Europa
Central, y la Apis caucasica (adivinen de dónde), de color
gris; citemos igualmente la Apis cecropia, en Grecia, o
la Apis intermissa, en África del Norte.
Hoy día, la presencia en la misma colmena de abejas con fenotipos diferentes es
una cosa bastante corriente. Encontrar cepas indígenas de raza pura es, por el
contrario, problemático y la conservación de los ecotipos locales forma parte
de las preocupaciones del conjunto de los apicultores. La reina se hace
fecundar algunos días después de su nacimiento en el exterior de la
colmena (véase polinización núm. 20) por varios machos
provenientes de colmenas situadas, en ocasiones, a varios kilómetros del lugar
del acoplamiento. Estos machos pueden ser de diferente raza. En efecto, el
desarrollo acrecentado de la trashumancia de las colmenas a lo largo del siglo
XX y el aumento de la cría, de la selección y de la venta de enjambres y de
reinas ha tenido como consecuencia que algunas razas, inicialmente surgidas en
una región determinada, estén presentes hoy en el mundo entero conjuntamente
con las razas indígenas, quizá en detrimento de estas últimas. No podríamos
imaginar tal mezcla hace unos dos mil, o incluso dos mil quinientos años.
Pero ciertos indicios podrían indicarnos que, guardando las distancias, las
cosas puede que no fuesen tan diferentes en la Antigüedad y que ciertas
prácticas y conocimientos apícolas, olvidados tras el hundimiento del mundo
antiguo, no han podido reaparecer más que en tiempos modernos. Leyendo a
Columela, descubrimos que la trashumancia se practicaba en Grecia y en Italia,
aunque parece que no se desarrollará (de nuevo) en Europa hasta después del
siglo XVIII[96]. En su
tratado, el agrónomo romano aconseja construir colmenas fáciles de transportar,
y formula las recomendaciones para realizar estos viajes sin dañar a las
abejas; esto es, por la noche y permitiendo que vuelvan a alimentarse durante
el día. Además, justifica el interés de la trashumancia refiriéndose a su
práctica en Grecia entre Acaya e Ítaca, entre las Cícladas y Siros, en la isla
de las Espóradas, con veranos e inviernos suaves, añadiendo que los apicultores
sicilianos trasladaban sus colmenas a los Montes Ibleos, conocidos por
propiciar una excelente calidad a la miel recolectada.
Sobre el mismo tema, Plinio el Viejo escribe: «He hallado sobre la alimentación
de las abejas un hecho singular y digno de ser referido. Hay un pueblo llamado
Hostilia, bañado por el Po. Sus habitantes, cuando falta el alimento en los
alrededores, ponen las colmenas en barcos y cada noche las hacen remontar un
espacio de cinco mil pasos; durante el día, las abejas salen y van a libar;
vuelven al barco y así se las cambia de lugar hasta que, hundiéndose más los
barcos por el peso, se sabe que las colmenas están llenas: vuelven entonces y
se recoge la miel. En España, por la misma razón, se hace viajar a las colmenas
sobre mulas»[97].
Según Janine Kievits, las abejas fosilizadas encontradas en Israel en un
colmenar de 1000 a. C. tenían las características de la actual raza anatolia[98]. Así pues,
la trashumancia y los intercambios de abejas a grandes distancias comenzaron a
practicarse desde muy pronto. Obviamente, carecemos de una verdadera historia
genética de la abeja, pero no resulta descabellado imaginar que hay una base
real en la revelación por parte de los antiguos de la existencia de una
diversidad genética en las colmenas. Nos gustaría entonces pensar que el
postulado de Virgilio referente a privilegiar a las abejas moteadas de oro
fuese uno de los factores que han contribuido a seleccionar el color amarillo
de la actual Apis mellifera ligustica.
Capítulo
3
La abeja teológica
«En
las flores, nos contentamos con mirar el color y con respirar el olor; pero las
abejas exprimen un jugo con el que componen su miel. Así sucede con los que en
sus lecturas no buscan el agrado y el placer, sino que extraen máximas útiles
que depositan en su espíritu. Y, con el fin de continuar la comparación con las
abejas, debemos imitar, en todo, su ejemplo».
BASILIO DE CESAREA, A los jóvenes.
Contenido:
El
cirio, la Virgen y el monasterio
El regreso de las abejas
La abeja y el Cirio Pascual
La abeja y la Virgen
La abeja monástica
El enjambre herético
El
cirio, la virgen y el monasterio
¿Cómo
explicarnos que la abeja divina, celeste, eterna, símbolo privilegiado de
filósofos, místicos y poetas, un buen día se haya encontrado en paro? ¿Cómo
entender el repentino silencio de esta mediadora privilegiada entre lo humano y
lo divino, entre la tierra y el cielo, entre lo sensible y lo inteligible,
entre la oscuridad y la luz? ¿Por qué se ha callado tan bruscamente la que
incluso dio su nombre a la única profetisa de la Biblia —Débora—, pues este
nombre [
Aventuremos una hipótesis para explicar esta llamativa ausencia. Sin duda hay
que considerar un ostensible rechazo hacia un símbolo pagano —demasiado
pagano—, y utilizado hasta la saciedad. Además, en el Nuevo Testamento, el
lugar de meditación está ocupado, y bien ocupado, por el mismo Cristo, quien,
por así decirlo, posee el monopolio. Desde esta perspectiva, no hay razón para
dejar que la abeja revolotee entre el cielo y la tierra; no hay motivo para
hacer de la miel una especie de deyección divina que rezuma del más allá para
inspirar a los hombres e iluminar sus discursos. Ahora es Jesús el que posee la
exclusividad del mensaje en todas sus dimensiones: el verbo (logos) se
ha encarnado y lo divino ya no utiliza a nuestras pequeñas mensajeras. De forma
general, los animales están excluidos de toda función sagrada, pues la
eucaristía destituye definitivamente los sacrificios y destina a las bestias a
un uso únicamente profano[100]. Así pues,
se han terminado los bellos mitos, las grandes epopeyas y las enigmáticas
alegorías paganas.
Sin
embargo, el cristianismo no mantendrá su rigor «anti-apícola» por mucho tiempo.
Expulsada como mensajera divina o como tótem reflejo del
cosmos, la abeja volverá rápidamente como parábola. Ausente de
los Evangelios, la mosca de la miel hace su come-back en la
«patrística». Con este término se designa al vasto conjunto de escritos de los
Padres de la Iglesia, es decir, los que, tras los apóstoles, van a difundir,
defender e ilustrar el dogma cristiano en griego o en latín. La lista de estos
padres fundadores es bastante imprecisa y está sujeta a disputas entre las
diferentes corrientes del cristianismo, pero el conjunto de estos autores
presenta la común característica de batirse contra la filosofía pagana. Es en
este contexto polémico donde reaparece la abeja en hábitos cristianos.
El regreso de las abejas
Donde
vemos renacer a la abeja como parábola cristiana
«Vamos
a buscar estos bosques, cuna de la religión, estos bosques cuya sombra, ruidos
y silencio están repletos de prodigios, estos bosques donde los cuervos y las
abejas alimentaban a los Padres de la Iglesia»
CHATEAU BRIAND, El genio del cristianismo.
Este
«renacimiento» tuvo lugar en Alejandría en el siglo II de nuestra era. Allí,
antes incluso del nacimiento de Porfirio, se desarrolló una escuela cristiana
griega de máxima importancia, de la que se considera fundador a Clemente de
Alejandría (h. 150-h. 215). Este erudito se propuso articular las culturas
concurrentes en esta Antigüedad que empezaba ya a volverse tardía. Para él, el
conocimiento humano se asemejaba al curso de dos ríos, la ley judía y la
filosofía griega. En su confluencia surgiría un nuevo manantial: el
cristianismo, que «va a integrar en su curso aguas que irán a engrosarlo aún
más»[101]. Así,
tanto la ley de los hebreos como la filosofía de los helenos pueden alimentar
la fe cristiana sin confundirse con ella. ¿Cómo presentar mejor esta
transformación armoniosa si no es comparándola con el trabajo de la abeja? Pues
esta, sin olvidar ni estropear ninguna de las flores que visita, retira el
néctar para producir su miel. Esto es lo que muestra Clemente en su libro,
titulado Stromata (es decir, «Miscelánea»), donde defiende el
buen uso de la filosofía cuando está al servicio de la fe. Al igual que las
abejas que logran unificar elementos esparcidos y dispares en un líquido dulce
y coherente[102], el
cristiano puede utilizar las fuentes más antiguas si ello le permite sublimar
el verdadero mensaje divino. «Pues si el mal se nutre de la condenación de los
hombres, la verdad, que, como la abeja, no mancilla nada de lo que existe, no
se alegra más que con su salvación»[103]. La abeja
vuelve a ser así la imagen de la transmisión de la verdad, y, por otro lado,
Clemente la convertirá en el atributo de su querido maestro, el filósofo
Panteno, al que apodará «la abeja de Sicilia[104]». Pero
esta abeja teológica cristiana se desmarca de forma clara de la abeja
cosmológica pagana.
Es el principal alumno de Clemente, Orígenes (h. 184-h. 253), quien nos lo
muestra. De gran ingenio y gran viajero, Orígenes estudió probablemente con el
mismo maestro que Plotino, Amonio Saccas. Obligado a abandonar Alejandría, se
retiró a Cesarea, en Capadocia (hoy Niskar, en Turquía), donde fundó una
escuela y una biblioteca que rápidamente se convirtieron en centros de difusión
intelectual. Por ejemplo, los Padres de la Iglesia Gregorio Nacianceno
(329-389), Basilio el Grande (330-379)[105] y su
hermano Gregorio de Nisa (335-395) se formaron allí. Detenido y sometido a
tortura, Orígenes murió algunos años más tarde, sin duda como consecuencia de
los malos tratos sufridos.
Su obra más célebre es Contra Celso, nombre de un filósofo
epicúreo que había atacado al cristianismo en un libro feroz titulado El
discurso verdadero (h. 178). Celso sostenía que no existe ninguna
diferencia entre las almas, sean estas humanas o animales. Pues, para él, todos
los seres participan de una sola e idéntica ley cósmica inmanente: «Si alguien
observase —escribía— entre cielo y tierra, decidme, por favor, ¿qué diferencia
hallaría entre lo que nosotros hacemos y lo que hacen las hormigas y las
abejas?». Y para justificar esta idea, Celso recordaba que las abejas y las
hormigas, del mismo modo que los hombres, tienen reyes, conocen la dominación,
hacen la guerra y ganan batallas, tienen ciudades y suburbios[106], trabajan
y descansan, «ejercen la justicia contra los cobardes y holgazanes»[107].
No se podría cometer una equivocación mayor, le responde Orígenes. Cierto, las
abejas, como las hormigas, son admirables, pero no por la existencia de una ley
cósmica ciega, sino por el poder benevolente de un gran designio divino: «Así
pues, no es preciso alabar lo que hacen las hormigas y las abejas, ya que lo
hacen sin razonamiento; sino que hay que admirar a la Divinidad que ha puesto
destellos e imágenes de razón hasta en los animales que no la poseen».
Pues, a diferencia de los hombres, tanto las abejas como las hormigas actúan
sin discernimiento ni voluntad. De modo que es por un «abuso» del lenguaje por
lo que se utilizan términos como «sociedad», «guerra», «trabajo» o «justicia»
para referirnos a su comportamiento. En realidad, solo son «movimientos ciegos
de la naturaleza». Pero, entonces, ¿por qué «el Hijo de Dios, que es la razón
original y que también es el rey del universo», ha situado estas apariencias de
razón en estos seres minúsculos e insignificantes?
La respuesta de Orígenes a esta pregunta merece ser citada, pues va a
influenciar el pensamiento cristiano hasta el siglo XVII, cuando aún la
encontraremos en Malebranche (véase florilegio núm. 8) y en la
gran controversia sobre los alvéolos (véase capítulo 5): si
Dios ha puesto tanta humanidad en los pequeños insectos, escribe Orígenes, es
«con el propósito de avergonzar a los hombres, a fin de que, viendo a las
hormigas, devengan más laboriosos y cuidadosos, allí donde deben serlo, y que
las abejas les enseñen a obedecer a los poderes superiores y a cumplir con su
parte en los trabajos necesarios para el bien y la conservación de la
comunidad».
El resto del texto se refiere al contrasentido de Celso (según Orígenes) cuando
interpreta el espectáculo de la colmena:
Incluso
puede ser que estas imágenes de guerras, que se ven entre las abejas, sean para
demostrar a los hombres cómo es preciso que estas las hagan justas y bien
reguladas, si la necesidad les obliga a hacerlas. No tienen ciudades ni
suburbios, sino los hexágonos regulares de sus colmenas, la asiduidad de su
trabajo y el descanso que se toman cada cierto tiempo; todo ello no tiene otro
fin que el bien del hombre, que se sirve de forma variada de la miel, bien como
un remedio muy útil, bien como un alimento puro. No tiene objeto comparar el
trato que las abejas dan a los abejones con la justicia que se ejerce en las
ciudades, contra los cobardes y los malos ciudadanos, ni con el castigo que se
les impone; sino que hay que admirar en todo esto a la Divinidad, como ya he
dicho, y también hay que dar al hombre las alabanzas que merece al haber podido
abarcar el conocimiento de tantas cosas, e incluso de gobernarlas a todas como
ministro de la Providencia, de tal manera que a las obras de la Providencia
divina añade los cuidados de la previsión humana[108].
La
objeción es clara: lejos de ser un reflejo de la armonía cósmica, la abeja es
una especie de parábola moral que nos exhorta a hacer aquello que Dios espera
de nosotros. Sobre todo, no se debe entender como la llave de los secretos de
la creación, sino como exhortaciones a la virtud, en resumen: como ejemplos.
Así es como la abeja inicia su nueva carrera: se convierte en guía espiritual o
en director de la conciencia del cristiano, sobre todo si este es ignorante.
Pues Dios, en su inmensa bondad, ha llenado de sentido a este pequeño insecto
con el fin de que todos, incluso los más modestos, los iletrados y los pobres
de espíritu puedan ver en él el camino de la salvación. La colmena se convierte
así en una especie de imagen piadosa, en un Evangelio de los inútiles… Y
Orígenes lo formula explícitamente: para él las Escrituras son una colmena, los
escritores sagrados son las abejas, y Cristo es la abeja de las abejas, apis
super apes, el rey de la colmena[109].
Así pues, la abeja cristiana va a situarse en el centro de una ambivalencia:
por un lado, representa el rechazo de la simbología pagana, que exagera
excesivamente los signos terrenales; por el otro, encarna la admiración de la
bondad divina, que ha ofrecido a los hombres esta pequeña guía de vida y de fe
al alcance de todos, incluso de los más ignorantes. Nos hallamos lejos del elitismo porfiriano,
que defendía que los últimos secretos del mundo —y, con ellos, la salvación—
estaban reservados solo a los espíritus superiores.
En los siglos siguientes, esta ambivalencia la encontramos en tres ámbitos en
los que la abeja será una imagen muy solicitada: la ceremonia del Cirio
Pascual, la evocación de la pureza virginal de María y la organización de la
vida monástica.
La abeja y el cirio pascual
Donde vemos a la abeja invitada a la velada de la Pascua
En la noche de Pascua, «la madre de todas las santas fiestas»[110], según san
Agustín, llega el momento de bendecir el Cirio, símbolo de la luz que Cristo
lleva a los hombres. La bendición se introduce mediante la plegaria del Exultet,
llamada así por su primera palabra: «Que exulte de alegría la multitud de
ángeles en el cielo…». El texto, del que existen varias versiones, estaba
escrito no en un libro, sino en un rollo de papel que se leía a lo largo (véase ilustración
5 del cuadernillo de fotos). El diácono dejaba colgando, delante del púlpito,
el texto ya recitado, y las ilustraciones del anverso permitían a los fieles de
las primeras filas seguir, imagen por imagen, lo que se cantaba. Podemos
imaginar la escena: en la penumbra de la iglesia, solamente iluminada por el
resplandor del Cirio, los espléndidos dibujos se animaban y producían un efecto
poderosamente evocador. ¡Sin duda, estamos ante los primeros dibujos animados!
Esta ceremonia del Cirio se acompañaba de una especie de justificación
formulada en estos términos: «Este Cirio te lo ofrecemos como homenaje de gran
piedad: no ha sido hecho con ayuda de ninguna grasa animal impura, ni
mancillado por una unción profana, ni encendido por un fuego sacrílego. Por el
contrario, está hecho de cera, aceite y papiro, y ha sido prendido en honor de
tu nombre»[111]. De ese
modo se marcaba la diferencia respecto a los sacrificios paganos; la ceremonia
del Cirio no tiene nada de idolatría, sino que, por el contrario, es un
homenaje simple y depurado de la fe.
Y para remarcar aún más la distancia respecto a los sacrificios paganos, la
ceremonia proponía, en su versión original, un emocionante elogio de la abeja,
productora de la santa cera. A continuación ofrecemos una versión[112]:
VIII.
La abeja es superior al resto de los seres vivos que han sido sometidos al
hombre. Aunque sea muy pequeña, por la exigüidad de su cuerpo, posee un gran
corazón en su estrecho pecho, débil en cuanto a sus fuerzas, pero valerosa por
su carácter.
Esta, tras asegurarse del retorno de la estación, cuando los refugios de
invierno cubiertos de escarcha han perdido su blancura, y las brisas
atemperadas de la estación primaveral han hecho desaparecer el envejecimiento
helado… […] Inmediatamente aparece el deseo de salir para el trabajo y,
dispersas en los campos, las alas durante un instante en equilibrio, las patas
colgantes, se detienen para libar con la boca las jóvenes flores del jardín.
Tras cargar con sus víveres, vuelven al campamento y allí, unas, con un arte
inapreciable, construyen celdillas con una goma sólida, otras acumulan la miel
líquida, otras transforman las flores en cera, otras dan forma a sus pequeños
con su boca, otras encierran el néctar extraído de las frondas que han
recorrido.
Para
los eruditos de la Antigüedad tardía y de la Edad Media, este pequeño pasaje
constituía una recuperación casi textual de la cuarta Geórgica de
Virgilio, lo que no dejó de suscitar polémica: ¿cómo es posible? ¡Una de las
plegarias centrales de la santa velada pascual era un plagio descarado del
texto de un poeta pagano!… Pero aunque Virgilio fuera presentado como un
precursor de la «buena nueva», ¿acaso no había anunciado en uno de sus poemas
(la cuarta Égloga) que el nacimiento de un niño bendito del vientre
de una virgen traería la edad de oro a la tierra? En realidad, no hacía falta
nada más para convertirlo en cuasicristiano. Sin embargo, esto no
impidió que su elogio de la abeja, adaptado en el Exultet, fuese
objeto de un acalorado debate entre los Padres de la Iglesia. La controversia
enfrentó a san Jerónimo (347-420) con san Ambrosio (340-397), antes de ser
arbitrada por san Agustín (354-430).
San Ambrosio (véase ilustración 8 del cuadernillo de fotos),
obispo de Milán, gran erudito y maestro de san Agustín, es considerado por
muchos el autor del ExultetPascual[113]. De lo que
no hay duda es de que san Ambrosio, convertido más tarde en el santo patrón de
los apicultores, tuvo a lo largo de su vida una relación muy especial con
nuestro insecto, relación que comenzó ya en su nacimiento, tal como lo relata
su secretario Paulino en la Vida de Ambrosio, obra escrita
tras la muerte del maestro:
Siendo
bebé, se encontraba en su cuna en el patio del palacio y dormía con la boca
abierta cuando un enjambre de abejas apareció de improviso, cubrió su rostro y
llenó su boca, entrando y saliendo en numerosas idas y venidas. Su padre, que
paseaba por los alrededores en compañía de la madre y de su hija, prohibió a la
nodriza echarlas (estaba muy inquieta y temía que le hiciesen algún daño)].
Pero, pasado algún tiempo, las abejas levantaron el vuelo y se elevaron en el
aire hasta una altura tal que se hicieron imperceptibles para el ojo humano. Su
padre quedó impresionado por el acontecimiento. «Si este niñito vive —dijo—,
¡será algo grande!». El Señor ya actuaba en la primera infancia de su servidor
para que se cumpliese lo que está escrito: «Las buenas palabras son panales de
miel» (Pr 16, 24). Este enjambre de abejas significaba para
nosotros los panales de miel de sus escritos, que deberían anunciar los dones
del cielo y elevar el espíritu del hombre desde las cosas de la tierra hasta el
cielo[114].
Paulino
no hace más que retomar un lugar común ya utilizado por el «pequeño Homero», el
«bebé Hesíodo», el «niño Platón», el «chiquillo Píndaro», el «joven Virgilio»,
y tantos otros. Sin embargo, esta leyenda encontró un eco especial en una obra
también llena de referencias apícolas, pues Ambrosio no desaprovechaba nunca la
ocasión de alabar a la abeja, ya fuera por la organización modélica de la
colmena, por sus virtudes cristianas, por su poder de inspiración, por su genio
geométrico, por su fuerza espiritual, etcétera (véaseflorilegio
núm. 9). En resumen, Ambrosio desarrollaba y ampliaba en latín lo que Orígenes
y Basilio habían sugerido en griego (véase florilegio núm. 7).
Por su cuenta, retomaba la recomendación de «imitar a la abeja, que forma
panales sin dañar a nadie y sin atentar contra el bien ajeno»[115].
También en san Jerónimo, el monje dálmata, traductor de la Biblia del hebreo al
latín (primera piedra de lo que sería la Vulgata), encontramos
numerosas menciones de la belleza virtuosa de las colmenas. Fundador de la
Orden de los Jerónimos, las utiliza, sobre todo, para pensar en la disciplina
monástica[116]. Sin
embargo, cuando el diácono de Plasencia[117], Presidio,
le pidió en el año 384 que redactase un elogio del Cirio Pascual, Jerónimo ¡se
salió literalmente de sus casillas! Protestó con vehemencia contra el carácter
profano, es decir, pagano, de estos elogios que no pueden justificarse por
ningún texto de las Escrituras[118]. Sin duda,
son textos muy agradables de oír, inspirados en grandes poetas como Virgilio y
Quintiliano, pero, realmente, no tienen cabida en una ceremonia sagrada. La
cólera de Jerónimo no estaba desprovista de mala conciencia. Él mismo,
apasionado de la cultura antigua, había tenido un sueño horrible que lo había
traumatizado: se veía muerto, presentándose ante Dios, que le preguntaba: «¿Qué
eres tú?». A lo que Jerónimo respondía: «Yo soy cristiano». Pero, al instante,
Dios exclamaba: «¡Tú no eres cristiano, eres ciceroniano!». E, inmediatamente,
el pobre Jerónimo recibía en la espalda una tanda de palos de los que siempre
conservaba la huella… al despertarse. El mensaje no podía ser más claro: la
cultura pagana debía ser barrida por las Santas Escrituras. De ahí que nada
empujase a citar a Virgilio ni a la abeja en una plegaria[119]. De forma
más prosaica, también es posible que Jerónimo, en esta carta, tuviese en su
punto de mira a Ambrosio, al que nunca había apreciado demasiado y cuya
ortodoxia le parecía dudosa. En todo caso, sus reservas terminarán por
prevalecer y el elogio de la abeja desaparecerá poco a poco. Pero no sin
resistencia, pues aunque, en el siglo XIII, la reforma litúrgica de Inocencio
III lo suprimió, será preciso una confirmación, siete siglos y medio más tarde,
en el Concilio Vaticano II.
Y es que nuestro insecto no había dicho su último buzz. En efecto,
lo encontramos en la pluma de san Agustín, discípulo de Ambrosio, y, según él
mismo confesó, apicultor asiduo. En la Ciudad de Dios, el
obispo de Hipona evoca versos que había compuesto en su juventud elogiando el
Cirio. Ese poema se ha perdido, pero en otras de sus obras se encuentra un
sermón enteramente dedicado a la cera pascual. La atribución a Agustín de
este Sermón del Cirio Pascual es dudosa, pero no podemos no
citarlo, ya que nos parece del todo representativo de las costumbres de la
época[120].
El texto establece una completa analogía entre el Cirio y el cristiano. En
primer lugar, hace notar que el primero está compuesto de tres sustancias: la
cera, la mecha y la llama, que simbolizan (¡evidentemente!) la carne, el alma y
la sabiduría. Del mismo modo que «la llama ilumina, la mecha quema y la cera se
disuelve», igualmente «las lecciones de sabiduría iluminan el alma y triunfan
sobre la resistencia de la carne». Pero la cera es también «obra de la abeja,
de la que las Escrituras nos hablan así: “Ve hacia la abeja, oh perezoso” (Prov 6,
6), y mira cómo trabaja. Cuán santa es su obra, ya que los reyes y los súbditos
se apropian de sus trabajos para mantener su salud. Para todos tiene gracia y
belleza, y a pesar de lo débil que es, solo se eleva con sabiduría”».
Esta referencia a la abeja es un añadido «erróneo» de la versión griega de la
Biblia[121], ya que el
texto hebreo únicamente menciona a la hormiga. Sin embargo, este error permite
proseguir el elogio:
¿Qué
es lo que nos enseñas, oh Cristo? ¿Qué debemos resaltar en la abeja? Es un
animal pequeño y provisto de alas, ya que es la humildad la que se eleva. Vuela
mediante dos alas brillantes. Ahora bien, qué hay más relumbrante que la
caridad? Y la caridad encierra dos preceptos, amar a Dios y amar al prójimo,
que son como dos alas para elevarnos al cielo. La dulzura es obra de la abeja,
y la verdad está en boca del justo, pues el Señor nos dice bien alto: «Yo soy
el camino, la verdad y la vida» (Juan 14, 6). Y el Profeta nos
dice a su vez: «Probad, y veréis cuán dulce es el Señor» (Ps 33,
9). Las abejas aman a su reina, como los justos aman a su Cristo. Las abejas
forman los panales de miel y los justos, las iglesias. En las flores es donde
estas recogen su cosecha, del mismo modo que los justos se enriquecen con la
belleza de las Santas Escrituras, que hacen conocer y honrar a Dios y son para
ellos praderas floridas. Las abejas engendran sin mancha, igual que los justos
engendran cristianos por la casta prédica del Evangelio. […] Se distinguen en
el panal, la cera, la miel y la carrocha. Igualmente, en la Iglesia, tenemos
las Escrituras, la inteligencia y la audición. Y así como la cera encierra la
miel, así las Escrituras guardan la inteligencia, e, incluso, igual que la
carrocha tiene su nido en la cera, así el oyente pone su afecto en las
Escrituras; del mismo modo que las celdillas del panal ya contienen la
carrocha, sin contener aún la miel, igualmente los misterios de las Escrituras,
antes de llegar a la inteligencia, exigen, en primer lugar, la fe de los niños.
Como la joven abeja, tras haber alzado el vuelo, llena de miel las celdillas de
cera donde fue alimentada, así los jóvenes fieles, tras haber crecido por la fe
y comenzado a orientarse con las alas de la caridad, vuelven más sólidas estas
murallas de las santas Escrituras […]. Cuando se prensan los panales, se
derrama la miel que se recoge en vasijas; así la pasión del Señor ha prensado
los libros de la ley de los Profetas.
Tras
esta comparación, cuando menos detallada, el sermón termina con la
interpretación de un episodio bíblico extraído de la historia de Sansón (Jueces14).
Se trata del momento en que este decide, contra el deseo de sus padres, ir en
busca de una esposa entre los filisteos. Por el camino debe enfrentarse con las
manos desnudas a un joven león al que «desgarra como se desgarra un cabrito».
Algún tiempo después, al volver, ve el cadáver del león y descubre que «en la
carroña del león había un enjambre de abejas, y miel». Recoge entonces la miel
y se la lleva a sus padres sin decirles su origen. A continuación, Sansón
desafía al clan y les emplaza a resolver este enigma: «Del que come ha salido
lo que se come, y de lo fuerte ha salido lo suave». Para el autor del sermón,
esto contiene un mensaje claro: el de la victoria de la suave luz cristiana
sobre las duras sombras paganas y, de paso, un testimonio del dogma de la
resurrección de los cuerpos[122].
Hay que reconocer que, a lo largo de esta homilía, la metáfora apícola llega
muy lejos y es expresada de manera un tanto ruda: apenas encontramos aquí la
delicadeza agustiniana. Pero, por otra parte, como se trata de un sermón,
podemos pensar que está dedicado a un público amplio y diverso al que la imagen
pueda llegar fácilmente. Por otra parte, el texto reúne el conjunto de las
referencias bíblicas posibles sobre la abeja. Sin zanjar la cuestión de su
autenticidad, debemos reconocer que, al formular el reciclaje cristiano de un
símbolo pagano, aporta la solución a la querella cristiana de las abejas.
Podríamos resumirlo así: ante la hermosa seducción, con frecuencia engañosa, de
la poesía pagana —la de Homero o la de Virgilio—, la «miel» de los Evangelios
aspira a una dulzura aún más suave, pues es la de la misma verdad; y frente a
los rigores un poco rústicos de la ley judía, el mensaje de amor cristiano es
la obediencia, a la vez voluntaria y lúcida, como lo es la de la abeja en la
colmena. En cualquier caso, este es el método: y todos aquellos que han llevado
y llevarán este mensaje pueden con todo derecho ser calificados de «doctor
mellifluus», es decir, aquellos cuya palabra fluye como la miel:
Orígenes, Ambrosio, pero también el papa Gregorio (590-604), Bernardo de
Claraval (1090-1153), etcétera.
¿De dónde proviene la materia-cera?
Durante
mucho tiempo se creyó que las abejas recolectaban la cera en el exterior de la
colmena, como la miel, el polen, o el propóleo. Y existían dos técnicas de
recogida: por una parte, la aspiración del néctar o del mielato con la trompa,
y su almacenamiento en el buche; por otra parte, la utilización de las patas
posteriores para transportar el polen o el propóleo. Este último es el que con
frecuencia se confundía con la cera, sobre todo, por parte del gran
Aristóteles:
«La abeja lleva la cera y el Erithake [el polen] con sus
patas, y extiende la miel con su boca sobre los alvéolos»[123]. «Las
abejas recogen la cera rastrillando vivamente los tallos de las plantas, con
sus patas de delante; estas las enjugan con las del medio; y las patas del
medio se enjugan con la parte curvada de las patas de atrás»[124]. Aunque
hay un error en lo que respecta al objeto recolectado, la descripción del
método es exacta. El propóleo es —recordémoslo— una sustancia resinosa recogida
en las flores y en ciertas yemas y utilizada como una especie de barniz
antiséptico en el interior de la colmena. «En la boca de la colmena, el borde
de la entrada está untado con mythis. Esta materia, que es de un
negro bastante opaco, es como una purificación de la cera para las abejas, y su
olor es muy fuerte. Es un remedio contra las contusiones y las llagas que
supuran». Para Aristóteles, el mythis-propóleo no es otra cosa
que cera concentrada.
Aunque Plinio el Viejo también distingue las sustancias resinosas recolectadas
como materiales de construcción, del polen, «alimento de las abejas mientras
trabajan», la similitud en lo referente a la técnica de recolección del polen y
del propóleo continuaría suscitando confusión, que durará hasta finales del
siglo XVIII. Réaumur aún habla, refiriéndose al polen, de «materia-cera»[125], incluso
mientras multiplica los experimentos que muestran la diferencia: opone la
diversidad del color de los granos de polen y la blancura de la cera nueva;
señala que enjambres recién introducidos en las colmenas vacías construyen los
panales antes de recolectar el polen; constata que las abejas se alimentan de
polen, y lo almacenan a veces durante largo tiempo y, al no observar ningún
cambio durante el almacenamiento, concluye que la transformación de la «cera
bruta» en cera tiene lugar en el estómago de las abejas y que es por la boca
por donde vuelve a salir «limpia para ser utilizada». Aquí nos encontramos con
un espléndido ejemplo de obstáculo epistemológico lingüístico relacionado con
la utilización de la expresión «materia de cera» para designar al polen.
Será el genial François Huber, en su Nouvelles observations sur les
abeilles (1802), quien hallará la clave del enigma. Las abejas tienen
glándulas ceríferas y son ellas las que secretan cera sin recolectarla. En una
especie de homenaje crítico a Réaumur, escribe: «[Réaumur] Había señalado
acertadamente la muy grande diferencia que existe entre los pólenes fecundantes
y la propia cera, y había realizado varias observaciones que deberían haberle
alejado de esta opinión, si hubiera extraído las conclusiones justas».
En 1793, Huber descubre bajo «los anillos inferiores del vientre de las abejas»
placas de cera. «Están alineadas por pares bajo cada segmento, en unos pequeños
bolsillos de una forma especial […] y no se encuentran bajo los anillos de los machos
y de las reinas». Al mostrar que el estómago no se comunica de ninguna manera
con estos segmentos, Huber concluye que la cera es una secreción de la abeja,
producida por un órgano especial. Esta «sustancia, que parecía pertenecer al
reino vegetal», es de hecho «una secreción animal». Este descubrimiento «da
origen a un gran número de cuestiones y ofrece un campo aún más extenso a las
investigaciones de los fisiólogos, así como a los amantes de la historia
natural, y abre nuevas vías a los químicos al ofrecerles, como secreción
animal, una sustancia que parecía pertenecer al mundo vegetal. En una palabra,
es la piedra angular de un nuevo edificio». Huber mostrará que las láminas de
cera son tratadas de nuevo en la boca de la abeja, masticadas y mezcladas con
la saliva (lo que pudo hacer creer a Réaumur que las abejas regurgitaban la
cera); demostrará que no existe ninguna relación entre el polen y la cera, que
el alimento necesario para la secreción de esta última es el néctar y, en
general, las materias azucaradas, pero que, por el contrario, el polen es
indispensable para la cría y la alimentación de las larvas (véanse las
ilustraciones 6 y 7 del cuadernillo de fotos).
La
abeja y la Virgen
Donde vemos a la abeja probar la inmaculada concepción
«En
efecto, la virginidad merece ser comparada con las abejas: como ellas, es
diligente, pura, casta».
SAN AMBROSIO, Tratado de la virginidad
Tras
el Cirio, el segundo motivo que autoriza a los cristianos a referirse a la
abeja, es la supuesta «virginidad» de esta. Ya hemos visto que, para los
griegos, la abeja representaba el modelo de la «mujer ideal». Fueron muchos los
que cantaron su virginidad (Homero[126], Hesíodo)
y ya vimos que su castidad sumió a Aristóteles en los abismos de la
perplejidad. Este tema se refuerza en el cristianismo para presentar dos de los
grandes misterios del dogma cristiano: la virginidad de María y su Inmaculada
Concepción[127]. Así,
el Exultet ya citado, termina su elogio de la abeja en estos
términos:
¡Oh,
verdaderamente bienaventuradas y admirables abejas cuyos machos no han
desflorado el sexo, cuyo parto no ha alterado a los hijos ni destruido la
castidad! Así la Santa Virgen María ha concebido: ¡ha dado a luz virgen y
virgen ha seguido siendo!
Sobre
este asunto, los Padres de la Iglesia están de acuerdo, pues la abeja permite
entrever la clave de uno de los misterios más difíciles de la Revelación: el
nacimiento del Salvador de una virgen nacida, ella misma, sin pecado; es decir,
sin concepción. En efecto, ¿cómo pensar que el Salvador haya surgido del
vientre de una simple mortal? ¿Cómo sería creíble la promesa de una
resurrección sin una «PEA», una Procreación Espiritualmente Asistida? La
dificultad estriba en que una procreación sin sexo no es fácil de concebir…
¡salvo en la colmena! Lactancio, Rufino, Ambrosio (véase florilegio
núm. 9) y otros no cesan de utilizar este argumento para callar a todos
aquellos que apuntan hacia las promesas ilusorias y las fantasmagorías de los
misterios cristianos. «¿Y la abeja?», contestan unánimemente a sus críticos[128].
Ya que jamás se ha visto copular a las abejas, pese a que se reproducen, es
preciso deducir que la creación de la vida no se limita a la sexualidad, sino
que responde a un principio anterior y superior. Es lo que dice Agustín cuando
evoca el problema del origen de la vida. Dios es el único Creador verdadero, y
distribuye un «polen seminal» que los seres vivos reciben y que usan para
reproducirse:
Podemos
citar como prueba la fecundación de las abejas, que recogen de las flores el
polen seminal. Así, Aquel que ha creado este polen es el Dios que ha creado
todo lo que existe; y todos los seres que nacen ante nuestros ojos son
receptores de esta fecundidad primera que posee los elementos, el germen y el
desarrollo de su existencia. También el progreso de su crecimiento y la
variedad de sus formas están subordinados a las reglas de su primitiva
generación[129].
Es
decir, la vida es un don de Dios que cada cual recibe en depósito.
Esto permite a san Agustín dar la vuelta, por así decir, a la prueba. No hay
—nos dirá finalmente— ningún misterio en la Inmaculada Concepción ni en la
virginidad de María: por el contrario, es la sexualidad voluptuosa la
«anormal». En efecto, antes del pecado original, los humanos se reproducían sin
esta pasión nefasta que les hace a un tiempo desgraciados y… mortales. Pues,
aunque parezca mentira, son la procreación y la concupiscencia —escribe
en Del génesis a la letra—, las que, tras la Caída de Adán y
Eva, nos alejan de la vida eterna:
Siendo
las cosas así, ¿por qué no creeremos que aquellos hombres antes del pecado
pudieron imperar sobre los miembros genitales para engendrar a los hijos, como
imperan sobre los otros, que el alma mueve en cualquier acto sin molestia
alguna, sino más bien con cierto placer de alegría? Si el Creador omnipotente
que en todas sus obras, aun en las más pequeñas, es grande y digno de ser
alabado inefablemente, ha dado a las abejas que efectúen la generación como
hacen el jugo de la miel y la cera, ¿por qué ha de parecer increíble que
concediese tales cuerpos a los primeros hombres, de modo que si no pecasen y no
contrajesen inmediatamente cierta enfermedad por la cual morirían, imperasen,
como mueven los pies cuando caminan a propia voluntad, los miembros reproductores
mediante los cuales se engendran los hijos, de modo que sin ardor seminaran y
concibieran sin dolor? Ahora, quebrantado el precepto, merecieron soportar en
sus miembros de muerte adquirida el movimiento de aquella ley que lucha contra
la ley del espíritu. A cuyo movimiento regula el matrimonio y retiene y refrena
la continencia, para que así como del pecado se hizo un castigo, así también
del castigo se consiga un mérito[130].
Así,
pues, la abeja nos recuerda el tiempo de la inocencia, la edad de oro anterior
al pecado original, cuando el hombre, contemplando el bien, lo buscaba y lo
hacía por simple voluntad. Sin embargo, en lugar de esto, sometido al reino de
la concupiscencia, «no hace el bien que [él quiere] y comete el mal que no
quiere» (Rm 7, 19).
Pero esta nostalgia del Edén provocada por la abeja nos sitúa otra vez en la
vía de la salvación, pues nos muestra que una sexualidad sin libido es
naturalmente posible y espiritualmente necesaria. Con todo, tengamos cuidado de
no exagerar, nos recuerda Agustín: «Si admiramos a la abeja que remonta el
vuelo tras haber hecho su miel con una inexplicable sagacidad por la que
prevalece sobre el hombre, no debemos por ello preferirla ni compararla con
nosotros»[131]. La
precaución se impone tras tantos elogios: ¡no se trata de consagrar un culto
idólatra a la diosa abeja! Para evitarlo, es suficiente con hacer que tome los
hábitos…
La abeja monástica
Donde vemos a la abeja tomar los hábitos
«[Los
poetas] nos dicen que, entre los animales, los que se acercan más a nuestra
inteligencia están consagrados a la castidad. En efecto, ¿no reconoceríamos en
la colmena de las abejas el modelo de esos monasterios donde las vestales
componen una miel celestial con la flor de sus virtudes?».
CHATEAU BRIAND, «Sobre el sacramento de la Orden», El genio del cristianismo,
I, 9.
Esto
es lo que va a hacer, sin dudarlo, Thomas de Cantimpré en un libro tan famoso
como asombroso, escrito hacia 1256, que lleva este título: Bonum
universale de apibus («El bien universal que se deriva de las abejas»)[132]. Su autor
nace en Bruselas, alrededor de 1200, en el seno de una familia de la baja
nobleza. Destinado por su padre a la vida monástica, «lo llevan a las escuelas»
en Cambrai, y vive en el monasterio de Cantimpré, donde sigue la regla de san
Agustín. Tras su entrada en la Orden de los Dominicos, continúa su formación en
Colonia, donde sigue las enseñanzas de Alberto el Grande (h. 1200-1280), en
compañía de Tomás de Aquino (1225-1274), y después en París. Más adelante
enseñará filosofía y teología en Lovaina, donde muere en 1270. Thomas de
Cantimpré escribió numerosas vidas de santos, pero también un Liber de
natura rerum («Libro de la naturaleza de las cosas», 1240), en veinte
volúmenes, que tardará quince años en elaborar. Se trata de una especie de
enciclopedia de ciencias naturales con un fin edificante, género que
experimentaba un gran éxito en la época (véase florilegio núm.
10).
En el Bonum universale de apibus, redactado entre 1256 y 1263,
Thomas de Cantimpré retomará el capítulo de su Liber de natura rerum dedicado
a las abejas, y lo subdivide en pasajes muy cortos que constituirán la entrada
en materia de los ochenta y dos capítulos de su nueva obra. Cada uno de estos
extractos presenta una cualidad de la abeja: talento político, prudencia,
sentido de la justicia y de la obediencia, respeto de la jerarquía, clemencia,
virginidad, pureza, limpieza, inocencia, dulzor, frugalidad, solidaridad,
abnegación, piedad, fidelidad, rigor, previsión, etcétera. Todas estas
consideraciones apícolas son ocasión para comentarios, teológicos o morales,
apoyados en la autoridad de los Padres de la Iglesia, pero también en la de los
filósofos antiguos. A continuación vienen los exempla; es
decir, historias cortas o anécdotas, siempre dadas por verídicas, aunque
demasiado fantásticas, que tienen un fin edificante para el auditorio. En
ocasiones se mezcla la lección moral, el relato milagroso y… la sección
«asuntos varios» de una revista tipo Hola, en las fronteras
del chismorreo. Estas historietas constituirían una especie de recopilación de
ideas para un prelado carente de inspiración para sus sermones. La relación con
las abejas es en ocasiones muy tenue, incluso inexistente, pero proporcionan la
trama de un discurso que muestra al cristiano y, sobre todo, al monje, tal como
debe comportarse en cada momento de la vida cotidiana.
Simplicidad del pretexto apícola, una gran variedad de temas abordados, un
estilo storytelling… Es decir, se reúnen los ingredientes
necesarios para hacer de esta obra todo un éxito. De hecho, seguimos
disponiendo de más de ochenta manuscritos de la obra, lo que revela la amplitud
de su difusión; Carlos V[133]encargará
su traducción un siglo después de su aparición (1372), como hará el papa León X
con ocasión del Concilio de Letrán (1512-1517). Estamos ante un verdadero best-seller de
la Edad Media.
He aquí como el propio Thomas de Cantimpré presenta su proyecto en su
dedicatoria al hermano Humberto, maestre general de la Orden de los
Predicadores:
Ante
la petición de algunos de mis íntimos, he escrito, a fuerza de esmero y de
trabajo, un libro sobre los superiores y sus dependientes. Con este fin he
recuperado mi libro Liber de natura rerum, que ya había
compilado con gran provecho a partir de diversos autores al precio de un largo
esfuerzo realizado a lo largo de quince años. De este libro he extraído muy
especialmente el capítulo de las abejas presentadas según los filósofos:
Aristóteles, Solino, Plinio, Basilio el Grande, el obispo Ambrosio, y Jacobo,
obispo de Acre, perspectiva que permite abarcar todos los estados del hombre,
en especial, el de los superiores y sus dependientes y, por añadidura, de forma
especial, el tipo de vida de los religiosos. Así pues, he querido presentar de
forma simple y simbólica el tema de este capítulo; he consumado un primer libro
dedicado a los superiores y un segundo a sus dependientes, todo ello
distribuido en múltiples capítulos provistos de títulos. A todos estos
capítulos he adjuntado, dependiendo de los temas, ejemplos [exempla] útiles
y apropiados que nos han llegado de nuestro tiempo o de poco antes[134].
La
obra seguirá con la metáfora apícola durante casi quinientas páginas, haciendo
de la colmena el «espejo» del monasterio, es decir, una imagen que permitía a
la vez describir y aconsejar sobre su funcionamiento. ¿Cuáles son las
cualidades requeridas por los prelados o los superiores? ¿Cómo debe
desarrollarse su elección? ¿Cuál es su papel y responsabilidad respecto a sus
inferiores? ¿Cómo deben comportarse estos en el monasterio? ¿Qué reparto de
funciones y puestos debe promoverse entre los tres órdenes que lo constituyen
bajo la autoridad de su jefe: las madres eméritas o curiales del monasterio,
las jóvenes abejas o religiosas del coro, los abejorros o legos? Todas estas
cuestiones son examinadas a través de historias construidas a partir de la
observación de la ciudad de las abejas. Esta comparación no tiene nada de
original, y la mayoría de los grandes teóricos del monaquismo cristiano han
hecho, desde el principio, uso y abuso de ella. Thomas de Cantimpré no hace más
que completar el interés por un tema muy común que desarrollará de forma casi
exagerada.
En la obra, el arte de la narración, de la compilación, o sea, de la
acumulación, puede más que el rigor «arquitectónico» o sistemático. Muy
desordenado, redundante y en ocasiones confuso, el Bonum universale de
apibus no tiene nada que ver con la Suma teológica de
su antiguo colega Tomás de Aquino. Henri Platelle, editor de la obra, no se
equivoca al comparar a nuestro autor con el anciano Ouï-dire del Pantagruel de
Rabelais[135]. Este
personaje contrahecho, ciego y paralítico dispone de un considerable número de
orejas y de siete lenguas en su boca. Así puede registrar todos los rumores y
trasmitirlos a sus oyentes, que de ese modo se informan, pero siempre acerca de
«lo que se oye». Este personaje no ha dejado de existir; tan solo ha cambiado
de nombre y ahora se llama Buzz. Precisamente el nombre del ruido
de la abeja libadora…
Con Thomas de Cantimpré, la vida de las abejas se convierte en una gigantesca
parábola por medio de la cual el cristiano, incluso el más ignorante y
analfabeto, puede convencerse con toda sencillez de la verdad de los grandes
misterios de la fe: la organización jerárquica de la Iglesia y del monasterio,
que, lejos de ir contra la libertad, representa su condición más necesaria; la
virginidad de María —y ahí el ejemplo de la abeja sirve para desmentir a judíos
y paganos—; la promesa de la resurrección, que es visible no solo en la
longevidad de la abeja y de la colmena, sino en el espectáculo sublime del enjambre
cuando llega la primavera tras el invierno del purgatorio; o los obstáculos a
la salvación, tanto interiores como exteriores, representados simbólicamente
por los enemigos de las abejas, sean estos la golondrina diabólica, la rana
glotona, el abejorro hipócrita o la avispa demoníaca.
Leeremos este texto extraño y singular con aún más interés si tenemos en cuenta
todo lo que la modernidad le debe a la vida monástica: el individualismo
social, el valor del trabajo, el voto con papeleta secreta, la democracia
participativa, el equilibrio de poderes, la lectura silenciosa…, y también la
gastronomía, el whisky, el chartreuse, el paseo en solitario, etcétera. En
muchos aspectos, nos hemos convertido en monjes sin Dios ni dogma ni
monasterio, en «individuos en el mundo»[136], por
retomar la expresión del antropólogo Louis Dumont, herederos bastante fieles de
esos «individuos fuera del mundo» que eran los monjes. La analogía apícola nos
muestra esta secreta filiación.
La obra de Thomas termina con una multitud de historias a cual más fantástica
que el autor «ha libado» a lo largo de su carrera eclesiástica. Por solo citar
uno de estos exempla, nos referiremos a la historia de las
«abejas adoratrices del Santo Sacramento», que se encuentra en el capítulo
dedicado al ¡«canto de las abejas»! En efecto, para el que sabe escuchar, nos
dirá Thomas, el zumbido de las abejas esconde una voz de una suavidad admirable
que anuncia el canto coral de las iglesias e incluso de los ángeles. En
realidad, esto es lo que antaño le contó un santo abad a Thomas: un día, un
pobre hombre visitaba una de sus muy grandes colmenas y se dio cuenta de que
sus abejas cantaban con una notable vivacidad. Al profundizar en su examen,
pudo constatar que el coro se dividía en seis secciones que cantaban cuando iban
dejando de trabajar. De manera fortuita se acercó a la colmena de noche cerrada
y oyó salir de ella una sublime melopea. Y volvió a observarlo en compañía de
su sacerdote e incluso del obispo, que decidió abrir la colmena y se encontró
con un pequeño recipiente hecho de una cera inmaculada que contenía una hostia.
Y a su alrededor, el coro de abejas estaba celebrando las vigilias, por lo que,
lleno de admiración, el obispo hizo construir un oratorio en aquel lugar. Algún
tiempo después oyó en confesión los testimonios de dos ladrones que admitieron
haber robado en una iglesia vecina un ostensorio de plata. Como no tuvieron más
remedio que huir, arrojaron las hostias consagradas a una colmena del
vecindario. Entonces, escribe Thomas, las pequeñas abejas reconocieron «este
pan vivo caído del cielo», lo cuidaron, lo instalaron en un altar de cera en el
centro de su casa y le rindieron homenaje organizándose como un perfecto
monasterio.
Esta historia sirve para cerrar maravillosamente la evocación de las abejas
místicas de Thomas de Cantimpré, pues si los monasterios debían imitar a las
colmenas para alcanzar la perfección, también las colmenas imitarán a los
monasterios cuando la virtud y la salud de los humanos están en juego. ¡El
juego de espejos es perfecto!
¿Perfecto? No del todo, pues es uno de los comportamientos de la colmena el que
produce en Thomas un fastidio manifiesto: la enjambrazón (véase polinización
núm. 11).
Algunas abadías lo habían integrado en su vida cotidiana, como las
cistercienses, donde los monjes pensaban que un convento no debía albergar más
de doce hermanos y un abad, y otros tantos hermanos laicos. Si se superaba ese
número, debería fundarse otro establecimiento. Es decir, si el fenómeno se
extendía demasiado, ¡la imagen comenzaba a oler a azufre! Esta idea alude al
cisma, es decir, a lo peor que puede ocurrirle a una Iglesia que se quiere
«católica», es decir universal. Además, a mediados del siglo XIII nos
encontramos en el punto álgido del conflicto entre el papa (Inocencio IV) y el
emperador (Federico II Hohenstaufen), que pretende instaurar una cierta
«autonomía de lo político» respecto de lo religioso[137]. Sin
desfallecer, Thomas defiende la unidad de la Iglesia preservando la supremacía
del poder espiritual sobre las pretensiones del poder temporal. Así que no, ¡la
enjambrazón no se producirá!
Algo que, en realidad, está por ver…
El enjambre herético
Donde vemos a la abeja pactar con el diablo
Saltémonos alegremente tres siglos y vayamos al año 1569. Unos meses antes de
su muerte, Pieter Brueghel, llamado Brueghel el Viejo, realizó uno de sus
últimos dibujos, que la posteridad recordará con el nombre de Los
apicultores(véaseilustración 9 del cuadernillo de fotos). Su interés
documental es notable, ya que se trata de una de las pocas representaciones
realistas del trabajo apícola durante el Renacimiento. Pero el dibujo contiene
algo más que una escena de género, pues está íntimamente ligado a los conflictos
religiosos que ensangrentaban entonces los Países Bajos españoles. Aunque era
un católico convencido, Brueghel poseía sólidas amistades en el ámbito
protestante y, sobre todo, se había sentido profundamente conmocionado por la
instalación en Flandes de la feroz Inquisición española dirigida por un funesto
«Tribunal de los Tumultos», más conocido como «Tribunal de la sangre». Teniendo
en cuenta todo esto, observemos el encuadre más de cerca: los apicultores
resultan, en realidad, bastante inquietantes y podrían parecerse a los
inquisidores que registran y cuestionan las almas de los individuos. Vacían las
colmenas-iglesias (cuya forma, además, recuerda la tiara pontificia), las
saquean y roban la miel. ¿Y quién es ese niño que ha encontrado refugio en un
árbol y que mira hacia una iglesia sin cruz que está en segundo plano?
Representa el frescor juvenil de la fe que se va a Inglaterra o Alemania, y que
aspira a la regeneración y a la construcción de una Iglesia auténtica. También
podría ser que un enjambre se hubiese colgado en el árbol, es decir, un grupo
de abejas que hubiesen abandonado las colmenas devastadas para buscar un hogar
más acogedor. En resumen, con la excusa de pintar una escena de género,
Brueghel desea manifestar su simpatía por la causa de la Reforma[138].
Lo que hace esta interpretación aún más plausible es que 1569 también es el año
de la aparición de una obra que va a hacer reventar de risa y júbilo a toda la
comunidad protestante de Europa. El libelo, titulado Ruche de la Sainte
Église catholique («La colmena de la Santa Iglesia católica»),está
firmado por un tal Isaac Rabottenu de Lovaina, aunque todo el mundo reconocía
la pluma de Philippe de Marnix de Saint-Aldegonde (1540-1598), calvinista
convencido, poeta, teólogo y polemista, futura mano derecha de Guillermo de
Orange (y, por otro lado, autor del himno nacional holandés). Marnix escribe
una parodia truculenta, sembrada de retruécanos dignos del Canard
enchaîné[139],
del Bonum universalede Thomas de Cantimpré[140]. Presenta
a un clérigo católico que, lleno de amor por su fe y de odio hacia los
calvinistas, pretende dibujar y alabar a la iglesia como si fuera una colmena
admirable. Pero el desdichado cae en la trampa de su propio discurso y el
elogio desvela todos los vicios y manipulaciones de los que son culpables los
doctores, predicadores e inquisidores católicos. La abeja de la colmena
católica de Marnix no tiene nada de virtuosa: al contrario, está dispuesta a
todo para aumentar sus ganancias y producir su indigesta miel. Lejos de fijarse
en una única fuente para fabricarla (los Evangelios), liba aquí y allá en las
flores más seductoras sin preocuparse de la coherencia ni de la fidelidad.
Obtiene un magma informe, arbitrario y confuso que va a ser servido a los
creyentes tan ignaros como obtusos… Tanto en Brueghel como en Marnix se ve
despuntar una especie de elogio de la enjambrazón. ¡Es preciso abandonar
urgentemente esta colmena (la Iglesia) podrida y viciada a fuerza de
estrecheces de mira y rigidez!
Nos encontramos con otro uso teológico de la abeja, esta vez negativo, que
retoma los recelos originales de los Evangelios. La abeja es pura, sin duda,
pero lo es tanto que termina por ser sospechosa. La elevación espiritual, la
exigencia moral y la piedad exacerbada hacen que exista el riesgo de
transformarse en desmesura y orgullo; y la santa abeja, a fuerza de dogmatismo,
puede convertirse fácilmente en… ¡herética y caer en los peores errores
paganos! Antes de la Reforma ya encontramos, en toda una serie de relatos
inquisitoriales, la identificación de los herejes con las abejas, ya sea por su
afán de exigir igualdad (contra las jerarquías sociales y eclesiásticas), ya
sea por exigencia de pureza y el rechazo de la carne (contra la sexualidad y el
régimen carnívoro), ya sea por el acceso a la revelación (contra el monopolio
clerical de la revelación y la interpretación), o por la crítica de la
idolatría (contra los sacramentos, los símbolos y los rituales). En todos estos
casos, la abeja en la enjambrazón aparece como la señal incontestable de una
dolorosa recaída en los peores errores del antiguo paganismo[141].
Lutero (1483-1546) ampliará este uso y le dará la vuelta. Mientras él mismo
pasa por cismático para la Iglesia, no cesa de denunciar a los Schwermer (1527).
Antes de él solo los enjambres de abejas (Schwarm) enjambraban (Schwärmen); después,
la enjambrazón (Schwärmerei) designará al adversario por
excelencia de la verdadera fe. Un doble adversario, a decir verdad: no solo la
Iglesia (católica) que ha abandonado el Evangelio como un enjambre abandona la
colmena, sino también el filósofo exaltado que abandona la común experiencia
para ceder ante los viles avances de la razón, esa «puta del diablo» (véasepolinización
núm. 12). El espíritu y el lenguaje filosófico comienzan entonces a zumbar en
el vacío, sin fin y sin límite, para originar un total extravío de las almas
más frágiles. Contaminada por la filosofía, la «verdadera» religión ha
pervertido su casa común, que, por tanto, hay que reconstruir por completo.
Por banal que sea en la vida de la colmena, la enjambrazón no constituye una
situación normal; es la pesadilla del apicultor, para quien supone una pérdida
y una especie de regresión: el retorno al salvajismo por falta de vigilancia o
exceso de cultura. En efecto, con frecuencia es la profusión la que produce la
escisión de la comunidad y la división de una colonia. El enjambre divide
—es diabólico—, mientras que la colmena une —es simbólica—. Se
comprende que los teólogos no se hayan privado de utilizar esta imagen tan
simple como perfecta para ilustrar el peligro del cisma y el ideal de la
Iglesia: solo la unidad de la comunidad puede conducir a la salvación, es
decir, a la victoria sobre la muerte. Mientras la colmena permanezca unida, es
inmortal; cuando se produce una separación, ella misma corre el riesgo de
desaparecer. De este modo podemos percibir que el actual temor a la
desaparición de las abejas es también una reminiscencia laicizada de un motivo
cristiano: si la abeja desapareciese, se produciría el final de una expresión
tangible de la inmortalidad, o, cuando menos, de la durabilidad de la creación.
Sería la victoria definitiva de lo trágico sobre lo religioso, de lo material
sobre lo espiritual, el triunfo de la muerte sobre la vida. En resumen, la
apoteosis del diablo. Así que, abeja, ¡líbranos del Mal!
La enjambrazón
La
enjambrazón es un momento muy especial en la vida de la colmena, pues se trata
de una reproducción como la de los organismos unicelulares, es decir, por
división. En primavera, cuando la población de la colmena alcanza su número
máximo, las abejas construyen las celdillas reales en las que la reina aovará.
Unos días antes de la eclosión de las primeras celdillas, una parte de las
abejas y la vieja reina abandonan la colmena y, en un primer momento, se
cuelgan como un racimo de la rama de un árbol mientras las exploradoras buscan
un nuevo alojamiento para todo el enjambre (ver capítulo 6). La enjambrazón no
se produce de forma sistemática, sino que pueden favorecerla diferentes causas:
factores genéticos, una reina envejecida, el confinamiento debido a una colmena
demasiado pequeña, una alternancia rápida de mal y buen tiempo… Algunas
mieladas muy intensas, como las de la colza o el diente de león, las
desencadenarán inevitablemente.
No todos los apicultores tienen (o tuvieron) la misma actitud frente a este
fenómeno. Durante mucho tiempo, en muchas regiones la enjambrazón natural era
la única posibilidad de renovar o aumentar un colmenar, frecuentemente situado
en las proximidades de la vivienda del apicultor, por lo que era fácil
supervisar la división de una colonia. En nuestros campos, hasta tiempos muy
recientes, era impensable considerar a las abejas como vulgar ganado, y, por
tanto, no se vendían. Cuando todas las colmenas disponibles estaban ocupadas,
sencillamente, los enjambres excedentes se regalaban a los vecinos menos
favorecidos. Por el contrario, los apicultores profesionales, cuyas colmenas no
podían supervisar a diario, debían limitar la enjambrazón para no hipotecar la
producción de miel. Así pues, una misma realidad puede considerarse positiva o
negativa, es decir, puede verse o bien como la multiplicación y renovación de
la reina en las colonias-matrices, o bien como su división y su debilitamiento.
Por supuesto, estos dos aspectos contradictorios de la enjambrazón se
utilizarán en el plano simbólico.
Kant y la Schwärmerei
El
término Schwärmerei («enjambrazón»), utilizado por Lutero para
criticar a la filosofía, tendrá una larga vida… filosófica. Lo volveremos a ver
en Kant (1724-1804) cuando se proponga definir su proyecto intelectual[142]. Lo que él
entiende por filosofía crítica, preludio a todo trabajo
filosófico digno de este nombre, es el cuidado escrupuloso a la hora de poner
límites al uso de nuestras facultades de conocer. Hay que procurar no abandonar
jamás la experiencia, sin por ello ser totalmente dependientes de ella. Lejos
de la experiencia, se pierde pie y entramos en el terreno del dogmatismo
racional; demasiado cerca, no se ve nada y estaríamos en el campo del empirismo
escéptico. Uno y otro conspiran, en una especie de espiral infernal, que aleja
al hombre de sí mismo, es decir, de su doble condición trágica y metafísica. El
hombre, ser a un tiempo mortal y espiritual, se ve obligado a nadar entre estos
dos extravíos que le hacen abandonar su condición. Contra los peligros de la
enjambrazón delirante (del dogmatismo) y contra la acumulación estéril propia
de las hormigas (empiristas laboriosas), es el momento de hacer que los
pensamientos humanos vuelvan a la casa común con el fin de que sean realmente
productivos. Espíritu humano, ¡entra en la colmena en lugar de volar demasiado
tiempo! ¡Y vuelve a libar en lugar de repetir lugares comunes! ¡Produce,
finalmente, la miel de la «metafísica futura»!
Capítulo 4
Políticas de la colmena
«La
filosofía lleva al hombre político hacia la abeja, pues ella le permite
descubrir cuál es su deber».
JUAN DE SALISBURY, Policraticus
Contenido:
Los
regímenes de miel
La abeja imperial
La colmena como ideal del gobierno mixto
La abeja monárquica
La abeja aristocrática
La abeja republicana
La colmena entre la sociedad civil y el Estado
La abeja anarquista: Proudhon
La abeja autogestora
La abeja industrial (Saint-Simon)
La abeja mutualista
La abeja comunista: Marx, Bachofen, Thiers
La abeja y el arquitecto (Marx)
La abeja feminista (Bachofen)
El espectro de una colmena política (Thiers)
La abeja liberal: Mandeville
Los
regímenes de miel
Entre los productos de la colmena, además de la miel, la cera, el polen o la
jalea real, se encuentra una extraña sustancia cuyo nombre científico es propolis (el
propóleo). Se trata de una goma rojiza que las abejas recogen de las yemas de
ciertos árboles, como castaños y sauces. Su uso es múltiple: sirve como
«cemento» para sellar las grietas de las colmenas, como cola para fijar los
panales, o como recubrimiento de las paredes de la colmena. Además, tiene
virtudes antisépticas y antifúngicas que permiten a las abejas —y a los hombres
que la recolectan— protegerse contra todo tipo de agresiones, microbianas o de
otro tipo. El término que designa a esta pasta que vale para todo —es una
especie de panacea apícola— tiene una etimología muy discutida: algunos piensan
que deriva del latín propolire, que significa «untar, cubrir»,
pero otros —desde la Antigüedad—, optan por el término griego pro-polis, es
decir, «delante de la ciudad», quizá porque algunas especies de
abejas colocan cierta cantidad de esta sustancia a la entrada de la colmena
para evitar la intrusión de predadores.
Adoptemos esta versión, no porque sea la verdadera, sino porque coincide a la
perfección con otro uso universal de nuestro insecto que tiene mucho que ver
con la historia del pensamiento. En efecto, la abeja no solo ha sido
considerada un pozo de sabiduría y un modelo de virtud, sino que, además, se la
ha tenido muy en cuenta como maestra en el arte político. En el
desconcierto en el que solemos vivir, ¿cuál es el riesgo de penetrar en la
ciudad «ideal» que es la colmena? No se trata de que sigamos todas las
enseñanzas de esta pequeña aunque genial maestra, pero, al menos, escuchemos el
zumbido de la abeja cívica, quien, sin duda, será capaz de contarnos la
historia de la filosofía política.
La abeja imperial
Abril de 1804. Bonaparte sueña desde hace algún tiempo con convertirse en
Napoleón, y para ello su espíritu desbordante de energía no olvida ningún
detalle. Sabe hasta qué punto los símbolos importan, por lo que encarga a una
comisión del Consejo de Estado la tarea de pensar sobre los futuros símbolos
del régimen que pretende fundar. Imaginamos fácilmente a estos primeros
especialistas en comunicación política trabajando para diseñar una especie de
campaña imperial…, es decir, creando logos y probando eslóganes. En cierto
sentido, son los antepasados de los actuales spin doctors. Pues
bien, entre los diferentes animales que salen de sus reflexiones —el elefante,
el león, el águila, el gallo—, la abeja ocupa un lugar destacado. Hay que
señalar que ya había sido mencionada repetidas veces en el curso de la
Revolución francesa —otra formidable fábrica de símbolos[143]— cuando se
pretendía competir con los emblemas de más de mil años de antigüedad del
«Antiguo Régimen», y, de hecho, la abeja estuvo a punto de convertirse en el
símbolo de la República francesa durante el debate en la Convención del 3 de
brumario del año IV. Industriosa, ordenada, sobria, guerrera, espartana,
virtuosa…, la colmena tiene todas las cualidades para representar ese nuevo
espíritu. Pero tiene un defecto: está gobernada por una reina. De modo que el
proyecto es decapitado sin contemplaciones.
Pero este inconveniente será una ventaja cuando llegue el momento de «terminar
la Revolución». Para Napoleón, si el águila encarna el régimen imperial, la
abeja debe ocupar un segundo lugar, pues, como dirá el marqués de Cambacérès,
futuro archicanciller del Imperio, las abejas «ofrecen la imagen de una
república con un jefe», es decir, «la imagen misma de Francia». El general y
consejero de Estado Lacuée añadirá: «Son a la vez el aguijón y la miel»[144].
El 2 de diciembre de 1804, día de la consagración de Napoleón, la abeja triunfa
en Notre-Dame. Su imagen está por todas partes; dorada, cosida, esculpida, en
tapices y, desde luego, en los bordados del manto imperial. El estilista es el
escritor y dibujante Vivant Denon, quien, compañero de armas de Napoleón en la
campaña de Egipto, se convertirá en el cuasi «ministro» de
Cultura del Imperio. Denon tomó como modelo las joyas de oro en forma de abeja
que se encontraron en 1653 en Tournai, en la tumba de Childerico I (muerto en
481), padre de Clodoveo (véase ilustración 10 del cuadernillo
de fotos). En un primer momento, un estudioso dijo erróneamente que esas abejas
eran el origen de la flor de lis real. Vivant Denon se sirvió de esa creencia
para llevar a cabo una empresa de reciclaje simbólico masivo en la que se
jugaba a un tiempo con la continuidad y con la ruptura, con ciertas
«legitimidades» que hasta entonces habían sido incuestionables (algo que
Napoleón necesitaba sobre todas las cosas). En la ceremonia, el águila
representaba al Imperio romano, la corona imitaba a la de Carlomagno y la abeja
era merovingia. Y eso sin contar con la sutil alusión a la abeja imperial de
Virgilio. Todo esto encarnaba la Francia eterna, reconciliada con su historia
milenaria, orgullosa de su poder y segura de su destino (véaseilustración
11 del cuadernillo de fotos).
Así es como (re)nació la abeja imperial, que estará destinada a acompañar y
glorificar la grandeza de los dos imperios franceses: los de Napoleón I y
Napoleón III.
La grandeza…, o la pequeñez, ya que en un famoso poema que no podemos dejar de
citar, Victor Hugo pedirá a estos insectos que se vuelvan contra el que, en su
opinión, ha dejado de estar a la altura de su sublime simbolismo: Napoleón el
Pequeño:
Las
abejas y el manto imperial[145]
(Los Castigos, junio de 1853)
Vosotras
para quien el trabajo es gozo y alegría,
Vosotras que no hacéis otra presa
Que los perfumes, alientos aromáticos del cielo,
Vosotras que huís cuando se acerca diciembre,
Vosotras que robáis a las flores el ámbar
Para dar miel a los hombres.
Hermosas y hechiceras
Que libáis el rocío en copas de aroma,
Vosotras, que semejantes a la joven desposada,
Visitáis los lirios del delicioso vergel,
Hermanas de las encarnadas corolas,
Hijas de la luz, abejas laboriosas,
Volad, huid de ese manto.
Abalanzaos sobre el que lo lleva
Cual impávidos guerreros.
Obreras generosas, arremolinaos en torno suyo,
Presentándole el deber y la virtud en alas de oro y dardos de llama.
Arremolinaos en torno de ese infame
Y decidle: «¿Por quién nos tomas?»
Maldito mil y mil veces maldito,
Nosotras somos las abejas.
Nuestra colmena adorna la fachada
De las chozas sombreadas por espesos parrales,
Volamos en alegre torbellino y nos posamos
En la boca de las rosas o en los labios de Platón;
Lo que sale del fango al fango vuelve,
Vete a encontrar a Tiberio en su caverna
Y a Cárlos IX en su balcón.
Ve, en tu púrpura se han de meter,
No las abejas del Hymete,
Sino el negro enjambre de Montfaucon.
Y acribilladle todas juntas,
Avergonzad con vuestro generoso valor al pueblo que tiembla,
Sacad los ojos al inmundo embustero,
Encarnizaos en él con toda saña y furor,
Sea arrojado de la patria por las moscas,
Ya que los hombres le tienen miedo[146].
Este
no es más que uno de los numerosos ejemplos de la utilización de la abeja en la
historia del pensamiento político. Pero, para nosotros, el Imperio napoleónico
tiene la ventaja de condensar épocas y referencias. En su simbolismo mezcla
reminiscencias antiguas, alusiones medievales y proyectos claramente modernos
sobre el fortalecimiento del Estado y la soberanía del pueblo. Porque la abeja
puede ser a la vez monárquica, republicana, imperial, aristocrática,
democrática, comunista, liberal, anarquista… Y permite analizar esta síntesis
improbable de todos los regímenes que se hayan experimentado, tanto los
mejores como los peores. De modo que, gracias a ella, es posible
presentar una lista por fin completa. En nuestra desencantada democracia, a la
búsqueda de un segundo aliento, la tentación de acudir a la escuela política de
la colmena sigue siendo muy fuerte.
La colmena como ideal del gobierno mixto
Donde vemos a la abeja reconciliar al rey, a los nobles y al pueblo
La filosofía política nació con una pregunta: «¿Quién debe gobernar la
ciudad?». La cuestión nos parecerá banal a nosotros, los demócratas, que
tenemos la costumbre de hacérnosla en cuanto hay elecciones cerca. Pero
pensemos en lo que tiene de subversiva, ya que con ella se sobreentiende que ni
los hechos consumados, ni la fuerza, ni el temor son suficientes para asentar
un poder duradero, pues también son necesarias buenas razones y
una importante dosis de eso que llamamos legitimidad. ¿Cómo
encontrarla? Los antiguos griegos —Heródoto el primero— daban tres soluciones
según el número de pretendientes al poder: este puede confiarse a una sola
persona a condición de que sea la más virtuosa o prestigiosa, y el régimen se
llamará entonces «monarquía». Si los jefes son varios, sean estos los más ricos,
los vástagos de las grandes familias, o los «mejores», estaremos ante una
«aristocracia». Finalmente, si el gobierno recae en la asamblea de todos los
ciudadanos que forman la ciudad, hablaremos de democracia o de república. Pero
la clave del asunto está en que cada una de estas soluciones tiene tantas
ventajas como inconvenientes. Con la monarquía se tendrá, sin duda, la eficacia
de un mando único, pero también el riesgo constante de caer en la tiranía y en
la arbitrariedad. La aristocracia permite la excelencia de una dirección
colegiada por parte de una élite, pero hace más que probables las luchas
facciosas sin fin. Y si la democracia favorece la participación y la adhesión
popular en las decisiones públicas, habrá que exponerse al peligro de un desorden
permanente. ¿Cómo salir de este callejón sin salida?
Durante la Antigüedad se buscó esa salida en una especie de «moción de
síntesis» que consistirá en juntar las ventajas de los tres regímenes evitando
sus inconvenientes. Es lo que a partir de los romanos se llamará «gobierno
mixto». La expresión la utiliza el historiador griego Polibio, y después lo
hará Cicerón, aunque el concepto ya se encontraba en Platón y Aristóteles.
¿Cómo concebir un régimen en el que conviva un gobierno no tiránico de un jefe
con el papel otorgado a los mejores de los ciudadanos y con la participación de
todos en la vida de la ciudad? La respuesta, en teoría compleja, se vuelve muy
sencilla cuando se observa la naturaleza. Por supuesto, ¡se trata del vivo
retrato de la colmena!
La abeja monárquica
«Es
un poderoso ejemplo para los grandes reyes».
SÉNECA, Sobre la clemencia, XIX
«Hasta el sonido de su voz, y el acierto y la gracia natural
y majestuosa de toda su persona, le hicieron distinguirse
hasta su muerte como el rey de las abejas».
SAINT-SIMON (a propósito de Luis XIV), Memorias, XII, 16
«Naturalmente, el jefe de un Estado es en una ciudad
lo que en una colmena es el rey de las abejas.
Debe pensar siempre en esta similitud
cuando tenga en sus manos el timón de los asuntos».
PLUTARCO, Preceptos políticos
Empecemos
por lo más evidente: la colmena contiene en su seno a un individuo especial
(para nosotros la reina; para los antiguos, el rey), que
es más grande, más fuerte, más hermoso (?) que los demás y de quien parece
depender la supervivencia de la comunidad. Por eso se dice que el régimen de la
colmena es una «micromonarquía», idea que ha permitido que los antiguos
pensadores políticos se decanten a menudo por la superioridad de este régimen:
la monarquía es preferible porque es «natural».
Escuchemos a Séneca (4-65 d. C.). En Sobre la clemencia, se
dirige al joven Nerón, de quien ha sido preceptor y que acaba de suceder al
emperador Claudio. Será observando la colmena —dice— como aprenderá a
desempeñar su función de la forma más excelente.
Es
la naturaleza la que inventó la realeza: podemos convencernos observando a los
demás animales, entre otros, a las abejas, cuyo rey ocupa la estancia más
espaciosa, más central y más segura. Por añadidura, exento de toda carga, hace
rendir cuentas a los demás del trabajo que hacen; cuando muere, el enjambre se
dispersa. Nunca las abejas soportan más de uno, y buscan al más valiente en los
combates. Además, este rey resalta por su forma y difiere del resto por tamaño
y brillo[147].
No
es seguro que su alumno escuchara suficientemente estos consejos, quizá porque
ya eran un lugar común en la Antigüedad[148]. En
cualquier caso, la obra de Séneca inaugura un nuevo género literario que más
tarde se denominará «espejo del príncipe», en referencia a la introducción del
libro: «He emprendido —escribe Séneca— este tratado sobre la clemencia, Nerón
Cesar, para de algún modo servir de espejo y encaminarte, ofreciéndote tu
imagen, a la voluptuosidad mayor que existe en el mundo»[149]. Este
género, que continuará sin interrupción a lo largo de la Edad Media, del
Renacimiento y del clasicismo, presentará siempre una curiosa mezcla de elogio
cortesano, estricto moralismo y reflexión educativa (véase florilegio
núm. 12). Eso sí, pese a las diferencias, su objetivo no variará jamás: trata
de conducir al poderoso a la autorreflexión proponiendo un
reflejo ideal a su rostro real. Pues —tal es el mensaje constante de los
espejos del príncipe— no se puede pretender gobernar a los demás sin saber
gobernarse a uno mismo. Y el tirano es, en primer lugar, quien no sabe
resistirse a la tiranía de sus propios instintos.
Y es aquí donde se utiliza a la abeja: naturalmente virtuosa, se convierte en
una especie de espejo del espejo del príncipe, es decir, un modelo que le haga
comprender cómo (debe) gobernar sin violencia y suscitar —¡culminación del arte
de la política!— la obediencia voluntaria. Escuchemos de nuevo a Séneca:
He
aquí lo que sobre todo le distingue [al rey]: las abejas son muy irascibles y,
teniendo en cuenta su pequeñez, muy ardientes en los combates. Siempre dejan su
aguijón en la herida; el rey, por el contrario, no tiene aguijón. La naturaleza
no ha querido que fuese cruel, ni que ejerciese una venganza que le costase
demasiado cara. Por ello le ha negado un aguijón y ha dejado su cólera
desarmada[150].
El
aguijón del rey de las abejas suscitó un amplio debate durante toda la
Antigüedad, asociado a una reflexión sobre lo que distingue a la autoridad del
poder coercitivo (véase polinización núm. 14).
Hoy sabemos que el rey es una reina (véase polinización núm.
15) y que también posee aguijón, pero que no lo utiliza más que para atacar a
las demás reinas surgidas de la crianza de la colmena. Estos «combates
singulares» entre pretendientes al trono ya habían sido observados y eran para
los antiguos una señal suplementaria de la sabiduría política de las colmenas
¿Acaso no era este, decían, el medio más simple y económico de evitar los
estragos de una guerra civil? Por supuesto, Virgilio y Columela consideran que
esto es posible en la colmena, pero todos están de acuerdo en reconocer que la
pluralidad de reyes solo es temporal, pues, en los animales como en los
humanos, «el imperio no soporta la división»[151]. Al menos
en la colmena, el que decide quién es el jefe es incuestionable, pues es la
naturaleza…, o Dios.
El patrón de los apicultores, san Ambrosio (340-397), volverá una vez más sobre
este punto para demostrar la superioridad ejemplar de la monarquía de las
abejas. En los humanos, escribe en su Hexameron, que retoma de
Basilio de Cesarea (véase florilegio núm. 7), hay tres métodos
para designar al jefe de una ciudad: el sorteo (en democracia), la elección (en
aristocracia) y la herencia (en monarquía). Por el contrario, la vida de la
colmena demuestra que ninguno de estos métodos es satisfactorio. Veamos por
qué:
El
rey-abeja, escribe Ambrosio, no es elegido por sorteo, pues en este hay azar,
no discernimiento, y con frecuencia, por los caprichos de la suerte, es el
último de todos quien tiene la preferencia; no es designado por las vulgares
aclamaciones de una multitud sin experiencia, que no sopesa los méritos de la
virtud, ni busca las ventajas del interés general, sino que oscila en la
inconstancia de la versatilidad; no ocupa el trono real por un privilegio de
sucesión o de nacimiento, si es cierto que, ignorante de los asuntos públicos,
el beneficiario no podrá ser previsor ni organizado[152].
Solo
la elección de la naturaleza (es decir, en este caso, de Dios) permite evitar
las casualidades de la fortuna, los errores de una decisión poco meditada y las
inconsistencias de la herencia. De ese modo hay que entender la famosa frase de
san Pablo: toda autoridad viene de Dios (Rm 13, 1, 7).
Pero lo que confiere valor al jefe de la colmena para los antiguos no solo es
su virtud, su prestigio y su clemencia, sino ser el principio mismo
de la cohesión comunitaria: sin él, el vínculo social desaparece. Podemos citar
aquí al historiador romano Eliano (175-235), que, en Historia de los
animales, recoge las distintas tradiciones antiguas sobre este asunto:
El
rey de las abejas vela para que la colmena esté regulada de la forma siguiente:
asigna a unas la tarea de traer agua, a otras la de trabajar en el interior
construyendo los panales, y a un tercer grupo la de ir a libar. Seguidamente,
intercambian sus tareas según una rotación perfectamente definida. En lo que
respecta al propio rey, su única tarea consiste en establecer las leyes que
acabo de mencionar y en hacerlas respetar, a la manera de los más grandes jefes
a quienes los filósofos atribuyen, de buen grado, las cualidades reunidas de
buenos ciudadanos y de buenos reyes[153].
Eliano
añade, siguiendo a Aristóteles, que es el jefe quien incluso da la señal para
dormir. Pero cuando el rey muere o desaparece, entonces «el desorden y la
anarquía lo invaden todo: los zánganos se ponen a aovar en los alvéolos de las
abejas y reina una confusión general que no permite a la colmena seguir
prosperando, y las abejas terminan por morir a falta de un jefe».
De hecho, los apicultores llaman «zanganera» a una colmena cuya reina ha muerto
o no puede concebir más que machos (pues su reserva de esperma está vacía).
Esta colmena está condenada.
Si trasladamos esta imagen al hombre, vemos que la monarquía es una necesidad
absoluta. Sin jefe, no hay sociedad, y sin sociedad, no hay humanidad[154]. Por
tanto, la presencia de un jefe, piedra angular de la colectividad, aunque es
una condición necesaria, no es aún suficiente para elaborar el mejor régimen.
La abeja aristocrática
La segunda condición es que los miembros de la ciudad lleguen a vivir y a
trabajar juntos a pesar de sus diferencias. Aquí también, la colmena es
ejemplar, pues, más que ningún otro insecto (especialmente las hormigas,
demasiado «igualitarias» para los antiguos) ofrece el espectáculo de la
diversidad. Además de la reina, hay obreros y zánganos, pero incluso en el seno
de los obreros, señalan los antiguos, se pueden notar diferencias: de tareas
(entre las libadoras, las guardianas y las criadoras), e incluso de especies,
como, de hecho, pensaba Aristóteles. Ahora bien, a pesar de esta variedad, muy
cercana a lo que ocurre en la ciudad humana, cada individuo y cada casta
permanecen escrupulosamente en su lugar respetando las jerarquías naturales.
Aunque es monárquica, la colmena también es aristocrática, ya que, bajo la
autoridad de un rey, cada categoría desempeña su papel según su grado de
excelencia: los mejores arriba y los peores abajo —a saber, los zánganos,
perezosos e inútiles (véase polinización núm. 13)—. Pero
todas, sea cual sea su grado de excelencia, participan en la armonía del
conjunto. Sobre este tema, la cuarta Geórgica de Virgilio se
cita constantemente, pues recordaba la diversidad de funciones y la jerarquía
de las dignidades en el seno de la colmena.
En la literatura medieval, esta influencia no desaparecerá, y debemos citar
aquí un texto de una importancia capital en la historia del pensamiento
político medieval. Se trata del Policraticus, de Juan de
Salisbury (1120-1180), un gran intelectual, formado en las escuelas de París y
alto funcionario de la curia pontificia, que jugó un papel decisivo en el
periodo del reinado de Enrique II de Inglaterra, ya que fue secretario del
obispo de Canterbury y se convirtió en amigo de Thomas Becket, canciller del
rey. Opuesto a los proyectos de Enrique II, que tendían a limitar los poderes
eclesiásticos, cayó en desgracia, se exilió (1163) y terminó su carrera como
obispo de Chartres. El Policraticus, publicado en 1159, está
considerado el mayor tratado político medieval. Se presenta como una crítica de
las vanidades de la vida cortesana, así como un «espejo del príncipe». Todos
los recursos textuales, sean estos bíblicos o de la Antigüedad clásica, son
utilizados para invitar al rey a ajustarse a los principios de la fe cristiana
y someterse a la autoridad de la Iglesia. Pero, no obstante, hay en esta obra
un argumento bastante novedoso que reconoce en el príncipe —mientras sea
perfectamente cristiano— cierta autonomía respecto al poder eclesiástico. Juan
de Salisbury utiliza —por primera vez, según los especialistas— la metáfora de
la sociedad política como un cuerpo humano[155],
donde los sacerdotes son el alma; el rey, la cabeza; el consejo real, el
corazón; los jueces y los administradores de las provincias, los ojos, las
orejas y la lengua; la administración de las finanzas, el vientre; los
soldados, las manos, y los campesinos, artesanos y mercaderes, los pies.
La masacre de los zánganos
Cuando
llega el otoño y la colmena no necesita aumentar su población, los zánganos son
exterminados por las obreras. ¡Por lo general, el destino de los machos no es
nada envidiable! Recordemos que los que han tenido la suerte (?) de fecundar en
pleno vuelo a la reina de una colmena vecina mueren en cuanto han cumplido su
tarea, pues la retirada de su órgano reproductor implica también ¡el desgarro
de su abdomen! «Buena lección para los libertinos», dirá el abad Della Rocca,
autor de un tratado de apicultura en 1790. Esta triste condición, así como su
inutilidad productiva hacen decir a Plinio que los abejorros son los vástagos
de «especies de abejas imperfectas, hechos en último lugar, engendrados por
padres fatigados y agotados, progenie tardía y, por así decirlo, esclavos de
las verdaderas abejas»[156]. También
desde este punto de vista la colmena es un fiel reflejo de la sociedad romana…
Pero se puede encontrar esta proyección en contextos aún más dramáticos. Nos
hemos quedado estupefactos cuando leímos en el Traité debiologie de
l´abeille, dirigido por Rémy Chauvin[157], un
artículo de D. Zahan dedicado a «La abeja y la miel en África y Madagascar» en
el que se hablaba de Ruanda. La imagen de la colmena, escribe el autor, con
frecuencia se utiliza para reflexionar sobre la sociedad ruandesa: bajo la
dirección de un rey «buena madre», los tutsis, guerreros y pastores, son
equiparados a los zánganos por los hutus, agricultores, que se consideran a sí
mismos como las buenas abejas productivas. Algunas masacres pueden ocultar
otras…
Esta
imagen organicista ya se había sugerido para describir a la Iglesia (Rm 12,
4-5) o al monasterio, pero Juan de Salisbury, al aplicarla al Estado, parece
reconocer que el rey dispone de una autoridad sin límites…, siempre que se
someta, como el rey de las abejas, a la justicia natural y divina[158]. Después
de Dios, aun obedeciendo a Su Justicia, el rey garantiza la unidad del cuerpo
místico del Estado-colmena-república, que «está constituido conforme a su
semejanza con la naturaleza y esta constitución deriva de las abejas»[159]. Y tras
una larga cita de la cuarta Geórgica de Virgilio, concluye que
«al recorrer todas las autoridades de la república y al considerar las diversas
historias de las repúblicas; en ninguna parte [salvo en la colmena] la vida
civil es presentada con mayor precisión y elegancia. Y las repúblicas serían
sin duda felices si se prescribiesen a sí mismas estas formas de vida». Por
ello, añade, «el filósofo conduce al hombre político hacia las abejas, con el
fin de que le permitan comprender dónde está su deber»[160]. Puesto
que el Estado es como una obra de arte que imita a la naturaleza, la colmena
proporciona el modelo ideal.
Es así como el rey, al igual que el de las abejas, se distinguirá del tirano:
respetará el lugar justo que corresponde a cada cual en el seno de la comunidad
política y la aristocracia vendrá a compensar las desviaciones inevitables de
una monarquía siempre tentada por lo arbitrario y el poder sin freno. Mientras
que, en la ciudad humana, el rey tiende a enfrentarse a los notables que se
oponen al pueblo, la colmena permite considerar la justa «integración de los
contrarios».
Shakespeare (1564-1616), que estaba muy al tanto de las doctrinas políticas de
su tiempo, se acordará del argumento cuando, en Enrique V, obligará
a decir lo siguiente al arzobispo de Canterbury:
Eso
es porque el cielo divide el gobierno del hombre en diversas funciones,
poniendo su actividad en perpetuo movimiento, a la cual queda fija la
obediencia como objeto y fin; tal el trabajo de las abejas, seres que, por una
ley natural, enseñan a las poblaciones de los reinos las reglas del orden.
Tienen un rey y oficiales de diversos grados; las unas, como magistrados,
castigan en el interior; las otras, como comerciantes, se aventuran a hacer
comercio en el exterior; otras, armadas de sus aguijones, como soldados,
saquean los tesoros de los capullos aterciopelados del verano, y con marcha
alegre transportan su botín a casa, a la tienda real del emperador, quien,
atareado en su majestad, vigila a los albañiles cantores que construyen los
techos de oro, a los cívicos ciudadanos que amasan la miel, a los pobres
artesanos que se apiñan con sus pesados fardos delante de la estrecha puerta, y
al juez de mirada severa que, con su áspero bordoneo, entrega a los pálidos
verdugos a los perezosos y soñolientos zánganos. Infiero de ahí que cuando
varias cosas tienen una relación directa con un mismo punto central, cada una
puede alcanzarse por muy diferentes caminos. Igual que distintas flechas
lanzadas en diferentes direcciones van al mismo objetivo; como muchas calles se
encuentran en una misma ciudad; como numerosas corrientes frías se reúnen en
una mar salada; como muchas líneas se cruzan en el centro de un cuadrante; así,
un millar de acciones, una vez puestas en marcha, pueden concurrir en un mismo
fin y ser impulsadas todas adelante sin que se anulen[161].
La
idea de partida seguirá su camino: tras haber sido aplicada a la Iglesia (san
Pablo), al Estado (Salisbury) y a la imagen del cuerpo, podrá aplicarse a la
misma sociedad. Lo veremos más adelante con Mandeville, Adam Smith y el esbozo
de lo que se convertirá en la teoría del «mercado». Pero ya se deja sentir a
través de la unidad orgánica de la realeza sagrada y del pueblo profano, del
noble y del innoble, de lo alto y de lo bajo… La colmena ofrece la imagen
apropiada de lo que debe ser una verdadera república.
El aguijón en la piel y… en la historia
Imaginaos,
escondidos en la extremidad del abdomen de la abeja, dos arpones dotados de
numerosas espinas que pueden deslizarse uno contra el otro en un movimiento de
vaivén. Están conectados con un estuche y con la glándula que fabrica el
veneno, que están situados en el abdomen. Entre los dos arpones hay un canal
que permite que fluya el líquido tóxico. Cuando la abeja pica, esta no puede
retirar su aguijón, que se quedará en la piel de su víctima. De modo que, al
amputarse ella misma su órgano, se condena a morir poco tiempo después. Los dos
arpones del aguijón hincados en la piel del animal (o del hombre) continúan
moviéndose en vaivén y hundiéndose mientras el veneno se expande, provocando el
dolor intenso tan característico. Aunque la picadura solo suele causar una
simple inflamación pasajera, en ocasiones puede desencadenar una reacción
alérgica mortal.
Así pues, nos encontramos con la ambivalencia simbólica de la abeja: a la vez
dulce y dolorosa. Apismellifera, la portadora de miel también
lo es de una temible arma tanto para sus enemigos como para ella misma. Según
las distintas épocas, la abeja será o bien elogiada por su abnegación, ya que
sacrifica su vida para defender la colmena o proteger a la reina, o bien será
objeto de crítica por su arrogancia y su necedad, ya que, incapaz de domeñar
sus pulsiones agresivas, muere como los nobles duelistas del siglo XVII. En una
fábula de François Fénelon, una mosca a la que una abeja reprochaba acercarse
demasiado a la colmena, replicó: «La pobreza no es un vicio, pero la cólera sí
lo es y grande. Vosotras hacéis miel, que es dulce, pero vuestro corazón es
siempre amargo: sois sabias por vuestras leyes, pero iracundas en vuestra
conducta. Vuestra cólera, que os hace picar a vuestros enemigos, os da la
muerte, y vuestra demente crueldad os hace más daño que a nadie. Es mejor tener
cualidades menos agobiantes y actuar con más moderación».
Esta ambivalencia se encuentra resumida en este diálogo entre un español y el
papa Urbano VIII (1623-1644), que adoptó como divisa a la abeja, como toda la
familia Barberini a la que pertenecía (véasecapítulo 5). Debajo de
su escudo de armas y del emblema familiar —«De buen grado, su miel; a la
contra, su aguijón»—, se podía leer: «La miel es para Francia; el aguijón para
España». Se dice que el español dijo al papa: «Cuando la abeja pica, deja en su
herida el aguijón y la vida». A lo que Urbano VIII contestó: «Tendrán miel para
todos y heridas para nadie, pues el rey de las abejas carece de aguijón».
El asunto del «aguijón del rey» está en el meollo de un amplio debate que se
desarrolló durante la Antigüedad. Como Eliano (175-235) señala[162], se
oponían dos facciones muestra: en la primera, se hallaban aquellos que, como
Séneca, consideraban que, en efecto, carecía de él y alababan la maravilla de
una autoridad eficaz sin poder coercitivo. Es el caso de Dión Crisóstomo
(30-116), filósofo y consejero del emperador Trajano, que, en su Sobre
la realeza (discurso IV), imagina un diálogo entre Alejandro Magno y
Diógenes el Cínico, a quien muestra burlándose de la cobardía del primero:
«¿Yo, un cobarde?», le responde irritado Alejandro. «Pues sí», responde
Diógenes. «Mira, siempre vas armado hasta los dientes. ¿Por qué llevar siempre
una espada, si no es porque tienes miedo? Contempla más bien al rey de las
abejas, que no lleva armas. ¡He ahí la imagen de la verdadera autoridad!».
Encontramos otro ejemplo unos cuantos siglos más tarde, el 29 de abril de 1507,
momento en que el rey de Francia, Luis XII (1462-1515), hace su entrada en la
recién conquistada Génova. Se dice que llevaba puesto un traje blanco bordado
con un enjambre de abejas de oro. De este modo ilustraba su divisa —Rex
spicula nescit («El rey no tiene aguijón»)— y dejaba claro que
perdonaba a los genoveses por su rebelión. Es decir, de nuevo la
clemencia (véase ilustración 12 del cuadernillo de
fotos).
En la segunda opción se encontraban numerosos herederos de Aristóteles, que
creían que, ciertamente, el rey sí tiene aguijón, pero no lo utiliza jamás, lo
que, a decir verdad, resulta aún más meritorio. Es el claro ejemplo del poder
domado, el ideal del perfecto gobierno de uno mismo.
Todo lo que siempre ha querido saber sobre el sexo de las abejas…(2) El sexo
de la reina
El
descubrimiento del sexo de la reina de las abejas —durante mucho tiempo tomada
por un rey— corresponde al inglés Charles Butler (h. 1559-1647). Aunque ya en
la Antigüedad ciertos autores parecen admitir la femineidad del «jefe de la
colmena» (como Jenofonte o Epícteto en sus Discursos filosóficos), o
aun cuando el español Luis Méndez de Torres ya hablaba, en 1586, de una abeja
«reina», lo cierto es que la presencia del aguijón (es decir, de un arma)
aparecía, al menos desde Aristóteles, como un argumento determinante a favor de
lo masculino. Butler, en su libro The Feminine Monarchy (1609),
es el primero que describe la puesta de las reinas. La obra, a pesar de un
título (y de un subtítulo) muy antropomórfico, es uno de los primeros estudios
basados en la observación rigurosa de la colmena. Es muy probable que el
contexto político de una Inglaterra gobernada por una reina (y, por añadidura,
considerada «virgen») durante cuarenta y cinco años, Isabel I (1558-1603) fuera
lo que permitió, e incluso favoreció, el descubrimiento de Butler. Sin embargo,
es el fisiólogo holandés Jan Swammerdam (1637-1680) a quien la costumbre ha
venido considerando el verdadero «inventor» del sexo de las reinas, ya que fue
el primero que, gracias a sus observaciones con el microscopio, descubrió y
dibujó los ovarios de la abeja reina…, ¡e incluso llegó a contar 5.100 huevos!
Sus dibujos fueron publicados tras su muerte en la traducción latina de su
obra, Biblia naturae, sive historia insectorum(1737-1738), cuya
precisión y rigurosidad contribuyen a «deshumanizar» la colmena. En concreto
denunciaba las «ficciones» sobre la elección de «gobierno». Es decir, justo
cuando se reconoció la femineidad de la reina, se le negó toda clase de poder.
Y por si fuera poco, se la considera menos reina que madre. Réaumur acabará por
suprimir el encanto del personaje en sus Mémoires pour servir à
l´histoire des insectes (1740), donde dice que si la reina no utiliza
su aguijón, no es por clemencia, sino por preservar su capacidad de fecundar. Y
si camina con un aire «marcial y solemne», es solo porque… ¡su abdomen está
lleno de huevos! En una palabra, su única función es aovar.
Con todo, Réaumur, tan objetivo como pretende ser, no llega a neutralizar la
tentación antropológica, como se verá en el capítulo siguiente.
La
abeja republicana
«Licurgo
[el legendario legislador de Esparta] acostumbró a los ciudadanos a no desear,
incluso a no saber vivir solos, a estar siempre, como las abejas, unidos por el
bien público alrededor de sus jefes».
PLUTARCO, «Licurgo», Vidas paralelas
El
ejemplo de la abeja soldado-trabajador-ciudadano, que se dedica en cuerpo y
alma a la ciudad, podía impresionar las conciencias. El hecho de que no pudiese
usar la violencia, salvo para sacrificar su vida y por el bien común, aparecía
en toda la literatura antigua y medieval como la culminación de la virtud
republicana. A decir verdad, la idea se encontraba ya en Homero, quien, en
la Ilíada, comparaba a los aqueos con las abejas y a los troyanos
con los saltamontes. Cuando Agamenón (el rey «pastor de hombres», dice Homero),
tras consultar a los demás reyes (los mejores, «los portadores de cetro»), pide
una deliberación general en asamblea, sucede lo siguiente: «Los reyes
portadores de cetro se levantaron, obedeciendo al pastor de hombres, y la gente
del pueblo acudió presurosa. Como de la hendedura de un peñasco, salen sin
cesar enjambres copiosos de abejas que vuelan arracimadas sobre las flores
primaverales, y unas revolotean a este lado y otras a aquél; así las numerosas
familias de guerreros marchaban en grupos, por la baja ribera, desde las naves
y tiendas al ágora»[163]. Entonces,
prosigue Homero, el silencio se hace poco a poco. Es un silencio libre, no
impuesto, sino decidido por cada uno de los individuos que componen esta
multitud. Este «campo» griego proporciona, con siglos de antelación, la imagen
de la ciudad democrática: es un microcosmos donde cada ser encuentra su justo
lugar.
Mientras que en el campo contrario hay saltamontes; es decir, una multitud sin
orden, sin ánimo ni unidad: los troyanos que huían ante los griegos[164] son
la imagen misma del desorden. A la miel del cosmos se oponen las calamidades
del caos, aunque el propio orden cósmico de los griegos se verá siempre tentado
por el pecado capital de los helenos, es decir, la hybris, la
desmesura, el orgullo.
La imagen de la abeja republicana no se desdecirá a lo largo de los siglos, ni
siquiera en los periodos en los que la unidad de la ciudad está en peligro: lo
hemos visto en Virgilio; lo encontramos de nuevo en Francia, a finales del
siglo XVI, cuando se denuncien los efectos destructores de las guerras civiles;
y, nuevamente, lo veremos en Inglaterra, en el contexto de las revoluciones del
siglo XVII, cuando vuelva a florecer de manera singular la literatura apícola[165].
Pero es, sin duda, la joven república norteamericana la que más utilizará el
símbolo. En efecto, Thomas Jefferson (1743-1826) afirmará que las abejas
monárquicas no son nativas del continente americano, lo que explica que este
continente sea republicano… ¡y deba seguir siéndolo! (véase polinización
núm. 16). Otros autores incluso mostrarán todas las peculiaridades que
diferencian la organización de Estados Unidos de la de una colmena. Por
ejemplo, esta se halla sometida a un rey, mientras que ¡los estadounidenses se
liberan de él! O esta otra: la colmena se disgrega cuando muere la reina,
mientras que en Estados Unidos la independencia se ha extendido por todo el
territorio. O esta última: los católicos aman a las abejas, mientras que a los
norteamericanos no les gustan en absoluto los católicos. Además, las abejas
toleran a los zánganos perezosos… Y en Estados Unidos, ¡de eso nada[166]
Sin
embargo, a pesar de estas reservas, la abeja terminará por triunfar y por
convertirse en un símbolo alegórico importante de la joven república. Las
numerosas sociedades técnicas, agrícolas y comerciales que se constituirán tras
la revolución van a adoptarla como emblema, e inspirará infinidad de alegorías
elogiosas hacia la independencia y la prosperidad de Estados Unidos. Hay que
decir que la abeja cuenta con multitud de bazas: sabe trabajar, con igual
talento, en todos los campos, ya sea en la agricultura, en la industria o en el
comercio. Además, posee una sutil mezcla de espíritu capitalista y de
puritanismo ascético que no puede sino gustar al protestante norteamericano.
Aunque sea gracias a su organización racional, disfruta en los grandes espacios
y dando largas caminatas… Y, finalmente, para proteger su modo de vida,
¡siempre lleva consigo un arma! He aquí cuatro razones decisivas para hacer de
este insecto inmigrado un norteamericano… de signo republicano, incluso
demócrata.
Thomas Jefferson y las abejas americanas
«La
abeja no es nativa de nuestro continente. Sin embargo, Marcgrove [un
naturalista de la época] menciona una especie de abeja melífera en Brasil. Pero
no tiene aguijón y es diferente de la nuestra, que se parece exactamente a la
abeja europea. Los indios coinciden con nosotros en esta tradición, según la
cual ha sido traída desde Europa; pero cuándo y por quién, no lo sabemos. En
general, las abejas se han expandido por sí mismas por el territorio, siempre
con una pequeña antelación respecto a los colonos blancos. Los indios las
llamaban “el vuelo del hombre blanco”, y consideraban su proximidad una señal
de la cercanía de las colonias de los blancos»[167].
Efectivamente, si nuestra Apis mellifera se difundió muy
pronto en buena parte del mundo, en América fue introducida tardíamente, al
principio de su colonización, hace unos cuatro siglos. «La especie de la abeja
melífera del Brasil» a la que hace referencia Jefferson corresponde a las meliponini, abejas
sociales sin aguijón, que engloban a numerosas especies presentes en las zonas
tropicales. La meliponicultura ya se practicaba antes de la colonización
europea de América Central y del Sur, y los proyectos para relanzar esta
práctica, con frecuencia abandonada en beneficio de la crianza de la Apis
mellifera, surgieron en Brasil, México o Guyana. Como ocurrió con la abeja
europea, se desarrolló toda una simbología alrededor de esta abeja melipona,
especialmente entre los mayas.
En América del Norte, por el contrario, todas las especies de abejas indígenas,
a parte de los abejorros, son solitarias. Se han clasificado unas 3.500
especies, entre las que se encuentran las andrenas, las halictes y las osmias.
La utilidad polinizadora de estos insectos no ofrece dudas, pero, como ocurre
en Europa y con sus hermanas domésticas, son víctimas de una gran mortalidad
ligada a las alteraciones de su hábitat.
Ahora
trasladémonos algunos años después, al contexto de otra revolución. La escena
trascurre en una recién creada «Escuela Normal». El profesor de historia
natural Daubenton (1716-1799) dedica una de sus primeras lecciones a criticar
los excesivos «efectos de estilo» en la ciencia. Ataca especialmente la
descripción del león hecha por Buffon, que fue su jefe en el jardín del rey.
Así pues, tras provocar el entusiasmo general, el naturalista concluye así: «El
león no es el rey de los animales; no hay rey en la naturaleza» (sesión del 7
pluvioso del año III). Diez días más tarde, el alumno Laperruque vuelve sobre
esta conclusión objetando que en la naturaleza hay algo «peor que un rey […],
una reina, y lo que es aún más extraordinario, una reina en una república».
El profesor Daubenton tenía razón al negar al león el grado de rey del mundo
animal, ya que todas las bestias, lejos de cortejarle, lo rehúyen. Pero ¿y la
reina de las abejas? ¿Cómo no ver que está rodeada de «cortesanos», de
«defensores», de «guardias de corps»? Daubenton dio esta respuesta: la reina no
manda en la colmena; además hay que llamarla «abeja hembra», ya que su única
función es poner huevos. El verdadero poder en la colmena pertenece a las
obreras, que «no parecen respetar a la abeja hembra ni a las abejas machos» más
que «porque son necesarias para la multiplicación de la especie»[168].
Esto no deja de ser una anécdota, pero revela que un cambio está en marcha.
Tras las revoluciones norteamericana y francesa, tanto la colmena como la
ciudad parecen adoptar un régimen parecido, si no a la democracia, al menos sí
al tercero de los tres gobiernos antiguos —«el gobierno del pueblo, por el
pueblo y para el pueblo»—, que es el que tiene la prioridad, el privilegio y el
valor. Ha llegado la hora de que la monarquía y la aristocracia se rindan ante
la democracia, que se impone ya como el mejor de los regímenes o, cuando menos,
como decía el «León» Churchill, «el peor de todos los sistemas de gobierno
diseñados por el hombre, a excepción de todos los demás».
La colmena entre la sociedad civil y el estado
Donde vemos a la abeja convertirse, sucesivamente, en ácrata, comunista y
liberal
Una vez convertida en democrática, la colmena ni mucho menos ha terminado con
los problemas e interrogantes políticos: una democracia, de acuerdo, pero ¿qué
democracia? Y, sobre todo, ¿qué pueblo? ¿Debemos hablar de una «sociedad
civil», es decir, una colectividad de individuos, o de un «Estado», es decir,
de una voluntad común y unida de actuar? Este problema de las relaciones entre
sociedad y Estado va a sustituir al problema del «mejor» régimen, cuyo emblema
privilegiado era la colmena, y la filosofía política contemporánea va a
situarse ahora al menos frente a tres corrientes: anarquismo, comunismo y
liberalismo, cada una defendiendo una determinada manera de articular la
sociedad civil y el Estado.
De modo que la infatigable abeja no ha terminado su trabajo y retoma su puesto
para ayudar a resolver nuevas cuestiones: ¿qué es lo que constituye un
«pueblo»? ¿Es la voluntad de un Estado que, como un cerebro, aseguraría la
coherencia y la cohesión de un cuerpo social en el que todo sería común
(comunismo)? O, por el contrario, ¿es en el libre funcionamiento de las partes
donde, como en un organismo viviente, se encuentra el principio de la unidad
(anarquismo)? ¿O debemos considerar que la conflictividad y la desarmonía sociales
son las vías de acceso al mantenimiento de la colectividad (liberalismo)?
La abeja anarquista: Proudhon
«Como
vemos a los abejones, tropa cobarde y estéril, ir a saquear la miel que la
abeja destila».
BOILEAU, Sátiras
«El
grado más alto de orden en la sociedad se expresa en el grado más alto de
libertad individual, en una palabra, en la anarquía». Tal es el programa
revolucionario que Proudhon se propone llevar a cabo. Es revolucionario porque
pretende subvertir de forma radical todo lo que se ha hecho y pensado hasta ese
momento en política. No se propone conquistar ni reformar el Estado; pretende
destruirlo: «¡No más gobierno! Ni monarquía ni aristocracia, ni siquiera
democracia; en cuanto a este tercer término, sería un gobierno cualquiera
actuando en nombre del pueblo y llamándose pueblo. Nada de autoridad, nada de
gobierno, ni siquiera popular; la Revolución está aquí»[169]. En otro
texto expresa su aborrecimiento de las leyes, la tiranía de la voluntad llamada
«general», que no es más que una máscara que oculta intereses particulares:
«Las leyes son en la sociedad lo que las arañas en la colmena: solo sirven para
capturar a las abejas»[170]. Además,
el pueblo rara vez es demócrata; con más frecuencia prefiere someterse a un
tirano antes que ejercer él sus prerrogativas. La anarquía representa la
destrucción de un poder dirigido necesariamente, bajo el pretexto de servir, a
dominar, a oprimir y a destruir la libertad. El régimen mixto es un dulce sueño
condenado a convertirse en trágica pesadilla.
Pero, conseguido al fin este «inmenso grado de libertad», ¿cómo puede pretender
el anarquismo producir «el mayor orden»? Es entonces cuando, según Proudhon,
hay que observar el ejemplo de las abejas, que, en definitiva, han inventado la
«autogestión».
La
abeja autogestora
En
efecto, prosigue Proudhon, volviendo a las teorías de Buffon[171], «en las
sociedades animales todos los individuos hacen exactamente las mismas cosas: un
mismo genio los dirige, una misma voluntad les anima. Una sociedad de bestias
es un conjunto de átomos redondos, curvos, cúbicos o angulares, pero siempre
idénticos; su personalidad es unánime, se diría que un solo Yo los
gobierna a todos. Los trabajos que ejecutan los animales, ya sea solos, ya sea
en sociedad, reproducen punto por punto su carácter: así, los enjambres de
abejas se componen de unidades de abejas de la misma naturaleza y de igual
valor, y, asimismo, el panal de miel está formado por la unidad alveolar,
constante e invariablemente repetida»[172].
En los humanos, desgraciadamente (?), la razón hace que las voluntades
individuales sean divergentes. Es la ambivalencia del hombre: por un lado,
busca la sociedad; por otro, se aísla y se rebela por su rechazo al
sometimiento.
Si,
como la abeja, tuviera todo hombre, al nacer, un talento ya formado,
conocimientos especiales perfectos, una ciencia infusa, en una palabra,
funciones que deberá realizar, pero se viese privado de la facultad de
reflexionar y de razonar, la sociedad se organizaría por sí misma. Veríamos a
un hombre labrar el campo, a otro construir casas, a este forjar metales, a
aquel confeccionar vestidos, y a algunos almacenar los productos y dirigir su
distribución. Cada cual, sin indagar la razón de su trabajo, sin preocuparse de
si hace más o hace menos de su tarea, siguiendo su ordon [calendario
litúrgico], aportaría su producto, recibiría su salario, descansaría a sus
horas, todo ello sin envidiar a nadie, sin proferir queja alguna contra el
repartidor, que, por su parte, no cometería jamás una injusticia. Los reyes
gobernarían y no reinarían, porque reinar es ser propietario à
l’engrais, como decía Bonaparte; y no teniendo nada que mandar, ya que cada
uno estaría en su puesto, servirían de centros de reagrupamiento más que de
autoridades y consejos. Habría, en tal caso, una comunidad con buen engranaje,
pero no una sociedad libremente aceptada[173].
Por
el contrario, si se hubiera dotado a las abejas, en lugar de un «instinto
ciego, pero convergente y armónico», de la reflexión y del razonamiento, pronto
la pequeña sociedad caería en el caos: algunas abejas se dejarían llevar por la
innovación e intentarían, por ejemplo, «hacer sus alvéolos redondos o
cuadrados». Además, Proudhon añade:
Habría
insurrecciones. Se diría a los zánganos que se abasteciesen, a las reinas que
trabajasen. La envidia surgiría entre los obreros, las discordias estallarían,
cada cual querría producir por su propia cuenta, finalmente la colmena sería
abandonada y las abejas perecerían. El mal, como una serpiente escondida bajo
las flores, se habría deslizado en la república melífera precisamente a través
de aquello que debería hacer su gloria: el razonamiento y la razón[174].
En
resumen, esta razón, que se considera causa de la superioridad de la humanidad,
es la que conduce a los problemas, a los conflictos y, al final, a la
servidumbre voluntaria. Así, la única salida posible para el hombre, que no
puede parecerse a una abeja, es encontrar, mediante un surplus de
razón, un principio aún más profundo y poderoso que ordenaría la
sociedad sin necesidad de gobierno. Podríamos pensar en la tradición o en la
religión, que imponen normas sociales a los individuos sin que estos tengan
conciencia de someterse a ellas. Pero, a ojos de Proudhon, una y otra se
encuentran en el origen de los gobiernos, de las jerarquías, de las opresiones;
están, pues, viciadas desde la base. Para el anarquismo, la salvación debe
buscarse más allá de la tradición, más allá de la religión, más allá de la
política… ¡Debe buscarse en la economía!
En efecto, la economía, la producción y los intercambios revelan lo que es más
natural en el hombre y tiende a simplificar sus relaciones. Ningún honor,
ningún más allá soñado, ninguna sumisión impuesta; si nos atenemos al corazón
de las cosas se trata de ejercitar los servicios mutuos, de la cooperación
espontánea fundada en el interés bien entendido, de llevar a cabo una búsqueda
colectiva del bien. El orden social que conciben los anarquistas pasa por la
disolución del Estado en los intercambios económico-sociales.
La abeja industrial (Saint-Simon)
Proudhon retoma una idea y una imagen que fueron enunciadas veinte años antes
por Saint-Simon (1760-1825), quien, en 1819, publicó un texto que pasará a la
posteridad con el título «La parábola de las abejas y los zánganos». Allí
elabora la siguiente experiencia de pensamiento: supongamos que Francia pierde
súbitamente a sus 3.000 «genios», a sus 450 sabios y artistas más grandes, a
sus 200 mejores negociantes, a sus 600 labradores más enérgicos y a sus 1.750
artesanos más dotados. Sin esta flor y nata de la sociedad, «la nación se
convertiría en un cuerpo sin alma». Imaginemos, por otra parte, la desaparición
de 30.000 dirigentes actuales del Estado y del clero, es decir, del «señor
hermano del rey, de monseñor duque de Angulema, de monseñor duque de Berry»,
así como de «todos los grandes funcionarios de la corona, todos los ministros
de Estado», todos los cortesanos, mariscales, cardenales, obispos, prefectos y
subprefectos, todos los propietarios «que viven noblemente» gozando de sus
bienes sin ejercer otra actividad que la de las armas… Pues bien, los
franceses, quizá, se sintiesen pesarosos, «porque son buenos», pero la pérdida
«no supondría ningún mal político para el Estado». No sería igual si
desapareciesen las abejas industriosas… Ahora bien, «los sabios, los artistas y
los artesanos, los únicos hombres cuyos trabajos representan una utilidad
positiva», se hallan «en una posición subalterna respecto a los príncipes y a
los demás gobernantes […] rutinarios más o menos incapaces», cuya hegemonía
solo se debe «al azar de su nacimiento [o] a otras acciones poco estimables».
Así pues, el cuerpo político está enfermo, y «la sociedad actual es realmente
el mundo al revés»[175]. Esta
«parábola» demuestra que la esencia de la política reside menos en
el Estado que en las fuerzas invisibles que fabrican y hacen circular la
riqueza y que por ello son la sangre del cuerpo social. De aquí Saint-Simon
extrae una conclusión: es conveniente confiar el poder a las fuerzas
productivas y gestoras de la nación, especialmente a los que él será el primero
en llamar «industriales».
Aquí es donde Proudhon deja de seguir a Saint-Simon: confiar el poder a los
«industriales» significaría sustituir una jerarquía —aún útil— por otra, sin
eliminar la dominación. Para que las abejas sean verdaderamente libres, para
que la producción y los intercambios se realicen sin constricciones y para el
mayor beneficio de cada cual, no solo hay que sustituir las castas del poder,
sino que es preciso destruirlas. Es entonces cuando el hombre podrá conciliar
el orden perfecto de la colmena y la libertad sublime de la razón.
La abeja mutualista
Para ello, Proudhon propone la instauración de una vasta federación de organizaciones
cooperativas y mutualistas. Según el modelo de la colmena, se trata de
sustituir el vínculo vertical «Estado/sociedad» (basado en un único contrato
social) por una multitud de vínculos contractuales, iguales y recíprocos, que
tejerían un gigantesco sistema de relaciones. Según Proudhon, en la anarquía
federativa cada cual sería «igualmente productor y consumidor, ciudadano y
príncipe, administrador y administrado»[176]. Así,
puede verse que el poder político no resulta tanto destruido (pues para ello
habría que utilizar una violencia incompatible con el espíritu anarquista de
Proudhon) como dividido hasta el infinito; las obligaciones no desaparecen,
pero están a disposición de cada cual; la libertad no es absoluta, sino
limitada únicamente por las obligaciones naturales (y no arbitrarias) de la
vida colectiva. Se comprende que la parte positiva del proyecto proudhoniano
busca reelaborar la sociedad en su conjunto a partir de los principios de
mutualidad, como una federación de cooperativas. Es así como «el mismo
principio de garantía mutua que debe asegurar a cada cual la instrucción, el
trabajo, el disfrute de su propiedad […] asegurará también a todos el orden, la
justicia, la paz, la igualdad, la moderación del poder, etcétera»[177]. Esta
reelaboración no es una reconstrucción, ya que permitirá revelar la realidad
profunda —orgánica— de lo social.
Así,
cosa admirable, la zoología, la economía política y la política se encuentran
de acuerdo: la primera, en que el animal más perfecto, el mejor servido por sus
órganos, en consecuencia, el más activo, el más inteligente, el mejor
constituido para el dominio, es aquel cuyas facultades y miembros están mejor
especializados y coordinados; la segunda, en que la sociedad más productiva,
más rica, mejor provista contra la hipertrofia y la pobreza es aquella donde el
trabajo está mejor dividido, la competencia es más completa, el intercambio es
más leal, la circulación es más regular, el salario es más justo, la propiedad
es más igualitaria, todas las industrias están mejor protegidas unas por otras;
y la tercera, finalmente, en que el gobierno es más libre y más moral cuando y
donde los poderes están mejor divididos, la administración está mejor
repartida, la independencia de los grupos es más respetada, las autoridades
provinciales, cantonales, municipales están mejor servidas por la autoridad
central. En una palabra, el gobierno federativo[178]
Estamos
ante un fiel retrato de la colmena, tan fiel que los términos apícolas van a
tener un gran éxito para designar a las «mutuas» y a otras compañías de seguros
cooperativas. Es el caso, por ejemplo, de L´Abeille bourguignonne, sociedad
anónima fundada en 1856 por los viticultores para protegerse de los daños del
granizo y de los incendios. Se convierte en estatal en 1858 y no cesa de
ampliar su campo de actividad hasta 1952. Tras varias fusiones, es rebautizada
AVIVA en 2002. Otro ejemplo es la Mutualidad francesa (FNMF), que agrupa la
casi totalidad de las mutuas de salud. Adopta un logo que representa los
alvéolos de una colmena con el fin de ilustrar su lema: «Tus mutuas unidas para
una sociedad más solidaria». Y se podrían multiplicar los ejemplos de este
anarquismo que desconfía tanto del capitalismo de los abejones como del Estado
burocrático y guerrero de las hormigas.
La abeja comunista: Marx, Bachofen, Thiers
«El
apicultor era comunista por amor a las abejas, a fuerza de admirar su
organización.
Se burlaban de él por el tema de la reina».
GILBERT CESBRON (Diario sin fecha, Robert Laffont, 1967, pág. 140, París)
La
abeja comunista se parece mucho a la abeja anarquista. Una y otra elogian la
división del trabajo, la propiedad común de los bienes y la total subordinación
del interés individual a la colectividad. Desde esta perspectiva, el gran
entomólogo francés Louis Eugène Bouvier (1856-1944), titular de la cátedra de
Entomología del Museo Nacional de Historia Natural, publicó en 1926 una obra
titulada El comunismo en losinsectos, donde retoma,
invirtiéndola, la comparación de Proudhon: en lugar de partir de las abejas
para promover el comunismo, parte del comunismo para describir el mundo de la
colmena. Evitando toda utilización política, pretende demostrar que «fuera de
los organismos multicelulares, no se observa en ningún otro lugar más que entre
los insectos el comunismo total, el comunismo perfecto»[179]. En
efecto, en el termitero, en el avispero o en la colmena, la aparente
independencia de sus actividades singulares esconde una firme dirección común,
y «exige una división del trabajo no exenta de sacrificios».
El
comunismo ideal implica agrupaciones en las que los individuos ponen en común
todas sus actividades, todos sus recursos, y son hasta tal punto solidarios que
el aislamiento acorta su existencia y los vuelve incapaces de participar en la
perpetuación de la raza. Es la contrapartida del individualismo, en el que las
unidades son independientes unas de otras y trabajan exclusivamente para sí
mismas, incluso cuando están en aglomeraciones[180].
La
cuestión que recorre esta obra irreprochable en su descripción del
comportamiento de las abejas, pues se trata de averiguar «¿cuál es el espíritu
que anima estos miles de esfuerzos, los aplica al bien social y les hace
realizar obras que se podrían considerar humanas?». Bouvier distingue in
fine dos causas: por una parte, un poder psíquico instintivo —hoy se
diría un «programa»— al que cada individuo responde ciegamente; y por otra, un
poder «plástico» que deja a cada cual «su iniciativa y el medio para adaptar
sus actos a las circunstancias»[181]. En los
insectos, la primera domina a la segunda, pero sin por ello negarla, ya que las
abejas saben adaptarse a situaciones excepcionales. En los humanos ocurre
exactamente lo contrario, ya que con bastante frecuencia deben actuar contra su
interés individual y colectivo. Este contraste permite a Bouvier mostrarse un
poco dubitativo respecto al «programa» de Proudhon de una imitación de los
insectos por parte de los humanos. Bouvier hace suya la teoría de su colega
suizo Auguste Forel (1848-1931): «Toda la historia de los pueblos humanos
prueba hasta la saciedad nuestra absoluta incapacidad de vivir en la feliz
anarquía tan bien coordenada que vemos en un hormiguero»[182], o en una
colmena. La anarquía y el comunismo avanzan aquí al mismo paso.
La abeja y el arquitecto (Marx)
Sin embargo, existe una clara diferencia entre humanos e insectos, que se
refiere menos al fin que a los medios. Karl Marx (1818-1883), en su virulenta
polémica contra Proudhon, no dejará de recordarlo. Mientras este contempla la
destrucción pura y simple del inicuo instrumento de dominación que es el
Estado, Marx cree necesario conquistarlo. Para este último, es solo «por
arriba» (es decir, por el Estado, por la dominación, por la «dictadura del
proletariado») como la sociedad podrá metamorfosearse en profundidad y permitir
el «debilitamiento del Estado» y el advenimiento del comunismo. Marx reprocha a
su antecesor el desconocimiento, no solo de las relaciones de fuerza
existentes, sino del mecanismo dialéctico que anima a la realidad social en su
conjunto. Cuando se comprende este proceso (o sea, la lucha de clases), hay que
considerar, al menos temporalmente, una disolución de la sociedad en el Estado,
exactamente lo contrario del dulce sueño de una fusión anarquista del Estado en
la sociedad.
Pero hay otra diferencia, puede que igualmente célebre, entre Proudhon y Marx,
que afecta directamente a la colmena. Marx, como más tarde Bouvier, rehúsa
establecer la menor analogía entre la abeja y el hombre (objeto de la famosa
comparación entre La abeja y el arquitecto, título de uno de
los libros de François Mitterrand):
La
abeja, escribe Marx, concita en la estructura de sus celdillas de cera la
habilidad de más de un arquitecto. Pero lo que distingue, en primer lugar, al
peor arquitecto de la abeja más experta, es que aquel ha construido la celdilla
en su cabeza antes de construirla en la colmena. El resultado que se logra con
el trabajo preexiste en la imaginación del trabajador. No se trata solo de que
produzca un cambio de forma en las materias naturales; realiza al mismo tiempo
su propio objetivo consciente, que determina como ley su modo de actuar, y al
que debe subordinar su voluntad[183].
Marx
se sitúa en una antigua corriente, principalmente cristiana (de Orígenes a
Pascal), pero también aristotélica, que rechaza cualquier analogía entre los
hombres y las abejas. Lo que unas realizan a la perfección por instinto los
otros lo harán de manera mediocre, pero por reflexión. Esta pérdida supone un
beneficio, pues si la abeja actúa por naturaleza, el hombre
actúa sobre la naturaleza. Se trata pues de un error de
lenguaje hablar del trabajo de las abejas; en realidad, solo el hombre trabaja
mediante la acción transformadora de su voluntad, lo que no impedirá a los
arquitectos imitar el trabajo de las abejas, tal y como hace, por ejemplo,
Corbusier, que apela a la colmena. Esto sitúa a su sociedad fuera de toda
metáfora organicista o biológica: «Nuestro punto de partida —escribe Marx— es
el trabajo desde una perspectiva que pertenece exclusivamente al hombre».
Esta es una barrera infranqueable que, según Marx, prohíbe a la abeja «ser
comunista». No puede serlo desde el momento en que ignora todo acerca del
trabajo y es incapaz de considerar la colectivización de los medios de
producción. No puede serlo porque lo ignora todo sobre la historia y no sabría
actuar, ni siquiera inconscientemente, en el inmenso proceso del «materialismo
histórico» que determina la lucha de clases.
La abeja feminista (Bachofen)
Pero antes de romper el carné del partido de nuestro insecto preferido,
conviene estar atento a otro texto, redactado tras la muerte de Marx por su
amigo y discípulo Engels, titulado El origen de la familia, la
propiedad privada y el Estado(1884). En el prefacio de la
edición de 1891, Engels menciona un libro que considera capital (podríamos
decir) y pionero: se trata de la primera historia verdadera de la familia, a
saber, El matriarcado, de Johann Jakob Bachofen, publicado en
1861. Antes de esta obra, señala Engels, la idea de una genealogía de la
familia seguía siendo totalmente incongruente y exótica; la familia patriarcal,
identificada con la monogamia burguesa, se consideraba —salvo algunas excepciones
primitivas o patológicas— la forma universal, natural y original de la familia.
Bachofen fue el primero en introducir la historicidad en esta materia: «La
historia de la familia data de 1861 —escribe Engels—, desde la aparición
de El matriarcado de Bachofen».
Johann Jakob Bachofen (1815-1887) es un jurista y filólogo suizo, alumno del
dirigente de la Escuela de Derecho alemán K. F. von Savigny. Se sitúa en esa
corriente del romanticismo jurídico que dice que las normas del derecho son las
expresiones vivas del espíritu del pueblo (Volksgeist); son el
testimonio no tanto de una razón fría y abstracta como de las relaciones
secretas que constituye, a menudo inconscientemente, la individualidad de una
nación con exclusión de todas las demás. Admirador del contrarrevolucionario
inglés Edmund Burke[184], será el
inspirador de Nietzsche y de Morgan, autor de la primera «antropología de la
familia». Pero Bachofen es conocido, sobre todo, por ser el teórico delmatriarcado, si
bien él prefiere el término —que no le ha sobrevivido— de «ginecocracia»
(«poder de las mujeres»). El título completo de su obra, bastante farragosa y
artificiosa, es Investigación sobre la ginecocracia en la Antigüedad
desde sus aspectos religiosos y jurídicos. El preámbulo, redactado
posteriormente, reúne las ideas generales, que se podrían resumir así.
Según Bachofen, se encuentran en los textos antiguos numerosas menciones de un
«derecho materno» o de un culto de la «diosa madre». Estas huellas a la vez
mitológicas, religiosas, arqueológicas, literarias, pero sobre todo
consuetudinarias y jurídicas, revelarían los últimos vestigios de un estado
primordial de la historia humana, el de una organización política original pero
perdida: el «gobierno de las mujeres» o ginecocracia. Esta organización, que se
encuentra en espacios muy diferentes (en Grecia, en Egipto, en India,
etcétera.), «no pertenece a ningún pueblo en particular, sino que [corresponde]
a un estadio de la cultura»[185]. Este
estadio primitivo se explica fácilmente por la promiscuidad de los tiempos
prehistóricos, donde las parejas se hacían y deshacían según sus deseos (es el
hetairismo), y solo la maternidad puede demostrarse. «Como consecuencia, se
reconoce a las mujeres, en tanto que madres y únicos parientes ciertos de la
joven generación, un alto grado de respeto y de prestigio que, según la
concepción de Bachofen, llegaría a la ginecocracia perfecta»[186]. El
régimen patriarcal (con su panteón masculino) sustituirá brutalmente a esta
dominación femenina. Las tragedias griegas, en especial la Orestiada, representan
para Bachofen(seguido aquí por Engels) el escenario privilegiado del
enfrentamiento entre los dos regímenes. Naturalmente, Engels se negará a
interpretar esta transformación por motivos únicamente religiosos.
Pero, para que resulte completo, hay que añadir un último elemento al análisis
de Bachofen. Este piensa que la mejor imagen de esta ginecocracia (y el
indicativo de que es la forma política original) la proporciona la organización
de la colmena:
Todos
estos rasgos [los de la ginecocracia] se encuentran en el Estado de las abejas.
Además, podemos referirnos a que los antiguos también citaron el ejemplo de las
abejas y que ha desempeñado un papel eminente en el desarrollo de la especie
humana[187].
Tras
citar el libro IV de las Geórgicas de Virgilio, Bachofen
prosigue:
La
vida de las abejas nos muestra a la ginecocracia de la forma más clara y más
pura. Cada colmena tiene su reina. Ella es la madre de todo el clan. A su lado
hay una mayoría de zánganos de sexo masculino. Estos no se dedican a otra tarea
que no sea la fecundación. No trabajan, y por esto, cuando han cumplido el fin
de su existencia, son eliminados por las obreras de sexo femenino. Así, todos
los miembros de la colmena surgen de una madre, pero de un gran número de
padres. Ningún amor, ningún lazo de fidelidad las ata a ellos. Los zánganos son
expulsados de la colmena por sus propios hijos, o apuñalados en la llamada
matanza de los zánganos. Han culminado su tarea con la fecundación de la madre
y ahora son entregados a la muerte. La relación de las abejas es tan cariñosa
para la reina como despegada y hostil para los innumerables padres.
La reina es la que mantiene unida la comunidad. No se tolera a ninguna abeja
extraña, todos los hijos y nietos deben proceder de la misma madre. Cuando la
reina muere, se pierden todos los vínculos del orden. Ya no se trabaja. Cada
abeja busca alimento para sí misma, hasta que llega al fondo del panal. Los
panales son saqueados y aniquilados las infatigables obreras. Por esto las
abejas defienden hasta el extremo a la reina madre, que se distingue de las
demás por su mayor tamaño. Virgilio (Georg., IV, 212-218), lo mismo
que los restantes escritores antiguos, habla de un Rex, mientras
que la observación más exacta de la Naturaleza ha demostrado la maternidad de
la Regina, lo mismo que el sexo masculino de los zánganos. La reina
es la madre del enjambre. No tiene otra tarea más que procrear. Pone un huevo
tras otro en las celdillas especialmente destinadas para ello. Las abejas que
surgen de aquí no serán madres, sino vírgenes dedicadas por ello solo al
trabajo y la producción (Virgilio, Georg., IV, 199-202). Por esta
cualidad, el enjambre de abejas es el ejemplo más completo de la
primera unión humana, que descansaba sobre la ginecocracia de la maternidad [la
cursiva es nuestra], tal y como la hemos hallado en las condiciones de vida de
los pueblos citados[188].
Este
texto, cuando menos singular, suscita diversos comentarios.
En primer lugar, explica a su manera la ceguera de los antiguos respecto a la
reina: si se negaron a ver, contra toda evidencia, que la reina era una reina y
no un rey, es porque, arrastrados por la dinámica patriarcal que acababa de
triunfar, se esforzaban en rechazar el régimen matriarcal que habían destruido.
Es un caso típico de lo que en psicoanálisis se llama «represión».
A continuación, el texto formula la idea-madre —por así decirlo— del
romanticismo político: la idea de una edad de oro, testimonio de una singular
armonía entre naturaleza y cultura, entre deseos y voluntades, entre el todo y
las partes. El régimen primitivo de la colmena es el de la plena totalidad, de
donde la modernidad fría, racional y mecánica nos ha arrancado brutalmente.
Al mismo tiempo, estas líneas desvelan la genealogía de un cierto
feminismo. Junto al feminismo republicano, que reivindica la igualdad de
los sexos a partir de la común pertenencia a la humanidad, el feminismo
romántico defiende la diferencia radical que sitúa a la mujer en la armonía
natural frente a la cultura laboriosa de lo masculino. Desde esta perspectiva,
la «humanidad» es un señuelo abstracto que enmascara las dos vertientes
antinómicas de la condición humana, hombres y mujeres, irreconciliables en sus
visiones del mundo. En esta lucha de sexos, la mujer está del lado de la abeja
frente a los apicultores. Ella es la verdadera y la única ecologista.
Finalmente, volviendo a la lectura de Engels, este estado primordial de la
humanidad viene a reforzar el esquema marxista del «comunismo primitivo», pues,
en esta sociedad sin Estado, sin historia, con una economía de subsistencia, la
propiedad común de bienes y personas parece un hecho probado. La ruptura de
este equilibrio original, causado por el desarrollo del trabajo humano,
ocasiona la larga búsqueda dialéctica de un nuevo equilibrio prometido en un
radiante futuro; no sin Estado, sino más allá del Estado; no sin historia, sino
más allá de la historia; no en la subsistencia, sino en la abundancia. La
revolución comunista, según Marx, producirá una sociedad similar a la colmena
primitiva, pero «desnaturalizada». Por ello, a pesar de las reservas de Marx,
la abeja no sería excluida del Partido. Fue y sigue siendo «roja» de corazón,
comunista de hecho.
El espectro de una colmena política (Thiers)
«¡Cómo!
¡Señores, el gran movimiento que significa la Revolución francesa no habría
hecho otra cosa que conducirnos a esta sociedad que los socialistas nos
acomodan con deleite, a esta sociedad regulada, reglamentada, medida, donde el
Estado se encarga de todo, donde el individuo no es nada, donde la sociedad,
aglutinada en sí misma, resume en sí misma toda la fuerza, toda la vida, donde
el fin asignado al hombre es solo bienestar, esta sociedad donde falta el aire!
¡Donde la luz no penetra casi nunca! ¡Cómo! ¡Para esta sociedad de abejas o
castores, para esta sociedad más constituida por animales sabios que por
hombres libres y civilizados, es para quien se ha hecho la Revolución!».
A. DE TOCQUEVILLE, Discurso a la Asamblea sobre el derecho al trabajo del 12 de
septiembre de 1848
Y
esto es, exactamente, de lo que se lamenta Adolphe Thiers (1797-1877) en su
obra titulada Du communisme («Sobre el comunismo»), aparecida
en 1849, unos meses después de que la «Primavera de los pueblos» haya
revolucionado Europa. Adolphe Thiers, futuro primer presidente de la III
República francesa, es ya en esa época un historiador reputado y un político aguerrido:
partidario de Luis Felipe, ha sido ministro del Interior bajo la Monarquía de
Julio (1832) y, posteriormente, presidente del Consejo (en 1836 y 1840), antes
de ser apartado. En 1848 se sitúa en la esfera de los republicanos
conservadores y liberales que intentan evitar la deriva izquierdista de la
revolución, y es en ese contexto donde redacta una virulenta crítica del
comunismo[189], dirigida
tanto a Marx como a Proudhon. La relación entre estos últimos acaba de romperse
con la publicación, por parte de Marx, de Miseria de la filosofía (1847)
como respuesta a la Filosofía de la miseria (1846) de
Proudhon. Pero lo que para Thiers convierte a ambos en ineptos y peligrosos es
la idea compartida de la destrucción de todo lo que forma la sociedad humana;
es decir, el trabajo, la libertad y la familia. En lo que respecta a la
libertad, nuestro autor utiliza a la abeja para expresar su crítica:
¿Qué
es esta sociedad quimérica en la que, por temor a que el hombre se equivoque,
se extravíe, fracase o triunfe demasiado, no siga siendo pobre o se convierta
en rico, se le obliga a trabajar para la comunidad, a alimentarse, vestirse y
ser mantenido por ella; en la que se le asigna su vocación, declarándole, bajo
orden, agricultor, herrero, tejedor, letrado, matemático, poeta, guerrero; en
la que, bajo orden, se le atrae por medio de goces delicados, otras veces queda
relegado a experimentar goces vulgares, a menos que para evitar la dificultad
de estas clasificaciones, se le mantenga en la grosera igualdad del pastor de
ganado? ¿Qué es esta sociedad? ¡Ah! Os lo voy a decir: es una colmena o un
hormiguero[190].
De
ese modo, el modelo ideal de Proudhon o Bachofen es puesto en entredicho por
Thiers. Es cierto que las abejas no cometen jamás errores y que el orden de la
colmena es perfecto, pero esta perfección dirigida por el instinto niega todo
lo que es grande en el hombre: la libertad.
¿Sabéis
cómo sería vuestra comunidad? Una colmena de abejas. Y el hombre tal como
desearíais que fuese, ¿sabéis cómo sería? Un animal reducido al rango del
animal, esclavo del instinto. En pocas palabras, faltaría la libertad, y la
libertad consiste en poder equivocarse, en poder sufrir. ¡Error y verdad,
sufrimiento y placer, tal es el alma humana!
Podemos
citar más párrafos de este mismo texto en los que encontramos temas «apícolas»
que hemos visto anteriormente:
La
abeja no se equivoca; va de uno a otro arbusto, se agita en el aire y la luz,
goza sin duda, pero sin las emociones propias de nuestra naturaleza; y, al
volver a su colmena, girando sobre sí misma, acompasando sus patitas, esta
máquina infalible que no se equivoca más que la de Vaucanson, porque su
Vaucanson es el propio Dios. El hombre es muy diferente: su colmena es Atenas,
Florencia, Venecia, Londres, París. ¡Los movimientos que se ve obligado a
ejecutar son muy diferentes! No tiene que correr de un arbusto a otro, casi sin
posibilidad de error. Debe juzgar las relaciones más vastas y más complejas; ha
de crear mediante las artes más refinadas los alimentos de que se alimenta;
hace traer de todas las partes del mundo los productos más diversos, sin errar
acerca de su valor, ha de hacerlos llegar en el momento preciso y en
condiciones ventajosas. Para ir a buscarlos es preciso que aprenda a estudiar
la marcha de los astros, de los vientos, de las estaciones; que los defienda en
el trascurso de su viaje con el genio de Ruyter, de Jean Bart, de Nelson. En
todas estas operaciones puede comportarse justamente o no hacerlo. Si no se
pudiese equivocar, si viese la verdad, necesaria e infaliblemente, con una
simple ojeada de su espíritu, no sería libre. Sería como la abeja, que,
limitada a realizar pequeños actos que cumple sin error, es una máquina
viviente, gobernada por los recursos infalibles de la naturaleza animada que se
llaman instintos; sería como esta mosca laboriosa, o como Dios, el Dios mismo,
tal como nos esforzamos en concebir, quien, en presencia de la verdad eterna,
la ve sin intermediario y sin interrupción, pues él es la verdad misma.
Así
pues, el comunismo transforma al hombre en abeja, a la ciudad en colmena, y al
arte humano en fría mecánica. Y es contra esto como Thiers elogia el trabajo
que permite a cada cual elevarse, enriquecerse, enriquecer a sus hijos, que, si
se lo merecen, contribuirán a enriquecer a la sociedad, a menos que caigan en
la pobreza y en la miseria, pues esto también es la libertad. Tal es, añade
Thiers, el «espectáculo del mundo»: «Vemos sobre la seda a un pobre obrero
nacido sobre la paja; vemos sobre la paja a un gran señor nacido sobre la
seda». Estas venturas, «estos contrastes tan llamativos, estas facultades
humanas tan excitadas, estos vicios, estas virtudes, estos bienes, estos males,
son la libertad: no es el animal, es el hombre».
Por tanto, al comunismo de las abejas hay que oponer el liberalismo de los
hombres. Pero aquí Thiers parece olvidar un detalle incómodo que anula su
intento de reducir a la abeja al comunismo, pues omite que, antes de haber sido
anarquista o comunista, la abeja fue primero y ante todo… ¡liberal! Incluso
gracias a ella —o a causa de ella— se inventó el liberalismo…
La abeja liberal: Mandeville
Debemos ahora remontarnos a la época de las revoluciones de 1848, 1789 y 1776,
y volver al día de después de la segunda revolución inglesa, la de 1688, la
«Gloriosa Revolución», que instaló una monarquía limitada en Gran Bretaña. En
1705, aparece en Londres un poemita anónimo titulado[191] «The
grumbling hive: or knaves turn’d honest» («La colmena descontenta o los
bribones que se vuelven honestos»). Su autor es Bernard Mandeville (1670-1733),
un médico holandés inmigrado en Inglaterra y traductor de La Fontaine. La obra
será objeto de varias ediciones, cada vez más gruesas (1714, 1723 y 1729), y
será traducida enseguida en toda Europa con gran éxito… y una virulenta
polémica.
El libro comienza con la descripción de la Inglaterra de la época mediante la
imagen de una colmena. Se trata de una pequeña «ciudad» económicamente próspera
que vive bajo un régimen monárquico sabiamente limitado. Sin embargo, si
observamos con atención, la avidez y la vanidad son los principales motores de
esa prosperidad. Cada abeja busca exclusivamente su provecho y no se preocupa
nada más que de su propio interés, sin consideración hacia los demás, pues
cualquier profesión cultiva «algún tipo de bribonada». Los hombres de ley están
«solo atentos a lograr valiosos honorarios»; los médicos prefieren «la
reputación a la ciencia»… En resumen, «cada orden estaba lleno de vicios, pero
la nación gozaba de una feliz prosperidad»; o mejor: «Los vicios de los
particulares contribuían a la felicidad pública». Así, «el lujo fastuoso
ocupaba a millones de pobres», «la vanidad, esta pasión tan detestable,
proporcionaba ocupación a un mayor número de ellos», «la propia envidia y el
amor propio, ministros de la industria, hacían florecer las artes y el
comercio». A fin de cuentas, «los pobres vivían mejor que los ricos anteriormente».
Sin embargo, en esta prosperidad general, algunas personas, especialmente los
curas, no cesaban de echar pestes contra los vicios de la época y la
degeneración de las costumbres. Júpiter acabó oyéndolos y, tomándoles la
palabra, extirpó de golpe cualquier defecto moral que hubiera tanto en la
colmena como en cada una de las abejas. «¡Qué inmenso y repentino cambio! En
media hora, en toda la nación, el precio de la carne ha bajado una perra la
libra. La hipocresía ha arrojado la máscara, desde el gran hombre de Estado
hasta el rústico». Inmediatamente, las prisiones se vacían; los abogados, los
jueces y los verdugos están en paro; la medicina se marchita; el clero se hace
cada vez menos influyente; los ministros huyen; las artes, la moda y el lujo
agonizan y, con ellos, todos los oficios relacionados… Es decir, al convertirse
todo en barato y modesto, la industria se apaga, el comercio languidece y la
economía se detiene.
Una colmena vecina, al ver cómo se agotan las «fuerzas vivas» de nuestra
honrada comunidad, decide atacarla para apoderarse de sus últimos recursos.
Pero gracias al coraje y al espíritu de sacrificio de sus miembros, la colmena
virtuosa logra resistir: «Triunfaron, no sin pérdidas, pues miles de insectos
habían sido muertos. Endurecidos por las fatigas y las adversidades, el mismo
confort les parecía un vicio, lo que hizo tanto bien a su sobriedad que, para
evitar los excesos, se lanzaron al hueco de un árbol provistos de estos bienes:
la satisfacción y la honestidad[192]. Los
bribones, al volverse honestos, eran ahora tan frugales que estaban a punto de
desaparecer, pues no contaban más que con su virtud como «única sopa».
La
moraleja de la historia se formula de manera muy sencilla: en efecto, «los
vicios privados hacen el bien público».
¡Abandonad vuestras quejas, mortales insensatos! En vano busquéis asociar la
grandeza de una nación con la probidad […]. Abandonad esas vanas quimeras. Es
preciso que el fraude, el lujo y la vanidad subsistan si queremos recoger los
dulces frutos […]. El vicio es tan necesario en un Estado floreciente como el
hambre lo es para hacerle comer. La virtud sola no puede hacer vivir a las
naciones en la magnificencia; los que quieran volver a ver una edad de oro
deben estar tan dispuestos a alimentarse de bellotas como a vivir honestos[193]
La
tesis era atrevida (Mandeville recibirá un duro apodo por su obra: Man-devil(«hombre-diablo»),
y parecía contradecir la idea habitual de la abeja: virtuosa, frugal, honesta,
pura… Es cierto que no se hacía un elogio del vicio, sino que se señalaba la
vanidad y, sobre todo, se avisaba del peligro de pretender eliminarlo en los humanos.
En este caso la imagen tradicional de la colmena sirve de «contramodelo»
irónico y subversivo. Lejos de pretender instaurar un orden perfecto e
inmutable, la ciudad de los humanos debe aprender a beneficiarse de los
desórdenes inherentes a la condición humana; debe aprender a canalizar, sin
suprimir, lo que Maquiavelo llamó los «tumultos» y lo que los filósofos
ingleses después de Mandeville definieron como las útiles pasiones del
«interés».
Más de un siglo después, otro pensador liberal, Benjamin Constant, resumirá
esta idea con toda claridad:
Si
para mantener [el orden] se sacrifican todas las emociones generosas, se reduce
a los hombres a un estado que poco se diferencia del de algunos animales
industriosos; así pues las colmenas bien ordenadas y las chozas construidas con
tristeza no podrían ser el bello ideal de la especie humana. […] Rechacemos
estos estrechos sistemas que no ofrecen como fin a la especie humana más que el
bienestar físico. No nos encerremos en esta vida tan corta e imperfecta, a la
vez monótona y agitada, y que, circunscrita a sus límites materiales, no tiene
nada que la distinga de la de los animales[194].
Pero
estas pasiones, que aportan grandeza al ser humano, ponen continuamente en
peligro a la sociedad. ¿Cómo organizarlas entonces? Hay varios medios. El
primero es el poder estatal, tal como Thomas Hobbes (1588-1679) lo define en
el Leviatán (1651). Partiendo de las sociedades políticas
naturales —especialmente la de las abejas—, el filósofo inglés intenta
comprender por qué los hombres no logran alcanzar una armonía similar. Según
él, la principal razón proviene del hecho de que los humanos «están compitiendo
continuamente por honores y dignidades»[195] y que
cada cual se considera mejor provisto de inteligencia y lucidez que los demás,
especialmente los dirigentes. De ahí que la envidia, el odio y, finalmente, la
guerra surjan inevitablemente en las sociedades humanas. Y como estas no tienen
nada de naturales, sino que están basadas en un artificio convencional, «no es
sorprendente que se precise alguna cosa más, además de la convención, con el
fin de hacer que el asenso [de los individuos] sea constante y duradero[196]. Y este
algo más es, por supuesto, el Estado.
En La fábula de las abejas, Mandeville propone una solución
muy diferente: aunque el Estado es necesario para mediar en los conflictos, no
es suficiente, sin embargo, para hacer vivir y prosperar a la sociedad. Esta
tiene una vida autónoma más allá del poder público, que debe respetarla sin
intervenir demasiado. Hobbes escribió que en las abejas «no hay ninguna
diferencia entre el bien común y el bien privado», y que, «al ser conducidas
por la naturaleza hacia su bien privado, contribuyen al beneficio común». Sin
embargo, en el hombre, la afición a compararse con los demás los pone en
peligro. Mandeville piensa exactamente lo contrario: lejos de separar a los
humanos, las pasiones los unen y crean la sociedad. El «ardid» que permite esta
operación no emana del Estado todopoderoso, sino de la propia sociedad,
concebida por primera vez en la historia del pensamiento como un mercado.
Así pues, la tarea de la política no consiste en dominar las pasiones mediante
el temor a un poder absoluto, sino en hacerlas jugar entre sí.
He
aquí cuál era el arte del Estado, que sabía conservar un todo en el que cada
parte tenía su papel. Como la armonía en la música, hacía que en el conjunto se
armonizasen las disonancias. Partes diametralmente opuestas se prestan
asistencia mutua, como por despecho, y la templanza y la sobriedad favorecen la
glotonería y la ebriedad[197].
Más
o menos en la misma época, en Alemania, y sin que se haya descubierto relación
alguna, el filósofo Leibniz (1646-1716) publica sus Ensayos de Teodicea(1710),
donde desarrolla la tesis, ridiculizada por Voltaire (véase florilegio
núm. 15), según la cual el mal es solo una ilusión que proviene de nuestro
limitado enfoque de las cosas. Desde el punto de vista del conjunto (de Dios),
todo es posible; las desgracias son solo aparentes, pues todo está determinado
por «una armonía preestablecida», de la cual todo y todos, a pesar de las
apariencias, participan.
Podríamos afirmar que La fábula de las abejas es un primer
esbozo de lo que Adam Smith, sucesor y admirador de Mandeville, llamará más
adelante la «teoría del mercado», así como una versión laicista de esa
«providencia divina» poderosamente argumentada por Leibniz.
De hecho, cuando Mandeville escribe: «Lo que denominamos el Mal en este mundo,
tanto moral como natural, es el principio que hace de nosotros criaturas
sociales, la base sólida, la vida y el sostén de todos los comercios y empleos
sin excepción»[198], no
podemos sino pensar en la tesis de Leibniz, y lo que se denomina
«neoliberalismo» (o «libertarismo») se acordará de esta idea para promover la
tesis del gran mercado mundial. El gran teórico de esta corriente, Friedrich
Hayek, premio Nobel de Economía en 1974, se situará de buen grado entre los
herederos de Bernard Mandeville[199].
Es en este punto donde la abeja liberal, impura e irónica de Mandeville se
encontrará con la abeja seria, virtuosa y anarquista de Proudhon. Ambos
defienden —en términos más o menos próximos— la libertad individual, que, si se
le permite expresarse sin el armazón estatal, moral y religioso, alcanzará un
orden superior y beneficioso para todos. Marx, por su parte, no ahorrará
elogios a Mandeville, de quien admirará su «filosofía de la sospecha».
Vuelo singular el de la abeja política, pues, tras reconciliar en su día a
monárquicos, aristócratas y demócratas en una república común, logra reunir en
el sabor de su dulce miel a los adversarios más encarnizados de la época
contemporánea; esto es, el anarquismo, el comunismo, y el liberalismo. Sea como
repelente o como modelo, como fábula fantasiosa o análisis escrupuloso, su
evocación es un paso obligatorio en todo pensamiento político (como veremos,
hoy continúa siendo escudriñada con la misma atención). Actualmente, mediante
la observación de la colmena se investigan los misterios de la democracia
hipermoderna; se buscan remedios a la deserción cívica y se escrutan los
métodos de una inteligencia colectiva respetuosa con las libertades. La colmena
no ha terminado de darnos lecciones: en efecto, parece contener todos los
secretos de la organización común. Y es que la abeja está en todas las formas
de Estado.
Una abeja parda: ¿Maya?
¿Quién
no conoce a la abeja Maya? El éxito de esta serie televisiva japonesa para
niños fue planetario, aunque no todos saben que estaba basada en un libro,
publicado en Alemania en 1912, de un tal Waldemar Bonsels (1880-1952). En el
momento del centenario de Las aventuras de la abeja Maya, el
periódico de Múnich Süddeutsche Zeitungconmocionó a la opinión
pública con este titular (marzo de 2012): «Maya: nuestra abeja parda». El
artículo revelaba que Bonsels no solo era un autor kitsch, sino,
además, un oportunista antisemita que se acercó al partido nazi en busca de un
buen puesto, algo que no logró. De hecho, había publicado varios libros
anarco-eróticos sin apenas éxito, y en 1943 intentó conseguir cierta celebridad
con la aparición de Dositos, un libro profundamente antisemita
dedicado al ministro del Interior Wilhelm Frick. En cuanto al libro
infantil La abeja Maya, prácticamente no dio pie a críticas, ya que
la abejita aparecía como una individualista furiosa que rehusaba someterse a la
comunidad totalitaria de la colmena. Aunque el final es más inquietante y se
acerca bastante a la ideología nacionalista völkisch. En el último
capítulo, cuando la reina llama a todas las abejas para repeler la ofensiva de
los abejorros, la protagonista exclama: «Im Nameneines ewigen Rechts
und im Namen der Königin: ¡Verteidigt das Reich!» («En nombre de un
derecho eterno y en nombre de la reina, ¡proteged el Imperio!»). Bonsels retoma
aquí las palabras del emperador Guillermo II cuando exhortaba a sus tropas en
la Guerra de los Bóxers en China (27 de julio de 1900). Contra los abejorros
amarillos, ¡vivan las abejas pardas!
Capítulo 5
La colmena humanista
Contenido:
La
abeja en el «jardín imperfecto»
Abejas vs arañas
La abeja desvelada por el microscopio
Las abejas geómetras: la querella de los alvéolos
La
abeja en el «jardín imperfecto»
Los éxitos políticos de la colmena nos descubren una abeja que se ha vuelto muy
«prosaica»… ¡Cómo! La que contaba los secretos de los orígenes, la que
reflejaba el orden cósmico, la que, gracias a ella, los misterios de la
Revelación podían alcanzarse con simplicidad… ¡Pues vaya! Esta abeja, a la vez
mítica, mística y cósmica, ¿se ha convertido en un simple instrumento de
gobierno?
Después de todo, ¿por qué no? El Renacimiento, que ve el surgimiento del Estado
moderno, también es la época en la que, simultáneamente, las tres grandes
visiones antiguas del mundo se debilitan: los mitos paganos, ya puestos en
entredicho por el cristianismo, se ven socavados aún más por la mirada
científica, que se va afirmando; la misma idea del cosmos, es decir, de un
orden armonioso de las cosas, se diluye ante la figura de un universo infinito
manejado por fuerzas ciegas y mecánicas. En cuanto al mensaje cristiano, este
se ha visto afectado por las duras disputas que han llevado a los más sinceros
creyentes hasta el desconcierto, la duda y el pavor. ¿Qué papel podría tener la
abeja en el vertiginoso «silencio de los espacios infinitos»? ¿Cómo puede
sobrevivir a este caos espiritual? ¿No estará condenada a desaparecer, una vez
más, víctima del desorden del mundo.
Pensar esto significa ignorar su capacidad de resistencia. Lejos de
debilitarse, la abeja simbólica se va a regenerar sobre el cadáver del viejo
mundo. O, mejor dicho, será la guía de los hombres, que, suprimidos los
consuelos sublimes de una edad de oro mítica, de un cosmos armonioso y de una
Revelación llena de esperanza, simplemente buscarán cultivar su «jardín
imperfecto», como dice Montaigne. Sin duda, será una abeja menos inspirada,
aunque más trabajadora, y si su miel ya no tiene el aroma de la eternidad, su
sabor resultará mucho más accesible para el gusto de los humanos. Veamos cómo
la desencantada abeja renace, ahora como emblema del humanismo, tanto en la
pluma de los poetas como en el microscopio de los sabios.
Abejas vs arañas
Donde vemos a la abeja reconciliar a los Antiguos y a los Modernos
«Se
las llama las favoritas de las musas [musarum volucres]».
VARRÓN, De las cosas del campo, III, 16, 7
1697:
no sabemos el mes, pero sí que era viernes. En la penumbra de la biblioteca
Saint-James de Londres, cuando ya se han ido los hombres y se han cerrado las
puertas, los libros se ponen a hablar, como tienen por costumbre, de lo que ha
ocurrido en la jornada. Ese día había sido especialmente animado, ya que una
violenta discusión había enfrentado a los lectores de autores antiguos con los
de los modernos. Así que los propios libros comienzan a debatir los méritos
respectivos de unos y otros. Conversan, se juzgan y se comparan para saber
cuál, entre las obras antiguas y modernas, es. Su diálogo, al principio cortés,
rápidamente se vuelve agrio y pronto se pasa de los insultos a los golpes, de
tal modo que se organiza una gigantesca batalla que causará grandes estragos en
un lugar habitualmente consagrado al estudio sereno y al saber.
Es Jonathan Swift (1667-1745), el autor de Los viajes de Gulliver,
quien imagina esta escena en el libelo titulado Relato completo y
verídico de la batalla que tuvo lugar el último viernes entre los libros
antiguos y modernos en la biblioteca Saint-James (aparecido en 1704).
De ese modo el británico ponía su granito de arena en la polémica que entonces
recorría toda Europa[200]. El debate
había comenzado diez años antes, en París, el 27 de enero de 1687, justo cuando
Charles Perrault (1628-1703), que aún no había escrito sus Cuentos,
hizo leer en la Academia Francesa un discurso en homenaje al Rey Sol
titulado El siglo de Luis el Grande. En él denunciaba el culto
idolátrico rendido a los autores de la Antigüedad, respecto a los cuales los
modernos no tenían de qué avergonzarse. He aquí el principio:
La
hermosa Antigüedad fue siempre venerable
Pero jamás he creído que fuera adorable
Veo a los Antiguos sin doblar la rodilla,
Son grandes, es cierto, pero hombres como nosotros;
Y se puede comparar sin temor a ser injusto
El siglo de Luis al hermoso siglo de Augusto…
Tras
la defensa, llegaba el ataque:
Platón,
que fue divino en tiempo de nuestros antepasados
En ocasiones comienza a ser un poco pesado…
Todos saben del descrédito del famoso Aristóteles
En física menos seguro que en historia Heródoto.
Podríamos
pensar que nos encontramos ante un hábil pero simple ejercicio de adulación
cortesana. ¡De ningún modo! Perrault no podía ser más serio y creía estar
exponiendo una idea profundamente reflexionada. Una vez superado el estupor, se
suscitó la polémica, dirigida por Boileau y Racine, que defendían rabiosamente
el valor de los Antiguos frente a la mundana futilidad de los Modernos. Por su
parte, Perrault, pronto secundado por Fontenelle, se batió con vigor contra sus
colegas —aunque enemigos— de la Academia. La discusión fue terrible y se
extendió por toda Europa como un reguero de pólvora.
En Inglaterra, es William Temple, el maestro (y hermanastro) de Swift, quien la
(re)lanzó con su Ensayo sobre el estudio antiguo y moderno (1690),
obra concebida como respuesta a Fontenelle. Las reacciones fueron numerosas, y
para defender a su maestro, Swift redacta La batalla entre los libros
antiguos y modernos. Lo hace a su manera, parodiando de forma burlesca los
combates homéricos de la Ilíada: ¡una extraña manera de defender a
los Antiguos, en el límite de la insolencia!… Pero, para Swift, defender la
Antigüedad no quiere decir rendirle una admiración ciega. Por el contrario, se
trata de hacer con ellos su propia miel… Eso es lo que Swift nos sugiere en una
especie de «intermedio» en Labatalla, una especie de fábula
dentro de la fábula.
Justo cuando los libros están a punto de llegar a las manos —por decirlo así—,
una abeja se introduce en la biblioteca a través del cristal roto de una
ventana. Al entrar, se enreda en la tela que una araña, habitante de la casa,
había tejido en una esquina de esa misma ventana. A fuerza de agitarse, la
abeja logra desenredarse, aunque no sin producir daños irreparables en la
trampa arácnea. Entonces, la araña sale furiosa de su nido y se dirige a la
abeja poco más o menos que con este lenguaje:
¿Quién
eres tú, sino una vagabunda sin casa ni hogar, sin fortuna ni patrimonio, que
ha venido al mundo con un par de alas y un aparato zumbador por toda herencia?
Tu subsistencia es un mero pillaje de la naturaleza; no haces sino merodear por
campos y jardines, presta, por el placer de volar, a desvalijar tanto a la
ortiga como a la violeta. Sin embargo, yo soy un animal doméstico, provisto
interiormente de recursos naturales. Esta vasta fortaleza (para demostrarte
hasta qué punto he llegado en el dominio de las matemáticas) está toda
construida con mis manos, y los materiales, en su totalidad, los he extraído de
mí misma[201].
La
respuesta de la abeja no se hace esperar. Cierto —dice—, la araña tiene
talento, su tela está muy bien concebida, con método y perfecta geometría, pero
los materiales que utiliza son verdaderamente execrables. De hecho, a ella, un
minúsculo insecto, no le ha resultado difícil romperla. Todo ello es porque la
araña pretende extraer todo de sí misma, y ese material no vale gran cosa, pues
solo son excrementos o veneno. De ahí la maldad de la araña, que es solo
voracidad y deseo de destrucción. Por su parte, la abeja depende de ciertas
flores, donde liba, pero hace su miel y su cera sin estropear ninguna de ellas.
Tras discusiones cada vez más violentas entre la abeja y la araña, seguida
atentamente por todos los libros de la biblioteca, la última palabra le
corresponde a la abeja:
En resumen, toda la cuestión se reduce a lo siguiente: ¿cuál de las dos
criaturas es más noble, la que por la indolente contemplación de cuatro
pulgadas de espacio y por un orgullo petulante, alimentándose y engendrando a
partir de sí misma, transforma todo en excremento y en veneno para acabar
produciendo, al final, solo una trampa para moscas y una tela; o bien la que,
con un campo de acción universal, con una larga búsqueda y mucho estudio para
juzgar verdaderamente las cosas y ser capaz de discernimiento, produce miel y
cera?[202]
Una vez pronunciadas estas palabras, la abeja se va volando «hacia un boscaje
de rosales, sin esperar la réplica de su contraria, que se encontraba entonces,
precisamente, en la situación de un abogado que medita una respuesta a razones
que no se ha tomado la molestia de escuchar».
Su marcha señala el final de la tregua de los libros. La obra del fabulista
Esopo reabre la diatriba con el pretexto de resumir la conversación de los dos
insectos. Resultó evidente que la araña representaba a los vanidosos Modernos,
que pretendían sacar de sí mismos todo lo que producían, sin gratitud alguna
por lo recibido en herencia. Asimismo la araña proporcionó la imagen de los
orgullosos cartesianos franceses, que pretenden deducir el mundo de su cogito, siempre
que sus ideas sean claras. Por su parte, la abeja representaba a los Antiguos,
o más bien a sus defensores: los que juzgan, como La Bruyère, que «todo está
dicho y se llega demasiado tarde, después de siete mil años [supuesta fecha de
la Creación en esa época] de existencia de los hombres que piensan»[203], y que la
única tarea que aún es posible consiste en cultivar el jardín de los clásicos
mediante un trato siempre renovado con ellos.
Swift no dice cómo terminó el combate y si hubo un vencedor y un vencido, pero,
en realidad, su intención era sugerir mediante esta fábula —sobre todo por el
emblema de la abeja— una especie de moción de síntesis. Síntesis que se hará
más comprensible si tenemos en cuenta que en el debate entre la abeja y la
araña con frecuencia participaba también un tercer personaje: la hormiga.
Será otro inglés quien formuló esta triada a la perfección. Nos referimos a
Francis Bacon (1561-1626), famoso por ser una especie de «avanzadilla» del
pensamiento científico. Se trata, pues, de un «moderno», ya que en su obra,
el Novum organum (aparecida en 1620), afirmaba alto y claro su
intención de renovar a Aristóteles en el campo de las ciencias, donde su
autoridad se estaba poniendo en duda. No obstante, no plantea ninguna «tabula
rasa», y para definir los derroteros del nuevo sabio, a quien destinaba sus
elogios, se sirvió de la siguiente imagen:
En
efecto, los poetas nos dicen que beben en las fuentes de miel y liban los
poemas que nos traen en los jardines y vallecitos boscosos de las Musas, como
hacen las abejas, revoloteando como ellas, y dicen la verdad. Pues el poeta es
una cosa ligera, alada, sagrada, no puede crear antes de sentir la inspiración
fuera de sí y de perder el uso de la razón. Mientras no haya recibido este don
divino, todo hombre es incapaz de hacer versos y pronunciar oráculos. Por ello,
como no se debe al arte, sino a un don celestial por lo que encuentran y dicen
tantas cosas bellas sobre su tema, como haces tú sobre Homero [se dirige a Ion,
célebre intérprete del aedo], solo pueden triunfar en el género al que le haya
empujado la Musa[204].
Así
pues, la abeja nos indica la justa vía del saber. Traza una senda entre la
repetición estéril de las autoridades pasadas (las hormigas) y la pretensión de
una perpetua reinvención del saber (las arañas). También muestra un tercer
término entre el desatino senil y el orgullo adolescente. Este tercer término
es el trabajo. Es el atributo de la edad adulta, al que, en lo
sucesivo, debe aspirar la humanidad. Y es este trabajo el que va a aplicarse
tanto a la producción literaria como a la investigación científica. Trabajar
significa transformar un material ya existente para darle lo que más tarde se
llamará un «valor añadido». Es aquí donde anida la única fuente posible de la
verdad. Ya no debemos esperar más de una Revelación trascendente o de una
herencia fiel, sino de un arduo esfuerzo para explorar tanto el espíritu humano
como la naturaleza de las cosas. Sin duda, respecto a los asuntos del hombre,
los autores antiguos son la mejor guía, ya que han explorado las pasiones y las
acciones, las palabras y las ideas humanas. Pero, en lo referente a la
Naturaleza, conviene elaborar un método renovado de observación y de
experimentación. En la encrucijada de estos dos caminos, que aquí comienzan a
divergir —el de las Humanidades y el de la Ciencia—, se encuentra la figura de
un sujeto bien informado que se impone y para el que la abeja, de nuevo, va a
proporcionar una imagen ideal.
He aquí un momento importante para nosotros, pues asistimos a una inflexión del
símbolo de la abeja. La que había sido ante todo la imagen de la musa o del
ángel, símbolo del conocimiento inmediato y de la palabra inspirada, ahora se
«proletariza», por decirlo de alguna manera. A partir de este momento lo que
hallaremos en la boca de los poetas exaltados será menos su libación «aérea»
que su trabajo afanoso. De ese modo nos alejamos del uso que hacía, por
ejemplo, Platón en el Ion, donde la mencionaba para mostrar
que, según él, la poesía no es un arte (en el sentido de una técnica que
implica un aprendizaje), sino pura inspiración divina: el poeta, decía, ya no
se pertenece cuando crea, pues está literalmente fuera de sí[205].
Para Platón, los poetas no son «autores», sino meros «trasmisores». En el
Renacimiento se impone un registro diferente: la abeja dejará de ser tan aérea
y divina para ser más laboriosa y humana. Y, en contra de Platón, los
humanistas renuevan otra fuente antigua, la del estoico Séneca (h. 4 a. C.-65
d. C.) cuando se dirigía a su joven amigo Lucilio para aconsejarle sobre la
sabiduría. Séneca utilizó la metáfora de la libación para expresar la
importancia de las lecturas como alimento del pensamiento: «Estas me preservan
—dice— de estar contento solo de mí». Sin embargo, leer, copiar o memorizar no
bastan. Los diferentes préstamos deben ser, además, asimilados y sintetizados
para llegar a ser una obra completamente original (véase florilegio
núm. 17).
Petrarca (1304-1374) y Montaigne (1533-1592), dos grandes lectores de Séneca,
retomarán esta imagen para convertirla en el emblema de todo el humanismo
renacentista: «Deberíamos escribir —dirá el primero en una carta a Boccaccio en
1366— de la misma manera que las abejas hacen su miel, no preservando las
flores, sino transformándolas en panales de miel, de modo que de un gran número
de recursos diversos nazca un único producto que sea a un tiempo diferente y
mejor». Y en 1580, Montaigne, en sus Ensayos, confirma: «Las
abejas recogen de aquí y de allá de las flores, pero después hacen la miel, que
es toda suya: ya no es el tomillo ni la mejorana; así, lo que se toma prestado
de los demás será transformado y confundido, para hacer una obra toda suya: a
saber, su parecer»[206].
El trabajo literario, alimentado por la gratitud hacia los Antiguos, permite la
originalidad y el progreso —valores que hoy se calificarían de «modernos»—,
pero es también exigente y supone no ceder a las sirenas de la novedad ni a las
seducciones de la moda. No olvidemos que de esta palabra deriva «moderno», lo
que sirve para alimentar la polémica: moderno no se refiere a
lo que es reciente o nuevo, sino a lo que es efímero y pasajero, como «el
espíritu del tiempo», frente a la estabilidad de un antiguo saber que ya ha
dado muestras de sus aptitudes. Una comparación tomada de Plutarco (45-120)
alimentará esta idea a lo largo del Renacimiento: el alumno atento debe
profundizar en lo que recibe, sin dejarse engañar por la superficialidad de un
pensamiento excesivamente ornamentado. No debe hacer como las floristas, que a
partir «de las flores que tienen más perfume y color» hacen una composición muy
agradable, pero siempre fugaz, destinada a marchitarse rápidamente. Por el
contrario, debe imitar a las abejas, que, sin rezagarse en las «violetas, rosas
y jacintos, se dirigen al tomillo», cuyo olor es, de todos, el más acre, el más
penetrante, y en esta planta se posan «para componer el oro de su miel». El
estudioso de gustos puros «no debe buscar en las palabras solo lo que es
florido y afectado, lo que es teatral y pomposo: no verá en este lujo vano más
que hierbas inútiles, buenas para los abejorros que se denominan retóricos»[207].
Lucrecio (99-55 a. C.) podría reconciliar a las floristas con las abejas. Así,
se presenta él mismo como una buena libadora cuando se dirige a su maestro
Epicuro: «Es en tus tratados, glorioso maestro, donde, semejantes a las abejas
que liban aquí y allá entre las flores, nosotros también vamos a recoger, para
alimentarnos, palabras de oro». Pero cuando justifica el uso de un lenguaje
poético para enseñar la austera filosofía epicúrea, toca otra cuerda simbólica.
Pues la expresión poética no es un simulacro para disimular la debilidad de un
pensamiento; por el contrario, puede ser el medio de acceso a una obra difícil.
En el canto IV de De rerum natura, Lucrecio justifica su elección
poética para hablar de Epicuro, y para ello combina la analogía de la libación
con una metáfora que asocia la dulzura de la miel al amargor de la absenta. Del
mismo modo que un poco de miel en el borde de un vaso permitirá que un niño
tome un remedio amargo, también la dulzura de la poesía permitirá la absorción
del pensamiento de Epicuro (véase florilegio núm. 18).
Así pues, lejos de representar un obstáculo a la verdad, la dulzura azucarada
del arte es el medio más seguro para alcanzarla. Ya no se trata de inspiración
divina, sino de una elaboración llena de dudas y de fragilidad. Pero es más
segura que el discurso filosófico habitual, que, en su sabio tecnicismo, olvida
con demasiada frecuencia que debe tomar a los hombres tal como son, es decir,
llenos de ilusión y de temor, para conducirles a trompicones hasta una serena
sabiduría. Como demuestra André Comte-Sponville en su libro, Le miel et
l´absinthe, Lucrecio es, sin duda, más humano que Epicuro, el sabio
quizá demasiado sabio para seguir siendo humano.
De modo que es imitando el trabajo de la abeja como el humanista ha de hacerse
«apicultor de las letras»: en primer lugar, tiene que recolectar los
saberes anteriores, y después seleccionarlos con cuidado sin
dejarse seducir ni por colores demasiado vivos ni por perfumes excesivamente
suaves. Pero, además, debe crear, a partir de ellos, una miel singular con
el fin de alimentar a sus compañeros de infortunio, encerrados como él en los
aterradores espacios infinitos del «jardín imperfecto». Estamos ante lo trágico
infinito de la finitud humana. Tal es la colmena de los humanistas, que se
esfuerzan en encontrar, o en inventar, el significado de un mundo en
suspensión, desprovisto de garantía divina o cósmica. La buena noticia es que
en esta síntesis singular de «miel-saber» emerge la figura de un sujeto
conocedor capaz de no solo repetir los saberes de antaño, sino, además, de
racionalizar los nuevos datos surgidos de la observación.
Casi dos siglos después, Nietzsche (1844-1900) retomará la imagen para llevarla
hasta el extremo: Para él, el hombre desencantado no se contenta con habitar en
un mundo incierto desprovisto de trascendencia, sino que lo transforma de
arriba a abajo. El pensador lúcido debe convencerse de ello:
¿Qué
es, pues, la verdad? Una movible multitud de metáforas, de metonimias, de
antropomorfismos; en resumen, una suma de relaciones humanas que han sido
poética y retóricamente sustentadas, transmitidas, adornadas, y que, tras un
uso reiterado, le parecen a un pueblo firmes, canónicas y apremiantes: las
verdades son ilusiones que se han olvidado que lo son, metáforas que se han
utilizado y que han perdido su fuerza sensible, monedas que han perdido su
sello y que se consideran desde entonces ya no como monedas, sino como metal[208].
El
genio humano reside en este poder simbólico, en esta capacidad de construir un
mundo de arriba abajo. Es por esto, prosigue Nietzsche, «por su talento para la
arquitectura, por lo que el hombre se eleva muy por encima de la abeja: esta
construye con la cera que recoge de la naturaleza, aquel con la frágil materia
de los conceptos, que no debe fabricar más que a partir de sí mismo[209]. En esto
hay que admirarlo mucho, pero no por su instinto de verdad ni por el simple
conocimiento de las cosas»[210].
Porque lo admirable y trágico en el hombre es esa capacidad increíble de creer
fielmente, de tomar por real lo que no es más que una representación, de tomar
por divino lo que no es más que una necesidad, de tomar por respuesta lo que
solo es una pregunta. Esta es su vitalidad simbólica, a la que, a su manera,
Nietzsche rinde homenaje utilizando a su vez el hipersímbolo de
la abeja: la grandeza del hombre no viene tanto de su capacidad para encontrar
la verdad mediante la razón como de su aptitud para ilusionarse… de confundir
la gimnasia con la magnesia, podríamos decir. Pero, al contrario que la
ciencia, que olvida sus artificios, el arte es una creación lúcida y asumida de
ilusiones y es el único en poder rendir cuentas de lo real en su diversidad. El
arte es más verdadero que la ciencia, pues sabe que es falso, mientras que la
otra cree que es verdadera.
En
la construcción de conceptos opera originalmente […] el lenguaje y,
posteriormente, la ciencia. Del mismo modo que la abeja trabaja construyendo
las celdillas y, al mismo tiempo, llenándolas de miel, así la ciencia trabaja
sin cesar en este gran columbarium de conceptos, en el
sepulcro de las intuiciones, y construye siempre nuevos y más elevados pisos,
da forma, limpia, renueva las viejas celdillas, y sobre todo, se esfuerza en
llenar este columbario sobrealzado hasta lo monstruoso y en ordenar todo el mundo
empírico, es decir, el mundo antropomórfico[211].
Nietzsche
nos proporciona una clave valiosa para comprender el éxito de la metáfora
apícola, que sobrevive al desencanto moderno y a la racionalización del
universo. Nos dice que, en el fondo, lo que hay en el hombre es un «instinto
metafórico» más poderoso que el instinto de verdad, y que el hombre es ante
todo un ser que se «cuenta historias». La ciencia no es sino un relato entre
muchos otros, sin duda más exacto que el mito o la religión,
pero nomás verdadero en lo referente a los últimos
interrogantes de la condición humana. Y, por añadidura, es ingenuo en cuanto a
su capacidad para erradicar los misterios, las metáforas y las ilusiones sin
comprender que lo humano tiene una necesidad vital de ellos.
La abeja desvelada por el microscopio
Donde vemos a la abeja convertirse en objeto científico sin perder su
capacidad de hechizar al mundo
El 29 de septiembre de 1623, las abejas invadieron Roma. ¡No! No es el título
de una película de terror. Se trata de la ceremonia de elección del papa Urbano
VIII (1623-1644), amigo y, sin embargo, acusador de Galileo. El nuevo elegido
para el trono de san Pedro era el cultísimo vástago de la poderosa familia
Barberini, en cuyo escudo figuraban tres abejas. Para celebrar su reinado hizo
cubrir la ciudad por cientos de abejitas artificiales, de tal modo que los
artistas que deseaban conseguir sus favores debían manifestar su «simpatía» por
este insecto. Así pues, se produjo una verdadera avalancha de abejas: las
encontramos en el baldaquín de bronce de la Basílica de San Pedro (1633), en la
estatua con su efigie y en la Fuente del Tritón (1642), obras realizadas por
Bernini. Adornan también el fresco titulado Triunfo de la divina
providencia, de Pietro da Cortona, que está en el palacio Barberini
(1639), en las nuevas monedas vaticanas… Incluso la iglesia de San Ivo de la
Sapienza está concebida siguiendo el modelo de una colmena. En resumen, el logo
Barberini se convirtió, de manera un tanto obsesiva, en el símbolo de la
universalidad y de la eternidad del papado[212].
Esta bulimia apícola también tuvo sus consecuencias en el conocimiento de
nuestro insecto fetiche. En la Accademia dei Lincei (la Academia de los
Linces), sabios venidos de toda Europa utilizaron los primeros microscopios, de
invención holandesa, aunque perfeccionados y promocionados en Roma por Galileo,
para estudiarlo al detalle. Escrutaban con sus ojos, que se habían vuelto
extremadamente agudos (de ahí lo de «linces»), a los animalitos, los disecaban
y los clasificaban. Estas primeras investigaciones permitieron realizar en lo
infinitamente pequeño una revolución similar a la que se estaba produciendo en
lo infinitamente grande gracias al telescopio. De hecho, en la primera
representación de una imagen microscópica aparecen tres abejas: se trata de la Melissographia, de
Francesco Stelluti (1577-1653) y Matthäeus Greuter (1564-1638), que consiste en
una plancha grabada, dedicada al nuevo papa, donde están las tres abejas
barberinianas acompañadas del dibujo de los detalles anatómicos observados con
la lente de aumento.<
Decimos
que se trata de una revolución, pues la abeja se (re)convierte —como en tiempos
de Aristóteles— en objeto de conocimiento. Hemos visto que, durante la Edad
Media, los tratados sobre las abejas, como todos los estudios de historia
natural, eran sobre todo compilaciones de textos antiguos, pues parecía
evidente que todo lo que merecía la pena conocerse ya lo habían descubierto las
grandes mentes del pasado, es decir, las de Aristóteles, Virgilio, Plinio,
etcétera. Así pues, la tarea principal consistía en reunir las citas de estos
autores para intentar reconstruir de manera fiel unos pensamientos de los que
no quedaban más que restos incompletos o corrompidos. Esta práctica durará
hasta el siglo XVIII. Pero otro método surge a finales de la Edad Media,
especialmente a partir de la Enciclopedia de Alberto Magno. En el contexto de
la diatriba entre Antiguos y Modernos, se abrió paso la idea de que, quizá, los
autores antiguos no habían podido ver ni saber ni comprenderlo todo… De modo
que hay que completar, e incluso corregir, esta fuente de saber mediante
observaciones más directas de la naturaleza y experimentos que, llegado el
caso, obliguen a confesar a la misma naturaleza (como se obliga a un culpable
mediante la utilización de la tortura). Es decir, en algunos casos es
preferible la lectura del «libro de la naturaleza» que la de los libros de los
autores antiguos —a decir verdad, ambos métodos van a coexistir durante largo
tiempo—, y la colmena será el escenario de este combate. Retengamos estos dos ejemplos.
En 1646, un tal Alexandre de Montfort, capitán luxemburgués del ejército
imperial, publicó LePortrait de la mouche à miel («Retrato de
la abeja»), donde recupera una gran variedad de escritos de los Antiguos.
Mezcla relatos fabulosos con descripciones más o menos «realistas», haciendo
largas digresiones moralizantes en las que opone las cualidades de la abeja a
las de los perezosos, los borrachos y otros «golosos», presentando una abeja
perfecta, matemática, arquitecta previsora, sanadora, capaz de predecir el
futuro, de ser utilizada como arma de guerra, etcétera. Es decir, los tópicos
de siempre[213].
Sin embargo, algunos años antes el agrónomo, originario de Ardèche, Olivier de
Serres (1539-1619), promotor de la cría del gusano de seda, había
publicado Le Théâtre d´agriculture et mesnage des champs (1600),
obra con un tono y un objetivo totalmente diferentes. En el capítulo XVI del
libro V, titulado «L’apier, ou ruschier, qui est la nourriture des mouches à
miel», se realiza una síntesis muy interesante, pero a menudo crítica, de los
tratados agronómicos romanos, así como de ciertas prácticas apícolas seguidas
en diversas regiones de Europa —desde Languedoc a Flandes—, junto con
observaciones personales. En el prefacio, Olivier de Serres justifica así su
proyecto: «Habiendo leído con frecuencia y cuidadosamente los libros de
agricultura, tanto antiguos como modernos, y mediante la experiencia, he
observado algunas cosas que aún no lo han sido, que yo sepa, y me ha parecido
que es mi deber comunicarlas al público […]. Es la unión de la ciencia y de la
experiencia, a las que añado como compañía, la diligencia». La «diligencia» es
la puesta en práctica, pues «la ciencia sin práctica no sirve para nada, y la
práctica sin la ciencia no puede ser segura». Aquí tenemos una intención
práctica que justifica un tipo de investigación, a la vez teórica y experimental,
que, aunque balbuceante e imperfecta, es muy real. Para Olivier de Serres está
claro que la miel ha surgido del rocío, y la cera se ha recogido en las flores.
Por supuesto, el papel de los «abeillauds» (los zánganos) es hacer que las
abejas sean más activas. Menciona la bugonía, aunque la juzga sin interés, pero
todos estos errores de «tradición» pierden importancia si atendemos al conjunto
de los consejos referentes a la colocación de las colmenas, los materiales a
emplear, la forma de construir y utilizar, sobre todo, las colmenas-tronco aún
presentes en los valles de las Cevenas, los cuidados de los enjambres,
etcétera.
No hay duda de que la revolución del microscopio acelera este movimiento
investigador, pues, al hacer visibles los misterios de la colmena y la anatomía
de las abejas, se estimularán los descubrimientos y se eliminarán muchas
reticencias[214]. Gracias a
él, el holandés Van Leeuwenhoek (1632-1723) describirá la estructura del
aguijón, del que el rey está muy bien provisto (véasepolinización
núm. 14). Ahora bien, su compatriota Swammerdam (1637-1680) demostrará que el
rey es una reina, mientras el astrónomo Giacomo Filippo Maraldi (1665-1729),
entre observación y observación con el telescopio de los planetas Marte y de
Júpiter, se divertirá describiendo la geometría y la medida de los alvéolos…
Volveremos sobre esto.
Pero detengámonos un instante en el trabajo del naturalista francés
René-Antoine Ferchault de Réaumur (1683-1757), poseedor de un conocimiento
enciclopédico: agrimensor de formación, también fue inventor de un termómetro,
creador de una incubadora de huevos, si bien le interesaban, además, la
metalurgia la fabricación de porcelana y de anclas marinas, la botánica y la
zoología marina. Como era de esperar, la abeja no podía escapársele. Y para
observarla a placer, preparó unas colmenas acristaladas, piramidales y
desmontables que describirá ampliamente en el tomo V de sus Mémoires
pour servir à l´histoire des insectes(1740).
Réaumur, además, se tomará muy en serio su método de trabajo, de carácter
naturalista, frente al de los historiadores. Para estos últimos, dice, la única
fuente de información proviene de los escritos de sus predecesores, los cuales,
sin embargo, han de utilizar de forma crítica, «dado que no basta haber leído a
los autores que han tratado sobre las abejas […]; es preciso estudiarlas de
nuevo en sí mismas, seguirlas con gran atención, asegurarnos, en primer lugar,
de si todo lo que nos han dicho es verdad […], no hay ningún insecto que no
pueda recompensar la paciencia de un observador atento, permitiéndole ver
novedades singulares». Así pues, «tanto Swammerdam como el señor Maraldi
observaron particularidades de las abejas que habían pasado por alto los
Antiguos […]. Estoy por ello convencido de que estas moscas admirables no me
han mostrado todo, ni con mucho; que se han reservado todavía algunos misterios
que podrá descubrir quién las observe bajo nuevas circunstancias y con una
nueva asiduidad»[215].
Mediante la observación, el estudio de las abejas se hace «historicista»; se
posibilita el progreso a través de la acumulación de nuevas observaciones,
progreso que incluye el cuestionamiento, la verificación de descripciones
anteriores o su rechazo si estas se revelan inexactas. Citando a Bacon, «la
Verdad» se convierte en «hija del Tiempo».
De este modo la abeja se encuentra apartada de los hombres (véase florilegio
núm. 19): deja de ser un espejo para convertirse en un simple objeto de
estudio. ¿Podríamos decir que el microscopio, al desnudar a la abeja, la ha
«desencantado»? ¿Se ha convertido finalmente en un animal (casi) como los
demás?
Lo dudamos. Y la abeja opone una resistencia feroz a cualquier tipo de
«desencantamiento». Nadie lo formula mejor que Réaumur, pues la ciencia, por
muy metódica, rigurosa y racional que sea, no suprime lo sublime y lo
grandioso; al contrario, observar por uno mismo, controlar lo que ya se ha
dicho, descubrir cosas nuevas siendo consciente de que nuevos misterios serán revelados
más adelante por otros… Todo esto tiene como consecuencia que «lo falso
maravilloso que les fue atribuido será sustituido por lo real
maravilloso que había sido ignorado»[216].
Dicho de otro modo, lo maravilloso científico sustituye a las ilusiones de los
mitos y las fábulas. La abeja real, a fin de cuentas, es un objeto de
admiración muy superior a la abeja simbólica y poética. En esto consistirá lo
que está en juego en la «querella de los alvéolos», en la que se enfrentaron —y
con bastante violencia— Buffon, Réaumur y Condillac.
Los caballeros de la Orden de la Mosca de Miel
Las
Cofradías de Jabotiers, del Diente de León, de la Saint-Michel de Meyrueis, de
la Salchicha y del Fricandó, de los Caballeros Gourmets de la Imagen d’Épinal,
de lo Frotado al Ajo, de los Caballeros del Entrecot d’Erve y Vègre, de Pichet
Bitord, de la Cerveza Fantasma, de los Trufaires de Vilanova de Menerbès, de la
Verde Lenteja de Puy, de la Trufa Negra de Drôme des Collines, sin olvidar a
los célebres Caballeros Catavinos del…
Detengámonos aquí, porque podríamos llenar varias páginas enumerando agrupaciones
de promotores de productos regionales, síntesis burlona de las corporaciones
medievales y de sus órdenes de curas-soldado descendientes (casi) directos de
las cofradías báquicas de la Edad Media. Todas animan las fiestas de los
pueblos y las ferias gastronómicas mediante la entronización de nuevos
caballeros que jurarán —antes de recibir gorro, capa, bastón y medalla—
proteger el almiar y el buen vino, así como elogiar por doquier las
especialidades regionales, como el capón cebado, el caracol panzudo, el faisán
o el fricandó de ternera.
La mayoría de estos nuevos ordenados ignoran que tuvieron ilustres predecesores
a principios del siglo XVIII; es cierto que menos orientados hacia los
productos alimenticios, aunque echaron mano de nuestra querida avette[217].
La Orden de la Mosca de Miel (o Abeja) fue una congregación fantasiosa fundada
en 1703 por la duquesa de Maine (Anne Louise Bénédicte de Borbón), célebre por
su cintura… de avispa. La duquesa deseaba entrar en contacto con una pequeña
corte que reunió en su castillo de Sceaux. Como la Academia, la Orden constaba
de cuarenta miembros de gran prestigio, entre los que se encontraban
Fontenelle, Voltaire, Montesquieu, Mably, D'Alembert, Madame de
Châtelet… Los estatutos obligaban a «proteger todas las especies de abejas y a
no hacer nunca daño a ninguna, a dejarse picar donde les plazca, ya sea manos,
mejillas, piernas, etcétera, aunque, a causa de las picaduras, esas partes del
cuerpo se hagan más gruesas que las de un mayordomo». Asimismo, durante una
ceremonia solemne, el nuevo integrante de la Orden debía pronunciar el
siguiente juramento: «Juro por las abejas del Monte Himeto [montaña griega
famosa por su miel] fidelidad y obediencia a la dictadora perpetua de la Orden,
llevar durante toda mi vida la medalla de la Mosca y cumplir, mientras viva,
los estatutos de la Orden; y si rompo mi juramento, consiento que para mí la
miel se transforme en hiel, la cera en sebo, las flores en ortigas, y que las
avispas y los zánganos me piquen con sus aguijones».
Las
abejas geómetras: la querella de los alvéolos
Donde vemos a un sabio ciego observar por primera vez correctamente la
colmena
«Con
seguridad, no son los castores mejores ingenieros o arquitectos que las abejas
geómetras».
CHARLES BONNET, Oeuvres d´histoire naturelle et de philosophie
En
un bello día de primavera de 1740, Voltairey Madame de
Châtelet, ambos miembros eminentes de la Orden de la Abeja (véase polinización
núm. 18), deciden ir a visitar a su amigo Réaumur, que reside en la población
de Charenton. Llevan con ellos a un joven matemático alemán muy prometedor
llamado Samuel Koenig (1712-1757). He aquí el relato que hizo de este
encuentro:
Madame
de Châtelet, M. de Voltaire y yo fuimos a ver, hace algunos días, a M. Réaumur
a Charenton. Este hábil físico nos mostró las colmenas artificiales de las que
se sirve para obligar a las abejas a revelar los secretos de su república. Lo
que va a publicar sobre la economía de estos animales es admirable, y debe
sorprender tanto a los sabios como a los ignorantes. Durante la conversación
que tuvimos ese día, tras hacernos admirar la regularidad de las pequeñas
celdillas hexagonales, donde las abejas ponen su alimento y a sus pequeños, y
que se llaman alvéolos, M. de Réaumur me propuso un problema poco difícil, pero
muy curioso: averiguar si las abejas construyen sus alvéolos de la manera más
perfecta posible, la más geométrica, y si, de todas las figuras posibles, han
elegido la que, con mayor espacio para el alvéolo, emplea el menor material
posible[218].
La
pregunta del naturalista al matemático retomaba un motivo antiguo: ya Pappus de
Alejandría (siglo IV), uno de los más importantes matemáticos de su tiempo,
había visto en la abeja a una perfecta geómetra, una calculadora sin par y una
ahorradora de material[219]. Y no
hacía más que retomar una constatación muy corriente, al menos desde
Pitágoras.
Pero una observación así no debe ser tomada a la ligera en un contexto
cosmológico: si un pequeño insecto es capaz de semejante rigor geométrico, esto
indica que el universo entero se escribe en lenguaje matemático, y que los
números no son solo convenciones, sino realidades profundas, incluso lasrealidadesmás
profundas[220].
Por otro lado, ¿es preciso recordar la fórmula que adornaba el frontón de la
Academia de Platón? «¡Que nadie entre aquí si no sabe geometría!». Como se ve,
de nuevo la abeja se merece su cátedra y doctorado en filosofía. Pero Réaumur
—y esta es la novedad— no se conforma con la constatación. Fiel a su método,
aspira a observar las cosas lo mejor posible y con la mayor exactitud. De ahí
su pregunta al joven Koenig, redactada como un examen de bachillerato:
Dada
una cantidad de materia cérea, en forma de celdillas iguales y semejantes, con
una capacidad determinada, pero la mayor posible en relación a la cantidad de
materia empleada y celdillas dispuestas de tal modo que ocupen en la colmena el
menor espacio posible[221].
… ¡Y
tiene usted cuatro horas!
En una tesis que le valdrá la entrada en la Academia de Ciencias de París
(1740), Koenig demuestra que las abejas han encontrado la mejor solución, a la
vez la más económica y la más elegante. Este trabajo es el que Réaumur integra
en su Mémoires pour servir à l´histoire des insectes, obra
dedicada al estudio de los panales de la colmena. Réaumur no escatima elogios
sobre la perfección de lo que observa:
Sus
panales de cera son, entre todas sus obras, los más dignos de nuestra atención
[…]. La admiración por ellos crece a medida que se los examina; debo decir que
se los estudie, pues sin los progresos del análisis y sin los que este ha
permitido hacer a la geometría en los últimos tiempos, no seríamos capaces de
saber hasta qué punto merecen ser admirados[222].
Ciertamente,
escribe Réaumur, «Pappus ha definido a las abejas como grandes geómetras», pero
habría sido aún más elogioso si hubiese sabido que las abejas habían resuelto
un problema inaccesible a los geómetras de su tiempo.
En efecto, no solo es la estructura hexagonal de la celdilla lo que es
admirable geométricamente; también lo es su fondo piramidal, «formado por tres
rombos iguales y semejantes». Cada celdilla se encuentra situada en la unión de
otras tres celdillas situadas en la cara opuesta del cuadro y el fondo
piramidal está imbricado en los fondos de las otras tres celdillas. Al final,
este extraordinario conjunto presenta, entre una multitud de posibilidades, la
solución más económica en cera, garantizando a un tiempo la máxima solidez y el
espacio mínimo.
Entre
una serie infinita de pirámides, las abejas debían escoger una, y hay que
suponer, o mejor dicho, es cierto e indiscutible, que han preferido la que
parece más ventajosa; pues no es a ellas a quien corresponde el honor de la
elección, ya que esta ha sido realizada por una inteligencia que ve la
inmensidad de infinitas series de todas clases, y todas sus combinaciones, de
manera más luminosa y más clara, cuya unidad no puede ser vista por nuestros
Arquímedes modernos[223].
De
modo que para Réaumur no hay duda: el cálculo no lo han hecho las abejas, sino
la única inteligencia omnisciente que existe: Dios. Este, como ya dijo Leibniz,
ha creado el mejor de los mundos posibles, es decir, la mayor perfección con el
menor número de medios.
Si
no se las quiere ver como a seres extremadamente inteligentes, es preciso
reconocer que solo pueden ser la obra de una inteligencia infinitamente
perfecta e infinitamente poderosa. […] Enseguida, la admiración se eleva a
quien les ha dado el ser; pero pronto surge la pregunta: ¿por qué las ha
instruido tan admirablemente?[224]
Y
poco a poco se llega a la perfección absoluta de la Creación: «Cada ser no es
lo que es, más que porque es una parte necesaria para la perfección de la obra
total»[225].
Sin embargo, Réaumur rechaza ver a las abejas como simples engranajes de un
inmenso reloj, pues en sus experimentos no deja de contrariarlas con el fin de
probar su capacidad de adaptación. A pesar de los obstáculos, las abejas
encuentran siempre su estrategia de construcción alveolar. «La irregularidad no
está menos indicada para dar idea del genio de las abejas», así como de la
grandeza de quien ha sabido armonizar todo esto. Lo que hace de Dios, más que
un gran relojero, un verdadero director de orquesta.
Réaumur llegará incluso a proponer, en una época ávida de unidades de medida
indiscutibles, que el alvéolo de la abeja sea elegido como unidad de referencia
universal. En efecto, a ningún producto natural puede atribuirse tal
estabilidad, tal constancia matemática: «Es más que probable [que las abejas]
de hoy no hagan los alvéolos más grandes o más pequeños que los que hacían las
abejas que trabajaban en el tiempo en que los griegos y los romanos eran los
más célebres»[226]. Despojada
por la ciencia de sus antiguos ropajes mitológicos, la abeja se encuentra
pronto revestida por el manto teológico. La abeja, desencantada al convertirse
en objeto de estudio, permite cantar a la Creación. Así se entiende la frase de
Pasteur: «Un poco de ciencia aleja de Dios, pero mucha acerca».
Ahora bien, la conclusión de Réaumur provocará la ira de Buffon (1707-1788). El
gran naturalista del rey, encargado del Jardin des Plantes, vuelve
al tema en el cuarto volumen de su Histoire naturelle (acabará
teniendo treinta y seis). Publicada en 1753, la obra contiene un Discours
sur la nature des animaux («Discurso sobre la naturaleza de los
animales») en el que Buffon se propone ajustar cuentas con Réaumur, sus abejas
y algunos otros[227].
Según
él, no es preciso apelar ni a la inteligencia divina ni a la de las abejas para
explicar la estructura hexagonal de las celdillas del panal. Este resultado es
la consecuencia puramente mecánica de la interacción de gran número de
individuos idénticos circunscritos en un espacio restringido:
La
aparente inteligencia de las abejas no proviene más que de su multitud reunida
[…]. Esta sociedad solo es un entramado físico, ordenado por la naturaleza, e
independiente de todo proyecto, de todo conocimiento, de todo raciocinio […].
Estos diez mil individuos, aunque fuesen mil veces más estúpidos de lo que yo
podría imaginar, estarían obligados, solo para continuar existiendo, a
arreglárselas de alguna manera[228].
Los
resultados finales no podrían haberse previsto en absoluto por los elementos de
partida; «solo dependen del mecanismo universal y de las leyes del movimiento
establecidas por el Creador. Al situar juntos en el mismo lugar a diez mil
autómatas animados de fuerza viva, y determinados por la semejanza perfecta de
su exterior y de su interior y por la concordancia de sus movimientos a
realizar cada cual la misma cosa, en el mismo lugar, el resultado será
necesariamente una obra exacta»[229]. La figura
hexagonal, fuente de admiración para muchos, es para Buffon una cosa muy banal
que con frecuencia se observa en la naturaleza como resultado mecánico de la
compresión recíproca de los cuerpos cilíndricos.
Buffon continúa así con la desmitificación esbozada por Réaumur[230]: «Una
mosca no debe ocupar, en la cabeza de un naturalista, un lugar mayor que el que
ocupa en la naturaleza, y esta república maravillosa no será jamás, ante los
ojos de la razón, más que un tropel de animalillos que no tienen con nosotros
más relación que la de proporcionarnos la cera y la miel»[231]. Hay que
tratar a las abejas como lo hacen los físicos en lugar de situarlas
alegóricamente como modelos morales. En realidad, no cambian, no innovan, no
calculan, no tienen ni virtudes morales ni talento político, no sienten (como
nosotros). Es preciso, pues, poner a estas criaturitas en el lugar que les
corresponde, que sería el último del mundo animal, excepto por las ostras y los
pulpos, muy por detrás de los monos, los perros y los elefantes… sin mencionar,
por supuesto, a los humanos.
Pero es aquí, sin duda, cuando el desencanto buffoniano comienza a errar el
blanco, pues no se contenta con despojar a la abeja de las capas metafóricas
que la habían recubierto durante siglos, sino que, además, acaba reduciendo la
colmena a un simple conjunto de autómatas idénticos. Al querer
«desantropomorfizar» a la abeja, la mecaniza, e incluso la cosifica. Es cierto
que toma su distancia respecto a la tesis cartesiana de los animales-máquina,
que considera excesivamente sumaria (véase polinización núm.
19), pero ve a los animales como puros arreglos moleculares, lo que le expondrá
a las acusaciones de los teólogos (¿dónde encontrar a Dios en este mecano?).
Pero, sobre todo, no permite constatar las notables posibilidades de adaptación
del enjambre que Réaumur había expuesto tan ingeniosamente.
Este último, como anestesiado por el poder de su joven adversario, apenas
logrará defenderse, y se conformará con quejarse a su colega y amigo Charles
Bonnet (1720-1793), que también es un enamorado de la colmena: «Toda la desgracia
de las abejas y de otros insectos —le escribe— es que los amo y me atrevo a
admirarlos. Eso es suficiente para que hablen de ellos con desprecio el señor
de Buffon y toda su pandilla»[232].
En esta polémica interviene entonces otro gran nombre, Étienne Bonnot de
Condillac (1714-1780). Abad y, sin embargo, filósofo —y empirista—, se
esforzará por trazar en su Traité des animaux (1755) una vía
intermedia entre Réaumur y Buffon. Al contrario que ellos, no duda en atribuir
a los animales la facultad de sentir, de comunicar, de pensar, e incluso de
inventar…, lo que le hace decir: «Jamás veremos [ni hombres ni bestias] ni más
ni menos»[233]. Esto se
aplica también a las abejas. Además, Condillac prolonga, en contra de Buffon,
los experimentos de Réaumur que demuestran que, a pesar de los obstáculos, las
abejas siempre terminan reuniendo sus materiales y construyendo sus panales de
cera; y también saben corregir sus propios errores, lo que no nos permite
considerarlas como meros engranajes de una máquina. Pero, al contrario que
Réaumur, esta organización, es decir, esta sinergia colectiva, no puede
atribuirse por completo a un Planificador divino, sino que encuentra su fuente
en las mismas bestiecillas. Que se hayan producido por «una causa primera,
independiente, única, inmensa, eterna, todopoderosa, inmutable, inteligente,
libre y sobre la que se extiende la providencia»[234], no resta
nada a sus capacidades propias, que sería erróneo ignorar.
Esta solución elegante y sutil al debate de los alvéolos va a ser ilustrada y
reforzada por la intervención de un nuevo y sorprendente personaje
protagonista: se llama François Huber (1750-1831), es suizo y se presenta como
un modesto discípulo de Réaumur. Este sabio amateur, feliz de
entrar en contacto con las celebridades de París, tiene una particularidad. ¡Es
ciego! Un poco incómodo cuando se propone «observar» a las abejas… Pero podríamos
decir que es precisamente este hándicap lo que le permite desbloquear la
situación y poner fin a la diatriba. Obligado a concebir lo que es preciso ver,
pondrá en práctica, ayudado por su fiel y apasionado servidor, François
Burnens, procedimientos experimentales notablemente ingeniosos. Su obra Nouvelles
observations sur les abeilles aparece en 1802, precedida de una
intensa correspondencia con todos los grandes especialistas del momento.
Aunque está lleno de admiración hacia Réaumur, Huber contribuye a desmontar el
mito de la abeja geómetra. Como de pasada, cita en una nota los análisis de
otros matemáticos que han simplificado la formulación del sujeto. No se trata,
de hecho, de un problema banal sobre la división de un segmento en dos, cuya
resolución se encuentra al alcance de cualquiera. He aquí el libelo (de un tal
Le Sage) y su comentario por Huber:
«Dada
una mutua inclinación de dos planos, por ejemplo de 120 grados; cortarlos por
un tercer plano, de forma que los tres ángulos resultantes sean iguales». Este
es un problema que un artesano de muy corto alcance podría resolver con
instrumentos muy simples. Pues para ello basta con que sepa encontrar la mitad
de una línea recta, lo que los propios insectos pueden hacer fácilmente con sus
patas. Y, sin embargo, es solo a esto a lo que se reduce el famoso problema de
los mínimos, cuya solución tan sorprendido está de encontrar en el fondo del
alvéolo de una abeja, que consiste en emplear en este fondo la menor cantidad
de cera posible, sin disminuir la capacidad del alvéolo; y en el que se ha
empleado, sin necesidad, todo el sistema de cálculo de lo infinito[235].
O
sea, que el milagro desaparece (véanse las ilustraciones de
las páginas 204-205). Lo que al mismo tiempo vuelve a Huber menos locuaz acerca
de la «inteligencia infinitamente perfecta e infinitamente poderosa» inducida
por la supuesta perfección de las células. Incluso cuando menciona «la
sabiduría ordenante», lo cierto es que queda muy atrás de los arranques líricos
de Réaumur.
La crítica contra Buffon es mucho más explícita. Señala su «grosería», su
superficialidad y su desconocimiento del trabajo de las abejas. El jefe
del Jardin desPlantes es presentado como un «autor célebre,
pintor más que observador fiel de la naturaleza». Huber recuerda, con un toque
de desprecio, que Buffon creía «que las abejas levantaban una gran masa de
cera, en la que excavaban seguidamente cavidades con la presión de sus cuerpos»[236]. No podría
haberse engañado más torpemente.
Entre la abeja genialmente programada por el Gran Arquitecto (Réaumur) y la
abeja entendida como un pequeño y estúpido autómata (Buffon), Huber diseña su
propia vía describiendo minuciosamente la sucesión de operaciones para la
construcción de los alvéolos.
En primer lugar, una sola abeja deposita la cera en un lugar: «Siempre es una
abeja la que elige y determina el sitio de la primera cavidad; una vez
establecida esta, va a dirigir todos los trabajos ulteriores[237]. A
continuación, otra abeja viene a dar forma a esta cera, y progresivamente, el
taller se amplía al actuar cada abeja en función de lo hecho anteriormente,
tanto en la construcción del primer panal como en la posición de los panales,
unos en relación con otros. «Cada parte del trabajo de las abejas parecía una
consecuencia natural del que le había precedido; así, el azar no tendría ningún
papel en los admirables resultados de los que éramos testigos»[238]. Es un
modo de actuar propio de los insectos sociales. La construcción de su nido no
precisa de ninguna instancia organizativa o directiva. Es «el trabajo
individual de cada obrero constructor [el que] estimula y orienta al del
vecino».
Este
método será definido más tarde por el entomólogo Pierre-Paul Grassé (1959) con
el nombre de estigmergía (formada por stigma: «aguijón»
y ergón:«trabajo», «acción»). «Cada una parece actuar
individualmente en una dirección determinada bien por las obreras que la han
precedido, bien por el estado en el que se encuentra la obra que está destinada
a continuar, y la abeja que comienza una nueva operación es dirigida por el
efecto de una cierta armonía que debe reinar en la progresión de los trabajos»[239].
La
consecuencia teórica de este proceso, es que «la geometría que parece destacar
en las obras de las abejas es más el resultado necesario de sus operaciones que
el principio de estas»[240]. De ahí
que el discípulo de Réaumur se acerque más a las conclusiones de Buffon: no
existe ningún plan preconcebido, sino una especie de proceso auto-organizado.
Simplemente, este proceso pone en acción a agentes dotados de cualidades
indiscutibles. Por eso Huber se acerca a Condillac cuando escribía contra
Buffon en su Traité des animaux:
La
abeja tiene con nosotros otras relaciones que no son solo proporcionarnos la
cera y la miel. Tiene un sentido interior material, sentidos exteriores, una
reminiscencia material, sensaciones corporales, de placer, de dolor, de
necesidades, de pasiones, de sensaciones combinadas, la experiencia del
sentimiento; posee, en una palabra, todas las facultades que explicamos tan
maravillosamente mediante la conmoción de los nervios[241].
Así
es como, inspirado por Condillac, Huber puede despedir, sin más
contemplaciones, tanto a Réaumur como a Buffon. Se opone al primero al decir
que «les atribuye con frecuencia intenciones combinadas, como el amor, la
previsión y otras facultades de un orden demasiado elevado». Y se opone al
segundo cuando le acusa de «tratar injustamente a las abejas al considerarlas
puros autómatas». Puesto que la naturaleza no ha dotado de inteligencia a las
abejas, es la búsqueda del placer lo que incita a los insectos a realizar sus
diferentes tareas[242]. «Cuando
las abejas construyen sus celdillas, cuando cuidan sus larvas, cuando
recolectan las provisiones, no hay que buscar en ello ni un plan, ni un afecto,
ni una previsión; solo hay que tener en cuenta, como medio determinante, el
goce de una sensación dulce, adjunta a cada una de estas operaciones»[243].
Aunque no pretendemos insistir en el lugar común de la clarividencia,
paradójicamente asociada, al menos desde los tiempos de Homero, a la ceguera,
no podemos sino señalar lo fecundo de esta técnica de observación «a dos» en la
que uno miraba y describía al otro, que interpretaba, sintetizaba y orientaba
las experiencias con una perspectiva y una altura de miras impuestas sin duda
por la discapacidad física, aunque el proceso era de una eficacia notable.
Cuando consideramos los obstáculos con los que habían chocado sus predecesores
y que resultaron superados por este dúo compuesto por el maestro ciego y su
servidor, podemos afirmar que con ellos y con el cambio de siglo el estudio de
las abejas se convirtió en objeto científico en el sentido contemporáneo del
término.
La contribución de Huber es inestimable (véase polinización
núm. 20), pues supone una verdadera ruptura «epistemológica» en la que la abeja
desencantada es sometida a un protocolo de investigación riguroso y basado en
la predictibilidad de las experimentaciones, en la refutabilidad de las
hipótesis y en el distanciamiento de cualquier mirada simbólica. Gracias a ese
protocolo, muchos interrogantes, sin respuesta desde la Antigüedad, van a
encontrar solución. Nos enseña que el polen no es esa materia cérea de la que
hablaba Réaumur, sino que desempeña un papel fundamental en la alimentación de
las larvas; revela que la cera proviene de la secreción de las glándulas
ceríferas, favorecida por la ingestión de materias azucaradas; prueba que la reina
copula en vuelo en el exterior de la colmena; demuestra que las obreras son
hembras portadoras de ovarios más o menos atrofiados, y muchas cosas más.
El camino está abierto para todos los trabajos y descubrimientos que, en los
dos siglos siguientes, se realizarán a propósito de las abejas. Así, en el
marco de la teoría de la evolución, Darwin describirá un proceso plausible
explicando la perfección geométrica de los panales de la colmena (véase florilegio
núm. 20). Citemos también, a título informativo, las célebres danzas de
reclutamiento, descubiertas por Karl von Frisch, esa especie de «lenguaje» de
signos capaz de describir tanto la localización de una fuente de alimentos como
los méritos de una cavidad susceptible de alojar un enjambre. Las capacidades
sensoriales y la memoria visual confieren a la abeja la facultad de orientarse
con precisión en el interior de un perímetro de varios kilómetros de diámetro
alrededor de la colmena, lo que se descubrió, entre otras muchas cosas, gracias
a los trabajos más recientes sobre el comportamiento social (Rémy Chauvin) y la
«inteligencia en enjambre» (véase capítulo 6)… Lo «maravilloso
real», que deseaba Réaumur, ha sustituido definitivamente a lo «maravilloso
falso» que desde la noche de los tiempos oscurecía la visión que pudiera
tenerse sobre la abeja. ¿Acaso ha entrado nuestro pequeño insecto en los
estrictos límites de la simple razón? ¿Ha perdido toda clase de magia bajo la
aguda mirada del microscopio, con el análisis completo de su genoma y la
descripción meticulosa de su comportamiento? En resumen, ¿se ha banalizado la
abeja al volverse objetiva.
Miremos un poco más de cerca a esta nueva abeja hipermoderna a la que la
ciencia ha dado nacimiento, despojada al fin (¿?) de todos los velos
mitológicos, analógicos y simbólicos; es decir, de todos esos atavíos fabulosos
y fantasiosos que enmascaran la verdad.
Abejas, abejas…, entonces, ¿tenéis alma?
El
debate tuvo lugar en el siglo XVII, después de la tesis cartesiana sobre los
«animales máquina». En efecto, para Descartes, todos los comportamientos
animales, incluso los más sofisticados, podían compararse con el movimiento de
un reloj particularmente ingenioso. De la misma forma que estos dan la hora con
más precisión que cualquier hombre, los animales actúan de forma más adaptada
que los humanos. Pero, además, el hombre posee un alma que lo hace sensible
(sufriente) y racional.
Serán muchos los cartesianos que utilizarán a la abeja para apoyar la tesis
de su maestro. Citaremos a Nicole Pierre Macy (Traité de l´âme des bêtes
avec des réflexions physiques et morales, París, 1737), a Ambroise
d´Illy d´Ambrune (De l´âme des bêtesoù après avoir démontré la
spiritualité de l´âme de l´homme, l’on explique par la seulemachine, les
actions les plus surprenantes des animaux, Lyon, 1676,), o a Jean M.
Darmanson (La Beste degradée en machine, divisée en deux discours, Ámsterdam,
1681).
Algunos de sus adversarios defenderán la idea de un alma para las bestias en
general y para las abejas en particular, pero siempre entendiéndola como una
ínfima parte de una gran «alma del mundo». Estos serán, por ejemplo, Hieronymus
Rorarius (Quod animalia bruta rationeutantur melius homine libri duo,
Ámsterdam, 1654) o Gilles Morfouace de Beaumont (Apologie des bêtes ou leur
connaissance et raisonnements prouvés contre le Système des philosophes
cartésiens, qui prétendent que les brutes ne sont que des machines automates:
ouvrage en vers, París, 1732).
En el debate, que se reactiva en varias ocasiones desde la Antigüedad tardía,
se oponen tres visiones:
– La primera (postura cosmológica) considera que la naturaleza es un gran ser
vivo cuya armonía se encuentra tanto en el movimiento regular de las estrellas
como en la geometría de los alvéolos de las abejas;
– La segunda (postura teológica) mantiene que la naturaleza ha sido creada por
una inteligencia suprema cuyo genio se encuentra incluso en los seres más
insignificantes, como las abejas. En extremo se podría decir (con Porfirio y
Michelet) que las abejas no tienen alma, pues ellas
mismas son almas;
– La tercera postura es a la vez anticosmológica y antiteológica. Inspirada en
el epicureísmo, afirma que la naturaleza es el resultado contingente y temporal
de un juego de fuerzas ciegas que solo es posible describir según las reglas de
la mecánica y sin tener que recurrir a un «Gran Mecánico». Las abejas se
considerarían entonces simples engranajes de una máquina ciega… O, si seguimos a
Darwin, de una «selección natural» (véase florilegio núm. 20)[244].
Todo lo que siempre ha querido saber sobre el sexo de las abejas… (3) Los
descubrimientos de François Huber
Gracias
a François Huber, muchas de estas cuestiones sin respuesta desde la Antigüedad
van a ser definitivamente solucionadas. Ya hemos citado sus descubrimientos
sobre el origen de la materia cérea (véasepolinización núm. 10),
pero la ruptura principal va a ocurrir en lo concerniente al misterio de la
reproducción de las abejas.
La fecundación de la reina
Cuando leemos, en las Nouvelles observations sur les abeilles, la
carta primera «sobre la fecundación de la abeja-reina», se tiene la impresión
de estar ante un déjà lu («ya leído»). Recordemos que
Aristóteles (capítulo 2), antes de exponer su solución, hizo inventario de las
diferentes hipótesis avanzadas en su tiempo: ¿la carrocha llega de fuera de la
colmena, o solo la de los zánganos proviene del exterior? ¿Cada individuo de un
género (casta) nace de un apareamiento con sus semejantes? ¿Acaso todos los
géneros han surgido de un solo género (los jefes), o vienen del apareamiento de
abejas y zánganos?
François Huber procede de igual modo al exponer la opinión de diferentes
naturalistas. Así, para Swammerdam, la fecundación se produciría por un fuerte
olor desprendido por los órganos de los machos, tesis que se apoya en la
desproporción de dichos órganos y los de la reina y permite dar cuenta del gran
número de machos en la colmena. Réaumur, por su parte, creía en la realidad del
apareamiento, pero nunca lo pudo observar. E incluso cuando intentó confinar a
una reina virgen con unos gallardos zánganos, aquella se contentaba con hacer
«muchas carantoñas a los machos»…, pero de pasar al acto, ¡ni hablar! Según
otro naturalista inglés de la época, el señor De Braw, la fecundación se haría
a la manera de los peces, directamente sobre los huevos, tras la puesta. Por su
parte, el señor Hattorf pensaba que la reina se fecundaba a sí misma sin
recurrir a los machos, pues había creído observar que una reina virgen
(aparentemente) situada en una colmena carente de machos ponía, algunos días
después, huevos fecundados. Así pues, con veintitrés siglos de distancia,
¿Huber y Aristóteles coincidirían? De hecho, es precisamente esta aparente
similitud en el método la que nos permite puntualizar las diferencias entre los
dos enfoques. Allí donde Aristóteles se quedaba a un nivel lógico, rechazando
las hipótesis propuestas al juzgar su coherencia cosmológica, Huber experimenta
de forma rigurosa y repetida todas las soluciones estudiadas, analizando cada
tesis rechazada de forma que no quedase ninguna duda de su invalidez, con «la
obligación por parte del observador, de repetir una y mil veces sus
experiencias para obtener la certeza de que ve las cosas desde el verdadero
punto de vista»[245].
La solución del misterio de la fecundación de la abeja-reina surgirá de lo que,
en un primer momento, parecía un callejón sin salida experimental. Al invalidar
las tesis de sus predecesores, Huber llega a esta observación paradójica: una
reina permanece estéril tanto si se encuentra en una colmena de la que se ha
excluido a los machos como si es forzada a cohabitar con ellos sin que estos
puedan salir.
Huber reconoce su desaliento hasta que se da cuenta de que el dispositivo que
impide a los machos entrar o salir tiene también, como efecto secundario, el
confinamiento de la reina en el interior de la colmena. Es como si quedase
estéril a causa de su reclusión. Y esboza otra hipótesis: ¿acaso no podría
tener lugar la fecundación únicamente fuera de la colmena?
Para comprobar la verdad de su intuición, Huber pone en marcha, con la ayuda de
su fiel servidor, un protocolo de observación a la entrada de una colmena en la
que acaba de nacer una joven reina. Esta, tras una vuelta de reconocimiento,
vuela fuera de la colmena y permanece ausente veintisiete minutos exactamente.
A su regreso, el naturalista constata que… ¡el apareamiento se ha producido!
¿La prueba? Las partes genitales de un zángano están aún fijas en la vulva de
la reina. Dos días después comienza la puesta. Huber verificará su
descubrimiento variando las modalidades del experimento, y de ese modo hallará
la respuesta a una cuestión abierta desde hacía varios siglos.
Predictibilidad y refutabilidad: la observación de las abejas se había
convertido en una disciplina científica, parte integrante de las ciencias de la
naturaleza.
El sexo de las obreras
Otro descubrimiento de Huber atañe al sexo de las obreras[246]. La
creencia, desarrollada por Aristóteles y compartida por Swammerdam y Réaumur,
según la cual las abejas-obreras no tendrían sexo o serían neutras sexualmente
hablando, va a ser cuestionada y desmentida por Huber. Un pastor-apicultor
alemán, Adam Gottlob Schirach (1724-1773), descubrió que las abejas tienen la
capacidad de sustituir a una reina ausente a condición de que tengan a su
disposición carrochas de obreras de menos de tres días (esta es la base de las
técnicas actuales de realización de enjambres artificiales), lo que parecía
probar que «las abejas eran de sexo femenino, y que para convertirse en
verdaderas reinas solo necesitaban ciertas condiciones materiales, como un
alimento especial y un alojamiento más amplio»[247]. Huber
verifica los experimentos de Schirach, y de ese modo corrobora la hipótesis que
dice que, después de una ausencia prolongada de la reina, las abejas pueden
volverse fecundas (hoy hablaríamos de «obreras ponedoras»).
Este descubrimiento suscitará numerosas dudas y se topará con importantes
resistencias, especialmente por parte de Charles Bonnet (1720-1793), uno de los
maestros de Huber. En efecto, parece que se estuviera volviendo a una especie
de oscurantismo al situar la tesis de Huber al mismo nivel que la de la
«procreación equívoca» (una especie engendra a otra) o que la bugonía y la
generación espontánea (véase polinización núm. 3), algo
sencillamente inaceptable para las mentes racionales de finales del siglo
XVIII. ¿Cómo de un mismo huevo podía nacer tanto «una reina de prodigiosa
fecundidad, pero incapaz de cualquier tipo de trabajo de los que se observan en
las abejas, como una obrera estéril, pero capaz de la industria más
sorprendente? Estas dos formas de existencia se excluyen mutuamente»[248].
Bonnet, inspirándose en Malebranche y Leibniz, era partidario del
preformacionismo y de la tesis del archivado de los gérmenes. Traducción: cada
ser existe «preformado» en el germen, y el desarrollo del embrión es
simplemente el crecimiento de ese ser minúsculo. En la Creación del Mundo, el
primer ser de cada especie ya contenía los gérmenes archivados de todas las
generaciones futuras. Para Bonnet, cada ser preexiste en el huevo y el esperma,
y no sirve más que como desencadenante del crecimiento, tesis bastante
coherente, a fin de cuentas, con su descubrimiento de la partenogénesis de los
pulgones, en los que había podido observar cómo once generaciones sucesivas se
formaban sin fecundación. La versión «macho» del preformacionismo, el
animalculismo, ya había sido sostenida por Van Leeuwenhoek (1632-1723) con el
descubrimiento de los espermatozoides: el futuro ser se encontraría
preexistente en miniatura y el óvulo solo servía de medio nutricio. Pero una
tercera tesis sobre el desarrollo embrionario, ya presente en Aristóteles,
vuelve a aparecer a finales del siglo XVIII: la epigenesia[249]. Ya no se
trata «simplemente [del] desarrollo “en grande” del individuo ya constituido en
el huevo», sino del desarrollo de una forma orgánica a partir de lo informe, de
una «autodiferenciación y un crecimiento gradual a partir de la mezcla amorfa
de las semillas». Lo cierto es que, aunque no utilice el término, los
experimentos de Huber servirán para demostrar la tesis epigenéticas.
Ya hemos visto que no tiene nada de polemista y que su admiración y respeto por
Bonnet son demasiado grandes como para enfrentarse a él directamente. Sin
embargo, su demostración será inapelable. Para Huber, hay una explicación
racional para el porqué las obreras son hembras. Dicha explicación se halla en
su formulación de la cuestión, que es a la vez una descripción y una justificación
de la epigénesis: las dos formas de existencia de la reina o de la obrera deben
encontrase en germen en el huevo, y en el caso concreto de la abeja-hembra, no
solo hay «uno», sino «dos» desarrollos posibles. «Esto lleva a la conclusión de
que ese ser que aún no es ni reina ni obrera, cuando la larva tiene menos de
tres días, posee los gérmenes del insecto industrioso y del insecto susceptible
de ser fecundo; el germen de los órganos de los dos animales, el instinto de la
abeja obrera y de la abeja madre sin desarrollar aún, pero susceptible de
serlo, según la dirección dada por las circunstancias y la educación. En uno de
los casos, las facultades generatrices quedarán sumergidas o sin desarrollar;
en el otro, serán las facultades industriales las que no se desarrollen»[250]. No hay
transformación, pero de los dos desarrollos posibles, uno solo es efectivo y el
otro queda inhibido. La única forma de validar de forma irrefutable esta
hipótesis no podía ser otra que la observación. Era preciso obstinarse en
descubrir esos ovarios que forzosamente debían existir en las obreras, aunque
no fuese más que en forma de restos. Es decir, había que afinar las
preparaciones y las técnicas de disección. Huber confió esta tarea a una
naturalista especialmente hábil y competente, la señorita Jurine, que acabó
descubriendo lo que se les había escapado a Swammerdam, Réaumur y Bonnet: la
presencia de ovarios, ciertamente atrofiados pero perfectamente identificables.
Al fin se probaba que las chrestai melissai (las «mejores
abejas») de Aristóteles tienen un sexo: son hembras, como la reina, surgidas de
una misma larva, pero han tenido un desarrollo diferente (la jalea real). Como
en la investigación sobre la copulación de las reinas, la reflexión teórica
orientó la observación, guió la experimentación, anticipó y predijo los
resultados de un experimento que, a cambio, validaba la hipótesis de partida.
Dicha hipótesis valida a su vez la teoría epigenética del desarrollo
embrionario, y cuando resurja el debate en estos últimos años entre los defensores
de una forma reactualizada del preformacionismo —el papel absoluto atribuido al
código genético en la formación del embrión— y los partidarios de la
epigenética moderna —una expresión diferente de los genes en función del
entorno—, ¿cuál será uno de los primeros ejemplos utilizados? Evidentemente, la
abeja, como ocurre en este pasaje de un libro del excelente Jean-Claude
Ameisen: «En cada especie viviente, diversos componentes del entorno se
reimprimen en cada generación e influyen en la forma en que se construyen los
cuerpos […]. Pero, en numerosas especies, es la naturaleza del entorno social,
los modos de interacción con otros miembros de la misma especie lo que influirá
en las modalidades de construcción del cuerpo […]. En los insectos sociales, como
las abejas, dos células-huevo genéticamente idénticas pueden desarrollarse
según dos modalidades radicalmente distintas en función de su entorno exterior
—la naturaleza del alimento proporcionado por las obreras— […]. La obrera y la
reina no solo difieren en la forma de sus cuerpos, en su esterilidad, en su
fertilidad o en su esperanza de vida, sino también en su comportamiento; casi
seiscientos genes son utilizados de forma diferente por las células cerebrales
según sean abejas obreras o abejas reinas»[251].
Capítulo 6
La abeja hipermoderna
Contenido:
La
colmena 2.0
La abeja y el capitalismo polinizador
El enjambre hiperdemócrata
Swarm Intelligence
¿La
abeja hipermoderna se ha liberado realmente de todos los velos mitológicos,
cosmológicos, teológicos, metafóricos o alegóricos que la engalanaban desde la
noche de los tiempos? Nada es menos seguro, y para convencerse, el lector
curioso puede ir al florilegio núm. 21, donde leerá algunos extractos de varias
obras recientes, indiscutibles en el plano científico, rigurosas y
perfectamente documentadas, pero en las que sus respectivos autores no pueden
evitar extrapolar, exagerar y retomar los discursos simbólicos del pasado.
Entonces, ¿nada ha cambiado? ¿Nos encontramos intactos el mito, el cosmos, e
incluso la teología? Ocurre como si un fondo ancestral se deslizase en los
intersticios en los que los sabios se «abandonan», olvidando su objetividad
personal y dejando fluir entre líneas, por así decirlo, los arquetipos de lo
simbólico apícola. He aquí la demostración en la edad hipermoderna.
La colmena 2.0
Primavera de 2010: cuarenta y dos años después de su famosa proclama del 22 de
marzo de 1968, Daniel Cohn-Bendit se decide a lanzar su buena nueva. Es el día
siguiente de la segunda vuelta de las elecciones regionales en las que el
partido Europe Écologie (Los Verdes) ha logrado un magnífico resultado.
Aprovechando el tirón, su portavoz defiende, en un artículo aparecido en Libération, una
regeneración de la vida política alrededor de la causa ecológica. ¿Su idea? La
promoción de una organización inédita que trascendería las «viejas culturas
políticas» y adoptaría la forma de una «cooperativa política». Veamos su sueño:
Imagino
una organización polinizadora que libe las ideas, las transporte y las fecunde
con otras partes del cuerpo social. En la práctica, la política actual ha
expropiado a los ciudadanos de la Ciudad, en nombre del racionalismo
tecnocrático o de la emoción populista. Es preciso «repolitizar» la sociedad
civil y, al mismo tiempo, «civilizar» a la sociedad política y transformar la
política del software propietario en la del software libre.
Al
evocar la forma cooperativa, Dany el Rojo, convertido en Verde
con la edad, no hacía sino retomar el viejo ideal de Proudhon (véase capítulo
4), aunque lo adorna con el ropaje de la hipermodernidad al asociarlo a
Internet, a la inteligencia colectiva, a la auto-organización, a la democracia
participativa, a las externalidades positivas, etcétera. Y de nuevo la abeja
será movilizada para servir de modelo. Así, ciertamente, podemos sonreír un
poco: la misma abeja que extendía la alfombra roja a Octavio Augusto en tiempos
de Virgilio, la misma que Séneca evocaba al comienzo del reinado de Nerón, la
misma que había cantado a la virginidad de la Virgen en el Exultet y
loado la organización monástica con el dominico Thomas de Cantimpré, la misma
que coronó a Napoleón… vuelve ahora al servicio activo para defender la causa
de los «sesentayochistas» en búsqueda de redención. ¿Acaso no corremos el
riesgo de sufrir una «sobredosis metafórica»?
Evidentemente, el proyecto de Cohn-Bendit está (muy) lejos de lograr el éxito
que se preveía, pero ¿cómo no reconocer que sus ideas continúan flotando en el
ambiente? Es obligado reconocer que la exigencia de una democracia más
participativa, más deliberativa, más representativa, más cooperativa y, por
descontado, más empática, se expresa cada vez con más fuerza en nuestro espacio
público.
En resumen, una vez más se le pide a la abeja que salve al mundo. De nuevo, los
misterios de la colmena son escrutados con avidez con la esperanza de
encontrar, si no el reencantamiento de la ciudad contemporánea, al menos sí
algunas respuestas a las grandes cuestiones de nuestro tiempo… ¿A cuáles?
Señalemos las dos principales: 1) ¿Cómo puede ser compatible el régimen
capitalista de producción/consumo con el respeto al medio ambiente? Y 2) ¿Cómo,
en democracia, puede tomarse una decisión óptima de forma colectiva cuando este
régimen parece abocado a la impotencia, a la duda y a la cacofonía?
Tales son las dos principales posturas que hacen que la abeja continúe a día de
hoy proporcionando algo más que miel, cera y alegría a los apicultores; esto
es, de nuevo se convierte en paradigma del conocimiento y ofrece pistas para
hallar soluciones, horizontes… y discusiones sin fin. No tengamos miedo de
exagerar: se trata de la salud del capitalismo y de la democracia, o, más
exactamente, de la invención del capitalismo y de la democracia de mañana, para
lo cual se espera encontrar la fórmula mágica en los alveolitos de la colmena.
Es en este sentido en el que la perspectiva de su desaparición representa el
horizonte del fin del mundo…
La abeja y el capitalismo polinizador
Donde vemos el renacimiento de la abeja en la era de la Red
En su proclama del 22 de marzo, Daniel Cohn-Bendit adoptaba en gran parte la
postura de uno de sus inspiradores y amigos, el economista Yann
Moulier-Boutang, autor de un libro muy sugerente titulado L´abeille et
l´économiste[252]. La
alusión a Marx es clara, así como la referencia a Mandeville, ya que la obra se
abre con una nueva «fábula de las abejas». El proyecto de Moulier-Boutang
consiste en ampliar la crítica marxista del capitalismo llenando su principal
laguna. Para ello, el autor distingue y opone dos formas de capitalismo.
El primero, el capitalismo productivo, está marcado por la
desmesura de un hombre que se toma por Dios y que usa la naturaleza como si
esta fuese su creación, es decir, sin límite ni reflexión sobre los efectos de
sus acciones. Este «productivismo» encuentra hoy su fase terminal con la toma
de conciencia de que la naturaleza es a la vez finita y frágil. Finita,
porque los recursos que utiliza el hombre sin reflexionar son objetivamente
limitados; frágil, porque este dispone del poder de destruir irremediablemente
lo que no ha creado.
Frente a este primer capitalismo, Moulier-Boutang señala un segundo cuyo
surgimiento comienza a producirse ante nuestros ojos un poco miopes. Es el
«capitalismo polinizador», y su fórmula y su idea, enunciadas hace una decena
de años, han tenido un éxito real. Podemos resumirlas brevemente. Es verdad que
la abeja produce, produce miel y cera, pero esta producción exige un entorno de
calidad cuyo equilibrio —los apicultores lo saben bien— es tan frágil como
incierto. Esta es la primera diferencia. Pero —segunda diferencia, aún más
decisiva— la abeja, en su proceso de producción, contribuye a mantener el
equilibrio del medio del que toma lo que precisa. Nos estamos refiriendo a la
polinización. Al pasar de flor en flor para recoger el néctar, favorece la
reproducción de las plantas que necesita. Según Moulier-Boutang, aquí está el
modelo perfecto de lo que los economistas denominan «externalidades positivas»,
es decir, una especie de círculo virtuoso en el que la recolección, lejos de
dañar los recursos, contribuye a su regeneración[253]. En
contraste, las «externalidades negativas» son las recolecciones que agotarían
de forma definitiva los recursos requeridos: así, una colecta exagerada de los
huevos de esturión acabará finalmente con la producción de caviar. En el caso
de la abeja, lo que resulta sorprendente es que la polinización, que parece
«invisible» en términos productivos, sea más importante que la producción
propiamente dicha (de miel y cera). Siempre según el mismo autor, si hubiese
que cifrar el valor de estas dos actividades, se llegaría a un balance
sorprendente. En Estados Unidos, mientras el valor de la producción de miel se
eleva a 80 millones de dólares, se estima entre 29 y 35 millones de dólares el
de la polinización de los cultivos comercializados. Ahí está el verdadero
«valor» de las abejas. Contribuyen en un 16 % a la polinización del algodón, un
27 % a la de las naranjas, un 48 % a la de los melocotones, un 90 % a la de
manzanas y arándanos, y un 100 % a la de las almendras[254]. Y si se
extiende a todo el mundo, Moulier-Boutang considera que es un 33 % de la
producción agrícola comercial la que depende de la polinización: esto supone
792 millones de dólares (en 2009) contra solo un millón de dólares de la
producción de miel[255]. Dicho con
otras palabras, sin las abejas el PIB mundial perdería sumas astronómicas[256].
Ahora bien, es precisamente para esta eventualidad para la que hay que
prepararse. Pues el capitalismo productivo, en su ceguera, contribuye no solo a
fragilizar, sino a destruir esta polinización esencial. Las CCD (Colony
Collapse Disorder, o «desaparición de los colmenares») se multiplican tras
la primera evaluación, en 2006, realizada por David Hackenberg, un apicultor de
Pennsylvania, y algunas de las causas señalan al mal funcionamiento de un
productivismo desenfrenado: pesticidas, monocultivos intensivos, etcétera.
Estos nuevos enemigos de la colmena hacen que su desaparición sea, si no
probable, al menos sí posible. La agricultura industrial, empeñada en producir
siempre más, terminará ineluctablemente por producir… nada de nada, cuando las
abejas polinizadoras hayan desaparecido.
He aquí por qué, tal y como nos dice Moulier-Boutang, la abeja amenazada puede
considerarse el emblema de las nuevas contradicciones del capitalismo. No es
solo porque su tendencia monopolista lo conduzca a reducir a la nada al
proletariado del que depende su prosperidad, como pensaba Marx. Es su ceguera
ante la fragilidad de un medio ambiente que es la condición sine qua
non de su supervivencia. En cualquier caso, la idea central se
mantiene: el capitalismo productivo, al ignorar los medios reales de la
economía, cavará «su propia tumba».
A menos que sepamos ver las consecuencias de esta evolución. Y es en el campo
de la economía numérica donde esto se aprecia más claramente[256]. Tomemos
dos de las principales empresas de Internet: Apple y Google. Apple, a pesar de
su potencia innovadora, funciona a la antigua: posee una organización piramidal
que va desde el genio creador (en lo alto) hasta el consumidor (abajo). Pero el
flujo es solo descendente y el sistema está totalmente bloqueado. Google, por
el contrario, ofrece el acceso gratuito a su servidor-motor de búsqueda. La
razón es simple; al contrario que el motor de un vehículo, que se gasta por el
uso, el motor de búsqueda no cesa de mejorar a medida que se utiliza. Cada
internauta se transforma así en una abeja que, en busca de néctar, va a libar a
la Red[257]. Pero cada
uno de sus clics produce la información que permitirá
clasificar los sitios, jerarquizar los enlaces y hacer que emerjan los
contenidos. Y esta información utilizable con fines sobre todo publicitarios
será una fuente de valor. Así es como la libación informática produce la
polinización cognitiva[258]. Se pueden
utilizar todas las huellas de esta polinización, y es el valor producido por
ella el que Google se esfuerza por captar. Poco importa que el 80 o 90 % de
este valor se le escape; el 10 o 20 % es más que suficiente, ya que no cesa de
crecer. Así pues, Google es una especie de apicultor que, al ofrecer a las
abejas (nosotros) un ecosistema, consigue que trabajen para él sin dudarlo
—actualmente se estiman en treinta millones por segundo el número de clics en
Google—. El valor no proviene del producto, sino de la información que su
utilización proporciona. Dicho de otro modo, el propio producto importa poco;
lo que cuenta son las relaciones y las informaciones que el producto
transmitirá.
Este nuevo capitalismo cognitivo es a la vez fascinante y terrorífico. Por una
parte, fascina por su capacidad de producir un valor colosal y por su
comprensión de nuevos recursos insospechados, surgidos, no de la naturaleza (y,
por tanto, agotables), sino de la actividad inagotable del hombre. En este
sentido, el capitalismo cognitivo parece rechazar los límites de un planeta
finito. Por otro lado, su realización aterroriza, sobre todo cuando es el fruto
de empresas como Google o Facebook, siempre bajo sospecha de apropiarse de los
bienes comunes que crean. ¿No son estos los nuevos predadores de la
polinización?
Yann Moulier-Boutang utiliza una distinción esclarecedora para precisar esta
dimensión predadora, en la que también aparecerá la abeja. El apicultor
tradicional puede ser descrito como un explotador en el sentido en que Marx
entendía el término. Antes de la apicultura, las abejas hacían su miel,
construían su colmena y alimentaban a sus larvas: no existían excedentes o eran
muy escasos. Pero cuando llegan los apicultores, estos obligan a las abejas al
«sobretrabajo», es decir, a lograr una producción superior al tiempo necesario
para la reproducción de su fuerza de trabajo. Tenemos la definición exacta de
la «plusvalía» marxista, apoyada en la idea («plusvalía relativa») de que el
apicultor inteligente está interesado en cuidar de sus abejas e invertir en
ellas, pues, de lo contrario, su producción se extinguirá. Es el esquema del
explotador clásico. Pero con el modelo de la polinización se llega a una
explotación de otra clase. Para captar los recursos de la polinización es
preciso ir más allá del «sobretrabajo». Hay que aumentar la potencia
polinizadora de los individuos, y para ello se les ofrece sin cesar nuevos
contactos, motivos de intercambio, de búsqueda, de ocio… Son las plataformas
numéricas (Google, Facebook, iTunes, etcétera) las que permiten favorecer su
movimiento y su creatividad con el fin de sonsacar información mediante lo que
los individuos hacen voluntariamente como «adultos consentidores». Esta
captación es potencialmente peligrosa, pues sitúa en las manos de un único
actor un poder de conocimiento colosal. ¿Quién puede garantizar que lo usará
bien? La abeja jamás es predadora y no pretende captar la polinización en su
provecho exclusivo. En realidad, parece que es una nueva «batalla de las cercas»
la que se está iniciando[259]: el
capitalismo cognitivo precisa de nuevos bienes comunes numéricos.
Pero, después de todo —tal parece ser la última palabra de Moulier-Boutang—,
este capitalismo cognitivo y polinizador constituye una oportunidad, ya que
representa no solo la destrucción del capitalismo productivista y mercantil,
sino la destrucción del capitalismo sin más. De ahí la idea que cierra el
libro: habría que «concluir un deal [trato] con el capitalismo
cognitivo […] ya que este capitalismo cognitivo […] es compatible con una salida
del capitalismo. Es factible una salida experimental, astuta, concertada,
mundial»[260].
Así pues, ¿Google o el capitalismo del fin del capitalismo? Tocamos aquí los
límites del análisis de Moulier-Boutang. Sin duda, la analogía de la
polinización tiene un valor real al permitir la comprensión de las nuevas
apuestas de la economía contemporánea, pero ver en ella el modelo único del
porvenir y el sistema en el que el capitalismo se enterrará por sí solo es ir
demasiado lejos[261]. Tanto más
teniendo en cuenta que se presenta un escenario mucho menos costoso y más
plausible: el de la coexistencia duradera de dos tipos de capitalismo: el
modelo piramidal productivista y el modelo polinizador cooperativo. Después de
todo, las abejas continúan produciendo miel… En realidad, de lo que se trata es
de las condiciones de su cohabitación, pues son estas las que constituyen el
problema: ¿cómo será capaz de arbitrarlo la colectividad democrática? Y con
esto nos enfrentamos al otro gran proyecto que sugieren los enjambres: la
hiperdemocracia, o cómo la abeja guía al pueblo hacia el auténtico dominio de
su destino…
El enjambre hiperdemócrata
Donde vemos que la abeja es alabada por su inteligencia colectiva y
participativa
Si intentamos formular los reproches que más habitualmente se dirigen a la
democracia actual —bajo su forma representativa y liberal—, los resumiríamos en
estos dos:
1. Por un lado, esta democracia seguirá siendo profundamente «aristocrática»
mientras mantenga una distinción de principio entre gobernantes y gobernados,
lejos de la promesa de un «gobierno del pueblo, por el pueblo, para el pueblo».
2. Por otro lado, pese a esta organización piramidal y jerarquizada, la
democracia se vuelve cada vez más impotente ante el aumento de las críticas por
parte de los ciudadanos, cada vez más individualistas, y ante las grandes
cuestiones mundiales (como las finanzas o el medio ambiente), que revelan los
límites del marco estatal nacional. Debilitada en el interior por una creciente
exigencia de participación «ciudadana», y en el exterior por las constricciones
que superan el marco del Estado-nación, la democracia contemporánea es, a un
tiempo, injusta e ineficaz.
De ahí la pregunta: ¿no proviene su ineficacia de su injusticia? Dicho de otro
modo, ¿no es la omnipotencia de los políticos la que vuelve impotente a la
democracia?
En este contexto crítico, los llamamientos a una democracia más deliberativa,
más participativa, más autogestionada, o sea, más directa, se expanden,
reactivando en el contexto hipermoderno antiguas ideas libertarias o comunistas[262]. La
revolución numérica propicia este reciclaje: se vuelve a hablar de commons (o
bienes comunes), de redes cooperativas, de mutualismo, de inteligencia
colectiva, de abolición de la propiedad privada…
Lo que lleva a estos regeneradores de la democracia a interesarse, una vez más,
por el comportamiento de los insectos en general y de las abejas en particular.
Se trata de desentrañar el secreto de la inteligencia colectiva, o de cómo una
multitud de individuos sin interés (no en el sentido de desinteresados, sino en
el de no interesantes) puede llegar a tomar decisiones que favorezcan el bien
común. Y en las comunidades de insectos sociales se ha percibido lo que se han
denominado fenómenos de «emergencia», es decir, cuando el todo supera la simple
suma de las partes, cuando lo colectivo se muestra más inteligente que la suma
de los individuos que lo componen. Incluso se ha impuesto una expresión
científica que define esto, pues se habla de «inteligencia en enjambre» (Swarm
Intelligence).
Ciertamente, las abejas no tienen en esta materia ventajas especiales: el
talento de las hormigas para seguir el camino más corto entre su nido y las
distintas fuentes de alimento, o el genio de las termitas para construir
verdaderas catedrales, son citados con frecuencia, ya que su comportamiento es
hoy día escrupulosamente imitado en la elaboración de sistemas informáticos
complejos. Es lo que se denominan «redes inteligentes», que llegan a optimizar
las comunicaciones sin que exista un control dominante. Pero la colmena conserva
cierto privilegio debido a la diversidad de las decisiones que se toman: la
elección del nido, la comunicación sobre las fuentes de aprovisionamiento de
néctar y polen, el método de construcción de los panales de cera, la invención
de estrategias de defensa contra los ataques de nuevos predadores, etcétera.
Son numerosos retos de gran complejidad que implican respuestas colectivas
perfectamente adaptadas y coordinadas. En todo caso, afirman algunos, mucho más
adaptadas y coordinadas que las que se dan entre los humanos.
Nada sorprendente hay en que los nostálgicos del comunismo se hayan aproximado,
esperando encontrar en la oscuridad de las colmenas, de los nidos o de las
termiteras cómo reavivar la llama de un radiante futuro revolucionario.
Escuchemos, por ejemplo, cómo los neocomunistas Hardt y Negri alaban la
inteligencia del enjambre en el capítulo consagrado a la insurrección en red de
su obra Multitude (2004):
Cuando
una red compartida pasa a la ofensiva, cae sobre su enemigo como una nube de
insectos: una miríada de fuerzas independientes, surgiendo de todas partes,
concentran sus golpes y después se dispersan en el entorno. Visto desde el
exterior, un ataque así se asemeja a un enjambre debido a su carácter informe.
Al carecer la red de un centro del que puedan emanar las órdenes, no parece
responder a ningún tipo de organización a ojos de los que siguen prisioneros de
los esquemas tradicionales —todo sería anarquía y espontaneidad—. La ofensiva
reticular recuerda a una bandada de pájaros o a un enjambre de insectos
surgidos directamente de un film de terror, una multitud de asaltantes que
parecen actuar al azar, desconocidos, imprevisibles, invisibles e inesperados.
Si ponemos nuestra mirada en el interior de la red, comprobamos, sin embargo,
que está organizado, que es racional y creativo. Está habitado por una
inteligencia en enjambre. Desde hace poco tiempo, algunos investigadores que
trabajan en el campo de la inteligencia artificial y de los métodos de cálculo,
hablan de inteligencia en enjambre para designar las técnicas
de resolución de problemas, colectivos y compartidos, que se caracterizan por
la ausencia de un control centralizado o de una arquitectura general[263].
La
continuación del pasaje evoca la manera en que Rimbaud pintaba el episodio de
la Comuna de París. Es un poco belicoso para nuestro gusto, así que lo
dejaremos aquí…, para volver a la idea de la inteligencia en enjambre.
Swarm Intelligence
Thomas Seeley no tiene nada de comunista. Es estadounidense y profesor del
departamento de Neurobiología y Análisis del Comportamiento en la Universidad
Cornell. Apasionado por el mundo de la colmena desde su más tierna edad, fue
alumno deBert Hölldobler, quien, a su vez, fue alumno de Martin Lindauer,
discípulo del famoso Karl von Frisch, el sabio austríaco que desveló el secreto
de la «danza de las abejas». Especialista en la inteligencia en enjambre,
Seeley es autor de varios libros realmente apasionantes: The Wisdom of
the Hive («La sabiduría de la colmena») y, sobre todo, Honeybee
Democracy («La democracia de la abeja»)[264]. Como
muchos otros sabios, defiende la idea de que el enjambre de abejas es un
«superorganismo» (véase polinización núm. 21), y, según él, la
mejor prueba de ello es su extraordinaria capacidad para elegir un nuevo nido.
En efecto, cada año, al finalizar la primavera o al principio del verano, si
las condiciones son favorables, las colmenas más pobladas se ven tentadas por
la enjambrazón. Entonces la reina abandona el nido, acompañada de varias
decenas de miles de fieles. En cuanto sale, el enjambre se estabiliza en un
arbusto no lejos de su lugar inicial, esperando que se decida el lugar del
aterrizaje definitivo. El pliego de condiciones para el futuro nido es muy
estricto. He aquí lo que podría ser su anuncio por palabras: «Se busca
apartamento espacioso (de 15 a 80 litros) pero con una entrada estrecha (de 10
a 30 centímetros cuadrados); con buena seguridad; a poder ser en planta;
preferentemente orientación sur; los muebles (es decir, los panales) de
posibles inquilinos anteriores serán muy apreciados; el ideal sería un árbol
hueco». A falta de una agencia especializada en este mercado, serán las
libadoras más experimentadas del enjambre las que irán de caza[265]. Estas
inspeccionan todas las cavidades posibles en varios kilómetros a la redonda,
tomando las medidas precisas antes de volver para hacer su informe.
Para informar a sus colegas de los planes descubiertos, realizan una agitada
danza similar a la practicada cuando localizan las fuentes de polen. Durante la
danza la abeja vuelve a representar de forma sintética el viaje y el
descubrimiento que acaba de hacer. La exploradora comunica así a sus hermanas
las informaciones esenciales: la dirección, la distancia y la calidad del lugar
que ha visitado. Y durante las «audiciones», la elección se restringe. Las
demás abejas (que no son exploradoras), convencidas por el entusiasmo de la
primera, irán a valorar el terreno. Habitualmente, por la mañana del segundo día,
no quedan más que cuatro opciones en liza, y poco después, dos. A mediodía, el
enjambre entona una especie de cántico de partida mediante unas vibraciones
cada vez más agudas. Entonces cesa la exploración y, al cabo de una media hora
aproximadamente, el enjambre completo vuela hacia su nueva home sweet
home. La pregunta que se plantea es: ¿cómo se ha tomado la decisión?
Thomas Seeley, siguiendo a sus maestros, trata de describir el mecanismo
confirmando que se trata de una especie de «buzz». Por una parte, la actividad
frenética de las exploradoras anima a las otras a ir al lugar y echar un
vistazo; si estas le dan un like, se lanzarán a su vez a una danza
frenética que contribuirá a aumentar el número de followers. Al
mismo tiempo, las partidarias de otros lugares se van cansando de defender su
causa sin siquiera haber ido a visitar la localización defendida por las otras.
Y frente al entusiasmo de estas, irán agitándose cada vez menos, y aunque no
cambian de parecer, se resignarán a abandonar su primera elección.
Pero ¿cómo saben las abejas que, en un momento dado, se ha tomado la decisión y
que deben partir? ¿Hay un voto, o, al menos, una especie de confusa sensación
de mayoría que hace que el conjunto se incline en un sentido y no en otro? Para
intentar responder, Seeley pone en práctica el experimento siguiente, inspirado
por su maestro Lindauer: sitúa una colmena en una isla de Maine desprovista de
cavidades naturales. A continuación, fabrica dos refugios artificiales
exactamente iguales, muy atractivos ambos para un enjambre en busca de nido.
Pero los sitúa opuestos entre sí y a una distancia equivalente respecto al
enjambre. Ante este dilema corneliano (dilema insoluble), el enjambre permanece
indeciso durante largo tiempo y, hasta el último momento, el número de danzas a
favor de uno u otro lugar es más o menos igual. Algunas exploradoras utilizan
incluso contra el otro campo una señal especial —«¡Stop. No pasar!»— cuando una
libadora descubre un predador o un peligro en una fuente de néctar atractiva.
Seeley pone como ejemplo la famosa imagen del asno de Buridan, que, dudando
entre el agua y la avena que tenía ante sí, acaba muriendo de hambre y sed.
Si el enjambre no muere, siempre termina tomando una decisión, incluso cuando
la tarea se complica. Claro que, en ocasiones, ha sucedido que, en el momento
del despegue, el enjambre se divida y parta en dos direcciones opuestas. Pero,
rápidamente, «se da cuenta» de la escisión y vuelve a la casilla de salida.
Según Seeley, esto demuestra que las abejas no son sensibles a una lógica
mayoritaria, sino que funcionan por consenso, incluso por conformismo. Renueva
el experimento con cinco refugios idénticos, lo que sumerge a las abejas en la
mayor perplejidad, pues necesitan mucho más tiempo para decidirse. Sin embargo,
la elección se produce: el autor señala entonces que hace falta una especie de
quórum de, al menos, veinte exploradoras a favor para decidir un lugar.
Esta constatación lleva a Thomas Seeley a comparar el enjambre con un cerebro
en el que las abejas serían las neuronas. Según él, entre ellas se produce,
como también ocurre en un cerebro, un doble proceso de excitación (las danzas
frenéticas) y de inhibición (el cansancio progresivo de las partidarias de
parajes menos interesantes) que, tras un episodio en el límite (quórum),
provoca una acción motriz (el enjambre emprende el vuelo). Todos nosotros hemos
pasado por esta experiencia: por la mañana, suena el despertador; hay que
levantarse, pero te quedas en la cama; después, sin que seas del todo consciente,
te encuentras de pie dispuesto a afrontar el nuevo día. La decisión de
levantarse se ha tomado gracias a una labor «infraconsciente» con una lógica
bastante similar a la de un enjambre migrador. En el fondo, si se puede hablar
tan fácilmente de «inteligencia en enjambre», es porque la inteligencia es
un enjambre, o un «examen de conciencia», por volver a la etimología latina
del término examen (enjambre)[266]. En todo
caso, es lo que permite a Thomas Seeley hablar de la «democracia de las
abejas», alabando así su capacidad de tomar buenas decisiones (o sea, las
mejores para la colectividad) de forma perfectamente consensuada.
Pero es aquí también donde aparece el límite de la analogía, que reposa en un
doble deslizamiento conceptual: enjambre = cerebro = ciudad. Ahora bien, la
descripción, apasionante en el plano etimológico, se vuelve incierta cuando se
pasa al plano de la filosofía política, ya que es un profundo error definir la
democracia como «ausencia de jefe» o como «toma de decisiones consensuada». En
realidad, cuando es posible la decisión consensuada, no hay absolutamente
ninguna necesidad de democracia. La democracia se define por el espacio público
que esta instaura entre el Estado y la sociedad civil, espacio que se dedica a
proteger lo mismo del primero que de la segunda. En relación al primero, se
trata de luchar contra los abusos de poder; respecto a la segunda, conviene
evitar el triunfo de los intereses particulares, cualesquiera que estos sean
(económicos, ideológicos, morales, etcétera). Estamos aquí muy lejos de la
colmena[267]. Y es
precisamente porque la ciudad no es una colmena, por lo que se necesita una
democracia; y como la decisión no se puede tomar de forma directa, los
procedimientos institucionales deben elaborarse con la esperanza de alcanzarla.
El gran problema de la democracia contemporánea es que siempre se mide con el
rasero de un ideal de democracia directa que nunca ha existido (ni siquiera en
la Grecia del siglo V a. C.) ni existirá jamás (ni siquiera en la futura
república numérica). Se la sigue rechazando, ya sea en nombre de un pasado
mítico o de un porvenir radiante, pero nunca se la llega a valorar por aquello
que nos permite evitar y que no ha vuelto a aparecer desde el momento en que se
instaló: el conflicto permanente, la desigualdad de derechos, el reinado de la
relación de fuerzas, el orden moral, la obligación de participar en todo o la
prohibición de participar en nada.
Pero la diferencia más esencial se encuentra entre el pueblo de la colmena y el
de una ciudad: este, al contrario que aquel, no designa una entidad sustancial,
sea esta máquina u organismo, sino un método a poner en práctica. Tomado en
este sentido «procesal», el pueblo se define por cuatro momentos fundamentales[268]. Para que
haya «pueblo democrático», es preciso… 1) elecciones libres; 2) una
deliberación pública y abierta (que implique que se pueda cambiar de opinión);
3) una decisión política, y 4) un rendimiento de cuentas. Estos cuatro momentos
son necesarios para hablar de democracia (incluso aunque tomen formas muy
distintas en la historia y en el tiempo), y cuando uno de ellos falta, el
dispositivo no funciona. Ninguna de estas etapas se respeta en ninguna decisión
de la colmena: no intervienen ni la norma de la mayoría, ni la deliberación, ni
la decisión (que puede ser mala o arbitraria), ni el rendimiento de cuentas. Y
esto es porque la individualidad no tiene ningún valor (véase polinización
núm. 21 y florilegio núm. 22). Ciertamente, podemos decir que la deliberación
de los humanos tiene una forma un poco más elaborada si se la compara con la de
las abejas. Pero incluso esto es un contrasentido. El debate democrático implica
unas condiciones que jamás se han dado en la colmena: la posibilidad de cambiar
de opinión, de no tenerla, de ser totalmente indiferente o de rechazar el orden
general. Y más aún, está implícito el hecho de que es posible ser mentiroso,
falaz, actuar de mala fe, ser partidista, parcial, hipócrita… sinvergüenza.
Puesto que todo esto es posible y, con frecuencia, real, es necesaria la
democracia, y por eso es tan difícil llevarla a cabo. Además, el hecho mismo de
que se puedan imitar los procesos de decisión de los insectos mediante
programas informáticos muestra los peligrosos límites de la analogía: ¿quién
estaría dispuesto a vivir en una democracia que funcionase como un software?
De modo que ahora vemos los inconvenientes del modelo de «inteligencia en
enjambre» (o inteligencia en red), ya que que estamos tentados de extender su
uso al conjunto de la sociedad humana. La imagen del enjambre es muy
clarificadora para describir procesos puntuales, pero se transforma en
terrorífica cuando se instala en el ideal sociopolítico. Añadamos que, si la
inteligencia se desarrolla bien en enjambre, también podría ocurrir que, al
menos entre los humanos, la estupidez y la insignificancia utilizasen el mismo
modo de funcionamiento…
Debemos intentar mantenernos prudentemente rigurosos y evitemos tomar demasiado
en serio los encantos del lirismo: no esperemos de la colmena ni una
regeneración de la democracia ni una reinvención del capitalismo. Su
exploración puede ser fascinante; su funcionamiento puede proporcionar ideas y
alimentar los debates, pero nunca encontraremos en ella la menor respuesta
tangible para resolver los grandes retos de nuestro tiempo… ¡Por desgracia!
¿La colmena o la abeja? ¡Busquemos al individuo!
Cuando
se le pregunta a un apicultor acerca de su «ganado», nunca os dirá el número de
abejas que tiene, sino el número de colmenas. En caso de que aparezca algún
problema sanitario, no se inquietará por el estado de salud de tal o cual
abeja, sino por el de la colmena en su conjunto. De modo que la colmena es la
unidad base: «Una especie de organismo compuesto de abejas-células donde las
obreras representan los órganos de base y digestión, y la reina y los zánganos,
los órganos reproductores» (Johannes Mehring [1815-1878], citado por Jürgen
Tautz). Sin embargo, la abeja parece tener una vida propia, un comportamiento
relativamente autónomo y, sobre todo, sabe adaptarse a situaciones únicas y
excepcionales, incluso aunque esté aislada. De modo que podemos preguntarnos:
¿quién es el verdadero individuo, la abeja o la colmena? Esta pregunta sobre la
fuerza y el tipo de nexo que une a cada abeja con el conjunto de la colonia es
antigua, pero, para atenernos a los modernos, podemos decir que se han diseñado
sucesivamente tres modelos. En primer lugar, hubo un modelo mecanicista y la
colmena sería una especie de reloj especialmente bien concebido (es la solución
de Buffon). También se la ha imaginado siguiendo el modelo de una planta, es
decir, un ser organizado mediante una individualidad relativa, ya que la
mayoría de las plantas pueden ser multiplicadas hasta el infinito, ya sea por
división, clonación, desqueje u otros métodos. En realidad, una abeja puede
pasar perfectamente de una colmena a otra, sobre todo si está cargada de néctar
o de polen, y una colmena se reproduce por simple división mediante la
enjambrazón. Pero, finalmente, hay un tercer modelo, orgánico y sistemático,
que parece haberse impuesto pensando en la unidad de la colmena, que
constituiría una totalidad, a la vez trascendente e inmanente, respecto a sus
partes: inmanente porque un enjambre no existe sin abejas, y trascendente
porque no basta con reunir a ochenta mil abejas para tener un enjambre. Henri
Bergson (1859-1941) formulaba a la perfección esta idea cuando señalaba
en La evolución creadora (1907): «Cuando vemos a las abejas de
una colmena formar un sistema tan estrechamente organizado que ningún individuo
puede vivir aislado pasado un cierto tiempo, aunque se le proporcionen
alojamiento y alimento, ¿cómo no reconocer que la colmena es realmente, y no
metafóricamente, un organismo único en el que cada abeja es una célula unida a
las demás por lazos invisibles?». Algunos investigadores han ampliado está
reflexión elaborando para la colmena el concepto de «superorganismo». Es el
caso del biólogo estadounidense William Morton Wheeler (1865-1937), quien en su
obra titulada Les sociétés d´insectes. Leur origine, leur
évolution (1926), consideraba que la colmena era un sistema de
coordinación complejo de elementos con una autonomía relativa. Para poner un
ejemplo, el investigador americano Mark L. Winston (La biologie de l´abeille,
1993) mencionaba el asunto de la regulación térmica de la colmena. Se comprobó
que en el centro de un nido de carrocha se mantenía una temperatura constante
de 35 grados centígrados. Cuando la temperatura tiende a aumentar, se provoca
una refrigeración mediante la estimulación de las libadoras para que lleven
agua, y a través de la ventilación del nido: «El concepto de superorganismo
dice que un determinado comportamiento implica una reacción al
sobrecalentamiento en la colonia, mientras que la hipótesis del individuo
obrero pretende decir que las obreras que aceptan el agua (incitando así a las
libadoras a seguir con su aprovisionamiento) la utilizan simplemente para
refrescarse y paran de aceptar el agua cuando se han refrescado
suficientemente». Lo mismo ocurre con las ventiladoras situadas en la entrada
de la colmena: ¿entrarían en acción simplemente para refrescarse ellas
(hipótesis del individuo abeja), o lo hacen por la percepción de las
vibraciones creadas por la ventilación de las abejas del interior (hipótesis
del superorganismo)?
Rémy Chauvin, en su Traité de biologie de l´abeille, también
plantea esta cuestión a propósito de la construcción de los panales. ¿Es el
panal un trabajo social o el resultado de una serie de trabajos individuales
independientes? Existe una primera fase de descoordinación con depósitos de
cera aleatorios que servirán de base a los futuros panales. Pero, después, poco
a poco el conjunto se organiza con la destrucción de los panales demasiado
próximos unos de otros y la reorientación de otras construcciones hasta obtener
el paralelismo. Pero la stigmergiaresultante de los trabajos
individuales no puede explicarlo todo: «En efecto —escribe Chauvin—, puede
demostrarse la existencia de un fenómeno social por medio de la actividad
constructora […], de la existencia de una coordinación y de una especie de
integración de las actividades individuales de cada insecto en el grupo de
trabajo»: las abejas se colgarán unas de otras por las patas, y la forma ovoide
de este racimo de abejas anticipa la próxima evolución del panal. Debido a
estos racimos que ocultaban la construcción, Huber pensó en incitar a las
abejas a edificar de abajo a arriba. El racimo permite una continuidad en la
construcción, cualesquiera que sean las abejas que lo compongan; algunas abejas
pueden abandonarlo y otras pueden unirse sin que se modifique su forma.
Jürgen Tautz, en L’étonnante abeille, opta claramente por la
tesis del superorganismo al desarrollar una analogía sorprendente entre la
colmena y el cuerpo de un mamífero: cada colmena en su conjunto funcionará como
un mamífero. Ambos tienen una tasa de reproducción poco elevada, alimentan a
sus pequeños mediante una secreción glandular apropiada (la leche o la jalea
real) y ofrecen a sus descendientes en gestación un universo muy protector y
termo-regulado, ya que el racimo de abejas desempeña aquí exactamente el mismo
papel que el útero en los mamíferos. Como un mamífero, ese superorganismo que
es la colonia de abejas posee unas capacidades de aprendizaje y unas aptitudes
cognitivas que le garantizan una gran independencia ante las modificaciones
puntuales del medio. Finalmente, en los dos casos tenemos unidades mortales no
reproducibles, las células corporales somáticas de los mamíferos y de las
abejas obreras que sirven de soporte a las unidades reproducibles, que son las
células sexuales de los mamíferos y las reinas y zánganos de la colmena. Desde
esta perspectiva de superorganismo, los panales se describen como un órgano de
la colonia, esencial y con múltiples funciones; no solo las identificadas hace
mucho tiempo, como, por ejemplo, el almacenamiento de provisiones y la guardería
para los bebés-abeja, sino también la de crear una red de comunicaciones a
través del sesgo de las vibraciones que llaman a las observadoras a asistir a
las danzas, la de almacenaje de información mediante ciertas señales químicas,
e incluso la de actuar como barrera de defensa frente a los patógenos. A través
de estos ejemplos vemos que, a pesar de las profundas semejanzas, la
identificación de una colonia de abejas con un organismo no puede ser total. El
nexo que une a una abeja con el conjunto de la colmena solo puede ser, en
contra de lo que escribe Bergson, analógicamente identificado al que une una
célula con un organismo. Una colonia de abejas y un organismo son dos sistemas
próximos, comparables en muchos sentidos, pero muy diferentes. Por eso, el
concepto de «superorganismo», que contempla a un tiempo estas semejanzas y
diferencias, nos parece especialmente adecuado.
«Las
abejas han sido para nosotros lo mismo que las nubes;
cada cual ve en ellas lo que desea ver».
DORAT-CUBIÈRES (1752-1820), Les abeilles ou l´heureux gouvernement (1793)
Al
término de este recorrido por la colmena de los sabios, hemos de confesar que
para nosotros el viaje ha supuesto una verdadera sorpresa. Cuando nació la idea
de esta exploración «meliso-filosófica», hace aproximadamente veinte años, no
nos hacíamos una idea ni de su amplitud ni de su duración. La omnipresenciade
la abeja en la mayor parte de los momentos clave de la historia del pensamiento
occidental nos fue impresionando a medida que avanzábamos en nuestras lecturas
y descubrimientos. A la menor peripecia, polémica o transición, allí estaba
ella, como testigo privilegiado de la epopeya del espíritu. Incluso si dejamos
de lado su papel en la infancia y educación de Zeus, la encontramos en el
origen de la filosofía, ya que su talento como geómetra y su buen gobierno no
podían dejar indiferentes a los pensadores griegos. Después volvemos a verla en
Virgilio, acompañando el comienzo del Imperio romano y su ebullición
intelectual. Con Clemente y Orígenes participa en el nacimiento de la
patrística cristiana. Con Porfirio lanza la inmensa disputa medieval de los
Universales. Con Urbano VIII apadrina los primeros pasos del microscopio y de
la ciencia moderna. Con Swift reaviva el debate entre Antiguos y Modernos, y
más tarde, contribuye en mayor o menor medida a todas las grandes revoluciones
políticas, ya sea la inglesa, la norteamericana, o la francesa, sin olvidar su
lugar de invitada de honor en la consagración de Napoleón o su evocación en las
«Primaveras de los Pueblos» de 1848. Nutre a continuación la poesía romántica,
luego la simbólica, pero también el pensamiento de la era industrial. Y la
encontramos movilizada de nuevo, ya en nuestros días, en la revolución de
Internet, en las esperanzas de una democracia participativa o en los desafíos
que plantea un desarrollo sostenible. Y todo eso sin contar a los muchos que
habremos olvidado en este libro. En resumen, tenemos aquí los hitos de una
historia apícola del pensamiento y la cultura occidentales. En cada etapa,
encontramos a nuestro simpático animal en el meollo de las grandes cuestiones,
sean estas la diferencia hombre/animal, la distinción sociedad/organismo, la
pareja naturaleza/cultura, el origen de la vida, la relación con lo divino, el
gobierno de la ciudad, el lenguaje y la comunicación, el cuerpo y el espíritu,
la definición de la inteligencia… De hecho, creemos que proporciona un
excelente hilo conductor para un programa de filosofía de último curso.
Pero lo que más nos ha sorprendido es tanto la perennidad de los usos
filosóficos de la abeja como su extraordinaria variedad. La abeja es una «chica
para todo», y a pesar de la aparición de nuevas problemáticas y realidades,
nunca desaparece del todo. Al tiempo que existe una clara obsesión por su
desaparición, también persiste la idea de que su modo de vida es un modelo
de vida (o un contramodelo). Todo en la abeja resulta
fascinante: su organización política perfecta, su existencia en armonía con la
naturaleza y su situación de intermediaria entre los diferentes órdenes del
mundo, que permite articular y comprender.
Pero, a pesar de esta perennidad, nuestra abeja simbólica, al
relacionar niveles, órdenes y dimensiones, no tiene nada de inmóvil. Nunca cesa
de ejercitar su oficio con una inventiva siempre renovada que encontramos hoy
en muchas de las expresiones corrientes. Así, su zumbido ha producido tanto
el buzz de la era de Internet, más bien pacífico, como el dron
(«abejorro» en inglés), a veces guerrero. Detestamos que los políticos o los
medios de comunicación nos «ahúmen» como a un enjambre al que se debería
adormecer; y cuando pasamos un «examen», sea este médico, académico o de
conciencia, jamás olvidamos que se trata de «hacer salir algo» tal como un
enjambre (examen en latín) sale de su colmena… Resumiendo, vivas o
muertas, las metáforas siguen activas, incluso en nuestro universo tecnológico
y urbano, muy alejado, aparentemente, de las realidades apícolas.
Pero solo en apariencia, pues la abeja, amenazada en el campo, ha invadido las
ciudades: ya se la «vende» como garantía de un «desarrollo sostenible» o como
un suplemento espiritual para todo lo referente a la «vida moderna» y urbana.
En París están presentes —de forma simbólica— en los Jardines de Luxemburgo
desde 1872; en el tejado de la Ópera Garnier desde 1983, y muy recientemente,
desde 2013, sobre la sacristía de Notre-Dame de París y de la Asamblea
Nacional. Y la opinión, cuando menos paradójica, que empieza a extenderse es
que las ciudades serán el último refugio de las abejas expulsadas de un campo
que se ha vuelto demasiado tóxico para ellas.
El mundo económico no le va a la zaga: el London Stock Exchange (la Bolsa de
Londres) acoge desde 2011 a las abejas sobre su tejado por iniciativa de su
director, el francés Xavier Rolet. Y en el parque del edificio Challenger de la
empresa Bouygues, en Saint-Quentin-en-Yvelines, siempre están las nueve
colmenas deseadas por el fundador de la empresa, símbolo de su pasión por
construir. Podríamos multiplicar los ejemplos, pero estos nos parecen bastante
elocuentes. Del arte lírico a la piedad religiosa, pasando por los negocios y
la política… Sin duda, ahora nos hacemos una idea del carácter «ecuménico» de
los usos de la abeja.
También tendríamos que hablar de todas las instituciones que han tomado a la
colmena como modelo; por ejemplo, la Ciudad de los Artistas del distrito XV de
París, que acogió, desde 1902, a pintores como Boucher, Modigliani, Brancusi,
Léger, Chagall, etcétera; o las escuelas de inspiración libertaria y/o de artes
aplicadas, así como la referencia constante de Corbusier a la ciudad-colmena y
a sus alvéolos, o su lugar en los logos de las aseguradoras y mutuas.
En efecto, rozamos la sobredosis metafórica…
Pero esta profusión tiene su lógica, pues hay en la colmena y en la abeja una
especie de mecanismo que encontramos en todas las épocas. Intentemos, para
terminar, descubrir sus fases.
En efecto, se trata de un ciclo en cuatro etapas que se repite a lo largo de la
historia. Al comienzo hay una simple «observación» admirativa del mundo de la
colmena, pero esta nunca es neutra y se le añade, casi inmediatamente, una
comparación con el hombre. Todo ocurre como si el espectáculo de la colmena
fuese una especie de «ejercicio espiritual» que, sacándonos de lo cotidiano,
nos llevase a cuestionar la condición humana en todas sus dimensiones. De
entrada, la colmena es descrita como espejo: la abeja permite pensar en el
hombre, del mismo modo que el hombre permite pensar en la abeja. Así se
comparará la colmena con una ciudad para describir a su reina, su jerarquía y
su organización; pero se comparará también la ciudad humana con una colmena
para explicar su funcionamiento (monárquico, aristocrático, democrático) o su
disfunción (tiránico o totalitario). Igualmente se dirá que el enjambre es un
cerebro, y se podrá sostener que el cerebro es un enjambre (que, como tal,
«examina»). En esta primera etapa, la analogía se limita al descubrimiento de
las semejanzas y las diferencias.
Por otro lado, la teoría de los sistemas proporciona una base legítima a estas
comparaciones, se sitúen estas a nivel político, biológico e incluso
tecnológico (sobre todo en robótica), ecológico o informático. Allí donde nos
encontremos ante modos de organización (sociedades, familias, ecosistemas,
órganos) o donde se unifican elementos autónomos (individuos, células) puede
hacerse la comparación con las abejas. La analogía está justificada porque nos
lleva a hablar de las relaciones entre los elementos de estos sistemas, de sus
interrelaciones y no de los propios elementos. Esos sistemas, de los que la
colmena es un paradigma, se califican como dinámicos y abiertos (a su entorno)
frente a los sistemas estables y cerrados, y son, en ciertas condiciones,
susceptibles de auto-organizarse, lo que para una colmena es algo sin apenas
importancia. Hasta aquí la primera etapa.
Pero no podemos detenernos aquí. Son raros los autores que tienen la
inteligencia de limitarse a esta utilización simplemente heurística y
pedagógica de la comparación, pues rápidamente aparece una especie de tentación
modeladora y se pasa de la comparación a la idealización. Esta es la segunda
etapa. Entonces la metáfora se desboca y sigue su propia lógica… El espejo se
vuelve mágico: la imagen que devuelve no es solo un reflejo, sino un ideal para
quien se contempla en él. La colmena se convierte en ciudad perfecta; el
cerebro accede a la hiperinteligencia; el saber geométrico se vuelve inmediato;
la virtud, límpida; el conocimiento se desarrollará al ritmo de la abeja
libadora. Los autores ejemplares de esta colmena ejemplar son Thomas de
Cantimpré, Eliano, pero también Séneca cuando le habla a Nerón de la soñada
clemencia del príncipe… Y también el biólogo Thomas Seeley, quien, al hacer de
la colmena un ideal de democracia participativa, cede a esa tentación
modeladora.
Sin embargo, el proceso no ha terminado. Más allá de la idea de perfección, la
abeja puede aparecer —es el tercer estadio— como una vía de acceso a verdades
supremas, indecibles. Esta abeja casi mística es la que sugieren Pitágoras,
Virgilio, Porfirio, incluso san Agustín. Ya no es solo un ideal, sino que se
convierte en una alegoría: el pequeño insecto se transforma en la clave que permite
entrever qué hay más allá de nuestra percepción y de nuestra comprensión. Hay
mucho de trascendente en su pequeña inmanencia. Alegoría de la Trinidad para
Agustín; símbolos de las almas inmortales para Virgilio y Porfirio; microcosmos
revelador de los secretos del cosmos para Aristóteles… La abeja llega hasta lo
que antiguamente se llamaba «lo sublime», que consiste en esa experiencia
estética turbadora que, lejos de confirmar la adecuación del mundo a nuestras
esperanzas sensibles, nos revela la impotencia de nuestra capacidad de
percepción y de comprensión ante la inmensidad del universo. En efecto, hay
algo en la colmena que no cesa de rebosar sentidos que sobrepasan los nuestros.
Una vez llegados a este punto «etéreo», el globo se desinfla un poco. Es la
cuarta etapa, y este sublime inefable se vuelve un obstáculo para el
conocimiento. La naturaleza se ha cubierto con velos de tal manera que se ha
vuelto invisible. Entonces es cuando llega la abeja «grande de espíritu», la de
la fábula, cáustica, crítica y distanciada. Se recurre a la comparación, pero
ahora va acompañada de ironía. Aquí están Esopo, Fedro, La Fontaine, Fénelon y,
con toda seguridad, Mandeville. El espejo es deformante y la reflexión recupera
sus derechos frente a la poesía mística. Esta distancia humorística entre lo
real y su modelo hace que de nuevo sea posible una observación real y
«objetiva» del mundo de la colmena. Vuelta a la casilla de salida… antes de que
el ciclo se ponga de nuevo en marcha: comparación, idealización, sublimación y
distanciamiento crítico.
Y es la puesta al día de este proceso repetitivo lo que también nos permite
comprender; es la inquietud por el destino de la abeja la que encontramos entre
nuestros contemporáneos. Este temor es legítimo, no hay que minimizarlo, pues,
en efecto, las abejas no se encuentran bien en el nuevo medioambiente que les
«ofrecemos». No es porque hayan desaparecido de las leyendas por lo que se
debilitan en la realidad. El apicultor puede confirmarlo tanto a su hermano
filósofo como a su amigo lector: en treinta años de práctica de la apicultura,
el número de pérdidas a lo largo de un año no ha cesado de aumentar. Ya no hay
que ocultar que este temor da lugar a cuasi fraudes bajo la
cobertura de buenos sentimientos. Se encuentran en Internet dominios llenos de
dramáticas llamadas que proponen al emocionado y crédulo lector que «adopte
abejas» o financie colmenas a precios exorbitantes, todo ello, ¡claro
está!, para salvar el planeta.Ciertamente, no es así como se
ayudará a las abejas. ¡El interés por la abeja no siempre es desinteresado!
Pero, con mayor hondura, podemos decir que este temor por la abeja es la
proyección de una preocupación del hombre, pues el espectáculo de la colmena
nos devuelve dos poderosos arquetipos de la condición humana. Por un lado, la
fragilidad de un hombre mortal sumergido en un universo inmenso —hablamos de su
finitud—; por otro, el poder sobrenatural de su dominio teórico y práctico
—hablamos de su desmesura—. La tarea del apicultor, como la del filósofo, se
inscribe en el centro de esta dualidad. Aristóteles y los agrónomos romanos
preconizaron la búsqueda de la justa medida y del equilibrio en la colmena, y
sus recomendaciones siguen formando parte de las preocupaciones del apicultor
actual. Así, por ejemplo, los Antiguos concedían gran importancia a la gestión
del espacio en la colmena, y, de hecho, cierto confinamiento ayuda a las abejas
a soportar los rigores del invierno y a recuperarse a principios de la
primavera, pero, si se prolonga demasiado, la colmena enjambrará. Una colmena
demasiado débil no realizará su recolección y es preciso reforzarla, pero,
atención, si está demasiado poblada, enjambrará igualmente. Por el contrario,
si las condiciones meteorológicas no son favorables, nos encontraremos con la
finitud e impotencia del hombre frente a la naturaleza y el mantenimiento de
este bello equilibrio habrá sido totalmente en vano: condición necesaria, pero
insuficiente.
Excesiva finitud implica sumisión y servidumbre voluntaria; excesiva desmesura
produce el fantasma prometeico de la omnipotencia y, a fin de cuentas, de la
autodestrucción.
Entre estos dos trágicos escollos, la humana condición está abocada a trazar su
camino sin lograr jamás ni suprimirlos ni conciliarlos completamente. Ahora
bien, la abeja —esta es su función filosófica— nos presenta el sueño de una
armonización efectiva de la pequeñez y de la grandeza, de la humildad y de la
potencia. Con esta miel sutil y consoladora es con la que el filósofo gusta
alimentarse, olvidando, quizá, que no hace sino proyectar en la naturaleza el
fruto de su autorreflexión inquieta. Pues la miel une —«pega», como se dice en
el sur—. Es decir, reúne a los hombres, los conocimientos, los órdenes, las
ideas y los gustos. También nos recuerda que saber, sabiduría y sabor tienen un
origen común (sapere) para el Homo sapiens. Puede
que por ello su productora, la abeja, haya sido, es y será siempre un
formidable aguijón del pensamiento.
Montregard
y París, febrero de 2015
Florilegio número 1
La abeja extraterrestre de Fontenelle
—En
un planeta del que aún no os diré el nombre, hay unos habitantes muy vivos,
laboriosos y hábiles. Solo viven del pillaje, como algunos de nuestros árabes,
y este es su único vicio. Por lo demás, son de una inteligencia perfecta;
trabajan sin cesar de común acuerdo y con celo por el bien del Estado y, sobre
todo, su castidad es incomparable. Bien es verdad que esto no tiene mucho
mérito, porque son estériles, así que nada de sexo con ellos.
—Pero —interrumpió la marquesa—, ¿no ha supuesto que se mofaban de usted al
narraros este bello relato? ¿Cómo se perpetuaría entonces la nación?
—Nadie se ha burlado —respondí con sangre fría—. Todo lo que le he contado es
cierto, y la nación se perpetúa. Tienen una reina, que no les lleva a la
guerra, que no se mezcla en los asuntos del Estado, y cuya realeza consiste en
que es fecunda, pero de una fecundidad asombrosa. Tiene millares de hijos y no
hace otra cosa. Posee un gran palacio, compuesto por una infinidad de
habitaciones, que tienen todas ellas una cuna preparada para un principito, y
ella da a luz en cada una de estas habitaciones, una tras otra, siempre
acompañada de una gran corte, que aplaude este noble privilegio del que goza
con la exclusión del resto de su pueblo.
»Madame, la entiendo sin que hable. Se pregunta de dónde toma a sus amantes, o,
para hablar con más honestidad, sus maridos. Hay reinas en Oriente y en África
que públicamente tienen serrallos de hombres, se empareja con uno, pero con
gran misterio, y si esto señala mayor pudor, también significa actuar con menos
dignidad. Entre estos árabes que siempre están en acción, sea en su casa, sea
fuera de ella, vemos algunos extranjeros en muy corto número, que se parecen
mucho por el aspecto a los naturales del país, y que además son muy perezosos,
que no salen, que no hacen nada, y que, según las apariencias, no serían
soportados por un pueblo extremadamente activo si no estuviesen destinados a
los placeres de la reina y al importante ministerio de la propagación. En
efecto, si a pesar de su corto número son los padres de los diez mil hijos, más
o menos, que la reina trae al mundo, se merecen estar exentos de cualquier otro
trabajo, y lo que termina por convencer de que esta ha sido su única función es
que tan pronto está totalmente cumplida, tan pronto como la reina ha dado a luz
sus diez mil veces, los árabes matan, sin misericordia, a estos desgraciados
extranjeros que se han convertido en inútiles para el Estado.
—¿Y, eso es todo? —dijo la marquesa—. ¡Dios sea loado! Recuperemos el sentido
común si aún es posible. De buena fe, ¿de dónde ha sacado toda esta novela?
¿Quién es el poeta que se la ha contado?
—Le repito —respondí— que no es una novela. Todo esto pasa aquí, en nuestra
tierra, ante nuestros ojos, mis árabes son solo abejas, tengo que decirle.
Entonces le informé sobre la historia natural de las abejas, de las que solo
conocía el nombre.
—Tras lo cual, como verá —proseguí—, solo transportando a otros planetas las
cosas que pasan en el nuestro, nos imaginaremos rarezas, que parecerían
extravagantes, y que, sin embargo, serían muy reales, y las imaginaríamos sin
fin, pues, para que lo sepa, Madame, la historia de los
insectos está llena de ellas.
—Lo creo firmemente —me respondió—. ¿No existen los gusanos de seda, a los que
conozco mejor que a las abejas, que nos proporcionarían personajes bastante
sorprendentes, que se metamorfosearían hasta no ser exactamente los mismos, que
se arrastrarían durante una parte de su vida, y volarían durante la otra, y yo
qué sé más? Otras cien mil maravillas que harán los diferentes caracteres, las
diferentes costumbres de todos estos habitantes desconocidos. Mi imaginación
trabaja según el plan que me ha dado, e incluso voy a componerle figuras.
—No se las podría describir, pero veo alguna cosa. Respecto a esas figuras —le
repliqué—, le aconsejo que las deje al cuidado de los sueños que tendrá esta
noche. Mañana veremos si le han servido y le han hecho comprender cómo están
hechos los habitantes de algún planeta.
(BERNARD
LE BOUYER DE FONTENELLE [1657-1757], «Tercera velada», Conversaciones sobre la
pluralidad de los mundos [1686])
La larga vida de los tratados de agronomía
El
género del «tratado de agronomía», entendido como una combinación de
observaciones de la naturaleza, consejos técnicos y reflexiones filosóficas y
religiosas, es de origen griego. Hesíodo y su obra Los trabajos y los
días son la muestra inaugural. También podemos citar a Jenofonte (h.
430-354 a. C.) y su Económico; a Teofrasto (371-287 a. C.), que
sucedió a Aristóteles en la dirección del Liceo, e incluso a Bolos de Mendes
(siglo III a.C.), cuyo célebre tratado de agricultura, largo tiempo atribuido a
Demócrito, hoy se ha perdido. Con los romanos, el género se adaptó a la edad de
oro de la República; De re rustica de Catón el Viejo (237-149
a. C.) es la única obra que nos ha llegado de este autor; por el contrario, los
textos, famosos en su tiempo, de los Saserna padre e hijo (146-57 a. C.) y de
Tremellius Scrofa (siglo I a. C.) se han perdido[269]. Pero, sin
duda, será con Varrón (116-27 a. C.) cuando el género alcanzará su apoteosis.
Tras haber sido general de Pompeyo, se convertirá en bibliotecario de César: su
saber era enciclopédico y su obra, De las cosas del campo, en
la que las abejas ocupan un destacado lugar, logrará una fama tan considerable
como duradera. Además, el libro aparece el mismo año en que Virgilio empieza la
redacción de las Geórgicas, y su influencia es evidente.
Señalemos de paso el uso que hace Varrón de una hermosa palabra, por desgracia
olvidada, para designar al apicultor: el «meliturgo», o el que hace
miel. Tras Virgilio, encontramos a Higinio (64 a. C.-17),
bibliotecario de Augusto, cuyos tratados sobre la agricultura y la abeja no nos
han llegado; Cornelio Celso (25 a. C.-50), médico reputado de cuya obra solo
quedan algunos fragmentos; Columela (siglo I); Plinio el Viejo (23-79), y,
finalmente, Paladio (siglo IV), cuyo tratado, una simple compilación de los
anteriores, se organiza en forma de calendario. Este conjunto parece bastante
coherente, ya que posteriormente la mayoría de estos autores serán reunidos en
recopilaciones que nunca dejarán de reeditarse y traducirse hasta comienzos del
siglo XX.
Además, si consultamos la edición francesa de 1864 de Agronomes
latins («Agrónomos latinos»), vemos que estos autores antiguos no han
perdido en absoluto su autoridad; según los prologuistas de esa edición, sus
consejos siguen siendo del todo válidos: «En Italia —podemos leer—, Catón,
Varrón, Columela, Paladio, son siempre los clásicos de la agricultura. La
mayoría de los procedimientos que indican se practican aún con utilidad en el
mismo suelo que ha labrado el arado de Catón. […] Estos procedimientos forman
algo así como la tradición técnica de la agricultura. También pueden
reconocerse la tradición moral en las excelentes normas de conducta que
contienen estos tratados en lo concerniente a las relaciones del amo con los
sirvientes, esclavos con los antiguos y ahora compañeros libres en el trabajo
del agricultor» Esta larga tradición se ha trasmitido sin interrupción desde
las Geopónicas, tratado compuesto a mediados del siglo X a
petición del emperador bizantino Constantino Porfirogéneta (905-959) sobre una
recopilación de obras agronómicas. Volvemos a encontramos estos textos en el
mundo árabe, especialmente en Andalucía, donde serán traducidos y adaptados.
Así el Compendio de agronomía del médico de Córdoba Abulcasis
(Abú el-Qásim el-Zahráwi, fallecido en 1010), o bien en el Libro de la
agricultura, de Ibn el-Awwam (finales del siglo XII). Y también
debemos citar la aparición, en 1472, en Venecia, bajo el título Scriptores
Rei Rusticae (o Libri de re rustica), de una recopilación
de textos de Catón, Varrón y Columela sobre agricultura, que conocerá múltiples
ediciones. A través de los textos de estos autores se transmitirá durante mucho
tiempo el conocimiento del mundo de la colmena.
Las abejas de Virgilio y la inmortalidad del alma
La
comparación entre las abejas y las almas se va a prolongar de forma duradera en
el tiempo. La encontramos en contextos muy diferentes, tanto en Fénelon como en
Jules Michelet.
• Fénelon, Demostración de la existencia de Dios, extraída del
conocimiento de la Naturaleza y adecuada a la débil inteligencia
de los más simples (1718). Primera parte:
La filosofía de los antiguos, aunque muy imperfecta, había [considerado] que el
espíritu divino, extendido por todo el universo, consistiría en una sabiduría
superior que actúa sin cesar en toda la naturaleza, y, sobre todo, en los
animales, como las almas actúan en los cuerpos; y que esta impresión continua
del espíritu divino, que el vulgo llama instinto, sin comprender el verdadero
sentido de este término, fue la vida de todo lo que vive. Añadían que esos
destellos del espíritu divino eran el principio de todas las generaciones; que
los animales los recibían en su concepción y en su nacimiento, y que en los
momentos de su muerte, estas partículas divinas se separaban de toda la materia
terrestre para volar al cielo, donde giraban entre los astros. Es esta
filosofía, a un tiempo tan magnífica y tan fabulosa, la que Virgilio expresa
con tanto ingenio a través de estos versos sobre la abeja, donde dice que todas
sus maravillas admirables había hecho afirmar a muchos que estaban animadas por
un soplo divino y por una porción de la Divinidad; con la convicción que tenían
de que Dios llena la tierra, el mar y el cielo; que es de donde las bestias,
los rebaños y los hombres reciben la vida al nacer; y que allí es donde todas
las cosas entran y vuelven cuando se destruyen, porque las almas, que son el
principio de la vida, lejos de ser aniquiladas por la muerte, vuelan entre los
astros y establecen su morada en el cielo.
• Jules Michelet, en su obra Les insectes (1858), retomará
esta idea (véasecapítulo XXIII, «Las abejas de Virgilio»):
Todos los modernos han alardeado la ignorancia de Virgilio y de su fábula de
Aristeo, que extrae la vida de la muerte y hace nacer a sus abejas del flanco
de los toros inmolados. Yo jamás me reí. Sé y siento que toda palabra de este
gran poeta sagrado tiene un valor muy grande, una autoridad que llamaría
augural y pontifical. El cuarto libro de las Geórgicas fue una
obra santa, salida de lo más profundo del corazón. Era un piadoso homenaje a la
desgracia y a la amistad, el elogio de un proscrito de Galo, el más querido
amigo de Virgilio. Este elogio fue ocultado, sin duda, por el prudente Mecenas.
Y Virgilio lo sustituyó por su resurrección de las abejas, ese canto lleno de
inmortalidad, que en el misterio de las transformaciones de la naturaleza
contiene nuestras mejores esperanzas: que la muerte no es una muerte, sino una
nueva vida que comienza.
Y Michelet pone como prueba este episodio sacado de su propia existencia: el 28
de octubre de 1856, mientras se dirigía al cementerio del Père-Lachaise a
visitar la tumba de su hijo, tuvo la sorpresa de ver revolotear, alrededor del
sepulcro, algunas abejas brillantes. De hecho, demasiado brillantes; no eran
abejas, sino espíritus. Estas «nobles abejas virgilianas […] se asocian con los
muertos, y, para los vivos, recogen esa miel del alma, la esperanza del
futuro».
¿Cómo animar a un joven príncipe a hacer sus deberes de latín?
El
método de Fénelon (1651-1715), preceptor del joven duque de Borgoña, príncipe
heredero de Francia, se consideraba infalible. En una de sus fábulas («Aristeo
y Virgilio») imagina a Virgilio llegando a los infiernos. Acogido por un
Aristeo entusiasta, este le advierte de que corre el riesgo de provocar el
resentimiento de Orfeo, el recelo de Homero y, sobre todo, la envidia de
Hesíodo, a quienes ha osado desafiar en el terreno del poema agrario.
Sin embargo, llegado al mundo de las tinieblas, todos callaron para escuchar
los versos recitados por Virgilio:
Los cantó primero con modestia, después con arrebato. Los más celosos
sintieron, a pesar de todo, una dulzura encantadora. La lira de Orfeo, que
había encantado a rocas y bosques, se le escapó de sus manos y lágrimas amargas
brotaron de sus ojos. Homero olvidó, por un momento, la magnificencia de
la Ilíada y la agradable variedad de la Odisea.
[…] Hesíodo, emocionado, no podía resistirse a su encanto. Finalmente,
volviendo un poco en sí, pronunció estas palabras llenas de envidia e
indignación: «¡Oh, Virgilio! Has hecho unos versos más duraderos que el hierro
y el bronce. Pero predigo que un día se verá a un niño que los traducirá a su
lengua y que compartirá contigo la gloria de haber cantado a las abejas».
Y ahora, señor duque… ¡a la tarea!
El enjambre y la hipóstasis según Proclo
El
neoplatónico Proclo (412-485), en su Comentario sobre Parménides (libro
III), cita y comenta los Oráculos caldeos, recopilación de teúrgia
(o magia), publicado en griego hacia el año 170. Una vez más, la abeja permite
pensar sobre el origen y la naturaleza profunda de las cosas:
La razón del padre, habiéndolas concebido, mediante un poderoso mandato, ha
hecho salir a las ideas con todas sus formas, y así han volado y se han lanzado
desde una única fuente. Pues es del padre de donde provienen la voluntad y la
realización: pero divididas por el fuego intelectual, se han repartido en otras
ideas intelectuales: pues, al principio, el rey impuso al mundo polimorfo un
tipo intelectual indestructible. Pero el mundo, empeñado en seguir con orden
las huellas, apareció revestido de una apariencia y adornado de mil formas
bellas. De estos mundos no hay más que una única fuente, de donde surgen las
demás fuentes, divididas hasta el infinito, fraccionándose en el cuerpo del
mundo y que, semejantes a los enjambres de abejas, son llevadas en receptáculos
infinitos y en ellos se transforman, por así decirlo, las unas de un modo, las
otras de otro; estas son las Ideas intelectuales, surgidas de la fuente
paternal, que se han apoderado del inmenso poder del fuego. Es esta fuerza
primigenia y perfecta del padre la que, en el momento en que el tiempo, que no
duerme jamás, estaba en la flor de su fuerza, hizo surgir estas Ideas, las
primeras nacidas de Todo.
Tras esta larga cita de los Oráculos, veamos el comentario de
Proclo:
Profundizando en estas nociones, se podrían ver muchas otras cosas referentes a
la interpretación de estos divinos pensamientos. Pero en el momento presente
solo diremos esto: así es como los Dioses confirman con su testimonio los
conceptos de Platón, llamando Ideas a estas causas intelectuales, y diciendo
que el mundo está impregnado del diseño que ellas le dan. Así pues, si los
argumentos nos persuaden a admitir la hipótesis de las Ideas, y si los Sabios
se han puesto de acuerdo sobre el tema, Platón, Pitágoras, Orfeo, y si los
dioses confirman esta opinión por sus testimonios, no nos debemos inquietar por
los argumentos sofísticos que se refutan a sí mismos y no dicen nada sólido ni
fundado sobre un razonamiento científico. Pues los Dioses nos han dicho que son
las concepciones del Padre, ya que permanecen en los pensamientos del Padre;
que intervienen en la demiurgia del mundo; pues la procesión solo es el acto
impetuoso que las ha hecho salir; que asumen todas las formas, ya que envuelven
las causas de todas las cosas divisibles; que las Ideas fuente proceden de
otras que, en su lote, han recibido por partes, la demiurgia del mundo —son
estas las que se dice que se asemejan a los enjambres de abejas— y que son
generadoras de cosas inferiores».
¿Cómo abandonar lo sensible?
Este
es el programa que debe seguir el «aprendizaje», y comienza por las prácticas
alimenticias que Porfirio describe y justifica en su obra Sobre la
abstinencia[270] (I,
30-31):
I, XXX. En primer lugar, es preciso renunciar a todo aquello que nos liga a las
cosas sensibles y a todo lo que alimenta las pasiones, y no ocuparse más que de
lo espiritual; pues nos parecemos a aquellos que abandonan su patria para ir a
un país extranjero donde se familiarizan con las leyes y costumbres de los
bárbaros. Cuando deben volver a sus casas, han de preocuparse por algo más que
el viaje que deben hacer: para ser mejor recibidos, buscan deshacerse de todos
los modales que hayan podido contraer y vuelven a recordar lo preciso para
resultar agradables en su ciudad natal. Del mismo modo, nosotros, que estamos
destinados a volver a nuestra verdadera patria, hemos de renunciar a todos los
malos hábitos que aquí hayamos adquirido; y debemos volver a recordar que somos
sustancias felices y eternas, destinadas a volver al país de las inteligencias
donde no hay nada sensible. Así pues, es preciso que estemos continuamente
ocupados en estos dos objetivos, despojarnos de todo lo material y mortal, y
disponernos a volver allí de donde hemos venido, sin que nuestra alma haya
sufrido en esta morada terrestre. Al principio, éramos sustancias inteligentes,
libres de todo lo sensible; después hemos sido unidos a unos cuerpos, ya que
superaba a nuestras fuerzas el conversar eternamente con lo que solo era
intelectual. Las sustancias inteligentes se corrompen pronto, cuando se han
unido a cosas sensibles: ocurre como en una tierra en la que solo se ha
sembrado trigo y donde, sin embargo, se produce cizaña.
XXXI. Así pues, si deseamos volver a nuestro primer estado, es preciso que nos
separemos de todo lo que es sensible, que renunciemos a todo lo que es
contrario a la razón, que nos liberemos de todas las pasiones, en la medida en
que lo permita la debilidad humana; solo debemos aspirar a perfeccionar el
alma, a imponer silencio a las pasiones con el fin de que, al menos en la
medida de lo posible, llevemos una vida plenamente intelectual. Es por ello por
lo que es necesario que nos despojemos de esta envoltura terrestre; pues hay
que estar desnudo para combatir bien: y nuestra atención debe dirigirse no solo
hacia las cosas que han de servirnos de alimento, sino a reprimir los deseos;
pues, ¿de qué serviría renunciar a las acciones si se dejan subsistir las
causas?
El elogio de la abeja, por Basilio de Cesarea
En
su comentario sobre los seis días de la Creación (Hexameron)[271], Basilio
de Cesarea (330-379) habla de la aparición de las aves (8ª homilía), de las que
los insectos voladores, según los Antiguos, formaban parte. Este texto sobre
las abejas ofrece un tema al que se volverá constantemente en el curso de los
siglos siguientes.
Algunos de estos animales tienen un verdadero gobierno, ya que lo que
caracteriza propiamente a una administración es que todos los individuos reúnan
sus fuerzas por un interés común. Esto es lo que se aprecia en las abejas. Su
morada es común, salen en común con el mismo objeto; su ocupación es la misma;
y lo principal de todo, es que trabajan al mando de un rey y de un jefe, no
osan nunca salir a los prados antes de ver al rey darles ejemplo. El rey no es
elegido por el sufragio del pueblo, pues la ignorancia del pueblo con
frecuencia eleva al principado al hombre más malvado; no hacen que su autoridad
recaiga en la suerte, ya que el capricho de la suerte, con frecuencia, confiere
el imperio al último de todos; no se sienta en el trono por sucesión
hereditaria; porque con demasiada frecuencia, los hijos de los reyes, echados a
perder por la adulación y corrompidos por los placeres, están privados de
inteligencia y virtud; es la naturaleza la que le confiere el derecho a mandar
sobre todos, siendo distinguido entre los demás por su tamaño, su aspecto, por
la dulzura de su carácter. El rey tiene un aguijón; pero no se sirve de él para
satisfacer su venganza. Es como una ley de la naturaleza, una ley no escrita,
que cuanto más elevado se está en un gran poder, menos dispuesto se está a la
venganza. Las abejas que no imitan el ejemplo del rey, son castigadas en el
acto por su temeridad, ya que mueren al lanzar su aguijón. Que estén atentos
los cristianos, a los que se ha ordenado que no devuelvan jamás mal por mal,
sino que venzan al mal por medio del bien (Rom 12, 17 y 21).
Imitad el carácter propio de la abeja, que forma sus panales sin perjudicar a
nadie y sin robar el bien de otro. Esta recoge abiertamente la cera de las
flores; y sorbiendo con su trompa la miel que se ha extendido por las mismas
como un dulce rocío, la deposita en los huecos de los panales. Esta miel al
principio es líquida; pero al formarse con el tiempo, toma finalmente la
consistencia y la dulzura que le son propias. El libro de los Proverbios proporciona
a la abeja la más adecuada de las alabanzas, llamándola hábil y laboriosa (Prov6,
8). Tan pronto da muestras de actividad recogiendo por todas partes su
alimento, actividad de la que los príncipes y el vulgo recogen sus frutos saludables,
como demuestra el arte de construir y disponer las celdillas de su miel. Estas
celdillas, multiplicadas y contiguas unas con otras, están hechas de una cera
extendida como una membrana sutil. En sí mismas son endebles, pero, unidas
todas juntas, se sostienen mutuamente. Cada cual sostiene a la otra mediante un
murito medianero que las une y las separa. Situadas unas debajo de otras,
forman varios pisos. Este animalito se cuida mucho de no construir más que un
solo almacén en todo el espacio, por temor a que el licor precioso no lo rompa
con su peso y no se derrame fuera. Observemos cómo los inventos geométricos no
son más que la copia del trabajo de la industriosa abeja. Las celdillas del
panal, todas hexagonales y con lados iguales, no cargan las unas sobre las
otras en línea recta, ya que los lados no sostenidos se encontrarían fatigados;
sino que los ángulos de los hexágonos inferiores son el fundamento y la base de
los hexágonos superiores; les ayudan a soportar el peso que está por debajo de
ellos y a guardar el tesoro líquido contenido en su recinto.
La abeja-máquina de Malebranche
En
sus Conversaciones sobre la metafísica y sobre la religión[272] (1688),
Malebranche vuelve sobre la tesis de Orígenes, que atribuye el milagro de las
abejas a un Dios benevolente y no solo a la ley de la naturaleza, pero
adaptándola a la teoría cartesiana de los animales-máquinas. En efecto, para
Descartes, los animales son como relojes, compuestos por engranajes
infinitamente pequeños. De modo que su autor es un «gran relojero».
Teodoro —[…] Recordad, Aristeo, nuestras abejas de ayer. No hay obra más
admirable que este animalito. ¡Cuántos órganos diferentes, qué orden, qué
relaciones, qué referencias entre todas sus partes! No os creáis que tienen
menos que los elefantes: aparentemente tienen más. Así, pues, comprended si es
que podéis, el número y el juego maravilloso de todos estos resortes de esta
pequeña máquina. Es la acción débil de la luz la que los suelta. Solo la
presencia de los objetos determina y regula todos los movimientos: juzgad a
través de la obra tan exactamente formada, tan diligentemente acabada de estos
animalitos, no su sabiduría y su previsión, pues eso les sobra, sino la
sabiduría y la previsión de quien ha ensamblado tantos resortes, y de quien los
ha ordenado con tanta sabiduría en relación a tan diversos objetos y a fines
tan diferentes. Con seguridad, Aristeo, seríais el más sabio de todos los
filósofos que jamás han existido si supierais exactamente las razones de la
construcción de las partes de este animalito.
Las vírgenes-abejas de san Ambrosio
El
discurso titulado Tratado de la virginidad[273] está
dirigido a las vírgenes consagradas y destinadas a la vida monástica. Ambrosio
señala la diferencia con las vestales paganas, muy alejadas de la modestia y de
la humildad requeridas para la vida cristiana.
Que tus obras sean como un panal de miel: la virginidad merece, en efecto, ser
comparada con las abejas: como ellas es diligente, pura, casta. La abeja se
alimenta de rocío: «No se dedica a la cópula, compone su miel». La virgen
también tiene su rocío: la palabra de Dios, pues las palabras de Dios descienden
como el rocío. Su pureza es la integridad de su naturaleza, su concepción es el
fruto de sus labios, carente de amargor, pleno de dulzura. El trabajo es común;
el producto es común. ¡Cómo me gustaría, hija mía, que imitases a esta abejita
que se alimenta de flores, que recoge a sus pequeños y forma su miel con su
boca! Imítala, hija mía. Que tus palabras no se envuelvan en ninguna astucia,
que no disimulen ningún fraude, sino que sean frescas y llenas de seriedad. Que
tus méritos, creados por tus labios, te aseguren una posteridad sin fin. Y no
los guardes para ti sola, sino para los demás […]. Toma pues las alas, oh,
virgen, pero las alas del espíritu, para sobrevolar los vicios, si quieres
llegar hasta Cristo, él, «que está en los cielos y dirige su mirada hacia la
tierra» (Ps 112, 5-6). Su belleza se asemeja al cedro del
Líbano, cuya frondosidad se pierde en las nubes, cuyas raíces se hunden en la
tierra. Su origen es celeste; como consecuencia, su vida en la tierra ha dado
frutos cercanos al cielo. Busca con gran cuidado una flor tan bella: quién sabe
si no la encontrarás en el valle de tu corazón, pues es en estos lugares
escondidos donde acostumbra a esparcir su perfume.
Las enciclopedias naturales en la Edad Media
El
proyecto literario e intelectual fue concebido por san Agustín. Gran admirador
de la obra de Varrón (116-26 a. C.), que había reunido el saber de su tiempo en
cuarenta y un libros (veinticinco para los asuntos humanos y dieciséis para los
divinos), esperaba que se hiciese lo mismo desde una perspectiva cristiana.
Isidoro de Sevilla (muerto en 636) fue el primero en llevar a cabo este
proyecto con sus Etimologías, donde trató de reunirlas
palabras y las cosas, las observaciones y los dogmas, a los Antiguos y a los
cristianos. Con frecuencia, poco realistas, las Etimologías son
el pretexto para exposiciones eruditas: así, la abeja (apis), debe
su nombre, según Isidoro, a su ausencia de pie (a-pes). Tras
Isidoro, vendrán Beda el Venerable (674-735) con su De rerum natura, y
Rabano Mauro (muerto en el 856), benedictino, arzobispo de Maguncia, con
su De rerum naturis. Todas estas obras dedican numerosas páginas a
las abejas como resultado de la lectura de los grandes autores latinos (Varrón,
Virgilio, Plinio y Columela). Este género enciclopédico encuentra nueva fuerza
a principios del siglo XIII, debido sobre todo al redescubrimiento de los
escritos de Aristóteles a través de los comentaristas árabes. Varias obras
aparecen casi al mismo tiempo que la de Thomas de Cantimpré: Alexander Neckham
(muerto en 1217) publica De naturis rerum; el dominico Vincent
de Beauvais (muerto en 1264), tutor del hijo de san Luis, redacta una inmensa
compilación, Espejo del mundo (Speculum mundi), cuya primera parte
aparece en 1250, y el franciscano inglés Barthelemy publica ese mismo año
el Libro de las propiedades de las cosas (Liber de proprietatibus
rerum), acompañado de preciosas imágenes. Después de Thomas de
Cantimpré, Alberto el Grande (h. 1200-1280) presenta en 1270 una
enciclopedia, De animalibus, en veintiséis libros (de los que
los diecinueve primeros son comentarios de Aristóteles), dedicada a los
animales, y que trata especialmente el asunto de la reproducción de los
insectos. Por primera vez se incluyen observaciones propias que no se limitan a
comentar lo dicho por las autoridades antiguas. Finalmente hay que
señalar El libro del tesoro, aparecido en 1263, de Brunetto
Latini (1220-1294), florentino exiliado en Francia. Ahora bien, para todos
estos autores la zoología no es más una rama de la teología.
Las abejas del Corán
En
el islam, la abeja siempre ha sido objeto de elogio. Es el caso de la sura XVI
del Corán, titulada precisamente «Las abejas», en la que se dice lo siguiente
(versículos 68-69):
Tu Señor ha revelado a las abejas: «Estableced vuestras moradas en las
montañas, en los árboles y en lo que los hombres edifican, después comed de
todos los frutos. Seguid dócilmente de este modo los senderos de vuestro Señor.
De las entrañas de las abejas sale un licor jaspeado que constituye una
curación para la humanidad».
El profeta Mahoma ha confirmado esta protección divina de las abejas en varias
ocasiones. Como dice uno de sus hadiz: «Toda mosca está destinada al fuego
infernal, salvo la abeja». El creyente debe seguir su modelo, pues «come cosas
buenas y produce cosas buenas, y después, cuando se posa, no rompe nada ni
corrompe nada» (Cf. el compilador egipcio Al-Damiri [1344-1405] en su Tratado
de las grandes clases de los animales [1371]). Al final, hablando de
la miel, declara: «Para vosotros [musulmanes], hay dos remedios: el Corán y la
miel». Además, entre las delicias paradisíacas reservadas a los elegidos, se
prometen «ríos de miel purificada» (Corán, XLVII, 15).
Lección de la reina de las abejas al joven príncipe de Francia
Entre
las fábulas redactadas por Fénelon (1651-1715) para su alumno, el joven duque
de Borgoña, nieto de Luis XIV y príncipe heredero de la corona de Francia (Fábulas
y opúsculos diversos, 1718)[274], debemos
destacar el titulado «Las abejas». Mientras el joven príncipe admira en un
jardín la organización de una colmena, la reina de la misma se dirige a él en
estos términos:
La contemplación de nuestras obras y de nuestra conducta os regocija; pero aún
más debe instruiros. Aquí no padecemos el desorden ni la licencia; solo se nos
considera por nuestro trabajo y por los talentos que puedan ser útiles a
nuestra república. El mérito es la única vía que nos eleva a los primeros
puestos. No nos ocupamos, día y noche, de otras cosas que no sean aquellas a
las que los hombres quitan toda utilidad. ¿Podríais ser un día como nosotros y
poner en el género humano el orden que admiráis en nuestra casa? Trabajaréis
así para su felicidad y para la vuestra; cumpliréis la tarea que os ha deparado
el destino, no estaréis por encima de los demás, más que para protegerlos, para
alejar los males que los amenazan y para procurarles todos los bienes que
tienen derecho a esperar de un gobierno vigilante y paternal.
La colmena jerarquizada de Brunetto Latini
Para
Brunetto Latini, autor de una de las más famosas enciclopedias medievales
(1263)[275], la
colmena es una ciudad perfectamente ordenada:
Las abejas establecen una jerarquía, en su pueblo, y mantienen una distinción
entre el pueblo llano y la comunidad burguesa. Eligen a su rey […], quien es
elegido rey se convierte en señor de todos, es el más grande, el más hermoso y
de mejor vida […]. Sin embargo, aun siendo rey, las demás abejas son
enteramente libres y gozan de plenos poderes: pero la buena voluntad que les ha
dado la naturaleza, las hace amables y obedientes respecto a su señor. […] Sabed
que las abejas aman a su rey tan de corazón y con tanta fidelidad que piensan
que es bueno morir para protegerlo y defenderlo.
La abeja regicida
El
poema «Las abejas y el feliz gobierno» es un buen ejemplo de literatura
revolucionaria. Compuesto por Michel de Cubières (conocido como Dorat-Cubières)
y dedicado a Olympe de Gouges, fue leído en el Lycée Égalité en julio de 1792.
Fue premonitorio de la condena a muerte de Luis XVI en enero de 1793.
[…]
Contra la nación si el ingrato se declara
Si es imperioso, disimulado, bárbaro
¡Que tiemble! En el pueblo aún quedan virtudes
La Abeja tiene Césares; pero también Brutos
[…]
Veis, hijo mío, la Abeja sabe combatir
Y los tiranos, en vano, la intentarán abatir.
La abeja vive en paz del fruto de sus trabajos,
Y por fin, de una colmena los ciudadanos iguales
Precipitan del trono a un rey cruel y traidor.
Puede que tengan un Dios; pero desde luego, no un cura.
[…]
Voltaire, Mandeville y las abejas
Voltaire
concluye el artículo «Abeja» (1764) de su Diccionario filosófico con
una presentación, un resumen rimado y una crítica de Mandeville y de su La
fábula de las abejas: En todos los tiempos las abejas han proporcionado
descripciones, comparaciones, alegorías, fábulas, a la poesía. La famosa fábula
de Mandeville tuvo un gran eco en Inglaterra; veamos un pequeño compendio:
Las
abejas de otros tiempos
Estaban bien gobernadas.
Sus trabajos y sus reyes
Las hicieron afortunadas.
Unos ávidos avispones
En las colmenas se deslizaron
Estos zánganos no trabajaron,
Pero les dieron sermones.
«Os prometemos el cielo;
Dadnos a cambio
Vuestra cera y vuestra miel».
Las abejas que creyeron,
Pronto el hambre padecieron;
Las más tontas murieron.
Con un enjambre nuevo, el rey
Las socorrió al fin.
Todos los espíritus se iluminaron;
están todos desengañados;
Los zánganos fueron masacrados
Y las abejas prosperaron.
Mandeville
va mucho más lejos; dice que las abejas no pueden vivir con comodidad en una
colmena grande y poderosa, sin tener muchos vicios. Ningún reino, ningún
Estado, dice, puede florecer sin vicios. Suprimid la vanidad a las grandes
damas, ya no habrá más bellas manufacturas de seda, ni más obreros y obreras de
mil tipos; una gran parte de la nación se verá reducida a la mendicidad.
Suprimid la avaricia a los negociantes, las flotas inglesas serán aniquiladas.
Despojad a los artistas de la envidia, la emulación cesa; se recae en la
ignorancia y la tosquedad.
Llega a decir que incluso los crímenes son útiles, ya que sirven para
establecer una buena legislación. Un salteador de caminos hace ganar mucho
dinero a quien lo denuncia, a los que lo detienen, al carcelero que lo vigila,
al juez que lo condena y al verdugo que lo ejecuta. Así que, si no hubiese
ladrones, los cerrajeros morirían de hambre.
Es muy cierto que la sociedad bien gobernada saca partido de todos los vicios;
pero no es cierto que estos vicios sean necesarios para la felicidad del mundo.
Se hacen muy buenos remedios con los venenos, pero no son los venenos lo que
nos hacen vivir. Reduciendo así la fábula de las abejas a su justo valor,
podría convertirse en una obra de moral útil.
Las abejas francmasonas de Jules Michelet
Tras
el éxito de su libro El pájaro, Jules Michelet (1798-1874) hace
aparecer El insecto[276](1857),
cuya idea principal está presente en esta frase: «Creemos estudiar las cosas, y
nos encontramos con las almas». He aquí un extracto del capítulo XXV dedicado a
las abejas arquitectas y albañiles…, y también «francmasonas»; por eso inspiran
confianza de manera natural a una élite del mérito, de la inteligencia y del
saber.
Si el avispero pertenece a Esparta, la colmena es, en el mundo del insecto, la
verdadera Atenas. Aquí todo es arte. El pueblo, la élite artística del pueblo,
crea sin cesar dos cosas, por una parte, la Ciudad, la patria, por otra, la
Madre universal que debe no solo perpetuar al pueblo, sino además ser su ídolo,
su fetiche, el dios vivo de la Ciudad.
Lo que tienen en común las abejas y las avispas, las hormigas y todos los
insectos sociales, es la vida desinteresada de las tías y hermanas, vírgenes
laboriosas, que se dedican por completo a una maternidad de adopción.
Y lo que separa a la abeja de estos pueblos análogos es que necesita hacerse un
ídolo nacional cuyo amor la invite al trabajo.
Todo esto, durante largo tiempo, se ha desconocido. Se creía al principio que
este Estado era una monarquía, que tenía un rey. Nada de eso; este
rey es hembra. Entonces se rebajaron a decir: «Esta hembra es una reina». Y
esto sigue siendo un error. No solo esta no reina, no gobierna, no dirige nada,
sino que es gobernada en ciertas cosas, y en ocasiones se la sitúa en carta privada.
Es más o menos como una reina. Es un objeto de adoración pública y legal; y
digo legal y constitucional, pues esta adoración no es tan ciega como para que
en algunos casos el ídolo no sea, como se verá, tratado muy severamente.
«Entonces, ¿este gobierno sería en el fondo democrático?». Sí, si se considera
la devoción unánime del pueblo, el trabajo espontáneo de todos. Nadie manda.
Pero en el fondo, se ve bien que quien domina en cualquier cosa elevada es una
élite inteligente, una aristocracia de artistas. La Ciudad no es construida ni
organizada por todo el pueblo, sino por una clase especial, una especie de
corporación. Mientras que la gran masa de las abejas va a buscar en los campos
el alimento común, algunas abejas más grandes, las cereras, elaboran la cera,
la preparan, la cortan, la emplean hábilmente. Como los francmasones de la Edad
Media, esta respetable corporación de arquitectos trabaja y edifica según los
principios de una profunda geometría. Son, como en los viejos tiempos, los
amos de las piedras vivas. ¡Pero cuanto más se merecen estas dignas
abejas ese nombre! Los materiales que emplean han pasado por ellas, han sido
elaborados por su acción vital, vivificados por sus jugos interiores.
Y como conclusión:
La abeja y la hormiga nos proporcionan la mayor armonía del insecto. Ambas, muy
inteligentes, son educadas como artistas, arquitectas, etc. La abeja, además,
es geómetra. La hormiga es notable sobre todo, como educadora. La hormiga es
franca y fuertemente republicana, y no teniendo ninguna necesidad de un símbolo
visible y viviente de la Ciudad, estima poco, y gobierna con bastante rudeza a
las hembras débiles y blandas que perpetúan al pueblo. La abeja, por el
contrario, más tierna, parece, menos racionalista y más imaginativa, encuentra
apoyo moral en el culto a la Madre común. Para estas ciudades de vírgenes, es
como una religión de amor.
En las hormigas, en las abejas, la maternidad es el principio social; pero la
fraternidad echa raíces, y floreciendo, se eleva muy alto.
Leer como la abeja de Séneca
La
lectura nutre el espíritu; cuando está fatigado por el estudio, lo hace
reposar, no sin que deje de trabajar por ello. No debemos poner límites ni a
escribir, ni a leer: uno de estos trabajos fatiga y desgasta las fuerzas; es la
composición escrita lo que quiero decir, la otra disgrega el espíritu y lo
disuelve. Hay que ir de una a otra y corregirlas una por la otra, de forma que
con los elementos recogidos por la lectura la composición forme cuerpo.
Debemos, como se ha dicho, imitar a las abejas que van de flor en flor y eligen
las que pueden hacer miel; todo lo que han traído, lo disponen y reparten en
los panales, y siguiendo las palabras de nuestro gran Virgilio, «destilan la
miel líquida y llenan las celdillas con un dulce néctar».
En lo que respecta a las abejas nadie se pone de acuerdo sobre si extraen de
las flores un jugo que se convierte en miel enseguida, o si lo transforman por
yo no sé qué mezclas y por la propia virtud de su aliento. Algunos dicen que no
saben hacer miel, sino solo recogerla. Según ellos, se encuentra en la India,
sobre las hojas de un cañizo, una miel que produce el rocío en este país o un
líquido graso y azucarado que sale del propio cañizo; aquí las plantas tendrían
la misma propiedad, pero menos evidente y sensible; y es este jugo el que
buscaría y condensaría el insecto hecho para ese trabajo. Otros estiman que,
mediante una mezcla y cierta preparación, transforman en miel lo que han
recogido de las plantas más tiernas en el momento en que verdean y están en
flor, gracias a una especie de fermento que crea un cuerpo nuevo con estos
diversos elementos.
Pero no nos dejemos llevar lejos de nuestro tema. Debemos imitar a las abejas y
poner aparte todo lo que hayamos recogido en nuestras diferentes lecturas —lo
que se separa se conserva mejor—, y después aplicar todo nuestro cuidado e
ingenio en dar el mismo sabor a todos estos sorbos tomados de un sitio o de
otro; así, aunque se reconozca la fuente, aparecerán netamente diferentes de su
lugar de origen[277].
La
miel y la absenta de Lucrecio
He recorrido las regiones inexploradas de las Musas,
Que jamás ningún pie holló. He bebido en las fuentes vírgenes;
Me gusta coger flores nuevas, desconocidas,
y trenzar para mi cabeza una corona única
Con la que las Musas jamás adornarán ninguna frente.
Grandes son mis lecciones: ¡vengo a romper las cadenas
De la religión, a liberar los espíritus!
Sobre un tema oscuro, versos luminosos
Compongo, ¡que todo lo nimban de poesía!
Si he tomado ese partido, no es sin razón.
Cuando los médicos prescriben a los niños
La repugnante absenta, primero ponen
En el borde de la copa una miel rubia y azucarada;
El niño imprevisor, centrado en el placer de sus labios,
Toma hasta el fin el muy amargo remedio:
Engañado, pero por su bien, se cura poco a poco…
Ahora es lo que hago. Sé nuestra doctrina
Demasiado triste para el que solo la prueba;
La multitud horrorizada la evita. Es por lo que yo
Te la voy a exponer en la lengua de las musas,
Totalmente impregnado de una miel poética.
He querido con mi canto seducir tu espíritu
La duración que tiene incluye el único remedio útil:
Conocer por completo la naturaleza de las cosas![278]
Pascal, la abeja y el progreso de las ciencias
Blaise
Pascal participa, a su manera, en la querella entre los Antiguos y los
Modernos. En su prefacioal Tratado del vacío[279](1651)
denuncia el abuso del argumento de autoridad y el excesivo respeto al pasado,
ya que bloquean la adquisición de saberes. La comparación con las abejas va a
sustentar su demostración:
¿No es tratar indignamente la razón del hombre el ponerla en paralelo con el
instinto de los animales, cuando se suprime la principal diferencia, que
consiste en que los efectos del razonamiento en el hombre aumentan sin cesar,
mientras que en los otros permanece siempre en igual estado? Las colmenas de
las abejas estaban tan bien medidas hace mil años como hoy, y cada una forma
este hexágono tan exactamente la primera vez como la última. Igual ocurre con
todo lo que estos animales producen por este movimiento oculto. La naturaleza
las instruye a medida que les presiona la necesidad; pero esta frágil ciencia
desaparece con las necesidades que tienen: como la reciben sin estudiar, no
tienen la suerte de conservarla; y todas las veces que se les da, les resulta
nueva, ya que, la naturaleza no teniendo por objeto más que mantener a los
animales en un orden de perfección limitado, les inspira esta ciencia necesaria
y siempre igual, por temor a que caigan en la decadencia, y no permite que
añadan nada por temor a que superen los límites que les ha prescrito. No es
igual en el hombre, que es producto de la infinitud. Es ignorante en los
primeros años de su vida; pero al progresar, se instruye sin cesar; pues actúa
no solo según su propia experiencia, sino según la de sus predecesores, pues
conserva en su memoria los conocimientos que tiene una vez adquiridos, y que
los de los Antiguos siempre están presentes en los libros que nos han dejado. Y
como conserva estos conocimientos, también puede aumentarlos fácilmente.
Esta idea de un progreso de las ciencias, propio del hombre, lleva a Pascal
(como a Francis Bacon) a invertir la relación habitual entre Antiguos y
Modernos:
Los que llamamos Antiguos eran verdaderamente nuevos en todas las cosas, y han
formado a la infancia de los hombres propiamente hablando; y como nosotros
hemos añadido a sus conocimientos la experiencia de los siglos siguientes, es
en nosotros donde se puede hallar esta Antigüedad que volveremos a encontrar en
los demás.
He aquí una forma curiosa de recuperar un viejo argumento: los Modernos son
enanos; los Antiguos son gigantes; pero los enanos encaramados a los hombros de
los gigantes llegan a ver más lejos…
¿La geometría de la abeja? Producto de la selección natural (Darwin)
Charles
Darwin, en el capítulo VII de El origen de las especies[280](1859),
se dedica a responder a las objeciones de los teólogos: «Un instinto tan
maravilloso como el de la abeja que fabrica su colmena ha debido de suscitar en
la mente de numerosos lectores una dificultad suficiente como para refutar toda
mi teoría». Muy al contrario…
No tengo la intención de entrar aquí en detalles muy circunstanciales, me
contentaré con resumir las conclusiones a las que he llegado sobre este tema.
¿Quién puede examinar esta delicada construcción del panal de cera, tan
perfectamente adaptado a sus fines, sin experimentar un sentimiento de
admiración entusiasta? Las matemáticas nos enseñan que las abejas han resuelto
prácticamente un problema de los más abstractos, el de dar a sus alvéolos,
sirviéndose de una cantidad mínima de su precioso elemento de construcción, la
cera, precisamente la forma capaz de contener el mayor volumen de miel. A un
obrero hábil, provisto de herramientas especiales, le costaría mucho construir
celdillas de cera idénticas a las que ejecutan un tropel de abejas trabajando
en una oscura colmena. Proporcionándolas todos los instintos que se quiera,
parece incomprensible que las abejas puedan trazar los ángulos y planos
necesarios y darse cuenta de la exactitud de su trabajo. Sin embargo, la
dificultad no es tanta como parecería a primera vista, y se podría, creo,
demostrar que esta magnífica obra es el simple resultado de un pequeño número
de instintos muy simples […].
La selección natural actuando solo por la acumulación de ligeras modificaciones
de conformación o de instinto, todas ventajosas para el individuo respecto a
sus condiciones de existencia, nos podría plantear la pregunta, con cierta
razón, de cómo las numerosas modificaciones sucesivas y graduales del instinto
constructor, tendentes todas ellas al plan de construcción perfecta que hoy
conocemos, han podido resultar provechosas para la abeja. La respuesta me
parece fácil: las celdillas construidas como lo hacen la avispa y la abeja
ganan en solidez, economizando el sitio, el trabajo y los materiales necesarios
para su construcción […].
Para alimentar durante el invierno a una comunidad numerosa, es indispensable
una gran provisión de miel, y la prosperidad de la colmena depende
esencialmente de la cantidad de abejas que puede mantener. Por lo que el ahorro
de cera es, pues, un elemento de éxito importante para toda la comunidad de las
abejas, ya que se traduce en un ahorro de miel y del tiempo necesario para
recolectarla.
Mediante la observación de las celdillas de especies emparentadas, esféricas y
separadas en el abejorro, aglomeradas pero irregulares en el nido de las
meliponas, Darwin dedujo cómo pudo ser el proceso de selección:
Supongamos, pues, que la cantidad de miel sea determinante, como probablemente
suceda con frecuencia, para la existencia en gran número, en un país, de una
especie de abejorro: supongamos también que, la colonia a través del invierno,
necesite una provisión de miel indispensable para su conservación, no hay duda
de que sería muy ventajoso para el abejorro que una ligera modificación de su
instinto le empujara a aproximar sus pequeños alvéolos de forma que se
entrecruzasen, ya que entonces, una sola pared serviría para dos celdillas
adyacentes, lograría un ahorro de trabajo y cera. La ventaja aumentaría si los
abejorros, acercando y regularizando más sus celdillas, las uniesen en una sola
masa, como hace la melipona; ya que, una parte considerablemente mayor de la
pared limítrofe en cada alvéolo serviría a las celdillas vecinas, y aún se
produciría un mayor ahorro de trabajo y cera. Por las mismas razones, le
resultaría útil a la melipona apretar más sus celdillas, y darles mayor
regularidad que la que tienen actualmente; pues entonces las superficies
esféricas desaparecerían siendo reemplazadas por superficies planas, el panal
de la melipona sería entonces tan perfecto como el de la abeja. La selección
natural no podría llegar más allá de este grado de perfección arquitectónica,
pues, en la medida en que podemos juzgarlo, el panal de la abeja ya es
absolutamente perfecto en lo que respecta al ahorro de cera y de trabajo […].
El enjambre especial que ha construido los alvéolos más perfectos con menor
trabajo y menor gasto de miel transformada en cera ha sido el que ha tenido
éxito, y ha transmitido sus instintos ahorradores de nueva adquisición a los
sucesivos enjambres, que, a su vez, también han tenido mayores oportunidades a
su favor en la lucha por la existencia.
En el capítulo VI, sin embargo, Darwin se pregunta sobre la utilidad selectiva
de un aguijón, que causa la muerte inmediata de quien lo utiliza, y sobre el
instinto de una reina, que se ensaña matando a sus propias hijas, potenciales
competidoras… Pero, añade, «no hay duda de que solo actúa por el bien de la
comunidad y que, ante el inexorable principio de la selección natural, poco
importa el amor o el odio maternal, aunque este último sentimiento sea,
felizmente, extremadamente raro».
Demostración de cómo la abeja ética, cósmica y mística no han desaparecido
del discurso científico
•
Émile Loubet de l´Hoste, La Biruche (1984):
Sería acertado que la pobre humanidad gimiente, con organizaciones tan
imperfectas, practicara el altruismo y desterrara el egoísmo tomando como
ejemplo a la abeja. Sus leyes están hechas así, las practica desde hace
millares de años y vive en una perpetua felicidad, donde jamás ha cambiado
nada. El hombre, diciéndose más inteligente, proscribe estas leyes, pero busca,
sin jamás encontrarla, su felicidad desde hace millares de años.
• Vincent Tardieu, El extraño silencio de las abejas (2009):
Qué funesto destino, a pesar de todo. He aquí especies minúsculas, pero con una
antigüedad de unos cincuenta millones de años, ricas en una historia evolutiva
casi tan larga como la de las plantas de flor a las que están vitalmente
ligadas, y que sufren la locura devoradora de una sola especie dramáticamente
egocéntrica, tendenciosamente solitaria y que no ha aprendido nada en
doscientos mil años de evolución: la nuestra. ¿Le haría falta tener la edad de
las abejas para que el Homo sapiens lleve por fin con más
dignidad su nombre? En ocasiones me digo que bastaría muy poca cosa para que lo
lograse. Parar su carrera un instante y perder el tiempo en observar mejor a
las abejas. Por sus estrategias de comunicación y producción, por su economía
—en todos los sentidos del término— por sus talentos y su «inteligencia»
colectiva, estas centinelas de la naturaleza pueden convertirse en una fuente
de inspiración sorprendente para nuestras formas de vida en sociedad. Quién
sabe, con su contacto, ¿puede que nos volvamos un día más solidarios, más
creativos y más movilizados para edificar un mundo lleno de sabores?
Se trata de la perfección antigua e inmutable, casi original, de una abeja que
podría por ello servir de modelo a un hombre no apto para la felicidad, o sea,
potencialmente destructor. James y Carol Gould nos presentan a un hombre y a
una abeja en igualdad, los primeros ex aequo de la clase de la
evolución, uno y otra situados en la cúspide de dos linajes, en una
reinterpretación finalista del darwinismo: Habría un sentido de la evolución de
lo simple hacia lo complejo, del caos hacia la organización y la armonía,
siendo tanto el hombre como la abeja, cada uno en su categoría, los campeones
de esta evolución.
• James y Carol Gould, Les abeilles. Comportement, communication et
capacités sensorielles (1988) («La abeja, comportamiento, comunicación
y capacidades sensoriales):
Las abejas melíferas son los organismos más complejos surgidos de un conjunto
de seres vivos cuya evolución ha comenzado hace más de quinientos millones de
años. En esta época se produce en el reino animal una separación aparentemente
simple, pero sin embargo decisiva… (dos modos de división celular que van a
engendrar dos grupos evolutivos) […]. Las abejas melíferas se encuentran en la
cúspide del árbol evolutivo del primer grupo, así como el hombre es la especie
más /evolucionada del segundo. Interesarse por las abejas melíferas es
interesarse por una de las soluciones más armoniosas ante el reto de la vida en
nuestro planeta. Y más aún que sus diferencias, quizá sean los innumerables y
sorprendentes paralelismos entre estas dos soluciones-respuestas evolutivas
convergentes ante problemas similares donde se sitúa su principal interés.
También Jürgen Tautz, en L’étonnante abeille (La sorprendente abeja),
evoca asombrosas analogías entre las abejas y los mamíferos, insistiendo en su
superioridad respectiva en relación a otros invertebrados y vertebrados: «Las
cualidades sobre las que reposa la superioridad de los mamíferos están
presentes en este superorganismo que forma la sociedad de las abejas»[281].
De nuevo constatamos esta cuasi imposibilidad de hablar, e
incluso de describir, científicamente a la abeja, sin conferirle un lugar
privilegiado, aunque no sea más que de forma sucinta o alusiva, en un universo
jerarquizado. La carga simbólica de la abeja es tal que se infiltra donde menos
se la espera.
El enjambre animal de Diderot
¿Cómo
imaginar la unidad, la identidad del ser vivo si este está constituido por una
suma de «átomos vivos»? Tal es el problema planteado por Diderot en el segundo
diálogo del Sueño de D'Alembert[282] (1769).
El autor hace intervenir a varios personajes reales, reunidos en torno a un
D'Alembert enfermo. Están el médico, Bordeau y la señorita de Lespinasse quien
cuenta el genial delirio que tuvo D'Alembert durante la noche:
Tras este preámbulo, se puso a gritar; «¡Señorita de Lespinasse! ¡Señorita de
Lespinasse!
—¿Qué queréis?
—¿Habéis visto alguna vez un enjambre de abejas salir de su colmena?… El mundo
donde la masa general de la materia es la gran colmena… ¿Las habéis visto ir a
formar en la extremidad de la rama de un árbol, un gran racimo de animalitos
alados, agarrados unos a otros por las patas?… Este racimo es un ser, un
individuo, un animal cualquiera… Pero esos racimos deberían parecerse todos…
Sí, si no aceptasen más que una sola materia homogénea… ¿Las habéis
visto?
—Sí, las he visto.
—Pero, ¿las habéis visto?
—Sí, amigo mío, os he dicho que sí.
—Si a una de estas abejas se le ocurriera picar de alguna manera a la abeja a
la que está enganchada, ¿qué creéis que pasaría? Decidme.
—No sé nada. Decídmelo…
—Lo ignoráis pues; pero el filósofo no lo ignora, él […] os dirá que esa abeja
picará a la siguiente; que se suscitarán en todo el racimo tantas sensaciones
como animalitos lo componen; el todo se agitará, se removerá, cambiará de
situación y forma; subirá un ruido, grititos; y el que nunca haya visto
componerse un racimo parecido estará tentado por tomarlo como un animal de
quinientas o seiscientas cabezas y con millares o cientos de docenas de alas…
La continuación del diálogo intentará interpretar este sueño que hace clara
alusión a las tesis de Maupertuis (1698-1759) en su Ensayo sobre la
formación de los cuerpos organizados (1754):
Ciertamente, en un mismo animal hay tres vidas distintas. La vida del animal
entero. La vida de cada uno de sus órganos. La vida de la molécula o del
elemento. El animal entero vive privado de varias de sus partes. El corazón,
los pulmones, la cabeza, la mano, casi todas las partes del animal viven un
tiempo considerable separadas del todo. Solo existe la vida de la molécula o su
sensibilidad que nunca cesa; es una de sus cualidades tan esenciales como su
impenetrabilidad. La muerte ahí se detiene. Pero si la vida sigue en los
órganos separados del cuerpo, ¿dónde está el alma? ¿Qué sucede con su unidad?
¿Qué sucede con su indivisibilidad?[283]
El pobre mundo de la abeja (M. Heidegger)
Martin
Heidegger, en su libro Conceptos fundamentales de la metafísica[284](curso
de 1929-1930), desarrolla una reflexión fenomenológica sobre esta tesis: «La
piedra no tiene mundo; el animal es pobre de mundo; solo el hombre es creador
de mundo». El mundo de la colmena ofrece una ilustración evidente de esta
diferencia, en la medida en que, según Heidegger, muestra a un ser vivo (la
abeja) que se ve totalmente acaparado por su entorno sin haber tomado parte en
él. Heidegger intenta describir así la «visión del mundo» de la abeja sin
recurrir al efecto de analogía que su comportamiento inevitablemente suscita.
En efecto, al observarla se está tentado de decir que «escoge» las flores que
liba, que «compone» el néctar, que «decide» absorberlo, que «constata» que
tiene suficiente y que «opta» por volver a la colmena. Pero estas analogías son
proyecciones erróneas de nuestra propia visión (humana) del mundo. Hablando con
propiedad, la abeja, no tiene «mundo», sino que está inmersa en él. Esto es lo
que revela esta experiencia:
Se ha situado a una abeja delante de un pequeño cuenco suficientemente lleno de
miel como para que no pueda absorber esta miel de una sola vez. Comienza a
absorber y, tras un momento, interrumpe esta actividad compulsiva, vuela y
abandona la miel que aún queda allí. Si quisiéramos explicar esta actividad
compulsiva de forma apropiada, deberíamos decir: la abeja constata que no puede
acabar con toda la miel que queda. Interrumpe su actividad compulsiva porque
constata que siempre hay miel, incluso demasiada miel, y que está allí. Pero
observemos esto: si seccionamos cuidadosamente el abdomen de una abeja mientras
absorbe la miel, la abeja continúa tranquilamente bebiendo mientras que la miel
no deja de derramarse tras ella. Lo que demuestra de manera asombrosa que la
abeja no constata de ninguna forma la sobreabundancia de miel. No constata ni
esta sobreabundancia ni siquiera la desaparición de su abdomen —lo que es aún
menos comprensible—. No se trata de nada de esto. Al contrario, la abeja
continúa ejecutando su actividad compulsiva porque no constata que aún haya miel
allí. La abeja simplemente está preocupada por el alimento. Esta fijación solo
es posible donde existe un movimiento compulsivo.
En resumen, la abeja está más «acaparada» por el alimento que por el hecho de
cogerlo.
Este tipo de análisis permite a Heidegger defender esta otra famosa tesis: el
hombre, precisamente porque no está siempre acaparado por su entorno, es el
único animal capaz… de aburrirse.
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http://www.encyclopedie-universelle.com/abeille: un notable
conjunto de referencias e ilustraciones sobre el tema, al que rendimos un
vibrante homenaje en forma de danza bulliciosa.
Capítulo
1
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Fuentes del mito de Aristeo: el texto más completo lo da
Virgilio en las Geórgicas (IV, 159 y sig.). Véase asimismo Píndaro, Píticas,
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Descripción de Grecia, X, 17, 3.
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Véase también el blog anónimo apasionante:
http://webinet.blogspot.fr/2011/10/les-abeilles-ca-demenage-12.html.
Conclusión
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ATLAN, HENRI, Le Vivant post-génomique, Odile Jacob, París,
2011.
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BERTALANFFY, LUDWIG VON, Théorie générale des systèmes, Dunod,
París, 1972.
Ilustración 1. El pequeño Zeus es alimentado con la
dulzura: la ninfa Melisa le da la miel que ha recolectado y su hermana Adrastea
le ofrece para beber la leche de la ninfa cabra Amaltea. La infancia de Júpiter
(1640), por Nicolas Poussin, Berlín, Gemäldegalerie. © BPK, Berlín, dist.
RMN-Grand-Palais/Jörg P. Anders.
Ilustración 2. Aristeo ve a sus abejas renacer del
cadáver de los bueyes que hasacrificado. Esta teoría, llamada bugonía, ha
permitido explicar durante mucho tiempo la enigmática reproducción de las
abejas. Dibujo de un manuscrito de las Geórgicas de Virgilio (Lyon, 1517),
París, Biblioteca Mazarine. © Biblioteca Mazarine.
Ilustración 3. Abejas, polen y un poco de néctar. Foto de
Maud Tavoillot.
Ilustración 4. Virgilio escribe el cuarto libro de las
Geórgicas mientras contempla las colmenas. Dibujo de un manuscrito de las
Geórgicas de Virgilio (1469), Dijon, Biblioteca Municipal (Ms 493). ©
Biblioteca Municipal de Dijon.
Ilustración 5. Rollo ilustrado del Exultet. A la derecha, los
apicultores «encolmenan» un enjambre; los otros recogen la miel en una colmena
con paredes móviles, ya descrito por Columela en el siglo I (véase polinización
núm. 6). Exultet de Barberini (hacia 1087), Roma, Biblioteca del Vaticano. ©
Biblioteca Apostólica Vaticana.
Ilustración 6. Apicultores de hoy: en el marco, miel
operculada y abejas que protegen la carrocha. Foto de Maud Tavoillot.
Ilustración 7. Esbozos de panal de cera sobre un
cubre-marco desplazado. Foto de Maud Tavoillot.
Ilustración 8. Retrato de san Ambrosio, patrono de los
apicultores. Jacques Laudin, Saint Ambroise de Milan, esmalte sobre cobre,
siglo XVII, Châlons-en-Champagne, Museo de Bellas Artes y Arqueología. © Foto
de H. Maillot.
Ilustración 9. Los apicultores de Bruegel se parecen a
los inquisidores registrando las almas de los fieles, de ahí la tentación de la
enjambrazón. Pieter Brueghel el Viejo, Los apicultores (1569). © Akg-images.
Ilustración 10. Las abejas descubiertas en Tournai, en la
tumba de Childerico I (muerto en 481), servirán de modelo a la abeja imperial
de Napoleón. París, Biblioteca Nacional de Francia, Departamento de Monedas,
Medallas y Antigüedades (gabinete del Rey). © Biblioteca Nacional de Francia.
Ilustración 11. Napoleón vestido con el manto imperial
salpicado de abejas. Napoleón en el trono imperial (1806), por
Jean-Auguste-Dominique Ingres, París, Museo del Ejército. © Akg-images/Erich
Lessing.
Ilustración 12. La entrada de Luis XII en Génova (1507)
con su traje blanco bordado con un enjambre de abejas de oro que ilustran su
divisa: Rex spicula nescit («El rey no tiene aguijón»). Tomada de Jean Marot,
La Magnanime Victoire du roy très chrestien Louis XII contre Gênes (manuscrito
de 1508), París, Biblioteca Nacional de Francia. © Akg-images.
Notas:
[1] OGM:
Organismos Genéticamente Modificados (N. del T.).
[2] Varrón,
De las cosas del campo, Universidad Nacional Autónoma de México, México D. F.,
1992.
[3] Expresión
que surge, al parecer, en la Primera Guerra Mundial, y en el ámbito del frente
occidental, para designar a los médicos, militares o no, que curaban
indistintamente a heridos amigos y enemigos. En términos generales, se refiere
a los médicos voluntarios en conflictos o catástrofes (N del T.).
[4] Nono,
Dionisíacas, Gredos, Madrid, 1995-2008.
[5] P.
Borgeaud, «L´enfance au miel», en Exercices de mythologie, Labor et Fides,
París, 2004.
[6] Virgilio,
Geórgicas, Gredos, Madrid, 1990.
[7] Ibíd.
[8] Ibíd.
[9] Ibíd.
[10] M.
Detienne, «Orphée au miel», en P. Nora (coord.), Faire de l’histoire,
Gallimard, París, 1974. Véase asimismo la discusión con J.-P. Vernant, en M.
Detienne, Les Jardins d’Adonis, Gallimard, París, 2007.
[11] M.
Detienne, «Orphée au miel», ob. cit.
[12] Hesíodo,
Obras y fragmentos, Gredos, Madrid, 1978. Citado enN. Loraux, «Sur la race des
femmes et quelques-unes de ses tribus», en Les Enfants d’Athéna, Maspero,
París, 1988.
[13] Virgilio,
Geórgicas, ob. cit.
[14] Ibíd.
[15]N.
Malebranche, Conversaciones sobre la metafísica y la religión, Ediciones
Encuentro, Madrid, 2006
[16] Platón,
«Gorgias», Diálogos, Espasa, Madrid, 2010.
[17]Cicerón,
Sobre la naturaleza de los dioses, Gredos, Madrid, 1999.
[18] Platón,
«Fedón», Diálogos, ob. cit.
[19] Simon
Byl, «Aristote et le monde de la ruche», Revue belge de philosophie et
d’histoire, 1978, 56, 1, págs. 15-28. He aquí las referencias de los tres
principales pasajes de Aristóteles: Historia de los animales (HA), Akal,
Madrid, 1990; Reproducción de los animales (RA), Gredos, Madrid, 1994 y Partes
de los animales. Marcha de los animales. Movimiento de los animales (PA),
Gredos, Madrid, 1990. El objeto específico de estos tres libros de la biología
aristotélica ha sido bien explicado por Pierre Pellegrin (La Classification des
animaux chez Aristote. Statut de la biologie et unité de l’aristotélisme,
París, Les Belles Lettres, 1982, pág. 171): HA enumera los fenómenos; PA
establece las causas; RA investiga su génesis..
[20] Aristóteles,
Acerca del alma, Gredos, Madrid, 1983
[21] Es
preciso considerar esta denominación próxima a una fórmula muy frecuente en
griego antiguo: el chréstos polités, es decir, el ciudadano no solo honesto
(chréstos), sino también —debido a un juego de palabras— útil (chrésimon) a la
ciudad.
[22] Todas
estas consideraciones se encuentran en Aristóteles (HA), ob. cit.
[23] Aristóteles,
Metafísica, Gredos, Madrid, 1994. De hecho, la cuestión queda en suspenso en
HA, donde Aristóteles anota que las abejas parecen gustar del ruido; véase
asimismo Acerca del alma, Gredos, Madrid, 2014.
[24] Aristóteles,
PA, ob. cit.
[25] Aristóteles,
Física, Gredos, Madrid,1995.
[26] Sobre
este punto, P. Aubenque, La Prudence chez Aristote, PUF, París, 1963.
[27] Santo
Tomás de Aquino, Textos selectos, Gredos, Madrid, 2012.
[28] Aristóteles,
HA.
[29] Aristóteles,
RA, ob. cit.
[30] Aristóteles,
Política, Espasa, Madrid, 2011.
[31] Aristóteles,
HA, ob. cit.
[32] Ibíd.
[33] Aristóteles,
PA, ob. cit.
[34] Aristóteles,
RA, ob. cit.
[35] Aristóteles,
Acerca del alma, ob. cit.
[36]Véase
polinización núm. 3.
[37] Aristóteles,
RA, ob. cit.
[38] Ibíd
[39] Ibíd.
[40] Ibíd.
[41] Ibíd.
[42] Aristóteles,
HA, ob. cit.
[43] Respectivamente,
según Plinio en su Historia natural, Cátedra, Madrid, 2007, y según Diógenes
Laercio en su Vidas de filósofos ilustres, Omega,Madrid, 2003.
[44] Aristóteles,
RA, ob. cit.
[45]Des
abeilles et des hommes, documental de Markus Imhoof, 2012.
[46] Aristóteles,
Ética a Nicómaco, Gredos, Madrid, 2010.
[47] Aristóteles,
Historia de los animales, Akal, Madrid, 1990.
[48] Ibíd.
[49]Varrón,
De las cosas del campo, ob. cit.
[50]Columela,
Los doce libros de la agricultura, Gredos, Madrid, 2004.
[51] Plinio
el Viejo, Historia natural, ob. cit.
[52] PMA:
Procreación Médicamente Asistida (N. del T.)
[53] Virgilio,
Geórgicas, ob. cit.
[54] El
término pertenece a L. Jerphagnon, Histoire de la Rome antique, Tallandier,
2002, donde define braintrust como «grupo de expertos».
[55] Virgilio,
Geórgicas IV, ob. cit.
[56] Plinio,
Historia natural, ob. cit.
[57] Eliano,
Historia de los animales, Akal, Madrid, 1989.
[58] Virgilio,
Geórgicas, ob. cit.
[59] Ibíd.
[60] Ibíd.
[61] El
episodio de Aristeo que pone fin a las Geórgicas no figura en la primera
versión del poema del año 29 a. C., que acaba con un elogio de Galo, el
brillantísimo prefecto de Egipto. Pero tras la desgracia y el suicidio de este
en el año 26 a. C., Virgilio modifica el final de su obra cuando ya se
encontraba inmerso en la redacción de la Eneida.
[62] O
la abeja del «Jardín en la Puerta»: si la escuela epicúrea era célebre por el
jardín de su venerado maestro (el Jardín de Epicuro), la palabra estoicismo
viene de stoa, los pórticos o arcadas donde se situaba la primera escuela del
maestro Zenón.
[63] Virgilio,
Geórgicas, ob. cit.
[64] P.
Grimal, «L’épicurisme romain», en Actas del VIII Congreso de la Asociación
Guillaume-Budé, París, Les Belles Lettres, 1969.
[65] «Las
personas parsimoniosas conocen la suerte miserable de las abejas: trabajan como
si fuesen a vivir siempre», citado enJ.-P. Dumont (dir.), Les présocratiques,
Gallimard, París, 1988.
[66]P.
Grimal, Virgile ou la Seconde naissance de Rome, Flammarion, París, 1958.
[67] Virgilio,
Eneida, VI, Gredos, Madrid, 2010.
[68] Ibíd.
[69] Acerca
de la esperanza de vida de las abejas, véase polinización núm. 7.
[70] Virgilio,
Geórgicas IV, ob. cit.
[71] Ibíd.
[72] Ibíd.
[73] Ibíd.
[74] Séneca,
Sobre la clemencia, Alianza, Madrid, 2005.
[75]Columela,
Los doce libros de la agricultura, ob. cit.
[76] Virgilio,
Geórgicas, ob. cit.
[77] Les
Auteurs latins expliqués par une méthode nouvelle, París, Hachette, 1853.
[78] Jules
Duvaux, Classiques latins, 1891.
[79]Columela,
Los doce libros de la agricultura, ob. cit.
[80] Nuestro
agradecimiento a Laurence Decréau por sus indicaciones y referencias.
[81] Plinio,
Historia natural, ob. cit.
[82] Cf.
P. Hadot, Porfirio et Victorinus, Institut d´Études Augustiniennes, París,
1968.
[83] Porfirio,
Isagoge, Anthropos, Madrid, 2003.
[84] Platón,
Menón, Editorial Universitaria, Madrid, 2004.
[85] La
intención de Porfirio consistía más bien en intentar suprimir el problema al
distinguir cinco formas de designar la generalidad de una cosa: el género, la
especie, la diferencia, lo propio y el accidente. Esto sirve para aclarar el
problema, pero no para resolverlo. Cf. A. de Libéra, La Querelle des
universaux. De Platon à la fin du Moyen Âge, Seuil, París, 1996
[86] Homero,
Odisea, Cátedra, Madrid, 2004.
[87] Cf.
L. Jerphagnon, Au bonheure des sages, Hachette, París, 2004.
[88] Véase
también Porfirio, Contra los cristianos, Universidad de Cádiz, Cádiz, 2006:
«¿Cómo admitir que lo divino se haya convertido en embrión, que, después de su
nacimiento, haya sido envuelto en pañales, todo manchado de sangre, de bilis, y
peor aún?».
[89] Plotino,
Enéadas, Gredos, Madrid, 2001.
[90] Porfirio,
Sobre la abstinencia, Gredos, Madrid, 1984.El término utilizado es Oikeiotès;
cf. P. Hadot, Porphyre et Victorinus, ob. cit.
[91] Novalis,
Escritos escogidos, Visor, Madrid, 2004.
[92]Cf.
Brisson, Introduction à la philosophie du mythe, Vrin, París, 2005.
[93] Porfirio,
según Macrobio, Commentaire au songe de Scipion, Les Belles Lettres, París,
2001.
[94] Dante
Alighieri, Divina comedia, Espasa, Madrid, 2010.
[95] Platón,
Diálogos IV: República, Gredos, Madrid, 2003.
[96] P.
Marchenay, L´Homme et l´Abeille, Berger-Levrault, París, 1987.
[97] Plinio,
Historia natural, ob. cit.
[98] Janine
Kievits, «L´abeille entre mythes et réalités», http://remue.net/ship.php?
article 5137.
[99] De
todos modos, sobre la miel véase Mateo 2, 4 y Marcos 1, 6.
[100]Véase
É. de Fontenay, Le Silence des bêtes. La philosophie à l´epreuve de
l´animalité, Gallimard, París.
[101] É.
Gilson, La Philosophie au Moyen Âge, Payot, París, 1952.
[102] Clemente
de Alejandría, Stromata, Ciudad Nueva, Buenos Aires, 1996.
[103] Clemente
de Alejandría, Proteptique, Cerf, París, 1941.
[104] Clemente
de Alejandría, Stromata, ob. Cit.; W. Telfer, «Bees in Clement of Alexandria»,
Journal of Theological Studies, 1927, págs. 167-178.
[105]Véase
florilegio núm. 7, pág. 256.
[106] En
este caso, Orígenes (y puede que también Celso) comete un error al traducir
propolis como «suburbio», es decir, lo que está delante (pro) de la ciudad
(polis).
[107] Orígenes,
Contra Celso, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1967.
[108] Ibíd.
[109] Orígenes,
Sur les nombres, homilía 27, 12 («Sources chrétiennes», Cerf, París, 2001):
«Encuentro que la denominación de colmena dada al conjunto de las Escrituras
divinas se ajusta perfectamente a la idea que nos hacemos»; véase también Sobre
Isaías, 2, 2 (traducción de san Jerónimo).
[110] San
Agustín, Sermones, Obras Completas, Editorial de Autores Cristianos, Madrid,
1983.
[111]L.
Duchesne, Origine du culte Chrétien. Étude sur la liturgie latine avant
Charlemagne, Éditions deBroccard, París, 1920.
[112] Reconstruida
por B. Capelle a partir de diversas fuentes: «L’Exultet pascal, oeuvre de saint
Ambroise», Miscellanea Giovanni Mercati, vol. I, 1946.
[113] Ibíd..
M. Testard analiza el tema en «Virgile, saint Ambroise et L´Exultet, Autour
d´un problème de crítique verbale», Revue des Études Latines, 1982.
[114]Paulino,
Vida de Ambrosio.
[115] Basilio
de Cesarea, Hexameron, 5. Cf. C. Nicolaye «Die Biene als Symbol bei Ambrosius»,
enD. Engels y C. Nicolaye [eds.], Kulturgeschichtliche Beiträge zur antiken
Bienensymbolik und ihrer Rezeption, Spudasmata, G. Olms, Hildesheim, 2008.
[116] San
Jerónimo, Cartas, 125, 11. Cf. A. Goulon, «Quelques aspects du symbolisme de
l’abeille et du miel à l´époque patristique: héritage antique et
interprétations nouvelles», en De Tertullien aux Mozarabes, Mélanges offerts a
Jacques Fontaines , t. 1: Antiquité tardive et christianisme ancien (siglos
III-VI), Institut d´Études Agustiniennes, París, 1992.
[117] Se
refiere a la Plasencia italiana (hoy Piacenza), no a la española (N. del T.).
[118] San
Jerónimo, «Epistula ad Praesidium, de Cereo Pascali», en Patristique latine (P.
L.). La autenticidad de la carta Ad Praesidium sobre el Cirio Pascual ha sido
discutida. Dom Germain Morin la defiende (Bulletin d´ancienne littérature et
d´archeologie chrétienne, 1913), y propone una versión crítica del texto.
[119] Este
recelo respecto a todo lo que pudiese recordar los ritos paganos lo volveremos
a encontrar en santo Tomás de Aquino cuando nos habla de la miel. Cf. Suma
teológica, cuestión 102, «La razón de ser de los preceptos ceremoniales»,
artículo 3, solución, 14. «La miel no aparece en los sacrificios ofrecidos a
Dios, porque era de uso corriente en los sacrificios idólatras, y también
porque los que quieren ofrecer un sacrificio a Dios deben abstenerse de toda
dulzura o placer sensible».
[120] El
sermón forma parte de los escritos inéditos publicados por Michael Denis en
Viena en 1792, «Sermons. Première série», en Oeuvres complètes de saint
Agustin.
[121] «¡Vete
hacia la hormiga, perezoso! Estudia su conducta y conviértete en sabio». La
versión griega de los Proverbios introduce una glosa edificante: «O bien
observa a la abeja y estudia cuán laboriosa es, y cuán noble es la obra que
realiza. Los reyes y los sencillos utilizan sus productos para su salud. Es
deseada por todos y renombrada. Aunque endeble, con referencia al vigor, se
distingue por haber honrado la sabiduría».
[122] Esta
es una interpretación corriente que se encuentra en Agustín o en Quodvultdeus,
véase H. de Lubac, Exégèse mediévales, les quatre sens de l´écriture, Cerf,
París, 1859.
[123]Aristóteles,
Historia de los animales, ob. cit.
[124] Ibíd.
[125]Réaumur,
Mémoires pour servir à l´histoire des insectes, 1740.
[126] Homero,
«Himno a Hermes», en Himnos homéricos, Cátedra, Madrid, 2005.
[127] Recordemos
que la Inmaculada Concepción, se refiere no a la virginidad de María, sino a su
nacimiento sin pecado. Es importante distinguir ambos puntos
[128] Ver,
entre otros, san Agustín, «Sobre el bien conyugal», Obras completas, Biblioteca
de Autores Cristianos, Madrid, 1999.
[129] San
Agustín, «De trinitate», Obras Completas, Biblioteca de Autores Cristianos,
Madrid, 1999.
[130] San
Agustín, «Del Génesis a la letra», Obras completas, Biblioteca de Autores
Cristianos, Madrid, 1999.
[131] San
Agustín, Contra los académicos, Encuentro, Madrid, 2009.
[132] Ver
Thomas de Cantimpré, Les Exemples du «Livre des abeilles». Une vision médiéval,
ed. trad. parcial y pres. Henri Platelle, Brepols, Turnhout, 1997; ver también
la traducción francesa (muy poco fiel, pero numerada) publicada en 1650 por el
dominico Vincent Willart en Bruselas, bajo el título Le bien universel ou les
Abeilles mystiques.
[133] Se
refiere a Carlos V de Francia (1338-1380), llamado «el Sabio» (N. del T.).
[134]Thomas
de Cantimpré, Les Exemples du «Livre des abeilles», ob. cit.
[135] H.
Platelle, «Introduction», en Thomas de Cantimpré. Les Exemples du «Livre des
abeilles», ob.cit.; François de Rabelais, Gargantúa yPantagruel, El Acantilado,
Barcelona, 2011.
[136] Louis
Dumont, Essais sur l´individualisme, Seuil, París, 1983.
[137] Ver
E. Kantorowicz, Frédéric II, Gallimard, París, 2000.
[138] R.
Milla-Villena, «Deux moralités de Pieter Brueghel l’Ancien à l´époque de la
montée du calvinisme aux Pays-Bas», Bulletin de l´Association d´Étude sur
l´Humanisme, la Réforme et la Renaissance, 1980; J. Sybesma, «The reception of
Brueghel´s Beekeepers: A matter of Choice», The Art Bulletin, septiembre de
1991.
[139] Revista
satírica comparable a las españolas El Jueves o La Codorniz(N. del T.).
[140] El
Bonum universale había sido reeditado por León X con motivo del V Concilio de
Letrán (1512-1517).
[141] Hemos
citado las numerosas leyendas de enjambres posándose en los labios de bebés
futuros poetas, sabios o santos: Hesíodo, Platón, Píndaro, Ambrosio, etcétera.
Pero una versión «inversa» de este hecho es referida por el cronista medieval
Raoul Glaber (985-1047): un enjambre habría entrado en un hombre por «los
bajos», atravesándolo hasta salir por la boca, a continuación de lo cual este
hombre se habría puesto a predicar no la buena, sino la mala palabra: en este
caso, sus palabras olían a herejía y su inspiración revelaba evidentemente al
demonio. Cf. H. Franco Jr., «Les “abeilles hérétiques” et le “puritanisme”
millénariste médiéval», Le Moyen Âge, 2005.
[142] Sobre
todo, este será el caso de la disputa sobre el panteísmo (1780-1789) que señala
el comienzo del idealismo alemán; Cf.P.-H. Tavoillot, Le Crépuscule des
Lumières. Les documents de la querelle du panthéisme, Cerf, París, 1995.
[143] Cf.
J. Starobinski, 1789, Les emblèmes de la raison, Gallimard, París, 2006.
[144]Cf.
W. Deonna, «L´abeille et le roi», Revue belge d´archéologie et d´histoire de
l´art, 1956; M. Pastoreau, Les Emblèmes de la France, Bonneton, París, 1998;
Les Animaux célèbres, Bonneton, París, 2002, y J. Tulard, Dictionnaire amoureux
de Napoléon, Plon, París, 2012.
[145] Otros
serán más benevolentes con el Segundo Imperio francés. Por ejemplo, la casa de
perfumes Guerlain creará en 1853 una de sus obras maestras, el frasco de las
abejas, destinado a recoger el Agua de Colonia de la Emperatriz Eugenia.
[146] Victor
Hugo (1853), Napoleón el Pequeño. Los castigos, «El manto imperial»,trad. F. J.
M. N. Librería Ibérica de V. Pérez editor, Barcelona, 1872.
[147] Séneca,
Sobre la clemencia, ob. cit.
[148] Cf.
Jenofonte, Ciropedia, Gredos, 1987; Plinio (Historia natural, ob. cit.) añade
que «el rey [de las abejas] lleva en su cabeza una mancha blanca en forma de
diadema», lo que revela el origen del aparato real. Véase también, en la Edad
Media, Tomás de Aquino, De regno.
[149] Séneca,
Sobre la clemencia ob. cit.
[150]Séneca,
Sobre la clemencia, ob. cit.
[151]Columela,
Los doce libros de agricultura, ob. cit.
[152] San
Ambrosio, Hexameron, Editorial Ciudad Nueva, Madrid, 2011.
[153]Eliano,
Historia de los animales, Akal, 1989.
[154] Acerca
de la sociabilidad de las abejas, véase Cicerón, Sobre los deberes, Alianza,
Madrid, 2006: «Las abejas no se reúnen en enjambres para hacer la miel, sino
que, reunidas por un instinto de su naturaleza, componen los panales: de forma
parecida, los hombres, reunidos por un impulso natural aún más poderoso, dan
comienzo, una vez en sociedad, a su actividad y a su espíritu». Y también
Varrón, De las cosas del campo, Universidad Nacional Autónoma de México, México
D. F., 1992: «Las abejas, por naturaleza, no pueden vivir aisladas como las
águilas, sino reunidas como los hombres».
[155] Cf.
E. Kantorowicz, Les Deux Corps du roi, Gallimard, París, 2000, y C. Brucker,
«Introducción» al Policratique, Droz, París, 2006.
[156] Plinio,
Historia natural, ob. cit.
[157] Rémy
Chauvin (dir.), Traité debiologie de l´abeille, Masson, París, 1968.
[158] Juan
de Salisbury, Policraticus, II, 13: la naturaleza también se llama voluntad de
Dios.
[159] Ibíd,
VI, 21.
[160] Ibíd.
VI, 21 y VI, 24.
[161] W.
Shakespeare, «Enrique V», Teatro completo, II, Espasa, Madrid, 2015.
[162]Eliano,
Historia de los animales, ob. cit.
[163] Homero,
Iliada, Espasa, Madrid, 1999.
[164] Ibíd
[165]En
Francia: Pierre Constant, La République des abeilles, París, 1582; Charles
Estienne, L´Agriculture etmaison rustique, París, 1564; Philibert Guide,
«L´abeille française», en La Colombière et maison rustique, París, 1583. En
Italia: Ulisse. Aldovrandi, De anymalibus insectis, Bolonia, 1602; Giovanni
Bonifacio, La Repubblica delle api, con la quale si dimostra il modo di ben
formare un nuovo governo democratico, 1627, obra dedicada a Urbano VIII. En
Inglaterra: Charles Butler, The Feminine Monarchy, or a Treatise Concerning
Bees and the Due Ordering of Bees, Oxford, 1609; John Levett, The Ordering of
Bees, Londres, 1643; Samuel Purchas, Theater of Political Flying insects,
Londres, 1657; Thomas Moffet, Theatre of Insects, 1658; Joseph Warer, The True
Amazons or the Monarchy of Bees, Londres, 1712.
[166] Cf.
A. Fairfax Withington, «Republican bees: The political economy of the beehive
in Eighteenth-Century America», en Seminary on the Bees. Studies in
Eighteenth-Century Culture, vol. 18, 1988.
[167] Thomas
Jefferson (1782), «Notes on the Stateof Virginia», en M. D. Peterson (coord.),
The Portable Thomas Jefferson, Nueva York, Penguin, 1977.
[168] Citado
por J.-M. Drouin, «L’image des sociétés d´insectes en France à l´époque de la
Révolution», Revue de synthèse, julio-diciembre de 1992. Véase también J.-M.
Drouin Philosophie de l´insecte, Seuil, París,2014.
[169] P.-J.
Proudhon, «Idée générale de la Révolution au XIX siècle», en Oeuvres complètes,
M. Rivière (dir.), Slatkine, Ginebra, 1982.
[170] P.-J.
Proudhon, «Manifeste anarchiste», en Liberté, partout et toujours. Textos
escogidos ypresentados porV. Valentin, Les Belles Lettres, París, 2009.
[171] Véase
capítulo 5.
[172]P.-J.
Proudhon (1840),¿Qué es la propiedad? Investigaciones sobre el principio del
derecho y del gobierno, Libros de Anarres, Buenos Aires, 2005.
[173] Ibíd.
[174] Ibíd.
[175]C.
H. de Saint-Simon, La Parabole suivi de Sur la querelle des abeilles et des
frelons, Éditions d´Ores et Déjà, París, 2012.
[176] P.-J.
Proudhon, «Idée générale de la Révolution au XIX siècle», ob. cit.
[177] P.-J.
Proudhon, «De la capacité politique des classes ouvrières»,en Liberté, partout
et toujours, ob. cit.
[178] P.-J.
Proudhon, «Sanction économique: Federation agricole-industrielle», Du principe
fédératif et de la nécessité de reconstituer le parti de la Révolution, E.
Dentu, París, 1863.
[179] L.
E. Bouvier, El comunismo en los insectos, Aguilar, Madrid, 1926.
[180] Ibíd
[181] Ibíd
[182] Ibíd
[183] K.
Marx (1867), El Capital, Editors, Madrid, 2016.
[184] En
realidad, Burke era irlandés (1729-1797). Toda Irlanda pertenecía entonces a
Gran Bretaña, por lo que los ingleses tienden a apropiarse de este pensador y
de otros muchos (N. del T.).
[185]J.
Bachofen, El matriarcado. Investigación sobre la ginecocracia en la Antigüedad
desde sus aspectos religiosos y jurídicos Akal, Madrid, 1987.
[186]F.
Engels (1884), El origen de la familia, de la propiedad privada y del Estado,
Alianza Editorial, Madrid, 2008.
[187] Bachofen,
El matriarcado…, ob. cit.
[188] Ibíd.
[189] Marx
responderá a Thiers: «Thiers, ese enano monstruoso, ha mantenido bajo hechizo a
la burguesía francesa durante más de medio siglo, ya que es la expresión
intelectual más acabada de su propia corrupción de clase», en Marx, «La guerra
civil en Francia», Obras escogidas, vol. 1, Akal, Madrid, 2016.
[190] A.
Thiers, Du communisme, París, 1849.
[191]B.
Mandeville, La fable des abeilles ou les vices privés font le bien public,
París, 1985 y 1991.
[192] Ibíd.
[193] Ibíd.
[194] B.
Constant, «De Monsieur Dunoyer et de quelques-uns de ses ouvrages», De la
liberté chez les modernes, Hachette, París, 1980.
[195] T.
Hobbes, Leviatán, FCE, México D. F., 2014.
[196] Ibíd.
[197] B.
Mandeville, La fable des abeilles…, ob. cit.
[198] Ibíd.
[199] Cf.
F. Hayek, «Lecture on a master-mind, Dr. Bernard Mandeville», Proceedings of
the British Academy, 1966, 52, págs. 125-141; en New Studies in Philosophy,
Politics, Economics, and the History of Ideas, Londres y Chicago, 1978.
[200] Sobre
esta querella, véase M. Fumaroli, La Querelle des Anciens et des Modernes,
Gallimard, París, 2001.
[201]J.
Swift, La batalla entre los libros antiguos y modernos, José J. de Olañeta,
Madrid, 2012.
[202] Ibíd.
[203] Jean
La Bruyère, Les Caractères, 1696.
[204] Platón,
«Ion», Diálogos, vol. 1, Gredos, Madrid, 2006.
[205] Ibíd.
[206] Ibíd.
[207]Plutarco,
Obras morales y de costumbres, Gredos, 1986.
[208] F.
Nietzsche, El libro del filósofo, Taurus, Madrid, 2013.
[209] Nietzsche
se equivoca en este caso y sus conocimientos parecen un poco anticuados, ya que
se sabía desde hacía más de un siglo que la abeja fabrica la cera a partir de
unas glándulas ad hoc(véase polinización núm. 10).
[210] F.
Nietzsche, ob. cit.
[211] Ibíd.
[212] S.
du Crest, «Les abeilles dans la Rome des Barberini, de la dilatation d´un
insecte dans l´art», en C. Mazouer (ed.), L´Animal an XVII siècle, Gunter Narr,
Tubinga, 2003.
[213] En
la misma época, el italiano Ulisse Aldrovandi (1522-1605) aseguraba haber
identificado en numerosas ocasiones en el cuerpo de abejorros partidos por la
mitad las «cabezas de buey», signo infalible de su origen (bugonía). Cf. De
animalibus insectis, Bolonia, 1602. Véase también el libro del inglés Thomas
Moffet (1552-1604), Insectorum sive minimorum animalium theatrum, 1634.
[214] Federico
Cesi, miembro de la Accademia dei Lincei, continúa defendiendo la virginidad de
las abejas y la procreación a partir de las carroñas (Apiarium) en contra de su
amigo Fortunio Liceti (De spontaneo viventium ortu, Vicenza, 1618), que defiende
la reproducción sexuada.
[215] R.
A. Ferchault de Réaumur, Mémoires pour servir à l´histoire des insectes,
Imprimerie Royale, París, 1740.
[216] Ibíd.
Las cursivas son nuestras
[217]Avette
es una forma anticuada de «abeja» en francés, aunque se utiliza en el sur de
Francia. Como abeille, proviene del diminutivo de apis, que es «abeja» en
latín, es decir, de apicula (N. del T.).
[218] S.
Koenig, Revue helvétique, abril de 1740, cit. por J.-M. Drouin, en su
apasionante obra Philosophie de l´insecte, Seuil, París, 2014.
[219] Pappus
de Alejandría, Collection mathématique, V, Prefacio.
[220] El
libro de Pappus fue redescubierto y traducido al latín en 1588. Su influencia
fue considerable, especialmente en el astrónomo Kepler, quien mencionará
extensamente la geometría de los alvéolos en su obra L´Étrenne ou la Neige
sexangulaire, Vrin, París, 1975. Se trata de una reflexión que mezcla
pitagorismo, animismo y mecanicismo en torno a la geometría… ¡del copo de
nieve!
[221] R.
A. Ferchault de Réaumur, Mémoires pour servir…, ob. cit.
[222] Ibíd
[223] Ibíd
[224] Ibíd
[225] Ibíd
[226] Esta
idea parece que fue propuesta por primera vez por Melchisédech Thévenot
(1620-1692), escritor y físico, inventor del nivel de la burbuja y apasionado
de los relatos de viajes.Cf. «Problema IV: fijar el valor de estas leguas o
medidas…», en Discours sur l´art de la navigation (1681). Cf. Réaumur, Memoires
pour servir…, ob. cit. Cf. N. Dew, «The hive and the pendulum: Universal
metrology and Baroque science», en O. Gal y R. Chen-Morris (ed.), Science in
the Age of Baroque, Springer, 2013.
[227] Especialmente
con Nicolas Malebranche (véase florilegio núm. 8), con el teólogo alemán
Friedrich Christian Lesser (1692-1754), autor de una Théologie des insectes
publicada en 1742, y con el abate Pluche (1688-1761), que publicó en 1732 su
Spectacle de la nature.
[228] G.
L. Leclerc de Buffon, Histoire naturelle, 1753.
[229] Ibíd.
[230] Cf.
T. Hoquet, Buffon: Histoire Naturelle et philosophie, Honoré Champion, París,
2005.
[231] G.
L. Leclerc de Buffon, Histoire naturelle, ob. cit.
[232] Carta
a Bonnet del 14 de marzo de 1754.
[233] É.
Bonnot de Condillac (1755), Traité des animaux, Vrin, París, 2004.
[234] Ibíd.
[235]Huber,
Nouvelles observations sur les abeilles, 1814.
[236] Ibíd.
[237] Ibíd.
[238] Ibíd.
[239] Ibíd.
[240] Ibíd.
[241] É.
Bonnot de Condillac, Traité des animaux, ob. cit.
[242] La
potencia geométrica de la abeja hace que se siga hablando de ella. En 2001, el
matemático Thomas C. Hales, profesor de la Universidad de Pittsburgh, demostró
lo que se denomina «la conjetura del nido de abeja». Esta hipótesis, que le
parecía evidente a Pappus de Alejandría, había quedado sin demostración formal.
Hales demostró que de todos los recortes de un plano en superficies con la
misma área es la pavimentación en hexágonos regulares la que ocupa el perímetro
más pequeño. Puesto que los alvéolos alojan huevos de la misma forma y del
mismo volumen, las abejas optimizan así la cantidad de cera necesaria para la
construcción de los nidos
[243]F.
Huber, Nouvelles observations, ob. cit.
[244]Cf.
B. Roling«Die Geometrie der Bienenwabe: Albertus Magnus, Karl von Baer und die
Debatte überdas Voltellungsvermögen und die Seele der Insekten zwischen
Mittelalter und Neuzeit », Recherches de théologie et philosophie medievales,
2013, 80 [2], págs. 363-466.
[245]F.
Huber, Nouvelles observations…, ob. cit.
[246] Ibíd.
[247] Ibíd.
[248] Ibíd.
[249] Cf.,
C. F. Wolf, Theoria Generationis, 1759 y la hipótesis de la «tendencia
formadora» de Blumenbach, Bildungstrieb, 1789, citadas por C. Malabou,
Avantdemain, PUF, París, 2014.
[250]F.
Huber, Nouvelles observations…, ob. cit.
[251] J.-C.
Ameisen, Dans la lumière et les ombres, Seuil, París, 2014.
[252] Y.
Moulier-Boutang, L´abeille et l´economiste, Carnets Nord, París, 2010. Véase
también el ejemplar de la revista Labyrinthe, 2013, núm. 40, «Comme les
abeilles», y las numerosas colaboraciones en la revista Multitudes.
[253] Para
una visión filosófica de las externalidades, véase S. Chauvier, Éthique sans
visage. Le problème des effets externes, Vrin, París, 2013.
[254] El
caso de Estados Unidos es especial en la medida en que la principal fuente de
ingresos de los apicultores no es la producción de miel, sino, precisamente, la
polinización. Así, los mayores apicultores americanos alquilan sus colmenas
durante el periodo de floración para favorecer la polinización de, por ejemplo,
los almendros de California. Esto exige trashumancias muy largas en camión
(varios miles de kilómetros) que, sin duda, no son la mejor manera de combatir
el estrés de las colmenas.
[255]Según
la valoración de B. Duran, Les abeilles, la planète et le citoyen, Comprendre
le déclin des pollinisateurs, agir pour la biodiversité, Rue de l’Échiquier,
París, 2010.
[256] Sin
duda, hay que ser prudente, pues las abejas no son los únicos insectos
polinizadores, aun cuando son un índice visible del declive de los demás
polinizadores. Cf. V. Tardieu, L’étrange silence des abeilles, Belin, París,
2009.
[257] Cf.
A. Kyrou, «Google, apiculteur cognitive», Labyrinthe, 2013.
[258] Nos
encontramos aquí con un nuevo contenido para la metáfora de la libación
productiva que habíamos estudiado en el capítulo anterior (de Séneca a
Nietzsche).
[259] El
término designa el conflicto que enfrentó, en la Inglaterra del siglo XVIII, a
los partidarios y adversarios del vallado de los campos: ¿estos deben vallarse
para asegurar un aumento de los rendimientos? ¿O se debe dejar el libre acceso
para permitir a cada cual recoger frutos, leña o turba? Estas prácticas estaban
penadas entonces… ¡con la pena de muerte!Cf. E. P. Thompson, La Guerre des
forêts, La Découverte, París, 2014.
[260] Y.
Moulier-Boutang, L´abeille et l´économiste, op.cit., pág. 238.
[261] Podríamos
mencionar otra objeción frente a la idealización de la polinización: muy
agradable cuando se trata de asegurar la reproducción de las flores, pero un
poco menos si pensamos en la proliferación de virus, sean estos informáticos o
biológicos, rumores, llamadas al odio, etcétera.
[262] Es
interesante notar que esas ideas aparecen como si fuesen nuevas después de más
de dos siglos: su modelo se recicla constantemente al filo de los
descubrimientos científicos, pero no aportan nada en cuanto al principio
director de elementos inéditos. Para tener una visión más clara podemos
referirnos a ese volumen apasionante redactado antes de la revolución de
Internet: J.-P. Dupuy y P. Dumouchel (coords.), L´Auto-organisation. De la
physique à la politique, colloque de Cérisy, 1983, y, entre otras, la contribución
de P. Rosanvallon, «Formation et désintégration de la galaxie “auto”».
[263] M.
Hardt y T. Negri, Multitud, Debolsillo, Barcelona, 2005.
[264] T.
D. Seeley, The Wisdom of the Hive, Harvard University Press, Cambridge, 1996, y
Honeybee Democracy, Princenton University Press, Princenton, 2010.
[265] Se
ha podido observar que esta exploración comienza antes incluso de que el
enjambre abandone la colmena.
[266] Véase
la recuperación de esta idea en Hardt M. y Negri A., Multitud, ob. cit.: «¿Cómo
llega la multitud a tomar una decisión? El modelo del cerebro que describe la
neurobiología puede darnos la clave. El cerebro no decide a partir de lo que le
dicta un centro de mando. Su decisión es la disposición o configuración común
de toda la red neuronal que comunica con el cuerpo entero y su entorno. Una
única decisión es obra de una multitud que habita el cuerpo y el cerebro».
[267] Y
aún más de un enjambre que represente este estado especial y transitorio que se
corresponde con el conglomerado de abejas idénticas descrito por Buffon (véase
capítulo 5). Las analogías orgánicas o societarias ya no pueden plantearse a
propósito del enjambre; en esta especie de paréntesis SDF, en ausencia de
panales (definidos por Jürgen Tautz como el órgano más grande de la colmena),
todas las diferenciaciones que se organizan en la complejidad de una colonia
establecida se ven reducidas a algunas exploradoras y a la reina, que son las
que mantienen la unidad del conjunto
[268] Para
un análisis más detallado véase P.-H. Tavoillot, Qui doit gouverner?, Grasset,
París, 2011.
[269] Igualmente
habría que mencionar el tratado del cartaginés Magón (siglo III a. C.),
celebrado incluso por el mismo Catón el Viejo, a quien, sin embargo ¡no le
gustaba nada de lo que provenía de Cartago! El Senado exigirá que se proteja el
libro, mientras Cartago, siguiendo los deseos de Catón, era destruida (146 a.
C.).
[270] Edición
española: Porfirio, Sobre la abstinencia, Gredos, Madrid, 1969.
[271] Edición
española: Basilio de Cesarea, Hexameron, Editorial Ciudad Nueva, Madrid, 2011.
[272]Edición
española: Malebranche, Conversaciones sobre la metafísica y la religión,
Encuentro, Madrid, 2006.
[273] Edición
española: san Ambrosio, Tratado de la virginidad, Editorial Apostolado Mariano,
Madrid, sf.
[274] Edición
en castellano: Fénelon, Fábulas y opúsculos diversos, Espasa Calpe, Madrid,
1932.
[275] Edición
en castellano: Brunetto Latini, Libro del Tesoro, Editorial Academia del
Hispanismo, Vigo, sf.
[276] Edición
en castellano: Jules Michelet, El insecto, Cien del Mundo, FCE, México D. F.,
2000.
[277] Edición
en castellano: Séneca, Cartas a Lucilio, Editorial Juventud, Colección
Clásicos, 2012.
[278] Edición
en castellano: André Comte-Sponville, La miel y la absenta, Ed. Paidós,
Ibérica, Barcelona, 2009.
[279] Edición
en castellano: Blaise Pascal, Obra completa, Biblioteca de Grandes Pensadores,
Gredos, Madrid, 2012.
[280] Edición
en castellano: Charles Darwin, El origen de las especies, Espasa, Austral,
Madrid, 2008.
[281] J.
Tautz, L´Étonnant Abeille, De Boeck, Lovaina, 2009.
[282] Edición
en castellano: D. Diderot Tres diálogos filosóficos de Diderot, Universidad
Nacional Autónoma de México, México D. F., sf.
[283] Véase
polinización núm. 21.
[284] Edición
en castellano: Martín Heidegger, Los conceptos fundamentales de la metafísica.
Mundo, Finitud, Soledad, Alianza Editorial, Madrid, 2007.

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